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If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this eBook. - -Title: Gerona - -Author: Benito Pérez Galdós - -Release Date: February 16, 2022 [eBook #67415] - -Language: Spanish - -Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading - Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from - images generously made available by The Internet - Archive/Canadian Libraries) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK GERONA *** - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han - convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos. - - * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con - las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. - - * Los entrecomillados han sido convertidos en rayas iniciales de - diálogo donde el texto adopta forma dialogada. Las restantes rayas - han sido espaciadas según los modernos usos ortotipográficos. - - * Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final - del párrafo en que se las llama. - - * Una página en blanco ha sido eliminada. - - - - -EPISODIOS NACIONALES - -GERONA - - - - - Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán - furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor. - - -Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33. - - - - - B. PÉREZ GALDÓS - EPISODIOS NACIONALES - PRIMERA SERIE - - GERONA - - 41.000 - - [Ilustración] - - MADRID - LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO - Calle del Arenal, núm. 11. - -- - 1908 - - - - -GERONA - - -En el invierno de 1809 a 1810 las cosas de España no podían andar peor. -Lo de menos era que nos derrotaran en Ocaña, a los cuatro meses de la -casi indecisa victoria de Talavera: aún había algo más desastroso y -lamentable, y era la tormenta de malas pasiones que bramaba en torno a -la Junta Central. Sucedía en Sevilla una cosa que no sorprenderá a mis -lectores, si, como creo, son españoles, y era que allí todos querían -mandar. Esto es achaque antiguo, y no sé qué tiene para la gente de -este siglo el tal mando, que trastorna las cabezas más sólidas, da -prestigio a los tontos, arrogancia a los débiles, al modesto audacia, y -al honrado desvergüenza. Pero sea lo que quiera, ello es que entonces -andaban a la greña, sin atender al formidable enemigo que por todas -partes nos cercaba. - -Y aquel era enemigo, lo demás es flor de cantueso. Me río yo de -insurrecciones absolutistas y republicanas, en tiempos en que el poder -central cuenta con grandes elementos para sofocarlas. Aquello no se -parecía a ninguna de estas niñadas de ahora, pues con las tropas que -Napoleón envió a España a fines del año 9 constaba de trescientos mil -hombres el ejército invasor. Los nuestros, dispersos y desanimados, no -tenían un general experto que les mandase; faltaban recursos de todas -clases, especialmente de dinero, y en esta situación el poder central -era un hormiguero de intriguillas. Las ambiciones injustificadas, las -miserias, la vanidad ridícula, la pequeñez inflándose para parecer -grande como la rana que quiso imitar al buey, la intolerancia, el -fanatismo, la doblez, el orgullo rodeaban a aquella pobre Junta, que -ya en sus postrimerías no sabía a qué santo encomendarse. Bullían en -torno a ella políticos de pacotilla de la primera hornada que en España -tuvimos, generales pigmeos que no supieron ganar batalla alguna; y -aunque había también varones de mérito así en la milicia como en lo -civil, o no tenían arrojo para sobreponerse a los necios, o carecían de -aquellas prendas de carácter sin las cuales, en lo de gobernar, de poco -valen la virtud y el talento. - -Tuvo la Junta allá por marzo el malísimo acuerdo de restablecer -el Consejo de Castilla, fundiendo en él todos los demás Consejos -suprimidos; y cuando esta antigualla se vio de nuevo con vida; cuando -esta máquina roñosa, inútil y gastada se encontró otra vez puesta -en movimiento, allí era de ver cómo pretendía gobernar el mundo. La -fatuidad de aquellos consejeros que tanto adularon a José no tenía -igual. Desde que se les puso en juego, empezaron a intrigar con quien -les había sacado del olvido, y decían que la Junta era ilegítima. -Valiéndose de D. Francisco Palafox, hermano del defensor de Zaragoza; -de Montijo, a quien hemos visto en alguna parte; del Marqués de la -Romana y de otros pájaros, llenaron de enredos a la Junta y a la -Comisión ejecutiva. Por último, en la Regencia, última metamorfosis de -aquel poder tan nacional como desgraciado, también sembraron cizaña -los del Consejo. Esta pandilleja no era otra cosa que el partido -absolutista, que ya empezaba a sacar la oreja; y para que desde el -principio se tuviera completa noticia de su existencia, también -repartió dinero entre la tropa, fiando sus esperanzas a una sedición -militar que por entonces quedó frustrada. Nada de esto era ya nuevo -en España, porque el motín de 19 de marzo en Aranjuez, de que, si -mal no recuerdo, hice mención, obra fue de la misma gente; mas no se -valieron solo de la tropa, sino también de varios cuerpos facultativos -y distinguidos, como los lacayos, pinches y mozos de cuadra de la -regia casa. En Sevilla azuzaron a lo que un gran historiador llama con -enérgico estilo _la bozal muchedumbre_, y hubo frecuentes serenatas de -berridos y patadas por las calles; mas no pasó de aquí. - -Un arma moral esgrimían entonces unos contra otros los políticos -menudos, y era el acusarse mutuamente de malversadores de los caudales -públicos, grosero recurso que hacía muy buen efecto en el pueblo. -Cuando se disolvió la Junta en Cádiz, hubo un registro de equipajes de -lo más vil y bochornoso que contiene nuestra moderna historia; pero no -se encontró nada en las maletas de los patriotas, porque estos, malos o -buenos, tontos o discretos, no tenían el alma en los bolsillos, ni la -tuvieron aún sus inmediatos sucesores, años adelante. - -Perdonen ustedes si me ocupo de estos sainetes de la epopeya. Lo -extraño es que las miserias de los partidos (pues también entonces -había partidos, aunque alguien lo dude) no impedían la continuación -de la guerra, ni debilitaban el formidable empuje de la Nación, con -independencia de las victorias o derrotas del ejército. Verdad es que -las discordias de arriba no habían cundido a la masa común del país, -que conservaba cierta inocencia salvaje con grandes vicios y no pocas -prendas eminentes, por cuya razón la homogeneidad de sentimientos -sobre que se cimentara la nacionalidad, era aún poderosa, y España, -hambrienta, desnuda y comida de pulgas, podía continuar la lucha. - - * * * * * - -Cansaría a mis amados lectores si les contara detalladamente mi -vida durante aquel funesto año 9, que comenzado con las proezas de -Zaragoza, terminaba con el desastre de Ocaña y la dispersión del -ejército español. Por fortuna no me encontré en aquella jornada, -pues incorporado al principio del año al ejército del Centro, me -destinaron en agosto a la división del Duque del Parque, y asistí a -la acción de Tamames. Poco puedo decir de la de Talavera que no sea -por referencia, pues el 27 y 28 de julio me encontraba en Puente del -Arzobispo; y aunque algo podría contar de la campaña del Duque del -Parque, lo omito por no cansar a mis amigos. A fin del año servía en -la división de D. Francisco Copons, que con las de D. Tomás Zeraín, de -Lacy y Zayas guardaba el paso de Sierra Morena; porque ha de saberse -que los franceses, envalentonados hasta lo sumo y reforzados con nueva -tropa, se disponían a invadir la Andalucía, a los diez y ocho meses -de la batalla de Bailén, ¡a los diez y ocho meses! Las fuerzas de que -disponíamos apenas merecían el nombre de ejército, y el del Duque de -Alburquerque, único que aún se conservaba en buen estado, no podía -tampoco resistir el empuje de los franceses victoriosos, y se retiraba -hacia el mediodía para proteger la residencia del poder central. - -¡Qué situación, amigos míos! Esto pasaba, como he dicho, al poco tiempo -de aquella brillante y rápida campaña de junio y julio de 1808; y los -mismos lugares que antes nos vieron victoriosos y llenos de orgullo, -presenciaban ahora el triste desfile de los dispersos de Ocaña, que -a cada instante volvían el rostro con inquietud creyendo sentir las -pisadas de los caballos de Víctor, Sebastiani y Mortier. - ---¡Quién hubiera creído --dije a Andresillo Marijuán, cuando -almorzábamos en una venta de Collado de los Jardines-- que habíamos de -desandar tan pronto este camino! Ahora me parece que no paramos hasta -Cádiz. - ---Con paciencia se gana el cielo --me contestó--. Yo tengo toda la que -pueden dar siete meses de bloqueo como el de Gerona. Todavía estoy -admirado de encontrarme vivo, Gabriel. Pero dime, ¿dónde has ganado esa -charretera? ¿Creerás que yo no soy nada? Digo mal, porque dentro de -la plaza me hicieron a modo de sargento, y a estas horas nadie me ha -reconocido mi grado. Haré una reclamación a la Junta. - ---Yo gané mis grados en Zaragoza --respondí con orgullo--, y también te -aseguro que al cabo de un año conservo cierta duda de si seré yo mismo -el que en aquellos fieros combates se halló, o si después de muerto me -habré trocado en otro sujeto. - ---Bien dicen que en Zaragoza y en el ejército del Centro se dieron -los grados como quien echa almorzadas de trigo a las gallinas. Amigo -Gabriel, en España no se premia más que a los tontos, y a los que meten -bulla sin hacer nada. Dime, teniente de almíbar, ¿en Zaragoza comiste -ratones flacos y pedazos de estera fritos con grasa de asno viejo? - -Reíme de la pregunta, y los circunstantes dieron broma a Marijuán, -porque este, desde que se nos unió cerca de Almadén del Azogue en los -últimos días del año, nos había venido aturdiendo con el perenne contar -de sus privaciones y hambres en Gerona. - ---En mi mochila --continuó el aragonés-- tengo un diario del sitio -que escribió en la plaza el Sr. D. Pablo Nomdedeu, y os lo daré a -leer, para despertar el apetito cuando estéis desganados. Por ahora en -marcha, que me parece dan orden de tomar soleta hacia abajo. - -En efecto: después de una hora de descanso emprendimos el camino hacia -el mediodía, y Marijuán repetía la canción con que nos aporreaba los -oídos desde que le encontramos: - - Digasme tú, Girona, - Si te n’arrendirás... - Lirom lireta. - Com vols que m’rendesca - Si España non vol pas - Lirom fa lá garideta, - Lirom fa lireta lá. - -En Bailén hicimos noche. ¡Qué triste impresión produjo en mí la vista -de aquellos campos, al considerar que los atravesábamos después de -dejar casi toda Castilla en poder de los franceses, a quienes poco -antes habíamos sojuzgado con tanta fortuna en el mismo sitio! ¡Cómo -se representó en mi imaginación lo que allí había visto y oído: la -perspectiva y el estruendo glorioso de la acción, iluminada por el -ardoroso sol de julio! Todo estaba frío, helado, quieto, triste, -silencioso, oscuro: diríase que sobre los llanos y las mansas colinas -de Bailén, una pesada e informe sombra se paseaba a flor del suelo. -Visitamos luego Marijuán y yo el palacio de Rumblar, creyendo encontrar -allí todavía a la Condesa y su familia, y aunque era ya de noche, nos -propusimos penetrar, seguros de ser bien recibidos. Cuando dimos los -primeros aldabazos en la puerta, contestonos el lejano ladrido de un -perro, sin que rumor alguno indicase la presencia de criatura humana -en el palacio, lo cual nos hizo comprender que estaba abandonado. -Insistimos, sin embargo, en dar golpes, y al cabo oímos una voz que -desde el patio con enojado tono nos respondía, mejor dicho, nos -increpaba en esta forma: - ---Allá voy. ¡Condenados muchachos, qué querrán a estas horas! - -Abrionos echando sapos y culebras por su fea boca el tío Tinaja, -antiguo servidor de la casa (pues no era otro el que a la sazón la -guardaba), y luego que nos hubo reconocido, desarrugó el ceño, hízonos -entrar ofreciéndonos un asiento junto a la lumbre, y allí nos contó -cómo toda la familia con buena parte de la servidumbre había marchado a -Cádiz huyendo de la invasión francesa. - ---Mi señora la Condesa Doña María estaba en que se había de quedar ---nos dijo--; pero sus primas de Madrid, que llegaron por Todos los -Santos, le volvieron la cabeza del revés. D. Paco también tenía mucho -miedo, y entre él, las primas y las tres señoritas, todos llorando -y moqueando en ruedo, ablandaron el alma de bronce de la Condesa, -obligándola a marchar. - ---¿No ha venido también el Sr. D. Felipe? --pregunté comprendiendo a -qué personas el tío Tinaja se refería. - ---El Sr. D. Felipe no ha venido, porque, según dijeron, está con el -francés. Su hermana, la señora Marquesa, es muy española, y habían de -ver ustedes cómo disputa con su sobrina, que se ríe del _Lord_, y dice -que ningún general español vale dos cuartos. - ---¿Ha venido también D. Diego? - ---No, señor. ¡Pues pocas lágrimas han derramado las niñas, y pocos -mares han corrido de los ojos de la señora por las calaveradas -de D. Diego! No hay quien le saque de Madrid, donde se junta con -_flamasones_, _anteos_, perdularios, gabachos, y gente mala que le trae -al retortero. Parece que ya no se casa con la señorita Inés, por cuya -razón mi ama está que trina, y el otro día ella y sus primas hablaron -más de lo regular. D. Paco se puso por medio, y echó una arenga en -latín. Las señoritas empezaron a llorar, y aquel día en la mesa nadie -habló palabra. No se oía más ruido que el de los dientes mascando, el -de los tenedores picando en los platos, y el de las moscas que iban a -golosinear. - ---¿Y cuándo salieron para Cádiz? - ---Hace cuatro días. Las tres señoritas iban muy contentas, y Doña María -muy triste y ensimismada. La mala conducta del Sr. D. Diego la tiene en -ascuas, y la buena señora se va acabando. - -Nada más me dijo aquel hombre que merezca mención, y a varias preguntas -mías, harto prolijas e impertinentes, no contestó cosa alguna de -provecho. Después que nos ofreció parte de su cena, díjonos que -podíamos albergarnos en la casa por aquella noche, y como la tropa se -alojaba en el pueblo, nos quedamos allí. Solo, y mientras Marijuán -dormía, recorrí varias habitaciones altas de la casa, iluminadas no más -que por la luna, y una dulce, inexplicable claridad llenaba mi alma -durante aquella muda y solitaria exploración. No hubo mueble que no me -dijese alguna cosa, y mi imaginación iba poblando de seres conocidos -las desiertas salas. La alfombra conservaba a mis ojos una huella -indefinible, más bien pensada que vista; vi un cojín que aún no había -perdido el hundimiento producido por el brazo que acababa de oprimirlo, -y en los espejos creí ver, no la huella ni la sombra, porque estas -voces no son propias, sino una nada, mejor dicho, un vacío, dejado allí -por la imagen que había desaparecido. - -En una habitación que daba a la huerta vi tres camas pequeñas. Dos de -ellas parecían tener como un lugar fijo en los dos testeros de derecha -e izquierda. La tercera, que estorbaba el paso, revelaba haber sido -puesta para un huésped de pocos días. Las tres estaban cubiertas de -blanquísimas colchas, bajo las cuales los fríos colchones se inflaban -sin peso alguno. La pila de agua bendita estaba llena aún, y mojé las -puntas de los dedos, haciéndome en la frente la señal de la cruz. Un -fuerte escalofrío corrió por mi cuerpo al contacto helado, como si -los dedos que habían tomado las últimas gotas se rozaran con los míos -en la superficie del agua. Recogí del suelo una pequeña cinta y unos -pedacitos de papel retorcidos, engrasados y perfumados, que indicaban -haber servido para moldear los rizos de una cabellera. El silencio de -aquel lugar no me parecía el silencio propio de los lugares donde no -hay nadie, sino aquel que se produce en los intervalos elocuentes de -un diálogo, cuando, hecha la pregunta, el interlocutor medita lo que va -a responder. - -Salí de aquella estancia, y después de recorrer otras con igual -interés, sintiéndome al fin cansado, me recosté en un sofá, donde cerca -ya del alba me dormí profundamente. La luz del día entraba a torrentes -por las ventanas y balcones cuando me despertó Andrés cantando su -estribillo catalán: - - Digasme tú, Girona, - Si te n’arrendirás. - -En aquellos días, los últimos del mes de enero de 1810, ocurrieron -las más lamentables desgracias del ejército español. Creeríase que el -genio de la guerra, fundamental en nosotros como el eje del alma, nos -había faltado, y la lucha fue desordenada y a la aventura. El General -Desolles atacó en Puerto del Rey a la división Girón, que se desbandó -junto a las Navas de Tolosa, y al mismo tiempo Gazán acometía el paso -de Nuradal, mientras Mortier forzaba el de Despeñaperros. El mariscal -Víctor penetró por Torrecampo para caer sobre Montoro, y Sebastiani por -Montizón, de modo que la invasión de Andalucía se verificó por cuatro -puntos distintos con estrategia admirable que acabó de desconcertarnos. -Verdad es, y sírvanos esto de disculpa, que teníamos por General en -Jefe a D. Juan Carlos Aréizaga, hombre nulo en el arte de la guerra, y -en cuya cabeza no cabían tres docenas de hombres. La pericia de algunos -jefes subalternos servía de muy poco, y desmoralizada la tropa, -convencida de su incapacidad para la resistencia, no veía delante de -sí ni gloria ni honor, sino el cómodo refugio de Córdoba, Sevilla o -la Isla gaditana. Resistencia formal solo la hallaron los franceses -por Montizón, entre Venta Nueva y Venta Quemada, donde mandaba D. -Gaspar Vigodet, el cual, después de batirse con mucho arrojo, ordenó -la retirada en regla. En suma, señores míos, doloroso es decirlo y -doloroso recordarlo; pero es lo cierto que los franceses avanzaron -hacia Córdoba cuando nosotros llorábamos nuestra impotencia camino de -Sevilla. - -¿Y qué podré deciros del espectáculo que nos ofreció esta ciudad -amotinada, sometida a las intrigas de una facción tan pequeña -como audaz? De buena gana no diría nada, tragándome todo lo que -sé y ocultando todo lo que vi, para que semejantes fealdades no -entristecieran estos cuadros; pero ya la fama ha dicho cuanto había -que decir, y no porque yo lo calle dejará de saberse, que si en mí -consistiera, a este y a otros hoyos de nuestra historia les echaría -tierra, mucha tierra. - -Es el caso que fugitiva la Central, los conspiradores erigieron allí -una juntilla suprema, y azuzado el populacho, no se oían más que -vivas y mueras, olvidándose del francés que tocaba a las puertas, -cual si en el suelo patrio no hubiese ya más enemigos que aquellos -desgraciados centrales. ¡Lo que es la pasión política, señores! No -conozco peor ni más vil sentimiento que este, que impulsa a odiar -al compatricio con mayor vehemencia que al extranjero invasor. Yo me -espantaba presenciando los atropellos verificados contra algunos, y la -salvaje invasión de las casas de otros. ¡Y gracias que escaparon con -vida de la plebe holgazana y chillona! En una palabra, aquello era de -lo más denigrante que he visto en mi vida, y si la Junta Central valía -poco, los individuos que en Sevilla y después en Cádiz agujerearon -sus fundamentos, como inquietos y vividores reptiles, no ocupan, a -pesar de su mucho bullir y de las distintas posturas que tomaron, un -lugar visible en la historia. Su pequeñez les hace desaparecer en -las perspectivas de lo pasado, y sus nombres sin eco no despiertan -admiración ni encono. Pertenecen a ese vulgo que, con ser tan vulgo, -ha influido en los destinos del país desde la primera revolución acá; -gentezuela sin ideal, que se perdería en las muchedumbres como las -gotas de lluvia en el Océano, si la vituperable neutralidad política de -la mayoría honrada, decente, entendida y patriota, no les permitiera -actuar en la vida pública, tratando al país como un objeto de su -exclusiva pertenencia, que se les ha dado para divertirse. - -Pero quiero poner punto en esta materia, que seduce poco mi -entendimiento. Continuando nuestra retirada llegamos al Puerto de -Santa María, donde estuvimos dos días con sus noches, y allí fue donde -adquirí sobre el formidable cerco de Gerona estupendas noticias. Debo -una explicación a mis lectores, y voy a darla. - -Mi objeto al comenzar esta última sesión, en que apaciblemente nos -encontramos, amados señores míos, fue referir lo mucho y bueno que -vi en Cádiz cuando nos refugiamos allí, después que los franceses -penetraron en Andalucía; pero un deber patriótico me obliga a aplazar -por breve tiempo este mi natural deseo, dando la preferencia a algunos -hechos del sitio de Gerona, que contaré también, si bien los contaré -de oídas. Un amigo de aquellos días, y que después lo fue también en -épocas más bonancibles, me entretuvo durante dos largas noches con -la descripción de maravillosas hazañas que no debo ni puedo pasar en -silencio. Aquí las pongo, pues, suspendiendo el curso de mi historia, -que reanudaré en breve, si Dios me da vida a mí y a ustedes paciencia. -Solo me permito advertir que he modificado un tanto la relación de -Andresillo Marijuán, respetando por supuesto todo lo esencial, pues -su rudo lenguaje me causaba cierto estorbo al tratar de asociar su -historia a las mías. Hago esta advertencia para que no se maravillen -algunos de encontrar en las páginas que siguen observaciones, frases -y palabras impropias de un muchacho sencillo y rústico. Tampoco yo -me hubiera expresado así en aquellos tiempos; pero téngase presente -que, en la época en que hablo, cuento algo más de ochenta años, vida -suficiente a mi juicio para aprender alguna cosa, adquiriendo asimismo -un poco de lustre en el modo de decir. - - - - - RELACIÓN - DE - ANDRESILLO MARIJUÁN - -I - - -Entré en Gerona a principios de febrero, y me alojé en casa de un -cerrajero de la calle de Cort-Real. A fines de Abril, salí con la -expedición que fue en busca de víveres a Santa Coloma de Farnés, y -a los pocos días de mi regreso, murió a consecuencia de las heridas -recibidas en el segundo sitio aquel buen hombre que me había dado -asilo. Creo que fue el 6 de mayo, es decir, el mismo día en que -aparecieron los franceses, cuando al volver de la guardia en el fuerte -de la Reina Ana, encontré muerto al Sr. Mongat, rodeado de sus cuatro -hijos que lloraban amargamente. - -Hablaré de los cuatro huérfanos, que ya lo eran completamente por -haber perdido a su madre algunos meses antes. Siseta, o como si -dijéramos, Narcisita, la mayor en edad, tenía poco más de los veinte, -y los tres varoncillos no sumaban entre todos igual número de años, -pues Badoret[1] apenas llegaba a los diez; Manalet[2] no tenía más -de seis, y Gasparó empezaba a vivir, hallándose en el crepúsculo del -discernimiento y de la palabra. - - [1] Diminutivo de Salvador. - - [2] Ídem de Manuel. - -Cuando penetré en la casa y vi cuadro tan lastimoso, no pude contener -las lágrimas y me puse a llorar con ellos. El Sr. Cristòful Mongat era -una excelente persona, buen padre y patriota ardiente; pero aún más que -el recuerdo de las buenas prendas del difunto me contristaba la soledad -de las cuatro criaturas. Yo les amaba mucho, y como mi buen humor y -franca condición propendían a enlazar el alma de aquellos inocentes -con la mía, en algunos meses de trato, Badoret, Manalet y Gasparó se -desvivían por mí. No hablo aquí de Siseta, porque para esta tenía yo un -sentimiento extraño, de piedad y admiración compuesto, como se verá más -adelante. Mi ocupación en la casa mientras vivió el Sr. Mongat era en -primer término hablar con este de las cosas de la guerra, y en segundo -término divertir a los chicos con toda clase de juegos, enseñándoles el -ejercicio, y representando con ellos detrás de un cofre las escenas del -ataque, defensa y conquista de una trinchera. Cuando yo iba de guardia, -bien a Montjuich, bien a los reductos del Condestable o del Cabildo, -los tres, incluso Gasparó, me seguían con sendas cañas al hombro, -remedando con la boca el son de cajas y trompetas, o relinchando al -modo de caballos. - -Asociado cordialmente a su desgracia, les consolé como pude, y al día -siguiente, después que echamos tierra al buen cerrajero, y luego que -se retiraron los vecinos fastidiosos que habían ido a hacer pucheros -condoliéndose ruidosamente de los huerfanitos, pero sin darles auxilio -alguno, tomé por la mano a Siseta, y llevándola a la cocina, le dije: - ---Siseta, ya tú sabes... - -Pero antes quiero decir que Siseta era una muchacha gordita y fresca, -que sin tener una hermosura deslumbradora, cautivaba mi alma de un modo -extraño, haciéndome olvidar a todas las demás mujeres, y principalmente -a la que había sido mi novia en la Almunia de Doña Godina. Rosada y -redondita, Siseta parecía una manzana. No era esbelta, pero tampoco -rechoncha. Tenía mucha gracia en su andar, y poseyendo bastante ingenio -y soltura en la conversación, sabía, sin embargo, acomodarse a las -situaciones, distinguiéndose por una gran disposición para no estar -nunca fuera de su lugar, de cuyas prendas puede colegirse que Siseta -tenía talento. - -Pues bien, como antes indiqué, tomándole una mano, le dije: - ---Siseta... - -No sé qué me pasó en la lengua, pues callé un buen rato, hasta que al -fin pude continuar así: - ---Siseta, ya tú sabes que va para cuatro meses que estoy alojado en tu -casa... - -La muchacha hizo un signo afirmativo, demostrando estar convencida de -mi permanencia en la casa durante cuatro meses. - ---Quiero decir --proseguí-- que durante tanto tiempo he comido de tu -pan, aunque también os he dado el mío. Ahora, con la muerte del Sr. -Cristòful, os habéis quedado huérfanos. ¿Tenéis tierras, alguna casa, -alguna renta? - ---No tenemos nada --me contestó Siseta, dirigiendo tristes miradas a -los cacharros de la cocina--. No tenemos nada más que lo que hay en -casa. - ---Las herramientas valen alguna cosa --dije--; mas, en fin, no hay que -apurarse, que Dios aprieta, pero no ahoga. Aquí está el brazo de Andrés -Marijuán. ¿Dejó tu padre algún dinero? - ---Nada --respondió--, no ha dejado nada. Durante su enfermedad -trabajaba muy poco. - ---Bien, muy bien --dije yo--. Con eso podéis recibir el plus que nos -dan ahora, y la ración que me toca todos los días. No hay que apurarse. -Tú serás la madre de tus hermanos, y yo seré su padre, porque estoy -decidido a ahorcarme contigo. Ea, dejarse de lloriqueos; Siseta, yo -te quiero. Tal vez creerás tú que yo no poseo tierras. ¡Qué tonta! -Si vieras qué dos docenas de cepas tengo en la Almunia; si vieras -qué casa... solo le falta el techo; pero es fácil componerla, sin -fabricarla toda de nueva planta. Conque lo dicho, dicho. En cuanto -se acabe este sitio, que será cosa de días a lo que pienso, venderás -los cachivaches de la herrería; me darán mi licencia, pues también -se concluirá la guerra; pondremos sobre un asno a la señora Siseta -con Gasparó y Manalet, y tomando yo de la mano a Badoret, camina que -caminarás, nos iremos a ese bajo Aragón, que es la mejor tierra del -mundo, donde nos estableceremos. - -Una vez que desembuché este discurso, volví al taller, con objeto -de examinar las herramientas, y todo aquel mueblaje me pareció de -poquísimo valor. La huérfana, después que me oyera, sin decir cosa -alguna, púsose a arreglar los trastos, ordenando todo con hábil mano, -y a limpiar el polvo. Los chicos me rodearon al punto, corriendo -precipitadamente a traer sus cañas, palos y demás aparatos de guerra, -viéndome yo obligado, en razón de esta diligencia, a recomendarles gran -celo en el servicio de la patria y el Rey, pues bien pronto, si los -franceses apretaban el cerco, Gerona necesitaría de todos sus hijos, -aun de los más pequeñitos. Por último, después que durante media hora -pusieron armas al hombro y en su lugar, cebaron, cargaron, atacaron -e hicieron varias descargas imaginarias, pero que retumbaban en el -angosto taller, les vi soltar las armas, decaído el marcial ardor, y -volver a su hermana con elocuente expresión los ojos. - ---¿Qué? --pregunté yo comprendiendo lo que significaba aquel mudo -interrogatorio--. Siseta, ¿no hay que comer? - -Siseta, disimulando sus lágrimas, registraba los negros andamios de una -alacena, en cuyas cavernosas profundidades la infeliz se empeñaba en -ver alguna cosa. - ---¿Cómo es eso? --dije--. Siseta, no me habías dicho nada. ¿Qué me -costaría ir al cuartel y pedir que me adelanten la ración de mañana?... -¿Y para qué quiero yo los siete cuartos que tengo ahorrados? Nada, -hija: es preciso, no solo traer lo necesario para hoy, sino también -provisiones abundantes, por si escasean los víveres dentro de la plaza. -Dicen que ahora nos van a dar dos reales diarios. Ya me figuro lo -que harás tú con esta riqueza. Pero no es ocasión para detenerme en -habladurías, que estos valientes soldados se mueren de hambre. Toma los -siete cuartos; voy al punto por la libreta. - -No tardé en volver con el pan, y tuve el gusto de ver comer a mis hijos -(desde entonces empecé a darles este nombre). Siseta se mantuvo en los -límites de una sobriedad excesiva, y mientras duró el festín les hablé -de los grandes acopios de víveres que se estaban haciendo en Gerona, -conversación que parecía muy del agrado de los pequeñuelos. En esto, el -Sr. Nomdedeu, habitante del piso superior de la casa, pasó por delante -de la tienda en dirección al portal contiguo. Saludonos afablemente a -todos, y después de decir algunas palabras de desconsuelo con motivo -de la pérdida del excelente Sr. Mongat, subió a su casa, rogándome que -le acompañara. Yo tenía costumbre de ir todas las mañanas a referirle -lo que se decía en los cuerpos de guardia, y estas visitas tenían para -mí el doble atractivo de contar lo que sabía, y de oír las agradables -pláticas del Sr. Nomdedeu, hombre con quien no se hablaba una sola vez -sin sacar alguna enseñanza provechosa. - - - - -II - - -El Sr. D. Pablo Nomdedeu era médico. No pasaba de los cuarenta y cinco -años; pero los estudios o penas domésticas, para mí desconocidas, -habían trabajado en tales términos su naturaleza, que aparentaba -mucho más del medio siglo. Era acartonado, enjuto, amarillo, con gran -corva en la espina dorsal, y la cabeza salpicada de escasos pelos -rubios y blancos, como yerba que nace al azar en ingrata tierra. -Todo anunciaba en él debilidad y prematura vejez, excepto su mirar -penetrante, imagen del alma enérgica y del entendimiento activo. Vivía -en apacible medianía, sin lujo, pero también sin pobreza; muy querido -de sus paisanos, consagrado fuera de casa a los enfermos del hospital, -y dentro de ella al cuidado de su hija única, enferma también de -doloroso e incurable mal. Para que ustedes acaben de conocer a aquel -apreciable sujeto, me falta decirles que Nomdedeu era un hombre de gran -saber y de mucha amenidad en su sabiduría. Todo lo observaba, y no se -permitía ignorar nada, de modo que jamás ha existido un hombre que -más preguntase. Yo no creí que los labios preguntasen tonterías de las -que no ignora un rústico; pero él me dijo varias veces que la ciencia -de los libros no valdría nada, si no se cursase el doctorado de la -conversación con toda clase de personas. - -De su casa poco diré. Era tan humilde como decente. Muchos libros; -algunas estampas francesas de anatomía, emparejadas con otras -de santos, y bastantes cuadros que ostentaban detrás del vidrio -innumerables yerbas secas con sendos letreros manuscritos al pie. Pero -lo que principalmente impresionaba mi ánimo al subir a casa del Sr. -Nomdedeu, era una criatura tierna y sensible, una belleza consumida y -marchita, una triste vida que junto a la ventanita abierta al mediodía -quería prolongarse absorbiendo los rayos del sol. Me refiero a la -desgraciada Josefina, hija del insigne hombre que he mencionado, la -cual, enferma y postrada, se me representaba como las flores secas -guardadas por el doctor detrás de un vidrio. Josefina había sido -hermosa; pero perdidos algunos de sus encantos, otros se habían -sublimado en aquel descendente crepúsculo que iba difundiendo sobre -ella las sombras de la muerte. Inmóvil en un sillón, su aspecto era por -lo común el de una absoluta indiferencia. Cuando su padre entró conmigo -el día a que me refiero, Josefina no respondió a sus caricias con una -sola palabra. Nomdedeu me dijo: - ---Su existencia de plomo está pendiente de una hebra de seda. - -Pronunció estas palabras en voz alta y delante de ella, porque Josefina -estaba completamente sorda. - ---El profundo silencio que la rodea --continuó el padre--, es -favorable a su salud, porque siendo su mal un desarrollo excesivo de -la sensibilidad, todo lo que disminuya las impresiones exteriores, -aumentará el reposo, a que debe esa lánguida y decadente vida. No -espero salvarla, y todo mi afán consiste hoy en embellecer sus días, -fingiendo que nos hallamos rodeados de felicidades y no de peligros. -Desearía llevarla al campo; pero el deber y el patriotismo me obligan a -no abandonar el cuidado del hospital, cuando nos amenaza un cerco, que -parece va a ser más riguroso que los dos primeros. Dios nos saque en -bien. ¿Conque se murió ese pobre Sr. Mongat? - ---Sí, señor --respondí--; y ahí tiene usted cuatro huérfanos desvalidos -que pedirían limosna por las calles de Gerona, si yo no estuviera -decidido a quitarme el pan de la boca para dárselo. - ---Dios te premiará tu generosidad. Yo también haré lo que pueda por -esos infelices. Siseta parece una buena muchacha, y sube algunas -veces a acompañar a mi hija. Dile que venga más a menudo, y hoy mismo -encargaré a la señora Sumta[3] que les dé a los hijos de Cristòful -Mongat todo lo que sobre en la casa. Pero cuéntame: ¿qué has oído en el -cuerpo de guardia? Antes dime lo que ha ocurrido en esa expedición a -Santa Coloma de Farnés. ¿Fuiste allá? - - [3] Lo mismo que Asunción. - ---Sí, señor; mas no nos ocurrió nada de particular. Los franceses -se nos presentaron en la tarde del 24 de Abril; pero como éramos -pocos, y no llevábamos por objeto el batirnos con ellos, sino traer -provisiones a Gerona, luego que cargamos los carros y las mulas, nos -vinimos para acá con D. Enrique O’Donnell. Los _cerdos_[4] dominan toda -la Segarra, pero los somatenes les hacen perder mucha gente, y para -abastecerse pasan la pena negra. El General francés Pino mandó hace -poco un batallón a San Martín en busca de víveres. Al llegar el coronel -pidió al alcalde para el día siguiente de madrugada cierto número de -raciones de tocino (porque abundan en aquel pueblo los animalitos de -la vista baja); y como el batallón estaba cansado, dioles boletas de -alojamiento, distribuyendo a los soldados en las casas de los vecinos. -El alcalde aparentó deseo de servir al señor coronel, y al anochecer el -pregonero salió por las calles gritando: «_Eixa nit a las dotse, cada -vehí matará son porch._» - - [4] En Cataluña, durante la invasión, llamaban a los franceses - _porchs_. - ---Y cada vecino mató su francés. - ---Así parece, señor, y así me lo contaron en el camino; pero no -respondo de que sea verdad, aunque la gente de San Martín es capaz de -eso. Luego que hicieron su matanza, escondieron armas, morriones y -cuanto pudiera descubrirlos; y cuando se presentó el General Pino, -trataron de probarle que _allí no había estado nadie_. - ---¿Sabes, Andrés --me dijo Nomdedeu--, que esto parece cosa de cuento? - ---Séalo o no --repuse--, con estos y otros cuentos se anima la gente. -Los _cerdos_ están ya sobre Gerona, y esta mañana les hemos visto -en los altos de Costa-Roja. Aquí dentro no somos más que cinco mil -seiscientos hombres, que no son bastantes para defender la mitad de -los fuertes. De estos, el que no se ha caído ya es porque no se le ha -dado licencia. Si Zaragoza, que tenía dentro de murallas cincuenta mil -hombres, ha caído al fin en poder del francés, ¿qué va a hacer Gerona -con cinco mil seiscientos? - ---Ya serán algunos más --dijo Nomdedeu paseándose por la habitación con -la inquietud nerviosa y retozona que se apoderaba de él hablando de las -cosas de la guerra--. Todos los vecinos de Gerona toman las armas, y -hoy mismo se están formando en el claustro de San Félix las listas de -las ocho compañías que componen la _Cruzada gerundense_. Yo he querido -afiliarme; pero como médico, cuyos servicios no pueden reemplazarse, -me han dejado fuera con sentimiento mío. También se está formando hoy -el batallón de señoras, de que es coronela Doña Lucía Fitz-Gerard: ¿la -conoces? En verdad te digo, amigo Andrés, que en medio de la pena que -causa el considerar los desastres que nos amenazan, se alegra uno al -ver los belicosos preparativos que tanto enaltecen al vecindario de -esta ciudad. - -Mientras esto decíamos, expresándonos uno y otro con bastante -exaltación, Josefina fijaba en nosotros los ojos sorprendida y -aterrada, y atendía a nuestros gestos, dando a conocer que los -comprendía tan bien como la misma palabra. Advirtiolo su padre, y -volviéndose a ella, la tranquilizó con ademanes y sonrisas cariñosas, -diciéndome: - ---La pobrecita ha comprendido al instante que estamos hablando de la -guerra. Esto le causa un terror extraordinario. - -La enferma tenía delante de sí, en una mesilla de pino, un gran pliego -de papel con plumas y tintero. La escritura servía a hija y padre de -medio de comunicación. - -Nomdedeu, tomando la pluma, escribió: - - «Hija mía, no tengas miedo. Hablábamos de las bandadas de palomas que - vio ayer Andresillo en Pedret. Dice que mató todas las que quiso, y - que te traerá un par esta tarde. No, no temas, hija mía, no volverá a - haber más sitios en Gerona. ¡Si se ha concluido la guerra! Pues qué, - ¿no lo sabías? Esas noticias ha traído el Sr. Andresillo. Verdad que - se me había olvidado contártelo. Estamos en paz. Veremos si mañana - puedes salir a dar un paseo por Mercadal. Iremos a Castellá la semana - que entra. ¡Dice nostramo Mansió que están los rosales tan cargados - de rosas!... ¿Pues y los cerezos? Este año habrá tanta cereza, que no - sabremos qué hacer de ella. He mandado que pongan dos colmenas más, - y parece que dentro de un mes la vaca tendrá su cría. A la gallina - pintada se le ha puesto una buena echadura con seis o siete huevos - de pata. Dentro de diez días los sacará a todos, y dará gusto ver a - esa familia.» - -Luego que esto escribió, volviose a mí el Sr. D. Pablo, y procurando -disimular su aflicción, me dijo: - ---De este modo la voy engañando, para arrancar su ánimo a la tristeza. -Si ella supiera que mi casa de campo con todas las plantas y los -animalitos que allí tenía no existe ya... Los franceses no han dejado -piedra sobre piedra. ¡Pobre de mí! Rodeado de desastres; amenazado, -como todos los gerundenses, de los horrores de la guerra, del hambre y -de la miseria, tengo que fingir junto a esta niña infeliz un bienestar -y una paz que está muy lejos de nosotros, y he de ocultar la amargura -de mi corazón destrozado, mintiendo como un histrión. Pero así ha -de ser. Tengo la convicción de que si mi hija llegase a conocer la -situación en que nos encontramos, y tuviese conocimiento del bombardeo -y de las escaseces que nos amagan, su muerte sería inmediata; y quiero -prolongarle la vida todo el tiempo que me sea posible, porque confío -en que si algún día Dios y San Narciso resuelven poner fin a las -desgracias de esta ciudad, podré salir de Gerona y llevarla a disfrutar -la vida del campo, única medicina que la aliviará. - -Josefina, al concluir de leer el papel, movió tristemente la cabeza en -señal de incredulidad, y luego dijo: - ---Pues marchémonos mañana a Castellá. - ---Este sí que es apuro --me dijo Nomdedeu, tomando la pluma para -contestar a su hija--. ¿Qué le voy a decir? - -Pero sin detenerse, escribió: - - «Hija mía, ten un poco de paciencia. El tiempo, que parece bueno, - está muy malo, y mañana ha de llover. Yo lo conozco por lo que dicen - mis libros. Además tengo que hacer en el hospital durante algunos - días.» - -Entonces la enferma, que sin duda se fatigaba hablando o no tenía gusto -en pronunciar palabras que no oía, tomó también la pluma, y con rapidez -nerviosa trazó lo siguiente: - - «Andrés está hablando de batallas.» - ---¡No, no, señorita Josefina! --exclamé yo a gritos, pues es costumbre -instintiva alzar la voz delante de los sordos, aun sabiendo que estos -no nos pueden oír. - - «Precisamente --escribió D. Pablo--, ahora me estaba diciendo que le - van a dar la licencia, porque ya no se necesitan soldados. ¡Gracias - a Dios que se han acabado esas malditas guerras!... Hija mía, esta - tarde vendrán aquí algunos amigos para que bailen la sardana y te - distraigan un rato. ¿Por qué no sigues tu lectura?» - -Y luego puso en manos de su hija un tomo, que era la primera parte del -_Quijote_, el cual abrió ella por donde lo tenía marcado, comenzando a -leer tranquilamente. - - - - -III - - -Nomdedeu, llevándome junto a la ventana, me dijo: - ---La idea de la guerra y del bombardeo le causa mucho horror. Es -natural que así sea, puesto que de una fuerte y dolorosa impresión de -miedo proviene su desorden nervioso y la pasión de ánimo que la tiene -en tan lamentable estado. En el segundo sitio, amigo Andrés, puedo -decir que perdí a mi querida niña, único consuelo mío en la tierra. Ya -sabes que llegó aquí el bárbaro Duhesme a mediados de julio del año -pasado, cuando dijo aquellas arrogantes palabras: _El 24 llego, el 25 -la ataco, el 26 la tomo, y el 27 la arraso._ Hombre que tales bravatas -decía igualándose a César, era forzosamente un necio. Llegó, en efecto, -y atacó; pero no pudo tomar ni arrasar cosa alguna, como no fuese su -propia soberbia, que quedó por tierra ante esos muros. Tenía nueve mil -hombres, y aquí dentro apenas pasaban de dos mil, con los paisanos -que se habían armado a toda prisa. Duhesme puso cerco a la plaza, y -abiertas trincheras contra Montjuich y los fuertes del Este y Mercadal, -el 13 empezó a bombardearnos sin piedad. El 16 intentaron asaltar el -Montjuich; pero sí... para ellos estaba. El regimiento de Ultonia lo -defendía... Pero voy a mi objeto. Como te iba diciendo, mi pobre niña -perdió el sosiego, y su espanto la tenía en vela de día y de noche. -Su estado de excitación, junto con la resistencia a tomar alimento, -la puso a punto de morir. Figúrate mi pena y la de mi sobrino. Porque -he de advertirte que yo tenía un sobrino llamado Anselmo Quixols, -hijo de mi hermana Doña Mercedes, residente en La Bisbal. No sé si -sabrás que mi hermana y yo teníamos concertado casar a Anselmo con -Josefina, enlace que era muy agradable a entrambos muchachos, porque -desde algunos meses antes habían gastado algunas manos de papel en -escribirse cartas, y díchose mil amorosas palabras en honesto lenguaje. -Entonces vivíamos en la calle de la Neu, muy cerca de la plaza. El -día 15 habíamos bajado al portal, donde nos creíamos más seguros del -bombardeo, y estábamos comiendo en compañía de Anselmo, que por breve -rato dejó el servicio para venir a informarse de nuestra situación. -¡Ay, amigo Andrés! ¡Qué día, qué momento! Una bomba penetró por el -techo, atravesó el piso alto, y horadando las tablas cayó en el bajo, -donde al estallar con horrible estruendo causó espantosos estragos. -Anselmo quedó muerto en el acto, atravesado por un casco el pecho; -mi fámulo fue mortalmente herido, y la señora Sumta también, aunque -sin gravedad. Yo recibí un golpe, y solo mi hija quedó aparentemente -ilesa; pero ¡qué trastorno en su organismo! ¡qué desquiciamiento, -qué horrible perturbación en su pobre alma! La horrenda explosión; -el súbito peligro; la muerte de su primo y futuro esposo a quien -recogimos del suelo en el momento de expirar; el riesgo que corríamos -con el incendio de la casa, hirieron con golpe tan rudo su naturaleza -endeble y resentida, que desde entonces mi hija, aquella muchacha -amable, graciosa y discreta, dejó de existir, y en su lugar dejome -el cielo esta desvalida y lastimosa criatura, cuyos padecimientos -más me duelen a mí que a ella propia; esta vida se me va aniquilando -entre el dolor y la melancolía, sin que nada pueda reanimarla. En el -primer momento de la catástrofe, Josefina se quedó como si hubiera -perdido la razón. A pesar de nuestros esfuerzos por sujetarla, salió -corriendo a la calle, y sus lamentos dolorosos detenían al pasajero -y contristaban al invencible soldado. Seguímosla, y llamándola sin -cesar con las palabras más cariñosas, intentábamos llevarla a sitio -seguro donde se tranquilizase; pero Josefina no nos oía. En su cerebro, -agitado por hirviente excitación, reinaba el silencio absoluto. Yo -creí que no sobrevivía a aquel trastorno; pero ¡ay, Andresillo! -vive, gracias a mis cuidados, a mi vigilante y previsor estudio por -salvarla. Ha permanecido en cama todo el invierno. Ya ves cómo está. -¿Vivirá? ¿Alargará sus tristes días hasta el verano? ¿Podré salir de -Gerona dentro de algunos meses, si resistimos el asedio y se van los -franceses? ¿Qué suerte nos destina Dios en los días que vienen? ¡Pobre -niñita mía! Inocente y débil, sufrirá los horrores del sitio tal vez -mejor que nosotros los fuertes. No sé qué daría por que esta situación -terminara pronto, permitiéndome salir una temporada de campo con mi -pobre enferma. Pero figúrate lo que dirían de mí si ahora escapase de -Gerona. No lo quiero pensar. Me llamarían cobarde y mal patriota. En -verdad, muchacho, que no sé cuál de estos dos calificativos me lastima -más. ¡Cobarde o mal patriota! No... aquí, señor de Nomdedeu, señor -médico del hospital; aquí, en Gerona, al pie del cañón, con la venda -en la mano y el bisturí en la otra para cortar piernas, sacar balas, -vendar llagas y recetar a calenturientos y apestados. Vengan granadas -y bombas.. Puede que se muera mi hija; puede que la débil luz de esta -lamparita se apague, no solo por falta de aceite, sino por falta de -oxígeno; morirá de terror, de consunción física, de hambre; pero ¡qué -vamos a hacer! ¡Si Dios lo dispone así!... - -Diciendo esto, D. Pablo, vuelto hacia los cristales del balcón, se -limpiaba las lágrimas con un pañuelo encarnado tan grande como una -bandera. - - - - -IV - - -Por la noche, después de hacer la guardia en la Torre Gironella, volví -a mi alojamiento y me encontré con una novedad. Pichota había parido, -sí, señores, y la familia de que orgullosamente me consideraba jefe, se -aumentó con tres criaturas, a las cuales era preciso mantener. No sé -si he hablado a ustedes de Pichota, hermosa gata parda con manchas, a -quien los tres muchachos profesaban un amor sin límites. Perdóneseme el -descuido por no haberla mencionado antes, y ahora solo falta decir que -al ver los tres retoños que nos había regalado, dije a Siseta: - ---Es preciso que dos de estos caballeritos sean arrojados al Oñar, -porque no estamos para mantener a tanta gente. Luego que acaben de -mamar, será preciso una ración diaria para alimentarlos, y dicen que -vamos a andar escasos. - ---Déjalos, hombre --me respondió--. Dios dará para todos, y si no -que se lo busquen ellos mismos. No faltará que comer en Gerona. Los -_cerdos_ no se meterán con ustedes, y hasta me parece que no se -atreverán a asomar las narices por acá. - ---¡Quia, qué se han de atrever! --exclamé yo con festiva ironía--. -Nos tienen mucho miedo. Sube conmigo a la Torre Gironella, y verás -los mosquitos que andan allá por Levante y Mediodía. Franceses en San -Medir, Montagut y Costa Roja; franceses en San Miguel y en los Ángeles, -y, por variar, franceses en Montelibi, Pau y el llano de Salt. Ya -verás, prenda mía. Aquí somos seis mil quinientos hombres que no bastan -para empezar, y tenemos unas murallitas... ¡qué obras, válgame Dios! Da -miedo verlas. Figúrate que cuando los lagartos corren por entre las -piedras, estas se mueven y dan unas contra otras. No se puede hablar -recio junto a ellas, porque con el estremecimiento del sonido se caen -de su sitio. En fin, yo no sé lo que va a pasar cuando abran batería -los franceses y empiecen a bombardearnos. - -La señora Sumta, ama de gobierno de Don Pablo Nomdedeu, que solía bajar -a darnos conversación en sus ratos de ocio, metió su hocico en nuestro -diálogo, diciendo: - ---Tiene razón Andrés. Las murallas de los fuertes parecen una -almendrada hecha con azúcar sin punto. Mi difunto esposo, que de -Dios goce, y que hizo la campaña del Rosellón contra la república de -los _cerdos_, me decía varias veces: «Si no fuera porque está allí -San Fernando de Figueras con sus murallas de diamante, y aquí los -gerundenses con sus corazones de acero, todas las plazas del Ampurdán -caerían en poder de cualquier atrevido que pasase la frontera.» En fin, -lo de menos será la piedra, con tal que haya hombres de pecho y un buen -español que sepa mandarlos. ¿Y qué me dice usted, Sr. Andresillo, de -ese encanijado Gobernador que nos han puesto? - ---D. Mariano Álvarez de Castro. Este fue el que no quiso entregar a -los franceses el Montjuich de Barcelona. Dicen que es hombre de mucho -temple. - ---Pues no lo parece --repuso la señora Sumta--. Cuando nos mandaron acá -este sujeto en febrero y le vi, al punto le diputé por poca cosa. ¡Qué -se puede esperar de quien no levanta tanto así del suelo! El otro día -pasó junto a mí, y... créalo usted, no me llega al hombro. El tal D. -Mariano Álvarez de Castro me serviría de bastón. ¿Le ha visto usted la -cara? Es amarillo como un pergamino viejo, y parece que no tiene sangre -en las venas. ¡Qué hombres los del día! Quien conoció a aquel General -Ricardos, que no cabía por esa puerta, con un pecho y una espalda... -Daba gusto ver su cara redondita y sus carrillos como clavellinas... - ---Señora Sumta --dije riendo--, cuando los generales tengan un oficio -semejante al de las amas de cría, entonces se podrá renegar de los que -sean flacos y encanijados. - ---No, Andresillo, no digo eso --repuso la matrona--. Lo que digo es que -sin presencia no se puede mandar. Considera tú: cuando una ve a Doña -Lucía Fitz-Gerard, coronela del batallón de Santa Bárbara; cuando una -ve aquellas carnes, aquel andar imponente, dan ganas de correr tras -ella a matar franceses. Pero dime, Siseta, ¿no estás tú afiliada en el -batallón de Santa Bárbara? - ---Yo, señora Sumta, no sirvo para eso --repuso mi futura esposa--. -Tengo miedo a los tiros. - ---Es que nosotras no hacemos fuego, hija mía, al menos mientras estén -vivos los hombres. Llevar municiones, socorrer a los heridos, dar agua -a los artilleros, y si se ofrece, ir aquí o allí con una orden del -General: esta será nuestra ocupación. Ya les he dicho que cuenten -conmigo para todo, para todo, aunque sea para llevar la bandera del -batallón. De veras te digo, Andresillo, que es gran lástima no tener -mejores murallas, y un General menos amarillo y con algunos dedos más -de talla. - -Yo me reía con las cosas de la señora Sumta, mujer tan amable como -entrometida, y lejos de enojarme sus barrabasadas, nos causaban sumo -gusto a Siseta y a mí, mayormente al ver que en sus visitas el ama de -gobierno de D. Pablo Nomdedeu no bajaba nunca sin traer algún condumio -para los huérfanos. A eso de las nueve se despidió para regresar a su -alojamiento, y entonces nos dijo: - ---Ya la señorita ha de estar acostada. El señor acaba de entrar, y -ahora estará escribiendo su _Diario de todos los días_, uno al modo de -libro de coro, donde va apuntando lo que le pasa. ¡Ay! el amo confía -que la niña se curará, y yo, sin ser médico, digo y aseguro que si -alarga hasta que caigan las hojas, será mucho alargar... Ahora estamos -empeñados en hacerle creer que la semana que viene iremos a Castellá. -Sí, ¡buena temporada de campo nos espera! Bombas y más bombas. La niña -no se ha de enterar de nada, y el amo dice que aunque arda la ciudad -toda y caigan a pedazos las casas, Josefina no lo ha de conocer. Pues -digo, si los _cerdos_ aprietan el cerco, como se cuenta, y escasean -los víveres... Pero el amo tampoco quiere que la niña comprenda que -escasean las vituallas. Si tenemos hambre, capaz es mi señor Don Pablo -de cortarse un brazo y aderezar un guisote con él, haciendo creer a la -enferma que tenemos aquel día pierna de carnero. Bueno va, bueno va. -Adiós, Siseta; adiós, Andrés. - -Cuando nos quedamos solos dije a mi futura, mirando a los gatitos: - ---Sálvense los tres infantes de España. Si hay hambre en Gerona, la -carne de gato dicen que no es mala. ¡Ay, Siseta de mi corazón! ¡Cuándo -nos veremos fuera de estas murallas! ¡Cuándo se acabará esta maldita -guerra! ¡Cuándo estaremos tú y yo con los muchachos, Pichota y sus -niños, camino de la Almunia de Doña Godina! ¿Estará de Dios que no nos -sentaremos a la sombra de mis olivos mirando a las ramas para ver cómo -va cuajando la aceituna? - -Hablando de este modo, me engolfaba en tristes presagios; pero Siseta, -con sus observaciones impregnadas de sentimiento cristiano, daba cierta -serenidad celeste a mi espíritu. - - - - -V - - -El 13 de junio, si no estoy trascordado, rompieron los franceses el -fuego contra la plaza, después de intimar la rendición por medio de un -parlamentario. Estaba yo en la Torre de San Narciso, junto al barranco -de Galligans, y oí la contestación de D. Mariano, el cual dijo que -recibiría a metrallazos a todo francés que en adelante volviese con -embajadas. - -Estuvieron arrojando bombas hasta el día 25, y quisieron asaltar las -torres de San Luis y San Narciso, que destrozaron completamente, -obligándonos a abandonarlas el 19. También se apoderaron del barrio de -Pedret, que está sobre la carretera de Francia, y entonces dispuso el -Gobernador una salida para impedir que levantasen allí batería. Pero -exceptuando la salida y la defensa de aquellas dos torres, no hubo -hechos de armas de gran importancia hasta principios de julio, cuando -los dos ejércitos principiaron a disputarse rabiosamente la posesión de -Montjuich. Los franceses confiaban en que con este castillo lo tendrían -todo. ¿Creerán ustedes que solo había dentro del recinto nuevecientos -hombres, que mandaba D. Guillermo Nash? Los imperiales habían levantado -varias baterías, entre ellas una con veinte piezas de gran calibre, -y sin cesar arrojaban bombas a los del castillo, que rechazaron los -asaltos con obuses cargados con balas de fusil. Por cuatro veces se -echaron los _cerdos_ encima, hasta que en la última dijeron «ya no -más», y se retiraron, dejando sobre aquellas peñas la bicoca de dos -mil hombres entre muertos y heridos. No puedo apropiarme ni una parte -mínima de la gloria de esta defensa, porque la estuve presenciando -tranquilamente desde la Torre Gironella. - -En todo el mes de julio siguieron los franceses haciendo obras para -aproximarse a la plaza, y viendo que no la podían tomar a viva fuerza, -ponían su empeño en impedir que nos entraran víveres. De este plan -comenzaron a resentirse los ya alarmados estómagos. - -En casa de Siseta, sin reinar la abundancia, no se pasaba mal, y -con lo que yo les llevaba, unido a los frecuentes regalos del señor -D. Pablo Nomdedeu, iban tirando los desdichados habitantes de la -cerrajería. Verdad que yo me quedaba los más de los días mirando al -cielo para darles a ellos lo mío; pero el militar con un bocado aquí -y otro allí se mantiene, sostenido también por el espíritu, que toma -su substancia no sé de dónde. Yo tenía un placer inmenso al retirarme -a descansar unas cuantas horas o simplemente unos cuantos minutos, en -ver cómo trabajaba Siseta en su casa, arreglando por puro instinto -y nativo genio doméstico aquello que no tenía arreglo posible. Los -platos rotos eran objeto de una escrupulosa y diaria revisión, y la -vajilla más perfecta no habría sido puesta con mejor orden ni con tan -brillante aparato. En las alacenas, donde no había nada que comer, mil -chirimbolos de loza y lata, que fueron en sus buenos tiempos bandejas, -escudillas, soperas y jarros, aguardaban los manjares a que los destinó -el artífice, y los muebles desvencijados que apenas servían para arder -en una hoguera, adquirieron inusitado lustre con el tormento de los -diarios lavatorios y friegas a que la diligente muchacha los sujetaba. - ---Mira, prenda mía --le decía yo--, se me figura que no vendrá ninguna -visita. ¿A qué te rompes las manos contra esa caoba carcomida y ese -pino apolillado que no sirve ya para nada? Tampoco viene al caso la -deslumbradora blancura de esas cortinas desgarradas y de esos manteles, -sobre los cuales, por desgracia, no chorreará la grasa de ningún pavo -asado. - -Yo me reía, y hasta aparentaba burlarme de ella; pero entre tanto una -secreta satisfacción ensanchaba mi pecho, al considerar las eminentes -cualidades de la que había elegido para compañera de mi existencia. Un -día, después de hablar de estas cosas, subí a visitar al Sr. Nomdedeu, -y encontrele sumamente inquieto al lado de su hija, que seguía leyendo -el _Quijote_. - ---Andrés --me dijo dulcificando su fisonomía para disimular con los -ojos lo que expresaban las palabras--, principian a faltar víveres de -un modo alarmante, y los franceses no dejan entrar en la plaza ni una -libra de habichuelas. Yo estoy decidido a comprar todo lo que haya, a -cualquier precio, para que mi hija no carezca de nada; pero si llegan a -faltar los alimentos en absoluto, ¿qué haré? He reunido bastantes aves; -pero dentro de un par de semanas se me concluirán. Las pobres están tan -flacas que da lástimas verlas. Amigo, ya sabes que desde hoy empezamos -a comer carne de caballo. ¡Bonito porvenir! Álvarez dice que no se -rendirá, y ha puesto un bando amenazando con la muerte al que hable de -capitulación. Yo tampoco quiero que nos rindamos... de ninguna manera; -pero ¿y mi hija? ¿Cómo es posible que su naturaleza resista los apuros -de un bloqueo riguroso? ¿Cómo puede vivir sin alimento sano y nutritivo? - -La enferma arrojó el libro sobre la mesa, y al ruido del golpe volviose -el padre, en cuya fisonomía vi mudarse con la mayor presteza la -expresión dolorosa en afectada alegría. - -En aquel momento trajo la señora Sumta la comida de la señorita, y como -esta viese un pan negro y duro, lo apartó de sí con ademán desagradable. - -El padre hizo esfuerzos por reírse, y al punto escribió lo siguiente: - ---¡Qué tonta eres! Este pan no es peor que el de los demás días, sino -mucho mejor. Es negro porque he mandado al panadero que lo amasase con -una medicina que le envié, y que te hará muchísimo provecho. - -Mientras ella leía, él trinchaba un medio pollo, mejor dicho un medio -esqueleto de pollo, sobre cuya descarnada osamenta se estiraba un -pellejo amarillo. - ---No sé cómo la convenceré de que tiene delante un bocado apetitoso ---me dijo con dolor profundo, pero cuidando de conservar la sonrisa en -los labios--. ¡Dios mío, no me desampares! - -La señora Sumta, detrás del sillón de la enferma, pronunció estas -palabras: - ---Señor, yo no quería decirlo, pero ello es preciso: de las cinco -gallinas que quedaban se han muerto tres, y dos están enfermas. - ---¿Es posible? ¡La Santa Virgen nos ayude! --exclamó el doctor, -chupando los huesos del pollo para animar a su hija a que imitara tan -meritoria abnegación--. ¡Conque se han muerto! Ya lo esperaba. Dicen -que todas las aves del pueblo se están muriendo. ¿Ha ido usted a la -Plaza de las Coles a ver si hay alguna gallina fresca y gorda? - ---No he visto más que alambres, y algunos lechuzos que dan asco. - ---¡Dios me tenga de su mano! ¿Qué vamos a hacer? - -Y diciendo esto chupaba y rechupaba un hueso, saboreándolo luego con -visajes de satisfacción, para ponderar de este modo a los ojos de la -enferma la excelencia de aquella vianda. Pero Josefina, después de -probar el seco animal, apartó el plato de sí con repugnancia. D. Pablo, -sin detenerse a escribir, porque en su azoramiento y ansiedad faltábale -la paciencia para recurrir a tan tardo medio, exclamó a gritos: - ---¿Qué, no lo quieres? Pues está exquisito, delicioso. Algo flaco; -pero ahora se usan los pollos flacos. Así lo prescribe la higiene, y -los buenos cocineros jamás te ponen en el puchero un ave medianamente -entrada en carnes. - -Pero Josefina no oía, como era de esperar, y cerrando los ojos con -desaliento, pareció más dispuesta a dormir que a comer. En tanto -D. Pablo levantábase, y paseando por el cuarto, cruzadas las manos -y con expresión de terror los ojos, no se cuidaba de disimular su -desesperación. - ---Andrés --me dijo--, es preciso que me ayudes a buscar algo que dar -a mi hija. Gallinas, patos, palomas: ¿se han concluido ya las aves de -corral en Gerona? - ---Todo se ha concluido --afirmó la señora Sumta con oficiosidad--. -Esta mañana, cuando fui a la formación (pues yo pertenezco a la -segunda compañía del batallón de Santa Bárbara), todos los militares -se quejaban de la escasez de carnes, y la coronela Doña Luisa dijo que -pronto sería preciso comer ratones. - ---¡Vaya usted al demonio con sus batallones y coronelas! ¡Comer -animales inmundos! No, mi pobre enferma no carecerá de alimento sano. A -ver: busquen por ahí... pagaré una gallina a peso de oro. - -Luego, volviéndose a mí, me dijo: - ---Cuentan que se espera un convoy de víveres en Gerona, traído por un -General Blake. ¿Has oído tú algo de esto? A mí me lo dijo el mismo -Intendente, D. Carlos Beramendi, aunque también me manifestó que dudaba -pudiera llegar felizmente aquí. Parece que están en Olot con dos mil -acémilas, y todo se ha combinado para que salga de aquí D. Blas de -Fournás con alguna fuerza, con objeto de distraer a los franceses. -¡Oh, si esto ocurriera pronto y nos llegara harina fresca y alguna -carne!... Si no, dudo que nos escapemos de una horrorosa epidemia, -porque los malos alimentos traen consigo mil dolencias que se agravan -y se comunican con la insalubridad de un recinto estrecho y lleno de -inmundicias. ¡Dios mío! Yo no quiero nada para mí: me contentaré con -tomar en la calle un hueso crudo de los que se arrojan a los perros, -y roerlo; pero que no falte a mi inocente y desgraciada enfermita un -pedazo de pan de trigo y una hila de carne... Andrés, ¡si vieras qué -malos ratos paso en el hospital! El Gobernador ha mandado que los -mejores víveres que quedan se destinen a los soldados y oficiales -heridos, lo cual me parece muy bien dispuesto, porque ellos lo merecen -todo. Esta mañana estaba repartiéndoles la comida. ¡Si vieras qué -perniles, qué alones, qué pechugas había allí! Tuve intenciones de -escurrir bonitamente una mano por entre los platos y pescar un muslo -de gallina, para metérmelo con disimulo en el bolsillo de la chupa y -traérselo a mi hija. Estuve luchando un largo rato entre el afán que -me dominaba y mi conciencia, y al fin, elevando el pensamiento, y -diciendo: «Señor, perdóname lo que voy a hacer», me decidí a cometer -el hurto. Alargué los dedos temblorosos, toqué el plato, y al sentir -el contacto de la carne, la conciencia me dio un fuerte grito y aparté -la mano; pero se me representó el estado lastimoso de mi niña y volví -a las andadas. Ya tenía entre las garras el muslo, cuando un oficial -herido me vio. Al punto sentí que la sangre se me subía a la cara, y -solté la presa diciendo: «Señor oficial, no queda duda que esa carne -es excelente y que la pueden ustedes comer sin escrúpulo...» Me vine a -casa con la conciencia tranquila, pero con las manos vacías. Y hablando -de otra cosa, amigo Andrés, dicen que al fin se tendrá que rendir -Montjuich. - ---Así parece, Sr. D. Pablo. El Gobernador ha ofrecido premios y grados -a los seiscientos hombres de D. Guillermo Nash; pero con todo, parece -que no pueden resistir más tiempo. Los que hay dentro del castillo -ya no son hombres, pues ninguno ha quedado entero, y si se sostienen -una semana, es preciso creer que San Narciso hace hoy un milagro más -prodigioso que el de las moscas, ocurrido seiscientos años ha. - ---Esta mañana me dijeron que los del castillo no están ya para fiestas; -pero que el Gobernador Sr. Álvarez les manda resistir y más resistir, -como si fueran de hierro los pobres hombres. Diecinueve baterías han -levantado los franceses contra aquella fortaleza... conque figúrate el -sinnúmero de confites que habrá llovido sobre la gente de D. Guillermo -Nash. - ---No necesito figurármelo, Sr. D. Pablo --repuse--, que todo eso lo -tengo más que visto, pues la Torre Gironella, donde yo estoy, no tiene -ninguna varita de virtudes para impedir que las bombas caigan sobre -ella. - -La enferma, levantándose de su asiento sin ser sentida, se acercó a -nosotros. - ---Hija mía --le dijo Nomdedeu con sorpresa y cariño, a pesar de la -certeza de no ser oído--, tu disposición a andar me prueba que estás -mucho mejor. Unos cuantos paseos por las afueras de la ciudad te -pondrán como nueva. ¡Ay, Andrés! --añadió dirigiéndose a mí--, daría -diez años de mi vida por poder dar diez paseos con mi hija por el -camino de Salt. Por espacio de muchos meses ha permanecido en una -postración lastimosa, y ahora su naturaleza, sintiéndose renacer, busca -el movimiento y quiere sacudir la mortal somnolencia. - -Josefina recorría la habitación con paso ligero, y sus mejillas se -tiñeron de levísimo carmín. - ---¡Oh, qué alegría! --exclamó D. Pablo--. En todo un año no has andado -tanto como en estos tres minutos. Mira, Andrés, cómo se le colorea el -semblante. La sangre circula, los miembros adquieren soltura y brío, la -apagada pupila brilla con nuevo ardor, y una respiración cadenciosa y -enérgica sale del oprimido pecho. - -Diciendo esto, mi amigo abrazó y besó a su hija con entusiasmo. - ---Aquí tienes, insigne Marijuán --prosiguió con júbilo--, el resultado -de mi sistema. Todos decían: «El Sr. D. Pablo Nomdedeu, que es tan buen -médico, no curará a su hija.» Y yo digo: «Sí, majaderos: el Sr. D. -Pablo Nomdedeu, que es un mal médico, curará a su hija.» Mi hija está -mejor, mi hija está buena, y con unos cuantos meses de temporada en -Castellá... - -La enferma, en efecto, manifestaba alguna animación. Al ver las -demostraciones de su padre, hizo y repitió enérgicos signos que no -entendí. La falta de oído habíale quitado el hábito de expresarse por -la palabra, adquiriendo con esto insensiblemente la rápida movilidad -facial y manual de los sordomudos. Solo en casos de apuro y cuando no -era comprendida, recurría instintivamente a poner en acción la lengua, -exprimiendo las ideas con cierta oscuridad, y siempre con rapidez y -escasa armonía. - ---Quiero vestirme --dijo agitando el guardapiés. - ---¿Para qué, hija? - ---¿No vamos esta tarde a Castellá? En el patio dos caballos... los he -visto. - -Nomdedeu hizo con la cabeza dolorosos signos negativos. - ---Esos caballos --me dijo--, son el mío y el del vecino D. Marcos, que -van al matadero. - -Josefina corrió a la ventana que daba al patio, volviendo luego a -nuestro lado. - ---¡Quiero salir... calle! --exclamó con vehemencia. - ---Hija mía --dijo D. Pablo asociando los signos a la palabra--, ya -sabes que ha llovido. Están los pisos llenos de fango. No te sentará -bien. Toma mi brazo y demos unos cuantos paseos de la sala a la cocina -y de la cocina a la sala. - -Josefina mostró inmenso fastidio, y miró a la calle con desconsuelo. - ---Aquí tienes un gran compromiso --me dijo el doctor tirándose de un -mechón de cabellos. - -La desgraciada niña, mirando al cielo al través de los vidrios, exclamó: - ---¡Qué precioso... el cielo! - ---Es verdad --repuso el padre--. Pero... más vale que te sientes en -tu silloncito. ¿Por qué no tomas alguna cosa? Mira... uno de estos -bollitos. - -Josefina corrió a su asiento y dejose caer en él, apartando con -repugnancia las golosinas que le ofrecía su padre. Luego movió la -cabeza a un lado y otro cerrando los ojos, y pronunciando estas -palabras que caían sobre el corazón del padre como bombas en plaza -sitiada: - ---¡Guerra en Gerona!... ¡Otra vez guerra en Gerona! - -Nomdedeu, sin atreverse a contradecirla, habíase sentado junto a ella, -y con la cabeza entre las manos lloraba como un chiquillo. - - - - -VI - - -Rindiose Montjuich a los dos días de ocurrir lo que llevo referido. -¿Qué podían hacer aquellos cuatrocientos hombres que habían sido -novecientos y ya caminaban a no ser ninguno? El 12 de agosto la -guarnición del castillo se componía de unos trescientos o cuatrocientos -hombres, sin piernas los unos, sin brazos los otros. Montjuich era un -montón de muertos, y lo más raro del caso es que Álvarez se empeñaba en -que aún podía defenderse. Quería que todos fuesen como él, es decir, -un hombre para atacar y una estatua para sufrir; mas no podía ser así, -porque de la pasta de D. Mariano Dios había hecho a D. Mariano, y -después dijo: «Basta, ya no haremos más.» - -Se rindió el castillo después de clavar los pocos cañones que quedaron -útiles, y por la tarde de aquel día vimos desfilar a la que había sido -guarnición, marchando la mayor parte al hospital. Todos quisimos ver -a Luciano Anció, el tambor que, después de haber perdido una pierna -entera y verdadera, siguió mucho tiempo señalando con redobles la -salida de las bombas; pero Luciano Anció había muerto sacudiendo el -parche mientras tuvo los brazos pegados al cuerpo. Daba lástima ver a -aquella gente, y yo le dije a Siseta, que había ido con los tres chicos -a la Plaza de San Pedro: - ---Como estos medios hombres estaré yo dentro de poco, Siseta, porque -ya que acabaron con Montjuich, ahora la van a emprender con la torre -Gironella, cuyas murallas no se han caído ya... por punto. - -Los franceses no esperaron al día siguiente para combatir la ciudad, -que se les venía a la mano, una vez que tenían la gran fortaleza, y -desde la misma noche empezaron a levantar baterías por todos lados. -Tanta prisa se dieron, que en pocos días alcanzamos a ver muchísimas -bocas de fuego por arriba, por abajo, por la montaña y por el llano, -contra la muralla de San Cristóbal y Puerta de Francia. El Gobernador, -que harto conocía la flaqueza de aquellas murallas de mazapán, dispuso -que se ejecutaran obras como las de Zaragoza: cortaduras por todos -lados, parapetos, zanjas y espaldones de tierra en los puntos más -débiles. - -Las mujeres y los ancianos trabajaron en esto, y yo me llevé a la Plaza -de San Pedro a mis tres chiquillos, que metían mucho ruido sin hacer -nada. Por la noche regresaron a su casa completamente perdidos de -suciedad, y con los vestidos hechos jirones. - ---Aquí te traigo estos tres caballeros --dije a Siseta--, para que los -repases. - -Ella se enojó viéndoles tan derrotados, y quiso pegarles; pero yo la -contuve diciendo: - ---Si han ido al trabajo, fue porque así lo ordenó el Gobernador D. -Mariano Álvarez de Castro. Son los tres muy buenos patriotas, y si -no es por ellos, creo que no se hubiera acabado hoy la cortadura que -cierra el paso de la calle de la Barca. ¿Ves? Esa arroba de fango que -tiene Gasparó en la cabeza, es porque quiso también meter sus manos -en harina, y subiendo al parapeto, rodó después hasta el fondo de la -zanja, de donde le sacaron con una azada. - -Siseta al oír esto empezó a solfearle en cierta parte, encareciéndole -con enérgicas palabras la conveniencia de que no tomase parte en las -obras de fortificación. - ---¿Ves este verdugón que tiene Manalet en el carrillo y en la sien -derecha? --proseguí, librando a Gasparó de las injusticias de su -hermana--. Pues fue porque se acercó demasiado al Gobernador cuando -este iba con el Intendente y toda la plana mayor a examinar las obras. -Estas criaturitas, no contentas con verle de cerca, se metían en el -corrillo, enredándose entre las piernas de D. Mariano en términos -que no le dejaban andar. Un ayudante les espantaba; pero volvían como -las moscas de San Narciso, hasta que al fin, cansados del juego, los -oficiales empezaron a repartir bofetones, y uno de ellos le cayó en la -cara a tu hermano Manalet. - ---¡Ay, qué chicos estos! --exclamó Siseta--. Todos desean que se acabe -el sitio para poder vivir, y yo quiero que se acabe para que haya -escuela. - -Entre tanto, los tres patriotas volvían a todas partes sus ardientes -ojos, en cuya pupila resplandecía el rayo de una vigorosa y exigente -vida; miraban a su hermana y me miraban a mí, atendiendo principalmente -a los movimientos de mis manos, por ver si me las llevaba a los -bolsillos. - ---Siseta --dije--, ¿no hay nada que comer? Mira que estos tres -capitanes generales me quieren tragar con los ojos. Y verdaderamente, -¿cómo han de servir a la patria si no se les pone algún peso en el -cuerpo? - ---No hay nada --dijo la muchacha, suspirando tristemente--. Se ha -concluido lo que tú trajiste la semana pasada, y hace dos días que -la señora Sumta no me da ni una miga porque parece que arriba faltan -también las provisiones. ¿Nos traes algo esta noche? - -Por única respuesta, fijé la vista en el suelo, y durante largo rato -guardamos todos profundo silencio, sin atrevernos a mirarnos. Yo no -llevaba nada. - ---Siseta --dije al fin--. La verdad, hoy no he traído cosa alguna. -Sabes que no nos dan más que media ración, y yo había tomado -adelantadas dos o tres diciendo que eran para un enfermo. Esta mañana -me dio un compañero un pedazo de pan... ¿y para qué negártelo?... tenía -tanta hambre que me lo comí. - -Felizmente para todos, bajó la señora Sumta, trayendo algunos mendrugos -de pan y otros restos de comida. - - - - -VII - - -Así pasaban días y días, y a los males ocasionados por el sitio, se -unió el rigor de la calurosa estación para hacernos más penosa la -vida. Ocupados todos en la defensa, nadie se cuidaba de los inmundos -albañales que se formaban en las calles, ni de los escombros, entre -cuyas piedras yacían olvidados cadáveres de hombres y animales; ni por -lo general, la creciente escasez de víveres preocupaba los ánimos más -que en el momento presente. Todos los días se esperaba el anhelado -socorro, y el socorro no venía. Llegaban, sí, algunos hombres, que de -noche y con grandes dificultades se escurrían dentro de la plaza; pero -ningún convoy de vituallas apareció en todo el mes de agosto. ¡Qué -mes, Santo Dios! Nuestra vida giraba sobre un eje cuyos dos polos eran -batirse y no comer. En las murallas era preciso estar constantemente -haciendo fuego, porque la escasez de la guarnición no permitía -relevos, además de que el Gobernador, como enemigo del descanso, no nos -dejaba descabezar un mal sueño. Allí no dormían sino los muertos. - -Este continuado trabajo hizo que durante aquel mes aciago estuviese -hasta ocho días sin ver a mis queridos niños y a Siseta, los cuales me -juzgaron muerto. Cuando al fin les vi, casi les fue difícil reconocerme -en el primer instante: tal era mi extenuación y decaimiento a causa de -las grandes vigilias, del hambre y el continuo bregar. - ---Siseta --le dije abrazándola--, todavía estoy vivo aunque no lo -parezca. Cuando recuerdo el enorme número de compañeros míos que han -caído para no volverse a levantar, me parece que mi pobre cuerpo está -también entre los suyos, y que esto que va conmigo es un fantasma que -dará miedo a la gente. ¿Cómo va por aquí de alimentos? - ---Con el dinero que me quedaba de lo que tú me diste, hemos comprado -alguna carne de caballo. Algo nos envían de arriba, porque la señorita -enferma no quiere comer de estos platos que ahora se usan. El Sr. -Nomdedeu parará en loco, según yo veo, y ayer estuvo aquí todo el día -rellenando de paja dos pieles de gallina, con lo cual hace creer a su -hija que ha recibido aves frescas de la plaza. Después le da carne de -caballo, y echándole discursos escritos le hace comer unas tajaditas. -La señora Sumta salió ayer con su fusil, y volvió diciendo que había -matado no sé cuántos franceses. Los tres chicos no me han dejado -respirar en estos ocho días. ¿Querrás creer que ayer se subieron al -tejado de la catedral, donde están los dos cañones que mandó poner -el Gobernador? Yo no sé por dónde subieron; mas creo que fue por los -techos del claustro. Lo que no creerás es que Manalet vino ayer muy -orgulloso porque le había rozado una bala el brazo derecho, haciéndole -una regular herida, por lo cual traía un papel pegado con saliva encima -de la rozadura. Badoret cojea de un pie. Yo quiero detener al pequeño; -pero siempre se escapa, marchándose con sus hermanos, y ayer trajo un -pedazo de bomba como media taza, llena de granos de arroz que recogió -en medio del arroyo... Y tú ¿qué has oído? ¿Es cierto que vienen -socorros por la parte de Olot? El señor Nomdedeu no piensa más que en -esto, y por las noches, cuando siente algún ruido en las calles, se -levanta, y asomándose por el ventanillo del patio, dice: «Vecinita, esa -gente que pasa me parece que ha hablado de socorro.» - ---Lo que yo te puedo decir, Siseta, es que esta madrugada saldrá -alguna tropa de aquí por la ermita de los Ángeles, y se dice que va a -entretener a los franceses por un lado mientras