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-The Project Gutenberg eBook of El libro de las tierras vírgenes, by
-Rudyard Kipling
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: El libro de las tierras vírgenes
-
-Author: Rudyard Kipling
-
-Translator: Ramón D. Perés
-
-Illustrator: José Triadó
-
-Release Date: December 15, 2022 [eBook #69552]
-
-Language: Spanish
-
-Produced by: Carlos Colon, Andrés V. Galia, Penn State University and
- the Online Distributed Proofreading Team at
- https://www.pgdp.net (This book was produced from images
- made available by the HathiTrust Digital Library.)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL LIBRO DE LAS TIERRAS
-VÍRGENES ***
-
-
-
- NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
-
-Esta transcripción es la traducción al castellano de la obra de Rudyard
-Kipling "The Jungle Book".
-
-En la versión de texto sin formatear, el texto en cursiva está
-encerrado entre guiones bajos (_cursiva_), las versalitas se
-representan con mayúsculas, como en VERSALITAS, las palabras en
-negritas están representadas como =negritas=, y el signo ^o representa
-el superíndice o"
-
-El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el
-de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando
-la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado
-puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia
-Española.
-
-En referencia a lo mencionado en el párrafo precedente, cabe destacar
-que palabras como vió, fué, dió, por ejemplo, que en la actualidad se
-escriben sin acento, en esa época llevaban acento ortográfico y por
-esa razón se han mantenido con esa ortografís. Lo mismo cabe para la
-preposición "a" y las conjunciones "e", "o" y "u", que en esa época
-llevaban acento ortográfico y en consecuencia se ha mantenido el acento.
-
-En la presente transcripción también se adecuó la ortografía de las
-mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen
-que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal
-acentuada está en mayúsculas.
-
-La obra impresa incluye una Fe de Erratas, que se ha mantenido en esta
-transcripción. Sin embargo las correcciones listadas allí no se han
-incluido en el texto.
-
-La cubierta del libro fue creada por el transcriptor y ha sido añadida
-al dominio publico.
-
-El Índice y la Fe de Erratas han sido reposicionados al principio de la
-obra.
-
-Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores de
-imprenta y ortografía.
-
-
- * * * * *
-
-
-
-
- El Libro
- de las
- Tierras Vírgenes
-
-
- Rudyard Kipling
-
-
- Traducido del inglés directamente,
- con autorización del autor, por
-
- Ramón D. Perés
-
- Ilustraciones de
-
- José Triadó
-
- Tercera edición
-
- [Ilustración]
-
- GUSTAVO GILI, Editor, Universidad, 45. Barcelona
-
- MCMXVIII
-
-
- ES PROPIEDAD
-
- Derechos reservados.
- Queda hecho el depósito
- que marca la Ley.
-
- Imprenta Moderna de Guinart y Pujolar, Bruch, 63--Barcelona.
-
-
- OBRAS DEL TRADUCTOR
-
- =CANTOS MODERNOS= (1.ª serie), con ilustraciones
- de APELES MESTRES.--1 vol.--3 pesetas.
-
- =NORTE Y SUR= (2.ª serie de Cantos modernos)
- con ilustraciones de APELES MESTRES.--1
- vol.--3 pesetas.
-
- =Á DOS VIENTOS.= Críticas y semblanzas.
- Literatura castellana.--Literatura catalana.--1
- vol.--3 pesetas.
-
- =BOCETOS INGLESES.=--1 vol.--2'50 pesetas.
- (Quedan pocos ejemplares).
-
- =MUSGO= (poesías).--1 vol.--3 pesetas.
-
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- ÍNDICE
-
- Págs.
-
- Prólogo del Traductor 1
-
- Prólogo del Autor 11
-
- LOS HERMANOS DE MOWGLI 13
- _Canción de caza de la manada de Seeonee_ 43
-
- LA CAZA DE KAA 45
- _Canción de los Bandar-log al ponerse en camino_ 82
-
- ¡AL TIGRE! ¡AL TIGRE! 83
- _Canción de Mowgli al bailar sobre la piel de
- Shere Khan en la Peña del Consejo_ 109
-
- LA FOCA BLANCA 111
- _Lukannon_ 141
-
- RIKKI-TIKKI-TAVI 143
- _Cántico de Darzee en honor de Rikki-tikki-tavi_ 167
-
- TOOMAI, EL DE LOS ELEFANTES 169
- _Siva y el saltamontes_ 198
-
- LOS SERVIDORES DE SU MAJESTAD 201
- _Canción de los animales del campamento al
- reunirse en la parada_ 226
-
- DE CÓMO VINO EL MIEDO 229
- _La Ley de la Selva_ 255
-
- EL MILAGRO DE PURUN BHAGAT 257
- _Canción al estilo de Kabir_ 280
-
-
- LA SELVA INVASORA 281
- _Canción de Mowgli contra los hombres_ 323
-
-
- LOS ENTERRADORES 325
- _La canción de la ola_ 359
-
- EL "ANKUS" DEL REY 361
- _La canción del cazador_ 389
-
- QUIQUERN 391
- _Angutivaun taina_ 427
-
- LOS PERROS JAROS 429
- _La canción de Chil_ 466
-
- CORRETEOS PRIMAVERALES 469
- _La canción final_ 500
-
-
-
-
- ERRATAS Y ENMIENDAS
-
- PÁG. LÍNEA DICE DEBE DECIR
- 13 2 Mang, el murciélago Mang, el murciélago,
- 15 10 Kan Khan
- 52 18 Por divertirse Por entretenimiento
- 54 28 y 29 Millas y millas Leguas y leguas
- 70 30 Podía oir Oía
- 73 33 Podían engañarse Se engañaban
- 85 35 Cama roja barnizada, una Cama roja barnizada; una
- 104 9 Tocaban las campanas y Tocaban las campanas, y
- soplaban soplaban
- 135 7 Siguióles Siguiólas
- 166 12 Todas las mangustas Las mangustas
- 180 9 Vislo Visto
- 261 1 Maleta Muleta
- 289 26 Había Habían
- 308 29 Y tu manada --Y tu manada
- 313 23 Arador Arado
- 416 4 La colocó derecha La colocó
- 423 5 Cambiar Alterar
- 454 1 Á luz del sol Á la luz del sol
- 470 30 Burbujantes Burbujeantes
-
-
-
-
- PRÓLOGO DEL TRADUCTOR
-
-_El libro de las tierras vírgenes_, que no tengo noticia de que se haya
-traducido antes de ahora al castellano, lleva en inglés los títulos de
-_The Jungle Book_ y _The Second Jungle Book_, pues se halla dividido en
-dos series, cada una de las cuales forma un tomo aparte. Háse creído
-más conveniente reunirlas aquí en un sólo volumen, y como en castellano
-no se usa la palabra _jungle_, que posee el francés, por ejemplo,
-el traductor ha considerado que, para el título del libro, la mejor
-versión de aquel vocablo era algo que abarcara todos los significados
-que quiere darle el autor. Son éstos bastante diversos y aun bastante
-vagos, pues lo mismo puede traducirse por _selva_, que por tierra
-inculta y llena de maleza; lo mismo podría aplicarse á la _manigua_
-cubana, que le sirve al autor para hablarnos de grandes extensiones
-de la abrasada India ó de las que están cubiertas por los hielos á
-poca distancia del Polo; del propio modo se refiere á la tierra, en
-este libro, que á sus habituales pobladores... y aun Kipling llega,
-arrastrado por su imaginación de poeta, á hacer de la _Jungle_, con
-mayúscula, una entidad tan importante como la Sociedad humana, con sus
-leyes, usos y costumbres, lenguaje, etc.
-
-En el texto de la obra yo he escrito, generalmente, _selva_ donde decía
-_jungle_, y, acomodándome al espíritu del autor, he acudido también
-á la majestuosa mayúscula siempre que se ha tratado de dar á aquella
-palabra cierto sentido enfático digno de los graves y trascendentales
-asuntos que aquí se dilucidan entre osos, lobos, tigres, panteras,
-elefantes, cocodrilos, chacales, monos, serpientes, pájaros y demás
-personajes importantes con quienes ha de trabar conocimiento quien
-siga leyendo atentamente las páginas de este volumen, el cual es, en
-su mayor parte, _el libro de las selvas Indias_, y así podría haberse
-llamado en castellano, si cuanto el autor nos cuenta ocurriera en la
-India y entre sus selvas.
-
-_The Jungle Book_ es famoso en Inglaterra y en los países de lengua
-inglesa, y más de un crítico, no siempre benévolo con el autor, lo
-considera como la mejor obra de éste.
-
-Desde 1894, en que se publicó la primera edición de la serie inicial de
-estos cuentos, se han agotado ya varias de aquéllas, y la _Société du
-Mercure de France_, incluyendo la obra en la lista de las que publica
-de autores extranjeros, ha contribuído también grandemente á propagarla
-entre los que no suelen leer libros ingleses y están al tanto de
-las últimas novedades parisienses[1]. Kipling merece en verdad ser
-traducido, ya que es uno de los autores más populares de Inglaterra,
-una de las más potentes figuras literarias de hoy, y, sin duda, la que
-mejor puede vanagloriarse de ser, entre las gentes de su raza, gloria
-de la literatura al propio tiempo que fuerza política, fuerza que él
-ha conquistado y sostenido por medio de la pluma. No es Kipling uno de
-esos autores refinados que escriben pensando más en el arte que en el
-público que ha de leer sus trabajos. Por el contrario, se le ha dicho
-que es una especie de periodista que busca los asuntos palpitantes y
-hace de sus grandes dotes literarias arma de combate. Tiene el fuerte y
-pesado puño de la raza anglo-sajona pura, sin influencias debilitantes
-que vengan á suavizar asperezas, y hay que tomarle como él es: como
-tipo representativo de la gran familia de que forma parte, como
-condensación de todas las buenas y malas cualidades que pasean por el
-mundo, con aire sereno y triunfal á la vez, muchos millones de hombres
-que han creado y extienden por todas partes una civilización poderosa,
-personal, dominadora, pero que lleva en el fondo un gran sedimento de
-libertad para todo el que forma parte integrante de ella, no para el
-que estorbe su marcha ambiciosa, incansable.
-
-Es difícil adivinar si todos los paladares españoles gustarán por igual
-del manjar exótico que entre el editor y yo les ofrecemos con el título
-de _El libro de las tierras vírgenes_. Yo creo que toda persona de
-cultivado gusto hallará en esos cuentos de Kipling mucho que admirar, y
-que no será acogida con indiferencia, en España y en la América que fué
-española, obra que reune tan grandes condiciones para quedar como una
-de las más típicas muestras de la literatura inglesa contemporánea, y
-una, también, de las más artísticas que se han escrito con la intención
-de que puedan servir, lo mismo para instructivo solaz de los niños,
-que para inofensivo regalo de personas mayores que sepan deleitarse
-viendo el fondo intencionado de lo que sólo parece dirigido á despertar
-juveniles imaginaciones y á mantener más ó menos viva su curiosidad. En
-la literatura de todo el mundo hay ya otras obras que son infantiles
-sólo por el aspecto, y que los hombres citan con respeto, porque quien
-las escribió demostró en ellas ser consumado artista, poeta y pensador.
-
-Yo espero que á la lista de esas obras las futuras historias de la
-literatura añadirán _The Jungle Book_ de Rudyard Kipling, y que la
-única duda que se ofrecerá á los historiadores será la de si es una
-obra realmente escrita para niños ó una juguetona y sonriente serie
-de sátiras sociales encubiertas y de estupendas descripciones para
-personas mayores que tengan alma poética é inclinada á soñar en lo
-lejano, lo nuevo y lo raro.
-
-Esas tres cualidades reune la obra que presento al lector. Posee el
-prestigioso aroma de lo lejano y poco semejante á lo nuestro; la
-novedad, porque no es frecuente que un gran escritor nos dé una larga
-serie de narraciones para contarnos la fantástica y casi humana vida
-de las fieras en la India ó en otros apartados y más ó menos salvajes
-países; posee también la rareza, que, si para unos es cualidad, para
-otros es defecto; pero que saben apreciar en la justa medida los
-que comprenden que por debajo de ella corre, como fecundante río,
-la originalidad, signo de un cerebro fuerte y creador, incapaz de
-sujetarse á estrechos límites ni de seguir caminos trillados. La
-personalidad de Kipling no es de las que esperan modestamente que el
-beneplácito de los críticos les diga cómo y sobre qué deben escribir,
-sino de las que traen dentro de sí un mundo y lo van esparciendo
-á pedazos para que los demás aprendan algo que ignoraban ó que no
-pensaron nunca que pudiera ser tan bello iluminado á plena luz. Rudyard
-Kipling es de los reveladores, de los que llegan al alma de las cosas
-y sorprenden allí leyes y armonías de las que ve el poeta, y que si no
-son la verdad son una apariencia de ella, más hermosa, á veces, que la
-verdad misma.
-
-La literatura inglesa tiene más tendencia al cosmopolitismo que la
-nuestra. Viajan los ingleses mucho más que nosotros; como gente
-muy convencida de su fuerza, no temen que nadie les robe su propia
-personalidad, y así como muy fácilmente introducen en su lenguaje voces
-de idiomas extranjeros sin tomarse el trabajo de subrayarlas siquiera
-cuando las escriben, y sin esperar á que ninguna Academia de la Lengua
-(que no poseen) les dé permiso para ello, así también hallan especial
-encanto en que no sólo los libros de viajes les hablen de las más
-apartadas regiones del planeta que habitamos, sino, además, las obras
-del género novelesco, que satisfacen así mejor cierta innata sed de
-romanticismo que hay en el alma inglesa bajo la grave y fría, ó quizá
-mejor, _serena_, cubierta exterior.
-
-Son frecuentísimas las novelas inglesas de asunto extranjero; y en
-terreno tan bien preparado para el cultivo ha ido á sembrar Kipling sus
-narraciones de asunto indio, su gran especialidad, ó aquéllas en que
-intervienen principalmente marineros, soldados, tipos de aventureros
-de las colonias, etc., etc., gente, en suma, que nació muy lejos ó que
-muy lejos ha ido á parar con frecuencia en su vida, como al mismo autor
-le ocurre, aunque por distintos motivos. La India tiene, sin embargo,
-doble interés para los ingleses, porque al romántico júntase también
-el político. Del último carecerá en absoluto el lector español; pero,
-aun así, creo yo que si fuere niño leerá este libro con más interés,
-por lo general, que ciertos insustanciales cuentos de hadas, y si
-fuere hombre se sentirá agradablemente sorprendido ante el profundo
-conocimiento que de la vida de los animales muestra el autor; ante
-su habilidad en ponerlos en escena prestando á sus actos hondo valor
-psicológico; ante el poder de evocación de cosas que, sin duda, ha
-presenciado, ó el de imaginar las que no ha visto, aunque acerca de
-ellas posea datos propios ó ajenos, aquellos datos de primera mano
-que parecen ser privilegio de los naturalistas, de los hombres del
-campo, de los cazadores... de todos los que gozan de la doble vista que
-comunica el diario contacto con la naturaleza y son, como si dijéramos,
-los zahoríes de ella. Poned á cada uno de los animales de que nos
-habla el autor en esta obra un nombre humano, referid á nuestra propia
-vida no pocas de las escenas que él describe, y el literato, y el
-político, y el soldado, los hombres de todos los oficios y caracteres,
-se reconocerán á sí mismos en este libro, ó, si para ello les falta
-valor y sinceridad, reconocerán al vecino, sea amigo ó enemigo, y más
-si es lo segundo que lo primero. De mí sé decir que, con la sonrisa
-en los labios, porque hay aquí su parte de humorismo, me ha parecido
-algunas veces descubrir la más sorprendente semejanza entre algunos
-de los caballeros que andan por el mundo mostrando satisfechos su
-maldad ó su tontería y los que Kipling nos presenta haciendo con poca
-diferencia lo mismo. Y si á la vida literaria aplicáramos todo eso
-¡oh! qué despiadada sátira contra los falsos dioses; los impotentes;
-los envidiosos; los que á sabiendas faltan á la verdad para que el
-efecto redunde en propia ventaja; los que chillan, se disputan y
-se exhiben como monos para que alguien se fije en ellos por lo que
-bullen, ya que no por lo que valen; los que como el chacal adulan sólo
-con la intención de sacar algo, y cuando nada consiguen devoran al
-adulado si la ocasión se ofrece; los que como el tigre (Shere Khan)
-se convierten en una especie de caciques de pueblo á quienes todo el
-mundo debe sumisión incondicional, ó pretenden ellos que se la debe,
-hasta que, al fin, viene un hombre verdaderamente libre y los manda
-enhoramala, y les arranca la piel para que sirva de lección á los que
-vengan detrás... ¡Y qué bello y significativo aquel tipo de Mowgli, que
-es, como de Segismundo dicen los versos de Calderón, «un hombre entre
-las fieras--y una fiera entre los hombres»! La idea de patria late en
-fiel fondo de esa figurilla de muchacho, y al mismo tiempo, y como
-burla burlando, infinidad de problemas de la educación, de la mezcla de
-razas, de la emigración... problemas que se ofrecen continuamente á los
-que por unas ú otras razones han hallado en el mundo más de una patria,
-ó así, al menos, se lo parece á ellos. ¡Y aquella manada de lobos que
-mata constantemente á su jefe cuando ya no le sirve, porque la edad
-le ha hecho poco apto para la caza!... ¿No os parece que se trata de
-políticos, artistas, literatos, pensadores, _hombres_ en fin? Y hasta
-la foca que, por nacer blanca, constituye una excepción desagradable
-para su raza, y aun para su propia familia, y más cuando se le antoja
-reformar inveteradas tradiciones y descubrir nuevas tierras para los
-que se hallan ya perfectamente con las que poseen, sean buenas ó
-malas... ¿quién no la ha conocido á esa pobre foca blanca, ó quién
-con sólo hurgar en su propia conciencia no la ha descubierto allí muy
-escondida, por poco que no piense en todo como las mayorías, como las
-multitudes suelen pensar?
-
-Sería interminable la tarea de poner comentarios á este libro, que
-á mí me parece una gran fábula con que un escritor se venga de los
-que le han hecho sufrir, y el modesto papel de traductor me impone
-ciertos límites á los que he de procurar ajustarme, no sin dificultad.
-Los comentarios que yo no hago, los hará, seguramente, más de un
-lector que lea la obra como debe leerse la de un autor cuya gloria no
-necesita de más aplausos ni recomendaciones que los que hace años está
-acostumbrado á oir. Claro es que también ha oído censuras, unas debidas
-á la desigualdad que se nota á veces en sus trabajos, y otras á su
-_imperialismo_ fogoso (de _brutal_ lo ha calificado un poeta inglés),
-que si le ha hecho más popular en Inglaterra en época reciente, le ha
-convertido también en blanco de la prensa política en los países en que
-se combate encarnizadamente aquella tendencia. Acaso alguien espere
-que hable yo aquí largo y tendido de ese _imperialismo_ de Kipling y
-que me detenga á combatirlo, como hacen otros, con ensañamiento, por
-sanguinario y poco escrupuloso. No voy á complacerles, porque no me
-preocupa eso tanto como á ellos. Los países fuertes han tenido siempre,
-en todas las épocas, tendencia á tratar de demostrar que el mundo les
-pertenece por derecho propio; así como los débiles han protestado,
-también siempre, en nombre de la justicia y del derecho. Pero pierde
-el tiempo quien crea que á las naciones les importa mucho la opinión
-ajena cuando tratan de engrandecerse é imponerse. Por otra parte: no
-debe inmiscuirse el lector de una obra literaria en averiguar si las
-ideas políticas del autor coinciden ó no con las suyas. Juzgue sobre
-la belleza ó fealdad de la obra que se le ofrece, y deje lo demás para
-otra ocasión, ó para que sea discutido en las columnas de la prensa á
-la que esto interesa.
-
-Rudyard Kipling, á pesar de lo mucho que lleva escrito y de su extensa
-reputación, es aun joven, pues nació en Bombay en 1865. Pasó allí
-con sus padres sus primeros años, hasta que le llevaron á Inglaterra
-dejándole con unos parientes para que se educara. Era sobrino del
-célebre pintor Burne Jones, y esto le facilitó el conocer á no pocas
-personalidades distinguidas, y entre ellas al famoso William Morris. Á
-los diez y siete años regresó á la India, y, gracias á la influencia de
-su padre, entró en el periodismo, al que se entregó con pasión y en el
-cual dejó buenos recuerdos. El padre de Kipling era también persona muy
-conocida y respetada: hábil dibujante, ilustró parte de las dos series
-de este mismo libro; fué profesor de la Escuela de Bellas Artes de
-Bombay, y estuvo encargado luego del Museo establecido por el Gobierno
-inglés en Lahore; publicó en 1891 una obra titulada «Fieras y hombres
-en la India», y no sería de extrañar que á su padre le debiera nuestro
-autor algunos de los conocimientos de que da fe _The Jungle Book_.
-Juan Lockwood Kipling es su nombre, y hay quien pretende, sin que yo
-pueda afirmarlo, que el de su hijo fué primitivamente José Rudyard
-Kipling, desapareciendo muy pronto el José y quedando al fin sólo el
-Rudyard, único que he visto mencionado en biografías suyas que conozco.
-_Rudyard_ es intraducible: es uno de tantos nombres de pila que se
-usan en Inglaterra y que no recuerdan á un santo, sino al sitio en que
-nació el que lo lleva, ó únicamente al capricho de su familia. _Rudyard
-Lake_, en el Staffordshire, es el punto en que por primera vez vió el
-padre de Kipling á la que debía después ser su esposa, y el nombre de
-aquel lago quiso que se perpetuara, dándoselo á su hijo que, realmente,
-ha hecho que no se olvidara en el mundo.
-
-La reputación literaria de Kipling comenzó en la India, y allí,
-exclusivamente, publicó sus primeros libros, que iban de mano en mano
-entre los ingleses residentes en el país. En 1889 emprendió un viaje á
-Inglaterra, y, de vuelta del mismo, estuvo en el Japón y en la América
-del Norte, donde no halló un sólo editor para sus obras quien pocos
-años después había de verse solicitado por todos, y con ofrecimientos
-tan increíbles para nosotros como el de un chelín por cada palabra que
-escribiera formando parte de una de sus narraciones. Aquel mismo año
-se estableció en Londres, donde no tardó en hacerse popular. Desde
-entonces ha vivido unas veces en Inglaterra, otras en los Estados
-Unidos, y ha viajado mucho por África y Oceanía. En una visita que
-hizo á Nueva York, en 1899, enfermó gravemente, y los periódicos de
-más circulación de Londres publicaban hojas extraordinarias para dar
-cuenta de la marcha de la enfermedad, mientras los norteamericanos
-le dedicaban sus artículos de fondo y por las calles de Nueva York
-voceaban los vendedores de periódicos los números diciendo que
-contenían «las últimas noticias sobre Rudyard Kipling». Celebridad más
-rápida y completa pocas veces se ha visto. El Emperador de Alemania
-dijo entonces, en una carta que dirigió á la esposa del escritor,
-interesándose por la salud de éste, que era entusiasta admirador suyo,
-y que en él veía al cantor de los grandes hechos de «la raza común»
-que en el fondo forman ingleses y alemanes. La raza era entonces la
-que hablaba, y ha hablado siempre en los grandes entusiasmos por
-Kipling, que parecen inexplicables porque otros autores de valía no los
-despiertan con tanta facilidad en el público. La multitud había hallado
-su verbo y temía perderlo antes de tiempo.
-
-Kipling es un escritor fecundo. Trabaja mucho, con regularidad, y ha
-habido año en que ha publicado hasta siete libros. Quizá de ello se
-resienta su producción. Es, además de prosista, poeta y aun dibujante,
-habiendo escrito un tomo de cuentos para niños que está ilustrado por
-él mismo. Como poeta es muy popular, casi tanto como cuentista, y si
-puede discutirse su inspiración, es, en cambio, un versificador hábil
-que sabe producir efecto pulsando la cuerda sensible del patriotismo.
-Esa facilidad que tiene para versificar es, sin duda (además de ciertos
-ejemplos de Walter Scott), la que le induce muchas veces á entreverar
-en sus libros la prosa con el verso, no siempre con buen acuerdo, en
-mi humilde opinión. En este mismo libro, sus composiciones (que los
-niños pueden pasar por alto, si gustan) son, con frecuencia, alardes
-métricos, en los cuales dice lo que quiere y como quiere, jugando con
-las palabras y escribiendo lo que en España no se está generalmente
-acostumbrado á considerar como susceptible de ser poetizado. Traduzco
-estas poesías en verso, _cuando así están escritas_, porque éste creo
-que es mi deber, no por gusto, pues las dificultades que ofrece su
-adaptación á un idioma tan poco parecido al inglés como el castellano,
-son grandes, y, con frecuencia, casi invencibles[2].
-
-Espero que el lector discreto se hará cargo de que no es fácil tarea
-la de hinchar un perro, como dijo Cervantes, y que no me achacará á
-mí más faltas que las que me correspondan, comprendiendo que ni la
-poesía inglesa de Kipling es como la de Zorrilla, Campoamor y Nuñez
-de Arce, ni mis pobres traducciones han de obrar milagros y hacer que
-lo que sea una imitación de la musa popular parezca lleno del mismo
-aroma al ser trasplantado aquí, y lo que imite al caprichoso y extraño
-poeta norteamericano Walt Whitman lo halle de perlas quien nunca haya
-leído en el original una línea de aquel poeta... sin rimas, ni leyes,
-ni grandes respetos humanos, autor que á los que no han visto mucho
-mundo... literario y creen que todas las razas han de ser como la suya
-les parece un loco; pero que á los más entendidos se les antoja un
-genio. No debemos los latinos medir con nuestro rasero á los pueblos
-septentrionales, porque ni ellos tienen nuestra ligereza, nuestro
-gusto é impresionabilidad, ni nosotros su fuerza incontrastable, fría,
-calmosa, audaz, poco amiga de detenerse ante ciertos reparos que
-paralizan á veces nuestra acción.
-
-Como libro útil para la educación de la voluntad en los niños yo no
-dudo en recomendar éste de un hombre de voluntad de hierro. De igual
-modo podría un médico prescribir un tónico y mucho ejercicio al aire
-libre á quien él viera que lleva en el rostro el sello de la anemia.
-
- [Ilustración]
-
-
- NOTAS:
-
-[1] En la versión francesa, que está hecha con inteligencia, hay varias
-supresiones, que juzgo inmotivadas, y algún error en que he procurado
-no incurrir en la mía. Faltan, á veces, párrafos enteros del original.
-
-[2] Kipling es difícil de traducir hasta escribiendo en prosa. Un
-crítico inglés preguntaba si era posible que un extranjero entendiera y
-saboreara al leerlas las obras del reputado autor.
-
-
-
-
- PRÓLOGO DEL AUTOR
-
-
-Numerosas son las consultas á especialistas generosos que exige una
-obra como la presente, y el Autor faltaría, á todas luces, al deber que
-le impone el modo cómo aquéllas han sido contestadas, si dejaba aquí de
-hacer constar su gratitud para que tenga la mayor publicidad posible.
-
-Debe dar gracias, en primer término, al sabio y distinguido Bahadur
-Shah, elefante destinado á la conducción de bagajes, que lleva el
-número 174 en el libro de registro oficial de la India, el cual, junto
-con su amable hermana Pudmini, suministró con la mayor galantería
-la historia de _Toomai el de los elefantes_ y buena parte de la
-información contenida en _Los servidores de Su Majestad_. Las aventuras
-de Mowgli fueron recogidas, en varias épocas y lugares, de multitud
-de fuentes, sobre las cuales desean los interesados que se guarde el
-más estricto incógnito. Sin embargo, á tanta distancia, el Autor se
-considera en libertad para dar las gracias, también, á un caballero
-indio de los de vieja cepa, á un apreciable habitante de las más
-altas lomas de Jakko, por su persuasiva aunque algo mordaz crítica
-de los rasgos típicos de su raza: los présbitas[3]. Sahi, sabio
-diligentísimo y hábil, miembro de una disuelta manada que vagaba por
-las tierras de Seeonee, y un artista conocidísimo en la mayor parte
-de las ferias locales de la India meridional, donde atrae á toda la
-juventud y á cuanto hay de bello y culto en muchas aldeas, bailando,
-puesto el bozal, con su amo, han contribuído también á este libro
-con valiosísimos datos sobre gentes, maneras y costumbres. De éstos
-se ha usado abundantemente en las narraciones tituladas: «¡Al tigre!
-¡Al tigre!», «La caza de Kaa», y «Los hermanos de Mowgli». Deber
-de gratitud es igualmente para el Editor el confesar que el cuento
-«Rikki-tikki-tavi» es, en sus líneas generales, el mismo que le
-relató uno de los principales herpetólogos de la India septentrional,
-atrevido é independiente investigador que, resuelto «no á vivir, sino
-á saber,» sacrificó su vida al estudio incansable de la _Thanatofidia_
-oriental. Una feliz casualidad permitió al Autor, viajando á bordo del
-_Emperatriz de la India_, ser útil á uno de sus compañeros de viaje.
-Quienes leyeren el cuento «La foca blanca» podrán juzgar por sí mismos
-si no es éste espléndido pago á sus pobres servicios.
-
- [Ilustración]
-
- NOTAS:
-
-[3] «Género de mamíferos cuadrumanos cuya especie típica vive en
-Sumatra».--N. del T.
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- LOS HERMANOS DE MOWGLI
-
- Suelta á la noche Mang, el murciélago,
- tráela en sus alas Rann, el milano;
- ya en sus corrales las vacas duermen,
- de los corderos duerme el rebaño,
- tras las cerradas puertas se esconden
- porque hasta al alba libres vagamos.
- Ésta es la hora: fuerza y orgullo;
- garra afilada, silencio cauto.
- ¡Ya el grito suena! ¡Caza abundante
- para el que observa la ley que amamos!
-
- _Canción nocturna en la selva._
-
-
-Eran las siete de una calurosa tarde en las colinas de Seeonee, cuando
-papá Lobo despertó de su sueño diurno, rascóse, bostezó y estiró las
-patas una tras otra para quitarse de encima la pesadez que en ellas
-sentía aún. Mamá Loba estaba echada, caído el grande hocico de color
-gris sobre sus cuatro vacilantes y chillones lobatos, mientras la luna
-brillaba á la entrada de la caverna donde todos ellos vivían.
-
---_¡Augr!_[4] dijo el lobo padre, ya es hora de volver á cazar. E iba
-á lanzarse por la ladera cuando una sombra, no muy grande y provista de
-espesa cola, atravesó el umbral y exclamó con plañidera voz:
-
---¡Buena suerte, Jefe de los lobos, y que no sea peor la de tus nobles
-hijos! ¡Buenos dientes les crezcan, y que jamás se les olvide el tener
-hambre en este mundo!
-
-Quien así hablaba era el chacal (Tabaqui, el lameplatos), y los lobos
-en la India desprecian á Tabaqui porque anda siempre enredando de un
-lado á otro, metiendo chismes, comiendo andrajos y pedazos de cuero
-de los montones de basura que hay en las calles de los pueblos. Pero
-aunque le desprecien le temen, porque Tabaqui, más que nadie en la
-selva toda, tiene propensión á perder la cabeza, y entonces se olvida
-de que jamás haya tenido miedo y corre por la espesura mordiendo cuanto
-encuentra al paso. Hasta el tigre se esconde cuando Tabaqui se vuelve
-loco, porque la locura es lo más deshonroso que puede ocurrirle á un
-animal salvaje. Nosotros le damos el nombre de hidrofobia, pero ellos
-le llaman _dewanee_ (la locura) y huyen al decirlo.
-
---Bueno; entra y busca, dijo papá Lobo; pero te advierto que aquí no
-hay comida.
-
---Para un lobo no, contestó Tabaqui, mas para un pobrecillo como yo
-hasta un hueso es exquisito banquete. ¿Quiénes somos nosotros, los
-_Gidur-log_ (el pueblo chacal), para andar escogiendo?
-
-Dirigióse á toda prisa hacia el fondo de la caverna, donde halló un
-hueso de gamo con algo de carne adherida á él, y se puso á romperlo
-alegremente.
-
---Muchísimas gracias por tan buena comida, dijo relamiéndose. ¡Qué
-hermosos son tus nobles hijos! ¡Qué ojos más grandes tienen! ¡Y á
-pesar de ser tan jovencitos! Por más que, verdaderamente, no debiera
-extrañarme, con sólo recordar que los hijos de los reyes son ya hombres
-desde que nacen.
-
-Excusado es decir que Tabaqui sabía, tan bien como cualquiera, que nada
-hay tan inoportuno como elogiar á los niños estando ellos delante, y
-que le divertía en extremo el ver en situación embarazosa, no sólo á
-mamá Loba, sino también al papá.
-
-Tabaqui se quedó inmóvil gozándose en el daño que había causado, y
-luego añadió con aire de despecho:
-
---Shere Kan, el Grande, ha cambiado de cazadero. Durante la próxima
-luna cazará, según me ha dicho, en estas colinas.
-
-Shere Khan era el tigre que vivía cerca del río Wainganga, á cinco
-leguas de distancia.
-
---No tiene ningún derecho á ello, dijo incomodado papá Lobo. Según la
-Ley de la Selva no puede cambiar de lugar sin advertirlo debidamente.
-Va á asustar á toda la caza en dos leguas y media á la redonda, y yo...
-yo he de trabajar doble en esos casos.
-
---Por algo le llamó su madre Lungri (el Cojo), dijo mamá Loba en voz
-baja: es cojo de nacimiento. Por eso no ha podido matar nunca más que
-ganado. Ahora, los campesinos de Wainganga le persiguen, y se ha venido
-aquí á molestar á los _nuestros_. Revolverán la selva en busca de él
-cuando estará ya lejos, pero nosotros y nuestros hijos tendremos que
-huir cuando peguen fuego á la maleza. ¡Te aseguro que le estamos muy
-agradecidos á Shere Khan!
-
---¿Queréis que se lo diga? contestó Tabaqui.
-
---¡Fuera de aquí! replicó enfadado papá Lobo. ¡Fuera de aquí y vete á
-cazar con tu amo! Ya has hecho bastante daño por esta noche.
-
---Ya me voy, dijo con suave tono Tabaqui. Desde aquí se oye á Shere
-Khan allá abajo, en la espesura. Podía haberme ahorrado el traeros la
-noticia.
-
-Púsose á escuchar papá Lobo, y en el valle que descendía hasta el río
-oyó el seco, rabioso, pérfido lamento que canturrea el tigre cuando no
-ha podido apoderarse ni de una sola pieza, y poco le importa ya que la
-selva toda se entere de ello.
-
---¡Imbécil! exclamó papá Lobo. ¡Vaya un modo de comenzar el trabajo
-metiendo semejante ruido! ¿Si se figurará que nuestros gamos son como
-sus gordos bueyes de Wainganga?
-
---¡Chist! No son bueyes ni gamos lo que caza esta noche, contestó mamá
-Loba. Lo que busca es el Hombre. El plañidero grito se había trocado ya
-en una especie de zumbante ronquido que parecía venir de todo el ámbito
-del país. Era aquel ruido especial que desconcierta á los leñadores y á
-toda la gente errante que duerme al raso, haciéndoles correr, á veces,
-tan desatentados que se arrojan en las mismas fauces del tigre.
-
---¡El Hombre! dijo papá Lobo enseñando la doble hilera de blanquísimos
-dientes. _¡Faug!_ ¿Acaso no hay bastantes escarabajos y ranas en
-las cisternas, que ahora se le ocurre comer carne humana? ¡Y, por
-añadidura, en terreno nuestro!
-
-La Ley de la Selva, que nunca ordena algo sin tener motivos para ello,
-prohibe á toda fiera el comer _Hombre_, excepto en el caso de que ésta
-mate para enseñar á sus pequeñuelos á matar, y aun así es preciso
-que cace fuera del cazadero de su manada ó tribu. La verdadera razón
-que hay para disponerlo de esta suerte es que toda humana matanza
-significa, tarde ó temprano, la llegada de hombres blancos, montados en
-elefantes y armados de fusiles, en compañía de algunos centenares de
-hombres de color con _gongos_, cohetes y antorchas. Á todo el mundo en
-la selva le toca sufrir entonces. En cuanto á la razón que entre sí se
-dan las fieras, es que el Hombre es el más débil é indefenso de todos
-los seres vivientes, y no es digno de un cazador el poner mano en él.
-Dicen también (y es cierto), que los devoradores de hombres se vuelven
-sarnosos y pierden los dientes.
-
-El ronquido fué haciéndose más intenso y terminó, al fin, en el
-_¡Aaar!_ á plena voz que lanza el tigre en el momento en que ataca.
-
-Oyóse entonces un aullido (impropio de un tigre), lanzado por Shere
-Khan.
-
---Ha errado el golpe, dijo mamá Loba. ¿Qué ocurre?
-
-Corrió hacia fuera papá Lobo, á la distancia de algunos pasos, y oyó á
-Shere Khan murmurando y gruñendo furiosamente, mientras se revoleaba
-entre la maleza.
-
---Á ese estúpido se le ha ocurrido nada menos que saltar por encima del
-fuego de unos leñadores, y se le han quemado las patas, dijo papá Lobo
-gruñendo con malhumor. Tabaqui está allí, con él.
-
---Algo sube por la colina, observó mamá Loba levantando una oreja.
-Prepárate.
-
-Crujieron levemente los matorrales en la espesura y papá Lobo agachóse,
-con el cuarto trasero junto á la tierra, pronto á dar el salto. Á haber
-estado allí en acecho, hubiérais visto entonces la cosa más estupenda
-de este mundo: el lobo se detuvo en el preciso momento de estar
-saltando. Brincó antes de haber visto contra qué se lanzaba, y, de
-pronto, trató de pararse. El resultado fué salir disparado en dirección
-vertical hasta un metro ó metro y medio de altura, volviendo á caer
-casi en el mismo sitio.
-
---¡Un hombre! exclamó con disgusto. Un cachorro humano. ¡Mira!
-
-Frente á frente de él, apoyándose sobre una rama baja, erguíase,
-completamente desnudo, un niño moreno que apenas sabía andar: la cosa
-más mona y pequeña, más fina y regordeta que jamás se había presentado,
-de noche, ante la caverna de un lobo. Miró á éste cara á cara, y se rió.
-
---¿Es esto un _cachorro de hombre_? dijo mamá Loba. Nunca he visto
-ninguno: tráelo.
-
-Acostumbrado á mover de un lado á otro sus propios pequeñuelos puede
-un lobo, si es preciso, llevar un huevo en la boca sin romperlo, y
-así, aunque se juntaron sobre la espalda del niño ambas quijadas de
-papá Lobo, ni un solo diente le arañó la piel, que apareció intacta al
-colocarle éste entre los lobatos.
-
---¡Qué pequeño! ¡Qué desnudo! Y... ¡qué valiente! dijo con dulzura mamá
-Loba. El niño se abría paso por entre los cachorros para arrimarse al
-calor de la piel. ¡Ajá! Ahora come con los demás. De modo que éste es
-un _cachorro de hombre_ ¿eh? Pues á ver si ha habido nunca lobo que
-pudiera vanagloriarse de contar uno entre sus hijos.
-
---De eso he oído hablar algunas veces, pero nunca refiriéndolo á
-nuestra manada ni á mis tiempos, contestó papá Lobo. Está completamente
-desprovisto de pelo, y bastaría que lo tocara con el pie para matarlo.
-Pero observa: nos está mirando y ni siquiera tiene miedo.
-
-El resplandor de la luna, que penetraba por la boca de la caverna,
-quedó interceptado, de pronto, por la enorme cabeza cuadrada y por los
-hombros de Shere Khan que se asomaba á la entrada. Tabaqui, detrás de
-él, le decía con voz chillona:
-
---¡Señor, señor, se ha metido aquí.
-
---Shere Khan nos honra en extremo con su visita, dijo papá Lobo,
-mientras le desmentían sus iracundos ojos. ¿Qué desea Shere Khan?
-
---Mi presa. Un cachorro humano ha pasado por aquí. Sus padres han
-huído. Dámelo.
-
-Shere Khan había saltado por encima de un fuego de leñadores, como dijo
-papá Lobo, y estaba furioso por el dolor de las quemaduras que tenía en
-las patas. Pero papá Lobo sabía perfectamente que la boca de la caverna
-era harto estrecha para que por ella pudiera pasar un tigre. Aun en el
-sitio donde Shere Khan estaba, sus hombros y patas delanteras tenían
-que encogerse penosamente, como le ocurriría al hombre que intentara
-pelearse con otro dentro de una cuba.
-
---Los lobos son un pueblo libre, dijo papá Lobo. Obedecen las órdenes
-del Jefe de su manada, y no las de un pintarrajeado cazador de reses
-como tú. El cachorro de hombre es nuestro... para matarlo si se nos
-antoja.
-
---¡Si se nos antoja! ¡Si se nos antoja! ¿Qué es eso de antojárseos ó
-no? ¡Por el toro que maté, que es cosa de preguntar hasta cuándo he de
-estar oliendo vuestra perruna guarida, para obtener lo que en justicia
-se me debe! ¡Soy yo, Shere Khan, el que os habla!
-
-Tronó por los ámbitos de la caverna el rugido del tigre. Mamá Loba
-separóse de los lobatos y se adelantó, fijando en los llameantes ojos
-de Shere Khan los suyos, semejantes á dos verdes lunas brillando en la
-oscuridad.
-
---Y soy yo, Raksha (el Demonio), quien te contesta. El cachorro
-humano es mío, Lungri, mío y muy mío. No se le matará. Vivirá para
-correr junto con nuestra manada y para cazar con ella; y, al fin y al
-cabo, mire _vuesa merced_, señor cazador de desnudos cachorrillos...
-devorador de ranas... matador de peces..., al fin y al cabo, él será
-quien, á su vez, le cace. Con que ahora apártese, ó por el _sambhur_
-que maté (yo no como ganado hambriento), le aseguro, fiera chamuscada
-de estas selvas, que va á volver _vuesa merced_ al regazo de su madre,
-más coja aún que al venir al mundo. ¡Márchese!
-
-Papá Lobo miró con aire estupefacto. Había casi olvidado ya aquellos
-tiempos en que ganó á mamá Loba en liza abierta contra otros cinco
-lobos, cuando ella tomaba parte en las correrías de la manada, y
-el llamarla el _Demonio_ no era un mero cumplido. Shere Khan acaso
-hubiera desafiado á papá Lobo, pero no podía resistirse contra mamá
-Loba, porque sabía que, en el sitio en que se hallaban, todas las
-ventajas eran para ella, y que lucharía hasta morir. Retiróse, pues,
-refunfuñando, de la boca de la caverna, y cuando se vió libre, gritó:
-
---¡Cada perro ladra en su cubil! Ya veremos lo que dice la manada
-respecto á eso de criar cachorros humanos. El cachorro es mío, y al fin
-vendrá á parar á mis dientes, ¡rabosos! ¡ladrones!
-
-Dejóse caer jadeante mamá Loba, entre sus lobatos, y díjole gravemente
-papá Lobo:
-
---Mucho hay de verdad en lo que ha hablado Shere Khan. Es preciso
-enseñar á la manada el cachorro ese. ¿Persistes aún en guardártelo,
-mamá?
-
---¡Guardarlo! contestó ella suspirando. Desnudo vino, de noche, sólo
-y hambriento, y, sin embargo, no tenía miedo. Mira: ha echado ya á
-un lado á uno de mis hijos. ¡Y ese carnicero cojo hubiese querido
-matarlo y escaparse después al Wainganga, mientras los campesinos, en
-venganza, venían aquí al ojeo en nuestros cubiles! ¡Guardarlo! ¡Vaya
-si lo guardaré! Acuéstate quietecito, renacuajo. Tiempo vendrá, Mowgli
-(porque Mowgli, la rana, le llamaré á _vuesa merced_ en adelante), en
-que no sea el cazado por Shere Khan, sino quien le cace á él.
-
---Pero ¿qué va á decir nuestra manada? dijo papá Lobo.
-
-La Ley de la Selva prescribe terminantemente que cualquier lobo, al
-casarse, puede retirarse de la manada á que pertenece; pero que, tan
-pronto como sus cachorros tienen edad suficiente para sostenerse de
-pie, debe llevarlos al Consejo de la manada, que se celebra una vez
-cada mes, al resplandor de la luna llena, con el fin de que los demás
-lobos puedan identificarlos. Después de esta inspección, los lobatos
-quedan en libertad para correr por donde quieran, y, hasta que no hayan
-matado el primer gamo, no se admite excusa alguna en favor del lobo
-de la manada que sea ya mayor y mate á alguno de aquéllos. La pena de
-muerte es el castigo que se da al asesino donde pueda hallársele; y, si
-pensáis sobre esto un momento, veréis que es, realmente, justo.
-
-Esperó papá Lobo á que sus cachorros pudieran corretear poco ó mucho, y
-entonces, la noche de la reunión de toda la manada, cogiólos, junto con
-Mowgli y con mamá Loba, y llevóselos á la Peña del Consejo, una cima
-cubierta de piedras y guijarros, donde podían ocultarse un centenar
-de lobos. Akela, el enorme y gris Lobo Solitario que había llegado á
-ser jefe de la manada gracias á su fuerza y habilidad, estaba echado
-cuan largo era sobre su peña, y más abajo se sentaban unos cuarenta
-lobos de todos tamaños y colores, desde los veteranos de color de tejón
-que podían habérselas á solas con un gamo, hasta los de tres años de
-edad que sólo presumían que habían de poder. El Lobo Solitario los
-guiaba á todos desde hacía un año. Dos veces había caído en una trampa
-allá en su juventud, y otra había sido apaleado hasta darlo ya por
-muerto: bien sabía, pues, los usos y costumbres de los hombres. Muy
-poco se habló en la reunión de la Peña. Los lobatos tropezaban unos
-con otros, cayéndose, en el centro del círculo donde sus respectivos
-padres y madres se sentaban, y de vez en cuando un lobo anciano se
-dirigía silenciosamente hacia uno de los cachorros, lo miraba con
-gran atención, y se volvía á su sitio sin producir el menor ruido. De
-pronto empujaba una madre su lobato hacia la luz de la luna para tener
-la seguridad de que no había pasado inadvertido. Desde su peña, Akela
-gritaba: «Ya sabéis lo que dice la Ley; ya lo sabéis. ¡Mirad bien,
-lobos!» Y las ansiosas madres repetían: «¡Mirad! ¡Mirad bien, lobos!»
-
-Al fin (y en aquel momento se le erizaron á mamá Loba todos los pelos
-del cuello), empujó papá Lobo á «Mowgli, la rana», como le llamaban,
-hacia el centro, donde se sentó, riendo y jugando con algunos guijarros
-que la luz de la luna hacía brillar.
-
-Akela, sin levantar la cabeza, que tenía puesta sobre las patas,
-continuó con su monótono grito: «¡Mirad bien!» Sordo rugido se elevó
-por detrás de las rocas; era la voz de Shere Khan que gritaba á su vez:
-
---El cachorro es mío, dádmelo. ¿Qué tiene que ver el Pueblo Libre con
-un cachorro humano?
-
-Akela no movía ni las orejas. No hizo más que decir:
-
---¡Mirad bien, lobos! ¿Qué tiene que ver el Pueblo Libre con los
-mandatos de cualquiera que no sea el mismo Pueblo? ¡Miradlo bien!
-
-Alzóse un coro de gruñidos, y un lobo joven, de unos cuatro años,
-recogió la pregunta de Shere Khan, dirigiéndose otra vez á Akela:
-
---¿Qué tiene que ver el Pueblo Libre con un cachorro humano?
-
-Ahora bien: la Ley de la Selva prescribe que, en el caso de
-disputársele á un cachorro el derecho á ser admitido por la manada, han
-de defenderle por lo menos dos de los miembros de ésta, que no sean su
-padre ó su madre.
-
- [Ilustración]
-
---¿Quién habla en favor de este cachorro? dijo Akela. ¿Quién, que
-pertenezca al Pueblo Libre, habla en favor suyo?
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-Nadie contestó, y mamá Loba preparóse para lo que ya sabía ella que
-sería su última pelea, si al terreno de la lucha era preciso llegar.
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-Entonces, el único animal de otra especie á quien se le permite tomar
-parte en el Consejo de la manada, Baloo, el soñoliento oso pardo, que
-enseña á los lobatos la Ley de la Selva, el viejo Baloo que puede ir y
-venir por donde se le antoja porque no come más que nueces, raíces y
-miel, se levantó en dos patas y gruñó.
-
---¿El cachorro humano...? dijo. Yo hablo en favor del cachorro. Ningún
-mal puede hacernos. No poseo el don de la palabra, pero digo la verdad.
-Dejadle correr con la manada, y contadlo como uno de tantos. Yo mismo
-le enseñaré.
-
---Necesitamos ahora que hable otro, dijo Akela. Baloo lo ha hecho ya, y
-él es el maestro de nuestros lobatos. ¿Quién toma la palabra además de
-él?
-
-Una sombra negra deslizóse hacia el círculo. Era Bagheera, la pantera
-negra, de un negro de tinta toda ella, pero con marcas en la piel,
-propias de la pantera, que según como les daba la luz parecían las
-aguas que llevan en la trama ciertas sedas. Todo el mundo conocía á
-Bagheera, y nadie gustaba de atravesarse en su camino, porque era tan
-astuta como Tabaqui, tan atrevida como el búfalo salvaje y tan sin
-freno como el elefante herido. Pero, con todo eso, tenía una voz suave
-como la miel silvestre que gota á gota se desprende de un árbol, y piel
-más fina que plumón.
-
---¡Akela, dijo como susurrando, y vosotros, Pueblo Libre! Yo no tengo
-derecho á mezclarme en vuestra asamblea; pero la Ley de la Selva dice
-que si alguna duda ocurre, que no sea relativa á alguna muerte,
-respecto á un nuevo cachorro, la vida de éste puede comprarse mediante
-un precio estipulado. Y la Ley no dice quién puede, ó no, pagar este
-precio. ¿Estoy en lo cierto?
-
---¡Bien, bien! dijeron los lobos más jóvenes, hambrientos siempre. ¡Que
-se oiga á Bagheera! El cachorro puede comprarse mediante un precio
-estipulado. La Ley lo dice.
-
---Como sé que no tengo derecho á hablar aquí, pido, para hacerlo,
-vuestro permiso.
-
---¡Habla, pues! gritaron á la vez veinte voces.
-
---Matar á un cachorro desnudo es una vergüenza. Por otra parte, puede
-seros muy útil en la caza cuando sea mayor. Baloo ha hablado ya en su
-defensa. Pues bien: á lo que él ha dicho añadiré yo la oferta de un
-toro, gordo, acabado de matar, á poca distancia de aquí, si aceptáis al
-cachorro humano, de acuerdo con lo que dice la Ley. ¿Tenéis algo qué
-objetar?
-
-Levantóse un clamor de docenas de voces que decían:
-
---¡Qué importa! ya se morirá cuando lleguen las lluvias del invierno.
-Ya le abrasarán vivo los rayos del sol. ¿En qué puede perjudicarnos una
-rana desnuda, como ésta? Dejadle que se junte á la manada. ¿Dónde está
-el toro, Bagheera? Aceptémoslo.
-
-Y entonces se oyó el profundo ladrido de Akela que decía:
-
---¡Miradlo bien, miradlo bien, lobos!
-
-Tan entretenido estaba Mowgli en jugar con los guijarros que no observó
-el acercársele de los lobos uno por uno y mirarle atentamente. Al fin,
-descendieron todos de la colina, en busca del toro muerto, exceptuando
-únicamente Akela, Bagheera, Baloo y los lobos de Mowgli.
-
-Shere Khan rugía aún? entre las sombras de la noche, rabioso por no
-haber logrado que le entregaran á Mowgli.
-
---¡Sí! ¡Ruge, ruge cuanto quieras! díjole Bagheera en sus propias
-barbas: ó yo no sé nada de lo que son hombres, ó vendrá día en que esa
-cosa que está ahí tan desnuda le hará á _vuesa merced_ rugir en muy
-distinto tono.
-
---Bien hemos hecho, dijo Akela. Los hombres y sus cachorros saben
-mucho. Con el tiempo podría ayudarnos.
-
---Verdaderamente... Puede ser nuestro apoyo en caso de necesidad;
-porque nadie es capaz de forjarse la ilusión de ser siempre director de
-la manada, dijo Bagheera.
-
-Akela no contestó. Pensaba en aquel tiempo que llega, al fin, para todo
-jefe de manada, en que las fuerzas le abandonan, en que se halla más
-débil cada día, hasta que, al cabo, lo matan los otros lobos, y viene
-un nuevo jefe á ocupar su puesto... para que lo maten también, cuando
-le toca el turno.
-
---Llévatelo, dijo á papá Lobo, y adiéstralo en cuanto debe saber quien
-pertenece al Pueblo Libre.
-
-Y así fué como Mowgli entró á formar parte de la manada de lobos de
-Seeonee, siendo un toro el precio pagado por su vida, y Baloo su
-defensor.
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- * * * * *
-
-Ahora, contentaos con saltar diez ú once años y con adivinar lo
-estupenda que sería la vida de Mowgli entre los lobos, porque, á tener
-que escribirla, sabe Dios los libros que llenaría. Creció junto con los
-lobatos, aunque, naturalmente, ellos eran ya lobos hechos y derechos,
-antes de que hubiera salido él de la primera infancia, y papá Lobo le
-enseñó su oficio y el significado de cuanto en la selva había, hasta
-que cada crujido bajo la yerba; cada soplo del tibio aire de la noche;
-cada nota lanzada por el buho sobre su cabeza; cada ruido que producen
-los murciélagos, arañando, al descansar por un momento en un árbol;
-cada rumor que causa el pececillo al saltar en una balsa, significaron
-para él tanto como el trabajo de su oficina significa para el hombre de
-negocios. Cuando no aprendía algo se sentaba á tomar el sol ó dormía, y
-luego á comer y á dormir de nuevo; cuando sentía necesidad de limpieza,
-ó le molestaba el calor, se iba á nadar en las lagunas del bosque; en
-fin, cuando necesitaba miel (Baloo le había dicho que miel con nueces
-era comida tan delicada como la carne cruda), se encaramaba á los
-árboles para buscarla, y quien le enseñó á hacer esto fué Bagheera.
-
-Tendíase la pantera sobre una rama y le llamaba diciendo: «Ven acá,
-Hermanito,» y al principio Mowgli se agarraba torpemente, como el
-_perezoso_; mas luego saltaba por entre las ramas, de una á otra,
-con todo el aplomo de un mono gris. Ocupó, también, su puesto en el
-Consejo de la Peña, al reunirse la manada, y allí descubrió que mirando
-fijamente á un lobo le obligaba á bajar los ojos, lo que fué causa de
-que lo hiciera á menudo por mera diversión. Otras veces arrancaba de
-la piel de sus amigos las largas espinas que se les clavaban en ella;
-porque los lobos sufren horriblemente con las espinas y cadillos que
-se les quedan entre las lanas. Descendía también por la ladera de
-la colina, en plena noche, hasta llegar á las tierras de cultivo, y
-miraba curiosamente á los campesinos en sus chozas; pero desconfiaba
-de ellos, porque Bagheera le había enseñado una caja cuadrada con una
-puerta que se hundía al pisarla, y con tanta habilidad colocada entre
-la maleza que casi cayó él dentro. Bagheera le dijo que era una trampa.
-Nada fué tan de su gusto como perderse con la pantera por entre las
-tibias profundidades del bosque, dormir durante todo el pesado día, y
-contemplar por la noche cómo Bagheera se dedicaba á la caza. Mataba
-ella á diestro y siniestro según su apetito, y lo mismo hacía Mowgli,
-con una sola excepción. En cuanto tuvo suficiente edad para hacerse
-cargo de las cosas, Bagheera le dijo que se abstuviera de poner mano
-en cabeza alguna de ganado, porque su propia vida había sido rescatada
-mediante la entrega de un toro.
-
---Tuyo es cuanto hay en la selva, díjole Bagheera, y puedes matar todo
-lo que tus fuerzas te permitan; pero, por la memoria del toro que
-sirvió para comprar tu vida, no has de poner mano nunca en res alguna,
-ni aun para comerla, sea joven ó vieja. Esto es lo que prescribe la Ley
-de la Selva.
-
-Mowgli obedeció estrictamente lo que se le mandaba.
-
-Y creció, creció tan fuerte como debe de crecer el niño que no ha de
-preocuparse en estudiar las lecciones que por modo natural aprende, y
-para quién no hay otros cuidados que el de procurarse comida.
-
-Una ó dos veces díjole mamá Loba que desconfiara de Shere Khan, y
-que un día ú otro tendría que matarlo; pero, si un lobato se hubiera
-acordado de este consejo á cada momento, Mowgli lo olvidó por completo,
-como niño que era... aunque indudablemente él se hubiera calificado á
-sí mismo de lobo á haber podido hablar en lengua alguna de las que usan
-los hombres.
-
-Continuamente Shere Khan le salía al paso, porque como Akela se hacía
-ya viejo y perdía fuerzas cada día, el tigre cojo había llegado á tener
-gran amistad con los lobos más jóvenes de la manada que le seguían para
-recoger sus sobras, cosa que Akela no hubiera nunca tolerado á haberse
-atrevido á ejercer su autoridad llevándola hasta el extremo.
-
-En tales ocasiones, Shere Khan les halagaba manifestándose sorprendido
-de que tan jóvenes y excelentes cazadores se dejaran guiar por un lobo
-que estaba ya medio muerto y por un cachorro humano.
-
---Cuéntanme, les decía Shere Khan, que al hombrecito no os atrevéis á
-mirarle en los ojos cuando os reunís en el Consejo.
-
-Y los lobos le contestaban gruñendo, erizado el pelo.
-
-Bagheera, que parecía estar en todas partes viéndolo y oyéndolo todo,
-llegó á saber algo de esto, y más de una vez le explicó á Mowgli, en
-pocas palabras, que Shere Khan había de matarle algún día; á lo que
-Mowgli contestaba riéndose:
-
---Cuento con la manada y contigo; y hasta Baloo, con toda su pereza, no
-dejaría de dar algunos golpes en mi defensa. ¿Á qué inquietarme, pues?
-
-Un día en que el calor era extremado, ocurriósele á Bagheera una nueva
-idea, nacida de algo que había oído. Tal vez á Ikki, el puerco espín,
-debía la noticia, pero ello fué que dijo á Mowgli, cuando ambos estaban
-en lo más profundo de la selva, y mientras el muchacho reclinaba la
-cabeza sobre la hermosa, negra piel de Bagheera:
-
---¿Cuántas veces te he dicho, Hermanito, que Shere Khan es enemigo tuyo?
-
---Tantas como frutos tiene esta palmera, contestó Mowgli que,
-naturalmente, no sabía contar. ¡Bueno! ¡Y qué! tengo sueño, Bagheera, y
-Shere Khan no tiene más que mucha cola y muchas palabras... como Mao,
-el pavo real.
-
---No es ésta hora de dormir. Baloo sabe lo que te digo; lo sabe la
-manada, y sábenlo hasta los infelices, los simplícisimos ciervos. Á tí
-mismo, además, te lo ha dicho Tabaqui.
-
---¡Oh! contestó Mowgli. Vínome, no ha mucho, con impertinencias de
-que si yo era un desnudo _cachorro de hombre_ y que no servía ni para
-desenterrar raíces; pero lo cogí por la cola y le dí contra una palmera
-un par de veces para enseñarle á tener mejores modales.
-
---¡Valiente tontería! Porque aunque Tabaqui es un chismoso, te hubiera
-dicho algo que te interesa mucho. ¡Abre esos ojos, Hermanito! Shere
-Khan no se atreve á matarte en la selva; pero acuérdate de que Akela es
-ya muy viejo, y no tardará en llegar el día en que le será imposible
-cazar un sólo gamo. Ese día dejará de ser jefe. Muchos de los lobos
-que te admitieron cuando fuíste presentado al Consejo son ya viejos
-también, y los jóvenes creen, porque así se lo ha enseñado Shere Khan,
-que un cachorro humano no tiene derecho á estar en la manada. Dentro de
-poco serás ya un hombre.
-
---¿Qué es, pues, un hombre, que no puede juntarse con sus hermanos?
-dijo Mowgli. En la selva nací; su Ley he obedecido, y no hay un sólo
-lobo, entre los nuestros, de cuyas patas no haya yo arrancado alguna
-espina. ¿Cómo dudar de que son mis hermanos?
-
-Tendióse Bagheera cuan larga era, y, con los ojos medio cerrados, dijo:
-
---Toca ahí, Hermanito, bajo mi quijada.
-
-Levantó Mowgli su áspera y tostada mano, y debajo mismo de la sedosa
-barbilla de Bagheera, donde los enormes y rodantes músculos quedaban
-ocultos por el luciente pelo, halló un espacio raído.
-
---Nadie, en toda la extensión de la selva, sabe que yo, Bagheera, tenga
-esta marca... la marca que deja el collar; y, sin embargo, Hermanito,
-yo nací entre los hombres, y entre ellos murió mi madre... en las
-jaulas del Palacio Real, en Oodeypore. Este fué el motivo que me indujo
-á pagar por tí el precio convenido en el Consejo cuando no eras más que
-un desnudo cachorrillo. Sí, también yo nací entre los hombres. La selva
-era desconocida para mí.
-
-Alimentábanme en gamellas de hierro tras los barrotes de la jaula,
-hasta que una noche despertó en mí el sentimiento de que yo era
-Bagheera, la pantera, y no un juguete para diversión de los hombres,
-y entonces rompí de un zarpazo el estúpido cerrojo y me escapé; y
-precisamente porque había aprendido las costumbres de los hombres
-llegué á infundir en la selva más terror que Shere Khan. ¿No es cierto?
-
---Sí, dijo Mowgli: todos en la selva temen á Bagheera..., todos,
-excepto Mowgli.
-
---¡Oh!... Tú eres un cachorro humano, dijo con gran ternura la pantera
-negra, y del propio modo que yo he vuelto á mi selva, así debes tú
-volver, al fin, á donde están los hombres... los hombres que son tus
-hermanos. Esto, si no te matan antes en el Consejo.
-
---Pero ¿por qué? ¿Por qué ha de querer nadie matarme? dijo Mowgli.
-
---Mírame, contestóle Bagheera. Y Mowgli la miró fijamente en los ojos.
-La enorme pantera volvió, al cabo de algunos momentos, la cabeza.
-
---Por _esto_, dijo mudando de posición una de sus patas y colocándola
-sobre un lecho de hojas. Hasta á mí me es imposible mirarte en los
-ojos, y eso que yo nací entre los hombres, y te quiero, Hermanito. Los
-otros te odian porque su mirada no puede resistir el choque de la tuya;
-porque eres sabio; porque has arrancado espinas de sus patas... porque
-eres un hombre.
-
---No sabía nada de eso, contestó con aspereza Mowgli, arrugando las
-negras y pobladas cejas.
-
---¿Cuál es la Ley de la Selva? Pega primero y avisa después. Hasta por
-tu propio descuido conocen que eres un hombre. Pero sé prudente. Me da
-el corazón que en cuanto á Akela se le escape el primer gamo sobre el
-cual se arroje (y cada día va haciéndosele más difícil el apoderarse
-de los gamos que persigue), la manada se pondrá en contra de él y de
-tí. Celebraráse un Consejo de la Selva en la Peña, y entonces... y
-entonces... Ya tengo una idea, dijo Bagheera levantándose de un salto.
-Vete inmediatamente á donde los hombres tienen sus chozas, allá en el
-valle, y coge una parte de la Flor Roja que allí cultivan, á fin de que
-en el momento oportuno puedas contar con un apoyo más fuerte que yo, ó
-que Baloo, ó los que bien te quieren en la manada. Anda, ve á buscar la
-Flor Roja.
-
-Lo que Bagheera quería significar al hablar de la Flor Roja era el
-fuego; pero no hay en toda la selva ser viviente que quiera llamar al
-fuego por su nombre. Sienten ante él todas las fieras un miedo mortal,
-é inventan cien maneras diferentes de describir lo que tal pavor les
-causa.
-
---¿La Flor Roja? dijo Mowgli. Es la que á la hora del crepúsculo crece
-fuera de las chozas. Yo la cogeré.
-
---Así deben hablar los cachorros de los hombres, dijo Bagheera con
-orgullo. Acuérdate de que la flor crece en unas macetas pequeñas.
-Arrebatas una y la guardas para cuando llegue la hora en que puedas
-necesitarla.
-
---¡Bueno! dijo Mowgli. Allá voy. Pero ¿estás segura, ¡Bagheera mía! (y
-al decir esto le deslizó un brazo en torno del espléndido cuello y la
-miró profundamente en los grandes ojos), estás segura de que todo esto
-es obra de Shere Khan?
-
---Por el Cerrojo que me dió la libertad, te aseguro que sí, Hermanito.
-
---Pues, entonces, por el Toro que sirvió para comprar mi vida, te
-prometo que voy á saldar mis cuentas con Shere Khan, y es posible que
-le pague aun algo más de lo que le debo. Al decir esto salió disparado.
-
---He aquí á un hombre... todo un hombre, dijo, entre sí, Bagheera,
-tendiéndose en el suelo nuevamente. ¡Ah, Shere Khan, nunca te metiste
-en más funesta cacería que en la de esta rana, diez años atrás!
-
-Mowgli había ido alejándose por el interior del bosque, á todo correr,
-ardiéndole el corazón en el pecho. Llegó á la cueva á la hora en que
-comenzaba á elevarse la niebla vespertina, paróse para tomar aliento,
-y miró hacia el fondo del valle. Los lobatos habían salido, pero mamá
-Loba, desde las profundidades de la caverna, conoció por el modo de
-respirar que algo le pasaba á su _rana_.
-
---¿Qué hay, hijo? exclamó.
-
---Charlatanismos, propios de murciélago, de ese Shere Khan, respondió
-Mowgli. Esta noche cazo en terreno labrantío, añadió, y enseguida
-hundióse entre los arbustos, dirigiéndose hacia el sitio por donde
-corrían las aguas en el fondo del valle. Detúvose allí porque oyó los
-salvajes alaridos de la cacería en que se hallaba la manada; el mugido
-del _sambhur_ cuando le persiguen; el resoplar del gamo que se ve
-acorralado. Entonces resonó un coro de perversos é insultantes aullidos
-que partían de los lobos más jóvenes:
-
---¡Akela! ¡Akela! Dejad que el Lobo Solitario muestre su fuerza,
-decían. ¡Paso al Jefe de la manada! ¡Salta, Akela!
-
-El Lobo Solitario debió de saltar, sin duda, equivocando el golpe,
-porque Mowgli oyó el castañeteo de los dientes y luego una especie de
-ladrido cuando el _sambhur_ le hizo rodar por el suelo empujándole con
-las patas delanteras.
-
-No esperó ya más para ver lo que sucedía. Siguió adelante, y los
-gritos fueron oyéndose cada vez más débiles á medida que se alejaba en
-dirección á las tierras de labor, en las cuales vivían los campesinos.
-
---Bagheera estaba en lo cierto, dijo resollando fuerte, mientras se
-arrellanaba sobre unos forrajes que halló bajo la ventana de una choza.
-Mañana será un día importante para Akela y para mí.
-
-Pegó, entonces, la cara á la ventana, y miró el fuego que ardía en el
-suelo. Vió á la mujer del labriego levantarse y arrojar, por la noche,
-sobre las llamas, unos pedazos de algo negro; y al llegar la mañana,
-cuando todo estaba envuelto en blanca y fría neblina, vió á un rapaz,
-hijo del campesino, coger una especie de maceta de mimbres, enjalbegada
-interiormente con tierra, llenarla de encendidas brasas, colocarla bajo
-una manta, y salir para cuidar de las vacas en el establo.
-
---¿Y esto es todo? dijo Mowgli. Si un cachorro como éste puede hacerlo,
-entonces nada hay que temer. Dobló la esquina de la casa, corrió hacia
-el muchacho, le arrebató aquélla especie de maceta y desapareció
-con ella entre la niebla, mientras el chico se quedaba chillando
-atemorizado.
-
---Mucho se me parecen, dijo Mowgli, soplando en la maceta, como había
-visto que la mujer hacía. Esto se me va á morir si no lo alimento,
-añadió. Y comenzó á arrojar ramitas de árbol y cortezas secas sobre
-aquella materia de un rojo tan vivo. Hacia media colina hallóse con
-Bagheera, cuya piel, con el rocío matinal, parecía salpicada de piedras
-preciosas.
-
---Akela ha errado el golpe; dijo la pantera. Á no haber sido porque te
-necesitaban también á tí, lo hubieran muerto ayer noche. En busca tuya
-fueron á la colina.
-
---Yo andaba, entonces, por las tierras de labor. Ya estoy listo. ¡Mira!
-
-Y Mowgli levantó la especie de maceta llena de fuego.
-
---¡Bien! Ahora falta otra cosa: yo he visto á los hombres arrojar una
-rama seca sobre esto, y al poco rato la Flor Roja se abría al extremo
-de la rama. ¿No tienes miedo de hacer otro tanto?
-
---No. ¿Por qué he de tenerlo? Recuerdo ahora (si no es todo ello
-un sueño) como, antes de ser lobo, me acosté junto á la Flor Roja,
-hallándola caliente y agradable.
-
-Todo el día lo pasó Mowgli sentado en la caverna, cuidando de su maceta
-y metiendo en ella ramas secas, para ver el efecto que producían
-después. Halló una á su gusto, y, al anochecer, cuando Tabaqui llegó á
-la cueva y le dijo, con harta rudeza, que le necesitaban en el Consejo
-de la Peña, se estuvo riendo hasta que Tabaqui echó á correr. Entonces
-se dirigió hacia el Consejo, pero riéndose aún.
-
-Akela, el Lobo Solitario, estaba echado junto á su roca, como signo de
-que la jefatura de la manada se hallaba vacante, y Shere Khan, con su
-cohorte de lobos ahitos de sus sobras, paseábase de un lado á otro con
-aire resuelto y satisfecho. Bagheera estaba echada junto á Mowgli, y
-éste tenía, entre las piernas, la maceta del fuego. Cuando estuvieron
-todos reunidos, Shere Khan empezó á hablar, lo que jamás se hubiera
-atrevido á hacer en los buenos tiempos de Akela.
-
---No tiene derecho á esto, murmuró Bagheera. Díselo. Ese es de casta de
-perro: verás como se atemoriza.
-
-Mowgli púsose en pie.
-
---¡Pueblo libre! gritó, ¿es, acaso, Shere Khan quien dirige la manada?
-¿Qué tiene que ver un tigre con nuestra jefatura?
-
---Viendo que el puesto está vacante, y habiéndoseme suplicado que
-hablara... comenzó á decir Shere Khan.
-
---¿Quién lo ha suplicado? ¿Por ventura nos hemos vuelto todos chacales
-para estar adulando á este carnicero, matador de reses? La jefatura de
-la manada pertenece exclusivamente á miembros de la manada misma.
-
-Oyéronse feroces aullidos que significaban:
-
---¡Silencio, _cachorro de hombre_!
-
---Dejadle hablar. Ha observado fielmente nuestra Ley.
-
-Al fin los ancianos de la manada gritaron con voz tonante:
-
---¡Dejad que hable el Lobo Muerto!
-
-Cuando un jefe de la manada ha errado el golpe en la caza, dejando de
-matar á la pieza que perseguía, recibe el nombre de Lobo Muerto en todo
-lo que le queda de vida, que no es mucho por regla general.
-
-Akela levantó con aire de fatiga la cabeza en que la vejez había
-impreso su sello:
-
---¡Pueblo Libre, dijo, y vosotros también, chacales de Shere Khan!
-Durante doce estaciones os he llevado á la caza, y de ella os he
-vuelto sin que ni uno de vosotros cayera en trampa alguna ó quedara
-inutilizado. Ahora he errado el golpe. Bien sabéis cómo vosotros mismos
-me llevasteis á atacar á un gamo que no había sido corrido previamente,
-para que así se viera más clara mi debilidad. Hábiles han sido vuestros
-manejos. Tenéis derecho á matarme ahora mismo, aquí, en el Consejo de
-la Peña. Por lo tanto no pregunto más que esto: ¿quién es el que va á
-quitar la vida al Lobo Solitario? Porque también á mí me asiste otro
-derecho, según la Ley de la Selva: el de exigir que os acerquéis á mí
-uno á uno.
-
-Reinó entonces prolongado silencio, porque á ningún lobo le parecía muy
-agradable el tener un duelo á muerte con Akela.
-
-De pronto Shere Khan rugió:
-
---¡Bah! ¿Qué nos importa lo que diga ese viejo chocho y sin dientes?
-¡No tardará en morirse! El hombrecito ese es quien ha vivido ya
-demasiado... ¡Pueblo Libre! Mi presa fué desde el primer día: dádmelo.
-Cansado estoy ya de ese loco empeño de hacer de él un hombre-lobo.
-Durante diez estaciones no ha hecho más que molestar á todo el mundo
-en la Selva. Dadme á ese hombrecito, ó de lo contrario os prometo que
-he de cazar siempre aquí y no he de daros ni un solo hueso. El es un
-hombre, un chiquillo de los que los hombres tienen, y yo le odio hasta
-los tuétanos.
-
-Entonces, más de la mitad de los lobos que formaban la manada aulló:
-
---¡Un hombre! ¡Un hombre! ¿Qué tiene que ver con nosotros hombre
-alguno? ¡Qué se vaya con los suyos!
-
---¿Y que vaya á alzar contra vosotros á toda la gente de los pueblos?
-No: dádmelo á mí. Es un hombre, y ninguno de nosotros puede mirarle de
-hito en hito en los ojos.
-
-Akela levantó de nuevo la cabeza y dijo:
-
---De lo nuestro ha comido; con nosotros durmió hasta hoy; nos ha
-proporcionado caza; nada ha hecho que sea contrario á la Ley de la
-Selva...
-
---Además, yo pagué por él un toro cuando se le aceptó. Poco vale
-un toro; pero el honor de Bagheera es algo por lo cual acaso esté
-dispuesta á pelearse, dijo la pantera con voz que suavizó cuanto pudo.
-
---¡Un toro que fué pagado diez años atrás! gruñeron entre dientes los
-lobos de la manada. ¡Qué nos importan unos huesos roídos hace ya diez
-años!
-
---¿O, mejor, qué os importa una promesa? dijo Bagheera mostrando sus
-blancos dientes por debajo del labio. ¡Bien os sienta ese nombre de
-Pueblo Libre!
-
---Un cachorro humano no puede juntarse con el Pueblo de la Selva, rugió
-Shere Khan. ¡Entregádmelo!
-
---Por todo es nuestro hermano, excepto por la sangre, siguió diciendo
-Akela. ¡Y vosotros quisierais matarle aquí! En verdad que harto he
-vivido. Algunos de vosotros se alimentan de ganado, y de otros he oído
-decir que, bajo la dirección de Shere Khan, van de noche, protegidos
-por la oscuridad, á robar niños á las mismas puertas de las aldeas.
-De ello deduzco que sois cobardes, y que á cobardes estoy hablando.
-Cierto que he de morir, y mi vida carece ya de valor, mas, á tenerlo,
-yo la ofrecería en lugar de la del hombrecito. Pero por el honor de la
-manada (una bagatela de la cual os habéis olvidado desde que estáis
-sin jefe), yo os prometo que, si dejáis á ese hombre-cachorro volver
-con los suyos, no he de enseñaros los dientes cuando me llegue la hora
-de morir. Esperaré la muerte sin resistencia. Lo menos tres vidas se
-ahorrarán así. No puedo hacer más; pero si asentís á lo que os digo, no
-pasaréis por la vergüenza de matar á un hermano que ningún delito ha
-cometido... un hermano cuya vida fué defendida y comprada, de acuerdo
-con la Ley de la Selva, cuando se le incorporó á nuestra manada.
-
---¡Es un hombre... un hombre... un hombre! gruñeron los lobos, y la
-mayor parte de ellos comenzó á agruparse en torno de Shere Khan, que se
-azotaba los ijares con la cola.
-
---En tus manos está ahora el asunto, dijo Bagheera á Mowgli. Ni tú ni
-yo podemos hacer ya más que luchar contra todos.
-
-Púsose Mowgli en pie llevando entre las manos la maceta del fuego.
-Estiró los brazos y bostezó mirando hacia el Consejo; pero estaba loco
-de ira y de pena al ver que los lobos, procediendo como lo que eran, le
-habían ocultado siempre el odio que por él sentían.
-
---¡Escuchadme! gritó. Ninguna necesidad hay de que estéis aquí
-charlando como si fuerais perros. Tantas veces me habéis dicho ya esta
-noche que soy un hombre (y en verdad que, por mi gusto, hubiera sido
-un lobo hasta el fin de mi vida), que empiezo á comprender que estáis
-en lo cierto. En adelante, no os llamaré ya hermanos míos, sino _sag_
-(perros) como os llamaría un hombre. Lo que haréis, ó dejaréis de
-hacer, no sois vosotros los llamados á decirlo. Asunto es éste que me
-corresponde á mí; y para que podáis haceros cargo de él más claramente,
-yo, el hombre, he traído aquí una pequeña porción de la Flor Roja que
-tanto os atemoriza á vosotros, como perros que sois.
-
-Arrojó al suelo la maceta del fuego, y algunas de las brasas prendieron
-en un montón de seco musgo, que ardió al punto, mientras todo el
-Consejo retrocedía aterrorizado al ver elevarse las llamas.
-
-Lanzó Mowgli sobre el fuego la rama que llevaba, y cuando ésta se
-encendió chisporroteando, comenzó á agitarla rápidamente por encima de
-los acobardados lobos.
-
---Ya no hay aquí más amo que tú, dijo Bagheera en voz baja. Salva la
-vida á Akela: fué siempre tu amigo.
-
-Akela, el serio y ya viejo lobo que en su vida había pedido á nadie
-misericordia, dirigió á Mowgli una triste mirada, mientras éste se
-erguía completamente desnudo, la larga y negra cabellera caída sobre
-los hombros, iluminado por las llamas de la encendida rama que agitaba
-las sombras y las hacía temblar.
-
---¡Bueno! dijo Mowgli tendiendo pausadamente la mirada en torno suyo.
-Veo que no sois más que unos perros. Os dejo para irme con mi gente...
-si hay en el mundo semejante cosa. La selva es desde hoy campo vedado
-para mí, y es fuerza que olvide vuestra amistad; pero voy á mostrarme
-más generoso que vosotros: por la sola razón de que, exceptuando el ser
-hermano por la sangre, yo lo he sido todo para vosotros, os prometo
-que, cuando sea un hombre entre los hombres, no he de haceros traición,
-como vosotros me la habéis hecho á mí.
-
-Dió al fuego un puntapié, y el aire se llenó de chispas.
-
---No habrá guerra, prosiguió, entre nosotros. Pero antes de dejaros,
-he de solventar una deuda. Dirigióse á grandes pasos hacia el sitio
-donde Shere Khan estaba sentado sobre sus patas, parpadeando con aire
-atontado al mirar las llamas, y cogióle por el puñado de pelo que tenía
-bajo la barba. Bagheera siguió á entrambos, en previsión de lo que
-pudiera ocurrir.
-
---¡Levántate, perro! gritó Mowgli. ¡Levántate cuando te habla un
-hombre, ó, de lo contrario, te abraso la piel!
-
-Shere Khan bajó las orejas hasta dejarlas como aplastadas sobre su
-cabeza, y cerró los ojos, porque vió muy cerca de él la rama ardiendo.
-
---Ese cazador de reses dijo que me mataría en el Consejo, porque no
-pudo matarme cuando yo no era más que un cachorro. Así es como nosotros
-pagamos á los perros cuando llegamos á ser hombres. ¡Mueve no más que
-uno de tus bigotes, Lungri, y te hundo la Flor Roja en el gaznate!
-
-Pególe á Shere Khan en la cabeza con la rama, y el tigre gimoteó con
-plañidera voz, como agonizante de terror.
-
---¡Bah! ¡Anda ahora, chamuscado gato de la Selva! Pero acuérdate de lo
-que te digo: cuando yo vuelva al Consejo de la Peña, como es bien que
-un hombre vuelva, será cubriendo mi cabeza con tu piel. Por lo demás,
-Akela queda en libertad de vivir, y del modo que mejor guste. No le
-mataréis, porque no es ésta mi voluntad. Ni pienso, tampoco, que vais á
-estar aquí más tiempo con la lengua colgando, como si fuerais algo más
-que perros que yo arrojo de este lugar... Por lo tanto ¡largo de ahí!
-
-Ardía furiosamente el extremo de la rama, y Mowgli comenzó á vapulear
-con ella, á derecha é izquierda, á los que formaban el círculo, con lo
-cual echaron á correr los lobos aullando, al sentir que las chispas les
-quemaban el pelo. No quedaron, al fin, más que Akela, Bagheera y unos
-diez lobos que se habían puesto del lado de Mowgli. Entonces sintió
-éste en su interior una pena como jamás la había experimentado antes,
-y, tomando aliento, sollozó, y las lágrimas corrieron por su rostro.
-
---¿Qué es eso?... ¿Qué es eso? dijo. No quisiera abandonar la Selva, y
-no sé qué es lo que me ocurre. ¿Me estoy muriendo, acaso, Bagheera?
-
---No, Hermanito. Eso no son más que lágrimas, como las que derraman los
-hombres, díjole Bagheera. Ahora sí que eres _un hombre_, y no ya un
-cachorro humano, como antes. En verdad que la Selva se ha cerrado para
-tí desde hoy. Déjalas correr, Mowgli: no son más que lágrimas.
-
-Sentóse, pues, Mowgli, y lloró como si el corazón fuera á rompérsele á
-pedazos. Era la primera vez que lloraba.
-
---Ahora, dijo, me voy con los hombres. Pero antes he de despedirme de
-mi madre; y así diciendo fuése á la caverna donde ella vivía junto con
-papá Lobo, y sobre su piel derramó nuevas lágrimas, mientras los cuatro
-lobatos aullaban tristemente.
-
---¿No me olvidaréis? dijo Mowgli.
-
---Nunca, mientras podamos seguir una pista, dijeron los cachorros.
-Cuando seas un hombre, ven hasta el pie de la colina y hablaremos
-contigo. Nosotros iremos también, de noche, á las tierras de cultivo, y
-allí jugaremos juntos.
-
---¡Vuelve pronto! dijo papá Lobo. ¡Vuelve pronto, ranita sabia, porque
-tanto tu madre como yo somos ya viejos!
-
---¡Vuelve pronto! repitió mamá Loba, desnudito hijo mío; porque... oye
-lo que voy á decirte... siempre te he querido á tí más, con todo y ser
-hijo de un hombre, que á mis cachorros.
-
---Sin duda que volveré, dijo Mowgli; y cuando lo haga será para tender
-sobre la Peña del Consejo la piel de Shere Khan. ¡No me olvidéis!
-¡Decidles á todos en la Selva que tampoco me olviden nunca!
-
-Rayaba el alba cuando Mowgli bajó de la colina, completamente solo,
-para ir en busca de esos misteriosos seres que se llaman hombres[5].
-
-
- =Canción de caza de la manada de Seeonee=
-
- Al rayar la aurora--el _sambhur_ baló
- ¡una, dos veces, tres!
- y del lago donde--va el ciervo á beber
- un gamo saltó--un gamo saltó.
- Yo sólo, en acecho,--lo he podido ver,
- ¡una, dos veces, tres!
-
- Al rayar la aurora--el _sambhur_ baló
- ¡una, dos veces, tres!
- Y atrás volvió un lobo,--volvió un lobo atrás
- la nueva llevando--pronto á los demás:
- de la hallada pista--nos vamos detrás,
- ¡una, dos veces, tres!
-
- Al rayar la aurora--la tribu rugió
- ¡una, dos veces, tres!
- ¡Pies que van pisando--sin huella dejar!...
- ¡Ojos que en la noche--ven claro al mirar!...
- ¡Y gritos y estruendo--y torna á escuchar!...
- ¡Una, dos veces, tres!
-
- [Ilustración]
-
-
- NOTAS:
-
-[4] Usa el autor palabras de su invención para remedar las voces de
-los animales. Consérvolas lo mismo, ó casi lo mismo, en la traducción,
-suprimiendo, á veces, alguna letra, inútil en castellano.--N. DEL T.
-
-[5] No es éste el único cuento del _Libro de las tierras vírgenes_
-en que aparece la figura de Mowgli. Repetidas veces la pone el autor
-en escena, sin seguir un riguroso orden, saltando de unos á otros
-asuntos en cada cuento. Fácilmente hubieran podido agruparse todos
-los relativos á Mowgli formando serie, y tengo noticia de que hay
-una edición norteamericana de esta obra que así lo ha hecho. Aquí se
-publican en la misma forma en que se hallan en las obras completas del
-autor. (Macmillan and C.^o, Londres, 1899).
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- LA CAZA DE KAA
-
- Sus manchas son orgullo del Leopardo,
- sus cuernos son del búfalo el honor.
- Sé limpio, que la fuerza del que caza
- se juzga de la piel por el color.
- Si te ocurre que un toro te voltea,
- ó pruebas del _sambhur_ una cornada,
- no dejes el trabajo por contarlo,
- que es cosa que tenemos ya olvidada.
- Nunca maltrates al cachorro ajeno;
- mírale como á un hijo de tu padre,
- que, aunque pequeño y torpe, es muy posible,
- que á una osa, tal vez, tenga por madre.
- ¡No hay nadie como yo! dice el cachorro,
- cuando derriba la primera pieza;
- pero grande es la Selva y él pequeño;
- deja que piense en calma, que ahora empieza.
-
- _Máximas de Baloo._
-
-
-Cuanto aquí se refiere ocurrió algún tiempo antes de que Mowgli fuera
-arrojado de la manada de lobos de Seeonee, y se vengara de Shere Khan,
-el tigre. Era en la época en que Baloo le enseñaba la Ley de la Selva.
-El serio, viejo y enorme oso pardo estaba contentísimo con un discípulo
-tan listo, porque los lobatos no quieren aprender de la Ley de la Selva
-más que lo que se refiere á su propia manada y tribu; escapándose en
-cuanto saben de memoria estas palabras de la «Canción de caza»: «Pies
-que no causan el menor ruido; ojos que ven en la oscuridad; orejas que
-pueden oir los diferentes vientos desde el cubil; blancos y afilados
-dientes: todo esto son señales características de nuestros hermanos,
-exceptuando á Tabaqui, el Chacal, y á la Hiena, que odiamos».
-
-Pero Mowgli, que era un hombrecito, tuvo que aprender bastante más.
-Algunas veces Bagheera, la pantera negra, se acercaba, curioseando por
-la selva, para ver cómo le iba á su niño mimado, y, apoyando la cabeza
-contra un árbol, escuchaba, con sordo ronquido, la lección que Mowgli
-recitaba á Baloo. Sabía el muchacho trepar á los árboles casi tan bien
-como nadar, y nadar casi con igual habilidad que correr; por lo cual
-Baloo, el Maestro de la Ley, le enseñó las del Bosque y del Agua: cómo
-puede distinguirse una rama carcomida de otra sana; cómo tenía que
-hablar cortesmente á las abejas silvestres cuando encontrara una de sus
-colmenas á quince metros sobre el nivel del suelo; qué es lo que había
-de decir á Mang, el murciélago, cuando fuera á molestarle entre las
-ramas en mitad del día; cómo tenía que avisar á las serpientes de agua
-que viven en las lagunas, antes de lanzarse al agua entre ellas. Ni uno
-sólo de los habitantes de la Selva gusta de que le molesten, y todos
-están siempre muy dispuestos á arrojarse sobre los intrusos. Después de
-esto, aprendió Mowgli también la «Consigna del cazador forastero», que
-hay que ir repitiendo en alta voz hasta que sea contestada, siempre que
-alguno de los habitantes de la Selva caza fuera de su propio terreno.
-Traducida la consigna, significa: «Dame permiso para cazar aquí, porque
-tengo hambre». Y la respuesta dice: «Caza, pues, para buscar comida,
-pero no para tu recreo».
-
-Todo esto os demostrará las muchas cosas que tuvo que aprender Mowgli
-de memoria, llegando á cansarse ya de tanto repetir lo mismo más de
-cien veces; pero es lo que le dijo Baloo á Bagheera un día en que hubo
-que pegarle y el muchacho se marchó malhumorado:
-
---Un cachorro humano es un cachorro humano, y tengo el deber de
-enseñarle _toda_ la Ley de la Selva.
-
---Pero ten presente lo pequeño que es, dijo la pantera negra, que
-hubiera echado á perder á Mowgli si ella hubiera podido educarle á su
-modo. ¿Cómo pueden caber en cabeza tan chica todos tus largos paliques?
-
---¿Hay, acaso, en la Selva cosa alguna que de puro pequeña no pueda
-matarse? No. Pues bien: por esta razón le enseño todo eso, y por lo
-mismo le pego, con mucha suavidad, cuando se le olvida algo.
-
---¡Con suavidad! ¿Qué sabes tú de suavidades, viejo Patas-de-hierro?
-gruñó Bagheera. Toda la cara le has llenado hoy de cardenales con tu...
-suavidad. ¡Uf!...
-
---Valdría más que estuviera lleno de cardenales de cabeza á pies,
-mientras fueran causados por mí, que le quiero, que no que le ocurriera
-alguna desgracia por ignorancia, contestó Baloo con suma gravedad.
-Ahora le estoy enseñando las Palabras Mágicas de la Selva, que han
-de protegerle contra los pájaros, contra el Pueblo de las Serpientes
-y contra todo cuadrúpedo que caza, excepto contra su propia manada.
-Desde hoy, con sólo recordar tales palabras, podrá ya pedir protección
-á todos los habitantes de la Selva. ¿No vale esto la pena de recibir
-algunos golpes?
-
---Bien, pero cuidado con matar al hombrecito. No es ningún tronco de
-árbol para que vayas á afilar en él tus embotadas garras. Pero, dime,
-¿qué Palabras Mágicas son ésas de que estás hablando? Más probable es
-que tenga yo que prestar ayuda á alguien, que pedirla (y, al decir
-esto, estiró Bagheera una de sus patas, contemplando con admiración
-los acerados cinceles de sus garras); sin embargo, añadió, me gustaría
-saberlo.
-
---Llamaré á Mowgli y él te dirá esas palabras... si se le antoja. ¡Ven,
-Hermanito!
-
---Tengo la cabeza como un árbol lleno de abejas que zumban, dijo por
-encima de los que hablaban una vocecilla malhumorada, y Mowgli, en el
-colmo de la indignación, se deslizó por el tronco de un árbol añadiendo
-al echar pie á tierra:
-
---¡Si vengo es por Bagheera y no por tí, Baloo, viejo gordiflón!
-
---Lo mismo me da, dijo Baloo, aunque le hiriera en lo vivo y le apenara
-la contestación. Dile, pues, á Bagheera las Palabras Mágicas de la
-Selva, que te he enseñado hoy.
-
---¿Las Palabras Mágicas... para qué Pueblo? dijo Mowgli contentísimo al
-ver la ocasión que se le ofrecía para exhibirse. En la Selva hay muchos
-lenguajes. Yo los sé todos.
-
---Algo de ellos sabes, pero no mucho. ¿Ves, Bagheera? Nunca se muestran
-agradecidos con quien les enseña. Jamás un sólo lobato ha venido á dar
-las gracias á Baloo por sus enseñanzas. Vamos, dí, pues, las palabras
-para el Pueblo Cazador... ¡gran sabio!
-
---«Tú y yo somos de la misma sangre», dijo Mowgli dando á las palabras
-el acento especial de oso que usan todos los que cazan allí.
-
---Bueno. Ahora las que sirven para los pájaros.
-
-Repitiólas Mowgli, terminando la frase con el silbido característico
-del milano.
-
---Ahora las que son para el Pueblo de las Serpientes, dijo Bagheera.
-
-La contestación fué un silbido indescriptible, tras el cual hizo
-Mowgli una salvaje pirueta, batió palmas para celebrar su propia
-habilidad y de un salto se colocó sobre el lomo de Bagheera, sentándose
-de medio lado y dándole con los talones sobre la reluciente piel,
-mientras le hacía á Baloo las más horrorosas muecas.
-
---¡Ea! ¡Ea! ¡Bien merecido tenías el cardenal! dijo, con ternura,
-el oso pardo. Algún día me lo agradecerás. Volvióse, entonces, para
-decirle á Bagheera cómo había pedido á Hathi, el Elefante Salvaje, que
-sabe todas esas cosas, que le dijera las Palabras Mágicas, y, cómo
-Hathi llevó á Mowgli á una laguna para obtener de una serpiente de agua
-la Palabra que sirve para todas las Serpientes, porque Baloo no podía
-pronunciarla; finalmente, cómo Mowgli podía considerarse ya á salvo de
-todas las eventualidades que pudieran presentársele en la Selva, porque
-ni serpientes, ni pájaros, ni fieras le causarían daño alguno.
-
---No hay que temer á nadie, dedujo de lo expuesto Baloo, dándose suaves
-golpecitos con aire de orgullo sobre el enorme y peludo vientre.
-
---Excepto á los de su propia tribu, dijo Bagheera para sí. Y añadió
-luego, en voz alta, dirigiéndose á Mowgli:
-
---¡Ten un poco de cuidado con mis costillas, Hermanito! ¿Qué significa
-tanto bailoteo?
-
-Mowgli había intentado repetidas veces hacerse oir estirándole á
-Bagheera la piel del hombro y dándole fuertemente con los pies.
-
-Cuando los dos le escucharon gritó á voz en cuello:
-
---De modo que yo tendré una tribu de mi propiedad y la dirigiré por
-entre las ramas durante todo el día.
-
---¿Qué nueva locura es ésa? ¿Ya estás haciendo castillos en el aire?
-dijo Bagheera.
-
---Sí, y le tiraré ramas y porquería al viejo Baloo, continuó diciendo
-Mowgli. Me lo han prometido. ¡Ah!
-
---_¡Woof!_ La gruesa pata de Baloo arrojó á Mowgli del sitio en que
-estaba sentado sobre la espalda de Bagheera, y desde el suelo donde,
-frente á sus patas delanteras, quedó tendido, pudo ver que el oso
-estaba incomodado.
-
---Mowgli, dijo Baloo, tú has hablado con los _Bandar-log_ (el Pueblo de
-los Monos).
-
-Mowgli miró á Bagheera para ver si la pantera se había incomodado
-también, y vió que los ojos de ésta tenían tan dura expresión como si
-fueran dos piedras de jade.
-
---Tú has estado con el Pueblo de los Monos... con los monos grises...
-el pueblo sin Ley... los que comen cuanto se les presenta. ¡Qué
-vergüenza!
-
---Cuando Baloo me hizo daño en la cabeza, dijo Mowgli que seguía aún
-tendido de espaldas, me marché, y entonces los monos grises bajaron de
-los árboles y se acercaron compadeciéndome. Nadie más que ellos me hizo
-caso. Y al decirlo, su voz se alteró un poco.
-
---¡La piedad del Pueblo de los Monos! refunfuñó Baloo. ¡La quietud del
-torrente que baja del monte! ¡El fresco de un sol de verano! ¿Y qué
-ocurrió después, hombrecito?
-
---Después... después... Diéronme nueces y muy buenas cosas que comer,
-y... y me llevaron en brazos á lo más alto de los árboles... y dijeron
-que yo era su hermano, que éramos de la misma sangre, sólo que yo no
-tenía cola, y que algún día sería su jefe.
-
---No tienen jefe, dijo Bagheera. Mienten. Siempre han mentido.
-
---Conmigo fueron muy amables y me rogaron que volviera á verles. ¿Por
-qué no me habéis llevado nunca á donde está el Pueblo de los Monos?
-Andan en dos pies como yo. No me pegan, no tienen las patas duras...
-Juegan todo el día. ¡Dejadme subir á donde están ellos! ¡Baloo, malo!
-¡Déjame subir! Jugaremos otra vez.
-
---Oye, hombrecito, dijo el oso, y su voz retumbó como un trueno en
-noche calurosa. Te he enseñado toda la Ley de la Selva para que te
-sirva con todos los pueblos que en la selva existen... excepto el de
-los Monos que viven en los árboles. Esos no tienen Ley. Esos son los
-repudiados de todo el mundo. No poseen lenguaje propio, sino que usan
-palabras robadas que oyen por casualidad cuando escuchan, y atisban, y
-están en acecho allá arriba en las ramas. Su camino no es el nuestro.
-No tienen jefes. No tienen memoria. Presumen, y charlan, y pretenden
-ser un gran pueblo ocupado en asuntos importantísimos; pero la caída
-de una nuez desde el árbol les provoca la risa y basta para que todo
-lo olviden. Nosotros, los de la Selva, no nos tratamos con ellos. No
-bebemos donde los monos beben; no vamos á donde los monos van; no
-cazamos donde ellos cazan; no morimos donde ellos mueren. ¿Me has oído
-antes de ahora hablar de los _Bandar-log_?
-
---No, dijo Mowgli en voz muy baja, pues el silencio fué completo en el
-bosque, en cuanto calló Baloo.
-
---El Pueblo de la Selva los tiene desterrados de su boca y de su
-pensamiento. Son muchísimos, malos, sucios, desvergonzados, y desean,
-si es que puede decirse de ellos que tengan algún deseo fijo, llamar
-nuestra atención. Pero nosotros no les hacemos caso, ni siquiera cuando
-arrojan sobre nuestras cabezas nueces é inmundicias.
-
-Apenas había acabado de hablar cuando una lluvia de nueces y de ramas
-cayó desde las copas de los árboles, mientras se oían toses, aullidos y
-rumor de saltos por entre el ramaje.
-
---Al Pueblo de la Selva, dijo Baloo, le está _prohibido_ todo trato
-con el Pueblo de los Monos. Acuérdate.
-
---_Prohibido_, dijo Bagheera; pero paréceme que Baloo debía haberte
-prevenido antes contra ellos.
-
---¿Yo?... ¿Yo? ¿Cómo podía yo adivinar que iba á ocurrírsele el jugar
-con gentuza de esta calaña? ¡El Pueblo de los Monos! ¡Qué asco!
-
-Nueva lluvia cayó sobre ellos, y ambos echaron á correr hacia otro
-sitio, llevándose consigo á Mowgli.
-
-Lo que Baloo había dicho de los monos era la pura verdad. Ellos vivían
-en las copas de los árboles, y como las fieras rara vez miran hacia lo
-alto, no se ofrecía nunca la ocasión de que se cruzaran en el mismo
-camino. Pero siempre que veían un lobo enfermo, un tigre herido ó
-un oso, los monos se divertían en atormentarle, y arrojaban palos y
-nueces á cualquier fiera, sólo por divertirse y por el gusto de llamar
-la atención. Entonces aullaban, chillaban luego canciones sin sentido
-alguno, invitando al Pueblo de la Selva á encaramarse en sus árboles
-para pelear, ó bien se enredaban en furiosas batallas entre ellos
-mismos por cualquier fruslería, y dejaban después los muertos donde el
-Pueblo de la Selva pudiera verlos. Siempre estaban á punto de tener un
-jefe, de poseer leyes y usos propios, pero nunca lo lograban, porque de
-un día al otro se les borraba todo de la memoria, y así se contentaban
-con decir constantemente esta misma frase: «Lo que los _Bandar-log_
-piensan ahora toda la Selva lo pensará después,» y esta idea les
-consolaba. Ninguna de las fieras podía llegar hasta sus alturas; pero,
-por otra parte, ninguna se fijaba en ellos, y de ahí su alegría cuando
-vieron que Mowgli iba á buscarles para mezclarse en sus juegos y que
-esto irritaba grandemente á Baloo.
-
-No se propusieron pasar de ahí, porque los _Bandar-log_ nunca se
-proponen nada; pero ocurriósele á uno de ellos una idea que le pareció
-magnífica, y la expuso á los demás, persuadiéndoles de que convenía á
-la tribu conservar á una persona tan útil como Mowgli, porque él sabía
-entrelazar ramas de modo que protegieran contra el viento, y así, si le
-cogían, podrían obligarle á que les enseñara. Claro es que Mowgli, como
-hijo de leñador, había heredado de su padre toda clase de instintivas
-habilidades, y solía construir chozas con las ramas caídas, sin pensar
-siquiera en que tal cosa supiese hacer; mas el Pueblo de los Monos,
-observándolo desde los árboles, consideraba aquel simple juego como una
-maravilla. Lo que es esta vez, decían, iban, verdaderamente, á tener
-un jefe, y á ser el pueblo más sabio de toda la Selva... tan sabio que
-á todos causaría admiración y envidia. Siguieron, como consecuencia de
-todo esto, con el mayor sigilo, á Baloo, Bagheera y Mowgli á través de
-la selva, hasta que llegó la hora de la siesta, y Mowgli, que se sentía
-en realidad avergonzado de sí mismo, se durmió entre la pantera y el
-oso, resolviendo no tener más tratos con el Pueblo de los Monos.
-
-Después de esto, lo único que recordó fué el haber sentido el contacto
-de unas manos sobre sus piernas y brazos (manos duras, fuertes y
-chiquitas), y en seguida el choque de unas ramas en la cara, y luego
-el hallarse mirando hacia abajo á través del movedizo ramaje, mientras
-Baloo despertaba á toda la selva con sus roncos gritos y Bagheera
-saltaba tronco arriba del árbol, enseñando todos los dientes. Aullaron
-los _Bandar-log_ con aire de triunfo, y se acogieron, jugueteando, á
-las más altas ramas, donde Bagheera no se atrevió á seguirlos. Entre
-tanto gritaban:
-
---¡Se ha fijado en nosotros! ¡Bagheera se ha fijado en nosotros! ¡Todo
-el Pueblo de la Selva nos admira por nuestra habilidad y astucia!
-
-Comenzaron, entonces, su huída, y esa huída del Pueblo de los
-Monos á través del país arbóreo es una de las cosas verdaderamente
-indescriptibles. Tienen sus caminos reales y sus atajos, sus subidas y
-bajadas, todo trazado á quince, veinte ó treinta metros sobre el nivel
-del suelo, y por allí pueden viajar hasta de noche, si es preciso.
-Dos de los monos más fuertes cogieron á Mowgli por los sobacos, y se
-lo llevaron atravesando las copas de los árboles, dando saltos de
-una altura como de seis metros. Á haber ido completamente libres, su
-velocidad hubiera sido mayor; pero el peso del muchacho les embarazaba
-y detenía algo. Por más que se sintiera mareado y medio enfermo, Mowgli
-no pudo menos de deleitarse en aquella loca carrera, aunque los trozos
-de tierra que vislumbraba allá abajo le aterrorizaban, y aquel pararse
-y partir de nuevo al fin de cada balanceo en el vacío le tenía con el
-alma en un hilo. Llevábanle sus acompañantes hacia lo más alto de la
-copa de un árbol, hasta que sentía crujir y doblarse con su peso las
-más delgadas ramas de la cima, y entonces, con un fuerte resoplido, se
-arrojaban al aire, avanzando y descendiendo á la vez, para elevarse
-de nuevo y quedar colgados, por las manos ó por los pies, de las
-ramas más bajas del próximo árbol. Á veces divisaba millas y millas
-de extensión en que todo era quieta y verde selva, de igual modo que
-un hombre encaramado en un mástil abarca con la mirada, en el mar,
-millas enteras, y entonces el ramaje le sacudía la cara, y él y su guía
-llegaban casi al nivel del suelo. De tal suerte, saltando, y haciendo
-ruido, y resoplando fuertemente, y dando chillidos, la tribu entera
-de los _Bandar-log_ pasó por sus caminos trazados en los árboles,
-llevando prisionero á Mowgli.
-
-Hubo un momento en que temió éste que le dejaran caer, y entonces
-comenzó á ponerse de malhumor; pero, como era demasiado listo para
-rebelarse abiertamente, se limitó á pensar qué haría. Lo primero que se
-le ocurrió fué avisar á Baloo y á Bagheera, porque, al ver la velocidad
-con que huían los monos, bien se le alcanzaba que sus amigos iban á
-quedarse muy rezagados. Era completamente inútil mirar hacia abajo,
-pues nada podía ver más que las puntas de las ramas á uno y otro lado,
-y así dirigió hacia arriba sus miradas, logrando divisar á lo lejos,
-en la azul inmensidad, á Rann, el milano, balanceándose y describiendo
-curvas en el aire, mientras vigilaba la selva, esperando que los seres
-se murieran en ella. Vió Rann que los monos se habían apoderado de
-algo que se llevaban, y abatió el vuelo algunos centenares de metros
-para averiguar si aquella presa era comestible. Al ver á Mowgli
-arrastrado hasta lo más alto de la copa de un árbol, y al oirle gritar,
-sorprendióse no poco el milano y le contestó con un silbido: «Tú y yo
-somos de la misma sangre». La oleada de las ramas cerróse por encima
-del muchacho; pero Rann se apartó con un balanceo hasta el árbol más
-próximo en el preciso momento en que asomaba de nuevo la carita morena
-de Mowgli.
-
---¡Sigue mi pista! gritó éste. ¡Avisa á Baloo, de la manada de Seeonee,
-y á Bagheera, del Consejo de la Peña!
-
---¿En nombre de quién, hermano? dijo Rann, que nunca había visto á
-Mowgli, aunque claro está que había oído hablar de él.
-
---En nombre de Mowgli, la Rana. ¡_El hombrecito_ es como me llaman!
-¡Sigue mi pist...a!
-
-Las últimas palabras las chilló cuando ya le balanceaban en el aire;
-pero Rann movió la cabeza en señal de asentimiento, y se elevó hasta
-que no parecía ya mayor que un grano de polvo, y allí cernióse
-observando con el telescopio de sus ojos el moverse de las copas de los
-árboles, al paso de la escolta de monos que conducía á Mowgli.
-
---No se alejarán mucho, no, dijo con risa ahogada. Nunca llevan á feliz
-término lo que comienzan á realizar. Los _Bandar-log_ andan siempre
-picoteando aquí y allá cosas nuevas. Pero lo que es esta vez, ó yo
-estoy ciego, ó han picado en algo que va á darles qué hacer, porque
-Baloo no es ningún polluelo que se caiga del nido, y bien sé yo que
-Bagheera es muy capaz de matar algo más que cabras. Así diciendo,
-mecióse en el aire, abiertas las alas, recogidas bajo el cuerpo las
-patas, y esperó.
-
-Entre tanto, Baloo y Bagheera andaban locos de furor y de pena.
-Bagheera se encaramó á los árboles hasta donde nunca se atreviera á
-llegar antes; pero quebráronse bajo su peso las delgadas ramas, y
-resbaló hasta el suelo, llenas las garras de cortezas.
-
---¿Por qué no se lo advertiste al hombrecito? le decía rugiendo al
-pobre Baloo, que sostenía un trote algo pesado, con la esperanza de
-adelantarse á los monos. ¿De qué ha servido el que casi le mataras á
-golpes si no habías de prevenirle contra esto?
-
---¡Date prisa! ¡Date prisa! Aún... aún podría ser que les alcanzáramos,
-dijo Baloo jadeando.
-
---¡Al paso que vamos! No cansaría ni á una vaca herida. Maestro de la
-Ley... azota-cachorros... con que tuvieras que agitarte del modo que lo
-haces, durante un cuarto de legua de distancia, tendrías bastante para
-reventar. ¡Descansa y piensa! Traza un plan. No es éste el momento de
-perseguirles. Si les seguimos muy de cerca podrían dejarle caer.
-
---_¡Arrula! ¡Woo!_ Quizá lo han hecho ya, cansados de llevarle. ¿Quién
-se fía de los _Bandar-log_? ¡Pon murciélagos muertos sobre mi cabeza!
-¡Dame por toda comida huesos negros! ¡Méteme en una colmena de abejas
-silvestres para que me piquen hasta matarme, y entiérrame luego al lado
-de una hiena, porque soy el más desgraciado de cuantos osos existen!
-_¡Arulala! ¡Wahooa!_ ¡Ah! ¡Mowgli, Mowgli! ¿Por qué no te previne
-contra el Pueblo de los Monos, en vez de romperte la cabeza? ¿Quién
-sabe, si á golpes le saqué de la memoria la lección del día, y se
-hallará sólo en la selva, sin la ayuda de las Palabras Mágicas?
-
-Baloo cogióse la cabeza entre las patas y se arrastró gimoteando.
-
---Cuando menos, hace un momento me dijo á mí todas las palabras
-correctamente, replicó Bagheera con impaciencia. Baloo, continuó, tú
-has perdido la memoria y el propio respeto. ¿Qué pensaría de mí la
-Selva toda si yo, la pantera negra, me hiciera una pelota como Ikki, el
-puerco espín, y empezara á aullar?
-
---¿Qué me importa á mí lo que la Selva piense? Á estas horas quizá él
-ha muerto ya.
-
---Á no ser que le dejaran caer por juego, ó que le mataran por pereza,
-no creo yo que haya que temer por el hombrecito. Él es listo, y bien
-enseñado está, y, sobre todo, cuenta con sus ojos, que atemorizan á
-todo el Pueblo de la Selva. Pero (y hay que reconocer que grave mal
-es éste) se halla en poder de los _Bandar-log_, que como viven en los
-árboles, no tienen miedo á nuestra gente. Bagheera se lamió, al decir
-esto, una de sus patas delanteras con aire preocupado.
-
---¡Tonto de mí! ¡Oh! ¡Cuán obeso, moreno y estúpido desenterrador de
-raíces soy! dijo Baloo desenroscándose de un brinco. Gran verdad es
-lo que afirma Hathi, el elefante salvaje, cuando dice que «cada uno
-tiene su miedo peculiar». Pues bien: ellos, los _Bandar-log_ temen á
-Kaa, la serpiente de la Peña. Se encarama tan bien como ellos; les roba
-sus pequeñuelos por la noche... Su sólo nombre basta para helarles de
-espanto hasta las endiabladas colas. Vamos á ver á Kaa.
-
---¿Y qué va á hacer? No es de nuestra tribu, puesto que no tiene
-patas... y, además, la maldad está escrita en sus ojos, dijo Bagheera.
-
---Es muy vieja y muy astuta. Ante todo hay que pensar en que siempre
-está hambrienta, contestó Baloo esperanzado. Prométele muchas cabras.
-
---En cuanto come una, duerme un mes entero. Bien pudiera ser que
-estuviera durmiendo ahora; pero ¿y si se le antojara preferir el matar
-las cabras por su propia cuenta? Bagheera, que sabía muy poco de Kaa,
-se inclinaba, naturalmente, á la desconfianza.
-
---En tal caso, tú y yo juntos, vieja cazadora, la haríamos entrar en
-razón. Aquí Baloo frotó su hombro, de desteñido color moreno, contra la
-pantera, y ambos se alejaron en busca de Kaa, la serpiente pitón de la
-Peña.
-
-Halláronla tendida al sol en el tibio reborde de una roca, recreándose
-en la contemplación de su hermosa piel nueva, porque acababa de pasar,
-cambiándola, diez días en el más completo retiro, y ahora estaba
-verdaderamente espléndida, con la enorme cabeza roma á lo largo del
-suelo, enroscado en fantásticos nudos y curvas el cuerpo de nueve
-metros de largo, y relamiéndose al pensar en la próxima comida.
-
---Está en ayunas, dijo Baloo con un gruñido de satisfacción, en cuanto
-vió la hermosa piel moteada de amarillo y de color de tierra. ¡Mucho
-cuidado, Bagheera! Queda siempre medio ciega después del cambio de
-piel, y ataca con la mayor facilidad.
-
-No era Kaa serpiente venenosa (y la verdad es que despreciaba por
-cobardes á las de tal clase); pero su poder estribaba en su fuerza de
-presión, y cuando ella había envuelto á alguien en sus enormes anillos,
-bien podía darse ya por terminada toda lucha.
-
---¡Buena caza! gritó Baloo sentándose sobre sus cuartos traseros. Como
-todas las serpientes de su especie, Kaa era bastante sorda y no oyó
-bien, al principio, lo que le decían. Enrollóse en forma de espiral por
-lo que pudiera ocurrir, conservando baja la cabeza.
-
---¡Buena caza para todos! contestó. ¡Ah! ¿Eres tú, Baloo? ¿Y qué haces
-aquí? ¡Buena caza, Bagheera! Cuando menos uno de nosotros necesita
-comer. ¿Sabéis si hay por ahí algo á mano? ¿Algún gamo, por ejemplo,
-aunque sea joven? Estoy vacía como un pozo seco.
-
---De caza vamos, dijo Baloo como al descuido, porque bien sabía que con
-Kaa no hay que apresurarse: es harto grande para andar con prisas.
-
---Permitidme que vaya con vosotros, dijo Kaa. Un zarpazo de más ó
-de menos nada significa para Bagheera y Baloo; pero yo... yo he de
-esperar días y días en alguna senda del bosque, ó pasar media noche
-encaramándome á los árboles, para tener la suerte de tropezar con algún
-mono joven. _¡Pss naw!_ Las ramas no son ya como cuando yo era joven.
-Las más tiernas están podridas, y secas las mayores.
-
---Acaso tu enorme peso tenga algo que ver con este asunto, dijo Baloo.
-
---Sí, no me falta longitud...no me falta... contestó Kaa con cierto
-orgullo. Pero, con todo, no es mía la culpa, sino del ramaje nuevo.
-En mi última cacería poco faltó... muy poco... para que me cayera, y,
-como mi cola no rodeaba el tronco del árbol, el ruido que produje
-despertó á los _Bandar-log_, que comenzaron á insultarme.
-
---Lombriz de tierra, amarilla y sin patas, dijo, entre dientes,
-Bagheera, como si tratara de recordar algo.
-
---_¡Sssss!_ ¿Me han llamado eso alguna vez? dijo Kaa.
-
---Algo parecido es lo que nos gritaron á nosotros en el último cuarto
-de luna que ha pasado, pero ningún caso les hicimos. Son capaces
-de decir cualquier cosa... hasta que te has quedado sin dientes,
-y que no te atreves á hacer frente á cualquier cosa que sea mayor
-que un cabrito, porque... (vamos que esos _Bandar-log_ son unos
-desvergonzados)... porque les tienes miedo á los cuernos, siguió
-diciendo con suavidad Bagheera.
-
-Ahora bien: una serpiente, sobre todo una tan circunspecta serpiente
-pitón como era Kaa, raras veces da muestras de estar incomodada; pero
-Baloo y Bagheera pudieron ver entonces cómo se movían é hinchaban á
-cada lado del cuello de Kaa sus enormes músculos.
-
---Los _Bandar-log_ han huído de su acostumbrado terreno, dijo con voz
-baja. Cuando hoy salí á tomar el sol, oí sus gritos entre las copas de
-los árboles.
-
---Precisamente... precisamente vamos siguiendo su pista, contestó
-Baloo; pero las palabras se le atascaron en la garganta, porque
-aquélla era la primera vez, si la memoria no le engañaba, que alguien
-perteneciente al Pueblo de la Selva confesaba su interés por algo que
-pudieran hacer los monos.
-
---Indudablemente no dejará de ser importante lo que obliga á dos
-cazadores como vosotros, que sois jefes y directores entre los
-vuestros, á seguir los pasos de los _Bandar-log_, replicó Kaa
-cortesmente, llena de curiosidad.
-
---En honor de la verdad, comenzó á decir Baloo, yo no soy más que
-el anciano, y á veces bastante tonto, Maestro de la Ley, encargado
-de enseñársela á los lobatos de Seeonee, y Bagheera que aquí está
-presente...
-
---Es Bagheera, dijo la pantera negra, cerrando ambas quijadas con un
-castañeteo, porque no estaba ella para modestias. Lo que nos ocurre es
-esto, Kaa: esos ladrones de nueces y de hojas de palmera nos han robado
-á nuestro hombrecito, del cual acaso hayas oido hablar.
-
---Algo le oí á Ikki (cuyas púas le hacen ser muy presuntuoso) de una
-especie de hombre que fué admitido en una manada de lobos; pero yo no
-creí nada de eso. Ikki anda siempre con cuentos que oye mal y cuenta
-peor.
-
---Pero en este caso ha dicho la verdad. El hombrecito es tal que jamás
-hubo otro como él, dijo Baloo. El mejor, el más listo y más gallardo de
-todos... mi discípulo, que hará famoso en todas las selvas el nombre de
-Baloo... y, vaya, que yo... ó, mejor dicho, que nosotros... le queremos
-de veras, Kaa.
-
---_¡Ts! ¡Ts!_ contestó ésta sacudiendo la cabeza; también yo he sabido
-lo que es querer. ¡Podría contaros cosas que...!
-
---Que reclaman una noche clara y el estómago lleno para apreciarlas
-debidamente, dijo con prontitud Bagheera. Nuestro hombrecito está ahora
-en poder de los _Bandar-log_, y nos consta que de todo el Pueblo de la
-Selva no temen ellos á nadie más que á Kaa.
-
---Á nadie más que á mí. Y no les falta razón, dijo Kaa. Charlatanes,
-locos y vanos... vanos, locos y charlatanes: así son los monos. Pero si
-algo humano se halla entre ellos, está en peligro. La nuez que cogen
-les cansa pronto, y la tiran. Llevarán una rama durante medio día,
-proponiéndose hacer con ella grandes cosas, y luego la partirán en dos
-pedazos. En verdad que el hombrecito ese no es digno de envidia. Al
-insultarme ¿no me llamaron también _pez amarillo_...? ¿eh?
-
---Lombriz... lombriz... lombriz de tierra, dijo Bagheera,... y otras
-cosas más que no puedo repetir ahora por vergüenza.
-
---Habrá que enseñarles á hablar con más respeto de su maestro.
-_¡Aaa-sss!_ Tendremos que refrescarles algo la memoria. Pero, decidme
-¿y á donde se os llevaron el cachorro?
-
---Sólo la selva puede saberlo. Creo que hacia el lado por donde se pone
-el sol. Pensábamos nosotros que tú lo sabrías, Kaa.
-
---¿Yo? ¿Y cómo? Suelo apoderarme de ellos cuando se me ponen al paso,
-pero no voy á cazar á los _Bandar-log_, ni á las ranas... ó á esa
-espuma verde que hay en las lagunas, y que, para el caso, es lo mismo.
-
---¡Eh!, ¡eh!, ¡eh!, ¡Arriba!, ¡arriba! ¡Mira hacia arriba, Baloo, de la
-manada de Seeonee!
-
-Baloo miró hacia lo alto para ver de donde venía la voz que le llamaba,
-y vió á Rann, el milano, que descendía barriendo el espacio con las
-alas desplegadas, en cuyos bordes, vueltos hacia arriba, brillaba
-la luz del sol. Era ya casi para Rann la hora del sueño, pero hasta
-entonces había estado buscando á Baloo por toda la selva, sin lograr
-hallarle, por culpa de lo espeso que era el ramaje.
-
---¿Qué hay?, dijo Baloo.
-
---He visto á Mowgli entre los _Bandar-log_. El mismo me encargó que
-te lo dijera. He estado en acecho: se lo han llevado al otro lado del
-río... á la ciudad de los monos... á las Moradas Frías. Lo mismo pueden
-quedarse allí una noche que diez, ó que un rato. He encargado á los
-murciélagos que vigilaran durante las horas de obscuridad. Esto es
-cuanto tengo que decirte. ¡Buena suerte para todos!
-
---¡Buena suerte, que te llenes el buche y duermas bien, Rann!, gritó
-Bagheera. No me olvidaré de tí en mi próxima caza: la cabeza de lo que
-mate, para tí quedará reservada, porque eres el mejor de todos los
-milanos.
-
---Lo que he hecho no es nada... no es nada. El muchacho se acordó de
-decir las _Palabras Mágicas_, y yo no podía menos de cumplir con mi
-deber, contestó Rann elevándose por los aires trazando círculos, para
-dirigirse luego á su escondrijo.
-
---¡Vamos, veo que no ha perdido la lengua!, dijo Baloo, con sonrisa de
-satisfacción y orgullo. ¡Y pensar que, siendo tan joven, se ha acordado
-de las _Palabras Mágicas_ que sirven para los pájaros, en el preciso
-instante en que le llevaban á través de los árboles!
-
---¡Bien se lo metiste en la cabeza!, contestó Bagheera. Pero estoy
-orgullosa de él. Y ahora vamos á las Moradas Frías.
-
-Todo el Pueblo de la Selva sabía donde estaba este sitio, pero ninguno
-de ellos iba nunca allí, porque lo que llamaban las Moradas Frías era
-una antigua ciudad abandonada, perdida y enterrada en la selva, y pocas
-veces se ve que las fieras usen un sitio donde antes estuvieron los
-hombres. Lo hará el jabalí; pero no las tribus cazadoras. Por otra
-parte, los mismos monos vivían allí tan poco como en cualquier otro
-punto fijo, y ningún animal que se respetara algo se hubiera acercado
-hasta la distancia que alcanza la vista, excepto en épocas de sequía,
-cuando las medio arruinadas cisternas y los estanques conservaban un
-poco de agua.
-
---La jornada se nos llevará media noche... yendo á toda velocidad,
-dijo Bagheera, con lo cual Baloo se puso muy serio.
-
---Iré tan aprisa como pueda, contestó lleno de ansiedad.
-
---No nos atrevemos á esperarte: síguenos, Baloo. Kaa y yo no podemos ir
-á paso tardo.
-
---Tenga pies ó no, puedo yo correr tanto como tú con los cuatro que
-tienes, dijo Kaa lacónicamente.
-
-Esforzóse Baloo en acelerar el paso; pero tuvo que sentarse echando los
-bofes; y así, le dejaron para que fuera más despacio, mientras Bagheera
-se adelantaba con el rápido galope propio de la pantera. Kaa no dijo
-una palabra; pero por mucho que corriera Bagheera, la enorme serpiente
-pitón de la Peña no se dejaba adelantar. Venció Bagheera al llegar á
-un torrente lleno de agua, porque ella lo pasó de un salto, mientras
-Kaa tenía que nadar, fuera del agua la cabeza y una pequeña parte del
-cuello; pero, al llegar á tierra, pronto la serpiente recuperó lo
-perdido.
-
---¡Por el cerrojo que me dió la libertad (dijo Bagheera al desvanecerse
-la última luz del crepúsculo), te aseguro que eres buena andadora!
-
---Tengo hambre, dijo Kaa. Por otra parte, me han llamado rana con
-manchas...
-
---Lombriz... lombriz de tierra... y amarilla por añadidura.
-
---Lo mismo da. Sigamos. Y Kaa parecía derramarse toda ella por
-encima de la tierra, buscando con ojo seguro el camino más corto, y
-siguiéndolo estrictamente.
-
-Allá en las Moradas Frías, en lo que menos podían pensar los monos era
-en los amigos de Mowgli. Lleváronse al muchacho á la ciudad perdida, y
-con eso se quedaron muy satisfechos de momento. No había visto Mowgli,
-hasta entonces, ninguna ciudad india, y aunque aquélla no fuera ya más
-que un montón de ruinas, túvola por espléndida y maravillosa. Edificóla
-un rey, tiempo atrás, en la cumbre de una colina, y aún podían
-adivinarse las calzadas de piedra que conducían á las destrozadas
-puertas, cuyas últimas astillas colgaban de los goznes, comidos por el
-moho. Crecían árboles á uno y otro lado de las paredes; caídas y hechas
-pedazos estaban las almenas, y silvestres enredaderas pendían de las
-ventanas, á lo largo de los muros, en grandes y apretadas masas.
-
-Coronaba la colina un gran palacio sin techo; el mármol de los patios
-y fuentes estaba rajado y cubierto de manchas rojas y verdes; y hasta
-en los mismos sitios empedrados de los patios donde solían vivir los
-elefantes del rey, las piedras habían sido separadas unas de otras
-por la hierba y por los árboles nuevos que entre ellas crecían. Desde
-el palacio podían verse innumerables hileras de casas sin techo, que
-habían constituído la ciudad y eran ahora como destapadas colmenas
-que sólo llenaban negras sombras; la informe piedra que había sido un
-ídolo, en la plaza donde cuatro avenidas desembocaban; los hoyos y
-hoyuelos en las esquinas de las calles, donde existieron en otro tiempo
-los pozos públicos; y las rotas cúpulas de los templos con higueras
-silvestres que crecían á los lados. Llamaban los monos á este sitio
-su ciudad, y despreciaban al Pueblo de la Selva porque vivía en el
-bosque. Y, sin embargo, jamás supieron para qué se habían levantado
-aquellos edificios ni cómo habían de usarlos. Sentábanse formando
-círculos en la antecámara de la real sala del Consejo, y se rascaban
-buscando pulgas y echándoselas de hombres; ó bien entraban y salían,
-corriendo, de aquellas casas sin techo, y recogían pedazos de yeso y
-ladrillos viejos, llevándolos á un rincón, para olvidarse después del
-sitio donde los habían escondido y comenzar á pelearse y á gritar en
-vacilantes grupos, poniéndose luego, de pronto, á jugar, subiendo y
-bajando de las terrazas del jardín real, y sacudiendo los rosales y los
-naranjos por diversión, para ver caer las flores y los frutos. Habían
-explorado todos los pasadizos y caminos subterráneos que existían en el
-palacio, los centenares de obscuras salitas; pero jamás se acordaron
-de lo que habían visto ó dejado de ver, y así se paseaban de uno en
-uno, de dos en dos ó por grupos, diciéndose unos á otros que hacían
-lo mismo que los hombres hacen. Bebían en las cisternas, ensuciaban
-el agua, armaban peleas por ello, y luego, en montón, lanzábanse
-juntos gritando: «No hay nadie en la selva tan sabio, tan bueno, tan
-listo, tan fuerte y comedido como los _Bandar-log_». Entonces volvían
-á las andadas, hasta que, al fin, se cansaban de estar en la ciudad,
-y regresaban á las copas de los árboles, con la esperanza de que el
-Pueblo de la Selva se fijaría en ellos.
-
-Á Mowgli, que había sido educado conforme á la Ley de la Selva, no
-le gustó este género de vida, ni llegó á entenderla. La tarde tocaba
-ya á su fin cuando los monos se lo llevaron á las Moradas Frías, y
-en vez de irse á dormir, como Mowgli hubiera hecho después del largo
-viaje, cogiéronse de las manos y comenzaron á bailar y á cantar las
-más descabelladas canciones. Uno de los monos les echó un discurso, en
-el cual les dijo que la captura de Mowgli marcaba una nueva etapa en
-la historia de los _Bandar-log_, porque iba á enseñarles el modo de
-formar, juntando palos y cañas, un refugio contra la lluvia y el frío.
-Mowgli cogió algunas enredaderas y comenzó á entretejerlas, al paso que
-los monos trataban de imitarle; pero, al cabo de pocos minutos, había
-dejado ya de interesarles aquello, y se estiraban unos á otros la
-cola, ó saltaban puestos de cuatro patas y tosiendo.
-
---Quisiera comer, dijo Mowgli. En esta parte de la selva soy forastero.
-Dadme, pues, comida ó permiso para cazar aquí.
-
-Veinte ó treinta monos saltaron en seguida fuera del recinto, para
-traerle nueces y papayas silvestres; pero se enredaron en una pelea
-por el camino, y les pareció luego demasiada molestia el volver con
-los restos de aquellos frutos. Mowgli sentía el cuerpo adolorido,
-estaba tan malhumorado como hambriento, y anduvo errante por la
-ciudad abandonada, lanzando de cuando en cuando el grito de caza de
-los forasteros; pero, como nadie le contestara, se convenció de que
-verdaderamente había ido á parar á malísimo sitio.
-
---Cuanto dijo Baloo respecto á los _Bandar-log_ no es más que la
-verdad, pensó. No tienen Ley, ni grito de caza, ni jefes... nada más
-que loca palabrería y unas manos muy pequeñas y muy ladronas. Por lo
-tanto, si me matan de hambre, ó de cualquier otro modo, á nadie podré
-culpar más que á mí mismo. Pero yo he de hacer lo posible para volver
-á mi propia selva. Baloo me pegará, de fijo, mas prefiero eso que ir á
-caza de pétalos de rosa en compañía de los _Bandar-log_.
-
-No bien hubo llegado á las murallas de la ciudad, hiciéronle retroceder
-los monos, diciéndole que no sabía él la felicidad que le había caído
-con estar allí, y pellizcándole para enseñarle á ser agradecido. Apretó
-él los dientes y nada dijo; pero fué, entre el alboroto producido por
-los monos, á una terraza colocada sobre los depósitos de piedra roja
-destinados al agua, y que se hallaban entonces á medio llenar. Había
-allí, en mitad de la terraza, una glorieta de mármol blanco construída
-para uso de reinas que murieron cien años ha. El techo, en forma de
-cúpula, estaba medio hundido, y, al caer, había cerrado el pasadizo
-subterráneo que comunicaba con el palacio, abierto, en otro tiempo,
-para que por él pudieran pasar las reinas; pero las paredes estaban
-hechas de una especie de biombos de mármol recortado, hermosísima
-labor cincelada, blanca como la leche, y con incrustaciones de ágata,
-cornalina, jaspe y lapislázuli; y cuando la luna se asomó por detrás
-de la colina, brilló á través de los calados, proyectando sobre el
-suelo sombras parecidas á un bordado de terciopelo negro. Por más
-derrengado, soñoliento y muerto de hambre que estuviera Mowgli no pudo
-menos de reirse cuando veinte, á la vez, de los _Bandar-log_ comenzaron
-á decirle lo grandes, sabios, fuertes y discretos que eran, y la locura
-que él había cometido al intentar separarse de ellos.
-
---Somos grandes; somos libres; somos admirables. Somos el más admirable
-pueblo que hay en toda la Selva. Todos lo decimos, y, por lo tanto, no
-puede menos de ser verdad, gritaban. Ahora bien: como es la primera
-vez que puedes escucharnos y has de tener ocasión de repetir nuestras
-palabras al Pueblo de la Selva para que en lo futuro se fije en
-nosotros, vamos á decirte cuanto se refiere á nuestras importantísimas
-personalidades.
-
-Nada objetó Mowgli á esto, y los monos se reunieron por centenares en
-la terraza para escuchar á sus propios oradores, que cantaban alabanzas
-á los _Bandar-log_, y cuantas veces ocurría que uno de los oradores
-callara, por un instante, para tomar aliento, gritaban todos á la vez:
-
---¡Cierto es! ¡Lo mismo opinamos nosotros! Mowgli movía la cabeza
-en señal de asentimiento y parpadeaba, añadiendo un _sí_ cuando le
-preguntaban algo y sentía que la cabeza se le iba, aturdido por el
-alboroto.
-
---Tabaqui, el chacal, debe de haber mordido á todos éstos, y ahora se
-han vuelto locos. Verdaderamente eso es _dewanee_, la locura. ¿Pero
-esta gente no duerme? Por allá asoma una nube que cubrirá á la luna. Si
-la nube fuera bastante grande, quizá podría escaparme valiéndome de la
-obscuridad. Pero me siento fatigado.
-
-También dos amigos de Mowgli contemplaban aquella misma nube desde los
-medio cegados fosos que circundaban las murallas de la ciudad, porque,
-sabiendo lo peligroso que era el habérselas con el Pueblo de los Monos
-cuando éstos se juntaban en crecido número, Bagheera y Kaa no querían
-arriesgarse demasiado. Jamás los monos aceptan la lucha como no sea en
-la proporción de ciento contra uno, y pocos son en la Selva los que se
-avienen con tan desiguales condiciones.
-
---Iré hacia el lado oeste de la muralla, dijo Kaa en voz tan baja que
-parecía leve susurro, y desde allí me lanzaré rápidamente aprovechando
-el declive del terreno. Á mí no podrán echárseme encima á centenares;
-pero...
-
---Ya sé lo que hay qué hacer. ¡Si Baloo estuviera aquí!... Mas habrá
-que limitarse á lo que se pueda. Cuando esa nube pase por delante de la
-luna, cubriéndola, yo iré á la terraza. Allí celebran una especie de
-Consejo para hablar del muchacho.
-
---¡Buena caza! dijo Kaa con aire feroz, y se deslizó suavemente hacia
-el lado occidental del muro. Casualmente era éste el que se hallaba
-en mejor estado, y la enorme serpiente tardó algo en hallar camino
-practicable por entre las piedras.
-
-La luna quedó cubierta por la nube, y cuando Mowgli se preguntaba qué
-iba á pasar allí entonces, oyó los pasos ligerísimos de Bagheera que
-estaba ya en la terraza. La pantera negra había subido el declive casi
-sin ruido alguno, y empezó á repartir golpes (porque comprendió que
-morder era perder el tiempo) á diestro y siniestro entre la multitud
-de monos, que se hallaban sentados alrededor de Mowgli en círculos de
-cincuenta ó sesenta de fondo. Sonó un aullido general de miedo y de
-rabia, y entonces, como Bagheera tropezara con los cuerpos que rodaban
-por el suelo pateando debajo del suyo, uno de los monos gritó:
-
---¡No es más que uno sólo! ¡Matadle! ¡Matadle!
-
-Desordenada masa de monos, mordiendo, arañando, rasgando y arrancando
-cuanto podía, precipitóse sobre Bagheera, mientras cinco ó seis se
-apoderaban de Mowgli, lo arrastraban hacia lo alto de la glorieta, y
-lo metían por el agujero de la rota cúpula, dejándole caer. Cualquier
-muchacho educado entre los hombres hubiérase lastimado grandemente,
-porque la caída era desde cuatro metros de altura, por lo menos; pero
-Mowgli cayó como Baloo le había enseñado á hacer: de pie.
-
---Quédate aquí, le gritaron los monos, hasta que hayamos matado á tus
-amigos, y más tarde vendremos á jugar contigo... si el Pueblo Venenoso
-te ha dejado con vida.
-
---¡Vosotros y yo somos de la misma sangre! dijo Mowgli, apresurándose á
-pronunciar las Palabras Mágicas que sirven para las serpientes. Podía
-oir distintamente roces y silbidos entre los escombros que le rodeaban,
-y así, para mejor asegurarse, volvió á gritar lo mismo.
-
---¡Verdad _esss_! ¡Abajo las capuchas, vosotras! dijeron media docena
-de voces muy bajas (cada sitio en ruinas se convierte en la India,
-tarde ó temprano, en morada de serpientes, y la antigua glorieta estaba
-hecha un hormiguero de cobras). Estate quieto, Hermanito, porque tus
-pies podrían lastimarnos.
-
-Mowgli procuró no moverse lo más mínimo, mirando á través de los
-calados de mármol y escuchando el ruido de la furiosa lucha contra la
-pantera negra: los aullidos, el rechinar de dientes y el golpear de la
-refriega, el hondo, ronco resoplido de Bagheera mientras retrocedía,
-avanzaba, revolvíase ó se hundía bajo las enormes masas de sus
-enemigos. Por la primera vez en su vida, Bagheera no luchaba ya más que
-para salvar su pellejo.
-
---Baloo debe de andar por ahí cerca, porque Bagheera no se hubiera
-atrevido á venir sola, pensó Mowgli; y entonces gritó:
-
---¡Á las cisternas, Bagheera, á las cisternas! ¡Vé y zambúllete dentro!
-¡Al agua!
-
-Oyó Bagheera la voz, y, comprendiendo que Mowgli estaba á salvo, sintió
-renacer sus fuerzas. Desesperadamente, palmo á palmo, abrióse camino en
-dirección de las cisternas, repartiendo golpes en silencio. Entonces,
-desde el muro en ruinas más próximo á la selva, elevóse el rugiente
-grito de guerra de Baloo. El buen oso había hecho todo lo posible;
-pero, aún así, no pudo llegar antes.
-
---¡Bagheera, aquí estoy! gritó. ¡Ya subo! ¡Corro á ayudarte!
-_¡Ahuwora!_ ¡Resbalan las piedras bajo mis plantas; pero espérame! ¡Oh,
-infames _Bandar-log_!
-
-Llegó, casi sin aliento, á la terraza, y su cuerpo desapareció, en
-seguida, hasta la altura de la cabeza, en una verdadera oleada de
-monos; pero plantóse resueltamente en dos pies, y, abriendo los brazos,
-cogió entre ellos el mayor número posible de enemigos, y comenzó á
-golpearlos con un continuo _¡paf! ¡paf! ¡paf!_, parecido al chapoteo
-de una rueda de palas. El ruido de algo que cae en el agua advirtió
-á Mowgli de que Bagheera se había abierto paso hasta llegar á la
-cisterna, en la cual no podían ya perseguirla los monos.
-
-Estaba echada la pantera, con agua hasta el cuello, respirando
-ansiosamente por la abierta boca, mientras los monos la vigilaban,
-desde los rojos escalones, en filas de á tres de fondo, subiendo y
-bajando rabiosamente, prontos á saltar sobre ella, desde todos los
-lados á la vez, en cuanto intentara salir para ir en ayuda de Baloo.
-Entonces fué cuando levantó Bagheera la cabeza, chorreándole el agua
-desde la barba, y, perdida ya toda esperanza, lanzó, en busca de
-protección, el grito que sirve para las serpientes: «Tú y yo somos de
-la misma sangre», porque creyó que, en el último momento, Kaa se había
-vuelto atrás. Hasta Baloo, medio ahogado bajo la masa de monos que le
-detenía en el borde de la terraza, no pudo menos de reirse cuando oyó á
-la pantera negra pidiendo auxilio.
-
-Estaba Kaa, en aquellos precisos instantes, acabando de abrirse paso
-por entre el muro situado hacia el oeste, y, con el último esfuerzo que
-hizo para trasponerlo, produjo el desprendimiento de una de las piedras
-de la albardilla, que fué á parar al foso. No quería desperdiciar ni
-una sola de las ventajas que le proporcionaba el terreno, y así se
-enroscó y desenroscó una ó dos veces, para cerciorarse de que todo su
-larguísimo cuerpo estaba en disposición de trabajar con lucimiento.
-
-Hizo esto mientras se verificaba la lucha en que Baloo representaba el
-principal papel; mientras aullaban los monos en la cisterna alrededor
-de Bagheera, y Mang, el murciélago, volando de un lado á otro, esparcía
-noticias de la gran batalla por toda la Selva, de tal suerte que hasta
-Hathi, el elefante salvaje, comenzó á dar bramidos, y, á lo lejos,
-dispersos grupos de monos que despertaron fueron, brincando por los
-árboles, á ayudar á sus compañeros de las Moradas Frías, al propio
-tiempo que todas las aves diurnas de algunas leguas á la redonda
-poníanse alerta. Entonces Kaa atacó en línea recta, rápidamente,
-sintiendo el vivo deseo de matar. Todo el poder que en la lucha tiene
-una serpiente pitón estriba en el empuje con que su cabeza embiste,
-apoyada por el fuerte y pesado cuerpo. Si os imagináis una lanza, un
-ariete ó un martillo que pese media tonelada y pueda ser movido por
-una inteligencia fría, calmosa, que viva en el asta ó mango, tendréis
-aproximada idea de lo que era Kaa en el terreno de la lucha. Una
-serpiente pitón que mida nada más que un metro ó metro y medio de
-longitud puede muy bien derribar á un hombre, si se lanza contra él
-de frente, dándole en mitad del pecho, y ya recordaréis que Kaa tenía
-nueve metros de largo. Su primera embestida fué contra el centro de la
-imponente masa que rodeaba á Baloo: fué una embestida á boca cerrada,
-silenciosa, y no necesitó ir acompañada de la segunda. Los monos
-huyeron á la desbandada, gritando: ¡Kaa! ¡Es Kaa! ¡Corred! ¡Corred!
-
-Generaciones enteras de monos habían aprendido á portarse debidamente
-gracias á los cuentos que de Kaa les contaban sus mayores, de aquella
-ladrona nocturna que podía deslizarse á lo largo de las ramas con el
-mismo silencio con que el musgo crece, y llevarse consigo el mono más
-fuerte de cuantos jamás vivieron en el mundo; de la vieja Kaa, que tan
-fácilmente podía tomar el aspecto de una rama muerta ó de un carcomido
-tronco de árbol, de tal suerte que los más hábiles podían engañarse,
-hasta que la rama se apoderaba de ellos. Kaa era para los monos lo
-más temible de toda la selva, porque ninguno de ellos sabía hasta
-donde llegaba su poderío; ninguno se atrevía á mirarla cara á cara; y
-ninguno, tampoco, salió nunca con vida de entre sus anillos. Así fué
-que, muertos de miedo, huyeron hacia los muros ó los techos de las
-casas, y Baloo pudo respirar, al fin. Su piel era más gruesa que la de
-Bagheera; pero había sufrido gravemente en la lucha. Abrió entonces Kaa
-la boca, por primera vez, produjo largo silbido, que era una de sus
-palabras, y los monos que desde lejos acudían presurosos en defensa
-de sus compañeros de las Moradas Frías, quedáronse en el mismo sitio
-donde se hallaban, completamente acobardados, hasta que con su peso
-dobláronse y crujieron las ramas. Los que estaban sobre los muros y
-casas vacías cesaron en su gritería, y en medio del reposo que reinó en
-la ciudad, Mowgli pudo oir á Bagheera sacudiéndose de encima el agua,
-al salir de la cisterna.
-
-Estalló, entonces, de nuevo, el clamoreo de antes. Encaramáronse por
-las paredes los monos á mayor altura; agarráronse al cuello de los
-grandes ídolos de piedra, y chillaron saltando por los almenados muros;
-mientras Mowgli, bailoteando en la glorieta, miraba por los calados de
-mármol, y graznaba como un buho en son de burla y para demostrar su
-alegría.
-
---Saca al hombrecito fuera de esa trampa, que yo nada más puedo hacer
-ya, dijo Bagheera sin aliento casi. Cojámoslo y vamos. Podría ser que
-volvieran á atacarnos.
-
---No se moverán hasta que yo se lo mande. ¡Quietos!; _¡Asssí!_ Silbó
-Kaa estas palabras, y la ciudad quedó en silencio una vez más. Y
-continuó Kaa, dirigiéndose á Bagheera:
-
---No pude venir antes, hermana; pero me parece que te oí llamar...
-
---Acaso... acaso haya gritado en medio de la refriega, contestó
-Bagheera. Baloo ¿te han hecho daño?
-
---No estoy muy seguro de que, de tanto estirarme, no me hayan
-convertido en un centenar de diminutos oseznos, contestó gravemente
-Baloo, alargando primero una pata y después otra. _¡Wow!_ Tengo todo el
-cuerpo adolorido... Creo que á tí, Kaa, te debemos la vida Bagheera y
-yo...
-
---No importa. ¿Donde está el hombrecito?
-
---¡Aquí, en la trampa! No puedo encaramarme para salir de ella, gritó
-Mowgli, que veía sobre su cabeza la curva de la rota cúpula.
-
---Sacadle de aquí. Está bailando como Mao, el pavo real, y va á
-aplastar á nuestros pequeñuelos, dijeron desde adentro las cobras.
-
---¡Ja¡ ¡Ja! exclamó Kaa riendo, en todas partes tiene amigos este
-hombrecito. Échate un poco para atrás. Y vosotros, Pueblo Venenoso,
-escondeos. Voy á derribar la pared.
-
-Practicó Kaa un detenido examen hasta descubrir en los calados de
-mármol una grieta que indicaba un punto débil; dió encima dos ó tres
-golpecitos con la cabeza para calcular así la distancia conveniente,
-y entonces, levantando del suelo por completo el cuerpo, en una
-longitud de cerca de dos metros, dió con toda su fuerza media docena
-de terribles golpes en que la nariz fué lo primero que pegó contra
-el mármol. La glorieta se hizo pedazos, que cayeron envueltos en una
-nube de polvo y de escombros, y Mowgli saltó por el boquete abierto,
-arrojándose entre Baloo y Bagheera, y pasando un brazo alrededor del
-cuello de cada uno.
-
---¿Te han hecho daño? dijo Baloo, abrazándole tiernamente.
-
---Todo el cuerpo me duele, tengo hambre y estoy lleno de cardenales;
-pero ¡oh! ¡cómo os han puesto á vosotros! Estáis cubiertos de sangre.
-
---También otros lo están, contestó Bagheera relamiéndose y mirando el
-gran número de monos muertos que había en la terraza, en torno de la
-cisterna.
-
---¡Eso no es nada... no es nada! ¡Lo principal es que tú te hayas
-salvado, ranita mía, orgullo mío!
-
---Ya hablaremos de eso después, dijo Bagheera, tan secamente que no
-gustó á Mowgli poco ni mucho. Pero ahí está Kaa, á la cual debemos, tú
-la vida, y nosotros el haber ganado la batalla. Dale las gracias, según
-nuestra costumbre, Mowgli.
-
-Volvióse éste y vió, á poquísima distancia de su cabeza, á la gran
-serpiente pitón, que balanceaba la suya.
-
---De modo que éste es el hombrecito, dijo Kaa. Muy fina tiene la piel,
-y en realidad no deja de parecerse algo á los _Bandar-log_. Cuida,
-hombrecito, de que algún día, allá á la hora del crepúsculo, al acabar
-de cambiar yo la piel, no me equivoque y te tome por un mono.
-
---Tú y yo somos de la misma sangre, contestó Mowgli. La vida me
-salvaste esta noche; lo que yo mate en la caza será para tí, Kaa,
-siempre que sientas hambre.
-
---Mil gracias, Hermanito, dijo Kaa, cuyos ojos brillaron
-maliciosamente. ¿Y qué es lo que puede matar tan fiero cazador? Desde
-ahora pido permiso para seguirle cuando vaya de cacería.
-
---Nada mato... soy demasiado pequeño para ello... pero acorralo las
-cabras haciéndolas ir hacia el sitio en que están los que pueden
-apoderarse de ellas. Cuando tengas el vientre vacío vente conmigo y
-verás si te engaño. Tengo cierta destreza en el manejo de éstas (y al
-decirlo mostraba sus manos), y, si algún día llegas á caer en una
-trampa, podría ser que te pagara entonces la deuda que tengo contraída
-contigo, con Bagheera y con Baloo, aquí presentes. ¡Buena suerte para
-todos, maestros míos!
-
- [Ilustración]
-
---¡Bien dicho! gruñó Baloo, al ver la habilidad con que Mowgli había
-dado las gracias. En cuanto á la serpiente pitón, dejó caer por un
-momento y muy blandamente su cabeza sobre el hombro del muchacho,
-diciéndole:
-
---Tan grande tienes el corazón como cortés es tu lengua. Ambos han de
-llevarte muy lejos en la Selva, hombrecito; pero ahora márchate pronto
-de aquí con tus amigos. Márchate y vete á dormir, porque la luna va á
-dejarnos ya, y no es bien que veas lo que va á suceder.
-
-Hundíase la luna tras las colinas, y las filas de monos, temblando de
-miedo, agrupados sobre los muros y almenas, parecían entonces la rota
-y movible orla de aquel escenario. Baloo dirigióse á la cisterna para
-beber; Bagheera comenzó á alisarse la piel, y Kaa se deslizó hasta el
-centro de la terraza, cerrando la boca con sonoro chasquido que atrajo
-las miradas de todos los monos.
-
---La luna se esconde, dijo. ¿Queda aún suficiente luz para que me veáis?
-
-Llegó de los muros una especie de gemido semejante al que produce el
-viento en las copas de los árboles:
-
---Ya te vemos, Kaa, se oyó.
-
---Bien. Ahora empieza la danza... la Danza del Hambre de Kaa. Estaos
-quietos y mirad.
-
-Enroscóse dos ó tres veces en forma de enorme círculo, balanceando la
-cabeza de derecha á izquierda. Luego púsose á formar con el cuerpo
-óvalos y ochos, viscosos triángulos de vértices romos que se convertían
-en cuadrados y pentágonos, y torres hechas de anillos, no descansando
-un momento, no apresurándose nunca, ni cesando el zumbido de su canción
-especial. Fué oscureciendo más y más, hasta que, al fin, dejaron de
-verse las cambiantes ondulaciones de la serpiente; pero podía aún oirse
-el ruido que producían sus escamas.
-
-Quedáronse parados Baloo y Bagheera como si de piedra fueran, lanzando
-sordos aullidos guturales, y erizados los pelos del cuello. Mowgli
-miraba sorprendido.
-
---_Bandar-log_, dijo, al fin, Kaa, ¿podéis mover pie ni mano sin que yo
-os lo mande? ¡Hablad!
-
---Sin orden tuya no podemos, Kaa.
-
---¡Bien! Dad un paso. Acercaos.
-
-Las hileras de monos se inclinaron, sin fuerzas ya, hacia adelante, y
-al propio tiempo que ellas, Baloo y Bagheera dieron también un paso
-inconscientemente.
-
---¡Más cerca! silbó Kaa, y todos se movieron de nuevo.
-
-Puso Mowgli las manos sobre Baloo y Bagheera para apartarles de allí, y
-las dos enormes fieras echaron á andar como si despertaran de un sueño.
-
---No separes de mi hombro tu mano, murmuró Bagheera. No la separes, ó
-tendré que retroceder... tendré que ir á donde está Kaa. _¡Aah!_
-
---Pero si no hace más que trazar círculos sobre el suelo, dijo Mowgli.
-Vámonos. Y los tres se escaparon por un boquete abierto en las
-murallas, dirigiéndose á la selva.
-
---_¡Woof!_ dijo Baloo, al hallarse otra vez bajo los árboles. Nunca más
-buscaré á Kaa para aliada. Y sacudió todo su cuerpo.
-
---Sabe más que nosotros, dijo Bagheera temblando. Si llego á quedarme
-allí un rato más, voy á parar derecha á su garganta.
-
---Muchos serán los que á ella vayan á parar antes de que vuelva á salir
-la luna, dijo Baloo. ¡Bien va á cazar... á su modo!
-
---Pero ¿qué significaba todo aquello? preguntó Mowgli, que ignoraba
-el poder de fascinación que poseía Kaa. Yo no ví más que una enorme
-serpiente que trazaba círculos del modo más estúpido, hasta que
-quedamos en la obscuridad. Y tenía la nariz muy hinchada. ¡Jo! ¡Jo!
-
---Mowgli, díjole de muy mal humor Bagheera, si su nariz estaba
-hinchada, por tu culpa era, como, por tu culpa también, están mis
-orejas, mis costados, mis patas, y el cuello y hombros de Baloo llenos
-de mordiscos. Ni Baloo ni Bagheera podrán cazar á gusto en bastantes
-días.
-
---No importa, contestó Baloo, hemos recobrado al hombrecito.
-
---Cierto; pero nuestro tiempo nos cuesta, que hubiéramos podido emplear
-mucho mejor en una buena cacería; nuestras heridas; nuestro pelo (yo
-tengo medio pelada la espalda), y, finalmente, nuestra honra. Porque,
-acuérdate, Mowgli, de que yo, la pantera negra, me ví obligada á llamar
-en auxilio mío á Kaa, y Baloo y yo quedamos atontados como pajarillos
-al ver la Danza del Hambre, y todo eso, hombrecito, por haber ido tú á
-jugar con los _Bandar-log_.
-
---Es cierto, es cierto, dijo tristemente Mowgli. Soy un hombrecito muy
-malo, y aquí, en el estómago, siento la tristeza de haberlo sido.
-
---¡Je! ¿Qué dice la Ley de la Selva, Baloo?
-
-No deseaba éste acumular más disgustos sobre Mowgli; pero tampoco podía
-jugar con la Ley, y así murmuró:
-
---El arrepentimiento no libra del castigo. Pero acuérdate, Bagheera, de
-que es aún muy pequeño, añadió.
-
---Ya me acuerdo; pero ha cometido una falta, y hay que pegarle. ¿Tienes
-algo que decir, Mowgli?
-
---Nada. Hice mal. Baloo y tú estáis heridos. Es justo.
-
-Dióle entonces Bagheera media docena de golpes, ligeros y cariñosos
-juzgándolos con criterio de pantera y teniendo en cuenta que apenas
-hubieran despabilado á uno de sus cachorros; pero para un muchacho de
-siete años, era aquello tan fenomenal paliza que no la quisiérais,
-de fijo, para vosotros. Cuando hubo terminado, estornudó Mowgli y
-enderezóse nuevamente, sin decir palabra.
-
---Ahora, dijo Bagheera, siéntate en mi espalda, Hermanito, y volveremos
-á casa.
-
-Una de las bellezas que pueden notarse en la Ley de la Selva es que el
-castigo salda definitivamente todas las cuentas pendientes, y no se
-vuelve ya á hablar del asunto.
-
-Apoyó Mowgli la cabeza sobre la espalda de Bagheera y durmióse tan
-profundamente que ni siquiera despertó cuando le pusieron junto á mamá
-Loba en la caverna donde tenía su hogar.
-
- [Ilustración]
-
-
- =Canción de los Bandar-log al ponerse en camino.=
-
-
- ¡Hénos aquí como un festón flotante
- lanzado hacia la luna que le envidia!
- ¿No quisiérais ser uno de los nuestros?
- ¡Tener más de dos manos! ¡Qué delicia!
- ¿No envidiáis esta cola que parece
- un arco, el de Cupido? ¿Os gustaría?
- Consolaos, _hermanos:
- en vuestra espalda el rabo se adivina_.
-
- ¡Hénos aquí, sobre el ramaje quietos,
- bellezas meditando, en largas filas;
- soñando en grandes cosas, que al instante
- veréis en realidades convertidas;
- algo que ha de ser noble, y grande, y bueno...
- que sólo con quererlo se conquista.
- ¡Ya veréis!... Más, _hermanos,
- en vuestra espalda el rabo se adivina_.
-
- Cuantas voces de fieras ó de aves,
- ó bien de los murciélagos que chillan
- (de animales de escamas, pluma ó pelo)
- hayamos escuchado en nuestra vida,
- mezclémoslas, digámoslas cien veces
- en rápida y confusa algarabía.
- ¡Magnífico, excelente! Procedemos
- como los hombres, al hablar, harían.
- ¿No lo somos?... _Hermanos,
- en vuestra espalda el rabo se adivina_.
-
- Del Pueblo de los Monos
- usanzas éstas son, y ésta es la vida.
-
- ¡Venid entre los pinos, buscad la uva silvestre,
- venid, pues, con nosotros, formad en nuestras filas:
- notad, al despertarnos, el ruido que metemos
- y no dudéis que vamos á hacer cosas magníficas.
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- ¡AL TIGRE! ¡AL TIGRE!
-
- --¿Cómo fué la caza, fiero cazador?
- --Muy largo el acecho, y el frío era atroz.
- --¿Dónde está la pieza que fuíste á matar?
- --En la selva, hermano, pienso que estará.
- --¿Dónde está tu orgullo, dónde tu poder?
- --Por la herida huyeron ambos á la vez.
- --¿Por qué así corriendo vienes hacia mí?
- --¡Ay, hermano! Corro á casa... á morir.
-
-
-Hemos de retroceder ahora hasta la época del primer cuento. Cuando
-abandonó Mowgli la caverna de los lobos, después de la lucha que
-sostuvo con la manada en el Consejo de la Peña, fuése hacia las tierras
-de labor donde vivían los campesinos; pero no quiso quedarse allí por
-hallarse demasiado cerca de la selva y por saber que en el Consejo
-había dejado, por lo menos, un enemigo acérrimo. Así, pues, apretó el
-paso siguiendo un mal camino que iba á parar hasta el valle, y no lo
-abandonó, corriendo al trote largo durante cosa de unas cinco leguas,
-hasta que llegó á un país que le era desconocido. El valle se abría
-allí convirtiéndose en gran llanura, salpicada de rocas y cortada
-á trechos por barrancos. Á un extremo veíase una aldea, y al otro
-la espesa selva descendía súbitamente hasta las tierras de pastos,
-parándose de golpe como si la hubieran cortado con la azada. Por
-toda la llanura pacían búfalos y ganado, y cuando los muchachos que
-los cuidaban vieron á Mowgli, comenzaron á gritar huyendo, mientras
-los amarillos perros vagabundos que andan siempre alrededor de toda
-aldea india pusiéronse á ladrar. Siguió Mowgli adelante, porque se
-sentía hambriento, y al llegar á la entrada del lugarejo, vió que el
-gran arbusto espinoso que colocaban frente á ella al oscurecer, para
-interceptar el paso, estaba entonces corrido hacia á un lado.
-
---¡Je! exclamó, porque más de una vez había ya tropezado con barreras
-semejantes en sus nocturnas correrías, cuando iba en busca de algo que
-comer. ¡De modo que también aquí tienen los hombres miedo del Pueblo de
-la Selva!
-
-Sentóse junto á la entrada, y cuando vió venir á un hombre, levantóse,
-abrió la boca y señaló hacia el interior de ella para significar que
-necesitaba comida. Miró el hombre y retrocedió corriendo por la única
-calle de la aldea, llamando á grandes voces al sacerdote, que era alto
-y gordo, iba vestido de blanco y llevaba en la frente una señal roja
-y amarilla. Acudió éste, y con él unas cien personas más, mirando,
-hablando y dando gritos mientras señalaban hacia Mowgli.
-
---¡Qué mal educado está el Pueblo de los Hombres! se dijo el muchacho.
-Sólo los monos grises harían semejantes cosas. Así, apartó hacia atrás
-su larga cabellera, y púsose á mirarles ceñudo, malhumorado.
-
---¿Pero de qué tenéis miedo, dijo el sacerdote? Mirad esas señales que
-tiene en los brazos y en las piernas: son cicatrices de los mordiscos
-que le han dado los lobos. Él mismo no es más que un niño-lobo que se
-ha escapado de la selva.
-
-Como puede suponerse, al jugar juntos, los lobatos habían, no pocas
-veces, mordido á Mowgli más profundamente de lo que creían, y de ahí
-las blancas cicatrices que se veían en sus miembros. Pero él hubiera
-sido la última persona de este mundo que se atreviera á llamar á
-aquello mordiscos, porque bien sabía lo que verdaderamente era _morder_.
-
---_¡Arré! ¡Arré!_ exclamaron á la vez dos ó tres mujeres. ¡Mordido por
-los lobos! ¡Pobrecillo! ¡Un muchacho tan hermoso! Tiene unos ojos como
-brasas. Te juro, Messua, que se parece al niño que te robó el tigre.
-
---Déjame mirarlo bien, dijo una mujer que llevaba pesados brazaletes
-de cobre en las muñecas y en los tobillos. Y púsose á observarlo con
-curiosidad, haciendo pantalla de su mano puesta sobre la frente. De
-veras que se le parece, continuó. Es más flaco, pero tiene el mismo
-aspecto de mi niño.
-
-Era el sacerdote hombre listo, y sabía que Messua era esposa del
-aldeano más rico del lugar. Así, mirando antes al cielo por un momento,
-dijo solemnemente:
-
---Lo que la selva te quitó, la selva te lo devuelve. Llévate al
-muchacho á tu casa, hermana mía, y no te olvides de honrar al sacerdote
-cuya mirada tan adentro penetra en la vida de los hombres.
-
---¡Por el toro que me rescató!, dijo Mowgli entre sí, que toda esa
-charla no es más que una especie de examen como el que me hicieron
-sufrir en la manada. ¡Bueno! Si soy un hombre, hombre he de volverme,
-al fin y al cabo.
-
-Disolvióse el grupo al ver que la mujer hacía señas á Mowgli para que
-se dirigiera con ella á su choza, donde había una cama roja barnizada,
-una gran caja de tierra cocida para guardar granos, adornada con
-curiosos dibujos en relieve; media docena de cacerolas de cobre; la
-imagen de un dios indio, en un pequeño dormitorio; y sobre la pared un
-espejo, un espejo de veras, como los que venden en las ferias rurales.
-
-Dióle la mujer un buen trago de leche y un poco de pan, y, hecho esto,
-colocóle la mano sobre la cabeza y le miró en los ojos, pensando en si
-realmente sería su hijo que volvía de la selva, á donde el tigre se lo
-había llevado.
-
---¡Nathoo! ¡Nathoo! le llamó. Pero Mowgli no dió señal alguna de
-conocer este nombre.
-
---¿No te acuerdas de aquel día en que te regalé un par de zapatos
-nuevos?
-
-Tocó el pie del muchacho y lo halló tan duro casi como si estuviese
-revestido de una superficie córnea.
-
---No, dijo tristemente, esos pies no han llevado nunca zapatos... Pero
-tú te pareces mucho á mi Nathoo, y de todos modos serás mi hijo.
-
-Hallábase Mowgli violento porque jamás se había visto antes bajo
-techado; pero, mirando á la cubierta de bálago que tenía la choza,
-pensó en que podría romperla cuando se le antojara escaparse, y,
-además, la ventana carecía de pestillo.
-
---¿De qué sirve ser hombre, preguntóse, cuando no entiende uno el
-lenguaje que los hombres usan? Estoy hecho un bobo y un sordo, como le
-ocurriría también á cualquier hombre que estuviera en la selva entre
-nosotros. No tengo más remedio que aprender ese lenguaje.
-
-No en balde se había ejercitado, cuando vivía con los lobos, en imitar
-el grito de alerta que da el gamo en la selva, y el gruñido del jabato.
-Así, en cuanto Messua pronunciaba una palabra, Mowgli la imitaba
-también, casi con perfección, y, antes de que oscureciera, ya había
-aprendido los nombres de muchas cosas de las que en la choza había.
-
-Surgió alguna dificultad á la hora de acostarse, porque se resistía
-Mowgli á dormir bajo un techo que tanto se parecía á una trampa de las
-que se usan para cazar panteras, y, en cuanto cerraron la puerta, salió
-por la ventana.
-
---Déjale que haga su voluntad, dijo el marido de Messua. Piensa que
-no es posible que sepa lo que es dormir en una cama. Si realmente nos
-ha sido enviado para que sustituyera á nuestro hijo, no temas que se
-escape.
-
-Así, pues, tendióse Mowgli sobre la alta y limpia yerba que crecía al
-extremo del campo; pero, antes que hubiera podido cerrar los ojos, un
-gris y suave hocico vino á tocarle bajo la barba.
-
---¡Fú! exclamó el Hermano Gris (que era el mayor de los cachorros
-que tenía Mamá Loba). ¡Vaya un premio que me das por haberte estado
-siguiendo durante veinte leguas. Apestas á humo de leña y á ganado...
-ni más ni menos que un hombre. ¡Vaya, despiértate, Hermanito! ¡Traigo
-noticias!
-
---¿Están todos buenos en la selva? preguntó Mowgli dándole un abrazo.
-
---Todos, excepto los lobos que recibieron quemaduras de la Flor roja.
-Ahora, oye; Shere Khan se ha ido á cazar á otra parte, muy lejos, hasta
-que vuelva á crecerle el pelo, porque lo tiene todo chamuscado. Jura
-que cuando vuelva enterrará tus huesos en el Wainganga.
-
---Somos dos los que hemos de hablar en este asunto. También yo he
-jurado algo. Pero las noticias son siempre agradables. Cansado estoy
-esta noche..... muy cansado con las novedades que me ocurren..... mas
-vengan noticias.
-
---¿No te olvidarás de que eres un lobo? ¿No te harán los hombres
-olvidarte de ello? dijo el Hermano Gris con la mayor ansiedad.
-
---Nunca. Siempre he de acordarme de que te quiero á tí, y de que os
-quiero á todos los de nuestra cueva; pero también me acordaré siempre
-de que se me ha arrojado de la manada.
-
---Mira que no te arrojen ahora de otra. Los hombres son hombres y nada
-más, Hermanito, y su charla es como la de las ranas en las charcas.
-Cuando vuelva por aquí te esperaré entre los bambúes, al extremo de la
-pradera.
-
-En tres meses, á contar desde aquella noche, apenas salió Mowgli de
-la aldea: tan ocupado estaba aprendiendo los usos y costumbres de los
-hombres. Primero tuvo que acostumbrarse á llevar el cuerpo envuelto en
-una tela, lo que le molestaba grandemente; luego hubo de aprender el
-valor de la moneda, que no lograba entender poco ni mucho; finalmente,
-tuvo que arar, labor cuya utilidad no se le alcanzaba. Además, los
-chiquillos de la aldea le molestaban en extremo. Por fortuna, la Ley
-de la Selva le había enseñado á dominar su genio, porque allí la vida
-y la alimentación dependen precisamente de esa cualidad; pero cuando
-se burlaban de él porque no jugaba ni sabía hacer volar una cometa,
-ó porque pronunciaba mal alguna palabra, sólo el recuerdo de que era
-indigno de un cazador el matar á desnudos cachorrillos le impedía
-realizar su impulso de cogerlos y partirlos en dos.
-
-Él mismo no tenía conciencia de su propia fuerza. En la selva bien
-sabía él su debilidad si se comparaba con las fieras; pero en la aldea
-decía la gente que era tan fuerte como un toro.
-
-Tampoco Mowgli tenía la menor idea de las diferencias que las castas
-establecen entre los hombres. Cuando el borriquillo del alfarero
-resbalaba y se hundía en el barrizal, él iba, y, cogiéndolo por la
-cola, lo sacaba fuera, ayudando, además, á amontonar los cacharros
-para llevarlos al mercado de Khanhiwara. Y esto eran cosas altamente
-ofensivas para las buenas costumbres, porque el alfarero es de casta
-inferior, y su borriquillo mucho peor aún. Cuando el sacerdote le
-reprendió por ello, amenazóle Mowgli con ponerlo á él también sobre
-el pollino, lo que decidió al sacerdote á decir al marido de Messua
-que, cuanto antes, pusiera á trabajar á aquel muchacho, y el que hacía
-de jefe en la aldea le mandó á Mowgli que al día siguiente fuera
-á apacentar los búfalos. Nada podía ser tan agradable para Mowgli
-como esto, y aquella misma noche, considerándose ya, realmente, como
-encargado de uno de los servicios de la aldea, se dirigió á una reunión
-que se verificaba diariamente, desde el oscurecer, en una plataforma de
-ladrillos, á la sombra de una gran higuera. Venía á ser como el casino
-de la aldea, y en él el jefe, el vigilante, el barbero (que estaba
-enterado de todos los chismes locales) y el viejo Buldeo, cazador del
-lugar, que poseía un antiguo mosquete, se reunían y fumaban. Los monos
-sentábanse también y charlaban en las ramas superiores de la higuera,
-y debajo de la plataforma había un agujero en el cual vivía una
-serpiente cobra, que, por ser tenida como sagrada, recibía cada noche
-su cuenco de leche. Tomaban asiento los viejos alrededor del árbol,
-y comenzaba la conversación acompañada de chupetones á las grandes
-_hukas_ ó pipas, durando esto hasta muy entrada la noche. Contábanse
-allí historias estupendas de dioses, hombres y duendes; pero las que
-refería Buldeo sobre costumbres de las fieras en la selva sobrepujaban
-á las demás, hasta el punto de que, al oirlas, los ojos se les saltaban
-de las órbitas á los chiquillos que se sentaban fuera del círculo
-para escuchar. La mayor parte de aquellos relatos eran relativos á
-animales, porque como tenían la selva á sus puertas, como quien dice,
-era lo que más les interesaba. Ciervos y jabalíes destrozaban á menudo
-sus cosechas, y, de vez en cuando, un tigre se llevaba á alguno de sus
-hombres, hacia el oscurecer, á la vista misma de los que vivían en la
-aldea.
-
-Mowgli que, como es natural, conocía algo á fondo el asunto de que
-hablaban, tenía que taparse la cara para que no le vieran reirse,
-y mientras Buldeo, con el viejo mosquete sobre las rodillas, iba
-enredándose de uno en otro cuento maravilloso, al muchacho le temblaban
-los hombros con los esfuerzos que hacía para contenerse.
-
-Explicaba Buldeo cómo el tigre que había robado al hijo de Messua
-era un tigre-duende, en cuyo cuerpo habitaba el alma de un malvado
-usurero, muerto hacía algunos años. Y no me cabe de ello la menor duda,
-añadía, porque Purun Dass cojeaba siempre, de un golpe que recibió en
-un tumulto, cuando le pegaron fuego á sus libros de caja, y el tigre
-de que hablo cojea también, porque las huellas que deja al andar son
-desiguales.
-
---¡Es cierto! ¡Es cierto! ¡Esa es la pura verdad! dijeron los viejos
-con ademanes de aprobación.
-
---¿Y todos vuestros cuentos son así: un tejido de embustes y de sueños?
-exclamó Mowgli. Ese tigre cojea porque cojo nació, como todo el mundo
-sabe. Venir á hablarnos de que el alma de un avaro se ha refugiado en
-el cuerpo de una fiera como ésa, que tiene menos valor que cualquier
-chacal, es completamente infantil.
-
-Quedóse Buldeo mudo de sorpresa por un momento, y el jefe miró
-fijamente al muchacho.
-
---¡Ah! Tú eres el rapaz que ha venido de la selva, ¿verdad? Pues si
-tanto sabes llévanos la piel de ese tigre á Khanhiwara, porque el
-gobierno tiene ofrecidas cien rupias al que lo mate. Pero más vale que
-te calles y respetes á las personas mayores.
-
-Mowgli púsose en pie para marcharse.
-
---En tanto rato como estoy aquí escuchando, dijo desdeñosamente,
-mirando por encima del hombro, no ha dicho Buldeo, hecha una ó dos
-excepciones, palabra de verdad respecto á la selva, que tan cerca
-tiene. ¿Cómo voy á creer, pues, esos cuentos de duendes, y dioses, y
-toda clase de espíritus que él dice haber visto?
-
---Ya es hora de que el muchacho ese vaya á guardar el ganado, indicó el
-jefe, mientras Buldeo daba bufidos de rabia al ver la impertinencia de
-Mowgli.
-
-Es costumbre en las aldeas indias que algunos muchachos lleven el
-ganado y los búfalos á pacer en las primeras horas de la mañana,
-volviendo á traerlos por la noche; y los mismos animales que
-pisotearían á un hombre blanco hasta matarlo, dejan que les golpeen,
-gobiernen y griten chiquillos que á duras penas les llegan al hocico.
-Mientras los muchachos no se aparten del ganado están en salvo, pues
-ni los tigres se atreven entonces á atacar á aquella gran masa. Pero
-en cuanto se desvían para coger flores ó cazar lagartos corren el
-peligro de desaparecer para siempre. Pasó Mowgli por la calle de la
-aldea, al rayar el alba, sentado sobre los lomos de Rama, el gran toro
-del rebaño, y los búfalos, de un color azulado de pizarra, de largos
-cuernos colgando hacia atrás y de ojos feroces, se levantaron de sus
-establos, uno á uno, y le siguieron, demostrando bien claramente Mowgli
-á los chiquillos que le rodeaban que él era allí el que mandaba. Golpeó
-á los búfalos con una larga caña de bambú, y dijo á Kamya, uno de los
-muchachos, que cuidara del ganado mientras él se iba con los búfalos;
-pero que por nada se alejara del rebaño.
-
-Una pradera en la India es un terreno lleno de rocas, de matojos y
-de quebraduras, por donde se esparcen y desaparecen los rebaños.
-Generalmente, los búfalos se quedan en las lagunas y tierras
-pantanosas, donde se echan, revolcándose ó tomando el sol, metidos
-en el fango durante horas enteras. Mowgli los llevó al extremo de la
-llanura, donde el rio Wainganga desembocaba, procedente de la selva, y
-entonces, apeándose de Rama, corrió hacia un grupo de bambúes, hallando
-allí al Hermano Gris.
-
---¡Ah! exclamó éste. Te estoy esperando aquí desde hace muchos días. ¿Y
-qué significa eso de que vayas con el ganado?
-
---Me han dado esta orden. Soy pastor, por ahora. ¿Y qué noticias me
-traes de Shere Khan?
-
---Ha vuelto á este país, y ha estado mucho tiempo buscándote. Hoy se
-ha marchado, porque la caza escasea aquí; pero tiene la intención de
-matarte.
-
---Perfectamente, dijo Mowgli. Mientras no vuelva, procurad, tú ó uno
-de tus hermanos, poneros sobre esta roca de modo que yo pueda veros
-al salir de la aldea. En cuanto él esté aquí, espérame en el barranco
-donde está aquel árbol de _dhâk_, en el centro de la llanura. No hay
-ninguna necesidad de que nosotros mismos nos metamos en la boca de
-Shere Khan.
-
-Dicho esto buscó Mowgli un sitio en que hubiera sombra, acostóse y
-durmió mientras los búfalos pacían en torno suyo. El pastoreo, en
-la India, es uno de los oficios más perezosos de este mundo. Cambia
-el ganado de sitio, masca, se echa, vuelve á levantarse, y ni muge
-siquiera. No hace más que gemir sordamente, y, en cuanto á los búfalos,
-muchas veces, ni aun eso, sino que se hunden en los pantanos, uno tras
-otro, ábrense paso entre el fango hasta no dejar ver en la superficie
-más que el hocico y los fijos, azules ojos, y así se quedan como
-unos leños. El sol parece que haga vibrar las rocas en la atmósfera
-caliginosa, y los chiquillos que guardan el ganado oyen, de cuando en
-cuando, á un milano (nunca á más de uno) que silba desde casi invisible
-altura, y saben que si ellos, ó alguna vaca, murieran, aquel milano
-lanzaríase allí en el acto, mientras el más próximo, á algunas leguas
-de distancia, vería su rápido descenso, y otros y otros se enterarían
-desde muy lejos, hasta el punto de que, casi sin dar tiempo de que se
-acabaran de morir, más de veinte milanos hambrientos se presentarían
-sin que se supiera de donde habían salido. Unas veces los chiquillos
-duermen, se despiertan, vuelven á dormirse; tejen cestitas con hierba
-seca y meten saltamontes dentro; cojen dos insectos de los llamados
-_mantas religiosas_ y hacen que se peleen; forman collares con nueces
-de la selva, rojas y negras; observan á un lagarto que toma el sol
-sobre una roca; ó, finalmente, miran como junto á los pantanos alguna
-serpiente da caza á una rana. Otras veces cantan largas, larguísimas
-canciones con unos trinos al final muy típicos del país, y oyendo
-aquello parece el día más largo que la vida de la mayoría de las
-personas; ó fabrican con el fango castillos, con hombres, caballos y
-búfalos, y, poniendo cañas en las manos de aquéllos, suponen que son
-reyes rodeados de sus ejércitos, ó dioses que reclaman adoración.
-
-Á todo eso llega la noche, y, á los gritos de los chiquillos,
-levántanse los búfalos pesadamente de entre el pegajoso barro,
-produciendo ruidos semejantes á sucesivos disparos de armas de fuego, y
-en larga fila se dirigen, á través de la llanura gris, hacia el sitio
-donde parpadean las luces de la aldea.
-
-Día tras día llevó Mowgli á los búfalos á aquellos pantanos; día tras
-día vió al Hermano Gris, á una legua y media de distancia, en la
-extensa llanura (con lo cual sabía que Shere Khan no había vuelto aún);
-y día tras día acostóse, también, sobre la yerba, escuchando los ruidos
-y soñando en su pasada vida, allá en la selva. Si Shere Khan hubiera
-dado, con su pata coja, uno de sus inseguros pasos en los bosques que
-dominan el Wainganga, no hay duda que Mowgli lo hubiera oído: tal era
-la quietud de aquellas interminables mañanas.
-
-Llegó, al fin, un día en que no vió al Hermano Gris en el sitio
-convenido, y, riéndose, condujo entonces á los búfalos por el barranco
-en que estaba el árbol de _dhâk_, cubierto materialmente de flores de
-un color rojo dorado. Allí encontró al Hermano Gris, erizados cuantos
-pelos tenía en la espalda.
-
---Se ha escondido durante un mes para despistarte. Anoche cruzó por los
-campos, acompañado de Tabaqui, siguiéndote de cerca los pasos, dijo el
-lobo, perdido casi el resuello.
-
-Mowgli arrugó el entrecejo.
-
---No le tengo miedo á Shere Khan, contestó, pero conozco la astucia de
-Tabaqui.
-
---No le temas, dijo el Hermano Gris relamiéndose un poco. Yo encontré
-á Tabaqui al rayar el alba. Que les cuente ahora á los milanos toda su
-sabiduría; pero antes me la contó _á mí_..... antes de que le partiera
-el espinazo. El plan que ha tramado Shere Khan consiste en esperarte á
-la entrada de la aldea, esta noche..... á tí, y sólo á tí. Está ahora
-echado en el gran barranco seco del Wainganga.
-
---¿Ha comido hoy, ó caza con el estómago vacío? preguntó Mowgli, porque
-de la contestación dependía su vida.
-
---Mató algo al amanecer..... un jabalí..... y también ha bebido.
-Acuérdate de que Shere Khan jamás pudo ayunar, ni siquiera cuando
-convenía á sus propósitos de venganza.
-
---¡Ah, imbécil! ¡Imbécil! ¡Eso es ser dos veces niño! ¡Bien comido,
-bien bebido, y aún cree que voy á dejarle dormir! ¡Á ver! ¿Dónde dices
-que se echa? Si fuéramos siquiera diez lo cojíamos y lo arrastrábamos
-hasta aquí. Estos búfalos no querrán embestirlo como no sientan el
-rastro, y yo no sé hablar su lenguaje. ¿Podríamos colocarnos detrás de
-él, de modo que, olfateando, pudieran ellos seguir su pista?
-
---Siguió á nado la corriente del río Wainganga, para evitar toda
-posibilidad de que hiciéramos esto.
-
---Tabaqui se lo aconsejó, estoy segurísimo. Á él nunca se le hubiera
-ocurrido eso.
-
-Quedóse Mowgli pensando, con un dedo en la boca.
-
---El gran barranco seco del Wainganga, dijo, desemboca en la llanura
-á menos de media legua de aquí. Puedo conducir el rebaño á través de
-la selva, hasta la parte superior del barranco, y luego lanzarlo hacia
-abajo..... pero entonces se escaparía por la parte inferior. Hay que
-cerrar ese extremo. Hermano Gris ¿no puedes dividirme en dos el rebaño?
-
---Yo quizás no; pero he traído conmigo quien me ayude.
-
-Corrió el Hermano Gris y se metió en un agujero. Salió de allí entonces
-una enorme cabeza gris, que Mowgli conocía perfectamente, y llenó el
-cálido ambiente el más desolado grito que puede oirse en la selva: el
-aullido de caza de un lobo resonando en mitad del día.
-
---¡Akela! ¡Akela! exclamó Mowgli, palmoteando. No sé cómo no se me
-ocurrió pensar que no me olvidarías. Traemos entre manos un trabajo
-muy importante. Divide en dos el rebaño, Akela. Ponme á un lado á las
-vacas y terneros, y déjame solos á los toros y á los búfalos de labor.
-
-Corrieron los dos lobos, entrando y saliendo, como por juego, del
-rebaño, el cual, dando bufidos y levantando á la vez las cabezas, se
-separó en dos grupos. En uno de ellos las hembras de los búfalos, con
-sus pequeñuelos colocados en el centro, miraban furiosas y pateaban,
-prontas á embestir al primer lobo que se estuviera quieto un momento y
-á quitarle la vida aplastándolo. En otro grupo, los toros y novillos
-resoplaban también y golpeaban el suelo con las patas; pero, aunque
-su aspecto fuera más imponente, ellos eran allí los menos temibles,
-pues no tenían terneros que proteger. Ni seis hombres juntos hubieran
-dividido tan bien el ganado.
-
---¿Qué mandas ahora? dijo Akela, jadeante. Intentan reunirse otra vez.
-
-Montó Mowgli sobre Rama y contestó:
-
---Llévate los toros hacia la izquierda, Akela. Y tú, Hermano Gris,
-cuando nos hayamos ido, cuida de que no se separen las vacas, y
-llévalas al pie del barranco.
-
---¿Hasta donde? dijo el Hermano Gris, jadeando, también, y dando
-bocados.
-
---Hasta donde veas que los lados tienen más altura que la que puede
-saltar Shere Khan, gritó Mowgli. Tenlas allí hasta que nosotros bajemos.
-
-Partieron los toros al oir ladrar á Akela, y quedóse el Hermano Gris
-frente á las vacas. Embistiéronle éstas, y entonces corrió, siempre
-delante de ellas, hasta llegar al pie del barranco, mientras Akela se
-llevaba á los toros hacia la izquierda.
-
---¡Muy bien! Otra embestida y están ya á punto. ¡Cuidado ahora.....
-cuidado, Akela! Con que te equivoques y des una dentellada de más,
-embisten los toros. _¡Hujah!_ Más pesado es este trabajo que el de
-acorralar gamos negros. ¿Te imaginaste nunca que animales como éstos
-pudieran correr tanto? gritó Mowgli.
-
---Los he cazado..... los he cazado también, en mis buenos tiempos,
-susurró débilmente Akela, cubierto de una nube de polvo. ¿Los lanzo
-hacia la selva?
-
---¡Sí, lánzalos! ¡Lánzalos pronto! Rama está furioso. ¡Ah! ¡Si yo
-pudiera darle á entender para qué lo necesito hoy!
-
-Los toros fueron dirigidos entonces hacia la derecha y penetraron en la
-espesura aplastándolo todo. En cuanto á los demás muchachos encargados
-del pastoreo, que, cuidando su ganado á media legua de distancia,
-contemplaban lo que ocurría, fuéronse á todo correr hacia la aldea
-gritando que los búfalos se habían vuelto locos y habíanse escapado.
-
-Pero el plan de Mowgli era sencillísimo. Consistía su propósito en
-trazar un gran círculo al subir, llegar á la parte alta del barranco,
-y entonces hacerlo descender á los toros, cogiendo á Shere Khan entre
-éstos y las vacas; porque sabía perfectamente que, después de haber
-comido y bebido bien, no estaría en disposición el tigre de luchar ni
-de encaramarse por los lados del barranco. Amansaba ahora á los búfalos
-con sus voces, y Akela se había quedado bastante rezagado, no ladrando
-más que una ó dos veces para que la retaguardia apretara el paso.
-
-El círculo que trazaban era enorme, vastísimo, porque no querían
-acercarse demasiado al barranco y advertir á Shere Khan de su
-presencia. Al fin reunió Mowgli en torno suyo el azorado rebaño en lo
-alto del barranco, sobre una rápida pendiente cubierta de yerba, que
-iba á confundirse, en su extremo, con el mismo barranco.
-
-Desde aquella altura, y mirando por encima de las copas de los
-árboles, podía verse abajo la extensión del llano; pero lo que Mowgli
-miró entonces fueron los lados del barranco, viendo con no poca
-satisfacción que se elevaban casi perpendicularmente, y que las vides y
-enredaderas que de ellos colgaban no podían prestar apoyo suficiente á
-un tigre, en el caso de que por allí quisiera huir.
-
---Déjalos resollar, Akela, dijo levantando una mano. No han hallado aun
-el rastro. Déjalos resollar. Tengo que anunciarle á Shere Khan lo que
-se le viene encima. Ya lo hemos cogido en la trampa.
-
-Hizo bocina de sus manos, gritó hacia el barranco (lo cual era
-casi como gritar en la boca de un túnel), y el eco de su voz fué
-repercutiendo de roca en roca.
-
-Al cabo de largo rato contestó el vago, soñoliento gruñido de un tigre,
-harto ya y que despierta de su sueño.
-
---¿Quién llama? dijo Shere Khan. Y á su voz un espléndido pavo real
-voló desde el fondo del barranco dando chillidos al huir.
-
---Yo, Mowgli. ¡Ladrón de reses, ya es hora de que te vengas conmigo al
-Consejo de la Peña! ¡Ahí va! ¡Lánzalos, Akela! ¡Abajo, Rama, abajo!
-
-El rebaño quedóse un instante quieto al borde de la pendiente; pero
-Akela lanzó á plenos pulmones su grito de guerra, y se precipitaron
-todos, uno tras otro, como navíos que se lanzan á una corriente,
-mientras la arena y las piedras saltaban en torno suyo. Una vez
-comenzada la carrera no había modo de pararla, y, aún antes de llegar
-al cauce del torrente, Rama sintió ya el rastro de Shere Khan, y mugió.
-
- [Ilustración]
-
---¡Ah! dijo Mowgli, que iba en él montado. ¿Por fin te enteras, eh?
-Y el alud de negros cuernos, hocicos espumajeantes y ojos de mirada
-fija pasó rápido por el torrente, como arrancados peñascos en épocas
-de avenida, mientras los búfalos más débiles eran empujados hacia los
-lados, donde, al pasar, arrancaban las enredaderas. Ya sabían todos
-qué clase de labor les esperaba: era aquello la terrible embestida de
-un rebaño de búfalos, contra la cual no hay tigre que pueda pensar
-siquiera en resistir. Oyó Shere Khan el ruido atronador de las pezuñas,
-levantóse y caminó con pesadez torrente abajo, mirando á ambos costados
-en busca de huída; pero los lados del torrente parecían cortados á
-pico, y tuvo que quedarse allí sintiendo el abotagamiento producido por
-la comida y la bebida, deseando entonces cualquier cosa menos tener
-que batirse. El rebaño pasó chapoteando por la laguna que él acababa
-de abandonar, mugiendo hasta hacer retumbar todo el estrecho recinto.
-Mowgli oyó otro mugido que contestaba desde el extremo inferior del
-barranco; vió á Shere Khan volverse (el tigre sabía que en último
-caso era mejor esperar á los toros que habérselas con las vacas y
-terneros); y entonces Rama echó por tierra algo, tropezó con ello, y
-siguió adelante, pasando por encima de una masa blanda, y con los demás
-toros detrás, que iban pisándole casi, cayó sobre el otro rebaño, con
-tal furia que los más débiles búfalos fueron levantados al aire por
-completo con el choque que se produjo al encontrarse todos.
-
-La embestida arrastró ambos rebaños hacia la llanura, dando cornadas,
-coces y bufidos. Esperó Mowgli el momento oportuno, y, apeándose de
-Rama, comenzó á repartir golpes á diestro y siniestro con el palo que
-llevaba.
-
---¡Pronto, Akela! ¡Divídelos! ¡Sepáralos, ó si no van á pelearse unos
-con otros! ¡Llévatelos, Akela! ¡_Hai_, Rama! _¡Hai! ¡Hai! ¡Hai!_ hijos
-míos. ¡Poco á poco, ahora, poco á poco! Ya ha terminado todo.
-
-Akela y el Hermano Gris corrieron de un lado á otro mordiéndoles las
-patas á los búfalos, y, aunque el rebaño se volvió en redondo, con
-intención de embestir de nuevo, torrente arriba, Mowgli logró hacerle
-dar la vuelta á Rama, y los demás lo siguieron hacia los pantanos.
-
-No hacía falta que pisotearan más á Shere Khan. Estaba muerto, y los
-milanos iban acudiendo ya para devorarlo.
-
---¡Hermanos! Como un perro ha muerto, dijo Mowgli buscando el cuchillo
-que, desde que vivía entre los hombres, llevaba siempre pendiente del
-cuello y metido en una vaina. Pero tampoco se hubiera batido cara á
-cara. Buen efecto va á hacer su piel puesta sobre la Peña del Consejo.
-Manos á la obra y pronto.
-
-Jamás á un muchacho criado entre los hombres hubiérasele ocurrido ni
-por sueño desollar él solo un tigre que medía tres metros de largo;
-pero, mejor que nadie, sabía Mowgli cómo está pegada al cuerpo la piel
-de un animal, y, por lo tanto, el modo de arrancarla. No obstante, como
-la labor era ruda, Mowgli cortó y desgarró regañando entre dientes
-por espacio de una hora, mientras los lobos lo contemplaban con la
-lengua colgando, ó se acercaban para dar tirones á la piel cuando él lo
-mandaba.
-
-De pronto, apoyóse en su hombro una mano, y, levantando los ojos, vió á
-Buldeo con el viejo mosquete. Habían contado en la aldea los chiquillos
-el pánico que se apoderó de los búfalos, y Buldeo salió malhumorado,
-movido sólo por el vivo deseo de imponer á Mowgli un correctivo por
-no haber cuidado mejor del rebaño. Los lobos se eclipsaron en cuanto
-vieron venir al hombre.
-
---¿Qué locura es ésa? dijo Buldeo incomodado. ¿Y te figuras que tú
-vas á poder desollar un tigre? ¿Dónde lo mataron los búfalos? Y por
-añadidura es el tigre cojo, por cuya cabeza se han ofrecido cien
-rupias. ¡Bien, bien! Haremos la vista gorda en eso de que hayas dejado
-escaparse el rebaño, y tal vez te dé yo una de las rupias como premio
-cuando haya llevado la piel á Khanhiwara. Tanteóse la ropa buscando un
-pedazo de acero y un pedernal, y se agachó para quemarle los bigotes
-á Shere Khan. La mayor parte de los cazadores indígenas practica esta
-operación para evitar que el espíritu que habita en el tigre los
-persiga luego.
-
---¡Je! dijo Mowgli entre dientes mientras arrancaba la piel de una de
-las patas del tigre. ¿De modo que piensas llevarte la piel á Khanhiwara
-para recibir el premio, y luego tal vez me des una rupia? Pues bien:
-antójaseme que esa piel voy á necesitarla yo para mi propio uso. ¡Ea,
-viejo, aparta ese fuego!
-
---¿Y así es como hablas al jefe de los cazadores de la aldea? Á la
-suerte y á la ayuda que te ha prestado la imbecilidad de tus búfalos
-debes cuanto has hecho. Bien se ve que el tigre acababa de darse un
-hartazgo, ó de lo contrario estaría ahora á cinco leguas de distancia
-de este sitio. ¡Ni siquiera puedes desollarlo bien, y, á pesar de eso,
-tú, que no eres más que un pillete, vienes á decirme á mí, á Buldeo,
-que no le queme los bigotes! Mira, Mowgli: no voy á darte ni un _anna_
-como premio; lo que te daré será una buena paliza. ¡Suelta el tigre!
-
---¡Por el toro que me rescató! dijo Mowgli que estaba entonces luchando
-por llegar hasta el hombro de la fiera, ¿te figuras que voy á estar
-toda la tarde charlando contigo, mono viejo? ¡Ven acá, Akela! Líbrame
-de este hombre que me está molestando.
-
-Buldeo, que continuaba aún inclinado sobre la cabeza de Shere Khan,
-hallóse de pronto tendido sobre la yerba con un lobo gris encima,
-mientras Mowgli seguía desollando como si en toda la India no hubiera
-nadie más que él.
-
---Sí, dijo éste entre dientes, tienes muchísima razón, Buldeo. Nunca
-habrás de darme ni un _anna_ en premio. Entre este tigre cojo y yo
-había un duelo pendiente... un duelo antiguo, muy antiguo... y... yo he
-vencido.
-
-Hablando con entera imparcialidad, hay que reconocer que, si Buldeo
-hubiera tenido diez años menos, habría medido sus fuerzas con las de
-Akela á haberse hallado con él entre los bosques; pero un lobo que
-obedecía las órdenes de aquel muchacho (que tenía duelos pendientes
-con tigres devoradores de hombres), no era un animal como los demás.
-Aquello era arte de encantamiento, magia de la de peor clase, pensó
-Buldeo, y tuvo sus dudas respecto á si el amuleto que llevaba al cuello
-bastaría para protegerle. Quedóse, pues, tendido, como paralizado,
-esperando á cada instante ver á Mowgli convertirse también en tigre.
-
---_¡Maharaj!_ ¡Gran Rey! dijo, por fin, con voz ronca y tan bajo que
-parecía un susurro.
-
---¿Qué? contestó Mowgli sin volver la cabeza, sonriéndose un poco con
-aire satisfecho.
-
---Soy un anciano. Ignoraba que fueras algo más que un zagal. ¿Me
-permites que me levante y me vaya, ó va á hacerme pedazos ese servidor
-que tienes á tus órdenes?
-
---Vete, vete en paz. Pero otra vez no te metas con mi caza. ¡Suéltalo,
-Akela!
-
-Fuése Buldeo cojeando hacia la aldea, tan aprisa como pudo,
-mirando hacia atrás, por encima del hombro, para ver si Mowgli se
-metamorfoseaba en algo que causara espanto. Luego, al llegar, refirió
-un cuento de magia, y encantamientos, y brujerías que hizo que el
-sacerdote se pusiera muy serio.
-
-Mowgli siguió en su labor, pero se acercaba ya el anochecer cuando
-entre él y los lobos acabaron de separar del cuerpo del tigre la enorme
-y vistosa piel.
-
-Ahora, hay que esconder eso y volver los búfalos á casa. Ayúdame á
-reunirlos, Akela.
-
-Agrupóse el rebaño, á la luz dudosa del crepúsculo, y dirigióse hacia
-la aldea; pero al llegar cerca de ella vió Mowgli algunas luces, y oyó
-cómo en el templo tocaban las campanas y soplaban, además, en caracoles
-marinos. La mitad de la población parecía esperarle á las puertas del
-lugar.
-
---Esto será porque he matado á Shere Khan, dijo entre sí Mowgli; pero
-una lluvia de piedras silbó en sus oídos al mismo tiempo que los
-aldeanos le gritaban:
-
---¡Hechicero! ¡Hijo de una loba! ¡Diablo de la selva! ¡Márchate!
-¡Márchate de aquí en seguida, si no quieres que el sacerdote te cambie
-otra vez en lobo! ¡Dispara, Buldeo, dispara!
-
-Hizo fuego el mosquete, con gran estruendo, y uno de los búfalos
-jóvenes lanzó un mugido de dolor.
-
---¡Otro hechizo! gritaron los aldeanos. ¡El ha desviado la bala! ¡Ese
-búfalo es el tuyo, Buldeo!
-
---Pero ¿qué significa eso? dijo Mowgli azorado al ver que arreciaba la
-lluvia de piedras.
-
---No dejan de parecerse á los de la manada esos hermanos tuyos, dijo
-Akela, sentándose gravemente. Antójaseme que, si las balas tienen algún
-significado, la intención de esta gente es la de arrojarte fuera del
-lugar.
-
---¡Lobo! ¡Lobato! ¡Márchate! gritó el sacerdote agitando una ramita de
-la planta sagrada que llaman _tulsi_.
-
---¡Ah! ¿otra vez? La anterior fué porque era un hombre. Ésta porque soy
-un lobo. Vámonos, Akela.
-
-Una mujer, Messua, corrió hacia el rebaño y gritó:
-
---¡Hijo mío! ¡Hijo mío! Dicen que eres un hechicero que si quiere
-puede transformarse en fiera. Yo no lo creo, pero márchate, porque si
-no te van á matar. Buldeo dice que eres un brujo; pero yo sé que tú no
-has hecho más que vengar la muerte de Nathoo.
-
---¡Atrás, Messua! ¡Vuelve atrás ó te apedreamos! gritó entonces la
-multitud.
-
-Mowgli sonrióse con sonrisa forzada y breve, porque una piedra acababa
-de darle en la boca.
-
---Retrocede, Messua, añadió. Eso es uno de aquellos estúpidos cuentos
-que inventan al anochecer, bajo la sombra del árbol. Al menos te habré
-pagado la vida de tu hijo. ¡Adios! Y corre cuanto puedas, porque voy
-á lanzar el rebaño contra ellos con más velocidad que la que llevan
-los pedazos de ladrillo que me arrojan. No soy ningún brujo, Messua.
-¡Adios! Ahora, Akela, júntame otra vez el rebaño, gritó.
-
-No ansiaban los búfalos otra cosa más que volver á la aldea. Apenas si
-necesitaron que los azuzara Akela para lanzarse como un torbellino á
-través de las puertas, dispersando á la multitud á derecha é izquierda.
-
---¡Contadlos! gritó Mowgli con aire desdeñoso. Podría ser que os
-hubiera robado alguno. Contadlos, porque ésta es la última vez que he
-de apacentarlos. ¡Quedad con Dios, hijos de los hombres, y agradecedle
-á Messua que no vaya yo también con mis lobos á cazaros en mitad de
-vuestra calle!
-
-Volvió la espalda y echó á andar junto con el Lobo Solitario, y,
-como se le ocurriera mirar á las estrellas, sintióse, entonces,
-verdaderamente feliz.
-
---Se acabó para mí el dormir dentro de una trampa, Akela. Recojamos la
-piel de Shere Khan y vámonos. No causemos á la aldea el menor daño:
-tengamos en consideración lo bien que Messua se ha portado conmigo.
-
-Al elevarse la luna sobre la llanura, dando á todas las cosas un tinte
-algo lechoso, vieron con terror los aldeanos cómo Mowgli, acompañado
-de dos lobos y con un fardo sobre su cabeza, corría á campo travieso
-con aquel trote característico del lobo, que se traga las leguas como
-nada. Entonces echaron á vuelo las campanas y soplaron en los caracoles
-marinos con más fuerza que nunca; lloró Messua, y Buldeo comenzó á
-adornar con tales primores la historia de sus aventuras en la selva que
-acabó por decir que Akela se había erguido en dos pies hablando como un
-hombre.
-
-Empezaba á descender la luna cuando Mowgli y los dos lobos llegaron
-á la colina en que estaba la Peña del Consejo y se pararon ante la
-caverna de mamá Loba.
-
---Me han arrojado de la manada de los hombres, madre, gritó Mowgli,
-pero he cumplido mi palabra, y vengo con la piel de Shere Khan.
-
-Salió mamá Loba de la caverna, andando como con dificultad, y llevando
-tras sí los cachorros, y sus ojos brillaron vivamente en cuanto vió la
-piel.
-
---Ya le dije aquel día en que metió la cabeza y los hombros en esta
-caverna yendo en tu busca para matarte, renacuajo mío, ya le dije que
-el cazador sería cazado un día ú otro. ¡Bien lo has hecho!
-
---¡Muy bien, Hermanito! dijo una voz profunda, allá en la espesura.
-¡Ya te echábamos de menos en la selva! Y Bagheera vino, corriendo,
-hasta á tocar los desnudos pies de Mowgli. Juntos subieron á la Peña
-del Consejo, y, sobre la roca llana en que solía ponerse Akela, tendió
-Mowgli la piel, sujetándola, luego, con cuatro pedazos de bambú. Echóse
-sobre ella Akela, y lanzó el antiguo grito del Consejo:--¡Mirad, lobos,
-mirad bien!--exactamente como dijo cuando por primera vez le llevaron
-allí á Mowgli.
-
-Desde el día en que Akela había sido destituído, la manada se había
-quedado sin jefe, cazando y luchando como mejor le parecía. Pero aun
-contestaban á aquel grito por costumbre, y aunque fueran, algunos,
-cojos por culpa de las trampas en que habían caído, y otros arrastraran
-una pata por haber sido heridos en ella de un balazo, ó estuvieran
-sarnosos por haber comido algo malo, ó, finalmente, se hubieran
-extraviado, los que quedaban vinieron todos al Consejo de la Peña,
-y vieron la piel rayada de Shere Khan tendida sobre la roca, y las
-enormes garras colgando al extremo de las patas, que se balanceaban
-vacías. Entonces fué cuando Mowgli compuso una canción sin rimas,
-una canción que se le vino á los labios espontáneamente, y comenzó á
-cantarla á grades voces, arrojándose sobre la piel y llevando el compás
-con los talones, hasta que se le acabó el aliento, y mientras tanto el
-Hermano Gris y Akela aullaban entre las estrofas.
-
---¡Mirad bien, lobos, mirad bien! dijo Mowgli cuando hubo acabado. ¿He
-cumplido mi palabra? Y los lobos, ladrando como perros, dijeron: ¡sí! y
-uno de ellos, lleno de cicatrices y desgarrones en la piel, aulló:
-
---¡Vuelve á guiarnos, Akela! Vuelve á guiarnos, hombrecito, porque
-ya estamos aburridos de vivir sin Ley, y quisiéramos ser de nuevo el
-Pueblo Libre de otros tiempos.
-
---No, murmuró Bagheera, bien pudiera ser que os equivocárais. Cuando
-estéis hartos, acaso os vuelva la locura de antes. No en balde os
-llaman el Pueblo Libre. Por la libertad luchásteis y vuestra es.
-Devoradla, lobos.
-
---De la manada de los hombres y de la de los lobos me arrojaron, dijo
-Mowgli. En adelante cazaré sólo en la selva.
-
---Y nosotros contigo, dijeron los cuatro lobatos.
-
-Así pues, marchóse Mowgli y cazó con ellos en la selva á partir de
-aquel día. Pero no siempre estuvo sólo, pues algunos años después,
-cuando se hizo hombre, se casó.
-
-Mas desde entonces su historia es ya para personas mayores.
-
- [Ilustración]
-
-
- =Canción de Mowgli al bailar sobre la piel de Shere Khan en la
- Peña del Consejo=[6]
-
-
-La canción de Mowgli es ésta.--Yo, el mismo Mowgli, soy quien la canta.
-Que la selva preste oído á lo que he hecho.
-
-Shere Khan dijo que me mataría--¡que me mataría! ¡que ante las puertas
-de la aldea, á la luz de la luna, mataría á Mowgli, la Rana!
-
-Comió y bebió. ¡Bebed mucho, Shere Khan! porque ¿cuándo será que
-volváis á beber? Dormid, y soñad en mi muerte.
-
-Solo estoy entre los prados. ¡Hermano Gris, vente conmigo! Ven, Lobo
-Solitario, que hay aquí caza mayor.
-
-Recoge á los enormes búfalos machos, á los toros de piel azul y ojos
-coléricos. Llévalos de un lado á otro obedeciendo mis órdenes.
-
-¿Vuesa merced duerme aún, Shere Khan? ¡Despertad! ¡Ah! ¡Despertaos!
-¡Estoy yo aquí, y detrás de mí están los búfalos!
-
-Rama, el rey de ellos, hirió el suelo con una de sus patas. Aguas del
-Wainganga ¿á dónde fué Shere Khan?
-
-No es él como Ikki, que puede agujerear la tierra, ni como Mao, el pavo
-real, para poder volar. No es como Mang, el murciélago, que se cuelga
-de las ramas. ¡Bambúes que crujís todos á la vez, decidme á dónde fué á
-esconderse!
-
-_¡Ow!_ Allí está. _¡Ahoo!_ Allí está. Bajo las patas de Rama yace el
-tigre cojo. ¡Levantaos, Shere Khan! ¡Levantaos y matad! Ahí tenéis
-carne: rompedles el cuello á los toros.
-
-¡Chist! Duerme. No lo despertaremos, porque grande es su fuerza.
-Bajaron los milanos á verlo; subieron las negras hormigas á enterarse
-de ello. Gran asamblea se ha reunido en su honor.
-
-_¡Alala!_ No tengo ropas en que envolverme. Los milanos verán que estoy
-desnudo. Me avergüenzo de encontrarme ante toda esa gente.
-
-Prestadme vuestra piel, Shere Khan. Prestadme vuestra piel
-pintarrajeada para que pueda ir al Consejo de la Peña.
-
-Por el toro que me rescató hice una promesa... una pequeñísima promesa.
-Sólo que ahora me hace falta vuestra piel para cumplir mi palabra.
-
-Armado con el cuchillo (con el cuchillo que usan los hombres), armado
-con el cuchillo de cazador, me bajaré á recoger mi botín.
-
-Aguas del Wainganga, sed testigos de que Shere Khan me da su piel por
-el cariño que me tiene. ¡Tira, Hermano Gris! ¡Tira, Akela! ¡Bien pesada
-es la piel de Shere Khan!
-
-Furiosa está la manada de los hombres. Apedréanme todos ellos y hablan
-como chiquillos. Mi boca sangra. Huyamos.
-
-Á través de las tinieblas de la noche, de la cálida noche, corred
-conmigo velozmente, hermanos míos. Dejaremos atrás las luces de la
-aldea é iremos en dirección al sitio desde donde alumbra la luna, que
-está baja.
-
-Aguas del Wainganga, la manada de los hombres me ha arrojado de su
-seno. Ningún daño les hice; pero me tenían miedo. ¿Por qué?
-
-Manada de los lobos, también tú me has arrojado de tu seno. La selva se
-ha cerrado para mí, y cerradas están también las puertas de la aldea.
-¿Por qué?
-
-Como Mang vuela entre las fieras y los pájaros, así vuelo yo entre la
-aldea y la selva. ¿Por qué?
-
-Bailo sobre la piel de Shere Khan; pero mi corazón está triste. Herida,
-rota tengo mi boca con las piedras que me arrojaron desde la aldea,
-pero estoy alegre por haber vuelto á la selva. ¿Por qué?
-
-Luchan en mí ambos sentimientos como luchan dos serpientes en la
-primavera.
-
-Brota el llanto de mis ojos, y, sin embargo, río mientras él va
-corriendo. ¿Por qué?
-
-Hay en mi dos Mowglis; pero la piel de Shere Khan está bajo mis pies.
-
-Toda la selva sabe que he dado muerte á Shere Khan. ¡Mirad!... ¡Mirad
-bien, lobos!
-
-_¡Ahac!_ Tengo el corazón oprimido por todas las cosas que no llego á
-entender.
-
- [Ilustración]
-
-
- NOTAS:
-
-[6] Esta poesía, sin rimas y sin metro en el original, es,
-principalmente, una imitación de la manera característica de Walt
-Whitman, y en ello estriba su sabor primitivo, apropiado aquí, y algo
-entre homérico y ossiánico.--N. del T.
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- LA FOCA BLANCA
-
- ¡Duérmete, mi niño! La noche ha llegado,
- y negra es el agua que verde brillaba:
- la luna, al alzarse por entre las olas,
- nos mira en su seno dormir recostadas.
-
- Donde chocan unas con otras revueltas
- pon allí tu lecho, ve y allí descansa,
- revuélcate á gusto, la cola torciendo:
- no ha de despertarte la tormenta airada:
- no hará en tí su presa tiburón osado
- ¡duérmete, mi niño! ¡duérmete en el agua!
- ¡duérmete al arrullo del mar que te mece!
- ¡duérmete en los brazos de las olas mansas!
-
- (_Canción con que arrullan las focas á sus pequeñuelos_).
-
-
-Cuanto voy á referir ocurrió, muchos años hace, en un lugar llamado
-Novastoshnah ó Cabo del Noreste, en la isla de San Pablo, allá por
-el mar de Behring. Contóme ese cuento Limmershin, el reyezuelo de
-invierno, en ocasión en que el viento lo arrojó contra la arboladura
-de un barco que iba al Japón, y en que yo me lo llevé á mi camarote,
-calentándolo y alimentándolo durante un par de días, hasta que se halló
-en disposición de tender el vuelo y regresar á San Pablo. Limmershin
-es un pajarillo de genio bastante raro; pero tiene la cualidad de no
-saber mentir.
-
-Nadie va á Novastoshnah como no sea para negocios, y las únicas que los
-tienen allí constantes son las focas. Acuden en los meses de verano por
-centenares y por miles, saliendo del mar frío y gris, pues saben que la
-playa de Novastoshnah posee, para hospedar focas, mejores cualidades
-que ningún otro sitio del mundo.
-
-Gancho de Mar estaba enterado de esto, y cada primavera, desde el punto
-en que se hallara, se iba nadando hasta Novastoshnah, en línea recta,
-como si fuera un torpedero, y allí pasaba un mes luchando con sus
-colegas por conservar un buen sitio en las rocas, lo más cerca del mar
-que le fuera posible. Gancho de Mar tenía quince años y era una enorme
-foca macho, de color gris, con una piel sobre los hombros que parecía
-crín, y unos dientes caninos largos, amenazadores. Cuando se levantaba
-sobre sus extremidades anteriores elevábase á más de un metro de altura
-sobre el suelo, y si alguien se hubiera atrevido á pesarlo habría
-hallado que su peso era casi de unas setecientas libras. Estaba lleno
-de cicatrices, consecuencia de salvajes luchas; pero, á pesar de eso,
-mostrábase siempre dispuesto á aceptar nuevas peleas. Ladeaba en tales
-casos la cabeza como si no se atreviera á mirar á su enemiga cara á
-cara; pero de pronto caía sobre ella como un rayo, y cuando sus enormes
-dientes se habían clavado fuertemente en el cuello de la otra foca,
-podía ésta escapársele si lo lograba, pero no sería ciertamente Gancho
-de Mar quien la ayudara á ello.
-
-Sin embargo, lo que nunca hizo fué atacar á una foca herida ya
-por otras, porque esto era contrario á las reglas de la Playa. No
-necesitaba más que un sitio para su prole, junto al mar; pero como
-ocurría que cuarenta ó cincuenta mil focas más luchaban por lo mismo
-cada primavera, el silbar, bramar, rugir y resoplar que se oían en
-aquella playa eran algo verdaderamente horroroso.
-
-Desde una colina, llamada de Hutchinson, divisábase una extensión de
-tierra de cerca de una legua, completamente cubierta de focas que
-peleaban unas con otras, y, á la hora de la resaca, la playa quedaba
-toda salpicada de puntos que eran las cabezas de otras muchas focas
-que se apresuraban á ir á tierra para unirse á las que combatían.
-Luchaban sobre las rompientes, luchaban en la arena y hasta sobre
-las desgastadas rocas de basalto donde tenían sus viveros: eran tan
-estúpidas y tan poco complacientes como si fueran hombres. Las hembras,
-sus esposas, nunca iban á la isla hasta fines de Mayo ó primeros de
-Junio, porque les hacía poca gracia la perspectiva de que las hicieran
-pedazos en aquellas batallas; y en cuanto á los pequeñuelos de dos,
-tres ó cuatro años, que no sabían aún lo que era el sostener una
-familia, se iban tierra adentro, á alguna distancia, atravesando las
-filas de combatientes para ponerse á jugar sobre las dunas en grupos ó
-formando verdaderas legiones que destruían cuanta planta verde crecía
-por allí.
-
-Llamábanlos los _holluschickie_ (la gente moza) y de ellos había, en
-Novastoshnah sólo, quizá dos ó tres cientos mil.
-
-Un día de primavera, acababa Gancho de Mar de poner término á su pelea
-número cuarenta y cinco, cuando Matkah, su dulce y suave esposa de
-lánguida mirada, salió del mar, y en el mismo instante cogióla él
-por el pescuezo y la plantó en el espacio de terreno que se había
-reservado, mientras le decía refunfuñando:
-
---¡Tarde, como de costumbre! ¿Dónde has estado?
-
-No solía Gancho de Mar comer nada en los cuatro meses que se pasaba
-en la playa, y así estaba, generalmente, de muy mal humor. Matkah no
-contestó á la pregunta: sabía que esto era lo mejor que podía hacer.
-Tendió la mirada en torno suyo, y dijo muy tierna y suavemente:
-
---¡Qué atención has tenido conmigo! Has tomado nuestro sitio de otras
-veces.
-
---¡Pues ya lo creo que sí! contestó Gancho de Mar. ¡Mírame!
-
-Estaba lleno de arañazos, y la sangre le corría de veinte heridas
-distintas; tenía un ojo hundido y ambos costados hechos una lástima,
-con la piel colgando á pedazos.
-
---¡Ah! ¡Lo que sois los hombres! dijo Matkah abanicándose con la aleta
-de una de sus patas posteriores. Pero ¿por qué no podéis ser razonables
-y repartiros los sitios en paz? ¡Cómo estás! ¡Parece que te hayas
-peleado con el _Cetáceo Carnicero_!
-
---No he hecho otra cosa más que pelear, desde mediados de Mayo. La
-playa está tan llena esta temporada que es una vergüenza. Lo menos he
-tropezado con cien focas de la playa de Lukannon que iban buscando
-alojamiento. ¿Por qué no podría quedarse la gente en su propia casa?
-
---No pocas veces se me ha ocurrido la idea de que viviríamos mucho más
-felices en la isla de Otter que en un lugar tan concurrido como éste,
-dijo Matkah.
-
---¡Bah! Los _holluschickie_ son los únicos que van á la isla de Otter.
-Si fuéramos nosotros, dirían que lo hacemos por miedo. Hay que guardar
-las apariencias, hija mía.
-
-Hundió Gancho de Mar la orgullosa cabeza entre los gruesos hombros,
-y durante algunos minutos hizo como que dormía; pero no dejó ni un
-momento de estar ojo avizor para el caso de que tuviera que comenzar
-otra lucha. Ahora que todas las focas machos, con sus respectivas
-hembras, estaban ya en tierra, su clamoreo podía oirse en algunas
-leguas mar adentro, dominando el ruido de los más furiosos vendabales.
-Contando por lo bajo, bien podía decirse que había allí, sobre
-la playa, más de un millón de focas (focas viejas, focas madres,
-pequeñuelos y _holluschickie_, peleándose, retozando, dando balidos,
-arrastrándose y jugando), y ese millón iba y volvía del mar á la
-playa y de la playa al mar en grupos, y, á veces, formando verdaderos
-ejércitos, sin dejar ni un palmo de tierra donde no fueran á echarse
-en toda la extensión que podía abarcar la vista, y entreteniéndose en
-continuas escaramuzas á través de la niebla. En Novastoshnah hayla
-casi siempre, excepción hecha de las raras ocasiones en que brilla por
-un momento el sol y hace que aparezca todo como cuajado de perlas y
-matizado con los colores del iris.
-
-En medio de ese barullo había nacido Kotick, el pequeñuelo de Matkah,
-y era todo cabeza y hombros, con ojos claros, de un azul de agua, como
-corresponde que sean los de las focas pequeñas; pero algo había en su
-piel que era causa de que su madre lo mirara con profunda atención.
-
---¡Gancho de Mar, dijo al fin, nuestro hijo va á ser blanco!
-
---¡Caracoles! refunfuñó aquel. Nunca se ha visto en el mundo cosa tan
-rara. ¡Una foca blanca!
-
---Pues no sé que decirte; ahora se verá.
-
-Y comenzó á cantar en voz baja y berreante la canción de las focas, que
-todas las que son madres cantan á sus hijos:
-
- No nades nunca hasta las seis semanas
- si no quieres hundirte sin remedio;
- tormentas estivales y cetáceos
- son un peligro cierto.
-
- Son peligrosos, ratoncillo mío,
- muy peligrosos para el que es pequeño;
- pero báñate, y crece, y hazte fuerte...
- y no tengas ya miedo,
- ¡y atrévete ya entonces,
- hijo del mar inmenso!
-
-Por supuesto que el chiquitín no entendía, al principio, aquellas
-palabras. Chapoteaba en el agua, ó andaba á gatas por el suelo al lado
-de su madre, é iba aprendiendo á escaparse, tropezando más ó menos,
-cuando veía que su padre se peleaba con otra foca y ambos rodaban con
-feroces bramidos por encima de las resbaladizas rocas. Matkah solía ir
-al mar á buscar comida, y el pequeñín no se alimentaba más que una sola
-vez cada dos días; pero entonces comía cuanto le era posible, y así iba
-creciendo.
-
-Lo primero que hizo fué ir gateando tierra adentro, y allí encontró
-miles y miles de pequeñuelos de su misma edad, jugando todos como
-cachorrillos, durmiendo sobre la limpia arena, y jugando de nuevo
-después. La gente vieja, en los viveros, no hacía caso de ellos, y los
-_holluschickie_ no se movían de su propio terreno, con lo cual los
-chiquitines podían jugar á sus anchas.
-
-Al volver Matkah de su pesca en alta mar, íbase en dirección al
-sitio en que tales juegos se verificaban, y, balando como la oveja
-que llama á su corderillo, esperaba hasta que otro balido de Kotick
-le contestara. Entonces, íbase hacia él en línea recta, tan recta
-que no podía serlo más, abriéndose paso con las aletas de sus patas
-delanteras, dando golpes y revolcando por el suelo, á derecha é
-izquierda, á toda la chiquillería aquélla que le estorbaba. Siempre
-había algunos centenares de madres que iban en busca de sus hijos,
-á través del sitio destinado á jugar, y así puede decirse que los
-pequeñuelos tenían allí una vida muy animada, muy _movida_; pero, como
-le dijo Matkah á Kotick: «Mientras no te eches sobre el fango y cojas
-sarna; mientras no vayas á restregarte alguna cortadura ó arañazo
-contra la dura arena; y mientras, finalmente, no se te ocurra nadar
-cuando la mar está picada, nada puede dañarte aquí en lo más mínimo».
-
-Cuando las focas son pequeñas no saben nadar, lo propio que les ocurre
-á los niños; pero no están contentas hasta que aprenden. La primera
-vez que Kotick se echó al mar vino una ola y se lo llevó á donde había
-mucha más profundidad de lo que era conveniente para él, y su gruesa
-cabeza se hundió, al paso que sus pequeñas aletas posteriores fuéronse
-en alto por encima del agua, exactamente como le había dicho que le
-sucedería su madre, al cantarle la canción que hemos copiado; y gracias
-que otra ola lo recogió, lanzándolo de nuevo á la playa, pues, de no
-ser así, se hubiera ahogado.
-
-Aprendió, después de esto, á estarse tendido en un charco de la playa
-y esperar que las oleadas le cubrieran y lo levantaran mientras él
-chapoteaba, pero siempre anduvo ya alerta para el caso que vinieran
-olas muy grandes, de las que pueden hacer daño. Dos semanas estuvo
-aprendiendo el modo de usar sus aletas, y durante todo este tiempo
-entraba y salía del agua deslizándose, y tosía, gruñía, se arrastraba
-por la playa y dormitaba sobre la arena, hasta que luego volvía á las
-andadas. Así se convenció de que el agua era verdaderamente su elemento.
-
-Entonces, bien podéis imaginaros lo que se divertiría con sus
-compañeros, dando chapuzones para pasar por debajo de las olas, ó
-llegando á la playa sobre la cresta de una de ellas y cayendo con sordo
-ruido, resoplando para no ahogarse, mientras la enorme ola subía como
-un torbellino por la arena; ó alzándose sobre la cola y rascándose
-la cabeza, como veía él que la gente madura hacía; ó jugando á «yo
-soy el Rey del castillo[7]» sobre las resbaladizas rocas, llenas de
-vegetaciones, que asomaban á flor de agua. De vez en cuando veía una
-delgada aleta semejante á la de un enorme tiburón, que iba costeando,
-costeando, y como no se le ocultaba que aquello era el _Cetáceo
-Carnicero_, el delfín, que se come á las focas pequeñas cuando puede
-apoderarse de ellas, Kotick se iba como una flecha hacia la playa, y la
-aleta se alejaba bailando lentamente sobre el agua como si nada hubiera
-ido á buscar por allí.
-
-Hacia fines de Octubre comenzaron las focas á abandonar la isla de San
-Pablo para internarse en alta mar, yendo reunidas en familias y tribus,
-cesando en sus peleas por culpa de los viveros, y los _holluschickie_
-podían ya jugar en todas partes donde se les antojara. «Para el año que
-viene, dijo Matkah á Kotick, tú también serás un _holluschickie_; pero
-este año tienes aún que aprender cómo se cazan los peces».
-
-Partieron juntos, pues, atravesando el Pacífico, y Matkah le enseñó á
-Kotick á dormir de espalda, con las aletas plegadas á los lados y la
-naricita asomándose á flor de agua. No hay cuna tan cómoda como resulta
-serlo el continuado balanceo de las olas en el mar Pacífico. Cuando
-Kotick comenzó á sentir en la piel cierto hormigueo, Matkah le dijo que
-entonces empezaba á experimentar _la sensación del agua_, y que esos
-hormigueos y pinchazos en la piel anunciaban mal tiempo, por lo cual
-había que darse prisa en nadar y alejarse.
-
-
-Dentro de poco sabrás también hacia donde has de dirigirte cuando
-nades; pero, por ahora, seguiremos al puerco marino, al marsuino,
-que sabe mucho. Toda una escuela de marsuinos se agitaba por allí,
-chapuzándose en el agua, dando carreras de un lado para otro, y Kotick
-los siguió con toda la velocidad que le fué posible.
-
---¿Cómo os arregláis para saber hacia dónde tenéis que dirigiros?
-preguntó anhelante.
-
-Movió los blancos ojos hacia todos lados el director de la escuela y se
-lanzó de cabeza bajo el agua.
-
---Siento hormigueos en la cola, muchacho, le contestó. Significa esto
-que detrás de mí viene un temporal. ¡Vámonos! Cuando uno se halla al
-Sur del Mar Pegajoso (quería decir el Ecuador) y nota picazón en la
-cola, es anuncio de que se te viene de frente el temporal, y hay que
-dirigirse hacia el Norte. ¡Ven! La mar está aquí muy picada.
-
-Fué ésta una de las muchas cosas que Kotick aprendió, y el aprender era
-en él tarea constante. Matkah le enseñó á perseguir los bacalaos y las
-platijas á lo largo de los bancos de arena y á arrancar el esperinque
-de sus agujeros cubiertos de yerbas; cómo ir bordeando los restos de
-naufragios medio enterrados á cien brazas bajo el agua, y lanzarse con
-la rapidez de una bala entrando por una de las portas y saliendo por
-la otra, según hacen los peces; cómo sostenerse sobre la cresta de las
-olas cuando los rayos cruzaban el espacio, y saludar cortesmente á la
-albatros, de corta y ancha cola, ó á la fragata, al verlas pasar por
-los aires siguiendo la dirección del viento; cómo saltar fuera del
-agua á la altura de tres ó cuatro pies, á la manera de los delfines,
-apretadas á los lados las aletas y encorvada la cola...
-
-Enseñóle también á dejar tranquilos á los peces voladores, porque no
-tienen más que espinas; á arrancar de un bocado un pedazo de espalda á
-un bacalao corriendo á toda velocidad, á diez brazas bajo la superficie
-del mar; y á no pararse nunca á mirar un bote ó un buque, pero
-principalmente ningún barco de remos. Al cabo de seis meses, lo que
-Kotick no sabía sobre la pesca en alta mar era porque no valía la pena
-de saberse, y durante todo este tiempo nunca sus aletas tocaron tierra
-seca.
-
-Un día, sin embargo, mientras estaba dormitando en el agua, tibia
-entonces, en un sitio cercano á la isla de Juan Fernández, sintió una
-dejadez en el cuerpo y un mareo como los que suelen sentir las personas
-al llegar la primavera, y viniéronsele á la memoria las dulces y
-seguras playas de Novastoshnah, á siete mil millas de distancia; los
-juegos de sus compañeros; el olor de las plantas marinas; el bramar de
-las focas, y las continuas luchas. En aquel mismo instante hizo rumbo
-hacia el Norte, nadando pausadamente, y á poco hallóse con bastantes
-docenas de compañeros que llevaban también la misma dirección.
-
---¡Salud, Kotick! le dijeron.
-
-Este año somos todos _holluschickie_, y podemos bailar la _danza del
-fuego_ en las rompientes frente á Lukannon, y jugar sobre la yerba.
-Pero ¿de dónde has sacado esa piel?
-
-Era ahora la piel de Kotick casi completamente blanca, y, aunque se
-sintiera orgulloso de ella, no contestó más que:
-
---¡Nadad aprisa! Los huesos me duelen y deseo llegar á tierra.
-
-Y así fuéronse todos á las playas en que habían nacido, y oyeron á sus
-padres, las focas viejas, peleándose entre la niebla.
-
-Aquella noche Kotick bailó la _danza del fuego_ con las focas
-que contaban un año de edad. En todo el espacio que media entre
-Novastoshnah y Lukannon el mar está lleno de fuego en las noches
-de verano, y cada foca deja en pos de sí una estela como de aceite
-hirviendo, lanza flamígeros chispazos al saltar en el agua, y las
-olas rompen unas contra otras en grandes, fosforescentes rayas y
-remolinos. Después fuéronse tierra adentro, hacia el sitio reservado á
-los _holluschickie_, revolcáronse en el recien nacido trigo silvestre,
-y refirieron cuentos de lo que habían hecho durante el tiempo de su
-estancia en el mar. Hablaban del Pacífico como hablarían unos niños
-del bosque en que han estado jugando y cogiendo los frutos de los
-árboles, y, si alguien hubiera podido oirles, con los datos por ellos
-suministrados habría podido trazar un mapa tan detallado como jamás
-hubo otro alguno. Los _holluschickie_ de tres y de cuatro años de edad
-se precipitaron desde la colina de Hutchinson gritando:
-
---¡Largo de ahí, muchachos! El mar es hondo y no sabéis aun todo lo que
-guarda. Esperad hasta que hayáis doblado el Cabo. ¡Ja! ¡Ja! ¡Chiquitín!
-¿Dónde te has encontrado esa piel tan blanca?
-
---No la he encontrado en ninguna parte, dijo Kotick. Ha crecido sola.
-Y cuando se preparaba ya á darle un revolcón al que acababa de hablar,
-dos hombres de negro cabello y rojas caras aplastadas salieron de
-detrás de una duna, y Kotick, que nunca había visto á un hombre, tosió
-y bajó la cabeza. Los _holluschickie_ se replegaron formando un pelotón
-á algunos metros de distancia, y se quedaron quietos mirando con aire
-estúpido. Los dos hombres eran nada menos que Kerick Booterin, el jefe
-de los cazadores de focas de la isla, y Patalamon, su hijo. Venían de
-la aldea situada á cosa de media legua del vivero de focas, y estaban
-discutiendo cuáles escogerían para llevárselas al matadero (porque las
-focas se dejan llevar como corderos) y convertirlas, más tarde, en
-chaquetas de piel de las que usan las señoras.
-
---¡Oh! ¡Mira! dijo Patalamon. Hay una foca blanca.
-
-Kerick Booterin palideció hasta quedarse casi completamente blanco él
-también bajo la capa de aceite y de humo de que iba cubierto, porque
-era un aléuta, y los habitantes de las islas Aléutas no se distinguen
-por la limpieza. Después comenzó á murmurar una oración.
-
---No la toques, Patalamon, dijo. No se ha visto una foca blanca
-desde... desde mi nacimiento acá. Tal vez es el alma del viejo Zaharrof
-que ha tomado esta forma. Desapareció el año pasado en medio de aquella
-horrorosa tempestad que hubo.
-
---No, no me acerco á ella, contestó Patalamon. Es de mal agüero. ¿Te
-parece que será verdaderamente el alma del viejo Zaharrof que vuelve
-del otro mundo? Yo le debo algunos huevos de gaviota.
-
---No la mires, dijo Kerick. Llévate ese rebaño de las de cuatro años.
-Nuestros hombres debieran desollar hoy doscientas, pero estamos á
-principios de temporada y les falta práctica. Con cien bastarán.
-¡Despacha!
-
-Hizo sonar Patalamon un par de omoplatos de foca, dándole al uno contra
-el otro, en frente de la manada de _holluschickie_, y quedáronse todos
-quietos como muertos, y soplando con fuerza. Adelantó entonces algunos
-pasos, y las focas comenzaron á moverse, y Kerick fué guiándolas tierra
-adentro, sin que intentaran volverse atrás para reunirse con sus
-compañeras.
-
-[Ilustración] En número de centenares de miles viéronlas las otras
-focas alejarse conducidas por el hombre, pero siguieron jugando como si
-tal cosa. Sólo Kotick hizo algunas preguntas, á las que nadie supo qué
-contestar, como no fuera que, cada año, se llevaban los hombres algunas
-focas de aquel modo, por espacio de seis semanas ó de dos meses.
-
---Pues yo me voy detrás, dijo, y los ojos se le saltaban casi,
-siguiendo la pista del rebaño.
-
---La foca blanca nos sigue, gritó Patalamon. Ésta es la primera vez que
-una foca ha venido al matadero por sí sola.
-
---¡Chist! ¡No mires hacia atrás! dijo Kerick. No hay duda de que es el
-alma de Zaharrof. Tengo que hablarle de esto al sacerdote.
-
-La distancia que mediaba hasta llegar al matadero no era más que de
-unos ochocientos metros, pero tardóse una hora en recorrerla, porque
-bien sabía Kerick que si las focas iban demasiado aprisa se acalorarían
-más de lo conveniente, y luego, al desollarlas, la piel saldría á
-pedazos. Así, pues, fueron muy despacio, pasando por la _Garganta del
-León Marino_ y por la _Casa de Webster_, hasta que llegaron á la _Casa
-de la Sal_, completamente fuera del alcance de las miradas de las focas
-que en la playa quedaban. Kotick iba siguiendo, anhelante y pasmado
-de cuanto veía. Creyó hallarse en el fin del mundo, pero los bramidos
-que se oían detrás de él, procedentes de los viveros de las focas,
-resonaban con tanta fuerza como el estruendo de un tren al pasar por un
-túnel. Kerick sentóse sobre el musgo, sacó un pesado reloj de peltre, y
-dejó que el rebaño se enfriara algo por espacio de media hora, durante
-la cual podía oir Kotick cómo iban cayendo de la gorra de aquel hombre
-gotas del agua que la niebla había dejado en ella. Luego, diez ó doce
-hombres, cada uno armado de una cachiporra recubierta de hierro y
-midiendo cosa de un metro de largo, llegaron, y Kerick les señaló á una
-ó dos focas del rebaño que habían sido mordidas por sus compañeras, ó
-no se habían enfriado bastante, por lo que los hombres las apartaron
-del rebaño, dándoles puntapiés con sus pesadas botas, hechas de piel de
-morsa, y entonces dijo Kerick:
-
---¡Ahora!
-
-Inmediatamente comenzaron los hombres á dar golpes en la cabeza á las
-focas, con toda la rapidez posible.
-
-Diez minutos después, Kotick no pudo ya reconocer á las que fueron sus
-compañeras, pues sus pieles habían sido arrancadas, desde el hocico
-hasta las aletas posteriores, secadas y puestas sobre el suelo en un
-gran montón.
-
-No quiso ver más. Volvióse Kotick en redondo y galopó hacia el mar
-(porque una foca puede galopar muy velozmente durante breve rato),
-erizados por el terror sus nacientes bigotes. En la _Garganta del León
-Marino_, donde esos animales descansan junto al sitio hasta donde llega
-la resaca, lanzóse de cabeza, aletas en alto, en el agua fresca, y allí
-se balanceó, suspirando tristemente.
-
---¿Quién anda ahí? gruñó un león de mar, porque generalmente no gustan
-éstos de más sociedad que la de sus iguales.
-
---_¡Scoochnie! ¡Ochen scoochnie!_ (Estoy sólo, muy sólo!) dijo Kotick.
-¡Están matando á _todos_ los _holluschickie_ en _todas_ las playas!
-
-El león marino volvió la cabeza en dirección de tierra.
-
---¡Qué disparate! dijo. ¿No oyes á tus amigos alborotando como de
-costumbre? De fijo que habrás visto á ese viejo de Kerick despachando
-una manada. Treinta años ha que no hace otra cosa.
-
---¡Eso es horrible! dijo Kotick nadando hacia atrás en el momento en
-que quedaba cubierto por una ola, y afirmando el cuerpo por medio de
-un movimiento en espiral de sus aletas, que lo levantó completamente
-erguido y á tres pulgadas de distancia del borde dentado de una roca.
-
---¡Bien! ¡No lo has hecho mal para tu edad! dijo el león marino que era
-buen juez en materia de natación. Y luego añadió:
-
---Supongo que debe de ser horrible para tí, juzgando lo que ocurre bajo
-el aspecto que tú lo juzgas; pero si vosotras las focas os empeñáis en
-venir aquí año tras año, es natural que los hombres se enteren, y lo
-que es como no lleguéis á encontrar una isla á la cual no vayan nunca
-ellos, siempre os veréis perseguidas.
-
---¿Y no hay ninguna isla de esta clase?
-
---He perseguido al _poltoos_ (la platija) por espacio de veinte años,
-y no puedo decir aún que haya hallado una isla así. Pero, mira...
-(ya que observo que te gusta conversar con tus superiores), podrías
-ir al islote del _Caballo Marino_ y hablar á _Sea Vitch_. Tal vez él
-sepa algo. Y no salgas disparado de ese modo. De aquí á allá hay seis
-millas, y antes de nadar tan largo trecho, si yo fuera de tí, echaría
-un sueñecito, chiquitín.
-
-Parecióle bien el consejo á Kotick, y así nadó hasta su propia
-playa, saltó á tierra y durmió, por espacio de media hora, con
-extremecimientos en todo el cuerpo, como suelen hacer las focas.
-Despues salió en dirección del islote del _Caballo Marino_, pedazo
-de isla, pequeño y lleno de rocas, situado casi al Noreste de
-Novastoshnah, sembrado de picos y de nidos de gaviota, donde las morsas
-solían reunirse sin más compañía que la de ellas mismas.
-
-Saltó á tierra junto al viejo _Sea Vitch_, el enorme, feo, hinchado,
-granujiento caballo marino del Norte del Pacífico, ancho de cuello, de
-largos colmillos, sin más modales que los que tiene cuando duerme....
-que es lo que hacía entonces, con las aletas posteriores mitad fuera y
-mitad dentro del agua.
-
---¡Despiértate! le dijo Kotick, casi ladrando, para que lo oyera,
-porque las gaviotas metían gran ruido.
-
---¡Ah! ¡Oh!... ¿Qué?... ¿Qué hay? dijo _Sea Vitch_, y le pegó á la
-morsa que tenía al lado un golpe con los colmillos despertándola, y
-aquélla otro á la más próxima, y así fueron siguiendo, hasta estar
-todas despiertas y mirando fijamente en todas direcciones, excepto en
-la que debían.
-
---¡Je! Soy yo, dijo Kotick agitándose en la orilla, donde ofrecía todo
-el aspecto de una diminuta babosa blanca.
-
---¡Vaya! ¡Que me desuellen vivo si...! exclamó _Sea Vitch_, y en
-seguida comenzaron todos á mirar á Kotick como puede imaginarse uno que
-los soñolientos viejos, socios de algún casino, mirarían á un niño que
-cayera entre ellos. En cuanto oyó lo de desollar, no quiso Kotick que
-le hablaran más de esto, pues bien harto de ver desollar estaba, y así
-empezó á decir á gritos:
-
---¿No hay ningún sitio á donde puedan ir las focas, sin peligro de
-encontrarse con hombres?
-
---Anda á buscarlo tú, dijo _Sea Vitch_ cerrando los ojos. ¡Márchate,
-que aquí tenemos que hacer!
-
-Dió Kotick un salto en el aire al estilo de los delfines, y púsose á
-gritar á plenos pulmones:
-
---¡Zampa-ostras! ¡Zampa-ostras!
-
-Estaba él enterado de que _Sea Vitch_ no había cogido un pez en toda su
-vida, sino que se limitaba á hozar buscando ostras y plantas marinas,
-aunque se las echara de terrible, pretendiendo ser lo contrario de
-lo que era. Naturalmente, sucedió entonces que los _chickies_, los
-_gooverooskies_ y los _epatkas_, las gaviotas de todas clases y los
-mergos, que están siempre en acecho de cuantas ocasiones se les
-presenten para mostrar su mala educación, hicieron coro repitiendo
-aquellas palabras, y (al menos así me lo contó Limmershin) por espacio
-de cinco minutos no hubiera podido oirse el disparo de una escopeta en
-todo el islote del _Caballo marino_. Cuantos en él vivían gritaban á
-voz en cuello:
-
---¡Zampa-ostras! _¡Stareek!_ (viejo).
-
-Entre tanto _Sea Vitch_ se movía de un lado á otro refunfuñando y
-tosiendo.
-
---¿Hablarás ahora? dijo Kotick casi perdido el aliento.
-
---Anda y pregúntale á la _Vaca marina_ lo que quieres saber, contestó
-_Sea Vitch_. Si aún vive, ella podrá decírtelo.
-
---¿Y cómo conoceré á la _Vaca marina_ cuando la encuentre? dijo Kotick,
-marchándose ya.
-
---Es lo más feo de cuanto vive en el mar después de _Sea Vitch_, gritó
-una gaviota deslizándose ante las mismas barbas de éste... lo más feo y
-de peores modales. _¡Stareek!_
-
-Nadó otra vez Kotick hacia Novastoshnah dejando á las gaviotas
-gritar cuanto quisieran. Llegado allí, vió que nadie tomaba el menor
-interés en sus tentativas por descubrir un sitio donde pudieran vivir
-tranquilamente las focas. Dijéronle que siempre los hombres se habían
-llevado con ellos á los _holluschickie_, que esto formaba parte de su
-diaria labor, y que si no quería ver cosas desagradables, no tenía para
-qué haber ido al matadero. Pero ninguna de las otras focas había visto
-las matanzas aquéllas, y en el no haberlo visto estribaba la diferencia
-entre él y sus compañeras. Además, Kotick era una foca blanca.
-
---Lo que has de hacer, dijo Gancho de Mar después de haber oído el
-relato de las aventuras de su hijo, es crecer, convertirte en una
-foca tan grande como tu padre, y tener un vivero en la playa: verás,
-entonces, como te dejan en paz. De aquí á cinco años debieras hallarte
-ya en disposición de luchar y defenderte solo.
-
-Hasta la amable Matkah, su madre, le dijo:
-
---No podrás evitar nunca esas matanzas. Anda y vete á jugar en el mar,
-Kotick. Y, efectivamente, fuése y bailó la _danza del fuego_, pero con
-el corazón muy oprimido por la tristeza.