el convoy entra por -otro. - ---Dios quiera que salga bien. - -Esto decíamos, cuando se sintió fuerte ruido de voces en la calle. Abrí -al punto la puerta, y no tardé en encontrar algunos compañeros que, -alojados en las casas inmediatas, salieron al oír el estruendo de -carreras y voces. La señora Sumta se presentó también a mi vista, fusil -al hombro, y con rostro tan placentero cual si viniese de una fiesta. - ---Ya tenemos ahí los socorros --dijo la guerrera, descansando en tierra -el fusil con marcial abandono. - -Al punto apareció en la ventana alta el busto del Sr. Nomdedeu, quien -sin poder contener su alegría, gritaba: - ---¡Ya ha llegado el socorro! ¡Albricias, pueblo gerundense! Señora -Sumta, suba usted a informarme de todo. ¿Pero ha entrado ya el convoy? -Traiga usted inmediatamente todo lo que encuentre, a cualquier precio -que lo vendan. - -Un soldado, amigo y compañero mío, nos dijo: - ---Todavía no ha entrado el convoy en la plaza, ni sabemos cuándo ni por -dónde entrará. - ---Lo cierto es que hacia el lado de Bruñolas se siente un vivo fuego, -señal de que por allí D. Enrique O’Donnell se está batiendo con los -franceses. - ---También se oye tiroteo por los Ángeles, donde dicen que está Llauder. -El convoy entrará por el Mercadal, si no me engaño. - ---Señora Sumta --dijo D. Pablo desde la ventana--, suba usted a -acompañar a mi hija mientras yo voy a enterarme de lo que ocurre; pero -deje usted fuera esos arreos militares, y póngase el delantal y la -escofieta. Entre tanto, encienda el fuego, ponga agua en los pucheros, -que si usted va por los víveres, yo mondaré luego las seis patatas que -compré hoy, y haré todo lo demás que sea preciso en la cocina. - -Estas conferencias no se prolongaron mucho tiempo, porque tocaron -llamada y corrimos a la muralla, donde tuvimos la indecible -satisfacción de oír el vivo fuego de los franceses, atacados de -improviso a retaguardia por las tropas de O’Donnell y de Llauder. Para -ayudar a los que venían a socorrernos se dispararon, todas las piezas, -se hizo un vivo fuego de fusilería desde todas las murallas, y por -diversos puntos salimos a hostigar a los sitiadores, facilitando así -la entrada del convoy. Por último, mientras hacia Bruñolas se empeñaba -un recio combate en que los franceses llevaron la peor parte, por Salt -penetraron rápidamente dos mil acémilas, custodiadas por cuatro mil -hombres a las órdenes del General D. Jaime García Conde. - -¡Qué inmensa alegría! ¡Qué frenesí produjo en los habitantes de Gerona -la llegada del socorro! Todo el pueblo salió a la calle al rayar -el día para ver las mulas, y si hubieran sido seres inteligentes -aquellos cuadrúpedos, no se les habría recibido con más cariñosas -demostraciones, ni con tan generosa salva de aplausos y vítores. Al -pasar por la calle de Cort-Real, ya entrado el día, encontré a Siseta, -a los tres chicos y a D. Pablo Nomdedeu, y todos nos abrazamos, -comunicándonos nuestro gozo más con gestos que con palabras. - ---Gerona se ha salvado --decíamos. - ---Ahora que aprieten los _cerdos_ el cerco --exclamó D. Pablo--. ¡Dos -mil acémilas! Tenemos víveres para un año. - ---Bien decía yo --añadió Siseta-- que por alguna parte había de venir. - -Aquel día y los siguientes reinó en la plaza gran satisfacción, y -hasta nos hostilizaron flojamente los franceses, porque detuviéronse -algunos días en ocupar las posiciones que habían abandonado a causa -de la jugarreta que se les hizo. En cuanto a los auxilios, pasada la -impresión del primer instante, todos caímos en la cuenta de que los -mismos que nos los habían traído nos los quitarían, porque reforzada -la guarnición con los cuatro mil hombres de Conde, estos nos ayudaban -a consumir los víveres. ¡Funesto dilema de todas las plazas sitiadas! -Pocas bocas para comer dan pocos brazos para pelear. Gran número de -brazos trae gran número de bocas: de modo que si somos pocos nos vence -el arte enemigo; si somos muchos nos vence el hambre. Sobre esta -contradicción se funda verdaderamente todo el arte militar de los -sitios. - -Así se lo decía yo a D. Pablo pocos días después de la llegada de las -dos mil acémilas, anunciándole que bien pronto nos quedaríamos otra vez -en ayunas, a lo cual me contestó: - ---Yo he hecho grandes provisiones. Pero si el sitio se prolonga -mucho, también se me concluirán. Ahora, según dicen, Álvarez hará un -gran esfuerzo para quitarnos de encima esa canalla. Ya sabes que a -fuerza de cañonazos han abierto brecha en Santa Lucía, en Alemanes -y en San Cristóbal. De un día a otro intentarán el asalto. ¿Se podrá -resistir, Andrés? Yo iré a la brecha como todos. Pero ¿qué podremos -hacer nosotros, infelices paisanos, contra las embestidas de tan fiero -enemigo? - -Desde aquellos días hasta el 15 de septiembre, en que D. Mariano -dispuso una salida atrevidísima, no se habló más que de los -preparativos para el gran esfuerzo, y los frailes, las mujeres y hasta -los chicos hablaban de las hazañas que pensaban realizar, peligros -que soportar y dificultades que acometer, con tan febril inquietud y -novelería como si aguardasen una fiesta. Yo le dije a Siseta que se -dispusiera a tomar parte con las de su sexo en la gran función; pero -ella, que siempre se negó a calzar el coturno de las acciones heroicas, -me contestó con risas y bromas que no servía para el caso; pero que si -por fuerza la llevaban a la batalla, haría la prueba de matar algún -francés con las tenazas de la herrería. - -La salida del 15 no dio otro resultado que envalentonar a los señores -_cerdos_, los cuales, deseosos de poner fin al cerco tomando la ciudad, -se nos echaron encima el día 19, asaltando la muralla por distintos -puntos con cuatro formidables columnas de a dos mil hombres. En Gerona -fueron tan grandes aquella mañana el entusiasmo y la ansiedad, que -hasta nos olvidamos de que nuevamente nos faltaba un pedazo de pan que -llevar a la boca. - -Los soldados conservaban su actitud serena e imperturbable; pero en -los paisanos se advertía una alucinación, algo como embriaguez, que -no era natural antes del triunfo. Los frailes, echándose en grupos -fuera de sus conventos, iban a pedir que se les señalase el puesto -de mayor peligro; los señores graves de la ciudad, entre los cuales -los había que databan del segundo tercio del siglo anterior, también -discurrían de aquí para allí con sus escopetas de caza, y revelaban -en sus animados semblantes la presuntuosa creencia de que ellos lo -iban a hacer todo. Menos bulliciosos y más razonables que estos, -los individuos de la Cruzada gerundense hacían todo lo posible para -imitar en su reposada ecuanimidad a la tropa. Las damas del batallón -de Santa Bárbara no se daban punto de reposo, anhelando probar con -sus incansables idas y venidas que eran el alma de la defensa; los -chicos gritaban, creyendo que de este modo se parecían a los hombres, -y los viejos, muy viejos, que fueron eliminados de la defensa por el -Gobernador, movían la cabeza con incrédula y desdeñosa expresión, dando -a entender que nada podría hacerse sin ellos. - -Las monjas abrían de par en par las puertas de sus conventos, rompiendo -a un tiempo rejas y votos; disponían para recoger a los heridos sus -virginales celdas, jamás holladas por planta de varón, y algunas salían -en falanges a la calle, presentándose al Gobernador para ofrecerle sus -servicios, una vez que el interés nacional había alterado pasajeramente -los rigores del santo instituto. Dentro de las iglesias ardían mil -velas delante de mil santos; mas no había oficios de ninguna clase, -porque los sacerdotes, lo mismo que los sacristanes, estaban en la -muralla. Toda la vida, en suma, desde lo religioso hasta lo doméstico, -estaba alterada, y la ciudad no era la ciudad de otros días. Ninguna -cocina humeaba, ningún molino molía, ningún taller funcionaba, y la -interrupción de lo ordinario era completa en toda la línea social, -desde lo más alto a lo más bajo. - -Lo extraño era que no hubiese confusión en aquel desbordamiento -espontáneo del civismo gerundense; pues al par de este, brillaba -la subordinación. En verdad que D. Mariano sabía establecerla -rigurosísima, y no permitía desmanes ni atropellos de ninguna clase, -siendo inexorablemente enérgico contra todo aquel que sacara el pie -fuera del puesto que se le había marcado. - -Las campanas tocaban a somatén, ocupándose en el servicio los chicos -del pueblo, por ausencia de los campaneros, y el cañón francés empezó -desde muy temprano a ensordecer el aire. Los tambores recorrían las -calles repicando su belicosa música, y los resplandores de los fuegos -parabólicos comenzaron a cruzar el cielo. Todo estaba perfectamente -organizado, y cada uno fue derecho a su sitio, no necesitando preguntar -a nadie cuál era. Sin que sus habitantes salieran de ella, la ciudad -quedó abandonada, quiero decir, que ninguno se cuidaba de la casa que -ardía, del techo desplomado, de los hogares a cada instante destruidos -por el horrible bombardeo. Las madres llevaban consigo a los niños de -pecho, dejándolos al abrigo de una tapia o de un montón de escombros, -mientras desempeñaban la comisión que el instituto de Santa Bárbara les -encomendara. Menos aquellas en que había algún enfermo, todas las casas -estaban desiertas, y muebles y colchones, trapos y calderos en revuelto -hacinamiento obstruían las Plazas del Aceite y del Vino. - - - - -VIII - - -Yo estaba en Santa Lucía, donde había mucha tropa y paisanos. Allí me -encontré a D. Pablo Nomdedeu, que me dijo: - ---Andrés, mis funciones de médico y mi deber de patriota me obligan a -apartarme hoy de mi hija. Mucho he sermoneado a la señora Sumta para -que se quedara en casa; pero ese marimacho me amenazó con denunciarme -al Gobernador como patriota tibio si persistía en apartarla de la senda -de gloria por donde la llevan los acontecimientos. Mírala: ahí está -entre aquellos artilleros, y será capaz de servir sola el cañón de a -12 si la dejan. La buena Siseta se ha quedado acompañando a mi querida -enfermita. Ya le he dicho que le haré un buen regalo si consigue -entretener a la niña, de modo que esta no comprenda nada de lo que -pasa. Es cosa difícil, a pesar de que no oye ni los cañonazos... He -clavado todas las ventanas para que no se asome, y dejando cerrada a la -luz solar la habitación, he encendido el candil, haciéndole creer que -hay una fuerte tempestad de truenos y rayos. Como no caiga una bomba -allí mismo o en las inmediaciones, es probable que nada comprenda, -engañada por el profundo y saludable silencio en que su cerebro yace. -¡Dios mío, aparta de mí las tribulaciones y libra mi hogar del fuego -enemigo! ¡Si me has de quitar el único consuelo que tengo en la tierra, -dale una muerte tranquila, y no conturbes su último instante con la -cruel agonía del espanto! ¡Si ha de ir al cielo, que vaya sin conocer -el infierno, y que este ángel no vea demonios junto a sí en el momento -de su muerte! - -La señora Sumta, empujando a un lado y otro con sus membrudos brazos, -llegó a nosotros hablando así a su amo: - ---¿Qué hace ahí, señor mío, como un dominguillo? ¿Pero no tiene -fusil, ni escopeta, ni pistolas, ni sable? Ya... no lleva más que la -herramienta para cortar brazos y piernas al que lo haya menester. - ---Médico soy y no soldado --repuso D. Pablo--: mis arreos son las -vendas y el ungüento; mis armas el bisturí, y mi única gloria la de -dejar cojos a los que debían ser cadáveres. Pero si preciso fuere, -venga un fusil, que curaré españoles con una mano y mataré franceses -con la otra. - -Teníamos por jefe en Santa Lucía a uno de los hombres más bravos de -esta guerra: un irlandés llamado D. Rodulfo Marshall, que había venido -a España sin que nadie le trajese, solo por gusto de defender nuestra -santa causa. Aventurero o no, Marshall por lo valiente debía haber -sido español. Era rozagante, corpulento, de semblante festivo y mirar -encendido, algo semejante al de D. Juan Coupigny que vimos en Bailén. -Hablaba mal nuestra lengua; pero aunque alguna de sus palabrotas nos -causaban risa, decíalas con la suficiente claridad para ser entendidas, -y nada importaba que destrozara el castellano con tal que destrozase -también a los franceses, como lo hizo en varias ocasiones. - -Había que ver el empuje de aquellas columnas de _cerdos_, señores. No -parecían sino lobos hambrientos, cuyo objeto no era vencernos, sino -comernos. Se arrojaban ciegos sobre la brecha, y allí de nosotros -para taparla. Dos veces entraron por ella dispuestos a echarnos de -la cortina; pero Dios quiso que nosotros les echásemos a ellos. ¿Por -qué? ¿De qué modo? Esto es lo que no sabré contestar a ustedes si me -lo preguntan. Solo sé que a nosotros no se nos importaba nada morir, -y con esto tal vez está dicho todo. D. Mariano se presentó allí, y no -crean ustedes que nos arengó hablándonos de la gloria y de la causa -nacional, del Rey o de la religión. Nada de eso. Púsose en primera -línea, descargando sablazos contra los que intentaban subir, y al -mismo tiempo nos decía: «Las tropas que están detrás tienen orden de -hacer fuego contra las que están delante, si estas retroceden un solo -paso.» Su semblante ceñudo nos causaba más terror que todo el ejército -enemigo. Como algún jefe le dijera que no se acercase tanto al peligro, -respondió: «Ocúpese usted de cumplir su deber, y no se cuide tanto de -mí. Yo estaré donde convenga.» - -Marchose después a otro punto, donde creía hacer falta, y sin él nos -aturdimos de nuevo. Aquel hombre traía consigo una luz milagrosa, -que nos permitía ver mejor el sitio, y medir nuestros movimientos y -los de los franceses, para que estos no pudieran echársenos encima. -Los soldados enemigos morían como moscas al pie de la brecha; pero -de los nuestros caían también por docenas. Recuerdo que un compañero -mío muy amado fue herido en el pecho, y cayó junto a mí en uno de los -momentos de mayor apuro, de más vivo fuego, de verdadera angustia, y -cuando un ligero refuerzo por una parte u otra habría decidido si la -muralla quedaba por Francia o por España. El desgraciado muchacho quiso -levantarse, pero inútilmente. Dos monjas se acercaron, despreciando el -fuego, y lo apartaron de allí. - -Pero la pérdida más sensible fue la del jefe D. Rodulfo Marshall. Tengo -la gloria de haberle recogido en mis brazos en el mismo boquete de la -brecha, y no se me olvidará lo que dijo poco después, tendido en la -calle en el momento de expirar: «Muero contento por causa tan justa y -por nación tan brava.» - -Cuando esto pasó, ya los franceses indicaban haber desistido de entrar -en la ciudad por aquella parte. Y hacían bien, porque estábamos cada -vez más decididos a no dejarles entrar. Si a tiros no lográbamos -contenerlos, los acuchillábamos sin compasión; y como esto no bastara, -aún teníamos a mano las mismas piedras de la muralla para arrojarlas -sobre sus cabezas. Esta era un arma que manejaban las mujeres con mucho -denuedo, y desde los contornos llovían guijarros de medio quintal -sobre los sitiadores. Cuando la función en la muralla de Santa Lucía -terminaba, no nos veíamos unos a otros, porque el polvo y el humo -formaban densa atmósfera en toda la ciudad y sus alrededores, y el -ruido que producían las doscientas piezas de los franceses vomitando -fuego por diversos puntos, a ningún ruido de máquinas de la tierra -ni de tempestades del cielo era comparable. La muralla estaba llena -de muertos que pisábamos inhumanamente al ir de un lado para otro, y -entre ellos algunas mujeres heroicas expiraban confundidas con los -soldados y patriotas. La señora Sumta estaba ronca de tanto gritar, y -D. Pablo Nomdedeu, que había arrojado muchas piedras, tenía los dedos -magullados; pero no por esto dejaba de cuidar a los heridos, ayudándole -muchas señoras, algunas monjas, y dos o tres frailes que no valían para -cargar un arma. - -De pronto veo venir un chico que se me acerca haciendo cabriolas, -saludándome desde lejos a gritos, y esgrimiendo un palo en cuya punta -flotaba el último jirón de su barretina. Era Manalet. - ---¿Dónde has estado? --le pregunté--. Corre a tu casa; entérate de si -tu hermana ha tenido novedad, y dile que yo estoy sano y bueno. - ---Yo no voy ahora a casa. Me vuelvo a San Cristóbal. - ---¿Y qué tienes tú que hacer allí, en medio del fuego? - ---La barretina tiene tres balazos --me dijo con el mayor orgullo, -mostrándome el gorro hecho trizas--. Cuando se quedó así la tenía -puesta en la cabeza. No creas que estaba en el palo, Andrés. Después la -he puesto aquí para que la gente la viera toda llena de agujeros. - ---¿Y tus hermanos? - ---Badoret ha estado en Alemanes, y ahora me dijo que él solo había -matado no sé cuántos miles de franceses, tirándoles piedras. Yo estaba -en San Cristóbal: un soldado me dijo que se le habían acabado las -balas, y que le llevara huesos de guinda, y le llevé más de veinte, -Andrés. - ---¿Y Gasparó? - ---Gasparó anda siempre con mi hermano Badoret. También estuvo en -Alemanes, y aunque Siseta le quiso dejar encerrado en casa, él se -escapó por la puerta de atrás. Ahora hemos estado juntos, buscando algo -que comer en aquel montón de desperdicios que hay en la calle del Lobo; -pero no encontramos nada. ¿Tienes tú algo, Andrés? - ---Algo, ¿qué es eso? ¿Pues acaso queda algo que comer en Gerona? Aquí -no se come más que humo de pólvora. ¿Has visto al Gobernador? - ---Ahora iba por ahí arriba. Parece como que va al Calvario. Nosotros -bajábamos con otros chicos, y cuando le vimos, pusímonos en fila, -gritando: «¡Viva su Majestad el Gobernador D. Mariano!» ¿Pues querrás -creer que no nos dijo tanto así? Ni siquiera nos miró. - ---¡Hombre, qué falta de cortesía! ¡No saludar a gente tan respetable! - ---Después Badoret se metió en las Capuchinas, porque estaba la puerta -abierta. Andrés, ¿sabes que hay un soldado muerto que tiene un tronco -de col en la mano? Si me das licencia se lo quitaré. - ---No se toca a los muertos, Manalet. Veremos si ahora que hemos -destrozado a los franceses, nos dan alguna cosa. - -Infinidad de mujeres ocupábanse allí en retirar a los heridos, y -también repartían a los sanos algunas raciones de pan negro y muy -poco vino. Nosotros veíamos a los franceses retirándose por el llano -adelante, y no podíamos reprimir un sentimiento de ardiente orgullo al -ver resultado tan colosal con tan pequeños medios. Parecía realmente -un milagro que tan pocos hombres contra tantos y tan aguerridos nos -defendiéramos detrás de murallas cuyas piedras se arrancaban con las -manos. Nosotros nos caíamos de hambre; ellos no carecían de nada: -nosotros apenas podíamos manejar la artillería; ellos disparaban -contra la plaza doscientas bocas de fuego. Pero ¡ay! no tenían ellos -un D. Mariano Álvarez que les ordenara morir con mandato ineludible, -y cuya sola vista infundiera en el ánimo de la tropa un sentimiento -singular que no sé cómo exprese, pues en él había, además del valor y -la abnegación, lo que puede llamarse miedo a la cobardía, recelo de -aparecer cobarde a los ojos de aquel extraordinario carácter. Nosotros -decíamos que el yunque y el martillo con que Dios forjó el corazón de -D. Mariano, no había servido después para hacer pieza alguna. - -Manalet se separó de mí, y al poco rato le vi aparecer con otros muchos -chicos, todos descalzos, sucios, harapientos y tiznados, entre los -cuales venía su hermano Badoret, trayendo a cuestas a Gasparó, cuyos -brazos y piernas colgaban sobre los hombros y por la cintura de aquel. -Todos venían muy contentos, y especialmente Badoret, que repartía -algunas guindas a sus compañeros. - ---Toma, Andrés --me dijo el chico, dándome una guinda--. Ya tienes -para todo el día. Toma esta otra y repártela entre tus compañeros, que -tendrán un hambre... ¿Sabes cómo las he ganado? Pues te contaré. Iba -yo con Gasparó a cuestas por la calle del Lobo, y vi abierta la puerta -del convento de Capuchinas, que siempre está cerrada. Gasparó me pedía -pan con chillidos y más chillidos, y yo le pegaba de coscorrones para -que callara, diciéndole que si no callaba se lo contaría al señor -Gobernador. Pero cuando vi abierta la puerta del convento, dije: «aquí -ha de haber algo,» y me colé dentro. Metime en el patio, entré después -en la iglesia, pasé al coro, luego a un corredor largo donde había -muchos cuartos chicos, y no vi a nadie. Registré todo, por si caía -cualquier cosa; pero no encontré sino algunos cabos de vela y dos o -tres madejas de seda, que estuve chupando a ver si daban algún jugo. -Ya me volvía a la calle, cuando sentí detrás de mí: _pist, pist..._ -pues... como llamándome. Miré y no vi nada. ¡Qué miedo, Andrés, qué -miedo! Allá a lo último del corredor había una lámina grande, donde -estaba pintado el diablo con un gran rabo verde. Pensé que era el -diablo quien me llamaba, y eché a correr. Pero ¡ay de mí! que no podía -encontrar la salida, y todo era dar vueltas y más vueltas en aquel -maldito corredor; y a todas estas, _pist, pist..._ Después oí que -dijeron: «Muchacho, ven acá,» y tanto miré por el techo y las paredes, -que alcancé o ver detrás de una reja una mano blanca y una cara -arrugada y petiseca. Ya no tuve miedo y fui allá. La monjita me dijo: -«Ven, no temas; tengo que hablarte.» Yo me acerqué a la reja y le dije: -«Señora, perdóneme usía, yo creí que era usted el demonio.» - ---Sería una pobre monja enferma que no pudo salir con las demás. - ---Eso mismo. La señora me dijo: «Muchacho, ¿cómo has entrado aquí? -Dios te manda para que me hagas un gran servicio. La comunidad se ha -marchado. Estoy enferma y baldada. Quisieron llevarme; pero se hizo -tarde y aquí me dejaron. Tengo mucho miedo. ¿Se ha quemado ya toda la -ciudad? ¿Han entrado los franceses? Ahora, quedándome medio dormida, -soñé que todas las hermanas habían sido degolladas en el matadero, y -que los franceses se las estaban comiendo. Muchacho, ¿te atreverás tú -a ir ahora mismo al fuerte de Alemanes y dar esta esquela a mi sobrino -D. Alonso Carrillo, capitán del regimiento de Ultonia? Si lo haces, te -daré este plato de guindas que ves aquí, y este medio pan...» Aunque -no me lo diera, lo habría hecho, ya ves... Cogí la esquela; ella me -dijo por dónde había de salir, y corrí a los Alemanes. Gasparó chillaba -más; pero yo le dije: «Si no callas, te metemos dentro de un cañón -como si fueras bala; disparamos, y vas a parar rodando a donde están -los franceses, que te pondrán a cocer en una cacerola para comerte...» -Llegué a Alemanes. ¡Qué fuego! Lo de aquí no es nada. Las balas de -cañón andaban por allí como cuando pasa una bandada de pájaros. ¿Crees -que yo les tenía miedo? ¡Quia! Gasparó seguía llorando y chillando; -pero yo le enseñaba las luces que despedían las bombas, le enseñaba -las chispas de los fogonazos, y le decía: «¡Mira qué bonito! Ahora -vamos nosotros a disparar también los cañones.» Un soldado me dio una -manotada echándome para afuera, y caí sobre un montón de muertos; pero -me levanté y seguí _palante_. Entró el Gobernador, y cogiendo una -gran bandera negra que parece un paño de ánimas, la estuvo moviendo -en el aire, y luego dijo que al que no fuera valiente le mandaría -ahorcar. ¿Qué tal? Yo me puse delante y grité: «Está muy bien hecho.» -Unos soldados me mandaron salir, y las mujeres que curaban a los -heridos se pusieron a insultarme, diciendo que por qué llevaba allí -esta criatura... ¡Qué fuego! Caían como moscas: uno ahora, otro en -seguida... Los franceses querían entrar, pero no les dejamos. - ---¿Tú también? - ---Sí: las mujeres y los paisanos echaban piedras por la muralla abajo -sobre los marranos que querían subir; yo solté a Gasparó, poniéndole -encima de una caja donde estaba la pólvora y las balas de los cañones, -y también empecé a echar piedras. ¡Qué piedras! Una eché que pesaba -lo menos siete quintales y cogió a un francés, partiéndolo por mitad. -Aquello tenía que ver. Los franceses eran muchos, y nada más sino que -querían subir. Vieras allí al Gobernador, Andresillo. D. Mariano y yo -nos echamos _palante_... y nos pusimos a donde estaba más apurada la -gente. Yo no sé lo que hice; pero yo hice algo, Andrés. El humo no -me dejaba ver, ni el ruido me dejaba oír. ¡Qué tiros! En las mismas -orejas, Andrés. Está uno sordo. Yo me puse a gritar llamándoles -marranos, ladrones, y diciendo que Napoleón era un acá y un allá. Puede -que no me oyeran con el ruido; pero yo les puse de vuelta y media. -Nada, Andrés, para no cansarte, allí estuve mientras no se retiraron. -El Gobernador me dijo que estaba satisfecho: no, a mí no me habló nada; -se lo dijo a los demás. - ---¿Y la carta? - ---Busqué al Sr. Carrillo. Yo le conocía; le encontré al fin cuando todo -se acabó. Dile el papel, y me dio un recado para la señora monja. -Luego, acordándome de Gasparó, fui a recogerle donde le había dejado, -pero no le encontré. Todo se me volvía gritar: «¡Gasparó, Gasparó!» -pero el niño no parecía. Por fin me le veo debajo de una cureña, hecho -un ovillo, con los puños dentro de la boca, mirando afuera por entre -los palos de la rueda y con cada lagrimón... Echémele a cuestas y -corrí a las Capuchinas. Pero aquí viene lo bueno, y fue que como yo -venía pensando en batallas, y con la cabeza llena de todo aquello que -había visto, se me olvidó el recado que me dio el Sr. Carrillo para la -monjita. Ella me reprendió, diciéndome que yo había roto la carta y que -la quería engañar, por lo cual no pensaba darme el plato de guindas ni -el pan ofrecidos. Se puso a gruñir, y me llamó mal criado y bestia. -Gasparó echaba sangre del dedo de un pie, y la monjita le lió un trapo; -pero las guindas... nones. Por último, todo se arregló, porque vino el -mismo Sr. Carrillo, con lo cual la señora me dio las guindas y el pan, -y eché a correr fuera del convento. - ---Lleva este chico a tu casa para que le cuide tu hermana --dije -reparando que el pobre Gasparó sangraba aún del pie. - ---Después --me contestó--. He guardado algunas guindas para Siseta. - ---Muchachos --gritó Manalet, que se había alejado de sus compañeros y -volvía a la carrera--, por la calle de Ciudadanos va el Gobernador con -mucha gente, banderas muchas; delante van las señoras cantando y los -frailes bailando, y el obispo riendo, y las monjas llorando. Vamos -allá. - -Como se levanta y huye una bandada de pájaros, así corrieron y volaron -aquellos chiquillos, dejando libre de su infantil algazara la muralla -de Santa Lucía. Yo no me moví de allí en todo el día, y las señoras nos -repartieron raciones de pan y carne, ambos manjares de detestable sabor -y olor; pero como no había otra cosa, fuerza era apechugar con ello, -sin mostrar asco, repugnancia ni desgana, para no enojar a D. Mariano. - -Al anochecer, y cuando marchaba de Santa Lucía al Condestable, encontró -a D. Pablo Nomdedeu en la calle de la Zapatería, donde había varios -heridos arrojados por el suelo. - ---Andrés --me dijo--, todavía no he vuelto a mi casa. ¿Pasará algo? -Creo que en la calle de Cort-Real no ha caído ninguna bomba. ¡Cuánto -herido, Dios mío! La jornada ha sido gloriosa; pero nos ha costado -cara. Ahora mismo estuvo aquí el Gobernador visitando a esta pobre -gente, y les dijo que la guarnición y los paisanos habían dejado atrás -en el día de hoy a los más grandes héroes de la antigüedad. - ---¿Ha curado usted muchos heridos? - ---Muchísimos, y aún quedan bastantes. Mis compañeros y yo nos -multiplicamos; pero no es posible hacer más. Yo quisiera tener cien -manos para atender a todo. También yo estoy herido. Una bala me tocó el -brazo izquierdo; pero no es cosa de cuidado. Me he liado un trapo y no -he tenido tiempo para más... ¿Qué habrá sido de mi pobre hija? - ---Pronto lo sabremos, Sr. D. Pablo. La noche llega. Hecha la primera -cura de estos heridos, usted podrá ir un rato a su casa, y yo espero -que me den licencia por una hora. - - - - -IX - - -Cuando fui a la casa, ya cerca de las diez, aún no había regresado D. -Pablo. Dejé abajo el fusil y subí sin tardanza, anhelando saber de -Siseta y de la señorita, y a las dos me las encontré en la sala en -actitud no muy tranquilizadora. Estaba Josefina recostada en su silla -con muestra de languidez y postración, pero con los ojos abiertos, -atentamente fijos en la puerta. De rodillas, a su lado, Siseta le -tomaba las manos, y con ademanes y palabras tiernas, a pesar de no ser -oídas, procuraba tranquilizarla. - ---Gracias a Dios que viene alguien de la casa --me dijo Siseta--. ¡Qué -día hemos pasado! ¿Y el Sr. D. Pablo, y la señora Sumta y mis tres -hermanos? - -Respondile que a ninguno de los nuestros había pasado desgracia, y ella -prosiguió: - ---La señorita quería salir a la calle, y he tenido que luchar con ella -para detenerla. Todo lo comprende, y aunque no oye los cañonazos, -se estremece toda, y tiembla cuando resuena alguno, aunque sea muy -lejano. Tan pronto lloraba como caía en mis brazos desmayada llamando -sin cesar a su padre. La pobrecita sabe muy bien que hay guerra en -Gerona. Yo también he tenido un miedo... Figúrate: aquí solas... A cada -instante me parecía que la casa se venía al suelo. Pero lo peor fue que -se nos metieron aquí unos hombres... No me quiero acordar, Andrés. A -eso de las dos, y cuando pareció que se acababan los tiros, entraron -seis o siete patriotas, unos con uniforme, otros sin él, y todos con -fusiles. Cuando nos vieron, empezaron a reírse de nuestro susto, y -luego dieron en registrar la casa, diciendo que querían llevarse todo -lo que había de comida, porque la tropa estaba muerta de hambre. La -señorita se quedó como difunta cuando los vio, y ellos por broma nos -apuntaban con los fusiles, para oírnos gritar llamando a todos los -santos en nuestra ayuda. Aunque eran unos bárbaros, no nos hicieron -daño alguno más que el gran susto, y el llevarse cuanto encontraron en -la cocina y en la despensa. ¡Ay, Andrés! No han dejado nada de lo que -el Sr. D. Pablo había guardado, y esta noche no se encontrará aquí ni -una miga de pan que llevar a la boca. ¡Cómo se reían los malditos al -meter en un gran saco lo mucho y bueno que encontraron! Yo les rogué -que dejasen alguna cosa; pero volvieron a apuntarme con los fusiles, -diciendo que la tropa tenía gana, y que la señora Sumta les había dicho -que estas despensas estaban bien provistas. - -No había concluido mi amiga su relación, cuando entró el Sr. D. Pablo; -mas para no presentarse a su hija con el brazo manchado de sangre, pasó -a una habitación interior, con objeto de arreglarse un poco y vendar su -herida. Al punto me reuní con él para contarle lo ocurrido. - ---¡Dios y la Virgen Santísima nos amparen! --exclamó con -consternación--. ¡Conque me han saqueado la casa! La culpa tiene -esa maldita y siempre habladora Sumta, que por todas partes ha de -ir pregonando si tenemos o no tenemos provisiones. ¿Y mi hija? La -pobrecita habrá comprendido que se encuentra en el cráter de un -espantoso volcán, y serán inútiles todas nuestras comedias para -convencerla de lo contrario. Es preciso buscar algo que comer, Andrés; -sí, algo que comer. Mi hija se morirá de terror; pero no quiero que se -muera de hambre. - ---Nada se encuentra en Gerona --respondí--, y menos a estas horas. - ---¡Qué calamidad! Pero ¿cómo es posible? --dijo en la mayor confusión, -mientras yo le vendaba su herida, y se mudaba de vestido--. ¡Ay! cómo -me duele el brazo; pero es preciso disimular. Andrés, no te marches. -Esta noche necesito de tu ayuda... Es preciso que busquemos algún -alimento. - -Al presentarse delante de su hija, esta mostró su alegría claramente, -abrazándole con cariño; pero al punto sus ojos revelaron vivísimo -espanto, echó atrás la cabeza, y cruzando las manos exclamó: - ---¡Sangre! - ---¿Qué hablas de sangre, hija mía? --dijo el padre desconcertado--. Que -estoy manchado de sangre... Ya... sí, en la chupa hay algunas gotas... -pero déjame que te cuente. ¿Sabes que he ido de caza? - -La muchacha no entendía. - - «Que fui de caza --escribió en el pliego de papel D. Pablo--. Un - compromiso; no me pude evadir. El magistral y D. Pedro me cogieron, y - zas, al campo... He matado tres conejos.» - -La enferma, oprimiéndose la cabeza entre las manos, gritó: - ---¡Guerra en Gerona! - ---¿Qué hablas ahí de guerra? Lo que hay es que hemos tenido hoy un -fuerte temporal... Me he mudado de ropa, porque me puse como una uva. -¿Has comido hoy bien? - ---No ha tomado nada --dijo Siseta--. Ya sabrá su merced por Andrés que -unos bergantes saquearon la casa. - -Esto pasaba, cuando sentimos gran estruendo en lo bajo de la vivienda, -no estampido de bombas y granadas, sino clamor chillón y estridente, -de mil desacordes ruidos compuesto, tales como patadas, bufidos, -cacharrazos y sones bélicos de varia índole; pero que al pronto -revelaban proceder de una muchedumbre infantil que se había metido -por las puertas adentro. Nomdedeu, lleno de confusión, miraba a todos -lados, inquiriendo con los ojos qué podía ser aquello; pero pronto él -y los demás salimos de dudas, viendo entrar una turba de chiquillos -que, desvergonzadamente y sin respeto a nadie, se colaron en la sala, -dando golpes, empujándose, chillando, cacareando y berreando en los -más desacordes tonos. Dos de ellos llevaban colgados al cinto sendos -cacharros sobre cuyo abollado fondo redoblaban con palillos de sillas -viejas; varios tocaban la trompeta con la nariz, y todos, al compás -de la inaguantable música, bailaban con ágiles brincos y cabriolas. -Parecía una chusma infernal saliendo de las escuelas de Plutón. - -No necesito decir que al frente del ejército venían Manalet y Badoret, -este último llevando a cuestas a Gasparó, tal como le vi en la muralla. -Ninguno dejaba de llevar palo, caldero viejo o vara con pingajos -colgados de la punta, con cuyos objetos se simulaban fusiles, tambores -y banderas. Un fondo de silla de paja atado a una cuerda y arrastrado -por el suelo, servía de trofeo a uno, y otro adornaba su cabeza con -un cesto medio deshecho, no faltando las casacas de militares hechas -jirones, y los morriones de antigua forma con descoloridas plumas -adornados. - -D. Pablo, ciego de cólera y fuera de sí, apostrofó a los muchachos tan -violentamente, que faltó poco para que perdieran en un punto su bélico -entusiasmo. - ---Granujas, largo de aquí al instante --les dijo--. ¿Qué desvergüenza -es esta? ¡Meterse en mi casa de este modo! - -Siseta, indignada de tal audacia, cogió por un brazo a Manalet, -que acertó a pasar junto a ella, y comenzó a vapulearle de un modo -lastimoso. Yo también tomé parte en la persecución del enjambre, -y empezó el reparto de pescozones a diestra y siniestra. Pero de -pronto observamos que la enferma contemplaba a los desvergonzados -muchachos con complaciente atención, y sonreía con tanta espontaneidad -y desahogo, como si su alma sintiera indecible gozo ante aquel -espectáculo. Hícelo notar al Sr. D. Pablo, y al punto este se puso de -parte de los alborotadores, conteniendo a Siseta que iba sobre ellos -con implacable furor. - ---Dejarles --dijo Nomdedeu--. Mi hija demuestra que está muy complacida -viendo a esta canalla. Mira cómo se ríe, Andrés; observa cómo les -aplaude. Bien, muchachos; corred y chillad alrededor del cuarto. - -Y diciendo esto, D. Pablo, en medio de la sala, empezó a llevar el -compás. En mal hora se les ordenó seguir. ¡Santo Dios! ¡Qué algazara, -qué estrépito! Parecía que la sala se hundía. Baste decir que se -extralimitaron de tal modo, dejándose llevar a los últimos delirios -de la travesura, que al fin fue preciso poner freno a tanto juego -y vocerío, porque hasta llegó el caso de que los transeúntes se -detuvieran en la calle, sorprendidos y escandalizados por tan desusado -rumor. - ---¿Dónde has estado todo el día? --preguntó Siseta echando mano a -Badoret, y deteniéndole--. ¡Y la criatura tiene sangre en el pie! Ven -acá, condenado, me las pagarás todas juntas. Espera a que bajemos a -casa, y verás. Y tú, Manalet de mil demonios, ¿qué has hecho de la -camisa? - ---En la calle de las Ballesterías estaban curando unos heridos y no -tenían trapos. Me quité la camisa y la di. - ---¿Para qué habéis traído a casa tanto muchacho mal criado? - ---Son nuestros amigos, hermana --repuso Badoret--. Hemos estado en el -Capitol, y allí nos han dado un poco de vino. Siseta, aquí en el seno -te traigo cinco guindas. - ---Marrano, ¿piensas que las voy a comer de tus manos asquerosas? Ven -acá, Gasparó. Este pobrecito no habrá comido nada. ¿Qué te han hecho en -el pie, que tienes sangre? - ---Hermana, una bala de cañón pasó por donde estábamos, y si Gasparó no -se hace para un lado, le lleva medio cuerpo; no le cogió más que la uña -chica. ¡Si vieras qué valiente ha estado! Se metió debajo del cañón y -allí se estuvo mirando a los franceses que querían subir a la muralla. -Y les amenazaba con el puño cerrado. ¡Bonito genio tiene mi niño! Pues -no creas... ningún francés se metió con él. - ---Te voy a desollar vivo --le dijo Siseta--. Espera, espera a que -bajemos. A ver si se marcha pronto de aquí toda esa canalla. - ---No, que se aguarden un poco --indicó D. Pablo--. Son unos jovenzuelos -muy salados. Mira qué contenta está Josefina. Lo que quiero, Badoret, -es que no metáis mucho ruido. Bailad y marchad de largo a largo por -toda la casa; pero sin gritar, para que no se escandalice la vecindad. -Y dime, Manalet, ¿traéis algo de comer? - ---Yo traigo cinco guindas --dijo prontamente Badoret sacándolas del -seno. - ---Dadme con disimulo y sin que lo vea mi hija todo lo que traigáis, que -yo os daré ochavos para que compréis pólvora. - ---Pauet tiene cuatro guindas --dijo Manalet. - ---Pues vengan acá. - ---Y yo tengo también un pedazo de pan, que me sobró del que me dio la -monja. - ---Pepet --dijo otro de mis chicos--, trae acá ese medio pepino que le -cogiste al soldado muerto. - ---Yo doy este pedazo de bacalao --dijo otro, entregando la ofrenda en -manos de Don Pablo. - ---Y yo esta cabeza de gallina cruda --añadió un tercero. - -En un momento se reunieron diversos manjares, tales como tronchos -de col, que llevaban impreso el sello de las limpias manos de sus -generosos dueños; garbanzos crudos que habían sido sacados por los -agujeros de las sacas por sutilísimos dedos; algunos pedazos de cecina; -andrajos de buñuelos; zanahorias; dos o tres almendras en confite, que -ya habían recibido muchas mordidas, y otras viandas, tan liberalmente -entregadas como alegremente recibidas. Procurando que no se enterase su -hija, llamó D. Pablo a la señora Sumta, que acababa de llegar en aquel -instante, y llevándola tras el sillón de la enferma, le dijo: - ---A ver si con todo esto compone usted una cena para la enferma. Es -preciso hacerle creer que nadamos en la abundancia. - ---¿Qué hemos de hacer con esto, señor, si no lo querrá ni la gata? En -casa no falta que comer. - ---¡Maldita sargentona, todo se lo han llevado, todo lo han saqueado -unos malditos militares que se entraron aquí! Si usted no fuera tan -entrometida, tan bocona y tan amiga de meterse donde no la llaman y -de hablar lo que nadie le pregunta, no nos veríamos en esta... Y no -digo más. Avíe usted una cena con esto, que mañana Dios dirá. ¿Se ha -olvidado usted de cocinar? ¡Lástima que no se le reventara el fusil -entre las manos, a ver si se curaba de sus locuras! A la cocina. ¡Uf! -Pronto a la cocina. Está usted apestando a pólvora. - -Los muchachos, que, como todos los de su edad, eran de los que si se -les da el pie se toman la mano, luego que se vieron autorizados por -el dueño de la casa para hacer de las suyas, dieron rienda suelta a -la bulliciosa iniciativa, y no fue gresca la que armaron. Rodeando la -mesa que la enferma tenía ante su sillón, no se dieron por satisfechos -con mirar los distintos objetos que en ella había, sino que en todos -pusieron las manos, tocando, tentando y moviendo cuanto vieron. -Josefina, lejos de manifestar disgusto por tanta impertinencia, se reía -de ver su inquietud. Por señas indicó a su padre que debía dar de cenar -a los importunos visitantes, a lo que contestó con palabras y cierta -festiva ironía D. Pablo: - ---Sí, ahora. Sumta les está preparando un opíparo banquete. - -Padre e hija dialogaron un rato, como Dios les dio a entender, y al fin -la enferma, con voz clara y entera, habló así: - ---No, no me pueden convencer de que no hay guerra en Gerona. Usted no -ha ido de caza, sino a curar a los heridos, y estos chicos que vienen -imitando a los soldados hacen ahora lo mismo que han visto. - ---¡Qué habladora está! --dijo Nomdedeu--. Buen síntoma. En un año no -le he oído tantas palabras juntas. Está visto que las travesuras y -lindezas de estos muchachos han reanimado su espíritu. Andrés, y tú, -Siseta, riámonos todos, mostrando hallarnos muy satisfechos. - -Según la orden del amo, prorrumpimos en sonoras risas, secundados al -punto por el coro infantil. D. Pablo sentose luego junto a ella, y -tomando la pluma se preparó a comunicarle algo grave y largo y difícil -de exprimir por señas, pues solo en este caso se valía Nomdedeu del -lenguaje escrito. Púseme tras de su asiento, y pude leer, mientras -escribía, lo que sigue: - - «Hija mía, tienes razón. Hay guerra en Gerona. Yo no te lo quería - decir por no asustarte; pero pues lo has adivinado, basta de engaños - y comedias. Ni yo he estado de caza, ni he pensado en ello. Voy a - contarte lo ocurrido para que no estimes ni en más ni en menos los - sucesos de este gran día. Cierto es que los franceses han vuelto a - poner cerco a Gerona. Hace tiempo que se presentó amenazándonos un - ejército de doscientos mil hombres, mandado por el mismo Emperador - Napoleón en persona.» - -Josefina, al leer esto, que era de lo más gordo, mirónos a todos, -interrogándonos con los ojos acerca de la exactitud de tal noticia, y -no necesitamos que D. Pablo nos lo advirtiera para hacer demostraciones -afirmativas que hubieran convencido a la misma duda. El padre continuó -así: - - «Has de saber que ahora tenemos aquí un Gobernador que llaman D. - Mariano Álvarez de Castro, el cual, en cuanto vio venir a los - franceses, dispuso las cosas de manera que no quedara uno solo para - contarlo. Concertó de modo que un ejército español de quinientos - mil hombres, que estaba ahí por Aragón sin saber qué hacerse, - viniese en nuestra ayuda por el lado de Montelibi, precisamente - cuando los franceses nos atacaban esta mañana por el otro lado. Al - amanecer rompieron el fuego; desde la muralla de Alemanes se veía a - Napoleón I montado en un caballo blanco, y con un grandísimo morrión - todo lleno de plumas en la cabeza. Embisten los franceses... ¡Ay! - hija mía: habías tú de ver aquello. Nuestros soldados les barrían - materialmente, y como a la hora de empezar el combate apareció el - ejército de quinientos mil hombres como llovido, los pobres _cerdos_ - no supieron a qué santo encomendarse. En fin, hija mía, les hemos - dado una paliza tal, que a estas horas van todos camino de Francia - con su Emperador a la cabeza, con lo cual se acaba la guerra, y - pronto tendremos aquí a nuestro Rey Fernando.» - -Josefina volvió a asesorarse de nosotros antes de dar crédito a tales -maravillas. - - «Yo no te lo había querido decir --continuó Nomdedeu--, por no - asustarte; pero el júbilo de la ciudad es tan grande, que ni aun - tú, que estás tan retraída, podrías dejar de conocerlo. Lo mismo - que estos chicos andan los mayores por el pueblo, entregados a - las manifestaciones de un delirante regocijo. Figúrate que en los - pasados días los franceses, que andaban por ahí, no permitían llegar - comestibles al pueblo, y hoy todo es abundancia; y además de lo que - puede venir, tenemos todo lo que al enemigo se ha cogido, que es, si - no me engaño, tantos miles de bueyes, no sé cuántos millones de sacos - de harina, y los miles de los miles en gallinas, huevos, etc... Ya - podemos marchar a Castellá cuando quieras...» - ---Mañana mismo --dijo Josefina con afán. - - «Sí, mañana mismo --escribió D. Pablo--. Estamos como queremos, - y jamás ha tenido Gerona temporada más alegre, más animada. La - gente está loca de contento, y todo se vuelve cantos y bailes, y - felicitaciones y regocijos. Como los víveres han entrado esta tarde - con abundancia fenomenal, hija mía, yo te he traído de todo cuanto - hay en la plaza; y aunque tu estómago sigue débil, creo que debes - tomar de todo, con tal que sea en dosis muy pequeñas. Sobre todo - consulté a D. Pedro, mi compañero en el hospital, y me dijo que - convenía alimentarte con una gran diversidad de manjares, tomando de - cada uno ración muy mínima, y cuidando, según lo ordena Hipócrates, - de que alternen en un mismo plato la cecina y las guindas, los - buñuelos con la leguminosa _cicer pisum_, que llamamos garbanzo, y - las almendras confitadas con esa planta salutífera que se conoce - en la ciencia por _Beta vulgaris latifolia_, y que comúnmente - llamamos acelga, manjar de gran virtud medicinal, si se le mezcla - con dulce, con nueces y hasta con un poquito de bacalao. Conque - disponte a cenar, que mañana, si el día está bueno, se podrá ir a - Castellá; aunque a decir verdad, hija mía, ahora caigo en que tal - vez sea difícil, porque todos los carros y caballerías del pueblo - los ha tomado la Junta con objeto de organizar la gran procesión y - cabalgata con que ha de celebrarse este triunfo sin igual. Pero será - cosa de dos o tres días. Es preciso que te animes para salir a ver - las iluminaciones de esta noche, aunque hablando en puridad no te - conviene tomar el sereno; y para que participes de la común alegría, - aquí tenemos a Andrés y a Siseta, que se prestarán a bailar delante - de ti con los chicos un poco de sardana y otro poco de tirabou, - comenzando esta noche, para que también en esta casa se manifieste - la inmensa satisfacción y patriótico alborozo de que está poseída la - ciudad. Como tú no oyes, suprimiremos el fluviol y la tanora, que - solo sirven para meter inútil ruido. Conque puedes dar la señal para - que comience la fiesta. Yo voy un instante a preparar en el comedor - la riquísima y abundante cena con que obsequiaremos a estos jóvenes, - así como a los preciosos y bien educados niños.» - -Y luego, volviéndose a Siseta y a mí, nos dijo: - ---No hay más remedio. Es preciso bailar un poquito, aunque supongo, -Andrés, que ese cuerpo, venido hace poco de Santa Lucía, no estará para -sardanas. Pero, amigos, bailando hacéis una obra de caridad. ¡Quién lo -había de decir! ¡Hay tantas maneras de practicar el Santo Evangelio! - - - - -X - - -El lector no lo creerá; el lector encontrará inverosímil que bailásemos -Siseta y yo en aquella lúgubre noche, precisamente en los instantes -en que, incendiados varios edificios de la ciudad, esta ofrecía en su -estrecho recinto frecuentes escenas de desolación y angustia. Formando -con ocho chiquillos un gran ruedo, bailamos, sí, obedeciendo a la -apremiante sugestión de aquel padre cariñoso que nos pedía con lágrimas -en los ojos nuestra cooperación en la difícil comedia con que engañaba -el delicado espíritu de su hija; pero bailamos en silencio, sin música, -y nuestras figuras movibles y saltonas tenían no sé qué aspecto -mortuorio. Nuestras sombras proyectadas en la pared remedaban una danza -de espectros, y los únicos rumores que a aquel baile acompañaban -eran, además de nuestros paseos, el roce de los vestidos de Siseta, el -retemblar del piso, y un ligero canto entre dientes de Badoret, que al -mismo tiempo hacía ademán de tocar el fluviol y la tanora. - -Por mi parte sostenía interiormente una ruda lucha conmigo mismo para -contraer y esforzar mi espíritu en la horrible comedia que estaba -representando, e iguales angustias experimentaba Siseta, según después -me dijo. - -Al fin la turbación moral, unida al cansancio, me hicieron exclamar: -«Ya no puedo más», arrojándome casi sin aliento en un sillón. Lo mismo -hizo Siseta. - -Pero Josefina, que nos contemplaba con indecible satisfacción y agrado, -pidionos que bailásemos más, y con elocuentes miradas dirigidas a su -padre, nos decía que éramos unos holgazanes sin cortesía. Vierais -allí al buen Don Pablo suplicándonos que bailáramos, por la salvación -eterna; y ¿qué habíamos de hacer? Bailamos como insensatos segunda y -tercera tanda. Al fin nos sirvió de pretexto para descansar el hecho -de servirse a la desgraciada joven la hipocrática cena de que antes he -hecho mención, la cual fue acompañada de elocuentes discursos mímicos -y orales del Dr. Nomdedeu, quien ponderaba a su idolatrada enferma las -excelencias del repugnante pisto, servido en nueve o diez platos en -raciones microscópicas. Todo aquello era una farsa lúgubre que oprimía -el corazón, y D. Pablo que la presidía, el infeliz D. Pablo, escuálido, -ojeroso, amarillo, trémulo, parecía haber salido de la sepultura y -esperar el canto del gallo para volverse a ella. Siseta lloraba a -escondidas, y algunos de los chicos, rendidos al poderoso sueño y a -la gran fatiga, habían estirado los miembros y cerrado los ojos en -diversos puntos, donde cada cual encontró mejor comodidad y fácil -postura. - ---Sr. D. Pablo --dije al médico--, no nos mande usted bailar más, -porque nosotros mismos creemos que estamos locos. - ---Hijos míos --me contestó--, tengo el corazón partido de dolor. -Necesito estar en batalla constantemente para contener las lágrimas -que se me caen de los ojos. ¡Pobre Gerona! ¿Existirás mañana? ¿Estarán -mañana en pie tus nobles casas y con vida tus valientes hijos? ¡Yo -tengo espíritu para todo: para lamentar y llorar la muerte de mi ciudad -natal, y atender al cuidado de mi pobre hija! ¿Qué cuesta representar -esta farsa? Nada: la pobrecilla se deja engañar fácilmente, y como su -enfermedad no es otra cosa que una fuerte pasión de ánimo, en el ánimo -se han de aplicar los cauterios, las cataplasmas, los tónicos y los -emolientes que le he recetado esta noche. Puede que le hayamos salvado -la vida. ¿Sabéis lo que significan en naturaleza tan delicada, tan -sutilmente sensible, una triste o agradable impresión? Pues significa -tanto como la vida o la muerte. Sí, hijos míos: si yo no cuidara de -ocultar a mi hija las angustias que atravesamos, se debilitaría su -ser de tal suerte que el menor accidente la mataría, como un soplo -de viento apaga la luz. Es preciso resguardar esta pobre lámpara del -aire que la mata, y darla el que la vivifica. Así va tirando, tirando, -y quién sabe si la podré salvar. Sed, pues, caritativos y procurad -divertirla. Ved cómo se ríe; reparad qué precioso color han tomado sus -mejillas. La creencia de que Gerona está llena de felicidades, y la -esperanza de ser llevada pronto a Castellá, la fortifican y dan nueva -vida. Esta noche marchamos bien; pero mañana ¿qué haré, que la diré -mañana? Si escasean cada día más los víveres, como es probable; si se -declaran el hambre y la epidemia, y caen bombas en parajes cercanos, -o aquí mismo, ¿qué comedia representaremos? Dios me favorezca y me -inspire, pues para su infinita misericordia nada hay imposible. - ---Estoy muerto de cansancio --dije yo, viendo que Josefina pedía más -baile--, y además es tarde y tengo que marcharme a mi puesto. - -Siseta ya no podía tenerse en pie, y la señora Sumta, que yacía en el -suelo con la inmovilidad de un talego, roncaba sonoramente, remedando -en la cavidad de sus fosas nasales el lejano zumbido del cañón. -Badoret, cansado ya de tocar en silencio el fluviol y la tanora, dormía -como los demás chicos. D. Pablo, bastante generoso para no exigirnos -imposibles, se apresuró a complacer a la enferma, poseída de cierto -febril insomnio, y se puso a danzar en medio de la sala, haciendo corro -con cuatro chicos de los más despabilados. Cuando yo salí, quedaba el -pobre señor haciendo piruetas y cabriolas con ningún arte y mucha -torpeza; pero su incapacidad para el baile, provocando la hilaridad -de su hija, más le inducía a seguir bailando. Daba saltos, alzaba los -brazos descompasadamente, se descoyuntaba de pies y manos, tropezaba -a cada instante, inclinándose adelante o atrás; trazaba mil figuras -grotescas y estrambóticas que en otra ocasión me habrían hecho reír, y -un sudor angustioso afluía de su rostro macilento, desfigurado por las -muecas y visajes a que le obligaban el fatigoso movimiento y los agudos -dolores de su herida. Nunca vi espectáculo que tanto me entristeciera. - - - - -XI - - -Lo que he referido a ustedes se repitió algunos días. Después vinieron -circunstancias distintas, y todo cambió. Los franceses, escarmentados -con la vigorosa y nunca vista defensa del 19 de septiembre, mediante la -cual se estrellaron contra todos los puntos de la muralla que quisieron -franquear, no se atrevían al asalto. Tenían miedo, dicho sea esto sin -petulancia; conocían la imposibilidad de abrir las puertas de Gerona -por la fuerza de las armas, y se detuvieron en su línea de bloqueo, con -intención de matarnos de hambre. El 26 de septiembre llegó al campo -enemigo el Mariscal Augereau, el cual dicen se había distinguido -en las guerras de la República y en el Rosellón; trajo consigo más -tropas, las cuales, poniéndonos por todos lados cerco muy estrecho, nos -encerraron de modo que no podría entrar ni una mosca. No necesito decir -a ustedes que los pocos víveres que había se fueron acabando, hasta que -no quedó nada, sin que el Gobernador diera a esto importancia aparente, -pues cada hora se sostenía más en su tema de que Gerona no se rendiría -mientras él viviese, y aunque media población sucumbiera a las penas -del hambre y a las calenturas que se iban desarrollando al compás de no -comer. - -Ya no era posible pensar en socorros, como no vinieran por los aires. -Ya no teníamos el triste recurso de buscar la muerte en las murallas, -porque ellos no se cuidaban de asaltarlas; era forzoso cruzarse de -brazos y dejarse morir, mirando la efigie impasible de D. Mariano -Álvarez, cuyos ojos vivos no paraban nunca, observando aquí y allí -nuestras caras, por ver si alguna tenía trazas de desaliento o -cobardía. Estábamos moralmente aprisionados entre las garras de acero -de su carácter, y no nos era dado exhalar una queja ni un suspiro, ni -hacer movimiento que le disgustara, ni dar a entender que amábamos la -libertad, la vida, la salud. En suma, le teníamos más miedo que a todos -los ejércitos franceses juntos. - -Morir en la brecha es no solo glorioso, sino hasta cierto punto -placentero. La batalla emborrachaba como el vino, y deliciosos humos -y vapores se suben a la cabeza, borrando en nuestra mente la idea del -peligro, y en nuestro corazón el dulce cariño a la vida; pero morir -de hambre en las calles es horrible, desesperante, y en la tétrica -agonía ningún sentimiento consolador ni risueña idea alborozan el -alma, irritada y furiosa contra el mísero cuerpo que se le escapa. En -la batalla, la vista del compañero anima; en el hambre, el semejante -estorba. Pasa lo mismo que en el naufragio: se aborrece al prójimo, -porque la salvación, sea tabla, sea pedazo de pan, debe repartirse -entre muchos. - -Llegó el mes de octubre, y se acabó todo, señores: acabáronse la -harina, la carne, las legumbres. No quedaba sino algún trigo averiado, -que no se podía moler. ¿Por qué no se podía moler? Porque nos comimos -las caballerías que movían los molinos. Se pusieron hombres; pero los -hombres, extenuados de hambre, se caían al suelo. Quedaba el recurso de -comer el trigo como lo comen las bestias: crudo y entero. Algunos lo -machacaban entre dos piedras y hacían tortas, que cocían en el rescoldo -de los incendios. Aún quedaban algunos asnos; pero se acabó el forraje, -y entonces los animalitos se juntaban de dos en dos, y se mantenían -comiéndose mutuamente sus crines. Fue preciso matarlos antes que -enflaquecieran más; y al fin la carne de asno, que es la más desabrida -de las carnes, se acabó también. Muchos vecinos habían sembrado -hortalizas en los patios de las casas, en tiestos y aun en las calles; -pero las hortalizas no nacieron. Todo moría, Humanidad y Naturaleza; -todo era esterilidad dentro de Gerona, y empezó una guerra espantosa -entre los diversos órdenes de la vida, destruyéndose de mayor a menor. -Era una guerra a muerte en la animalidad hambrienta, y si junto al -hombre hubiera existido un ser superior, nos hubiéramos visto cazados y -engullidos. - -Yo padecía las más crueles penas, no solo por mí, sino por la infeliz -Siseta y sus tres hermanos, que carecían absolutamente de todo. Los -chicos eran al principio los mejor librados, porque ellos salían a la -calle, y merodeando o husmeando aquí y allá, siempre sacaban alguna -cosa; pero Siseta, la pobre Siseta, no tenía más amparo que yo, y yo me -volvía loco para buscarle sustento. Había, sí, algunos víveres en la -plaza, y se encontraban pececillos del Oñar que más que peces parecían -insectos, y pájaros escuálidos, que eran cazados desde los tejados; -también había alguna carne de mulo y de perro; pero para adquirir estos -artículos se necesitaba dinero, mucho dinero, y nosotros no teníamos. -La ración de trigo seco había llegado a sernos tan repugnante como un -veneno. - -D. Pablo Nomdedeu gastaba todos sus ahorros para poner a su hija una -mala comida, y fue de los que dieron por una gallina diez y seis o -veinte pesos, cuando algún payés, afrontando mil peligros y venciendo -obstáculos mil, lograba entrar en la Plaza. En los días de la gran -escasez, la señora Sumta no bajaba a casa de Siseta, y los chicos se -secaban los ojos mirando a la escalera por ver si descendía por ella -algo de maná. Llegó también el día en que Badoret, Manalet y Gasparó -se cansaron de sus correrías por las calles, porque de todas partes -eran expulsados los muchachos vagabundos, por la mala opinión que -había respecto a la limpieza de sus manos. Flacos y casi desnudos, mis -tres hermanos o mis tres hijos, pues como a tales los traté siempre, -inspiraban profunda compasión, y formando lastimero grupo junto a -Siseta, permanecían largas horas en silencio, sin juegos ni risas, -tan graves como ancianos decrépitos, inertes y quebrantados, sin más -apariencia de vida que el resplandor de sus grandes ojos negros, -llenos de ansioso afán. Siseta les miraba lo menos posible, deseando -así conservar la calma que se había impuesto como un deber, y hasta se -atrevía a mostrar severidad, creyendo equivocadamente que en tal trance -la fuerza moral servía de alguna cosa. - -Yo estuve tres días sin verles, porque mis obligaciones me impedían ir -a la casa. Cuando fui, encontreles en la situación que he descrito. - -Desde luego admiré la entereza de los pobres niños, bastante -inteligentes para no importunarnos pidiéndonos lo que sabían no -podríamos darles. Únicamente Gasparó, comiéndose sus puños y bebiéndose -sus lágrimas, faltaba a la circunspección sostenida por sus hermanos. -Llegó un momento en que Siseta, no pudiendo contener su dolor, empezó -a llorar amargamente, registrando después los últimos rincones de la -casa por ver si parecía de milagro alguna vianda. Yo salí, volví a -entrar, salí de nuevo y regresé, después de dar mil vueltas, con la -terrible evidencia de que no podía encontrar nada. - -Repentinamente me ocurrió una idea salvadora. - ---Siseta --dije a mi amiga--. Hace días que no veo a Pichota; pero -supongo que andará por ahí con sus tres gatitos. - ---¡Oh! --me respondió con dolor--. ¿No sabes que el Sr. D. Pablo ha -acabado con toda la familia? ¡Pobre Pichota! Él dice que es una carne -excelente; pero yo creo que me moriría de hambre antes de comerla. - ---¿Ha muerto Pichota? No sabía nada. ¿Y también los tres angelitos?... - ---No te lo quería decir. En estos últimos días que has faltado de casa, -D. Pablo bajaba con frecuencia. Un día se me puso delante de rodillas, -rogándole que le diera algo para su hija, pues ya no tenía víveres, -ni dinero para comprarlos. Cuando esto me decía, uno de los gatitos -me saltó al hombro, y D. Pablo, echándole mano con mucha presteza, se -lo guardó en el bolsillo. Al día siguiente bajó de nuevo y me ofreció -los muebles de su sala si le daba otro de los hijos de Pichota, y sin -aguardar mi contestación, entró en la cocina, después en el cuarto -oscuro, púsose en acecho, y lo mismo que un gato caza al ratón, así -cazó él al gato. Cuando salió, tuve que curarle los arañazos que en la -cara traía. El tercero pereció de la misma manera, y después de esto -Pichota ha desaparecido de la casa, tal vez por haber entendido que no -está segura. - -Siseta y yo convinimos en que era urgente rezar, con la esperanza de -que, a fuerza de ruegos, nos enviase Dios, por sus misteriosos caminos, -algo de lo que tanto necesitábamos. Pero rezamos, y Dios no nos mandó -nada. - - - - -XII - - -Meditaba yo sobre la deserción del pobre animal, cuando se nos presentó -de repente Nomdedeu. Su aspecto era por demás macilento y cadavérico, -habiendo perdido a fuerza de padeceres físicos y morales hasta aquella -bondadosa expresión y el dulce acento que lo distinguían. Su vestido -estaba desordenado y roto, y traía la escopeta de caza y un largo -cuchillo de monte. - ---Siseta --dijo bruscamente, y olvidándose de saludarme, a pesar de que -hacía algunos días que no nos veíamos--. Ya sé dónde está esa pícara -Pichota. - ---¿En dónde está, Sr. D. Pablo? - ---En el desván que hay en el fondo del patio y que servía de pajar y -granero cuando yo tenía caballo. - ---Tal vez no será ella --dijo mi amiga en su generoso anhelo de salvar -al pobre animal. - ---Sí, es ella; te digo que es ella. A mí no se me despinta Pichota. La -muy tunanta saltó esta mañana por la ventana de la despensa y me robó -un pernil que allí tenía. ¡Qué atrevimiento! Comerse la carne de su -propio hijo. Es preciso acabar con ese animal. Siseta, ya te he dado -gran parte de mis muebles en cambio de los gazapos. No me queda otra -cosa de valor que mis libros de medicina. ¿Los quieres a trueque de la -gata? - ---Sr. D. Pablo, ni los muebles ni los libros tomaré; coja usted a -Pichota, y ya que nos vemos reducidos a tal extremidad, dé una parte a -mis hermanos. - ---Está bien --respondió Nomdedeu--. Andrés, ¿te atreves a cazar ese -terrible animal? - ---No creo que sean precisos tantos pertrechos militares --respondí. - ---Pues yo sí lo creo. Vamos allá. - -Badoret y su hermano quisieron seguirnos; pero Siseta les contuvo -diciéndoles que no fueran curiosos y entrometidos; y solos el médico y -yo subimos al desván, entrando despacio y con precauciones por temor a -ser acometidos del rabioso carnicero, a quien el hambre y el instinto -de conservación debían haber dado una ferocidad extraordinaria. Don -Pablo, porque la presa no se nos escapara, cerró por dentro la puerta -y quedamos casi en completa oscuridad, pues la débil luz que por un -estrecho ventanillo entraba, no aclaró el lóbrego recinto sino cuando -nuestros ojos fueron perdiendo poco a poco el deslumbramiento de la luz -exterior. Multitud de objetos, muebles viejos y destrozados, obstruían -buena parte de la estancia, y sobre nuestras cabezas flotaban densos -cortinajes de tela de araña, guarnecidos por el polvo de un siglo. -Cuando empezamos a ver los contornos y las oscuras tintas del recinto, -buscamos con los ojos a la prófuga; pero nada vimos, ni se oyó ruido -alguno que indicase su presencia. Manifesté mis dudas a D. Pablo; pero -él me dijo: - ---Sí, aquí está. La vi entrar hace un momento. - -Movimos algunas cajas vacías; arrojamos a un lado pedazos de silla -y un pequeño tonel, y entonces sentimos el roce de un cuerpo que -se deslizaba en el fondo de la pieza atropellando los hacinados -objetos. Era Pichota. Vimos en el fondo oscuro sus dos pupilas de un -verde aurífero, vigilando con feroz inquietud los movimientos de sus -perseguidores. - ---¿La ves? --dijo el doctor--. Toma mi escopeta y suéltale un tiro. - ---No --repuse riendo--. Es muy fácil errar la puntería. De nada sirve -en este caso el fusil. Póngase usted a ese lado y deme el cuchillo. - -Las dos pupilas permanecían inmóviles en su primera posición, y aquella -lumbre verdosa y dorada que no se parece a la irradiación de ninguna -otra mirada ni de piedra alguna, produjo en mí fuerte impresión de -terror. Después distinguí el bulto del animal, y sus manchas parduzcas -y negras sobre amarillo se multiplicaban a mis ojos, ensanchando su -cuerpo hasta darle las proporciones de un tigre. Yo tenía miedo, ¿a -qué negarlo con pueril soberbia? y por un momento sentime arrepentido -de haber emprendido obra tan difícil. D. Pablo, que tenía más miedo que -yo, daba diente con diente. - -Celebramos consejo de guerra, del cual salió que debíamos tomar -la ofensiva; pero cuando cobrábamos algún valor sentimos un sordo -ronquido, un ruido entre arrullo y estertor, que anunciaba las -disposiciones hostiles de Pichota. En su lenguaje, la gata nos decía: -«Asesinos de mis hijos, venid acá, que os espero.» - -Pichota, que primero estaba en postura de esfinge, se agachó sentando -la angulosa cabeza sobre las patas delanteras, y entonces su mirada -cambió, despidiendo una luz azul que proyectaba de dos rayas -verticales. Parecía fruncir el torvo ceño. Luego irguió la cabeza; -pasose las patas por la cara, limpiando los largos bigotes, y dio -algunas vueltas sobre sí misma, para bajar a un sitio más cercano, -donde se puso en actitud de salto. La fuerza muscular de estos animales -en las articulaciones de sus patas traseras es inmensa, y desde su -puesto podía saltar hasta nosotros. Observé que las miradas del animal -se dirigían más rectamente a D. Pablo que a mí. - ---Andrés --me dijo--, si tú tienes miedo, yo me voy encima de ella. Es -una vergüenza que un animal tan pequeño acobarde de este modo a dos -hombres. Sí, señora Pichota, nos la comeremos a usted. - -Parece que el animal oyó y entendió estas amenazadoras palabras, porque -aún no había acabado de pronunciarlas mi amigo, cuando con ligereza -suma lanzose sobre él, haciéndole presa en el cuello y hombros. La -lucha fue breve, pues la gata había puesto ya en ejecución el conjunto -de su potencia ofensiva, de modo que el resto del combate no podía -menos de sernos favorable. Acudí en defensa de mi amigo, y el animal -cayó al suelo, llevándose en las uñas algunas partículas de la persona -del buen doctor, y haciéndome a mí algunos desperfectos en la mano -derecha. Corrió luego en distintas direcciones; pero al lanzarse sobre -mí, tuve la buena suerte de recibirla con la punta del cuchillo de -monte, lo cual puso fin al desigual combate. - ---Este animal es más temible de lo que creí --me dijo D. Pablo -apoderándose del cuerpo palpitante. - ---Ahora, Sr. Nomdedeu --indiqué yo--, partiremos como hermanos la presa. - -El doctor hizo una mueca que indicaba su profundo disgusto, y -limpiándose la sangre del cuello, me dijo con tono agresivo que por -primera vez oí de sus labios: - ---¿Qué es eso de partir? Siseta contrató conmigo a Pichota a cambio de -mis libros. ¿Tú sabes que mi hija no ha comido nada ayer? - ---Todos somos hijos de Dios --repuse--, y también Siseta y los de abajo -han de comer, Sr. D. Pablo. - -Nomdedeu se rascó la cabeza, haciendo con boca y narices contracciones -bastante feas; y tomando el animal por el cuello, me dijo: - ---Andrés, no me incomodes. Siseta y los bergantes de sus hermanos -pueden alimentarse con cualquier piltrafa que busquen en la calle; -pero mi enferma necesita ciertos cuidados. Tras hoy viene mañana, y -tras mañana pasado. Si ahora te doy media Pichota, ¿qué comerá mi hija -dentro de un par de días? Andrés, tengamos la fiesta en paz. Busca -por ahí algo que echar a tus chiquillos, que ellos con roer un hueso -quedarán satisfechos; pero haz el favor de no tocarme a Pichota. - -De esta manera el corazón de aquel hombre bondadoso y sencillo se -llenaba de egoísmo, obedeciendo a la ley de las grandes calamidades -públicas, en las cuales, como en los naufragios, el amigo no tiene -amigo, ni se sabe lo que significan las palabras prójimo y semejante. -Oyendo a D. Pablo, despertose en mí igual sentimiento egoísta de la -vida, y vi en él un aborrecido partícipe de la tabla de salvación. - ---Sr. Nomdedeu --exclamé con súbita cólera--: he dicho que Pichota se -partirá, y no hay más sino que se partirá. - -El médico, al oír este resuelto propósito, mirome con profunda aversión -por algunos segundos. Sus labios temblaban sin articular palabra -alguna; púsose pálido, y luego, con un gesto repentino, me empujó hacia -atrás fuertemente. Yo sentí que mi sangre, abrasada, corría hacia el -cerebro; un repentino escalofrío que circuló por mi cuerpo me crispaba -los nervios. Cerrando los puños, alargué las manos casi hasta tocar con -ellas la cara de Nomdedeu, y grité: - ---¿Conque no se parte Pichota? Pues mejor. Mejor, porque es toda para -mí. ¿Qué tengo yo que ver con la señorita Josefina, ni con sus males -ridículos? Dele usted telarañas. - -Nomdedeu rechinó los dientes, y sin contestarme se fue derecho hacia el -animal, que yacía en tierra desangrándose. Hice yo igual movimiento; -nuestras manos se chocaron; forcejeamos un breve instante; descargué -sobre él mis puños, y Nomdedeu rodó por el suelo largo trecho, -dejándome en completa posesión de la presa. - ---¡Ladrón! --gritó--. ¿Así me robas lo que es mío? Aguarda y verás. - -Recogiendo la víctima, me dispuse a salir. Pero Nomdedeu corrió, mejor -dicho, saltó como un gato hacia donde estaba la escopeta, y tomándola, -me apuntó al pecho diciendo con trémula y ronca voz: - ---Andrés, canalla: suéltala o te asesino. - -Miré en derredor mío buscando el cuchillo de monte; pero ya D. Pablo -lo tenía en el cinto. Corrí a la puerta del desván y no pude abrirla; -entrome de súbito un terror que no pude vencer, y salté maquinalmente, -sin saber lo que hacía, hacia los cajones vacíos, los muebles viejos y -el montón de cachivaches donde se nos había aparecido Pichota. Mis pies -se hundían entre tablas desvencijadas, cuyos clavos me lastimaban, y -mi cabeza tropezó en las vigas del techo, haciendo caer el polvo, la -polilla y las repugnantes inmundicias depositadas por dos siglos. - ---Bárbaro --grité desde arriba--, ya me las pagarás todas juntas. - -Pero Nomdedeu seguía tras mí, buscando la puntería, y con pie firme -hollaba las rotas tablas; yo corrí de un extremo a otro seguido por él, -y dimos varias vueltas, subiendo, bajando, hundiéndonos y levantándonos -en los desfiladeros, laberintos y sinuosidades de aquella caverna. - -Por fin, habiendo salido el tiro, Nomdedeu extendió su hocico como -ávido cazador, por ver si me había alcanzado. Felizmente la bala no me -tocó. - ---No me ha tocado --dije con furiosa alegría, disponiéndome a caer -sobre mi enemigo. - -Pero él desenvainó al instante su cuchillo, y con acento más -frenéticamente alegre que el mío, gritó en medio del desván: - ---¡Ven, ven!... ¡Ladrón, que quieres matar de hambre a mi hija!... -Suelta a Pichota; suéltala, miserable. - -Y sin esperar a que yo le acometiera, corrió hacia mí. Entrome mayor -pánico que cuando me perseguía con la escopeta, y de nuevo nos lanzamos -a los precipicios en miniatura, tropezando y saltando, yo delante, él -detrás; yo gritando, él rugiendo hasta que, rendido de fatiga, caí -entre destrozadas tablas, que me impedían todo movimiento. Me encontré -débil y me reconocí cobarde, sintiéndome incapaz de luchar con aquella -furia, metamorfosis del hombre más manso, más generoso y humanitario -que yo había conocido. - ---Sr. D. Pablo --le dije--, tome usted a Pichota. No puedo más. Se ha -vuelto usted tigre. - -Sin contestarme nada, y mostrando la horrible agitación y crisis de su -alma en un sordo mugido, recogió el animal que yo había arrojado lejos -de mí, y abriendo la puerta, se marchó. - -Pasada la irascibilidad de aquel cuarto de hora, apenas me podía tener; -salí, bajé a casa de Siseta, y cuando esta me vio magullado, arañado y -cubierto de polvo, tuvo miedo. En pocas palabras contele lo ocurrido, y -los tres muchachos me oyeron con espanto. - ---No hay nada por hoy --les dije con angustia--. Voy a la calle a ver -si encuentro una persona caritativa. - -Siseta se abrazó a sus hermanos, derramando lágrimas de desesperación, -y yo corrí desalado fuera de la casa. En la calle marchaba como -un ebrio, sin dirección, ni aplomo, ni camino, y con la mente en -ebullición, cargada, atestada y henchida de criminales ideas. - - - - -XIII - - -A mi paso encontraba las familias desvalidas, formando horrorosos -grupos de desolación en medio de la vía pública, con los pies en el -lodo, guarecida la cabeza del sol y la lluvia bajo miserables toldos -de sucias esteras. Se arrancaban de las manos unos a otros la seca -raíz de legumbre, el fétido pez del Oñar, las habas carcomidas y los -huesos de animales no criados para la matanza. Diestros carniceros, -improvisados por la necesidad, perseguían por todos los rincones de -Gerona a los pobres perros que, bastante inteligentes para comprender -su trágica suerte, buscaban refugio en lo más recóndito, y aun se -atrevían a traspasar la muralla, corriendo a escape hacia el campo -francés, donde eran acogidas con aplauso y algazara tales pruebas de -nuestra penuria. Por todas partes, en sótanos y tejados, los gatos se -defendían con sus ásperas uñas del ataque de la humanidad, empeñada en -vivir. - -Los soldados recibían su ración de trigo seco; pero los habitantes -de la ciudad tenían que buscarse el sustento como Dios les daba a -entender. La caza y la pesca eran la ocupación más importante. En -cuanto a trabajos militares, no había nada, porque nuestra situación -consistía en recibir bombas y granadas, sin poder apenas devolver los -saludos. En varias partes pedí que me dieran algo para unos pobres -huérfanos; pero la gente me miraba con indignación, y alguno me echó en -cara mi robustez. Yo estaba en los puros huesos. - -En la calle de Ciudadanos y en la Plaza del Vino[5] vi muchos enfermos -que habían sido sacados de los sótanos para que se murieran menos -pronto. Su mal era de los que llamaban los médicos _fiebre nerviosa -castrense_, complicada con otras muchas dolencias, hijas de la -insalubridad y del hambre; y en los de tropa todas estas molestias -caían sobre la fiebre traumática. - - [5] Hoy de la Constitución. - -Sin quererlo yo, me apartaba a cada instante de mi objeto, que era -buscar alimento para mis niños, y aquí me llamaban para que ayudase a -arrastrar un enfermo; allí me rogaban que ayudara a poner tierra encima -de los cadáveres. Mi deseo era arrojarme como los demás en medio del -arroyo, esperando la muerte; pero el ejemplo de algunos que resistían -con sin igual tesón el cansancio, me obligaba a seguir en pie. En la -calle de la Zapatería Vieja sacamos fuera de los sótanos a varios -clérigos, ancianos y niños, mereciendo en premio de nuestro servicio -algunos pedazos de pan negro o de cecina. Los otros devoraban su parte; -pero yo guardé la mía, adquiriendo con su posesión la fuerza moral que -había perdido. - -La calle o callejón de la Forsa, que conduce desde la Zapatería Vieja a -la catedral, era una horrible sentina, una acequia angosta y lóbrega, -donde algunos seres humanos yacían como en sepultura, esperando quien -les socorriese o quien les matase. Entramos en ella, conducidos por -D. Carlos Beramendi, hombre de gran mérito que se multiplicaba para -disminuir en lo posible las desgracias de la ciudad, y recogimos los -cuerpos vivos y medio vivos, muertos y medio muertos, sacándolos a las -gradas de la catedral, donde les bañasen aires menos corrompidos. -La catedral ya no podía contener más enfermos, y la plaza se fue -convirtiendo en hospital al descubierto. Allí vi aparecer en lo alto de -la gradería a D. Mariano Álvarez, que daba algunas disposiciones para -el socorro de los heridos. Su semblante era en toda Gerona el único que -no tenía huellas de abatimiento ni tristeza, y conservábase tal como el -primer día del sitio. Gran número de gente le rodeaba, y entre ellos vi -con sorpresa a D. Pablo Nomdedeu con otros médicos, individuos de la -Junta de salubridad, y varias personas influyentes. La multitud vitoreó -a Álvarez, quien no dijo nada, absteniéndose de manifestar disgusto -ni alegría por la ovación, y descendió tranquilamente. La gradería -ofrecía el más lamentable aspecto, y con la algazara de los vivas y -aclamaciones dirigidas al Gobernador, era difícil oír las quejas y -lamentos. Desde lejos se observaba claramente que muchos de los que -componían la comitiva del héroe estaban afligidos ante tan doloroso -espectáculo. Sin duda hablaban a D. Mariano de la escasez de víveres, -porque se oyó una voz de protesta que dijo: - ---Señor, cuando no haya otra cosa, comeremos madera. - -En esto llegó junto a mí D. Pablo, que se había separado un poco de la -comitiva. - ---¡Comer madera! --exclamó--. Eso se dice, pero no se hace. Andrés, me -alegro de verte por aquí ¿Cómo estás?... ¿y Siseta y los chicos? - -Aunque empezaba a extinguirse en mi alma el resentimiento, amenacé con -el puño a Nomdedeu. - ---¡Ah, todavía me guardas rencor por lo de esta mañana! --dijo--. -Andresillo, en estos casos no es uno dueño de sí mismo. Yo me -espantaba entonces y me he espantado después de encontrarme tan -bárbaro y salvaje. Se trata de vivir, Andrés, y el pícaro instinto -de conservación hace que el hombre se convierta en fierecita. Que yo -sea capaz de matar a un semejante, es cosa que no se comprende, ¿no -es verdad? ¡Ay, amigo mío! La idea de que mi hija me pide de comer y -no puedo darle nada, ahoga en mí el patriotismo, el pensamiento, la -humanidad, trocándome en una bestia. Andrés, no somos más que miseria. -Indigno linaje humano, ¿qué eres? Un estómago y nada más. Se avergüenza -uno de ser hombre cuando llegan estos casos en que todas las relaciones -sociales desaparecen, y reina la Naturaleza pura. Pero estoy viendo -que el número de los heridos es inmenso. Hoy hemos estado haciendo el -recuento de medicinas, y no hay ni para la décima parte en un solo -día. ¿A dónde vamos a parar? ¿Es posible que esto se prolongue? No, no -puede ser. Mira qué horroroso aspecto presenta la gradería cubierta de -cuerpos humanos. - -En efecto: los cien escalones que conducen a la catedral ofrecían en -pavoroso anfiteatro un cuadro completo de los males de la heroica -ciudad. - -Álvarez con su comitiva seguía bajando, y la multitud apartábase para -abrirle paso. - ---Señor --le dijo Nomdedeu volviéndome la espalda--. Olvidé decir a -vuecencia que los medicamentos que tenemos no bastan ni para la décima -parte. - -D. Mariano miró fríamente y sin marcada expresión al médico. ¡Qué -bien vi entonces al célebre Gobernador, y cuán presentes se quedaron -desde entonces en mi mente sus facciones, su mirar y sus palabras! -La cara pálida y curtida, los ojos vivos, el pelo cano, la figura -delgada y enjuta, la contextura de acero, la fisonomía imperturbable y -estatuaria, la tranquilidad y la serenidad juntas en su semblante: todo -lo examiné y todo lo retuve en la memoria. - ---Si no hay bastantes medicinas --repuso--, empléense las que hay, y -después se hará lo que convenga. - -Esta muletilla de _lo que convenga_ era muy suya, y con ella solía -terminar sus discursos y amonestaciones, siendo en él muy natural -decir: «Si no se puede resistir el asalto y los franceses entran en la -ciudad, moriremos todos, y después _se hará lo que convenga_.» - ---Pero, señor --añadió D. Pablo--, los enfermos no admiten espera. Si -no se les cura... se podrá tirar un día, dos... - -Álvarez paseó serenamente la vista por el anfiteatro, y después, -volviéndose a Nomdedeu, le dijo: - ---Ninguno de ellos se queja. Pronto recibiremos auxilios. La plaza no -se rendirá, señor Nomdedeu, por falta de medicinas. ¿No discurre usted -algún medio para aliviar la suerte de los enfermos y heridos? - ---¡Oh, sí señor! --dijo el médico alentado por algunos de la comitiva -que murmuraron frases más en consonancia con los pensamientos del -médico que con los del Gobernador--. Me ocurre que Gerona ha hecho ya -bastante por la Religión, la Patria y el Rey. Ha llegado ya al límite -de la constancia, señor, y exigir más de esta pobre gente es consumar -su completa ruina. - -Álvarez agitó ligeramente el bastón de mando en la mano derecha, y sin -inmutarse dijo a Nomdedeu: - ---«_Veo que solo usted es aquí cobarde. Bien: cuando ya no haya -víveres, nos comeremos a usted y a los de su ralea, y después resolveré -lo que más convenga._» - -Cuando acabó de hablar, callaron todos de tal modo, que se oía el -zumbido de las moscas. Nomdedeu volvió atrás la cabeza buscándome con -la vista para disimular su turbación, y harto confuso hubo de abandonar -la comitiva. Hasta mucho después de que esta pasara no recobró el uso -de la palabra mi buen doctor, y estaba pálido y tembloroso, señal -inequívoca de su miedo. - ---Andrés --me dijo en voz baja tomándome del brazo, y llevándome en -dirección de la Plaza de San Félix--, ese hombre va a acabar con -nosotros. Yo soy patriota, sí señor, muy patriota; pero todo tiene -su límite natural, y eso de que lleguemos a comernos unos a otros me -parece una temeridad salvaje. - ---La entereza de D. Mariano --le respondí-- nos llevará a tragarnos -mutuamente; pero por lo que a mí toca, y mientras sepa que ese hombre -está vivo, antes me comeré a mordidas mi propia carne, que hablar de -capitulación delante de él. - ---Grande y sublime es su constancia --me dijo--: yo la admiro y me -congratulo de que tengamos al frente de la plaza un hombre cuya memoria -ha de vivir por los siglos de los siglos. ¡Oh, si yo fuera solo en -el mundo, Andrés! Si yo no tuviera más que mi indigna persona, si no -tuviera otro cuidado que la visita al hospital y el recorrido de los -enfermos que están en la calle, yo mismo le diría a D. Mariano: «Señor, -no nos rindamos mientras haya uno que pueda vivir, almorzándose a -los demás.» Pero mi hija no tiene la culpa de que una nación quiera -conquistar a otra... Sin embargo, humillemos la frente ante la voluntad -de Dios, de la cual es ejecutor en estos días ese inflexible D. Mariano -Álvarez, más valiente que Leónidas, más patriota que Horacio Cocles, -más enérgico que Scévola, más digno que Catón. Es este un hombre que -en nada estima la vida propia ni la ajena, y como no sea el honor, -todo lo demás le importa poco. En las jornadas de septiembre, cuando -Vives el capitán de Ultonia se disponía para una pequeña excursión al -campo enemigo, preguntó a D. Mariano que a dónde se acogería en caso de -tener que retirarse. El Gobernador le contestó: «Al cementerio.» ¿Qué -te parece? ¡Al cementerio! Es decir, que aquí no hay más remedio que -vencer o morir; y como vencer a los franceses es imposible porque son -ciento y la madre, saca la consecuencia. ¡Esto entusiasma, Andresillo! -Se le llena a uno la boca diciendo: ¡viva Gerona y Fernando VII! le -parece a uno que ya está viendo las historias que se van a escribir -ensalzándonos hasta las nubes; pero yo quisiera poder gritar: ¡viva -España y viva Josefina! o que al menos entre las ruinas humeantes -de esta ciudad y entre el montón que han de formar nuestros cuerpos -despedazados, se alzara rebosando salud mi querida hija única, que -nunca ha hecho mal a España, ni a Francia, ni a Europa, ni a las -Potencias del Norte ni del Sur. - -El doctor detúvose a examinar varios enfermos, y corrí a casa de Siseta -para llevarles lo poco que había recogido. - - - - -XIV - - -Casi juntamente conmigo entró Badoret, que había salido a hacer una -excursión por la Plaza de las Coles, y volvía tan alegre y saltón, que -le juzgué portador de víveres para ocho días. - ---¿Qué hay, Badoret? --le preguntamos Siseta y yo. - -Nos contestó abriendo los puños para mostrar algunas piezas de cobre, y -cerrábalos después, bailando con frenesí en medio de la sala. - ---¿De dónde traes eso? ¿Lo has cogido en alguna parte? --le preguntó -su hermana con enojo, sospechando sin duda que el chico había hecho -incursiones lamentables en la propiedad ajena. - ---Me los han dado por el ratón... Andrés, un ratón tan grande como un -burro. En cuanto llegué con él a la plaza, un viejo soltó tres reales -por él. - ---¿Para comérselo? --exclamó Siseta con horror. - ---Sí --repuso Badoret dándole los cuartos--. Tú no quisiste, pues a -venderlo. - ---Mira, Andrés --me dijo Siseta--, luego que tú te fuiste, estos -condenados bajaron al patio, y por la puertecilla que está junto al -pozo, se metieron en la casa del canónigo Don Juan Ferragut, que está -abandonada, como sabes. A poco volvieron con una rata tan grande como -de aquí a mañana... ¡Qué patas! ¡Qué rabo! - ---La carne de este precioso e inteligentísimo animal --dije yo dando -a Siseta lo que llevaba--, no es mala, según dicen los muchos que en -Gerona la están consumiendo. Por ahora, muchachos, remediémonos con -esto que os traigo, y Dios dará más adelante otra cosa. - -Comimos, si así puede llamarse una refacción tan exageradamente sobria, -que más parecía hecha para dar entretenimiento a los dientes, que -substancia al cuerpo. Yo me dormí sobre el suelo poco después, y cuando -desperté, Siseta con gran aflicción me dijo: - ---Gasparó está malo. Ha cesado de llorar, y está como desmayado, con -el cuerpo ardiente, y temblando de escalofríos. ¿Tardará en volver el -Sr. Nomdedeu? - -Examiné al chico, y su aspecto me hizo temblar, porque no dudé un -momento que estuviese atacado de la fiebre a que sucumbía diariamente -parte de la población; pero procuré tranquilizar a su hermana, -asegurando que los síntomas del mal que tenía delante no eran parecidos -a los que a todas horas se observaban en los sitios más públicos de la -ciudad. Siseta, en su buen sentido, no daba crédito a mis consuelos, -comprendiendo la gravedad de su hermanito. Con la mayor naturalidad -del mundo, y olvidando, en su preocupación, las circunstancias de la -ciudad, me mandó que le llevase algunas medicinas, y tuve que emplear -mil rodeos y circunlocuciones para decirle que no las había. La infeliz -muchacha estaba inconsolable. - -Una hora después entró D. Pablo Nomdedeu, al cual llamamos para que -asistiese al enfermo, y se prestó a ello de buen grado. - ---¡Pobre Gasparó! --exclamó al verle--. Ya he dicho que con los -alimentos que diariamente se consumen aquí, estos chicos no han de -llegar a viejos. - ---Pero mi hermano no se morirá, Sr. Don Pablo --afirmó Siseta -llorando--. Usted, que es tan buen médico, le curará. - ---Hija mía --repuso fríamente el doctor--, tiende la vista por esas -calles, y observa de qué valen los buenos médicos. Lo que respiramos en -Gerona no es aire: es una sutil, invisible materia cargada de muertes. -¡Ay! Vivimos por especial don de Dios, los que vivimos. Tenemos un -Gobernador de bronce que manda resistir a estos hombres que se caen -muertos por momentos. D. Mariano Álvarez no ve en el cuerpo humano sino -una cosa con que rellenar los cementerios, y que si no puede servir -para batirse, no sirve para nada. Él no atiende más que al inmortal -espíritu, y fijando su atención en la vida perpetua que con los -miserables ojos de la carne no podemos ver, desprecia todo lo demás. -Sí: la magnitud de ese hombre me tiene asombrado, por lo mismo que es -superior a mí. El Gobernador resistirá el hambre, las privaciones, las -enfermedades, mientras tenga una gota de sangre que mantenga en pie -la urna de su grande espíritu, pues su alma es el alma menos atada al -cuerpo que he conocido; y si no pudiese resistir, será capaz de comerse -a sí mismo... Pero veamos qué se hace con ese pobre Gasparó, hija -mía; yo creo que debes ir a enterrarle a la Plaza del Vino, donde se -ha hecho una gran fosa, porque si dejamos aquí su pobre cuerpo, puede -corromperse la atmósfera de esta casa más de lo que está. - ---¿De modo que usted le da por muerto? --preguntó Siseta con -desesperación. - ---Siseta, nuestra misión en el estado a que han llegado las cosas, sin -alimentos ni medicinas que recomendar, se reduce a evitar los horribles -efectos de la descomposición atmosférica. Si pudiéramos tener a mano -buenas tazas de caldo, un poco de vino blanco y algunos emolientes y -eméticos, creo que sería fácil tornar la salud a la robusta naturaleza -de ese niño; pero es imposible: no hay nada. ¡Felices los que se -mueren! Si no consigo salvar a mi hija, me pondré en la muralla, cuando -haya otro asalto, para morir gloriosamente... Pobre Gasparó: ¡con -cuánto placer te cuidaría, si viera en ti esperanzas de vida! Siseta, -sentiría mucho que mi hija conociera la proximidad de un moribundo. En -caso de que Gasparó llore o chille, le mandarás callar. Adiós, adiós, -hijos míos; cuidado con mis instrucciones. - -Y subió. Tenía todas las apariencias de un loco. - - * * * * * - -Siseta destrozó un mueble, calentó agua con él, y diose a aplicar al -enfermo en diversas formas una terapéutica de su invención, compuesta -de agua tibia en bebida, en cataplasmas, en friegas, en rociadas, -en parches. Como advirtiera cierta quietud en el enfermo, creyola -repentina mejoría, por efecto de sus extraordinarios específicos, y -dijo con tanta inocencia como alegría: - ---Andrés, me parece que está mejor. Se ha dormido. Mi madre decía que -el agua del Oñar era la mejor medicina del mundo, y con agua se curaba -ella todos sus males. ¿Ves como está más tranquilo? Cuando despierte -querrá ir a jugar con sus hermanos. ¿Pero dónde están esos malditos? -¡Badoret, Manalet!... - -Siseta les llamó gritando varias veces, y los muchachos no parecían. -Estaban en la casa del canónigo. - -Yo subí a ver a D. Pablo y a su hija, y encontré a esta tan abatida y -desfigurada, que cuando cerraba los ojos, quedándose sin movimiento con -la cabeza hundida entre los almohadones, parecía realmente muerta. Ya -era casi de noche, y el doctor, sentado junto al velador, escribía su -diario. - ---Andrés --me dijo Nomdedeu--, te agradezco que vengas a hacerme -compañía. ¿No me guardas rencor por lo de esta mañana? Eres un buen -muchacho, y sabes hacerte cargo de las circunstancias. En estos casos -no hay amigo para amigo, ni hermano para hermano. Ahora mismo, si -metieras tu mano en el plato donde va a comer mi hija, creo que te -mataría. - ---¿Y la señorita Josefina --le pregunté--, cree todavía que hay fiestas -en Gerona, y que mañana irá a Castellá? - ---¡Ay! no. La ilusión duró hasta el día siguiente nada más. Su -estado moral es espantoso. Ya no puede ocultársele nada, y es inútil -representar comedias como la de la otra noche. Lo sabe todo, y no -ignora los últimos pormenores, gracias a una indiscreción de esa -endiablada señora Sumta, a quien de buena gana arrastraría por los -cabellos. Figúrate, Andrés, que una de estas noches, cuando yo estaba -curando enfermos por esas calles, la tal señora Sumta, que a más de -ser curiosa como mujer, es entrometida y novelera como un chico de -diez años, deseando dar a su entendimiento el pasto de una belicosa -lectura en armonía con sus aficiones militares, sacó de la alacena -de mi despacho este diario que estoy escribiendo, y se puso a leerlo -aquí mismo delante de mi hija. Esta sintió al instante deseos de -enterarse también, y la muy necia de la señora Sumta se lo permitió, -añadiendo de su propia cosecha comentarios encomiásticos de los empeños -y heroicidades del sitio. Cuando volví, mi hija había llegado a las -últimas páginas, y en su calenturienta atención y curiosidad se le -iba el alma a pedazos. La lectura la embelesaba y la mataba al mismo -tiempo, y el terror y la admiración compartíanse el dominio de su alma. -¡Ay, cuánto trabajo me costó arrancarle de las manos el malhadado -diario! La pobrecita no durmió en toda la noche, y puesto su cerebro -en erección, allí era de ver cómo imaginaba batallas en la calle, cómo -sentía el ruido de las bombas, cómo aseguraba estarse quemando con -el resplandor de los incendios, cómo miraba los ríos de sangre que -enrojecían el Ter y el Oñar, sin que me fuera posible tranquilizarla. -La infeliz corría de una parte a otra de la habitación como una loca, -y llamaba a voces a D. Mariano Álvarez, ensalzando la bravura y grande -ánimo de nuestro Gobernador. Otras veces, dominada por el miedo, me -pedía que la escondiese en lo más profundo de los pozos para no oír el -zumbido de los cañonazos ni ver el resplandor de las llamas. Tan pronto -su delicado organismo nervioso, que es su naturaleza toda, se crispaba -dándole actividad febril, como cuando dominados por el entusiasmo nos -centuplicamos; tan pronto abatiéndose llorosa, su cuerpo caía flojo y -blando como una madeja. Precisamente, la falta del sentido acústico, -que parece debía ser un descanso para su espíritu, es un verdadero -tormento, porque oye rumores que sin existencia real retumban en su -cerebro, y los espectros del sonido aterran su imaginación más que los -de la vista. ¡Pobrecita hija mía! Creí verla morir en una de aquellas -crisis. Era su vida como un hilo delgado que por intervalos se pone -tirante, tirante, amenazando romperse. Yo tenía el alma en suspenso, -y comprendiendo que contra tal estado de nada valen la ciencia ni los -cuidados, me crucé de brazos y bajé la frente esperando el fallo de -Dios. De este modo ha pasado algunos días, Andrés, y últimamente todos -los síntomas de desorden nervioso han desaparecido, para no quedar más -que el del miedo, un miedo en el último grado de lo deprimente, que la -tiene aplanada, moribunda. ¿Ves esa cara, ves esa expresión soñolienta -y abatida, esa diafanidad propia de los primeros instantes de la -muerte? ¿Por ventura eso tiene apariencia de vida? No parece sino que -este simulacro de existencia permanece ante mis ojos por disposición -milagrosa del cielo para consolarme durante la ausencia real de mi -verdadera y querida hija. - -Después de un largo y triste silencio, continuó así: - ---Andrés, mañana saldrá el sol; mañana habrá lo que en nuestro lenguaje -llamamos día; mañana tendremos otro hoy, es decir, nuevos apuros. -Veremos qué miga de pan me reserva Dios para el día que ha de venir. -Como quiera que sea, mi hija tendrá mañana su plato en esta mesa. Así -ha de ser, cueste lo que cueste. - -Y dicho esto, siguió redactando su diario. - -Cuando volví al lado de Siseta, la encontré más tranquila, engañada -por el aparento alivio del pobre niño. Su principal inquietud -consistía entonces en la ausencia de Badoret y Manalet, que, a pesar -de lo avanzado de la noche, no volvían a casa. Pero de acuerdo les -supusimos ocupados en explorar la habitación vecina, y no se habló más -sobre el particular. Retireme yo a mi guardia, pesaroso de dejarla -sola, y durante toda la noche estuve mortificado por cavilaciones y -presentimientos que no me dejaron dormir. - - - - -XV - - -Al día siguiente no ocurrió novedad particular. Gasparó seguía lo -mismo. Badoret y su hermano aparecieron tras larga ausencia, llenos de -rasguños, contusiones, magulladuras y mordidas; pero muy contentos con -los cuartos que recientemente les había proporcionado su industria. A -pesar de este refuerzo pecuniario, aquel día fue el abastecimiento de -la casa más penoso y difícil que otro alguno, y Siseta, desmejorándose -por grados, perdía robustez y salud de hora en hora. Como entonces -ocurrieron acontecimientos terribles en nuestra casa, no puedo pasarlos -en silencio. Al rayar el día, despertome de un breve y pesado sueño el -golpear de un pie, que no por ser de amigo carecía de dureza, y cuando -abrí los ojos me encaré con el tambor del regimiento, Felipe Muro, que -me dijo: - ---Ha caído una bomba en la casa del canónigo Ferragut, calle de -Cort-Real, y el tejado ha ido a buscar refugio dentro de los cimientos. -Yo lo he visto, Andrés. Tu amigo el médico, D. Pablo Nomdedeu, salió a -la calle gritando y bufando en cuanto vio arder las barbas del vecino. -Felizmente la casa no ardió, y hasta hoy no tiene más avería que haber -sido aplastada como un buñuelo. ¿No vas allá? - -De buena gana habría corrido al lugar de la catástrofe; pero la -ordenanza me ataba a la muralla de Alemanes durante algunas horas, -y esperé con horrible ansiedad. Cuando me encontré libre y pude -trasladarme a la calle de Cort-Real, vi con alegría que mi casa estaba -intacta, aunque amenazada de algún deterioro por la repentina falta del -apoyo de la contigua, cuya fachada yacía casi totalmente en el suelo, -viéndose desde la calle el interior de las habitaciones con parte de -los muebles en la misma situación en que los dejó el dueño al abandonar -su domicilio. Mentalmente di gracias a Dios por haber librado de la -desgracia la casa de los míos, y corrí al lado de Siseta, a quien -encontré en el taller y en el mismo sitio donde la había dejado la -noche anterior, junto al lecho de su hermano. La consternación de la -pobre muchacha era tal, que no acerté a tranquilizarla con inútiles -consuelos. - ---Siseta --le dije--, es preciso resignarse a lo que quiere Dios. ¿Y tu -hermano? - -No me contestó, ni había para qué, porque su hermano se moría. Ella -misma hallábase en tan lastimosa situación física y moral, que solo por -un enérgico propósito de su fuerte espíritu se mantenía vigilante y -atenta a la agonía del pobre Gasparó. Sin el dolor, Siseta habría caído -al suelo, abatida por el insomnio y la inanición; pero despreciaba su -propia existencia, y para atenderla era preciso que desapareciese la de -los demás. - ---¿El Sr. Nomdedeu no ha asistido a tu hermano? --le pregunté. - ---No --repuso--. El Sr. D. Pablo dice que aquí nada falta sino echarle -tierra encima. - ---¿Y es posible que no te haya proporcionado algunas medicinas? Si él -quisiera, podría hacerlo. - ---Dice que no hay medicinas. - ---Dime: ¿Gasparó ha tomado algún alimento? - ---Nada. Con los cuartos que trajeron ayer los chicos, se compró un -pedacito muy pequeño de cecina, y lo puse en las parrillas; y esta -mañana vino D. Pablo, se me arrodilló delante llorando a moco y baba, y -como a pesar de esto me resistiera a dárselo, amenazome con matarme, y -se lo llevó. - ---¿Tú tampoco has tomado nada?... ¡Oh! Es preciso que yo le siente la -mano a ese ladronzuelo de D. Pablo. ¿Tenemos nosotros obligación de -mantenerle a su hija? ¿Y tus hermanos? - ---No sé dónde están --repuso Siseta con profundo terror--. Desde anoche -no han vuelto a casa. - ---Pero, Siseta --exclamé con angustia--, no irían a la casa del -canónigo. ¿Sabes que se ha venido al suelo? - ---No sé si irían allá... Esta mañana sentí un gran ruido. Creí que era -esta casa la que se venía al suelo, y abrazando a mi hermano cerré los -ojos y me encomendé a Dios. Pero luego que cesó el ruido, miré al techo -y lo vi en el mismo sitio. La gente gritaba en la calle, y era difícil -respirar, a causa del polvo. No, Dios mío, no es posible que mis -hermanos estuvieran hasta hoy dentro de esa casa. Yo creo que habrán -ido al mercado a vender lo que hayan cogido. - -Cada palabra pronunciada era un esfuerzo angustioso de la decaída -naturaleza de Siseta. Cubría su frente helado sudor, y sentada en el -suelo apoyaba sus brazos en la estera para sostenerse. Pálida como la -misma muerte, y con los ojos apagados y hundidos, daba pena de ver cómo -se agostaba aquella planta, sin poder echarle un poco de agua. - -De repente bajó metiendo mucho ruido el Sr. Nomdedeu, que al verme me -dijo: - ---¡Oh, Andresillo! ¡Cuánto me alegro de que estés aquí! Supongo que -traerás algo. Tú eres generoso, y no te olvidas de los buenos amigos. - ---Nada traigo, señor doctor; y si trajera, no sería para usted. Cada -cual se las componga como pueda. - ---¡Qué bromas gastas! Supongo que traerás siquiera un poco de trigo. -Y tú, Siseta, ¿tienes algo para mí? ¿Tus hermanos no han traído nada? -¡Oh, amigos míos de mi alma! ¿No hay nada para este pobre infeliz -que ve morir a su hija? Andrés, Siseta --añadió juntando las manos -y poniéndose de rodillas delante de nosotros--, haced la caridad, -por amor de Dios, que todo lo que tuviereis de menos en la tierra lo -tendréis de más en el cielo. Ya sabéis que _aquí dan uno por ciento y -allá dan ciento por uno_. Andrés, Siseta, queridísimos amigos míos, -vosotros que nadáis en la abundancia, socorred a este mendigo. Nada -me queda ya: he vendido todos mis libros, y con las plantas de mi -magnífico herbario, que he reunido durante veinte años, he hecho un -cocimiento para dárselo a ella. Solo me restan las plantas malignas o -venenosas, y la incomparable colección de _polipodiums_, que os puedo -vender... ¿De veras que no tenéis nada? No puede ser. Ustedes esconden -lo que tienen; ustedes me engañan, y esto no lo puedo consentir: no, no -lo consentiré. - -De esta manera Nomdedeu pasaba de la aflicción amarga o una cólera -hostil y atrabiliaria, que a Siseta y a mí nos infundió bastante -recelo. - ---Sr. Nomdedeu --dije, resuelto a alejar de nosotros huésped tan -importuno--, no tenemos nada. Ya ve usted. El pobre Gasparó se muere, -y no podemos darle un buche de agua con vino. Déjenos usted en paz o -tendremos un disgusto. - ---Eso se verá. Yo no me voy de aquí sin algo. Ustedes esconden lo que -van comprando con los cuartos que traen los chicos. Mi hija no puede -seguir así muchas horas, Andrés. Que se rinda Gerona, sí señor, que -se rinda, y que se vaya al infierno con cien mil pares de demonios el -Sr. D. Mariano Álvarez, que ha dicho esta mañana: «Cuando la ciudad -principie a desfallecer, se hará lo que convenga.» No sé a qué espera. -Aún no cree que la ciudad está bastante desfallecida. ¡Oh! Lo que -debiera hacer el Gobernador es castigar a los pillos que acaparan las -vituallas, privando a sus semejantes de lo más preciso, y ustedes son -de estos, sí señor. Ustedes tienen esas arcas llenas de comestibles, y -lo menos hay ahí diez onzas de cecina y un par de docenas de garbanzos. -Esto es un robo, un robo manifiesto. Siseta, Andrés, amigos míos, ya he -vendido todas las estampas y cuadros de mi casa. ¿Queréis el perrito -que bordó en cañamazo mi difunta esposa cuando estaba en la escuela? -¿Lo queréis? Pues os le daré, aunque es una prenda que he estimado como -un tesoro, y de la cual hice propósito de no deshacerme nunca. Os doy -el perrito si me dais lo que está guardado en el arca. - -Abrimos el arca, mostrándole su horrenda vaciedad; pero ni aun así -se dio por convencido. Estaba frenético, con apariencias de trastorno -semejante a la embriaguez, o al delirio de los calenturientos, y al -hablar, su lengua sin fuerza chasqueaba las palabras entonándolas -a medias, como un badajo roto que no acierta a herir de lleno la -campana. Temblaba todo él, y el llanto y la risa, la pena, la ira, la -resignación o la amenaza se expresaban sucesivamente en las rápidas -modificaciones de su fisonomía agitada y movible como la de un cómico. - -Cuando me levanté para obligarle a salir, amenazome con los puños, y en -un tono que no es definible, pues lo mismo podía ser dolorido llanto -que honda rabia, nos dijo: - ---Miserables, ladrones de lo ajeno. Haré lo que dice el Gobernador. -Sí, Andrés, Siseta. Mi hija no se morirá; mi pobre hija no se morirá; -porque cuando no haya otra cosa nos comeremos a ustedes, y después se -resolverá lo que más convenga. - -Cuando se retiró, Siseta me dijo: - ---Andrés, yo no sé si viviré mucho más que Gasparó. Haz el favor de -buscar a mis hermanos. Si Dios ha determinado que en este día se acabe -todo, se acabará. Somos buenos cristianos, y moriremos en Dios. - - - - -XVI - - -Dejando para más tarde la exploración al mercado, marché a la -abandonada vivienda de D. Juan Ferragut, canónigo de la catedral, -que desde los primeros días del sitio huyó de Gerona buscando lugar -más seguro. Aunque este veterano de las milicias docentes de Cristo -no figura en mi relación, debo indicar que era el primer anticuario -de toda la alta Cataluña; hombre eruditísimo e incansable en esto -de reunir monedas, escarbar ruinas, descifrar epígrafes y husmear -todos los rastros de pisadas romanas en nuestro suelo. Su colección -numismática era célebre en todo el país, y además poseía inapreciable -tesoro en vasos, lámparas, arneses y libros raros; pero el grande -amor que tenía a estos objetos no fue parte a detenerle en su huida, -abandonando la historia romana y carlovingia por poner en seguro la más -que ninguna inestimable antigualla de la propia vida. Luego una bomba -arregló el museo a su manera. - -Entrábase en la desierta casa por una pequeña puerta que comunicaba -ambos patios, y que los vecinos solían tener abierta para venir a tomar -agua en el pozo del nuestro. Cuando penetré en el patio, hallé que -una gran parte de este se había trocado en recinto cubierto, formado -por la acumulación de vigas y tabiques atascados en un ángulo antes -de llegar al piso. Aquel improvisado techo no necesitaba sino ligero -impulso, una voz fuerte, una trepidación insensible para caer al suelo. -Adelantando cuidadosamente llegué a la caja de la escalera, abierta -a la luz y al aire por el hundimiento de las salas de la fachada y -de una parte del techo por donde penetró la bomba. Cubrían el suelo -muebles confundidos con trozos de pared, vidrios y mil desiguales -fragmentos de preciosidades artísticas, materia caótica de la historia, -que ningún sabio podía ya reunir ni ordenar. La escalera había perdido -uno de sus tramos, y para subir era preciso trepar, saltando abruptas -alturas. Desde abajo veíase el interior de una alcoba que debía de -ser la del señor canónigo, la cual pieza con un testero de menos, y -conservando parte de sus muebles, se asemejaba a los aposentos de -juguete para los niños, cuando se les quita la tapa o pared lateral, -cuya ausencia permite ver el lindo interior. Si algunos cuadros, cofres -y roperos manteníanse arriba en los mismos puestos que desde luengos -años ocupaban, en cambio la cama del canónigo yacía en el hondo de la -escalera en una postura que podemos llamar boca abajo. Los gruesos -pilares de aquel mueble, que no era otra cosa que un mediano monte de -roble, aparecían por diversos puntos tronchados, esparciendo sus agudas -astillas, y las colgaduras en desorden dejaban ver entre sus pliegues -los brazos de marfil de un Santo Cristo, y las secas ramas de unas -disciplinas. De entre los despojos de la piedra, y en la oscuridad de -los rincones y honduras que formaban, vi surgir el brillo de dos discos -luminosos, como dos puntos, como dos ojos que me miraban. A pesar de -que sentí súbito temor, bajeme a recoger aquellas luces. Eran los -espejuelos del buen Ferragut. - -En la imposibilidad de subir, di voces al pie de la escalera, por ver -si desde aquellas solitarias cavidades me respondía alguno de los -muchachos a quienes buscaba. Grité con toda la fuerza de mis pulmones: -¡Badoret, Manalet! pero nadie me respondía. Recorrí todo lo bajo, -explorando lo más escondido y lo más peligroso de los escombros, y solo -encontré la barretina de uno de los chicos; pero esto no era suficiente -razón para suponer que ellos existiesen bajo las ruinas. Por último, -regresando al hueco oí un agudo silbido, que resonaba en lo más alto -del tejado. Esperé un rato, y en breve oyéronse de nuevo los mismos -agudos sones, y apareció una figura, que desde arriba con evidente -peligro se inclinaba para mirar hacia el fondo. Era Badoret. - -El muchacho, poniéndose ambas manos en la boca, gritó: - ---¡Manalet, alerta! - -Y luego, forzando la voz, añadió: - ---¡Allá van! ¡Allá va Napoleón, con toda la guardia imperial y la tropa -menuda! - -Dicho esto desapareció, y yo me quedé absorto esperando ver a Napoleón -con toda la guardia imperial. En efecto: por la rota escalera descendía -a escape tendido un numeroso ejército cuyos precipitados pasos metían -bastante ruido. Saltaban de peldaño en peldaño por entre los pedazos -de vigas, y con ligereza suma franqueaban los claros de la escalera, -gruñendo, chillando, escarbando, describiendo piruetas, curvas, -círculos, y empujándose, confundiéndose y precipitándose unos sobre -otros. - -Delante iba el mayor de todos, que era grandísimo, como ser de -privilegiada magnitud y belleza entre los de su clase, y seguíanle -otros de menor talla, y muchos pequeños, entre los cuales los había -jovenzuelos, juguetones y muchos graciosos niños. No eran docenas, sino -cientos, miles, ¡qué sé yo! un verdadero ejército, una nación entera, -masa imponente que en otras circunstancias me habría hecho retroceder -con espanto. Las oscilaciones de sus largos rabos negros eran tales, -que parecían culebras corriendo en medio de ellos, y sus brillantes -ojos de azabache expresaban el azoramiento y la ansiedad de retirada -tan vergonzosa. Venían hostigados, y la inmunda caterva pasó junto a mí -y en derredor mío con rapidez inapreciable, escurriéndose por entre los -escombros hacia el patio. Seguíalos yo con la vista, y por una oscura -puertecilla que vi en la pared, sumergiéronse todos en un segundo, como -chorro que cae al abismo. - -Yo no había visto aquella puerta abierta en un ángulo y que ocultaban -dos toneles puestos en el patio. Acerqueme a ella y desde la boca grité: - ---Manalet, ¿estás ahí? - -Al principio no sentí rumor alguno, sino un lejano y vago son de -hojarasca que me pareció producido por las pisadas de la guardia -imperial sobre montones de yerba seca. Pero al poco rato creí sentir -como voces y lamentos que al principio parecieron aprensión mía o eco -de mis propios gritos; pero oyendo que se repetían más acentuados cada -vez, resolví aventurarme en lo interior del aposento oscurísimo que -ante mí se abría. - -Nada pude ver en los primeros momentos; mas a poco de estar allí, -distinguí las formas robustas de las tinajas y toneles, cajones -rotos, arreos de caballerías y carros, y mil objetos de indefinible -configuración, que iban saliendo poco a poco de la oscuridad a medida -que mis ojos a ella se acostumbraban. - -El sitio era poco agradable, y no sé por qué las barrigas de aquellas -tinajas me ofrecían un aspecto temeroso, causa para mí de invencible -horror. Reconocí en aquellas formas extravagantes las de ciertos -monstruos que venían a amedrentarme en mis sueños de enfermo, y no les -faltaba más que cuatro patas resbaladizas, húmedas, cartilaginosas, -para arrojarse sobre mí. A los pocos pasos produje el mismo ruido de -hojarasca que antes había sentido, y observé que pisaba grandes capas -de yerba seca, depositada allí sin duda para bestias que no habían de -comerla. - -De pronto, señores, sentí que las hojas sonaban pisadas por mil -patitas, y los cabellos se me erizaron de espanto. ¿Por qué, si allí no -había leones, ni tigres, ni culebras, ni ningún animal verdaderamente -fuerte y temible? Lo cierto es que tuve miedo, un miedo inmenso que -heló la sangre en mis venas, dejándome atónito y paralizado. Quise -huir, y hundime en la yerba seca. Revolví los ojos en torno mío, y -aumentó mi terror al ver que se disponía para acometerme por distintos -lados, con la rabia de mil bestias feroces, todo el ejército imperial. - -En un instante me sentí mordido y rasguñado en los tobillos, en las -piernas, en los muslos, en las manos, en los hombros, en el pecho. -¡Infame canalla! Sus ojuelos negros y relucientes como cuentas, me -miraban gozándose en la perplejidad de la víctima, y sus hocicos -puntiagudos se lanzaban con voracidad sobre mí. Grité, pateé, manoteé; -pero la flojedad del suelo en que me sostenía imposibilitaba mi -defensa, y con esfuerzos extraordinarios pugnaba por echarme fuera -de aquel mar de hoja seca, en el cual, si era difícil el correr, más -difícil era el nadar. La turba insolente, aguijoneada por el hambre, -a atacarme se atrevía. ¿Qué puede uno solo de aquellos miserables -animaluchos contra el hombre? Nada; pero ¿qué puede el hombre contra -millares de ellos, cuando la necesidad les obliga a asociarse para -combatir al rey de la creación? Hallándome sin defensa, exclamé con -angustia: - ---¡Badoret, Manalet, venid en mi auxilio! ¡Socorro! - -Por último, conseguí poner el pie en tierra firme, y sacudiendo -manotadas a diestro y siniestro, logré aminorar el vigor del ataque. -Corrí de un lado para otro, y me siguieron; subime a un gran tonel, -y veloces como el rayo subieron ellos también. Su estrategia era -admirable: adivinaban mis movimientos antes de realizados, y como -saltara de un punto a otro, me tomaban la delantera para recibirme en -la nueva posición. Animábanse en el combate por un himno de gruñidos -que a mí me daba escalofrío; diríase que rechinaban en acordada música -militar sus dientes, demostrando gran rabia y despecho, todos aquellos -que no podían hacerme presa. - -¡Terrible animal! ¡Qué admirablemente le ha dotado la Providencia para -que se busque la vida a despecho del hombre, para que se defienda -contra las agresiones de fuerza superior, para que venza obstáculos -naturales, para que haga suyas las más laboriosas conquistas humanas, -para que mantenga su inmensa prole en lo profundo de la tierra y -al aire libre, en los despoblados lo mismo que en las ciudades! La -Providencia le ha hecho carnívoro para que encuentre alimento en todas -partes; le ha hecho roedor para que devore a pedazos lo que no puede -llevarse entero; le ha dado ligereza para que huya; blandura para que -no se sientan sus alevosos pasos; finísimo oído para que conozca los -peligros; vista penetrante para que atisbe las máquinas preparadas -en su daño, y agudo instinto para que con hábiles maniobras burle -vigilancias exquisitas y persecuciones injustas. Además posee infinitos -recursos, y como bestia cosmopolita, que igualmente se adapta a la -civilización y al salvajismo, posee vastos conocimientos de diversos -ramos, de modo que es ingeniero, y sabe abrirse paso por entre paredes -y tabiques para explorar nuevos mundos; es arquitecto habilísimo, y se -labra grandiosas residencias en los sitios más inaccesibles, en los -huecos de las vigas y en los vanos de los tapiales; es gran navegante, -y sabe recorrer a nado largas distancias de agua, cuando su espíritu -aventurero le obliga a atravesar lagunas y ríos; se aposenta en las -cuadernas de los buques, dispuesto a comerse el cargamento si le dejan, -y a echarse al agua en la bahía para tomar tierra si le persiguen; -es insigne mecánico, y posee el arte de transportar objetos frágiles -y delicados, secretos de que el hombre no es ni puede ser dueño; es -geógrafo tan consumado, que no hay tierra que no explore, ni región -donde no haya puesto su ligera planta, ni fruto que no haya probado, -ni artículo comercial en que no haya impreso el sello de sus diez y -seis dientes; es geólogo insigne y audaz minero, pues si advierte -que no disfruta de grandes simpatías a flor de tierra, se mete allí -donde jamás respiró pulmón humano, y construye bóvedas admirables por -donde entra y sale orgullosamente, comunicando casas y edificios, y -huertas y fincas, con lo cual abre ricas vías al comercio y destruye -rutinarias vallas; y por último, es gran guerrero, porque además de -que posee mil habilidades para defenderse de sus enemigos naturales, -cuando se encuentra acosado por el hambre en días muy calamitosos, -reúne y organiza poderosos ejércitos, ataca al hombre, y al fin, si -no halla medio de salir del paso, estos ejércitos se arman unos contra -otros, embistiéndose con tanto coraje como táctica, hasta que al fin el -vencedor vive a costa del vencido. - -Poseyendo un gran sentido civilizador, se acomoda al carácter de las -comarcas y regiones que escoge para desarrollar su genio activo, y -come siempre de lo que hay. Eso sí, no respeta ni sabe respetar nada: -en el tocador de la dama elegante se come los perfumes, y en casa del -boticario las medicinas. En la iglesia hace mil condimentos con las -reliquias de los santos, y en los teatros se apropia los coturnos de -Agamenón y la loriga de D. Pedro el Cruel. Artista a veces, si el -destino le lleva a los museos, se almuerza a Murillo y cena con algo -de Rafael, y cuando acierta a penetrar en casa de los anticuarios o -de los eruditos, se convierte en uno de estos por la influencia de la -localidad, es decir, que se traga los libros. - -Todas estas eminentes cualidades las desplegó contra mí la inmensa -falange. Aquellos padres que por dar de comer a sus hijos, aquellos -amantes esposos que por librar de la muerte a sus mujeres no vacilaban -en mirar frente a frente a un ser superior, tenían toda la perversidad -que dan las supremas exigencias de la vida. Pero era realmente una -vergüenza para mí el rendir mi superioridad de fuerza y de inteligencia -ante aquella chusma de los bodegones que, procedente de distintos -puntos de la ciudad, por caminos solo sabidos de ella sola, se había -reunido en tal sitio. Así es que, reponiéndome al cabo de algún tiempo -de mi primitivo susto, arrebaté un palo que al alcance de la mano vi, y -haciendo pie firme sobre el tonel, comencé a descargar golpes a todos -lados, increpando a mis enemigos con todos los vocablos insultantes, -groseros y desvergonzados de la lengua española. - -Si no obtuve desde luego por este medio ventajas positivas, conseguí -al menos amedrentar a los pequeños, que eran los más insolentes, y -solo los grandes continuaron empeñados en roerme. Pero los grandes me -ofrecían blanco más seguro, y he aquí que después de un rato de combate -peligroso, incesante, en que multiplicaba los movimientos de mis brazos -y piernas con rapidez más propia de un bailarín que de un guerrero, -comencé a adquirir alguna ventaja. La ventaja en las batallas, una vez -que se manifiesta, va creciendo en proporción geométrica, determinada -por los temores y recelos del que flaquea, por el orgullo y reanimación -del que gana terreno; y esto me pasó a mí, que al fin, señores míos, a -fuerza de trabajo y constancia pude adquirir el convencimiento de que -no sería devorado. - -Cuando me vi libre de la guardia imperial (pues no renuncio a darle -este nombre), me hallaba tan cansado que di con mi cuerpo en tierra. - ---Si me atacan otra vez --dije para mí--, acabarán conmigo. - - - - -XVII - - -Pero en la desbandada del numeroso ejército, no abandonaron el campo -todos los combatientes; no: allí enfrente de mí, arrastrando por el -suelo su panza formidable, estaba uno, el más grande, el más fuerte, -¿por qué no decirlo? el más hermoso de todos, fijando en mí el -chispeante rayo de sus negras pupilas, con la oreja atenta, el hocico -husmeante, las garras preparadas, el pelo erizado, y extendida la -resbaladiza cola, escamosa y parduzca. - ---¡Ah, eres tú, Napoleón! --exclamé en voz alta como si el terrible -animal entendiese mis palabras--. Ya te reconozco. Eres el mayor y el -más fuerte de todos; eres el que iba delante cuando bajabais por la -escalera. Infame, tu corpulencia y tus años te dan sobre los de tu -ralea la superioridad que demuestras; pero eres un egoísta que por -tu propio provecho, reúnes a tus hermanos para que te ayuden en tus -carnicerías. Miserable, ellos están flacos y tú estás gordo. Lo que -ellos husmean tú te lo comes, y a falta de otro manjar, devorarás a los -pequeñuelos que te siguen, orgullosos de tener un general tan bravo. -Miserable, ¿por qué me miras? ¿Crees que te temo? ¿Crees qué temo a una -vil alimaña como tú? El hombre, que a todos los animales domina, que -de todo se vale, que se alimenta con los más nobles, ¿temblará ante un -indigno roedor como tú? - -Corrí hacia él; pero desapareció agachándose para esconderse entre -unos maderos. Despejé aquel sitio; pero él se escurrió ligeramente y -le perdí de vista. Esta exploración me llevó muy adelante en la larga -bodega, y en la crujía inmediata vi que se desparramaban a un lado y -otro, corriendo por encima de las tinajas y por las mil sinuosidades de -la pared, mis enemigos de un momento antes. Todos me miraban pasar, y -corrían de un lado a otro. No me queda duda de que eran algunos miles. -A cada instante me parecía mayor su número. - -En un rincón de la última crujía había un pequeño tonel en pie, tapado -con una baldosa, con aspecto muy parecido al de una colmena. Cierto -vago rumor que de allí salía, me hizo fijar la atención, y entonces vi -que la boca del tonel estaba de frente. Pero lo que me causó sorpresa -no fue esto, sino que por dicha boca apareció un dedo, y después dos. -En el mismo momento una voz al mismo tiempo infantil y cavernosa, como -toda voz de niño que sale por el agujero de un tonel, llegó a mis oídos -diciendo: - ---Andrés, ya te veo. Aquí estoy. Soy yo, Manalet. ¿Se ha ido esa -canalla? Me he encerrado aquí para que no me comieran, y he tapado mi -casa con una baldosa. ¿Tienes algo de comer? - ---No: ya puedes salir. No tengas miedo --le respondí. - ---Están ahí todavía. Siento sus patadas. Son cientos de miles. Ayer no -había tantos; pero Napoleón ha ido esta mañana y ha vuelto con no sé -cuántos miles más. Toma este eslabón y esta yesca, Andrés. Prende fuego -en un manojo de yerba, teniendo cuidado de que no se encienda todo, y -verás cómo echan a correr. - -Diome por el agujero el pedernal, eslabón y pajuela, y al punto hice -fuego. Cuando el resplandor de la llama iluminó las oscuras bóvedas y -muros, todos los caballeros corrieron despavoridos, y bien pronto no -quedó uno. Ignoro el lugar de su repentina retirada. - ---Se han ido --dije--. Ya puedes salir. - -Entonces vi que se levantaba la baldosa que tapaba el tonel, y -aparecieron los cuatro picos negros de un bonete de clérigo. Debajo de -este tocado se sonreía con expresión de triunfo la cara de Manalet. - ---Si tú no vienes --dijo--, ¿qué hubiera sido de mí? - ---¡Bonito sombrero! --exclamé riendo. - ---Perdí la barretina, y como tenía frío en la cabeza... ya ves. - ---¿Y Badoret? - ---Está en el tejado. Oye lo que nos pasó. Ayer cazamos algunos; pero -no pudimos coger a Napoleón, que así le llamamos por ser el más grande -y el más malo de todos. Cuando anocheció, anduvimos dando vueltas por -la casa y nos encontramos una cama; ¡qué cama, Andresillo! Era la del -canónigo. Como valía más que la nuestra, nos acostamos en ella; pero -no pudimos dormir, porque al poco rato sentimos un runrún de dientes -y uñas... Eran esos pillos que se estaban cenando la biblioteca. Nos -levantamos, Andrés, y les apedreamos con los libros y con los muchos -cacharros y figuritas de barro que el canónigo tiene allí. ¿Pues -creerás que no pudimos coger ninguno vivo? Perseguidos por nosotros, -se fueron en bandada al tejado, luego bajaron al patio, volvieron, y -nosotros siempre tras ellos sin poderlos pescar. Pero me dijo Badoret: -«Yo me voy al tejado, y les hostigaré para que bajen. Ponte tú a la -entrada de la bodega, detrás de la puerta, y conforme vayan entrando, -les vas descargando palos, y alguno ha de caer.» Así lo hicimos. Yo -bajé aquí, y desde arriba Badoret me decía: «Alerta, Manalet. ¡Allá -van!» ¿Querrás creer que estando yo en esa puerta entraron todos en -batallón con tanta fuerza que me caí al suelo? Cuando me levanté -encendí luz y todos se marcharon; pero luego volvieron y entre todos -casi me comen. ¡Ay, Andrés, qué miedo! Uno me roía por aquí, otro -por allá, y yo empecé a llorar, porque ya creía no volver a ver más -a Siseta, a Gasparó, a ti ni al Sr. Nomdedeu. Pero, amigo, oye lo -que hice para escapar: le recé a San Narciso y a la Virgen unos ocho -Padrenuestros lo menos, y cátate aquí que no había acabado de decir -_mas líbranos de mal, amén_, cuando, chico, suenan unos truenos, unos -cañonazos, unos estampidos tan terribles que aquello parecía la fin del -mundo. ¿Qué crees que era? Pues nada más sino que un gigante empezó a -dar patadas en la casa, encimita de aquí, y desde esta misma bodega -sentí caer las paredes. Allí habías de ver cómo corrían estos bichos, -llenos de miedo por los golpes que dio el gigante mandado por la Virgen -y San Narciso para salvarme. Me parece que aún le estoy oyendo. - ---Pues qué, ¿habló también? - ---Sí, hombre. ¡Pues no había de hablar! Después de dar muchas patadas, -dijo con un vocerrón muy fuerte: «¡Canallas, dejad a Manalet!» Pues -verás. Después de esto quise salir, pero no encontré la puerta. Me -volví loco dando vueltas para arriba y para abajo, y otra vez recé a -San Narciso y a la Virgen para que me sacaran. Nada, no me querían -sacar. Luego volvió Napoleón, y con él muchos, muchísimos más, porque -has de saber que por el agujero que está debajo de aquella pipa se -pasan de esta casa al almacén de la calle de la Argentería, y también -van al río, y a las casas de la plaza de las Coles. Como ahora no -encuentran qué comer en ninguna parte, andan de aquí para allí y entran -y salen. Pues, hijito, la volvieron a emprender conmigo, y la segunda -vez no me valió rezar diez y ocho o diez y nueve Padrenuestros. Lo que -hice fue encender luz, y entonces me dejaron en paz; pero tenía tanto -miedo que me metí en el tonel donde me encontraste, y lo tapé con la -baldosa para estar más seguro. Yo decía: «¿Pero tendré que estar aquí -un par de años, San Narcisito de mi alma?» Y me acordaba de Siseta y de -Gasparó. ¡Ay, Andrés, si no vienes tú, allí me quedo! - ---Pues vámonos fuera --le dije tomándole por la mano--, y busquemos a -Badoret para salir de esta casa. Veo que los dos sois unos cobardes, -que os habéis dejado acoquinar por esos animalitos. ¿Habéis llevado -algo al mercado? - ---¡Qué habíamos de llevar! Espérate y verás. Hemos de coger vivos un -par de docenas, y si tú nos ayudas... Andresillo, Napoleón vale lo -menos nueve reales. Si le cogiéramos... - -Salimos fuera, y Manalet se sorprendió de ver los destrozos causados en -la casa por la explosión del proyectil. - ---Mira los desperfectos hechos por el gigante que vino a salvarte, -Manalet. Ahora tratemos de subir en busca de tu hermano. - ---En el otro patio hay una escalera chica por donde se puede subir ---dijo--. ¡Cómo está la casa! Bien decía yo que el gigante, por querer -meter mucho ruido, la destrozó toda. - -Subimos, y en ninguna de las habitaciones del piso principal vimos -al buen Badoret. Le llamábamos, pero ninguna voz nos respondía. -Por último, le hallamos dormido sobre una cama colocada en uno de -los últimos aposentos del desván. Despertámosle, y nos llevó a la -biblioteca, donde, según dijo, tenía un repuesto de víveres que había -encontrado en la casa. - ---Sí, Sr. D. Andrés --dijo sacando gravemente una llave del bolsillo de -sus andrajosos calzones--. Aquí tengo una buena cosa. - -Y abrió la gaveta de una gran cómoda antigua chapeada de marfil y -madreperla. Lo primero que vi fue un gran número de antiguas monedas -de cobre y plata, todas romanas, a juzgar por lo que había oído contar -de las colecciones del canónigo Ferragut. Badoret apartó a un lado -varios objetos, y descubrió un niño Jesús de esa pasta de alfeñique que -tan bien han hecho siempre las monjas. - ---Este es un regalito que hicieron las monjas al señor canónigo --dije -tomándolo--. Se lo llevaremos a Siseta. En casos de hambre, es lícito -comerse lo ajeno. Muchachos, cuidado con coger una sola de esas monedas. - -Al niño Jesús le faltaba una pierna, devorada por Badoret, y no pude -evitar que Manalet se comiese la otra. - ---¿Tienes algo más? --pregunté. - ---Sí --repuso Badoret--. Si el Sr. Andrés quiere unas lonjitas de -manuscrito de ochocientos años y una copa de tinta superior, se lo -puedo servir. - -Por el suelo yacían, arrojados en desorden y medio roídos por los -ratones, los preciosos manuscritos y los incunables, reunidos en tantos -años por el celo y la paciencia del ilustre clérigo; y con un plano a -pluma de la vía romana ampurdanesa, Badoret se había hecho un sombrero -de tres picos. - ---Aquí tengo un pincho que voy a llevar esta tarde a la muralla para -ver qué dicen de él los franceses --dijo el mismo, señalando una -partesana del Renacimiento, cuyo rico damasquinado causaría admiración -al menos entendido--. Por ese agujero que está en el rincón, salieron -varios generales que venían de la otra casa, y para cortarles la -retirada lo tapé con la cabeza de aquella estatua de mármol que está -debajo del sillón. - -En efecto: una cabeza de ángel tapaba un agujero que se abría por el -desconche de la mampostería en el zócalo de la pieza. Estaba ajustado -y atacado con papeles y trozos de vitela, entre cuyos pliegues se -advertía el hermoso colorido y el oro de las letras pintadas por los -benedictinos de la Edad Media. - ---Habéis destrozado todas las maravillas que aquí tenía el Sr. Ferragut ---dije con enfado--. En cambio de tanta pérdida, nada habéis podido -llevar hoy al mercado. - ---Ya llevaremos, amigo Andrés --me contestó Badoret--. ¿Cómo está mi -hermana? ¿Cómo está mi señor hermano D. Gasparó? No salgo de aquí -sin llevarles una buena pieza. La cabeza del niño Jesús será para el -chiquito, el cuerpo para Siseta, un brazo para la señorita Josefina, y -otro para el Sr. Nomdedeu. Veremos si se coge a Napoleón. Anoche vino -aquí, y quiso llevarse un pedazo de vela de cera. Si no estoy pronto -a coger el violín en que tocaba el señor canónigo y a estampárselo -encima, carga con ella. - -En el suelo yacía hecho astillas el Stradivarius del buen Ferragut; -pero Manalet le recogió, con intento, según dijo, de hacer un barco con -él. - ---Andrés --dijo Badoret--. Napoleón es malo y traidor. No se deja -coger, y sabe más que todos nosotros. Cuando viene con su gente, él -se pone delante y les echa cada arenga... Si encuentran algo, él se -lo come y da hocicadas a los demás. Aunque le tires encima palos, -cacharros, estatuas, cuadros, monedas, libros, violines, bonetes, mapas -y cuanto hay aquí, no consigues matarle ni herirle. Te diré por qué. Tú -crees que Napoleón es una rata. Aviado estás. No es sino el Demonio, el -Demonio mismo. O si no, escucha. Anoche, después que bajó Manalet, me -tendí en la cama del canónigo, que es más blanda que la mía, y desde -que cerré los ojos sentí que me roían un dedo. Sacudí la mano y aquello -pasó. Pero luego empezaron a roerme otro dedo. ¡Ay, chico, qué miedo! -Volviéndome del otro lado, me puse panza arriba. Entonces el condenado -animal se me subió encima del pecho. Chico, cada pata pesaba tanto -como la torre de San Félix: ya me iba aplastando, aplastando, y no -podía respirar. Ya tenía el pecho como el canto de un papel... Aunque -me daba muchísimo miedo, tenía muchísima gana de verlo, y dije: «¿abro -los ojos o no los abro?» A veces decía: «los abro», y a veces decía: -«pues no los abro». Por fin, amigo, dije: «pues quiero verlo», y lo vi. -¡Jesús me valga! Lo tenía encima, echado sobre los cuartos traseros, -y con las patas delanteras tiesas. Me miraba, y los ojos no eran sino -como dos lunas muy grandes. En la punta de cada pelo negro tenía una -chispa de fuego, y los bigotes eran tan grandes, tan grandísimos como -de aquí... como de aquí, ¿hasta dónde diré? hasta el campanario de -las monjas Descalzas. El picarón estaba muy satisfecho mirándome, y -se relamía con una lenguaza de fuego encarnado tan grande como toda -la calle de Cort-Real, desde la plaza del Aceite hasta Ballesterías. -Yo quería saltar, pero no podía. ¡Pobrecito de mí! Quise echarme a -llorar llamando a Siseta, pero tampoco pude. Así estuve hasta que me -ocurrió decir: «Huye, perro maldito, al infierno.» Amigo, el animal -saltó bufando. Corrí tras él de un aposento a otro, y grité: «Por la -señal de la Santa Cruz.» Del dormitorio corrió a la biblioteca, de la -biblioteca al dormitorio, hasta que al fin... ¿qué pensarás que hizo? -¡Bendita sea mi boca! Pues reventó, quiero decir, saltó contra las -paredes y el techo, y paredes y techo todo se vino abajo. La escalera -que está pegada al dormitorio se cayó, haciendo un ruido, ¡qué ruido! -Las paredes iban retumbando así: bum, bum... la cama, los muebles, todo -se hizo pedazos, todo se cayó al fondo, y luego, chico, el patio subió -arriba: yo vi el brocal del pozo volando por los aires, y el tejado -se fue al patio y media casa se hizo polvo. Yo me acurruqué detrás de -ese armario, y allí, con las manos en cruz, recé hasta que se me secó -la lengua. Un sudor se me iba y otro se me venía. En fin, Andresillo, -hasta que no llegó el día, no salí del rincón, ni se me quitó el -miedo. Luego subí al desván; estuve rondando por las buhardillas que -no se habían hecho pedazos, y allí me encontré otra vez con el señor -Napoleón, seguido de su guardia imperial. Les hostigué: se retiraron -por la escalera abajo, llamé a Manalet, no me respondió, me metí en -el cuarto del canónigo, registrando todo, y en el arca encontré el -niño Jesús de alfeñique, y después, sin saber cómo ni cuándo, quedeme -dormido en la cama donde me encontraste. - ---Pues ahora a casa. Vuestra hermana está con cuidado por ausencia tan -larga. - ---Despacio, amigo Andrés --me contestó el mayor--. Mira lo que tengo -aquí preparado. ¿Ves este gran artesón? Pues se le pone boca abajo, -levantado por un lado con una cañita; se ata a la punta alta de la -cañita un hilito; se ponen debajo unos pedazos de ratoncillos muertos -que hay en la escalera, los cuales quemaremos antes para que huelan; -plantamos en el patio toda esta artimaña, y nos escondemos en la -escalera con el hilito en la mano para poder tirar sin que nos vean. -Hacemos humo en el sótano quemando la yerba. Salen todos, con el gran -Napoleón a la cabeza, y este los lleva al artesón, que es España; -empiezan a roer, diciendo: «qué buena conquista hemos hecho»; entonces -tiramos del hilo, y España se les cae encima cogiéndoles vivos. - - - - -XVIII - - -Diciendo esto, cargaron con el artesón y bajáronlo al patio, y en un -instante el traidor aparato quedó muy bien instalado, con el cebo -dentro y el hilo en su sitio. España estaba dispuesta; no faltaba más -que la invasión francesa. - -Badoret entró impertérrito en la bodega y volvió al poco rato, diciendo: - ---Están en guerra unos con otros. Vengan acá, que esto merece verse. - -Entramos, y, en efecto, vi la colosal batalla. Yo sabía que aquel -enérgico y emprendedor animal se vuelve en su desesperación contra -su propia casta cuando no encuentra en ninguna parte medios de -subsistencia; pero jamás había visto los choques de aquellos feroces -ejércitos, que embestían con la saña salvaje de las primitivas guerras -entre los hombres. Se arrojaban unos sobre otros, enredándose en -horroroso vórtice, y se clavaban sin piedad las terribles armas de sus -agudos dientes. Esta lucha no era en modo alguno una revuelta explosión -de odios y hambres individuales, sino que tenía conjuntos poderosos, -y las masas parduzcas indicaban empujes colectivos dirigidos por el -instinto militar que algunas especies zoológicas poseen en alto grado. - ---Los que están bajo el tonel --dijo Badoret--, son los del lado de -allá del Oñar, que han venido nadando. Con ellos están todos los de la -parroquia de San Félix, y los de este lado son los de la plaza de las -Coles, los más gordos, los más bravos, y tienen por jefe a Napoleón. - ---Pues esos que han venido nadando --dije yo-- no son otros que los -ingleses, y los de la parroquia de San Félix son la gente del Norte. Me -parece que va ganando Francia, es decir, la plaza de las Coles. - -Sus gruñidos formaban un rumor espeluznante. Las desigualdades del -terreno permitían a los ejércitos desarrollar en gran escala poderosa -estrategia. Subían unos a apoderarse de un cajón vacío, y embestidos -hábilmente por la espalda, eran arrollados y expulsados de su posición. -Las masas pequeñas se reunían formando enorme cuña que al punto -desbarataba la extensa línea de los contrarios; estos, desorientados y -en desorden, reuníanse de nuevo concertando sus falanges, y sobre los -cadáveres exangües, las mil patitas marchaban con vertiginosa carrera. -Los más pequeños caían rodando impulsados por los grandes, y las panzas -blanquecinas vueltas hacia arriba, variaban el informe aspecto de los -valientes escuadrones. Las luchas individuales sucedían a los empujes -colectivos, y la heroica sangre teñía los feraces campos. ¿A quién -pertenece la victoria? Ahora lo veremos. Los de la plaza de las Coles -dominaron el tonel, y plantándose allá con provocativa presunción, -miraron, jadeantes aún de cansancio, cómo huían hacia el fondo de la -bodega las huestes destrozadas de la parroquia de San Félix y del otro -lado del Oñar. - ---Badoret, Manalet --exclamé yo--, Francia es vencedora. ¿Veis? Ya -domina la hermosa Italia; observad cómo corre hacia el Norte esa nube -de tudescos y sajones. Pero esto no ha concluido. Vedle allí. Ved cómo -se relame, cómo enrosca el largo rabo reluciente cual una cuerda de -seda. Con los ojuelos negros, en que resplandece el genio de la guerra, -observa desde aquella altura las diversas comarcas que tiene a sus -pies, y los movimientos de sus desorganizados enemigos. Está midiendo -el terreno, y su previsión admirable adivina los sitios que escogerán -los otros para esperarle. Atended bien, Badoret y Manalet: reparad -que después que ha descansado un rato, gozándose allá arriba con sus -rápidos triunfos, se prepara a bajar de su trono. Inmensas falanges -llenas de entusiasmo le rodean, y allá en el Norte el espacio resuena -con el chirrido de mil dientes que chocan, y las colas azotan con -impaciencia el suelo. Nuevas batallas se preparan, Manalet y Badoret. -Esto no quedará así, y si no me engaño, el pérfido aspira a dominar -todos los subterráneos, desde el Galligans hasta el puente de piedra, -y ambas orillas del hermoso Oñar. ¿Oís? Las belicosas uñas se afilan -en el suelo, y en las cuentecitas de vidrio que tienen por ojos brilla -el ardor de los combates. La hora terrible se acerca, y el ogro, -hambriento de carne y nunca saciado, devorará a los hijos del Norte. -¡Ay! ¡Las pobres madres han concebido y dado a luz nada más que para -esto! Ya van; ya se acercan. Ved cómo todos los de la otra crujía se -reúnen, acudiendo de distintas partes. El ogro desciende pausadamente -de su trono, y una aureola de majestad le rodea. A su vista los débiles -se hacen fuertes, y los tímidos se arrojan a los primeros puestos. Ya -se encuentran, y está trabada de nuevo la feroz pelea. - -Avanzamos para ver mejor, y vimos cómo se devoraban, llevando la -mejor parte los de abajo, es decir, Francia. Si los otros eran más -fuertes, estos parecían más ligeros. Los del lado allá del Oñar, los -de San Félix y el Matadero, se sostenían enérgicamente; pero al fin -no les era posible resistir el empuje de sus contrarios, que parecían -poseídos de sublime enajenación, y sus hociquitos negros y bigotudos lo -arrasaban todo delante de sí. Si lo que les impulsaba a la lucha era -pura y simplemente el anhelo de satisfacer su apetito, una vez trabada -aquella, despierto y exaltado el genio militar, los escuálidos soldados -no se acordaban de llenar sus panzas con los despojos del vencido, y -un ideal de gloria les impelía a lanzarse sobre los rotos escuadrones, -sobre las tinajas teñidas de sangre, sobre el tonel jamás conquistado, -dominándolo todo con su planta atrevida. - -Creerán los oyentes que miento, que desfiguro los hechos, que pinto -lo que me conviene; juzgarán que mi cabeza, trastornada por las -penalidades y debilitada por la inanición, forjó ella misma para su -propio entretenimiento estas batallas de roedores, estas ambiciones de -la última escala animal, para representar en pequeño las de la primera. -Pero yo juro y perjuro que nada he dicho que no sea cierto, así como -también lo es que Badoret, al ver cómo se destrozaban, encendió una -buena porción de yerba, apartándola del resto para que no se declarase -incendio, y al instante el mucho y denso humo nos obligó a salir afuera -presurosamente. - ---Ahora no quedará uno dentro --dijo Badoret--. Andrés, y tú, hermano, -coged un palo, y cuando salgan, de cada garrotazo caerá un regimiento. -Yo tiraré del hilo de la trampa. Si algún otro que el gran emperador se -acerca a comerse el cebo, espantadle con un golpe. En la trampa no ha -de caer sino Su Majestad. - -Pronto la puerta de la oscura cueva empezó a vomitar gente, es decir, -guerreros de aquella formidable pelea que habíamos visto. Corrieron -por el patio en distintas direcciones, subieron la escalera, tornaron -a bajar, y no pocos de ellos se acercaron al artesón, en quien veían -los chicos nada menos que la representación genuina de nuestra querida -y desgraciada madre España. Badoret de improviso impúsonos silencio -diciendo: - ---Ahí viene; apártense todos, y abran paso a su grandeza. - -En efecto: el más grande, el más hermoso, el más gordo de aquellos -caballeros, apareció en la puerta del subterráneo. Desde allí -revolvió con orgullo a todos lados los negros ojos, y moviéndose -despaciosamente, arrastraba con elegantes ondulaciones el largo rabo. -Contrajo el hocico, mostrando sus dientes de marfil, y rasguñó el suelo -con majestuoso gesto. Anduvo largo trecho entre la turbamulta de los -suyos, que con desdén miraba, y al llegar a mitad del patio, vio aquel -inusitado aparato que teníamos dispuesto. Acercose, y estuvo mirándolo -por diversas partes, sorprendido sin duda de su extraña forma, y -solicitado de los olorosos reclamos del cebo hábilmente colocado -dentro. Muy por lo bajo, dije yo a Manalet: - ---Este emperador tiene demasiado talento para meterse aquí. - ---Quién sabe, Andresillo --me contestó el chico--. Como está tan -enfatuado con las batallas que acaba de ganar, y se le habrá puesto en -la cabeza que para él no hay ratoneras, ni trampas, ni lazos, puede que -se ciegue y se meta dentro. - -Napoleón se acercó con paso resuelto. Aunque dotado de inmensa -previsión y de penetrante vista, el humo de gloria que llenaba su -cerebro había enturbiado sus poderosas facultades, y encontrándolo todo -fácil, sin ver más que a sí mismo y a su feliz estrella, precipitose -decididamente dentro de España. El hilo funcionó, y cayendo con -estrépito la artesa, Su Majestad quedó en la trampa. - ---¡Ah, pícaro, tunante, ladrón! --gritó Badoret saltando de gozo--. -Ahora las vas a pagar todas juntas. - ---Irá vivo al mercado --añadió el otro--, y nos darán por su cuerpecito -nueve reales. Ni un cuarto menos, hermano Badoret. - - - - -XIX - - -Atado por el rabo el vencedor de Europa, los chicos querían llevarlo al -mercado; pero yo lo tomé para mí, diciéndoles: - ---Si trabajáis un poco más, no os faltarán otros respetables sujetos -que llevar al mercado. Dejad este para mí, que lo necesito, y coged a -Saint-Cyr, a Duhesme, a Verdier y a Augereau. - -Haciendo, pues, nuevas y valiosas presas, se marcharon. - -Yo atravesaba la puertecilla, mejor dicho, el agujero que comunicaba el -patio de la casa de Ferragut con la mía, cuando mi cabeza tropezó con -otra cabeza. Nos topamos el Sr. Nomdedeu y yo, él queriendo entrar y yo -queriendo salir. - ---Detente un rato más, Andrés --me dijo con agitación--, y ayúdame. -¡Pero qué hermoso animal tienes ahí! ¿Cuánto pides por él? - ---No lo vendo --repliqué con orgullo. - ---Es que yo lo quiero --me dijo con firmeza, deteniéndome por un -brazo--. ¿Sabes que se ha muerto Gasparó? Mi hija se muere también, -es decir, quiere morirse; pero yo no lo permito, no lo permitiré, no -señor; estoy decidido a no permitirlo. - ---Nada de eso me importa, Sr. Nomdedeu --repuse--. ¿Cómo está Siseta? - ---¿Siseta? Se morirá también. He aquí una muerte que importa poco. -Siseta no tiene padre que se quede sin hija. ¿Me das lo que llevas ahí? - ---Usted bromea. Adiós, Sr. Nomdedeu. Por aquella puerta se baja a donde -hay mucho de esto. - ---¡Oh! ¡qué repugnante sitio! --exclamó el doctor--. Pero ¿qué llevas -ahí? Un niño Jesús de alfeñique. Dámelo, Andrés, dámelo. ¡Azúcar, Dios -mío! ¡Azúcar! ¡Qué rayo de luz divina! - ---No puedo darlo tampoco. Es para Siseta. - -El doctor se puso lívido, más lívido de lo que estaba, y mirome con una -expresión rencorosa que me llenó de espanto. Le temblaban los labios, -y a cada instante llevábase las convulsas manos a su amarillo cráneo -desnudo. Me infundía lástima; me infundía además su vista poderoso -egoísmo, y le detestaba, sí, le detestaba, sobre todo desde que tuvo la -audacia de mirar con sus ávidos ojos el niño Jesús sin piernas que yo -llevaba. - ---Andrés --me dijo--, yo quiero ese pedazo de azúcar. ¿Me lo darás? - -Examiné rápidamente a Nomdedeu. Ni él tenía armas, ni yo tampoco. - ---Si no me lo das, Andrés --prosiguió--, yo estoy dispuesto a que se -pierda mi alma por quitártelo. - -Diciendo esto, el doctor, sin darme tiempo a tomar actitud defensiva, -arrojose sobre mí y me hizo caer al suelo. Clavome las manos en los -hombros, y digo que me clavó, porque parecía que sus manos de hierro, -horadando mi carne, se hundían en la tierra. Luché, sin embargo, -en aquella difícil posición, y conseguí incorporarme. La fuerza de -Nomdedeu era vigorosa, pero de poca consistencia, y se consumía toda en -el primer movimiento. La mía, muscular e interna, carecía de rápidos -impulsos, pero duraba más. ¡Oh, qué situación, qué momento! quisiera -olvidarlo, quisiera que se borrara por siempre de mi memoria; quisiera -que aquel día no hubiese existido en la esfera de lo real. Pero todo -fue cierto y lo mismo que lo voy contando. Yo pesé sobre D. Pablo, como -él había pesado sobre mí, y pugné por clavarlo en el suelo. Yo no era -hombre, no: era una bestia rabiosa, que carecía de discernimiento para -conocer su estúpida animalidad. Todo lo noble y hermoso que enaltece -al hombre había desaparecido, y el brutal instinto sustituía a las -generosas potencias eclipsadas. Sí, señores: yo era tan despreciable, -tan bajo como aquellos inmundos animales que poco antes había visto -despedazando a sus propios hermanos para comérselos. Tenía bajo mis -manos, ¿qué manos? bajo mis garras a un anciano infeliz, y sin piedad -le oprimía contra el duro suelo. Un fiero secreto impulso que arrancaba -del fondo de mis entrañas, me hacía recrearme con mi propia brutalidad, -y aquella fue la primera, la única vez en que, sintiéndome animal puro, -me gocé de ello con salvaje exaltación. Pero no fui yo mismo, no, -no; lo repetiré mil veces: fue otro quien de tal manera y con tanta -saña clavó sus manos en el cuello enjuto del buen médico, y le sofocó -hasta que los brazos de este se extendieron en cruz, exhaló un hondo -quejido, y, cerrando los ojos, quedose sin movimiento, sin fuerzas y -sin respiración. - -Me levanté jadeante y trémulo, con el juicio trastornado incapaz de -reunir dos ideas, y sin lástima miré al desgraciado que yacía inerte en -el suelo. El niño de alfeñique cayóseme de las manos, y Napoleón, que -durante la lucha se había visto libre, cargó con él, huyendo a todo -escape, con el hilo aún atado en la cola. - -Esperé un momento. Nomdedeu no respiraba. La brutalidad principió a -disiparse en mí, y así como en las negras nubes se abre un resquicio, -dando paso a un rayo de sol, así en los negrores de mi espíritu se -abrió una hendidura, por donde la conciencia escondida escurrió un -destello de su divina luz. Sentí el corazón oprimido; mil voces -extrañas sonaban en mi oído, y un peso, ¡qué peso! una enorme carga, -un plomo abrumador gravitó sobre mí. Quedeme paralizado; dudaba si era -hombre; reflexioné rápidamente sobre el sentimiento que me llevara -a tan horrible extremo, y al fin, atemorizado por mi sombra, huí -despavorido de aquel sitio. - -Pasé al otro patio, y entrando en casa de Siseta, la vi exánime sobre -el suelo. A un lado estaba el cadáver del pobre niño, y más al fondo -advertí la presencia de una tercera persona. - -Era Josefina, que hallándose sola por largo tiempo en su casa, había -bajado arrastrándose. Examinó a Siseta, que lloraba en silencio, y a su -vista experimenté un temor inmenso, una angustia de que no puedo dar -idea, y la conciencia que hace poco me enviara un solo rayo, me inundó -todo de improviso con espantosas claridades. Un gran impulso de llanto -se determinaba en mi interior; pero no podía llorar. Retorciéndome los -brazos, golpeándome la cabeza, mugiendo de desesperación, exclamé sin -poder contener el grito de mi alma irritada: - ---Siseta, soy un criminal. He matado al señor Nomdedeu, ¡le he matado! -Soy una bestia feroz. Él quería quitarme un pedazo de azúcar que -guardaba para ti. - -Siseta no me contestó. Estaba estupefacta y muda, y la extenuación, -juntamente con el profundo dolor, la tenían en situación parecida a -la estupidez. Josefina, acercándose a mí y tirándome de la ropa, me -preguntó: - ---Andrés, ¿has visto a mi padre? - ---¿Al Sr. Nomdedeu? --contesté temblando, como si el ángel de la -justicia me interrogara--. No, no le he visto... Sí... allí está... -allí... pasando al otro patio. - -Y luego, anhelando arrojar lejos de mí las terribles imágenes que me -acosaban, volvime a Siseta y le dije: - ---Siseta de mi corazón, ¿ha muerto Gasparó? ¡Pobre niño! Y tú, ¿cómo -estás? ¿Te hace falta algo? ¡Ay! Huyamos, vámonos de esta casa, -salgamos de Gerona, vámonos a la Almunia a descansar a la sombra de -nuestros olivos. No quiero estar más aquí. - -Un extraordinario y vivísimo ruido exterior no me dejó lugar a más -reflexiones ni a más palabras. Sonaban cajas, corría la gente; la -trompeta y el tambor llamaban a todos los hombres al combate. Siseta -alargó lentamente el brazo, y con su índice me señaló la calle. - ---Ya, ya lo entiendo --dije--. D. Mariano quiere que todos estos -espectros hagan una salida o resistan el asalto de los franceses. Vamos -a morir. Anhelo la muerte, Siseta. Adiós. Aquí están los chicos. ¿Los -ves? - -Eran Badoret y Manalet que entraron diciendo: - ---Hermana Siseta, trece reales, traemos trece reales. ¿Has arreglado a -Napoleón? ¿En dónde está Napoleón? - -Saliendo con mi fusil al hombro a donde el tambor me llamaba, corrí -por las calles. Estaba ciego y no veía nada ni a nadie. Mi cuerpo -desfallecido apenas podía sostenerse; pero lo cierto es que andaba, -andaba sin cesar. Hablando febrilmente conmigo, me decía: «¿Pero estoy -loco?... ¿pero estoy vivo acaso?» ¡Terrible situación de cuerpo y -de espíritu! Fui a la muralla de Alemanes, hice fuego, me batí con -desesperación contra los franceses que venían al asalto, gritaba como -los demás y me movía como los demás. Era la rueda de una máquina, y -me dejaba llevar engranado a mis compañeros. No era yo quien hacía -todo aquello: era una fuerza superior, colectiva; un todo formidable -que no paraba jamás. Lo mismo era para mí morir que vivir. Este es el -heroísmo. Es a veces un impulso deliberado y activo; a veces un ciego -empuje, un abandono a la general corriente, una fuerza pasiva, el mareo -de las cabezas, el mecánico arranque de la musculatura, el frenético -y desbocado andar del corazón que no sabe a dónde va, el hervor de la -sangre que, dilatándose, anhela encontrar heridas por donde salirse. - -Este heroísmo lo tuve, sin que trate ahora de alabarme por ello. Lo -mismo que yo hicieron otros muchos también medio muertos de hambre, y -su exaltación no se admiraba porque no había tiempo para admirar. Yo -opino que nadie se bate mejor que los moribundos. - -Allí estaba D. Mariano Álvarez, que nos repitió su cantinela: - ---Sepan los que ocupan los primeros puestos, que los que están detrás -tienen orden de hacer fuego sobre todo el que retroceda. - -Pero no necesitábamos de este aguijón que el inflexible Gobernador nos -clavaba en la espalda para llevarnos siempre hacia adelante; y como muy -acostumbrados a ver la muerte en todas las formas, no podíamos temer a -la amiga inseparable de todos los momentos y lugares. - -La fatiga misma sostenía nuestros cuerpos; hablábamos poco, y nos -batíamos sin gritos ni bravatas, como es costumbre hacerlo en las -ocasiones ordinarias. Jamás ha existido heroísmo más decoroso, y -a fuerza de ver el ejemplo, imitábamos el aspecto estatuario de -Don Mariano Álvarez, en cuya naturaleza poderosa y sobrehumana se -estrellaban sin conmoverla las impresiones de la lucha, como las -rabiosas olas en la peña inmóvil. - -Por mi parte, puedo asegurar que lleno el espíritu de angustia, -alarmada hasta lo sumo la conciencia, aborrecido de mí mismo, me -echaba con insensato gozo en brazos de aquella tempestad, que en -cierto modo reproducía exteriormente el estado de mi propio ser. La -asimilación entre ambos era natural, y si en pequeños intervalos yo -acertaba a dirigir mi observación dentro de mí mismo, me reconocía -como una existencia flamígera y estruendosa, parte esencial de aquella -atmósfera inundada de truenos y rayos, tan aterradora como sublime. -Dentro de ella experimentábanse grandes acrecentamientos de vida, o la -súbita extinción de la misma. Yo puedo decirlo; yo puedo dar cuenta -de ambas sensaciones, y describir cómo acrecía el movimiento, o por -el contrario, cómo se iban extinguiendo los ruidos del cañón, cual -ecos que se apagan repetidos de concavidad en concavidad. Yo puedo dar -cuenta de cómo todo, absolutamente todo, ciudad, campo enemigo, cielo -y tierra, daba vueltas en derredor de nuestra vista, y cómo el propio -cuerpo se encontraba de improviso apartado del bullidor y vertiginoso -conjunto que allí formaban las almas coléricas, el humo, el fuego y los -ojos atentos de D. Mariano Álvarez, que relampagueando entre tantos -horrores lo engrandecían todo con su luz. Digo esto, porque yo fui de -los que quedaron apartados del conjunto activo. Me sentí arrojado hacia -atrás por una fuerza poderosa, y al caer, bañado en sangre, exclamé en -voz alta: - ---¡Gracias a Dios que me he muerto! - -Un patriota que por no tener arma se contentaba con arrojar piedras, -arrancó el fusil de mis manos inertes, y ocupando mi puesto gritó con -alegría: - ---Acabáramos. ¡Gracias a Dios que tengo fusil! - - - - -XX - - -Fui primero hollado y pisoteado, y sobre mi cuerpo algunos patriotas -se empinaban para ver mejor hacia afuera; pero pronto me apartaron -de allí, y sentí el contacto de suavísimas manos. Pareciome que -unos pájaros del cielo bajaban a posarse sobre mi cuerpo dolorido, -trayéndole milagroso alivio. Aquellas manos eran las de unas monjas. - -Diéronme de beber y me curaron, diciéndose unas a otras: - ---El pobrecillo no vivirá. - -Ignoro dónde estaba, y no me es posible apreciar el tiempo que -transcurría. Solo en una ocasión recuerdo haber abierto los ojos -adquiriendo la certidumbre de que me rodeaba oscurísima noche. En el -cielo había algunas tristes estrellas que fulguraban con blanca luz. -Sentía entonces agudísimos dolores; pero todo se extinguió prontamente, -y cayendo en profundo sopor, vivía con largas interrupciones de -sensibilidad. Otra vez abrí los ojos, y vi que se estaban batiendo. -Las monjas acudieron de nuevo a mí, y su asistencia me produjo muy -vivo consuelo. Yo no hablaba, no podía hablar; pero un accidente harto -original me obligó poco después a empeñarme en usar la palabra. Entre -la mucha gente que por allí en distintas direcciones discurría, vi un -muchacho en quien hube de reconocer a Badoret. - -Badoret llevaba a cuestas el cuerpo de un niño de pocos años, cuyas -piernas y brazos colgaban hacia adelante. Así cargaba comúnmente a -su hermano cuando vivía, y así lo llevaba muerto. Hice un esfuerzo y -llamé al muchacho. Este, que se inclinaba a examinar a los que allí en -diversos puntos yacían, acercose a mí y me dijo: - ---Andrés, ¿tú también te has muerto? - ---¿Por qué llevas a cuestas el cuerpecito de tu hermano? - ---¡Ay! Andrés, me mandaron que lo echara al hoyo que hay en la plaza -del Vino; pero no quiero enterrarlo, y lo llevo conmigo. El pobre ya no -llora ni chilla. - ---¿Y tu hermana? - ---Hermana Siseta no se mueve, ni habla, ni llora tampoco. La llamamos y -no nos responde. - -Iba a preguntarle por Josefina; pero me faltó valor, se me extinguió -la facultad de hablar, y nublándose mis ojos, vi desaparecer a Badoret -saltando con su lúgubre carga sobre los hombros. - -La fiebre traumática se apoderó de mí con gran intensidad, -reproduciéndome los hechos que habían precedido a la situación en que -me encontraba. Siseta aparecía a mi lado con su hermano en los brazos, -y yo le decía: - ---Prenda mía, ya no podemos ir a sentarnos a la sombra de los olivos -que tengo en la Almunia, porque mi conciencia va detrás de mí -acusándome sin cesar, y tengo que huir y correr hasta que encuentre un -sitio lejano a donde ella no pueda seguirme. No volveré a entrar jamás -en tu casa, porque allí junto está, tendido en cruz sobre el suelo, D. -Pablo Nomdedeu, a quien maté porque me quería quitar mi azúcar. Yo me -voy a donde no me vea gente nacida. Dame tu mano. Adiós. - -Al decir esto, besaba la mano de una señora monja. - -Otras veces creía sentir el contacto de un brazo junto al mío, y -exclamaba: - ---¡Ah! es usted, Sr. D. Pablo Nomdedeu. Los dos hemos muerto y nos -juntamos en lo que llamábamos allá _la otra vida_; solo que usted -camina hacia el cielo, y yo voy derecho al infierno. Aquí donde -estamos, entre estas oscuras nubes, ya no hay odios ni resentimientos. -Me pesa de haberle matado a usted, y válgame el arrepentimiento. ¿Cómo -había de consentir en darle a usted el azúcar? No, Sr. D. Pablo, no lo -consentiré jamás. ¿Aún insiste usted en quitármela, cuando, despojado -de la vestidura corporal, volamos los dos por esta región donde no -hay ruido, ni luz, ni nada? ¿Aun aquí, equivocándonos de caminos, nos -encontramos para reñir? Pero no, siga usted adelante y no se detenga -a quitarme lo mío. Dios me perdonará mi crimen: yo fui atacado por -usted, yo me defendía, y una bestia feroz que se metió dentro de mí, -le mató a usted. Fue sin duda aquel infame Napoleón. ¡Oh! ¿Por qué -quise apropiarme el aparente cuerpo de tan fiero demonio? Sí, ya te -estoy viendo delante de mí... Allá voy, no me llames más. Vagando por -estos espacios donde no hay ruido, ni luz, ni nada, yo creí que no te -presentarías delante de mí; pero aquí estás. Cierra esos ojillos negros -como cuentas de azabache; no claves en mí tus dientes más blancos que -el marfil, ni enrosques esa culebra que llevas por cola. Ya sé que te -pertenezco desde que cayó el artesón sobre ti, y tus tramas infernales -me pusieron en el caso de matar a aquel santo varón, buen amigo, -excelente padre y honrado patriota. Iré contigo al infierno, que será -mi expiación. No vuelvas el horrendo hocico hacia atrás, que ya te -sigo. Los arcángeles celestiales me azuzaron como a un perro cuando me -acerqué a las puertas del Paraíso, y ahora camino hacia abajo. Adiós, -Nomdedeu: ya te veo allá arriba. Brillas como una estrella; pero tu -resplandor no ilumina esta oscuridad en que me hallo. El calor de las -llamas que despides por la boca, infame Napoleón, me está abrasando; me -ahogo en una atmósfera de fuego, y sed espantosa seca mi boca. ¿No hay -quien me dé un vaso de agua? - -Un vaso tocó mis labios. Las monjas me daban agua. - -Luego tornaba a los mismos delirios, que variaban a cada instante, ora -terribles, ora gratos, hasta que un día me reconocí en el uso completo -de mis sentidos, y con el entendimiento claro y sin nubes. Vi el cielo -encima, en derredor mucha gente y a mi lado un fraile. No se oían -cañonazos, y el silencio, con serlo, parecía un ruido indefinible. - ---Hijo mío --me dijo el fraile--, ¿estás mejor? ¿Te sientes bien? Esa -herida del pecho no es mortal. Si hubiera recursos en Gerona y se te -alimentara bien, curarías como otros muchos. - ---¿Qué ocurre, Padre? ¿Qué día es hoy? ¿A cuántos estamos? - ---Hoy es el 9 de diciembre, y ocurre una inmensa desgracia. - ---¿Qué? - ---Está enfermo D. Mariano Álvarez, y la ciudad se va a rendir. - ---¡Enfermo! --exclamé con sorpresa--. Yo creí que D. Mariano no podía -estar enfermo ni morir. Moriremos nosotros; pero él... - ---Él también morirá. Hoy le ha entrado el delirio y ha traspasado -el mando al teniente de rey D. Juan Bolívar. Desde que Álvarez está -en cama, nadie considera posible la defensa. Solo hay mil hombres -disponibles, y aun estos están también enfermos. A estas horas se -celebra junta de jefes para ver si se rinde o no la plaza en este -día. Me temo que se saldrán con la suya los pícaros que quieren la -rendición. Es una vergüenza que esto pase. Hay aquí mucha gente que no -piensa más que en comer. - ---Padre --dije yo--, si hay algo por ahí, démelo, aunque sea un pedazo -de madera. No puedo resistir más. - -El fraile me dio no sé qué cosa; pero yo la devoré sin averiguar lo que -era. Después hablé así: - ---¿Su Paternidad está aquí auxiliando a los moribundos? Yo, aunque -Dios en su infinita misericordia me conserve por ahora la vida, quiero -confesar un gran pecado que tengo. Si no me quito de encima este gran -peso, no podré vivir. Por allí creerán que D. Pablo Nomdedeu ha muerto -de hambre o de miedo. No: yo debo declarar que le he matado porque me -quiso quitar un pedazo de azúcar. - ---Hijo mío --repuso el fraile--, o estás aún delirando, o confundiste -con otro el Sr. Nomdedeu, pues tengo la seguridad de haber visto a este -hoy mismo, si no bueno y sano, al menos con vida. No descansa en lo de -curar a diestro y siniestro. - ---¡Cómo! ¿Será posible? --exclamé con estupefacción--. ¿Vive el Sr. D. -Pablo Nomdedeu, ese espejo de los médicos? Padre, tan buena nueva me -devuelve por entero la vida. Yo le dejé por muerto en medio del patio. -No puedo creer sino que ha resucitado para que su hija no quedase -huérfana. Padre, ¿conoce usted a Siseta, la hija del Sr. Cristòful -Mongat? ¿Sabe por ventura si vive? - ---Hijo, nada puedo decirte de esa muchacha. Solo sé que la casa donde -vivía el señor Mongat y el Sr. Nomdedeu, ha sido destruida por una -bomba ayer mismo. Tengo idea de que todos sus habitantes se salvaron, -excepto alguno que se ha extraviado, y no se le puede encontrar. - ---¡Oh! ¡Si pudiera levantarme y correr allá! --dije--. Pero parece que -me han clavado en esta maldita cama. ¿En dónde estoy? - ---Esta es la cama en que murió Periquillo del Roch, asistente del Sr. -D. Francisco Satué, que es, como sabes, edecán del Gobernador. Cuando -murió Periquillo, te pusimos aquí, y ayer dijo Satué que te tomaría por -asistente. - ---¿Conque Su Paternidad no me da noticias de la pobre Siseta? El -corazón me dice que no ha muerto, y que no soy, por lo tanto, viudo. - ---¿Eres casado? - ---Con el corazón. Siseta será mi mujer si vive. ¿Y dice Su Paternidad -que no ha muerto el Sr. Nomdedeu? - ---Así parece, pues se le ve por la ciudad. Verdad es que más bien tiene -aspecto de un muerto que anda, que de persona viva. - ---¿Será cierto lo que oigo? ¿Y el Sr. D. Pablo se mueve? - ---Anda, aunque cojo. - ---¿Y abre los ojos? - ---Sí: sus ojos parduzcos buscan las piernas rotas en la oscuridad de -los escombros. - ---¿Y habla? - ---Con su voz clueca, que tan buenas cosas sabe decir. - ---¿Pero es el mismo, o un remedo de Don Pablo, una sombra que viene del -otro mundo a figurar que pone vendas? - ---El mismo, aunque de puro desfigurado apenas se le conoce. - ---¡Oh, qué inmensa alegría siento! ¿De modo que ha resucitado? - ---No dudes que vive; pero también te aseguro que no doy dos ochavos por -lo que le queda de razón. - -En todo aquel día no me pude mover, aunque notaba de hora en hora -bastante mejoría. La curiosidad y el afán me devoraban, anhelando saber -la suerte de los míos, y aunque la certidumbre de no ser matador de -Nomdedeu había dado gran tranquilidad a mi espíritu, el no saber el -paradero de Siseta me entristecía en sumo grado. Sin moverme de allí -supe que la plaza estaba a punto de rendirse, y que había ido a tratar -con el General francés el español D. Blas de Fournás. Esto tenía muy -irritados a los fantasmas que con nombre de hombres discurrían aún arma -al brazo por las murallas destruidas, y fue preciso a Fournás, cuando -salió de la plaza, ocultar el verdadero motivo de su viaje. - -Álvarez, según oí, se agravaba por instantes, y recibió los Sacramentos -el mismo día 9; pero aun en tal situación insistía en no rendirse, -repitiendo esto con palabras enérgicas, lo mismo dormido que despierto. -Muchos patriotas se resistían a creer que fuera cierto lo de la -rendición, y la posibilidad de entregarse al extranjero causaba más -horror que la muerte y el hambre; verdad es que muchos tenían la loca -esperanza de que llegasen socorros. - -Por la tarde empezó a susurrarse que al día siguiente entrarían los -_cerdos_, y los patriotas acudieron a casa del Gobernador, la cual, -casi por completo arruinada, apenas conservaba en pie los aposentos -donde el heroico paciente residía, y allí entre las ruinas, metiéndose -por los claros de las paredes destruidas, alborotaron largo rato -pidiendo a Su Excelencia que saliese de nuevo a gobernar la plaza. - -Dicen que Álvarez en su delirio oyó los populares gritos, e -incorporándose dispuso que resistiéramos a todo trance. Enfermos o -heridos los que aún vivíamos, con diez mil cadáveres esparcidos por las -calles, alimentándonos de animales inmundos y substancias que repugna -nombrar, nuestro más propio jefe debía ser y era un delirante, un -insensato, cuyo grande espíritu perturbado aún se sostenía varonil y -sublime en las esferas de la fiebre. - -Al día siguiente pude dar algunos pasos sin alejarme mucho. De buena -gana habría hecho una excursión por la ciudad visitando la casa de -Siseta; pero las señoras monjas que tan cariñosamente me cuidaban, -impidiéronmelo. El capitán D. Francisco Satué llegose a mí, y me -hizo saber que había resuelto tomarme por asistente en reemplazo de -Periquillo del Roch, y agradecido yo a su bondad, me tomé la libertad -de decirle: - ---Mi capitán, ¿sabe usía por dónde anda Siseta? Supongo que usía conoce -a Siseta, la hija del Sr. Cristòful Mongat. - -Satué no se dignó contestarme, y volvió la espalda, dejándome solo con -mis horrorosas dudas. Yo preguntaba a todos; pero nadie me hablaba -sino de la capitulación. ¡Capitular! Parecía imposible tal cosa cuando -todavía existía pegado a las esquinas el bando de D. Mariano: «_Será -pasada inmediatamente por las armas cualquier persona a quien se oiga -la palabra capitulación u otra equivalente._» - -Según oí decir, los franceses habían dado una hora de tiempo para -arreglar la capitulación; pero nuestra Junta pedía un armisticio -de cuatro días, prometiendo cumplirlo si al cabo de dicho plazo no -venía el socorro que desde noviembre estábamos esperando. El Mariscal -Augereau no quiso acceder a esto, y, por último, después de muchas idas -y venidas de un campo a otro, firmáronse las condiciones de nuestra -rendición a las siete de la noche del 10. - -En este convenio, como en todos los que hicieron los franceses en -aquella guerra, se pactó lo que luego no había de ser cumplido: -respetar a los habitantes, respetar la religión católica y las vidas -y haciendas, etc... Todo esto se escribe y se firma sobre un tambor -dentro de una tienda de campaña; pero luego las órdenes expedidas desde -París por la gran rata, obligan a poner en olvido lo acordado. - ---¡Bonito final! --me dijo el Padre Rull, que me había asistido -durante el penoso mal--. ¡Y que hayamos venido a esto después de -haber resistido siete meses! ¿Y todo por qué, amigo Andrés? Porque -no se reparten dos pavos por barba al día, y porque alguno se ha -visto obligado a mantenerse chupando el jugo de un pedazo de estera. -Dioscórides dice que el esparto contiene substancias alimenticias. ¡Oh! -Si Álvarez no hubiera caído enfermo; si aquel hombre de bronce pudiera -aún levantarse de su lecho, y venir aquí, y alzar el bastón en la mano -derecha... Ya sabes, Andrés, que la guarnición debe salir mañana de -la plaza con los honores de la guerra, marchando a Francia prisionera. -Creo que os pondrán a tirar del carro de Napoleón cuando salga a -paseo... Los _cerdos_ se nos meterán aquí mañana a las ocho y media, y -parece han acordado no alojarse en las casas, sino en los cuarteles. -¿Lo crees tú? Ya verás cómo no lo cumplen. Me parece que les veo -echando a los vecinos a la calle para acomodarse sus señorías en las -pocas casas que han dejado en pie. Y ahora te pregunto yo: ¿qué harán -de nosotros, los pobres frailes? Amigo, con Gerona se acabó España, -y con la salud de Álvarez se acabaron los españoles bravos y dignos. -Muchachos, ¡viva D. Mariano Álvarez de Castro, terror de la Francia! - -Durante la noche, los vecinos y los soldados, sabedores ya de las -principales cláusulas de la capitulación, inutilizaron las armas o las -arrojaron al río, y al amanecer, los que podían andar, que eran los -menos, salieron por la puerta del Areny para depositar en el glacis -unas cuantas armas, si tal nombre merecían algunos centenares de -herramientas viejas y fusiles despedazados. Los enfermos nos quedamos -dentro de la plaza, y tuvimos el disgusto de ver entrar a los señores -_cerdos_. Como no nos habían conquistado, sino simplemente sometido por -la fuerza del hambre, nosotros les mirábamos de arriba a bajo, pues -éramos los verdaderos vencedores, y ellos al modo de impíos carceleros. -Si no existiese el goloso cuerpo, y solo el alma viviera, ¿pasarían -estas cosas? - -En honor de la verdad, debo decir que los franceses entraron sin -orgullo, contemplándonos con cierto respeto; y cuando pasaban junto a -los grupos donde había más enfermos, nos ofrecían pan y vino. Muchos -se resistieron a comerlo; pero al fin la fuerza instintiva era tal, -que aceptamos lo que a las pocas horas de su entrada nos ofrecieron. -Durante todo el día estuvieron entrando carros cargados de víveres -que, estacionados en las plazas de San Pedro y del Vino, servían de -depósito, a donde todo el mundo iba a recoger su parte. ¡Comer! ¡qué -novedad tan grande! Sentíamos el regreso del cuerpo que volvía, después -de larga ausencia, a ser apoyo del alma. Se admiraba uno de tener -claros ojos para ver, piernas para andar y manos con que afianzarse en -las paredes para ir de un punto a otro. Los rostros adquirían de nuevo -poco a poco la expresión habitual de la fisonomía humana, y se iba -extinguiendo el espanto que aun después de la rendición causábamos a -los franceses. - -Dadme albricias, porque al fin, señores míos, me reconocí con bríos -para andar veinte pasos seguidos, aunque apoyándome con la derecha -mano en un palo, y con la izquierda en las paredes de las casas. No -creáis que el andar por las calles de Gerona en aquellos días era cosa -fácil, pues ninguna vía pública estaba libre de hoyos profundísimos, -de montones de tierra y piedras, además de los miles de cadáveres -insepultos que cubrían el suelo. En muchas partes, los escombros de -las casas destruidas obstruían la angosta calle, y era preciso trepar -a gatas por las ruinas, exponiéndose a caer luego en las charcas que -formaban las fétidas aguas remansadas. El viaje a través de aquellos -montes, lagos y ríos, era tan fatigoso para mí, que a cada poco trecho -me sentaba sobre una piedra para tomar aliento. Mas cuando ya no era -posible pensar en batirse, y cuando estaba aplacado el terrible ardor -de la guerra, producíame indecible espanto la vista de tantos muertos; -y al examinar los horrorosos cuadros que se desarrollaban ante mi -vista, cerraba a veces los ojos temiendo reconocer en una mano helada, -la mano de Siseta; en la punta de un vestido, la punta del vestido de -Siseta; en una piedrecita encarnada, las cuentas de coral que adornaban -las lindas orejas de Siseta. - - - - -XXI - - -Cuando llegué a la calle de Cort-Real, vi allí casi en total ruina la -casa donde se albergaban los míos. Unos vecinos me dijeron que el Sr. -Nomdedeu y su hija estaban aposentados en la calle de la Neu; pero que -no se sabía dónde habían ido a parar Siseta y sus hermanos. Contristado -con tal noticia, fui en busca del doctor, y la primer persona que salió -a mi encuentro fue la señora Sumta, encargándome que no hiciera ruido -porque el señor dormía. - ---Aquí encontrarás todos los papeles cambiados, Andresillo --me dijo--, -porque la señorita Josefina se ha puesto buena, y el amo está tan malo, -que se morirá pronto si Dios no lo remedia. - -En esto oímos la voz del doctor, que en aposento cercano sonaba, -diciendo: - ---Déjele usted entrar, señora Sumta, que estoy despierto. Andrés, amigo -querido, ven acá. - -Entré, pues, y D. Pablo, arrojándose de su lecho, me abrazó con cariño, -hablándome así: - ---¡Qué placer me das, Andrés! ¡Yo creí que habías muerto! ¡Ven acá, -valiente joven, y abrázame otra vez! ¿Cómo va esa salud? ¿Y ese -estómago? No conviene cargarlo después de tanta privación. ¿Hay -apetito?... Te recomiendo mucho la sobriedad. ¿Tienes heridas? Las -curaremos... Manda lo que gustes, hijo. - -Yo, muy confundido, le expresé mi gratitud por tanta benevolencia, -añadiendo que le consideraba como el más generoso y cristiano de los -mortales por pagar con abrazos y cariños los golpes que de mí recibiera. - ---Señor --añadí--, yo creí haber muerto al mejor de los hombres, y no -podía vivir con el gran peso de mi conciencia. Veo que usted perdona -las ofensas y abre sus brazos a los que han intentado matarle. - ---Todo está perdonado, y si culpa hubo en ti tratándome como me -trataste, mayor fue la mía, que, en mi furor, no reparaba en -quitarte la vida por un pedazo de azúcar. Aquellas, amigo Andrés, -no deben considerarse como acciones libres que constituyen verdadera -responsabilidad, y la horrible situación en que ambos nos hallábamos -nos disculpa a los ojos de Dios. En tan triste momento, la ley suprema -de la propia conservación imperaba sobre todas las leyes; nuestro -carácter, el resultado de las facultades ingénitas, o cultivadas por -el trato, y de los hábitos adquiridos, no existía realmente, y el -torpe bruto en que estamos metidos, rompía salvaje todos los frenos -que se oponían a la satisfacción de sus necesidades. Por mi parte, -puedo decirte que no me daba cuenta de lo que hacía. El espectáculo -de mi pobre hija me trastornaba el poco sentido que aún me hacía -reconocerme como hombre, y delante de mí no había amigos ni semejantes. -Estas relaciones se acaban, se extinguen cuando el brutal instinto -recobra sus dominios, y si veía un pedazo de pan en boca de otro -hombre, parecíame esto un privilegio irritante, que mi egoísmo no -podía tolerar. ¡Ay, qué horroroso padecimiento! ¡Qué vergonzoso estado -moral, y qué degradación del ser más noble que pisa la tierra! Válgame -tan solo la circunstancia de que nada quería para mí, sino todo para -ella. Tengo la seguridad de que a no ser por mi idolatrada hija, yo me -hubiera recostado en un rincón de la casa, dejándome morir sin hacer -esfuerzo alguno por conservar la vida. - ---Y la señorita Josefina ha resistido las privaciones tal vez mejor que -nosotros. - ---Mucho mejor --añadió Nomdedeu--. Ya me ves a mí que parezco un -cadáver. Pues ella, completamente transfigurada, parece haberse -apropiado toda la salud que a mí me falta. Esto me tenía contentísimo, -Andrés. Pero verás ahora lo que ha pasado. Cuando me dejaste en el -patio de la casa del canónigo, tardé mucho en recobrar el uso de los -sentidos, a consecuencia del gran golpe y de la mucha extenuación. -Por fin, no sé qué manos caritativas me sacaron a la calle, donde -recobré completo acuerdo. Mi sensación principal era una gran sorpresa -de hallarme con vida. Arrastreme hasta entrar en casa, y en las -habitaciones de Siseta encontré a mi hija. La infeliz casi no me -conocía. Iba a perecer de inanición. ¡Dios mío! Quisiera morir, si la -muerte borrara de mi memoria el recuerdo de aquellas horas. Yo decía: -«Señor, antes de ver tal espectáculo, valiera más que quedara exánime -sobre las baldosas de la casa del canónigo.» ¡Ay, amigo Marijuán, no me -preguntes nada sobre esto! Solo te diré que, habiendo salido en busca -de alimentos, al regresar, mi hija ya no estaba allí. - ---¿Y Siseta? --pregunté con la mayor inquietud. - ---Siseta tampoco --repuso Nomdedeu, inmutándose en sumo grado--. Pero -¿a qué me preguntas por Siseta? Yo no sé nada de ella. Déjame seguir. -Ninguno de los vecinos supo darme razón del paradero de mi hija, y -corrí como un loco por la ciudad buscándola. Felizmente, ni ella ni -yo estábamos allí cuando la casa fue destruida. Pero yo te pregunto: -¿a dónde creerás que había ido mi idolatrada Josefina? Pues nada -menos que a la torre Gironella, donde contemplaba el horrible fuego -con que se defendió aquel fuerte en sus postrimerías. Te asombrarás -de que mi hija fuese a tal sitio. Pues oye. Encontrándose sola en la -casa, la horrible necesidad obligola a salir a la calle, y discurrió -largo tiempo por Gerona implorando la caridad pública, pero sin ser -atendida por nadie. Mientras mayor era su desamparo, mayores esfuerzos -hizo por apegarse a la vida, y aquella naturaleza miserable halló en -sí misma suficiente energía para sobreponerse a la situación. Parece -esto imposible, pero es cierto. Ahora caigo en que a las criaturas de -ánimo apocado nada les conviene tanto como encontrarse lanzadas de -improviso a un gran peligro sin sostén ni ayuda de mano extraña. Pues -bien: Josefina, sola en medio de tantos horrores, huyó por la pendiente -que conduce a los fuertes, creyendo más seguros aquellos sitios. La -vista de los cadáveres que obstruyen el camino prodújole gran espanto, -y mayor aún al ver de cerca la terrible acción que allí se trabara. -Cuando quiso retroceder la pobrecita, le fue imposible, y encontrose -envuelta en el fuego en el momento de la retirada. ¡Oh, incomprensibles -arcanos de la Naturaleza! Si yo hubiera sabido por qué lugares andaba -mi enferma, y todo el Protomedicato hubiérame pedido mi dictamen sobre -su suerte, habría dicho: «Josefina morirá en el acto de verse próxima a -un combate.» Pues no fue así, Andrés. Según me ha contado ella misma, -sintiose con inusitada energía, y sus miembros, desentumecidos como por -milagro, adquirieron una agilidad que jamás habían tenido. Sin hallarse -libre de miedo, inundaba su alma una generosa y expansiva inquietud, -y abundantes lágrimas corrían de sus ojos... A esto añade que luego -volvió dos veces a la ciudad, donde unas señoras, apiadadas de ella, -la dieron alimento; que después, sin saber cómo, viose arrastrada en -el tropel de las que iban a llevar pólvora a las murallas; añade que -durmió dos noches en campo raso; que la señora Sumta, tomándola por su -cuenta, la tuvo más de tres horas en Alemanes, hasta que se retiró de -allí la guarnición, y comprenderás si han sido fuertes los cauterios -aplicados por el azar al espíritu de esa pobre niña. Ahora, Andrés, me -resta decirte que si ella ha adquirido súbitamente bríos y agilidad, -yo he perdido radicalmente mi salud, a consecuencia de los intensos -padeceres físicos y morales de esta temporada, y aquí donde me ves, no -doy dos cuartos por lo que pueda vivir de aquí al domingo que viene. -La alegría que me causa el ver cómo se ha regenerado el organismo -de aquella que es todo mi amor y mi consuelo, ahoga el sentimiento -que podría causarme la propia muerte. Lo que hoy me produce profunda -tristeza es el convencimiento adquirido hace poco de que soy un -detestable médico. Sí, Andrés: yo creí saber bastante, y ahora resulta -que todo lo ignoro, todo, todo. Figúrate que después de adoptar en el -tratamiento de Josefina el sistema de precauciones, de cuidados que -me recomendaban en diverso estilo centenares de libros, salimos con -la patochada de que el mejor sistema es el opuesto al que yo seguí. -¡Y para esto, Dios mío, ha estudiado uno treinta años! ¡Oh! medicina, -medicina, ¡cuán desdeñosa y esquiva eres! ¡Cómo te ocultas al que más -te busca, y qué bien guardas tus encantos! Cuando parece más fácil -tocarte, más rápidamente desapareces, como sombra que de las ansiosas -manos se escapa. ¡Quién me lo había de decir! Yo intentaba curarla con -delicadezas, cuidados y dengues, resguardándola hasta del aire por -temor a que el aire mismo la hiciera daño, y Dios la ha fortalecido -con las crudezas, las molestias, los golpes, los sustos, con el fuego -y el frío, con los peligros y las muertes. Yo evitaba en ella las -fuertes impresiones que me parecía debieran quebrar su naturaleza, -como los martillazos rompen el vidrio, y los fortísimos sacudimientos -de la sensibilidad la han repuesto en su primer ser y estado. Curose -como había enfermado, y este misterio y esta novedad pasmosa confunden -mi inteligencia. Hasta ahora no sabía que la enfermedad curase la -enfermedad, y me muero con mil ideas sobre este oscuro punto... porque -yo me muero, Andrés: en eso sí que no se equivocará mi escaso saber. - -Diciendo esto, se tendió de largo a largo en la cama, y a cada rato -exhalaba hondísimos suspiros. Yo le hablé así: - ---Sr. D. Pablo: usted, aunque ha padecido bastante, tiene el consuelo -de ver a su hija, no solo con vida, sino con la salud que antes no -tenía; pero yo, ni siquiera puedo asegurar que viven mi adorada Siseta -y sus dos hermanos. - -El doctor, al oírme, moviose inquietamente en su lecho con síntomas de -alteración nerviosa, e incorporándose de improviso, me mostró su cara, -desfigurada de un modo notable. - ---No me preguntes por Siseta y sus hermanos --dijo con torpe lengua, y -haciendo ademán de apartar un objeto que inspira desagrado--. Yo no sé -nada de ellos. Andrés, más vale que te marches y me dejes en paz. - -La señora Sumta, que entró a la sazón, puso el dedo en la sien, mirando -a su amo con expresión de lástima. Con el gesto y la mirada quería -decirme: «No hagas caso, que el amo ha perdido el juicio.» - -Perdiéralo o no, lo cierto es que me llenaban de inexplicables -confusiones sus palabras. Interroguele de nuevo; pero él, cerrando los -ojos y extendiendo brazos y piernas, cual exánime cuerpo, aparentaba no -oírme, o realmente aletargado, no me oía. - -Josefina entró en seguida y mostró mucha alegría al verme. Por mi -parte, quedeme sorprendido al notar la animación de sus ojos, su color -menos pálido que de ordinario, y al observar la agilidad, la gracia y -desenvoltura que había adquirido en sus movimientos desde que no nos -veíamos. Después de contestar con amables sonrisas a mis cumplidos, que -adivinaba por el movimiento de los labios, me preguntó por Siseta. - ---¡Ay! --respondí, expresando con signos mi suprema aflicción--. -Siseta... se ha ido, señorita; no sé dónde está. - ---Busquémosla --dijo Josefina con resolución. - ---¡Ay! gracias, señorita Josefina... Yo no me puedo tener; pero si -usted me acompaña, sacaré fuerzas de flaqueza para recorrer la ciudad. - -En la casa tenían ya comida abundante, que se repartía entre los -diferentes vecinos allegadizos que allí se albergaban, y a mí me dieron -una buena porción. Cuando salí, enlazando mi brazo con el de Josefina, -me sentía tan restablecido, que no necesité buscar apoyo en las paredes -ni arrojarme al suelo cada diez minutos para tomar aliento. - - - - -XXII - - -¿Dónde buscaremos a Siseta? ¿Dónde?... «¡Siseta!» gritábamos por todos -lados, en las ruinas, en la puerta de las casas enteras, en las plazas, -en las murallas, en las cortaduras, en los montones de escombros; pero -ninguna voz conocida nos respondía. En diversos puntos de la ciudad, -los franceses se ocupaban en tapar con tierra los hoyos donde habían -sido arrojados los cadáveres, y miles de cuerpos desaparecían de la -vista de los vivos para siempre... «¡Oh! --exclamaba yo con la mayor -angustia--, ¡si estará ahí Siseta!» - -Hubiera querido escarbar con mis manos todas las fosas, por cerciorarme -de que no yacía en ellas la persona perdida. Visitamos luego los -hospitales, y en ninguno de ellos aparecieron tampoco Siseta ni sus -hermanos; preguntamos de puerta en puerta a todos los conocidos, a -los vecinos todos, y nadie nos dio razón ni noticia alguna. Pasando a -Mercadal, lo recorrimos todo, y al volver miré al fondo del río por ver -si entre sus turbias aguas se distinguía el cuerpo de Siseta. Pregunté -por ella a los españoles y a los franceses, que no me entendieron; pero -ambas naciones carecían de noticias acerca de mi amiga; subí a los -tejados, bajé a los sótanos, la busqué en plena luz y en la profunda -oscuridad; pero el rayo de sus ojos, para mí superior a todas las -claridades, no brillaba en ninguna parte. - -Por último, cuando llegábamos cerca del puente de San Francisco de -Asís, creí distinguir una lastimosa figura de muchacho, en la cual, -aunque con mucha dificultad, pude reconocer la persona del buen -Manalet. No era posible determinar la forma de su vestido, que era un -andrajo, por cuyas rasgaduras los brazos y piernas en completa desnudez -asomaban. Su rostro cadavérico, sus manos negras, su cuello manchado -de sangre, sus pies heridos, su mirar temeroso, me causaron profunda -pena. Le llamé, con el alma dividida entre una animosa esperanza y un -inmenso dolor, y él corrió a abrazarme con los ojos llenos de lágrimas. -Pasado el primer momento de su alegría, la presencia de Josefina al -lado mío produjo en el ánimo del pobre chico vivísima inquietud; -mirábala con ojos azorados, e hizo algún movimiento para huir de -nosotros. Deteniéndole, tuve valor para preguntarle por su hermana. - ---Hermana Siseta --me dijo--, no está, no la busquen ustedes. Se ha ido -con Gasparó. Los dos... - -Al decir _los dos_ señalaba la tierra. - -Yo, poseído de profundo dolor, no me reconocía satisfecho con sus vagas -noticias, y quería saber más; seguí tras él, pero mi corto andar no me -permitió alcanzarle, y hube de resignarme al terrible padecimiento de -la duda; porque, en efecto, las afirmaciones de Manalet no resolvían mi -perplejidad, y las palabras, el razonamiento, la inquietud del infeliz -chico indicaban que algún misterio, para mí ignorado, existía en la -desaparición de Siseta. - ---Señorita Josefina --dije a mi acompañante, expresando como me fue -posible el desaliento y la desesperación--, no conseguiremos nada. -Volvamos a la calle de la Neu. - -Ambos, muy tristes y desanimados, nos detuvimos en el puente, mirando -a los transeúntes, que vagaban sin cesar de un lado a otro, y como yo, -buscaban personas queridas que el desorden de los últimos días había -hecho desaparecer. Las fosas sobre las cuales se echaba tanta tierra, -iban poco a poco destruyendo los rastros que habrían podido guiar en -sus exploraciones a padres, esposas e hijos, y la necesidad de enterrar -pronto hacía que muchas familias se quedasen en completa ignorancia -respecto a la suerte de los suyos. - -Nos sentamos junto al puente. Josefina me miraba en silencio, -compadecida de mi dolorosa perplejidad, y yo interrogaba al cielo, -cansado ya de interrogar a la tierra y a los hombres. De repente, la -hija del doctor diome un ligero golpe en la cabeza, y agitando los -brazos en dirección del río, señaló una casa de las que se levantan con -los cimientos dentro del Oñar, a espaldas de la plaza de las Coles y de -la calle de la Argentería. Al principio no distinguí nada; pero ella, -con el rostro alterado, la mirada chispeante y el índice extendido -hacia un punto fijo, dirigió mi atención al tejado de una de aquellas -casas, de cuyo alero, un muchacho se descolgaba trabajosamente por -una cuerda. Era Badoret. Al instante grité fuertemente: «¡Badoret! -¡Badoret!» y el chico, que oyó mi voz, saludome con la mano en el -momento de poner pie firme en un balcón, desde el cual parecía querer -avanzar al puente saltando de una casa a otra. Los irregulares aleros, -balconajes, miradores y cuerpos salientes de aquella orilla del río, -permitían este viaje sin gran peligro. Por fin, Badoret llegó a donde -estábamos, y pude notar que su aspecto era más lastimoso que el de su -hermano. - ---Andrés --me dijo--, ¿han entrado los franceses? - ---Sí --le respondí--. ¿En dónde estás metido que no lo sabes? ¿Has -resucitado acaso? - ---¿De modo que ya hay algo que comer? - ---Sí: todo lo que quieras... ¿Y Siseta? - ---Siseta está durmiendo desde ayer. ¿Quieres verla? La llamamos y no -quiere despertar. - ---¿Pero dónde os habéis metido? ¿Dónde está Siseta? - ---¿Hay ya que comer? No hemos vuelto a ver a Napoleón, Andrés. ¿Cuánto -darán ahora por él? - ---Anda al diablo con Napoleón. Llévame a donde está tu hermana. - ---En el tejado. - ---¡En el tejado! - ---Sí: la llevamos entre todos, porque el Sr. Nomdedeu la quería matar. - ---¡Matarla! ¡Estás loco! - ---Sí: para comérsela. - -No pude reprimir la risa, a pesar de que mi ánimo no estaba para burlas. - ---El Sr. Nomdedeu --prosiguió Badoret--, se volvió loco y quiso -comernos a todos. - ---Estáis tontos sin duda --repliqué--. Llévame a donde está Siseta. - ---¡Como no vayas por donde yo he venido!... De la casa del canónigo -donde estamos, se pasa por el tejado a la del droguero de la calle de -la Argentería; pero de esta no se puede salir a la calle porque está -cerrada... Por la bodega, se pasa a una casa del otro extremo que está -quemada, y por las tejas se baja a los balcones del río. Si puedes -hacer que te abran la puerta de la casa del droguero que está en la -calle de la Argentería junto a la plaza de las Coles, entrarás mejor -que yo he salido. - ---Vamos allá --dije con resolución--. Si ese señor droguero no nos -quiere abrir la puerta, la derribaremos a puñetazos. - -Por fortuna, no me pusieron obstáculos a que entrara por la casa -indicada, lo cual verifiqué dejando a Josefina en la inmediata de la -calle de la Neu. Subí al tejado, y saltando con grandes esfuerzos y -peligros de techo en techo, llegamos Badoret y yo a las buhardillas de -la casa del canónigo. Allí en un lóbrego aposento del desván, donde -antaño tuvo su vivienda el ama de gobierno del Sr. Ferragut, yacía la -pobre Siseta sin movimiento ni sentido sobre miserable colchón. La -llamé con fuertes voces, incorporela en el lecho, y la infeliz abrió -los ojos, pero sin aparentar reconocerme. Mi gozo al ver que vivía fue -inmenso; pero aún dudaba que pudiese tornar a la vida, y no pensé más -que en prodigarle toda clase de socorros. Recorrí la casa aturdidamente -sin darme cuenta de lo que buscaba, y vi en distintas habitaciones -hasta una docena de chicos de ocho a doce años, en quien reconocí a -los amigos que acompañaban a Badoret y Manalet en todas sus correrías; -pero el estado de aquellos infelices niños era atrozmente lastimoso y -desconsolador. Algunos de ellos yacían muertos sobre el suelo, otros se -arrastraban por la biblioteca sin poderse tener, uno estaba comiéndose -un libro, otro saboreaba el esparto de una estera. - ---¿Qué ha pasado aquí? --pregunté a Badoret. - ---¡Ay, Andrés! no podemos salir por ninguna parte. Estábamos encerrados -hace dos días. A nuestra casa no se podía pasar, porque siete paredes -llenaron el patio hasta arriba. No teníamos que comer, ni donde -encontrarlo... Esta mañana buscamos Manalet y yo una salida. Él se -descolgó por la calle de la Argentería, y yo por donde me viste... pero -a mí se me está ya pegando la lengua al cielo de la boca, no puedo -moverme, y me caigo muerto también. - -Diciéndolo, Badoret cerró los ojos y se extendió de largo a largo en el -suelo. Algunos de sus camaradas lloraban, llamando a sus madres, y por -todos lados el espectáculo de aquella desolación infantil contristaba -mi alma. Resuelto a obrar con prontitud, pasé por el tejado a las casas -inmediatas, llamé, pedí socorro, logré que me oyeran y que acudiesen -en mi auxilio algunos vecinos, y bien pronto reuní en los desiertos -lugares donde se hallaba mi infeliz amiga gran número de víveres y no -pocas personas caritativas. - -La primera en quien probamos nuestros recursos fue Siseta, que tardó -mucho en recobrar su acuerdo, inspirándome serias inquietudes; pero -al fin me reconoció, y vencida su repugnancia a tomar los alimentos -que le ofrecíamos, convenciéndose al fin de que no le dábamos animales -inmundos ni horribles manjares, entró en un período de fortalecimiento -que indicaba enérgica disposición de la naturaleza a recobrar su -primitivo equilibrio y asiento. Badoret cobró sus fuerzas con más -rapidez, y a la media hora ya hablaba como una taravilla arengando a -sus amigos. Para algunos de estos llegó tarde el remedio, y no nos -dieron más trabajo que entregar sus cuerpos a las pobres madres que a -recogerlos venían después de buscarlos inútilmente por toda la ciudad. - ---Hermana Siseta ha despertado al fin --me dijo Badoret, tragándose -medio pan--. Yo pensé que íbamos a quedarnos aquí para que se regalaran -con nuestro pellejo Napoleón, _Sancir_, _Agujerón_ y los demás que -andaban por acá. No estamos todos vivos, Andrés, porque Pauet no -resuella, y Sisó, que estaba tan rabioso contra los _cerdos_, se -ha quedado tieso en la biblioteca con medio libro en el cuerpo y -otro medio en la mano. Así quisiera yo ver al condenado de D. Pablo -Nomdedeu, que quiso hacer con nosotros un guisote. Ya estamos libres de -caer al fondo de la cazuela con sal y agua, y eso de que la señorita -Josefina se le almuerce a uno, no tiene gracia... Los _marranos_ están -ya dentro de Gerona... ¡Vaya... y decían que D. Mariano no les dejaría -entrar! Si es lo que yo digo... mucha facha, mucho boquear, y después -nada. - ---No desatines, y cuéntame por qué trajísteis aquí a tu hermana. - ---Pregúntaselo a D. Pablo y a la señora Sumta. Nosotros le llevamos -a hermana Siseta siete reales que habíamos ganado. Hermana Siseta -estaba llorando, con Gasparó en brazos. Un caballero entró en la casa, -y con malos modos mandó que enterrásemos al niño. Entonces hermana -Siseta le dio muchos besos, y yo le cargué para llevarle a la fosa; -pero me daba lástima y estuve con él a cuestas todo el día, hasta que -al fin... Manalet echaba la tierra y yo la apretaba con las manos -para que quedase bien. Pero luego quisimos volverle a ver, sacamos la -tierra... ¡Ay! Andresillo: después la tornamos a echar y ya no le vimos -más... Al volver a casa, D. Pablo entró suspirando y dando gemidos, y -dijo que traía todos los huesos rotos. Después pidió algo de comer a -la señora Sumta, y la señora Sumta se puso también a echar suspiros y -regüeldos. La señorita Josefina, tendida en el suelo, se chupaba los -dedos; D. Pablo empezó a gritar llamando al santo acá y al santo allá, -y luego a todos nos daba con la punta del pie, diciendo: «Levantaos -y salid a buscar algo para mi hija.» Después del entierro, habíamos -comprado con los siete reales un pan negro y duro, y se lo dimos a mi -hermana. ¡Si vieras qué ojos le echó D. Pablo! Siseta es más tonta... -¿creerás que no quiso el pan, y mandó que se lo diéramos a la señorita -Josefina? Pero yo dije: «Sí, para ella está», y dando la mitad a -Manalet empezamos a comérnoslo. La señora Sumta, saltando encima de mí, -me quitó mi parte; pero Manalet se comió toda la suya de un tragón, -atacándosela con los dedos para que le pasara por el gañote. Entonces, -amigo Andrés, el Sr. Nomdedeu fue arriba, y bajando al poco rato con -un gran cuchillo, nos dijo: «Diablillos desvergonzados, puesto que no -servís más que de estorbo, os comeremos.» Yo me reí, y Manalet se puso -a temblar y a llorar; pero yo le decía: «No seas burro; primero nos le -comeríamos nosotros a él, si tuviera algo más que huesos. La señora -Sumta sí que está gordita.» Cuando la vieja oyó esto me amenazó con -el puño, y Don Pablo volvió a decir... «Sí: nos los comeremos, ¿por -qué no?...» Después la señorita Josefina se abrazó a su padre, y este -se puso a llorar soltando lagrimones como balas, y luego la arrullaba -en sus brazos como a un chiquillo. ¡Pobre D. Pablo! De veras me daba -lástima... Arrullando a su hija le cantaba como a los niños, y después -decía: «Señora Sumta, traiga usted una taza de caldo.» Al oír esto, no -podía menos de reírme, y dije: «Pues ya que va a la cocina la señora -Sumta, tráigame a mí un par de perdices, porque estoy desganado, y no -quiero más.» Los dos se pusieron furiosos; pero el médico parecía loco, -y todo se le volvía gritar: «Señora Sumta, traiga usted caldo para mi -hija; tráigalo pronto, o la mato a usted...» ¡Si le hubieras visto, -Andrés! Echaba chispas por los ojos, y con los pelos amarillos tiesos -sobre el casco, parecía nada menos que un demonio... En esto pasaron -mis amigos por la calle, llamáronme, yo salí con ellos, y al poco rato, -cuando iba por la calle de Ciudadanos, veo venir a Manalet corriendo -y llorando, que decía: «Hermano Badoret, ven pronto, que D. Pablo -nos quiere matar a todos.» Chico, eché a correr con todos mis amigos -hacia casa. ¿Has visto un gato rabioso cómo tira la zarpa, enseña los -dientes, bufa y salta? Pues así estaba D. Pablo. Dejando a su hija -en el suelo, venía hacia nosotros, nos amenazaba con el cuchillo, -golpeaba con el pie a mi hermana, luego parecía querer matarse a él -mismo, y a todo esto gritaba: «¡Quiero acabar con el género humano!...» -Esto lo dijo muchas, muchísimas veces. Mis amigos estaban muertos de -miedo, y yo cogí unas tenazas para tirárselas a la cabeza. Pero no me -dio tiempo, porque sin soltar su cuchillo salió a la calle, gritando -siempre que iba a acabar con todo el género humano, y entonces Manalet -dijo: «Vámonos de aquí, y llevémonos a Siseta.» Dicho y hecho: éramos -doce; entre los más grandes cargamos a mi hermana, que estaba como un -cuerpo muerto, sin mover brazo ni pierna, y la llevamos a la casa del -canónigo; Manalet, lleno de miedo, iba delante chillando: «A prisa, -a prisa, que viene otra vez con el cuchillo...» ¡Ay! Amigo Andrés, -cuando nos vimos en esta casa, respiramos. Luego, porque la pobrecita -no estuviera sobre la baldosa del patio, la subimos a este aposento con -grandísimo trabajo, poniéndola en la cama donde la ves. La llamamos, y -no nos respondía. Entonces nos ocurrió que debíamos buscarle algo que -comer; pero no hallábamos salida más que por los tejados, y antes nos -asparían que pasar otra vez a nuestra casa. Aquí de los apuros, chico: -llegó la noche y nos moríamos de hambre. Pauet y Sisó anduvieron por -los techos comiéndose las yerbas y el musgo que nacen entre las tejas. -Yo bajé a la bodega... ni rastro de Napoleón. Se han ido todos al -otro lado del Oñar, corriéndose hacia el campo enemigo... Pues como -te iba contando, vino después de la noche el día, y después del día -otra noche, y luego amaneció el día de hoy y nosotros sin comer. Se -me olvidaba contarte que oímos caer la bomba en nuestra casa, y yo -dije: «Ahí me las den todas. Si ha cogido a Nomdedeu, bien empleado le -está por bruto...» Amigo, desde el tejado nos asomábamos a los patios -de todas las casas de por aquí; llamábamos a la gente para que nos -socorriera; pero no nos hacían caso. Verdad es que muchos de los que -veíamos abajo estaban muertos. Mis amigos se acobardaron ¡pobrecitos! -como unos gallinas, y Sisó dijo que se iba a comer una de sus manos. Yo -les llevé a la biblioteca, dándoles permiso para que sacaran el vientre -de mal año con los libros, y así fueron tirando algunos. ¡Qué día, -qué noche, Andrés! Mi hermana no nos respondía cuando la llamábamos, -y Manalet me dijo: «Hermano, yo me voy a tirar del tejado a la calle -para traer algo de comida a Siseta...» Estuvimos mirando las rejas -y los balcones para ver si podía saltar, y, por fin, Manalet se fue -escurriendo, no sé cómo, sentando los pies en los clavos, y las manos -en las rejas, y bajó a la calle por junto a la plaza. Yo bajé también -por donde me viste, y con esto te digo todo, porque ya no hay nada más -que contar. - ---Bien, Badoret; veo que acertaste en trasladar aquí a tu hermana, -pues aunque no me parezca cierto, como dijiste, que D. Pablo quisiera -merendarse a tu familia, ese es un hombre a quien la desgracia de su -hija exalta y enfurece, y capaz es de cometer cualquier atrocidad. -Ahora, gracias a Dios, estamos libres de tales horrores, porque el -sitio ha concluido, y hay en Gerona víveres abundantes. - -Al caer de la tarde, Siseta, sus dos hermanos y los camaradas de estos -que habían escapado a la muerte, no ofrecían cuidado. Al día siguiente -trasladé a mis amiguitos a una casa de la calle de la Barca, donde nos -dieron asilo. - - - - -XXIII - - -Yo no tardé en reponerme, y transcurridos pocos días me presenté a mi -amo D. Francisco Satué, quien me dio una malísima noticia. - ---Disponte para el viaje --me dijo, dándome uniforme, tahalí y espada, -para que en todo ello comenzase a ejercitar mis altas funciones. - ---¿Pues a dónde vamos, mi capitán? - ---A Francia, bruto --me respondió con su habitual rudeza--. ¿No sabes -que somos prisioneros de guerra? ¿Crees que nos dejan aquí para muestra? - ---Señor, yo creí que nadie se metería ya con nosotros. - ---Estamos en Gerona como enfermos; pero quieren que vayamos a -convalecer a Perpiñán. Nos detienen tan solo porque el Gobernador no -se halla en situación de poder ser llevado en un carro de municiones. - ---¡Ojalá no lo estuviera en cien meses! - ---Bárbaro, ¿qué dices? --gritó amenazándome. - ---No, mi capitán; no es que yo desee otra cosa que la salud de nuestro -queridísimo Gobernador D. Mariano Álvarez de Castro; pero eso de -llevarle a uno a Perpiñán es casi tan malo como lo que hemos pasado. -Pero pues así lo mandan los que pueden más que nosotros, sea, y por -mí no ha de quedar. No a Perpiñán, sino al fin del mundo iré con mis -jefes, mayormente si llevamos entre nosotros al gran gobernador. - -Yo hablaba así, echándomelas de bravo; pero en realidad sentía profunda -pena al caer en la cuenta de que era un prisionero de guerra, de cuya -libertad y residencia los franceses disponían a su antojo. ¡Desgraciado -el que en la guerra pone su afición en lugares y personas que no han -de poder seguir tras él en los frecuentes e inesperados viajes a que -impulsan la victoria o la desdicha! - -Cuando volví al lado de Siseta, casi derramando lágrimas me expresé así: - ---Prenda mía, ¿ves cuán desgraciado soy?... Ahora me llevan a Francia -como prisionero de guerra, con todos los demás militares que estamos -aquí, desde D. Mariano hasta el último ranchero. ¡Si te pudiera llevar -conmigo, Siseta!... Pero mi capitán, el Sr. D. Francisco Satué, es el -primer perseguidor de muchachas que hay en toda Cataluña, y le tengo -miedo. Ahora me ocurre, Siseta, que mientras yo tomo el camino de esa -condenada Francia, a quien vería de buena gana comida de lobos, tú con -tus dos hermanos debes marcharte a la Almunia de Doña Godina, donde -está mi madre, y esperarme allí, cuidándome las haciendas, hasta que me -suelten, o Dios disponga de la vida de este pecador. - -Siseta me contestó dándome esperanza, y asegurando que convenía -aguardar con serenidad el cumplimiento de nuestro destino, sin -desconfiar de la bienhechora Providencia. Convinimos al fin en que no -era una gran desventura que yo fuese a Francia, y por su parte halló -muy prudente refugiarse en la Almunia, mientras yo volvía. La verdadera -dificultad era la absoluta carencia de medios para vivir dentro de -Gerona, lo mismo que para ausentarse. Éramos pobres hasta el último -grado, y después de pasar tantos y tan penosos trabajos, Siseta y sus -hermanos estaban destinados a sostenerse de la caridad pública. Pero -Dios no abandona a las criaturas desvalidas, y he aquí cómo vino en -nuestra ayuda por inesperados caminos. ¿De qué manera? ¿Cuándo? Esto, -los mismos acontecimientos que voy contando os lo dirán. - -Pero déjenme acudir a casa del Sr. D. Pablo Nomdedeu, de cuya salud -me han dado muy malas noticias al volver de casa del talabartero, a -donde llevé el tahalí de mi amo para que le echase una pieza. Déjenme -ir allá, que a pesar de las cuestiones desagradables que tuvimos, no -deja de ser el Sr. D. Pablo un entrañable amigo mío, a quien quiero de -todas veras. Lo malo es que no puedo ir tan pronto como deseara, porque -en la calle de Cort-Real, la mucha gente que allí se junta en animados -corrillos, me detiene el paso. ¿Qué ocurre? ¿Tenemos un cuarto sitio? -No es nada: parece que los franceses, cansados de haber cumplido hasta -ayer de mala gana las principales cláusulas de la capitulación, han -acordado solemnemente romperlas. Así me lo dijo el Padre Rull, a quien -vi muy sofocado entre el gentío, refiriendo con énfasis declamatorio -los pormenores del suceso. - ---Esto es una desvergüenza --decía--, y un Emperador que tales cosas -hace es un pillo... nada, un pillo. ¿Qué me importa que oigan los -franceses? No bajaré la voz, no, señores. Lo dicho, dicho. En la -capitulación se acordó que los regulares serían respetados, y ahora -salimos con que nos llevan a Francia. ¿Pues qué, las órdenes son cosas -de juego? ¿Somos chicos de escuela, para que hoy se nos diga una cosa y -mañana otra? - ---También yo voy a Francia, Padre Rull --le dije--, y consolémonos uno -con otro, que frailes y soldados hacen buena miga, y la carga se lleva -mejor en dos hombros que en uno. - ---Nada, hijos míos: iremos a donde nos lleven, y soportaremos sus -crueldades con paciencia, como nos lo manda Nuestro Señor Jesucristo. -Si así lo habéis querido vosotros, ¿qué se ha de hacer? Ved aquí las -consecuencias de capitular cuando todavía podía haberse tirado una -temporadita más, comiendo lo que había. A Francia, pues, y fíese -usted de palabras de _cerdos_. Nosotros confiábamos ingenuamente en -el cumplimiento de lo pactado, cuando vierais aquí que esta mañana se -presenta en la santa casa un oficialejo, el cual, con voces torpes y -destempladas, dijo que nos preparásemos para tomar mañana el caminito -de Francia, porque S. M. el Emperador lo había dispuesto así desde -París. Por lo visto, nos temen tanto como a los soldados. Y díganme -ustedes ahora: ¿qué va a ser de Gerona sin frailes? - -Cada uno contestaba al Padre Rull según sus ideas, cuál con enojo, cuál -festivamente; pero al fin todos los que le oíamos convinimos en que -lo del viaje era una grandísima picardía de S. M. el Emperador de los -franceses. Cuando me retiré de allí, quedaba el buen fraile sermoneando -a sus amigos sobre la preeminencia que siempre alcanzaron las órdenes -religiosas en los tratados de las naciones. - -Llegué a casa del Sr. Nomdedeu, y desde mi entrada conocí que la salud -del buen médico no debía de ser buena, por las señales de consternación -que noté en el semblante de Josefina lo mismo que en el de la señora -Sumta. Esta me dijo: - ---Andresillo, no hables al amo de Siseta ni de los chicos; porque -siempre que se le nombran, le da como un desmayo. - -Josefina me preguntó por los míos, y al instante le comuniqué con la -alegría de mis ojos el infeliz encuentro de mi novia y sus hermanos. - ---Todos se salvan, menos mi buen padre --dijo tristemente la joven. - -Al instante entré a ver al enfermo, quien me recibió con su habitual -bondad. Junto a su lecho estaba un hombre en quien reconocí a uno de -los escribanos de Gerona. - -Indudablemente D. Pablo iba a hacer testamento. Su aspecto y figura no -podían ser más tristes; al punto se echaba de ver que aquella lámpara -tenía ya muy poco aceite. La postrimera luz brillaba, sí, como próxima -a extinguirse, con viva claridad, y la irregular llama, tan pronto -grande como chica, espantaba con sus oscilaciones deslumbradoras. Unas -veces el espíritu del buen doctor se empequeñecía con extraordinario -aplanamiento; otras se agrandaba, tomando proporciones superiores a las -de la vida común; y con este variar angustioso, síntoma de todo fuego -que se apaga luchando entre la combustión y la muerte, la lengua del -médico pasaba de un mutismo invencible a una locuacidad mareante. - -Cuando entré, respondió a mis preguntas con monosílabos, que -salían difícilmente de su sofocado pecho; pero al poco rato se fue -despabilando, y a ninguno de los presentes nos dejaba meter baza: él se -lo decía todo sin mostrarse cansado. - ---¿Conque aseguras tú que no moriré? Ilusión, amigo mío; ilusión de tu -buen deseo. Dios me ha leído ya la sentencia, y en esto no hay ni puede -haber duda alguna. Yo cumplí mi misión; ahora estoy de más. - ---¡Señor, anímese con mil demonios! --exclamé fingiendo -entusiasmarme--. Pues qué, ¿ahora que Gerona está libre de hambres y -muertes, se ha de ir el hombre mejor de toda la ciudad? Levántese de -esa cama vamos por ahí a ver las murallas rotas, los fuertes deshechos, -las casas arruinadas, testigos de tanto heroísmo. Fuera pereza. Eso no -es más que pereza, D. Pablo. - ---Pereza es, sí; pero la pereza última y definitiva, la del viajero -que, habiendo andado toda la jornada, se arroja sin aliento en el -camino, convencido que no puede más. Pereza es, sí, la mejor de todas, -porque lleva al más dulce, al más placentero de los sueños: la muerte. -¡Ay, qué postrado me siento! Pues qué, ¿era posible que después de tan -colosales esfuerzos en lo físico y en lo moral, siguiese yo viviendo? -No una vida como la mía, sino cien robustas y vigorosas habríanse -consumido en esta lucha con la naturaleza que yo sostuve durante tanto -tiempo; porque decirte, Andrés, el sinnúmero de dificultades que -vencí, sería el cuento de nunca acabar. Baste referirte que, en pocos -días, busqué, fomenté y desarrollé en mí cualidades que no tenía; en -pocos días, transformado hasta lo sumo, encontreme con sentimientos y -pasiones que antes no tenía, y todo fue como si una serie de hombres -diversos se desarrollaran dentro de mí propio. Yo estoy asombrado de -lo que hice, y ahora comprendo qué inmenso tesoro de recursos tiene -el hombre en sí, si sabe explotarlo. Al fin, Andrés, mi pobre hija -alargó sus días hasta el fin del cerco, y cuando los sanos y robustos -sucumbieron, ella, enferma y endeble, se ha salvado. He aquí premiados -dignamente mi amorosa solicitud y mis colosales esfuerzos. Esta -tierna niña, que es todo mi amor, está hoy delante de mí alegrando mi -vista y mi alma con el color de sus mejillas. Basta este espectáculo -a consolarme de todas mis penas, y si me entristece la muerte es -porque mi hija y yo nos separamos ahora. Dios lo permite así, porque -ya ella no necesita de mis constantes cuidados, y la savia vital que -milagrosamente ha adquirido le dará bríos para subsistir por sí sola, -sin el apoyo de estas manos fatigadas, que reclama la tierra, ansiosa -de carne. - ---Sr. D. Pablo --le dije dominando mi melancolía--, deseche usted esos -tristes pensamientos, que son la primera y única causa de su mal; mande -a la señora Sumta que traiga y aderece un par de chuletas, que ya las -hay buenas en Gerona, sin ser de gato ni de ratón, y cómaselas en paz -y en gracia de Dios, con lo cual, o mucho me engaño, o no habrá muerte -que le entre en largos años. - ---Esto no va con chuletas, amigo Andrés. Mi cuerpo rechaza todo -alimento, y no quiere más que morirse. Está echando a voces el alma, -increpándola para que se vaya fuera de una vez. - ---Más consumidos y extenuados estaban otros, y sin embargo han vivido, -y por ahí andan hechos unos robles. Y si no, ahí tenemos el ejemplo de -Siseta, a quien dimos todos por muerta, y viva y sana está, gracias a -Dios. - ---¿Vive Siseta? --preguntó Nomdedeu con profundo interés y cierta -exaltación que no pudo disimular. - ---Sí, señor: tan viva está como sus dos hermanos. - ---¿Estás seguro de ello? - ---Segurísimo. - ---¿Y no tiene heridas en su cuerpo gentil, ni golpes en su cabeza, -ni rasguños en su piel, ni le falta brazo, pierna, dedo u otra parte -alguna de su estimable persona? - ---No, señor: nada le falta --repuse jovialmente--, o al menos no tengo -yo noticia de ello. - ---¿Y los muchachos, aquellos juguetones y traviesos rapaces, están -vivos y sanos? - ---También, señor doctor, y todos muy deseosos de venir a ofrecer a -usted sus respetos con la cortesía que les es propia, saltando y -chillando. - ---¡Oh, loado sea Dios! --exclamó con cierto arrobamiento contemplativo -el infortunado doctor. - -Dicho esto, permaneció un rato meditando u orando, que ambas funciones -podían deducirse de su recogida y silenciosa actitud, y luego, -reposadamente, me habló así: - ---Me has proporcionado indecible consuelo al darme noticias tan -lisonjeras de la familia del Sr. Mongat, porque me atormentaba la -sospecha y recelo, la terrible certidumbre de que yo había ocasionado -un gran mal a esos muchachos y a su bondadosa hermanita, cuando después -del lamentable accidente del pedazo de azúcar, entré en casa de Siseta. -Mi hija iba a morir de inanición. Yo pedía a la señora Sumta que nos -diera algo que comer, y la señora Sumta no nos daba nada. Yo pedía -a Dios que enviase algo del cielo, y Dios tampoco quería enviarme -nada. Siseta estaba allí; sus hermanos entraron haciendo ruido, y la -insolente vitalidad que revelaban sus ágiles cuerpos despertó en mi -alma un sentimiento que no te podré pintar, aunque por espacio de -cien años te hable y agote todos los recursos de todas las lenguas -conocidas. No: aquel sentimiento es una anomalía horrorosa en el ser -humano, y solo es posible que exista durante cortísimos intervalos -en días que muy rara vez contará el tiempo en su infinita marcha. Yo -miraba a los chicos, yo miraba a su hermana, y sentía un insaciable y -sofocante anhelo de hacerlos desaparecer de entre los seres vivientes. -¿Por qué, amigo mío? Esto sí que no sabré decírtelo, porque yo mismo no -lo entiendo. No creas que conturbaba mi cerebro el repugnante instinto -de la antropofagia: no, no es nada de eso. Era un sentimiento del -linaje de la envidia, Andrés; pero mucho, muchísimo más fuerte: era -el egoísmo llevado al extremo de preferir la conservación propia a la -existencia de todo el resto de la humana familia; era una aspiración -brutal a aislarme en el centro del planeta devastado, arrojando a -todos los demás seres al abismo, para quedarme solo con mi hija; era -un vivísimo deseo de cortar todas las manos que quisieran asirse a la -tabla en que los dos flotábamos sobre las embravecidas olas. Pintar -todo lo que yo odié en aquel momento a los dos hermanos y a la pobre -muchacha, sería más difícil que pintarte los horrores del infierno, -abrazando lo grande y lo pequeño, el conjunto y los pormenores de la -mansión donde el hombre impenitente expía sus culpas. Cada inhalación -de su aliento al respirar, me parecía un robo; cada átomo de aire que -entraba en sus pulmones, un tesoro arrancado al conjunto de elementos -vitales que yo quería reunir en torno mío y de mi hija. Los malditos -se repartían un pedazo de pan, un pedacito de pan, Andrés, amasado con -todo el trigo y con toda el agua de la creación, para mi regalo. En -aquella crisis del egoísmo, yo no comprendía que el universo, con sus -mil mundos, con sus inagotables recursos y prodigios, existiese para -nadie más que para Josefina y para mí. - -Detúvose el doctor fatigado, y yo, queriendo apartar de su mente ideas -que le hacían más daño que el mal físico, le dije: - ---Mande usted a paseo, Sr. D. Pablo, esas vanas imaginaciones que le -están secando el cerebro. Siseta y sus hermanos están buenos, amigo, y -yo le aseguro a usted que no se los ha comido. ¿A qué pensar más en eso? - ---Calla, Andrés, y déjame seguir --dijo reposadamente--. No son vanas -imaginaciones lo que cuento, pues lo que yo sentía real existencia -tenía dentro de mí. Me falta decirte que reconocí la horrible -metamorfosis de mi espíritu, pues no puedo darle otro nombre, y me -decía: «No, yo no soy yo. Dios mío, ¿por qué has consentido que yo -sea otro?» Efectivamente, yo no era yo. ¡Qué horrorosas lobregueces -rodeaban los ojos de mi espíritu, así como los de mi cuerpo!... -Aquellos condenados chicos estaban comiendo, Andrés; llevaban a la -boca unos pedazos de pan, y delante de mí tenían la audacia de ofrecer -una parte a su hermana. ¡Cómo quieres tú que esto viera impasiblemente -quien dentro tenía, difundidos por su sangre y haciendo cabriolas en -las sutiles cuerdas de sus nervios, los millares de demonios que yo -llevaba conmigo! Al ver cómo mordían con sus insolentes dientecillos; -al verles tragar con tanta desvergüenza, duplicose en mí el furor -contra ellos y les increpé, diciéndoles no estar dispuesto a consentir -que nadie viviese delante de mí. Andrés, amigo; Andrés de mi corazón, -yo tomé un cuchillo y lo esgrimía, como quien intenta matar moscas a -estocadas; corría hacia ellos, corría hacia Siseta y la señora Sumta; -pero en mi salvaje insensatez no me faltaba un pensamiento humano que -me detuviese en los arranques brutales de aquel desbordado apetito de -matar. Los chicos, que de improviso salieron, regresaron con otros -de su edad, y sus chillidos y provocativas risas me enardecieron -más. Desde entonces mis ojos nublados no vieron más que sangrientos -objetos; entrome un delirio salvaje, durante el cual sentía detestable -complacencia en herir acaso en el vacío, descargando golpes a todos -lados contra cuerpos que me rodeaban y azuzaban sin cesar. Creo que -después de dar vueltas por la casa, salí a la calle, y mi brazo -vengativo iba destruyendo en imaginarios cuerpos a toda la familia -humana. Hablaba mil inconexos desatinos; contemplaba con gozo a los -que creía mis víctimas; buscaba la soledad, insultando a cuantos -se me ofrecían al paso; pero la soledad no llegaba nunca, pues de -cada víctima surgían nuevos cuerpos vivos que me disputaban el aire -respirable, la luz y cuantos tesoros de vida hermosean y enriquecen -el vasto mundo... No sé qué habría sido de mí si unos frailes no me -hubieran sujetado en la calle de Ciudadanos, llevándome a cuestas largo -trecho. ¡Ay, amigo mío! En mi cerebro, que era una masa de bullidoras -burbujas, cual si hirviera puesto al fuego, retumbaron estas palabras: -«Es lástima que el Sr. Nomdedeu se haya vuelto loco.» Y al recoger -esta idea, mi alma pareció disponerse a recobrar su perdido asiento. -Luego los frailes dijeron: «Démosle un poco de estas lonjas de cuero -de sillón que hemos cocido, a ver si se repone...» Les pregunté por mi -hija, y respondiéronme que no tenían noticia de las hijas de nadie. -Encontreme con un poco de fuerza regular, no exaltada y anómala como -la que me había impulsado a tantos disparates, y quise marchar a mi -casa... Caí al suelo... perdí el cuchillo... una monja me ofreció su -brazo y llegué a mi casa. Ni Siseta, ni sus hermanos, ni Josefina, ni -la señora Sumta estaban ya allí. Las monjas me dieron un poco de corcho -frito, que no pude comer, y les pregunté por mi hija. Todo lo que había -pasado se me presentó como los recuerdos de un sueño; pero aunque -adquirí el convencimiento de no haber extinguido todo el linaje de los -nacidos, no estaba seguro de la invulnerabilidad de mis ciegos golpes. -«Yo he matado algo,» me dije para mí; y esta idea me causaba hondísima -pena. Me reconocía como yo mismo exclamando: «Pablo Nomdedeu, ¿fuiste -tú quien tal hizo?» - ---Basta ya, amigo mío --dije interrumpiéndole, al advertir que los -recuerdos de sus locuras empeoraban al buen doctor--. Más adelante -nos contará usted tan curiosas novedades. Ahora procure descabezar un -sueño, entre tanto que la señora Sumta adereza las chuletas consabidas. - ---Calla, Andrés, y no quieras gobernar en mí --repuso--. Yo dormiré -cuando lo tenga por conveniente. Déjame concluir, que ya no falta -mucho. Los enfermeros del hospital fueron los que me proporcionaron -algún alimento que se podía comer, con lo cual me encontré -relativamente bien, y pude salir en busca de mi hija. Ya sabes cómo la -encontré al fin, y lo que le aconteció. Por mi parte, hijo, yo mismo, -después de la horrorosa crisis que había pasado, me espantaba de verme -asistiendo enfermos que sin duda lo estaban menos que yo, y heridos que -no tenían llagas tan terribles en su cuerpo como la que yo tenía en el -alma. ¡Ay, Andrés! Nomdedeu estaba herido de muerte. Las penas sufridas -con tanta paciencia desde mayo, me han labrado este profundo mal que -ahora siento y que me llevará dentro de poco al seno de Dios. Me admiro -de haber resistido tanto, y digo que tuve fuerza de cien hombres. No, -uno solo es incapaz de tanto. D. Mariano Álvarez tenía para resistir -el estímulo de la gloria y del agradecimiento patrio; yo no he tenido -ante mí sino espectáculos lastimosos y un porvenir oscuro. El esfuerzo -ha sido grande; la tensión, inmensa: por eso la cuerda se ha roto, y me -voy, me voy, hija mía, Andrés, señora Sumta y demás presentes. Bastante -he hecho. El que crea haber hecho más, que levante el dedo. - -Josefina y la señora Sumta lloraban, y yo, cuando el enfermo calló, -procuraba consolarle con tiernas palabras. Poco más tarde fueron a -verle Siseta y sus hermanos, con cuya visita pareció muy complacido el -enfermo, y a todos prodigó cariños y congratulaciones, obsequiándoles -con una excelente comida. Después se durmió, y al caer de la noche, -hora en que por encargo suyo volvió el escribano acompañado de tres -personas de la intimidad de D. Pablo, este nos llamó a todos diciendo -que iba a dictar su testamento, el cual hizo en regla, nombrando por -heredera de casi todos sus bienes a su hija Josefina, con una cláusula, -sobre la cual debo llamar a ustedes la atención, para que conozcan la -generosidad de aquel ejemplar sujeto. Además de que el doctor dejaba -a Siseta y sus hermanos los veinticuatro alcornoques que tenía en la -parte de Olot, dispuso que en caso de morir sin sucesión la señorita -Josefina, pasase el total de los bienes a Siseta y sus hermanos, -recomendando a aquella y a esta que viviesen juntas para perpetuar la -amistad y buenos servicios de que la infeliz enferma había sido objeto -por parte de los míos durante el sitio. La fortuna del doctor era -harto exigua, pues la finca de Castellá, devastada por los franceses, -valía bien poco, y lo demás consistía en diversos grupos de alcornoques -diseminados por la comarca ampurdanesa y en sitios a los cuales los -herederos no se aventurarían a emprender viaje por saber el corcho -de que eran dueños. También a mí y a la señora Sumta nos dejó varias -mandas, aunque la mía más era honorífica que de provecho, por consistir -en el Diario de las peripecias del sitio, redactado de puño y letra por -el mismo doctor. El ama de gobierno pescó todos los muebles y ropas que -de la casa pudieron salvarse. - -Luego que el testamento fue hecho, administraron al enfermo el Santo -Viático, y cumplida esta ceremonia, quedose Nomdedeu muy postrado, -hablando poco y con dificultad, mirándonos a ratos con estúpido -asombro y cerrando después los ojos para entregarse a un inquieto -sueño. Exceptuando Manalet, que se durmió en el suelo, todos velamos, -dispuestos a asistirle con la mayor solicitud y esmero; pero el infeliz -D. Pablo no necesitó largo tiempo de nuestra asistencia. Cerca de la -madrugada abrió los ojos, llamó a su hija, y abrazándola tiernamente, -le habló así: - ---¿Te quedas tú, hija mía? ¿Te quedas aquí cuando yo me voy? ¿De modo -que no te veré más? Entonces toda la eternidad será infierno para -mí... Josefina, ven, sígueme, ponte el manto, que nos vamos. Mi hija -no se apartará de mí ni un solo momento... Después de pasar juntos -las grandes penas, ¿hemos de separarnos cuando todo ha concluido? No, -Josefina. Vámonos juntos, o nos quedaremos aquí, en Castellá. Paseemos -por nuestra huerta viendo cómo van saliendo los pepinos, y no nos -cuidemos de lo que pasa en Gerona. Mira qué tomates, hija, y observa -cómo van tomando color esos pimientos... ¿Ves? Por ahí viene la señora -Pintada pavoneándose con sus diez y ocho pollos: entre ellos hay seis -patitos, que son los más guapos, los más salados y los más monos de -todos. Llegan al estanque, y sin que la madre pueda impedirlo con -cacareadas amonestaciones... ¡zas! al agua todos. Mira cómo se asusta -la señora Pintada y los llama. Pero ellos... sí, que si quieres... -Hija mía, los perales no pueden con más peras: algunas están maduras. -¿Pues y los melocotones? Me parece que la cabra ha mordido en las -matas de estas remolachas... ¡pero quia! ¡si es Dioscórides, el burro -de nostramo Mansió! Míralo, allí está haciendo de las suyas. ¡Eh, -fuera! Le llamo Dioscórides por lo grave y sesudo. El gran sabio de -la antigüedad me perdone... ¿Has visto las palomas, Josefina? Veamos -si anoche se han comido las ratas algunos huevos de los que aquellas -están sacando... ¡Eh, nostramo Mansió, que Dioscórides se come la -huerta! Amárrelo usted... El pobre hortelano no me oye... ¿Qué ha de -oír si está limpiándole las babas a su nieta? Ven acá, Pauleta: toma -la mano de Josefina, y vamos a ordeñar la vaca. ¡Qué hermoso está el -ternerillo! No acercarse mucho, que el otro día dio una cornada a -nostramo... A ver, Josefina: trae el cántaro. Mansió dice que yo no -sé hacer esta maniobra, y yo le desafío a él y a todos los nostramos -de la comarca a que hagan mejor que yo esta operación del ordeñar. No -temas, Esmeralda, no te hago daño: pisch, pisch... Esta atmósfera del -establo te sienta muy bien, hija, y a mí me agrada en extremo... Ya -viene tranquila, dulce, grave, amorosa y callada la incomparable noche, -en cuyo seno tan bien reposa mi alma. ¿Oyes las ranas, que empiezan -a saludarse diciéndose: _¿Cómo estáis? Bien, ¿y vos?_ ¿Oyes los -grillos disputando esta noche sobre el mismo tema de anoche? ¿Oyes el -misterioso disílabo del cuco, que parece la imagen musical más perfecta -de la serenidad del espíritu? Ya vienen los labradores del trabajo. -¡Con qué gusto alargan los bueyes su hocico adivinando la proximidad -del establo! Oye los cantos de esos gañanes y de esos chicos, que -vuelven hambrientos a la cabaña. Ahí los tienes. Mira cómo rodean a -la abuela, que ya ha puesto el puchero a la lumbre. El humo de los -techos, formando esbeltas columnas sobre el cielo azul, discurre luego, -y vaporosamente se extiende a impulsos del suave viento que viene -de la montaña a jugar en las copas de estos verdes olmos, de estas -oscuras encinas, de estos lánguidos sauces, de estos flacos chopos, -cuyas charoladas hojas brillan con las últimas luces de la tarde... La -oscuridad avanza poco a poco, y el cielo profundo ofrece sobre nuestras -cabezas un tranquilo mar al revés, por cuyo diáfano cristal en vano -tratamos de lanzar la vista para distinguir el fondo. ¡Oh! quedémonos -aquí, hija mía, y no nos separemos ni salgamos más de este lugar -delicioso. Todo está tranquilo: los cencerros de las ovejas suenan con -grave música a lo lejos; el cuco, el grillo y la rana no han acabado -aún de poner en claro la cuestión que les tiene tan declamadores. El -viento cesa también, cierra los ojos, extiende los brazos y se duerme. -Ya no humean los techos; Esmeralda se echa sobre la fresca yerba, -y su hijo, abrigándose junto a ella, hociquea buscando en el seno -materno lo que nosotros hemos dejado. Nostramo Mansió duerme también, y -Dioscórides, escondiendo el ojo brillante bajo la negra ceja, sumerge -el cerebro en profundo sopor. Las palomas han dejado de arrullarse, -los conejos se esconden en sus guaridas, meten los pájaros bajo el ala -la inteligente cabeza, y la señora Pintada se retira pausadamente al -corral con sus diez y ocho hijos, incluso los patos, que van dejando -en el suelo la huella de sus palmas mojadas. El mundo reposa, hija; -reposemos nosotros también. El cielo está oscuro. Todo está oscuro y -no se ve nada. Mi espíritu y el tuyo anhelaban ha tiempo esta profunda -tranquilidad por nadie ni por nada turbada. Reposemos; no hay sol ni -luna en el cielo, y solo el lucero nos envía una luz que viene recta -hasta nosotros como un hilo de plata. Míralo, Josefina, y descansa tu -frente en mi hombro. Yo reposaré mi cabeza sobre la tuya, y así nos -dormiremos apoyados el uno en el otro. Todo ha callado y no se ve más -que el lucero... ¿Lo ves? - -Después de esto, nada más dijo en este mundo el Sr. Nomdedeu. - -Algún tiempo después de espirar, nos costó gran trabajo desasir de los -brazos helados del doctor a su desconsolada hija, cuyo estado era tan -lastimoso que daba ocasión a augurar una segunda catástrofe. - - - - -XXIV - - -Adiós, señores; me voy a Francia, me llevan. Los sucesos que he -referido habíanme hecho olvidar que era prisionero de guerra, como los -demás defensores de la plaza, y era forzoso partir. Solamente en razón -de mi enfermedad me fue permitido, como a otros muchos, el permanecer -allí desde el 10 hasta el 21, de modo que con el mal acababa la dulce -libertad. - -Adiós, señores; me voy, adiós, pues tanta prisa me daba aquella -canalla, que no digo para despedirme de mis caros oyentes, pero ni aun -para abrazar a Siseta y sus hermanos me alcanzaba el breve tiempo de -que disponía. Notificada la marcha, nos señalaron hora, nos recogieron, -y haciéndonos formar en fila, camina que caminarás, a Francia. Los -castigos impuestos por contravenir el programa de circunspección -que nos habían recomendado, eran: la pena de muerte para el conato -de fuga; cincuenta palos por hablar mal de José Botellas, cantar el -_dígasme tú, Girona_, o nombrar a D. Mariano Álvarez. - ---Adiós, Siseta; adiós, Badoret y Manalet, cara esposa y hermanitos -míos. Cuidado con lo que os he advertido. El prisionero os escribirá -desde Francia, si antes no logra burlar la vigilancia de sus crueles -carceleros. Adiós. No os mováis de aquí, mientras yo no os lo mande, -ni penséis por ahora en tomar posesión de vuestros alcornoques, que -eso y mucho más se hará más adelante. Acompañad a la desgraciada hija -del gran D. Pablo, y alegrad sus tristes horas. Adiós: dad otro abrazo -a Andrés Marijuán, a quien llevan preso a Francia por haber defendido -la patria. Tengo confianza en Dios, y el corazón me dice que no he de -dejar los huesos en la tierra de los _cerdos_. Ánimo: no lloréis, que -el que ha escapado de las balas, también escapará de las prisiones, y, -sobre todo, no es de personas valerosas el lagrimear tanto por un viaje -de pocos días. Salud es lo que importa, que libertad... ella sola se -viene por sus pasos contados, sin que nadie lo pueda impedir. Adiós, -adiós. - -Así les hablaba yo al despedirme, y por cierto que carecía -completamente del ánimo y entereza que a los demás recomendaba, -faltándome poco para dar al traste con mi seriedad; pero convenía en -aquella ocasión blasonar de hombre de hierro. Mi gravedad era ficticia, -y no hay heroísmo más difícil que aquel que yo intentaba al despedirme -de Siseta y sus hermanos. La verdad es que tenía el corazón oprimido, -como si mano gigantesca me lo estrujara para sacarle todo su jugo. - -Siseta se quedó en la calle de la Neu, agobiada por profunda aflicción; -Badoret y Manalet me acompañaron hasta más allá de Pedret, y no fueron -más adelante porque se lo prohibí, temiendo que con la oscuridad -de la noche se extraviaran al regresar. Salimos, pues, en la noche -del 21. Delante iba, rodeado de gendarmes a caballo, el coche en -que llevaban a D. Mariano Álvarez; seguían los oficiales, entre los -cuales estaba mi amo; dos o tres asistentes completábamos el primer -grupo de la comitiva. Más atrás marchaba toda la clase de tropa, -soldados convalecientes de heridas o de epidemia en su mayor parte. La -procesión no podía ser más lúgubre, y el coche del Gobernador rodaba -despaciosamente. No se oía más que lengua francesa, que hablaban en voz -alta y alegre nuestros carceleros. Los españoles íbamos mudos y tristes. - -Hicimos alto en Sarriá, donde se nos agregaron los frailes que habían -salido antes que nosotros con el mismo destino, y con Sus Paternidades -a la cabeza nada faltó para que la comitiva pareciese un jubileo. Daba -lástima verlos, porque si entre ellos había jóvenes robustos y recios -que resistían el rigor de la penosa jornada, no faltaban ancianos -encorvados y débiles que apenas podían dar un paso. La gendarmería -les arreaba sin piedad, y lo más que se les concedió fue que alguno -de nosotros les ofreciera apoyo llevándoles del brazo. El Padre Rull -sofocaba su impetuosa cólera, y marchando delante de todos con -resuelto paso, revolvía sin duda en su mente proyectos de venganza. Los -legos, que cargaban repletas alforjas, repartían graciosamente en cada -descanso raciones de pan, queso, frutas secas y algún vino, de lo cual -algo se rodaba siempre hacia la parte seglar de la caravana, aunque no -mucho. Algunos gendarmes franceses, más humanos que sus jefes, también -nos ofrecían no poca parte de sus víveres. - -De este modo llegamos a Figueras a las tres de la tarde del 22, -y sin permitirle descanso alguno, fue el Gobernador enviado al -castillo de San Fernando. Frailes y soldados quedaron en el pueblo, -y solamente subimos con aquel los del servicio del propio General o -de sus ayudantes. Marchamos todos tras el coche, y al entrar en la -fortaleza, la debilidad de D. Mariano era tal, que tuvimos que sacarle -en brazos para transportarle de la misma manera al pabellón que le -habían destinado, el cual era un desnudo y destartalado cuartucho sin -muebles. Entró el héroe con resignación en aquella pieza, y echose -sin pronunciar queja alguna sobre las tablas, que a manera de cama le -destinaron. Los que tal veíamos, estábamos indignados, no comprendiendo -tan baja e innoble crueldad en militares hechos ya de antiguo a tratar -enemigos vencidos y rivales poderosos; pero callábamos por no irritar -más a los verdugos, que parecían disputarse cuál trataba peor a la -víctima. Luego que se instaló, trajeron al enfermo una repugnante -comida, igual al rancho de los soldados de la guarnición; pero -Álvarez, calenturiento, extenuado, moribundo, no quiso ni aun probarla. -De nada nos valió pedir para él alimentos de enfermo, pues nos -contestaron bruscamente que allí no había nada mejor, y que si durante -el cerco habíamos sido tan sobrios, comiésemos entonces lo que había. - -Con la resignación y entereza propias de su grande alma, resistió -Álvarez estas miserias y bajas venganzas de sus carceleros; y solo le -vimos inmutado cuando el Gobernador del castillo, que era un soldadote -de mediana graduación, brusco, fatuo y muy soplado, empezó a dirigirle -impertinentes preguntas. La insolencia de aquella canalla nos tenía -ciegos de ira, pues no solo el Gobernador de la plaza, sino oficialejos -de la última escala, se atrevían a hacer preguntas tontas e importunas -a nuestro héroe, que ni siquiera les hacía el honor de mirarles. - -Las preguntas eran, no solo contrarias a la cortesía, sino al espíritu -militar, pues en todas ellas se le pedía cuenta a nuestro jefe del -gran crimen de haber defendido hasta la desesperación la ciudad que el -Gobierno de su patria le había confiado. No parecían militares los que -con insultos y burlas groseras mortificaban al hombre de más temple -que en todo tiempo se pusiera delante de sus armas. Álvarez, siempre -caballero, aun en presencia de gente de tal ralea, les respondió -sencillamente: - ---«_Si ustedes son hombres de honor, hubieran hecho lo mismo en mi -lugar._» - -Tan sublime concepto no lo comprendían la mayor parte, y solamente -algunos oficiales distinguidos, penetrándose del indigno papel que -estaban haciendo, se apresuraron, después de la respuesta del General, -a poner fin al denigrante interrogatorio. - -Mi amo enviome al instante al pueblo en busca de carne para aderezar -la comida del enfermo, y gracias a mi prontitud y diligencia, pronto -pudimos servirle una comida mediana. Delante de los franceses, que nos -negaban todo auxilio, Satué puso el puchero, soplaba el fuego otro -oficial español, y convertidos todos en cocineros, nos disputábamos, -chicos y grandes, el honor de asistir al enfermo. Pasó bien la noche; -pero serían las dos de la madrugada, cuando con estrépito llamaron a -la puerta del pabellón, diciéndonos que nos dispusiéramos a seguir el -viaje a Francia. Álvarez, que dormía profundamente, despertó al ruido, -y enterado de la continuación de la jornada, dijo sencillamente: - ---Vamos allá. - -Quiso incorporarse sobre las tablas en que con nuestros capotes le -habíamos arreglado un mal lecho, y no pudo...