-
-Abandonó la playa aquel otoño tan pronto como pudo, y púsose en
-marcha completamente solo, porque en su cabecita bullía una idea. Iba
-en busca de la _Vaca marina_, si era verdad que existía en el mar
-semejante personaje, y hallaría después una isla tranquila, rodeada
-de playas seguras donde pudieran vivir las focas sin que los hombres
-llegaran hasta ellas. Con tal motivo exploró uno y otro día desde
-el Norte al Sur del Pacífico, llegando á nadar hasta trescientas
-millas en el espacio de veinticuatro horas. Es imposible referir sus
-innumerables aventuras, pero bastará decir que estuvo á punto de ser
-devorado por los tiburones y por el pez martillo, tropezando con todos
-los más peligrosos malhechores que vagan por los mares, con enormes
-é inofensivos peces, y con las conchas manchadas de color escarlata
-que están como ancladas en un mismo sitio por centenares de años y en
-ello cifran todo su orgullo... Á quien nunca encontró fué á la _Vaca
-marina_, ni tampoco una isla como la que él soñaba. Cuando la playa
-era excelente, dura, con su poco de declive, tierra adentro, para que
-las focas pudieran jugar en él, siempre se divisaba en el horizonte la
-columna de humo de un ballenero que estaba hirviendo grasa, y Kotick
-sabía lo que _eso_ significaba. O bien notaba claras huellas de que en
-la isla había habido focas, que fueron muertas por los hombres, y donde
-éstos habían puesto una vez los pies, pensaba él, bien podían ponerlos
-dos.
-
-Juntóse con una vieja albatros que le dijo que la isla de Kerguelen era
-el mejor sitio para vivir en paz y tranquilidad, y cuando se dirigió
-Kotick hacia allí, por poco queda hecho pedazos contra la negra y
-acantilada costa, en una fuerte tormenta de granizo acompañada de rayos
-y truenos. Y, no obstante, luchando contra el viento, pudo ver que
-hasta allí había habido, tiempo atrás, un vivero de focas. Lo mismo
-ocurría en cuantas islas visitó.
-
-Limmershin díjome los nombres de todas y formaban larga lista,
-porque, según él afirmó, pasóse Kotick cinco estaciones explorando
-continuamente, á excepción de un descanso anual de cuatro meses en
-Novastoshnah, durante el cual solían los _holluschickie_ burlarse de
-él y de sus islas imaginarias. Estuvo en Galápagos, en el Ecuador,
-sitio horrorosamente seco donde le pareció que le cocían vivo; fué á
-las islas Georgias, á las Orcadas, á la isla de la Esmeralda, á la del
-Ruiseñor, á la de Gough, á la de Bouvet, á la de Crossets, y hasta á
-una islita, del tamaño de una mancha, que existe al Sur del Cabo de
-Buena Esperanza. Pero en todas partes le dijeron lo mismo. En tiempos
-inmemoriales las focas habían ido á aquellas islas, siendo perseguidas
-y exterminadas por los hombres. Hasta un día en que se alejó del
-Pacífico algunos miles de millas y llegó á un sitio llamado _Cabo
-Corrientes_ (y esto fué cuando volvía de la isla de Gough), hallóse con
-algunos centenares de focas sarnosas que estaban descansando en una
-roca, y le dijeron que también allí iban los hombres.
-
-Entristecióle esto tan profundamente que hizo rumbo hacia el Cabo para
-volver á sus propias playas, y por el camino abordó á una isla llena de
-verdes árboles, donde halló una foca vieja, muy vieja, moribunda, para
-la cual buscó algunos peces, contándole después todas sus penas.
-
---Ahora, dijo Kotick, vuelvo á Novastoshnah, y si se me llevan al
-matadero con los _holluschickie_ poco me importa ya.
-
---Prueba otra vez, contestóle la foca vieja. Yo soy la última de la
-perdida tribu de Masafuera, y, en los tiempos en que los hombres solían
-matarnos á centenares de miles, referíase en las playas la conseja de
-que algún día una foca blanca, venida del Norte, llevaría al pueblo de
-las focas á un lugar tranquilo. Vieja soy y no he de ver ya ese día;
-pero otras lo verán. Prueba una vez más.
-
-Retorcióse Kotick los bigotes (que los tenía muy hermosos), y dijo:
-
---Yo soy la única foca blanca que ha nacido en playa alguna, y soy
-también la única, blanca ó negra, que ha pensado en descubrir nuevas
-islas.
-
-Animóle muchísimo este encuentro, y, aquel verano, cuando volvió
-á Novastoshnah, rogóle Matkah, su madre, que se casara y viviera
-tranquilo, porque no era ya un _holluschick_, sino todo un Gancho de
-Mar, hecho y derecho, con su blanca melena rizada sobre la espalda, y
-tan espesa, larga y de feroz aspecto como la de su padre.
-
---Dame una temporada más de espera, dijo él. Acuérdate, madre, de que
-siempre es la séptima la ola que más lejos llega en la playa.
-
-Dió la casualidad de que había otra foca que también pensó en aplazar
-el casarse hasta el año próximo, y Kotick bailó con ella la _danza del
-fuego_, en toda la extensión de la playa de Lukannon, la noche antes
-de partir para el último de sus viajes exploradores.
-
-Dirigióse esta vez hacia el Oeste porque acababa de descubrir el rastro
-de un gran número de platijas que tal rumbo llevaban, y él necesitaba,
-por lo menos, un centenar de libras de pescado para mantenerse en buena
-salud. Persiguiólas hasta cansarse, y, entonces, enroscóse y se durmió
-en uno de los hoyos que deja en la tierra la resaca, en dirección de la
-isla del Cobre.
-
-Conocía perfectamente aquella costa, y así, hacia media noche, al
-sentirse caer blandamente sobre un lecho de plantas marinas, exclamó:
-
---¡Uy! La marea sube muy rápida esta noche. Y dando media vuelta
-bajo el agua, abrió los ojos calmosamente y se desperezó. Pero, de
-pronto, brincó como un gato, porque acababa de ver algo enorme que iba
-olfateando por encima de los bajíos y engulléndose grandes flecos de
-algas.
-
---¡Por las olas del Estrecho de Magallanes!... dijo entre sí. ¿Quién
-son esas gentes?
-
-No se parecían ni á los caballos marinos, ni á los leones ó á los
-osos de mar, ni á las focas, ballenas, tiburones, peces ó conchas que
-Kotick estaba acostumbrado á ver. Tenían de seis á nueve metros de
-largo y carecían de aletas posteriores, pero poseían, en cambio, una
-cola, en forma de pala, que no parecía sino que había sido recortada
-de un pedazo de cuero mojado. Su cabeza ofrecía el más marcado aire de
-estupidez que puede imaginarse, y balanceaban el cuerpo en el agua,
-sobre el extremo de la cola, cuando no comían, saludándose unos á otros
-con gran solemnidad y agitando sus aletas delanteras como hombres muy
-gruesos que movieran los brazos.
-
---¡Ejem! dijo Kotick. ¿Pinta bien la suerte, caballeros? Y aquellos
-seres enormes contestaron saludando y agitando las aletas, á la manera
-de lo que hacía _Frog-Footman_[8]. Cuando volvieron á comer notó Kotick
-que tenían el labio superior partido en dos pedazos, que podían separar
-uno de otro á cosa de medio metro de distancia, y volverlos á juntar
-después, sosteniendo entre ambos pedazos más de media fanega de algas.
-Metíanlas en la boca y las mascaban con toda solemnidad.
-
---Sucio modo de comer es ese, exclamó Kotick. Y como le saludaran
-nuevamente, comenzó á perder ya la paciencia.
-
---¡Bueno! dijo. Si, por lo visto, tenéis en las aletas delanteras
-una articulación más que los otros, no por eso habéis de estarlo
-demostrando de ese modo. Ya veo que saludáis con muchísima gracia, pero
-preferiría que me dijerais cómo os llamáis.
-
-Los labios partidos moviéronse y se separaron; los vítreos y verdes
-ojos miraron fijamente; pero sus dueños no dijeron una palabra.
-
---¡Vaya! dijo Kotick, vosotros sois la única gente que he encontrado
-más feos que _Sea Vitch_... y más mal educados aún que él.
-
-Vínosele entonces á la memoria, con la prontitud de un relámpago, lo
-que le había dicho la gaviota en la isla del _Caballo Marino_ cuando
-no tenía más que un año, y dejóse caer de espalda en el agua, contento
-porque veía claramente que acababa de hallar, por fin, á la _Vaca
-marina_.
-
-Continuaron éstas (porque realmente lo eran) buscando algas y
-mascándolas como queda dicho, y, entre tanto, fué Kotick haciéndoles
-preguntas en cada uno de los idiomas que había aprendido en sus viajes,
-que no eran pocos, pues el _Pueblo de los mares_ usa casi tantos
-lenguajes como los seres humanos. Pero las vacas marinas no hablan,
-y así no le contestaron. Tienen únicamente seis huesos en el cuello
-en vez de siete, y las gentes del mundo submarino dicen que esto les
-impide hablar hasta á los de su misma clase. Sin embargo, como hemos
-dicho anteriormente, poseen una articulación de más en sus aletas
-delanteras, y, moviéndolas de arriba abajo y de un lado para otro,
-forman así una especie de torpe clave telegráfica que les sirve para
-entenderse.
-
-Al hacerse de día pudo verse que la melena de Kotick estaba
-completamente erizada. En cuanto á su paciencia había ido ya á parar
-á donde van los cangrejos cuando mueren. De pronto, las vacas marinas
-comenzaron á hacer rumbo hacia el Norte con gran calma, parándose de
-cuando en cuando para verificar absurdos conciliábulos en que no hacían
-más que saludarse de cuando en cuando, y Kotick las siguió, diciéndose:
-
---Gente tan estúpida como ésta hace mucho tiempo que hubiera sido ya
-exterminada, á no haber hallado alguna isla en que pudiera vivir sin
-cuidado; y lo que es bastante bueno para la Vaca marina, lo es también
-para Gancho de mar. Sea como fuere, ojalá que despacharan de una vez.
-
-Era aquello para Kotick pesadísimo trabajo. La manada no recorría más
-que cuarenta ó cincuenta millas cada día, se paraba de noche para
-comer, y tenía buen cuidado de no apartarse mucho de la playa, al paso
-que Kotick nadaba en torno suyo, y por encima, y por debajo, sin que
-lograra hacerles ir ni media milla más aprisa.
-
-Al alejarse más hacia el Norte volvieron á tener otros de sus
-conciliábulos, con intervalos de unas cuantas horas, y Kotick se
-arrancaba casi los bigotes de tanto mordérselos con impaciencia, hasta
-que, al fin, vió que remontaban una corriente de agua tibia, y entonces
-sintió por aquellos seres algo más de respeto.
-
-Una noche hundiéronse á través del agua reluciente (un modo de hundirse
-como si fueran piedras), y, por primera vez desde que él las había
-conocido, comenzaron á nadar con gran rapidez. Siguióles Kotick y tanta
-celeridad le dejó pasmado, porque nunca pudo ocurrírsele la idea de que
-una vaca marina fuera tan excelente nadadora. Dirigiéronse á un sitio
-acantilado de la costa, que se hundía en el agua, y se zambulleron en
-un agujero que había al pie, á veinte brazas bajo el nivel del mar.
-Metiéronse por un obscuro túnel, y Kotick, que las siguió, se ahogaba,
-por falta de aire fresco que respirar, después de tanto rato de estar
-nadando.
-
---¡Por vida de...! exclamó dando boqueadas y resoplando al salir, por
-el lado opuesto, al mar abierto y libre. ¡El chapuzón ha sido largo,
-pero valía la pena de soportarlo!
-
-Habíanse separado unas de otras las vacas marinas, y comían
-perezosamente á la orilla de las más hermosas playas que Kotick viera
-en su vida. Había allí grandes extensiones de roca viva y desgastada,
-pulida, que se prolongaban durante millas enteras, lo más apropiadas
-que podía imaginarse para viveros de focas; otras formadas de dura
-arena, detrás de las primeras, y en declive que miraba tierra adentro,
-buenas para jugar en ellas; y rompientes para bailar las focas sobre el
-agua; y blanda yerba para revolcarse; y dunas para trepar por la arena,
-descendiendo luego; y, sobre todo, Kotick conoció con sólo tocar el
-agua, que nunca engaña á un verdadero Gancho de mar, lo más importante:
-que jamás el hombre había llegado hasta allí.
-
-Su primer cuidado fué asegurarse de que la pesca podía hacerse en
-buenas condiciones, y luego nadó bordeando la orilla, y contó los
-deliciosos, bajos islotes de arena, medio escondidos en la pintoresca
-y rastrera niebla. Á lo lejos, hacia el Norte, veíase una línea de
-bancos de arena, de escollos y de rocas que no hubieran dejado á ningún
-barco acercarse á menos de seis millas de la playa, y entre las islas
-y la tierra firme había un profundo canal que llegaba á tocar los
-acantilados perpendiculares de la costa, debajo de los cuales se abría
-la boca del túnel.
-
---Esto es un segundo Novastoshnah, dijo Kotick, pero diez veces mejor
-que el primero. La Vaca marina debe de ser mucho más lista de lo que
-yo creía. Por los acantilados no podrían bajar los hombres aunque
-los hubiera, y los escollos del lado que mira hacia el mar harían
-pronto de cualquier barco un montón de astillas. Si hay rincón seguro,
-indudablemente que es éste.
-
-Acordóse de la foca que había dejado esperándole; pero aunque por ello
-quisiera apresurarse á volver á Novastoshnah, exploró detenidamente
-aquel nuevo país, á fin de poder contestar á cuantas preguntas se le
-hicieran. Luego zambullóse en el agua y se metió en la boca del túnel,
-nadando en él rápidamente en dirección del Sur. Sólo una vaca marina ó
-una foca hubiera imaginado que podía existir sitio semejante, y cuando,
-ya lejos, volvióse para mirar hacia los acantilados, hasta el mismo
-Kotick se maravillaba de que hubiera estado allí debajo.
-
-Seis días tardó en regresar á su país, aunque distaba mucho de nadar
-despacio, y, al tocar á tierra por la _Garganta del León marino_, á
-quien primero vió fué á la foca que le esperaba, y que por la alegría
-reflejada en los ojos de Kotick comprendió que, al fin, había éste
-hallado la isla deseada.
-
-Pero los _holluschickie_, y Gancho de mar, su propio padre, y todas
-las demás focas, se burlaron de él cuando les dijo lo que acababa de
-descubrir, contestándole así una de las focas de su misma edad:
-
---Muy bien está todo eso que dices, Kotick, pero hazte cargo de que el
-que vengas tú ahora desde quien sabe dónde y nos mandes que abandonemos
-este sitio es absurdo. Acuérdate de que hemos estado luchando largo
-tiempo por nuestros viveros, y he aquí algo que no podrás decir tú, que
-has preferido pasar el tiempo buscando por esos mares.
-
-Riéronse las otras focas al oir esto, y la foca joven movió la cabeza
-de derecha á izquierda. Habíase casado aquel mismo año, y dábase por
-ello grande importancia.
-
---Yo no tengo vivero que defender, contestó Kotick. No deseo más que
-enseñaros un sitio donde podréis vivir tranquilos. ¿Á qué estar siempre
-luchando?
-
---¡Oh! Si tratas de huir por la tangente claro está que nada tengo que
-añadir, dijo la foca acompañando sus palabras con una risita sarcástica.
-
---¿Vendrás si lucho contigo y te venzo? dijo Kotick. Y una luz verde
-brilló en su mirada, porque estaba verdaderamente furioso de tener que
-batirse.
-
---Perfectamente, contestó la foca joven, con cierto descuido. Si me
-vences iré contigo.
-
-No tuvo ni tiempo de cambiar de opinión, porque ya Kotick alargaba
-la cabeza y sus dientes se clavaban en la gordura del cuello de la
-foca. Después echóse hacia atrás y arrastró á su enemiga por la playa,
-sacudióla, y, dándole un golpe, la revolcó por el suelo. Entonces,
-dirigiéndose á las focas, díjoles rugiendo:
-
---Durante las últimas cinco estaciones he hecho en favor vuestro cuanto
-he podido. Os he hallado la isla en que podréis vivir seguros, pero
-como no os arranquen del cuello la estúpida cabeza no queréis creer lo
-que os dicen. Ahora voy á daros una lección. ¡En guardia!
-
-Contóme Limmershin que nunca en su vida (y él ve cada año diez mil
-focas viejas en luchas continuas), que nunca en su vida (algo corta)
-había visto cosa semejante á la embestida que dió Kotick contra los
-viveros. Arrojóse sobre el mayor de los _ganchos de mar_ que pudo
-hallar á su alcance, cogiólo por el pescuezo, ahogándolo casi, y lo
-zarandeó y golpeó de lo lindo, hasta que pidió que le perdonara la
-vida, tras de lo cual cogiólo para echarlo á un lado, y embistió al
-más próximo. Y se comprende que hiciera todo esto: no se había pasado
-cuatro meses ayunando como las focas grandes hacían cada año; sus
-viajes á nado en alta mar le conservaban en excelentes condiciones, y,
-lo que es aun más importante, nunca se había peleado antes. Su blanca
-melena estaba erizada de coraje, llameaban sus ojos, brillaban sus
-grandes caninos, y, en suma, ofrecía magnífico aspecto.
-
-Gancho de mar, el viejo, su padre, le vió batiéndose desenfrenadamente,
-arrastrando por el suelo, como si fueran platijas, á focas cuyo pelo
-comenzaba ya á encanecer, revolcando por todos lados á las más jóvenes,
-y entonces dió un gran bramido y gritó:
-
---Será todo lo tonto que se quiera, pero es el mejor luchador de estas
-playas. ¡No te pelees con tu padre, hijo mío! ¡Lo tienes ya de tu parte!
-
-Contestó Kotick con otro bramido, y Gancho de mar, el viejo, andando
-como los patos y resoplando como una locomotora, fué á mezclarse en
-la lucha, mientras Matkah y la foca que había de casarse con Kotick
-contemplaban, agachadas, á sus hombres. La pelea fué admirable, porque
-las dos focas lucharon hasta que no hubo ya ninguna que osara levantar
-la cabeza frente á ellas, y entonces se pasearon orgullosamente de un
-extremo á otro de la playa, emparejadas y mugiendo.
-
-Por la noche, cuando la aurora boreal parpadeaba lanzando vivos
-destellos á través de la niebla, subió Kotick á una desnuda roca y
-miró hacia abajo, hacia los destruidos viveros y los despedazados,
-sangrientos cuerpos de las focas.
-
---Ahora, dijo, os he dado ya la lección que necesitabais.
-
---¡Por vida mía! exclamó Gancho de mar, el viejo, enderezando el cuerpo
-trabajosamente, porque se hallaba por completo derrengado. Ni el mismo
-_Cetáceo Carnicero_ les hubiera causado mayor daño. ¡Hijo mío, siento
-orgullo al mirarte, y lo que es más, iré contigo á tu isla... si es
-verdad que existe!
-
---¡Á ver, piara de cerdos marinos! ¿Quién se viene conmigo al túnel de
-la Vaca marina? ¡Contestad ó vuelvo á empezar! rugió Kotick.
-
-Prodújose entonces un murmullo como el suave rumor de la marea cuando
-sube ó baja por las playas.
-
---Nosotras iremos contigo, dijeron miles de voces fatigadas. Nosotras
-estamos dispuestas á seguir á Kotick, la Foca blanca.
-
-Hundió entonces Kotick la cabeza entre los hombros y cerró
-orgullosamente los ojos. No era ya una foca blanca, sino roja de cabeza
-á pies. Pero no importaba; hubiérase avergonzado de mirar, siquiera, ó
-de tocar á una sola de sus heridas.
-
-Al cabo de una semana él y su ejército (casi diez mil focas, entre los
-_holluschickie_ y las viejas), salieron en dirección del Norte hacia el
-túnel de la Vaca marina, dirigiéndolas á todas Kotick, mientras las que
-se quedaban en Novastoshnah les llamaban estúpidas. Pero á la primavera
-siguiente, cuando se encontraron todas en las pesqueras del Pacífico,
-las focas de Kotick contaron tales maravillas de las nuevas playas, al
-otro lado del túnel de la Vaca marina, que se aumentó cada día más el
-número de las que habían abandonado las playas de Novastoshnah.
-
-Por supuesto, no se hicieron tales cosas de golpe, porque las focas
-necesitan mucho tiempo para darle vueltas á una idea en su cabeza;
-pero cada año había más que se marchaban de Novastoshnah, de Lukannon
-y de los otros viveros, para ir á las seguras y abrigadas playas en
-que Kotick pasa todo el verano, creciendo, engordando y poniéndose más
-robusto á cada año que transcurre, mientras los _holluschickie_ juegan
-en torno suyo en aquel mar que no visita ni un solo hombre.
-
- [Ilustración]
-
-
- =Lukannon=
-
-(Ésta es la gran canción que todas las focas de San Pablo cantan en
-alta mar cuando van de regreso á sus playas en el verano. Es una
-especie de himno nacional muy triste).[9]
-
-
- Hallé muy de mañana á mis amigas
- (pero ¡ay! ¡qué vieja que me he vuelto ya!)
- donde rugen las olas en verano
- contra cien arrecifes al chocar.
-
- Cantando á coro las oí: sus voces
- la del mar sofocaban, y eran más
- de un millón las que el coro de las playas
- de Lukannon cantaban sin cesar.
-
- _La canción del reposo junto al lago,
- de dunas en que juega un escuadrón,
- de las danzas nocturnas entre el fuego
- del mar, que el hombre aun no profanó._
-
- Hallé muy de mañana á mis amigas
- (á las que nunca he de encontrar ya más);
- la costa ennegrecían sus legiones
- de un lado yendo á otro con afán.
-
- Y á través de la espuma, mar adentro,
- desde donde la voz puede llegar
- su entrada saludábamos á gritos
- mientras iban subiendo el arenal.
-
- _¡Las playas de Lukannon!... donde crece
- la yerba que la niebla humedeció,
- donde jugamos en pulidas rocas,
- donde todas nacimos... ¡nuestro amor!_
-
- Hoy hallé de mañana á mis amigas...
- ¡deshecho el triste bando estaba ya!
- Cazábanlas los hombres en el agua,
- ya en tierra, golpeaban sin piedad.
-
- Como mansos y estúpidos corderos
- á morir las llevaban... pero aun ¡ay!
- cantamos á las playas de Lukannon...
- antes que el hombre las viniera á hollar.
-
- _Parte con rumbo al Sur ¡oh Gooverooska!
- dí á los reyes del mar nuestro dolor:
- ¡pronto estarán vacías nuestras playas
- como huevo de muerto tiburón!_[10]
-
- [Ilustración]
-
-
- NOTAS:
-
-[7] Juego infantil, muy popular en Inglaterra. En él los niños forman
-grandes montones de arena, por ejemplo, y uno de ellos se encarama en
-la cima cantando una cancioncilla cuyas primeras palabras son las que
-aquí se citan.--N. DEL. T.
-
-[8] Personaje de un libro muy popular en Inglaterra: _Alice's
-Adventures in Wonderland_, original de Lewis Carroll.--N. DEL T.
-
-[9] El autor no dice, por _tristísimo_ que sea este himno nacional (de
-ningún aficionado conocido, de seguro), que puede cantarse muy bien en
-el original inglés con música de la canción «Mambrú se fué á la guerra»
-y con la de otra, que es inglesa y bastante alegre, cuyas primeras
-palabras son: _We won't go home till morning._--N. DEL T.
-
-[10] Los naturalistas se quejan de la bárbara caza de focas á que se
-dedican los marineros, é indican que el día de la desaparición total de
-la especie está cercano.--N. del T.
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- RIKKI-TIKKI-TAVI
-
- Desde el hueco en que ella entró
- Rikki-tikki llamó á Nag,
- y escuchad lo que le dijo:
- «ven con la Muerte á bailar».
-
- Ojo á ojo, testa á testa,
- (_bien pegada, y ¡baila Nag!_)
- Si uno muere el baile acaba,
- (_cuanto quieras durará_).
-
- Vuelta á un lado, vuelta á otro...
- (_Corre ya á esconderte, Nag._)
- ¡Ah! ¡La Muerte te ha vencido!
- (_¡Qué mala fortuna, Nag!_)
-
-
-Ésta es la historia de la gran guerra que Rikki-tikki-tavi sostuvo, con
-su solo esfuerzo, en los cuartos de baño de la gran _bungalow_[11],
-en el acantonamiento militar de Segowlee. Ayudóla Darzee, el pájaro
-tejedor, y Chuchundra, el almizclero, que no anda nunca por en medio
-del piso, sino que se arrastra arrimado á las paredes, fué quien la
-aconsejó; mas Rikki-tikki llevó todo el peso de la lucha.
-
-Era una mangusta, muy parecida á un diminuto gato en la piel y en la
-cola; pero mucho más semejante á una comadreja por la cabeza y por las
-costumbres.
-
-Los ojos y el extremo de su inquieto hocico teníalos de color de
-rosa; podía rascarse donde se le antojara con cualquiera de sus patas
-que quisiera usar, fueran las anteriores ó las posteriores; sabía
-enderezar la cola poniéndola de modo que pareciera un escobillón,
-y su grito de guerra mientras se deslizaba por la yerba era:
-_Rikk-tikk-tikki-tikki-tchik_.
-
-Un día, una de las grandes avenidas del verano llevósela de la
-madriguera en que vivía con sus padres, y la arrastró, pateando y
-cloqueando como una gallina, hasta una zanja abierta al borde de un
-camino. Encontró allí un hacecillo de yerbas que flotaba en el agua y
-se cogió á él, permaneciendo así hasta que perdió el sentido. Al volver
-en sí estaba echada al sol en mitad de uno de los caminillos de un
-jardín, muy mal cuidado, por cierto, y un niño decía junto á ella:
-
---Aquí hay una mangusta muerta. Vamos á enterrarla.
-
---No, dijo su madre. Vamos á llevarla adentro para secarla. Tal vez no
-esté muerta aún.
-
-Lleváronla á la casa, donde un hombre grueso la cogió con el pulgar y
-el índice, y dijo que no estaba muerta, sino medio ahogada, por lo cual
-la envolvieron en algodón, la calentaron, y ella entonces abrió los
-ojos y estornudó.
-
---Ahora, dijo el hombre grueso (un inglés que acababa de mudarse á la
-_bungalow_) no la asustéis, para que no se escape, y luego veremos lo
-que hacemos con ella.
-
-Asustar á una mangusta es la cosa más difícil de este mundo, porque,
-desde la cabeza hasta la cola, se la come viva la curiosidad.
-
-El lema de toda la familia de mangustas es «corre y busca», y
-Rikki-tikki hacía honor á su familia. Miró el algodón, juzgó que no
-servía para comestible, correteó por la mesa, sentóse, se alisó la
-piel, rascóse, y, de un salto, se colocó sobre el hombro del niño.
-
---No tengas miedo, Teddy, le dijo su padre. Eso es que quiere hacerse
-amiga tuya.
-
---¡Ay! Me hace cosquillas en la barba, exclamó Teddy.
-
-Rikki-tikki curioseó un poco por el cuello del niño mirando hacia
-dentro, le olió una oreja, y saltó al suelo restregándose el hocico.
-
---¡Jesús! ¿Y eso es un animal salvaje? dijo la madre de Teddy. Debe de
-ser tan manso porque ve que lo tratamos bien.
-
---Todas las mangustas son así, contestó el marido. Si á Teddy no se le
-ocurre cogerla por la cola ó probar de enjaularla, entrará y saldrá de
-la casa todo el día como si tal cosa. Vamos á darle algo que comer.
-
-Diéronle un pedacito de carne cruda, que á Rikki-tikki le gustó
-muchísimo, y, cuando lo hubo comido, fuése á la galería de la casa, se
-sentó al sol y erizó todos los pelos de su piel para que se secaran
-hasta la raíz. Y hecho esto, sintióse mejor.
-
---Hay en esta casa más cosas que descubrir, se dijo, que cuantas
-pudiera hallar toda mi familia en su vida. Yo aquí me quedo, para irlo
-inspeccionando todo.
-
-El día entero lo pasó dando vueltas por la casa. En poco estuvo que no
-se ahogara en las bañeras; metió en la tinta el hocico, sobre la mesa
-de escribir, y se lo chamuscó luego con la punta del cigarro que fumaba
-el hombre grueso, porque se le ocurrió subírsele á la rodilla con la
-intención de ver lo que era escribir. Al anochecer fuése al cuarto
-de Teddy para observar cómo se encendían las lámparas, y, cuando el
-niño se acostó, Rikki-tikki encaramóse también en su cama; pero era un
-compañero que no podía estarse nunca quieto, porque á cada ruido se
-ponía alerta y no paraba hasta averiguar lo que lo había producido. Á
-última hora entraron en el cuarto los padres de Teddy para ver á su
-hijo, y allí estaba Rikki-tikki despierto y puesto sobre la almohada.
-
---No me gusta eso, dijo la madre: podría morder á la pobre criatura.
-
---No lo hará, contestó el padre. Más seguro está Teddy con esa
-fierecilla al lado que si tuviera un perro de presa vigilándolo. Si
-entrara ahora en el cuarto alguna serpiente...
-
-Pero la madre de Teddy no quería ni pensar en tan horrible cosa.
-
-Á las primeras horas de la mañana siguiente Rikki-tikki fuése á
-almorzar á la galería yendo colocada sobre el hombro del niño; comió
-allí plátano y huevo pasado por agua, y púsose sucesivamente sobre las
-rodillas de todos, porque no hay mangusta bien educada que no sienta
-siempre la esperanza de llegar á convertirse algún día en animal
-doméstico, teniendo á su disposición salas en que corretear, y, además,
-la madre de Rikki-tikki (que había vivido en la casa del General, en
-Segowlee), tuvo buen cuidado de enseñarle lo que había de hacer si
-algún día se hallaba entre hombres blancos.
-
-Luego fuése Rikki-tikki al jardín para ver cuanto hubiera en él digno
-de ser visto. Era el jardín vasto, á medio cultivar, con espesos
-rosales de los llamados «Mariscal Niel», grandes como glorietas;
-naranjos y limeros; grupos de bambúes y montones de yerba alta.
-Rikki-tikki se relamió de gusto.
-
---Esto es un magnífico cazadero, se dijo, y la cola se le puso, hacia
-la punta, como un escobillón, con sólo pensarlo. Comenzó luego á correr
-de un extremo á otro, husmeando aquí y allá, hasta que oyó plañideras
-voces dentro de un espino.
-
-Los que las producían eran Darzee, el pájaro tejedor, y su esposa.
-Habían construído un nido precioso con sólo juntar dos grandes hojas,
-coser los bordes con fibras y llenar el hueco con algodón y pelusa,
-blanda como pluma finísima. El nido se balanceaba, mientras ellos
-estaban sobre el borde lamentándose.
-
---¿Qué ocurre? preguntó Rikki-tikki.
-
---Estamos inconsolables, dijo Darzee. Uno de nuestros cuatro
-pequeñuelos se cayó ayer del nido, y Nag se lo comió.
-
---¡Ah! Triste caso es éste, contestó Rikki-tikki... Pero yo soy aquí
-forastera. Decidme: ¿quién es Nag?
-
-En vez de contestar, Darzee y su esposa desaparecieron metiéndose en
-el nido, porque de la espesa yerba que crecía al pie del arbusto salió
-sordo silbido... algo horrible, frío, que hizo saltar hacia atrás á
-Rikki-tikki, á medio metro de distancia. Entonces fueron saliendo de
-la yerba, por pulgadas, la erguida cabeza y la extendida capucha de
-Nag, la gruesa cobra negra, y su longitud era de un metro y medio
-desde la lengua hasta la cola. Cuando hubo levantado del suelo una
-tercera parte de su cuerpo se quedó balanceándose, ni más ni menos que
-como se balancea en el aire un corimbo de _dientes de león_, y miró á
-Rikki-tikki con aquellos ojos malvados de las serpientes, que nunca
-cambian de expresión, sea lo que fuere lo que la serpiente piense.
-
---¿Quién es Nag? dijo. Soy yo. El gran dios Brahma puso sobre nuestra
-gente su sello cuando la primera cobra extendió su capucha para que el
-sol no tocara á Brahma mientras dormía. ¡Mírame, y tiembla!
-
-Ensanchó entonces más que nunca su capuchón, y Rikki-tikki vió detrás
-de él una señal como de unos espejuelos, comparable exactamente á la
-hembra en que encajan los corchetes. Tuvo miedo por un instante; pero
-es imposible que á una mangusta le duren los sustos mucho más, y, por
-otra parte, aunque Rikki-tikki no había visto nunca una cobra viva, su
-madre la había alimentado con cobras muertas, y sabía perfectamente
-que la misión de una mangusta grande en este mundo es pelearse con
-serpientes, y comérselas. También Nag estaba enterada de esto, y, en el
-fondo de su helado corazón, no era menor el miedo que sentía.
-
---¡Bueno! dijo Rikki-tikki (y su cola empezó á erizarse de nuevo):
-tanto si tienes esas señales como si no ¿crees tú que está bien el
-comerse á los pajarillos que se caen del nido?
-
-Nag parecía pensativa y observaba el menor movimiento que se produjera
-en la yerba detrás de Rikki-tikki. Comprendía que el haber mangustas en
-aquel jardín significaba la muerte más ó menos próxima para ella y para
-su familia; pero deseaba coger á Rikki-tikki descuidada y no en guardia
-como estaba ahora. Así bajó un poco la cabeza y la echó hacia un lado.
-
---Hablemos, dijo. Tú comes huevos; pues bien: ¿por qué no he de comer
-yo pájaros?
-
---¡Mira hacia atrás! ¡Mira hacia atrás! cantó entonces Darzee.
-
-Era Rikki-tikki demasiado lista para perder tiempo mirando. Pegó un
-brinco en el aire, tan alto como le fué posible, y precisamente en
-aquel momento pasó por debajo de ella, silbando, la cabeza de Nagaina,
-la malvada esposa de Nag. Habíase deslizado detrás de la mangusta,
-mientras estaba ésta hablando, con intención de matarla, y Rikki-tikki
-oyó su rabioso silbido por haber errado el golpe. Saltó ésta casi
-atravesada, sobre su espalda, y, si hubiera sido una mangusta vieja,
-habría comprendido que aquel era el momento de partirle el espinazo
-de una sola dentellada; pero tuvo miedo del terrible latigazo que con
-la cola daba la cobra. Mordió, eso sí, pero no hizo durar bastante el
-mordisco, y saltó fuera del alcance de aquella cola, dejando á Nagaina
-herida y furiosa.
-
---¡Darzee! ¡Malo! ¡Malvado! dijo Nag, azotando el aire, á tanta altura
-como le fué posible, en dirección del nido que había en el espino; pero
-Darzee lo había construído fuera del alcance de las serpientes, y así
-no hizo más que balancearse.
-
-Rikki-tikki sintió que los ojos le ardían y se le inyectaban de sangre
-(señal de ira en las mangustas), y se sentó sobre la cola y las patas
-traseras como un diminuto kanguro, mirando en torno suyo y rechinando
-los dientes con rabia. Pero Nag y Nagaina habían desaparecido ya entre
-la yerba. Cuando una serpiente yerra el golpe enmudece de momento y no
-da señal alguna de lo que piensa hacer después. Rikki-tikki no sintió
-el menor deseo de seguir á aquéllas, porque no estaba muy segura de
-que pudiera batirse con dos serpientes á la vez. Así, fuése hacia el
-caminillo enarenado, cerca de la casa, y sentóse allí para pensar. El
-asunto era para ella de excepcional importancia.
-
-Si leéis antiguos libros de Historia Natural hallaréis en ellos
-escrito que cuando una mangusta se bate con una serpiente y es mordida
-por ésta, vase corriendo y come una yerba que la cura. No es esto
-cierto. La victoria estriba únicamente en la rapidez de miradas y de
-movimientos (á cada golpe de la serpiente un salto de la mangusta),
-y como no hay ojo que pueda seguir el moverse de la cabeza de una
-serpiente al atacar, de ahí que las cosas ocurran de un modo mucho
-más maravilloso que si interviniera en ellas ninguna yerba mágica.
-Rikki-tikki era joven, y esto le hacía alegrarse aún mucho más al
-pensar que había logrado evitar un golpe dirigido por la espalda. Dióle
-ello confianza en sí misma, y, cuando Teddy vino corriendo por el
-caminillo, estaba ya Rikki-tikki en disposición de que la acariciaran.
-
-Pero, precisamente en el momento en que Teddy se agachaba, hubo algo
-que se movió un poco entre el polvo, y una débil voz dijo:
-
---¡Cuidado! Yo soy la Muerte.
-
-Era Karait, la minúscula serpiente de color de tierra, que gusta de
-echarse entre el polvo, y cuya mordedura es mortífera como la de la
-cobra. Pero es tan pequeña que nadie piensa en ella, y así resulta
-mucho más dañina.
-
-Los ojos de Rikki-tikki se inyectaron de nuevo, y dirigióse, como
-bailando, hacia Karait, con aquel balanceo extraño y aquella ondulante
-marcha que había heredado de su familia. Ofrece el más raro aspecto;
-pero está tan perfectamente medida y equilibrada aquella marcha, que
-desde cualquier ángulo de la misma puede salirse disparado cuando se
-quiere, y esto es una ventaja para habérselas con una serpiente. No
-sabía Rikki-tikki que se había metido en empresa mucho más peligrosa
-que la de batirse con Nag, porque Karait es tan pequeña y puede
-revolverse con tanta facilidad que, como Rikki no acertara á morderla
-precisamente detrás de la cabeza, recibiría ella la picada sobre un
-ojo ó un labio. Rikki, ignorando esto, tenía los ojos como ascuas, y
-se balanceaba de atrás hacia adelante, buscando con la mirada un buen
-sitio donde hacer presa. Karait atacó de pronto. Saltó de lado Rikki
-y trató de lanzarse sobre ella; pero la mal intencionada cabeza, gris
-y polvorienta, embistió, tocándole casi el hombro, y entonces vióse
-obligada á saltar por encima del cuerpo, mientras la cabeza seguía muy
-de cerca sus patas.
-
-Teddy gritó á la gente de la casa: ¡Mirad, mirad! Nuestra mangusta está
-matando una serpiente.
-
-Rikki-tikki oyó un grito de la madre de Teddy, y el padre salió
-provisto de un bastón; pero durante el tiempo que tardó en llegar,
-Karait había dado una embestida poco prudente, y Rikki-tikki saltó;
-arrojóse sobre la espalda de la serpiente; bajó la cabeza cuanto pudo
-entre las patas delanteras; hincó los dientes, lo más alto posible, en
-la espalda, y cayó rodando á alguna distancia. Aquel mordisco había
-dejado completamente inmóvil á Karait, y Rikki-tikki se preparaba ya á
-devorarla, empezando por la cola, según costumbre de la familia á la
-hora de la comida, cuando se acordó de que lo que hace á una mangusta
-sentirse algo pesada es el comer en abundancia, y que para conservar
-toda su fuerza y agilidad necesitaba estar flaca.
-
-Fuése, pues, á tomar un baño de polvo á la sombra de unas matas de
-ricino, mientras el padre de Teddy golpeaba á la muerta Karait.
-
-¿De qué sirve eso? pensó Rikki-tikki. Yo lo he dejado ya todo listo.
-
-Entonces, la madre de Teddy la levantó del polvo, acariciándola y
-diciendo que había salvado la vida de su hijo; el padre calificó á todo
-aquello de providencial, y Teddy mismo miraba la escena con grandes y
-espantados ojos. Mucho le divertía eso á Rikki-tikki, y, por supuesto,
-no entendía una palabra.
-
-La mamá de Teddy podía haberla acariciado lo mismo por haberla visto
-jugar en el polvo: para ella hubiera sido igual. Rikki-tikki se
-regodeaba, en aquel momento, de lo lindo.
-
-Al anochecer, á la hora de la comida, mientras caminaba por entre las
-copas de vino que había en la mesa, hubiera podido atiborrarse á su
-gusto, tres veces más de lo que necesitaba, comiendo muy buenas cosas,
-pero se acordó de Nag y de Nagaina, y aunque fuera muy agradable el
-verse halagada y acariciada por la madre de Teddy, ó ponerse en el
-hombro de éste, los ojos se le inyectaban de cuando en cuando, y
-lanzaba su largo grito de guerra: _¡Rikk-tikk-tikki-tikki-tchik!_
-
-Llevósela Teddy á su cama, y se empeñó en que durmiera debajo de su
-barba. Era Rikki-tikki harto bien educada para morderle ó arañarle;
-pero, en cuanto Teddy hubo conciliado el sueño, marchóse ella á dar su
-acostumbrado paseo alrededor de la casa, y en la obscuridad tropezó
-con Chuchundra, el almizclero, que se arrastraba junto á una pared.
-Es Chuchundra un animalito que vive desconsolado. Llora y se queja
-durante toda la noche intentando atreverse á correr por el centro de
-las habitaciones; pero nunca logra llegar hasta allí.
-
---No me mates, dijo Chuchundra, casi sollozando. Rikki-tikki, no me
-mates.
-
---¿Te figuras tú que el que mata serpientes mata almizcleros? preguntó
-Rikki-tikki desdeñosamente.
-
---Los que matan serpientes serán muertos también por ellas, observó
-Chuchundra con aire más triste que nunca. ¿Y cómo he de tener yo
-la seguridad de que Nag no se equivocará alguna noche obscura
-confundiéndome contigo?
-
---No hay cuidado, ni remotamente, de que ocurra, contestó Rikki-tikki.
-Pero Nag está en el jardín, y yo sé que tú no te asomas por allí.
-
---Mi prima Chua, la rata, me habló... dijo Chuchundra, y de pronto se
-quedó callado.
-
---¿Te habló de qué?
-
---¡Chito! Nag está en todas partes, Rikki-tikki. Tú debías haber
-hablado con Chua, allá en el jardín.
-
---Pues no lo hice... y por lo tanto eres tú quien va á hablar ahora.
-¡Pronto, Chuchundra, ó te muerdo!
-
-Sentóse Chuchundra y se puso á llorar de tal modo que las lágrimas le
-corrían por los bigotes.
-
---Soy un pobre desgraciado, exclamó sollozando. Jamás tuve la fortaleza
-de espíritu necesaria para correr por el centro de una sala. ¡Chito!
-Nada debo decirte. ¿No oyes, Rikki-tikki?
-
-Púsose éste á escuchar entonces. La casa estaba completamente
-tranquila; pero le pareció que oía un _rac-rac_ suavísimo, muy apagado
-(un ruido como el que causa una avispa caminando por el cristal de
-una ventana), el seco rumor que produce una serpiente al rozar sobre
-ladrillos.
-
---Esto es Nag ó Nagaina, pensó, que se introducen en la compuerta del
-cuarto de baño. Tienes razón, Chuchundra, dijo: debía haber hablado con
-Chua.
-
-Fuése, deslizándose silenciosamente, al cuarto de baño de Teddy; pero
-como nada vió allí, dirigióse al de la madre del niño. En la parte baja
-de una de las paredes de estuco había un ladrillo levantado para que
-sirviera de compuerta por donde penetrara el agua del baño, y cuando
-Rikki-tikki entró, pasando por la orilla de los bordillos de cal y
-canto sobre los cuales está el baño, oyó á Nag y á Nagaina que hablaban
-muy bajo en la parte de afuera, á la luz de la luna.
-
---Cuando la casa esté vacía, dijo Nagaina á su marido, _ella_ se verá
-precisada á marcharse, y entonces el jardín volverá á ser nuestro.
-Entra sin hacer ruido, y acuérdate de que el primero á quien hay que
-morder es al hombre que mató á Karait. Luego sal, ven á decírmelo, y
-juntos daremos caza á Rikki-tikki.
-
---Pero ¿estás segura de que ganaremos algo matando á la gente? preguntó
-Nag.
-
---Lo ganaremos todo. Cuando no había nadie en la _bungalow_ ¿teníamos,
-acaso, alguna mangusta en el jardín? Mientras la _bungalow_ esté
-deshabitada nosotros seremos aquí el rey y la reina; y acuérdate de
-que en cuanto los huevos que hemos puesto en el melonar se rompan y
-nazcan nuestros pequeñuelos (cosa que podría ocurrir mañana mismo),
-necesitaremos más espacio y mayor tranquilidad.
-
---No se me había ocurrido eso, dijo Nag. Iré; pero no es preciso que
-demos caza á Rikki-tikki. Mataré al hombre grueso y á su mujer, y hasta
-al niño si puedo, después de lo cual me iré tranquilamente. Entonces,
-como quedará vacía la _bungalow_, Rikki-tikki se marchará.
-
-Rikki-tikki se estremeció toda ella de coraje y de odio al oir esto,
-y en aquel momento apareció por la compuerta la cabeza de Nag, y, á
-continuación, el helado cuerpo de metro y medio de largo. Rabiosa y
-todo como estaba, sintió Rikki-tikki profundo miedo al ver el gran
-tamaño de la cobra. Nag se enroscó en espiral, levantó la cabeza y miró
-el cuarto de baño en medio de la obscuridad, en la cual Rikki pudo ver
-como brillaban sus ojos.
-
---Ahora, si la mato aquí, Nagaina lo sabrá, y si la ataco en campo
-abierto, en mitad del suelo del cuarto, todas las probabilidades están
-en su favor. ¿Qué haré? díjose Rikki-tikki-tavi.
-
-Balanceóse Nag, y luego oyóla Rikki-tikki beber en la jarra más grande
-que servía para llenar el baño.
-
---Está bien, dijo la serpiente. Ahora, veamos: cuando mataron á Karait,
-el hombre grueso llevaba un bastón. Es posible que lo tenga aún; pero
-cuando venga á bañarse por la mañana, no lo llevará. Estaré esperando
-aquí hasta que entre. ¿Oyes, Nagaina? Esperaré aquí, al fresco, hasta
-que sea de día.
-
-Nada contestaron desde fuera, y, por lo tanto, Rikki-tikki comprendió
-que Nagaina se había marchado. Nag enroscó sus anillos, uno á uno,
-alrededor del fondo de la jarra, y Rikki-tikki quedóse quieta como una
-muerta. Al cabo de una hora comenzó á moverse, músculo por músculo, en
-dirección de la jarra. Nag dormía, y Rikki-tikki contempló su ancha
-espalda, pensando en cuál sería el mejor sitio para pegarle un buen
-mordisco.
-
---Si no le rompo el espinazo al primer salto, díjose Rikki, podrá aún
-batirse, y si se bate... ¡ay, Rikki!
-
-Fijóse en la parte más gruesa del cuello, bajo la capucha; pero era
-aquello demasiado ancho para él; y en cuanto á una dentellada cerca de
-la cola, no serviría más que para enfurecer á Nag.
-
---Es preciso atacar á la cabeza, dijo por fin; á la cabeza, por encima
-de la capucha, y, una vez haya hincado allí el diente, no he de soltar
-la presa.
-
-Entonces saltó sobre la cobra. Tenía ésta la mandíbula inferior apoyada
-en el suelo, un poco apartada de la jarra, bajo la curva que formaba
-el vientre de ésta, y, en cuanto clavó los dientes, Rikki pegó el
-cuerpo al rojo recipiente de tierra para mejor sostener contra el suelo
-aquella cabeza. Dióle esto un momento de ventaja, que ella empleó tan
-bien como le fué posible. Luego vióse sacudida de un lado á otro como
-ratón cogido por un perro... de aquí para allá, de arriba abajo, y
-dando vueltas, describiendo grandes círculos; pero sus ojos estaban
-completamente inyectados de sangre, y no soltó la presa, aunque el
-cuerpo de la serpiente azotara el suelo como un látigo de carretero,
-tirando un pote de hojalata, la jabonera y un cepillo para friccionar
-la piel, y aunque la golpeara contra las paredes metálicas del baño.
-Rikki, al aguantarse firme, apretaba cada vez más, porque estaba
-segurísima de recibir algún golpe que acabara con ella, y por el honor
-de la familia deseaba que la hallaran, al menos, así, con los dientes
-bien apretados. Mareada, con todo el cuerpo adolorido, parecíale que
-estaban ya descuartizándola, cuando, de pronto, estalló algo muy
-semejante á un trueno, precisamente detrás de ella, y un aire caliente
-la hizo rodar sin sentido, mientras un fuego muy rojo le quemaba la
-piel. Con el ruido anterior habíase despertado el hombre grueso, yendo
-á disparar los dos cañones de una escopeta de caza precisamente detrás
-de la capucha de Nag.
-
-Rikki-tikki continuó sin soltar su presa; pero con los ojos cerrados,
-porque estaba completamente convencida de haber quedado muerta. Sin
-embargo, la cabeza no se movía, y entonces el hombre grueso cogió al
-animalito y dijo:
-
---Alicia, mira... nuestra mangusta... La pobrecita nos ha salvado ahora
-la vida _á nosotros_.
-
-Entró entonces la madre de Teddy, muy pálida, y vió los restos de Nag,
-mientras Rikki-tikki se arrastraba hasta el cuarto del niño, y acababa
-de pasar la noche mitad descansando y mitad sacudiéndose suavemente,
-para ver si, en realidad, estaba ó no rota en cincuenta pedazos, como
-se había imaginado.
-
-Al llegar la mañana apenas podía moverse; pero se sentía satisfecha de
-lo que había hecho.
-
---Ahora me falta todavía arreglar cuentas con Nagaina, y ella será
-aún peor que cinco Nags juntas. Y no hay que decir lo que sucederá al
-empezar á romperse los huevos de que habló. ¡Santos cielos! No tengo
-más remedio que ir á hablar con Darzee, se dijo.
-
-Sin esperar á que llegara la hora del almuerzo, corrió Rikki-tikki
-hacia el espino donde se hallaba Darzee cantando á voz en cuello una
-canción triunfal. La noticia de la muerte de Nag habíase extendido ya
-por todo el jardín, porque el hombre que barría la casa había arrojado
-el cuerpo al estercolero.
-
---¡Imbécil montón de plumas! dijo Rikki-tikki incomodada. ¿Ésta es hora
-de cantar?
-
---¡Nag ha muerto!... ¡Nag ha muerto!... ¡Nag ha muerto!... cantó
-Darzee. ¡La valiente Rikki-tikki le clavó los dientes en la cabeza y no
-soltó la presa! ¡El hombre grueso trajo aquel palo que produce tanto
-estruendo, y Nag cayó hecha pedazos! No volverá ya á comérseme mis
-pequeñuelos.
-
---Verdad es todo eso; pero ¿dónde está Nagaina? contestó Rikki-tikki
-mirando cuidadosamente en torno suyo.
-
---Nagaina fué á la compuerta del cuarto de baño y llamó á Nag, siguió
-diciendo Darzee, y Nag salió puesta en el extremo de un bastón...
-porque el hombre que barre la recogió de ese modo, y la echó al
-estercolero. Cantemos á la grande Rikki-tikki de ojos de color de
-sangre. Y Darzee hinchó el cuello y cantó.
-
---¡Si pudiera llegar á ese nido tuyo te echaba abajo á todos tus
-chiquillos! dijo Rikki-tikki. No sabes hacer las cosas con oportunidad
-ni discreción. Tú estás muy seguro en tu nido; pero yo aquí, abajo, soy
-quien paso las cosas. Deja de cantar por un momento, Darzee.
-
---Por complacer á la grande, á la hermosa Rikki-tikki, pararé de
-cantar, dijo Darzee. ¿Qué hay, matadora de la terrible Nag?
-
---Por tercera vez: ¿dónde está Nagaina?
-
---Entre el estiércol del establo, llorando la muerte de Nag. ¡Grande es
-Rikki-tikki, la de los blancos dientes!
-
---¡Vete á paseo, y deja tranquilos á mis blancos dientes! ¿Has oído
-decir alguna vez dónde guarda sus huevos?
-
---En el melonar, hacia el extremo que está más cerca de la pared, donde
-el sol da casi todo el día. Allí los escondió hace algunas semanas.
-
---¿Y no se te ocurrió que valía la pena de decírmelo?... ¿En el lado
-que está más cerca de la pared, hacia el extremo, dices?
-
---Rikki-tikki, ¿no se te antojará ahora ir allá á comerte sus huevos?
-
---No, á comerlos, precisamente, no. Darzee, si tienes pizca de sentido
-común, volarás ahora hacia el establo y fingirás que se te ha roto un
-ala, dejando que Nagaina te persiga hasta este arbusto. ¿Lo harás? Yo
-tengo que ir al melonar; pero, si fuera ahora, ella me vería.
-
-Era Darzee una personilla de tan escaso seso que jamás pudo tener en
-la cabeza dos ideas al mismo tiempo; y precisamente porque sabía que
-los pequeñuelos de Nagaina nacían de huevos, lo mismo que los suyos, no
-creyó al principio que estuviera bien eso de matarlos. Pero su esposa
-era un pájaro discreto, y sabía que los huevos de cobra significan
-cobras pequeñas para dentro de algún tiempo; por lo tanto, saltó del
-nido y dejó que Darzee cuidara de conservar el calor de los chiquitines
-y continuara su canción sobre la muerte de Nag. Darzee se parecía
-extraordinariamente á un hombre en algunas de sus cosas.
-
-Fué, pues, su hembra la que comenzó á revolotear por delante de Nagaina
-en el estercolero, gritando:
-
---¡Ay! Tengo un ala rota. El niño que vive en la
-
-[Ilustración] casa me ha tirado una piedra y me la ha partido. Y dicho
-esto, púsose á aletear más desesperadamente que nunca.
-
-Levantó la cabeza Nagaina y silbó estas palabras:
-
---Tú advertiste á Rikki-tikki el peligro que corría en ocasión en que
-yo hubiera podido matarla. La verdad es, pues, que has escogido mal
-sitio para venir á cojear. Y dirigióse hacia la esposa de Darzee,
-deslizándose por encima del polvo.
-
---El niño me la ha roto de una pedrada, chilló aquélla.
-
---¡Bueno! Sírvate de consuelo, para cuando estés muerta; el saber que
-yo le arreglaré después las cuentas al muchacho. Mi marido yace esta
-mañana sobre el estercolero, pero, antes de que llegue la noche, el
-niño de la casa yacerá también en el más absoluto reposo. ¿De qué sirve
-que te escapes? Segura estoy de cogerte. ¡Tonta! ¡Mírame!
-
-Era demasiado lista la esposa de Darzee para hacer tal cosa, porque
-el pájaro que fija los ojos en los de una serpiente se asusta tanto
-que queda como paralizado. La compañera de Darzee siguió revoloteando
-y piando dolorosamente, sin apartarse nunca del suelo, y Nagaina fué
-corriendo cada vez con mayor velocidad.
-
-Oyólos Rikki-tikki seguir el caminillo que conducía del establo á la
-casa, y fuése entonces, apresuradamente, hacia la parte del melonar más
-cercana á la pared. Allí, en tibio lecho de paja, entre los melones,
-y ocultos hábilmente, encontró veinticinco huevos, poco más ó menos
-del tamaño de los de una gallina de Bantam, pero cubiertos de una piel
-blanquecina, que hacía las veces de cáscara.
-
---He llegado con gran oportunidad, dijo, porque á través de la piel
-veía ya dentro de los huevos las diminutas cobras enroscadas, y no
-ignoraba que, en el instante mismo de nacer, cada cobra de aquéllas
-podía ya matar á un hombre ó á una mangusta. Mordió el extremo de los
-huevos con toda la rapidez posible, cuidando de aplastar á las cobras,
-y revolvió, de cuando en cuando y por todos lados, el lecho para ver
-si se le había quedado á medio romper algún huevo. Al fin, quedaron
-únicamente tres, y Rikki-tikki comenzaba á gozarse en su hazaña, cuando
-oyó que la esposa de Darzee le gritaba:
-
---Rikki-tikki, he llevado á Nagaina en dirección de la casa; y se ha
-metido en la galería; y ahora... ¡oh! ¡ven, corre!... va á matar á
-alguien.
-
-Aplastó Rikki-tikki dos de los huevos y saltó del melonar hacia atrás
-con el tercero en la boca, corriendo en dirección á la galería tan
-aprisa como sus patas quisieron llevarla. Teddy, su madre y su padre
-se hallaban allí, sentados á la mesa para tomar el desayuno; pero
-Rikki-tikki vió que nada comían. Dijérase que estaban petrificados,
-y su rostro era intensamente pálido. Nagaina, enroscada en forma de
-espiral sobre la estera, á poca distancia de la desnuda pierna de
-Teddy, se balanceaba, cantando con aire triunfal.
-
---¡Hijo del hombre que mató á Nag! silbó, no te muevas. No estoy
-preparada aún. Espera un poco. No os mováis ninguno de vosotros. Al
-menor movimiento que hagáis os salto encima... y si no os movéis,
-también. ¡Oh, gente estúpida, que mató á mi Nag!...
-
-Los ojos de Teddy estaban como clavados en los de su padre, y éste no
-podía hacer más que murmurar:
-
---Estate quieto, Teddy. Conviene que no te muevas. Estate quieto.
-
-En aquel momento apareció Rikki-tikki, y gritó:
-
---¡Vuélvete, Nagaina, vuélvete y ven á batirte conmigo!
-
---Cada cosa á su tiempo, contestó aquélla, sin mover los ojos. Ya
-arreglaré cuentas _contigo_ de aquí á un rato. Mira á tus amigos,
-Rikki-tikki: ahí los tienes inmóviles y pálidos. Es que me temen. No se
-atreven á moverse, y si llegas á dar un paso más hacia mí, salto y les
-muerdo.
-
---Da una ojeada á tus huevos, dijo Rikki-tikki; allá en el melonar,
-junto á la pared. Anda y míralos, Nagaina.
-
-Volvióse á medias la enorme serpiente y vió el huevo sobre el suelo de
-la galería.
-
---¡Ah! ¡Dámelo! dijo.
-
-Puso Rikki-tikki sus patas una á cada lado del huevo, y con los ojos
-inyectados, contestó:
-
---¿Cuánto me dan por un huevo de serpiente? ¿Por una cobra chiquita?
-¿Por una cobra de rey, menudita? ¿Por la última, la última de una
-nidada? Las hormigas se están ya comiendo á las otras allá en el
-melonar.
-
-Volvióse entonces en redondo Nagaina, olvidándose de todo por aquel
-único huevo; y Rikki-tikki vió como el padre de Teddy alargaba su
-fuerte y ancha mano, cogía al niño por un hombro, y, levantándolo por
-encima de la mesita y de las tazas del te, lo ponía fuera del alcance
-de Nagaina.
-
---¡Te he engañado! ¡Te he engañado! ¡Te he engañado! _Rikk-tick-tick_,
-dijo Rikki-tikki riendo. El niño se ha salvado, y yo... _¡yo!_...
-_¡yo!_... soy la que cogí ayer noche por la capucha á Nag en el cuarto
-de baño.
-
-Entonces comenzó á dar saltos, con las cuatro patas á la vez y baja la
-cabeza, al ras del suelo casi.
-
---Me tiró por todos lados; pero no logró desprenderse de mí. Ya estaba
-muerta antes de que viniera el hombre grueso á hacerla pedazos. Yo lo
-hice. _¡Rikki-tikki-tick-tick!_ ¡Anda, ven, pues, Nagaina! ¡Ven á
-luchar conmigo! Te aseguro que no te durará mucho el ser viuda.
-
-Vió Nagaina que había perdido la ocasión oportuna de matar á Teddy,
-y, entre tanto, el huevo continuaba en el suelo, entre las patas de
-Rikki-tikki.
-
---Dame el huevo, le dijo. Dame el último que queda de mis huevos, y me
-marcharé, y no volveré nunca más. Y al decirlo bajaba la capucha.
-
---Sí, te irás y no volverás nunca, porque has de ir á parar al
-estercolero con Nag. ¡Defiéndete, viuda! El hombre grueso ha ido ya á
-buscar la escopeta. ¡Defiéndete!
-
-Rikki-tikki saltaba alrededor de Nagaina, procurando únicamente
-mantenerse fuera del alcance de sus golpes, los ojillos reluciéndole
-como dos ascuas. Replegóse Nagaina sobre sí misma y se lanzó contra
-ella. Rikki-tikki saltó en el aire, echándose hacia atrás. Una y otra
-vez atacó la serpiente, y su cabeza dió con sordo ruido contra la
-estera de la galería, enroscándose luego el cuerpo como la espiral de
-un reloj. Entonces, púsose á saltar Rikki-tikki, describiendo círculos
-para llegar á colocarse detrás de Nagaina, y ésta giraba en redondo
-para que su cabeza y la de su enemiga quedaran siempre frente á frente,
-con lo cual el ruido que sobre la estera producía su cola era como el
-de las hojas secas arrastradas por el viento.
-
-No se acordaba ya del huevo. Allí quedaba aún sobre el suelo de la
-galería, y Nagaina iba acercándose más á él, hasta que, al fin,
-mientras Rikki-tikki se detenía para tomar aliento, lo cogió en la
-boca, volvióse hacia los escalones que daban acceso á la galería,
-y se lanzó como una flecha al estrecho caminillo, perseguida por
-Rikki-tikki. Cuando una cobra huye para salvar su vida en peligro,
-parece la punta de un látigo en el momento en que el carretero la hace
-chasquear sobre el caballo.
-
-No se le ocultaba á Rikki-tikki que no tenía, entonces, más remedio que
-coger á la serpiente, porque de lo contrario, todo su trabajo habría
-sido inútil y tendría que volver á empezarlo. Dirigióse aquélla, en
-línea recta, hacia la yerba alta que crecía junto al espino, y al pasar
-corriendo oyó Rikki-tikki á Darzee que entonaba aún su estúpido himno
-triunfal. Pero la esposa de Darzee era más discreta que él. Arrojóse
-del nido en el instante mismo de pasar Nagaina, y empezó á revolotear
-sobre la cabeza de la serpiente. Si Darzee hubiera prestado también su
-ayuda hubiera sido posible que la hicieran retroceder; pero entonces no
-hizo Nagaina más que bajar su capucha y seguir adelante. Sin embargo,
-el momento que perdió al hacer esto permitió á Rikki-tikki acercarse
-más, y cuando la fugitiva se metió en la madriguera, semejante á la
-boca de un nido de ratas, en que ella y Nag solían vivir, los blancos
-dientes de su perseguidora se clavaron en la cola de Nagaina, y ambas
-entraron juntas en la madriguera... cosa que ninguna mangusta, por
-vieja y lista que sea, se atreve á hacer. En el agujero aquél reinaba
-completa obscuridad, y Rikki-tikki no sabía si se ensancharía de
-pronto, ofreciendo á Nagaina el espacio necesario para revolverse
-y morderle. Aguantó firme, y clavó las patas en el suelo para que
-hicieran de freno en la obscura pendiente de aquella tibia y húmeda
-tierra.
-
-Luego, la yerba que crecía á la entrada del agujero dejó ya de moverse,
-y Darzee dijo:
-
---Todo ha terminado para Rikki-tikki. Entonemos himnos á su muerte.
-¡La valiente Rikki-tikki ha muerto! Porque no hay duda que Nagaina la
-matará allí, bajo tierra.
-
-Así, pues, púsose á cantar una triste melodía que improvisó inspirado
-por la impresión del momento, y precisamente cuando llegaba á la parte
-más patética, movióse otra vez la yerba, y Rikki-tikki, cubierta de
-polvo, se arrastró pausadamente fuera del agujero, relamiéndose los
-bigotes. Darzee callóse en seguida, dando un grito. Sacudióse un poco
-el polvo Rikki-tikki, y estornudó.
-
---Todo ha terminado, dijo. Nunca más saldrá ya de aquí la viuda.
-
-Y las hormigas rojas que viven entre los tallos de la yerba la oyeron,
-y comenzaron á ir en largas hileras á ver si era verdad lo que decía.
-
-Rikki-tikki se enroscó sobre la yerba... y durmió, durmió hasta muy
-entrada la tarde, porque bien pesada había sido su labor aquel día.
-
---Ahora, dijo al despertarse, volveré á la casa. ¡Darzee! Cuéntale al
-_calderero_ lo ocurrido, y él le contará, después, á todo el jardín que
-Nagaina ha muerto.
-
-El _calderero_ es un pájaro que produce un ruido semejante, de todo
-punto, al de un martillo que pegara sobre un caldero de cobre; y el
-motivo de que esté produciéndolo constantemente es porque él es el
-pregonero de todo jardín indio, y le cuenta las últimas noticias á
-quien quiera oirlas. Al pasar Rikki-tikki por el caminillo que conducía
-á la casa oyó sus notas de _¡alerta!_ parecidas á las de un diminuto
-_gongo_ de los que sirven para anunciar la hora de la comida; y después
-el acompasado _¡din-don-tock!_ «Nag ha muerto... _¡don!_» «¡Nagaina
-ha muerto... _din-don-tock!_» Al oirlo, todos los pájaros del jardín
-prorrumpieron en cantos, y las ranas siguieron su ejemplo; porque Nag
-y Nagaina no sólo tenían la costumbre de comer pájaros, sino ranas
-también.
-
-Cuando llegó Rikki-tikki á la casa, Teddy, su madre (la cual estaba
-aún muy pálida, porque se había desmayado), y el padre, salieron y
-casi derramaron sobre ella lágrimas de agradecimiento; y aquella noche
-comió cuanto le dieron hasta que ya no pudo más, y entonces, llevada
-por Teddy sobre el hombro, fuése á la cama. Allí la halló la madre del
-niño, cuando á última hora fué á verle dormir.
-
---Ha salvado nuestra vida y la de Teddy, le dijo á su marido.
-¡Figúrate! Nos ha salvado la vida á todos.
-
-Rikki-tikki despertó entonces sobresaltada, porque todas las mangustas
-tienen muy ligero el sueño.
-
---¡Ah! ¿Sois vosotros? ¿Á qué venís á molestarme? Todas las cobras
-están ya muertas; y si alguna quedara, para eso estoy yo aquí.
-
-Tenía Rikki-tikki derecho á sentirse orgullosa de sí misma; pero no se
-ensoberbeció más de lo justo, y conservó el jardín como debe hacerlo
-una mangusta, defendiéndolo con los dientes, y á saltos, y de todos
-modos, hasta lograr que ni una sola cobra se atreviera á asomar la
-cabeza en el recinto cercado por las cuatro paredes.
-
- [Ilustración]
-
-
- =Cántico de Darzee en honor de Rikki-tikki-tavi=
-
-
- Soy pájaro y tejedor,
- dobles son mis alegrías:
- gozo al cruzar por los aires,
- gozo al tejer mi casita.
-
- Sube y baja el compás de mi canto,
- sube y baja mi casa que oscila.
-
- Alza la frente y entona
- ¡oh madre! tu cancioncilla;
- ya no existe nuestro azote,
- ya ha muerto la Muerte misma.
-
- Sobre el polvo y estiércol se pudre
- la que oculta entre rosas vivía.
-
- ¿Quién de ella nos ha librado?
- Que su nombre se repita:
- Rikki, la valiente, ha sido,
- de ojos que cual ascuas brillan.
-
- Rikki-tikki, de dientes ebúrneos,
- Rikki-tik, de mirada encendida.
-
- Que le den gracias las aves
- con sus colas extendidas,
- bajas las frentes, cantando
- cual ruiseñor cantaría.
-
- Pero no, que yo soy quien la canta.
- ¡Escuchad mi alabanza á la invicta!...
-
-(_Aquí interrumpió Darzee su canción, y el resto de ella se ha
-perdido._)
-
- [Ilustración]
-
-
- NOTAS:
-
-[11] Casa de campo en las Indias inglesas.--N. del T.
-
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- TOOMAI, EL DE LOS ELEFANTES
-
- Pensar quiero en lo que fuí
- y olvidar que estoy atado;
- y recordar el pasado,
- y cuanto en el bosque ví.
-
- No quiero al hombre venderme
- por un puñado de caña,
- sino huir á la montaña
- y entre los míos perderme.
-
- Quiero, hasta el alba vagando,
- ir el beso recibiendo
- del aire que va corriendo,
- del agua que va pasando.
-
- Quiero olvidar mis pesadas
- cadenas y mis dolores;
- ver á mis viejos amores
- y á mis libres camaradas.
-
-
-Kala Nag, que significa la _serpiente negra_, había servido al Gobierno
-de la India, de todos los modos posibles para un elefante, por espacio
-de cuarenta y siete años, y como ya tenía veinte bien cumplidos cuando
-lo cazaron, arroja la suma un total de cerca de setenta años... la edad
-madura para un elefante.
-
-Acordábase de haber tirado, con un gran cojín de cuero en la frente,
-de un cañón que se había atascado en el barro, y ocurrió esto antes
-de la guerra del Afganistán que hubo en 1842, cuando él no había
-adquirido aún todo su desarrollo. Su madre, Radha Pyari (_Radha,
-la niña mimada_) que fué cogida con Kala Nag en la misma cacería,
-díjole, antes de que mudara los colmillos de leche, que los elefantes
-que tienen miedo acaban siempre por hacerse daño; y Kala Nag estaba
-convencido de la bondad de este consejo, porque la primera vez que vió
-estallar una bomba retrocedió, dando gritos, hacia un sitio en que
-había unos fusiles formando pabellón, y las bayonetas se le clavaron en
-todas las más blandas partes de su cuerpo. Así, pues, antes de cumplir
-los veinticinco años, no tenía ya miedo, y, como consecuencia, era el
-elefante más querido y bien cuidado de cuantos estaban al servicio del
-Gobierno en la India. Había llevado á cuestas infinidad de tiendas
-(nada menos que mil doscientas libras de peso), en la marcha á través
-de la India septentrional; lo izaron á un barco, al extremo de una
-grúa de vapor, llevándolo luego días y días por el mar, y obligándole
-á transportar un mortero, colocado sobre su espalda, en país extraño
-y lleno de rocas, que se hallaba á larga distancia de la India; vió
-al emperador Teodoro tendido sin vida allá en Magdala; y había vuelto
-en el barco, con méritos suficientes, al decir de los soldados, para
-que le dieran la medalla de la guerra de Abisinia. Hubo de ver á
-otros elefantes, compañeros suyos, morir de frío, de epilepsia, de
-hambre ó de insolación en un sitio llamado Ali Musjid, diez años más
-tarde; y luego lo habían mandado á centenares de leguas hacia el Sur
-para acarrear enormes vigas de madera de _tec_, en los almacenes de
-Moulmein. Allí dejó casi medio muerto á un elefante joven que se
-insubordinó resistiéndose al trabajo.
-
-Después de esto lo separaron de aquella ocupación de acarrear madera
-y lo pusieron, junto con unos pocos más que estaban ya acostumbrados
-al oficio, á ayudar en la caza de elefantes salvajes, allá entre las
-colinas de Garo. El Gobierno de la India cuida muy escrupulosamente de
-cuanto se refiere á los elefantes. Hay todo un departamento especial
-que no hace otra cosa más que perseguirlos, cogerlos, domarlos, y
-mandarlos de un lado á otro del país cuando sus servicios se necesitan
-para algún trabajo.
-
-Medía Kala Nag, á la altura de los hombros, tres metros bien cumplidos,
-y sus colmillos habían sido cortados, dejándoles sólo un pedazo de
-cosa de un metro y medio de largo, el cual, para que no se rajara, iba
-cubierto en el extremo con unas tiras de cobre; pero ello es que podía
-hacer mucho más él con aquel par de trozos que cualquier elefante no
-adiestrado con enteros y afilados colmillos.
-
-Cuando tras largas semanas de vigilante labor acorralando á sus
-semejantes esparcidos por las montañas, los cuarenta ó cincuenta
-monstruos salvajes se veían obligados á entrar en la última empalizada,
-y la enorme puerta, hecha de troncos de árbol unidos, después de
-levantada, caía con estrépito detrás de ellos, Kala Nag, obedeciendo á
-una voz de mando, penetraba en aquel movedizo y bramador _pandemonium_
-(generalmente de noche, cuando la vacilante luz de las antorchas hacía
-difícil el calcular las distancias), y cogiendo por su cuenta al mayor,
-más salvaje de los elefantes, y de más largos colmillos, lo golpeaba y
-perseguía hasta reducirlo al silencio y quietud más completos, mientras
-los hombres, montados en los otros elefantes, lanzaban cuerdas sobre
-los más pequeños y los ataban.
-
-En cuestión de luchas nada había que pudiera ocultársele á Kala Nag, la
-vieja y avisada _serpiente negra_, porque más de una vez, en sus buenos
-tiempos, resistiera la embestida del tigre herido, y, enroscando la
-suave trompa para que quedara fuera de peligro, había lanzado al aire,
-de medio lado, á la fiera, en el momento de saltar, verificando esto
-con un rápido movimiento de cabeza, parecido al de una hoz al segar, é
-inventado por él mismo; habíala revolcado por el suelo y arrodilládose
-encima, manteniendo allí sus enormes rodillas hasta que la vida
-abandonara el cuerpo, acompañada de un suspiro y un rugido, y dejando
-sólo sobre el suelo una masa fofa y rayada, que Kala Nag arrastraba
-cogiéndola por la cola.
-
---Sí, dijo Toomai grande, su cornaca, el hijo de Toomai el Negro, que
-lo llevó á Abisinia, y nieto de Toomai el de los elefantes, que lo
-había visto coger; nada hay que cause miedo á la _Serpiente Negra_,
-excepto yo. Ha visto tres generaciones de nuestra familia que lo han
-alimentado y cuidado, y vivirá hasta llegar á ver la cuarta.
-
---También _á mí_ me teme, dijo Toomai chico, poniéndose de pie para
-mostrarse en toda su altura, de poco más de un metro, liado al cuerpo
-únicamente un trapo. El hijo mayor de Toomai grande tenía diez años de
-edad, y, según la costumbre establecida, sustituiría á su padre, en el
-sitio que éste ocupaba sobre el cuello de Kala Nag, cuando fuera más
-crecido, empuñando entonces el pesado _ankus_ de hierro, la aguijada
-para elefantes, cuya punta habían gastado ya con el uso su padre, su
-abuelo y su bisabuelo. Bien sabía el muchacho lo que decía; porque á
-la sombra de Kala Nag había nacido; con el extremo de su trompa jugaba
-antes de dar los primeros pasos; condújole al abrevadero en cuanto pudo
-andar, y tan imposible era que á Kala Nag se le antojara desobedecer
-sus chillonas vocecitas de mando, como que hubiera soñado, siquiera,
-en matarle, aquel día en que Toomai grande puso á su recien nacido
-y moreno niño bajo los colmillos de Kala Nag, diciéndole á éste que
-saludara á su futuro amo.
-
---Sí, dijo Toomai chico, _me_ teme. Y dió largos pasos en dirección de
-Kala Nag, le llamó _cerdo cebado_ y le hizo levantar las patas una tras
-otra. ¡Vaya! añadió, eres un elefante enorme. Y movió la desgreñada
-cabeza, repitiendo lo que le había oído decir á su padre:
-
---Bien puede el Gobierno pagar por los elefantes; pero la verdad es que
-ellos son nuestros, son de los _mahouts_. Cuando serás viejo, Kala Nag,
-vendrá algún rajah rico y te comprará al Gobierno, por el tamaño que
-tienes y por lo bien que te hemos educado, y entonces nada tendrás que
-hacer, como no sea llevar aretes de oro en las orejas, un pabellón de
-oro sobre la espalda y una tela roja á los lados, cubierta también de
-oro, abriendo así la marcha en las procesiones del Rey. Entonces, Kala
-Nag, me sentaré yo sobre el cuello de vuesa merced, llevando un _ankus_
-de plata, y unos hombres correrán delante de nosotros con bastones
-dorados, y gritando: «¡paso al elefante del Rey!» Bueno será eso, Kala
-Nag; pero no tan bueno como nuestras cacerías por las selvas.
-
---¡Psche! dijo Toomai grande. No eres más que un chiquillo, y tan
-salvaje como un búfalo joven. Ese correr de un lado para otro entre
-montañas no es el mejor de los servicios que prestamos al Gobierno. Yo
-voy envejeciendo ya, y no gusto de los elefantes salvajes. Que me den
-establos de ladrillo con un compartimento para cada elefante; gruesas
-estacas para amarrarlos fuertemente; y llanos, anchos caminos para
-hacerlos maniobrar, en vez de ese continuo ir y venir, acampando hoy en
-un sitio y mañana en otro. ¡Ah! ¡Los cuarteles de Cawnpore sí que eran
-buenos! Tocando con ellos había un bazar, y sólo teníamos tres horas
-diarias de trabajo.
-
-Acordóse Toomai chico de los locales para elefantes en Cawnpore y nada
-contestó. Á él le gustaba mucho más la vida de campamento, y odiaba
-esos caminos llanos, anchos; la diaria obligación de ir á forrajear en
-el sitio destinado á ello; las interminables horas en que nada había
-que hacer, como no fuera mirar á Kala Nag moviéndose impaciente, atado
-á sus estacas.
-
-Lo que á Toomai chico le encantaba era encaramarse por caminos
-difíciles, que sólo un elefante podía seguir; luego, el hundirse en el
-valle que se abría bajo sus pies; el entrever allá, á lo lejos, los
-elefantes salvajes, paciendo á pocas leguas de distancia; la huída
-del jabalí asustado, ó del pavo real, casi á los pies de Kala Nag;
-las lluvias calientes, que le ciegan á uno, cuando montes y valles
-humean todos; las hermosas mañanas de niebla en que nadie sabía aún
-donde acamparía aquella noche; la constante, cautelosa persecución
-de los elefantes salvajes, y la loca carrera, las llamaradas y el
-barullo de la última noche de caza, cuando los elefantes acorralados
-se precipitaban dentro de la empalizada, como desprendidas peñas en
-algún hundimiento de terreno, y, al ver que no podían salir de allí,
-se arrojaban contra los pesados troncos, para no apartarse de ellos
-más que á fuerza de gritarles, de blandir llameantes antorchas y de
-disparar cartuchos cargados con pólvora sola.
-
-Hasta un chiquillo podía ser allí útil, y Toomai lo era tanto que valía
-por tres. Empuñaba su antorcha y la agitaba en el aire, gritando de
-tal modo que pocos le aventajaban. Pero el mejor tiempo era aquel en
-que empezaban á sacarse fuera los elefantes, y la _keddah_ (ó sea la
-empalizada) parecía un cuadro en que estuviera pintado el fin del
-mundo, teniendo los hombres que entenderse por signos, porque no podían
-oirse unos á otros. Encaramábase, entonces, Toomai chico al extremo
-de uno de los vacilantes troncos de la empalizada, tendidos sobre los
-hombros los cabellos castaños, requemados, desteñidos por el sol hasta
-hacerlos blanquear, en todo semejante á un duende iluminado por las
-llamas de las antorchas; y, en cuanto se apaciguaba algo el tumulto,
-podían oirse las chillonas voces con que animaba á Kala Nag, dominando
-bramidos, crujidos, chasquear de cuerdas y gruñir de los atados
-elefantes.
-
---_¡Maîl, Maîl, Kala Nag!_ (¡Sigue, sigue _serpiente negra_!) _¡Dant
-do!_ (¡Dale con el colmillo!) _¡Somalo! ¡Somalo!_ (¡Cuidado! ¡Cuidado!)
-_¡Maro! ¡Mar!_ (¡Duro! ¡duro!) ¡Cuidado con el palo! _¡Arre! ¡Arre!
-¡Hai! ¡Yai! ¡Kya-a-ah!_--gritaba el muchacho, y la gran lucha entre
-Kala Nag y el elefante salvaje era sostenida tan pronto en un lado
-como en otro, dentro de la empalizada, y los cazadores de elefantes se
-enjugaban el sudor que les caía por los ojos, no olvidándose de dirigir
-un saludo de aprobación á Toomai chico, que bailaba de alegría sobre el
-extremo de los troncos.
-
-Pero algo más que bailar hizo. Dejóse resbalar una noche del tronco en
-que estaba, y se mezcló entre los elefantes, para arrojarle el cabo de
-una cuerda, caída en el suelo, á uno de los cazadores que intentaba
-lanzarla á la pata de uno de los elefantes más jóvenes, mientras éste
-coceaba (siempre los pequeños dan más trabajo que los ya crecidos).
-Viólo Kala Nag, cogiólo con la trompa y se lo pasó á Toomai grande, el
-cual le dió algunos pescozones y volvió á colocarlo sobre el tronco.
-
-Á la mañana siguiente riñóle diciéndole:
-
---¿No te basta con tener buenos establos de ladrillo para los
-elefantes y con acarrear tiendas de un lado á otro, que ahora necesitas
-ponerte á coger elefantes por tu propia cuenta, como un perdido? Para
-que lo sepas, los cazadores, esos locos, que tienen menos salario que
-yo, le han hablado ya del asunto á Petersen Sahib.
-
-Toomai chico tuvo miedo. No se le alcanzaba mucho respecto á los
-hombres blancos; pero, á Petersen Sahib se lo imaginaba como el más
-grande de todos los de este mundo. Era el jefe de las operaciones de la
-_keddah_: el encargado de coger elefantes para el Gobierno de la India,
-y el que estaba mejor enterado que nadie de sus costumbres.
-
---Y ¿qué es... qué es lo que ocurrirá?
-
---¿Lo que ocurrirá? Lo peor. Petersen Sahib es un loco. ¿Crees tú que
-si no lo fuera iría á caza de esos diablos? En lo posible está que
-se le ocurra hasta el emplearte á tí como cazador de elefantes, y
-hacerte dormir en cualquier parte de esas selvas que están llenas de
-fiebres, para que, al fin, te pateen, hasta matarte, en la _keddah_.
-Afortunadamente, todas estas bromas terminan ahora, sin accidentes
-que lamentar. La semana próxima se acaba la cacería, y á nosotros, la
-gente del llano, nos mandan otra vez á nuestros puestos. Entonces,
-podremos andar por buenos caminos, y olvidaremos todas esas cosas.
-Pero, hijo mío, me duele que te mezcles en un asunto que está reservado
-á esas sucias gentes de la selva que se llaman asameses. Kala Nag no
-obedece á nadie más que á mí, y, por lo tanto, véome yo obligado á ir
-con él á la _keddah_; pero él no es más que un elefante de combate, y
-no ayuda á atar á los demás. Por esto, yo permanezco sentado con toda
-comodidad, como le corresponde á un _mahout_ (y no á un mero cazador),
-á un _mahout_, digo, á un hombre que disfrutará de una pensión al
-terminar el servicio. ¿Te parece si la familia de Toomai, el de los
-elefantes, merece que la pisoteen entre el polvo de una _keddah_? ¡Mal
-hijo! ¡Pillo! ¡Perdido! Anda, y lava á Kala Nag, límpiale las orejas, y
-mira que no tenga espinas en las patas, ó de lo contrario, entonces sí
-que, con toda seguridad, te coge Petersen Sahib y hace de tí un cazador
-medio salvaje... un perseguidor de elefantes, uno de ésos que siguen
-sus huellas, un oso de la selva. ¡Oh! ¡Qué vergüenza! ¡Márchate de mi
-vista!
-
-Alejóse Toomai chico sin decir palabra; pero le contó á Kala Nag sus
-penas, mientras estaba examinándole las patas.
-
---¡No importa! dijo el muchacho, levantándole la punta de la oreja
-derecha. Le han dicho mi nombre á Petersen Sahib, y tal vez... tal
-vez... tal vez... ¿quién sabe?... ¡Hola! ¡Mira que espina tan grande te
-he arrancado!
-
-Los primeros días que siguieron á aquel se emplearon en juntar á todos
-los elefantes; en obligar á caminar á los salvajes, que acababan de ser
-cogidos, entre otros dos que estaban ya domesticados, á fin de que no
-dieran luego tanto que hacer al emprender la marcha descendente hacia
-los llanos; finalmente en recoger mantas, cuerdas ú otras cosas, que
-quedaron estropeadas ó se habían perdido en el bosque.
-
-Llegó Petersen Sahib montado en su diestro elefante hembra llamado
-Pudmini. Había visitado ya otros de los campamentos, situados entre
-las montañas, para verificar los pagos, porque la estación tocaba á su
-fin, y bajo un árbol, sentado á una mesa, veíase á un dependiente suyo,
-indígena, que iba entregando á los cazadores, uno por uno, su salario.
-En cuanto había cobrado, volvíase cada hombre al lado de su elefante, y
-se juntaba á la fila que estaba próxima á partir.
-
-Los ojeadores, cazadores y domadores, los hombres empleados
-constantemente en la keddah, que de cada dos años pasan uno en la
-selva, iban sentados á la espalda de los elefantes que formaban parte
-de las fuerzas permanentes de Petersen Sahib, ó se recostaban contra
-los árboles con el fusil al brazo, burlándose de los cornacas que se
-iban, y riendo cuando los elefantes recién cazados rompían las filas y
-comenzaban á correr.
-
-Toomai grande dirigióse al dependiente que arreglaba las cuentas,
-llevando detrás de él á Toomai chico, y Machua Appa, el jefe de los
-ojeadores, dijo en voz baja á uno de sus amigos:
-
---¡Ahí va uno que sirve de veras para cazar elefantes! ¡Qué lástima que
-á ese gallito de la selva lo manden ahora á mudar la pluma allá en los
-llanos!
-
-Pues bien: tenía Petersen Sahib finísimo el oído, como corresponde
-á un hombre avezado á escuchar al más silencioso de todos los seres
-vivientes: el elefante salvaje, y dió media vuelta sobre la espalda de
-Pudmini, donde estaba echado, preguntando:
-
---¿Qué estáis diciendo? No sabía que entre los cornacas del llano
-hubiera ninguno que sirviera ni para atar á un elefante muerto.
-
---No hablamos de un hombre, sino de un niño. Se metió en la _keddah_,
-durante la última cacería, y le arrojó la cuerda á Barmao cuando
-queríamos separar de la madre á aquel elefante joven que tiene una
-pústula en el hombro.
-
-Señaló Machua Appa hacia el sitio donde estaba Toomai chico, miró
-Petersen Sahib, y el muchacho saludó hasta tocar al suelo.
-
---¿El, arrojar una cuerda? Si es más pequeño que una estaca.
-¡Chiquillo! ¿Cómo te llamas? dijo Petersen Sahib.
-
-Estaba Toomai chico demasiado asustado para hablar; pero á su espalda
-tenía á Kala Nag, y Toomai le hizo un signo con la mano, por lo cual el
-elefante lo cogió con la trompa, levantándolo á la altura de la cabeza
-de Pudmini, frente á frente del gran Petersen Sahib. Toomai chico
-cubrióse en aquel momento la cara con las manos, porque, al fin y al
-cabo, no era más que un chiquillo, y, excepto para todo lo concerniente
-á elefantes, era tan tímido como pudiera serlo cualquier otro muchacho.
-
---¡Ah! dijo Petersen Sahib sonriéndose, ¿y por qué le has enseñado á
-tu elefante á hacer esto? ¿Para que te ayudara á robar el trigo verde,
-puesto á secar sobre el techo de las casas?
-
---Trigo verde, no, Protector de los pobres,... melones, sí, contestó
-Toomai chico, y, al oirlo, cuantos hombres había allí prorrumpieron
-en ruidosa carcajada. En su infancia, la mayor parte de ellos había
-enseñado á hacer lo mismo á sus elefantes. Toomai chico estaba como
-colgando en el aire á la altura de dos metros y medio; pero hubiera
-querido, en aquel momento, estar á igual profundidad bajo tierra.
-
---Es Toomai, mi hijo, Sahib, dijo Toomai grande arrugando el entrecejo.
-Es un chiquillo muy malo que acabará en presidio, Sahib.
-
---¡Oh! Respecto á eso, lo dudo, contestó Petersen Sahib. El muchacho
-que se atreve, á su edad, á meterse en una _keddah_ en pleno, no va
-á parar á ningún presidio. Mira, chiquillo, ahí tienes cuatro annas
-para gastar en dulces, porque veo que bajo ese montón de cabello se
-esconde realmente una cabecita. Con el tiempo, podría ser que también
-tú llegaras á ser cazador.
-
-Toomai grande frunció las cejas con mayor fuerza que nunca.
-
-Acuérdate, sin embargo, de que las _keddahs_ no son sitio adecuado para
-que los niños jueguen allí, continuó Petersen Sahib.
-
---¿Y no me permitirán ir á ellas, Sahib? preguntó Toomai chico,
-acompañando la pregunta con un gran suspiro.
-
---Sí. Y Petersen Sahib sonrió de nuevo. Cuando hayas visto bailar á los
-elefantes. Entonces será el momento oportuno. Lo que es _cuando los
-hayas visto bailar_ ven á encontrarme, y te dejaré entrar en todas las
-_keddahs_.
-
-Hubo entonces otra explosión de carcajadas, porque era aquélla una
-de las bromas que usan los cazadores de elefantes, y equivale,
-precisamente, á decir _nunca_. Hay en los bosques, grandes y llanos
-claros, escondidos en ellos, que se llaman salones de baile de los
-elefantes; pero hasta el hallarlos no es más que pura casualidad, y no
-hay hombre que haya visto nunca cómo los elefantes bailan allí. Cuando
-un cornaca alaba demasiado su propia habilidad y valor, suelen decirle
-los otros:
-
---¿Y cuando fué que viste bailar á los elefantes?
-
-Puso Kala Nag en el suelo á Toomai chico, y éste volvió á saludar
-profundamente; marchóse con su padre; dió la pieza de cuatro annas
-á su madre, que criaba á un hermanito del muchacho; subieron todos
-sobre la espalda de Kala Nag; y la fila de elefantes, gruñendo y dando
-agudos gritos, bajó, por un atajo de la montaña, hacia la llanura. Fué
-la marcha sumamente animada, porque los elefantes nuevos suscitaban
-grandes dificultades á cada vado, y había que acariciarlos ó pegarles
-continuamente.
-
-Toomai grande conducía á Kala Nag con aire de despecho, pues estaba de
-malísimo humor; pero Toomai chico sentíase tan feliz que ni tenía ganas
-de hablar. Petersen Sahib se había fijado en él, habíale dado dinero,
-y, como consecuencia, experimentaba el muchacho la misma impresión de
-un soldado raso á quien hubieran hecho salir de las filas para recibir
-los elogios del general en jefe.
-
---¿Qué quería decir Petersen Sahib con aquello del baile de los
-elefantes? dijo, por fin, en voz baja, dirigiéndose á su madre.
-
-Oyólo Toomai grande, y refunfuñó:
-
---Que no has de ser nunca uno de esos búfalos montañeses que hacen de
-ojeadores. Eso es lo que quería decir. ¡Eh! ¡Vosotros! ¡Ahí delante!
-¿Qué es lo que nos cierra el paso?
-
-Volvióse en redondo, con malhumor, un cornaca asamés, que iba á la
-distancia de dos ó tres elefantes delante de él, y gritó:
-
---Trae á Kala Nag, y haz obedecer á este elefante mío. ¡No sé por qué
-Petersen Sahib ha tenido que escogerme á mí para ir con vosotros,
-burros de los arrozales! Pon de lado á tu animal, Toomai, y déjale que
-empuje con los colmillos. ¡Por todos los dioses de las montañas te juro
-que esos elefantes tienen los diablos en el cuerpo, ú olfatean á sus
-compañeros de la selva!
-
-Pególe Kala Nag en las costillas al elefante nuevo y le metió el
-resuello en el cuerpo, mientras Toomai grande decía:
-
---En la última cacería hemos limpiado de elefantes salvajes todas las
-montañas. Lo que hay es que conducís muy mal. ¡Á ver si querréis que
-conserve yo el orden en toda la fila!
-
---Pero ¿no oís lo que dice? contestó el otro cornaca. ¡_Hemos_ limpiado
-de elefantes las montañas! Lo que es vosotros, hombres del llano, sois
-muy sabios. Cualquiera que no sea una de esas cabezas vacías que nunca
-han visto la selva sabe que _ellos_ ya están enterados de que las
-cacerías han terminado para toda la temporada actual. Por lo tanto,
-esta noche, todos los elefantes salvajes... pero ¿á qué perder el
-tiempo enseñándole lo que yo sé á esa tortuga de río?...
-
---¿Que esta noche los elefantes... qué? gritó Toomai chico.
-
---¡Hola, muchacho! ¿Estás tú ahí? Bueno ¿pues á tí te lo diré, porque
-tú tienes la cabeza bien organizada. Esta noche bailarán, y valdría
-más que tu padre, que ha _limpiado_ de elefantes _todas_ las montañas,
-doblara el número de cadenas que se atan á las estacas.
-
---¿Qué estás ahí charlando? Cuarenta años hace que entre mi padre y
-yo hemos cuidado elefantes y nunca hemos oído esos cuentos de que sea
-verdad que bailen.
-
---Sí, pero un hombre del llano, que vive en su barraca, no conoce nada
-más que las cuatro paredes de esa barraca. ¡Bueno! Deja libres á tus
-elefantes esta noche, y verás lo que ocurre. En cuanto al baile, yo
-he visto donde... _¡Bapree-Bap!_ ¿Cuántos recodos más tiene este río
-Dihang? Aquí hay otro vado, y ahora tendremos que hacer nadar á los
-pequeños. ¡Paraos, vosotros, los que venís detrás!
-
-Y por ese estilo, hablando, y disputándose, y chapoteando en el río,
-verificóse la primera marcha hacia una especie de campamento en que se
-recibían los elefantes nuevos; pero, mucho antes de llegar allí, habían
-ya perdido cien veces la paciencia.
-
-Luego, los elefantes fueron sujetados por las patas traseras por medio
-de cadenas fijas á las estacas, añadiéndose, además, á los nuevos,
-un refuerzo de cuerdas; púsoseles delante su montón de forraje; y
-los cornacas montañeses regresaron, para juntarse á Petersen Sahib,
-aprovechando las últimas horas de claridad de la tarde, y encargando
-á los cornacas del llano que tuvieran más cuidado que nunca aquella
-noche, riéndose cuando éstos les preguntaban el motivo.
-
-Toomai chico cuidó de la comida de Kala Nag, y luego, como oscureciera
-ya, comenzó á vagar por el campamento, poseído de inefable alegría, y
-buscando un _tam-tam_. Cuando un muchacho indio siente que su corazón
-rebosa de felicidad no corretea de un lado á otro ni hace ruido de un
-modo irregular. Siéntase solo y se regala á sí mismo con una especie
-de fiesta. ¡Y á Toomai chico le había hablado nada menos que Petersen
-Sahib! Si no hubiera podido hallar lo que buscaba, la misma alegría
-contenida tal vez le hubiese causado la muerte. Pero el vendedor de
-dulces que había en el campamento le prestó un _tam-tam_, un tamboril
-que se tocaba dándole con la palma de la mano, y entonces él sentóse,
-cruzadas las piernas, frente á Kala Nag, mientras en el cielo iban
-apareciendo las estrellas. Con el _tam-tam_ sobre las rodillas, estuvo
-toca que toca, y cuanto más pensaba en el grandísimo honor que se le
-había dispensado más tocaba, solo, completamente solo, entre el forraje
-de los elefantes. No había en su música melodía alguna ni palabras;
-pero tocando el tamboril se sentía feliz.
-
-Los elefantes nuevos tiraban de las cuerdas, daban gritos ó bramidos de
-cuando en cuando, y á ratos podía él oir también á su madre, allá en
-la barraca del campamento, que adormecía á su hermanito cantándole una
-antigua, muy antigua canción sobre el gran dios Siva, que indicó una
-vez á todos los animales lo que debían comer. Es una cancioncilla muy
-tierna cuyas primeras estrofas dicen:
-
- Siva, que manda al hombre las cosechas,
- y hace que sople el viento,
- sentado en el umbral de un claro día,
- ha de ello mucho tiempo,
- repartió su porción, á cada uno,
- de pan, trabajo y duelos,
- desde el Rey, que en el _guddee_ se reclina,
- al pobre pordiosero.
-
- Hízolo todo Siva, el que proteje,
- sí, todo, _¡Mahadeo!_
- dió el espino al camello, al buey forraje,
- y á tí, mi niño, por cojín mi pecho.
-
-Acompañó Toomai chico cada estrofa con un alegre tamborileo al
-terminarse, hasta que él mismo sintió sueño y se tendió sobre el
-forraje, al lado de Kala Nag.
-
-Al fin, los elefantes comenzaron á echarse, uno tras otro, según
-su costumbre, hasta que sólo Kala Nag quedó en pie á la derecha de
-la fila, y, entonces, balanceóse suavemente, con las orejas hacia
-delante, para prestar oído á los rumores que llevara el viento de la
-noche, al soplar blandamente por entre las montañas. El aire venía
-impregnado de aquellos ruidos nocturnos que, juntos, producen un solo
-é inmenso silencio: el golpear de un bambú contra otro; el correr de
-algo vivo por entre los matorrales; el arañar y los ahogados chillidos
-del pájaro medio despierto (los pájaros se despiertan de noche con
-mucha más frecuencia de lo que nosotros imaginamos); y el caer del
-agua, allá lejos, muy lejos. Toomai chico durmió durante algún tiempo,
-y, al despertar, la luna brillaba ya en toda su fuerza, y Kala Nag
-estaba aún de pie con las orejas hacia delante. Volvióse Toomai chico,
-haciendo crujir el forraje, y observó la curva de la enorme espalda
-proyectándose contra el fondo del cielo y contra la mitad de las
-estrellas que en él había; pero, mientras observaba esto, oyó, tan
-lejos que dijérase que á aquel gran silencio lo atravesaba sólo la
-punta de un alfiler, el _huut-tuut_, el grito parecido al sonar de un
-cuerno de caza, que lanzaba un elefante salvaje.
-
-Cuantos elefantes había en las filas saltaron como si les hubieran
-disparado un tiro, y sus gruñidos despertaron, al fin, á los _mahouts_,
-que salieron y comenzaron á dar martillazos sobre las estacas con
-enormes mazos, ataron mejor unas cuerdas é hicieron nudos en otras,
-hasta que todo volvió á quedar tranquilo. Había uno de los elefantes
-nuevos arrancado, casi, su estaca, y Toomai grande le quitó entonces
-á Kala Nag la cadena que llevaba sujeta á una pata, y con ella ató
-las posteriores del otro elefante á las anteriores; pero le pasó á
-Kala Nag, en el sitio donde había estado la cadena, un lazo hecho de
-yerba retorcida, y díjole que se acordara de que quedaba bien atado.
-Centenares de veces habían hecho lo mismo, con buen resultado, su padre
-y su abuelo. Kala Nag no contestó á aquella orden con su _glu-glu_
-habitual. Continuó de pie, mirando á lo lejos, á favor de la clara
-luz de la luna, algo levantada la cabeza y extendidas las orejas como
-abiertos abanicos, en dirección de los grandes repliegues que forman
-las montañas de Garo.
-
---Observa si le aumenta la intranquilidad, más entrada la noche,
-dijo Toomai grande al chico, y después de esto fuése á la barraca y
-durmióse. Iba ya á dormirse, también, Toomai chico, cuando oyó que la
-cuerda de fibras de coco se rompía, produciendo leve, casi metálico
-ruido; y Kala Nag avanzó, desde el sitio en que estaban las estacas,
-tan pausada y silenciosamente como nube que se desliza fuera de la
-embocadura de un valle. Corrió Toomai chico detrás de él, descalzos los
-pies, por el camino, que bañaba la luz de la luna, y en voz muy baja le
-dijo:
-
---¡Kala Nag! ¡Kala Nag! ¡Llévame contigo, Kala Nag! Volvióse el
-elefante sin hacer el menor ruido, dió tres grandes pasos hacia el
-muchacho, bajó la trompa, se lo montó en el cuello, y, casi sin dar á
-Toomai chico el tiempo preciso de colocar bien las piernas, se deslizó
-hacia el bosque.
-
-Vino, entonces, de las filas de elefantes, como una ráfaga de furiosos
-bramidos, y luego volvió á reinar el silencio sobre todas las cosas, y
-Kala Nag comenzó la marcha. Algunas veces un montón de yerbas altas le
-acariciaba los costados como una ola acaricia los de un barco, y otras
-un colgante racimo de pimienta silvestre le arañaba la espalda, ó un
-bambú se quebraba por el sitio donde él lo había tocado con el hombro;
-pero en los intervalos avanzaba sin producir, absolutamente, rumor
-alguno, resbalando como el humo á través del espeso bosque de Garo.
-Iba monte arriba; pero, aunque Toomai chico mirara á las estrellas por
-entre los claros de los árboles, no podía decir en qué dirección.
-
-De pronto, Kala Nag llegó á la cima de la pendiente, y se paró por un
-momento, durante el cual pudo ver Toomai chico las copas de los árboles
-como manchas, ó como grandes pieles tendidas á la luz de la luna, en
-el espacio de infinidad de leguas de terreno, y la niebla, de un color
-blanco azulado, flotando sobre el río, allá en la hondonada. Apoyóse
-Toomai en el cuello del elefante, y, recostado, miró, sintiendo que
-todo el bosque velaba allá abajo, que todo él velaba, y vivía, y estaba
-lleno de multitud de seres. Un grande y pardo murciélago de los que se
-alimentan de frutos pasó rozándole una oreja; las púas de un puerco
-espín sonaron, chocando unas contra otras en la espesura; y allá en la
-obscuridad, entre los troncos de los árboles, oyó á un jabalí hurgando
-en la tierra, húmeda y tibia, y oliendo, resoplando al hacerlo.
-
-Luego volvieron á cerrarse las ramas sobre su cabeza, y Kala Nag
-comenzó á bajar hacia el valle, no suavemente, como antes, sino como
-cañón que se soltara por empinado terraplén: de una sola embestida.
-Movíanse los enormes músculos con la rapidez de pistones, abarcando á
-cada paso la distancia de unos dos metros y medio, y la arrugada piel
-de los hombros crujía sobre las puntas de los huesos. Á cada lado de
-él se abría violentamente la maleza, con un ruido como el de rajado
-cañamazo, y los rebrotes que apartaba á derecha é izquierda con los
-hombros saltaban de nuevo hacia atrás, pegándole en los costados,
-mientras grandes colgajos de enredaderas, mezcladas en montón,
-pendían de sus colmillos al mover él la cabeza hacia uno y otro lado,
-abriéndose camino. Entonces, Toomai chico tendióse, bien apretado
-contra el gran cuello, para que alguna de las ramas que se balanceaban
-no lo arrojara al suelo, y, en su interior, se dijo que ojalá no se
-hubiera movido del sitio donde se hallaban los otros elefantes.
-
-La yerba empezaba á estar húmeda, las patas de Kala Nag se hundían
-al pisar, y la neblina de la noche helaba á Toomai chico. Oyóse un
-chapoteo, luego ruido de agua, y Kala Nag entró á grandes pasos en
-el lecho de un río, tanteando á cada zancada el camino que había de
-seguir. Dominando el rumor del agua que se arremolinaba en torno á las
-piernas del elefante, podía oir Toomai chico más chapoteos y algunos
-bramidos, que venían tanto de uno como de otro extremo del río, grandes
-gruñidos y ronquidos de cólera; y toda la neblina que flotaba en el
-aire parecía estar llena de movibles, vacilantes sombras.
-
---¡Ah! dijo á media voz y dando diente con diente. Todo el pueblo de
-los elefantes se ha echado fuera esta noche. Realmente, va á haber,
-pues, _el baile_.
-
-Salió Kala Nag del río con gran ruido; hizo sonar la trompa, soplando
-para limpiarla del agua, y comenzó á subir por otra cuesta; pero esta
-vez no iba solo, ni tenía que abrirse camino; estaba ya abierto, y con
-una anchura de cerca de dos metros, frente á él, donde la yerba de la
-selva probaba de erguirse nuevamente. Por aquel sitio debían de haber
-pasado, pocos minutos hacía, innumerables elefantes. Miró hacia atrás
-Toomai chico, y á su espalda, uno salvaje, de enormes colmillos, con
-los ojuelos de cerdo brillándole como ascuas, salía del río entre la
-neblina. Luego, volvió á cerrarse el ramaje de los árboles, y siguieron
-adelante, subiendo, entre bramidos y entre estallidos de las ramas que
-se rompían á su paso.
-
-Al fin, Kala Nag se paró junto á dos troncos de árboles, en la cumbre
-misma de la montaña. Formaban aquéllos parte de un grupo que se elevaba
-alrededor de un espacio irregular de unas ciento cincuenta áreas, y,
-en todo este espacio, pudo ver Toomai chico que la tierra había sido
-apisonada hasta quedar tan dura como un ladrillo. En el centro de aquel
-claro crecían algunos árboles; pero su corteza había desaparecido
-por el roce, y la madera blanca que quedaba al descubierto aparecía
-brillante, y como pulimentada á trechos, á la luz de la luna. De
-las ramas más altas colgaban enredaderas, cuyas flores, en forma de
-campanilla, grandes, blancas, como de cera, y semejantes á clemátides,
-colgaban también, profundamente dormidas; pero, dentro de los límites
-del claro aquel, no crecía ni un solo tallo de yerba: nada había más
-que la tierra apisonada.
-
-La luna daba á ésta un color gris de hierro, excepto donde se veían,
-de pie, algunos elefantes, cuya sombra era negra como tinta. Miró
-Toomai chico, aguantando el aliento, con los ojos que se le saltaban
-de las órbitas, y, mientras miraba, más y más elefantes salían,
-balanceándose, de entre los árboles, y penetraban en aquel espacio
-abierto. No podía Toomai chico contar más que hasta el número diez, y
-contó, entonces, y volvió á contar, con los dedos, hasta que perdió la
-cuenta de tantos dieces, y la cabeza comenzó á darle vueltas. Fuera del
-claro, oía los chasquidos de la maleza al romperse, cuando pasaban los
-elefantes, subiendo por la montaña; pero, en cuanto estaban dentro del
-círculo que formaban los troncos de los árboles, se movían como si no
-fueran más que sombras.
-
- [Ilustración]
-
-Había allí machos salvajes, de blancos colmillos, con hojas, frutos y
-ramitas que se les habían quedado entre las arrugas del cuello ó los
-pliegues de las orejas; gruesas hembras de pesado andar, con inquietos
-pequeñuelos, de un color negro algo rosado, que no medían más que cosa
-de un metro de altura y correteaban por debajo del vientre de aquéllas;
-elefantes jóvenes, cuyos colmillos apuntaban apenas, y que se sentían
-ya muy orgullosos de tenerlos; hembras flacas, demacradas, que se
-habían quedado solteronas, con caras ansiosas, hundidas, y trompas que
-parecían ásperas cortezas; salvajes y viejos elefantes luchadores,
-cubiertos de cicatrices desde la paletilla hasta el costado, con
-grandes verdugones y mal cerradas heridas de las pasadas luchas, y el
-barro de sus solitarios baños colgando, endurecido, á cada lado de los
-hombros; y uno había, finalmente, con un colmillo roto y las señales,
-el terrible vaciado, que deja en la piel la garra del tigre.
-
-Estaban todos de pie, frente á frente; caminaban de un lado á otro por
-aquel pedazo de terreno, de dos en dos; ó se mecían solitarios... Y
-había allí docenas y más docenas de elefantes.
-
-Sabía Toomai que mientras él se estuviera acostado y bien quieto
-sobre el cuello de Kala Nag, nada le ocurriría; porque, hasta en las
-embestidas y luchas de una _keddah_, ningún elefante salvaje coge
-con la trompa á un hombre para desmontarlo del cuello de un elefante
-domesticado; y, además, aquellos elefantes ni se acordaban siquiera de
-los hombres, en tal noche. Por un momento se pusieron alerta, con las
-orejas hacia delante, al oir sonar unos hierros en el bosque; pero era
-Pudmini, el elefante mimado de Petersen Sahib, que había arrancado por
-completo su cadena y llegaba gruñendo, resoplando, montaña arriba. De
-fijo que habría roto sus estacas y se habría ido en derechura hacia
-aquel sitio, desde el campamento de Petersen Sahib. Toomai chico vió
-también otro elefante, uno que no conocía, con hondas desolladuras
-en la piel de la espalda y del pecho, causadas por cuerdas. También
-él debía de haberse escapado de algún campamento situado entre las
-montañas.
-
-Al fin, no se oyeron ya, en el bosque, más ruidos de elefantes, y Kala
-Nag avanzó, desde el sitio en que estaba parado entre los árboles,
-hasta el centro del grupo, produciendo una especie de cloqueo y de
-sonidos guturales, tras de lo cual, todos los elefantes empezaron á
-moverse y á hablar en su lenguaje.
-
-Echado aún como estaba, vió Toomai chico centenares de anchas espaldas,
-orejas balanceándose, trompas que se movían, y ojillos que rodaban en
-sus cuencas. Oyó el golpear de los colmillos chocando casualmente unos
-con otros; el seco rozar de las trompas enlazadas; el de los enormes
-costados y hombros en medio de aquella muchedumbre, y el incesante
-chasquido ó zumbido de las grandes colas. Luego, una nube pasó por
-delante de la luna, y él se quedó en la más completa obscuridad; pero
-el callado rozar, empujar y producir sordos ruidos guturales continuó
-del mismo modo. Sabía el muchacho que en torno de Kala Nag había
-multitud de elefantes, y que no existía la menor probabilidad de
-sacarle de aquella asamblea; así, pues, apretó los dientes y se echó á
-temblar. Al menos en una _keddah_ había luz de antorchas y gritería;
-pero aquí se hallaba completamente solo y á obscuras, y hubo un momento
-en que sintió junto á una rodilla el contacto de una trompa.
-
-Después, bramó un elefante, y todos se pusieron á imitarle por espacio
-de cinco ó de diez terribles segundos. El rocío cayó desde los árboles
-como lluvia sobre las invisibles espaldas, y comenzó á oirse un ruido
-sordo, muy bajo al principio, y que Toomai chico no podía saber de
-donde provenía; pero creció y creció, y Kala Nag levantó una de sus
-patas delanteras, después la otra, y las dejó caer sobre el suelo...
-(¡una, dos! ¡una, dos!) con tanta fuerza como si fueran gruesos
-martillos de herrería. Los elefantes pateaban, ahora, todos á la vez,
-y el ruido sonaba como tambor de guerra que alguien tocara á la boca
-de una caverna. Siguió el rocío cayendo de los árboles hasta que no
-quedó ya más; el estruendo continuó; la tierra retemblaba, y Toomai
-chico púsose las manos sobre los oídos para amortiguar el ruido. Pero
-aquel golpear de centenares de pesadas patas sobre la desnuda tierra
-era tan gigantesco, desapacible y repetido que le parecía que todo
-su cuerpo vibraba por entero. Una ó dos veces sintió como Kala Nag y
-todos los demás elefantes se adelantaban algunos pasos, y el pisar se
-convertía en rumor de cosas verdes, jugosas, que eran aplastadas; pero,
-un minuto ó dos más tarde, el violento moverse de las patas sobre la
-dura tierra comenzaba de nuevo. Crujía, y parecía quejarse, un árbol,
-á poca distancia de él. Alargó el brazo y tocó la corteza; pero Kala
-Nag siguió adelante, pateando aún, y no pudo él darse cuenta del sitio
-en que se hallaba. Ningún sonido producían los elefantes, excepto una
-vez, cuando dos ó tres de los más jóvenes chillaron al mismo tiempo. De
-pronto, oyó pesado golpe y un rumor como de confusión y desorden, y el
-patear continuó. Debió de durar dos horas bien cumplidas, y á Toomai
-chico dolíanle ya todos los nervios del cuerpo; pero por el olor del
-aire de la noche adivinaba la proximidad de la mañana.
-
-Rayó el alba, tendiendo un manto de amarillo claro por detrás de las
-montañas, y, con el primer rayo de luz, paróse el estruendo como á
-un mandato. Antes de que á Toomai chico hubieran dejado de zumbarle
-los oídos, y hasta antes de que hubiera tenido tiempo de cambiar de
-posición, no quedó ya ningún elefante á la vista, excepto Kala Nag,
-Pudmini y el elefante que mostraba las desolladuras producidas por las
-cuerdas; y no se observó el más leve signo, ni roce ó murmullo en las
-vertientes de las montañas, que indicara á dónde habían ido los otros.
-
-Miró fijamente Toomai chico una y otra vez. El claro aquel, por lo que
-él recordaba, había crecido durante la noche. En el centro veíanse más
-árboles; pero la maleza y la yerba, á los lados, habían retrocedido.
-Toomai chico volvió á mirar atentamente. Ahora comprendía el continuo
-apisonar. Los elefantes habían agrandado el sitio pateándolo todo: la
-espesa yerba y los jugosos juncos de Indias habían sido convertidos en
-una masa inmunda, la masa en tiras, las tiras en fibras delgadísimas, y
-las fibras en dura tierra.
-
---¡Ah! dijo Toomai chico, sintiendo que los ojos se le cerraban,
-Kala Nag, señor mío, juntémonos con Pudmini y vamos al campamento de
-Petersen Sahib, porque, si no, me caigo de tu cuello al suelo.
-
-Miró el tercer elefante alejarse juntos á los otros dos, resopló, dió
-media vuelta, y siguió, solo, su dirección propia. Debía de pertenecer
-á alguno de los reyezuelos indígenas, que estaría á diez, veinte ó
-treinta leguas de distancia.
-
-Dos horas más tarde, mientras Petersen Sahib se desayunaba, los
-elefantes, que habían sido atados aquella noche con dobles cadenas,
-comenzaron á dar grandes bramidos, y Pudmini, llena de barro hasta los
-hombros, acompañada de Kala Nag, que tenía las patas muy adoloridas,
-entró, bamboleándose, en el campamento.
-
-La carita de Toomai chico estaba casi gris de tan pálida, y muy
-hundida, llevando el muchacho el cabello lleno de hojas y empapado en
-rocío; pero, haciendo un esfuerzo, saludó á Petersen Sahib y gritó con
-apagada voz:
-
---¡El baile!... ¡el baile de los elefantes!... ¡Yo lo he visto... y...
-me estoy muriendo!... Y como Kala Nag se echara, resbaló él desde su
-cuello, presa de mortal desmayo.
-
-Pero como los niños indígenas no tienen nervios, ó no vale la pena de
-hablar de los que tengan, al cabo de dos horas estaba ya acostado,
-muy contento, en la hamaca de Petersen Sahib, con el capote de caza
-perteneciente á éste bajo la cabeza, y en el estómago un vaso de
-leche caliente, un poco de _brandy_ y una pequeña dosis de quinina; y
-mientras los viejos cazadores de las selvas, velludos y cubiertos de
-cicatrices, estaban sentados, á tres de fondo, delante de él, mirándolo
-como si fuera un aparecido, refirió el muchacho lo que tenía que
-contar, en breves palabras, como hacen los niños, y terminó con las
-siguientes:
-
---Ahora, si hay algo de lo que he dicho que os parezca mentira, mandad
-hombres para que lo vean, y hallarán que el pueblo de los elefantes
-ha apisonado un espacio mucho mayor que el que existía en su salón
-de baile, y hallarán diez... y diez... y muchas veces diez pistas
-que conducen á este salón. Ensancharon el sitio con las patas. Yo lo
-he visto. Kala Nag me llevó, y yo lo ví. También Kala Nag tiene muy
-cansadas las piernas.
-
-Tendióse Toomai chico y durmió durante toda la tarde, hasta que
-llegó el anochecer, y, mientras dormía, Petersen Sahib y Machua Appa
-siguieron la pista de los dos elefantes, durante cuatro leguas, á
-través de los montes. Había pasado Petersen Sahib diez y ocho años
-cazando elefantes, y sólo un _salón de baile_ como aquél había visto
-con anterioridad.
-
-No tuvo Machua Appa que dar más que una ojeada al claro para ver lo que
-habían hecho allí, ni necesitó arañar más que una vez con el dedo del
-pie la tierra compacta, apretada.
-
---Verdad es lo que habla el muchacho, dijo. Todo esto se hizo ayer
-noche, y yo he contado setenta pistas diferentes que cruzaban el río.
-¡Mirad, Sahib, como los hierros de Pudmini cortaron la corteza de este
-árbol! Sí; también estaba en la reunión.
-
-Miráronse uno á otro, de arriba abajo, pasmados, porque las cosas de
-los elefantes exceden en profundidad á cuanto puede imaginar cualquier
-hombre, sea blanco ó negro.
-
---Cuarenta y cinco años hace, dijo Machua Appa, que sigo á los señores
-elefantes; pero nunca oí que ningún hombre de mujer nacido viera lo
-que ha visto este muchacho. Por todos los dioses de las montañas os
-digo que esto es... ¿cómo podremos llamarlo?... y, sin acabar la frase,
-limitóse á sacudir la cabeza.
-
-Cuando estuvieron de vuelta en el campamento era ya la hora de la
-cena. Comió Petersen Sahib solo, en su tienda; pero dió orden de
-que á su gente, allí acampada, se le dieran dos corderos y algunos
-pollos, además de doble ración de harina, arroz y sal, porque era
-imprescindible algo de banquete.
-
-Á paso más que regular había llegado Toomai grande del otro campamento,
-en la llanura, yendo en busca de su hijo y de su elefante, y, al
-hallarlos, los contempló á uno y otro de tal modo que no parecía sino
-que le causaban miedo. Celebróse una fiesta, junto á las llameantes
-hogueras, frente á las filas de atados elefantes, siendo Toomai chico
-el héroe de ella; y los grandes cazadores, los ojeadores, cornacas y
-laceros, los hombres que conocían todos los secretos para domar los más
-bravos elefantes, se lo pasaron de uno á otro, y marcaron su frente
-con sangre tomada del pecho de un «gallo de la selva» recién muerto,
-queriendo indicar con esto que era un habitante de los bosques, un
-iniciado, y libre, por lo tanto, en toda la extensión que abarcan las
-selvas.
-
-Al fin, cuando las llamas empezaron ya á apagarse y la roja luz de
-los tizones daba á los elefantes un aspecto que no parecía sino que
-también ellos estuvieran empapados en sangre, Machua Appa, el jefe de
-todos los cornacas de todas las _keddahs_; Machua Appa, el _alter ego_
-de Petersen Sahib, que por espacio de cuarenta años no había visto un
-camino hecho por mano de hombres; Machua Appa, cuya grandeza era tanta
-que nadie sabía que tuviera otro nombre más que el de Machua Appa,
-saltó, y, poniéndose de pie, levantando en el aire á Toomai chico, por
-encima de su cabeza, gritó:
-
---Oidme, hermanos míos. Oidme también vosotros, señores, señores míos
-que estáis ahí en las filas: ¡soy yo, Machua Appa, quien os habla!
-Este pequeñín no se llamará ya de aquí en adelante Toomai chico, sino
-Toomai, el de los elefantes, como antes que á él se llamó ya á su
-bisabuelo. Lo que jamás vió hombre alguno lo ha visto él durante toda
-una noche, porque es el favorito del pueblo de los elefantes, y, al
-par, de los dioses de todas las selvas, que con él están. Llegará á
-ser un gran ojeador; llegará á ser más grande que yo mismo, más que yo
-mismo: Machua Appa. Sabrá seguir la pista reciente, y la medio borrada,
-y la mixta, con ojo seguro. Ningún daño recibirá en la _keddah_
-cuando corra por debajo de los elefantes salvajes para atarlos, y si
-por casualidad resbalara y cayera frente á un elefante feroz, en el
-momento de embestir éste, sabiendo la fiera quien es él no se atreverá
-á aplastarlo. _¡Aihai!_ señores míos que estáis ahí entre cadenas...
-(y al decirlo dió una vuelta hacia las filas de estacas), ante
-vosotros tenéis al pequeñuelo que ha visto los bailes que celebráis en
-escondidos sitios... lo que jamás vió ningún hombre. ¡Prestadle vuestro
-homenaje, señores míos ¡_Salaam karo_, hijos míos! ¡Saludad á Toomai,
-el de los elefantes! ¡Gunga Pershad, _ahaa_! ¡Hira Guj, Birchi Guj,
-Kuttar Guj, _ahaa_! ¡Pudmini (tú que le has visto en el baile, y tú
-también, Kala Nag, perla de los elefantes)! _¡ahaa!_ ¡Todos á la vez!
-¡Á Toomai, el de los elefantes! _¡Barrao!_
-
-Y al oir el último de estos salvajes gritos, la fila entera de
-elefantes lanzó al aire las trompas, hasta hacer que los extremos
-tocaran las frentes, y prorrumpió en el gran saludo, el trompetear
-atronador que sólo oye el Virrey de la India, el _Salaamut_ de la
-_keddah_.
-
-Pero todo esto se hacía, únicamente, por Toomai chico, que había visto
-lo que jamás vió antes hombre alguno: ¡el baile de los elefantes, por
-la noche, y solo, en el corazón de las montañas de Garo!
-
- [Ilustración]
-
-
- =Siva y el saltamontes=
-
-(_Canción que la madre de Toomai le cantaba á su hijo menor_).
-
-
- Siva, que manda al hombre las cosechas,
- y hace que sople el viento,
- sentado en el umbral de un claro día,
- ha de ello mucho tiempo,
- repartió su porción, á cada uno,
- de pan, trabajo y duelos,
- desde el Rey, que en el _guddee_ se reclina,
- al pobre pordiosero.
-
- Hízolo todo Siva, el que proteje,
- sí, todo _¡Mahadeo!_
- dió el espino al camello, al buey forraje,
- y á tí, mi niño, por cojín mi pecho.
-
- Al rico dióle trigo, mijo al pobre;
- al santón que pidiendo
- de puerta en puerta va, dióle mendrugos;
- reses al tigre hambriento,
- carroña dió al milano, y á los lobos
- que van rondando fieros
- en torno á los poblados, por la noche,
- dióles trapos y huesos.
-
- Á todo atendió él, de lo más alto
- hasta lo más pequeño;
- pero Parbati, su mujer, burlarle
- quiso como por juego,
- en tan diversas cosas ocupado
- al gran esposo viendo,
- y así robando al dios un saltamontes
- escondiólo en su pecho.
-
- Tal hizo su mujer á Siva, el Grande,
- _¡Mahadeo! ¡Mahadeo!_
- ¡Tratárase de un buey!... Mas, hijo mío,
- no se trataba más que de un insecto.
-
- Terminado el reparto, sonriente
- dijo ella á su dueño:
- --¿De entre un millón de bocas no habrá una,
- Señor, sin alimento?
-
- Ni una, dijo Siva, ni siquiera,
- añadió sonriendo,
- la diminuta que ocultaste, ha poco,
- aquí, junto á tu pecho.
-
- Sacó entonces Parbati, la ladrona,
- el escondido insecto
- y vió que hasta él comía verde hojuela
- nacida aquel momento.
-
- Viólo asombrada, y á los pies de Siva
- temblorosa cayendo,
- rezó al dios que, en verdad, á cuanto existe
- dió apropiado sustento.
-
- Hízolo todo Siva, el que protege,
- sí, todo... _¡Mahadeo!_
- dió el espino al camello, al buey forraje,
- y á tí, mi niño, por cojín mi pecho.
-
- [Ilustración]
-
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- LOS SERVIDORES DE SU MAJESTAD
-
- Resolvedlo por quebrados
- ó bien por regla de tres:
- Tweedle-dum no será nunca
- Tweedle-dee: ya lo veréis.
-
- Dadle vueltas al problema,
- retorcedlo sin cesar:
- la vía de Pilly-Winky
- no es la que á Winkie-Pop va.
-
-
-Había estado lloviendo copiosamente durante un mes entero... lloviendo
-sobre un campamento de treinta mil hombres, millares de camellos,
-elefantes, caballos, bueyes y mulas, todo ello reunido, en un sitio
-llamado Rawal Pindi, para que lo revistara el Virrey de la India.
-Recibía éste la visita del Emir del Afganistán, rey salvaje de un
-salvajísimo país, y el Emir había traído consigo, como escolta,
-ochocientos hombres y otros tantos caballos que jamás habían visto en
-su vida un campamento ó una locomotora: hombres y caballos salvajes,
-también, sacados de algún sitio en el corazón del Asia Central. No
-pasaba una noche sin que un pelotón de esos caballos rompiera las
-cuerdas con que estaban atados, y se lanzara con estrépito de un
-lado á otro del campamento, por entre el barro y en medio de la
-obscuridad, ó bien sin que los camellos se desataran y corrieran por
-allí, tropezando con las cuerdas que sostenían las tiendas, y ya puede
-imaginarse lo agradable que esto sería para la gente que intentaba
-entregarse al sueño. Estaba mi tienda lejos de las filas de camellos, y
-creía yo que el sitio era seguro; pero una noche asomó un hombre, por
-aquélla, la cabeza, y me gritó:
-
---¡Salid pronto, que vienen! Á mí me han derribado ya la tienda.
-
-Ya sabía yo quienes eran los que venían, y así púseme las botas,
-echéme el impermeable y salí corriendo por el lodo. Vixen, mi perrita
-_fox-terrier_, salió por el otro lado; y á poco se oían bramidos,
-gruñidos y burbujeos, tras de lo cual hundióse la tienda, por haber
-saltado hecho astillas el palo que la sostenía, y comenzó á bailar como
-duende loco. Un camello se había metido y enredado en ella, y á pesar
-de mi malhumor y de la mojadura, no pude menos de reirme. Luego seguí
-corriendo, porque no sabía cuántos eran los camellos que se habían
-soltado, y al cabo de poco rato perdí de vista el campamento, caminando
-con dificultad por entre el barro.
-
-Caí, al fin, sobre la cureña de un cañón, y esto fué para mí indicio de
-que me hallaba cerca del sitio en que acampaba la artillería y donde
-las piezas eran colocadas por la noche. Como no quería seguir vagando
-bajo la lluvia y en medio de la obscuridad, puse mi impermeable sobre
-la boca de uno de los cañones, formé así una especie de choza con dos ó
-tres atacadores que hallé á mano, y me tendí sobre la cureña de otro de
-aquéllos, preguntándome por dónde debía de andar Vixen y dónde yo mismo
-estaría.
-
-Cuando iba ya á dormirme oí ruido de arreos y una especie de gruñido,
-tras de lo cual pasó junto á mí un mulo sacudiendo las mojadas orejas.
-Pertenecía á una batería de cañones atornillables ó de montaña,
-porque así me lo indicaba el ruido de las correas, anillas, cadenas y
-demás pegando sobre el basto. Estos cañones, cómodos y pequeños, se
-componen de dos piezas que se unen en el momento de usarlos, pudiendo
-así llevarse fácilmente, por las montañas, donde los mulos hallen un
-sendero, por lo cual prestan grandes servicios en todos los países en
-que abundan las rocas[12].
-
-Venía detrás del mulo un camello cuyas enormes y blancas patas se
-hundían y resbalaban en el barro, mientras su cuello se balanceaba,
-dirigiéndose hacia todos lados como el de una gallina perdida.
-Afortunadamente conocía yo lo bastante el lenguaje de los animales (no
-el de los salvajes, por supuesto, sino el de los que se hallan en los
-campamentos, que había aprendido de los indígenas), para saber lo que
-decía entonces.
-
-Debía de ser el mismo que entró en mi tienda, porque le gritó al mulo:
-
---¿Qué haré? ¿Á dónde iré? Me he peleado con una cosa blanca que
-se movía, y la cosa cogió un palo y me pegó un golpe en el cuello.
-(Referíase al palo roto de mi tienda, y yo me alegré mucho de oirlo).
-¿Seguiremos corriendo?
-
---¡Ah! ¿Sois tú y tus amigos los que habéis venido á turbar la
-tranquilidad del campamento? Perfectamente. Ya te lo pagarán con una
-paliza en cuanto se haga de día; pero, de todos modos, voy á darte yo
-algo á cuenta.
-
-Oí entonces el ruido de los arreos al retroceder el mulo, y el camello
-recibió un par de coces en las costillas, que resonaron como un tambor.
-
---Otra vez, dijo el mulo, lo pensarás mejor antes de pasar corriendo
-por entre una batería, de noche, y como si gritaras: ¡ladrones! ¡fuego!
-Échate y no muevas más ese estúpido cuello.
-
-Doblóse el camello como suelen hacerlo éstos, en forma de escuadra, y
-se echó dando gemidos.
-
-Oyóse acompasado ruido de cascos en medio de la obscuridad, y un
-gran caballo de los del ejército se acercó galopando con la misma
-regularidad que si estuviera en una parada, saltó por encima de una
-cureña y se paró junto al mulo.
-
---¡Eso es una vergüenza! exclamó, dando resoplidos. Ya han empezado
-esos camellos á meter bulla por entre nuestras filas... y es la tercera
-vez en lo que va de semana. ¿Cómo puede conservarse bien un caballo si
-no le dejan dormir por la noche?... ¿Quién anda por ahí?
-
---Soy el mulo que lleva la pieza de culata del cañón número dos de la
-primera batería de montaña, dijo el mulo, y aquel es uno de vuestros
-amigos. También á mí me ha despertado. ¿Quién sois vos?
-
---El número quince, compañía _E_, del noveno de lanceros... Soy el
-caballo de Dick Cunliffe. Echaos un poco hacia allá. Así.
-
---¡Oh! ¡Mil perdones! contestó el mulo. Está tan obscuro que no se
-distingue casi nada. Yo me marché de mi fila para ver si aquí podía
-tener un poco de paz y de tranquilidad.
-
---Señores míos, dijo el camello humildemente, tuvimos esta noche una
-pesadilla que nos atemorizó muchísimo. Yo no soy más que uno de los
-camellos de carga del treinta y nueve de la infantería indígena, y no
-tengo el valor que poseéis vosotros, señores míos.
-
---Entonces, ¿por qué demonio no te quedas en tu sitio y llevas el
-bagaje del treinta y nueve de la infantería indígena, en vez de estar
-corriendo por todo el campamento? repuso el mulo.
-
---¡Es que la pesadilla era tan horrible! Yo siento lo ocurrido. Pero,
-¡escuchad! ¿Qué es eso? ¿Empezaremos á correr otra vez?
-
---¡Échate! dijo el mulo, ó si no vas á romperte esas piernas tan
-largas, tropezando con los cañones. Enderezó una de las orejas y púsose
-á escuchar, ¡Bueyes! exclamó. Los bueyes que arrastran los cañones.
-¡Por vida de!... que entre tú y tus amigos habéis despertado á todo
-el campamento. Se necesita alborotar mucho para lograr que uno de los
-bueyes de las baterías se levante.
-
-Oí una cadena que se arrastraba por el suelo, y una de las parejas
-de enormes y tercos bueyes blancos que arrastran los pesados cañones
-de sitio cuando los elefantes no se atreven á acercarse ya más á los
-fuegos del enemigo, llegó, empujando el hombro uno contra otro; y,
-casi pisando la cadena, venía también un mulo de los de las baterías,
-llamando á grandes voces á Billy.
-
---Este es uno de nuestros reclutas, dijo el mulo viejo al caballo. Me
-está llamando. ¡Aquí estoy, muchacho! ¡Basta de chillar! La obscuridad
-no hizo nunca daño á nadie.
-
-Echáronse juntos los bueyes y comenzaron á rumiar; pero el mulo joven
-se precipitó junto á Billy.
-
---¡Qué cosas! exclamó. ¡Qué horribles y espantables cosas, Billy!
-Viniéronse á nuestras filas mientras estábamos durmiendo. ¿Crees que
-nos matarán?
-
---¡Me están dando unas ganas de largarte una coz de padre y señor mío!
-¡Mira que ocurrírsele á un mulo de tu estampa, y tan bien enseñado como
-tú, venir á deshonrar la batería delante de estos caballeros!...
-
---¡Poco á poco! dijo el caballo. Acordaos de que, al principio,
-todos son siempre así. La primera vez que yo ví á un hombre (era en
-Australia, cuando tenía tres años de edad), estuve corriendo por
-espacio de medio día, y, si hubiera visto un camello, estaría corriendo
-aún á estas horas.
-
-Casi todos los caballos que sirven para la caballería inglesa en la
-India son llevados allí desde Australia, y domados por los mismos
-soldados.
-
---¡Verdad es! asintió Billy. No tiembles más, muchacho. La primera vez
-que me enjaezaron á mí por completo, con todas las cadenas colgándome
-desde la espalda, me puse en dos pies, los delanteros, y á coces lo
-hice todo pedazos. No sabía aún entonces la verdadera ciencia de
-cocear; pero cuantos formaban parte de la batería dijeron que no habían
-visto nunca cosa semejante.
-
---Pero lo que se oía ahora no era ruido de arreos ni retintín alguno,
-dijo el muleto. Ya sabes que esto no me impresiona ya. Eran cosas
-parecidas á árboles, y caían por entre las filas burbujeando; y á mí se
-me rompió el cabestro, y no pudiendo hallar ni al que me cuidaba ni á
-tí, Billy, me escapé con... con estos caballeros.
-
---¡Je! exclamó Billy. Yo, en cuanto oí que los camellos se habían
-soltado, me fuí por mi cuenta, sin alborotar. Cuando un mulo de una
-batería... de una batería de cañones de montaña... llama caballeros á
-los bueyes que arrastran cañones de la otra clase, es preciso que esté
-bajo el peso de profunda emoción. ¿Quién sois vosotros, buena gente,
-que estáis ahí echados?
-
-Dejaron de rumiar los bueyes por un momento, y contestaron á la vez:
-
---La séptima pareja del primer cañón de la batería de los grandes.
-Estábamos durmiendo cuando llegaron los camellos; pero, al sentir que
-nos pisoteaban, levantámonos y nos fuimos. Más vale tenderse en paz
-sobre el barro que sentir que le molestan á uno estando sobre un buen
-lecho. Á tu amigo, que está aquí presente, le dijimos que no había para
-qué asustarse; pero sabe tanto que opinó todo lo contrario. ¡Bueno!
-
-Y continuaron rumiando.
-
---Ahí tienes lo que pasa cuando se tiene miedo. Se burlan de tí hasta
-los bueyes que arrastran los cañones. Me parece que estarás satisfecho,
-muchacho.
-
-El muleto rechinó los dientes, y oí que algo decía sobre el poco miedo
-que le inspiraban todos los cochinos bueyes de este mundo, todos esos
-montones de carne; pero los bueyes no hicieron más que chocar los
-cuernos, uno contra otro, y seguir rumiando.
-
---No vengas ahora á incomodarte después de haber tenido miedo: mira
-que es ésta la peor clase de cobardía, dijo el caballo. Á cualquiera
-puede perdonársele el azorarse un poco de noche (ó al menos así lo creo
-yo), cuando ve cosas que le parecen incomprensibles. Nosotros (los
-cuatrocientos cincuenta que somos), hemos roto innumerables veces las
-ataduras que nos retenían á las estacas, sólo porque algún _recluta_
-venía á contarnos cuentos de látigos que se habían vuelto serpientes,
-allá en su tierra, en Australia, y, después de oirlo, nos asustaban
-horriblemente hasta los colgantes cabos de nuestros cabestros.
-
---Todo esto está muy bien en el campamento, afirmó Billy. Yo mismo
-confieso que siento ganas de salir escapado, sólo por el gusto de
-hacerlo, cuando he estado sin andar uno ó dos días; pero ¿qué es lo que
-vos hacéis cuando estáis en servicio activo?
-
---¡Ah! Eso es harina de otro costal, dijo el caballo. Entonces llevo
-encima á Dick Cunliffe, y él me aprieta las rodillas á los lados,
-reduciéndose cuanto he de hacer á mirar bien donde pongo los pies,
-conservar las patas traseras dobladas bajo el cuerpo, y obedecer al
-freno.
-
---Y ¿qué es obedecer al freno? preguntó el muleto.
-
---¡Por los gomeros azules de mi tierra! relinchó el caballo. ¿Acaso
-no te enseñan á tí también eso en el oficio que tú desempeñas? ¿Cómo
-puedes hacer nada si no sabes volverte en redondo, de pronto, al sentir
-que te aprietan la rienda sobre el cuello? Para el hombre que va
-contigo es cuestión de vida ó muerte, y, por supuesto, también lo es
-para tí. Da la vuelta sobre las patas traseras, bien recogidas, en el
-mismo momento en que sientas la rienda sobre el pescuezo. Si no tienes
-sitio para revolverte bien, levántate de manos, y gira, entonces, sobre
-los cuartos posteriores. Esto es lo que se llama obedecer al freno.
-
---Á nosotros no nos enseñan así, dijo Billy, el mulo, con gran
-frialdad. Lo que aprendemos es á acatar las órdenes del hombre que
-nos guía: dar un paso hacia aquí ó hacia allí, según él nos mande. Al
-fin, creo que todo será, poco más ó menos, lo mismo. Pero con tanta
-fantasía, y tanto empinarse, lo que debe de ser muy malo para vuestros
-corvejones ¿queréis decirme qué es lo que _realmente_ hacéis?
-
---Eso es según los casos, dijo el caballo. Generalmente tengo que
-ir entre una infinidad de hombres desgreñados, que gritan y llevan
-cuchillos (unos cuchillos largos y brillantes, peores que los del
-albeitar) y he de atender á que la bota de Dick toque exactamente la
-del hombre que está á su lado; pero sin apretarla. Veo la lanza de
-Dick cerca de mi ojo derecho, y sé, entonces, que no hay cuidado. No
-quisiera ser del hombre ó del caballo que se nos pusiera delante, á
-Dick y á mí, cuando tenemos prisa.
-
---¿Y los cuchillos no hacen daño? preguntó el muleto.
-
---Te diré... á mí me hirieron una vez en el pecho; pero no fué culpa de
-Dick.
-
---¡Poco me importaría á mí de quien era la culpa si me hirieran!
-exclamó el muleto.
-
---Pues ha de importarte, contestó el caballo. Para no tener confianza
-en _tu hombre_, tanto da que te escapes de una vez. Esto es lo que
-hacen algunos de nuestros caballos, y yo me guardaré de censurarlos.
-Como decía, la culpa no fué de Dick. Había un hombre tendido en el
-suelo, y yo me alargué cuanto pude para no pisarlo; pero él me tiró un
-tajo. Otra vez que haya de pasar sobre un hombre tendré buen cuidado de
-pisarlo... y apretaré de firme.
-
---¡Je! dijo Billy, todo eso son locuras. Los cuchillos son siempre una
-cosa muy fea. Lo bonito es encaramarse por una montaña, bien ensillado,
-agarrarse fuerte, con las cuatro patas y hasta con las orejas, y
-trepar, arrastrarse, moverse de todas las maneras posibles, hasta que
-se llega á algunas docenas de metros por encima de la altura á que
-cualquiera otro pueda hallarse, sobre un reborde del terreno en que no
-hay más sitio que el preciso para poner los cascos. Entonces te paras,
-te estás quieto (no le pidas nunca á ningún hombre que te tenga del
-cabestro), te estás quieto mientras ponen en orden los cañones, y,
-luego, miras como las bombas, que parecen diminutas adormideras, caen
-entre las copas de los árboles, allá abajo, lejos, muy lejos.
-
---¿Y no dáis nunca un paso en falso? preguntó el caballo.
-
---Dicen que cuando un mulo lo dé será cuando pueda rasgársele una
-oreja á una gallina, contestó Billy. Alguna vez que otra, _acaso_, por
-culpa de un basto mal puesto, podrá caerse un mulo; pero ocurre esto
-rarísimas veces. Quisiera poderos enseñar cómo trabajamos. Es cosa
-hermosísima. ¡Con decir que me costó tres años el llegar á adivinar
-para qué teníamos hombres que nos dirigieran!... Toda la ciencia
-consiste en procurar que el cuerpo no se destaque como una mancha
-contra el cielo, porque, de no hacerlo así, serviría uno de blanco y
-podrían tirarle. Acuérdate de esto, muchacho. Escóndete siempre tanto
-como puedas, aunque para ello tengas que dar un rodeo de un cuarto de
-legua. Yo soy el que dirige la batería cuando hay que hacer alguna de
-esas ascensiones.
-
---¡Que le tiren á uno, sin dejarle siquiera la posibilidad de arrojarse
-sobre el que dispara! dijo el caballo, profundamente pensativo. ¡No
-podría sufrir yo eso! ¡Me moriría de ganas de atacar, junto con Dick!
-
---¡Ca! ¡No lo creáis! Ya sabemos nosotros que, en cuanto estén
-colocados todos los cañones, ellos serán los que se encarguen del
-ataque. Esto es científico y elegante; pero los cuchillos... ¡qué asco!
-
-Rato hacía que el camello estaba balanceando la cabeza con el vivo
-deseo de meter baza en la conversación. Al fin, le oí decir, mientras
-carraspeaba nerviosamente:
-
---Yo... yo... yo he entrado también en batalla, más ó menos; pero no
-trepando ni corriendo, como vosotros.
-
---Sin duda. Ahora que hablas de ello, noto que á tí no debieron de
-hacerte ni para trepar ni para correr mucho. Bueno, vamos á ver, ¿cómo
-fué eso, costal de paja.
-
---Fué... como debe ser: nos echamos todos...
-
---¡Por vida de mi pretal y mi grupera! dijo entre dientes el caballo...
-¿Os echasteis?...
-
---Nos echamos... y éramos cien... siguió diciendo
-
-[Ilustración] el camello, formando un gran cuadro, después de lo cual
-amontonaron los hombres nuestros fardos y sillas, fuera del cuadro, y
-pusiéronse á disparar, por encima de nosotros, desde los cuatro lados á
-la vez.
-
---¿Qué clase de hombres eran? ¿Los primeros transeuntes...? preguntó el
-caballo. Enséñannos también, en la escuela de equitación, á tendernos y
-dejar que nuestros amos disparen por encima de nosotros; pero el único
-hombre á quien le permitiría yo hacer eso es Dick Cunliffe. Me molesta,
-haciéndome cosquillas junto á la cincha, y, además, con la cabeza en el
-suelo no puedo ver nada.
-
---¿Y qué importa quién es el que dispara por encima de uno? dijo el
-camello. Infinidad de hombres y de camellos tiene uno al lado, é
-infinidad de nubes de humo también. Entonces no tengo yo miedo. Me
-estoy quieto y espero.
-
---Y, sin embargo, repuso Billy, tienes pesadillas por la noche y
-alborotas todo el campamento. ¡Vaya! ¡Vaya! Antes de que yo me
-tendiera (nada digo ya de echarme á medias), y le permitiera á ningún
-hombre disparar por encima de mí, mis patas y su cabeza me parece que
-trabarían conocimiento. ¿Cuando oyó nadie cosa tan horrible como ésta?
-
-Reinó largo silencio. Al cabo, uno de los bueyes levantó la enorme
-cabeza y dijo:
-
---Todo eso es verdaderamente absurdo. No hay más que un modo de entrar
-en lucha.
-
---¡Ah! ¡Vamos! ¡Sigue, sigue! contestó Billy. No hagas caso de que
-esté yo delante. ¡Hazme este favor! Supongo que vosotros, buena gente,
-tomáis parte en el combate sosteniéndoos sobre la punta del rabo.
-
---No hay más que un modo, repitieron ambos á la vez. (De fijo que eran
-gemelos). Y el modo es éste: uncirnos, las veinte parejas que formamos
-nosotros, al cañón grande, en cuanto empieza á tocar la trompa _El de
-las dos colas_. (_El de las dos colas_ es, en el lenguaje vulgar de los
-campamentos, el elefante).
-
---¿Y por qué toca él la trompa? preguntó el muleto.
-
---Para significar que no quiere ya acercarse más al humo que hay
-del lado de allá. _El de las dos colas_ es un grandísimo cobarde.
-Entonces empujamos todos juntos el cañón grande... _¡Heya! ¡Hullah!
-¡Heeyah! ¡Hullah!_ Lo que es _nosotros_ no nos encaramamos como
-gatos ni corremos como terneros. Atravesamos la llanura, la tierra
-nivelada, veinte parejas de frente, hasta que nos desuncen de nuevo, y,
-entonces... á pacer, mientras los cañones grandes tienen la palabra, y
-se la dirigen, á través del llano, á alguna ciudad de paredes de tapia,
-las cuales van cayendo en grandes pedazos, y nubes de polvo se elevan
-por el aire como al regresar de innumerables rebaños.
-
---¡Ah! ¿Y aquel es el momento que aprovecháis vosotros para pacer? dijo
-el muleto.
-
---Aquel, ó cualquier otro. El comer siempre es agradable. Nosotros
-vamos comiendo, hasta que nos uncen de nuevo, y arrastramos otra vez
-el cañón hacia donde _El de las dos colas_ está esperándolo. Hay, á
-veces, en la ciudad, cañones de grandes dimensiones que contestan á los
-nuestros y matan á algunos de nosotros; pero así es más abundante el
-pasto para los que quedan. Eso es cosa del Destino... Nada más que del
-Destino. Pero sea como fuere, _El de las dos colas_ es un grandísimo
-cobarde. Ese es el verdadero modo de combatir. Nosotros dos somos
-hermanos, somos hijos de Hapur. Nuestro padre era uno de los bueyes
-sagrados de Siva. Hemos dicho.
-
---¡Bueno! En verdad que algo he aprendido esta noche, afirmó el
-caballo. ¿Y vosotros, caballeros de la batería de cañones de montaña,
-también os sentís en disposición de comer cuando los cañones disparan
-contra vosotros y tenéis á retaguardia al _de las dos colas_?
-
---Tan poco, casi, como pocas son las ganas que tenemos de echarnos y de
-dejar que los hombres se tiendan sobre nosotros, ó bien de lanzarnos
-sobre gentes que empuñan cuchillos. Jamás oí semejantes simplezas. El
-borde de un precipicio en una montaña; una carga en que el peso esté
-bien distribuído; un mozo de quien pueda uno estar seguro de que le
-dejará ir por donde quiera... dénme eso y cuenten conmigo; pero lo que
-es lo demás... no, dijo Billy pegando en el suelo una patada.
-
---Por supuesto, contestó el caballo, no todos somos de la misma pasta,
-y bien adivino que á vuestra familia, por la línea paterna, debía de
-costarle mucho el entender ciertas cosas.
-
---Dejad tranquila á mi familia y á su línea paterna dijo Billy
-incomodado (porque no hay mulo al cual no le disguste el que le
-recuerden que su padre era un asno). Fué mi padre un caballero del Sur,
-y podía, si se le antojaba, derribar, morder, y reducir á piltrafas,
-de puro darle de coces, á cualquier caballo que se le atravesara en el
-camino. ¡Tenlo presente, gran _Brumby_!
-
-Significa _Brumby_ un caballo salvaje, sin crianza. Imaginad lo que
-sentiría el noble bruto, vencedor en las carreras, que se oyera tratar
-de acémila por uno que arrastrara un carro, y tendréis idea de la
-impresión que recibiría en aquel momento el caballo australiano. Ví
-como el blanco de los ojos le brillaba en la sombra.
-
---Mira, hijo de un borrico traído de Málaga, exclamó, apretando los
-dientes, voy á tener que enseñarte que yo desciendo por la línea
-materna de Carbine, la que ganó la _copa de Melbourne_; y que en
-mi tierra no estamos acostumbrados á dejarnos pisotear por un mulo,
-que, si charla como un loro, tiene tanta cabeza como un cerdo, y
-que no pertenece más que á una batería de cerbatanas para jugar los
-chiquillos. ¡Ponte en guardia!
-
---¡Y tú en dos pies! chilló Billy.
-
-Hiciéronlo así ambos, puestos frente á frente, y ya esperaba yo asistir
-á una furiosa lucha, cuando, en medio de la obscuridad, y en dirección
-hacia la derecha, oyóse una voz gutural y profunda que decía:
-
---Pero, hijos, y ¿por qué os peleáis ahora? Estaos quietos.
-
-Bajaron las patas ambos animales con un ronquido de disgusto, porque no
-hay caballo ni mulo alguno que pueda sufrir la voz del elefante.
-
---¡Es _El de las dos colas_! dijo el primero. ¡No puedo resistirlo!
-¡Una cola á cada extremo! ¡Eso no es jugar limpio!
-
---Es lo que yo pienso, contestó Billy, apretándose contra el caballo
-para sentirse más acompañado. En ciertas cosas nos parecemos bastante.
-
---Las habremos heredado de nuestras madres, dijo el caballo. ¡Vaya! No
-vale la pena de que nos peleemos. ¡Eh, tú! _¡Dos colas!_ ¿Estás atado?
-
---Sí, contestó el interpelado con una risa que parecía írsele subiendo
-trompa arriba. Estoy sujeto para toda la noche. Ya he oído lo que
-habéis estado hablando. Pero no tengáis miedo: no voy á acercarme.
-
-Los bueyes y el camello dijeron entonces, casi en alta voz:
-
---¡Tenerle miedo al _de las dos colas_! ¡Qué bobería!
-
-Y los bueyes prosiguieron:
-
---Sentimos que lo hayas oído; pero es la verdad. Dínos, _Dos colas_,
-¿por qué les temes á los cañones cuando disparan?
-
---Veréis... dijo _El de las dos colas_, frotando una de sus patas
-traseras contra la otra, ni más ni menos que lo que suele hacer con las
-piernas un chico que recita unos versos: no estoy muy seguro de que me
-entendáis si os lo explico.
-
---No, no lo entenderemos; pero ello es que tenemos que arrastrar los
-cañones, dijeron los bueyes.
-
---Sí, ya lo sé. Y también sé que sois mucho más valientes de lo que os
-figuráis. Pero yo soy distinto. El capitán de mi batería me llamó, uno
-de estos días, _anacronismo paquidermatoso_.
-
---Esto será otra nueva manera de combatir, supongo yo; dijo Billy que
-empezaba á recobrar el uso de sus facultades.
-
---Tú no sabes lo que eso significa, por supuesto; pero yo sí. Significa
-una cosa que está entre dos aguas, ó entre dos luces, indecisa, y
-así estoy yo, precisamente. Yo veo claro dentro de mi cabeza lo que
-ocurrirá cuando reviente una bomba, y vosotros, bueyes, no podéis verlo.
-
---Pues yo sí puedo, dijo el caballo. Por lo menos, en parte. Y hago
-todo lo posible para no pensar en ello.
-
---Yo alcanzo á verlo mejor que tú, y ¡vaya si lo pienso!... Sé que hay
-en mí un buen corpachón que cuidar, y sé también que nadie sabe cómo
-curarme cuando estoy enfermo. Todo lo más que hacen es quitarle el
-salario á mi cornaca hasta que vuelvo á estar bien, y lo que es en él
-ninguna confianza puedo yo tener.
-
---¡Ah! contestó el caballo. Ahí está la clave de todo. Yo puedo fiarme
-de Dick.
-
---Pues lo que es á mí, podrías ponerme encima todo un regimiento de
-Dicks sin que me encontrara poco ni mucho mejor. Sé lo suficiente para
-no hallarme muy á gusto, y no lo necesario para seguir adelante, á
-pesar de todo.
-
---No lo entendemos, dijeron los bueyes.
-
---Ya sé que no. No es á vosotros á quienes me dirijo. Vosotros no
-sabéis lo que es sangre.
-
---Pues lo sabemos. Es una cosa roja á la que chupa la tierra, y que
-huele.
-
-El caballo dió una coz, un salto y relinchó.
-
---No me habléis de eso, dijo. Me parece que la estoy oliendo ahora,
-con sólo imaginármela. Me da ganas de correr... cuando no llevo á Dick
-montado sobre mí.
-
---¡Pero si aquí no la hay! dijeron el camello y los bueyes. ¡No seas
-tan tonto!
-
---¡Es vil cosa!... dijo Billy. Á mí no me da ganas de correr; pero no
-quiero hablar de ella.
-
---¡Esa es la fija! exclamó _El de las dos colas_, moviendo la suya como
-para explicar mejor sus palabras.
-
---Sí, sin duda. Pero los fijos somos nosotros que hemos estado aquí
-toda la noche, dijeron los bueyes.
-
-_El de las dos colas_ dió una patada en el suelo, haciendo resonar su
-anillo de hierro.
-
---No os hablo á _vosotros_, dijo. No podéis ver lo que pasa dentro de
-vuestra cabeza.
-
---No. No vemos más que lo que pasa fuera, y cuatro ojos tenemos para
-ello. No vemos más que lo que está delante de nosotros.
-
---Si yo pudiera limitarme á hacer esto, no se os necesitaría á vosotros
-para que arrastrarais los cañones de grandes dimensiones. Si fuera
-como mi capitán (que ve las cosas en su cabeza antes de que empiece el
-fuego, y tiembla todo él, pero sabe demasiado para que se le ocurra
-la idea de escaparse), si yo fuera como él, entonces sí que podría
-arrastrar los cañones. Pero á ser tan sabio, no estaría, tampoco, aquí.
-Sería rey en la selva, como fuí en otro tiempo, durmiendo durante la
-mitad del día, y bañándome siempre que se me antojara. Hace un mes que
-no he podido bañarme á gusto.
-
---Muy bonito es todo eso, dijo Billy, pero el darle á las cosas
-rimbombantes nombres no las mejora en lo más mínimo.
-
---¡Chitón! contestó el caballo. Yo creo que entiendo lo que quiere
-decir _Dos colas_.
-
---Me entenderás de aquí á un instante, dijo este último de mal humor.
-¡Á ver! ¿Quieres explicarme por qué á tí no te gusta esto?
-
-Y comenzó entonces á hacer sonar furiosamente su trompa.
-
---¡Basta! ¡Basta! ¡Calla! exclamaron Billy y el caballo al mismo tiempo.
-
-Yo oí como pateaban y temblaban, porque el trompeteo de un elefante es
-siempre desagradable, y sobre todo de noche.
-
---¡No quiero callar! dijo _El de las dos colas_. ¿Me haréis ahora el
-favor de explicarme esto? _¡Rrrumf! ¡Rrrert! ¡Rrrumf! ¡Rrrah!_ Paróse,
-luego, de pronto, y pude yo oir en medio de la obscuridad algo que se
-quejaba, algo que pronto adiviné ser Vixen, que me había hallado, al
-fin. Sabía ella, tan bien como yo, que á nada teme tanto un elefante
-como á un perrito que ladra; por lo cual se paró, para molestar al
-_de las dos colas_, en el sitio donde estaba atado, y allí se estuvo
-ladrando entre sus enormes pies. _Dos colas_ se agitó, queriendo huir,
-y comenzó á chillar.
-
---¡Márchate, perro! exclamó. No me vengas á oler los zancajos si no
-quieres recibir una patada. ¡Perrito bueno... perrito mono! ¡Vete!
-¡Anda á tu casa, maldito animal que no para de ladrar! Pero ¿por qué no
-lo apartan de ahí? ¡Va á acabar por morderme!
-
---Paréceme, dijo Billy dirigiéndose al caballo, que nuestro amigo _Dos
-colas_ tiene miedo de infinidad de cosas. Si á mí me dieran un buen
-pienso por cada perro que he lanzado, de una coz, al otro lado del
-campo de maniobras, estaría casi tan gordo como _Dos colas_.
-
-Dí un silbido, y Vixen vino corriendo hacia mí, llena de barro toda
-ella, me lamió la nariz y contóme un larguísimo relato de sus aventuras
-en el campamento, mientras iba en mi busca. Nunca le había dicho que
-entendiera el lenguaje de los animales, porque, de lo contrario, se
-habría tomado conmigo toda clase de libertades. Así, pues, me contenté
-con ponérmela sobre el pecho, abotonando por encima de ella mi
-sobretodo, y _El de las colas_ se movió cuanto quiso, pateó y gruñó,
-solo ya.
-
---¡Cosa más rara! dijo. ¡Es extraordinario! Viene ya de familia. Pero
-¡á ver! ¿dónde se ha metido ahora aquel diablo de animalejo?
-
-Oíle que iba tanteando con la trompa.
-
---De uno ú otro modo, todos parecemos tener algún punto flaco,
-prosiguió, soplando para limpiarse la nariz. Ustedes, caballeros, se
-alarmaron un poco, me parece, cuando oyeron el sonido de mi trompa
-¿verdad?
-
---Alarmarnos, precisamente, no; pero á mí me causó la impresión de que
-me picaban algunos tábanos en el sitio en que otras veces llevo la
-silla. No vuelvas á empezar.
-
---Á mí me da miedo un perrito, y al camello que ahí está le asustan las
-pesadillas que tiene por la noche.
-
---¡Fortuna que no tenemos que combatir todos del mismo modo! dijo el
-caballo.
-
---Lo que yo quisiera saber, observó el mulo, que había estado callado
-durante largo tiempo, lo que yo quisiera saber es por qué tenemos que
-combatir, sea del modo que fuere.
-
---Porque nos lo mandan, dijo el caballo con un ronquido de desprecio.
-
---Una orden que nos dan, añadió el mulo. Y rechinó los dientes al
-decirlo.
-
---_¡Hukm hai!_ (es una orden), dijo el camello con un ruido gutural, y
-_Dos colas_ y los bueyes repitieron _¡Hukm hai!_
-
---Sí; pero ¿quién es que da las órdenes, dijo, entonces, el muleto, el
-recluta.
-
---El hombre que va á tu lado... ó se te sienta encima... ó sostiene
-la cuerda que te atan á la nariz... ó te retuerce la cola... dijeron,
-sucesivamente, Billy, el caballo, el camello y los bueyes.
-
---Pero ¿quién les da á ellos las órdenes?
-
---Eso es querer saber demasiado, joven, dijo Billy, y es exponerse á
-recibir una coz. Tú no has de hacer más que obedecer al hombre que te
-guía, y no meterte á preguntar nada.
-
---Tiene razón, dijo _El de las dos colas_. Yo no siempre puedo
-obedecer, porque estoy como entre la espada y la pared; pero ello es
-que Billy tiene razón. Obedece al hombre que tienes al lado y que te da
-la orden, ó, de lo contrario, toda la batería tendrá que pararse por tu
-culpa; esto sin contar la paliza que te llevarás.
-
-Levantáronse los bueyes para marcharse.
-
---La mañana se acerca, dijeron. Nos volvemos á nuestros puestos. Es
-cierto que nosotros no vemos más que con los ojos, y que no nos pasamos
-de listos; pero, así y todo, somos, esta noche, los únicos que no hemos
-tenido miedo. ¡Buenas noches, valientes!
-
-Nadie contestó, y el caballo dijo, entonces, para mudar de conversación:
-
---¿Dónde está el perrito aquel? Un perro significa siempre que no anda
-lejos un hombre.
-
---Aquí estoy, ladró Vixen... bajo la cureña, con mi amo. ¡Como tú,
-camello, gran bestia, atolondrado, fuíste y nos echaste á rodar la
-tienda!... Mi amo está muy incomodado contigo.
-
---¡Psché! dijeron los bueyes. ¡Debe de ser un blanco!
-
---Por supuesto que sí. Pues ¿qué os figuráis? ¿Que á mí me cuida algún
-boyero negro?
-
---_¡Huah! ¡Ouach! ¡Ug!_ dijeron los bueyes. Vámonos pronto.
-
-Lanzáronse por entre el barro, y con tan poco acierto que, sin saber
-como, metieron por el yugo que llevaban la lanza de un carro de
-municiones y se quedaron allí cogidos.
-
---Os habéis lucido, dijo con gran calma Billy. No forcejéis. Aquí os
-toca estar hasta que se haga de día. Pero ¿qué diablos os pasa ahora?
-
-Lanzaron los bueyes aquellos largos y silbantes ronquidos que suele dar
-el ganado en India, y empujáronse, chocaron uno contra otro, dieron
-vueltas, patearon, resbalaron, y casi cayeron en el barro, gruñendo con
-salvaje furia.
-
---Mirad que vais á romperos el pescuezo, dijo el caballo. ¿Qué tenéis
-con los hombres blancos? Yo vivo con ellos.
-
---¡Se... nos... comen! ¡Tira! ¡Tira! contestó el buey que más cerca
-estaba. Saltó á pedazos el yugo, y ellos marcháronse juntos, andando
-pesadamente.
-
-Hasta entonces no supe por qué el ganado indio le teme tanto á los
-ingleses: nosotros comemos buey, (cosa á la que nunca toca allí un
-boyero), y, por supuesto, al ganado no le gusta eso.
-
---Que me azoten con las mismas cadenas de mi basto si podía yo pensar
-que dos enormes pedazos de carne como ésos iban á perder la cabeza de
-tal modo, dijo Billy.
-
---No importa. Yo voy á ver á ese hombre. Sé que la mayor parte de los
-blancos llevan cosas en los bolsillos.
-
---Pues entonces te dejo. No soy muy aficionado á ellos. Por otra parte,
-hombres blancos que no tengan un sitio en que dormir es casi seguro
-que serán ladrones, y yo llevo encima una parte, bastante regular, de
-propiedad del Gobierno. Ven, muchacho: vámonos á nuestros puestos.
-¡Buenas noches, Australia! Supongo que nos encontraremos mañana en
-la parada. ¡Buenas noches, costal de paja, y procura dominar un poco
-tus impresiones! ¿eh? ¡Buenas noches, _Dos colas_! Si nos encontramos
-mañana en el campo de maniobras no vayas á hacer sonar la trompa. Nos
-desbaratarías todas las filas.
-
-Marchóse Billy, el mulo, renqueando un poco y balanceándose con el
-aire de un veterano, mientras la cabeza del caballo venía á oliscar
-en mi pecho. Dile bizcochos, y Vixen, que es una de las perritas más
-vanidosas que he visto, le contó infinidad de mentiras sobre las
-docenas de caballos que entre ella y yo poseíamos.
-
---Mañana iré á ver la parada en mi carruaje, en mi _dog-cart_, dijo.
-¿Dónde estaréis?
-
---Á la izquierda del segundo escuadrón. Yo marco el paso para toda mi
-compañía, damisela, dijo él muy cortesmente. Pero tengo que volver á
-donde está Dick. Mi cola está hecha una lástima de barro, y lo menos,
-trabajando mucho, necesitará él dos horas para ponerme en disposición
-de ir á la parada.
-
-Ésta, la gran parada de treinta mil hombres, verificóse aquella tarde,
-y en ella Vixen y yo ocupamos excelente sitio, junto al Virrey y el
-Emir del Afganistán, el cual llevaba su alto y enorme gorro negro de
-astracán con la gran estrella de diamantes en el centro. Todo sol fué
-la primera parte de la revista. Los regimientos fueron desfilando como
-oleadas de piernas que se movieran todas á la vez, y como multitud de
-fusiles puestos en línea, hasta que, al fin, los ojos se nos iban ya
-al mirarlos. Entonces llegó la caballería, al compás de la hermosa
-música para medio galope llamada _Bonnie Dundee_, y Vixen enderezó una
-de sus orejas, allá en el sitio del _dog-cart_ en que iba sentada. El
-segundo escuadrón de lanceros pasó rápidamente, y allí estaba nuestro
-caballo, con la cola como seda acabada de hilar; la cabeza inclinada
-sobre el pecho; una oreja hacia delante y otra hacia atrás; marcando el
-compás para todo el escuadrón; moviendo las piernas con tanta suavidad
-como se mueven las notas de un vals. Vinieron, luego, los cañones de
-grandes dimensiones, y ví al _de las dos colas_, y á dos elefantes más,
-enganchados en fila á un cañón de sitio de los de cuarenta, mientras
-veinte parejas de bueyes caminaban detrás. La séptima pareja llevaba un
-yugo nuevo, y parecía estar cansada, moverse con cierta dificultad. Al
-fin venían los cañones de montaña, y Billy, el mulo, iba como si fuera
-él quien tuviera el mando de todas las tropas, llevando los arreos tan
-limpios y relucientes, gracias á una capa de aceite, que despedían luz.
-En mi interior llegué yo á vitorear á Billy, el mulo; pero él no se
-dignó mirar á derecha ni á izquierda.
-
-Comenzó á llover de nuevo, y, durante algún tiempo, la neblina impidió
-ver lo que las tropas hacían. Habían formado un gran semicírculo en la
-llanura, y se desplegaban, luego, en línea recta. Fué creciendo ésta,
-creciendo, creciendo, hasta que llegó á ocupar cerca de un cuarto
-de legua desde una á otra ala, formando como sólido muro de hombres,
-caballos y cañones. Dirigióse, entonces, hacia el Virrey y el Emir, y,
-al estar cerca, la tierra empezó á temblar como la cubierta de un vapor
-que va á toda máquina.
-
-Á no haberlo visto allí mismo, no podréis nunca formaros idea del
-pavoroso efecto que causa ese firme avance de tropas hacia los
-espectadores, aún cuando saben éstos que aquello no es más que una
-parada. Miré al Emir. Hasta entonces no había dado muestras de
-sentir el menor asombro, ni nada; pero, en aquel instante, sus ojos
-comenzaron á agrandarse, más y más cada vez, y, echando mano á las
-riendas de su caballo, miró hacia atrás. Pareció, por un momento, que
-iba á desenvainar el sable y á abrirse paso por entre los ingleses é
-inglesas que ocupaban los carruajes colocados detrás de él. Luego,
-el avance paró de pronto; la tierra quedó quieta; la línea entera
-saludó; y treinta bandas de música rompieron á tocar. Era esto el final
-de la revista, y los regimientos volviéronse, bajo la lluvia, á sus
-campamentos, mientras una banda de infantería tocaba:
-
- De dos en dos los animales
- ¡Hurra!
- de dos en dos iban marchando,
- así elefantes como mulas...
- ¡y se metieron en el Arca
- para guardarse de la lluvia!
-
-Entonces oí como uno de los jefes asiáticos, de larga y entrecana
-cabellera, que había venido junto con el Emir, hacía algunas preguntas
-á un oficial indígena.
-
---Ahora, dijo, explicadme por qué medios ha podido llevarse á cabo tan
-sorprendente cosa.
-
-Y contestó el oficial:
-
---Dióse una orden, y la obedecieron.
-
---Pero ¿es que tanto saben los animales como los hombres? dijo el jefe.
-
---Ellos obedecen, del mismo modo que los hombres. El mulo, el caballo,
-el elefante, el buey, obedecen al que los guía, y éste á su sargento,
-y el sargento al teniente, y el teniente al capitán, y el capitán al
-_mayor_[13], y el _mayor_ al coronel, y el coronel al brigadier al
-mando de tres regimientos, y el brigadier al general, el cual, por su
-parte, obedece al Virrey, que es servidor de la Emperatriz. Así es como
-se hace esto.
-
---¡Ojalá sucediera lo mismo en el Afganistán! dijo el jefe, porque lo
-que es allí no obedecemos á nadie más que á nuestra propia voluntad.
-
---Y por esta razón, dijo el oficial indígena retorciéndose el bigote,
-vuestro Emir, al cual no obedecéis, tiene que venir aquí y recibir
-órdenes de nuestro Virrey.
-
-[Ilustración]
-
-
- =Canción de los animales del campamento al reunirse en la parada=
-
- Los elefantes que arrastran los cañones
-
- Un Hércules hicimos de Alejandro
- con nuestra habilidad, con nuestra fuerza;
- desde entonces, al yugo sometidos,
- no levantamos, libres, la cabeza.
- ¡Paso! ¡Dejadles paso á los cañones,
- á los grandes cañones de cuarenta!
-
-
- Los bueyes
-
- Esos héroes de arreos ostentosos
- ante una bala de cañón ¡bien tiemblan!
- ¡Son demasiado sabios! Á nosotros
- nos toca entrar entonces en escena...
- ¡Paso! ¡Dejad que pasen las diez yuntas
- de los grandes cañones de cuarenta!
-
-
- Los caballos
-
- ¡Por la señal que el hierro nos dejara
- que la marcha mejor es esta nuestra,
- la de húsares, dragones y lanceros,
- la de _Bonnie Dundee_, que tan bien suena!
-
- Dadnos pienso, domadnos y pulidnos,
- dadnos buenos ginetes y ancha tierra,
- tocad _Bonnie Dundee_... y allá volando
- van nuestros escuadrones en hileras.
-
-
- Los mulos de las baterías de montaña
-
- Al ir subiendo montaña arriba
- por el atajo lleno de piedras
- bien forcejeamos; pero ¡no importa!
- ¡Subir! ¡Qué gozo! ¡Nos sobran piernas!
-
- Bendito, entonces, cada sargento
- que á gusto y solos marchar nos deja,
- maldito el torpe que no ha sabido
- la carga atarnos, que á un lado cuelga.
-
- Porque nosotros por las montañas
- mejor subimos que otro cualquiera:
- las altas cumbres ¡oh! ¡qué delicia!
- para ganarlas nos sobran piernas.
-
-
- Los camellos
-
- Nosotros no tenemos
- canción que llamar nuestra
- podamos y en la marcha
- á reanimarnos venga,
- mas hacen nuestros cuellos
- de trompas y ¡bien suenan!
- ¡Ra-ta-ta-ta-! Marchando
- nuestra canción es ésta:
-
- ¡Sí! ¡No! ¡Sí! ¡No! ¡No quiero!
- ¡Sí! ¡No! No puedo ¡ea!
- Que toda nuestra fila
- repítalo con fuerza.
-
- Cayó de uno la carga
- (¡así la mía fuera!)
- Parémonos gritando:
- _¡Urr! ¡Yarr!_... Á alguien golpean.
-
-
- Todos los animales juntos
-
- Los hijos del campamento
- somos todos: los que llevan
- el yugo, basto ó arreos,
- los que ante la aijada tiemblan.
-
- ¡Mirad sobre la llanura
- nuestra fila que semeja
- una maniota doblada
- que barre el suelo en que rueda!
-
- Entre tanto, polvorientos,
- callados, á nuestra vera
- van los hombres... y no hay nadie
- que por qué marchamos sepa.
-
- Los hijos del campamento
- somos todos: los que llevan
- el yugo, basto ó arreos,
- los que ante la aijada tiemblan.
-
- [Ilustración]
-
-
- NOTAS:
-
-[12] En países generalmente llanos, como Inglaterra, el lector no está
-tan acostumbrado como nosotros á ver cañones de montaña.--N. DEL T.
-
-[13] Cargo del ejército inglés, inferior al de teniente coronel, pero
-superior al de capitán. N. del T.
-
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- DE CÓMO VINO EL MIEDO
-
- Seco el arroyo, la laguna seca,
- tú y yo somos hermanos;
- confundidos nos ven estas orillas,
- febril la boca, polvoriento el flanco,
- sin pensar en la caza,
- y por igual temor paralizados.
-
- Junto á su madre, el cervatillo puede
- tímido ver al lobo demacrado;
- sin miedo, los colmillos
- que á su padre mataron mira el gamo.
-
- Secos los charcos, los arroyos secos,
- tú y yo somos hermanos,
- hasta que alguna nube á romper venga
- la gran «tregua del agua» que observamos,
- y nos mande la lluvia
- y con ella la caza, nuestro encanto.
-
-
-La Ley de la Selva (que es la más antigua ley del mundo) ha previsto
-casi todos los casos que á su Pueblo pudieran presentarse, de tal
-suerte que constituye hoy un código tan cercano á la perfección como
-el tiempo y la costumbre pueden llegar á hacerlo. Si habéis leído las
-anteriores narraciones relativas á Mowgli, recordaréis que pasó éste
-gran parte de su vida en la manada de lobos de Seeonee, aprendiendo
-la Ley con Baloo, el oso pardo; y el mismo Baloo fué quien le dijo,
-cuando el muchacho empezó á impacientarse con tanto recibir órdenes
-constantemente, que la Ley era como la Enredadera Gigante, porque
-alcanza á todas las espaldas, y no hay una que pueda escaparse de que
-sobre ella caiga.
-
---Cuando hayas vivido tanto como yo, Hermanito, verás que toda la Selva
-obedece, cuando menos, á una Ley, dijo Baloo. Y no te parecerá esto muy
-agradable, añadió.
-
-Entróle esta conversación al chico por un oído y le salió por el otro,
-porque al muchacho que pasa su vida entre comer y dormir pocos cuidados
-le inspiran todas las demás cosas, hasta que llega la hora de tener que
-mirarlas cara á cara. Pero hubo un año en que resultó que las palabras
-de Baloo eran exactísimas: entonces pudo ver Mowgli á toda la Selva
-bajo el poder de la Ley.
-
-Comenzó á ocurrir esto cuando las lluvias del invierno faltaron casi
-por completo, y cuando Ikki, el puerco espín, hallando á Mowgli entre
-unos bambúes, le dijo que las batatas silvestres se secaban. Ahora
-bien: todo el mundo sabe que Ikki es lo más ridículamente escrupuloso
-que darse pueda en punto á escoger lo que come, y sólo elige las cosas
-mejores y más en sazón. Así, pues, Mowgli se rió y le dijo:
-
---¿Á mí qué me importa de eso?
-
---_Por ahora_, no mucho, contestó Ikki, haciendo sonar sus púas muy
-estirado y violento; pero lo que es más tarde, veremos. ¿Sigues aún
-dando chapuzones en la laguna que hay en la roca, allá en las Peñas de
-las Abejas, Hermanito?
-
---No. El agua es tan tonta que se va marchando, y no tengo ganas de
-romperme la cabeza, dijo Mowgli, que en aquella época creía saber
-tanto como cinco juntos de cuantos formaban el Pueblo de la Selva.
-
---Pues todo eso te pierdes. Si te la rompieras un poco, quizá por la
-abertura te entraría algo de juicio.
-
-Echó á correr Ikki, bajando la cabeza para que Mowgli no le estirara
-las cerdas del hocico, y el muchacho le contó luego á Baloo lo que
-aquél había dicho. Púsose el oso muy serio, y murmuró entre dientes:
-
---Si estuviera solo cambiaría ahora de cazadero, antes de que
-empezaran los demás á cavilar. Sin embargo, el cazar en país forastero
-acaba siempre en lucha, y bien podría ser que le hicieran daño al
-Hombre-cachorro. Hay que esperar y ver cómo florece el _mohwa_.
-
-Aquella primavera, el árbol de _mohwa_, al que tanto cariño tenía
-Baloo, no floreció. Los verdosos, lácteos capullos, semejantes á la
-cera, murieron antes de nacer, á consecuencia del calor, y sólo algunos
-mal olientes pétalos cayeron cuando él sacudió el árbol, puesto en dos
-patas contra el tronco. Luego, el incesante calor fué entrando, pulgada
-á pulgada, en el corazón de la Selva, volviéndolo todo amarillo,
-primero, de color de tierra, después, y, por fin, negro. La maleza que
-crecía á los lados de los torrentes fué secándose hasta convertirse en
-algo semejante á rotos alambres, y en enroscadas fibras de una materia
-muerta; las escondidas lagunas fueron perdiendo gradualmente el agua
-y se quedaron llenas de barro, conservando en los bordes hasta la más
-leve huella, como si hubiera sido vaciada en un molde de hierro; las
-enredaderas de jugoso tronco cayeron de los árboles desde los cuales
-colgaban, y se murieron al pie de ellos; los bambúes se secaron,
-produciendo agudo ruido cuando el viento caliente soplaba; y el musgo
-comenzó á morirse, dejando desnudas las rocas, hasta en el corazón
-de la Selva, tanto que quedaron peladas y ardientes como los azules
-guijarros que centelleaban en los cauces.
-
-Desde los comienzos del año los pájaros y los monos emigraron hacia el
-Norte, porque sabían lo que iba á venir; y el ciervo y el jabalí se
-internaron por entre los muertos campos de los aldeanos, muriéndose
-ellos también, algunas veces, á la vista de los hombres, que se
-hallaban demasiado débiles para matarlos. Chil, el milano, quedóse, y
-con ello tuvo ocasión de engordarse, porque hubo carroña para él en
-abundancia, y cada tarde les llevaba la noticia á las fieras, cuya
-postración impedía que buscaran nuevos cazaderos, de que el sol estaba
-matando á toda la Selva en una extensión de tres días de estar volando,
-desde allí, en todas direcciones.
-
-Mowgli, que nunca había sabido lo que significaba el tener hambre de
-veras, tuvo que echar mano de miel vieja, de tres años, raspada de
-abandonadas colmenas hechas en la roca... miel negra como la endrina
-y espolvoreada toda ella con azúcar seco. Dedicóse también á cazar
-gusanillos de los que taladran la corteza de los árboles, y les robó no
-pocas veces á las avispas sus avisperos. Toda la caza que había en la
-Selva no era más que piel y huesos, y Bagheera mataba tres veces en una
-sola noche sin llegar á obtener apenas lo que necesitaba para saciar su
-apetito. Pero lo peor de todo era la falta de agua, porque aunque el
-Pueblo de la Selva bebe raras veces, ha de beber, sin embargo, en gran
-cantidad cada vez.
-
-Y el calor fué siguiendo, y secó toda humedad, hasta que, al fin,
-el álveo del rio Wainganga fué el único sitio por donde pasara un
-hilillo de agua entre las muertas márgenes; y cuando Hathi, el
-elefante salvaje, que puede vivir hasta cien años ó más, vió un largo,
-descarnado y azul banco de piedra asomar, completamente seco, en el
-centro mismo de la corriente, comprendió que aparecía ante su vista la
-Peña de la Paz, y, de cuando en cuando, levantó la trompa y proclamó
-la Tregua del Agua, como su padre la había proclamado antes que él,
-cincuenta años atrás. El ciervo, el jabalí y el búfalo hicieron
-coro con ronca voz; y Chil, el milano, voló en todas direcciones,
-describiendo círculos, silbando y chillando, para extender la noticia.
-
-Según la Ley de la Selva, se castiga con pena de muerte al que mata en
-los sitios destinados á beber, desde el momento en que la Tregua del
-Agua ha sido proclamada. La razón que para esto hay es que el beber
-es antes que el comer. Cualquiera puede ir pasando en la Selva, más
-ó menos bien, cuando sólo es la caza lo que escasea; pero el agua es
-el agua, y cuando no hay más que un manantial donde pueda obtenerse,
-toda caza queda suspendida, mientras el Pueblo de la Selva tenga que
-ir allí por necesidad. En las estaciones buenas, cuando el agua era
-abundante, los que iban á beber al río Wainganga (ó á cualquier otro
-sitio, que para el caso era lo mismo), lo verificaban arriesgando la
-vida, y este riesgo contribuía, en no pequeña parte, al atractivo de
-las excursiones nocturnas. Moverse con tal habilidad que ni una hoja
-temblara al paso; cruzar á vado, hundiéndose hasta la rodilla, en los
-sitios en que el agua es baja y cuyo ruido apaga todo otro rumor;
-beber, mirando hacia atrás por encima de un hombro, con cada músculo
-pronto para dar el primer desesperado salto de loco terror; revolcarse
-sobre la arena de la orilla y regresar después, con el hocico húmedo y
-bien repleto el vientre, á la manada que os admira... todo eso, para el
-gamo joven y dotado de buenos cuernos, era cosa deliciosa, precisamente
-porque todos sabían que, cuando menos pensaran, Bagheera ó Shere
-Khan se lanzarían, acaso, sobre ellos y les quitarían la vida. Pero,
-ahora, todo ese juego, que podía ser mortal, había terminado: el Pueblo
-de la Selva llegaba, hambriento y triste, al río cuyo cauce parecía
-haberse encogido, y el tigre, el oso, el ciervo, el búfalo, el jabalí,
-todos juntos, bebían en las sucias aguas y se quedaban allí mismo, sin
-fuerzas para moverse.
-
-Yendo de un lado á otro habían estado todo el día, en busca de algo
-mejor que cortezas secas y hojas muertas, el ciervo y el jabalí.
-Los búfalos no hallaron ni lodazales en que refrescarse, ni verdes
-sembrados en que entrar á saco. Abandonaron la Selva las serpientes
-y descendieron al río, con la esperanza de encontrar allí alguna
-rana perdida. Enroscábanse en torno de alguna piedra húmeda, y ni
-hacían frente al jabalí cuando el hocico de éste iba á sacarlas de su
-sitio. Las tortugas de río, tiempo hacía que habían sido exterminadas
-por Bagheera, cazadora habilísima, y los peces se habían enterrado
-profundamente ellos mismos en el seco barro. Sólo la Peña de la Paz se
-extendía á través del agua poco profunda, como si fuera larga sierpe,
-y las leves, fatigadas ondulaciones de la corriente, silbaban al dar
-contra sus cálidos costados y evaporarse.
-
-Allí iba cada noche Mowgli en busca de fresco y de compañía. El
-más hambriento de todos sus enemigos apenas hubiera hecho caso,
-entonces, del muchacho. Su desnuda piel le hacía parecer aun más
-flaco y miserable que ninguno de sus compañeros. El cabello habíasele
-descolorido, con el sol, hasta parecer estopa; destacábansele las
-costillas como si fueran los mimbres de un cesto, y los bultos que le
-habían crecido en las rodillas y en los codos, por la costumbre de
-arrastrarlos por el suelo caminando á gatas, daban á sus reducidos
-miembros el aspecto de manojos de yerbas trenzadas. Pero, bajo aquella
-melena enredada y como entretejida, veíanse unos ojos fríos, reposados,
-porque Bagheera, que era su consejera en aquellos tristes días, le
-advirtió que anduviera calmosamente, cazara despacio, y nunca, por
-ningún motivo, se incomodara.
-
---Malos tiempos son éstos, dijo la pantera negra una noche en que el
-calor era como el de un horno; pero ya pasarán, si no nos morimos
-antes. ¿Te has llenado el estómago, hombrecito?
-
---Algo metí en él; pero no me aprovecha. ¿No te parece, Bagheera, que
-las lluvias se han olvidado de nosotros y que no volverán ya más?
-
---¡No! Aún veremos florecer el _mohwa_, y engordarse los cervatos con
-la yerba fresca. Vente á la Peña de la Paz á saber noticias. Súbete á
-mi espalda, Hermanito.
-
---No es ésta época de cargar pesos. Aún puedo tenerme en pie sin que me
-ayuden; pero la verdad es que ni tú ni yo nos parecemos, por lo gordos,
-á los bueyes bien cebados.
-
---Miróse Bagheera los costados, verdaderos harapos cubiertos de polvo,
-y murmuró:
-
---Ayer noche maté un buey uncido al yugo. Tan pocas fuerzas me quedaban
-que creo que no me hubiera atrevido á saltarle encima si le hubiese
-visto en libertad. _¡Wou!_
-
-Mowgli se rió y dijo:
-
---Sí, buen par de cazadores estamos ahora tú y yo. Yo soy audacísimo
-para comer gusanillos. Y ambos se fueron, á través de la crujiente
-maleza, hacia la orilla del río, junto á la labor de encaje que
-formaban los montones de arena que, por todos lados, habían salido de
-él.
-
---El agua no puede ya durar mucho, dijo Baloo juntándose á ellos. Mirad
-hacia allá. Al otro lado se ven hileras de huellas que se parecen á
-los caminos que trazan los hombres.
-
-Sobre el llano que se extendía á la orilla opuesta, la yerba, erguida,
-se había muerto, y quedaba como momificada. Las trilladas pistas del
-ciervo y del jabalí, todas en dirección del río, habían rayado la
-descolorida llanura con polvorientas ramblas, abiertas en la yerba de
-tres metros de altura, y, á pesar de ser temprano, cada larga avenida
-estaba ya llena de los que se apresuraban á ser los primeros en llegar
-al agua. Podía oirse á las hembras de los gamos y á los cervatos
-tosiendo, á consecuencia del polvo, del mismo modo que si éste fuera
-rapé.
-
-Río arriba, en la curva que formaba el agua perezosa alrededor de la
-Peña de la Paz, y convertido en Guardián de la Tregua del Agua, estaba
-Hathi, el elefante salvaje, con sus hijos, demacrados, de color gris,
-balanceando el cuerpo á la luz de la luna... siempre balanceándolo.
-Algo más abajo estaba la vanguardia de los ciervos; descendiendo más
-aun, los jabalíes y los búfalos salvajes; y en la orilla opuesta,
-donde los árboles llegaban hasta tocar el agua, estaba el sitio aparte
-destinado á los carnívoros: el tigre, los lobos, la pantera, el oso, y
-los demás.
-
---En verdad que estamos bajo el peso de una sola Ley, dijo Bagheera,
-vadeando la corriente y mirando hacia las filas de cuernos, que
-chocaban unos con otros, y á los inquietos ojos que se veían en el
-lugar donde ciervos y jabalíes se empujaban. ¡Buena suerte á todos
-los de mi sangre, añadió, tendiéndose cuan larga era, con uno de sus
-costados fuera del agua, y luego entre dientes:
-
---¡Buena suerte sería la del que pudiera cazar aquí, á no ser por eso
-que se llama la Ley!
-
-Al oído finísimo de los ciervos no se escaparon las últimas palabras,
-y rumor de azoramiento corrió á lo largo de las filas.
-
---¡La Tregua! ¡Acuérdate de la Tregua! exclamaron.
-
---¡Orden, orden! dijo con voz gutural Hathi, el elefante salvaje. La
-Tregua subsiste, Bagheera. No es ésta ocasión de hablar de caza.
-
---Nadie lo sabe mejor que yo, contestó Bagheera, dirigiendo sus miradas
-río arriba. No devoro más que tortugas... no soy más que una pescadora
-de ranas. _¡Ñaayah!_ ¡Quisiera poder alimentarme únicamente de ramas!
-
---También nosotros quisiéramos que lo hicieras, y mucho que nos
-gustaría, dijo, balando, un cervato nacido aquella misma primavera, y
-al cual Bagheera no le caía en gracia. Por muy abatido que estuviera el
-Pueblo de la Selva, nadie, ni aun el mismo Hathi, pudo menos de reirse
-con disimulo, mientras Mowgli, echado de codos sobre el agua, que
-estaba caliente, soltaba la carcajada y golpeaba la espuma con los pies.
-
---¡Bien has hablado, cornamenta en capullo! murmuró Bagheera. Cuando
-haya terminado la Tregua se te tendrá esto en cuenta.
-
-Y le clavó los ojos, á través de las sombras, para tener la seguridad
-de reconocer al cervato.
-
-Poco á poco la conversación se fué generalizando por todos lados en los
-sitios destinados á beber. Podía oirse al quisquilloso jabalí pedir
-con sus sordos ronquidos que le dejaran mayor espacio; á los búfalos
-gruñendo entre ellos, al andar al sesgo por los bancos de arena; á los
-ciervos contando lastimosos cuentos de sus largas y fatigosas caminatas
-en busca de comida. De cuando en cuando, dirigían alguna pregunta, en
-demanda de noticias, á los carnívoros que estaban al otro lado del río;
-pero las noticias eran siempre malas, y el bramador viento caliente
-de la Selva iba y venía por entre las rocas y las zumbantes ramas,
-esparciendo pedazos de las más jóvenes y polvo por encima del agua.
-
---También los hombres se mueren junto á sus arados, dijo un _sambhur_
-joven. Yo he encontrado á tres, entre la hora del crepúsculo y la
-noche. Estaban tendidos, completamente quietos, y sus bueyes con ellos,
-á su lado. Así estaremos nosotros, bien quietos y tendidos, dentro de
-poco.
-
---El río ha bajado desde ayer noche, dijo Baloo. Hathi ¿has visto nunca
-sequía como ésta?
-
---Ya pasará, ya pasará, contestó Hathi, lanzando agua al aire para que
-le cayera sobre la espalda y costados.
-
---Tenemos aquí alguien que no podrá resistir mucho tiempo, observó
-Baloo, y al decirlo miró en dirección del muchacho á quien tanto quería.
-
---¿Quién? ¿Yo? dijo indignado Mowgli, sentándose sobre el agua. Yo no
-tengo largo pelo con que cubrir mis huesos; pero... pero ¿y si se te
-quitara á tí la piel, Baloo?
-
-Hathi tembló nada más que de pensarlo, y Baloo dijo con aire severo:
-
---Hombrecito, eso no está bien que se lo digas á un Maestro de la Ley.
-_Nunca_ me ha visto nadie sin piel.
-
---Bien, yo no quise decir nada malo, Baloo; sino únicamente que tú
-eres, por decirlo así, como un coco con cáscara, y yo soy como uno que
-no la tuviera. Ahora bien, esa cáscara parda que tú tienes...
-
-Estaba Mowgli sentado con las piernas cruzadas, razonando, como
-de costumbre, con el índice levantado, cuando, de pronto, alargó
-suavemente Bagheera una pata, y lo tiró de espaldas en el agua.
-
---Vamos de mal en peor, dijo la pantera negra al levantarse el
-muchacho farfullando algunas palabras. Primero, que hay que quitarle la
-piel á Baloo; luego, que es un coco... Pues mira, cuida que no haga él
-lo que hacen los cocos maduros.
-
---Y ¿qué es eso? preguntó Mowgli, á quien por un momento cogió
-distraído la advertencia y no la comprendió, aunque era uno de los más
-hábiles adivinadores de la Selva.
-
---Romperte la cabeza, contestó suavemente Bagheera, dándole otro
-empujón.
-
---No está bien que bromees á costa de tu maestro, dijo el oso, á la
-tercera vez de ir á parar Mowgli bajo el agua.
-
---¡No está bien! Pues ¿qué quisieras? Esa cosa desnuda, que anda
-corriendo siempre de aquí para allá, bromea, como los monos, con los
-que un tiempo fueron buenos cazadores, y nos tira de los bigotes, por
-juego, á los mejores de entre nosotros.
-
-Quien así hablaba era Shere Khan, el tigre cojo, que descendía hacia
-el agua. Quedóse plantado un momento para disfrutar con la impresión
-que su vista producía á los ciervos al otro lado del río, y, luego,
-dejó caer la cuadrada cabeza llena de arrugas, comenzó á beber á
-lengüetadas, y refunfuñó:
-
---La Selva se ha convertido ahora en criadero de cachorros desnudos.
-¡Mírame, hombrecito!
-
-Miró Mowgli, clavó los ojos, mejor dicho, con el aire más insolente
-que le fué posible, y, al cabo de un instante, Shere Khan volvióse con
-visible malestar.
-
---¡Hombrecito por aquí... hombrecito por allá!... rugió sordamente,
-mientras seguía bebiendo. ¡Ea! El cachorro ese no es ni hombre ni
-cachorro, porque, de lo contrario, hubiera tenido miedo. En la estación
-próxima tendré yo que pedirle permiso para que me deje beber. _¡Augr!_
-
---Bien podría ser que ocurriera esto, dijo Bagheera mirándole fijamente
-en los ojos. Bien podría ser. ¡Fú! ¡Shere Khan! ¿Qué abominable cosa es
-ésa que ahí nos traes?
-
-Había el tigre cojo hundido la barba y la quijada en el agua, y
-oscuras, oleosas rayas flotaban, á partir de donde él bebía, siguiendo
-corriente abajo.
-
---¡Un hombre! dijo fríamente Shere Khan. Hace una hora que maté á un
-hombre.
-
-Y siguió murmurando y rugiendo entre dientes.
-
-Toda la fila de animales se estremeció, moviéndose presa de agitación,
-y por ella comenzó á correr un murmullo que, al fin, se convirtió en
-grito:
-
---¡Un hombre! ¡Un hombre! ¡Ha matado á un hombre!
-
-Entonces, miraron todos hacia Hathi, el elefante salvaje; pero él
-parecía, en aquel momento, no oir. Nunca hace nada Hathi hasta que
-llega la hora, y ésta es una de las razones de que su vida sea tan
-larga.
-
---¡Matar á un hombre en esta estación! ¿Es que no tenías otra caza á
-mano? exclamó Bagheera, saliendo del agua teñida de rojo y sacudiéndose
-cada pata, como un gato, al salir.
-
---Maté por gusto, no porque necesitara carne.
-
-Comenzó nuevamente el murmullo de horror, y el vigilante ojillo blanco
-de Hathi miró en dirección de Shere Khan.
-
---Por gusto, repitió lentamente Shere Khan. Y ahora vengo á beber y á
-limpiarme. ¿Hay alguien que se oponga á ello?
-
-La espalda de Bagheera comenzó á encorvarse como un bambú cuando sopla
-fuerte viento; pero Hathi levantó la trompa y habló con calma.
-
---¿Has matado por gusto? preguntó. Y, cuando Hathi pregunta algo, lo
-mejor que puede hacerse es contestarle.
-
---Eso es. Tenía derecho á hacerlo, porque esta noche es _mía_. Tú lo
-sabes, Hathi.
-
-Shere Khan hablaba casi cortesmente.
-
---Sí, ya sé, contestó Hathi. Y, después de breve silencio, añadió:
-
---¿Has bebido todo lo que necesitabas?
-
---Por esta noche sí.
-
---Pues, márchate. El río es para beber, y no para ensuciarlo. Nadie más
-que el Tigre Cojo hubiera hecho gala de su derecho en esta estación en
-que... en que sufrimos todos... tanto los hombres como el Pueblo de la
-Selva. Limpio ó sucio ¡vuélvete á tu cubil, Shere Khan!
-
-Las últimas palabras resonaron como si fueran trompetas de plata, y
-los tres hijos de Hathi se adelantaron cosa de un paso, aunque ninguna
-necesidad hubiera de ello. Escurrióse Shere Khan sin atreverse ni á
-dar siquiera un gruñido, porque bien sabía lo que para nadie es cosa
-ignorada: que en último resultado el amo de la Selva es Hathi.
-
---¿Qué derecho es ese de que habla Shere Khan? murmuró Mowgli al oído
-de Bagheera. Matar á un hombre es _siempre_ cosa vergonzosa. La Ley lo
-prescribe así. Y, sin embargo, dice Hathi...
-
---Pregúntaselo á él. Yo no lo sé Hermanito. Pero tenga ó no derecho, á
-no haber hablado Hathi ya le habría dado yo á ese carnicero cojo una
-lección. Venir á la Peña de la Paz poco después de matar á un hombre...
-y luego hacer gala de ello... eso es acción digna sólo de un chacal. Y
-además ha venido á ensuciar el agua.
-
-Esperó Mowgli un minuto para darse ánimo, porque nadie se atrevía á
-hablar á Hathi directamente, y luego gritó:
-
---¿Cuál es el derecho que tiene Shere Khan, Hathi?
-
-En ambas orillas hallaron eco sus palabras, porque el Pueblo de la
-Selva es curiosísimo, y acababan de presenciar algo que nadie, excepto
-Baloo, muy pensativo entonces, parecía entender.
-
---Es una antigua historia, dijo Hathi; una historia más vieja que la
-Selva. Callaos todos, en ésta y la otra orilla, y yo os la contaré.
-
-Hubo uno ó dos minutos de barullo, pues los jabalíes y los búfalos
-se empujaban unos á otros, y, al fin, los que dirigían las manadas
-gruñeron, sucesivamente:
-
---Estamos esperando.
-
-Hathi se adelantó, metiéndose, casi hasta las rodillas, en la laguna
-que se formaba junto á la Peña de la Paz.
-
-Flaco y arrugado, como estaba, y con los colmillos amarillentos, su
-aspecto era, sin embargo, el que le correspondía: el del amo de la
-Selva, lo que todos sabían que era.
-
---«Bien sabéis, hijos míos, comenzó, que, de todas las cosas, la que
-más teméis es el hombre».
-
-Oyóse un murmullo de aprobación.
-
---Este cuento reza contigo, Hermanito, dijo Bagheera á Mowgli.
-
---¿Conmigo? Yo pertenezco á la manada... soy un cazador del Pueblo
-Libre, contestó Mowgli. ¿Qué tengo yo que ver con los hombres?
-
---«¿Y no sabéis por qué le tenéis miedo al Hombre? continuó Hathi. Pues
-he aquí la razón: en el principio de la Selva, y nadie sabe cuando fué
-esto, los que de ella formábamos parte, andábamos juntos, sin sentir
-ningún temor unos de otros. En aquellos tiempos no había sequías, y
-hojas, flores y frutos crecían en el mismo árbol, no comiendo nosotros
-nada más que hojas, flores, yerbas, frutos y cortezas».
-
- [Ilustración]
-
---Me alegro de no haber nacido en aquellos tiempos, dijo Bagheera. Las
-cortezas no sirven más que para afilar las garras en ellas.
-
---«Y el Señor de la Selva era Tha, el primer elefante. Él sacó á la
-Selva de las profundas aguas con su trompa; y, donde él trazó surcos
-en la tierra con sus colmillos, allí corren los ríos; y, donde él pegó
-con el pie, allí brotaron manantiales de agua potable; y cuando él hizo
-sonar la trompa... así... cayeron los árboles. De este modo fué hecha
-la Selva por Tha; y de esta suerte me contaron á mí el cuento».
-
---Pues no ha perdido nada en el tamaño al pasar de boca en boca,
-murmuró Bagheera, y Mowgli se tapó la cara con la mano para que no le
-vieran reir.
-
---«En aquellos tiempos no había trigo, ni melones, ni pimienta, ni
-cañas de azúcar, ni había tampoco chozas como las que todos vosotros
-habéis visto, y el Pueblo de la Selva no sabía una palabra del Hombre,
-y vivía en común, formando un solo pueblo. Pero, á poco empezaron las
-disputas por la comida, aunque hubiera pastos suficientes para todos.
-Eran unos holgazanes. Cada uno de ellos quería comer donde estaba
-echado, como, á veces, podemos hacer nosotros cuando las lluvias de
-la primavera son abundantes. Tha, el primer elefante, andaba ocupado
-creando nuevas selvas y encauzando ríos. No podía estar en todas
-partes, y, así, nombró al primer tigre dueño y juez de la Selva, con la
-obligación de que dirimiera todas las cuestiones que el Pueblo tenía
-el deber de someter á su juicio. En aquellos tiempos el primer tigre
-comía fruta y yerba, como todos los demás. Tenía igual tamaño que yo
-y era hermosísimo, todo él del color de las flores de _la enredadera
-amarilla_. No había rayas en su piel, en aquellos felices tiempos en
-que la Selva era joven. El Pueblo de la Selva en masa acudió ante él
-sin ningún temor, y su palabra era para todos la Ley. Acordaos de que
-os he dicho que no formábamos entonces más que un sólo pueblo.
-
-Pero una noche hubo una disputa entre dos gamos (una pendencia por
-cuestión de pastos, como las que hoy solventáis con los cuernos y las
-patas), y dicen que, al hablar, ambos á la vez, ante el primer tigre,
-que estaba echado entre las flores, uno de los gamos le empujó con los
-cuernos, y el primer tigre se olvidó entonces de que era el dueño y el
-juez de la Selva, y, saltando sobre el gamo, le rompió el pescuezo.
-
-Hasta aquella noche, ninguno de nosotros había muerto, y el primer
-tigre, al ver lo que había hecho, y enloquecido por el olor de la
-sangre, huyó hacia los pantanos del Norte, y nosotros, los de la Selva,
-al quedarnos sin juez, dimos en luchar unos con otros, y Tha que oyó
-el ruido, volvió entonces. Dijímosle unos esto, y otros lo otro; pero
-él vió al gamo muerto entre las flores, y preguntó quién lo había
-matado, y nosotros, los de la Selva, no quisimos decírselo, porque el
-olor de la sangre nos había enloquecido también. Corrimos de un lado
-á otro formando círculos, brincando, dando gritos y sacudiendo la
-cabeza. Entonces Tha dió á los árboles que tenían ramas bajas y á las
-enredaderas de la Selva la orden de que marcaran al matador del gamo de
-modo que él pudiera reconocerlo, y añadió:
-
---¿Quién quiere ser, ahora, dueño del Pueblo de la Selva?
-
-Saltó en seguida el mono gris, que vive entre las ramas, y dijo:
-
---Yo quiero ser dueño de la Selva.
-
-Rióse Tha al oirlo, y contestó:
-
---Así sea.
-
-Después de lo cual marchóse de muy mal humor.
-
-Hijos míos, ya conocéis al mono gris. Era entonces lo que es ahora. Al
-principio tuvo toda la compostura de un sabio; pero, al cabo de poco
-tiempo, comenzó á rascarse y á saltar, y, cuando Tha volvió, hallóle
-colgando, cabeza abajo, de una rama, burlándose de los que estaban en
-el suelo, y éstos, á su vez, se burlaban de él. Así pues, no había Ley
-en la Selva... sino únicamente estúpida charla y palabras sin sentido.
-
-Entonces Tha nos llamó á todos y dijo:
-
---El primero de vuestros dueños trajo á la Selva la Muerte, y el
-segundo la Vergüenza. Pues bien: ya es hora de que tengáis una Ley, y
-una Ley á la que no podáis faltar. Ahora conoceréis al Miedo, y, una
-vez lo hayáis conocido, sabréis que él es vuestro amo, y todo lo demás
-vendrá por sí solo. Entonces nosotros, los de la Selva, dijimos:
-
---¿Qué es miedo?
-
-Y Tha contestó:
-
---Buscadlo hasta que lo encontréis.
-
-Fuimos, por lo tanto, de un lado á otro de la Selva buscando al Miedo,
-y de pronto los búfalos...
-
---¡Uf! dijo Mysa, el que dirigía á los búfalos, desde el banco de arena
-en que se hallaban.
-
---«Sí, Mysa, eran los búfalos. Volvieron, pues, con la noticia de que
-en una caverna, en la Selva, estaba sentado el Miedo, y de que no tenía
-pelo en el cuerpo, caminando sólo con las patas posteriores. Entonces,
-nosotros, los de la Selva, seguimos al rebaño hasta llegar á aquella
-caverna, y allí estaba el Miedo, de pie en la entrada, y tenía, como
-habían dicho los búfalos, la piel desnuda de pelo, y caminaba sólo con
-las piernas de atrás. Al vernos gritó, y su voz nos llenó de temor,
-del temor que nos inspira hoy esa voz cuando la oimos, y nosotros,
-entonces, atropellándonos unos á otros y haciéndonos daño, huímos,
-porque teníamos miedo. Aquella noche (así me lo dijeron), los de la
-Selva no nos echamos ya juntos como solíamos, sino que cada tribu
-fué por sí sola... el jabalí con el jabalí, el ciervo con el ciervo;
-cuernos con cuernos, cascos con cascos..., cada uno con su semejante, y
-así se acostaron todos en la selva, presa de agitación.
-
-El único que no estaba con nosotros era el primer tigre, porque se
-ocultaba aún en los pantanos del Norte, y, cuando llegó hasta él el
-rumor de lo que habíamos visto en la caverna, dijo:
-
---Iré á donde está _eso_, y le romperé el cuello.
-
-Corrió, pues, toda la noche hasta llegar á la caverna; pero los árboles
-y las enredaderas que hallaba al paso, recordando la orden que les
-había dado Tha, bajaron sus ramas y tallos y marcaron su piel mientras
-corría, dibujando las huellas de sus dedos en la espalda, costados,
-frente y quijadas del tigre. En cualquier sitio que lo tocaran quedaba
-una mancha y una raya sobre la amarilla piel. _¡Y éstas rayas son las
-que aun hoy llevan sus hijos!_ Cuando llegó á la caverna, el Miedo, _el
-de la piel desnuda_, tendió la mano y le llamó _el rayado, el cazador
-nocturno_, y el primer tigre sintió miedo ante _el de la piel desnuda_,
-y se volvió, rugiendo, á los pantanos».
-
-Al llegar aquí, Mowgli se rió disimuladamente, hundida su barba en el
-agua.
-
---«Tan fuertes eran los rugidos que llegó á oirlos Tha y dijo:
-
---¿Qué desgracia ocurre?
-
-Y el primer tigre, levantando el hocico al cielo, recién hecho entonces
-y tan viejo ahora, dijo:
-
---¡Oh, Tha! Devuélveme mi antiguo poder. Ante toda la Selva me
-avergonzaste, llegué á huir de quien tiene la piel desnuda, y aun me ha
-llamado lo que es para mí un oprobio.
-
---¿Y por qué? dijo Tha.
-
---Porque voy manchado con el fango de los pantanos.
-
---Nada, pues; revuélcate luego sobre la yerba mojada, y, si es fango,
-limpio quedarás de él, dijo Tha. Y el primer tigre nadó, y revolcóse
-cien y cien veces sobre la yerba, hasta que le pareció que la Selva
-comenzaba á dar vueltas y más vueltas ante su vista; pero ni una
-sola rayita de su piel cambió en lo más mínimo, y Tha, que lo estaba
-observando, se rió. Entonces, dijo el primer tigre:
-
---¿Qué he hecho yo para que me ocurra tal cosa?
-
-Á lo que contestó Tha:
-
---Diste muerte á un gamo; con ello tuvo franca entrada en la Selva la
-Muerte, y con la Muerte vino el Miedo, hasta el punto de que las gentes
-de la Selva se temen ya unos á otros, de la propia suerte que le temes
-tú _al de la piel desnuda_.
-
-El primer tigre dijo á esto:
-
---Á mí no me tendrán miedo nunca, porque los conocí desde el principio.
-
-Repuso Tha:
-
---Anda á verlo.
-
-Y el primer tigre corrió de un lado á otro llamando á voces al ciervo,
-al jabalí, al _sambhur_, al puerco espín y á todos los Pueblos de la
-Selva, y todos huyeron de él, que había sido su juez, porque le tenían
-miedo.
-
-Volvióse entonces el primer tigre, vencido su orgullo, y dando de
-cabezadas contra el suelo, desgarró la tierra con sus uñas, replicando:
-
---Acuérdate que hubo un tiempo en que fuí el dueño de la Selva. ¡No me
-olvides, Tha! ¡Permite que mis hijos recuerden que algún día no supe lo
-que era vergüenza, ni lo que era miedo!
-
-Y Tha le contestó:
-
---He aquí lo que por tí haré, porque tú y yo juntos vimos nacer la
-Selva. Por espacio de una noche cada año, las cosas volverán á ser lo
-que fueron antes de que muriera el gamo... y esto no será más que para
-tí y tus hijos. Durante aquella noche, si tropiezas con _el de la piel
-desnuda_ (y su nombre es _el Hombre_) no le temerás tú á él, sino que
-él te temerá á tí, como si tú y los tuyos fuerais jueces de la Selva y
-dueños de todas las cosas. Ten misericordia de él esta noche cuando le
-veas atemorizado, porque también tú conoces al Miedo.
-
-Entonces contestó el primer tigre:
-
---Contento estoy.
-
-Pero cuando, poco después, fué á beber, y vió las rayas negras sobre
-sus costillas é ijadas, cuando se acordó del nombre que _el de la piel
-desnuda_ le había dado, entonces se encolerizó. Durante un año vivió en
-los pantanos, esperando á que Tha cumpliera su promesa. Una noche, al
-fin, cuando _el Chacal de la Luna_ (la estrella vespertina) brilló con
-clara luz sobre la Selva, sintió él que su noche había llegado, y fuése
-á la caverna en busca de _el de la piel desnuda_. Ocurrieron, entonces,
-las cosas como Tha había ofrecido, porque aquél cayó ante la fiera y
-se quedó en el suelo tendido, y el primer tigre le hirió, rompiéndole
-el espinazo, porque creyó que en toda la Selva no había más que uno de
-estos seres, y que matándole á él había dado muerte al Miedo. Entonces,
-mientras olfateaba al muerto, oyó á Tha que descendía de los bosques
-del Norte, y á poco la voz del primer elefante, que es la voz que oimos
-también ahora...»
-
-Retumbaba el trueno por las secas colinas; pero no trajo con él la
-lluvia (sino únicamente relámpagos de calor que temblaban por detrás
-de la cordillera) y Hathi continuó:
-
---«He aquí la voz que oyó, y la voz decía:
-
---¿Es ésta la misericordia que tú muestras?
-
-El primer tigre se relamió contestando:
-
---¿Qué importa? He muerto al Miedo.
-
-Y replicóle Tha:
-
---¡Ah, ciego y loco! Le has quitado á la Muerte las cadenas que
-detenían sus pies, y ella seguirá tus huellas hasta que mueras. Tú
-enseñaste al hombre á matar.
-
-El primer tigre, erguido junto al cadáver, dijo entonces:
-
---Está como estaba el gamo. Ya no existe el Miedo. Ahora juzgaré de
-nuevo á los Pueblos de la Selva.
-
-Mas respondió Tha:
-
---Jamás volverán á buscarte los Pueblos de la Selva. Nunca cruzarán
-tu camino, ni dormirán cerca de tí, ni seguirán tus pasos, ni pacerán
-junto á tu cubil. Sólo el Miedo te seguirá, y con invisibles golpes
-te hará estar á merced suya. Él hará que la tierra se abra bajo tus
-pies; que la enredadera se enrosque á tu cuello; que los troncos de
-los árboles crezcan en grupos frente á tí, á mayor altura de la que
-tú puedes saltar; y, al fin, echará mano de tu piel para envolver á
-sus cachorros cuando tengan frío. Tú no le has tenido misericordia, y
-ninguna, tampoco, te tendrá él á tí.
-
-Sintióse el primer tigre lleno de audacia, porque _su noche_ no había
-pasado aún, y dijo:
-
---Lo prometido es deuda para Tha. ¿Me privará él de mi noche?
-
-Y contestóle Tha:
-
---La noche que te concedí es tuya, como te dije; pero tienes que pagar
-algo por ella. Tú enseñaste al Hombre á matar, y él es discípulo que
-pronto aprende.
-
-Continuó el primer tigre:
-
---Aquí está, bajo mi garra, y con el espinazo roto. Haz saber á la
-Selva que yo maté al Miedo.
-
-Rióse entonces Tha, y dijo:
-
---Has matado á uno de tantos; pero tú mismo se lo contarás á la
-Selva... porque tu noche ha terminado ya.
-
-Entonces se hizo de día, y de la boca de la caverna salió otro de _los
-de la piel desnuda_, vió el cadáver en el camino y al primer tigre
-sobre él, y cogió un bastón puntiagudo...»
-
---Ahora arrojan unas cosas cortantes; dijo Ikki bajando á la orilla y
-haciendo ruido con sus púas, porque Ikki era considerado como manjar
-muy fino por los gondos[14] (que le llamaban _Ho-Iggoo_) y algo sabía
-él del hacha malvada, pequeñita, que hacen girar rápidamente, á través
-de un claro en el bosque, como si fuera un _caballito del diablo_.
-
---«Era un bastón puntiagudo, como los que ponen en el fondo de los
-hoyos que sirven de trampa, dijo Hathi, y arrojándolo hirió al primer
-tigre en el costado. Así, ocurrieron las cosas tal como había dicho
-Tha, porque el tigre fué corriendo por la Selva dando rugidos, hasta
-que logró arrancarse el palo aquel, y todos supieron que _el de la
-piel desnuda_ podía herir á distancia, por lo cual le temieron más
-que antes. Así, también, vino á resultar que el primer tigre enseñó
-_al de la piel desnuda_ á matar (y ya sabéis el daño que ha causado
-esto, desde entonces, á todos nuestros pueblos) por medio de lazos, de
-trampas y de bastones que vuelan, y por medio de la mosca de punzante
-aguijón que sale del humo blanco (Hathi aludía aquí al rifle), y de la
-Flor Roja, que nos obliga á huir hacia el terreno abierto y despejado.
-Y, sin embargo, una noche durante cada año, _el de la piel desnuda_
-teme al tigre, como Tha prometió que sucedería, y nunca la fiera le
-ha dado motivo para perder ese miedo. Donde lo encuentra lo mata,
-acordándose de la vergüenza por que tuvo que pasar el primer tigre.
-Durante el resto del año, el Miedo se pasea por la Selva lo mismo de
-día que de noche».
-
---_¡Ahi! ¡Au!_ dijo el ciervo, pensando en lo que todo esto significaba
-para ellos.
-
---«Y sólo cuando un gran Miedo se cierne sobre todas las cosas, como
-ocurre ahora, podemos los de la Selva dejar á un lado todos nuestros
-temores de poca monta y juntarnos en un mismo sitio, como actualmente
-hacemos».
-
---¿Nada más que durante una noche le tiene miedo el Hombre al Tigre?
-dijo Mowgli.
-
---«Sólo durante una noche, contestó Hathi».
-
---Pero yo... pero vosotros... pero toda la Selva sabe que Shere Khan
-mata hombres dos y tres veces en lo que dura una misma luna.
-
---«Así es. _Entonces_ ataca por la espalda y vuelve la cabeza al
-saltar, porque está lleno de miedo... Si el Hombre llegara á mirarlo,
-el tigre echaría á correr. Pero durante la noche que es _suya_ va á
-cara descubierta hacia el pueblo, se pasea entre las filas de casas
-y asoma la cabeza á las puertas, y los hombres caen entonces de cara
-al suelo y allí es dónde y cuando mata él. Una muerte durante aquella
-noche».
-
---¡Ah! dijo entre sí Mowgli, revolcándose en el agua. _Ahora_ comprendo
-por qué Shere Khan me retó á que le mirara. No ganó mucho con ello,
-porque no pudo resistir mi mirada, y... y yo la verdad es que no caí
-á sus pies. Pero hay que tener en cuenta que yo no soy un hombre, pues
-pertenezco al Pueblo Libre.
-
---¡Je! exclamó Bagheera desde lo más profundo de su garganta. ¿Sabe el
-tigre cual es _su noche_?
-
---«Nunca hasta que el Chacal de la Luna brilla claramente, elevándose
-por encima de la niebla vespertina. Cae á veces en la sequía del verano
-y á veces en la época de las lluvias... esa noche del tigre. Pero, á no
-ser por el primero, nunca hubiera ocurrido nada de eso, ni ninguno de
-nosotros hubiera conocido el miedo».
-
-Gimió tristemente el ciervo, y los labios de Bagheera se movieron para
-sonreir con una sonrisa irónica.
-
---¿Saben los hombres este cuento? preguntó.
-
---«Nadie lo sabía más que los tigres, y nosotros, los elefantes... los
-hijos de Tha. Ahora ya lo sabéis, también, todos los que estáis por ahí
-en las lagunas. _He dicho._»
-
-Hundió Hathi la trompa en el agua, como demostrando que no quería
-hablar más.
-
---Pero... pero... pero... dijo Mowgli, volviéndose hacia Baloo, ¿por
-qué el primer tigre no siguió comiendo yerba, hojas y árboles? Después
-de todo, no hizo más que romperle el pescuezo al gamo: no lo devoró.
-¿Qué es lo que le hizo aficionarse á comer carne caliente?
-
---Los árboles y las enredaderas le llenaron el cuerpo de señales,
-Hermanito, é hicieron de él esa cosa rayada que hoy vemos. Nunca más
-quiso él comer sus frutos, sino que desde aquel día vengó la afrenta en
-el ciervo, y en los demás que son de _los que comen yerba_, contestó
-Baloo.
-
---Pues entonces _tú_ sabías también el cuento ¿eh? ¿Cómo no te lo oí
-nunca?
-
---Porque la Selva está llena de cuentos así. Si empezara á contártelos
-no acabaría nunca. Vamos, suéltame la oreja, Hermanito.
-
- [Ilustración]
-
-
- =La Ley de la Selva=
-
-
-(Sólo con el fin de dar idea de la inmensa variedad de la Ley de la
-Selva he traducido en verso porque Baloo los recitaba siempre como
-una especie de cantinela) algunos de los preceptos relativos á los
-lobos. Por supuesto que existen aún no pocos centenares parecidos; pero
-bastarán éstos como muestra de los más sencillos).
-
- He aquí la Ley que en nuestra Selva rige,
- y que es antigua como el mismo cielo;
- prosperarán los lobos que la cumplan,
- mas aquél que la infrinja será muerto.
-
- Cual planta trepadora envuelve al árbol
- así á todos la Ley nos tiene envueltos;
- porque el lobo da fuerza á la manada,
- mas la manada á él fuerte le ha hecho.
-
- Del hocico á la cola cada día
- lávate, y bebe siempre sin exceso,
- pero no escasamente, y no lo olvides,
- da la noche á la caza, el día al sueño.
-
- Puede el chacal, en busca de despojos
- que el tigre deje, irse tras él hambriento,
- mas tú, lobato, cazador de raza,
- mata, si puedes, por tu cuenta y riesgo.
-
- Con el tigre, y el oso, y la pantera,
- que siempre de la Selva han sido dueños,
- vive en paz, y al buen Hathi no molestes
- ni al feroz jabalí vayas con juegos.
-
- Cuando en la Selva dos manadas chocan
- y un mismo rastro siguen con empeño
- échate y deja que los jefes hablen,
- que así, tal vez, se llegue á algún acuerdo.
-
- Cuando ataques á un lobo, no te batas
- si no está solo y su manada lejos,
- pues si ella se mezclare en vuestra lucha
- disminuirá, sin duda, con los muertos.
-
- Para el lobo el cubil es su refugio,
- es su hogar, y no hay nadie con derecho
- á entrar en él por fuerza, ni aun el Jefe
- de la manada misma, ni el Consejo.
-
- Refugio es el cubil de cada lobo,
- mas, si no supo, cual se debe, hacerlo,
- á buscar otro se verá obligado
- si tal orden recibe del Consejo.
-
- Cuando sin ser aún la media noche
- algo logres matar, mata en silencio,
- para que así los ciervos no despierten...
- y tengan que ayunar tus compañeros.
-
- Para tí y tus cachorros matar puedes
- ó bien para tu hermano, justo es ello;
- mas no mates por gusto, y _nunca, nunca_,
- des caza al Hombre con ningún pretexto.
-
- Si su botín á otro más débil robas
- no pretendas de todo hacerte dueño:
- la manada proteje al más humilde;
- déjale, pues, cabeza y piel, al menos.
-
- Lo que matare la manada, piensa
- que es su comida, y déjala en su puesto:
- nadie puede llevársela á otro sitio,
- y quien tal infringiere será muerto.
-
- Lo que el Lobo mató cómalo el Lobo
- y use de ello á su gusto: es su derecho;
- mas, sin permiso suyo, la manada
- no ha de poder tocarlo ni comerlo.
-
- Derecho del cachorro es el que tiene
- el lobato de un año: cuando ha muerto
- alguien de la manada alguna pieza
- puede hartarse el cachorro, si está hambriento.
-
- Derecho de camada es el que tiene
- la madre, que exigir al compañero
- de su edad misma (y nadie ha de negarlo)
- puede una pierna de lo que haya muerto.
-
- Derecho de caverna es el del padre,
- que es de cazar para los suyos dueño,
- y libre se halla ya de la manada,
- sin más juez de sus actos que el Consejo.
-
- Por su edad y su astucia, por la fuerza
- de su acerada garra, el Lobo viejo,
- el Jefe, es el que en casos no previstos
- á cada cual le fija su derecho.
-
- He aquí de nuestra Ley los numerosos,
- los sabios y muy útiles preceptos;
- mas todo en uno solo se concreta:
- _¡obedece!_ La Ley no es más que esto.
-
- [Ilustración]
-
-
- NOTAS:
-
-[14] Raza de los primeros pobladores del Gondwana, región del Indostán
-central. Son de baja estatura; su nombre significa en sánscrito
-«habitante de las cuevas», y sus armas son el hacha y la lanza. Sus
-sacerdotes suelen ser hechiceros.--N. del T.
-
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- EL MILAGRO DE PURUN BHAGAT
-
- La noche que sentimos
- que iba la tierra á abrirse
- partir de allí le hicimos
- y en pos nuestro venirse,
- porque él logró inspirarnos
- aquel cariño rudo
- que llega á dominarnos
- incomprensible y mudo.
-
- Y cuando el estallido
- se oyó de la montaña,
- y todo hubo caído
- como una lluvia extraña,
- nosotros le salvamos,
- nosotros, pobre gente;
- mas ¡ay! que no le hallamos
- y siempre está ya ausente.
-
- ¡Llorad! Sus salvadores
- nosotros sólo fuimos:
- también aquí hay amores,
- también aquí sentimos;
- mas duerme nuestro hermano
- y no ha de despertarse...
- ¡y aún viene el pueblo humano
- del sitio á apoderarse!
-
- (_Canto elegíaco de los langures_)
-
-
-Hubo una vez en la India un hombre que era Primer Ministro de uno
-de los semi-independientes estados que hay en la parte noroeste del
-país. Era un brahmán, de tan alta casta, que estaba ya por encima
-de cuantos límites supone la división en _castas_, y su padre había
-ocupado un importante empleo entre la gentuza de vistosos ropajes y
-los descamisados que formaban parte de una corte india montada á la
-antigua. Pero, al ir creciendo Purun Dass, notó que el acostumbrado
-orden de cosas iba cambiando, y que quien quisiera elevarse era preciso
-que estuviera bien con los ingleses é imitara cuanto á éstos les
-parecía bueno. Al propio tiempo, era conveniente que todo funcionario
-supiera captarse y conservar las simpatías de su amo. Algo difícil
-resultaba el compaginar ambas cosas; pero el callado, reservadísimo
-brahmancito, ayudado por una buena educación inglesa recibida en la
-Universidad de Bombay, se arregló de modo que lo lograra, y elevóse
-paso á paso, hasta llegar á ser Primer Ministro del reino, es decir,
-disfrutó de un poder más real y verdadero que el de su amo, el
-Maharajah.
-
-Cuando el rey, ya viejo (y siempre receloso de los ingleses, de sus
-ferrocarriles y de sus telégrafos), murió, Purun Dass conservó toda
-su influencia con el sucesor, joven que había sido educado por un
-inglés; y entre uno y otro, aunque siempre cuidó él muy especialmente
-de que su amo se llevara la gloria, establecieron escuelas para niñas,
-construyeron caminos, fundaron hospitales, hicieron exposiciones de
-instrumentos agrícolas, publicaron anualmente una información, ó
-_libro azul_, sobre «El progreso moral y material del Estado», y así
-el Ministerio de Negocios Extranjeros inglés, y el Gobierno de la
-India estaban contentísimos. Muy pocos son los Estados indígenas que
-aceptan en conjunto los progresos ingleses, porque no creen, como Purun
-Dass demostró creer, que lo que sea bueno para un inglés debe serlo
-doblemente para un asiático. Llegó el Primer Ministro á ser amigo
-muy considerado de Virreyes, Gobernadores y Secretarios; de médicos
-encargados de misiones especiales; de los acostumbrados misioneros; de
-oficiales ingleses, ginetes excelentes que iban á cazar en los terrenos
-del Estado; y de todo un ejército de viajeros que recorría la India en
-la estación fría dando á la gente lecciones de cómo habían de hacerse
-las cosas. Á ratos perdidos fundaba bolsas para el estudio de la
-Medicina y de la Industria, siguiendo para ello exactamente los modelos
-ingleses, y escribía cartas al «Explorador», el mayor de los periódicos
-indios, explicando las ideas y propósitos de su amo.
-
-Hizo, en fin, un viaje á Inglaterra, y, al volver á su país, tuvo que
-pagar enormes sumas á los sacerdotes, porque hasta un brahmán de tan
-elevada casta como Purun Dass quedaba degradado al cruzar el negro
-mar. En Londres vió y habló á cuanta gente valía la pena de conocer,
-á personas cuya nombradía vuela por todo el mundo, y bastante más
-tuvo ocasión de ver de lo que él contaba. Sabias universidades le
-concedieron títulos académicos honorarios, é hizo discursos y habló de
-reformas sociales en la India á señoras vestidas de etiqueta, hasta que
-todo Londres acabó por decir: «Es el hombre más agradable con quien
-jamás se sentó alguien á manteles desde que éstos existen».
-
-Al volver á la India vióse rodeado de una aureola de gloria, porque el
-Virrey en persona hizo una visita al Maharajah para concederle la Gran
-Cruz de la Estrella de la India (toda diamantes, cintas y esmalte); y
-en la misma ceremonia, mientras tronaban los cañones, Purun Dass fué
-proclamado Comendador de la Orden del Imperio Indio, con lo cual su
-nombre se transformó en _Sir Purun Dass, K. C. I. E._[15]
-
-Aquella tarde, á la hora de la comida en la gran tienda del Virrey,
-levantóse llevando sobre el pecho la placa y el collar de la Orden, y,
-contestando al brindis en honor de su amo, pronunció un discurso que
-pocos ingleses hubieran superado.
-
-Al mes siguiente, cuando la ciudad había vuelto ya á su reposo, tostada
-por el sol, hizo algo que á ningún inglés se le hubiera ocurrido nunca
-ni por soñación, pues murió para todo lo concerniente á los negocios
-de este mundo. Las ricas insignias de la orden que le habían sido
-concedidas volvieron al Gobierno de la India; nombróse á otro Primer
-Ministro que se encargara de los negocios, y entre los empleados
-subalternos se armó una de comunicaciones y de idas y venidas que
-parecía que jugaran á Correos. Los sacerdotes sabían lo que había
-ocurrido, y el pueblo lo adivinaba; pero la India es el único país del
-mundo en que un hombre puede hacer lo que se le antoje sin que nadie
-pregunte por qué lo hace, y el de que _Dewan Sir Purun Dass, K. C. I.
-E._ hubiera renunciado á su posición, á su palacio y á su poderío,
-adoptando el cuenco y el vestido de color de ocre de un _sunnyasi_
-ó santón, no parecía á nadie cosa extraordinaria. Había sido, como
-recomienda la Antigua Ley, luchador durante los veinte años de la
-juventud (aunque nunca llevó consigo arma alguna), y, durante otros
-veinte, cabeza de familia. Había usado su riqueza y poderío en cosas
-cuya utilidad le constaba; recibió honores cuando le salieron al paso;
-vió hombres y ciudades de los que cerca tenía y de los que estaban
-lejos, y hombres y ciudades se levantaron para honrarle. Ahora se
-desprendía de todo eso como quien deja caer un manto que ya no necesita.
-
-Á su espalda, mientras cruzaba las puertas de la ciudad llevando bajo
-el brazo una piel de antílope y una maleta con atravesaño de cobre, y
-en la mano un moreno cuenco pulimentado, hecho de _coco de mar_[16],
-desnudos los pies, solo, clavados los ojos en el suelo... á su espalda,
-retumbaban las salvas de los baluartes en honor del que había tenido la
-fortuna de sustituirle. Purun Dass saludó. Aquella clase de vida había
-ya terminado para él, y no le tenía mejor ni peor voluntad de la que
-puede tenerle un hombre á un incoloro sueño que pasó con la noche. El
-era un _sunnyasi_... un mendigo errante, sin casa ni hogar, que recibía
-del prójimo el pan cotidiano; y, mientras haya en la India un mendrugo
-que partir, ni sacerdotes ni mendigos se mueren de hambre. No había
-probado carne en su vida, y hasta el pescado lo probaba raras veces. Un
-billete de cinco libras esterlinas le hubiera bastado para cubrir todos
-sus gastos personales, en punto á comida, durante cualquiera de los
-muchos años en que había sido dueño absoluto de millones en metálico.
-Hasta en Londres, cuando hicieron de él el hombre de moda, jamás perdió
-de vista su sueño de paz y de reposo... el largo, blanco, polvoriento
-camino indio, lleno de huellas de desnudos pies; el incesante, calmoso
-tráfico, y el acre olor de la leña quemada cuyo humo se eleva en
-espirales bajo las higueras, á la luz de la luna, en los sitios donde
-los caminantes se sientan á cenar.
-
-Cuando llegó el momento de realizar este sueño, el Primer Ministro tomó
-sus disposiciones, y, al cabo de tres días, hubiera sido más fácil
-hallar una burbuja de agua en las profundidades interminables del
-Atlántico que á Purun Dass entre los errantes millones de hombres en la
-India, que ora se reúnen, ora se separan.
-
-Tendía, para dormir, su piel de antílope en el sitio donde se le hacía
-de noche, unas veces en un monasterio de _sunnyasis_ que estuviera
-junto á un camino, otras, arrimado á una columna de tapia de algún
-templo en Kala Pir, donde los _joguis_, que son otro nebuloso grupo
-de santones, lo recibían como hacen los que saben qué valor tiene
-eso de las castas y los grupos; muchas veces en las afueras de algún
-pueblecillo indio, á donde los niños acudían con la comida preparada
-por sus padres; y no pocas, finalmente, en lo más alto de desnudas
-tierras de pastos, donde la llama del fuego que encendía con leña
-menuda despertaba á los adormecidos camellos. Todo le era igual á
-Purun Dass... ó á Purun Bhagat, como se llamaba él á sí mismo ahora.
-Tierra... gente... comida... todo era lo mismo. Pero inconscientemente
-fué caminando hacia el Norte y hacia el Este; desde el Sur hacia
-Rohtak; de Rohtak á Kurnool; de Kurnool al arruinado Samanah, y de allí
-subiendo por el seco cauce del río Gugger, que sólo se llena cuando
-llueve en las montañas vecinas, hasta que un día vió la lejana línea
-del Himalaya.
-
-Sonrióse entonces Purun Bhagat, porque se acordó de que su madre era de
-origen brahmánico, de la raza de los rajhputras, allá por el camino de
-Kulu (una montañesa que siempre echaba de menos las nieves...) y basta
-que un hombre lleve en sus venas una gota de sangre montañesa para que,
-al fin, vuelva al sitio de donde salió.
-
---Allá abajo, dijo Purun Bhagat emprendiendo de frente la subida de las
-primeras lomas de los montes Sewaliks, donde los cactus se yerguen como
-candelabros de siete brazos... allá abajo me sentaré á meditar. Y el
-fresco viento del Himalaya silbó en sus oídos al andar por el camino
-que conduce á Simla.
-
-La última vez que había pasado por allí era con grande pompa y
-aparato, acompañado de una ruidosa escolta de caballería, para visitar
-al más cortés y amable de todos los virreyes; y ambos estuvieron
-hablando, durante una hora, de los amigos de Londres y de las opiniones
-que de mil cosas tiene la gente del pueblo en la India. Esta vez Purun
-Bhagat no hizo visita alguna, sino que se recostó sobre una verja del
-paseo, contemplando la magnífica vista de las llanuras que se extendían
-debajo, en una extensión de diez leguas; hasta que, al fin, un policía
-mahometano de los del país le dijo que interrumpía la circulación; y
-Purun Bhagat saludó al representante de la Ley con gran respeto, porque
-sabía el valor de aquélla é iba en busca de una que fuera propia,
-suya. Siguió, pues, adelante, y durmió aquella noche en una cabaña
-abandonada, en Chota Simia, lugar que tiene todo el aspecto de ser el
-fin del mundo; pero que no era más que el principio de su viaje.
-
-Siguió el camino del Himalaya al Thibet, la vía de tres metros de
-ancho abierta á fuerza de barrenos en la roca viva, ó apuntalada con
-maderos sobre abismos de trescientos metros de profundidad; que se
-hunde en tibios, húmedos, cerrados valles, ó trepa á través de colinas
-desnudas de árboles y con algo de yerba, en las que pega el sol como
-los rayos de un espejo ustorio; que caracolea á través de espesos,
-obscuros bosques donde los helechos arborescentes cubren de alto á bajo
-los troncos de los árboles, y donde el faisán llama á su compañera.
-Hallóse con pastores del Thibet, acompañados de sus perros y rebaños de
-carneros, cada carnero provisto de una bolsita con bórax que llevaba
-á la espalda; con leñadores errantes; con lamas del Thibet cubiertos
-de mantos y abrigos, que llegaban en peregrinación á la India; con
-enviados de pequeños y solitarios Estados, perdidos entre montañas,
-que corrían la posta desesperadamente en caballitos cebrados ó píos,
-ó bien con la cabalgata de un rajah que iba á hacer una visita;
-finalmente, durante todo un largo y claro día no vió más que un oso
-negro, gruñendo y desenterrando raíces allá abajo, en el valle. Durante
-las primeras jornadas, los rumores mundanales resonaban aún en sus
-oídos, como el estruendo de un tren al pasar un túnel quédase aún
-sonando largo tiempo después que el tren sale de él; pero cuando hubo
-dejado tras de sí el paso de Mutteeanee todo terminó, y Purun Bhagat
-quedóse á solas consigo mismo, caminando, vagabundeando pensativo,
-clavados los ojos en el suelo y por las nubes las ideas.
-
-Una tarde cruzó el más alto desfiladero que había hallado hasta
-entonces (dos días de ascensión costóle el llegar allí) y se encontró
-frente á una línea de nevados picos que ceñían todo el horizonte;
-montañas de cinco á seis mil metros de altura que parecían estar
-tan cerca que una pedrada podía alcanzarlas, aunque se hallaran, en
-realidad, á catorce ó quince leguas de distancia. Estaba coronado
-el desfiladero por un espeso, sombrío bosque formado de _deodoras_,
-castaños, cerezos silvestres, olivos y perales silvestres también;
-pero principalmente _deodoras_, que son los cedros del Himalaya, y
-á la sombra de estos árboles se elevaba un templo abandonado que se
-construyó en honor de Kali... el cual es Durga... el cual es, á su vez,
-Sitala, y que es adorado por su virtud contra la viruela.
-
-Barrió Purun Dass el empedrado suelo; sonrió á la estatua que parecía
-hacerle una mueca; se arregló con barro un hogar detrás del templo;
-extendió su piel de antílope sobre un lecho de pinocha verde; se apretó
-bien su _bairagi_ (su muleta con atravesaño de cobre) bajo uno de los
-sobacos, y sentóse á descansar.
-
-Junto á él, casi á sus plantas, tenía el declive de la montaña,
-desnudo, pelado, en una altura de cuatrocientos metros, donde un
-pueblecillo de casas hechas de piedra con techos de tierra amasada
-parecía colgar de la escarpada pendiente. Alrededor, pedazos de tierra
-en forma de terraplenes se extendían como si fueran delantales hechos
-de retazos y colocados sobre la falda de la montaña, y vacas, que no
-parecían mayores que escarabajos, pacían entre los círculos, empedrados
-de bruñidas piedras, que servían de eras. Mirando á través del valle
-se engañaba la vista al juzgar el tamaño de las cosas, y no podía, al
-principio, convencerse de que lo que tenía el aspecto de arbustos,
-al otro lado de la montaña, era en realidad un bosque de pinos de
-treinta metros de alto. Purun Bhagat vió pasar un águila hundiéndose
-en la inmensa hondonada; pero la enorme ave fué disminuyendo pronto de
-tamaño, hasta no parecer más que una virgulilla antes de que llegara
-á la mitad del camino. Algunos grupos de nubes se enfilaban por el
-valle, enredándose cerca de la cima de una montaña, ó elevándose para
-desvanecerse al llegar á la altura de los picos en los desfiladeros. Y
-Purun Bhagat se dijo: aquí hallaré la paz que ando buscando.
-
-Ahora bien: para un montañés, unas cuantas docenas de metros más abajo
-ó más arriba no significan nada, y, en cuanto los aldeanos vieron humo
-en el templo abandonado, el sacerdote del pueblecillo subió por la
-ladera llena de terraplenes, y fué á saludar al forastero.
-
-Al clavar la mirada en los ojos de Purun Bhagat (ojos acostumbrados á
-mandar á miles de hombres) inclinóse hasta el suelo, cogió el cuenco,
-sin decir palabra, y volvióse á la aldea diciendo:
-
---Por fin tenemos un santón. Jamás ví á un hombre como éste. Es un
-hijo de los llanos, pero de color pálido... es la quinta esencia de un
-brahmán.
-
-Á lo cual todas las mujeres de la aldea contestaron:
-
---¿Creéis que estará entre nosotros mucho tiempo?
-
-Y cada una de ellas hizo cuanto pudo para cocinarle los más sabrosos
-manjares. La comida montañesa es sencillísima; pero con alforfón, maíz,
-pimentón; pescado del río cuyas aguas corren por el valle; miel de las
-colmenas fabricadas en forma de chimeneas sobre las paredes de piedra;
-albaricoques secos; azafrán de Indias; jengibre silvestre, y tortas de
-harina de trigo, una mujer que quiera lucirse puede hacer algo bueno,
-y cuando el sacerdote volvió con el cuenco para entregárselo á Bhagat
-traíalo bien colmado.
-
---¿Pensaba quedarse allí? preguntó. ¿Necesitaría un _chela_ (un
-discípulo) que fuera mendigando para él? ¿Tenía una manta para
-abrigarse cuando hiciera frío? ¿Le gustaba la comida aquélla?
-
-Comió Purun Bhagat y dió gracias al donante. Su intención era quedarse;
-al oir lo cual el sacerdote dijo que le bastaba con saber esto. No
-tenía más que dejar el cuenco fuera del templo abandonado, en el
-hueco que formaban dos raíces retorcidas, y diariamente recibiría su
-alimento, porque el pueblo se tenía por muy honrado con que un hombre
-como él (y al decirlo miró tímidamente á Bhagat en el rostro) se
-quedara entre ellos.
-
-Aquel día terminó para Purun Bhagat el andar vagabundo. Había llegado
-al sitio que le estaba destinado... á un lugar todo silencio y espacio.
-Después de esto paróse el tiempo, y él mismo, sentado á la entrada
-del templo, no podía decir si estaba vivo ó muerto; si era un hombre
-cuya voluntad mandaba en los miembros de su cuerpo, ó si formaba parte
-integrante de las montañas, de las nubes, de la mudable lluvia y de la
-luz del sol. Se repetía á sí mismo dulcemente un _Nombre_ centenares y
-centenares de veces, hasta que, á cada repetición, parecía separarse
-más y más del cuerpo, y llegar, deslizándose, á las puertas de alguna
-tremenda revelación; pero, en el preciso instante de abrirse la puerta,
-le arrastraba hacia atrás el cuerpo, y con dolor se sentía otra vez
-atado á la carne y á los huesos de Purun Bhagat.