¡Tan agotadas estaban -sus fuerzas!... Pero en brazos le llevamos nosotros al coche, y con -un frío espantoso, azotados por la lluvia de hielo y pisando la nieve -que cubría el camino, emprendimos el de la Junquera. Una precaución -ridícula habían añadido los franceses a las que antes tomaran para -custodiarnos. Esto hace reír, señores. Además de la fuerte escolta -de caballos, sacaron también de Figueras dos piezas de artillería, -que iban detrás de nosotros, amenazándonos constantemente. Es que -su recelo de que nos escapásemos era vivísimo, y con ninguna de las -cautelas ordinarias creían segura la persona de D. Mariano Álvarez, -inválido y casi moribundo. Éramos muy pocos en aquella segunda -jornada, porque los frailes y la tropa quedáronse en Figueras hasta el -amanecer. Ignoro si para tener a raya las fogosidades del Padre Rull, -se pertrecharon también con un par de baterías de campaña y algunos -regimientos de línea. - -En la Junquera nos detuvimos muy poco tiempo; siguiendo luego por -Francia adelante, llegamos a Perpiñán a las siete de la noche del -mismo día 23, y después de detenernos en casa del Gobernador, nos -llevaron al Castillet, fortaleza de ladrillo, de airosa vista, obra del -Rey D. Sancho, la cual habrán visto cuantos hayan estado en aquella -ciudad. Sin más ceremonias, destinaron para habitación de Álvarez un -tenebroso aposento a manera de calabozo, con más humedades que muebles, -y tan lóbrego y sucio, que el mismo D. Mariano, a pesar de su temple -resignado y fuerte, no pudo contenerse, y exclamó con indignación: - ---«_¿Es este sitio propio para vivienda de un General? ¿Y son ustedes -los que se precian de guerreros?_» - -El alcaide, que era un bárbaro, alzó los hombros, pronunciando algunas -palabrotas francesas, que me pareció querían decir poco más o menos: - ---Es preciso tener paciencia. - -Luego, dirigiéndose a los de la comitiva, aquel caritativo personaje -nos dijo que estaba dispuesto a darnos de comer lo que quisiéramos, -pagándolo previamente en buena moneda española. La moneda española -ha sido siempre muy bien recibida en todo país donde ha habido manos. -Dándole las gracias, pedímosle lo que nos pareció más necesario, y -aguardamos la cena, aposentados todos en la inmunda pocilga. Nuestro -primer cuidado fue improvisar con los capotes una cama para nuestro -Gobernador, cuya fatiga y debilidad iban siempre en aumento. El -cancerbero volvió al poco rato con unos manjares tan mal guisados, que -no se podían comer, lo cual no fue parte a impedir que nos lo cobrase a -peso de oro; pero se los pagamos con gusto, suplicándole, unos en mal -francés y otros en castellano, que nos hiciera el favor de no honrarnos -más con su interesante presencia. - -Pero él, o no entendió, o quiso mostrarnos todo el peso de su -impertinencia, y a cada cuarto de hora venía a visitarnos, poniéndonos -ante los ojos, que en vano querían dormir, la luz de una deslumbradora -linterna. Esto mortificaba a todos; pero principalmente al enfermo, -que por su estado necesitaba reposo y sueño, y así se lo dijimos al -alcaide, añadiéndole que como no pensábamos fugarnos, podía eximirnos -de sus repetidos reconocimientos. Él nos respondía con amenazas soeces; -quedábamos luego a oscuras, y nos vencía el dulce sueño; pero no -habíamos transportado los umbrales de esta rica y apacible residencia -del espíritu, cuando la luz de la linterna volvía a encandilar nuestros -ojos, y el alcaide nos tocaba el cuerpo con su pata para cerciorarse -por la vista y el tacto de que estábamos allí. - -Satué, furioso y fuera de sí, me dijo en uno de los pequeños intervalos -en que estábamos solos: - ---Si ese bestia vuelve con la linterna, se la estrello en la cabeza. - -Pero D. Mariano calmó su arrebato, condenando una imprudencia que -podía ser a todos funestísima. La noche fue, por tanto, y merced a -las visitas del alcaide, penosa y horrible. Por la mañana nos hizo -el honor de visitarnos el comandante de la plaza, el cual habló -largamente con Álvarez, tratándole con cierta benevolencia cortés que -nos agradó; mas luego hizo recaer la conversación sobre un suceso de -que no teníamos noticia, y allí dio rienda suelta a las groserías y los -insultos. Parece que algunos oficiales de los trasladados a Francia -inmediatamente después de la rendición de Gerona, se habían fugado, en -lo cual obraron cuerdamente, si padecieron el martirio de la linterna -del señor alcaide. Al hablar de esto, el comandante les prodigó delante -de nosotros vocablos harto denigrantes, añadiendo: - ---Pero por fortuna hemos pescado a once de los prófugos, y han sido -arcabuceados hace dos días. Buscamos a los demás. - -Álvarez se sonrió, y dijo: - ---«_¿Conque volaron, eh?..._» - -Y en su rostro por un instante dibujose ligera expresión festiva. -A pesar de que el comandante de Perpiñán no era hombre de mieles, -prometió a Álvarez dejarle descansar todo aquel día, poniendo freno a -las importunidades del de la candileja, y nos dispusimos para dormir; -pero ¡ay! estábamos destinados a nuevos tormentos, entre los cuales el -mayor era presenciar cómo padecía en silencio, sin hallar alivio en sus -males ni piedad en los hombres, el más fuerte y digno de los españoles -de aquel tiempo; estábamos entre gente que hacía punto de honra el -mudar las coronas del heroísmo en coronas de martirio sobre la frente -del que no se abatió, ni se dobló, ni se rompió jamás mientras tuvo un -hálito de vida que sostuviera su grande espíritu. - -Serían, pues, las diez de la mañana, cuando el alcaide nos hizo ver su -cara redonda, encendida y brutal, de rubios pelos adornada, y aunque -por la claridad del día venía sin linterna, demostronos desde sus -primeras palabras que no venía a nada bueno. Díjonos aquel simpático -pedazo de la humanidad que nos dispusiéramos a salir todos; y como le -indicáramos que el enfermo, a causa de la horrorosa fiebre, no podía -moverse, repuso que vendría quien le hiciese mover. D. Mariano nos dio -el ejemplo de la resignación, incorporándose en su lecho y pidiendo -su sombrero. Le levantamos en brazos; trató de andar por su propio -pie, mas no siéndole posible, le condujimos fuera del aposento, y -bajamos todos en triste procesión, mudos y abrumados de pena. Fuera del -castillo vimos dos filas de gendarmería indicándonos el camino hacia -la muralla, y la curiosa multitud nos contemplaba con lástima. Aquel -espectáculo no podía ser más triste, y con el alma oprimida y llena de -angustia dije para mí: «Nos van a fusilar.» - - - - -XXV - - -¡Oh, qué trance tan amargo, y qué horrenda hora! Eso de que a sangre -fría le quiten a uno la preciosa existencia, lejos de la patria, -ausente de las personas queridas, sin ojos que le lloren, en soledad -espantosa y entre gente que no ve en ello más que la víctima inmolada -a los intereses militares, es de lo más abrumador que puede ofrecerse -a la contemplación del espíritu humano. Yo miraba aquel cielo, y no -era como el cielo de España; yo miraba la gente, oía su lengua extraña -modulando en conjunto voces incomprensibles, y no era aquella gente -tampoco como la gente de acá. Sobre todo, Siseta no estaba allí, y el -vacío de su ausencia no lo habrían llenado cien vidas otorgadas en -cambio de la que me iban a quitar. Me ocurrió protestar contra aquella -barbarie, gritando y defendiéndome contra miles de hombres; pero la -realidad de mi impotencia me aplastaba con formidable pesadumbre. Dejé -de ver lo que tenía ante los ojos, y mi intensa congoja me hizo llorar -como una mujer. Mostraban entereza mis compañeros; pero ellos no habían -dejado en Gerona ninguna Siseta. - -Al llegar a la muralla, vimos formados en fila a los frailes y -soldados que nos habían seguido. Algunos legos y ancianos lloraban; -pero el Padre Rull despedía llamas de sus negros y varoniles ojos. -En tan supremo trance, el fraile patriota, rabiando de enojo contra -sus verdugos, había olvidado la principal página del Evangelio. -Nos pusieron también a nosotros en fila, y la persona de Álvarez -fue confundida entre los demás sin consideración a su jerarquía. -Permanecimos quietos largo rato, ignorando qué harían de nosotros, en -terrible agonía, hasta que apareció un oficialejo barrigudo, que con -un papelito en la mano nos iba nombrando uno por uno. Tanto aparato, -la cruel exhibición ante el populacho, el despliegue de tan colosales -fuerzas contra unos pobres enfermos muertos de hambre, de cansancio y -de sueño, no tenía más objeto que pasar lista. ¡Ay! Cuando adquirí la -certidumbre de que no nos fusilaban, los franceses me parecieron la -gente más amable, más caritativa y más humana del mundo. - -Volvimos al castillo, donde hallamos una gran novedad. El aposento -donde pasamos la noche se había considerado como un gran lujo de -comodidades para estos pícaros _insurgentes y bandidos_, que tan -heroicamente defendieron la plaza de Gerona, y nos destinaron a una -lóbrega mazmorra sin aire, empedrada de guijarros agudísimos, entre -cuyos huecos se remansaban fétidas aguas. Doble puerta con cerrojos -muy fuertes la cerraba, y un mezquino agujero abierto en el ancho muro -dejaba entrar solo al mediodía un rayo de luz, insuficiente para que -nos reconociésemos las caras. Protestamos; el mismo Álvarez reprendió -ásperamente al alcaide; pero este ni aun siquiera tuvo la dignación de -contestarnos otra cosa más que la oferta de servirnos una buena comida, -si se la pagábamos bien. El ilustre enfermo se empeoraba de hora en -hora, y desde aquel día comprendimos que se nos iba a morir en los -brazos, si no se instalaba en lugar más higiénico. Haciendo un esfuerzo -el mismo Álvarez, escribió una carta al General Augereau, notificándole -los malos tratamientos de que era objeto; pero no tuvo contestación. -Y seguía lo de la linterna por la noche, en cuya obra caritativa se -esmeraba el maldito francés regordete y rubio, amén de robarnos con -la perversa cena que nos ponía. Si el Gobernador necesitaba alguna -medicina, no había fuerzas humanas que la hiciesen traer, por temor de -que se envenenara, y registrándonos escrupulosamente, fuimos despojados -de todo instrumento cortante para evitar que tratásemos de poner fin a -aquella deliciosa vida con que nos regalaban. - -En aquella inmunda pocilga estuvimos hasta que concluyó con diciembre -el funestísimo año 9, enfermos todos, y más que enfermo, moribundo -el gran Álvarez, que al resistir tan fuertes padecimientos, mostró -tener el cuerpo tan enérgico y vigoroso como el alma. Durante las -largas y tristes horas, departía con nosotros sobre la guerra, -contábanos su gloriosa historia militar, y nos infundía esperanza -y bríos, augurando con elevado discernimiento el glorioso fin de -la lucha con los franceses y el triunfo de la causa nacional. Su -extraordinario espíritu, superior a cuanto le rodeaba, sabía abarcar -los acontecimientos con segura perspicacia, y oyéndole, oíamos la voz -poderosa de la patria que llegaba al calabozo excavado en extranjero -suelo. - -Al fin, nuestro doloroso encierro en aquella mazmorra donde nos -consumíamos, viendo extinguirse la noble vida del defensor de Gerona, -tuvo fin una noche en que el alcaide entró a decirnos que nos -vistiéramos a toda prisa porque nos iban a internar en Francia. Esta -noticia, a pesar de alejarnos de España, nos produjo inmensa alegría, -porque ponía fin al encierro, y no aguardamos a que la repitiese el -panzudo hombre de la linterna, demostrándole de diversos modos el gran -gusto que sentíamos por perderle de vista, lo mismo que a su aparato. -Nos sacaron de Perpiñán con numerosa escolta, y con nosotros iban los -frailes. El jefe de la gendarmería dio orden de fusilar a todo señor -fraile que tratase de huir, y nos pusimos en marcha. - -Pero en este viaje la Providencia nos deparó un hombre generoso y -caritativo que, a escondidas de los franceses, sus compatriotas, -prodigó al ilustre enfermo solícitos cuidados. Era el mismo cochero -que le conducía, el cual, condolido de sus males, e ignorando que -fuese un héroe, mostró sus cristianos sentimientos de diversos modos. -Agradecidos de su bondad, quisimos recompensarle; pero no consintió en -admitir nada, y como los gendarmes le mandaran que avivase el paso de -las caballerías para marchar más a prisa, él, sabiendo cuánto daño -hacía al paciente la celeridad de la carrera, fingió enfermedades en el -escuálido ganado y desperfectos en el viejo coche para justificar el -tardo paso con que andaba. Todos los de a pie, que éramos los más, le -agradecimos en el alma la pereza de su vehículo. - -Después de descansar un poco en Salces, hicimos noche en Sitjans, y -nunca a tal punto llegáramos, porque haciendo bajar de su coche al -General, le aposentaron con los demás de su séquito en una caballeriza -llena de estiércol, y donde no había cama ni sillas, ni nada que se -pareciese a un mueble, siquier fuese el más mezquino y pobre. Agotada -la paciencia ante tanta infamia, y viendo cuán poco adecuado era aquel -inmundo sitio para quien por su categoría, y además por su lastimoso -estado, tenía derecho a todas las consideraciones, no pudimos contener -la explosión de nuestro enojo, y con durísimas palabras increpamos -al jefe de la gendarmería. Este, después de amenazarnos, pareció -aplacarse, comprendiendo sin duda la justicia de nuestra reclamación, -y al fin, después de vacilar, vino a decir en suma que el alojamiento -no era cuenta suya. Por último, el cochero, con orden o por simple -tolerancia del jefe de la fuerza, introdujo en la cuadra una cama en -que descansó algunas horas el desgraciado enfermo, cuya prodigiosa -resistencia parecía tocar ya al último límite. - -A la mañana siguiente, cuando nos poníamos de nuevo en marcha, -aparecieron unos guardias a caballo que traían una orden para el jefe -que nos conducía, y abriendo el pliego en nuestra presencia, nos dio -a conocer su contenido, el cual no era otra cosa sino que _Monsieur -Álvarez_ debía volver a España. Esto nos alegró sobremanera, por la -esperanza de ver pronto a la patria querida, y hasta sospechamos si, -apiadados de nuestra desgracia, se dispondrían aquellos caballeros a -dejarnos en libertad luego que traspasásemos la frontera. Los frailes -y la gente de tropa que no pertenecía a la comitiva del enfermo, -creyéronse también destinados a pisar pronto el suelo español, y -mostráronse muy alegres; pero los gendarmes al punto les sacaron de su -risueño error, mandándoles seguir adelante, por Francia adentro. Nos -despedimos de ellos tiernamente, recogiendo encargos, recados, cartas -y amorosas memorias de familia, y volvimos la cara al Pirineo. D. -Mariano, al saber que se variaba de rumbo, dijo: - ---«_Como no me vuelvan al Castillet de Perpiñán, llévenme a donde -quieran._» - -Excuso enumerar los miserables aposentamientos, los crueles tratos -que se sucedieron desde Sitjans a la frontera española. Ni sé cómo -por tanto tiempo y a tan repetidos golpes resistió la naturaleza del -hombre contra quien se desplegaba tan gran lujo de maldad. Por último, -señores, concluiré refiriendo a ustedes la última escena de aquel -terrible _via crucis_, la cual ocurrió en la misma frontera, un poco -más allá de Pertús. Es el caso que cuando con el mayor gozo habíamos -pisado la tierra de España, se presentaron unos guardias a caballo con -nuevas órdenes para los gendarmes. El jefe mostrose muy contrariado, -y habiéndose trabado ligera reyerta entre este y uno de los portadores -del oficio, oímos esta frase, que, aunque dicha en francés, fácilmente -podía ser comprendida: - ---_Monsieur Álvarez_ debe volver, pero los edecanes y asistentes no. - -Al punto comprendimos que se nos quería separar de nuestro idolatrado -General, dejándonos a todos en Francia, mientras a él se le llevaba -otra vez solo, enteramente solo, al castillo de Figueras. Esto causó -desolación en la pequeña comitiva. Satué, cerrando los puños y -vociferando como un insensato, dijo que antes se dejaría hacer pedazos -que abandonar a su General; otros, creyendo mal camino para convencer a -nuestros conductores el de la amenaza y la cólera, suplicamos al jefe -de los gendarmes que nos dejase seguir. El mismo enfermo indicó que si -se le separaba de sus fieles compañeros de desgracia, la residencia -en España le sería tan insoportable al menos como la prisión en el -Castillet. Suplicamos todos en diverso estilo que nos dejasen asistir -y consolar a nuestro querido Gobernador; pero esto fue inútil. Como -complemento de los mil martirios que con refinado ingenio habían -aplicado al héroe, quisieron someter su grande alma a la última prueba. -Ni su enfermedad penosísima, ni sus años, ni la presunción de su -muerte, que se creía próxima y segura, les movieron a lástima; tanta -era la rabia contra aquel que había detenido durante siete meses frente -a una ciudad indefensa a más de cuarenta mil hombres, mandados por -los primeros generales de la época; que no había sentido ni asomos -de abatimiento ante una expugnación horrorosa en que jugaron once mil -novecientas bombas, siete mil ochocientas granadas, ochenta mil balas, -y asaltos de cuyo empuje se puede juzgar considerando que los franceses -perdieron en todos ellos veinte mil hombres. - -Cansados de inútiles ruegos, pedimos al fin que se permitiera acompañar -y servir al General a uno de nosotros, para que al menos no careciese -aquel de la asistencia que su estado exigía; pero ni esto se nos -concedió. La agria disputa inspiró al mismo Álvarez las palabras -siguientes: - ---«_Todas estas son estratagemas de que se valen los franceses para -mortificar a aquel a quien no han podido hacer bajar la espalda._» - -Bruscamente nos quisieron apartar del coche en que iba; pero -atropellando a los que nos lo impedían, nos abalanzamos sobre él, -y unos por un costado, otros por el opuesto, le besamos las manos -regándolas con nuestras lágrimas. Satué se metió violentamente dentro -del coche, y los gendarmes le sacaron a viva fuerza, amenazándole con -fusilarle allí mismo si no se reportaba en las manifestaciones de -su dolor. El General, despidiéndonos con ánimo sereno, nos dijo que -renunciásemos a una inútil resistencia, conformándonos con nuestra -suerte; añadió que él confiaba en el próximo triunfo de la causa -nacional, y que, aun sintiéndose próximo a morir, su alma se regocijaba -con aquella idea. Recomendonos la prudencia, la conformidad, la -resignación, y él mismo dio a sus conductores la orden de partir, para -poner pronto fin a una escena que desgarraba su corazón lo mismo que el -nuestro. El cupé partió a escape, y nos quedamos en Francia, sujetados -por los gendarmes, que nos ponían sus fusiles en el pecho para impedir -las demostraciones de nuestra ira. Seguimos desesperados y con los ojos -llenos de lágrimas el coche que se perdía poco a poco entre la bruma, y -cuando dejamos de verle, Satué, bramando de ira, exclamó: - ---Se lo llevaron esos perros; se lo llevan para matarle sin que nadie -lo vea. - - - - -XXVI - - -Imposible pintar a ustedes nuestra profunda consternación al vernos -esclavos de Francia, y considerando la situación del desgraciado -Álvarez, solo, en poder de sus verdugos. Nuestra propia suerte de -prisioneros nos causaba menos pesar que la de aquel heroico veterano, -condenado por su valor sublime a ser juguete de una cruel soldadesca, a -quien le entregaron para que se divirtiese martirizándole. - -Encerráronnos en Pertús en una inmunda cuadra, donde con centinelas de -vista nos tuvieron hasta el día siguiente, en cuya alborada, cuando -nos llevaban fuera del pueblo, verificamos un acto honroso, con el -cual quiero poner fin a mi narración. Allí, sobre unas peñas desde -las cuales se divisaban a lo lejos los cerros y vertientes de España, -nos dimos las manos y juramos todos morir antes que resignarnos a -soportar la odiosa esclavitud que la canalla quería imponernos. Desde -aquel instante principiamos a concertar un hábil plan para fugarnos, -cual tantos otros que, llevados a Francia, habían sabido volver por -peligrosos caminos y medios a la patria invadida. - -Amigos míos: por no cansar a ustedes con prolijidades que solo a mí se -refieren y a mis particulares cuitas, omito los pormenores de nuestra -residencia en Francia, y de los medios que empleamos para regresar -a España. Éramos seis, y solo tres volvimos. Los demás, cogidos -_infraganti_, fueron fusilados, dos en Maurellas y uno en Boulou. -¿Alguno de los que me oyen no se ha visto en igual caso? ¡Cuántos -de los que estamos aquí desataron sus manos de las cuerdas que los -franceses han llevado a Francia después de la toma de Zaragoza o de -Madrid! Con la relación de mis padecimientos en la frontera, de las -diabluras y estratagemas que puse en juego para escaparme, y de las -mil cosas que me sucedieron desde que pasé la frontera por Puigcerdá -hasta unirme en el centro de España a esta división de Lacy en que -ahora estoy, emplearía otras dos noches largas, pues todo el sitio de -Gerona y las extravagancias de D. Pablo Nomdedeu no exigen más tiempo -y espacio que los peligros, trapisondas, trabajos y terribles trances -en que me he visto. Concluyo, pues, no sin dirigir una ojeada hacia -atrás, como parecen exigírmelo mis raros oyentes, deseosos de saber qué -fue de Siseta, así como de sus hermanos Badoret y Manalet. - -No estaría mi ánimo tranquilo si en tan largo plazo hubiese vivido sin -saber de personas tan caras para mí. Antes de abandonar a Cataluña con -intención de unirme al ejército del Centro, hallé medios para hacer -llegar a Gerona noticias mías, y Dios me deparó el consuelo de que -también vinieran a mí verdaderas y frescas. Los tres hermanos siguen -allí sanos y buenos en compañía de la señorita Josefina, que en ellos -ve toda su familia, y el único consuelo de sus tristes días. La hija -del doctor no ha recobrado por completo la salud, ni desgraciadamente -la recobrará, según me dicen. Ha tenido inclinación a entrar en un -convento; mas Siseta procura arrancarle sus melancolías, y la induce -a que aspire al matrimonio en la seguridad de encontrar buen esposo. -No demuestra, sin embargo, Josefina disposición a seguir este consejo, -y gusta de embeber su vida en contemplaciones de la Naturaleza y de -la Religión, que son sin duda el alimento más apropiado a su pobre -espíritu huérfano y solitario. - -Siseta y sus hermanos aguardan a que yo me retire del ejército para -marchar a la Almunia, donde tengo mis tierras, consistentes en dos -docenas de cepas, y un número no menor de frondosos olivos, y por mi -parte pido a Dios que nos libre al fin de franceses, para poder soltar -el grave peso de las armas y tornar a mi pueblo, donde no pienso hacer -al tiempo de mi llegada otra cosa de provecho más que casarme. - -Con lo que Siseta ha heredado y lo que yo poseo, tenemos lo suficiente -para pasar con humilde bienestar y felicidad inalterable la vida, pues -no me mortifica el escozor de la ambición, ni aspiro a altos empleos, -a honores vanos ni a la riqueza, madre de inquietudes y zozobras. Hoy -peleo por la patria, no por amor a los engrandecimientos de la milicia, -y de todos los presentes soy quizás el único que no sueña con ser -general. - -Otros anhelan gobernar el mundo, sojuzgar pueblos y vivir entre el -bullicio de los ejércitos; pero yo, contento con la soledad silenciosa, -no quiero más ejército que los hijos que espero ha de darme Siseta. - - * * * * * - -Así acabó su relación Andresillo Marijuán. La he reproducido con toda -fidelidad en su parte esencial, valiéndome como de poderoso auxiliar -del manuscrito de D. Pablo Nomdedeu, que aquel mi buen amigo me regaló -más tarde cuando asistí a su boda. Repito lo que dije al comenzar -el libro, y es que las modificaciones introducidas en esta relación -afectan solo a la superficie de la misma, y la forma de expresión -es enteramente mía. Tal vez haya perdido mucho la leyenda de Andrés -al perder la sencillez de su tosco estilo; pero yo tenía empeño en -uniformar todas las partes de esta historia de mi vida, de modo que en -su vasta longitud se hallase el trazo de una sola pluma. - -Cuando Marijuán calló, algunos de los presentes dieron interpretaciones -diversas al encierro de D. Mariano Álvarez en el castillo de Figueras; -y como ya desde antes de entrar en Andalucía habíamos sabido la -misteriosa muerte del insigne capitán, la figura más grande sin duda -de las que ilustraron aquella guerra, cada cual explicó el suceso de -distinto modo. - ---Dícese que le envenenaron --afirmó uno-- en cuanto llegó al castillo. - ---Yo creo que Álvarez fue ahorcado --opinó otro--, pues el rostro -cárdeno e hinchado, según aseguran los que vieron el cadáver de Su -Excelencia, indica que murió por estrangulación. - ---Pues a mí me han dicho --añadió un tercero--, que le arrojaron a la -cisterna del castillo. - ---Hay quien afirma que le mataron a palos. - ---Pues no murió sino de hambre, y parece que desde su llegada fue -encerrado en un calabozo, donde le tuvieron tres días sin alimento -alguno. - ---Y cuando le vieron bien muerto, y se aseguraron de que no volvería -a hacer otra como la de Gerona, expusiéronle en unas parihuelas a la -vista del pueblo de Figueras, que subió en masa a contemplar el cuerpo -del grande hombre. - -Discutimos largo rato, sin poder poner en claro la clase de muerte que -había arrebatado del mundo a aquel inmortal ejemplo de militares y -patriotas; pero como su fin era evidente, convinimos, por último, en -que el esclarecimiento del medio empleado para exterminar tan terrible -enemigo del poder imperial, afectaba más al honor francés que al -ejército español, huérfano de tan insigne jefe. Y si verdaderamente -fue asesinado, como se ha venido creyendo desde entonces acá, la -responsabilidad de los que toleraron sin castigarla tan atroz barbarie, -bastaría a exceptuar entonces a Francia de la aplicación de las leyes -de la guerra en lo que tienen de humano. Que murió violentamente parece -indudable, y mil indicios corroboran una opinión que los historiadores -franceses no han podido con ingeniosos esfuerzos destruir. No es -creíble que órdenes de París impulsaran este horrible asesinato; pero -un poder que, si no disponía, toleraba tan salvajes atentados, merecía -indisputablemente las amarguras y horrendas caídas que experimentó -luego. La soberbia enfatuada y sin freno perpetra grandes crímenes -ciegamente, creyendo realizar actos marcados por ilusorio destino. -Los malvados en grande escala que han tenido la suerte o la desgracia -de que todo un continente se envilezca arrojándose a sus pies, llegan -a creer que están por encima de las leyes morales, reguladoras según -su criterio tan solo de las menudencias de la vida. Por esta causa -se atreven tranquilamente, y sin que su empedernido corazón palpite -con zozobra, a violar las leyes morales, ateniéndose para ello a mil -fútiles y movedizas reglas que ellos mismos dictaron llamándolas -razones de Estado, intereses de esta o de la otra nación; y a veces, si -se les deja, sobre el vano eje de su capricho o de sus pasiones hacen -mover y voltear a pueblos inocentes, a millares de individuos que solo -quieren el bien. Verdad es que parte de la responsabilidad corresponde -al mundo, por permitir que media docena de hombres o uno solo jueguen -con él a la pelota. - -Desarrollados en proporciones colosales los vicios y los crímenes, -se desfiguran en tales términos que no se les conoce; el historiador -se emboba engañado por la grandeza óptica de lo que en realidad es -pequeño, y aplaude y admira un delito tan solo porque es perpetrado en -la extensión de todo un hemisferio. La excesiva magnitud estorba a la -observación lo mismo que el achicamiento, que hace perder el objeto en -las nieblas de lo invisible. Digo esto, porque, a mi juicio, Napoleón I -y su imperio efímero, salvo el inmenso genio militar, se diferencian de -los bandoleros y asesinos que han pululado por el mundo cuando faltaba -policía, tan solo en la magnitud. Invadir las naciones, saquearlas, -apropiárselas, quebrantar los tratados, engañar al mundo entero, a -reyes y a pueblos, no tener más ley que el capricho, y sostenerse en -constante rebelión contra la humanidad entera, es elevar al máximum de -desarrollo el mismo sistema de nuestros famosos caballistas. Ciertas -voces no tienen en ningún lenguaje la extensión que debieran, y si -despojar a un viajante de su pañuelo se llama _robo_, para expresar la -tala de una comarca, la expropiación forzosa de un pueblo entero, los -idiomas tienen pérfidas voces y frases con que se llenan la boca los -diplomáticos y los conquistadores, pues nadie se avergüenza de nombrar -los _grandiosos planes continentales, la absorción de unos pueblos -por otros..._, etc. Para evitar esto debiera existir (no reírse) una -policía de las naciones, corporación en verdad algo difícil de montar. -Pero entre tanto tenemos a la Providencia, que al fin y al cabo sabe -poner a la sombra a los merodeadores en grande escala, devolviendo a -sus dueños los objetos perdidos y restableciendo el imperio moral, que -nunca está por tierra largo tiempo. - -Perdónenme mis queridos amigos esta digresión. No pensaba hacerla; pero -al hablar de la muerte del incomparable D. Mariano Álvarez de Castro, -el hombre, entre todos los españoles de este siglo, que a más alto -extremo supo llevar la aplicación del sentimiento patrio, no he podido -menos de extender la vista para observar todo lo que había en derredor, -encima y debajo de aquel cadáver amoratado que el pueblo de Figueras -contempló en el patio del castillo una mañana del mes de enero de 1810. -Aquel asesinato, si realmente lo fue, como se cree, debía traer grandes -catástrofes a quien lo perpetró o consintió, y no importa que los -criminales, cada vez más orgullosos, se nos presentaran con aparente -impunidad, porque ya vemos que el mucho subir trae la consecuencia de -caer de más alto, de lo cual suele resultar el estrellarse. - - - - -XXVII - - -Oímos el relato de Andrés Marijuán, aposentados en una casa del Puerto -de Santa María, donde moraban, además de nosotros, que pertenecíamos -al ejército de Aréizaga, muchos canarios de Alburquerque, que habían -llegado el día antes, terminando su gloriosa retirada. A este General -debió el poder supremo no haber caído en poder de los franceses, pues -con su hábil movimiento sobre Jerez, mientras contenía en Écija las -avanzadas de Víctor y Mortier, dio tiempo a preparar la defensa de la -isla de León, y entretuvo al enemigo en las inmediaciones de Sevilla. -Esto pasaba a principios de febrero, y en los mismos días se nos dio -orden de pasar a la Isla, porque en el continente, o sea del puente de -Suazo para acá, ¡triste es decirlo! no había ni un palmo de terreno -defendible. Toda España afluyó a aquel pedazo de país, y se juntaban -allí ejército, nobleza, clero, pueblo, fuerza e inteligencia, toda la -vida nacional en suma. De la misma manera, en momentos de repentino -peligro para el hombre de ánimo esforzado, toda la sangre afluye al -corazón, de donde sale después con nuevo brío. - -Por mi parte deseaba ardientemente entrar en la Isla. Aquel pantano de -sal y arena invadido por movedizos charcos y surcado por regueros de -agua salada, tenían para mí el encanto del hogar nativo, y más aún -las peñas donde se asienta Cádiz en la extremidad del istmo, o sea -en la mano de aquel brazo que se adelanta para depositarla en medio -de las olas. Yo veía desde lejos a Cádiz, y una viva emoción agitaba -mi pecho. ¿Quién no se enorgullece de tener por cuna la cuna de la -moderna civilización española? Ambos nacimos en los mismos días, pues -al fenecer el siglo se agitó el seno de la ciudad de Hércules con la -gestación de una cultura que hasta mucho después no se encarnó en las -entrañas de la madre España. Mis primeros años, agitados y turbulentos, -fuéronlo tanto como los del siglo, que en aquella misma fecha vio -condensada la nacionalidad española, ansiando regenerarse entre el -doble cerco de las olas tempestuosas y del fuego enemigo. Pero en -febrero de 1810 aún no había nada de esto, y Cádiz solo era para mí el -mejor de los asilos que la tierra puede ofrecer al hombre; la ciudad -de mi infancia, llena de ternísimos recuerdos, y tan soberbiamente -bella que ninguna otra podía comparársele. Cádiz ha sido siempre -la Andalucía de las ondas, graciosa y festiva dentro de un círculo -de tempestades. Entonces asumía toda la poesía del mar, todas las -grandezas del comercio. Se multiplicaban en aquellos meses su poesía, -grandeza y gloria, porque iba a contener dentro de sus blancos muros -el conjunto de la nacionalidad con todos sus elementos de vida en -plena efervescencia, los cuales, expulsados del gran territorio, se -refugiaban allí, dejando la patria vacía. - -A las puertas de Cádiz comienzan los acontecimientos de mi vida que más -vivamente anhelo contar. Estadme atentos, y dejadme que ponga orden en -tantos y tan variados sucesos, así particulares como históricos. La -historia, al llegar a esta isla y a esta peña, es tan fecunda, que ni -ella misma se da cuenta de la multitud de hijos que deposita en tan -estrecho nido. Trataré de que no se me olvide nada, ni en lo mío ni en -lo ajeno. Para no perder la costumbre, comienzo con una aventura mía, -en que nada tiene que ver la rebuscona historia, pues hasta hoy no -he tenido empeño en comunicarla a nadie, ni aunque la comunicara, se -inmortalizaría en láminas de bronce, y fue lo siguiente: - -Un amigo mío portugués de los que habían venido de Extremadura con -Alburquerque, rondaba cierta casa en la extremidad de la calle Larga, -donde algunos días antes viera entrar desconocida beldad, que él ponía -por las nubes, siempre que tocábamos este punto. Sus paseos diurnos y -nocturnos, en que mostraba un celo, una abnegación superiores a todo -encomio, no dieron más resultado que ver al través de las apretadas -verdes celosías dos figuras, dos bultos de indeterminada forma, pero -que al punto revelaban ser alegres mujeres por el sordo cuchicheo y -las risas con que parecían festejar la cachaza de mi paseante amigo. -Cuanto menos las veía, más acabadamente hermosas se le figuraban, y con -la dificultad de hablarlas crecía su deseo de poner fin gloriosamente -a una aventura, que hasta entonces había tenido pocos lances. Una -tarde quiso le acompañase yo en su centinela al pie de la reja, y tuve -la suerte de que mi presencia modificara la monótona esquivez de las -bellas damas, las cuales hasta entonces ni a billetes, ni a señas, ni -a miradas lánguidas habían contestado más que con las risas consabidas -y los ceceos burlones. Figueroa había deslizado una esquela, y tuvo la -indecible satisfacción de recibir respuesta en un billete que cayó, -cual bendición del cielo, delante de nosotros. En él decía la hermosa -desconocida que estaba dispuesta a abrir la celosía para expresarle -de palabra su gratitud por los amorosos rendimientos, y añadía que -hallándose en gran compromiso por causa de un suceso doméstico que -no podía revelar, solicitaba para salir de él la ayuda del galán, -juntamente con la de su amigo. - -Esto nos llamó grandemente la atención, y de vuelta al alojamiento -para esperar la hora de las siete en que se nos había citado, hicimos -mil comentarios sobre el suceso. Mientras mayor era el misterio, mayor -también el anhelo de descifrarlo, y curiosos ambos por saber si íbamos -a tener una sabrosa aventura o a ser víctimas de una broma, acudimos -por la noche al pie de la reja. En cuanto llegamos abriose esta, y una -voz de mujer, cuyo acento, aunque dulce, no me pareció revelar persona -de elevada clase, dijo a Figueroa con bastante agitación estas palabras: - ---Señor militar, si es usted caballero, como creo, espero que no -se negará a conceder a una desgraciada dama la generosa ayuda que -solicita. Mi esposo, el señor Duque de los Umbrosos Montes, duerme -a estas horas; mas no puedo dejarle pisar a usted el recinto de -este _arcásar_, que mi celoso dueño ha convertido en sepulcro de mi -hermosura, en cárcel de mi libertad, y en muerte de mi vida. El más -leve rumor despertaría al fiel y sanguinario Rodulfo, paje de mi señor -y carcelero mío. Pues _verasté_: mi honra depende de que al punto una -persona de confianza atraviese las saladas ondas y parta a Cádiz a -llevar un recado urgentísimo, sin lo cual mi situación es tal, que no -esperaré a que venga la rosada aurora para _arrancalme_ la vida con un -veneno de cien mortíferas plantas compuesto que tengo aquí en aquesta -botellita. - -Figueroa estaba perplejo y embobado, aunque algo dispuesto a tomar -aquello en serio, y yo contenía la risa al considerar cómo se reían de -nosotros las dos desconocidas; pero mi amigo aseguró estar resuelto -a prestar a ambas cuantos servicios fáciles o difíciles quisieran -pedirle, y entonces la misma que antes hablaba, añadió: - ---¡Oh! gracias, _invito_ militar; así lo esperaba yo de su galantería -y caballerosidad nunca desmentida en mil y mil lances, cual lo prueban -las voces de la fama que han traído a mis orejas sus _hasañas_. Bueno, -pues _verasté_. Mi criada, que es esta guapa y gallarda donsella que a -mi lado ve usted, se llama Soraida; irá a Cádiz en un frágil esquife -que Perico el botero tiene preparado en el muelle; pero como es grande -su cortedad, deseo vaya acompañada de ese vuestro leal amigo, que está -ahí oyéndonos como un marmolejo. - -Al punto dije que estaba dispuesto a acompañar a la doncella, y mi -amigo, algo corrido con los discursos de su adorada beldad, no sabía -qué contestar. La desconocida habló así con creciente afectación: - ---¡Oh! Gracias, _insine amigo del valiente Otelo_. Ya lo esperaba yo -de su _malanimidad_. Pues _oigasté_, señor militar. Mientras este fiel -amigo va a Cádiz a acompañar a mi donsella en la difícil comisión que -mi amenasado honor le encomienda, nosotros nos quedaremos aquí pelando -la pava en este balcón; con lo cual, ¿usté se entera?, tendré ocasión -de mostrarle el amoroso fuego que inflama mi pecho. - -No había acabado de hablar, cuando se abrió la puerta de la casa y -apareció una mujer cubierta de la cabeza a los pies con espeso manto -negro, la cual, llegándose a mí y tomándome el brazo, me obligó a que -rápidamente la siguiese, diciéndome: - ---Señor oficial, vamos, que es tarde. - -No tuve tiempo para oír lo que desde la ventana decía la desconocida -al amartelado Figueroa, porque la dama, criada o lo que fuera, no me -permitía detenerme y me impulsaba hacia adelante, repitiendo siempre: - ---Señor oficial, siga usted. ¡Qué pesado es usted!... No mire usted -atrás ni se detenga, que estoy de prisa. - -Quise ver su rostro; pero se lo ocultaba cuidadosamente. Se conocía -que trataba de contener la risa y disimular la voz. Era una mujer -arrogante y que me revelaba con solo el roce de su mano en mi brazo la -alta calidad a que pertenecía. Desde su aparición había yo sospechado -que no era criada, y después de oírla y sentir el contacto de su -vestido, ningún hombre se habría equivocado respecto a su clase. Yo -estaba algo aturdido por lo inusitado de la aventura, y una dulce -confusión embargaba mi alma. Venían a mi mente indicios, recuerdos, y -aquella mujer llevaba en los pliegues de su vestido un ambiente que no -era nuevo para mí. Pero al principio ni aun pude formular claramente mi -sospecha. La desconocida me llevaba rápidamente, y andábamos a prisa -por las calles del Puerto, hablando de esta manera: - ---Señora, ¿insiste usted en ir a Cádiz por mar a estas horas? - ---¿Por qué no? ¿Se marea usted? ¿Tiene usted miedo a embarcarse? - ---Por bueno que esté el mar, el viaje no será cómodo para una dama. - ---Es usted un necio. ¿Cree usted que yo soy cobarde? Si no tiene usted -ánimo, iré sola. - ---Eso no lo consentiré, y aunque se tratara de ir a América en el -frágil esquife de que hablaba la señora Duquesa de los Umbrosos -Montes... - -La desconocida no pudo contener la risa, y el dulce acento de su voz -resonó en mi cerebro, despertando mil ideas que rápidamente cambiaron -en luz las oscuridades de mi pensamiento, y en certidumbre las -nebulosas dudas. - ---Adelante --dijo al ver que me detenía--. Ya estamos en el muelle. -El botero está allí. La marea sube y nos favorecerá; el mar parece -tranquilo. - -Callé y seguimos hasta el malecón. Era preciso bajar por una serie -de piedras puestas en la forma más parecida a una escalera, y el -descenso no carecía de peligro. Tomé en brazos a mi compañera y la bajé -cuidadosamente al bote. Entonces ni pudo, ni quiso sin duda ocultarme -su rostro, y la conocí. La fuerte emoción no me permitió hablar. - ---¡Oh, señora Condesa! --exclamé besándole tiernamente las manos--. -¡Qué felicidad tan grande encontrar a usía!... - ---Gabriel --me contestó--, ha sido realmente una felicidad que me hayas -encontrado, porque vas a prestarme un gran servicio. - ---Estoy destinado a ser criado de vuecencia en donde quiera que me -halle. - ---Criado, no: ya esos tiempos pasaron. ¿En dónde has estado? - ---En Zaragoza. - ---¿Ves qué fácilmente se van ganando charreteras, y con ellas posición -y nombre en el mundo? Entramos en unos tiempos en que los desgraciados -y los pobres se encaramarán a los puestos que debe ocupar la grandeza. -Gabriel, estoy asombrada de verte caballero. Bien, muy bien. Así te -quería. No me habías dicho nada. ¿Por qué no me has buscado?... Ya no -nos quieres. - ---Señora, ¿cómo he de olvidar los beneficios que de vuecencia recibí? -Estoy confundido al ver que nuevamente, y cuando menos lo esperaba, se -digna usía servirse de mí. - ---No bajes tanto, Gabriel; han cambiado las cosas. Tú no eres el mismo; -no te conozco. Me ves, me hablas, ¿y no me preguntas por Inés? - ---Señora --dije anonadado--, no me atreví a tanto. Veo que vuecencia ha -cambiado más que yo. - ---Tal vez. - ---¿Inés vive? - ---Sí, está en Cádiz. ¿Deseas verla? Pues no te apures: yo te prometo -que la verás, la verás. - -Diciendo esto, Amaranta se expresaba en un tono que me hacía comprender -su anhelo de mortificar a alguien, al permitirme ver a su hija. Su -benevolencia me tenía tan confundido, que ni aun acertaba a darle las -gracias. - ---¡En qué momento tan crítico para mí te me has aparecido, Gabriel! -Un suceso que sabrás más tarde, me obliga a ir a Cádiz esta noche, -sola, sin que ninguno de mi familia lo sepa. Dios no me podía ofrecer -compañero ni custodio más a propósito. - ---Pero, señora, ¿usía no considera que las puertas de Cádiz están -cerradas a estas horas? - ---Lo están para mí todas menos una. Por eso me aventuro en esta -travesía que podría ser peligrosa. El jefe de guardia en la puerta -de mar es amigo mío y me espera. Yo tenía el bote preparado. Estaba -dispuesta a ir sola, y cuando te presentaste en la calle acompañando -al oficial que nos rondaba, vi el cielo abierto. Gabriel, te juro que -estoy contentísima de verte en la honrosa condición en que ahora te -hallas. Así te deseaba yo. Pero, chiquillo, ¿eres tú mismo?... ¡Pues -no lleva sus charreteras como un hombre!... El muy zarramplín, con ese -uniforme que le sienta bien, tiene aire de persona decente... ¡Vaya -usted a hacer creer a la gente que has jugado en la Caleta!... Chico, -bien, bien, así me gusta... ¡qué bien te vendría ahora aquella farsa de -tus abolengos!... No me canso de mirarte, pelafustán... ¡qué tiempos -estos! He aquí un gato que quiso zapatos, y que se ha salido con -ello... Te juro que eres otro. Inés no te va a conocer... ¡Qué a tiempo -has venido! Estás muy bien, hijito... Desde que fuiste mi paje conocí -tu corazón de oro... ¡Ay! no te faltaba más que el forro, y veo que lo -vas teniendo... Gabriel, creo que te alegras de verme, ¿no es verdad? -Yo también. Cuántas veces he dicho: si ahora apareciese ese muchacho... -Mañana te contaré todo. Chiquillo, soy la mujer más desgraciada de la -tierra. - -El bote avanzaba con la proa a Cádiz. El botero, fijo en la popa, -manejaba el timón, y dos muchachos habían izado la vela latina, con la -cual, merced al viento fresco de la noche, la embarcación se deslizaba -cortando gallardamente las mansas olas de la bahía. La claridad de -la luna nos alumbraba el camino: pasábamos velozmente junto a la -negra masa de los barcos de guerra ingleses y españoles, que parecían -correr al costado en dirección opuesta a la que seguíamos. Aunque el -mar estaba tranquilo, agitábase bastante el bote, y sostuve con mi -brazo a la Condesa para impedir que se hiciera daño con las frecuentes -cabezadas de la embarcación. Los tres marinos no pronunciaron una sola -palabra en todo el trayecto. - - - - -XXVIII - - ---¡Cuánto tardamos! --dijo Amaranta con impaciencia. - ---El bote va como un rayo. Antes de diez minutos estaremos allá --dije -al ver las luces de la ciudad reflejadas en el agua--. ¿Tiene usía -miedo? - ---No, no tengo miedo --repuso tristemente--, y te juro que aunque las -olas fueran tan fuertes que lanzaran al bote a la altura de los topes -de ese navío, no vacilaría en hacer este viaje. Lo habría hecho sola -si no te hubieras aparecido como enviado del cielo para acompañarme. -Cuando te vi, mi primera idea fue llamarte; pero luego mi criada y -yo discurrimos la invención que oíste, para desorientar al hidalgo -portugués. Quiero que no me conozca nadie. - ---La señora Duquesa de los Umbrosos Montes estará a estas horas -trastornando el seso de mi buen amigo. - ---Sí, y lo hará bien. Si mi ánimo estuviera tranquilo, me reiría -recordando la gravedad con que dijo las relaciones que le enseñé esta -tarde. Hace poco, como se empeñara en galantearme un viajero inglés, -Dolores quiso pasar por ama y yo por criada; pero él conoció al punto -el engaño. No nos dejaba a sol ni a sombra, y no puedes figurarte las -felices ocurrencias de mi doncella a propósito del caballero británico, -de su aspecto tristón, de sus ardientes arrebatos y de su cojera. Es -a ratos amable y fino, a ratos sombrío y sarcástico; se llamaba Lord -Byron. - ---No es extraño que vuecencia enloqueciera a ese señor inglés. Pero ya -llegamos, señora Condesa, y el bote va a atracar en el muelle. Sale la -guardia a darnos el quién vive. - ---No importa: tengo pase. Di que llamen a D. Antonio Maella, jefe de la -guardia. - -Presentose el oficial, y nos dio entrada sin dificultad, abriéndonos -luego la puerta, por donde pasamos a la Plaza de San Juan de Dios. -Mientras nos acompañaba hasta dicho punto, habló brevemente con -Amaranta. - ---Ya la esperaba a usted --le dijo--. Las dos señoras Marquesas tienen -preparado su viaje para mañana, en la fragata inglesa _Eleusis_. -Piensan establecerse en Lisboa. - ---Su objeto es alejarse de mí --repuso Amaranta--. Felizmente he tenido -aviso oportuno, y me parece que llego a tiempo. - ---Tan callado tenían el viaje, que yo mismo no lo he sabido hasta esta -tarde, por el capitán de la fragata. ¿Piensa usted partir también con -ellas? - ---Partiré si no puedo detenerlas. - -Al decir esto, la Condesa, sin perder tiempo en contestar a los -cumplidos y finezas del oficial, tomó mi brazo, y obligándome a tomar -paso algo vivo, me dijo: - ---Gabriel, no nos detengamos. ¡Cuán inquieta estoy!... Ya te lo -contaré todo después. Figúrate que después que me hacen vivir como en -destierro, separada de lo que más amo en el mundo... ¿qué te parece? -Dios mío, ¿qué he hecho yo para merecer tal castigo?... Pues sí... -Después que me obligan a vivir allá... Te diré... hasta se han empeñado -en hacerme pasar por afrancesada... Y todo ¿por qué? dirás tú... Pues -nada más sino porque... andemos más a prisa... porque me opongo a que -la hagan desventurada para siempre... Mi tía no tiene sensibilidad, -y nuestra parienta la de Rumblar tiene un rollo de pergaminos en el -sitio donde los demás llevamos el corazón. Además, con los vidrios -verdes de sus espejuelos no ve más que dinero... Gabriel, etiqueta y -soberbia en un lado; soberbia y avaricia en otro... No puedes figurarte -cuán apenadas y tristes están las tres pobres muchachas... Y ahora -quieren llevárselas a Lisboa... ¿qué dices tú a eso?... Todo por alejar -a Inés... ¡Con cuánto secreto han preparado el viaje!... ¡Con qué -habilidad me confinaron en el Puerto, haciendo llegar a los individuos -de la Junta falsas noticias acerca de mí! Por fortuna, soy amiga del -embajador inglés Wellesley... que si no... Pues si mi tía y yo nos -disputamos ardientemente el dirigir a la pobre Inés hacia su mejor -destino... ella va por una senda, yo por otra... lo que yo quiero es -más razonable; y si no, dime tu parecer... Pero ya hablaremos mañana. -¿Te quedarás en la Isla o vendrás a Cádiz? Espero que nos veremos, -Gabrielillo. ¿Te acuerdas cuando eras mi paje en el Escorial, y yo te -contaba aquellas historias? - ---Esos y otros recuerdos de aquel tiempo, señora --le respondí-- son -los más dulces de mi vida. - ---¿Te acuerdas cuando te me presentaste en Córdoba? --prosiguió -riendo--. Entonces estabas algo tonto. ¿Te acuerdas de cuando en -Madrid fuiste a casa con el Padre Salmón?... ¿Te acuerdas de cuando -te encontré en el Pardo vestido de Duque de Arión?... Después me he -acordado mucho de ti, y he dicho: «¡Dónde estará aquel desgraciado!...» -Creo que Dios te ha cogido por la mano para ponerte delante de mí. Ya -llegamos. - -Nos detuvimos junto a una casa de la calle de la Verónica. - ---Llama --me dijo la Condesa--. Esta es la casa de una amiga mía de -toda confianza. - ---¿Vive aquí la señora Marquesa? --pregunté, tirando de la campanilla -de la reja--. Esta casa no me es desconocida. - ---Aquí vive Doña Flora de Cisniega: ¿la conoces? Entremos. Se ven -luces en la sala. Aún están en la tertulia; es temprano. Ahí estarán -Quintana, Gallego, Argüelles, Gallardo y otros muchos patriotas. - -Subimos, y en un gabinete interior nos recibió el ama de la casa, en -quien al punto reconocí una amistad antigua. - ---¿Está aquí? --le preguntó con ansiedad la Condesa. - ---Sí: aunque se embarcan mañana de secreto, han venido esta noche sin -duda para que yo no sospeche su determinación. Pero a mí no se me -engaña... ¿Va usted a la sala? Está muy animada la tertulia. ¡Ay! amiga -mía, esta noche he ganado al _monte_ una buena suma. - ---No, no voy a la sala. Haga usted salir a Inés con cualquier pretexto. - ---Está en coloquio tirado con el amable inglesito. Pero saldrá. Mandaré -a Juana que la llame. - -Después de dar la orden a su doncella, Doña Flora me observó -atentamente, queriendo reconocerme. - ---Sí, soy Gabriel, señora Doña Flora; soy Gabriel, el paje del Sr. D. -Alonso Gutiérrez de Cisniega. - -Doña Flora, no necesitando más, abalanzose a mí con todo el ímpetu de -su sensible corazón. - ---Gabrielillo, ¿es posible que seas tú? --exclamó con chillidos, -estrechándome en sus brazos--. Estás hecho un hombre, un caballero... -¡Qué alto estás! ¡Cuánto me alegro de verte!... ya te he echado de -menos... pero ¡qué buen mozo eres!... ¿Qué tal me encuentras?... Otro -abrazo... ¡Ay!... ¿Por qué me dejaste?... ¡pobrecito niño! - -Mientras era objeto de tan ardientes demostraciones de regocijo, sentí -rumorcillo de faldas hacia el corredor que conducía a la pieza en donde -estábamos. - - -FIN DE «GERONA» - - -Junio de 1874. - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK GERONA *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part -of this license, apply to copying and distributing Project -Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm -concept and trademark. 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Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. 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font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of <span lang='es' xml:lang='es'>Gerona</span>, by Benito Pérez Galdós</p> -<div style='display:block; margin:1em 0'> -This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and -most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions -whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms -of the Project Gutenberg License included with this eBook or online -at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. 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Las restantes rayas han sido - espaciadas según los modernos usos ortotipográficos.</li> - - <li>Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final - del párrafo en que se las llama.</li> - - <li>Una página en blanco ha sido eliminada.</li> - </ul> -</div> - - -<div class="screenonly x-ebookmaker-drop"> - <hr class="chap" /> - <div class="figcenter"> - <img class="thin" - style="width: 26em; height: auto;" - src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> -</div> - - -<div class="tit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p> - <p class="lh150 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p> - <hr class="tir" /> - <p class="fs140 lh150 ws1">GERONA</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter pt6"> - <p><span class="pagenum" id="Page_2">p. 2</span></p> - <div class="legal"> - <p>Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán - furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.</p> - </div> - - <div class="mt4"> - <hr class="fil" /> - <p class="centra smaller">Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.</p> - </div> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="tit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p> - <p class="fs120 lh150 ws1">B. PÉREZ GALDÓS</p> - <p class="fs140 lh150 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p> - <p class="lh150 ws1">PRIMERA SERIE</p> - <hr class="fil" /> - - <p class="fs350 g0 mt05">GERONA</p> - - <hr class="tir" /> - <p class="fs110 negr g1 ws1 mt2">41.000</p> - - <div class="figcenter mt3"> - <img src="images/logo.jpg" - style="width: 5em; height: auto;" - alt="Logotipo del editor" /> - </div> - - - <p class="fs110 g1 mt3">MADRID</p> - <p class="smaller ws1">LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO</p> - <p class="smaller ws1">Calle del Arenal, núm. 11.</p> - <p class="negr">—</p> - <p class="negr g0">1908</p> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch0"> - <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p> - <h2 class="nobreak g0">GERONA</h2> - <hr class="tir" /> -</div> - -<p>En el invierno de 1809 a 1810 las cosas de España no podían -andar peor. Lo de menos era que nos derrotaran en Ocaña, a los cuatro -meses de la casi indecisa victoria de Talavera: aún había algo más -desastroso y lamentable, y era la tormenta de malas pasiones que -bramaba en torno a la Junta Central. Sucedía en Sevilla una cosa que -no sorprenderá a mis lectores, si, como creo, son españoles, y era que -allí todos querían mandar. Esto es achaque antiguo, y no sé qué tiene -para la gente de este siglo el tal mando, que trastorna las cabezas -más sólidas, da prestigio a los tontos, arrogancia a los débiles, al -modesto audacia, y al honrado desvergüenza. Pero sea lo que quiera, -ello es que entonces andaban a la greña, sin atender al formidable -enemigo que por todas partes nos cercaba.</p> - -<p>Y aquel era enemigo, lo demás es flor de cantueso. Me río yo de -insurrecciones absolutistas y republicanas, en tiempos en que el -poder central cuenta con grandes elementos para<span class="pagenum" -id="Page_6">p. 6</span> sofocarlas. Aquello no se parecía a ninguna -de estas niñadas de ahora, pues con las tropas que Napoleón envió -a España a fines del año 9 constaba de trescientos mil hombres el -ejército invasor. Los nuestros, dispersos y desanimados, no tenían un -general experto que les mandase; faltaban recursos de todas clases, -especialmente de dinero, y en esta situación el poder central era -un hormiguero de intriguillas. Las ambiciones injustificadas, las -miserias, la vanidad ridícula, la pequeñez inflándose para parecer -grande como la rana que quiso imitar al buey, la intolerancia, el -fanatismo, la doblez, el orgullo rodeaban a aquella pobre Junta, que -ya en sus postrimerías no sabía a qué santo encomendarse. Bullían en -torno a ella políticos de pacotilla de la primera hornada que en España -tuvimos, generales pigmeos que no supieron ganar batalla alguna; y -aunque había también varones de mérito así en la milicia como en lo -civil, o no tenían arrojo para sobreponerse a los necios, o carecían de -aquellas prendas de carácter sin las cuales, en lo de gobernar, de poco -valen la virtud y el talento.</p> - -<p>Tuvo la Junta allá por marzo el malísimo acuerdo de restablecer -el Consejo de Castilla, fundiendo en él todos los demás Consejos -suprimidos; y cuando esta antigualla se vio de nuevo con vida; cuando -esta máquina roñosa, inútil y gastada se encontró otra vez puesta -en movimiento, allí era de ver cómo pretendía gobernar el mundo. -La fatuidad de aquellos consejeros que tanto adularon a José no -tenía<span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span> igual. Desde que se -les puso en juego, empezaron a intrigar con quien les había sacado del -olvido, y decían que la Junta era ilegítima. Valiéndose de D. Francisco -Palafox, hermano del defensor de Zaragoza; de Montijo, a quien hemos -visto en alguna parte; del Marqués de la Romana y de otros pájaros, -llenaron de enredos a la Junta y a la Comisión ejecutiva. Por último, -en la Regencia, última metamorfosis de aquel poder tan nacional como -desgraciado, también sembraron cizaña los del Consejo. Esta pandilleja -no era otra cosa que el partido absolutista, que ya empezaba a sacar -la oreja; y para que desde el principio se tuviera completa noticia -de su existencia, también repartió dinero entre la tropa, fiando sus -esperanzas a una sedición militar que por entonces quedó frustrada. -Nada de esto era ya nuevo en España, porque el motín de 19 de marzo -en Aranjuez, de que, si mal no recuerdo, hice mención, obra fue de -la misma gente; mas no se valieron solo de la tropa, sino también de -varios cuerpos facultativos y distinguidos, como los lacayos, pinches y -mozos de cuadra de la regia casa. En Sevilla azuzaron a lo que un gran -historiador llama con enérgico estilo <i>la bozal muchedumbre</i>, y -hubo frecuentes serenatas de berridos y patadas por las calles; mas no -pasó de aquí.</p> - -<p>Un arma moral esgrimían entonces unos contra otros los políticos -menudos, y era el acusarse mutuamente de malversadores de los caudales -públicos, grosero recurso que hacía muy buen efecto en el pueblo. -Cuando se disolvió<span class="pagenum" id="Page_8">p. 8</span> -la Junta en Cádiz, hubo un registro de equipajes de lo más vil y -bochornoso que contiene nuestra moderna historia; pero no se encontró -nada en las maletas de los patriotas, porque estos, malos o buenos, -tontos o discretos, no tenían el alma en los bolsillos, ni la tuvieron -aún sus inmediatos sucesores, años adelante.</p> - -<p>Perdonen ustedes si me ocupo de estos sainetes de la epopeya. Lo -extraño es que las miserias de los partidos (pues también entonces -había partidos, aunque alguien lo dude) no impedían la continuación -de la guerra, ni debilitaban el formidable empuje de la Nación, con -independencia de las victorias o derrotas del ejército. Verdad es que -las discordias de arriba no habían cundido a la masa común del país, -que conservaba cierta inocencia salvaje con grandes vicios y no pocas -prendas eminentes, por cuya razón la homogeneidad de sentimientos -sobre que se cimentara la nacionalidad, era aún poderosa, y España, -hambrienta, desnuda y comida de pulgas, podía continuar la lucha.</p> - - -<p class="mt2">Cansaría a mis amados lectores si les contara -detalladamente mi vida durante aquel funesto año 9, que comenzado -con las proezas de Zaragoza, terminaba con el desastre de Ocaña y -la dispersión del ejército español. Por fortuna no me encontré en -aquella jornada, pues incorporado al principio del año al ejército del -Centro, me destinaron en agosto a la división del Duque del Parque, y -asistí a la<span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span> acción de -Tamames. Poco puedo decir de la de Talavera que no sea por referencia, -pues el 27 y 28 de julio me encontraba en Puente del Arzobispo; y -aunque algo podría contar de la campaña del Duque del Parque, lo -omito por no cansar a mis amigos. A fin del año servía en la división -de D. Francisco Copons, que con las de D. Tomás Zeraín, de Lacy y -Zayas guardaba el paso de Sierra Morena; porque ha de saberse que -los franceses, envalentonados hasta lo sumo y reforzados con nueva -tropa, se disponían a invadir la Andalucía, a los diez y ocho meses -de la batalla de Bailén, ¡a los diez y ocho meses! Las fuerzas de que -disponíamos apenas merecían el nombre de ejército, y el del Duque de -Alburquerque, único que aún se conservaba en buen estado, no podía -tampoco resistir el empuje de los franceses victoriosos, y se retiraba -hacia el mediodía para proteger la residencia del poder central.</p> - -<p>¡Qué situación, amigos míos! Esto pasaba, como he dicho, al poco -tiempo de aquella brillante y rápida campaña de junio y julio de -1808; y los mismos lugares que antes nos vieron victoriosos y llenos -de orgullo, presenciaban ahora el triste desfile de los dispersos de -Ocaña, que a cada instante volvían el rostro con inquietud creyendo -sentir las pisadas de los caballos de Víctor, Sebastiani y Mortier.</p> - -<p>—¡Quién hubiera creído —dije a Andresillo Marijuán, cuando -almorzábamos en una venta de Collado de los Jardines— que habíamos de -desandar tan pronto este camino! Ahora me parece que no paramos hasta -Cádiz.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span>—Con paciencia -se gana el cielo —me contestó—. Yo tengo toda la que pueden dar -siete meses de bloqueo como el de Gerona. Todavía estoy admirado de -encontrarme vivo, Gabriel. Pero dime, ¿dónde has ganado esa charretera? -¿Creerás que yo no soy nada? Digo mal, porque dentro de la plaza me -hicieron a modo de sargento, y a estas horas nadie me ha reconocido mi -grado. Haré una reclamación a la Junta.</p> - -<p>—Yo gané mis grados en Zaragoza —respondí con orgullo—, y también te -aseguro que al cabo de un año conservo cierta duda de si seré yo mismo -el que en aquellos fieros combates se halló, o si después de muerto me -habré trocado en otro sujeto.</p> - -<p>—Bien dicen que en Zaragoza y en el ejército del Centro se dieron -los grados como quien echa almorzadas de trigo a las gallinas. Amigo -Gabriel, en España no se premia más que a los tontos, y a los que meten -bulla sin hacer nada. Dime, teniente de almíbar, ¿en Zaragoza comiste -ratones flacos y pedazos de estera fritos con grasa de asno viejo?</p> - -<p>Reíme de la pregunta, y los circunstantes dieron broma a Marijuán, -porque este, desde que se nos unió cerca de Almadén del Azogue en los -últimos días del año, nos había venido aturdiendo con el perenne contar -de sus privaciones y hambres en Gerona.</p> - -<p>—En mi mochila —continuó el aragonés— tengo un diario del sitio -que escribió en la plaza el Sr. D. Pablo Nomdedeu, y os lo daré a -leer, para despertar el apetito cuando estéis desganados. Por ahora en -marcha, que me parece<span class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span> -dan orden de tomar soleta hacia abajo.</p> - -<p>En efecto: después de una hora de descanso emprendimos el camino -hacia el mediodía, y Marijuán repetía la canción con que nos aporreaba -los oídos desde que le encontramos:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent2">Digasme tú, Girona,</div> - <div class="verse indent0">Si te n’arrendirás...</div> - <div class="verse indent4">Lirom lireta.</div> - <div class="verse indent0">Com vols que m’rendesca</div> - <div class="verse indent0">Si España non vol pas</div> - <div class="verse indent4">Lirom fa lá garideta,</div> - <div class="verse indent4">Lirom fa lireta lá.</div> - </div> -</div> -</div> - -<p>En Bailén hicimos noche. ¡Qué triste impresión produjo en mí la -vista de aquellos campos, al considerar que los atravesábamos después -de dejar casi toda Castilla en poder de los franceses, a quienes poco -antes habíamos sojuzgado con tanta fortuna en el mismo sitio! ¡Cómo -se representó en mi imaginación lo que allí había visto y oído: la -perspectiva y el estruendo glorioso de la acción, iluminada por el -ardoroso sol de julio! Todo estaba frío, helado, quieto, triste, -silencioso, oscuro: diríase que sobre los llanos y las mansas colinas -de Bailén, una pesada e informe sombra se paseaba a flor del suelo. -Visitamos luego Marijuán y yo el palacio de Rumblar, creyendo encontrar -allí todavía a la Condesa y su familia, y aunque era ya de noche, nos -propusimos penetrar, seguros de ser bien recibidos. Cuando dimos los -primeros aldabazos en la puerta, contestonos el lejano ladrido de un -perro, sin que rumor alguno indicase la presencia de criatura<span -class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span> humana en el palacio, lo cual -nos hizo comprender que estaba abandonado. Insistimos, sin embargo, en -dar golpes, y al cabo oímos una voz que desde el patio con enojado tono -nos respondía, mejor dicho, nos increpaba en esta forma:</p> - -<p>—Allá voy. ¡Condenados muchachos, qué querrán a estas horas!</p> - -<p>Abrionos echando sapos y culebras por su fea boca el tío Tinaja, -antiguo servidor de la casa (pues no era otro el que a la sazón la -guardaba), y luego que nos hubo reconocido, desarrugó el ceño, hízonos -entrar ofreciéndonos un asiento junto a la lumbre, y allí nos contó -cómo toda la familia con buena parte de la servidumbre había marchado a -Cádiz huyendo de la invasión francesa.</p> - -<p>—Mi señora la Condesa Doña María estaba en que se había de quedar -—nos dijo—; pero sus primas de Madrid, que llegaron por Todos los -Santos, le volvieron la cabeza del revés. D. Paco también tenía mucho -miedo, y entre él, las primas y las tres señoritas, todos llorando -y moqueando en ruedo, ablandaron el alma de bronce de la Condesa, -obligándola a marchar.</p> - -<p>—¿No ha venido también el Sr. D. Felipe? —pregunté comprendiendo a -qué personas el tío Tinaja se refería.</p> - -<p>—El Sr. D. Felipe no ha venido, porque, según dijeron, está con el -francés. Su hermana, la señora Marquesa, es muy española, y habían de -ver ustedes cómo disputa con su sobrina, que se ríe del <i>Lord</i>, y -dice que ningún general español vale dos cuartos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span>—¿Ha venido también -D. Diego?</p> - -<p>—No, señor. ¡Pues pocas lágrimas han derramado las niñas, y pocos -mares han corrido de los ojos de la señora por las calaveradas -de D. Diego! No hay quien le saque de Madrid, donde se junta con -<i>flamasones</i>, <i>anteos</i>, perdularios, gabachos, y gente mala -que le trae al retortero. Parece que ya no se casa con la señorita -Inés, por cuya razón mi ama está que trina, y el otro día ella y sus -primas hablaron más de lo regular. D. Paco se puso por medio, y echó -una arenga en latín. Las señoritas empezaron a llorar, y aquel día en -la mesa nadie habló palabra. No se oía más ruido que el de los dientes -mascando, el de los tenedores picando en los platos, y el de las moscas -que iban a golosinear.</p> - -<p>—¿Y cuándo salieron para Cádiz?</p> - -<p>—Hace cuatro días. Las tres señoritas iban muy contentas, y Doña -María muy triste y ensimismada. La mala conducta del Sr. D. Diego la -tiene en ascuas, y la buena señora se va acabando.</p> - -<p>Nada más me dijo aquel hombre que merezca mención, y a varias -preguntas mías, harto prolijas e impertinentes, no contestó cosa alguna -de provecho. Después que nos ofreció parte de su cena, díjonos que -podíamos albergarnos en la casa por aquella noche, y como la tropa se -alojaba en el pueblo, nos quedamos allí. Solo, y mientras Marijuán -dormía, recorrí varias habitaciones altas de la casa, iluminadas no más -que por la luna, y una dulce, inexplicable claridad llenaba mi<span -class="pagenum" id="Page_14">p. 14</span> alma durante aquella muda y -solitaria exploración. No hubo mueble que no me dijese alguna cosa, y -mi imaginación iba poblando de seres conocidos las desiertas salas. -La alfombra conservaba a mis ojos una huella indefinible, más bien -pensada que vista; vi un cojín que aún no había perdido el hundimiento -producido por el brazo que acababa de oprimirlo, y en los espejos creí -ver, no la huella ni la sombra, porque estas voces no son propias, sino -una nada, mejor dicho, un vacío, dejado allí por la imagen que había -desaparecido.</p> - -<p>En una habitación que daba a la huerta vi tres camas pequeñas. -Dos de ellas parecían tener como un lugar fijo en los dos testeros -de derecha e izquierda. La tercera, que estorbaba el paso, revelaba -haber sido puesta para un huésped de pocos días. Las tres estaban -cubiertas de blanquísimas colchas, bajo las cuales los fríos colchones -se inflaban sin peso alguno. La pila de agua bendita estaba llena aún, -y mojé las puntas de los dedos, haciéndome en la frente la señal de la -cruz. Un fuerte escalofrío corrió por mi cuerpo al contacto helado, -como si los dedos que habían tomado las últimas gotas se rozaran con -los míos en la superficie del agua. Recogí del suelo una pequeña cinta -y unos pedacitos de papel retorcidos, engrasados y perfumados, que -indicaban haber servido para moldear los rizos de una cabellera. El -silencio de aquel lugar no me parecía el silencio propio de los lugares -donde no hay nadie, sino aquel que se produce<span class="pagenum" -id="Page_15">p. 15</span> en los intervalos elocuentes de un diálogo, -cuando, hecha la pregunta, el interlocutor medita lo que va a -responder.</p> - -<p>Salí de aquella estancia, y después de recorrer otras con igual -interés, sintiéndome al fin cansado, me recosté en un sofá, donde cerca -ya del alba me dormí profundamente. La luz del día entraba a torrentes -por las ventanas y balcones cuando me despertó Andrés cantando su -estribillo catalán:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent2">Digasme tú, Girona,</div> - <div class="verse indent0">Si te n’arrendirás.</div> - </div> -</div> -</div> - -<p>En aquellos días, los últimos del mes de enero de 1810, ocurrieron -las más lamentables desgracias del ejército español. Creeríase que el -genio de la guerra, fundamental en nosotros como el eje del alma, nos -había faltado, y la lucha fue desordenada y a la aventura. El General -Desolles atacó en Puerto del Rey a la división Girón, que se desbandó -junto a las Navas de Tolosa, y al mismo tiempo Gazán acometía el paso -de Nuradal, mientras Mortier forzaba el de Despeñaperros. El mariscal -Víctor penetró por Torrecampo para caer sobre Montoro, y Sebastiani por -Montizón, de modo que la invasión de Andalucía se verificó por cuatro -puntos distintos con estrategia admirable que acabó de desconcertarnos. -Verdad es, y sírvanos esto de disculpa, que teníamos por General en -Jefe a D. Juan Carlos Aréizaga, hombre nulo en el arte de la guerra, y -en cuya cabeza no cabían tres docenas de hombres. La pericia de algunos -jefes<span class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> subalternos -servía de muy poco, y desmoralizada la tropa, convencida de su -incapacidad para la resistencia, no veía delante de sí ni gloria ni -honor, sino el cómodo refugio de Córdoba, Sevilla o la Isla gaditana. -Resistencia formal solo la hallaron los franceses por Montizón, entre -Venta Nueva y Venta Quemada, donde mandaba D. Gaspar Vigodet, el cual, -después de batirse con mucho arrojo, ordenó la retirada en regla. En -suma, señores míos, doloroso es decirlo y doloroso recordarlo; pero es -lo cierto que los franceses avanzaron hacia Córdoba cuando nosotros -llorábamos nuestra impotencia camino de Sevilla.