-
-Cada mañana el cuenco lleno era colocado en silencio sobre la especie
-de muleta que formaban las retorcidas raíces fuera del templo. Traíalo,
-algunas veces, el sacerdote; otras un mercader ladakhi que paraba en
-el pueblo, y que, ganoso de hacer méritos, subía trabajosamente por
-el atajo; pero, con más frecuencia, la portadora era la misma mujer
-que había cocinado la comida la noche antes, y murmuraba, tan bajo que
-apenas se la oía:
-
---Interceded por mí ante los dioses, Bhagat. Rogad por Fulana, la mujer
-de Mengano.
-
-De cuando en cuando, á algún muchacho atrevido se le permitía igual
-honor, y Purun Bhagat le oía poner el cuenco y echar á correr tan
-aprisa como sus piernecitas le permitían; pero el Bhagat nunca
-descendió hasta el pueblo. Veíalo extendido como un mapa, á sus pies.
-Podía ver también las reuniones que en él se celebraban, al caer de
-la tarde, en el círculo donde estaban las eras, porque era éste el
-único terreno llano que allí había; contemplar el estupendo y poco
-nombrado verdor del arroz cuando es joven; los tonos de azul de añil
-que mostraba el maíz; los pedazos de terreno en que se cultivaba el
-alforfón, semejantes á diques; y, en su estación propia, la roja flor
-del amaranto, cuyas diminutas semillas, por no ser grano ni legumbre,
-constituyen un alimento que puede tomar, sin faltar por ello en lo más
-mínimo, todo indio en época de ayuno.
-
-Cuando el año tocaba ya á su fin, los techos de las chozas parecían
-cuadros llenos de purísimo oro, porque sobre los techos era donde
-ponían los aldeanos las mazorcas de maíz para que se secaran. La cría
-de abejas y la recolección de los granos; la siembra del arroz y su
-descascarillado, fueron pasando ante su vista; todo ello como bordado
-allá abajo, en los pedazos de campo de mil distintas orientaciones.
-Y él meditó sobre cuanto se ofrecía á su vista, preguntándose á qué
-conducía todo aquello en último, definitivo resultado.
-
-Hasta en los sitios poblados de la India, no puede un hombre estarse
-sentado y completamente quieto durante un día entero, sin que los
-animales salvajes corran por encima de su cuerpo como si fuera una
-roca; y en aquella soledad pronto ellos, que conocían perfectamente el
-templo de Kali, fueron llegando para ver al intruso. Los _langures_,
-los grandes monos del Himalaya, de grises patillas, fueron, como
-es natural, los primeros, porque andan siempre devorados por la
-curiosidad; y una vez hubieron tirado el cuenco, haciéndolo rodar por
-el suelo, y probaron la fuerza de sus dientes sobre el atravesaño de
-cobre de la muleta, y le hubieron estado haciendo muecas á la piel de
-antílope, decidieron que aquel ser humano, que estaba allí sentado tan
-quieto, era inofensivo. Al caer de la tarde saltaban desde los pinos,
-pedían con las manos algo de comida, y luego se alejaban, balanceándose
-en graciosas curvas. Gustábales también el calor del fuego, y se
-apiñaban alrededor de él, hasta que Purun Bhagat se veía obligado á
-empujarlos á un lado para echar leña, y más de una vez se había hallado
-por la mañana con que un mono compartía con él su manta. Durante todo
-el día, uno ú otro de la tribu se sentaba á su lado, mirando fijamente
-hacia la nieve, dando gritos, y poniendo una cara de expresión
-indeciblemente sabia y triste.
-
-Después de los monos llegó el _barasing_, un ciervo
-
-[Ilustración] de especie parecida á los nuestros; pero con más fuerza.
-Iba allí para restregar los aterciopelados cuernos contra las frías
-piedras de la estatua de Kali, y pateó al ver en el templo á un hombre.
-Pero Purun Bhagat no se movió, y, poco á poco, el magnífico ciervo fué
-avanzando oblícuamente y le tocó en un hombro con el hocico. Deslizó
-Purun Bhagat una de sus frías manos sobre las tibias astas, y el
-contacto pareció refrescar al animal cuya sangre ardía, y que bajó la
-cabeza, con lo cual siguió Purun Bhagat restregando muy suavemente y
-quitando la aterciopelada capa. Trajo luego el _barasing_ su hembra
-y su cervato, mansos animales que se ponían á mascar sobre la manta
-del santón, y otras veces venía solo, de noche, reluciéndole los ojos
-con reflejos verdosos á la vacilante luz de la hoguera, para recibir
-su porción de nueces tiernas. Al fin, el ciervo almizclero, el más
-tímido y casi el menor de los ciervos, acudió también, erguidas sus
-grandes orejas, que recuerdan las del conejo; y hasta el abigarrado,
-silencioso _mushick-nabha_ sintió el deseo de averiguar qué era lo
-que significaba la luz que brillaba en el templo, y puso su hocico,
-parecido al del anta, sobre las rodillas de Purun Bhagat, yendo y
-viniendo con las sombras que producía el fuego. Á todos los llamaba
-Purun Bhagat «mis hermanos», y su grito de _¡Bahi! ¡Bahi!_ lanzado en
-voz baja, tenía el poder de sacarlos del bosque por las tardes, si se
-hallaban á distancia en que pudieran oirlo. El oso negro del Himalaya,
-sombrío y malicioso (Sona, que lleva impresa bajo la barba una señal
-blanca en forma de V) pasó por allí más de una vez, y como el Bhagat no
-demostró tenerle miedo, tampoco Sona se mostró malhumorado, sino que
-estuvo observándolo, se acercó luego y pidió su parte de caricias, un
-pedazo de pan ó bayas silvestres. Muy a menudo, en la callada hora del
-amanecer, cuando el Bhagat subía hasta lo más alto del desfiladero
-para ver como el rojo día andaba por los nevados picos, hallábase á
-Sona arrastrando las patas y gruñendo á sus plantas; metiendo una mano
-curiosa bajo los caídos troncos y volviendo á sacarla con un _¡uuuf!_
-de impaciencia; ó bien sus pasos despertaban en aquella hora al oso,
-que dormía enroscado, y el enorme animal levantábase erguido, pensando
-que se trataba de prepararse á la lucha, hasta que oía la voz del
-Bhagat y reconocía, entonces, á su mejor amigo.
-
-Casi todos los ermitaños y santones que viven separados de las grandes
-ciudades tienen fama de obrar milagros con los animales; pero el
-milagro consiste únicamente en estarse muy quieto, en no hacer nunca ni
-un solo movimiento precipitado, y por largo rato, cuando menos, en no
-mirar directamente al recién llegado. Vieron los aldeanos la silueta
-del _barasing_ caminando altanero y como una sombra á través del
-obscuro bosque que estaba detrás del templo; al _minaul_, el faisán del
-Himalaya, luciendo sus hermosos colores ante la estatua de Kali, y á
-los _langures_ sentados dentro y jugando con cáscaras de nuez. Algunos
-muchachos habían oído también á Sona, canturreando algo para sí mismo,
-como suelen hacer los osos, y con todo ello la reputación de milagrero
-que adquirió el Bhagat fué afirmándose más y más.
-
-Y, sin embargo, nada más lejos de sus propósitos que el obrar milagros.
-Creía él que todas las cosas son un enorme milagro, y cuando un
-hombre llega á saber esto, sabe ya algo que le sirve de base. Estaba
-firmemente persuadido de que nada había grande ni pequeño en el mundo,
-y día y noche luchaba para llegar á penetrar en el corazón mismo de las
-cosas, volviendo al sitio de donde su alma había salido.
-
-Dominado así por sus pensamientos, el descuidado cabello comenzó á
-caerle por encima de los hombros; en la losa que tenía al lado de la
-piel de antílope se hizo un agujerito con el continuo roce del extremo
-de la muleta que sobre ella se apoyaba; el sitio, entre los troncos de
-los árboles, donde día tras día descansaba el cuenco se hundió y fué
-gastándose, hasta llegar á ser un hueco tan pulimentado como la misma
-cáscara de color de tierra que allí se ponía; y cada animal sabía ya
-de memoria el lugar exacto que le correspondía junto al fuego. Con las
-estaciones cambiaron de color los campos; llenáronse y se vaciaron las
-eras, y volvieron una y otra vez á llenarse; y, al llegar el invierno,
-saltaron los _langures_ por entre las ramas cubiertas de ligera capa
-de nieve, hasta que, con la primavera, trajeron las monas desde valles
-más cálidos á sus pequeñuelos de lánguida mirada. En cuanto al pueblo,
-pocos cambios hubo en él. El sacerdote había envejecido; muchos de
-los que, siendo niños, solían venir con el cuenco, mandaban ahora á
-sus propios hijos; y cuando alguien preguntaba á los aldeanos cuanto
-tiempo había vivido su santón en el templo de Kali, allá al extremo del
-desfiladero, contestaban aquéllos: «siempre».
-
-Llegaron entonces más lluvias de verano, tales como jamás se vieron
-en aquellas montañas durante muchas estaciones. Por tres meses bien
-cumplidos el valle se vió envuelto en nubes y húmeda niebla... y el
-agua caía continua, sin parar, sucediéndose las tormentas una tras
-otra. El templo de Kali se quedaba generalmente por encima de las
-nubes, y hubo un mes entero en que el Bhagat no pudo ver ni por un
-momento la aldea. Estaba aquélla envuelta por una blanca cubierta de
-nubes que se balanceaba, mudaba de sitio, rodaba sobre sí misma, ó se
-arqueaba hacia arriba, pero que nunca se desprendía de sus estribos,
-los flancos del valle.
-
-Durante todo este tiempo no oyó más que los millones de ruidos que
-hacía el agua por encima de las copas de los árboles; por debajo, y
-siguiendo el suelo; atravesando la pinocha, cayendo gota á gota de
-las mil lenguas de los enlodados helechos, y lanzándose, en fangosos
-canales que acababan de abrirse, por todos los declives. Entonces
-salió el sol é hizo elevarse de los _deodoras_ y de los redodendros
-su agradable aroma, y con él vino aquel lejano, purísimo olor al
-que llaman los montañeses «el olor de las nieves». Duró el sol una
-semana, y, entonces, juntóse la lluvia en un último diluvio, y el agua
-empezó á caer formando sábanas que quitaron la corteza de la tierra
-y la hicieron, de nuevo, convertirse en barro. Purun Bhagat encendió
-aquella noche un gran fuego, porque estaba seguro de que sus hermanos
-necesitarían calor; pero ni un solo animal acudió al templo, por más
-que él llamara y llamara, hasta quedarse dormido, preocupado por la
-idea de lo que habría ocurrido en los bosques.
-
-Era ya plena noche y caía la lluvia, produciendo el ruido de mil
-tambores á la vez, cuando fué despertado por unos tirones que daban
-á su manta, y, alargando la mano, hallóse con la muy pequeña de un
-_langur_.
-
---Mejor se está aquí que entre los árboles, dijo soñoliento, levantando
-un poco la mano. Toma y caliéntate.
-
-El mono le cogió la mano y tiró de ella con fuerza.
-
---¿Qué quieres, pues, comida? dijo Purun Bhagat. Espera un rato y te la
-prepararé.
-
-Como se arrodillara para echar leña al fuego, corrió el _langur_ hasta
-la puerta del templo, lloriqueó allí á gritos, y volvió corriendo,
-tirándole al hombre de la rodilla.
-
---¿Qué hay? ¿Qué te ocurre, hermano? dijo Purun Bhagat, porque vió que
-los ojos del _langur_ estaban preñados de cosas que no podía decir.
-Como no sea que alguno de tu casta haya caído en una trampa (y aquí
-no las pone nadie) no estoy dispuesto á salir con ese tiempo. ¡Mira,
-hermano, hasta el _barasing_ viene aquí á buscar refugio!
-
-Las astas del ciervo, al entrar á grandes pasos en el templo, chocaron
-contra la grotesca estatua de Kali. Bajólas en dirección de Purun
-Bhagat y pateó como sintiéndose violento, resoplando con fuerza por las
-contraídas narices.
-
---¡Ea! ¡Ea! ¡Ea! exclamó el Bhagat haciendo castañetear los dedos.
-¿Este es el pago que me das por hospedarte una noche?
-
-Pero el ciervo lo empujó hacia la puerta, y, al hacer esto, oyó
-Purun Bhagat el ruido de algo que se abría y vió dos losas del suelo
-separarse una de otra, mientras la pegajosa tierra formaba una boca
-cuyos labios se apartaban con un chasquido.
-
---Ya lo veo, ya, ahora, dijo Purun Bhagat. No es extraño que mis
-hermanos no se sentaran alrededor del fuego esta noche. La montaña se
-hunde. Y, sin embargo... ¿á qué marcharme?
-
-Fijó los ojos sobre el cuenco vacío y la expresión de su cara cambió
-por completo.
-
---Hanme dado comida diariamente desde... desde que vine, y si no me doy
-prisa no quedará mañana ni un alma en todo el valle. Indudablemente,
-tengo el deber de ir y advertirles á todos los que en él viven lo que
-pasa. ¡Atrás, hermano! Déjame llegar hasta el fuego.
-
-Retrocedió de mala gana el _barasing_ y Purun Bhagat cogió un pedazo de
-tea, hundiéndolo en las llamas y revolviéndolo hasta que estuvo bien
-encendido.
-
---¡Ah! ¿Vinísteis á avisarme? Pues ahora haremos algo que será aún
-mucho mejor, mucho mejor. Vamos afuera, y préstame tu pescuezo,
-hermano, porque yo no tengo más que dos pies.
-
-Agarró al _barasing_ por la cerdosa crucera con la mano derecha,
-sostuvo la tea, que le servía de antorcha, con la izquierda, y salió
-del templo, hundiéndose en la obscuridad de la noche, que era terrible.
-No se sentía ni un soplo de viento, pero la lluvia apagaba casi la
-vacilante luz al lanzarse el gran ciervo por la pendiente, dejándose
-resbalar sobre las ancas. En cuanto salieron del bosque, otros de los
-hermanos del Bhagat se reunieron con él. Oyó, aunque no pudiera verlo,
-que los _langures_ se apiñaban en torno suyo, y detrás sonaba el _¡uh!
-¡uh!_ de Sona. La lluvia tejió sus largas guedejas de tal modo que
-parecían cuerdas; el agua le salpicaba al poner los desnudos pies en el
-suelo, y su amarillo ropaje se le pegaba al frágil cuerpo envejecido;
-pero él siguió andando con firme paso, apoyándose en el _barasing_. No
-era ya un santón, sinó _Sir Purun Dass, K. C. I. E._, Primer Ministro
-de un Estado que nada tenía de pequeño, hombre acostumbrado á mandar,
-y que iba entonces á salvar no pocas vidas. Por el fangoso y rápido
-sendero descendieron juntos el Bhagat y sus hermanos hasta que las
-patas del ciervo tropezaron contra el muro de una era, y dió aquél un
-bufido, porque su olfato le indicaba que por allí estaba el Hombre.
-Hallábanse ya al extremo de la única y tortuosa calle de la aldea, y
-el Bhagat golpeó con su muleta las cerradas ventanas de la casa donde
-vivía el herrero, mientras la tea que le servía de antorcha llameaba al
-abrigo del alero de aquélla.
-
---¡Levantaos y á la calle! gritó Purun Bhagat, y él mismo no reconoció
-su propia voz, porque años hacía que no hablaba en voz alta á ningún
-hombre. ¡La montaña se hunde! ¡La montaña se hunde! ¡Levantaos y echaos
-fuera todos los que estéis en las casas!
-
---Es nuestro Bhagat, dijo la mujer del herrero. Viene rodeado de sus
-animales. ¡Recoje á los pequeños y da la voz de alarma!
-
-Corrió ésta de casa en casa, mientras los animales apiñados en la
-estrecha vía chocaban unos con otros y se atropellaban en torno del
-Bhagat, y Sona resoplaba con impaciencia.
-
-Precipitóse á la calle toda la gente (no eran juntos más que unas
-setenta personas), y, á la luz de antorchas, vieron á su Bhagat,
-que aguantaba, para que no se escapara, al aterrorizado _barasing_,
-mientras los monos se cogían con aspecto lastimoso á la ropa de aquel y
-Sona se sentaba y comenzaba á dar bramidos.
-
---¡Atravesad el valle y subid á la montaña opuesta! gritó con fuerte
-voz Purun Bhagat. ¡Que no se quede nadie rezagado! ¡Nosotros iremos
-detrás!
-
-Corrió, entonces, la gente como sólo los montañeses son capaces de
-correr, porque sabían que en un hundimiento de tierras lo que había que
-hacer era subirse al sitio más alto, al otro lado del valle. Huyeron,
-lanzándose al estrecho río que había al extremo, y subieron, sin
-aliento casi, por los terraplenados campos del otro lado, mientras el
-Bhagat y sus _hermanos_ los seguían. Fueron ascendiendo por la montaña
-opuesta, llamándose unos á otros por su nombre (el modo de tocar
-llamada en la aldea), y, pisándoles los talones, subía trabajosamente
-el gran _barasing_, sobre el cual pesaba el cuerpo casi desfallecido
-de Purun Bhagat. Por fin, paróse el ciervo á la sombra de un espeso
-bosque de pinos, á ciento cincuenta metros de altura en la vertiente.
-Su instinto, que le advirtió del próximo hundimiento, díjole también
-que allí se hallaba seguro.
-
-Junto á él dejóse caer casi desmayado Purun Bhagat, porque el
-enfriamiento ocasionado por la lluvia y aquella desesperada ascensión
-lo estaban matando; pero antes había dicho á los portadores de
-antorchas desparramados por la vanguardia:
-
---Paraos, y contad cuantos sois.
-
-Luego, añadió en voz baja dirigiéndose al ciervo, al ver que las luces
-se agrupaban:
-
---Quédate conmigo, hermano. Quédate... hasta... que... me muera.
-
-Oyóse en el aire un ruido leve como un suspiro, que se convirtió en
-murmullo; luego un murmullo que fué creciendo hasta parecer rugido;
-y el rugido traspasó todos los límites de lo que puede resistir el
-oido humano, y la vertiente en que los aldeanos se hallaban recibió
-un choque en medio de la obscuridad, retemblando sobre sus cimientos.
-Entonces una nota firme, profunda, clara como un _do_ grave arrancado
-á un órgano, sofocó todo otro ruido por espacio, quizás, de cinco
-minutos, y, mientras duró, hasta las mismas raíces de los pinos
-temblaban. Pasó, y el rumor de la lluvia, cayendo sobre innumerables
-metros de tierra dura y de yerba, cambióse en ahogado tamborileo del
-agua sobre tierra blanda. Esto sólo bastaba para explicarlo todo.
-
-Ni un solo aldeano (ni siquiera el mismo sacerdote) tuvo suficiente
-valor para hablar al Bhagat, que les había salvado á todos la vida.
-Acurrucáronse bajo los pinos, y allí esperaron hasta que se hizo de
-día. Cuando llegó éste miraron á través del valle, y vieron que lo que
-había sido bosque, y campos de cultivo, y tierras de pasto cruzadas
-de senderos, era ahora informe y sucio montón, pelado, rojo, en forma
-de abanico, con unos pocos árboles tirados con la copa hacia abajo
-sobre el declive. Subía esta masa roja hasta muy arriba de la montaña
-donde ellos buscaron refugio, deteniendo la corriente del estrecho
-río, que había comenzado ya á ensancharse, formando un lago de color
-de ladrillo. De la aldea, del camino que conducía al templo, y aun del
-templo mismo y del bosque situado á su espalda, no quedaba ni rastro.
-En el espacio de un cuarto de legua de ancho, y á más de seiscientos
-metros de profundidad, todo el flanco de la montaña había materialmente
-desaparecido, alisado por completo de arriba abajo.
-
-Y los aldeanos, uno á uno, se acercaron á su Bhagat, á través del
-bosque, sin hacer ruido, para rezar ante él. Vieron entonces al
-_barasing_ de pie, á su lado, y escapándose en cuanto estuvieron cerca;
-oyeron á los _langures_ lamentándose por entre las ramas, y á Sona
-quejándose tristemente montaña arriba; pero su Bhagat estaba muerto,
-sentado, con las piernas cruzadas, apoyada la espalda en el tronco
-de un árbol, la muleta bajo el sobaco, y el rostro vuelto hacia el
-Noroeste.
-
-El sacerdote les dijo:
-
---¡Mirad: he aquí un milagro tras otro, porque precisamente en esta
-actitud deben ser enterrados todos los _sunnyasis_! Así, pues, donde
-ahora está es donde elevaremos un templo á nuestro santón.
-
-Antes de terminarse el año había sido ya edificado ese templo (un
-santuario pequeño, de piedra y de fango) y llamaron á la montaña la
-Montaña del Bhagat, adorándolo allí y llevándole luces, flores y
-dádivas, lo que continúa hasta hoy. Pero lo que no saben los aldeanos
-es que el santo de su devoción es el difunto _Sir Purun Dass, K. C. I.
-E., D. C. L., Ph. D._,[17] etc., que fué un tiempo Primer Ministro
-del ilustrado y progresivo Estado de Mohiniwala, y miembro honorario ó
-correspondiente de muchas más sabias y científicas sociedades de las
-que se necesitan para hacer algo de provecho en este mundo...
-
- [Ilustración]
-
-
- =Canción al estilo de Kabir=[18]
-
-
- Leve peso era el mundo entre sus manos,
- insoportable carga sus riquezas:
- al _guddee_ ha preferido la mortaja
- y cual _bairagi_[19] vaga por la tierra.
-
- No posa ya sus pies en otra alfombra
- que el polvo del camino, aquel que lleva
- á Delhi, y en el cual sólo le guardan
- el _sal_ y el _kikar_ cuando el sol le quema.
-
- Su casa es el lugar en que reposa,
- ya entre las gentes ó en desiertos duerma,
- y él prosigue su vía, aquella vía
- de perfección con que el _bairagi_ sueña.
-
- Ha clavado en el Hombre su mirada
- y ha visto clara la verdad entera:
- un Dios hubo, un Dios hay: no más que uno
- Kabir, el gran Kabir, dijo que hubiera.
-
- Todo el problema de la acción lo mira
- cual leve nube, no cual ancha niebla
- roja, extendida, como en otro tiempo...
- y él vaga, cual _bairagi_, por la tierra.
-
- Quiere aprender á amar á sus hermanos
- el césped, y Dios mismo, y aun las fieras:
- deja el poder y la mortaja toma:
- (¿no oís, dice Kabir?)--_bairagi_ queda.
-
- [Ilustración]
-
-
- NOTAS:
-
-[15] Iniciales del título: _Knight Commander of the Order of the Indian
-Empire_.--N. del T.
-
-[16] _Coco de mar_ es el nombre vulgar de la _Lodoicea Secheyllarum_,
-planta que pertenece al género de las monocotiledóneas, familia de las
-palmeras. El fruto de este árbol es enorme. Del hueso hacen los indios
-vasijas.--N. del T.
-
-[17] D. C. L. y Ph. D. son las iniciales de los títulos: _Doctor of
-Civil Law y Doctor of Philosophy_ (Doctor en Derecho Civil y Doctor en
-Filosofía).--N. del T.
-
-[18] Kabir es el nombre del más original é influyente de los
-reformadores religiosos de la India. Es una especie de Mahoma. Aún hoy
-se cuentan por miles los que «siguen el camino de Kabir», y la secta
-que él fundó cuenta con importantes monasterios.--N. del T.
-
-[19] Usa aquí el autor la palabra _bairagi_ en otro sentido distinto
-del que le da anteriormente en este mismo cuento, pero sin explicarlo,
-y dejándolo á la penetración del lector, como tantos otros vocablos
-exóticos que emplea deliberadamente.--N. del T.
-
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- LA SELVA INVASORA
-
- Yerba, flor y enredadera,
- tiende sobre todo un velo:
- que de esa raza se borre
- hasta el más leve recuerdo;
- que cubra negra ceniza
- los altares y que en ellos
- los blancos pies de la lluvia
- pongan su huella en silencio;
- que en el campo yermo pueda
- tener el gamo su lecho,
- y nadie á asustarle vaya
- ni á azorar sus pequeñuelos;
- que los muros se derrumben
- por ceder al propio peso,
- y que ni lo sepa nadie,
- ni nadie en pie vuelva á verlos.
-
-
-Recordaréis, si leisteis los primeros cuentos de esta obra, que después
-que Mowgli hubo clavado en la Peña del Consejo la piel de Shere Khan
-dijo á cuantos quedaban en la manada de Seeonee que, en adelante,
-cazaría solo en la Selva, y los cuatro hijos de Papá Lobo y de su
-esposa afirmaron que ellos cazarían también en su compañía. Pero
-no es muy fácil cambiar de vida en un momento... sobre todo en la
-Selva. Lo primero que hizo Mowgli cuando la manada se hubo dispersado,
-marchándose los que la formaban, fué irse á la cueva donde había tenido
-su hogar, y dormir allí durante un día y una noche. Luego, contóles
-á Papá Lobo y á la Mamá todo lo que creyó que podrían entender de
-cuantas aventuras había corrido entre los hombres, pero cuando, por la
-mañana, se entretuvo en hacer que el sol se reflejara en la hoja de su
-cuchillo (el mismo que le sirvió para desollar á Shere Khan), entonces
-confesaron que algo había aprendido. Luego, Akela y el _Hermano Gris_
-tuvieron que contar cómo habían tomado parte en la gran embestida de
-los búfalos en el torrente; Baloo subió con pena la montaña para oirlo
-todo, y Bagheera se rascaba de gusto al ver de qué modo había Mowgli
-dirigido su batalla.
-
-Rato hacía que había salido el sol, y nadie pensaba aún en irse á
-dormir, antes bien, de cuando en cuando, durante el relato, levantaba
-Mamá Loba la cabeza y olfateaba profundamente y con satisfacción cuando
-el viento le llevaba el olor de la piel del tigre desde la Peña del
-Consejo.
-
---Á no ayudarme Akela y el _Hermano Gris_, nada habría podido hacer,
-dijo Mowgli al terminar. ¡Ah, madre, madre! ¡Si hubieras visto á
-aquellos toros negros bajar por el torrente, ó precipitarse por las
-puertas de la aldea cuando me apedreaba la _manada_ de hombres!
-
---Me alegro de no haber visto esto último, dijo muy tiesa Mamá Loba. No
-entra en mis costumbres el permitir que traten á mis cachorros como si
-fueran chacales. Buen desquite hubiera yo tomado de la manada humana;
-pero perdonando á la mujer que te dió la leche. Sí, lo que es á ella la
-hubiera perdonado... sólo á ella.
-
---¡Calma, calma, Raksha! dijo perezosamente Papá Lobo. Nuestra _rana_
-ha vuelto... y tan sabia que hasta su propio padre tiene que lamerle
-los pies... Después de esto ¿qué significa una cicatriz más ó menos en
-la cabeza? Deja en paz á los hombres.
-
-Y Baloo y Bagheera juntos repitieron como un eco:
-
---Deja en paz á los hombres.
-
-Mowgli, colocada la cabeza sobre uno de los lados de Mamá Loba, sonrió
-tranquilamente, y dijo que, por su parte, no deseaba ver ú oir á hombre
-alguno, ni husmearlo siquiera.
-
---Pero (contestó Akela levantando una oreja), pero ¿y si fueran los
-hombres los que no te dejaran á tí en paz, Hermanito?
-
---_Cinco_ somos... dijo el Hermano Gris mirando á los allí reunidos y
-castañeteando los dientes al pronunciar la última palabra.
-
---También nosotros podríamos tomar parte en la caza, añadió Bagheera
-sacudiendo un poco la cola y mirando á Baloo. Pero ¿por qué pensar
-ahora en los hombres, Akela?
-
---Por esta razón, contestó el Lobo Solitario: cuando la amarilla piel
-de ese ladrón estuvo extendida sobre la peña volví yo, siguiendo
-nuestra acostumbrada pista, hacia la aldea, pisando en mis mismas
-huellas, volviéndome de lado y echándome, para que así se perdiera el
-rastro, si alguien intentaba seguirnos. Pero cuando hube enmarañado de
-tal modo ese rastro que ni yo mismo era capaz de reconocerlo, Mang,
-el murciélago, llegó, vagando por entre los árboles, y se puso á
-revolotear en el sitio en que yo estaba. Díjome entonces:
-
---La aldea en que vive la manada de hombres que arrojó al _cachorro
-humano_ está como un avispero.
-
---Es que la piedra que les tiré yo era gorda, dijo, riéndose, Mowgli,
-que muchas veces se había divertido en tirar papayas secas á los
-avisperos, echando luego á correr hasta la laguna más próxima antes de
-que los avispones se le echaran encima.
-
---Preguntéle á Mang qué es lo que había visto. Díjome que á la puerta
-de la aldea florecía la Flor Roja, y que, en torno suyo, se sentaban
-hombres que llevaban escopetas. Ahora bien, yo sé, porque mis razones
-tengo para ello (y Akela miró, al decirlo, á las antiguas cicatrices
-que tenía en los lados é ijadas), que los hombres no llevan escopetas
-sólo por el gusto de llevarlas. No pasará mucho tiempo, Hermanito,
-antes de que un hombre nos siga el rastro... si no lo está haciendo ya.
-
---Pero ¿por qué ha de seguirlo? Los hombres me han arrojado de su seno.
-¿Qué más quieren? dijo, incomodado, Mowgli.
-
---Un hombre eres, Hermanito, contestó Akela. No somos _nosotros_, los
-Cazadores Libres, los que hemos de decirte lo que hacen los de tu
-casta, ni las razones que para ello tengan.
-
-Apenas si tuvo tiempo de levantar una pata y ya el cuchillo de Mowgli
-se clavaba en el suelo, en el sitio en que había estado aquélla. El
-muchacho dió el golpe con mucha más presteza de lo que el ojo humano
-está acostumbrado á ver y á seguir; pero Akela era un lobo; y hasta un
-perro, que dista ya bastante de los lobos salvajes, sus abuelos, puede
-despertar de profundo sueño al sentir que la rueda de un carro le toca
-en un lado, y escaparse ileso antes de que aquélla le pase por encima.
-
---Otra vez, dijo Mowgli con calma, volviendo el cuchillo á la vaina,
-procura pensarlo dos veces antes de hablar de la _manada de los
-hombres_ y de mí.
-
---¡Pché! Afilado está ese diente, contestó Akela, olfateando el corte
-que la hoja había hecho en el suelo; pero al vivir con la manada de
-los hombres has perdido el buen ojo, Hermanito. Con el tiempo que has
-necesitado tú para dejar caer el cuchillo hubiera tenido yo bastante
-para matar á un gamo.
-
-De un salto púsose Bagheera en pie, levantó la cabeza tanto como pudo,
-resopló, y cada curva de su cuerpo pareció ponerse tirante. Pronto
-siguió su ejemplo el Hermano Gris, echándose un poco hacia la izquierda
-para mejor recibir el viento que soplaba de la derecha; y, entre tanto,
-Akela saltaba á una distancia de cerca de cincuenta metros y se quedaba
-medio agachado, tirantes también todos sus músculos. Mowgli sintió
-envidia al mirarlos. Tenía él tan fino el olfato como pocos hombres
-puedan tenerlo; pero nunca había podido llegar á aquella extremada
-finura característica de toda nariz perteneciente al Pueblo de la Selva
-y que hace que cada una se asemeje á un gatillo sensible hasta á la
-presión de un cabello. Además, los tres meses pasados en la ahumada
-aldea habían embotado grandemente su facilidad para percibir olores.
-Sea como fuere, humedeció un dedo, frotólo contra la nariz y se irguió
-para mejor tomar el viento alto, que aunque es el más débil, es, sin
-embargo, el que no engaña.
-
---¡El hombre! gruñó Akela, dejándose caer sobre las ancas.
-
---¡Buldeo! dijo Mowgli, sentándose. Sigue nuestro rastro; allá abajo
-veo brillar al sol su escopeta. ¡Mirad!
-
-No fué más que una chispa de luz, que no duró ni un segundo y que
-brotó de las lañas de latón del viejo mosquete; pero nada hay en la
-Selva que brille de aquel modo, con tal chispazo, excepto cuando las
-nubes emprenden la carrera por el cielo. Entonces un pedazo de mica,
-un charco de agua ó hasta una hoja muy barnizada brillan como un
-heliógrafo. Pero aquel día no se veían nubes y todo estaba en calma.
-
---Ya sabía yo que los hombres seguirían el rastro. Por algo he dirigido
-á la manada.
-
-Nada dijeron los cuatro cachorros; pero echaron montaña abajo, casi
-aplastados contra el suelo, y parecieron fundirse con los espinos y
-malezas, como un topo desaparece bajo la tierra de un prado.
-
---¿Á dónde vais, así, y sin decir palabra? gritóles Mowgli.
-
---¡Chis! Antes de mediodía haremos rodar por aquí su cráneo, contestó
-el Hermano Gris.
-
---¡Atrás! ¡Atrás! ¡Esperad! ¡Los hombres no se comen unos á otros!
-chilló Mowgli.
-
---¿Y quién, si no tú, es el que hace un momento quería ser lobo? ¿Quién
-el que me tiró una cuchillada por creer yo que podía él ser hombre?
-dijo Akela, mientras los cuatro lobos volvían de mala gana y se dejaban
-caer sobre las patas traseras.
-
---¿Tengo, acaso, que explicar los motivos de todo lo que se me antoje
-hacer? contestó, furioso, Mowgli.
-
---¡Ya apareció el Hombre! ¡Así es como los hombres hablan! murmuró
-entre dientes Bagheera. ¡Así hablaban alrededor de las jaulas del Rey
-en Oodeypore! Á nosotros, los de la Selva, nos consta que el hombre es
-el más sabio de todos los seres creados. Pero, si diéramos siempre fe
-á nuestros propios oídos, nos convenceríamos de que es lo más tonto de
-este mundo.
-
-Elevando la voz añadió:
-
---El _hombrecito_ tiene en esto razón. Los hombres cazan en cuadrilla.
-Matar á uno, mientras no sepamos qué es lo que van á hacer los demás,
-es cazar mal. Venid, vamos á ver qué es lo que ése hacer contra
-nosotros.
-
---No iremos, refunfuñó el Hermano Gris. Caza solo, Hermanito.
-_Nosotros_... sabemos lo que queremos. Ya hubiera estado ahora el
-cráneo á punto de traerlo aquí.
-
-Miraba Mowgli ya á uno ya á otro de sus amigos, palpitante el pecho y
-llenos de lágrimas los ojos. Adelantóse á grandes pasos hacia los lobos
-é hincando una rodilla dijo:
-
---¿Por ventura no sé yo lo que quiero? ¡Miradme!
-
-Miráronle con cierto embarazo, y cuando sus ojos se desviaron volvió
-á llamarles él una y otra vez, hasta que se les erizó el pelo en
-todo el cuerpo, y les temblaron los miembros, mientras Mowgli seguía
-clavándoles la vista.
-
---Ahora, les dijo, de nosotros cinco ¿quién es aquí el jefe?
-
---Tú, Hermanito, dijo el Hermano Gris, y se acercó á lamer el pie de
-Mowgli.
-
---Seguidme, pues, contestó éste. Y los cuatro le siguieron, pisándole
-los talones y con la cola entre piernas.
-
---Esa es la consecuencia de haber vivido con la manada de los hombres,
-dijo Bagheera deslizándose tras ellos. Hay ahora en la Selva algo más
-que su Ley, Baloo.
-
-Nada contestó el oso; pero quedóse pensando infinidad de cosas.
-
-Cortó Mowgli á través de la Selva sin producir el menor ruido, en
-ángulo recto con el camino que seguía Buldeo, hasta que, separando
-la maleza, vió al viejo con el mosquete al hombro, y siguiendo á un
-trotecillo como de perro el rastro de la noche anterior.
-
-Recordaréis que Mowgli abandonó la aldea llevando á cuestas la pesada
-carga de la piel sin adobar de Shere Khan, mientras Akela y el Hermano
-Gris corrían detrás, de modo que el triple rastro quedaba marcado
-con toda claridad. De pronto llegó Buldeo al sitio en que Akela había
-retrocedido, como ya sabéis, y embrollado todas las señales de la
-pista. Sentóse, entonces, tosió y refunfuñó, dió rápidas ojeadas, en
-torno suyo y en dirección de la Selva, para recobrar el perdido rastro,
-y durante todo el tiempo que estuvo haciendo esto hubiera podido tocar
-con una pedrada á los que estaban observándole. Nadie puede hacer las
-cosas tan silenciosamente como un lobo cuando no quiere él que le
-oigan, y, en cuanto á Mowgli, aunque sus compañeros creyeran que se
-movía muy pesadamente, ello es que sabía deslizarse como una sombra.
-Rodeaban todos al viejo como una manada de puercos marinos rodea á un
-vapor que va á toda máquina, y, mientras lo tenían encerrado en un
-círculo, hablaban descuidadamente, porque se mantenían á un diapasón
-muy por debajo de lo que ineducados oídos humanos pueden llegar á
-percibir. (Al otro extremo de la escala se halla el agudo chillido de
-Mang, el murciélago, que innumerables personas no oyen poco ni mucho.
-De esta nota participan el lenguaje de los pájaros, de los murciélagos
-y de los insectos).
-
---Más divertido es esto que la misma caza, dijo el Hermano Gris al ver
-que Buldeo se agachaba, miraba á hurtadillas y resollaba fuertemente.
-Parece un cerdo perdido en las selvas de la orilla del río. ¿Qué es lo
-que dice? añadió al ver que Buldeo murmuraba algo con aire furioso.
-
-Mowgli tradujo entonces:
-
---Dice que manadas enteras de lobos debieron de bailar en torno mío...
-y que en toda su vida no vió jamás un rastro así... y que está cansado.
-
---Ya descansará antes de que haya podido desembrollar la pista, dijo
-fríamente Bagheera dando la vuelta al tronco de un árbol como si
-estuvieran todos jugando á la gallina ciega. Y _ahora_ ¿qué es lo que
-hace ese viejo flacucho?
-
---Comer ó sacar humo por la boca. Los hombres siempre juegan con ella,
-dijo Mowgli. Y los silenciosos ojeadores vieron cómo el viejo llenaba,
-encendía y chupaba una pipa de las de agua, y se fijaron especialmente
-en el olor del tabaco para por él estar seguros de reconocer á Buldeo,
-si era preciso, aunque fuése en mitad de la más obscura noche.
-
-Descendió, entonces, por el camino un grupo de carboneros, y,
-naturalmente, se pararon á hablar á Buldeo, cuya fama de cazador
-se extendía lo menos cinco leguas á la redonda. Sentáronse todos y
-fumaron, acercándose Bagheera y los demás para observarlos, mientras
-Buldeo comenzó á contar la historia de Mowgli, el niño-diablo, de cabo
-á rabo, con adiciones y mentiras. Hablóles de cómo él mismo había
-matado realmente á Shere Khan; de cómo Mowgli se había convertido en
-lobo, luchando con él toda la tarde, y transformádose luego nuevamente
-en muchacho, y embrujádole el rifle á Buldeo, de tal modo que cuando
-éste se lo apuntó á Mowgli la bala dió media vuelta y fué á matar á uno
-de los búfalos del propio Buldeo; finalmente, de cómo sabiendo los de
-la aldea que era él el más bravo de todos los cazadores de Seeonee le
-había comisionado para que fuera en busca del niño-diablo y lo matara.
-Pero, entretanto, los aldeanos habían cogido á Messua y á su marido,
-que eran, indudablemente, los padres del niño-diablo, y habíanlos
-encerrado en su propia choza, y dentro de poco los someterían al
-tormento, para hacerles confesar que él era un brujo, y una bruja ella,
-tras de lo cual los quemarían vivos.
-
---¿Cuándo? dijeron los carboneros, porque ellos deseaban muchísimo
-estar presentes á la ceremonia.
-
-Contestó Buldeo que nada se haría hasta que él volviera, porque en la
-aldea deseaban que matara antes al Niño de la Selva. Después de esto
-despacharían á Messua y á su marido, y dividirían sus tierras y sus
-búfalos entre los habitantes de la aldea. Por cierto que el marido
-de Messua tenía algunos búfalos magníficos. Era muy conveniente, en
-opinión de Buldeo, el ir quitando de en medio á todos los hechiceros,
-y esa gente que mantiene niños-lobos sacados de la Selva, constituía,
-evidentemente, la peor clase de brujos.
-
---Pero ¿qué ocurriría si se enteraban de eso los ingleses? dijeron los
-carboneros. Los ingleses, según ellos habían oido decir, eran gente de
-tan poco seso que no querían permitir que honrados labradores mataran
-en paz á sus brujos.
-
---¿Y qué? contestó Buldeo: el jefe de la aldea daría parte de que
-Messua y su marido habían muerto de la picadura de una serpiente.
-En cuanto á _eso_ podía decirse que era ya cosa hecha; lo único que
-faltaba ahora era matar al niño-lobo. ¿No habían visto ellos, por
-casualidad, á aquel engendro?
-
-Miraron á uno y otro lado los carboneros, y dieron gracias á su
-buena estrella de que pudieran decir que no; pero manifestaron que,
-indudablemente, Buldeo, cuyo valor era de todos conocido, podría
-encontrarle mejor que nadie. El sol iba ya al ocaso, y pensaban ellos
-que acaso podrían darse una vuelta por la aldea de Buldeo para ver á
-aquella bruja malvada. Á esto contestó el cazador que, aunque su deber
-era matar al niño-diablo, no podía permitir que un grupo de hombres que
-no iban armados atravesara la selva sin ir escoltado por él, cuando
-de donde menos se pensara podía salir á cada momento el niño-diablo.
-Por lo tanto, él les acompañaría, y si el hijo de los hechiceros se
-presentaba... ya les enseñaría él como se las había con tal clase de
-seres el mejor cazador de Seeonee. El brahmán, dijo, le había dado un
-amuleto para protegerse contra aquel maligno espíritu, con lo cual nada
-había, pues, que temer.
-
---¿Qué dice? ¿Qué dice? ¿Qué dice? repetían los lobos cada cinco
-minutos, y Mowgli iba traduciendo, hasta que llegó á aquella parte del
-relato en que se hablaba de la bruja, y que era algo superior á sus
-facultades, por lo que dijo que el hombre y la mujer que tan amables
-habían sido con él estaban metidos en una trampa.
-
---¿Pero es que los hombres se encierran unos á otros en trampas?
-
---Eso dice él. No entiendo su charla. Se han vuelto locos todos. ¿Qué
-tienen que ver conmigo Messua y su marido para que los metan en una
-trampa, y qué significa todo eso que dice de la Flor Roja? Tendré que
-ver lo que es. De todos modos, sea lo que fuere lo que le hagan á
-Messua, nada realizarán hasta que vuelva Buldeo. Por lo tanto...
-
-Quedóse Mowgli pensando profundamente, mientras sus dedos jugaban con
-el mango del cuchillo, y, entre tanto, Buldeo y los carboneros se
-alejaron tranquilos, formando una hilera.
-
---Me vuelvo corriendo á la manada de los hombres, dijo, al fin, Mowgli.
-
---¿Y ésos? preguntó el Hermano Gris, mirando como hambriento hacia los
-carboneros.
-
---Cantadles un poco mientras regresan á casa, contestó Mowgli
-sonriendo. No quisiera que llegaran á las puertas de la aldea hasta que
-fuera de noche. ¿No podéis vosotros entretenerlos?
-
-El Hermano Gris enseñó los dientes con aire despreciativo.
-
---O yo no sé lo que son hombres, ó podemos hacerles dar vueltas y
-vueltas como cabras atadas á una cuerda...
-
---No es esto lo que necesito. Cantadles un poco para que no hallen tan
-solitario el camino; y la canción que cantéis, Hermano Gris, ninguna
-necesidad hay de que sea de las más dulces. Acompáñalos, Bagheera, y
-ayuda á entonar la canción. Cuando haya oscurecido ven á encontrarme
-junto á la aldea... el Hermano Gris sabe dónde.
-
---No es leve trabajo el de cazar para el _Hombrecito_. ¿Y cuándo
-dormiré? dijo Bagheera bostezando, aunque en los ojos se le viera la
-alegría con que se prestaba á aquel juego. ¡Cantarles yo á hombres
-desnudos! Pero probemos.
-
-Bajó la cabeza para que el sonido llegara más lejos, y lanzó un
-larguísimo grito de: _¡Buena suerte!_..., un grito para ser lanzado
-en mitad de la noche y que ahora, por la tarde, no dejaba de sonar de
-un modo horrible, sobre todo, como comienzo. Mowgli le oyó retumbar,
-elevarse, caer, extinguirse, al fin, en una especie de lamento que
-parecía arrastrarse, y sonrió á solas, al ir corriendo á través de la
-Selva. Distinguía perfectamente á los carboneros agrupados en círculo,
-mientras el cañón de la escopeta de Buldeo se balanceaba como una hoja
-de plátano, tan pronto hacia uno como hacia otro de los cuatro puntos
-cardinales. Entonces, lanzó el Hermano Gris el _¡ya-la-hi! ¡yalaha!_,
-el grito de caza para los gamos, cuando la manada corre detrás del
-_nilghai_, la gran vaca azul, y pareció que el grito venía del fin
-del mundo, acercándose, acercándose cada vez más, hasta que terminó,
-al fin, en un chillido bruscamente cortado. Contestaron al lobo los
-otros tres, de tal modo que hasta el mismo Mowgli podía haber jurado
-que la manada entera gritaba á la vez, y entonces, todos juntos,
-prorrumpieron en la magnífica _Canción matutina en la Selva_, con
-todas las variaciones, preludios y demás que sabe hacer la potente
-voz de un lobo de los de la manada. He aquí la canción groseramente
-traducida á nuestro lenguaje; pero imaginaos cómo debe de sonar al
-romper el silencio de la tarde, en la Selva:
-
- Sobre la llanura no vagaban sombras
- ha sólo un instante,
- de ésas que tan negras tras de nuestra pista
- parecen lanzarse.
-
- Las rocas y arbustos, en medio al reposo
- matinal del aire,
- con duros contornos se ven dibujados
- y se alzan gigantes.
-
- Llegó ya el momento de gritar: ¡Descansen
- cuantos con cuidado nuestra Ley guardaren!
-
- Recógense ahora todos nuestros pueblos
- y van á ocultarse;
- los fieros varones que la Selva tiene
- se arrastran cobardes,
- ó allá en sus guaridas permanecen quietos,
- mientras el buey sale
- y uncido en parejas arrastra el arado
- que cien surcos abre.
-
- Desnuda y temible la Aurora al alzarse
- sobre el horizonte parece que arde.
-
- ¡Á nuestros cubiles! que el sol ya despierta
- la yerba brillante,
- y entre los bambúes se oyen ya susurros
- que llevan los aires.
-
- Al cruzar los bosques, que ilumina el día
- ¡qué raro contraste!
- Los ojos nos duelen, y casi cerrarlos
- tanta luz nos hace.
-
- Entonces, volando va el pato salvaje
- y--¡Hombres, es de día!--grita al alejarse.
-
- Seco en vuestras pieles está ya el rocío
- que mojólas antes;
- secos los caminos que él humedecía,
- y en los barrizales
- los charcos se truecan en frágil arcilla
- que cruje al quebrarse.
- La Noche, traidora, revela las huellas
- que ocultaba, y parte.
-
- Por eso nosotros gritamos: ¡Descansen
- todos los que fieles nuestra Ley guardaren!
-
-Pero no hay traducción que pueda darnos exacta idea del efecto que la
-canción producía, ni de los desdeñosos aullidos con que _los Cuatro_
-iban diciendo cada palabra de la misma, al oir que las ramas crujían
-cuando, á toda prisa, se encaramaban los hombres á ellas, mientras
-Buldeo comenzaba á repetir encantos y maleficios. Después de esto,
-echáronse y durmieron, porque, como todos los que viven gracias al
-propio esfuerzo, eran de carácter metódico, y nadie puede trabajar bien
-sin dormir.
-
-Entre tanto, iba Mowgli devorando leguas, más de dos por hora,
-balanceando el cuerpo, contentísimo por hallarse tan ágil después de
-todos los meses de sujeción que había pasado entre los hombres. Su idea
-fija era sacar á Messua y á su marido de la trampa, fuera de la clase
-que fuera, porque á él le inspiraban natural desconfianza todas las
-trampas. Más tarde, prometíase pagar con creces las deudas que tenía
-pendientes con la aldea.
-
-Era ya el anochecer cuando vió las tierras de pastos que tan bien
-recordaba, y el árbol de _dhâk_, donde el Hermano Gris le había
-esperado aquella mañana en que mató á Shere Khan. Incomodado, como
-estaba, con toda la raza humana, sintió que algo le oprimía la garganta
-y le obligaba á recobrar con fuerza el perdido resuello cuando tendió
-la vista sobre los tejados de la aldea. Observó que todo el mundo había
-vuelto del campo á hora más temprana de lo acostumbrado, y que en vez
-de ir á cuidar de la cena se reunían en un gran grupo bajo el árbol de
-la aldea, hablando y gritando.
-
---Está visto que los hombres no están contentos más que cuando pueden
-construir trampas para sus semejantes, dijo Mowgli. La otra noche era
-yo... pero de aquella noche parecen haber pasado ya muchas _lluvias_.
-Esta noche son Messua y _su hombre_. Mañana (y muchas noches más
-después de mañana), le llegará otra vez el turno á Mowgli.
-
-Arrastróse á lo largo de la parte exterior del muro hasta llegar á la
-choza de Messua, y, una vez allí, miró por la ventana hacia el interior
-de la habitación. En ella estaba echada Messua, amordazada, atados pies
-y manos, respirando fuertemente y dando gemidos; mientras á su marido
-se le veía amarrado á la cama pintada de alegres colores. La puerta
-de la choza que daba á la calle estaba fuertemente cerrada, y tres ó
-cuatro personas se sentaban con la espalda contra ella.
-
-Conocía Mowgli bastante bien los usos y costumbres de los aldeanos.
-Dedujo, pues, de sus observaciones que mientras pudieran aquéllos
-comer, charlar y fumar nada más que esto habían de hacer; pero en
-cuanto estuvieran hartos comenzarían á ser peligrosos. Dentro de poco
-estaría de vuelta Buldeo, y si su escolta había cumplido con su deber,
-el cazador tendría un interesantísimo cuento más que referir. Así,
-pues, entró por la ventana, y, agachándose junto al hombre y la mujer,
-cortó las ataduras, quitó la mordaza, y buscó en la choza un poco de
-leche.
-
-Estaba Messua medio loca de dolor y de miedo (durante toda la mañana
-había sido apaleada y apedreada), y púsole Mowgli la mano en la boca en
-el preciso momento en que iba ella á dar un chillido, que así se evitó.
-En cuanto á su esposo, no estaba más que desconcertado y colérico á la
-vez, y se sentó limpiándose el polvo é inmundicias que tenía adheridos
-á la barba, medio arrancada.
-
---Ya sabía yo... ya sabía yo que vendría, dijo, al fin, Messua
-sollozando. ¡Ahora sí que sé positivamente que es mi hijo! Y, al
-decirlo, apretaba á Mowgli contra su corazón.
-
-Hasta aquel momento había estado el muchacho completamente sereno;
-pero, entonces, comenzó, de pronto, á temblarle todo el cuerpo, y
-grande fué su sorpresa al notarlo.
-
---¿Qué significan esas ligaduras? ¿Por qué te han atado? preguntó,
-después de un rato de pausa.
-
---¡Verse á punto de morir por haberte hecho nuestro hijo!... ¿Qué otra
-cosa quieres que sea? dijo el hombre con aspereza. ¡Mira! ¡Sangre!
-
-Nada dijo Messua, pero las heridas que Mowgli miraba eran las de ella,
-y ambos, marido y mujer, le oyeron rechinar los dientes cuando vió la
-sangre que de aquéllas manaba.
-
---¿Quién ha hecho esto? dijo. Quien lo haya hecho lo pagará caro.
-
---Toda la aldea ha sido. Era yo demasiado rico. Tenía demasiado ganado.
-_Por lo tanto_, ella y yo somos brujos, por haberte acogido bajo
-nuestro techo.
-
---No lo entiendo. Que me lo cuente Messua.
-
---Yo te dí leche, Natoo. ¿Te acuerdas? dijo Messua con timidez. Te
-la dí porque eras mi hijo, el que el tigre me arrebató, y porque te
-quería de verdad. Dijeron, entonces, que yo era tu madre, la madre de
-un diablo, y que, por lo tanto, merecía la muerte.
-
---Y ¿qué es un diablo? preguntó Mowgli. En cuanto á la muerte la he
-visto ya.
-
-Miró el hombre al muchacho con aire lúgubre, pero Messua se rió.
-
---¿Ves? le dijo á su marido. Ya lo sabía yo... ya decía yo que no era
-él ningún hechicero. ¡Es mi hijo... mi hijo!
-
---Hijo ó hechicero... ¿de qué ha de servirnos ya? contestó el hombre.
-Lo que es nosotros podemos darnos por muertos.
-
---Ahí está el camino de la Selva... dijo Mowgli, señalando á través de
-la ventana. Libres tenéis ya manos y pies. Marchaos ahora mismo.
-
---No conocemos nosotros la Selva, hijo mío, como... como la conoces tú,
-comenzó á decir Messua. No creo, tampoco, que pudiera yo llegar muy
-lejos.
-
---Y hombres y mujeres nos seguirían para arrastrarnos nuevamente hasta
-aquí, añadió el marido.
-
---¡Pché! contestó Mowgli, mientras se hacía cosquillas en la palma de
-la mano con la punta de su cuchillo: no tengo ningunas ganas de causar
-á nadie en la aldea el menor daño... _todavía_; pero no creo que á
-vosotros os detengan. De aquí á un momento tendrán otras muchas cosas
-en que pensar. ¡Ah! añadió levantando la cabeza y escuchando los gritos
-y el ruido de pasos fuera de la casa. ¡De modo que, por fin, han dejado
-volver á Buldeo!
-
---Mandáronle esta mañana para que te matara, gritó llorando Messua. ¿No
-lo encontraste?
-
---Sí... lo encontramos... lo encontré yo. Tiene algo que contar, y,
-mientras lo cuenta, tiempo hay para hacer mucho. Pero antes tengo que
-enterarme de sus propósitos. Pensad á donde queréis ir, y decídmelo
-cuando vuelva.
-
-Saltó por la ventana y corrió, nuevamente, á lo largo del muro de
-la aldea, por su parte exterior, hasta llegar á la distancia en que
-pudiera oir á la muchedumbre reunida alrededor del árbol comunal.
-Buldeo estaba echado en el suelo, tosiendo y gimoteando, y todos le
-agobiaban á preguntas. Llevaba el cabello caído sobre los hombros;
-destrozada la piel de manos y piernas, con tanto encaramarse á los
-árboles; apenas podía hablar; pero estaba profundamente poseído de la
-importancia de su situación. De cuando en cuando pronunciaba algunas
-palabras, hablando de diablos, de canciones por ellos entonadas y de
-encantamientos, lo suficiente para que la muchedumbre fuera haciendo
-boca y preparándose para lo que iba á venir después. Á continuación
-pidió que le trajeran agua.
-
---¡Bah! exclamó Mowgli. ¡Charla... charla! ¡Habladurías! Los hombres
-son hermanos de los _Bandar-log_. Ahora necesita enjuagarse la boca con
-agua; después querrá echar humo por ella; y, cuando haya acabado de
-hacer todo eso, le quedará aún el cuento por contar. Son los hombres
-muy avisados... Nadie será capaz de guardar á Messua, hasta que tengan
-todos bien atiborrados los oídos de las mentiras que cuenta Buldeo.
-Y... y yo me estoy volviendo ya tan perezoso como ellos.
-
-Sacudió el cuerpo, deslizándose, nuevamente, en dirección de la choza.
-Estaba ya sobre la ventana cuando sintió el contacto de algo contra su
-pie.
-
---Madre, dijo, porque inmediatamente comprendió que le tocaba una
-lengua no desconocida para él, ¿qué estás haciendo ahí?
-
---Oí cantar á mis hijos en el bosque, y le seguí los pasos al que
-quiero yo más que á todos. Oye, ranita: tengo deseos de ver á la mujer
-que te dió la leche, dijo Mamá Loba, que venía empapada toda ella de
-rocío.
-
---La han atado y quieren matarla. Pero yo he cortado las ligaduras, y
-ella se escapará con su hombre hacia la Selva.
-
---Yo iré detrás, también. Vieja soy; pero aún tengo dientes.
-
-Enderezóse Mamá Loba sobre sus patas traseras, y miró por la ventana
-hacia el interior de la obscura choza.
-
-Dejóse caer sin ruido al cabo de unos momentos, y no dijo más que esto:
-
---Yo fuí quien te dió la primera leche; pero verdad es lo que dice
-Bagheera: el Hombre siempre vuelve al Hombre.
-
---Es posible, contestó Mowgli descompuesto el rostro, que tomó
-desagradable aspecto; pero lo que es esta noche disto mucho de seguir
-esa pista. Espérame aquí, y procura que no te vea _ella_.
-
---Tú sí que nunca me tuviste miedo, renacuajo mío, añadió Mamá Loba,
-retrocediendo hasta donde crecía la yerba, alta y espesa, y hundiéndose
-allí, para ocultarse como tan bien sabía hacer.
-
---Y ahora, dijo alegremente Mowgli al saltar, de nuevo, dentro de la
-choza, allí están todos, sentados alrededor de Buldeo, que les cuenta
-lo que no ocurrió. Para cuando haya acabado, dicen que seguramente
-vendrán aquí con la Flor... con fuego, quiero decir, y os quemarán á
-los dos. ¿Y entonces?
-
---Ya le he hablado á mi hombre, dijo Messua. Khanhiwara está á siete
-leguas de aquí... pero allí podríamos encontrarnos con los ingleses...
-
---Y ¿de qué manada son éstos? dijo Mowgli.
-
---No sé. Son blancos, y dícese que gobiernan toda esta tierra, y no
-permiten que las gentes se quemen, ó se peguen unos á otros, sin tener
-testigos. Si podemos llegar allí esta noche, viviremos; pero, de lo
-contrario, podemos darnos por muertos.
-
---Vivid, pues. Nadie pasará esta noche por las puertas de la aldea.
-Pero... ¿qué es lo que está haciendo _él_, tu hombre?
-
-El marido de Messua, á gatas, cavaba la tierra en un rincón de la choza.
-
---Son sus ahorrillos, dijo Messua. Es lo único que podemos llevarnos.
-
---¡Ah!... ¡Ya!... Eso que pasa de mano en mano, y siempre está frío.
-¿Es que también fuera de este lugar lo necesitan? dijo Mowgli.
-
-Miróle el hombre fijamente y con aire de malhumor.
-
---Ese es un tonto, y no un diablo, murmuró. Con el dinero podré
-comprar un caballo. Tenemos el cuerpo demasiado adolorido para caminar
-muy lejos, y dentro de una hora toda la aldea se nos vendrá detrás,
-persiguiéndonos.
-
---Pues yo digo que no os seguirán hasta que á mí se me antoje; pero
-no está mal el pensar en procurarse un caballo, porque Messua está
-fatigada.
-
-Levantóse el marido, y ató la última de sus rupias entre la ropa que
-llevaba ceñida á la cintura. Ayudó Mowgli á Messua para que pasara por
-la ventana, y el fresco aire de la noche pareció animarla; pero, á la
-luz de las estrellas, la Selva quedaba muy obscura, y ofrecía temeroso
-aspecto.
-
---¿Sabéis la pista que conduce á Khanhiwara? susurró Mowgli.
-
-Contestaron ellos con un movimiento de cabeza.
-
---Bueno. Tened presente que no habéis de tener miedo. Y ninguna
-necesidad hay de apresurarse. Sólo que... sólo que podría ser que,
-delante y detrás de vosotros, hubiera su poquito de canturreo en la
-Selva.
-
---¿Crees tú que nos hubiéramos arriesgado á pasar una noche en ella por
-nada de este mundo, si no fuera el temor de ser quemados? Al fin y al
-cabo, más vale que le maten á uno las fieras que los hombres, dijo el
-marido de Messua; pero ésta miró á Mowgli y sonrió.
-
---Digo (continuó Mowgli lo mismo que si él fuera Baloo y estuviera
-repitiendo alguna antigua ley de la Selva, por centésima vez, á un
-cachorro algo obtuso), digo que ni un sólo diente de cuantos hay en la
-Selva se clavará en vuestra piel; ni una sola garra se levantará contra
-vosotros. No os cerrarán el paso hombres ni fieras antes de llegar á la
-vista de Khanhiwara. Ya tendréis quien os vigile.
-
-Volvióse Mowgli prontamente hacia Messua y añadió:
-
---_Él_ no me cree; pero tú, al menos, ¿me querrás creer?
-
---¡Ay, hijo mío! Con toda el alma. Seas hombre, duende ó lobo de la
-Selva, yo te creo.
-
---_Él_ tendrá miedo cuando oiga cantar á mi gente. Tú, enterada ya, lo
-comprenderás. Andad ahora, y despacio, porque ninguna necesidad hay de
-apresurarse. Las puertas de la aldea están cerradas.
-
-Arrojóse Messua sollozando á los pies de Mowgli; pero él la levantó
-en seguida, sintiendo como un escalofrío. Echóle ella, entonces, los
-brazos al cuello, y colmóle de bendiciones en cuantas formas se le
-ocurrieron; pero, entre tanto, su marido miró con envidiosos ojos hacia
-sus propios campos y dijo:
-
---Como logremos llegar á Khanhiwara y me haga yo oir de los ingleses,
-les pongo un pleito al brahmán, al viejo Buldeo y á los demás, que se
-va á comer vivos á todos los de la aldea. ¡Ya les haré yo pagar doble
-de lo que valen mis cosechas abandonadas y mis búfalos sin cuidar! Haré
-en ellos un escarmiento: justicia seca.
-
-Mowgli echóse á reir.
-
---No sé, dijo, lo que justicia sea; pero... volved aquí para las
-próximas lluvias y veréis lo que habrá quedado.
-
-Alejáronse en dirección de la Selva, y Mamá Loba saltó entonces del
-sitio en que estaba escondida.
-
---¡Síguelos! ordenóle Mowgli, y cuida de que sepa toda la Selva que
-éstos dos han de pasar sanos y salvos. Haz que corra la voz. Yo
-llamaría á Bagheera.
-
-El largo, grave aullido alzóse y se extinguió luego, y Mowgli vió como
-el esposo de Messua vacilaba y se volvía en redondo, casi decidido á
-echar á correr, retrocediendo á la choza.
-
---¡Adelante! gritó alegremente Mowgli. Ya os dije que habría su
-poquillo de canto. Este grito os irá siguiendo hasta que lleguéis á
-Khanhiwara. Es una prueba de amistad que os da la Selva.
-
-Hizo Messua que su marido siguiera adelante, y se perdieron en la
-obscuridad ellos y Mamá Loba, mientras Bagheera se levantaba del suelo,
-casi á los pies de Mowgli, temblorosa del júbilo que le inspiraba la
-noche, que posee la virtud de volver feroz al Pueblo de la Selva.
-
---Estoy avergonzada de ver qué hermanos tienes, dijo con susurro de
-gata.
-
---¿Qué? ¿No era dulce la canción que le cantaron á Buldeo? contestó
-Mowgli.
-
---¡Demasiado! ¡Demasiado! Hasta á mí me hicieron olvidarme de mi
-dignidad, y,--¡por el cerrojo que me libertó!--te aseguro que también
-yo fuí cantando por la Selva, ni más ni menos que si estuviera haciendo
-el amor en la primavera. ¿No me oiste?
-
- [Ilustración]
-
---Otra caza traía yo entre manos. Pregúntale á Buldeo si le gusta la
-canción. Pero ¿dónde están _los Cuatro_? No quiero que ni uno de los de
-la manada humana cruce esta noche las puertas de la aldea.
-
---¿Para qué se necesitan, pues, _los Cuatro_? dijo Bagheera preparando
-las garras, llameándole los ojos y subiendo de tono más que nunca
-su sordo ronquido. Yo puedo detener á quien sea preciso, Hermanito.
-¿Habrá, que matar á alguien, al fin? El cantar y la vista de los
-hombres encaramándose á los árboles me han puesto en muy buena
-disposición para ello. ¿Y quién es el Hombre para que le guardemos
-consideraciones... ese cavador moreno y desnudo... que ni tiene pelo ni
-dientes... y que se alimenta de tierra? Yo lo he seguido todo el día...
-por la tarde... á la blanca luz del sol. Yo le he hecho ir delante
-de mí como los lobos hacen con el gamo. ¡Yo soy Bagheera! ¡Bagheera!
-¡Bagheera! ¡Como bailo con mi sombra así bailaba con aquellos hombres!
-¡Mira!
-
-La enorme pantera saltó como salta un gatito para cojer la hoja seca
-que da vueltas por encima de su cabeza; dió zarpazos en el aire á
-derecha é izquierda, haciendo silbar aquel con los golpes; se dejó
-caer de nuevo, sin el menor ruido, y volvió á saltar una y otra
-vez, mientras la especie de ronquido ó de gruñido que producía iba
-creciendo, como el vapor que ruge sordamente dentro de una caldera.
-
---Soy Bagheera... en medio de la Selva... en plena noche, y estoy en
-posesión de todas mis fuerzas. ¿Quién me resiste al atacar? Hombrecito,
-de un zarpazo podría echarte al suelo la cabeza, tan aplastada como si
-fuera una rana muerta en mitad del verano.
-
---¡Pega, pues! dijo Mowgli en el dialecto de la aldea, no en
-el lenguaje de la Selva, y las palabras humanas hicieron parar
-instantáneamente á Bagheera, obligándola á sentarse temblando y
-con la cabeza al mismo nivel que la de Mowgli. Una vez más miróla
-éste fijamente (como había mirado antes á los cachorros cuando se
-le rebelaron), en mitad de los ojos, de un color verde de berilo,
-hasta que la roja, deslumbradora llamarada que parecía brillar detrás
-del verde se extinguió, como la luz de un faro que apagan á larga
-distancia; hasta que los ojos se bajaron, y, con ellos, la enorme
-cabeza fué inclinándose también... baja... más baja á cada instante, y
-el encarnado rallo de una lengua vino á frotar el pie de Mowgli por el
-empeine.
-
---¡Hermana! ¡Hermana! ¡Hermana! murmuraba el muchacho acariciando
-con firmeza y suavidad á la vez á la pantera, desde el cuello hasta
-la espalda, que con la caricia se arqueaba. ¡Estate quieta! ¡Estate
-quieta! No es culpa tuya, sino de la noche.
-
---Sí, los olores de la noche, dijo Bagheera con aspecto de
-arrepentimiento. Este aire parece que me esté hablando á gritos. Pero
-¿y _tú_ cómo sabes eso?
-
-Claro está que, alrededor de una aldea india, hállase el aire
-impregnado de toda clase de olores, y para cualquier animal que tiene
-el olfato casi como único vehículo del pensamiento, los olores poseen
-la virtud de enloquecer, casi tanto como la música y ciertas drogas
-la tienen respecto á los seres humanos. Mowgli acarició á la pantera
-durante algunos minutos más, y ésta se tendió como un gato ante el
-fuego, metidas las patas bajo el pecho, y medio cerrados los ojos.
-
---Tú eres y _no eres_ uno de los de la Selva, dijo, al fin. Y yo no soy
-más que una pantera negra. Pero te quiero, Hermanito.
-
---Mucho se prolonga la conversación de ésos, allá á la sombra del
-árbol, dijo Mowgli sin prestar atención á las últimas palabras de la
-pantera. Buldeo debe de haberles contado infinidad de cuentos. Pronto
-vendrán á sacar de la trampa á la mujer y al hombre para ponerlos
-sobre la Flor Roja; pero se encontrarán con que la trampa se ha
-abierto. ¡Ja! ¡Ja!
-
---¡Vaya, escucha! dijo Bagheera. Ya se me ha pasado la fiebre.
-Permíteme ir á allí para que cuando vayan ellos se encuentren conmigo.
-Pocos serían los que salieran de sus casas después de verme á mí. No
-será esta la primera vez que me he visto metida en una jaula, y no creo
-que á mí me amarren con cuerdas.
-
---Pues ten juicio, contestó Mowgli riendo, porque empezaba él mismo á
-sentirse tan atrevido como la pantera, que se había ya deslizado dentro
-de la choza.
-
---¡Uf! gruñó Bagheera. Este sitio apesta á Hombre; pero aquí veo una
-cama parecida precisamente á la que me dieron para que me acostara en
-las jaulas de Oodeypore. Deja que me eche en ella.
-
-Mowgli oyó crugir las cuerdas de la cama, que formaban el fondo de
-ésta, con el peso de la enorme fiera, al tenderse encima.
-
---Por el cerrojo que me libertó, te aseguro, continuó, que han de decir
-que ésta es caza mayor. Ven y siéntate á mi lado, Hermanito, que así
-les gritaremos juntos: «¡Buena suerte!»
-
---No; otra idea me bulle á mí en la cabeza. No ha de saber la manada de
-los hombres la parte que tengo yo en ese juego. Caza tú sola. No quiero
-verlos.
-
---¡Sea! dijo Bagheera. ¡Ah! Ahora vienen.
-
-La conferencia celebrada á la sombra del árbol, allá al extremo de la
-aldea, había ido convirtiéndose en ruidosísima. Estalló, al fin, en
-salvajes alaridos y en una especie de alud de hombres y mujeres que
-remontaban la calle blandiendo garrotes, bambúes, hoces y cuchillos. Al
-frente iban Buldeo y el brahmán; pero la turba los seguía pisándoles
-los talones y gritando:
-
---¡Á la bruja y al brujo! ¡Vamos á ver si la moneda enrojecida al
-fuego les hará confesar! ¡Ya les enseñaremos á recoger lobos ó diablos!
-¡No, mejor será apalearlos primero! ¡Antorchas! ¡Más antorchas!
-¡Calienta el cañón de la escopeta, Buldeo!
-
-Surgió aquí una pequeña dificultad: el pestillo de la puerta estaba
-cerrado y asegurado fuertemente; pero la multitud lo arrancó por
-completo, precipitándose la luz de las antorchas en la habitación
-donde, tendida cuan larga era sobre la cama, cruzadas las patas, y
-colgando un poco hacia un lado, negra como el abismo y terrible como un
-diablo, estaba Bagheera. Hubo, entonces, cosa de medio minuto de mortal
-silencio, mientras los de las primeras filas de la multitud, para
-abrirse paso, clavaban las uñas en los que tenían detrás, retrocediendo
-desde el umbral, y en aquel mismo instante levantó Bagheera la
-cabeza y bostezó... bostezó trabajosa, cuidadosamente, con verdadera
-ostentación, como tenía por costumbre hacer cuando quería insultar
-á alguno de sus iguales. Sus labios se encogieron y levantaron; su
-roja lengua se enroscó; su quijada inferior fué bajándose, bajándose,
-hasta mostrar la mitad del hirviente gaznate, y los enormes caninos se
-destacaron en las encías, hasta que los superiores y los inferiores
-sonaron con metálico ruido al chocar, como las aceradas guardas de una
-cerradura que vuelven á su sitio en los bordes de un arca. Un momento
-después la calle estaba vacía; Bagheera había saltado otra vez por la
-ventana y se hallaba al lado de Mowgli; y, entre tanto, un verdadero
-torrente de personas huía dando alaridos, gritando desaforadamente,
-atropellándose unos á otros, con el pánico que les dominaba y la prisa
-para llegar cada uno á su propia choza.
-
---No se moverán de allí hasta que se haga de día, dijo suavemente
-Bagheera. ¿Y ahora, qué más?
-
-Parecía como si el silencio de la siesta se hubiera apoderado de la
-aldea; pero, escuchando atentamente, oyeron el ruido de pesadas cajas
-de las que sirven para guardar el grano, y que eran arrastradas sobre
-suelos de tierra para colocarlas contra las puertas. Tenía razón
-Bagheera: la gente de la aldea no se movería ya más hasta que se
-hiciera de día. Mowgli se sentó en silencio y púsose á pensar, mientras
-su rostro iba adquiriendo á cada momento tinte más sombrío.
-
---Pero ¿qué he hecho yo? dijo Bagheera, por fin, echándose á sus pies
-con aire zalamero.
-
---Nada más que un gran bien. Obsérvalos hasta que apunte el día. Yo me
-voy á dormir.
-
-Corrió Mowgli hacia la Selva y dejóse caer como muerto sobre una roca,
-donde durmió, sin interrupción, todo el día y toda la noche siguiente.
-
-Al despertarse, Bagheera estaba á su lado, y á los pies tenía un gamo
-que aquélla acababa de matar. Miraba la pantera curiosamente, mientras
-Mowgli comenzó á manejar el cuchillo, comió, bebió, y volvióse, al fin,
-de lado, con la barba apoyada en las manos.
-
---El hombre y la mujer han llegado sanos y salvos á la vista de
-Khanhiwara, dijo Bagheera. Tu madre mandó el aviso por medio de Chil,
-el milano. Hallaron un caballo antes de media noche (de la noche en que
-quedaron libres), y pudieron así alejarse con toda velocidad. ¿No te
-alegras de eso?
-
---Bien está, contestó Mowgli.
-
-Y tu manada humana, allá en la aldea, no se ha movido hasta que el
-sol estaba ya alto, esta mañana. Entonces, tomaron su alimento, y
-corrieron, de nuevo, hacia sus casas.
-
---¿Te vieron, por casualidad?
-
---Es posible. Estaba yo revolcándome á la hora del alba ante la puerta,
-y podría ser, también, que hubiera cantado un poco por divertirme.
-Ahora, Hermanito, no queda ya más que hacer. Vente á cazar conmigo y
-con Baloo. Ha hallado unas colmenas nuevas que quiere enseñar, y todos
-nosotros deseamos que vuelvas, como antes, á estar en nuestra compañía.
-¡No mires así, que hasta á mí me das miedo! Ni el hombre ni la mujer
-serán puestos ya sobre la Flor Roja, y todo va bien ahora en la Selva.
-¿No es cierto? Olvidemos á la manada de los hombres.
-
---La olvidaremos de aquí á un rato. ¿Dónde comerá esta noche Hathi?
-
---Donde se le antoje. ¿Quién es capaz de decir lo que hará el
-Silencioso? Pero ¿por qué lo preguntas? ¿Qué puede hacer aquí Hathi que
-no podamos nosotros?
-
---Dile que venga con sus tres hijos á encontrarme.
-
---Pero... verdaderamente, Hermanito... no está bien que se le diga
-á Hathi: «ven», ó «márchate». Acuérdate de que él es el dueño de la
-Selva, y de que antes que la manada de los hombres cambiara el aspecto
-de tu rostro, él te enseñó las _palabras mágicas_ de la Selva.
-
---Lo mismo da. Yo tengo ahora una _palabra mágica_ contra él. Dile que
-venga á encontrar á Mowgli, la Rana; y, si no te escucha á la primera
-vez, dile que venga _por la destrucción de los campos de Bhurtpore_.
-
---_La destrucción de los campos de Bhurtpore_, repitió Bagheera dos ó
-tres veces, para estar segura de recordar las palabras. Voy en seguida,
-continuó. Lo peor que puede suceder es que Hathi se enfade, y daría yo
-toda la caza que puedo matar desde una luna á otra para oir una palabra
-mágica que pudiera obligar al Silencioso á hacer algo.
-
-Marchóse, pues, dejando á Mowgli ocupado en dar furiosas cuchilladas
-á la tierra con su cuchillo de desollador. No había visto Mowgli en
-su vida sangre humana hasta que vió, y (lo que para él significaba
-mucho más) olió la sangre de Messua sobre las ligaduras con que la
-ataron. Y Messua había sido bondadosa con él, y, en cuanto al muchacho
-se le alcanzaba del cariño, la quería tan de veras como de verdad
-odiaba á todo el resto de la humanidad. Pero por profundo que fuera su
-aborrecimiento á los hombres, á su charla, su crueldad y su cobardía,
-por nada de cuanto pudiera ofrecerle la Selva se hubiera él decidido á
-arrebatar una sola vida humana, y á sentir ese terrible olor de sangre,
-fijo en su olfato nuevamente. Mucho más sencillo era su plan; pero
-mucho más completo también, y, á solas, se reía él cuando pensaba que,
-precisamente, uno de los cuentos que refería Buldeo bajo el árbol, al
-caer de la tarde, era lo que le había suscitado la idea.
-
---Verdaderamente fué una palabra mágica, murmuró á su oido Bagheera.
-Estaban comiendo junto al río, y obedecieron como si fueran bueyes.
-Míralos: ya vienen.
-
-Habían llegado Hathi y sus tres hijos del modo que era en ellos
-habitual: sin producir el menor ruido. En los costados llevaban aun
-fresco el barro del río, y Hathi mascaba pensativo el verde tallo de
-un plátano que acababa de arrancar con los colmillos. Pero no había en
-todo su enorme cuerpo una sola línea que no le demostrara á Bagheera
-(capaz de ver las cosas con claridad cuando las tenía delante) que
-no asistía á una entrevista entre el dueño de la Selva y un humano
-cachorro, sino entre alguien que se presentaba con miedo y otro que
-carecía de él en absoluto. Los tres hijos se balanceaban, uno al lado
-de otro, detrás de su padre.
-
-Mowgli levantó apenas la cabeza cuando Hathi le saludó con el grito
-de: _¡Buena suerte!_ Túvole mucho rato, antes de hablar, meciéndose,
-levantando una pata y después otra; y, al fin, cuando despegó los
-labios, fué para dirigirse á Bagheera, no á los elefantes.
-
---Voy á contar un cuento que me refirió á mí el cazador que fuíste tú á
-cazar hoy, dijo Mowgli. Es relativo á un elefante, viejo y sabio; que
-cayó en una trampa, y al cual el palo afilado que había en el fondo de
-ella le produjo una herida desde un poco más arriba de una pata hasta
-la parte alta del hombro, dejándole una señal blanca.
-
-Tendió aquí Mowgli la mano, y, como Hathi se moviera, la luz de la luna
-hizo visible una larga cicatriz blanca sobre el costado de color de
-pizarra, cicatriz semejante á la que podría dejar un látigo metálico
-calentado al rojo.
-
---Unos hombres vinieron á sacarle de la trampa, continuó Mowgli; pero
-él rompió las cuerdas con que lo ataron, porque fuerzas tenía para
-ello, y se marchó, esperando, luego, á que se le hubiera cerrado
-la herida. Entonces volvió, furioso, de noche, á los campos de los
-cazadores aquéllos. Y ahora recuerdo que tenía tres hijos. Todo eso
-sucedió hace muchas, muchísimas _lluvias_, y lejos, muy lejos, allá por
-los campos de Bhurtpore. ¿Qué ocurrió en esos campos al venir la época
-de la siega, Hathi?
-
---Que los había ya segado yo, junto con mis tres hijos, contestó Hathi.
-
---¿Y respecto á la labor de arado que sigue á la siega? dijo Mowgli.
-
---Que no se dió, dijo Hathi.
-
---¿Y en cuanto á los hombres que viven cerca de los verdes cultivos que
-sustenta la tierra? preguntó Mowgli.
-
---Se marcharon.
-
---¿Y qué fué de las chozas en que dormían los hombres? dijo Mowgli.
-
---Sus techos, los hicimos pedazos nosotros, y la Selva se tragó las
-paredes, contestó Hathi.
-
---Y ¿qué más? dijo Mowgli.
-
---Tanto terreno cultivable como puedo yo recorrer en dos noches, yendo
-de Este á Oeste, y en tres, de Norte á Sur, pasó á ser dominio de la
-Selva. Sobre cinco aldeas arrojamos nosotros á los que la pueblan; y
-en ellas, y en sus terrenos, sean de los de pastos ó de los de labor,
-no hay hoy un solo hombre que se alimente de lo que produce la tierra.
-Esto fué _la destrucción de los campos de Bhurtpore_, realizada por mí
-y por mis tres hijos; y ahora te pregunto yo, Hombrecito, añadió Hathi
-¿cómo tuviste tú noticia de todo esto?
-
---Un hombre fué quien me lo dijo, y ahora observo que hasta él, Buldeo,
-es capaz de decir la verdad. Bien hiciste las cosas, Hathi, el de la
-cicatriz blanca; pero la segunda vez se harán aun mejor, porque habrá
-un hombre que las dirija. ¿Conoces la aldea en que vive la manada
-humana que me arrojó á mí de aquélla? Todos son allí perezosos, sin
-sentido común y crueles; se entretienen en jugar con la boca y no matan
-al débil para comérselo, sino por diversión. Cuando están hartos serían
-capaces de echar sobre la Flor Roja á sus propios hijos. Yo lo he
-visto. No está bien que sigan viviendo aquí por más tiempo. ¡Les tengo
-odio!
-
---¡Mata, pues! dijo el más joven de los hijos de Hathi cogiendo un
-manojo de yerba, sacudiéndolo entre sus patas delanteras y arrojándolo
-lejos, mientras sus ojos, pequeños y rojizos, miraban de soslayo á uno
-y otro lado.
-
---¿Y para qué necesito yo huesos blancos? contestó Mowgli con malhumor.
-¿Soy acaso algún lobato para entretenerme jugando al sol con algún
-cráneo? Maté á Shere Khan, y su piel se pudre allá sobre la Peña del
-Consejo; pero... pero no sé adonde ha ido á parar él, y vacío de su
-carne tengo aun el estómago. Esta vez quiero algo que pueda yo verlo y
-tocarlo. ¡Lanza á la Selva en masa contra la aldea, Hathi!
-
-Al oir esto estremecióse Bagheera y se acurrucó. Comprendía ella,
-suponiendo que se llevaran las cosas hasta el extremo, una rápida
-embestida por la calle del pueblo y unos cuantos golpes repartidos á
-diestro y siniestro entre la multitud, ó bien el matar por astutos
-medios á algunos hombres, mientras araban, allá á la hora del
-crepúsculo; pero ese proyecto de borrar deliberadamente de la vista de
-hombres y de fieras á toda una aldea la aterrorizaba. Ahora comprendía
-porque Mowgli había mandado llamar á Hathi. Nadie más que el elefante,
-que tan larga vida contaba, podía trazar el plan de semejante guerra y
-llevarla á cabo.
-
---Que corran como corrieron los hombres que cultivaban los campos de
-Bhurtpore, hasta que el agua de lluvia sea el único arador que trabaje
-la tierra... hasta que el ruido de aquélla, al caer sobre las hojas,
-venga á reemplazar al del huso... hasta que Bagheera y yo podamos
-echarnos en la casa del brahmán, y el gamo vaya á beber en el estanque
-que hay detrás del templo... ¡Lanza sobre esa gente á toda la Selva,
-Hathi!
-
---Pero yo... pero nosotros no tenemos cuestión alguna pendiente con
-ellos, y es preciso sentir toda la rabia que un gran dolor da para
-destrozar los sitios donde los hombres duermen, dijo Hathi dudando.
-
---¿Sois vosotros, acaso, los únicos que coméis yerba en la Selva?
-Trae á todas tus gentes. Deja que se encarguen de ello el ciervo, el
-jabalí y el _nilghai_. No tenéis vosotros necesidad ni de que os vean
-un palmo de piel hasta que los campos hayan quedado ya completamente
-limpios. ¡Lanza á toda la Selva allí, Hathi!
-
---¿No habrá matanza? Rojos de sangre tenía los colmillos cuando la
-destrucción de los campos de Bhurtpore, y no quisiera despertar
-nuevamente el olor que sentí entonces.
-
---Ni yo tampoco. No desearía ni ver siquiera cómo sus huesos andan
-esparcidos por la desnuda tierra. Que se vayan y busquen nuevos
-cubiles: no pueden quedarse aquí. He visto, he sentido el olor de la
-sangre de la mujer que me alimentó... de la mujer á quien hubieran
-matado ellos á no haber sido por mí. Sólo el olor de la yerba fresca
-creciendo sobre los umbrales de sus casas puede borrar de mi memoria el
-otro. Parece como que me queme la boca. ¡Lanza sobre ellos á toda la
-Selva, Hathi!
-
---¡Ah! dijo éste, así me quemaba á mí la piel la herida que me hizo
-aquella estaca, hasta que vimos como desaparecían las aldeas con el
-crecimiento de la vegetación en la primavera. Ahora me hago cargo de
-todo. Tu guerra la considero ya como nuestra. ¡Lanzaremos á toda la
-Selva sobre ellos!
-
-Apenas tuvo Mowgli tiempo de recobrar el perdido aliento (todo él
-temblaba de coraje y de odio) cuando ya el sitio donde habían estado
-los elefantes se hallaba vacío, y Bagheera le contemplaba á él como
-aterrorizada.
-
---¡Por el cerrojo que me dejó escapar!... dijo, al fin, la pantera
-negra, ¿eres tú aquella cosita desnuda en favor de la cual hablé en la
-manada cuando todas las cosas eran más jóvenes que ahora? ¡Dueño de la
-Selva, cuando pierda yo mis fuerzas habla en favor mío... habla también
-en favor de Baloo... defiéndenos á todos nosotros! ¡Ante tí no somos
-más que cachorros... ranillas que tu pie destroza... cervatos que han
-perdido á su madre!
-
-La idea de que Bagheera fuera un cervatillo perdido causó tal impresión
-en Mowgli que se echó á reir, perdió el aliento, volvió á recobrarlo y
-á perderlo, riéndose siempre, hasta que, al fin, tuvo que zambullirse
-en una laguna para que se le parara la risa. Entonces, púsose á nadar
-dando vueltas en ella, hundiéndose en el agua, de cuando en cuando, ora
-á la luz de la luna, ora fuera de ella, como una rana, como el animal
-que lleva el mismo nombre que á él le daban.
-
-Entretanto, Hathi y sus tres hijos habían partido separados, en
-dirección de los cuatro puntos cardinales, y se alejaban á grandes
-pasos por los valles, á un cuarto de legua de distancia. Siguieron
-andando así durante dos días (ó sea anduvieron más de quince leguas)
-á través de la Selva; y cada paso que dieron y cada balanceo de sus
-trompas era visto, observado cuidadosamente y comentado por Mang, Chil,
-el Pueblo de los monos y todos los pájaros. Luego empezaron á comer, y
-comieron tranquilamente por espacio de una semana, ó cosa así. Hathi
-y sus hijos son parecidos á Kaa, la serpiente pitón de la Peña: no se
-apresuran, más que cuando hay necesidad de hacerlo.
-
-Pasado este tiempo, y sin que nadie supiera el origen del rumor,
-comenzó á esparcirse por la Selva el de que en tal ó cual valle podían
-hallarse mejor comida y agua de lo acostumbrado. Los jabalíes (que son
-capaces de ir al fin del mundo para procurarse algo bueno que comer)
-empezaron á marcharse por grandes grupos, empujándose unos á otros
-por encima de las rocas; siguiéronles los ciervos, con las pequeñas y
-salvajes zorras que viven de los muertos y moribundos que hay en las
-manadas de aquéllos; el _nilghai_, de pesados hombros, marchó en línea
-paralela con los ciervos, y los búfalos que viven en los pantanos
-fuéronse también detrás del _nilghai_. La cosa más insignificante
-hubiera bastado para hacer que se volvieran las esparcidas é indóciles
-manadas, que pacían de cuando en cuando, vagaban de una parte á otra,
-bebían, y volvían á pacer; pero, siempre que se producía alguna alarma,
-no faltaba quien se encargara de apaciguarlos á todos. Unas veces
-era Sahi, el puerco espín, que venía con grandes noticias de cosas
-excelentes que podían comerse con sólo ir un poco más hacia adelante;
-otras era Mang el que gritaba dando ánimos, y se lanzaba por un claro
-de bosque para enseñar que nada había que estorbara el paso; ó Baloo,
-llena la boca de raíces, caminaba, bamboleándose, á lo largo de alguna
-indecisa fila, y, mitad asustando á todos, mitad retozando con ellos,
-les obligaba á tomar el verdadero camino. Muchos de los animales se
-volvieron atrás, se escaparon, ó dejaron de sentir ya interés por
-aquella marcha; pero también quedaron otros muchos decididos á seguir
-adelante. Al cabo de unos diez días, la situación era la siguiente:
-los ciervos, jabalíes, y _nilghais_ iban pulverizándolo todo, en un
-círculo de dos leguas ó dos leguas y media de radio, mientras los
-animales carnívoros libraban sus escaramuzas en los bordes de aquel
-gran círculo. Y el centro de éste era la aldea; y alrededor de ella
-iban madurando las cosechas; y en medio de los campos que las contenían
-había hombres sentados en lo que allí se llaman _machans_ (plataformas
-parecidas á palomares, hechas de palos colocados sobre cuatro puntales)
-para espantar á los pájaros y á los ladrones de otra clase. Entonces
-no hubo ya más contemplaciones con los ciervos: los carnívoros,
-colocándose detrás de ellos, los empujaron hacia adelante, al propio
-tiempo que hacia lo interior del círculo.
-
-Cuando Hathi y sus tres hijos llegaron de la Selva, como deslizándose,
-y rompieron con la trompa los puntales de los _machans_, era una noche
-obscura. Cayeron éstos como si fueran rotos tallos de cicuta en flor,
-y los hombres que junto con ellos vinieron al suelo se encontraron
-con que á su lado resonaba el ruido gutural que hacen los elefantes.
-Entonces, la vanguardia de los azorados ejércitos de ciervos lanzóse,
-como una inundación, sobre las tierras de pastos y de cultivo,
-pertenecientes á la aldea; el jabalí de agudas pezuñas é inclinado á
-hozar, fuése, también, con ellos, con lo cual lo que el ciervo dejaba
-lo estropeaba él; y, de cuando en cuando, algún alboroto producido por
-los lobos agitaba á todas las manadas y las hacía correr de un lado á
-otro como locas, pisoteando la cebada verde y cegando las acequias.
-Antes de que apuntara el alba, la presión sobre la parte exterior del
-círculo cedió en uno de los puntos de éste. Los carnívoros habían
-retrocedido, dejando abierto el paso en dirección al Sur, y por allí se
-escapaban los gamos á manadas.
-
-De los demás animales, otros, más atrevidos, se tendían entre los
-matorrales para terminar la comida á la noche siguiente.
-
-Pero el trabajo puede decirse que estaba ya hecho. Cuando los aldeanos
-miraron hacia sus campos, por la mañana, vieron que las cosechas
-estaban perdidas. Y eso significaba que la muerte se hallaba cercana
-para ellos si no se marchaban, porque, un año sí y otro no, vivían tan
-próximos á morirse de hambre como próxima á ellos tenían la Selva.
-Al mandar á los búfalos para que fueran á pacer, los hambrientos
-animales se hallaron con que los ciervos habían dejado ya limpias todas
-las tierras de pastos, y así vagaron de un lado á otro por la Selva
-esparciéndose y yendo á juntarse con sus semejantes no domesticados;
-luego, al llegar la hora del crepúsculo, los tres ó cuatro caballitos
-que había en la aldea fueron hallados muertos en sus establos, con la
-cabeza destrozada. Sólo Bagheera podía haber dado golpes como aquéllos,
-y sólo á ella se le hubiera ocurrido la insolente idea de arrastrar el
-último cuerpo muerto hasta la calle.
-
-No les quedaron á los aldeanos ánimos para encender fogatas en los
-campos aquella noche, y así Hathi y sus tres hijos fueron espigando
-entre lo que había quedado, y donde espiguea Hathi no hay necesidad de
-que nadie vaya detrás de él. Decidieron los hombres vivir del trigo
-que guardaban para semilla, hasta que vinieran las lluvias, y entonces
-ponerse á servir como criados para recuperar, con lo que ganaran, lo
-perdido aquel año; pero mientras el negociante de granos estaba ya
-pensando en sus repletos graneros y en los precios que podría obtener
-al vender lo almacenado, los afilados colmillos de Hathi arrancaban
-toda una esquina de su casa, hecha de tapia, y rompían la gran arca
-de mimbres, cubierta de amontonado estiércol de vaca, en la cual se
-guardaba el precioso grano.
-
-Al descubrirse esta última pérdida llegó para el brahmán el momento
-oportuno de hablar. Hasta entonces había estado rezándoles á sus
-propios dioses sin obtener de ellos contestación. Podría ser, dijo,
-que, inadvertidamente, hubiera la aldea ofendido á alguno de los dioses
-de la Selva, porque era indudable que ésta se había puesto en contra de
-ellos. Como consecuencia de tales palabras mandaron á buscar al jefe
-de la más próxima tribu de gondos errantes (gente pequeña, lista y muy
-negra de color, que vive, dedicándose á la caza, en el corazón de la
-Selva, y cuyos antepasados fueron la raza más antigua de la India), los
-propietarios aborígenes de aquella tierra. Obsequiaron al gondo con lo
-poco que les quedaba, y él sosteníase sobre una pierna, arco en mano,
-y atravesados en el moño que formaban sus recogidos cabellos dos ó tres
-dardos envenenados, siendo su aspecto de temor y desprecio, á la vez,
-hacia los aldeanos, que le miraban ansiosos, y hacia sus destruidos
-campos. Deseaban saber, los que le consultaban, si sus dioses (los
-antiguos dioses) estaban incomodados con ellos, y qué sacrificios
-había que ofrecerles. El gondo no dijo una palabra, pero cogió unos
-sarmientos de _karela_, la especie de vid que produce amargas calabazas
-silvestres, y los puso entrelazados sobre la puerta del templo, frente
-á la cara de la roja imagen india cuyos ojos parecían mirar fijamente.
-Entonces, hizo un signo, como empujando con la mano en el espacio, en
-dirección del camino que conducía á Khanhiwara, y volvióse á su Selva,
-observando á los animales que la poblaban moverse en todas direcciones
-á través de ella. Bien sabía que cuando toda la Selva empieza á ponerse
-en movimiento sólo los hombres blancos son capaces de meterla en
-cintura.
-
-No había necesidad de preguntar lo que significaba la predicción. Las
-calabazas silvestres crecerían en adelante en el sitio donde habían
-ellos adorado á su dios, y, cuanto antes mejor, convenía que todos se
-pusieran en salvo.
-
-Pero es difícil arrancar á una aldea en masa del sitio en que parece
-estar sujeta con amarras. Allí siguieron sus habitantes mientras les
-quedaron comestibles de los usados en verano, y hasta probaron de
-alimentarse recogiendo nueces en la Selva; pero unas sombras de ojos
-brillantes les observaban, pasando ante ellos aun en mitad del día; y,
-cuando retrocedían corriendo hasta las paredes de sus chozas, notaban
-que los troncos de los árboles, por delante de los cuales habían pasado
-hacía menos de cinco minutos, tenían la corteza arrancada á tiras,
-y aparecían llenos de señales, hechas, como á cincel, por alguna
-enorme garra. Cuanto más se encerraban en su aldea, más atrevidas
-se volvían las fieras, que corrían por los prados rugiendo, junto
-al río Wainganga. Ni tiempo les quedaba para recomponer las paredes
-posteriores de los establos que daban hacia la Selva: el jabalí las
-pisoteaba; las vides silvestres, de nudosas raíces, se apresuraban,
-luego, á clavar sus codos sobre la tierra que acababan de conquistar,
-y, al fin, la gruesa yerba erizaba allí sus puntas, como las lanzas de
-un ejército de fantasmas que persiguiera á otro en retirada.
-
-Los hombres solteros fueron los primeros en huir, y esparcieron por
-todas partes la noticia de que la aldea estaba condenada á desaparecer.
-¿Quién podía luchar, decían, contra la Selva, ó contra sus dioses,
-cuando hasta la misma cobra de la aldea había abandonado el agujero que
-ocupaba en la plataforma, bajo el árbol á cuya sombra se celebraban
-las reuniones? Así, el escaso comercio que allí se practicaba con el
-mundo exterior fué reduciéndose, como los caminos trillados, en los
-claros de la maleza, fueron disminuyendo y borrándose. Al fin, los
-trompeteos nocturnos de Hathi y de sus tres hijos dejaron de molestar
-á los aldeanos, porque nada les quedaba ya que pudiera serles robado.
-La cosecha que había sobre la tierra y la semilla enterrada bajo ella
-habían desaparecido por igual. Los campos distantes perdían su antigua
-forma, y la hora había ya llegado de acogerse á la caridad de los
-ingleses que vivían en Khanhiwara.
-
-Siguiendo la costumbre indígena, retrasaron los aldeanos su partida,
-dejándola de un día para otro, hasta que las primeras lluvias les
-cogieron desprevenidos; los abandonados techos de las chozas dieron
-paso á torrentes de agua; las tierras destinadas á pastos se inundaron
-hasta la altura del tobillo; y toda vida pareció renacer allí con
-fuerza tras los calores del verano. Entonces echaron á andar por el
-barro (hombres, mujeres y niños), bajo la lluvia matinal que les
-cegaba; pero se volvieron, por un impulso natural, para dar el último
-adiós á sus hogares.
-
-En el momento en que atravesaba las puertas de la aldea la última
-familia, agobiada bajo el peso de los fardos, oyóse ruido de bigas y
-techos de bálago que se hundían detrás de los muros. Vieron entonces
-una trompa negra y brillante, parecida á una serpiente, levantada
-en alto por un momento y ocupada en esparcir el bálago hervido.
-Desapareció, y pronto pudo oirse el ruido de otro hundimiento al que
-siguió un agudo grito. Hathi había estado arrancando techos de las
-chozas como quien arranca nenúfares, y una biga le había alcanzado
-al caer. No necesitaba más que esto para mostrar toda su contenida
-fuerza, porque, de cuantos seres hay en la Selva, el elefante salvaje,
-cuando está furioso, es el más destructor por maldad, por gusto. Dió
-una patada á una pared de tapia, que se deshizo con el golpe, y,
-desmenuzándose, se convirtió en amarillo barro, gracias al torrente de
-agua que caía. Entonces, volvióse en redondo, y, dando agudos gritos,
-lanzóse á través de las estrechas calles, apoyándose fuertemente contra
-las chozas á derecha é izquierda, destrozando las desvencijadas puertas
-y aplastando los aleros, mientras sus tres hijos corrían detrás de él,
-como habían corrido cuando la destrucción de los campos de Bhurtpore.
-
---La Selva se tragará esas cáscaras que quedan, dijo una voz reposada,
-entre las ruinas. Lo que ahora hay que echar abajo es el muro exterior,
-añadió, y, en aquel momento, Mowgli, chorreándole la lluvia por los
-desnudos hombros y brazos, saltó desde una pared, que se venía al
-suelo como un búfalo cansado.
-
---Llegas oportunamente, dijo Hathi jadeante. ¡Oh! ¡Pero en Bhurtpore
-tenía yo los colmillos rojos de sangre!... ¡Al muro exterior, hijos
-míos! ¡Con la cabeza! ¡Todos á la vez! ¡Ahora!
-
-Empujaron los cuatro, puestos uno al lado de otro; hizo comba la pared,
-rajóse, y cayó, mientras los aldeanos, mudos de terror, veían las
-feroces cabezas de los destructores, rayadas de arcilla, apareciendo
-por el roto boquete. Entonces huyeron, sin hogar ya y sin alimentos,
-por el valle, contemplando como la aldea, hecha pedazos esparcidos y
-pisoteados, se desvanecía á su espalda.
-
-Un mes después, el lugar era un otero lleno de hoyos y cubierto de
-blanda, verde yerba recién nacida, y al terminar las lluvias, la Selva
-entera rugía á plenos pulmones en el sitio donde aun no hacía seis
-meses que el arado solía remover la tierra.
-
-[Ilustración]
-
-
- =Canción de Mowgli contra los hombres=
-
- ¡Sobre vosotros lanzaré las vides
- de pies veloces, y á la Selva entera
- mandaré luego que hasta el mismo rastro
- que en pos vuestro dejéis á borrar vaya!
-
- Ante ella se hundirán todos los techos,
- quedarán sin sostén los viejos muros,
- y la amarga _karela_, como un manto
- irá á cubrirlo todo con sus hojas.
-
- Donde á reuniros vais irán los míos
- á aullar sin tregua, y del dintel colgantes
- se verán en la puerta del granero
- á los grandes murciélagos inmóviles;
- y tendréis por guardiana á la serpiente
- que en vuestro hogar reposará tranquila,
- y la amarga _karela_ irá á dar fruto
- donde hoy en lechos os tendéis vosotros.
-
- Yo haré que aunque sin ver á mis amigos
- sintáis su azote y les oigáis temblando:
- de noche he de mandarlos, cuando el suelo
- no ilumina la luna todavía.
-
- Yo os daré por pastor al fiero lobo
- que en no acotados campos irá á erguirse,
- y la amarga _karela_ sus simientes
- esparcerá donde el amor gozasteis.
-
- Yo en vuestros campos lanzaré á mi pueblo
- y, al frente de él, aun antes que vosotros,
- iré á segarlos, y, ya el pan perdido,
- tendréis que ir á espigar tras nuestras huellas.
-
- Serán de hoy más los ciervos vuestras yuntas
- para labrar las tierras devastadas,
- que donde alzarse vuestro hogar solía
- sólo abrirá sus hojas la _karela_.
-
- Sobre vosotros lanzaré las vides
- de pies que lejos van: vuestros linderos
- los borrará la Selva al invadiros
- y el bosque ha de reinar en vuestros prados.
-
- Los techos se hundirán en vuestras casas,
- quedarán sin sostén los viejos muros
- y la amarga _karela_ con sus hojas
- irá á cubriros para siempre á todos.
-
- [Ilustración]
-
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- LOS ENTERRADORES
-
-
- Quien al chacal le llame «hermano mío»
- y parta su comida con la hiena,
- es como aquel que con Jacala, el vientre
- que en cuatro patas corre, pacte tregua.
-
- _(Ley de la Selva)._
-
-
---¡Respetad á los ancianos!
-
-La voz que esto decía era una voz pastosa (fangosa, más bien, y que os
-hubiera hecho estremecer si la hubieseis oído)... una voz que parecía
-el rumor de algo muy blando que se partiera en dos pedazos. Había en
-ella un quiebro especial que la hacía participar del graznido y del
-lamento.
-
---¡Respetad á los ancianos, compañeros del río!... ¡Respetad á los
-ancianos!
-
-Nada podía verse en toda la ancha extensión ocupada por el cauce,
-exceptuando una flotilla de gabarras, de velas cuadradas y clavijas de
-madera, cargada de piedras para edificaciones, y que acababa de llegar
-bajo el puente del ferrocarril, siguiendo corriente abajo. Hicieron
-jugar los toscos timones para evitar el banco de arena que había
-formado el agua al rozar contra los estribos del puente, y mientras
-pasaban, á tres de fondo, la horrible voz comenzó de nuevo á decir:
-
---¡Brahmanes del río, respetad á los ancianos y achacosos!
-
-Volvióse uno de los barqueros, que iba sentado en la regala de uno
-de los barcos, levantó la mano, dijo algo, que no era precisamente
-una bendición, y los botes siguieron adelante, crujiendo de cuando
-en cuando, iluminados por la luna. El ancho río indio, que tenía más
-bien el aspecto de una cadena formada por lagos pequeños que el de una
-verdadera corriente continua, era terso como un cristal, reflejando en
-el centro el cielo de color de arena roja, pero mostrándose salpicado
-de manchas amarillentas y de un color de púrpura obscuro cerca de
-sus bajas orillas, y aun tocando con ellas. En la estación lluviosa
-formábanse calas en el río; pero ahora sus secas bocas quedaban muy
-por encima de la superficie del agua. Sobre la orilla izquierda, casi
-bajo el puente del ferrocarril, veíase una aldea edificada con fango y
-ladrillos, con bálago y palos, cuya principal calle, llena de ganado
-que volvía á sus establos, iba en línea recta hasta el río, y terminaba
-en una especie de tosco desembarcadero de ladrillo, en el que la gente
-que necesitaba lavar podía meterse en el agua paso á paso. Este sitio
-se llamaba el _Ghaut_ de la aldea de _Mugger-Ghaut_[20].
-
-Caía la noche á más andar sobre los campos de lentejas, arroz y
-algodón, en las tierras bajas, anualmente inundadas por el río; sobre
-los cañaverales que bordeaban el vértice del recodo que aquél formaba,
-y sobre la enmarañada maleza que crecía en las tierras de pastos,
-detrás de las adormecidas cañas. Los papagayos y los cuervos, que
-estuvieron charlando y dando gritos al ir á beber por la tarde, como de
-costumbre, habían volado ya tierra adentro para ir á dormir, cruzándose
-con los batallones de murciélagos que entonces salían; y nubes de aves
-acuáticas venían silbando á buscar el abrigo de los cañaverales. Había
-gansos de cabeza casi cilíndrica y de negra espalda, cercetas, patos
-silbadores, lavancos, tadornas, chorlitos, y, de cuando en cuando, un
-flamenco.
-
-Cerraba pesadamente la marcha una grulla de las llamadas _ayudantes_,
-que volaba como si cada uno de sus aletazos fuera el último que iba á
-dar en su vida.
-
---¡Respetad á los ancianos!... ¡Brahmanes del río... respetad á los
-ancianos!
-
-La grulla volvió á medias la cabeza, desvióse un poco en dirección de
-la voz y fué á pararse muy tiesa en el banco de arena que había debajo
-del puente. Entonces pudo verse bien su aire brutal y rufianesco. Por
-detrás parecía de gran respetabilidad, porque medía casi dos metros de
-alto, y su aspecto ofrecía bastante semejanza con el de un correctísimo
-pastor protestante de gran calva. Por delante era distinto, porque
-su cabeza á lo _Ally Sloper_[21] y su cuello no tenían ni una sola
-pluma, y en aquél llevaba una horrible bolsa de desnuda piel... á donde
-iba á parar cuanto su largo y afilado pico robaba. Eran sus patas
-largas, flacas y descarnadas; pero las movía con gran suavidad y las
-contemplaba con orgullo al alisarse las plumas de la cola, mirando de
-soslayo por encima del hombro y cuadrándose luego, como si obedeciera
-al grito de: «¡firmes!»
-
-Un chacal pequeño y sarnoso que había estado ladrando como perrito
-hambriento allá en una hondonada, levantó las orejas y la cola y corrió
-al encuentro de la grulla.
-
-Era el ser más bajo de toda su casta (y no quiere decir esto que en los
-mejores chacales haya mucho bueno, sino que éste era una especialidad
-en lo de la bajeza, por ser mitad mendigo y mitad criminal), dedicado
-á limpiar los montones de basura de la aldea, exageradamente tímido
-ó temerariamente fiero, con hambre perpetua, y lleno de astucia, que
-jamás le sirvió para maldita la cosa.
-
---¡Uf! dijo, sacudiéndose con aire lastimoso, al pararse. ¡Así la sarna
-se coma á los perros de la aldea! Tres mordidas me han dado por cada
-pulga que llevo encima, y todo porque miré (nada más que mirar, fijaos
-bien) un zapato viejo que había en un corral de vacas. Pues ¿qué he de
-comer? ¿Barro? Al decir esto se rascó debajo de la oreja izquierda.
-
---Oí yo, contestó la grulla con voz que parecía el ruido de una sierra
-embotada pasando á través de una gruesa tabla, oí yo decir que había un
-perrillo recién nacido dentro de ese zapato.
-
---Del dicho al hecho hay gran trecho, repuso el chacal que conocía
-bastantes refranes, aprendidos escuchando las conversaciones que tenían
-los hombres alrededor de las fogatas, al caer de la tarde.
-
---Cierto que sí. Y por esto, para estar yo segura de la verdad, me
-quedé cuidando á ese cachorro mientras los perros estaban ocupados en
-otro sitio.
-
---Estaban _muy_ ocupados, dijo el chacal. Bueno: no he de ir á caza de
-lo que sobre en la aldea por algún tiempo. ¿De modo que de veras había
-un perrillo ciego dentro de aquel zapato?
-
---Aquí está, contestó la grulla mirando por encima del pico á su bolsa
-que estaba llena. Poca cosa es, pero muy aceptable en estos tiempos en
-que la caridad ha muerto en este mundo.
-
---¡Ay! El mundo es duro como el hierro, en nuestros tiempos, exclamó
-el chacal gimiendo. En aquel instante sus inquietos ojos notaron una
-levísima ondulación en el agua, y se apresuró á decir, continuando:
-
---La vida es muy dura para todos nosotros, y no dudo de que hasta
-nuestro excelente amo, orgullo del _Ghaut_ y envidia del río...
-
---Un embustero, un adulador y un chacal son tres cosas que salieron á
-la vez de un mismo huevo, dijo la grulla sin dirigirse á nadie de un
-modo determinado, porque también era ella una grandísima embustera,
-cuando quería tomarse esa molestia.
-
---Sí, la envidia del río..., repitió el chacal elevando la voz. Hasta
-él mismo opina, sin duda, que desde que se construyó el puente es
-más escasa la buena comida. Pero, por otra parte, aunque no quisiera
-yo decirle esto en su propia y nobilísima cara, es él tan sabio y
-virtuoso... como poco... ¡ay! tengo yo de ambas cosas...
-
---Cuando el chacal confiesa que es gris muy negro debe de ser, murmuró
-la grulla, á la cual no se le alcanzaba, entonces, lo que iba á suceder.
-
---Que no le falte nunca la comida á él, y, como consecuencia...
-
-Oyóse un ruido sordo de algo que rozaba, como si un bote acabara de
-tocar en sitio donde el agua fuera poco profunda. Volvióse en redondo
-el chacal y se encaró (al fin más vale siempre hacerlo así), con
-el animal de quien había estado hablando en aquellos momentos. Era
-un cocodrilo de más de siete metros de largo, encerrado en lo que
-bien podía compararse á una plancha de caldera de triples remaches,
-claveteada, carenada y adornada luego con una especie de cresta;
-con unos dientes amarillos cuyas puntas colgaban desde la mandíbula
-superior, pasando sobre la inferior, hermosamente terminada en una
-especie de pico de flauta. Era el achatado _Mugger_, ó _bocón_, de
-la aldea de _Mugger-Ghaut_, más viejo que ninguno de los aldeanos,
-que había dado su nombre al lugar, y algo como el diablo de aquel
-río, en su parte vadeable, antes de que se construyera el puente del
-ferrocarril: un asesino, un devorador de carne humana, y un fetiche
-local, todo en una pieza. Quedóse tendido, con la barba en la orilla
-del agua, conservándose en esta posición gracias á una casi invisible
-ondulación de la cola, y bien sabía el chacal que bastaría un solo
-golpe de esta última, dado en el agua, para que el _Mugger_ se elevara
-por la orilla con la velocidad de una máquina de vapor.
-
---¡Feliz encuentro, protector de los pobres!, dijo con servil
-adulación, retrocediendo un poco á cada palabra. Oimos una voz
-deliciosa y nos acercamos con la esperanza de un poco de conversación
-agradable. Mi presunción desmesurada me indujo, mientras esperábamos, á
-hablar de vos. Espero que nada se habrá oído por casualidad.
-
-Ahora bien, el chacal había hablado precisamente para que le oyeran,
-porque sabía que la adulación era el mejor medio de procurarse algo
-para comer; y el _Mugger_ sabía que únicamente con tal fin había
-hablado el chacal; y el chacal no ignoraba que el _Mugger_ lo supiera;
-y éste sabía que el chacal estaba seguro de que lo sabía él; pero, á
-pesar de ello, quedábanse todos tan contentos.
-
-El viejísimo animal adelantóse, jadeando y gruñendo, sobre la orilla,
-mientras farfullaba sus acostumbradas palabras:
-
---¡Respetad á los viejos y achacosos!
-
-Durante todo este tiempo sus ojillos brillaban como brasas bajo los
-pesados, córneos párpados, encima mismo de su triangular cabeza, al
-paso que iba arrastrando el cuerpo, hinchado como un barril, entre
-sus patas ganchosas. Al fin, se paró, y acostumbrado y todo, como
-estaba el chacal, á sus maneras, no pudo evitar un estremecimiento,
-que experimentaba ya por centésima vez, cuando vió cuan exactamente
-se parecía el _Mugger_ á un leño arrojado junto á la orilla del río.
-Hasta había tenido el cuidado de tenderse formando, precisamente, con
-el agua el mismo ángulo que, al encallar naturalmente, formaría un
-madero, teniendo en cuenta cómo era la corriente en aquella época y
-lugar. Todo esto no era, por supuesto, más que cuestión de hábito,
-porque el _Mugger_ había venido á tierra únicamente por gusto; pero
-nunca un cocodrilo está bastante harto, y si el chacal hubiera llegado
-á equivocarse, tomándolo por lo que parecía y no por lo que era, no
-habría quedado con vida para seguir filosofando sobre este asunto.
-
---Hijo mío, no he oído nada, dijo el _Mugger_ cerrando un ojo. Nada
-podía oir, porque el agua me lo impedía, y, por otra parte, el hambre
-me tenía desfallecido. Desde que se construyó el puente del ferrocarril
-la gente de mi aldea ha dejado ya de quererme, y esto me tiene con el
-corazón traspasado de dolor.
-
---¡Qué vergüenza! dijo el chacal. ¡Un corazón tan noble como el
-vuestro! Pero los hombres son todos parecidos, por lo que á mí se me
-alcanza.
-
---Nada de eso. Hay entre ellos muy grandes diferencias, por cierto,
-contestó el _Mugger_ con dulzura. Unos son flacos como bicheros de
-bote; otros, gordos como cachorros de chac... digo, de perro. Jamás
-quisiera yo hablar mal de los hombres sin motivo para ello. Los hay de
-muy diversas clases; pero los años me han demostrado que, en general,
-son muy buenos. Ni en los hombres, ni en las mujeres, ni en los niños,
-hallo yo nada que reprochar. Y acuérdate, hijo mío, de que aquel que
-desprecia al mundo será despreciado por él.
-
---La adulación es peor que una lata vacía en el estómago; pero la
-verdad es que lo que acabo de oir no es más que sabiduría pura, dijo la
-grulla, bajando una de sus patas.
-
---Considerad, sin embargo, lo ingratos que son con quien es tan
-bondadoso, comenzó á decir el chacal muy tiernamente.
-
---¡No, no, no son ingratos! contestó el _Mugger_. Es que no piensan
-en los demás: no otra cosa. Pero yo he notado, estando fijo en mi
-puesto allá por debajo del vado, que las escaleras del puente nuevo
-son tan difíciles de subir que es una crueldad el obligar á pasar por
-ellas á los ancianos y á los niños. Los primeros no son, en realidad,
-tan dignos de consideración; pero los que á mí me apenan (me apenan
-verdaderamente), son los niños que están gordos. Sin embargo, paréceme
-que, á no tardar, cuando haya pasado ya la novedad ésa del puente,
-veremos á mis gentes chapoteando por el agua del vado como antes,
-valerosamente, desnuda la morena pierna. Entonces el viejo _Mugger_ se
-verá honrado otra vez.
-
---Pero yo estoy seguro de haber visto guirnaldas de caléndulas flotando
-en el borde del _Ghaut_ esta misma tarde, dijo la grulla.
-
-Las guirnaldas de caléndulas son una muestra de veneración en toda la
-India.
-
---Error... error. Era la mujer del vendedor de confituras. Va perdiendo
-la vista cada año más, y no es capaz ya de distinguir entre un madero y
-yo... el _Mugger_ del _Ghaut_. Ya ví la equivocación cuando arrojó la
-guirnalda, porque estaba echado al pie mismo del _Ghaut_, y, si llega á
-dar un paso más, le hubiera demostrado que había un poco de diferencia
-entre lo que á ella le parecía igual. Mas, en fin, la intención era
-buena y hay que considerar el espíritu de la ofrenda y no otra cosa.
-
---¿De qué sirven las guirnaldas de caléndulas cuando está uno ya en el
-estercolero? dijo el chacal dedicándose á cogerse las pulgas; pero no
-quitando ojo, con cierto aburrimiento, de su Protector de los pobres.
-
---Cierto, pero no han empezado aún á hacer el estercolero al cual he de
-ir á parar yo. Cinco veces he visto el río retroceder desde la aldea y
-dejar al descubierto nueva tierra, al pie de la calle. Cinco veces he
-visto reedificar la aldea sobre las orillas, y la veré reedificar aun
-cinco veces más. No soy yo un inconstante gavial[22], que se dedica á
-coger peces, hoy en Kasi y mañana en Prayag, como dice el proverbio,
-sino el verdadero y continuo vigilante del vado. Por algo, muchacho,
-por algo lleva mi nombre la aldea, y «quien mucho vigila», como suele
-decirse, «obtendrá, al fin, su galardón».
-
---Mucho he vigilado yo... mucho... casi toda mi vida, y el premio que
-he recibido son mordiscos y cardenales, dijo el chacal.
-
---¡Ja, ja, ja! contestó soltando la carcajada la grulla.
-
- Nació el chacal en Agosto
- y en Septiembre son las lluvias...
- ¡y él dice que _no recuerda_
- ver llover como hoy diluvia!
-
-Tiene la grulla ayudante una particularidad muy desagradable. En
-épocas que se reproducen con irregularidad sufre de agudos ataques
-de hormigueos ó calambres en las piernas, y aunque tenga la virtud
-de la resistencia en mayor grado que cualquiera de las otras clases
-de grullas, que, sin embargo, muestran siempre un aire de inmensa
-impasibilidad, se echa á revolotear en salvajes danzas guerreras
-bailadas en su especie de zancos torcidos, abriendo á medias las alas
-y moviendo de arriba abajo su cabeza calva; y mientras esto hace, por
-motivos que ella sabrá, sin duda, cuida grandemente de que sus más
-fuertes ataques vayan acompañados de sus más acerbas críticas. Al
-terminar la última palabra de su cantar cuadróse de nuevo muy tiesa,
-diez veces más digna que nunca del nombre de _ayudante_, que llevaba.
-
-El chacal retrocedió acobardado, aunque había visto ya sucederse en su
-vida tres estaciones del año; pero no puede uno darse fácilmente por
-ofendido y contestar á un insulto cuando proviene éste de quien posee
-un pico de un metro de largo y el poder de clavarlo como una jabalina.
-La grulla se distinguía por lo cobarde; pero el chacal era aun peor que
-ella.
-
---Hay que vivir para aprender, dijo el _Mugger_, y bien puede afirmarse
-lo siguiente: los chacales pequeños abundan mucho; pero un _bocón_ como
-yo es raro. Á pesar de ello no soy yo orgulloso, porque el orgullo
-conduce á la propia perdición; mas, fíjate bien, eso es cosa del Hado,
-y contra el Hado ni uno solo de los que nadan, caminan ó corren debiera
-decir palabra. Yo estoy contento del Hado. Con buena suerte, buen ojo y
-la costumbre de asegurarse de que está libre la salida antes de que te
-metas en alguna cala ó remanso, mucho puede hacerse.
-
---Oí decir una vez que hasta el Protector de los pobres se equivocó,
-dijo el chacal, maliciosamente.
-
---Cierto, pero hasta entonces vino el Hado en mi ayuda. Era antes de
-que hubiera adquirido todo mi desarrollo... tres hambres antes de la
-última que ha habido. (¡Por la margen derecha é izquierda del Ganges
-que la corriente de los ríos era enorme en aquellos tiempos!) Pues
-sí, era yo joven y atolondrado, y al venir la inundación que hubo
-¿quién más contento que yo? Con poca cosa me bastaba entonces para
-considerarme muy dichoso. La aldea estaba completamente inundada, y yo
-nadé por encima del _Ghaut_ yéndome tierra adentro, hasta llegar á los
-campos de arroz, que encontré llenos de barro. Acuérdome también de
-un par de brazaletes (por cierto que eran de cristal y no les hice el
-menor caso) que encontré aquella tarde. Sí, brazaletes de cristal, y,
-si la memoria no me es infiel, también hallé un zapato. Debiera haber
-sacudido aquel zapato... y el otro, pues había dos; pero estaba yo
-hambriento. Más tarde aprendí á proceder mejor. ¡Ah, sí! Comí, pues, y
-descansé; mas, cuando me disponía á volver al río, la inundación había
-bajado ya mucho de nivel, y yo pasé caminando por el barro de la calle
-principal. ¿Quién sino yo hubiera hecho esto? Acudió toda mi gente,
-sacerdotes, mujeres y niños, y yo los miré con benevolencia. El fango
-no se presta para que uno pueda combatir bien. Uno de los barqueros
-dijo:
-
---Id á buscar hachas y matadlo, que es el _Mugger_ del vado.
-
---Nada de eso. ¡Mirad! Se lleva por delante la inundación. Es el dios
-que protege á la aldea.
-
-Entonces me arrojaron gran cantidad de flores, y alguien tuvo la feliz
-ocurrencia de ponerme una cabra en mitad del camino.
-
---¡Qué buena!... ¡Pero qué buena es la cabra! exclamó el chacal.
-
---Tiene muchos pelos... muchos pelos... y cuando se la encuentra uno en
-el agua es más que probable que dentro de ella haya escondido algún
-anzuelo en forma de cruz. Pero lo que es aquella cabra la acepté, y
-me fuí, triunfalmente, hasta el _Ghaut_. Más tarde, el Hado hizo que
-cayera en mi poder aquel barquero que había querido cortarme la cola
-con un hacha. Su bote embarrancó en un banco de que vosotros no os
-acordaríais ahora, aunque os dijera dónde está.
-
---No _todos_ somos aquí chacales, dijo la grulla. ¿Era el banco que se
-formó donde se fueron á pique los barcos que acarreaban piedras, el año
-de la gran sequía... un banco de arena muy largo que duró por espacio
-de tres inundaciones?
-
---Había dos, dijo el _Mugger_: uno más arriba y otro más abajo.
-
---¡Ah, sí! Se me había olvidado. Un canal los separaba, y más tarde
-se secó también, dijo la grulla, que se sentía orgullosa de su buena
-memoria.
-
---En el banco de abajo fué á embarrancar la barca del hombre que tan
-buenas intenciones tenía respecto á mí. Estaba durmiendo en la proa,
-y, medio despierto, saltó al agua, que le llegaba hasta la cintura (ó
-no, no más que hasta las rodillas) para empujar la embarcación. Ésta,
-vacía, siguió adelante, yendo á tocar de nuevo en la tierra del próximo
-recodo que la corriente formaba entonces. Yo fuí siguiendo también,
-porque sabía que no faltarían hombres que salieran para arrastrar el
-barco hasta la playa.
-
---¿Y sucedió así? preguntó el chacal un poco despavorido.
-
-Era éste un modo de cazar tan en grande que le causaba profunda
-impresión.
-
---Acudieron los hombres allí y más abajo también. No fuí ya más lejos;
-pero esto me permitió apoderarme de tres en un día... tres _manjis_
-(barqueros) bien gordos, y, excepto el último (con el cual tuve ya
-menos cuidado que con los otros), ni uno pudo gritar para advertir á
-los que se hallaban en la orilla del río.
-
---¡Ah! ¡Qué modo de cazar! ¡Con qué nobleza! ¡Pero cuánta habilidad y
-qué superior juicio reclama! dijo el chacal.
-
---No, habilidad no, muchacho, sino solamente pensar un poco. El pensar
-es á la vida lo que la sal al arroz, como dicen los barqueros, y yo he
-pensado siempre profundamente. El gavial, mi primo, el que se alimenta
-de peces, me tiene dicho cuán difícil es para él el seguirlos, y
-cuánto difieren unos de otros, y cómo él necesita conocerlos á todos
-en conjunto y á cada uno por separado. Á esto le llamo yo sabiduría;
-pero, por otra parte, hay que tener en cuenta que mi primo, el gavial,
-vive entre su gente. _Mi_ gente no nada por bandadas, con la boca fuera
-del agua, como hace _Rewa_; ni sale constantemente á la superficie del
-agua, ni se vuelve de lado, como suelen _Mohoo_ y el diminuto _Chapta_;
-ni se junta en los bancos de arena después de una inundación, como
-_Batchua_ y _Chilva_.
-
---Todos son manjares exquisitos, dijo la grulla, acompañando las
-palabras con un chasquido del pico.
-
---Eso dice mi primo, y convierte en ocupación muy seria el cazarlos;
-pero ellos no se le encaraman por los bancos de arena para escaparse
-de sus dientes. _Mi_ gente es muy distinta. Vive en la tierra, en
-casas, entre sus ganados. Yo necesito saber lo que hacen y hasta lo
-que piensan hacer; y así poniendo primero la trompa del elefante, y
-luego la cola, como suele decirse, reconstruyo el elefante entero. ¿Qué
-cuelga de una puerta una rama verde con un anillo de hierro? Pues el
-viejo _Mugger_ sabe que ha nacido un niño en aquella casa y que algún
-día vendrá al _Ghaut_ á jugar. ¿Va á casarse una doncella? Pues el
-viejo _Mugger_ lo sabe, porque ve cómo los hombres van y vienen con
-regalos; y, al fin, ella, también, acude al _Ghaut_ para bañarse antes
-de la boda, y... allí está él. ¿Qué ha cambiado el río su curso y ha
-dejado nuevas tierras donde antes no había más que arena? El _Mugger_
-lo sabe igualmente.
-
---Bien, ¿y de qué sirve el saber esto? dijo el chacal. El río ha
-cambiado de sitio hasta durante mi corta vida.
-
-Los ríos en la India están casi siempre mudando su curso, y se desvían
-á veces hasta media legua ó más en una sola estación, inundando los
-campos de una de las orillas y esparciendo fertilizante cieno sobre la
-opuesta.
-
- [Ilustración]
-
---No hay conocimiento más útil que éste, dijo el _Mugger_, porque
-á tierra nueva, nuevas pendencias. El _Mugger_ lo sabe... ¡oh, lo
-sabe perfectamente! En cuanto el agua se ha retirado, arrástrase él
-por las estrechas grietas que los hombres creen que no son bastante
-anchas para que en ellas pueda esconderse ni un perro, y allí espera.
-Á poco aparece un labriego diciendo que plantará aquí cohombros, y
-allí melones, en la tierra nueva que el río le ha dado. Con los pies
-desnudos tantea aquel cieno excelente. Á los pocos instantes llega
-otro, diciendo que él cultivará allí cebollas, zanahorias y caña de
-azúcar, en tal y tal sitio. Se acercan como dos botes que tuercen
-el rumbo hacia igual punto, y, al acercarse, cada uno de ellos mira
-al otro con ojos que parecen rodar bajo el enorme turbante azul. El
-viejo _Mugger_ ve y oye. Danse mútuamente el nombre de _hermano_, y
-van á amojonar la nueva tierra. El _Mugger_ corre, detrás de ellos,
-de un lado á otro, deslizándose, muy aplastado contra el suelo, por
-entre el barro. ¡Ahora empiezan á disputarse! ¡Ya se insultan! ¡Ahora
-se arrancan los turbantes! ¡Ya levantan sus _lathis_ (garrotes), y,
-por fin, cae uno de espaldas en el fango y el otro se va corriendo.
-Cuando vuelve, la cuestión queda definitivamente zanjada, y de ello
-puede dar fe el bambú herrado del vencido. Y aun no le agradecen nada
-al _Mugger_. No; gritan: ¡un asesinato! y las familias se pelean á
-garrotazos, veinte de este bando y veinte del otro. Mi gente son muy
-buena gente... _jats_ de las montañas... _malwais_ del Bêt. Cuando
-pegan, no pegan por juego, y una vez ha terminado la lucha, el viejo
-_Mugger_ espera allá lejos en el río, donde no se le puede ver desde
-la aldea, detrás de las matas de _kikar_ que hay por allá. Entonces,
-bajan mis _jats_ de anchos hombros, ocho ó nueve juntos, á la luz de
-las estrellas, conduciendo al muerto, colocado sobre una cama. Son
-viejos de barba gris y de voz tan profunda como la mía. Encienden un
-fuego (¡ah! ¡cómo conozco yo ese fuego!), tragan tabaco, formando un
-círculo mueven la cabeza todos á la vez hacia delante, ó hacia un lado,
-en dirección del muerto que está sobre la orilla. Dicen que las leyes
-inglesas arreglarán aquello por medio de la horca, y que la familia del
-matador tendrá que pasar por la vergüenza de ver cómo lo cuelgan en el
-gran patio de la cárcel. Entonces, contestan los amigos del muerto:
-«pues que lo ahorquen», y la conversación vuelve á empezar de nuevo...
-una, dos, veinte veces durante la interminable noche. Al fin, dice uno:
-
---La lucha fué cara á cara, con nobleza. Tomemos el dinero que nos
-ofrecen y un poco más, y no digamos palabra de lo sucedido.
-
-Y empiezan á regatear sobre el dinero, porque el muerto era hombre
-robusto y ha dejado muchos hijos. Pero todavía antes del _amratvela_
-(la salida del sol), lo queman un poco con el fuego preparado al
-efecto, según la costumbre, y el muerto viene á parar á mí, y lo que
-es él no dirá ya nada sobre el asunto. ¡Ah! hijos míos, el _Mugger_
-sabe... sabe muchas cosas... y los _Malwah Jats_ son muy buena gente.
-
---Tienen el puño demasiado cerrado... son harto mezquinos para llenarme
-el buche, dijo graznando la grulla. Ellos sí que no gastan inútilmente
-el lustre poniéndolo en los cuernos de la vaca, como suele decirse;
-y, á ver, quisiera yo que me dijeran ¿quién es el que puede espigar
-después que ha pasado un _Malwah_?
-
---¡Ah, yo!... yo espigueo... los _espigueo_ á ellos, dijo el _Mugger_.
-
---Pues bien: en Calcuta del Sur, antes, siguió diciendo la grulla, todo
-lo tiraban á la calle, y nosotros podíamos escoger y revolverlo todo.
-¡Esos sí que eran buenos tiempos! Pero hoy... hoy las calles están
-mondas como la cáscara de un huevo, y mi gente vuela hacia otro sitio.
-Una cosa es ser limpio, y otra quitar el polvo, barrer y regar siete
-veces cada día: eso aburre hasta á los mismos dioses.
-
---Contóme un día un chacal de las tierras bajas que en Calcuta del Sur
-todos los nuestros estaban gordos como nutrias en la estación de las
-lluvias, dijo el chacal, haciéndosele la boca agua sólo con pensarlo.
-
---¡Ah! Pero allí están los de la cara blanca... los ingleses, y ellos
-llevan consigo unos perros gordos, que conducen de no sé donde, allá,
-río abajo, en unos barcos, y que cuidan de que esos mismos chacales de
-que hablas estén flacos, replicó la grulla.
-
---¿Tienen, pues, tan duro el corazón como esa gente? Debía haberlo
-supuesto. Ni la tierra, ni el cielo, ni el agua se muestran caritativos
-con el chacal. Yo ví las tiendas de uno de los de la cara blanca, en la
-última estación, después de las lluvias, y además le cogí unas riendas
-nuevas, amarillas, para comérmelas. Los blancos no saben preparar bien
-las pieles. Aquellas riendas me pusieron muy enfermo.
-
---Peor es lo que me sucedió á mí, dijo la grulla. Cuando no contaba yo
-más que tres estaciones y era tan joven como atrevida, fuíme al sitio
-del río en que atracan los barcos grandes. Los barcos de los ingleses
-tienen triple tamaño que esta aldea.
-
---Ésta, por lo visto, ha estado en Delhi y quiere hacernos creer que
-allí la gente anda cabeza abajo, murmuró el chacal.
-
-El _Mugger_ abrió el ojo izquierdo y miró fijamente á la grulla.
-
---Pues es verdad, dijo la enorme ave insistiendo. Un embustero no
-miente más que cuando tiene la esperanza de que le van á creer. Pues
-bien: nadie que no hubiera visto aquellos barcos podría dar fe á esta
-verdad que digo.
-
---Esto es ya algo más puesto en razón, contestó el _Mugger_. ¿Y qué más?
-
---De las profundidades de uno de aquellos barcos estaban sacando
-grandes pedazos de una materia blanca que, al cabo de muy poco rato,
-se deshacía, convirtiéndose en agua. Buena parte de los pedazos se
-desmenuzó, cayendo sobre la orilla, y el resto lo colocaron prontamente
-en una casa de gruesas paredes. Pero un barquero cogió, riéndose, uno
-de aquellos trozos, que no era mayor que un perrillo, y me lo tiró.
-Yo (como todos los míos) trago sin reflexionar, y también me tragué
-aquello, según nuestra costumbre. Inmediatamente sentí un gran frío
-que, empezando en el buche, me corría hasta la punta de los dedos, y
-aun de hablar me privaba, mientras los barqueros se estaban burlando de
-mí. En mi vida he sentido frío igual. Con el dolor y el aturdimiento
-que experimentaba púseme á bailar hasta que pude recobrar el perdido
-aliento, y entonces volví á bailar, protestando á gritos contra la
-falsedad de este mundo, mientras los barqueros seguían riéndose de mí,
-hasta caerse por el suelo. ¡Lo más estupendo de todo, dejando aparte
-aquel frío maravilloso, es que nada, absolutamente, había en mi buche
-cuando hube terminado mis lamentaciones!
-
-La grulla había hecho todo lo posible para describir lo que sintió
-después de tragarse un pedazo de hielo de siete libras, que provenía
-del lago de Wenham, traído de allí por un barco americano de los
-dedicados á aquel transporte, en los tiempos en que Calcuta no
-fabricaba aun con máquina el hielo; pero, como la grulla no sabía lo
-que esta materia era, y como aun lo sabían menos el _Mugger_ y el
-chacal, el cuento no les produjo el debido efecto.
-
---Cualquier cosa, dijo el _Mugger_ cerrando nuevamente el ojo
-izquierdo... _cualquier cosa_ es posible cuando la origina un barco
-que tiene tres veces el tamaño de _Mugger-Ghaut_. Mi aldea no peca de
-pequeña.
-
-Oyóse un silbido por encima del puente, y el tren correo de Delhi pasó
-por él, llenos de luz todos los coches y siguiéndolos fielmente las
-sombras á lo largo del río. Hundióse de nuevo, con estruendo, en la
-obscuridad; pero el _Mugger_ y el chacal estaban tan acostumbrados á
-oirlo que ni siquiera movieron la cabeza.
-
---¿Acaso es eso menos maravilloso que un barco de triple tamaño que
-_Mugger-Ghaut_? dijo el ave mirando hacia arriba.
-
---Yo ví edificar eso, joven. Piedra por piedra ví cómo se elevaban
-los estribos del puente, y cuando los hombres se caían desde ellos
-(generalmente tenían maravillosa destreza para no poner el pie en
-falso... pero, en fin, cuando se caían) allí estaba yo alerta. Desde
-que el primer estribo estuvo hecho no se acordaron ya más de ir
-corriente abajo, en busca de los cadáveres, para quemarlos. Con esto me
-evitaron no pocas molestias. Por lo demás, nada hubo de extraño en la
-construcción del puente, añadió el _Mugger_.
-
---Pero ¿y eso que pasa por encima de él arrastrando los carros
-cubiertos con techos? ¡Eso sí que es extraño! repitió la grulla.
-
---Es, sin ningún género de duda, un buey de una nueva especie.
-Algún día sucederá que no podrá sentar bien el pie, y, perdiendo el
-equilibrio, se caerá del mismo modo que hicieron los hombres. El viejo
-_Mugger_ estará entonces, también, alerta.
-
-El chacal miró á la grulla, y ésta al chacal. Si de algo estaban
-seguros en este mundo era de que la máquina podía ser cualquier cosa
-menos un buey. El chacal la había estado mirando repetidas veces desde
-las matas de aloe que bordeaban la línea, y, en cuanto á la grulla,
-estaba acostumbrada á ver locomotoras desde la primera que hubo en la
-India. Pero el _Mugger_ no había visto la máquina más que desde abajo,
-y la cupulilla de bronce le parecía la especie de joroba de un buey más
-pronunciada.
-
---Sí, un buey de nueva especie repitió el _Mugger_ pesando las palabras
-como para persuadirse á sí mismo, y el chacal contestó:
-
---Cierto que sí: es un buey.
-
---Y también podría ser... comenzó á decir el _Mugger_ con cierta
-aspereza.
-
---Cierto... cierto que sí, interrumpió el chacal sin esperar á que el
-otro hubiera terminado.
-
---¿Qué? dijo el _Mugger_ incomodado, porque adivinaba que los demás
-sabían más que él. ¿Qué es lo que podría ser? No había yo aun acabado
-de hablar. Tú dijiste que era un buey.
-
---Es lo que el Protector de los pobres quiera. Yo soy su servidor... y
-no el de esa cosa que atraviesa el río.
-
---Sea lo que fuere, es obra de los de la cara blanca, dijo la grulla,
-y, por mi parte, no quisiera yo echarme en sitio que está tan cerca de
-eso como este banco de arena.
-
---Tú no conoces á los ingleses como yo, contestó el _Mugger_. Cuando
-construían el puente había aquí un blanco que se metía en un bote,
-muchas veces, á la caída de la tarde, y golpeaba con los pies las
-tablas del fondo, diciendo en voz baja: ¿Está aquí? ¿Está allí? Traedme
-la escopeta. Yo le oí aun antes de verle... oí cada ruido que hizo...
-los crujidos, el resollar, cada golpecito dado en la escopeta, yendo
-río arriba y río abajo. Tanto como era cierto que yo le había privado
-de uno de sus obreros, evitando así un gran gasto de leña que hubieran
-necesitado para quemarlo, era, también, constante su empeño en venirse
-hasta el _ghaut_, y decir á gritos que me iba á matar, librando de
-esta suerte al río de _mi_ presencia... ¡de la presencia del _Mugger_
-de _Mugger-Ghaut_! ¡Á _mí_! Hijos míos, yo nadé horas y horas bajo la
-quilla de su bote, y le oí disparar su escopeta á algunos leños; y,
-cuando estaba bien seguro de su cansancio, me levantaba junto á él y
-hacía castañetear mis dientes frente á su misma cara. Cuando el puente
-estuvo listo se marchó el inglés. Todos cazan de este modo, excepto
-cuando son ellos los cazados.
-
---¿Quién caza ahora á los de la cara blanca? ladró el chacal sumamente
-excitado.
-
---Ahora nadie; pero yo los he cazado en mis buenos tiempos.
-
---Algo recuerdo de esa caza. Entonces era yo joven, dijo la grulla
-haciendo sonar su pico de un modo muy significativo.
-
---Estaba yo aquí perfectamente establecido. Mi aldea se reedificaba por
-tercera vez, á lo que recuerdo, cuando mi primo, el gavial, trájome
-noticias de unas aguas muy ricas que había más arriba de Benares. Al
-principio no quise ir, porque mi primo, que no come más que peces, no
-sabe, á menudo, distinguir lo bueno de lo malo; pero oí á mi gente
-hablar por las tardes, y lo que dijeron me decidió.
-
---¿Y qué es lo que dijeron? preguntó el chacal.
-
---Lo suficiente para que yo, el _Mugger_ de _Mugger-Ghaut_, me saliera
-del agua y echara á andar. Partí á pie, de noche, metiéndome hasta en
-los más pequeños arroyos á medida que se me iban presentando; pero era
-entonces el comienzo de la estación calurosa y todos llevaban muy poca
-agua. Crucé caminos llenos de polvo; atravesé altas masas de yerba;
-me encaramé por las montañas á la luz de la luna. Hasta por las rocas
-trepé, hijos míos... fijaos bien en lo que os digo. Crucé el extremo
-del río Sirhind, el seco, antes de que pudiera encontrar la serie de
-ríos pequeños que van á desembocar al Ganges. Había un mes de estar
-viajando para regresar á donde se hallaban mi gente y el río que yo
-conocía. ¡Fué aquello cosa maravillosa!
-
---Y la comida ¿cómo iba durante el camino? dijo el chacal, que no tenía
-más alma que el estómago y no se sentía impresionado lo más mínimo por
-los viajes terrestres del _Mugger_.
-
---Comía lo que encontraba... _primo_, dijo el _Mugger_ muy
-pausadamente, como arrastrando cada palabra.
-
-Ahora bien: no se llama _primo_ á nadie en la India más que en el
-caso de que pueda uno llegar á establecer con esta persona cierto
-parentesco, y como sólo en antiguos cuentos de hadas se casa el
-_Mugger_ con algún chacal, el nuestro comprendió por qué motivo se
-había visto elevado de pronto á formar parte de la parentela del
-_Mugger_.
-
-Á haber estado solos no le hubiera importado; pero los ojos de la
-grulla centellearon de gozo al oir la pesada broma.
-
---La verdad es, padre, que debía haberlo sabido.
-
-No le gusta á ningún cocodrilo que le llamen padre de ningún chacal, y
-el _Mugger_ de _Mugger-Ghaut_ contestó, entonces, mucho más de lo que
-conviene repetir aquí.
-
---El Protector de los pobres fué quién me llamó pariente. ¿Puedo yo
-acordarme del grado exacto de parentesco que haya entre nosotros? Á
-mayor abundamiento, comemos la misma clase de comida. El lo ha dicho,
-repuso el chacal.
-
-Vino esto á agravar aun mucho más las cosas, porque á lo que tiraba el
-chacal era á indicar que el _Mugger_ debía de haber devorado la comida
-fresca cada día, en aquella marcha á pie, en vez de guardarla junto á
-sí hasta que estuviera en el verdadero estado en que él la necesita,
-como hacen todos los _muggers_ que se respetan algo, y también la mayor
-parte de las fieras cuando les es posible. Á decir verdad, uno de los
-mayores insultos que pueden dirigirse en toda la extensión del cauce
-del río es el calificar de «devorador de carne fresca». Es casi una
-cosa tan mala como el llamarle á un hombre caníbal.
-
---Comida fué aquella carne hace treinta estaciones, dijo con toda
-tranquilidad la grulla. Aunque estuviéramos hablando treinta estaciones
-más no volveríamos á verla ya. Cuéntanos, ahora, lo que ocurrió cuando
-llegaste á aquellas aguas tan buenas, después de tu sorprendente viaje
-por tierra. Si fuéramos á escuchar todos los aullidos de cada chacal,
-los negocios de la ciudad quedarían pronto paralizados, como dice el
-proverbio.
-
-El _Mugger_ debió de agradecer la interrupción, porque continuó
-precipitadamente:
-
---¡Por las dos orillas del Ganges! ¡Cuando llegué allí me encontré con
-unas aguas como no las había visto nunca parecidas!
-
---¿Eran mejores que la gran inundación que hubo en la estación última?
-dijo el chacal.
-
---¡Mejores! Esa inundación no fué más que lo que ocurre cada cinco
-años: un puñado de forasteros ahogados, algunas gallinas, y un buey
-muerto que se queda en el agua cenagosa, gracias á las corrientes
-cruzadas. Pero en la estación de que me he acordado ahora, el río
-estaba bajo, el agua corría mansa, igual siempre, y, como ya me había
-advertido el gavial, los ingleses bajaban por ella tocando uno con
-otro. En aquella estación fué cuando engordé y crecí. Desde Agra, cerca
-de Etawah y del sitio en que se ensancha la corriente no muy lejos de
-Allahabad...
-
---¡Oh! ¡Qué remolino se formó bajo los muros del fuerte de
-Allahabad!... dijo la grulla. Acudieron allí como los patos á los
-juncales, y bailaban dando vueltas... así.
-
-Empezó otra vez su horrible danza, mientras el chacal miraba con
-envidia. Como era natural, él no se acordaba del terrible año de que
-hablaban, del «año de la Insurrección». El _Mugger_ continuó:
-
---Sí, cerca de Allahabad, se tendía uno en el agua mansa, y dejaba que
-pasaran veinte para escoger uno de ellos; y había allí, principalmente,
-la ventaja de que los ingleses no iban llenos de joyas y de anillos
-en la nariz y en los tobillos, como mis mujeres van hoy. El que gusta
-demasiado de adornos acaba con una cuerda al cuello por único collar,
-como dice el refrán. Todos los cocodrilos que existían en todos los
-ríos engordaron entonces; pero mi Hado quiso que yo engordara más que
-ninguno de ellos. Las noticias que teníamos eran de que se cazaba á los
-ingleses arrojándolos á los ríos, y ¡por las dos orillas del Ganges!
-os aseguro que á nosotros nos pareció que ésa era la verdad. Así lo
-creí yo durante todo el tiempo que fuí en dirección del Sur, y eso que
-llegué, siguiendo la corriente, hasta más allá de Monghyr y de las
-tumbas que dominan el río.
-
---Ya conozco el sitio. Desde entonces es Monghyr una ciudad casi
-abandonada. Poquísimos son los que viven allí ahora.
-
-Después de esto, fuíme corriente arriba muy despacio, perezosamente,
-y un poco más arriba de Monghyr me encontré con un bote lleno de
-blancos... ¡pero vivos! Eran, bien me acuerdo, mujeres, echadas bajo
-una tela sostenida por unos palos, é iban llorando á gritos. Nunca
-nos disparaba entonces nadie ningún tiro: nosotros éramos los únicos
-guardianes de los vados en aquellos tiempos. Todas las armas de fuego
-estaban ocupadas en otra parte. Las oíamos día y noche allá, tierra
-adentro, y el estruendo llegaba ó se iba según de donde soplaba el
-viento. Me levanté por completo frente al bote, porque nunca había
-visto vivos á los de las caras blancas, aunque bien los conocía... de
-otra suerte. Un niño blanco, desnudo, estaba de rodillas en uno de los
-costados del bote, é inclinando el cuerpo por encima, se le antojó
-arrastrar lentamente las manos por las aguas del río. Es hermoso el
-ver con qué alegría juega un niño con toda agua que corre. Yo había
-comido ya aquel día; pero aún me quedaba un rinconcillo vacío. Sin
-embargo, más que para llenarlo, por juego, me levanté hasta tocar casi
-las manos del niño. Ofrecían un blanco tan fácil que ni siquiera tuve
-que mirarlas cuando cerré la boca; pero, tan pequeñas eran que, aunque
-mis quijadas se cerraron debidamente (bien seguro estoy de ello),
-el niño retiró con rapidez las manos sin que hubieran recibido el
-menor daño. Debieron de pasar por el espacio que media entre diente y
-diente... las manecitas aquéllas, tan blancas. Hubiera podido cogerle
-entonces por los codos; pero, como he dicho, sólo por juego y por el
-deseo de ver cosas nuevas me había yo acercado allí. Cuantos iban en el
-bote gritaron, y al cabo de poco rato volví yo á levantarme del agua
-para observarlos. El barco pesaba demasiado para hacerle zozobrar.
-No eran más que mujeres las que en él iban; pero quien se fíe de una
-mujer puede decirse que camina sobre las yerbas que ocultan el agua de
-una laguna, como enseña el proverbio, y... ¡por las dos orillas del
-Ganges... que es eso gran verdad!
-
---Una vez una mujer me dió á mí una piel seca haciendo ver que era
-un pescado, dijo el chacal. Desde entonces estoy esperando poderle
-hincar el diente á su niño; pero, en fin, más vale comer la carne de un
-caballo que recibir de él una coz, como dice el refrán. ¿Y qué es lo
-que vuestra mujer hizo?
-
---Me disparó con una escopeta muy corta, de una clase que nunca había
-visto yo antes, ni volví á ver después. Cinco veces seguidas hizo fuego
-(no es difícil adivinar que el _Mugger_ tuvo que habérselas con algún
-revólver antiguo) y yo me quedé con la boca abierta, como bostezando,
-con una nube de humo alrededor de mi cabeza. Nunca ví cosa igual á
-aquélla. ¡Cinco veces, y con tanta presteza como cuando muevo yo la
-cola... así!
-
-El chacal, que se iba sintiendo cada vez más interesado por el relato,
-tuvo apenas tiempo de saltar hacia atrás en el instante mismo en que la
-cola cortaba el aire como una guadaña.
-
---Hasta que no hubo sonado el quinto disparo (dijo el _Mugger_ con la
-tranquilidad del que nunca ha pensado en causar el menor daño á sus
-oyentes), hasta que no hubo sonado el quinto disparo no me hundí en el
-agua, y volví á salir de ella en el preciso momento en que un barquero
-les decía á todas aquellas mujeres blancas que, sin duda, había quedado
-yo muerto. Una de las balas incrustóse en mi cuello. No sé si aun está
-allí, por la razón de que no puedo volver la cabeza. Ven y míralo
-tú, muchacho. Así se demostrará que la historia que os he contado es
-verídica.
-
---¿Yo? dijo el chacal. ¿Acaso quien está acostumbrado á comer zapatos
-viejos y á romper huesos, como yo, podrá dudar de la palabra del que es
-la _envidia del río_? ¡Que cachorrillos ciegos se me coman la cola si
-por mi pobre entendimiento ha pasado ni la sombra de semejante idea!
-El Protector de los pobres se ha dignado contarme, á mí, que soy su
-esclavo, que una vez en su vida ha sido herido por una mujer. Con esto
-basta, y yo les contaré el cuento á todos mis hijos, sin pedir prueba
-alguna de la verdad que encierra.
-
---La excesiva urbanidad es, á veces, tan mala como la excesiva
-descortesía, porque, como dice el proverbio, hasta con requesones puede
-ahogarse á un convidado. _No_ deseo ni remotamente que ningún hijo tuyo
-sepa que el _Mugger_ de _Mugger-Ghaut_ recibió de una mujer la única
-herida que tiene en el cuerpo. Otras muchas cosas tendrán en que pensar
-tus hijos si han de procurarse la comida por tan tristes medios como su
-padre.
-
---¡Queda olvidado, y desde hace mucho tiempo! ¡No se ha dicho nunca!
-¡Jamás existió ninguna mujer blanca! ¡Ni siquiera hubo barco alguno!
-¡Nada, absolutamente, sucedió!
-
-Movió el chacal la cola, como barriendo el suelo, para demostrar cuán
-en absoluto quedaba todo borrado de su memoria, y se sentó dándose aire
-importante.
-
---La verdad es que sucedieron muchas cosas, dijo el _Mugger_, al
-cual le había salido mal, por segunda vez, aquella noche, el querer
-llevarle ventaja á su amigo. (Ni uno ni otro, sin embargo, tenían mala
-intención. El comer y ser comido era cosa completamente legal en toda
-la extensión del río, y el chacal había venido allí para recoger las
-sobras de la comida del _Mugger_, cuando éste la hubiera terminado).
-
---Abandoné aquel bote, continuó, y fuíme corriente arriba, y cuando
-llegué á Arrah y á las aguas que están situadas detrás, no hallé ya más
-ingleses muertos. Durante cierto tiempo el río estuvo completamente
-vacío. Luego volvieron á verse uno ó dos cadáveres con chaquetas
-encarnadas; pero no ingleses, sino todos de una misma clase (del
-Indostán y _purbeeahs_)... después cinco ó seis de frente, y, al fin,
-desde Arrah hasta el Norte, más allá de Agra, parecía que pueblos
-enteros se habían arrojado al agua. Salían de las calas uno tras otro
-como bajan los maderos en la época de las lluvias. Cuando se levantaba
-el río también se levantaban ellos, por compañías enteras, de los
-bancos de arena en que habían estado reposando; y, al bajar el agua de
-la corriente, los arrastraba con ella por los cabellos á través de los
-campos y de la tierra virgen. Toda la noche, también, yendo hacia el
-Norte, oí los disparos de las armas de fuego, y durante el día el ruido
-de calzados pies de hombres que atravesaban los vados, ó aquel otro
-que producen las ruedas de un pesado carro al rodar sobre la arena por
-debajo del agua... y cada ola traía nuevos cadáveres. Al fin, hasta yo
-mismo tuve miedo, porque dije: si esto les ocurre á los hombres ¿cómo
-podrá salvarse el _Mugger_ de _Mugger-Ghaut_? Había, también, barcos
-que venían detrás de mí, corriente arriba, ardiendo continuamente, como
-arden, á veces, las embarcaciones que llevan algodón; pero sin jamás
-hundirse.
-
---¡Ah! dijo la grulla; barcos como los que van á Calcuta del Sur. Son
-altos y negros, tienen una cola que golpea el agua por detrás, y...
-
---Y son tres veces tan grandes como mi aldea, ¿eh? _Mis_ barcos eran
-bajos y blancos; golpeaban el agua á cada lado, y no eran más grandes
-de lo que deben ser los de cualquiera que cuente las cosas sujetándose
-á la verdad. Á mí me atemorizaron mucho, por lo que abandoné aquellas
-aguas y me vine á este río mío, ocultándome de día y caminando de noche
-cuando no podía hallar arroyos que me ayudaran. Volvíme á mi aldea;
-pero sin la esperanza de hallar en ella á ninguno de los de mi gente.
-Y, sin embargo, aquí estaban, arando, sembrando y segando, luego, las
-mieses, y yendo de un lado á otro por sus campos tan tranquilamente
-como sus ganados.
-
---¿Y había aún buena comida en el río? dijo el chacal.
-
---Más de la que podía yo desear. Hasta... y eso que yo no como barro...
-hasta estaba cansado, y, por lo que recuerdo, un poco asustado de aquel
-constante bajar por el río gente silenciosa. Á los de mi aldea les oí
-decir que todos los ingleses habían muerto; pero los que llegaban,
-boca abajo, por la corriente, no eran ingleses, como los de mi mismo
-pueblo pudieron ver. Entonces, mi gente dijo que lo mejor era no hablar
-palabra, pagar la contribución y arar la tierra. Al cabo de mucho
-tiempo, el río fué quedando limpio de cadáveres, y los que por él
-bajaban eran, sin ninguna duda, ahogados procedentes de inundaciones,
-como perfectamente podía ver yo, y aunque no era tan fácil, entonces,
-el procurarse comida, cordialmente me alegraba de ello. Que haya
-su poco de matanza de cuando en cuando no es malo... pero hasta el
-_Mugger_ puede llegar á hartarse, como ya dice el refrán.
-
---¡Todo eso es maravilloso, verdaderamente maravilloso! exclamó el
-chacal. Yo me he engordado nada más que de tanto oir hablar de comer.
-Y después de esto ¿puedo atreverme á preguntar qué es lo que hizo el
-Protector de los pobres?
-
---Me dije á mí mismo (¡y por las dos orillas del Ganges que me he
-mantenido firme en lo que entonces juré!) me dije á mí mismo que nunca
-más volvería á ir vagabundo de aquel modo. Así, pues, he vivido junto
-al _Ghaut_; bien cerca de mi gente, y los he vigilado año tras año,
-y tanto han llegado á quererme que hasta me echaban guirnaldas de
-caléndulas cada vez que me veían levantar la cabeza del agua. Sí, mi
-Hado ha sido muy bueno conmigo, y el río entero tiene la bondad de
-respetarme aunque débil y enfermo; sólo que...
-
---Nadie es feliz por entero, desde el pico hasta la cola, dijo la
-grulla con simpatía. ¿Qué más necesita el _Mugger_ de _Mugger-Ghaut_?
-
---Aquel niño tan pequeño y tan blanco del cual no pude apoderarme,
-dijo el _Mugger_ lanzando un profundo suspiro. Muy pequeño era, pero
-no me he olvidado de él. Aunque soy viejo, no quisiera morirme sin
-probar algo nuevo. Verdad que son gente de pies pesados, y medio locos,
-y así poco juego darían al cazarlos; pero aún me acuerdo de aquellos
-tiempos que pasé algo más lejos de Benares, y, si el niño vive, aún se
-acordará, también, él. Es muy posible que se pasee por la orilla de
-algún río diciendo que una vez pasó las manos por entre los dientes del
-_Mugger_ de _Mugger-Ghaut_, y que quedó vivo y en disposición de hacer
-de ello un cuento que contar. Mi Hado ha sido muy bueno conmigo; pero,
-á veces, en sueños, me molesta eso... la idea de aquel niñito blanco
-que iba en el bote.
-
-Bostezó y cerró las quijadas.
-
---Y ahora, continuó, quiero descansar y pensar. Guardad silencio,
-hijos míos, y respetad á los ancianos.
-
-Volvióse con dificultad y se arrastró hasta lo alto del banco de arena,
-mientras el chacal se retiraba, con la grulla, detrás de un árbol que
-había quedado detenido en el río, en el extremo más cerca del puente
-del ferrocarril.
-
---He aquí una vida agradable y provechosa, dijo con sardónica risa,
-mirando con ademán interrogante al ave, que le dominaba desde su
-altura. Y fíjate en que, ni una vez, le pareció oportuno decirme dónde
-podía hallar un bocado, por casualidad, en algún banco de arena. Y, sin
-embargo, cien veces le he indicado yo á él muy buenas cosas que estaban
-entre el barro, allá, corriente abajo. ¡Cuán cierto es el proverbio que
-dice: nadie se acuerda del chacal ni del barbero una vez ha sabido por
-ellos las noticias! ¡Ahora se va á dormir! _¡Aaah!_
-
---¿Y cómo puede un chacal cazar junto con un cocodrilo? dijo la grulla,
-fríamente. El uno es un ladrón de los grandes; el otro de los pequeños:
-no es muy difícil el adivinar quién es el que se lleva los mejores
-bocados.
-
-Volvióse el chacal, gimiendo con rabia, é iba á enroscarse bajo el
-tronco del árbol cuando, de pronto, se acurrucó y púsose á mirar, á
-través de las ramas, hacia el puente, que estaba, casi, encima de su
-cabeza.
-
---¿Qué ocurre ahora? preguntó la grulla, abriendo las alas, algo
-inquieta.
-
---Espera un poco y lo veremos. El viento sopla desde aquí, donde
-estamos nosotros, hacia donde están ellos; pero no es á nosotros á
-quien buscan esos dos hombres.
-
---¿Hombres son? Mi oficio me proteje. Todo el mundo en la India sabe
-que soy sagrada.
-
-La grulla, que es allí un excelente basurero, se mete por todas partes
-sin que nadie la moleste, y, así, la nuestra no se acobardaba nunca.
-
---En cuanto á mí, no valgo la pena de que me den más golpe que el que
-puede dar algún zapato viejo, dijo el chacal poniéndose á escuchar de
-nuevo. ¿Oyes estos pasos? continuó. Este ruido no es el que produce el
-cuero de los zapatos del país, sino que es debido al pie calzado de un
-blanco. ¡Escucha, otra vez! ¡Ruido de hierro contra hierro! ¡Es una
-escopeta! Amiga, esos locos ingleses de pesados pies vienen á hablar
-con el _Mugger_.
-
---Adviérteselo, pues. No hace más que un rato que alguien, que me
-parece que era un chacal hambriento, le llamaba «Protector de los
-pobres».
-
---Deja que mi primo cuide él mismo de conservar la piel. Mil veces me
-ha dicho que nada hay que temer de los blancos. Pues blancos deben de
-ser éstos. Ninguno de los aldeanos de _Mugger-Ghaut_ se atrevería á
-perseguirle. ¡Mira! ¡Ya te lo dije que había una escopeta! Ahora, por
-poco que la suerte nos ayude, podremos alimentarnos antes de que apunte
-el día. Fuera del agua no oye él bien... ¡y lo que es ésta vez no
-tendrá que habérselas con una mujer!
-
-Brilló un momento el cañón de una escopeta sobre las traviesas del
-puente. El _Mugger_ estaba echado sobre el banco de arena, tan quieto
-como su propia sombra, un poco esparrancadas las patas delanteras;
-caída la cabeza entre ellas; roncando como... un cocodrilo.
-
-Sobre el puente, una voz murmuró:
-
---El tiro resulta un poco raro... casi en dirección perpendicular...
-pero tan seguro como la colocación de un capital que se invirtiera
-en casas. Lo mejor será apuntarle detrás del cuello. ¡Caramba! ¡Qué
-enorme es el animal! ¡Y qué furiosos se van á poner los de la aldea
-cuando lo vean muerto! Como que es el _deota_, el dios de estos lugares.
-
---Me importa un comino, contestó otra voz. Me quitó unos quince de mis
-mejores _coolies_[23] mientras se construía el puente, y es ya hora
-de acabar con él. He estado persiguiéndolo en bote durante semanas
-enteras. Prepare V. el Martini[24] para cuando haya disparado yo los
-dos cañones de mi escopeta.
-
---Cuidado con el culatazo, pues. Un doble disparo con calibre cuatro no
-es cosa de broma.
-
---Eso es él quién ha de decirlo, y no yo. ¡Allá va!
-
-Oyóse un estruendo como el que podría producir el disparo de un cañón
-de pequeñas dimensiones (las mayores escopetas que se usan para la caza
-de elefantes no se diferencian mucho de las piezas de artillería más
-pequeñas), y vióse una doble llamarada, seguida de la detonación seca
-y penetrante de un Martini, para cuya larga bala no ofrece la menor
-dificultad el atravesar las gruesas placas de un cocodrilo. Pero las
-balas explosivas habían hecho ya cuanto podía hacerse. Una de ellas dió
-precisamente detrás del cuello, un poco hacia la izquierda de la espina
-dorsal, mientras la otra reventaba algo más abajo, donde comienza la
-cola. De cien casos, en noventa y nueve puede un cocodrilo mortalmente
-herido arrastrarse hasta el agua, en los sitios de alguna profundidad,
-y escaparse así; pero el _Mugger_ de _Mugger-Ghaut_ estaba roto,
-literalmente, en tres pedazos. Apenas movió la cabeza, antes de quedar
-sin vida, y tan tendido estaba en el suelo como el mismísimo chacal.
-
---¡Rayos y truenos! dijo el pobre animalejo. ¿Es que aquella cosa tan
-rara que arrastra por encima del puente los coches cubiertos se ha
-venido abajo, por fin?
-
---No es más que el disparo de una escopeta, dijo la grulla (aunque
-hasta las plumas de la cola le temblaban), nada más que una escopeta.
-No hay duda que ha quedado muerto. Ahí vienen los blancos.
-
-Los dos ingleses habían bajado del puente á toda prisa y cruzado el
-banco de arena, donde se pararon á admirar la longitud del _Mugger_.
-Entonces, un indígena provisto de un hacha cortó la enorme cabeza, y
-cuatro hombres la arrastraron á través de la lengua de tierra que allí
-había.
-
---La última vez que tuve la mano en la boca de un cocodrilo, dijo
-uno de los ingleses, agachándose (era el mismo que había dirigido la
-construcción del puente), fué cuando tenía yo unos cinco años de edad,
-bajando en bote por el río en dirección de Monghyr. Era yo uno de «los
-niños del tiempo de la Insurrección,» como les llaman. Mi pobre madre
-estaba en el bote, también, y muchas veces me había contado que disparó
-con un revólver á la cabeza del animal.
-
---Vaya, ¡pues bien se ha vengado V. de esto en el principal de todos
-los de la familia!... aunque el culatazo le haya á V. hecho arrojar
-sangre por la nariz. ¡Eh, barqueros! Arrastrad esa cabeza fuera
-de aquí, y la herviremos para conservar la calavera. La piel está
-demasiado agujereada para que podamos guardarla. Vamos ahora á dormir.
-Lo que hemos hecho bien valía la pena de estar levantado toda la noche,
-¿verdad?
-
- * * * * *
-
-Y fué, realmente, curioso que el chacal y la grulla hicieran también la
-mismísima observación, dos ó tres minutos después de haberse ido los
-hombres.
-
- [Ilustración]
-
-
- =La canción de la ola=
-
-
- Por el vado cruzó un día
- la corriente una doncella
- cuando el sol ya se ponía,
- y á besar su mano bella
- fué una ola enamorada,
- fué y hablóle de esta suerte:
- --Quédate, niña, parada,
- y aguarda, que soy la Muerte.
-
- --Á donde el amor me invita
- voy y no quiero que aguarde;
- pez que en el agua se agita,
- no espera si llego tarde.
-
- --Pie ligero, pecho hermoso,
- cruza el río de otra suerte,
- cruza en barco y con reposo,
- mira que yo soy la Muerte.
-
- --Amor me llama y no espero,
- que el Desdén nunca se casa...
- mas á su talle ligero
- llega ya el agua que pasa.
- .............................
- ¡Ah fiel y hermosa loquilla!...
- Ya la ola rueda lejos...
- Nunca tocará á la orilla...
- Sangrientos son sus reflejos...
-
- [Ilustración]
-
-
- NOTAS:
-
-[20] Viene á significar este nombre «el lugar en que vivía el
-cocodrilo».--N. del T.
-
-[21] Tipo popularísimo de la literatura inglesa, que da nombre á un
-periódico humorístico, y es sumamente feo y ridículo.--N. DEL T.
-
-[22] Nombre específico del cocodrilo del Ganges.--N. del T.
-
-[23] Faquines ó jornaleros indios.--N. del T.
-
-[24] Antiguo fusil de reglamento en el ejército inglés.--N. DEL T.
-
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- EL "ANKUS" DEL REY
-
- Cuatro insaciables cosas tiene el mundo:
- la boca de Jacala[25] es lo primero;
- el buche del milano, lo segundo;
- las manos de los monos, lo tercero;
- y, como nunca logra verse harto,
- el ojo humano siempre fué lo cuarto.
-
- _Adagio de la Selva._
-
-
-Kaa, la enorme serpiente pitón de la Peña, acababa de mudar la piel, lo
-que acaso le había ocurrido ya doscientas veces desde su nacimiento,
-y Mowgli, que no olvidó nunca que le debía la vida, por lo mucho que
-trabajó una noche en las Moradas Frías (como tal vez recordaréis), fué
-á felicitarla. El mudar la piel pone siempre á una serpiente en un
-estado de irritabilidad y de depresión que dura hasta que la piel nueva
-empieza á mostrarse brillante y hermosa. No volvió Kaa á burlarse ya de
-Mowgli, sino que le aceptó, del propio modo que hacían los demás del
-Pueblo de la Selva, como al amo y señor de ésta, llevándole cuantas
-noticias era natural que oyera una serpiente pitón de su tamaño.
-Lo que Kaa ignorase acerca de _la Selva media_, como era costumbre
-llamarla allí (la vida que se desliza por encima ó por debajo de la
-tierra, entre guijarros, madrigueras y troncos de árbol), podría
-escribirse sobre la más pequeña de sus escamas.
-
-Aquella tarde estaba Mowgli sentado en el espacio que quedaba libre
-entre los grandes repliegues del cuerpo de Kaa, manoseando la rota piel
-vieja de ésta, que estaba aun tendida formando eses y enroscada, tal
-como la dejó la serpiente. Como muestra de atención, Kaa se había hecho
-un ovillo bajo los anchos y desnudos hombros de Mowgli, de modo que el
-muchacho descansaba, realmente, sobre una especie de sillón vivo.
-
---Hasta las escamas de los ojos están perfectamente conservadas, dijo
-Mowgli, entre dientes, jugando con la piel vieja. ¡Qué extraño es eso
-de ver á los pies de uno mismo la cubierta de la propia cabeza!
-
---Sí, pero yo no tengo pies, dijo Kaa, y como que es la costumbre entre
-toda mi gente, no lo hallo extraño. ¿Es que á tí no se te vuelve la
-piel vieja y áspera?
-
---Entonces voy y me lavo, Cabeza-aplastada; pero, es cierto, en los
-grandes calores, algunas veces he deseado poder, como tú, mudar sin
-dolor la piel, y correr, luego, sin ella.
-
---Pues yo me lavo, y, _además_, me quito la piel. ¿Qué te parece mi
-traje nuevo?
-
-Mowgli pasó la mano sobre la diagonal labor de taracea de aquella
-inmensa espalda.
-
---La tortuga tiene más dura la superficie; pero de colores menos
-alegres, dijo sentenciosamente. La rana, mi tocaya, los tiene más
-alegres; pero no es tan dura. El aspecto es hermosísimo... se parece á
-las manchas que hay en el interior de los lirios.
-
---Necesita agua. Una piel nueva no llega nunca á adquirir su verdadero
-color antes del primer baño. Vamos á bañarnos.
-
---Yo te llevaré, dijo Mowgli, y se agachó, riendo, para levantar por el
-medio el enorme cuerpo de Kaa, precisamente por donde era más grueso.
-De igual modo podía un hombre haber probado de levantar un tubo para
-la conducción de agua que midiera más de medio metro de ancho, y así
-Kaa se quedó tendida muy quieta, soplando tranquilamente y en extremo
-regocijada. Entonces empezó el acostumbrado juego de todas las tardes
-(el muchacho con todo su vigor, que era mucho, y la serpiente pitón,
-con su magnífica piel nueva, luchando cara á cara uno contra otro)...
-juego que constituía una prueba en que se ejercitaban por igual el
-ojo y el esfuerzo. Por supuesto, que Kaa podía haber aplastado á una
-docena como Mowgli, si hubiera querido; pero procedía con cuidado y
-no empleaba ni la décima parte de su fuerza. En cuanto Mowgli tuvo
-la suficiente para resistir la rudeza del juego, Kaa se lo enseñó, y
-con ello sus miembros ganaron en elasticidad mejor que con otra cosa
-alguna. Á veces Mowgli, de pie y envuelto, casi, hasta el cuello por
-los movedizos anillos de Kaa, se esforzaba en sacar un brazo y cogerla
-por la garganta. Entonces Kaa cedía suavemente, y Mowgli, con ambos
-pies, de agilidad extrema, intentaba paralizar todo movimiento de la
-enorme cola, que retrocedía buscando una roca ó el tronco de un árbol.
-Balanceábanse, también, pegada la cabeza del muchacho contra la de la
-serpiente, cada uno de ellos esperando el momento oportuno del ataque,
-hasta que el hermoso grupo, parecido á una estatua, se deshacía,
-convirtiéndose en torbellino de negros y amarillentos anillos y de
-piernas y brazos que luchaban, para levantarse, de nuevo, una y otra
-vez.
-
---¡Toma! ¡Toma! ¡Toma! decía Kaa, dirigiendo fintas con la cabeza, que
-ni la mano rapidísima de Mowgli podía desviar. ¡Mira! ¡Ahora te toco
-aquí, hermanito! ¡Ahora aquí, y aquí! ¿Tienes las manos entumecidas?
-¡Ya te he tocado otra vez!
-
-Terminaba siempre el juego de igual modo: con un golpe en línea recta
-y arrastrando, que arrojaba al muchacho al suelo dando tumbos. Mowgli
-no pudo aprender nunca el modo de ponerse en guardia contra esa
-especie de estocada, rápida como el rayo, y, según opinión de Kaa, era
-completamente inútil que lo probara.
-
---¡Buena caza! gruñó, por fin, Kaa; y Mowgli, como de costumbre,
-cayó disparado á más de cinco metros de distancia, sin aliento, pero
-riéndose. Levantóse, con las manos llenas de yerba, y siguió á Kaa
-hacia el bañadero favorito de la serpiente: una laguna negra como la
-brea, rodeada de rocas, y á la que prestaban cierta variedad hundidos
-troncos de árbol. Metióse el muchacho en el agua, como era costumbre
-en la Selva, sin ruido, y la cruzó buceando; salió á la superficie
-silenciosamente, también, y se tendió de espalda, cruzados los brazos
-bajo la cabeza, mirando como la luna se elevaba por encima de las
-rocas, y gozándose en quebrar con los dedos de los pies el reflejo
-de los rayos en el agua. La cabeza de Kaa, de forma parecida á la
-de un diamante, cortó la superficie del agua como una navaja y fué
-á descansar sobre el hombro de Mowgli. En esta posición se quedaron
-quietos, voluptuosamente embebidos en la agradable impresión del agua
-fría.
-
---¡Qué bien se está así! dijo Mowgli, al fin, medio adormecido. Pues
-mira: en la manada de los hombres, á esta misma hora, si mal no
-recuerdo, se tendían sobre unos pedazos de madera muy duros, en el
-interior de una trampa hecha de barro, y, después de haber cerrado,
-para que no entrara el aire puro de afuera, se echaban por encima de la
-casi medio atontada cabeza una tela sucia, y cantaban con la nariz unas
-canciones muy feas. Mucho mejor se está en la Selva.
-
-Una cobra se deslizó precipitadamente por encima de una roca, bebió,
-deseóles «buena suerte» y marchóse.
-
---_¡Ssss!_ dijo Kaa, como si de pronto se acordara de algo. ¿De modo
-que en la Selva hallas cuanto tú puedes desear, Hermanito?
-
---No todo, contestó Mowgli, riendo, porque para ello sería preciso que
-hubiera un nuevo y fuerte Shere Khan que matar á cada cambio de luna.
-Lo que es ahora podría matarlo con mis propias manos, sin necesitar que
-me ayudaran los búfalos. Además de esto, he deseado también, muchas
-veces, que brillara el sol en medio de las lluvias, y, otras, que las
-lluvias taparan al sol en lo más caluroso del verano; y, además, nunca
-me he sentido con el estómago vacío sin desear haber matado á una
-cabra; y nunca he matado á una cabra sin desear que fuera un gamo; ni á
-un gamo sin sentir que no hubiera sido un _nilghai_. Pero lo mismo nos
-ocurre á todos nosotros.
-
---¿Y nada más deseas? preguntó la enorme serpiente.
-
---¿Qué más puedo desear? Tengo la Selva y en ella se me mira con buenos
-ojos. ¿Hay, acaso, algo más en algún otro sitio, en lo que va de la
-salida á la puesta del sol?
-
---Pues bien, la cobra dijo... empezó Kaa...
-
---¿Qué cobra? La que ahora mismo se fué no dijo nada. Estaba cazando.
-
---Fué otra.
-
---¿Tratas tú mucho á las del pueblo venenoso? Yo les dejo bien libre
-el camino. Llevan la muerte en los dientes delanteros y eso es mala
-cosa... porque son muy pequeñas. Pero ¿qué cobra es ésa con la que tú
-has hablado?
-
-Revolvióse Kaa muy despacio en el agua, como un barco de vapor que las
-olas del mar baten de través.
-
---Hace cuatro ó cinco lunas, dijo, que cacé en las Moradas Frías, sitio
-que no has olvidado. Lo que yo perseguía se escapó chillando más allá
-de las cisternas, y, yendo á aquella casa de la cual, por culpa tuya,
-hice yo pedazos uno de los lados, se hundió en el suelo.
-
---Pero la gente de las Moradas Frías no vive en madrigueras, dijo
-Mowgli, que sabía que Kaa hablaba del Pueblo de los monos.
-
---Aquello no _vivía_ allí, sino que allí fué para conservar la vida,
-contestó Kaa moviendo rápidamente la lengua. Metióse en una madriguera,
-prosiguió, muy profunda. Fuíme yo detrás, y, una vez lo hube muerto, me
-dormí. Cuando desperté fuí internándome más.
-
---¿Bajo tierra?
-
---Eso es. Halléme allí, por fin, con una _Capucha Blanca_ (una cobra
-blanca) que habló de cosas superiores á todos mis conocimientos, y me
-enseñó muchas que nunca había visto antes.
-
---¿Caza nueva? ¿Se mataba con facilidad?
-
-Al decir esto, volvióse Mowgli de lado con la mayor rapidez.
-
---No eran piezas de caza, y, además, me hubieran roto todos los
-dientes. Pero la _Capucha Blanca_ dijo que un hombre (y hablaba como
-quien conoce á fondo la especie), que un hombre hubiera dado con gusto
-la vida nada más que por mirar todo aquello.
-
---Ya lo veremos, dijo Mowgli. Ahora recuerdo que hubo un tiempo en que
-fuí hombre.
-
---¡Calma!... ¡Calma! La prisa fué la que mató á la Serpiente Amarilla
-que se comió al sol. Hablamos nosotras dos bajo tierra, y yo hice
-mención de tí, diciendo que eras un hombre. Dijo, entonces, la _Capucha
-Blanca_ (y advierte que ella es, en verdad, tan vieja como la misma
-Selva):
-
---Mucho tiempo hace que no he visto á un hombre. Que venga, y
-contemplará todas esas cosas, por la más insignificante de las cuales
-se dejarían matar muchísimos como él.
-
---Eso ha de ser, por fuerza, algún nuevo género de caza. Y, sin
-embargo, el Pueblo Venenoso no suele decirnos dónde hay alguna pieza de
-que apoderarse; son gente enemiga.
-
---Que no se trata de pieza ninguna, te he dicho. Es... es... no puedo
-decir lo que es.
-
---Iremos allá. Nunca he visto á una _Capucha Blanca_, y además deseo
-ver las otras cosas. ¿Las mató ella?
-
---Cosas muertas son. Dice que es la guardiana de todas.
-
---¡Ah!... Del mismo modo que un lobo vigila la carne que se ha llevado
-á su cubil. Vamos.
-
-Nadó Mowgli hacia la orilla, revolcóse sobre la yerba para secarse, y
-ambos partieron en dirección de las Moradas Frías, la ciudad desierta
-de la cual cabe suponer que estáis enterados. No tenía Mowgli,
-entonces, el menor miedo del Pueblo de los Monos, pero, en cambio, éste
-sentía por él vivísimo horror. Sea como fuere, sus tribus corrían á la
-sazón por la Selva, y así las Moradas Frías se hallaban completamente
-solitarias y silenciosas, iluminadas por la luna. Kaa iba delante, y,
-dirigiéndose hacia las ruinas del pabellón de la reina que se elevaban
-sobre la terraza, deslizóse por encima de los escombros y se hundió en
-la casi enterrada escalera subterránea que descendía del centro del
-pabellón. Mowgli lanzó el grito que servía para las serpientes («tú
-y yo somos de la misma sangre») y siguió, sirviéndose, para andar,
-de las manos y de las rodillas. Arrastráronse durante largo espacio
-por un pasadizo inclinado, de innumerables vueltas y revueltas, y,
-por fin, llegaron á un sitio en el que la raíz de algún árbol muy
-grande, que crecía á más de nueve metros por encima de la altura en
-que se hallaban, había arrancado una de las pesadas piedras de la
-pared. Metiéronse por el hueco y se hallaron en una gran caverna, cuyo
-techo abovedado estaba, también, roto, en ciertos puntos, por raíces
-de árboles, de tal suerte que algunos rayos de luz penetraban en la
-obscuridad.
-
---He aquí un cubil bien seguro, dijo Mowgli enderezándose; pero está
-demasiado lejos para visitarlo diariamente. Y ahora ¿qué es lo que aquí
-se ve?
-
---¿No soy yo nada? dijo una voz, en medio de la caverna. Y Mowgli vió
-algo blanco que se movía, hasta que, poco á poco, irguióse ante él la
-más enorme cobra que jamás vieran sus ojos... un animal de cerca de
-dos metros y medio de largo, y descolorido, por estar siempre en la
-obscuridad, hasta haber adquirido color de marfil viejo. Aun las mismas
-marcas, como de espejuelos, que ostentaba en su extendida capucha,
-se habían desteñido, mostrándose ahora de un amarillo pálido. Tenía
-los ojos del color de rubíes, y, en suma, ofrecía el más sorprendente
-aspecto que pueda darse.
-
---¡Buena suerte! dijo Mowgli, que no abandonaba nunca ni los buenos
-modales ni el cuchillo.
-
---¿Qué noticias me traes de la ciudad? preguntó la cobra blanca sin
-contestar al saludo. ¿Qué me cuentas de la inmensa ciudad amurallada...
-la ciudad de cien elefantes, veinte mil caballos y tantas reses que no
-cabe el contarlas... la ciudad del Rey de veinte reyes? Yo me vuelvo
-sorda aquí, y mucho tiempo ha pasado ya desde que oí sus _gongos_[26]
-de guerra.
-
---Sobre nuestras cabezas no se extiende más que la Selva, dijo Mowgli.
-Entre los elefantes, conozco únicamente á Hathi y á sus hijos. Bagheera
-ha despaldillado á todos los caballos de una aldea, y... dime... ¿qué
-es un Rey?
-
---Ya te expliqué, dijo Kaa con suavidad á la cobra, ya te expliqué,
-desde hace cuatro lunas, que la ciudad no existía.
-
---La ciudad... la gran ciudad del bosque, cuyas puertas están guardadas
-por las torres del Rey... no puede perecer nunca. ¡La edificaron antes
-que el padre de mi padre saliera del huevo, y durará, aún, cuando
-los hijos de mis hijos sean tan blancos como yo! Salomdhi, hijo de
-Chandrabija, el cual era hijo de Viyeja, hijo, á su vez, de Yegasuri,
-fué quien la edificó en la época de Bappa Rawal. ¿Quién es el dueño del
-rebaño á que pertenecen _vuesas mercedes_?
-
---Eso es como un rastro perdido, dijo Mowgli volviéndose hacia Kaa. No
-entiendo su lenguaje.
-
---Ni yo. Es muy vieja. Madre de las cobras, aquí no hay más que la
-Selva, y así fué desde el principio.
-
---Pues entonces ¿quién es _éste_, preguntó la cobra blanca, que está
-sentado delante de mí, sin tenerme miedo, sin saber el nombre del Rey,
-y que habla nuestro lenguaje, valiéndose para ello de labios humanos?
-
-¿Quién es éste que va armado de cuchillo y tiene lengua de serpiente?
-
---Mowgli me llaman, fué la respuesta. Pertenezco á la Selva. Los lobos
-son mi gente, y Kaa, que aquí ves, es mi hermana. Madre de las cobras
-¿quién eres tú?
-
---Yo soy la Guardiana del tesoro del Rey. Kurrun Raja puso la piedra
-que está ahí arriba, en los tiempos en que mi piel era obscura, á fin
-de que enseñara yo lo que es la muerte á los que vinieran aquí para
-robar. Luego bajaron el tesoro, levantando la piedra, y oí el canto de
-los brahmanes, mis amos.
-
---¡Uy! dijo entre sí Mowgli: yo he tenido ya que habérmelas con un
-brahmán, en la manada de los hombres, y... sé, acerca de él, lo que sé.
-Aquí va á pasar algo, muy pronto.
-
---Cinco veces, desde que vine á este sitio, han levantado la piedra;
-pero siempre para traer más, nunca para sacar algo. No hay riquezas
-como éstas: son los tesoros de cien reyes. Pero ha transcurrido mucho,
-muchísimo tiempo desde la última vez que levantaron la piedra, y creo
-que mi ciudad se ha olvidado ya de lo que aquí existe.
-
---No hay tal ciudad. Mira hacia arriba. Verás allí raíces de grandes
-árboles que separan las piedras. Pues bien: no crecen juntos árboles y
-hombres, volvió á decir Kaa.
-
---Dos, y hasta tres veces, han hallado los hombres manera de llegar
-hasta aquí, contestó airada la cobra blanca; pero nunca hablaron
-hasta que yo me les eché encima, mientras iban ellos tanteando en
-medio de la obscuridad, y aun entonces gritaron sólo breve rato. Mas
-_vuesas mercedes_ vienen ambos con mentiras, lo mismo el Hombre que
-la Serpiente, y quisieran hacerme creer que la ciudad no existe y que
-mi misión de guardiana ha terminado. Poco cambian los hombres en el
-transcurso de los años. En cuanto á mí... yo no cambio jamás. Hasta que
-la piedra vuelva á ser levantada, y desciendan los brahmanes cantando
-canciones que yo sé, y me alimenten con leche caliente, y me saquen de
-nuevo á la luz, yo... _yo_... y nadie más que _yo_, seré la Guardiana
-del tesoro del Rey. ¿Decís que la ciudad ha muerto, y que ahí están las
-raíces de los árboles? Agachaos, pues, y coged lo que queráis. No tiene
-la tierra tesoros como éste. ¡Hombre con lengua de serpiente, si puedes
-salir con vida por el mismo camino que entraste, todos los reyezuelos
-del país serán tus vasallos!
-
---Ya se embrolló otra vez la pista, dijo fríamente Mowgli. ¿Acaso algún
-chacal habrá llegado á meterse en estas profundidades y mordido á la
-gran _Capucha Blanca_? De fijo que le ha pegado la rabia[27]. Madre de
-las cobras, nada veo yo aquí que pueda llevarme.
-
---¡Por los dioses del Sol y de la Luna que el muchacho está loco de
-remate! silbó la cobra. Antes que tus ojos se cierren para siempre voy
-á hacerte un favor: mira, y contempla lo que jamás vió hasta ahora
-hombre alguno.
-
---No suele irles muy bien en la Selva á aquéllos que le hablan á Mowgli
-de favores, dijo el muchacho entre dientes. Pero la obscuridad lo
-cambia todo: bien lo sé yo. Miraré, pues, para complacerte.
-
-Miró, en efecto, con los ojos medio cerrados, alrededor de la caverna,
-y luego levantó del suelo un puñado de algo que brillaba.
-
---¡Oh! exclamó, esto es como aquello con que juegan en la manada de
-los hombres; sólo que esto es amarillo, y aquello era de color obscuro.
-
-Dejó caer las monedas de oro, y siguió adelante. El suelo de la
-caverna hallábase cubierto por una capa de oro y plata acuñados, de un
-espesor de más de metro y medio. Había estado al principio en sacos,
-que se rompieron, luego, esparciendo el metal, y, con los años, fuése
-éste apretando y sentando, como la arena durante el reflujo. Encima,
-dentro, y surgiendo de aquella masa, como restos de un naufragio que
-se levantan sobre la arena, había pabellones de elefante con joyas
-incrustadas en realces de plata, con planchas de oro forjado y adornos
-de rubíes y turquesas. Veíanse palanquines y literas destinados á
-llevar reinas, y cuyos marcos y correas eran plateados y con esmaltes,
-las varas con cabos de jade, y anillos de ámbar para las cortinas;
-había candeleros de oro con agujereadas esmeraldas colgantes, que
-temblaban sobre cada uno de los brazos; adornadas imágenes de olvidados
-dioses, de metro y medio de alto, todas ellas de plata y teniendo por
-ojos piedras preciosas; cotas de malla con incrustaciones de oro sobre
-el acero y guarnecidas de aljófar, ya cubierto de moho y ennegrecido;
-yelmos con cimeras y sartas de rubíes que tenían el color de la sangre
-de palomo; escudos de laca, de concha y de piel de rinoceronte, con
-tiras y tachones de oro rojo y esmeraldas en el borde; montones de
-espadas, dagas y cuchillos de caza con puño ó mango guarnecido de
-diamantes; vasos y cucharas de oro para los sacrificios, y altares
-portátiles de una forma que jamás se vé á la luz del día; tazas y
-brazaletes de jade; incensarios, peines y potes para perfumes y polvos,
-destinados al tocado femenino, todo ello en oro repujado; anillos para
-la nariz, brazales, diademas, anillos para los dedos y ceñidores, en
-tan gran número que era imposible contarlos; cinturones de siete dedos
-de ancho con diamantes y rubíes escuadrados, y cajas de madera, con
-triples grapas de hierro, en que las tablas se habían reducido ya á
-polvo mostrando en el interior los montones de zafiros orientales y
-comunes, ópalos, ágatas, rubíes, diamantes, esmeraldas y granates.
-
-Tenía razón la cobra blanca. No había dinero que bastara ni para
-empezar á pagar el valor de aquel tesoro, escogido producto de siglos
-de guerra, saqueo, comercio y tributos. Sin contar las piedras
-preciosas, las monedas solas eran ya de inestimable precio, y el peso
-en bruto del oro y de la plata, únicamente, podía muy bien llegar á
-dos ó trescientas toneladas. Cada uno de los gobernantes indígenas en
-la India tiene hoy, por pobre que sea, un tesoro escondido al cual va
-añadiendo siempre algo; y aunque alguna vez, en el espacio de muchos
-años, tal ó cual príncipe instruido mande cuarenta ó cincuenta carretas
-de bueyes cargadas de plata para que se las cambien por títulos de la
-Deuda, la mayoría guarda su tesoro, y el secreto de que exista, con
-grandísimo cuidado, y exclusivamente para sí propio.
-
-Como era natural que sucediera, Mowgli no entendió el significado de
-todo aquello. Los cuchillos despertaron algo su curiosidad; pero no le
-parecieron de tan fácil manejo como el suyo, y, por lo tanto, pronto
-los soltó. Halló, por fin, algo que realmente le sedujo, al verlo sobre
-un pabellón para elefante, medio enterrado entre las monedas. Era un
-_ankus_ de cerca de un metro de largo, ó sea una aijada como las que
-se emplean, también, para elefantes, algo que tenía cierta semejanza
-con un bichero pequeño. El extremo superior era un redondo y brillante
-rubí, debajo del cual venían ocho pulgadas de mango tachonadas de
-turquesas en bruto, casi tocando una con otra, lo que ofrecía
-segurísimo asidero. Más abajo había un cerco de jade con un dibujo de
-flores que lo adornaba... sólo que tenía la particularidad de que las
-hojas eran esmeraldas, y las corolas rubíes hundidos en la fría y verde
-piedra. El resto del mango era una vara de purísimo marfil, mientras el
-extremo agudo (la punta y el gancho) era de acero con incrustaciones
-de oro, representando escenas de la caza del elefante, y esos dibujos
-atrajeron de modo especial á Mowgli, que vió en ellos algo que tenía
-más ó menos relación con Hathi el Silencioso.
-
-La cobra blanca había estado, entre tanto, siguiéndole muy de cerca.
-
---¿No vale esto la pena de morir con tal de contemplarlo? dijo. ¿No te
-he hecho un grandísimo favor?
-
---No te entiendo, contestó Mowgli. Todas esas cosas son duras y frías,
-y no pueden servir, en modo alguno, para comer. Pero esto (y levantó el
-_ankus_), esto deseo sacarlo de aquí para verlo á la luz del sol. ¿No
-decías que cuanto te rodea es tuyo? ¿Quieres darme esto sólo, y yo te
-traeré ranas para que las comas?
-
-La cobra blanca se estremeció, llena de malvado júbilo.
-
---Vaya si te lo daré, dijo. Todo voy á dártelo... hasta el momento de
-irte.
-
---Pero si me voy ahora. Este sitio es obscuro y frío, y deseo llevarme
-á la Selva eso que tiene una punta como de espina.
-
---¡Mira á tus pies! ¿Qué hay junto á ellos?
-
-Cogió Mowgli algo blanco y liso.
-
---Es el cráneo de un hombre, dijo en voz baja. Y aquí hay dos más.
-
- [Ilustración]
-
---Vinieron para llevarse el tesoro hace muchos años. Yo les hablé en
-medio de la obscuridad, y se quedaron quietos para siempre.
-
---Pero ¿para qué necesito yo eso que se llama tesoro? Si me quieres dar
-el _ankus_ para llevármelo, ya habré cazado todo lo que deseo. Si no,
-me es igual. Yo no me bato con los del Pueblo Venenoso, y, además, ya
-me enseñaron la palabra mágica para los de tu tribu.
-
---¡Aquí no hay más palabra mágica que una, y ésta es la mía!
-
-Lanzóse Kaa hacia adelante con los ojos echando llamas.
-
---¿Quién me invitó á traer al Hombre á este sitio? dijo silbando.
-
---Yo, no hay duda, balbuceó la vieja cobra. Hace mucho tiempo que no he
-visto al hombre, y, además, éste conoce nuestro lenguaje.
-
---Pero no se habló de matar. ¿Cómo puedo yo ahora volver á la Selva
-diciendo que le he traído aquí á morir? dijo Kaa.
-
---Yo no hablo de matar hasta que llega la hora. Y respecto á irte ó
-no irte tú, ahí está el agujero en la pared. Déjame, pues, en paz,
-matadora de monos. No tengo que hacer más que tocarte en el cuello, y
-la Selva no volverá ya á tener noticias tuyas. Jamás entró aquí hombre
-alguno que volviera á salir con vida. Yo soy la Guardiana del tesoro
-perteneciente á la ciudad del Rey.
-
---Pero si te digo, gusano blanco de esas tinieblas, que no hay ya Rey
-ni ciudad. ¡La Selva es la que reina en torno nuestro!
-
---Aún existe el tesoro. Mas verás lo que podemos hacer: espera un
-poco, Kaa de las Peñas, y mira cómo corre el muchacho. Hay aquí sitio
-suficiente para entregarnos á ese juego. La vida es algo bueno. ¡Corre
-de un lado á otro, y juguemos, muchacho!
-
-Mowgli colocó, calmosamente, la mano sobre la cabeza de Kaa.
-
---Esa cosa blanca no ha tratado hasta ahora más que con hombres de los
-que forman parte de la manada humana. Á mí no me conoce, murmuró. Ella
-misma ha pedido esa clase de caza; otorguémosela, pues.
-
-Había estado Mowgli, todo ese tiempo, de pie, sosteniendo el _ankus_
-con la punta hacia abajo. Arrojólo lejos de sí, con gran rapidez, y
-fué aquél á caer de lado, precisamente detrás de la capucha de la gran
-serpiente, clavando á ésta en el suelo. Como una exhalación lanzó Kaa
-todo su peso sobre aquel cuerpo que se retorcía, inmovilizándolo hasta
-la cola. Los colorados ojos parecían de fuego, y las seis pulgadas
-de la cabeza que quedaban libres golpeaban furiosamente á derecha é
-izquierda.
-
---¡Mata! dijo Kaa en el instante en que Mowgli echaba mano al cuchillo.
-
---No, contestó él, al sacarlo, nunca más mataré como no sea para
-procurarme comida. Pero ¡mira Kaa!
-
-Cogió á la serpiente por detrás de la capucha, le abrió violentamente
-la boca con la hoja de acero, y mostró los terribles colmillos
-venenosos de la mandíbula superior, ya negros y consumidos en la encía.
-La cobra blanca había sobrevivido á su veneno, como les ocurre á las
-serpientes.
-
---_Thuu_ (está seco)[28] dijo Mowgli; y, haciendo seña á Kaa para que
-se alejara, cogió el _ankus_, dejando á la cobra en libertad.
-
---El tesoro del Rey necesita un nuevo guardián, dijo con gravedad.
-_Thuu_, has hecho mal. ¡Corre de un lado á otro y juguemos, _Thuu_!
-
---¡Qué vergüenza para mí! ¡Mátame! silbó la cobra blanca.
-
---Demasiado hemos hablado ya aquí de matar. Ahora nos iremos. Me llevo
-esa cosa de punta de espina, _Thuu_, porque con ella he peleado y te he
-vencido.
-
---Cuida, pues, de que esa cosa no te mate, al fin, á tí. ¡Es la muerte!
-¡Acuérdate de lo que te digo: es la muerte! Hay en ella lo suficiente
-para quitar la vida á todos los hombres de mi ciudad. No estará mucho
-tiempo en tu poder, hombre de la selva, ni tampoco en el del que de tí
-lo tome. ¡Por ello se matarán sin cesar unos á otros! Mi fuerza se ha
-consumido; pero el _ankus_ continuará mi tarea. ¡Es la muerte!... ¡La
-muerte!... ¡La muerte!
-
-Arrastróse Mowgli por el agujero hasta llegar de nuevo al pasadizo,
-y lo último que desde allí vió fué cómo la cobra blanca golpeaba
-furiosamente con sus inofensivos colmillos las estúpidas caras doradas
-de los dioses tendidos en el suelo, silbando al propio tiempo: «¡es la
-muerte!»
-
-Alegráronse de ver una vez más la claridad del día, y, cuando se
-hallaron de vuelta en la propia Selva y Mowgli hizo brillar el _ankus_
-con los reflejos de la luz matinal, estuvo casi tan contento como si
-hubiera hallado un ramo de flores nuevas que prenderse en el cabello.
-
---Esto brilla aun más que los ojos de Bagheera, dijo, con verdadero
-júbilo, al dar vueltas rápidamente al rubí. Se lo enseñaré; pero ¿qué
-es lo que quiso decir la _Thuu_ cuando habló de la muerte?
-
---Lo ignoro. Lo que siento con todo mi cuerpo, desde la cabeza hasta la
-punta de la cola, es que no le hicieras probar tu cuchillo. Siempre hay
-algo malo en las Moradas Frías... sobre el suelo ó por debajo de él.
-Pero, tengo ahora hambre. ¿Cazas conmigo esta mañana? dijo Kaa.
-
---No: Bagheera ha de ver esto. ¡Buena suerte!
-
-Marchóse Mowgli bailando, blandiendo el gran _ankus_ y parándose, de
-cuando en cuando, para admirarlo, hasta que llegó á aquella parte de la
-Selva donde solía estar con preferencia Bagheera, y la halló bebiendo,
-después de haber cazado, no sin cierta fatiga. Contóle Mowgli todas sus
-aventuras, desde el principio hasta al fin, y, de cuando en cuando,
-olfateaba Bagheera el _ankus_. Al llegar Mowgli á las últimas palabras
-de la cobra blanca la pantera lanzó un susurro especial de aprobación.
-
---¿Entonces, la cobra blanca dijo lo que realmente es? preguntó, en
-seguida, Mowgli.
-
---Nací en las jaulas del Rey de Oodeypore, y tengo la seguridad de
-conocer un poco á los hombres. Muchísimos de ellos darían muerte á tres
-de sus semejantes en una sola noche nada más que por tener esa gran
-piedra roja.
-
---Pero esa piedra no hace otra cosa que añadir peso. Mi brillante
-cuchillo, aunque pequeño, es mejor; y además... ¡mira! la piedra roja
-no sirve para comer. Por lo tanto ¿para qué esas muertes que dices?
-
---Mowgli, vete á dormir. Has vivido entre los hombres, y...
-
---Ya me acuerdo. Los hombres matan cuando no van de caza... matan por
-ociosidad y por gusto. Despiértate, Bagheera. ¿Á qué uso destinaron esa
-cosa con punta de espina, cuando la hicieron?
-
-Abrió á medias los ojos Bagheera (que tenía mucho sueño) y guiñó
-maliciosamente.
-
---La hicieron los hombres para meterla en la cabeza de los hijos de
-Hathi, de modo que la sangre corriera. Yo he visto una semejante en la
-calle de Oodeypore, delante de nuestras jaulas. Cosa es ésta que ha
-probado la sangre de muchos como Hathi.
-
---Pero ¿por qué se la meten en la cabeza á los elefantes?
-
---Para enseñarles la Ley del Hombre. Como no tienen garras ni dientes,
-los hombres fabrican esas cosas... y aun otras peores.
-
---Siempre sangre y más sangre, aun en aquello que hizo la manada
-humana, dijo Mowgli con ademán de asco, y comenzando ya á sentirse algo
-cansado de sostener el peso del _ankus_.
-
---Si hubiera sabido eso no me lo llevo. Primero, sangre de Messua sobre
-sus ataduras, y ahora sangre de Hathi. No quiero usarlo más. ¡Mira!
-
-Voló el _ankus_ por los aires, lanzando chispas de luz, y se clavó de
-punta á más de veinticinco metros de distancia, entre los troncos de
-los árboles.
-
---Así quedan mis manos limpias de toda muerte, dijo Mowgli, frotando
-las palmas de aquéllas contra la fresca, húmeda tierra. Dijo la _Thuu_
-que la Muerte seguiría mis pasos. Es vieja, y blanca, y está loca.
-
---Sea blanca ó negra, trátese de muerte ó de vida, lo que es yo me voy
-á dormir, Hermanito. No puedo estar cazando toda la noche y aullando
-todo el día, como hacen algunos.
-
-Marchóse Bagheera á un cubil que conocía, y usaba al ir de caza, á
-media legua de distancia. Mowgli encaramóse á un árbol que le pareció
-apropiado, anudó allí tres ó cuatro enredaderas, y, en menos tiempo
-del que se emplea en decirlo, se balanceaba ya en una hamaca, á quince
-metros sobre el nivel del suelo. Aunque no le molestara realmente la
-fuerte luz del día, Mowgli, siguiendo en esto la costumbre de sus
-amigos, la usaba tan poco como le era posible. Al despertarse entre el
-coro de chillonas voces de los habitantes de los árboles, era ya otra
-vez la hora del crepúsculo, y recordó haber soñado en las hermosas
-piedrecillas que acababa de tirar.
-
---Cuando menos, volveré á contemplar aquello una vez más, dijo, y se
-deslizó por una enredadera hasta tocar el suelo.
-
-Ante él estaba Bagheera. Mowgli podía oirla olfatear en medio de la
-relativa obscuridad que reinaba.
-
---¿Dónde está aquello que tiene punta de espina? gritó Mowgli.
-
---Se lo ha llevado un hombre. Ahí está el rastro.
-
---Ahora veremos si la _Thuu_ dijo la verdad. Si esa cosa puntiaguda es
-la Muerte, ese hombre morirá. Sigámosle.
-
---Mata primero, contestó Bagheera. Con el estómago vacío no se
-tiene muy buen ojo. Andan los hombres muy despacio, y la Selva está
-suficientemente húmeda para conservar hasta la más ligera señal del que
-haya pasado.
-
-Mataron lo más pronto que les fué posible; pero casi tres horas habían
-transcurrido cuando hubieron terminado la comida, bebido y preparádose
-á seguir la pista. El Pueblo de la Selva sabe que no hay nada que
-compense el daño causado por la precipitación en las comidas.
-
---¿Crees tú que aquella cosa puntiaguda se volverá en las mismas manos
-del hombre contra él y lo matará? preguntó Mowgli. La _Thuu_ dijo que
-era la Muerte.
-
---Ya lo veremos al llegar, contestó Bagheera, siguiendo al trote con
-la cabeza baja. No hay más que _un pie_ (quería decir que no había más
-que un solo hombre) y el peso de esa cosa le ha hecho apretar el talón
-profundamente en el suelo.
-
---Efectivamente: esto es claro como un relámpago de verano, contestó
-Mowgli.
-
-Y ambos tomaron el cortado y rápido trote con que se sigue un rastro,
-metiéndose ya dentro de los trozos de tierra iluminados por la luna, ya
-saliendo fuera, siempre tras las huellas de aquellos dos pies desnudos.
-
---Ahora corre muy aprisa, dijo Mowgli. Las señales de los dedos están
-muy separadas.
-
-Siguieron por una tierra húmeda.
-
---Y ahora ¿por qué tuerce hacia á un lado?
-
---¡Espera! dijo Bagheera, y lanzóse hacia delante de un salto
-magnífico, que procuró fuera lo más largo posible.
-
-Lo primero que hay que hacer cuando una pista deja de ser clara y
-explicable es ir hacia delante, sin dejar en el suelo las propias
-huellas, que acabarían de confundir. Volvióse Bagheera en cuanto tocó á
-tierra, y dirigiéndose al muchacho gritó:
-
---Ahí viene otro rastro á encontrarse con el primero. Es de un pie más
-pequeño, y las marcas de los dedos están vueltas hacia dentro.
-
-Corrió, entonces, Mowgli y miró á su vez.
-
---Es el pie de un cazador gondo, dijo. ¡Mira! Aquí ha arrastrado el
-arco por encima de la yerba. Por esto el primer rastro torcía hacia
-un lado tan rápidamente. _Pie grande_ quería esconderse, viéndose
-perseguido por _Pie pequeño_.
-
---Es verdad, dijo Bagheera. Ahora, para que no ocurra que cruzando
-el rastro del uno con el del otro embrollemos las señales, vamos á
-seguir cada uno el suyo. Yo soy _Pie grande_, Hermanito, y tú eres _Pie
-pequeño_, el gondo.
-
-Saltó Bagheera hacia atrás, volviendo á tomar el primer rastro, y
-dejando á Mowgli agachado curiosamente sobre las estrechas huellas del
-salvaje habitante de los bosques.
-
---Ahora, dijo Bagheera, siguiendo paso á paso la hilera de huellas, yo,
-_Pie grande_, tuerzo aquí hacia un lado. Ahora me escondo detrás de
-una roca y me estoy quieto, sin atreverme á levantar ni un pie. Dí tú
-cómo es tu rastro, Hermanito.
-
-Ahora yo, _Pie pequeño_, llego á la roca, dijo, á su vez, Mowgli,
-siguiendo la pista. Ahora me siento debajo de ella, apoyándome sobre la
-mano derecha y descansando el arco entre los dedos de los pies. Espero
-largo rato, porque mis huellas son aquí profundas.
-
---Lo propio me ocurre á mí, observó Bagheera, que estoy escondido
-detrás de la roca. Espero, descansando sobre ella el extremo del objeto
-que llevo, y que tiene punta de espina. Resbala, porque aquí hay una
-raya sobre la piedra. Dí tú ahora tu pista, Hermanito.
-
---Una... dos ramillas... y una rama grande... se ven aquí rotas, fué
-diciendo Mowgli en voz baja. ¿Y cómo explicaré ahora esto? ¡Ah! Ya lo
-veo claro. Yo, _Pie pequeño_, me voy, haciendo ruido y pisando fuerte,
-á fin de que _Pie grande_ pueda oirme.
-
-Apartóse, entonces, de la roca, paso á paso, por entre los árboles,
-elevando la voz, desde lejos, al irse acercando á una cascada pequeña,
-y diciendo:
-
---Yo... me voy... muy lejos... al sitio... donde... el... ruido... del
-agua... que cae... apaga... mi propio... ruido... y... aquí... espero.
-¡Dí tú ahora tu pista, Bagheera, _Pie grande_!
-
-La pantera había estado saltando en todas direcciones para ver cómo el
-rastro de _Pie grande_ se apartaba de la roca. Al fin gritó:
-
---Salgo de detrás de la roca, caminando á gatas y arrastrando el objeto
-que tiene punta de espina, y no viendo á nadie echo á correr. Yo, Pie
-grande corro velozmente. El rastro está aquí claro. Sigamos cada uno el
-suyo. ¡Yo voy corriendo!
-
-Hizo Bagheera lo que decía, siguiendo el rastro claramente marcado, y,
-entre tanto, Mowgli siguió los pasos del gondo. Reinó por algún tiempo
-el silencio en la Selva.
-
---¿Dónde estás, _Pie pequeño_? gritó Bagheera. La voz de Mowgli le
-contestó á unos cuarenta metros de distancia hacia la derecha.
-
---¡Je! exclamó la pantera tosiendo con una tos profunda. Ambos corren,
-uno al lado de otro, y acercándose.
-
-Continuó la carrera durante un rato, conservándose los dos casi á la
-misma distancia, hasta que Mowgli, que no tenía la cabeza tan cerca del
-suelo como Bagheera, gritó:
-
---Ya se han encontrado. ¡Buena ha sido la caza!... ¡Mira! Aquí se paró
-_Pie pequeño_, con la rodilla puesta sobre una roca... y más allá está,
-realmente, _Pie grande_.
-
-Frente á ellos, á menos de nueve metros, tendido sobre un montón de
-rocas desmenuzadas, veíase el cuerpo de un aldeano de la comarca,
-atravesados espalda y pecho por un largo dardo de plumas muy cortas,
-como los que usan los gondos.
-
---¿Merecía la _Thuu_ que se la calificara de vieja y de loca,
-Hermanito? dijo Bagheera muy suavemente. Cuando menos ya hemos
-encontrado un muerto.
-
---Sigue hacia adelante. Pero ¿dónde está lo que bebe la sangre de los
-elefantes... la espina que tiene un ojo colorado?
-
---_Pie pequeño_ la tiene... tal vez. De nuevo, no se ve ya más que un
-solo pie.
-
-El rastro único de un hombre muy ligero, que había estado corriendo con
-gran velocidad, llevando un peso sobre el hombro izquierdo, continuaba
-alrededor de una larga y baja tira de yerba seca, que ofrecía la forma
-de una espuela, y en la cual cada pisada parecía, á los penetrantes
-ojos de los que iban siguiendo la pista, como impresa con un hierro
-candente.
-
-Ni uno ni otro dijo una palabra más, hasta que el rastro les llevó á un
-sitio donde se veían las cenizas de una hoguera, ocultas en el fondo de
-un barranco.
-
---¡Otra vez! exclamó Bagheera parándose, de pronto, como petrificada.
-
-El cuerpo de un gondo, pequeño y apergaminado, yacía allí, puestos los
-pies sobre las cenizas, y, al verlo, levantó Bagheera los ojos hacia
-Mowgli como interrogándole.
-
---La muerte ha sido causada con un bambú, dijo el muchacho después de
-lanzar una ojeada. Yo lo usé también para ir con los búfalos, cuando
-servía en la manada de los hombres. La Madre de las cobras (y ahora
-siento haberme burlado de ella) conocía á fondo la raza, como debía
-haberla conocido yo. ¿No dije yo mismo que los hombres mataban por
-culpa de la ociosidad?
-
---La verdad es que han matado, en este caso, por culpa de las piedras
-rojas y azules, contestó Bagheera. Acuérdate de que yo estuve en las
-jaulas del Rey, en Oodeypore.
-
---Uno, dos, tres, cuatro rastros diferentes, dijo Mowgli, agachándose
-sobre las cenizas. Cuatro rastros de hombres con los pies calzados. No
-van éstos tan aprisa como los gondos. Pero ¿qué daño les había hecho
-ese hombrecillo de las selvas? Mira: los cinco habían estado juntos,
-hablando, antes de que lo mataran. Volvámonos, Bagheera. Tengo lleno el
-estómago, y, sin embargo, lo siento moverse, subiendo y bajando como el
-nido de una oropéndola en la punta de una rama.
-
---No es cazar bien el dejar de pie una pieza. ¡Sigue! exclamó la
-pantera. No han ido muy lejos esos ocho pies calzados.
-
-Nada más hablaron por espacio de una hora, mientras iban siguiendo el
-ancho rastro dejado por los cuatro hombres.
-
-La luz del día era ya clara y el sol calentaba, cuando Bagheera dijo:
-
---Siento olor de humo.
-
---Siempre están los hombres más dispuestos á comer que á correr,
-contestó Mowgli, describiendo curvas por entre los arbustos bajos de
-la nueva selva que exploraban. Bagheera, algo hacia la izquierda del
-muchacho, producía un ruido gutural indescriptible.
-
---Aquí hay uno que no comerá ya más, dijo aquel.
-
-Bajo un arbusto veíase un montón de ropas de vivos colores, y alrededor
-alguna harina esparcida.
-
---También esta muerte fué causada con un bambú, observó Mowgli. ¡Mira!
-Ese polvo blanco es lo que comen los hombres. Le han quitado su presa
-(él era quién llevaba los comestibles de todos) para convertirle á él
-mismo en presa de Chil, el milano.
-
---Este es el tercero, dijo Bagheera.
-
---Le llevaré ranas, lo más grandes posible, á la Madre de las cobras,
-para engordarla, pensó Mowgli. Eso que bebe la sangre de los elefantes
-es la Muerte misma... pero, á pesar de todo, hay algo que no entiendo.
-
---¡Sigue adelante! dijo Bagheera.
-
-No habían andado aun un cuarto de legua cuando oyeron ya á Ko, el
-cuervo, cantando la canción de la Muerte en la punta de un tamarisco,
-á cuya sombra yacían los cadáveres de tres hombres. En el centro del
-círculo humeaba un fuego medio apagado, sobre el cual había un plato
-de hierro que contenía una torta negra y quemada, hecha de pan ázimo.
-Junto al fuego, y brillando á la luz del sol, estaba el _ankus_ de los
-rubíes y turquesas.
-
---Muy aprisa trabaja eso: todo termina aquí, dijo Bagheera. Y éstos
-¿cómo murieron, Mowgli? En ninguno de ellos se vé señal que lo indique.
-
-Llega un habitante de la Selva á aprender, por medio de la experiencia,
-tanto como lo que muchos médicos saben acerca de las propiedades de
-ciertas plantas y frutos venenosos. Olió Mowgli el humo que se elevaba
-del fuego, partió un pedazo del ennegrecido pan, probólo, y lo escupió
-en seguida.
-
---La manzana de la Muerte, dijo. El primero debió de mezclarla en la
-comida para éstos, que lo mataron á él, después de haber matado al
-gondo.
-
---En verdad, que buena ha sido la cacería. Las muertes se suceden, y
-muy cerca unas de otras, dijo Bagheera.
-
-«La manzana de la Muerte» es lo que en la Selva se llama manzana
-espinosa ó _datura_, el veneno más activo que existe en toda la India.
-
---¿Y ahora? dijo la pantera. ¿Qué haremos? ¿Matarnos uno á otro por ese
-asesino del ojo colorado, que está ahí en el suelo?
-
---¿Puede hablar? preguntó Mowgli en voz tan baja que parecía leve
-susurro. ¿Le ofendí al tirarlo? Á nosotros dos no puede ya causarnos
-daño, porque no deseamos lo que desean los hombres. Si lo dejamos aquí,
-de fijo que seguirá matándolos uno tras otro, tan aprisa como caen las
-nueces cuando sopla el huracán. No siento yo cariño por los hombres;
-pero, aun así, no quisiera ver muy á menudo eso de que mueran seis en
-una noche.
-
---¿Qué importa? No son más que hombres. Se mataron unos á otros, y
-con ello quedaron muy satisfechos, dijo Bagheera. El primero, el
-hombrecillo de las selvas, cazaba bien.
-
---Á pesar de todo, no son más que cachorros; y un cachorro sería capaz
-de ahogarse por el gusto de pegarle un mordisco á la luz de la luna
-reflejada en el agua. La culpa la tuve yo, dijo Mowgli, que hablaba
-como si supiera cuanto hay que saber sobre todo lo de este mundo. Nunca
-más traeré á la Selva cosas extrañas... aunque fueran tan hermosas como
-las flores. Esto (y al decirlo manejaba cautelosamente el _ankus_), va
-á volver á donde está la Madre de las cobras. Pero antes tenemos que
-dormir, y no podemos hacerlo junto á durmientes como éstos. Además,
-hemos de enterrarle también á _él_, para que no se escape y mate á seis
-más. Hazme un hoyo bajo ese árbol.
-
---Pero, Hermanito, dijo Bagheera, dirigiéndose al sitio que se le
-indicaba, yo te aseguro que la culpa no la tiene ese bebedor de sangre.
-El mal proviene de los hombres.
-
---Lo mismo da, contestó Mowgli. Haz el hoyo bien hondo. Cuando nos
-despertemos, cogeré eso é iré á devolverlo.
-
- * * * * *
-
-Dos noches después, mientras la cobra blanca estaba entre la obscuridad
-de la caverna, desolada, solitaria, llena de vergüenza por haber sido
-robada, el _ankus_ de las turquesas pasó, dando vueltas, por el agujero
-que había en la pared, y cayó, con estrépito, sobre el suelo, cubierto
-de monedas de oro.
-
---Madre de las cobras, dijo Mowgli, que tuvo buen cuidado de quedarse
-al otro lado de la pared, busca entre las de tu raza alguna más joven y
-más á propósito que tú para que te ayude á guardar el tesoro del Rey,
-de modo que no te suceda más que otro hombre salga de aquí vivo.
-
---¡Ah! ¿Con que vuelve eso? Ya te dije que era la muerte. ¿Y cómo tú
-estás aun vivo? murmuró la cobra vieja, enroscándose amorosamente al
-mango del _ankus_.
-
---¡Por el buey que me rescató te aseguro que no lo sé! Esa cosa ha
-matado seis veces en una sola noche. No la dejes salir de aquí nunca
-más.
-
-
- =La canción del cazador=
-
-
- Antes que Mor, el pavo real, las alas
- bata, y el Pueblo de los monos grite,
- y aun antes que el milano, Chil, se arroje
- por el espacio inmenso y adormido,
- á través de la Selva suavemente
- vuela un susurro y una sombra corre:
- es él, que pasa ¡oh cazador!... el Miedo,
- es el Miedo que cruza por la Selva.
-
- Por los claros del bosque se desliza
- poco á poco una sombra vigilante
- que á ratos se detiene, y el murmullo
- va extendiéndose, entonces, blando, lento.
- Va extendiéndose, entonces, mientras baña
- con sudores de angustia nuestra frente:
- es él, que pasa ¡oh cazador!... el Miedo,
- es el Miedo que cruza por la Selva.
-
- Antes que suba al árida montaña
- la blanca luna y en las rocas ponga
- vivo festón de luz, cuando sombríos
- están los hondos, húmedos senderos,
- llega á tu espalda, cazador, un soplo
- que á través de la noche va volando:
- es él, que pasa ¡oh cazador!... el Miedo,
- es el Miedo que cruza por la Selva.
-
- ¡De rodillas, y el arco bien tendido!
- ¡Lanza al punto la flecha penetrante!
- Hunde tu lanza en las tinieblas, y hazlo
- aunque de tí se estén burlando mudas.
- Pero tus manos el temblor agita
- y hasta la sangre de tu rostro ha huído:
- es él, que pasa ¡oh cazador!... el Miedo,
- es el Miedo que cruza por la Selva.
-
- Cuando la tempestad recorre el aire
- y los pinos arranca de los montes,
- cuando el agua desciende de los cielos
- y el rostro azota y sin piedad nos ciega,
- á través del estruendo, más robusta
- que todas las demás una voz ruge:
- es él, que pasa ¡oh cazador!... el Miedo,
- es el Miedo que cruza por la Selva.
-
- Ya en los cauces las aguas se desbordan,
- derrúmbanse las peñas desprendidas,
- y á la luz del relámpago, en las plantas
- hasta los nervios de las hojas vense;
- mas, seca tu garganta y seco el labio,
- sientes latir el corazón con fuerza
- como martillo que percute: entonces
- sabes ¡oh cazador! lo que es el Miedo.
-
- [Ilustración]
-
-
- NOTAS:
-
-[25] La boca del cocodrilo.--N. del T.
-
-[26] _Gongo_, que he usado ya anteriormente en este libro, no es
-palabra admitida por la Academia española. Se halla en el Diccionario
-inglés-español de Lopez y Bensley (quizá sea americanismo) y significa
-lo mismo que _batintín_, que es el vocablo adoptado por la Academia.
-Con perdón sea dicho, paréceme á mí mucho mejor _gongo_ para traducir
-el _gong_ inglés (y también francés) que ese _batintín_ que no da idea
-del sonido especial, profundo, del objeto á que se aplica.--N. del T.
-
-[27] La misma palabra que significa en inglés _locura_ puede significar
-también _rabia_ ó _hidrofobia_. El autor la usa en este doble
-sentido.--N. del T.
-
-[28] Literalmente: es un tronco podrido.--N. del A.
-
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- QUIQUERN
-
- La gente de los hielos orientales
- es cual nieve que pronto se derrite:
- danles azúcar y café los blancos,
- y sin temor les siguen.
- Los hombres de los hielos de Occidente
- gustan más de robar y resistirse:
- venden pieles en cada factoría...
- y el alma, si es posible.
- En los hielos del Sur los balleneros
- son sólo los que el tráfico persiguen:
- muchos cintajos las mujeres llevan
- mas ¡qué miseria existe!
-
- Pero en el hielo primitivo, al Norte,
- donde no hay hombres blancos que dominen,
- con huesos de narval se hacen las lanzas
- y allí se ve del hombre el postrer límite.
-
-
---Ha abierto los ojos. ¡Mira!
-
---Vuelve á meterlo en la piel. ¡Buen perro va á ser! Cuando tenga
-cuatro meses le pondremos el nombre.
-
---¿Y para quién será? dijo Amoraq.
-
-Tendió la mirada Kadlu en torno de la choza de nieve forrada de pieles
-y la posó sobre Kotuko, muchacho de catorce años que estaba sentado
-sobre el banco que servía de cama, entreteniéndose en convertir en
-botón un diente de morsa.
-
---Para mí, contestó Kotuko haciendo una mueca que quería ser una
-sonrisa. Algún día lo necesitaré.
-
-Sonrió á su vez Kadlu de tal modo que sus ojos parecían enterrados
-en las gruesas mejillas, y asintió con una inclinación de cabeza
-dirigiéndose á Amoraq, mientras la feroz madre del cachorro gruñía al
-ver al pequeñuelo agitarse fuera de su alcance en la bolsita de piel
-de foca que estaba colgada sobre la lámpara de grasa de ballena para
-que se calentara. Siguió Kotuko cortando el marfil, y Kadlu arrojó un
-montón de arreos para perros á un cuartito abierto en uno de los lados
-de la choza, quitóse el pesado traje de caza hecho de piel de reno,
-lo metió en una red tejida con delgadas ballenas que estaba colgada
-sobre otra lámpara, y se echó sobre el banco-cama para cortar un pedazo
-de carne de foca helada, mientras esperaba que Amoraq, su mujer, le
-trajera la acostumbrada comida, que se componía de carne hervida y de
-una sopa de sangre.
-
-Había salido al rayar el alba dirigiéndose á unos agujeros de los que
-forman las focas, situados á dos leguas de distancia, y al regresar á
-su choza llevaba tres focas grandes. Hacia la mitad del largo y bajo
-pasadizo de nieve, semejante á un túnel, que conducía á la puerta
-interior de la choza, se oían ladridos y el rumor de una lucha á
-mordiscos, cuya causa era que los perros del trineo, libres ya de su
-cotidiana labor, se disputaban los sitios calientes.
-
-Cuando los ladridos molestaron demasiado, Kotuko se deslizó
-perezosamente desde el banco-cama al suelo y cogió un látigo, con
-elástico mango de ballena de medio metro de largo y más de siete de
-cuerda, que por ser ésta de cuero trenzado pesaba bastante. Metióse
-entonces en el corredor, donde, por el ruido, parecía que los perros
-se lo comían vivo; pero no era todo aquello más que su modo habitual
-de dar gracias á Dios por la comida que iban á recibir. Cuando llegó
-arrastrándose al otro extremo, media docena de peludas cabezas espiaban
-todos sus movimientos, mientras él se dirigía á una especie de horca
-hecha de quijadas de ballena, en la cual se colgaba la carne destinada
-á los perros; arrancaba grandes pedazos helados valiéndose de un arpón
-de ancha punta, y se quedaba luego de pie con el látigo en una mano
-y la carne en la otra. Llamó á cada animal por su nombre, empezando
-por los más débiles, y pobre del perro que se hubiera movido antes
-de que le tocara el turno, porque la deshilachada punta del látigo,
-restallando con la rapidez del rayo, le habría arrancado una pulgada ó
-más de pelo y de piel. Cada animal gruñía primero, mordía después su
-ración correspondiente y se atragantaba al devorarla, apresurándose á
-guarecerse en el pasadizo, mientras el muchacho, de pie sobre la nieve
-é iluminado por la vivísima luz de la aurora boreal, distribuía á cada
-uno lo suyo con arreglo á estricta justicia. El último llamado fué un
-gran perro negro que dirigía á los demás en el tiro y mantenía el orden
-entre ellos cuando llevaban los arreos, y á éste dióle Kotuko doble
-ración acompañada de un chasquido del látigo.
-
---¡Ah! exclamó el muchacho recogiendo la punta de aquel: tengo allá
-sobre la lámpara un pequeñuelo que también gruñirá de firme. _¡Sarpok!_
-¡Adentro!
-
-Volvió atrás pasando á gatas por encima de los perros; limpióse la
-nieve que tenía sobre el traje de pieles con un sacudidor de ballena
-que Amoraq guardaba detrás de la puerta; golpeó ligeramente las pieles
-de que estaba forrado el techo de la choza para que se desprendieran
-los carámbanos que podían haber caído sobre ellas desde la bóveda de
-nieve que estaba encima; y luego se acostó, hecho una bola, sobre
-el banco. Los perros que estaban en el pasadizo empezaron á roncar y
-á dar leves gemidos mientras dormían; el niño más pequeño de Amoraq,
-metido en la honda capucha de pieles de ésta, pateó y lloró hasta
-ahogarse casi, y la madre del cachorro al que acababan de poner nombre
-permaneció echada al lado de Kotuko, fijos los ojos en la bolsa de piel
-de foca colocada en sitio seguro y caliente sobre la ancha y amarilla
-llama de la lámpara.
-
-Y todo esto sucedía muy lejos, hacia el Norte, más allá del Labrador
-y del Estrecho de Hudson, donde las grandes mareas levantan masas de
-hielo; al Norte de la península de Melville y hasta de los pequeños
-estrechos de Fury y de Hecla; sobre la playa septentrional de la Tierra
-de Baffin; donde la isla de Bylot se eleva por encima de los hielos del
-estrecho de Lancaster como el molde de un pastel puesto boca abajo. Más
-allá de este último estrecho es muy poco lo que se conoce, excepción
-hecha de Devon del Norte y la Tierra de Ellesmere; pero, aun allí,
-viven desparramadas algunas gentes, á las mismas puertas, por decirlo
-así, del Polo.
-
-Kadlu era un _inuit_ (lo que vosotros llamaríais un esquimal) y
-su tribu, de unas treinta personas en junto, pertenecía á los
-_tununirmiut_, ó sea, traduciendo literalmente, que Kadlu era «del
-país que está situado detrás de algo». En los mapas, aquellas costas
-desiertas reciben el nombre de Ensenada del Consejo de Marina; pero
-el nombre de _inuit_ es preferible, porque, realmente, de aquella
-tierra puede decirse que está situada _detrás de todas las cosas de
-este mundo_. Durante nueve meses no hay allí más que hielo y nieve,
-sucediéndose los huracanes casi sin interrupción, y siendo tan
-intenso el frío que no puede formarse idea de él quien no haya visto
-el termómetro cuando menos á diez y ocho grados centígrados bajo
-cero[29]. De esos nueve meses, seis transcurren en la obscuridad, y
-esto es lo que hace ser más horrible aquel país. En los tres meses de
-verano no hiela más que cada noche, y, durante el día, de cada dos
-hay helada en uno. Entonces empieza á desaparecer la nieve en las
-pendientes expuestas al Sur; algunos sauces bajos muestran sus lanosas
-yemas; tal ó cual diminuta piñuela[30] parece que va á florecer;
-playas enteras de arena fina y de guijarros descienden hasta el mar, y
-piedras bruñidas y veteadas rocas se levantan por encima de la nieve
-congelada en forma de granos. Pero todo esto desaparece en pocas
-semanas, y el fiero invierno vuelve á cerrar los claros que hay sobre
-la tierra, mientras en el mar el hielo sube ó baja, roto en pedazos, á
-lo lejos, apretándose, chocando, rajándose, rozando, y, entre tanto,
-pulverizándose, y, por decirlo así, varando, hasta que, al fin, se
-hiela todo junto, á una profundidad de tres metros, desde la tierra
-hasta donde más honda es el agua.
-
-En la estación invernal, Kadlu perseguía á las focas hasta los últimos
-confines de aquellas tierras, ó mejor de aquellos hielos, clavándoles
-el arpón en cuanto salían á respirar en sus agujeros. Necesitan las
-focas agua en que puedan estar en libertad y alimentarse en ella de
-peces, y en el corazón del invierno ocurría allí, á menudo, que el
-hielo se corría, sin rajarse, en un espacio de veinte leguas á partir
-de la playa más próxima. En la primavera él y los suyos se retiraban
-de los hielos amontonados en el mar y se dirigían á las rocas de la
-tierra firme, donde levantaban tiendas hechas de pieles y cazaban con
-lazo aves marinas, ó lanzaban arpones á las focas jóvenes que tomaban
-el sol sobre las playas. Más tarde íbanse hacia el Sur, á la Tierra
-de Baffin, para dedicarse á la caza del reno y hacer su provisión
-anual de salmón en los centenares de pequeños ríos y de lagos que
-había en el interior, regresando al Norte en Septiembre ú Octubre para
-cazar toros almizclados y para la acostumbrada matanza de focas del
-invierno. Todos estos viajes se hacían en trineos que recorrían seis ó
-siete leguas cada día, ó bien, á veces, siguiendo la costa en grandes
-«barcos de mujeres», como les llaman, que están hechos de pieles, y
-en los cuales niños y perros se echan á los pies de los remeros, y
-las mujeres entonan canciones, mientras la embarcación se desliza
-de cabo en cabo por las frías y cristalinas aguas. Cuantos objetos
-algo refinados conocían los _tununirmiut_ provenían del Sur, como por
-ejemplo: maderos acarreados por el agua y que servían para los trineos;
-hierro en barras para la punta de los arpones; cuchillos de acero;
-cacerolas de estaño en las que se cocía la comida mucho mejor que en
-los antiguos utensilios de cocina hechos de esteatita; pedernal, acero
-y hasta fósforos; así como también cintas de colores para el cabello de
-las mujeres; espejillos baratos, y paño rojo para orlas de chaquetas
-de piel de reno. Dedicábase Kadlu al valioso tráfico de blanquísimos y
-retorcidos cuernos de narval y de dientes de toro almizclado (que se
-pagan tanto como las perlas) y que él vendía á los _inuit_ del Sur, los
-cuales, á su vez, traficaban con los balleneros y con las factorías
-que los misioneros tienen en los estrechos de Exeter y de Cumberland,
-y de tal modo se iban encadenando las cosas que, al fin, la cacerola
-comprada por el cocinero de algún barco en el bazar de Bendy bien podía
-ser que fuera á parar, cuando vieja, á recibir la llama de una lámpara
-de grasa de ballena en el sitio más fresco del Círculo Polar Ártico.
-
-Como buen cazador, Kadlu poseía gran número de arpones de hierro,
-de cuchillos para cortar la nieve, de dardos para cazar pájaros, y
-de cuantas otras cosas hacen fácil la vida en medio de los grandes
-fríos; á lo que hay que añadir que era el jefe de su tribu, ó, como
-ellos dicen, «el hombre que todo lo sabe por propia experiencia».
-Ninguna autoridad le daba esto, excepto el permitirle que, de cuando
-en cuando, aconsejara á sus amigos que cambiaran de cazadero; mas
-Kotuko se aprovechaba de aquella circunstancia para mandar un poco, del
-perezoso modo que es característico de los gordos _inuit_, á los demás
-muchachos, cuando salían por la noche para jugar á pelota á la luz de
-la luna ó para cantar la «Canción del niño á la Aurora Boreal».
-
-Pero á los catorce años un _inuit_ se considera ya hombre, y Kotuko
-estaba aburrido de preparar lazos para coger aves silvestres y zorras
-azules, y más aún de tener que ayudar á las mujeres en la operación
-de mascar pieles de foca y de reno (procedimiento que las ablanda
-mejor que nada) durante todo el largo día, mientras los hombres están
-de caza. Quería ir al _quaggi_, la Casa del Canto, para ver cómo se
-reunían en ella los cazadores para celebrar allí sus misterios y
-cómo el _angekok_, el hechicero, después de apagar las lámparas, les
-infundía un terror que hallaban delicioso, evocando el Espíritu del
-Reno y haciéndole patear sobre el techo, ó arrojando una lanza contra
-las sombras de la noche y viéndola volver atrás cubierta de sangre,
-caliente aún. Quería poder echar sus grandes botas, como hacía su
-padre, en la red, mostrando, al hacerlo, el cansado aspecto del jefe
-de la familia, y jugar con los cazadores cuando iban á verlos por la
-noche y se entretenían con una especie de ruleta improvisada por ellos
-mismos con un pote de estaño y un clavo. Á centenares eran las cosas
-que quería hacer; pero los hombres se reían de él y le decían:
-
---Espera á que hayas tomado parte en la lucha. No todo se reduce en la
-caza á cobrar piezas.
-
-Ahora que su padre acababa de ponerle nombre á un cachorro,
-destinándoselo á él, las cosas se presentaban ya algo más risueñas.
-Un _inuit_ no le regala un buen perro á su hijo hasta que el muchacho
-sabe algo respecto al modo de educarlo; y Kotuko estaba firmemente
-convencido de que sabía mucho más de lo que es necesario.
-
-Si el cachorro no hubiera estado dotado de una naturaleza de hierro
-se hubiera muerto por exceso de comida y de manoseo. Hízole Kotuko
-unos diminutos arreos con sus correspondientes tirantes y lo llevaba
-arrastrando por el suelo de la choza, gritándole:
-
---_¡Aua! ¡Ja aua!_ (¡Hacia la derecha!) _¡Choiachoi! ¡Ja Choiachoi!_
-(¡Hacia la izquierda!) _¡Ohaha!_ (¡Párate!)
-
-Al cachorro no le divertía eso lo más mínimo, pero tales juegos no
-eran nada comparados con el susto que se llevó la primera vez que lo
-pusieron á tirar de un trineo. Lo primero que hizo fué sentarse sobre
-la nieve y ponerse á jugar con el tirante de piel de foca que iba desde
-sus arreos hasta el _pitu_, la gran correa de los arcos del trineo.
-Arrancó el tiro de los demás perros, y al cachorro le pasó por encima
-el vehículo de tres metros de largo, arrastrándolo por la nieve,
-mientras Kotuko reía hasta saltársele las lágrimas. Vinieron luego
-interminables días en que oía continuamente el chasquido del cruel
-látigo que silba como el viento cuando pasa sobre el hielo, y además
-sus compañeros le mordían porque no sabía trabajar como ellos, y el
-roce de los arreos lo desollaba vivo, y no se le permitía ya dormir con
-Kotuko, sino que se veía obligado á quedarse en el sitio más frío del
-pasadizo. Eran aquéllos, para el cachorro, tiempos durísimos.
-
-Tan aprisa como el perro, aprendía, también, el muchacho, aunque un
-trineo tirado por perros es dificilísimo de manejar. Cada animal (y
-es de notar que los más débiles van más cerca de quien guía) lleva un
-tirante separado que pasa por debajo de la pata anterior izquierda
-y va á parar á la correa principal, donde se sujeta por medio de
-una especie de botón y de una presilla, que puede quitarse con un
-movimiento especial de la muñeca y dejar así en libertad á cada perro
-cuando se quiera. Es esto muy conveniente, porque con frecuencia ocurre
-á los perros más jóvenes que se les pone el tirante entre las patas
-posteriores, donde les causa cortaduras tales que llegan al hueso.
-Y todos, sin excepción, tienen la costumbre, al correr, de buscarle
-juegos al que tienen al lado, saltando por entre los tirantes. Luego
-se pelean, y el resultado es que se arma allí un embrollo más difícil
-de desenredar que sedal de pescador que se dejara mojado hasta el día
-siguiente de la pesca. Muchas de estas molestias puede evitarlas el
-diestro uso del látigo. Cada muchacho _inuit_ se considera maestro en
-el manejo de aquél; pero si es fácil darle un trallazo á cualquier
-objeto colocado en el suelo, resulta difícil, al inclinarse desde el
-trineo que corre á toda velocidad, el tocar precisamente detrás de los
-hombros, con la punta del látigo, á un perro rehacio. Si reñís á uno
-llamándolo por su nombre y el látigo á él dirigido toca por casualidad
-á otro, ambos se pelean en el acto y obligan á pararse á todos los
-demás del tiro. Además, si viajáis con un amigo y empezáis á hablar,
-ó bien si, yendo solo, se os ocurre poneros á cantar, los perros se
-paran, vuélvense en redondo y se sientan para escucharos. Á Kotuko se
-le escapó el trineo una ó dos veces por haberse olvidado de poner un
-estorbo delante al pararlo, rompiendo muchos látigos y echando á perder
-no pocas correas antes de que se le pudiera confiar un tiro completo de
-ocho perros y el trineo más rápido. Entonces consideróse una persona
-importante, y sobre la lisa, obscura superficie del hielo se deslizaba
-ligero y atrevido con la rapidez de una jauría lanzada en persecución
-de alguna pieza. Recorría hasta dos leguas y media para llegar á los
-agujeros donde salían á respirar las focas, y, una vez en el cazadero,
-soltaba una de las correas del _pitu_ y dejaba libre al perrazo negro
-que dirigía el tiro, y que era el más listo de todos. Tan pronto
-como le veía olfatear en alguno de los agujeros, Kotuko volcaba el
-trineo y clavaba en la nieve un par de aserradas astas que se elevaban
-del respaldo como los hierros de un cochecillo de niño que sirven
-para empujarlo, con lo cual lograba que todo el tiro de los perros
-no pudiera moverse. Entonces avanzaba arrastrándose, de pulgada en
-pulgada, y quedábase esperando á que la foca se asomara para respirar.
-Luego lanzaba rápidamente hacia abajo el arpón con la cuerda á él
-atada, y al poco rato subía, tirando de aquélla, una foca herida, que
-cuando llegaba á la superficie del hielo era arrastrada, con ayuda del
-perrazo negro, hasta el trineo. Era aquel el momento crítico en que los
-demás perros del tiro aullaban rabiosos, presa de la mayor agitación;
-pero Kotuko les daba de latigazos en la cara, con aquella tralla que
-parecía una barra de hierro candente, hasta que el cuerpo de la foca
-quedaba helado, rígido. Lo más pesado era el regreso á casa. Había que
-arrastrar el trineo cargado por la dura superficie del hielo, y en vez
-de ponerse á tirar sentábanse los perros y miraban hambrientos á la
-foca. Al fin partían, sin embargo, por el camino trillado de todos los
-trineos que iban á la aldea, y trotaban por el hielo, que resonaba como
-si fuera metálico, baja la cabeza, las colas en alto, mientras Kotuko
-rompía á cantar el _An-gutivaun tai-na tau-na-ne taina_ (la Canción del
-cazador que regresa), y de todas las casas que hallaban al paso salían
-voces que le llamaban bajo aquel vasto cielo sombrío, sin más luz que
-la de las estrellas.