</p> - -<p>¿Y qué podré deciros del espectáculo que nos ofreció esta ciudad -amotinada, sometida a las intrigas de una facción tan pequeña -como audaz? De buena gana no diría nada, tragándome todo lo que -sé y ocultando todo lo que vi, para que semejantes fealdades no -entristecieran estos cuadros; pero ya la fama ha dicho cuanto había -que decir, y no porque yo lo calle dejará de saberse, que si en mí -consistiera, a este y a otros hoyos de nuestra historia les echaría -tierra, mucha tierra.</p> - -<p>Es el caso que fugitiva la Central, los conspiradores erigieron allí -una juntilla suprema, y azuzado el populacho, no se oían más que vivas -y mueras, olvidándose del francés que tocaba a las puertas, cual si en -el suelo patrio no hubiese ya más enemigos que aquellos desgraciados -centrales. ¡Lo que es la pasión política, señores! No conozco peor -ni más vil sentimiento que este, que impulsa a<span class="pagenum" -id="Page_17">p. 17</span> odiar al compatricio con mayor vehemencia -que al extranjero invasor. Yo me espantaba presenciando los atropellos -verificados contra algunos, y la salvaje invasión de las casas de -otros. ¡Y gracias que escaparon con vida de la plebe holgazana y -chillona! En una palabra, aquello era de lo más denigrante que he visto -en mi vida, y si la Junta Central valía poco, los individuos que en -Sevilla y después en Cádiz agujerearon sus fundamentos, como inquietos -y vividores reptiles, no ocupan, a pesar de su mucho bullir y de las -distintas posturas que tomaron, un lugar visible en la historia. Su -pequeñez les hace desaparecer en las perspectivas de lo pasado, y -sus nombres sin eco no despiertan admiración ni encono. Pertenecen -a ese vulgo que, con ser tan vulgo, ha influido en los destinos del -país desde la primera revolución acá; gentezuela sin ideal, que se -perdería en las muchedumbres como las gotas de lluvia en el Océano, si -la vituperable neutralidad política de la mayoría honrada, decente, -entendida y patriota, no les permitiera actuar en la vida pública, -tratando al país como un objeto de su exclusiva pertenencia, que se les -ha dado para divertirse.</p> - -<p>Pero quiero poner punto en esta materia, que seduce poco mi -entendimiento. Continuando nuestra retirada llegamos al Puerto de -Santa María, donde estuvimos dos días con sus noches, y allí fue donde -adquirí sobre el formidable cerco de Gerona estupendas noticias. Debo -una explicación a mis lectores, y voy a darla.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span>Mi objeto al comenzar -esta última sesión, en que apaciblemente nos encontramos, amados -señores míos, fue referir lo mucho y bueno que vi en Cádiz cuando nos -refugiamos allí, después que los franceses penetraron en Andalucía; -pero un deber patriótico me obliga a aplazar por breve tiempo este -mi natural deseo, dando la preferencia a algunos hechos del sitio -de Gerona, que contaré también, si bien los contaré de oídas. Un -amigo de aquellos días, y que después lo fue también en épocas más -bonancibles, me entretuvo durante dos largas noches con la descripción -de maravillosas hazañas que no debo ni puedo pasar en silencio. Aquí -las pongo, pues, suspendiendo el curso de mi historia, que reanudaré en -breve, si Dios me da vida a mí y a ustedes paciencia. Solo me permito -advertir que he modificado un tanto la relación de Andresillo Marijuán, -respetando por supuesto todo lo esencial, pues su rudo lenguaje me -causaba cierto estorbo al tratar de asociar su historia a las mías. -Hago esta advertencia para que no se maravillen algunos de encontrar en -las páginas que siguen observaciones, frases y palabras impropias de -un muchacho sencillo y rústico. Tampoco yo me hubiera expresado así en -aquellos tiempos; pero téngase presente que, en la época en que hablo, -cuento algo más de ochenta años, vida suficiente a mi juicio para -aprender alguna cosa, adquiriendo asimismo un poco de lustre en el modo -de decir.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_19">p. 19</span></p> - <p class="centra lh200 g0 ws1 fs110">RELACIÓN</p> - <p class="centra lh200 fs75">DE</p> - <p class="centra lh200 g1 ws1 fs130">ANDRESILLO MARIJUÁN</p> - <hr class="tir" /> - <h2 class="nobreak">I</h2> -</div> - -<p>Entré en Gerona a principios de febrero, y me alojé en casa de un -cerrajero de la calle de Cort-Real. A fines de Abril, salí con la -expedición que fue en busca de víveres a Santa Coloma de Farnés, y -a los pocos días de mi regreso, murió a consecuencia de las heridas -recibidas en el segundo sitio aquel buen hombre que me había dado -asilo. Creo que fue el 6 de mayo, es decir, el mismo día en que -aparecieron los franceses, cuando al volver de la guardia en el fuerte -de la Reina Ana, encontré muerto al Sr. Mongat, rodeado de sus cuatro -hijos que lloraban amargamente.</p> - -<p>Hablaré de los cuatro huérfanos, que ya lo eran completamente por -haber perdido a su madre algunos meses antes. Siseta, o como si<span -class="pagenum" id="Page_20">p. 20</span> dijéramos, Narcisita, la -mayor en edad, tenía poco más de los veinte, y los tres varoncillos -no sumaban entre todos igual número de años, pues Badoret<a -id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a> apenas -llegaba a los diez; Manalet<a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2" -class="fnanchor">[2]</a> no tenía más de seis, y Gasparó empezaba -a vivir, hallándose en el crepúsculo del discernimiento y de la -palabra.</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a> -Diminutivo de Salvador.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_2" href="#FNanchor_2" class="label">[2]</a> Ídem de -Manuel.</p> - -</div> - -<p>Cuando penetré en la casa y vi cuadro tan lastimoso, no pude -contener las lágrimas y me puse a llorar con ellos. El Sr. Cristòful -Mongat era una excelente persona, buen padre y patriota ardiente; -pero aún más que el recuerdo de las buenas prendas del difunto me -contristaba la soledad de las cuatro criaturas. Yo les amaba mucho, -y como mi buen humor y franca condición propendían a enlazar el alma -de aquellos inocentes con la mía, en algunos meses de trato, Badoret, -Manalet y Gasparó se desvivían por mí. No hablo aquí de Siseta, porque -para esta tenía yo un sentimiento extraño, de piedad y admiración -compuesto, como se verá más adelante. Mi ocupación en la casa mientras -vivió el Sr. Mongat era en primer término hablar con este de las -cosas de la guerra, y en segundo término divertir a los chicos con -toda clase de juegos, enseñándoles el ejercicio, y representando con -ellos detrás de un cofre las escenas del ataque, defensa y conquista -de una trinchera. Cuando yo iba de guardia, bien a Montjuich, bien a -los reductos del Condestable o del Cabildo, los tres, incluso<span -class="pagenum" id="Page_21">p. 21</span> Gasparó, me seguían con -sendas cañas al hombro, remedando con la boca el son de cajas y -trompetas, o relinchando al modo de caballos.</p> - -<p>Asociado cordialmente a su desgracia, les consolé como pude, y -al día siguiente, después que echamos tierra al buen cerrajero, y -luego que se retiraron los vecinos fastidiosos que habían ido a hacer -pucheros condoliéndose ruidosamente de los huerfanitos, pero sin darles -auxilio alguno, tomé por la mano a Siseta, y llevándola a la cocina, le -dije:</p> - -<p>—Siseta, ya tú sabes...</p> - -<p>Pero antes quiero decir que Siseta era una muchacha gordita y -fresca, que sin tener una hermosura deslumbradora, cautivaba mi alma -de un modo extraño, haciéndome olvidar a todas las demás mujeres, y -principalmente a la que había sido mi novia en la Almunia de Doña -Godina. Rosada y redondita, Siseta parecía una manzana. No era esbelta, -pero tampoco rechoncha. Tenía mucha gracia en su andar, y poseyendo -bastante ingenio y soltura en la conversación, sabía, sin embargo, -acomodarse a las situaciones, distinguiéndose por una gran disposición -para no estar nunca fuera de su lugar, de cuyas prendas puede colegirse -que Siseta tenía talento.</p> - -<p>Pues bien, como antes indiqué, tomándole una mano, le dije:</p> - -<p>—Siseta...</p> - -<p>No sé qué me pasó en la lengua, pues callé un buen rato, hasta que -al fin pude continuar así:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span>—Siseta, ya tú sabes -que va para cuatro meses que estoy alojado en tu casa...</p> - -<p>La muchacha hizo un signo afirmativo, demostrando estar convencida -de mi permanencia en la casa durante cuatro meses.</p> - -<p>—Quiero decir —proseguí— que durante tanto tiempo he comido de tu -pan, aunque también os he dado el mío. Ahora, con la muerte del Sr. -Cristòful, os habéis quedado huérfanos. ¿Tenéis tierras, alguna casa, -alguna renta?</p> - -<p>—No tenemos nada —me contestó Siseta, dirigiendo tristes miradas -a los cacharros de la cocina—. No tenemos nada más que lo que hay en -casa.</p> - -<p>—Las herramientas valen alguna cosa —dije—; mas, en fin, no hay que -apurarse, que Dios aprieta, pero no ahoga. Aquí está el brazo de Andrés -Marijuán. ¿Dejó tu padre algún dinero?</p> - -<p>—Nada —respondió—, no ha dejado nada. Durante su enfermedad -trabajaba muy poco.</p> - -<p>—Bien, muy bien —dije yo—. Con eso podéis recibir el plus que nos -dan ahora, y la ración que me toca todos los días. No hay que apurarse. -Tú serás la madre de tus hermanos, y yo seré su padre, porque estoy -decidido a ahorcarme contigo. Ea, dejarse de lloriqueos; Siseta, yo -te quiero. Tal vez creerás tú que yo no poseo tierras. ¡Qué tonta! -Si vieras qué dos docenas de cepas tengo en la Almunia; si vieras -qué casa... solo le falta el techo; pero es fácil componerla, sin -fabricarla toda de nueva planta. Conque lo dicho, dicho. En cuanto -se<span class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span> acabe este sitio, -que será cosa de días a lo que pienso, venderás los cachivaches de la -herrería; me darán mi licencia, pues también se concluirá la guerra; -pondremos sobre un asno a la señora Siseta con Gasparó y Manalet, y -tomando yo de la mano a Badoret, camina que caminarás, nos iremos -a ese bajo Aragón, que es la mejor tierra del mundo, donde nos -estableceremos.</p> - -<p>Una vez que desembuché este discurso, volví al taller, con objeto -de examinar las herramientas, y todo aquel mueblaje me pareció de -poquísimo valor. La huérfana, después que me oyera, sin decir cosa -alguna, púsose a arreglar los trastos, ordenando todo con hábil mano, -y a limpiar el polvo. Los chicos me rodearon al punto, corriendo -precipitadamente a traer sus cañas, palos y demás aparatos de guerra, -viéndome yo obligado, en razón de esta diligencia, a recomendarles gran -celo en el servicio de la patria y el Rey, pues bien pronto, si los -franceses apretaban el cerco, Gerona necesitaría de todos sus hijos, -aun de los más pequeñitos. Por último, después que durante media hora -pusieron armas al hombro y en su lugar, cebaron, cargaron, atacaron -e hicieron varias descargas imaginarias, pero que retumbaban en el -angosto taller, les vi soltar las armas, decaído el marcial ardor, y -volver a su hermana con elocuente expresión los ojos.</p> - -<p>—¿Qué? —pregunté yo comprendiendo lo que significaba aquel mudo -interrogatorio—. Siseta, ¿no hay que comer?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span>Siseta, disimulando -sus lágrimas, registraba los negros andamios de una alacena, en cuyas -cavernosas profundidades la infeliz se empeñaba en ver alguna cosa.</p> - -<p>—¿Cómo es eso? —dije—. Siseta, no me habías dicho nada. ¿Qué me -costaría ir al cuartel y pedir que me adelanten la ración de mañana?... -¿Y para qué quiero yo los siete cuartos que tengo ahorrados? Nada, -hija: es preciso, no solo traer lo necesario para hoy, sino también -provisiones abundantes, por si escasean los víveres dentro de la plaza. -Dicen que ahora nos van a dar dos reales diarios. Ya me figuro lo -que harás tú con esta riqueza. Pero no es ocasión para detenerme en -habladurías, que estos valientes soldados se mueren de hambre. Toma los -siete cuartos; voy al punto por la libreta.</p> - -<p>No tardé en volver con el pan, y tuve el gusto de ver comer a mis -hijos (desde entonces empecé a darles este nombre). Siseta se mantuvo -en los límites de una sobriedad excesiva, y mientras duró el festín -les hablé de los grandes acopios de víveres que se estaban haciendo en -Gerona, conversación que parecía muy del agrado de los pequeñuelos. En -esto, el Sr. Nomdedeu, habitante del piso superior de la casa, pasó -por delante de la tienda en dirección al portal contiguo. Saludonos -afablemente a todos, y después de decir algunas palabras de desconsuelo -con motivo de la pérdida del excelente Sr. Mongat, subió a su casa, -rogándome que le acompañara. Yo tenía costumbre de ir todas las mañanas -a referirle<span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span> lo que -se decía en los cuerpos de guardia, y estas visitas tenían para mí -el doble atractivo de contar lo que sabía, y de oír las agradables -pláticas del Sr. Nomdedeu, hombre con quien no se hablaba una sola vez -sin sacar alguna enseñanza provechosa.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch2"> - <h2 class="nobreak g0">II</h2> -</div> - -<p>El Sr. D. Pablo Nomdedeu era médico. No pasaba de los cuarenta y -cinco años; pero los estudios o penas domésticas, para mí desconocidas, -habían trabajado en tales términos su naturaleza, que aparentaba -mucho más del medio siglo. Era acartonado, enjuto, amarillo, con gran -corva en la espina dorsal, y la cabeza salpicada de escasos pelos -rubios y blancos, como yerba que nace al azar en ingrata tierra. -Todo anunciaba en él debilidad y prematura vejez, excepto su mirar -penetrante, imagen del alma enérgica y del entendimiento activo. Vivía -en apacible medianía, sin lujo, pero también sin pobreza; muy querido -de sus paisanos, consagrado fuera de casa a los enfermos del hospital, -y dentro de ella al cuidado de su hija única, enferma también de -doloroso e incurable mal. Para que ustedes acaben de conocer a aquel -apreciable sujeto, me falta decirles que Nomdedeu era un hombre de gran -saber y de mucha amenidad en su sabiduría. Todo lo observaba, y no se -permitía<span class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span> ignorar nada, -de modo que jamás ha existido un hombre que más preguntase. Yo no creí -que los labios preguntasen tonterías de las que no ignora un rústico; -pero él me dijo varias veces que la ciencia de los libros no valdría -nada, si no se cursase el doctorado de la conversación con toda clase -de personas.</p> - -<p>De su casa poco diré. Era tan humilde como decente. Muchos libros; -algunas estampas francesas de anatomía, emparejadas con otras -de santos, y bastantes cuadros que ostentaban detrás del vidrio -innumerables yerbas secas con sendos letreros manuscritos al pie. Pero -lo que principalmente impresionaba mi ánimo al subir a casa del Sr. -Nomdedeu, era una criatura tierna y sensible, una belleza consumida y -marchita, una triste vida que junto a la ventanita abierta al mediodía -quería prolongarse absorbiendo los rayos del sol. Me refiero a la -desgraciada Josefina, hija del insigne hombre que he mencionado, la -cual, enferma y postrada, se me representaba como las flores secas -guardadas por el doctor detrás de un vidrio. Josefina había sido -hermosa; pero perdidos algunos de sus encantos, otros se habían -sublimado en aquel descendente crepúsculo que iba difundiendo sobre -ella las sombras de la muerte. Inmóvil en un sillón, su aspecto era por -lo común el de una absoluta indiferencia. Cuando su padre entró conmigo -el día a que me refiero, Josefina no respondió a sus caricias con una -sola palabra. Nomdedeu me dijo:</p> - -<p>—Su existencia de plomo está pendiente de una hebra de seda.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span>Pronunció estas -palabras en voz alta y delante de ella, porque Josefina estaba -completamente sorda.</p> - -<p>—El profundo silencio que la rodea —continuó el padre—, es -favorable a su salud, porque siendo su mal un desarrollo excesivo de -la sensibilidad, todo lo que disminuya las impresiones exteriores, -aumentará el reposo, a que debe esa lánguida y decadente vida. No -espero salvarla, y todo mi afán consiste hoy en embellecer sus días, -fingiendo que nos hallamos rodeados de felicidades y no de peligros. -Desearía llevarla al campo; pero el deber y el patriotismo me obligan a -no abandonar el cuidado del hospital, cuando nos amenaza un cerco, que -parece va a ser más riguroso que los dos primeros. Dios nos saque en -bien. ¿Conque se murió ese pobre Sr. Mongat?</p> - -<p>—Sí, señor —respondí—; y ahí tiene usted cuatro huérfanos desvalidos -que pedirían limosna por las calles de Gerona, si yo no estuviera -decidido a quitarme el pan de la boca para dárselo.</p> - -<p>—Dios te premiará tu generosidad. Yo también haré lo que pueda -por esos infelices. Siseta parece una buena muchacha, y sube algunas -veces a acompañar a mi hija. Dile que venga más a menudo, y hoy mismo -encargaré a la señora Sumta<a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3" -class="fnanchor">[3]</a> que les dé a los hijos de Cristòful Mongat -todo lo que sobre en la casa. Pero cuéntame: ¿qué has oído en el cuerpo -de guardia? Antes dime lo que ha ocurrido en esa<span class="pagenum" -id="Page_28">p. 28</span> expedición a Santa Coloma de Farnés. ¿Fuiste -allá?</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_3" href="#FNanchor_3" class="label">[3]</a> Lo mismo -que Asunción.</p> - -</div> - -<p>—Sí, señor; mas no nos ocurrió nada de particular. Los franceses se -nos presentaron en la tarde del 24 de Abril; pero como éramos pocos, y -no llevábamos por objeto el batirnos con ellos, sino traer provisiones -a Gerona, luego que cargamos los carros y las mulas, nos vinimos para -acá con D. Enrique O’Donnell. Los <i>cerdos</i><a id="FNanchor_4" -href="#Footnote_4" class="fnanchor">[4]</a> dominan toda la Segarra, -pero los somatenes les hacen perder mucha gente, y para abastecerse -pasan la pena negra. El General francés Pino mandó hace poco un -batallón a San Martín en busca de víveres. Al llegar el coronel -pidió al alcalde para el día siguiente de madrugada cierto número de -raciones de tocino (porque abundan en aquel pueblo los animalitos de -la vista baja); y como el batallón estaba cansado, dioles boletas de -alojamiento, distribuyendo a los soldados en las casas de los vecinos. -El alcalde aparentó deseo de servir al señor coronel, y al anochecer el -pregonero salió por las calles gritando: «<i>Eixa nit a las dotse, cada -vehí matará son porch.</i>»</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_4" href="#FNanchor_4" class="label">[4]</a> -En Cataluña, durante la invasión, llamaban a los franceses -<i>porchs</i>.</p> - -</div> - -<p>—Y cada vecino mató su francés.</p> - -<p>—Así parece, señor, y así me lo contaron en el camino; pero no -respondo de que sea verdad, aunque la gente de San Martín es capaz -de eso. Luego que hicieron su matanza, escondieron armas, morriones -y cuanto pudiera descubrirlos; y cuando se presentó el General<span -class="pagenum" id="Page_29">p. 29</span> Pino, trataron de probarle -que <i>allí no había estado nadie</i>.</p> - -<p>—¿Sabes, Andrés —me dijo Nomdedeu—, que esto parece cosa de -cuento?</p> - -<p>—Séalo o no —repuse—, con estos y otros cuentos se anima la gente. -Los <i>cerdos</i> están ya sobre Gerona, y esta mañana les hemos visto -en los altos de Costa-Roja. Aquí dentro no somos más que cinco mil -seiscientos hombres, que no son bastantes para defender la mitad de -los fuertes. De estos, el que no se ha caído ya es porque no se le ha -dado licencia. Si Zaragoza, que tenía dentro de murallas cincuenta mil -hombres, ha caído al fin en poder del francés, ¿qué va a hacer Gerona -con cinco mil seiscientos?</p> - -<p>—Ya serán algunos más —dijo Nomdedeu paseándose por la habitación -con la inquietud nerviosa y retozona que se apoderaba de él hablando -de las cosas de la guerra—. Todos los vecinos de Gerona toman las -armas, y hoy mismo se están formando en el claustro de San Félix las -listas de las ocho compañías que componen la <i>Cruzada gerundense</i>. -Yo he querido afiliarme; pero como médico, cuyos servicios no pueden -reemplazarse, me han dejado fuera con sentimiento mío. También se está -formando hoy el batallón de señoras, de que es coronela Doña Lucía -Fitz-Gerard: ¿la conoces? En verdad te digo, amigo Andrés, que en medio -de la pena que causa el considerar los desastres que nos amenazan, se -alegra uno al ver los belicosos preparativos que tanto enaltecen al -vecindario de esta ciudad.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_30">p. 30</span>Mientras esto -decíamos, expresándonos uno y otro con bastante exaltación, Josefina -fijaba en nosotros los ojos sorprendida y aterrada, y atendía a -nuestros gestos, dando a conocer que los comprendía tan bien como -la misma palabra. Advirtiolo su padre, y volviéndose a ella, la -tranquilizó con ademanes y sonrisas cariñosas, diciéndome:</p> - -<p>—La pobrecita ha comprendido al instante que estamos hablando de la -guerra. Esto le causa un terror extraordinario.</p> - -<p>La enferma tenía delante de sí, en una mesilla de pino, un gran -pliego de papel con plumas y tintero. La escritura servía a hija y -padre de medio de comunicación.</p> - -<p>Nomdedeu, tomando la pluma, escribió:</p> - -<blockquote> - - <p>«Hija mía, no tengas miedo. Hablábamos de las bandadas de palomas - que vio ayer Andresillo en Pedret. Dice que mató todas las que - quiso, y que te traerá un par esta tarde. No, no temas, hija mía, no - volverá a haber más sitios en Gerona. ¡Si se ha concluido la guerra! - Pues qué, ¿no lo sabías? Esas noticias ha traído el Sr. Andresillo. - Verdad que se me había olvidado contártelo. Estamos en paz. Veremos - si mañana puedes salir a dar un paseo por Mercadal. Iremos a Castellá - la semana que entra. ¡Dice nostramo Mansió que están los rosales - tan cargados de rosas!... ¿Pues y los cerezos? Este año habrá tanta - cereza, que no sabremos qué hacer de ella. He mandado que pongan dos - colmenas más, y parece que dentro de un mes la vaca tendrá su cría. - A la gallina pintada se le ha puesto una buena<span class="pagenum" - id="Page_31">p. 31</span> echadura con seis o siete huevos de pata. - Dentro de diez días los sacará a todos, y dará gusto ver a esa - familia.»</p> - -</blockquote> - -<p>Luego que esto escribió, volviose a mí el Sr. D. Pablo, y procurando -disimular su aflicción, me dijo:</p> - -<p>—De este modo la voy engañando, para arrancar su ánimo a la -tristeza. Si ella supiera que mi casa de campo con todas las plantas -y los animalitos que allí tenía no existe ya... Los franceses no -han dejado piedra sobre piedra. ¡Pobre de mí! Rodeado de desastres; -amenazado, como todos los gerundenses, de los horrores de la guerra, -del hambre y de la miseria, tengo que fingir junto a esta niña infeliz -un bienestar y una paz que está muy lejos de nosotros, y he de ocultar -la amargura de mi corazón destrozado, mintiendo como un histrión. -Pero así ha de ser. Tengo la convicción de que si mi hija llegase a -conocer la situación en que nos encontramos, y tuviese conocimiento del -bombardeo y de las escaseces que nos amagan, su muerte sería inmediata; -y quiero prolongarle la vida todo el tiempo que me sea posible, porque -confío en que si algún día Dios y San Narciso resuelven poner fin a las -desgracias de esta ciudad, podré salir de Gerona y llevarla a disfrutar -la vida del campo, única medicina que la aliviará.</p> - -<p>Josefina, al concluir de leer el papel, movió tristemente la cabeza -en señal de incredulidad, y luego dijo:</p> - -<p>—Pues marchémonos mañana a Castellá.</p> - -<p>—Este sí que es apuro —me dijo Nomdedeu,<span class="pagenum" -id="Page_32">p. 32</span> tomando la pluma para contestar a su hija—. -¿Qué le voy a decir?</p> - -<p>Pero sin detenerse, escribió:</p> - -<blockquote> - - <p>«Hija mía, ten un poco de paciencia. El tiempo, que parece bueno, - está muy malo, y mañana ha de llover. Yo lo conozco por lo que dicen - mis libros. Además tengo que hacer en el hospital durante algunos - días.»</p> - -</blockquote> - -<p>Entonces la enferma, que sin duda se fatigaba hablando o no tenía -gusto en pronunciar palabras que no oía, tomó también la pluma, y con -rapidez nerviosa trazó lo siguiente:</p> - -<blockquote> - - <p>«Andrés está hablando de batallas.»</p> - -</blockquote> - -<p>—¡No, no, señorita Josefina! —exclamé yo a gritos, pues es costumbre -instintiva alzar la voz delante de los sordos, aun sabiendo que estos -no nos pueden oír.</p> - -<blockquote> - - <p>«Precisamente —escribió D. Pablo—, ahora me estaba diciendo que le - van a dar la licencia, porque ya no se necesitan soldados. ¡Gracias - a Dios que se han acabado esas malditas guerras!... Hija mía, esta - tarde vendrán aquí algunos amigos para que bailen la sardana y te - distraigan un rato. ¿Por qué no sigues tu lectura?»</p> - -</blockquote> - -<p>Y luego puso en manos de su hija un tomo, que era la primera parte -del <i>Quijote</i>, el cual abrió ella por donde lo tenía marcado, -comenzando a leer tranquilamente.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span></p> - <h2 class="nobreak g0">III</h2> -</div> - -<p>Nomdedeu, llevándome junto a la ventana, me dijo:</p> - -<p>—La idea de la guerra y del bombardeo le causa mucho horror. Es -natural que así sea, puesto que de una fuerte y dolorosa impresión de -miedo proviene su desorden nervioso y la pasión de ánimo que la tiene -en tan lamentable estado. En el segundo sitio, amigo Andrés, puedo -decir que perdí a mi querida niña, único consuelo mío en la tierra. Ya -sabes que llegó aquí el bárbaro Duhesme a mediados de julio del año -pasado, cuando dijo aquellas arrogantes palabras: <i>El 24 llego, el -25 la ataco, el 26 la tomo, y el 27 la arraso.</i> Hombre que tales -bravatas decía igualándose a César, era forzosamente un necio. Llegó, -en efecto, y atacó; pero no pudo tomar ni arrasar cosa alguna, como no -fuese su propia soberbia, que quedó por tierra ante esos muros. Tenía -nueve mil hombres, y aquí dentro apenas pasaban de dos mil, con los -paisanos que se habían armado a toda prisa. Duhesme puso cerco a la -plaza, y abiertas trincheras contra Montjuich y los fuertes del Este -y Mercadal, el 13 empezó a bombardearnos sin piedad. El 16 intentaron -asaltar el Montjuich; pero sí... para ellos estaba. El regimiento -de<span class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span> Ultonia lo -defendía... Pero voy a mi objeto. Como te iba diciendo, mi pobre niña -perdió el sosiego, y su espanto la tenía en vela de día y de noche. -Su estado de excitación, junto con la resistencia a tomar alimento, -la puso a punto de morir. Figúrate mi pena y la de mi sobrino. Porque -he de advertirte que yo tenía un sobrino llamado Anselmo Quixols, -hijo de mi hermana Doña Mercedes, residente en La Bisbal. No sé si -sabrás que mi hermana y yo teníamos concertado casar a Anselmo con -Josefina, enlace que era muy agradable a entrambos muchachos, porque -desde algunos meses antes habían gastado algunas manos de papel en -escribirse cartas, y díchose mil amorosas palabras en honesto lenguaje. -Entonces vivíamos en la calle de la Neu, muy cerca de la plaza. El -día 15 habíamos bajado al portal, donde nos creíamos más seguros del -bombardeo, y estábamos comiendo en compañía de Anselmo, que por breve -rato dejó el servicio para venir a informarse de nuestra situación. -¡Ay, amigo Andrés! ¡Qué día, qué momento! Una bomba penetró por el -techo, atravesó el piso alto, y horadando las tablas cayó en el bajo, -donde al estallar con horrible estruendo causó espantosos estragos. -Anselmo quedó muerto en el acto, atravesado por un casco el pecho; -mi fámulo fue mortalmente herido, y la señora Sumta también, aunque -sin gravedad. Yo recibí un golpe, y solo mi hija quedó aparentemente -ilesa; pero ¡qué trastorno en su organismo! ¡qué desquiciamiento, qué -horrible perturbación en su<span class="pagenum" id="Page_35">p. -35</span> pobre alma! La horrenda explosión; el súbito peligro; la -muerte de su primo y futuro esposo a quien recogimos del suelo en el -momento de expirar; el riesgo que corríamos con el incendio de la casa, -hirieron con golpe tan rudo su naturaleza endeble y resentida, que -desde entonces mi hija, aquella muchacha amable, graciosa y discreta, -dejó de existir, y en su lugar dejome el cielo esta desvalida y -lastimosa criatura, cuyos padecimientos más me duelen a mí que a ella -propia; esta vida se me va aniquilando entre el dolor y la melancolía, -sin que nada pueda reanimarla. En el primer momento de la catástrofe, -Josefina se quedó como si hubiera perdido la razón. A pesar de nuestros -esfuerzos por sujetarla, salió corriendo a la calle, y sus lamentos -dolorosos detenían al pasajero y contristaban al invencible soldado. -Seguímosla, y llamándola sin cesar con las palabras más cariñosas, -intentábamos llevarla a sitio seguro donde se tranquilizase; pero -Josefina no nos oía. En su cerebro, agitado por hirviente excitación, -reinaba el silencio absoluto. Yo creí que no sobrevivía a aquel -trastorno; pero ¡ay, Andresillo! vive, gracias a mis cuidados, a mi -vigilante y previsor estudio por salvarla. Ha permanecido en cama -todo el invierno. Ya ves cómo está. ¿Vivirá? ¿Alargará sus tristes -días hasta el verano? ¿Podré salir de Gerona dentro de algunos meses, -si resistimos el asedio y se van los franceses? ¿Qué suerte nos -destina Dios en los días que vienen? ¡Pobre niñita mía! Inocente y -débil, sufrirá los horrores del sitio tal vez<span class="pagenum" -id="Page_36">p. 36</span> mejor que nosotros los fuertes. No sé qué -daría por que esta situación terminara pronto, permitiéndome salir una -temporada de campo con mi pobre enferma. Pero figúrate lo que dirían -de mí si ahora escapase de Gerona. No lo quiero pensar. Me llamarían -cobarde y mal patriota. En verdad, muchacho, que no sé cuál de estos -dos calificativos me lastima más. ¡Cobarde o mal patriota! No... aquí, -señor de Nomdedeu, señor médico del hospital; aquí, en Gerona, al -pie del cañón, con la venda en la mano y el bisturí en la otra para -cortar piernas, sacar balas, vendar llagas y recetar a calenturientos -y apestados. Vengan granadas y bombas.. Puede que se muera mi hija; -puede que la débil luz de esta lamparita se apague, no solo por falta -de aceite, sino por falta de oxígeno; morirá de terror, de consunción -física, de hambre; pero ¡qué vamos a hacer! ¡Si Dios lo dispone -así!...</p> - -<p>Diciendo esto, D. Pablo, vuelto hacia los cristales del balcón, se -limpiaba las lágrimas con un pañuelo encarnado tan grande como una -bandera.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch4"> - <h2 class="nobreak g0">IV</h2> -</div> - -<p>Por la noche, después de hacer la guardia en la Torre Gironella, -volví a mi alojamiento y me encontré con una novedad. Pichota -había<span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span> parido, sí, -señores, y la familia de que orgullosamente me consideraba jefe, se -aumentó con tres criaturas, a las cuales era preciso mantener. No sé -si he hablado a ustedes de Pichota, hermosa gata parda con manchas, a -quien los tres muchachos profesaban un amor sin límites. Perdóneseme el -descuido por no haberla mencionado antes, y ahora solo falta decir que -al ver los tres retoños que nos había regalado, dije a Siseta:</p> - -<p>—Es preciso que dos de estos caballeritos sean arrojados al Oñar, -porque no estamos para mantener a tanta gente. Luego que acaben de -mamar, será preciso una ración diaria para alimentarlos, y dicen que -vamos a andar escasos.</p> - -<p>—Déjalos, hombre —me respondió—. Dios dará para todos, y si no -que se lo busquen ellos mismos. No faltará que comer en Gerona. Los -<i>cerdos</i> no se meterán con ustedes, y hasta me parece que no se -atreverán a asomar las narices por acá.</p> - -<p>—¡Quia, qué se han de atrever! —exclamé yo con festiva ironía—. -Nos tienen mucho miedo. Sube conmigo a la Torre Gironella, y verás -los mosquitos que andan allá por Levante y Mediodía. Franceses en San -Medir, Montagut y Costa Roja; franceses en San Miguel y en los Ángeles, -y, por variar, franceses en Montelibi, Pau y el llano de Salt. Ya -verás, prenda mía. Aquí somos seis mil quinientos hombres que no bastan -para empezar, y tenemos unas murallitas... ¡qué obras, válgame Dios! Da -miedo verlas. Figúrate que cuando<span class="pagenum" id="Page_38">p. -38</span> los lagartos corren por entre las piedras, estas se mueven y -dan unas contra otras. No se puede hablar recio junto a ellas, porque -con el estremecimiento del sonido se caen de su sitio. En fin, yo no -sé lo que va a pasar cuando abran batería los franceses y empiecen a -bombardearnos.</p> - -<p>La señora Sumta, ama de gobierno de Don Pablo Nomdedeu, que solía -bajar a darnos conversación en sus ratos de ocio, metió su hocico en -nuestro diálogo, diciendo:</p> - -<p>—Tiene razón Andrés. Las murallas de los fuertes parecen una -almendrada hecha con azúcar sin punto. Mi difunto esposo, que de Dios -goce, y que hizo la campaña del Rosellón contra la república de los -<i>cerdos</i>, me decía varias veces: «Si no fuera porque está allí -San Fernando de Figueras con sus murallas de diamante, y aquí los -gerundenses con sus corazones de acero, todas las plazas del Ampurdán -caerían en poder de cualquier atrevido que pasase la frontera.» En fin, -lo de menos será la piedra, con tal que haya hombres de pecho y un buen -español que sepa mandarlos. ¿Y qué me dice usted, Sr. Andresillo, de -ese encanijado Gobernador que nos han puesto?</p> - -<p>—D. Mariano Álvarez de Castro. Este fue el que no quiso entregar a -los franceses el Montjuich de Barcelona. Dicen que es hombre de mucho -temple.</p> - -<p>—Pues no lo parece —repuso la señora Sumta—. Cuando nos mandaron -acá este sujeto en febrero y le vi, al punto le diputé por<span -class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span> poca cosa. ¡Qué se puede -esperar de quien no levanta tanto así del suelo! El otro día pasó junto -a mí, y... créalo usted, no me llega al hombro. El tal D. Mariano -Álvarez de Castro me serviría de bastón. ¿Le ha visto usted la cara? -Es amarillo como un pergamino viejo, y parece que no tiene sangre en -las venas. ¡Qué hombres los del día! Quien conoció a aquel General -Ricardos, que no cabía por esa puerta, con un pecho y una espalda... -Daba gusto ver su cara redondita y sus carrillos como clavellinas...</p> - -<p>—Señora Sumta —dije riendo—, cuando los generales tengan un oficio -semejante al de las amas de cría, entonces se podrá renegar de los que -sean flacos y encanijados.</p> - -<p>—No, Andresillo, no digo eso —repuso la matrona—. Lo que digo es que -sin presencia no se puede mandar. Considera tú: cuando una ve a Doña -Lucía Fitz-Gerard, coronela del batallón de Santa Bárbara; cuando una -ve aquellas carnes, aquel andar imponente, dan ganas de correr tras -ella a matar franceses. Pero dime, Siseta, ¿no estás tú afiliada en el -batallón de Santa Bárbara?</p> - -<p>—Yo, señora Sumta, no sirvo para eso —repuso mi futura esposa—. -Tengo miedo a los tiros.</p> - -<p>—Es que nosotras no hacemos fuego, hija mía, al menos mientras estén -vivos los hombres. Llevar municiones, socorrer a los heridos, dar -agua a los artilleros, y si se ofrece, ir aquí o allí con una orden -del General: esta será nuestra ocupación. Ya les he dicho que<span -class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span> cuenten conmigo para todo, -para todo, aunque sea para llevar la bandera del batallón. De veras te -digo, Andresillo, que es gran lástima no tener mejores murallas, y un -General menos amarillo y con algunos dedos más de talla.</p> - -<p>Yo me reía con las cosas de la señora Sumta, mujer tan amable como -entrometida, y lejos de enojarme sus barrabasadas, nos causaban sumo -gusto a Siseta y a mí, mayormente al ver que en sus visitas el ama de -gobierno de D. Pablo Nomdedeu no bajaba nunca sin traer algún condumio -para los huérfanos. A eso de las nueve se despidió para regresar a su -alojamiento, y entonces nos dijo:</p> - -<p>—Ya la señorita ha de estar acostada. El señor acaba de entrar, y -ahora estará escribiendo su <i>Diario de todos los días</i>, uno al -modo de libro de coro, donde va apuntando lo que le pasa. ¡Ay! el amo -confía que la niña se curará, y yo, sin ser médico, digo y aseguro -que si alarga hasta que caigan las hojas, será mucho alargar... Ahora -estamos empeñados en hacerle creer que la semana que viene iremos -a Castellá. Sí, ¡buena temporada de campo nos espera! Bombas y más -bombas. La niña no se ha de enterar de nada, y el amo dice que aunque -arda la ciudad toda y caigan a pedazos las casas, Josefina no lo ha -de conocer. Pues digo, si los <i>cerdos</i> aprietan el cerco, como -se cuenta, y escasean los víveres... Pero el amo tampoco quiere que -la niña comprenda que escasean las vituallas.<span class="pagenum" -id="Page_41">p. 41</span> Si tenemos hambre, capaz es mi señor Don -Pablo de cortarse un brazo y aderezar un guisote con él, haciendo creer -a la enferma que tenemos aquel día pierna de carnero. Bueno va, bueno -va. Adiós, Siseta; adiós, Andrés.</p> - -<p>Cuando nos quedamos solos dije a mi futura, mirando a los -gatitos:</p> - -<p>—Sálvense los tres infantes de España. Si hay hambre en Gerona, la -carne de gato dicen que no es mala. ¡Ay, Siseta de mi corazón! ¡Cuándo -nos veremos fuera de estas murallas! ¡Cuándo se acabará esta maldita -guerra! ¡Cuándo estaremos tú y yo con los muchachos, Pichota y sus -niños, camino de la Almunia de Doña Godina! ¿Estará de Dios que no nos -sentaremos a la sombra de mis olivos mirando a las ramas para ver cómo -va cuajando la aceituna?</p> - -<p>Hablando de este modo, me engolfaba en tristes presagios; pero -Siseta, con sus observaciones impregnadas de sentimiento cristiano, -daba cierta serenidad celeste a mi espíritu.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch5"> - <h2 class="nobreak">V</h2> -</div> - -<p>El 13 de junio, si no estoy trascordado, rompieron los franceses -el fuego contra la plaza, después de intimar la rendición por medio -de un parlamentario. Estaba yo en la Torre<span class="pagenum" -id="Page_42">p. 42</span> de San Narciso, junto al barranco de -Galligans, y oí la contestación de D. Mariano, el cual dijo que -recibiría a metrallazos a todo francés que en adelante volviese con -embajadas.</p> - -<p>Estuvieron arrojando bombas hasta el día 25, y quisieron asaltar -las torres de San Luis y San Narciso, que destrozaron completamente, -obligándonos a abandonarlas el 19. También se apoderaron del barrio de -Pedret, que está sobre la carretera de Francia, y entonces dispuso el -Gobernador una salida para impedir que levantasen allí batería. Pero -exceptuando la salida y la defensa de aquellas dos torres, no hubo -hechos de armas de gran importancia hasta principios de julio, cuando -los dos ejércitos principiaron a disputarse rabiosamente la posesión de -Montjuich. Los franceses confiaban en que con este castillo lo tendrían -todo. ¿Creerán ustedes que solo había dentro del recinto nuevecientos -hombres, que mandaba D. Guillermo Nash? Los imperiales habían levantado -varias baterías, entre ellas una con veinte piezas de gran calibre, -y sin cesar arrojaban bombas a los del castillo, que rechazaron los -asaltos con obuses cargados con balas de fusil. Por cuatro veces se -echaron los <i>cerdos</i> encima, hasta que en la última dijeron «ya -no más», y se retiraron, dejando sobre aquellas peñas la bicoca de dos -mil hombres entre muertos y heridos. No puedo apropiarme ni una parte -mínima de la gloria de esta defensa, porque la estuve presenciando -tranquilamente desde la Torre Gironella.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span>En todo el mes -de julio siguieron los franceses haciendo obras para aproximarse a -la plaza, y viendo que no la podían tomar a viva fuerza, ponían su -empeño en impedir que nos entraran víveres. De este plan comenzaron a -resentirse los ya alarmados estómagos.</p> - -<p>En casa de Siseta, sin reinar la abundancia, no se pasaba mal, y -con lo que yo les llevaba, unido a los frecuentes regalos del señor -D. Pablo Nomdedeu, iban tirando los desdichados habitantes de la -cerrajería. Verdad que yo me quedaba los más de los días mirando al -cielo para darles a ellos lo mío; pero el militar con un bocado aquí -y otro allí se mantiene, sostenido también por el espíritu, que toma -su substancia no sé de dónde. Yo tenía un placer inmenso al retirarme -a descansar unas cuantas horas o simplemente unos cuantos minutos, en -ver cómo trabajaba Siseta en su casa, arreglando por puro instinto -y nativo genio doméstico aquello que no tenía arreglo posible. Los -platos rotos eran objeto de una escrupulosa y diaria revisión, y la -vajilla más perfecta no habría sido puesta con mejor orden ni con tan -brillante aparato. En las alacenas, donde no había nada que comer, mil -chirimbolos de loza y lata, que fueron en sus buenos tiempos bandejas, -escudillas, soperas y jarros, aguardaban los manjares a que los destinó -el artífice, y los muebles desvencijados que apenas servían para -arder en una hoguera, adquirieron inusitado lustre con el tormento -de los diarios lavatorios y friegas a que la diligente muchacha los -sujetaba.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span>—Mira, prenda mía -—le decía yo—, se me figura que no vendrá ninguna visita. ¿A qué te -rompes las manos contra esa caoba carcomida y ese pino apolillado que -no sirve ya para nada? Tampoco viene al caso la deslumbradora blancura -de esas cortinas desgarradas y de esos manteles, sobre los cuales, por -desgracia, no chorreará la grasa de ningún pavo asado.</p> - -<p>Yo me reía, y hasta aparentaba burlarme de ella; pero entre tanto -una secreta satisfacción ensanchaba mi pecho, al considerar las -eminentes cualidades de la que había elegido para compañera de mi -existencia. Un día, después de hablar de estas cosas, subí a visitar al -Sr. Nomdedeu, y encontrele sumamente inquieto al lado de su hija, que -seguía leyendo el <i>Quijote</i>.</p> - -<p>—Andrés —me dijo dulcificando su fisonomía para disimular con los -ojos lo que expresaban las palabras—, principian a faltar víveres de -un modo alarmante, y los franceses no dejan entrar en la plaza ni una -libra de habichuelas. Yo estoy decidido a comprar todo lo que haya, a -cualquier precio, para que mi hija no carezca de nada; pero si llegan a -faltar los alimentos en absoluto, ¿qué haré? He reunido bastantes aves; -pero dentro de un par de semanas se me concluirán. Las pobres están tan -flacas que da lástimas verlas. Amigo, ya sabes que desde hoy empezamos -a comer carne de caballo. ¡Bonito porvenir! Álvarez dice que no se -rendirá, y ha puesto un bando amenazando con la muerte al que hable -de capitulación.<span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span> Yo -tampoco quiero que nos rindamos... de ninguna manera; pero ¿y mi hija? -¿Cómo es posible que su naturaleza resista los apuros de un bloqueo -riguroso? ¿Cómo puede vivir sin alimento sano y nutritivo?</p> - -<p>La enferma arrojó el libro sobre la mesa, y al ruido del golpe -volviose el padre, en cuya fisonomía vi mudarse con la mayor presteza -la expresión dolorosa en afectada alegría.</p> - -<p>En aquel momento trajo la señora Sumta la comida de la señorita, -y como esta viese un pan negro y duro, lo apartó de sí con ademán -desagradable.</p> - -<p>El padre hizo esfuerzos por reírse, y al punto escribió lo -siguiente:</p> - -<p>—¡Qué tonta eres! Este pan no es peor que el de los demás días, sino -mucho mejor. Es negro porque he mandado al panadero que lo amasase con -una medicina que le envié, y que te hará muchísimo provecho.</p> - -<p>Mientras ella leía, él trinchaba un medio pollo, mejor dicho un -medio esqueleto de pollo, sobre cuya descarnada osamenta se estiraba un -pellejo amarillo.</p> - -<p>—No sé cómo la convenceré de que tiene delante un bocado apetitoso -—me dijo con dolor profundo, pero cuidando de conservar la sonrisa en -los labios—. ¡Dios mío, no me desampares!</p> - -<p>La señora Sumta, detrás del sillón de la enferma, pronunció estas -palabras:</p> - -<p>—Señor, yo no quería decirlo, pero ello es preciso: de las cinco -gallinas que quedaban se han muerto tres, y dos están enfermas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span>—¿Es posible? ¡La -Santa Virgen nos ayude! —exclamó el doctor, chupando los huesos del -pollo para animar a su hija a que imitara tan meritoria abnegación—. -¡Conque se han muerto! Ya lo esperaba. Dicen que todas las aves del -pueblo se están muriendo. ¿Ha ido usted a la Plaza de las Coles a ver -si hay alguna gallina fresca y gorda?</p> - -<p>—No he visto más que alambres, y algunos lechuzos que dan asco.</p> - -<p>—¡Dios me tenga de su mano! ¿Qué vamos a hacer?</p> - -<p>Y diciendo esto chupaba y rechupaba un hueso, saboreándolo luego -con visajes de satisfacción, para ponderar de este modo a los ojos de -la enferma la excelencia de aquella vianda. Pero Josefina, después de -probar el seco animal, apartó el plato de sí con repugnancia. D. Pablo, -sin detenerse a escribir, porque en su azoramiento y ansiedad faltábale -la paciencia para recurrir a tan tardo medio, exclamó a gritos:</p> - -<p>—¿Qué, no lo quieres? Pues está exquisito, delicioso. Algo flaco; -pero ahora se usan los pollos flacos. Así lo prescribe la higiene, y -los buenos cocineros jamás te ponen en el puchero un ave medianamente -entrada en carnes.</p> - -<p>Pero Josefina no oía, como era de esperar, y cerrando los ojos -con desaliento, pareció más dispuesta a dormir que a comer. En tanto -D. Pablo levantábase, y paseando por el cuarto, cruzadas las manos -y con expresión de terror los ojos, no se cuidaba de disimular su -desesperación.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span>—Andrés —me dijo—, es -preciso que me ayudes a buscar algo que dar a mi hija. Gallinas, patos, -palomas: ¿se han concluido ya las aves de corral en Gerona?</p> - -<p>—Todo se ha concluido —afirmó la señora Sumta con oficiosidad—. -Esta mañana, cuando fui a la formación (pues yo pertenezco a la -segunda compañía del batallón de Santa Bárbara), todos los militares -se quejaban de la escasez de carnes, y la coronela Doña Luisa dijo que -pronto sería preciso comer ratones.</p> - -<p>—¡Vaya usted al demonio con sus batallones y coronelas! ¡Comer -animales inmundos! No, mi pobre enferma no carecerá de alimento sano. A -ver: busquen por ahí... pagaré una gallina a peso de oro.</p> - -<p>Luego, volviéndose a mí, me dijo:</p> - -<p>—Cuentan que se espera un convoy de víveres en Gerona, traído por -un General Blake. ¿Has oído tú algo de esto? A mí me lo dijo el mismo -Intendente, D. Carlos Beramendi, aunque también me manifestó que dudaba -pudiera llegar felizmente aquí. Parece que están en Olot con dos mil -acémilas, y todo se ha combinado para que salga de aquí D. Blas de -Fournás con alguna fuerza, con objeto de distraer a los franceses. -¡Oh, si esto ocurriera pronto y nos llegara harina fresca y alguna -carne!... Si no, dudo que nos escapemos de una horrorosa epidemia, -porque los malos alimentos traen consigo mil dolencias que se agravan -y se comunican con la insalubridad de un recinto estrecho y lleno de -inmundicias. ¡Dios mío! Yo no quiero nada para mí: me contentaré con -tomar<span class="pagenum" id="Page_48">p. 48</span> en la calle un -hueso crudo de los que se arrojan a los perros, y roerlo; pero que -no falte a mi inocente y desgraciada enfermita un pedazo de pan de -trigo y una hila de carne... Andrés, ¡si vieras qué malos ratos paso -en el hospital! El Gobernador ha mandado que los mejores víveres que -quedan se destinen a los soldados y oficiales heridos, lo cual me -parece muy bien dispuesto, porque ellos lo merecen todo. Esta mañana -estaba repartiéndoles la comida. ¡Si vieras qué perniles, qué alones, -qué pechugas había allí! Tuve intenciones de escurrir bonitamente -una mano por entre los platos y pescar un muslo de gallina, para -metérmelo con disimulo en el bolsillo de la chupa y traérselo a mi -hija. Estuve luchando un largo rato entre el afán que me dominaba y -mi conciencia, y al fin, elevando el pensamiento, y diciendo: «Señor, -perdóname lo que voy a hacer», me decidí a cometer el hurto. Alargué -los dedos temblorosos, toqué el plato, y al sentir el contacto de la -carne, la conciencia me dio un fuerte grito y aparté la mano; pero se -me representó el estado lastimoso de mi niña y volví a las andadas. -Ya tenía entre las garras el muslo, cuando un oficial herido me vio. -Al punto sentí que la sangre se me subía a la cara, y solté la presa -diciendo: «Señor oficial, no queda duda que esa carne es excelente -y que la pueden ustedes comer sin escrúpulo...» Me vine a casa con -la conciencia tranquila, pero con las manos vacías. Y hablando de -otra cosa, amigo Andrés, dicen que al fin se tendrá que rendir -Montjuich.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span>—Así parece, Sr. D. -Pablo. El Gobernador ha ofrecido premios y grados a los seiscientos -hombres de D. Guillermo Nash; pero con todo, parece que no pueden -resistir más tiempo. Los que hay dentro del castillo ya no son hombres, -pues ninguno ha quedado entero, y si se sostienen una semana, es -preciso creer que San Narciso hace hoy un milagro más prodigioso que el -de las moscas, ocurrido seiscientos años ha.</p> - -<p>—Esta mañana me dijeron que los del castillo no están ya para -fiestas; pero que el Gobernador Sr. Álvarez les manda resistir y más -resistir, como si fueran de hierro los pobres hombres. Diecinueve -baterías han levantado los franceses contra aquella fortaleza... conque -figúrate el sinnúmero de confites que habrá llovido sobre la gente de -D. Guillermo Nash.</p> - -<p>—No necesito figurármelo, Sr. D. Pablo —repuse—, que todo eso lo -tengo más que visto, pues la Torre Gironella, donde yo estoy, no tiene -ninguna varita de virtudes para impedir que las bombas caigan sobre -ella.</p> - -<p>La enferma, levantándose de su asiento sin ser sentida, se acercó a -nosotros.</p> - -<p>—Hija mía —le dijo Nomdedeu con sorpresa y cariño, a pesar de la -certeza de no ser oído—, tu disposición a andar me prueba que estás -mucho mejor. Unos cuantos paseos por las afueras de la ciudad te -pondrán como nueva. ¡Ay, Andrés! —añadió dirigiéndose a mí—, daría diez -años de mi vida por poder dar diez paseos con mi hija por el camino de -Salt. Por espacio<span class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span> de -muchos meses ha permanecido en una postración lastimosa, y ahora su -naturaleza, sintiéndose renacer, busca el movimiento y quiere sacudir -la mortal somnolencia.</p> - -<p>Josefina recorría la habitación con paso ligero, y sus mejillas se -tiñeron de levísimo carmín.</p> - -<p>—¡Oh, qué alegría! —exclamó D. Pablo—. En todo un año no has andado -tanto como en estos tres minutos. Mira, Andrés, cómo se le colorea el -semblante. La sangre circula, los miembros adquieren soltura y brío, la -apagada pupila brilla con nuevo ardor, y una respiración cadenciosa y -enérgica sale del oprimido pecho.</p> - -<p>Diciendo esto, mi amigo abrazó y besó a su hija con entusiasmo.</p> - -<p>—Aquí tienes, insigne Marijuán —prosiguió con júbilo—, el resultado -de mi sistema. Todos decían: «El Sr. D. Pablo Nomdedeu, que es tan buen -médico, no curará a su hija.» Y yo digo: «Sí, majaderos: el Sr. D. -Pablo Nomdedeu, que es un mal médico, curará a su hija.» Mi hija está -mejor, mi hija está buena, y con unos cuantos meses de temporada en -Castellá...</p> - -<p>La enferma, en efecto, manifestaba alguna animación. Al ver las -demostraciones de su padre, hizo y repitió enérgicos signos que no -entendí. La falta de oído habíale quitado el hábito de expresarse por -la palabra, adquiriendo con esto insensiblemente la rápida movilidad -facial y manual de los sordomudos. Solo en casos de apuro y cuando -no era comprendida,<span class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span> -recurría instintivamente a poner en acción la lengua, exprimiendo las -ideas con cierta oscuridad, y siempre con rapidez y escasa armonía.</p> - -<p>—Quiero vestirme —dijo agitando el guardapiés.</p> - -<p>—¿Para qué, hija?</p> - -<p>—¿No vamos esta tarde a Castellá? En el patio dos caballos... los he -visto.</p> - -<p>Nomdedeu hizo con la cabeza dolorosos signos negativos.</p> - -<p>—Esos caballos —me dijo—, son el mío y el del vecino D. Marcos, que -van al matadero.</p> - -<p>Josefina corrió a la ventana que daba al patio, volviendo luego a -nuestro lado.</p> - -<p>—¡Quiero salir... calle! —exclamó con vehemencia.</p> - -<p>—Hija mía —dijo D. Pablo asociando los signos a la palabra—, ya -sabes que ha llovido. Están los pisos llenos de fango. No te sentará -bien. Toma mi brazo y demos unos cuantos paseos de la sala a la cocina -y de la cocina a la sala.</p> - -<p>Josefina mostró inmenso fastidio, y miró a la calle con -desconsuelo.</p> - -<p>—Aquí tienes un gran compromiso —me dijo el doctor tirándose de un -mechón de cabellos.</p> - -<p>La desgraciada niña, mirando al cielo al través de los vidrios, -exclamó:</p> - -<p>—¡Qué precioso... el cielo!</p> - -<p>—Es verdad —repuso el padre—. Pero... más vale que te sientes en -tu silloncito. ¿Por qué no tomas alguna cosa? Mira... uno de estos -bollitos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span>Josefina corrió a su -asiento y dejose caer en él, apartando con repugnancia las golosinas -que le ofrecía su padre. Luego movió la cabeza a un lado y otro -cerrando los ojos, y pronunciando estas palabras que caían sobre el -corazón del padre como bombas en plaza sitiada:</p> - -<p>—¡Guerra en Gerona!... ¡Otra vez guerra en Gerona!</p> - -<p>Nomdedeu, sin atreverse a contradecirla, habíase sentado junto a -ella, y con la cabeza entre las manos lloraba como un chiquillo.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch6"> - <h2 class="nobreak g0">VI</h2> -</div> - -<p>Rindiose Montjuich a los dos días de ocurrir lo que llevo referido. -¿Qué podían hacer aquellos cuatrocientos hombres que habían sido -novecientos y ya caminaban a no ser ninguno? El 12 de agosto la -guarnición del castillo se componía de unos trescientos o cuatrocientos -hombres, sin piernas los unos, sin brazos los otros. Montjuich era un -montón de muertos, y lo más raro del caso es que Álvarez se empeñaba en -que aún podía defenderse. Quería que todos fuesen como él, es decir, -un hombre para atacar y una estatua para sufrir; mas no podía ser así, -porque de la pasta de D. Mariano Dios había hecho a D. Mariano, y -después dijo: «Basta, ya no haremos más.»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_53">p. 53</span>Se rindió el castillo -después de clavar los pocos cañones que quedaron útiles, y por la tarde -de aquel día vimos desfilar a la que había sido guarnición, marchando -la mayor parte al hospital. Todos quisimos ver a Luciano Anció, el -tambor que, después de haber perdido una pierna entera y verdadera, -siguió mucho tiempo señalando con redobles la salida de las bombas; -pero Luciano Anció había muerto sacudiendo el parche mientras tuvo -los brazos pegados al cuerpo. Daba lástima ver a aquella gente, y yo -le dije a Siseta, que había ido con los tres chicos a la Plaza de San -Pedro:</p> - -<p>—Como estos medios hombres estaré yo dentro de poco, Siseta, porque -ya que acabaron con Montjuich, ahora la van a emprender con la torre -Gironella, cuyas murallas no se han caído ya... por punto.</p> - -<p>Los franceses no esperaron al día siguiente para combatir la ciudad, -que se les venía a la mano, una vez que tenían la gran fortaleza, y -desde la misma noche empezaron a levantar baterías por todos lados. -Tanta prisa se dieron, que en pocos días alcanzamos a ver muchísimas -bocas de fuego por arriba, por abajo, por la montaña y por el llano, -contra la muralla de San Cristóbal y Puerta de Francia. El Gobernador, -que harto conocía la flaqueza de aquellas murallas de mazapán, dispuso -que se ejecutaran obras como las de Zaragoza: cortaduras por todos -lados, parapetos, zanjas y espaldones de tierra en los puntos más -débiles.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span>Las mujeres y los -ancianos trabajaron en esto, y yo me llevé a la Plaza de San Pedro a -mis tres chiquillos, que metían mucho ruido sin hacer nada. Por la -noche regresaron a su casa completamente perdidos de suciedad, y con -los vestidos hechos jirones.</p> - -<p>—Aquí te traigo estos tres caballeros —dije a Siseta—, para que los -repases.</p> - -<p>Ella se enojó viéndoles tan derrotados, y quiso pegarles; pero yo la -contuve diciendo:</p> - -<p>—Si han ido al trabajo, fue porque así lo ordenó el Gobernador D. -Mariano Álvarez de Castro. Son los tres muy buenos patriotas, y si -no es por ellos, creo que no se hubiera acabado hoy la cortadura que -cierra el paso de la calle de la Barca. ¿Ves? Esa arroba de fango que -tiene Gasparó en la cabeza, es porque quiso también meter sus manos -en harina, y subiendo al parapeto, rodó después hasta el fondo de la -zanja, de donde le sacaron con una azada.</p> - -<p>Siseta al oír esto empezó a solfearle en cierta parte, -encareciéndole con enérgicas palabras la conveniencia de que no tomase -parte en las obras de fortificación.</p> - -<p>—¿Ves este verdugón que tiene Manalet en el carrillo y en la sien -derecha? —proseguí, librando a Gasparó de las injusticias de su -hermana—. Pues fue porque se acercó demasiado al Gobernador cuando -este iba con el Intendente y toda la plana mayor a examinar las obras. -Estas criaturitas, no contentas con verle de cerca, se metían en el -corrillo, enredándose entre las piernas de D. Mariano en términos<span -class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span> que no le dejaban andar. Un -ayudante les espantaba; pero volvían como las moscas de San Narciso, -hasta que al fin, cansados del juego, los oficiales empezaron a -repartir bofetones, y uno de ellos le cayó en la cara a tu hermano -Manalet.</p> - -<p>—¡Ay, qué chicos estos! —exclamó Siseta—. Todos desean que se acabe -el sitio para poder vivir, y yo quiero que se acabe para que haya -escuela.</p> - -<p>Entre tanto, los tres patriotas volvían a todas partes sus ardientes -ojos, en cuya pupila resplandecía el rayo de una vigorosa y exigente -vida; miraban a su hermana y me miraban a mí, atendiendo principalmente -a los movimientos de mis manos, por ver si me las llevaba a los -bolsillos.</p> - -<p>—Siseta —dije—, ¿no hay nada que comer? Mira que estos tres -capitanes generales me quieren tragar con los ojos. Y verdaderamente, -¿cómo han de servir a la patria si no se les pone algún peso en el -cuerpo?</p> - -<p>—No hay nada —dijo la muchacha, suspirando tristemente—. Se ha -concluido lo que tú trajiste la semana pasada, y hace dos días que -la señora Sumta no me da ni una miga porque parece que arriba faltan -también las provisiones. ¿Nos traes algo esta noche?</p> - -<p>Por única respuesta, fijé la vista en el suelo, y durante largo rato -guardamos todos profundo silencio, sin atrevernos a mirarnos. Yo no -llevaba nada.</p> - -<p>—Siseta —dije al fin—. La verdad, hoy no he traído cosa alguna. -Sabes que no nos dan más<span class="pagenum" id="Page_56">p. -56</span> que media ración, y yo había tomado adelantadas dos o tres -diciendo que eran para un enfermo. Esta mañana me dio un compañero un -pedazo de pan... ¿y para qué negártelo?... tenía tanta hambre que me lo -comí.</p> - -<p>Felizmente para todos, bajó la señora Sumta, trayendo algunos -mendrugos de pan y otros restos de comida.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch7"> - <h2 class="nobreak g0">VII</h2> -</div> - -<p>Así pasaban días y días, y a los males ocasionados por el sitio, -se unió el rigor de la calurosa estación para hacernos más penosa la -vida. Ocupados todos en la defensa, nadie se cuidaba de los inmundos -albañales que se formaban en las calles, ni de los escombros, entre -cuyas piedras yacían olvidados cadáveres de hombres y animales; ni por -lo general, la creciente escasez de víveres preocupaba los ánimos más -que en el momento presente. Todos los días se esperaba el anhelado -socorro, y el socorro no venía. Llegaban, sí, algunos hombres, que de -noche y con grandes dificultades se escurrían dentro de la plaza; pero -ningún convoy de vituallas apareció en todo el mes de agosto. ¡Qué -mes, Santo Dios! Nuestra vida giraba sobre un eje cuyos dos polos eran -batirse y no comer. En las murallas era preciso estar constantemente -haciendo<span class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span> fuego, porque -la escasez de la guarnición no permitía relevos, además de que el -Gobernador, como enemigo del descanso, no nos dejaba descabezar un mal -sueño. Allí no dormían sino los muertos.</p> - -<p>Este continuado trabajo hizo que durante aquel mes aciago estuviese -hasta ocho días sin ver a mis queridos niños y a Siseta, los cuales me -juzgaron muerto. Cuando al fin les vi, casi les fue difícil reconocerme -en el primer instante: tal era mi extenuación y decaimiento a causa de -las grandes vigilias, del hambre y el continuo bregar.</p> - -<p>—Siseta —le dije abrazándola—, todavía estoy vivo aunque no lo -parezca. Cuando recuerdo el enorme número de compañeros míos que han -caído para no volverse a levantar, me parece que mi pobre cuerpo está -también entre los suyos, y que esto que va conmigo es un fantasma que -dará miedo a la gente. ¿Cómo va por aquí de alimentos?</p> - -<p>—Con el dinero que me quedaba de lo que tú me diste, hemos comprado -alguna carne de caballo. Algo nos envían de arriba, porque la señorita -enferma no quiere comer de estos platos que ahora se usan. El Sr. -Nomdedeu parará en loco, según yo veo, y ayer estuvo aquí todo el día -rellenando de paja dos pieles de gallina, con lo cual hace creer a su -hija que ha recibido aves frescas de la plaza. Después le da carne de -caballo, y echándole discursos escritos le hace comer unas tajaditas. -La señora Sumta salió ayer con su fusil, y volvió diciendo que había -matado<span class="pagenum" id="Page_58">p. 58</span> no sé cuántos -franceses. Los tres chicos no me han dejado respirar en estos ocho -días. ¿Querrás creer que ayer se subieron al tejado de la catedral, -donde están los dos cañones que mandó poner el Gobernador? Yo no sé -por dónde subieron; mas creo que fue por los techos del claustro. Lo -que no creerás es que Manalet vino ayer muy orgulloso porque le había -rozado una bala el brazo derecho, haciéndole una regular herida, por lo -cual traía un papel pegado con saliva encima de la rozadura. Badoret -cojea de un pie. Yo quiero detener al pequeño; pero siempre se escapa, -marchándose con sus hermanos, y ayer trajo un pedazo de bomba como -media taza, llena de granos de arroz que recogió en medio del arroyo... -Y tú ¿qué has oído? ¿Es cierto que vienen socorros por la parte de -Olot? El señor Nomdedeu no piensa más que en esto, y por las noches, -cuando siente algún ruido en las calles, se levanta, y asomándose por -el ventanillo del patio, dice: «Vecinita, esa gente que pasa me parece -que ha hablado de socorro.»</p> - -<p>—Lo que yo te puedo decir, Siseta, es que esta madrugada saldrá -alguna tropa de aquí por la ermita de los Ángeles, y se dice que va a -entretener a los franceses por un lado mientras el convoy entra por -otro.</p> - -<p>—Dios quiera que salga bien.</p> - -<p>Esto decíamos, cuando se sintió fuerte ruido de voces en la calle. -Abrí al punto la puerta, y no tardé en encontrar algunos compañeros -que, alojados en las casas inmediatas, salieron<span class="pagenum" -id="Page_59">p. 59</span> al oír el estruendo de carreras y voces. La -señora Sumta se presentó también a mi vista, fusil al hombro, y con -rostro tan placentero cual si viniese de una fiesta.</p> - -<p>—Ya tenemos ahí los socorros —dijo la guerrera, descansando en -tierra el fusil con marcial abandono.</p> - -<p>Al punto apareció en la ventana alta el busto del Sr. Nomdedeu, -quien sin poder contener su alegría, gritaba:</p> - -<p>—¡Ya ha llegado el socorro! ¡Albricias, pueblo gerundense! Señora -Sumta, suba usted a informarme de todo. ¿Pero ha entrado ya el convoy? -Traiga usted inmediatamente todo lo que encuentre, a cualquier precio -que lo vendan.</p> - -<p>Un soldado, amigo y compañero mío, nos dijo:</p> - -<p>—Todavía no ha entrado el convoy en la plaza, ni sabemos cuándo ni -por dónde entrará.</p> - -<p>—Lo cierto es que hacia el lado de Bruñolas se siente un vivo fuego, -señal de que por allí D. Enrique O’Donnell se está batiendo con los -franceses.</p> - -<p>—También se oye tiroteo por los Ángeles, donde dicen que está -Llauder. El convoy entrará por el Mercadal, si no me engaño.</p> - -<p>—Señora Sumta —dijo D. Pablo desde la ventana—, suba usted a -acompañar a mi hija mientras yo voy a enterarme de lo que ocurre; -pero deje usted fuera esos arreos militares, y póngase el delantal -y la escofieta. Entre tanto, encienda el fuego, ponga agua en<span -class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span> los pucheros, que si usted va -por los víveres, yo mondaré luego las seis patatas que compré hoy, y -haré todo lo demás que sea preciso en la cocina.</p> - -<p>Estas conferencias no se prolongaron mucho tiempo, porque -tocaron llamada y corrimos a la muralla, donde tuvimos la indecible -satisfacción de oír el vivo fuego de los franceses, atacados de -improviso a retaguardia por las tropas de O’Donnell y de Llauder. Para -ayudar a los que venían a socorrernos se dispararon, todas las piezas, -se hizo un vivo fuego de fusilería desde todas las murallas, y por -diversos puntos salimos a hostigar a los sitiadores, facilitando así -la entrada del convoy. Por último, mientras hacia Bruñolas se empeñaba -un recio combate en que los franceses llevaron la peor parte, por Salt -penetraron rápidamente dos mil acémilas, custodiadas por cuatro mil -hombres a las órdenes del General D. Jaime García Conde.</p> - -<p>¡Qué inmensa alegría! ¡Qué frenesí produjo en los habitantes de -Gerona la llegada del socorro! Todo el pueblo salió a la calle al -rayar el día para ver las mulas, y si hubieran sido seres inteligentes -aquellos cuadrúpedos, no se les habría recibido con más cariñosas -demostraciones, ni con tan generosa salva de aplausos y vítores. Al -pasar por la calle de Cort-Real, ya entrado el día, encontré a Siseta, -a los tres chicos y a D. Pablo Nomdedeu, y todos nos abrazamos, -comunicándonos nuestro gozo más con gestos que con palabras.</p> - -<p>—Gerona se ha salvado —decíamos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span>—Ahora que aprieten -los <i>cerdos</i> el cerco —exclamó D. Pablo—. ¡Dos mil acémilas! -Tenemos víveres para un año.</p> - -<p>—Bien decía yo —añadió Siseta— que por alguna parte había de -venir.</p> - -<p>Aquel día y los siguientes reinó en la plaza gran satisfacción, y -hasta nos hostilizaron flojamente los franceses, porque detuviéronse -algunos días en ocupar las posiciones que habían abandonado a causa -de la jugarreta que se les hizo. En cuanto a los auxilios, pasada la -impresión del primer instante, todos caímos en la cuenta de que los -mismos que nos los habían traído nos los quitarían, porque reforzada -la guarnición con los cuatro mil hombres de Conde, estos nos ayudaban -a consumir los víveres. ¡Funesto dilema de todas las plazas sitiadas! -Pocas bocas para comer dan pocos brazos para pelear. Gran número de -brazos trae gran número de bocas: de modo que si somos pocos nos vence -el arte enemigo; si somos muchos nos vence el hambre. Sobre esta -contradicción se funda verdaderamente todo el arte militar de los -sitios.</p> - -<p>Así se lo decía yo a D. Pablo pocos días después de la llegada de -las dos mil acémilas, anunciándole que bien pronto nos quedaríamos otra -vez en ayunas, a lo cual me contestó:</p> - -<p>—Yo he hecho grandes provisiones. Pero si el sitio se prolonga -mucho, también se me concluirán. Ahora, según dicen, Álvarez hará un -gran esfuerzo para quitarnos de encima esa canalla. Ya sabes que a -fuerza de cañonazos<span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span> -han abierto brecha en Santa Lucía, en Alemanes y en San Cristóbal. De -un día a otro intentarán el asalto. ¿Se podrá resistir, Andrés? Yo iré -a la brecha como todos. Pero ¿qué podremos hacer nosotros, infelices -paisanos, contra las embestidas de tan fiero enemigo?</p> - -<p>Desde aquellos días hasta el 15 de septiembre, en que D. Mariano -dispuso una salida atrevidísima, no se habló más que de los -preparativos para el gran esfuerzo, y los frailes, las mujeres y hasta -los chicos hablaban de las hazañas que pensaban realizar, peligros -que soportar y dificultades que acometer, con tan febril inquietud y -novelería como si aguardasen una fiesta. Yo le dije a Siseta que se -dispusiera a tomar parte con las de su sexo en la gran función; pero -ella, que siempre se negó a calzar el coturno de las acciones heroicas, -me contestó con risas y bromas que no servía para el caso; pero que si -por fuerza la llevaban a la batalla, haría la prueba de matar algún -francés con las tenazas de la herrería.</p> - -<p>La salida del 15 no dio otro resultado que envalentonar a los -señores <i>cerdos</i>, los cuales, deseosos de poner fin al cerco -tomando la ciudad, se nos echaron encima el día 19, asaltando la -muralla por distintos puntos con cuatro formidables columnas de a dos -mil hombres. En Gerona fueron tan grandes aquella mañana el entusiasmo -y la ansiedad, que hasta nos olvidamos de que nuevamente nos faltaba un -pedazo de pan que llevar a la boca.</p> - -<p>Los soldados conservaban su actitud serena<span class="pagenum" -id="Page_63">p. 63</span> e imperturbable; pero en los paisanos se -advertía una alucinación, algo como embriaguez, que no era natural -antes del triunfo. Los frailes, echándose en grupos fuera de sus -conventos, iban a pedir que se les señalase el puesto de mayor peligro; -los señores graves de la ciudad, entre los cuales los había que -databan del segundo tercio del siglo anterior, también discurrían de -aquí para allí con sus escopetas de caza, y revelaban en sus animados -semblantes la presuntuosa creencia de que ellos lo iban a hacer todo. -Menos bulliciosos y más razonables que estos, los individuos de la -Cruzada gerundense hacían todo lo posible para imitar en su reposada -ecuanimidad a la tropa. Las damas del batallón de Santa Bárbara no se -daban punto de reposo, anhelando probar con sus incansables idas y -venidas que eran el alma de la defensa; los chicos gritaban, creyendo -que de este modo se parecían a los hombres, y los viejos, muy viejos, -que fueron eliminados de la defensa por el Gobernador, movían la cabeza -con incrédula y desdeñosa expresión, dando a entender que nada podría -hacerse sin ellos.</p> - -<p>Las monjas abrían de par en par las puertas de sus conventos, -rompiendo a un tiempo rejas y votos; disponían para recoger a los -heridos sus virginales celdas, jamás holladas por planta de varón, y -algunas salían en falanges a la calle, presentándose al Gobernador -para ofrecerle sus servicios, una vez que el interés nacional había -alterado pasajeramente los rigores del santo instituto. Dentro de las -iglesias<span class="pagenum" id="Page_64">p. 64</span> ardían mil -velas delante de mil santos; mas no había oficios de ninguna clase, -porque los sacerdotes, lo mismo que los sacristanes, estaban en la -muralla. Toda la vida, en suma, desde lo religioso hasta lo doméstico, -estaba alterada, y la ciudad no era la ciudad de otros días. Ninguna -cocina humeaba, ningún molino molía, ningún taller funcionaba, y la -interrupción de lo ordinario era completa en toda la línea social, -desde lo más alto a lo más bajo.</p> - -<p>Lo extraño era que no hubiese confusión en aquel desbordamiento -espontáneo del civismo gerundense; pues al par de este, brillaba -la subordinación. En verdad que D. Mariano sabía establecerla -rigurosísima, y no permitía desmanes ni atropellos de ninguna clase, -siendo inexorablemente enérgico contra todo aquel que sacara el pie -fuera del puesto que se le había marcado.</p> - -<p>Las campanas tocaban a somatén, ocupándose en el servicio los chicos -del pueblo, por ausencia de los campaneros, y el cañón francés empezó -desde muy temprano a ensordecer el aire. Los tambores recorrían las -calles repicando su belicosa música, y los resplandores de los fuegos -parabólicos comenzaron a cruzar el cielo. Todo estaba perfectamente -organizado, y cada uno fue derecho a su sitio, no necesitando preguntar -a nadie cuál era. Sin que sus habitantes salieran de ella, la ciudad -quedó abandonada, quiero decir, que ninguno se cuidaba de la casa -que ardía, del techo desplomado, de los hogares a cada instante -destruidos por el horrible bombardeo. Las madres<span class="pagenum" -id="Page_65">p. 65</span> llevaban consigo a los niños de pecho, -dejándolos al abrigo de una tapia o de un montón de escombros, mientras -desempeñaban la comisión que el instituto de Santa Bárbara les -encomendara. Menos aquellas en que había algún enfermo, todas las casas -estaban desiertas, y muebles y colchones, trapos y calderos en revuelto -hacinamiento obstruían las Plazas del Aceite y del Vino.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch8"> - <h2 class="nobreak g0">VIII</h2> -</div> - -<p>Yo estaba en Santa Lucía, donde había mucha tropa y paisanos. Allí -me encontré a D. Pablo Nomdedeu, que me dijo:</p> - -<p>—Andrés, mis funciones de médico y mi deber de patriota me obligan -a apartarme hoy de mi hija. Mucho he sermoneado a la señora Sumta para -que se quedara en casa; pero ese marimacho me amenazó con denunciarme -al Gobernador como patriota tibio si persistía en apartarla de la -senda de gloria por donde la llevan los acontecimientos. Mírala: ahí -está entre aquellos artilleros, y será capaz de servir sola el cañón -de a 12 si la dejan. La buena Siseta se ha quedado acompañando a -mi querida enfermita. Ya le he dicho que le haré un buen regalo si -consigue entretener a la niña, de modo que esta no comprenda nada de -lo que pasa. Es cosa difícil, a pesar de que no<span class="pagenum" -id="Page_66">p. 66</span> oye ni los cañonazos... He clavado todas las -ventanas para que no se asome, y dejando cerrada a la luz solar la -habitación, he encendido el candil, haciéndole creer que hay una fuerte -tempestad de truenos y rayos. Como no caiga una bomba allí mismo o en -las inmediaciones, es probable que nada comprenda, engañada por el -profundo y saludable silencio en que su cerebro yace. ¡Dios mío, aparta -de mí las tribulaciones y libra mi hogar del fuego enemigo! ¡Si me has -de quitar el único consuelo que tengo en la tierra, dale una muerte -tranquila, y no conturbes su último instante con la cruel agonía del -espanto! ¡Si ha de ir al cielo, que vaya sin conocer el infierno, y que -este ángel no vea demonios junto a sí en el momento de su muerte!</p> - -<p>La señora Sumta, empujando a un lado y otro con sus membrudos -brazos, llegó a nosotros hablando así a su amo:</p> - -<p>—¿Qué hace ahí, señor mío, como un dominguillo? ¿Pero no tiene -fusil, ni escopeta, ni pistolas, ni sable? Ya... no lleva más que la -herramienta para cortar brazos y piernas al que lo haya menester.</p> - -<p>—Médico soy y no soldado —repuso D. Pablo—: mis arreos son las -vendas y el ungüento; mis armas el bisturí, y mi única gloria la de -dejar cojos a los que debían ser cadáveres. Pero si preciso fuere, -venga un fusil, que curaré españoles con una mano y mataré franceses -con la otra.</p> - -<p>Teníamos por jefe en Santa Lucía a uno de los hombres más bravos -de esta guerra: un irlandés<span class="pagenum" id="Page_67">p. -67</span> llamado D. Rodulfo Marshall, que había venido a España sin -que nadie le trajese, solo por gusto de defender nuestra santa causa. -Aventurero o no, Marshall por lo valiente debía haber sido español. -Era rozagante, corpulento, de semblante festivo y mirar encendido, -algo semejante al de D. Juan Coupigny que vimos en Bailén. Hablaba -mal nuestra lengua; pero aunque alguna de sus palabrotas nos causaban -risa, decíalas con la suficiente claridad para ser entendidas, y nada -importaba que destrozara el castellano con tal que destrozase también a -los franceses, como lo hizo en varias ocasiones.