-
-También Kotuko, el perro, se divertía á su modo cuando hubo llegado
-á su completo desarrollo. Bravamente, lucha tras lucha, consiguió ir
-ascendiendo en importancia entre los otros perros que formaban parte
-del tiro, hasta que una tarde, por cuestión de comida, agarróse con el
-perrazo negro que hacía de director de los demás (mientras Kotuko, el
-muchacho, era testigo de que la pelea se verificaba con toda lealtad)
-y, como dicen allí, lo relegó al segundo lugar en vez del primero. Así,
-pues, fué elevado al puesto de perro director, y, unido á la larga
-correa que le hacía correr á un metro y medio delante de los demás,
-tuvo desde entonces la obligación de poner término á toda pelea que
-se iniciara, ya llevando los arreos ó sin ellos, y usó desde entonces
-un collar hecho de alambre de cobre, sumamente grueso y pesado. En
-ciertas ocasiones se le servían cocidos los alimentos y en el interior
-de la casa, permitiéndosele, además, algunas veces, dormir en el mismo
-banco de Kotuko. Era un buen perro para cazar focas, y sabía acorralar
-á cualquier buey almizclado corriendo en torno de él y mordiscándole
-las patas. Era capaz (y para un perro de trineo es esto la mayor
-prueba de bravura que darse puede)) hasta de desafiar al flaco lobo
-del Polo Ártico, al que, por lo general, todos los perros del Norte
-temen más que á otro cualquier animal de cuantos viven en las nieves.
-El y su amo (pues no contaban como compañía la de los demás perros del
-trineo) cazaron juntos día tras día y noche tras noche, el muchacho
-envuelto completamente en pieles, y su feroz compañero con el pelo
-largo y amarillo, los ojos pequeños, blanquísimos los colmillos. Todo
-el trabajo de un _inuit_ se reduce á procurarse comida y pieles para
-él y para su familia. Las mujeres cuidan de transformar las pieles en
-trajes, y, si se ofrece, ayudan á poner trampas para coger piezas de
-caza menor; pero la base de su alimentación (y comen de un modo enorme)
-deben proporcionársela los hombres. Si las provisiones faltan no hay
-allí nadie á quien comprar ó pedir prestado: no hay otro remedio que
-morirse de hambre.
-
-Un _inuit_ no piensa en este riesgo hasta que se ve obligado á ello.
-Kadlu, Kotuko, Amoraq, y el chiquitín que pateaba dentro de la capucha
-de pieles de aquélla última, mascando durante todo el día pedazos de
-grasa de ballena, vivían juntos tan felices como otra cualquier familia
-puede serlo en este mundo. Procedían de una raza de carácter muy suave
-(raras veces se altera un _inuit_ y casi nunca se le ve pegar á un
-chiquillo), raza de la que podía decirse que ignoraba realmente lo que
-era mentir, y más aun lo que era robar. Contentábase con arrancar á
-arponazos lo que constituía su vida del corazón helado, sin esperanzas,
-de una tierra que era la misma frialdad; con mostrar sus sonrisas
-oleosas; con referir extraños cuentos de aparecidos y de hadas, por
-las noches; con comer hasta no poder más; con cantar, en fin, la
-interminable canción de sus mujeres: _Amna aya, aya amna, ¡ah! ¡ah!_
-durante todo el largo día, á la luz de la lámpara, mientras ellas les
-cosían la ropa y los arreos para la caza.
-
-Pero un invierno, que fué terrible, pareció que todo se conjuraba
-contra ellos. Volvieron los _tununirmiut_ de su pesca anual del
-salmón, y construyeron sus casas sobre los primeros hielos, al Norte de
-la Isla de Bylot, preparándose á salir en persecución de las focas en
-cuanto el mar estuviera helado. Pero el otoño, que había venido pronto,
-fué malísimo. Durante todo el mes de Septiembre reinaron continuos
-vendabales que rompieron la lisa superficie del hielo, que buscan las
-focas, cuando no tenía más que un metro ó metro y medio de espesor, y,
-lanzándolo hacia tierra, lo amontonaron formando una gran barrera de
-unas cinco leguas de ancho, llena de pedazos, y tiras, y carámbanos de
-hielo que hacían imposible el pasar por allí con trineos. El borde del
-banco flotante desde el cual las focas salían para apoderarse de los
-peces en invierno quedaba, tal vez, á otras cinco leguas de distancia
-al otro lado de la barrera, y fuera del alcance de los _tununirmiut_.
-Así y todo, tal vez hubieran podido arreglarse para pasar el invierno
-con su provisión de salmón helado y de grasa en conserva, ayudándose
-con lo que las trampas que ponían les proporcionaban; pero en Diciembre
-uno de sus cazadores tropezó con una _tupik_ (una tienda hecha con
-pieles) en que halló casi muertas á tres mujeres y á una niña que
-habían venido acompañando á los hombres de su familia desde lo más
-remoto del Norte, viendo como aquéllos morían aplastados en sus botes
-de pieles, pequeños y construídos expresamente para la caza, mientras
-iban en persecución del narval de único y largo cuerno. Kadlu, por
-supuesto, no tuvo más remedio que distribuir las mujeres entre las
-chozas de aquella aldea de invierno, porque nunca un _inuit_ se niega
-á partir su comida con un extranjero: no sabe cuando le llegará á él
-el turno de tener que aceptarla. Amoraq quedóse con la niña, que tenía
-unos catorce años, en su casa, haciendo de ella una especie de criada.
-Juzgando por el corte de su puntiaguda capucha y por los dibujos en
-forma de diamante prolongado que tenían sus blancas polainas de piel de
-reno, supusieron que era originaria de la Tierra de Ellesmere. Jamás
-había visto cacerolas de metal ó trineos en que se usara la madera para
-cortar el hielo; pero á Kotuko, el muchacho, y á Kotuko, el perro, les
-cayó en gracia y le tenían bastante cariño.
-
-Luego, todas las zorras fuéronse hacia el Sur, y hasta el volverena, el
-gruñón y obtuso ladronzuelo de las nieves, no quiso tomarse la molestia
-de pasar por la hilera de trampas que Kotuko puso. La tribu perdió un
-par de sus mejores cazadores que quedaron grandemente lastimados en
-una lucha con un buey almizclado, y esto acumuló más trabajo sobre los
-restantes. Kotuko salió uno y otro día con un trineo ligero y seis ó
-siete de los perros más fuertes, mirando por todas partes hasta dolerle
-los ojos para ver si podía descubrir alguna extensión de hielo limpio
-y claro en la cual alguna foca hubiera abierto por casualidad uno de
-sus agujeros para respirar. Kotuko, el perro, vagaba libremente por
-todos lados, y, en medio de la mortal quietud de los hielos, Kotuko,
-el muchacho, oía su sordo y nervioso gemido sobre algún agujero de
-aquéllos, situado á más de media legua de distancia, tan claramente
-como si estuviera á su lado. Cuando el perro hallaba una de las tales
-aberturas en el hielo solía el muchacho construirse un corto y bajo
-muro de nieve para resguardarse algo del fuerte viento, y allí esperaba
-diez, doce, veinte horas si era preciso, hasta que la foca saliera á
-respirar, pegados materialmente los ojos á la diminuta señal que él
-había hecho sobre el agujero para guiar la puntería cuando arrojara
-el arpón, y colocada bajo los pies una alfombrita de piel de foca,
-mientras tenía las piernas atadas con el _tutareang_ (la hebilla de
-que hablaban los antiguos cazadores). Sirve ésta para evitar que se
-le encojan las piernas al hombre que se pasa horas y horas esperando á
-que se asomen las focas, de oído finísimo. Aunque el trabajo no exige
-esfuerzo, fácilmente se comprende que el estar sentado completamente
-inmóvil y metido en la hebilla, con el termómetro tal vez á cuarenta
-grados bajo cero[31], es la ocupación más pesada de cuantas conoce un
-_inuit_. Cuando se cogía una foca Kotuko, el perro, se lanzaba hacia
-adelante, con la correa arrastrando detrás de él, y ayudaba á arrastrar
-el cuerpo hasta el trineo, en el cual los otros perros, cansados y
-hambrientos, se tendían con aire sombrío al abrigo de los rotos pedazos
-del hielo.
-
-Una foca no era comida que pudiera durar mucho tiempo, porque cada
-boca en la aldehuela tenía derecho á que le dieran su porción, y ni
-huesos, ni piel, ni tendones se desperdiciaban. La carne destinada á
-los perros se empleaba como alimento humano, y á aquéllos Amoraq les
-hacía comer pedazos viejos de las tiendas de pieles usadas en verano
-y arrancados del banco que servía para dormir, con lo cual aullaban y
-aullaban continuamente los animales, despertándose de noche para aullar
-de nuevo, siempre hambrientos. Con sólo ver las lámparas de esteatita
-en las chozas no era difícil adivinar que el hambre se acercaba. En las
-buenas épocas, cuando la grasa era abundante, la luz de las lámparas
-en forma de bote tenía más de medio metro de alto, elevándose alegre,
-como untuosa, amarilla. Ahora apenas si medía unas seis pulgadas, pues
-Amoraq bajaba cuidadosamente la mecha de musgo cuando alguna llamarada
-se elevaba más de lo debido por un momento, y en esta operación seguían
-atentamente su mano los ojos de toda la familia. Lo más horroroso
-del hambre allá en aquellos grandes fríos no es tanto la muerte
-considerada en sí misma como el morir en medio de la obscuridad. Todo
-_inuit_ teme grandemente á esta última, que pesa sobre él, sin cesar,
-durante seis meses del año, y cuando las lámparas están bajas en las
-casas, la inteligencia de las personas comienza á estar algo turbada y
-confusa.
-
-Pero peores cosas habían de suceder aún.
-
-Los mal alimentados perros mordían y gruñían en los corredores,
-lanzando furiosas miradas á las frías é indiferentes estrellas y
-husmeando hacia el lado de donde soplaba el viento una y otra noche.
-Cuando el aullar paraba, el silencio descendía nuevamente tan sólido
-y pesado como una masa de nieve que la tormenta arroja contra una
-puerta, y los hombres oían entonces el latir de las venas en los
-estrechos conductos de la oreja y el golpear de sus propios corazones,
-que resonaba como el ruido del tambor que los hechiceros tocan sobre
-la nieve. Una noche Kotuko, el perro, que había estado de un malhumor
-poco frecuente al llevar los arreos, saltó de pronto y apretó la cabeza
-contra la rodilla de Kotuko. Acariciólo éste, pero el perro siguió
-apretando ciegamente hacia delante y muy manso. Entonces despertóse
-Kadlu, cogióle la pesada cabeza, parecida á la de un lobo, y le clavó
-los ojos en los suyos, vidriosos. El perro gimió y se puso á temblar
-entre las rodillas de Kadlu. Erizósele el pelo en torno al cuello y
-gruñó como si algún forastero acabara de llegar á la puerta de la casa,
-después de lo cual ladró alegremente, arrastróse por el suelo y comenzó
-á morderle una bota á Kotuko como suelen hacer los cachorros.
-
---¿Qué le ocurre? preguntó Kotuko, que comenzaba ya á sentir miedo.
-
---Tiene la enfermedad, contestó Kadlu: la enfermedad de los perros.
-
-Kotuko, el perro, levantó entonces el hocico y púsose á aullar.
-
---Nunca había visto esto. ¿Y qué hará ahora? dijo Kotuko.
-
-Encogió un hombro Kadlu y atravesó la choza en busca de su arpón
-más corto y afilado. El enorme perro le miró, volvió á aullar, y se
-deslizó por el corredor hacia afuera, mientras sus otros compañeros se
-retiraban á derecha é izquierda para abrirle ancho paso. Al hallarse
-fuera, sobre la nieve, ladró furiosamente, como si le siguiera el
-rastro á algún buey almizclado, y ladrando, dando saltos y haciendo
-cabriolas, desapareció. Lo que tenía no era hidrofobia, sino
-sencillamente locura. El frío, el hambre, y sobre todo la obscuridad,
-le habían atacado al cerebro, y cuando esa terrible enfermedad de
-los perros aparece entre los que constituyen el tiro de un trineo se
-propaga como el fuego. Al siguiente día de caza otro perro enfermó y
-fué muerto en seguida por Kotuko al ver que mordía y forcejeaba entre
-los arreos. Luego el perro negro que hacía de segundo, y que había sido
-el que dirigía antiguamente, de pronto comenzó á ladrar como siguiendo
-la pista de un reno imaginario, y cuando lo hubieron soltado del _pitu_
-se lanzó contra un gran montón de hielo, huyendo á poco como había
-hecho el que dirigía el tiro, con los arreos colgando. Después de esto
-nadie quiso ya volver á salir con los perros. Necesitábanlos para
-algo más, y bien lo comprendían ellos, por lo que, aunque estuvieran
-atados y recibieran los alimentos de mano de sus dueños, en los ojos
-se les veía la desesperación y el miedo de que estaban poseídos. Para
-acabar de empeorar las cosas, comenzaron las viejas á contar cuentos
-de aparecidos y á decir que ellas habían visto los espíritus de los
-cazadores que desaparecieron durante aquel otoño, los cuales les
-habían profetizado horribles sucesos.
-
-Sintió Kotuko más que nada la pérdida de su perro, porque aunque un
-_inuit_ coma enormemente, también cuando conviene, sabe ayunar. Pero
-el hambre, la obscuridad, el frío y las intemperies fueron minando su
-naturaleza, y empezó á oir voces interiores en su cerebro y á ver gente
-que no tenía delante, que estaba fuera del alcance de sus miradas.
-Una noche (en que acababa de quitarse la _hebilla_, después de diez
-horas de estar esperando sobre uno de los agujeros de focas llamados
-_ciegos_, y se encaminaba á la aldea con paso vacilante, muy débil,
-desvanecido casi) paróse para apoyarse de espaldas contra una peña que
-daba la casualidad de estar sostenida, como las rocas que se balancean,
-sobre un solo punto saliente del hielo. Su peso destruyó el equilibrio
-gracias al cual se sostenía la peña, ésta cayó rodando pesadamente,
-y, mientras Kotuko saltaba hacia un lado para evitar que le tocara,
-resbaló en dirección de él, con un chirrido y silbando, luego, por el
-hielo, en forma de talud.
-
-Con esto le bastó á Kotuko. Había sido educado en la creencia de que
-cada roca ó peña tenía su dueño (su _inua_) que era, generalmente,
-una cosa parecida á una mujer y con un solo ojo, la cual recibía el
-nombre de _tornaq_, y cuando una _tornaq_ quería ayudar á un hombre
-rodaba tras de él dentro de su casa de piedra y le preguntaba si quería
-tomarla como á su espíritu protector. (En los deshielos del verano
-las rocas y peñas que el hielo sostiene ruedan y resbalan por toda la
-superficie del terreno, por lo cual no es difícil comprender cómo nació
-la idea de piedras que viven). Kotuko sintió que la sangre le latía
-en las orejas, cosa que había sentido ya durante todo el día, y pensó
-que aquello era la _tornaq_ de la piedra, que le estaba hablando. Aún
-antes de llegar á su casa estaba ya convencido por completo de que
-había sostenido con aquélla una larga conversación, y, como todos los
-suyos creían en la posibilidad de que tal cosa ocurriera, nadie le
-llevó la contraria.
-
---Díjome: «me lanzo, me lanzo desde el sitio que ocupaba en la nieve»
-repetía Kotuko con los ojos hundidos é inclinándose hacia delante en
-la mal alumbrada choza. Dijo: «yo seré tu guía, yo te conduciré á los
-mejores agujeros de los que hacen las focas». Mañana salgo de caza, y
-la _tornaq_ me guiará.
-
-Luego vino el _angekok_, el hechicero de la aldea, y Kotuko refirió
-el mismo cuento por segunda vez. No perdió en lo más mínimo al ser
-repetido.
-
---Sigue á los _tornait_ (los espíritus de las piedras) y ellos volverán
-á darte comida, dijo el _angekok_.
-
-Ahora bien: la muchacha, procedente del Norte, que había sido recogida
-en la casa, solía estar echada junto á la lámpara, comiendo poco y
-hablando menos durante días enteros; pero cuando Amoraq y Kadlu, á la
-mañana siguiente, comenzaron á cargar y á atar un pequeño trineo de
-mano para Kotuko con todos los útiles de caza y cuanta grasa y carne
-de foca helada les fué posible, ella cogió la cuerda que servía para
-arrastrar el vehículo y se colocó valientemente al lado del muchacho.
-
---Vuestra casa es la mía, dijo, mientras el trineo chirriaba vacilante
-al deslizarse detrás de ellos en la terrible noche ártica.
-
---Mi casa es tu casa, dijo Kotuko, pero yo creo que á donde iremos
-ahora nosotros dos será á Sedna.
-
-Sedna es la Señora del _mundo inferior_, y todo _inuit_ cree que cada
-persona que muere ha de pasar un año en el horrible país de aquélla
-antes de ir á Quadliparmiut, el _lugar de la felicidad_, donde no se
-conoce el hielo y donde los gordos renos se acercan á uno en cuanto
-les llama.
-
-Allá en la aldea oíase á la gente gritar:
-
---Los _tornait_ han hablado á Kotuko... Le enseñarán el hielo libre...
-Volverá trayéndonos focas...
-
-Las voces se perdieron pronto en la fría é inmensa obscuridad, mientras
-Kotuko y la niña se acercaban, hombro contra hombro, al tirar de la
-cuerda ó al empujar el trineo por el hielo en dirección del mar Polar.
-Kotuko se empeñó en que la _tornaq_ de la piedra le había dicho que
-fuera hacia el Norte, y hacia el Norte fueron, caminando bajo la
-constelación de _Tuktuqdjung_, el Reno, ó sea, lo que nosotros llamamos
-la Osa Mayor.
-
-Ningún europeo hubiera sido capaz de caminar más de una legua cada día
-sobre pedazos pequeños de hielo y sobre montones de afiladas aristas;
-pero aquella pareja conocía con toda exactitud el movimiento especial
-de muñeca que obliga á un trineo á dar la vuelta en torno de una de
-esas aglomeraciones de hielo; el tirón repentino que casi lo levanta
-sobre una quebradura de la superficie; la cantidad de esfuerzo que
-requieren los pocos y mesurados arponazos que abren un camino cuando
-toda esperanza de hallarlo parece ya perdida.
-
-La muchacha no decía una palabra, pero bajaba la cabeza, y la orla
-de piel de volverena que adornaba su capucha de armiño caía sobre su
-cara ancha y obscura. El cielo se extendía sobre la pareja, negro, con
-negrura intensa y aterciopelada, que se transformaba en el horizonte en
-tiras de color rojo, y sobre el negro fondo brillaban grandes estrellas
-como si fueran faroles. De cuando en cuando, una oleada de luz verdosa
-de la aurora boreal se deslizaba por las profundidades del alto cielo,
-ondeaba como una bandera y desaparecía, ó bien algún meteoro estallaba
-hundiéndose en las tinieblas y esparciendo tras de él lluvia de
-chispas. Entonces veían la ondulada superficie de los flotantes hielos
-del mar con ribetes y adornos de extraños colores: rojos, cobrizos y
-azulados; pero á la ordinaria luz de las estrellas todo adquiría un
-color gris mortecino. Ya recordaréis que los hielos del mar habían sido
-sacudidos y aglomerados por los vientos del otoño, y, gracias á ellos,
-parecía que hubiera pasado por allí un temblor de tierra helándose,
-después, todo.
-
-Veíanse canales, barrancos y hoyos semejantes á cascajares abiertos
-en el hielo; pedazos más ó menos grandes de éste que se habían
-quedado sobre la primitiva superficie total; otros negros comparables
-á pústulas, que habían sido arrojados bajo la gran masa de hielos
-flotantes por algún vendabal y vueltos á levantar después; verdaderas
-piñas de hielo de forma redondeada; crestas como dientes de sierra, que
-habían sido hechas por la nieve que va volando delante del viento; y,
-en fin, verdaderos pozos de hundidas paredes en los cuales, lo menos en
-una extensión de hectárea ó hectárea y media, el nivel del suelo estaba
-mucho más bajo que en el resto del terreno. Á cierta distancia bien
-podían tomarse los pedazos de hielo por focas ó morsas, por trineos
-puestos boca abajo, ó por hombres ocupados en una expedición de caza,
-y aun podía imaginarse que eran el mismísimo gran fantasma blanco del
-Oso de diez patas; pero á pesar de todas esas formas fantásticas, que
-se dijera que estaban á punto de adquirir vida, no se oía un solo
-ruido, ni siquiera el eco levísimo de lejano rumor. Y á través de
-este silencio y de esta soledad, donde repentinas luces se agitaban
-y desaparecían nuevamente, el trineo y los dos que lo empujaban iban
-arrastrándose como visiones de una pesadilla... una pesadilla sobre
-cosas del fin del mundo, que precisamente en el fin del mundo ocurría.
-
-Cuando la pareja se sentía cansada Kotuko construía lo que los
-cazadores llaman una _media casa_, una pequeñísima choza hecha de
-nieve, en la cual se metían, muy apretados uno contra otro, con la
-lámpara de viaje, é intentaban deshelar la carne de foca que llevaban.
-Una vez habían dormido comenzaban nuevamente la marcha... para andar
-unas siete leguas diarias y no acercarse al Norte más que dos leguas
-y media. La muchacha iba siempre silenciosa, pero Kotuko hablaba
-sólo algunas veces y prorrumpía, á lo mejor, en canciones que había
-aprendido en la _Casa de Canto_ (canciones sobre el verano, los renos y
-el salmón), todas ellas de horrible inoportunidad en aquella estación.
-Decía que había oido á la _tornaq_ hablándole malhumorada, y corría
-furioso contra un montón de hielo, retorciéndose los brazos y hablando
-á gritos y en tono amenazador. Á decir verdad Kotuko estaba casi loco
-en aquella época; pero la muchacha se hallaba completamente segura de
-que un espíritu que lo guardaba le servía entonces de guía y de que
-todo iba á terminar felizmente. No sintió, pues, la menor sorpresa
-cuando al fin de la cuarta jornada Kotuko, cuyos ojos brillaban como
-dos bolas de fuego, le dijo que su _tornaq_ los seguía á través de la
-nieve, en forma de un perro con dos cabezas. Miró la niña hacia el
-sitio que le señalaba Kotuko, y algo parecióle ver que se deslizaba
-hacia un barranco. La aparición no revestía, ciertamente, humana
-forma, pero bien sabían todos que los _tornait_ preferían adoptar la
-apariencia de osos, focas, y otros animales.
-
- [Ilustración]
-
-Podía ser aquello el mismo fantasma blanco del Oso de las diez patas,
-ó cualquiera otra cosa, porque Kotuko y su compañera estaban tan
-hambrientos que no se podía ya prestar fe á lo que decían ver. Nada
-habían cazado con las trampas que ponían, ni descubrieron rastro
-alguno de caza desde que abandonaron la aldea; además, su escasa
-comida apenas si les duraría otra semana, y una nueva borrasca se
-les venía encima. Una tempestad en el Polo puede durar diez días sin
-interrupción, y en todo este tiempo es segura la muerte para aquél á
-quien coja fuera de casa. Kotuko construyó una casa de nieve de tamaño
-suficiente para contener el trineo de mano (porque nunca debe separarse
-uno de su comida), y, mientras estaba dando forma regular al pedazo
-de hielo que sirve de clave de la bóveda, vió _algo_ que le estaba
-mirando desde un abrupto montón de hielo, á unos ochocientos metros de
-distancia. El aire era pesado, como neblina, y aquella cosa fantástica
-parecía tener doce metros de ancho por tres de alto, con seis metros de
-cola y una forma indecisa, de contornos indefinidos, temblorosos. La
-muchacha vióla también, pero en vez de ponerse á gritar aterrorizada,
-dijo en voz baja:
-
---Esto es Quiquern. ¿Qué es lo que ocurrirá después?
-
---Que me hablará, dijo Kotuko.
-
-Pero el cuchillo con que cortaba el hielo tembló en su mano mientras
-esto decía, porque, por mucho que un hombre crea que tiene amistad
-con raros y feos espíritus, pocas veces gusta de que sus palabras
-parezcan resultar verdad. Además, Quiquern es el fantasma de un perro
-gigantesco, sin dientes ni pelo, que se supone que vive en el lejano
-Norte, y que vaga por el país aquél precisamente poco antes de que algo
-ocurra. Lo mismo puede ser esto anuncio de cosas agradables que de
-desagradables, pero ni á los hechiceros les gusta hablar de Quiquern.
-Él es quien da á los perros la locura. Como el Oso-Fantasma, tiene
-muchas patas (seis ú ocho pares) y lo que es aquella cosa fantástica
-que se movía en la neblina tenía, también, muchas más patas de las que
-necesita ningún perro de carne y hueso. Kotuko y la niña corrieron á
-refugiarse en su choza apretándose uno contra otro. Por supuesto que si
-Quiquern les hubiera necesitado para algo no habría dejado de hacer que
-el techo se hundiera sobre su cabeza; pero el saber que entre ellos y
-la malvada obscuridad se interponía un muro de nieve de palmo y medio
-de grueso les servía de consuelo.
-
-La tempestad estalló al fin con ruido estridente del viento, parecido
-al de un tren, y durante tres días y tres noches continuó sin variar ni
-un momento, sin atenuarse en lo más mínimo ni por un minuto. La pareja
-fué cuidando de mantener encendida la lámpara que sostenía entre las
-rodillas, mascullando tibios pedacitos de carne de foca, y mirando
-cómo el negro hollín se acumulaba en el techo durante setenta y dos
-interminables horas. La muchacha hizo el recuento de la comida que
-les quedaba aún en el trineo: no había más que para dos días. Kotuko
-examinó las puntas de hierro y las ataduras, hechas de tendones de
-reno, de su arpón, de su lanza especial para focas y de su dardo para
-cazar pájaros. Nada más podía hacer.
-
---Pronto iremos á Sedna... muy pronto, murmuró la niña. De aquí á tres
-días no nos quedará más que echarnos... y partir. ¿No hará algo por
-nosotros tu _tornaq_? Cántale una canción de _angekok_ para hacerla
-venir.
-
-Comenzó el muchacho á cantar en el tono altísimo de aullido que suelen
-tener las canciones mágicas, y al propio tiempo la furia de la tormenta
-empezó á ceder. En mitad de la canción estremecióse la niña, y en
-seguida colocó, sobre el hielo que formaba el piso de la choza, primero
-la mano, que cubría un mitón, y luego la cabeza. Siguió Kotuko su
-ejemplo, y los dos se arrodillaron, fija la mirada del uno en la del
-otro y escuchando con toda la tensión nerviosa de que eran capaces.
-Después arrancó él una delgada tira de ballena de un lazo para cazar
-pájaros, que tenía en el trineo, y, enderezándola la colocó derecha en
-un agujerito que hizo en el hielo, afirmándola con su mitón. Quedó casi
-tan delicadamente ajustada como la aguja de una brújula, y, una vez
-hecho esto, en lugar de seguir la pareja escuchando, miró atentamente.
-La delgada varilla tembló un poco... vibró de modo casi imperceptible;
-después la vibración se hizo ya más firme durante algunos segundos...
-desapareció... y, al fin, volvió á aparecer, pero esta vez señalando
-hacia otro punto de aquella especie de brújula.
-
---¡Demasiado pronto! exclamó Kotuko. Alguna gran porción de hielo
-flotante se ha roto, lejos, allá fuera.
-
-La muchacha señaló hacia la varilla y sacudió la cabeza.
-
---Es que se rompe todo, dijo. Escucha el ruido en el suelo. Suenan
-golpes.
-
-Al arrodillarse esta vez oyeron extrañísimos y sordos rumores, como
-frecuente golpear que resonara bajo sus mismos pies. Parecía ora que
-algún cachorrillo chillaba colocado sobre la luz de la lámpara; ya
-que alguien afilaba una piedra sobre el duro hielo; ora que tocaban
-un tambor cubierto con algo; pero todos esos rumores sonaban como muy
-prolongados y disminuidos, como si vibraran, pasando á través de un
-cuerno muy pequeño, durante larga y fatigosa distancia.
-
---No iremos á Sedna echados, dijo Kotuko. Esto es el deshielo. La
-_tornaq_ nos ha engañado. Vamos á morir.
-
-Todo esto podrá parecer absurdo, pero ello es que la pareja se hallaba
-frente á un peligro muy real. Los tres días de viento habían barrido
-hacia el Sur el agua de la bahía de Baffin amontonándola contra el
-extremo de la gran extensión de hielo que iba desde la isla de Bylot
-hacia el Oeste. Además, la fuerte corriente que va hacia el Este
-desde el Estrecho de Lancaster llevaba durante algunas millas lo que
-llaman _hielo en pacas_ (hielo tosco y áspero que no se ha convertido
-aún en llana superficie), y estas _pacas_ caían como bombas sobre la
-masa de hielos flotantes, al mismo tiempo que el flujo y reflujo del
-tempestuoso mar la minaba y la iba haciendo cada vez más débil. Lo que
-Kotuko y la niña habían oído eran los ecos lejanos de aquella lucha
-que se verificaba á ocho ó diez leguas de distancia, y la indiscreta
-varilla se estremecía al choque de aquel continuo batallar.
-
-Ahora bien: como dicen los _inuit_, una vez el hielo se ha despertado
-de su largo sueño del invierno no es ya posible saber lo que puede
-ocurrir, porque, aunque sólido, cambia de forma casi tan pronto como
-una nube. El vendabal era, sin duda, uno de los de primavera que había
-llegado fuera de tiempo, y cualquier cosa podía considerarse posible.
-
-Á pesar de todo, la pareja se sentía algo más animada que antes. Si el
-hielo se rompía no tendría que esperar y sufrir más. Los espíritus,
-duendes y demás habitantes del mundo de los encantamientos andaban
-sueltos por el movedizo hielo, y tal vez les ocurriría á los dos
-muchachos que junto con ellos entraran en el país de Sedna toda
-clase de extraordinarios seres llenos aún de loca exaltación. Cuando
-abandonaron la choza, después de pasada la tormenta, el ruido crecía
-más y más allá en el horizonte y la dura masa de hielo gemía y zumbaba
-en torno suyo.
-
---Aún está esperando, dijo Kotuko.
-
-Sobre la cima de un gran montón de hielo estaba sentada ó acurrucada
-aquella _cosa_ fantástica de ocho patas que habían visto tres días
-antes... y entonces aullaba de un modo horrible.
-
---Sigamos, dijo la muchacha. Quizá conozca algún camino que no conduzca
-á Sedna.
-
-Pero al coger la cuerda del trineo se sintió desfallecer. La _cosa_
-aquélla se movía alejándose despacio y torpemente por encima de los
-picos del hielo, dirigiéndose siempre hacia el Oeste y hacia la tierra,
-y ellos siguieron también en la propia dirección, mientras el ruido
-atronador que se oía en el borde de la gran masa de hielo flotante
-allá en el mar se acercaba cada vez más. La masa estaba ya rajada en
-todos sentidos en el espacio de una legua en dirección de tierra, y
-grandes capas como de tres metros de grueso y que ora medían unos pocos
-metros cuadrados, ora unas ocho hectáreas, saltaban, y se hundían, y
-chocaban unas con otras, ó con la porción de masa total que aún no
-estaba rota, al ser cogidas y sacudidas por el revuelto oleaje que se
-agitaba entre ellas. Este ariete del hielo era, por decirlo así, la
-avanzada del ejército que el mar lanzaba contra sus hielos flotantes.
-El continuo romperse y chocar de los pedazos ahogaba, casi, el chirrido
-de la especie de láminas arrojadas enteras bajo la gran masa como
-baraja escondida á toda prisa bajo el tapete de una mesa. Donde el
-agua era poco profunda estas láminas se amontonaban una sobre otra
-hasta que las inferiores llegaban á tocar el fango, á quince metros
-de profundidad, y el mar descolorido hacía de dique tras el sucio
-hielo hasta que la presión creciente volvía á arrojarlo todo hacia
-delante. Además del hielo flotante y del otro en bruto ó _en pacas_,
-el vendabal y las corrientes hacían descender verdaderos aludes,
-especie de montañas movibles arrancadas de las costas de Groenlandia
-ó de la playa septentrional de la bahía de Melville. Llegaban pesada
-y solemnemente, mientras las olas rompían en blanca espuma en torno
-suyo y avanzaban en dirección de la gran masa como una antigua flota
-navegando á toda vela. Tal ó cual alud que parecía venir preparado
-para llevarse de calle el mundo entero, fondeaba como sin fuerzas en
-el agua, comenzaba á dar vueltas, y acababa revolcándose en la espuma
-y en el fango, envuelto en una nube de voladoras y heladas chispas,
-mientras otro mucho más pequeño y bajo rajaba la aplastada masa y
-se metía dentro de ella, arrojando á cada lado toneladas de hielo y
-abriendo una vía de más de ochocientos metros antes de que se parara.
-Caían unos como espadas, cortando canales de sinuosos bordes; otros
-se rompían en una lluvia de pedazos que pesaban docenas de toneladas
-cada uno y se arremolinaban con estruendo; otros, en fin, levantábanse
-enteros fuera del agua al juntarse, se retorcían como atormentados por
-el sufrimiento y caían pesadamente sobre uno de sus lados, mientras el
-mar pasaba sacudiendo su espalda. Toda esta labor continua de prensar,
-amontonar, doblar y retorcer el hielo en todas las formas posibles, se
-verificaba á tanta distancia como la vista podía alcanzar á lo largo de
-la línea septentrional de la masa flotante. Desde el sitio en que se
-hallaban Kotuko y la niña aquel caos no parecía más que un movimiento
-de ondulación y de arrastre que se verificaba allá en el horizonte;
-pero se acercaba á ellos por momentos, y lejos, hacia el lado de la
-tierra, oían como fuerte bramido comparable á estruendo de artillería
-que resonara á través de la niebla. Indicaba esto que la gran masa de
-hielo flotante que había sobre el mar era empujada contra los férreos
-acantilados de la costa de la isla de Bylot, la tierra que se hallaba
-hacia el Sur, detrás de ellos.
-
---Esto no se ha visto nunca, exclamó Kotuko, mirando con aire
-estupefacto. Ésta no es la época en que ocurre. ¿Cómo puede ser que el
-hielo se rompa ahora?
-
---Ve siguiendo á aquello, gritó la muchacha señalando á la fantástica
-aparición que medio cojeando y medio corriendo se alejaba en insensata
-carrera delante de ellos. Siguiéronla, en efecto, tirando con toda
-su fuerza del trineo, y, al mismo tiempo, oían cada vez más cerca
-el avance ruidoso del hielo. Al fin los campos que en torno suyo se
-extendían rajáronse en todas direcciones, y las rajaduras se abrían
-con estallidos semejantes al castañeteo de los dientes del lobo. Pero
-donde _la cosa fantástica_ se apoyaba, sobre una especie de baluarte de
-pedazos de hielo esparcidos que medía una altura de unos quince metros,
-ningún movimiento se notaba. Kotuko saltó impetuosamente hacia delante,
-llevando tras de sí á su compañera, y subió arrastrándose hasta el pie
-del baluarte. La voz del hielo se hacía cada vez más fuerte en torno
-suyo, pero aquella fortaleza no se rendía, y, como la joven mirara á
-su compañero, levantó éste el codo derecho apartándolo del cuerpo al
-mismo tiempo de levantarlo y haciendo así la señal que usa todo _inuit_
-para indicar que ha descubierto tierra y que ésta tiene la forma de
-una isla. Y, verdaderamente, hacia la tierra les había llevado aquella
-fantástica aparición de las ocho patas que andaba cojeando: hacia un
-islote de granítica base y de arenosas playas, cubierto, enfundado y
-como enmascarado por el hielo, hasta el punto de no haber hombre capaz
-de distinguirlo de la masa helada que flotaba sobre el mar; pero, por
-debajo, tierra sólida era y no hielo movible. El romperse y rebotar de
-los pedazos flotantes al chocar con el islote marcaba las orillas del
-mismo, y un protector banco de arena arrancaba desde él en dirección
-del Norte, desviando la furia de los más pesados montones de hielo,
-ni más ni menos que como la reja de un arado voltea grandes pedazos
-de marga. Por supuesto que existía el peligro de que alguna gran
-extensión de hielo, obedeciendo á enorme presión, remontara la playa
-é hiciera desaparecer por completo la parte alta del islote; pero la
-idea no preocupó á Kotuko ni á la muchacha mientras construían su casa
-de nieve y comenzaban á comer, oyendo como el hielo golpeaba la playa
-y se arrastraba por ella. La _cosa fantástica_ había desaparecido
-y Kotuko hablaba, muy excitado, del poder que él tenía sobre los
-espíritus, mientras, al propio tiempo, se acurrucaba junto á la
-lámpara. Precisamente cuando se hallaba en lo mejor de sus insensatas
-afirmaciones la muchacha comenzó á reirse y á balancearse de delante á
-atrás y de atrás á delante.
-
-Á su espalda, avanzando cautelosamente hacia el interior de la choza,
-veíanse dos cabezas, una amarilla y otra negra, pertenecientes á dos
-perros que ofrecían el aspecto más triste y avergonzado que imaginarse
-pueda: el uno era Kotuko, el perro, y el otro el que había dirigido el
-trineo. Ambos estaban ahora gordos, con buena salud y completamente
-curados de su locura; pero iban unidos uno á otro del modo más extraño.
-Cuando el negro, que dirigía el trineo, se escapó, ya recordaréis
-que llevaba aun colgando los arreos. Debió de encontrar á Kotuko, el
-perro, y jugar con él ó pelearse, porque el lazo que tenía pasado por
-los hombros se le enganchó en los alambres de cobre retorcido que
-llevaba Kotuko en el collar, y se había enredado de tal modo y tan
-fuertemente que ni uno ni otro podía coger la correa con los dientes
-para separarla, sino que cada uno quedaba atado por el cuello á lo
-largo del cuerpo de su vecino. Esto, junto con la libertad de cazar por
-su cuenta, debió de contribuir grandemente á curarles de su locura.
-Estaban completamente en sano juicio.
-
-La muchacha empujó á los avergonzados animales hacia Kotuko y muerta de
-risa gritó:
-
---Esto es Quiquern, el que nos ha conducido á la tierra firme. ¡Mira
-las ocho patas y las dos cabezas!
-
-Cortó Kotuko la correa, devolviéndoles así la libertad, y ambos se
-precipitaron en sus brazos, el amarillo y el negro al mismo tiempo,
-como queriendo explicar de qué modo habían recobrado la razón. Kotuko
-les pasó la mano por los costados, que estaban bien llenos y con el
-pelo reluciente.
-
---Han encontrado comida, dijo sonriendo. No creo que vayamos tan pronto
-á Sedna. Mi _tornaq_ los ha mandado. Ya se les ha curado la enfermedad.
-
-En cuanto hubieron acariciado á Kotuko, los dos animales, que se habían
-visto obligados á dormir, comer y cazar juntos durante las últimas
-semanas, lanzáronse el uno contra el otro, y hubo entonces una gran
-batalla en el interior de la casa de nieve.
-
---Los perros no se pelean cuando tienen vacío el estómago, dijo Kotuko.
-Han encontrado alguna foca. Durmamos, que no nos faltará comida.
-
-Cuando se despertaron el agua del mar había quedado ya libre en la
-playa septentrional del islote, y todo el hielo suelto había sido
-lanzado hacia la tierra. Un _inuit_ considera siempre como deliciosos
-los primeros rumores de la marea alta, porque le advierten que la
-primavera se acerca. Kotuko y la niña cogiéronse de las manos y
-sonrieron, porque el claro y fuerte ruido que producía el mar entre el
-hielo les recordaba el tiempo de la pesca del salmón, de la caza del
-reno, y el olor de los sauces rastreros cuando están en flor. Hasta en
-aquel mismo momento el mar comenzó á espesarse casi congelado, entre
-los flotantes témpanos de hielo: tan intenso era el frío; pero en el
-horizonte se veía una ancha y roja claridad que era la luz del hundido
-sol. Parecía aquello, más bien, un bostezo en mitad de su sueño que su
-verdadero levantarse, y la claridad no duró más que algunos minutos,
-pero ello es que marcaba el cambio del año hacia la mejor estación.
-Nada podía cambiar el curso de las cosas.
-
-Halló Kotuko á los perros peleándose sobre el cuerpo de una foca recién
-muerta, la cual había ido siguiendo á los peces que una tormenta hace
-siempre cambiar de lugar. Era la primera de unas veinte ó treinta que
-llegaron al islote durante aquel día, y hasta que el mar se hubo helado
-fuertemente fueron á centenares las vivas cabezas negras que se veían,
-gozándose en disfrutar del agua libre, poco profunda, y flotando entre
-los témpanos de hielo.
-
-Era un gusto para nuestra pareja el poder comer otra vez hígado de
-foca; el llenar las lámparas de grasa sin tener que ir con miedo y el
-ver cómo la llama se elevaba á un metro de altura; pero tan pronto
-como apareció el hielo nuevo en el mar, Kotuko y su compañera cargaron
-el trineo de mano é hicieron tirar de él á los dos perros como nunca
-en la vida habían tirado, porque no estaban muy tranquilos ambos
-muchachos respecto á lo que hubiera podido ocurrir en su aldea. El
-tiempo continuaba tan implacable como de costumbre; pero es más fácil
-arrastrar un trineo cargado de víveres que cazar muriéndose de hambre.
-Dejaron los cadáveres de veinticinco focas enterrados en el hielo de la
-playa y prontos para ser usados, después de lo cual se apresuraron á
-regresar al seno de su familia. Los perros les enseñaron el camino en
-cuanto Kotuko les indicó lo que deseaba que hicieran, y, aunque ninguna
-señal hubiera del camino que debían seguir, en dos días se hallaban
-ya dando voces á la entrada de la casa de Kadlu. Sólo tres perros les
-contestaron. En cuanto á los otros habían sido comidos, y las casas se
-hallaban sumidas en la obscuridad. Pero cuando Kotuko gritó: _«¡ojo!»_
-(esto es _carne hervida_) algunas voces débiles le contestaron, y al
-llamar á los habitantes de la aldea por sus nombres, con voz bien
-clara, no hubo nadie que faltase.
-
-Una hora después brillaban las lámparas en la casa de Kadlu; el agua,
-de nieve derretida, se calentaba sobre el fuego; hervían las cacerolas,
-y del techo iba goteando el hielo, mientras Amoraq cocinaba una comida
-para toda la aldea; el chiquitín que estaba metido en la capucha de
-pieles mascaba un pedazo de grasa que tenía gusto de nueces, y los
-cazadores iban atiborrándose metódica y pausadamente de carne de foca.
-Kotuko y la niña refirieron sus aventuras. Entre ellos se sentaron
-los dos perros, y cada vez que oían pronunciar su nombre en el relato
-enderezaban una oreja y parecían lo más avergonzados de sí mismos que
-imaginarse pueda. El perro que haya enloquecido una vez y curádose
-luego, queda, en opinión de los _inuit_, inmune contra posteriores
-ataques.
-
---Ya veis, pues, que la _tornaq_ no se ha olvidado de nosotros, dijo
-Kotuko. Sopló el vendaval, rompióse el hielo y las focas viniéronse
-detrás de los peces asustados por la tempestad. Ahora los nuevos
-agujeros que estas focas han hecho están á una distancia de aquí que no
-llega á dos días de viaje. Que vayan mañana los mejores cazadores y que
-traigan las focas que yo he muerto: veinticinco, que están enterradas
-en el hielo. Cuando las hayamos comido iremos todos á caza de otras.
-
---¿Y vosotros qué es lo que vais á hacer ahora? preguntó el hechicero á
-Kadlu en el tono que usaba para hablar con él, porque era el más rico
-de los _tununirmiut_.
-
-Kadlu miró á la muchacha, á la hija de los países del Norte, y dijo
-calmosamente:
-
---Nosotros vamos á construir una casa.
-
-Al decir esto señaló hacia el lado Noroeste de la suya, porque en este
-lado es donde suelen vivir allí el hijo ó la hija casados.
-
-La joven levantó, entonces, las manos, vueltas las palmas hacia arriba,
-y sacudió ligeramente la cabeza como con aire incrédulo. Era ella una
-extranjera, dijo, que habían recogido hambrienta, y nada podía traer
-como dote á la casa.
-
-Saltó, entonces, Amoraq del banco en que estaba sentada y comenzó á
-arrojar multitud de cosas en la falda de la niña: lámparas de piedra,
-raederas de hierro para las pieles, cafeteras de hoja de lata, pieles
-de reno con bordados hechos de dientes de buey almizclado, y verdaderas
-agujas capoteras como las que usan los marineros para coser las velas.
-Dote tan bueno como aquel jamás había sido entregado en los confines
-del Círculo Polar Ártico, y, al recibirlo, la joven del Norte inclinó
-la cabeza hasta tocar al suelo.
-
---¡También esto! dijo Kotuko riendo y señalando á los perros, que
-acercaron sus fríos hocicos á la cara de la niña.
-
---¡Ah! exclamó el _angekok_, tosiendo con aire importante, como si
-todo aquello lo tuviera ya él previsto. En cuanto Kotuko abandonó la
-aldea fuíme yo á la _Casa del Canto_ y entoné canciones de magia. Pasé
-las noches cantando é invoqué al espíritu del Reno. Mis cantos fueron
-los que hicieron soplar el vendaval que rompió el hielo, y los que
-atrajeron á los dos perros hacia el sitio en que se hallaba Kotuko
-cuando estuvo á punto de morir aplastado. Una de mis canciones fué la
-que hizo que la foca siguiera detrás del roto hielo. Mi cuerpo reposaba
-inmóvil en el _quaggi_, pero mi espíritu vagaba lejos de él y guiaba á
-Kotuko y á los perros en todo cuanto hicieron. Yo lo hice todo.
-
-Como cuantos se hallaban presentes estaban ya hartos de comida
-y soñolientos nadie se tomó el trabajo de contradecir aquellas
-afirmaciones, y el _angekok_, en virtud del privilegio que le daba su
-oficio, se sirvió aun otro pedazo de carne hervida, y se acostó, luego,
-con los demás en la tibia é iluminada casa que olía á aceite.
-
- * * * * *
-
-Ahora bien: Kotuko, que dibujaba perfectamente á lo _inuit_, grabó
-ciertos cuadros, que representaban todas las anteriores aventuras, en
-un largo pedazo de marfil en forma de plancha y con un agujero en uno
-de los extremos. Cuando en compañía de la muchacha fué hacia el Norte,
-á la Tierra de Ellesmere, en el año llamado del _invierno maravilloso_,
-dejó aquel cuadro, que era como una historia, á Kadlu, el cual lo
-perdió entre los guijarros un verano en que se le rompió el trineo,
-allá en la orilla del lago Netilling, en Nikosiring, y allí lo encontró
-uno de los habitantes del país á la primavera siguiente, vendiéndoselo
-en Imigen á un hombre que era intérprete de un ballenero del Estrecho
-de Cumberland, y éste, á su vez, se lo vendió á Hans Olsen, que fué
-después contramaestre de un vapor que llevaba viajeros al Cabo Norte en
-Noruega. Cuando terminó la estación de moda para estos viajes el vapor
-dedicóse á hacer la travesía entre Londres y Australia, con escala en
-Ceylán, y allí Olsen vendió la plancha de marfil á un joyero cingalés
-por zafiros falsos. Yo la encontré, finalmente, entre un montón de
-cosas inútiles en una casa de Colombo, y la he ido descifrando y
-traduciendo aquí de cabo á rabo.
-
- [Ilustración]
-
-
- =An-gutivaun taina=
-
-(Lo que sigue es traducción muy libre de la «Canción del Cazador que
-regresa», según los hombres solían cantarla después de perseguir á las
-focas. El _inuit_ repite siempre mil veces lo mismo).
-
-
- Endurecidos por la sangre helada
- nuestros guantes están, y por la nieve
- que en montones se junta sobre el suelo
- nuestros trajes de pieles.
-
- De cazar focas regresamos... focas
- que en los bancos de hielo vivir suelen.
-
- _¡Au jana! ¡Aua!... ¡Oha! ¡Haq!_ Veloces
- pasan trineos que volar parecen,
- y al chasquido de látigos, los perros,
- ladrando, al hogar vuelven.
-
- De cazar focas regresamos... focas
- que en los bancos de hielo vivir suelen.
-
- Nosotros las seguimos paso á paso
- á nuestras focas que se esconden siempre,
- y al oir que escarbaban bajo tierra,
- tendidos en la nieve,
- las acechamos y al salir, la lanza
- les arrojamos, como tantas veces...
- así... y así... de tal manera hiriendo,
- matando de tal suerte.
-
- La sangre helada nuestros guantes cubre,
- pésanos en los párpados la nieve...
- pero á la esposa y al hogar volvemos
- de los hielos perennes.
-
- _¡Au jana! ¡Aua!... ¡Oha! ¡Haq!_ Cargados
- van los trineos que volar parecen;
- ya la esposa aguardando está al esposo
- cuando él de los perpetuos hielos vuelve.
-
- [Ilustración]
-
-
- NOTAS:
-
-[29] Equivalen á cero del termómetro Fahrenheit, que es el que cita el
-autor.--N. del T.
-
-[30] En Botánica se llama así á una planta parecida á la
-siempreviva.--N. del T.
-
-[31] El autor se refiere al termómetro Fahrenheit.--N. del T.
-
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- LOS PERROS JAROS
-
- ¡Por nuestras claras, deliciosas noches
- en que libres corremos y cazamos!
- ¡Por el aroma matinal del aire
- que humedece el rocío, no secado!
-
- ¡Por el placer de perseguir las piezas
- que locas huyen con terror incauto!
- ¡Por los gritos de nuestros compañeros
- que al vencido _sambhur_ tienen cercado!
-
- ¡Por los dulces peligros de la noche!
- ¡Por el dormir de día, dulce y grato,
- allá á la entrada del cubil! ¡Por todo,
- guerra á muerte juramos!
-
-
-No empezó para Mowgli la parte más agradable de su vida hasta después
-de la invasión verificada por la Selva. Tranquila su conciencia por
-considerar que había pagado sus deudas, y amigo de cuantos en la Selva
-vivían, era mirado por todos con un poco de temor. Lo que hizo, vió y
-oyó vagando solo ó con sus cuatro compañeros bastaría para escribir
-innumerables cuentos, cada uno de ellos tan largo como el presente.
-Así, pues, dejaré de referiros su encuentro con el Elefante Loco de
-Mandla, que mató veintidós bueyes que conducían once carros llenos de
-plata acuñada, perteneciente al Tesoro nacional, y esparció por el
-polvo las brillantes rupias; su lucha con Jacala, el cocodrilo, durante
-toda una noche, en los Pantanos del Norte, y cómo rompió su cuchillo
-de desollador en las placas de la espalda del animal; cómo halló otro
-cuchillo nuevo que llevaba pendiente del cuello un hombre que había
-sido muerto por un oso, tras de lo cual siguió él las huellas de éste
-y lo mató para que fuera el justo precio pagado por el cuchillo; cómo
-quedó cogido una vez, durante la época llamada de la Gran Hambre, entre
-los rebaños de ciervos que emigraban, y fué casi aplastado por ellos;
-cómo salvó á Hathi, el Silencioso, del peligro de caer por segunda vez
-en una trampa de las que tienen un palo afilado en el fondo, y cómo, al
-día siguiente, cayó él mismo en otra de las que sirven para leopardos,
-rompiendo entonces Hathi las gruesas barras de madera que la formaban;
-finalmente, cómo pudo ordeñar las hembras de los búfalos salvajes en
-los terrenos pantanosos, y cómo... Pero no pueden contarse varios
-cuentos á la vez y hay que limitarse á uno.
-
-Murieron Papá Lobo y Mamá Loba, colocando entonces Mowgli una gran
-piedra contra la boca de la cueva y entonando allí, entre sollozos, la
-Canción de la Muerte; Baloo era ya muy viejo y apenas podía moverse,
-y hasta Bagheera, que tenía nervios de acero y férreos músculos,
-comenzaba ya á mostrar menos agilidad cuando se trataba de matar alguna
-pieza. Con los años, de gris que era, volvióse Akela blanco como la
-leche, con las costillas salientes, caminando como si su cuerpo fuera
-de madera, y Mowgli tenía que cazar para él. Pero los lobos jóvenes,
-los hijos de la deshecha manada de Seeonee, crecían y se multiplicaban,
-y cuando llegaron á ser unos cuarenta, de cinco años, sin amo, con
-excelentes pulmones y ligeros pies, Akela les dijo que debían juntarse,
-obedecer la Ley, y estar bajo la dirección de uno, como correspondía á
-los del Pueblo Libre.
-
-No se metió Mowgli en este asunto, porque, como él dijo, ya sabía lo
-que eran frutas agrias y en qué árboles se cogían; pero cuando Fao,
-hijo de Faona (cuyo padre era el que indicaba las pistas en los tiempos
-de la jefatura de Akela) ganó en buena lid el derecho de dirigir la
-manada, de acuerdo con la Ley de la Selva, y cuando, á la luz de las
-estrellas, resonaron una vez más los antiguos gritos y canciones,
-Mowgli volvió á asistir al Consejo de la Peña, como en memoria de
-tiempos que pasaron. Si se le antojaba hablar, la manada aguardaba
-hasta que hubiera terminado, y se sentaba en la peña al lado de Akela,
-más arriba del sitio ocupado por Fao. Eran, aquéllos, días en que se
-cazaba bien y se dormía mejor. Ningún forastero se atrevía á entrar en
-las selvas que pertenecían al _pueblo_ de Mowgli, como llamaban á la
-manada; los lobos más jóvenes crecían más fuertes y gordos, y abundaban
-los lobatos que había que llevar á la Peña para que los inspeccionaran.
-Iba siempre Mowgli á estas reuniones, acordándose de aquella noche en
-que una pantera negra compró á la manada la vida de un chiquillo moreno
-y desnudo, y al prolongado grito de: «Mirad, mirad bien, lobos», latía
-con fuerza su corazón. Otras veces se alejaba, internándose en la Selva
-con los que él consideraba como sus cuatro hermanos, probando, tocando
-y viendo toda clase de cosas nuevas.
-
-Una tarde, á la hora del anochecer, mientras caminaba distraidamente
-por los bosques para ir á dar á Akela la mitad de un gamo que acababa
-de matar, mientras _los cuatro_ se empujaban, medio riñendo y
-revolcándose por juego, oyó un grito como nunca se había vuelto á oir
-allí desde los tiempos en que vivía Shere Khan. Era lo que llaman
-en la Selva el _feeal_, una especie de horroroso chillido que da el
-chacal cuando caza siguiendo á un tigre, ó cuando tiene caza mayor á la
-vista. Si imagináis una mezcla de odio, de aire triunfal, de miedo y
-de desesperación, en un solo grito desgarrador, tendréis una idea del
-_feeal_ que se oyó entonces elevarse, descender y vibrar en el aire,
-á lo lejos, del otro lado del Wainganga. Los cuatro lobos dejaron de
-jugar en el acto, con los pelos erizados y gruñendo. Mowgli echó mano
-al cuchillo y se paró, congestionado el rostro, arrugado el entrecejo.
-
---No hay por aquí ningún _rayado_ que se atreva á matar... dijo.
-
---No es éste el grito del Explorador, contestó el Hermano Gris. Eso es
-alguna gran cacería. ¡Escucha!
-
-Resonó de nuevo el grito, mitad parecido á un sollozo y mitad á una
-risa ahogada, ni más ni menos que si el chacal tuviera flexibles
-labios humanos. Respiró entonces Mowgli con fuerza y echó á correr en
-dirección de la Peña del Consejo, adelantándose por el camino á los
-lobos de la manada que también corrían hacia el mismo sitio. Fao y
-Akela estaban juntos sobre la Peña, y más abajo que ellos veíanse á
-los demás, sentados y con todos los nervios en tensión. Las madres y
-sus lobatos corrían hacia sus cubiles, porque cuando el _feeal_ suena
-conviene que los débiles se hallen recogidos.
-
-Nada se oía más que el rumor del Wainganga, corriendo entre la
-obscuridad, y las ligeras brisas del anochecer pasando entre las copas
-de los árboles, cuando de pronto, al otro lado del río, aulló un lobo.
-No era ninguno que perteneciera á la manada, porque éstos se hallaban
-todos alrededor de la Peña. El aullido se fué prolongando, adquiriendo
-un tono como de desesperación. «_¡Dhole!_», decía, «_¡Dhole! ¡Dhole!
-¡Dhole!_» Oyóse ruido de cansados pasos por entre las rocas, y un
-demacrado lobo, con los costados llenos de rayas rojas, destrozada una
-de sus patas delanteras y cubiertas de espuma las quijadas, lanzóse en
-mitad del círculo y se echó jadeante á los pies de Mowgli.
-
---¡Buena suerte! ¿Quién es tu jefe? le preguntó gravemente Fao.
-
---¡Buena suerte! Soy _Won-tolla_, contestó el recién llegado.
-
-Quería decir con esto que era un lobo solitario, que atendía á su
-defensa, á la de su compañera y pequeñuelos en algún aislado cubil,
-como hacen algunos lobos en la parte meridional del país. _Won-tolla_
-significa uno que no forma parte de ninguna manada. Al acabar de hablar
-quedóse jadeando, y con tal fuerza le latía el corazón que á cada
-latido todo su cuerpo se movía.
-
---¿Quién anda por ahí? dijo Fao, porque esto es lo que todos preguntan
-en la Selva en cuanto se oye el _feeal_.
-
---¡Los _dholes_, los _dholes_ del Dekkan... los Perros Jaros, los
-Asesinos! Fueron desde el Sur hacia el Norte, diciendo que en el Dekkan
-no se encontraba nada y matándolo todo por donde pasaban. Cuando
-esta luna era luna nueva tenía yo cuatro de los míos: mi compañera y
-tres lobatos. Ella les enseñaba á cazar sobre las llanuras cubiertas
-de yerba, escondiéndose para apoderarse de los gamos, como hacemos
-nosotros, los que cazamos en campo abierto. Á media noche les oí pasar,
-siguiendo, con grandes ladridos, un rastro. Al soplar la brisa matutina
-hallé á los míos yertos sobre la yerba... los cuatro, Pueblo libre,
-los cuatro... y esto ocurrió cuando esta luna era luna nueva. Entonces
-hice uso del Derecho de la Sangre y fuí en busca de los _dholes_.
-
---¿Cuántos eran? preguntó rápidamente Mowgli, mientras la manada gruñía
-rabiosamente.
-
---No lo sé. Tres de ellos no matarán ya á nadie más; pero al fin me
-persiguieron como á un gamo, haciéndome correr con sólo las tres patas
-que me quedan. ¡Mira, Pueblo Libre!
-
-Adelantó entonces su destrozada pata, ennegrecida con la sangre que se
-había secado ya. Tenía en los costados terribles mordiscos, y el cuello
-herido, desgarrado.
-
---¡Come! le dijo Akela, levantándose de encima de la carne que Mowgli
-le había traído, é inmediatamente lanzóse sobre ella el solitario.
-
---No perderéis lo que me dáis, dijo humildemente cuando hubo satisfecho
-un poco el hambre. Préstame fuerzas, Pueblo Libre, y también yo mataré
-luego. Vacío está mi cubil, antes lleno, y la Deuda de Sangre no está
-pagada aún del todo.
-
-Fao oyó cómo sus dientes crujían sobre un hueso, y gruñó con aire de
-aprobación.
-
---Esas quijadas tuyas han de sernos útiles, dijo. ¿Iban cachorros con
-los _dholes_?
-
---No, no. Todos eran _cazadores rojos_, perros de manada, grandes y
-fuertes, aunque allá en el Dekkan suelen alimentarse comiendo lagartos.
-
-Lo que acababa de decir Won-tolla significaba que los _dholes_, los
-rojos perros cazadores del Dekkan, iban de paso en busca de algo que
-matar, y los lobos de la manada sabían perfectamente que hasta el tigre
-les cede su presa á los _dholes_. Suelen cazar éstos corriendo en línea
-recta por la Selva, lanzándose sobre cuanto hallan y despedazándolo
-todo. Aunque no tengan el tamaño ni la astucia del lobo son muy fuertes
-y en gran número. No comienzan á considerar que forman manada hasta
-que se ha reunido un centenar de ellos; mientras que con cuarenta lobos
-basta y sobra para lo mismo. El haber ido errante Mowgli de un lado
-á otro le llevó hacia los confines de los grandes prados del Dekkan,
-donde vió á los fieros _dholes_ durmiendo, jugando y rascándose en los
-hoyos y matojos que usan como cubiles. Despreciábalos y odiábalos él
-porque no olían como el Pueblo Libre; porque no vivían en cavernas, y,
-sobre todo, porque les crecía el pelo entre los dedos de las patas,
-mientras que á él y á sus amigos no les ocurría eso. Pero no se le
-ocultaba, por habérselo dicho Hathi, lo terrible que es una manada de
-_dholes_ cuando va de caza. Aun el mismo Hathi les deja libre el paso,
-y ellos siguen adelante, hasta que los matan ó hasta que escasea ya la
-caza.
-
-Algo sabía, también, Akela respecto á los perros jaros, porque dijo en
-voz baja á Mowgli:
-
---Más vale morir entre todos los de la manada que sin guía y solo.
-Ésta es una cacería magnífica... y será la última en que yo tome
-parte. Pero, á juzgar por los años que suelen vivir los hombres, á tí,
-Hermanito, te quedan aún muchas noches y muchos días de vida. Vete
-hacia el Norte y acuéstate allí, y si alguien queda vivo después del
-paso de los _dholes_ ya irá á llevarte noticias del resultado de la
-lucha.
-
---¡Ah! contestó Mowgli con toda la gravedad posible, ¿es que he de irme
-á coger pececillos en las lagunas y á dormir en un árbol, ó quieres
-que pida á los _Bandar-log_ que me ayuden á cascar nueces mientras la
-manada queda ahí abajo batiéndose?
-
---La lucha será á muerte. Tú no te has encontrado nunca con los
-_dholes_... con _los Asesinos rojos_. Hasta _el rayado_...
-
---_¡Aowa! ¡Aowa!_ exclamó Mowgli con mal humor. Yo maté á un mono
-rayado, Shere Khan, y estoy seguro que lo que es él hubiera sido
-capaz de abandonar á su propia compañera, para que se la comieran los
-_dholes_, si el viento hubiese llegado á traerle el olor de la manada,
-aunque entre ambos se hallaran tres bosques de por medio. Pues bien,
-escucha: hubo una vez un lobo que era mi padre, y una loba que era mi
-madre, y otro lobo viejo y gris (no muy discreto á veces, y blanco
-ahora) que era para mí como mi padre y mi madre juntos. Así, pues (y
-aquí levantó más la voz) yo afirmo que cuando vengan los _dholes_, si
-vienen, Mowgli y el Pueblo Libre lucharán como iguales contra ellos;
-y digo, por el toro que me rescató (por aquel toro que Bagheera pagó
-por mí en aquellos tiempos de que ya no os acordáis los de la manada),
-digo... para que lo tengan presente los árboles y el río que me oyen,
-si es que yo lo olvido... que este cuchillo que ves será para la manada
-como un colmillo más con que ha de contar... y no me parece, en verdad,
-que su filo esté muy embotado. Eso es cuanto he de decir, y ésa la
-palabra que empeño.
-
---No conoces tú á los _dholes_, hombre que hablas como los lobos,
-dijo Won-tolla. Yo no deseo más que pagar la deuda de sangre que con
-ellos tengo pendiente antes de que me hagan pedazos. Avanzan despacio,
-matando á medida que se alejan, y dentro de dos días habré recobrado ya
-algo las fuerzas perdidas, con lo cual podré volver á la lucha. Pero en
-cuanto á vosotros, Pueblo Libre, mi opinión es que os vayáis hacia el
-Norte y que os contentéis con comer poco durante el tiempo que tarden
-en pasar los _dholes_. Es ésta una cacería en que no hay que buscar
-carne.
-
---¡Mirad con qué sale ahora el solitario! exclamó Mowgli riendo.
-¡Pueblo Libre! ¡Tenemos que huir hacia el Norte y dedicarnos á coger
-lagartos y ratas por miedo de tropezar con algún _dhole_! Hay que
-dejarles á ellos que maten todo lo que quieran en nuestros cazaderos,
-mientras nosotros nos escondemos en el Norte hasta que se les antoje
-devolvernos lo que es nuestro. ¡No son más que unos perros (y mejor
-dicho unos cachorros), rojos, con el vientre amarillo, sin cubiles, y
-con pelos que les crecen entre los dedos de las patas! En sus camadas
-vénse seis ú ocho pequeñuelos, como en las de Chikai, el diminuto
-ratoncillo saltador. ¡Es indudable que hemos de huir, Pueblo Libre,
-y pedirles por favor á los del Norte que nos dejen comer alguna res
-muerta! Ya sabéis el adagio: «en el Norte hay miseria; en el Sur
-piojos. En cuanto á _nosotros_, somos la Selva». Escoged, pues,
-escoged. ¡La cacería ha de valer la pena! ¡Por la manada... por toda
-la manada; por los cubiles y las carnadas; por lo que se mata dentro
-y fuera de aquéllos; por la compañera que persigue al gamo y por los
-más pequeños de los lobatos que estén en las cavernas... juremos la
-lucha... juremos... juremos!
-
-Contestó la manada con un ladrido profundo, que estalló resonando en la
-noche como si fuera el ruido de la caída de un árbol enorme.
-
---¡Lo juramos! gritaron los lobos.
-
---Quedaos con ellos, dijo Mowgli á _los cuatro_. No habrá diente que no
-haga aquí falta. Fao y Akela que lo preparen todo para la batalla. Yo
-voy á contar los perros.
-
---¡Eso es la muerte! gritó Won-tolla, levantándose á medias. ¿Qué
-puede hacer ése, que ni siquiera tiene pelo, contra los perros jaros?
-Acordaos de que hasta _el Rayado_...
-
---Vamos, que eres un verdadero solitario, repuso Mowgli; pero ya
-hablaremos de esto cuando los _dholes_ estén muertos. ¡Buena suerte
-para todos!
-
-Echó á correr por entre la obscuridad, presa de tal agitación que
-apenas miraba donde ponía los pies, y la natural consecuencia de ello
-fué el caerse cuan largo era sobre los grandes anillos de Kaa, la
-serpiente pitón, en el sitio donde ésta estaba echada al acecho frente
-á un sendero frecuentado por los ciervos cerca del río.
-
---_¡Kscha!_ dijo Kaa malhumorada. ¿Es proceder al estilo de la Selva el
-venir aquí haciendo ese ruido con los pies, caminando tan torpemente,
-para estropearle á uno el trabajo de toda una noche... y precisamente
-cuando la caza se presentaba tan bien?
-
---Confieso que he estado torpe, dijo Mowgli levantándose.
-Verdaderamente, en tu busca iba, Cabeza Chata; pero cada vez que nos
-encontramos te has engordado y has crecido un pedazo tan largo como uno
-de mis brazos. No hay en la Selva nadie como tú, discreta, anciana,
-fuerte y hermosísima Kaa.
-
---Á ver... ¿á donde vas á parar por este camino? dijo Kaa con voz algo
-más suavizada. No ha cambiado aún la luna desde que un _hombrecito_
-armado de un cuchillo me tiraba piedras á la cabeza llenándome de
-insultos, más furioso que un gato montés, porque yo dormía al raso.
-
---Sí, y espantabas á todos los ciervos que Mowgli venía persiguiendo,
-y esa Cabeza Chata estaba tan sorda que ni oía mis silbidos para que
-dejara libre el camino por donde los ciervos pasan, contestó Mowgli con
-gran calma, sentándose entre los pintados anillos de la serpiente.
-
---Y ahora este mismo hombrecito viene con palabras suaves y halagadoras
-diciéndole á aquella misma Cabeza Chata que es discreta, y fuerte, y
-hermosa, y ella se deja persuadir, y le hace sitio... así... á aquel
-que le tiraba piedras, y... ¿Estás bien? ¿Podría Bagheera ofrecerte
-asiento tan cómodo?
-
-Como de costumbre, bajo el peso del cuerpo de Mowgli, Kaa había
-convertido el suyo en una especie de blanda hamaca. Tendióse el
-muchacho, en medio de la obscuridad, y se enroscó sobre aquel cuello
-flexible, semejante á un cable, hasta lograr que la cabeza de Kaa
-descansara sobre su hombro, y entonces le refirió cuanto había pasado
-en la Selva aquella noche.
-
---Lista puedo ser, dijo Kaa cuando hubo terminado él, pero lo que es
-sorda también lo soy, sin ningún género de duda. De lo contrario,
-hubiera oído el _feeal_. Ya no me extraña que los que viven de hierba
-se hallen tan inquietos. ¿Cuántos son los _dholes_?
-
---No lo he visto aún. Vine corriendo á encontrarte. Tú eres más vieja
-que Hathi. Pero, Kaa... (y al decir esto temblaba Mowgli de puro
-contento) ¡qué magnífica cacería va á ser! Pocos de nosotros vivirán
-cuando cambie la luna.
-
---¿Es que tú también vas á tomar parte en esto? Acuérdate de que eres
-un hombre, y de cuál fué la manada que te arrojó de ella. Deja que el
-Lobo y el Perro se arreglen. Tú eres un hombre.
-
---Las nueces de antaño son ogaño tierra negra, contestó Mowgli. Cierto
-que soy un hombre, pero paréceme haber dicho esta noche que era un
-lobo. Por testigos puse al río y á los árboles. Pertenezco al Pueblo
-Libre, Kaa, hasta que hayan pasado los _dholes_.
-
---¡Pueblo Libre! murmuró Kaa... Dí, más bien, pandilla suelta de
-ladrones. ¿Y tú te has ligado á ellos, en busca de una muerte segura,
-sólo por la memoria de aquellos lobos que ya no existen? Eso no es
-saber cazar.
-
---He dado mi palabra. Los árboles lo saben y el río también. Hasta que
-el _dhole_ se haya ido no quedaré libre del compromiso.
-
---¡Ah! La cosa cambia, así, por completo. Pensé llevarte conmigo á
-los pantanos del Norte, pero palabra es palabra, aunque sea la de un
-hombrecito desnudo y sin pelo como tú. Así, pues, yo, Kaa, digo á esto
-que...
-
---Piensa bien lo que vas á decir, Cabeza Chata, para que no resulte que
-también tú te has ligado más de lo conveniente. No necesito que me des
-palabra de hacer nada, porque bien sé que...
-
---Bueno: sea, contestó Kaa. No daré palabra alguna; pero ¿qué piensas
-hacer cuando vengan los _dholes_?
-
---Tienen que pasar á nado el Wainganga. Pues bien: yo pensaba salirles
-al encuentro, cuchillo en mano, cuando crucen algún sitio de poca
-agua, y llevar detrás de mí á la manada, para que, á cuchilladas y
-atacados por los míos, tuvieran que retroceder un poco río abajo ó ir á
-refrescarse el gaznate.
-
---Los _dholes_ no retroceden, y, en cuanto á su gaznate, hierve
-siempre, contestó Kaa. Cuando esta cacería termine no quedará ya
-hombrecito ni lobato, sino únicamente los huesos.
-
---_¡Alala!_ Si morimos moriremos. Será una cacería magnífica. Pero soy
-joven y no he visto aún muchas lluvias. Ni sé mucho ni soy fuerte.
-¿Tienes tú, Kaa, algún plan mejor?
-
---Yo he visto centenares y centenares de lluvias. Antes de que Hathi
-hubiera mudado los colmillos de leche, el rastro que yo dejaba en el
-polvo al pasar era enorme. Por el primer huevo que hubo en el mundo te
-aseguro que soy más vieja que muchos árboles, y que he visto todo lo
-que la Selva ha hecho.
-
---Pero éste es un caso nuevo. Nunca los _dholes_ se han cruzado en
-nuestro camino.
-
---Lo que es ha sido, también, antes. Lo que será no es más que un año
-olvidado que hiere mirando hacia atrás. Estate quieto mientras yo
-cuento esos años que tengo.
-
-Durante más de una hora estuvo echado Mowgli sobre los anillos de la
-serpiente, mientras Kaa, con la cabeza inmóvil sobre el suelo, pensaba
-en todo lo que había visto y aprendido desde el día en que salió del
-huevo. Sus ojos parecieron extinguirse, y, ya sin luz, semejaban viejos
-ópalos, mientras, de cuando en cuando, daba una especie de torpes
-estocadas con la cabeza, á derecha é izquierda, como si estuviera
-cazando en sueños. Mowgli dormitaba, porque sabía que nada prepara tan
-bien para la caza como el dormir, y estaba acostumbrado á hacerlo á
-cualquier hora del día ó de la noche.
-
-De pronto sintió que el cuerpo de Kaa crecía y se ensanchaba bajo el
-suyo, mientras la enorme serpiente pitón soplaba, silbando con el ruido
-de una espada que alguien sacara de una vaina de acero.
-
---He visto todas las estaciones del año que pasaron, dijo, al fin
-Kaa; los árboles enormes, los viejos elefantes, y las rocas desnudas
-y ásperas cuando aun el musgo no las vestía. ¿Estás vivo todavía,
-hombrecito?
-
---No hace más que un momento que desapareció la luna en el horizonte,
-dijo Mowgli. No entiendo...
-
---_¡Hisch!_ Ya vuelvo á ser Kaa. Ya sabía que no hacía más que un
-momento, como dices. Ahora iremos al río y te enseñaré cómo hay que
-proceder contra los _dholes_.
-
-Volvióse la serpiente y se dirigió, recta como una flecha, hacia el
-cauce del Wainganga, hundiéndose en el agua un poco antes de llegar á
-la laguna que oculta la Roca de la Paz, y llevando á Mowgli á su lado.
-
---No, no nades. Yo me deslizaré rápidamente. Ponte sobre mi espalda,
-Hermanito.
-
-Apretó Mowgli el brazo izquierdo alrededor del cuello de Kaa, dejó caer
-el derecho, bien pegado al cuerpo, y puso los pies de punta. Entonces
-Kaa embistió contra la corriente como sólo ella era capaz de hacer,
-mientras la ondulación del agua formaba en torno del cuello de Mowgli
-como una gorguera y sus pies se balanceaban en el remolino que se veía
-á cada lado de la serpiente. Á un kilómetro ó dos más arriba de la
-Roca de la Paz, el Wainganga se estrecha al pasar por una garganta que
-forman unas rocas de mármol de veinticinco á treinta metros de altura,
-y la corriente se desliza como por el canal de un molino entre toda
-clase de pedruscos. Pero Mowgli no hizo caso del agua: poca habría en
-el mundo que llegara á preocuparle ni por un momento por el miedo que
-le causara. Miraba á cada lado de aquella estrecha garganta y resollaba
-fuertemente como molestado, porque se sentía en el aire un olor, mitad
-como de algo dulce y mitad como de algo agrio, que era muy parecido al
-olor de un gran hormiguero en día caluroso. Instintivamente metióse
-todo él bajo el agua, levantando sólo la cabeza, de cuando en cuando,
-para respirar, y entonces Kaa ancló, por medio de una doble torsión de
-la cola en torno de una roca hundida, sosteniendo á Mowgli en el hueco
-que formaban sus anillos, mientras el agua corría.
-
---Esto es la Morada de la Muerte, dijo el muchacho. ¿Por qué hemos
-venido aquí?
-
---Duermen, dijo Kaa. Hathi no tuerce su camino cuando ve al _Rayado_.
-Y, sin embargo, tanto Hathi como el mismo Rayado se apartan cuando
-vienen los _dholes_, pero de éstos se dice que no cambian de dirección
-por nada. Ahora bien: ¿ante quién retrocede el diminuto Pueblo de las
-Rocas? Dime, amo de la Selva, ¿quién es el verdadero amo?
-
---Éstas, susurró Mowgli. Aquí mora la Muerte. Vámonos.
-
---No, mira bien, porque ahora están durmiendo. Todo está como estaba
-cuando yo no era más larga de lo que es tu brazo.
-
-Las rajadas y carcomidas rocas de aquella garganta del Wainganga
-habían servido desde el principio de la Selva para el diminuto Pueblo
-de las Rocas: las laboriosas y feroces abejas negras de la India; y,
-como Mowgli sabía perfectamente, todo rastro de animal torcía hacia
-un lado ú otro á más de ochocientos metros antes de llegar á aquel
-sitio. Durante siglos, el Pueblo Diminuto había tenido allí sus
-enjambres y pululado de grieta en grieta, juntándose una y otra vez,
-manchando el blanco mármol con miel seca y fabricando sus panales,
-altos y profundos, en la obscuridad de las cavernas interiores, donde
-ni los animales, ni el fuego, ni el agua pudieran llegar nunca. En
-toda su longitud, la garganta parecía adornada con negras cortinas
-de terciopelo de un brillo débil, y Mowgli se sintió desfallecer al
-verlo, porque aquella especie de cortinas eran los millones de abejas
-amontonadas que allí dormían. Había, además, otros pedazos, y adornos,
-y cosas que parecían carcomidos troncos de árbol prendidos sobre la
-superficie de las rocas, restos viejos, abandonados, ó nuevas ciudades
-fabricadas al abrigo de aquella garganta resguardada del viento;
-y enormes masas de esponjosos panales, ya podridos, habían rodado
-desde lo alto, pegándose entre los árboles y enredaderas que parecían
-agarrarse á la superficie de las rocas. Como se pusiera el muchacho
-á escuchar oyó más de una vez el ruido que producían, al deslizarse,
-los panales repletos de miel, cayéndose allá adentro, en las obscuras
-galerías; luego rumor de alas batiendo furiosamente, y el gotear de
-la miel esparcida que iba corriendo hasta llegar al borde de alguna
-abertura al aire libre, desde la cual chorreaba lentamente sobre hojas
-y ramas. Había, á un lado del río, una especie de playa pequeñísima,
-de menos de un metro y medio de ancho, y estaba llena de desechos
-acumulados allí durante innumerables años. Abejas muertas, basura,
-colmenas viejas, alas de mariposillas merodeadoras que habían ido á
-perderse en aquel sitio en busca de miel, todo estaba amontonado,
-formando finísimo polvo negro. El solo olor penetrante de aquel
-conjunto bastaba para asustar á cualquier ser viviente que careciera de
-alas y supiese lo que era el Pueblo Diminuto.
-
-De nuevo dirigióse Kaa corriente arriba hasta que llegó á un banco de
-arena que se hallaba al extremo de aquella garganta.
-
---Aquí está lo que han muerto en esta estación, dijo. ¡Mira!
-
-Sobre el banco se veían los esqueletos de un par de ciervos y de un
-búfalo. Mowgli vió que ni lobos ni chacales habían tocado sus huesos,
-que estaban sobre el suelo en la posición natural.
-
---Traspasaron el lindero, no conociendo la Ley, murmuró Mowgli, y el
-Pueblo Diminuto los mató. Vámonos antes de que despierte.
-
---No despierta hasta que llega la aurora, dijo Kaa. Ahora voy á
-contarte una cosa. Venía un gamo perseguido desde el Sur, en dirección
-á este sitio, hace de ello muchas, muchas lluvias, sin conocer la Selva
-y llevando tras de sí á toda una manada que seguía su rastro. Ciego de
-miedo, saltó desde lo alto, mientras la manada iba siguiéndole sólo con
-la vista, porque corría desatinadamente tras de él, ciega también. El
-sol estaba ya alto y el Pueblo Diminuto era numeroso y se hallaba muy
-enfurecido. Numerosos fueron, igualmente, los de la manada que saltaron
-al Wainganga; pero antes de que llegaran al agua estaban ya muertos.
-Los que no saltaron murieron también en las rocas, allá arriba. En
-cuanto al gamo quedó vivo.
-
---¿Y cómo fué esto?
-
---Porque él llegó primero, corriendo para salvar la vida, y saltó antes
-de que el Pueblo Diminuto estuviera prevenido, hallándose ya en el río
-cuando las abejas se juntaron para matarlo. Pero la manada que venía
-detrás se perdió por completo bajo el peso de aquéllas.
-
---¿Y el gamo vivió? dijo pausadamente Mowgli, insistiendo en la misma
-idea.
-
---Cuando menos no murió entonces, aunque no tuviera nadie que, al caer,
-lo esperara para recibirlo sobre un cuerpo bastante fuerte que lo
-protegiera contra el agua, como esta gruesa, sorda y amarilla Cabeza
-Chata está pronta á hacer por cierto _hombrecito_... sí, aunque detrás
-de él fueran todos los _dholes_ del Dekkan siguiéndole el rastro. ¿Qué
-te parece esto?
-
-La cabeza de Kaa estaba pegada á la oreja de Mowgli. Algún tiempo
-transcurrió antes de que el muchacho contestara.
-
---Es jugar con la Muerte, pero... verdaderamente, Kaa, tú eres quien
-más sabe en toda la Selva.
-
---Eso me han dicho muchos. Pues bien, mira: si los _dholes_ te siguen...
-
---Como me seguirán, con toda seguridad... ¡Oh! Mi lengua sabrá lanzar
-espinas agudísimas que irán á clavárseles.
-
---Pues si te siguen furiosos, ciegos, sin mirar á ningún lado, fija
-sólo la vista en tí, los que no mueran arriba caerán al agua aquí ó más
-abajo, porque el Pueblo Diminuto levantará el vuelo y toda la manada
-quedará cubierta por él. Las aguas del Wainganga tienen siempre hambre,
-y ellos no contarán con ninguna Kaa que vaya á sostenerlos cuando
-caigan, sino que, los que vivan, serán arrastrados por la corriente
-hasta los bajíos, allá por los Cubiles de Seeonee, y en aquel sitio
-podría tu manada salirles al encuentro y arrojarse sobre ellos.
-
---_¡Ahai! ¡Eowawa!_ Ni una lluvia cayendo á tiempo en mitad de la
-estación seca es mejor que este plan. No queda nada por decidir más que
-la cuestión insignificante de la carrera y del salto. Ya iré yo á que
-me vean y conozcan los _dholes_, á fin de que me persigan muy de cerca.
-
---¿Has visto las rocas que están ahí arriba?... ¿Las has visto desde la
-tierra?
-
---¡Ah! no. No se me había ocurrido esto.
-
---Anda á verlas. La tierra está como podrida, llena de grietas y
-agujeros. Con que pusieras en falso uno de tus torpes pies la cacería
-habría terminado. Mira, voy á dejarte aquí y hacer por tí una cosa: ir
-á contarles á los de la manada lo que hemos dicho, para que sepan dónde
-podrán encontrar á los _dholes_. Lo que es por mí, nada tengo yo que
-ver con ningún lobo.
-
-Cuando á Kaa no le gustaba una amistad mostraba su desagrado con más
-rudeza que nadie en toda la Selva, excepción hecha, quizá, de Bagheera.
-Nadó río abajo, y frente á la Peña encontróse con Fao y con Akela que
-estaban escuchando los ruidos nocturnos.
-
---_¡Hisch!_ ¡Perros! dijo alegremente; los _dholes_ bajarán por el río.
-Si no les tenéis miedo podréis matarlos en los bajíos.
-
---¿Cuándo vendrán? dijo Fao.
-
---¿Y dónde está mi _hombre-cachorro_? preguntó Akela.
-
---Vendrán cuando vengan, contestó Kaa. Espéralos y lo verás. En cuanto
-á tu _hombre-cachorro_, al cual le has hecho empeñar su palabra, y que
-has conducido así á la Muerte... _tu_ hombrecito está conmigo, y si no
-está ya muerto ahora mismo no tienes tú la culpa, ¡perro blanqueado!
-Espera aquí á los _dholes_, y alégrate de que el _hombre-cachorro_ y yo
-peleemos á tu lado.
-
-Volvió Kaa á remontar con rapidez la corriente y dió fondo en mitad
-de la estrecha garganta, mirando hacia arriba, hacia el borde de los
-acantilados. De pronto vió la cabeza de Mowgli proyectándose contra las
-estrellas, luego oyóse un rumor, como un silbido, en el aire, el agudo
-_schloop_ de un cuerpo que caía de pie, y un momento después hallábase
-el muchacho descansando nuevamente sobre los anillos del cuerpo de Kaa.
-
---Este salto no es nada, de noche, dijo Mowgli tranquilamente. Yo he
-saltado desde doble altura, sólo por gusto; pero ahí arriba sí que es
-mal sitio: todo son arbustos bajos y zanjas muy profundas, llenos unos
-y otras de Pueblo Diminuto. Yo he colocado grandes piedras superpuestas
-en el borde de tres zanjas. Al correr les daré con el pie y las lanzaré
-abajo y todo el Pueblo Diminuto se levantará detrás de mí, furioso.
-
---Esto son habladurías y astucias de hombre, dijo Kaa. Tú eres listo,
-pero ese Pueblo está enfurecido siempre.
-
---No, al anochecer todas las alas descansan un rato, las que están
-lejos y las que están cerca. Yo me entretendré con los _dholes_ á esa
-hora, porque sé que ellos suelen cazar mejor de día. Ahora siguen el
-rastro de sangre que ha dejado Won-tolla.
-
---Ni Chil deja nunca un buey muerto, ni los _dholes_ un rastro de
-sangre, dijo Kaa.
-
---Pues entonces, yo les daré otro nuevo, hecho con su propia sangre,
-si me es posible, y les haré morder el polvo. ¿Te quedarás aquí, Kaa,
-hasta que vuelva con mis _dholes_?
-
---Sí, pero ¿y si te matan en la Selva, ó si es el Pueblo Diminuto el
-que te quita la vida antes de que puedas saltar al río?
-
---Cuando llegue mañana cazaremos según lo que mañana exija, contestó
-Mowgli, citando, al decirlo, una frase de uso común en la Selva, y
-luego añadió: que me canten la Canción de la Muerte cuando muerto esté.
-¡Buena suerte, Kaa!
-
-Apartó su brazo del cuello de la serpiente y descendió por la garganta
-que formaba el río como si fuera un madero arrastrado por una avenida,
-chapoteando en dirección de la lejana orilla, donde el agua corría
-más tranquila, y riéndose á carcajadas de puro gozo. Nada había que
-le gustara tanto á Mowgli, según él mismo había dicho, como jugar con
-la Muerte, y demostrar á la Selva que él era allí no el amo, sino el
-archiamo. Con frecuencia había ido á robar, ayudado por Baloo, colmenas
-de las que las abejas fabrican en árboles aislados, y gracias á ello
-sabía que el Pueblo Diminuto no puede sufrir el olor del ajo silvestre.
-Así, pues, recogió un hacecillo de esta planta, lo ató con una tira de
-corteza, y luego comenzó á seguir el rastro de sangre de Won-tolla, en
-dirección del Sur, á partir desde los cubiles, por espacio de más de
-una legua, mirando á los árboles con la cabeza inclinada á un lado, y
-riéndose como loco, al mirar.
-
---He sido Mowgli, la Rana, decía entre sí; y he dicho que era Mowgli,
-el Lobo. Ahora me toca ser Mowgli, el Mono, antes de que llegue á
-convertirme en Mowgli, el Gamo. Al fin, acabaré por ser Mowgli, el
-Hombre. ¡Oh! Y al decirlo pasó el dedo pulgar por la hoja de su
-cuchillo, de diez y siete pulgadas de largo.
-
-El rastro de Won-tolla, todo él una línea de obscuras manchas negras,
-corría por debajo de un bosque de copudos árboles muy apiñados que se
-extendía en dirección noreste y que iba clareando, gradualmente, desde
-la distancia de media legua antes de llegar á las Rocas de las Abejas.
-Á partir del último árbol hasta llegar á la broza baja de dichas rocas
-era campo abierto, donde apenas habría logrado esconderse un lobo.
-Corrió, Mowgli, por debajo de los árboles, calculando las distancias
-entre rama y rama, ó, de cuando en cuando, encaramándose á un tronco,
-y saltando, por vía de ensayo, de un árbol á otro, hasta que llegó al
-campo abierto, que estuvo estudiando cuidadosamente por espacio de una
-hora. Luego volvióse, tomó nuevamente el rastro de Won-tolla donde lo
-había dejado, acomodóse en un árbol que tenía una rama saliente á unos
-dos metros y medio del suelo, y allí se quedó sentado tranquilamente,
-afilando su cuchillo en la planta del pie y canturreando.
-
-Poco antes del mediodía, cuando el calor del sol era extremado, oyó
-ruido de pasos y sintió el abominable olor de la manada de _dholes_
-que iba siguiendo con aire feroz el rastro de Won-tolla. Vistos desde
-cierta altura, los perros jaros no parecen tener ni la mitad del tamaño
-de un lobo; pero Mowgli sabía perfectamente la fuerza que en sus patas
-y quijadas tenían. Estuvo observando la cabeza puntiaguda y de color
-bayo del que los dirigía, ocupado en olfatear la pista, y le gritó:
-
---¡Buena suerte!
-
-Miró hacia arriba la fiera, y sus compañeros se pararon detrás de él,
-docenas y más docenas de perros jaros, de largas y colgantes colas,
-de sólidas espaldas, débiles patas traseras, y ensangrentadas bocas.
-Por lo general, son los _dholes_ muy silenciosos y muy poco amigos de
-guardar buenas formas, aun entre los suyos. Unos doscientos debían de
-ser, cuando menos, los que se juntaron á los pies del muchacho; pero
-notó que los delanteros olfateaban con aire de hambrientos el rastro
-de Won-tolla é intentaban hacer seguir hacia delante á toda la manada.
-Esto no le convenía, porque así llegarían á los cubiles en pleno día, y
-la intención de Mowgli era entretenerlos allí, bajo el árbol, hasta el
-anochecer.
-
---¿Con qué permiso venís á este sitio? les dijo.
-
---Todas las Selvas son nuestras, fué la contestación que obtuvo, y el
-_dhole_ que se la dió lo hizo enseñándole los dientes. Miró Mowgli
-hacia abajo sonriendo, é imitó perfectamente los agudos chillidos de
-Chikai, el ratón saltador del Dekkan, queriendo significar con esto á
-los _dholes_ que les tenía en tan poco como al mismo Chikai. Agrupóse,
-entonces, la manada alrededor del tronco del árbol, y el que la dirigía
-ladró furiosamente llamándole á Mowgli mono. Por toda respuesta alargó
-el muchacho una de sus desnudas piernas y agitó los dedos del pie,
-precisamente sobre la cabeza del perro. No se necesitaba más para poner
-fuera de sí á toda la manada. Los que tienen pelo entre los dedos
-no gustan de que alguien se lo recuerde ni indirectamente. Apartó
-Mowgli su pie en el momento en que el jefe de la manada saltaba para
-mordérselo, y díjole con gran suavidad:
-
---¡Perro, perro jaro! Vuélvete al Dekkan á comer lagartos. ¡Vete con
-Chikai, tu hermano... perro, perro... jaro, perro jaro! ¡Tienes pelo
-entre todos tus dedos! Y, al decirlo, agitó los suyos por segunda vez.
-
---¡Baja de ahí, antes que te sitiemos por hambre, mono pelón! aulló
-toda la manada, y eso era precisamente lo que el muchacho quería.
-
- [Ilustración]
-
-Acostóse á lo largo de la rama, puesto un carrillo contra la corteza,
-libre el brazo derecho, y en esta posición dijo á la manada cuanto le
-vino en mientes sobre ellos, sus maneras, sus costumbres, compañeros
-y pequeñuelos. No hay en el mundo lenguaje tan rencoroso y ofensivo
-como el que usa el Pueblo de la Selva para manifestar su desdén y el
-sentimiento de su superioridad. Si os tomáis la molestia de pensar
-un rato comprenderéis que así sea. Como Mowgli le había dicho á
-Kaa, tenía en la lengua espinas muy punzantes, y poco á poco, pero
-deliberadamente, llevó á los _dholes_ desde el silencio á los gruñidos,
-de éstos al aullar, y del aullar á la más sorda é impotente rabia.
-Probaron de contestar á sus insultos; pero de igual modo hubiera podido
-intentar hacerlo un cachorro al cual hubiese enfurecido con su lenguaje
-Kaa, y durante este tiempo la mano derecha de Mowgli estuvo siempre
-junto al costado, encogida, pronta á la acción, mientras los pies se
-cruzaban en torno de la rama. El enorme perro de color bayo había
-saltado muchas veces en el aire; pero Mowgli no quería arriesgarse á
-dar un golpe en falso. Al fin, enfurecido hasta un punto que parecía
-indecible, saltó el animal á más de dos metros desde el nivel del
-suelo. Entonces la mano del muchacho lanzóse tan rápidamente sobre
-aquél como si fuera la cabeza de una de las serpientes que viven en
-los árboles, lo cogió por la piel del pescuezo, y la rama dióle tal
-sacudida, con el peso de los cuerpos por ella sostenidos, que casi
-arrojó á Mowgli contra el suelo. Pero no soltó el muchacho su presa,
-y, pulgada por pulgada, fué levantando, hasta donde él se hallaba,
-al perro, que colgaba de su mano como un chacal ahogado. Con la mano
-izquierda empuñó el cuchillo y cortó la roja y peluda cola, arrojando
-al suelo, después, al _dhole_. No necesitaba hacer más que lo que había
-hecho. La manada no seguiría ya adelante, tras el rastro de Won-tolla,
-hasta entablar con Mowgli un duelo á muerte. Viólos éste sentarse
-formando círculos, y con un temblor en las ancas que significaba que
-allí iban á quedarse, por lo cual encaramóse á un sitio más alto donde
-se cruzaban dos ramas, y entre ellas colocó la espalda con toda
-comodidad, quedándose dormido.
-
-Despertóse, al cabo de tres ó cuatro horas, y contó los perros que
-había en la manada. Allí estaban aún todos, silenciosos, con aspecto
-feroz, secas las fauces y duro el mirar de sus ojos de acero. El sol
-comenzaba á hundirse en el horizonte. Dentro de media hora el Pueblo
-Diminuto, allá en las rocas, terminaría su labor, y, como queda dicho,
-los _dholes_ no pelean tan bien como en mitad del día á la hora del
-obscurecer.
-
---No necesitaba tan buenos vigilantes, dijo con irónica cortesía,
-poniéndose de pie sobre una rama; pero ya me acordaré de esto. Sois
-verdaderos _dholes_, pero, en mi opinión, demostráis todos demasiado
-celo. Por este motivo no le devuelvo su cola á ese gran devorador de
-lagartos. ¿No estás contento, perro jaro?
-
---Yo mismo seré quien te saque las tripas, aulló el que dirigía la
-manada, arañando al pie del árbol.
-
---No serás, y, en vez de hacer eso, piensa un poco, rata sabia del
-Dekkan. Ya verás, ahora, cuántas camadas va á haber de perrillos jaros
-que nacerán sin cola, sí, y con unos muñoncitos rojos en carne viva que
-les escocerán cuando la arena arda, calentada por el sol. Vuélvete á
-tu casa, perro jaro, y cuenta á voz en cuello que un mono te ha puesto
-como estás. ¿No quieres irte? ¡Pues ven conmigo, y yo te enseñaré á ser
-discreto!
-
-Saltó entonces Mowgli, al estilo de los _Bandar-log_, al árbol más
-próximo, de aquél al siguiente, y así al otro, y al de más allá,
-siguiéndole siempre los perros, con la cabeza levantada, hambrientos.
-De cuando en cuando fingía caerse, y todos los de la manada tropezaban,
-entonces, unos con otros, con la prisa que se daban para llegar al
-sitio donde podrían matarlo. Curioso era el espectáculo que ofrecían
-el muchacho saltando por las ramas más altas de los árboles, con el
-cuchillo brillándole á luz del sol, muy bajo ya, y la silenciosa
-manada de rojizo pelo, que parecía de fuego, apiñándose y siguiéndolo
-desde abajo. Al llegar al último árbol cogió los ajos que llevaba y se
-frotó con ellos el cuerpo cuidadosamente, mientras, al verlo, aullaban
-los _dholes_ con aire de desprecio.
-
---Mono que tienes lengua de lobo ¿crees que así vas á hacernos perder
-tu rastro? le dijeron. Te seguiremos hasta matarte.
-
---Tomad la cola, repuso Mowgli, arrojando hacia atrás lo que había
-cortado, mientras continuaba huyendo.
-
-Instintivamente lanzóse la manada sobre aquélla.
-
---Y ahora seguidme... hasta la muerte, añadió.
-
-Habíase ya deslizado desde el tronco de un árbol hasta el suelo,
-lanzándose, desnudos los pies y ligero como el viento, en dirección de
-las Rocas de las Abejas, antes de que los _dholes_ pudieran adivinar lo
-que iba á hacer.
-
-Lanzaron éstos un profundo aullido, y comenzaron á correr con aquel
-largo y pesado medio galope que acaba por rendir, al fin, á cuanto
-corra delante de ellos. Sabía Mowgli que su velocidad, cuando iban
-todos juntos en la manada, era muy inferior á la de los lobos, ó
-de lo contrario nunca se hubiera arriesgado á una carrera de media
-legua en campo abierto. Ellos, estaban seguros de que, al fin, se
-apoderarían del muchacho, y él lo estaba también de que ahora podría
-jugar con ellos como se le antojara. Todo su trabajo se reducía á
-mantenerlos suficientemente excitados para evitar que abandonaran su
-persecución antes de tiempo. Corría metódicamente, con paso igual y
-gran elasticidad en los miembros, llevando al jefe de la manada, sin
-cola, á unos cinco metros detrás de él, y á los demás siguiendo en un
-espacio de terreno que medía, tal vez, cuatrocientos, locos, ciegos
-de coraje todos los _dholes_, y con el ansia de matar. El muchacho
-conservóse siempre á parecida distancia valiéndose únicamente del oido
-para juzgarla, y reservando su último esfuerzo para cuando se lanzara
-por entre las Rocas de las Abejas.
-
-El Pueblo Diminuto se había entregado al sueño al comenzar la hora del
-crepúsculo, porque no era aquélla la estación de las flores que se
-abren tarde; pero en cuanto sonaron los primeros pasos de Mowgli sobre
-el suelo hueco, oyó tal ruido que no parecía sino que la tierra entera
-zumbara. Entonces corrió como nunca había corrido en su vida; dió un
-puntapié á uno de los montones de piedras... y luego á otro... y á
-otro... arrojándolos en las obscuras grietas de las que se desprendía
-un olor dulzón; oyó una especie de bramido semejante al del mar
-entrando en una caverna; mirando por el rabillo del ojo vió que el aire
-se obscurecía á su espalda; vió también la corriente del Wainganga allá
-abajo, y, sobre el agua, una cabeza chata de forma parecida á la de los
-diamantes; saltó en el vacío con toda su fuerza, sintiendo, mientras
-estaba en el aire, como el _dhole_ sin cola cerraba la boca tras de su
-hombro, queriendo morderle; y, al fin, cayó el muchacho sobre el río,
-de pie, en salvo ya, sin aliento y triunfante. Ni una picada tenía en
-el cuerpo, porque el olor del ajo había mantenido á distancia al Pueblo
-Diminuto durante los pocos segundos en que pasó por entre las abejas.
-
-Cuando surgió á la superficie del agua, los anillos de Kaa le sostenían
-y multitud de cosas caían desde el borde del acantilado: grandes
-montones, que eran, al parecer, abejas apiñadas, y descendían como
-plomos de sondas; pero antes de que cualquiera de aquellos montones
-tocara el agua, las abejas emprendían el vuelo hacia arriba, y el
-cuerpo de un _dhole_ caía dando vueltas sobre la corriente, que lo
-arrastraba. Allá, sobre su cabeza, oía furiosos y breves aullidos,
-ahogados pronto por una especie de bramido, como el del mar al romperse
-contra los escollos: era el inmenso rumor que producían las alas del
-Pueblo de las Rocas. Algunos de los _dholes_ habían caído hasta en las
-grandes grietas que comunicaban con las cavernas subterráneas, y allí,
-ahogándose, se peleaban y mordían rodeados de panales caídos, para, al
-fin, levantados, hasta cuando ya estaban muertos, por las ascendentes
-oleadas de abejas que había debajo de ellos, ir á parar á algún agujero
-frente al río, desde donde eran lanzados á los negros montones de
-basura. Otros de los _dholes_ habían saltado sobre los árboles que
-crecían en los acantilados, y las abejas cubrían sus cuerpos, borrando
-hasta los contornos de los mismos; pero la mayoría, locos por las
-picadas recibidas, se lanzaron al río, y, como Kaa había dicho, el
-Wainganga está siempre hambriento.
-
-Sostuvo Kaa á Mowgli fuertemente hasta que el muchacho hubo recobrado
-el aliento.
-
---Más vale que no nos quedemos aquí, dijo. El Pueblo Diminuto anda
-verdaderamente alborotado. ¡Ven!
-
-Nadando tan aplastado contra el agua como le era posible y
-zambulléndose con la mayor frecuencia, descendió Mowgli la corriente,
-cuchillo en mano.
-
---¡Despacio, despacio! díjole Kaa. Para matar á un centenar no basta
-un solo diente, como no sea el de una cobra, y muchos de los _dholes_
-se arrojaron, sin pérdida de tiempo, al agua cuando vieron que todo el
-Pueblo Diminuto echaba á volar.
-
---Pues con eso tendrá más trabajo mi cuchillo. _¡Fai!_ ¡Cómo nos siguen
-las abejas!
-
-Mowgli volvió á zambullirse. La superficie del agua estaba cubierta de
-aquéllas, que susurraban irritadas y picaban cuanto hallaban al paso.
-
---Nada se pierde nunca con guardar silencio, dijo Kaa (cuyas escamas no
-había aguijón que pudiera atravesar), y toda la noche tienes de tiempo
-para tu cacería. ¡Escucha como aullan!
-
-Casi la mitad de la manada se había dado cuenta á tiempo de la trampa
-en que sus compañeros acababan de caer, y volviéndose rápidamente á un
-lado había ido á arrojarse al agua donde la estrecha garganta formaba
-como unos ribazos. Sus gritos de rabia, sus amenazas contra el «mono
-de los bosques» que acababa de engañarles vergonzosamente llevándolos
-á aquel sitio, se confundían con los aullidos y el gruñir de los que
-habían sido picados por el Pueblo Diminuto. Quedarse en la ribera
-era entregarse á una muerte segura, y bien lo sabía cada uno de los
-_dholes_. Su manada iba río abajo, arrastrada por la corriente, hasta
-los profundos remansos de la Laguna de la Paz; pero, aun allí, las
-furiosas abejas la perseguían y la obligaban á volver á la corriente.
-Oía Mowgli la voz del jefe sin cola que animaba á los suyos y les decía
-que mataran á todos los lobos de Seeonee; mas no perdió el tiempo
-escuchándola.
-
---¡Alguien mata en la obscuridad, detrás de nosotros! ladró uno de los
-_dholes_. ¡La sangre tiñe el agua!
-
-Mowgli habíase zambullido avanzando al mismo tiempo, como si fuera
-una nutria, había arrastrado bajo el agua á uno de los _dholes_ antes
-de que tuviera tiempo ni de abrir la boca, y unos círculos obscuros
-surgieron á la superficie del agua al reaparecer el cuerpo dando media
-vuelta hacia un lado. Los _dholes_ habían probado de retroceder; pero
-la corriente se lo impedía; el Pueblo Diminuto seguía picándoles en la
-cabeza y en las orejas, y, además, allá en la obscuridad creciente,
-oían cada vez más fuerte el vocerío amenazador de la manada de Seeonee.
-Volvió Mowgli á zambullirse, y de nuevo otro _dhole_ fué á parar bajo
-el agua, surgiendo á la superficie muerto; de nuevo estalló el clamoreo
-entre los rezagados de la manada, aullando unos que más valía ganar
-la orilla; otros llamando á su jefe y pidiéndole que los volviera al
-Dekkan; otros, finalmente, desafiando á Mowgli á que se presentara,
-para matarlo.
-
---Esos vienen á la pelea con pensamientos diferentes y muchas voces
-que hablan á la vez. Lo que falta hacer corresponde á los de tu raza,
-allá abajo. El Pueblo Diminuto vuelve á irse á dormir. Ya nos han
-perseguido bastante lejos. Yo también me vuelvo, porque no soy de la
-misma clase que los lobos. ¡Buena suerte, Hermanito! y acuérdate de que
-los _dholes_ dirigen bajos sus mordiscos.
-
-Llegó un lobo corriendo en tres patas por la margen del río, ora
-saltando, ora poniendo de lado y aplastada contra el suelo la cabeza,
-ya encorvando la espalda, ya brincando á tanta altura como le era
-posible, ni más ni menos que si estuviera jugando con sus cachorros.
-Era Won-tolla, el solitario, y en silencio continuó su horrible juego
-persiguiendo á los _dholes_. Hacía ya rato que éstos estaban en el
-agua, y nadaban fatigados, pesándoles el mojado pelo, las gruesas
-colas colgando como esponjas, tan rendidos que también ellos guardaban
-silencio, mirando aquel par de ojos llameantes que se movían siempre
-frente á ellos.
-
---¡Eso no es cazar bien! dijo uno jadeando.
-
---¡Buena suerte! exclamó Mowgli, surgiendo del agua valerosamente
-al lado mismo de la fiera, clavándole su largo cuchillo detrás de
-un hombro y apretando cuanto pudo para evitar que en la agonía le
-mordiera.
-
---¿Estás ahí, Hombre-cachorro? dijo Won-tolla desde la orilla.
-
---Pregúntaselo á los muertos, solitario, contestó Mowgli. ¿No has visto
-bajar ninguno por el río? ¡Bien les he hecho morder el polvo á esos
-perros! Les he engañado en plena luz del día, y su jefe se ha quedado
-sin cola; pero aun tendrás algunos para entretenerte. ¿Hacia dónde
-quieres que les obligue á ir?
-
---Esperaré, dijo Won-tolla. Tengo aun toda la noche de tiempo.
-
-Cada vez se oían más cerca los ladridos de los lobos de Seeonee.
-
---¡Por la manada! ¡Por la manada en pleno lo hemos jurado!
-
-Y un recodo del río lanzó á los _dholes_ entre la arena y los bajíos
-que había frente á los Cubiles.
-
-Pronto notaron su error. Debieron haber saltado á tierra unos
-ochocientos metros más arriba y atacar á los lobos en terreno seco.
-Ahora era ya tarde para ello. La orilla estaba llena de ojos que
-parecían de fuego, y exceptuando el horrible _feeal_, que no se había
-interrumpido ni un momento desde la puesta del sol, no se oía el menor
-ruido en la Selva. Dijérase que Won-tolla no había estado haciendo otra
-cosa que atraerlos hacia aquel sitio para tomar tierra allí.
-
---¡Dad la vuelta y atacad! dijo el que dirigía á los _dholes_.
-
-La manada entera se lanzó á la playa, chapoteando por los bajíos hasta
-que toda la superficie del Wainganga se agitó y cubrió de blanca
-espuma, formando el agua círculos que iban de un lado á otro del río
-como al paso de un barco. Siguió Mowgli la embestida, acuchillando á
-los _dholes_ mientras corrían apiñados por la orilla como una ola.
-
-Entonces comenzó la gran lucha, ya levantándose, ya aplanándose, ya
-haciéndose pedazos unos á otros, por grupos ó diseminados, á lo largo
-de la roja, húmeda arena, por encima ó entre las enredadas raíces de
-los árboles, á través ó en medio de los matorrales, entrando y saliendo
-por los sitios que cubría la yerba, pues, hasta entonces, eran tantos
-los _dholes_, que se hallaban en la proporción de dos contra uno,
-comparados con los lobos. Pero éstos luchaban por cuanto constituía la
-razón de ser de la manada, y no eran ya, únicamente, los flacos y altos
-cazadores de otras veces, de pecho hundido y blancos colmillos, sino
-que á ellos se juntaban las _lahinis_ de mirada ansiosa (las lobas de
-cubil, como suelen llamarse), luchando por sus camadas, y acompañadas,
-de cuando en cuando, por algún lobo de un año, de piel lanosa aun,
-como que no había mudado el pelo, y que iba á su lado tirando y
-agarrándose de ellas. Un lobo (bien debéis saberlo) ataca arrojándose
-á la garganta ó mordiendo hacia los costados, mientras que un _dhole_
-procura, generalmente, morder en el vientre, de modo que cuando estos
-últimos peleaban fuera del agua, y tenían que levantar la cabeza para
-ello, los lobos llevaban ventaja. Sobre la tierra seca hallábanse,
-por el contrario, en condiciones de inferioridad; pero, fuera en el
-agua ó en la tierra, el cuchillo de Mowgli no descansaba un momento.
-_Los cuatro_ habíanse, al fin, abierto paso hasta llegar á su lado. El
-Hermano Gris, agachado entre las rodillas del muchacho, le amparaba los
-golpes dirigidos al vientre, mientras los demás le guardaban la espalda
-y los costados, ó le cubrían con su cuerpo cuando la sacudida de un
-_dhole_, que se había lanzado con toda su fuerza contra la resistente
-hoja del cuchillo, al saltar aullando le arrastraba al suelo en su
-caída. En cuanto á los demás que combatían no eran más que una masa
-desordenada y confusa, una apretada y ondulante multitud, que ora
-iba de derecha á izquierda, ora de izquierda á derecha, á lo largo de
-la orilla del río, ó bien giraba pausadamente, una y otra vez, sobre
-su propio centro. Aquí, se elevaba como una trinchera, se hinchaba
-como una burbuja de agua en un torbellino, y la burbuja se rompía y
-lanzaba al aire cuatro ó cinco perros heridos, cada uno de los cuales
-se esforzaba en volver al centro; allá, veíase á un lobo solo, vencido
-por dos ó tres _dholes_, y arrastrándoles hacia delante trabajosamente,
-cayéndose rendido con el esfuerzo; más allá, un cachorro de un año
-quedaba sostenido en el aire por la presión de los que le rodeaban,
-aunque rato hacía que estaba muerto, mientras su madre, loca de coraje,
-silenciosa, pasaba y volvía á pasar, mordiendo siempre; y, en medio
-de la pelea, sucedía, tal vez, que un lobo y un _dhole_, olvidándose
-de todos los demás, se preparaban hábilmente para ver quién sería el
-primero en morder, hasta que, de pronto, un verdadero torbellino de
-furiosos combatientes se los llevaba á ambos. Una vez, pasó Mowgli
-junto á Akela, que llevaba á cada lado un _dhole_ y apretaba en aquel
-momento las quijadas, casi sin dientes ya, sobre los ijares de un
-tercero; otra vez, vió á Fao con los dientes clavados en la garganta
-de un _dhole_, arrastrándolo por fuerza hacia delante, hasta llevarlo
-á donde los lobos de un año pudieran acabar con él. Pero lo principal
-de la lucha no era más que ciega confusión y un continuo ahogarse en
-medio de la obscuridad; dar golpes, pernear, caerse, ladrar, gruñir y
-mucho morder y desgarrar en torno suyo y por todos lados. Al avanzar
-la noche, el rápido é insoportable movimiento giratorio aumentó aún.
-Los _dholes_, acobardados, no se atrevían á atacar á los lobos, más
-fuertes que ellos; pero tampoco se atrevían á huir. Adivinó Mowgli que
-la pelea tocaba á su fin, y contentóse ya no más que con herir, para
-dejar inutilizadas á sus víctimas. Los lobos de un año iban haciéndose
-más atrevidos á cada momento; de cuando en cuando era ya posible tomar
-algún respiro, hablar con el compañero que estaba al lado, y el solo
-brillar del cuchillo bastaba á veces para hacer retroceder á alguno de
-los perros.
-
---Casi no falta más que el hueso por roer, gritó el Hermano Gris, que
-iba manando sangre por veinte heridas á la vez.
-
---Pero hay que roerlo, contestó Mowgli. _¡Eowawa!_ ¡Así hacemos las
-cosas en la Selva!
-
-Y al decir esto, la ensangrentada hoja del cuchillo, brillando como
-una llama, fué á hundirse en los ijares de un _dhole_ cuyos cuartos
-posteriores quedaban ocultos por el cuerpo de un lobo que lo tenía
-agarrado.
-
---¡Es mi presa! gruñó el lobo arrugando la nariz. ¡Déjamelo!
-
---¿Tienes aún vacío el vientre, solitario? preguntóle Mowgli.
-
-Won-tolla estaba tan lleno de heridas que su aspecto horrorizaba, pero,
-así y todo, tenía como paralizado al _dhole_ bajo sus garras, y éste no
-podía volverse para morderle.
-
---¡Por el toro que me rescató! dijo Mowgli con amarga sonrisa. ¡Si es
-el rabón!
-
-Y, en efecto, era el perro de color bayo que dirigía la manada.
-
---No es discreto el matar cachorros y _lahinis_ (dijo Mowgli
-filosóficamente y enjugándose la sangre que le cubría los ojos), como
-no sea que uno haya matado también al solitario; y mucho me parece que
-esta vez va á ser Won-tolla quien te mate á tí.
-
-Acudió en aquel momento un perro en ayuda de su jefe; pero, antes de
-que hubiera clavado los dientes en el costado de Won-tolla, el cuchillo
-de Mowgli se había clavado en su garganta, y el Hermano Gris se
-encargó de rematarlo.
-
---Así es como hacemos las cosas en la Selva, repitió Mowgli.
-
-Won-tolla nada dijo: únicamente sus quijadas fueron apretándose cada
-vez más sobre el espinazo del _dhole_, al paso que su propia vida
-tocaba á su fin. Estremecióse el perro, inclinó la cabeza y quedó
-tendido, inmóvil, mientras el mismo Won-tolla caía también sobre su
-cuerpo.
-
---_¡Huh!_ La deuda de sangre queda ya pagada, dijo Mowgli. Canta la
-canción, Won-tolla.
-
---No cazará ya más, observó el Hermano Gris. Ni Akela tampoco,
-continuó, porque hace mucho rato que guarda silencio.
-
---¡Hemos roído ya el hueso! gritó con voz de trueno Fao, el hijo de
-Faona. ¡Ya huyen! ¡Matadlos, exterminadlos á todos, cazadores del
-Pueblo Libre!
-
-Uno tras otro, iban retirándose paulatinamente los _dholes_ de aquella
-obscura y ensangrentada arena hacia el río, hacia la espesa Selva,
-corriente arriba ó corriente abajo, según donde hallaban despejado el
-camino.
-
---¡La deuda! ¡La deuda! gritó Mowgli. ¡Hay que hacérsela pagar! ¡Han
-asesinado al solitario! ¡No dejéis escapar ni á uno con vida!
-
-Corría como una exhalación hacia el río, cuchillo en mano, para detener
-á cualquiera de los perros jaros que intentara arrojarse al agua,
-cuando, bajo un montón de nueve cadáveres, vió surgir la cabeza y los
-cuartos anteriores de Akela. Mowgli dejóse caer de rodillas al lado del
-lobo.
-
---¿No te dije que ésta sería mi última lucha? dijo Akela jadeando. La
-cacería ha sido buena... ¿Y tú, Hermanito?
-
---Yo estoy vivo, y he matado á muchos.
-
---¡Bien! Yo me muero y... y quisiera morir á tu lado, Hermanito.
-
-Cogió Mowgli la cabeza, llena de horrorosas heridas, colocóla sobre sus
-rodillas y le echó al animal los brazos al cuello, desgarrado también.
-
---¡Cuánto tiempo ha pasado desde aquéllos en que vivía Shere Khan y en
-que un Hombre-cachorro se revolcaba desnudo por el polvo!
-
---¡No! ¡No! Yo soy un lobo. Yo soy de la misma raza que el Pueblo
-Libre, dijo Mowgli llorando. ¡No quiero ser un hombre!
-
---Un hombre eres, Hermanito, lobato á quien he vigilado. Eres un
-hombre, ó de lo contrario la manada hubiera huído frente á los
-_dholes_. Te debo la vida, y hoy nos has salvado á todos, de igual
-suerte que yo te salvé á tí. ¿Lo has olvidado? Todas las deudas quedan
-ya satisfechas. Vete con tu propia gente. Te repito, luz de mis ojos,
-que la cacería ha terminado. Vuélvete á donde están los tuyos.
-
---No iré nunca. Cazaré solo en la Selva. Ya lo he dicho.
-
---Tras el verano vienen las lluvias, y tras las lluvias la primavera.
-Vuélvete antes de que te veas obligado á hacerlo.
-
---¿Y quién me obligará?
-
---Mowgli mismo obligará á Mowgli.
-
---Pues cuando Mowgli sea quien obligue á Mowgli á marcharse entonces me
-iré, contestó el muchacho.
-
---Nada más tengo que decirte respecto á esto, continuó Akela.
-Hermanito, ¿no podrías levantarme y ponerme en pie? También yo fuí jefe
-del Pueblo Libre.
-
-Con el mayor cuidado y muy suavemente levantó y apartó Mowgli los
-cuerpos amontonados, puso en pie á Akela, abrazándolo, y el Lobo
-Solitario resolló con fuerza y comenzó á cantar la Canción de la
-Muerte que todo jefe de manada debe cantar al morir. Fué adquiriendo
-mayor fuerza por momentos, elevándose, elevándose, resonando á través
-del río, hasta llegar al grito final de: _¡Buena suerte!_ Entonces,
-arrancóse Akela por un instante de los brazos de Mowgli, y, saltando en
-el aire, cayó de espalda sobre su postrera y más temible víctima.
-
-Sentóse Mowgli con la cabeza entre las rodillas, sin prestar atención á
-otra cosa alguna, mientras los rezagados de los _dholes_ que huían eran
-perseguidos y destrozados por las implacables _lahinis_. Poco á poco,
-fueron cesando los gritos y los lobos volvieron cojeando, porque sus
-heridas les molestaban más y más por momentos, para hacerse cargo de
-las bajas que habían tenido. Quince de los de la manada y media docena
-de _lahinis_ quedaban muertos junto al río, y de los restantes ni uno
-estaba ileso. Mowgli quedóse allí sentado hasta la hora del alba,
-cuando el húmedo y enrojecido hocico de Fao fué á ponerse sobre una de
-sus manos, y entonces apartóse el muchacho para mostrarle el demacrado
-cuerpo de Akela.
-
---¡Buena suerte! dijo Fao, como si Akela estuviera aun vivo, y luego,
-hablando á los otros por encima del hombro ensangrentado, gritó:
-
---¡Aullad, perros! ¡Esta noche ha muerto un Lobo!
-
-Pero de toda la manada de doscientos _dholes_ aptos para la lucha, que
-se vanagloriaban de ser dueños de todas las Selvas y de que no había
-ser viviente que pudiera batirse con ellos, ni uno volvió al Dekkan
-para repetir las palabras de Fao.
-
- [Ilustración]
-
-
- =La canción de Chil=
-
-(Ésta es la canción que entonó Chil cuando los milanos fueron
-descendiendo uno tras otro al cauce del río, una vez terminada la gran
-lucha. Chil es amigo de todo el mundo, pero su corazón es un pedazo de
-hielo, porque sabe que casi todos en la Selva van á parar á él un día ú
-otro).
-
- Mis compañeros eran y frente á mí corrían
- (frente á Chil, el milano);
- mas hoy sobre sus cuerpos resuenan mis silbidos,
- pues todo ha terminado.
-
- Como vanguardias mías, donde botín hubiera
- solían avisármelo,
- y allá desde las nubes también yo les mostraba
- los escondidos gamos.
-
- Mas ya han enmudecido mis viejos compañeros
- y todo ha terminado.
- ..........................................
- Los que de la manada eran los viejos guías
- (frente á Chil, el milano),
- los que al _sambhur_ ligero acorralar lograban
- (vanguardias que he mandado),
- los que explorar solían, los otros, perezosos,
- y siempre rezagados,
- no cazarán ya juntos, no seguirán más pistas:
- aquí termina el rastro.
- .........................................
- Mis compañeros eran y frente á mí corrían
- (frente á Chil, el milano).
- ¡Han muerto! En su alabanza se elevan mis canciones,
- memorias del pasado.
-
- Montones de cadáveres son sólo mis amigos;
- abierta está su boca, los ojos ya vaciados;
- y cúbrelos la sangre... y todo aquí termina...
- ¡van á quedar los míos, con tanta carne, hartos!
-
- [Ilustración]
-
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- CORRETEOS PRIMAVERALES
-
- ¡El Hombre vuelve al Hombre! Decídselo á la Selva:
- el que era nuestro hermano de nuevo va á partir.
- ¿Quién puede detenerle ni quién tras de sus pasos
- irá, si parte al fin?
-
- ¡El Hombre vuelve al Hombre! Las lágrimas le ahogan
- y en nuestra compañía no puede ya vivir.
- ¡El Hombre vuelve al Hombre! ¡Y tanto que nosotros
- le amábamos!... Seguirle no es ya posible allí.
-
-
-Diez y siete años debía de tener Mowgli al cumplirse dos después de
-la gran lucha contra los perros jaros y de la muerte de Akela. Alguna
-más edad representaba, porque el rudo ejercicio, los buenos alimentos,
-y los baños, siempre que el calor ó el polvo le molestaban, habíanle
-dado fuerzas y desarrollo superiores á su edad. Podía balancearse, sin
-parar, durante media hora, colgando de una rama sostenido sólo por una
-mano, cuando se le antojaba curiosear por entre los árboles. No le era
-difícil parar á un gamo en su carrera y tumbarlo, cogiéndolo por la
-cabeza. Se atrevía á voltear hasta á los grandes y feroces jabalíes
-azulados que viven en los Pantanos del Norte. El Pueblo de la Selva,
-que solía temerle antes por su ingenio, le temía ahora por su fuerza, y
-cuando andaba él ocupado en sus correrías silenciosas, el mero rumor de
-que se acercaba era suficiente para dejar despejados todos los senderos
-del bosque. Y, sin embargo, sus ojos miraban siempre bondadosamente.
-Hasta en plena lucha no despedían nunca aquellas llamaradas de los
-de Bagheera. Habíanse vuelto tan sólo más atentos y mostraban mayor
-excitación, siendo esto, precisamente, una de las cosas que la pantera
-no llegaba á entender.
-
-Hízole alguna pregunta acerca de ello, y el muchacho se rió,
-contestando:
-
---Al errar un golpe me incomodo; cuando me ocurre tener que estar un
-par de días sin comer me incomodo aun más. ¿No se me ve, entonces, en
-los ojos el malhumor?
-
---Tu boca puede sentir hambre, repuso Bagheera, pero tus ojos no lo
-revelan. Cazando, comiendo ó nadando, siempre están lo mismo... como
-las piedras, tanto si hay sequía como si llueve.
-
-Miróla Mowgli con aire perezoso á través de sus largas pestañas, y,
-como de costumbre, bajó la pantera la cabeza. Bagheera sabía que aquel
-era su amo.
-
-Estaban los dos solos, tendidos cerca de la cumbre de una colina que
-dominaba al río Wainganga, y la niebla matutina se veía allá abajo,
-á sus pies, colgando en tiras blancas y verdes. Al elevarse por el
-horizonte cambióse en burbujantes mares de un color rojo dorado, se
-deshizo, y dejó paso á los rayos, que fueron á trazar luminosas franjas
-sobre la yerba seca en el sitio en que Mowgli y Bagheera estaban
-recostados. La estación fría tocaba entonces á su fin; las hojas y
-los árboles parecían gastados y marchitos, y, al soplar el viento,
-oíase un rumor seco y un tic-tac por todas partes. Una hojilla comenzó
-á golpear furiosamente contra una rama, como suele hacer toda hoja
-agitada por una corriente de aire. Á Bagheera logró despabilarla,
-porque se puso á olfatear el aire matinal con profundo y cavernoso
-ronquido, tendióse de espaldas, y con las patas delanteras golpeó
-también la hojilla que se movía sobre su cabeza.
-
---El año va á cambiar, dijo. La Selva avanza. La época del _Nuevo
-Lenguaje_ se acerca. Esa hojuela lo sabe. ¡Qué bien!
-
---La yerba está seca, contestó Mowgli, arrancando un puñado. Hasta
-los _ojos de primavera_ (que son unas flores rojas, como de cera, en
-forma de trompetillas, y que crecen entre la yerba), hasta los _ojos de
-primavera_ no se han abierto aún, y... Oye Bagheera ¿te parece que está
-bien que la pantera negra esté echada así de espaldas, y se entretenga
-en dar manotazos en el aire como si fuera un gato montés?
-
---_¡Aoh!_ se limitó á decir Bagheera, que parecía distraída.
-
---Digo que si te parece que esté bien que la pantera negra se
-entretenga en abrir la boca, y dar ronquidos, y aullar, y revolcarse.
-Acuérdate de que tú y yo somos los amos de la Selva.
-
---Sí, es verdad. Ya te escucho, Hombre-cachorro.
-
-Dió media vuelta Bagheera rápidamente y se sentó, cubiertos de polvo
-los raídos y negros ijares. (Estaba entonces mudando la piel del
-invierno).
-
---¡Seguramente que somos los amos de la Selva! continuó. ¿Quién hay que
-sea tan fuerte como Mowgli? ¿Quién que sepa tanto como él?
-
-Había en la voz con que lo dijo un modo especial de arrastrar las
-palabras que hizo á Mowgli volverse para ver si había querido la
-pantera burlarse de él, porque la Selva está llena de vocablos que
-suenan de muy distinto modo de lo que significan.
-
---He dicho que sin ningún género de duda somos los amos de la Selva,
-repitió Bagheera. ¿He hecho mal? No sabía que el Hombre-cachorro no se
-echaba ya sobre la tierra. ¿Qué hace, pues? ¿Vuela?
-
-Sentóse Mowgli con los codos apoyados sobre las rodillas, mirando
-á través del valle, á lo lejos, la luz del día. En algún rincón de
-los bosques que se veían en lo hondo, un pájaro ensayaba con ronca
-y aflautada voz las primeras notas de su canción primaveral. No era
-aquello más que una sombra del torrente de armonías que lanzaría más
-tarde; pero no escapó al oído de Bagheera.
-
---Dije que la época del _Nuevo Lenguaje_ está cerca, gruñó la pantera,
-azotándose los ijares con la cola.
-
---Ya lo oigo, contestó Mowgli. Pero, Bagheera, ¿por qué te tiembla todo
-el cuerpo? El sol quema.
-
---Este es Ferao, el picamaderos de color escarlata, dijo Bagheera. Lo
-que es él no ha olvidado nada. Ahora, también á mí me toca probar si me
-acuerdo de mi canción. Al decirlo comenzó á producir un susurro como
-de gato y á berrear, escuchándose á sí misma, una y otra vez, con aire
-poco satisfecho.
-
---No hay ninguna pieza de caza á la vista, dijo Mowgli.
-
---Pero, Hermanito ¿estás completamente sordo? Esto no es un grito de
-caza, sino mi canción, que estoy ensayando para cuando la necesite.
-
---Se me había olvidado. Yo sabré cuándo llega la época del _Lenguaje
-Nuevo_, porque, entonces, tú y los otros me abandonaréis todos y os
-escaparéis. Dijo esto Mowgli con visible malhumor.
-
---Pero no siempre, Hermanito, repuso Bagheera... La verdad es que no
-siempre...
-
---Te digo que sí, contestó Mowgli con imperativo gesto de cólera. Os
-escapáis, y yo, que soy el dueño de la Selva, tengo que pasearme solo.
-¿Qué ocurrió en la última estación, cuando quería yo recoger cañas
-de azúcar en los campos de una de las _manadas_ de hombres? Mandé un
-mensajero... ¡te mandé á tí!... á hablar con Hathi, diciéndole que
-viniera tal noche y que me arrancara con su trompa algunas de aquellas
-yerbas dulces...
-
---Sólo tardó en llegar dos noches más de lo que tú querías, dijo
-Bagheera, agachándose un poco, con miedo; y de aquella larga y dulce
-yerba que tanto te gustaba cogió mucha más cantidad de lo que cualquier
-Hombre-cachorro podría comer durante todas las noches de la temporada
-de lluvias. No tuve yo la culpa de aquello.
-
---No vino la noche que yo le dije. No, estaba ocupado trompeteando,
-corriendo, dando bramidos por los valles, á la luz de la luna. Su
-rastro era como el que dejan tres elefantes juntos, porque no se
-escondía, entonces, entre los árboles. Bailaba frente á las casas de la
-manada de los hombres. Yo le ví, y, á pesar de todo, no quiso venir á
-donde yo estaba... ¡y yo soy el amo de la Selva!
-
---Era aquélla la época del _Lenguaje Nuevo_, dijo la pantera, muy
-humilde siempre. Tal vez, Hermanito, no empleaste entonces, para
-llamarle, ninguna palabra mágica. ¡Escucha á Ferao, y diviértete!
-
-El malhumor de Mowgli parecía haberse evaporado ya. Acostóse con la
-cabeza apoyada sobre los brazos, cerrados los ojos.
-
---No sé... ni me importa averiguarlo, dijo soñoliento. Durmamos,
-Bagheera. ¡Siento una cosa en el pecho! Déjame reclinar la cabeza
-contra tu cuerpo.
-
-Echóse la pantera, de nuevo, dando un suspiro, porque oía á Ferao
-ensayando una y otra vez su canción para la época de primavera, ó del
-_Lenguaje Nuevo_, como ellos dicen.
-
-En las selvas indias, las estaciones se deslizan pasando de una á otra
-casi sin que se note separación entre ellas. No parece haber más que
-dos: la húmeda y la seca; pero mirando atentamente, por debajo de los
-torrentes de lluvia, y de las nubes de polvo, y de cosas carbonizadas,
-notaréis que las cuatro van sucediéndose según el ciclo acostumbrado.
-La primavera es la más admirable, porque no tiene que cubrir de
-hojas nuevas y de flores un campo limpio y desnudo, sino llevarse y
-arrinconar los montones de cosas medio verdes que sobreviven y cuelgan
-aún, respetadas por el suave invierno, y hacer, de paso, que la tierra
-envejecida vuelva á sentirse nueva y joven una vez más. Y esto, de tal
-modo lo hace que no existe en el mundo primavera que pueda compararse
-con la de la Selva.
-
-Hay un día en que todas las cosas parecen fatigadas, y hasta los mismos
-olores, al elevarse por el pesado aire, dijérase que han envejecido,
-que están ya harto usados. Es una sensación inexplicable, pero que se
-experimenta. Luego, llega otro día (y es de advertir que para la vista
-nada ha cambiado) en que todos los olores son nuevos y deliciosos, y,
-al sentirlos, al Pueblo de la Selva le tiemblan los bigotes hasta las
-mismas raíces, comenzando á caérsele de los ijares el pelo del invierno
-en largos y sucios mechones. Entonces, si por casualidad llueve un
-poco, todos los árboles y matorrales, todos los bambúes, y musgos, y
-plantas de hojas jugosas, despiertan de sus sueños con unos rumores y
-un desarrollo súbito que casi podría decirse que se les oye crecer, y
-por debajo de todo esto corre día y noche otro rumor, una especie de
-profundo zumbido. Es el susurro de la primavera: algo que vibra en el
-aire, y que no es ruido de abejas, ni de agua que cae, ni de viento en
-las copas de los árboles, sino la especie de arrullo del mundo que se
-siente feliz.
-
-Hasta aquel año Mowgli había disfrutado siempre con el cambio de las
-estaciones. El era, generalmente, el que antes que nadie veía el primer
-_ojo de primavera_ escondido entre la yerba, y la primera aglomeración
-de nubes primaverales, que son características en la Selva. Su voz
-podía oirse en todas partes, en los sitios húmedos, donde brillaban las
-estrellas, donde hubiera algo que floreciera, uniéndose al coro de las
-ranas, ó imitando á los buhos pequeños que graznan, haciendo las cosas
-al revés, durante las noches claras. Como todos los suyos, escogía
-para sus correrías la estación primaveral, yendo de un sitio á otro
-por el mero placer de ir corriendo y de sentir el aire tibio durante
-ocho, diez, ó más leguas, entre la hora del crepúsculo y la del alba,
-volviendo luego jadeante, sonriente y coronado de extrañas flores. _Los
-cuatro_ no le seguían en sus salvajes correrías por la Selva, sino que
-iban á cantar sus canciones con los otros lobos. El Pueblo de la Selva
-suele estar muy ocupado en la primavera, y Mowgli le oía gruñir, gritar
-ó silbar según la especie á que pertenecían sus individuos. Su voz es
-en aquella época diferente de lo que suele ser en otras, y ésta es una
-de las razones que existen para que en la Selva se llame la primavera
-la época del _Lenguaje Nuevo_.
-
-Pero en aquella ocasión, según Mowgli le dijo á Bagheera, _su pecho_
-había cambiado. Desde que los brotes del bambú habían adquirido un
-color moreno, lleno de manchas, que estaba él esperando que llegara la
-mañana en que cambiaran todos los olores. Pero cuando esa mañana llegó,
-y Mor, el pavo real, resplandeciente en sus luminosos colores bronce,
-azul y oro, lanzó su agudo grito desde los bosques, y Mowgli abrió la
-boca para contestar con otro suyo, las palabras se le quedaron entre
-los dientes, y experimentó una sensación que empezó en los dedos de
-los pies y acabó en el cabello... una sensación de malestar, de tan
-hondo aplanamiento, que se examinó cuidadosamente para asegurarse de
-que no había pisado ninguna espina. Dió Mor el grito que señalaba los
-nuevos olores, repitiéronlo las demás aves, y allá por las rocas del
-Wainganga oyó el muchacho resonar el ronco grito de Bagheera, algo
-que participaba del del águila y del relincho del caballo. En las
-ramas cubiertas de retoños, situadas sobre la cabeza de Mowgli, hubo
-chillidos y fugas de _Bandar-log_, mientras él se quedaba allí de pie,
-lleno del deseo de contestar á Mor, y no haciendo más que prorrumpir en
-sollozos que el sentimiento de su infelicidad le arrancaba.
-
-Tendía en torno suyo la mirada, pero nada más veía que los burlones
-_Bandar-log_ correteando por entre los árboles y Mor haciendo la rueda,
-brillando en todo su esplendor, allá abajo, en los declives.
-
---¡Los olores han cambiado! gritaba Mor. ¡Buena suerte, Hermanito! ¿Por
-qué no contestas?
-
---¡Hermanito, buena suerte! silbaron Chil, el milano, y su compañera,
-descendiendo juntos por el aire en rápido vuelo. Ambos pasaron tan
-cerca de Mowgli que, al rozar con él, algo de suave y blanco plumón se
-desprendió de sus alas.
-
-Ligera lluvia primaveral (lluvia de elefante, como ellos dicen allí)
-pasó á través de la Selva, formando una faja de más de medio kilómetro
-de ancho, dejó tras de sí mojadas las hojas y moviéndose, y, al fin,
-terminó con un doble arco iris y algunos truenos. El zumbido especial
-de la primavera rompió todo freno por un momento y después quedó en
-silencio; pero todos los habitantes de la Selva parecían gritar á la
-vez. Sólo faltaba que á ellos se sumara Mowgli.
-
---He comido buenos alimentos, dijo éste entre sí, y buena agua he
-bebido. No arde mi garganta ni parece cerrarse, como cuando mordí la
-raíz de manchas azuladas que Oo, la tortuga, me dijo que era alimento
-sano. Pero siento el pecho oprimido, y he hablado con violencia á
-Bagheera y á otros, á los de la Selva, en general, y á los míos. Por
-otra parte, ya siento calor, ya frío, ó bien ni calor ni frío, pero
-malhumor contra algo que no acierto á ver. _¡Huhu!_ ¡Hora es ya de
-correr! Esta noche atravesaré los campos; sí, emprenderé mi carrera
-primaveral á los Pantanos del Norte, y volveré aquí otra vez. Hace
-demasiado tiempo que cazo con harta comodidad. _Los cuatro_ vendrán
-conmigo, porque se están poniendo gordos como gorgojos.
-
-Llamólos entonces, pero ninguno de los cuatro le contestó. Hallábanse
-donde no podían oirle, cantando las canciones de primavera (las de la
-Luna y del _Sambhur_) con los lobos de la manada; porque en la estación
-primaveral el Pueblo de la Selva no halla, apenas, diferencia entre
-el día y la noche. Dió el agudo grito semejante á un ladrido, pero la
-única contestación que obtuvo fué el burlón _miau_ del pequeño gato
-montés moteado, que se arrastraba tortuosamente por entre las ramas,
-buscando nidos tempranos. Al oirlo tembló de coraje y echó mano al
-cuchillo. Luego adoptó un continente altivo, aunque nadie había allí
-que pudiera verlo, y bajó á grandes pasos y muy serio por la falda de
-la colina, alta la barbilla y fruncidas las cejas. Pero ni uno de los
-suyos le hizo la menor pregunta, porque harto ocupados estaban todos
-con sus propios asuntos.
-
---Sí, dijo entre sí Mowgli, aunque en el fondo de su pecho bien
-veía que no tenía razón: que vengan del Dekkan los perros jaros, ó
-que se agite la Flor Roja entre los bambúes, y toda la Selva corre
-lloriqueando á precipitarse á los pies de Mowgli, dándole grandes
-calificativos como si fuera un elefante. Pero ahora, porque los _ojos
-de primavera_ se han vuelto rojos, y á Mor se le ocurre enseñar las
-desnudas piernas en sus danzas de primavera, la Selva se vuelve loca,
-como Tabaqui... ¡Por el toro que me rescató! ¿Soy ó no soy el amo de la
-Selva? ¡Silencio! ¿Qué es lo que hacéis ahí?
-
-Por uno de los senderos descendían corriendo dos lobos jóvenes
-pertenecientes á la manada, buscando campo abierto en que poder luchar.
-(Ya recordaréis que la Ley de la Selva prohibe el pelearse donde
-pueda verlo el resto de la manada). Tenían los pelos del pescuezo
-erizados, como si fueran alambres, y ladraban furiosamente, acercándose
-agachados uno á otro, prontos á dar la primera acometida. Dió Mowgli
-un salto hacia delante y cogió con cada mano uno de aquellos estirados
-pescuezos, creyendo poder lanzar hacia atrás ambos animales, como había
-hecho muy á menudo en juegos ó cacerías de la manada. Pero nunca había
-tenido que intervenir en ninguna de las luchas de primavera. Ambos
-saltaron hacia delante y lo echaron al suelo, después de lo cual, y
-sin perder tiempo en decir nada, se agarraron, y así fueron rodando y
-rodando.
-
-Casi antes de llegar al suelo estaba ya Mowgli de pie, desnudo el
-cuchillo, enseñando los dientes, y deseando en aquel momento matarlos á
-uno y otro, nada más que por luchar cuando él quería que se estuvieran
-quietos, aunque según la Ley, todo lobo tiene el indiscutible derecho
-de pelearse. Dió vueltas en torno de los dos, encogidos los hombros,
-temblorosa la mano, preparándose á darles de cuchilladas cuando hubiera
-pasado la primera furia del ataque; pero, esperando, sus fuerzas
-parecieron abandonarle, la punta del cuchillo fué bajándose, y acabó
-por volverlo á la vaina y quedarse mirando.
-
---No hay duda que he comido algo que es veneno, dijo, al fin,
-suspirando. Desde que interrumpí el Consejo con la Flor Roja... desde
-que maté á Shere Khan... ni uno sólo de los de la manada era capaz de
-echarme al suelo. ¡Y éstos no son más que zagueros de la manada...
-cazadores sin importancia! He perdido la fuerza, y no tardaré en
-morirme. ¡Ah! ¿Por qué, Mowgli, no los matas á los dos?
-
-Continuó la lucha hasta que uno de ambos lobos huyó, y el muchacho se
-quedó solo, sobre aquella tierra removida y ensangrentada, mirando
-ora su cuchillo, ora sus piernas y brazos, mientras la sensación
-de profundo aplanamiento, de honda infelicidad que jamás había
-experimentado hasta entonces, pesaba sobre él como el agua pesa sobre
-un leño que cubre.
-
-Cazó temprano aquella noche y no comió más que un poco, á fin de
-hallarse en disposición de emprender su carrera primaveral, comiendo
-ese poco él solo, porque todo el Pueblo de la Selva se hallaba lejos,
-cantando ó luchando unos con otros. La noche, magnífica, era una de
-aquéllas que ellos llaman blancas. Todas las plantas parecían haber
-crecido tanto desde la mañana como si hubiera ya transcurrido un
-mes. La rama que el día antes mostraba hojas amarillas dejaba correr
-ahora la savia al romperla Mowgli. Los musgos se enroscaban tibios y
-mullidos, por encima de sus pies; la yerba nueva no cortaba aún al
-tocarla, y todas las voces de la Selva resonaban como una sola cuerda
-de arpa que la luna pulsara... la Luna de la temporada del _Lenguaje
-Nuevo_, que lanzaba de lleno su luz sobre las rocas y las lagunas, la
-deslizaba entre los troncos y las enredaderas, y la filtraba á través
-de millones de hojas. Olvidándose de lo desdichado que le parecía
-ser, Mowgli cantaba en alta voz con el más puro júbilo al emprender su
-carrera. Tenía ésta, más bien, algo del vuelo, porque había él escogido
-como punto de partida la larga y rápida pendiente que conduce á los
-Pantanos del Norte, atravesando por el corazón de la Selva, donde el
-terreno, verdaderamente elástico, por la yerba, amortiguaba el ruido
-de sus pasos. Un hombre que hubiera sido educado entre los hombres
-habría tenido en su camino no pocos tropiezos, engañado por la vaga luz
-de la luna; pero los músculos de Mowgli, adiestrados ya por los años
-de experiencia que tenía, le sostuvieron con la misma facilidad que
-si fuera una pluma. Cuando algún leño podrido ó una piedra escondida
-se torcían bajo sus plantas, él seguía adelante como si tal cosa, sin
-moderar su velocidad, sin el menor esfuerzo, ni preocuparse lo más
-mínimo. Cuando estaba cansado de caminar por el suelo echaba al aire
-las manos, asiéndose como un mono de algunas de las enredaderas más
-próximas, y parecía flotar, más bien que encaramarse, llegando hasta
-las más delgadas ramas de los árboles, desde donde seguía alguno de
-los _caminos arbóreos_, hasta que cambiaba de idea y se lanzaba al
-suelo otra vez, describiendo una larga curva. Había sitios silenciosos,
-cálidos y profundos, rodeados de húmedas rocas, donde casi no podía
-respirar por los fuertes olores que se desprendían de las flores
-nocturnas y de los capullos de las enredaderas; obscuras avenidas en
-que la luz de la luna formaba sobre el suelo brillantes fajas, puestas
-con la misma regularidad que si fueran piezas de mármol colocadas en
-la nave de una iglesia; espesos y húmedos matorrales en que los nuevos
-brotes le llegaban al pecho y parecían echarle los brazos alrededor
-de la cintura; cimas de montaña coronadas de rocas hechas pedazos,
-donde saltaba de piedra en piedra por encima de las zorreras en que
-las raposas pequeñas se ocultaban asustadas. Oía, á veces, muy débil y
-lejano, el _chug-drug_, el ruido, de un jabalí afilando sus colmillos
-contra un tronco, y se encontraba con el enorme animal arañando y
-arrancando la corteza de un altísimo árbol, llena de espumarajos la
-boca y echando llamas los ojos. O bien se desviaba algo al oir un ruido
-de cuernos chocando y silbantes gruñidos, y pasaba como una exhalación
-por delante de un par de _sambhurs_ enfurecidos que se movían como
-vacilantes, baja la cabeza, cubiertos de rayas de sangre que á la luz
-de la luna parecían negras. Finalmente, en algún vado oía á Jacala,
-el cocodrilo, dando bramidos como un buey, ó separaba á una pareja
-perteneciente al Pueblo venenoso; pero antes de que pudieran picarle
-estaba ya lejos, cruzando por los brillantes guijarros, y se internaba
-de nuevo en la Selva.
-
-Así fué corriendo, unas veces gritando, otras cantando, sintiéndose ya
-entonces el más feliz de cuantos seres viven allí, hasta que, al fin,
-el olor de las flores le indicó que se hallaba cerca de los pantanos,
-y éstos estaban mucho más lejos de los límites de su acostumbrado
-cazadero.
-
-Aquí, también, cualquier hombre entre los hombres educado habríase
-hundido hasta el cuello á los tres pasos; pero dijérase que Mowgli
-tenía ojos en los pies y que aquéllos lo llevaban de mata en mata
-movediza, vacilante, sin necesidad de pedir auxilio á los ojos de la
-cara. Corrió hacia el centro de la ciénaga, asustando á los patos
-al pasar, y se sentó sobre un tronco de árbol cubierto de musgo y
-caído sobre el agua negruzca. Todos los moradores del pantano estaban
-despiertos en torno suyo, porque en la Primavera el Pueblo de los
-pájaros tiene muy ligero el sueño, y así toda la noche estuvieron
-yendo de un lado á otro en gran número. Pero ninguno de ellos hizo
-el menor caso de Mowgli que, sentado entre las altas cañas, susurraba
-canciones sin palabras y se miraba las plantas de los pies, morenos y
-endurecidos, para ver si le había quedado clavada allí alguna espina.
-Toda su infelicidad parecía haberla dejado atrás, en la Selva; pero
-comenzaba, precisamente, á entonar una de sus canciones á grito pelado
-cuando volvió á apoderarse de él... y diez veces peor que antes.
-
-Lo que es entonces sintió miedo Mowgli.
-
---¡También está aquí! dijo casi en alta voz. ¡Me ha seguido! Y miró por
-encima del hombro para ver si _aquello_ estaba, realmente, allí, á su
-espalda. No hay nadie, añadió.
-
-Los ruidos nocturnos del pantano continuaron, mas ni un ave, ni una
-fiera, le dijeron nada, y el sentimiento de tristeza que le embargaba
-fué aumentando.
-
---De seguro que estoy envenenado, dijo con voz que reflejaba el
-terror que sentía. Habré tragado algún veneno inadvertidamente, y he
-perdido las fuerzas. Sentí miedo (y, sin embargo, no era yo el que lo
-sentía)... Mowgli tuvo miedo cuando los dos lobos se peleaban. Akela,
-y hasta el mismo Fao, los hubieran reducido á la obediencia, y, no
-obstante, Mowgli se acobardó. Esto es señal indudable de que he tragado
-algún veneno... Pero ¿qué les importa á los de la Selva? Cantan,
-aullan, luchan unos con otros y corren en cuadrillas á la luz de la
-luna, mientras yo... _¡Hai-mai!_... yo me estoy muriendo aquí, en los
-pantanos, víctima de ese veneno que he tragado.
-
-Tal compasión sentía por sí mismo que casi lloraba al decir estas
-palabras.
-
---Y luego, continuó, me encontrarán echado sobre esa agua negra. No,
-volveré á mi Selva y moriré sobre la Peña del Consejo, y Bagheera, á
-quien quiero... si es que no anda gritando por el valle... tal vez
-vigilará algún rato lo que de mí quede, para que Chil no haga conmigo
-lo que hizo con Akela.
-
-Gruesa y tibia lágrima fué á caer sobre su rodilla, y, á pesar de
-lo triste que se hallaba, Mowgli sentía algo como el placer de su
-desgracia, si es que cabe explicar y entender esa clase de felicidad al
-revés.
-
---Sí, lo que Chil, el milano, hizo con Akela, repitió, aquella noche en
-que yo salvé de los perros jaros á la manada.
-
-Quedóse un rato callado, pensando en las últimas palabras del Lobo
-Solitario, de que, por supuesto, os acordaréis.
-
---Pues bien: Akela me dijo infinidad de tonterías antes de morir,
-porque cuando nos morimos lo que tenemos en el pecho cambia
-completamente. Dijo... pero no importa; á pesar de todo, yo pertenezco
-á la Selva.
-
-En medio de la excitación que sentía al recordar la lucha en las
-orillas del Wainganga, pronunció Mowgli las últimas palabras gritando,
-y la hembra de un búfalo salvaje que estaba entre las cañas levantóse
-del suelo, poniéndose sobre las rodillas, y dijo dando un bufido:
-
---¡Un hombre!
-
---_¡Uh!_ contestó Mysa, el búfalo (Mowgli lo oía moverse en su charco),
-eso no es un hombre. No es más que el lobo pelón de la manada de
-Seeonee. En noches como ésta anda corriendo de un lado á otro.
-
---_¡Uh!_ dijo, también, la hembra, bajando otra vez la cabeza para
-pacer: creí que era un hombre.
-
---Te digo que no. ¡Mowgli! ¿Hay algún peligro? mugió entonces Mysa.
-
---¡Mowgli! ¿Hay algún peligro? repitió el muchacho burlándose. ¡Eso es
-lo único que piensa Mysa: si hay algún peligro! Pero de Mowgli, que va
-por la noche de un lado á otro vigilando ¿qué se le importa?
-
---¡Cómo grita! exclamó la hembra.
-
---Así gritan, dijo Mysa con aire despreciativo, los que cuando han
-arrancado la yerba no saben luego cómo arreglarse para comerla.
-
---Por mucho menos que esto, dijo entre sí Mowgli, por mucho menos, en
-la época de las lluvias, hubiera yo pinchado á Mysa hasta sacarlo de su
-charco, y, montado en él, lo hubiera llevado á través del pantano atado
-con una cuerda de juncos.
-
-Tendió la mano para romper uno de éstos, pero volvió á retirarla dando
-un suspiro. Mysa siguió rumiando imperturbable, y la larga yerba iba
-clareando donde el búfalo pacía.
-
---No quiero morir aquí, dijo Mowgli incomodado. Mysa, que es de la
-misma sangre de Jacala y del jabalí, me vería. Vamos más allá de los
-pantanos á ver qué ocurre. Nunca he emprendido una carrera como ésta:
-siento frío y calor á la vez. ¡Animo, Mowgli!
-
-No pudo resistir á la tentación de deslizarse, escondido entre los
-juncos, hasta llegar á donde estaba Mysa y darle un pinchazo con la
-punta de su cuchillo. El enorme búfalo salió, chorreando, de su charco,
-como una bomba al explotar, mientras á Mowgli fué tal la risa que le
-acometió que tuvo que sentarse.
-
---Anda ahora y dí que el lobo pelón de la manada de Seeonee te ha
-tratado como á un búfalo de rebaño, Mysa, gritó.
-
---¿Lobo, tú? dijo, dando bufidos, el búfalo y pateando sobre el barro.
-Toda la Selva sabe que guardabas ganado... que eres un rapaz como ésos
-que gritan entre el polvo, allá lejos, en los campos. ¿Tú, uno de los
-de la Selva?... ¿Qué cazador se hubiera arrastrado como una serpiente
-entre sanguijuelas, y, por una broma indigna... por una broma de
-chacal... me habría avergonzado delante de mi hembra? Sal afuera, á la
-tierra firme, y verás... verás lo que te hago...
-
-Lanzaba el animal espumarajos de rabia, porque Mysa es tal vez quien
-peor genio tiene en toda la Selva. Mowgli mirábale con ojos que
-reflejaban inalterable calma, mientras el otro daba bufidos. Cuando
-pudo hacerse oir entre el ruido del barro que saltaba en chispas, dijo:
-
---¿Qué manada de Hombres hay por aquí, cerca de los pantanos, Mysa? Yo
-no conozco esta parte de la Selva.
-
---Vete hacia el Norte, pues, bramó furioso el búfalo, porque el
-pinchazo de Mowgli había sido bastante fuerte. Eso ha sido una burla
-digna de un vaquero como tú. Anda y cuéntasela á los de la aldea, allá
-al extremo del pantano.
-
---Á las manadas de hombres no les gustan los cuentos de la Selva, y
-no me parece, Mysa, que porque muestres un arañazo más ó menos en la
-piel es cuestión de reunir un consejo. Pero iré á dar un vistazo á
-esa aldea. Sí, iré. ¡Calma, ahora, calma! No se ofrece cada noche la
-ocasión de que el dueño de la Selva venga á guardarte mientras paces.
-
-Saltó sobre la tierra movediza al extremo del pantano, sabiendo
-perfectamente que Mysa no le embestiría allí, y echó á correr, riéndose
-al pensar en lo rabioso que se había puesto el búfalo.
-
---No he perdido aún toda la fuerza, dijo. Tal vez el veneno no me ha
-llegado todavía hasta los huesos. Allá lejos hay una estrella, muy baja.
-
-Al decirlo, miróla por entre las manos casi cerradas.
-
---¡Por el toro que me rescató! ¡Es la Flor Roja!... la Flor Roja junto
-á la cual me senté yo antes... antes de ir á unirme á la primera manada
-de Seeonee. Ahora que lo he visto daré aquí por acabada mi carrera.
-
-El pantano terminaba en una ancha llanura en la cual parpadeaba una
-luz. Largo tiempo había transcurrido desde la última vez que Mowgli se
-mezcló en los asuntos de los hombres, pero aquella noche el resplandor
-de la Flor Roja le indujo á seguir adelante.
-
---Daré una ojeada, se dijo, como otra vez en tiempos pasados, y veré si
-la manada humana ha cambiado mucho.
-
-Olvidándose de que no se hallaba ya en su Selva, donde podía hacer
-cuanto se le antojara, comenzó á correr descuidadamente por la yerba,
-húmeda de rocío, hasta que llegó á la choza donde ardía la luz. Tres ó
-cuatro perros avisaron su llegada ladrando, pues se hallaba ya en los
-alrededores de una aldea.
-
---¡Eh! dijo Mowgli, sentándose sin producir el menor ruido, después de
-lanzar un aullido de lobo que redujo al silencio á los gozques. Suceda
-lo que suceda. Mowgli ¿qué tienes tú que ver con los cubiles en que
-vive la manada de los hombres?
-
-Pasóse, al decirlo, la mano por la boca, acordándose de que una piedra
-fué á herirla, años atrás, cuando la otra manada humana le arrojó de su
-seno.
-
-Abrióse la puerta de una choza y apareció una mujer que miró hacia la
-obscuridad de afuera. Lloró un chiquillo, y la mujer dijo por encima
-del hombro:
-
---Duerme. No era más que un chacal que despertó á los perros. Pronto se
-hará de día.
-
-Mowgli, oculto en la yerba, comenzó á temblar como atacado de fiebre.
-Conocía perfectamente aquella voz; pero, para estar más seguro, gritó
-suavemente, sorprendido él mismo de la facilidad con que podía aún
-hacer uso del lenguaje de los hombres:
-
---¡Messua! ¡Messua!
-
---¿Quién llama? preguntó la mujer con voz temblorosa.
-
-[Ilustración]
-
---¿Me has olvidado ya? dijo Mowgli, que al hablar sentía completamente
-seca la garganta.
-
---Si eres tú ¿cuál es el nombre que te dí? ¡Dime!
-
-Había entornado la puerta y apretaba una de sus manos contra el pecho.
-
---¡Nathoo! ¡Nathoo! dijo Mowgli, porque, como recordaréis, éste era
-el nombre que le dió Messua cuando fué por primera vez á unirse á la
-manada de los hombres.
-
---Ven, hijo mío, gritó ella, y Mowgli, adelantándose hacia la luz, miró
-cara á cara á Messua, la mujer que tan bondadosa había sido con él y
-cuya vida salvó el muchacho, en pago, largo tiempo hacía. Hallóla más
-vieja, con el cabello gris, pero ni sus ojos ni su voz habían cambiado.
-Como mujer que era, esperaba ver á Mowgli tal como cuando le dejó, y su
-mirada vagaba perpleja desde el pecho de aquél á la cabeza, que llegaba
-al dintel de la puerta.
-
---¡Hijo mío! balbuceó; y luego, echándose á sus pies, siguió diciendo:
-
---Pero ya no eres ahora mi hijo, sino un dios de los bosques ¡ay!
-
-De pie como estaba; alumbrado por la roja luz de la lámpara de aceite;
-fornido, alto, hermoso; cayéndole sobre los hombros el largo cabello
-negro; pendiente de su cuello el cuchillo, que se balanceaba; coronada
-de blancos jazmines la cabeza, fácilmente podía tomársele por alguno
-de los dioses de que hablan las leyendas de la Selva. El chiquillo,
-medio dormido en su cuna, se levantó, comenzando á gritar aterrorizado.
-Volvióse Messua para apaciguarlo, mientras Mowgli se quedaba inmóvil,
-parado, mirando los jarros y las cacerolas, el arcón del grano y todos
-los otros útiles que usan los hombres y que él vió que recordaba
-perfectamente.
-
---¿Quieres comer ó beber algo? dijo Messua como susurrando las
-palabras. Todo esto es tuyo. Nosotros te debemos la vida. Pero ¿de
-veras eres tú aquél á quien yo llamé Nathoo, ó bien un dios?
-
---Soy Nathoo, contestó Mowgli. He ido á parar muy lejos de mis propios
-lugares. Ví esta luz y vine. No sabía que estuvieras tú aquí.
-
---Después de habernos ido á Khanhiwara, dijo Messua tímidamente, los
-ingleses se prestaron á ayudarnos para ir contra aquella gente que nos
-quería quemar. ¿Te acuerdas?
-
---¡Ya lo creo! No lo he olvidado.
-
---Pero cuando la ley inglesa lo tuvo todo preparado fuimos á la aldea
-de aquella gente tan mala y nos hallamos con que no existía ya.
-
---También de eso me acuerdo, dijo Mowgli acompañando las palabras con
-un ligero estremecimiento de las ventanas de la nariz.
-
---Mi hombre, pues, púsose á trabajar en los campos al servicio de otro,
-y, al fin (porque realmente era hombre muy fuerte), tuvimos alguna
-porción de tierra propia. No es tan buena como la de la otra aldea,
-pero no necesitamos mucho... los dos.
-
---¿Dónde está él... el hombre que escarbaba en la tierra cuando tenía
-miedo... aquella noche?
-
---Está muerto... hace un año.
-
---¿Y éste? dijo Mowgli señalando al chiquillo.
-
---Es mi hijo, que nació dos _lluvias_ hace. Si tú eres un dios haz que
-la Selva lo proteja, que no le ocurra nunca nada entre tu... entre tu
-gente, del mismo modo que nos protegiste aquella noche.
-
-Levantó en brazos al niño, que, olvidándose ya del pasado miedo, se
-abalanzó al cuchillo que colgaba del cuello de Mowgli y se puso á jugar
-con la hoja, por lo que éste le apartó los deditos con gran cuidado.
-
---Y si tú eres Nathoo, el que el tigre se llevó, siguió diciendo
-Messua, ahogando un sollozo, entonces él es tu hermanito. Dale tu
-bendición como hermano mayor.
-
---_¡Hai-mai!_ ¿Y qué sé yo de eso que se llama _bendición_? Yo no soy
-ni un dios ni tampoco su hermano y... ¡oh, madre, madre! tengo el
-corazón oprimido...
-
-Al colocar al chiquillo en el suelo Mowgli sintió un estremecimiento.
-
---¡Claro está! dijo Messua, muy atareada con sus cacerolas. Esto
-proviene de ir corriendo por los pantanos, de noche. No hay duda de que
-las fiebres se han apoderado de tí hasta los huesos.
-
-Sonrióse Mowgli ante la idea de que hubiera algo en la Selva que
-pudiera hacerle daño.
-
---Voy á encender fuego y beberás leche caliente. Quítate la corona de
-jazmines: el olor es demasiado fuerte para sitio tan pequeño como éste.
-
-Sentóse Mowgli, hablando entre dientes y ocultando la cara entre
-las manos. Toda suerte de extrañas sensaciones nunca experimentadas
-antes por él, le asaltaban ahora, ni más ni menos que si estuviera
-envenenado, sintiendo mareo. Bebió la leche caliente á grandes sorbos,
-mientras Messua le daba de cuando en cuando con la mano cariñosos
-golpecitos en el hombro, no muy segura de si aquél era su hijo Nathoo,
-el de pasados tiempos, ó algún ser maravilloso venido de la Selva; pero
-de todos modos alegrándose de que, cuando menos, fuera de carne y hueso.
-
---Hijo, exclamó al fin (y al decirlo sus ojos brillaban de orgullo) ¿no
-te ha dicho nadie que eres hermoso, más hermoso que todos los hombres?
-
---¿Eh? contestó Mowgli, porque, naturalmente, nunca había oído
-semejante cosa.
-
-Rióse Messua cariñosamente y con aire de felicidad. Con la expresión
-que en la cara de él se descubría le bastaba.
-
---¿Yo soy la primera, pues? Es justo, aunque pocas veces ocurra, que
-una madre diga estas cosas agradables á su hijo. Eres hermoso. Nunca he
-visto un hombre que lo fuera tanto.
-
-Volvió Mowgli la cabeza intentando mirarse por encima del robusto
-hombro, y Messua rióse, nuevamente, durante tanto rato que Mowgli, sin
-saber por qué, tuvo que imitarla, y el chiquillo corría de uno á otro,
-riendo también.
-
---No, tú no te has de reir de tu hermano, dijo Messua cogiéndolo y
-acercándolo á su pecho. Cuando tengas nada más que la mitad de su
-hermosura te casaremos con la más joven de las hijas de un rey, y
-entonces irás montado en grandes elefantes.
-
-No entendía Mowgli ni una palabra de todo esto, y como, por otra parte,
-la leche caliente comenzaba á producirle efecto después de una carrera
-tan larga, acomodóse para entregarse al sueño, y al cabo de un minuto
-se quedó profundamente dormido, mientras Messua le apartaba el cabello
-que tenía caído sobre los ojos, lo cubría con un pedazo de tela, y
-se sentía feliz al contemplarle. Según costumbre en la Selva, durmió
-Mowgli lo que faltaba para terminar aquella noche y además todo el día
-siguiente, pues el instinto, nunca del todo adormecido, le advertía
-que nada tenía que temer. Al fin, despertóse dando un salto que hizo
-temblar la choza, porque la tela que sentía sobre la cara le había
-hecho soñar que caía en alguna trampa, y, así, se quedó de pie, puesta
-la mano en el cuchillo, llenos aún de sueño los asustados ojos, pronto
-para cualquier lucha que se ofreciera.
-
-Rióse Messua y puso frente á él la comida de la tarde. No la
-constituían más que algunas bastas tortas, cocidas sobre un fuego
-que las dejó ahumadas, un poco de arroz y otro poco de conserva agria
-hecha de tamarindos: nada más que lo suficiente para esperar á que
-pudiera cazar algo por la noche. El olor del rocío en los pantanos
-le había abierto el apetito y excitado sus nervios. Deseaba terminar
-su interrumpida carrera primaveral; pero empeñóse el chiquillo en
-que lo tuviera en brazos y Messua en que, de todos modos, había de
-peinarle ella á su Nathoo el largo cabello de color de ala de cuervo.
-Púsose, pues, la mujer á peinarlo mientras cantaba cancioncillas sin
-sentido para dormir chiquillos, ya llamando á Mowgli hijo suyo, ya
-suplicándole que le diera á su niño un poco de su poder sobrenatural.
-La puerta de la choza estaba cerrada, pero Mowgli oyó un ruido que
-conocía perfectamente, y vió como el rostro de Messua se desencajaba
-horrorizado, al notar que una enorme pata pasaba por debajo de la
-puerta y al oir que, del otro lado de ésta, á fuera, sonaba un gemido
-ronco y lastimero en el que se mezclaban el arrepentimiento, la
-ansiedad y el temor.
-
---¡Quédate ahí y espera! Cuando llamé no quisiste venir... dijo
-Mowgli en el lenguaje de la Selva, sin volver la cabeza, y entonces
-desapareció la gran pata gris.
-
---No... no traigas contigo á tus... á tus servidores, dijo Messua.
-Yo... nosotros... hemos vivido siempre en paz con los de la Selva.
-
---En son de paz viene, contestó Mowgli levantándose. Acuérdate de
-aquella noche que pasaste en el camino de Khanhiwara. En torno tuyo
-había docenas como éste. Pero veo que hasta en la época de la primavera
-no siempre olvida el Pueblo de la Selva. Madre, me voy.
-
-Apartóse Messua humildemente (no hay duda, pensó, de que es un dios de
-los bosques); pero al poner Mowgli la mano sobre la puerta pudieron
-más que nada en la pobre mujer sus sentimientos de madre y le arrojó
-los brazos al cuello una y otra vez.
-
---¡Vuelve! murmuró. Seas ó no hijo mío, vuelve, porque te quiero...
-Mira, hasta él también siente que te vayas, añadió señalando al
-chiquillo.
-
-Lloraba éste porque veía que el hombre que llevaba aquel cuchillo
-brillante se iba.
-
---Vuelve alguna otra vez, repitió Messua. Ni de día ni de noche estará
-cerrada esta puerta para tí.
-
-Sentía Mowgli como si con cuerdas le tiraran de la garganta, y su voz
-pareció salir de ella como arrancada con dificultad, al contestar:
-
---Con seguridad que volveré. Y ahora, añadió, dirigiéndose al lobo
-y apartándole la cabeza, que se acercaba á él cariñosamente cuando
-trasponía ya el umbral, ahora tengo una queja que darte, Hermano Gris.
-¿Por qué no acudisteis _los cuatro_ juntos cuando os llamé hace tanto
-tiempo?
-
---¿Tanto tiempo? Si no fué más que ayer noche. Yo... nosotros...
-estábamos cantando en la Selva las nuevas canciones, porque ésta es la
-época del Lenguaje Nuevo. ¿Te acuerdas?
-
---Es verdad, es verdad.
-
---Y en cuanto hubimos cantado las canciones, siguió diciendo
-prontamente el Hermano Gris, yo me fuí tras de tu rastro. Me adelanté á
-todos los demás y seguí sin parar un momento. Pero, Hermanito ¿qué has
-hecho viniéndote á comer y á dormir con la manada de los hombres?
-
---Si hubieseis venido cuando os llamé no hubiera ocurrido esto, dijo
-Mowgli, corriendo mucho más aprisa.
-
---¿Y ahora que va á suceder? preguntó el Hermano Gris.
-
-Iba Mowgli á contestar cuando una joven vestida de blanco comenzó á
-descender por un camino que venía desde un extremo de la aldea. El
-Hermano Gris desapareció inmediatamente, y Mowgli retrocedió, sin
-producir el menor ruido, hasta llegar á unos altos sembrados. Hubiera
-podido casi tocar á la muchacha con sólo alargar la mano cuando los
-tibios y verdes tallos se juntaron frente al rostro de él y le hicieron
-desaparecer como un fantasma. Chilló la joven, porque creyó haber visto
-un duende, y después dió un suspiro. Mowgli separó los tallos con las
-manos, y se quedó mirándola hasta que estuvo fuera del alcance de su
-vista.
-
---Y ahora no sé... dijo, suspirando á su vez. Pero ¿_por qué_ no
-vinisteis cuando os llamé?
-
---Nosotros te seguimos... te seguimos siempre, murmuró el Hermano Gris,
-lamiéndole los talones á Mowgli... te seguimos siempre, excepto en la
-época del Lenguaje Nuevo.
-
---¿Y me seguirías tú hasta la manada de los hombres? dijo en voz muy
-baja Mowgli.
-
---¿No te seguí aquella noche en que nuestra manada te expulsó? ¿Quién
-fué á despertarte cuando tú dormías entre los sembrados?
-
---Sí, pero ¿volverías á hacerlo?
-
---¿No te he seguido esta noche?
-
---Sí, pero una... y otra vez... y quizá alguna más... Hermano Gris.
-
-Quedóse éste callado. Cuando, por fin, rompió el silencio, fué para
-decir como hablando consigo mismo:
-
---_La Negra_ estaba en lo cierto.
-
---¿Y qué es lo que dijo?
-
---Que, al fin, el hombre vuelve siempre al hombre. Raksha, nuestra
-madre, dijo...
-
---También Akela, aquella noche de los perros jaros... murmuró Mowgli.
-
---Lo mismo dice Kaa, que sabe más que todos nosotros.
-
---¿Y tú? ¿qué opinas, Hermano gris?
-
---Te expulsaron una vez llenándote de insultos. Hiriéronte en la boca
-con una piedra. Mandaron á Buldeo para que te asesinara. Te hubieran
-arrojado sobre la Flor Roja. Tú mismo (y no yo) has dicho que son malos
-y necios. Tú, y no yo... (porque yo no hice más que seguir á los míos),
-tú fuíste quien lanzó á la Selva contra ellos. Tú, y no yo, inventaste
-una canción contra los hombres, más amarga aun que la nuestra contra
-los perros jaros.
-
---Te pregunto qué es lo que tú opinas.
-
-Hablaban ambos mientras iban corriendo. El Hermano Gris galopó aún un
-rato más sin contestar, y, al fin, dijo entre salto y salto:
-
---Hombre-cachorro... Dueño de la Selva... Hijo de Raksha, hermano
-mío... aunque sea algo olvidadizo en primavera, tu rastro es el mío,
-tu cubil es mi cubil, tu caza es la mía, y donde tú mueras luchando,
-moriré yo. Hablo, también, en nombre de los otros tres. Pero ¿y qué vas
-á decirle ahora á la Selva?
-
---Bien pensado. Entre ver una pieza y el acto de matarla no conviene
-que pase mucho rato. Adelántate y llámalos á todos para que asistan
-al Consejo de la Peña, y yo les diré entonces lo que aquí en el pecho
-siento. Pero tal vez no acudirán al llamamiento... como estamos en la
-época del Lenguaje Nuevo, quizá me olvidarán.
-
---¿Es que tú no te has olvidado alguna vez de algo? ladró el Hermano
-Gris, volviendo la cabeza mientras corría á galope y Mowgli le seguía
-pensativo.
-
-En cualquiera otra época la noticia hubiera atraído á todos los
-habitantes de la Selva, que se hubieran presentado juntos, erizados
-todos los pelos del cuello; pero ahora se hallaban muy ocupados
-cazando, peleándose, y cantando. De uno á otro fué corriendo el Hermano
-Gris, gritando:
-
---¡El Amo de la Selva se vuelve con los hombres! ¡Venid al Consejo de
-la Peña!
-
-Y todos, alegres, pletóricos de vida, le contestaban únicamente:
-
---Ya volverá con los calores del verano. Las lluvias le traerán
-nuevamente al cubil. Ven á correr y á cantar con nosotros, Hermano Gris.
-
---Pero es que el Dueño de la Selva vuelve á irse con los hombres,
-repetía el Hermano Gris.
-
---_¡Eee-Yoawa!_ ¿Acaso es menos dulce por esto la época del Lenguaje
-Nuevo? le contestaban.
-
-Como consecuencia, cuando Mowgli, con el corazón oprimido, subió por
-entre las rocas que tan bien conocía, al sitio en que, en otro tiempo,
-le presentaron al Consejo, no halló allí más que á _los cuatro_,
-Baloo, que estaba ya casi ciego con los años, y la pesada y fría Kaa,
-enroscada en el puesto que solía ocupar Akela.
-
---¿Termina, pues, aquí tu rastro, Hombrecito? dijo Kaa cuando Mowgli se
-arrojó al suelo con el rostro entre las manos. Lanza tu grito: somos de
-la misma sangre tú y yo... el hombre y la serpiente.
-
---¿Por qué no me mataron los perros jaros? gimió el muchacho. Mi
-fuerza me ha abandonado, y no es ningún veneno la causa. De día y de
-noche oigo unos pasos que van siguiendo los míos. Si vuelvo la cabeza
-paréceme que en aquel mismo instante alguien se esconde para que no le
-vea. Voy á ver si está detrás de los árboles, y nadie hay allí. Llamo,
-y nadie me responde: pero creo que alguien me escucha y se guarda la
-respuesta. Echome, y no puedo descansar. Corro, como corremos en la
-primavera, pero no me siento por ello más calmado. Báñome, pero el
-baño no me refresca. Disgústame el matar, y, con todo, no me atrevo á
-luchar más que cuando, al fin, mato. La Flor Roja está en mi cuerpo...
-mis huesos se han vuelto como el agua... y... no sé lo que me pasa.
-
---¿Qué necesidad hay de que hablemos? dijo Baloo muy reposadamente,
-volviendo la cabeza hacia el sitio en que estaba echado Mowgli. Akela,
-allá junto al río, dijo que Mowgli arrastraría á Mowgli nuevamente
-hacia la manada de los hombres. Yo lo dije también. Pero ¿quién escucha
-ahora á Baloo? Bagheera... ¿dónde está Bagheera esta noche?... Ella lo
-sabe igualmente. Es la Ley.
-
---Cuando nos encontramos en las Moradas Frías, Hombrecito, ya lo sabía
-yo, dijo Kaa, volviéndose un poco, enroscada en sus potentes anillos.
-Al fin, el Hombre siempre vuelve al Hombre, aunque la Selva no lo
-arroje de su seno.
-
-_Los cuatro_ miráronse uno á otro y luego á Mowgli, perplejos, pero
-prontos á obedecer.
-
---¿Entonces, la Selva no me expulsa, pues? balbuceó Mowgli.
-
-El Hermano gris y los otros tres lobos gruñeron furiosos, y comenzaron
-á decir:
-
---Mientras nosotros estemos vivos nadie se atreverá...
-
-Pero Baloo los hizo callar en seguida.
-
---Yo te enseñé la Ley. Á mí es á quien toca hablar, dijo, y, aunque no
-vea ya ni las rocas que tengo delante, _veo_ muy lejos. _Ranita_, sigue
-tu rastro; haz tu cubil entre los de tu propia sangre, entre los de tu
-manada, entre tu propia gente; pero cuando necesites comida, ó quieras
-que te ayudemos con los dientes, con los ojos ó llevando rápidamente,
-por la noche, alguna orden tuya, acuérdate, Dueño de la Selva, de que
-ésta está pronta á obedecerte.
-
---También la Selva _media_ es tuya, dijo Kaa. Ten en cuenta que no
-hablo en nombre de gente sin importancia.
-
---_¡Hai-mai!_ hermanos míos, exclamó Mowgli, echando los brazos al aire
-y sollozando. ¡No sé ya lo que deseo! No quisiera irme, pero se me
-van los pies, contra mi voluntad. ¿Cómo podré renunciar á esas noches
-nuestras?
-
---Vamos, levanta los ojos, Hermanito, repuso Baloo. No hay aquí nada
-de que avergonzarse. Cuando hemos comido la miel es natural que
-abandonemos la colmena vacía.
-
---Una vez tirada la piel no solemos ponérnosla de nuevo, observó Kaa.
-Esa es la Ley.
-
---Escucha. Te quiero sobre todas las cosas, dijo Baloo; pero no hay
-palabra ni voluntad alguna que pueda detenerte aquí. ¡Levanta los
-ojos! ¿Quién se atrevería á hacer preguntas al Dueño de la Selva? Yo
-te ví jugando entre los blancos guijarros, ahí, un poco más lejos de
-donde estamos, cuando no eras más que un renacuajo, y Bagheera, que
-te rescató, pagando por tí un toro recién muerto, te vió también. De
-aquella inspección que se verificó entonces no quedan más testigos que
-nosotros dos, porque Raksha, tu madre adoptiva, murió, lo mismo que
-tu padre putativo; los lobos que antiguamente formaban la manada hace
-también mucho tiempo que murieron; tú sabes lo que fué de Shere Khan;
-y, en cuanto á Akela, murió entre los _dholes_, donde si no hubiera
-sido por tu habilidad y tu fuerza hubiera perecido también la segunda
-manada de Seeonee. Nada queda más que huesos viejos. No puede decirse
-ya que el Hombre-cachorro venga á pedirle permiso á su manada para
-marcharse, sino que ahora el Dueño de la Selva cambia de rastro. ¿Quién
-se atreve á preguntarle al Hombre la razón de lo que haga?
-
---Pero Bagheera y el toro que me rescató... dijo Mowgli. No quisiera...
-
-Sus palabras fueron interrumpidas por un rugido y por el rumor de algo
-que caía en los matorrales vecinos, y un instante después, ligera,
-fuerte, terrible como de costumbre, apareció frente á él Bagheera.
-
---Por esto, dijo estirando una de sus patas que chorreaba sangre,
-no vine antes. La caza fué larga, pero ahí, entre las matas, queda
-muerto... Es un toro de dos años... el toro que te devuelve la
-libertad, Hermanito. Todas las deudas quedan ya pagadas. Por lo demás,
-yo no digo otra cosa que lo que Baloo diga.
-
-Lamióle el pie á Mowgli y luego gritó, desapareciendo de un salto:
-
---Acuérdate de que Bagheera te quería.
-
-Cuando estaba ya al pie de la colina gritó, nuevamente, con fuerza:
-
---¡Buena suerte en el nuevo rastro que sigues, Dueño de la Selva!
-Acuérdate de que Bagheera te quería.
-
---Ya lo has oido, dijo Baloo. No hay más: vete ahora. Pero antes
-acércateme, ven, _Ranita Sabia_.
-
---Siempre cuesta el mudar de piel, observó Kaa mientras Mowgli
-sollozaba largo rato, puesta la cabeza sobre el costado del oso ciego
-y anudados los brazos á su cuello, mientras Baloo intentaba débilmente
-lamerle los pies.
-
---Las estrellas se apagan, dijo el Hermano Gris, olfateando el viento
-del alba. ¿Dónde dormiremos hoy? Porque desde ahora vamos á seguir
-nuevas pistas.
-
- * * * * *
-
-Y aquí termina la última de las narraciones relativas á Mowgli.
-
- [Ilustración]
-
-
- =La canción final=
-
-(He aquí la canción que Mowgli oyó resonar á su espalda mientras
-regresaba al hogar de Messua).
-
-
- Baloo
-
- ¡Por el amor de aquel que en otro tiempo
- á su _ranita_ dirigir solía,
- guarda la ley del hombre cual la nuestra,
- oye al viejo Baloo: jamás la infrinjas.
-
- Ya sea antigua ya nueva, clara ó turbia,
- síguela con afán como una pista,
- sin mirar á los lados mientras corras,
- sin pararte de noche ni de día.
-
- Por el amor de aquel que bien te quiere,
- que te ama más que á todo ser con vida,
- cuando te hagan sufrir en tu manada
- dí sólo: «ya Tabaqui resucita»;
- cuando algún daño á amenazarte venga
- dí que Shere Khan no ha muerto todavía,
- cuando, pronto á matar, luzca el cuchillo
- guarda tu ley y la pendencia evita.
-
- (Miel, raíces y palmas hacen siempre
- que los cachorros ningún mal reciban).
- ¡La gracia de la Selva te acompañe,
- la del Bosque, del Agua y de la Brisa!
-
-
- Kaa
-
- Del malhumor nace el miedo
- y el ojo que ve más claro
- es el sin párpados. Piensa
- que nunca nadie ha curado
- de las picadas de cobra,
- y aun su hablar hiere cual dardo.
- Si el que es más franco es más fuerte,
- ser cortés nunca fué malo.
-
- No quieras llegar más lejos
- de lo que alcance tu brazo,
- ni en la rama carcomida
- busques sostén por lograrlo.
-
- Mide sin error tu hambre
- si codicias cabra ó gamo,
- que á veces el ojo engaña
- y se atraganta el bocado.
-
- Si harto ya, dormir quisieras,
- en oculto lugar hazlo,
- donde no pueda cogerte
- tu enemigo, descuidado.
-
- Que á los cuatro vientos luzcas,
- limpio el cuerpo, el hablar cauto,
- y desde lejos te siga
- la _Selva media_ los pasos.
-
- ¡Que el Bosque, el Agua y el Viento
- te libren de todo daño!
-
-
- Bagheera
-
- En una jaula comenzó mi vida:
- bien lo que el hombre vale se me alcanza.
- ¡Por el cerrojo que rompí!... ¡No fíes,
- Hombre-cachorro, en gente de tu casta!
-
- Cuando á la luz de las estrellas caces
- busca la pista recta y no embrollada.
- Ya sea en el cubil, ya en cacería,
- teme al Hombre-chacal: su amistad es mala.
-
- Si «vente con nosotros», te dijeran,
- «que ganarás con ello», escucha y calla;
- si te piden ayuda contra el débil
- oye en silencio, sin jamás prestarla.
-
- Deja la presunción para los monos:
- mata la pieza, que con esto basta,
- y no lo cuentes luego. En tu camino
- no retrocedas, al cazar, por nada.
-
- (¡Oh nieblas matinales! Envolvedle,
- protectoras del ciervo y sus guardianas).
- ¡Que el favor de la Selva te acompañe,
- el del Viento, el del Bosque, y el del Agua!
-
-
- Los tres
-
- En el rastro que siguieres
- hasta pisar los umbrales
- donde la Flor que tememos
- sus rojos capullos abre;
- en las noches en que duermas
- aprisionado y sin aire,
- sin ver el materno cielo
- mientras vamos á rondarte;
- en las auroras que ansíes
- salir de tu dura cárcel,
- y en que la nostalgia sientas
- de la Selva que dejaste,
- ¡que el Bosque, el Agua y el Viento
- te protejan ó acompañen;
- Saber, Fuerza y Cortesía
- vayan contigo y te amparen!
- [Ilustración]
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL LIBRO DE LAS TIERRAS
-VÍRGENES ***
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- El Libro De Las Tierras Vírgenes, by Rudyard Kipling&mdash;A Project Gutenberg eBook
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-<div lang='en' xml:lang='en'>
-<p style='text-align:center; font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of <span lang='es' xml:lang='es'>El libro de las tierras vírgenes</span>, by Rudyard Kipling</p>
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
-at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you
-are not located in the United States, you will have to check the laws of the
-country where you are located before using this eBook.
-</div>
-</div>
-
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: <span lang='es' xml:lang='es'>El libro de las tierras vírgenes</span></p>
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: Rudyard Kipling</p>
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Translator: Ramón D. Perés</p>
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Illustrator: José Triadó</p>
-<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Release Date: December 15, 2022 [eBook #69552]</p>
-<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Language: Spanish</p>
- <p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em; text-align:left'>Produced by: Carlos Colon, Andrés V. Galia, Penn State University and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This book was produced from images made available by the HathiTrust Digital Library.)</p>
-<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>EL LIBRO DE LAS TIERRAS VÍRGENES</span> ***</div>
-
-<div class="figcenter illowp50" id="cover" style="max-width: 62.625em;">
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-</div>
-
-<div class="chapter">
-<div class="tnote">
-<p class="center p2 big1">NOTAS DEL TRANSCRIPTOR</p>
-
-<p>Esta transcripción es la traducción al castellano de la obra de Rudyard
-Kipling "The Jungle Book".</p>
-
-<p>En la versión de texto sin formatear, el texto en cursiva está
-encerrado entre guiones bajos (_cursiva_), las <span class="smcap">versalitas</span> se
-representan con mayúsculas, como en VERSALITAS y las palabras en
-negritas están representadas como =negritas=, y el signo ^o representa <sup>o</sup>.</p>
-
-<p>El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el
-de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando
-la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado
-puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia
-Española.</p>
-
-<p>En referencia a lo mencionado en el párrafo precedente, cabe destacar
-que palabras como vió, fué, dió, por ejemplo, que en la actualidad se
-escriben sin acento, en esa época llevaban acento ortográfico y por
-esa razón se han mantenido con esa ortografís. Lo mismo cabe para la
-preposición "a" y las conjunciones "e", "o" y "u", que en esa época
-llevaban acento ortográfico y en consecuencia se ha mantenido el acento.</p>
-
-<p>En la presente transcripción también se adecuó la ortografía de las
-mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen
-que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal
-acentuada está en mayúsculas.</p>
-
-<p>La obra impresa incluye una Fe de Erratas, que se ha mantenido en esta
-transcripción. Sin embargo las correcciones listadas allí no se han
-incluido en el texto.</p>
-
-<p>La cubierta del libro fue creada por el transcriptor y ha sido añadida
-al dominio publico.</p>
-
-<p>El Índice y la Fe de Erratas han sido reposicionados al principio de la
-obra.</p>
-
-<p>Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores de
-imprenta y ortografía.</p>
-</div>
-</div>
-
-
-<hr class="tb x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-
-<p class="p1 center big3">Rudyard Kipling</p>
-
-
-<h1>El Libro<br />
-de las<br />
-Tierras Vírgenes</h1>
-
-
-
-<p class="center"> Traducido del inglés directamente,<br />
-con autorización del autor, por</p>
-
-<p class="center big2"> Ramón D. Perés</p>
-
- <p class="center"> Ilustraciones de</p>
-
-<p class="center big1"> José Triadó</p>
-
-<p class="p1 center"> Tercera edición </p>
-
-<div class="figcenter illowp69" id="title_p-ilo" style="max-width: 6em;">
- <img class="w100" src="images/title_p-ilo.jpg" alt="title_p-ilo" />
-</div>
-
-<p class="center p2"><big> GUSTAVO GILI</big>, Editor, Universidad, 45. Barcelona<br />
-
-MCMXVIII</p>
-
-</div>
-
-
-<div class="chapter">
-<p class="center p2"> <big>ES PROPIEDAD</big></p>
-
-
-<p class="p4 p6b" style="padding-left: 60%;">Derechos reservados.<br />
-Queda hecho el depósito<br />
-que marca la Ley.</p>
-
-</div>
-
-<p class="center p6"> Imprenta Moderna de Guinart y Pujolar, Bruch, 63&mdash;Barcelona.</p>
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_1">[Pg 1]</span></p>
-</div>
-
-<p class="p2 center big2"> OBRAS DEL TRADUCTOR</p>
-
-
-<div class="box1">
-<p><b>CANTOS MODERNOS</b> (1.ª serie), con ilustraciones
-de <span class="smcap">Apeles Mestres</span>.&mdash;1 vol.&mdash;3 pesetas.</p>
-
-<p><b>NORTE Y SUR</b> (2.ª serie de Cantos modernos)
-con ilustraciones de <span class="smcap">Apeles Mestres</span>.&mdash;1
-vol.&mdash;3 pesetas.</p>
-
-<p><b>Á DOS VIENTOS.</b> Críticas y semblanzas.
-Literatura castellana.&mdash;Literatura catalana.&mdash;1
-vol.&mdash;3 pesetas.</p>
-
-<p><b>BOCETOS INGLESES.</b>&mdash;1 vol.&mdash;2'50 pesetas.
-(Quedan pocos ejemplares).</p>
-
-<p><b>MUSGO</b> (poesías).&mdash;1 vol.&mdash;3 pesetas.</p>
-</div>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p class="p4 center">ÍNDICE</p>
-</div>
-
-
-
-<table class="autotable" summary="">
-
-<tr>
-<td class="tdl">&nbsp;&nbsp;</td>
-<td class="tdr">Págs.</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">Prólogo del traductor</td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_1">1</a></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">Prólogo del autor</td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_11">11</a></td>
-</tr>
-
-<tr><td class="tdl"></td></tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl"><span class="smcap">Los hermanos de Mowgli</span></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_13">13</a></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 2em;"><em>Canción de caza de la manada de Seeonee</em></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_43">43</a></td>
-</tr>
-
-<tr><td class="tdl"></td></tr>
-
- <tr>
-<td class="tdl"><span class="smcap">La caza de Kaa</span></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_45">45</a></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 2em;"><em>Canción de los Bandar-log al ponerse en camino</em></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_82">82</a></td>
-</tr>
-
-
-<tr><td class="tdl"></td></tr>
-
- <tr>
-<td class="tdl"><span class="smcap">¡Al tigre! ¡Al tigre!</span></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_83">83</a></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 2em;"><em>Canción de Mowgli al bailar sobre la piel de Shere Khan en la Peña del Consejo</em></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_109">109</a></td>
-</tr>
-
-
-<tr><td class="tdl"></td></tr>
-
- <tr>
-<td class="tdl"><span class="smcap">La foca blanca</span></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_111">111</a></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 2em;"><em>Lukannon</em></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_141">141</a></td>
-</tr>
-
-
-<tr><td class="tdl"></td></tr>
-
- <tr>
-<td class="tdl"><span class="smcap">Rikki-tikki-tavi</span></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_143">143</a></td>
-</tr>
-
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 2em;"><em>Cántico de Darzee en honor de Rikki-tikki-tavi</em></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_167">167</a></td>
-</tr>
-
-
-
-<tr><td class="tdl"></td></tr>
-
- <tr>
-<td class="tdl"><span class="smcap">Toomai, el de los elefantes</span></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_169">169</a></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 2em;"><em>Siva y el saltamontes</em></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_198">198</a></td>
-</tr>
-
-<tr><td class="tdl"></td></tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl"><span class="smcap">Los servidores de Su Majestad</span></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_201">201</a></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 2em;"><em>Canción de los animales del campamento al reunirse en la parada</em></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_226">226</a></td>
-</tr>
-
-
-<tr><td class="tdl"></td></tr>
-
- <tr>
-<td class="tdl"><span class="smcap">De cómo vino el miedo</span></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_229">229</a></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 2em;"><em>La Ley de la Selva</em></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_255">255</a></td>
-</tr>
-
-
-<tr><td class="tdl"></td></tr>
-
- <tr>
-<td class="tdl"><span class="smcap">El milagro de Purun Bhagat</span></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_257">257</a></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 2em;"><em>Canción al estilo de Kabir</em></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_280">280</a></td>
-</tr>
-
-
-<tr><td class="tdl"></td></tr>
-
- <tr>
-<td class="tdl"><span class="smcap">La Selva invasora</span></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_281">281</a></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 2em;"><em>Canción de Mowgli contra los hombres</em></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_323">323</a></td>
-</tr>
-
-
-<tr><td class="tdl"></td></tr>
-
- <tr>
-<td class="tdl"><span class="smcap">Los enterradores</span></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_325">325</a></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 2em;"><i>La canción de la ola</i></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_359">359</a></td>
-</tr>
-
-
-<tr><td class="tdl"></td></tr>
-
- <tr>
-<td class="tdl"><span class="smcap">El "ankus" del Rey</span></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_361">361</a></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 2em;"><em>La canción del cazador</em></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_389">389</a></td>
-</tr>
-
-
-<tr><td class="tdl"></td></tr>
-
- <tr>
-<td class="tdl"><span class="smcap">Quiquern</span></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_391">391</a></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 2em;"><em>Angutivaun taina</em></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_427">427</a></td>
-</tr>
-
-
-<tr><td class="tdl"></td></tr>
-
- <tr>
-<td class="tdl"><span class="smcap">Los perros jaros</span></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_429">429</a></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 2em;"><em>La canción de Chil</em></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_466">466</a></td>
-</tr>
-
-
-<tr><td class="tdl"></td></tr>
-
- <tr>
-<td class="tdl"><span class="smcap">Correteos primaverales</span></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_469">469</a></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 2em;"><em>La canción final</em></td>
-<td class="tdr"><a href="#Page_500">500</a></td>
-</tr>
-
-</table>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p504" style="max-width: 3em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p504.jpg" alt="p504ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p4 center">ERRATAS Y ENMIENDAS</p>
-</div>
-
-
-
-<table class="autotable" summary="">
-<tr>
-<td class="tdc"><span class="smcap">Pág.</span></td>
-<td class="tdc"><span class="smcap">Línea</span></td>
-<td class="tdc"><span class="smcap">Dice</span></td>
-<td class="tdc"><span class="smcap">Debe decir</span></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 0.5em;"> 13</td>
- <td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">2</td>
-<td class="tdl" style="padding-left: 2em;">Mang, el murciélago</td>
-<td class="tdl" style="padding-left: 2em;">Mang, el murciélago,</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 0.5em;"> 15</td>
- <td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">10</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Kan</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Khan</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 0.5em;"> 52</td>
- <td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">18</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Por divertirse</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Por entretenimiento</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 0.5em;"> 54</td>
-<td class="tdc">28 y 29</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Millas y millas</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Leguas y leguas</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 0.5em;"> 70</td>
- <td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">30</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Podía oir</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Oía</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 0.5em;"> 73</td>
- <td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">33</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Podían engañarse</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Se engañaban</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl" style="padding-left: 0.5em;"> 85</td>
- <td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">35</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Cama roja barnizada, una</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Cama roja barnizada; una</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">104</td>
- <td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">9</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Tocaban las campanas y soplaban</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;"> Tocaban las campanas, y soplaban</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">135</td>
- <td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">7</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Siguióles</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Siguiólas</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">166</td>
- <td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">12</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Todas las mangustas</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Las mangustas</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">180</td>
- <td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">9</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Vislo</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Visto</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">261</td>
- <td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">1</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Maleta</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Muleta</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">289</td>
- <td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">26</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Había</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Habían</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">308</td>
- <td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">29</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Y tu manada</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">&mdash;Y tu manada</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">313</td>
- <td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">23</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Arador</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Arado</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">416</td>
- <td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">4</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">La colocó derecha</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">La colocó</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">423</td>
- <td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">5</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Cambiar</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Alterar</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">454</td>
- <td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">1</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Á luz del sol</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Á la luz del sol</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">470</td>
- <td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">30</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Burbujantes</td>
-<td class= "tdl" style="padding-left: 2em;">Burbujeantes</td>
-</tr>
-</table>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 class="nobreak">Prólogo del traductor</h2>
-</div>
-
-<p class="p2"><em>El libro de las tierras vírgenes</em>, que no tengo noticia de
-que se haya traducido antes de ahora al castellano, lleva
-en inglés los títulos de <em>The Jungle Book</em> y <em>The Second
-Jungle Book</em>, pues se halla dividido en dos series, cada
-una de las cuales forma un tomo aparte. Háse creído más
-conveniente reunirlas aquí en un sólo volumen, y como en
-castellano no se usa la palabra <em>jungle</em>, que posee el francés,
-por ejemplo, el traductor ha considerado que, para el
-título del libro, la mejor versión de aquel vocablo era algo
-que abarcara todos los significados que quiere darle el
-autor. Son éstos bastante diversos y aun bastante vagos,
-pues lo mismo puede traducirse por <em>selva</em>, que por tierra
-inculta y llena de maleza; lo mismo podría aplicarse á
-la <em>manigua</em> cubana, que le sirve al autor para hablarnos
-de grandes extensiones de la abrasada India ó de las que
-están cubiertas por los hielos á poca distancia del Polo;
-del propio modo se refiere á la tierra, en este libro, que
-á sus habituales pobladores... y aun Kipling llega, arrastrado
-por su imaginación de poeta, á hacer de la <em>Jungle</em>,
-con mayúscula, una entidad tan importante como la
-Sociedad humana, con sus leyes, usos y costumbres, lenguaje,
-etc.</p>
-
-<p>En el texto de la obra yo he escrito, generalmente, <em>selva</em>
-donde decía <em>jungle</em>, y, acomodándome al espíritu del autor,
-he acudido también á la majestuosa mayúscula siempre
-que se ha tratado de dar á aquella palabra cierto sentido
-enfático digno de los graves y trascendentales asuntos
-que aquí se dilucidan entre osos, lobos, tigres, panteras,
-elefantes, cocodrilos, chacales, monos, serpientes, pájaros<span class="pagenum" id="Page_2">[Pg 2]</span>
-y demás personajes importantes con quienes ha de trabar
-conocimiento quien siga leyendo atentamente las páginas
-de este volumen, el cual es, en su mayor parte, <em>el libro de
-las selvas Indias</em>, y así podría haberse llamado en castellano,
-si cuanto el autor nos cuenta ocurriera en la India y
-entre sus selvas.</p>
-
-<p><em>The Jungle Book</em> es famoso en Inglaterra y en los países
-de lengua inglesa, y más de un crítico, no siempre benévolo
-con el autor, lo considera como la mejor obra de éste.</p>
-
-<p>Desde 1894, en que se publicó la primera edición de la
-serie inicial de estos cuentos, se han agotado ya varias de
-aquéllas, y la <em>Société du Mercure de France</em>, incluyendo la
-obra en la lista de las que publica de autores extranjeros,
-ha contribuído también grandemente á propagarla entre
-los que no suelen leer libros ingleses y están al tanto de
-las últimas novedades parisienses<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a>. Kipling merece en
-verdad ser traducido, ya que es uno de los autores más
-populares de Inglaterra, una de las más potentes figuras
-literarias de hoy, y, sin duda, la que mejor puede vanagloriarse
-de ser, entre las gentes de su raza, gloria de la
-literatura al propio tiempo que fuerza política, fuerza que
-él ha conquistado y sostenido por medio de la pluma. No
-es Kipling uno de esos autores refinados que escriben
-pensando más en el arte que en el público que ha de leer
-sus trabajos. Por el contrario, se le ha dicho que es una
-especie de periodista que busca los asuntos palpitantes y
-hace de sus grandes dotes literarias arma de combate.
-Tiene el fuerte y pesado puño de la raza anglo-sajona
-pura, sin influencias debilitantes que vengan á suavizar
-asperezas, y hay que tomarle como él es: como tipo representativo
-de la gran familia de que forma parte, como
-condensación de todas las buenas y malas cualidades que
-pasean por el mundo, con aire sereno y triunfal á la vez,
-muchos millones de hombres que han creado y extienden
-por todas partes una civilización poderosa, personal, dominadora,
-pero que lleva en el fondo un gran sedimento de<span class="pagenum" id="Page_3">[Pg 3]</span>
-libertad para todo el que forma parte integrante de ella,
-no para el que estorbe su marcha ambiciosa, incansable.</p>
-
-<p>Es difícil adivinar si todos los paladares españoles
-gustarán por igual del manjar exótico que entre el editor
-y yo les ofrecemos con el título de <em>El libro de las tierras
-vírgenes</em>. Yo creo que toda persona de cultivado gusto
-hallará en esos cuentos de Kipling mucho que admirar, y
-que no será acogida con indiferencia, en España y en la
-América que fué española, obra que reune tan grandes
-condiciones para quedar como una de las más típicas muestras
-de la literatura inglesa contemporánea, y una, también,
-de las más artísticas que se han escrito con la intención
-de que puedan servir, lo mismo para instructivo solaz de
-los niños, que para inofensivo regalo de personas mayores
-que sepan deleitarse viendo el fondo intencionado de lo
-que sólo parece dirigido á despertar juveniles imaginaciones
-y á mantener más ó menos viva su curiosidad. En
-la literatura de todo el mundo hay ya otras obras que son
-infantiles sólo por el aspecto, y que los hombres citan con
-respeto, porque quien las escribió demostró en ellas ser
-consumado artista, poeta y pensador.</p>
-
-<p>Yo espero que á la lista de esas obras las futuras historias
-de la literatura añadirán <em>The Jungle Book</em> de Rudyard
-Kipling, y que la única duda que se ofrecerá á los historiadores
-será la de si es una obra realmente escrita para
-niños ó una juguetona y sonriente serie de sátiras sociales
-encubiertas y de estupendas descripciones para personas
-mayores que tengan alma poética é inclinada á soñar en
-lo lejano, lo nuevo y lo raro.</p>
-
-<p>Esas tres cualidades reune la obra que presento al
-lector. Posee el prestigioso aroma de lo lejano y poco semejante
-á lo nuestro; la novedad, porque no es frecuente
-que un gran escritor nos dé una larga serie de narraciones
-para contarnos la fantástica y casi humana vida de las
-fieras en la India ó en otros apartados y más ó menos salvajes
-países; posee también la rareza, que, si para unos es
-cualidad, para otros es defecto; pero que saben apreciar en
-la justa medida los que comprenden que por debajo de ella
-corre, como fecundante río, la originalidad, signo de un
-cerebro fuerte y creador, incapaz de sujetarse á estrechos<span class="pagenum" id="Page_4">[Pg 4]</span>
-límites ni de seguir caminos trillados. La personalidad de
-Kipling no es de las que esperan modestamente que el
-beneplácito de los críticos les diga cómo y sobre qué deben
-escribir, sino de las que traen dentro de sí un mundo y lo
-van esparciendo á pedazos para que los demás aprendan
-algo que ignoraban ó que no pensaron nunca que pudiera
-ser tan bello iluminado á plena luz. Rudyard Kipling es de
-los reveladores, de los que llegan al alma de las cosas y sorprenden
-allí leyes y armonías de las que ve el poeta, y
-que si no son la verdad son una apariencia de ella, más
-hermosa, á veces, que la verdad misma.</p>
-
-<p>La literatura inglesa tiene más tendencia al cosmopolitismo
-que la nuestra. Viajan los ingleses mucho más que
-nosotros; como gente muy convencida de su fuerza, no
-temen que nadie les robe su propia personalidad, y así
-como muy fácilmente introducen en su lenguaje voces de
-idiomas extranjeros sin tomarse el trabajo de subrayarlas
-siquiera cuando las escriben, y sin esperar á que ninguna
-Academia de la Lengua (que no poseen) les dé permiso
-para ello, así también hallan especial encanto en que no
-sólo los libros de viajes les hablen de las más apartadas
-regiones del planeta que habitamos, sino, además, las obras
-del género novelesco, que satisfacen así mejor cierta
-innata sed de romanticismo que hay en el alma inglesa bajo
-la grave y fría, ó quizá mejor, <em>serena</em>, cubierta exterior.</p>
-
-<p>Son frecuentísimas las novelas inglesas de asunto extranjero;
-y en terreno tan bien preparado para el cultivo
-ha ido á sembrar Kipling sus narraciones de asunto indio,
-su gran especialidad, ó aquéllas en que intervienen principalmente
-marineros, soldados, tipos de aventureros de
-las colonias, etc., etc., gente, en suma, que nació muy
-lejos ó que muy lejos ha ido á parar con frecuencia en su
-vida, como al mismo autor le ocurre, aunque por distintos
-motivos. La India tiene, sin embargo, doble interés para
-los ingleses, porque al romántico júntase también el político.
-Del último carecerá en absoluto el lector español;
-pero, aun así, creo yo que si fuere niño leerá este libro con
-más interés, por lo general, que ciertos insustanciales cuentos
-de hadas, y si fuere hombre se sentirá agradablemente
-sorprendido ante el profundo conocimiento que de la vida<span class="pagenum" id="Page_5">[Pg 5]</span>
-de los animales muestra el autor; ante su habilidad en ponerlos
-en escena prestando á sus actos hondo valor psicológico;
-ante el poder de evocación de cosas que, sin duda, ha
-presenciado, ó el de imaginar las que no ha visto, aunque
-acerca de ellas posea datos propios ó ajenos, aquellos datos
-de primera mano que parecen ser privilegio de los naturalistas,
-de los hombres del campo, de los cazadores... de todos
-los que gozan de la doble vista que comunica el diario contacto
-con la naturaleza y son, como si dijéramos, los zahoríes
-de ella. Poned á cada uno de los animales de que nos
-habla el autor en esta obra un nombre humano, referid á
-nuestra propia vida no pocas de las escenas que él describe,
-y el literato, y el político, y el soldado, los hombres de todos
-los oficios y caracteres, se reconocerán á sí mismos en este
-libro, ó, si para ello les falta valor y sinceridad, reconocerán
-al vecino, sea amigo ó enemigo, y más si es lo segundo
-que lo primero. De mí sé decir que, con la sonrisa en
-los labios, porque hay aquí su parte de humorismo, me
-ha parecido algunas veces descubrir la más sorprendente
-semejanza entre algunos de los caballeros que andan por
-el mundo mostrando satisfechos su maldad ó su tontería y
-los que Kipling nos presenta haciendo con poca diferencia
-lo mismo. Y si á la vida literaria aplicáramos todo eso
-¡oh! qué despiadada sátira contra los falsos dioses; los
-impotentes; los envidiosos; los que á sabiendas faltan á la
-verdad para que el efecto redunde en propia ventaja; los
-que chillan, se disputan y se exhiben como monos para
-que alguien se fije en ellos por lo que bullen, ya que no
-por lo que valen; los que como el chacal adulan sólo con
-la intención de sacar algo, y cuando nada consiguen devoran
-al adulado si la ocasión se ofrece; los que como el
-tigre (Shere Khan) se convierten en una especie de caciques
-de pueblo á quienes todo el mundo debe sumisión
-incondicional, ó pretenden ellos que se la debe, hasta que,
-al fin, viene un hombre verdaderamente libre y los manda
-enhoramala, y les arranca la piel para que sirva de lección
-á los que vengan detrás... ¡Y qué bello y significativo aquel
-tipo de Mowgli, que es, como de Segismundo dicen los
-versos de Calderón, «un hombre entre las fieras&mdash;y una
-fiera entre los hombres»! La idea de patria late en fiel<span class="pagenum" id="Page_6">[Pg 6]</span>
-fondo de esa figurilla de muchacho, y al mismo tiempo, y
-como burla burlando, infinidad de problemas de la educación,
-de la mezcla de razas, de la emigración... problemas
-que se ofrecen continuamente á los que por unas ú otras
-razones han hallado en el mundo más de una patria, ó así,
-al menos, se lo parece á ellos. ¡Y aquella manada de lobos
-que mata constantemente á su jefe cuando ya no le sirve,
-porque la edad le ha hecho poco apto para la caza!... ¿No
-os parece que se trata de políticos, artistas, literatos, pensadores,
-<em>hombres</em> en fin? Y hasta la foca que, por nacer
-blanca, constituye una excepción desagradable para su
-raza, y aun para su propia familia, y más cuando se le
-antoja reformar inveteradas tradiciones y descubrir nuevas
-tierras para los que se hallan ya perfectamente con las
-que poseen, sean buenas ó malas... ¿quién no la ha conocido
-á esa pobre foca blanca, ó quién con sólo hurgar en su
-propia conciencia no la ha descubierto allí muy escondida,
-por poco que no piense en todo como las mayorías, como
-las multitudes suelen pensar?</p>
-
-<p>Sería interminable la tarea de poner comentarios á este
-libro, que á mí me parece una gran fábula con que un
-escritor se venga de los que le han hecho sufrir, y el
-modesto papel de traductor me impone ciertos límites á
-los que he de procurar ajustarme, no sin dificultad. Los
-comentarios que yo no hago, los hará, seguramente, más de
-un lector que lea la obra como debe leerse la de un autor
-cuya gloria no necesita de más aplausos ni recomendaciones
-que los que hace años está acostumbrado á oir. Claro
-es que también ha oído censuras, unas debidas á la desigualdad
-que se nota á veces en sus trabajos, y otras á su
-<em>imperialismo</em> fogoso (de <em>brutal</em> lo ha calificado un poeta
-inglés), que si le ha hecho más popular en Inglaterra en
-época reciente, le ha convertido también en blanco de la
-prensa política en los países en que se combate encarnizadamente
-aquella tendencia. Acaso alguien espere que
-hable yo aquí largo y tendido de ese <em>imperialismo</em> de Kipling
-y que me detenga á combatirlo, como hacen otros, con
-ensañamiento, por sanguinario y poco escrupuloso. No
-voy á complacerles, porque no me preocupa eso tanto como
-á ellos. Los países fuertes han tenido siempre, en todas<span class="pagenum" id="Page_7">[Pg 7]</span>
-las épocas, tendencia á tratar de demostrar que el mundo
-les pertenece por derecho propio; así como los débiles han
-protestado, también siempre, en nombre de la justicia y
-del derecho. Pero pierde el tiempo quien crea que á las
-naciones les importa mucho la opinión ajena cuando tratan
-de engrandecerse é imponerse. Por otra parte: no debe
-inmiscuirse el lector de una obra literaria en averiguar si
-las ideas políticas del autor coinciden ó no con las suyas.
-Juzgue sobre la belleza ó fealdad de la obra que se le
-ofrece, y deje lo demás para otra ocasión, ó para que sea
-discutido en las columnas de la prensa á la que esto
-interesa.</p>
-
-<p>Rudyard Kipling, á pesar de lo mucho que lleva escrito
-y de su extensa reputación, es aun joven, pues nació en
-Bombay en 1865. Pasó allí con sus padres sus primeros
-años, hasta que le llevaron á Inglaterra dejándole con unos
-parientes para que se educara. Era sobrino del célebre
-pintor Burne Jones, y esto le facilitó el conocer á no pocas
-personalidades distinguidas, y entre ellas al famoso William
-Morris. Á los diez y siete años regresó á la India, y,
-gracias á la influencia de su padre, entró en el periodismo,
-al que se entregó con pasión y en el cual dejó buenos
-recuerdos. El padre de Kipling era también persona muy
-conocida y respetada: hábil dibujante, ilustró parte de las
-dos series de este mismo libro; fué profesor de la Escuela
-de Bellas Artes de Bombay, y estuvo encargado luego del
-Museo establecido por el Gobierno inglés en Lahore;
-publicó en 1891 una obra titulada «Fieras y hombres en
-la India», y no sería de extrañar que á su padre le debiera
-nuestro autor algunos de los conocimientos de que da fe
-<em>The Jungle Book</em>. Juan Lockwood Kipling es su nombre,
-y hay quien pretende, sin que yo pueda afirmarlo, que el
-de su hijo fué primitivamente José Rudyard Kipling, desapareciendo
-muy pronto el José y quedando al fin sólo el
-Rudyard, único que he visto mencionado en biografías
-suyas que conozco. <em>Rudyard</em> es intraducible: es uno de
-tantos nombres de pila que se usan en Inglaterra y que no
-recuerdan á un santo, sino al sitio en que nació el que lo
-lleva, ó únicamente al capricho de su familia. <em>Rudyard
-Lake</em>, en el Staffordshire, es el punto en que por primera<span class="pagenum" id="Page_8">[Pg 8]</span>
-vez vió el padre de Kipling á la que debía después ser su
-esposa, y el nombre de aquel lago quiso que se perpetuara,
-dándoselo á su hijo que, realmente, ha hecho que no se
-olvidara en el mundo.</p>
-
-<p>La reputación literaria de Kipling comenzó en la India,
-y allí, exclusivamente, publicó sus primeros libros, que
-iban de mano en mano entre los ingleses residentes en el
-país. En 1889 emprendió un viaje á Inglaterra, y, de vuelta
-del mismo, estuvo en el Japón y en la América del Norte,
-donde no halló un sólo editor para sus obras quien pocos
-años después había de verse solicitado por todos, y con
-ofrecimientos tan increíbles para nosotros como el de un
-chelín por cada palabra que escribiera formando parte
-de una de sus narraciones. Aquel mismo año se estableció
-en Londres, donde no tardó en hacerse popular. Desde
-entonces ha vivido unas veces en Inglaterra, otras en los
-Estados Unidos, y ha viajado mucho por África y Oceanía.
-En una visita que hizo á Nueva York, en 1899, enfermó
-gravemente, y los periódicos de más circulación de Londres
-publicaban hojas extraordinarias para dar cuenta de la
-marcha de la enfermedad, mientras los norteamericanos
-le dedicaban sus artículos de fondo y por las calles de
-Nueva York voceaban los vendedores de periódicos los
-números diciendo que contenían «las últimas noticias sobre
-Rudyard Kipling». Celebridad más rápida y completa
-pocas veces se ha visto. El Emperador de Alemania dijo
-entonces, en una carta que dirigió á la esposa del escritor,
-interesándose por la salud de éste, que era entusiasta
-admirador suyo, y que en él veía al cantor de los grandes
-hechos de «la raza común» que en el fondo forman ingleses
-y alemanes. La raza era entonces la que hablaba, y ha
-hablado siempre en los grandes entusiasmos por Kipling,
-que parecen inexplicables porque otros autores de valía
-no los despiertan con tanta facilidad en el público. La
-multitud había hallado su verbo y temía perderlo antes
-de tiempo.</p>
-
-<p>Kipling es un escritor fecundo. Trabaja mucho, con
-regularidad, y ha habido año en que ha publicado hasta
-siete libros. Quizá de ello se resienta su producción. Es,
-además de prosista, poeta y aun dibujante, habiendo
-<span class="pagenum" id="Page_9">[Pg 9]</span>
-escrito un tomo de cuentos para niños que está ilustrado
-por él mismo. Como poeta es muy popular, casi tanto como
-cuentista, y si puede discutirse su inspiración, es, en
-cambio, un versificador hábil que sabe producir efecto pulsando
-la cuerda sensible del patriotismo. Esa facilidad que
-tiene para versificar es, sin duda (además de ciertos ejemplos
-de Walter Scott), la que le induce muchas veces á
-entreverar en sus libros la prosa con el verso, no siempre
-con buen acuerdo, en mi humilde opinión. En este mismo
-libro, sus composiciones (que los niños pueden pasar por
-alto, si gustan) son, con frecuencia, alardes métricos, en
-los cuales dice lo que quiere y como quiere, jugando con
-las palabras y escribiendo lo que en España no se está
-generalmente acostumbrado á considerar como susceptible
-de ser poetizado. Traduzco estas poesías en verso, <em>cuando
-así están escritas</em>, porque éste creo que es mi deber, no por
-gusto, pues las dificultades que ofrece su adaptación á un
-idioma tan poco parecido al inglés como el castellano, son
-grandes, y, con frecuencia, casi invencibles<a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2" class="fnanchor">[2]</a>.</p>
-
-<p>Espero que el lector discreto se hará cargo de que no
-es fácil tarea la de hinchar un perro, como dijo Cervantes,
-y que no me achacará á mí más faltas que las que me
-correspondan, comprendiendo que ni la poesía inglesa de
-Kipling es como la de Zorrilla, Campoamor y Nuñez
-de Arce, ni mis pobres traducciones han de obrar milagros
-y hacer que lo que sea una imitación de la musa popular
-parezca lleno del mismo aroma al ser trasplantado aquí,
-y lo que imite al caprichoso y extraño poeta norteamericano
-Walt Whitman lo halle de perlas quien nunca haya
-leído en el original una línea de aquel poeta... sin rimas,
-ni leyes, ni grandes respetos humanos, autor que á los que
-no han visto mucho mundo... literario y creen que todas
-las razas han de ser como la suya les parece un loco; pero
-que á los más entendidos se les antoja un genio. No debemos
-los latinos medir con nuestro rasero á los pueblos
-septentrionales, porque ni ellos tienen nuestra ligereza,
-<span class="pagenum" id="Page_10">[Pg 10]</span>nuestro gusto é impresionabilidad, ni nosotros su fuerza
-incontrastable, fría, calmosa, audaz, poco amiga de detenerse
-ante ciertos reparos que paralizan á veces nuestra
-acción.</p>
-
-<p>Como libro útil para la educación de la voluntad en los
-niños yo no dudo en recomendar éste de un hombre de
-voluntad de hierro. De igual modo podría un médico prescribir
-un tónico y mucho ejercicio al aire libre á quien
-él viera que lleva en el rostro el sello de la anemia.</p>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p010" style="max-width: 10.125em;">
- <img class="w100 p4" src="images/p010.jpg" alt="p10ilo" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter"
-><div class="footnotes">
-<p class= "p4 center big1">NOTAS:</p>
-
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a> En la versión francesa, que está hecha con inteligencia, hay
-varias supresiones, que juzgo inmotivadas, y algún error en que he procurado
-no incurrir en la mía. Faltan, á veces, párrafos enteros del
-original.</p></div>
-
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_2" href="#FNanchor_2" class="label">[2]</a> Kipling es difícil de traducir hasta escribiendo en prosa. Un crítico
-inglés preguntaba si era posible que un extranjero entendiera y
-saboreara al leerlas las obras del reputado autor.</p>
-</div>
-</div>
-</div>
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_11">[Pg 11]</span></p>
-</div>
-
-<h2 class="nobreak">Prólogo del autor</h2>
-
-
-<p class="p2">Numerosas son las consultas á especialistas generosos
-que exige una obra como la presente, y el Autor faltaría,
-á todas luces, al deber que le impone el modo cómo aquéllas
-han sido contestadas, si dejaba aquí de hacer constar
-su gratitud para que tenga la mayor publicidad posible.</p>
-
-<p>Debe dar gracias, en primer término, al sabio y distinguido
-Bahadur Shah, elefante destinado á la conducción
-de bagajes, que lleva el número 174 en el libro de registro
-oficial de la India, el cual, junto con su amable hermana
-Pudmini, suministró con la mayor galantería la historia
-de <em>Toomai el de los elefantes</em> y buena parte de la información
-contenida en <em>Los servidores de Su Majestad</em>. Las aventuras
-de Mowgli fueron recogidas, en varias épocas y
-lugares, de multitud de fuentes, sobre las cuales desean
-los interesados que se guarde el más estricto incógnito.
-Sin embargo, á tanta distancia, el Autor se considera en
-libertad para dar las gracias, también, á un caballero
-indio de los de vieja cepa, á un apreciable habitante de
-las más altas lomas de Jakko, por su persuasiva aunque
-algo mordaz crítica de los rasgos típicos de su raza: los
-présbitas<a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3" class="fnanchor">[3]</a>. Sahi, sabio diligentísimo y hábil, miembro
-de una disuelta manada que vagaba por las tierras de Seeonee,
-y un artista conocidísimo en la mayor parte de
-las ferias locales de la India meridional, donde atrae á
-toda la juventud y á cuanto hay de bello y culto en muchas
-aldeas, bailando, puesto el bozal, con su amo, han contribuído
-también á este libro con valiosísimos datos sobre<span class="pagenum" id="Page_12">[Pg 12]</span>
-gentes, maneras y costumbres. De éstos se ha usado abundantemente
-en las narraciones tituladas: «¡Al tigre! ¡Al
-tigre!», «La caza de Kaa», y «Los hermanos de Mowgli».
-Deber de gratitud es igualmente para el Editor el confesar
-que el cuento «Rikki-tikki-tavi» es, en sus líneas
-generales, el mismo que le relató uno de los principales
-herpetólogos de la India septentrional, atrevido é independiente
-investigador que, resuelto «no á vivir, sino á saber,»
-sacrificó su vida al estudio incansable de la <em>Thanatofidia</em>
-oriental. Una feliz casualidad permitió al Autor, viajando
-á bordo del <em>Emperatriz de la India</em>, ser útil á uno de sus
-compañeros de viaje. Quienes leyeren el cuento «La foca
-blanca» podrán juzgar por sí mismos si no es éste espléndido
-pago á sus pobres servicios.</p>
-
-<div class="figcenter illowp68" id="p012" style="max-width: 7.6875em;">
- <img class="w100 p4" src="images/p012.jpg" alt="p12-ilo" />
-</div>
-
-
-
-
-<div class="chapter">
-<div class="footnotes">
-<p class= "p4 center big1">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_3" href="#FNanchor_3" class="label">[3]</a> «Género de mamíferos cuadrumanos cuya especie típica vive en
-Sumatra».&mdash;<span class="smcap">N. del T.</span></p>
-
-</div>
-</div>
-</div>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_13">[Pg 13]</span></p>
-<div class="figcenter illowp100" id="p013" style="max-width: 31.25em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p013.jpg" alt="p13ilo" />
-</div>
-</div>
-
-
-
-<h2 class="nobreak">Los hermanos de Mowgli</h2>
-<div class="block60">
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p><span style="margin-left: 1em;">Suelta á la noche Mang, el murciélago,</span><br />
-tráela en sus alas Rann, el milano;<br />
-ya en sus corrales las vacas duermen,<br />
-de los corderos duerme el rebaño,<br />
-tras las cerradas puertas se esconden<br />
-porque hasta al alba libres vagamos.<br />
-Ésta es la hora: fuerza y orgullo;<br />
-garra afilada, silencio cauto.<br />
-¡Ya el grito suena! ¡Caza abundante<br />
-para el que observa la ley que amamos!</p>
-
-
-<p class="right p1" style="padding-right: 2em;"><em>Canción nocturna en la selva.</em></p>
-
-</div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="p2">Eran las siete de una calurosa tarde en las colinas
-de Seeonee, cuando papá Lobo despertó de su sueño
-diurno, rascóse, bostezó y estiró las patas una tras
-otra para quitarse de encima la pesadez que en ellas
-sentía aún. Mamá Loba estaba echada, caído el grande
-hocico de color gris sobre sus cuatro vacilantes y
-chillones lobatos, mientras la luna brillaba á la entrada
-de la caverna donde todos ellos vivían.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Augr!</em><a id="FNanchor_4" href="#Footnote_4" class="fnanchor">[4]</a> dijo el lobo padre, ya es hora de volver<span class="pagenum" id="Page_14">[Pg 14]</span>
-á cazar. E iba á lanzarse por la ladera cuando
-una sombra, no muy grande y provista de espesa cola,
-atravesó el umbral y exclamó con plañidera voz:</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena suerte, Jefe de los lobos, y que no sea
-peor la de tus nobles hijos! ¡Buenos dientes les crezcan,
-y que jamás se les olvide el tener hambre en este
-mundo!</p>
-
-<p>Quien así hablaba era el chacal (Tabaqui, el lameplatos),
-y los lobos en la India desprecian á Tabaqui
-porque anda siempre enredando de un lado á otro,
-metiendo chismes, comiendo andrajos y pedazos de
-cuero de los montones de basura que hay en las calles
-de los pueblos. Pero aunque le desprecien le temen,
-porque Tabaqui, más que nadie en la selva toda, tiene
-propensión á perder la cabeza, y entonces se olvida de
-que jamás haya tenido miedo y corre por la espesura
-mordiendo cuanto encuentra al paso. Hasta el tigre
-se esconde cuando Tabaqui se vuelve loco, porque la
-locura es lo más deshonroso que puede ocurrirle á un
-animal salvaje. Nosotros le damos el nombre de hidrofobia,
-pero ellos le llaman <em>dewanee</em> (la locura) y huyen
-al decirlo.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; entra y busca, dijo papá Lobo; pero te
-advierto que aquí no hay comida.</p>
-
-<p>&mdash;Para un lobo no, contestó Tabaqui, mas para un
-pobrecillo como yo hasta un hueso es exquisito banquete.
-¿Quiénes somos nosotros, los <em>Gidur-log</em> (el
-pueblo chacal), para andar escogiendo?</p>
-
-<p>Dirigióse á toda prisa hacia el fondo de la caverna,
-donde halló un hueso de gamo con algo de carne adherida
-á él, y se puso á romperlo alegremente.</p>
-
-<p>&mdash;Muchísimas gracias por tan buena comida, dijo
-relamiéndose. ¡Qué hermosos son tus nobles hijos!
-¡Qué ojos más grandes tienen! ¡Y á pesar de ser tan
-jovencitos! Por más que, verdaderamente, no debiera<span class="pagenum" id="Page_15">[Pg 15]</span>
-extrañarme, con sólo recordar que los hijos de los
-reyes son ya hombres desde que nacen.</p>
-
-<p>Excusado es decir que Tabaqui sabía, tan bien como
-cualquiera, que nada hay tan inoportuno como elogiar
-á los niños estando ellos delante, y que le divertía en
-extremo el ver en situación embarazosa, no sólo á
-mamá Loba, sino también al papá.</p>
-
-<p>Tabaqui se quedó inmóvil gozándose en el daño que
-había causado, y luego añadió con aire de despecho:</p>
-
-<p>&mdash;Shere Kan, el Grande, ha cambiado de cazadero.
-Durante la próxima luna cazará, según me ha
-dicho, en estas colinas.</p>
-
-<p>Shere Khan era el tigre que vivía cerca del río
-Wainganga, á cinco leguas de distancia.</p>
-
-<p>&mdash;No tiene ningún derecho á ello, dijo incomodado
-papá Lobo. Según la Ley de la Selva no puede cambiar
-de lugar sin advertirlo debidamente. Va á asustar
-á toda la caza en dos leguas y media á la redonda, y
-yo... yo he de trabajar doble en esos casos.</p>
-
-<p>&mdash;Por algo le llamó su madre Lungri (el Cojo),
-dijo mamá Loba en voz baja: es cojo de nacimiento.
-Por eso no ha podido matar nunca más que ganado.
-Ahora, los campesinos de Wainganga le persiguen, y
-se ha venido aquí á molestar á los <em>nuestros</em>. Revolverán
-la selva en busca de él cuando estará ya lejos, pero
-nosotros y nuestros hijos tendremos que huir cuando
-peguen fuego á la maleza. ¡Te aseguro que le estamos
-muy agradecidos á Shere Khan!</p>
-
-<p>&mdash;¿Queréis que se lo diga? contestó Tabaqui.</p>
-
-<p>&mdash;¡Fuera de aquí! replicó enfadado papá Lobo.
-¡Fuera de aquí y vete á cazar con tu amo! Ya has
-hecho bastante daño por esta noche.</p>
-
-<p>&mdash;Ya me voy, dijo con suave tono Tabaqui. Desde
-aquí se oye á Shere Khan allá abajo, en la espesura.
-Podía haberme ahorrado el traeros la noticia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_16">[Pg 16]</span></p>
-
-<p>Púsose á escuchar papá Lobo, y en el valle que
-descendía hasta el río oyó el seco, rabioso, pérfido
-lamento que canturrea el tigre cuando no ha podido
-apoderarse ni de una sola pieza, y poco le importa ya
-que la selva toda se entere de ello.</p>
-
-<p>&mdash;¡Imbécil! exclamó papá Lobo. ¡Vaya un modo
-de comenzar el trabajo metiendo semejante ruido! ¿Si
-se figurará que nuestros gamos son como sus gordos
-bueyes de Wainganga?</p>
-
-<p>&mdash;¡Chist! No son bueyes ni gamos lo que caza
-esta noche, contestó mamá Loba. Lo que busca es el
-Hombre. El plañidero grito se había trocado ya en
-una especie de zumbante ronquido que parecía venir
-de todo el ámbito del país. Era aquel ruido especial
-que desconcierta á los leñadores y á toda la gente
-errante que duerme al raso, haciéndoles correr, á
-veces, tan desatentados que se arrojan en las mismas
-fauces del tigre.</p>
-
-<p>&mdash;¡El Hombre! dijo papá Lobo enseñando la doble
-hilera de blanquísimos dientes. <em>¡Faug!</em> ¿Acaso no hay
-bastantes escarabajos y ranas en las cisternas, que
-ahora se le ocurre comer carne humana? ¡Y, por añadidura,
-en terreno nuestro!</p>
-
-<p>La Ley de la Selva, que nunca ordena algo sin
-tener motivos para ello, prohibe á toda fiera el comer
-<em>Hombre</em>, excepto en el caso de que ésta mate para
-enseñar á sus pequeñuelos á matar, y aun así es preciso
-que cace fuera del cazadero de su manada ó
-tribu. La verdadera razón que hay para disponerlo de
-esta suerte es que toda humana matanza significa,
-tarde ó temprano, la llegada de hombres blancos,
-montados en elefantes y armados de fusiles, en compañía
-de algunos centenares de hombres de color con
-<em>gongos</em>, cohetes y antorchas. Á todo el mundo en la
-selva le toca sufrir entonces. En cuanto á la razón<span class="pagenum" id="Page_17">[Pg 17]</span>
-que entre sí se dan las fieras, es que el Hombre es el
-más débil é indefenso de todos los seres vivientes, y
-no es digno de un cazador el poner mano en él. Dicen
-también (y es cierto), que los devoradores de hombres
-se vuelven sarnosos y pierden los dientes.</p>
-
-<p>El ronquido fué haciéndose más intenso y terminó,
-al fin, en el <em>¡Aaar!</em> á plena voz que lanza el tigre en el
-momento en que ataca.</p>
-
-<p>Oyóse entonces un aullido (impropio de un tigre),
-lanzado por Shere Khan.</p>
-
-<p>&mdash;Ha errado el golpe, dijo mamá Loba. ¿Qué
-ocurre?</p>
-
-<p>Corrió hacia fuera papá Lobo, á la distancia de
-algunos pasos, y oyó á Shere Khan murmurando y
-gruñendo furiosamente, mientras se revoleaba entre la
-maleza.</p>
-
-<p>&mdash;Á ese estúpido se le ha ocurrido nada menos
-que saltar por encima del fuego de unos leñadores, y
-se le han quemado las patas, dijo papá Lobo gruñendo
-con malhumor. Tabaqui está allí, con él.</p>
-
-<p>&mdash;Algo sube por la colina, observó mamá Loba
-levantando una oreja. Prepárate.</p>
-
-<p>Crujieron levemente los matorrales en la espesura
-y papá Lobo agachóse, con el cuarto trasero junto á
-la tierra, pronto á dar el salto. Á haber estado allí en
-acecho, hubiérais visto entonces la cosa más estupenda
-de este mundo: el lobo se detuvo en el preciso
-momento de estar saltando. Brincó antes de haber
-visto contra qué se lanzaba, y, de pronto, trató de
-pararse. El resultado fué salir disparado en dirección
-vertical hasta un metro ó metro y medio de altura,
-volviendo á caer casi en el mismo sitio.</p>
-
-<p>&mdash;¡Un hombre! exclamó con disgusto. Un cachorro
-humano. ¡Mira!</p>
-
-<p>Frente á frente de él, apoyándose sobre una rama<span class="pagenum" id="Page_18">[Pg 18]</span>
-baja, erguíase, completamente desnudo, un niño moreno
-que apenas sabía andar: la cosa más mona y
-pequeña, más fina y regordeta que jamás se había
-presentado, de noche, ante la caverna de un lobo.
-Miró á éste cara á cara, y se rió.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es esto un <em>cachorro de hombre</em>? dijo mamá
-Loba. Nunca he visto ninguno: tráelo.</p>
-
-<p>Acostumbrado á mover de un lado á otro sus propios
-pequeñuelos puede un lobo, si es preciso, llevar
-un huevo en la boca sin romperlo, y así, aunque se
-juntaron sobre la espalda del niño ambas quijadas de
-papá Lobo, ni un solo diente le arañó la piel, que apareció
-intacta al colocarle éste entre los lobatos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué pequeño! ¡Qué desnudo! Y... ¡qué valiente!
-dijo con dulzura mamá Loba. El niño se abría paso
-por entre los cachorros para arrimarse al calor de la
-piel. ¡Ajá! Ahora come con los demás. De modo que
-éste es un <em>cachorro de hombre</em> ¿eh? Pues á ver si ha
-habido nunca lobo que pudiera vanagloriarse de contar
-uno entre sus hijos.</p>
-
-<p>&mdash;De eso he oído hablar algunas veces, pero nunca
-refiriéndolo á nuestra manada ni á mis tiempos, contestó
-papá Lobo. Está completamente desprovisto de
-pelo, y bastaría que lo tocara con el pie para matarlo.
-Pero observa: nos está mirando y ni siquiera tiene
-miedo.</p>
-
-<p>El resplandor de la luna, que penetraba por la boca
-de la caverna, quedó interceptado, de pronto, por la
-enorme cabeza cuadrada y por los hombros de Shere
-Khan que se asomaba á la entrada. Tabaqui, detrás de
-él, le decía con voz chillona:</p>
-
-<p>&mdash;¡Señor, señor, se ha metido aquí.</p>
-
-<p>&mdash;Shere Khan nos honra en extremo con su visita,
-dijo papá Lobo, mientras le desmentían sus iracundos
-ojos. ¿Qué desea Shere Khan?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_19">[Pg 19]</span></p>
-
-<p>&mdash;Mi presa. Un cachorro humano ha pasado por
-aquí. Sus padres han huído. Dámelo.</p>
-
-<p>Shere Khan había saltado por encima de un fuego
-de leñadores, como dijo papá Lobo, y estaba furioso
-por el dolor de las quemaduras que tenía en las patas.
-Pero papá Lobo sabía perfectamente que la boca de la
-caverna era harto estrecha para que por ella pudiera
-pasar un tigre. Aun en el sitio donde Shere Khan
-estaba, sus hombros y patas delanteras tenían que
-encogerse penosamente, como le ocurriría al hombre
-que intentara pelearse con otro dentro de una cuba.</p>
-
-<p>&mdash;Los lobos son un pueblo libre, dijo papá Lobo.
-Obedecen las órdenes del Jefe de su manada, y no las
-de un pintarrajeado cazador de reses como tú. El cachorro
-de hombre es nuestro... para matarlo si se nos
-antoja.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si se nos antoja! ¡Si se nos antoja! ¿Qué es eso
-de antojárseos ó no? ¡Por el toro que maté, que es cosa
-de preguntar hasta cuándo he de estar oliendo vuestra
-perruna guarida, para obtener lo que en justicia se
-me debe! ¡Soy yo, Shere Khan, el que os habla!</p>
-
-<p>Tronó por los ámbitos de la caverna el rugido del
-tigre. Mamá Loba separóse de los lobatos y se adelantó,
-fijando en los llameantes ojos de Shere Khan los
-suyos, semejantes á dos verdes lunas brillando en la
-oscuridad.</p>
-
-<p>&mdash;Y soy yo, Raksha (el Demonio), quien te contesta.
-El cachorro humano es mío, Lungri, mío y muy mío.
-No se le matará. Vivirá para correr junto con nuestra
-manada y para cazar con ella; y, al fin y al cabo, mire
-<em>vuesa merced</em>, señor cazador de desnudos cachorrillos...
-devorador de ranas... matador de peces..., al fin
-y al cabo, él será quien, á su vez, le cace. Con que
-ahora apártese, ó por el <em>sambhur</em> que maté (yo no
-como ganado hambriento), le aseguro, fiera chamuscada<span class="pagenum" id="Page_20">[Pg 20]</span>
-de estas selvas, que va á volver <em>vuesa merced</em>
-al regazo de su madre, más coja aún que al venir al
-mundo. ¡Márchese!</p>
-
-<p>Papá Lobo miró con aire estupefacto. Había casi
-olvidado ya aquellos tiempos en que ganó á mamá
-Loba en liza abierta contra otros cinco lobos, cuando
-ella tomaba parte en las correrías de la manada, y el
-llamarla el <em>Demonio</em> no era un mero cumplido. Shere
-Khan acaso hubiera desafiado á papá Lobo, pero no
-podía resistirse contra mamá Loba, porque sabía que,
-en el sitio en que se hallaban, todas las ventajas eran
-para ella, y que lucharía hasta morir. Retiróse, pues,
-refunfuñando, de la boca de la caverna, y cuando se
-vió libre, gritó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Cada perro ladra en su cubil! Ya veremos lo
-que dice la manada respecto á eso de criar cachorros
-humanos. El cachorro es mío, y al fin vendrá á parar
-á mis dientes, ¡rabosos! ¡ladrones!</p>
-
-<p>Dejóse caer jadeante mamá Loba, entre sus lobatos,
-y díjole gravemente papá Lobo:</p>
-
-<p>&mdash;Mucho hay de verdad en lo que ha hablado Shere
-Khan. Es preciso enseñar á la manada el cachorro ese.
-¿Persistes aún en guardártelo, mamá?</p>
-
-<p>&mdash;¡Guardarlo! contestó ella suspirando. Desnudo
-vino, de noche, sólo y hambriento, y, sin embargo, no
-tenía miedo. Mira: ha echado ya á un lado á uno de mis
-hijos. ¡Y ese carnicero cojo hubiese querido matarlo y
-escaparse después al Wainganga, mientras los campesinos,
-en venganza, venían aquí al ojeo en nuestros cubiles!
-¡Guardarlo! ¡Vaya si lo guardaré! Acuéstate quietecito,
-renacuajo. Tiempo vendrá, Mowgli (porque Mowgli,
-la rana, le llamaré á <em>vuesa merced</em> en adelante), en que
-no sea el cazado por Shere Khan, sino quien le cace á él.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿qué va á decir nuestra manada? dijo papá
-Lobo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_21">[Pg 21]</span></p>
-
-<p>La Ley de la Selva prescribe terminantemente que
-cualquier lobo, al casarse, puede retirarse de la manada
-á que pertenece; pero que, tan pronto como sus
-cachorros tienen edad suficiente para sostenerse de
-pie, debe llevarlos al Consejo de la manada, que se
-celebra una vez cada mes, al resplandor de la luna
-llena, con el fin de que los demás lobos puedan identificarlos.
-Después de esta inspección, los lobatos quedan
-en libertad para correr por donde quieran, y,
-hasta que no hayan matado el primer gamo, no se
-admite excusa alguna en favor del lobo de la manada
-que sea ya mayor y mate á alguno de aquéllos. La
-pena de muerte es el castigo que se da al asesino
-donde pueda hallársele; y, si pensáis sobre esto un
-momento, veréis que es, realmente, justo.</p>
-
-<p>Esperó papá Lobo á que sus cachorros pudieran
-corretear poco ó mucho, y entonces, la noche de la
-reunión de toda la manada, cogiólos, junto con Mowgli
-y con mamá Loba, y llevóselos á la Peña del Consejo,
-una cima cubierta de piedras y guijarros, donde podían
-ocultarse un centenar de lobos. Akela, el enorme y
-gris Lobo Solitario que había llegado á ser jefe de la
-manada gracias á su fuerza y habilidad, estaba echado
-cuan largo era sobre su peña, y más abajo se sentaban
-unos cuarenta lobos de todos tamaños y colores, desde
-los veteranos de color de tejón que podían habérselas
-á solas con un gamo, hasta los de tres años de edad
-que sólo presumían que habían de poder. El Lobo Solitario
-los guiaba á todos desde hacía un año. Dos veces
-había caído en una trampa allá en su juventud, y otra
-había sido apaleado hasta darlo ya por muerto: bien
-sabía, pues, los usos y costumbres de los hombres.
-Muy poco se habló en la reunión de la Peña. Los lobatos
-tropezaban unos con otros, cayéndose, en el
-centro del círculo donde sus respectivos padres y madres<span class="pagenum" id="Page_22">[Pg 22]</span>
-se sentaban, y de vez en cuando un lobo anciano
-se dirigía silenciosamente hacia uno de los cachorros,
-lo miraba con gran atención, y se volvía á su sitio sin
-producir el menor ruido. De pronto empujaba una
-madre su lobato hacia la luz de la luna para tener la
-seguridad de que no había pasado inadvertido. Desde
-su peña, Akela gritaba: «Ya sabéis lo que dice la Ley;
-ya lo sabéis. ¡Mirad bien, lobos!» Y las ansiosas madres
-repetían: «¡Mirad! ¡Mirad bien, lobos!»</p>
-
-<p>Al fin (y en aquel momento se le erizaron á mamá
-Loba todos los pelos del cuello), empujó papá Lobo á
-«Mowgli, la rana», como le llamaban, hacia el centro,
-donde se sentó, riendo y jugando con algunos guijarros
-que la luz de la luna hacía brillar.</p>
-
-<p>Akela, sin levantar la cabeza, que tenía puesta
-sobre las patas, continuó con su monótono grito: «¡Mirad
-bien!» Sordo rugido se elevó por detrás de las rocas;
-era la voz de Shere Khan que gritaba á su vez:</p>
-
-<p>&mdash;El cachorro es mío, dádmelo. ¿Qué tiene que ver
-el Pueblo Libre con un cachorro humano?</p>
-
-<p>Akela no movía ni las orejas. No hizo más que
-decir:</p>
-
-<p>&mdash;¡Mirad bien, lobos! ¿Qué tiene que ver el Pueblo
-Libre con los mandatos de cualquiera que no sea el
-mismo Pueblo? ¡Miradlo bien!</p>
-
-<p>Alzóse un coro de gruñidos, y un lobo joven, de
-unos cuatro años, recogió la pregunta de Shere Khan,
-dirigiéndose otra vez á Akela:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tiene que ver el Pueblo Libre con un cachorro
-humano?</p>
-
-<p>Ahora bien: la Ley de la Selva prescribe que, en el
-caso de disputársele á un cachorro el derecho á ser
-admitido por la manada, han de defenderle por lo
-menos dos de los miembros de ésta, que no sean
-su padre ó su madre.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_23">[Pg 23]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p023" style="max-width: 38.1875em;">
- <img class="w100 p6 p6b" src="images/p023.jpg" alt="p23ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_24">[Pg 24]</span></p>
-</div>
-
-<p>&mdash;¿Quién habla en favor de este cachorro? dijo
-Akela. ¿Quién, que pertenezca al Pueblo Libre, habla
-en favor suyo?</p>
-
-<p>Nadie contestó, y mamá Loba preparóse para lo
-que ya sabía ella que sería su última pelea, si al terreno
-de la lucha era preciso llegar.</p>
-
-<p>Entonces, el único animal de otra especie á quien
-se le permite tomar parte en el Consejo de la manada,
-Baloo, el soñoliento oso pardo, que enseña á los
-lobatos la Ley de la Selva, el viejo Baloo que puede
-ir y venir por donde se le antoja porque no come
-más que nueces, raíces y miel, se levantó en dos patas
-y gruñó.</p>
-
-<p>&mdash;¿El cachorro humano...? dijo. Yo hablo en favor
-del cachorro. Ningún mal puede hacernos. No poseo
-el don de la palabra, pero digo la verdad. Dejadle
-correr con la manada, y contadlo como uno de tantos.
-Yo mismo le enseñaré.</p>
-
-<p>&mdash;Necesitamos ahora que hable otro, dijo Akela.
-Baloo lo ha hecho ya, y él es el maestro de nuestros
-lobatos. ¿Quién toma la palabra además de él?</p>
-
-<p>Una sombra negra deslizóse hacia el círculo. Era
-Bagheera, la pantera negra, de un negro de tinta toda
-ella, pero con marcas en la piel, propias de la pantera,
-que según como les daba la luz parecían las aguas que
-llevan en la trama ciertas sedas. Todo el mundo conocía
-á Bagheera, y nadie gustaba de atravesarse en su
-camino, porque era tan astuta como Tabaqui, tan
-atrevida como el búfalo salvaje y tan sin freno como
-el elefante herido. Pero, con todo eso, tenía una voz
-suave como la miel silvestre que gota á gota se desprende
-de un árbol, y piel más fina que plumón.</p>
-
-<p>&mdash;¡Akela, dijo como susurrando, y vosotros, Pueblo
-Libre! Yo no tengo derecho á mezclarme en vuestra
-asamblea; pero la Ley de la Selva dice que si alguna<span class="pagenum" id="Page_25">[Pg 25]</span>
-duda ocurre, que no sea relativa á alguna muerte,
-respecto á un nuevo cachorro, la vida de éste puede
-comprarse mediante un precio estipulado. Y la Ley
-no dice quién puede, ó no, pagar este precio. ¿Estoy
-en lo cierto?</p>
-
-<p>&mdash;¡Bien, bien! dijeron los lobos más jóvenes, hambrientos
-siempre. ¡Que se oiga á Bagheera! El cachorro
-puede comprarse mediante un precio estipulado.
-La Ley lo dice.</p>
-
-<p>&mdash;Como sé que no tengo derecho á hablar aquí,
-pido, para hacerlo, vuestro permiso.</p>
-
-<p>&mdash;¡Habla, pues! gritaron á la vez veinte voces.</p>
-
-<p>&mdash;Matar á un cachorro desnudo es una vergüenza.
-Por otra parte, puede seros muy útil en la caza cuando
-sea mayor. Baloo ha hablado ya en su defensa. Pues
-bien: á lo que él ha dicho añadiré yo la oferta de un
-toro, gordo, acabado de matar, á poca distancia de
-aquí, si aceptáis al cachorro humano, de acuerdo con
-lo que dice la Ley. ¿Tenéis algo qué objetar?</p>
-
-<p>Levantóse un clamor de docenas de voces que
-decían:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué importa! ya se morirá cuando lleguen las
-lluvias del invierno. Ya le abrasarán vivo los rayos
-del sol. ¿En qué puede perjudicarnos una rana desnuda,
-como ésta? Dejadle que se junte á la manada.
-¿Dónde está el toro, Bagheera? Aceptémoslo.</p>
-
-<p>Y entonces se oyó el profundo ladrido de Akela
-que decía:</p>
-
-<p>&mdash;¡Miradlo bien, miradlo bien, lobos!</p>
-
-<p>Tan entretenido estaba Mowgli en jugar con los
-guijarros que no observó el acercársele de los lobos
-uno por uno y mirarle atentamente. Al fin, descendieron
-todos de la colina, en busca del toro muerto,
-exceptuando únicamente Akela, Bagheera, Baloo y los
-lobos de Mowgli.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_26">[Pg 26]</span></p>
-
-<p>Shere Khan rugía aún? entre las sombras de la
-noche, rabioso por no haber logrado que le entregaran
-á Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí! ¡Ruge, ruge cuanto quieras! díjole Bagheera
-en sus propias barbas: ó yo no sé nada de lo que son
-hombres, ó vendrá día en que esa cosa que está ahí
-tan desnuda le hará á <em>vuesa merced</em> rugir en muy
-distinto tono.</p>
-
-<p>&mdash;Bien hemos hecho, dijo Akela. Los hombres y
-sus cachorros saben mucho. Con el tiempo podría
-ayudarnos.</p>
-
-<p>&mdash;Verdaderamente... Puede ser nuestro apoyo en
-caso de necesidad; porque nadie es capaz de forjarse
-la ilusión de ser siempre director de la manada, dijo
-Bagheera.</p>
-
-<p>Akela no contestó. Pensaba en aquel tiempo que
-llega, al fin, para todo jefe de manada, en que las
-fuerzas le abandonan, en que se halla más débil cada
-día, hasta que, al cabo, lo matan los otros lobos, y
-viene un nuevo jefe á ocupar su puesto... para que lo
-maten también, cuando le toca el turno.</p>
-
-<p>&mdash;Llévatelo, dijo á papá Lobo, y adiéstralo en
-cuanto debe saber quien pertenece al Pueblo Libre.</p>
-
-<p>Y así fué como Mowgli entró á formar parte de la
-manada de lobos de Seeonee, siendo un toro el precio
-pagado por su vida, y Baloo su defensor.</p>
-
- <hr class="r15" />
-
-<p>Ahora, contentaos con saltar diez ú once años y con
-adivinar lo estupenda que sería la vida de Mowgli
-entre los lobos, porque, á tener que escribirla, sabe
-Dios los libros que llenaría. Creció junto con los lobatos,
-aunque, naturalmente, ellos eran ya lobos
-hechos y derechos, antes de que hubiera salido él de
-la primera infancia, y papá Lobo le enseñó su oficio
-y el significado de cuanto en la selva había, hasta<span class="pagenum" id="Page_27">[Pg 27]</span>
-que cada crujido bajo la yerba; cada soplo del tibio
-aire de la noche; cada nota lanzada por el buho sobre
-su cabeza; cada ruido que producen los murciélagos,
-arañando, al descansar por un momento en un árbol;
-cada rumor que causa el pececillo al saltar en una
-balsa, significaron para él tanto como el trabajo de
-su oficina significa para el hombre de negocios. Cuando
-no aprendía algo se sentaba á tomar el sol ó
-dormía, y luego á comer y á dormir de nuevo; cuando
-sentía necesidad de limpieza, ó le molestaba el calor,
-se iba á nadar en las lagunas del bosque; en fin,
-cuando necesitaba miel (Baloo le había dicho que miel
-con nueces era comida tan delicada como la carne
-cruda), se encaramaba á los árboles para buscarla, y
-quien le enseñó á hacer esto fué Bagheera.</p>
-
-<p>Tendíase la pantera sobre una rama y le llamaba
-diciendo: «Ven acá, Hermanito,» y al principio Mowgli
-se agarraba torpemente, como el <em>perezoso</em>; mas luego
-saltaba por entre las ramas, de una á otra, con todo el
-aplomo de un mono gris. Ocupó, también, su puesto
-en el Consejo de la Peña, al reunirse la manada, y allí
-descubrió que mirando fijamente á un lobo le obligaba
-á bajar los ojos, lo que fué causa de que lo hiciera
-á menudo por mera diversión. Otras veces arrancaba
-de la piel de sus amigos las largas espinas que se les
-clavaban en ella; porque los lobos sufren horriblemente
-con las espinas y cadillos que se les quedan entre las
-lanas. Descendía también por la ladera de la colina,
-en plena noche, hasta llegar á las tierras de cultivo,
-y miraba curiosamente á los campesinos en sus
-chozas; pero desconfiaba de ellos, porque Bagheera
-le había enseñado una caja cuadrada con una puerta
-que se hundía al pisarla, y con tanta habilidad colocada
-entre la maleza que casi cayó él dentro. Bagheera
-le dijo que era una trampa. Nada fué tan de su<span class="pagenum" id="Page_28">[Pg 28]</span>
-gusto como perderse con la pantera por entre las
-tibias profundidades del bosque, dormir durante todo
-el pesado día, y contemplar por la noche cómo Bagheera
-se dedicaba á la caza. Mataba ella á diestro
-y siniestro según su apetito, y lo mismo hacía Mowgli,
-con una sola excepción. En cuanto tuvo suficiente
-edad para hacerse cargo de las cosas, Bagheera le
-dijo que se abstuviera de poner mano en cabeza alguna
-de ganado, porque su propia vida había sido rescatada
-mediante la entrega de un toro.</p>
-
-<p>&mdash;Tuyo es cuanto hay en la selva, díjole Bagheera,
-y puedes matar todo lo que tus fuerzas te permitan;
-pero, por la memoria del toro que sirvió para comprar
-tu vida, no has de poner mano nunca en res alguna,
-ni aun para comerla, sea joven ó vieja. Esto es lo que
-prescribe la Ley de la Selva.</p>
-
-<p>Mowgli obedeció estrictamente lo que se le
-mandaba.</p>
-
-<p>Y creció, creció tan fuerte como debe de crecer el
-niño que no ha de preocuparse en estudiar las lecciones
-que por modo natural aprende, y para quién no hay
-otros cuidados que el de procurarse comida.</p>
-
-<p>Una ó dos veces díjole mamá Loba que desconfiara
-de Shere Khan, y que un día ú otro tendría que
-matarlo; pero, si un lobato se hubiera acordado de este
-consejo á cada momento, Mowgli lo olvidó por completo,
-como niño que era... aunque indudablemente
-él se hubiera calificado á sí mismo de lobo á haber
-podido hablar en lengua alguna de las que usan los
-hombres.</p>
-
-<p>Continuamente Shere Khan le salía al paso, porque
-como Akela se hacía ya viejo y perdía fuerzas cada día,
-el tigre cojo había llegado á tener gran amistad con
-los lobos más jóvenes de la manada que le seguían para
-recoger sus sobras, cosa que Akela no hubiera nunca<span class="pagenum" id="Page_29">[Pg 29]</span>
-tolerado á haberse atrevido á ejercer su autoridad
-llevándola hasta el extremo.</p>
-
-<p>En tales ocasiones, Shere Khan les halagaba manifestándose
-sorprendido de que tan jóvenes y excelentes
-cazadores se dejaran guiar por un lobo que estaba ya
-medio muerto y por un cachorro humano.</p>
-
-<p>&mdash;Cuéntanme, les decía Shere Khan, que al hombrecito
-no os atrevéis á mirarle en los ojos cuando os
-reunís en el Consejo.</p>
-
-<p>Y los lobos le contestaban gruñendo, erizado
-el pelo.</p>
-
-<p>Bagheera, que parecía estar en todas partes viéndolo
-y oyéndolo todo, llegó á saber algo de esto, y
-más de una vez le explicó á Mowgli, en pocas palabras,
-que Shere Khan había de matarle algún día; á lo que
-Mowgli contestaba riéndose:</p>
-
-<p>&mdash;Cuento con la manada y contigo; y hasta Baloo,
-con toda su pereza, no dejaría de dar algunos golpes
-en mi defensa. ¿Á qué inquietarme, pues?</p>
-
-<p>Un día en que el calor era extremado, ocurriósele á
-Bagheera una nueva idea, nacida de algo que había
-oído. Tal vez á Ikki, el puerco espín, debía la noticia,
-pero ello fué que dijo á Mowgli, cuando ambos estaban
-en lo más profundo de la selva, y mientras el muchacho
-reclinaba la cabeza sobre la hermosa, negra piel de
-Bagheera:</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuántas veces te he dicho, Hermanito, que Shere
-Khan es enemigo tuyo?</p>
-
-<p>&mdash;Tantas como frutos tiene esta palmera, contestó
-Mowgli que, naturalmente, no sabía contar. ¡Bueno!
-¡Y qué! tengo sueño, Bagheera, y Shere Khan no tiene
-más que mucha cola y muchas palabras... como Mao,
-el pavo real.</p>
-
-<p>&mdash;No es ésta hora de dormir. Baloo sabe lo que te
-digo; lo sabe la manada, y sábenlo hasta los infelices,<span class="pagenum" id="Page_30">[Pg 30]</span>
-los simplícisimos ciervos. Á tí mismo, además, te lo
-ha dicho Tabaqui.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! contestó Mowgli. Vínome, no ha mucho,
-con impertinencias de que si yo era un desnudo <em>cachorro
-de hombre</em> y que no servía ni para desenterrar
-raíces; pero lo cogí por la cola y le dí contra una palmera
-un par de veces para enseñarle á tener mejores
-modales.</p>
-
-<p>&mdash;¡Valiente tontería! Porque aunque Tabaqui es
-un chismoso, te hubiera dicho algo que te interesa
-mucho. ¡Abre esos ojos, Hermanito! Shere Khan no
-se atreve á matarte en la selva; pero acuérdate de que
-Akela es ya muy viejo, y no tardará en llegar el día en
-que le será imposible cazar un sólo gamo. Ese día
-dejará de ser jefe. Muchos de los lobos que te admitieron
-cuando fuíste presentado al Consejo son ya
-viejos también, y los jóvenes creen, porque así se lo
-ha enseñado Shere Khan, que un cachorro humano no
-tiene derecho á estar en la manada. Dentro de poco
-serás ya un hombre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es, pues, un hombre, que no puede juntarse
-con sus hermanos? dijo Mowgli. En la selva nací; su
-Ley he obedecido, y no hay un sólo lobo, entre los
-nuestros, de cuyas patas no haya yo arrancado alguna
-espina. ¿Cómo dudar de que son mis hermanos?</p>
-
-<p>Tendióse Bagheera cuan larga era, y, con los ojos
-medio cerrados, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Toca ahí, Hermanito, bajo mi quijada.</p>
-
-<p>Levantó Mowgli su áspera y tostada mano, y debajo
-mismo de la sedosa barbilla de Bagheera, donde los
-enormes y rodantes músculos quedaban ocultos por el
-luciente pelo, halló un espacio raído.</p>
-
-<p>&mdash;Nadie, en toda la extensión de la selva, sabe que
-yo, Bagheera, tenga esta marca... la marca que deja
-el collar; y, sin embargo, Hermanito, yo nací entre los<span class="pagenum" id="Page_31">[Pg 31]</span>
-hombres, y entre ellos murió mi madre... en las jaulas
-del Palacio Real, en Oodeypore. Este fué el motivo
-que me indujo á pagar por tí el precio convenido en el
-Consejo cuando no eras más que un desnudo cachorrillo.
-Sí, también yo nací entre los hombres. La selva
-era desconocida para mí.</p>
-
-<p>Alimentábanme en gamellas de hierro tras los barrotes
-de la jaula, hasta que una noche despertó en mí
-el sentimiento de que yo era Bagheera, la pantera, y
-no un juguete para diversión de los hombres, y entonces
-rompí de un zarpazo el estúpido cerrojo y me
-escapé; y precisamente porque había aprendido las
-costumbres de los hombres llegué á infundir en la
-selva más terror que Shere Khan. ¿No es cierto?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, dijo Mowgli: todos en la selva temen á Bagheera...,
-todos, excepto Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh!... Tú eres un cachorro humano, dijo con
-gran ternura la pantera negra, y del propio modo
-que yo he vuelto á mi selva, así debes tú volver, al fin,
-á donde están los hombres... los hombres que son tus
-hermanos. Esto, si no te matan antes en el Consejo.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿por qué? ¿Por qué ha de querer nadie
-matarme? dijo Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;Mírame, contestóle Bagheera. Y Mowgli la miró
-fijamente en los ojos. La enorme pantera volvió, al
-cabo de algunos momentos, la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;Por <em>esto</em>, dijo mudando de posición una de sus
-patas y colocándola sobre un lecho de hojas. Hasta á
-mí me es imposible mirarte en los ojos, y eso que yo
-nací entre los hombres, y te quiero, Hermanito. Los
-otros te odian porque su mirada no puede resistir el
-choque de la tuya; porque eres sabio; porque has arrancado
-espinas de sus patas... porque eres un hombre.</p>
-
-<p>&mdash;No sabía nada de eso, contestó con aspereza
-Mowgli, arrugando las negras y pobladas cejas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_32">[Pg 32]</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Cuál es la Ley de la Selva? Pega primero y
-avisa después. Hasta por tu propio descuido conocen
-que eres un hombre. Pero sé prudente. Me da el corazón
-que en cuanto á Akela se le escape el primer
-gamo sobre el cual se arroje (y cada día va haciéndosele
-más difícil el apoderarse de los gamos que persigue),
-la manada se pondrá en contra de él y de tí.
-Celebraráse un Consejo de la Selva en la Peña, y
-entonces... y entonces... Ya tengo una idea, dijo Bagheera
-levantándose de un salto. Vete inmediatamente
-á donde los hombres tienen sus chozas, allá en el
-valle, y coge una parte de la Flor Roja que allí cultivan,
-á fin de que en el momento oportuno puedas
-contar con un apoyo más fuerte que yo, ó que Baloo,
-ó los que bien te quieren en la manada. Anda, ve á
-buscar la Flor Roja.</p>
-
-<p>Lo que Bagheera quería significar al hablar de la
-Flor Roja era el fuego; pero no hay en toda la selva
-ser viviente que quiera llamar al fuego por su nombre.
-Sienten ante él todas las fieras un miedo mortal, é
-inventan cien maneras diferentes de describir lo que
-tal pavor les causa.</p>
-
-<p>&mdash;¿La Flor Roja? dijo Mowgli. Es la que á la hora
-del crepúsculo crece fuera de las chozas. Yo la
-cogeré.</p>
-
-<p>&mdash;Así deben hablar los cachorros de los hombres,
-dijo Bagheera con orgullo. Acuérdate de que la flor
-crece en unas macetas pequeñas. Arrebatas una y la
-guardas para cuando llegue la hora en que puedas
-necesitarla.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bueno! dijo Mowgli. Allá voy. Pero ¿estás
-segura, ¡Bagheera mía! (y al decir esto le deslizó un
-brazo en torno del espléndido cuello y la miró profundamente
-en los grandes ojos), estás segura de que todo
-esto es obra de Shere Khan?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_33">[Pg 33]</span></p>
-
-<p>&mdash;Por el Cerrojo que me dió la libertad, te aseguro
-que sí, Hermanito.</p>
-
-<p>&mdash;Pues, entonces, por el Toro que sirvió para
-comprar mi vida, te prometo que voy á saldar mis
-cuentas con Shere Khan, y es posible que le pague aun
-algo más de lo que le debo. Al decir esto salió disparado.</p>
-
-<p>&mdash;He aquí á un hombre... todo un hombre, dijo,
-entre sí, Bagheera, tendiéndose en el suelo nuevamente.
-¡Ah, Shere Khan, nunca te metiste en más
-funesta cacería que en la de esta rana, diez años
-atrás!</p>
-
-<p>Mowgli había ido alejándose por el interior del
-bosque, á todo correr, ardiéndole el corazón en el
-pecho. Llegó á la cueva á la hora en que comenzaba
-á elevarse la niebla vespertina, paróse para tomar
-aliento, y miró hacia el fondo del valle. Los lobatos
-habían salido, pero mamá Loba, desde las profundidades
-de la caverna, conoció por el modo de respirar
-que algo le pasaba á su <em>rana</em>.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay, hijo? exclamó.</p>
-
-<p>&mdash;Charlatanismos, propios de murciélago, de ese
-Shere Khan, respondió Mowgli. Esta noche cazo en
-terreno labrantío, añadió, y enseguida hundióse entre
-los arbustos, dirigiéndose hacia el sitio por donde
-corrían las aguas en el fondo del valle. Detúvose allí
-porque oyó los salvajes alaridos de la cacería en que
-se hallaba la manada; el mugido del <em>sambhur</em> cuando
-le persiguen; el resoplar del gamo que se ve acorralado.
-Entonces resonó un coro de perversos é insultantes
-aullidos que partían de los lobos más jóvenes:</p>
-
-<p>&mdash;¡Akela! ¡Akela! Dejad que el Lobo Solitario
-muestre su fuerza, decían. ¡Paso al Jefe de la manada!
-¡Salta, Akela!</p>
-
-<p>El Lobo Solitario debió de saltar, sin duda, equivocando<span class="pagenum" id="Page_34">[Pg 34]</span>
-el golpe, porque Mowgli oyó el castañeteo de
-los dientes y luego una especie de ladrido cuando el
-<em>sambhur</em> le hizo rodar por el suelo empujándole con
-las patas delanteras.</p>
-
-<p>No esperó ya más para ver lo que sucedía. Siguió
-adelante, y los gritos fueron oyéndose cada vez más
-débiles á medida que se alejaba en dirección á las
-tierras de labor, en las cuales vivían los campesinos.</p>
-
-<p>&mdash;Bagheera estaba en lo cierto, dijo resollando
-fuerte, mientras se arrellanaba sobre unos forrajes
-que halló bajo la ventana de una choza. Mañana será
-un día importante para Akela y para mí.</p>
-
-<p>Pegó, entonces, la cara á la ventana, y miró el
-fuego que ardía en el suelo. Vió á la mujer del labriego
-levantarse y arrojar, por la noche, sobre las llamas,
-unos pedazos de algo negro; y al llegar la mañana,
-cuando todo estaba envuelto en blanca y fría neblina,
-vió á un rapaz, hijo del campesino, coger una especie
-de maceta de mimbres, enjalbegada interiormente
-con tierra, llenarla de encendidas brasas, colocarla
-bajo una manta, y salir para cuidar de las vacas en el
-establo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y esto es todo? dijo Mowgli. Si un cachorro
-como éste puede hacerlo, entonces nada hay que temer.
-Dobló la esquina de la casa, corrió hacia el muchacho,
-le arrebató aquélla especie de maceta y desapareció
-con ella entre la niebla, mientras el chico se quedaba
-chillando atemorizado.</p>
-
-<p>&mdash;Mucho se me parecen, dijo Mowgli, soplando en
-la maceta, como había visto que la mujer hacía. Esto
-se me va á morir si no lo alimento, añadió. Y comenzó
-á arrojar ramitas de árbol y cortezas secas sobre
-aquella materia de un rojo tan vivo. Hacia media colina
-hallóse con Bagheera, cuya piel, con el rocío matinal,
-parecía salpicada de piedras preciosas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_35">[Pg 35]</span></p>
-
-<p>&mdash;Akela ha errado el golpe; dijo la pantera. Á no
-haber sido porque te necesitaban también á tí, lo
-hubieran muerto ayer noche. En busca tuya fueron á
-la colina.</p>
-
-<p>&mdash;Yo andaba, entonces, por las tierras de labor. Ya
-estoy listo. ¡Mira!</p>
-
-<p>Y Mowgli levantó la especie de maceta llena de
-fuego.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bien! Ahora falta otra cosa: yo he visto á los
-hombres arrojar una rama seca sobre esto, y al poco
-rato la Flor Roja se abría al extremo de la rama. ¿No
-tienes miedo de hacer otro tanto?</p>
-
-<p>&mdash;No. ¿Por qué he de tenerlo? Recuerdo ahora (si no
-es todo ello un sueño) como, antes de ser lobo, me acosté
-junto á la Flor Roja, hallándola caliente y agradable.</p>
-
-<p>Todo el día lo pasó Mowgli sentado en la caverna,
-cuidando de su maceta y metiendo en ella ramas secas,
-para ver el efecto que producían después. Halló una
-á su gusto, y, al anochecer, cuando Tabaqui llegó á la
-cueva y le dijo, con harta rudeza, que le necesitaban
-en el Consejo de la Peña, se estuvo riendo hasta que
-Tabaqui echó á correr. Entonces se dirigió hacia el
-Consejo, pero riéndose aún.</p>
-
-<p>Akela, el Lobo Solitario, estaba echado junto á su
-roca, como signo de que la jefatura de la manada se
-hallaba vacante, y Shere Khan, con su cohorte de
-lobos ahitos de sus sobras, paseábase de un lado á otro
-con aire resuelto y satisfecho. Bagheera estaba echada
-junto á Mowgli, y éste tenía, entre las piernas, la maceta
-del fuego. Cuando estuvieron todos reunidos,
-Shere Khan empezó á hablar, lo que jamás se hubiera
-atrevido á hacer en los buenos tiempos de Akela.</p>
-
-<p>&mdash;No tiene derecho á esto, murmuró Bagheera.
-Díselo. Ese es de casta de perro: verás como se atemoriza.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_36">[Pg 36]</span></p>
-
-<p>Mowgli púsose en pie.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pueblo libre! gritó, ¿es, acaso, Shere Khan
-quien dirige la manada? ¿Qué tiene que ver un tigre
-con nuestra jefatura?</p>
-
-<p>&mdash;Viendo que el puesto está vacante, y habiéndoseme
-suplicado que hablara... comenzó á decir
-Shere Khan.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién lo ha suplicado? ¿Por ventura nos hemos
-vuelto todos chacales para estar adulando á este carnicero,
-matador de reses? La jefatura de la manada
-pertenece exclusivamente á miembros de la manada
-misma.</p>
-
-<p>Oyéronse feroces aullidos que significaban:</p>
-
-<p>&mdash;¡Silencio, <em>cachorro de hombre</em>!</p>
-
-<p>&mdash;Dejadle hablar. Ha observado fielmente nuestra
-Ley.</p>
-
-<p>Al fin los ancianos de la manada gritaron con voz
-tonante:</p>
-
-<p>&mdash;¡Dejad que hable el Lobo Muerto!</p>
-
-<p>Cuando un jefe de la manada ha errado el golpe en
-la caza, dejando de matar á la pieza que perseguía,
-recibe el nombre de Lobo Muerto en todo lo que le
-queda de vida, que no es mucho por regla general.</p>
-
-<p>Akela levantó con aire de fatiga la cabeza en que
-la vejez había impreso su sello:</p>
-
-<p>&mdash;¡Pueblo Libre, dijo, y vosotros también, chacales
-de Shere Khan! Durante doce estaciones os he llevado
-á la caza, y de ella os he vuelto sin que ni uno de
-vosotros cayera en trampa alguna ó quedara inutilizado.
-Ahora he errado el golpe. Bien sabéis cómo
-vosotros mismos me llevasteis á atacar á un gamo
-que no había sido corrido previamente, para que así
-se viera más clara mi debilidad. Hábiles han sido
-vuestros manejos. Tenéis derecho á matarme ahora
-mismo, aquí, en el Consejo de la Peña. Por lo tanto<span class="pagenum" id="Page_37">[Pg 37]</span>
-no pregunto más que esto: ¿quién es el que va á quitar
-la vida al Lobo Solitario? Porque también á mí me
-asiste otro derecho, según la Ley de la Selva: el de
-exigir que os acerquéis á mí uno á uno.</p>
-
-<p>Reinó entonces prolongado silencio, porque á ningún
-lobo le parecía muy agradable el tener un duelo á
-muerte con Akela.</p>
-
-<p>De pronto Shere Khan rugió:</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! ¿Qué nos importa lo que diga ese viejo
-chocho y sin dientes? ¡No tardará en morirse! El hombrecito
-ese es quien ha vivido ya demasiado... ¡Pueblo
-Libre! Mi presa fué desde el primer día: dádmelo.
-Cansado estoy ya de ese loco empeño de hacer de él
-un hombre-lobo. Durante diez estaciones no ha hecho
-más que molestar á todo el mundo en la Selva. Dadme
-á ese hombrecito, ó de lo contrario os prometo
-que he de cazar siempre aquí y no he de daros ni un
-solo hueso. El es un hombre, un chiquillo de los que
-los hombres tienen, y yo le odio hasta los tuétanos.</p>
-
-<p>Entonces, más de la mitad de los lobos que formaban
-la manada aulló:</p>
-
-<p>&mdash;¡Un hombre! ¡Un hombre! ¿Qué tiene que ver con
-nosotros hombre alguno? ¡Qué se vaya con los suyos!</p>
-
-<p>&mdash;¿Y que vaya á alzar contra vosotros á toda la
-gente de los pueblos? No: dádmelo á mí. Es un hombre,
-y ninguno de nosotros puede mirarle de hito en
-hito en los ojos.</p>
-
-<p>Akela levantó de nuevo la cabeza y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;De lo nuestro ha comido; con nosotros durmió
-hasta hoy; nos ha proporcionado caza; nada ha hecho
-que sea contrario á la Ley de la Selva...</p>
-
-<p>&mdash;Además, yo pagué por él un toro cuando se le
-aceptó. Poco vale un toro; pero el honor de Bagheera
-es algo por lo cual acaso esté dispuesta á pelearse, dijo
-la pantera con voz que suavizó cuanto pudo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_38">[Pg 38]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Un toro que fué pagado diez años atrás! gruñeron
-entre dientes los lobos de la manada. ¡Qué nos
-importan unos huesos roídos hace ya diez años!</p>
-
-<p>&mdash;¿O, mejor, qué os importa una promesa? dijo Bagheera
-mostrando sus blancos dientes por debajo del
-labio. ¡Bien os sienta ese nombre de Pueblo Libre!</p>
-
-<p>&mdash;Un cachorro humano no puede juntarse con
-el Pueblo de la Selva, rugió Shere Khan. ¡Entregádmelo!</p>
-
-<p>&mdash;Por todo es nuestro hermano, excepto por la
-sangre, siguió diciendo Akela. ¡Y vosotros quisierais
-matarle aquí! En verdad que harto he vivido. Algunos
-de vosotros se alimentan de ganado, y de otros he oído
-decir que, bajo la dirección de Shere Khan, van de
-noche, protegidos por la oscuridad, á robar niños á las
-mismas puertas de las aldeas. De ello deduzco que sois
-cobardes, y que á cobardes estoy hablando. Cierto que
-he de morir, y mi vida carece ya de valor, mas, á
-tenerlo, yo la ofrecería en lugar de la del hombrecito.
-Pero por el honor de la manada (una bagatela de
-la cual os habéis olvidado desde que estáis sin jefe),
-yo os prometo que, si dejáis á ese hombre-cachorro
-volver con los suyos, no he de enseñaros los dientes
-cuando me llegue la hora de morir. Esperaré la muerte
-sin resistencia. Lo menos tres vidas se ahorrarán así.
-No puedo hacer más; pero si asentís á lo que os digo,
-no pasaréis por la vergüenza de matar á un hermano
-que ningún delito ha cometido... un hermano cuya vida
-fué defendida y comprada, de acuerdo con la Ley de
-la Selva, cuando se le incorporó á nuestra manada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es un hombre... un hombre... un hombre! gruñeron
-los lobos, y la mayor parte de ellos comenzó á
-agruparse en torno de Shere Khan, que se azotaba los
-ijares con la cola.</p>
-
-<p>&mdash;En tus manos está ahora el asunto, dijo Bagheera<span class="pagenum" id="Page_39">[Pg 39]</span>
-á Mowgli. Ni tú ni yo podemos hacer ya más que luchar
-contra todos.</p>
-
-<p>Púsose Mowgli en pie llevando entre las manos la
-maceta del fuego. Estiró los brazos y bostezó mirando
-hacia el Consejo; pero estaba loco de ira y de pena al
-ver que los lobos, procediendo como lo que eran, le
-habían ocultado siempre el odio que por él sentían.</p>
-
-<p>&mdash;¡Escuchadme! gritó. Ninguna necesidad hay de
-que estéis aquí charlando como si fuerais perros. Tantas
-veces me habéis dicho ya esta noche que soy un
-hombre (y en verdad que, por mi gusto, hubiera sido
-un lobo hasta el fin de mi vida), que empiezo á comprender
-que estáis en lo cierto. En adelante, no os
-llamaré ya hermanos míos, sino <em>sag</em> (perros) como
-os llamaría un hombre. Lo que haréis, ó dejaréis de
-hacer, no sois vosotros los llamados á decirlo. Asunto
-es éste que me corresponde á mí; y para que podáis
-haceros cargo de él más claramente, yo, el hombre, he
-traído aquí una pequeña porción de la Flor Roja que
-tanto os atemoriza á vosotros, como perros que sois.</p>
-
-<p>Arrojó al suelo la maceta del fuego, y algunas de
-las brasas prendieron en un montón de seco musgo,
-que ardió al punto, mientras todo el Consejo retrocedía
-aterrorizado al ver elevarse las llamas.</p>
-
-<p>Lanzó Mowgli sobre el fuego la rama que llevaba,
-y cuando ésta se encendió chisporroteando, comenzó
-á agitarla rápidamente por encima de los acobardados
-lobos.</p>
-
-<p>&mdash;Ya no hay aquí más amo que tú, dijo Bagheera
-en voz baja. Salva la vida á Akela: fué siempre tu
-amigo.</p>
-
-<p>Akela, el serio y ya viejo lobo que en su vida había
-pedido á nadie misericordia, dirigió á Mowgli una
-triste mirada, mientras éste se erguía completamente
-desnudo, la larga y negra cabellera caída sobre los<span class="pagenum" id="Page_40">[Pg 40]</span>
-hombros, iluminado por las llamas de la encendida
-rama que agitaba las sombras y las hacía temblar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bueno! dijo Mowgli tendiendo pausadamente la
-mirada en torno suyo. Veo que no sois más que unos
-perros. Os dejo para irme con mi gente... si hay en
-el mundo semejante cosa. La selva es desde hoy
-campo vedado para mí, y es fuerza que olvide vuestra
-amistad; pero voy á mostrarme más generoso que
-vosotros: por la sola razón de que, exceptuando el
-ser hermano por la sangre, yo lo he sido todo para
-vosotros, os prometo que, cuando sea un hombre entre
-los hombres, no he de haceros traición, como vosotros
-me la habéis hecho á mí.</p>
-
-<p>Dió al fuego un puntapié, y el aire se llenó de
-chispas.</p>
-
-<p>&mdash;No habrá guerra, prosiguió, entre nosotros.
-Pero antes de dejaros, he de solventar una deuda.
-Dirigióse á grandes pasos hacia el sitio donde Shere
-Khan estaba sentado sobre sus patas, parpadeando
-con aire atontado al mirar las llamas, y cogióle por
-el puñado de pelo que tenía bajo la barba. Bagheera
-siguió á entrambos, en previsión de lo que pudiera
-ocurrir.</p>
-
-<p>&mdash;¡Levántate, perro! gritó Mowgli. ¡Levántate
-cuando te habla un hombre, ó, de lo contrario, te abraso
-la piel!</p>
-
-<p>Shere Khan bajó las orejas hasta dejarlas como
-aplastadas sobre su cabeza, y cerró los ojos, porque
-vió muy cerca de él la rama ardiendo.</p>
-
-<p>&mdash;Ese cazador de reses dijo que me mataría en el
-Consejo, porque no pudo matarme cuando yo no era
-más que un cachorro. Así es como nosotros pagamos
-á los perros cuando llegamos á ser hombres. ¡Mueve
-no más que uno de tus bigotes, Lungri, y te hundo la
-Flor Roja en el gaznate!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_41">[Pg 41]</span></p>
-
-<p>Pególe á Shere Khan en la cabeza con la rama, y
-el tigre gimoteó con plañidera voz, como agonizante
-de terror.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! ¡Anda ahora, chamuscado gato de la Selva!
-Pero acuérdate de lo que te digo: cuando yo vuelva al
-Consejo de la Peña, como es bien que un hombre
-vuelva, será cubriendo mi cabeza con tu piel. Por lo
-demás, Akela queda en libertad de vivir, y del modo
-que mejor guste. No le mataréis, porque no es ésta
-mi voluntad. Ni pienso, tampoco, que vais á estar aquí
-más tiempo con la lengua colgando, como si fuerais
-algo más que perros que yo arrojo de este lugar...
-Por lo tanto ¡largo de ahí!</p>
-
-<p>Ardía furiosamente el extremo de la rama, y Mowgli
-comenzó á vapulear con ella, á derecha é izquierda,
-á los que formaban el círculo, con lo cual echaron á
-correr los lobos aullando, al sentir que las chispas les
-quemaban el pelo. No quedaron, al fin, más que Akela,
-Bagheera y unos diez lobos que se habían puesto del
-lado de Mowgli. Entonces sintió éste en su interior
-una pena como jamás la había experimentado antes, y,
-tomando aliento, sollozó, y las lágrimas corrieron por
-su rostro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es eso?... ¿Qué es eso? dijo. No quisiera
-abandonar la Selva, y no sé qué es lo que me ocurre.
-¿Me estoy muriendo, acaso, Bagheera?</p>
-
-<p>&mdash;No, Hermanito. Eso no son más que lágrimas,
-como las que derraman los hombres, díjole Bagheera.
-Ahora sí que eres <em>un hombre</em>, y no ya un cachorro
-humano, como antes. En verdad que la Selva se ha
-cerrado para tí desde hoy. Déjalas correr, Mowgli:
-no son más que lágrimas.</p>
-
-<p>Sentóse, pues, Mowgli, y lloró como si el corazón
-fuera á rompérsele á pedazos. Era la primera vez que
-lloraba.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_42">[Pg 42]</span></p>
-
-<p>&mdash;Ahora, dijo, me voy con los hombres. Pero antes
-he de despedirme de mi madre; y así diciendo fuése á
-la caverna donde ella vivía junto con papá Lobo, y
-sobre su piel derramó nuevas lágrimas, mientras los
-cuatro lobatos aullaban tristemente.</p>
-
-<p>&mdash;¿No me olvidaréis? dijo Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;Nunca, mientras podamos seguir una pista, dijeron
-los cachorros. Cuando seas un hombre, ven hasta
-el pie de la colina y hablaremos contigo. Nosotros
-iremos también, de noche, á las tierras de cultivo, y
-allí jugaremos juntos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vuelve pronto! dijo papá Lobo. ¡Vuelve pronto,
-ranita sabia, porque tanto tu madre como yo somos
-ya viejos!</p>
-
-<p>&mdash;¡Vuelve pronto! repitió mamá Loba, desnudito
-hijo mío; porque... oye lo que voy á decirte... siempre
-te he querido á tí más, con todo y ser hijo de un hombre,
-que á mis cachorros.</p>
-
-<p>&mdash;Sin duda que volveré, dijo Mowgli; y cuando lo
-haga será para tender sobre la Peña del Consejo la
-piel de Shere Khan. ¡No me olvidéis! ¡Decidles á todos
-en la Selva que tampoco me olviden nunca!</p>
-
-<p>Rayaba el alba cuando Mowgli bajó de la colina,
-completamente solo, para ir en busca de esos misteriosos
-seres que se llaman hombres<a id="FNanchor_5" href="#Footnote_5" class="fnanchor">[5]</a>.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_43">[Pg 43]</span></p>
-</div>
-
-<h3>Canción de caza
-de la manada de Seeonee</h3>
-
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p>Al rayar la aurora&mdash;el <em>sambhur</em> baló<br />
-<span style="margin-left: 2em;">¡una, dos veces, tres!</span><br />
-y del lago donde&mdash;va el ciervo á beber<br />
-<span style="margin-left: 2em;">un gamo saltó&mdash;un gamo saltó.</span><br />
-Yo sólo, en acecho,&mdash;lo he podido ver,<br />
-<span style="margin-left: 2em;">¡una, dos veces, tres!</span><br />
-<br />
-Al rayar la aurora&mdash;el <em>sambhur</em> baló<br />
-<span style="margin-left: 2em;">¡una, dos veces, tres!</span><br />
-Y atrás volvió un lobo,&mdash;volvió un lobo atrás<br />
-<span style="margin-left: 2em;">la nueva llevando&mdash;pronto á los demás:</span><br />
-de la hallada pista&mdash;nos vamos detrás,<br />
-<span style="margin-left: 2em;">¡una, dos veces, tres!</span><br />
-<br />
-Al rayar la aurora&mdash;la tribu rugió<br />
-<span style="margin-left: 2em;">¡una, dos veces, tres!</span><br />
-¡Pies que van pisando&mdash;sin huella dejar!...<br />
-<span style="margin-left: 2em;">¡Ojos que en la noche&mdash;ven claro al mirar!...</span><br />
-¡Y gritos y estruendo&mdash;y torna á escuchar!...<br />
-<span style="margin-left: 2em;">¡Una, dos veces, tres!</span></p>
-</div>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp79" id="p043" style="max-width: 10em;">
- <img class="w100 p4" src="images/p043.jpg" alt="p43ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_44">[Pg 44]</span></p>
-</div>
-
-
-<div class="footnotes">
-<p class= "p4 center big1">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_4" href="#FNanchor_4" class="label">[4]</a> Usa el autor palabras de su invención para remedar las voces de
-los animales. Consérvolas lo mismo, ó casi lo mismo, en la traducción,
-suprimiendo, á veces, alguna letra, inútil en castellano.&mdash;N. <span class="allsmcap">DEL</span> T.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_5" href="#FNanchor_5" class="label">[5]</a> No es éste el único cuento del <em>Libro de las tierras vírgenes</em> en
-que aparece la figura de Mowgli. Repetidas veces la pone el autor en
-escena, sin seguir un riguroso orden, saltando de unos á otros asuntos
-en cada cuento. Fácilmente hubieran podido agruparse todos los relativos
-á Mowgli formando serie, y tengo noticia de que hay una edición
-norteamericana de esta obra que así lo ha hecho. Aquí se publican
-en la misma forma en que se hallan en las obras completas del autor.
-(Macmillan and C.<sup>o</sup>, Londres, 1899).</p>
-
-</div>
-</div>
-
-
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_45">[Pg 45]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p045" style="max-width: 31.25em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p045.jpg" alt="" />
-</div>
-
-
-
-<h2 class="nobreak">La caza de Kaa</h2>
-
-<div class="block45">
-<div class="poetry-container p1 pw25">
-<div class="poetry">
-<p>Sus manchas son orgullo del Leopardo,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">sus cuernos son del búfalo el honor.</span><br />
-Sé limpio, que la fuerza del que caza<br />
-<span style="margin-left: 3em;">se juzga de la piel por el color.</span><br />
-Si te ocurre que un toro te voltea,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">ó pruebas del <em>sambhur</em> una cornada,</span><br />
-no dejes el trabajo por contarlo,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">que es cosa que tenemos ya olvidada.</span><br />
-Nunca maltrates al cachorro ajeno;<br />
-<span style="margin-left: 3em;">mírale como á un hijo de tu padre,</span><br />
-que, aunque pequeño y torpe, es muy posible,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">que á una osa, tal vez, tenga por madre.</span><br />
-¡No hay nadie como yo! dice el cachorro,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">cuando derriba la primera pieza;</span><br />
-pero grande es la Selva y él pequeño;<br />
-<span style="margin-left: 3em;">deja que piense en calma, que ahora empieza.</span></p>
-
-<p class="right p1" style="padding-right: 2em; "><em>Máximas de Baloo.</em></p>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="p2">Cuanto aquí se refiere ocurrió algún tiempo antes
-de que Mowgli fuera arrojado de la manada de lobos
-de Seeonee, y se vengara de Shere Khan, el tigre.
-Era en la época en que Baloo le enseñaba la Ley de
-la Selva. El serio, viejo y enorme oso pardo estaba
-contentísimo con un discípulo tan listo, porque los lobatos
-no quieren aprender de la Ley de la Selva más
-que lo que se refiere á su propia manada y tribu; escapándose<span class="pagenum" id="Page_46">[Pg 46]</span>
-en cuanto saben de memoria estas palabras
-de la «Canción de caza»: «Pies que no causan el
-menor ruido; ojos que ven en la oscuridad; orejas que
-pueden oir los diferentes vientos desde el cubil; blancos
-y afilados dientes: todo esto son señales características
-de nuestros hermanos, exceptuando á Tabaqui, el
-Chacal, y á la Hiena, que odiamos».</p>
-
-<p>Pero Mowgli, que era un hombrecito, tuvo que
-aprender bastante más. Algunas veces Bagheera, la
-pantera negra, se acercaba, curioseando por la selva,
-para ver cómo le iba á su niño mimado, y, apoyando
-la cabeza contra un árbol, escuchaba, con sordo ronquido,
-la lección que Mowgli recitaba á Baloo. Sabía
-el muchacho trepar á los árboles casi tan bien como
-nadar, y nadar casi con igual habilidad que correr;
-por lo cual Baloo, el Maestro de la Ley, le enseñó las
-del Bosque y del Agua: cómo puede distinguirse una
-rama carcomida de otra sana; cómo tenía que hablar
-cortesmente á las abejas silvestres cuando encontrara
-una de sus colmenas á quince metros sobre el nivel
-del suelo; qué es lo que había de decir á Mang, el murciélago,
-cuando fuera á molestarle entre las ramas en
-mitad del día; cómo tenía que avisar á las serpientes
-de agua que viven en las lagunas, antes de lanzarse
-al agua entre ellas. Ni uno sólo de los habitantes de la
-Selva gusta de que le molesten, y todos están siempre
-muy dispuestos á arrojarse sobre los intrusos. Después
-de esto, aprendió Mowgli también la «Consigna del
-cazador forastero», que hay que ir repitiendo en alta
-voz hasta que sea contestada, siempre que alguno de
-los habitantes de la Selva caza fuera de su propio
-terreno. Traducida la consigna, significa: «Dame permiso
-para cazar aquí, porque tengo hambre». Y la
-respuesta dice: «Caza, pues, para buscar comida, pero
-no para tu recreo».</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_47">[Pg 47]</span></p>
-
-<p>Todo esto os demostrará las muchas cosas que tuvo
-que aprender Mowgli de memoria, llegando á cansarse
-ya de tanto repetir lo mismo más de cien veces; pero
-es lo que le dijo Baloo á Bagheera un día en que hubo
-que pegarle y el muchacho se marchó malhumorado:</p>
-
-<p>&mdash;Un cachorro humano es un cachorro humano, y
-tengo el deber de enseñarle <em>toda</em> la Ley de la Selva.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ten presente lo pequeño que es, dijo la pantera
-negra, que hubiera echado á perder á Mowgli si
-ella hubiera podido educarle á su modo. ¿Cómo pueden
-caber en cabeza tan chica todos tus largos paliques?</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay, acaso, en la Selva cosa alguna que de puro
-pequeña no pueda matarse? No. Pues bien: por esta
-razón le enseño todo eso, y por lo mismo le pego, con
-mucha suavidad, cuando se le olvida algo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Con suavidad! ¿Qué sabes tú de suavidades,
-viejo Patas-de-hierro? gruñó Bagheera. Toda la cara
-le has llenado hoy de cardenales con tu... suavidad.
-¡Uf!...</p>
-
-<p>&mdash;Valdría más que estuviera lleno de cardenales de
-cabeza á pies, mientras fueran causados por mí, que
-le quiero, que no que le ocurriera alguna desgracia
-por ignorancia, contestó Baloo con suma gravedad.
-Ahora le estoy enseñando las Palabras Mágicas de la
-Selva, que han de protegerle contra los pájaros, contra
-el Pueblo de las Serpientes y contra todo cuadrúpedo
-que caza, excepto contra su propia manada. Desde
-hoy, con sólo recordar tales palabras, podrá ya pedir
-protección á todos los habitantes de la Selva. ¿No vale
-esto la pena de recibir algunos golpes?</p>
-
-<p>&mdash;Bien, pero cuidado con matar al hombrecito. No
-es ningún tronco de árbol para que vayas á afilar en
-él tus embotadas garras. Pero, dime, ¿qué Palabras
-Mágicas son ésas de que estás hablando? Más probable
-es que tenga yo que prestar ayuda á alguien, que pedirla<span class="pagenum" id="Page_48">[Pg 48]</span>
-(y, al decir esto, estiró Bagheera una de sus
-patas, contemplando con admiración los acerados cinceles
-de sus garras); sin embargo, añadió, me gustaría
-saberlo.</p>
-
-<p>&mdash;Llamaré á Mowgli y él te dirá esas palabras...
-si se le antoja. ¡Ven, Hermanito!</p>
-
-<p>&mdash;Tengo la cabeza como un árbol lleno de abejas
-que zumban, dijo por encima de los que hablaban una
-vocecilla malhumorada, y Mowgli, en el colmo de la
-indignación, se deslizó por el tronco de un árbol añadiendo
-al echar pie á tierra:</p>
-
-<p>&mdash;¡Si vengo es por Bagheera y no por tí, Baloo,
-viejo gordiflón!</p>
-
-<p>&mdash;Lo mismo me da, dijo Baloo, aunque le hiriera
-en lo vivo y le apenara la contestación. Dile, pues, á
-Bagheera las Palabras Mágicas de la Selva, que te he
-enseñado hoy.</p>
-
-<p>&mdash;¿Las Palabras Mágicas... para qué Pueblo? dijo
-Mowgli contentísimo al ver la ocasión que se le ofrecía
-para exhibirse. En la Selva hay muchos lenguajes.
-Yo los sé todos.</p>
-
-<p>&mdash;Algo de ellos sabes, pero no mucho. ¿Ves,
-Bagheera? Nunca se muestran agradecidos con quien
-les enseña. Jamás un sólo lobato ha venido á dar las
-gracias á Baloo por sus enseñanzas. Vamos, dí, pues,
-las palabras para el Pueblo Cazador... ¡gran sabio!</p>
-
-<p>&mdash;«Tú y yo somos de la misma sangre», dijo
-Mowgli dando á las palabras el acento especial de oso
-que usan todos los que cazan allí.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. Ahora las que sirven para los pájaros.</p>
-
-<p>Repitiólas Mowgli, terminando la frase con el silbido
-característico del milano.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora las que son para el Pueblo de las Serpientes,
-dijo Bagheera.</p>
-
-<p>La contestación fué un silbido indescriptible, tras el<span class="pagenum" id="Page_49">[Pg 49]</span>
-cual hizo Mowgli una salvaje pirueta, batió palmas
-para celebrar su propia habilidad y de un salto se
-colocó sobre el lomo de Bagheera, sentándose de medio
-lado y dándole con los talones sobre la reluciente piel,
-mientras le hacía á Baloo las más horrorosas muecas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ea! ¡Ea! ¡Bien merecido tenías el cardenal! dijo,
-con ternura, el oso pardo. Algún día me lo agradecerás.
-Volvióse, entonces, para decirle á Bagheera
-cómo había pedido á Hathi, el Elefante Salvaje, que
-sabe todas esas cosas, que le dijera las Palabras Mágicas,
-y, cómo Hathi llevó á Mowgli á una laguna para
-obtener de una serpiente de agua la Palabra que sirve
-para todas las Serpientes, porque Baloo no podía pronunciarla;
-finalmente, cómo Mowgli podía considerarse
-ya á salvo de todas las eventualidades que pudieran
-presentársele en la Selva, porque ni serpientes, ni
-pájaros, ni fieras le causarían daño alguno.</p>
-
-<p>&mdash;No hay que temer á nadie, dedujo de lo expuesto
-Baloo, dándose suaves golpecitos con aire de orgullo
-sobre el enorme y peludo vientre.</p>
-
-<p>&mdash;Excepto á los de su propia tribu, dijo Bagheera
-para sí. Y añadió luego, en voz alta, dirigiéndose á
-Mowgli:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ten un poco de cuidado con mis costillas, Hermanito!
-¿Qué significa tanto bailoteo?</p>
-
-<p>Mowgli había intentado repetidas veces hacerse oir
-estirándole á Bagheera la piel del hombro y dándole
-fuertemente con los pies.</p>
-
-<p>Cuando los dos le escucharon gritó á voz en cuello:</p>
-
-<p>&mdash;De modo que yo tendré una tribu de mi propiedad
-y la dirigiré por entre las ramas durante todo el día.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué nueva locura es ésa? ¿Ya estás haciendo
-castillos en el aire? dijo Bagheera.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, y le tiraré ramas y porquería al viejo Baloo,
-continuó diciendo Mowgli. Me lo han prometido. ¡Ah!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_50">[Pg 50]</span></p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Woof!</em> La gruesa pata de Baloo arrojó á Mowgli
-del sitio en que estaba sentado sobre la espalda de
-Bagheera, y desde el suelo donde, frente á sus patas
-delanteras, quedó tendido, pudo ver que el oso estaba
-incomodado.</p>
-
-<p>&mdash;Mowgli, dijo Baloo, tú has hablado con los <em>Bandar-log</em>
-(el Pueblo de los Monos).</p>
-
-<p>Mowgli miró á Bagheera para ver si la pantera se
-había incomodado también, y vió que los ojos de ésta
-tenían tan dura expresión como si fueran dos piedras
-de jade.</p>
-
-<p>&mdash;Tú has estado con el Pueblo de los Monos... con
-los monos grises... el pueblo sin Ley... los que comen
-cuanto se les presenta. ¡Qué vergüenza!</p>
-
-<p>&mdash;Cuando Baloo me hizo daño en la cabeza, dijo
-Mowgli que seguía aún tendido de espaldas, me marché,
-y entonces los monos grises bajaron de los árboles
-y se acercaron compadeciéndome. Nadie más
-que ellos me hizo caso. Y al decirlo, su voz se alteró
-un poco.</p>
-
-<p>&mdash;¡La piedad del Pueblo de los Monos! refunfuñó
-Baloo. ¡La quietud del torrente que baja del monte!
-¡El fresco de un sol de verano! ¿Y qué ocurrió después,
-hombrecito?</p>
-
-<p>&mdash;Después... después... Diéronme nueces y muy
-buenas cosas que comer, y... y me llevaron en brazos
-á lo más alto de los árboles... y dijeron que yo era su
-hermano, que éramos de la misma sangre, sólo que yo
-no tenía cola, y que algún día sería su jefe.</p>
-
-<p>&mdash;No tienen jefe, dijo Bagheera. Mienten. Siempre
-han mentido.</p>
-
-<p>&mdash;Conmigo fueron muy amables y me rogaron que
-volviera á verles. ¿Por qué no me habéis llevado
-nunca á donde está el Pueblo de los Monos? Andan en
-dos pies como yo. No me pegan, no tienen las patas<span class="pagenum" id="Page_51">[Pg 51]</span>
-duras... Juegan todo el día. ¡Dejadme subir á donde
-están ellos! ¡Baloo, malo! ¡Déjame subir! Jugaremos
-otra vez.</p>
-
-<p>&mdash;Oye, hombrecito, dijo el oso, y su voz retumbó
-como un trueno en noche calurosa. Te he enseñado
-toda la Ley de la Selva para que te sirva con todos los
-pueblos que en la selva existen... excepto el de los
-Monos que viven en los árboles. Esos no tienen Ley.
-Esos son los repudiados de todo el mundo. No poseen
-lenguaje propio, sino que usan palabras robadas que
-oyen por casualidad cuando escuchan, y atisban, y están
-en acecho allá arriba en las ramas. Su camino no
-es el nuestro. No tienen jefes. No tienen memoria.
-Presumen, y charlan, y pretenden ser un gran pueblo
-ocupado en asuntos importantísimos; pero la caída de
-una nuez desde el árbol les provoca la risa y basta para
-que todo lo olviden. Nosotros, los de la Selva, no nos
-tratamos con ellos. No bebemos donde los monos beben;
-no vamos á donde los monos van; no cazamos
-donde ellos cazan; no morimos donde ellos mueren. ¿Me
-has oído antes de ahora hablar de los <em>Bandar-log</em>?</p>
-
-<p>&mdash;No, dijo Mowgli en voz muy baja, pues el silencio
-fué completo en el bosque, en cuanto calló Baloo.</p>
-
-<p>&mdash;El Pueblo de la Selva los tiene desterrados de su
-boca y de su pensamiento. Son muchísimos, malos,
-sucios, desvergonzados, y desean, si es que puede
-decirse de ellos que tengan algún deseo fijo, llamar
-nuestra atención. Pero nosotros no les hacemos caso,
-ni siquiera cuando arrojan sobre nuestras cabezas nueces
-é inmundicias.</p>
-
-<p>Apenas había acabado de hablar cuando una lluvia
-de nueces y de ramas cayó desde las copas de los árboles,
-mientras se oían toses, aullidos y rumor de saltos
-por entre el ramaje.</p>
-
-<p>&mdash;Al Pueblo de la Selva, dijo Baloo, le está<span class="pagenum" id="Page_52">[Pg 52]</span>
-<em>prohibido</em> todo trato con el Pueblo de los Monos.
-Acuérdate.</p>
-
-<p>&mdash;<em>Prohibido</em>, dijo Bagheera; pero paréceme que
-Baloo debía haberte prevenido antes contra ellos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo?... ¿Yo? ¿Cómo podía yo adivinar que iba
-á ocurrírsele el jugar con gentuza de esta calaña? ¡El
-Pueblo de los Monos! ¡Qué asco!</p>
-
-<p>Nueva lluvia cayó sobre ellos, y ambos echaron
-á correr hacia otro sitio, llevándose consigo á
-Mowgli.</p>
-
-<p>Lo que Baloo había dicho de los monos era la pura
-verdad. Ellos vivían en las copas de los árboles, y
-como las fieras rara vez miran hacia lo alto, no se
-ofrecía nunca la ocasión de que se cruzaran en el
-mismo camino. Pero siempre que veían un lobo enfermo,
-un tigre herido ó un oso, los monos se divertían en
-atormentarle, y arrojaban palos y nueces á cualquier
-fiera, sólo por divertirse y por el gusto de llamar la
-atención. Entonces aullaban, chillaban luego canciones
-sin sentido alguno, invitando al Pueblo de la
-Selva á encaramarse en sus árboles para pelear, ó
-bien se enredaban en furiosas batallas entre ellos
-mismos por cualquier fruslería, y dejaban después los
-muertos donde el Pueblo de la Selva pudiera verlos.
-Siempre estaban á punto de tener un jefe, de poseer
-leyes y usos propios, pero nunca lo lograban, porque
-de un día al otro se les borraba todo de la memoria, y
-así se contentaban con decir constantemente esta misma
-frase: «Lo que los <em>Bandar-log</em> piensan ahora toda
-la Selva lo pensará después,» y esta idea les consolaba.
-Ninguna de las fieras podía llegar hasta sus alturas;
-pero, por otra parte, ninguna se fijaba en ellos, y de
-ahí su alegría cuando vieron que Mowgli iba á buscarles
-para mezclarse en sus juegos y que esto irritaba
-grandemente á Baloo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_53">[Pg 53]</span></p>
-
-<p>No se propusieron pasar de ahí, porque los <em>Bandar-log</em>
-nunca se proponen nada; pero ocurriósele á uno
-de ellos una idea que le pareció magnífica, y la expuso
-á los demás, persuadiéndoles de que convenía á la
-tribu conservar á una persona tan útil como Mowgli,
-porque él sabía entrelazar ramas de modo que protegieran
-contra el viento, y así, si le cogían, podrían
-obligarle á que les enseñara. Claro es que Mowgli,
-como hijo de leñador, había heredado de su padre
-toda clase de instintivas habilidades, y solía construir
-chozas con las ramas caídas, sin pensar siquiera en que
-tal cosa supiese hacer; mas el Pueblo de los Monos,
-observándolo desde los árboles, consideraba aquel simple
-juego como una maravilla. Lo que es esta vez,
-decían, iban, verdaderamente, á tener un jefe, y á ser
-el pueblo más sabio de toda la Selva... tan sabio que á
-todos causaría admiración y envidia. Siguieron, como
-consecuencia de todo esto, con el mayor sigilo, á Baloo,
-Bagheera y Mowgli á través de la selva, hasta que
-llegó la hora de la siesta, y Mowgli, que se sentía en
-realidad avergonzado de sí mismo, se durmió entre la
-pantera y el oso, resolviendo no tener más tratos con
-el Pueblo de los Monos.</p>
-
-<p>Después de esto, lo único que recordó fué el haber
-sentido el contacto de unas manos sobre sus piernas
-y brazos (manos duras, fuertes y chiquitas), y en
-seguida el choque de unas ramas en la cara, y
-luego el hallarse mirando hacia abajo á través del
-movedizo ramaje, mientras Baloo despertaba á toda
-la selva con sus roncos gritos y Bagheera saltaba
-tronco arriba del árbol, enseñando todos los dientes.
-Aullaron los <em>Bandar-log</em> con aire de triunfo, y se
-acogieron, jugueteando, á las más altas ramas, donde
-Bagheera no se atrevió á seguirlos. Entre tanto
-gritaban:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_54">[Pg 54]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Se ha fijado en nosotros! ¡Bagheera se ha fijado
-en nosotros! ¡Todo el Pueblo de la Selva nos admira
-por nuestra habilidad y astucia!</p>
-
-<p>Comenzaron, entonces, su huída, y esa huída del
-Pueblo de los Monos á través del país arbóreo es una
-de las cosas verdaderamente indescriptibles. Tienen
-sus caminos reales y sus atajos, sus subidas y bajadas,
-todo trazado á quince, veinte ó treinta metros
-sobre el nivel del suelo, y por allí pueden viajar
-hasta de noche, si es preciso. Dos de los monos más
-fuertes cogieron á Mowgli por los sobacos, y se lo
-llevaron atravesando las copas de los árboles, dando
-saltos de una altura como de seis metros. Á haber
-ido completamente libres, su velocidad hubiera sido
-mayor; pero el peso del muchacho les embarazaba
-y detenía algo. Por más que se sintiera mareado y
-medio enfermo, Mowgli no pudo menos de deleitarse
-en aquella loca carrera, aunque los trozos de tierra
-que vislumbraba allá abajo le aterrorizaban, y aquel
-pararse y partir de nuevo al fin de cada balanceo en
-el vacío le tenía con el alma en un hilo. Llevábanle
-sus acompañantes hacia lo más alto de la copa de un
-árbol, hasta que sentía crujir y doblarse con su peso
-las más delgadas ramas de la cima, y entonces, con un
-fuerte resoplido, se arrojaban al aire, avanzando y
-descendiendo á la vez, para elevarse de nuevo y quedar
-colgados, por las manos ó por los pies, de las ramas
-más bajas del próximo árbol. Á veces divisaba millas
-y millas de extensión en que todo era quieta y verde
-selva, de igual modo que un hombre encaramado en un
-mástil abarca con la mirada, en el mar, millas enteras,
-y entonces el ramaje le sacudía la cara, y él y su guía
-llegaban casi al nivel del suelo. De tal suerte, saltando,
-y haciendo ruido, y resoplando fuertemente, y dando
-chillidos, la tribu entera de los <em>Bandar-log</em> pasó por<span class="pagenum" id="Page_55">[Pg 55]</span>
-sus caminos trazados en los árboles, llevando prisionero
-á Mowgli.</p>
-
-<p>Hubo un momento en que temió éste que le dejaran
-caer, y entonces comenzó á ponerse de malhumor;
-pero, como era demasiado listo para rebelarse abiertamente,
-se limitó á pensar qué haría. Lo primero que
-se le ocurrió fué avisar á Baloo y á Bagheera, porque,
-al ver la velocidad con que huían los monos, bien
-se le alcanzaba que sus amigos iban á quedarse muy
-rezagados. Era completamente inútil mirar hacia abajo,
-pues nada podía ver más que las puntas de las
-ramas á uno y otro lado, y así dirigió hacia arriba sus
-miradas, logrando divisar á lo lejos, en la azul inmensidad,
-á Rann, el milano, balanceándose y describiendo
-curvas en el aire, mientras vigilaba la selva, esperando
-que los seres se murieran en ella. Vió Rann
-que los monos se habían apoderado de algo que se
-llevaban, y abatió el vuelo algunos centenares de
-metros para averiguar si aquella presa era comestible.
-Al ver á Mowgli arrastrado hasta lo más alto de la
-copa de un árbol, y al oirle gritar, sorprendióse no
-poco el milano y le contestó con un silbido: «Tú y yo
-somos de la misma sangre». La oleada de las ramas
-cerróse por encima del muchacho; pero Rann se apartó
-con un balanceo hasta el árbol más próximo en
-el preciso momento en que asomaba de nuevo la carita
-morena de Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sigue mi pista! gritó éste. ¡Avisa á Baloo, de
-la manada de Seeonee, y á Bagheera, del Consejo
-de la Peña!</p>
-
-<p>&mdash;¿En nombre de quién, hermano? dijo Rann, que
-nunca había visto á Mowgli, aunque claro está
-que había oído hablar de él.</p>
-
-<p>&mdash;En nombre de Mowgli, la Rana. ¡<em>El hombrecito</em>
-es como me llaman! ¡Sigue mi pist...a!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_56">[Pg 56]</span></p>
-
-<p>Las últimas palabras las chilló cuando ya le
-balanceaban en el aire; pero Rann movió la cabeza
-en señal de asentimiento, y se elevó hasta que no parecía
-ya mayor que un grano de polvo, y allí cernióse
-observando con el telescopio de sus ojos el moverse de
-las copas de los árboles, al paso de la escolta de monos
-que conducía á Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;No se alejarán mucho, no, dijo con risa ahogada.
-Nunca llevan á feliz término lo que comienzan á realizar.
-Los <em>Bandar-log</em> andan siempre picoteando aquí
-y allá cosas nuevas. Pero lo que es esta vez, ó yo
-estoy ciego, ó han picado en algo que va á darles qué
-hacer, porque Baloo no es ningún polluelo que se caiga
-del nido, y bien sé yo que Bagheera es muy capaz de
-matar algo más que cabras. Así diciendo, mecióse en
-el aire, abiertas las alas, recogidas bajo el cuerpo las
-patas, y esperó.</p>
-
-<p>Entre tanto, Baloo y Bagheera andaban locos de
-furor y de pena. Bagheera se encaramó á los árboles
-hasta donde nunca se atreviera á llegar antes;
-pero quebráronse bajo su peso las delgadas ramas,
-y resbaló hasta el suelo, llenas las garras de
-cortezas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no se lo advertiste al hombrecito? le
-decía rugiendo al pobre Baloo, que sostenía un trote
-algo pesado, con la esperanza de adelantarse á los
-monos. ¿De qué ha servido el que casi le mataras á
-golpes si no habías de prevenirle contra esto?</p>
-
-<p>&mdash;¡Date prisa! ¡Date prisa! Aún... aún podría ser
-que les alcanzáramos, dijo Baloo jadeando.</p>
-
-<p>&mdash;¡Al paso que vamos! No cansaría ni á una vaca
-herida. Maestro de la Ley... azota-cachorros... con
-que tuvieras que agitarte del modo que lo haces, durante
-un cuarto de legua de distancia, tendrías bastante
-para reventar. ¡Descansa y piensa! Traza un<span class="pagenum" id="Page_57">[Pg 57]</span>
-plan. No es éste el momento de perseguirles. Si les
-seguimos muy de cerca podrían dejarle caer.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Arrula! ¡Woo!</em> Quizá lo han hecho ya, cansados
-de llevarle. ¿Quién se fía de los <em>Bandar-log</em>? ¡Pon
-murciélagos muertos sobre mi cabeza! ¡Dame por toda
-comida huesos negros! ¡Méteme en una colmena de
-abejas silvestres para que me piquen hasta matarme,
-y entiérrame luego al lado de una hiena, porque soy el
-más desgraciado de cuantos osos existen! <em>¡Arulala!
-¡Wahooa!</em> ¡Ah! ¡Mowgli, Mowgli! ¿Por qué no te previne
-contra el Pueblo de los Monos, en vez de romperte
-la cabeza? ¿Quién sabe, si á golpes le saqué de
-la memoria la lección del día, y se hallará sólo en la
-selva, sin la ayuda de las Palabras Mágicas?</p>
-
-<p>Baloo cogióse la cabeza entre las patas y se arrastró
-gimoteando.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando menos, hace un momento me dijo á mí
-todas las palabras correctamente, replicó Bagheera con
-impaciencia. Baloo, continuó, tú has perdido la memoria
-y el propio respeto. ¿Qué pensaría de mí la Selva
-toda si yo, la pantera negra, me hiciera una pelota
-como Ikki, el puerco espín, y empezara á aullar?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué me importa á mí lo que la Selva piense? Á
-estas horas quizá él ha muerto ya.</p>
-
-<p>&mdash;Á no ser que le dejaran caer por juego, ó que le
-mataran por pereza, no creo yo que haya que temer
-por el hombrecito. Él es listo, y bien enseñado está,
-y, sobre todo, cuenta con sus ojos, que atemorizan á
-todo el Pueblo de la Selva. Pero (y hay que reconocer
-que grave mal es éste) se halla en poder de los <em>Bandar-log</em>,
-que como viven en los árboles, no tienen
-miedo á nuestra gente. Bagheera se lamió, al decir
-esto, una de sus patas delanteras con aire preocupado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tonto de mí! ¡Oh! ¡Cuán obeso, moreno y estúpido
-desenterrador de raíces soy! dijo Baloo desenroscándose<span class="pagenum" id="Page_58">[Pg 58]</span>
-de un brinco. Gran verdad es lo que afirma
-Hathi, el elefante salvaje, cuando dice que «cada uno
-tiene su miedo peculiar». Pues bien: ellos, los <em>Bandar-log</em>
-temen á Kaa, la serpiente de la Peña. Se encarama
-tan bien como ellos; les roba sus pequeñuelos por
-la noche... Su sólo nombre basta para helarles de
-espanto hasta las endiabladas colas. Vamos á ver
-á Kaa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué va á hacer? No es de nuestra tribu, puesto
-que no tiene patas... y, además, la maldad está escrita
-en sus ojos, dijo Bagheera.</p>
-
-<p>&mdash;Es muy vieja y muy astuta. Ante todo hay que
-pensar en que siempre está hambrienta, contestó Baloo
-esperanzado. Prométele muchas cabras.</p>
-
-<p>&mdash;En cuanto come una, duerme un mes entero. Bien
-pudiera ser que estuviera durmiendo ahora; pero ¿y si
-se le antojara preferir el matar las cabras por su
-propia cuenta? Bagheera, que sabía muy poco de Kaa,
-se inclinaba, naturalmente, á la desconfianza.</p>
-
-<p>&mdash;En tal caso, tú y yo juntos, vieja cazadora, la
-haríamos entrar en razón. Aquí Baloo frotó su hombro,
-de desteñido color moreno, contra la pantera, y
-ambos se alejaron en busca de Kaa, la serpiente pitón
-de la Peña.</p>
-
-<p>Halláronla tendida al sol en el tibio reborde de una
-roca, recreándose en la contemplación de su hermosa
-piel nueva, porque acababa de pasar, cambiándola,
-diez días en el más completo retiro, y ahora estaba
-verdaderamente espléndida, con la enorme cabeza roma
-á lo largo del suelo, enroscado en fantásticos nudos y
-curvas el cuerpo de nueve metros de largo, y relamiéndose
-al pensar en la próxima comida.</p>
-
-<p>&mdash;Está en ayunas, dijo Baloo con un gruñido de
-satisfacción, en cuanto vió la hermosa piel moteada de
-amarillo y de color de tierra. ¡Mucho cuidado, Bagheera!<span class="pagenum" id="Page_59">[Pg 59]</span>
-Queda siempre medio ciega después del cambio
-de piel, y ataca con la mayor facilidad.</p>
-
-<p>No era Kaa serpiente venenosa (y la verdad es que
-despreciaba por cobardes á las de tal clase); pero su
-poder estribaba en su fuerza de presión, y cuando ella
-había envuelto á alguien en sus enormes anillos, bien
-podía darse ya por terminada toda lucha.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena caza! gritó Baloo sentándose sobre sus
-cuartos traseros. Como todas las serpientes de su
-especie, Kaa era bastante sorda y no oyó bien, al
-principio, lo que le decían. Enrollóse en forma de
-espiral por lo que pudiera ocurrir, conservando baja
-la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena caza para todos! contestó. ¡Ah! ¿Eres tú,
-Baloo? ¿Y qué haces aquí? ¡Buena caza, Bagheera!
-Cuando menos uno de nosotros necesita comer. ¿Sabéis
-si hay por ahí algo á mano? ¿Algún gamo, por ejemplo,
-aunque sea joven? Estoy vacía como un pozo seco.</p>
-
-<p>&mdash;De caza vamos, dijo Baloo como al descuido,
-porque bien sabía que con Kaa no hay que apresurarse:
-es harto grande para andar con prisas.</p>
-
-<p>&mdash;Permitidme que vaya con vosotros, dijo Kaa.
-Un zarpazo de más ó de menos nada significa para
-Bagheera y Baloo; pero yo... yo he de esperar días y
-días en alguna senda del bosque, ó pasar media noche
-encaramándome á los árboles, para tener la suerte de
-tropezar con algún mono joven. <em>¡Pss naw!</em> Las ramas
-no son ya como cuando yo era joven. Las más tiernas
-están podridas, y secas las mayores.</p>
-
-<p>&mdash;Acaso tu enorme peso tenga algo que ver con
-este asunto, dijo Baloo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, no me falta longitud...no me falta... contestó
-Kaa con cierto orgullo. Pero, con todo, no es mía la
-culpa, sino del ramaje nuevo. En mi última cacería
-poco faltó... muy poco... para que me cayera, y, como<span class="pagenum" id="Page_60">[Pg 60]</span>
-mi cola no rodeaba el tronco del árbol, el ruido que
-produje despertó á los <em>Bandar-log</em>, que comenzaron á
-insultarme.</p>
-
-<p>&mdash;Lombriz de tierra, amarilla y sin patas, dijo,
-entre dientes, Bagheera, como si tratara de recordar
-algo.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Sssss!</em> ¿Me han llamado eso alguna vez? dijo Kaa.</p>
-
-<p>&mdash;Algo parecido es lo que nos gritaron á nosotros
-en el último cuarto de luna que ha pasado, pero ningún
-caso les hicimos. Son capaces de decir cualquier cosa...
-hasta que te has quedado sin dientes, y que no te
-atreves á hacer frente á cualquier cosa que sea mayor
-que un cabrito, porque... (vamos que esos <em>Bandar-log</em>
-son unos desvergonzados)... porque les tienes
-miedo á los cuernos, siguió diciendo con suavidad
-Bagheera.</p>
-
-<p>Ahora bien: una serpiente, sobre todo una tan circunspecta
-serpiente pitón como era Kaa, raras veces da
-muestras de estar incomodada; pero Baloo y Bagheera
-pudieron ver entonces cómo se movían é hinchaban á
-cada lado del cuello de Kaa sus enormes músculos.</p>
-
-<p>&mdash;Los <em>Bandar-log</em> han huído de su acostumbrado
-terreno, dijo con voz baja. Cuando hoy salí á tomar
-el sol, oí sus gritos entre las copas de los árboles.</p>
-
-<p>&mdash;Precisamente... precisamente vamos siguiendo
-su pista, contestó Baloo; pero las palabras se le atascaron
-en la garganta, porque aquélla era la primera
-vez, si la memoria no le engañaba, que alguien perteneciente
-al Pueblo de la Selva confesaba su interés
-por algo que pudieran hacer los monos.</p>
-
-<p>&mdash;Indudablemente no dejará de ser importante lo
-que obliga á dos cazadores como vosotros, que sois
-jefes y directores entre los vuestros, á seguir los pasos
-de los <em>Bandar-log</em>, replicó Kaa cortesmente, llena de
-curiosidad.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_61">[Pg 61]</span></p>
-
-<p>&mdash;En honor de la verdad, comenzó á decir Baloo,
-yo no soy más que el anciano, y á veces bastante tonto,
-Maestro de la Ley, encargado de enseñársela á los
-lobatos de Seeonee, y Bagheera que aquí está presente...</p>
-
-<p>&mdash;Es Bagheera, dijo la pantera negra, cerrando
-ambas quijadas con un castañeteo, porque no estaba
-ella para modestias. Lo que nos ocurre es esto, Kaa:
-esos ladrones de nueces y de hojas de palmera nos
-han robado á nuestro hombrecito, del cual acaso
-hayas oido hablar.</p>
-
-<p>&mdash;Algo le oí á Ikki (cuyas púas le hacen ser muy
-presuntuoso) de una especie de hombre que fué admitido
-en una manada de lobos; pero yo no creí nada de
-eso. Ikki anda siempre con cuentos que oye mal y
-cuenta peor.</p>
-
-<p>&mdash;Pero en este caso ha dicho la verdad. El hombrecito
-es tal que jamás hubo otro como él, dijo Baloo.
-El mejor, el más listo y más gallardo de todos... mi
-discípulo, que hará famoso en todas las selvas el nombre
-de Baloo... y, vaya, que yo... ó, mejor dicho, que
-nosotros... le queremos de veras, Kaa.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Ts! ¡Ts!</em> contestó ésta sacudiendo la cabeza; también
-yo he sabido lo que es querer. ¡Podría contaros
-cosas que...!</p>
-
-<p>&mdash;Que reclaman una noche clara y el estómago
-lleno para apreciarlas debidamente, dijo con prontitud
-Bagheera. Nuestro hombrecito está ahora en poder
-de los <em>Bandar-log</em>, y nos consta que de todo el Pueblo
-de la Selva no temen ellos á nadie más que á Kaa.</p>
-
-<p>&mdash;Á nadie más que á mí. Y no les falta razón, dijo
-Kaa. Charlatanes, locos y vanos... vanos, locos y charlatanes:
-así son los monos. Pero si algo humano se
-halla entre ellos, está en peligro. La nuez que cogen
-les cansa pronto, y la tiran. Llevarán una rama durante<span class="pagenum" id="Page_62">[Pg 62]</span>
-medio día, proponiéndose hacer con ella grandes
-cosas, y luego la partirán en dos pedazos. En verdad
-que el hombrecito ese no es digno de envidia. Al
-insultarme ¿no me llamaron también <em>pez amarillo</em>...?
-¿eh?</p>
-
-<p>&mdash;Lombriz... lombriz... lombriz de tierra, dijo
-Bagheera,... y otras cosas más que no puedo repetir
-ahora por vergüenza.</p>
-
-<p>&mdash;Habrá que enseñarles á hablar con más respeto
-de su maestro. <em>¡Aaa-sss!</em> Tendremos que refrescarles
-algo la memoria. Pero, decidme ¿y á donde se os llevaron
-el cachorro?</p>
-
-<p>&mdash;Sólo la selva puede saberlo. Creo que hacia el
-lado por donde se pone el sol. Pensábamos nosotros
-que tú lo sabrías, Kaa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo? ¿Y cómo? Suelo apoderarme de ellos cuando
-se me ponen al paso, pero no voy á cazar á los <em>Bandar-log</em>,
-ni á las ranas... ó á esa espuma verde que hay en
-las lagunas, y que, para el caso, es lo mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh!, ¡eh!, ¡eh!, ¡Arriba!, ¡arriba! ¡Mira hacia
-arriba, Baloo, de la manada de Seeonee!</p>
-
-<p>Baloo miró hacia lo alto para ver de donde venía
-la voz que le llamaba, y vió á Rann, el milano, que
-descendía barriendo el espacio con las alas desplegadas,
-en cuyos bordes, vueltos hacia arriba, brillaba la
-luz del sol. Era ya casi para Rann la hora del sueño,
-pero hasta entonces había estado buscando á Baloo
-por toda la selva, sin lograr hallarle, por culpa de lo
-espeso que era el ramaje.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay?, dijo Baloo.</p>
-
-<p>&mdash;He visto á Mowgli entre los <em>Bandar-log</em>. El
-mismo me encargó que te lo dijera. He estado en acecho:
-se lo han llevado al otro lado del río... á la ciudad
-de los monos... á las Moradas Frías. Lo mismo pueden
-quedarse allí una noche que diez, ó que un rato. He<span class="pagenum" id="Page_63">[Pg 63]</span>
-encargado á los murciélagos que vigilaran durante las
-horas de obscuridad. Esto es cuanto tengo que decirte.
-¡Buena suerte para todos!</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena suerte, que te llenes el buche y duermas
-bien, Rann!, gritó Bagheera. No me olvidaré de tí en
-mi próxima caza: la cabeza de lo que mate, para tí
-quedará reservada, porque eres el mejor de todos los
-milanos.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que he hecho no es nada... no es nada. El
-muchacho se acordó de decir las <em>Palabras Mágicas</em>, y
-yo no podía menos de cumplir con mi deber, contestó
-Rann elevándose por los aires trazando círculos, para
-dirigirse luego á su escondrijo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos, veo que no ha perdido la lengua!, dijo
-Baloo, con sonrisa de satisfacción y orgullo. ¡Y pensar
-que, siendo tan joven, se ha acordado de las <em>Palabras
-Mágicas</em> que sirven para los pájaros, en el preciso
-instante en que le llevaban á través de los árboles!</p>
-
-<p>&mdash;¡Bien se lo metiste en la cabeza!, contestó Bagheera.
-Pero estoy orgullosa de él. Y ahora vamos á las
-Moradas Frías.</p>
-
-<p>Todo el Pueblo de la Selva sabía donde estaba este
-sitio, pero ninguno de ellos iba nunca allí, porque lo
-que llamaban las Moradas Frías era una antigua ciudad
-abandonada, perdida y enterrada en la selva, y
-pocas veces se ve que las fieras usen un sitio donde
-antes estuvieron los hombres. Lo hará el jabalí; pero
-no las tribus cazadoras. Por otra parte, los mismos
-monos vivían allí tan poco como en cualquier otro
-punto fijo, y ningún animal que se respetara algo se
-hubiera acercado hasta la distancia que alcanza la
-vista, excepto en épocas de sequía, cuando las medio
-arruinadas cisternas y los estanques conservaban un
-poco de agua.</p>
-
-<p>&mdash;La jornada se nos llevará media noche... yendo<span class="pagenum" id="Page_64">[Pg 64]</span>
-á toda velocidad, dijo Bagheera, con lo cual Baloo se
-puso muy serio.</p>
-
-<p>&mdash;Iré tan aprisa como pueda, contestó lleno de
-ansiedad.</p>
-
-<p>&mdash;No nos atrevemos á esperarte: síguenos, Baloo.
-Kaa y yo no podemos ir á paso tardo.</p>
-
-<p>&mdash;Tenga pies ó no, puedo yo correr tanto como tú
-con los cuatro que tienes, dijo Kaa lacónicamente.</p>
-
-<p>Esforzóse Baloo en acelerar el paso; pero tuvo que
-sentarse echando los bofes; y así, le dejaron para
-que fuera más despacio, mientras Bagheera se adelantaba
-con el rápido galope propio de la pantera. Kaa no
-dijo una palabra; pero por mucho que corriera Bagheera,
-la enorme serpiente pitón de la Peña no se dejaba
-adelantar. Venció Bagheera al llegar á un torrente
-lleno de agua, porque ella lo pasó de un salto, mientras
-Kaa tenía que nadar, fuera del agua la cabeza y
-una pequeña parte del cuello; pero, al llegar á tierra,
-pronto la serpiente recuperó lo perdido.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por el cerrojo que me dió la libertad (dijo
-Bagheera al desvanecerse la última luz del crepúsculo),
-te aseguro que eres buena andadora!</p>
-
-<p>&mdash;Tengo hambre, dijo Kaa. Por otra parte, me
-han llamado rana con manchas...</p>
-
-<p>&mdash;Lombriz... lombriz de tierra... y amarilla por
-añadidura.</p>
-
-<p>&mdash;Lo mismo da. Sigamos. Y Kaa parecía derramarse
-toda ella por encima de la tierra, buscando con
-ojo seguro el camino más corto, y siguiéndolo estrictamente.</p>
-
-<p>Allá en las Moradas Frías, en lo que menos podían
-pensar los monos era en los amigos de Mowgli. Lleváronse
-al muchacho á la ciudad perdida, y con eso se
-quedaron muy satisfechos de momento. No había visto
-Mowgli, hasta entonces, ninguna ciudad india, y<span class="pagenum" id="Page_65">[Pg 65]</span>
-aunque aquélla no fuera ya más que un montón de
-ruinas, túvola por espléndida y maravillosa. Edificóla
-un rey, tiempo atrás, en la cumbre de una colina,
-y aún podían adivinarse las calzadas de piedra que
-conducían á las destrozadas puertas, cuyas últimas
-astillas colgaban de los goznes, comidos por el
-moho. Crecían árboles á uno y otro lado de las paredes;
-caídas y hechas pedazos estaban las almenas,
-y silvestres enredaderas pendían de las ventanas,
-á lo largo de los muros, en grandes y apretadas
-masas.</p>
-
-<p>Coronaba la colina un gran palacio sin techo; el
-mármol de los patios y fuentes estaba rajado y cubierto
-de manchas rojas y verdes; y hasta en los mismos
-sitios empedrados de los patios donde solían vivir los
-elefantes del rey, las piedras habían sido separadas
-unas de otras por la hierba y por los árboles nuevos
-que entre ellas crecían. Desde el palacio podían verse
-innumerables hileras de casas sin techo, que habían
-constituído la ciudad y eran ahora como destapadas
-colmenas que sólo llenaban negras sombras; la informe
-piedra que había sido un ídolo, en la plaza donde cuatro
-avenidas desembocaban; los hoyos y hoyuelos en las
-esquinas de las calles, donde existieron en otro tiempo
-los pozos públicos; y las rotas cúpulas de los templos
-con higueras silvestres que crecían á los lados. Llamaban
-los monos á este sitio su ciudad, y despreciaban al
-Pueblo de la Selva porque vivía en el bosque. Y, sin
-embargo, jamás supieron para qué se habían levantado
-aquellos edificios ni cómo habían de usarlos. Sentábanse
-formando círculos en la antecámara de la real
-sala del Consejo, y se rascaban buscando pulgas y
-echándoselas de hombres; ó bien entraban y salían,
-corriendo, de aquellas casas sin techo, y recogían
-pedazos de yeso y ladrillos viejos, llevándolos á un<span class="pagenum" id="Page_66">[Pg 66]</span>
-rincón, para olvidarse después del sitio donde los
-habían escondido y comenzar á pelearse y á gritar en
-vacilantes grupos, poniéndose luego, de pronto, á
-jugar, subiendo y bajando de las terrazas del jardín
-real, y sacudiendo los rosales y los naranjos por diversión,
-para ver caer las flores y los frutos. Habían
-explorado todos los pasadizos y caminos subterráneos
-que existían en el palacio, los centenares de obscuras
-salitas; pero jamás se acordaron de lo que habían
-visto ó dejado de ver, y así se paseaban de uno en uno,
-de dos en dos ó por grupos, diciéndose unos á otros
-que hacían lo mismo que los hombres hacen. Bebían
-en las cisternas, ensuciaban el agua, armaban peleas
-por ello, y luego, en montón, lanzábanse juntos gritando:
-«No hay nadie en la selva tan sabio, tan
-bueno, tan listo, tan fuerte y comedido como los
-<em>Bandar-log</em>». Entonces volvían á las andadas, hasta
-que, al fin, se cansaban de estar en la ciudad, y regresaban
-á las copas de los árboles, con la esperanza de
-que el Pueblo de la Selva se fijaría en ellos.</p>
-
-<p>Á Mowgli, que había sido educado conforme á la
-Ley de la Selva, no le gustó este género de vida, ni
-llegó á entenderla. La tarde tocaba ya á su fin cuando
-los monos se lo llevaron á las Moradas Frías, y en vez
-de irse á dormir, como Mowgli hubiera hecho después
-del largo viaje, cogiéronse de las manos y comenzaron
-á bailar y á cantar las más descabelladas canciones.
-Uno de los monos les echó un discurso, en el cual les
-dijo que la captura de Mowgli marcaba una nueva
-etapa en la historia de los <em>Bandar-log</em>, porque iba á
-enseñarles el modo de formar, juntando palos y cañas,
-un refugio contra la lluvia y el frío. Mowgli cogió
-algunas enredaderas y comenzó á entretejerlas, al paso
-que los monos trataban de imitarle; pero, al cabo de
-pocos minutos, había dejado ya de interesarles aquello,<span class="pagenum" id="Page_67">[Pg 67]</span>
-y se estiraban unos á otros la cola, ó saltaban puestos
-de cuatro patas y tosiendo.</p>
-
-<p>&mdash;Quisiera comer, dijo Mowgli. En esta parte de
-la selva soy forastero. Dadme, pues, comida ó permiso
-para cazar aquí.</p>
-
-<p>Veinte ó treinta monos saltaron en seguida fuera
-del recinto, para traerle nueces y papayas silvestres;
-pero se enredaron en una pelea por el camino, y les
-pareció luego demasiada molestia el volver con los
-restos de aquellos frutos. Mowgli sentía el cuerpo adolorido,
-estaba tan malhumorado como hambriento, y
-anduvo errante por la ciudad abandonada, lanzando de
-cuando en cuando el grito de caza de los forasteros;
-pero, como nadie le contestara, se convenció de que
-verdaderamente había ido á parar á malísimo sitio.</p>
-
-<p>&mdash;Cuanto dijo Baloo respecto á los <em>Bandar-log</em> no
-es más que la verdad, pensó. No tienen Ley, ni grito
-de caza, ni jefes... nada más que loca palabrería y unas
-manos muy pequeñas y muy ladronas. Por lo tanto,
-si me matan de hambre, ó de cualquier otro modo, á
-nadie podré culpar más que á mí mismo. Pero yo he
-de hacer lo posible para volver á mi propia selva.
-Baloo me pegará, de fijo, mas prefiero eso que ir á
-caza de pétalos de rosa en compañía de los <em>Bandar-log</em>.</p>
-
-<p>No bien hubo llegado á las murallas de la ciudad,
-hiciéronle retroceder los monos, diciéndole que no
-sabía él la felicidad que le había caído con estar allí,
-y pellizcándole para enseñarle á ser agradecido.
-Apretó él los dientes y nada dijo; pero fué, entre el
-alboroto producido por los monos, á una terraza colocada
-sobre los depósitos de piedra roja destinados al
-agua, y que se hallaban entonces á medio llenar. Había
-allí, en mitad de la terraza, una glorieta de mármol
-blanco construída para uso de reinas que murieron<span class="pagenum" id="Page_68">[Pg 68]</span>
-cien años ha. El techo, en forma de cúpula, estaba
-medio hundido, y, al caer, había cerrado el pasadizo
-subterráneo que comunicaba con el palacio, abierto, en
-otro tiempo, para que por él pudieran pasar las reinas;
-pero las paredes estaban hechas de una especie de
-biombos de mármol recortado, hermosísima labor cincelada,
-blanca como la leche, y con incrustaciones de
-ágata, cornalina, jaspe y lapislázuli; y cuando la luna
-se asomó por detrás de la colina, brilló á través de
-los calados, proyectando sobre el suelo sombras parecidas
-á un bordado de terciopelo negro. Por más
-derrengado, soñoliento y muerto de hambre que estuviera
-Mowgli no pudo menos de reirse cuando veinte, á
-la vez, de los <em>Bandar-log</em> comenzaron á decirle lo
-grandes, sabios, fuertes y discretos que eran, y la locura
-que él había cometido al intentar separarse
-de ellos.</p>
-
-<p>&mdash;Somos grandes; somos libres; somos admirables.
-Somos el más admirable pueblo que hay en toda la
-Selva. Todos lo decimos, y, por lo tanto, no puede
-menos de ser verdad, gritaban. Ahora bien: como es
-la primera vez que puedes escucharnos y has de tener
-ocasión de repetir nuestras palabras al Pueblo de la
-Selva para que en lo futuro se fije en nosotros, vamos
-á decirte cuanto se refiere á nuestras importantísimas
-personalidades.</p>
-
-<p>Nada objetó Mowgli á esto, y los monos se reunieron
-por centenares en la terraza para escuchar á sus
-propios oradores, que cantaban alabanzas á los <em>Bandar-log</em>,
-y cuantas veces ocurría que uno de los oradores
-callara, por un instante, para tomar aliento,
-gritaban todos á la vez:</p>
-
-<p>&mdash;¡Cierto es! ¡Lo mismo opinamos nosotros! Mowgli
-movía la cabeza en señal de asentimiento y parpadeaba,
-añadiendo un <em>sí</em> cuando le preguntaban algo<span class="pagenum" id="Page_69">[Pg 69]</span>
-y sentía que la cabeza se le iba, aturdido por el alboroto.</p>
-
-<p>&mdash;Tabaqui, el chacal, debe de haber mordido á todos
-éstos, y ahora se han vuelto locos. Verdaderamente
-eso es <em>dewanee</em>, la locura. ¿Pero esta gente no duerme?
-Por allá asoma una nube que cubrirá á la luna.
-Si la nube fuera bastante grande, quizá podría escaparme
-valiéndome de la obscuridad. Pero me siento fatigado.</p>
-
-<p>También dos amigos de Mowgli contemplaban
-aquella misma nube desde los medio cegados fosos que
-circundaban las murallas de la ciudad, porque, sabiendo
-lo peligroso que era el habérselas con el Pueblo de
-los Monos cuando éstos se juntaban en crecido número,
-Bagheera y Kaa no querían arriesgarse demasiado.
-Jamás los monos aceptan la lucha como no sea en la
-proporción de ciento contra uno, y pocos son en la
-Selva los que se avienen con tan desiguales condiciones.</p>
-
-<p>&mdash;Iré hacia el lado oeste de la muralla, dijo Kaa en
-voz tan baja que parecía leve susurro, y desde allí me
-lanzaré rápidamente aprovechando el declive del
-terreno. Á mí no podrán echárseme encima á centenares;
-pero...</p>
-
-<p>&mdash;Ya sé lo que hay qué hacer. ¡Si Baloo estuviera
-aquí!... Mas habrá que limitarse á lo que se
-pueda. Cuando esa nube pase por delante de la luna,
-cubriéndola, yo iré á la terraza. Allí celebran una
-especie de Consejo para hablar del muchacho.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena caza! dijo Kaa con aire feroz, y se deslizó
-suavemente hacia el lado occidental del muro. Casualmente
-era éste el que se hallaba en mejor estado, y
-la enorme serpiente tardó algo en hallar camino practicable
-por entre las piedras.</p>
-
-<p>La luna quedó cubierta por la nube, y cuando<span class="pagenum" id="Page_70">[Pg 70]</span>
-Mowgli se preguntaba qué iba á pasar allí entonces,
-oyó los pasos ligerísimos de Bagheera que estaba
-ya en la terraza. La pantera negra había subido
-el declive casi sin ruido alguno, y empezó á repartir
-golpes (porque comprendió que morder era perder el
-tiempo) á diestro y siniestro entre la multitud de monos,
-que se hallaban sentados alrededor de Mowgli en círculos
-de cincuenta ó sesenta de fondo. Sonó un aullido
-general de miedo y de rabia, y entonces, como Bagheera
-tropezara con los cuerpos que rodaban por el
-suelo pateando debajo del suyo, uno de los monos
-gritó:</p>
-
-<p>&mdash;¡No es más que uno sólo! ¡Matadle! ¡Matadle!</p>
-
-<p>Desordenada masa de monos, mordiendo, arañando,
-rasgando y arrancando cuanto podía, precipitóse
-sobre Bagheera, mientras cinco ó seis se apoderaban
-de Mowgli, lo arrastraban hacia lo alto de la glorieta,
-y lo metían por el agujero de la rota cúpula, dejándole
-caer. Cualquier muchacho educado entre los hombres
-hubiérase lastimado grandemente, porque la caída era
-desde cuatro metros de altura, por lo menos; pero
-Mowgli cayó como Baloo le había enseñado á hacer:
-de pie.</p>
-
-<p>&mdash;Quédate aquí, le gritaron los monos, hasta que
-hayamos matado á tus amigos, y más tarde vendremos
-á jugar contigo... si el Pueblo Venenoso te ha dejado
-con vida.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vosotros y yo somos de la misma sangre! dijo
-Mowgli, apresurándose á pronunciar las Palabras Mágicas
-que sirven para las serpientes. Podía oir distintamente
-roces y silbidos entre los escombros que le
-rodeaban, y así, para mejor asegurarse, volvió á gritar
-lo mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Verdad <em>esss</em>! ¡Abajo las capuchas, vosotras!
-dijeron media docena de voces muy bajas (cada sitio<span class="pagenum" id="Page_71">[Pg 71]</span>
-en ruinas se convierte en la India, tarde ó temprano, en
-morada de serpientes, y la antigua glorieta estaba
-hecha un hormiguero de cobras). Estate quieto, Hermanito,
-porque tus pies podrían lastimarnos.</p>
-
-<p>Mowgli procuró no moverse lo más mínimo, mirando
-á través de los calados de mármol y escuchando el
-ruido de la furiosa lucha contra la pantera negra: los
-aullidos, el rechinar de dientes y el golpear de la
-refriega, el hondo, ronco resoplido de Bagheera mientras
-retrocedía, avanzaba, revolvíase ó se hundía bajo
-las enormes masas de sus enemigos. Por la primera
-vez en su vida, Bagheera no luchaba ya más que para
-salvar su pellejo.</p>
-
-<p>&mdash;Baloo debe de andar por ahí cerca, porque
-Bagheera no se hubiera atrevido á venir sola, pensó
-Mowgli; y entonces gritó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Á las cisternas, Bagheera, á las cisternas! ¡Vé
-y zambúllete dentro! ¡Al agua!</p>
-
-<p>Oyó Bagheera la voz, y, comprendiendo que Mowgli
-estaba á salvo, sintió renacer sus fuerzas. Desesperadamente,
-palmo á palmo, abrióse camino en dirección
-de las cisternas, repartiendo golpes en silencio. Entonces,
-desde el muro en ruinas más próximo á la selva,
-elevóse el rugiente grito de guerra de Baloo. El buen
-oso había hecho todo lo posible; pero, aún así, no pudo
-llegar antes.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bagheera, aquí estoy! gritó. ¡Ya subo! ¡Corro
-á ayudarte! <em>¡Ahuwora!</em> ¡Resbalan las piedras bajo mis
-plantas; pero espérame! ¡Oh, infames <em>Bandar-log</em>!</p>
-
-<p>Llegó, casi sin aliento, á la terraza, y su cuerpo
-desapareció, en seguida, hasta la altura de la cabeza,
-en una verdadera oleada de monos; pero plantóse
-resueltamente en dos pies, y, abriendo los brazos,
-cogió entre ellos el mayor número posible de enemigos,
-y comenzó á golpearlos con un continuo <em>¡paf! ¡paf!<span class="pagenum" id="Page_72">[Pg 72]</span>
-¡paf!</em>, parecido al chapoteo de una rueda de palas. El
-ruido de algo que cae en el agua advirtió á Mowgli de
-que Bagheera se había abierto paso hasta llegar á la
-cisterna, en la cual no podían ya perseguirla los monos.</p>
-
-<p>Estaba echada la pantera, con agua hasta el cuello,
-respirando ansiosamente por la abierta boca, mientras
-los monos la vigilaban, desde los rojos escalones, en
-filas de á tres de fondo, subiendo y bajando rabiosamente,
-prontos á saltar sobre ella, desde todos los
-lados á la vez, en cuanto intentara salir para ir en
-ayuda de Baloo. Entonces fué cuando levantó Bagheera
-la cabeza, chorreándole el agua desde la barba, y,
-perdida ya toda esperanza, lanzó, en busca de protección,
-el grito que sirve para las serpientes: «Tú y yo
-somos de la misma sangre», porque creyó que, en el
-último momento, Kaa se había vuelto atrás. Hasta
-Baloo, medio ahogado bajo la masa de monos que le
-detenía en el borde de la terraza, no pudo menos de
-reirse cuando oyó á la pantera negra pidiendo auxilio.</p>
-
-<p>Estaba Kaa, en aquellos precisos instantes, acabando
-de abrirse paso por entre el muro situado hacia el
-oeste, y, con el último esfuerzo que hizo para trasponerlo,
-produjo el desprendimiento de una de las piedras
-de la albardilla, que fué á parar al foso. No quería
-desperdiciar ni una sola de las ventajas que le proporcionaba
-el terreno, y así se enroscó y desenroscó una
-ó dos veces, para cerciorarse de que todo su larguísimo
-cuerpo estaba en disposición de trabajar con lucimiento.</p>
-
-<p>Hizo esto mientras se verificaba la lucha en que
-Baloo representaba el principal papel; mientras aullaban
-los monos en la cisterna alrededor de Bagheera, y
-Mang, el murciélago, volando de un lado á otro, esparcía
-noticias de la gran batalla por toda la Selva,
-de tal suerte que hasta Hathi, el elefante salvaje,<span class="pagenum" id="Page_73">[Pg 73]</span>
-comenzó á dar bramidos, y, á lo lejos, dispersos grupos
-de monos que despertaron fueron, brincando por los árboles,
-á ayudar á sus compañeros de las Moradas Frías,
-al propio tiempo que todas las aves diurnas de algunas
-leguas á la redonda poníanse alerta. Entonces Kaa atacó
-en línea recta, rápidamente, sintiendo el vivo deseo
-de matar. Todo el poder que en la lucha tiene una serpiente
-pitón estriba en el empuje con que su cabeza
-embiste, apoyada por el fuerte y pesado cuerpo. Si
-os imagináis una lanza, un ariete ó un martillo que
-pese media tonelada y pueda ser movido por una inteligencia
-fría, calmosa, que viva en el asta ó mango,
-tendréis aproximada idea de lo que era Kaa en el terreno
-de la lucha. Una serpiente pitón que mida nada
-más que un metro ó metro y medio de longitud puede
-muy bien derribar á un hombre, si se lanza contra él
-de frente, dándole en mitad del pecho, y ya recordaréis
-que Kaa tenía nueve metros de largo. Su primera
-embestida fué contra el centro de la imponente masa
-que rodeaba á Baloo: fué una embestida á boca cerrada,
-silenciosa, y no necesitó ir acompañada de la segunda.
-Los monos huyeron á la desbandada, gritando:
-¡Kaa! ¡Es Kaa! ¡Corred! ¡Corred!</p>
-
-<p>Generaciones enteras de monos habían aprendido
-á portarse debidamente gracias á los cuentos que de
-Kaa les contaban sus mayores, de aquella ladrona
-nocturna que podía deslizarse á lo largo de las ramas
-con el mismo silencio con que el musgo crece, y llevarse
-consigo el mono más fuerte de cuantos jamás vivieron
-en el mundo; de la vieja Kaa, que tan fácilmente
-podía tomar el aspecto de una rama muerta ó de un
-carcomido tronco de árbol, de tal suerte que los más
-hábiles podían engañarse, hasta que la rama se apoderaba
-de ellos. Kaa era para los monos lo más temible
-de toda la selva, porque ninguno de ellos sabía hasta<span class="pagenum" id="Page_74">[Pg 74]</span>
-donde llegaba su poderío; ninguno se atrevía á mirarla
-cara á cara; y ninguno, tampoco, salió nunca con vida
-de entre sus anillos. Así fué que, muertos de miedo,
-huyeron hacia los muros ó los techos de las casas, y
-Baloo pudo respirar, al fin. Su piel era más gruesa
-que la de Bagheera; pero había sufrido gravemente en
-la lucha. Abrió entonces Kaa la boca, por primera
-vez, produjo largo silbido, que era una de sus palabras,
-y los monos que desde lejos acudían presurosos
-en defensa de sus compañeros de las Moradas Frías,
-quedáronse en el mismo sitio donde se hallaban, completamente
-acobardados, hasta que con su peso dobláronse
-y crujieron las ramas. Los que estaban sobre
-los muros y casas vacías cesaron en su gritería, y en
-medio del reposo que reinó en la ciudad, Mowgli pudo
-oir á Bagheera sacudiéndose de encima el agua, al
-salir de la cisterna.</p>
-
-<p>Estalló, entonces, de nuevo, el clamoreo de antes.
-Encaramáronse por las paredes los monos á
-mayor altura; agarráronse al cuello de los grandes
-ídolos de piedra, y chillaron saltando por los almenados
-muros; mientras Mowgli, bailoteando en la
-glorieta, miraba por los calados de mármol, y graznaba
-como un buho en son de burla y para demostrar
-su alegría.</p>
-
-<p>&mdash;Saca al hombrecito fuera de esa trampa, que yo
-nada más puedo hacer ya, dijo Bagheera sin aliento
-casi. Cojámoslo y vamos. Podría ser que volvieran á
-atacarnos.</p>
-
-<p>&mdash;No se moverán hasta que yo se lo mande. ¡Quietos!;
-<em>¡Asssí!</em> Silbó Kaa estas palabras, y la ciudad quedó en
-silencio una vez más. Y continuó Kaa, dirigiéndose á
-Bagheera:</p>
-
-<p>&mdash;No pude venir antes, hermana; pero me parece
-que te oí llamar...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_75">[Pg 75]</span></p>
-
-<p>&mdash;Acaso... acaso haya gritado en medio de la refriega,
-contestó Bagheera. Baloo ¿te han hecho daño?</p>
-
-<p>&mdash;No estoy muy seguro de que, de tanto estirarme,
-no me hayan convertido en un centenar de diminutos
-oseznos, contestó gravemente Baloo, alargando primero
-una pata y después otra. <em>¡Wow!</em> Tengo todo el
-cuerpo adolorido... Creo que á tí, Kaa, te debemos la
-vida Bagheera y yo...</p>
-
-<p>&mdash;No importa. ¿Donde está el hombrecito?</p>
-
-<p>&mdash;¡Aquí, en la trampa! No puedo encaramarme
-para salir de ella, gritó Mowgli, que veía sobre su
-cabeza la curva de la rota cúpula.</p>
-
-<p>&mdash;Sacadle de aquí. Está bailando como Mao, el pavo
-real, y va á aplastar á nuestros pequeñuelos, dijeron
-desde adentro las cobras.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ja¡ ¡Ja! exclamó Kaa riendo, en todas partes
-tiene amigos este hombrecito. Échate un poco para
-atrás. Y vosotros, Pueblo Venenoso, escondeos. Voy
-á derribar la pared.</p>
-
-<p>Practicó Kaa un detenido examen hasta descubrir
-en los calados de mármol una grieta que indicaba un
-punto débil; dió encima dos ó tres golpecitos con la
-cabeza para calcular así la distancia conveniente, y
-entonces, levantando del suelo por completo el cuerpo,
-en una longitud de cerca de dos metros, dió con toda
-su fuerza media docena de terribles golpes en que la
-nariz fué lo primero que pegó contra el mármol. La
-glorieta se hizo pedazos, que cayeron envueltos en
-una nube de polvo y de escombros, y Mowgli saltó
-por el boquete abierto, arrojándose entre Baloo y
-Bagheera, y pasando un brazo alrededor del cuello de
-cada uno.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te han hecho daño? dijo Baloo, abrazándole
-tiernamente.</p>
-
-<p>&mdash;Todo el cuerpo me duele, tengo hambre y estoy<span class="pagenum" id="Page_76">[Pg 76]</span>
-lleno de cardenales; pero ¡oh! ¡cómo os han puesto á
-vosotros! Estáis cubiertos de sangre.</p>
-
-<p>&mdash;También otros lo están, contestó Bagheera relamiéndose
-y mirando el gran número de monos muertos
-que había en la terraza, en torno de la cisterna.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eso no es nada... no es nada! ¡Lo principal es
-que tú te hayas salvado, ranita mía, orgullo mío!</p>
-
-<p>&mdash;Ya hablaremos de eso después, dijo Bagheera,
-tan secamente que no gustó á Mowgli poco ni mucho.
-Pero ahí está Kaa, á la cual debemos, tú la vida, y
-nosotros el haber ganado la batalla. Dale las gracias,
-según nuestra costumbre, Mowgli.</p>
-
-<p>Volvióse éste y vió, á poquísima distancia de su
-cabeza, á la gran serpiente pitón, que balanceaba
-la suya.</p>
-
-<p>&mdash;De modo que éste es el hombrecito, dijo Kaa.
-Muy fina tiene la piel, y en realidad no deja de parecerse
-algo á los <em>Bandar-log</em>. Cuida, hombrecito, de
-que algún día, allá á la hora del crepúsculo, al acabar
-de cambiar yo la piel, no me equivoque y te tome por
-un mono.</p>
-
-<p>&mdash;Tú y yo somos de la misma sangre, contestó
-Mowgli. La vida me salvaste esta noche; lo que yo
-mate en la caza será para tí, Kaa, siempre que sientas
-hambre.</p>
-
-<p>&mdash;Mil gracias, Hermanito, dijo Kaa, cuyos ojos
-brillaron maliciosamente. ¿Y qué es lo que puede matar
-tan fiero cazador? Desde ahora pido permiso para
-seguirle cuando vaya de cacería.</p>
-
-<p>&mdash;Nada mato... soy demasiado pequeño para ello...
-pero acorralo las cabras haciéndolas ir hacia el sitio
-en que están los que pueden apoderarse de ellas.
-Cuando tengas el vientre vacío vente conmigo y verás
-si te engaño. Tengo cierta destreza en el manejo de
-éstas (y al decirlo mostraba sus manos), y, si algún
-día llegas á caer en una trampa, podría ser que te
-pagara entonces la deuda que tengo contraída contigo,
-con Bagheera y con Baloo, aquí presentes. ¡Buena
-suerte para todos, maestros míos!</p>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_78">[Pg 78]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p077" style="max-width: 34.375em;">
- <img class="w100 p6 p6b" src="images/p077.jpg" alt="p78ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter"><p>&mdash;¡Bien dicho! gruñó Baloo, al ver la habilidad con
-que Mowgli había dado las gracias. En cuanto á la
-serpiente pitón, dejó caer por un momento y muy blandamente
-su cabeza sobre el hombro del muchacho,
-diciéndole:</p></div>
-
-<p>&mdash;Tan grande tienes el corazón como cortés es tu
-lengua. Ambos han de llevarte muy lejos en la Selva,
-hombrecito; pero ahora márchate pronto de aquí con
-tus amigos. Márchate y vete á dormir, porque la luna
-va á dejarnos ya, y no es bien que veas lo que va á
-suceder.</p>
-
-<p>Hundíase la luna tras las colinas, y las filas de
-monos, temblando de miedo, agrupados sobre los
-muros y almenas, parecían entonces la rota y movible
-orla de aquel escenario. Baloo dirigióse á la cisterna
-para beber; Bagheera comenzó á alisarse la piel, y
-Kaa se deslizó hasta el centro de la terraza, cerrando
-la boca con sonoro chasquido que atrajo las miradas
-de todos los monos.</p>
-
-<p>&mdash;La luna se esconde, dijo. ¿Queda aún suficiente
-luz para que me veáis?</p>
-
-<p>Llegó de los muros una especie de gemido semejante
-al que produce el viento en las copas de los árboles:</p>
-
-<p>&mdash;Ya te vemos, Kaa, se oyó.</p>
-
-<p>&mdash;Bien. Ahora empieza la danza... la Danza del
-Hambre de Kaa. Estaos quietos y mirad.</p>
-
-<p>Enroscóse dos ó tres veces en forma de enorme
-círculo, balanceando la cabeza de derecha á izquierda.
-Luego púsose á formar con el cuerpo óvalos y ochos,
-viscosos triángulos de vértices romos que se convertían
-en cuadrados y pentágonos, y torres hechas de<span class="pagenum" id="Page_79">[Pg 79]</span>
-anillos, no descansando un momento, no apresurándose
-nunca, ni cesando el zumbido de su canción especial.
-Fué oscureciendo más y más, hasta que, al fin, dejaron
-de verse las cambiantes ondulaciones de la serpiente;
-pero podía aún oirse el ruido que producían sus
-escamas.</p>
-
-<p>Quedáronse parados Baloo y Bagheera como si de
-piedra fueran, lanzando sordos aullidos guturales, y
-erizados los pelos del cuello. Mowgli miraba sorprendido.</p>
-
-<p>&mdash;<em>Bandar-log</em>, dijo, al fin, Kaa, ¿podéis mover pie
-ni mano sin que yo os lo mande? ¡Hablad!</p>
-
-<p>&mdash;Sin orden tuya no podemos, Kaa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bien! Dad un paso. Acercaos.</p>
-
-<p>Las hileras de monos se inclinaron, sin fuerzas ya,
-hacia adelante, y al propio tiempo que ellas, Baloo y
-Bagheera dieron también un paso inconscientemente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Más cerca! silbó Kaa, y todos se movieron de
-nuevo.</p>
-
-<p>Puso Mowgli las manos sobre Baloo y Bagheera
-para apartarles de allí, y las dos enormes fieras echaron
-á andar como si despertaran de un sueño.</p>
-
-<p>&mdash;No separes de mi hombro tu mano, murmuró
-Bagheera. No la separes, ó tendré que retroceder...
-tendré que ir á donde está Kaa. <em>¡Aah!</em></p>
-
-<p>&mdash;Pero si no hace más que trazar círculos sobre
-el suelo, dijo Mowgli. Vámonos. Y los tres se escaparon
-por un boquete abierto en las murallas, dirigiéndose
-á la selva.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Woof!</em> dijo Baloo, al hallarse otra vez bajo los
-árboles. Nunca más buscaré á Kaa para aliada. Y
-sacudió todo su cuerpo.</p>
-
-<p>&mdash;Sabe más que nosotros, dijo Bagheera temblando.
-Si llego á quedarme allí un rato más, voy á parar derecha
-á su garganta.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_80">[Pg 80]</span></p>
-
-<p>&mdash;Muchos serán los que á ella vayan á parar antes
-de que vuelva á salir la luna, dijo Baloo. ¡Bien va á
-cazar... á su modo!</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿qué significaba todo aquello? preguntó
-Mowgli, que ignoraba el poder de fascinación que
-poseía Kaa. Yo no ví más que una enorme serpiente
-que trazaba círculos del modo más estúpido, hasta que
-quedamos en la obscuridad. Y tenía la nariz muy
-hinchada. ¡Jo! ¡Jo!</p>
-
-<p>&mdash;Mowgli, díjole de muy mal humor Bagheera, si
-su nariz estaba hinchada, por tu culpa era, como, por
-tu culpa también, están mis orejas, mis costados, mis
-patas, y el cuello y hombros de Baloo llenos de mordiscos.
-Ni Baloo ni Bagheera podrán cazar á gusto
-en bastantes días.</p>
-
-<p>&mdash;No importa, contestó Baloo, hemos recobrado al
-hombrecito.</p>
-
-<p>&mdash;Cierto; pero nuestro tiempo nos cuesta, que
-hubiéramos podido emplear mucho mejor en una buena
-cacería; nuestras heridas; nuestro pelo (yo tengo medio
-pelada la espalda), y, finalmente, nuestra honra.
-Porque, acuérdate, Mowgli, de que yo, la pantera
-negra, me ví obligada á llamar en auxilio mío á Kaa,
-y Baloo y yo quedamos atontados como pajarillos al
-ver la Danza del Hambre, y todo eso, hombrecito,
-por haber ido tú á jugar con los <em>Bandar-log</em>.</p>
-
-<p>&mdash;Es cierto, es cierto, dijo tristemente Mowgli.
-Soy un hombrecito muy malo, y aquí, en el estómago,
-siento la tristeza de haberlo sido.</p>
-
-<p>&mdash;¡Je! ¿Qué dice la Ley de la Selva, Baloo?</p>
-
-<p>No deseaba éste acumular más disgustos sobre Mowgli;
-pero tampoco podía jugar con la Ley, y así murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;El arrepentimiento no libra del castigo. Pero
-acuérdate, Bagheera, de que es aún muy pequeño,
-añadió.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_81">[Pg 81]</span></p>
-
-<p>&mdash;Ya me acuerdo; pero ha cometido una falta, y
-hay que pegarle. ¿Tienes algo que decir, Mowgli?</p>
-
-<p>&mdash;Nada. Hice mal. Baloo y tú estáis heridos.
-Es justo.</p>
-
-<p>Dióle entonces Bagheera media docena de golpes,
-ligeros y cariñosos juzgándolos con criterio de pantera
-y teniendo en cuenta que apenas hubieran despabilado
-á uno de sus cachorros; pero para un muchacho de
-siete años, era aquello tan fenomenal paliza que no la
-quisiérais, de fijo, para vosotros. Cuando hubo terminado,
-estornudó Mowgli y enderezóse nuevamente, sin
-decir palabra.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, dijo Bagheera, siéntate en mi espalda,
-Hermanito, y volveremos á casa.</p>
-
-<p>Una de las bellezas que pueden notarse en la Ley
-de la Selva es que el castigo salda definitivamente
-todas las cuentas pendientes, y no se vuelve ya á
-hablar del asunto.</p>
-
-<p>Apoyó Mowgli la cabeza sobre la espalda de
-Bagheera y durmióse tan profundamente que ni siquiera
-despertó cuando le pusieron junto á mamá Loba en
-la caverna donde tenía su hogar.</p>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p081" style="max-width: 10em;">
- <img class="w100 p4" src="images/p081.jpg" alt="p81ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_82">[Pg 82]</span></p>
-</div>
-
-<h3>Canción de los Bandar-log al ponerse en camino.</h3>
-
-
-<div class="poetry-container p1 pw25">
-<div class="poetry"><p>¡Hénos aquí como un festón flotante<br />
-lanzado hacia la luna que le envidia!<br />
-¿No quisiérais ser uno de los nuestros?<br />
-¡Tener más de dos manos! ¡Qué delicia!<br />
-¿No envidiáis esta cola que parece<br />
-un arco, el de Cupido? ¿Os gustaría?<br />
-Consolaos, <em>hermanos:<br />
-en vuestra espalda el rabo se adivina</em>.<br />
-<br />
-¡Hénos aquí, sobre el ramaje quietos,<br />
-bellezas meditando, en largas filas;<br />
-soñando en grandes cosas, que al instante<br />
-veréis en realidades convertidas;<br />
-algo que ha de ser noble, y grande, y bueno...<br />
-que sólo con quererlo se conquista.<br />
-¡Ya veréis!... Más, <em>hermanos,<br />
-en vuestra espalda el rabo se adivina</em>.<br />
-<br />
-Cuantas voces de fieras ó de aves,<br />
-ó bien de los murciélagos que chillan<br />
-(de animales de escamas, pluma ó pelo)<br />
-hayamos escuchado en nuestra vida,<br />
-mezclémoslas, digámoslas cien veces<br />
-en rápida y confusa algarabía.<br />
-¡Magnífico, excelente! Procedemos<br />
-como los hombres, al hablar, harían.<br />
-¿No lo somos?... <em>Hermanos,<br />
-en vuestra espalda el rabo se adivina</em>.<br />
-<br />
-Del Pueblo de los Monos<br />
-usanzas éstas son, y ésta es la vida.<br />
-<br />
-¡Venid entre los pinos, buscad la uva silvestre,<br />
-venid, pues, con nosotros, formad en nuestras filas:<br />
-notad, al despertarnos, el ruido que metemos<br />
-y no dudéis que vamos á hacer cosas magníficas.</p>
-</div>
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_83">[Pg 83]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p083" style="max-width: 31.25em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p083.jpg" alt="p83ilo" />
-</div>
-
-
-
-<h2 class="nobreak">¡Al tigre! ¡Al tigre!</h2>
-<div class="block60">
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p>&mdash;¿Cómo fué la caza, fiero cazador?<br />
-&mdash;Muy largo el acecho, y el frío era atroz.<br />
-&mdash;¿Dónde está la pieza que fuíste á matar?<br />
-&mdash;En la selva, hermano, pienso que estará.<br />
-&mdash;¿Dónde está tu orgullo, dónde tu poder?<br />
-&mdash;Por la herida huyeron ambos á la vez.<br />
-&mdash;¿Por qué así corriendo vienes hacia mí?<br />
-&mdash;¡Ay, hermano! Corro á casa... á morir.</p>
-</div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="p2">Hemos de retroceder ahora hasta la época del
-primer cuento. Cuando abandonó Mowgli la caverna
-de los lobos, después de la lucha que sostuvo con la
-manada en el Consejo de la Peña, fuése hacia las
-tierras de labor donde vivían los campesinos; pero no
-quiso quedarse allí por hallarse demasiado cerca de la
-selva y por saber que en el Consejo había dejado, por
-lo menos, un enemigo acérrimo. Así, pues, apretó el
-paso siguiendo un mal camino que iba á parar hasta
-el valle, y no lo abandonó, corriendo al trote largo
-durante cosa de unas cinco leguas, hasta que llegó á
-un país que le era desconocido. El valle se abría allí<span class="pagenum" id="Page_84">[Pg 84]</span>
-convirtiéndose en gran llanura, salpicada de rocas y
-cortada á trechos por barrancos. Á un extremo veíase
-una aldea, y al otro la espesa selva descendía súbitamente
-hasta las tierras de pastos, parándose de golpe
-como si la hubieran cortado con la azada. Por toda la
-llanura pacían búfalos y ganado, y cuando los muchachos
-que los cuidaban vieron á Mowgli, comenzaron á
-gritar huyendo, mientras los amarillos perros vagabundos
-que andan siempre alrededor de toda aldea
-india pusiéronse á ladrar. Siguió Mowgli adelante,
-porque se sentía hambriento, y al llegar á la entrada
-del lugarejo, vió que el gran arbusto espinoso que colocaban
-frente á ella al oscurecer, para interceptar el
-paso, estaba entonces corrido hacia á un lado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Je! exclamó, porque más de una vez había ya
-tropezado con barreras semejantes en sus nocturnas
-correrías, cuando iba en busca de algo que comer. ¡De
-modo que también aquí tienen los hombres miedo del
-Pueblo de la Selva!</p>
-
-<p>Sentóse junto á la entrada, y cuando vió venir á un
-hombre, levantóse, abrió la boca y señaló hacia el interior
-de ella para significar que necesitaba comida.
-Miró el hombre y retrocedió corriendo por la única
-calle de la aldea, llamando á grandes voces al sacerdote,
-que era alto y gordo, iba vestido de blanco y llevaba
-en la frente una señal roja y amarilla. Acudió éste, y
-con él unas cien personas más, mirando, hablando
-y dando gritos mientras señalaban hacia Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué mal educado está el Pueblo de los Hombres!
-se dijo el muchacho. Sólo los monos grises harían semejantes
-cosas. Así, apartó hacia atrás su larga cabellera,
-y púsose á mirarles ceñudo, malhumorado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero de qué tenéis miedo, dijo el sacerdote?
-Mirad esas señales que tiene en los brazos y en las
-piernas: son cicatrices de los mordiscos que le han dado<span class="pagenum" id="Page_85">[Pg 85]</span>
-los lobos. Él mismo no es más que un niño-lobo que se
-ha escapado de la selva.</p>
-
-<p>Como puede suponerse, al jugar juntos, los lobatos
-habían, no pocas veces, mordido á Mowgli más profundamente
-de lo que creían, y de ahí las blancas cicatrices
-que se veían en sus miembros. Pero él hubiera
-sido la última persona de este mundo que se
-atreviera á llamar á aquello mordiscos, porque bien
-sabía lo que verdaderamente era <em>morder</em>.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Arré! ¡Arré!</em> exclamaron á la vez dos ó tres mujeres.
-¡Mordido por los lobos! ¡Pobrecillo! ¡Un muchacho
-tan hermoso! Tiene unos ojos como brasas. Te
-juro, Messua, que se parece al niño que te robó el
-tigre.</p>
-
-<p>&mdash;Déjame mirarlo bien, dijo una mujer que llevaba
-pesados brazaletes de cobre en las muñecas y en los
-tobillos. Y púsose á observarlo con curiosidad, haciendo
-pantalla de su mano puesta sobre la frente. De veras
-que se le parece, continuó. Es más flaco, pero tiene el
-mismo aspecto de mi niño.</p>
-
-<p>Era el sacerdote hombre listo, y sabía que Messua
-era esposa del aldeano más rico del lugar. Así, mirando
-antes al cielo por un momento, dijo solemnemente:</p>
-
-<p>&mdash;Lo que la selva te quitó, la selva te lo devuelve.
-Llévate al muchacho á tu casa, hermana mía, y no te
-olvides de honrar al sacerdote cuya mirada tan adentro
-penetra en la vida de los hombres.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por el toro que me rescató!, dijo Mowgli entre
-sí, que toda esa charla no es más que una especie de
-examen como el que me hicieron sufrir en la manada.
-¡Bueno! Si soy un hombre, hombre he de volverme, al
-fin y al cabo.</p>
-
-<p>Disolvióse el grupo al ver que la mujer hacía señas
-á Mowgli para que se dirigiera con ella á su choza,
-donde había una cama roja barnizada, una gran caja de<span class="pagenum" id="Page_86">[Pg 86]</span>
-tierra cocida para guardar granos, adornada con curiosos
-dibujos en relieve; media docena de cacerolas de
-cobre; la imagen de un dios indio, en un pequeño dormitorio;
-y sobre la pared un espejo, un espejo de veras,
-como los que venden en las ferias rurales.</p>
-
-<p>Dióle la mujer un buen trago de leche y un poco de
-pan, y, hecho esto, colocóle la mano sobre la cabeza y
-le miró en los ojos, pensando en si realmente sería su
-hijo que volvía de la selva, á donde el tigre se lo había
-llevado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Nathoo! ¡Nathoo! le llamó. Pero Mowgli no dió
-señal alguna de conocer este nombre.</p>
-
-<p>&mdash;¿No te acuerdas de aquel día en que te regalé un
-par de zapatos nuevos?</p>
-
-<p>Tocó el pie del muchacho y lo halló tan duro casi
-como si estuviese revestido de una superficie córnea.</p>
-
-<p>&mdash;No, dijo tristemente, esos pies no han llevado
-nunca zapatos... Pero tú te pareces mucho á mi Nathoo,
-y de todos modos serás mi hijo.</p>
-
-<p>Hallábase Mowgli violento porque jamás se había
-visto antes bajo techado; pero, mirando á la cubierta
-de bálago que tenía la choza, pensó en que podría romperla
-cuando se le antojara escaparse, y, además, la
-ventana carecía de pestillo.</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué sirve ser hombre, preguntóse, cuando
-no entiende uno el lenguaje que los hombres usan?
-Estoy hecho un bobo y un sordo, como le ocurriría
-también á cualquier hombre que estuviera en la selva
-entre nosotros. No tengo más remedio que aprender
-ese lenguaje.</p>
-
-<p>No en balde se había ejercitado, cuando vivía con
-los lobos, en imitar el grito de alerta que da el gamo
-en la selva, y el gruñido del jabato. Así, en cuanto
-Messua pronunciaba una palabra, Mowgli la imitaba
-también, casi con perfección, y, antes de que oscureciera,<span class="pagenum" id="Page_87">[Pg 87]</span>
-ya había aprendido los nombres de muchas
-cosas de las que en la choza había.</p>
-
-<p>Surgió alguna dificultad á la hora de acostarse,
-porque se resistía Mowgli á dormir bajo un techo
-que tanto se parecía á una trampa de las que se usan
-para cazar panteras, y, en cuanto cerraron la puerta,
-salió por la ventana.</p>
-
-<p>&mdash;Déjale que haga su voluntad, dijo el marido de
-Messua. Piensa que no es posible que sepa lo que es
-dormir en una cama. Si realmente nos ha sido enviado
-para que sustituyera á nuestro hijo, no temas que
-se escape.</p>
-
-<p>Así, pues, tendióse Mowgli sobre la alta y limpia
-yerba que crecía al extremo del campo; pero, antes que
-hubiera podido cerrar los ojos, un gris y suave hocico
-vino á tocarle bajo la barba.</p>
-
-<p>&mdash;¡Fú! exclamó el Hermano Gris (que era el mayor
-de los cachorros que tenía Mamá Loba). ¡Vaya un
-premio que me das por haberte estado siguiendo durante
-veinte leguas. Apestas á humo de leña y á ganado...
-ni más ni menos que un hombre. ¡Vaya, despiértate,
-Hermanito! ¡Traigo noticias!</p>
-
-<p>&mdash;¿Están todos buenos en la selva? preguntó
-Mowgli dándole un abrazo.</p>
-
-<p>&mdash;Todos, excepto los lobos que recibieron quemaduras
-de la Flor roja. Ahora, oye; Shere Khan se ha
-ido á cazar á otra parte, muy lejos, hasta que vuelva
-á crecerle el pelo, porque lo tiene todo chamuscado.
-Jura que cuando vuelva enterrará tus huesos en el
-Wainganga.</p>
-
-<p>&mdash;Somos dos los que hemos de hablar en este asunto.
-También yo he jurado algo. Pero las noticias son
-siempre agradables. Cansado estoy esta noche..... muy
-cansado con las novedades que me ocurren..... mas
-vengan noticias.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_88">[Pg 88]</span></p>
-
-<p>&mdash;¿No te olvidarás de que eres un lobo? ¿No te harán
-los hombres olvidarte de ello? dijo el Hermano Gris
-con la mayor ansiedad.</p>
-
-<p>&mdash;Nunca. Siempre he de acordarme de que te
-quiero á tí, y de que os quiero á todos los de nuestra
-cueva; pero también me acordaré siempre de que se
-me ha arrojado de la manada.</p>
-
-<p>&mdash;Mira que no te arrojen ahora de otra. Los hombres
-son hombres y nada más, Hermanito, y su charla
-es como la de las ranas en las charcas. Cuando vuelva
-por aquí te esperaré entre los bambúes, al extremo
-de la pradera.</p>
-
-<p>En tres meses, á contar desde aquella noche, apenas
-salió Mowgli de la aldea: tan ocupado estaba aprendiendo
-los usos y costumbres de los hombres. Primero
-tuvo que acostumbrarse á llevar el cuerpo envuelto en
-una tela, lo que le molestaba grandemente; luego
-hubo de aprender el valor de la moneda, que no lograba
-entender poco ni mucho; finalmente, tuvo que arar,
-labor cuya utilidad no se le alcanzaba. Además, los chiquillos
-de la aldea le molestaban en extremo. Por fortuna,
-la Ley de la Selva le había enseñado á dominar
-su genio, porque allí la vida y la alimentación dependen
-precisamente de esa cualidad; pero cuando se burlaban
-de él porque no jugaba ni sabía hacer volar una
-cometa, ó porque pronunciaba mal alguna palabra,
-sólo el recuerdo de que era indigno de un cazador el
-matar á desnudos cachorrillos le impedía realizar su
-impulso de cogerlos y partirlos en dos.</p>
-
-<p>Él mismo no tenía conciencia de su propia fuerza.
-En la selva bien sabía él su debilidad si se comparaba
-con las fieras; pero en la aldea decía la gente que era
-tan fuerte como un toro.</p>
-
-<p>Tampoco Mowgli tenía la menor idea de las diferencias
-que las castas establecen entre los hombres.<span class="pagenum" id="Page_89">[Pg 89]</span>
-Cuando el borriquillo del alfarero resbalaba y se hundía
-en el barrizal, él iba, y, cogiéndolo por la cola, lo
-sacaba fuera, ayudando, además, á amontonar los cacharros
-para llevarlos al mercado de Khanhiwara. Y
-esto eran cosas altamente ofensivas para las buenas
-costumbres, porque el alfarero es de casta inferior, y
-su borriquillo mucho peor aún. Cuando el sacerdote
-le reprendió por ello, amenazóle Mowgli con ponerlo
-á él también sobre el pollino, lo que decidió al sacerdote
-á decir al marido de Messua que, cuanto
-antes, pusiera á trabajar á aquel muchacho, y el que
-hacía de jefe en la aldea le mandó á Mowgli que al
-día siguiente fuera á apacentar los búfalos. Nada podía
-ser tan agradable para Mowgli como esto, y aquella
-misma noche, considerándose ya, realmente, como
-encargado de uno de los servicios de la aldea, se dirigió
-á una reunión que se verificaba diariamente, desde
-el oscurecer, en una plataforma de ladrillos, á la
-sombra de una gran higuera. Venía á ser como el
-casino de la aldea, y en él el jefe, el vigilante, el barbero
-(que estaba enterado de todos los chismes locales)
-y el viejo Buldeo, cazador del lugar, que poseía un
-antiguo mosquete, se reunían y fumaban. Los monos
-sentábanse también y charlaban en las ramas superiores
-de la higuera, y debajo de la plataforma había un
-agujero en el cual vivía una serpiente cobra, que, por
-ser tenida como sagrada, recibía cada noche su cuenco
-de leche. Tomaban asiento los viejos alrededor del
-árbol, y comenzaba la conversación acompañada de
-chupetones á las grandes <em>hukas</em> ó pipas, durando
-esto hasta muy entrada la noche. Contábanse allí historias
-estupendas de dioses, hombres y duendes; pero
-las que refería Buldeo sobre costumbres de las fieras
-en la selva sobrepujaban á las demás, hasta el punto
-de que, al oirlas, los ojos se les saltaban de las órbitas<span class="pagenum" id="Page_90">[Pg 90]</span>
-á los chiquillos que se sentaban fuera del círculo
-para escuchar. La mayor parte de aquellos relatos
-eran relativos á animales, porque como tenían la
-selva á sus puertas, como quien dice, era lo que más
-les interesaba. Ciervos y jabalíes destrozaban á menudo
-sus cosechas, y, de vez en cuando, un tigre se llevaba
-á alguno de sus hombres, hacia el oscurecer, á la vista
-misma de los que vivían en la aldea.</p>
-
-<p>Mowgli que, como es natural, conocía algo á fondo
-el asunto de que hablaban, tenía que taparse la cara
-para que no le vieran reirse, y mientras Buldeo, con
-el viejo mosquete sobre las rodillas, iba enredándose
-de uno en otro cuento maravilloso, al muchacho le
-temblaban los hombros con los esfuerzos que hacía
-para contenerse.</p>
-
-<p>Explicaba Buldeo cómo el tigre que había robado
-al hijo de Messua era un tigre-duende, en cuyo cuerpo
-habitaba el alma de un malvado usurero, muerto hacía
-algunos años. Y no me cabe de ello la menor duda,
-añadía, porque Purun Dass cojeaba siempre, de un
-golpe que recibió en un tumulto, cuando le pegaron
-fuego á sus libros de caja, y el tigre de que hablo cojea
-también, porque las huellas que deja al andar son desiguales.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es cierto! ¡Es cierto! ¡Esa es la pura verdad!
-dijeron los viejos con ademanes de aprobación.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y todos vuestros cuentos son así: un tejido de
-embustes y de sueños? exclamó Mowgli. Ese tigre
-cojea porque cojo nació, como todo el mundo sabe.
-Venir á hablarnos de que el alma de un avaro se ha
-refugiado en el cuerpo de una fiera como ésa, que
-tiene menos valor que cualquier chacal, es completamente
-infantil.</p>
-
-<p>Quedóse Buldeo mudo de sorpresa por un momento,
-y el jefe miró fijamente al muchacho.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_91">[Pg 91]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Tú eres el rapaz que ha venido de la selva,
-¿verdad? Pues si tanto sabes llévanos la piel de ese
-tigre á Khanhiwara, porque el gobierno tiene ofrecidas
-cien rupias al que lo mate. Pero más vale que te
-calles y respetes á las personas mayores.</p>
-
-<p>Mowgli púsose en pie para marcharse.</p>
-
-<p>&mdash;En tanto rato como estoy aquí escuchando, dijo
-desdeñosamente, mirando por encima del hombro, no
-ha dicho Buldeo, hecha una ó dos excepciones, palabra
-de verdad respecto á la selva, que tan cerca tiene.
-¿Cómo voy á creer, pues, esos cuentos de duendes, y
-dioses, y toda clase de espíritus que él dice haber visto?</p>
-
-<p>&mdash;Ya es hora de que el muchacho ese vaya á guardar
-el ganado, indicó el jefe, mientras Buldeo daba bufidos
-de rabia al ver la impertinencia de Mowgli.</p>
-
-<p>Es costumbre en las aldeas indias que algunos muchachos
-lleven el ganado y los búfalos á pacer en las
-primeras horas de la mañana, volviendo á traerlos por
-la noche; y los mismos animales que pisotearían á un
-hombre blanco hasta matarlo, dejan que les golpeen,
-gobiernen y griten chiquillos que á duras penas les
-llegan al hocico. Mientras los muchachos no se aparten
-del ganado están en salvo, pues ni los tigres se
-atreven entonces á atacar á aquella gran masa. Pero
-en cuanto se desvían para coger flores ó cazar lagartos
-corren el peligro de desaparecer para siempre. Pasó
-Mowgli por la calle de la aldea, al rayar el alba, sentado
-sobre los lomos de Rama, el gran toro del rebaño,
-y los búfalos, de un color azulado de pizarra, de largos
-cuernos colgando hacia atrás y de ojos feroces, se
-levantaron de sus establos, uno á uno, y le siguieron,
-demostrando bien claramente Mowgli á los chiquillos
-que le rodeaban que él era allí el que mandaba. Golpeó
-á los búfalos con una larga caña de bambú, y dijo á
-Kamya, uno de los muchachos, que cuidara del ganado<span class="pagenum" id="Page_92">[Pg 92]</span>
-mientras él se iba con los búfalos; pero que por nada
-se alejara del rebaño.</p>
-
-<p>Una pradera en la India es un terreno lleno de rocas,
-de matojos y de quebraduras, por donde se esparcen y
-desaparecen los rebaños. Generalmente, los búfalos
-se quedan en las lagunas y tierras pantanosas, donde
-se echan, revolcándose ó tomando el sol, metidos en el
-fango durante horas enteras. Mowgli los llevó al extremo
-de la llanura, donde el rio Wainganga desembocaba,
-procedente de la selva, y entonces, apeándose
-de Rama, corrió hacia un grupo de bambúes, hallando
-allí al Hermano Gris.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! exclamó éste. Te estoy esperando aquí desde
-hace muchos días. ¿Y qué significa eso de que
-vayas con el ganado?</p>
-
-<p>&mdash;Me han dado esta orden. Soy pastor, por ahora.
-¿Y qué noticias me traes de Shere Khan?</p>
-
-<p>&mdash;Ha vuelto á este país, y ha estado mucho tiempo
-buscándote. Hoy se ha marchado, porque la caza escasea
-aquí; pero tiene la intención de matarte.</p>
-
-<p>&mdash;Perfectamente, dijo Mowgli. Mientras no vuelva,
-procurad, tú ó uno de tus hermanos, poneros sobre esta
-roca de modo que yo pueda veros al salir de la aldea.
-En cuanto él esté aquí, espérame en el barranco donde
-está aquel árbol de <em>dhâk</em>, en el centro de la llanura.
-No hay ninguna necesidad de que nosotros mismos nos
-metamos en la boca de Shere Khan.</p>
-
-<p>Dicho esto buscó Mowgli un sitio en que hubiera
-sombra, acostóse y durmió mientras los búfalos pacían
-en torno suyo. El pastoreo, en la India, es uno de los oficios
-más perezosos de este mundo. Cambia el ganado
-de sitio, masca, se echa, vuelve á levantarse, y ni muge
-siquiera. No hace más que gemir sordamente, y, en
-cuanto á los búfalos, muchas veces, ni aun eso, sino
-que se hunden en los pantanos, uno tras otro, ábrense<span class="pagenum" id="Page_93">[Pg 93]</span>
-paso entre el fango hasta no dejar ver en la superficie
-más que el hocico y los fijos, azules ojos, y así se
-quedan como unos leños. El sol parece que haga vibrar
-las rocas en la atmósfera caliginosa, y los chiquillos
-que guardan el ganado oyen, de cuando en cuando, á
-un milano (nunca á más de uno) que silba desde casi
-invisible altura, y saben que si ellos, ó alguna vaca,
-murieran, aquel milano lanzaríase allí en el acto,
-mientras el más próximo, á algunas leguas de distancia,
-vería su rápido descenso, y otros y otros se enterarían
-desde muy lejos, hasta el punto de que, casi sin
-dar tiempo de que se acabaran de morir, más de veinte
-milanos hambrientos se presentarían sin que se supiera
-de donde habían salido. Unas veces los chiquillos
-duermen, se despiertan, vuelven á dormirse; tejen
-cestitas con hierba seca y meten saltamontes dentro;
-cojen dos insectos de los llamados <em>mantas religiosas</em>
-y hacen que se peleen; forman collares con nueces
-de la selva, rojas y negras; observan á un lagarto que
-toma el sol sobre una roca; ó, finalmente, miran como
-junto á los pantanos alguna serpiente da caza á una
-rana. Otras veces cantan largas, larguísimas canciones
-con unos trinos al final muy típicos del país, y
-oyendo aquello parece el día más largo que la vida
-de la mayoría de las personas; ó fabrican con el fango
-castillos, con hombres, caballos y búfalos, y, poniendo
-cañas en las manos de aquéllos, suponen que son reyes
-rodeados de sus ejércitos, ó dioses que reclaman adoración.</p>
-
-<p>Á todo eso llega la noche, y, á los gritos de los
-chiquillos, levántanse los búfalos pesadamente de entre
-el pegajoso barro, produciendo ruidos semejantes á
-sucesivos disparos de armas de fuego, y en larga fila
-se dirigen, á través de la llanura gris, hacia el sitio
-donde parpadean las luces de la aldea.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_94">[Pg 94]</span></p>
-
-<p>Día tras día llevó Mowgli á los búfalos á aquellos
-pantanos; día tras día vió al Hermano Gris, á una
-legua y media de distancia, en la extensa llanura (con
-lo cual sabía que Shere Khan no había vuelto aún); y
-día tras día acostóse, también, sobre la yerba, escuchando
-los ruidos y soñando en su pasada vida, allá en
-la selva. Si Shere Khan hubiera dado, con su pata
-coja, uno de sus inseguros pasos en los bosques que
-dominan el Wainganga, no hay duda que Mowgli lo
-hubiera oído: tal era la quietud de aquellas interminables
-mañanas.</p>
-
-<p>Llegó, al fin, un día en que no vió al Hermano Gris
-en el sitio convenido, y, riéndose, condujo entonces á los
-búfalos por el barranco en que estaba el árbol de <em>dhâk</em>,
-cubierto materialmente de flores de un color rojo dorado.
-Allí encontró al Hermano Gris, erizados cuantos
-pelos tenía en la espalda.</p>
-
-<p>&mdash;Se ha escondido durante un mes para despistarte.
-Anoche cruzó por los campos, acompañado de Tabaqui,
-siguiéndote de cerca los pasos, dijo el lobo, perdido
-casi el resuello.</p>
-
-<p>Mowgli arrugó el entrecejo.</p>
-
-<p>&mdash;No le tengo miedo á Shere Khan, contestó, pero
-conozco la astucia de Tabaqui.</p>
-
-<p>&mdash;No le temas, dijo el Hermano Gris relamiéndose
-un poco. Yo encontré á Tabaqui al rayar el alba. Que
-les cuente ahora á los milanos toda su sabiduría; pero
-antes me la contó <em>á mí</em>..... antes de que le partiera el
-espinazo. El plan que ha tramado Shere Khan consiste
-en esperarte á la entrada de la aldea, esta noche.....
-á tí, y sólo á tí. Está ahora echado en el gran barranco
-seco del Wainganga.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha comido hoy, ó caza con el estómago vacío?
-preguntó Mowgli, porque de la contestación dependía
-su vida.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_95">[Pg 95]</span></p>
-
-<p>&mdash;Mató algo al amanecer..... un jabalí..... y también
-ha bebido. Acuérdate de que Shere Khan jamás
-pudo ayunar, ni siquiera cuando convenía á sus propósitos
-de venganza.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, imbécil! ¡Imbécil! ¡Eso es ser dos veces
-niño! ¡Bien comido, bien bebido, y aún cree que voy á
-dejarle dormir! ¡Á ver! ¿Dónde dices que se echa? Si
-fuéramos siquiera diez lo cojíamos y lo arrastrábamos
-hasta aquí. Estos búfalos no querrán embestirlo como
-no sientan el rastro, y yo no sé hablar su lenguaje.
-¿Podríamos colocarnos detrás de él, de modo que, olfateando,
-pudieran ellos seguir su pista?</p>
-
-<p>&mdash;Siguió á nado la corriente del río Wainganga,
-para evitar toda posibilidad de que hiciéramos esto.</p>
-
-<p>&mdash;Tabaqui se lo aconsejó, estoy segurísimo. Á él
-nunca se le hubiera ocurrido eso.</p>
-
-<p>Quedóse Mowgli pensando, con un dedo en la boca.</p>
-
-<p>&mdash;El gran barranco seco del Wainganga, dijo,
-desemboca en la llanura á menos de media legua de
-aquí. Puedo conducir el rebaño á través de la selva,
-hasta la parte superior del barranco, y luego lanzarlo
-hacia abajo..... pero entonces se escaparía por la parte
-inferior. Hay que cerrar ese extremo. Hermano Gris
-¿no puedes dividirme en dos el rebaño?</p>
-
-<p>&mdash;Yo quizás no; pero he traído conmigo quien me
-ayude.</p>
-
-<p>Corrió el Hermano Gris y se metió en un agujero.
-Salió de allí entonces una enorme cabeza gris, que
-Mowgli conocía perfectamente, y llenó el cálido ambiente
-el más desolado grito que puede oirse en la selva:
-el aullido de caza de un lobo resonando en mitad
-del día.</p>
-
-<p>&mdash;¡Akela! ¡Akela! exclamó Mowgli, palmoteando.
-No sé cómo no se me ocurrió pensar que no me olvidarías.
-Traemos entre manos un trabajo muy importante.<span class="pagenum" id="Page_96">[Pg 96]</span>
-Divide en dos el rebaño, Akela. Ponme á un lado
-á las vacas y terneros, y déjame solos á los toros y á
-los búfalos de labor.</p>
-
-<p>Corrieron los dos lobos, entrando y saliendo, como
-por juego, del rebaño, el cual, dando bufidos y levantando
-á la vez las cabezas, se separó en dos grupos.
-En uno de ellos las hembras de los búfalos, con sus
-pequeñuelos colocados en el centro, miraban furiosas
-y pateaban, prontas á embestir al primer lobo
-que se estuviera quieto un momento y á quitarle la
-vida aplastándolo. En otro grupo, los toros y novillos
-resoplaban también y golpeaban el suelo con las patas;
-pero, aunque su aspecto fuera más imponente, ellos
-eran allí los menos temibles, pues no tenían terneros
-que proteger. Ni seis hombres juntos hubieran dividido
-tan bien el ganado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué mandas ahora? dijo Akela, jadeante. Intentan
-reunirse otra vez.</p>
-
-<p>Montó Mowgli sobre Rama y contestó:</p>
-
-<p>&mdash;Llévate los toros hacia la izquierda, Akela. Y tú,
-Hermano Gris, cuando nos hayamos ido, cuida de que
-no se separen las vacas, y llévalas al pie del barranco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hasta donde? dijo el Hermano Gris, jadeando,
-también, y dando bocados.</p>
-
-<p>&mdash;Hasta donde veas que los lados tienen más altura
-que la que puede saltar Shere Khan, gritó Mowgli.
-Tenlas allí hasta que nosotros bajemos.</p>
-
-<p>Partieron los toros al oir ladrar á Akela, y quedóse
-el Hermano Gris frente á las vacas. Embistiéronle
-éstas, y entonces corrió, siempre delante de ellas,
-hasta llegar al pie del barranco, mientras Akela se llevaba
-á los toros hacia la izquierda.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muy bien! Otra embestida y están ya á punto.
-¡Cuidado ahora..... cuidado, Akela! Con que te equivoques
-y des una dentellada de más, embisten los toros.<span class="pagenum" id="Page_97">[Pg 97]</span>
-<em>¡Hujah!</em> Más pesado es este trabajo que el de acorralar
-gamos negros. ¿Te imaginaste nunca que animales
-como éstos pudieran correr tanto? gritó Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;Los he cazado..... los he cazado también, en mis
-buenos tiempos, susurró débilmente Akela, cubierto de
-una nube de polvo. ¿Los lanzo hacia la selva?</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí, lánzalos! ¡Lánzalos pronto! Rama está furioso.
-¡Ah! ¡Si yo pudiera darle á entender para qué lo
-necesito hoy!</p>
-
-<p>Los toros fueron dirigidos entonces hacia la derecha
-y penetraron en la espesura aplastándolo todo. En
-cuanto á los demás muchachos encargados del pastoreo,
-que, cuidando su ganado á media legua de distancia,
-contemplaban lo que ocurría, fuéronse á todo
-correr hacia la aldea gritando que los búfalos se habían
-vuelto locos y habíanse escapado.</p>
-
-<p>Pero el plan de Mowgli era sencillísimo. Consistía
-su propósito en trazar un gran círculo al subir, llegar
-á la parte alta del barranco, y entonces hacerlo descender
-á los toros, cogiendo á Shere Khan entre éstos
-y las vacas; porque sabía perfectamente que, después
-de haber comido y bebido bien, no estaría en disposición
-el tigre de luchar ni de encaramarse por los
-lados del barranco. Amansaba ahora á los búfalos con
-sus voces, y Akela se había quedado bastante rezagado,
-no ladrando más que una ó dos veces para que la
-retaguardia apretara el paso.</p>
-
-<p>El círculo que trazaban era enorme, vastísimo,
-porque no querían acercarse demasiado al barranco y
-advertir á Shere Khan de su presencia. Al fin
-reunió Mowgli en torno suyo el azorado rebaño en lo
-alto del barranco, sobre una rápida pendiente cubierta
-de yerba, que iba á confundirse, en su extremo, con el
-mismo barranco.</p>
-
-<p>Desde aquella altura, y mirando por encima de las<span class="pagenum" id="Page_98">[Pg 98]</span>
-copas de los árboles, podía verse abajo la extensión del
-llano; pero lo que Mowgli miró entonces fueron los
-lados del barranco, viendo con no poca satisfacción que
-se elevaban casi perpendicularmente, y que las vides
-y enredaderas que de ellos colgaban no podían prestar
-apoyo suficiente á un tigre, en el caso de que por allí
-quisiera huir.</p>
-
-<p>&mdash;Déjalos resollar, Akela, dijo levantando una
-mano. No han hallado aun el rastro. Déjalos resollar.
-Tengo que anunciarle á Shere Khan lo que se le viene
-encima. Ya lo hemos cogido en la trampa.</p>
-
-<p>Hizo bocina de sus manos, gritó hacia el barranco
-(lo cual era casi como gritar en la boca de un túnel), y
-el eco de su voz fué repercutiendo de roca en roca.</p>
-
-<p>Al cabo de largo rato contestó el vago, soñoliento
-gruñido de un tigre, harto ya y que despierta de su
-sueño.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién llama? dijo Shere Khan. Y á su voz un
-espléndido pavo real voló desde el fondo del barranco
-dando chillidos al huir.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, Mowgli. ¡Ladrón de reses, ya es hora de
-que te vengas conmigo al Consejo de la Peña! ¡Ahí va!
-¡Lánzalos, Akela! ¡Abajo, Rama, abajo!</p>
-
-<p>El rebaño quedóse un instante quieto al borde de
-la pendiente; pero Akela lanzó á plenos pulmones
-su grito de guerra, y se precipitaron todos, uno tras
-otro, como navíos que se lanzan á una corriente,
-mientras la arena y las piedras saltaban en torno suyo.
-Una vez comenzada la carrera no había modo de pararla,
-y, aún antes de llegar al cauce del torrente, Rama
-sintió ya el rastro de Shere Khan, y mugió.</p>
-
-<div class="chapter">
-<div class="figcenter illowp100" id="p099" style="max-width: 34.375em;">
- <img class="w100 p6 p6b" src="images/p099.jpg" alt="p99ilo" />
-</div>
-
-</div>
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_100">[Pg 100]</span></p>
-</div>
-<p>&mdash;¡Ah! dijo Mowgli, que iba en él montado. ¿Por
-fin te enteras, eh? Y el alud de negros cuernos, hocicos
-espumajeantes y ojos de mirada fija pasó rápido
-por el torrente, como arrancados peñascos en épocas
-de avenida, mientras los búfalos más débiles eran
-empujados hacia los lados, donde, al pasar, arrancaban
-las enredaderas. Ya sabían todos qué clase de
-labor les esperaba: era aquello la terrible embestida
-de un rebaño de búfalos, contra la cual no hay tigre
-que pueda pensar siquiera en resistir. Oyó Shere Khan
-el ruido atronador de las pezuñas, levantóse y caminó
-con pesadez torrente abajo, mirando á ambos costados
-en busca de huída; pero los lados del torrente parecían
-cortados á pico, y tuvo que quedarse allí sintiendo el
-abotagamiento producido por la comida y la bebida,
-deseando entonces cualquier cosa menos tener que
-batirse. El rebaño pasó chapoteando por la laguna
-que él acababa de abandonar, mugiendo hasta hacer
-retumbar todo el estrecho recinto. Mowgli oyó otro
-mugido que contestaba desde el extremo inferior del
-barranco; vió á Shere Khan volverse (el tigre sabía
-que en último caso era mejor esperar á los toros que
-habérselas con las vacas y terneros); y entonces Rama
-echó por tierra algo, tropezó con ello, y siguió adelante,
-pasando por encima de una masa blanda, y con los
-demás toros detrás, que iban pisándole casi, cayó sobre
-el otro rebaño, con tal furia que los más débiles búfalos
-fueron levantados al aire por completo con el choque
-que se produjo al encontrarse todos.</p>
-
-<p>La embestida arrastró ambos rebaños hacia la
-llanura, dando cornadas, coces y bufidos. Esperó
-Mowgli el momento oportuno, y, apeándose de Rama,
-comenzó á repartir golpes á diestro y siniestro con el
-palo que llevaba.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pronto, Akela! ¡Divídelos! ¡Sepáralos, ó si no
-van á pelearse unos con otros! ¡Llévatelos, Akela!
-¡<em>Hai</em>, Rama! <em>¡Hai! ¡Hai! ¡Hai!</em> hijos míos. ¡Poco á
-poco, ahora, poco á poco! Ya ha terminado todo.</p>
-
-<p>Akela y el Hermano Gris corrieron de un lado á<span class="pagenum" id="Page_101">[Pg 101]</span>
-otro mordiéndoles las patas á los búfalos, y, aunque el
-rebaño se volvió en redondo, con intención de embestir
-de nuevo, torrente arriba, Mowgli logró hacerle dar
-la vuelta á Rama, y los demás lo siguieron hacia los
-pantanos.</p>
-
-<p>No hacía falta que pisotearan más á Shere Khan.
-Estaba muerto, y los milanos iban acudiendo ya para
-devorarlo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hermanos! Como un perro ha muerto, dijo
-Mowgli buscando el cuchillo que, desde que vivía entre
-los hombres, llevaba siempre pendiente del cuello y
-metido en una vaina. Pero tampoco se hubiera batido
-cara á cara. Buen efecto va á hacer su piel puesta
-sobre la Peña del Consejo. Manos á la obra y pronto.</p>
-
-<p>Jamás á un muchacho criado entre los hombres
-hubiérasele ocurrido ni por sueño desollar él solo un
-tigre que medía tres metros de largo; pero, mejor que
-nadie, sabía Mowgli cómo está pegada al cuerpo la
-piel de un animal, y, por lo tanto, el modo de arrancarla.
-No obstante, como la labor era ruda, Mowgli
-cortó y desgarró regañando entre dientes por espacio
-de una hora, mientras los lobos lo contemplaban con
-la lengua colgando, ó se acercaban para dar tirones
-á la piel cuando él lo mandaba.</p>
-
-<p>De pronto, apoyóse en su hombro una mano, y,
-levantando los ojos, vió á Buldeo con el viejo mosquete.
-Habían contado en la aldea los chiquillos el
-pánico que se apoderó de los búfalos, y Buldeo salió
-malhumorado, movido sólo por el vivo deseo de imponer
-á Mowgli un correctivo por no haber cuidado
-mejor del rebaño. Los lobos se eclipsaron en cuanto
-vieron venir al hombre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué locura es ésa? dijo Buldeo incomodado. ¿Y
-te figuras que tú vas á poder desollar un tigre? ¿Dónde
-lo mataron los búfalos? Y por añadidura es el tigre<span class="pagenum" id="Page_102">[Pg 102]</span>
-cojo, por cuya cabeza se han ofrecido cien rupias.
-¡Bien, bien! Haremos la vista gorda en eso de que
-hayas dejado escaparse el rebaño, y tal vez te dé yo
-una de las rupias como premio cuando haya llevado
-la piel á Khanhiwara. Tanteóse la ropa buscando un
-pedazo de acero y un pedernal, y se agachó para quemarle
-los bigotes á Shere Khan. La mayor parte de
-los cazadores indígenas practica esta operación para
-evitar que el espíritu que habita en el tigre los persiga
-luego.</p>
-
-<p>&mdash;¡Je! dijo Mowgli entre dientes mientras arrancaba
-la piel de una de las patas del tigre. ¿De modo que
-piensas llevarte la piel á Khanhiwara para recibir el
-premio, y luego tal vez me des una rupia? Pues bien:
-antójaseme que esa piel voy á necesitarla yo para
-mi propio uso. ¡Ea, viejo, aparta ese fuego!</p>
-
-<p>&mdash;¿Y así es como hablas al jefe de los cazadores
-de la aldea? Á la suerte y á la ayuda que te ha prestado
-la imbecilidad de tus búfalos debes cuanto has
-hecho. Bien se ve que el tigre acababa de darse un
-hartazgo, ó de lo contrario estaría ahora á cinco leguas
-de distancia de este sitio. ¡Ni siquiera puedes desollarlo
-bien, y, á pesar de eso, tú, que no eres más que un
-pillete, vienes á decirme á mí, á Buldeo, que no le
-queme los bigotes! Mira, Mowgli: no voy á darte ni
-un <em>anna</em> como premio; lo que te daré será una buena
-paliza. ¡Suelta el tigre!</p>
-
-<p>&mdash;¡Por el toro que me rescató! dijo Mowgli que
-estaba entonces luchando por llegar hasta el hombro
-de la fiera, ¿te figuras que voy á estar toda la tarde
-charlando contigo, mono viejo? ¡Ven acá, Akela!
-Líbrame de este hombre que me está molestando.</p>
-
-<p>Buldeo, que continuaba aún inclinado sobre la cabeza
-de Shere Khan, hallóse de pronto tendido sobre la
-yerba con un lobo gris encima, mientras Mowgli<span class="pagenum" id="Page_103">[Pg 103]</span>
-seguía desollando como si en toda la India no hubiera
-nadie más que él.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, dijo éste entre dientes, tienes muchísima
-razón, Buldeo. Nunca habrás de darme ni un <em>anna</em> en
-premio. Entre este tigre cojo y yo había un duelo pendiente...
-un duelo antiguo, muy antiguo... y... yo he
-vencido.</p>
-
-<p>Hablando con entera imparcialidad, hay que reconocer
-que, si Buldeo hubiera tenido diez años menos,
-habría medido sus fuerzas con las de Akela á haberse
-hallado con él entre los bosques; pero un lobo que obedecía
-las órdenes de aquel muchacho (que tenía duelos
-pendientes con tigres devoradores de hombres), no era
-un animal como los demás. Aquello era arte de encantamiento,
-magia de la de peor clase, pensó Buldeo, y
-tuvo sus dudas respecto á si el amuleto que llevaba al
-cuello bastaría para protegerle. Quedóse, pues, tendido,
-como paralizado, esperando á cada instante ver á
-Mowgli convertirse también en tigre.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Maharaj!</em> ¡Gran Rey! dijo, por fin, con voz
-ronca y tan bajo que parecía un susurro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué? contestó Mowgli sin volver la cabeza,
-sonriéndose un poco con aire satisfecho.</p>
-
-<p>&mdash;Soy un anciano. Ignoraba que fueras algo más
-que un zagal. ¿Me permites que me levante y me vaya,
-ó va á hacerme pedazos ese servidor que tienes á tus
-órdenes?</p>
-
-<p>&mdash;Vete, vete en paz. Pero otra vez no te metas
-con mi caza. ¡Suéltalo, Akela!</p>
-
-<p>Fuése Buldeo cojeando hacia la aldea, tan aprisa
-como pudo, mirando hacia atrás, por encima del
-hombro, para ver si Mowgli se metamorfoseaba en
-algo que causara espanto. Luego, al llegar, refirió
-un cuento de magia, y encantamientos, y brujerías
-que hizo que el sacerdote se pusiera muy serio.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_104">[Pg 104]</span></p>
-
-<p>Mowgli siguió en su labor, pero se acercaba ya el
-anochecer cuando entre él y los lobos acabaron de
-separar del cuerpo del tigre la enorme y vistosa piel.</p>
-
-<p>Ahora, hay que esconder eso y volver los búfalos
-á casa. Ayúdame á reunirlos, Akela.</p>
-
-<p>Agrupóse el rebaño, á la luz dudosa del crepúsculo,
-y dirigióse hacia la aldea; pero al llegar cerca de ella
-vió Mowgli algunas luces, y oyó cómo en el templo
-tocaban las campanas y soplaban, además, en caracoles
-marinos. La mitad de la población parecía esperarle
-á las puertas del lugar.</p>
-
-<p>&mdash;Esto será porque he matado á Shere Khan, dijo
-entre sí Mowgli; pero una lluvia de piedras silbó en
-sus oídos al mismo tiempo que los aldeanos le gritaban:</p>
-
-<p>&mdash;¡Hechicero! ¡Hijo de una loba! ¡Diablo de la
-selva! ¡Márchate! ¡Márchate de aquí en seguida, si no
-quieres que el sacerdote te cambie otra vez en lobo!
-¡Dispara, Buldeo, dispara!</p>
-
-<p>Hizo fuego el mosquete, con gran estruendo, y uno
-de los búfalos jóvenes lanzó un mugido de dolor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Otro hechizo! gritaron los aldeanos. ¡El ha desviado
-la bala! ¡Ese búfalo es el tuyo, Buldeo!</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿qué significa eso? dijo Mowgli azorado al
-ver que arreciaba la lluvia de piedras.</p>
-
-<p>&mdash;No dejan de parecerse á los de la manada esos
-hermanos tuyos, dijo Akela, sentándose gravemente.
-Antójaseme que, si las balas tienen algún significado,
-la intención de esta gente es la de arrojarte fuera del
-lugar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Lobo! ¡Lobato! ¡Márchate! gritó el sacerdote agitando
-una ramita de la planta sagrada que llaman <em>tulsi</em>.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿otra vez? La anterior fué porque era un
-hombre. Ésta porque soy un lobo. Vámonos, Akela.</p>
-
-<p>Una mujer, Messua, corrió hacia el rebaño y gritó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Hijo mío! ¡Hijo mío! Dicen que eres un hechicero<span class="pagenum" id="Page_105">[Pg 105]</span>
-que si quiere puede transformarse en fiera. Yo
-no lo creo, pero márchate, porque si no te van á
-matar. Buldeo dice que eres un brujo; pero yo sé que
-tú no has hecho más que vengar la muerte de Nathoo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Atrás, Messua! ¡Vuelve atrás ó te apedreamos!
-gritó entonces la multitud.</p>
-
-<p>Mowgli sonrióse con sonrisa forzada y breve, porque
-una piedra acababa de darle en la boca.</p>
-
-<p>&mdash;Retrocede, Messua, añadió. Eso es uno de aquellos
-estúpidos cuentos que inventan al anochecer, bajo
-la sombra del árbol. Al menos te habré pagado la vida
-de tu hijo. ¡Adios! Y corre cuanto puedas, porque
-voy á lanzar el rebaño contra ellos con más velocidad
-que la que llevan los pedazos de ladrillo que me arrojan.
-No soy ningún brujo, Messua. ¡Adios! Ahora,
-Akela, júntame otra vez el rebaño, gritó.</p>
-
-<p>No ansiaban los búfalos otra cosa más que volver á
-la aldea. Apenas si necesitaron que los azuzara
-Akela para lanzarse como un torbellino á través de las
-puertas, dispersando á la multitud á derecha é izquierda.</p>
-
-<p>&mdash;¡Contadlos! gritó Mowgli con aire desdeñoso.
-Podría ser que os hubiera robado alguno. Contadlos,
-porque ésta es la última vez que he de apacentarlos.
-¡Quedad con Dios, hijos de los hombres, y agradecedle
-á Messua que no vaya yo también con mis lobos á cazaros
-en mitad de vuestra calle!</p>
-
-<p>Volvió la espalda y echó á andar junto con el Lobo
-Solitario, y, como se le ocurriera mirar á las estrellas,
-sintióse, entonces, verdaderamente feliz.</p>
-
-<p>&mdash;Se acabó para mí el dormir dentro de una trampa,
-Akela. Recojamos la piel de Shere Khan y vámonos.
-No causemos á la aldea el menor daño: tengamos
-en consideración lo bien que Messua se ha portado
-conmigo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_106">[Pg 106]</span></p>
-
-<p>Al elevarse la luna sobre la llanura, dando á todas
-las cosas un tinte algo lechoso, vieron con terror los
-aldeanos cómo Mowgli, acompañado de dos lobos y con
-un fardo sobre su cabeza, corría á campo travieso con
-aquel trote característico del lobo, que se traga las
-leguas como nada. Entonces echaron á vuelo las campanas
-y soplaron en los caracoles marinos con más
-fuerza que nunca; lloró Messua, y Buldeo comenzó á
-adornar con tales primores la historia de sus aventuras
-en la selva que acabó por decir que Akela se había
-erguido en dos pies hablando como un hombre.</p>
-
-<p>Empezaba á descender la luna cuando Mowgli y
-los dos lobos llegaron á la colina en que estaba la
-Peña del Consejo y se pararon ante la caverna de
-mamá Loba.</p>
-
-<p>&mdash;Me han arrojado de la manada de los hombres,
-madre, gritó Mowgli, pero he cumplido mi palabra, y
-vengo con la piel de Shere Khan.</p>
-
-<p>Salió mamá Loba de la caverna, andando como con
-dificultad, y llevando tras sí los cachorros, y sus ojos
-brillaron vivamente en cuanto vió la piel.</p>
-
-<p>&mdash;Ya le dije aquel día en que metió la cabeza y los
-hombros en esta caverna yendo en tu busca para
-matarte, renacuajo mío, ya le dije que el cazador sería
-cazado un día ú otro. ¡Bien lo has hecho!</p>
-
-<p>&mdash;¡Muy bien, Hermanito! dijo una voz profunda,
-allá en la espesura. ¡Ya te echábamos de menos en la
-selva! Y Bagheera vino, corriendo, hasta á tocar los
-desnudos pies de Mowgli. Juntos subieron á la Peña
-del Consejo, y, sobre la roca llana en que solía ponerse
-Akela, tendió Mowgli la piel, sujetándola, luego,
-con cuatro pedazos de bambú. Echóse sobre ella
-Akela, y lanzó el antiguo grito del Consejo:&mdash;¡Mirad,
-lobos, mirad bien!&mdash;exactamente como dijo cuando
-por primera vez le llevaron allí á Mowgli.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_107">[Pg 107]</span></p>
-
-<p>Desde el día en que Akela había sido destituído, la
-manada se había quedado sin jefe, cazando y luchando
-como mejor le parecía. Pero aun contestaban á aquel
-grito por costumbre, y aunque fueran, algunos, cojos
-por culpa de las trampas en que habían caído, y otros
-arrastraran una pata por haber sido heridos en ella
-de un balazo, ó estuvieran sarnosos por haber comido
-algo malo, ó, finalmente, se hubieran extraviado,
-los que quedaban vinieron todos al Consejo de la
-Peña, y vieron la piel rayada de Shere Khan tendida
-sobre la roca, y las enormes garras colgando al extremo
-de las patas, que se balanceaban vacías. Entonces
-fué cuando Mowgli compuso una canción sin rimas,
-una canción que se le vino á los labios espontáneamente,
-y comenzó á cantarla á grades voces, arrojándose
-sobre la piel y llevando el compás con los talones,
-hasta que se le acabó el aliento, y mientras tanto el
-Hermano Gris y Akela aullaban entre las estrofas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mirad bien, lobos, mirad bien! dijo Mowgli
-cuando hubo acabado. ¿He cumplido mi palabra? Y
-los lobos, ladrando como perros, dijeron: ¡sí! y uno de
-ellos, lleno de cicatrices y desgarrones en la piel,
-aulló:</p>
-
-<p>&mdash;¡Vuelve á guiarnos, Akela! Vuelve á guiarnos,
-hombrecito, porque ya estamos aburridos de vivir sin
-Ley, y quisiéramos ser de nuevo el Pueblo Libre de
-otros tiempos.</p>
-
-<p>&mdash;No, murmuró Bagheera, bien pudiera ser que os
-equivocárais. Cuando estéis hartos, acaso os vuelva la
-locura de antes. No en balde os llaman el Pueblo
-Libre. Por la libertad luchásteis y vuestra es. Devoradla,
-lobos.</p>
-
-<p>&mdash;De la manada de los hombres y de la de los lobos
-me arrojaron, dijo Mowgli. En adelante cazaré sólo
-en la selva.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_108">[Pg 108]</span></p>
-
-<p>&mdash;Y nosotros contigo, dijeron los cuatro lobatos.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p>Así pues, marchóse Mowgli y cazó con ellos en la
-selva á partir de aquel día. Pero no siempre estuvo
-sólo, pues algunos años después, cuando se hizo hombre,
-se casó.</p>
-</div>
-
-<p>Mas desde entonces su historia es ya para personas
-mayores.</p>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p108" style="max-width: 10em;">
- <img class="w100 p4" src="images/p108.jpg" alt="p108ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_109">[Pg 109]</span></p>
-</div>
-
-<h3>Canción de Mowgli al bailar sobre la piel de Shere Khan<br />
-en la Peña del Consejo<a id="FNanchor_6" href="#Footnote_6" class="fnanchor">[6]</a></h3>
-
-
-<div class="blockquot">
-<p>La canción de Mowgli es ésta.&mdash;Yo, el mismo Mowgli, soy
-quien la canta. Que la selva preste oído á lo que he hecho.</p>
-
-<p>Shere Khan dijo que me mataría&mdash;¡que me mataría! ¡que ante
-las puertas de la aldea, á la luz de la luna, mataría á Mowgli,
-la Rana!</p>
-
-<p>Comió y bebió. ¡Bebed mucho, Shere Khan! porque ¿cuándo
-será que volváis á beber? Dormid, y soñad en mi muerte.</p>
-
-<p>Solo estoy entre los prados. ¡Hermano Gris, vente conmigo!
-Ven, Lobo Solitario, que hay aquí caza mayor.</p>
-
-<p>Recoge á los enormes búfalos machos, á los toros de piel azul
-y ojos coléricos. Llévalos de un lado á otro obedeciendo mis
-órdenes.</p>
-
-<p>¿Vuesa merced duerme aún, Shere Khan? ¡Despertad! ¡Ah!
-¡Despertaos! ¡Estoy yo aquí, y detrás de mí están los búfalos!</p>
-
-<p>Rama, el rey de ellos, hirió el suelo con una de sus patas.
-Aguas del Wainganga ¿á dónde fué Shere Khan?</p>
-
-<p>No es él como Ikki, que puede agujerear la tierra, ni como
-Mao, el pavo real, para poder volar. No es como Mang, el murciélago,
-que se cuelga de las ramas. ¡Bambúes que crujís todos á
-la vez, decidme á dónde fué á esconderse!</p>
-
-<p><em>¡Ow!</em> Allí está. <em>¡Ahoo!</em> Allí está. Bajo las patas de Rama yace
-el tigre cojo. ¡Levantaos, Shere Khan! ¡Levantaos y matad! Ahí
-tenéis carne: rompedles el cuello á los toros.</p>
-
-<p>¡Chist! Duerme. No lo despertaremos, porque grande es su
-fuerza. Bajaron los milanos á verlo; subieron las negras hormigas
-á enterarse de ello. Gran asamblea se ha reunido en su
-honor.</p>
-
-<p><em>¡Alala!</em> No tengo ropas en que envolverme. Los milanos
-verán que estoy desnudo. Me avergüenzo de encontrarme ante
-toda esa gente.</p>
-
-<p>Prestadme vuestra piel, Shere Khan. Prestadme vuestra piel
-pintarrajeada para que pueda ir al Consejo de la Peña.</p>
-<p><span class="pagenum" id="Page_110">[Pg 110]</span></p>
-<p>Por el toro que me rescató hice una promesa... una pequeñísima
-promesa. Sólo que ahora me hace falta vuestra piel para
-cumplir mi palabra.</p>
-
-<p>Armado con el cuchillo (con el cuchillo que usan los hombres),
-armado con el cuchillo de cazador, me bajaré á recoger
-mi botín.</p>
-
-<p>Aguas del Wainganga, sed testigos de que Shere Khan me da
-su piel por el cariño que me tiene. ¡Tira, Hermano Gris! ¡Tira,
-Akela! ¡Bien pesada es la piel de Shere Khan!</p>
-
-<p>Furiosa está la manada de los hombres. Apedréanme todos
-ellos y hablan como chiquillos. Mi boca sangra. Huyamos.</p>
-
-<p>Á través de las tinieblas de la noche, de la cálida noche, corred
-conmigo velozmente, hermanos míos. Dejaremos atrás las
-luces de la aldea é iremos en dirección al sitio desde donde alumbra
-la luna, que está baja.</p>
-
-<p>Aguas del Wainganga, la manada de los hombres me ha arrojado
-de su seno. Ningún daño les hice; pero me tenían miedo.
-¿Por qué?</p>
-
-<p>Manada de los lobos, también tú me has arrojado de tu seno.
-La selva se ha cerrado para mí, y cerradas están también las
-puertas de la aldea. ¿Por qué?</p>
-
-<p>Como Mang vuela entre las fieras y los pájaros, así vuelo yo
-entre la aldea y la selva. ¿Por qué?</p>
-
-<p>Bailo sobre la piel de Shere Khan; pero mi corazón está triste.
-Herida, rota tengo mi boca con las piedras que me arrojaron
-desde la aldea, pero estoy alegre por haber vuelto á la selva.
-¿Por qué?</p>
-
-<p>Luchan en mí ambos sentimientos como luchan dos serpientes
-en la primavera.</p>
-
-<p>Brota el llanto de mis ojos, y, sin embargo, río mientras él va
-corriendo. ¿Por qué?</p>
-
-<p>Hay en mi dos Mowglis; pero la piel de Shere Khan está bajo
-mis pies.</p>
-
-<p>Toda la selva sabe que he dado muerte á Shere Khan. ¡Mirad!...
-¡Mirad bien, lobos!</p>
-
-<p><em>¡Ahac!</em> Tengo el corazón oprimido por todas las cosas que no
-llego á entender.</p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p110" style="max-width: 7em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p110.jpg" alt="p110ilo" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter">
-<div class="footnotes">
-<p class= "p4 center big1">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_6" href="#FNanchor_6" class="label">[6]</a> Esta poesía, sin rimas y sin metro en el original, es, principalmente,
-una imitación de la manera característica de Walt Whitman, y
-en ello estriba su sabor primitivo, apropiado aquí, y algo entre homérico
-y ossiánico.&mdash;<span class="smcap">N. del T.</span></p>
-
-</div>
-</div>
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_111">[Pg 111]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p111" style="max-width: 32em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p111.jpg" alt="p111ilo" />
-</div>
-
-
-
-<h2 class="nobreak">La foca blanca</h2>
-<div class="block60">
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p><span style="margin-left: 1em;">¡Duérmete, mi niño! La noche ha llegado,</span><br />
-y negra es el agua que verde brillaba:<br />
-la luna, al alzarse por entre las olas,<br />
-nos mira en su seno dormir recostadas.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Donde chocan unas con otras revueltas</span><br />
-pon allí tu lecho, ve y allí descansa,<br />
-revuélcate á gusto, la cola torciendo:<br />
-no ha de despertarte la tormenta airada:<br />
-<span style="margin-left: 1em;">no hará en tí su presa tiburón osado</span><br />
-¡duérmete, mi niño! ¡duérmete en el agua!<br />
-¡duérmete al arrullo del mar que te mece!<br />
-¡duérmete en los brazos de las olas mansas!</p>
-
-<p class="p1 right" style="padding-right: 2em;">(<em>Canción con que arrullan las focas á sus pequeñuelos</em>).</p>
-</div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="p2">Cuanto voy á referir ocurrió, muchos años hace, en
-un lugar llamado Novastoshnah ó Cabo del Noreste,
-en la isla de San Pablo, allá por el mar de Behring.
-Contóme ese cuento Limmershin, el reyezuelo de invierno,
-en ocasión en que el viento lo arrojó contra la
-arboladura de un barco que iba al Japón, y en que yo
-me lo llevé á mi camarote, calentándolo y alimentándolo
-durante un par de días, hasta que se halló en disposición
-de tender el vuelo y regresar á San Pablo.<span class="pagenum" id="Page_112">[Pg 112]</span>
-Limmershin es un pajarillo de genio bastante raro;
-pero tiene la cualidad de no saber mentir.</p>
-
-<p>Nadie va á Novastoshnah como no sea para negocios,
-y las únicas que los tienen allí constantes son las
-focas. Acuden en los meses de verano por centenares
-y por miles, saliendo del mar frío y gris, pues saben
-que la playa de Novastoshnah posee, para hospedar
-focas, mejores cualidades que ningún otro sitio del
-mundo.</p>
-
-<p>Gancho de Mar estaba enterado de esto, y cada
-primavera, desde el punto en que se hallara, se iba
-nadando hasta Novastoshnah, en línea recta, como si
-fuera un torpedero, y allí pasaba un mes luchando con
-sus colegas por conservar un buen sitio en las rocas,
-lo más cerca del mar que le fuera posible. Gancho de
-Mar tenía quince años y era una enorme foca macho,
-de color gris, con una piel sobre los hombros que parecía
-crín, y unos dientes caninos largos, amenazadores.
-Cuando se levantaba sobre sus extremidades
-anteriores elevábase á más de un metro de altura
-sobre el suelo, y si alguien se hubiera atrevido á pesarlo
-habría hallado que su peso era casi de unas setecientas
-libras. Estaba lleno de cicatrices, consecuencia
-de salvajes luchas; pero, á pesar de eso, mostrábase
-siempre dispuesto á aceptar nuevas peleas. Ladeaba en
-tales casos la cabeza como si no se atreviera á mirar á
-su enemiga cara á cara; pero de pronto caía sobre ella
-como un rayo, y cuando sus enormes dientes se habían
-clavado fuertemente en el cuello de la otra foca, podía
-ésta escapársele si lo lograba, pero no sería ciertamente
-Gancho de Mar quien la ayudara á ello.</p>
-
-<p>Sin embargo, lo que nunca hizo fué atacar á una foca
-herida ya por otras, porque esto era contrario á las
-reglas de la Playa. No necesitaba más que un sitio
-para su prole, junto al mar; pero como ocurría que<span class="pagenum" id="Page_113">[Pg 113]</span>
-cuarenta ó cincuenta mil focas más luchaban por lo
-mismo cada primavera, el silbar, bramar, rugir y resoplar
-que se oían en aquella playa eran algo verdaderamente
-horroroso.</p>
-
-<p>Desde una colina, llamada de Hutchinson, divisábase
-una extensión de tierra de cerca de una legua,
-completamente cubierta de focas que peleaban
-unas con otras, y, á la hora de la resaca, la playa
-quedaba toda salpicada de puntos que eran las cabezas
-de otras muchas focas que se apresuraban á ir á tierra
-para unirse á las que combatían. Luchaban sobre las
-rompientes, luchaban en la arena y hasta sobre las
-desgastadas rocas de basalto donde tenían sus viveros:
-eran tan estúpidas y tan poco complacientes como si
-fueran hombres. Las hembras, sus esposas, nunca iban
-á la isla hasta fines de Mayo ó primeros de Junio, porque
-les hacía poca gracia la perspectiva de que las hicieran
-pedazos en aquellas batallas; y en cuanto á los
-pequeñuelos de dos, tres ó cuatro años, que no sabían
-aún lo que era el sostener una familia, se iban tierra
-adentro, á alguna distancia, atravesando las filas de
-combatientes para ponerse á jugar sobre las dunas en
-grupos ó formando verdaderas legiones que destruían
-cuanta planta verde crecía por allí.</p>
-
-<p>Llamábanlos los <em>holluschickie</em> (la gente moza) y de
-ellos había, en Novastoshnah sólo, quizá dos ó tres
-cientos mil.</p>
-
-<p>Un día de primavera, acababa Gancho de Mar de
-poner término á su pelea número cuarenta y cinco,
-cuando Matkah, su dulce y suave esposa de lánguida
-mirada, salió del mar, y en el mismo instante cogióla
-él por el pescuezo y la plantó en el espacio de terreno
-que se había reservado, mientras le decía refunfuñando:</p>
-
-<p>&mdash;¡Tarde, como de costumbre! ¿Dónde has estado?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_114">[Pg 114]</span></p>
-
-<p>No solía Gancho de Mar comer nada en los cuatro
-meses que se pasaba en la playa, y así estaba, generalmente,
-de muy mal humor. Matkah no contestó á la
-pregunta: sabía que esto era lo mejor que podía hacer.
-Tendió la mirada en torno suyo, y dijo muy tierna y
-suavemente:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué atención has tenido conmigo! Has tomado
-nuestro sitio de otras veces.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues ya lo creo que sí! contestó Gancho de Mar.
-¡Mírame!</p>
-
-<p>Estaba lleno de arañazos, y la sangre le corría de
-veinte heridas distintas; tenía un ojo hundido y ambos
-costados hechos una lástima, con la piel colgando á
-pedazos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¡Lo que sois los hombres! dijo Matkah abanicándose
-con la aleta de una de sus patas posteriores.
-Pero ¿por qué no podéis ser razonables y repartiros
-los sitios en paz? ¡Cómo estás! ¡Parece que te hayas
-peleado con el <em>Cetáceo Carnicero</em>!</p>
-
-<p>&mdash;No he hecho otra cosa más que pelear, desde
-mediados de Mayo. La playa está tan llena esta temporada
-que es una vergüenza. Lo menos he tropezado
-con cien focas de la playa de Lukannon que iban buscando
-alojamiento. ¿Por qué no podría quedarse la
-gente en su propia casa?</p>
-
-<p>&mdash;No pocas veces se me ha ocurrido la idea de que
-viviríamos mucho más felices en la isla de Otter que
-en un lugar tan concurrido como éste, dijo Matkah.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! Los <em>holluschickie</em> son los únicos que van
-á la isla de Otter. Si fuéramos nosotros, dirían que lo
-hacemos por miedo. Hay que guardar las apariencias,
-hija mía.</p>
-
-<p>Hundió Gancho de Mar la orgullosa cabeza entre
-los gruesos hombros, y durante algunos minutos hizo
-como que dormía; pero no dejó ni un momento de estar<span class="pagenum" id="Page_115">[Pg 115]</span>
-ojo avizor para el caso de que tuviera que comenzar
-otra lucha. Ahora que todas las focas machos, con sus
-respectivas hembras, estaban ya en tierra, su clamoreo
-podía oirse en algunas leguas mar adentro,
-dominando el ruido de los más furiosos vendabales.
-Contando por lo bajo, bien podía decirse que había allí,
-sobre la playa, más de un millón de focas (focas viejas,
-focas madres, pequeñuelos y <em>holluschickie</em>, peleándose,
-retozando, dando balidos, arrastrándose y jugando),
-y ese millón iba y volvía del mar á la playa y de
-la playa al mar en grupos, y, á veces, formando verdaderos
-ejércitos, sin dejar ni un palmo de tierra donde
-no fueran á echarse en toda la extensión que podía
-abarcar la vista, y entreteniéndose en continuas escaramuzas
-á través de la niebla. En Novastoshnah hayla
-casi siempre, excepción hecha de las raras ocasiones
-en que brilla por un momento el sol y hace que aparezca
-todo como cuajado de perlas y matizado con los
-colores del iris.</p>
-
-<p>En medio de ese barullo había nacido Kotick, el
-pequeñuelo de Matkah, y era todo cabeza y hombros,
-con ojos claros, de un azul de agua, como corresponde
-que sean los de las focas pequeñas; pero algo había en
-su piel que era causa de que su madre lo mirara con
-profunda atención.</p>
-
-<p>&mdash;¡Gancho de Mar, dijo al fin, nuestro hijo va á ser
-blanco!</p>
-
-<p>&mdash;¡Caracoles! refunfuñó aquel. Nunca se ha visto
-en el mundo cosa tan rara. ¡Una foca blanca!</p>
-
-<p>&mdash;Pues no sé que decirte; ahora se verá.</p>
-
-<p>Y comenzó á cantar en voz baja y berreante la
-canción de las focas, que todas las que son madres
-cantan á sus hijos:</p>
-
-
-
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p>No nades nunca hasta las seis semanas
-<span class="pagenum" id="Page_116">[Pg 116]</span><br />
-si no quieres hundirte sin remedio;<br />
-tormentas estivales y cetáceos<br />
-son un peligro cierto.<br />
-<br />
-Son peligrosos, ratoncillo mío,<br />
-muy peligrosos para el que es pequeño;<br />
-pero báñate, y crece, y hazte fuerte...<br />
-y no tengas ya miedo,<br />
-¡y atrévete ya entonces,<br />
-hijo del mar inmenso!</p>
-</div>
-</div>
-
-<p>Por supuesto que el chiquitín no entendía, al principio,
-aquellas palabras. Chapoteaba en el agua, ó
-andaba á gatas por el suelo al lado de su madre, é iba
-aprendiendo á escaparse, tropezando más ó menos,
-cuando veía que su padre se peleaba con otra foca y
-ambos rodaban con feroces bramidos por encima de
-las resbaladizas rocas. Matkah solía ir al mar á buscar
-comida, y el pequeñín no se alimentaba más que
-una sola vez cada dos días; pero entonces comía cuanto
-le era posible, y así iba creciendo.</p>
-
-<p>Lo primero que hizo fué ir gateando tierra adentro,
-y allí encontró miles y miles de pequeñuelos de su
-misma edad, jugando todos como cachorrillos, durmiendo
-sobre la limpia arena, y jugando de nuevo después.
-La gente vieja, en los viveros, no hacía caso de
-ellos, y los <em>holluschickie</em> no se movían de su propio
-terreno, con lo cual los chiquitines podían jugar á sus
-anchas.</p>
-
-<p>Al volver Matkah de su pesca en alta mar, íbase en
-dirección al sitio en que tales juegos se verificaban, y,
-balando como la oveja que llama á su corderillo, esperaba
-hasta que otro balido de Kotick le contestara.
-Entonces, íbase hacia él en línea recta, tan recta que
-no podía serlo más, abriéndose paso con las aletas de
-sus patas delanteras, dando golpes y revolcando por el
-suelo, á derecha é izquierda, á toda la chiquillería<span class="pagenum" id="Page_117">[Pg 117]</span>
-aquélla que le estorbaba. Siempre había algunos centenares
-de madres que iban en busca de sus hijos,
-á través del sitio destinado á jugar, y así puede
-decirse que los pequeñuelos tenían allí una vida muy
-animada, muy <em>movida</em>; pero, como le dijo Matkah
-á Kotick: «Mientras no te eches sobre el fango y
-cojas sarna; mientras no vayas á restregarte alguna
-cortadura ó arañazo contra la dura arena; y mientras,
-finalmente, no se te ocurra nadar cuando la mar está
-picada, nada puede dañarte aquí en lo más mínimo».</p>
-
-<p>Cuando las focas son pequeñas no saben nadar, lo
-propio que les ocurre á los niños; pero no están contentas
-hasta que aprenden. La primera vez que Kotick
-se echó al mar vino una ola y se lo llevó á donde había
-mucha más profundidad de lo que era conveniente para
-él, y su gruesa cabeza se hundió, al paso que sus pequeñas
-aletas posteriores fuéronse en alto por encima del
-agua, exactamente como le había dicho que le sucedería
-su madre, al cantarle la canción que hemos
-copiado; y gracias que otra ola lo recogió, lanzándolo
-de nuevo á la playa, pues, de no ser así, se hubiera
-ahogado.</p>
-
-<p>Aprendió, después de esto, á estarse tendido en un
-charco de la playa y esperar que las oleadas le cubrieran
-y lo levantaran mientras él chapoteaba, pero siempre
-anduvo ya alerta para el caso que vinieran olas
-muy grandes, de las que pueden hacer daño. Dos semanas
-estuvo aprendiendo el modo de usar sus aletas,
-y durante todo este tiempo entraba y salía del agua
-deslizándose, y tosía, gruñía, se arrastraba por la
-playa y dormitaba sobre la arena, hasta que luego
-volvía á las andadas. Así se convenció de que el
-agua era verdaderamente su elemento.</p>
-
-<p>Entonces, bien podéis imaginaros lo que se divertiría
-con sus compañeros, dando chapuzones para pasar<span class="pagenum" id="Page_118">[Pg 118]</span>
-por debajo de las olas, ó llegando á la playa sobre la
-cresta de una de ellas y cayendo con sordo ruido, resoplando
-para no ahogarse, mientras la enorme ola
-subía como un torbellino por la arena; ó alzándose
-sobre la cola y rascándose la cabeza, como veía él que
-la gente madura hacía; ó jugando á «yo soy el Rey del
-castillo<a id="FNanchor_7" href="#Footnote_7" class="fnanchor">[7]</a>» sobre las resbaladizas rocas, llenas de vegetaciones,
-que asomaban á flor de agua. De vez en
-cuando veía una delgada aleta semejante á la de un
-enorme tiburón, que iba costeando, costeando, y como
-no se le ocultaba que aquello era el <em>Cetáceo Carnicero</em>,
-el delfín, que se come á las focas pequeñas cuando
-puede apoderarse de ellas, Kotick se iba como una flecha
-hacia la playa, y la aleta se alejaba bailando lentamente
-sobre el agua como si nada hubiera ido á buscar
-por allí.</p>
-
-<p>Hacia fines de Octubre comenzaron las focas á
-abandonar la isla de San Pablo para internarse en alta
-mar, yendo reunidas en familias y tribus, cesando en
-sus peleas por culpa de los viveros, y los <em>holluschickie</em>
-podían ya jugar en todas partes donde se les antojara.
-«Para el año que viene, dijo Matkah á Kotick, tú también
-serás un <em>holluschickie</em>; pero este año tienes aún
-que aprender cómo se cazan los peces».</p>
-
-<p>Partieron juntos, pues, atravesando el Pacífico, y
-Matkah le enseñó á Kotick á dormir de espalda, con
-las aletas plegadas á los lados y la naricita asomándose
-á flor de agua. No hay cuna tan cómoda como
-resulta serlo el continuado balanceo de las olas en el
-mar Pacífico. Cuando Kotick comenzó á sentir en la
-piel cierto hormigueo, Matkah le dijo que entonces empezaba<span class="pagenum" id="Page_119">[Pg 119]</span>
-á experimentar <em>la sensación del agua</em>, y que
-esos hormigueos y pinchazos en la piel anunciaban mal
-tiempo, por lo cual había que darse prisa en nadar y
-alejarse.</p>
-
-
-<p>Dentro de poco sabrás también hacia donde has de
-dirigirte cuando nades; pero, por ahora, seguiremos al
-puerco marino, al marsuino, que sabe mucho. Toda
-una escuela de marsuinos se agitaba por allí, chapuzándose
-en el agua, dando carreras de un lado para
-otro, y Kotick los siguió con toda la velocidad que le
-fué posible.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo os arregláis para saber hacia dónde tenéis
-que dirigiros? preguntó anhelante.</p>
-
-<p>Movió los blancos ojos hacia todos lados el director
-de la escuela y se lanzó de cabeza bajo el agua.</p>
-
-<p>&mdash;Siento hormigueos en la cola, muchacho, le contestó.
-Significa esto que detrás de mí viene un temporal.
-¡Vámonos! Cuando uno se halla al Sur del
-Mar Pegajoso (quería decir el Ecuador) y nota picazón
-en la cola, es anuncio de que se te viene de frente el
-temporal, y hay que dirigirse hacia el Norte. ¡Ven!
-La mar está aquí muy picada.</p>
-
-<p>Fué ésta una de las muchas cosas que Kotick
-aprendió, y el aprender era en él tarea constante.
-Matkah le enseñó á perseguir los bacalaos y las platijas
-á lo largo de los bancos de arena y á arrancar el
-esperinque de sus agujeros cubiertos de yerbas; cómo
-ir bordeando los restos de naufragios medio enterrados
-á cien brazas bajo el agua, y lanzarse con la rapidez
-de una bala entrando por una de las portas y saliendo
-por la otra, según hacen los peces; cómo sostenerse
-sobre la cresta de las olas cuando los rayos cruzaban
-el espacio, y saludar cortesmente á la albatros, de corta
-y ancha cola, ó á la fragata, al verlas pasar por los
-aires siguiendo la dirección del viento; cómo saltar<span class="pagenum" id="Page_120">[Pg 120]</span>
-fuera del agua á la altura de tres ó cuatro pies, á la
-manera de los delfines, apretadas á los lados las aletas
-y encorvada la cola...</p>
-
-<p>Enseñóle también á dejar tranquilos á los peces voladores,
-porque no tienen más que espinas; á arrancar
-de un bocado un pedazo de espalda á un bacalao corriendo
-á toda velocidad, á diez brazas bajo la superficie
-del mar; y á no pararse nunca á mirar un bote ó
-un buque, pero principalmente ningún barco de remos.
-Al cabo de seis meses, lo que Kotick no sabía sobre la
-pesca en alta mar era porque no valía la pena de saberse,
-y durante todo este tiempo nunca sus aletas
-tocaron tierra seca.</p>
-
-<p>Un día, sin embargo, mientras estaba dormitando
-en el agua, tibia entonces, en un sitio cercano á la isla
-de Juan Fernández, sintió una dejadez en el cuerpo y
-un mareo como los que suelen sentir las personas al
-llegar la primavera, y viniéronsele á la memoria las
-dulces y seguras playas de Novastoshnah, á siete mil
-millas de distancia; los juegos de sus compañeros; el
-olor de las plantas marinas; el bramar de las focas, y
-las continuas luchas. En aquel mismo instante hizo
-rumbo hacia el Norte, nadando pausadamente, y á
-poco hallóse con bastantes docenas de compañeros que
-llevaban también la misma dirección.</p>
-
-<p>&mdash;¡Salud, Kotick! le dijeron.</p>
-
-<p>Este año somos todos <em>holluschickie</em>, y podemos bailar
-la <em>danza del fuego</em> en las rompientes frente á Lukannon,
-y jugar sobre la yerba. Pero ¿de dónde has
-sacado esa piel?</p>
-
-<p>Era ahora la piel de Kotick casi completamente
-blanca, y, aunque se sintiera orgulloso de ella, no contestó
-más que:</p>
-
-<p>&mdash;¡Nadad aprisa! Los huesos me duelen y deseo
-llegar á tierra.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_121">[Pg 121]</span></p>
-
-<p>Y así fuéronse todos á las playas en que habían
-nacido, y oyeron á sus padres, las focas viejas, peleándose
-entre la niebla.</p>
-
-<p>Aquella noche Kotick bailó la <em>danza del fuego</em> con
-las focas que contaban un año de edad. En todo el
-espacio que media entre Novastoshnah y Lukannon el
-mar está lleno de fuego en las noches de verano, y cada
-foca deja en pos de sí una estela como de aceite hirviendo,
-lanza flamígeros chispazos al saltar en el agua,
-y las olas rompen unas contra otras en grandes, fosforescentes
-rayas y remolinos. Después fuéronse tierra
-adentro, hacia el sitio reservado á los <em>holluschickie</em>,
-revolcáronse en el recien nacido trigo silvestre, y refirieron
-cuentos de lo que habían hecho durante el tiempo
-de su estancia en el mar. Hablaban del Pacífico
-como hablarían unos niños del bosque en que han estado
-jugando y cogiendo los frutos de los árboles, y, si
-alguien hubiera podido oirles, con los datos por ellos
-suministrados habría podido trazar un mapa tan detallado
-como jamás hubo otro alguno. Los <em>holluschickie</em>
-de tres y de cuatro años de edad se precipitaron desde
-la colina de Hutchinson gritando:</p>
-
-<p>&mdash;¡Largo de ahí, muchachos! El mar es hondo y
-no sabéis aun todo lo que guarda. Esperad hasta que
-hayáis doblado el Cabo. ¡Ja! ¡Ja! ¡Chiquitín! ¿Dónde
-te has encontrado esa piel tan blanca?</p>
-
-<p>&mdash;No la he encontrado en ninguna parte, dijo Kotick.
-Ha crecido sola. Y cuando se preparaba ya á
-darle un revolcón al que acababa de hablar, dos hombres
-de negro cabello y rojas caras aplastadas salieron
-de detrás de una duna, y Kotick, que nunca había visto
-á un hombre, tosió y bajó la cabeza. Los <em>holluschickie</em>
-se replegaron formando un pelotón á algunos metros
-de distancia, y se quedaron quietos mirando con aire
-estúpido. Los dos hombres eran nada menos que<span class="pagenum" id="Page_122">[Pg 122]</span>
-Kerick Booterin, el jefe de los cazadores de focas de
-la isla, y Patalamon, su hijo. Venían de la aldea situada
-á cosa de media legua del vivero de focas, y estaban
-discutiendo cuáles escogerían para llevárselas al
-matadero (porque las focas se dejan llevar como corderos)
-y convertirlas, más tarde, en chaquetas de piel
-de las que usan las señoras.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! ¡Mira! dijo Patalamon. Hay una foca
-blanca.</p>
-
-<p>Kerick Booterin palideció hasta quedarse casi completamente
-blanco él también bajo la capa de aceite y
-de humo de que iba cubierto, porque era un aléuta,
-y los habitantes de las islas Aléutas no se distinguen por
-la limpieza. Después comenzó á murmurar una oración.</p>
-
-<p>&mdash;No la toques, Patalamon, dijo. No se ha visto
-una foca blanca desde... desde mi nacimiento acá. Tal
-vez es el alma del viejo Zaharrof que ha tomado esta
-forma. Desapareció el año pasado en medio de aquella
-horrorosa tempestad que hubo.</p>
-
-<p>&mdash;No, no me acerco á ella, contestó Patalamon. Es
-de mal agüero. ¿Te parece que será verdaderamente
-el alma del viejo Zaharrof que vuelve del otro mundo?
-Yo le debo algunos huevos de gaviota.</p>
-
-<p>&mdash;No la mires, dijo Kerick. Llévate ese rebaño de
-las de cuatro años. Nuestros hombres debieran desollar
-hoy doscientas, pero estamos á principios de temporada
-y les falta práctica. Con cien bastarán. ¡Despacha!</p>
-
-<p>Hizo sonar Patalamon un par de omoplatos de foca,
-dándole al uno contra el otro, en frente de la manada
-de <em>holluschickie</em>, y quedáronse todos quietos como
-muertos, y soplando con fuerza. Adelantó entonces
-algunos pasos, y las focas comenzaron á moverse, y
-Kerick fué guiándolas tierra adentro, sin que intentaran
-volverse atrás para reunirse con sus compañeras.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_123">[Pg 123]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p123" style="max-width: 34.375em;">
- <img class="w100 p6 p6b" src="images/p123.jpg" alt="p123ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_124">[Pg 124]</span></p>
-</div>
-
-<p>En número de centenares de miles viéronlas las otras
-focas alejarse conducidas por el hombre, pero siguieron
-jugando como si tal cosa. Sólo Kotick hizo algunas
-preguntas, á las que nadie supo qué contestar,
-como no fuera que, cada año, se llevaban los hombres
-algunas focas de aquel modo, por espacio de seis semanas
-ó de dos meses.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo me voy detrás, dijo, y los ojos se le saltaban
-casi, siguiendo la pista del rebaño.</p>
-
-<p>&mdash;La foca blanca nos sigue, gritó Patalamon. Ésta
-es la primera vez que una foca ha venido al matadero
-por sí sola.</p>
-
-<p>&mdash;¡Chist! ¡No mires hacia atrás! dijo Kerick. No
-hay duda de que es el alma de Zaharrof. Tengo que
-hablarle de esto al sacerdote.</p>
-
-<p>La distancia que mediaba hasta llegar al matadero
-no era más que de unos ochocientos metros, pero tardóse
-una hora en recorrerla, porque bien sabía Kerick
-que si las focas iban demasiado aprisa se acalorarían
-más de lo conveniente, y luego, al desollarlas, la piel
-saldría á pedazos. Así, pues, fueron muy despacio, pasando
-por la <em>Garganta del León Marino</em> y por la
-<em>Casa de Webster</em>, hasta que llegaron á la <em>Casa de la Sal</em>,
-completamente fuera del alcance de las miradas de
-las focas que en la playa quedaban. Kotick iba siguiendo,
-anhelante y pasmado de cuanto veía. Creyó hallarse
-en el fin del mundo, pero los bramidos que se oían detrás
-de él, procedentes de los viveros de las focas, resonaban
-con tanta fuerza como el estruendo de un tren
-al pasar por un túnel. Kerick sentóse sobre el musgo,
-sacó un pesado reloj de peltre, y dejó que el rebaño se
-enfriara algo por espacio de media hora, durante la cual
-podía oir Kotick cómo iban cayendo de la gorra de
-aquel hombre gotas del agua que la niebla había dejado
-en ella. Luego, diez ó doce hombres, cada uno armado<span class="pagenum" id="Page_125">[Pg 125]</span>
-de una cachiporra recubierta de hierro y midiendo
-cosa de un metro de largo, llegaron, y Kerick les
-señaló á una ó dos focas del rebaño que habían sido
-mordidas por sus compañeras, ó no se habían enfriado
-bastante, por lo que los hombres las apartaron del rebaño,
-dándoles puntapiés con sus pesadas botas, hechas
-de piel de morsa, y entonces dijo Kerick:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ahora!</p>
-
-<p>Inmediatamente comenzaron los hombres á dar golpes
-en la cabeza á las focas, con toda la rapidez posible.</p>
-
-<p>Diez minutos después, Kotick no pudo ya reconocer
-á las que fueron sus compañeras, pues sus pieles habían
-sido arrancadas, desde el hocico hasta las aletas posteriores,
-secadas y puestas sobre el suelo en un gran
-montón.</p>
-
-<p>No quiso ver más. Volvióse Kotick en redondo y
-galopó hacia el mar (porque una foca puede galopar
-muy velozmente durante breve rato), erizados por el
-terror sus nacientes bigotes. En la <em>Garganta del León
-Marino</em>, donde esos animales descansan junto al sitio
-hasta donde llega la resaca, lanzóse de cabeza, aletas
-en alto, en el agua fresca, y allí se balanceó, suspirando
-tristemente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién anda ahí? gruñó un león de mar, porque
-generalmente no gustan éstos de más sociedad que la
-de sus iguales.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Scoochnie! ¡Ochen scoochnie!</em> (Estoy sólo, muy
-sólo!) dijo Kotick. ¡Están matando á <em>todos</em> los <em>holluschickie</em>
-en <em>todas</em> las playas!</p>
-
-<p>El león marino volvió la cabeza en dirección de
-tierra.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué disparate! dijo. ¿No oyes á tus amigos alborotando
-como de costumbre? De fijo que habrás
-visto á ese viejo de Kerick despachando una manada.
-Treinta años ha que no hace otra cosa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_126">[Pg 126]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Eso es horrible! dijo Kotick nadando hacia
-atrás en el momento en que quedaba cubierto por una
-ola, y afirmando el cuerpo por medio de un movimiento
-en espiral de sus aletas, que lo levantó completamente
-erguido y á tres pulgadas de distancia del borde dentado
-de una roca.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bien! ¡No lo has hecho mal para tu edad! dijo
-el león marino que era buen juez en materia de natación.
-Y luego añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Supongo que debe de ser horrible para tí, juzgando
-lo que ocurre bajo el aspecto que tú lo juzgas;
-pero si vosotras las focas os empeñáis en venir aquí
-año tras año, es natural que los hombres se enteren, y
-lo que es como no lleguéis á encontrar una isla á la
-cual no vayan nunca ellos, siempre os veréis perseguidas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no hay ninguna isla de esta clase?</p>
-
-<p>&mdash;He perseguido al <em>poltoos</em> (la platija) por espacio
-de veinte años, y no puedo decir aún que haya hallado
-una isla así. Pero, mira... (ya que observo que te gusta
-conversar con tus superiores), podrías ir al islote del
-<em>Caballo Marino</em> y hablar á <em>Sea Vitch</em>. Tal vez él sepa
-algo. Y no salgas disparado de ese modo. De aquí á allá
-hay seis millas, y antes de nadar tan largo trecho, si yo
-fuera de tí, echaría un sueñecito, chiquitín.</p>
-
-<p>Parecióle bien el consejo á Kotick, y así nadó hasta
-su propia playa, saltó á tierra y durmió, por espacio de
-media hora, con extremecimientos en todo el cuerpo,
-como suelen hacer las focas. Despues salió en dirección
-del islote del <em>Caballo Marino</em>, pedazo de isla, pequeño
-y lleno de rocas, situado casi al Noreste de Novastoshnah,
-sembrado de picos y de nidos de gaviota,
-donde las morsas solían reunirse sin más compañía que
-la de ellas mismas.</p>
-
-<p>Saltó á tierra junto al viejo <em>Sea Vitch</em>, el enorme,<span class="pagenum" id="Page_127">[Pg 127]</span>
-feo, hinchado, granujiento caballo marino del Norte
-del Pacífico, ancho de cuello, de largos colmillos, sin
-más modales que los que tiene cuando duerme....
-que es lo que hacía entonces, con las aletas posteriores
-mitad fuera y mitad dentro del agua.</p>
-
-<p>&mdash;¡Despiértate! le dijo Kotick, casi ladrando, para
-que lo oyera, porque las gaviotas metían gran ruido.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¡Oh!... ¿Qué?... ¿Qué hay? dijo <em>Sea Vitch</em>,
-y le pegó á la morsa que tenía al lado un golpe con los
-colmillos despertándola, y aquélla otro á la más próxima,
-y así fueron siguiendo, hasta estar todas despiertas
-y mirando fijamente en todas direcciones, excepto en la
-que debían.</p>
-
-<p>&mdash;¡Je! Soy yo, dijo Kotick agitándose en la orilla,
-donde ofrecía todo el aspecto de una diminuta babosa
-blanca.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya! ¡Que me desuellen vivo si...! exclamó
-<em>Sea Vitch</em>, y en seguida comenzaron todos á mirar á
-Kotick como puede imaginarse uno que los soñolientos
-viejos, socios de algún casino, mirarían á un niño que
-cayera entre ellos. En cuanto oyó lo de desollar, no
-quiso Kotick que le hablaran más de esto, pues bien
-harto de ver desollar estaba, y así empezó á decir á
-gritos:</p>
-
-<p>&mdash;¿No hay ningún sitio á donde puedan ir las focas,
-sin peligro de encontrarse con hombres?</p>
-
-<p>&mdash;Anda á buscarlo tú, dijo <em>Sea Vitch</em> cerrando los
-ojos. ¡Márchate, que aquí tenemos que hacer!</p>
-
-<p>Dió Kotick un salto en el aire al estilo de los delfines,
-y púsose á gritar á plenos pulmones:</p>
-
-<p>&mdash;¡Zampa-ostras! ¡Zampa-ostras!</p>
-
-<p>Estaba él enterado de que <em>Sea Vitch</em> no había cogido
-un pez en toda su vida, sino que se limitaba á hozar
-buscando ostras y plantas marinas, aunque se las echara
-de terrible, pretendiendo ser lo contrario de lo que<span class="pagenum" id="Page_128">[Pg 128]</span>
-era. Naturalmente, sucedió entonces que los <em>chickies</em>,
-los <em>gooverooskies</em> y los <em>epatkas</em>, las gaviotas de todas
-clases y los mergos, que están siempre en acecho de
-cuantas ocasiones se les presenten para mostrar su
-mala educación, hicieron coro repitiendo aquellas palabras,
-y (al menos así me lo contó Limmershin) por
-espacio de cinco minutos no hubiera podido oirse el
-disparo de una escopeta en todo el islote del <em>Caballo
-marino</em>. Cuantos en él vivían gritaban á voz en cuello:</p>
-
-<p>&mdash;¡Zampa-ostras! <em>¡Stareek!</em> (viejo).</p>
-
-<p>Entre tanto <em>Sea Vitch</em> se movía de un lado á otro
-refunfuñando y tosiendo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hablarás ahora? dijo Kotick casi perdido el
-aliento.</p>
-
-<p>&mdash;Anda y pregúntale á la <em>Vaca marina</em> lo que
-quieres saber, contestó <em>Sea Vitch</em>. Si aún vive, ella
-podrá decírtelo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo conoceré á la <em>Vaca marina</em> cuando la
-encuentre? dijo Kotick, marchándose ya.</p>
-
-<p>&mdash;Es lo más feo de cuanto vive en el mar después
-de <em>Sea Vitch</em>, gritó una gaviota deslizándose ante las
-mismas barbas de éste... lo más feo y de peores modales.
-<em>¡Stareek!</em></p>
-
-<p>Nadó otra vez Kotick hacia Novastoshnah dejando
-á las gaviotas gritar cuanto quisieran. Llegado allí,
-vió que nadie tomaba el menor interés en sus tentativas
-por descubrir un sitio donde pudieran vivir tranquilamente
-las focas. Dijéronle que siempre los hombres se
-habían llevado con ellos á los <em>holluschickie</em>, que esto
-formaba parte de su diaria labor, y que si no quería
-ver cosas desagradables, no tenía para qué haber ido al
-matadero. Pero ninguna de las otras focas había visto
-las matanzas aquéllas, y en el no haberlo visto estribaba
-la diferencia entre él y sus compañeras. Además,
-Kotick era una foca blanca.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_129">[Pg 129]</span></p>
-
-<p>&mdash;Lo que has de hacer, dijo Gancho de Mar después
-de haber oído el relato de las aventuras de su
-hijo, es crecer, convertirte en una foca tan grande
-como tu padre, y tener un vivero en la playa: verás,
-entonces, como te dejan en paz. De aquí á cinco años
-debieras hallarte ya en disposición de luchar y defenderte
-solo.</p>
-
-<p>Hasta la amable Matkah, su madre, le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;No podrás evitar nunca esas matanzas. Anda y
-vete á jugar en el mar, Kotick. Y, efectivamente,
-fuése y bailó la <em>danza del fuego</em>, pero con el corazón
-muy oprimido por la tristeza.</p>
-
-<p>Abandonó la playa aquel otoño tan pronto como
-pudo, y púsose en marcha completamente solo, porque
-en su cabecita bullía una idea. Iba en busca de la <em>Vaca
-marina</em>, si era verdad que existía en el mar semejante
-personaje, y hallaría después una isla tranquila, rodeada
-de playas seguras donde pudieran vivir las focas
-sin que los hombres llegaran hasta ellas. Con tal motivo
-exploró uno y otro día desde el Norte al Sur del
-Pacífico, llegando á nadar hasta trescientas millas en
-el espacio de veinticuatro horas. Es imposible referir
-sus innumerables aventuras, pero bastará decir que
-estuvo á punto de ser devorado por los tiburones y por
-el pez martillo, tropezando con todos los más peligrosos
-malhechores que vagan por los mares, con enormes
-é inofensivos peces, y con las conchas manchadas
-de color escarlata que están como ancladas en un mismo
-sitio por centenares de años y en ello cifran todo
-su orgullo... Á quien nunca encontró fué á la <em>Vaca
-marina</em>, ni tampoco una isla como la que él soñaba.
-Cuando la playa era excelente, dura, con su poco de
-declive, tierra adentro, para que las focas pudieran
-jugar en él, siempre se divisaba en el horizonte la
-columna de humo de un ballenero que estaba hirviendo<span class="pagenum" id="Page_130">[Pg 130]</span>
-grasa, y Kotick sabía lo que <em>eso</em> significaba. O bien
-notaba claras huellas de que en la isla había habido
-focas, que fueron muertas por los hombres, y donde
-éstos habían puesto una vez los pies, pensaba él, bien
-podían ponerlos dos.</p>
-
-<p>Juntóse con una vieja albatros que le dijo que la
-isla de Kerguelen era el mejor sitio para vivir en paz
-y tranquilidad, y cuando se dirigió Kotick hacia allí,
-por poco queda hecho pedazos contra la negra y acantilada
-costa, en una fuerte tormenta de granizo acompañada
-de rayos y truenos. Y, no obstante, luchando
-contra el viento, pudo ver que hasta allí había habido,
-tiempo atrás, un vivero de focas. Lo mismo ocurría en
-cuantas islas visitó.</p>
-
-<p>Limmershin díjome los nombres de todas y formaban
-larga lista, porque, según él afirmó, pasóse Kotick
-cinco estaciones explorando continuamente, á excepción
-de un descanso anual de cuatro meses en Novastoshnah,
-durante el cual solían los <em>holluschickie</em> burlarse
-de él y de sus islas imaginarias. Estuvo en
-Galápagos, en el Ecuador, sitio horrorosamente seco
-donde le pareció que le cocían vivo; fué á las islas
-Georgias, á las Orcadas, á la isla de la Esmeralda, á la
-del Ruiseñor, á la de Gough, á la de Bouvet, á la de
-Crossets, y hasta á una islita, del tamaño de una mancha,
-que existe al Sur del Cabo de Buena Esperanza.
-Pero en todas partes le dijeron lo mismo. En tiempos
-inmemoriales las focas habían ido á aquellas islas,
-siendo perseguidas y exterminadas por los hombres.
-Hasta un día en que se alejó del Pacífico algunos miles
-de millas y llegó á un sitio llamado <em>Cabo Corrientes</em> (y
-esto fué cuando volvía de la isla de Gough), hallóse
-con algunos centenares de focas sarnosas que estaban
-descansando en una roca, y le dijeron que también
-allí iban los hombres.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_131">[Pg 131]</span></p>
-
-<p>Entristecióle esto tan profundamente que hizo
-rumbo hacia el Cabo para volver á sus propias playas,
-y por el camino abordó á una isla llena de verdes
-árboles, donde halló una foca vieja, muy vieja, moribunda,
-para la cual buscó algunos peces, contándole
-después todas sus penas.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, dijo Kotick, vuelvo á Novastoshnah, y si
-se me llevan al matadero con los <em>holluschickie</em> poco
-me importa ya.</p>
-
-<p>&mdash;Prueba otra vez, contestóle la foca vieja. Yo
-soy la última de la perdida tribu de Masafuera, y, en
-los tiempos en que los hombres solían matarnos á
-centenares de miles, referíase en las playas la conseja
-de que algún día una foca blanca, venida del Norte,
-llevaría al pueblo de las focas á un lugar tranquilo.
-Vieja soy y no he de ver ya ese día; pero otras lo
-verán. Prueba una vez más.</p>
-
-<p>Retorcióse Kotick los bigotes (que los tenía muy
-hermosos), y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy la única foca blanca que ha nacido en
-playa alguna, y soy también la única, blanca ó negra,
-que ha pensado en descubrir nuevas islas.</p>
-
-<p>Animóle muchísimo este encuentro, y, aquel verano,
-cuando volvió á Novastoshnah, rogóle Matkah, su
-madre, que se casara y viviera tranquilo, porque no
-era ya un <em>holluschick</em>, sino todo un Gancho de Mar,
-hecho y derecho, con su blanca melena rizada sobre
-la espalda, y tan espesa, larga y de feroz aspecto
-como la de su padre.</p>
-
-<p>&mdash;Dame una temporada más de espera, dijo él.
-Acuérdate, madre, de que siempre es la séptima la ola
-que más lejos llega en la playa.</p>
-
-<p>Dió la casualidad de que había otra foca que también
-pensó en aplazar el casarse hasta el año próximo,
-y Kotick bailó con ella la <em>danza del fuego</em>, en toda la<span class="pagenum" id="Page_132">[Pg 132]</span>
-extensión de la playa de Lukannon, la noche antes de
-partir para el último de sus viajes exploradores.</p>
-
-<p>Dirigióse esta vez hacia el Oeste porque acababa
-de descubrir el rastro de un gran número de platijas
-que tal rumbo llevaban, y él necesitaba, por lo menos,
-un centenar de libras de pescado para mantenerse en
-buena salud. Persiguiólas hasta cansarse, y, entonces,
-enroscóse y se durmió en uno de los hoyos que deja
-en la tierra la resaca, en dirección de la isla del Cobre.</p>
-
-<p>Conocía perfectamente aquella costa, y así, hacia
-media noche, al sentirse caer blandamente sobre un
-lecho de plantas marinas, exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Uy! La marea sube muy rápida esta noche. Y
-dando media vuelta bajo el agua, abrió los ojos calmosamente
-y se desperezó. Pero, de pronto, brincó como
-un gato, porque acababa de ver algo enorme que iba
-olfateando por encima de los bajíos y engulléndose
-grandes flecos de algas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por las olas del Estrecho de Magallanes!... dijo
-entre sí. ¿Quién son esas gentes?</p>
-
-<p>No se parecían ni á los caballos marinos, ni á los
-leones ó á los osos de mar, ni á las focas, ballenas,
-tiburones, peces ó conchas que Kotick estaba acostumbrado
-á ver. Tenían de seis á nueve metros de
-largo y carecían de aletas posteriores, pero poseían,
-en cambio, una cola, en forma de pala, que no parecía
-sino que había sido recortada de un pedazo de cuero
-mojado. Su cabeza ofrecía el más marcado aire de
-estupidez que puede imaginarse, y balanceaban el
-cuerpo en el agua, sobre el extremo de la cola, cuando
-no comían, saludándose unos á otros con gran solemnidad
-y agitando sus aletas delanteras como hombres
-muy gruesos que movieran los brazos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ejem! dijo Kotick. ¿Pinta bien la suerte, caballeros?
-Y aquellos seres enormes contestaron saludando<span class="pagenum" id="Page_133">[Pg 133]</span>
-y agitando las aletas, á la manera de lo que hacía
-<em>Frog-Footman</em><a id="FNanchor_8" href="#Footnote_8" class="fnanchor">[8]</a>. Cuando volvieron á comer notó
-Kotick que tenían el labio superior partido en dos
-pedazos, que podían separar uno de otro á cosa de
-medio metro de distancia, y volverlos á juntar después,
-sosteniendo entre ambos pedazos más de media fanega
-de algas. Metíanlas en la boca y las mascaban con
-toda solemnidad.</p>
-
-<p>&mdash;Sucio modo de comer es ese, exclamó Kotick.
-Y como le saludaran nuevamente, comenzó á perder
-ya la paciencia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bueno! dijo. Si, por lo visto, tenéis en las aletas
-delanteras una articulación más que los otros, no por
-eso habéis de estarlo demostrando de ese modo. Ya
-veo que saludáis con muchísima gracia, pero preferiría
-que me dijerais cómo os llamáis.</p>
-
-<p>Los labios partidos moviéronse y se separaron; los
-vítreos y verdes ojos miraron fijamente; pero sus dueños
-no dijeron una palabra.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya! dijo Kotick, vosotros sois la única gente
-que he encontrado más feos que <em>Sea Vitch</em>... y más
-mal educados aún que él.</p>
-
-<p>Vínosele entonces á la memoria, con la prontitud de
-un relámpago, lo que le había dicho la gaviota en la
-isla del <em>Caballo Marino</em> cuando no tenía más que un
-año, y dejóse caer de espalda en el agua, contento
-porque veía claramente que acababa de hallar, por
-fin, á la <em>Vaca marina</em>.</p>
-
-<p>Continuaron éstas (porque realmente lo eran) buscando
-algas y mascándolas como queda dicho, y, entre
-tanto, fué Kotick haciéndoles preguntas en cada uno
-de los idiomas que había aprendido en sus viajes, que
-no eran pocos, pues el <em>Pueblo de los mares</em> usa casi
-<span class="pagenum" id="Page_134">[Pg 134]</span>tantos lenguajes como los seres humanos. Pero las
-vacas marinas no hablan, y así no le contestaron.
-Tienen únicamente seis huesos en el cuello en vez de
-siete, y las gentes del mundo submarino dicen que
-esto les impide hablar hasta á los de su misma clase.
-Sin embargo, como hemos dicho anteriormente, poseen
-una articulación de más en sus aletas delanteras, y,
-moviéndolas de arriba abajo y de un lado para otro,
-forman así una especie de torpe clave telegráfica que
-les sirve para entenderse.</p>
-
-<p>Al hacerse de día pudo verse que la melena de Kotick
-estaba completamente erizada. En cuanto á su
-paciencia había ido ya á parar á donde van los cangrejos
-cuando mueren. De pronto, las vacas marinas
-comenzaron á hacer rumbo hacia el Norte con gran
-calma, parándose de cuando en cuando para verificar
-absurdos conciliábulos en que no hacían más que saludarse
-de cuando en cuando, y Kotick las siguió, diciéndose:</p>
-
-<p>&mdash;Gente tan estúpida como ésta hace mucho tiempo
-que hubiera sido ya exterminada, á no haber hallado
-alguna isla en que pudiera vivir sin cuidado; y lo que
-es bastante bueno para la Vaca marina, lo es también
-para Gancho de mar. Sea como fuere, ojalá que despacharan
-de una vez.</p>
-
-<p>Era aquello para Kotick pesadísimo trabajo. La
-manada no recorría más que cuarenta ó cincuenta
-millas cada día, se paraba de noche para comer, y tenía
-buen cuidado de no apartarse mucho de la playa, al
-paso que Kotick nadaba en torno suyo, y por encima,
-y por debajo, sin que lograra hacerles ir ni media
-milla más aprisa.</p>
-
-<p>Al alejarse más hacia el Norte volvieron á tener
-otros de sus conciliábulos, con intervalos de unas
-cuantas horas, y Kotick se arrancaba casi los bigotes<span class="pagenum" id="Page_135">[Pg 135]</span>
-de tanto mordérselos con impaciencia, hasta que, al fin,
-vió que remontaban una corriente de agua tibia, y entonces
-sintió por aquellos seres algo más de respeto.</p>
-
-<p>Una noche hundiéronse á través del agua reluciente
-(un modo de hundirse como si fueran piedras), y, por
-primera vez desde que él las había conocido, comenzaron
-á nadar con gran rapidez. Siguióles Kotick y tanta
-celeridad le dejó pasmado, porque nunca pudo ocurrírsele
-la idea de que una vaca marina fuera tan excelente
-nadadora. Dirigiéronse á un sitio acantilado de
-la costa, que se hundía en el agua, y se zambulleron
-en un agujero que había al pie, á veinte brazas bajo
-el nivel del mar. Metiéronse por un obscuro túnel, y
-Kotick, que las siguió, se ahogaba, por falta de aire
-fresco que respirar, después de tanto rato de estar
-nadando.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por vida de...! exclamó dando boqueadas y resoplando
-al salir, por el lado opuesto, al mar abierto
-y libre. ¡El chapuzón ha sido largo, pero valía la pena
-de soportarlo!</p>
-
-<p>Habíanse separado unas de otras las vacas marinas,
-y comían perezosamente á la orilla de las más hermosas
-playas que Kotick viera en su vida. Había allí
-grandes extensiones de roca viva y desgastada, pulida,
-que se prolongaban durante millas enteras, lo más
-apropiadas que podía imaginarse para viveros de
-focas; otras formadas de dura arena, detrás de las
-primeras, y en declive que miraba tierra adentro,
-buenas para jugar en ellas; y rompientes para bailar
-las focas sobre el agua; y blanda yerba para revolcarse;
-y dunas para trepar por la arena, descendiendo
-luego; y, sobre todo, Kotick conoció con sólo tocar el
-agua, que nunca engaña á un verdadero Gancho de
-mar, lo más importante: que jamás el hombre había
-llegado hasta allí.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_136">[Pg 136]</span></p>
-
-<p>Su primer cuidado fué asegurarse de que la pesca
-podía hacerse en buenas condiciones, y luego nadó
-bordeando la orilla, y contó los deliciosos, bajos islotes
-de arena, medio escondidos en la pintoresca y rastrera
-niebla. Á lo lejos, hacia el Norte, veíase una
-línea de bancos de arena, de escollos y de rocas que no
-hubieran dejado á ningún barco acercarse á menos de
-seis millas de la playa, y entre las islas y la tierra
-firme había un profundo canal que llegaba á tocar los
-acantilados perpendiculares de la costa, debajo de los
-cuales se abría la boca del túnel.</p>
-
-<p>&mdash;Esto es un segundo Novastoshnah, dijo Kotick,
-pero diez veces mejor que el primero. La Vaca marina
-debe de ser mucho más lista de lo que yo creía. Por
-los acantilados no podrían bajar los hombres aunque los
-hubiera, y los escollos del lado que mira hacia el mar
-harían pronto de cualquier barco un montón de astillas.
-Si hay rincón seguro, indudablemente que es éste.</p>
-
-<p>Acordóse de la foca que había dejado esperándole;
-pero aunque por ello quisiera apresurarse á volver á
-Novastoshnah, exploró detenidamente aquel nuevo
-país, á fin de poder contestar á cuantas preguntas se
-le hicieran. Luego zambullóse en el agua y se metió
-en la boca del túnel, nadando en él rápidamente en dirección
-del Sur. Sólo una vaca marina ó una foca
-hubiera imaginado que podía existir sitio semejante, y
-cuando, ya lejos, volvióse para mirar hacia los acantilados,
-hasta el mismo Kotick se maravillaba de que
-hubiera estado allí debajo.</p>
-
-<p>Seis días tardó en regresar á su país, aunque distaba
-mucho de nadar despacio, y, al tocar á tierra por
-la <em>Garganta del León marino</em>, á quien primero vió fué
-á la foca que le esperaba, y que por la alegría reflejada
-en los ojos de Kotick comprendió que, al fin, había
-éste hallado la isla deseada.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_137">[Pg 137]</span></p>
-
-<p>Pero los <em>holluschickie</em>, y Gancho de mar, su propio
-padre, y todas las demás focas, se burlaron de él
-cuando les dijo lo que acababa de descubrir, contestándole
-así una de las focas de su misma edad:</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien está todo eso que dices, Kotick, pero
-hazte cargo de que el que vengas tú ahora desde quien
-sabe dónde y nos mandes que abandonemos este sitio
-es absurdo. Acuérdate de que hemos estado luchando
-largo tiempo por nuestros viveros, y he aquí algo que
-no podrás decir tú, que has preferido pasar el tiempo
-buscando por esos mares.</p>
-
-<p>Riéronse las otras focas al oir esto, y la foca joven
-movió la cabeza de derecha á izquierda. Habíase casado
-aquel mismo año, y dábase por ello grande importancia.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no tengo vivero que defender, contestó Kotick.
-No deseo más que enseñaros un sitio donde podréis
-vivir tranquilos. ¿Á qué estar siempre luchando?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! Si tratas de huir por la tangente claro está
-que nada tengo que añadir, dijo la foca acompañando
-sus palabras con una risita sarcástica.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vendrás si lucho contigo y te venzo? dijo
-Kotick. Y una luz verde brilló en su mirada, porque
-estaba verdaderamente furioso de tener que batirse.</p>
-
-<p>&mdash;Perfectamente, contestó la foca joven, con
-cierto descuido. Si me vences iré contigo.</p>
-
-<p>No tuvo ni tiempo de cambiar de opinión, porque
-ya Kotick alargaba la cabeza y sus dientes se clavaban
-en la gordura del cuello de la foca. Después echóse
-hacia atrás y arrastró á su enemiga por la playa,
-sacudióla, y, dándole un golpe, la revolcó por el suelo.
-Entonces, dirigiéndose á las focas, díjoles rugiendo:</p>
-
-<p>&mdash;Durante las últimas cinco estaciones he hecho
-en favor vuestro cuanto he podido. Os he hallado la
-isla en que podréis vivir seguros, pero como no os<span class="pagenum" id="Page_138">[Pg 138]</span>
-arranquen del cuello la estúpida cabeza no queréis
-creer lo que os dicen. Ahora voy á daros una lección.
-¡En guardia!</p>
-
-<p>Contóme Limmershin que nunca en su vida (y él
-ve cada año diez mil focas viejas en luchas continuas),
-que nunca en su vida (algo corta) había visto cosa
-semejante á la embestida que dió Kotick contra los
-viveros. Arrojóse sobre el mayor de los <em>ganchos de
-mar</em> que pudo hallar á su alcance, cogiólo por el pescuezo,
-ahogándolo casi, y lo zarandeó y golpeó de lo
-lindo, hasta que pidió que le perdonara la vida, tras de
-lo cual cogiólo para echarlo á un lado, y embistió al
-más próximo. Y se comprende que hiciera todo esto:
-no se había pasado cuatro meses ayunando como las
-focas grandes hacían cada año; sus viajes á nado en
-alta mar le conservaban en excelentes condiciones, y,
-lo que es aun más importante, nunca se había peleado
-antes. Su blanca melena estaba erizada de coraje,
-llameaban sus ojos, brillaban sus grandes caninos,
-y, en suma, ofrecía magnífico aspecto.</p>
-
-<p>Gancho de mar, el viejo, su padre, le vió batiéndose
-desenfrenadamente, arrastrando por el suelo,
-como si fueran platijas, á focas cuyo pelo comenzaba
-ya á encanecer, revolcando por todos lados á las más
-jóvenes, y entonces dió un gran bramido y gritó:</p>
-
-<p>&mdash;Será todo lo tonto que se quiera, pero es el
-mejor luchador de estas playas. ¡No te pelees con tu
-padre, hijo mío! ¡Lo tienes ya de tu parte!</p>
-
-<p>Contestó Kotick con otro bramido, y Gancho de
-mar, el viejo, andando como los patos y resoplando
-como una locomotora, fué á mezclarse en la lucha,
-mientras Matkah y la foca que había de casarse con
-Kotick contemplaban, agachadas, á sus hombres. La
-pelea fué admirable, porque las dos focas lucharon
-hasta que no hubo ya ninguna que osara levantar la<span class="pagenum" id="Page_139">[Pg 139]</span>
-cabeza frente á ellas, y entonces se pasearon orgullosamente
-de un extremo á otro de la playa, emparejadas
-y mugiendo.</p>
-
-<p>Por la noche, cuando la aurora boreal parpadeaba
-lanzando vivos destellos á través de la niebla, subió
-Kotick á una desnuda roca y miró hacia abajo, hacia
-los destruidos viveros y los despedazados, sangrientos
-cuerpos de las focas.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, dijo, os he dado ya la lección que necesitabais.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por vida mía! exclamó Gancho de mar, el viejo,
-enderezando el cuerpo trabajosamente, porque se hallaba
-por completo derrengado. Ni el mismo <em>Cetáceo
-Carnicero</em> les hubiera causado mayor daño. ¡Hijo mío,
-siento orgullo al mirarte, y lo que es más, iré contigo
-á tu isla... si es verdad que existe!</p>
-
-<p>&mdash;¡Á ver, piara de cerdos marinos! ¿Quién se viene
-conmigo al túnel de la Vaca marina? ¡Contestad ó
-vuelvo á empezar! rugió Kotick.</p>
-
-<p>Prodújose entonces un murmullo como el suave
-rumor de la marea cuando sube ó baja por las playas.</p>
-
-<p>&mdash;Nosotras iremos contigo, dijeron miles de voces
-fatigadas. Nosotras estamos dispuestas á seguir á
-Kotick, la Foca blanca.</p>
-
-<p>Hundió entonces Kotick la cabeza entre los
-hombros y cerró orgullosamente los ojos. No era ya
-una foca blanca, sino roja de cabeza á pies. Pero no
-importaba; hubiérase avergonzado de mirar, siquiera,
-ó de tocar á una sola de sus heridas.</p>
-
-<p>Al cabo de una semana él y su ejército (casi diez
-mil focas, entre los <em>holluschickie</em> y las viejas), salieron
-en dirección del Norte hacia el túnel de la Vaca marina,
-dirigiéndolas á todas Kotick, mientras las que
-se quedaban en Novastoshnah les llamaban estúpidas.