</p> - -<p>Había que ver el empuje de aquellas columnas de <i>cerdos</i>, -señores. No parecían sino lobos hambrientos, cuyo objeto no era -vencernos, sino comernos. Se arrojaban ciegos sobre la brecha, y allí -de nosotros para taparla. Dos veces entraron por ella dispuestos a -echarnos de la cortina; pero Dios quiso que nosotros les echásemos a -ellos. ¿Por qué? ¿De qué modo? Esto es lo que no sabré contestar a -ustedes si me lo preguntan. Solo sé que a nosotros no se nos importaba -nada morir, y con esto tal vez está dicho todo. D. Mariano se presentó -allí, y no crean ustedes que nos arengó hablándonos de la gloria y de -la causa nacional, del Rey o de la religión. Nada de eso. Púsose en -primera línea, descargando sablazos contra los que intentaban subir, y -al mismo tiempo nos decía: «Las tropas que están detrás tienen orden de -hacer fuego contra las que están delante, si estas retroceden un<span -class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span> solo paso.» Su semblante -ceñudo nos causaba más terror que todo el ejército enemigo. Como algún -jefe le dijera que no se acercase tanto al peligro, respondió: «Ocúpese -usted de cumplir su deber, y no se cuide tanto de mí. Yo estaré donde -convenga.»</p> - -<p>Marchose después a otro punto, donde creía hacer falta, y sin él -nos aturdimos de nuevo. Aquel hombre traía consigo una luz milagrosa, -que nos permitía ver mejor el sitio, y medir nuestros movimientos y -los de los franceses, para que estos no pudieran echársenos encima. -Los soldados enemigos morían como moscas al pie de la brecha; pero -de los nuestros caían también por docenas. Recuerdo que un compañero -mío muy amado fue herido en el pecho, y cayó junto a mí en uno de los -momentos de mayor apuro, de más vivo fuego, de verdadera angustia, y -cuando un ligero refuerzo por una parte u otra habría decidido si la -muralla quedaba por Francia o por España. El desgraciado muchacho quiso -levantarse, pero inútilmente. Dos monjas se acercaron, despreciando el -fuego, y lo apartaron de allí.</p> - -<p>Pero la pérdida más sensible fue la del jefe D. Rodulfo Marshall. -Tengo la gloria de haberle recogido en mis brazos en el mismo boquete -de la brecha, y no se me olvidará lo que dijo poco después, tendido en -la calle en el momento de expirar: «Muero contento por causa tan justa -y por nación tan brava.»</p> - -<p>Cuando esto pasó, ya los franceses indicaban haber desistido de -entrar en la ciudad por<span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span> -aquella parte. Y hacían bien, porque estábamos cada vez más decididos -a no dejarles entrar. Si a tiros no lográbamos contenerlos, los -acuchillábamos sin compasión; y como esto no bastara, aún teníamos -a mano las mismas piedras de la muralla para arrojarlas sobre sus -cabezas. Esta era un arma que manejaban las mujeres con mucho denuedo, -y desde los contornos llovían guijarros de medio quintal sobre los -sitiadores. Cuando la función en la muralla de Santa Lucía terminaba, -no nos veíamos unos a otros, porque el polvo y el humo formaban densa -atmósfera en toda la ciudad y sus alrededores, y el ruido que producían -las doscientas piezas de los franceses vomitando fuego por diversos -puntos, a ningún ruido de máquinas de la tierra ni de tempestades del -cielo era comparable. La muralla estaba llena de muertos que pisábamos -inhumanamente al ir de un lado para otro, y entre ellos algunas mujeres -heroicas expiraban confundidas con los soldados y patriotas. La señora -Sumta estaba ronca de tanto gritar, y D. Pablo Nomdedeu, que había -arrojado muchas piedras, tenía los dedos magullados; pero no por esto -dejaba de cuidar a los heridos, ayudándole muchas señoras, algunas -monjas, y dos o tres frailes que no valían para cargar un arma.</p> - -<p>De pronto veo venir un chico que se me acerca haciendo cabriolas, -saludándome desde lejos a gritos, y esgrimiendo un palo en cuya punta -flotaba el último jirón de su barretina. Era Manalet.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span>—¿Dónde has estado? -—le pregunté—. Corre a tu casa; entérate de si tu hermana ha tenido -novedad, y dile que yo estoy sano y bueno.</p> - -<p>—Yo no voy ahora a casa. Me vuelvo a San Cristóbal.</p> - -<p>—¿Y qué tienes tú que hacer allí, en medio del fuego?</p> - -<p>—La barretina tiene tres balazos —me dijo con el mayor orgullo, -mostrándome el gorro hecho trizas—. Cuando se quedó así la tenía puesta -en la cabeza. No creas que estaba en el palo, Andrés. Después la he -puesto aquí para que la gente la viera toda llena de agujeros.</p> - -<p>—¿Y tus hermanos?</p> - -<p>—Badoret ha estado en Alemanes, y ahora me dijo que él solo había -matado no sé cuántos miles de franceses, tirándoles piedras. Yo estaba -en San Cristóbal: un soldado me dijo que se le habían acabado las -balas, y que le llevara huesos de guinda, y le llevé más de veinte, -Andrés.</p> - -<p>—¿Y Gasparó?</p> - -<p>—Gasparó anda siempre con mi hermano Badoret. También estuvo en -Alemanes, y aunque Siseta le quiso dejar encerrado en casa, él se -escapó por la puerta de atrás. Ahora hemos estado juntos, buscando algo -que comer en aquel montón de desperdicios que hay en la calle del Lobo; -pero no encontramos nada. ¿Tienes tú algo, Andrés?</p> - -<p>—Algo, ¿qué es eso? ¿Pues acaso queda algo que comer en Gerona? Aquí -no se come más que humo de pólvora. ¿Has visto al Gobernador?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span>—Ahora iba por ahí -arriba. Parece como que va al Calvario. Nosotros bajábamos con otros -chicos, y cuando le vimos, pusímonos en fila, gritando: «¡Viva su -Majestad el Gobernador D. Mariano!» ¿Pues querrás creer que no nos dijo -tanto así? Ni siquiera nos miró.</p> - -<p>—¡Hombre, qué falta de cortesía! ¡No saludar a gente tan -respetable!</p> - -<p>—Después Badoret se metió en las Capuchinas, porque estaba la puerta -abierta. Andrés, ¿sabes que hay un soldado muerto que tiene un tronco -de col en la mano? Si me das licencia se lo quitaré.</p> - -<p>—No se toca a los muertos, Manalet. Veremos si ahora que hemos -destrozado a los franceses, nos dan alguna cosa.</p> - -<p>Infinidad de mujeres ocupábanse allí en retirar a los heridos, y -también repartían a los sanos algunas raciones de pan negro y muy -poco vino. Nosotros veíamos a los franceses retirándose por el llano -adelante, y no podíamos reprimir un sentimiento de ardiente orgullo al -ver resultado tan colosal con tan pequeños medios. Parecía realmente -un milagro que tan pocos hombres contra tantos y tan aguerridos nos -defendiéramos detrás de murallas cuyas piedras se arrancaban con las -manos. Nosotros nos caíamos de hambre; ellos no carecían de nada: -nosotros apenas podíamos manejar la artillería; ellos disparaban contra -la plaza doscientas bocas de fuego. Pero ¡ay! no tenían ellos un D. -Mariano Álvarez que les ordenara morir con mandato ineludible, y cuya -sola vista infundiera en el ánimo<span class="pagenum" id="Page_72">p. -72</span> de la tropa un sentimiento singular que no sé cómo exprese, -pues en él había, además del valor y la abnegación, lo que puede -llamarse miedo a la cobardía, recelo de aparecer cobarde a los ojos de -aquel extraordinario carácter. Nosotros decíamos que el yunque y el -martillo con que Dios forjó el corazón de D. Mariano, no había servido -después para hacer pieza alguna.</p> - -<p>Manalet se separó de mí, y al poco rato le vi aparecer con otros -muchos chicos, todos descalzos, sucios, harapientos y tiznados, entre -los cuales venía su hermano Badoret, trayendo a cuestas a Gasparó, -cuyos brazos y piernas colgaban sobre los hombros y por la cintura -de aquel. Todos venían muy contentos, y especialmente Badoret, que -repartía algunas guindas a sus compañeros.</p> - -<p>—Toma, Andrés —me dijo el chico, dándome una guinda—. Ya tienes -para todo el día. Toma esta otra y repártela entre tus compañeros, que -tendrán un hambre... ¿Sabes cómo las he ganado? Pues te contaré. Iba -yo con Gasparó a cuestas por la calle del Lobo, y vi abierta la puerta -del convento de Capuchinas, que siempre está cerrada. Gasparó me pedía -pan con chillidos y más chillidos, y yo le pegaba de coscorrones para -que callara, diciéndole que si no callaba se lo contaría al señor -Gobernador. Pero cuando vi abierta la puerta del convento, dije: -«aquí ha de haber algo,» y me colé dentro. Metime en el patio, entré -después en la iglesia, pasé al coro, luego a un corredor largo donde -había muchos cuartos chicos,<span class="pagenum" id="Page_73">p. -73</span> y no vi a nadie. Registré todo, por si caía cualquier cosa; -pero no encontré sino algunos cabos de vela y dos o tres madejas de -seda, que estuve chupando a ver si daban algún jugo. Ya me volvía a la -calle, cuando sentí detrás de mí: <i>pist, pist...</i> pues... como -llamándome. Miré y no vi nada. ¡Qué miedo, Andrés, qué miedo! Allá a -lo último del corredor había una lámina grande, donde estaba pintado -el diablo con un gran rabo verde. Pensé que era el diablo quien me -llamaba, y eché a correr. Pero ¡ay de mí! que no podía encontrar -la salida, y todo era dar vueltas y más vueltas en aquel maldito -corredor; y a todas estas, <i>pist, pist...</i> Después oí que dijeron: -«Muchacho, ven acá,» y tanto miré por el techo y las paredes, que -alcancé o ver detrás de una reja una mano blanca y una cara arrugada -y petiseca. Ya no tuve miedo y fui allá. La monjita me dijo: «Ven, no -temas; tengo que hablarte.» Yo me acerqué a la reja y le dije: «Señora, -perdóneme usía, yo creí que era usted el demonio.»</p> - -<p>—Sería una pobre monja enferma que no pudo salir con las demás.</p> - -<p>—Eso mismo. La señora me dijo: «Muchacho, ¿cómo has entrado aquí? -Dios te manda para que me hagas un gran servicio. La comunidad se ha -marchado. Estoy enferma y baldada. Quisieron llevarme; pero se hizo -tarde y aquí me dejaron. Tengo mucho miedo. ¿Se ha quemado ya toda la -ciudad? ¿Han entrado los franceses? Ahora, quedándome medio dormida, -soñé que todas las hermanas<span class="pagenum" id="Page_74">p. -74</span> habían sido degolladas en el matadero, y que los franceses -se las estaban comiendo. Muchacho, ¿te atreverás tú a ir ahora mismo -al fuerte de Alemanes y dar esta esquela a mi sobrino D. Alonso -Carrillo, capitán del regimiento de Ultonia? Si lo haces, te daré este -plato de guindas que ves aquí, y este medio pan...» Aunque no me lo -diera, lo habría hecho, ya ves... Cogí la esquela; ella me dijo por -dónde había de salir, y corrí a los Alemanes. Gasparó chillaba más; -pero yo le dije: «Si no callas, te metemos dentro de un cañón como -si fueras bala; disparamos, y vas a parar rodando a donde están los -franceses, que te pondrán a cocer en una cacerola para comerte...» -Llegué a Alemanes. ¡Qué fuego! Lo de aquí no es nada. Las balas de -cañón andaban por allí como cuando pasa una bandada de pájaros. ¿Crees -que yo les tenía miedo? ¡Quia! Gasparó seguía llorando y chillando; -pero yo le enseñaba las luces que despedían las bombas, le enseñaba -las chispas de los fogonazos, y le decía: «¡Mira qué bonito! Ahora -vamos nosotros a disparar también los cañones.» Un soldado me dio una -manotada echándome para afuera, y caí sobre un montón de muertos; pero -me levanté y seguí <i>palante</i>. Entró el Gobernador, y cogiendo una -gran bandera negra que parece un paño de ánimas, la estuvo moviendo -en el aire, y luego dijo que al que no fuera valiente le mandaría -ahorcar. ¿Qué tal? Yo me puse delante y grité: «Está muy bien hecho.» -Unos soldados me mandaron salir, y las mujeres que curaban a<span -class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span> los heridos se pusieron a -insultarme, diciendo que por qué llevaba allí esta criatura... ¡Qué -fuego! Caían como moscas: uno ahora, otro en seguida... Los franceses -querían entrar, pero no les dejamos.</p> - -<p>—¿Tú también?</p> - -<p>—Sí: las mujeres y los paisanos echaban piedras por la muralla abajo -sobre los marranos que querían subir; yo solté a Gasparó, poniéndole -encima de una caja donde estaba la pólvora y las balas de los cañones, -y también empecé a echar piedras. ¡Qué piedras! Una eché que pesaba -lo menos siete quintales y cogió a un francés, partiéndolo por mitad. -Aquello tenía que ver. Los franceses eran muchos, y nada más sino -que querían subir. Vieras allí al Gobernador, Andresillo. D. Mariano -y yo nos echamos <i>palante</i>... y nos pusimos a donde estaba más -apurada la gente. Yo no sé lo que hice; pero yo hice algo, Andrés. El -humo no me dejaba ver, ni el ruido me dejaba oír. ¡Qué tiros! En las -mismas orejas, Andrés. Está uno sordo. Yo me puse a gritar llamándoles -marranos, ladrones, y diciendo que Napoleón era un acá y un allá. Puede -que no me oyeran con el ruido; pero yo les puse de vuelta y media. -Nada, Andrés, para no cansarte, allí estuve mientras no se retiraron. -El Gobernador me dijo que estaba satisfecho: no, a mí no me habló nada; -se lo dijo a los demás.</p> - -<p>—¿Y la carta?</p> - -<p>—Busqué al Sr. Carrillo. Yo le conocía; le encontré al fin cuando -todo se acabó. Dile el<span class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span> -papel, y me dio un recado para la señora monja. Luego, acordándome de -Gasparó, fui a recogerle donde le había dejado, pero no le encontré. -Todo se me volvía gritar: «¡Gasparó, Gasparó!» pero el niño no parecía. -Por fin me le veo debajo de una cureña, hecho un ovillo, con los puños -dentro de la boca, mirando afuera por entre los palos de la rueda y -con cada lagrimón... Echémele a cuestas y corrí a las Capuchinas. Pero -aquí viene lo bueno, y fue que como yo venía pensando en batallas, y -con la cabeza llena de todo aquello que había visto, se me olvidó el -recado que me dio el Sr. Carrillo para la monjita. Ella me reprendió, -diciéndome que yo había roto la carta y que la quería engañar, por -lo cual no pensaba darme el plato de guindas ni el pan ofrecidos. Se -puso a gruñir, y me llamó mal criado y bestia. Gasparó echaba sangre -del dedo de un pie, y la monjita le lió un trapo; pero las guindas... -nones. Por último, todo se arregló, porque vino el mismo Sr. Carrillo, -con lo cual la señora me dio las guindas y el pan, y eché a correr -fuera del convento.</p> - -<p>—Lleva este chico a tu casa para que le cuide tu hermana —dije -reparando que el pobre Gasparó sangraba aún del pie.</p> - -<p>—Después —me contestó—. He guardado algunas guindas para Siseta.</p> - -<p>—Muchachos —gritó Manalet, que se había alejado de sus compañeros y -volvía a la carrera—, por la calle de Ciudadanos va el Gobernador con -mucha gente, banderas muchas; delante van las señoras cantando y los -frailes<span class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span> bailando, y el -obispo riendo, y las monjas llorando. Vamos allá.</p> - -<p>Como se levanta y huye una bandada de pájaros, así corrieron y -volaron aquellos chiquillos, dejando libre de su infantil algazara -la muralla de Santa Lucía. Yo no me moví de allí en todo el día, y -las señoras nos repartieron raciones de pan y carne, ambos manjares -de detestable sabor y olor; pero como no había otra cosa, fuerza era -apechugar con ello, sin mostrar asco, repugnancia ni desgana, para no -enojar a D. Mariano.</p> - -<p>Al anochecer, y cuando marchaba de Santa Lucía al Condestable, -encontró a D. Pablo Nomdedeu en la calle de la Zapatería, donde había -varios heridos arrojados por el suelo.</p> - -<p>—Andrés —me dijo—, todavía no he vuelto a mi casa. ¿Pasará algo? -Creo que en la calle de Cort-Real no ha caído ninguna bomba. ¡Cuánto -herido, Dios mío! La jornada ha sido gloriosa; pero nos ha costado -cara. Ahora mismo estuvo aquí el Gobernador visitando a esta pobre -gente, y les dijo que la guarnición y los paisanos habían dejado atrás -en el día de hoy a los más grandes héroes de la antigüedad.</p> - -<p>—¿Ha curado usted muchos heridos?</p> - -<p>—Muchísimos, y aún quedan bastantes. Mis compañeros y yo nos -multiplicamos; pero no es posible hacer más. Yo quisiera tener cien -manos para atender a todo. También yo estoy herido. Una bala me tocó el -brazo izquierdo; pero no es cosa de cuidado. Me he liado un trapo y no -he tenido tiempo para más... ¿Qué habrá sido de mi pobre hija?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span>—Pronto lo sabremos, -Sr. D. Pablo. La noche llega. Hecha la primera cura de estos heridos, -usted podrá ir un rato a su casa, y yo espero que me den licencia por -una hora.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch9"> - <h2 class="nobreak g0">IX</h2> -</div> - -<p>Cuando fui a la casa, ya cerca de las diez, aún no había regresado -D. Pablo. Dejé abajo el fusil y subí sin tardanza, anhelando saber de -Siseta y de la señorita, y a las dos me las encontré en la sala en -actitud no muy tranquilizadora. Estaba Josefina recostada en su silla -con muestra de languidez y postración, pero con los ojos abiertos, -atentamente fijos en la puerta. De rodillas, a su lado, Siseta le -tomaba las manos, y con ademanes y palabras tiernas, a pesar de no ser -oídas, procuraba tranquilizarla.</p> - -<p>—Gracias a Dios que viene alguien de la casa —me dijo Siseta—. ¡Qué -día hemos pasado! ¿Y el Sr. D. Pablo, y la señora Sumta y mis tres -hermanos?</p> - -<p>Respondile que a ninguno de los nuestros había pasado desgracia, y -ella prosiguió:</p> - -<p>—La señorita quería salir a la calle, y he tenido que luchar con -ella para detenerla. Todo lo comprende, y aunque no oye los cañonazos, -se estremece toda, y tiembla cuando resuena alguno, aunque sea muy -lejano. Tan<span class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span> pronto -lloraba como caía en mis brazos desmayada llamando sin cesar a su -padre. La pobrecita sabe muy bien que hay guerra en Gerona. Yo también -he tenido un miedo... Figúrate: aquí solas... A cada instante me -parecía que la casa se venía al suelo. Pero lo peor fue que se nos -metieron aquí unos hombres... No me quiero acordar, Andrés. A eso de -las dos, y cuando pareció que se acababan los tiros, entraron seis o -siete patriotas, unos con uniforme, otros sin él, y todos con fusiles. -Cuando nos vieron, empezaron a reírse de nuestro susto, y luego dieron -en registrar la casa, diciendo que querían llevarse todo lo que había -de comida, porque la tropa estaba muerta de hambre. La señorita se -quedó como difunta cuando los vio, y ellos por broma nos apuntaban con -los fusiles, para oírnos gritar llamando a todos los santos en nuestra -ayuda. Aunque eran unos bárbaros, no nos hicieron daño alguno más que -el gran susto, y el llevarse cuanto encontraron en la cocina y en la -despensa. ¡Ay, Andrés! No han dejado nada de lo que el Sr. D. Pablo -había guardado, y esta noche no se encontrará aquí ni una miga de pan -que llevar a la boca. ¡Cómo se reían los malditos al meter en un gran -saco lo mucho y bueno que encontraron! Yo les rogué que dejasen alguna -cosa; pero volvieron a apuntarme con los fusiles, diciendo que la tropa -tenía gana, y que la señora Sumta les había dicho que estas despensas -estaban bien provistas.</p> - -<p>No había concluido mi amiga su relación,<span class="pagenum" -id="Page_80">p. 80</span> cuando entró el Sr. D. Pablo; mas para no -presentarse a su hija con el brazo manchado de sangre, pasó a una -habitación interior, con objeto de arreglarse un poco y vendar su -herida. Al punto me reuní con él para contarle lo ocurrido.</p> - -<p>—¡Dios y la Virgen Santísima nos amparen! —exclamó con -consternación—. ¡Conque me han saqueado la casa! La culpa tiene -esa maldita y siempre habladora Sumta, que por todas partes ha de -ir pregonando si tenemos o no tenemos provisiones. ¿Y mi hija? La -pobrecita habrá comprendido que se encuentra en el cráter de un -espantoso volcán, y serán inútiles todas nuestras comedias para -convencerla de lo contrario. Es preciso buscar algo que comer, Andrés; -sí, algo que comer. Mi hija se morirá de terror; pero no quiero que se -muera de hambre.</p> - -<p>—Nada se encuentra en Gerona —respondí—, y menos a estas horas.</p> - -<p>—¡Qué calamidad! Pero ¿cómo es posible? —dijo en la mayor confusión, -mientras yo le vendaba su herida, y se mudaba de vestido—. ¡Ay! cómo -me duele el brazo; pero es preciso disimular. Andrés, no te marches. -Esta noche necesito de tu ayuda... Es preciso que busquemos algún -alimento.</p> - -<p>Al presentarse delante de su hija, esta mostró su alegría -claramente, abrazándole con cariño; pero al punto sus ojos revelaron -vivísimo espanto, echó atrás la cabeza, y cruzando las manos -exclamó:</p> - -<p>—¡Sangre!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span>—¿Qué hablas de -sangre, hija mía? —dijo el padre desconcertado—. Que estoy manchado de -sangre... Ya... sí, en la chupa hay algunas gotas... pero déjame que te -cuente. ¿Sabes que he ido de caza?</p> - -<p>La muchacha no entendía.</p> - -<blockquote> - - <p>«Que fui de caza —escribió en el pliego de papel D. Pablo—. Un - compromiso; no me pude evadir. El magistral y D. Pedro me cogieron, y - zas, al campo... He matado tres conejos.»</p> - -</blockquote> - -<p>La enferma, oprimiéndose la cabeza entre las manos, gritó:</p> - -<p>—¡Guerra en Gerona!</p> - -<p>—¿Qué hablas ahí de guerra? Lo que hay es que hemos tenido hoy un -fuerte temporal... Me he mudado de ropa, porque me puse como una uva. -¿Has comido hoy bien?</p> - -<p>—No ha tomado nada —dijo Siseta—. Ya sabrá su merced por Andrés que -unos bergantes saquearon la casa.</p> - -<p>Esto pasaba, cuando sentimos gran estruendo en lo bajo de la -vivienda, no estampido de bombas y granadas, sino clamor chillón y -estridente, de mil desacordes ruidos compuesto, tales como patadas, -bufidos, cacharrazos y sones bélicos de varia índole; pero que al -pronto revelaban proceder de una muchedumbre infantil que se había -metido por las puertas adentro. Nomdedeu, lleno de confusión, miraba -a todos lados, inquiriendo con los ojos qué podía ser aquello; pero -pronto él y los demás salimos de dudas, viendo entrar una turba de -chiquillos que, desvergonzadamente y sin respeto a nadie, se colaron -en<span class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span> la sala, dando -golpes, empujándose, chillando, cacareando y berreando en los más -desacordes tonos. Dos de ellos llevaban colgados al cinto sendos -cacharros sobre cuyo abollado fondo redoblaban con palillos de sillas -viejas; varios tocaban la trompeta con la nariz, y todos, al compás -de la inaguantable música, bailaban con ágiles brincos y cabriolas. -Parecía una chusma infernal saliendo de las escuelas de Plutón.</p> - -<p>No necesito decir que al frente del ejército venían Manalet y -Badoret, este último llevando a cuestas a Gasparó, tal como le vi -en la muralla. Ninguno dejaba de llevar palo, caldero viejo o vara -con pingajos colgados de la punta, con cuyos objetos se simulaban -fusiles, tambores y banderas. Un fondo de silla de paja atado a una -cuerda y arrastrado por el suelo, servía de trofeo a uno, y otro -adornaba su cabeza con un cesto medio deshecho, no faltando las casacas -de militares hechas jirones, y los morriones de antigua forma con -descoloridas plumas adornados.</p> - -<p>D. Pablo, ciego de cólera y fuera de sí, apostrofó a los muchachos -tan violentamente, que faltó poco para que perdieran en un punto su -bélico entusiasmo.</p> - -<p>—Granujas, largo de aquí al instante —les dijo—. ¿Qué desvergüenza -es esta? ¡Meterse en mi casa de este modo!</p> - -<p>Siseta, indignada de tal audacia, cogió por un brazo a Manalet, -que acertó a pasar junto a ella, y comenzó a vapulearle de un -modo lastimoso. Yo también tomé parte en la persecución<span -class="pagenum" id="Page_83">p. 83</span> del enjambre, y empezó el -reparto de pescozones a diestra y siniestra. Pero de pronto observamos -que la enferma contemplaba a los desvergonzados muchachos con -complaciente atención, y sonreía con tanta espontaneidad y desahogo, -como si su alma sintiera indecible gozo ante aquel espectáculo. -Hícelo notar al Sr. D. Pablo, y al punto este se puso de parte de los -alborotadores, conteniendo a Siseta que iba sobre ellos con implacable -furor.</p> - -<p>—Dejarles —dijo Nomdedeu—. Mi hija demuestra que está muy complacida -viendo a esta canalla. Mira cómo se ríe, Andrés; observa cómo les -aplaude. Bien, muchachos; corred y chillad alrededor del cuarto.</p> - -<p>Y diciendo esto, D. Pablo, en medio de la sala, empezó a llevar -el compás. En mal hora se les ordenó seguir. ¡Santo Dios! ¡Qué -algazara, qué estrépito! Parecía que la sala se hundía. Baste decir -que se extralimitaron de tal modo, dejándose llevar a los últimos -delirios de la travesura, que al fin fue preciso poner freno a tanto -juego y vocerío, porque hasta llegó el caso de que los transeúntes se -detuvieran en la calle, sorprendidos y escandalizados por tan desusado -rumor.</p> - -<p>—¿Dónde has estado todo el día? —preguntó Siseta echando mano a -Badoret, y deteniéndole—. ¡Y la criatura tiene sangre en el pie! Ven -acá, condenado, me las pagarás todas juntas. Espera a que bajemos a -casa, y verás. Y tú, Manalet de mil demonios, ¿qué has hecho de la -camisa?</p> - -<p>—En la calle de las Ballesterías estaban curando<span -class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span> unos heridos y no tenían -trapos. Me quité la camisa y la di.</p> - -<p>—¿Para qué habéis traído a casa tanto muchacho mal criado?</p> - -<p>—Son nuestros amigos, hermana —repuso Badoret—. Hemos estado en el -Capitol, y allí nos han dado un poco de vino. Siseta, aquí en el seno -te traigo cinco guindas.</p> - -<p>—Marrano, ¿piensas que las voy a comer de tus manos asquerosas? Ven -acá, Gasparó. Este pobrecito no habrá comido nada. ¿Qué te han hecho en -el pie, que tienes sangre?</p> - -<p>—Hermana, una bala de cañón pasó por donde estábamos, y si Gasparó -no se hace para un lado, le lleva medio cuerpo; no le cogió más que -la uña chica. ¡Si vieras qué valiente ha estado! Se metió debajo del -cañón y allí se estuvo mirando a los franceses que querían subir a la -muralla. Y les amenazaba con el puño cerrado. ¡Bonito genio tiene mi -niño! Pues no creas... ningún francés se metió con él.</p> - -<p>—Te voy a desollar vivo —le dijo Siseta—. Espera, espera a que -bajemos. A ver si se marcha pronto de aquí toda esa canalla.</p> - -<p>—No, que se aguarden un poco —indicó D. Pablo—. Son unos jovenzuelos -muy salados. Mira qué contenta está Josefina. Lo que quiero, Badoret, -es que no metáis mucho ruido. Bailad y marchad de largo a largo por -toda la casa; pero sin gritar, para que no se escandalice la vecindad. -Y dime, Manalet, ¿traéis algo de comer?</p> - -<p>—Yo traigo cinco guindas —dijo prontamente Badoret sacándolas del -seno.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span>—Dadme con disimulo -y sin que lo vea mi hija todo lo que traigáis, que yo os daré ochavos -para que compréis pólvora.</p> - -<p>—Pauet tiene cuatro guindas —dijo Manalet.</p> - -<p>—Pues vengan acá.</p> - -<p>—Y yo tengo también un pedazo de pan, que me sobró del que me dio la -monja.</p> - -<p>—Pepet —dijo otro de mis chicos—, trae acá ese medio pepino que le -cogiste al soldado muerto.</p> - -<p>—Yo doy este pedazo de bacalao —dijo otro, entregando la ofrenda en -manos de Don Pablo.</p> - -<p>—Y yo esta cabeza de gallina cruda —añadió un tercero.</p> - -<p>En un momento se reunieron diversos manjares, tales como tronchos -de col, que llevaban impreso el sello de las limpias manos de sus -generosos dueños; garbanzos crudos que habían sido sacados por los -agujeros de las sacas por sutilísimos dedos; algunos pedazos de cecina; -andrajos de buñuelos; zanahorias; dos o tres almendras en confite, que -ya habían recibido muchas mordidas, y otras viandas, tan liberalmente -entregadas como alegremente recibidas. Procurando que no se enterase su -hija, llamó D. Pablo a la señora Sumta, que acababa de llegar en aquel -instante, y llevándola tras el sillón de la enferma, le dijo:</p> - -<p>—A ver si con todo esto compone usted una cena para la enferma. Es -preciso hacerle creer que nadamos en la abundancia.</p> - -<p>—¿Qué hemos de hacer con esto, señor, si<span class="pagenum" -id="Page_86">p. 86</span> no lo querrá ni la gata? En casa no falta que -comer.</p> - -<p>—¡Maldita sargentona, todo se lo han llevado, todo lo han saqueado -unos malditos militares que se entraron aquí! Si usted no fuera tan -entrometida, tan bocona y tan amiga de meterse donde no la llaman y -de hablar lo que nadie le pregunta, no nos veríamos en esta... Y no -digo más. Avíe usted una cena con esto, que mañana Dios dirá. ¿Se ha -olvidado usted de cocinar? ¡Lástima que no se le reventara el fusil -entre las manos, a ver si se curaba de sus locuras! A la cocina. ¡Uf! -Pronto a la cocina. Está usted apestando a pólvora.</p> - -<p>Los muchachos, que, como todos los de su edad, eran de los que si -se les da el pie se toman la mano, luego que se vieron autorizados por -el dueño de la casa para hacer de las suyas, dieron rienda suelta a -la bulliciosa iniciativa, y no fue gresca la que armaron. Rodeando la -mesa que la enferma tenía ante su sillón, no se dieron por satisfechos -con mirar los distintos objetos que en ella había, sino que en todos -pusieron las manos, tocando, tentando y moviendo cuanto vieron. -Josefina, lejos de manifestar disgusto por tanta impertinencia, se reía -de ver su inquietud. Por señas indicó a su padre que debía dar de cenar -a los importunos visitantes, a lo que contestó con palabras y cierta -festiva ironía D. Pablo:</p> - -<p>—Sí, ahora. Sumta les está preparando un opíparo banquete.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span>Padre e hija -dialogaron un rato, como Dios les dio a entender, y al fin la enferma, -con voz clara y entera, habló así:</p> - -<p>—No, no me pueden convencer de que no hay guerra en Gerona. Usted no -ha ido de caza, sino a curar a los heridos, y estos chicos que vienen -imitando a los soldados hacen ahora lo mismo que han visto.</p> - -<p>—¡Qué habladora está! —dijo Nomdedeu—. Buen síntoma. En un año no -le he oído tantas palabras juntas. Está visto que las travesuras y -lindezas de estos muchachos han reanimado su espíritu. Andrés, y tú, -Siseta, riámonos todos, mostrando hallarnos muy satisfechos.</p> - -<p>Según la orden del amo, prorrumpimos en sonoras risas, secundados -al punto por el coro infantil. D. Pablo sentose luego junto a ella, y -tomando la pluma se preparó a comunicarle algo grave y largo y difícil -de exprimir por señas, pues solo en este caso se valía Nomdedeu del -lenguaje escrito. Púseme tras de su asiento, y pude leer, mientras -escribía, lo que sigue:</p> - -<blockquote> - - <p>«Hija mía, tienes razón. Hay guerra en Gerona. Yo no te lo quería - decir por no asustarte; pero pues lo has adivinado, basta de engaños - y comedias. Ni yo he estado de caza, ni he pensado en ello. Voy a - contarte lo ocurrido para que no estimes ni en más ni en menos los - sucesos de este gran día. Cierto es que los franceses han vuelto - a poner cerco a Gerona. Hace tiempo que se presentó amenazándonos - un ejército de doscientos mil hombres,<span class="pagenum" - id="Page_88">p. 88</span> mandado por el mismo Emperador Napoleón en - persona.»</p> - -</blockquote> - -<p>Josefina, al leer esto, que era de lo más gordo, mirónos a todos, -interrogándonos con los ojos acerca de la exactitud de tal noticia, y -no necesitamos que D. Pablo nos lo advirtiera para hacer demostraciones -afirmativas que hubieran convencido a la misma duda. El padre continuó -así:</p> - -<blockquote> - - <p>«Has de saber que ahora tenemos aquí un Gobernador que llaman - D. Mariano Álvarez de Castro, el cual, en cuanto vio venir a los - franceses, dispuso las cosas de manera que no quedara uno solo para - contarlo. Concertó de modo que un ejército español de quinientos - mil hombres, que estaba ahí por Aragón sin saber qué hacerse, - viniese en nuestra ayuda por el lado de Montelibi, precisamente - cuando los franceses nos atacaban esta mañana por el otro lado. Al - amanecer rompieron el fuego; desde la muralla de Alemanes se veía a - Napoleón I montado en un caballo blanco, y con un grandísimo morrión - todo lleno de plumas en la cabeza. Embisten los franceses... ¡Ay! - hija mía: habías tú de ver aquello. Nuestros soldados les barrían - materialmente, y como a la hora de empezar el combate apareció - el ejército de quinientos mil hombres como llovido, los pobres - <i>cerdos</i> no supieron a qué santo encomendarse. En fin, hija mía, - les hemos dado una paliza tal, que a estas horas van todos camino de - Francia con su Emperador a la cabeza, con lo cual se acaba la guerra, - y pronto tendremos aquí a nuestro Rey Fernando.»</p> - -</blockquote> - -<p><span class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span>Josefina volvió a -asesorarse de nosotros antes de dar crédito a tales maravillas.</p> - -<blockquote> - - <p>«Yo no te lo había querido decir —continuó Nomdedeu—, por no - asustarte; pero el júbilo de la ciudad es tan grande, que ni aun - tú, que estás tan retraída, podrías dejar de conocerlo. Lo mismo - que estos chicos andan los mayores por el pueblo, entregados a - las manifestaciones de un delirante regocijo. Figúrate que en los - pasados días los franceses, que andaban por ahí, no permitían llegar - comestibles al pueblo, y hoy todo es abundancia; y además de lo que - puede venir, tenemos todo lo que al enemigo se ha cogido, que es, si - no me engaño, tantos miles de bueyes, no sé cuántos millones de sacos - de harina, y los miles de los miles en gallinas, huevos, etc... Ya - podemos marchar a Castellá cuando quieras...»</p> - -</blockquote> - -<p>—Mañana mismo —dijo Josefina con afán.</p> - -<blockquote> - - <p>«Sí, mañana mismo —escribió D. Pablo—. Estamos como queremos, - y jamás ha tenido Gerona temporada más alegre, más animada. La - gente está loca de contento, y todo se vuelve cantos y bailes, y - felicitaciones y regocijos. Como los víveres han entrado esta tarde - con abundancia fenomenal, hija mía, yo te he traído de todo cuanto - hay en la plaza; y aunque tu estómago sigue débil, creo que debes - tomar de todo, con tal que sea en dosis muy pequeñas. Sobre todo - consulté a D. Pedro, mi compañero en el hospital, y me dijo que - convenía alimentarte con una gran diversidad de manjares, tomando de - cada uno<span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span> ración muy - mínima, y cuidando, según lo ordena Hipócrates, de que alternen en un - mismo plato la cecina y las guindas, los buñuelos con la leguminosa - <i>cicer pisum</i>, que llamamos garbanzo, y las almendras confitadas - con esa planta salutífera que se conoce en la ciencia por <i>Beta - vulgaris latifolia</i>, y que comúnmente llamamos acelga, manjar de - gran virtud medicinal, si se le mezcla con dulce, con nueces y hasta - con un poquito de bacalao. Conque disponte a cenar, que mañana, si - el día está bueno, se podrá ir a Castellá; aunque a decir verdad, - hija mía, ahora caigo en que tal vez sea difícil, porque todos los - carros y caballerías del pueblo los ha tomado la Junta con objeto - de organizar la gran procesión y cabalgata con que ha de celebrarse - este triunfo sin igual. Pero será cosa de dos o tres días. Es preciso - que te animes para salir a ver las iluminaciones de esta noche, - aunque hablando en puridad no te conviene tomar el sereno; y para que - participes de la común alegría, aquí tenemos a Andrés y a Siseta, que - se prestarán a bailar delante de ti con los chicos un poco de sardana - y otro poco de tirabou, comenzando esta noche, para que también en - esta casa se manifieste la inmensa satisfacción y patriótico alborozo - de que está poseída la ciudad. Como tú no oyes, suprimiremos el - fluviol y la tanora, que solo sirven para meter inútil ruido. Conque - puedes dar la señal para que comience la fiesta. Yo voy un instante - a preparar en el comedor la riquísima y abundante cena con que - obsequiaremos<span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span> a estos - jóvenes, así como a los preciosos y bien educados niños.»</p> - -</blockquote> - -<p>Y luego, volviéndose a Siseta y a mí, nos dijo:</p> - -<p>—No hay más remedio. Es preciso bailar un poquito, aunque supongo, -Andrés, que ese cuerpo, venido hace poco de Santa Lucía, no estará para -sardanas. Pero, amigos, bailando hacéis una obra de caridad. ¡Quién lo -había de decir! ¡Hay tantas maneras de practicar el Santo Evangelio!</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch10"> - <h2 class="nobreak">X</h2> -</div> - -<p>El lector no lo creerá; el lector encontrará inverosímil que -bailásemos Siseta y yo en aquella lúgubre noche, precisamente en los -instantes en que, incendiados varios edificios de la ciudad, esta -ofrecía en su estrecho recinto frecuentes escenas de desolación y -angustia. Formando con ocho chiquillos un gran ruedo, bailamos, sí, -obedeciendo a la apremiante sugestión de aquel padre cariñoso que -nos pedía con lágrimas en los ojos nuestra cooperación en la difícil -comedia con que engañaba el delicado espíritu de su hija; pero bailamos -en silencio, sin música, y nuestras figuras movibles y saltonas tenían -no sé qué aspecto mortuorio. Nuestras sombras proyectadas en la -pared remedaban una danza de espectros, y los<span class="pagenum" -id="Page_92">p. 92</span> únicos rumores que a aquel baile acompañaban -eran, además de nuestros paseos, el roce de los vestidos de Siseta, el -retemblar del piso, y un ligero canto entre dientes de Badoret, que al -mismo tiempo hacía ademán de tocar el fluviol y la tanora.</p> - -<p>Por mi parte sostenía interiormente una ruda lucha conmigo mismo -para contraer y esforzar mi espíritu en la horrible comedia que estaba -representando, e iguales angustias experimentaba Siseta, según después -me dijo.</p> - -<p>Al fin la turbación moral, unida al cansancio, me hicieron exclamar: -«Ya no puedo más», arrojándome casi sin aliento en un sillón. Lo mismo -hizo Siseta.</p> - -<p>Pero Josefina, que nos contemplaba con indecible satisfacción y -agrado, pidionos que bailásemos más, y con elocuentes miradas dirigidas -a su padre, nos decía que éramos unos holgazanes sin cortesía. Vierais -allí al buen Don Pablo suplicándonos que bailáramos, por la salvación -eterna; y ¿qué habíamos de hacer? Bailamos como insensatos segunda y -tercera tanda. Al fin nos sirvió de pretexto para descansar el hecho -de servirse a la desgraciada joven la hipocrática cena de que antes he -hecho mención, la cual fue acompañada de elocuentes discursos mímicos -y orales del Dr. Nomdedeu, quien ponderaba a su idolatrada enferma las -excelencias del repugnante pisto, servido en nueve o diez platos en -raciones microscópicas. Todo aquello era una farsa lúgubre que oprimía -el corazón, y D. Pablo que la presidía, el infeliz D. Pablo, escuálido, -ojeroso,<span class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span> amarillo, -trémulo, parecía haber salido de la sepultura y esperar el canto del -gallo para volverse a ella. Siseta lloraba a escondidas, y algunos -de los chicos, rendidos al poderoso sueño y a la gran fatiga, habían -estirado los miembros y cerrado los ojos en diversos puntos, donde cada -cual encontró mejor comodidad y fácil postura.</p> - -<p>—Sr. D. Pablo —dije al médico—, no nos mande usted bailar más, -porque nosotros mismos creemos que estamos locos.</p> - -<p>—Hijos míos —me contestó—, tengo el corazón partido de dolor. -Necesito estar en batalla constantemente para contener las lágrimas -que se me caen de los ojos. ¡Pobre Gerona! ¿Existirás mañana? ¿Estarán -mañana en pie tus nobles casas y con vida tus valientes hijos? ¡Yo -tengo espíritu para todo: para lamentar y llorar la muerte de mi ciudad -natal, y atender al cuidado de mi pobre hija! ¿Qué cuesta representar -esta farsa? Nada: la pobrecilla se deja engañar fácilmente, y como su -enfermedad no es otra cosa que una fuerte pasión de ánimo, en el ánimo -se han de aplicar los cauterios, las cataplasmas, los tónicos y los -emolientes que le he recetado esta noche. Puede que le hayamos salvado -la vida. ¿Sabéis lo que significan en naturaleza tan delicada, tan -sutilmente sensible, una triste o agradable impresión? Pues significa -tanto como la vida o la muerte. Sí, hijos míos: si yo no cuidara de -ocultar a mi hija las angustias que atravesamos, se debilitaría su -ser de tal suerte que el menor accidente la mataría, como un soplo -de<span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span> viento apaga la -luz. Es preciso resguardar esta pobre lámpara del aire que la mata, y -darla el que la vivifica. Así va tirando, tirando, y quién sabe si la -podré salvar. Sed, pues, caritativos y procurad divertirla. Ved cómo se -ríe; reparad qué precioso color han tomado sus mejillas. La creencia -de que Gerona está llena de felicidades, y la esperanza de ser llevada -pronto a Castellá, la fortifican y dan nueva vida. Esta noche marchamos -bien; pero mañana ¿qué haré, que la diré mañana? Si escasean cada -día más los víveres, como es probable; si se declaran el hambre y la -epidemia, y caen bombas en parajes cercanos, o aquí mismo, ¿qué comedia -representaremos? Dios me favorezca y me inspire, pues para su infinita -misericordia nada hay imposible.</p> - -<p>—Estoy muerto de cansancio —dije yo, viendo que Josefina pedía más -baile—, y además es tarde y tengo que marcharme a mi puesto.</p> - -<p>Siseta ya no podía tenerse en pie, y la señora Sumta, que yacía -en el suelo con la inmovilidad de un talego, roncaba sonoramente, -remedando en la cavidad de sus fosas nasales el lejano zumbido del -cañón. Badoret, cansado ya de tocar en silencio el fluviol y la tanora, -dormía como los demás chicos. D. Pablo, bastante generoso para no -exigirnos imposibles, se apresuró a complacer a la enferma, poseída -de cierto febril insomnio, y se puso a danzar en medio de la sala, -haciendo corro con cuatro chicos de los más despabilados. Cuando yo -salí, quedaba el pobre señor haciendo piruetas<span class="pagenum" -id="Page_95">p. 95</span> y cabriolas con ningún arte y mucha torpeza; -pero su incapacidad para el baile, provocando la hilaridad de su hija, -más le inducía a seguir bailando. Daba saltos, alzaba los brazos -descompasadamente, se descoyuntaba de pies y manos, tropezaba a cada -instante, inclinándose adelante o atrás; trazaba mil figuras grotescas -y estrambóticas que en otra ocasión me habrían hecho reír, y un sudor -angustioso afluía de su rostro macilento, desfigurado por las muecas y -visajes a que le obligaban el fatigoso movimiento y los agudos dolores -de su herida. Nunca vi espectáculo que tanto me entristeciera.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch11"> - <h2 class="nobreak g0">XI</h2> -</div> - -<p>Lo que he referido a ustedes se repitió algunos días. Después -vinieron circunstancias distintas, y todo cambió. Los franceses, -escarmentados con la vigorosa y nunca vista defensa del 19 de -septiembre, mediante la cual se estrellaron contra todos los puntos de -la muralla que quisieron franquear, no se atrevían al asalto. Tenían -miedo, dicho sea esto sin petulancia; conocían la imposibilidad de -abrir las puertas de Gerona por la fuerza de las armas, y se detuvieron -en su línea de bloqueo, con intención de matarnos de hambre. El 26 de -septiembre llegó al campo enemigo<span class="pagenum" id="Page_96">p. -96</span> el Mariscal Augereau, el cual dicen se había distinguido -en las guerras de la República y en el Rosellón; trajo consigo más -tropas, las cuales, poniéndonos por todos lados cerco muy estrecho, nos -encerraron de modo que no podría entrar ni una mosca. No necesito decir -a ustedes que los pocos víveres que había se fueron acabando, hasta que -no quedó nada, sin que el Gobernador diera a esto importancia aparente, -pues cada hora se sostenía más en su tema de que Gerona no se rendiría -mientras él viviese, y aunque media población sucumbiera a las penas -del hambre y a las calenturas que se iban desarrollando al compás de no -comer.</p> - -<p>Ya no era posible pensar en socorros, como no vinieran por los -aires. Ya no teníamos el triste recurso de buscar la muerte en las -murallas, porque ellos no se cuidaban de asaltarlas; era forzoso -cruzarse de brazos y dejarse morir, mirando la efigie impasible de D. -Mariano Álvarez, cuyos ojos vivos no paraban nunca, observando aquí y -allí nuestras caras, por ver si alguna tenía trazas de desaliento o -cobardía. Estábamos moralmente aprisionados entre las garras de acero -de su carácter, y no nos era dado exhalar una queja ni un suspiro, ni -hacer movimiento que le disgustara, ni dar a entender que amábamos la -libertad, la vida, la salud. En suma, le teníamos más miedo que a todos -los ejércitos franceses juntos.</p> - -<p>Morir en la brecha es no solo glorioso, sino hasta cierto punto -placentero. La batalla<span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span> -emborrachaba como el vino, y deliciosos humos y vapores se suben a la -cabeza, borrando en nuestra mente la idea del peligro, y en nuestro -corazón el dulce cariño a la vida; pero morir de hambre en las calles -es horrible, desesperante, y en la tétrica agonía ningún sentimiento -consolador ni risueña idea alborozan el alma, irritada y furiosa -contra el mísero cuerpo que se le escapa. En la batalla, la vista del -compañero anima; en el hambre, el semejante estorba. Pasa lo mismo -que en el naufragio: se aborrece al prójimo, porque la salvación, sea -tabla, sea pedazo de pan, debe repartirse entre muchos.</p> - -<p>Llegó el mes de octubre, y se acabó todo, señores: acabáronse la -harina, la carne, las legumbres. No quedaba sino algún trigo averiado, -que no se podía moler. ¿Por qué no se podía moler? Porque nos comimos -las caballerías que movían los molinos. Se pusieron hombres; pero los -hombres, extenuados de hambre, se caían al suelo. Quedaba el recurso de -comer el trigo como lo comen las bestias: crudo y entero. Algunos lo -machacaban entre dos piedras y hacían tortas, que cocían en el rescoldo -de los incendios. Aún quedaban algunos asnos; pero se acabó el forraje, -y entonces los animalitos se juntaban de dos en dos, y se mantenían -comiéndose mutuamente sus crines. Fue preciso matarlos antes que -enflaquecieran más; y al fin la carne de asno, que es la más desabrida -de las carnes, se acabó también. Muchos vecinos habían sembrado -hortalizas en los patios de las casas, en tiestos y aun en las calles; -pero<span class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span> las hortalizas -no nacieron. Todo moría, Humanidad y Naturaleza; todo era esterilidad -dentro de Gerona, y empezó una guerra espantosa entre los diversos -órdenes de la vida, destruyéndose de mayor a menor. Era una guerra -a muerte en la animalidad hambrienta, y si junto al hombre hubiera -existido un ser superior, nos hubiéramos visto cazados y engullidos.</p> - -<p>Yo padecía las más crueles penas, no solo por mí, sino por la -infeliz Siseta y sus tres hermanos, que carecían absolutamente de todo. -Los chicos eran al principio los mejor librados, porque ellos salían a -la calle, y merodeando o husmeando aquí y allá, siempre sacaban alguna -cosa; pero Siseta, la pobre Siseta, no tenía más amparo que yo, y yo me -volvía loco para buscarle sustento. Había, sí, algunos víveres en la -plaza, y se encontraban pececillos del Oñar que más que peces parecían -insectos, y pájaros escuálidos, que eran cazados desde los tejados; -también había alguna carne de mulo y de perro; pero para adquirir estos -artículos se necesitaba dinero, mucho dinero, y nosotros no teníamos. -La ración de trigo seco había llegado a sernos tan repugnante como un -veneno.</p> - -<p>D. Pablo Nomdedeu gastaba todos sus ahorros para poner a su hija -una mala comida, y fue de los que dieron por una gallina diez y -seis o veinte pesos, cuando algún payés, afrontando mil peligros y -venciendo obstáculos mil, lograba entrar en la Plaza. En los días de -la gran escasez, la señora Sumta no bajaba a<span class="pagenum" -id="Page_99">p. 99</span> casa de Siseta, y los chicos se secaban los -ojos mirando a la escalera por ver si descendía por ella algo de maná. -Llegó también el día en que Badoret, Manalet y Gasparó se cansaron de -sus correrías por las calles, porque de todas partes eran expulsados -los muchachos vagabundos, por la mala opinión que había respecto a la -limpieza de sus manos. Flacos y casi desnudos, mis tres hermanos o mis -tres hijos, pues como a tales los traté siempre, inspiraban profunda -compasión, y formando lastimero grupo junto a Siseta, permanecían -largas horas en silencio, sin juegos ni risas, tan graves como ancianos -decrépitos, inertes y quebrantados, sin más apariencia de vida que el -resplandor de sus grandes ojos negros, llenos de ansioso afán. Siseta -les miraba lo menos posible, deseando así conservar la calma que se -había impuesto como un deber, y hasta se atrevía a mostrar severidad, -creyendo equivocadamente que en tal trance la fuerza moral servía de -alguna cosa.</p> - -<p>Yo estuve tres días sin verles, porque mis obligaciones me -impedían ir a la casa. Cuando fui, encontreles en la situación que he -descrito.</p> - -<p>Desde luego admiré la entereza de los pobres niños, bastante -inteligentes para no importunarnos pidiéndonos lo que sabían no -podríamos darles. Únicamente Gasparó, comiéndose sus puños y bebiéndose -sus lágrimas, faltaba a la circunspección sostenida por sus hermanos. -Llegó un momento en que Siseta, no pudiendo contener su dolor, empezó a -llorar<span class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span> amargamente, -registrando después los últimos rincones de la casa por ver si parecía -de milagro alguna vianda. Yo salí, volví a entrar, salí de nuevo y -regresé, después de dar mil vueltas, con la terrible evidencia de que -no podía encontrar nada.</p> - -<p>Repentinamente me ocurrió una idea salvadora.</p> - -<p>—Siseta —dije a mi amiga—. Hace días que no veo a Pichota; pero -supongo que andará por ahí con sus tres gatitos.</p> - -<p>—¡Oh! —me respondió con dolor—. ¿No sabes que el Sr. D. Pablo ha -acabado con toda la familia? ¡Pobre Pichota! Él dice que es una carne -excelente; pero yo creo que me moriría de hambre antes de comerla.</p> - -<p>—¿Ha muerto Pichota? No sabía nada. ¿Y también los tres -angelitos?...</p> - -<p>—No te lo quería decir. En estos últimos días que has faltado de -casa, D. Pablo bajaba con frecuencia. Un día se me puso delante de -rodillas, rogándole que le diera algo para su hija, pues ya no tenía -víveres, ni dinero para comprarlos. Cuando esto me decía, uno de los -gatitos me saltó al hombro, y D. Pablo, echándole mano con mucha -presteza, se lo guardó en el bolsillo. Al día siguiente bajó de nuevo -y me ofreció los muebles de su sala si le daba otro de los hijos de -Pichota, y sin aguardar mi contestación, entró en la cocina, después -en el cuarto oscuro, púsose en acecho, y lo mismo que un gato caza -al ratón, así cazó él al gato. Cuando salió, tuve que curarle los -arañazos que en la cara traía. El tercero pereció<span class="pagenum" -id="Page_101">p. 101</span> de la misma manera, y después de esto -Pichota ha desaparecido de la casa, tal vez por haber entendido que no -está segura.</p> - -<p>Siseta y yo convinimos en que era urgente rezar, con la esperanza de -que, a fuerza de ruegos, nos enviase Dios, por sus misteriosos caminos, -algo de lo que tanto necesitábamos. Pero rezamos, y Dios no nos mandó -nada.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch12"> - <h2 class="nobreak g0">XII</h2> -</div> - -<p>Meditaba yo sobre la deserción del pobre animal, cuando se nos -presentó de repente Nomdedeu. Su aspecto era por demás macilento y -cadavérico, habiendo perdido a fuerza de padeceres físicos y morales -hasta aquella bondadosa expresión y el dulce acento que lo distinguían. -Su vestido estaba desordenado y roto, y traía la escopeta de caza y un -largo cuchillo de monte.</p> - -<p>—Siseta —dijo bruscamente, y olvidándose de saludarme, a pesar de -que hacía algunos días que no nos veíamos—. Ya sé dónde está esa pícara -Pichota.</p> - -<p>—¿En dónde está, Sr. D. Pablo?</p> - -<p>—En el desván que hay en el fondo del patio y que servía de pajar y -granero cuando yo tenía caballo.</p> - -<p>—Tal vez no será ella —dijo mi amiga en su generoso anhelo de salvar -al pobre animal.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_102">p. 102</span>—Sí, es ella; te -digo que es ella. A mí no se me despinta Pichota. La muy tunanta saltó -esta mañana por la ventana de la despensa y me robó un pernil que -allí tenía. ¡Qué atrevimiento! Comerse la carne de su propio hijo. Es -preciso acabar con ese animal. Siseta, ya te he dado gran parte de mis -muebles en cambio de los gazapos. No me queda otra cosa de valor que -mis libros de medicina. ¿Los quieres a trueque de la gata?</p> - -<p>—Sr. D. Pablo, ni los muebles ni los libros tomaré; coja usted a -Pichota, y ya que nos vemos reducidos a tal extremidad, dé una parte a -mis hermanos.</p> - -<p>—Está bien —respondió Nomdedeu—. Andrés, ¿te atreves a cazar ese -terrible animal?</p> - -<p>—No creo que sean precisos tantos pertrechos militares —respondí.</p> - -<p>—Pues yo sí lo creo. Vamos allá.</p> - -<p>Badoret y su hermano quisieron seguirnos; pero Siseta les contuvo -diciéndoles que no fueran curiosos y entrometidos; y solos el médico y -yo subimos al desván, entrando despacio y con precauciones por temor a -ser acometidos del rabioso carnicero, a quien el hambre y el instinto -de conservación debían haber dado una ferocidad extraordinaria. Don -Pablo, porque la presa no se nos escapara, cerró por dentro la puerta -y quedamos casi en completa oscuridad, pues la débil luz que por un -estrecho ventanillo entraba, no aclaró el lóbrego recinto sino cuando -nuestros ojos fueron perdiendo poco a poco el deslumbramiento de la luz -exterior. Multitud de objetos,<span class="pagenum" id="Page_103">p. -103</span> muebles viejos y destrozados, obstruían buena parte de la -estancia, y sobre nuestras cabezas flotaban densos cortinajes de tela -de araña, guarnecidos por el polvo de un siglo. Cuando empezamos a ver -los contornos y las oscuras tintas del recinto, buscamos con los ojos -a la prófuga; pero nada vimos, ni se oyó ruido alguno que indicase su -presencia. Manifesté mis dudas a D. Pablo; pero él me dijo:</p> - -<p>—Sí, aquí está. La vi entrar hace un momento.</p> - -<p>Movimos algunas cajas vacías; arrojamos a un lado pedazos de -silla y un pequeño tonel, y entonces sentimos el roce de un cuerpo -que se deslizaba en el fondo de la pieza atropellando los hacinados -objetos. Era Pichota. Vimos en el fondo oscuro sus dos pupilas de un -verde aurífero, vigilando con feroz inquietud los movimientos de sus -perseguidores.</p> - -<p>—¿La ves? —dijo el doctor—. Toma mi escopeta y suéltale un tiro.</p> - -<p>—No —repuse riendo—. Es muy fácil errar la puntería. De nada sirve -en este caso el fusil. Póngase usted a ese lado y deme el cuchillo.</p> - -<p>Las dos pupilas permanecían inmóviles en su primera posición, y -aquella lumbre verdosa y dorada que no se parece a la irradiación -de ninguna otra mirada ni de piedra alguna, produjo en mí fuerte -impresión de terror. Después distinguí el bulto del animal, y sus -manchas parduzcas y negras sobre amarillo se multiplicaban a mis -ojos, ensanchando su cuerpo hasta darle las proporciones de un tigre. -Yo<span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span> tenía miedo, ¿a -qué negarlo con pueril soberbia? y por un momento sentime arrepentido -de haber emprendido obra tan difícil. D. Pablo, que tenía más miedo que -yo, daba diente con diente.</p> - -<p>Celebramos consejo de guerra, del cual salió que debíamos tomar -la ofensiva; pero cuando cobrábamos algún valor sentimos un sordo -ronquido, un ruido entre arrullo y estertor, que anunciaba las -disposiciones hostiles de Pichota. En su lenguaje, la gata nos decía: -«Asesinos de mis hijos, venid acá, que os espero.»</p> - -<p>Pichota, que primero estaba en postura de esfinge, se agachó -sentando la angulosa cabeza sobre las patas delanteras, y entonces su -mirada cambió, despidiendo una luz azul que proyectaba de dos rayas -verticales. Parecía fruncir el torvo ceño. Luego irguió la cabeza; -pasose las patas por la cara, limpiando los largos bigotes, y dio -algunas vueltas sobre sí misma, para bajar a un sitio más cercano, -donde se puso en actitud de salto. La fuerza muscular de estos animales -en las articulaciones de sus patas traseras es inmensa, y desde su -puesto podía saltar hasta nosotros. Observé que las miradas del animal -se dirigían más rectamente a D. Pablo que a mí.</p> - -<p>—Andrés —me dijo—, si tú tienes miedo, yo me voy encima de ella. Es -una vergüenza que un animal tan pequeño acobarde de este modo a dos -hombres. Sí, señora Pichota, nos la comeremos a usted.</p> - -<p>Parece que el animal oyó y entendió estas amenazadoras palabras, -porque aún no había<span class="pagenum" id="Page_105">p. 105</span> -acabado de pronunciarlas mi amigo, cuando con ligereza suma lanzose -sobre él, haciéndole presa en el cuello y hombros. La lucha fue breve, -pues la gata había puesto ya en ejecución el conjunto de su potencia -ofensiva, de modo que el resto del combate no podía menos de sernos -favorable. Acudí en defensa de mi amigo, y el animal cayó al suelo, -llevándose en las uñas algunas partículas de la persona del buen -doctor, y haciéndome a mí algunos desperfectos en la mano derecha. -Corrió luego en distintas direcciones; pero al lanzarse sobre mí, tuve -la buena suerte de recibirla con la punta del cuchillo de monte, lo -cual puso fin al desigual combate.</p> - -<p>—Este animal es más temible de lo que creí —me dijo D. Pablo -apoderándose del cuerpo palpitante.</p> - -<p>—Ahora, Sr. Nomdedeu —indiqué yo—, partiremos como hermanos la -presa.</p> - -<p>El doctor hizo una mueca que indicaba su profundo disgusto, y -limpiándose la sangre del cuello, me dijo con tono agresivo que por -primera vez oí de sus labios:</p> - -<p>—¿Qué es eso de partir? Siseta contrató conmigo a Pichota a cambio -de mis libros. ¿Tú sabes que mi hija no ha comido nada ayer?</p> - -<p>—Todos somos hijos de Dios —repuse—, y también Siseta y los de abajo -han de comer, Sr. D. Pablo.</p> - -<p>Nomdedeu se rascó la cabeza, haciendo con boca y narices -contracciones bastante feas; y tomando el animal por el cuello, me -dijo:</p> - -<p>—Andrés, no me incomodes. Siseta y los<span class="pagenum" -id="Page_106">p. 106</span> bergantes de sus hermanos pueden -alimentarse con cualquier piltrafa que busquen en la calle; pero mi -enferma necesita ciertos cuidados. Tras hoy viene mañana, y tras mañana -pasado. Si ahora te doy media Pichota, ¿qué comerá mi hija dentro -de un par de días? Andrés, tengamos la fiesta en paz. Busca por ahí -algo que echar a tus chiquillos, que ellos con roer un hueso quedarán -satisfechos; pero haz el favor de no tocarme a Pichota.</p> - -<p>De esta manera el corazón de aquel hombre bondadoso y sencillo se -llenaba de egoísmo, obedeciendo a la ley de las grandes calamidades -públicas, en las cuales, como en los naufragios, el amigo no tiene -amigo, ni se sabe lo que significan las palabras prójimo y semejante. -Oyendo a D. Pablo, despertose en mí igual sentimiento egoísta de la -vida, y vi en él un aborrecido partícipe de la tabla de salvación.</p> - -<p>—Sr. Nomdedeu —exclamé con súbita cólera—: he dicho que Pichota se -partirá, y no hay más sino que se partirá.</p> - -<p>El médico, al oír este resuelto propósito, mirome con profunda -aversión por algunos segundos. Sus labios temblaban sin articular -palabra alguna; púsose pálido, y luego, con un gesto repentino, me -empujó hacia atrás fuertemente. Yo sentí que mi sangre, abrasada, -corría hacia el cerebro; un repentino escalofrío que circuló por mi -cuerpo me crispaba los nervios. Cerrando los puños, alargué las manos -casi hasta tocar con ellas la cara de Nomdedeu, y grité:</p> - -<p>—¿Conque no se parte Pichota? Pues mejor.<span class="pagenum" -id="Page_107">p. 107</span> Mejor, porque es toda para mí. ¿Qué tengo -yo que ver con la señorita Josefina, ni con sus males ridículos? Dele -usted telarañas.</p> - -<p>Nomdedeu rechinó los dientes, y sin contestarme se fue derecho hacia -el animal, que yacía en tierra desangrándose. Hice yo igual movimiento; -nuestras manos se chocaron; forcejeamos un breve instante; descargué -sobre él mis puños, y Nomdedeu rodó por el suelo largo trecho, -dejándome en completa posesión de la presa.</p> - -<p>—¡Ladrón! —gritó—. ¿Así me robas lo que es mío? Aguarda y verás.</p> - -<p>Recogiendo la víctima, me dispuse a salir. Pero Nomdedeu corrió, -mejor dicho, saltó como un gato hacia donde estaba la escopeta, y -tomándola, me apuntó al pecho diciendo con trémula y ronca voz:</p> - -<p>—Andrés, canalla: suéltala o te asesino.</p> - -<p>Miré en derredor mío buscando el cuchillo de monte; pero ya D. Pablo -lo tenía en el cinto. Corrí a la puerta del desván y no pude abrirla; -entrome de súbito un terror que no pude vencer, y salté maquinalmente, -sin saber lo que hacía, hacia los cajones vacíos, los muebles viejos y -el montón de cachivaches donde se nos había aparecido Pichota. Mis pies -se hundían entre tablas desvencijadas, cuyos clavos me lastimaban, y -mi cabeza tropezó en las vigas del techo, haciendo caer el polvo, la -polilla y las repugnantes inmundicias depositadas por dos siglos.</p> - -<p>—Bárbaro —grité desde arriba—, ya me las pagarás todas juntas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span>Pero Nomdedeu -seguía tras mí, buscando la puntería, y con pie firme hollaba las -rotas tablas; yo corrí de un extremo a otro seguido por él, y dimos -varias vueltas, subiendo, bajando, hundiéndonos y levantándonos en los -desfiladeros, laberintos y sinuosidades de aquella caverna.</p> - -<p>Por fin, habiendo salido el tiro, Nomdedeu extendió su hocico como -ávido cazador, por ver si me había alcanzado. Felizmente la bala no me -tocó.</p> - -<p>—No me ha tocado —dije con furiosa alegría, disponiéndome a caer -sobre mi enemigo.</p> - -<p>Pero él desenvainó al instante su cuchillo, y con acento más -frenéticamente alegre que el mío, gritó en medio del desván:</p> - -<p>—¡Ven, ven!... ¡Ladrón, que quieres matar de hambre a mi hija!... -Suelta a Pichota; suéltala, miserable.</p> - -<p>Y sin esperar a que yo le acometiera, corrió hacia mí. Entrome mayor -pánico que cuando me perseguía con la escopeta, y de nuevo nos lanzamos -a los precipicios en miniatura, tropezando y saltando, yo delante, él -detrás; yo gritando, él rugiendo hasta que, rendido de fatiga, caí -entre destrozadas tablas, que me impedían todo movimiento. Me encontré -débil y me reconocí cobarde, sintiéndome incapaz de luchar con aquella -furia, metamorfosis del hombre más manso, más generoso y humanitario -que yo había conocido.</p> - -<p>—Sr. D. Pablo —le dije—, tome usted a Pichota. No puedo más. Se ha -vuelto usted tigre.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_109">p. 109</span>Sin contestarme -nada, y mostrando la horrible agitación y crisis de su alma en un sordo -mugido, recogió el animal que yo había arrojado lejos de mí, y abriendo -la puerta, se marchó.</p> - -<p>Pasada la irascibilidad de aquel cuarto de hora, apenas me podía -tener; salí, bajé a casa de Siseta, y cuando esta me vio magullado, -arañado y cubierto de polvo, tuvo miedo. En pocas palabras contele lo -ocurrido, y los tres muchachos me oyeron con espanto.</p> - -<p>—No hay nada por hoy —les dije con angustia—. Voy a la calle a ver -si encuentro una persona caritativa.</p> - -<p>Siseta se abrazó a sus hermanos, derramando lágrimas de -desesperación, y yo corrí desalado fuera de la casa. En la calle -marchaba como un ebrio, sin dirección, ni aplomo, ni camino, y con -la mente en ebullición, cargada, atestada y henchida de criminales -ideas.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch13"> - <h2 class="nobreak g0">XIII</h2> -</div> - -<p>A mi paso encontraba las familias desvalidas, formando horrorosos -grupos de desolación en medio de la vía pública, con los pies en el -lodo, guarecida la cabeza del sol y la lluvia bajo miserables toldos -de sucias esteras. Se arrancaban de las manos unos a otros la<span -class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span> seca raíz de legumbre, el -fétido pez del Oñar, las habas carcomidas y los huesos de animales -no criados para la matanza. Diestros carniceros, improvisados por la -necesidad, perseguían por todos los rincones de Gerona a los pobres -perros que, bastante inteligentes para comprender su trágica suerte, -buscaban refugio en lo más recóndito, y aun se atrevían a traspasar la -muralla, corriendo a escape hacia el campo francés, donde eran acogidas -con aplauso y algazara tales pruebas de nuestra penuria. Por todas -partes, en sótanos y tejados, los gatos se defendían con sus ásperas -uñas del ataque de la humanidad, empeñada en vivir.</p> - -<p>Los soldados recibían su ración de trigo seco; pero los habitantes -de la ciudad tenían que buscarse el sustento como Dios les daba a -entender. La caza y la pesca eran la ocupación más importante. En -cuanto a trabajos militares, no había nada, porque nuestra situación -consistía en recibir bombas y granadas, sin poder apenas devolver los -saludos. En varias partes pedí que me dieran algo para unos pobres -huérfanos; pero la gente me miraba con indignación, y alguno me echó en -cara mi robustez. Yo estaba en los puros huesos.</p> - -<p>En la calle de Ciudadanos y en la Plaza del Vino<a id="FNanchor_5" -href="#Footnote_5" class="fnanchor">[5]</a> vi muchos enfermos que -habían sido sacados de los sótanos para que se murieran menos pronto. -Su mal era de los que llamaban<span class="pagenum" id="Page_111">p. -111</span> los médicos <i>fiebre nerviosa castrense</i>, complicada con -otras muchas dolencias, hijas de la insalubridad y del hambre; y en los -de tropa todas estas molestias caían sobre la fiebre traumática.</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_5" href="#FNanchor_5" class="label">[5]</a> Hoy de -la Constitución.</p> - -</div> - -<p>Sin quererlo yo, me apartaba a cada instante de mi objeto, que era -buscar alimento para mis niños, y aquí me llamaban para que ayudase a -arrastrar un enfermo; allí me rogaban que ayudara a poner tierra encima -de los cadáveres. Mi deseo era arrojarme como los demás en medio del -arroyo, esperando la muerte; pero el ejemplo de algunos que resistían -con sin igual tesón el cansancio, me obligaba a seguir en pie. En la -calle de la Zapatería Vieja sacamos fuera de los sótanos a varios -clérigos, ancianos y niños, mereciendo en premio de nuestro servicio -algunos pedazos de pan negro o de cecina. Los otros devoraban su parte; -pero yo guardé la mía, adquiriendo con su posesión la fuerza moral que -había perdido.</p> - -<p>La calle o callejón de la Forsa, que conduce desde la Zapatería -Vieja a la catedral, era una horrible sentina, una acequia angosta -y lóbrega, donde algunos seres humanos yacían como en sepultura, -esperando quien les socorriese o quien les matase. Entramos en ella, -conducidos por D. Carlos Beramendi, hombre de gran mérito que se -multiplicaba para disminuir en lo posible las desgracias de la ciudad, -y recogimos los cuerpos vivos y medio vivos, muertos y medio muertos, -sacándolos a las gradas de la catedral, donde les bañasen<span -class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span> aires menos corrompidos. -La catedral ya no podía contener más enfermos, y la plaza se fue -convirtiendo en hospital al descubierto. Allí vi aparecer en lo alto de -la gradería a D. Mariano Álvarez, que daba algunas disposiciones para -el socorro de los heridos. Su semblante era en toda Gerona el único que -no tenía huellas de abatimiento ni tristeza, y conservábase tal como el -primer día del sitio. Gran número de gente le rodeaba, y entre ellos vi -con sorpresa a D. Pablo Nomdedeu con otros médicos, individuos de la -Junta de salubridad, y varias personas influyentes. La multitud vitoreó -a Álvarez, quien no dijo nada, absteniéndose de manifestar disgusto -ni alegría por la ovación, y descendió tranquilamente. La gradería -ofrecía el más lamentable aspecto, y con la algazara de los vivas y -aclamaciones dirigidas al Gobernador, era difícil oír las quejas y -lamentos. Desde lejos se observaba claramente que muchos de los que -componían la comitiva del héroe estaban afligidos ante tan doloroso -espectáculo. Sin duda hablaban a D. Mariano de la escasez de víveres, -porque se oyó una voz de protesta que dijo:</p> - -<p>—Señor, cuando no haya otra cosa, comeremos madera.</p> - -<p>En esto llegó junto a mí D. Pablo, que se había separado un poco de -la comitiva.</p> - -<p>—¡Comer madera! —exclamó—. Eso se dice, pero no se hace. Andrés, me -alegro de verte por aquí ¿Cómo estás?... ¿y Siseta y los chicos?</p> - -<p>Aunque empezaba a extinguirse en mi alma<span class="pagenum" -id="Page_113">p. 113</span> el resentimiento, amenacé con el puño a -Nomdedeu.</p> - -<p>—¡Ah, todavía me guardas rencor por lo de esta mañana! —dijo—. -Andresillo, en estos casos no es uno dueño de sí mismo. Yo me -espantaba entonces y me he espantado después de encontrarme tan -bárbaro y salvaje. Se trata de vivir, Andrés, y el pícaro instinto -de conservación hace que el hombre se convierta en fierecita. Que yo -sea capaz de matar a un semejante, es cosa que no se comprende, ¿no -es verdad? ¡Ay, amigo mío! La idea de que mi hija me pide de comer y -no puedo darle nada, ahoga en mí el patriotismo, el pensamiento, la -humanidad, trocándome en una bestia. Andrés, no somos más que miseria. -Indigno linaje humano, ¿qué eres? Un estómago y nada más. Se avergüenza -uno de ser hombre cuando llegan estos casos en que todas las relaciones -sociales desaparecen, y reina la Naturaleza pura. Pero estoy viendo -que el número de los heridos es inmenso. Hoy hemos estado haciendo el -recuento de medicinas, y no hay ni para la décima parte en un solo -día. ¿A dónde vamos a parar? ¿Es posible que esto se prolongue? No, no -puede ser. Mira qué horroroso aspecto presenta la gradería cubierta de -cuerpos humanos.</p> - -<p>En efecto: los cien escalones que conducen a la catedral ofrecían -en pavoroso anfiteatro un cuadro completo de los males de la heroica -ciudad.</p> - -<p>Álvarez con su comitiva seguía bajando, y la multitud apartábase -para abrirle paso.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_114">p. 114</span>—Señor —le dijo -Nomdedeu volviéndome la espalda—. Olvidé decir a vuecencia que los -medicamentos que tenemos no bastan ni para la décima parte.</p> - -<p>D. Mariano miró fríamente y sin marcada expresión al médico. ¡Qué -bien vi entonces al célebre Gobernador, y cuán presentes se quedaron -desde entonces en mi mente sus facciones, su mirar y sus palabras! -La cara pálida y curtida, los ojos vivos, el pelo cano, la figura -delgada y enjuta, la contextura de acero, la fisonomía imperturbable y -estatuaria, la tranquilidad y la serenidad juntas en su semblante: todo -lo examiné y todo lo retuve en la memoria.</p> - -<p>—Si no hay bastantes medicinas —repuso—, empléense las que hay, y -después se hará lo que convenga.</p> - -<p>Esta muletilla de <i>lo que convenga</i> era muy suya, y con ella -solía terminar sus discursos y amonestaciones, siendo en él muy natural -decir: «Si no se puede resistir el asalto y los franceses entran en la -ciudad, moriremos todos, y después <i>se hará lo que convenga</i>.»</p> - -<p>—Pero, señor —añadió D. Pablo—, los enfermos no admiten espera. Si -no se les cura... se podrá tirar un día, dos...</p> - -<p>Álvarez paseó serenamente la vista por el anfiteatro, y después, -volviéndose a Nomdedeu, le dijo:</p> - -<p>—Ninguno de ellos se queja. Pronto recibiremos auxilios. La plaza no -se rendirá, señor Nomdedeu, por falta de medicinas. ¿No discurre usted -algún medio para aliviar la suerte de los enfermos y heridos?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span>—¡Oh, sí señor! -—dijo el médico alentado por algunos de la comitiva que murmuraron -frases más en consonancia con los pensamientos del médico que con los -del Gobernador—. Me ocurre que Gerona ha hecho ya bastante por la -Religión, la Patria y el Rey. Ha llegado ya al límite de la constancia, -señor, y exigir más de esta pobre gente es consumar su completa -ruina.</p> - -<p>Álvarez agitó ligeramente el bastón de mando en la mano derecha, y -sin inmutarse dijo a Nomdedeu:</p> - -<p>—«<i>Veo que solo usted es aquí cobarde. Bien: cuando ya no haya -víveres, nos comeremos a usted y a los de su ralea, y después resolveré -lo que más convenga.</i>»</p> - -<p>Cuando acabó de hablar, callaron todos de tal modo, que se oía el -zumbido de las moscas. Nomdedeu volvió atrás la cabeza buscándome con -la vista para disimular su turbación, y harto confuso hubo de abandonar -la comitiva. Hasta mucho después de que esta pasara no recobró el uso -de la palabra mi buen doctor, y estaba pálido y tembloroso, señal -inequívoca de su miedo.</p> - -<p>—Andrés —me dijo en voz baja tomándome del brazo, y llevándome -en dirección de la Plaza de San Félix—, ese hombre va a acabar con -nosotros. Yo soy patriota, sí señor, muy patriota; pero todo tiene -su límite natural, y eso de que lleguemos a comernos unos a otros me -parece una temeridad salvaje.</p> - -<p>—La entereza de D. Mariano —le respondí— nos llevará a tragarnos -mutuamente; pero<span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span> por -lo que a mí toca, y mientras sepa que ese hombre está vivo, antes me -comeré a mordidas mi propia carne, que hablar de capitulación delante -de él.</p> - -<p>—Grande y sublime es su constancia —me dijo—: yo la admiro y me -congratulo de que tengamos al frente de la plaza un hombre cuya memoria -ha de vivir por los siglos de los siglos. ¡Oh, si yo fuera solo en -el mundo, Andrés! Si yo no tuviera más que mi indigna persona, si no -tuviera otro cuidado que la visita al hospital y el recorrido de los -enfermos que están en la calle, yo mismo le diría a D. Mariano: «Señor, -no nos rindamos mientras haya uno que pueda vivir, almorzándose a -los demás.» Pero mi hija no tiene la culpa de que una nación quiera -conquistar a otra... Sin embargo, humillemos la frente ante la voluntad -de Dios, de la cual es ejecutor en estos días ese inflexible D. Mariano -Álvarez, más valiente que Leónidas, más patriota que Horacio Cocles, -más enérgico que Scévola, más digno que Catón. Es este un hombre que -en nada estima la vida propia ni la ajena, y como no sea el honor, -todo lo demás le importa poco. En las jornadas de septiembre, cuando -Vives el capitán de Ultonia se disponía para una pequeña excursión al -campo enemigo, preguntó a D. Mariano que a dónde se acogería en caso -de tener que retirarse. El Gobernador le contestó: «Al cementerio.» -¿Qué te parece? ¡Al cementerio! Es decir, que aquí no hay más remedio -que vencer o morir; y como vencer a los franceses es imposible porque -son ciento y la madre, saca<span class="pagenum" id="Page_117">p. -117</span> la consecuencia. ¡Esto entusiasma, Andresillo! Se le llena a -uno la boca diciendo: ¡viva Gerona y Fernando VII! le parece a uno que -ya está viendo las historias que se van a escribir ensalzándonos hasta -las nubes; pero yo quisiera poder gritar: ¡viva España y viva Josefina! -o que al menos entre las ruinas humeantes de esta ciudad y entre el -montón que han de formar nuestros cuerpos despedazados, se alzara -rebosando salud mi querida hija única, que nunca ha hecho mal a España, -ni a Francia, ni a Europa, ni a las Potencias del Norte ni del Sur.</p> - -<p>El doctor detúvose a examinar varios enfermos, y corrí a casa de -Siseta para llevarles lo poco que había recogido.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch14"> - <h2 class="nobreak g0">XIV</h2> -</div> - -<p>Casi juntamente conmigo entró Badoret, que había salido a hacer una -excursión por la Plaza de las Coles, y volvía tan alegre y saltón, que -le juzgué portador de víveres para ocho días.</p> - -<p>—¿Qué hay, Badoret? —le preguntamos Siseta y yo.</p> - -<p>Nos contestó abriendo los puños para mostrar algunas piezas de -cobre, y cerrábalos después, bailando con frenesí en medio de la -sala.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span>—¿De dónde traes -eso? ¿Lo has cogido en alguna parte? —le preguntó su hermana con enojo, -sospechando sin duda que el chico había hecho incursiones lamentables -en la propiedad ajena.</p> - -<p>—Me los han dado por el ratón... Andrés, un ratón tan grande como un -burro. En cuanto llegué con él a la plaza, un viejo soltó tres reales -por él.</p> - -<p>—¿Para comérselo? —exclamó Siseta con horror.