-Pero á la primavera siguiente, cuando se encontraron<span class="pagenum" id="Page_140">[Pg 140]</span>
-todas en las pesqueras del Pacífico, las focas de Kotick
-contaron tales maravillas de las nuevas playas, al otro
-lado del túnel de la Vaca marina, que se aumentó
-cada día más el número de las que habían abandonado
-las playas de Novastoshnah.</p>
-
-<p>Por supuesto, no se hicieron tales cosas de golpe,
-porque las focas necesitan mucho tiempo para darle
-vueltas á una idea en su cabeza; pero cada año había
-más que se marchaban de Novastoshnah, de Lukannon
-y de los otros viveros, para ir á las seguras y abrigadas
-playas en que Kotick pasa todo el verano, creciendo,
-engordando y poniéndose más robusto á cada año que
-transcurre, mientras los <em>holluschickie</em> juegan en torno
-suyo en aquel mar que no visita ni un solo hombre.</p>
-
-<div class="figcenter illowp76" id="p140" style="max-width: 10em;">
- <img class="w100 p4" src="images/p140.jpg" alt="p140ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_141">[Pg 141]</span></p>
-</div>
-
-<h3>Lukannon</h3>
-
-<div class="blockquot"><p>(Ésta es la gran canción que todas las focas de San Pablo cantan en
-alta mar cuando van de regreso á sus playas en el verano. Es una especie
-de himno nacional muy triste).<a id="FNanchor_9" href="#Footnote_9" class="fnanchor">[9]</a></p>
-</div>
-
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p>Hallé muy de mañana á mis amigas<br />
-(pero ¡ay! ¡qué vieja que me he vuelto ya!)<br />
-donde rugen las olas en verano<br />
-contra cien arrecifes al chocar.<br />
-<br />
-Cantando á coro las oí: sus voces<br />
-la del mar sofocaban, y eran más<br />
-de un millón las que el coro de las playas<br />
-de Lukannon cantaban sin cesar.<br />
-<br />
-<em>La canción del reposo junto al lago,<br />
-de dunas en que juega un escuadrón,<br />
-de las danzas nocturnas entre el fuego<br />
-del mar, que el hombre aun no profanó.</em><br />
-<br />
-Hallé muy de mañana á mis amigas<br />
-(á las que nunca he de encontrar ya más);<br />
-la costa ennegrecían sus legiones<br />
-de un lado yendo á otro con afán.<br />
-<br />
-Y á través de la espuma, mar adentro,<br />
-desde donde la voz puede llegar<br />
-su entrada saludábamos á gritos<br />
-mientras iban subiendo el arenal.<br />
-<br />
-<em>¡Las playas de Lukannon!... donde crece<br />
-la yerba que la niebla humedeció,<br />
-donde jugamos en pulidas rocas,<br />
-donde todas nacimos... ¡nuestro amor!</em><br />
-<br />
-Hoy hallé de mañana á mis amigas...<br />
-¡deshecho el triste bando estaba ya!<br />
-Cazábanlas los hombres en el agua,<br />
-ya en tierra, golpeaban sin piedad.</p>
-</div>
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p>Como mansos y estúpidos corderos<br />
-á morir las llevaban... pero aun ¡ay!<br />
-cantamos á las playas de Lukannon...<br />
-antes que el hombre las viniera á hollar.<br />
-<br />
-<em>Parte con rumbo al Sur ¡oh Gooverooska!<br />
-dí á los reyes del mar nuestro dolor:<br />
-¡pronto estarán vacías nuestras playas<br />
-como huevo de muerto tiburón!</em><a id="FNanchor_10" href="#Footnote_10" class="fnanchor">[10]</a></p>
-</div>
-</div>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp75" id="p142" style="max-width: 5em;">
- <img class="w100 p6 p4" src="images/p142.jpg" alt="p142ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_142">[Pg 142]</span></p>
-</div>
-
-<div class="footnotes">
-<p class= "p4 center big1">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_7" href="#FNanchor_7" class="label">[7]</a> Juego infantil, muy popular en Inglaterra. En él los niños forman
-grandes montones de arena, por ejemplo, y uno de ellos se encarama
-en la cima cantando una cancioncilla cuyas primeras palabras son
-las que aquí se citan.&mdash;<span class="smcap">N. Del. T.</span></p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_8" href="#FNanchor_8" class="label">[8]</a> Personaje de un libro muy popular en Inglaterra: <em>Alice's Adventures
-in Wonderland</em>, original de Lewis Carroll.&mdash;<span class="smcap">N. del T.</span></p>
-
-</div>
-
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_9" href="#FNanchor_9" class="label">[9]</a> El autor no dice, por <em>tristísimo</em> que sea este himno nacional (de
-ningún aficionado conocido, de seguro), que puede cantarse muy bien en
-el original inglés con música de la canción «Mambrú se fué á la guerra»
-y con la de otra, que es inglesa y bastante alegre, cuyas primeras palabras
-son: <em>We won't go home till morning.</em>&mdash;<span class="smcap">N. del T.</span></p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_10" href="#FNanchor_10" class="label">[10]</a> Los naturalistas se quejan de la bárbara caza de focas á que se
-dedican los marineros, é indican que el día de la desaparición total de
-la especie está cercano.&mdash;<span class="smcap">N. del T.</span></p>
-
-</div>
-</div>
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_143">[Pg 143]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p143" style="max-width: 32.9375em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p143.jpg" alt="p1431lo" />
-</div>
-
-<h2 class="nobreak">Rikki-tikki-tavi</h2>
-
-<div class="block60">
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p>Desde el hueco en que ella entró<br />
-Rikki-tikki llamó á Nag,<br />
-y escuchad lo que le dijo:<br />
-«ven con la Muerte á bailar».<br />
-<br />
-Ojo á ojo, testa á testa,<br />
-(<em>bien pegada, y ¡baila Nag!</em>)<br />
-Si uno muere el baile acaba,<br />
-(<em>cuanto quieras durará</em>).<br />
-<br />
-Vuelta á un lado, vuelta á otro...<br />
-(<em>Corre ya á esconderte, Nag.</em>)<br />
-¡Ah! ¡La Muerte te ha vencido!<br />
-(<em>¡Qué mala fortuna, Nag!</em>)</p>
-</div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="p2">Ésta es la historia de la gran guerra que Rikki-tikki-tavi
-sostuvo, con su solo esfuerzo, en los cuartos
-de baño de la gran <em>bungalow</em><a id="FNanchor_11" href="#Footnote_11" class="fnanchor">[11]</a>, en el acantonamiento
-militar de Segowlee. Ayudóla Darzee, el pájaro tejedor,
-y Chuchundra, el almizclero, que no anda nunca
-por en medio del piso, sino que se arrastra arrimado
-á las paredes, fué quien la aconsejó; mas Rikki-tikki
-llevó todo el peso de la lucha.</p>
-<p><span class="pagenum" id="Page_144">[Pg 144]</span></p>
-<p>Era una mangusta, muy parecida á un diminuto
-gato en la piel y en la cola; pero mucho más semejante
-á una comadreja por la cabeza y por las costumbres.</p>
-
-<p>Los ojos y el extremo de su inquieto hocico teníalos
-de color de rosa; podía rascarse donde se le antojara
-con cualquiera de sus patas que quisiera usar, fueran
-las anteriores ó las posteriores; sabía enderezar la
-cola poniéndola de modo que pareciera un escobillón,
-y su grito de guerra mientras se deslizaba por la
-yerba era: <em>Rikk-tikk-tikki-tikki-tchik</em>.</p>
-
-<p>Un día, una de las grandes avenidas del verano
-llevósela de la madriguera en que vivía con sus padres,
-y la arrastró, pateando y cloqueando como una gallina,
-hasta una zanja abierta al borde de un camino.
-Encontró allí un hacecillo de yerbas que flotaba en el
-agua y se cogió á él, permaneciendo así hasta que
-perdió el sentido. Al volver en sí estaba echada al
-sol en mitad de uno de los caminillos de un jardín, muy
-mal cuidado, por cierto, y un niño decía junto á ella:</p>
-
-<p>&mdash;Aquí hay una mangusta muerta. Vamos á enterrarla.</p>
-
-<p>&mdash;No, dijo su madre. Vamos á llevarla adentro
-para secarla. Tal vez no esté muerta aún.</p>
-
-<p>Lleváronla á la casa, donde un hombre grueso la
-cogió con el pulgar y el índice, y dijo que no estaba
-muerta, sino medio ahogada, por lo cual la envolvieron
-en algodón, la calentaron, y ella entonces abrió los
-ojos y estornudó.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, dijo el hombre grueso (un inglés que acababa
-de mudarse á la <em>bungalow</em>) no la asustéis, para
-que no se escape, y luego veremos lo que hacemos
-con ella.</p>
-
-<p>Asustar á una mangusta es la cosa más difícil de
-este mundo, porque, desde la cabeza hasta la cola, se
-la come viva la curiosidad.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_145">[Pg 145]</span></p>
-
-<p>El lema de toda la familia de mangustas es «corre
-y busca», y Rikki-tikki hacía honor á su familia. Miró
-el algodón, juzgó que no servía para comestible, correteó
-por la mesa, sentóse, se alisó la piel, rascóse, y,
-de un salto, se colocó sobre el hombro del niño.</p>
-
-<p>&mdash;No tengas miedo, Teddy, le dijo su padre. Eso
-es que quiere hacerse amiga tuya.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay! Me hace cosquillas en la barba, exclamó
-Teddy.</p>
-
-<p>Rikki-tikki curioseó un poco por el cuello del niño
-mirando hacia dentro, le olió una oreja, y saltó al suelo
-restregándose el hocico.</p>
-
-<p>&mdash;¡Jesús! ¿Y eso es un animal salvaje? dijo la madre
-de Teddy. Debe de ser tan manso porque ve que lo
-tratamos bien.</p>
-
-<p>&mdash;Todas las mangustas son así, contestó el marido.
-Si á Teddy no se le ocurre cogerla por la cola ó
-probar de enjaularla, entrará y saldrá de la casa todo
-el día como si tal cosa. Vamos á darle algo que
-comer.</p>
-
-<p>Diéronle un pedacito de carne cruda, que á Rikki-tikki
-le gustó muchísimo, y, cuando lo hubo comido,
-fuése á la galería de la casa, se sentó al sol y erizó
-todos los pelos de su piel para que se secaran hasta la
-raíz. Y hecho esto, sintióse mejor.</p>
-
-<p>&mdash;Hay en esta casa más cosas que descubrir, se
-dijo, que cuantas pudiera hallar toda mi familia en
-su vida. Yo aquí me quedo, para irlo inspeccionando
-todo.</p>
-
-<p>El día entero lo pasó dando vueltas por la casa. En
-poco estuvo que no se ahogara en las bañeras; metió
-en la tinta el hocico, sobre la mesa de escribir, y se lo
-chamuscó luego con la punta del cigarro que fumaba
-el hombre grueso, porque se le ocurrió subírsele á la
-rodilla con la intención de ver lo que era escribir. Al<span class="pagenum" id="Page_146">[Pg 146]</span>
-anochecer fuése al cuarto de Teddy para observar
-cómo se encendían las lámparas, y, cuando el niño se
-acostó, Rikki-tikki encaramóse también en su cama;
-pero era un compañero que no podía estarse nunca
-quieto, porque á cada ruido se ponía alerta y no paraba
-hasta averiguar lo que lo había producido. Á última
-hora entraron en el cuarto los padres de Teddy para
-ver á su hijo, y allí estaba Rikki-tikki despierto y
-puesto sobre la almohada.</p>
-
-<p>&mdash;No me gusta eso, dijo la madre: podría morder á
-la pobre criatura.</p>
-
-<p>&mdash;No lo hará, contestó el padre. Más seguro está
-Teddy con esa fierecilla al lado que si tuviera un perro
-de presa vigilándolo. Si entrara ahora en el cuarto
-alguna serpiente...</p>
-
-<p>Pero la madre de Teddy no quería ni pensar en tan
-horrible cosa.</p>
-
-<p>Á las primeras horas de la mañana siguiente Rikki-tikki
-fuése á almorzar á la galería yendo colocada
-sobre el hombro del niño; comió allí plátano y huevo
-pasado por agua, y púsose sucesivamente sobre las
-rodillas de todos, porque no hay mangusta bien educada
-que no sienta siempre la esperanza de llegar á
-convertirse algún día en animal doméstico, teniendo á
-su disposición salas en que corretear, y, además, la
-madre de Rikki-tikki (que había vivido en la casa del
-General, en Segowlee), tuvo buen cuidado de enseñarle
-lo que había de hacer si algún día se hallaba entre
-hombres blancos.</p>
-
-<p>Luego fuése Rikki-tikki al jardín para ver cuanto
-hubiera en él digno de ser visto. Era el jardín vasto, á
-medio cultivar, con espesos rosales de los llamados
-«Mariscal Niel», grandes como glorietas; naranjos y
-limeros; grupos de bambúes y montones de yerba
-alta. Rikki-tikki se relamió de gusto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_147">[Pg 147]</span></p>
-
-<p>&mdash;Esto es un magnífico cazadero, se dijo, y la cola
-se le puso, hacia la punta, como un escobillón, con
-sólo pensarlo. Comenzó luego á correr de un extremo
-á otro, husmeando aquí y allá, hasta que oyó plañideras
-voces dentro de un espino.</p>
-
-<p>Los que las producían eran Darzee, el pájaro tejedor,
-y su esposa. Habían construído un nido precioso
-con sólo juntar dos grandes hojas, coser los bordes con
-fibras y llenar el hueco con algodón y pelusa, blanda
-como pluma finísima. El nido se balanceaba, mientras
-ellos estaban sobre el borde lamentándose.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué ocurre? preguntó Rikki-tikki.</p>
-
-<p>&mdash;Estamos inconsolables, dijo Darzee. Uno de
-nuestros cuatro pequeñuelos se cayó ayer del nido, y
-Nag se lo comió.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Triste caso es éste, contestó Rikki-tikki...
-Pero yo soy aquí forastera. Decidme: ¿quién es Nag?</p>
-
-<p>En vez de contestar, Darzee y su esposa desaparecieron
-metiéndose en el nido, porque de la espesa yerba
-que crecía al pie del arbusto salió sordo silbido... algo
-horrible, frío, que hizo saltar hacia atrás á Rikki-tikki,
-á medio metro de distancia. Entonces fueron saliendo
-de la yerba, por pulgadas, la erguida cabeza y la extendida
-capucha de Nag, la gruesa cobra negra, y su
-longitud era de un metro y medio desde la lengua
-hasta la cola. Cuando hubo levantado del suelo una
-tercera parte de su cuerpo se quedó balanceándose, ni
-más ni menos que como se balancea en el aire un corimbo
-de <em>dientes de león</em>, y miró á Rikki-tikki con
-aquellos ojos malvados de las serpientes, que nunca
-cambian de expresión, sea lo que fuere lo que la serpiente
-piense.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es Nag? dijo. Soy yo. El gran dios Brahma
-puso sobre nuestra gente su sello cuando la primera
-cobra extendió su capucha para que el sol no<span class="pagenum" id="Page_148">[Pg 148]</span>
-tocara á Brahma mientras dormía. ¡Mírame, y
-tiembla!</p>
-
-<p>Ensanchó entonces más que nunca su capuchón, y
-Rikki-tikki vió detrás de él una señal como de unos
-espejuelos, comparable exactamente á la hembra en
-que encajan los corchetes. Tuvo miedo por un instante;
-pero es imposible que á una mangusta le duren los
-sustos mucho más, y, por otra parte, aunque Rikki-tikki
-no había visto nunca una cobra viva, su madre
-la había alimentado con cobras muertas, y sabía perfectamente
-que la misión de una mangusta grande en
-este mundo es pelearse con serpientes, y comérselas.
-También Nag estaba enterada de esto, y, en el fondo
-de su helado corazón, no era menor el miedo que
-sentía.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bueno! dijo Rikki-tikki (y su cola empezó á
-erizarse de nuevo): tanto si tienes esas señales como
-si no ¿crees tú que está bien el comerse á los pajarillos
-que se caen del nido?</p>
-
-<p>Nag parecía pensativa y observaba el menor movimiento
-que se produjera en la yerba detrás de Rikki-tikki.
-Comprendía que el haber mangustas en aquel
-jardín significaba la muerte más ó menos próxima para
-ella y para su familia; pero deseaba coger á Rikki-tikki
-descuidada y no en guardia como estaba ahora.
-Así bajó un poco la cabeza y la echó hacia un lado.</p>
-
-<p>&mdash;Hablemos, dijo. Tú comes huevos; pues bien:
-¿por qué no he de comer yo pájaros?</p>
-
-<p>&mdash;¡Mira hacia atrás! ¡Mira hacia atrás! cantó entonces
-Darzee.</p>
-
-<p>Era Rikki-tikki demasiado lista para perder tiempo
-mirando. Pegó un brinco en el aire, tan alto como le
-fué posible, y precisamente en aquel momento pasó
-por debajo de ella, silbando, la cabeza de Nagaina, la
-malvada esposa de Nag. Habíase deslizado detrás de<span class="pagenum" id="Page_149">[Pg 149]</span>
-la mangusta, mientras estaba ésta hablando, con intención
-de matarla, y Rikki-tikki oyó su rabioso silbido
-por haber errado el golpe. Saltó ésta casi atravesada,
-sobre su espalda, y, si hubiera sido una mangusta vieja,
-habría comprendido que aquel era el momento de partirle
-el espinazo de una sola dentellada; pero tuvo
-miedo del terrible latigazo que con la cola daba la
-cobra. Mordió, eso sí, pero no hizo durar bastante el
-mordisco, y saltó fuera del alcance de aquella cola,
-dejando á Nagaina herida y furiosa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Darzee! ¡Malo! ¡Malvado! dijo Nag, azotando el
-aire, á tanta altura como le fué posible, en dirección
-del nido que había en el espino; pero Darzee lo había
-construído fuera del alcance de las serpientes, y así no
-hizo más que balancearse.</p>
-
-<p>Rikki-tikki sintió que los ojos le ardían y se le inyectaban
-de sangre (señal de ira en las mangustas), y
-se sentó sobre la cola y las patas traseras como un
-diminuto kanguro, mirando en torno suyo y rechinando
-los dientes con rabia. Pero Nag y Nagaina
-habían desaparecido ya entre la yerba. Cuando una
-serpiente yerra el golpe enmudece de momento y no
-da señal alguna de lo que piensa hacer después. Rikki-tikki
-no sintió el menor deseo de seguir á aquéllas,
-porque no estaba muy segura de que pudiera batirse
-con dos serpientes á la vez. Así, fuése hacia el caminillo
-enarenado, cerca de la casa, y sentóse allí para
-pensar. El asunto era para ella de excepcional importancia.</p>
-
-<p>Si leéis antiguos libros de Historia Natural hallaréis
-en ellos escrito que cuando una mangusta se bate
-con una serpiente y es mordida por ésta, vase corriendo
-y come una yerba que la cura. No es esto cierto.
-La victoria estriba únicamente en la rapidez de miradas
-y de movimientos (á cada golpe de la serpiente un<span class="pagenum" id="Page_150">[Pg 150]</span>
-salto de la mangusta), y como no hay ojo que pueda
-seguir el moverse de la cabeza de una serpiente al
-atacar, de ahí que las cosas ocurran de un modo mucho
-más maravilloso que si interviniera en ellas ninguna
-yerba mágica. Rikki-tikki era joven, y esto le hacía
-alegrarse aún mucho más al pensar que había logrado
-evitar un golpe dirigido por la espalda. Dióle ello confianza
-en sí misma, y, cuando Teddy vino corriendo
-por el caminillo, estaba ya Rikki-tikki en disposición
-de que la acariciaran.</p>
-
-<p>Pero, precisamente en el momento en que Teddy
-se agachaba, hubo algo que se movió un poco entre el
-polvo, y una débil voz dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Cuidado! Yo soy la Muerte.</p>
-
-<p>Era Karait, la minúscula serpiente de color de tierra,
-que gusta de echarse entre el polvo, y cuya mordedura
-es mortífera como la de la cobra. Pero es tan
-pequeña que nadie piensa en ella, y así resulta mucho
-más dañina.</p>
-
-<p>Los ojos de Rikki-tikki se inyectaron de nuevo, y
-dirigióse, como bailando, hacia Karait, con aquel balanceo
-extraño y aquella ondulante marcha que había
-heredado de su familia. Ofrece el más raro aspecto;
-pero está tan perfectamente medida y equilibrada
-aquella marcha, que desde cualquier ángulo de la
-misma puede salirse disparado cuando se quiere, y
-esto es una ventaja para habérselas con una serpiente.
-No sabía Rikki-tikki que se había metido en empresa
-mucho más peligrosa que la de batirse con Nag, porque
-Karait es tan pequeña y puede revolverse con tanta
-facilidad que, como Rikki no acertara á morderla precisamente
-detrás de la cabeza, recibiría ella la picada
-sobre un ojo ó un labio. Rikki, ignorando esto, tenía
-los ojos como ascuas, y se balanceaba de atrás hacia
-adelante, buscando con la mirada un buen sitio donde<span class="pagenum" id="Page_151">[Pg 151]</span>
-hacer presa. Karait atacó de pronto. Saltó de lado
-Rikki y trató de lanzarse sobre ella; pero la mal intencionada
-cabeza, gris y polvorienta, embistió, tocándole
-casi el hombro, y entonces vióse obligada á saltar
-por encima del cuerpo, mientras la cabeza seguía muy
-de cerca sus patas.</p>
-
-<p>Teddy gritó á la gente de la casa:
-¡Mirad, mirad! Nuestra mangusta está matando
-una serpiente.</p>
-
-<p>Rikki-tikki oyó un grito de la madre de Teddy, y
-el padre salió provisto de un bastón; pero durante el
-tiempo que tardó en llegar, Karait había dado una
-embestida poco prudente, y Rikki-tikki saltó; arrojóse
-sobre la espalda de la serpiente; bajó la cabeza cuanto
-pudo entre las patas delanteras; hincó los dientes, lo
-más alto posible, en la espalda, y cayó rodando á
-alguna distancia. Aquel mordisco había dejado completamente
-inmóvil á Karait, y Rikki-tikki se preparaba
-ya á devorarla, empezando por la cola, según
-costumbre de la familia á la hora de la comida, cuando
-se acordó de que lo que hace á una mangusta sentirse
-algo pesada es el comer en abundancia, y que para
-conservar toda su fuerza y agilidad necesitaba estar
-flaca.</p>
-
-<p>Fuése, pues, á tomar un baño de polvo á la sombra
-de unas matas de ricino, mientras el padre de Teddy
-golpeaba á la muerta Karait.</p>
-
-<p>¿De qué sirve eso? pensó Rikki-tikki. Yo lo he
-dejado ya todo listo.</p>
-
-<p>Entonces, la madre de Teddy la levantó del polvo,
-acariciándola y diciendo que había salvado la vida de
-su hijo; el padre calificó á todo aquello de providencial,
-y Teddy mismo miraba la escena con grandes
-y espantados ojos. Mucho le divertía eso á Rikki-tikki,
-y, por supuesto, no entendía una palabra.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_152">[Pg 152]</span></p>
-
-<p>La mamá de Teddy podía haberla acariciado lo mismo
-por haberla visto jugar en el polvo: para ella hubiera
-sido igual. Rikki-tikki se regodeaba, en aquel momento,
-de lo lindo.</p>
-
-<p>Al anochecer, á la hora de la comida, mientras caminaba
-por entre las copas de vino que había en la
-mesa, hubiera podido atiborrarse á su gusto, tres veces
-más de lo que necesitaba, comiendo muy buenas cosas,
-pero se acordó de Nag y de Nagaina, y aunque fuera
-muy agradable el verse halagada y acariciada por la
-madre de Teddy, ó ponerse en el hombro de éste, los
-ojos se le inyectaban de cuando en cuando, y lanzaba
-su largo grito de guerra: <em>¡Rikk-tikk-tikki-tikki-tchik!</em></p>
-
-<p>Llevósela Teddy á su cama, y se empeñó en que
-durmiera debajo de su barba. Era Rikki-tikki harto
-bien educada para morderle ó arañarle; pero, en
-cuanto Teddy hubo conciliado el sueño, marchóse ella
-á dar su acostumbrado paseo alrededor de la casa, y
-en la obscuridad tropezó con Chuchundra, el almizclero,
-que se arrastraba junto á una pared. Es Chuchundra
-un animalito que vive desconsolado. Llora y se queja
-durante toda la noche intentando atreverse á correr
-por el centro de las habitaciones; pero nunca logra
-llegar hasta allí.</p>
-
-<p>&mdash;No me mates, dijo Chuchundra, casi sollozando.
-Rikki-tikki, no me mates.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te figuras tú que el que mata serpientes mata
-almizcleros? preguntó Rikki-tikki desdeñosamente.</p>
-
-<p>&mdash;Los que matan serpientes serán muertos también
-por ellas, observó Chuchundra con aire más triste
-que nunca. ¿Y cómo he de tener yo la seguridad de
-que Nag no se equivocará alguna noche obscura confundiéndome
-contigo?</p>
-
-<p>&mdash;No hay cuidado, ni remotamente, de que ocurra,<span class="pagenum" id="Page_153">[Pg 153]</span>
-contestó Rikki-tikki. Pero Nag está en el jardín, y yo
-sé que tú no te asomas por allí.</p>
-
-<p>&mdash;Mi prima Chua, la rata, me habló... dijo Chuchundra,
-y de pronto se quedó callado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te habló de qué?</p>
-
-<p>&mdash;¡Chito! Nag está en todas partes, Rikki-tikki.
-Tú debías haber hablado con Chua, allá en el jardín.</p>
-
-<p>&mdash;Pues no lo hice... y por lo tanto eres tú quien
-va á hablar ahora. ¡Pronto, Chuchundra, ó te muerdo!</p>
-
-<p>Sentóse Chuchundra y se puso á llorar de tal modo
-que las lágrimas le corrían por los bigotes.</p>
-
-<p>&mdash;Soy un pobre desgraciado, exclamó sollozando.
-Jamás tuve la fortaleza de espíritu necesaria para correr
-por el centro de una sala. ¡Chito! Nada debo decirte.
-¿No oyes, Rikki-tikki?</p>
-
-<p>Púsose éste á escuchar entonces. La casa estaba
-completamente tranquila; pero le pareció que oía un
-<em>rac-rac</em> suavísimo, muy apagado (un ruido como el que
-causa una avispa caminando por el cristal de una ventana),
-el seco rumor que produce una serpiente al rozar
-sobre ladrillos.</p>
-
-<p>&mdash;Esto es Nag ó Nagaina, pensó, que se introducen
-en la compuerta del cuarto de baño. Tienes razón,
-Chuchundra, dijo: debía haber hablado con Chua.</p>
-
-<p>Fuése, deslizándose silenciosamente, al cuarto de
-baño de Teddy; pero como nada vió allí, dirigióse al
-de la madre del niño. En la parte baja de una de las
-paredes de estuco había un ladrillo levantado para que
-sirviera de compuerta por donde penetrara el agua del
-baño, y cuando Rikki-tikki entró, pasando por la orilla
-de los bordillos de cal y canto sobre los cuales está el
-baño, oyó á Nag y á Nagaina que hablaban muy bajo
-en la parte de afuera, á la luz de la luna.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando la casa esté vacía, dijo Nagaina á su
-marido, <em>ella</em> se verá precisada á marcharse, y entonces<span class="pagenum" id="Page_154">[Pg 154]</span>
-el jardín volverá á ser nuestro. Entra sin hacer ruido,
-y acuérdate de que el primero á quien hay que morder
-es al hombre que mató á Karait. Luego sal, ven á
-decírmelo, y juntos daremos caza á Rikki-tikki.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿estás segura de que ganaremos algo matando
-á la gente? preguntó Nag.</p>
-
-<p>&mdash;Lo ganaremos todo. Cuando no había nadie en
-la <em>bungalow</em> ¿teníamos, acaso, alguna mangusta en el
-jardín? Mientras la <em>bungalow</em> esté deshabitada nosotros
-seremos aquí el rey y la reina; y acuérdate de que
-en cuanto los huevos que hemos puesto en el melonar
-se rompan y nazcan nuestros pequeñuelos (cosa que
-podría ocurrir mañana mismo), necesitaremos más
-espacio y mayor tranquilidad.</p>
-
-<p>&mdash;No se me había ocurrido eso, dijo Nag. Iré; pero
-no es preciso que demos caza á Rikki-tikki. Mataré al
-hombre grueso y á su mujer, y hasta al niño si puedo,
-después de lo cual me iré tranquilamente. Entonces,
-como quedará vacía la <em>bungalow</em>, Rikki-tikki se marchará.</p>
-
-<p>Rikki-tikki se estremeció toda ella de coraje y de
-odio al oir esto, y en aquel momento apareció por la
-compuerta la cabeza de Nag, y, á continuación, el helado
-cuerpo de metro y medio de largo. Rabiosa y todo
-como estaba, sintió Rikki-tikki profundo miedo al ver
-el gran tamaño de la cobra. Nag se enroscó en espiral,
-levantó la cabeza y miró el cuarto de baño en
-medio de la obscuridad, en la cual Rikki pudo ver como
-brillaban sus ojos.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, si la mato aquí, Nagaina lo sabrá, y si la
-ataco en campo abierto, en mitad del suelo del cuarto,
-todas las probabilidades están en su favor. ¿Qué haré?
-díjose Rikki-tikki-tavi.</p>
-
-<p>Balanceóse Nag, y luego oyóla Rikki-tikki beber
-en la jarra más grande que servía para llenar el baño.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_155">[Pg 155]</span></p>
-
-<p>&mdash;Está bien, dijo la serpiente. Ahora, veamos:
-cuando mataron á Karait, el hombre grueso llevaba
-un bastón. Es posible que lo tenga aún; pero cuando
-venga á bañarse por la mañana, no lo llevará. Estaré
-esperando aquí hasta que entre. ¿Oyes, Nagaina? Esperaré
-aquí, al fresco, hasta que sea de día.</p>
-
-<p>Nada contestaron desde fuera, y, por lo tanto,
-Rikki-tikki comprendió que Nagaina se había marchado.
-Nag enroscó sus anillos, uno á uno, alrededor
-del fondo de la jarra, y Rikki-tikki quedóse quieta como
-una muerta. Al cabo de una hora comenzó á moverse,
-músculo por músculo, en dirección de la jarra. Nag
-dormía, y Rikki-tikki contempló su ancha espalda,
-pensando en cuál sería el mejor sitio para pegarle un
-buen mordisco.</p>
-
-<p>&mdash;Si no le rompo el espinazo al primer salto, díjose
-Rikki, podrá aún batirse, y si se bate... ¡ay, Rikki!</p>
-
-<p>Fijóse en la parte más gruesa del cuello, bajo la
-capucha; pero era aquello demasiado ancho para él;
-y en cuanto á una dentellada cerca de la cola, no serviría
-más que para enfurecer á Nag.</p>
-
-<p>&mdash;Es preciso atacar á la cabeza, dijo por fin; á la
-cabeza, por encima de la capucha, y, una vez haya
-hincado allí el diente, no he de soltar la presa.</p>
-
-<p>Entonces saltó sobre la cobra. Tenía ésta la mandíbula
-inferior apoyada en el suelo, un poco apartada de
-la jarra, bajo la curva que formaba el vientre de ésta,
-y, en cuanto clavó los dientes, Rikki pegó el cuerpo al
-rojo recipiente de tierra para mejor sostener contra el
-suelo aquella cabeza. Dióle esto un momento de ventaja,
-que ella empleó tan bien como le fué posible. Luego
-vióse sacudida de un lado á otro como ratón cogido
-por un perro... de aquí para allá, de arriba abajo, y
-dando vueltas, describiendo grandes círculos; pero sus
-ojos estaban completamente inyectados de sangre, y<span class="pagenum" id="Page_156">[Pg 156]</span>
-no soltó la presa, aunque el cuerpo de la serpiente azotara
-el suelo como un látigo de carretero, tirando un
-pote de hojalata, la jabonera y un cepillo para friccionar
-la piel, y aunque la golpeara contra las paredes
-metálicas del baño. Rikki, al aguantarse firme, apretaba
-cada vez más, porque estaba segurísima de recibir
-algún golpe que acabara con ella, y por el honor
-de la familia deseaba que la hallaran, al menos, así,
-con los dientes bien apretados. Mareada, con todo el
-cuerpo adolorido, parecíale que estaban ya descuartizándola,
-cuando, de pronto, estalló algo muy semejante
-á un trueno, precisamente detrás de ella, y un
-aire caliente la hizo rodar sin sentido, mientras un fuego
-muy rojo le quemaba la piel. Con el ruido anterior
-habíase despertado el hombre grueso, yendo á disparar
-los dos cañones de una escopeta de caza precisamente
-detrás de la capucha de Nag.</p>
-
-<p>Rikki-tikki continuó sin soltar su presa; pero con los
-ojos cerrados, porque estaba completamente convencida
-de haber quedado muerta. Sin embargo, la cabeza
-no se movía, y entonces el hombre grueso cogió al
-animalito y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Alicia, mira... nuestra mangusta... La pobrecita
-nos ha salvado ahora la vida <em>á nosotros</em>.</p>
-
-<p>Entró entonces la madre de Teddy, muy pálida, y
-vió los restos de Nag, mientras Rikki-tikki se arrastraba
-hasta el cuarto del niño, y acababa de pasar la
-noche mitad descansando y mitad sacudiéndose suavemente,
-para ver si, en realidad, estaba ó no rota en
-cincuenta pedazos, como se había imaginado.</p>
-
-<p>Al llegar la mañana apenas podía moverse; pero
-se sentía satisfecha de lo que había hecho.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora me falta todavía arreglar cuentas con
-Nagaina, y ella será aún peor que cinco Nags juntas.
-Y no hay que decir lo que sucederá al empezar á<span class="pagenum" id="Page_157">[Pg 157]</span>
-romperse los huevos de que habló. ¡Santos cielos! No
-tengo más remedio que ir á hablar con Darzee,
-se dijo.</p>
-
-<p>Sin esperar á que llegara la hora del almuerzo,
-corrió Rikki-tikki hacia el espino donde se hallaba
-Darzee cantando á voz en cuello una canción triunfal.
-La noticia de la muerte de Nag habíase extendido ya
-por todo el jardín, porque el hombre que barría la casa
-había arrojado el cuerpo al estercolero.</p>
-
-<p>&mdash;¡Imbécil montón de plumas! dijo Rikki-tikki incomodada.
-¿Ésta es hora de cantar?</p>
-
-<p>&mdash;¡Nag ha muerto!... ¡Nag ha muerto!... ¡Nag ha
-muerto!... cantó Darzee. ¡La valiente Rikki-tikki le
-clavó los dientes en la cabeza y no soltó la presa! ¡El
-hombre grueso trajo aquel palo que produce tanto estruendo,
-y Nag cayó hecha pedazos! No volverá ya á
-comérseme mis pequeñuelos.</p>
-
-<p>&mdash;Verdad es todo eso; pero ¿dónde está Nagaina?
-contestó Rikki-tikki mirando cuidadosamente en torno
-suyo.</p>
-
-<p>&mdash;Nagaina fué á la compuerta del cuarto de baño
-y llamó á Nag, siguió diciendo Darzee, y Nag salió
-puesta en el extremo de un bastón... porque el hombre
-que barre la recogió de ese modo, y la echó al estercolero.
-Cantemos á la grande Rikki-tikki de ojos de
-color de sangre. Y Darzee hinchó el cuello y cantó.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si pudiera llegar á ese nido tuyo te echaba abajo
-á todos tus chiquillos! dijo Rikki-tikki. No sabes hacer
-las cosas con oportunidad ni discreción. Tú estás muy
-seguro en tu nido; pero yo aquí, abajo, soy quien paso
-las cosas. Deja de cantar por un momento, Darzee.</p>
-
-<p>&mdash;Por complacer á la grande, á la hermosa Rikki-tikki,
-pararé de cantar, dijo Darzee. ¿Qué hay, matadora
-de la terrible Nag?</p>
-
-<p>&mdash;Por tercera vez: ¿dónde está Nagaina?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_158">[Pg 158]</span></p>
-
-<p>&mdash;Entre el estiércol del establo, llorando la muerte
-de Nag. ¡Grande es Rikki-tikki, la de los blancos
-dientes!</p>
-
-<p>&mdash;¡Vete á paseo, y deja tranquilos á mis blancos
-dientes! ¿Has oído decir alguna vez dónde guarda sus
-huevos?</p>
-
-<p>&mdash;En el melonar, hacia el extremo que está más
-cerca de la pared, donde el sol da casi todo el día.
-Allí los escondió hace algunas semanas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no se te ocurrió que valía la pena de decírmelo?...
-¿En el lado que está más cerca de la pared, hacia
-el extremo, dices?</p>
-
-<p>&mdash;Rikki-tikki, ¿no se te antojará ahora ir allá á
-comerte sus huevos?</p>
-
-<p>&mdash;No, á comerlos, precisamente, no. Darzee, si
-tienes pizca de sentido común, volarás ahora hacia el
-establo y fingirás que se te ha roto un ala, dejando que
-Nagaina te persiga hasta este arbusto. ¿Lo harás? Yo
-tengo que ir al melonar; pero, si fuera ahora, ella me
-vería.</p>
-
-<p>Era Darzee una personilla de tan escaso seso que
-jamás pudo tener en la cabeza dos ideas al mismo
-tiempo; y precisamente porque sabía que los pequeñuelos
-de Nagaina nacían de huevos, lo mismo que los
-suyos, no creyó al principio que estuviera bien eso de
-matarlos. Pero su esposa era un pájaro discreto, y
-sabía que los huevos de cobra significan cobras pequeñas
-para dentro de algún tiempo; por lo tanto, saltó
-del nido y dejó que Darzee cuidara de conservar el
-calor de los chiquitines y continuara su canción sobre
-la muerte de Nag. Darzee se parecía extraordinariamente
-á un hombre en algunas de sus cosas.</p>
-
-<p>Fué, pues, su hembra la que comenzó á revolotear
-por delante de Nagaina en el estercolero, gritando:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay! Tengo un ala rota. El niño que vive en la
-casa me ha tirado una piedra y me la ha partido. Y
-dicho esto, púsose á aletear más desesperadamente
-que nunca.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_159">[Pg 159]</span></p>
-</div>
-<div class="figcenter illowp100" id="p159" style="max-width: 37.5em;">
- <img class="w100 p6 p6b" src="images/p159.jpg" alt="p159ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_160">[Pg 160]</span></p>
-</div>
-
-<p>Levantó la cabeza Nagaina y silbó estas palabras:</p>
-
-<p>&mdash;Tú advertiste á Rikki-tikki el peligro que corría
-en ocasión en que yo hubiera podido matarla. La
-verdad es, pues, que has escogido mal sitio para venir
-á cojear. Y dirigióse hacia la esposa de Darzee, deslizándose
-por encima del polvo.</p>
-
-<p>&mdash;El niño me la ha roto de una pedrada, chilló
-aquélla.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bueno! Sírvate de consuelo, para cuando estés
-muerta; el saber que yo le arreglaré después las cuentas
-al muchacho. Mi marido yace esta mañana sobre
-el estercolero, pero, antes de que llegue la noche, el
-niño de la casa yacerá también en el más absoluto
-reposo. ¿De qué sirve que te escapes? Segura estoy de
-cogerte. ¡Tonta! ¡Mírame!</p>
-
-<p>Era demasiado lista la esposa de Darzee para hacer
-tal cosa, porque el pájaro que fija los ojos en los de
-una serpiente se asusta tanto que queda como paralizado.
-La compañera de Darzee siguió revoloteando y
-piando dolorosamente, sin apartarse nunca del suelo,
-y Nagaina fué corriendo cada vez con mayor velocidad.</p>
-
-<p>Oyólos Rikki-tikki seguir el caminillo que conducía
-del establo á la casa, y fuése entonces, apresuradamente,
-hacia la parte del melonar más cercana á la
-pared. Allí, en tibio lecho de paja, entre los melones, y
-ocultos hábilmente, encontró veinticinco huevos, poco
-más ó menos del tamaño de los de una gallina de Bantam,
-pero cubiertos de una piel blanquecina, que hacía
-las veces de cáscara.</p>
-
-<p>&mdash;He llegado con gran oportunidad, dijo, porque
-á través de la piel veía ya dentro de los huevos las<span class="pagenum" id="Page_161">[Pg 161]</span>
-diminutas cobras enroscadas, y no ignoraba que, en
-el instante mismo de nacer, cada cobra de aquéllas
-podía ya matar á un hombre ó á una mangusta. Mordió
-el extremo de los huevos con toda la rapidez posible,
-cuidando de aplastar á las cobras, y revolvió, de
-cuando en cuando y por todos lados, el lecho para ver
-si se le había quedado á medio romper algún huevo.
-Al fin, quedaron únicamente tres, y Rikki-tikki comenzaba
-á gozarse en su hazaña, cuando oyó que la
-esposa de Darzee le gritaba:</p>
-
-<p>&mdash;Rikki-tikki, he llevado á Nagaina en dirección
-de la casa; y se ha metido en la galería; y ahora...
-¡oh! ¡ven, corre!... va á matar á alguien.</p>
-
-<p>Aplastó Rikki-tikki dos de los huevos y saltó del
-melonar hacia atrás con el tercero en la boca, corriendo
-en dirección á la galería tan aprisa como sus patas
-quisieron llevarla. Teddy, su madre y su padre se hallaban
-allí, sentados á la mesa para tomar el desayuno;
-pero Rikki-tikki vió que nada comían. Dijérase que
-estaban petrificados, y su rostro era intensamente pálido.
-Nagaina, enroscada en forma de espiral sobre la
-estera, á poca distancia de la desnuda pierna de Teddy,
-se balanceaba, cantando con aire triunfal.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hijo del hombre que mató á Nag! silbó, no te
-muevas. No estoy preparada aún. Espera un poco. No
-os mováis ninguno de vosotros. Al menor movimiento
-que hagáis os salto encima... y si no os movéis,
-también. ¡Oh, gente estúpida, que mató á mi Nag!...</p>
-
-<p>Los ojos de Teddy estaban como clavados en los
-de su padre, y éste no podía hacer más que murmurar:</p>
-
-<p>&mdash;Estate quieto, Teddy. Conviene que no te muevas.
-Estate quieto.</p>
-
-<p>En aquel momento apareció Rikki-tikki, y gritó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Vuélvete, Nagaina, vuélvete y ven á batirte
-conmigo!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_162">[Pg 162]</span></p>
-
-<p>&mdash;Cada cosa á su tiempo, contestó aquélla, sin
-mover los ojos. Ya arreglaré cuentas <em>contigo</em> de aquí
-á un rato. Mira á tus amigos, Rikki-tikki: ahí los
-tienes inmóviles y pálidos. Es que me temen. No se
-atreven á moverse, y si llegas á dar un paso más hacia
-mí, salto y les muerdo.</p>
-
-<p>&mdash;Da una ojeada á tus huevos, dijo Rikki-tikki;
-allá en el melonar, junto á la pared. Anda y míralos,
-Nagaina.</p>
-
-<p>Volvióse á medias la enorme serpiente y vió el
-huevo sobre el suelo de la galería.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¡Dámelo! dijo.</p>
-
-<p>Puso Rikki-tikki sus patas una á cada lado del
-huevo, y con los ojos inyectados, contestó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuánto me dan por un huevo de serpiente?
-¿Por una cobra chiquita? ¿Por una cobra de rey, menudita?
-¿Por la última, la última de una nidada? Las
-hormigas se están ya comiendo á las otras allá en el
-melonar.</p>
-
-<p>Volvióse entonces en redondo Nagaina, olvidándose
-de todo por aquel único huevo; y Rikki-tikki
-vió como el padre de Teddy alargaba su fuerte y
-ancha mano, cogía al niño por un hombro, y, levantándolo
-por encima de la mesita y de las tazas del te,
-lo ponía fuera del alcance de Nagaina.</p>
-
-<p>&mdash;¡Te he engañado! ¡Te he engañado! ¡Te he engañado!
-<em>Rikk-tick-tick</em>, dijo Rikki-tikki riendo. El niño
-se ha salvado, y yo... <em>¡yo!</em>... <em>¡yo!</em>... soy la que cogí
-ayer noche por la capucha á Nag en el cuarto de baño.</p>
-
-<p>Entonces comenzó á dar saltos, con las cuatro patas
-á la vez y baja la cabeza, al ras del suelo casi.</p>
-
-<p>&mdash;Me tiró por todos lados; pero no logró desprenderse
-de mí. Ya estaba muerta antes de que viniera
-el hombre grueso á hacerla pedazos. Yo lo hice. <em>¡Rikki-tikki-tick-tick!</em>
-¡Anda, ven, pues, Nagaina! ¡Ven<span class="pagenum" id="Page_163">[Pg 163]</span>
-á luchar conmigo! Te aseguro que no te durará mucho
-el ser viuda.</p>
-
-<p>Vió Nagaina que había perdido la ocasión oportuna
-de matar á Teddy, y, entre tanto, el huevo continuaba
-en el suelo, entre las patas de Rikki-tikki.</p>
-
-<p>&mdash;Dame el huevo, le dijo. Dame el último que queda
-de mis huevos, y me marcharé, y no volveré nunca
-más. Y al decirlo bajaba la capucha.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, te irás y no volverás nunca, porque has de ir
-á parar al estercolero con Nag. ¡Defiéndete, viuda!
-El hombre grueso ha ido ya á buscar la escopeta. ¡Defiéndete!</p>
-
-<p>Rikki-tikki saltaba alrededor de Nagaina, procurando
-únicamente mantenerse fuera del alcance de sus
-golpes, los ojillos reluciéndole como dos ascuas.
-Replegóse Nagaina sobre sí misma y se lanzó contra
-ella. Rikki-tikki saltó en el aire, echándose hacia
-atrás. Una y otra vez atacó la serpiente, y su
-cabeza dió con sordo ruido contra la estera de la galería,
-enroscándose luego el cuerpo como la espiral de
-un reloj. Entonces, púsose á saltar Rikki-tikki, describiendo
-círculos para llegar á colocarse detrás de
-Nagaina, y ésta giraba en redondo para que su cabeza
-y la de su enemiga quedaran siempre frente á
-frente, con lo cual el ruido que sobre la estera producía
-su cola era como el de las hojas secas arrastradas
-por el viento.</p>
-
-<p>No se acordaba ya del huevo. Allí quedaba aún
-sobre el suelo de la galería, y Nagaina iba acercándose
-más á él, hasta que, al fin, mientras Rikki-tikki se detenía
-para tomar aliento, lo cogió en la boca, volvióse
-hacia los escalones que daban acceso á la galería, y se
-lanzó como una flecha al estrecho caminillo, perseguida
-por Rikki-tikki. Cuando una cobra huye para salvar su
-vida en peligro, parece la punta de un látigo en el<span class="pagenum" id="Page_164">[Pg 164]</span>
-momento en que el carretero la hace chasquear sobre
-el caballo.</p>
-
-<p>No se le ocultaba á Rikki-tikki que no tenía, entonces,
-más remedio que coger á la serpiente, porque de
-lo contrario, todo su trabajo habría sido inútil y tendría
-que volver á empezarlo. Dirigióse aquélla, en
-línea recta, hacia la yerba alta que crecía junto al
-espino, y al pasar corriendo oyó Rikki-tikki á Darzee
-que entonaba aún su estúpido himno triunfal. Pero la
-esposa de Darzee era más discreta que él. Arrojóse
-del nido en el instante mismo de pasar Nagaina, y empezó
-á revolotear sobre la cabeza de la serpiente. Si
-Darzee hubiera prestado también su ayuda hubiera
-sido posible que la hicieran retroceder; pero entonces
-no hizo Nagaina más que bajar su capucha y seguir
-adelante. Sin embargo, el momento que perdió al hacer
-esto permitió á Rikki-tikki acercarse más, y cuando
-la fugitiva se metió en la madriguera, semejante á la
-boca de un nido de ratas, en que ella y Nag solían
-vivir, los blancos dientes de su perseguidora se clavaron
-en la cola de Nagaina, y ambas entraron juntas en
-la madriguera... cosa que ninguna mangusta, por
-vieja y lista que sea, se atreve á hacer. En el agujero
-aquél reinaba completa obscuridad, y Rikki-tikki no
-sabía si se ensancharía de pronto, ofreciendo á Nagaina
-el espacio necesario para revolverse y morderle.
-Aguantó firme, y clavó las patas en el suelo para que
-hicieran de freno en la obscura pendiente de aquella
-tibia y húmeda tierra.</p>
-
-<p>Luego, la yerba que crecía á la entrada del agujero
-dejó ya de moverse, y Darzee dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Todo ha terminado para Rikki-tikki. Entonemos
-himnos á su muerte. ¡La valiente Rikki-tikki ha muerto!
-Porque no hay duda que Nagaina la matará allí,
-bajo tierra.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_165">[Pg 165]</span></p>
-
-<p>Así, pues, púsose á cantar una triste melodía que
-improvisó inspirado por la impresión del momento, y
-precisamente cuando llegaba á la parte más patética,
-movióse otra vez la yerba, y Rikki-tikki, cubierta de
-polvo, se arrastró pausadamente fuera del agujero,
-relamiéndose los bigotes. Darzee callóse en seguida,
-dando un grito. Sacudióse un poco el polvo Rikki-tikki,
-y estornudó.</p>
-
-<p>&mdash;Todo ha terminado, dijo. Nunca más saldrá ya
-de aquí la viuda.</p>
-
-<p>Y las hormigas rojas que viven entre los tallos de
-la yerba la oyeron, y comenzaron á ir en largas hileras
-á ver si era verdad lo que decía.</p>
-
-<p>Rikki-tikki se enroscó sobre la yerba... y durmió,
-durmió hasta muy entrada la tarde, porque bien pesada
-había sido su labor aquel día.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, dijo al despertarse, volveré á la casa.
-¡Darzee! Cuéntale al <em>calderero</em> lo ocurrido, y él le
-contará, después, á todo el jardín que Nagaina ha
-muerto.</p>
-
-<p>El <em>calderero</em> es un pájaro que produce un ruido
-semejante, de todo punto, al de un martillo que pegara
-sobre un caldero de cobre; y el motivo de que esté
-produciéndolo constantemente es porque él es el pregonero
-de todo jardín indio, y le cuenta las últimas
-noticias á quien quiera oirlas. Al pasar Rikki-tikki
-por el caminillo que conducía á la casa oyó sus
-notas de <em>¡alerta!</em> parecidas á las de un diminuto <em>gongo</em>
-de los que sirven para anunciar la hora de la comida;
-y después el acompasado <em>¡din-don-tock!</em> «Nag ha
-muerto... <em>¡don!</em>» «¡Nagaina ha muerto... <em>din-don-tock!</em>»
-Al oirlo, todos los pájaros del jardín prorrumpieron
-en cantos, y las ranas siguieron su ejemplo; porque
-Nag y Nagaina no sólo tenían la costumbre de comer
-pájaros, sino ranas también.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_166">[Pg 166]</span></p>
-
-<p>Cuando llegó Rikki-tikki á la casa, Teddy, su madre
-(la cual estaba aún muy pálida, porque se había
-desmayado), y el padre, salieron y casi derramaron
-sobre ella lágrimas de agradecimiento; y aquella noche
-comió cuanto le dieron hasta que ya no pudo más, y
-entonces, llevada por Teddy sobre el hombro, fuése
-á la cama. Allí la halló la madre del niño, cuando á
-última hora fué á verle dormir.</p>
-
-<p>&mdash;Ha salvado nuestra vida y la de Teddy, le dijo á
-su marido. ¡Figúrate! Nos ha salvado la vida á todos.</p>
-
-<p>Rikki-tikki despertó entonces sobresaltada, porque
-todas las mangustas tienen muy ligero el sueño.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Sois vosotros? ¿Á qué venís á molestarme?
-Todas las cobras están ya muertas; y si alguna quedara,
-para eso estoy yo aquí.</p>
-
-<p>Tenía Rikki-tikki derecho á sentirse orgullosa de
-sí misma; pero no se ensoberbeció más de lo justo, y
-conservó el jardín como debe hacerlo una mangusta,
-defendiéndolo con los dientes, y á saltos, y de todos
-modos, hasta lograr que ni una sola cobra se atreviera
-á asomar la cabeza en el recinto cercado por las cuatro
-paredes.</p>
-
-
-<div class="figcenter illowp81" id="p166" style="max-width: 10em;">
- <img class="w100 p4" src="images/p166.jpg" alt="p166ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_167">[Pg 167]</span></p>
-</div>
-
-<h3>Cántico de Darzee en honor de Rikki-tikki-tavi</h3>
-
-
-<div class="poetry-container p1 pw17">
-<div class="poetry">
-<p><span style="margin-left: 1em;">Soy pájaro y tejedor,</span><br />
-dobles son mis alegrías:<br />
-gozo al cruzar por los aires,<br />
-gozo al tejer mi casita.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Sube y baja el compás de mi canto,</span><br />
-sube y baja mi casa que oscila.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Alza la frente y entona</span><br />
-¡oh madre! tu cancioncilla;<br />
-ya no existe nuestro azote,<br />
-ya ha muerto la Muerte misma.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Sobre el polvo y estiércol se pudre</span><br />
-la que oculta entre rosas vivía.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">¿Quién de ella nos ha librado?</span><br />
-Que su nombre se repita:<br />
-Rikki, la valiente, ha sido,<br />
-de ojos que cual ascuas brillan.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Rikki-tikki, de dientes ebúrneos,</span><br />
-Rikki-tik, de mirada encendida.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Que le den gracias las aves</span><br />
-con sus colas extendidas,<br />
-bajas las frentes, cantando<br />
-cual ruiseñor cantaría.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Pero no, que yo soy quien la canta.</span><br />
-¡Escuchad mi alabanza á la invicta!...</p></div></div>
-
-<p>(<em>Aquí interrumpió Darzee su canción, y el resto de ella se ha
-perdido.</em>)</p>
-
-<div class="figcenter illowp99" id="p167" style="max-width: 5em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p167.jpg" alt="p167ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_168">[Pg 168]</span></p>
-</div>
-
-<div class="footnotes">
-<p class= "p4 center big1">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_11" href="#FNanchor_11" class="label">[11]</a> Casa de campo en las Indias inglesas.&mdash;<span class="smcap">N. del T.</span></p>
-
-</div>
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_169">[Pg 169]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p169" style="max-width: 32em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p169.jpg" alt="p169ilo" />
-</div>
-
-<h2 class="nobreak">Toomai, el de los elefantes</h2>
-
-<div class="block60">
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p><span style="margin-left: 1em;">Pensar quiero en lo que fuí</span><br />
-y olvidar que estoy atado;<br />
-y recordar el pasado,<br />
-y cuanto en el bosque ví.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">No quiero al hombre venderme</span><br />
-por un puñado de caña,<br />
-sino huir á la montaña<br />
-y entre los míos perderme.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Quiero, hasta el alba vagando,</span><br />
-ir el beso recibiendo<br />
-del aire que va corriendo,<br />
-del agua que va pasando.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Quiero olvidar mis pesadas</span><br />
-cadenas y mis dolores;<br />
-ver á mis viejos amores<br />
-y á mis libres camaradas.<br />
-</p>
-</div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="p2">Kala Nag, que significa la <em>serpiente negra</em>, había
-servido al Gobierno de la India, de todos los modos
-posibles para un elefante, por espacio de cuarenta y
-siete años, y como ya tenía veinte bien cumplidos
-cuando lo cazaron, arroja la suma un total de cerca de
-setenta años... la edad madura para un elefante.</p>
-
-<p>Acordábase de haber tirado, con un gran cojín
-de cuero en la frente, de un cañón que se había<span class="pagenum" id="Page_170">[Pg 170]</span>
-atascado en el barro, y ocurrió esto antes de la guerra
-del Afganistán que hubo en 1842, cuando él no
-había adquirido aún todo su desarrollo. Su madre,
-Radha Pyari (<em>Radha, la niña mimada</em>) que fué cogida
-con Kala Nag en la misma cacería, díjole, antes de
-que mudara los colmillos de leche, que los elefantes
-que tienen miedo acaban siempre por hacerse daño; y
-Kala Nag estaba convencido de la bondad de este consejo,
-porque la primera vez que vió estallar una bomba
-retrocedió, dando gritos, hacia un sitio en que había
-unos fusiles formando pabellón, y las bayonetas se le
-clavaron en todas las más blandas partes de su cuerpo.
-Así, pues, antes de cumplir los veinticinco años, no
-tenía ya miedo, y, como consecuencia, era el elefante
-más querido y bien cuidado de cuantos estaban al servicio
-del Gobierno en la India. Había llevado á cuestas
-infinidad de tiendas (nada menos que mil doscientas
-libras de peso), en la marcha á través de la India septentrional;
-lo izaron á un barco, al extremo de una
-grúa de vapor, llevándolo luego días y días por el mar,
-y obligándole á transportar un mortero, colocado sobre
-su espalda, en país extraño y lleno de rocas, que se
-hallaba á larga distancia de la India; vió al emperador
-Teodoro tendido sin vida allá en Magdala; y había vuelto
-en el barco, con méritos suficientes, al decir de los
-soldados, para que le dieran la medalla de la guerra de
-Abisinia. Hubo de ver á otros elefantes, compañeros
-suyos, morir de frío, de epilepsia, de hambre ó de
-insolación en un sitio llamado Ali Musjid, diez años
-más tarde; y luego lo habían mandado á centenares de
-leguas hacia el Sur para acarrear enormes vigas de
-madera de <em>tec</em>, en los almacenes de Moulmein. Allí
-dejó casi medio muerto á un elefante joven que se
-insubordinó resistiéndose al trabajo.</p>
-
-<p>Después de esto lo separaron de aquella ocupación<span class="pagenum" id="Page_171">[Pg 171]</span>
-de acarrear madera y lo pusieron, junto con unos
-pocos más que estaban ya acostumbrados al oficio, á
-ayudar en la caza de elefantes salvajes, allá entre las
-colinas de Garo. El Gobierno de la India cuida muy
-escrupulosamente de cuanto se refiere á los elefantes.
-Hay todo un departamento especial que no hace otra
-cosa más que perseguirlos, cogerlos, domarlos, y mandarlos
-de un lado á otro del país cuando sus servicios
-se necesitan para algún trabajo.</p>
-
-<p>Medía Kala Nag, á la altura de los hombros, tres
-metros bien cumplidos, y sus colmillos habían sido cortados,
-dejándoles sólo un pedazo de cosa de un metro
-y medio de largo, el cual, para que no se rajara, iba
-cubierto en el extremo con unas tiras de cobre; pero
-ello es que podía hacer mucho más él con aquel par de
-trozos que cualquier elefante no adiestrado con enteros
-y afilados colmillos.</p>
-
-<p>Cuando tras largas semanas de vigilante labor acorralando
-á sus semejantes esparcidos por las montañas,
-los cuarenta ó cincuenta monstruos salvajes se veían
-obligados á entrar en la última empalizada, y la enorme
-puerta, hecha de troncos de árbol unidos, después
-de levantada, caía con estrépito detrás de ellos, Kala
-Nag, obedeciendo á una voz de mando, penetraba en
-aquel movedizo y bramador <em>pandemonium</em> (generalmente
-de noche, cuando la vacilante luz de las antorchas
-hacía difícil el calcular las distancias), y cogiendo
-por su cuenta al mayor, más salvaje de los elefantes, y
-de más largos colmillos, lo golpeaba y perseguía hasta
-reducirlo al silencio y quietud más completos, mientras
-los hombres, montados en los otros elefantes, lanzaban
-cuerdas sobre los más pequeños y los ataban.</p>
-
-<p>En cuestión de luchas nada había que pudiera
-ocultársele á Kala Nag, la vieja y avisada <em>serpiente
-negra</em>, porque más de una vez, en sus buenos tiempos,<span class="pagenum" id="Page_172">[Pg 172]</span>
-resistiera la embestida del tigre herido, y, enroscando
-la suave trompa para que quedara fuera de peligro,
-había lanzado al aire, de medio lado, á la fiera, en el
-momento de saltar, verificando esto con un rápido movimiento
-de cabeza, parecido al de una hoz al segar, é
-inventado por él mismo; habíala revolcado por el suelo
-y arrodilládose encima, manteniendo allí sus enormes
-rodillas hasta que la vida abandonara el cuerpo, acompañada
-de un suspiro y un rugido, y dejando sólo sobre
-el suelo una masa fofa y rayada, que Kala Nag
-arrastraba cogiéndola por la cola.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, dijo Toomai grande, su cornaca, el hijo de
-Toomai el Negro, que lo llevó á Abisinia, y nieto de
-Toomai el de los elefantes, que lo había visto coger;
-nada hay que cause miedo á la <em>Serpiente Negra</em>, excepto
-yo. Ha visto tres generaciones de nuestra familia
-que lo han alimentado y cuidado, y vivirá hasta
-llegar á ver la cuarta.</p>
-
-<p>&mdash;También <em>á mí</em> me teme, dijo Toomai chico, poniéndose
-de pie para mostrarse en toda su altura, de
-poco más de un metro, liado al cuerpo únicamente un
-trapo. El hijo mayor de Toomai grande tenía diez
-años de edad, y, según la costumbre establecida, sustituiría
-á su padre, en el sitio que éste ocupaba sobre
-el cuello de Kala Nag, cuando fuera más crecido, empuñando
-entonces el pesado <em>ankus</em> de hierro, la aguijada
-para elefantes, cuya punta habían gastado ya con
-el uso su padre, su abuelo y su bisabuelo. Bien sabía
-el muchacho lo que decía; porque á la sombra de Kala
-Nag había nacido; con el extremo de su trompa
-jugaba antes de dar los primeros pasos; condújole al
-abrevadero en cuanto pudo andar, y tan imposible era
-que á Kala Nag se le antojara desobedecer sus chillonas
-vocecitas de mando, como que hubiera soñado,
-siquiera, en matarle, aquel día en que Toomai grande<span class="pagenum" id="Page_173">[Pg 173]</span>
-puso á su recien nacido y moreno niño bajo los colmillos
-de Kala Nag, diciéndole á éste que saludara á su
-futuro amo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, dijo Toomai chico, <em>me</em> teme. Y dió largos
-pasos en dirección de Kala Nag, le llamó <em>cerdo cebado</em>
-y le hizo levantar las patas una tras otra. ¡Vaya! añadió,
-eres un elefante enorme. Y movió la desgreñada
-cabeza, repitiendo lo que le había oído decir á su
-padre:</p>
-
-<p>&mdash;Bien puede el Gobierno pagar por los elefantes;
-pero la verdad es que ellos son nuestros, son de los
-<em>mahouts</em>. Cuando serás viejo, Kala Nag, vendrá algún
-rajah rico y te comprará al Gobierno, por el tamaño
-que tienes y por lo bien que te hemos educado, y entonces
-nada tendrás que hacer, como no sea llevar
-aretes de oro en las orejas, un pabellón de oro sobre
-la espalda y una tela roja á los lados, cubierta también
-de oro, abriendo así la marcha en las procesiones del
-Rey. Entonces, Kala Nag, me sentaré yo sobre el
-cuello de vuesa merced, llevando un <em>ankus</em> de plata, y
-unos hombres correrán delante de nosotros con bastones
-dorados, y gritando: «¡paso al elefante del Rey!»
-Bueno será eso, Kala Nag; pero no tan bueno como
-nuestras cacerías por las selvas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Psche! dijo Toomai grande. No eres más que
-un chiquillo, y tan salvaje como un búfalo joven. Ese
-correr de un lado para otro entre montañas no es el
-mejor de los servicios que prestamos al Gobierno. Yo
-voy envejeciendo ya, y no gusto de los elefantes salvajes.
-Que me den establos de ladrillo con un compartimento
-para cada elefante; gruesas estacas para amarrarlos
-fuertemente; y llanos, anchos caminos para
-hacerlos maniobrar, en vez de ese continuo ir y venir,
-acampando hoy en un sitio y mañana en otro. ¡Ah!
-¡Los cuarteles de Cawnpore sí que eran buenos! Tocando<span class="pagenum" id="Page_174">[Pg 174]</span>
-con ellos había un bazar, y sólo teníamos tres
-horas diarias de trabajo.</p>
-
-<p>Acordóse Toomai chico de los locales para elefantes
-en Cawnpore y nada contestó. Á él le gustaba
-mucho más la vida de campamento, y odiaba esos caminos
-llanos, anchos; la diaria obligación de ir á forrajear
-en el sitio destinado á ello; las interminables
-horas en que nada había que hacer, como no fuera
-mirar á Kala Nag moviéndose impaciente, atado á sus
-estacas.</p>
-
-<p>Lo que á Toomai chico le encantaba era encaramarse
-por caminos difíciles, que sólo un elefante podía
-seguir; luego, el hundirse en el valle que se abría
-bajo sus pies; el entrever allá, á lo lejos, los elefantes
-salvajes, paciendo á pocas leguas de distancia; la
-huída del jabalí asustado, ó del pavo real, casi á los
-pies de Kala Nag; las lluvias calientes, que le ciegan
-á uno, cuando montes y valles humean todos; las hermosas
-mañanas de niebla en que nadie sabía aún donde
-acamparía aquella noche; la constante, cautelosa persecución
-de los elefantes salvajes, y la loca carrera,
-las llamaradas y el barullo de la última noche de caza,
-cuando los elefantes acorralados se precipitaban dentro
-de la empalizada, como desprendidas peñas en
-algún hundimiento de terreno, y, al ver que no podían
-salir de allí, se arrojaban contra los pesados troncos,
-para no apartarse de ellos más que á fuerza de gritarles,
-de blandir llameantes antorchas y de disparar cartuchos
-cargados con pólvora sola.</p>
-
-<p>Hasta un chiquillo podía ser allí útil, y Toomai lo
-era tanto que valía por tres. Empuñaba su antorcha y
-la agitaba en el aire, gritando de tal modo que pocos
-le aventajaban. Pero el mejor tiempo era aquel en que
-empezaban á sacarse fuera los elefantes, y la <em>keddah</em>
-(ó sea la empalizada) parecía un cuadro en que estuviera<span class="pagenum" id="Page_175">[Pg 175]</span>
-pintado el fin del mundo, teniendo los hombres
-que entenderse por signos, porque no podían oirse
-unos á otros. Encaramábase, entonces, Toomai chico
-al extremo de uno de los vacilantes troncos de la empalizada,
-tendidos sobre los hombros los cabellos castaños,
-requemados, desteñidos por el sol hasta hacerlos
-blanquear, en todo semejante á un duende iluminado
-por las llamas de las antorchas; y, en cuanto se apaciguaba
-algo el tumulto, podían oirse las chillonas voces
-con que animaba á Kala Nag, dominando bramidos,
-crujidos, chasquear de cuerdas y gruñir de los atados
-elefantes.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Maîl, Maîl, Kala Nag!</em> (¡Sigue, sigue <em>serpiente
-negra</em>!) <em>¡Dant do!</em> (¡Dale con el colmillo!) <em>¡Somalo!
-¡Somalo!</em> (¡Cuidado! ¡Cuidado!) <em>¡Maro! ¡Mar!</em> (¡Duro!
-¡duro!) ¡Cuidado con el palo! <em>¡Arre! ¡Arre! ¡Hai! ¡Yai!
-¡Kya-a-ah!</em>&mdash;gritaba el muchacho, y la gran lucha
-entre Kala Nag y el elefante salvaje era sostenida tan
-pronto en un lado como en otro, dentro de la empalizada,
-y los cazadores de elefantes se enjugaban el
-sudor que les caía por los ojos, no olvidándose de dirigir
-un saludo de aprobación á Toomai chico, que bailaba
-de alegría sobre el extremo de los troncos.</p>
-
-<p>Pero algo más que bailar hizo. Dejóse resbalar una
-noche del tronco en que estaba, y se mezcló entre los
-elefantes, para arrojarle el cabo de una cuerda, caída
-en el suelo, á uno de los cazadores que intentaba lanzarla
-á la pata de uno de los elefantes más jóvenes,
-mientras éste coceaba (siempre los pequeños dan más
-trabajo que los ya crecidos). Viólo Kala Nag, cogiólo
-con la trompa y se lo pasó á Toomai grande, el cual
-le dió algunos pescozones y volvió á colocarlo sobre
-el tronco.</p>
-
-<p>Á la mañana siguiente riñóle diciéndole:</p>
-
-<p>&mdash;¿No te basta con tener buenos establos de ladrillo<span class="pagenum" id="Page_176">[Pg 176]</span>
-para los elefantes y con acarrear tiendas de un lado
-á otro, que ahora necesitas ponerte á coger elefantes
-por tu propia cuenta, como un perdido? Para que lo
-sepas, los cazadores, esos locos, que tienen menos
-salario que yo, le han hablado ya del asunto á Petersen
-Sahib.</p>
-
-<p>Toomai chico tuvo miedo. No se le alcanzaba
-mucho respecto á los hombres blancos; pero, á Petersen
-Sahib se lo imaginaba como el más grande de todos
-los de este mundo. Era el jefe de las operaciones de
-la <em>keddah</em>: el encargado de coger elefantes para el
-Gobierno de la India, y el que estaba mejor enterado
-que nadie de sus costumbres.</p>
-
-<p>&mdash;Y ¿qué es... qué es lo que ocurrirá?</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo que ocurrirá? Lo peor. Petersen Sahib es un
-loco. ¿Crees tú que si no lo fuera iría á caza de esos
-diablos? En lo posible está que se le ocurra hasta el
-emplearte á tí como cazador de elefantes, y hacerte
-dormir en cualquier parte de esas selvas que están
-llenas de fiebres, para que, al fin, te pateen, hasta matarte,
-en la <em>keddah</em>. Afortunadamente, todas estas
-bromas terminan ahora, sin accidentes que lamentar.
-La semana próxima se acaba la cacería, y á nosotros,
-la gente del llano, nos mandan otra vez á nuestros
-puestos. Entonces, podremos andar por buenos caminos,
-y olvidaremos todas esas cosas. Pero, hijo mío,
-me duele que te mezcles en un asunto que está reservado
-á esas sucias gentes de la selva que se llaman
-asameses. Kala Nag no obedece á nadie más que á mí,
-y, por lo tanto, véome yo obligado á ir con él á la
-<em>keddah</em>; pero él no es más que un elefante de combate,
-y no ayuda á atar á los demás. Por esto, yo permanezco
-sentado con toda comodidad, como le corresponde
-á un <em>mahout</em> (y no á un mero cazador), á un
-<em>mahout</em>, digo, á un hombre que disfrutará de una pensión<span class="pagenum" id="Page_177">[Pg 177]</span>
-al terminar el servicio. ¿Te parece si la familia de
-Toomai, el de los elefantes, merece que la pisoteen
-entre el polvo de una <em>keddah</em>? ¡Mal hijo! ¡Pillo! ¡Perdido!
-Anda, y lava á Kala Nag, límpiale las orejas, y
-mira que no tenga espinas en las patas, ó de lo contrario,
-entonces sí que, con toda seguridad, te coge
-Petersen Sahib y hace de tí un cazador medio salvaje...
-un perseguidor de elefantes, uno de ésos que siguen
-sus huellas, un oso de la selva. ¡Oh! ¡Qué vergüenza!
-¡Márchate de mi vista!</p>
-
-<p>Alejóse Toomai chico sin decir palabra; pero le
-contó á Kala Nag sus penas, mientras estaba examinándole
-las patas.</p>
-
-<p>&mdash;¡No importa! dijo el muchacho, levantándole la
-punta de la oreja derecha. Le han dicho mi nombre á
-Petersen Sahib, y tal vez... tal vez... tal vez... ¿quién
-sabe?... ¡Hola! ¡Mira que espina tan grande te he
-arrancado!</p>
-
-<p>Los primeros días que siguieron á aquel se emplearon
-en juntar á todos los elefantes; en obligar á caminar
-á los salvajes, que acababan de ser cogidos, entre
-otros dos que estaban ya domesticados, á fin de que
-no dieran luego tanto que hacer al emprender la marcha
-descendente hacia los llanos; finalmente en recoger
-mantas, cuerdas ú otras cosas, que quedaron estropeadas
-ó se habían perdido en el bosque.</p>
-
-<p>Llegó Petersen Sahib montado en su diestro elefante
-hembra llamado Pudmini. Había visitado ya
-otros de los campamentos, situados entre las montañas,
-para verificar los pagos, porque la estación tocaba
-á su fin, y bajo un árbol, sentado á una mesa, veíase
-á un dependiente suyo, indígena, que iba entregando á
-los cazadores, uno por uno, su salario. En cuanto
-había cobrado, volvíase cada hombre al lado de su elefante,
-y se juntaba á la fila que estaba próxima á partir.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_178">[Pg 178]</span></p>
-
-<p>Los ojeadores, cazadores y domadores, los hombres
-empleados constantemente en la keddah, que de cada
-dos años pasan uno en la selva, iban sentados á la
-espalda de los elefantes que formaban parte de las
-fuerzas permanentes de Petersen Sahib, ó se recostaban
-contra los árboles con el fusil al brazo, burlándose
-de los cornacas que se iban, y riendo cuando los elefantes
-recién cazados rompían las filas y comenzaban
-á correr.</p>
-
-<p>Toomai grande dirigióse al dependiente que arreglaba
-las cuentas, llevando detrás de él á Toomai chico,
-y Machua Appa, el jefe de los ojeadores, dijo en
-voz baja á uno de sus amigos:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ahí va uno que sirve de veras para cazar elefantes!
-¡Qué lástima que á ese gallito de la selva lo
-manden ahora á mudar la pluma allá en los llanos!</p>
-
-<p>Pues bien: tenía Petersen Sahib finísimo el oído,
-como corresponde á un hombre avezado á escuchar al
-más silencioso de todos los seres vivientes: el elefante
-salvaje, y dió media vuelta sobre la espalda de Pudmini,
-donde estaba echado, preguntando:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué estáis diciendo? No sabía que entre los
-cornacas del llano hubiera ninguno que sirviera ni
-para atar á un elefante muerto.</p>
-
-<p>&mdash;No hablamos de un hombre, sino de un niño. Se
-metió en la <em>keddah</em>, durante la última cacería, y le
-arrojó la cuerda á Barmao cuando queríamos separar
-de la madre á aquel elefante joven que tiene una pústula
-en el hombro.</p>
-
-<p>Señaló Machua Appa hacia el sitio donde estaba
-Toomai chico, miró Petersen Sahib, y el muchacho saludó
-hasta tocar al suelo.</p>
-
-<p>&mdash;¿El, arrojar una cuerda? Si es más pequeño que
-una estaca. ¡Chiquillo! ¿Cómo te llamas? dijo Petersen
-Sahib.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_179">[Pg 179]</span></p>
-
-<p>Estaba Toomai chico demasiado asustado para
-hablar; pero á su espalda tenía á Kala Nag, y Toomai
-le hizo un signo con la mano, por lo cual el elefante lo
-cogió con la trompa, levantándolo á la altura de la cabeza
-de Pudmini, frente á frente del gran Petersen
-Sahib. Toomai chico cubrióse en aquel momento la
-cara con las manos, porque, al fin y al cabo, no era más
-que un chiquillo, y, excepto para todo lo concerniente
-á elefantes, era tan tímido como pudiera serlo cualquier
-otro muchacho.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! dijo Petersen Sahib sonriéndose, ¿y por
-qué le has enseñado á tu elefante á hacer esto? ¿Para
-que te ayudara á robar el trigo verde, puesto á secar
-sobre el techo de las casas?</p>
-
-<p>&mdash;Trigo verde, no, Protector de los pobres,... melones,
-sí, contestó Toomai chico, y, al oirlo, cuantos
-hombres había allí prorrumpieron en ruidosa carcajada.
-En su infancia, la mayor parte de ellos había
-enseñado á hacer lo mismo á sus elefantes. Toomai
-chico estaba como colgando en el aire á la altura de
-dos metros y medio; pero hubiera querido, en aquel
-momento, estar á igual profundidad bajo tierra.</p>
-
-<p>&mdash;Es Toomai, mi hijo, Sahib, dijo Toomai grande
-arrugando el entrecejo. Es un chiquillo muy malo que
-acabará en presidio, Sahib.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! Respecto á eso, lo dudo, contestó Petersen
-Sahib. El muchacho que se atreve, á su edad, á meterse
-en una <em>keddah</em> en pleno, no va á parar á ningún
-presidio. Mira, chiquillo, ahí tienes cuatro annas para
-gastar en dulces, porque veo que bajo ese montón de
-cabello se esconde realmente una cabecita. Con el
-tiempo, podría ser que también tú llegaras á ser
-cazador.</p>
-
-<p>Toomai grande frunció las cejas con mayor fuerza
-que nunca.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_180">[Pg 180]</span></p>
-
-<p>Acuérdate, sin embargo, de que las <em>keddahs</em> no
-son sitio adecuado para que los niños jueguen allí, continuó
-Petersen Sahib.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no me permitirán ir á ellas, Sahib? preguntó
-Toomai chico, acompañando la pregunta con un gran
-suspiro.</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Y Petersen Sahib sonrió de nuevo. Cuando
-hayas visto bailar á los elefantes. Entonces será el
-momento oportuno. Lo que es <em>cuando los hayas visto
-bailar</em> ven á encontrarme, y te dejaré entrar en todas
-las <em>keddahs</em>.</p>
-
-<p>Hubo entonces otra explosión de carcajadas, porque
-era aquélla una de las bromas que usan los cazadores
-de elefantes, y equivale, precisamente, á decir <em>nunca</em>.
-Hay en los bosques, grandes y llanos claros, escondidos
-en ellos, que se llaman salones de baile de los elefantes;
-pero hasta el hallarlos no es más que pura casualidad,
-y no hay hombre que haya visto nunca cómo
-los elefantes bailan allí. Cuando un cornaca alaba
-demasiado su propia habilidad y valor, suelen decirle
-los otros:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cuando fué que viste bailar á los elefantes?</p>
-
-<p>Puso Kala Nag en el suelo á Toomai chico, y éste
-volvió á saludar profundamente; marchóse con su
-padre; dió la pieza de cuatro annas á su madre, que
-criaba á un hermanito del muchacho; subieron todos
-sobre la espalda de Kala Nag; y la fila de elefantes,
-gruñendo y dando agudos gritos, bajó, por un atajo de
-la montaña, hacia la llanura. Fué la marcha sumamente
-animada, porque los elefantes nuevos suscitaban
-grandes dificultades á cada vado, y había que acariciarlos
-ó pegarles continuamente.</p>
-
-<p>Toomai grande conducía á Kala Nag con aire de
-despecho, pues estaba de malísimo humor; pero Toomai
-chico sentíase tan feliz que ni tenía ganas de<span class="pagenum" id="Page_181">[Pg 181]</span>
-hablar. Petersen Sahib se había fijado en él, habíale
-dado dinero, y, como consecuencia, experimentaba el
-muchacho la misma impresión de un soldado raso á
-quien hubieran hecho salir de las filas para recibir los
-elogios del general en jefe.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quería decir Petersen Sahib con aquello
-del baile de los elefantes? dijo, por fin, en voz baja, dirigiéndose
-á su madre.</p>
-
-<p>Oyólo Toomai grande, y refunfuñó:</p>
-
-<p>&mdash;Que no has de ser nunca uno de esos búfalos
-montañeses que hacen de ojeadores. Eso es lo que
-quería decir. ¡Eh! ¡Vosotros! ¡Ahí delante! ¿Qué es
-lo que nos cierra el paso?</p>
-
-<p>Volvióse en redondo, con malhumor, un cornaca
-asamés, que iba á la distancia de dos ó tres elefantes
-delante de él, y gritó:</p>
-
-<p>&mdash;Trae á Kala Nag, y haz obedecer á este elefante
-mío. ¡No sé por qué Petersen Sahib ha tenido que escogerme
-á mí para ir con vosotros, burros de los arrozales!
-Pon de lado á tu animal, Toomai, y déjale que
-empuje con los colmillos. ¡Por todos los dioses de las
-montañas te juro que esos elefantes tienen los diablos
-en el cuerpo, ú olfatean á sus compañeros de la selva!</p>
-
-<p>Pególe Kala Nag en las costillas al elefante nuevo
-y le metió el resuello en el cuerpo, mientras Toomai
-grande decía:</p>
-
-<p>&mdash;En la última cacería hemos limpiado de elefantes
-salvajes todas las montañas. Lo que hay es que conducís
-muy mal. ¡Á ver si querréis que conserve yo el
-orden en toda la fila!</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿no oís lo que dice? contestó el otro cornaca.
-¡<em>Hemos</em> limpiado de elefantes las montañas! Lo que
-es vosotros, hombres del llano, sois muy sabios. Cualquiera
-que no sea una de esas cabezas vacías que
-nunca han visto la selva sabe que <em>ellos</em> ya están enterados<span class="pagenum" id="Page_182">[Pg 182]</span>
-de que las cacerías han terminado para toda la
-temporada actual. Por lo tanto, esta noche, todos los
-elefantes salvajes... pero ¿á qué perder el tiempo enseñándole
-lo que yo sé á esa tortuga de río?...</p>
-
-<p>&mdash;¿Que esta noche los elefantes... qué? gritó Toomai
-chico.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola, muchacho! ¿Estás tú ahí? Bueno ¿pues á
-tí te lo diré, porque tú tienes la cabeza bien organizada.
-Esta noche bailarán, y valdría más que tu padre,
-que ha <em>limpiado</em> de elefantes <em>todas</em> las montañas, doblara
-el número de cadenas que se atan á las estacas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué estás ahí charlando? Cuarenta años hace
-que entre mi padre y yo hemos cuidado elefantes y
-nunca hemos oído esos cuentos de que sea verdad que
-bailen.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, pero un hombre del llano, que vive en su barraca,
-no conoce nada más que las cuatro paredes de
-esa barraca. ¡Bueno! Deja libres á tus elefantes esta
-noche, y verás lo que ocurre. En cuanto al baile, yo
-he visto donde... <em>¡Bapree-Bap!</em> ¿Cuántos recodos más
-tiene este río Dihang? Aquí hay otro vado, y ahora
-tendremos que hacer nadar á los pequeños. ¡Paraos,
-vosotros, los que venís detrás!</p>
-
-<p>Y por ese estilo, hablando, y disputándose, y chapoteando
-en el río, verificóse la primera marcha hacia
-una especie de campamento en que se recibían los
-elefantes nuevos; pero, mucho antes de llegar allí,
-habían ya perdido cien veces la paciencia.</p>
-
-<p>Luego, los elefantes fueron sujetados por las patas
-traseras por medio de cadenas fijas á las estacas, añadiéndose,
-además, á los nuevos, un refuerzo de cuerdas;
-púsoseles delante su montón de forraje; y los
-cornacas montañeses regresaron, para juntarse á Petersen
-Sahib, aprovechando las últimas horas de claridad
-de la tarde, y encargando á los cornacas del<span class="pagenum" id="Page_183">[Pg 183]</span>
-llano que tuvieran más cuidado que nunca aquella noche,
-riéndose cuando éstos les preguntaban el motivo.</p>
-
-<p>Toomai chico cuidó de la comida de Kala Nag, y
-luego, como oscureciera ya, comenzó á vagar por el
-campamento, poseído de inefable alegría, y buscando
-un <em>tam-tam</em>. Cuando un muchacho indio siente que
-su corazón rebosa de felicidad no corretea de un lado
-á otro ni hace ruido de un modo irregular. Siéntase
-solo y se regala á sí mismo con una especie de
-fiesta. ¡Y á Toomai chico le había hablado nada
-menos que Petersen Sahib! Si no hubiera podido hallar
-lo que buscaba, la misma alegría contenida tal vez le
-hubiese causado la muerte. Pero el vendedor de dulces
-que había en el campamento le prestó un <em>tam-tam</em>,
-un tamboril que se tocaba dándole con la palma de la
-mano, y entonces él sentóse, cruzadas las piernas,
-frente á Kala Nag, mientras en el cielo iban apareciendo
-las estrellas. Con el <em>tam-tam</em> sobre las rodillas,
-estuvo toca que toca, y cuanto más pensaba en el
-grandísimo honor que se le había dispensado más tocaba,
-solo, completamente solo, entre el forraje de los
-elefantes. No había en su música melodía alguna ni
-palabras; pero tocando el tamboril se sentía feliz.</p>
-
-<p>Los elefantes nuevos tiraban de las cuerdas, daban
-gritos ó bramidos de cuando en cuando, y á ratos
-podía él oir también á su madre, allá en la barraca
-del campamento, que adormecía á su hermanito cantándole
-una antigua, muy antigua canción sobre el
-gran dios Siva, que indicó una vez á todos los animales
-lo que debían comer. Es una cancioncilla muy tierna
-cuyas primeras estrofas dicen:</p>
-
-
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry"><p>Siva, que manda al hombre las cosechas,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">y hace que sople el viento,</span><br />
-sentado en el umbral de un claro día,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">ha de ello mucho tiempo,</span><br />
-repartió su porción, á cada uno,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">de pan, trabajo y duelos,</span><br />
-desde el Rey, que en el <em>guddee</em> se reclina,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">al pobre pordiosero.</span><br />
-<br />
-Hízolo todo Siva, el que proteje,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">sí, todo, <em>¡Mahadeo!</em></span><br />
-dió el espino al camello, al buey forraje,<br />
-y á tí, mi niño, por cojín mi pecho.</p>
-</div>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_184">[Pg 184]</span></p>
-
-<p class="p1">Acompañó Toomai chico cada estrofa con un alegre
-tamborileo al terminarse, hasta que él mismo sintió
-sueño y se tendió sobre el forraje, al lado de
-Kala Nag.</p>
-
-
-<p>Al fin, los elefantes comenzaron á echarse, uno
-tras otro, según su costumbre, hasta que sólo Kala
-Nag quedó en pie á la derecha de la fila, y, entonces,
-balanceóse suavemente, con las orejas hacia delante,
-para prestar oído á los rumores que llevara el viento
-de la noche, al soplar blandamente por entre las montañas.
-El aire venía impregnado de aquellos ruidos
-nocturnos que, juntos, producen un solo é inmenso
-silencio: el golpear de un bambú contra otro; el correr
-de algo vivo por entre los matorrales; el arañar y los
-ahogados chillidos del pájaro medio despierto (los pájaros
-se despiertan de noche con mucha más frecuencia
-de lo que nosotros imaginamos); y el caer del agua,
-allá lejos, muy lejos. Toomai chico durmió durante
-algún tiempo, y, al despertar, la luna brillaba ya en
-toda su fuerza, y Kala Nag estaba aún de pie con las
-orejas hacia delante. Volvióse Toomai chico, haciendo
-crujir el forraje, y observó la curva de la enorme espalda
-proyectándose contra el fondo del cielo y contra
-la mitad de las estrellas que en él había; pero, mientras
-observaba esto, oyó, tan lejos que dijérase que á
-aquel gran silencio lo atravesaba sólo la punta de un<span class="pagenum" id="Page_185">[Pg 185]</span>
-alfiler, el <em>huut-tuut</em>, el grito parecido al sonar de un
-cuerno de caza, que lanzaba un elefante salvaje.</p>
-
-<p>Cuantos elefantes había en las filas saltaron como
-si les hubieran disparado un tiro, y sus gruñidos despertaron,
-al fin, á los <em>mahouts</em>, que salieron y comenzaron
-á dar martillazos sobre las estacas con enormes
-mazos, ataron mejor unas cuerdas é hicieron nudos en
-otras, hasta que todo volvió á quedar tranquilo. Había
-uno de los elefantes nuevos arrancado, casi, su estaca,
-y Toomai grande le quitó entonces á Kala Nag la cadena
-que llevaba sujeta á una pata, y con ella ató las
-posteriores del otro elefante á las anteriores; pero le
-pasó á Kala Nag, en el sitio donde había estado la cadena,
-un lazo hecho de yerba retorcida, y díjole que
-se acordara de que quedaba bien atado. Centenares de
-veces habían hecho lo mismo, con buen resultado, su
-padre y su abuelo. Kala Nag no contestó á aquella
-orden con su <em>glu-glu</em> habitual. Continuó de pie, mirando
-á lo lejos, á favor de la clara luz de la luna, algo
-levantada la cabeza y extendidas las orejas como abiertos
-abanicos, en dirección de los grandes repliegues
-que forman las montañas de Garo.</p>
-
-<p>&mdash;Observa si le aumenta la intranquilidad, más
-entrada la noche, dijo Toomai grande al chico, y después
-de esto fuése á la barraca y durmióse. Iba ya á
-dormirse, también, Toomai chico, cuando oyó que la
-cuerda de fibras de coco se rompía, produciendo leve,
-casi metálico ruido; y Kala Nag avanzó, desde el sitio
-en que estaban las estacas, tan pausada y silenciosamente
-como nube que se desliza fuera de la embocadura
-de un valle. Corrió Toomai chico detrás de él,
-descalzos los pies, por el camino, que bañaba la luz de
-la luna, y en voz muy baja le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Kala Nag! ¡Kala Nag! ¡Llévame contigo, Kala
-Nag! Volvióse el elefante sin hacer el menor ruido,<span class="pagenum" id="Page_186">[Pg 186]</span>
-dió tres grandes pasos hacia el muchacho, bajó la
-trompa, se lo montó en el cuello, y, casi sin dar á
-Toomai chico el tiempo preciso de colocar bien las
-piernas, se deslizó hacia el bosque.</p>
-
-<p>Vino, entonces, de las filas de elefantes, como una
-ráfaga de furiosos bramidos, y luego volvió á reinar
-el silencio sobre todas las cosas, y Kala Nag comenzó
-la marcha. Algunas veces un montón de yerbas altas
-le acariciaba los costados como una ola acaricia los de
-un barco, y otras un colgante racimo de pimienta silvestre
-le arañaba la espalda, ó un bambú se quebraba
-por el sitio donde él lo había tocado con el hombro;
-pero en los intervalos avanzaba sin producir, absolutamente,
-rumor alguno, resbalando como el humo á
-través del espeso bosque de Garo. Iba monte arriba;
-pero, aunque Toomai chico mirara á las estrellas por
-entre los claros de los árboles, no podía decir en qué
-dirección.</p>
-
-<p>De pronto, Kala Nag llegó á la cima de la pendiente,
-y se paró por un momento, durante el cual pudo
-ver Toomai chico las copas de los árboles como manchas,
-ó como grandes pieles tendidas á la luz de la
-luna, en el espacio de infinidad de leguas de terreno,
-y la niebla, de un color blanco azulado, flotando sobre
-el río, allá en la hondonada. Apoyóse Toomai en el
-cuello del elefante, y, recostado, miró, sintiendo que
-todo el bosque velaba allá abajo, que todo él velaba, y
-vivía, y estaba lleno de multitud de seres. Un grande
-y pardo murciélago de los que se alimentan de frutos
-pasó rozándole una oreja; las púas de un puerco espín
-sonaron, chocando unas contra otras en la espesura;
-y allá en la obscuridad, entre los troncos de los árboles,
-oyó á un jabalí hurgando en la tierra, húmeda y tibia,
-y oliendo, resoplando al hacerlo.</p>
-
-<p>Luego volvieron á cerrarse las ramas sobre su cabeza,<span class="pagenum" id="Page_187">[Pg 187]</span>
-y Kala Nag comenzó á bajar hacia el valle, no
-suavemente, como antes, sino como cañón que se soltara
-por empinado terraplén: de una sola embestida.
-Movíanse los enormes músculos con la rapidez de pistones,
-abarcando á cada paso la distancia de unos dos
-metros y medio, y la arrugada piel de los hombros
-crujía sobre las puntas de los huesos. Á cada lado de
-él se abría violentamente la maleza, con un ruido como
-el de rajado cañamazo, y los rebrotes que apartaba á
-derecha é izquierda con los hombros saltaban de nuevo
-hacia atrás, pegándole en los costados, mientras grandes
-colgajos de enredaderas, mezcladas en montón,
-pendían de sus colmillos al mover él la cabeza hacia
-uno y otro lado, abriéndose camino. Entonces, Toomai
-chico tendióse, bien apretado contra el gran cuello,
-para que alguna de las ramas que se balanceaban
-no lo arrojara al suelo, y, en su interior, se dijo que
-ojalá no se hubiera movido del sitio donde se hallaban
-los otros elefantes.</p>
-
-<p>La yerba empezaba á estar húmeda, las patas de
-Kala Nag se hundían al pisar, y la neblina de la noche
-helaba á Toomai chico. Oyóse un chapoteo, luego
-ruido de agua, y Kala Nag entró á grandes pasos en
-el lecho de un río, tanteando á cada zancada el camino
-que había de seguir. Dominando el rumor del agua que
-se arremolinaba en torno á las piernas del elefante,
-podía oir Toomai chico más chapoteos y algunos bramidos,
-que venían tanto de uno como de otro extremo
-del río, grandes gruñidos y ronquidos de cólera; y
-toda la neblina que flotaba en el aire parecía estar
-llena de movibles, vacilantes sombras.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! dijo á media voz y dando diente con diente.
-Todo el pueblo de los elefantes se ha echado fuera
-esta noche. Realmente, va á haber, pues, <em>el baile</em>.</p>
-
-<p>Salió Kala Nag del río con gran ruido; hizo sonar<span class="pagenum" id="Page_188">[Pg 188]</span>
-la trompa, soplando para limpiarla del agua, y comenzó
-á subir por otra cuesta; pero esta vez no iba solo, ni
-tenía que abrirse camino; estaba ya abierto, y con una
-anchura de cerca de dos metros, frente á él, donde la
-yerba de la selva probaba de erguirse nuevamente.
-Por aquel sitio debían de haber pasado, pocos minutos
-hacía, innumerables elefantes. Miró hacia atrás Toomai
-chico, y á su espalda, uno salvaje, de enormes
-colmillos, con los ojuelos de cerdo brillándole como
-ascuas, salía del río entre la neblina. Luego, volvió á
-cerrarse el ramaje de los árboles, y siguieron adelante,
-subiendo, entre bramidos y entre estallidos de las
-ramas que se rompían á su paso.</p>
-
-<p>Al fin, Kala Nag se paró junto á dos troncos de árboles,
-en la cumbre misma de la montaña. Formaban
-aquéllos parte de un grupo que se elevaba alrededor
-de un espacio irregular de unas ciento cincuenta áreas,
-y, en todo este espacio, pudo ver Toomai chico que la
-tierra había sido apisonada hasta quedar tan dura
-como un ladrillo. En el centro de aquel claro crecían
-algunos árboles; pero su corteza había desaparecido
-por el roce, y la madera blanca que quedaba al descubierto
-aparecía brillante, y como pulimentada á
-trechos, á la luz de la luna. De las ramas más altas
-colgaban enredaderas, cuyas flores, en forma de campanilla,
-grandes, blancas, como de cera, y semejantes á
-clemátides, colgaban también, profundamente dormidas;
-pero, dentro de los límites del claro aquel, no
-crecía ni un solo tallo de yerba: nada había más que
-la tierra apisonada.</p>
-
-<p>La luna daba á ésta un color gris de hierro, excepto
-donde se veían, de pie, algunos elefantes, cuya
-sombra era negra como tinta. Miró Toomai chico,
-aguantando el aliento, con los ojos que se le saltaban
-de las órbitas, y, mientras miraba, más y más elefantes
-salían, balanceándose, de entre los árboles, y penetraban
-en aquel espacio abierto. No podía Toomai
-chico contar más que hasta el número diez, y contó,
-entonces, y volvió á contar, con los dedos, hasta que
-perdió la cuenta de tantos dieces, y la cabeza comenzó
-á darle vueltas. Fuera del claro, oía los chasquidos de
-la maleza al romperse, cuando pasaban los elefantes,
-subiendo por la montaña; pero, en cuanto estaban
-dentro del círculo que formaban los troncos de los
-árboles, se movían como si no fueran más que sombras.</p>
-
-
-<div class="chapter">
-<div class="figcenter illowp100" id="p189" style="max-width: 37.5em;">
- <img class="w100 p6 p6b" src="images/p189.jpg" alt="p190ilo" />
-</div>
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_190">[Pg 190]</span></p>
-</div>
-
-<p>Había allí machos salvajes, de blancos colmillos,
-con hojas, frutos y ramitas que se les habían quedado
-entre las arrugas del cuello ó los pliegues de las orejas;
-gruesas hembras de pesado andar, con inquietos
-pequeñuelos, de un color negro algo rosado, que no
-medían más que cosa de un metro de altura y correteaban
-por debajo del vientre de aquéllas; elefantes
-jóvenes, cuyos colmillos apuntaban apenas, y que se
-sentían ya muy orgullosos de tenerlos; hembras flacas,
-demacradas, que se habían quedado solteronas, con
-caras ansiosas, hundidas, y trompas que parecían
-ásperas cortezas; salvajes y viejos elefantes luchadores,
-cubiertos de cicatrices desde la paletilla hasta el
-costado, con grandes verdugones y mal cerradas heridas
-de las pasadas luchas, y el barro de sus solitarios
-baños colgando, endurecido, á cada lado de los hombros;
-y uno había, finalmente, con un colmillo roto y
-las señales, el terrible vaciado, que deja en la piel la
-garra del tigre.</p>
-
-<p>Estaban todos de pie, frente á frente; caminaban
-de un lado á otro por aquel pedazo de terreno, de dos
-en dos; ó se mecían solitarios... Y había allí docenas
-y más docenas de elefantes.</p>
-
-<p>Sabía Toomai que mientras él se estuviera acostado
-y bien quieto sobre el cuello de Kala Nag, nada le<span class="pagenum" id="Page_191">[Pg 191]</span>
-ocurriría; porque, hasta en las embestidas y luchas de
-una <em>keddah</em>, ningún elefante salvaje coge con la trompa
-á un hombre para desmontarlo del cuello de un
-elefante domesticado; y, además, aquellos elefantes ni
-se acordaban siquiera de los hombres, en tal noche.
-Por un momento se pusieron alerta, con las orejas
-hacia delante, al oir sonar unos hierros en el bosque;
-pero era Pudmini, el elefante mimado de Petersen
-Sahib, que había arrancado por completo su cadena y
-llegaba gruñendo, resoplando, montaña arriba. De
-fijo que habría roto sus estacas y se habría ido en derechura
-hacia aquel sitio, desde el campamento de
-Petersen Sahib. Toomai chico vió también otro elefante,
-uno que no conocía, con hondas desolladuras en
-la piel de la espalda y del pecho, causadas por cuerdas.
-También él debía de haberse escapado de algún
-campamento situado entre las montañas.</p>
-
-<p>Al fin, no se oyeron ya, en el bosque, más ruidos
-de elefantes, y Kala Nag avanzó, desde el sitio en que
-estaba parado entre los árboles, hasta el centro del
-grupo, produciendo una especie de cloqueo y de sonidos
-guturales, tras de lo cual, todos los elefantes empezaron
-á moverse y á hablar en su lenguaje.</p>
-
-<p>Echado aún como estaba, vió Toomai chico centenares
-de anchas espaldas, orejas balanceándose,
-trompas que se movían, y ojillos que rodaban en sus
-cuencas. Oyó el golpear de los colmillos chocando
-casualmente unos con otros; el seco rozar de las trompas
-enlazadas; el de los enormes costados y hombros
-en medio de aquella muchedumbre, y el incesante
-chasquido ó zumbido de las grandes colas. Luego, una
-nube pasó por delante de la luna, y él se quedó en la
-más completa obscuridad; pero el callado rozar, empujar
-y producir sordos ruidos guturales continuó del
-mismo modo. Sabía el muchacho que en torno de Kala<span class="pagenum" id="Page_192">[Pg 192]</span>
-Nag había multitud de elefantes, y que no existía la
-menor probabilidad de sacarle de aquella asamblea;
-así, pues, apretó los dientes y se echó á temblar. Al
-menos en una <em>keddah</em> había luz de antorchas y gritería;
-pero aquí se hallaba completamente solo y á obscuras,
-y hubo un momento en que sintió junto á una rodilla
-el contacto de una trompa.</p>
-
-<p>Después, bramó un elefante, y todos se pusieron á
-imitarle por espacio de cinco ó de diez terribles segundos.
-El rocío cayó desde los árboles como lluvia sobre
-las invisibles espaldas, y comenzó á oirse un ruido
-sordo, muy bajo al principio, y que Toomai chico no
-podía saber de donde provenía; pero creció y creció,
-y Kala Nag levantó una de sus patas delanteras, después
-la otra, y las dejó caer sobre el suelo... (¡una,
-dos! ¡una, dos!) con tanta fuerza como si fueran gruesos
-martillos de herrería. Los elefantes pateaban,
-ahora, todos á la vez, y el ruido sonaba como tambor
-de guerra que alguien tocara á la boca de una caverna.
-Siguió el rocío cayendo de los árboles hasta que
-no quedó ya más; el estruendo continuó; la tierra
-retemblaba, y Toomai chico púsose las manos sobre
-los oídos para amortiguar el ruido. Pero aquel golpear
-de centenares de pesadas patas sobre la desnuda tierra
-era tan gigantesco, desapacible y repetido que le parecía
-que todo su cuerpo vibraba por entero. Una ó
-dos veces sintió como Kala Nag y todos los demás
-elefantes se adelantaban algunos pasos, y el pisar se
-convertía en rumor de cosas verdes, jugosas, que eran
-aplastadas; pero, un minuto ó dos más tarde, el violento
-moverse de las patas sobre la dura tierra comenzaba
-de nuevo. Crujía, y parecía quejarse, un árbol, á
-poca distancia de él. Alargó el brazo y tocó la corteza;
-pero Kala Nag siguió adelante, pateando aún, y no
-pudo él darse cuenta del sitio en que se hallaba. Ningún<span class="pagenum" id="Page_193">[Pg 193]</span>
-sonido producían los elefantes, excepto una vez,
-cuando dos ó tres de los más jóvenes chillaron al mismo
-tiempo. De pronto, oyó pesado golpe y un rumor
-como de confusión y desorden, y el patear continuó.
-Debió de durar dos horas bien cumplidas, y á Toomai
-chico dolíanle ya todos los nervios del cuerpo;
-pero por el olor del aire de la noche adivinaba la
-proximidad de la mañana.</p>
-
-<p>Rayó el alba, tendiendo un manto de amarillo claro
-por detrás de las montañas, y, con el primer rayo de
-luz, paróse el estruendo como á un mandato. Antes
-de que á Toomai chico hubieran dejado de zumbarle
-los oídos, y hasta antes de que hubiera tenido tiempo
-de cambiar de posición, no quedó ya ningún elefante á
-la vista, excepto Kala Nag, Pudmini y el elefante que
-mostraba las desolladuras producidas por las cuerdas;
-y no se observó el más leve signo, ni roce ó murmullo
-en las vertientes de las montañas, que indicara á dónde
-habían ido los otros.</p>
-
-<p>Miró fijamente Toomai chico una y otra vez. El
-claro aquel, por lo que él recordaba, había crecido
-durante la noche. En el centro veíanse más árboles;
-pero la maleza y la yerba, á los lados, habían retrocedido.
-Toomai chico volvió á mirar atentamente.
-Ahora comprendía el continuo apisonar. Los elefantes
-habían agrandado el sitio pateándolo todo: la espesa
-yerba y los jugosos juncos de Indias habían sido convertidos
-en una masa inmunda, la masa en tiras, las
-tiras en fibras delgadísimas, y las fibras en dura tierra.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! dijo Toomai chico, sintiendo que los ojos se
-le cerraban, Kala Nag, señor mío, juntémonos con
-Pudmini y vamos al campamento de Petersen Sahib,
-porque, si no, me caigo de tu cuello al suelo.</p>
-
-<p>Miró el tercer elefante alejarse juntos á los otros
-dos, resopló, dió media vuelta, y siguió, solo, su dirección<span class="pagenum" id="Page_194">[Pg 194]</span>
-propia. Debía de pertenecer á alguno de los
-reyezuelos indígenas, que estaría á diez, veinte ó
-treinta leguas de distancia.</p>
-
-<p>Dos horas más tarde, mientras Petersen Sahib se
-desayunaba, los elefantes, que habían sido atados
-aquella noche con dobles cadenas, comenzaron á dar
-grandes bramidos, y Pudmini, llena de barro hasta los
-hombros, acompañada de Kala Nag, que tenía las
-patas muy adoloridas, entró, bamboleándose, en el
-campamento.</p>
-
-<p>La carita de Toomai chico estaba casi gris de tan
-pálida, y muy hundida, llevando el muchacho el cabello
-lleno de hojas y empapado en rocío; pero, haciendo
-un esfuerzo, saludó á Petersen Sahib y gritó con apagada
-voz:</p>
-
-<p>&mdash;¡El baile!... ¡el baile de los elefantes!... ¡Yo lo
-he visto... y... me estoy muriendo!... Y como Kala
-Nag se echara, resbaló él desde su cuello, presa de
-mortal desmayo.</p>
-
-<p>Pero como los niños indígenas no tienen nervios, ó
-no vale la pena de hablar de los que tengan, al cabo de
-dos horas estaba ya acostado, muy contento, en la
-hamaca de Petersen Sahib, con el capote de caza perteneciente
-á éste bajo la cabeza, y en el estómago un
-vaso de leche caliente, un poco de <em>brandy</em> y una pequeña
-dosis de quinina; y mientras los viejos cazadores
-de las selvas, velludos y cubiertos de cicatrices, estaban
-sentados, á tres de fondo, delante de él, mirándolo
-como si fuera un aparecido, refirió el muchacho lo que
-tenía que contar, en breves palabras, como hacen los
-niños, y terminó con las siguientes:</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, si hay algo de lo que he dicho que os
-parezca mentira, mandad hombres para que lo vean, y
-hallarán que el pueblo de los elefantes ha apisonado un
-espacio mucho mayor que el que existía en su salón de<span class="pagenum" id="Page_195">[Pg 195]</span>
-baile, y hallarán diez... y diez... y muchas veces diez
-pistas que conducen á este salón. Ensancharon el sitio
-con las patas. Yo lo he visto. Kala Nag me llevó, y yo
-lo ví. También Kala Nag tiene muy cansadas las
-piernas.</p>
-
-<p>Tendióse Toomai chico y durmió durante toda la
-tarde, hasta que llegó el anochecer, y, mientras dormía,
-Petersen Sahib y Machua Appa siguieron la pista de
-los dos elefantes, durante cuatro leguas, á través de
-los montes. Había pasado Petersen Sahib diez y ocho
-años cazando elefantes, y sólo un <em>salón de baile</em> como
-aquél había visto con anterioridad.</p>
-
-<p>No tuvo Machua Appa que dar más que una ojeada
-al claro para ver lo que habían hecho allí, ni necesitó
-arañar más que una vez con el dedo del pie la tierra
-compacta, apretada.</p>
-
-<p>&mdash;Verdad es lo que habla el muchacho, dijo. Todo
-esto se hizo ayer noche, y yo he contado setenta pistas
-diferentes que cruzaban el río. ¡Mirad, Sahib, como
-los hierros de Pudmini cortaron la corteza de este
-árbol! Sí; también estaba en la reunión.</p>
-
-<p>Miráronse uno á otro, de arriba abajo, pasmados,
-porque las cosas de los elefantes exceden en profundidad
-á cuanto puede imaginar cualquier hombre, sea
-blanco ó negro.</p>
-
-<p>&mdash;Cuarenta y cinco años hace, dijo Machua Appa,
-que sigo á los señores elefantes; pero nunca oí que
-ningún hombre de mujer nacido viera lo que ha visto
-este muchacho. Por todos los dioses de las montañas os
-digo que esto es... ¿cómo podremos llamarlo?... y, sin
-acabar la frase, limitóse á sacudir la cabeza.</p>
-
-<p>Cuando estuvieron de vuelta en el campamento era
-ya la hora de la cena. Comió Petersen Sahib solo, en
-su tienda; pero dió orden de que á su gente, allí acampada,
-se le dieran dos corderos y algunos pollos, además<span class="pagenum" id="Page_196">[Pg 196]</span>
-de doble ración de harina, arroz y sal, porque era
-imprescindible algo de banquete.</p>
-
-<p>Á paso más que regular había llegado Toomai
-grande del otro campamento, en la llanura, yendo en
-busca de su hijo y de su elefante, y, al hallarlos, los
-contempló á uno y otro de tal modo que no parecía
-sino que le causaban miedo. Celebróse una fiesta,
-junto á las llameantes hogueras, frente á las filas de
-atados elefantes, siendo Toomai chico el héroe de ella;
-y los grandes cazadores, los ojeadores, cornacas y laceros,
-los hombres que conocían todos los secretos para
-domar los más bravos elefantes, se lo pasaron de uno
-á otro, y marcaron su frente con sangre tomada del
-pecho de un «gallo de la selva» recién muerto, queriendo
-indicar con esto que era un habitante de los
-bosques, un iniciado, y libre, por lo tanto, en toda la
-extensión que abarcan las selvas.</p>
-
-<p>Al fin, cuando las llamas empezaron ya á apagarse
-y la roja luz de los tizones daba á los elefantes
-un aspecto que no parecía sino que también ellos estuvieran
-empapados en sangre, Machua Appa, el jefe de
-todos los cornacas de todas las <em>keddahs</em>; Machua
-Appa, el <em>alter ego</em> de Petersen Sahib, que por espacio
-de cuarenta años no había visto un camino hecho por
-mano de hombres; Machua Appa, cuya grandeza era
-tanta que nadie sabía que tuviera otro nombre más que
-el de Machua Appa, saltó, y, poniéndose de pie, levantando
-en el aire á Toomai chico, por encima de su cabeza,
-gritó:</p>
-
-<p>&mdash;Oidme, hermanos míos. Oidme también vosotros,
-señores, señores míos que estáis ahí en las filas:
-¡soy yo, Machua Appa, quien os habla! Este pequeñín
-no se llamará ya de aquí en adelante Toomai chico,
-sino Toomai, el de los elefantes, como antes que á él
-se llamó ya á su bisabuelo. Lo que jamás vió hombre<span class="pagenum" id="Page_197">[Pg 197]</span>
-alguno lo ha visto él durante toda una noche, porque
-es el favorito del pueblo de los elefantes, y, al par,
-de los dioses de todas las selvas, que con él están. Llegará
-á ser un gran ojeador; llegará á ser más grande
-que yo mismo, más que yo mismo: Machua Appa.
-Sabrá seguir la pista reciente, y la medio borrada, y la
-mixta, con ojo seguro. Ningún daño recibirá en la <em>keddah</em>
-cuando corra por debajo de los elefantes salvajes
-para atarlos, y si por casualidad resbalara y cayera
-frente á un elefante feroz, en el momento de embestir
-éste, sabiendo la fiera quien es él no se atreverá á
-aplastarlo. <em>¡Aihai!</em> señores míos que estáis ahí entre
-cadenas... (y al decirlo dió una vuelta hacia las filas de
-estacas), ante vosotros tenéis al pequeñuelo que ha
-visto los bailes que celebráis en escondidos sitios... lo
-que jamás vió ningún hombre. ¡Prestadle vuestro homenaje,
-señores míos ¡<em>Salaam karo</em>, hijos míos! ¡Saludad á
-Toomai, el de los elefantes! ¡Gunga Pershad, <em>ahaa</em>!
-¡Hira Guj, Birchi Guj, Kuttar Guj, <em>ahaa</em>! ¡Pudmini (tú
-que le has visto en el baile, y tú también, Kala Nag,
-perla de los elefantes)! <em>¡ahaa!</em> ¡Todos á la vez! ¡Á Toomai,
-el de los elefantes! <em>¡Barrao!</em></p>
-
-<p>Y al oir el último de estos salvajes gritos, la fila
-entera de elefantes lanzó al aire las trompas, hasta
-hacer que los extremos tocaran las frentes, y prorrumpió
-en el gran saludo, el trompetear atronador que sólo
-oye el Virrey de la India, el <em>Salaamut</em> de la <em>keddah</em>.</p>
-
-<p>Pero todo esto se hacía, únicamente, por Toomai
-chico, que había visto lo que jamás vió antes hombre
-alguno: ¡el baile de los elefantes, por la noche, y solo,
-en el corazón de las montañas de Garo!</p>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p198ilo" style="max-width: 7em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p198.jpg" alt="p198ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_198">[Pg 198]</span></p>
-</div>
-
-<h3>Siva y el saltamontes</h3>
-
-<p class="center big1">(<em>Canción que la madre de Toomai le cantaba á su hijo menor.</em>)</p>
-
-
-<div class="poetry-container p1 pw25">
-<div class="poetry">
-<p>Siva, que manda al hombre las cosechas,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">y hace que sople el viento,</span><br />
-sentado en el umbral de un claro día,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">ha de ello mucho tiempo,</span><br />
-repartió su porción, á cada uno,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">de pan, trabajo y duelos,</span><br />
-desde el Rey, que en el <em>guddee</em> se reclina,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">al pobre pordiosero.</span><br />
-<br />
-Hízolo todo Siva, el que proteje,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">sí, todo <em>¡Mahadeo!</em></span><br />
-dió el espino al camello, al buey forraje,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">y á tí, mi niño, por cojín mi pecho.</span><br />
-<br />
-Al rico dióle trigo, mijo al pobre;<br />
-<span style="margin-left: 3em;">al santón que pidiendo</span><br />
-de puerta en puerta va, dióle mendrugos;<br />
-<span style="margin-left: 3em;">reses al tigre hambriento,</span><br />
-carroña dió al milano, y á los lobos<br />
-<span style="margin-left: 3em;">que van rondando fieros</span><br />
-en torno á los poblados, por la noche,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">dióles trapos y huesos.</span><br />
-<br />
-Á todo atendió él, de lo más alto<br />
-<span style="margin-left: 3em;">hasta lo más pequeño;</span><br />
-pero Parbati, su mujer, burlarle<br />
-<span style="margin-left: 3em;">quiso como por juego,</span><br />
-en tan diversas cosas ocupado<br />
-<span style="margin-left: 3em;">al gran esposo viendo,</span><br />
-y así robando al dios un saltamontes<br />
-<span style="margin-left: 3em;">escondiólo en su pecho.</span><br />
-<br />
-Tal hizo su mujer á Siva, el Grande,<br />
-<span style="margin-left: 3em;"><em>¡Mahadeo! ¡Mahadeo!</em></span><br />
-¡Tratárase de un buey!... Mas, hijo mío,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">no se trataba más que de un insecto.</span><br />
-<br />
-Terminado el reparto, sonriente<br />
-<span style="margin-left: 3em;">dijo ella á su dueño:</span><br />
-&mdash;¿De entre un millón de bocas no habrá una,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">Señor, sin alimento?</span><br />
-<br />
-Ni una, dijo Siva, ni siquiera,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">añadió sonriendo,</span><br />
-la diminuta que ocultaste, ha poco,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">aquí, junto á tu pecho.</span><br />
-<br />
-Sacó entonces Parbati, la ladrona,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">el escondido insecto</span><br />
-y vió que hasta él comía verde hojuela<br />
-<span style="margin-left: 3em;">nacida aquel momento.</span><br />
-<br />
-Viólo asombrada, y á los pies de Siva<br />
-<span style="margin-left: 3em;">temblorosa cayendo,</span><br />
-rezó al dios que, en verdad, á cuanto existe<br />
-<span style="margin-left: 3em;">dió apropiado sustento.</span><br />
-<br />
-Hízolo todo Siva, el que protege,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">sí, todo... <em>¡Mahadeo!</em></span><br />
-dió el espino al camello, al buey forraje,<br />
-<span style="margin-left: 3em;">y á tí, mi niño, por cojín mi pecho.</span></p>
-</div>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_199">[Pg 199]</span></p>
-
-<div class="figcenter illowp80" id="p199" style="max-width: 10em;">
- <img class="w100 p4" src="images/p199.jpg" alt="p199ilo" />
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_200">[Pg 200]</span></p>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_201">[Pg 201]</span></p>
-</div>
-
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p201" style="max-width: 32em;">
- <img class="w100 p6" src="images/p201.jpg" alt="p201ilo" />
-</div>
-
-
-
-<h2 class="nobreak">Los servidores de Su Majestad</h2>
-<div class="block60">
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p><span style="margin-left: 1em;">Resolvedlo por quebrados</span><br />
-ó bien por regla de tres:<br />
-Tweedle-dum no será nunca<br />
-Tweedle-dee: ya lo veréis.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Dadle vueltas al problema,</span><br />
-retorcedlo sin cesar:<br />
-la vía de Pilly-Winky<br />
-no es la que á Winkie-Pop va.</p>
-</div>
-</div>
-</div>
-
-
-<p class="p2">Había estado lloviendo copiosamente durante un
-mes entero... lloviendo sobre un campamento de treinta
-mil hombres, millares de camellos, elefantes, caballos,
-bueyes y mulas, todo ello reunido, en un sitio
-llamado Rawal Pindi, para que lo revistara el Virrey
-de la India. Recibía éste la visita del Emir del Afganistán,
-rey salvaje de un salvajísimo país, y el Emir
-había traído consigo, como escolta, ochocientos hombres
-y otros tantos caballos que jamás habían visto en
-su vida un campamento ó una locomotora: hombres y
-caballos salvajes, también, sacados de algún sitio en el
-corazón del Asia Central. No pasaba una noche sin
-que un pelotón de esos caballos rompiera las cuerdas<span class="pagenum" id="Page_202">[Pg 202]</span>
-con que estaban atados, y se lanzara con estrépito de
-un lado á otro del campamento, por entre el barro y
-en medio de la obscuridad, ó bien sin que los camellos
-se desataran y corrieran por allí, tropezando con las
-cuerdas que sostenían las tiendas, y ya puede imaginarse
-lo agradable que esto sería para la gente que
-intentaba entregarse al sueño. Estaba mi tienda lejos
-de las filas de camellos, y creía yo que el sitio era
-seguro; pero una noche asomó un hombre, por aquélla,
-la cabeza, y me gritó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Salid pronto, que vienen! Á mí me han derribado
-ya la tienda.</p>
-
-<p>Ya sabía yo quienes eran los que venían, y así púseme
-las botas, echéme el impermeable y salí corriendo
-por el lodo. Vixen, mi perrita <em>fox-terrier</em>, salió por el
-otro lado; y á poco se oían bramidos, gruñidos y burbujeos,
-tras de lo cual hundióse la tienda, por haber
-saltado hecho astillas el palo que la sostenía, y comenzó
-á bailar como duende loco. Un camello se había
-metido y enredado en ella, y á pesar de mi malhumor
-y de la mojadura, no pude menos de reirme. Luego
-seguí corriendo, porque no sabía cuántos eran los camellos
-que se habían soltado, y al cabo de poco rato
-perdí de vista el campamento, caminando con dificultad
-por entre el barro.</p>
-
-<p>Caí, al fin, sobre la cureña de un cañón, y esto fué
-para mí indicio de que me hallaba cerca del sitio en
-que acampaba la artillería y donde las piezas eran
-colocadas por la noche. Como no quería seguir vagando
-bajo la lluvia y en medio de la obscuridad, puse
-mi impermeable sobre la boca de uno de los cañones,
-formé así una especie de choza con dos ó tres atacadores
-que hallé á mano, y me tendí sobre la cureña de
-otro de aquéllos, preguntándome por dónde debía de
-andar Vixen y dónde yo mismo estaría.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_203">[Pg 203]</span></p>
-
-<p>Cuando iba ya á dormirme oí ruido de arreos y una
-especie de gruñido, tras de lo cual pasó junto á mí un
-mulo sacudiendo las mojadas orejas. Pertenecía á una
-batería de cañones atornillables ó de montaña, porque
-así me lo indicaba el ruido de las correas, anillas, cadenas
-y demás pegando sobre el basto. Estos cañones,
-cómodos y pequeños, se componen de dos piezas que se
-unen en el momento de usarlos, pudiendo así llevarse
-fácilmente, por las montañas, donde los mulos hallen
-un sendero, por lo cual prestan grandes servicios en
-todos los países en que abundan las rocas<a id="FNanchor_12" href="#Footnote_12" class="fnanchor">[12]</a>.</p>
-
-<p>Venía detrás del mulo un camello cuyas enormes y
-blancas patas se hundían y resbalaban en el barro,
-mientras su cuello se balanceaba, dirigiéndose hacia
-todos lados como el de una gallina perdida. Afortunadamente
-conocía yo lo bastante el lenguaje de los animales
-(no el de los salvajes, por supuesto, sino el de
-los que se hallan en los campamentos, que había
-aprendido de los indígenas), para saber lo que decía
-entonces.</p>
-
-<p>Debía de ser el mismo que entró en mi tienda, porque
-le gritó al mulo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué haré? ¿Á dónde iré? Me he peleado con
-una cosa blanca que se movía, y la cosa cogió un palo
-y me pegó un golpe en el cuello. (Referíase al palo
-roto de mi tienda, y yo me alegré mucho de oirlo).
-¿Seguiremos corriendo?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Sois tú y tus amigos los que habéis venido
-á turbar la tranquilidad del campamento? Perfectamente.
-Ya te lo pagarán con una paliza en cuanto se
-haga de día; pero, de todos modos, voy á darte yo algo
-á cuenta.</p>
-
-<p>Oí entonces el ruido de los arreos al retroceder el
-<span class="pagenum" id="Page_204">[Pg 204]</span>mulo, y el camello recibió un par de coces en las costillas,
-que resonaron como un tambor.</p>
-
-<p>&mdash;Otra vez, dijo el mulo, lo pensarás mejor antes
-de pasar corriendo por entre una batería, de noche, y
-como si gritaras: ¡ladrones! ¡fuego! Échate y no
-muevas más ese estúpido cuello.</p>
-
-<p>Doblóse el camello como suelen hacerlo éstos, en
-forma de escuadra, y se echó dando gemidos.</p>
-
-<p>Oyóse acompasado ruido de cascos en medio de la
-obscuridad, y un gran caballo de los del ejército se
-acercó galopando con la misma regularidad que si
-estuviera en una parada, saltó por encima de una cureña
-y se paró junto al mulo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eso es una vergüenza! exclamó, dando resoplidos.
-Ya han empezado esos camellos á meter bulla por
-entre nuestras filas... y es la tercera vez en lo que va
-de semana. ¿Cómo puede conservarse bien un caballo si
-no le dejan dormir por la noche?... ¿Quién anda por ahí?</p>
-
-<p>&mdash;Soy el mulo que lleva la pieza de culata del cañón
-número dos de la primera batería de montaña, dijo
-el mulo, y aquel es uno de vuestros amigos. También
-á mí me ha despertado. ¿Quién sois vos?</p>
-
-<p>&mdash;El número quince, compañía <em>E</em>, del noveno de
-lanceros... Soy el caballo de Dick Cunliffe. Echaos un
-poco hacia allá. Así.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! ¡Mil perdones! contestó el mulo. Está tan
-obscuro que no se distingue casi nada. Yo me marché
-de mi fila para ver si aquí podía tener un poco de paz y
-de tranquilidad.</p>
-
-<p>&mdash;Señores míos, dijo el camello humildemente, tuvimos
-esta noche una pesadilla que nos atemorizó
-muchísimo. Yo no soy más que uno de los camellos
-de carga del treinta y nueve de la infantería indígena,
-y no tengo el valor que poseéis vosotros, señores míos.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, ¿por qué demonio no te quedas en tu<span class="pagenum" id="Page_205">[Pg 205]</span>
-sitio y llevas el bagaje del treinta y nueve de la infantería
-indígena, en vez de estar corriendo por todo el
-campamento? repuso el mulo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es que la pesadilla era tan horrible! Yo siento
-lo ocurrido. Pero, ¡escuchad! ¿Qué es eso? ¿Empezaremos
-á correr otra vez?</p>
-
-<p>&mdash;¡Échate! dijo el mulo, ó si no vas á romperte
-esas piernas tan largas, tropezando con los cañones.
-Enderezó una de las orejas y púsose á escuchar, ¡Bueyes!
-exclamó. Los bueyes que arrastran los cañones.
-¡Por vida de!... que entre tú y tus amigos habéis despertado
-á todo el campamento. Se necesita alborotar
-mucho para lograr que uno de los bueyes de las baterías
-se levante.</p>
-
-<p>Oí una cadena que se arrastraba por el suelo, y una
-de las parejas de enormes y tercos bueyes blancos que
-arrastran los pesados cañones de sitio cuando los elefantes
-no se atreven á acercarse ya más á los fuegos
-del enemigo, llegó, empujando el hombro uno contra
-otro; y, casi pisando la cadena, venía también un
-mulo de los de las baterías, llamando á grandes voces
-á Billy.</p>
-
-<p>&mdash;Este es uno de nuestros reclutas, dijo el mulo
-viejo al caballo. Me está llamando. ¡Aquí estoy, muchacho!
-¡Basta de chillar! La obscuridad no hizo nunca
-daño á nadie.</p>
-
-<p>Echáronse juntos los bueyes y comenzaron á rumiar;
-pero el mulo joven se precipitó junto á Billy.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué cosas! exclamó. ¡Qué horribles y espantables
-cosas, Billy! Viniéronse á nuestras filas mientras
-estábamos durmiendo. ¿Crees que nos matarán?</p>
-
-<p>&mdash;¡Me están dando unas ganas de largarte una coz
-de padre y señor mío! ¡Mira que ocurrírsele á un mulo
-de tu estampa, y tan bien enseñado como tú, venir á
-deshonrar la batería delante de estos caballeros!...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_206">[Pg 206]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Poco á poco! dijo el caballo. Acordaos de que,
-al principio, todos son siempre así. La primera vez
-que yo ví á un hombre (era en Australia, cuando tenía
-tres años de edad), estuve corriendo por espacio de
-medio día, y, si hubiera visto un camello, estaría corriendo
-aún á estas horas.</p>
-
-<p>Casi todos los caballos que sirven para la caballería
-inglesa en la India son llevados allí desde Australia,
-y domados por los mismos soldados.</p>
-
-<p>&mdash;¡Verdad es! asintió Billy. No tiembles más, muchacho.
-La primera vez que me enjaezaron á mí por
-completo, con todas las cadenas colgándome desde la
-espalda, me puse en dos pies, los delanteros, y á coces
-lo hice todo pedazos. No sabía aún entonces la verdadera
-ciencia de cocear; pero cuantos formaban parte
-de la batería dijeron que no habían visto nunca cosa
-semejante.</p>
-
-<p>&mdash;Pero lo que se oía ahora no era ruido de arreos
-ni retintín alguno, dijo el muleto. Ya sabes que esto no
-me impresiona ya. Eran cosas parecidas á árboles, y
-caían por entre las filas burbujeando; y á mí se me
-rompió el cabestro, y no pudiendo hallar ni al que me
-cuidaba ni á tí, Billy, me escapé con... con estos caballeros.</p>
-
-<p>&mdash;¡Je! exclamó Billy. Yo, en cuanto oí que los camellos
-se habían soltado, me fuí por mi cuenta, sin
-alborotar. Cuando un mulo de una batería... de una
-batería de cañones de montaña... llama caballeros á
-los bueyes que arrastran cañones de la otra clase, es
-preciso que esté bajo el peso de profunda emoción.
-¿Quién sois vosotros, buena gente, que estáis ahí
-echados?</p>
-
-<p>Dejaron de rumiar los bueyes por un momento, y
-contestaron á la vez:</p>
-
-<p>&mdash;La séptima pareja del primer cañón de la batería<span class="pagenum" id="Page_207">[Pg 207]</span>
-de los grandes. Estábamos durmiendo cuando llegaron
-los camellos; pero, al sentir que nos pisoteaban, levantámonos
-y nos fuimos. Más vale tenderse en paz sobre
-el barro que sentir que le molestan á uno estando sobre
-un buen lecho. Á tu amigo, que está aquí presente, le
-dijimos que no había para qué asustarse; pero sabe
-tanto que opinó todo lo contrario. ¡Bueno!</p>
-
-<p>Y continuaron rumiando.</p>
-
-<p>&mdash;Ahí tienes lo que pasa cuando se tiene miedo. Se
-burlan de tí hasta los bueyes que arrastran los cañones.
-Me parece que estarás satisfecho, muchacho.</p>
-
-<p>El muleto rechinó los dientes, y oí que algo decía
-sobre el poco miedo que le inspiraban todos los cochinos
-bueyes de este mundo, todos esos montones de
-carne; pero los bueyes no hicieron más que chocar los
-cuernos, uno contra otro, y seguir rumiando.</p>
-
-<p>&mdash;No vengas ahora á incomodarte después de haber
-tenido miedo: mira que es ésta la peor clase de cobardía,
-dijo el caballo. Á cualquiera puede perdonársele
-el azorarse un poco de noche (ó al menos así lo creo
-yo), cuando ve cosas que le parecen incomprensibles.
-Nosotros (los cuatrocientos cincuenta que somos), hemos
-roto innumerables veces las ataduras que nos retenían
-á las estacas, sólo porque algún <em>recluta</em> venía á
-contarnos cuentos de látigos que se habían vuelto serpientes,
-allá en su tierra, en Australia, y, después de
-oirlo, nos asustaban horriblemente hasta los colgantes
-cabos de nuestros cabestros.</p>
-
-<p>&mdash;Todo esto está muy bien en el campamento, afirmó
-Billy. Yo mismo confieso que siento ganas de salir
-escapado, sólo por el gusto de hacerlo, cuando he estado
-sin andar uno ó dos días; pero ¿qué es lo que vos
-hacéis cuando estáis en servicio activo?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Eso es harina de otro costal, dijo el caballo.
-Entonces llevo encima á Dick Cunliffe, y él me aprieta<span class="pagenum" id="Page_208">[Pg 208]</span>
-las rodillas á los lados, reduciéndose cuanto he de
-hacer á mirar bien donde pongo los pies, conservar las
-patas traseras dobladas bajo el cuerpo, y obedecer al
-freno.</p>
-
-<p>&mdash;Y ¿qué es obedecer al freno? preguntó el muleto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por los gomeros azules de mi tierra! relinchó el
-caballo. ¿Acaso no te enseñan á tí también eso en el oficio
-que tú desempeñas? ¿Cómo puedes hacer nada si
-no sabes volverte en redondo, de pronto, al sentir que
-te aprietan la rienda sobre el cuello? Para el hombre
-que va contigo es cuestión de vida ó muerte, y, por
-supuesto, también lo es para tí. Da la vuelta sobre las
-patas traseras, bien recogidas, en el mismo momento
-en que sientas la rienda sobre el pescuezo. Si no tienes
-sitio para revolverte bien, levántate de manos, y gira,
-entonces, sobre los cuartos posteriores. Esto es lo que
-se llama obedecer al freno.</p>
-
-<p>&mdash;Á nosotros no nos enseñan así, dijo Billy, el mulo,
-con gran frialdad. Lo que aprendemos es á acatar las
-órdenes del hombre que nos guía: dar un paso hacia
-aquí ó hacia allí, según él nos mande. Al fin, creo que
-todo será, poco más ó menos, lo mismo. Pero con
-tanta fantasía, y tanto empinarse, lo que debe de ser
-muy malo para vuestros corvejones ¿queréis decirme
-qué es lo que <em>realmente</em> hacéis?</p>
-
-<p>&mdash;Eso es según los casos, dijo el caballo. Generalmente
-tengo que ir entre una infinidad de hombres
-desgreñados, que gritan y llevan cuchillos (unos cuchillos
-largos y brillantes, peores que los del albeitar) y
-he de atender á que la bota de Dick toque exactamente
-la del hombre que está á su lado; pero sin apretarla.
-Veo la lanza de Dick cerca de mi ojo derecho, y sé,
-entonces, que no hay cuidado. No quisiera ser del
-hombre ó del caballo que se nos pusiera delante, á
-Dick y á mí, cuando tenemos prisa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_209">[Pg 209]</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Y los cuchillos no hacen daño? preguntó el
-muleto.</p>
-
-<p>&mdash;Te diré... á mí me hirieron una vez en el pecho;
-pero no fué culpa de Dick.</p>
-
-<p>&mdash;¡Poco me importaría á mí de quien era la culpa
-si me hirieran! exclamó el muleto.</p>
-
-<p>&mdash;Pues ha de importarte, contestó el caballo. Para
-no tener confianza en <em>tu hombre</em>, tanto da que te escapes
-de una vez. Esto es lo que hacen algunos de nuestros
-caballos, y yo me guardaré de censurarlos. Como
-decía, la culpa no fué de Dick. Había un hombre tendido
-en el suelo, y yo me alargué cuanto pude para no
-pisarlo; pero él me tiró un tajo. Otra vez que haya de
-pasar sobre un hombre tendré buen cuidado de pisarlo...
-y apretaré de firme.</p>
-
-<p>&mdash;¡Je! dijo Billy, todo eso son locuras. Los cuchillos
-son siempre una cosa muy fea. Lo bonito es encaramarse
-por una montaña, bien ensillado, agarrarse
-fuerte, con las cuatro patas y hasta con las orejas, y
-trepar, arrastrarse, moverse de todas las maneras
-posibles, hasta que se llega á algunas docenas de metros
-por encima de la altura á que cualquiera otro
-pueda hallarse, sobre un reborde del terreno en que no
-hay más sitio que el preciso para poner los cascos.
-Entonces te paras, te estás quieto (no le pidas nunca á
-ningún hombre que te tenga del cabestro), te estás
-quieto mientras ponen en orden los cañones, y, luego,
-miras como las bombas, que parecen diminutas adormideras,
-caen entre las copas de los árboles, allá abajo,
-lejos, muy lejos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no dáis nunca un paso en falso? preguntó el
-caballo.</p>
-
-<p>&mdash;Dicen que cuando un mulo lo dé será cuando
-pueda rasgársele una oreja á una gallina, contestó
-Billy. Alguna vez que otra, <em>acaso</em>, por culpa de un<span class="pagenum" id="Page_210">[Pg 210]</span>
-basto mal puesto, podrá caerse un mulo; pero ocurre
-esto rarísimas veces. Quisiera poderos enseñar cómo
-trabajamos. Es cosa hermosísima. ¡Con decir que me
-costó tres años el llegar á adivinar para qué teníamos
-hombres que nos dirigieran!... Toda la ciencia consiste
-en procurar que el cuerpo no se destaque como una
-mancha contra el cielo, porque, de no hacerlo así, serviría
-uno de blanco y podrían tirarle. Acuérdate de
-esto, muchacho. Escóndete siempre tanto como puedas,
-aunque para ello tengas que dar un rodeo de un
-cuarto de legua. Yo soy el que dirige la batería cuando
-hay que hacer alguna de esas ascensiones.</p>
-
-<p>&mdash;¡Que le tiren á uno, sin dejarle siquiera la posibilidad
-de arrojarse sobre el que dispara! dijo el caballo,
-profundamente pensativo. ¡No podría sufrir yo eso!
-¡Me moriría de ganas de atacar, junto con Dick!</p>
-
-<p>&mdash;¡Ca! ¡No lo creáis! Ya sabemos nosotros que, en
-cuanto estén colocados todos los cañones, ellos serán
-los que se encarguen del ataque. Esto es científico
-y elegante; pero los cuchillos... ¡qué asco!</p>
-
-<p>Rato hacía que el camello estaba balanceando la
-cabeza con el vivo deseo de meter baza en la conversación.
-Al fin, le oí decir, mientras carraspeaba nerviosamente:</p>
-
-<p>&mdash;Yo... yo... yo he entrado también en batalla,
-más ó menos; pero no trepando ni corriendo, como
-vosotros.</p>
-
-<p>&mdash;Sin duda. Ahora que hablas de ello, noto que á
-tí no debieron de hacerte ni para trepar ni para correr
-mucho. Bueno, vamos á ver, ¿cómo fué eso, costal
-de paja.</p>
-
-<p>&mdash;Fué... como debe ser: nos echamos todos...</p>
-
-<p>&mdash;¡Por vida de mi pretal y mi grupera! dijo entre
-dientes el caballo... ¿Os echasteis?...</p>
-
-<p>&mdash;Nos echamos... y éramos cien... siguió diciendo
-el camello, formando un gran cuadro, después de lo
-cual amontonaron los hombres nuestros fardos y sillas,
-fuera del cuadro, y pusiéronse á disparar, por encima
-de nosotros, desde los cuatro lados á la vez.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_211">[Pg 211]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p211" style="max-width: 37.5em;">
- <img class="w100 p6 p6b" src="images/p211.jpg" alt="p211ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_212">[Pg 212]</span></p>
-</div>
-
-<p>&mdash;¿Qué clase de hombres eran? ¿Los primeros
-transeuntes...? preguntó el caballo. Enséñannos también,
-en la escuela de equitación, á tendernos y dejar
-que nuestros amos disparen por encima de nosotros;
-pero el único hombre á quien le permitiría yo hacer eso
-es Dick Cunliffe. Me molesta, haciéndome cosquillas
-junto á la cincha, y, además, con la cabeza en el suelo
-no puedo ver nada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué importa quién es el que dispara por encima
-de uno? dijo el camello. Infinidad de hombres y
-de camellos tiene uno al lado, é infinidad de nubes de
-humo también. Entonces no tengo yo miedo. Me estoy
-quieto y espero.</p>
-
-<p>&mdash;Y, sin embargo, repuso Billy, tienes pesadillas por
-la noche y alborotas todo el campamento. ¡Vaya!
-¡Vaya! Antes de que yo me tendiera (nada digo ya
-de echarme á medias), y le permitiera á ningún hombre
-disparar por encima de mí, mis patas y su cabeza me
-parece que trabarían conocimiento. ¿Cuando oyó
-nadie cosa tan horrible como ésta?</p>
-
-<p>Reinó largo silencio. Al cabo, uno de los bueyes
-levantó la enorme cabeza y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Todo eso es verdaderamente absurdo. No hay
-más que un modo de entrar en lucha.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¡Vamos! ¡Sigue, sigue! contestó Billy. No
-hagas caso de que esté yo delante. ¡Hazme este favor!
-Supongo que vosotros, buena gente, tomáis parte en
-el combate sosteniéndoos sobre la punta del rabo.</p>
-
-<p>&mdash;No hay más que un modo, repitieron ambos á la
-vez. (De fijo que eran gemelos). Y el modo es éste:
-uncirnos, las veinte parejas que formamos nosotros,<span class="pagenum" id="Page_213">[Pg 213]</span>
-al cañón grande, en cuanto empieza á tocar la trompa
-<em>El de las dos colas</em>. (<em>El de las dos colas</em> es, en el lenguaje
-vulgar de los campamentos, el elefante).</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué toca él la trompa? preguntó el
-muleto.</p>
-
-<p>&mdash;Para significar que no quiere ya acercarse más
-al humo que hay del lado de allá. <em>El de las dos colas</em>
-es un grandísimo cobarde. Entonces empujamos todos
-juntos el cañón grande... <em>¡Heya! ¡Hullah! ¡Heeyah!
-¡Hullah!</em> Lo que es <em>nosotros</em> no nos encaramamos
-como gatos ni corremos como terneros. Atravesamos
-la llanura, la tierra nivelada, veinte parejas de frente,
-hasta que nos desuncen de nuevo, y, entonces... á
-pacer, mientras los cañones grandes tienen la palabra,
-y se la dirigen, á través del llano, á alguna ciudad
-de paredes de tapia, las cuales van cayendo en grandes
-pedazos, y nubes de polvo se elevan por el aire como
-al regresar de innumerables rebaños.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Y aquel es el momento que aprovecháis
-vosotros para pacer? dijo el muleto.</p>
-
-<p>&mdash;Aquel, ó cualquier otro. El comer siempre es
-agradable. Nosotros vamos comiendo, hasta que nos
-uncen de nuevo, y arrastramos otra vez el cañón hacia
-donde <em>El de las dos colas</em> está esperándolo. Hay, á
-veces, en la ciudad, cañones de grandes dimensiones
-que contestan á los nuestros y matan á algunos de nosotros;
-pero así es más abundante el pasto para los
-que quedan. Eso es cosa del Destino... Nada más que
-del Destino. Pero sea como fuere, <em>El de las dos colas</em>
-es un grandísimo cobarde. Ese es el verdadero modo
-de combatir. Nosotros dos somos hermanos, somos
-hijos de Hapur. Nuestro padre era uno de los bueyes
-sagrados de Siva. Hemos dicho.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bueno! En verdad que algo he aprendido esta
-noche, afirmó el caballo. ¿Y vosotros, caballeros de la<span class="pagenum" id="Page_214">[Pg 214]</span>
-batería de cañones de montaña, también os sentís en
-disposición de comer cuando los cañones disparan
-contra vosotros y tenéis á retaguardia al <em>de las dos
-colas</em>?</p>
-
-<p>&mdash;Tan poco, casi, como pocas son las ganas que
-tenemos de echarnos y de dejar que los hombres se
-tiendan sobre nosotros, ó bien de lanzarnos sobre
-gentes que empuñan cuchillos. Jamás oí semejantes
-simplezas. El borde de un precipicio en una montaña;
-una carga en que el peso esté bien distribuído; un mozo
-de quien pueda uno estar seguro de que le dejará ir
-por donde quiera... dénme eso y cuenten conmigo;
-pero lo que es lo demás... no, dijo Billy pegando en
-el suelo una patada.</p>
-
-<p>&mdash;Por supuesto, contestó el caballo, no todos
-somos de la misma pasta, y bien adivino que á vuestra
-familia, por la línea paterna, debía de costarle mucho
-el entender ciertas cosas.</p>
-
-<p>&mdash;Dejad tranquila á mi familia y á su línea paterna
-dijo Billy incomodado (porque no hay mulo al cual
-no le disguste el que le recuerden que su padre era un
-asno). Fué mi padre un caballero del Sur, y podía,
-si se le antojaba, derribar, morder, y reducir á piltrafas,
-de puro darle de coces, á cualquier caballo que
-se le atravesara en el camino. ¡Tenlo presente, gran
-<em>Brumby</em>!</p>
-
-<p>Significa <em>Brumby</em> un caballo salvaje, sin crianza.
-Imaginad lo que sentiría el noble bruto, vencedor en las
-carreras, que se oyera tratar de acémila por uno que
-arrastrara un carro, y tendréis idea de la impresión
-que recibiría en aquel momento el caballo australiano.
-Ví como el blanco de los ojos le brillaba en la sombra.</p>
-
-<p>&mdash;Mira, hijo de un borrico traído de Málaga, exclamó,
-apretando los dientes, voy á tener que enseñarte
-que yo desciendo por la línea materna de Carbine, la<span class="pagenum" id="Page_215">[Pg 215]</span>
-que ganó la <em>copa de Melbourne</em>; y que en mi tierra no
-estamos acostumbrados á dejarnos pisotear por un
-mulo, que, si charla como un loro, tiene tanta cabeza
-como un cerdo, y que no pertenece más que á una batería
-de cerbatanas para jugar los chiquillos. ¡Ponte en
-guardia!</p>
-
-<p>&mdash;¡Y tú en dos pies! chilló Billy.</p>
-
-<p>Hiciéronlo así ambos, puestos frente á frente, y ya
-esperaba yo asistir á una furiosa lucha, cuando, en
-medio de la obscuridad, y en dirección hacia la derecha,
-oyóse una voz gutural y profunda que decía:</p>
-
-<p>&mdash;Pero, hijos, y ¿por qué os peleáis ahora? Estaos
-quietos.</p>
-
-<p>Bajaron las patas ambos animales con un ronquido
-de disgusto, porque no hay caballo ni mulo alguno que
-pueda sufrir la voz del elefante.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es <em>El de las dos colas</em>! dijo el primero. ¡No
-puedo resistirlo! ¡Una cola á cada extremo! ¡Eso no es
-jugar limpio!</p>
-
-<p>&mdash;Es lo que yo pienso, contestó Billy, apretándose
-contra el caballo para sentirse más acompañado. En
-ciertas cosas nos parecemos bastante.</p>
-
-<p>&mdash;Las habremos heredado de nuestras madres,
-dijo el caballo. ¡Vaya! No vale la pena de que nos
-peleemos. ¡Eh, tú! <em>¡Dos colas!</em> ¿Estás atado?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, contestó el interpelado con una risa que parecía
-írsele subiendo trompa arriba. Estoy sujeto
-para toda la noche. Ya he oído lo que habéis estado
-hablando. Pero no tengáis miedo: no voy á acercarme.</p>
-
-<p>Los bueyes y el camello dijeron entonces, casi en
-alta voz:</p>
-
-<p>&mdash;¡Tenerle miedo al <em>de las dos colas</em>! ¡Qué bobería!</p>
-
-<p>Y los bueyes prosiguieron:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_216">[Pg 216]</span></p>
-
-<p>&mdash;Sentimos que lo hayas oído; pero es la verdad.
-Dínos, <em>Dos colas</em>, ¿por qué les temes á los cañones
-cuando disparan?</p>
-
-<p>&mdash;Veréis... dijo <em>El de las dos colas</em>, frotando una
-de sus patas traseras contra la otra, ni más ni menos
-que lo que suele hacer con las piernas un chico que
-recita unos versos: no estoy muy seguro de que me
-entendáis si os lo explico.</p>
-
-<p>&mdash;No, no lo entenderemos; pero ello es que tenemos
-que arrastrar los cañones, dijeron los bueyes.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ya lo sé. Y también sé que sois mucho más
-valientes de lo que os figuráis. Pero yo soy distinto.
-El capitán de mi batería me llamó, uno de estos días,
-<em>anacronismo paquidermatoso</em>.</p>
-
-<p>&mdash;Esto será otra nueva manera de combatir, supongo
-yo; dijo Billy que empezaba á recobrar el uso
-de sus facultades.</p>
-
-<p>&mdash;Tú no sabes lo que eso significa, por supuesto;
-pero yo sí. Significa una cosa que está entre dos
-aguas, ó entre dos luces, indecisa, y así estoy yo, precisamente.
-Yo veo claro dentro de mi cabeza lo que
-ocurrirá cuando reviente una bomba, y vosotros,
-bueyes, no podéis verlo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo sí puedo, dijo el caballo. Por lo menos,
-en parte. Y hago todo lo posible para no pensar
-en ello.</p>
-
-<p>&mdash;Yo alcanzo á verlo mejor que tú, y ¡vaya si lo
-pienso!... Sé que hay en mí un buen corpachón que
-cuidar, y sé también que nadie sabe cómo curarme
-cuando estoy enfermo. Todo lo más que hacen es
-quitarle el salario á mi cornaca hasta que vuelvo á
-estar bien, y lo que es en él ninguna confianza puedo
-yo tener.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! contestó el caballo. Ahí está la clave de
-todo. Yo puedo fiarme de Dick.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_217">[Pg 217]</span></p>
-
-<p>&mdash;Pues lo que es á mí, podrías ponerme encima
-todo un regimiento de Dicks sin que me encontrara
-poco ni mucho mejor. Sé lo suficiente para no hallarme
-muy á gusto, y no lo necesario para seguir adelante,
-á pesar de todo.</p>
-
-<p>&mdash;No lo entendemos, dijeron los bueyes.</p>
-
-<p>&mdash;Ya sé que no. No es á vosotros á quienes me
-dirijo. Vosotros no sabéis lo que es sangre.</p>
-
-<p>&mdash;Pues lo sabemos. Es una cosa roja á la que
-chupa la tierra, y que huele.</p>
-
-<p>El caballo dió una coz, un salto y relinchó.</p>
-
-<p>&mdash;No me habléis de eso, dijo. Me parece que la
-estoy oliendo ahora, con sólo imaginármela. Me da
-ganas de correr... cuando no llevo á Dick montado
-sobre mí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero si aquí no la hay! dijeron el camello y los
-bueyes. ¡No seas tan tonto!</p>
-
-<p>&mdash;¡Es vil cosa!... dijo Billy. Á mí no me da ganas
-de correr; pero no quiero hablar de ella.</p>
-
-<p>&mdash;¡Esa es la fija! exclamó <em>El de las dos colas</em>, moviendo
-la suya como para explicar mejor sus palabras.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sin duda. Pero los fijos somos nosotros que
-hemos estado aquí toda la noche, dijeron los bueyes.</p>
-
-<p><em>El de las dos colas</em> dió una patada en el suelo,
-haciendo resonar su anillo de hierro.</p>
-
-<p>&mdash;No os hablo á <em>vosotros</em>, dijo. No podéis ver lo que
-pasa dentro de vuestra cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;No. No vemos más que lo que pasa fuera, y
-cuatro ojos tenemos para ello. No vemos más que lo
-que está delante de nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;Si yo pudiera limitarme á hacer esto, no se os
-necesitaría á vosotros para que arrastrarais los cañones
-de grandes dimensiones. Si fuera como mi capitán
-(que ve las cosas en su cabeza antes de que empiece
-el fuego, y tiembla todo él, pero sabe demasiado<span class="pagenum" id="Page_218">[Pg 218]</span>
-para que se le ocurra la idea de escaparse), si yo fuera
-como él, entonces sí que podría arrastrar los cañones.
-Pero á ser tan sabio, no estaría, tampoco, aquí.
-Sería rey en la selva, como fuí en otro tiempo, durmiendo
-durante la mitad del día, y bañándome siempre
-que se me antojara. Hace un mes que no he podido
-bañarme á gusto.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bonito es todo eso, dijo Billy, pero el darle
-á las cosas rimbombantes nombres no las mejora en lo
-más mínimo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Chitón! contestó el caballo. Yo creo que entiendo
-lo que quiere decir <em>Dos colas</em>.</p>
-
-<p>&mdash;Me entenderás de aquí á un instante, dijo este
-último de mal humor. ¡Á ver! ¿Quieres explicarme
-por qué á tí no te gusta esto?</p>
-
-<p>Y comenzó entonces á hacer sonar furiosamente
-su trompa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Basta! ¡Basta! ¡Calla! exclamaron Billy y el
-caballo al mismo tiempo.</p>
-
-<p>Yo oí como pateaban y temblaban, porque el trompeteo
-de un elefante es siempre desagradable, y sobre
-todo de noche.</p>
-
-<p>&mdash;¡No quiero callar! dijo <em>El de las dos colas</em>. ¿Me
-haréis ahora el favor de explicarme esto? <em>¡Rrrumf!
-¡Rrrert! ¡Rrrumf! ¡Rrrah!</em> Paróse, luego, de pronto,
-y pude yo oir en medio de la obscuridad algo que
-se quejaba, algo que pronto adiviné ser Vixen,
-que me había hallado, al fin. Sabía ella, tan bien como
-yo, que á nada teme tanto un elefante como á un perrito
-que ladra; por lo cual se paró, para molestar al
-<em>de las dos colas</em>, en el sitio donde estaba atado, y allí
-se estuvo ladrando entre sus enormes pies. <em>Dos colas</em>
-se agitó, queriendo huir, y comenzó á chillar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Márchate, perro! exclamó. No me vengas á
-oler los zancajos si no quieres recibir una patada.<span class="pagenum" id="Page_219">[Pg 219]</span>
-¡Perrito bueno... perrito mono! ¡Vete! ¡Anda á tu casa,
-maldito animal que no para de ladrar! Pero ¿por qué
-no lo apartan de ahí? ¡Va á acabar por morderme!</p>
-
-<p>&mdash;Paréceme, dijo Billy dirigiéndose al caballo, que
-nuestro amigo <em>Dos colas</em> tiene miedo de infinidad de
-cosas. Si á mí me dieran un buen pienso por cada perro
-que he lanzado, de una coz, al otro lado del campo de
-maniobras, estaría casi tan gordo como <em>Dos colas</em>.</p>
-
-<p>Dí un silbido, y Vixen vino corriendo hacia mí,
-llena de barro toda ella, me lamió la nariz y contóme
-un larguísimo relato de sus aventuras en el campamento,
-mientras iba en mi busca. Nunca le había
-dicho que entendiera el lenguaje de los animales, porque,
-de lo contrario, se habría tomado conmigo toda
-clase de libertades. Así, pues, me contenté con ponérmela
-sobre el pecho, abotonando por encima de ella
-mi sobretodo, y <em>El de las colas</em> se movió cuanto quiso,
-pateó y gruñó, solo ya.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cosa más rara! dijo. ¡Es extraordinario! Viene
-ya de familia. Pero ¡á ver! ¿dónde se ha metido ahora
-aquel diablo de animalejo?</p>
-
-<p>Oíle que iba tanteando con la trompa.</p>
-
-<p>&mdash;De uno ú otro modo, todos parecemos tener
-algún punto flaco, prosiguió, soplando para limpiarse
-la nariz. Ustedes, caballeros, se alarmaron un poco,
-me parece, cuando oyeron el sonido de mi trompa
-¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Alarmarnos, precisamente, no; pero á mí me
-causó la impresión de que me picaban algunos tábanos
-en el sitio en que otras veces llevo la silla. No vuelvas
-á empezar.</p>
-
-<p>&mdash;Á mí me da miedo un perrito, y al camello que ahí
-está le asustan las pesadillas que tiene por la noche.</p>
-
-<p>&mdash;¡Fortuna que no tenemos que combatir todos del
-mismo modo! dijo el caballo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_220">[Pg 220]</span></p>
-
-<p>&mdash;Lo que yo quisiera saber, observó el mulo, que
-había estado callado durante largo tiempo, lo que yo
-quisiera saber es por qué tenemos que combatir, sea
-del modo que fuere.</p>
-
-<p>&mdash;Porque nos lo mandan, dijo el caballo con un
-ronquido de desprecio.</p>
-
-<p>&mdash;Una orden que nos dan, añadió el mulo. Y rechinó
-los dientes al decirlo.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Hukm hai!</em> (es una orden), dijo el camello con
-un ruido gutural, y <em>Dos colas</em> y los bueyes repitieron
-<em>¡Hukm hai!</em></p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero ¿quién es que da las órdenes, dijo, entonces,
-el muleto, el recluta.</p>
-
-<p>&mdash;El hombre que va á tu lado... ó se te sienta encima...
-ó sostiene la cuerda que te atan á la nariz... ó te
-retuerce la cola... dijeron, sucesivamente, Billy, el
-caballo, el camello y los bueyes.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿quién les da á ellos las órdenes?</p>
-
-<p>&mdash;Eso es querer saber demasiado, joven, dijo Billy,
-y es exponerse á recibir una coz. Tú no has de hacer
-más que obedecer al hombre que te guía, y no meterte
-á preguntar nada.</p>
-
-<p>&mdash;Tiene razón, dijo <em>El de las dos colas</em>. Yo no
-siempre puedo obedecer, porque estoy como entre la
-espada y la pared; pero ello es que Billy tiene razón.
-Obedece al hombre que tienes al lado y que te da la
-orden, ó, de lo contrario, toda la batería tendrá que
-pararse por tu culpa; esto sin contar la paliza que te
-llevarás.</p>
-
-<p>Levantáronse los bueyes para marcharse.</p>
-
-<p>&mdash;La mañana se acerca, dijeron. Nos volvemos á
-nuestros puestos. Es cierto que nosotros no vemos
-más que con los ojos, y que no nos pasamos de listos;
-pero, así y todo, somos, esta noche, los únicos que no
-hemos tenido miedo. ¡Buenas noches, valientes!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_221">[Pg 221]</span></p>
-
-<p>Nadie contestó, y el caballo dijo, entonces, para
-mudar de conversación:</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde está el perrito aquel? Un perro significa
-siempre que no anda lejos un hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí estoy, ladró Vixen... bajo la cureña, con
-mi amo. ¡Como tú, camello, gran bestia, atolondrado,
-fuíste y nos echaste á rodar la tienda!... Mi amo está
-muy incomodado contigo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Psché! dijeron los bueyes. ¡Debe de ser un blanco!</p>
-
-<p>&mdash;Por supuesto que sí. Pues ¿qué os figuráis? ¿Que
-á mí me cuida algún boyero negro?</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Huah! ¡Ouach! ¡Ug!</em> dijeron los bueyes. Vámonos
-pronto.</p>
-
-<p>Lanzáronse por entre el barro, y con tan poco
-acierto que, sin saber como, metieron por el yugo que
-llevaban la lanza de un carro de municiones y se
-quedaron allí cogidos.</p>
-
-<p>&mdash;Os habéis lucido, dijo con gran calma Billy. No
-forcejéis. Aquí os toca estar hasta que se haga de día.
-Pero ¿qué diablos os pasa ahora?</p>
-
-<p>Lanzaron los bueyes aquellos largos y silbantes
-ronquidos que suele dar el ganado en India, y empujáronse,
-chocaron uno contra otro, dieron vueltas,
-patearon, resbalaron, y casi cayeron en el barro, gruñendo
-con salvaje furia.</p>
-
-<p>&mdash;Mirad que vais á romperos el pescuezo, dijo el
-caballo. ¿Qué tenéis con los hombres blancos? Yo vivo
-con ellos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Se... nos... comen! ¡Tira! ¡Tira! contestó el buey
-que más cerca estaba. Saltó á pedazos el yugo, y ellos
-marcháronse juntos, andando pesadamente.</p>
-
-<p>Hasta entonces no supe por qué el ganado indio le
-teme tanto á los ingleses: nosotros comemos buey,
-(cosa á la que nunca toca allí un boyero), y, por supuesto,
-al ganado no le gusta eso.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_222">[Pg 222]</span></p>
-
-<p>&mdash;Que me azoten con las mismas cadenas de mi
-basto si podía yo pensar que dos enormes pedazos de
-carne como ésos iban á perder la cabeza de tal modo,
-dijo Billy.</p>
-
-<p>&mdash;No importa. Yo voy á ver á ese hombre. Sé que
-la mayor parte de los blancos llevan cosas en los bolsillos.</p>
-
-<p>&mdash;Pues entonces te dejo. No soy muy aficionado
-á ellos. Por otra parte, hombres blancos que no tengan
-un sitio en que dormir es casi seguro que serán ladrones,
-y yo llevo encima una parte, bastante regular, de
-propiedad del Gobierno. Ven, muchacho: vámonos á
-nuestros puestos. ¡Buenas noches, Australia! Supongo
-que nos encontraremos mañana en la parada. ¡Buenas
-noches, costal de paja, y procura dominar un poco tus
-impresiones! ¿eh? ¡Buenas noches, <em>Dos colas</em>! Si nos
-encontramos mañana en el campo de maniobras no
-vayas á hacer sonar la trompa. Nos desbaratarías todas
-las filas.</p>
-
-<p>Marchóse Billy, el mulo, renqueando un poco y balanceándose
-con el aire de un veterano, mientras la
-cabeza del caballo venía á oliscar en mi pecho. Dile
-bizcochos, y Vixen, que es una de las perritas más
-vanidosas que he visto, le contó infinidad de mentiras
-sobre las docenas de caballos que entre ella y yo poseíamos.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana iré á ver la parada en mi carruaje, en mi
-<em>dog-cart</em>, dijo. ¿Dónde estaréis?</p>
-
-<p>&mdash;Á la izquierda del segundo escuadrón. Yo marco
-el paso para toda mi compañía, damisela, dijo él muy
-cortesmente. Pero tengo que volver á donde está Dick.
-Mi cola está hecha una lástima de barro, y lo menos,
-trabajando mucho, necesitará él dos horas para ponerme
-en disposición de ir á la parada.</p>
-
-<p>Ésta, la gran parada de treinta mil hombres, verificóse<span class="pagenum" id="Page_223">[Pg 223]</span>
-aquella tarde, y en ella Vixen y yo ocupamos
-excelente sitio, junto al Virrey y el Emir del Afganistán,
-el cual llevaba su alto y enorme gorro negro
-de astracán con la gran estrella de diamantes en el
-centro. Todo sol fué la primera parte de la revista.
-Los regimientos fueron desfilando como oleadas de
-piernas que se movieran todas á la vez, y como multitud
-de fusiles puestos en línea, hasta que, al fin, los
-ojos se nos iban ya al mirarlos. Entonces llegó la caballería,
-al compás de la hermosa música para medio
-galope llamada <em>Bonnie Dundee</em>, y Vixen enderezó una
-de sus orejas, allá en el sitio del <em>dog-cart</em> en que iba
-sentada. El segundo escuadrón de lanceros pasó rápidamente,
-y allí estaba nuestro caballo, con la cola como
-seda acabada de hilar; la cabeza inclinada sobre el pecho;
-una oreja hacia delante y otra hacia atrás; marcando
-el compás para todo el escuadrón; moviendo las
-piernas con tanta suavidad como se mueven las notas
-de un vals. Vinieron, luego, los cañones de grandes dimensiones,
-y ví al <em>de las dos colas</em>, y á dos elefantes
-más, enganchados en fila á un cañón de sitio de los de
-cuarenta, mientras veinte parejas de bueyes caminaban
-detrás. La séptima pareja llevaba un yugo nuevo, y
-parecía estar cansada, moverse con cierta dificultad.
-Al fin venían los cañones de montaña, y Billy, el mulo,
-iba como si fuera él quien tuviera el mando de todas
-las tropas, llevando los arreos tan limpios y relucientes,
-gracias á una capa de aceite, que despedían luz.
-En mi interior llegué yo á vitorear á Billy, el mulo;
-pero él no se dignó mirar á derecha ni á izquierda.</p>
-
-<p>Comenzó á llover de nuevo, y, durante algún tiempo,
-la neblina impidió ver lo que las tropas hacían.
-Habían formado un gran semicírculo en la llanura, y
-se desplegaban, luego, en línea recta. Fué creciendo
-ésta, creciendo, creciendo, hasta que llegó á ocupar<span class="pagenum" id="Page_224">[Pg 224]</span>
-cerca de un cuarto de legua desde una á otra ala, formando
-como sólido muro de hombres, caballos y cañones.
-Dirigióse, entonces, hacia el Virrey y el Emir, y,
-al estar cerca, la tierra empezó á temblar como la
-cubierta de un vapor que va á toda máquina.</p>
-
-<p>Á no haberlo visto allí mismo, no podréis nunca
-formaros idea del pavoroso efecto que causa ese firme
-avance de tropas hacia los espectadores, aún cuando
-saben éstos que aquello no es más que una parada.
-Miré al Emir. Hasta entonces no había dado muestras
-de sentir el menor asombro, ni nada; pero, en aquel
-instante, sus ojos comenzaron á agrandarse, más y más
-cada vez, y, echando mano á las riendas de su caballo,
-miró hacia atrás. Pareció, por un momento, que iba á
-desenvainar el sable y á abrirse paso por entre los ingleses
-é inglesas que ocupaban los carruajes colocados
-detrás de él. Luego, el avance paró de pronto; la tierra
-quedó quieta; la línea entera saludó; y treinta bandas
-de música rompieron á tocar. Era esto el final de la
-revista, y los regimientos volviéronse, bajo la lluvia,
-á sus campamentos, mientras una banda de infantería
-tocaba:</p>
-
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p>De dos en dos los animales<br />
-<span style="margin-left: 5em;">¡Hurra!</span><br />
-de dos en dos iban marchando,<br />
-así elefantes como mulas...<br />
-¡y se metieron en el Arca<br />
-para guardarse de la lluvia!</p>
-</div>
-</div>
-
-<p class="p1">Entonces oí como uno de los jefes asiáticos, de larga
-y entrecana cabellera, que había venido junto con
-el Emir, hacía algunas preguntas á un oficial indígena.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, dijo, explicadme por qué medios ha podido
-llevarse á cabo tan sorprendente cosa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_225">[Pg 225]</span></p>
-
-<p>Y contestó el oficial:</p>
-
-<p>&mdash;Dióse una orden, y la obedecieron.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿es que tanto saben los animales como los
-hombres? dijo el jefe.</p>
-
-<p>&mdash;Ellos obedecen, del mismo modo que los hombres.
-El mulo, el caballo, el elefante, el buey, obedecen al
-que los guía, y éste á su sargento, y el sargento al
-teniente, y el teniente al capitán, y el capitán al <em>mayor</em><a id="FNanchor_13" href="#Footnote_13" class="fnanchor">[13]</a>,
-y el <em>mayor</em> al coronel, y el coronel al brigadier
-al mando de tres regimientos, y el brigadier al general,
-el cual, por su parte, obedece al Virrey, que es
-servidor de la Emperatriz. Así es como se hace esto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ojalá sucediera lo mismo en el Afganistán! dijo
-el jefe, porque lo que es allí no obedecemos á nadie
-más que á nuestra propia voluntad.</p>
-
-<p>&mdash;Y por esta razón, dijo el oficial indígena retorciéndose
-el bigote, vuestro Emir, al cual no obedecéis, tiene
-que venir aquí y recibir órdenes de nuestro Virrey.</p>
-
-<div class="figcenter illowp76" id="p225" style="max-width: 10em;">
- <img class="w100 p4" src="images/p225.jpg" alt="p225ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_226">[Pg 226]</span></p>
-</div>
-
-<h3>Canción de los animales del campamento
-al reunirse en la parada</h3>
-
-
-<p class="center big1">Los elefantes que arrastran los cañones</p>
-
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p>Un Hércules hicimos de Alejandro<br />
-con nuestra habilidad, con nuestra fuerza;<br />
-desde entonces, al yugo sometidos,<br />
-no levantamos, libres, la cabeza.<br />
-¡Paso! ¡Dejadles paso á los cañones,<br />
-á los grandes cañones de cuarenta!<br />
-</p>
-</div>
-</div>
-
-<p class="center big1 p1">Los bueyes</p>
-
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry"><p>Esos héroes de arreos ostentosos<br />
-ante una bala de cañón ¡bien tiemblan!<br />
-¡Son demasiado sabios! Á nosotros<br />
-nos toca entrar entonces en escena...<br />
-¡Paso! ¡Dejad que pasen las diez yuntas<br />
-de los grandes cañones de cuarenta!</p>
-</div>
-</div>
-
-<p class="center big1 p1">Los caballos</p>
-
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p>¡Por la señal que el hierro nos dejara<br />
-que la marcha mejor es esta nuestra,<br />
-la de húsares, dragones y lanceros,<br />
-la de <em>Bonnie Dundee</em>, que tan bien suena!<br />
-<br />
-Dadnos pienso, domadnos y pulidnos,<br />
-dadnos buenos ginetes y ancha tierra,<br />
-tocad <em>Bonnie Dundee</em>... y allá volando<br />
-van nuestros escuadrones en hileras.</p>
-</div>
-</div>
-
-
-<p class="center big1 p1">Los mulos de las baterías de montaña</p>
-
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p>Al ir subiendo montaña arriba<br />
-por el atajo lleno de piedras<br />
-bien forcejeamos; pero ¡no importa!<br />
-¡Subir! ¡Qué gozo! ¡Nos sobran piernas!<br />
-<br />
-Bendito, entonces, cada sargento<br />
-que á gusto y solos marchar nos deja,<br />
-maldito el torpe que no ha sabido<br />
-la carga atarnos, que á un lado cuelga.<br />
-<br />
-Porque nosotros por las montañas<br />
-mejor subimos que otro cualquiera:<br />
-las altas cumbres ¡oh! ¡qué delicia!<br />
-para ganarlas nos sobran piernas.</p>
-</div>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_227">[Pg 227]</span></p>
-
-
-<p class="center big1 p1">Los camellos</p>
-
-
-<div class="poetry-container p1 pw17">
-<div class="poetry"><p>Nosotros no tenemos<br />
-canción que llamar nuestra<br />
-podamos y en la marcha<br />
-á reanimarnos venga,<br />
-mas hacen nuestros cuellos<br />
-de trompas y ¡bien suenan!<br />
-¡Ra-ta-ta-ta-! Marchando<br />
-nuestra canción es ésta:<br />
-<br />
-¡Sí! ¡No! ¡Sí! ¡No! ¡No quiero!<br />
-¡Sí! ¡No! No puedo ¡ea!<br />
-Que toda nuestra fila<br />
-repítalo con fuerza.<br />
-<br />
-Cayó de uno la carga<br />
-(¡así la mía fuera!)<br />
-Parémonos gritando:<br />
-<em>¡Urr! ¡Yarr!</em>... Á alguien golpean.</p>
-</div>
-</div>
-
-<p class="center big1 p1">Todos los animales juntos</p>
-
-<div class="poetry-container p1 pw15">
-<div class="poetry">
-<p>Los hijos del campamento<br />
-somos todos: los que llevan<br />
-el yugo, basto ó arreos,<br />
-los que ante la aijada tiemblan.<br />
-<br />
-¡Mirad sobre la llanura<br />
-nuestra fila que semeja<br />
-una maniota doblada<br />
-que barre el suelo en que rueda!<br />
-<br />
-Entre tanto, polvorientos,<br />
-callados, á nuestra vera<br />
-van los hombres... y no hay nadie<br />
-que por qué marchamos sepa.<br />
-<br />
-Los hijos del campamento<br />
-somos todos: los que llevan<br />
-el yugo, basto ó arreos,<br />
-los que ante la aijada tiemblan.</p>
-</div>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p228ilo" style="max-width: 5em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p228ilo.jpg" alt="p228ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_228">[Pg 228]</span></p>
-</div>
-
-<div class="footnotes">
-<p class= "p4 center big1">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_12" href="#FNanchor_12" class="label">[12]</a> En países generalmente llanos, como Inglaterra, el lector no está
-tan acostumbrado como nosotros á ver cañones de montaña.&mdash;<span class="smcap">N. del T.</span></p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_13" href="#FNanchor_13" class="label">[13]</a> Cargo del ejército inglés, inferior al de teniente coronel, pero
-superior al de capitán. <span class="smcap">N. del T.</span></p>
-
-</div>
-</div>
-
-<div class="chapter"
-><p><span class="pagenum" id="Page_229">[Pg 229]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p229" style="max-width: 37.5em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p229.jpg" alt="p229ilo" />
-</div>
-
-
-
-<h2 class="nobreak">De cómo vino el miedo</h2>
-
-<div class="block60">
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p>Seco el arroyo, la laguna seca,<br />
-<span style="margin-left: 2em;">tú y yo somos hermanos;</span><br />
-confundidos nos ven estas orillas,<br />
-febril la boca, polvoriento el flanco,<br />
-<span style="margin-left: 2em;">sin pensar en la caza,</span><br />
-y por igual temor paralizados.<br />
-<br />
-Junto á su madre, el cervatillo puede<br />
-tímido ver al lobo demacrado;<br />
-<span style="margin-left: 2em;">sin miedo, los colmillos</span><br />
-que á su padre mataron mira el gamo.<br />
-<br />
-Secos los charcos, los arroyos secos,<br />
-<span style="margin-left: 2em;">tú y yo somos hermanos,</span><br />
-hasta que alguna nube á romper venga<br />
-la gran «tregua del agua» que observamos,<br />
-<span style="margin-left: 2em;">y nos mande la lluvia</span><br />
-y con ella la caza, nuestro encanto.</p>
-</div>
-</div>
-</div>
-
-
-<p class="p2">La Ley de la Selva (que es la más antigua ley del
-mundo) ha previsto casi todos los casos que á su Pueblo
-pudieran presentarse, de tal suerte que constituye
-hoy un código tan cercano á la perfección como el
-tiempo y la costumbre pueden llegar á hacerlo. Si habéis
-leído las anteriores narraciones relativas á Mowgli,
-recordaréis que pasó éste gran parte de su vida<span class="pagenum" id="Page_230">[Pg 230]</span>
-en la manada de lobos de Seeonee, aprendiendo la Ley
-con Baloo, el oso pardo; y el mismo Baloo fué quien le
-dijo, cuando el muchacho empezó á impacientarse con
-tanto recibir órdenes constantemente, que la Ley era
-como la Enredadera Gigante, porque alcanza á todas
-las espaldas, y no hay una que pueda escaparse de que
-sobre ella caiga.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando hayas vivido tanto como yo, Hermanito,
-verás que toda la Selva obedece, cuando menos, á una
-Ley, dijo Baloo. Y no te parecerá esto muy agradable,
-añadió.</p>
-
-<p>Entróle esta conversación al chico por un oído y le
-salió por el otro, porque al muchacho que pasa su vida
-entre comer y dormir pocos cuidados le inspiran todas
-las demás cosas, hasta que llega la hora de tener que
-mirarlas cara á cara. Pero hubo un año en que resultó
-que las palabras de Baloo eran exactísimas: entonces
-pudo ver Mowgli á toda la Selva bajo el poder de
-la Ley.</p>
-
-<p>Comenzó á ocurrir esto cuando las lluvias del invierno
-faltaron casi por completo, y cuando Ikki, el
-puerco espín, hallando á Mowgli entre unos bambúes,
-le dijo que las batatas silvestres se secaban. Ahora
-bien: todo el mundo sabe que Ikki es lo más ridículamente
-escrupuloso que darse pueda en punto á escoger
-lo que come, y sólo elige las cosas mejores y más en
-sazón. Así, pues, Mowgli se rió y le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Á mí qué me importa de eso?</p>
-
-<p>&mdash;<em>Por ahora</em>, no mucho, contestó Ikki, haciendo
-sonar sus púas muy estirado y violento; pero lo que es
-más tarde, veremos. ¿Sigues aún dando chapuzones en
-la laguna que hay en la roca, allá en las Peñas de las
-Abejas, Hermanito?</p>
-
-<p>&mdash;No. El agua es tan tonta que se va marchando, y
-no tengo ganas de romperme la cabeza, dijo Mowgli,<span class="pagenum" id="Page_231">[Pg 231]</span>
-que en aquella época creía saber tanto como cinco
-juntos de cuantos formaban el Pueblo de la Selva.</p>
-
-<p>&mdash;Pues todo eso te pierdes. Si te la rompieras un
-poco, quizá por la abertura te entraría algo de juicio.</p>
-
-<p>Echó á correr Ikki, bajando la cabeza para que
-Mowgli no le estirara las cerdas del hocico, y el muchacho
-le contó luego á Baloo lo que aquél había dicho.
-Púsose el oso muy serio, y murmuró entre dientes:</p>
-
-<p>&mdash;Si estuviera solo cambiaría ahora de cazadero,
-antes de que empezaran los demás á cavilar. Sin embargo,
-el cazar en país forastero acaba siempre en lucha,
-y bien podría ser que le hicieran daño al Hombre-cachorro.
-Hay que esperar y ver cómo florece el
-<em>mohwa</em>.</p>
-
-<p>Aquella primavera, el árbol de <em>mohwa</em>, al que tanto
-cariño tenía Baloo, no floreció. Los verdosos, lácteos
-capullos, semejantes á la cera, murieron antes de nacer,
-á consecuencia del calor, y sólo algunos mal olientes
-pétalos cayeron cuando él sacudió el árbol, puesto en
-dos patas contra el tronco. Luego, el incesante calor
-fué entrando, pulgada á pulgada, en el corazón de la
-Selva, volviéndolo todo amarillo, primero, de color de
-tierra, después, y, por fin, negro. La maleza que crecía
-á los lados de los torrentes fué secándose hasta convertirse
-en algo semejante á rotos alambres, y en enroscadas
-fibras de una materia muerta; las escondidas
-lagunas fueron perdiendo gradualmente el agua y se
-quedaron llenas de barro, conservando en los bordes
-hasta la más leve huella, como si hubiera sido vaciada
-en un molde de hierro; las enredaderas de jugoso tronco
-cayeron de los árboles desde los cuales colgaban, y
-se murieron al pie de ellos; los bambúes se secaron,
-produciendo agudo ruido cuando el viento caliente soplaba;
-y el musgo comenzó á morirse, dejando desnudas
-las rocas, hasta en el corazón de la Selva, tanto<span class="pagenum" id="Page_232">[Pg 232]</span>
-que quedaron peladas y ardientes como los azules guijarros
-que centelleaban en los cauces.</p>
-
-<p>Desde los comienzos del año los pájaros y los monos
-emigraron hacia el Norte, porque sabían lo que
-iba á venir; y el ciervo y el jabalí se internaron por
-entre los muertos campos de los aldeanos, muriéndose
-ellos también, algunas veces, á la vista de los hombres,
-que se hallaban demasiado débiles para matarlos. Chil,
-el milano, quedóse, y con ello tuvo ocasión de engordarse,
-porque hubo carroña para él en abundancia, y
-cada tarde les llevaba la noticia á las fieras, cuya postración
-impedía que buscaran nuevos cazaderos, de
-que el sol estaba matando á toda la Selva en una extensión
-de tres días de estar volando, desde allí, en
-todas direcciones.</p>
-
-<p>Mowgli, que nunca había sabido lo que significaba
-el tener hambre de veras, tuvo que echar mano de
-miel vieja, de tres años, raspada de abandonadas colmenas
-hechas en la roca... miel negra como la endrina
-y espolvoreada toda ella con azúcar seco. Dedicóse
-también á cazar gusanillos de los que taladran la corteza
-de los árboles, y les robó no pocas veces á las
-avispas sus avisperos. Toda la caza que había en la
-Selva no era más que piel y huesos, y Bagheera mataba
-tres veces en una sola noche sin llegar á obtener
-apenas lo que necesitaba para saciar su apetito. Pero
-lo peor de todo era la falta de agua, porque aunque el
-Pueblo de la Selva bebe raras veces, ha de beber, sin
-embargo, en gran cantidad cada vez.</p>
-
-<p>Y el calor fué siguiendo, y secó toda humedad,
-hasta que, al fin, el álveo del rio Wainganga fué el
-único sitio por donde pasara un hilillo de agua entre
-las muertas márgenes; y cuando Hathi, el elefante salvaje,
-que puede vivir hasta cien años ó más, vió un
-largo, descarnado y azul banco de piedra asomar,<span class="pagenum" id="Page_233">[Pg 233]</span>
-completamente seco, en el centro mismo de la corriente,
-comprendió que aparecía ante su vista la Peña de
-la Paz, y, de cuando en cuando, levantó la trompa y
-proclamó la Tregua del Agua, como su padre la había
-proclamado antes que él, cincuenta años atrás. El
-ciervo, el jabalí y el búfalo hicieron coro con ronca
-voz; y Chil, el milano, voló en todas direcciones, describiendo
-círculos, silbando y chillando, para extender
-la noticia.</p>
-
-<p>Según la Ley de la Selva, se castiga con pena de
-muerte al que mata en los sitios destinados á beber,
-desde el momento en que la Tregua del Agua ha sido
-proclamada. La razón que para esto hay es que el beber
-es antes que el comer. Cualquiera puede ir pasando
-en la Selva, más ó menos bien, cuando sólo es la
-caza lo que escasea; pero el agua es el agua, y cuando
-no hay más que un manantial donde pueda obtenerse,
-toda caza queda suspendida, mientras el Pueblo de la
-Selva tenga que ir allí por necesidad. En las estaciones
-buenas, cuando el agua era abundante, los que iban á
-beber al río Wainganga (ó á cualquier otro sitio, que
-para el caso era lo mismo), lo verificaban arriesgando
-la vida, y este riesgo contribuía, en no pequeña parte,
-al atractivo de las excursiones nocturnas. Moverse con
-tal habilidad que ni una hoja temblara al paso; cruzar
-á vado, hundiéndose hasta la rodilla, en los sitios en
-que el agua es baja y cuyo ruido apaga todo otro rumor;
-beber, mirando hacia atrás por encima de un
-hombro, con cada músculo pronto para dar el primer
-desesperado salto de loco terror; revolcarse sobre la
-arena de la orilla y regresar después, con el hocico
-húmedo y bien repleto el vientre, á la manada que os
-admira... todo eso, para el gamo joven y dotado de
-buenos cuernos, era cosa deliciosa, precisamente porque
-todos sabían que, cuando menos pensaran, Bagheera<span class="pagenum" id="Page_234">[Pg 234]</span>
-ó Shere Khan se lanzarían, acaso, sobre ellos y les
-quitarían la vida. Pero, ahora, todo ese juego, que podía
-ser mortal, había terminado: el Pueblo de la Selva llegaba,
-hambriento y triste, al río cuyo cauce parecía
-haberse encogido, y el tigre, el oso, el ciervo, el búfalo,
-el jabalí, todos juntos, bebían en las sucias aguas y se
-quedaban allí mismo, sin fuerzas para moverse.</p>
-
-<p>Yendo de un lado á otro habían estado todo el día,
-en busca de algo mejor que cortezas secas y hojas
-muertas, el ciervo y el jabalí. Los búfalos no hallaron
-ni lodazales en que refrescarse, ni verdes sembrados
-en que entrar á saco. Abandonaron la Selva las serpientes
-y descendieron al río, con la esperanza de encontrar
-allí alguna rana perdida. Enroscábanse en
-torno de alguna piedra húmeda, y ni hacían frente al
-jabalí cuando el hocico de éste iba á sacarlas de su sitio.
-Las tortugas de río, tiempo hacía que habían sido exterminadas
-por Bagheera, cazadora habilísima, y los
-peces se habían enterrado profundamente ellos mismos
-en el seco barro. Sólo la Peña de la Paz se extendía á
-través del agua poco profunda, como si fuera larga
-sierpe, y las leves, fatigadas ondulaciones de la corriente,
-silbaban al dar contra sus cálidos costados y
-evaporarse.</p>
-
-<p>Allí iba cada noche Mowgli en busca de fresco y de
-compañía. El más hambriento de todos sus enemigos
-apenas hubiera hecho caso, entonces, del muchacho.
-Su desnuda piel le hacía parecer aun más flaco y miserable
-que ninguno de sus compañeros. El cabello
-habíasele descolorido, con el sol, hasta parecer estopa;
-destacábansele las costillas como si fueran los mimbres
-de un cesto, y los bultos que le habían crecido en las
-rodillas y en los codos, por la costumbre de arrastrarlos
-por el suelo caminando á gatas, daban á sus reducidos
-miembros el aspecto de manojos de yerbas trenzadas.<span class="pagenum" id="Page_235">[Pg 235]</span>
-Pero, bajo aquella melena enredada y como
-entretejida, veíanse unos ojos fríos, reposados, porque
-Bagheera, que era su consejera en aquellos tristes días,
-le advirtió que anduviera calmosamente, cazara despacio,
-y nunca, por ningún motivo, se incomodara.</p>
-
-<p>&mdash;Malos tiempos son éstos, dijo la pantera negra
-una noche en que el calor era como el de un horno;
-pero ya pasarán, si no nos morimos antes. ¿Te has
-llenado el estómago, hombrecito?</p>
-
-<p>&mdash;Algo metí en él; pero no me aprovecha. ¿No te
-parece, Bagheera, que las lluvias se han olvidado de
-nosotros y que no volverán ya más?</p>
-
-<p>&mdash;¡No! Aún veremos florecer el <em>mohwa</em>, y engordarse
-los cervatos con la yerba fresca. Vente á la
-Peña de la Paz á saber noticias. Súbete á mi espalda,
-Hermanito.</p>
-
-<p>&mdash;No es ésta época de cargar pesos. Aún puedo
-tenerme en pie sin que me ayuden; pero la verdad es
-que ni tú ni yo nos parecemos, por lo gordos, á los
-bueyes bien cebados.</p>
-
-<p>&mdash;Miróse Bagheera los costados, verdaderos harapos
-cubiertos de polvo, y murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;Ayer noche maté un buey uncido al yugo. Tan
-pocas fuerzas me quedaban que creo que no me hubiera
-atrevido á saltarle encima si le hubiese visto en libertad.
-<em>¡Wou!</em></p>
-
-<p>Mowgli se rió y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Sí, buen par de cazadores estamos ahora tú y
-yo. Yo soy audacísimo para comer gusanillos. Y
-ambos se fueron, á través de la crujiente maleza,
-hacia la orilla del río, junto á la labor de encaje que
-formaban los montones de arena que, por todos lados,
-habían salido de él.</p>
-
-<p>&mdash;El agua no puede ya durar mucho, dijo Baloo
-juntándose á ellos. Mirad hacia allá. Al otro lado se<span class="pagenum" id="Page_236">[Pg 236]</span>
-ven hileras de huellas que se parecen á los caminos que
-trazan los hombres.</p>
-
-<p>Sobre el llano que se extendía á la orilla opuesta,
-la yerba, erguida, se había muerto, y quedaba como
-momificada. Las trilladas pistas del ciervo y del jabalí,
-todas en dirección del río, habían rayado la descolorida
-llanura con polvorientas ramblas, abiertas en la
-yerba de tres metros de altura, y, á pesar de ser temprano,
-cada larga avenida estaba ya llena de los que
-se apresuraban á ser los primeros en llegar al agua.
-Podía oirse á las hembras de los gamos y á los cervatos
-tosiendo, á consecuencia del polvo, del mismo
-modo que si éste fuera rapé.</p>
-
-<p>Río arriba, en la curva que formaba el agua perezosa
-alrededor de la Peña de la Paz, y convertido en
-Guardián de la Tregua del Agua, estaba Hathi, el
-elefante salvaje, con sus hijos, demacrados, de color
-gris, balanceando el cuerpo á la luz de la luna... siempre
-balanceándolo. Algo más abajo estaba la vanguardia
-de los ciervos; descendiendo más aun, los jabalíes
-y los búfalos salvajes; y en la orilla opuesta, donde los
-árboles llegaban hasta tocar el agua, estaba el sitio
-aparte destinado á los carnívoros: el tigre, los lobos,
-la pantera, el oso, y los demás.</p>
-
-<p>&mdash;En verdad que estamos bajo el peso de una sola
-Ley, dijo Bagheera, vadeando la corriente y mirando
-hacia las filas de cuernos, que chocaban unos con
-otros, y á los inquietos ojos que se veían en el lugar
-donde ciervos y jabalíes se empujaban. ¡Buena
-suerte á todos los de mi sangre, añadió, tendiéndose
-cuan larga era, con uno de sus costados fuera del
-agua, y luego entre dientes:</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena suerte sería la del que pudiera cazar
-aquí, á no ser por eso que se llama la Ley!</p>
-
-<p>Al oído finísimo de los ciervos no se escaparon las<span class="pagenum" id="Page_237">[Pg 237]</span>
-últimas palabras, y rumor de azoramiento corrió á lo
-largo de las filas.</p>
-
-<p>&mdash;¡La Tregua! ¡Acuérdate de la Tregua! exclamaron.</p>
-
-<p>&mdash;¡Orden, orden! dijo con voz gutural Hathi, el
-elefante salvaje. La Tregua subsiste, Bagheera. No
-es ésta ocasión de hablar de caza.</p>
-
-<p>&mdash;Nadie lo sabe mejor que yo, contestó Bagheera,
-dirigiendo sus miradas río arriba. No devoro más que
-tortugas... no soy más que una pescadora de ranas.
-<em>¡Ñaayah!</em> ¡Quisiera poder alimentarme únicamente de
-ramas!</p>
-
-<p>&mdash;También nosotros quisiéramos que lo hicieras, y
-mucho que nos gustaría, dijo, balando, un cervato
-nacido aquella misma primavera, y al cual Bagheera
-no le caía en gracia. Por muy abatido que estuviera
-el Pueblo de la Selva, nadie, ni aun el mismo Hathi,
-pudo menos de reirse con disimulo, mientras Mowgli,
-echado de codos sobre el agua, que estaba caliente,
-soltaba la carcajada y golpeaba la espuma con los pies.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bien has hablado, cornamenta en capullo! murmuró
-Bagheera. Cuando haya terminado la Tregua
-se te tendrá esto en cuenta.</p>
-
-<p>Y le clavó los ojos, á través de las sombras, para
-tener la seguridad de reconocer al cervato.</p>
-
-<p>Poco á poco la conversación se fué generalizando
-por todos lados en los sitios destinados á beber. Podía
-oirse al quisquilloso jabalí pedir con sus sordos ronquidos
-que le dejaran mayor espacio; á los búfalos
-gruñendo entre ellos, al andar al sesgo por los bancos
-de arena; á los ciervos contando lastimosos cuentos de
-sus largas y fatigosas caminatas en busca de comida.
-De cuando en cuando, dirigían alguna pregunta, en
-demanda de noticias, á los carnívoros que estaban al
-otro lado del río; pero las noticias eran siempre malas,<span class="pagenum" id="Page_238">[Pg 238]</span>
-y el bramador viento caliente de la Selva iba y venía
-por entre las rocas y las zumbantes ramas, esparciendo
-pedazos de las más jóvenes y polvo por encima
-del agua.</p>
-
-<p>&mdash;También los hombres se mueren junto á sus
-arados, dijo un <em>sambhur</em> joven. Yo he encontrado á
-tres, entre la hora del crepúsculo y la noche. Estaban
-tendidos, completamente quietos, y sus bueyes con
-ellos, á su lado. Así estaremos nosotros, bien quietos
-y tendidos, dentro de poco.</p>
-
-<p>&mdash;El río ha bajado desde ayer noche, dijo Baloo.
-Hathi ¿has visto nunca sequía como ésta?</p>
-
-<p>&mdash;Ya pasará, ya pasará, contestó Hathi, lanzando
-agua al aire para que le cayera sobre la espalda y costados.</p>
-
-<p>&mdash;Tenemos aquí alguien que no podrá resistir
-mucho tiempo, observó Baloo, y al decirlo miró en dirección
-del muchacho á quien tanto quería.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién? ¿Yo? dijo indignado Mowgli, sentándose
-sobre el agua. Yo no tengo largo pelo con que cubrir
-mis huesos; pero... pero ¿y si se te quitara á tí la piel,
-Baloo?</p>
-
-<p>Hathi tembló nada más que de pensarlo, y Baloo
-dijo con aire severo:</p>
-
-<p>&mdash;Hombrecito, eso no está bien que se lo digas á un
-Maestro de la Ley. <em>Nunca</em> me ha visto nadie sin piel.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, yo no quise decir nada malo, Baloo; sino
-únicamente que tú eres, por decirlo así, como un coco
-con cáscara, y yo soy como uno que no la tuviera.
-Ahora bien, esa cáscara parda que tú tienes...</p>
-
-<p>Estaba Mowgli sentado con las piernas cruzadas,
-razonando, como de costumbre, con el índice levantado,
-cuando, de pronto, alargó suavemente Bagheera
-una pata, y lo tiró de espaldas en el agua.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos de mal en peor, dijo la pantera negra al<span class="pagenum" id="Page_239">[Pg 239]</span>
-levantarse el muchacho farfullando algunas palabras.
-Primero, que hay que quitarle la piel á Baloo; luego,
-que es un coco... Pues mira, cuida que no haga él lo
-que hacen los cocos maduros.</p>
-
-<p>&mdash;Y ¿qué es eso? preguntó Mowgli, á quien por un
-momento cogió distraído la advertencia y no la comprendió,
-aunque era uno de los más hábiles adivinadores
-de la Selva.</p>
-
-<p>&mdash;Romperte la cabeza, contestó suavemente Bagheera,
-dándole otro empujón.</p>
-
-<p>&mdash;No está bien que bromees á costa de tu maestro,
-dijo el oso, á la tercera vez de ir á parar Mowgli bajo
-el agua.</p>
-
-<p>&mdash;¡No está bien! Pues ¿qué quisieras? Esa cosa
-desnuda, que anda corriendo siempre de aquí para
-allá, bromea, como los monos, con los que un tiempo
-fueron buenos cazadores, y nos tira de los bigotes,
-por juego, á los mejores de entre nosotros.</p>
-
-<p>Quien así hablaba era Shere Khan, el tigre cojo,
-que descendía hacia el agua. Quedóse plantado un
-momento para disfrutar con la impresión que su vista
-producía á los ciervos al otro lado del río, y, luego,
-dejó caer la cuadrada cabeza llena de arrugas, comenzó
-á beber á lengüetadas, y refunfuñó:</p>
-
-<p>&mdash;La Selva se ha convertido ahora en criadero de
-cachorros desnudos. ¡Mírame, hombrecito!</p>
-
-<p>Miró Mowgli, clavó los ojos, mejor dicho, con el
-aire más insolente que le fué posible, y, al cabo de un
-instante, Shere Khan volvióse con visible malestar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombrecito por aquí... hombrecito por allá!...
-rugió sordamente, mientras seguía bebiendo. ¡Ea! El
-cachorro ese no es ni hombre ni cachorro, porque, de
-lo contrario, hubiera tenido miedo. En la estación próxima
-tendré yo que pedirle permiso para que me deje
-beber. <em>¡Augr!</em></p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_240">[Pg 240]</span></p>
-
-<p>&mdash;Bien podría ser que ocurriera esto, dijo Bagheera
-mirándole fijamente en los ojos. Bien podría ser. ¡Fú!
-¡Shere Khan! ¿Qué abominable cosa es ésa que ahí nos
-traes?</p>
-
-<p>Había el tigre cojo hundido la barba y la quijada
-en el agua, y oscuras, oleosas rayas flotaban, á partir
-de donde él bebía, siguiendo corriente abajo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Un hombre! dijo fríamente Shere Khan. Hace
-una hora que maté á un hombre.</p>
-
-<p>Y siguió murmurando y rugiendo entre dientes.</p>
-
-<p>Toda la fila de animales se estremeció, moviéndose
-presa de agitación, y por ella comenzó á correr un
-murmullo que, al fin, se convirtió en grito:</p>
-
-<p>&mdash;¡Un hombre! ¡Un hombre! ¡Ha matado á un
-hombre!</p>
-
-<p>Entonces, miraron todos hacia Hathi, el elefante
-salvaje; pero él parecía, en aquel momento, no oir.
-Nunca hace nada Hathi hasta que llega la hora, y
-ésta es una de las razones de que su vida sea tan
-larga.</p>
-
-<p>&mdash;¡Matar á un hombre en esta estación! ¿Es que no
-tenías otra caza á mano? exclamó Bagheera, saliendo
-del agua teñida de rojo y sacudiéndose cada pata,
-como un gato, al salir.</p>
-
-<p>&mdash;Maté por gusto, no porque necesitara carne.</p>
-
-<p>Comenzó nuevamente el murmullo de horror, y el
-vigilante ojillo blanco de Hathi miró en dirección de
-Shere Khan.</p>
-
-<p>&mdash;Por gusto, repitió lentamente Shere Khan. Y
-ahora vengo á beber y á limpiarme. ¿Hay alguien
-que se oponga á ello?</p>
-
-<p>La espalda de Bagheera comenzó á encorvarse
-como un bambú cuando sopla fuerte viento; pero
-Hathi levantó la trompa y habló con calma.</p>
-
-<p>&mdash;¿Has matado por gusto? preguntó. Y, cuando<span class="pagenum" id="Page_241">[Pg 241]</span>
-Hathi pregunta algo, lo mejor que puede hacerse es
-contestarle.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es. Tenía derecho á hacerlo, porque esta noche
-es <em>mía</em>. Tú lo sabes, Hathi.</p>
-
-<p>Shere Khan hablaba casi cortesmente.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ya sé, contestó Hathi. Y, después de breve silencio,
-añadió:</p>
-
-<p>&mdash;¿Has bebido todo lo que necesitabas?</p>
-
-<p>&mdash;Por esta noche sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues, márchate. El río es para beber, y no para
-ensuciarlo. Nadie más que el Tigre Cojo hubiera hecho
-gala de su derecho en esta estación en que... en
-que sufrimos todos... tanto los hombres como el Pueblo
-de la Selva. Limpio ó sucio ¡vuélvete á tu cubil, Shere
-Khan!</p>
-
-<p>Las últimas palabras resonaron como si fueran
-trompetas de plata, y los tres hijos de Hathi se adelantaron
-cosa de un paso, aunque ninguna necesidad hubiera
-de ello. Escurrióse Shere Khan sin atreverse
-ni á dar siquiera un gruñido, porque bien sabía lo que
-para nadie es cosa ignorada: que en último resultado
-el amo de la Selva es Hathi.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué derecho es ese de que habla Shere Khan?
-murmuró Mowgli al oído de Bagheera. Matar á un
-hombre es <em>siempre</em> cosa vergonzosa. La Ley lo prescribe
-así. Y, sin embargo, dice Hathi...</p>
-
-<p>&mdash;Pregúntaselo á él. Yo no lo sé Hermanito. Pero
-tenga ó no derecho, á no haber hablado Hathi ya le habría
-dado yo á ese carnicero cojo una lección. Venir á la
-Peña de la Paz poco después de matar á un hombre...
-y luego hacer gala de ello... eso es acción digna sólo
-de un chacal. Y además ha venido á ensuciar el agua.</p>
-
-<p>Esperó Mowgli un minuto para darse ánimo, porque
-nadie se atrevía á hablar á Hathi directamente, y
-luego gritó:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_242">[Pg 242]</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Cuál es el derecho que tiene Shere Khan, Hathi?</p>
-
-<p>En ambas orillas hallaron eco sus palabras, porque
-el Pueblo de la Selva es curiosísimo, y acababan de
-presenciar algo que nadie, excepto Baloo, muy pensativo
-entonces, parecía entender.</p>
-
-<p>&mdash;Es una antigua historia, dijo Hathi; una historia
-más vieja que la Selva. Callaos todos, en ésta y la otra
-orilla, y yo os la contaré.</p>
-
-<p>Hubo uno ó dos minutos de barullo, pues los jabalíes
-y los búfalos se empujaban unos á otros, y, al fin,
-los que dirigían las manadas gruñeron, sucesivamente:</p>
-
-<p>&mdash;Estamos esperando.</p>
-
-<p>Hathi se adelantó, metiéndose, casi hasta las rodillas,
-en la laguna que se formaba junto á la Peña de
-la Paz.</p>
-
-<p>Flaco y arrugado, como estaba, y con los colmillos
-amarillentos, su aspecto era, sin embargo, el que le
-correspondía: el del amo de la Selva, lo que todos sabían
-que era.</p>
-
-<p>&mdash;«Bien sabéis, hijos míos, comenzó, que, de todas
-las cosas, la que más teméis es el hombre».</p>
-
-<p>Oyóse un murmullo de aprobación.</p>
-
-<p>&mdash;Este cuento reza contigo, Hermanito, dijo Bagheera
-á Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;¿Conmigo? Yo pertenezco á la manada... soy un
-cazador del Pueblo Libre, contestó Mowgli. ¿Qué tengo
-yo que ver con los hombres?</p>
-
-<p>&mdash;«¿Y no sabéis por qué le tenéis miedo al Hombre?
-continuó Hathi. Pues he aquí la razón: en el principio
-de la Selva, y nadie sabe cuando fué esto, los que de
-ella formábamos parte, andábamos juntos, sin sentir
-ningún temor unos de otros. En aquellos tiempos no
-había sequías, y hojas, flores y frutos crecían en el
-mismo árbol, no comiendo nosotros nada más que hojas,
-flores, yerbas, frutos y cortezas».</p>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_243">[Pg 243]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp50" id="p243" style="max-width: 28.6875em;">
- <img class="w100 p1 p1b" src="images/p243.jpg" alt="p243ilo" />
-</div>
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_244">[Pg 244]</span></p>
-</div>
-
-<p>&mdash;Me alegro de no haber nacido en aquellos tiempos,
-dijo Bagheera. Las cortezas no sirven más que
-para afilar las garras en ellas.</p>
-
-<p>&mdash;«Y el Señor de la Selva era Tha, el primer elefante.
-Él sacó á la Selva de las profundas aguas con su
-trompa; y, donde él trazó surcos en la tierra con sus
-colmillos, allí corren los ríos; y, donde él pegó con
-el pie, allí brotaron manantiales de agua potable; y
-cuando él hizo sonar la trompa... así... cayeron los
-árboles. De este modo fué hecha la Selva por Tha; y
-de esta suerte me contaron á mí el cuento».</p>
-
-<p>&mdash;Pues no ha perdido nada en el tamaño al pasar
-de boca en boca, murmuró Bagheera, y Mowgli se
-tapó la cara con la mano para que no le vieran reir.</p>
-
-<p>&mdash;«En aquellos tiempos no había trigo, ni melones,
-ni pimienta, ni cañas de azúcar, ni había tampoco
-chozas como las que todos vosotros habéis visto, y el
-Pueblo de la Selva no sabía una palabra del Hombre,
-y vivía en común, formando un solo pueblo. Pero, á
-poco empezaron las disputas por la comida, aunque
-hubiera pastos suficientes para todos. Eran unos holgazanes.
-Cada uno de ellos quería comer donde estaba
-echado, como, á veces, podemos hacer nosotros cuando
-las lluvias de la primavera son abundantes. Tha, el
-primer elefante, andaba ocupado creando nuevas selvas
-y encauzando ríos. No podía estar en todas partes,
-y, así, nombró al primer tigre dueño y juez de la Selva,
-con la obligación de que dirimiera todas las cuestiones
-que el Pueblo tenía el deber de someter á su juicio. En
-aquellos tiempos el primer tigre comía fruta y yerba,
-como todos los demás. Tenía igual tamaño que yo y
-era hermosísimo, todo él del color de las flores de <em>la
-enredadera amarilla</em>. No había rayas en su piel, en
-aquellos felices tiempos en que la Selva era joven. El
-Pueblo de la Selva en masa acudió ante él sin ningún<span class="pagenum" id="Page_245">[Pg 245]</span>
-temor, y su palabra era para todos la Ley. Acordaos
-de que os he dicho que no formábamos entonces más
-que un sólo pueblo.</p>
-
-<p>Pero una noche hubo una disputa entre dos gamos
-(una pendencia por cuestión de pastos, como las que
-hoy solventáis con los cuernos y las patas), y dicen que,
-al hablar, ambos á la vez, ante el primer tigre, que
-estaba echado entre las flores, uno de los gamos le
-empujó con los cuernos, y el primer tigre se olvidó
-entonces de que era el dueño y el juez de la Selva, y,
-saltando sobre el gamo, le rompió el pescuezo.</p>
-
-<p>Hasta aquella noche, ninguno de nosotros había
-muerto, y el primer tigre, al ver lo que había hecho, y
-enloquecido por el olor de la sangre, huyó hacia los
-pantanos del Norte, y nosotros, los de la Selva, al
-quedarnos sin juez, dimos en luchar unos con otros,
-y Tha que oyó el ruido, volvió entonces. Dijímosle
-unos esto, y otros lo otro; pero él vió al gamo muerto
-entre las flores, y preguntó quién lo había matado, y
-nosotros, los de la Selva, no quisimos decírselo, porque
-el olor de la sangre nos había enloquecido también.
-Corrimos de un lado á otro formando círculos, brincando,
-dando gritos y sacudiendo la cabeza. Entonces
-Tha dió á los árboles que tenían ramas bajas y á las
-enredaderas de la Selva la orden de que marcaran al
-matador del gamo de modo que él pudiera reconocerlo,
-y añadió:</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién quiere ser, ahora, dueño del Pueblo de la
-Selva?</p>
-
-<p>Saltó en seguida el mono gris, que vive entre las
-ramas, y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Yo quiero ser dueño de la Selva.</p>
-
-<p>Rióse Tha al oirlo, y contestó:</p>
-
-<p>&mdash;Así sea.</p>
-
-<p>Después de lo cual marchóse de muy mal humor.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_246">[Pg 246]</span></p>
-
-<p>Hijos míos, ya conocéis al mono gris. Era entonces
-lo que es ahora. Al principio tuvo toda la compostura
-de un sabio; pero, al cabo de poco tiempo, comenzó á
-rascarse y á saltar, y, cuando Tha volvió, hallóle colgando,
-cabeza abajo, de una rama, burlándose de los
-que estaban en el suelo, y éstos, á su vez, se burlaban
-de él. Así pues, no había Ley en la Selva... sino
-únicamente estúpida charla y palabras sin sentido.</p>
-
-<p>Entonces Tha nos llamó á todos y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;El primero de vuestros dueños trajo á la Selva la
-Muerte, y el segundo la Vergüenza. Pues bien: ya es
-hora de que tengáis una Ley, y una Ley á la que no
-podáis faltar. Ahora conoceréis al Miedo, y, una vez
-lo hayáis conocido, sabréis que él es vuestro amo, y
-todo lo demás vendrá por sí solo. Entonces nosotros,
-los de la Selva, dijimos:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es miedo?</p>
-
-<p>Y Tha contestó:</p>
-
-<p>&mdash;Buscadlo hasta que lo encontréis.</p>
-
-<p>Fuimos, por lo tanto, de un lado á otro de la Selva
-buscando al Miedo, y de pronto los búfalos...</p>
-
-<p>&mdash;¡Uf! dijo Mysa, el que dirigía á los búfalos, desde
-el banco de arena en que se hallaban.</p>
-
-<p>&mdash;«Sí, Mysa, eran los búfalos. Volvieron, pues,
-con la noticia de que en una caverna, en la Selva, estaba
-sentado el Miedo, y de que no tenía pelo en el
-cuerpo, caminando sólo con las patas posteriores. Entonces,
-nosotros, los de la Selva, seguimos al rebaño
-hasta llegar á aquella caverna, y allí estaba el Miedo,
-de pie en la entrada, y tenía, como habían dicho los
-búfalos, la piel desnuda de pelo, y caminaba sólo con
-las piernas de atrás. Al vernos gritó, y su voz nos
-llenó de temor, del temor que nos inspira hoy esa voz
-cuando la oimos, y nosotros, entonces, atropellándonos
-unos á otros y haciéndonos daño, huímos, porque teníamos<span class="pagenum" id="Page_247">[Pg 247]</span>
-miedo. Aquella noche (así me lo dijeron), los
-de la Selva no nos echamos ya juntos como solíamos,
-sino que cada tribu fué por sí sola... el jabalí con el
-jabalí, el ciervo con el ciervo; cuernos con cuernos,
-cascos con cascos..., cada uno con su semejante, y así
-se acostaron todos en la selva, presa de agitación.</p>
-
-<p>El único que no estaba con nosotros era el primer
-tigre, porque se ocultaba aún en los pantanos del
-Norte, y, cuando llegó hasta él el rumor de lo que habíamos
-visto en la caverna, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Iré á donde está <em>eso</em>, y le romperé el cuello.</p>
-
-<p>Corrió, pues, toda la noche hasta llegar á la caverna;
-pero los árboles y las enredaderas que hallaba al
-paso, recordando la orden que les había dado Tha, bajaron
-sus ramas y tallos y marcaron su piel mientras
-corría, dibujando las huellas de sus dedos en la espalda,
-costados, frente y quijadas del tigre. En cualquier
-sitio que lo tocaran quedaba una mancha y una raya
-sobre la amarilla piel. <em>¡Y éstas rayas son las que aun
-hoy llevan sus hijos!</em> Cuando llegó á la caverna, el
-Miedo, <em>el de la piel desnuda</em>, tendió la mano y le llamó
-<em>el rayado, el cazador nocturno</em>, y el primer tigre sintió
-miedo ante <em>el de la piel desnuda</em>, y se volvió, rugiendo,
-á los pantanos».</p>
-
-<p>Al llegar aquí, Mowgli se rió disimuladamente,
-hundida su barba en el agua.</p>
-
-<p>&mdash;«Tan fuertes eran los rugidos que llegó á oirlos
-Tha y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué desgracia ocurre?</p>
-
-<p>Y el primer tigre, levantando el hocico al cielo,
-recién hecho entonces y tan viejo ahora, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, Tha! Devuélveme mi antiguo poder. Ante
-toda la Selva me avergonzaste, llegué á huir de quien
-tiene la piel desnuda, y aun me ha llamado lo que
-es para mí un oprobio.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_248">[Pg 248]</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué? dijo Tha.</p>
-
-<p>&mdash;Porque voy manchado con el fango de los pantanos.</p>
-
-<p>&mdash;Nada, pues; revuélcate luego sobre la yerba mojada,
-y, si es fango, limpio quedarás de él, dijo Tha.
-Y el primer tigre nadó, y revolcóse cien y cien veces
-sobre la yerba, hasta que le pareció que la Selva comenzaba
-á dar vueltas y más vueltas ante su vista;
-pero ni una sola rayita de su piel cambió en lo más
-mínimo, y Tha, que lo estaba observando, se rió. Entonces,
-dijo el primer tigre:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué he hecho yo para que me ocurra tal cosa?</p>
-
-<p>Á lo que contestó Tha:</p>
-
-<p>&mdash;Diste muerte á un gamo; con ello tuvo franca
-entrada en la Selva la Muerte, y con la Muerte vino
-el Miedo, hasta el punto de que las gentes de la Selva
-se temen ya unos á otros, de la propia suerte que le
-temes tú <em>al de la piel desnuda</em>.</p>
-
-<p>El primer tigre dijo á esto:</p>
-
-<p>&mdash;Á mí no me tendrán miedo nunca, porque los
-conocí desde el principio.</p>
-
-<p>Repuso Tha:</p>
-
-<p>&mdash;Anda á verlo.</p>
-
-<p>Y el primer tigre corrió de un lado á otro llamando
-á voces al ciervo, al jabalí, al <em>sambhur</em>, al puerco
-espín y á todos los Pueblos de la Selva, y todos huyeron
-de él, que había sido su juez, porque le tenían
-miedo.</p>
-
-<p>Volvióse entonces el primer tigre, vencido su orgullo,
-y dando de cabezadas contra el suelo, desgarró
-la tierra con sus uñas, replicando:</p>
-
-<p>&mdash;Acuérdate que hubo un tiempo en que fuí el
-dueño de la Selva. ¡No me olvides, Tha! ¡Permite que
-mis hijos recuerden que algún día no supe lo que era
-vergüenza, ni lo que era miedo!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_249">[Pg 249]</span></p>
-
-<p>Y Tha le contestó:</p>
-
-<p>&mdash;He aquí lo que por tí haré, porque tú y yo juntos
-vimos nacer la Selva. Por espacio de una noche cada
-año, las cosas volverán á ser lo que fueron antes de
-que muriera el gamo... y esto no será más que para
-tí y tus hijos. Durante aquella noche, si tropiezas con
-<em>el de la piel desnuda</em> (y su nombre es <em>el Hombre</em>) no
-le temerás tú á él, sino que él te temerá á tí, como si
-tú y los tuyos fuerais jueces de la Selva y dueños de
-todas las cosas. Ten misericordia de él esta noche
-cuando le veas atemorizado, porque también tú conoces
-al Miedo.</p>
-
-<p>Entonces contestó el primer tigre:</p>
-
-<p>&mdash;Contento estoy.</p>
-
-<p>Pero cuando, poco después, fué á beber, y vió las
-rayas negras sobre sus costillas é ijadas, cuando se
-acordó del nombre que <em>el de la piel desnuda</em> le había
-dado, entonces se encolerizó. Durante un año vivió
-en los pantanos, esperando á que Tha cumpliera su
-promesa. Una noche, al fin, cuando <em>el Chacal de
-la Luna</em> (la estrella vespertina) brilló con clara luz
-sobre la Selva, sintió él que su noche había llegado,
-y fuése á la caverna en busca de <em>el de la piel desnuda</em>.
-Ocurrieron, entonces, las cosas como Tha
-había ofrecido, porque aquél cayó ante la fiera y se
-quedó en el suelo tendido, y el primer tigre le hirió,
-rompiéndole el espinazo, porque creyó que en toda
-la Selva no había más que uno de estos seres, y que
-matándole á él había dado muerte al Miedo. Entonces,
-mientras olfateaba al muerto, oyó á Tha que
-descendía de los bosques del Norte, y á poco la voz
-del primer elefante, que es la voz que oimos también
-ahora...»</p>
-
-<p>Retumbaba el trueno por las secas colinas; pero no
-trajo con él la lluvia (sino únicamente relámpagos de<span class="pagenum" id="Page_250">[Pg 250]</span>
-calor que temblaban por detrás de la cordillera) y
-Hathi continuó:</p>
-
-<p>&mdash;«He aquí la voz que oyó, y la voz decía:</p>
-
-<p>&mdash;¿Es ésta la misericordia que tú muestras?</p>
-
-<p>El primer tigre se relamió contestando:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué importa? He muerto al Miedo.</p>
-
-<p>Y replicóle Tha:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, ciego y loco! Le has quitado á la Muerte
-las cadenas que detenían sus pies, y ella seguirá tus
-huellas hasta que mueras. Tú enseñaste al hombre á
-matar.</p>
-
-<p>El primer tigre, erguido junto al cadáver, dijo entonces:</p>
-
-<p>&mdash;Está como estaba el gamo. Ya no existe el Miedo.
-Ahora juzgaré de nuevo á los Pueblos de la Selva.</p>
-
-<p>Mas respondió Tha:</p>
-
-<p>&mdash;Jamás volverán á buscarte los Pueblos de la
-Selva. Nunca cruzarán tu camino, ni dormirán cerca
-de tí, ni seguirán tus pasos, ni pacerán junto á tu cubil.
-Sólo el Miedo te seguirá, y con invisibles golpes te
-hará estar á merced suya. Él hará que la tierra se
-abra bajo tus pies; que la enredadera se enrosque á tu
-cuello; que los troncos de los árboles crezcan en grupos
-frente á tí, á mayor altura de la que tú puedes
-saltar; y, al fin, echará mano de tu piel para envolver
-á sus cachorros cuando tengan frío. Tú no le has
-tenido misericordia, y ninguna, tampoco, te tendrá
-él á tí.</p>
-
-<p>Sintióse el primer tigre lleno de audacia, porque <em>su
-noche</em> no había pasado aún, y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Lo prometido es deuda para Tha. ¿Me privará él
-de mi noche?</p>
-
-<p>Y contestóle Tha:</p>
-
-<p>&mdash;La noche que te concedí es tuya, como te dije;
-pero tienes que pagar algo por ella. Tú enseñaste al<span class="pagenum" id="Page_251">[Pg 251]</span>
-Hombre á matar, y él es discípulo que pronto aprende.</p>
-
-<p>Continuó el primer tigre:</p>
-
-<p>&mdash;Aquí está, bajo mi garra, y con el espinazo roto.
-Haz saber á la Selva que yo maté al Miedo.</p>
-
-<p>Rióse entonces Tha, y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Has matado á uno de tantos; pero tú mismo se lo
-contarás á la Selva... porque tu noche ha terminado
-ya.</p>
-
-<p>Entonces se hizo de día, y de la boca de la caverna
-salió otro de <em>los de la piel desnuda</em>, vió el cadáver en
-el camino y al primer tigre sobre él, y cogió un bastón
-puntiagudo...»</p>
-
-<p>&mdash;Ahora arrojan unas cosas cortantes; dijo Ikki bajando
-á la orilla y haciendo ruido con sus púas, porque
-Ikki era considerado como manjar muy fino por los
-gondos<a id="FNanchor_14" href="#Footnote_14" class="fnanchor">[14]</a> (que le llamaban <em>Ho-Iggoo</em>) y algo sabía él
-del hacha malvada, pequeñita, que hacen girar rápidamente,
-á través de un claro en el bosque, como si fuera
-un <em>caballito del diablo</em>.</p>
-
-<p>&mdash;«Era un bastón puntiagudo, como los que ponen
-en el fondo de los hoyos que sirven de trampa, dijo
-Hathi, y arrojándolo hirió al primer tigre en el costado.
-Así, ocurrieron las cosas tal como había dicho Tha,
-porque el tigre fué corriendo por la Selva dando rugidos,
-hasta que logró arrancarse el palo aquel, y todos
-supieron que <em>el de la piel desnuda</em> podía herir á
-distancia, por lo cual le temieron más que antes. Así,
-también, vino á resultar que el primer tigre enseñó
-<em>al de la piel desnuda</em> á matar (y ya sabéis el daño que
-ha causado esto, desde entonces, á todos nuestros
-pueblos) por medio de lazos, de trampas y de bastones
-<span class="pagenum" id="Page_252">[Pg 252]</span>que vuelan, y por medio de la mosca de punzante
-aguijón que sale del humo blanco (Hathi aludía aquí
-al rifle), y de la Flor Roja, que nos obliga á huir
-hacia el terreno abierto y despejado. Y, sin embargo,
-una noche durante cada año, <em>el de la piel desnuda</em>
-teme al tigre, como Tha prometió que sucedería, y
-nunca la fiera le ha dado motivo para perder ese miedo.
-Donde lo encuentra lo mata, acordándose de la vergüenza
-por que tuvo que pasar el primer tigre. Durante
-el resto del año, el Miedo se pasea por la Selva lo mismo
-de día que de noche».</p>
-
-
-
-<p>&mdash;<em>¡Ahi! ¡Au!</em> dijo el ciervo, pensando en lo que todo
-esto significaba para ellos.</p>
-
-<p>&mdash;«Y sólo cuando un gran Miedo se cierne sobre
-todas las cosas, como ocurre ahora, podemos los de
-la Selva dejar á un lado todos nuestros temores de poca
-monta y juntarnos en un mismo sitio, como actualmente
-hacemos».</p>
-
-<p>&mdash;¿Nada más que durante una noche le tiene miedo
-el Hombre al Tigre? dijo Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;«Sólo durante una noche, contestó Hathi».</p>
-
-<p>&mdash;Pero yo... pero vosotros... pero toda la Selva
-sabe que Shere Khan mata hombres dos y tres veces
-en lo que dura una misma luna.</p>
-
-<p>&mdash;«Así es. <em>Entonces</em> ataca por la espalda y vuelve
-la cabeza al saltar, porque está lleno de miedo... Si el
-Hombre llegara á mirarlo, el tigre echaría á correr.
-Pero durante la noche que es <em>suya</em> va á cara descubierta
-hacia el pueblo, se pasea entre las filas de casas
-y asoma la cabeza á las puertas, y los hombres caen
-entonces de cara al suelo y allí es dónde y cuando mata
-él. Una muerte durante aquella noche».</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! dijo entre sí Mowgli, revolcándose en el
-agua. <em>Ahora</em> comprendo por qué Shere Khan me retó
-á que le mirara. No ganó mucho con ello, porque no<span class="pagenum" id="Page_253">[Pg 253]</span>
-pudo resistir mi mirada, y... y yo la verdad es que
-no caí á sus pies. Pero hay que tener en cuenta que
-yo no soy un hombre, pues pertenezco al Pueblo
-Libre.</p>
-
-<p>&mdash;¡Je! exclamó Bagheera desde lo más profundo
-de su garganta. ¿Sabe el tigre cual es <em>su noche</em>?</p>
-
-<p>&mdash;«Nunca hasta que el Chacal de la Luna brilla
-claramente, elevándose por encima de la niebla vespertina.
-Cae á veces en la sequía del verano y á veces en
-la época de las lluvias... esa noche del tigre. Pero, á
-no ser por el primero, nunca hubiera ocurrido nada
-de eso, ni ninguno de nosotros hubiera conocido el
-miedo».</p>
-
-<p>Gimió tristemente el ciervo, y los labios de Bagheera
-se movieron para sonreir con una sonrisa
-irónica.</p>
-
-<p>&mdash;¿Saben los hombres este cuento? preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;«Nadie lo sabía más que los tigres, y nosotros,
-los elefantes... los hijos de Tha. Ahora ya lo sabéis,
-también, todos los que estáis por ahí en las lagunas.
-<em>He dicho.</em>»</p>
-
-<p>Hundió Hathi la trompa en el agua, como demostrando
-que no quería hablar más.</p>
-
-<p>&mdash;Pero... pero... pero... dijo Mowgli, volviéndose
-hacia Baloo, ¿por qué el primer tigre no siguió comiendo
-yerba, hojas y árboles? Después de todo, no
-hizo más que romperle el pescuezo al gamo: no lo
-devoró. ¿Qué es lo que le hizo aficionarse á comer
-carne caliente?</p>
-
-<p>&mdash;Los árboles y las enredaderas le llenaron el
-cuerpo de señales, Hermanito, é hicieron de él esa
-cosa rayada que hoy vemos. Nunca más quiso él comer
-sus frutos, sino que desde aquel día vengó la afrenta
-en el ciervo, y en los demás que son de <em>los que comen
-yerba</em>, contestó Baloo.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_254">[Pg 254]</span></p>
-</div>
-
-<p>&mdash;Pues entonces <em>tú</em> sabías también el cuento ¿eh?
-¿Cómo no te lo oí nunca?</p>
-
-<p>&mdash;Porque la Selva está llena de cuentos así. Si
-empezara á contártelos no acabaría nunca. Vamos,
-suéltame la oreja, Hermanito.</p>
-
-<div class="figcenter illowp99" id="p254" style="max-width: 10em;">
- <img class="w100 p4" src="images/p254.jpg" alt="p254ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_255">[Pg 255]</span></p>
-</div>
-
-<h3>La Ley de la Selva</h3>
-
-
-<div class="blockquot"><p>(Sólo con el fin de dar idea de la inmensa variedad de la Ley de la
-Selva he traducido en verso porque Baloo los recitaba siempre como
-una especie de cantinela) algunos de los preceptos relativos á los lobos.
-Por supuesto que existen aún no pocos centenares parecidos; pero bastarán
-éstos como muestra de los más sencillos).</p></div>
-
-<div class="poetry-container p1 pw25">
-<div class="poetry">
-<p><span style="margin-left: 1em;">He aquí la Ley que en nuestra Selva rige,</span><br />
-y que es antigua como el mismo cielo;<br />
-prosperarán los lobos que la cumplan,<br />
-mas aquél que la infrinja será muerto.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Cual planta trepadora envuelve al árbol</span><br />
-así á todos la Ley nos tiene envueltos;<br />
-porque el lobo da fuerza á la manada,<br />
-mas la manada á él fuerte le ha hecho.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Del hocico á la cola cada día</span><br />
-lávate, y bebe siempre sin exceso,<br />
-pero no escasamente, y no lo olvides,<br />
-da la noche á la caza, el día al sueño.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Puede el chacal, en busca de despojos</span><br />
-que el tigre deje, irse tras él hambriento,<br />
-mas tú, lobato, cazador de raza,<br />
-mata, si puedes, por tu cuenta y riesgo.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Con el tigre, y el oso, y la pantera,</span><br />
-que siempre de la Selva han sido dueños,<br />
-vive en paz, y al buen Hathi no molestes<br />
-ni al feroz jabalí vayas con juegos.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Cuando en la Selva dos manadas chocan</span><br />
-y un mismo rastro siguen con empeño<br />
-échate y deja que los jefes hablen,<br />
-que así, tal vez, se llegue á algún acuerdo.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Cuando ataques á un lobo, no te batas</span><br />
-si no está solo y su manada lejos,<br />
-pues si ella se mezclare en vuestra lucha<br />
-disminuirá, sin duda, con los muertos.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Para el lobo el cubil es su refugio,</span><br />
-es su hogar, y no hay nadie con derecho<br />
-á entrar en él por fuerza, ni aun el Jefe<br />
-de la manada misma, ni el Consejo.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Refugio es el cubil de cada lobo,</span><br />
-mas, si no supo, cual se debe, hacerlo,<br />
-á buscar otro se verá obligado<br />
-si tal orden recibe del Consejo.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Cuando sin ser aún la media noche</span><br />
-algo logres matar, mata en silencio,<br />
-para que así los ciervos no despierten...<br />
-y tengan que ayunar tus compañeros.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Para tí y tus cachorros matar puedes</span><br />
-ó bien para tu hermano, justo es ello;<br />
-mas no mates por gusto, y <em>nunca, nunca</em>,<br />
-des caza al Hombre con ningún pretexto.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Si su botín á otro más débil robas</span><br />
-no pretendas de todo hacerte dueño:<br />
-la manada proteje al más humilde;<br />
-déjale, pues, cabeza y piel, al menos.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Lo que matare la manada, piensa</span><br />
-que es su comida, y déjala en su puesto:<br />
-nadie puede llevársela á otro sitio,<br />
-y quien tal infringiere será muerto.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Lo que el Lobo mató cómalo el Lobo</span><br />
-y use de ello á su gusto: es su derecho;<br />
-mas, sin permiso suyo, la manada<br />
-no ha de poder tocarlo ni comerlo.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Derecho del cachorro es el que tiene</span><br />
-el lobato de un año: cuando ha muerto<br />
-alguien de la manada alguna pieza<br />
-puede hartarse el cachorro, si está hambriento.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Derecho de camada es el que tiene</span><br />
-la madre, que exigir al compañero<br />
-de su edad misma (y nadie ha de negarlo)<br />
-puede una pierna de lo que haya muerto.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Derecho de caverna es el del padre,</span><br />
-que es de cazar para los suyos dueño,<br />
-y libre se halla ya de la manada,<br />
-sin más juez de sus actos que el Consejo.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Por su edad y su astucia, por la fuerza</span><br />
-de su acerada garra, el Lobo viejo,<br />
-el Jefe, es el que en casos no previstos<br />
-á cada cual le fija su derecho.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">He aquí de nuestra Ley los numerosos,</span><br />
-los sabios y muy útiles preceptos;<br />
-mas todo en uno solo se concreta:<br />
-<em>¡obedece!</em> La Ley no es más que esto.</p>
-</div>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p256" style="max-width: 4em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p256.jpg" alt="p25ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_256">[Pg 256]</span></p>
-</div>
-
-<div class="footnotes">
-<p class= "p4 center big1">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_14" href="#FNanchor_14" class="label">[14]</a> Raza de los primeros pobladores del Gondwana, región del Indostán
-central. Son de baja estatura; su nombre significa en sánscrito
-«habitante de las cuevas», y sus armas son el hacha y la lanza. Sus
-sacerdotes suelen ser hechiceros.&mdash;<span class="smcap">N. del T.</span></p>
-</div>
-</div>
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_257">[Pg 257]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p257" style="max-width: 37.5em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p257.jpg" alt="p257ilo" />
-</div>
-
-
-
-<h2 class="nobreak">El milagro de Purun Bhagat</h2>
-
-<div class="block60">
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p><span style="margin-left: 1em;">La noche que sentimos</span><br />
-que iba la tierra á abrirse<br />
-partir de allí le hicimos<br />
-y en pos nuestro venirse,<br />
-porque él logró inspirarnos<br />
-aquel cariño rudo<br />
-que llega á dominarnos<br />
-incomprensible y mudo.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Y cuando el estallido</span><br />
-se oyó de la montaña,<br />
-y todo hubo caído<br />
-como una lluvia extraña,<br />
-nosotros le salvamos,<br />
-nosotros, pobre gente;<br />
-mas ¡ay! que no le hallamos<br />
-y siempre está ya ausente.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">¡Llorad! Sus salvadores</span><br />
-nosotros sólo fuimos:<br />
-también aquí hay amores,<br />
-también aquí sentimos;<br />
-<span style="margin-left: 1em;">mas duerme nuestro hermano</span><br />
-y no ha de despertarse...<br />
-¡y aún viene el pueblo humano<br />
-del sitio á apoderarse!</p>
-
-<p class="p1 right" style="padding-right: 2em;">(<em>Canto elegíaco de los langures</em>)</p>
-</div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="p2">Hubo una vez en la India un hombre que era Primer
-Ministro de uno de los semi-independientes estados
-que hay en la parte noroeste del país. Era un brahmán,<span class="pagenum" id="Page_258">[Pg 258]</span>
-de tan alta casta, que estaba ya por encima de cuantos
-límites supone la división en <em>castas</em>, y su padre había
-ocupado un importante empleo entre la gentuza de
-vistosos ropajes y los descamisados que formaban
-parte de una corte india montada á la antigua. Pero,
-al ir creciendo Purun Dass, notó que el acostumbrado
-orden de cosas iba cambiando, y que quien quisiera
-elevarse era preciso que estuviera bien con los ingleses
-é imitara cuanto á éstos les parecía bueno. Al
-propio tiempo, era conveniente que todo funcionario
-supiera captarse y conservar las simpatías de su amo.
-Algo difícil resultaba el compaginar ambas cosas;
-pero el callado, reservadísimo brahmancito, ayudado
-por una buena educación inglesa recibida en la Universidad
-de Bombay, se arregló de modo que lo lograra,
-y elevóse paso á paso, hasta llegar á ser Primer
-Ministro del reino, es decir, disfrutó de un poder más
-real y verdadero que el de su amo, el Maharajah.</p>
-
-<p>Cuando el rey, ya viejo (y siempre receloso de los
-ingleses, de sus ferrocarriles y de sus telégrafos), murió,
-Purun Dass conservó toda su influencia con el
-sucesor, joven que había sido educado por un inglés;
-y entre uno y otro, aunque siempre cuidó él muy
-especialmente de que su amo se llevara la gloria, establecieron
-escuelas para niñas, construyeron caminos,
-fundaron hospitales, hicieron exposiciones de instrumentos
-agrícolas, publicaron anualmente una información,
-ó <em>libro azul</em>, sobre «El progreso moral y
-material del Estado», y así el Ministerio de Negocios
-Extranjeros inglés, y el Gobierno de la India estaban
-contentísimos. Muy pocos son los Estados indígenas
-que aceptan en conjunto los progresos ingleses, porque
-no creen, como Purun Dass demostró creer, que
-lo que sea bueno para un inglés debe serlo doblemente
-para un asiático. Llegó el Primer Ministro á ser amigo<span class="pagenum" id="Page_259">[Pg 259]</span>
-muy considerado de Virreyes, Gobernadores y Secretarios;
-de médicos encargados de misiones especiales;
-de los acostumbrados misioneros; de oficiales ingleses,
-ginetes excelentes que iban á cazar en los terrenos del
-Estado; y de todo un ejército de viajeros que recorría
-la India en la estación fría dando á la gente lecciones
-de cómo habían de hacerse las cosas. Á ratos perdidos
-fundaba bolsas para el estudio de la Medicina y de la
-Industria, siguiendo para ello exactamente los modelos
-ingleses, y escribía cartas al «Explorador», el mayor
-de los periódicos indios, explicando las ideas y propósitos
-de su amo.</p>
-
-<p>Hizo, en fin, un viaje á Inglaterra, y, al volver á
-su país, tuvo que pagar enormes sumas á los sacerdotes,
-porque hasta un brahmán de tan elevada casta
-como Purun Dass quedaba degradado al cruzar el negro
-mar. En Londres vió y habló á cuanta gente valía
-la pena de conocer, á personas cuya nombradía vuela
-por todo el mundo, y bastante más tuvo ocasión de ver
-de lo que él contaba. Sabias universidades le concedieron
-títulos académicos honorarios, é hizo discursos
-y habló de reformas sociales en la India á señoras vestidas
-de etiqueta, hasta que todo Londres acabó por
-decir: «Es el hombre más agradable con quien jamás
-se sentó alguien á manteles desde que éstos existen».</p>
-
-<p>Al volver á la India vióse rodeado de una aureola
-de gloria, porque el Virrey en persona hizo una visita
-al Maharajah para concederle la Gran Cruz de la Estrella
-de la India (toda diamantes, cintas y esmalte);
-y en la misma ceremonia, mientras tronaban los cañones,
-Purun Dass fué proclamado Comendador de la
-Orden del Imperio Indio, con lo cual su nombre se
-transformó en <em>Sir Purun Dass, K. C. I. E.</em><a id="FNanchor_15" href="#Footnote_15" class="fnanchor">[15]</a></p>
-<p><span class="pagenum" id="Page_260">[Pg 260]</span></p>
-<p>Aquella tarde, á la hora de la comida en la gran
-tienda del Virrey, levantóse llevando sobre el pecho
-la placa y el collar de la Orden, y, contestando al
-brindis en honor de su amo, pronunció un discurso que
-pocos ingleses hubieran superado.</p>
-
-<p>Al mes siguiente, cuando la ciudad había vuelto ya
-á su reposo, tostada por el sol, hizo algo que á ningún
-inglés se le hubiera ocurrido nunca ni por soñación,
-pues murió para todo lo concerniente á los negocios
-de este mundo. Las ricas insignias de la orden que le
-habían sido concedidas volvieron al Gobierno de la
-India; nombróse á otro Primer Ministro que se encargara
-de los negocios, y entre los empleados subalternos
-se armó una de comunicaciones y de idas y venidas
-que parecía que jugaran á Correos. Los sacerdotes
-sabían lo que había ocurrido, y el pueblo lo adivinaba;
-pero la India es el único país del mundo en que un
-hombre puede hacer lo que se le antoje sin que nadie
-pregunte por qué lo hace, y el de que <em>Dewan
-Sir Purun Dass, K. C. I. E.</em> hubiera renunciado á su
-posición, á su palacio y á su poderío, adoptando el
-cuenco y el vestido de color de ocre de un <em>sunnyasi</em>
-ó santón, no parecía á nadie cosa extraordinaria. Había
-sido, como recomienda la Antigua Ley, luchador
-durante los veinte años de la juventud (aunque nunca
-llevó consigo arma alguna), y, durante otros veinte,
-cabeza de familia. Había usado su riqueza y poderío
-en cosas cuya utilidad le constaba; recibió honores
-cuando le salieron al paso; vió hombres y ciudades de
-los que cerca tenía y de los que estaban lejos, y hombres
-y ciudades se levantaron para honrarle. Ahora
-se desprendía de todo eso como quien deja caer un
-manto que ya no necesita.</p>
-
-<p>Á su espalda, mientras cruzaba las puertas de la
-ciudad llevando bajo el brazo una piel de antílope y<span class="pagenum" id="Page_261">[Pg 261]</span>
-una maleta con atravesaño de cobre, y en la mano un
-moreno cuenco pulimentado, hecho de <em>coco de mar</em><a id="FNanchor_16" href="#Footnote_16" class="fnanchor">[16]</a>,
-desnudos los pies, solo, clavados los ojos en el suelo...
-á su espalda, retumbaban las salvas de los baluartes en
-honor del que había tenido la fortuna de sustituirle.
-Purun Dass saludó. Aquella clase de vida había ya
-terminado para él, y no le tenía mejor ni peor voluntad
-de la que puede tenerle un hombre á un incoloro sueño
-que pasó con la noche. El era un <em>sunnyasi</em>... un mendigo
-errante, sin casa ni hogar, que recibía del prójimo
-el pan cotidiano; y, mientras haya en la India un mendrugo
-que partir, ni sacerdotes ni mendigos se mueren
-de hambre. No había probado carne en su vida, y hasta
-el pescado lo probaba raras veces. Un billete de cinco
-libras esterlinas le hubiera bastado para cubrir todos
-sus gastos personales, en punto á comida, durante
-cualquiera de los muchos años en que había sido dueño
-absoluto de millones en metálico. Hasta en Londres,
-cuando hicieron de él el hombre de moda, jamás perdió
-de vista su sueño de paz y de reposo... el largo, blanco,
-polvoriento camino indio, lleno de huellas de desnudos
-pies; el incesante, calmoso tráfico, y el acre olor
-de la leña quemada cuyo humo se eleva en espirales
-bajo las higueras, á la luz de la luna, en los sitios donde
-los caminantes se sientan á cenar.</p>
-
-<p>Cuando llegó el momento de realizar este sueño,
-el Primer Ministro tomó sus disposiciones, y, al cabo
-de tres días, hubiera sido más fácil hallar una burbuja
-de agua en las profundidades interminables del Atlántico
-que á Purun Dass entre los errantes millones de
-hombres en la India, que ora se reúnen, ora se separan.</p>
-<p><span class="pagenum" id="Page_262">[Pg 262]</span></p>
-<p>Tendía, para dormir, su piel de antílope en el sitio
-donde se le hacía de noche, unas veces en un monasterio
-de <em>sunnyasis</em> que estuviera junto á un camino,
-otras, arrimado á una columna de tapia de algún templo
-en Kala Pir, donde los <em>joguis</em>, que son otro nebuloso
-grupo de santones, lo recibían como hacen los que
-saben qué valor tiene eso de las castas y los grupos;
-muchas veces en las afueras de algún pueblecillo indio,
-á donde los niños acudían con la comida preparada por
-sus padres; y no pocas, finalmente, en lo más alto de
-desnudas tierras de pastos, donde la llama del fuego
-que encendía con leña menuda despertaba á los adormecidos
-camellos. Todo le era igual á Purun Dass...
-ó á Purun Bhagat, como se llamaba él á sí mismo
-ahora. Tierra... gente... comida... todo era lo mismo.
-Pero inconscientemente fué caminando hacia el Norte
-y hacia el Este; desde el Sur hacia Rohtak; de Rohtak
-á Kurnool; de Kurnool al arruinado Samanah, y de
-allí subiendo por el seco cauce del río Gugger, que
-sólo se llena cuando llueve en las montañas vecinas,
-hasta que un día vió la lejana línea del Himalaya.</p>
-
-<p>Sonrióse entonces Purun Bhagat, porque se acordó
-de que su madre era de origen brahmánico, de la raza
-de los rajhputras, allá por el camino de Kulu (una
-montañesa que siempre echaba de menos las nieves...)
-y basta que un hombre lleve en sus venas una gota de
-sangre montañesa para que, al fin, vuelva al sitio de
-donde salió.</p>
-
-<p>&mdash;Allá abajo, dijo Purun Bhagat emprendiendo de
-frente la subida de las primeras lomas de los montes
-Sewaliks, donde los cactus se yerguen como candelabros
-de siete brazos... allá abajo me sentaré á meditar.
-Y el fresco viento del Himalaya silbó en sus oídos al
-andar por el camino que conduce á Simla.</p>
-
-<p>La última vez que había pasado por allí era con<span class="pagenum" id="Page_263">[Pg 263]</span>
-grande pompa y aparato, acompañado de una ruidosa
-escolta de caballería, para visitar al más cortés y amable
-de todos los virreyes; y ambos estuvieron hablando,
-durante una hora, de los amigos de Londres y de las
-opiniones que de mil cosas tiene la gente del pueblo
-en la India. Esta vez Purun Bhagat no hizo visita alguna,
-sino que se recostó sobre una verja del paseo,
-contemplando la magnífica vista de las llanuras que
-se extendían debajo, en una extensión de diez leguas;
-hasta que, al fin, un policía mahometano de los del
-país le dijo que interrumpía la circulación; y Purun
-Bhagat saludó al representante de la Ley con gran
-respeto, porque sabía el valor de aquélla é iba en busca
-de una que fuera propia, suya. Siguió, pues, adelante,
-y durmió aquella noche en una cabaña abandonada,
-en Chota Simia, lugar que tiene todo el aspecto de ser
-el fin del mundo; pero que no era más que el principio
-de su viaje.</p>
-
-<p>Siguió el camino del Himalaya al Thibet, la vía de
-tres metros de ancho abierta á fuerza de barrenos en
-la roca viva, ó apuntalada con maderos sobre abismos
-de trescientos metros de profundidad; que se hunde
-en tibios, húmedos, cerrados valles, ó trepa á través
-de colinas desnudas de árboles y con algo de yerba,
-en las que pega el sol como los rayos de un espejo ustorio;
-que caracolea á través de espesos, obscuros bosques
-donde los helechos arborescentes cubren de alto
-á bajo los troncos de los árboles, y donde el faisán
-llama á su compañera. Hallóse con pastores del Thibet,
-acompañados de sus perros y rebaños de carneros,
-cada carnero provisto de una bolsita con bórax que llevaba
-á la espalda; con leñadores errantes; con lamas
-del Thibet cubiertos de mantos y abrigos, que llegaban
-en peregrinación á la India; con enviados de pequeños
-y solitarios Estados, perdidos entre montañas, que corrían<span class="pagenum" id="Page_264">[Pg 264]</span>
-la posta desesperadamente en caballitos cebrados
-ó píos, ó bien con la cabalgata de un rajah que iba á
-hacer una visita; finalmente, durante todo un largo y
-claro día no vió más que un oso negro, gruñendo y desenterrando
-raíces allá abajo, en el valle. Durante las
-primeras jornadas, los rumores mundanales resonaban
-aún en sus oídos, como el estruendo de un tren al
-pasar un túnel quédase aún sonando largo tiempo después
-que el tren sale de él; pero cuando hubo dejado
-tras de sí el paso de Mutteeanee todo terminó, y Purun
-Bhagat quedóse á solas consigo mismo, caminando,
-vagabundeando pensativo, clavados los ojos en el suelo
-y por las nubes las ideas.</p>
-
-<p>Una tarde cruzó el más alto desfiladero que había
-hallado hasta entonces (dos días de ascensión costóle
-el llegar allí) y se encontró frente á una línea de nevados
-picos que ceñían todo el horizonte; montañas de
-cinco á seis mil metros de altura que parecían estar
-tan cerca que una pedrada podía alcanzarlas, aunque
-se hallaran, en realidad, á catorce ó quince leguas de
-distancia. Estaba coronado el desfiladero por un espeso,
-sombrío bosque formado de <em>deodoras</em>, castaños, cerezos
-silvestres, olivos y perales silvestres también; pero
-principalmente <em>deodoras</em>, que son los cedros del Himalaya,
-y á la sombra de estos árboles se elevaba un
-templo abandonado que se construyó en honor de
-Kali... el cual es Durga... el cual es, á su vez, Sitala,
-y que es adorado por su virtud contra la viruela.</p>
-
-<p>Barrió Purun Dass el empedrado suelo; sonrió á la
-estatua que parecía hacerle una mueca; se arregló con
-barro un hogar detrás del templo; extendió su piel de
-antílope sobre un lecho de pinocha verde; se apretó
-bien su <em>bairagi</em> (su muleta con atravesaño de cobre)
-bajo uno de los sobacos, y sentóse á descansar.</p>
-
-<p>Junto á él, casi á sus plantas, tenía el declive de la<span class="pagenum" id="Page_265">[Pg 265]</span>
-montaña, desnudo, pelado, en una altura de cuatrocientos
-metros, donde un pueblecillo de casas hechas
-de piedra con techos de tierra amasada parecía colgar
-de la escarpada pendiente. Alrededor, pedazos de
-tierra en forma de terraplenes se extendían como si
-fueran delantales hechos de retazos y colocados sobre
-la falda de la montaña, y vacas, que no parecían mayores
-que escarabajos, pacían entre los círculos, empedrados
-de bruñidas piedras, que servían de eras.
-Mirando á través del valle se engañaba la vista al
-juzgar el tamaño de las cosas, y no podía, al principio,
-convencerse de que lo que tenía el aspecto de arbustos,
-al otro lado de la montaña, era en realidad un bosque
-de pinos de treinta metros de alto. Purun Bhagat vió
-pasar un águila hundiéndose en la inmensa hondonada;
-pero la enorme ave fué disminuyendo pronto de tamaño,
-hasta no parecer más que una virgulilla antes de
-que llegara á la mitad del camino. Algunos grupos de
-nubes se enfilaban por el valle, enredándose cerca de
-la cima de una montaña, ó elevándose para desvanecerse
-al llegar á la altura de los picos en los desfiladeros.
-Y Purun Bhagat se dijo: aquí hallaré la paz
-que ando buscando.</p>
-
-<p>Ahora bien: para un montañés, unas cuantas docenas
-de metros más abajo ó más arriba no significan nada, y,
-en cuanto los aldeanos vieron humo en el templo abandonado,
-el sacerdote del pueblecillo subió por la ladera
-llena de terraplenes, y fué á saludar al forastero.</p>
-
-<p>Al clavar la mirada en los ojos de Purun Bhagat
-(ojos acostumbrados á mandar á miles de hombres)
-inclinóse hasta el suelo, cogió el cuenco, sin decir palabra,
-y volvióse á la aldea diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;Por fin tenemos un santón. Jamás ví á un hombre
-como éste. Es un hijo de los llanos, pero de color pálido...
-es la quinta esencia de un brahmán.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_266">[Pg 266]</span></p>
-
-<p>Á lo cual todas las mujeres de la aldea contestaron:</p>
-
-<p>&mdash;¿Creéis que estará entre nosotros mucho tiempo?</p>
-
-<p>Y cada una de ellas hizo cuanto pudo para cocinarle
-los más sabrosos manjares. La comida montañesa es
-sencillísima; pero con alforfón, maíz, pimentón; pescado
-del río cuyas aguas corren por el valle; miel de
-las colmenas fabricadas en forma de chimeneas sobre
-las paredes de piedra; albaricoques secos; azafrán de
-Indias; jengibre silvestre, y tortas de harina de trigo,
-una mujer que quiera lucirse puede hacer algo bueno,
-y cuando el sacerdote volvió con el cuenco para entregárselo
-á Bhagat traíalo bien colmado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pensaba quedarse allí? preguntó. ¿Necesitaría
-un <em>chela</em> (un discípulo) que fuera mendigando para él?
-¿Tenía una manta para abrigarse cuando hiciera frío?
-¿Le gustaba la comida aquélla?</p>
-
-<p>Comió Purun Bhagat y dió gracias al donante. Su
-intención era quedarse; al oir lo cual el sacerdote dijo
-que le bastaba con saber esto. No tenía más que dejar
-el cuenco fuera del templo abandonado, en el hueco
-que formaban dos raíces retorcidas, y diariamente
-recibiría su alimento, porque el pueblo se tenía por
-muy honrado con que un hombre como él (y al decirlo
-miró tímidamente á Bhagat en el rostro) se quedara
-entre ellos.</p>
-
-<p>Aquel día terminó para Purun Bhagat el andar vagabundo.
-Había llegado al sitio que le estaba destinado...
-á un lugar todo silencio y espacio. Después
-de esto paróse el tiempo, y él mismo, sentado á la entrada
-del templo, no podía decir si estaba vivo ó muerto;
-si era un hombre cuya voluntad mandaba en los miembros
-de su cuerpo, ó si formaba parte integrante de las
-montañas, de las nubes, de la mudable lluvia y de la
-luz del sol. Se repetía á sí mismo dulcemente un <em>Nombre</em>
-centenares y centenares de veces, hasta que, á<span class="pagenum" id="Page_267">[Pg 267]</span>
-cada repetición, parecía separarse más y más del cuerpo,
-y llegar, deslizándose, á las puertas de alguna tremenda
-revelación; pero, en el preciso instante de abrirse
-la puerta, le arrastraba hacia atrás el cuerpo, y
-con dolor se sentía otra vez atado á la carne y á los
-huesos de Purun Bhagat.</p>
-
-<p>Cada mañana el cuenco lleno era colocado en silencio
-sobre la especie de muleta que formaban las retorcidas
-raíces fuera del templo. Traíalo, algunas veces,
-el sacerdote; otras un mercader ladakhi que paraba en
-el pueblo, y que, ganoso de hacer méritos, subía trabajosamente
-por el atajo; pero, con más frecuencia, la
-portadora era la misma mujer que había cocinado la
-comida la noche antes, y murmuraba, tan bajo que
-apenas se la oía:</p>
-
-<p>&mdash;Interceded por mí ante los dioses, Bhagat. Rogad
-por Fulana, la mujer de Mengano.</p>
-
-<p>De cuando en cuando, á algún muchacho atrevido
-se le permitía igual honor, y Purun Bhagat le oía poner
-el cuenco y echar á correr tan aprisa como sus piernecitas
-le permitían; pero el Bhagat nunca descendió
-hasta el pueblo. Veíalo extendido como un mapa, á sus
-pies. Podía ver también las reuniones que en él se celebraban,
-al caer de la tarde, en el círculo donde estaban
-las eras, porque era éste el único terreno llano que allí
-había; contemplar el estupendo y poco nombrado verdor
-del arroz cuando es joven; los tonos de azul de añil
-que mostraba el maíz; los pedazos de terreno en que
-se cultivaba el alforfón, semejantes á diques; y, en su
-estación propia, la roja flor del amaranto, cuyas diminutas
-semillas, por no ser grano ni legumbre, constituyen
-un alimento que puede tomar, sin faltar por ello
-en lo más mínimo, todo indio en época de ayuno.</p>
-
-<p>Cuando el año tocaba ya á su fin, los techos de las
-chozas parecían cuadros llenos de purísimo oro, porque<span class="pagenum" id="Page_268">[Pg 268]</span>
-sobre los techos era donde ponían los aldeanos las mazorcas
-de maíz para que se secaran. La cría de abejas
-y la recolección de los granos; la siembra del arroz y
-su descascarillado, fueron pasando ante su vista; todo
-ello como bordado allá abajo, en los pedazos de campo
-de mil distintas orientaciones. Y él meditó sobre cuanto
-se ofrecía á su vista, preguntándose á qué conducía
-todo aquello en último, definitivo resultado.</p>
-
-<p>Hasta en los sitios poblados de la India, no puede
-un hombre estarse sentado y completamente quieto
-durante un día entero, sin que los animales salvajes
-corran por encima de su cuerpo como si fuera una roca;
-y en aquella soledad pronto ellos, que conocían perfectamente
-el templo de Kali, fueron llegando para ver
-al intruso. Los <em>langures</em>, los grandes monos del Himalaya,
-de grises patillas, fueron, como es natural,
-los primeros, porque andan siempre devorados por la
-curiosidad; y una vez hubieron tirado el cuenco, haciéndolo
-rodar por el suelo, y probaron la fuerza de sus
-dientes sobre el atravesaño de cobre de la muleta, y
-le hubieron estado haciendo muecas á la piel de antílope,
-decidieron que aquel ser humano, que estaba allí
-sentado tan quieto, era inofensivo. Al caer de la tarde
-saltaban desde los pinos, pedían con las manos algo de
-comida, y luego se alejaban, balanceándose en graciosas
-curvas. Gustábales también el calor del fuego,
-y se apiñaban alrededor de él, hasta que Purun Bhagat
-se veía obligado á empujarlos á un lado para echar
-leña, y más de una vez se había hallado por la mañana
-con que un mono compartía con él su manta. Durante
-todo el día, uno ú otro de la tribu se sentaba á su lado,
-mirando fijamente hacia la nieve, dando gritos, y poniendo
-una cara de expresión indeciblemente sabia y
-triste.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_269">[Pg 269]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp50" id="p269" style="max-width: 28.0625em;">
- <img class="w100 p1 p1b" src="images/p269.jpg" alt="p269ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_270">[Pg 270]</span></p>
-</div>
-
-<p>Después de los monos llegó el <em>barasing</em>, un ciervo
-de especie parecida á los nuestros; pero con más fuerza.
-Iba allí para restregar los aterciopelados cuernos contra
-las frías piedras de la estatua de Kali, y pateó al
-ver en el templo á un hombre. Pero Purun Bhagat no
-se movió, y, poco á poco, el magnífico ciervo fué avanzando
-oblícuamente y le tocó en un hombro con el hocico.
-Deslizó Purun Bhagat una de sus frías manos sobre
-las tibias astas, y el contacto pareció refrescar al
-animal cuya sangre ardía, y que bajó la cabeza, con lo
-cual siguió Purun Bhagat restregando muy suavemente
-y quitando la aterciopelada capa. Trajo luego el <em>barasing</em>
-su hembra y su cervato, mansos animales que se
-ponían á mascar sobre la manta del santón, y otras
-veces venía solo, de noche, reluciéndole los ojos con
-reflejos verdosos á la vacilante luz de la hoguera, para
-recibir su porción de nueces tiernas. Al fin, el ciervo
-almizclero, el más tímido y casi el menor de los ciervos,
-acudió también, erguidas sus grandes orejas, que recuerdan
-las del conejo; y hasta el abigarrado, silencioso
-<em>mushick-nabha</em> sintió el deseo de averiguar qué
-era lo que significaba la luz que brillaba en el templo, y
-puso su hocico, parecido al del anta, sobre las rodillas
-de Purun Bhagat, yendo y viniendo con las sombras
-que producía el fuego. Á todos los llamaba Purun
-Bhagat «mis hermanos», y su grito de <em>¡Bahi! ¡Bahi!</em>
-lanzado en voz baja, tenía el poder de sacarlos del bosque
-por las tardes, si se hallaban á distancia en que
-pudieran oirlo. El oso negro del Himalaya, sombrío y
-malicioso (Sona, que lleva impresa bajo la barba una
-señal blanca en forma de V) pasó por allí más de una
-vez, y como el Bhagat no demostró tenerle miedo,
-tampoco Sona se mostró malhumorado, sino que estuvo
-observándolo, se acercó luego y pidió su parte de caricias,
-un pedazo de pan ó bayas silvestres. Muy a menudo,
-en la callada hora del amanecer, cuando el<span class="pagenum" id="Page_271">[Pg 271]</span>
-Bhagat subía hasta lo más alto del desfiladero para
-ver como el rojo día andaba por los nevados picos,
-hallábase á Sona arrastrando las patas y gruñendo á
-sus plantas; metiendo una mano curiosa bajo los caídos
-troncos y volviendo á sacarla con un <em>¡uuuf!</em> de impaciencia;
-ó bien sus pasos despertaban en aquella hora
-al oso, que dormía enroscado, y el enorme animal levantábase
-erguido, pensando que se trataba de prepararse
-á la lucha, hasta que oía la voz del Bhagat y
-reconocía, entonces, á su mejor amigo.</p>
-
-<p>Casi todos los ermitaños y santones que viven separados
-de las grandes ciudades tienen fama de obrar
-milagros con los animales; pero el milagro consiste
-únicamente en estarse muy quieto, en no hacer nunca
-ni un solo movimiento precipitado, y por largo rato,
-cuando menos, en no mirar directamente al recién
-llegado. Vieron los aldeanos la silueta del <em>barasing</em>
-caminando altanero y como una sombra á través del
-obscuro bosque que estaba detrás del templo; al <em>minaul</em>,
-el faisán del Himalaya, luciendo sus hermosos colores
-ante la estatua de Kali, y á los <em>langures</em> sentados dentro
-y jugando con cáscaras de nuez. Algunos muchachos
-habían oído también á Sona, canturreando algo
-para sí mismo, como suelen hacer los osos, y con todo
-ello la reputación de milagrero que adquirió el Bhagat
-fué afirmándose más y más.</p>
-
-<p>Y, sin embargo, nada más lejos de sus propósitos
-que el obrar milagros. Creía él que todas las cosas
-son un enorme milagro, y cuando un hombre llega á
-saber esto, sabe ya algo que le sirve de base. Estaba
-firmemente persuadido de que nada había grande ni
-pequeño en el mundo, y día y noche luchaba para llegar
-á penetrar en el corazón mismo de las cosas, volviendo
-al sitio de donde su alma había salido.</p>
-
-<p>Dominado así por sus pensamientos, el descuidado<span class="pagenum" id="Page_272">[Pg 272]</span>
-cabello comenzó á caerle por encima de los hombros;
-en la losa que tenía al lado de la piel de antílope se
-hizo un agujerito con el continuo roce del extremo de
-la muleta que sobre ella se apoyaba; el sitio, entre los
-troncos de los árboles, donde día tras día descansaba
-el cuenco se hundió y fué gastándose, hasta llegar á
-ser un hueco tan pulimentado como la misma cáscara
-de color de tierra que allí se ponía; y cada animal sabía
-ya de memoria el lugar exacto que le correspondía
-junto al fuego. Con las estaciones cambiaron de color
-los campos; llenáronse y se vaciaron las eras, y volvieron
-una y otra vez á llenarse; y, al llegar el invierno,
-saltaron los <em>langures</em> por entre las ramas cubiertas de
-ligera capa de nieve, hasta que, con la primavera,
-trajeron las monas desde valles más cálidos á sus pequeñuelos
-de lánguida mirada. En cuanto al pueblo,
-pocos cambios hubo en él. El sacerdote había envejecido;
-muchos de los que, siendo niños, solían venir con
-el cuenco, mandaban ahora á sus propios hijos; y
-cuando alguien preguntaba á los aldeanos cuanto
-tiempo había vivido su santón en el templo de Kali,
-allá al extremo del desfiladero, contestaban aquéllos:
-«siempre».</p>
-
-<p>Llegaron entonces más lluvias de verano, tales como
-jamás se vieron en aquellas montañas durante muchas
-estaciones. Por tres meses bien cumplidos el valle se
-vió envuelto en nubes y húmeda niebla... y el agua
-caía continua, sin parar, sucediéndose las tormentas
-una tras otra. El templo de Kali se quedaba generalmente
-por encima de las nubes, y hubo un mes entero
-en que el Bhagat no pudo ver ni por un momento la
-aldea. Estaba aquélla envuelta por una blanca cubierta
-de nubes que se balanceaba, mudaba de sitio, rodaba
-sobre sí misma, ó se arqueaba hacia arriba, pero que
-nunca se desprendía de sus estribos, los flancos del valle.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_273">[Pg 273]</span></p>
-
-<p>Durante todo este tiempo no oyó más que los millones
-de ruidos que hacía el agua por encima de las
-copas de los árboles; por debajo, y siguiendo el suelo;
-atravesando la pinocha, cayendo gota á gota de las
-mil lenguas de los enlodados helechos, y lanzándose,
-en fangosos canales que acababan de abrirse, por
-todos los declives. Entonces salió el sol é hizo elevarse
-de los <em>deodoras</em> y de los redodendros su agradable
-aroma, y con él vino aquel lejano, purísimo olor al que
-llaman los montañeses «el olor de las nieves». Duró el
-sol una semana, y, entonces, juntóse la lluvia en un
-último diluvio, y el agua empezó á caer formando sábanas
-que quitaron la corteza de la tierra y la hicieron,
-de nuevo, convertirse en barro. Purun Bhagat
-encendió aquella noche un gran fuego, porque
-estaba seguro de que sus hermanos necesitarían calor;
-pero ni un solo animal acudió al templo, por más
-que él llamara y llamara, hasta quedarse dormido,
-preocupado por la idea de lo que habría ocurrido
-en los bosques.</p>
-
-<p>Era ya plena noche y caía la lluvia, produciendo
-el ruido de mil tambores á la vez, cuando fué despertado
-por unos tirones que daban á su manta, y, alargando
-la mano, hallóse con la muy pequeña de un
-<em>langur</em>.</p>
-
-<p>&mdash;Mejor se está aquí que entre los árboles, dijo
-soñoliento, levantando un poco la mano. Toma y caliéntate.</p>
-
-<p>El mono le cogió la mano y tiró de ella con fuerza.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quieres, pues, comida? dijo Purun Bhagat.
-Espera un rato y te la prepararé.</p>
-
-<p>Como se arrodillara para echar leña al fuego, corrió
-el <em>langur</em> hasta la puerta del templo, lloriqueó
-allí á gritos, y volvió corriendo, tirándole al hombre
-de la rodilla.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_274">[Pg 274]</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay? ¿Qué te ocurre, hermano? dijo Purun
-Bhagat, porque vió que los ojos del <em>langur</em> estaban
-preñados de cosas que no podía decir. Como no sea
-que alguno de tu casta haya caído en una trampa (y
-aquí no las pone nadie) no estoy dispuesto á salir con
-ese tiempo. ¡Mira, hermano, hasta el <em>barasing</em> viene
-aquí á buscar refugio!</p>
-
-<p>Las astas del ciervo, al entrar á grandes pasos en
-el templo, chocaron contra la grotesca estatua de Kali.
-Bajólas en dirección de Purun Bhagat y pateó como
-sintiéndose violento, resoplando con fuerza por las contraídas
-narices.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ea! ¡Ea! ¡Ea! exclamó el Bhagat haciendo castañetear
-los dedos. ¿Este es el pago que me das por
-hospedarte una noche?</p>
-
-<p>Pero el ciervo lo empujó hacia la puerta, y, al hacer
-esto, oyó Purun Bhagat el ruido de algo que se
-abría y vió dos losas del suelo separarse una de otra,
-mientras la pegajosa tierra formaba una boca cuyos
-labios se apartaban con un chasquido.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo veo, ya, ahora, dijo Purun Bhagat. No es
-extraño que mis hermanos no se sentaran alrededor
-del fuego esta noche. La montaña se hunde. Y, sin
-embargo... ¿á qué marcharme?</p>
-
-<p>Fijó los ojos sobre el cuenco vacío y la expresión
-de su cara cambió por completo.</p>
-
-<p>&mdash;Hanme dado comida diariamente desde... desde
-que vine, y si no me doy prisa no quedará mañana ni
-un alma en todo el valle. Indudablemente, tengo el
-deber de ir y advertirles á todos los que en él viven
-lo que pasa. ¡Atrás, hermano! Déjame llegar hasta el
-fuego.</p>
-
-<p>Retrocedió de mala gana el <em>barasing</em> y Purun Bhagat
-cogió un pedazo de tea, hundiéndolo en las llamas
-y revolviéndolo hasta que estuvo bien encendido.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_275">[Pg 275]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Vinísteis á avisarme? Pues ahora haremos
-algo que será aún mucho mejor, mucho mejor. Vamos
-afuera, y préstame tu pescuezo, hermano, porque yo
-no tengo más que dos pies.</p>
-
-<p>Agarró al <em>barasing</em> por la cerdosa crucera con la
-mano derecha, sostuvo la tea, que le servía de antorcha,
-con la izquierda, y salió del templo, hundiéndose
-en la obscuridad de la noche, que era terrible. No se sentía
-ni un soplo de viento, pero la lluvia apagaba casi la
-vacilante luz al lanzarse el gran ciervo por la pendiente,
-dejándose resbalar sobre las ancas. En cuanto
-salieron del bosque, otros de los hermanos del Bhagat
-se reunieron con él. Oyó, aunque no pudiera verlo,
-que los <em>langures</em> se apiñaban en torno suyo, y detrás
-sonaba el <em>¡uh! ¡uh!</em> de Sona. La lluvia tejió sus largas
-guedejas de tal modo que parecían cuerdas; el agua le
-salpicaba al poner los desnudos pies en el suelo, y su
-amarillo ropaje se le pegaba al frágil cuerpo envejecido;
-pero él siguió andando con firme paso, apoyándose
-en el <em>barasing</em>. No era ya un santón, sinó <em>Sir
-Purun Dass, K. C. I. E.</em>, Primer Ministro de un Estado
-que nada tenía de pequeño, hombre acostumbrado
-á mandar, y que iba entonces á salvar no pocas
-vidas. Por el fangoso y rápido sendero descendieron
-juntos el Bhagat y sus hermanos hasta que las
-patas del ciervo tropezaron contra el muro de una
-era, y dió aquél un bufido, porque su olfato le indicaba
-que por allí estaba el Hombre. Hallábanse ya al
-extremo de la única y tortuosa calle de la aldea, y
-el Bhagat golpeó con su muleta las cerradas ventanas
-de la casa donde vivía el herrero, mientras la tea que
-le servía de antorcha llameaba al abrigo del alero de
-aquélla.</p>
-
-<p>&mdash;¡Levantaos y á la calle! gritó Purun Bhagat, y
-él mismo no reconoció su propia voz, porque años hacía<span class="pagenum" id="Page_276">[Pg 276]</span>
-que no hablaba en voz alta á ningún hombre. ¡La
-montaña se hunde! ¡La montaña se hunde! ¡Levantaos
-y echaos fuera todos los que estéis en las casas!</p>
-
-<p>&mdash;Es nuestro Bhagat, dijo la mujer del herrero.
-Viene rodeado de sus animales. ¡Recoje á los pequeños
-y da la voz de alarma!</p>
-
-<p>Corrió ésta de casa en casa, mientras los animales
-apiñados en la estrecha vía chocaban unos con otros y
-se atropellaban en torno del Bhagat, y Sona resoplaba
-con impaciencia.</p>
-
-<p>Precipitóse á la calle toda la gente (no eran
-juntos más que unas setenta personas), y, á la luz de
-antorchas, vieron á su Bhagat, que aguantaba, para
-que no se escapara, al aterrorizado <em>barasing</em>, mientras
-los monos se cogían con aspecto lastimoso á la
-ropa de aquel y Sona se sentaba y comenzaba á dar
-bramidos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Atravesad el valle y subid á la montaña opuesta!
-gritó con fuerte voz Purun Bhagat. ¡Que no se quede
-nadie rezagado! ¡Nosotros iremos detrás!</p>
-
-<p>Corrió, entonces, la gente como sólo los montañeses
-son capaces de correr, porque sabían que en un
-hundimiento de tierras lo que había que hacer era subirse
-al sitio más alto, al otro lado del valle. Huyeron,
-lanzándose al estrecho río que había al extremo, y
-subieron, sin aliento casi, por los terraplenados campos
-del otro lado, mientras el Bhagat y sus <em>hermanos</em> los
-seguían. Fueron ascendiendo por la montaña opuesta,
-llamándose unos á otros por su nombre (el modo de
-tocar llamada en la aldea), y, pisándoles los talones,
-subía trabajosamente el gran <em>barasing</em>, sobre el cual
-pesaba el cuerpo casi desfallecido de Purun Bhagat.
-Por fin, paróse el ciervo á la sombra de un espeso
-bosque de pinos, á ciento cincuenta metros de altura
-en la vertiente. Su instinto, que le advirtió del próximo<span class="pagenum" id="Page_277">[Pg 277]</span>
-hundimiento, díjole también que allí se hallaba
-seguro.</p>
-
-<p>Junto á él dejóse caer casi desmayado Purun Bhagat,
-porque el enfriamiento ocasionado por la lluvia y
-aquella desesperada ascensión lo estaban matando;
-pero antes había dicho á los portadores de antorchas
-desparramados por la vanguardia:</p>
-
-<p>&mdash;Paraos, y contad cuantos sois.</p>
-
-<p>Luego, añadió en voz baja dirigiéndose al ciervo,
-al ver que las luces se agrupaban:</p>
-
-<p>&mdash;Quédate conmigo, hermano. Quédate... hasta...
-que... me muera.</p>
-
-<p>Oyóse en el aire un ruido leve como un suspiro, que
-se convirtió en murmullo; luego un murmullo que fué
-creciendo hasta parecer rugido; y el rugido traspasó
-todos los límites de lo que puede resistir el oido
-humano, y la vertiente en que los aldeanos se hallaban
-recibió un choque en medio de la obscuridad, retemblando
-sobre sus cimientos. Entonces una nota firme,
-profunda, clara como un <em>do</em> grave arrancado á un órgano,
-sofocó todo otro ruido por espacio, quizás, de
-cinco minutos, y, mientras duró, hasta las mismas raíces
-de los pinos temblaban. Pasó, y el rumor de la
-lluvia, cayendo sobre innumerables metros de tierra
-dura y de yerba, cambióse en ahogado tamborileo del
-agua sobre tierra blanda. Esto sólo bastaba para explicarlo
-todo.</p>
-
-<p>Ni un solo aldeano (ni siquiera el mismo sacerdote)
-tuvo suficiente valor para hablar al Bhagat, que les
-había salvado á todos la vida. Acurrucáronse bajo los
-pinos, y allí esperaron hasta que se hizo de día. Cuando
-llegó éste miraron á través del valle, y vieron que
-lo que había sido bosque, y campos de cultivo, y tierras
-de pasto cruzadas de senderos, era ahora informe
-y sucio montón, pelado, rojo, en forma de abanico, con<span class="pagenum" id="Page_278">[Pg 278]</span>
-unos pocos árboles tirados con la copa hacia abajo sobre
-el declive. Subía esta masa roja hasta muy arriba
-de la montaña donde ellos buscaron refugio, deteniendo
-la corriente del estrecho río, que había comenzado
-ya á ensancharse, formando un lago de color de ladrillo.
-De la aldea, del camino que conducía al templo, y
-aun del templo mismo y del bosque situado á su espalda,
-no quedaba ni rastro. En el espacio de un cuarto de legua
-de ancho, y á más de seiscientos metros de profundidad,
-todo el flanco de la montaña había materialmente
-desaparecido, alisado por completo de arriba abajo.</p>
-
-<p>Y los aldeanos, uno á uno, se acercaron á su Bhagat,
-á través del bosque, sin hacer ruido, para rezar
-ante él. Vieron entonces al <em>barasing</em> de pie, á su lado,
-y escapándose en cuanto estuvieron cerca; oyeron á
-los <em>langures</em> lamentándose por entre las ramas, y á
-Sona quejándose tristemente montaña arriba; pero su
-Bhagat estaba muerto, sentado, con las piernas cruzadas,
-apoyada la espalda en el tronco de un árbol, la muleta
-bajo el sobaco, y el rostro vuelto hacia el Noroeste.</p>
-
-<p>El sacerdote les dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Mirad: he aquí un milagro tras otro, porque precisamente
-en esta actitud deben ser enterrados todos
-los <em>sunnyasis</em>! Así, pues, donde ahora está es donde
-elevaremos un templo á nuestro santón.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p>Antes de terminarse el año había sido ya edificado
-ese templo (un santuario pequeño, de piedra y de fango)
-y llamaron á la montaña la Montaña del Bhagat, adorándolo
-allí y llevándole luces, flores y dádivas, lo que
-continúa hasta hoy. Pero lo que no saben los aldeanos
-es que el santo de su devoción es el difunto <em>Sir Purun
-Dass, K. C. I. E., D. C. L., Ph. D.</em>,<a id="FNanchor_17" href="#Footnote_17" class="fnanchor">[17]</a> etc., que fué
-<span class="pagenum" id="Page_279">[Pg 279]</span>un tiempo Primer Ministro del ilustrado y progresivo
-Estado de Mohiniwala, y miembro honorario ó correspondiente
-de muchas más sabias y científicas sociedades
-de las que se necesitan para hacer algo de provecho
-en este mundo...</p></div>
-
-<div class="figcenter illowp78" id="p279" style="max-width: 10em;">
- <img class="w100 p4" src="images/p279.jpg" alt="p279ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_280">[Pg 280]</span></p>
-</div>
-
-<h3>Canción al estilo de Kabir<a id="FNanchor_18" href="#Footnote_18" class="fnanchor">[18]</a></h3>
-
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry"><p>Leve peso era el mundo entre sus manos,<br />
-insoportable carga sus riquezas:<br />
-al <em>guddee</em> ha preferido la mortaja<br />
-y cual <em>bairagi</em><a id="FNanchor_19" href="#Footnote_19" class="fnanchor">[19]</a> vaga por la tierra.<br />
-<br />
-No posa ya sus pies en otra alfombra<br />
-que el polvo del camino, aquel que lleva<br />
-á Delhi, y en el cual sólo le guardan<br />
-el <em>sal</em> y el <em>kikar</em> cuando el sol le quema.<br />
-<br />
-Su casa es el lugar en que reposa,<br />
-ya entre las gentes ó en desiertos duerma,<br />
-y él prosigue su vía, aquella vía<br />
-de perfección con que el <em>bairagi</em> sueña.<br />
-<br />
-Ha clavado en el Hombre su mirada<br />
-y ha visto clara la verdad entera:<br />
-un Dios hubo, un Dios hay: no más que uno<br />
-Kabir, el gran Kabir, dijo que hubiera.<br />
-<br />
-Todo el problema de la acción lo mira<br />
-cual leve nube, no cual ancha niebla<br />
-roja, extendida, como en otro tiempo...<br />
-y él vaga, cual <em>bairagi</em>, por la tierra.<br />
-<br />
-Quiere aprender á amar á sus hermanos<br />
-el césped, y Dios mismo, y aun las fieras:<br />
-deja el poder y la mortaja toma:<br />
-(¿no oís, dice Kabir?)&mdash;<em>bairagi</em> queda.</p>
-</div>
-</div>
-
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p280ilo" style="max-width: 4em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p280ilo.jpg" alt="p280ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<div class="footnotes">
-<p class= "p4 center big1">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_15" href="#FNanchor_15" class="label">[15]</a> Iniciales del título: <em>Knight Commander of the Order of the Indian
-Empire</em>.&mdash;<span class="smcap">N. del T.</span></p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_16" href="#FNanchor_16" class="label">[16]</a> <em>Coco de mar</em> es el nombre vulgar de la <em>Lodoicea Secheyllarum</em>,
-planta que pertenece al género de las monocotiledóneas, familia de
-las palmeras. El fruto de este árbol es enorme. Del hueso hacen los
-indios vasijas.&mdash;<span class="smcap">N. del T.</span></p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_17" href="#FNanchor_17" class="label">[17]</a> D. C. L. y Ph. D. son las iniciales de los títulos: <em>Doctor of Civil
-Law y Doctor of Philosophy</em> (Doctor en Derecho Civil y Doctor en Filosofía).&mdash;<span class="smcap">N.
-del T.</span></p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_18" href="#FNanchor_18" class="label">[18]</a> Kabir es el nombre del más original é influyente de los reformadores
-religiosos de la India. Es una especie de Mahoma. Aún hoy se
-cuentan por miles los que «siguen el camino de Kabir», y la secta que
-él fundó cuenta con importantes monasterios.&mdash;<span class="smcap">N. del T.</span></p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_19" href="#FNanchor_19" class="label">[19]</a> Usa aquí el autor la palabra <em>bairagi</em> en otro sentido distinto del
-que le da anteriormente en este mismo cuento, pero sin explicarlo, y
-dejándolo á la penetración del lector, como tantos otros vocablos exóticos
-que emplea deliberadamente.&mdash;<span class="smcap">N. del T.</span></p>
-
-</div>
-</div>
-</div>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_281">[Pg 281]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p281" style="max-width: 37.5em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p281.jpg" alt="p281ilo" />
-</div>
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-
-<h2 class="nobreak">La Selva invasora</h2>
-
-<div class="block60">
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p><span style="margin-left: 1em;">Yerba, flor y enredadera,</span><br />
-tiende sobre todo un velo:<br />
-que de esa raza se borre<br />
-hasta el más leve recuerdo;<br />
-<span style="margin-left: 1em;">que cubra negra ceniza</span><br />
-los altares y que en ellos<br />
-los blancos pies de la lluvia<br />
-pongan su huella en silencio;<br />
-<span style="margin-left: 1em;">que en el campo yermo pueda</span><br />
-tener el gamo su lecho,<br />
-y nadie á asustarle vaya<br />
-ni á azorar sus pequeñuelos;<br />
-<span style="margin-left: 1em;">que los muros se derrumben</span><br />
-por ceder al propio peso,<br />
-y que ni lo sepa nadie,<br />
-ni nadie en pie vuelva á verlos.</p>
-</div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="p2">Recordaréis, si leisteis los primeros cuentos de esta
-obra, que después que Mowgli hubo clavado en la
-Peña del Consejo la piel de Shere Khan dijo á cuantos
-quedaban en la manada de Seeonee que, en adelante,
-cazaría solo en la Selva, y los cuatro hijos
-de Papá Lobo y de su esposa afirmaron que ellos cazarían
-también en su compañía. Pero no es muy fácil<span class="pagenum" id="Page_282">[Pg 282]</span>
-cambiar de vida en un momento... sobre todo en la
-Selva. Lo primero que hizo Mowgli cuando la manada
-se hubo dispersado, marchándose los que la formaban,
-fué irse á la cueva donde había tenido su hogar, y
-dormir allí durante un día y una noche. Luego, contóles
-á Papá Lobo y á la Mamá todo lo que creyó que
-podrían entender de cuantas aventuras había corrido
-entre los hombres, pero cuando, por la mañana, se
-entretuvo en hacer que el sol se reflejara en la hoja
-de su cuchillo (el mismo que le sirvió para desollar
-á Shere Khan), entonces confesaron que algo había
-aprendido. Luego, Akela y el <em>Hermano Gris</em> tuvieron
-que contar cómo habían tomado parte en la gran embestida
-de los búfalos en el torrente; Baloo subió con
-pena la montaña para oirlo todo, y Bagheera se rascaba
-de gusto al ver de qué modo había Mowgli dirigido
-su batalla.</p>
-
-<p>Rato hacía que había salido el sol, y nadie pensaba
-aún en irse á dormir, antes bien, de cuando en cuando,
-durante el relato, levantaba Mamá Loba la cabeza y
-olfateaba profundamente y con satisfacción cuando el
-viento le llevaba el olor de la piel del tigre desde la
-Peña del Consejo.</p>
-
-<p>&mdash;Á no ayudarme Akela y el <em>Hermano Gris</em>, nada
-habría podido hacer, dijo Mowgli al terminar. ¡Ah, madre,
-madre! ¡Si hubieras visto á aquellos toros negros
-bajar por el torrente, ó precipitarse por las puertas de
-la aldea cuando me apedreaba la <em>manada</em> de hombres!</p>
-
-<p>&mdash;Me alegro de no haber visto esto último, dijo
-muy tiesa Mamá Loba. No entra en mis costumbres el
-permitir que traten á mis cachorros como si fueran
-chacales. Buen desquite hubiera yo tomado de la manada
-humana; pero perdonando á la mujer que te dió la
-leche. Sí, lo que es á ella la hubiera perdonado... sólo
-á ella.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_283">[Pg 283]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Calma, calma, Raksha! dijo perezosamente
-Papá Lobo. Nuestra <em>rana</em> ha vuelto... y tan sabia que
-hasta su propio padre tiene que lamerle los pies...
-Después de esto ¿qué significa una cicatriz más ó menos
-en la cabeza? Deja en paz á los hombres.</p>
-
-<p>Y Baloo y Bagheera juntos repitieron como un eco:</p>
-
-<p>&mdash;Deja en paz á los hombres.</p>
-
-<p>Mowgli, colocada la cabeza sobre uno de los lados
-de Mamá Loba, sonrió tranquilamente, y dijo que, por
-su parte, no deseaba ver ú oir á hombre alguno, ni
-husmearlo siquiera.</p>
-
-<p>&mdash;Pero (contestó Akela levantando una oreja),
-pero ¿y si fueran los hombres los que no te dejaran á
-tí en paz, Hermanito?</p>
-
-<p>&mdash;<em>Cinco</em> somos... dijo el Hermano Gris mirando á
-los allí reunidos y castañeteando los dientes al pronunciar
-la última palabra.</p>
-
-<p>&mdash;También nosotros podríamos tomar parte en la
-caza, añadió Bagheera sacudiendo un poco la cola y
-mirando á Baloo. Pero ¿por qué pensar ahora en los
-hombres, Akela?</p>
-
-<p>&mdash;Por esta razón, contestó el Lobo Solitario:
-cuando la amarilla piel de ese ladrón estuvo extendida
-sobre la peña volví yo, siguiendo nuestra acostumbrada
-pista, hacia la aldea, pisando en mis mismas huellas,
-volviéndome de lado y echándome, para que así se
-perdiera el rastro, si alguien intentaba seguirnos.
-Pero cuando hube enmarañado de tal modo ese rastro
-que ni yo mismo era capaz de reconocerlo, Mang, el
-murciélago, llegó, vagando por entre los árboles, y
-se puso á revolotear en el sitio en que yo estaba. Díjome
-entonces:</p>
-
-<p>&mdash;La aldea en que vive la manada de hombres que
-arrojó al <em>cachorro humano</em> está como un avispero.</p>
-
-<p>&mdash;Es que la piedra que les tiré yo era gorda, dijo,<span class="pagenum" id="Page_284">[Pg 284]</span>
-riéndose, Mowgli, que muchas veces se había divertido
-en tirar papayas secas á los avisperos, echando
-luego á correr hasta la laguna más próxima antes de
-que los avispones se le echaran encima.</p>
-
-<p>&mdash;Preguntéle á Mang qué es lo que había visto.
-Díjome que á la puerta de la aldea florecía la Flor
-Roja, y que, en torno suyo, se sentaban hombres que
-llevaban escopetas. Ahora bien, yo sé, porque mis razones
-tengo para ello (y Akela miró, al decirlo, á las
-antiguas cicatrices que tenía en los lados é ijadas), que
-los hombres no llevan escopetas sólo por el gusto de
-llevarlas. No pasará mucho tiempo, Hermanito, antes
-de que un hombre nos siga el rastro... si no lo está
-haciendo ya.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿por qué ha de seguirlo? Los hombres me
-han arrojado de su seno. ¿Qué más quieren? dijo, incomodado,
-Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;Un hombre eres, Hermanito, contestó Akela.
-No somos <em>nosotros</em>, los Cazadores Libres, los que
-hemos de decirte lo que hacen los de tu casta, ni las
-razones que para ello tengan.</p>
-
-<p>Apenas si tuvo tiempo de levantar una pata y ya
-el cuchillo de Mowgli se clavaba en el suelo, en el sitio
-en que había estado aquélla. El muchacho dió el golpe
-con mucha más presteza de lo que el ojo humano está
-acostumbrado á ver y á seguir; pero Akela era un
-lobo; y hasta un perro, que dista ya bastante de los
-lobos salvajes, sus abuelos, puede despertar de profundo
-sueño al sentir que la rueda de un carro le toca
-en un lado, y escaparse ileso antes de que aquélla le
-pase por encima.</p>
-
-<p>&mdash;Otra vez, dijo Mowgli con calma, volviendo el
-cuchillo á la vaina, procura pensarlo dos veces antes
-de hablar de la <em>manada de los hombres</em> y de mí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pché! Afilado está ese diente, contestó Akela,<span class="pagenum" id="Page_285">[Pg 285]</span>
-olfateando el corte que la hoja había hecho en el suelo;
-pero al vivir con la manada de los hombres has perdido
-el buen ojo, Hermanito. Con el tiempo que has
-necesitado tú para dejar caer el cuchillo hubiera tenido
-yo bastante para matar á un gamo.</p>
-
-<p>De un salto púsose Bagheera en pie, levantó la
-cabeza tanto como pudo, resopló, y cada curva de su
-cuerpo pareció ponerse tirante. Pronto siguió su ejemplo
-el Hermano Gris, echándose un poco hacia la
-izquierda para mejor recibir el viento que soplaba de
-la derecha; y, entre tanto, Akela saltaba á una distancia
-de cerca de cincuenta metros y se quedaba medio
-agachado, tirantes también todos sus músculos. Mowgli
-sintió envidia al mirarlos. Tenía él tan fino el olfato
-como pocos hombres puedan tenerlo; pero nunca había
-podido llegar á aquella extremada finura característica
-de toda nariz perteneciente al Pueblo de la Selva y que
-hace que cada una se asemeje á un gatillo sensible
-hasta á la presión de un cabello. Además, los tres
-meses pasados en la ahumada aldea habían embotado
-grandemente su facilidad para percibir olores. Sea
-como fuere, humedeció un dedo, frotólo contra la
-nariz y se irguió para mejor tomar el viento alto, que
-aunque es el más débil, es, sin embargo, el que no
-engaña.</p>
-
-<p>&mdash;¡El hombre! gruñó Akela, dejándose caer sobre
-las ancas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buldeo! dijo Mowgli, sentándose. Sigue nuestro
-rastro; allá abajo veo brillar al sol su escopeta. ¡Mirad!</p>
-
-<p>No fué más que una chispa de luz, que no duró ni
-un segundo y que brotó de las lañas de latón del viejo
-mosquete; pero nada hay en la Selva que brille de
-aquel modo, con tal chispazo, excepto cuando las nubes
-emprenden la carrera por el cielo. Entonces un pedazo
-de mica, un charco de agua ó hasta una hoja muy barnizada<span class="pagenum" id="Page_286">[Pg 286]</span>
-brillan como un heliógrafo. Pero aquel día no
-se veían nubes y todo estaba en calma.</p>
-
-<p>&mdash;Ya sabía yo que los hombres seguirían el rastro.
-Por algo he dirigido á la manada.</p>
-
-<p>Nada dijeron los cuatro cachorros; pero echaron
-montaña abajo, casi aplastados contra el suelo, y parecieron
-fundirse con los espinos y malezas, como un
-topo desaparece bajo la tierra de un prado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Á dónde vais, así, y sin decir palabra? gritóles
-Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;¡Chis! Antes de mediodía haremos rodar por
-aquí su cráneo, contestó el Hermano Gris.</p>
-
-<p>&mdash;¡Atrás! ¡Atrás! ¡Esperad! ¡Los hombres no se
-comen unos á otros! chilló Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y quién, si no tú, es el que hace un momento
-quería ser lobo? ¿Quién el que me tiró una cuchillada
-por creer yo que podía él ser hombre? dijo Akela,
-mientras los cuatro lobos volvían de mala gana y se
-dejaban caer sobre las patas traseras.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tengo, acaso, que explicar los motivos de todo
-lo que se me antoje hacer? contestó, furioso, Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya apareció el Hombre! ¡Así es como los
-hombres hablan! murmuró entre dientes Bagheera.
-¡Así hablaban alrededor de las jaulas del Rey en
-Oodeypore! Á nosotros, los de la Selva, nos consta
-que el hombre es el más sabio de todos los seres
-creados. Pero, si diéramos siempre fe á nuestros propios
-oídos, nos convenceríamos de que es lo más tonto
-de este mundo.</p>
-
-<p>Elevando la voz añadió:</p>
-
-<p>&mdash;El <em>hombrecito</em> tiene en esto razón. Los hombres
-cazan en cuadrilla. Matar á uno, mientras no sepamos
-qué es lo que van á hacer los demás, es cazar mal.
-Venid, vamos á ver qué es lo que ése hacer
-contra nosotros.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_287">[Pg 287]</span></p>
-
-<p>&mdash;No iremos, refunfuñó el Hermano Gris. Caza
-solo, Hermanito. <em>Nosotros</em>... sabemos lo que queremos.
-Ya hubiera estado ahora el cráneo á punto de traerlo
-aquí.</p>
-
-<p>Miraba Mowgli ya á uno ya á otro de sus amigos,
-palpitante el pecho y llenos de lágrimas los ojos. Adelantóse
-á grandes pasos hacia los lobos é hincando una
-rodilla dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Por ventura no sé yo lo que quiero? ¡Miradme!</p>
-
-<p>Miráronle con cierto embarazo, y cuando sus ojos
-se desviaron volvió á llamarles él una y otra vez,
-hasta que se les erizó el pelo en todo el cuerpo, y les
-temblaron los miembros, mientras Mowgli seguía clavándoles
-la vista.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, les dijo, de nosotros cinco ¿quién es aquí
-el jefe?</p>
-
-<p>&mdash;Tú, Hermanito, dijo el Hermano Gris, y se acercó
-á lamer el pie de Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;Seguidme, pues, contestó éste. Y los cuatro le
-siguieron, pisándole los talones y con la cola entre
-piernas.</p>
-
-<p>&mdash;Esa es la consecuencia de haber vivido con la
-manada de los hombres, dijo Bagheera deslizándose
-tras ellos. Hay ahora en la Selva algo más que su
-Ley, Baloo.</p>
-
-<p>Nada contestó el oso; pero quedóse pensando infinidad
-de cosas.</p>
-
-<p>Cortó Mowgli á través de la Selva sin producir el
-menor ruido, en ángulo recto con el camino que seguía
-Buldeo, hasta que, separando la maleza, vió al viejo
-con el mosquete al hombro, y siguiendo á un trotecillo
-como de perro el rastro de la noche anterior.</p>
-
-<p>Recordaréis que Mowgli abandonó la aldea llevando
-á cuestas la pesada carga de la piel sin adobar de
-Shere Khan, mientras Akela y el Hermano Gris<span class="pagenum" id="Page_288">[Pg 288]</span>
-corrían detrás, de modo que el triple rastro quedaba
-marcado con toda claridad. De pronto llegó Buldeo al
-sitio en que Akela había retrocedido, como ya sabéis,
-y embrollado todas las señales de la pista. Sentóse,
-entonces, tosió y refunfuñó, dió rápidas ojeadas, en
-torno suyo y en dirección de la Selva, para recobrar
-el perdido rastro, y durante todo el tiempo que estuvo
-haciendo esto hubiera podido tocar con una pedrada
-á los que estaban observándole. Nadie puede hacer
-las cosas tan silenciosamente como un lobo cuando no
-quiere él que le oigan, y, en cuanto á Mowgli, aunque
-sus compañeros creyeran que se movía muy pesadamente,
-ello es que sabía deslizarse como una sombra.
-Rodeaban todos al viejo como una manada de puercos
-marinos rodea á un vapor que va á toda máquina, y,
-mientras lo tenían encerrado en un círculo, hablaban
-descuidadamente, porque se mantenían á un diapasón
-muy por debajo de lo que ineducados oídos humanos
-pueden llegar á percibir. (Al otro extremo de la escala
-se halla el agudo chillido de Mang, el murciélago, que
-innumerables personas no oyen poco ni mucho. De
-esta nota participan el lenguaje de los pájaros, de los
-murciélagos y de los insectos).</p>
-
-<p>&mdash;Más divertido es esto que la misma caza, dijo el
-Hermano Gris al ver que Buldeo se agachaba, miraba
-á hurtadillas y resollaba fuertemente. Parece un cerdo
-perdido en las selvas de la orilla del río. ¿Qué es lo que
-dice? añadió al ver que Buldeo murmuraba algo con
-aire furioso.</p>
-
-<p>Mowgli tradujo entonces:</p>
-
-<p>&mdash;Dice que manadas enteras de lobos debieron de
-bailar en torno mío... y que en toda su vida no vió
-jamás un rastro así... y que está cansado.</p>
-
-<p>&mdash;Ya descansará antes de que haya podido desembrollar
-la pista, dijo fríamente Bagheera dando la<span class="pagenum" id="Page_289">[Pg 289]</span>
-vuelta al tronco de un árbol como si estuvieran todos
-jugando á la gallina ciega. Y <em>ahora</em> ¿qué es lo que
-hace ese viejo flacucho?</p>
-
-<p>&mdash;Comer ó sacar humo por la boca. Los hombres
-siempre juegan con ella, dijo Mowgli. Y los silenciosos
-ojeadores vieron cómo el viejo llenaba, encendía y
-chupaba una pipa de las de agua, y se fijaron especialmente
-en el olor del tabaco para por él estar seguros
-de reconocer á Buldeo, si era preciso, aunque fuése en
-mitad de la más obscura noche.</p>
-
-<p>Descendió, entonces, por el camino un grupo de
-carboneros, y, naturalmente, se pararon á hablar á
-Buldeo, cuya fama de cazador se extendía lo menos
-cinco leguas á la redonda. Sentáronse todos y fumaron,
-acercándose Bagheera y los demás para observarlos,
-mientras Buldeo comenzó á contar la historia
-de Mowgli, el niño-diablo, de cabo á rabo, con adiciones
-y mentiras. Hablóles de cómo él mismo había
-matado realmente á Shere Khan; de cómo Mowgli se
-había convertido en lobo, luchando con él toda la tarde,
-y transformádose luego nuevamente en muchacho, y
-embrujádole el rifle á Buldeo, de tal modo que cuando
-éste se lo apuntó á Mowgli la bala dió media vuelta y
-fué á matar á uno de los búfalos del propio Buldeo; finalmente,
-de cómo sabiendo los de la aldea que era él el
-más bravo de todos los cazadores de Seeonee le había
-comisionado para que fuera en busca del niño-diablo y
-lo matara. Pero, entretanto, los aldeanos habían cogido
-á Messua y á su marido, que eran, indudablemente,
-los padres del niño-diablo, y habíanlos encerrado
-en su propia choza, y dentro de poco los someterían al
-tormento, para hacerles confesar que él era un brujo,
-y una bruja ella, tras de lo cual los quemarían vivos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo? dijeron los carboneros, porque ellos
-deseaban muchísimo estar presentes á la ceremonia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_290">[Pg 290]</span></p>
-
-<p>Contestó Buldeo que nada se haría hasta que él
-volviera, porque en la aldea deseaban que matara
-antes al Niño de la Selva. Después de esto despacharían
-á Messua y á su marido, y dividirían sus tierras
-y sus búfalos entre los habitantes de la aldea. Por cierto
-que el marido de Messua tenía algunos búfalos magníficos.
-Era muy conveniente, en opinión de Buldeo, el ir
-quitando de en medio á todos los hechiceros, y esa
-gente que mantiene niños-lobos sacados de la Selva,
-constituía, evidentemente, la peor clase de brujos.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿qué ocurriría si se enteraban de eso los
-ingleses? dijeron los carboneros. Los ingleses, según
-ellos habían oido decir, eran gente de tan poco seso
-que no querían permitir que honrados labradores mataran
-en paz á sus brujos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué? contestó Buldeo: el jefe de la aldea
-daría parte de que Messua y su marido habían muerto
-de la picadura de una serpiente. En cuanto á <em>eso</em>
-podía decirse que era ya cosa hecha; lo único que
-faltaba ahora era matar al niño-lobo. ¿No habían visto
-ellos, por casualidad, á aquel engendro?</p>
-
-<p>Miraron á uno y otro lado los carboneros, y dieron
-gracias á su buena estrella de que pudieran decir que
-no; pero manifestaron que, indudablemente, Buldeo,
-cuyo valor era de todos conocido, podría encontrarle
-mejor que nadie. El sol iba ya al ocaso, y pensaban
-ellos que acaso podrían darse una vuelta por la aldea
-de Buldeo para ver á aquella bruja malvada. Á esto
-contestó el cazador que, aunque su deber era matar al
-niño-diablo, no podía permitir que un grupo de hombres
-que no iban armados atravesara la selva sin ir
-escoltado por él, cuando de donde menos se pensara
-podía salir á cada momento el niño-diablo. Por lo
-tanto, él les acompañaría, y si el hijo de los hechiceros
-se presentaba... ya les enseñaría él como se las había<span class="pagenum" id="Page_291">[Pg 291]</span>
-con tal clase de seres el mejor cazador de Seeonee. El
-brahmán, dijo, le había dado un amuleto para protegerse
-contra aquel maligno espíritu, con lo cual nada
-había, pues, que temer.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué dice? ¿Qué dice? ¿Qué dice? repetían los
-lobos cada cinco minutos, y Mowgli iba traduciendo,
-hasta que llegó á aquella parte del relato en que se
-hablaba de la bruja, y que era algo superior á sus
-facultades, por lo que dijo que el hombre y la mujer
-que tan amables habían sido con él estaban metidos en
-una trampa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero es que los hombres se encierran unos á
-otros en trampas?</p>
-
-<p>&mdash;Eso dice él. No entiendo su charla. Se han vuelto
-locos todos. ¿Qué tienen que ver conmigo Messua y
-su marido para que los metan en una trampa, y qué
-significa todo eso que dice de la Flor Roja? Tendré
-que ver lo que es. De todos modos, sea lo que fuere lo
-que le hagan á Messua, nada realizarán hasta que
-vuelva Buldeo. Por lo tanto...</p>
-
-<p>Quedóse Mowgli pensando profundamente, mientras
-sus dedos jugaban con el mango del cuchillo, y,
-entre tanto, Buldeo y los carboneros se alejaron tranquilos,
-formando una hilera.</p>
-
-<p>&mdash;Me vuelvo corriendo á la manada de los hombres,
-dijo, al fin, Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y ésos? preguntó el Hermano Gris, mirando
-como hambriento hacia los carboneros.</p>
-
-<p>&mdash;Cantadles un poco mientras regresan á casa,
-contestó Mowgli sonriendo. No quisiera que llegaran á
-las puertas de la aldea hasta que fuera de noche. ¿No
-podéis vosotros entretenerlos?</p>
-
-<p>El Hermano Gris enseñó los dientes con aire despreciativo.</p>
-
-<p>&mdash;O yo no sé lo que son hombres, ó podemos hacerles<span class="pagenum" id="Page_292">[Pg 292]</span>
-dar vueltas y vueltas como cabras atadas á
-una cuerda...</p>
-
-<p>&mdash;No es esto lo que necesito. Cantadles un poco
-para que no hallen tan solitario el camino; y la canción
-que cantéis, Hermano Gris, ninguna necesidad
-hay de que sea de las más dulces. Acompáñalos,
-Bagheera, y ayuda á entonar la canción. Cuando
-haya oscurecido ven á encontrarme junto á la aldea...
-el Hermano Gris sabe dónde.</p>
-
-<p>&mdash;No es leve trabajo el de cazar para el <em>Hombrecito</em>.
-¿Y cuándo dormiré? dijo Bagheera bostezando,
-aunque en los ojos se le viera la alegría con que se
-prestaba á aquel juego. ¡Cantarles yo á hombres desnudos!
-Pero probemos.</p>
-
-<p>Bajó la cabeza para que el sonido llegara más lejos,
-y lanzó un larguísimo grito de: <em>¡Buena suerte!</em>..., un
-grito para ser lanzado en mitad de la noche y que
-ahora, por la tarde, no dejaba de sonar de un modo
-horrible, sobre todo, como comienzo. Mowgli le oyó
-retumbar, elevarse, caer, extinguirse, al fin, en una
-especie de lamento que parecía arrastrarse, y sonrió á
-solas, al ir corriendo á través de la Selva. Distinguía
-perfectamente á los carboneros agrupados en círculo,
-mientras el cañón de la escopeta de Buldeo se balanceaba
-como una hoja de plátano, tan pronto hacia uno
-como hacia otro de los cuatro puntos cardinales.
-Entonces, lanzó el Hermano Gris el <em>¡ya-la-hi! ¡yalaha!</em>,
-el grito de caza para los gamos, cuando la manada
-corre detrás del <em>nilghai</em>, la gran vaca azul, y pareció
-que el grito venía del fin del mundo, acercándose,
-acercándose cada vez más, hasta que terminó, al fin,
-en un chillido bruscamente cortado. Contestaron al
-lobo los otros tres, de tal modo que hasta el mismo
-Mowgli podía haber jurado que la manada entera
-gritaba á la vez, y entonces, todos juntos, prorrumpieron<span class="pagenum" id="Page_293">[Pg 293]</span>
-en la magnífica <em>Canción matutina en la Selva</em>,
-con todas las variaciones, preludios y demás que sabe
-hacer la potente voz de un lobo de los de la manada.
-He aquí la canción groseramente traducida á nuestro
-lenguaje; pero imaginaos cómo debe de sonar al romper
-el silencio de la tarde, en la Selva:</p>
-
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p>Sobre la llanura no vagaban sombras<br />
-<span style="margin-left: 4em;">ha sólo un instante,</span><br />
-de ésas que tan negras tras de nuestra pista<br />
-<span style="margin-left: 4em;">parecen lanzarse.</span><br />
-<br />
-Las rocas y arbustos, en medio al reposo<br />
-<span style="margin-left: 4em;">matinal del aire,</span><br />
-con duros contornos se ven dibujados<br />
-<span style="margin-left: 4em;">y se alzan gigantes.</span><br />
-<br />
-Llegó ya el momento de gritar: ¡Descansen<br />
-cuantos con cuidado nuestra Ley guardaren!<br />
-<br />
-Recógense ahora todos nuestros pueblos<br />
-<span style="margin-left: 4em;">y van á ocultarse;</span><br />
-los fieros varones que la Selva tiene<br />
-<span style="margin-left: 4em;">se arrastran cobardes,</span><br />
-ó allá en sus guaridas permanecen quietos,<br />
-<span style="margin-left: 4em;">mientras el buey sale</span><br />
-y uncido en parejas arrastra el arado<br />
-<span style="margin-left: 4em;">que cien surcos abre.</span><br />
-<br />
-Desnuda y temible la Aurora al alzarse<br />
-sobre el horizonte parece que arde.<br />
-<br />
-¡Á nuestros cubiles! que el sol ya despierta<br />
-<span style="margin-left: 4em;">la yerba brillante,</span><br />
-y entre los bambúes se oyen ya susurros<br />
-<span style="margin-left: 4em;">que llevan los aires.</span><br />
-<br />
-Al cruzar los bosques, que ilumina el día<br />
-<span class="pagenum" id="Page_294">[Pg 294]</span><span style="margin-left: 4em;">¡qué raro contraste!</span><br />
-Los ojos nos duelen, y casi cerrarlos<br />
-<span style="margin-left: 4em;">tanta luz nos hace.</span><br />
-<br />
-Entonces, volando va el pato salvaje<br />
-y&mdash;¡Hombres, es de día!&mdash;grita al alejarse.<br />
-<br />
-Seco en vuestras pieles está ya el rocío<br />
-<span style="margin-left: 4em;">que mojólas antes;</span><br />
-secos los caminos que él humedecía,<br />
-<span style="margin-left: 4em;">y en los barrizales</span><br />
-los charcos se truecan en frágil arcilla<br />
-<span style="margin-left: 4em;">que cruje al quebrarse.</span><br />
-La Noche, traidora, revela las huellas<br />
-<span style="margin-left: 4em;">que ocultaba, y parte.</span><br />
-<br />
-Por eso nosotros gritamos: ¡Descansen<br />
-todos los que fieles nuestra Ley guardaren!</p>
-</div>
-</div>
-
-
-<p class="p1">Pero no hay traducción que pueda darnos exacta
-idea del efecto que la canción producía, ni de los desdeñosos
-aullidos con que <em>los Cuatro</em> iban diciendo cada
-palabra de la misma, al oir que las ramas crujían
-cuando, á toda prisa, se encaramaban los hombres á
-ellas, mientras Buldeo comenzaba á repetir encantos
-y maleficios. Después de esto, echáronse y durmieron,
-porque, como todos los que viven gracias al propio
-esfuerzo, eran de carácter metódico, y nadie puede
-trabajar bien sin dormir.</p>
-
-<p>Entre tanto, iba Mowgli devorando leguas, más de
-dos por hora, balanceando el cuerpo, contentísimo por
-hallarse tan ágil después de todos los meses de sujeción
-que había pasado entre los hombres. Su idea fija era
-sacar á Messua y á su marido de la trampa, fuera de la
-clase que fuera, porque á él le inspiraban natural desconfianza
-todas las trampas. Más tarde, prometíase pagar
-con creces las deudas que tenía pendientes con la aldea.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_295">[Pg 295]</span></p>
-
-<p>Era ya el anochecer cuando vió las tierras de pastos
-que tan bien recordaba, y el árbol de <em>dhâk</em>, donde el
-Hermano Gris le había esperado aquella mañana en
-que mató á Shere Khan. Incomodado, como estaba, con
-toda la raza humana, sintió que algo le oprimía la garganta
-y le obligaba á recobrar con fuerza el perdido
-resuello cuando tendió la vista sobre los tejados de la
-aldea. Observó que todo el mundo había vuelto del
-campo á hora más temprana de lo acostumbrado, y que
-en vez de ir á cuidar de la cena se reunían en un gran
-grupo bajo el árbol de la aldea, hablando y gritando.</p>
-
-<p>&mdash;Está visto que los hombres no están contentos
-más que cuando pueden construir trampas para sus
-semejantes, dijo Mowgli. La otra noche era yo... pero
-de aquella noche parecen haber pasado ya muchas
-<em>lluvias</em>. Esta noche son Messua y <em>su hombre</em>. Mañana
-(y muchas noches más después de mañana), le llegará
-otra vez el turno á Mowgli.</p>
-
-<p>Arrastróse á lo largo de la parte exterior del muro
-hasta llegar á la choza de Messua, y, una vez allí,
-miró por la ventana hacia el interior de la habitación.
-En ella estaba echada Messua, amordazada, atados
-pies y manos, respirando fuertemente y dando gemidos;
-mientras á su marido se le veía amarrado á la
-cama pintada de alegres colores. La puerta de la choza
-que daba á la calle estaba fuertemente cerrada, y tres
-ó cuatro personas se sentaban con la espalda contra ella.</p>
-
-<p>Conocía Mowgli bastante bien los usos y costumbres
-de los aldeanos. Dedujo, pues, de sus observaciones
-que mientras pudieran aquéllos comer, charlar y
-fumar nada más que esto habían de hacer; pero en
-cuanto estuvieran hartos comenzarían á ser peligrosos.
-Dentro de poco estaría de vuelta Buldeo, y si su escolta
-había cumplido con su deber, el cazador tendría un
-interesantísimo cuento más que referir. Así, pues,<span class="pagenum" id="Page_296">[Pg 296]</span>
-entró por la ventana, y, agachándose junto al hombre
-y la mujer, cortó las ataduras, quitó la mordaza, y
-buscó en la choza un poco de leche.</p>
-
-<p>Estaba Messua medio loca de dolor y de miedo (durante
-toda la mañana había sido apaleada y apedreada),
-y púsole Mowgli la mano en la boca en el preciso momento
-en que iba ella á dar un chillido, que así se evitó.
-En cuanto á su esposo, no estaba más que desconcertado
-y colérico á la vez, y se sentó limpiándose el polvo
-é inmundicias que tenía adheridos á la barba, medio
-arrancada.</p>
-
-<p>&mdash;Ya sabía yo... ya sabía yo que vendría, dijo, al
-fin, Messua sollozando. ¡Ahora sí que sé positivamente
-que es mi hijo! Y, al decirlo, apretaba á Mowgli contra
-su corazón.</p>
-
-<p>Hasta aquel momento había estado el muchacho
-completamente sereno; pero, entonces, comenzó, de
-pronto, á temblarle todo el cuerpo, y grande fué su
-sorpresa al notarlo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué significan esas ligaduras? ¿Por qué te han
-atado? preguntó, después de un rato de pausa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Verse á punto de morir por haberte hecho nuestro
-hijo!... ¿Qué otra cosa quieres que sea? dijo el
-hombre con aspereza. ¡Mira! ¡Sangre!</p>
-
-<p>Nada dijo Messua, pero las heridas que Mowgli
-miraba eran las de ella, y ambos, marido y mujer, le
-oyeron rechinar los dientes cuando vió la sangre que
-de aquéllas manaba.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién ha hecho esto? dijo. Quien lo haya hecho
-lo pagará caro.</p>
-
-<p>&mdash;Toda la aldea ha sido. Era yo demasiado rico.
-Tenía demasiado ganado. <em>Por lo tanto</em>, ella y yo
-somos brujos, por haberte acogido bajo nuestro techo.</p>
-
-<p>&mdash;No lo entiendo. Que me lo cuente Messua.</p>
-
-<p>&mdash;Yo te dí leche, Natoo. ¿Te acuerdas? dijo Messua<span class="pagenum" id="Page_297">[Pg 297]</span>
-con timidez. Te la dí porque eras mi hijo, el que el
-tigre me arrebató, y porque te quería de verdad. Dijeron,
-entonces, que yo era tu madre, la madre de un
-diablo, y que, por lo tanto, merecía la muerte.</p>
-
-<p>&mdash;Y ¿qué es un diablo? preguntó Mowgli. En cuanto
-á la muerte la he visto ya.</p>
-
-<p>Miró el hombre al muchacho con aire lúgubre, pero
-Messua se rió.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ves? le dijo á su marido. Ya lo sabía yo... ya
-decía yo que no era él ningún hechicero. ¡Es mi hijo...
-mi hijo!</p>
-
-<p>&mdash;Hijo ó hechicero... ¿de qué ha de servirnos ya?
-contestó el hombre. Lo que es nosotros podemos darnos
-por muertos.</p>
-
-<p>&mdash;Ahí está el camino de la Selva... dijo Mowgli,
-señalando á través de la ventana. Libres tenéis ya
-manos y pies. Marchaos ahora mismo.</p>
-
-<p>&mdash;No conocemos nosotros la Selva, hijo mío, como...
-como la conoces tú, comenzó á decir Messua. No creo,
-tampoco, que pudiera yo llegar muy lejos.</p>
-
-<p>&mdash;Y hombres y mujeres nos seguirían para arrastrarnos
-nuevamente hasta aquí, añadió el marido.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pché! contestó Mowgli, mientras se hacía cosquillas
-en la palma de la mano con la punta de su
-cuchillo: no tengo ningunas ganas de causar á nadie
-en la aldea el menor daño... <em>todavía</em>; pero no creo que
-á vosotros os detengan. De aquí á un momento tendrán
-otras muchas cosas en que pensar. ¡Ah! añadió levantando
-la cabeza y escuchando los gritos y el ruido de
-pasos fuera de la casa. ¡De modo que, por fin, han
-dejado volver á Buldeo!</p>
-
-<p>&mdash;Mandáronle esta mañana para que te matara,
-gritó llorando Messua. ¿No lo encontraste?</p>
-
-<p>&mdash;Sí... lo encontramos... lo encontré yo. Tiene
-algo que contar, y, mientras lo cuenta, tiempo hay<span class="pagenum" id="Page_298">[Pg 298]</span>
-para hacer mucho. Pero antes tengo que enterarme
-de sus propósitos. Pensad á donde queréis ir, y decídmelo
-cuando vuelva.</p>
-
-<p>Saltó por la ventana y corrió, nuevamente, á lo
-largo del muro de la aldea, por su parte exterior,
-hasta llegar á la distancia en que pudiera oir á la
-muchedumbre reunida alrededor del árbol comunal.
-Buldeo estaba echado en el suelo, tosiendo y gimoteando,
-y todos le agobiaban á preguntas. Llevaba el
-cabello caído sobre los hombros; destrozada la piel de
-manos y piernas, con tanto encaramarse á los árboles;
-apenas podía hablar; pero estaba profundamente poseído
-de la importancia de su situación. De cuando
-en cuando pronunciaba algunas palabras, hablando de
-diablos, de canciones por ellos entonadas y de encantamientos,
-lo suficiente para que la muchedumbre
-fuera haciendo boca y preparándose para lo que iba
-á venir después. Á continuación pidió que le trajeran
-agua.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! exclamó Mowgli. ¡Charla... charla! ¡Habladurías!
-Los hombres son hermanos de los <em>Bandar-log</em>.
-Ahora necesita enjuagarse la boca con agua;
-después querrá echar humo por ella; y, cuando haya
-acabado de hacer todo eso, le quedará aún el cuento
-por contar. Son los hombres muy avisados... Nadie
-será capaz de guardar á Messua, hasta que tengan
-todos bien atiborrados los oídos de las mentiras que
-cuenta Buldeo. Y... y yo me estoy volviendo ya tan
-perezoso como ellos.</p>
-
-<p>Sacudió el cuerpo, deslizándose, nuevamente, en
-dirección de la choza. Estaba ya sobre la ventana
-cuando sintió el contacto de algo contra su pie.</p>
-
-<p>&mdash;Madre, dijo, porque inmediatamente comprendió
-que le tocaba una lengua no desconocida para él, ¿qué
-estás haciendo ahí?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_299">[Pg 299]</span></p>
-
-<p>&mdash;Oí cantar á mis hijos en el bosque, y le seguí los
-pasos al que quiero yo más que á todos. Oye, ranita:
-tengo deseos de ver á la mujer que te dió la leche, dijo
-Mamá Loba, que venía empapada toda ella de rocío.</p>
-
-<p>&mdash;La han atado y quieren matarla. Pero yo he
-cortado las ligaduras, y ella se escapará con su hombre
-hacia la Selva.</p>
-
-<p>&mdash;Yo iré detrás, también. Vieja soy; pero aún
-tengo dientes.</p>
-
-<p>Enderezóse Mamá Loba sobre sus patas traseras,
-y miró por la ventana hacia el interior de la obscura
-choza.</p>
-
-<p>Dejóse caer sin ruido al cabo de unos momentos, y
-no dijo más que esto:</p>
-
-<p>&mdash;Yo fuí quien te dió la primera leche; pero verdad
-es lo que dice Bagheera: el Hombre siempre
-vuelve al Hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Es posible, contestó Mowgli descompuesto el
-rostro, que tomó desagradable aspecto; pero lo que
-es esta noche disto mucho de seguir esa pista. Espérame
-aquí, y procura que no te vea <em>ella</em>.</p>
-
-<p>&mdash;Tú sí que nunca me tuviste miedo, renacuajo
-mío, añadió Mamá Loba, retrocediendo hasta donde
-crecía la yerba, alta y espesa, y hundiéndose allí, para
-ocultarse como tan bien sabía hacer.</p>
-
-<p>&mdash;Y ahora, dijo alegremente Mowgli al saltar, de
-nuevo, dentro de la choza, allí están todos, sentados
-alrededor de Buldeo, que les cuenta lo que no ocurrió.
-Para cuando haya acabado, dicen que seguramente
-vendrán aquí con la Flor... con fuego, quiero decir, y
-os quemarán á los dos. ¿Y entonces?</p>
-
-<p>&mdash;Ya le he hablado á mi hombre, dijo Messua.
-Khanhiwara está á siete leguas de aquí... pero allí
-podríamos encontrarnos con los ingleses...</p>
-
-<p>&mdash;Y ¿de qué manada son éstos? dijo Mowgli.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_300">[Pg 300]</span></p>
-
-<p>&mdash;No sé. Son blancos, y dícese que gobiernan toda
-esta tierra, y no permiten que las gentes se quemen, ó
-se peguen unos á otros, sin tener testigos. Si podemos
-llegar allí esta noche, viviremos; pero, de lo contrario,
-podemos darnos por muertos.</p>
-
-<p>&mdash;Vivid, pues. Nadie pasará esta noche por las
-puertas de la aldea. Pero... ¿qué es lo que está haciendo
-<em>él</em>, tu hombre?</p>
-
-<p>El marido de Messua, á gatas, cavaba la tierra en
-un rincón de la choza.</p>
-
-<p>&mdash;Son sus ahorrillos, dijo Messua. Es lo único que
-podemos llevarnos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!... ¡Ya!... Eso que pasa de mano en mano,
-y siempre está frío. ¿Es que también fuera de este
-lugar lo necesitan? dijo Mowgli.</p>
-
-<p>Miróle el hombre fijamente y con aire de malhumor.</p>
-
-<p>&mdash;Ese es un tonto, y no un diablo, murmuró. Con
-el dinero podré comprar un caballo. Tenemos el cuerpo
-demasiado adolorido para caminar muy lejos, y
-dentro de una hora toda la aldea se nos vendrá detrás,
-persiguiéndonos.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo digo que no os seguirán hasta que á mí
-se me antoje; pero no está mal el pensar en procurarse
-un caballo, porque Messua está fatigada.</p>
-
-<p>Levantóse el marido, y ató la última de sus rupias
-entre la ropa que llevaba ceñida á la cintura. Ayudó
-Mowgli á Messua para que pasara por la ventana, y
-el fresco aire de la noche pareció animarla; pero, á la
-luz de las estrellas, la Selva quedaba muy obscura, y
-ofrecía temeroso aspecto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabéis la pista que conduce á Khanhiwara? susurró
-Mowgli.</p>
-
-<p>Contestaron ellos con un movimiento de cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. Tened presente que no habéis de tener<span class="pagenum" id="Page_301">[Pg 301]</span>
-miedo. Y ninguna necesidad hay de apresurarse. Sólo
-que... sólo que podría ser que, delante y detrás de
-vosotros, hubiera su poquito de canturreo en la Selva.</p>
-
-<p>&mdash;¿Crees tú que nos hubiéramos arriesgado á pasar
-una noche en ella por nada de este mundo, si no fuera
-el temor de ser quemados? Al fin y al cabo, más vale
-que le maten á uno las fieras que los hombres, dijo el
-marido de Messua; pero ésta miró á Mowgli y sonrió.</p>
-
-<p>&mdash;Digo (continuó Mowgli lo mismo que si él fuera
-Baloo y estuviera repitiendo alguna antigua ley de la
-Selva, por centésima vez, á un cachorro algo obtuso),
-digo que ni un sólo diente de cuantos hay en la Selva
-se clavará en vuestra piel; ni una sola garra se levantará
-contra vosotros. No os cerrarán el paso hombres
-ni fieras antes de llegar á la vista de Khanhiwara. Ya
-tendréis quien os vigile.</p>
-
-<p>Volvióse Mowgli prontamente hacia Messua y
-añadió:</p>
-
-<p>&mdash;<em>Él</em> no me cree; pero tú, al menos, ¿me querrás
-creer?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, hijo mío! Con toda el alma. Seas hombre,
-duende ó lobo de la Selva, yo te creo.</p>
-
-<p>&mdash;<em>Él</em> tendrá miedo cuando oiga cantar á mi gente.
-Tú, enterada ya, lo comprenderás. Andad ahora, y
-despacio, porque ninguna necesidad hay de apresurarse.
-Las puertas de la aldea están cerradas.</p>
-
-<p>Arrojóse Messua sollozando á los pies de Mowgli;
-pero él la levantó en seguida, sintiendo como un escalofrío.
-Echóle ella, entonces, los brazos al cuello, y colmóle
-de bendiciones en cuantas formas se le ocurrieron;
-pero, entre tanto, su marido miró con envidiosos ojos
-hacia sus propios campos y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Como logremos llegar á Khanhiwara y me haga
-yo oir de los ingleses, les pongo un pleito al brahmán,
-al viejo Buldeo y á los demás, que se va á comer vivos<span class="pagenum" id="Page_302">[Pg 302]</span>
-á todos los de la aldea. ¡Ya les haré yo pagar doble de
-lo que valen mis cosechas abandonadas y mis búfalos
-sin cuidar! Haré en ellos un escarmiento: justicia seca.</p>
-
-<p>Mowgli echóse á reir.</p>
-
-<p>&mdash;No sé, dijo, lo que justicia sea; pero... volved
-aquí para las próximas lluvias y veréis lo que habrá
-quedado.</p>
-
-<p>Alejáronse en dirección de la Selva, y Mamá Loba
-saltó entonces del sitio en que estaba escondida.</p>
-
-<p>&mdash;¡Síguelos! ordenóle Mowgli, y cuida de que sepa
-toda la Selva que éstos dos han de pasar sanos y salvos.
-Haz que corra la voz. Yo llamaría á Bagheera.</p>
-
-<p>El largo, grave aullido alzóse y se extinguió luego,
-y Mowgli vió como el esposo de Messua vacilaba y se
-volvía en redondo, casi decidido á echar á correr, retrocediendo
-á la choza.</p>
-
-<p>&mdash;¡Adelante! gritó alegremente Mowgli. Ya os dije
-que habría su poquillo de canto. Este grito os irá siguiendo
-hasta que lleguéis á Khanhiwara. Es una
-prueba de amistad que os da la Selva.</p>
-
-<p>Hizo Messua que su marido siguiera adelante, y se
-perdieron en la obscuridad ellos y Mamá Loba, mientras
-Bagheera se levantaba del suelo, casi á los pies
-de Mowgli, temblorosa del júbilo que le inspiraba la
-noche, que posee la virtud de volver feroz al Pueblo
-de la Selva.</p>
-
-<p>&mdash;Estoy avergonzada de ver qué hermanos tienes,
-dijo con susurro de gata.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué? ¿No era dulce la canción que le cantaron á
-Buldeo? contestó Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;¡Demasiado! ¡Demasiado! Hasta á mí me hicieron
-olvidarme de mi dignidad, y,&mdash;¡por el cerrojo que me
-libertó!&mdash;te aseguro que también yo fuí cantando por
-la Selva, ni más ni menos que si estuviera haciendo el
-amor en la primavera. ¿No me oiste?</p>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_303">[Pg 303]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p303" style="max-width: 37.5em;">
- <img class="w100 p6 p6b" src="images/p303.jpg" alt="p303ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_304">[Pg 304]</span></p>
-</div>
-
-<p>&mdash;Otra caza traía yo entre manos. Pregúntale á
-Buldeo si le gusta la canción. Pero ¿dónde están <em>los
-Cuatro</em>? No quiero que ni uno de los de la manada humana
-cruce esta noche las puertas de la aldea.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué se necesitan, pues, <em>los Cuatro</em>? dijo
-Bagheera preparando las garras, llameándole los ojos y
-subiendo de tono más que nunca su sordo ronquido. Yo
-puedo detener á quien sea preciso, Hermanito. ¿Habrá,
-que matar á alguien, al fin? El cantar y la vista de los
-hombres encaramándose á los árboles me han puesto
-en muy buena disposición para ello. ¿Y quién es el
-Hombre para que le guardemos consideraciones... ese
-cavador moreno y desnudo... que ni tiene pelo ni dientes...
-y que se alimenta de tierra? Yo lo he seguido
-todo el día... por la tarde... á la blanca luz del sol. Yo
-le he hecho ir delante de mí como los lobos hacen con
-el gamo. ¡Yo soy Bagheera! ¡Bagheera! ¡Bagheera!
-¡Como bailo con mi sombra así bailaba con aquellos
-hombres! ¡Mira!</p>
-
-<p>La enorme pantera saltó como salta un gatito para
-cojer la hoja seca que da vueltas por encima de su cabeza;
-dió zarpazos en el aire á derecha é izquierda,
-haciendo silbar aquel con los golpes; se dejó caer de
-nuevo, sin el menor ruido, y volvió á saltar una y otra
-vez, mientras la especie de ronquido ó de gruñido que
-producía iba creciendo, como el vapor que ruge sordamente
-dentro de una caldera.</p>
-
-<p>&mdash;Soy Bagheera... en medio de la Selva... en plena
-noche, y estoy en posesión de todas mis fuerzas. ¿Quién
-me resiste al atacar? Hombrecito, de un zarpazo podría
-echarte al suelo la cabeza, tan aplastada como si fuera
-una rana muerta en mitad del verano.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pega, pues! dijo Mowgli en el dialecto de la
-aldea, no en el lenguaje de la Selva, y las palabras
-humanas hicieron parar instantáneamente á Bagheera,<span class="pagenum" id="Page_305">[Pg 305]</span>
-obligándola á sentarse temblando y con la cabeza al
-mismo nivel que la de Mowgli. Una vez más miróla
-éste fijamente (como había mirado antes á los cachorros
-cuando se le rebelaron), en mitad de los ojos, de
-un color verde de berilo, hasta que la roja, deslumbradora
-llamarada que parecía brillar detrás del verde se
-extinguió, como la luz de un faro que apagan á larga
-distancia; hasta que los ojos se bajaron, y, con ellos,
-la enorme cabeza fué inclinándose también... baja...
-más baja á cada instante, y el encarnado rallo de una
-lengua vino á frotar el pie de Mowgli por el empeine.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hermana! ¡Hermana! ¡Hermana! murmuraba el
-muchacho acariciando con firmeza y suavidad á la vez
-á la pantera, desde el cuello hasta la espalda, que con
-la caricia se arqueaba. ¡Estate quieta! ¡Estate quieta!
-No es culpa tuya, sino de la noche.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, los olores de la noche, dijo Bagheera con aspecto
-de arrepentimiento. Este aire parece que me esté
-hablando á gritos. Pero ¿y <em>tú</em> cómo sabes eso?</p>
-
-<p>Claro está que, alrededor de una aldea india, hállase
-el aire impregnado de toda clase de olores, y para
-cualquier animal que tiene el olfato casi como único
-vehículo del pensamiento, los olores poseen la virtud
-de enloquecer, casi tanto como la música y ciertas
-drogas la tienen respecto á los seres humanos. Mowgli
-acarició á la pantera durante algunos minutos más, y
-ésta se tendió como un gato ante el fuego, metidas las
-patas bajo el pecho, y medio cerrados los ojos.</p>
-
-<p>&mdash;Tú eres y <em>no eres</em> uno de los de la Selva, dijo, al
-fin. Y yo no soy más que una pantera negra. Pero te
-quiero, Hermanito.</p>
-
-<p>&mdash;Mucho se prolonga la conversación de ésos, allá
-á la sombra del árbol, dijo Mowgli sin prestar atención
-á las últimas palabras de la pantera. Buldeo debe de
-haberles contado infinidad de cuentos. Pronto vendrán<span class="pagenum" id="Page_306">[Pg 306]</span>
-á sacar de la trampa á la mujer y al hombre para ponerlos
-sobre la Flor Roja; pero se encontrarán con que
-la trampa se ha abierto. ¡Ja! ¡Ja!</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya, escucha! dijo Bagheera. Ya se me ha
-pasado la fiebre. Permíteme ir á allí para que cuando
-vayan ellos se encuentren conmigo. Pocos serían los
-que salieran de sus casas después de verme á mí. No
-será esta la primera vez que me he visto metida en
-una jaula, y no creo que á mí me amarren con cuerdas.</p>
-
-<p>&mdash;Pues ten juicio, contestó Mowgli riendo, porque
-empezaba él mismo á sentirse tan atrevido como la
-pantera, que se había ya deslizado dentro de la choza.</p>
-
-<p>&mdash;¡Uf! gruñó Bagheera. Este sitio apesta á Hombre;
-pero aquí veo una cama parecida precisamente á
-la que me dieron para que me acostara en las jaulas
-de Oodeypore. Deja que me eche en ella.</p>
-
-<p>Mowgli oyó crugir las cuerdas de la cama, que formaban
-el fondo de ésta, con el peso de la enorme fiera,
-al tenderse encima.</p>
-
-<p>&mdash;Por el cerrojo que me libertó, te aseguro, continuó,
-que han de decir que ésta es caza mayor. Ven y
-siéntate á mi lado, Hermanito, que así les gritaremos
-juntos: «¡Buena suerte!»</p>
-
-<p>&mdash;No; otra idea me bulle á mí en la cabeza. No ha
-de saber la manada de los hombres la parte que tengo
-yo en ese juego. Caza tú sola. No quiero verlos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sea! dijo Bagheera. ¡Ah! Ahora vienen.</p>
-
-<p>La conferencia celebrada á la sombra del árbol,
-allá al extremo de la aldea, había ido convirtiéndose
-en ruidosísima. Estalló, al fin, en salvajes alaridos y
-en una especie de alud de hombres y mujeres que remontaban
-la calle blandiendo garrotes, bambúes, hoces
-y cuchillos. Al frente iban Buldeo y el brahmán; pero
-la turba los seguía pisándoles los talones y gritando:</p>
-
-<p>&mdash;¡Á la bruja y al brujo! ¡Vamos á ver si la moneda<span class="pagenum" id="Page_307">[Pg 307]</span>
-enrojecida al fuego les hará confesar! ¡Ya les enseñaremos
-á recoger lobos ó diablos! ¡No, mejor será apalearlos
-primero! ¡Antorchas! ¡Más antorchas! ¡Calienta
-el cañón de la escopeta, Buldeo!</p>
-
-<p>Surgió aquí una pequeña dificultad: el pestillo de la
-puerta estaba cerrado y asegurado fuertemente; pero
-la multitud lo arrancó por completo, precipitándose la
-luz de las antorchas en la habitación donde, tendida
-cuan larga era sobre la cama, cruzadas las patas, y
-colgando un poco hacia un lado, negra como el abismo
-y terrible como un diablo, estaba Bagheera. Hubo,
-entonces, cosa de medio minuto de mortal silencio,
-mientras los de las primeras filas de la multitud, para
-abrirse paso, clavaban las uñas en los que tenían
-detrás, retrocediendo desde el umbral, y en aquel
-mismo instante levantó Bagheera la cabeza y bostezó...
-bostezó trabajosa, cuidadosamente, con verdadera
-ostentación, como tenía por costumbre hacer cuando
-quería insultar á alguno de sus iguales. Sus labios se
-encogieron y levantaron; su roja lengua se enroscó;
-su quijada inferior fué bajándose, bajándose, hasta
-mostrar la mitad del hirviente gaznate, y los enormes
-caninos se destacaron en las encías, hasta que los superiores
-y los inferiores sonaron con metálico ruido al
-chocar, como las aceradas guardas de una cerradura
-que vuelven á su sitio en los bordes de un arca. Un
-momento después la calle estaba vacía; Bagheera
-había saltado otra vez por la ventana y se hallaba al
-lado de Mowgli; y, entre tanto, un verdadero torrente
-de personas huía dando alaridos, gritando desaforadamente,
-atropellándose unos á otros, con el pánico que
-les dominaba y la prisa para llegar cada uno á su
-propia choza.</p>
-
-<p>&mdash;No se moverán de allí hasta que se haga de día,
-dijo suavemente Bagheera. ¿Y ahora, qué más?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_308">[Pg 308]</span></p>
-
-<p>Parecía como si el silencio de la siesta se hubiera
-apoderado de la aldea; pero, escuchando atentamente,
-oyeron el ruido de pesadas cajas de las que sirven para
-guardar el grano, y que eran arrastradas sobre suelos
-de tierra para colocarlas contra las puertas. Tenía
-razón Bagheera: la gente de la aldea no se movería ya
-más hasta que se hiciera de día. Mowgli se sentó en
-silencio y púsose á pensar, mientras su rostro iba adquiriendo
-á cada momento tinte más sombrío.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿qué he hecho yo? dijo Bagheera, por fin,
-echándose á sus pies con aire zalamero.</p>
-
-<p>&mdash;Nada más que un gran bien. Obsérvalos hasta
-que apunte el día. Yo me voy á dormir.</p>
-
-<p>Corrió Mowgli hacia la Selva y dejóse caer como
-muerto sobre una roca, donde durmió, sin interrupción,
-todo el día y toda la noche siguiente.</p>
-
-<p>Al despertarse, Bagheera estaba á su lado, y á los
-pies tenía un gamo que aquélla acababa de matar.
-Miraba la pantera curiosamente, mientras Mowgli
-comenzó á manejar el cuchillo, comió, bebió, y volvióse,
-al fin, de lado, con la barba apoyada en las manos.</p>
-
-<p>&mdash;El hombre y la mujer han llegado sanos y salvos
-á la vista de Khanhiwara, dijo Bagheera. Tu madre
-mandó el aviso por medio de Chil, el milano. Hallaron
-un caballo antes de media noche (de la noche en que
-quedaron libres), y pudieron así alejarse con toda velocidad.
-¿No te alegras de eso?</p>
-
-<p>&mdash;Bien está, contestó Mowgli.</p>
-
-<p>Y tu manada humana, allá en la aldea, no se ha
-movido hasta que el sol estaba ya alto, esta mañana.
-Entonces, tomaron su alimento, y corrieron, de nuevo,
-hacia sus casas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te vieron, por casualidad?</p>
-
-<p>&mdash;Es posible. Estaba yo revolcándome á la hora
-del alba ante la puerta, y podría ser, también, que<span class="pagenum" id="Page_309">[Pg 309]</span>
-hubiera cantado un poco por divertirme. Ahora, Hermanito,
-no queda ya más que hacer. Vente á cazar
-conmigo y con Baloo. Ha hallado unas colmenas nuevas
-que quiere enseñar, y todos nosotros deseamos que
-vuelvas, como antes, á estar en nuestra compañía. ¡No
-mires así, que hasta á mí me das miedo! Ni el hombre
-ni la mujer serán puestos ya sobre la Flor Roja, y todo
-va bien ahora en la Selva. ¿No es cierto? Olvidemos á
-la manada de los hombres.</p>
-
-<p>&mdash;La olvidaremos de aquí á un rato. ¿Dónde comerá
-esta noche Hathi?</p>
-
-<p>&mdash;Donde se le antoje. ¿Quién es capaz de decir lo que
-hará el Silencioso? Pero ¿por qué lo preguntas? ¿Qué
-puede hacer aquí Hathi que no podamos nosotros?</p>
-
-<p>&mdash;Dile que venga con sus tres hijos á encontrarme.</p>
-
-<p>&mdash;Pero... verdaderamente, Hermanito... no está
-bien que se le diga á Hathi: «ven», ó «márchate».
-Acuérdate de que él es el dueño de la Selva, y de que
-antes que la manada de los hombres cambiara el
-aspecto de tu rostro, él te enseñó las <em>palabras mágicas</em>
-de la Selva.</p>
-
-<p>&mdash;Lo mismo da. Yo tengo ahora una <em>palabra mágica</em>
-contra él. Dile que venga á encontrar á Mowgli,
-la Rana; y, si no te escucha á la primera vez, dile
-que venga <em>por la destrucción de los campos de Bhurtpore</em>.</p>
-
-<p>&mdash;<em>La destrucción de los campos de Bhurtpore</em>,
-repitió Bagheera dos ó tres veces, para estar segura
-de recordar las palabras. Voy en seguida, continuó.
-Lo peor que puede suceder es que Hathi se enfade, y
-daría yo toda la caza que puedo matar desde una luna
-á otra para oir una palabra mágica que pudiera obligar
-al Silencioso á hacer algo.</p>
-
-<p>Marchóse, pues, dejando á Mowgli ocupado en dar
-furiosas cuchilladas á la tierra con su cuchillo de desollador.<span class="pagenum" id="Page_310">[Pg 310]</span>
-No había visto Mowgli en su vida sangre
-humana hasta que vió, y (lo que para él significaba
-mucho más) olió la sangre de Messua sobre las ligaduras
-con que la ataron. Y Messua había sido bondadosa
-con él, y, en cuanto al muchacho se le alcanzaba del
-cariño, la quería tan de veras como de verdad odiaba
-á todo el resto de la humanidad. Pero por profundo
-que fuera su aborrecimiento á los hombres, á su charla,
-su crueldad y su cobardía, por nada de cuanto
-pudiera ofrecerle la Selva se hubiera él decidido á
-arrebatar una sola vida humana, y á sentir ese terrible
-olor de sangre, fijo en su olfato nuevamente.
-Mucho más sencillo era su plan; pero mucho más
-completo también, y, á solas, se reía él cuando pensaba
-que, precisamente, uno de los cuentos que refería
-Buldeo bajo el árbol, al caer de la tarde, era lo que le
-había suscitado la idea.</p>
-
-<p>&mdash;Verdaderamente fué una palabra mágica, murmuró
-á su oido Bagheera. Estaban comiendo junto al
-río, y obedecieron como si fueran bueyes. Míralos: ya
-vienen.</p>
-
-<p>Habían llegado Hathi y sus tres hijos del modo que
-era en ellos habitual: sin producir el menor ruido. En
-los costados llevaban aun fresco el barro del río, y
-Hathi mascaba pensativo el verde tallo de un plátano
-que acababa de arrancar con los colmillos. Pero no
-había en todo su enorme cuerpo una sola línea que no
-le demostrara á Bagheera (capaz de ver las cosas con
-claridad cuando las tenía delante) que no asistía á una
-entrevista entre el dueño de la Selva y un humano
-cachorro, sino entre alguien que se presentaba con
-miedo y otro que carecía de él en absoluto. Los tres
-hijos se balanceaban, uno al lado de otro, detrás de
-su padre.</p>
-
-<p>Mowgli levantó apenas la cabeza cuando Hathi le<span class="pagenum" id="Page_311">[Pg 311]</span>
-saludó con el grito de: <em>¡Buena suerte!</em> Túvole mucho
-rato, antes de hablar, meciéndose, levantando una
-pata y después otra; y, al fin, cuando despegó los
-labios, fué para dirigirse á Bagheera, no á los elefantes.</p>
-
-<p>&mdash;Voy á contar un cuento que me refirió á mí el
-cazador que fuíste tú á cazar hoy, dijo Mowgli. Es
-relativo á un elefante, viejo y sabio; que cayó en una
-trampa, y al cual el palo afilado que había en el fondo
-de ella le produjo una herida desde un poco más arriba
-de una pata hasta la parte alta del hombro, dejándole
-una señal blanca.</p>
-
-<p>Tendió aquí Mowgli la mano, y, como Hathi se
-moviera, la luz de la luna hizo visible una larga cicatriz
-blanca sobre el costado de color de pizarra, cicatriz
-semejante á la que podría dejar un látigo metálico
-calentado al rojo.</p>
-
-<p>&mdash;Unos hombres vinieron á sacarle de la trampa,
-continuó Mowgli; pero él rompió las cuerdas con que
-lo ataron, porque fuerzas tenía para ello, y se marchó,
-esperando, luego, á que se le hubiera cerrado la herida.
-Entonces volvió, furioso, de noche, á los campos
-de los cazadores aquéllos. Y ahora recuerdo que tenía
-tres hijos. Todo eso sucedió hace muchas, muchísimas
-<em>lluvias</em>, y lejos, muy lejos, allá por los campos de
-Bhurtpore. ¿Qué ocurrió en esos campos al venir la
-época de la siega, Hathi?</p>
-
-<p>&mdash;Que los había ya segado yo, junto con mis tres
-hijos, contestó Hathi.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y respecto á la labor de arado que sigue á la
-siega? dijo Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;Que no se dió, dijo Hathi.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y en cuanto á los hombres que viven cerca de
-los verdes cultivos que sustenta la tierra? preguntó
-Mowgli.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_312">[Pg 312]</span></p>
-
-<p>&mdash;Se marcharon.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué fué de las chozas en que dormían los
-hombres? dijo Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;Sus techos, los hicimos pedazos nosotros, y la
-Selva se tragó las paredes, contestó Hathi.</p>
-
-<p>&mdash;Y ¿qué más? dijo Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;Tanto terreno cultivable como puedo yo recorrer
-en dos noches, yendo de Este á Oeste, y en tres, de
-Norte á Sur, pasó á ser dominio de la Selva. Sobre
-cinco aldeas arrojamos nosotros á los que la pueblan;
-y en ellas, y en sus terrenos, sean de los de pastos ó
-de los de labor, no hay hoy un solo hombre que se
-alimente de lo que produce la tierra. Esto fué <em>la destrucción
-de los campos de Bhurtpore</em>, realizada por
-mí y por mis tres hijos; y ahora te pregunto yo, Hombrecito,
-añadió Hathi ¿cómo tuviste tú noticia de
-todo esto?</p>
-
-<p>&mdash;Un hombre fué quien me lo dijo, y ahora observo
-que hasta él, Buldeo, es capaz de decir la verdad. Bien
-hiciste las cosas, Hathi, el de la cicatriz blanca; pero
-la segunda vez se harán aun mejor, porque habrá un
-hombre que las dirija. ¿Conoces la aldea en que vive
-la manada humana que me arrojó á mí de aquélla?
-Todos son allí perezosos, sin sentido común y crueles;
-se entretienen en jugar con la boca y no matan al
-débil para comérselo, sino por diversión. Cuando
-están hartos serían capaces de echar sobre la Flor
-Roja á sus propios hijos. Yo lo he visto. No está bien
-que sigan viviendo aquí por más tiempo. ¡Les tengo
-odio!</p>
-
-<p>&mdash;¡Mata, pues! dijo el más joven de los hijos de
-Hathi cogiendo un manojo de yerba, sacudiéndolo entre
-sus patas delanteras y arrojándolo lejos, mientras
-sus ojos, pequeños y rojizos, miraban de soslayo á uno
-y otro lado.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_313">[Pg 313]</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Y para qué necesito yo huesos blancos? contestó
-Mowgli con malhumor. ¿Soy acaso algún lobato para
-entretenerme jugando al sol con algún cráneo? Maté á
-Shere Khan, y su piel se pudre allá sobre la Peña del
-Consejo; pero... pero no sé adonde ha ido á parar él,
-y vacío de su carne tengo aun el estómago. Esta vez
-quiero algo que pueda yo verlo y tocarlo. ¡Lanza á la
-Selva en masa contra la aldea, Hathi!</p>
-
-<p>Al oir esto estremecióse Bagheera y se acurrucó.
-Comprendía ella, suponiendo que se llevaran las cosas
-hasta el extremo, una rápida embestida por la calle
-del pueblo y unos cuantos golpes repartidos á diestro
-y siniestro entre la multitud, ó bien el matar por astutos
-medios á algunos hombres, mientras araban, allá
-á la hora del crepúsculo; pero ese proyecto de borrar
-deliberadamente de la vista de hombres y de fieras á
-toda una aldea la aterrorizaba. Ahora comprendía porque
-Mowgli había mandado llamar á Hathi. Nadie
-más que el elefante, que tan larga vida contaba, podía
-trazar el plan de semejante guerra y llevarla á cabo.</p>
-
-<p>&mdash;Que corran como corrieron los hombres que cultivaban
-los campos de Bhurtpore, hasta que el agua de
-lluvia sea el único arador que trabaje la tierra... hasta
-que el ruido de aquélla, al caer sobre las hojas, venga á
-reemplazar al del huso... hasta que Bagheera y yo podamos
-echarnos en la casa del brahmán, y el gamo
-vaya á beber en el estanque que hay detrás del templo...
-¡Lanza sobre esa gente á toda la Selva, Hathi!</p>
-
-<p>&mdash;Pero yo... pero nosotros no tenemos cuestión alguna
-pendiente con ellos, y es preciso sentir toda la
-rabia que un gran dolor da para destrozar los sitios
-donde los hombres duermen, dijo Hathi dudando.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sois vosotros, acaso, los únicos que coméis yerba
-en la Selva? Trae á todas tus gentes. Deja que se encarguen
-de ello el ciervo, el jabalí y el <em>nilghai</em>. No<span class="pagenum" id="Page_314">[Pg 314]</span>
-tenéis vosotros necesidad ni de que os vean un palmo
-de piel hasta que los campos hayan quedado ya completamente
-limpios. ¡Lanza á toda la Selva allí, Hathi!</p>
-
-<p>&mdash;¿No habrá matanza? Rojos de sangre tenía los
-colmillos cuando la destrucción de los campos de
-Bhurtpore, y no quisiera despertar nuevamente el olor
-que sentí entonces.</p>
-
-<p>&mdash;Ni yo tampoco. No desearía ni ver siquiera cómo
-sus huesos andan esparcidos por la desnuda tierra. Que
-se vayan y busquen nuevos cubiles: no pueden quedarse
-aquí. He visto, he sentido el olor de la sangre
-de la mujer que me alimentó... de la mujer á quien hubieran
-matado ellos á no haber sido por mí. Sólo el
-olor de la yerba fresca creciendo sobre los umbrales
-de sus casas puede borrar de mi memoria el otro. Parece
-como que me queme la boca. ¡Lanza sobre ellos á
-toda la Selva, Hathi!</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! dijo éste, así me quemaba á mí la piel la herida
-que me hizo aquella estaca, hasta que vimos como
-desaparecían las aldeas con el crecimiento de la vegetación
-en la primavera. Ahora me hago cargo de todo.
-Tu guerra la considero ya como nuestra. ¡Lanzaremos
-á toda la Selva sobre ellos!</p>
-
-<p>Apenas tuvo Mowgli tiempo de recobrar el perdido
-aliento (todo él temblaba de coraje y de odio) cuando
-ya el sitio donde habían estado los elefantes se hallaba
-vacío, y Bagheera le contemplaba á él como aterrorizada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por el cerrojo que me dejó escapar!... dijo, al
-fin, la pantera negra, ¿eres tú aquella cosita desnuda
-en favor de la cual hablé en la manada cuando todas
-las cosas eran más jóvenes que ahora? ¡Dueño de la
-Selva, cuando pierda yo mis fuerzas habla en favor
-mío... habla también en favor de Baloo... defiéndenos
-á todos nosotros! ¡Ante tí no somos más que cachorros...<span class="pagenum" id="Page_315">[Pg 315]</span>
-ranillas que tu pie destroza... cervatos que han
-perdido á su madre!</p>
-
-<p>La idea de que Bagheera fuera un cervatillo perdido
-causó tal impresión en Mowgli que se echó á
-reir, perdió el aliento, volvió á recobrarlo y á perderlo,
-riéndose siempre, hasta que, al fin, tuvo que zambullirse
-en una laguna para que se le parara la risa. Entonces,
-púsose á nadar dando vueltas en ella, hundiéndose
-en el agua, de cuando en cuando, ora á la luz de
-la luna, ora fuera de ella, como una rana, como el
-animal que lleva el mismo nombre que á él le daban.</p>
-
-<p>Entretanto, Hathi y sus tres hijos habían partido
-separados, en dirección de los cuatro puntos cardinales,
-y se alejaban á grandes pasos por los valles, á un
-cuarto de legua de distancia. Siguieron andando así
-durante dos días (ó sea anduvieron más de quince leguas)
-á través de la Selva; y cada paso que dieron y
-cada balanceo de sus trompas era visto, observado
-cuidadosamente y comentado por Mang, Chil, el Pueblo
-de los monos y todos los pájaros. Luego empezaron
-á comer, y comieron tranquilamente por espacio de
-una semana, ó cosa así. Hathi y sus hijos son parecidos
-á Kaa, la serpiente pitón de la Peña: no se apresuran,
-más que cuando hay necesidad de hacerlo.</p>
-
-<p>Pasado este tiempo, y sin que nadie supiera el origen
-del rumor, comenzó á esparcirse por la Selva
-el de que en tal ó cual valle podían hallarse mejor
-comida y agua de lo acostumbrado. Los jabalíes (que
-son capaces de ir al fin del mundo para procurarse
-algo bueno que comer) empezaron á marcharse por
-grandes grupos, empujándose unos á otros por encima
-de las rocas; siguiéronles los ciervos, con las
-pequeñas y salvajes zorras que viven de los muertos y
-moribundos que hay en las manadas de aquéllos; el
-<em>nilghai</em>, de pesados hombros, marchó en línea paralela<span class="pagenum" id="Page_316">[Pg 316]</span>
-con los ciervos, y los búfalos que viven en los pantanos
-fuéronse también detrás del <em>nilghai</em>. La cosa más insignificante
-hubiera bastado para hacer que se volvieran
-las esparcidas é indóciles manadas, que pacían de
-cuando en cuando, vagaban de una parte á otra, bebían,
-y volvían á pacer; pero, siempre que se producía
-alguna alarma, no faltaba quien se encargara de apaciguarlos
-á todos. Unas veces era Sahi, el puerco espín,
-que venía con grandes noticias de cosas excelentes
-que podían comerse con sólo ir un poco más hacia
-adelante; otras era Mang el que gritaba dando ánimos,
-y se lanzaba por un claro de bosque para enseñar que
-nada había que estorbara el paso; ó Baloo, llena la
-boca de raíces, caminaba, bamboleándose, á lo largo
-de alguna indecisa fila, y, mitad asustando á todos,
-mitad retozando con ellos, les obligaba á tomar el verdadero
-camino. Muchos de los animales se volvieron
-atrás, se escaparon, ó dejaron de sentir ya interés por
-aquella marcha; pero también quedaron otros muchos
-decididos á seguir adelante. Al cabo de unos diez días,
-la situación era la siguiente: los ciervos, jabalíes, y
-<em>nilghais</em> iban pulverizándolo todo, en un círculo de
-dos leguas ó dos leguas y media de radio, mientras los
-animales carnívoros libraban sus escaramuzas en los
-bordes de aquel gran círculo. Y el centro de éste era
-la aldea; y alrededor de ella iban madurando las cosechas;
-y en medio de los campos que las contenían había
-hombres sentados en lo que allí se llaman <em>machans</em>
-(plataformas parecidas á palomares, hechas de palos
-colocados sobre cuatro puntales) para espantar á los
-pájaros y á los ladrones de otra clase. Entonces no
-hubo ya más contemplaciones con los ciervos: los carnívoros,
-colocándose detrás de ellos, los empujaron
-hacia adelante, al propio tiempo que hacia lo interior
-del círculo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_317">[Pg 317]</span></p>
-
-<p>Cuando Hathi y sus tres hijos llegaron de la Selva,
-como deslizándose, y rompieron con la trompa los
-puntales de los <em>machans</em>, era una noche obscura. Cayeron
-éstos como si fueran rotos tallos de cicuta en
-flor, y los hombres que junto con ellos vinieron al suelo
-se encontraron con que á su lado resonaba el ruido
-gutural que hacen los elefantes. Entonces, la vanguardia
-de los azorados ejércitos de ciervos lanzóse, como
-una inundación, sobre las tierras de pastos y de cultivo,
-pertenecientes á la aldea; el jabalí de agudas
-pezuñas é inclinado á hozar, fuése, también, con ellos,
-con lo cual lo que el ciervo dejaba lo estropeaba él; y,
-de cuando en cuando, algún alboroto producido por
-los lobos agitaba á todas las manadas y las hacía correr
-de un lado á otro como locas, pisoteando la cebada
-verde y cegando las acequias. Antes de que apuntara
-el alba, la presión sobre la parte exterior del círculo
-cedió en uno de los puntos de éste. Los carnívoros habían
-retrocedido, dejando abierto el paso en dirección
-al Sur, y por allí se escapaban los gamos á manadas.</p>
-
-<p>De los demás animales, otros, más atrevidos, se
-tendían entre los matorrales para terminar la comida
-á la noche siguiente.</p>
-
-<p>Pero el trabajo puede decirse que estaba ya hecho.
-Cuando los aldeanos miraron hacia sus campos, por
-la mañana, vieron que las cosechas estaban perdidas.
-Y eso significaba que la muerte se hallaba cercana
-para ellos si no se marchaban, porque, un año sí y
-otro no, vivían tan próximos á morirse de hambre
-como próxima á ellos tenían la Selva. Al mandar á
-los búfalos para que fueran á pacer, los hambrientos
-animales se hallaron con que los ciervos habían dejado
-ya limpias todas las tierras de pastos, y así vagaron
-de un lado á otro por la Selva esparciéndose y yendo
-á juntarse con sus semejantes no domesticados; luego,<span class="pagenum" id="Page_318">[Pg 318]</span>
-al llegar la hora del crepúsculo, los tres ó cuatro
-caballitos que había en la aldea fueron hallados muertos
-en sus establos, con la cabeza destrozada. Sólo
-Bagheera podía haber dado golpes como aquéllos, y
-sólo á ella se le hubiera ocurrido la insolente idea de
-arrastrar el último cuerpo muerto hasta la calle.</p>
-
-<p>No les quedaron á los aldeanos ánimos para encender
-fogatas en los campos aquella noche, y así Hathi
-y sus tres hijos fueron espigando entre lo que había
-quedado, y donde espiguea Hathi no hay necesidad de
-que nadie vaya detrás de él. Decidieron los hombres
-vivir del trigo que guardaban para semilla, hasta que
-vinieran las lluvias, y entonces ponerse á servir como
-criados para recuperar, con lo que ganaran, lo perdido
-aquel año; pero mientras el negociante de granos
-estaba ya pensando en sus repletos graneros y en los
-precios que podría obtener al vender lo almacenado,
-los afilados colmillos de Hathi arrancaban toda una
-esquina de su casa, hecha de tapia, y rompían la gran
-arca de mimbres, cubierta de amontonado estiércol de
-vaca, en la cual se guardaba el precioso grano.</p>
-
-<p>Al descubrirse esta última pérdida llegó para el
-brahmán el momento oportuno de hablar. Hasta entonces
-había estado rezándoles á sus propios dioses
-sin obtener de ellos contestación. Podría ser, dijo,
-que, inadvertidamente, hubiera la aldea ofendido á
-alguno de los dioses de la Selva, porque era indudable
-que ésta se había puesto en contra de ellos. Como consecuencia
-de tales palabras mandaron á buscar al jefe
-de la más próxima tribu de gondos errantes (gente
-pequeña, lista y muy negra de color, que vive, dedicándose
-á la caza, en el corazón de la Selva, y cuyos
-antepasados fueron la raza más antigua de la India),
-los propietarios aborígenes de aquella tierra. Obsequiaron
-al gondo con lo poco que les quedaba, y él<span class="pagenum" id="Page_319">[Pg 319]</span>
-sosteníase sobre una pierna, arco en mano, y atravesados
-en el moño que formaban sus recogidos cabellos
-dos ó tres dardos envenenados, siendo su aspecto de
-temor y desprecio, á la vez, hacia los aldeanos, que le
-miraban ansiosos, y hacia sus destruidos campos.
-Deseaban saber, los que le consultaban, si sus dioses
-(los antiguos dioses) estaban incomodados con ellos, y
-qué sacrificios había que ofrecerles. El gondo no dijo
-una palabra, pero cogió unos sarmientos de <em>karela</em>,
-la especie de vid que produce amargas calabazas silvestres,
-y los puso entrelazados sobre la puerta del
-templo, frente á la cara de la roja imagen india cuyos
-ojos parecían mirar fijamente. Entonces, hizo un signo,
-como empujando con la mano en el espacio, en dirección
-del camino que conducía á Khanhiwara, y volvióse
-á su Selva, observando á los animales que la
-poblaban moverse en todas direcciones á través de
-ella. Bien sabía que cuando toda la Selva empieza á
-ponerse en movimiento sólo los hombres blancos son
-capaces de meterla en cintura.</p>
-
-<p>No había necesidad de preguntar lo que significaba
-la predicción. Las calabazas silvestres crecerían en
-adelante en el sitio donde habían ellos adorado á su
-dios, y, cuanto antes mejor, convenía que todos se
-pusieran en salvo.</p>
-
-<p>Pero es difícil arrancar á una aldea en masa del
-sitio en que parece estar sujeta con amarras. Allí
-siguieron sus habitantes mientras les quedaron comestibles
-de los usados en verano, y hasta probaron de
-alimentarse recogiendo nueces en la Selva; pero unas
-sombras de ojos brillantes les observaban, pasando
-ante ellos aun en mitad del día; y, cuando retrocedían
-corriendo hasta las paredes de sus chozas, notaban
-que los troncos de los árboles, por delante de los cuales
-habían pasado hacía menos de cinco minutos,<span class="pagenum" id="Page_320">[Pg 320]</span>
-tenían la corteza arrancada á tiras, y aparecían llenos
-de señales, hechas, como á cincel, por alguna enorme
-garra. Cuanto más se encerraban en su aldea, más
-atrevidas se volvían las fieras, que corrían por los
-prados rugiendo, junto al río Wainganga. Ni tiempo
-les quedaba para recomponer las paredes posteriores
-de los establos que daban hacia la Selva: el jabalí las
-pisoteaba; las vides silvestres, de nudosas raíces, se
-apresuraban, luego, á clavar sus codos sobre la tierra
-que acababan de conquistar, y, al fin, la gruesa yerba
-erizaba allí sus puntas, como las lanzas de un ejército
-de fantasmas que persiguiera á otro en retirada.</p>
-
-<p>Los hombres solteros fueron los primeros en huir,
-y esparcieron por todas partes la noticia de que la
-aldea estaba condenada á desaparecer. ¿Quién podía
-luchar, decían, contra la Selva, ó contra sus dioses,
-cuando hasta la misma cobra de la aldea había abandonado
-el agujero que ocupaba en la plataforma, bajo
-el árbol á cuya sombra se celebraban las reuniones?
-Así, el escaso comercio que allí se practicaba con el
-mundo exterior fué reduciéndose, como los caminos
-trillados, en los claros de la maleza, fueron disminuyendo
-y borrándose. Al fin, los trompeteos nocturnos
-de Hathi y de sus tres hijos dejaron de molestar á los
-aldeanos, porque nada les quedaba ya que pudiera
-serles robado. La cosecha que había sobre la tierra y
-la semilla enterrada bajo ella habían desaparecido por
-igual. Los campos distantes perdían su antigua forma,
-y la hora había ya llegado de acogerse á la caridad de
-los ingleses que vivían en Khanhiwara.</p>
-
-<p>Siguiendo la costumbre indígena, retrasaron los
-aldeanos su partida, dejándola de un día para otro,
-hasta que las primeras lluvias les cogieron desprevenidos;
-los abandonados techos de las chozas dieron paso
-á torrentes de agua; las tierras destinadas á pastos se<span class="pagenum" id="Page_321">[Pg 321]</span>
-inundaron hasta la altura del tobillo; y toda vida pareció
-renacer allí con fuerza tras los calores del verano.
-Entonces echaron á andar por el barro (hombres, mujeres
-y niños), bajo la lluvia matinal que les cegaba;
-pero se volvieron, por un impulso natural, para dar el
-último adiós á sus hogares.</p>
-
-<p>En el momento en que atravesaba las puertas de la
-aldea la última familia, agobiada bajo el peso de los
-fardos, oyóse ruido de bigas y techos de bálago que se
-hundían detrás de los muros. Vieron entonces una
-trompa negra y brillante, parecida á una serpiente,
-levantada en alto por un momento y ocupada en esparcir
-el bálago hervido. Desapareció, y pronto pudo oirse
-el ruido de otro hundimiento al que siguió un agudo
-grito. Hathi había estado arrancando techos de las
-chozas como quien arranca nenúfares, y una biga le
-había alcanzado al caer. No necesitaba más que esto
-para mostrar toda su contenida fuerza, porque, de
-cuantos seres hay en la Selva, el elefante salvaje,
-cuando está furioso, es el más destructor por maldad,
-por gusto. Dió una patada á una pared de tapia, que
-se deshizo con el golpe, y, desmenuzándose, se convirtió
-en amarillo barro, gracias al torrente de agua
-que caía. Entonces, volvióse en redondo, y, dando
-agudos gritos, lanzóse á través de las estrechas calles,
-apoyándose fuertemente contra las chozas á derecha é
-izquierda, destrozando las desvencijadas puertas y
-aplastando los aleros, mientras sus tres hijos corrían
-detrás de él, como habían corrido cuando la destrucción
-de los campos de Bhurtpore.</p>
-
-<p>&mdash;La Selva se tragará esas cáscaras que quedan,
-dijo una voz reposada, entre las ruinas. Lo que
-ahora hay que echar abajo es el muro exterior, añadió,
-y, en aquel momento, Mowgli, chorreándole
-la lluvia por los desnudos hombros y brazos, saltó<span class="pagenum" id="Page_322">[Pg 322]</span>
-desde una pared, que se venía al suelo como un búfalo
-cansado.</p>
-
-<p>&mdash;Llegas oportunamente, dijo Hathi jadeante. ¡Oh!
-¡Pero en Bhurtpore tenía yo los colmillos rojos de
-sangre!... ¡Al muro exterior, hijos míos! ¡Con la cabeza!
-¡Todos á la vez! ¡Ahora!</p>
-
-<p>Empujaron los cuatro, puestos uno al lado de otro;
-hizo comba la pared, rajóse, y cayó, mientras los aldeanos,
-mudos de terror, veían las feroces cabezas de
-los destructores, rayadas de arcilla, apareciendo por
-el roto boquete. Entonces huyeron, sin hogar ya y sin
-alimentos, por el valle, contemplando como la aldea,
-hecha pedazos esparcidos y pisoteados, se desvanecía
-á su espalda.</p>
-
-<p>Un mes después, el lugar era un otero lleno de
-hoyos y cubierto de blanda, verde yerba recién nacida,
-y al terminar las lluvias, la Selva entera rugía á plenos
-pulmones en el sitio donde aun no hacía seis meses que
-el arado solía remover la tierra.</p>
-
-<div class="figcenter illowp76" id="p322" style="max-width: 10em;">
- <img class="w100 p4" src="images/p322.jpg" alt="p323ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_323">[Pg 323]</span></p>
-</div>
-
-<h3>Canción de Mowgli contra los hombres</h3>
-
-<div class="poetry-container p1 pw25">
-<div class="poetry"><p>¡Sobre vosotros lanzaré las vides<br />
-de pies veloces, y á la Selva entera<br />
-mandaré luego que hasta el mismo rastro<br />
-que en pos vuestro dejéis á borrar vaya!<br />
-<br />
-Ante ella se hundirán todos los techos,<br />
-quedarán sin sostén los viejos muros,<br />
-y la amarga <em>karela</em>, como un manto<br />
-irá á cubrirlo todo con sus hojas.<br />
-<br />
-Donde á reuniros vais irán los míos<br />
-á aullar sin tregua, y del dintel colgantes<br />
-se verán en la puerta del granero<br />
-á los grandes murciélagos inmóviles;<br />
-y tendréis por guardiana á la serpiente<br />
-que en vuestro hogar reposará tranquila,<br />
-y la amarga <em>karela</em> irá á dar fruto<br />
-donde hoy en lechos os tendéis vosotros.<br />
-<br />
-Yo haré que aunque sin ver á mis amigos<br />
-sintáis su azote y les oigáis temblando:<br />
-de noche he de mandarlos, cuando el suelo<br />
-no ilumina la luna todavía.<br />
-<br />
-Yo os daré por pastor al fiero lobo<br />
-que en no acotados campos irá á erguirse,<br />
-y la amarga <em>karela</em> sus simientes<br />
-esparcerá donde el amor gozasteis.<br />
-<br />
-Yo en vuestros campos lanzaré á mi pueblo<br />
-y, al frente de él, aun antes que vosotros,<br />
-iré á segarlos, y, ya el pan perdido,<br />
-tendréis que ir á espigar tras nuestras huellas.<br />
-<br />
-Serán de hoy más los ciervos vuestras yuntas<br />
-para labrar las tierras devastadas,<br />
-que donde alzarse vuestro hogar solía<br />
-sólo abrirá sus hojas la <em>karela</em>.<br />
-<br />
-Sobre vosotros lanzaré las vides<br />
-de pies que lejos van: vuestros linderos<br />
-los borrará la Selva al invadiros<br />
-y el bosque ha de reinar en vuestros prados.</p>
-</div>
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p>Los techos se hundirán en vuestras casas,<br />
-quedarán sin sostén los viejos muros<br />
-y la amarga <em>karela</em> con sus hojas<br />
-irá á cubriros para siempre á todos.</p>
-</div>
-</div>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_324">[Pg 324]</span></p>
-<div class="figcenter illowp100" id="p324" style="max-width: 4em;">
- <img class="w100 p6" src="images/p324.jpg" alt="p324ilo" />
-</div>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_325">[Pg 325]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p325" style="max-width: 37.5em;">
- <img class="w100 p4" src="images/p325.jpg" alt="p325ilo" />
-</div>
-
-<h2 class="nobreak">Los enterradores</h2>
-
-<div class="block60">
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p><span style="margin-left: 1em;">Quien al chacal le llame «hermano mío»</span><br />
-y parta su comida con la hiena,<br />
-es como aquel que con Jacala, el vientre<br />
-que en cuatro patas corre, pacte tregua.</p>
-
-<p class="right p1" style="padding-right: 2em;"><em>(Ley de la Selva).</em></p>
-</div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="p2">&mdash;¡Respetad á los ancianos!</p>
-
-<p class="p2">La voz que esto decía era una voz pastosa (fangosa,
-más bien, y que os hubiera hecho estremecer si la
-hubieseis oído)... una voz que parecía el rumor de algo
-muy blando que se partiera en dos pedazos. Había en
-ella un quiebro especial que la hacía participar del
-graznido y del lamento.</p>
-
-<p>&mdash;¡Respetad á los ancianos, compañeros del río!...
-¡Respetad á los ancianos!</p>
-
-<p>Nada podía verse en toda la ancha extensión ocupada
-por el cauce, exceptuando una flotilla de gabarras,
-de velas cuadradas y clavijas de madera, cargada
-de piedras para edificaciones, y que acababa de llegar
-bajo el puente del ferrocarril, siguiendo corriente
-abajo. Hicieron jugar los toscos timones para evitar<span class="pagenum" id="Page_326">[Pg 326]</span>
-el banco de arena que había formado el agua al rozar
-contra los estribos del puente, y mientras pasaban, á
-tres de fondo, la horrible voz comenzó de nuevo á
-decir:</p>
-
-<p>&mdash;¡Brahmanes del río, respetad á los ancianos y
-achacosos!</p>
-
-<p>Volvióse uno de los barqueros, que iba sentado en
-la regala de uno de los barcos, levantó la mano, dijo
-algo, que no era precisamente una bendición, y los
-botes siguieron adelante, crujiendo de cuando en cuando,
-iluminados por la luna. El ancho río indio, que
-tenía más bien el aspecto de una cadena formada por
-lagos pequeños que el de una verdadera corriente continua,
-era terso como un cristal, reflejando en el centro
-el cielo de color de arena roja, pero mostrándose
-salpicado de manchas amarillentas y de un color de
-púrpura obscuro cerca de sus bajas orillas, y aun tocando
-con ellas. En la estación lluviosa formábanse
-calas en el río; pero ahora sus secas bocas quedaban
-muy por encima de la superficie del agua. Sobre la
-orilla izquierda, casi bajo el puente del ferrocarril,
-veíase una aldea edificada con fango y ladrillos, con
-bálago y palos, cuya principal calle, llena de ganado
-que volvía á sus establos, iba en línea recta hasta el
-río, y terminaba en una especie de tosco desembarcadero
-de ladrillo, en el que la gente que necesitaba
-lavar podía meterse en el agua paso á paso. Este sitio
-se llamaba el <em>Ghaut</em> de la aldea de <em>Mugger-Ghaut</em><a id="FNanchor_20" href="#Footnote_20" class="fnanchor">[20]</a>.</p>
-
-<p>Caía la noche á más andar sobre los campos de
-lentejas, arroz y algodón, en las tierras bajas, anualmente
-inundadas por el río; sobre los cañaverales que
-bordeaban el vértice del recodo que aquél formaba, y
-sobre la enmarañada maleza que crecía en las tierras
-<span class="pagenum" id="Page_327">[Pg 327]</span>de pastos, detrás de las adormecidas cañas. Los papagayos
-y los cuervos, que estuvieron charlando y dando
-gritos al ir á beber por la tarde, como de costumbre,
-habían volado ya tierra adentro para ir á dormir,
-cruzándose con los batallones de murciélagos que
-entonces salían; y nubes de aves acuáticas venían
-silbando á buscar el abrigo de los cañaverales. Había
-gansos de cabeza casi cilíndrica y de negra espalda,
-cercetas, patos silbadores, lavancos, tadornas, chorlitos,
-y, de cuando en cuando, un flamenco.</p>
-
-<p>Cerraba pesadamente la marcha una grulla de las
-llamadas <em>ayudantes</em>, que volaba como si cada uno de
-sus aletazos fuera el último que iba á dar en su vida.</p>
-
-<p>&mdash;¡Respetad á los ancianos!... ¡Brahmanes del
-río... respetad á los ancianos!</p>
-
-<p>La grulla volvió á medias la cabeza, desvióse un
-poco en dirección de la voz y fué á pararse muy tiesa
-en el banco de arena que había debajo del puente.
-Entonces pudo verse bien su aire brutal y rufianesco.
-Por detrás parecía de gran respetabilidad, porque
-medía casi dos metros de alto, y su aspecto ofrecía
-bastante semejanza con el de un correctísimo pastor
-protestante de gran calva. Por delante era distinto,
-porque su cabeza á lo <em>Ally Sloper</em><a id="FNanchor_21" href="#Footnote_21" class="fnanchor">[21]</a> y su cuello no
-tenían ni una sola pluma, y en aquél llevaba una horrible
-bolsa de desnuda piel... á donde iba á parar cuanto
-su largo y afilado pico robaba. Eran sus patas largas,
-flacas y descarnadas; pero las movía con gran suavidad
-y las contemplaba con orgullo al alisarse las plumas
-de la cola, mirando de soslayo por encima del
-hombro y cuadrándose luego, como si obedeciera al
-grito de: «¡firmes!»</p>
-
-<p>Un chacal pequeño y sarnoso que había estado ladrando<span class="pagenum" id="Page_328">[Pg 328]</span>
-como perrito hambriento allá en una hondonada,
-levantó las orejas y la cola y corrió al encuentro
-de la grulla.</p>
-
-<p>Era el ser más bajo de toda su casta (y no quiere
-decir esto que en los mejores chacales haya mucho
-bueno, sino que éste era una especialidad en lo de la
-bajeza, por ser mitad mendigo y mitad criminal), dedicado
-á limpiar los montones de basura de la aldea,
-exageradamente tímido ó temerariamente fiero, con
-hambre perpetua, y lleno de astucia, que jamás le sirvió
-para maldita la cosa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Uf! dijo, sacudiéndose con aire lastimoso, al
-pararse. ¡Así la sarna se coma á los perros de la aldea!
-Tres mordidas me han dado por cada pulga que llevo
-encima, y todo porque miré (nada más que mirar,
-fijaos bien) un zapato viejo que había en un corral de
-vacas. Pues ¿qué he de comer? ¿Barro? Al decir esto
-se rascó debajo de la oreja izquierda.</p>
-
-<p>&mdash;Oí yo, contestó la grulla con voz que parecía el
-ruido de una sierra embotada pasando á través de una
-gruesa tabla, oí yo decir que había un perrillo recién
-nacido dentro de ese zapato.</p>
-
-<p>&mdash;Del dicho al hecho hay gran trecho, repuso el
-chacal que conocía bastantes refranes, aprendidos
-escuchando las conversaciones que tenían los hombres
-alrededor de las fogatas, al caer de la tarde.</p>
-
-<p>&mdash;Cierto que sí. Y por esto, para estar yo segura
-de la verdad, me quedé cuidando á ese cachorro mientras
-los perros estaban ocupados en otro sitio.</p>
-
-<p>&mdash;Estaban <em>muy</em> ocupados, dijo el chacal. Bueno:
-no he de ir á caza de lo que sobre en la aldea por algún
-tiempo. ¿De modo que de veras había un perrillo ciego
-dentro de aquel zapato?</p>
-
-<p>&mdash;Aquí está, contestó la grulla mirando por encima
-del pico á su bolsa que estaba llena. Poca cosa es, pero<span class="pagenum" id="Page_329">[Pg 329]</span>
-muy aceptable en estos tiempos en que la caridad ha
-muerto en este mundo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay! El mundo es duro como el hierro, en nuestros
-tiempos, exclamó el chacal gimiendo. En aquel
-instante sus inquietos ojos notaron una levísima ondulación
-en el agua, y se apresuró á decir, continuando:</p>
-
-<p>&mdash;La vida es muy dura para todos nosotros, y no
-dudo de que hasta nuestro excelente amo, orgullo del
-<em>Ghaut</em> y envidia del río...</p>
-
-<p>&mdash;Un embustero, un adulador y un chacal son tres
-cosas que salieron á la vez de un mismo huevo, dijo la
-grulla sin dirigirse á nadie de un modo determinado,
-porque también era ella una grandísima embustera,
-cuando quería tomarse esa molestia.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, la envidia del río..., repitió el chacal elevando
-la voz. Hasta él mismo opina, sin duda, que desde
-que se construyó el puente es más escasa la buena
-comida. Pero, por otra parte, aunque no quisiera yo
-decirle esto en su propia y nobilísima cara, es él tan
-sabio y virtuoso... como poco... ¡ay! tengo yo de
-ambas cosas...</p>
-
-<p>&mdash;Cuando el chacal confiesa que es gris muy negro
-debe de ser, murmuró la grulla, á la cual no se le
-alcanzaba, entonces, lo que iba á suceder.</p>
-
-<p>&mdash;Que no le falte nunca la comida á él, y, como
-consecuencia...</p>
-
-<p>Oyóse un ruido sordo de algo que rozaba, como si
-un bote acabara de tocar en sitio donde el agua fuera
-poco profunda. Volvióse en redondo el chacal y se encaró
-(al fin más vale siempre hacerlo así), con el animal
-de quien había estado hablando en aquellos momentos.
-Era un cocodrilo de más de siete metros de
-largo, encerrado en lo que bien podía compararse á
-una plancha de caldera de triples remaches, claveteada,
-carenada y adornada luego con una especie de cresta;<span class="pagenum" id="Page_330">[Pg 330]</span>
-con unos dientes amarillos cuyas puntas colgaban desde
-la mandíbula superior, pasando sobre la inferior, hermosamente
-terminada en una especie de pico de flauta.
-Era el achatado <em>Mugger</em>, ó <em>bocón</em>, de la aldea de
-<em>Mugger-Ghaut</em>, más viejo que ninguno de los aldeanos,
-que había dado su nombre al lugar, y algo como el
-diablo de aquel río, en su parte vadeable, antes de que
-se construyera el puente del ferrocarril: un asesino,
-un devorador de carne humana, y un fetiche local, todo
-en una pieza. Quedóse tendido, con la barba en la orilla
-del agua, conservándose en esta posición gracias á
-una casi invisible ondulación de la cola, y bien sabía
-el chacal que bastaría un solo golpe de esta última, dado
-en el agua, para que el <em>Mugger</em> se elevara por la orilla
-con la velocidad de una máquina de vapor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Feliz encuentro, protector de los pobres!, dijo
-con servil adulación, retrocediendo un poco á cada
-palabra. Oimos una voz deliciosa y nos acercamos con
-la esperanza de un poco de conversación agradable.
-Mi presunción desmesurada me indujo, mientras esperábamos,
-á hablar de vos. Espero que nada se habrá
-oído por casualidad.</p>
-
-<p>Ahora bien, el chacal había hablado precisamente
-para que le oyeran, porque sabía que la adulación era
-el mejor medio de procurarse algo para comer; y el
-<em>Mugger</em> sabía que únicamente con tal fin había hablado
-el chacal; y el chacal no ignoraba que el <em>Mugger</em> lo
-supiera; y éste sabía que el chacal estaba seguro de
-que lo sabía él; pero, á pesar de ello, quedábanse
-todos tan contentos.</p>
-
-<p>El viejísimo animal adelantóse, jadeando y gruñendo,
-sobre la orilla, mientras farfullaba sus acostumbradas
-palabras:</p>
-
-<p>&mdash;¡Respetad á los viejos y achacosos!</p>
-
-<p>Durante todo este tiempo sus ojillos brillaban como<span class="pagenum" id="Page_331">[Pg 331]</span>
-brasas bajo los pesados, córneos párpados, encima
-mismo de su triangular cabeza, al paso que iba arrastrando
-el cuerpo, hinchado como un barril, entre sus
-patas ganchosas. Al fin, se paró, y acostumbrado y
-todo, como estaba el chacal, á sus maneras, no pudo
-evitar un estremecimiento, que experimentaba ya por
-centésima vez, cuando vió cuan exactamente se parecía
-el <em>Mugger</em> á un leño arrojado junto á la orilla del río.
-Hasta había tenido el cuidado de tenderse formando,
-precisamente, con el agua el mismo ángulo que, al
-encallar naturalmente, formaría un madero, teniendo
-en cuenta cómo era la corriente en aquella época y
-lugar. Todo esto no era, por supuesto, más que cuestión
-de hábito, porque el <em>Mugger</em> había venido á tierra
-únicamente por gusto; pero nunca un cocodrilo está
-bastante harto, y si el chacal hubiera llegado á equivocarse,
-tomándolo por lo que parecía y no por lo que
-era, no habría quedado con vida para seguir filosofando
-sobre este asunto.</p>
-
-<p>&mdash;Hijo mío, no he oído nada, dijo el <em>Mugger</em>
-cerrando un ojo. Nada podía oir, porque el agua me
-lo impedía, y, por otra parte, el hambre me tenía desfallecido.
-Desde que se construyó el puente del ferrocarril
-la gente de mi aldea ha dejado ya de quererme,
-y esto me tiene con el corazón traspasado de dolor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué vergüenza! dijo el chacal. ¡Un corazón tan
-noble como el vuestro! Pero los hombres son todos
-parecidos, por lo que á mí se me alcanza.</p>
-
-<p>&mdash;Nada de eso. Hay entre ellos muy grandes diferencias,
-por cierto, contestó el <em>Mugger</em> con dulzura.
-Unos son flacos como bicheros de bote; otros, gordos
-como cachorros de chac... digo, de perro. Jamás quisiera
-yo hablar mal de los hombres sin motivo para
-ello. Los hay de muy diversas clases; pero los años me
-han demostrado que, en general, son muy buenos. Ni<span class="pagenum" id="Page_332">[Pg 332]</span>
-en los hombres, ni en las mujeres, ni en los niños, hallo
-yo nada que reprochar. Y acuérdate, hijo mío, de que
-aquel que desprecia al mundo será despreciado por él.</p>
-
-<p>&mdash;La adulación es peor que una lata vacía en el
-estómago; pero la verdad es que lo que acabo de oir
-no es más que sabiduría pura, dijo la grulla, bajando
-una de sus patas.</p>
-
-<p>&mdash;Considerad, sin embargo, lo ingratos que son
-con quien es tan bondadoso, comenzó á decir el chacal
-muy tiernamente.</p>
-
-<p>&mdash;¡No, no, no son ingratos! contestó el <em>Mugger</em>.
-Es que no piensan en los demás: no otra cosa. Pero yo
-he notado, estando fijo en mi puesto allá por debajo
-del vado, que las escaleras del puente nuevo son tan
-difíciles de subir que es una crueldad el obligar á pasar
-por ellas á los ancianos y á los niños. Los primeros no
-son, en realidad, tan dignos de consideración; pero los
-que á mí me apenan (me apenan verdaderamente),
-son los niños que están gordos. Sin embargo, paréceme
-que, á no tardar, cuando haya pasado ya la novedad
-ésa del puente, veremos á mis gentes chapoteando
-por el agua del vado como antes, valerosamente,
-desnuda la morena pierna. Entonces el viejo <em>Mugger</em>
-se verá honrado otra vez.</p>
-
-<p>&mdash;Pero yo estoy seguro de haber visto guirnaldas
-de caléndulas flotando en el borde del <em>Ghaut</em> esta misma
-tarde, dijo la grulla.</p>
-
-<p>Las guirnaldas de caléndulas son una muestra de
-veneración en toda la India.</p>
-
-<p>&mdash;Error... error. Era la mujer del vendedor de confituras.
-Va perdiendo la vista cada año más, y no es
-capaz ya de distinguir entre un madero y yo... el
-<em>Mugger</em> del <em>Ghaut</em>. Ya ví la equivocación cuando
-arrojó la guirnalda, porque estaba echado al pie mismo
-del <em>Ghaut</em>, y, si llega á dar un paso más, le hubiera<span class="pagenum" id="Page_333">[Pg 333]</span>
-demostrado que había un poco de diferencia entre lo
-que á ella le parecía igual. Mas, en fin, la intención era
-buena y hay que considerar el espíritu de la ofrenda y
-no otra cosa.</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué sirven las guirnaldas de caléndulas
-cuando está uno ya en el estercolero? dijo el chacal
-dedicándose á cogerse las pulgas; pero no quitando
-ojo, con cierto aburrimiento, de su Protector de los
-pobres.</p>
-
-<p>&mdash;Cierto, pero no han empezado aún á hacer el estercolero
-al cual he de ir á parar yo. Cinco veces he
-visto el río retroceder desde la aldea y dejar al descubierto
-nueva tierra, al pie de la calle. Cinco veces he
-visto reedificar la aldea sobre las orillas, y la veré reedificar
-aun cinco veces más. No soy yo un inconstante
-gavial<a id="FNanchor_22" href="#Footnote_22" class="fnanchor">[22]</a>, que se dedica á coger peces, hoy en Kasi y
-mañana en Prayag, como dice el proverbio, sino el
-verdadero y continuo vigilante del vado. Por algo,
-muchacho, por algo lleva mi nombre la aldea, y «quien
-mucho vigila», como suele decirse, «obtendrá, al fin,
-su galardón».</p>
-
-<p>&mdash;Mucho he vigilado yo... mucho... casi toda mi
-vida, y el premio que he recibido son mordiscos y cardenales,
-dijo el chacal.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ja, ja, ja! contestó soltando la carcajada la grulla.</p>
-
-<div class="poetry-container p1 pw15">
-<div class="poetry">
-<p><span style="margin-left: 1em;">Nació el chacal en Agosto</span><br />
-y en Septiembre son las lluvias...<br />
-¡y él dice que <em>no recuerda</em><br />
-ver llover como hoy diluvia!</p>
-</div>
-</div>
-
-
-<p class="p1">Tiene la grulla ayudante una particularidad muy
-desagradable. En épocas que se reproducen con irregularidad<span class="pagenum" id="Page_334">[Pg 334]</span>
-sufre de agudos ataques de hormigueos ó
-calambres en las piernas, y aunque tenga la virtud de
-la resistencia en mayor grado que cualquiera de las
-otras clases de grullas, que, sin embargo, muestran
-siempre un aire de inmensa impasibilidad, se echa á
-revolotear en salvajes danzas guerreras bailadas en su
-especie de zancos torcidos, abriendo á medias las alas
-y moviendo de arriba abajo su cabeza calva; y mientras
-esto hace, por motivos que ella sabrá, sin duda,
-cuida grandemente de que sus más fuertes ataques vayan
-acompañados de sus más acerbas críticas. Al terminar
-la última palabra de su cantar cuadróse de nuevo
-muy tiesa, diez veces más digna que nunca del nombre
-de <em>ayudante</em>, que llevaba.</p>
-
-<p>El chacal retrocedió acobardado, aunque había
-visto ya sucederse en su vida tres estaciones del año;
-pero no puede uno darse fácilmente por ofendido y
-contestar á un insulto cuando proviene éste de quien
-posee un pico de un metro de largo y el poder de clavarlo
-como una jabalina. La grulla se distinguía por
-lo cobarde; pero el chacal era aun peor que ella.</p>
-
-<p>&mdash;Hay que vivir para aprender, dijo el <em>Mugger</em>, y
-bien puede afirmarse lo siguiente: los chacales pequeños
-abundan mucho; pero un <em>bocón</em> como yo es raro.
-Á pesar de ello no soy yo orgulloso, porque el orgullo
-conduce á la propia perdición; mas, fíjate bien,
-eso es cosa del Hado, y contra el Hado ni uno solo de
-los que nadan, caminan ó corren debiera decir palabra.
-Yo estoy contento del Hado. Con buena suerte, buen
-ojo y la costumbre de asegurarse de que está libre la
-salida antes de que te metas en alguna cala ó remanso,
-mucho puede hacerse.</p>
-
-<p>&mdash;Oí decir una vez que hasta el Protector de los
-pobres se equivocó, dijo el chacal, maliciosamente.</p>
-
-<p>&mdash;Cierto, pero hasta entonces vino el Hado en mi<span class="pagenum" id="Page_335">[Pg 335]</span>
-ayuda. Era antes de que hubiera adquirido todo mi
-desarrollo... tres hambres antes de la última que ha
-habido. (¡Por la margen derecha é izquierda del Ganges
-que la corriente de los ríos era enorme en aquellos
-tiempos!) Pues sí, era yo joven y atolondrado, y al venir
-la inundación que hubo ¿quién más contento que yo?
-Con poca cosa me bastaba entonces para considerarme
-muy dichoso. La aldea estaba completamente inundada,
-y yo nadé por encima del <em>Ghaut</em> yéndome tierra
-adentro, hasta llegar á los campos de arroz, que encontré
-llenos de barro. Acuérdome también de un par
-de brazaletes (por cierto que eran de cristal y no les
-hice el menor caso) que encontré aquella tarde. Sí, brazaletes
-de cristal, y, si la memoria no me es infiel, también
-hallé un zapato. Debiera haber sacudido aquel
-zapato... y el otro, pues había dos; pero estaba yo
-hambriento. Más tarde aprendí á proceder mejor. ¡Ah,
-sí! Comí, pues, y descansé; mas, cuando me disponía á
-volver al río, la inundación había bajado ya mucho de
-nivel, y yo pasé caminando por el barro de la calle
-principal. ¿Quién sino yo hubiera hecho esto? Acudió
-toda mi gente, sacerdotes, mujeres y niños, y yo los
-miré con benevolencia. El fango no se presta para que
-uno pueda combatir bien. Uno de los barqueros dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Id á buscar hachas y matadlo, que es el <em>Mugger</em>
-del vado.</p>
-
-<p>&mdash;Nada de eso. ¡Mirad! Se lleva por delante la
-inundación. Es el dios que protege á la aldea.</p>
-
-<p>Entonces me arrojaron gran cantidad de flores, y
-alguien tuvo la feliz ocurrencia de ponerme una cabra
-en mitad del camino.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué buena!... ¡Pero qué buena es la cabra! exclamó
-el chacal.</p>
-
-<p>&mdash;Tiene muchos pelos... muchos pelos... y cuando
-se la encuentra uno en el agua es más que probable<span class="pagenum" id="Page_336">[Pg 336]</span>
-que dentro de ella haya escondido algún anzuelo en
-forma de cruz. Pero lo que es aquella cabra la acepté,
-y me fuí, triunfalmente, hasta el <em>Ghaut</em>. Más tarde, el
-Hado hizo que cayera en mi poder aquel barquero que
-había querido cortarme la cola con un hacha. Su bote
-embarrancó en un banco de que vosotros no os acordaríais
-ahora, aunque os dijera dónde está.</p>
-
-<p>&mdash;No <em>todos</em> somos aquí chacales, dijo la grulla. ¿Era
-el banco que se formó donde se fueron á pique los barcos
-que acarreaban piedras, el año de la gran sequía...
-un banco de arena muy largo que duró por espacio de
-tres inundaciones?</p>
-
-<p>&mdash;Había dos, dijo el <em>Mugger</em>: uno más arriba y otro
-más abajo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, sí! Se me había olvidado. Un canal los separaba,
-y más tarde se secó también, dijo la grulla, que
-se sentía orgullosa de su buena memoria.</p>
-
-<p>&mdash;En el banco de abajo fué á embarrancar la barca
-del hombre que tan buenas intenciones tenía respecto
-á mí. Estaba durmiendo en la proa, y, medio despierto,
-saltó al agua, que le llegaba hasta la cintura (ó no, no
-más que hasta las rodillas) para empujar la embarcación.
-Ésta, vacía, siguió adelante, yendo á tocar de
-nuevo en la tierra del próximo recodo que la corriente
-formaba entonces. Yo fuí siguiendo también, porque
-sabía que no faltarían hombres que salieran para
-arrastrar el barco hasta la playa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y sucedió así? preguntó el chacal un poco despavorido.</p>
-
-<p>Era éste un modo de cazar tan en grande que le
-causaba profunda impresión.</p>
-
-<p>&mdash;Acudieron los hombres allí y más abajo también.
-No fuí ya más lejos; pero esto me permitió apoderarme
-de tres en un día... tres <em>manjis</em> (barqueros) bien gordos,
-y, excepto el último (con el cual tuve ya menos cuidado<span class="pagenum" id="Page_337">[Pg 337]</span>
-que con los otros), ni uno pudo gritar para advertir
-á los que se hallaban en la orilla del río.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¡Qué modo de cazar! ¡Con qué nobleza!
-¡Pero cuánta habilidad y qué superior juicio reclama!
-dijo el chacal.</p>
-
-<p>&mdash;No, habilidad no, muchacho, sino solamente pensar
-un poco. El pensar es á la vida lo que la sal al
-arroz, como dicen los barqueros, y yo he pensado
-siempre profundamente. El gavial, mi primo, el que
-se alimenta de peces, me tiene dicho cuán difícil es
-para él el seguirlos, y cuánto difieren unos de otros, y
-cómo él necesita conocerlos á todos en conjunto y á
-cada uno por separado. Á esto le llamo yo sabiduría;
-pero, por otra parte, hay que tener en cuenta que mi
-primo, el gavial, vive entre su gente. <em>Mi</em> gente no
-nada por bandadas, con la boca fuera del agua, como
-hace <em>Rewa</em>; ni sale constantemente á la superficie del
-agua, ni se vuelve de lado, como suelen <em>Mohoo</em> y el
-diminuto <em>Chapta</em>; ni se junta en los bancos de arena
-después de una inundación, como <em>Batchua</em> y <em>Chilva</em>.</p>
-
-<p>&mdash;Todos son manjares exquisitos, dijo la grulla,
-acompañando las palabras con un chasquido del pico.</p>
-
-<p>&mdash;Eso dice mi primo, y convierte en ocupación
-muy seria el cazarlos; pero ellos no se le encaraman
-por los bancos de arena para escaparse de sus dientes.
-<em>Mi</em> gente es muy distinta. Vive en la tierra, en casas,
-entre sus ganados. Yo necesito saber lo que hacen y
-hasta lo que piensan hacer; y así poniendo primero la
-trompa del elefante, y luego la cola, como suele decirse,
-reconstruyo el elefante entero. ¿Qué cuelga de
-una puerta una rama verde con un anillo de hierro?
-Pues el viejo <em>Mugger</em> sabe que ha nacido un niño en
-aquella casa y que algún día vendrá al <em>Ghaut</em> á jugar.
-¿Va á casarse una doncella? Pues el viejo <em>Mugger</em> lo
-sabe, porque ve cómo los hombres van y vienen con<span class="pagenum" id="Page_338">[Pg 338]</span>
-regalos; y, al fin, ella, también, acude al <em>Ghaut</em> para
-bañarse antes de la boda, y... allí está él. ¿Qué ha
-cambiado el río su curso y ha dejado nuevas tierras
-donde antes no había más que arena? El <em>Mugger</em> lo
-sabe igualmente.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, ¿y de qué sirve el saber esto? dijo el chacal.
-El río ha cambiado de sitio hasta durante mi corta
-vida.</p>
-
-<p>Los ríos en la India están casi siempre mudando su
-curso, y se desvían á veces hasta media legua ó más
-en una sola estación, inundando los campos de una de
-las orillas y esparciendo fertilizante cieno sobre la
-opuesta.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_339">[Pg 339]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p339" style="max-width: 37.5em;">
- <img class="w100 p6 p6b" src="images/p339.jpg" alt="p339ilo" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter"><p>&mdash;No hay conocimiento más útil que éste, dijo el
-<em>Mugger</em>, porque á tierra nueva, nuevas pendencias.
-El <em>Mugger</em> lo sabe... ¡oh, lo sabe perfectamente! En
-cuanto el agua se ha retirado, arrástrase él por las
-estrechas grietas que los hombres creen que no son
-bastante anchas para que en ellas pueda esconderse ni
-un perro, y allí espera. Á poco aparece un labriego
-diciendo que plantará aquí cohombros, y allí melones,
-en la tierra nueva que el río le ha dado. Con los pies
-desnudos tantea aquel cieno excelente. Á los pocos
-instantes llega otro, diciendo que él cultivará allí cebollas,
-zanahorias y caña de azúcar, en tal y tal sitio.
-Se acercan como dos botes que tuercen el rumbo hacia
-igual punto, y, al acercarse, cada uno de ellos mira al
-otro con ojos que parecen rodar bajo el enorme turbante
-azul. El viejo <em>Mugger</em> ve y oye. Danse mútuamente
-el nombre de <em>hermano</em>, y van á amojonar la
-nueva tierra. El <em>Mugger</em> corre, detrás de ellos, de un
-lado á otro, deslizándose, muy aplastado contra el
-suelo, por entre el barro. ¡Ahora empiezan á disputarse!
-¡Ya se insultan! ¡Ahora se arrancan los turbantes! ¡Ya
-levantan sus <em>lathis</em> (garrotes), y, por fin, cae uno de
-<span class="pagenum" id="Page_340">[Pg 340]</span>
-espaldas en el fango y el otro se va corriendo. Cuando
-vuelve, la cuestión queda definitivamente zanjada, y
-de ello puede dar fe el bambú herrado del vencido.
-Y aun no le agradecen nada al <em>Mugger</em>. No; gritan:
-¡un asesinato! y las familias se pelean á garrotazos,
-veinte de este bando y veinte del otro. Mi gente son
-muy buena gente... <em>jats</em> de las montañas... <em>malwais</em>
-del Bêt. Cuando pegan, no pegan por juego, y una vez
-ha terminado la lucha, el viejo <em>Mugger</em> espera allá
-lejos en el río, donde no se le puede ver desde la aldea,
-detrás de las matas de <em>kikar</em> que hay por allá. Entonces,
-bajan mis <em>jats</em> de anchos hombros, ocho ó nueve
-juntos, á la luz de las estrellas, conduciendo al muerto,
-colocado sobre una cama. Son viejos de barba gris y
-de voz tan profunda como la mía. Encienden un fuego
-(¡ah! ¡cómo conozco yo ese fuego!), tragan tabaco,
-formando un círculo mueven la cabeza todos á la vez
-hacia delante, ó hacia un lado, en dirección del muerto
-que está sobre la orilla. Dicen que las leyes inglesas
-arreglarán aquello por medio de la horca, y que la
-familia del matador tendrá que pasar por la vergüenza
-de ver cómo lo cuelgan en el gran patio de la cárcel.
-Entonces, contestan los amigos del muerto: «pues que
-lo ahorquen», y la conversación vuelve á empezar de
-nuevo... una, dos, veinte veces durante la interminable
-noche. Al fin, dice uno:</p></div>
-
-<p>&mdash;La lucha fué cara á cara, con nobleza. Tomemos
-el dinero que nos ofrecen y un poco más, y no digamos
-palabra de lo sucedido.</p>
-
-
-<p>Y empiezan á regatear sobre el dinero, porque el
-muerto era hombre robusto y ha dejado muchos hijos.
-Pero todavía antes del <em>amratvela</em> (la salida del sol), lo
-queman un poco con el fuego preparado al efecto,
-según la costumbre, y el muerto viene á parar á mí,
-y lo que es él no dirá ya nada sobre el asunto. ¡Ah!<span class="pagenum" id="Page_341">[Pg 341]</span>
-hijos míos, el <em>Mugger</em> sabe... sabe muchas cosas... y
-los <em>Malwah Jats</em> son muy buena gente.</p>
-
-<p>&mdash;Tienen el puño demasiado cerrado... son harto
-mezquinos para llenarme el buche, dijo graznando la
-grulla. Ellos sí que no gastan inútilmente el lustre
-poniéndolo en los cuernos de la vaca, como suele decirse;
-y, á ver, quisiera yo que me dijeran ¿quién es el
-que puede espigar después que ha pasado un <em>Malwah</em>?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, yo!... yo espigueo... los <em>espigueo</em> á ellos,
-dijo el <em>Mugger</em>.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien: en Calcuta del Sur, antes, siguió
-diciendo la grulla, todo lo tiraban á la calle, y nosotros
-podíamos escoger y revolverlo todo. ¡Esos sí que eran
-buenos tiempos! Pero hoy... hoy las calles están
-mondas como la cáscara de un huevo, y mi gente vuela
-hacia otro sitio. Una cosa es ser limpio, y otra quitar
-el polvo, barrer y regar siete veces cada día: eso
-aburre hasta á los mismos dioses.</p>
-
-<p>&mdash;Contóme un día un chacal de las tierras bajas
-que en Calcuta del Sur todos los nuestros estaban
-gordos como nutrias en la estación de las lluvias, dijo
-el chacal, haciéndosele la boca agua sólo con pensarlo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Pero allí están los de la cara blanca... los
-ingleses, y ellos llevan consigo unos perros gordos,
-que conducen de no sé donde, allá, río abajo, en unos
-barcos, y que cuidan de que esos mismos chacales de
-que hablas estén flacos, replicó la grulla.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tienen, pues, tan duro el corazón como esa
-gente? Debía haberlo supuesto. Ni la tierra, ni el cielo,
-ni el agua se muestran caritativos con el chacal. Yo
-ví las tiendas de uno de los de la cara blanca, en la
-última estación, después de las lluvias, y además le
-cogí unas riendas nuevas, amarillas, para comérmelas.
-Los blancos no saben preparar bien las pieles. Aquellas
-riendas me pusieron muy enfermo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_342">[Pg 342]</span></p>
-
-<p>&mdash;Peor es lo que me sucedió á mí, dijo la grulla.
-Cuando no contaba yo más que tres estaciones y era
-tan joven como atrevida, fuíme al sitio del río en que
-atracan los barcos grandes. Los barcos de los ingleses
-tienen triple tamaño que esta aldea.</p>
-
-<p>&mdash;Ésta, por lo visto, ha estado en Delhi y quiere
-hacernos creer que allí la gente anda cabeza abajo,
-murmuró el chacal.</p>
-
-<p>El <em>Mugger</em> abrió el ojo izquierdo y miró fijamente
-á la grulla.</p>
-
-<p>&mdash;Pues es verdad, dijo la enorme ave insistiendo.
-Un embustero no miente más que cuando tiene la
-esperanza de que le van á creer. Pues bien: nadie que
-no hubiera visto aquellos barcos podría dar fe á esta
-verdad que digo.</p>
-
-<p>&mdash;Esto es ya algo más puesto en razón, contestó
-el <em>Mugger</em>. ¿Y qué más?</p>
-
-<p>&mdash;De las profundidades de uno de aquellos barcos estaban
-sacando grandes pedazos de una materia blanca
-que, al cabo de muy poco rato, se deshacía, convirtiéndose
-en agua. Buena parte de los pedazos se desmenuzó,
-cayendo sobre la orilla, y el resto lo colocaron
-prontamente en una casa de gruesas paredes. Pero un
-barquero cogió, riéndose, uno de aquellos trozos, que
-no era mayor que un perrillo, y me lo tiró. Yo (como
-todos los míos) trago sin reflexionar, y también me
-tragué aquello, según nuestra costumbre. Inmediatamente
-sentí un gran frío que, empezando en el buche,
-me corría hasta la punta de los dedos, y aun de hablar
-me privaba, mientras los barqueros se estaban burlando
-de mí. En mi vida he sentido frío igual. Con el
-dolor y el aturdimiento que experimentaba púseme á
-bailar hasta que pude recobrar el perdido aliento, y
-entonces volví á bailar, protestando á gritos contra
-la falsedad de este mundo, mientras los barqueros seguían<span class="pagenum" id="Page_343">[Pg 343]</span>
-riéndose de mí, hasta caerse por el suelo. ¡Lo
-más estupendo de todo, dejando aparte aquel frío maravilloso,
-es que nada, absolutamente, había en mi
-buche cuando hube terminado mis lamentaciones!</p>
-
-<p>La grulla había hecho todo lo posible para describir
-lo que sintió después de tragarse un pedazo de
-hielo de siete libras, que provenía del lago de Wenham,
-traído de allí por un barco americano de los dedicados
-á aquel transporte, en los tiempos en que Calcuta no
-fabricaba aun con máquina el hielo; pero, como
-la grulla no sabía lo que esta materia era, y como aun
-lo sabían menos el <em>Mugger</em> y el chacal, el cuento no
-les produjo el debido efecto.</p>
-
-<p>&mdash;Cualquier cosa, dijo el <em>Mugger</em> cerrando nuevamente
-el ojo izquierdo... <em>cualquier cosa</em> es posible
-cuando la origina un barco que tiene tres veces el tamaño
-de <em>Mugger-Ghaut</em>. Mi aldea no peca de pequeña.</p>
-
-<p>Oyóse un silbido por encima del puente, y el tren
-correo de Delhi pasó por él, llenos de luz todos los
-coches y siguiéndolos fielmente las sombras á lo largo
-del río. Hundióse de nuevo, con estruendo, en la obscuridad;
-pero el <em>Mugger</em> y el chacal estaban tan acostumbrados
-á oirlo que ni siquiera movieron la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;¿Acaso es eso menos maravilloso que un barco
-de triple tamaño que <em>Mugger-Ghaut</em>? dijo el ave mirando
-hacia arriba.</p>
-
-<p>&mdash;Yo ví edificar eso, joven. Piedra por piedra ví
-cómo se elevaban los estribos del puente, y cuando
-los hombres se caían desde ellos (generalmente tenían
-maravillosa destreza para no poner el pie en falso...
-pero, en fin, cuando se caían) allí estaba yo alerta.
-Desde que el primer estribo estuvo hecho no se acordaron
-ya más de ir corriente abajo, en busca de los
-cadáveres, para quemarlos. Con esto me evitaron no<span class="pagenum" id="Page_344">[Pg 344]</span>
-pocas molestias. Por lo demás, nada hubo de extraño
-en la construcción del puente, añadió el <em>Mugger</em>.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿y eso que pasa por encima de él arrastrando
-los carros cubiertos con techos? ¡Eso sí que es
-extraño! repitió la grulla.</p>
-
-<p>&mdash;Es, sin ningún género de duda, un buey de una
-nueva especie. Algún día sucederá que no podrá sentar
-bien el pie, y, perdiendo el equilibrio, se caerá del
-mismo modo que hicieron los hombres. El viejo <em>Mugger</em>
-estará entonces, también, alerta.</p>
-
-<p>El chacal miró á la grulla, y ésta al chacal. Si de
-algo estaban seguros en este mundo era de que la máquina
-podía ser cualquier cosa menos un buey. El chacal
-la había estado mirando repetidas veces desde las
-matas de aloe que bordeaban la línea, y, en cuanto á
-la grulla, estaba acostumbrada á ver locomotoras
-desde la primera que hubo en la India. Pero el <em>Mugger</em>
-no había visto la máquina más que desde abajo, y la
-cupulilla de bronce le parecía la especie de joroba de
-un buey más pronunciada.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, un buey de nueva especie repitió el <em>Mugger</em>
-pesando las palabras como para persuadirse á sí mismo,
-y el chacal contestó:</p>
-
-<p>&mdash;Cierto que sí: es un buey.</p>
-
-<p>&mdash;Y también podría ser... comenzó á decir el <em>Mugger</em>
-con cierta aspereza.</p>
-
-<p>&mdash;Cierto... cierto que sí, interrumpió el chacal sin
-esperar á que el otro hubiera terminado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué? dijo el <em>Mugger</em> incomodado, porque adivinaba
-que los demás sabían más que él. ¿Qué es lo que
-podría ser? No había yo aun acabado de hablar. Tú
-dijiste que era un buey.</p>
-
-<p>&mdash;Es lo que el Protector de los pobres quiera. Yo
-soy su servidor... y no el de esa cosa que atraviesa
-el río.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_345">[Pg 345]</span></p>
-
-<p>&mdash;Sea lo que fuere, es obra de los de la cara blanca,
-dijo la grulla, y, por mi parte, no quisiera yo echarme
-en sitio que está tan cerca de eso como este banco
-de arena.</p>
-
-<p>&mdash;Tú no conoces á los ingleses como yo, contestó
-el <em>Mugger</em>. Cuando construían el puente había aquí un
-blanco que se metía en un bote, muchas veces, á la
-caída de la tarde, y golpeaba con los pies las tablas
-del fondo, diciendo en voz baja: ¿Está aquí? ¿Está allí?
-Traedme la escopeta. Yo le oí aun antes de verle... oí
-cada ruido que hizo... los crujidos, el resollar, cada
-golpecito dado en la escopeta, yendo río arriba y río
-abajo. Tanto como era cierto que yo le había privado
-de uno de sus obreros, evitando así un gran gasto de
-leña que hubieran necesitado para quemarlo, era, también,
-constante su empeño en venirse hasta el <em>ghaut</em>,
-y decir á gritos que me iba á matar, librando de esta
-suerte al río de <em>mi</em> presencia... ¡de la presencia del
-<em>Mugger</em> de <em>Mugger-Ghaut</em>! ¡Á <em>mí</em>! Hijos míos, yo
-nadé horas y horas bajo la quilla de su bote, y le oí
-disparar su escopeta á algunos leños; y, cuando estaba
-bien seguro de su cansancio, me levantaba junto á él
-y hacía castañetear mis dientes frente á su misma
-cara. Cuando el puente estuvo listo se marchó el inglés.
-Todos cazan de este modo, excepto cuando son
-ellos los cazados.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién caza ahora á los de la cara blanca? ladró
-el chacal sumamente excitado.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora nadie; pero yo los he cazado en mis buenos
-tiempos.</p>
-
-<p>&mdash;Algo recuerdo de esa caza. Entonces era yo joven,
-dijo la grulla haciendo sonar su pico de un modo
-muy significativo.</p>
-
-<p>&mdash;Estaba yo aquí perfectamente establecido. Mi
-aldea se reedificaba por tercera vez, á lo que recuerdo,<span class="pagenum" id="Page_346">[Pg 346]</span>
-cuando mi primo, el gavial, trájome noticias de
-unas aguas muy ricas que había más arriba de Benares.
-Al principio no quise ir, porque mi primo, que
-no come más que peces, no sabe, á menudo, distinguir
-lo bueno de lo malo; pero oí á mi gente hablar por las
-tardes, y lo que dijeron me decidió.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué es lo que dijeron? preguntó el chacal.</p>
-
-<p>&mdash;Lo suficiente para que yo, el <em>Mugger</em> de <em>Mugger-Ghaut</em>,
-me saliera del agua y echara á andar. Partí á
-pie, de noche, metiéndome hasta en los más pequeños
-arroyos á medida que se me iban presentando; pero era
-entonces el comienzo de la estación calurosa y todos
-llevaban muy poca agua. Crucé caminos llenos de
-polvo; atravesé altas masas de yerba; me encaramé
-por las montañas á la luz de la luna. Hasta por las rocas
-trepé, hijos míos... fijaos bien en lo que os digo.
-Crucé el extremo del río Sirhind, el seco, antes de que
-pudiera encontrar la serie de ríos pequeños que van á
-desembocar al Ganges. Había un mes de estar viajando
-para regresar á donde se hallaban mi gente y el río
-que yo conocía. ¡Fué aquello cosa maravillosa!</p>
-
-<p>&mdash;Y la comida ¿cómo iba durante el camino? dijo el
-chacal, que no tenía más alma que el estómago y no se
-sentía impresionado lo más mínimo por los viajes terrestres
-del <em>Mugger</em>.</p>
-
-<p>&mdash;Comía lo que encontraba... <em>primo</em>, dijo el <em>Mugger</em>
-muy pausadamente, como arrastrando cada palabra.</p>
-
-<p>Ahora bien: no se llama <em>primo</em> á nadie en la India
-más que en el caso de que pueda uno llegar á establecer
-con esta persona cierto parentesco, y como sólo
-en antiguos cuentos de hadas se casa el <em>Mugger</em> con
-algún chacal, el nuestro comprendió por qué motivo
-se había visto elevado de pronto á formar parte de la
-parentela del <em>Mugger</em>.</p>
-
-<p>Á haber estado solos no le hubiera importado; pero<span class="pagenum" id="Page_347">[Pg 347]</span>
-los ojos de la grulla centellearon de gozo al oir la pesada
-broma.</p>
-
-<p>&mdash;La verdad es, padre, que debía haberlo sabido.</p>
-
-<p>No le gusta á ningún cocodrilo que le llamen padre
-de ningún chacal, y el <em>Mugger</em> de <em>Mugger-Ghaut</em> contestó,
-entonces, mucho más de lo que conviene repetir
-aquí.</p>
-
-<p>&mdash;El Protector de los pobres fué quién me llamó
-pariente. ¿Puedo yo acordarme del grado exacto de
-parentesco que haya entre nosotros? Á mayor abundamiento,
-comemos la misma clase de comida. El lo ha
-dicho, repuso el chacal.</p>
-
-<p>Vino esto á agravar aun mucho más las cosas,
-porque á lo que tiraba el chacal era á indicar que el
-<em>Mugger</em> debía de haber devorado la comida fresca
-cada día, en aquella marcha á pie, en vez de guardarla
-junto á sí hasta que estuviera en el verdadero estado
-en que él la necesita, como hacen todos los <em>muggers</em>
-que se respetan algo, y también la mayor parte de las
-fieras cuando les es posible. Á decir verdad, uno de
-los mayores insultos que pueden dirigirse en toda la
-extensión del cauce del río es el calificar de «devorador
-de carne fresca». Es casi una cosa tan mala como
-el llamarle á un hombre caníbal.</p>
-
-<p>&mdash;Comida fué aquella carne hace treinta estaciones,
-dijo con toda tranquilidad la grulla. Aunque estuviéramos
-hablando treinta estaciones más no volveríamos
-á verla ya. Cuéntanos, ahora, lo que ocurrió cuando
-llegaste á aquellas aguas tan buenas, después de tu
-sorprendente viaje por tierra. Si fuéramos á escuchar
-todos los aullidos de cada chacal, los negocios de la
-ciudad quedarían pronto paralizados, como dice el
-proverbio.</p>
-
-<p>El <em>Mugger</em> debió de agradecer la interrupción,
-porque continuó precipitadamente:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_348">[Pg 348]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Por las dos orillas del Ganges! ¡Cuando llegué
-allí me encontré con unas aguas como no las había
-visto nunca parecidas!</p>
-
-<p>&mdash;¿Eran mejores que la gran inundación que hubo
-en la estación última? dijo el chacal.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mejores! Esa inundación no fué más que lo que
-ocurre cada cinco años: un puñado de forasteros ahogados,
-algunas gallinas, y un buey muerto que se
-queda en el agua cenagosa, gracias á las corrientes
-cruzadas. Pero en la estación de que me he acordado
-ahora, el río estaba bajo, el agua corría mansa, igual
-siempre, y, como ya me había advertido el gavial, los
-ingleses bajaban por ella tocando uno con otro. En
-aquella estación fué cuando engordé y crecí. Desde
-Agra, cerca de Etawah y del sitio en que se ensancha
-la corriente no muy lejos de Allahabad...</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! ¡Qué remolino se formó bajo los muros del
-fuerte de Allahabad!... dijo la grulla. Acudieron allí
-como los patos á los juncales, y bailaban dando vueltas...
-así.</p>
-
-<p>Empezó otra vez su horrible danza, mientras el
-chacal miraba con envidia. Como era natural, él no se
-acordaba del terrible año de que hablaban, del «año de
-la Insurrección». El <em>Mugger</em> continuó:</p>
-
-<p>&mdash;Sí, cerca de Allahabad, se tendía uno en el agua
-mansa, y dejaba que pasaran veinte para escoger uno
-de ellos; y había allí, principalmente, la ventaja de
-que los ingleses no iban llenos de joyas y de anillos
-en la nariz y en los tobillos, como mis mujeres van
-hoy. El que gusta demasiado de adornos acaba con
-una cuerda al cuello por único collar, como dice el
-refrán. Todos los cocodrilos que existían en todos los
-ríos engordaron entonces; pero mi Hado quiso que yo
-engordara más que ninguno de ellos. Las noticias que
-teníamos eran de que se cazaba á los ingleses arrojándolos<span class="pagenum" id="Page_349">[Pg 349]</span>
-á los ríos, y ¡por las dos orillas del Ganges!
-os aseguro que á nosotros nos pareció que ésa era la
-verdad. Así lo creí yo durante todo el tiempo que fuí
-en dirección del Sur, y eso que llegué, siguiendo la
-corriente, hasta más allá de Monghyr y de las tumbas
-que dominan el río.</p>
-
-<p>&mdash;Ya conozco el sitio. Desde entonces es Monghyr
-una ciudad casi abandonada. Poquísimos son los que
-viven allí ahora.</p>
-
-<p>Después de esto, fuíme corriente arriba muy despacio,
-perezosamente, y un poco más arriba de Monghyr
-me encontré con un bote lleno de blancos... ¡pero
-vivos! Eran, bien me acuerdo, mujeres, echadas bajo
-una tela sostenida por unos palos, é iban llorando á
-gritos. Nunca nos disparaba entonces nadie ningún
-tiro: nosotros éramos los únicos guardianes de los
-vados en aquellos tiempos. Todas las armas de fuego
-estaban ocupadas en otra parte. Las oíamos día y
-noche allá, tierra adentro, y el estruendo llegaba ó se
-iba según de donde soplaba el viento. Me levanté por
-completo frente al bote, porque nunca había visto
-vivos á los de las caras blancas, aunque bien los conocía...
-de otra suerte. Un niño blanco, desnudo, estaba
-de rodillas en uno de los costados del bote, é inclinando
-el cuerpo por encima, se le antojó arrastrar lentamente
-las manos por las aguas del río. Es hermoso el ver
-con qué alegría juega un niño con toda agua que
-corre. Yo había comido ya aquel día; pero aún me
-quedaba un rinconcillo vacío. Sin embargo, más que
-para llenarlo, por juego, me levanté hasta tocar casi
-las manos del niño. Ofrecían un blanco tan fácil que ni
-siquiera tuve que mirarlas cuando cerré la boca; pero,
-tan pequeñas eran que, aunque mis quijadas se cerraron
-debidamente (bien seguro estoy de ello), el niño
-retiró con rapidez las manos sin que hubieran recibido<span class="pagenum" id="Page_350">[Pg 350]</span>
-el menor daño. Debieron de pasar por el espacio que
-media entre diente y diente... las manecitas aquéllas,
-tan blancas. Hubiera podido cogerle entonces por los
-codos; pero, como he dicho, sólo por juego y por el
-deseo de ver cosas nuevas me había yo acercado allí.
-Cuantos iban en el bote gritaron, y al cabo de poco
-rato volví yo á levantarme del agua para observarlos.
-El barco pesaba demasiado para hacerle zozobrar. No
-eran más que mujeres las que en él iban; pero quien
-se fíe de una mujer puede decirse que camina sobre
-las yerbas que ocultan el agua de una laguna, como
-enseña el proverbio, y... ¡por las dos orillas del Ganges...
-que es eso gran verdad!</p>
-
-<p>&mdash;Una vez una mujer me dió á mí una piel seca
-haciendo ver que era un pescado, dijo el chacal. Desde
-entonces estoy esperando poderle hincar el diente á
-su niño; pero, en fin, más vale comer la carne de un
-caballo que recibir de él una coz, como dice el refrán.
-¿Y qué es lo que vuestra mujer hizo?</p>
-
-<p>&mdash;Me disparó con una escopeta muy corta, de una
-clase que nunca había visto yo antes, ni volví á ver
-después. Cinco veces seguidas hizo fuego (no es difícil
-adivinar que el <em>Mugger</em> tuvo que habérselas con algún
-revólver antiguo) y yo me quedé con la boca abierta,
-como bostezando, con una nube de humo alrededor de
-mi cabeza. Nunca ví cosa igual á aquélla. ¡Cinco
-veces, y con tanta presteza como cuando muevo yo la
-cola... así!</p>
-
-<p>El chacal, que se iba sintiendo cada vez más interesado
-por el relato, tuvo apenas tiempo de saltar
-hacia atrás en el instante mismo en que la cola cortaba
-el aire como una guadaña.</p>
-
-<p>&mdash;Hasta que no hubo sonado el quinto disparo (dijo
-el <em>Mugger</em> con la tranquilidad del que nunca ha pensado
-en causar el menor daño á sus oyentes), hasta<span class="pagenum" id="Page_351">[Pg 351]</span>
-que no hubo sonado el quinto disparo no me hundí en
-el agua, y volví á salir de ella en el preciso momento
-en que un barquero les decía á todas aquellas mujeres
-blancas que, sin duda, había quedado yo muerto. Una
-de las balas incrustóse en mi cuello. No sé si aun está
-allí, por la razón de que no puedo volver la cabeza.
-Ven y míralo tú, muchacho. Así se demostrará que la
-historia que os he contado es verídica.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo? dijo el chacal. ¿Acaso quien está acostumbrado
-á comer zapatos viejos y á romper huesos, como
-yo, podrá dudar de la palabra del que es la <em>envidia
-del río</em>? ¡Que cachorrillos ciegos se me coman la cola
-si por mi pobre entendimiento ha pasado ni la sombra
-de semejante idea! El Protector de los pobres se ha
-dignado contarme, á mí, que soy su esclavo, que una
-vez en su vida ha sido herido por una mujer. Con esto
-basta, y yo les contaré el cuento á todos mis hijos, sin
-pedir prueba alguna de la verdad que encierra.</p>
-
-<p>&mdash;La excesiva urbanidad es, á veces, tan mala
-como la excesiva descortesía, porque, como dice el
-proverbio, hasta con requesones puede ahogarse á un
-convidado. <em>No</em> deseo ni remotamente que ningún hijo
-tuyo sepa que el <em>Mugger</em> de <em>Mugger-Ghaut</em> recibió de
-una mujer la única herida que tiene en el cuerpo.
-Otras muchas cosas tendrán en que pensar tus hijos si
-han de procurarse la comida por tan tristes medios
-como su padre.</p>
-
-<p>&mdash;¡Queda olvidado, y desde hace mucho tiempo!
-¡No se ha dicho nunca! ¡Jamás existió ninguna mujer
-blanca! ¡Ni siquiera hubo barco alguno! ¡Nada, absolutamente,
-sucedió!</p>
-
-<p>Movió el chacal la cola, como barriendo el suelo,
-para demostrar cuán en absoluto quedaba todo borrado
-de su memoria, y se sentó dándose aire importante.</p>
-
-<p>&mdash;La verdad es que sucedieron muchas cosas, dijo<span class="pagenum" id="Page_352">[Pg 352]</span>
-el <em>Mugger</em>, al cual le había salido mal, por segunda
-vez, aquella noche, el querer llevarle ventaja á su
-amigo. (Ni uno ni otro, sin embargo, tenían mala
-intención. El comer y ser comido era cosa completamente
-legal en toda la extensión del río, y el chacal
-había venido allí para recoger las sobras de la comida
-del <em>Mugger</em>, cuando éste la hubiera terminado).</p>
-
-<p>&mdash;Abandoné aquel bote, continuó, y fuíme corriente
-arriba, y cuando llegué á Arrah y á las aguas que están
-situadas detrás, no hallé ya más ingleses muertos.
-Durante cierto tiempo el río estuvo completamente
-vacío. Luego volvieron á verse uno ó dos cadáveres
-con chaquetas encarnadas; pero no ingleses, sino todos
-de una misma clase (del Indostán y <em>purbeeahs</em>)... después
-cinco ó seis de frente, y, al fin, desde Arrah
-hasta el Norte, más allá de Agra, parecía que pueblos
-enteros se habían arrojado al agua. Salían de las calas
-uno tras otro como bajan los maderos en la época de
-las lluvias. Cuando se levantaba el río también se levantaban
-ellos, por compañías enteras, de los bancos
-de arena en que habían estado reposando; y, al bajar
-el agua de la corriente, los arrastraba con ella por los
-cabellos á través de los campos y de la tierra virgen.
-Toda la noche, también, yendo hacia el Norte, oí los
-disparos de las armas de fuego, y durante el día el
-ruido de calzados pies de hombres que atravesaban los
-vados, ó aquel otro que producen las ruedas de un pesado
-carro al rodar sobre la arena por debajo del
-agua... y cada ola traía nuevos cadáveres. Al fin, hasta
-yo mismo tuve miedo, porque dije: si esto les ocurre á
-los hombres ¿cómo podrá salvarse el <em>Mugger</em> de <em>Mugger-Ghaut</em>?
-Había, también, barcos que venían detrás
-de mí, corriente arriba, ardiendo continuamente, como
-arden, á veces, las embarcaciones que llevan algodón;
-pero sin jamás hundirse.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_353">[Pg 353]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! dijo la grulla; barcos como los que van á
-Calcuta del Sur. Son altos y negros, tienen una cola
-que golpea el agua por detrás, y...</p>
-
-<p>&mdash;Y son tres veces tan grandes como mi aldea, ¿eh?
-<em>Mis</em> barcos eran bajos y blancos; golpeaban el agua á
-cada lado, y no eran más grandes de lo que deben ser
-los de cualquiera que cuente las cosas sujetándose á
-la verdad. Á mí me atemorizaron mucho, por lo que
-abandoné aquellas aguas y me vine á este río mío,
-ocultándome de día y caminando de noche cuando no
-podía hallar arroyos que me ayudaran. Volvíme á mi
-aldea; pero sin la esperanza de hallar en ella á ninguno
-de los de mi gente. Y, sin embargo, aquí estaban,
-arando, sembrando y segando, luego, las mieses, y
-yendo de un lado á otro por sus campos tan tranquilamente
-como sus ganados.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y había aún buena comida en el río? dijo el
-chacal.</p>
-
-<p>&mdash;Más de la que podía yo desear. Hasta... y eso que
-yo no como barro... hasta estaba cansado, y, por lo que
-recuerdo, un poco asustado de aquel constante bajar
-por el río gente silenciosa. Á los de mi aldea les oí
-decir que todos los ingleses habían muerto; pero los
-que llegaban, boca abajo, por la corriente, no eran
-ingleses, como los de mi mismo pueblo pudieron ver.
-Entonces, mi gente dijo que lo mejor era no hablar
-palabra, pagar la contribución y arar la tierra. Al
-cabo de mucho tiempo, el río fué quedando limpio de
-cadáveres, y los que por él bajaban eran, sin ninguna
-duda, ahogados procedentes de inundaciones, como
-perfectamente podía ver yo, y aunque no era tan fácil,
-entonces, el procurarse comida, cordialmente me alegraba
-de ello. Que haya su poco de matanza de cuando
-en cuando no es malo... pero hasta el <em>Mugger</em> puede
-llegar á hartarse, como ya dice el refrán.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_354">[Pg 354]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Todo eso es maravilloso, verdaderamente maravilloso!
-exclamó el chacal. Yo me he engordado nada
-más que de tanto oir hablar de comer. Y después de
-esto ¿puedo atreverme á preguntar qué es lo que hizo
-el Protector de los pobres?</p>
-
-<p>&mdash;Me dije á mí mismo (¡y por las dos orillas del
-Ganges que me he mantenido firme en lo que entonces
-juré!) me dije á mí mismo que nunca más volvería á ir
-vagabundo de aquel modo. Así, pues, he vivido junto
-al <em>Ghaut</em>; bien cerca de mi gente, y los he vigilado año
-tras año, y tanto han llegado á quererme que hasta
-me echaban guirnaldas de caléndulas cada vez que me
-veían levantar la cabeza del agua. Sí, mi Hado ha sido
-muy bueno conmigo, y el río entero tiene la bondad de
-respetarme aunque débil y enfermo; sólo que...</p>
-
-<p>&mdash;Nadie es feliz por entero, desde el pico hasta la
-cola, dijo la grulla con simpatía. ¿Qué más necesita el
-<em>Mugger</em> de <em>Mugger-Ghaut</em>?</p>
-
-<p>&mdash;Aquel niño tan pequeño y tan blanco del cual
-no pude apoderarme, dijo el <em>Mugger</em> lanzando un
-profundo suspiro. Muy pequeño era, pero no me he
-olvidado de él. Aunque soy viejo, no quisiera morirme
-sin probar algo nuevo. Verdad que son gente de pies
-pesados, y medio locos, y así poco juego darían al cazarlos;
-pero aún me acuerdo de aquellos tiempos que
-pasé algo más lejos de Benares, y, si el niño vive, aún
-se acordará, también, él. Es muy posible que se pasee
-por la orilla de algún río diciendo que una vez pasó
-las manos por entre los dientes del <em>Mugger</em> de <em>Mugger-Ghaut</em>,
-y que quedó vivo y en disposición de hacer
-de ello un cuento que contar. Mi Hado ha sido muy
-bueno conmigo; pero, á veces, en sueños, me molesta
-eso... la idea de aquel niñito blanco que iba en el bote.</p>
-
-<p>Bostezó y cerró las quijadas.</p>
-
-<p>&mdash;Y ahora, continuó, quiero descansar y pensar.<span class="pagenum" id="Page_355">[Pg 355]</span>
-Guardad silencio, hijos míos, y respetad á los ancianos.</p>
-
-<p>Volvióse con dificultad y se arrastró hasta lo alto
-del banco de arena, mientras el chacal se retiraba, con
-la grulla, detrás de un árbol que había quedado detenido
-en el río, en el extremo más cerca del puente del
-ferrocarril.</p>
-
-<p>&mdash;He aquí una vida agradable y provechosa, dijo
-con sardónica risa, mirando con ademán interrogante
-al ave, que le dominaba desde su altura. Y fíjate en
-que, ni una vez, le pareció oportuno decirme dónde
-podía hallar un bocado, por casualidad, en algún banco
-de arena. Y, sin embargo, cien veces le he indicado
-yo á él muy buenas cosas que estaban entre el barro,
-allá, corriente abajo. ¡Cuán cierto es el proverbio que
-dice: nadie se acuerda del chacal ni del barbero una
-vez ha sabido por ellos las noticias! ¡Ahora se va á
-dormir! <em>¡Aaah!</em></p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo puede un chacal cazar junto con un cocodrilo?
-dijo la grulla, fríamente. El uno es un ladrón
-de los grandes; el otro de los pequeños: no es muy difícil
-el adivinar quién es el que se lleva los mejores
-bocados.</p>
-
-<p>Volvióse el chacal, gimiendo con rabia, é iba á
-enroscarse bajo el tronco del árbol cuando, de pronto,
-se acurrucó y púsose á mirar, á través de las ramas,
-hacia el puente, que estaba, casi, encima de su cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué ocurre ahora? preguntó la grulla, abriendo
-las alas, algo inquieta.</p>
-
-<p>&mdash;Espera un poco y lo veremos. El viento sopla
-desde aquí, donde estamos nosotros, hacia donde están
-ellos; pero no es á nosotros á quien buscan esos dos
-hombres.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hombres son? Mi oficio me proteje. Todo el
-mundo en la India sabe que soy sagrada.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_356">[Pg 356]</span></p>
-
-<p>La grulla, que es allí un excelente basurero, se
-mete por todas partes sin que nadie la moleste, y, así,
-la nuestra no se acobardaba nunca.</p>
-
-<p>&mdash;En cuanto á mí, no valgo la pena de que me den
-más golpe que el que puede dar algún zapato viejo,
-dijo el chacal poniéndose á escuchar de nuevo. ¿Oyes
-estos pasos? continuó. Este ruido no es el que produce
-el cuero de los zapatos del país, sino que es debido al
-pie calzado de un blanco. ¡Escucha, otra vez! ¡Ruido
-de hierro contra hierro! ¡Es una escopeta! Amiga,
-esos locos ingleses de pesados pies vienen á hablar con
-el <em>Mugger</em>.</p>
-
-<p>&mdash;Adviérteselo, pues. No hace más que un rato que
-alguien, que me parece que era un chacal hambriento,
-le llamaba «Protector de los pobres».</p>
-
-<p>&mdash;Deja que mi primo cuide él mismo de conservar
-la piel. Mil veces me ha dicho que nada hay que temer
-de los blancos. Pues blancos deben de ser éstos. Ninguno
-de los aldeanos de <em>Mugger-Ghaut</em> se atrevería á
-perseguirle. ¡Mira! ¡Ya te lo dije que había una escopeta!
-Ahora, por poco que la suerte nos ayude, podremos
-alimentarnos antes de que apunte el día. Fuera
-del agua no oye él bien... ¡y lo que es ésta vez no
-tendrá que habérselas con una mujer!</p>
-
-<p>Brilló un momento el cañón de una escopeta sobre
-las traviesas del puente. El <em>Mugger</em> estaba echado
-sobre el banco de arena, tan quieto como su propia
-sombra, un poco esparrancadas las patas delanteras;
-caída la cabeza entre ellas; roncando como... un cocodrilo.</p>
-
-<p>Sobre el puente, una voz murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;El tiro resulta un poco raro... casi en dirección
-perpendicular... pero tan seguro como la colocación
-de un capital que se invirtiera en casas. Lo mejor será
-apuntarle detrás del cuello. ¡Caramba! ¡Qué enorme<span class="pagenum" id="Page_357">[Pg 357]</span>
-es el animal! ¡Y qué furiosos se van á poner los de la
-aldea cuando lo vean muerto! Como que es el <em>deota</em>,
-el dios de estos lugares.</p>
-
-<p>&mdash;Me importa un comino, contestó otra voz. Me
-quitó unos quince de mis mejores <em>coolies</em><a id="FNanchor_23" href="#Footnote_23" class="fnanchor">[23]</a> mientras se
-construía el puente, y es ya hora de acabar con él. He
-estado persiguiéndolo en bote durante semanas enteras.
-Prepare V. el Martini<a id="FNanchor_24" href="#Footnote_24" class="fnanchor">[24]</a> para cuando haya disparado
-yo los dos cañones de mi escopeta.</p>
-
-<p>&mdash;Cuidado con el culatazo, pues. Un doble disparo
-con calibre cuatro no es cosa de broma.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es él quién ha de decirlo, y no yo. ¡Allá va!</p>
-
-<p>Oyóse un estruendo como el que podría producir
-el disparo de un cañón de pequeñas dimensiones (las
-mayores escopetas que se usan para la caza de elefantes
-no se diferencian mucho de las piezas de artillería
-más pequeñas), y vióse una doble llamarada, seguida
-de la detonación seca y penetrante de un Martini, para
-cuya larga bala no ofrece la menor dificultad el atravesar
-las gruesas placas de un cocodrilo. Pero las balas
-explosivas habían hecho ya cuanto podía hacerse.
-Una de ellas dió precisamente detrás del cuello, un
-poco hacia la izquierda de la espina dorsal, mientras
-la otra reventaba algo más abajo, donde comienza
-la cola. De cien casos, en noventa y nueve puede un
-cocodrilo mortalmente herido arrastrarse hasta el
-agua, en los sitios de alguna profundidad, y escaparse
-así; pero el <em>Mugger</em> de <em>Mugger-Ghaut</em> estaba roto,
-literalmente, en tres pedazos. Apenas movió la cabeza,
-antes de quedar sin vida, y tan tendido estaba en el
-suelo como el mismísimo chacal.</p>
-
-<p>&mdash;¡Rayos y truenos! dijo el pobre animalejo. ¿Es
-que aquella cosa tan rara que arrastra por encima
-<span class="pagenum" id="Page_358">[Pg 358]</span>del puente los coches cubiertos se ha venido abajo,
-por fin?</p>
-
-<p>&mdash;No es más que el disparo de una escopeta, dijo la
-grulla (aunque hasta las plumas de la cola le temblaban),
-nada más que una escopeta. No hay duda que ha
-quedado muerto. Ahí vienen los blancos.</p>
-
-<p>Los dos ingleses habían bajado del puente á toda
-prisa y cruzado el banco de arena, donde se pararon á
-admirar la longitud del <em>Mugger</em>. Entonces, un indígena
-provisto de un hacha cortó la enorme cabeza, y
-cuatro hombres la arrastraron á través de la lengua
-de tierra que allí había.</p>
-
-<p>&mdash;La última vez que tuve la mano en la boca de un
-cocodrilo, dijo uno de los ingleses, agachándose (era
-el mismo que había dirigido la construcción del puente),
-fué cuando tenía yo unos cinco años de edad, bajando
-en bote por el río en dirección de Monghyr. Era yo
-uno de «los niños del tiempo de la Insurrección,» como
-les llaman. Mi pobre madre estaba en el bote, también,
-y muchas veces me había contado que disparó
-con un revólver á la cabeza del animal.</p>
-
-<p>&mdash;Vaya, ¡pues bien se ha vengado V. de esto en el
-principal de todos los de la familia!... aunque el culatazo
-le haya á V. hecho arrojar sangre por la nariz.
-¡Eh, barqueros! Arrastrad esa cabeza fuera de aquí, y
-la herviremos para conservar la calavera. La piel está
-demasiado agujereada para que podamos guardarla.
-Vamos ahora á dormir. Lo que hemos hecho bien valía
-la pena de estar levantado toda la noche, ¿verdad?</p>
-
-<hr class="r15" />
-
-<p>Y fué, realmente, curioso que el chacal y la grulla
-hicieran también la mismísima observación, dos ó tres
-minutos después de haberse ido los hombres.</p>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p358ilo" style="max-width: 5em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p358.jpg" alt="p358ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_359">[Pg 359]</span></p>
-</div>
-
-<h3>La canción de la ola</h3>
-
-<div class="poetry-container p1 pw15">
-<div class="poetry">
-<p>Por el vado cruzó un día<br />
-la corriente una doncella<br />
-cuando el sol ya se ponía,<br />
-y á besar su mano bella<br />
-fué una ola enamorada,<br />
-fué y hablóle de esta suerte:<br />
-&mdash;Quédate, niña, parada,<br />
-y aguarda, que soy la Muerte.<br />
-<br />
-&mdash;Á donde el amor me invita<br />
-voy y no quiero que aguarde;<br />
-pez que en el agua se agita,<br />
-no espera si llego tarde.<br />
-<br />
-&mdash;Pie ligero, pecho hermoso,<br />
-cruza el río de otra suerte,<br />
-cruza en barco y con reposo,<br />
-mira que yo soy la Muerte.<br />
-<br />
-&mdash;Amor me llama y no espero,<br />
-que el Desdén nunca se casa...<br />
-mas á su talle ligero<br />
-llega ya el agua que pasa.<br />
-
-...........................................<br />
-
-¡Ah fiel y hermosa loquilla!...<br />
-Ya la ola rueda lejos...<br />
-Nunca tocará á la orilla...<br />
-Sangrientos son sus reflejos...</p>
-</div>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp78" id="p359" style="max-width: 10em;">
- <img class="w100 p4" src="images/p359.jpg" alt="p359ilo" />
-</div>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_360">[Pg 360]</span></p>
-</div>
-
-<div class="footnotes">
-<p class= "p4 center big1">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_20" href="#FNanchor_20" class="label">[20]</a> Viene á significar este nombre «el lugar en que vivía el cocodrilo».&mdash;<span class="smcap">N.
-del T.</span></p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_21" href="#FNanchor_21" class="label">[21]</a> Tipo popularísimo de la literatura inglesa, que da nombre á un
-periódico humorístico, y es sumamente feo y ridículo.&mdash;<span class="smcap">N. del T.</span></p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_22" href="#FNanchor_22" class="label">[22]</a> Nombre específico del cocodrilo del Ganges.&mdash;<span class="smcap">N. del T.</span></p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_23" href="#FNanchor_23" class="label">[23]</a> Faquines ó jornaleros indios.&mdash;<span class="smcap">N. del T.</span></p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_24" href="#FNanchor_24" class="label">[24]</a> Antiguo fusil de reglamento en el ejército inglés.&mdash;<span class="smcap">N. del T.</span></p>
-
-</div>
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_361">[Pg 361]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p361" style="max-width: 37.5em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p361.jpg" alt="p361ilo" />
-</div>
-
-<h2 class="nobreak">El "ankus" del Rey</h2>
-
-<div class="block60">
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p><span style="margin-left: 1em;">Cuatro insaciables cosas tiene el mundo:</span><br />
-la boca de Jacala<a id="FNanchor_25" href="#Footnote_25" class="fnanchor">[25]</a> es lo primero;<br />
-el buche del milano, lo segundo;<br />
-las manos de los monos, lo tercero;<br />
-y, como nunca logra verse harto,<br />
-el ojo humano siempre fué lo cuarto.</p>
-
-<p class="right p1" style="padding-right: 2em;"><em>Adagio de la Selva.</em></p>
-</div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="p2">Kaa, la enorme serpiente pitón de la Peña, acababa
-de mudar la piel, lo que acaso le había ocurrido
-ya doscientas veces desde su nacimiento, y Mowgli,
-que no olvidó nunca que le debía la vida, por lo mucho
-que trabajó una noche en las Moradas Frías (como tal
-vez recordaréis), fué á felicitarla. El mudar la piel
-pone siempre á una serpiente en un estado de irritabilidad
-y de depresión que dura hasta que la piel nueva
-empieza á mostrarse brillante y hermosa. No volvió
-Kaa á burlarse ya de Mowgli, sino que le aceptó, del
-propio modo que hacían los demás del Pueblo de la
-Selva, como al amo y señor de ésta, llevándole cuantas
-noticias era natural que oyera una serpiente pitón de
-<span class="pagenum" id="Page_362">[Pg 362]</span>su tamaño. Lo que Kaa ignorase acerca de <em>la Selva
-media</em>, como era costumbre llamarla allí (la vida que
-se desliza por encima ó por debajo de la tierra, entre
-guijarros, madrigueras y troncos de árbol), podría
-escribirse sobre la más pequeña de sus escamas.</p>
-
-<p>Aquella tarde estaba Mowgli sentado en el espacio
-que quedaba libre entre los grandes repliegues del
-cuerpo de Kaa, manoseando la rota piel vieja de ésta,
-que estaba aun tendida formando eses y enroscada, tal
-como la dejó la serpiente. Como muestra de atención,
-Kaa se había hecho un ovillo bajo los anchos y desnudos
-hombros de Mowgli, de modo que el muchacho
-descansaba, realmente, sobre una especie de sillón vivo.</p>
-
-<p>&mdash;Hasta las escamas de los ojos están perfectamente
-conservadas, dijo Mowgli, entre dientes, jugando
-con la piel vieja. ¡Qué extraño es eso de ver á los
-pies de uno mismo la cubierta de la propia cabeza!</p>
-
-<p>&mdash;Sí, pero yo no tengo pies, dijo Kaa, y como que
-es la costumbre entre toda mi gente, no lo hallo extraño.
-¿Es que á tí no se te vuelve la piel vieja y
-áspera?</p>
-
-<p>&mdash;Entonces voy y me lavo, Cabeza-aplastada; pero,
-es cierto, en los grandes calores, algunas veces he
-deseado poder, como tú, mudar sin dolor la piel, y
-correr, luego, sin ella.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo me lavo, y, <em>además</em>, me quito la piel.
-¿Qué te parece mi traje nuevo?</p>
-
-<p>Mowgli pasó la mano sobre la diagonal labor de
-taracea de aquella inmensa espalda.</p>
-
-<p>&mdash;La tortuga tiene más dura la superficie; pero de
-colores menos alegres, dijo sentenciosamente. La
-rana, mi tocaya, los tiene más alegres; pero no es tan
-dura. El aspecto es hermosísimo... se parece á las
-manchas que hay en el interior de los lirios.</p>
-
-<p>&mdash;Necesita agua. Una piel nueva no llega nunca á<span class="pagenum" id="Page_363">[Pg 363]</span>
-adquirir su verdadero color antes del primer baño.
-Vamos á bañarnos.</p>
-
-<p>&mdash;Yo te llevaré, dijo Mowgli, y se agachó, riendo,
-para levantar por el medio el enorme cuerpo de Kaa,
-precisamente por donde era más grueso. De igual
-modo podía un hombre haber probado de levantar un
-tubo para la conducción de agua que midiera más de
-medio metro de ancho, y así Kaa se quedó tendida
-muy quieta, soplando tranquilamente y en extremo
-regocijada. Entonces empezó el acostumbrado juego
-de todas las tardes (el muchacho con todo su vigor,
-que era mucho, y la serpiente pitón, con su magnífica
-piel nueva, luchando cara á cara uno contra otro)...
-juego que constituía una prueba en que se ejercitaban
-por igual el ojo y el esfuerzo. Por supuesto, que Kaa
-podía haber aplastado á una docena como Mowgli, si
-hubiera querido; pero procedía con cuidado y no empleaba
-ni la décima parte de su fuerza. En cuanto
-Mowgli tuvo la suficiente para resistir la rudeza del
-juego, Kaa se lo enseñó, y con ello sus miembros ganaron
-en elasticidad mejor que con otra cosa alguna.
-Á veces Mowgli, de pie y envuelto, casi, hasta el
-cuello por los movedizos anillos de Kaa, se esforzaba
-en sacar un brazo y cogerla por la garganta. Entonces
-Kaa cedía suavemente, y Mowgli, con ambos pies,
-de agilidad extrema, intentaba paralizar todo movimiento
-de la enorme cola, que retrocedía buscando
-una roca ó el tronco de un árbol. Balanceábanse, también,
-pegada la cabeza del muchacho contra la de la
-serpiente, cada uno de ellos esperando el momento
-oportuno del ataque, hasta que el hermoso grupo, parecido
-á una estatua, se deshacía, convirtiéndose en
-torbellino de negros y amarillentos anillos y de piernas
-y brazos que luchaban, para levantarse, de nuevo, una
-y otra vez.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_364">[Pg 364]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Toma! ¡Toma! ¡Toma! decía Kaa, dirigiendo
-fintas con la cabeza, que ni la mano rapidísima de
-Mowgli podía desviar. ¡Mira! ¡Ahora te toco aquí,
-hermanito! ¡Ahora aquí, y aquí! ¿Tienes las manos
-entumecidas? ¡Ya te he tocado otra vez!</p>
-
-<p>Terminaba siempre el juego de igual modo: con un
-golpe en línea recta y arrastrando, que arrojaba al
-muchacho al suelo dando tumbos. Mowgli no pudo
-aprender nunca el modo de ponerse en guardia contra
-esa especie de estocada, rápida como el rayo, y, según
-opinión de Kaa, era completamente inútil que lo probara.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena caza! gruñó, por fin, Kaa; y Mowgli,
-como de costumbre, cayó disparado á más de cinco
-metros de distancia, sin aliento, pero riéndose. Levantóse,
-con las manos llenas de yerba, y siguió á Kaa
-hacia el bañadero favorito de la serpiente: una laguna
-negra como la brea, rodeada de rocas, y á la que prestaban
-cierta variedad hundidos troncos de árbol. Metióse
-el muchacho en el agua, como era costumbre en
-la Selva, sin ruido, y la cruzó buceando; salió á la
-superficie silenciosamente, también, y se tendió de
-espalda, cruzados los brazos bajo la cabeza, mirando
-como la luna se elevaba por encima de las rocas, y
-gozándose en quebrar con los dedos de los pies el
-reflejo de los rayos en el agua. La cabeza de Kaa, de
-forma parecida á la de un diamante, cortó la superficie
-del agua como una navaja y fué á descansar sobre el
-hombro de Mowgli. En esta posición se quedaron
-quietos, voluptuosamente embebidos en la agradable
-impresión del agua fría.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué bien se está así! dijo Mowgli, al fin, medio
-adormecido. Pues mira: en la manada de los hombres,
-á esta misma hora, si mal no recuerdo, se tendían
-sobre unos pedazos de madera muy duros, en el interior<span class="pagenum" id="Page_365">[Pg 365]</span>
-de una trampa hecha de barro, y, después de
-haber cerrado, para que no entrara el aire puro de
-afuera, se echaban por encima de la casi medio atontada
-cabeza una tela sucia, y cantaban con la nariz
-unas canciones muy feas. Mucho mejor se está en la
-Selva.</p>
-
-<p>Una cobra se deslizó precipitadamente por encima
-de una roca, bebió, deseóles «buena suerte» y marchóse.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Ssss!</em> dijo Kaa, como si de pronto se acordara
-de algo. ¿De modo que en la Selva hallas cuanto tú
-puedes desear, Hermanito?</p>
-
-<p>&mdash;No todo, contestó Mowgli, riendo, porque para
-ello sería preciso que hubiera un nuevo y fuerte Shere
-Khan que matar á cada cambio de luna. Lo que es
-ahora podría matarlo con mis propias manos, sin necesitar
-que me ayudaran los búfalos. Además de esto,
-he deseado también, muchas veces, que brillara el sol
-en medio de las lluvias, y, otras, que las lluvias taparan
-al sol en lo más caluroso del verano; y, además,
-nunca me he sentido con el estómago vacío sin desear
-haber matado á una cabra; y nunca he matado á una
-cabra sin desear que fuera un gamo; ni á un gamo sin
-sentir que no hubiera sido un <em>nilghai</em>. Pero lo mismo
-nos ocurre á todos nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y nada más deseas? preguntó la enorme serpiente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué más puedo desear? Tengo la Selva y en
-ella se me mira con buenos ojos. ¿Hay, acaso, algo
-más en algún otro sitio, en lo que va de la salida á la
-puesta del sol?</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, la cobra dijo... empezó Kaa...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué cobra? La que ahora mismo se fué no dijo
-nada. Estaba cazando.</p>
-
-<p>&mdash;Fué otra.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_366">[Pg 366]</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Tratas tú mucho á las del pueblo venenoso? Yo
-les dejo bien libre el camino. Llevan la muerte en los
-dientes delanteros y eso es mala cosa... porque son
-muy pequeñas. Pero ¿qué cobra es ésa con la que tú
-has hablado?</p>
-
-<p>Revolvióse Kaa muy despacio en el agua, como un
-barco de vapor que las olas del mar baten de través.</p>
-
-<p>&mdash;Hace cuatro ó cinco lunas, dijo, que cacé en las
-Moradas Frías, sitio que no has olvidado. Lo que yo
-perseguía se escapó chillando más allá de las cisternas,
-y, yendo á aquella casa de la cual, por culpa tuya,
-hice yo pedazos uno de los lados, se hundió en el suelo.</p>
-
-<p>&mdash;Pero la gente de las Moradas Frías no vive en
-madrigueras, dijo Mowgli, que sabía que Kaa hablaba
-del Pueblo de los monos.</p>
-
-<p>&mdash;Aquello no <em>vivía</em> allí, sino que allí fué para conservar
-la vida, contestó Kaa moviendo rápidamente
-la lengua. Metióse en una madriguera, prosiguió, muy
-profunda. Fuíme yo detrás, y, una vez lo hube muerto,
-me dormí. Cuando desperté fuí internándome más.</p>
-
-<p>&mdash;¿Bajo tierra?</p>
-
-<p>&mdash;Eso es. Halléme allí, por fin, con una <em>Capucha
-Blanca</em> (una cobra blanca) que habló de cosas superiores
-á todos mis conocimientos, y me enseñó muchas
-que nunca había visto antes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Caza nueva? ¿Se mataba con facilidad?</p>
-
-<p>Al decir esto, volvióse Mowgli de lado con la mayor
-rapidez.</p>
-
-<p>&mdash;No eran piezas de caza, y, además, me hubieran
-roto todos los dientes. Pero la <em>Capucha Blanca</em> dijo
-que un hombre (y hablaba como quien conoce á fondo
-la especie), que un hombre hubiera dado con gusto la
-vida nada más que por mirar todo aquello.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo veremos, dijo Mowgli. Ahora recuerdo
-que hubo un tiempo en que fuí hombre.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_367">[Pg 367]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Calma!... ¡Calma! La prisa fué la que mató á la
-Serpiente Amarilla que se comió al sol. Hablamos
-nosotras dos bajo tierra, y yo hice mención de tí, diciendo
-que eras un hombre. Dijo, entonces, la <em>Capucha
-Blanca</em> (y advierte que ella es, en verdad, tan vieja
-como la misma Selva):</p>
-
-<p>&mdash;Mucho tiempo hace que no he visto á un hombre.
-Que venga, y contemplará todas esas cosas, por la
-más insignificante de las cuales se dejarían matar muchísimos
-como él.</p>
-
-<p>&mdash;Eso ha de ser, por fuerza, algún nuevo género
-de caza. Y, sin embargo, el Pueblo Venenoso no suele
-decirnos dónde hay alguna pieza de que apoderarse;
-son gente enemiga.</p>
-
-<p>&mdash;Que no se trata de pieza ninguna, te he dicho.
-Es... es... no puedo decir lo que es.</p>
-
-<p>&mdash;Iremos allá. Nunca he visto á una <em>Capucha
-Blanca</em>, y además deseo ver las otras cosas. ¿Las
-mató ella?</p>
-
-<p>&mdash;Cosas muertas son. Dice que es la guardiana de
-todas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!... Del mismo modo que un lobo vigila la
-carne que se ha llevado á su cubil. Vamos.</p>
-
-<p>Nadó Mowgli hacia la orilla, revolcóse sobre la
-yerba para secarse, y ambos partieron en dirección de
-las Moradas Frías, la ciudad desierta de la cual cabe
-suponer que estáis enterados. No tenía Mowgli, entonces,
-el menor miedo del Pueblo de los Monos, pero, en
-cambio, éste sentía por él vivísimo horror. Sea como
-fuere, sus tribus corrían á la sazón por la Selva, y así
-las Moradas Frías se hallaban completamente solitarias
-y silenciosas, iluminadas por la luna. Kaa iba delante,
-y, dirigiéndose hacia las ruinas del pabellón de
-la reina que se elevaban sobre la terraza, deslizóse por
-encima de los escombros y se hundió en la casi enterrada<span class="pagenum" id="Page_368">[Pg 368]</span>
-escalera subterránea que descendía del centro
-del pabellón. Mowgli lanzó el grito que servía para
-las serpientes («tú y yo somos de la misma sangre»)
-y siguió, sirviéndose, para andar, de las manos y de
-las rodillas. Arrastráronse durante largo espacio por
-un pasadizo inclinado, de innumerables vueltas y revueltas,
-y, por fin, llegaron á un sitio en el que la raíz
-de algún árbol muy grande, que crecía á más de nueve
-metros por encima de la altura en que se hallaban,
-había arrancado una de las pesadas piedras de la pared.
-Metiéronse por el hueco y se hallaron en una gran
-caverna, cuyo techo abovedado estaba, también, roto,
-en ciertos puntos, por raíces de árboles, de tal suerte
-que algunos rayos de luz penetraban en la obscuridad.</p>
-
-<p>&mdash;He aquí un cubil bien seguro, dijo Mowgli enderezándose;
-pero está demasiado lejos para visitarlo
-diariamente. Y ahora ¿qué es lo que aquí se ve?</p>
-
-<p>&mdash;¿No soy yo nada? dijo una voz, en medio de la
-caverna. Y Mowgli vió algo blanco que se movía,
-hasta que, poco á poco, irguióse ante él la más enorme
-cobra que jamás vieran sus ojos... un animal de cerca
-de dos metros y medio de largo, y descolorido, por
-estar siempre en la obscuridad, hasta haber adquirido
-color de marfil viejo. Aun las mismas marcas, como
-de espejuelos, que ostentaba en su extendida capucha,
-se habían desteñido, mostrándose ahora de un amarillo
-pálido. Tenía los ojos del color de rubíes, y, en
-suma, ofrecía el más sorprendente aspecto que pueda
-darse.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena suerte! dijo Mowgli, que no abandonaba
-nunca ni los buenos modales ni el cuchillo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué noticias me traes de la ciudad? preguntó la
-cobra blanca sin contestar al saludo. ¿Qué me cuentas
-de la inmensa ciudad amurallada... la ciudad de cien
-elefantes, veinte mil caballos y tantas reses que no<span class="pagenum" id="Page_369">[Pg 369]</span>
-cabe el contarlas... la ciudad del Rey de veinte reyes?
-Yo me vuelvo sorda aquí, y mucho tiempo ha pasado
-ya desde que oí sus <em>gongos</em><a id="FNanchor_26" href="#Footnote_26" class="fnanchor">[26]</a> de guerra.</p>
-
-<p>&mdash;Sobre nuestras cabezas no se extiende más que
-la Selva, dijo Mowgli. Entre los elefantes, conozco
-únicamente á Hathi y á sus hijos. Bagheera ha despaldillado
-á todos los caballos de una aldea, y... dime...
-¿qué es un Rey?</p>
-
-<p>&mdash;Ya te expliqué, dijo Kaa con suavidad á la cobra,
-ya te expliqué, desde hace cuatro lunas, que la ciudad
-no existía.</p>
-
-<p>&mdash;La ciudad... la gran ciudad del bosque, cuyas
-puertas están guardadas por las torres del Rey... no
-puede perecer nunca. ¡La edificaron antes que el padre
-de mi padre saliera del huevo, y durará, aún,
-cuando los hijos de mis hijos sean tan blancos como
-yo! Salomdhi, hijo de Chandrabija, el cual era hijo de
-Viyeja, hijo, á su vez, de Yegasuri, fué quien la edificó
-en la época de Bappa Rawal. ¿Quién es el dueño
-del rebaño á que pertenecen <em>vuesas mercedes</em>?</p>
-
-<p>&mdash;Eso es como un rastro perdido, dijo Mowgli volviéndose
-hacia Kaa. No entiendo su lenguaje.</p>
-
-<p>&mdash;Ni yo. Es muy vieja. Madre de las cobras, aquí
-no hay más que la Selva, y así fué desde el principio.</p>
-
-<p>&mdash;Pues entonces ¿quién es <em>éste</em>, preguntó la cobra
-blanca, que está sentado delante de mí, sin tenerme
-miedo, sin saber el nombre del Rey, y que habla nuestro
-lenguaje, valiéndose para ello de labios humanos?</p>
-<p><span class="pagenum" id="Page_370">[Pg 370]</span></p>
-<p>¿Quién es éste que va armado de cuchillo y tiene lengua
-de serpiente?</p>
-
-<p>&mdash;Mowgli me llaman, fué la respuesta. Pertenezco
-á la Selva. Los lobos son mi gente, y Kaa, que aquí
-ves, es mi hermana. Madre de las cobras ¿quién
-eres tú?</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy la Guardiana del tesoro del Rey. Kurrun
-Raja puso la piedra que está ahí arriba, en los tiempos
-en que mi piel era obscura, á fin de que enseñara yo lo
-que es la muerte á los que vinieran aquí para robar.
-Luego bajaron el tesoro, levantando la piedra, y oí el
-canto de los brahmanes, mis amos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Uy! dijo entre sí Mowgli: yo he tenido ya que
-habérmelas con un brahmán, en la manada de los hombres,
-y... sé, acerca de él, lo que sé. Aquí va á pasar
-algo, muy pronto.</p>
-
-<p>&mdash;Cinco veces, desde que vine á este sitio, han
-levantado la piedra; pero siempre para traer más,
-nunca para sacar algo. No hay riquezas como éstas:
-son los tesoros de cien reyes. Pero ha transcurrido
-mucho, muchísimo tiempo desde la última vez que
-levantaron la piedra, y creo que mi ciudad se ha olvidado
-ya de lo que aquí existe.</p>
-
-<p>&mdash;No hay tal ciudad. Mira hacia arriba. Verás allí
-raíces de grandes árboles que separan las piedras.
-Pues bien: no crecen juntos árboles y hombres, volvió
-á decir Kaa.</p>
-
-<p>&mdash;Dos, y hasta tres veces, han hallado los hombres
-manera de llegar hasta aquí, contestó airada la cobra
-blanca; pero nunca hablaron hasta que yo me les
-eché encima, mientras iban ellos tanteando en medio
-de la obscuridad, y aun entonces gritaron sólo breve
-rato. Mas <em>vuesas mercedes</em> vienen ambos con mentiras,
-lo mismo el Hombre que la Serpiente, y quisieran
-hacerme creer que la ciudad no existe y que mi misión<span class="pagenum" id="Page_371">[Pg 371]</span>
-de guardiana ha terminado. Poco cambian los hombres
-en el transcurso de los años. En cuanto á mí... yo no
-cambio jamás. Hasta que la piedra vuelva á ser levantada,
-y desciendan los brahmanes cantando canciones
-que yo sé, y me alimenten con leche caliente, y me
-saquen de nuevo á la luz, yo... <em>yo</em>... y nadie más que
-<em>yo</em>, seré la Guardiana del tesoro del Rey. ¿Decís que
-la ciudad ha muerto, y que ahí están las raíces de los
-árboles? Agachaos, pues, y coged lo que queráis. No
-tiene la tierra tesoros como éste. ¡Hombre con lengua
-de serpiente, si puedes salir con vida por el mismo
-camino que entraste, todos los reyezuelos del país
-serán tus vasallos!</p>
-
-<p>&mdash;Ya se embrolló otra vez la pista, dijo fríamente
-Mowgli. ¿Acaso algún chacal habrá llegado á meterse
-en estas profundidades y mordido á la gran <em>Capucha
-Blanca</em>? De fijo que le ha pegado la rabia<a id="FNanchor_27" href="#Footnote_27" class="fnanchor">[27]</a>.
-Madre de las cobras, nada veo yo aquí que pueda llevarme.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por los dioses del Sol y de la Luna que el muchacho
-está loco de remate! silbó la cobra. Antes que
-tus ojos se cierren para siempre voy á hacerte un
-favor: mira, y contempla lo que jamás vió hasta ahora
-hombre alguno.</p>
-
-<p>&mdash;No suele irles muy bien en la Selva á aquéllos
-que le hablan á Mowgli de favores, dijo el muchacho
-entre dientes. Pero la obscuridad lo cambia todo: bien
-lo sé yo. Miraré, pues, para complacerte.</p>
-
-<p>Miró, en efecto, con los ojos medio cerrados, alrededor
-de la caverna, y luego levantó del suelo un puñado
-de algo que brillaba.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! exclamó, esto es como aquello con que juegan<span class="pagenum" id="Page_372">[Pg 372]</span>
-en la manada de los hombres; sólo que esto es
-amarillo, y aquello era de color obscuro.</p>
-
-<p>Dejó caer las monedas de oro, y siguió adelante.
-El suelo de la caverna hallábase cubierto por una capa
-de oro y plata acuñados, de un espesor de más de
-metro y medio. Había estado al principio en sacos, que
-se rompieron, luego, esparciendo el metal, y, con los
-años, fuése éste apretando y sentando, como la arena
-durante el reflujo. Encima, dentro, y surgiendo de
-aquella masa, como restos de un naufragio que se levantan
-sobre la arena, había pabellones de elefante
-con joyas incrustadas en realces de plata, con planchas
-de oro forjado y adornos de rubíes y turquesas. Veíanse
-palanquines y literas destinados á llevar reinas, y
-cuyos marcos y correas eran plateados y con esmaltes,
-las varas con cabos de jade, y anillos de ámbar para
-las cortinas; había candeleros de oro con agujereadas
-esmeraldas colgantes, que temblaban sobre cada uno
-de los brazos; adornadas imágenes de olvidados dioses,
-de metro y medio de alto, todas ellas de plata y teniendo
-por ojos piedras preciosas; cotas de malla
-con incrustaciones de oro sobre el acero y guarnecidas
-de aljófar, ya cubierto de moho y ennegrecido;
-yelmos con cimeras y sartas de rubíes que tenían el
-color de la sangre de palomo; escudos de laca, de
-concha y de piel de rinoceronte, con tiras y tachones
-de oro rojo y esmeraldas en el borde; montones de
-espadas, dagas y cuchillos de caza con puño ó mango
-guarnecido de diamantes; vasos y cucharas de oro
-para los sacrificios, y altares portátiles de una forma
-que jamás se vé á la luz del día; tazas y brazaletes de
-jade; incensarios, peines y potes para perfumes y polvos,
-destinados al tocado femenino, todo ello en oro
-repujado; anillos para la nariz, brazales, diademas,
-anillos para los dedos y ceñidores, en tan gran número<span class="pagenum" id="Page_373">[Pg 373]</span>
-que era imposible contarlos; cinturones de siete dedos
-de ancho con diamantes y rubíes escuadrados, y cajas
-de madera, con triples grapas de hierro, en que las
-tablas se habían reducido ya á polvo mostrando en el
-interior los montones de zafiros orientales y comunes,
-ópalos, ágatas, rubíes, diamantes, esmeraldas y granates.</p>
-
-<p>Tenía razón la cobra blanca. No había dinero que
-bastara ni para empezar á pagar el valor de aquel
-tesoro, escogido producto de siglos de guerra, saqueo,
-comercio y tributos. Sin contar las piedras preciosas,
-las monedas solas eran ya de inestimable precio, y el
-peso en bruto del oro y de la plata, únicamente, podía
-muy bien llegar á dos ó trescientas toneladas. Cada
-uno de los gobernantes indígenas en la India tiene hoy,
-por pobre que sea, un tesoro escondido al cual va
-añadiendo siempre algo; y aunque alguna vez, en el
-espacio de muchos años, tal ó cual príncipe instruido
-mande cuarenta ó cincuenta carretas de bueyes cargadas
-de plata para que se las cambien por títulos de
-la Deuda, la mayoría guarda su tesoro, y el secreto
-de que exista, con grandísimo cuidado, y exclusivamente
-para sí propio.</p>
-
-<p>Como era natural que sucediera, Mowgli no entendió
-el significado de todo aquello. Los cuchillos despertaron
-algo su curiosidad; pero no le parecieron de
-tan fácil manejo como el suyo, y, por lo tanto, pronto
-los soltó. Halló, por fin, algo que realmente le sedujo,
-al verlo sobre un pabellón para elefante, medio enterrado
-entre las monedas. Era un <em>ankus</em> de cerca de
-un metro de largo, ó sea una aijada como las que se
-emplean, también, para elefantes, algo que tenía cierta
-semejanza con un bichero pequeño. El extremo superior
-era un redondo y brillante rubí, debajo del cual
-venían ocho pulgadas de mango tachonadas de turquesas<span class="pagenum" id="Page_374">[Pg 374]</span>
-en bruto, casi tocando una con otra, lo que ofrecía
-segurísimo asidero. Más abajo había un cerco de jade
-con un dibujo de flores que lo adornaba... sólo que
-tenía la particularidad de que las hojas eran esmeraldas,
-y las corolas rubíes hundidos en la fría y verde
-piedra. El resto del mango era una vara de purísimo
-marfil, mientras el extremo agudo (la punta y el gancho)
-era de acero con incrustaciones de oro, representando
-escenas de la caza del elefante, y esos dibujos
-atrajeron de modo especial á Mowgli, que vió en ellos
-algo que tenía más ó menos relación con Hathi el
-Silencioso.</p>
-
-<p>La cobra blanca había estado, entre tanto, siguiéndole
-muy de cerca.</p>
-
-<p>&mdash;¿No vale esto la pena de morir con tal de contemplarlo?
-dijo. ¿No te he hecho un grandísimo favor?</p>
-
-<p>&mdash;No te entiendo, contestó Mowgli. Todas esas
-cosas son duras y frías, y no pueden servir, en modo
-alguno, para comer. Pero esto (y levantó el <em>ankus</em>),
-esto deseo sacarlo de aquí para verlo á la luz del sol.
-¿No decías que cuanto te rodea es tuyo? ¿Quieres
-darme esto sólo, y yo te traeré ranas para que las
-comas?</p>
-
-<p>La cobra blanca se estremeció, llena de malvado
-júbilo.</p>
-
-<p>&mdash;Vaya si te lo daré, dijo. Todo voy á dártelo...
-hasta el momento de irte.</p>
-
-<p>&mdash;Pero si me voy ahora. Este sitio es obscuro y frío,
-y deseo llevarme á la Selva eso que tiene una punta
-como de espina.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mira á tus pies! ¿Qué hay junto á ellos?</p>
-
-<p>Cogió Mowgli algo blanco y liso.</p>
-
-<p>&mdash;Es el cráneo de un hombre, dijo en voz baja. Y
-aquí hay dos más.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_375">[Pg 375]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp48" id="p375" style="max-width: 27.1875em;">
- <img class="w100 p1 p1b" src="images/p375.jpg" alt="p375ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<span class="pagenum" id="Page_376">[Pg 376]</span>
-</div>
-
-<p>&mdash;Vinieron para llevarse el tesoro hace muchos
-años. Yo les hablé en medio de la obscuridad, y se quedaron
-quietos para siempre.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿para qué necesito yo eso que se llama tesoro?
-Si me quieres dar el <em>ankus</em> para llevármelo, ya
-habré cazado todo lo que deseo. Si no, me es igual. Yo
-no me bato con los del Pueblo Venenoso, y, además, ya
-me enseñaron la palabra mágica para los de tu tribu.</p>
-
-<p>&mdash;¡Aquí no hay más palabra mágica que una, y
-ésta es la mía!</p>
-
-<p>Lanzóse Kaa hacia adelante con los ojos echando
-llamas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién me invitó á traer al Hombre á este sitio?
-dijo silbando.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, no hay duda, balbuceó la vieja cobra. Hace
-mucho tiempo que no he visto al hombre, y, además,
-éste conoce nuestro lenguaje.</p>
-
-<p>&mdash;Pero no se habló de matar. ¿Cómo puedo yo
-ahora volver á la Selva diciendo que le he traído aquí
-á morir? dijo Kaa.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no hablo de matar hasta que llega la hora. Y
-respecto á irte ó no irte tú, ahí está el agujero en la
-pared. Déjame, pues, en paz, matadora de monos. No
-tengo que hacer más que tocarte en el cuello, y la
-Selva no volverá ya á tener noticias tuyas. Jamás
-entró aquí hombre alguno que volviera á salir con
-vida. Yo soy la Guardiana del tesoro perteneciente á
-la ciudad del Rey.</p>
-
-<p>&mdash;Pero si te digo, gusano blanco de esas tinieblas,
-que no hay ya Rey ni ciudad. ¡La Selva es la que
-reina en torno nuestro!</p>
-
-<p>&mdash;Aún existe el tesoro. Mas verás lo que podemos
-hacer: espera un poco, Kaa de las Peñas, y mira cómo
-corre el muchacho. Hay aquí sitio suficiente para entregarnos
-á ese juego. La vida es algo bueno. ¡Corre
-de un lado á otro, y juguemos, muchacho!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_377">[Pg 377]</span></p>
-
-<p>Mowgli colocó, calmosamente, la mano sobre la
-cabeza de Kaa.</p>
-
-<p>&mdash;Esa cosa blanca no ha tratado hasta ahora más
-que con hombres de los que forman parte de la manada
-humana. Á mí no me conoce, murmuró. Ella misma
-ha pedido esa clase de caza; otorguémosela, pues.</p>
-
-<p>Había estado Mowgli, todo ese tiempo, de pie, sosteniendo
-el <em>ankus</em> con la punta hacia abajo. Arrojólo
-lejos de sí, con gran rapidez, y fué aquél á caer de
-lado, precisamente detrás de la capucha de la gran
-serpiente, clavando á ésta en el suelo. Como una exhalación
-lanzó Kaa todo su peso sobre aquel cuerpo que
-se retorcía, inmovilizándolo hasta la cola. Los colorados
-ojos parecían de fuego, y las seis pulgadas de la
-cabeza que quedaban libres golpeaban furiosamente á
-derecha é izquierda.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mata! dijo Kaa en el instante en que Mowgli
-echaba mano al cuchillo.</p>
-
-<p>&mdash;No, contestó él, al sacarlo, nunca más mataré
-como no sea para procurarme comida. Pero ¡mira Kaa!</p>
-
-<p>Cogió á la serpiente por detrás de la capucha, le
-abrió violentamente la boca con la hoja de acero, y
-mostró los terribles colmillos venenosos de la mandíbula
-superior, ya negros y consumidos en la encía. La
-cobra blanca había sobrevivido á su veneno, como les
-ocurre á las serpientes.</p>
-
-<p>&mdash;<em>Thuu</em> (está seco)<a id="FNanchor_28" href="#Footnote_28" class="fnanchor">[28]</a> dijo Mowgli; y, haciendo
-seña á Kaa para que se alejara, cogió el <em>ankus</em>, dejando
-á la cobra en libertad.</p>
-
-<p>&mdash;El tesoro del Rey necesita un nuevo guardián,
-dijo con gravedad. <em>Thuu</em>, has hecho mal. ¡Corre de un
-lado á otro y juguemos, <em>Thuu</em>!</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué vergüenza para mí! ¡Mátame! silbó la
-cobra blanca.</p>
-<p><span class="pagenum" id="Page_378">[Pg 378]</span></p>
-<p>&mdash;Demasiado hemos hablado ya aquí de matar.
-Ahora nos iremos. Me llevo esa cosa de punta de espina,
-<em>Thuu</em>, porque con ella he peleado y te he vencido.</p>
-
-<p>&mdash;Cuida, pues, de que esa cosa no te mate, al fin, á
-tí. ¡Es la muerte! ¡Acuérdate de lo que te digo: es la
-muerte! Hay en ella lo suficiente para quitar la vida á
-todos los hombres de mi ciudad. No estará mucho
-tiempo en tu poder, hombre de la selva, ni tampoco en
-el del que de tí lo tome. ¡Por ello se matarán sin cesar
-unos á otros! Mi fuerza se ha consumido; pero el <em>ankus</em>
-continuará mi tarea. ¡Es la muerte!... ¡La muerte!...
-¡La muerte!</p>
-
-<p>Arrastróse Mowgli por el agujero hasta llegar de
-nuevo al pasadizo, y lo último que desde allí vió fué
-cómo la cobra blanca golpeaba furiosamente con sus
-inofensivos colmillos las estúpidas caras doradas de
-los dioses tendidos en el suelo, silbando al propio tiempo:
-«¡es la muerte!»</p>
-
-<p>Alegráronse de ver una vez más la claridad del día,
-y, cuando se hallaron de vuelta en la propia Selva y
-Mowgli hizo brillar el <em>ankus</em> con los reflejos de la luz
-matinal, estuvo casi tan contento como si hubiera hallado
-un ramo de flores nuevas que prenderse en el
-cabello.</p>
-
-<p>&mdash;Esto brilla aun más que los ojos de Bagheera,
-dijo, con verdadero júbilo, al dar vueltas rápidamente
-al rubí. Se lo enseñaré; pero ¿qué es lo que quiso decir
-la <em>Thuu</em> cuando habló de la muerte?</p>
-
-<p>&mdash;Lo ignoro. Lo que siento con todo mi cuerpo,
-desde la cabeza hasta la punta de la cola, es que no le
-hicieras probar tu cuchillo. Siempre hay algo malo en
-las Moradas Frías... sobre el suelo ó por debajo de él.
-Pero, tengo ahora hambre. ¿Cazas conmigo esta
-mañana? dijo Kaa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_379">[Pg 379]</span></p>
-
-<p>&mdash;No: Bagheera ha de ver esto. ¡Buena suerte!</p>
-
-<p>Marchóse Mowgli bailando, blandiendo el gran
-<em>ankus</em> y parándose, de cuando en cuando, para admirarlo,
-hasta que llegó á aquella parte de la Selva donde
-solía estar con preferencia Bagheera, y la halló bebiendo,
-después de haber cazado, no sin cierta fatiga.
-Contóle Mowgli todas sus aventuras, desde el principio
-hasta al fin, y, de cuando en cuando, olfateaba Bagheera
-el <em>ankus</em>. Al llegar Mowgli á las últimas palabras
-de la cobra blanca la pantera lanzó un susurro especial
-de aprobación.</p>
-
-<p>&mdash;¿Entonces, la cobra blanca dijo lo que realmente
-es? preguntó, en seguida, Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;Nací en las jaulas del Rey de Oodeypore, y tengo
-la seguridad de conocer un poco á los hombres. Muchísimos
-de ellos darían muerte á tres de sus semejantes
-en una sola noche nada más que por tener esa gran
-piedra roja.</p>
-
-<p>&mdash;Pero esa piedra no hace otra cosa que añadir
-peso. Mi brillante cuchillo, aunque pequeño, es mejor;
-y además... ¡mira! la piedra roja no sirve para comer.
-Por lo tanto ¿para qué esas muertes que dices?</p>
-
-<p>&mdash;Mowgli, vete á dormir. Has vivido entre los
-hombres, y...</p>
-
-<p>&mdash;Ya me acuerdo. Los hombres matan cuando no
-van de caza... matan por ociosidad y por gusto. Despiértate,
-Bagheera. ¿Á qué uso destinaron esa cosa
-con punta de espina, cuando la hicieron?</p>
-
-<p>Abrió á medias los ojos Bagheera (que tenía mucho
-sueño) y guiñó maliciosamente.</p>
-
-<p>&mdash;La hicieron los hombres para meterla en la cabeza
-de los hijos de Hathi, de modo que la sangre
-corriera. Yo he visto una semejante en la calle de
-Oodeypore, delante de nuestras jaulas. Cosa es ésta
-que ha probado la sangre de muchos como Hathi.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_380">[Pg 380]</span></p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿por qué se la meten en la cabeza á los elefantes?</p>
-
-<p>&mdash;Para enseñarles la Ley del Hombre. Como no
-tienen garras ni dientes, los hombres fabrican esas
-cosas... y aun otras peores.</p>
-
-<p>&mdash;Siempre sangre y más sangre, aun en aquello
-que hizo la manada humana, dijo Mowgli con ademán
-de asco, y comenzando ya á sentirse algo cansado de
-sostener el peso del <em>ankus</em>.</p>
-
-<p>&mdash;Si hubiera sabido eso no me lo llevo. Primero,
-sangre de Messua sobre sus ataduras, y ahora sangre
-de Hathi. No quiero usarlo más. ¡Mira!</p>
-
-<p>Voló el <em>ankus</em> por los aires, lanzando chispas de
-luz, y se clavó de punta á más de veinticinco metros
-de distancia, entre los troncos de los árboles.</p>
-
-<p>&mdash;Así quedan mis manos limpias de toda muerte,
-dijo Mowgli, frotando las palmas de aquéllas contra
-la fresca, húmeda tierra. Dijo la <em>Thuu</em> que la
-Muerte seguiría mis pasos. Es vieja, y blanca, y está
-loca.</p>
-
-<p>&mdash;Sea blanca ó negra, trátese de muerte ó de vida,
-lo que es yo me voy á dormir, Hermanito. No puedo
-estar cazando toda la noche y aullando todo el día,
-como hacen algunos.</p>
-
-<p>Marchóse Bagheera á un cubil que conocía, y usaba
-al ir de caza, á media legua de distancia. Mowgli encaramóse
-á un árbol que le pareció apropiado, anudó
-allí tres ó cuatro enredaderas, y, en menos tiempo del
-que se emplea en decirlo, se balanceaba ya en una hamaca,
-á quince metros sobre el nivel del suelo. Aunque
-no le molestara realmente la fuerte luz del día, Mowgli,
-siguiendo en esto la costumbre de sus amigos, la
-usaba tan poco como le era posible. Al despertarse
-entre el coro de chillonas voces de los habitantes de
-los árboles, era ya otra vez la hora del crepúsculo, y<span class="pagenum" id="Page_381">[Pg 381]</span>
-recordó haber soñado en las hermosas piedrecillas que
-acababa de tirar.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando menos, volveré á contemplar aquello una
-vez más, dijo, y se deslizó por una enredadera hasta
-tocar el suelo.</p>
-
-<p>Ante él estaba Bagheera. Mowgli podía oirla olfatear
-en medio de la relativa obscuridad que reinaba.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde está aquello que tiene punta de espina?
-gritó Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;Se lo ha llevado un hombre. Ahí está el rastro.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora veremos si la <em>Thuu</em> dijo la verdad. Si esa
-cosa puntiaguda es la Muerte, ese hombre morirá. Sigámosle.</p>
-
-<p>&mdash;Mata primero, contestó Bagheera. Con el estómago
-vacío no se tiene muy buen ojo. Andan los hombres
-muy despacio, y la Selva está suficientemente
-húmeda para conservar hasta la más ligera señal del
-que haya pasado.</p>
-
-<p>Mataron lo más pronto que les fué posible; pero
-casi tres horas habían transcurrido cuando hubieron
-terminado la comida, bebido y preparádose á seguir
-la pista. El Pueblo de la Selva sabe que no hay nada
-que compense el daño causado por la precipitación en
-las comidas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Crees tú que aquella cosa puntiaguda se volverá
-en las mismas manos del hombre contra él y lo matará?
-preguntó Mowgli. La <em>Thuu</em> dijo que era la Muerte.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo veremos al llegar, contestó Bagheera, siguiendo
-al trote con la cabeza baja. No hay más que
-<em>un pie</em> (quería decir que no había más que un solo
-hombre) y el peso de esa cosa le ha hecho apretar el
-talón profundamente en el suelo.</p>
-
-<p>&mdash;Efectivamente: esto es claro como un relámpago
-de verano, contestó Mowgli.</p>
-
-<p>Y ambos tomaron el cortado y rápido trote con que<span class="pagenum" id="Page_382">[Pg 382]</span>
-se sigue un rastro, metiéndose ya dentro de los trozos
-de tierra iluminados por la luna, ya saliendo fuera,
-siempre tras las huellas de aquellos dos pies desnudos.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora corre muy aprisa, dijo Mowgli. Las señales
-de los dedos están muy separadas.</p>
-
-<p>Siguieron por una tierra húmeda.</p>
-
-<p>&mdash;Y ahora ¿por qué tuerce hacia á un lado?</p>
-
-<p>&mdash;¡Espera! dijo Bagheera, y lanzóse hacia delante
-de un salto magnífico, que procuró fuera lo más largo
-posible.</p>
-
-<p>Lo primero que hay que hacer cuando una pista
-deja de ser clara y explicable es ir hacia delante, sin
-dejar en el suelo las propias huellas, que acabarían de
-confundir. Volvióse Bagheera en cuanto tocó á tierra,
-y dirigiéndose al muchacho gritó:</p>
-
-<p>&mdash;Ahí viene otro rastro á encontrarse con el primero.
-Es de un pie más pequeño, y las marcas de los
-dedos están vueltas hacia dentro.</p>
-
-<p>Corrió, entonces, Mowgli y miró á su vez.</p>
-
-<p>&mdash;Es el pie de un cazador gondo, dijo. ¡Mira!
-Aquí ha arrastrado el arco por encima de la yerba.
-Por esto el primer rastro torcía hacia un lado tan rápidamente.
-<em>Pie grande</em> quería esconderse, viéndose
-perseguido por <em>Pie pequeño</em>.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad, dijo Bagheera. Ahora, para que no
-ocurra que cruzando el rastro del uno con el del otro
-embrollemos las señales, vamos á seguir cada uno el
-suyo. Yo soy <em>Pie grande</em>, Hermanito, y tú eres <em>Pie
-pequeño</em>, el gondo.</p>
-
-<p>Saltó Bagheera hacia atrás, volviendo á tomar el
-primer rastro, y dejando á Mowgli agachado curiosamente
-sobre las estrechas huellas del salvaje habitante
-de los bosques.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, dijo Bagheera, siguiendo paso á paso la
-hilera de huellas, yo, <em>Pie grande</em>, tuerzo aquí hacia<span class="pagenum" id="Page_383">[Pg 383]</span>
-un lado. Ahora me escondo detrás de una roca y me
-estoy quieto, sin atreverme á levantar ni un pie. Dí
-tú cómo es tu rastro, Hermanito.</p>
-
-<p>Ahora yo, <em>Pie pequeño</em>, llego á la roca, dijo, á su
-vez, Mowgli, siguiendo la pista. Ahora me siento debajo
-de ella, apoyándome sobre la mano derecha y
-descansando el arco entre los dedos de los pies. Espero
-largo rato, porque mis huellas son aquí profundas.</p>
-
-<p>&mdash;Lo propio me ocurre á mí, observó Bagheera,
-que estoy escondido detrás de la roca. Espero, descansando
-sobre ella el extremo del objeto que llevo, y que
-tiene punta de espina. Resbala, porque aquí hay una
-raya sobre la piedra. Dí tú ahora tu pista, Hermanito.</p>
-
-<p>&mdash;Una... dos ramillas... y una rama grande... se
-ven aquí rotas, fué diciendo Mowgli en voz baja. ¿Y
-cómo explicaré ahora esto? ¡Ah! Ya lo veo claro. Yo,
-<em>Pie pequeño</em>, me voy, haciendo ruido y pisando fuerte,
-á fin de que <em>Pie grande</em> pueda oirme.</p>
-
-<p>Apartóse, entonces, de la roca, paso á paso, por
-entre los árboles, elevando la voz, desde lejos, al irse
-acercando á una cascada pequeña, y diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;Yo... me voy... muy lejos... al sitio... donde...
-el... ruido... del agua... que cae... apaga... mi propio...
-ruido... y... aquí... espero. ¡Dí tú ahora tu pista, Bagheera,
-<em>Pie grande</em>!</p>
-
-<p>La pantera había estado saltando en todas direcciones
-para ver cómo el rastro de <em>Pie grande</em> se apartaba
-de la roca. Al fin gritó:</p>
-
-<p>&mdash;Salgo de detrás de la roca, caminando á gatas y
-arrastrando el objeto que tiene punta de espina, y no
-viendo á nadie echo á correr. Yo, Pie grande corro
-velozmente. El rastro está aquí claro. Sigamos cada
-uno el suyo. ¡Yo voy corriendo!</p>
-
-<p>Hizo Bagheera lo que decía, siguiendo el rastro<span class="pagenum" id="Page_384">[Pg 384]</span>
-claramente marcado, y, entre tanto, Mowgli siguió
-los pasos del gondo. Reinó por algún tiempo el silencio
-en la Selva.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde estás, <em>Pie pequeño</em>? gritó Bagheera. La
-voz de Mowgli le contestó á unos cuarenta metros de
-distancia hacia la derecha.</p>
-
-<p>&mdash;¡Je! exclamó la pantera tosiendo con una tos
-profunda. Ambos corren, uno al lado de otro, y acercándose.</p>
-
-<p>Continuó la carrera durante un rato, conservándose
-los dos casi á la misma distancia, hasta que Mowgli,
-que no tenía la cabeza tan cerca del suelo como
-Bagheera, gritó:</p>
-
-<p>&mdash;Ya se han encontrado. ¡Buena ha sido la caza!...
-¡Mira! Aquí se paró <em>Pie pequeño</em>, con la rodilla puesta
-sobre una roca... y más allá está, realmente, <em>Pie
-grande</em>.</p>
-
-<p>Frente á ellos, á menos de nueve metros, tendido
-sobre un montón de rocas desmenuzadas, veíase el
-cuerpo de un aldeano de la comarca, atravesados espalda
-y pecho por un largo dardo de plumas muy cortas,
-como los que usan los gondos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Merecía la <em>Thuu</em> que se la calificara de vieja y
-de loca, Hermanito? dijo Bagheera muy suavemente.
-Cuando menos ya hemos encontrado un muerto.</p>
-
-<p>&mdash;Sigue hacia adelante. Pero ¿dónde está lo que
-bebe la sangre de los elefantes... la espina que tiene
-un ojo colorado?</p>
-
-<p>&mdash;<em>Pie pequeño</em> la tiene... tal vez. De nuevo, no se
-ve ya más que un solo pie.</p>
-
-<p>El rastro único de un hombre muy ligero, que había
-estado corriendo con gran velocidad, llevando un peso
-sobre el hombro izquierdo, continuaba alrededor de
-una larga y baja tira de yerba seca, que ofrecía la
-forma de una espuela, y en la cual cada pisada parecía,<span class="pagenum" id="Page_385">[Pg 385]</span>
-á los penetrantes ojos de los que iban siguiendo la
-pista, como impresa con un hierro candente.</p>
-
-<p>Ni uno ni otro dijo una palabra más, hasta que el
-rastro les llevó á un sitio donde se veían las cenizas de
-una hoguera, ocultas en el fondo de un barranco.</p>
-
-<p>&mdash;¡Otra vez! exclamó Bagheera parándose, de
-pronto, como petrificada.</p>
-
-<p>El cuerpo de un gondo, pequeño y apergaminado,
-yacía allí, puestos los pies sobre las cenizas, y, al verlo,
-levantó Bagheera los ojos hacia Mowgli como interrogándole.</p>
-
-<p>&mdash;La muerte ha sido causada con un bambú, dijo
-el muchacho después de lanzar una ojeada. Yo lo usé
-también para ir con los búfalos, cuando servía en la
-manada de los hombres. La Madre de las cobras (y
-ahora siento haberme burlado de ella) conocía á fondo
-la raza, como debía haberla conocido yo. ¿No dije yo
-mismo que los hombres mataban por culpa de la ociosidad?</p>
-
-<p>&mdash;La verdad es que han matado, en este caso, por
-culpa de las piedras rojas y azules, contestó Bagheera.
-Acuérdate de que yo estuve en las jaulas del Rey,
-en Oodeypore.</p>
-
-<p>&mdash;Uno, dos, tres, cuatro rastros diferentes, dijo
-Mowgli, agachándose sobre las cenizas. Cuatro rastros
-de hombres con los pies calzados. No van éstos tan
-aprisa como los gondos. Pero ¿qué daño les había hecho
-ese hombrecillo de las selvas? Mira: los cinco habían
-estado juntos, hablando, antes de que lo mataran. Volvámonos,
-Bagheera. Tengo lleno el estómago, y, sin
-embargo, lo siento moverse, subiendo y bajando como
-el nido de una oropéndola en la punta de una rama.</p>
-
-<p>&mdash;No es cazar bien el dejar de pie una pieza. ¡Sigue!
-exclamó la pantera. No han ido muy lejos esos
-ocho pies calzados.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_386">[Pg 386]</span></p>
-
-<p>Nada más hablaron por espacio de una hora, mientras
-iban siguiendo el ancho rastro dejado por los cuatro
-hombres.</p>
-
-<p>La luz del día era ya clara y el sol calentaba, cuando
-Bagheera dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Siento olor de humo.</p>
-
-<p>&mdash;Siempre están los hombres más dispuestos á comer
-que á correr, contestó Mowgli, describiendo curvas
-por entre los arbustos bajos de la nueva selva que
-exploraban. Bagheera, algo hacia la izquierda del muchacho,
-producía un ruido gutural indescriptible.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí hay uno que no comerá ya más, dijo aquel.</p>
-
-<p>Bajo un arbusto veíase un montón de ropas de vivos
-colores, y alrededor alguna harina esparcida.</p>
-
-<p>&mdash;También esta muerte fué causada con un bambú,
-observó Mowgli. ¡Mira! Ese polvo blanco es lo que
-comen los hombres. Le han quitado su presa (él era
-quién llevaba los comestibles de todos) para convertirle
-á él mismo en presa de Chil, el milano.</p>
-
-<p>&mdash;Este es el tercero, dijo Bagheera.</p>
-
-<p>&mdash;Le llevaré ranas, lo más grandes posible, á la
-Madre de las cobras, para engordarla, pensó Mowgli.
-Eso que bebe la sangre de los elefantes es la Muerte
-misma... pero, á pesar de todo, hay algo que no entiendo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sigue adelante! dijo Bagheera.</p>
-
-<p>No habían andado aun un cuarto de legua cuando
-oyeron ya á Ko, el cuervo, cantando la canción de la
-Muerte en la punta de un tamarisco, á cuya sombra
-yacían los cadáveres de tres hombres. En el centro del
-círculo humeaba un fuego medio apagado, sobre el
-cual había un plato de hierro que contenía una torta
-negra y quemada, hecha de pan ázimo. Junto al fuego,
-y brillando á la luz del sol, estaba el <em>ankus</em> de los rubíes
-y turquesas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_387">[Pg 387]</span></p>
-
-<p>&mdash;Muy aprisa trabaja eso: todo termina aquí, dijo
-Bagheera. Y éstos ¿cómo murieron, Mowgli? En ninguno
-de ellos se vé señal que lo indique.</p>
-
-<p>Llega un habitante de la Selva á aprender, por
-medio de la experiencia, tanto como lo que muchos
-médicos saben acerca de las propiedades de ciertas
-plantas y frutos venenosos. Olió Mowgli el humo que
-se elevaba del fuego, partió un pedazo del ennegrecido
-pan, probólo, y lo escupió en seguida.</p>
-
-<p>&mdash;La manzana de la Muerte, dijo. El primero debió
-de mezclarla en la comida para éstos, que lo mataron
-á él, después de haber matado al gondo.</p>
-
-<p>&mdash;En verdad, que buena ha sido la cacería. Las
-muertes se suceden, y muy cerca unas de otras, dijo
-Bagheera.</p>
-
-<p>«La manzana de la Muerte» es lo que en la Selva
-se llama manzana espinosa ó <em>datura</em>, el veneno más
-activo que existe en toda la India.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y ahora? dijo la pantera. ¿Qué haremos? ¿Matarnos
-uno á otro por ese asesino del ojo colorado, que
-está ahí en el suelo?</p>
-
-<p>&mdash;¿Puede hablar? preguntó Mowgli en voz tan baja
-que parecía leve susurro. ¿Le ofendí al tirarlo? Á nosotros
-dos no puede ya causarnos daño, porque no deseamos
-lo que desean los hombres. Si lo dejamos aquí,
-de fijo que seguirá matándolos uno tras otro, tan aprisa
-como caen las nueces cuando sopla el huracán. No
-siento yo cariño por los hombres; pero, aun así, no
-quisiera ver muy á menudo eso de que mueran seis en
-una noche.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué importa? No son más que hombres. Se mataron
-unos á otros, y con ello quedaron muy satisfechos,
-dijo Bagheera. El primero, el hombrecillo de las
-selvas, cazaba bien.</p>
-
-<p>&mdash;Á pesar de todo, no son más que cachorros; y<span class="pagenum" id="Page_388">[Pg 388]</span>
-un cachorro sería capaz de ahogarse por el gusto de
-pegarle un mordisco á la luz de la luna reflejada en el
-agua. La culpa la tuve yo, dijo Mowgli, que hablaba
-como si supiera cuanto hay que saber sobre todo lo de
-este mundo. Nunca más traeré á la Selva cosas extrañas...
-aunque fueran tan hermosas como las flores.
-Esto (y al decirlo manejaba cautelosamente el <em>ankus</em>),
-va á volver á donde está la Madre de las cobras. Pero
-antes tenemos que dormir, y no podemos hacerlo junto
-á durmientes como éstos. Además, hemos de enterrarle
-también á <em>él</em>, para que no se escape y mate á seis
-más. Hazme un hoyo bajo ese árbol.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, Hermanito, dijo Bagheera, dirigiéndose al
-sitio que se le indicaba, yo te aseguro que la culpa no
-la tiene ese bebedor de sangre. El mal proviene de los
-hombres.</p>
-
-<p>&mdash;Lo mismo da, contestó Mowgli. Haz el hoyo bien
-hondo. Cuando nos despertemos, cogeré eso é iré á
-devolverlo.</p>
-
-<hr class="r15" />
-
-<p>Dos noches después, mientras la cobra blanca estaba
-entre la obscuridad de la caverna, desolada, solitaria,
-llena de vergüenza por haber sido robada, el <em>ankus</em> de
-las turquesas pasó, dando vueltas, por el agujero que
-había en la pared, y cayó, con estrépito, sobre el suelo,
-cubierto de monedas de oro.</p>
-
-<p>&mdash;Madre de las cobras, dijo Mowgli, que tuvo buen
-cuidado de quedarse al otro lado de la pared, busca
-entre las de tu raza alguna más joven y más á propósito
-que tú para que te ayude á guardar el tesoro del
-Rey, de modo que no te suceda más que otro hombre
-salga de aquí vivo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Con que vuelve eso? Ya te dije que era la
-muerte. ¿Y cómo tú estás aun vivo? murmuró la cobra
-vieja, enroscándose amorosamente al mango del <em>ankus</em>.</p>
-
-
-
-<p>&mdash;¡Por el buey que me rescató te aseguro que no
-lo sé! Esa cosa ha matado seis veces en una sola noche.
-No la dejes salir de aquí nunca más.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_389">[Pg 389]</span></p>
-</div>
-
-<h3>La canción del cazador</h3>
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p><span style="margin-left: 1em;">Antes que Mor, el pavo real, las alas</span><br />
-bata, y el Pueblo de los monos grite,<br />
-y aun antes que el milano, Chil, se arroje<br />
-por el espacio inmenso y adormido,<br />
-á través de la Selva suavemente<br />
-vuela un susurro y una sombra corre:<br />
-es él, que pasa ¡oh cazador!... el Miedo,<br />
-es el Miedo que cruza por la Selva.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Por los claros del bosque se desliza</span><br />
-poco á poco una sombra vigilante<br />
-que á ratos se detiene, y el murmullo<br />
-va extendiéndose, entonces, blando, lento.<br />
-Va extendiéndose, entonces, mientras baña<br />
-con sudores de angustia nuestra frente:<br />
-es él, que pasa ¡oh cazador!... el Miedo,<br />
-es el Miedo que cruza por la Selva.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Antes que suba al árida montaña</span><br />
-la blanca luna y en las rocas ponga<br />
-vivo festón de luz, cuando sombríos<br />
-están los hondos, húmedos senderos,<br />
-llega á tu espalda, cazador, un soplo<br />
-que á través de la noche va volando:<br />
-es él, que pasa ¡oh cazador!... el Miedo,<br />
-es el Miedo que cruza por la Selva.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">¡De rodillas, y el arco bien tendido!</span><br />
-¡Lanza al punto la flecha penetrante!<br />
-Hunde tu lanza en las tinieblas, y hazlo<br />
-aunque de tí se estén burlando mudas.<br />
-Pero tus manos el temblor agita<br />
-y hasta la sangre de tu rostro ha huído:<br />
-es él, que pasa ¡oh cazador!... el Miedo,<br />
-es el Miedo que cruza por la Selva.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Cuando la tempestad recorre el aire</span><br />
-y los pinos arranca de los montes,<br />
-cuando el agua desciende de los cielos<br />
-y el rostro azota y sin piedad nos ciega,<br />
-á través del estruendo, más robusta<br />
-que todas las demás una voz ruge:<br />
-es él, que pasa ¡oh cazador!... el Miedo,<br />
-es el Miedo que cruza por la Selva.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Ya en los cauces las aguas se desbordan,</span><br />
-derrúmbanse las peñas desprendidas,<br />
-y á la luz del relámpago, en las plantas<br />
-hasta los nervios de las hojas vense;<br />
-mas, seca tu garganta y seco el labio,<br />
-sientes latir el corazón con fuerza<br />
-como martillo que percute: entonces<br />
-sabes ¡oh cazador! lo que es el Miedo.</p>
-</div>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp72" id="p390" style="max-width: 10em;">
- <img class="w100 p4" src="images/p390.jpg" alt="p389ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_390">[Pg 390]</span></p>
-</div>
-
-<div class="footnotes">
-<p class= "p4 center big1">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_25" href="#FNanchor_25" class="label">[25]</a> La boca del cocodrilo.&mdash;<span class="smcap">N. del T.</span></p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_26" href="#FNanchor_26" class="label">[26]</a> <em>Gongo</em>, que he usado ya anteriormente en este libro, no es palabra
-admitida por la Academia española. Se halla en el Diccionario inglés-español
-de Lopez y Bensley (quizá sea americanismo) y significa lo
-mismo que <em>batintín</em>, que es el vocablo adoptado por la Academia. Con
-perdón sea dicho, paréceme á mí mucho mejor <em>gongo</em> para traducir el
-<em>gong</em> inglés (y también francés) que ese <em>batintín</em> que no da idea del sonido
-especial, profundo, del objeto á que se aplica.&mdash;<span class="smcap">N. del T.</span></p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_27" href="#FNanchor_27" class="label">[27]</a> La misma palabra que significa en inglés <em>locura</em> puede significar
-también <em>rabia</em> ó <em>hidrofobia</em>. El autor la usa en este doble sentido.&mdash;<span class="smcap">N. del T.</span></p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_28" href="#FNanchor_28" class="label">[28]</a> Literalmente: es un tronco podrido.&mdash;<span class="smcap">N. del A.</span></p>
-
-</div>
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_391">[Pg 391]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p391" style="max-width: 37.5em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p391.jpg" alt="p390ilo" />
-</div>
-
-<h2 class="nobreak">Quiquern</h2>
-
-<div class="block60">
-<div class="poetry-container p1 pw25">
-<div class="poetry">
-<p><span style="margin-left: 1em;">La gente de los hielos orientales</span><br />
-es cual nieve que pronto se derrite:<br />
-danles azúcar y café los blancos,<br />
-<span style="margin-left: 4em;">y sin temor les siguen.</span><br />
-<span style="margin-left: 1em;">Los hombres de los hielos de Occidente</span><br />
-gustan más de robar y resistirse:<br />
-venden pieles en cada factoría...<br />
-<span style="margin-left: 4em;">y el alma, si es posible.</span><br />
-<span style="margin-left: 1em;">En los hielos del Sur los balleneros</span><br />
-son sólo los que el tráfico persiguen:<br />
-muchos cintajos las mujeres llevan<br />
-<span style="margin-left: 4em;">mas ¡qué miseria existe!</span><br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Pero en el hielo primitivo, al Norte,</span><br />
-donde no hay hombres blancos que dominen,<br />
-con huesos de narval se hacen las lanzas<br />
-y allí se ve del hombre el postrer límite.</p>
-</div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="p2">&mdash;Ha abierto los ojos. ¡Mira!</p>
-
-<p>&mdash;Vuelve á meterlo en la piel. ¡Buen perro va á
-ser! Cuando tenga cuatro meses le pondremos el
-nombre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y para quién será? dijo Amoraq.</p>
-
-<p>Tendió la mirada Kadlu en torno de la choza de
-nieve forrada de pieles y la posó sobre Kotuko, muchacho
-de catorce años que estaba sentado sobre el<span class="pagenum" id="Page_392">[Pg 392]</span>
-banco que servía de cama, entreteniéndose en convertir
-en botón un diente de morsa.</p>
-
-<p>&mdash;Para mí, contestó Kotuko haciendo una mueca
-que quería ser una sonrisa. Algún día lo necesitaré.</p>
-
-<p>Sonrió á su vez Kadlu de tal modo que sus ojos
-parecían enterrados en las gruesas mejillas, y asintió
-con una inclinación de cabeza dirigiéndose á Amoraq,
-mientras la feroz madre del cachorro gruñía al ver al
-pequeñuelo agitarse fuera de su alcance en la bolsita
-de piel de foca que estaba colgada sobre la lámpara
-de grasa de ballena para que se calentara. Siguió Kotuko
-cortando el marfil, y Kadlu arrojó un montón de
-arreos para perros á un cuartito abierto en uno de los
-lados de la choza, quitóse el pesado traje de caza hecho
-de piel de reno, lo metió en una red tejida con delgadas
-ballenas que estaba colgada sobre otra lámpara, y
-se echó sobre el banco-cama para cortar un pedazo de
-carne de foca helada, mientras esperaba que Amoraq,
-su mujer, le trajera la acostumbrada comida, que se
-componía de carne hervida y de una sopa de sangre.</p>
-
-<p>Había salido al rayar el alba dirigiéndose á unos
-agujeros de los que forman las focas, situados á dos leguas
-de distancia, y al regresar á su choza llevaba tres
-focas grandes. Hacia la mitad del largo y bajo pasadizo
-de nieve, semejante á un túnel, que conducía á la
-puerta interior de la choza, se oían ladridos y el rumor
-de una lucha á mordiscos, cuya causa era que los perros
-del trineo, libres ya de su cotidiana labor, se disputaban
-los sitios calientes.</p>
-
-<p>Cuando los ladridos molestaron demasiado, Kotuko
-se deslizó perezosamente desde el banco-cama al
-suelo y cogió un látigo, con elástico mango de ballena
-de medio metro de largo y más de siete de cuerda, que
-por ser ésta de cuero trenzado pesaba bastante. Metióse
-entonces en el corredor, donde, por el ruido, parecía<span class="pagenum" id="Page_393">[Pg 393]</span>
-que los perros se lo comían vivo; pero no era todo
-aquello más que su modo habitual de dar gracias á Dios
-por la comida que iban á recibir. Cuando llegó arrastrándose
-al otro extremo, media docena de peludas cabezas
-espiaban todos sus movimientos, mientras él se
-dirigía á una especie de horca hecha de quijadas de ballena,
-en la cual se colgaba la carne destinada á los perros;
-arrancaba grandes pedazos helados valiéndose
-de un arpón de ancha punta, y se quedaba luego de
-pie con el látigo en una mano y la carne en la otra.
-Llamó á cada animal por su nombre, empezando por
-los más débiles, y pobre del perro que se hubiera movido
-antes de que le tocara el turno, porque la deshilachada
-punta del látigo, restallando con la rapidez del
-rayo, le habría arrancado una pulgada ó más de pelo y
-de piel. Cada animal gruñía primero, mordía después
-su ración correspondiente y se atragantaba al devorarla,
-apresurándose á guarecerse en el pasadizo,
-mientras el muchacho, de pie sobre la nieve é iluminado
-por la vivísima luz de la aurora boreal, distribuía á
-cada uno lo suyo con arreglo á estricta justicia. El último
-llamado fué un gran perro negro que dirigía á los
-demás en el tiro y mantenía el orden entre ellos cuando
-llevaban los arreos, y á éste dióle Kotuko doble ración
-acompañada de un chasquido del látigo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! exclamó el muchacho recogiendo la punta de
-aquel: tengo allá sobre la lámpara un pequeñuelo que
-también gruñirá de firme. <em>¡Sarpok!</em> ¡Adentro!</p>
-
-<p>Volvió atrás pasando á gatas por encima de los
-perros; limpióse la nieve que tenía sobre el traje de
-pieles con un sacudidor de ballena que Amoraq guardaba
-detrás de la puerta; golpeó ligeramente las pieles
-de que estaba forrado el techo de la choza para que se
-desprendieran los carámbanos que podían haber caído
-sobre ellas desde la bóveda de nieve que estaba encima;<span class="pagenum" id="Page_394">[Pg 394]</span>
-y luego se acostó, hecho una bola, sobre el banco.
-Los perros que estaban en el pasadizo empezaron á
-roncar y á dar leves gemidos mientras dormían; el niño
-más pequeño de Amoraq, metido en la honda capucha
-de pieles de ésta, pateó y lloró hasta ahogarse casi, y
-la madre del cachorro al que acababan de poner nombre
-permaneció echada al lado de Kotuko, fijos los ojos
-en la bolsa de piel de foca colocada en sitio seguro y
-caliente sobre la ancha y amarilla llama de la lámpara.</p>
-
-<p>Y todo esto sucedía muy lejos, hacia el Norte,
-más allá del Labrador y del Estrecho de Hudson, donde
-las grandes mareas levantan masas de hielo; al
-Norte de la península de Melville y hasta de los pequeños
-estrechos de Fury y de Hecla; sobre la playa septentrional
-de la Tierra de Baffin; donde la isla de
-Bylot se eleva por encima de los hielos del estrecho
-de Lancaster como el molde de un pastel puesto boca
-abajo. Más allá de este último estrecho es muy poco lo
-que se conoce, excepción hecha de Devon del Norte y
-la Tierra de Ellesmere; pero, aun allí, viven desparramadas
-algunas gentes, á las mismas puertas, por
-decirlo así, del Polo.</p>
-
-<p>Kadlu era un <em>inuit</em> (lo que vosotros llamaríais un
-esquimal) y su tribu, de unas treinta personas en junto,
-pertenecía á los <em>tununirmiut</em>, ó sea, traduciendo literalmente,
-que Kadlu era «del país que está situado detrás
-de algo». En los mapas, aquellas costas desiertas
-reciben el nombre de Ensenada del Consejo de Marina;
-pero el nombre de <em>inuit</em> es preferible, porque, realmente,
-de aquella tierra puede decirse que está situada
-<em>detrás de todas las cosas de este mundo</em>. Durante
-nueve meses no hay allí más que hielo y nieve, sucediéndose
-los huracanes casi sin interrupción, y siendo
-tan intenso el frío que no puede formarse idea de él
-quien no haya visto el termómetro cuando menos á<span class="pagenum" id="Page_395">[Pg 395]</span>
-diez y ocho grados centígrados bajo cero<a id="FNanchor_29" href="#Footnote_29" class="fnanchor">[29]</a>. De esos
-nueve meses, seis transcurren en la obscuridad, y esto
-es lo que hace ser más horrible aquel país. En los tres
-meses de verano no hiela más que cada noche, y, durante
-el día, de cada dos hay helada en uno. Entonces
-empieza á desaparecer la nieve en las pendientes expuestas
-al Sur; algunos sauces bajos muestran sus lanosas
-yemas; tal ó cual diminuta piñuela<a id="FNanchor_30" href="#Footnote_30" class="fnanchor">[30]</a> parece que
-va á florecer; playas enteras de arena fina y de guijarros
-descienden hasta el mar, y piedras bruñidas y veteadas
-rocas se levantan por encima de la nieve congelada
-en forma de granos. Pero todo esto desaparece en
-pocas semanas, y el fiero invierno vuelve á cerrar los
-claros que hay sobre la tierra, mientras en el mar el
-hielo sube ó baja, roto en pedazos, á lo lejos, apretándose,
-chocando, rajándose, rozando, y, entre tanto,
-pulverizándose, y, por decirlo así, varando, hasta que,
-al fin, se hiela todo junto, á una profundidad de tres
-metros, desde la tierra hasta donde más honda es el
-agua.</p>
-
-<p>En la estación invernal, Kadlu perseguía á las focas
-hasta los últimos confines de aquellas tierras, ó mejor
-de aquellos hielos, clavándoles el arpón en cuanto salían
-á respirar en sus agujeros. Necesitan las focas
-agua en que puedan estar en libertad y alimentarse en
-ella de peces, y en el corazón del invierno ocurría allí, á
-menudo, que el hielo se corría, sin rajarse, en un espacio
-de veinte leguas á partir de la playa más próxima. En
-la primavera él y los suyos se retiraban de los hielos
-amontonados en el mar y se dirigían á las rocas de la
-tierra firme, donde levantaban tiendas hechas de pieles
-<span class="pagenum" id="Page_396">[Pg 396]</span>y cazaban con lazo aves marinas, ó lanzaban arpones
-á las focas jóvenes que tomaban el sol sobre las playas.
-Más tarde íbanse hacia el Sur, á la Tierra de Baffin,
-para dedicarse á la caza del reno y hacer su provisión
-anual de salmón en los centenares de pequeños ríos y
-de lagos que había en el interior, regresando al Norte
-en Septiembre ú Octubre para cazar toros almizclados
-y para la acostumbrada matanza de focas del invierno.
-Todos estos viajes se hacían en trineos que recorrían
-seis ó siete leguas cada día, ó bien, á veces, siguiendo
-la costa en grandes «barcos de mujeres», como les
-llaman, que están hechos de pieles, y en los cuales
-niños y perros se echan á los pies de los remeros, y
-las mujeres entonan canciones, mientras la embarcación
-se desliza de cabo en cabo por las frías y cristalinas
-aguas. Cuantos objetos algo refinados conocían los
-<em>tununirmiut</em> provenían del Sur, como por ejemplo:
-maderos acarreados por el agua y que servían para
-los trineos; hierro en barras para la punta de los arpones;
-cuchillos de acero; cacerolas de estaño en las que
-se cocía la comida mucho mejor que en los antiguos
-utensilios de cocina hechos de esteatita; pedernal,
-acero y hasta fósforos; así como también cintas de
-colores para el cabello de las mujeres; espejillos baratos,
-y paño rojo para orlas de chaquetas de piel de
-reno. Dedicábase Kadlu al valioso tráfico de blanquísimos
-y retorcidos cuernos de narval y de dientes de
-toro almizclado (que se pagan tanto como las perlas)
-y que él vendía á los <em>inuit</em> del Sur, los cuales, á su
-vez, traficaban con los balleneros y con las factorías
-que los misioneros tienen en los estrechos de Exeter y
-de Cumberland, y de tal modo se iban encadenando
-las cosas que, al fin, la cacerola comprada por el cocinero
-de algún barco en el bazar de Bendy bien podía
-ser que fuera á parar, cuando vieja, á recibir la llama<span class="pagenum" id="Page_397">[Pg 397]</span>
-de una lámpara de grasa de ballena en el sitio más
-fresco del Círculo Polar Ártico.</p>
-
-<p>Como buen cazador, Kadlu poseía gran número de
-arpones de hierro, de cuchillos para cortar la nieve,
-de dardos para cazar pájaros, y de cuantas otras cosas
-hacen fácil la vida en medio de los grandes fríos; á lo
-que hay que añadir que era el jefe de su tribu, ó, como
-ellos dicen, «el hombre que todo lo sabe por propia
-experiencia». Ninguna autoridad le daba esto, excepto
-el permitirle que, de cuando en cuando, aconsejara á
-sus amigos que cambiaran de cazadero; mas Kotuko
-se aprovechaba de aquella circunstancia para mandar
-un poco, del perezoso modo que es característico de
-los gordos <em>inuit</em>, á los demás muchachos, cuando
-salían por la noche para jugar á pelota á la luz de la
-luna ó para cantar la «Canción del niño á la Aurora
-Boreal».</p>
-
-<p>Pero á los catorce años un <em>inuit</em> se considera ya
-hombre, y Kotuko estaba aburrido de preparar lazos
-para coger aves silvestres y zorras azules, y más aún
-de tener que ayudar á las mujeres en la operación de
-mascar pieles de foca y de reno (procedimiento que
-las ablanda mejor que nada) durante todo el largo día,
-mientras los hombres están de caza. Quería ir al
-<em>quaggi</em>, la Casa del Canto, para ver cómo se reunían
-en ella los cazadores para celebrar allí sus misterios y
-cómo el <em>angekok</em>, el hechicero, después de apagar las
-lámparas, les infundía un terror que hallaban delicioso,
-evocando el Espíritu del Reno y haciéndole patear
-sobre el techo, ó arrojando una lanza contra las sombras
-de la noche y viéndola volver atrás cubierta de
-sangre, caliente aún. Quería poder echar sus grandes
-botas, como hacía su padre, en la red, mostrando,
-al hacerlo, el cansado aspecto del jefe de la familia, y
-jugar con los cazadores cuando iban á verlos por la<span class="pagenum" id="Page_398">[Pg 398]</span>
-noche y se entretenían con una especie de ruleta improvisada
-por ellos mismos con un pote de estaño y un
-clavo. Á centenares eran las cosas que quería hacer;
-pero los hombres se reían de él y le decían:</p>
-
-<p>&mdash;Espera á que hayas tomado parte en la lucha.
-No todo se reduce en la caza á cobrar piezas.</p>
-
-<p>Ahora que su padre acababa de ponerle nombre á
-un cachorro, destinándoselo á él, las cosas se presentaban
-ya algo más risueñas. Un <em>inuit</em> no le regala un
-buen perro á su hijo hasta que el muchacho sabe algo
-respecto al modo de educarlo; y Kotuko estaba firmemente
-convencido de que sabía mucho más de lo que
-es necesario.</p>
-
-<p>Si el cachorro no hubiera estado dotado de una
-naturaleza de hierro se hubiera muerto por exceso de
-comida y de manoseo. Hízole Kotuko unos diminutos
-arreos con sus correspondientes tirantes y lo llevaba
-arrastrando por el suelo de la choza, gritándole:</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Aua! ¡Ja aua!</em> (¡Hacia la derecha!) <em>¡Choiachoi!
-¡Ja Choiachoi!</em> (¡Hacia la izquierda!) <em>¡Ohaha!</em> (¡Párate!)</p>
-
-<p>Al cachorro no le divertía eso lo más mínimo, pero
-tales juegos no eran nada comparados con el susto
-que se llevó la primera vez que lo pusieron á tirar de
-un trineo. Lo primero que hizo fué sentarse sobre la
-nieve y ponerse á jugar con el tirante de piel de foca
-que iba desde sus arreos hasta el <em>pitu</em>, la gran correa
-de los arcos del trineo. Arrancó el tiro de los demás
-perros, y al cachorro le pasó por encima el vehículo
-de tres metros de largo, arrastrándolo por la nieve,
-mientras Kotuko reía hasta saltársele las lágrimas.
-Vinieron luego interminables días en que oía continuamente
-el chasquido del cruel látigo que silba como
-el viento cuando pasa sobre el hielo, y además sus
-compañeros le mordían porque no sabía trabajar como<span class="pagenum" id="Page_399">[Pg 399]</span>
-ellos, y el roce de los arreos lo desollaba vivo, y no se
-le permitía ya dormir con Kotuko, sino que se veía
-obligado á quedarse en el sitio más frío del pasadizo.
-Eran aquéllos, para el cachorro, tiempos durísimos.</p>
-
-<p>Tan aprisa como el perro, aprendía, también, el
-muchacho, aunque un trineo tirado por perros es dificilísimo
-de manejar. Cada animal (y es de notar que
-los más débiles van más cerca de quien guía) lleva un
-tirante separado que pasa por debajo de la pata anterior
-izquierda y va á parar á la correa principal, donde
-se sujeta por medio de una especie de botón y de una
-presilla, que puede quitarse con un movimiento especial
-de la muñeca y dejar así en libertad á cada perro
-cuando se quiera. Es esto muy conveniente, porque
-con frecuencia ocurre á los perros más jóvenes que se
-les pone el tirante entre las patas posteriores, donde
-les causa cortaduras tales que llegan al hueso. Y todos,
-sin excepción, tienen la costumbre, al correr, de buscarle
-juegos al que tienen al lado, saltando por entre
-los tirantes. Luego se pelean, y el resultado es que se
-arma allí un embrollo más difícil de desenredar que
-sedal de pescador que se dejara mojado hasta el día
-siguiente de la pesca. Muchas de estas molestias puede
-evitarlas el diestro uso del látigo. Cada muchacho
-<em>inuit</em> se considera maestro en el manejo de aquél;
-pero si es fácil darle un trallazo á cualquier objeto
-colocado en el suelo, resulta difícil, al inclinarse desde
-el trineo que corre á toda velocidad, el tocar precisamente
-detrás de los hombros, con la punta del látigo,
-á un perro rehacio. Si reñís á uno llamándolo por su
-nombre y el látigo á él dirigido toca por casualidad á
-otro, ambos se pelean en el acto y obligan á pararse
-á todos los demás del tiro. Además, si viajáis con un
-amigo y empezáis á hablar, ó bien si, yendo solo, se
-os ocurre poneros á cantar, los perros se paran, vuélvense<span class="pagenum" id="Page_400">[Pg 400]</span>
-en redondo y se sientan para escucharos. Á
-Kotuko se le escapó el trineo una ó dos veces por
-haberse olvidado de poner un estorbo delante al pararlo,
-rompiendo muchos látigos y echando á perder no
-pocas correas antes de que se le pudiera confiar un
-tiro completo de ocho perros y el trineo más rápido.
-Entonces consideróse una persona importante, y sobre
-la lisa, obscura superficie del hielo se deslizaba ligero y
-atrevido con la rapidez de una jauría lanzada en persecución
-de alguna pieza. Recorría hasta dos leguas y
-media para llegar á los agujeros donde salían á respirar
-las focas, y, una vez en el cazadero, soltaba una de
-las correas del <em>pitu</em> y dejaba libre al perrazo negro
-que dirigía el tiro, y que era el más listo de todos.
-Tan pronto como le veía olfatear en alguno de los
-agujeros, Kotuko volcaba el trineo y clavaba en la
-nieve un par de aserradas astas que se elevaban del
-respaldo como los hierros de un cochecillo de niño que
-sirven para empujarlo, con lo cual lograba que todo el
-tiro de los perros no pudiera moverse. Entonces avanzaba
-arrastrándose, de pulgada en pulgada, y quedábase
-esperando á que la foca se asomara para respirar.
-Luego lanzaba rápidamente hacia abajo el arpón con
-la cuerda á él atada, y al poco rato subía, tirando de
-aquélla, una foca herida, que cuando llegaba á la superficie
-del hielo era arrastrada, con ayuda del perrazo
-negro, hasta el trineo. Era aquel el momento crítico
-en que los demás perros del tiro aullaban rabiosos,
-presa de la mayor agitación; pero Kotuko les daba de
-latigazos en la cara, con aquella tralla que parecía una
-barra de hierro candente, hasta que el cuerpo de la
-foca quedaba helado, rígido. Lo más pesado era el
-regreso á casa. Había que arrastrar el trineo cargado
-por la dura superficie del hielo, y en vez de ponerse á
-tirar sentábanse los perros y miraban hambrientos á la<span class="pagenum" id="Page_401">[Pg 401]</span>
-foca. Al fin partían, sin embargo, por el camino trillado
-de todos los trineos que iban á la aldea, y trotaban
-por el hielo, que resonaba como si fuera metálico,
-baja la cabeza, las colas en alto, mientras Kotuko rompía
-á cantar el <em>An-gutivaun tai-na tau-na-ne taina</em>
-(la Canción del cazador que regresa), y de todas las
-casas que hallaban al paso salían voces que le llamaban
-bajo aquel vasto cielo sombrío, sin más luz que la
-de las estrellas.</p>
-
-<p>También Kotuko, el perro, se divertía á su modo
-cuando hubo llegado á su completo desarrollo. Bravamente,
-lucha tras lucha, consiguió ir ascendiendo en
-importancia entre los otros perros que formaban parte
-del tiro, hasta que una tarde, por cuestión de comida,
-agarróse con el perrazo negro que hacía de director
-de los demás (mientras Kotuko, el muchacho, era testigo
-de que la pelea se verificaba con toda lealtad) y,
-como dicen allí, lo relegó al segundo lugar en vez del
-primero. Así, pues, fué elevado al puesto de perro
-director, y, unido á la larga correa que le hacía correr
-á un metro y medio delante de los demás, tuvo desde
-entonces la obligación de poner término á toda pelea
-que se iniciara, ya llevando los arreos ó sin ellos, y
-usó desde entonces un collar hecho de alambre de
-cobre, sumamente grueso y pesado. En ciertas ocasiones
-se le servían cocidos los alimentos y en el interior
-de la casa, permitiéndosele, además, algunas veces,
-dormir en el mismo banco de Kotuko. Era un buen
-perro para cazar focas, y sabía acorralar á cualquier
-buey almizclado corriendo en torno de él y mordiscándole
-las patas. Era capaz (y para un perro de trineo es
-esto la mayor prueba de bravura que darse puede))
-hasta de desafiar al flaco lobo del Polo Ártico, al que,
-por lo general, todos los perros del Norte temen más
-que á otro cualquier animal de cuantos viven en las<span class="pagenum" id="Page_402">[Pg 402]</span>
-nieves. El y su amo (pues no contaban como compañía
-la de los demás perros del trineo) cazaron juntos día
-tras día y noche tras noche, el muchacho envuelto
-completamente en pieles, y su feroz compañero con el
-pelo largo y amarillo, los ojos pequeños, blanquísimos
-los colmillos. Todo el trabajo de un <em>inuit</em> se reduce á
-procurarse comida y pieles para él y para su familia.
-Las mujeres cuidan de transformar las pieles en trajes,
-y, si se ofrece, ayudan á poner trampas para coger
-piezas de caza menor; pero la base de su alimentación
-(y comen de un modo enorme) deben proporcionársela
-los hombres. Si las provisiones faltan no hay allí nadie
-á quien comprar ó pedir prestado: no hay otro remedio
-que morirse de hambre.</p>
-
-<p>Un <em>inuit</em> no piensa en este riesgo hasta que se ve
-obligado á ello. Kadlu, Kotuko, Amoraq, y el chiquitín
-que pateaba dentro de la capucha de pieles de
-aquélla última, mascando durante todo el día pedazos
-de grasa de ballena, vivían juntos tan felices como
-otra cualquier familia puede serlo en este mundo. Procedían
-de una raza de carácter muy suave (raras veces
-se altera un <em>inuit</em> y casi nunca se le ve pegar á un
-chiquillo), raza de la que podía decirse que ignoraba
-realmente lo que era mentir, y más aun lo que era
-robar. Contentábase con arrancar á arponazos lo que
-constituía su vida del corazón helado, sin esperanzas,
-de una tierra que era la misma frialdad; con mostrar
-sus sonrisas oleosas; con referir extraños cuentos de
-aparecidos y de hadas, por las noches; con comer hasta
-no poder más; con cantar, en fin, la interminable canción
-de sus mujeres: <em>Amna aya, aya amna, ¡ah! ¡ah!</em>
-durante todo el largo día, á la luz de la lámpara, mientras
-ellas les cosían la ropa y los arreos para la caza.</p>
-
-<p>Pero un invierno, que fué terrible, pareció que
-todo se conjuraba contra ellos. Volvieron los <em>tununirmiut<span class="pagenum" id="Page_403">[Pg 403]</span></em>
-de su pesca anual del salmón, y construyeron sus
-casas sobre los primeros hielos, al Norte de la Isla de
-Bylot, preparándose á salir en persecución de las focas
-en cuanto el mar estuviera helado. Pero el otoño, que
-había venido pronto, fué malísimo. Durante todo el
-mes de Septiembre reinaron continuos vendabales que
-rompieron la lisa superficie del hielo, que buscan las
-focas, cuando no tenía más que un metro ó metro y
-medio de espesor, y, lanzándolo hacia tierra, lo amontonaron
-formando una gran barrera de unas cinco
-leguas de ancho, llena de pedazos, y tiras, y carámbanos
-de hielo que hacían imposible el pasar por allí con
-trineos. El borde del banco flotante desde el cual las
-focas salían para apoderarse de los peces en invierno
-quedaba, tal vez, á otras cinco leguas de distancia al
-otro lado de la barrera, y fuera del alcance de los
-<em>tununirmiut</em>. Así y todo, tal vez hubieran podido
-arreglarse para pasar el invierno con su provisión de
-salmón helado y de grasa en conserva, ayudándose
-con lo que las trampas que ponían les proporcionaban;
-pero en Diciembre uno de sus cazadores tropezó con
-una <em>tupik</em> (una tienda hecha con pieles) en que halló
-casi muertas á tres mujeres y á una niña que habían
-venido acompañando á los hombres de su familia desde
-lo más remoto del Norte, viendo como aquéllos morían
-aplastados en sus botes de pieles, pequeños y construídos
-expresamente para la caza, mientras iban en persecución
-del narval de único y largo cuerno. Kadlu,
-por supuesto, no tuvo más remedio que distribuir las
-mujeres entre las chozas de aquella aldea de invierno,
-porque nunca un <em>inuit</em> se niega á partir su comida con
-un extranjero: no sabe cuando le llegará á él el turno
-de tener que aceptarla. Amoraq quedóse con la niña,
-que tenía unos catorce años, en su casa, haciendo de
-ella una especie de criada. Juzgando por el corte de su<span class="pagenum" id="Page_404">[Pg 404]</span>
-puntiaguda capucha y por los dibujos en forma de diamante
-prolongado que tenían sus blancas polainas de
-piel de reno, supusieron que era originaria de la Tierra
-de Ellesmere. Jamás había visto cacerolas de metal
-ó trineos en que se usara la madera para cortar el
-hielo; pero á Kotuko, el muchacho, y á Kotuko, el
-perro, les cayó en gracia y le tenían bastante cariño.</p>
-
-<p>Luego, todas las zorras fuéronse hacia el Sur, y
-hasta el volverena, el gruñón y obtuso ladronzuelo de
-las nieves, no quiso tomarse la molestia de pasar por
-la hilera de trampas que Kotuko puso. La tribu perdió
-un par de sus mejores cazadores que quedaron grandemente
-lastimados en una lucha con un buey almizclado,
-y esto acumuló más trabajo sobre los restantes.
-Kotuko salió uno y otro día con un trineo ligero y seis
-ó siete de los perros más fuertes, mirando por todas
-partes hasta dolerle los ojos para ver si podía descubrir
-alguna extensión de hielo limpio y claro en
-la cual alguna foca hubiera abierto por casualidad uno
-de sus agujeros para respirar. Kotuko, el perro, vagaba
-libremente por todos lados, y, en medio de la
-mortal quietud de los hielos, Kotuko, el muchacho, oía
-su sordo y nervioso gemido sobre algún agujero de
-aquéllos, situado á más de media legua de distancia,
-tan claramente como si estuviera á su lado. Cuando el
-perro hallaba una de las tales aberturas en el hielo
-solía el muchacho construirse un corto y bajo muro
-de nieve para resguardarse algo del fuerte viento, y
-allí esperaba diez, doce, veinte horas si era preciso,
-hasta que la foca saliera á respirar, pegados materialmente
-los ojos á la diminuta señal que él había hecho
-sobre el agujero para guiar la puntería cuando arrojara
-el arpón, y colocada bajo los pies una alfombrita
-de piel de foca, mientras tenía las piernas atadas con
-el <em>tutareang</em> (la hebilla de que hablaban los antiguos<span class="pagenum" id="Page_405">[Pg 405]</span>
-cazadores). Sirve ésta para evitar que se le encojan
-las piernas al hombre que se pasa horas y horas esperando
-á que se asomen las focas, de oído finísimo.
-Aunque el trabajo no exige esfuerzo, fácilmente se
-comprende que el estar sentado completamente inmóvil
-y metido en la hebilla, con el termómetro tal vez á
-cuarenta grados bajo cero<a id="FNanchor_31" href="#Footnote_31" class="fnanchor">[31]</a>, es la ocupación más pesada
-de cuantas conoce un <em>inuit</em>. Cuando se cogía una
-foca Kotuko, el perro, se lanzaba hacia adelante, con
-la correa arrastrando detrás de él, y ayudaba á arrastrar
-el cuerpo hasta el trineo, en el cual los otros perros,
-cansados y hambrientos, se tendían con aire
-sombrío al abrigo de los rotos pedazos del hielo.</p>
-
-<p>Una foca no era comida que pudiera durar mucho
-tiempo, porque cada boca en la aldehuela tenía derecho
-á que le dieran su porción, y ni huesos, ni piel, ni
-tendones se desperdiciaban. La carne destinada á los
-perros se empleaba como alimento humano, y á aquéllos
-Amoraq les hacía comer pedazos viejos de las
-tiendas de pieles usadas en verano y arrancados del
-banco que servía para dormir, con lo cual aullaban y
-aullaban continuamente los animales, despertándose
-de noche para aullar de nuevo, siempre hambrientos.
-Con sólo ver las lámparas de esteatita en las chozas
-no era difícil adivinar que el hambre se acercaba. En
-las buenas épocas, cuando la grasa era abundante, la
-luz de las lámparas en forma de bote tenía más de
-medio metro de alto, elevándose alegre, como untuosa,
-amarilla. Ahora apenas si medía unas seis pulgadas,
-pues Amoraq bajaba cuidadosamente la mecha de
-musgo cuando alguna llamarada se elevaba más de lo
-debido por un momento, y en esta operación seguían
-atentamente su mano los ojos de toda la familia. Lo
-más horroroso del hambre allá en aquellos grandes
-<span class="pagenum" id="Page_406">[Pg 406]</span>fríos no es tanto la muerte considerada en sí misma
-como el morir en medio de la obscuridad. Todo <em>inuit</em>
-teme grandemente á esta última, que pesa sobre él, sin
-cesar, durante seis meses del año, y cuando las lámparas
-están bajas en las casas, la inteligencia de las personas
-comienza á estar algo turbada y confusa.</p>
-
-<p>Pero peores cosas habían de suceder aún.</p>
-
-<p>Los mal alimentados perros mordían y gruñían en
-los corredores, lanzando furiosas miradas á las frías é
-indiferentes estrellas y husmeando hacia el lado de
-donde soplaba el viento una y otra noche. Cuando el
-aullar paraba, el silencio descendía nuevamente tan
-sólido y pesado como una masa de nieve que la tormenta
-arroja contra una puerta, y los hombres oían
-entonces el latir de las venas en los estrechos conductos
-de la oreja y el golpear de sus propios corazones,
-que resonaba como el ruido del tambor que los hechiceros
-tocan sobre la nieve. Una noche Kotuko, el perro,
-que había estado de un malhumor poco frecuente
-al llevar los arreos, saltó de pronto y apretó la cabeza
-contra la rodilla de Kotuko. Acariciólo éste, pero el
-perro siguió apretando ciegamente hacia delante y
-muy manso. Entonces despertóse Kadlu, cogióle la pesada
-cabeza, parecida á la de un lobo, y le clavó los
-ojos en los suyos, vidriosos. El perro gimió y se puso
-á temblar entre las rodillas de Kadlu. Erizósele el pelo
-en torno al cuello y gruñó como si algún forastero
-acabara de llegar á la puerta de la casa, después de lo
-cual ladró alegremente, arrastróse por el suelo y comenzó
-á morderle una bota á Kotuko como suelen hacer
-los cachorros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le ocurre? preguntó Kotuko, que comenzaba
-ya á sentir miedo.</p>
-
-<p>&mdash;Tiene la enfermedad, contestó Kadlu: la enfermedad
-de los perros.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_407">[Pg 407]</span></p>
-
-<p>Kotuko, el perro, levantó entonces el hocico y púsose
-á aullar.</p>
-
-<p>&mdash;Nunca había visto esto. ¿Y qué hará ahora? dijo
-Kotuko.</p>
-
-<p>Encogió un hombro Kadlu y atravesó la choza en
-busca de su arpón más corto y afilado. El enorme perro
-le miró, volvió á aullar, y se deslizó por el corredor
-hacia afuera, mientras sus otros compañeros se retiraban
-á derecha é izquierda para abrirle ancho paso.
-Al hallarse fuera, sobre la nieve, ladró furiosamente,
-como si le siguiera el rastro á algún buey almizclado,
-y ladrando, dando saltos y haciendo cabriolas,
-desapareció. Lo que tenía no era hidrofobia, sino
-sencillamente locura. El frío, el hambre, y sobre todo
-la obscuridad, le habían atacado al cerebro, y cuando
-esa terrible enfermedad de los perros aparece entre
-los que constituyen el tiro de un trineo se propaga
-como el fuego. Al siguiente día de caza otro perro enfermó
-y fué muerto en seguida por Kotuko al ver que
-mordía y forcejeaba entre los arreos. Luego el perro
-negro que hacía de segundo, y que había sido el que
-dirigía antiguamente, de pronto comenzó á ladrar
-como siguiendo la pista de un reno imaginario, y cuando
-lo hubieron soltado del <em>pitu</em> se lanzó contra un
-gran montón de hielo, huyendo á poco como había
-hecho el que dirigía el tiro, con los arreos colgando.
-Después de esto nadie quiso ya volver á salir con los
-perros. Necesitábanlos para algo más, y bien lo comprendían
-ellos, por lo que, aunque estuvieran atados y
-recibieran los alimentos de mano de sus dueños, en
-los ojos se les veía la desesperación y el miedo de
-que estaban poseídos. Para acabar de empeorar las
-cosas, comenzaron las viejas á contar cuentos de
-aparecidos y á decir que ellas habían visto los espíritus
-de los cazadores que desaparecieron durante aquel<span class="pagenum" id="Page_408">[Pg 408]</span>
-otoño, los cuales les habían profetizado horribles sucesos.</p>
-
-<p>Sintió Kotuko más que nada la pérdida de su perro,
-porque aunque un <em>inuit</em> coma enormemente, también
-cuando conviene, sabe ayunar. Pero el hambre, la
-obscuridad, el frío y las intemperies fueron minando su
-naturaleza, y empezó á oir voces interiores en su cerebro
-y á ver gente que no tenía delante, que estaba
-fuera del alcance de sus miradas. Una noche (en que
-acababa de quitarse la <em>hebilla</em>, después de diez horas
-de estar esperando sobre uno de los agujeros de focas
-llamados <em>ciegos</em>, y se encaminaba á la aldea con paso
-vacilante, muy débil, desvanecido casi) paróse para
-apoyarse de espaldas contra una peña que daba la
-casualidad de estar sostenida, como las rocas que se
-balancean, sobre un solo punto saliente del hielo. Su
-peso destruyó el equilibrio gracias al cual se sostenía
-la peña, ésta cayó rodando pesadamente, y, mientras
-Kotuko saltaba hacia un lado para evitar que le tocara,
-resbaló en dirección de él, con un chirrido y silbando,
-luego, por el hielo, en forma de talud.</p>
-
-<p>Con esto le bastó á Kotuko. Había sido educado en
-la creencia de que cada roca ó peña tenía su dueño (su
-<em>inua</em>) que era, generalmente, una cosa parecida á una
-mujer y con un solo ojo, la cual recibía el nombre de
-<em>tornaq</em>, y cuando una <em>tornaq</em> quería ayudar á un hombre
-rodaba tras de él dentro de su casa de piedra y le
-preguntaba si quería tomarla como á su espíritu protector.
-(En los deshielos del verano las rocas y peñas
-que el hielo sostiene ruedan y resbalan por toda la superficie
-del terreno, por lo cual no es difícil comprender
-cómo nació la idea de piedras que viven). Kotuko
-sintió que la sangre le latía en las orejas, cosa que
-había sentido ya durante todo el día, y pensó que aquello
-era la <em>tornaq</em> de la piedra, que le estaba hablando.<span class="pagenum" id="Page_409">[Pg 409]</span>
-Aún antes de llegar á su casa estaba ya convencido
-por completo de que había sostenido con aquélla una
-larga conversación, y, como todos los suyos creían en
-la posibilidad de que tal cosa ocurriera, nadie le llevó
-la contraria.</p>
-
-<p>&mdash;Díjome: «me lanzo, me lanzo desde el sitio que
-ocupaba en la nieve» repetía Kotuko con los ojos hundidos
-é inclinándose hacia delante en la mal alumbrada
-choza. Dijo: «yo seré tu guía, yo te conduciré á los
-mejores agujeros de los que hacen las focas». Mañana
-salgo de caza, y la <em>tornaq</em> me guiará.</p>
-
-<p>Luego vino el <em>angekok</em>, el hechicero de la aldea, y
-Kotuko refirió el mismo cuento por segunda vez. No
-perdió en lo más mínimo al ser repetido.</p>
-
-<p>&mdash;Sigue á los <em>tornait</em> (los espíritus de las piedras) y
-ellos volverán á darte comida, dijo el <em>angekok</em>.</p>
-
-<p>Ahora bien: la muchacha, procedente del Norte, que
-había sido recogida en la casa, solía estar echada junto
-á la lámpara, comiendo poco y hablando menos
-durante días enteros; pero cuando Amoraq y Kadlu, á
-la mañana siguiente, comenzaron á cargar y á atar un
-pequeño trineo de mano para Kotuko con todos los útiles
-de caza y cuanta grasa y carne de foca helada les
-fué posible, ella cogió la cuerda que servía para arrastrar
-el vehículo y se colocó valientemente al lado del
-muchacho.</p>
-
-<p>&mdash;Vuestra casa es la mía, dijo, mientras el trineo
-chirriaba vacilante al deslizarse detrás de ellos en la
-terrible noche ártica.</p>
-
-<p>&mdash;Mi casa es tu casa, dijo Kotuko, pero yo creo que
-á donde iremos ahora nosotros dos será á Sedna.</p>
-
-<p>Sedna es la Señora del <em>mundo inferior</em>, y todo <em>inuit</em>
-cree que cada persona que muere ha de pasar un
-año en el horrible país de aquélla antes de ir á Quadliparmiut,
-el <em>lugar de la felicidad</em>, donde no se conoce<span class="pagenum" id="Page_410">[Pg 410]</span>
-el hielo y donde los gordos renos se acercan á uno en
-cuanto les llama.</p>
-
-<p>Allá en la aldea oíase á la gente gritar:</p>
-
-<p>&mdash;Los <em>tornait</em> han hablado á Kotuko... Le enseñarán
-el hielo libre... Volverá trayéndonos focas...</p>
-
-<p>Las voces se perdieron pronto en la fría é inmensa
-obscuridad, mientras Kotuko y la niña se acercaban,
-hombro contra hombro, al tirar de la cuerda ó al empujar
-el trineo por el hielo en dirección del mar Polar.
-Kotuko se empeñó en que la <em>tornaq</em> de la piedra le había
-dicho que fuera hacia el Norte, y hacia el Norte fueron,
-caminando bajo la constelación de <em>Tuktuqdjung</em>,
-el Reno, ó sea, lo que nosotros llamamos la Osa Mayor.</p>
-
-<p>Ningún europeo hubiera sido capaz de caminar más
-de una legua cada día sobre pedazos pequeños de hielo
-y sobre montones de afiladas aristas; pero aquella pareja
-conocía con toda exactitud el movimiento especial de
-muñeca que obliga á un trineo á dar la vuelta en torno
-de una de esas aglomeraciones de hielo; el tirón repentino
-que casi lo levanta sobre una quebradura de la superficie;
-la cantidad de esfuerzo que requieren los pocos
-y mesurados arponazos que abren un camino cuando
-toda esperanza de hallarlo parece ya perdida.</p>
-
-<p>La muchacha no decía una palabra, pero bajaba la
-cabeza, y la orla de piel de volverena que adornaba su
-capucha de armiño caía sobre su cara ancha y obscura.
-El cielo se extendía sobre la pareja, negro, con negrura
-intensa y aterciopelada, que se transformaba
-en el horizonte en tiras de color rojo, y sobre el negro
-fondo brillaban grandes estrellas como si fueran faroles.
-De cuando en cuando, una oleada de luz verdosa de
-la aurora boreal se deslizaba por las profundidades del
-alto cielo, ondeaba como una bandera y desaparecía, ó
-bien algún meteoro estallaba hundiéndose en las tinieblas<span class="pagenum" id="Page_411">[Pg 411]</span>
-y esparciendo tras de él lluvia de chispas.
-Entonces veían la ondulada superficie de los flotantes
-hielos del mar con ribetes y adornos de extraños colores:
-rojos, cobrizos y azulados; pero á la ordinaria luz
-de las estrellas todo adquiría un color gris mortecino.
-Ya recordaréis que los hielos del mar habían sido sacudidos
-y aglomerados por los vientos del otoño, y, gracias
-á ellos, parecía que hubiera pasado por allí un
-temblor de tierra helándose, después, todo.</p>
-
-<p>Veíanse canales, barrancos y hoyos semejantes á
-cascajares abiertos en el hielo; pedazos más ó menos
-grandes de éste que se habían quedado sobre la primitiva
-superficie total; otros negros comparables á pústulas,
-que habían sido arrojados bajo la gran masa de
-hielos flotantes por algún vendabal y vueltos á levantar
-después; verdaderas piñas de hielo de forma redondeada;
-crestas como dientes de sierra, que habían sido
-hechas por la nieve que va volando delante del viento;
-y, en fin, verdaderos pozos de hundidas paredes en los
-cuales, lo menos en una extensión de hectárea ó
-hectárea y media, el nivel del suelo estaba mucho más
-bajo que en el resto del terreno. Á cierta distancia
-bien podían tomarse los pedazos de hielo por focas ó
-morsas, por trineos puestos boca abajo, ó por hombres
-ocupados en una expedición de caza, y aun podía imaginarse
-que eran el mismísimo gran fantasma blanco
-del Oso de diez patas; pero á pesar de todas esas formas
-fantásticas, que se dijera que estaban á punto de
-adquirir vida, no se oía un solo ruido, ni siquiera el eco
-levísimo de lejano rumor. Y á través de este silencio
-y de esta soledad, donde repentinas luces se agitaban
-y desaparecían nuevamente, el trineo y los dos que
-lo empujaban iban arrastrándose como visiones de una
-pesadilla... una pesadilla sobre cosas del fin del mundo,
-que precisamente en el fin del mundo ocurría.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_412">[Pg 412]</span></p>
-
-<p>Cuando la pareja se sentía cansada Kotuko construía
-lo que los cazadores llaman una <em>media casa</em>, una
-pequeñísima choza hecha de nieve, en la cual se metían,
-muy apretados uno contra otro, con la lámpara de viaje,
-é intentaban deshelar la carne de foca que llevaban.
-Una vez habían dormido comenzaban nuevamente
-la marcha... para andar unas siete leguas diarias y
-no acercarse al Norte más que dos leguas y media. La
-muchacha iba siempre silenciosa, pero Kotuko hablaba
-sólo algunas veces y prorrumpía, á lo mejor, en canciones
-que había aprendido en la <em>Casa de Canto</em> (canciones
-sobre el verano, los renos y el salmón), todas ellas
-de horrible inoportunidad en aquella estación. Decía
-que había oido á la <em>tornaq</em> hablándole malhumorada,
-y corría furioso contra un montón de hielo, retorciéndose
-los brazos y hablando á gritos y en tono amenazador.
-Á decir verdad Kotuko estaba casi loco en
-aquella época; pero la muchacha se hallaba completamente
-segura de que un espíritu que lo guardaba le
-servía entonces de guía y de que todo iba á terminar
-felizmente. No sintió, pues, la menor sorpresa cuando
-al fin de la cuarta jornada Kotuko, cuyos ojos brillaban
-como dos bolas de fuego, le dijo que su <em>tornaq</em> los seguía
-á través de la nieve, en forma de un perro con dos
-cabezas. Miró la niña hacia el sitio que le señalaba Kotuko,
-y algo parecióle ver que se deslizaba hacia un
-barranco. La aparición no revestía, ciertamente, humana
-forma, pero bien sabían todos que los <em>tornait</em>
-preferían adoptar la apariencia de osos, focas, y otros
-animales.</p>
-
-<div class="chapter">
-<div class="figcenter illowp100" id="p413" style="max-width: 37.5em;">
- <img class="w100 p6 p6b" src="images/p413.jpg" alt="p412ilo" />
-</div>
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_414">[Pg 414]</span></p>
-</div>
-
-<p>Podía ser aquello el mismo fantasma blanco del
-Oso de las diez patas, ó cualquiera otra cosa, porque
-Kotuko y su compañera estaban tan hambrientos que
-no se podía ya prestar fe á lo que decían ver. Nada
-habían cazado con las trampas que ponían, ni descubrieron
-rastro alguno de caza desde que abandonaron
-la aldea; además, su escasa comida apenas si les duraría
-otra semana, y una nueva borrasca se les venía encima.
-Una tempestad en el Polo puede durar diez días
-sin interrupción, y en todo este tiempo es segura la
-muerte para aquél á quien coja fuera de casa. Kotuko
-construyó una casa de nieve de tamaño suficiente para
-contener el trineo de mano (porque nunca debe separarse
-uno de su comida), y, mientras estaba dando
-forma regular al pedazo de hielo que sirve de clave de
-la bóveda, vió <em>algo</em> que le estaba mirando desde un
-abrupto montón de hielo, á unos ochocientos metros de
-distancia. El aire era pesado, como neblina, y aquella
-cosa fantástica parecía tener doce metros de ancho
-por tres de alto, con seis metros de cola y una forma
-indecisa, de contornos indefinidos, temblorosos. La
-muchacha vióla también, pero en vez de ponerse á gritar
-aterrorizada, dijo en voz baja:</p>
-
-<p>&mdash;Esto es Quiquern. ¿Qué es lo que ocurrirá
-después?</p>
-
-<p>&mdash;Que me hablará, dijo Kotuko.</p>
-
-<p>Pero el cuchillo con que cortaba el hielo tembló en
-su mano mientras esto decía, porque, por mucho que un
-hombre crea que tiene amistad con raros y feos espíritus,
-pocas veces gusta de que sus palabras parezcan
-resultar verdad. Además, Quiquern es el fantasma de
-un perro gigantesco, sin dientes ni pelo, que se supone
-que vive en el lejano Norte, y que vaga por el país
-aquél precisamente poco antes de que algo ocurra. Lo
-mismo puede ser esto anuncio de cosas agradables que
-de desagradables, pero ni á los hechiceros les gusta
-hablar de Quiquern. Él es quien da á los perros la locura.
-Como el Oso-Fantasma, tiene muchas patas (seis
-ú ocho pares) y lo que es aquella cosa fantástica que se
-movía en la neblina tenía, también, muchas más patas<span class="pagenum" id="Page_415">[Pg 415]</span>
-de las que necesita ningún perro de carne y hueso.
-Kotuko y la niña corrieron á refugiarse en su choza
-apretándose uno contra otro. Por supuesto que si Quiquern
-les hubiera necesitado para algo no habría dejado
-de hacer que el techo se hundiera sobre su cabeza;
-pero el saber que entre ellos y la malvada obscuridad
-se interponía un muro de nieve de palmo y medio de
-grueso les servía de consuelo.</p>
-
-<p>La tempestad estalló al fin con ruido estridente del
-viento, parecido al de un tren, y durante tres días y
-tres noches continuó sin variar ni un momento, sin
-atenuarse en lo más mínimo ni por un minuto. La pareja
-fué cuidando de mantener encendida la lámpara
-que sostenía entre las rodillas, mascullando tibios pedacitos
-de carne de foca, y mirando cómo el negro hollín
-se acumulaba en el techo durante setenta y dos interminables
-horas. La muchacha hizo el recuento de la
-comida que les quedaba aún en el trineo: no había más
-que para dos días. Kotuko examinó las puntas de hierro
-y las ataduras, hechas de tendones de reno, de su
-arpón, de su lanza especial para focas y de su dardo
-para cazar pájaros. Nada más podía hacer.</p>
-
-<p>&mdash;Pronto iremos á Sedna... muy pronto, murmuró
-la niña. De aquí á tres días no nos quedará más que
-echarnos... y partir. ¿No hará algo por nosotros tu
-<em>tornaq</em>? Cántale una canción de <em>angekok</em> para hacerla
-venir.</p>
-
-<p>Comenzó el muchacho á cantar en el tono altísimo
-de aullido que suelen tener las canciones mágicas, y al
-propio tiempo la furia de la tormenta empezó á ceder.
-En mitad de la canción estremecióse la niña, y en
-seguida colocó, sobre el hielo que formaba el piso de
-la choza, primero la mano, que cubría un mitón, y luego
-la cabeza. Siguió Kotuko su ejemplo, y los dos se
-arrodillaron, fija la mirada del uno en la del otro y escuchando<span class="pagenum" id="Page_416">[Pg 416]</span>
-con toda la tensión nerviosa de que eran capaces.
-Después arrancó él una delgada tira de ballena
-de un lazo para cazar pájaros, que tenía en el trineo,
-y, enderezándola la colocó derecha en un agujerito que
-hizo en el hielo, afirmándola con su mitón. Quedó casi
-tan delicadamente ajustada como la aguja de una brújula,
-y, una vez hecho esto, en lugar de seguir la
-pareja escuchando, miró atentamente. La delgada
-varilla tembló un poco... vibró de modo casi imperceptible;
-después la vibración se hizo ya más firme
-durante algunos segundos... desapareció... y, al fin,
-volvió á aparecer, pero esta vez señalando hacia otro
-punto de aquella especie de brújula.</p>
-
-<p>&mdash;¡Demasiado pronto! exclamó Kotuko. Alguna
-gran porción de hielo flotante se ha roto, lejos, allá
-fuera.</p>
-
-<p>La muchacha señaló hacia la varilla y sacudió la
-cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;Es que se rompe todo, dijo. Escucha el ruido en
-el suelo. Suenan golpes.</p>
-
-<p>Al arrodillarse esta vez oyeron extrañísimos y sordos
-rumores, como frecuente golpear que resonara
-bajo sus mismos pies. Parecía ora que algún cachorrillo
-chillaba colocado sobre la luz de la lámpara; ya
-que alguien afilaba una piedra sobre el duro hielo; ora
-que tocaban un tambor cubierto con algo; pero todos
-esos rumores sonaban como muy prolongados y disminuidos,
-como si vibraran, pasando á través de un
-cuerno muy pequeño, durante larga y fatigosa distancia.</p>
-
-<p>&mdash;No iremos á Sedna echados, dijo Kotuko. Esto
-es el deshielo. La <em>tornaq</em> nos ha engañado. Vamos
-á morir.</p>
-
-<p>Todo esto podrá parecer absurdo, pero ello es que la
-pareja se hallaba frente á un peligro muy real. Los tres<span class="pagenum" id="Page_417">[Pg 417]</span>
-días de viento habían barrido hacia el Sur el agua de la
-bahía de Baffin amontonándola contra el extremo de la
-gran extensión de hielo que iba desde la isla de Bylot
-hacia el Oeste. Además, la fuerte corriente que va hacia
-el Este desde el Estrecho de Lancaster llevaba durante
-algunas millas lo que llaman <em>hielo en pacas</em> (hielo
-tosco y áspero que no se ha convertido aún en llana superficie),
-y estas <em>pacas</em> caían como bombas sobre la masa
-de hielos flotantes, al mismo tiempo que el flujo y reflujo
-del tempestuoso mar la minaba y la iba haciendo cada
-vez más débil. Lo que Kotuko y la niña habían oído
-eran los ecos lejanos de aquella lucha que se verificaba
-á ocho ó diez leguas de distancia, y la indiscreta varilla
-se estremecía al choque de aquel continuo batallar.</p>
-
-<p>Ahora bien: como dicen los <em>inuit</em>, una vez el hielo
-se ha despertado de su largo sueño del invierno no es
-ya posible saber lo que puede ocurrir, porque, aunque
-sólido, cambia de forma casi tan pronto como una
-nube. El vendabal era, sin duda, uno de los de primavera
-que había llegado fuera de tiempo, y cualquier
-cosa podía considerarse posible.</p>
-
-<p>Á pesar de todo, la pareja se sentía algo más animada
-que antes. Si el hielo se rompía no tendría que
-esperar y sufrir más. Los espíritus, duendes y demás
-habitantes del mundo de los encantamientos andaban
-sueltos por el movedizo hielo, y tal vez les ocurriría á
-los dos muchachos que junto con ellos entraran en el
-país de Sedna toda clase de extraordinarios seres llenos
-aún de loca exaltación. Cuando abandonaron la
-choza, después de pasada la tormenta, el ruido crecía
-más y más allá en el horizonte y la dura masa de hielo
-gemía y zumbaba en torno suyo.</p>
-
-<p>&mdash;Aún está esperando, dijo Kotuko.</p>
-
-<p>Sobre la cima de un gran montón de hielo estaba
-sentada ó acurrucada aquella <em>cosa</em> fantástica de ocho<span class="pagenum" id="Page_418">[Pg 418]</span>
-patas que habían visto tres días antes... y entonces
-aullaba de un modo horrible.</p>
-
-<p>&mdash;Sigamos, dijo la muchacha. Quizá conozca algún
-camino que no conduzca á Sedna.</p>
-
-<p>Pero al coger la cuerda del trineo se sintió desfallecer.
-La <em>cosa</em> aquélla se movía alejándose despacio y
-torpemente por encima de los picos del hielo, dirigiéndose
-siempre hacia el Oeste y hacia la tierra, y ellos
-siguieron también en la propia dirección, mientras el
-ruido atronador que se oía en el borde de la gran masa
-de hielo flotante allá en el mar se acercaba cada vez
-más. La masa estaba ya rajada en todos sentidos en el
-espacio de una legua en dirección de tierra, y grandes
-capas como de tres metros de grueso y que ora
-medían unos pocos metros cuadrados, ora unas ocho
-hectáreas, saltaban, y se hundían, y chocaban unas
-con otras, ó con la porción de masa total que aún
-no estaba rota, al ser cogidas y sacudidas por el revuelto
-oleaje que se agitaba entre ellas. Este ariete del
-hielo era, por decirlo así, la avanzada del ejército que
-el mar lanzaba contra sus hielos flotantes. El continuo
-romperse y chocar de los pedazos ahogaba, casi, el chirrido
-de la especie de láminas arrojadas enteras bajo
-la gran masa como baraja escondida á toda prisa bajo
-el tapete de una mesa. Donde el agua era poco profunda
-estas láminas se amontonaban una sobre otra
-hasta que las inferiores llegaban á tocar el fango, á
-quince metros de profundidad, y el mar descolorido
-hacía de dique tras el sucio hielo hasta que la presión
-creciente volvía á arrojarlo todo hacia delante. Además
-del hielo flotante y del otro en bruto ó <em>en pacas</em>,
-el vendabal y las corrientes hacían descender verdaderos
-aludes, especie de montañas movibles arrancadas
-de las costas de Groenlandia ó de la playa septentrional
-de la bahía de Melville. Llegaban pesada y solemnemente,<span class="pagenum" id="Page_419">[Pg 419]</span>
-mientras las olas rompían en blanca espuma
-en torno suyo y avanzaban en dirección de la gran
-masa como una antigua flota navegando á toda vela.
-Tal ó cual alud que parecía venir preparado para llevarse
-de calle el mundo entero, fondeaba como sin
-fuerzas en el agua, comenzaba á dar vueltas, y acababa
-revolcándose en la espuma y en el fango, envuelto
-en una nube de voladoras y heladas chispas, mientras
-otro mucho más pequeño y bajo rajaba la aplastada
-masa y se metía dentro de ella, arrojando á cada lado
-toneladas de hielo y abriendo una vía de más de ochocientos
-metros antes de que se parara. Caían unos
-como espadas, cortando canales de sinuosos bordes;
-otros se rompían en una lluvia de pedazos que pesaban
-docenas de toneladas cada uno y se arremolinaban con
-estruendo; otros, en fin, levantábanse enteros fuera
-del agua al juntarse, se retorcían como atormentados
-por el sufrimiento y caían pesadamente sobre uno de
-sus lados, mientras el mar pasaba sacudiendo su espalda.
-Toda esta labor continua de prensar, amontonar,
-doblar y retorcer el hielo en todas las formas posibles,
-se verificaba á tanta distancia como la vista podía alcanzar
-á lo largo de la línea septentrional de la masa
-flotante. Desde el sitio en que se hallaban Kotuko y la
-niña aquel caos no parecía más que un movimiento de
-ondulación y de arrastre que se verificaba allá en el
-horizonte; pero se acercaba á ellos por momentos, y
-lejos, hacia el lado de la tierra, oían como fuerte bramido
-comparable á estruendo de artillería que resonara
-á través de la niebla. Indicaba esto que la gran
-masa de hielo flotante que había sobre el mar era empujada
-contra los férreos acantilados de la costa de la
-isla de Bylot, la tierra que se hallaba hacia el Sur, detrás
-de ellos.</p>
-
-<p>&mdash;Esto no se ha visto nunca, exclamó Kotuko, mirando<span class="pagenum" id="Page_420">[Pg 420]</span>
-con aire estupefacto. Ésta no es la época en que
-ocurre. ¿Cómo puede ser que el hielo se rompa ahora?</p>
-
-<p>&mdash;Ve siguiendo á aquello, gritó la muchacha señalando
-á la fantástica aparición que medio cojeando y
-medio corriendo se alejaba en insensata carrera delante
-de ellos. Siguiéronla, en efecto, tirando con toda
-su fuerza del trineo, y, al mismo tiempo, oían cada vez
-más cerca el avance ruidoso del hielo. Al fin los campos
-que en torno suyo se extendían rajáronse en todas
-direcciones, y las rajaduras se abrían con estallidos semejantes
-al castañeteo de los dientes del lobo. Pero
-donde <em>la cosa fantástica</em> se apoyaba, sobre una especie
-de baluarte de pedazos de hielo esparcidos que medía
-una altura de unos quince metros, ningún movimiento
-se notaba. Kotuko saltó impetuosamente hacia
-delante, llevando tras de sí á su compañera, y subió
-arrastrándose hasta el pie del baluarte. La voz del hielo
-se hacía cada vez más fuerte en torno suyo, pero
-aquella fortaleza no se rendía, y, como la joven mirara
-á su compañero, levantó éste el codo derecho apartándolo
-del cuerpo al mismo tiempo de levantarlo y haciendo
-así la señal que usa todo <em>inuit</em> para indicar que
-ha descubierto tierra y que ésta tiene la forma de una
-isla. Y, verdaderamente, hacia la tierra les había llevado
-aquella fantástica aparición de las ocho patas que
-andaba cojeando: hacia un islote de granítica base y de
-arenosas playas, cubierto, enfundado y como enmascarado
-por el hielo, hasta el punto de no haber hombre
-capaz de distinguirlo de la masa helada que flotaba sobre
-el mar; pero, por debajo, tierra sólida era y no hielo
-movible. El romperse y rebotar de los pedazos flotantes
-al chocar con el islote marcaba las orillas del
-mismo, y un protector banco de arena arrancaba desde
-él en dirección del Norte, desviando la furia de los
-más pesados montones de hielo, ni más ni menos que<span class="pagenum" id="Page_421">[Pg 421]</span>
-como la reja de un arado voltea grandes pedazos de
-marga. Por supuesto que existía el peligro de que alguna
-gran extensión de hielo, obedeciendo á enorme
-presión, remontara la playa é hiciera desaparecer por
-completo la parte alta del islote; pero la idea no preocupó
-á Kotuko ni á la muchacha mientras construían
-su casa de nieve y comenzaban á comer, oyendo como
-el hielo golpeaba la playa y se arrastraba por ella. La
-<em>cosa fantástica</em> había desaparecido y Kotuko hablaba,
-muy excitado, del poder que él tenía sobre los espíritus,
-mientras, al propio tiempo, se acurrucaba junto á
-la lámpara. Precisamente cuando se hallaba en lo mejor
-de sus insensatas afirmaciones la muchacha comenzó
-á reirse y á balancearse de delante á atrás y de
-atrás á delante.</p>
-
-<p>Á su espalda, avanzando cautelosamente hacia el
-interior de la choza, veíanse dos cabezas, una amarilla
-y otra negra, pertenecientes á dos perros que ofrecían
-el aspecto más triste y avergonzado que imaginarse
-pueda: el uno era Kotuko, el perro, y el otro el que había
-dirigido el trineo. Ambos estaban ahora gordos,
-con buena salud y completamente curados de su locura;
-pero iban unidos uno á otro del modo más extraño.
-Cuando el negro, que dirigía el trineo, se escapó, ya
-recordaréis que llevaba aun colgando los arreos. Debió
-de encontrar á Kotuko, el perro, y jugar con él ó pelearse,
-porque el lazo que tenía pasado por los hombros
-se le enganchó en los alambres de cobre retorcido que
-llevaba Kotuko en el collar, y se había enredado de tal
-modo y tan fuertemente que ni uno ni otro podía coger
-la correa con los dientes para separarla, sino que cada
-uno quedaba atado por el cuello á lo largo del cuerpo
-de su vecino. Esto, junto con la libertad de cazar por
-su cuenta, debió de contribuir grandemente á curarles
-de su locura. Estaban completamente en sano juicio.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_422">[Pg 422]</span></p>
-
-<p>La muchacha empujó á los avergonzados animales
-hacia Kotuko y muerta de risa gritó:</p>
-
-<p>&mdash;Esto es Quiquern, el que nos ha conducido á la
-tierra firme. ¡Mira las ocho patas y las dos cabezas!</p>
-
-<p>Cortó Kotuko la correa, devolviéndoles así la libertad,
-y ambos se precipitaron en sus brazos, el amarillo
-y el negro al mismo tiempo, como queriendo explicar
-de qué modo habían recobrado la razón. Kotuko les
-pasó la mano por los costados, que estaban bien llenos y
-con el pelo reluciente.</p>
-
-<p>&mdash;Han encontrado comida, dijo sonriendo. No creo
-que vayamos tan pronto á Sedna. Mi <em>tornaq</em> los ha
-mandado. Ya se les ha curado la enfermedad.</p>
-
-<p>En cuanto hubieron acariciado á Kotuko, los dos
-animales, que se habían visto obligados á dormir, comer
-y cazar juntos durante las últimas semanas, lanzáronse
-el uno contra el otro, y hubo entonces una
-gran batalla en el interior de la casa de nieve.</p>
-
-<p>&mdash;Los perros no se pelean cuando tienen vacío el
-estómago, dijo Kotuko. Han encontrado alguna foca.
-Durmamos, que no nos faltará comida.</p>
-
-<p>Cuando se despertaron el agua del mar había quedado
-ya libre en la playa septentrional del islote, y todo
-el hielo suelto había sido lanzado hacia la tierra. Un
-<em>inuit</em> considera siempre como deliciosos los primeros
-rumores de la marea alta, porque le advierten que la
-primavera se acerca. Kotuko y la niña cogiéronse de
-las manos y sonrieron, porque el claro y fuerte ruido
-que producía el mar entre el hielo les recordaba el
-tiempo de la pesca del salmón, de la caza del reno, y
-el olor de los sauces rastreros cuando están en flor.
-Hasta en aquel mismo momento el mar comenzó á espesarse
-casi congelado, entre los flotantes témpanos
-de hielo: tan intenso era el frío; pero en el horizonte se
-veía una ancha y roja claridad que era la luz del hundido<span class="pagenum" id="Page_423">[Pg 423]</span>
-sol. Parecía aquello, más bien, un bostezo en mitad
-de su sueño que su verdadero levantarse, y la claridad
-no duró más que algunos minutos, pero ello es que
-marcaba el cambio del año hacia la mejor estación.
-Nada podía cambiar el curso de las cosas.</p>
-
-<p>Halló Kotuko á los perros peleándose sobre el cuerpo
-de una foca recién muerta, la cual había ido siguiendo
-á los peces que una tormenta hace siempre
-cambiar de lugar. Era la primera de unas veinte ó
-treinta que llegaron al islote durante aquel día, y hasta
-que el mar se hubo helado fuertemente fueron á centenares
-las vivas cabezas negras que se veían, gozándose
-en disfrutar del agua libre, poco profunda, y
-flotando entre los témpanos de hielo.</p>
-
-<p>Era un gusto para nuestra pareja el poder comer
-otra vez hígado de foca; el llenar las lámparas de grasa
-sin tener que ir con miedo y el ver cómo la llama se
-elevaba á un metro de altura; pero tan pronto como
-apareció el hielo nuevo en el mar, Kotuko y su compañera
-cargaron el trineo de mano é hicieron tirar de
-él á los dos perros como nunca en la vida habían tirado,
-porque no estaban muy tranquilos ambos muchachos
-respecto á lo que hubiera podido ocurrir en su aldea.
-El tiempo continuaba tan implacable como de
-costumbre; pero es más fácil arrastrar un trineo cargado
-de víveres que cazar muriéndose de hambre.
-Dejaron los cadáveres de veinticinco focas enterrados
-en el hielo de la playa y prontos para ser usados, después
-de lo cual se apresuraron á regresar al seno de
-su familia. Los perros les enseñaron el camino en
-cuanto Kotuko les indicó lo que deseaba que hicieran,
-y, aunque ninguna señal hubiera del camino que debían
-seguir, en dos días se hallaban ya dando voces á
-la entrada de la casa de Kadlu. Sólo tres perros les
-contestaron. En cuanto á los otros habían sido comidos,<span class="pagenum" id="Page_424">[Pg 424]</span>
-y las casas se hallaban sumidas en la obscuridad.
-Pero cuando Kotuko gritó: <em>«¡ojo!»</em> (esto es <em>carne
-hervida</em>) algunas voces débiles le contestaron, y al llamar
-á los habitantes de la aldea por sus nombres, con
-voz bien clara, no hubo nadie que faltase.</p>
-
-<p>Una hora después brillaban las lámparas en la casa
-de Kadlu; el agua, de nieve derretida, se calentaba sobre
-el fuego; hervían las cacerolas, y del techo iba goteando
-el hielo, mientras Amoraq cocinaba una comida
-para toda la aldea; el chiquitín que estaba metido
-en la capucha de pieles mascaba un pedazo de grasa
-que tenía gusto de nueces, y los cazadores iban atiborrándose
-metódica y pausadamente de carne de foca.
-Kotuko y la niña refirieron sus aventuras. Entre ellos
-se sentaron los dos perros, y cada vez que oían pronunciar
-su nombre en el relato enderezaban una oreja y
-parecían lo más avergonzados de sí mismos que imaginarse
-pueda. El perro que haya enloquecido una vez
-y curádose luego, queda, en opinión de los <em>inuit</em>, inmune
-contra posteriores ataques.</p>
-
-<p>&mdash;Ya veis, pues, que la <em>tornaq</em> no se ha olvidado de
-nosotros, dijo Kotuko. Sopló el vendaval, rompióse el
-hielo y las focas viniéronse detrás de los peces asustados
-por la tempestad. Ahora los nuevos agujeros que
-estas focas han hecho están á una distancia de aquí que
-no llega á dos días de viaje. Que vayan mañana los mejores
-cazadores y que traigan las focas que yo he muerto:
-veinticinco, que están enterradas en el hielo. Cuando
-las hayamos comido iremos todos á caza de otras.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y vosotros qué es lo que vais á hacer ahora?
-preguntó el hechicero á Kadlu en el tono que usaba
-para hablar con él, porque era el más rico de los <em>tununirmiut</em>.</p>
-
-<p>Kadlu miró á la muchacha, á la hija de los países
-del Norte, y dijo calmosamente:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_425">[Pg 425]</span></p>
-
-<p>&mdash;Nosotros vamos á construir una casa.</p>
-
-<p>Al decir esto señaló hacia el lado Noroeste de la
-suya, porque en este lado es donde suelen vivir allí el
-hijo ó la hija casados.</p>
-
-<p>La joven levantó, entonces, las manos, vueltas las
-palmas hacia arriba, y sacudió ligeramente la cabeza
-como con aire incrédulo. Era ella una extranjera, dijo,
-que habían recogido hambrienta, y nada podía traer
-como dote á la casa.</p>
-
-<p>Saltó, entonces, Amoraq del banco en que estaba
-sentada y comenzó á arrojar multitud de cosas en la
-falda de la niña: lámparas de piedra, raederas de hierro
-para las pieles, cafeteras de hoja de lata, pieles de
-reno con bordados hechos de dientes de buey almizclado,
-y verdaderas agujas capoteras como las que usan
-los marineros para coser las velas. Dote tan bueno
-como aquel jamás había sido entregado en los confines
-del Círculo Polar Ártico, y, al recibirlo, la joven del
-Norte inclinó la cabeza hasta tocar al suelo.</p>
-
-<p>&mdash;¡También esto! dijo Kotuko riendo y señalando
-á los perros, que acercaron sus fríos hocicos á la cara
-de la niña.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! exclamó el <em>angekok</em>, tosiendo con aire
-importante, como si todo aquello lo tuviera ya él previsto.
-En cuanto Kotuko abandonó la aldea fuíme yo
-á la <em>Casa del Canto</em> y entoné canciones de magia. Pasé
-las noches cantando é invoqué al espíritu del Reno.
-Mis cantos fueron los que hicieron soplar el vendaval
-que rompió el hielo, y los que atrajeron á los dos perros
-hacia el sitio en que se hallaba Kotuko cuando
-estuvo á punto de morir aplastado. Una de mis canciones
-fué la que hizo que la foca siguiera detrás del
-roto hielo. Mi cuerpo reposaba inmóvil en el <em>quaggi</em>,
-pero mi espíritu vagaba lejos de él y guiaba á Kotuko
-y á los perros en todo cuanto hicieron. Yo lo hice todo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_426">[Pg 426]</span></p>
-
-<p>Como cuantos se hallaban presentes estaban ya
-hartos de comida y soñolientos nadie se tomó el trabajo
-de contradecir aquellas afirmaciones, y el <em>angekok</em>,
-en virtud del privilegio que le daba su oficio, se sirvió
-aun otro pedazo de carne hervida, y se acostó, luego,
-con los demás en la tibia é iluminada casa que olía á
-aceite.</p>
-
-<hr class="r15" />
-
-<p>Ahora bien: Kotuko, que dibujaba perfectamente
-á lo <em>inuit</em>, grabó ciertos cuadros, que representaban
-todas las anteriores aventuras, en un largo pedazo de
-marfil en forma de plancha y con un agujero en uno
-de los extremos. Cuando en compañía de la muchacha
-fué hacia el Norte, á la Tierra de Ellesmere, en el año
-llamado del <em>invierno maravilloso</em>, dejó aquel cuadro,
-que era como una historia, á Kadlu, el cual lo perdió
-entre los guijarros un verano en que se le rompió el
-trineo, allá en la orilla del lago Netilling, en Nikosiring,
-y allí lo encontró uno de los habitantes del país
-á la primavera siguiente, vendiéndoselo en Imigen á
-un hombre que era intérprete de un ballenero del Estrecho
-de Cumberland, y éste, á su vez, se lo vendió á
-Hans Olsen, que fué después contramaestre de un
-vapor que llevaba viajeros al Cabo Norte en Noruega.
-Cuando terminó la estación de moda para estos viajes
-el vapor dedicóse á hacer la travesía entre Londres y
-Australia, con escala en Ceylán, y allí Olsen vendió
-la plancha de marfil á un joyero cingalés por zafiros
-falsos. Yo la encontré, finalmente, entre un montón
-de cosas inútiles en una casa de Colombo, y la he ido
-descifrando y traduciendo aquí de cabo á rabo.</p>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p426" style="max-width: 4em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p426.jpg" alt="p426ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_427">[Pg 427]</span></p>
-</div>
-
-<h3>An-gutivaun taina</h3>
-
-<div class="blockquot">
-
-<p>(Lo que sigue es traducción muy libre de la «Canción del Cazador
-que regresa», según los hombres solían cantarla después de perseguir á
-las focas. El <em>inuit</em> repite siempre mil veces lo mismo).</p>
-</div>
-
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p><span style="margin-left: 1em;">Endurecidos por la sangre helada</span><br />
-nuestros guantes están, y por la nieve<br />
-que en montones se junta sobre el suelo<br />
-<span style="margin-left: 4em;">nuestros trajes de pieles.</span><br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">De cazar focas regresamos... focas</span><br />
-que en los bancos de hielo vivir suelen.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;"><em>¡Au jana! ¡Aua!... ¡Oha! ¡Haq!</em> Veloces</span><br />
-pasan trineos que volar parecen,<br />
-y al chasquido de látigos, los perros,<br />
-<span style="margin-left: 4em;">ladrando, al hogar vuelven.</span><br />
-<br />
-De cazar focas regresamos... focas<br />
-que en los bancos de hielo vivir suelen.<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Nosotros las seguimos paso á paso</span><br />
-á nuestras focas que se esconden siempre,<br />
-y al oir que escarbaban bajo tierra,<br />
-<span style="margin-left: 4em;">tendidos en la nieve,</span><br />
-<span style="margin-left: 1em;">las acechamos y al salir, la lanza</span><br />
-les arrojamos, como tantas veces...<br />
-así... y así... de tal manera hiriendo,<br />
-<span style="margin-left: 4em;">matando de tal suerte.</span><br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">La sangre helada nuestros guantes cubre,</span><br />
-pésanos en los párpados la nieve...<br />
-pero á la esposa y al hogar volvemos<br />
-<span style="margin-left: 4em;">de los hielos perennes.</span></p>
-<br />
-</div>
-</div>
-
-
-<div class="chapter">
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p><span style="margin-left: 1em;"><em>¡Au jana! ¡Aua!... ¡Oha! ¡Haq!</em> Cargados</span><br />
-van los trineos que volar parecen;<br />
-ya la esposa aguardando está al esposo<br />
-cuando él de los perpetuos hielos vuelve.</p>
-</div>
-</div>
-</div>
-
-
-<div class="figcenter illowp75" id="p428" style="max-width: 10em;">
- <img class="w100 p6" src="images/p428.jpg" alt="p427ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_428">[Pg 428]</span></p>
-</div>
-
-<div class="footnotes">
-<p class= "p4 center big1">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_29" href="#FNanchor_29" class="label">[29]</a> Equivalen á cero del termómetro Fahrenheit, que es el que cita
-el autor.&mdash;<span class="smcap">N. del T.</span></p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_30" href="#FNanchor_30" class="label">[30]</a> En Botánica se llama así á una planta parecida á la siempreviva.&mdash;<span class="smcap">N.
-del T.</span></p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_31" href="#FNanchor_31" class="label">[31]</a> El autor se refiere al termómetro Fahrenheit.&mdash;<span class="smcap">N. del T.</span></p>
-
-</div>
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_429">[Pg 429]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p429" style="max-width: 37.5em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p429.jpg" alt="p429ilo" />
-</div>
-
-<h2 class="nobreak">Los perros jaros</h2>
-
-<div class="block60">
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p><span style="margin-left: 1em;">¡Por nuestras claras, deliciosas noches</span><br />
-en que libres corremos y cazamos!<br />
-¡Por el aroma matinal del aire<br />
-que humedece el rocío, no secado!<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">¡Por el placer de perseguir las piezas</span><br />
-que locas huyen con terror incauto!<br />
-¡Por los gritos de nuestros compañeros<br />
-que al vencido <em>sambhur</em> tienen cercado!<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1.5em;">¡Por los dulces peligros de la noche!</span><br />
-¡Por el dormir de día, dulce y grato,<br />
-allá á la entrada del cubil! ¡Por todo,<br />
-<span style="margin-left: 4em;">guerra á muerte juramos!</span></p>
-</div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="p2">No empezó para Mowgli la parte más agradable de
-su vida hasta después de la invasión verificada por la
-Selva. Tranquila su conciencia por considerar que
-había pagado sus deudas, y amigo de cuantos en la
-Selva vivían, era mirado por todos con un poco de
-temor. Lo que hizo, vió y oyó vagando solo ó con sus
-cuatro compañeros bastaría para escribir innumerables
-cuentos, cada uno de ellos tan largo como el presente.
-Así, pues, dejaré de referiros su encuentro con el Elefante<span class="pagenum" id="Page_430">[Pg 430]</span>
-Loco de Mandla, que mató veintidós bueyes que
-conducían once carros llenos de plata acuñada, perteneciente
-al Tesoro nacional, y esparció por el polvo
-las brillantes rupias; su lucha con Jacala, el cocodrilo,
-durante toda una noche, en los Pantanos del Norte, y
-cómo rompió su cuchillo de desollador en las placas
-de la espalda del animal; cómo halló otro cuchillo
-nuevo que llevaba pendiente del cuello un hombre que
-había sido muerto por un oso, tras de lo cual siguió él
-las huellas de éste y lo mató para que fuera el justo
-precio pagado por el cuchillo; cómo quedó cogido una
-vez, durante la época llamada de la Gran Hambre,
-entre los rebaños de ciervos que emigraban, y fué casi
-aplastado por ellos; cómo salvó á Hathi, el Silencioso,
-del peligro de caer por segunda vez en una trampa de
-las que tienen un palo afilado en el fondo, y cómo, al
-día siguiente, cayó él mismo en otra de las que sirven
-para leopardos, rompiendo entonces Hathi las gruesas
-barras de madera que la formaban; finalmente, cómo
-pudo ordeñar las hembras de los búfalos salvajes en
-los terrenos pantanosos, y cómo... Pero no pueden
-contarse varios cuentos á la vez y hay que limitarse
-á uno.</p>
-
-<p>Murieron Papá Lobo y Mamá Loba, colocando entonces
-Mowgli una gran piedra contra la boca de la
-cueva y entonando allí, entre sollozos, la Canción de
-la Muerte; Baloo era ya muy viejo y apenas podía
-moverse, y hasta Bagheera, que tenía nervios de acero
-y férreos músculos, comenzaba ya á mostrar menos
-agilidad cuando se trataba de matar alguna pieza. Con
-los años, de gris que era, volvióse Akela blanco como
-la leche, con las costillas salientes, caminando como si
-su cuerpo fuera de madera, y Mowgli tenía que cazar
-para él. Pero los lobos jóvenes, los hijos de la deshecha
-manada de Seeonee, crecían y se multiplicaban, y<span class="pagenum" id="Page_431">[Pg 431]</span>
-cuando llegaron á ser unos cuarenta, de cinco años,
-sin amo, con excelentes pulmones y ligeros pies, Akela
-les dijo que debían juntarse, obedecer la Ley, y estar
-bajo la dirección de uno, como correspondía á los del
-Pueblo Libre.</p>
-
-<p>No se metió Mowgli en este asunto, porque, como
-él dijo, ya sabía lo que eran frutas agrias y en qué
-árboles se cogían; pero cuando Fao, hijo de Faona
-(cuyo padre era el que indicaba las pistas en los tiempos
-de la jefatura de Akela) ganó en buena lid el derecho
-de dirigir la manada, de acuerdo con la Ley de la
-Selva, y cuando, á la luz de las estrellas, resonaron una
-vez más los antiguos gritos y canciones, Mowgli volvió
-á asistir al Consejo de la Peña, como en memoria de
-tiempos que pasaron. Si se le antojaba hablar, la manada
-aguardaba hasta que hubiera terminado, y se
-sentaba en la peña al lado de Akela, más arriba del
-sitio ocupado por Fao. Eran, aquéllos, días en que se
-cazaba bien y se dormía mejor. Ningún forastero se
-atrevía á entrar en las selvas que pertenecían al <em>pueblo</em>
-de Mowgli, como llamaban á la manada; los lobos
-más jóvenes crecían más fuertes y gordos, y abundaban
-los lobatos que había que llevar á la Peña para
-que los inspeccionaran. Iba siempre Mowgli á estas
-reuniones, acordándose de aquella noche en que una
-pantera negra compró á la manada la vida de un chiquillo
-moreno y desnudo, y al prolongado grito de:
-«Mirad, mirad bien, lobos», latía con fuerza su corazón.
-Otras veces se alejaba, internándose en la Selva
-con los que él consideraba como sus cuatro hermanos,
-probando, tocando y viendo toda clase de cosas nuevas.</p>
-
-<p>Una tarde, á la hora del anochecer, mientras caminaba
-distraidamente por los bosques para ir á dar á
-Akela la mitad de un gamo que acababa de matar,
-mientras <em>los cuatro</em> se empujaban, medio riñendo y<span class="pagenum" id="Page_432">[Pg 432]</span>
-revolcándose por juego, oyó un grito como nunca se
-había vuelto á oir allí desde los tiempos en que vivía
-Shere Khan. Era lo que llaman en la Selva el <em>feeal</em>,
-una especie de horroroso chillido que da el chacal
-cuando caza siguiendo á un tigre, ó cuando tiene caza
-mayor á la vista. Si imagináis una mezcla de odio, de
-aire triunfal, de miedo y de desesperación, en un solo
-grito desgarrador, tendréis una idea del <em>feeal</em> que se
-oyó entonces elevarse, descender y vibrar en el aire,
-á lo lejos, del otro lado del Wainganga. Los cuatro
-lobos dejaron de jugar en el acto, con los pelos erizados
-y gruñendo. Mowgli echó mano al cuchillo y se
-paró, congestionado el rostro, arrugado el entrecejo.</p>
-
-<p>&mdash;No hay por aquí ningún <em>rayado</em> que se atreva á
-matar... dijo.</p>
-
-<p>&mdash;No es éste el grito del Explorador, contestó el
-Hermano Gris. Eso es alguna gran cacería. ¡Escucha!</p>
-
-<p>Resonó de nuevo el grito, mitad parecido á un sollozo
-y mitad á una risa ahogada, ni más ni menos que
-si el chacal tuviera flexibles labios humanos. Respiró
-entonces Mowgli con fuerza y echó á correr en dirección
-de la Peña del Consejo, adelantándose por el
-camino á los lobos de la manada que también corrían
-hacia el mismo sitio. Fao y Akela estaban juntos sobre
-la Peña, y más abajo que ellos veíanse á los demás,
-sentados y con todos los nervios en tensión. Las madres
-y sus lobatos corrían hacia sus cubiles, porque
-cuando el <em>feeal</em> suena conviene que los débiles se hallen
-recogidos.</p>
-
-<p>Nada se oía más que el rumor del Wainganga,
-corriendo entre la obscuridad, y las ligeras brisas del
-anochecer pasando entre las copas de los árboles,
-cuando de pronto, al otro lado del río, aulló un lobo.
-No era ninguno que perteneciera á la manada, porque
-éstos se hallaban todos alrededor de la Peña. El aullido<span class="pagenum" id="Page_433">[Pg 433]</span>
-se fué prolongando, adquiriendo un tono como de
-desesperación. «<em>¡Dhole!</em>», decía, «<em>¡Dhole! ¡Dhole!
-¡Dhole!</em>» Oyóse ruido de cansados pasos por entre las
-rocas, y un demacrado lobo, con los costados llenos de
-rayas rojas, destrozada una de sus patas delanteras y
-cubiertas de espuma las quijadas, lanzóse en mitad del
-círculo y se echó jadeante á los pies de Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena suerte! ¿Quién es tu jefe? le preguntó
-gravemente Fao.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena suerte! Soy <em>Won-tolla</em>, contestó el recién
-llegado.</p>
-
-<p>Quería decir con esto que era un lobo solitario, que
-atendía á su defensa, á la de su compañera y pequeñuelos
-en algún aislado cubil, como hacen algunos lobos
-en la parte meridional del país. <em>Won-tolla</em> significa
-uno que no forma parte de ninguna manada. Al acabar
-de hablar quedóse jadeando, y con tal fuerza le
-latía el corazón que á cada latido todo su cuerpo se
-movía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién anda por ahí? dijo Fao, porque esto es lo
-que todos preguntan en la Selva en cuanto se oye el
-<em>feeal</em>.</p>
-
-<p>&mdash;¡Los <em>dholes</em>, los <em>dholes</em> del Dekkan... los Perros
-Jaros, los Asesinos! Fueron desde el Sur hacia el Norte,
-diciendo que en el Dekkan no se encontraba nada y
-matándolo todo por donde pasaban. Cuando esta luna
-era luna nueva tenía yo cuatro de los míos: mi compañera
-y tres lobatos. Ella les enseñaba á cazar sobre
-las llanuras cubiertas de yerba, escondiéndose para
-apoderarse de los gamos, como hacemos nosotros, los
-que cazamos en campo abierto. Á media noche les oí
-pasar, siguiendo, con grandes ladridos, un rastro. Al
-soplar la brisa matutina hallé á los míos yertos sobre
-la yerba... los cuatro, Pueblo libre, los cuatro... y esto
-ocurrió cuando esta luna era luna nueva. Entonces hice<span class="pagenum" id="Page_434">[Pg 434]</span>
-uso del Derecho de la Sangre y fuí en busca de los
-<em>dholes</em>.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuántos eran? preguntó rápidamente Mowgli,
-mientras la manada gruñía rabiosamente.</p>
-
-<p>&mdash;No lo sé. Tres de ellos no matarán ya á nadie
-más; pero al fin me persiguieron como á un gamo, haciéndome
-correr con sólo las tres patas que me quedan.
-¡Mira, Pueblo Libre!</p>
-
-<p>Adelantó entonces su destrozada pata, ennegrecida
-con la sangre que se había secado ya. Tenía en los
-costados terribles mordiscos, y el cuello herido, desgarrado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Come! le dijo Akela, levantándose de encima de
-la carne que Mowgli le había traído, é inmediatamente
-lanzóse sobre ella el solitario.</p>
-
-<p>&mdash;No perderéis lo que me dáis, dijo humildemente
-cuando hubo satisfecho un poco el hambre. Préstame
-fuerzas, Pueblo Libre, y también yo mataré luego.
-Vacío está mi cubil, antes lleno, y la Deuda de Sangre
-no está pagada aún del todo.</p>
-
-<p>Fao oyó cómo sus dientes crujían sobre un hueso, y
-gruñó con aire de aprobación.</p>
-
-<p>&mdash;Esas quijadas tuyas han de sernos útiles, dijo.
-¿Iban cachorros con los <em>dholes</em>?</p>
-
-<p>&mdash;No, no. Todos eran <em>cazadores rojos</em>, perros de
-manada, grandes y fuertes, aunque allá en el Dekkan
-suelen alimentarse comiendo lagartos.</p>
-
-<p>Lo que acababa de decir Won-tolla significaba que
-los <em>dholes</em>, los rojos perros cazadores del Dekkan, iban
-de paso en busca de algo que matar, y los lobos de la
-manada sabían perfectamente que hasta el tigre les
-cede su presa á los <em>dholes</em>. Suelen cazar éstos corriendo
-en línea recta por la Selva, lanzándose sobre cuanto
-hallan y despedazándolo todo. Aunque no tengan el
-tamaño ni la astucia del lobo son muy fuertes y en<span class="pagenum" id="Page_435">[Pg 435]</span>
-gran número. No comienzan á considerar que forman
-manada hasta que se ha reunido un centenar de
-ellos; mientras que con cuarenta lobos basta y sobra
-para lo mismo. El haber ido errante Mowgli de un lado
-á otro le llevó hacia los confines de los grandes
-prados del Dekkan, donde vió á los fieros <em>dholes</em> durmiendo,
-jugando y rascándose en los hoyos y matojos
-que usan como cubiles. Despreciábalos y odiábalos él
-porque no olían como el Pueblo Libre; porque no vivían
-en cavernas, y, sobre todo, porque les crecía el
-pelo entre los dedos de las patas, mientras que á él y á
-sus amigos no les ocurría eso. Pero no se le ocultaba,
-por habérselo dicho Hathi, lo terrible que es una manada
-de <em>dholes</em> cuando va de caza. Aun el mismo Hathi
-les deja libre el paso, y ellos siguen adelante, hasta
-que los matan ó hasta que escasea ya la caza.</p>
-
-<p>Algo sabía, también, Akela respecto á los perros
-jaros, porque dijo en voz baja á Mowgli:</p>
-
-<p>&mdash;Más vale morir entre todos los de la manada que
-sin guía y solo. Ésta es una cacería magnífica... y será
-la última en que yo tome parte. Pero, á juzgar por los
-años que suelen vivir los hombres, á tí, Hermanito,
-te quedan aún muchas noches y muchos días de vida.
-Vete hacia el Norte y acuéstate allí, y si alguien
-queda vivo después del paso de los <em>dholes</em> ya irá á llevarte
-noticias del resultado de la lucha.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! contestó Mowgli con toda la gravedad posible,
-¿es que he de irme á coger pececillos en las lagunas
-y á dormir en un árbol, ó quieres que pida á los
-<em>Bandar-log</em> que me ayuden á cascar nueces mientras
-la manada queda ahí abajo batiéndose?</p>
-
-<p>&mdash;La lucha será á muerte. Tú no te has encontrado
-nunca con los <em>dholes</em>... con <em>los Asesinos rojos</em>. Hasta
-<em>el rayado</em>...</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Aowa! ¡Aowa!</em> exclamó Mowgli con mal humor.<span class="pagenum" id="Page_436">[Pg 436]</span>
-Yo maté á un mono rayado, Shere Khan, y estoy seguro
-que lo que es él hubiera sido capaz de abandonar
-á su propia compañera, para que se la comieran los
-<em>dholes</em>, si el viento hubiese llegado á traerle el olor de
-la manada, aunque entre ambos se hallaran tres bosques
-de por medio. Pues bien, escucha: hubo una vez
-un lobo que era mi padre, y una loba que era mi madre,
-y otro lobo viejo y gris (no muy discreto á veces,
-y blanco ahora) que era para mí como mi padre y mi
-madre juntos. Así, pues (y aquí levantó más la voz) yo
-afirmo que cuando vengan los <em>dholes</em>, si vienen, Mowgli
-y el Pueblo Libre lucharán como iguales contra
-ellos; y digo, por el toro que me rescató (por aquel
-toro que Bagheera pagó por mí en aquellos tiempos de
-que ya no os acordáis los de la manada), digo... para
-que lo tengan presente los árboles y el río que me
-oyen, si es que yo lo olvido... que este cuchillo que ves
-será para la manada como un colmillo más con que ha
-de contar... y no me parece, en verdad, que su filo esté
-muy embotado. Eso es cuanto he de decir, y ésa la palabra
-que empeño.</p>
-
-<p>&mdash;No conoces tú á los <em>dholes</em>, hombre que hablas
-como los lobos, dijo Won-tolla. Yo no deseo más que
-pagar la deuda de sangre que con ellos tengo pendiente
-antes de que me hagan pedazos. Avanzan despacio,
-matando á medida que se alejan, y dentro de
-dos días habré recobrado ya algo las fuerzas perdidas,
-con lo cual podré volver á la lucha. Pero en cuanto á
-vosotros, Pueblo Libre, mi opinión es que os vayáis
-hacia el Norte y que os contentéis con comer poco durante
-el tiempo que tarden en pasar los <em>dholes</em>. Es
-ésta una cacería en que no hay que buscar carne.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mirad con qué sale ahora el solitario! exclamó
-Mowgli riendo. ¡Pueblo Libre! ¡Tenemos que huir hacia
-el Norte y dedicarnos á coger lagartos y ratas por<span class="pagenum" id="Page_437">[Pg 437]</span>
-miedo de tropezar con algún <em>dhole</em>! Hay que dejarles
-á ellos que maten todo lo que quieran en nuestros cazaderos,
-mientras nosotros nos escondemos en el Norte
-hasta que se les antoje devolvernos lo que es nuestro.
-¡No son más que unos perros (y mejor dicho unos
-cachorros), rojos, con el vientre amarillo, sin cubiles,
-y con pelos que les crecen entre los dedos de las patas!
-En sus camadas vénse seis ú ocho pequeñuelos, como
-en las de Chikai, el diminuto ratoncillo saltador. ¡Es
-indudable que hemos de huir, Pueblo Libre, y pedirles
-por favor á los del Norte que nos dejen comer alguna
-res muerta! Ya sabéis el adagio: «en el Norte hay miseria;
-en el Sur piojos. En cuanto á <em>nosotros</em>, somos
-la Selva». Escoged, pues, escoged. ¡La cacería ha de
-valer la pena! ¡Por la manada... por toda la manada;
-por los cubiles y las carnadas; por lo que se mata dentro
-y fuera de aquéllos; por la compañera que persigue
-al gamo y por los más pequeños de los lobatos que
-estén en las cavernas... juremos la lucha... juremos...
-juremos!</p>
-
-<p>Contestó la manada con un ladrido profundo, que
-estalló resonando en la noche como si fuera el ruido
-de la caída de un árbol enorme.</p>
-
-<p>&mdash;¡Lo juramos! gritaron los lobos.</p>
-
-<p>&mdash;Quedaos con ellos, dijo Mowgli á <em>los cuatro</em>. No
-habrá diente que no haga aquí falta. Fao y Akela que
-lo preparen todo para la batalla. Yo voy á contar los
-perros.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eso es la muerte! gritó Won-tolla, levantándose
-á medias. ¿Qué puede hacer ése, que ni siquiera tiene
-pelo, contra los perros jaros? Acordaos de que hasta
-<em>el Rayado</em>...</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, que eres un verdadero solitario, repuso
-Mowgli; pero ya hablaremos de esto cuando los <em>dholes</em>
-estén muertos. ¡Buena suerte para todos!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_438">[Pg 438]</span></p>
-
-<p>Echó á correr por entre la obscuridad, presa de tal
-agitación que apenas miraba donde ponía los pies, y la
-natural consecuencia de ello fué el caerse cuan largo
-era sobre los grandes anillos de Kaa, la serpiente pitón,
-en el sitio donde ésta estaba echada al acecho frente
-á un sendero frecuentado por los ciervos cerca del río.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Kscha!</em> dijo Kaa malhumorada. ¿Es proceder al
-estilo de la Selva el venir aquí haciendo ese ruido con
-los pies, caminando tan torpemente, para estropearle
-á uno el trabajo de toda una noche... y precisamente
-cuando la caza se presentaba tan bien?</p>
-
-<p>&mdash;Confieso que he estado torpe, dijo Mowgli levantándose.
-Verdaderamente, en tu busca iba, Cabeza
-Chata; pero cada vez que nos encontramos te has engordado
-y has crecido un pedazo tan largo como uno
-de mis brazos. No hay en la Selva nadie como tú, discreta,
-anciana, fuerte y hermosísima Kaa.</p>
-
-<p>&mdash;Á ver... ¿á donde vas á parar por este camino?
-dijo Kaa con voz algo más suavizada. No ha cambiado
-aún la luna desde que un <em>hombrecito</em> armado de un
-cuchillo me tiraba piedras á la cabeza llenándome de
-insultos, más furioso que un gato montés, porque yo
-dormía al raso.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, y espantabas á todos los ciervos que Mowgli
-venía persiguiendo, y esa Cabeza Chata estaba tan
-sorda que ni oía mis silbidos para que dejara libre el
-camino por donde los ciervos pasan, contestó Mowgli
-con gran calma, sentándose entre los pintados anillos
-de la serpiente.</p>
-
-<p>&mdash;Y ahora este mismo hombrecito viene con palabras
-suaves y halagadoras diciéndole á aquella misma
-Cabeza Chata que es discreta, y fuerte, y hermosa, y
-ella se deja persuadir, y le hace sitio... así... á aquel
-que le tiraba piedras, y... ¿Estás bien? ¿Podría Bagheera
-ofrecerte asiento tan cómodo?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_439">[Pg 439]</span></p>
-
-<p>Como de costumbre, bajo el peso del cuerpo de
-Mowgli, Kaa había convertido el suyo en una especie
-de blanda hamaca. Tendióse el muchacho, en medio
-de la obscuridad, y se enroscó sobre aquel cuello flexible,
-semejante á un cable, hasta lograr que la cabeza
-de Kaa descansara sobre su hombro, y entonces le refirió
-cuanto había pasado en la Selva aquella noche.</p>
-
-<p>&mdash;Lista puedo ser, dijo Kaa cuando hubo terminado
-él, pero lo que es sorda también lo soy, sin ningún género
-de duda. De lo contrario, hubiera oído el <em>feeal</em>.
-Ya no me extraña que los que viven de hierba se hallen
-tan inquietos. ¿Cuántos son los <em>dholes</em>?</p>
-
-<p>&mdash;No lo he visto aún. Vine corriendo á encontrarte.
-Tú eres más vieja que Hathi. Pero, Kaa... (y al decir
-esto temblaba Mowgli de puro contento) ¡qué magnífica
-cacería va á ser! Pocos de nosotros vivirán cuando
-cambie la luna.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es que tú también vas á tomar parte en esto?
-Acuérdate de que eres un hombre, y de cuál fué la manada
-que te arrojó de ella. Deja que el Lobo y el Perro
-se arreglen. Tú eres un hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Las nueces de antaño son ogaño tierra negra,
-contestó Mowgli. Cierto que soy un hombre, pero paréceme
-haber dicho esta noche que era un lobo. Por
-testigos puse al río y á los árboles. Pertenezco al Pueblo
-Libre, Kaa, hasta que hayan pasado los <em>dholes</em>.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pueblo Libre! murmuró Kaa... Dí, más bien, pandilla
-suelta de ladrones. ¿Y tú te has ligado á ellos, en
-busca de una muerte segura, sólo por la memoria de
-aquellos lobos que ya no existen? Eso no es saber cazar.</p>
-
-<p>&mdash;He dado mi palabra. Los árboles lo saben y el
-río también. Hasta que el <em>dhole</em> se haya ido no quedaré
-libre del compromiso.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! La cosa cambia, así, por completo. Pensé llevarte
-conmigo á los pantanos del Norte, pero palabra<span class="pagenum" id="Page_440">[Pg 440]</span>
-es palabra, aunque sea la de un hombrecito desnudo y
-sin pelo como tú. Así, pues, yo, Kaa, digo á esto que...</p>
-
-<p>&mdash;Piensa bien lo que vas á decir, Cabeza Chata,
-para que no resulte que también tú te has ligado más
-de lo conveniente. No necesito que me des palabra de
-hacer nada, porque bien sé que...</p>
-
-<p>&mdash;Bueno: sea, contestó Kaa. No daré palabra alguna;
-pero ¿qué piensas hacer cuando vengan los <em>dholes</em>?</p>
-
-<p>&mdash;Tienen que pasar á nado el Wainganga. Pues
-bien: yo pensaba salirles al encuentro, cuchillo en
-mano, cuando crucen algún sitio de poca agua, y llevar
-detrás de mí á la manada, para que, á cuchilladas
-y atacados por los míos, tuvieran que retroceder un
-poco río abajo ó ir á refrescarse el gaznate.</p>
-
-<p>&mdash;Los <em>dholes</em> no retroceden, y, en cuanto á su gaznate,
-hierve siempre, contestó Kaa. Cuando esta cacería
-termine no quedará ya hombrecito ni lobato, sino
-únicamente los huesos.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Alala!</em> Si morimos moriremos. Será una cacería
-magnífica. Pero soy joven y no he visto aún muchas
-lluvias. Ni sé mucho ni soy fuerte. ¿Tienes tú, Kaa,
-algún plan mejor?</p>
-
-<p>&mdash;Yo he visto centenares y centenares de lluvias.
-Antes de que Hathi hubiera mudado los colmillos de
-leche, el rastro que yo dejaba en el polvo al pasar era
-enorme. Por el primer huevo que hubo en el mundo te
-aseguro que soy más vieja que muchos árboles, y que
-he visto todo lo que la Selva ha hecho.</p>
-
-<p>&mdash;Pero éste es un caso nuevo. Nunca los <em>dholes</em> se
-han cruzado en nuestro camino.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que es ha sido, también, antes. Lo que será
-no es más que un año olvidado que hiere mirando hacia
-atrás. Estate quieto mientras yo cuento esos años
-que tengo.</p>
-
-<p>Durante más de una hora estuvo echado Mowgli<span class="pagenum" id="Page_441">[Pg 441]</span>
-sobre los anillos de la serpiente, mientras Kaa, con la
-cabeza inmóvil sobre el suelo, pensaba en todo lo que
-había visto y aprendido desde el día en que salió del
-huevo. Sus ojos parecieron extinguirse, y, ya sin luz, semejaban
-viejos ópalos, mientras, de cuando en cuando,
-daba una especie de torpes estocadas con la cabeza, á
-derecha é izquierda, como si estuviera cazando en sueños.
-Mowgli dormitaba, porque sabía que nada prepara
-tan bien para la caza como el dormir, y estaba
-acostumbrado á hacerlo á cualquier hora del día ó de
-la noche.</p>
-
-<p>De pronto sintió que el cuerpo de Kaa crecía y se
-ensanchaba bajo el suyo, mientras la enorme serpiente
-pitón soplaba, silbando con el ruido de una espada que
-alguien sacara de una vaina de acero.</p>
-
-<p>&mdash;He visto todas las estaciones del año que pasaron,
-dijo, al fin Kaa; los árboles enormes, los viejos
-elefantes, y las rocas desnudas y ásperas cuando aun
-el musgo no las vestía. ¿Estás vivo todavía, hombrecito?</p>
-
-<p>&mdash;No hace más que un momento que desapareció la
-luna en el horizonte, dijo Mowgli. No entiendo...</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Hisch!</em> Ya vuelvo á ser Kaa. Ya sabía que no
-hacía más que un momento, como dices. Ahora iremos
-al río y te enseñaré cómo hay que proceder contra los
-<em>dholes</em>.</p>
-
-<p>Volvióse la serpiente y se dirigió, recta como una
-flecha, hacia el cauce del Wainganga, hundiéndose en
-el agua un poco antes de llegar á la laguna que oculta
-la Roca de la Paz, y llevando á Mowgli á su lado.</p>
-
-<p>&mdash;No, no nades. Yo me deslizaré rápidamente. Ponte
-sobre mi espalda, Hermanito.</p>
-
-<p>Apretó Mowgli el brazo izquierdo alrededor del
-cuello de Kaa, dejó caer el derecho, bien pegado al
-cuerpo, y puso los pies de punta. Entonces Kaa embistió<span class="pagenum" id="Page_442">[Pg 442]</span>
-contra la corriente como sólo ella era capaz de hacer,
-mientras la ondulación del agua formaba en torno
-del cuello de Mowgli como una gorguera y sus pies se
-balanceaban en el remolino que se veía á cada lado de
-la serpiente. Á un kilómetro ó dos más arriba de la
-Roca de la Paz, el Wainganga se estrecha al pasar
-por una garganta que forman unas rocas de mármol
-de veinticinco á treinta metros de altura, y la corriente
-se desliza como por el canal de un molino entre toda
-clase de pedruscos. Pero Mowgli no hizo caso del agua:
-poca habría en el mundo que llegara á preocuparle ni
-por un momento por el miedo que le causara. Miraba
-á cada lado de aquella estrecha garganta y resollaba
-fuertemente como molestado, porque se sentía en el
-aire un olor, mitad como de algo dulce y mitad como
-de algo agrio, que era muy parecido al olor de un
-gran hormiguero en día caluroso. Instintivamente metióse
-todo él bajo el agua, levantando sólo la cabeza,
-de cuando en cuando, para respirar, y entonces
-Kaa ancló, por medio de una doble torsión de la cola
-en torno de una roca hundida, sosteniendo á Mowgli en
-el hueco que formaban sus anillos, mientras el agua
-corría.</p>
-
-<p>&mdash;Esto es la Morada de la Muerte, dijo el muchacho.
-¿Por qué hemos venido aquí?</p>
-
-<p>&mdash;Duermen, dijo Kaa. Hathi no tuerce su camino
-cuando ve al <em>Rayado</em>. Y, sin embargo, tanto Hathi
-como el mismo Rayado se apartan cuando vienen los
-<em>dholes</em>, pero de éstos se dice que no cambian de dirección
-por nada. Ahora bien: ¿ante quién retrocede el
-diminuto Pueblo de las Rocas? Dime, amo de la Selva,
-¿quién es el verdadero amo?</p>
-
-<p>&mdash;Éstas, susurró Mowgli. Aquí mora la Muerte.
-Vámonos.</p>
-
-<p>&mdash;No, mira bien, porque ahora están durmiendo.<span class="pagenum" id="Page_443">[Pg 443]</span>
-Todo está como estaba cuando yo no era más larga de
-lo que es tu brazo.</p>
-
-<p>Las rajadas y carcomidas rocas de aquella garganta
-del Wainganga habían servido desde el principio
-de la Selva para el diminuto Pueblo de las Rocas: las
-laboriosas y feroces abejas negras de la India; y, como
-Mowgli sabía perfectamente, todo rastro de animal
-torcía hacia un lado ú otro á más de ochocientos metros
-antes de llegar á aquel sitio. Durante siglos, el
-Pueblo Diminuto había tenido allí sus enjambres y
-pululado de grieta en grieta, juntándose una y otra
-vez, manchando el blanco mármol con miel seca y
-fabricando sus panales, altos y profundos, en la obscuridad
-de las cavernas interiores, donde ni los animales,
-ni el fuego, ni el agua pudieran llegar nunca. En toda
-su longitud, la garganta parecía adornada con negras
-cortinas de terciopelo de un brillo débil, y Mowgli se
-sintió desfallecer al verlo, porque aquella especie de
-cortinas eran los millones de abejas amontonadas que
-allí dormían. Había, además, otros pedazos, y adornos,
-y cosas que parecían carcomidos troncos de árbol
-prendidos sobre la superficie de las rocas, restos viejos,
-abandonados, ó nuevas ciudades fabricadas al
-abrigo de aquella garganta resguardada del viento; y
-enormes masas de esponjosos panales, ya podridos,
-habían rodado desde lo alto, pegándose entre los árboles
-y enredaderas que parecían agarrarse á la superficie
-de las rocas. Como se pusiera el muchacho á escuchar
-oyó más de una vez el ruido que producían, al
-deslizarse, los panales repletos de miel, cayéndose allá
-adentro, en las obscuras galerías; luego rumor de alas
-batiendo furiosamente, y el gotear de la miel esparcida
-que iba corriendo hasta llegar al borde de alguna
-abertura al aire libre, desde la cual chorreaba lentamente
-sobre hojas y ramas. Había, á un lado del río,<span class="pagenum" id="Page_444">[Pg 444]</span>
-una especie de playa pequeñísima, de menos de un
-metro y medio de ancho, y estaba llena de desechos
-acumulados allí durante innumerables años. Abejas
-muertas, basura, colmenas viejas, alas de mariposillas
-merodeadoras que habían ido á perderse en aquel sitio
-en busca de miel, todo estaba amontonado, formando
-finísimo polvo negro. El solo olor penetrante de aquel
-conjunto bastaba para asustar á cualquier ser viviente
-que careciera de alas y supiese lo que era el Pueblo
-Diminuto.</p>
-
-<p>De nuevo dirigióse Kaa corriente arriba hasta que
-llegó á un banco de arena que se hallaba al extremo
-de aquella garganta.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí está lo que han muerto en esta estación,
-dijo. ¡Mira!</p>
-
-<p>Sobre el banco se veían los esqueletos de un par de
-ciervos y de un búfalo. Mowgli vió que ni lobos ni
-chacales habían tocado sus huesos, que estaban sobre
-el suelo en la posición natural.</p>
-
-<p>&mdash;Traspasaron el lindero, no conociendo la Ley,
-murmuró Mowgli, y el Pueblo Diminuto los mató. Vámonos
-antes de que despierte.</p>
-
-<p>&mdash;No despierta hasta que llega la aurora, dijo Kaa.
-Ahora voy á contarte una cosa. Venía un gamo perseguido
-desde el Sur, en dirección á este sitio, hace de
-ello muchas, muchas lluvias, sin conocer la Selva y
-llevando tras de sí á toda una manada que seguía su
-rastro. Ciego de miedo, saltó desde lo alto, mientras
-la manada iba siguiéndole sólo con la vista, porque
-corría desatinadamente tras de él, ciega también.
-El sol estaba ya alto y el Pueblo Diminuto era numeroso
-y se hallaba muy enfurecido. Numerosos fueron,
-igualmente, los de la manada que saltaron al Wainganga;
-pero antes de que llegaran al agua estaban
-ya muertos. Los que no saltaron murieron también<span class="pagenum" id="Page_445">[Pg 445]</span>
-en las rocas, allá arriba. En cuanto al gamo quedó
-vivo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo fué esto?</p>
-
-<p>&mdash;Porque él llegó primero, corriendo para salvar
-la vida, y saltó antes de que el Pueblo Diminuto estuviera
-prevenido, hallándose ya en el río cuando las
-abejas se juntaron para matarlo. Pero la manada que
-venía detrás se perdió por completo bajo el peso de
-aquéllas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el gamo vivió? dijo pausadamente Mowgli,
-insistiendo en la misma idea.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando menos no murió entonces, aunque no
-tuviera nadie que, al caer, lo esperara para recibirlo
-sobre un cuerpo bastante fuerte que lo protegiera contra
-el agua, como esta gruesa, sorda y amarilla Cabeza
-Chata está pronta á hacer por cierto <em>hombrecito</em>...
-sí, aunque detrás de él fueran todos los <em>dholes</em> del
-Dekkan siguiéndole el rastro. ¿Qué te parece esto?</p>
-
-<p>La cabeza de Kaa estaba pegada á la oreja de
-Mowgli. Algún tiempo transcurrió antes de que el
-muchacho contestara.</p>
-
-<p>&mdash;Es jugar con la Muerte, pero... verdaderamente,
-Kaa, tú eres quien más sabe en toda la Selva.</p>
-
-<p>&mdash;Eso me han dicho muchos. Pues bien, mira: si
-los <em>dholes</em> te siguen...</p>
-
-<p>&mdash;Como me seguirán, con toda seguridad... ¡Oh!
-Mi lengua sabrá lanzar espinas agudísimas que irán á
-clavárseles.</p>
-
-<p>&mdash;Pues si te siguen furiosos, ciegos, sin mirar á
-ningún lado, fija sólo la vista en tí, los que no mueran
-arriba caerán al agua aquí ó más abajo, porque el
-Pueblo Diminuto levantará el vuelo y toda la manada
-quedará cubierta por él. Las aguas del Wainganga
-tienen siempre hambre, y ellos no contarán con ninguna
-Kaa que vaya á sostenerlos cuando caigan, sino<span class="pagenum" id="Page_446">[Pg 446]</span>
-que, los que vivan, serán arrastrados por la corriente
-hasta los bajíos, allá por los Cubiles de Seeonee, y en
-aquel sitio podría tu manada salirles al encuentro y
-arrojarse sobre ellos.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Ahai! ¡Eowawa!</em> Ni una lluvia cayendo á tiempo
-en mitad de la estación seca es mejor que este plan.
-No queda nada por decidir más que la cuestión insignificante
-de la carrera y del salto. Ya iré yo á que me
-vean y conozcan los <em>dholes</em>, á fin de que me persigan
-muy de cerca.</p>
-
-<p>&mdash;¿Has visto las rocas que están ahí arriba?... ¿Las
-has visto desde la tierra?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! no. No se me había ocurrido esto.</p>
-
-<p>&mdash;Anda á verlas. La tierra está como podrida, llena
-de grietas y agujeros. Con que pusieras en falso uno
-de tus torpes pies la cacería habría terminado. Mira,
-voy á dejarte aquí y hacer por tí una cosa: ir á contarles
-á los de la manada lo que hemos dicho, para que
-sepan dónde podrán encontrar á los <em>dholes</em>. Lo que es
-por mí, nada tengo yo que ver con ningún lobo.</p>
-
-<p>Cuando á Kaa no le gustaba una amistad mostraba
-su desagrado con más rudeza que nadie en toda la Selva,
-excepción hecha, quizá, de Bagheera. Nadó río
-abajo, y frente á la Peña encontróse con Fao y con
-Akela que estaban escuchando los ruidos nocturnos.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Hisch!</em> ¡Perros! dijo alegremente; los <em>dholes</em> bajarán
-por el río. Si no les tenéis miedo podréis matarlos
-en los bajíos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo vendrán? dijo Fao.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y dónde está mi <em>hombre-cachorro</em>? preguntó
-Akela.</p>
-
-<p>&mdash;Vendrán cuando vengan, contestó Kaa. Espéralos
-y lo verás. En cuanto á tu <em>hombre-cachorro</em>, al
-cual le has hecho empeñar su palabra, y que has conducido
-así á la Muerte... <em>tu</em> hombrecito está conmigo,<span class="pagenum" id="Page_447">[Pg 447]</span>
-y si no está ya muerto ahora mismo no tienes tú la
-culpa, ¡perro blanqueado! Espera aquí á los <em>dholes</em>, y
-alégrate de que el <em>hombre-cachorro</em> y yo peleemos á
-tu lado.</p>
-
-<p>Volvió Kaa á remontar con rapidez la corriente y
-dió fondo en mitad de la estrecha garganta, mirando
-hacia arriba, hacia el borde de los acantilados. De
-pronto vió la cabeza de Mowgli proyectándose contra
-las estrellas, luego oyóse un rumor, como un silbido,
-en el aire, el agudo <em>schloop</em> de un cuerpo que caía de
-pie, y un momento después hallábase el muchacho descansando
-nuevamente sobre los anillos del cuerpo
-de Kaa.</p>
-
-<p>&mdash;Este salto no es nada, de noche, dijo Mowgli
-tranquilamente. Yo he saltado desde doble altura, sólo
-por gusto; pero ahí arriba sí que es mal sitio: todo son
-arbustos bajos y zanjas muy profundas, llenos unos y
-otras de Pueblo Diminuto. Yo he colocado grandes
-piedras superpuestas en el borde de tres zanjas. Al
-correr les daré con el pie y las lanzaré abajo y todo el
-Pueblo Diminuto se levantará detrás de mí, furioso.</p>
-
-<p>&mdash;Esto son habladurías y astucias de hombre, dijo
-Kaa. Tú eres listo, pero ese Pueblo está enfurecido
-siempre.</p>
-
-<p>&mdash;No, al anochecer todas las alas descansan un rato,
-las que están lejos y las que están cerca. Yo me entretendré
-con los <em>dholes</em> á esa hora, porque sé que ellos
-suelen cazar mejor de día. Ahora siguen el rastro de
-sangre que ha dejado Won-tolla.</p>
-
-<p>&mdash;Ni Chil deja nunca un buey muerto, ni los <em>dholes</em>
-un rastro de sangre, dijo Kaa.</p>
-
-<p>&mdash;Pues entonces, yo les daré otro nuevo, hecho con
-su propia sangre, si me es posible, y les haré morder
-el polvo. ¿Te quedarás aquí, Kaa, hasta que vuelva con
-mis <em>dholes</em>?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_448">[Pg 448]</span></p>
-
-<p>&mdash;Sí, pero ¿y si te matan en la Selva, ó si es el Pueblo
-Diminuto el que te quita la vida antes de que puedas
-saltar al río?</p>
-
-<p>&mdash;Cuando llegue mañana cazaremos según lo que
-mañana exija, contestó Mowgli, citando, al decirlo,
-una frase de uso común en la Selva, y luego añadió:
-que me canten la Canción de la Muerte cuando muerto
-esté. ¡Buena suerte, Kaa!</p>
-
-<p>Apartó su brazo del cuello de la serpiente y descendió
-por la garganta que formaba el río como si fuera
-un madero arrastrado por una avenida, chapoteando
-en dirección de la lejana orilla, donde el agua corría
-más tranquila, y riéndose á carcajadas de puro gozo.
-Nada había que le gustara tanto á Mowgli, según él
-mismo había dicho, como jugar con la Muerte, y demostrar
-á la Selva que él era allí no el amo, sino el archiamo.
-Con frecuencia había ido á robar, ayudado
-por Baloo, colmenas de las que las abejas fabrican en
-árboles aislados, y gracias á ello sabía que el Pueblo
-Diminuto no puede sufrir el olor del ajo silvestre. Así,
-pues, recogió un hacecillo de esta planta, lo ató con
-una tira de corteza, y luego comenzó á seguir el rastro
-de sangre de Won-tolla, en dirección del Sur, á partir
-desde los cubiles, por espacio de más de una legua,
-mirando á los árboles con la cabeza inclinada á un
-lado, y riéndose como loco, al mirar.</p>
-
-<p>&mdash;He sido Mowgli, la Rana, decía entre sí; y he dicho
-que era Mowgli, el Lobo. Ahora me toca ser Mowgli,
-el Mono, antes de que llegue á convertirme en
-Mowgli, el Gamo. Al fin, acabaré por ser Mowgli, el
-Hombre. ¡Oh! Y al decirlo pasó el dedo pulgar por la
-hoja de su cuchillo, de diez y siete pulgadas de largo.</p>
-
-<p>El rastro de Won-tolla, todo él una línea de obscuras
-manchas negras, corría por debajo de un bosque de copudos
-árboles muy apiñados que se extendía en dirección<span class="pagenum" id="Page_449">[Pg 449]</span>
-noreste y que iba clareando, gradualmente, desde
-la distancia de media legua antes de llegar á las Rocas
-de las Abejas. Á partir del último árbol hasta llegar á
-la broza baja de dichas rocas era campo abierto, donde
-apenas habría logrado esconderse un lobo. Corrió,
-Mowgli, por debajo de los árboles, calculando las distancias
-entre rama y rama, ó, de cuando en cuando, encaramándose
-á un tronco, y saltando, por vía de ensayo,
-de un árbol á otro, hasta que llegó al campo abierto,
-que estuvo estudiando cuidadosamente por espacio
-de una hora. Luego volvióse, tomó nuevamente el rastro
-de Won-tolla donde lo había dejado, acomodóse en
-un árbol que tenía una rama saliente á unos dos metros
-y medio del suelo, y allí se quedó sentado tranquilamente,
-afilando su cuchillo en la planta del pie y canturreando.</p>
-
-<p>Poco antes del mediodía, cuando el calor del sol era
-extremado, oyó ruido de pasos y sintió el abominable
-olor de la manada de <em>dholes</em> que iba siguiendo con aire
-feroz el rastro de Won-tolla. Vistos desde cierta altura,
-los perros jaros no parecen tener ni la mitad del tamaño
-de un lobo; pero Mowgli sabía perfectamente la
-fuerza que en sus patas y quijadas tenían. Estuvo observando
-la cabeza puntiaguda y de color bayo del que
-los dirigía, ocupado en olfatear la pista, y le gritó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena suerte!</p>
-
-<p>Miró hacia arriba la fiera, y sus compañeros se pararon
-detrás de él, docenas y más docenas de perros
-jaros, de largas y colgantes colas, de sólidas espaldas,
-débiles patas traseras, y ensangrentadas bocas. Por lo
-general, son los <em>dholes</em> muy silenciosos y muy poco
-amigos de guardar buenas formas, aun entre los suyos.
-Unos doscientos debían de ser, cuando menos, los que
-se juntaron á los pies del muchacho; pero notó que los
-delanteros olfateaban con aire de hambrientos el rastro<span class="pagenum" id="Page_450">[Pg 450]</span>
-de Won-tolla é intentaban hacer seguir hacia delante á
-toda la manada. Esto no le convenía, porque así llegarían
-á los cubiles en pleno día, y la intención de Mowgli
-era entretenerlos allí, bajo el árbol, hasta el anochecer.</p>
-
-<p>&mdash;¿Con qué permiso venís á este sitio? les dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Todas las Selvas son nuestras, fué la contestación
-que obtuvo, y el <em>dhole</em> que se la dió lo hizo enseñándole
-los dientes. Miró Mowgli hacia abajo sonriendo,
-é imitó perfectamente los agudos chillidos de
-Chikai, el ratón saltador del Dekkan, queriendo significar
-con esto á los <em>dholes</em> que les tenía en tan poco
-como al mismo Chikai. Agrupóse, entonces, la manada
-alrededor del tronco del árbol, y el que la dirigía ladró
-furiosamente llamándole á Mowgli mono. Por toda respuesta
-alargó el muchacho una de sus desnudas piernas
-y agitó los dedos del pie, precisamente sobre la cabeza
-del perro. No se necesitaba más para poner fuera
-de sí á toda la manada. Los que tienen pelo entre los
-dedos no gustan de que alguien se lo recuerde ni indirectamente.
-Apartó Mowgli su pie en el momento en
-que el jefe de la manada saltaba para mordérselo, y
-díjole con gran suavidad:</p>
-
-<p>&mdash;¡Perro, perro jaro! Vuélvete al Dekkan á comer
-lagartos. ¡Vete con Chikai, tu hermano... perro, perro...
-jaro, perro jaro! ¡Tienes pelo entre todos tus dedos!
-Y, al decirlo, agitó los suyos por segunda vez.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_452">[Pg 452]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp49" id="p451" style="max-width: 27.875em;">
- <img class="w100 p1 p1b" src="images/p451.jpg" alt="p451ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter"><p>&mdash;¡Baja de ahí, antes que te sitiemos por hambre,
-mono pelón! aulló toda la manada, y eso era precisamente
-lo que el muchacho quería.</p>
-</div>
-
-<p>Acostóse á lo largo de la rama, puesto un carrillo
-contra la corteza, libre el brazo derecho, y en esta posición
-dijo á la manada cuanto le vino en mientes sobre
-ellos, sus maneras, sus costumbres, compañeros y pequeñuelos.
-No hay en el mundo lenguaje tan rencoroso
-y ofensivo como el que usa el Pueblo de la Selva para
-manifestar su desdén y el sentimiento de su superioridad.
-Si os tomáis la molestia de pensar un rato comprenderéis
-que así sea. Como Mowgli le había dicho á
-Kaa, tenía en la lengua espinas muy punzantes, y poco
-á poco, pero deliberadamente, llevó á los <em>dholes</em> desde
-el silencio á los gruñidos, de éstos al aullar, y del aullar
-á la más sorda é impotente rabia. Probaron de contestar
-á sus insultos; pero de igual modo hubiera podido
-intentar hacerlo un cachorro al cual hubiese enfurecido
-con su lenguaje Kaa, y durante este tiempo la mano
-derecha de Mowgli estuvo siempre junto al costado, encogida,
-pronta á la acción, mientras los pies se cruzaban
-en torno de la rama. El enorme perro de color bayo
-había saltado muchas veces en el aire; pero Mowgli no
-quería arriesgarse á dar un golpe en falso. Al fin, enfurecido
-hasta un punto que parecía indecible, saltó el
-animal á más de dos metros desde el nivel del suelo.
-Entonces la mano del muchacho lanzóse tan rápidamente
-sobre aquél como si fuera la cabeza de una de
-las serpientes que viven en los árboles, lo cogió por la
-piel del pescuezo, y la rama dióle tal sacudida, con el
-peso de los cuerpos por ella sostenidos, que casi arrojó
-á Mowgli contra el suelo. Pero no soltó el muchacho su
-presa, y, pulgada por pulgada, fué levantando, hasta
-donde él se hallaba, al perro, que colgaba de su mano
-como un chacal ahogado. Con la mano izquierda empuñó
-el cuchillo y cortó la roja y peluda cola, arrojando
-al suelo, después, al <em>dhole</em>. No necesitaba hacer más
-que lo que había hecho. La manada no seguiría ya
-adelante, tras el rastro de Won-tolla, hasta entablar
-con Mowgli un duelo á muerte. Viólos éste sentarse
-formando círculos, y con un temblor en las ancas que
-significaba que allí iban á quedarse, por lo cual encaramóse
-á un sitio más alto donde se cruzaban dos ramas,<span class="pagenum" id="Page_453">[Pg 453]</span>
-y entre ellas colocó la espalda con toda comodidad,
-quedándose dormido.</p>
-
-<p>Despertóse, al cabo de tres ó cuatro horas, y contó
-los perros que había en la manada. Allí estaban aún todos,
-silenciosos, con aspecto feroz, secas las fauces y
-duro el mirar de sus ojos de acero. El sol comenzaba
-á hundirse en el horizonte. Dentro de media hora el
-Pueblo Diminuto, allá en las rocas, terminaría su labor,
-y, como queda dicho, los <em>dholes</em> no pelean tan bien
-como en mitad del día á la hora del obscurecer.</p>
-
-<p>&mdash;No necesitaba tan buenos vigilantes, dijo con irónica
-cortesía, poniéndose de pie sobre una rama; pero
-ya me acordaré de esto. Sois verdaderos <em>dholes</em>, pero,
-en mi opinión, demostráis todos demasiado celo. Por
-este motivo no le devuelvo su cola á ese gran devorador
-de lagartos. ¿No estás contento, perro jaro?</p>
-
-<p>&mdash;Yo mismo seré quien te saque las tripas, aulló el
-que dirigía la manada, arañando al pie del árbol.</p>
-
-<p>&mdash;No serás, y, en vez de hacer eso, piensa un poco,
-rata sabia del Dekkan. Ya verás, ahora, cuántas camadas
-va á haber de perrillos jaros que nacerán sin cola,
-sí, y con unos muñoncitos rojos en carne viva que les
-escocerán cuando la arena arda, calentada por el sol.
-Vuélvete á tu casa, perro jaro, y cuenta á voz en cuello
-que un mono te ha puesto como estás. ¿No quieres irte?
-¡Pues ven conmigo, y yo te enseñaré á ser discreto!</p>
-
-<p>Saltó entonces Mowgli, al estilo de los <em>Bandar-log</em>,
-al árbol más próximo, de aquél al siguiente, y así al
-otro, y al de más allá, siguiéndole siempre los perros,
-con la cabeza levantada, hambrientos. De cuando en
-cuando fingía caerse, y todos los de la manada tropezaban,
-entonces, unos con otros, con la prisa que se daban
-para llegar al sitio donde podrían matarlo. Curioso era
-el espectáculo que ofrecían el muchacho saltando por
-las ramas más altas de los árboles, con el cuchillo brillándole<span class="pagenum" id="Page_454">[Pg 454]</span>
-á luz del sol, muy bajo ya, y la silenciosa manada
-de rojizo pelo, que parecía de fuego, apiñándose
-y siguiéndolo desde abajo. Al llegar al último árbol cogió
-los ajos que llevaba y se frotó con ellos el cuerpo
-cuidadosamente, mientras, al verlo, aullaban los <em>dholes</em>
-con aire de desprecio.</p>
-
-<p>&mdash;Mono que tienes lengua de lobo ¿crees que así vas
-á hacernos perder tu rastro? le dijeron. Te seguiremos
-hasta matarte.</p>
-
-<p>&mdash;Tomad la cola, repuso Mowgli, arrojando hacia
-atrás lo que había cortado, mientras continuaba
-huyendo.</p>
-
-<p>Instintivamente lanzóse la manada sobre aquélla.</p>
-
-<p>&mdash;Y ahora seguidme... hasta la muerte, añadió.</p>
-
-<p>Habíase ya deslizado desde el tronco de un árbol
-hasta el suelo, lanzándose, desnudos los pies y ligero
-como el viento, en dirección de las Rocas de las Abejas,
-antes de que los <em>dholes</em> pudieran adivinar lo que
-iba á hacer.</p>
-
-<p>Lanzaron éstos un profundo aullido, y comenzaron
-á correr con aquel largo y pesado medio galope que
-acaba por rendir, al fin, á cuanto corra delante de
-ellos. Sabía Mowgli que su velocidad, cuando iban
-todos juntos en la manada, era muy inferior á la de los
-lobos, ó de lo contrario nunca se hubiera arriesgado á
-una carrera de media legua en campo abierto. Ellos,
-estaban seguros de que, al fin, se apoderarían del muchacho,
-y él lo estaba también de que ahora podría
-jugar con ellos como se le antojara. Todo su trabajo
-se reducía á mantenerlos suficientemente excitados
-para evitar que abandonaran su persecución antes de
-tiempo. Corría metódicamente, con paso igual y gran
-elasticidad en los miembros, llevando al jefe de la manada,
-sin cola, á unos cinco metros detrás de él, y á
-los demás siguiendo en un espacio de terreno que<span class="pagenum" id="Page_455">[Pg 455]</span>
-medía, tal vez, cuatrocientos, locos, ciegos de coraje
-todos los <em>dholes</em>, y con el ansia de matar. El muchacho
-conservóse siempre á parecida distancia valiéndose
-únicamente del oido para juzgarla, y reservando su
-último esfuerzo para cuando se lanzara por entre las
-Rocas de las Abejas.</p>
-
-<p>El Pueblo Diminuto se había entregado al sueño al
-comenzar la hora del crepúsculo, porque no era aquélla
-la estación de las flores que se abren tarde; pero en
-cuanto sonaron los primeros pasos de Mowgli sobre el
-suelo hueco, oyó tal ruido que no parecía sino que la
-tierra entera zumbara. Entonces corrió como nunca
-había corrido en su vida; dió un puntapié á uno de los
-montones de piedras... y luego á otro... y á otro...
-arrojándolos en las obscuras grietas de las que se desprendía
-un olor dulzón; oyó una especie de bramido
-semejante al del mar entrando en una caverna; mirando
-por el rabillo del ojo vió que el aire se obscurecía á
-su espalda; vió también la corriente del Wainganga
-allá abajo, y, sobre el agua, una cabeza chata de forma
-parecida á la de los diamantes; saltó en el vacío
-con toda su fuerza, sintiendo, mientras estaba en el
-aire, como el <em>dhole</em> sin cola cerraba la boca tras de su
-hombro, queriendo morderle; y, al fin, cayó el muchacho
-sobre el río, de pie, en salvo ya, sin aliento y
-triunfante. Ni una picada tenía en el cuerpo, porque
-el olor del ajo había mantenido á distancia al Pueblo
-Diminuto durante los pocos segundos en que pasó por
-entre las abejas.</p>
-
-<p>Cuando surgió á la superficie del agua, los anillos
-de Kaa le sostenían y multitud de cosas caían desde el
-borde del acantilado: grandes montones, que eran, al
-parecer, abejas apiñadas, y descendían como plomos
-de sondas; pero antes de que cualquiera de aquellos
-montones tocara el agua, las abejas emprendían el<span class="pagenum" id="Page_456">[Pg 456]</span>
-vuelo hacia arriba, y el cuerpo de un <em>dhole</em> caía dando
-vueltas sobre la corriente, que lo arrastraba. Allá,
-sobre su cabeza, oía furiosos y breves aullidos, ahogados
-pronto por una especie de bramido, como el del
-mar al romperse contra los escollos: era el inmenso
-rumor que producían las alas del Pueblo de las Rocas.
-Algunos de los <em>dholes</em> habían caído hasta en las grandes
-grietas que comunicaban con las cavernas subterráneas,
-y allí, ahogándose, se peleaban y mordían
-rodeados de panales caídos, para, al fin, levantados,
-hasta cuando ya estaban muertos, por las ascendentes
-oleadas de abejas que había debajo de ellos, ir á parar
-á algún agujero frente al río, desde donde eran lanzados
-á los negros montones de basura. Otros de los
-<em>dholes</em> habían saltado sobre los árboles que crecían en
-los acantilados, y las abejas cubrían sus cuerpos, borrando
-hasta los contornos de los mismos; pero la mayoría,
-locos por las picadas recibidas, se lanzaron al
-río, y, como Kaa había dicho, el Wainganga está
-siempre hambriento.</p>
-
-<p>Sostuvo Kaa á Mowgli fuertemente hasta que el
-muchacho hubo recobrado el aliento.</p>
-
-<p>&mdash;Más vale que no nos quedemos aquí, dijo. El
-Pueblo Diminuto anda verdaderamente alborotado.
-¡Ven!</p>
-
-<p>Nadando tan aplastado contra el agua como le era
-posible y zambulléndose con la mayor frecuencia, descendió
-Mowgli la corriente, cuchillo en mano.</p>
-
-<p>&mdash;¡Despacio, despacio! díjole Kaa. Para matar á
-un centenar no basta un solo diente, como no sea el
-de una cobra, y muchos de los <em>dholes</em> se arrojaron, sin
-pérdida de tiempo, al agua cuando vieron que todo el
-Pueblo Diminuto echaba á volar.</p>
-
-<p>&mdash;Pues con eso tendrá más trabajo mi cuchillo.
-<em>¡Fai!</em> ¡Cómo nos siguen las abejas!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_457">[Pg 457]</span></p>
-
-<p>Mowgli volvió á zambullirse. La superficie del
-agua estaba cubierta de aquéllas, que susurraban irritadas
-y picaban cuanto hallaban al paso.</p>
-
-<p>&mdash;Nada se pierde nunca con guardar silencio, dijo
-Kaa (cuyas escamas no había aguijón que pudiera
-atravesar), y toda la noche tienes de tiempo para tu
-cacería. ¡Escucha como aullan!</p>
-
-<p>Casi la mitad de la manada se había dado cuenta á
-tiempo de la trampa en que sus compañeros acababan
-de caer, y volviéndose rápidamente á un lado había
-ido á arrojarse al agua donde la estrecha garganta
-formaba como unos ribazos. Sus gritos de rabia, sus
-amenazas contra el «mono de los bosques» que acababa
-de engañarles vergonzosamente llevándolos á aquel
-sitio, se confundían con los aullidos y el gruñir de los
-que habían sido picados por el Pueblo Diminuto. Quedarse
-en la ribera era entregarse á una muerte segura,
-y bien lo sabía cada uno de los <em>dholes</em>. Su manada iba
-río abajo, arrastrada por la corriente, hasta los profundos
-remansos de la Laguna de la Paz; pero, aun
-allí, las furiosas abejas la perseguían y la obligaban á
-volver á la corriente. Oía Mowgli la voz del jefe sin
-cola que animaba á los suyos y les decía que mataran
-á todos los lobos de Seeonee; mas no perdió el tiempo
-escuchándola.</p>
-
-<p>&mdash;¡Alguien mata en la obscuridad, detrás de nosotros!
-ladró uno de los <em>dholes</em>. ¡La sangre tiñe el agua!</p>
-
-<p>Mowgli habíase zambullido avanzando al mismo
-tiempo, como si fuera una nutria, había arrastrado
-bajo el agua á uno de los <em>dholes</em> antes de que tuviera
-tiempo ni de abrir la boca, y unos círculos obscuros
-surgieron á la superficie del agua al reaparecer el
-cuerpo dando media vuelta hacia un lado. Los <em>dholes</em>
-habían probado de retroceder; pero la corriente se lo
-impedía; el Pueblo Diminuto seguía picándoles en la<span class="pagenum" id="Page_458">[Pg 458]</span>
-cabeza y en las orejas, y, además, allá en la obscuridad
-creciente, oían cada vez más fuerte el vocerío amenazador
-de la manada de Seeonee. Volvió Mowgli á
-zambullirse, y de nuevo otro <em>dhole</em> fué á parar bajo el
-agua, surgiendo á la superficie muerto; de nuevo estalló
-el clamoreo entre los rezagados de la manada,
-aullando unos que más valía ganar la orilla; otros
-llamando á su jefe y pidiéndole que los volviera al
-Dekkan; otros, finalmente, desafiando á Mowgli á que
-se presentara, para matarlo.</p>
-
-<p>&mdash;Esos vienen á la pelea con pensamientos diferentes
-y muchas voces que hablan á la vez. Lo que falta
-hacer corresponde á los de tu raza, allá abajo. El Pueblo
-Diminuto vuelve á irse á dormir. Ya nos han perseguido
-bastante lejos. Yo también me vuelvo, porque
-no soy de la misma clase que los lobos. ¡Buena suerte,
-Hermanito! y acuérdate de que los <em>dholes</em> dirigen
-bajos sus mordiscos.</p>
-
-<p>Llegó un lobo corriendo en tres patas por la margen
-del río, ora saltando, ora poniendo de lado y aplastada
-contra el suelo la cabeza, ya encorvando la espalda,
-ya brincando á tanta altura como le era posible, ni
-más ni menos que si estuviera jugando con sus cachorros.
-Era Won-tolla, el solitario, y en silencio continuó
-su horrible juego persiguiendo á los <em>dholes</em>. Hacía ya
-rato que éstos estaban en el agua, y nadaban fatigados,
-pesándoles el mojado pelo, las gruesas colas colgando
-como esponjas, tan rendidos que también ellos
-guardaban silencio, mirando aquel par de ojos llameantes
-que se movían siempre frente á ellos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eso no es cazar bien! dijo uno jadeando.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena suerte! exclamó Mowgli, surgiendo del
-agua valerosamente al lado mismo de la fiera, clavándole
-su largo cuchillo detrás de un hombro y apretando
-cuanto pudo para evitar que en la agonía le mordiera.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_459">[Pg 459]</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Estás ahí, Hombre-cachorro? dijo Won-tolla
-desde la orilla.</p>
-
-<p>&mdash;Pregúntaselo á los muertos, solitario, contestó
-Mowgli. ¿No has visto bajar ninguno por el río? ¡Bien
-les he hecho morder el polvo á esos perros! Les he
-engañado en plena luz del día, y su jefe se ha quedado
-sin cola; pero aun tendrás algunos para entretenerte.
-¿Hacia dónde quieres que les obligue á ir?</p>
-
-<p>&mdash;Esperaré, dijo Won-tolla. Tengo aun toda la
-noche de tiempo.</p>
-
-<p>Cada vez se oían más cerca los ladridos de los lobos
-de Seeonee.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por la manada! ¡Por la manada en pleno lo
-hemos jurado!</p>
-
-<p>Y un recodo del río lanzó á los <em>dholes</em> entre la arena
-y los bajíos que había frente á los Cubiles.</p>
-
-<p>Pronto notaron su error. Debieron haber saltado á
-tierra unos ochocientos metros más arriba y atacar á
-los lobos en terreno seco. Ahora era ya tarde para ello.
-La orilla estaba llena de ojos que parecían de fuego, y
-exceptuando el horrible <em>feeal</em>, que no se había interrumpido
-ni un momento desde la puesta del sol, no se
-oía el menor ruido en la Selva. Dijérase que Won-tolla
-no había estado haciendo otra cosa que atraerlos hacia
-aquel sitio para tomar tierra allí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dad la vuelta y atacad! dijo el que dirigía á los
-<em>dholes</em>.</p>
-
-<p>La manada entera se lanzó á la playa, chapoteando
-por los bajíos hasta que toda la superficie del Wainganga
-se agitó y cubrió de blanca espuma, formando
-el agua círculos que iban de un lado á otro del río
-como al paso de un barco. Siguió Mowgli la embestida,
-acuchillando á los <em>dholes</em> mientras corrían apiñados
-por la orilla como una ola.</p>
-
-<p>Entonces comenzó la gran lucha, ya levantándose,<span class="pagenum" id="Page_460">[Pg 460]</span>
-ya aplanándose, ya haciéndose pedazos unos á otros,
-por grupos ó diseminados, á lo largo de la roja, húmeda
-arena, por encima ó entre las enredadas raíces de
-los árboles, á través ó en medio de los matorrales, entrando
-y saliendo por los sitios que cubría la yerba,
-pues, hasta entonces, eran tantos los <em>dholes</em>, que se
-hallaban en la proporción de dos contra uno, comparados
-con los lobos. Pero éstos luchaban por cuanto constituía
-la razón de ser de la manada, y no eran ya, únicamente,
-los flacos y altos cazadores de otras veces,
-de pecho hundido y blancos colmillos, sino que á ellos
-se juntaban las <em>lahinis</em> de mirada ansiosa (las lobas de
-cubil, como suelen llamarse), luchando por sus camadas,
-y acompañadas, de cuando en cuando, por algún
-lobo de un año, de piel lanosa aun, como que no había
-mudado el pelo, y que iba á su lado tirando y agarrándose
-de ellas. Un lobo (bien debéis saberlo) ataca arrojándose
-á la garganta ó mordiendo hacia los costados,
-mientras que un <em>dhole</em> procura, generalmente, morder
-en el vientre, de modo que cuando estos últimos peleaban
-fuera del agua, y tenían que levantar la cabeza
-para ello, los lobos llevaban ventaja. Sobre la tierra
-seca hallábanse, por el contrario, en condiciones de
-inferioridad; pero, fuera en el agua ó en la tierra, el
-cuchillo de Mowgli no descansaba un momento. <em>Los
-cuatro</em> habíanse, al fin, abierto paso hasta llegar á su
-lado. El Hermano Gris, agachado entre las rodillas
-del muchacho, le amparaba los golpes dirigidos al
-vientre, mientras los demás le guardaban la espalda y
-los costados, ó le cubrían con su cuerpo cuando la
-sacudida de un <em>dhole</em>, que se había lanzado con toda su
-fuerza contra la resistente hoja del cuchillo, al saltar
-aullando le arrastraba al suelo en su caída. En cuanto
-á los demás que combatían no eran más que una masa
-desordenada y confusa, una apretada y ondulante multitud,<span class="pagenum" id="Page_461">[Pg 461]</span>
-que ora iba de derecha á izquierda, ora de izquierda
-á derecha, á lo largo de la orilla del río, ó bien
-giraba pausadamente, una y otra vez, sobre su propio
-centro. Aquí, se elevaba como una trinchera, se hinchaba
-como una burbuja de agua en un torbellino, y
-la burbuja se rompía y lanzaba al aire cuatro ó cinco
-perros heridos, cada uno de los cuales se esforzaba en
-volver al centro; allá, veíase á un lobo solo, vencido
-por dos ó tres <em>dholes</em>, y arrastrándoles hacia delante
-trabajosamente, cayéndose rendido con el esfuerzo;
-más allá, un cachorro de un año quedaba sostenido en
-el aire por la presión de los que le rodeaban, aunque
-rato hacía que estaba muerto, mientras su madre,
-loca de coraje, silenciosa, pasaba y volvía á pasar,
-mordiendo siempre; y, en medio de la pelea, sucedía,
-tal vez, que un lobo y un <em>dhole</em>, olvidándose de todos
-los demás, se preparaban hábilmente para ver quién
-sería el primero en morder, hasta que, de pronto, un
-verdadero torbellino de furiosos combatientes se los
-llevaba á ambos. Una vez, pasó Mowgli junto á Akela,
-que llevaba á cada lado un <em>dhole</em> y apretaba en aquel
-momento las quijadas, casi sin dientes ya, sobre los
-ijares de un tercero; otra vez, vió á Fao con los dientes
-clavados en la garganta de un <em>dhole</em>, arrastrándolo
-por fuerza hacia delante, hasta llevarlo á donde los
-lobos de un año pudieran acabar con él. Pero lo principal
-de la lucha no era más que ciega confusión y un
-continuo ahogarse en medio de la obscuridad; dar golpes,
-pernear, caerse, ladrar, gruñir y mucho morder
-y desgarrar en torno suyo y por todos lados. Al avanzar
-la noche, el rápido é insoportable movimiento
-giratorio aumentó aún. Los <em>dholes</em>, acobardados, no
-se atrevían á atacar á los lobos, más fuertes que ellos;
-pero tampoco se atrevían á huir. Adivinó Mowgli que
-la pelea tocaba á su fin, y contentóse ya no más que<span class="pagenum" id="Page_462">[Pg 462]</span>
-con herir, para dejar inutilizadas á sus víctimas. Los
-lobos de un año iban haciéndose más atrevidos á cada
-momento; de cuando en cuando era ya posible tomar
-algún respiro, hablar con el compañero que estaba al
-lado, y el solo brillar del cuchillo bastaba á veces para
-hacer retroceder á alguno de los perros.</p>
-
-<p>&mdash;Casi no falta más que el hueso por roer, gritó el
-Hermano Gris, que iba manando sangre por veinte
-heridas á la vez.</p>
-
-<p>&mdash;Pero hay que roerlo, contestó Mowgli. <em>¡Eowawa!</em>
-¡Así hacemos las cosas en la Selva!</p>
-
-<p>Y al decir esto, la ensangrentada hoja del cuchillo,
-brillando como una llama, fué á hundirse en los ijares
-de un <em>dhole</em> cuyos cuartos posteriores quedaban ocultos
-por el cuerpo de un lobo que lo tenía agarrado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es mi presa! gruñó el lobo arrugando la nariz.
-¡Déjamelo!</p>
-
-<p>&mdash;¿Tienes aún vacío el vientre, solitario? preguntóle
-Mowgli.</p>
-
-<p>Won-tolla estaba tan lleno de heridas que su aspecto
-horrorizaba, pero, así y todo, tenía como paralizado
-al <em>dhole</em> bajo sus garras, y éste no podía volverse para
-morderle.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por el toro que me rescató! dijo Mowgli con
-amarga sonrisa. ¡Si es el rabón!</p>
-
-<p>Y, en efecto, era el perro de color bayo que dirigía
-la manada.</p>
-
-<p>&mdash;No es discreto el matar cachorros y <em>lahinis</em> (dijo
-Mowgli filosóficamente y enjugándose la sangre que
-le cubría los ojos), como no sea que uno haya matado
-también al solitario; y mucho me parece que esta vez
-va á ser Won-tolla quien te mate á tí.</p>
-
-<p>Acudió en aquel momento un perro en ayuda de su
-jefe; pero, antes de que hubiera clavado los dientes en
-el costado de Won-tolla, el cuchillo de Mowgli se había<span class="pagenum" id="Page_463">[Pg 463]</span>
-clavado en su garganta, y el Hermano Gris se encargó
-de rematarlo.</p>
-
-<p>&mdash;Así es como hacemos las cosas en la Selva, repitió
-Mowgli.</p>
-
-<p>Won-tolla nada dijo: únicamente sus quijadas fueron
-apretándose cada vez más sobre el espinazo del
-<em>dhole</em>, al paso que su propia vida tocaba á su fin. Estremecióse
-el perro, inclinó la cabeza y quedó tendido,
-inmóvil, mientras el mismo Won-tolla caía también
-sobre su cuerpo.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Huh!</em> La deuda de sangre queda ya pagada,
-dijo Mowgli. Canta la canción, Won-tolla.</p>
-
-<p>&mdash;No cazará ya más, observó el Hermano Gris. Ni
-Akela tampoco, continuó, porque hace mucho rato que
-guarda silencio.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hemos roído ya el hueso! gritó con voz de trueno
-Fao, el hijo de Faona. ¡Ya huyen! ¡Matadlos, exterminadlos
-á todos, cazadores del Pueblo Libre!</p>
-
-<p>Uno tras otro, iban retirándose paulatinamente los
-<em>dholes</em> de aquella obscura y ensangrentada arena hacia
-el río, hacia la espesa Selva, corriente arriba ó corriente
-abajo, según donde hallaban despejado el camino.</p>
-
-<p>&mdash;¡La deuda! ¡La deuda! gritó Mowgli. ¡Hay que
-hacérsela pagar! ¡Han asesinado al solitario! ¡No dejéis
-escapar ni á uno con vida!</p>
-
-<p>Corría como una exhalación hacia el río, cuchillo
-en mano, para detener á cualquiera de los perros jaros
-que intentara arrojarse al agua, cuando, bajo un montón
-de nueve cadáveres, vió surgir la cabeza y los
-cuartos anteriores de Akela. Mowgli dejóse caer de
-rodillas al lado del lobo.</p>
-
-<p>&mdash;¿No te dije que ésta sería mi última lucha? dijo
-Akela jadeando. La cacería ha sido buena... ¿Y tú,
-Hermanito?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_464">[Pg 464]</span></p>
-
-<p>&mdash;Yo estoy vivo, y he matado á muchos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bien! Yo me muero y... y quisiera morir á tu
-lado, Hermanito.</p>
-
-<p>Cogió Mowgli la cabeza, llena de horrorosas heridas,
-colocóla sobre sus rodillas y le echó al animal los
-brazos al cuello, desgarrado también.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cuánto tiempo ha pasado desde aquéllos en que
-vivía Shere Khan y en que un Hombre-cachorro se
-revolcaba desnudo por el polvo!</p>
-
-<p>&mdash;¡No! ¡No! Yo soy un lobo. Yo soy de la misma
-raza que el Pueblo Libre, dijo Mowgli llorando. ¡No
-quiero ser un hombre!</p>
-
-<p>&mdash;Un hombre eres, Hermanito, lobato á quien he
-vigilado. Eres un hombre, ó de lo contrario la manada
-hubiera huído frente á los <em>dholes</em>. Te debo la vida, y
-hoy nos has salvado á todos, de igual suerte que yo te
-salvé á tí. ¿Lo has olvidado? Todas las deudas quedan
-ya satisfechas. Vete con tu propia gente. Te repito,
-luz de mis ojos, que la cacería ha terminado. Vuélvete
-á donde están los tuyos.</p>
-
-<p>&mdash;No iré nunca. Cazaré solo en la Selva. Ya lo he
-dicho.</p>
-
-<p>&mdash;Tras el verano vienen las lluvias, y tras las lluvias
-la primavera. Vuélvete antes de que te veas obligado
-á hacerlo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y quién me obligará?</p>
-
-<p>&mdash;Mowgli mismo obligará á Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;Pues cuando Mowgli sea quien obligue á Mowgli
-á marcharse entonces me iré, contestó el muchacho.</p>
-
-<p>&mdash;Nada más tengo que decirte respecto á esto, continuó
-Akela. Hermanito, ¿no podrías levantarme y
-ponerme en pie? También yo fuí jefe del Pueblo Libre.</p>
-
-<p>Con el mayor cuidado y muy suavemente levantó y
-apartó Mowgli los cuerpos amontonados, puso en pie
-á Akela, abrazándolo, y el Lobo Solitario resolló con<span class="pagenum" id="Page_465">[Pg 465]</span>
-fuerza y comenzó á cantar la Canción de la Muerte
-que todo jefe de manada debe cantar al morir. Fué
-adquiriendo mayor fuerza por momentos, elevándose,
-elevándose, resonando á través del río, hasta llegar al
-grito final de: <em>¡Buena suerte!</em> Entonces, arrancóse
-Akela por un instante de los brazos de Mowgli, y, saltando
-en el aire, cayó de espalda sobre su postrera y
-más temible víctima.</p>
-
-<p>Sentóse Mowgli con la cabeza entre las rodillas,
-sin prestar atención á otra cosa alguna, mientras los
-rezagados de los <em>dholes</em> que huían eran perseguidos y
-destrozados por las implacables <em>lahinis</em>. Poco á poco,
-fueron cesando los gritos y los lobos volvieron cojeando,
-porque sus heridas les molestaban más y más por
-momentos, para hacerse cargo de las bajas que habían
-tenido. Quince de los de la manada y media docena de
-<em>lahinis</em> quedaban muertos junto al río, y de los restantes
-ni uno estaba ileso. Mowgli quedóse allí sentado
-hasta la hora del alba, cuando el húmedo y enrojecido
-hocico de Fao fué á ponerse sobre una de sus manos,
-y entonces apartóse el muchacho para mostrarle el
-demacrado cuerpo de Akela.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena suerte! dijo Fao, como si Akela estuviera
-aun vivo, y luego, hablando á los otros por encima
-del hombro ensangrentado, gritó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Aullad, perros! ¡Esta noche ha muerto un Lobo!</p>
-
-<p>Pero de toda la manada de doscientos <em>dholes</em> aptos
-para la lucha, que se vanagloriaban de ser dueños de
-todas las Selvas y de que no había ser viviente que
-pudiera batirse con ellos, ni uno volvió al Dekkan para
-repetir las palabras de Fao.</p>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p465" style="max-width: 5em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p465.jpg" alt="p465ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_466">[Pg 466]</span></p>
-</div>
-
-<h3>La canción de Chil</h3>
-
-
-<div class="blockquot"><p>(Ésta es la canción que entonó Chil cuando los milanos fueron descendiendo
-uno tras otro al cauce del río, una vez terminada la gran lucha.
-Chil es amigo de todo el mundo, pero su corazón es un pedazo de
-hielo, porque sabe que casi todos en la Selva van á parar á él un día
-ú otro).</p></div>
-
-<div class="poetry-container p1 pw25">
-<div class="poetry">
-<p><span style="margin-left: 1em;">Mis compañeros eran y frente á mí corrían</span><br />
-<span style="margin-left: 6em;">(frente á Chil, el milano);</span><br />
-mas hoy sobre sus cuerpos resuenan mis silbidos,<br />
-<span style="margin-left: 6em;">pues todo ha terminado.</span><br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Como vanguardias mías, donde botín hubiera</span><br />
-<span style="margin-left: 6em;">solían avisármelo,</span><br />
-y allá desde las nubes también yo les mostraba<br />
-<span style="margin-left: 6em;">los escondidos gamos.</span><br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Mas ya han enmudecido mis viejos compañeros</span><br />
-<span style="margin-left: 6em;">y todo ha terminado.</span><br />
-
-.........................................................................<br />
-
-<span style="margin-left: 1em;">Los que de la manada eran los viejos guías</span><br />
-<span style="margin-left: 6em;">(frente á Chil, el milano),</span><br />
-los que al <em>sambhur</em> ligero acorralar lograban<br />
-<span style="margin-left: 6em;">(vanguardias que he mandado),</span><br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">los que explorar solían, los otros, perezosos,</span><br />
-<span style="margin-left: 6em;">y siempre rezagados,</span><br />
-no cazarán ya juntos, no seguirán más pistas:<br />
-<span style="margin-left: 6em;">aquí termina el rastro.</span><br />
-........................................................................<br />
-<span style="margin-left: 1em;">Mis compañeros eran y frente á mí corrían</span><br />
-<span style="margin-left: 6em;">(frente á Chil, el milano).</span><br />
-¡Han muerto! En su alabanza se elevan mis canciones,<br />
-<span style="margin-left: 6em;">memorias del pasado.</span></p>
-</div>
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_467">[Pg 467]</span></p>
-</div>
-
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p><span style="margin-left: 1em;">Montones de cadáveres son sólo mis amigos;</span><br />
-abierta está su boca, los ojos ya vaciados;<br />
-y cúbrelos la sangre... y todo aquí termina...<br />
-¡van á quedar los míos, con tanta carne, hartos!</p>
-</div>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp79" id="p467" style="max-width: 10em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p467.jpg" alt="p467ilo" />
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_468">[Pg 468]</span></p>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_469">[Pg 469]</span></p>
-</div>
-<div class="figcenter illowp100" id="p469" style="max-width: 37.5em;">
- <img class="w100 p6" src="images/p469.jpg" alt="p469ilo" />
-</div>
-
-<h2 class="nobreak">Correteos primaverales</h2>
-
-<div class="block45">
-<div class="poetry-container p1 pw30">
-<div class="poetry">
-<p><span style="margin-left: 1em;">¡El Hombre vuelve al Hombre! Decídselo á la Selva:</span><br />
-el que era nuestro hermano de nuevo va á partir.<br />
-¿Quién puede detenerle ni quién tras de sus pasos<br />
-<span style="margin-left: 6em;">irá, si parte al fin?</span><br />
-<br />
-<span style="margin-left: 1em;">¡El Hombre vuelve al Hombre! Las lágrimas le ahogan</span><br />
-y en nuestra compañía no puede ya vivir.<br />
-¡El Hombre vuelve al Hombre! ¡Y tanto que nosotros<br />
-le amábamos!... Seguirle no es ya posible allí.</p>
-</div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="p2">Diez y siete años debía de tener Mowgli al cumplirse
-dos después de la gran lucha contra los perros
-jaros y de la muerte de Akela. Alguna más edad representaba,
-porque el rudo ejercicio, los buenos alimentos,
-y los baños, siempre que el calor ó el polvo le
-molestaban, habíanle dado fuerzas y desarrollo superiores
-á su edad. Podía balancearse, sin parar, durante
-media hora, colgando de una rama sostenido sólo por
-una mano, cuando se le antojaba curiosear por entre
-los árboles. No le era difícil parar á un gamo en
-su carrera y tumbarlo, cogiéndolo por la cabeza. Se
-atrevía á voltear hasta á los grandes y feroces jabalíes
-<span class="pagenum" id="Page_470">[Pg 470]</span>
-azulados que viven en los Pantanos del Norte.
-El Pueblo de la Selva, que solía temerle antes por su
-ingenio, le temía ahora por su fuerza, y cuando andaba
-él ocupado en sus correrías silenciosas, el mero rumor
-de que se acercaba era suficiente para dejar despejados
-todos los senderos del bosque. Y, sin embargo, sus
-ojos miraban siempre bondadosamente. Hasta en plena
-lucha no despedían nunca aquellas llamaradas de los
-de Bagheera. Habíanse vuelto tan sólo más atentos y
-mostraban mayor excitación, siendo esto, precisamente,
-una de las cosas que la pantera no llegaba á entender.</p>
-
-<p>Hízole alguna pregunta acerca de ello, y el muchacho
-se rió, contestando:</p>
-
-<p>&mdash;Al errar un golpe me incomodo; cuando me ocurre
-tener que estar un par de días sin comer me incomodo
-aun más. ¿No se me ve, entonces, en los ojos el
-malhumor?</p>
-
-<p>&mdash;Tu boca puede sentir hambre, repuso Bagheera,
-pero tus ojos no lo revelan. Cazando, comiendo ó nadando,
-siempre están lo mismo... como las piedras,
-tanto si hay sequía como si llueve.</p>
-
-<p>Miróla Mowgli con aire perezoso á través de sus
-largas pestañas, y, como de costumbre, bajó la pantera
-la cabeza. Bagheera sabía que aquel era su amo.</p>
-
-<p>Estaban los dos solos, tendidos cerca de la cumbre
-de una colina que dominaba al río Wainganga, y la
-niebla matutina se veía allá abajo, á sus pies, colgando
-en tiras blancas y verdes. Al elevarse por el horizonte
-cambióse en burbujantes mares de un color rojo dorado,
-se deshizo, y dejó paso á los rayos, que fueron á
-trazar luminosas franjas sobre la yerba seca en el sitio
-en que Mowgli y Bagheera estaban recostados. La estación
-fría tocaba entonces á su fin; las hojas y los árboles
-parecían gastados y marchitos, y, al soplar el<span class="pagenum" id="Page_471">[Pg 471]</span>
-viento, oíase un rumor seco y un tic-tac por todas partes.
-Una hojilla comenzó á golpear furiosamente contra
-una rama, como suele hacer toda hoja agitada por
-una corriente de aire. Á Bagheera logró despabilarla,
-porque se puso á olfatear el aire matinal con profundo
-y cavernoso ronquido, tendióse de espaldas, y con las
-patas delanteras golpeó también la hojilla que se movía
-sobre su cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;El año va á cambiar, dijo. La Selva avanza. La
-época del <em>Nuevo Lenguaje</em> se acerca. Esa hojuela lo
-sabe. ¡Qué bien!</p>
-
-<p>&mdash;La yerba está seca, contestó Mowgli, arrancando
-un puñado. Hasta los <em>ojos de primavera</em> (que son unas
-flores rojas, como de cera, en forma de trompetillas,
-y que crecen entre la yerba), hasta los <em>ojos de primavera</em>
-no se han abierto aún, y... Oye Bagheera ¿te
-parece que está bien que la pantera negra esté echada
-así de espaldas, y se entretenga en dar manotazos en
-el aire como si fuera un gato montés?</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Aoh!</em> se limitó á decir Bagheera, que parecía
-distraída.</p>
-
-<p>&mdash;Digo que si te parece que esté bien que la pantera
-negra se entretenga en abrir la boca, y dar ronquidos,
-y aullar, y revolcarse. Acuérdate de que tú y yo
-somos los amos de la Selva.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es verdad. Ya te escucho, Hombre-cachorro.</p>
-
-<p>Dió media vuelta Bagheera rápidamente y se sentó,
-cubiertos de polvo los raídos y negros ijares. (Estaba
-entonces mudando la piel del invierno).</p>
-
-<p>&mdash;¡Seguramente que somos los amos de la Selva!
-continuó. ¿Quién hay que sea tan fuerte como Mowgli?
-¿Quién que sepa tanto como él?</p>
-
-<p>Había en la voz con que lo dijo un modo especial
-de arrastrar las palabras que hizo á Mowgli volverse
-para ver si había querido la pantera burlarse de él,<span class="pagenum" id="Page_472">[Pg 472]</span>
-porque la Selva está llena de vocablos que suenan de
-muy distinto modo de lo que significan.</p>
-
-<p>&mdash;He dicho que sin ningún género de duda somos
-los amos de la Selva, repitió Bagheera. ¿He hecho
-mal? No sabía que el Hombre-cachorro no se echaba
-ya sobre la tierra. ¿Qué hace, pues? ¿Vuela?</p>
-
-<p>Sentóse Mowgli con los codos apoyados sobre las
-rodillas, mirando á través del valle, á lo lejos, la luz
-del día. En algún rincón de los bosques que se veían
-en lo hondo, un pájaro ensayaba con ronca y aflautada
-voz las primeras notas de su canción primaveral. No
-era aquello más que una sombra del torrente de armonías
-que lanzaría más tarde; pero no escapó al oído de
-Bagheera.</p>
-
-<p>&mdash;Dije que la época del <em>Nuevo Lenguaje</em> está cerca,
-gruñó la pantera, azotándose los ijares con la cola.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo oigo, contestó Mowgli. Pero, Bagheera,
-¿por qué te tiembla todo el cuerpo? El sol quema.</p>
-
-<p>&mdash;Este es Ferao, el picamaderos de color escarlata,
-dijo Bagheera. Lo que es él no ha olvidado nada. Ahora,
-también á mí me toca probar si me acuerdo de mi
-canción. Al decirlo comenzó á producir un susurro
-como de gato y á berrear, escuchándose á sí misma,
-una y otra vez, con aire poco satisfecho.</p>
-
-<p>&mdash;No hay ninguna pieza de caza á la vista, dijo
-Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, Hermanito ¿estás completamente sordo?
-Esto no es un grito de caza, sino mi canción, que estoy
-ensayando para cuando la necesite.</p>
-
-<p>&mdash;Se me había olvidado. Yo sabré cuándo llega la
-época del <em>Lenguaje Nuevo</em>, porque, entonces, tú y los
-otros me abandonaréis todos y os escaparéis. Dijo esto
-Mowgli con visible malhumor.</p>
-
-<p>&mdash;Pero no siempre, Hermanito, repuso Bagheera...
-La verdad es que no siempre...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_473">[Pg 473]</span></p>
-
-<p>&mdash;Te digo que sí, contestó Mowgli con imperativo
-gesto de cólera. Os escapáis, y yo, que soy el dueño
-de la Selva, tengo que pasearme solo. ¿Qué ocurrió en
-la última estación, cuando quería yo recoger cañas de
-azúcar en los campos de una de las <em>manadas</em> de hombres?
-Mandé un mensajero... ¡te mandé á tí!... á hablar
-con Hathi, diciéndole que viniera tal noche y que me
-arrancara con su trompa algunas de aquellas yerbas
-dulces...</p>
-
-<p>&mdash;Sólo tardó en llegar dos noches más de lo que tú
-querías, dijo Bagheera, agachándose un poco, con
-miedo; y de aquella larga y dulce yerba que tanto te
-gustaba cogió mucha más cantidad de lo que cualquier
-Hombre-cachorro podría comer durante todas las noches
-de la temporada de lluvias. No tuve yo la culpa
-de aquello.</p>
-
-<p>&mdash;No vino la noche que yo le dije. No, estaba ocupado
-trompeteando, corriendo, dando bramidos por los
-valles, á la luz de la luna. Su rastro era como el que
-dejan tres elefantes juntos, porque no se escondía, entonces,
-entre los árboles. Bailaba frente á las casas de
-la manada de los hombres. Yo le ví, y, á pesar de todo,
-no quiso venir á donde yo estaba... ¡y yo soy el amo
-de la Selva!</p>
-
-<p>&mdash;Era aquélla la época del <em>Lenguaje Nuevo</em>, dijo
-la pantera, muy humilde siempre. Tal vez, Hermanito,
-no empleaste entonces, para llamarle, ninguna palabra
-mágica. ¡Escucha á Ferao, y diviértete!</p>
-
-<p>El malhumor de Mowgli parecía haberse evaporado
-ya. Acostóse con la cabeza apoyada sobre los brazos,
-cerrados los ojos.</p>
-
-<p>&mdash;No sé... ni me importa averiguarlo, dijo soñoliento.
-Durmamos, Bagheera. ¡Siento una cosa en el
-pecho! Déjame reclinar la cabeza contra tu cuerpo.</p>
-
-<p>Echóse la pantera, de nuevo, dando un suspiro, porque<span class="pagenum" id="Page_474">[Pg 474]</span>
-oía á Ferao ensayando una y otra vez su canción
-para la época de primavera, ó del <em>Lenguaje Nuevo</em>,
-como ellos dicen.</p>
-
-<p>En las selvas indias, las estaciones se deslizan pasando
-de una á otra casi sin que se note separación
-entre ellas. No parece haber más que dos: la húmeda
-y la seca; pero mirando atentamente, por debajo de
-los torrentes de lluvia, y de las nubes de polvo, y de
-cosas carbonizadas, notaréis que las cuatro van sucediéndose
-según el ciclo acostumbrado. La primavera
-es la más admirable, porque no tiene que cubrir de hojas
-nuevas y de flores un campo limpio y desnudo, sino
-llevarse y arrinconar los montones de cosas medio
-verdes que sobreviven y cuelgan aún, respetadas por
-el suave invierno, y hacer, de paso, que la tierra
-envejecida vuelva á sentirse nueva y joven una vez
-más. Y esto, de tal modo lo hace que no existe en el
-mundo primavera que pueda compararse con la de la
-Selva.</p>
-
-<p>Hay un día en que todas las cosas parecen fatigadas,
-y hasta los mismos olores, al elevarse por el pesado
-aire, dijérase que han envejecido, que están ya
-harto usados. Es una sensación inexplicable, pero que
-se experimenta. Luego, llega otro día (y es de advertir
-que para la vista nada ha cambiado) en que todos
-los olores son nuevos y deliciosos, y, al sentirlos, al
-Pueblo de la Selva le tiemblan los bigotes hasta las
-mismas raíces, comenzando á caérsele de los ijares el
-pelo del invierno en largos y sucios mechones. Entonces,
-si por casualidad llueve un poco, todos los árboles
-y matorrales, todos los bambúes, y musgos, y plantas
-de hojas jugosas, despiertan de sus sueños con unos
-rumores y un desarrollo súbito que casi podría decirse
-que se les oye crecer, y por debajo de todo esto corre
-día y noche otro rumor, una especie de profundo zumbido.<span class="pagenum" id="Page_475">[Pg 475]</span>
-Es el susurro de la primavera: algo que vibra en
-el aire, y que no es ruido de abejas, ni de agua que
-cae, ni de viento en las copas de los árboles, sino la
-especie de arrullo del mundo que se siente feliz.</p>
-
-<p>Hasta aquel año Mowgli había disfrutado siempre
-con el cambio de las estaciones. El era, generalmente,
-el que antes que nadie veía el primer <em>ojo de primavera</em>
-escondido entre la yerba, y la primera aglomeración
-de nubes primaverales, que son características en la
-Selva. Su voz podía oirse en todas partes, en los sitios
-húmedos, donde brillaban las estrellas, donde hubiera
-algo que floreciera, uniéndose al coro de las ranas, ó
-imitando á los buhos pequeños que graznan, haciendo
-las cosas al revés, durante las noches claras. Como todos
-los suyos, escogía para sus correrías la estación
-primaveral, yendo de un sitio á otro por el mero placer
-de ir corriendo y de sentir el aire tibio durante
-ocho, diez, ó más leguas, entre la hora del crepúsculo
-y la del alba, volviendo luego jadeante, sonriente y coronado
-de extrañas flores. <em>Los cuatro</em> no le seguían
-en sus salvajes correrías por la Selva, sino que iban á
-cantar sus canciones con los otros lobos. El Pueblo de
-la Selva suele estar muy ocupado en la primavera, y
-Mowgli le oía gruñir, gritar ó silbar según la especie
-á que pertenecían sus individuos. Su voz es en aquella
-época diferente de lo que suele ser en otras, y ésta es
-una de las razones que existen para que en la Selva se
-llame la primavera la época del <em>Lenguaje Nuevo</em>.</p>
-
-<p>Pero en aquella ocasión, según Mowgli le dijo á
-Bagheera, <em>su pecho</em> había cambiado. Desde que los
-brotes del bambú habían adquirido un color moreno,
-lleno de manchas, que estaba él esperando que llegara
-la mañana en que cambiaran todos los olores. Pero
-cuando esa mañana llegó, y Mor, el pavo real, resplandeciente
-en sus luminosos colores bronce, azul y<span class="pagenum" id="Page_476">[Pg 476]</span>
-oro, lanzó su agudo grito desde los bosques, y Mowgli
-abrió la boca para contestar con otro suyo, las palabras
-se le quedaron entre los dientes, y experimentó
-una sensación que empezó en los dedos de los pies y
-acabó en el cabello... una sensación de malestar, de
-tan hondo aplanamiento, que se examinó cuidadosamente
-para asegurarse de que no había pisado ninguna
-espina. Dió Mor el grito que señalaba los nuevos olores,
-repitiéronlo las demás aves, y allá por las rocas
-del Wainganga oyó el muchacho resonar el ronco grito
-de Bagheera, algo que participaba del del águila y del
-relincho del caballo. En las ramas cubiertas de retoños,
-situadas sobre la cabeza de Mowgli, hubo chillidos
-y fugas de <em>Bandar-log</em>, mientras él se quedaba allí de
-pie, lleno del deseo de contestar á Mor, y no haciendo
-más que prorrumpir en sollozos que el sentimiento de
-su infelicidad le arrancaba.</p>
-
-<p>Tendía en torno suyo la mirada, pero nada más
-veía que los burlones <em>Bandar-log</em> correteando por entre
-los árboles y Mor haciendo la rueda, brillando en
-todo su esplendor, allá abajo, en los declives.</p>
-
-<p>&mdash;¡Los olores han cambiado! gritaba Mor. ¡Buena
-suerte, Hermanito! ¿Por qué no contestas?</p>
-
-<p>&mdash;¡Hermanito, buena suerte! silbaron Chil, el milano,
-y su compañera, descendiendo juntos por el aire
-en rápido vuelo. Ambos pasaron tan cerca de Mowgli
-que, al rozar con él, algo de suave y blanco plumón se
-desprendió de sus alas.</p>
-
-<p>Ligera lluvia primaveral (lluvia de elefante, como
-ellos dicen allí) pasó á través de la Selva, formando
-una faja de más de medio kilómetro de ancho, dejó
-tras de sí mojadas las hojas y moviéndose, y, al fin, terminó
-con un doble arco iris y algunos truenos. El zumbido
-especial de la primavera rompió todo freno por
-un momento y después quedó en silencio; pero todos<span class="pagenum" id="Page_477">[Pg 477]</span>
-los habitantes de la Selva parecían gritar á la vez.
-Sólo faltaba que á ellos se sumara Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;He comido buenos alimentos, dijo éste entre sí,
-y buena agua he bebido. No arde mi garganta ni parece
-cerrarse, como cuando mordí la raíz de manchas
-azuladas que Oo, la tortuga, me dijo que era alimento
-sano. Pero siento el pecho oprimido, y he hablado con
-violencia á Bagheera y á otros, á los de la Selva, en
-general, y á los míos. Por otra parte, ya siento calor,
-ya frío, ó bien ni calor ni frío, pero malhumor contra
-algo que no acierto á ver. <em>¡Huhu!</em> ¡Hora es ya de correr!
-Esta noche atravesaré los campos; sí, emprenderé
-mi carrera primaveral á los Pantanos del Norte,
-y volveré aquí otra vez. Hace demasiado tiempo que
-cazo con harta comodidad. <em>Los cuatro</em> vendrán conmigo,
-porque se están poniendo gordos como gorgojos.</p>
-
-<p>Llamólos entonces, pero ninguno de los cuatro le
-contestó. Hallábanse donde no podían oirle, cantando
-las canciones de primavera (las de la Luna y del <em>Sambhur</em>)
-con los lobos de la manada; porque en la estación
-primaveral el Pueblo de la Selva no halla, apenas, diferencia
-entre el día y la noche. Dió el agudo grito semejante
-á un ladrido, pero la única contestación que
-obtuvo fué el burlón <em>miau</em> del pequeño gato montés
-moteado, que se arrastraba tortuosamente por entre
-las ramas, buscando nidos tempranos. Al oirlo tembló
-de coraje y echó mano al cuchillo. Luego adoptó un
-continente altivo, aunque nadie había allí que pudiera
-verlo, y bajó á grandes pasos y muy serio por la falda
-de la colina, alta la barbilla y fruncidas las cejas. Pero
-ni uno de los suyos le hizo la menor pregunta, porque
-harto ocupados estaban todos con sus propios asuntos.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, dijo entre sí Mowgli, aunque en el fondo de
-su pecho bien veía que no tenía razón: que vengan del
-Dekkan los perros jaros, ó que se agite la Flor Roja<span class="pagenum" id="Page_478">[Pg 478]</span>
-entre los bambúes, y toda la Selva corre lloriqueando
-á precipitarse á los pies de Mowgli, dándole grandes
-calificativos como si fuera un elefante. Pero ahora,
-porque los <em>ojos de primavera</em> se han vuelto rojos, y á
-Mor se le ocurre enseñar las desnudas piernas en sus
-danzas de primavera, la Selva se vuelve loca, como
-Tabaqui... ¡Por el toro que me rescató! ¿Soy ó no
-soy el amo de la Selva? ¡Silencio! ¿Qué es lo que hacéis
-ahí?</p>
-
-<p>Por uno de los senderos descendían corriendo dos
-lobos jóvenes pertenecientes á la manada, buscando
-campo abierto en que poder luchar. (Ya recordaréis
-que la Ley de la Selva prohibe el pelearse donde pueda
-verlo el resto de la manada). Tenían los pelos del pescuezo
-erizados, como si fueran alambres, y ladraban
-furiosamente, acercándose agachados uno á otro, prontos
-á dar la primera acometida. Dió Mowgli un salto
-hacia delante y cogió con cada mano uno de aquellos
-estirados pescuezos, creyendo poder lanzar hacia atrás
-ambos animales, como había hecho muy á menudo en
-juegos ó cacerías de la manada. Pero nunca había tenido
-que intervenir en ninguna de las luchas de primavera.
-Ambos saltaron hacia delante y lo echaron al
-suelo, después de lo cual, y sin perder tiempo en decir
-nada, se agarraron, y así fueron rodando y rodando.</p>
-
-<p>Casi antes de llegar al suelo estaba ya Mowgli de
-pie, desnudo el cuchillo, enseñando los dientes, y deseando
-en aquel momento matarlos á uno y otro, nada
-más que por luchar cuando él quería que se estuvieran
-quietos, aunque según la Ley, todo lobo tiene el indiscutible
-derecho de pelearse. Dió vueltas en torno
-de los dos, encogidos los hombros, temblorosa la
-mano, preparándose á darles de cuchilladas cuando
-hubiera pasado la primera furia del ataque; pero, esperando,
-sus fuerzas parecieron abandonarle, la punta<span class="pagenum" id="Page_479">[Pg 479]</span>
-del cuchillo fué bajándose, y acabó por volverlo á la
-vaina y quedarse mirando.</p>
-
-<p>&mdash;No hay duda que he comido algo que es veneno,
-dijo, al fin, suspirando. Desde que interrumpí el Consejo
-con la Flor Roja... desde que maté á Shere Khan...
-ni uno sólo de los de la manada era capaz de echarme
-al suelo. ¡Y éstos no son más que zagueros de la manada...
-cazadores sin importancia! He perdido la fuerza,
-y no tardaré en morirme. ¡Ah! ¿Por qué, Mowgli,
-no los matas á los dos?</p>
-
-<p>Continuó la lucha hasta que uno de ambos lobos
-huyó, y el muchacho se quedó solo, sobre aquella tierra
-removida y ensangrentada, mirando ora su cuchillo,
-ora sus piernas y brazos, mientras la sensación de
-profundo aplanamiento, de honda infelicidad que jamás
-había experimentado hasta entonces, pesaba sobre él
-como el agua pesa sobre un leño que cubre.</p>
-
-<p>Cazó temprano aquella noche y no comió más que
-un poco, á fin de hallarse en disposición de emprender
-su carrera primaveral, comiendo ese poco él solo, porque
-todo el Pueblo de la Selva se hallaba lejos, cantando
-ó luchando unos con otros. La noche, magnífica,
-era una de aquéllas que ellos llaman blancas. Todas
-las plantas parecían haber crecido tanto desde la
-mañana como si hubiera ya transcurrido un mes. La
-rama que el día antes mostraba hojas amarillas dejaba
-correr ahora la savia al romperla Mowgli. Los musgos
-se enroscaban tibios y mullidos, por encima de sus
-pies; la yerba nueva no cortaba aún al tocarla, y todas
-las voces de la Selva resonaban como una sola cuerda
-de arpa que la luna pulsara... la Luna de la temporada
-del <em>Lenguaje Nuevo</em>, que lanzaba de lleno su luz sobre
-las rocas y las lagunas, la deslizaba entre los
-troncos y las enredaderas, y la filtraba á través de millones
-de hojas. Olvidándose de lo desdichado que le<span class="pagenum" id="Page_480">[Pg 480]</span>
-parecía ser, Mowgli cantaba en alta voz con el más
-puro júbilo al emprender su carrera. Tenía ésta, más
-bien, algo del vuelo, porque había él escogido como
-punto de partida la larga y rápida pendiente que conduce
-á los Pantanos del Norte, atravesando por el corazón
-de la Selva, donde el terreno, verdaderamente
-elástico, por la yerba, amortiguaba el ruido de sus
-pasos. Un hombre que hubiera sido educado entre los
-hombres habría tenido en su camino no pocos tropiezos,
-engañado por la vaga luz de la luna; pero los músculos
-de Mowgli, adiestrados ya por los años de experiencia
-que tenía, le sostuvieron con la misma facilidad
-que si fuera una pluma. Cuando algún leño podrido ó
-una piedra escondida se torcían bajo sus plantas, él
-seguía adelante como si tal cosa, sin moderar su velocidad,
-sin el menor esfuerzo, ni preocuparse lo más
-mínimo. Cuando estaba cansado de caminar por el
-suelo echaba al aire las manos, asiéndose como un
-mono de algunas de las enredaderas más próximas, y
-parecía flotar, más bien que encaramarse, llegando
-hasta las más delgadas ramas de los árboles, desde
-donde seguía alguno de los <em>caminos arbóreos</em>, hasta
-que cambiaba de idea y se lanzaba al suelo otra vez,
-describiendo una larga curva. Había sitios silenciosos,
-cálidos y profundos, rodeados de húmedas rocas, donde
-casi no podía respirar por los fuertes olores que se
-desprendían de las flores nocturnas y de los capullos
-de las enredaderas; obscuras avenidas en que la luz de
-la luna formaba sobre el suelo brillantes fajas, puestas
-con la misma regularidad que si fueran piezas de mármol
-colocadas en la nave de una iglesia; espesos y húmedos
-matorrales en que los nuevos brotes le llegaban
-al pecho y parecían echarle los brazos alrededor de la
-cintura; cimas de montaña coronadas de rocas hechas
-pedazos, donde saltaba de piedra en piedra por encima<span class="pagenum" id="Page_481">[Pg 481]</span>
-de las zorreras en que las raposas pequeñas se ocultaban
-asustadas. Oía, á veces, muy débil y lejano, el
-<em>chug-drug</em>, el ruido, de un jabalí afilando sus colmillos
-contra un tronco, y se encontraba con el enorme animal
-arañando y arrancando la corteza de un altísimo
-árbol, llena de espumarajos la boca y echando llamas
-los ojos. O bien se desviaba algo al oir un ruido de
-cuernos chocando y silbantes gruñidos, y pasaba como
-una exhalación por delante de un par de <em>sambhurs</em>
-enfurecidos que se movían como vacilantes, baja la
-cabeza, cubiertos de rayas de sangre que á la luz de la
-luna parecían negras. Finalmente, en algún vado oía
-á Jacala, el cocodrilo, dando bramidos como un buey,
-ó separaba á una pareja perteneciente al Pueblo venenoso;
-pero antes de que pudieran picarle estaba ya
-lejos, cruzando por los brillantes guijarros, y se internaba
-de nuevo en la Selva.</p>
-
-<p>Así fué corriendo, unas veces gritando, otras cantando,
-sintiéndose ya entonces el más feliz de cuantos
-seres viven allí, hasta que, al fin, el olor de las flores
-le indicó que se hallaba cerca de los pantanos, y éstos
-estaban mucho más lejos de los límites de su acostumbrado
-cazadero.</p>
-
-<p>Aquí, también, cualquier hombre entre los hombres
-educado habríase hundido hasta el cuello á los tres
-pasos; pero dijérase que Mowgli tenía ojos en los pies
-y que aquéllos lo llevaban de mata en mata movediza,
-vacilante, sin necesidad de pedir auxilio á los ojos de
-la cara. Corrió hacia el centro de la ciénaga, asustando
-á los patos al pasar, y se sentó sobre un tronco de
-árbol cubierto de musgo y caído sobre el agua negruzca.
-Todos los moradores del pantano estaban despiertos
-en torno suyo, porque en la Primavera el Pueblo
-de los pájaros tiene muy ligero el sueño, y así toda la
-noche estuvieron yendo de un lado á otro en gran número.<span class="pagenum" id="Page_482">[Pg 482]</span>
-Pero ninguno de ellos hizo el menor caso de
-Mowgli que, sentado entre las altas cañas, susurraba
-canciones sin palabras y se miraba las plantas de los
-pies, morenos y endurecidos, para ver si le había quedado
-clavada allí alguna espina. Toda su infelicidad
-parecía haberla dejado atrás, en la Selva; pero comenzaba,
-precisamente, á entonar una de sus canciones á
-grito pelado cuando volvió á apoderarse de él... y diez
-veces peor que antes.</p>
-
-<p>Lo que es entonces sintió miedo Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;¡También está aquí! dijo casi en alta voz. ¡Me
-ha seguido! Y miró por encima del hombro para ver
-si <em>aquello</em> estaba, realmente, allí, á su espalda. No hay
-nadie, añadió.</p>
-
-<p>Los ruidos nocturnos del pantano continuaron, mas
-ni un ave, ni una fiera, le dijeron nada, y el sentimiento
-de tristeza que le embargaba fué aumentando.</p>
-
-<p>&mdash;De seguro que estoy envenenado, dijo con voz
-que reflejaba el terror que sentía. Habré tragado algún
-veneno inadvertidamente, y he perdido las fuerzas.
-Sentí miedo (y, sin embargo, no era yo el que lo sentía)...
-Mowgli tuvo miedo cuando los dos lobos se
-peleaban. Akela, y hasta el mismo Fao, los hubieran
-reducido á la obediencia, y, no obstante, Mowgli se
-acobardó. Esto es señal indudable de que he tragado
-algún veneno... Pero ¿qué les importa á los de la Selva?
-Cantan, aullan, luchan unos con otros y corren en
-cuadrillas á la luz de la luna, mientras yo... <em>¡Hai-mai!</em>...
-yo me estoy muriendo aquí, en los pantanos,
-víctima de ese veneno que he tragado.</p>
-
-<p>Tal compasión sentía por sí mismo que casi lloraba
-al decir estas palabras.</p>
-
-<p>&mdash;Y luego, continuó, me encontrarán echado sobre
-esa agua negra. No, volveré á mi Selva y moriré sobre
-la Peña del Consejo, y Bagheera, á quien quiero... si<span class="pagenum" id="Page_483">[Pg 483]</span>
-es que no anda gritando por el valle... tal vez vigilará
-algún rato lo que de mí quede, para que Chil no haga
-conmigo lo que hizo con Akela.</p>
-
-<p>Gruesa y tibia lágrima fué á caer sobre su rodilla,
-y, á pesar de lo triste que se hallaba, Mowgli sentía
-algo como el placer de su desgracia, si es que cabe
-explicar y entender esa clase de felicidad al revés.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, lo que Chil, el milano, hizo con Akela, repitió,
-aquella noche en que yo salvé de los perros jaros
-á la manada.</p>
-
-<p>Quedóse un rato callado, pensando en las últimas
-palabras del Lobo Solitario, de que, por supuesto, os
-acordaréis.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien: Akela me dijo infinidad de tonterías
-antes de morir, porque cuando nos morimos lo que
-tenemos en el pecho cambia completamente. Dijo...
-pero no importa; á pesar de todo, yo pertenezco á la
-Selva.</p>
-
-<p>En medio de la excitación que sentía al recordar la
-lucha en las orillas del Wainganga, pronunció Mowgli
-las últimas palabras gritando, y la hembra de un búfalo
-salvaje que estaba entre las cañas levantóse del suelo,
-poniéndose sobre las rodillas, y dijo dando un bufido:</p>
-
-<p>&mdash;¡Un hombre!</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Uh!</em> contestó Mysa, el búfalo (Mowgli lo oía
-moverse en su charco), eso no es un hombre. No es
-más que el lobo pelón de la manada de Seeonee. En
-noches como ésta anda corriendo de un lado á otro.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Uh!</em> dijo, también, la hembra, bajando otra vez
-la cabeza para pacer: creí que era un hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Te digo que no. ¡Mowgli! ¿Hay algún peligro?
-mugió entonces Mysa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mowgli! ¿Hay algún peligro? repitió el muchacho
-burlándose. ¡Eso es lo único que piensa Mysa: si
-hay algún peligro! Pero de Mowgli, que va por la<span class="pagenum" id="Page_484">[Pg 484]</span>
-noche de un lado á otro vigilando ¿qué se le importa?</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo grita! exclamó la hembra.</p>
-
-<p>&mdash;Así gritan, dijo Mysa con aire despreciativo, los
-que cuando han arrancado la yerba no saben luego
-cómo arreglarse para comerla.</p>
-
-<p>&mdash;Por mucho menos que esto, dijo entre sí Mowgli,
-por mucho menos, en la época de las lluvias, hubiera
-yo pinchado á Mysa hasta sacarlo de su charco, y,
-montado en él, lo hubiera llevado á través del pantano
-atado con una cuerda de juncos.</p>
-
-<p>Tendió la mano para romper uno de éstos, pero
-volvió á retirarla dando un suspiro. Mysa siguió rumiando
-imperturbable, y la larga yerba iba clareando
-donde el búfalo pacía.</p>
-
-<p>&mdash;No quiero morir aquí, dijo Mowgli incomodado.
-Mysa, que es de la misma sangre de Jacala y del jabalí,
-me vería. Vamos más allá de los pantanos á ver qué
-ocurre. Nunca he emprendido una carrera como ésta:
-siento frío y calor á la vez. ¡Animo, Mowgli!</p>
-
-<p>No pudo resistir á la tentación de deslizarse, escondido
-entre los juncos, hasta llegar á donde estaba
-Mysa y darle un pinchazo con la punta de su cuchillo.
-El enorme búfalo salió, chorreando, de su charco, como
-una bomba al explotar, mientras á Mowgli fué tal la
-risa que le acometió que tuvo que sentarse.</p>
-
-<p>&mdash;Anda ahora y dí que el lobo pelón de la manada
-de Seeonee te ha tratado como á un búfalo de rebaño,
-Mysa, gritó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lobo, tú? dijo, dando bufidos, el búfalo y pateando
-sobre el barro. Toda la Selva sabe que guardabas
-ganado... que eres un rapaz como ésos que gritan entre
-el polvo, allá lejos, en los campos. ¿Tú, uno de los de
-la Selva?... ¿Qué cazador se hubiera arrastrado como
-una serpiente entre sanguijuelas, y, por una broma
-indigna... por una broma de chacal... me habría avergonzado<span class="pagenum" id="Page_485">[Pg 485]</span>
-delante de mi hembra? Sal afuera, á la tierra
-firme, y verás... verás lo que te hago...</p>
-
-<p>Lanzaba el animal espumarajos de rabia, porque
-Mysa es tal vez quien peor genio tiene en toda la Selva.
-Mowgli mirábale con ojos que reflejaban inalterable
-calma, mientras el otro daba bufidos. Cuando pudo
-hacerse oir entre el ruido del barro que saltaba en
-chispas, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué manada de Hombres hay por aquí, cerca de
-los pantanos, Mysa? Yo no conozco esta parte de la
-Selva.</p>
-
-<p>&mdash;Vete hacia el Norte, pues, bramó furioso el búfalo,
-porque el pinchazo de Mowgli había sido bastante
-fuerte. Eso ha sido una burla digna de un vaquero
-como tú. Anda y cuéntasela á los de la aldea, allá al
-extremo del pantano.</p>
-
-<p>&mdash;Á las manadas de hombres no les gustan los
-cuentos de la Selva, y no me parece, Mysa, que porque
-muestres un arañazo más ó menos en la piel es cuestión
-de reunir un consejo. Pero iré á dar un vistazo á
-esa aldea. Sí, iré. ¡Calma, ahora, calma! No se ofrece
-cada noche la ocasión de que el dueño de la Selva
-venga á guardarte mientras paces.</p>
-
-<p>Saltó sobre la tierra movediza al extremo del pantano,
-sabiendo perfectamente que Mysa no le embestiría
-allí, y echó á correr, riéndose al pensar en lo rabioso
-que se había puesto el búfalo.</p>
-
-<p>&mdash;No he perdido aún toda la fuerza, dijo. Tal vez
-el veneno no me ha llegado todavía hasta los huesos.
-Allá lejos hay una estrella, muy baja.</p>
-
-<p>Al decirlo, miróla por entre las manos casi cerradas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por el toro que me rescató! ¡Es la Flor Roja!...
-la Flor Roja junto á la cual me senté yo antes... antes
-de ir á unirme á la primera manada de Seeonee. Ahora
-que lo he visto daré aquí por acabada mi carrera.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_486">[Pg 486]</span></p>
-
-<p>El pantano terminaba en una ancha llanura en la
-cual parpadeaba una luz. Largo tiempo había transcurrido
-desde la última vez que Mowgli se mezcló en
-los asuntos de los hombres, pero aquella noche el resplandor
-de la Flor Roja le indujo á seguir adelante.</p>
-
-<p>&mdash;Daré una ojeada, se dijo, como otra vez en
-tiempos pasados, y veré si la manada humana ha cambiado
-mucho.</p>
-
-<p>Olvidándose de que no se hallaba ya en su Selva,
-donde podía hacer cuanto se le antojara, comenzó á
-correr descuidadamente por la yerba, húmeda de rocío,
-hasta que llegó á la choza donde ardía la luz. Tres ó
-cuatro perros avisaron su llegada ladrando, pues se
-hallaba ya en los alrededores de una aldea.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh! dijo Mowgli, sentándose sin producir el
-menor ruido, después de lanzar un aullido de lobo que
-redujo al silencio á los gozques. Suceda lo que suceda.
-Mowgli ¿qué tienes tú que ver con los cubiles en que
-vive la manada de los hombres?</p>
-
-<p>Pasóse, al decirlo, la mano por la boca, acordándose
-de que una piedra fué á herirla, años atrás, cuando
-la otra manada humana le arrojó de su seno.</p>
-
-<p>Abrióse la puerta de una choza y apareció una
-mujer que miró hacia la obscuridad de afuera. Lloró un
-chiquillo, y la mujer dijo por encima del hombro:</p>
-
-<p>&mdash;Duerme. No era más que un chacal que despertó
-á los perros. Pronto se hará de día.</p>
-
-<p>Mowgli, oculto en la yerba, comenzó á temblar
-como atacado de fiebre. Conocía perfectamente aquella
-voz; pero, para estar más seguro, gritó suavemente,
-sorprendido él mismo de la facilidad con que podía
-aún hacer uso del lenguaje de los hombres:</p>
-
-<p>&mdash;¡Messua! ¡Messua!</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién llama? preguntó la mujer con voz temblorosa.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_487">[Pg 487]</span></p>
-</div>
-
-<div class="figcenter illowp49" id="p487" style="max-width: 27.4375em;">
- <img class="w100 p1 p1b" src="images/p487.jpg" alt="p487ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_488">[Pg 488]</span></p>
-</div>
-
-<p>&mdash;¿Me has olvidado ya? dijo Mowgli, que al hablar
-sentía completamente seca la garganta.</p>
-
-<p>&mdash;Si eres tú ¿cuál es el nombre que te dí? ¡Dime!</p>
-
-<p>Había entornado la puerta y apretaba una de sus
-manos contra el pecho.</p>
-
-<p>&mdash;¡Nathoo! ¡Nathoo! dijo Mowgli, porque, como
-recordaréis, éste era el nombre que le dió Messua
-cuando fué por primera vez á unirse á la manada de
-los hombres.</p>
-
-<p>&mdash;Ven, hijo mío, gritó ella, y Mowgli, adelantándose
-hacia la luz, miró cara á cara á Messua, la mujer
-que tan bondadosa había sido con él y cuya vida salvó
-el muchacho, en pago, largo tiempo hacía. Hallóla más
-vieja, con el cabello gris, pero ni sus ojos ni su voz
-habían cambiado. Como mujer que era, esperaba ver
-á Mowgli tal como cuando le dejó, y su mirada vagaba
-perpleja desde el pecho de aquél á la cabeza, que llegaba
-al dintel de la puerta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hijo mío! balbuceó; y luego, echándose á sus
-pies, siguió diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;Pero ya no eres ahora mi hijo, sino un dios de los
-bosques ¡ay!</p>
-
-<p>De pie como estaba; alumbrado por la roja luz de
-la lámpara de aceite; fornido, alto, hermoso; cayéndole
-sobre los hombros el largo cabello negro; pendiente
-de su cuello el cuchillo, que se balanceaba; coronada
-de blancos jazmines la cabeza, fácilmente podía
-tomársele por alguno de los dioses de que hablan las
-leyendas de la Selva. El chiquillo, medio dormido en
-su cuna, se levantó, comenzando á gritar aterrorizado.
-Volvióse Messua para apaciguarlo, mientras Mowgli
-se quedaba inmóvil, parado, mirando los jarros y las
-cacerolas, el arcón del grano y todos los otros útiles
-que usan los hombres y que él vió que recordaba perfectamente.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_489">[Pg 489]</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres comer ó beber algo? dijo Messua como
-susurrando las palabras. Todo esto es tuyo. Nosotros
-te debemos la vida. Pero ¿de veras eres tú aquél á
-quien yo llamé Nathoo, ó bien un dios?</p>
-
-<p>&mdash;Soy Nathoo, contestó Mowgli. He ido á parar
-muy lejos de mis propios lugares. Ví esta luz y vine.
-No sabía que estuvieras tú aquí.</p>
-
-<p>&mdash;Después de habernos ido á Khanhiwara, dijo
-Messua tímidamente, los ingleses se prestaron á ayudarnos
-para ir contra aquella gente que nos quería
-quemar. ¿Te acuerdas?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya lo creo! No lo he olvidado.</p>
-
-<p>&mdash;Pero cuando la ley inglesa lo tuvo todo preparado
-fuimos á la aldea de aquella gente tan mala y nos
-hallamos con que no existía ya.</p>
-
-<p>&mdash;También de eso me acuerdo, dijo Mowgli acompañando
-las palabras con un ligero estremecimiento
-de las ventanas de la nariz.</p>
-
-<p>&mdash;Mi hombre, pues, púsose á trabajar en los campos
-al servicio de otro, y, al fin (porque realmente era
-hombre muy fuerte), tuvimos alguna porción de tierra
-propia. No es tan buena como la de la otra aldea, pero
-no necesitamos mucho... los dos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde está él... el hombre que escarbaba en la
-tierra cuando tenía miedo... aquella noche?</p>
-
-<p>&mdash;Está muerto... hace un año.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y éste? dijo Mowgli señalando al chiquillo.</p>
-
-<p>&mdash;Es mi hijo, que nació dos <em>lluvias</em> hace. Si tú eres
-un dios haz que la Selva lo proteja, que no le ocurra
-nunca nada entre tu... entre tu gente, del mismo modo
-que nos protegiste aquella noche.</p>
-
-<p>Levantó en brazos al niño, que, olvidándose ya del
-pasado miedo, se abalanzó al cuchillo que colgaba del
-cuello de Mowgli y se puso á jugar con la hoja, por lo
-que éste le apartó los deditos con gran cuidado.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_490">[Pg 490]</span></p>
-
-<p>&mdash;Y si tú eres Nathoo, el que el tigre se llevó,
-siguió diciendo Messua, ahogando un sollozo, entonces
-él es tu hermanito. Dale tu bendición como hermano
-mayor.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Hai-mai!</em> ¿Y qué sé yo de eso que se llama <em>bendición</em>?
-Yo no soy ni un dios ni tampoco su hermano
-y... ¡oh, madre, madre! tengo el corazón oprimido...</p>
-
-<p>Al colocar al chiquillo en el suelo Mowgli sintió un
-estremecimiento.</p>
-
-<p>&mdash;¡Claro está! dijo Messua, muy atareada con sus
-cacerolas. Esto proviene de ir corriendo por los pantanos,
-de noche. No hay duda de que las fiebres se han
-apoderado de tí hasta los huesos.</p>
-
-<p>Sonrióse Mowgli ante la idea de que hubiera algo
-en la Selva que pudiera hacerle daño.</p>
-
-<p>&mdash;Voy á encender fuego y beberás leche caliente.
-Quítate la corona de jazmines: el olor es demasiado
-fuerte para sitio tan pequeño como éste.</p>
-
-<p>Sentóse Mowgli, hablando entre dientes y ocultando
-la cara entre las manos. Toda suerte de extrañas sensaciones
-nunca experimentadas antes por él, le asaltaban
-ahora, ni más ni menos que si estuviera envenenado,
-sintiendo mareo. Bebió la leche caliente á grandes
-sorbos, mientras Messua le daba de cuando en
-cuando con la mano cariñosos golpecitos en el hombro,
-no muy segura de si aquél era su hijo Nathoo, el de
-pasados tiempos, ó algún ser maravilloso venido de la
-Selva; pero de todos modos alegrándose de que, cuando
-menos, fuera de carne y hueso.</p>
-
-<p>&mdash;Hijo, exclamó al fin (y al decirlo sus ojos brillaban
-de orgullo) ¿no te ha dicho nadie que eres hermoso,
-más hermoso que todos los hombres?</p>
-
-<p>&mdash;¿Eh? contestó Mowgli, porque, naturalmente,
-nunca había oído semejante cosa.</p>
-
-<p>Rióse Messua cariñosamente y con aire de felicidad.<span class="pagenum" id="Page_491">[Pg 491]</span>
-Con la expresión que en la cara de él se descubría le
-bastaba.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo soy la primera, pues? Es justo, aunque pocas
-veces ocurra, que una madre diga estas cosas agradables
-á su hijo. Eres hermoso. Nunca he visto un hombre
-que lo fuera tanto.</p>
-
-<p>Volvió Mowgli la cabeza intentando mirarse por
-encima del robusto hombro, y Messua rióse, nuevamente,
-durante tanto rato que Mowgli, sin saber por
-qué, tuvo que imitarla, y el chiquillo corría de uno á
-otro, riendo también.</p>
-
-<p>&mdash;No, tú no te has de reir de tu hermano, dijo Messua
-cogiéndolo y acercándolo á su pecho. Cuando tengas
-nada más que la mitad de su hermosura te casaremos
-con la más joven de las hijas de un rey, y entonces
-irás montado en grandes elefantes.</p>
-
-<p>No entendía Mowgli ni una palabra de todo esto, y
-como, por otra parte, la leche caliente comenzaba á
-producirle efecto después de una carrera tan larga,
-acomodóse para entregarse al sueño, y al cabo de un
-minuto se quedó profundamente dormido, mientras
-Messua le apartaba el cabello que tenía caído sobre los
-ojos, lo cubría con un pedazo de tela, y se sentía feliz
-al contemplarle. Según costumbre en la Selva, durmió
-Mowgli lo que faltaba para terminar aquella noche y
-además todo el día siguiente, pues el instinto, nunca
-del todo adormecido, le advertía que nada tenía que
-temer. Al fin, despertóse dando un salto que hizo temblar
-la choza, porque la tela que sentía sobre la cara
-le había hecho soñar que caía en alguna trampa, y,
-así, se quedó de pie, puesta la mano en el cuchillo, llenos
-aún de sueño los asustados ojos, pronto para cualquier
-lucha que se ofreciera.</p>
-
-<p>Rióse Messua y puso frente á él la comida de la
-tarde. No la constituían más que algunas bastas tortas,<span class="pagenum" id="Page_492">[Pg 492]</span>
-cocidas sobre un fuego que las dejó ahumadas, un
-poco de arroz y otro poco de conserva agria hecha de
-tamarindos: nada más que lo suficiente para esperar á
-que pudiera cazar algo por la noche. El olor del rocío
-en los pantanos le había abierto el apetito y excitado
-sus nervios. Deseaba terminar su interrumpida carrera
-primaveral; pero empeñóse el chiquillo en que lo
-tuviera en brazos y Messua en que, de todos modos,
-había de peinarle ella á su Nathoo el largo cabello de
-color de ala de cuervo. Púsose, pues, la mujer á peinarlo
-mientras cantaba cancioncillas sin sentido para
-dormir chiquillos, ya llamando á Mowgli hijo suyo, ya
-suplicándole que le diera á su niño un poco de su poder
-sobrenatural. La puerta de la choza estaba cerrada,
-pero Mowgli oyó un ruido que conocía perfectamente,
-y vió como el rostro de Messua se desencajaba horrorizado,
-al notar que una enorme pata pasaba por debajo
-de la puerta y al oir que, del otro lado de ésta, á fuera,
-sonaba un gemido ronco y lastimero en el que se mezclaban
-el arrepentimiento, la ansiedad y el temor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Quédate ahí y espera! Cuando llamé no quisiste
-venir... dijo Mowgli en el lenguaje de la Selva, sin
-volver la cabeza, y entonces desapareció la gran
-pata gris.</p>
-
-<p>&mdash;No... no traigas contigo á tus... á tus servidores,
-dijo Messua. Yo... nosotros... hemos vivido siempre
-en paz con los de la Selva.</p>
-
-<p>&mdash;En son de paz viene, contestó Mowgli levantándose.
-Acuérdate de aquella noche que pasaste en el
-camino de Khanhiwara. En torno tuyo había docenas
-como éste. Pero veo que hasta en la época de la primavera
-no siempre olvida el Pueblo de la Selva. Madre,
-me voy.</p>
-
-<p>Apartóse Messua humildemente (no hay duda, pensó,
-de que es un dios de los bosques); pero al poner<span class="pagenum" id="Page_493">[Pg 493]</span>
-Mowgli la mano sobre la puerta pudieron más que
-nada en la pobre mujer sus sentimientos de madre y
-le arrojó los brazos al cuello una y otra vez.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vuelve! murmuró. Seas ó no hijo mío, vuelve,
-porque te quiero... Mira, hasta él también siente que
-te vayas, añadió señalando al chiquillo.</p>
-
-<p>Lloraba éste porque veía que el hombre que llevaba
-aquel cuchillo brillante se iba.</p>
-
-<p>&mdash;Vuelve alguna otra vez, repitió Messua. Ni de
-día ni de noche estará cerrada esta puerta para tí.</p>
-
-<p>Sentía Mowgli como si con cuerdas le tiraran de la
-garganta, y su voz pareció salir de ella como arrancada
-con dificultad, al contestar:</p>
-
-<p>&mdash;Con seguridad que volveré. Y ahora, añadió, dirigiéndose
-al lobo y apartándole la cabeza, que se
-acercaba á él cariñosamente cuando trasponía ya el
-umbral, ahora tengo una queja que darte, Hermano
-Gris. ¿Por qué no acudisteis <em>los cuatro</em> juntos cuando
-os llamé hace tanto tiempo?</p>
-
-<p>&mdash;¿Tanto tiempo? Si no fué más que ayer noche.
-Yo... nosotros... estábamos cantando en la Selva las
-nuevas canciones, porque ésta es la época del Lenguaje
-Nuevo. ¿Te acuerdas?</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad, es verdad.</p>
-
-<p>&mdash;Y en cuanto hubimos cantado las canciones, siguió
-diciendo prontamente el Hermano Gris, yo me
-fuí tras de tu rastro. Me adelanté á todos los demás y
-seguí sin parar un momento. Pero, Hermanito ¿qué
-has hecho viniéndote á comer y á dormir con la manada
-de los hombres?</p>
-
-<p>&mdash;Si hubieseis venido cuando os llamé no hubiera
-ocurrido esto, dijo Mowgli, corriendo mucho más
-aprisa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y ahora que va á suceder? preguntó el Hermano
-Gris.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_494">[Pg 494]</span></p>
-
-<p>Iba Mowgli á contestar cuando una joven vestida
-de blanco comenzó á descender por un camino que venía
-desde un extremo de la aldea. El Hermano Gris
-desapareció inmediatamente, y Mowgli retrocedió, sin
-producir el menor ruido, hasta llegar á unos altos sembrados.
-Hubiera podido casi tocar á la muchacha con
-sólo alargar la mano cuando los tibios y verdes tallos
-se juntaron frente al rostro de él y le hicieron desaparecer
-como un fantasma. Chilló la joven, porque creyó
-haber visto un duende, y después dió un suspiro.
-Mowgli separó los tallos con las manos, y se quedó mirándola
-hasta que estuvo fuera del alcance de su vista.</p>
-
-<p>&mdash;Y ahora no sé... dijo, suspirando á su vez. Pero
-¿<em>por qué</em> no vinisteis cuando os llamé?</p>
-
-<p>&mdash;Nosotros te seguimos... te seguimos siempre,
-murmuró el Hermano Gris, lamiéndole los talones á
-Mowgli... te seguimos siempre, excepto en la época
-del Lenguaje Nuevo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y me seguirías tú hasta la manada de los hombres?
-dijo en voz muy baja Mowgli.</p>
-
-<p>&mdash;¿No te seguí aquella noche en que nuestra manada
-te expulsó? ¿Quién fué á despertarte cuando tú dormías
-entre los sembrados?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, pero ¿volverías á hacerlo?</p>
-
-<p>&mdash;¿No te he seguido esta noche?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, pero una... y otra vez... y quizá alguna más...
-Hermano Gris.</p>
-
-<p>Quedóse éste callado. Cuando, por fin, rompió el silencio,
-fué para decir como hablando consigo mismo:</p>
-
-<p>&mdash;<em>La Negra</em> estaba en lo cierto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué es lo que dijo?</p>
-
-<p>&mdash;Que, al fin, el hombre vuelve siempre al hombre.
-Raksha, nuestra madre, dijo...</p>
-
-<p>&mdash;También Akela, aquella noche de los perros jaros...
-murmuró Mowgli.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_495">[Pg 495]</span></p>
-
-<p>&mdash;Lo mismo dice Kaa, que sabe más que todos
-nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tú? ¿qué opinas, Hermano gris?</p>
-
-<p>&mdash;Te expulsaron una vez llenándote de insultos. Hiriéronte
-en la boca con una piedra. Mandaron á Buldeo
-para que te asesinara. Te hubieran arrojado sobre
-la Flor Roja. Tú mismo (y no yo) has dicho que son
-malos y necios. Tú, y no yo... (porque yo no hice más
-que seguir á los míos), tú fuíste quien lanzó á la Selva
-contra ellos. Tú, y no yo, inventaste una canción contra
-los hombres, más amarga aun que la nuestra contra
-los perros jaros.</p>
-
-<p>&mdash;Te pregunto qué es lo que tú opinas.</p>
-
-<p>Hablaban ambos mientras iban corriendo. El Hermano
-Gris galopó aún un rato más sin contestar, y, al
-fin, dijo entre salto y salto:</p>
-
-<p>&mdash;Hombre-cachorro... Dueño de la Selva... Hijo de
-Raksha, hermano mío... aunque sea algo olvidadizo en
-primavera, tu rastro es el mío, tu cubil es mi cubil,
-tu caza es la mía, y donde tú mueras luchando, moriré
-yo. Hablo, también, en nombre de los otros tres. Pero
-¿y qué vas á decirle ahora á la Selva?</p>
-
-<p>&mdash;Bien pensado. Entre ver una pieza y el acto de
-matarla no conviene que pase mucho rato. Adelántate
-y llámalos á todos para que asistan al Consejo de la Peña,
-y yo les diré entonces lo que aquí en el pecho siento.
-Pero tal vez no acudirán al llamamiento... como estamos
-en la época del Lenguaje Nuevo, quizá me olvidarán.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es que tú no te has olvidado alguna vez de algo?
-ladró el Hermano Gris, volviendo la cabeza mientras
-corría á galope y Mowgli le seguía pensativo.</p>
-
-<p>En cualquiera otra época la noticia hubiera atraído
-á todos los habitantes de la Selva, que se hubieran
-presentado juntos, erizados todos los pelos del cuello;<span class="pagenum" id="Page_496">[Pg 496]</span>
-pero ahora se hallaban muy ocupados cazando, peleándose,
-y cantando. De uno á otro fué corriendo el Hermano
-Gris, gritando:</p>
-
-<p>&mdash;¡El Amo de la Selva se vuelve con los hombres!
-¡Venid al Consejo de la Peña!</p>
-
-<p>Y todos, alegres, pletóricos de vida, le contestaban
-únicamente:</p>
-
-<p>&mdash;Ya volverá con los calores del verano. Las lluvias
-le traerán nuevamente al cubil. Ven á correr y á
-cantar con nosotros, Hermano Gris.</p>
-
-<p>&mdash;Pero es que el Dueño de la Selva vuelve á irse
-con los hombres, repetía el Hermano Gris.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Eee-Yoawa!</em> ¿Acaso es menos dulce por esto la
-época del Lenguaje Nuevo? le contestaban.</p>
-
-<p>Como consecuencia, cuando Mowgli, con el corazón
-oprimido, subió por entre las rocas que tan bien
-conocía, al sitio en que, en otro tiempo, le presentaron
-al Consejo, no halló allí más que á <em>los cuatro</em>, Baloo,
-que estaba ya casi ciego con los años, y la pesada y fría
-Kaa, enroscada en el puesto que solía ocupar Akela.</p>
-
-<p>&mdash;¿Termina, pues, aquí tu rastro, Hombrecito? dijo
-Kaa cuando Mowgli se arrojó al suelo con el rostro
-entre las manos. Lanza tu grito: somos de la misma
-sangre tú y yo... el hombre y la serpiente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no me mataron los perros jaros? gimió
-el muchacho. Mi fuerza me ha abandonado, y no es
-ningún veneno la causa. De día y de noche oigo unos
-pasos que van siguiendo los míos. Si vuelvo la cabeza
-paréceme que en aquel mismo instante alguien se esconde
-para que no le vea. Voy á ver si está detrás de
-los árboles, y nadie hay allí. Llamo, y nadie me responde:
-pero creo que alguien me escucha y se guarda
-la respuesta. Echome, y no puedo descansar. Corro,
-como corremos en la primavera, pero no me siento
-por ello más calmado. Báñome, pero el baño no me<span class="pagenum" id="Page_497">[Pg 497]</span>
-refresca. Disgústame el matar, y, con todo, no me
-atrevo á luchar más que cuando, al fin, mato. La Flor
-Roja está en mi cuerpo... mis huesos se han vuelto
-como el agua... y... no sé lo que me pasa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué necesidad hay de que hablemos? dijo Baloo
-muy reposadamente, volviendo la cabeza hacia el
-sitio en que estaba echado Mowgli. Akela, allá junto
-al río, dijo que Mowgli arrastraría á Mowgli nuevamente
-hacia la manada de los hombres. Yo lo dije
-también. Pero ¿quién escucha ahora á Baloo? Bagheera...
-¿dónde está Bagheera esta noche?... Ella lo
-sabe igualmente. Es la Ley.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando nos encontramos en las Moradas Frías,
-Hombrecito, ya lo sabía yo, dijo Kaa, volviéndose un
-poco, enroscada en sus potentes anillos. Al fin, el
-Hombre siempre vuelve al Hombre, aunque la Selva
-no lo arroje de su seno.</p>
-
-<p><em>Los cuatro</em> miráronse uno á otro y luego á Mowgli,
-perplejos, pero prontos á obedecer.</p>
-
-<p>&mdash;¿Entonces, la Selva no me expulsa, pues? balbuceó
-Mowgli.</p>
-
-<p>El Hermano gris y los otros tres lobos gruñeron
-furiosos, y comenzaron á decir:</p>
-
-<p>&mdash;Mientras nosotros estemos vivos nadie se atreverá...</p>
-
-<p>Pero Baloo los hizo callar en seguida.</p>
-
-<p>&mdash;Yo te enseñé la Ley. Á mí es á quien toca hablar,
-dijo, y, aunque no vea ya ni las rocas que tengo delante,
-<em>veo</em> muy lejos. <em>Ranita</em>, sigue tu rastro; haz tu cubil
-entre los de tu propia sangre, entre los de tu manada,
-entre tu propia gente; pero cuando necesites comida,
-ó quieras que te ayudemos con los dientes, con los
-ojos ó llevando rápidamente, por la noche, alguna
-orden tuya, acuérdate, Dueño de la Selva, de que ésta
-está pronta á obedecerte.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_498">[Pg 498]</span></p>
-
-<p>&mdash;También la Selva <em>media</em> es tuya, dijo Kaa. Ten
-en cuenta que no hablo en nombre de gente sin importancia.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Hai-mai!</em> hermanos míos, exclamó Mowgli,
-echando los brazos al aire y sollozando. ¡No sé ya lo
-que deseo! No quisiera irme, pero se me van los pies,
-contra mi voluntad. ¿Cómo podré renunciar á esas
-noches nuestras?</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, levanta los ojos, Hermanito, repuso
-Baloo. No hay aquí nada de que avergonzarse. Cuando
-hemos comido la miel es natural que abandonemos la
-colmena vacía.</p>
-
-<p>&mdash;Una vez tirada la piel no solemos ponérnosla de
-nuevo, observó Kaa. Esa es la Ley.</p>
-
-<p>&mdash;Escucha. Te quiero sobre todas las cosas, dijo
-Baloo; pero no hay palabra ni voluntad alguna que
-pueda detenerte aquí. ¡Levanta los ojos! ¿Quién se
-atrevería á hacer preguntas al Dueño de la Selva? Yo
-te ví jugando entre los blancos guijarros, ahí, un poco
-más lejos de donde estamos, cuando no eras más que
-un renacuajo, y Bagheera, que te rescató, pagando
-por tí un toro recién muerto, te vió también. De aquella
-inspección que se verificó entonces no quedan más
-testigos que nosotros dos, porque Raksha, tu madre
-adoptiva, murió, lo mismo que tu padre putativo; los
-lobos que antiguamente formaban la manada hace
-también mucho tiempo que murieron; tú sabes lo que
-fué de Shere Khan; y, en cuanto á Akela, murió entre
-los <em>dholes</em>, donde si no hubiera sido por tu habilidad y
-tu fuerza hubiera perecido también la segunda manada
-de Seeonee. Nada queda más que huesos viejos. No puede
-decirse ya que el Hombre-cachorro venga á pedirle
-permiso á su manada para marcharse, sino que ahora
-el Dueño de la Selva cambia de rastro. ¿Quién se atreve
-á preguntarle al Hombre la razón de lo que haga?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_499">[Pg 499]</span></p>
-
-<p>&mdash;Pero Bagheera y el toro que me rescató... dijo
-Mowgli. No quisiera...</p>
-
-<p>Sus palabras fueron interrumpidas por un rugido y
-por el rumor de algo que caía en los matorrales vecinos,
-y un instante después, ligera, fuerte, terrible
-como de costumbre, apareció frente á él Bagheera.</p>
-
-<p>&mdash;Por esto, dijo estirando una de sus patas que
-chorreaba sangre, no vine antes. La caza fué larga,
-pero ahí, entre las matas, queda muerto... Es un toro
-de dos años... el toro que te devuelve la libertad, Hermanito.
-Todas las deudas quedan ya pagadas. Por lo
-demás, yo no digo otra cosa que lo que Baloo diga.</p>
-
-<p>Lamióle el pie á Mowgli y luego gritó, desapareciendo
-de un salto:</p>
-
-<p>&mdash;Acuérdate de que Bagheera te quería.</p>
-
-<p>Cuando estaba ya al pie de la colina gritó, nuevamente,
-con fuerza:</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena suerte en el nuevo rastro que sigues,
-Dueño de la Selva! Acuérdate de que Bagheera te
-quería.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo has oido, dijo Baloo. No hay más: vete
-ahora. Pero antes acércateme, ven, <em>Ranita Sabia</em>.</p>
-
-<p>&mdash;Siempre cuesta el mudar de piel, observó Kaa
-mientras Mowgli sollozaba largo rato, puesta la cabeza
-sobre el costado del oso ciego y anudados los brazos
-á su cuello, mientras Baloo intentaba débilmente lamerle
-los pies.</p>
-
-<p>&mdash;Las estrellas se apagan, dijo el Hermano Gris,
-olfateando el viento del alba. ¿Dónde dormiremos
-hoy? Porque desde ahora vamos á seguir nuevas pistas.</p>
-
-<hr class="r15" />
-
-<p>Y aquí termina la última de las narraciones relativas
-á Mowgli.</p>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="p499ilo" style="max-width: 5em;">
- <img class="w100 p2" src="images/p499.jpg" alt="p499ilo" />
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_500">[Pg 500]</span></p>
-</div>
-
-<h3>La canción final</h3>
-
-<div class="blockquot">
-<p>(He aquí la canción que Mowgli oyó resonar á su espalda mientras
-regresaba al hogar de Messua).</p>
-</div>
-
-<p class="p1 big1 center">Baloo</p>
-
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p>¡Por el amor de aquel que en otro tiempo<br />
-á su <em>ranita</em> dirigir solía,<br />
-guarda la ley del hombre cual la nuestra,<br />
-oye al viejo Baloo: jamás la infrinjas.<br />
-<br />
-Ya sea antigua ya nueva, clara ó turbia,<br />
-síguela con afán como una pista,<br />
-sin mirar á los lados mientras corras,<br />
-sin pararte de noche ni de día.<br />
-<br />
-Por el amor de aquel que bien te quiere,<br />
-que te ama más que á todo ser con vida,<br />
-cuando te hagan sufrir en tu manada<br />
-dí sólo: «ya Tabaqui resucita»;<br />
-cuando algún daño á amenazarte venga<br />
-dí que Shere Khan no ha muerto todavía,<br />
-cuando, pronto á matar, luzca el cuchillo<br />
-guarda tu ley y la pendencia evita.<br />
-<br />
-(Miel, raíces y palmas hacen siempre<br />
-que los cachorros ningún mal reciban).<br />
-¡La gracia de la Selva te acompañe,<br />
-la del Bosque, del Agua y de la Brisa!</p>
-</div>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_501">[Pg 501]</span></p>
-
-<p class="p1 big1 center">Kaa</p>
-
-<div class="poetry-container p1 pw20">
-<div class="poetry">
-<p>Del malhumor nace el miedo<br />
-y el ojo que ve más claro<br />
-es el sin párpados. Piensa<br />
-que nunca nadie ha curado<br />
-de las picadas de cobra,<br />
-y aun su hablar hiere cual dardo.<br />
-Si el que es más franco es más fuerte,<br />
-ser cortés nunca fué malo.<br />
-<br />
-No quieras llegar más lejos<br />
-de lo que alcance tu brazo,<br />
-ni en la rama carcomida<br />
-busques sostén por lograrlo.<br />
-<br />
-Mide sin error tu hambre<br />
-si codicias cabra ó gamo,<br />
-que á veces el ojo engaña<br />
-y se atraganta el bocado.<br />
-<br />
-Si harto ya, dormir quisieras,<br />
-en oculto lugar hazlo,<br />
-donde no pueda cogerte<br />
-tu enemigo, descuidado.<br />
-<br />
-Que á los cuatro vientos luzcas,<br />
-limpio el cuerpo, el hablar cauto,<br />
-y desde lejos te siga<br />
-la <em>Selva media</em> los pasos.<br />
-<br />
-¡Que el Bosque, el Agua y el Viento<br />
-te libren de todo daño!</p>
-</div>
-</div>
-
-<p class="p1 big1 center">Bagheera</p>
-
-<div class="poetry-container pw20">
-<div class="poetry">
-<p>En una jaula comenzó mi vida:<br />
-bien lo que el hombre vale se me alcanza.<br />
-¡Por el cerrojo que rompí!... ¡No fíes,<br />
-Hombre-cachorro, en gente de tu casta!<br />
-<br />
-Cuando á la luz de las estrellas caces<br />
-busca la pista recta y no embrollada.<br />
-Ya sea en el cubil, ya en cacería,<br />
-teme al Hombre-chacal: su amistad es mala.<br />
-<br />
-Si «vente con nosotros», te dijeran,<br />
-«que ganarás con ello», escucha y calla;<br />
-si te piden ayuda contra el débil<br />
-oye en silencio, sin jamás prestarla.<br />
-<br />
-Deja la presunción para los monos:<br />
-mata la pieza, que con esto basta,<br />
-y no lo cuentes luego. En tu camino<br />
-no retrocedas, al cazar, por nada.<br />
-<br />
-(¡Oh nieblas matinales! Envolvedle,<br />
-protectoras del ciervo y sus guardianas).<br />
-¡Que el favor de la Selva te acompañe,<br />
-el del Viento, el del Bosque, y el del Agua!</p>
-</div>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_502">[Pg 502]</span></p>
-
-
-<p class="p1 big1 center">Los tres</p>
-
-<div class="poetry-container p1 pw17">
-<div class="poetry">
-<p>En el rastro que siguieres<br />
-hasta pisar los umbrales<br />
-donde la Flor que tememos<br />
-sus rojos capullos abre;<br />
-en las noches en que duermas<br />
-aprisionado y sin aire,<br />
-sin ver el materno cielo<br />
-mientras vamos á rondarte;<br />
-en las auroras que ansíes<br />
-salir de tu dura cárcel,<br />
-y en que la nostalgia sientas<br />
-de la Selva que dejaste,<br />
-¡que el Bosque, el Agua y el Viento<br />
-te protejan ó acompañen;<br />
-Saber, Fuerza y Cortesía<br />
-vayan contigo y te amparen!</p>
-</div>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_507">[Pg 507]</span></p>
-
-<div class="figcenter illowp81" id="p502" style="max-width: 10em;">
- <img class="w100 p6" src="images/p502.jpg" alt="p507ilo" />
- <p class="caption center big2 p4">FIN</p>
-</div>
-
-
-
-<div lang='en' xml:lang='en'>
-<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>EL LIBRO DE LAS TIERRAS VÍRGENES</span> ***</div>
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