</p> - -<p>—Sí —repuso Badoret dándole los cuartos—. Tú no quisiste, pues a -venderlo.</p> - -<p>—Mira, Andrés —me dijo Siseta—, luego que tú te fuiste, estos -condenados bajaron al patio, y por la puertecilla que está junto al -pozo, se metieron en la casa del canónigo Don Juan Ferragut, que está -abandonada, como sabes. A poco volvieron con una rata tan grande como -de aquí a mañana... ¡Qué patas! ¡Qué rabo!</p> - -<p>—La carne de este precioso e inteligentísimo animal —dije yo dando -a Siseta lo que llevaba—, no es mala, según dicen los muchos que en -Gerona la están consumiendo. Por ahora, muchachos, remediémonos con -esto que os traigo, y Dios dará más adelante otra cosa.</p> - -<p>Comimos, si así puede llamarse una refacción tan exageradamente -sobria, que más parecía hecha para dar entretenimiento a los dientes, -que substancia al cuerpo. Yo me dormí sobre el suelo poco después, y -cuando desperté, Siseta con gran aflicción me dijo:</p> - -<p>—Gasparó está malo. Ha cesado de llorar,<span class="pagenum" -id="Page_119">p. 119</span> y está como desmayado, con el cuerpo -ardiente, y temblando de escalofríos. ¿Tardará en volver el Sr. -Nomdedeu?</p> - -<p>Examiné al chico, y su aspecto me hizo temblar, porque no dudé un -momento que estuviese atacado de la fiebre a que sucumbía diariamente -parte de la población; pero procuré tranquilizar a su hermana, -asegurando que los síntomas del mal que tenía delante no eran parecidos -a los que a todas horas se observaban en los sitios más públicos de la -ciudad. Siseta, en su buen sentido, no daba crédito a mis consuelos, -comprendiendo la gravedad de su hermanito. Con la mayor naturalidad -del mundo, y olvidando, en su preocupación, las circunstancias de la -ciudad, me mandó que le llevase algunas medicinas, y tuve que emplear -mil rodeos y circunlocuciones para decirle que no las había. La infeliz -muchacha estaba inconsolable.</p> - -<p>Una hora después entró D. Pablo Nomdedeu, al cual llamamos para que -asistiese al enfermo, y se prestó a ello de buen grado.</p> - -<p>—¡Pobre Gasparó! —exclamó al verle—. Ya he dicho que con los -alimentos que diariamente se consumen aquí, estos chicos no han de -llegar a viejos.</p> - -<p>—Pero mi hermano no se morirá, Sr. Don Pablo —afirmó Siseta -llorando—. Usted, que es tan buen médico, le curará.</p> - -<p>—Hija mía —repuso fríamente el doctor—, tiende la vista por esas -calles, y observa de qué valen los buenos médicos. Lo que respiramos -en Gerona no es aire: es una sutil, invisible<span class="pagenum" -id="Page_120">p. 120</span> materia cargada de muertes. ¡Ay! Vivimos -por especial don de Dios, los que vivimos. Tenemos un Gobernador -de bronce que manda resistir a estos hombres que se caen muertos -por momentos. D. Mariano Álvarez no ve en el cuerpo humano sino una -cosa con que rellenar los cementerios, y que si no puede servir -para batirse, no sirve para nada. Él no atiende más que al inmortal -espíritu, y fijando su atención en la vida perpetua que con los -miserables ojos de la carne no podemos ver, desprecia todo lo demás. -Sí: la magnitud de ese hombre me tiene asombrado, por lo mismo que es -superior a mí. El Gobernador resistirá el hambre, las privaciones, las -enfermedades, mientras tenga una gota de sangre que mantenga en pie -la urna de su grande espíritu, pues su alma es el alma menos atada al -cuerpo que he conocido; y si no pudiese resistir, será capaz de comerse -a sí mismo... Pero veamos qué se hace con ese pobre Gasparó, hija -mía; yo creo que debes ir a enterrarle a la Plaza del Vino, donde se -ha hecho una gran fosa, porque si dejamos aquí su pobre cuerpo, puede -corromperse la atmósfera de esta casa más de lo que está.</p> - -<p>—¿De modo que usted le da por muerto? —preguntó Siseta con -desesperación.</p> - -<p>—Siseta, nuestra misión en el estado a que han llegado las cosas, -sin alimentos ni medicinas que recomendar, se reduce a evitar los -horribles efectos de la descomposición atmosférica. Si pudiéramos tener -a mano buenas tazas de caldo, un poco de vino blanco y algunos<span -class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span> emolientes y eméticos, -creo que sería fácil tornar la salud a la robusta naturaleza de ese -niño; pero es imposible: no hay nada. ¡Felices los que se mueren! Si -no consigo salvar a mi hija, me pondré en la muralla, cuando haya otro -asalto, para morir gloriosamente... Pobre Gasparó: ¡con cuánto placer -te cuidaría, si viera en ti esperanzas de vida! Siseta, sentiría mucho -que mi hija conociera la proximidad de un moribundo. En caso de que -Gasparó llore o chille, le mandarás callar. Adiós, adiós, hijos míos; -cuidado con mis instrucciones.</p> - -<p>Y subió. Tenía todas las apariencias de un loco.</p> - - -<p class="mt2">Siseta destrozó un mueble, calentó agua con él, y -diose a aplicar al enfermo en diversas formas una terapéutica de su -invención, compuesta de agua tibia en bebida, en cataplasmas, en -friegas, en rociadas, en parches. Como advirtiera cierta quietud en el -enfermo, creyola repentina mejoría, por efecto de sus extraordinarios -específicos, y dijo con tanta inocencia como alegría:</p> - -<p>—Andrés, me parece que está mejor. Se ha dormido. Mi madre decía que -el agua del Oñar era la mejor medicina del mundo, y con agua se curaba -ella todos sus males. ¿Ves como está más tranquilo? Cuando despierte -querrá ir a jugar con sus hermanos. ¿Pero dónde están esos malditos? -¡Badoret, Manalet!...</p> - -<p>Siseta les llamó gritando varias veces, y los<span class="pagenum" -id="Page_122">p. 122</span> muchachos no parecían. Estaban en la casa -del canónigo.</p> - -<p>Yo subí a ver a D. Pablo y a su hija, y encontré a esta tan abatida -y desfigurada, que cuando cerraba los ojos, quedándose sin movimiento -con la cabeza hundida entre los almohadones, parecía realmente muerta. -Ya era casi de noche, y el doctor, sentado junto al velador, escribía -su diario.</p> - -<p>—Andrés —me dijo Nomdedeu—, te agradezco que vengas a hacerme -compañía. ¿No me guardas rencor por lo de esta mañana? Eres un buen -muchacho, y sabes hacerte cargo de las circunstancias. En estos casos -no hay amigo para amigo, ni hermano para hermano. Ahora mismo, si -metieras tu mano en el plato donde va a comer mi hija, creo que te -mataría.</p> - -<p>—¿Y la señorita Josefina —le pregunté—, cree todavía que hay fiestas -en Gerona, y que mañana irá a Castellá?</p> - -<p>—¡Ay! no. La ilusión duró hasta el día siguiente nada más. Su -estado moral es espantoso. Ya no puede ocultársele nada, y es inútil -representar comedias como la de la otra noche. Lo sabe todo, y no -ignora los últimos pormenores, gracias a una indiscreción de esa -endiablada señora Sumta, a quien de buena gana arrastraría por los -cabellos. Figúrate, Andrés, que una de estas noches, cuando yo estaba -curando enfermos por esas calles, la tal señora Sumta, que a más de -ser curiosa como mujer, es entrometida y novelera como un chico de -diez años, deseando dar a su entendimiento<span class="pagenum" -id="Page_123">p. 123</span> el pasto de una belicosa lectura en armonía -con sus aficiones militares, sacó de la alacena de mi despacho este -diario que estoy escribiendo, y se puso a leerlo aquí mismo delante -de mi hija. Esta sintió al instante deseos de enterarse también, y la -muy necia de la señora Sumta se lo permitió, añadiendo de su propia -cosecha comentarios encomiásticos de los empeños y heroicidades del -sitio. Cuando volví, mi hija había llegado a las últimas páginas, y en -su calenturienta atención y curiosidad se le iba el alma a pedazos. -La lectura la embelesaba y la mataba al mismo tiempo, y el terror y -la admiración compartíanse el dominio de su alma. ¡Ay, cuánto trabajo -me costó arrancarle de las manos el malhadado diario! La pobrecita -no durmió en toda la noche, y puesto su cerebro en erección, allí -era de ver cómo imaginaba batallas en la calle, cómo sentía el ruido -de las bombas, cómo aseguraba estarse quemando con el resplandor -de los incendios, cómo miraba los ríos de sangre que enrojecían el -Ter y el Oñar, sin que me fuera posible tranquilizarla. La infeliz -corría de una parte a otra de la habitación como una loca, y llamaba -a voces a D. Mariano Álvarez, ensalzando la bravura y grande ánimo de -nuestro Gobernador. Otras veces, dominada por el miedo, me pedía que -la escondiese en lo más profundo de los pozos para no oír el zumbido -de los cañonazos ni ver el resplandor de las llamas. Tan pronto su -delicado organismo nervioso, que es su naturaleza toda, se crispaba -dándole actividad febril, como cuando dominados<span class="pagenum" -id="Page_124">p. 124</span> por el entusiasmo nos centuplicamos; tan -pronto abatiéndose llorosa, su cuerpo caía flojo y blando como una -madeja. Precisamente, la falta del sentido acústico, que parece debía -ser un descanso para su espíritu, es un verdadero tormento, porque oye -rumores que sin existencia real retumban en su cerebro, y los espectros -del sonido aterran su imaginación más que los de la vista. ¡Pobrecita -hija mía! Creí verla morir en una de aquellas crisis. Era su vida como -un hilo delgado que por intervalos se pone tirante, tirante, amenazando -romperse. Yo tenía el alma en suspenso, y comprendiendo que contra tal -estado de nada valen la ciencia ni los cuidados, me crucé de brazos -y bajé la frente esperando el fallo de Dios. De este modo ha pasado -algunos días, Andrés, y últimamente todos los síntomas de desorden -nervioso han desaparecido, para no quedar más que el del miedo, un -miedo en el último grado de lo deprimente, que la tiene aplanada, -moribunda. ¿Ves esa cara, ves esa expresión soñolienta y abatida, esa -diafanidad propia de los primeros instantes de la muerte? ¿Por ventura -eso tiene apariencia de vida? No parece sino que este simulacro de -existencia permanece ante mis ojos por disposición milagrosa del cielo -para consolarme durante la ausencia real de mi verdadera y querida -hija.</p> - -<p>Después de un largo y triste silencio, continuó así:</p> - -<p>—Andrés, mañana saldrá el sol; mañana habrá lo que en nuestro -lenguaje llamamos día; mañana tendremos otro hoy, es decir,<span -class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span> nuevos apuros. Veremos qué -miga de pan me reserva Dios para el día que ha de venir. Como quiera -que sea, mi hija tendrá mañana su plato en esta mesa. Así ha de ser, -cueste lo que cueste.</p> - -<p>Y dicho esto, siguió redactando su diario.</p> - -<p>Cuando volví al lado de Siseta, la encontré más tranquila, engañada -por el aparento alivio del pobre niño. Su principal inquietud -consistía entonces en la ausencia de Badoret y Manalet, que, a pesar -de lo avanzado de la noche, no volvían a casa. Pero de acuerdo les -supusimos ocupados en explorar la habitación vecina, y no se habló más -sobre el particular. Retireme yo a mi guardia, pesaroso de dejarla -sola, y durante toda la noche estuve mortificado por cavilaciones y -presentimientos que no me dejaron dormir.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch15"> - <h2 class="nobreak g0">XV</h2> -</div> - -<p>Al día siguiente no ocurrió novedad particular. Gasparó seguía -lo mismo. Badoret y su hermano aparecieron tras larga ausencia, -llenos de rasguños, contusiones, magulladuras y mordidas; pero muy -contentos con los cuartos que recientemente les había proporcionado -su industria. A pesar de este refuerzo pecuniario, aquel día fue el -abastecimiento<span class="pagenum" id="Page_126">p. 126</span> de la -casa más penoso y difícil que otro alguno, y Siseta, desmejorándose -por grados, perdía robustez y salud de hora en hora. Como entonces -ocurrieron acontecimientos terribles en nuestra casa, no puedo pasarlos -en silencio. Al rayar el día, despertome de un breve y pesado sueño el -golpear de un pie, que no por ser de amigo carecía de dureza, y cuando -abrí los ojos me encaré con el tambor del regimiento, Felipe Muro, que -me dijo:</p> - -<p>—Ha caído una bomba en la casa del canónigo Ferragut, calle de -Cort-Real, y el tejado ha ido a buscar refugio dentro de los cimientos. -Yo lo he visto, Andrés. Tu amigo el médico, D. Pablo Nomdedeu, salió a -la calle gritando y bufando en cuanto vio arder las barbas del vecino. -Felizmente la casa no ardió, y hasta hoy no tiene más avería que haber -sido aplastada como un buñuelo. ¿No vas allá?</p> - -<p>De buena gana habría corrido al lugar de la catástrofe; pero la -ordenanza me ataba a la muralla de Alemanes durante algunas horas, -y esperé con horrible ansiedad. Cuando me encontré libre y pude -trasladarme a la calle de Cort-Real, vi con alegría que mi casa estaba -intacta, aunque amenazada de algún deterioro por la repentina falta del -apoyo de la contigua, cuya fachada yacía casi totalmente en el suelo, -viéndose desde la calle el interior de las habitaciones con parte de -los muebles en la misma situación en que los dejó el dueño al abandonar -su domicilio. Mentalmente di gracias a Dios por haber librado<span -class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span> de la desgracia la casa de -los míos, y corrí al lado de Siseta, a quien encontré en el taller y en -el mismo sitio donde la había dejado la noche anterior, junto al lecho -de su hermano. La consternación de la pobre muchacha era tal, que no -acerté a tranquilizarla con inútiles consuelos.</p> - -<p>—Siseta —le dije—, es preciso resignarse a lo que quiere Dios. ¿Y tu -hermano?</p> - -<p>No me contestó, ni había para qué, porque su hermano se moría. Ella -misma hallábase en tan lastimosa situación física y moral, que solo por -un enérgico propósito de su fuerte espíritu se mantenía vigilante y -atenta a la agonía del pobre Gasparó. Sin el dolor, Siseta habría caído -al suelo, abatida por el insomnio y la inanición; pero despreciaba su -propia existencia, y para atenderla era preciso que desapareciese la de -los demás.</p> - -<p>—¿El Sr. Nomdedeu no ha asistido a tu hermano? —le pregunté.</p> - -<p>—No —repuso—. El Sr. D. Pablo dice que aquí nada falta sino echarle -tierra encima.</p> - -<p>—¿Y es posible que no te haya proporcionado algunas medicinas? Si él -quisiera, podría hacerlo.</p> - -<p>—Dice que no hay medicinas.</p> - -<p>—Dime: ¿Gasparó ha tomado algún alimento?</p> - -<p>—Nada. Con los cuartos que trajeron ayer los chicos, se compró un -pedacito muy pequeño de cecina, y lo puse en las parrillas; y esta -mañana vino D. Pablo, se me arrodilló delante llorando a moco y baba, y -como a pesar<span class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span> de esto -me resistiera a dárselo, amenazome con matarme, y se lo llevó.</p> - -<p>—¿Tú tampoco has tomado nada?... ¡Oh! Es preciso que yo le siente -la mano a ese ladronzuelo de D. Pablo. ¿Tenemos nosotros obligación de -mantenerle a su hija? ¿Y tus hermanos?</p> - -<p>—No sé dónde están —repuso Siseta con profundo terror—. Desde anoche -no han vuelto a casa.</p> - -<p>—Pero, Siseta —exclamé con angustia—, no irían a la casa del -canónigo. ¿Sabes que se ha venido al suelo?</p> - -<p>—No sé si irían allá... Esta mañana sentí un gran ruido. Creí que -era esta casa la que se venía al suelo, y abrazando a mi hermano cerré -los ojos y me encomendé a Dios. Pero luego que cesó el ruido, miré -al techo y lo vi en el mismo sitio. La gente gritaba en la calle, y -era difícil respirar, a causa del polvo. No, Dios mío, no es posible -que mis hermanos estuvieran hasta hoy dentro de esa casa. Yo creo que -habrán ido al mercado a vender lo que hayan cogido.</p> - -<p>Cada palabra pronunciada era un esfuerzo angustioso de la decaída -naturaleza de Siseta. Cubría su frente helado sudor, y sentada en el -suelo apoyaba sus brazos en la estera para sostenerse. Pálida como la -misma muerte, y con los ojos apagados y hundidos, daba pena de ver cómo -se agostaba aquella planta, sin poder echarle un poco de agua.</p> - -<p>De repente bajó metiendo mucho ruido el Sr. Nomdedeu, que al verme -me dijo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_129">p. 129</span>—¡Oh, Andresillo! -¡Cuánto me alegro de que estés aquí! Supongo que traerás algo. Tú eres -generoso, y no te olvidas de los buenos amigos.</p> - -<p>—Nada traigo, señor doctor; y si trajera, no sería para usted. Cada -cual se las componga como pueda.</p> - -<p>—¡Qué bromas gastas! Supongo que traerás siquiera un poco de trigo. -Y tú, Siseta, ¿tienes algo para mí? ¿Tus hermanos no han traído nada? -¡Oh, amigos míos de mi alma! ¿No hay nada para este pobre infeliz -que ve morir a su hija? Andrés, Siseta —añadió juntando las manos y -poniéndose de rodillas delante de nosotros—, haced la caridad, por amor -de Dios, que todo lo que tuviereis de menos en la tierra lo tendréis de -más en el cielo. Ya sabéis que <i>aquí dan uno por ciento y allá dan -ciento por uno</i>. Andrés, Siseta, queridísimos amigos míos, vosotros -que nadáis en la abundancia, socorred a este mendigo. Nada me queda -ya: he vendido todos mis libros, y con las plantas de mi magnífico -herbario, que he reunido durante veinte años, he hecho un cocimiento -para dárselo a ella. Solo me restan las plantas malignas o venenosas, y -la incomparable colección de <i>polipodiums</i>, que os puedo vender... -¿De veras que no tenéis nada? No puede ser. Ustedes esconden lo que -tienen; ustedes me engañan, y esto no lo puedo consentir: no, no lo -consentiré.</p> - -<p>De esta manera Nomdedeu pasaba de la aflicción amarga o una cólera -hostil y atrabiliaria, que a Siseta y a mí nos infundió bastante -recelo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span>—Sr. Nomdedeu -—dije, resuelto a alejar de nosotros huésped tan importuno—, no -tenemos nada. Ya ve usted. El pobre Gasparó se muere, y no podemos -darle un buche de agua con vino. Déjenos usted en paz o tendremos un -disgusto.</p> - -<p>—Eso se verá. Yo no me voy de aquí sin algo. Ustedes esconden lo que -van comprando con los cuartos que traen los chicos. Mi hija no puede -seguir así muchas horas, Andrés. Que se rinda Gerona, sí señor, que -se rinda, y que se vaya al infierno con cien mil pares de demonios el -Sr. D. Mariano Álvarez, que ha dicho esta mañana: «Cuando la ciudad -principie a desfallecer, se hará lo que convenga.» No sé a qué espera. -Aún no cree que la ciudad está bastante desfallecida. ¡Oh! Lo que -debiera hacer el Gobernador es castigar a los pillos que acaparan las -vituallas, privando a sus semejantes de lo más preciso, y ustedes son -de estos, sí señor. Ustedes tienen esas arcas llenas de comestibles, y -lo menos hay ahí diez onzas de cecina y un par de docenas de garbanzos. -Esto es un robo, un robo manifiesto. Siseta, Andrés, amigos míos, ya he -vendido todas las estampas y cuadros de mi casa. ¿Queréis el perrito -que bordó en cañamazo mi difunta esposa cuando estaba en la escuela? -¿Lo queréis? Pues os le daré, aunque es una prenda que he estimado como -un tesoro, y de la cual hice propósito de no deshacerme nunca. Os doy -el perrito si me dais lo que está guardado en el arca.</p> - -<p>Abrimos el arca, mostrándole su horrenda<span class="pagenum" -id="Page_131">p. 131</span> vaciedad; pero ni aun así se dio por -convencido. Estaba frenético, con apariencias de trastorno semejante -a la embriaguez, o al delirio de los calenturientos, y al hablar, su -lengua sin fuerza chasqueaba las palabras entonándolas a medias, como -un badajo roto que no acierta a herir de lleno la campana. Temblaba -todo él, y el llanto y la risa, la pena, la ira, la resignación o la -amenaza se expresaban sucesivamente en las rápidas modificaciones de su -fisonomía agitada y movible como la de un cómico.</p> - -<p>Cuando me levanté para obligarle a salir, amenazome con los puños, y -en un tono que no es definible, pues lo mismo podía ser dolorido llanto -que honda rabia, nos dijo:</p> - -<p>—Miserables, ladrones de lo ajeno. Haré lo que dice el Gobernador. -Sí, Andrés, Siseta. Mi hija no se morirá; mi pobre hija no se morirá; -porque cuando no haya otra cosa nos comeremos a ustedes, y después se -resolverá lo que más convenga.</p> - -<p>Cuando se retiró, Siseta me dijo:</p> - -<p>—Andrés, yo no sé si viviré mucho más que Gasparó. Haz el favor de -buscar a mis hermanos. Si Dios ha determinado que en este día se acabe -todo, se acabará. Somos buenos cristianos, y moriremos en Dios.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch16"> - <p><span class="pagenum" id="Page_132">p. 132</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XVI</h2> -</div> - -<p>Dejando para más tarde la exploración al mercado, marché a la -abandonada vivienda de D. Juan Ferragut, canónigo de la catedral, -que desde los primeros días del sitio huyó de Gerona buscando lugar -más seguro. Aunque este veterano de las milicias docentes de Cristo -no figura en mi relación, debo indicar que era el primer anticuario -de toda la alta Cataluña; hombre eruditísimo e incansable en esto -de reunir monedas, escarbar ruinas, descifrar epígrafes y husmear -todos los rastros de pisadas romanas en nuestro suelo. Su colección -numismática era célebre en todo el país, y además poseía inapreciable -tesoro en vasos, lámparas, arneses y libros raros; pero el grande -amor que tenía a estos objetos no fue parte a detenerle en su huida, -abandonando la historia romana y carlovingia por poner en seguro la más -que ninguna inestimable antigualla de la propia vida. Luego una bomba -arregló el museo a su manera.</p> - -<p>Entrábase en la desierta casa por una pequeña puerta que comunicaba -ambos patios, y que los vecinos solían tener abierta para venir a -tomar agua en el pozo del nuestro. Cuando penetré en el patio, hallé -que una gran parte de este se había trocado en recinto cubierto,<span -class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span> formado por la acumulación -de vigas y tabiques atascados en un ángulo antes de llegar al piso. -Aquel improvisado techo no necesitaba sino ligero impulso, una voz -fuerte, una trepidación insensible para caer al suelo. Adelantando -cuidadosamente llegué a la caja de la escalera, abierta a la luz -y al aire por el hundimiento de las salas de la fachada y de una -parte del techo por donde penetró la bomba. Cubrían el suelo muebles -confundidos con trozos de pared, vidrios y mil desiguales fragmentos -de preciosidades artísticas, materia caótica de la historia, que -ningún sabio podía ya reunir ni ordenar. La escalera había perdido -uno de sus tramos, y para subir era preciso trepar, saltando abruptas -alturas. Desde abajo veíase el interior de una alcoba que debía de -ser la del señor canónigo, la cual pieza con un testero de menos, y -conservando parte de sus muebles, se asemejaba a los aposentos de -juguete para los niños, cuando se les quita la tapa o pared lateral, -cuya ausencia permite ver el lindo interior. Si algunos cuadros, cofres -y roperos manteníanse arriba en los mismos puestos que desde luengos -años ocupaban, en cambio la cama del canónigo yacía en el hondo de la -escalera en una postura que podemos llamar boca abajo. Los gruesos -pilares de aquel mueble, que no era otra cosa que un mediano monte de -roble, aparecían por diversos puntos tronchados, esparciendo sus agudas -astillas, y las colgaduras en desorden dejaban ver entre sus pliegues -los brazos de marfil de un Santo Cristo, y las secas ramas de unas -disciplinas. De entre<span class="pagenum" id="Page_134">p. 134</span> -los despojos de la piedra, y en la oscuridad de los rincones y honduras -que formaban, vi surgir el brillo de dos discos luminosos, como dos -puntos, como dos ojos que me miraban. A pesar de que sentí súbito -temor, bajeme a recoger aquellas luces. Eran los espejuelos del buen -Ferragut.</p> - -<p>En la imposibilidad de subir, di voces al pie de la escalera, por -ver si desde aquellas solitarias cavidades me respondía alguno de los -muchachos a quienes buscaba. Grité con toda la fuerza de mis pulmones: -¡Badoret, Manalet! pero nadie me respondía. Recorrí todo lo bajo, -explorando lo más escondido y lo más peligroso de los escombros, y solo -encontré la barretina de uno de los chicos; pero esto no era suficiente -razón para suponer que ellos existiesen bajo las ruinas. Por último, -regresando al hueco oí un agudo silbido, que resonaba en lo más alto -del tejado. Esperé un rato, y en breve oyéronse de nuevo los mismos -agudos sones, y apareció una figura, que desde arriba con evidente -peligro se inclinaba para mirar hacia el fondo. Era Badoret.</p> - -<p>El muchacho, poniéndose ambas manos en la boca, gritó:</p> - -<p>—¡Manalet, alerta!</p> - -<p>Y luego, forzando la voz, añadió:</p> - -<p>—¡Allá van! ¡Allá va Napoleón, con toda la guardia imperial y la -tropa menuda!</p> - -<p>Dicho esto desapareció, y yo me quedé absorto esperando ver -a Napoleón con toda la guardia imperial. En efecto: por la rota -escalera descendía a escape tendido un numeroso<span class="pagenum" -id="Page_135">p. 135</span> ejército cuyos precipitados pasos metían -bastante ruido. Saltaban de peldaño en peldaño por entre los pedazos -de vigas, y con ligereza suma franqueaban los claros de la escalera, -gruñendo, chillando, escarbando, describiendo piruetas, curvas, -círculos, y empujándose, confundiéndose y precipitándose unos sobre -otros.</p> - -<p>Delante iba el mayor de todos, que era grandísimo, como ser de -privilegiada magnitud y belleza entre los de su clase, y seguíanle -otros de menor talla, y muchos pequeños, entre los cuales los había -jovenzuelos, juguetones y muchos graciosos niños. No eran docenas, sino -cientos, miles, ¡qué sé yo! un verdadero ejército, una nación entera, -masa imponente que en otras circunstancias me habría hecho retroceder -con espanto. Las oscilaciones de sus largos rabos negros eran tales, -que parecían culebras corriendo en medio de ellos, y sus brillantes -ojos de azabache expresaban el azoramiento y la ansiedad de retirada -tan vergonzosa. Venían hostigados, y la inmunda caterva pasó junto a mí -y en derredor mío con rapidez inapreciable, escurriéndose por entre los -escombros hacia el patio. Seguíalos yo con la vista, y por una oscura -puertecilla que vi en la pared, sumergiéronse todos en un segundo, como -chorro que cae al abismo.</p> - -<p>Yo no había visto aquella puerta abierta en un ángulo y que -ocultaban dos toneles puestos en el patio. Acerqueme a ella y desde la -boca grité:</p> - -<p>—Manalet, ¿estás ahí?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span>Al principio no -sentí rumor alguno, sino un lejano y vago son de hojarasca que me -pareció producido por las pisadas de la guardia imperial sobre montones -de yerba seca. Pero al poco rato creí sentir como voces y lamentos que -al principio parecieron aprensión mía o eco de mis propios gritos; pero -oyendo que se repetían más acentuados cada vez, resolví aventurarme en -lo interior del aposento oscurísimo que ante mí se abría.</p> - -<p>Nada pude ver en los primeros momentos; mas a poco de estar allí, -distinguí las formas robustas de las tinajas y toneles, cajones -rotos, arreos de caballerías y carros, y mil objetos de indefinible -configuración, que iban saliendo poco a poco de la oscuridad a medida -que mis ojos a ella se acostumbraban.</p> - -<p>El sitio era poco agradable, y no sé por qué las barrigas de -aquellas tinajas me ofrecían un aspecto temeroso, causa para mí de -invencible horror. Reconocí en aquellas formas extravagantes las -de ciertos monstruos que venían a amedrentarme en mis sueños de -enfermo, y no les faltaba más que cuatro patas resbaladizas, húmedas, -cartilaginosas, para arrojarse sobre mí. A los pocos pasos produje el -mismo ruido de hojarasca que antes había sentido, y observé que pisaba -grandes capas de yerba seca, depositada allí sin duda para bestias que -no habían de comerla.</p> - -<p>De pronto, señores, sentí que las hojas sonaban pisadas por mil -patitas, y los cabellos se me erizaron de espanto. ¿Por qué, si allí no -había leones, ni tigres, ni culebras, ni ningún<span class="pagenum" -id="Page_137">p. 137</span> animal verdaderamente fuerte y temible? -Lo cierto es que tuve miedo, un miedo inmenso que heló la sangre en -mis venas, dejándome atónito y paralizado. Quise huir, y hundime en la -yerba seca. Revolví los ojos en torno mío, y aumentó mi terror al ver -que se disponía para acometerme por distintos lados, con la rabia de -mil bestias feroces, todo el ejército imperial.</p> - -<p>En un instante me sentí mordido y rasguñado en los tobillos, en las -piernas, en los muslos, en las manos, en los hombros, en el pecho. -¡Infame canalla! Sus ojuelos negros y relucientes como cuentas, me -miraban gozándose en la perplejidad de la víctima, y sus hocicos -puntiagudos se lanzaban con voracidad sobre mí. Grité, pateé, manoteé; -pero la flojedad del suelo en que me sostenía imposibilitaba mi -defensa, y con esfuerzos extraordinarios pugnaba por echarme fuera -de aquel mar de hoja seca, en el cual, si era difícil el correr, más -difícil era el nadar. La turba insolente, aguijoneada por el hambre, -a atacarme se atrevía. ¿Qué puede uno solo de aquellos miserables -animaluchos contra el hombre? Nada; pero ¿qué puede el hombre contra -millares de ellos, cuando la necesidad les obliga a asociarse para -combatir al rey de la creación? Hallándome sin defensa, exclamé con -angustia:</p> - -<p>—¡Badoret, Manalet, venid en mi auxilio! ¡Socorro!</p> - -<p>Por último, conseguí poner el pie en tierra firme, y sacudiendo -manotadas a diestro y siniestro, logré aminorar el vigor del ataque. -Corrí de un lado para otro, y me siguieron;<span class="pagenum" -id="Page_138">p. 138</span> subime a un gran tonel, y veloces como el -rayo subieron ellos también. Su estrategia era admirable: adivinaban -mis movimientos antes de realizados, y como saltara de un punto a otro, -me tomaban la delantera para recibirme en la nueva posición. Animábanse -en el combate por un himno de gruñidos que a mí me daba escalofrío; -diríase que rechinaban en acordada música militar sus dientes, -demostrando gran rabia y despecho, todos aquellos que no podían hacerme -presa.</p> - -<p>¡Terrible animal! ¡Qué admirablemente le ha dotado la Providencia -para que se busque la vida a despecho del hombre, para que se defienda -contra las agresiones de fuerza superior, para que venza obstáculos -naturales, para que haga suyas las más laboriosas conquistas humanas, -para que mantenga su inmensa prole en lo profundo de la tierra y -al aire libre, en los despoblados lo mismo que en las ciudades! La -Providencia le ha hecho carnívoro para que encuentre alimento en -todas partes; le ha hecho roedor para que devore a pedazos lo que no -puede llevarse entero; le ha dado ligereza para que huya; blandura -para que no se sientan sus alevosos pasos; finísimo oído para que -conozca los peligros; vista penetrante para que atisbe las máquinas -preparadas en su daño, y agudo instinto para que con hábiles maniobras -burle vigilancias exquisitas y persecuciones injustas. Además posee -infinitos recursos, y como bestia cosmopolita, que igualmente se -adapta a la civilización y al salvajismo, posee<span class="pagenum" -id="Page_139">p. 139</span> vastos conocimientos de diversos ramos, -de modo que es ingeniero, y sabe abrirse paso por entre paredes y -tabiques para explorar nuevos mundos; es arquitecto habilísimo, y se -labra grandiosas residencias en los sitios más inaccesibles, en los -huecos de las vigas y en los vanos de los tapiales; es gran navegante, -y sabe recorrer a nado largas distancias de agua, cuando su espíritu -aventurero le obliga a atravesar lagunas y ríos; se aposenta en las -cuadernas de los buques, dispuesto a comerse el cargamento si le dejan, -y a echarse al agua en la bahía para tomar tierra si le persiguen; -es insigne mecánico, y posee el arte de transportar objetos frágiles -y delicados, secretos de que el hombre no es ni puede ser dueño; es -geógrafo tan consumado, que no hay tierra que no explore, ni región -donde no haya puesto su ligera planta, ni fruto que no haya probado, -ni artículo comercial en que no haya impreso el sello de sus diez y -seis dientes; es geólogo insigne y audaz minero, pues si advierte que -no disfruta de grandes simpatías a flor de tierra, se mete allí donde -jamás respiró pulmón humano, y construye bóvedas admirables por donde -entra y sale orgullosamente, comunicando casas y edificios, y huertas y -fincas, con lo cual abre ricas vías al comercio y destruye rutinarias -vallas; y por último, es gran guerrero, porque además de que posee -mil habilidades para defenderse de sus enemigos naturales, cuando -se encuentra acosado por el hambre en días muy calamitosos, reúne y -organiza<span class="pagenum" id="Page_140">p. 140</span> poderosos -ejércitos, ataca al hombre, y al fin, si no halla medio de salir del -paso, estos ejércitos se arman unos contra otros, embistiéndose con -tanto coraje como táctica, hasta que al fin el vencedor vive a costa -del vencido.</p> - -<p>Poseyendo un gran sentido civilizador, se acomoda al carácter de -las comarcas y regiones que escoge para desarrollar su genio activo, y -come siempre de lo que hay. Eso sí, no respeta ni sabe respetar nada: -en el tocador de la dama elegante se come los perfumes, y en casa del -boticario las medicinas. En la iglesia hace mil condimentos con las -reliquias de los santos, y en los teatros se apropia los coturnos de -Agamenón y la loriga de D. Pedro el Cruel. Artista a veces, si el -destino le lleva a los museos, se almuerza a Murillo y cena con algo -de Rafael, y cuando acierta a penetrar en casa de los anticuarios o -de los eruditos, se convierte en uno de estos por la influencia de la -localidad, es decir, que se traga los libros.</p> - -<p>Todas estas eminentes cualidades las desplegó contra mí la inmensa -falange. Aquellos padres que por dar de comer a sus hijos, aquellos -amantes esposos que por librar de la muerte a sus mujeres no vacilaban -en mirar frente a frente a un ser superior, tenían toda la perversidad -que dan las supremas exigencias de la vida. Pero era realmente una -vergüenza para mí el rendir mi superioridad de fuerza y de inteligencia -ante aquella chusma de los bodegones que, procedente de distintos<span -class="pagenum" id="Page_141">p. 141</span> puntos de la ciudad, por -caminos solo sabidos de ella sola, se había reunido en tal sitio. Así -es que, reponiéndome al cabo de algún tiempo de mi primitivo susto, -arrebaté un palo que al alcance de la mano vi, y haciendo pie firme -sobre el tonel, comencé a descargar golpes a todos lados, increpando -a mis enemigos con todos los vocablos insultantes, groseros y -desvergonzados de la lengua española.</p> - -<p>Si no obtuve desde luego por este medio ventajas positivas, conseguí -al menos amedrentar a los pequeños, que eran los más insolentes, y -solo los grandes continuaron empeñados en roerme. Pero los grandes me -ofrecían blanco más seguro, y he aquí que después de un rato de combate -peligroso, incesante, en que multiplicaba los movimientos de mis brazos -y piernas con rapidez más propia de un bailarín que de un guerrero, -comencé a adquirir alguna ventaja. La ventaja en las batallas, una vez -que se manifiesta, va creciendo en proporción geométrica, determinada -por los temores y recelos del que flaquea, por el orgullo y reanimación -del que gana terreno; y esto me pasó a mí, que al fin, señores míos, a -fuerza de trabajo y constancia pude adquirir el convencimiento de que -no sería devorado.</p> - -<p>Cuando me vi libre de la guardia imperial (pues no renuncio a darle -este nombre), me hallaba tan cansado que di con mi cuerpo en tierra.</p> - -<p>—Si me atacan otra vez —dije para mí—, acabarán conmigo.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch17"> - <p><span class="pagenum" id="Page_142">p. 142</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XVII</h2> -</div> - -<p>Pero en la desbandada del numeroso ejército, no abandonaron el -campo todos los combatientes; no: allí enfrente de mí, arrastrando -por el suelo su panza formidable, estaba uno, el más grande, el más -fuerte, ¿por qué no decirlo? el más hermoso de todos, fijando en mí el -chispeante rayo de sus negras pupilas, con la oreja atenta, el hocico -husmeante, las garras preparadas, el pelo erizado, y extendida la -resbaladiza cola, escamosa y parduzca.</p> - -<p>—¡Ah, eres tú, Napoleón! —exclamé en voz alta como si el terrible -animal entendiese mis palabras—. Ya te reconozco. Eres el mayor y el -más fuerte de todos; eres el que iba delante cuando bajabais por la -escalera. Infame, tu corpulencia y tus años te dan sobre los de tu -ralea la superioridad que demuestras; pero eres un egoísta que por -tu propio provecho, reúnes a tus hermanos para que te ayuden en tus -carnicerías. Miserable, ellos están flacos y tú estás gordo. Lo que -ellos husmean tú te lo comes, y a falta de otro manjar, devorarás a los -pequeñuelos que te siguen, orgullosos de tener un general tan bravo. -Miserable, ¿por qué me miras? ¿Crees que te temo? ¿Crees qué temo a una -vil alimaña como tú? El hombre, que a todos los animales domina,<span -class="pagenum" id="Page_143">p. 143</span> que de todo se vale, que -se alimenta con los más nobles, ¿temblará ante un indigno roedor como -tú?</p> - -<p>Corrí hacia él; pero desapareció agachándose para esconderse entre -unos maderos. Despejé aquel sitio; pero él se escurrió ligeramente y -le perdí de vista. Esta exploración me llevó muy adelante en la larga -bodega, y en la crujía inmediata vi que se desparramaban a un lado y -otro, corriendo por encima de las tinajas y por las mil sinuosidades de -la pared, mis enemigos de un momento antes. Todos me miraban pasar, y -corrían de un lado a otro. No me queda duda de que eran algunos miles. -A cada instante me parecía mayor su número.</p> - -<p>En un rincón de la última crujía había un pequeño tonel en pie, -tapado con una baldosa, con aspecto muy parecido al de una colmena. -Cierto vago rumor que de allí salía, me hizo fijar la atención, y -entonces vi que la boca del tonel estaba de frente. Pero lo que me -causó sorpresa no fue esto, sino que por dicha boca apareció un dedo, -y después dos. En el mismo momento una voz al mismo tiempo infantil y -cavernosa, como toda voz de niño que sale por el agujero de un tonel, -llegó a mis oídos diciendo:</p> - -<p>—Andrés, ya te veo. Aquí estoy. Soy yo, Manalet. ¿Se ha ido esa -canalla? Me he encerrado aquí para que no me comieran, y he tapado mi -casa con una baldosa. ¿Tienes algo de comer?</p> - -<p>—No: ya puedes salir. No tengas miedo —le respondí.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span>—Están ahí todavía. -Siento sus patadas. Son cientos de miles. Ayer no había tantos; pero -Napoleón ha ido esta mañana y ha vuelto con no sé cuántos miles más. -Toma este eslabón y esta yesca, Andrés. Prende fuego en un manojo de -yerba, teniendo cuidado de que no se encienda todo, y verás cómo echan -a correr.</p> - -<p>Diome por el agujero el pedernal, eslabón y pajuela, y al punto hice -fuego. Cuando el resplandor de la llama iluminó las oscuras bóvedas y -muros, todos los caballeros corrieron despavoridos, y bien pronto no -quedó uno. Ignoro el lugar de su repentina retirada.</p> - -<p>—Se han ido —dije—. Ya puedes salir.</p> - -<p>Entonces vi que se levantaba la baldosa que tapaba el tonel, y -aparecieron los cuatro picos negros de un bonete de clérigo. Debajo de -este tocado se sonreía con expresión de triunfo la cara de Manalet.</p> - -<p>—Si tú no vienes —dijo—, ¿qué hubiera sido de mí?</p> - -<p>—¡Bonito sombrero! —exclamé riendo.</p> - -<p>—Perdí la barretina, y como tenía frío en la cabeza... ya ves.</p> - -<p>—¿Y Badoret?</p> - -<p>—Está en el tejado. Oye lo que nos pasó. Ayer cazamos algunos; pero -no pudimos coger a Napoleón, que así le llamamos por ser el más grande -y el más malo de todos. Cuando anocheció, anduvimos dando vueltas por -la casa y nos encontramos una cama; ¡qué cama, Andresillo! Era la -del canónigo. Como valía más que la nuestra, nos acostamos en<span -class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span> ella; pero no pudimos -dormir, porque al poco rato sentimos un runrún de dientes y uñas... -Eran esos pillos que se estaban cenando la biblioteca. Nos levantamos, -Andrés, y les apedreamos con los libros y con los muchos cacharros -y figuritas de barro que el canónigo tiene allí. ¿Pues creerás que -no pudimos coger ninguno vivo? Perseguidos por nosotros, se fueron -en bandada al tejado, luego bajaron al patio, volvieron, y nosotros -siempre tras ellos sin poderlos pescar. Pero me dijo Badoret: «Yo me -voy al tejado, y les hostigaré para que bajen. Ponte tú a la entrada -de la bodega, detrás de la puerta, y conforme vayan entrando, les vas -descargando palos, y alguno ha de caer.» Así lo hicimos. Yo bajé aquí, -y desde arriba Badoret me decía: «Alerta, Manalet. ¡Allá van!» ¿Querrás -creer que estando yo en esa puerta entraron todos en batallón con tanta -fuerza que me caí al suelo? Cuando me levanté encendí luz y todos se -marcharon; pero luego volvieron y entre todos casi me comen. ¡Ay, -Andrés, qué miedo! Uno me roía por aquí, otro por allá, y yo empecé a -llorar, porque ya creía no volver a ver más a Siseta, a Gasparó, a ti -ni al Sr. Nomdedeu. Pero, amigo, oye lo que hice para escapar: le recé -a San Narciso y a la Virgen unos ocho Padrenuestros lo menos, y cátate -aquí que no había acabado de decir <i>mas líbranos de mal, amén</i>, -cuando, chico, suenan unos truenos, unos cañonazos, unos estampidos -tan terribles que aquello parecía la fin del mundo. ¿Qué crees que -era? Pues nada más sino que un gigante empezó a dar patadas<span -class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span> en la casa, encimita de -aquí, y desde esta misma bodega sentí caer las paredes. Allí habías de -ver cómo corrían estos bichos, llenos de miedo por los golpes que dio -el gigante mandado por la Virgen y San Narciso para salvarme. Me parece -que aún le estoy oyendo.</p> - -<p>—Pues qué, ¿habló también?</p> - -<p>—Sí, hombre. ¡Pues no había de hablar! Después de dar muchas -patadas, dijo con un vocerrón muy fuerte: «¡Canallas, dejad a Manalet!» -Pues verás. Después de esto quise salir, pero no encontré la puerta. -Me volví loco dando vueltas para arriba y para abajo, y otra vez recé -a San Narciso y a la Virgen para que me sacaran. Nada, no me querían -sacar. Luego volvió Napoleón, y con él muchos, muchísimos más, porque -has de saber que por el agujero que está debajo de aquella pipa se -pasan de esta casa al almacén de la calle de la Argentería, y también -van al río, y a las casas de la plaza de las Coles. Como ahora no -encuentran qué comer en ninguna parte, andan de aquí para allí y entran -y salen. Pues, hijito, la volvieron a emprender conmigo, y la segunda -vez no me valió rezar diez y ocho o diez y nueve Padrenuestros. Lo que -hice fue encender luz, y entonces me dejaron en paz; pero tenía tanto -miedo que me metí en el tonel donde me encontraste, y lo tapé con la -baldosa para estar más seguro. Yo decía: «¿Pero tendré que estar aquí -un par de años, San Narcisito de mi alma?» Y me acordaba de Siseta y de -Gasparó. ¡Ay, Andrés, si no vienes tú, allí me quedo!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_147">p. 147</span>—Pues vámonos fuera -—le dije tomándole por la mano—, y busquemos a Badoret para salir de -esta casa. Veo que los dos sois unos cobardes, que os habéis dejado -acoquinar por esos animalitos. ¿Habéis llevado algo al mercado?</p> - -<p>—¡Qué habíamos de llevar! Espérate y verás. Hemos de coger vivos -un par de docenas, y si tú nos ayudas... Andresillo, Napoleón vale lo -menos nueve reales. Si le cogiéramos...</p> - -<p>Salimos fuera, y Manalet se sorprendió de ver los destrozos causados -en la casa por la explosión del proyectil.</p> - -<p>—Mira los desperfectos hechos por el gigante que vino a salvarte, -Manalet. Ahora tratemos de subir en busca de tu hermano.</p> - -<p>—En el otro patio hay una escalera chica por donde se puede subir -—dijo—. ¡Cómo está la casa! Bien decía yo que el gigante, por querer -meter mucho ruido, la destrozó toda.</p> - -<p>Subimos, y en ninguna de las habitaciones del piso principal vimos -al buen Badoret. Le llamábamos, pero ninguna voz nos respondía. -Por último, le hallamos dormido sobre una cama colocada en uno de -los últimos aposentos del desván. Despertámosle, y nos llevó a la -biblioteca, donde, según dijo, tenía un repuesto de víveres que había -encontrado en la casa.</p> - -<p>—Sí, Sr. D. Andrés —dijo sacando gravemente una llave del bolsillo -de sus andrajosos calzones—. Aquí tengo una buena cosa.</p> - -<p>Y abrió la gaveta de una gran cómoda antigua chapeada de marfil -y madreperla. Lo<span class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span> -primero que vi fue un gran número de antiguas monedas de cobre y plata, -todas romanas, a juzgar por lo que había oído contar de las colecciones -del canónigo Ferragut. Badoret apartó a un lado varios objetos, y -descubrió un niño Jesús de esa pasta de alfeñique que tan bien han -hecho siempre las monjas.</p> - -<p>—Este es un regalito que hicieron las monjas al señor canónigo -—dije tomándolo—. Se lo llevaremos a Siseta. En casos de hambre, es -lícito comerse lo ajeno. Muchachos, cuidado con coger una sola de esas -monedas.</p> - -<p>Al niño Jesús le faltaba una pierna, devorada por Badoret, y no pude -evitar que Manalet se comiese la otra.</p> - -<p>—¿Tienes algo más? —pregunté.</p> - -<p>—Sí —repuso Badoret—. Si el Sr. Andrés quiere unas lonjitas de -manuscrito de ochocientos años y una copa de tinta superior, se lo -puedo servir.</p> - -<p>Por el suelo yacían, arrojados en desorden y medio roídos por los -ratones, los preciosos manuscritos y los incunables, reunidos en tantos -años por el celo y la paciencia del ilustre clérigo; y con un plano a -pluma de la vía romana ampurdanesa, Badoret se había hecho un sombrero -de tres picos.</p> - -<p>—Aquí tengo un pincho que voy a llevar esta tarde a la muralla -para ver qué dicen de él los franceses —dijo el mismo, señalando -una partesana del Renacimiento, cuyo rico damasquinado causaría -admiración al menos entendido—. Por ese agujero que está en el rincón, -salieron varios generales que venían de la otra<span class="pagenum" -id="Page_149">p. 149</span> casa, y para cortarles la retirada lo -tapé con la cabeza de aquella estatua de mármol que está debajo del -sillón.</p> - -<p>En efecto: una cabeza de ángel tapaba un agujero que se abría por el -desconche de la mampostería en el zócalo de la pieza. Estaba ajustado -y atacado con papeles y trozos de vitela, entre cuyos pliegues se -advertía el hermoso colorido y el oro de las letras pintadas por los -benedictinos de la Edad Media.</p> - -<p>—Habéis destrozado todas las maravillas que aquí tenía el Sr. -Ferragut —dije con enfado—. En cambio de tanta pérdida, nada habéis -podido llevar hoy al mercado.</p> - -<p>—Ya llevaremos, amigo Andrés —me contestó Badoret—. ¿Cómo está mi -hermana? ¿Cómo está mi señor hermano D. Gasparó? No salgo de aquí -sin llevarles una buena pieza. La cabeza del niño Jesús será para el -chiquito, el cuerpo para Siseta, un brazo para la señorita Josefina, y -otro para el Sr. Nomdedeu. Veremos si se coge a Napoleón. Anoche vino -aquí, y quiso llevarse un pedazo de vela de cera. Si no estoy pronto -a coger el violín en que tocaba el señor canónigo y a estampárselo -encima, carga con ella.</p> - -<p>En el suelo yacía hecho astillas el Stradivarius del buen Ferragut; -pero Manalet le recogió, con intento, según dijo, de hacer un barco con -él.</p> - -<p>—Andrés —dijo Badoret—. Napoleón es malo y traidor. No se deja -coger, y sabe más que todos nosotros. Cuando viene con su gente, -él se pone delante y les echa cada arenga... Si encuentran<span -class="pagenum" id="Page_150">p. 150</span> algo, él se lo come y -da hocicadas a los demás. Aunque le tires encima palos, cacharros, -estatuas, cuadros, monedas, libros, violines, bonetes, mapas y cuanto -hay aquí, no consigues matarle ni herirle. Te diré por qué. Tú crees -que Napoleón es una rata. Aviado estás. No es sino el Demonio, el -Demonio mismo. O si no, escucha. Anoche, después que bajó Manalet, me -tendí en la cama del canónigo, que es más blanda que la mía, y desde -que cerré los ojos sentí que me roían un dedo. Sacudí la mano y aquello -pasó. Pero luego empezaron a roerme otro dedo. ¡Ay, chico, qué miedo! -Volviéndome del otro lado, me puse panza arriba. Entonces el condenado -animal se me subió encima del pecho. Chico, cada pata pesaba tanto -como la torre de San Félix: ya me iba aplastando, aplastando, y no -podía respirar. Ya tenía el pecho como el canto de un papel... Aunque -me daba muchísimo miedo, tenía muchísima gana de verlo, y dije: «¿abro -los ojos o no los abro?» A veces decía: «los abro», y a veces decía: -«pues no los abro». Por fin, amigo, dije: «pues quiero verlo», y lo vi. -¡Jesús me valga! Lo tenía encima, echado sobre los cuartos traseros, -y con las patas delanteras tiesas. Me miraba, y los ojos no eran sino -como dos lunas muy grandes. En la punta de cada pelo negro tenía una -chispa de fuego, y los bigotes eran tan grandes, tan grandísimos como -de aquí... como de aquí, ¿hasta dónde diré? hasta el campanario de -las monjas Descalzas. El picarón estaba muy satisfecho mirándome, y -se relamía con una lenguaza de fuego encarnado<span class="pagenum" -id="Page_151">p. 151</span> tan grande como toda la calle de Cort-Real, -desde la plaza del Aceite hasta Ballesterías. Yo quería saltar, pero -no podía. ¡Pobrecito de mí! Quise echarme a llorar llamando a Siseta, -pero tampoco pude. Así estuve hasta que me ocurrió decir: «Huye, perro -maldito, al infierno.» Amigo, el animal saltó bufando. Corrí tras él -de un aposento a otro, y grité: «Por la señal de la Santa Cruz.» Del -dormitorio corrió a la biblioteca, de la biblioteca al dormitorio, -hasta que al fin... ¿qué pensarás que hizo? ¡Bendita sea mi boca! Pues -reventó, quiero decir, saltó contra las paredes y el techo, y paredes y -techo todo se vino abajo. La escalera que está pegada al dormitorio se -cayó, haciendo un ruido, ¡qué ruido! Las paredes iban retumbando así: -bum, bum... la cama, los muebles, todo se hizo pedazos, todo se cayó al -fondo, y luego, chico, el patio subió arriba: yo vi el brocal del pozo -volando por los aires, y el tejado se fue al patio y media casa se hizo -polvo. Yo me acurruqué detrás de ese armario, y allí, con las manos en -cruz, recé hasta que se me secó la lengua. Un sudor se me iba y otro se -me venía. En fin, Andresillo, hasta que no llegó el día, no salí del -rincón, ni se me quitó el miedo. Luego subí al desván; estuve rondando -por las buhardillas que no se habían hecho pedazos, y allí me encontré -otra vez con el señor Napoleón, seguido de su guardia imperial. Les -hostigué: se retiraron por la escalera abajo, llamé a Manalet, no me -respondió, me metí en el cuarto del canónigo, registrando todo, y en -el arca encontré<span class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span> el -niño Jesús de alfeñique, y después, sin saber cómo ni cuándo, quedeme -dormido en la cama donde me encontraste.</p> - -<p>—Pues ahora a casa. Vuestra hermana está con cuidado por ausencia -tan larga.</p> - -<p>—Despacio, amigo Andrés —me contestó el mayor—. Mira lo que tengo -aquí preparado. ¿Ves este gran artesón? Pues se le pone boca abajo, -levantado por un lado con una cañita; se ata a la punta alta de la -cañita un hilito; se ponen debajo unos pedazos de ratoncillos muertos -que hay en la escalera, los cuales quemaremos antes para que huelan; -plantamos en el patio toda esta artimaña, y nos escondemos en la -escalera con el hilito en la mano para poder tirar sin que nos vean. -Hacemos humo en el sótano quemando la yerba. Salen todos, con el gran -Napoleón a la cabeza, y este los lleva al artesón, que es España; -empiezan a roer, diciendo: «qué buena conquista hemos hecho»; entonces -tiramos del hilo, y España se les cae encima cogiéndoles vivos.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch18"> - <h2 class="nobreak g0">XVIII</h2> -</div> - -<p>Diciendo esto, cargaron con el artesón y bajáronlo al patio, y en -un instante el traidor aparato quedó muy bien instalado, con el cebo -dentro y el hilo en su sitio. España estaba<span class="pagenum" -id="Page_153">p. 153</span> dispuesta; no faltaba más que la invasión -francesa.</p> - -<p>Badoret entró impertérrito en la bodega y volvió al poco rato, -diciendo:</p> - -<p>—Están en guerra unos con otros. Vengan acá, que esto merece -verse.</p> - -<p>Entramos, y, en efecto, vi la colosal batalla. Yo sabía que aquel -enérgico y emprendedor animal se vuelve en su desesperación contra -su propia casta cuando no encuentra en ninguna parte medios de -subsistencia; pero jamás había visto los choques de aquellos feroces -ejércitos, que embestían con la saña salvaje de las primitivas guerras -entre los hombres. Se arrojaban unos sobre otros, enredándose en -horroroso vórtice, y se clavaban sin piedad las terribles armas de -sus agudos dientes. Esta lucha no era en modo alguno una revuelta -explosión de odios y hambres individuales, sino que tenía conjuntos -poderosos, y las masas parduzcas indicaban empujes colectivos dirigidos -por el instinto militar que algunas especies zoológicas poseen en alto -grado.</p> - -<p>—Los que están bajo el tonel —dijo Badoret—, son los del lado de -allá del Oñar, que han venido nadando. Con ellos están todos los de la -parroquia de San Félix, y los de este lado son los de la plaza de las -Coles, los más gordos, los más bravos, y tienen por jefe a Napoleón.</p> - -<p>—Pues esos que han venido nadando —dije yo— no son otros que los -ingleses, y los de la parroquia de San Félix son la gente del Norte. Me -parece que va ganando Francia, es decir, la plaza de las Coles.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_154">p. 154</span>Sus gruñidos -formaban un rumor espeluznante. Las desigualdades del terreno permitían -a los ejércitos desarrollar en gran escala poderosa estrategia. Subían -unos a apoderarse de un cajón vacío, y embestidos hábilmente por -la espalda, eran arrollados y expulsados de su posición. Las masas -pequeñas se reunían formando enorme cuña que al punto desbarataba la -extensa línea de los contrarios; estos, desorientados y en desorden, -reuníanse de nuevo concertando sus falanges, y sobre los cadáveres -exangües, las mil patitas marchaban con vertiginosa carrera. Los -más pequeños caían rodando impulsados por los grandes, y las panzas -blanquecinas vueltas hacia arriba, variaban el informe aspecto de los -valientes escuadrones. Las luchas individuales sucedían a los empujes -colectivos, y la heroica sangre teñía los feraces campos. ¿A quién -pertenece la victoria? Ahora lo veremos. Los de la plaza de las Coles -dominaron el tonel, y plantándose allá con provocativa presunción, -miraron, jadeantes aún de cansancio, cómo huían hacia el fondo de la -bodega las huestes destrozadas de la parroquia de San Félix y del otro -lado del Oñar.</p> - -<p>—Badoret, Manalet —exclamé yo—, Francia es vencedora. ¿Veis? Ya -domina la hermosa Italia; observad cómo corre hacia el Norte esa nube -de tudescos y sajones. Pero esto no ha concluido. Vedle allí. Ved cómo -se relame, cómo enrosca el largo rabo reluciente cual una cuerda de -seda. Con los ojuelos negros, en que resplandece el genio de la guerra, -observa desde<span class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span> aquella -altura las diversas comarcas que tiene a sus pies, y los movimientos de -sus desorganizados enemigos. Está midiendo el terreno, y su previsión -admirable adivina los sitios que escogerán los otros para esperarle. -Atended bien, Badoret y Manalet: reparad que después que ha descansado -un rato, gozándose allá arriba con sus rápidos triunfos, se prepara a -bajar de su trono. Inmensas falanges llenas de entusiasmo le rodean, y -allá en el Norte el espacio resuena con el chirrido de mil dientes que -chocan, y las colas azotan con impaciencia el suelo. Nuevas batallas se -preparan, Manalet y Badoret. Esto no quedará así, y si no me engaño, -el pérfido aspira a dominar todos los subterráneos, desde el Galligans -hasta el puente de piedra, y ambas orillas del hermoso Oñar. ¿Oís? Las -belicosas uñas se afilan en el suelo, y en las cuentecitas de vidrio -que tienen por ojos brilla el ardor de los combates. La hora terrible -se acerca, y el ogro, hambriento de carne y nunca saciado, devorará a -los hijos del Norte. ¡Ay! ¡Las pobres madres han concebido y dado a -luz nada más que para esto! Ya van; ya se acercan. Ved cómo todos los -de la otra crujía se reúnen, acudiendo de distintas partes. El ogro -desciende pausadamente de su trono, y una aureola de majestad le rodea. -A su vista los débiles se hacen fuertes, y los tímidos se arrojan a los -primeros puestos. Ya se encuentran, y está trabada de nuevo la feroz -pelea.</p> - -<p>Avanzamos para ver mejor, y vimos cómo se devoraban, llevando la -mejor parte los de<span class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span> -abajo, es decir, Francia. Si los otros eran más fuertes, estos -parecían más ligeros. Los del lado allá del Oñar, los de San Félix -y el Matadero, se sostenían enérgicamente; pero al fin no les era -posible resistir el empuje de sus contrarios, que parecían poseídos de -sublime enajenación, y sus hociquitos negros y bigotudos lo arrasaban -todo delante de sí. Si lo que les impulsaba a la lucha era pura y -simplemente el anhelo de satisfacer su apetito, una vez trabada -aquella, despierto y exaltado el genio militar, los escuálidos soldados -no se acordaban de llenar sus panzas con los despojos del vencido, y -un ideal de gloria les impelía a lanzarse sobre los rotos escuadrones, -sobre las tinajas teñidas de sangre, sobre el tonel jamás conquistado, -dominándolo todo con su planta atrevida.</p> - -<p>Creerán los oyentes que miento, que desfiguro los hechos, que -pinto lo que me conviene; juzgarán que mi cabeza, trastornada por las -penalidades y debilitada por la inanición, forjó ella misma para su -propio entretenimiento estas batallas de roedores, estas ambiciones de -la última escala animal, para representar en pequeño las de la primera. -Pero yo juro y perjuro que nada he dicho que no sea cierto, así como -también lo es que Badoret, al ver cómo se destrozaban, encendió una -buena porción de yerba, apartándola del resto para que no se declarase -incendio, y al instante el mucho y denso humo nos obligó a salir afuera -presurosamente.</p> - -<p>—Ahora no quedará uno dentro —dijo Badoret—. Andrés,<span -class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span> y tú, hermano, coged un -palo, y cuando salgan, de cada garrotazo caerá un regimiento. Yo tiraré -del hilo de la trampa. Si algún otro que el gran emperador se acerca a -comerse el cebo, espantadle con un golpe. En la trampa no ha de caer -sino Su Majestad.</p> - -<p>Pronto la puerta de la oscura cueva empezó a vomitar gente, es -decir, guerreros de aquella formidable pelea que habíamos visto. -Corrieron por el patio en distintas direcciones, subieron la escalera, -tornaron a bajar, y no pocos de ellos se acercaron al artesón, en quien -veían los chicos nada menos que la representación genuina de nuestra -querida y desgraciada madre España. Badoret de improviso impúsonos -silencio diciendo:</p> - -<p>—Ahí viene; apártense todos, y abran paso a su grandeza.</p> - -<p>En efecto: el más grande, el más hermoso, el más gordo de aquellos -caballeros, apareció en la puerta del subterráneo. Desde allí -revolvió con orgullo a todos lados los negros ojos, y moviéndose -despaciosamente, arrastraba con elegantes ondulaciones el largo rabo. -Contrajo el hocico, mostrando sus dientes de marfil, y rasguñó el suelo -con majestuoso gesto. Anduvo largo trecho entre la turbamulta de los -suyos, que con desdén miraba, y al llegar a mitad del patio, vio aquel -inusitado aparato que teníamos dispuesto. Acercose, y estuvo mirándolo -por diversas partes, sorprendido sin duda de su extraña forma, y -solicitado de los olorosos reclamos del cebo hábilmente colocado -dentro. Muy por lo bajo, dije yo a Manalet:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span>—Este emperador -tiene demasiado talento para meterse aquí.</p> - -<p>—Quién sabe, Andresillo —me contestó el chico—. Como está tan -enfatuado con las batallas que acaba de ganar, y se le habrá puesto en -la cabeza que para él no hay ratoneras, ni trampas, ni lazos, puede que -se ciegue y se meta dentro.</p> - -<p>Napoleón se acercó con paso resuelto. Aunque dotado de inmensa -previsión y de penetrante vista, el humo de gloria que llenaba su -cerebro había enturbiado sus poderosas facultades, y encontrándolo todo -fácil, sin ver más que a sí mismo y a su feliz estrella, precipitose -decididamente dentro de España. El hilo funcionó, y cayendo con -estrépito la artesa, Su Majestad quedó en la trampa.</p> - -<p>—¡Ah, pícaro, tunante, ladrón! —gritó Badoret saltando de gozo—. -Ahora las vas a pagar todas juntas.</p> - -<p>—Irá vivo al mercado —añadió el otro—, y nos darán por su cuerpecito -nueve reales. Ni un cuarto menos, hermano Badoret.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch19"> - <h2 class="nobreak g0">XIX</h2> -</div> - -<p>Atado por el rabo el vencedor de Europa, los chicos querían llevarlo -al mercado; pero yo lo tomé para mí, diciéndoles:</p> - -<p>—Si trabajáis un poco más, no os faltarán<span class="pagenum" -id="Page_159">p. 159</span> otros respetables sujetos que llevar al -mercado. Dejad este para mí, que lo necesito, y coged a Saint-Cyr, a -Duhesme, a Verdier y a Augereau.</p> - -<p>Haciendo, pues, nuevas y valiosas presas, se marcharon.</p> - -<p>Yo atravesaba la puertecilla, mejor dicho, el agujero que comunicaba -el patio de la casa de Ferragut con la mía, cuando mi cabeza tropezó -con otra cabeza. Nos topamos el Sr. Nomdedeu y yo, él queriendo entrar -y yo queriendo salir.</p> - -<p>—Detente un rato más, Andrés —me dijo con agitación—, y ayúdame. -¡Pero qué hermoso animal tienes ahí! ¿Cuánto pides por él?</p> - -<p>—No lo vendo —repliqué con orgullo.</p> - -<p>—Es que yo lo quiero —me dijo con firmeza, deteniéndome por un -brazo—. ¿Sabes que se ha muerto Gasparó? Mi hija se muere también, -es decir, quiere morirse; pero yo no lo permito, no lo permitiré, no -señor; estoy decidido a no permitirlo.</p> - -<p>—Nada de eso me importa, Sr. Nomdedeu —repuse—. ¿Cómo está -Siseta?</p> - -<p>—¿Siseta? Se morirá también. He aquí una muerte que importa poco. -Siseta no tiene padre que se quede sin hija. ¿Me das lo que llevas -ahí?</p> - -<p>—Usted bromea. Adiós, Sr. Nomdedeu. Por aquella puerta se baja a -donde hay mucho de esto.</p> - -<p>—¡Oh! ¡qué repugnante sitio! —exclamó el doctor—. Pero ¿qué llevas -ahí? Un niño Jesús de alfeñique. Dámelo, Andrés, dámelo. ¡Azúcar,<span -class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span> Dios mío! ¡Azúcar! ¡Qué -rayo de luz divina!</p> - -<p>—No puedo darlo tampoco. Es para Siseta.</p> - -<p>El doctor se puso lívido, más lívido de lo que estaba, y mirome -con una expresión rencorosa que me llenó de espanto. Le temblaban los -labios, y a cada instante llevábase las convulsas manos a su amarillo -cráneo desnudo. Me infundía lástima; me infundía además su vista -poderoso egoísmo, y le detestaba, sí, le detestaba, sobre todo desde -que tuvo la audacia de mirar con sus ávidos ojos el niño Jesús sin -piernas que yo llevaba.</p> - -<p>—Andrés —me dijo—, yo quiero ese pedazo de azúcar. ¿Me lo darás?</p> - -<p>Examiné rápidamente a Nomdedeu. Ni él tenía armas, ni yo tampoco.</p> - -<p>—Si no me lo das, Andrés —prosiguió—, yo estoy dispuesto a que se -pierda mi alma por quitártelo.</p> - -<p>Diciendo esto, el doctor, sin darme tiempo a tomar actitud -defensiva, arrojose sobre mí y me hizo caer al suelo. Clavome las -manos en los hombros, y digo que me clavó, porque parecía que sus -manos de hierro, horadando mi carne, se hundían en la tierra. Luché, -sin embargo, en aquella difícil posición, y conseguí incorporarme. -La fuerza de Nomdedeu era vigorosa, pero de poca consistencia, y se -consumía toda en el primer movimiento. La mía, muscular e interna, -carecía de rápidos impulsos, pero duraba más. ¡Oh, qué situación, qué -momento! quisiera olvidarlo, quisiera que se borrara por siempre de mi -memoria; quisiera que aquel día no hubiese existido en la esfera<span -class="pagenum" id="Page_161">p. 161</span> de lo real. Pero todo fue -cierto y lo mismo que lo voy contando. Yo pesé sobre D. Pablo, como -él había pesado sobre mí, y pugné por clavarlo en el suelo. Yo no era -hombre, no: era una bestia rabiosa, que carecía de discernimiento para -conocer su estúpida animalidad. Todo lo noble y hermoso que enaltece -al hombre había desaparecido, y el brutal instinto sustituía a las -generosas potencias eclipsadas. Sí, señores: yo era tan despreciable, -tan bajo como aquellos inmundos animales que poco antes había visto -despedazando a sus propios hermanos para comérselos. Tenía bajo mis -manos, ¿qué manos? bajo mis garras a un anciano infeliz, y sin piedad -le oprimía contra el duro suelo. Un fiero secreto impulso que arrancaba -del fondo de mis entrañas, me hacía recrearme con mi propia brutalidad, -y aquella fue la primera, la única vez en que, sintiéndome animal puro, -me gocé de ello con salvaje exaltación. Pero no fui yo mismo, no, -no; lo repetiré mil veces: fue otro quien de tal manera y con tanta -saña clavó sus manos en el cuello enjuto del buen médico, y le sofocó -hasta que los brazos de este se extendieron en cruz, exhaló un hondo -quejido, y, cerrando los ojos, quedose sin movimiento, sin fuerzas y -sin respiración.</p> - -<p>Me levanté jadeante y trémulo, con el juicio trastornado incapaz de -reunir dos ideas, y sin lástima miré al desgraciado que yacía inerte -en el suelo. El niño de alfeñique cayóseme de las manos, y Napoleón, -que durante la lucha se había visto libre, cargó con él, huyendo<span -class="pagenum" id="Page_162">p. 162</span> a todo escape, con el hilo -aún atado en la cola.</p> - -<p>Esperé un momento. Nomdedeu no respiraba. La brutalidad principió a -disiparse en mí, y así como en las negras nubes se abre un resquicio, -dando paso a un rayo de sol, así en los negrores de mi espíritu se -abrió una hendidura, por donde la conciencia escondida escurrió un -destello de su divina luz. Sentí el corazón oprimido; mil voces -extrañas sonaban en mi oído, y un peso, ¡qué peso! una enorme carga, -un plomo abrumador gravitó sobre mí. Quedeme paralizado; dudaba si era -hombre; reflexioné rápidamente sobre el sentimiento que me llevara -a tan horrible extremo, y al fin, atemorizado por mi sombra, huí -despavorido de aquel sitio.</p> - -<p>Pasé al otro patio, y entrando en casa de Siseta, la vi exánime -sobre el suelo. A un lado estaba el cadáver del pobre niño, y más al -fondo advertí la presencia de una tercera persona.</p> - -<p>Era Josefina, que hallándose sola por largo tiempo en su casa, había -bajado arrastrándose. Examinó a Siseta, que lloraba en silencio, y a su -vista experimenté un temor inmenso, una angustia de que no puedo dar -idea, y la conciencia que hace poco me enviara un solo rayo, me inundó -todo de improviso con espantosas claridades. Un gran impulso de llanto -se determinaba en mi interior; pero no podía llorar. Retorciéndome los -brazos, golpeándome la cabeza, mugiendo de desesperación, exclamé sin -poder contener el grito de mi alma irritada:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span>—Siseta, soy un -criminal. He matado al señor Nomdedeu, ¡le he matado! Soy una bestia -feroz. Él quería quitarme un pedazo de azúcar que guardaba para ti.</p> - -<p>Siseta no me contestó. Estaba estupefacta y muda, y la extenuación, -juntamente con el profundo dolor, la tenían en situación parecida a -la estupidez. Josefina, acercándose a mí y tirándome de la ropa, me -preguntó:</p> - -<p>—Andrés, ¿has visto a mi padre?</p> - -<p>—¿Al Sr. Nomdedeu? —contesté temblando, como si el ángel de la -justicia me interrogara—. No, no le he visto... Sí... allí está... -allí... pasando al otro patio.</p> - -<p>Y luego, anhelando arrojar lejos de mí las terribles imágenes que me -acosaban, volvime a Siseta y le dije:</p> - -<p>—Siseta de mi corazón, ¿ha muerto Gasparó? ¡Pobre niño! Y tú, -¿cómo estás? ¿Te hace falta algo? ¡Ay! Huyamos, vámonos de esta casa, -salgamos de Gerona, vámonos a la Almunia a descansar a la sombra de -nuestros olivos. No quiero estar más aquí.</p> - -<p>Un extraordinario y vivísimo ruido exterior no me dejó lugar a más -reflexiones ni a más palabras. Sonaban cajas, corría la gente; la -trompeta y el tambor llamaban a todos los hombres al combate. Siseta -alargó lentamente el brazo, y con su índice me señaló la calle.</p> - -<p>—Ya, ya lo entiendo —dije—. D. Mariano quiere que todos estos -espectros hagan una salida o resistan el asalto de los franceses. Vamos -a morir. Anhelo la muerte, Siseta. Adiós. Aquí están los chicos. ¿Los -ves?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span>Eran Badoret y -Manalet que entraron diciendo:</p> - -<p>—Hermana Siseta, trece reales, traemos trece reales. ¿Has arreglado -a Napoleón? ¿En dónde está Napoleón?</p> - -<p>Saliendo con mi fusil al hombro a donde el tambor me llamaba, corrí -por las calles. Estaba ciego y no veía nada ni a nadie. Mi cuerpo -desfallecido apenas podía sostenerse; pero lo cierto es que andaba, -andaba sin cesar. Hablando febrilmente conmigo, me decía: «¿Pero estoy -loco?... ¿pero estoy vivo acaso?» ¡Terrible situación de cuerpo y -de espíritu! Fui a la muralla de Alemanes, hice fuego, me batí con -desesperación contra los franceses que venían al asalto, gritaba como -los demás y me movía como los demás. Era la rueda de una máquina, y -me dejaba llevar engranado a mis compañeros. No era yo quien hacía -todo aquello: era una fuerza superior, colectiva; un todo formidable -que no paraba jamás. Lo mismo era para mí morir que vivir. Este es el -heroísmo. Es a veces un impulso deliberado y activo; a veces un ciego -empuje, un abandono a la general corriente, una fuerza pasiva, el mareo -de las cabezas, el mecánico arranque de la musculatura, el frenético -y desbocado andar del corazón que no sabe a dónde va, el hervor de la -sangre que, dilatándose, anhela encontrar heridas por donde salirse.</p> - -<p>Este heroísmo lo tuve, sin que trate ahora de alabarme por ello. -Lo mismo que yo hicieron otros muchos también medio muertos de -hambre, y su exaltación no se admiraba porque<span class="pagenum" -id="Page_165">p. 165</span> no había tiempo para admirar. Yo opino que -nadie se bate mejor que los moribundos.</p> - -<p>Allí estaba D. Mariano Álvarez, que nos repitió su cantinela:</p> - -<p>—Sepan los que ocupan los primeros puestos, que los que están detrás -tienen orden de hacer fuego sobre todo el que retroceda.</p> - -<p>Pero no necesitábamos de este aguijón que el inflexible Gobernador -nos clavaba en la espalda para llevarnos siempre hacia adelante; y como -muy acostumbrados a ver la muerte en todas las formas, no podíamos -temer a la amiga inseparable de todos los momentos y lugares.</p> - -<p>La fatiga misma sostenía nuestros cuerpos; hablábamos poco, y -nos batíamos sin gritos ni bravatas, como es costumbre hacerlo en -las ocasiones ordinarias. Jamás ha existido heroísmo más decoroso, -y a fuerza de ver el ejemplo, imitábamos el aspecto estatuario de -Don Mariano Álvarez, en cuya naturaleza poderosa y sobrehumana se -estrellaban sin conmoverla las impresiones de la lucha, como las -rabiosas olas en la peña inmóvil.</p> - -<p>Por mi parte, puedo asegurar que lleno el espíritu de angustia, -alarmada hasta lo sumo la conciencia, aborrecido de mí mismo, me -echaba con insensato gozo en brazos de aquella tempestad, que en -cierto modo reproducía exteriormente el estado de mi propio ser. La -asimilación entre ambos era natural, y si en pequeños intervalos yo -acertaba a dirigir mi observación dentro de mí mismo, me reconocía -como una existencia flamígera y estruendosa, parte esencial de -aquella atmósfera<span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span> -inundada de truenos y rayos, tan aterradora como sublime. Dentro de -ella experimentábanse grandes acrecentamientos de vida, o la súbita -extinción de la misma. Yo puedo decirlo; yo puedo dar cuenta de -ambas sensaciones, y describir cómo acrecía el movimiento, o por el -contrario, cómo se iban extinguiendo los ruidos del cañón, cual ecos -que se apagan repetidos de concavidad en concavidad. Yo puedo dar -cuenta de cómo todo, absolutamente todo, ciudad, campo enemigo, cielo -y tierra, daba vueltas en derredor de nuestra vista, y cómo el propio -cuerpo se encontraba de improviso apartado del bullidor y vertiginoso -conjunto que allí formaban las almas coléricas, el humo, el fuego y los -ojos atentos de D. Mariano Álvarez, que relampagueando entre tantos -horrores lo engrandecían todo con su luz. Digo esto, porque yo fui de -los que quedaron apartados del conjunto activo. Me sentí arrojado hacia -atrás por una fuerza poderosa, y al caer, bañado en sangre, exclamé en -voz alta:</p> - -<p>—¡Gracias a Dios que me he muerto!</p> - -<p>Un patriota que por no tener arma se contentaba con arrojar piedras, -arrancó el fusil de mis manos inertes, y ocupando mi puesto gritó con -alegría:</p> - -<p>—Acabáramos. ¡Gracias a Dios que tengo fusil!</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch20"> - <p><span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XX</h2> -</div> - -<p>Fui primero hollado y pisoteado, y sobre mi cuerpo algunos patriotas -se empinaban para ver mejor hacia afuera; pero pronto me apartaron -de allí, y sentí el contacto de suavísimas manos. Pareciome que -unos pájaros del cielo bajaban a posarse sobre mi cuerpo dolorido, -trayéndole milagroso alivio. Aquellas manos eran las de unas monjas.</p> - -<p>Diéronme de beber y me curaron, diciéndose unas a otras:</p> - -<p>—El pobrecillo no vivirá.</p> - -<p>Ignoro dónde estaba, y no me es posible apreciar el tiempo que -transcurría. Solo en una ocasión recuerdo haber abierto los ojos -adquiriendo la certidumbre de que me rodeaba oscurísima noche. En el -cielo había algunas tristes estrellas que fulguraban con blanca luz. -Sentía entonces agudísimos dolores; pero todo se extinguió prontamente, -y cayendo en profundo sopor, vivía con largas interrupciones de -sensibilidad. Otra vez abrí los ojos, y vi que se estaban batiendo. -Las monjas acudieron de nuevo a mí, y su asistencia me produjo muy -vivo consuelo. Yo no hablaba, no podía hablar; pero un accidente harto -original me obligó poco después a empeñarme en usar la palabra. Entre -la mucha gente que por allí<span class="pagenum" id="Page_168">p. -168</span> en distintas direcciones discurría, vi un muchacho en quien -hube de reconocer a Badoret.</p> - -<p>Badoret llevaba a cuestas el cuerpo de un niño de pocos años, cuyas -piernas y brazos colgaban hacia adelante. Así cargaba comúnmente a -su hermano cuando vivía, y así lo llevaba muerto. Hice un esfuerzo y -llamé al muchacho. Este, que se inclinaba a examinar a los que allí en -diversos puntos yacían, acercose a mí y me dijo:</p> - -<p>—Andrés, ¿tú también te has muerto?</p> - -<p>—¿Por qué llevas a cuestas el cuerpecito de tu hermano?</p> - -<p>—¡Ay! Andrés, me mandaron que lo echara al hoyo que hay en la plaza -del Vino; pero no quiero enterrarlo, y lo llevo conmigo. El pobre ya no -llora ni chilla.</p> - -<p>—¿Y tu hermana?</p> - -<p>—Hermana Siseta no se mueve, ni habla, ni llora tampoco. La llamamos -y no nos responde.</p> - -<p>Iba a preguntarle por Josefina; pero me faltó valor, se me extinguió -la facultad de hablar, y nublándose mis ojos, vi desaparecer a Badoret -saltando con su lúgubre carga sobre los hombros.</p> - -<p>La fiebre traumática se apoderó de mí con gran intensidad, -reproduciéndome los hechos que habían precedido a la situación en que -me encontraba. Siseta aparecía a mi lado con su hermano en los brazos, -y yo le decía:</p> - -<p>—Prenda mía, ya no podemos ir a sentarnos a la sombra de los -olivos que tengo en la Almunia, porque mi conciencia va detrás de mí -acusándome<span class="pagenum" id="Page_169">p. 169</span> sin cesar, -y tengo que huir y correr hasta que encuentre un sitio lejano a donde -ella no pueda seguirme. No volveré a entrar jamás en tu casa, porque -allí junto está, tendido en cruz sobre el suelo, D. Pablo Nomdedeu, a -quien maté porque me quería quitar mi azúcar. Yo me voy a donde no me -vea gente nacida. Dame tu mano. Adiós.</p> - -<p>Al decir esto, besaba la mano de una señora monja.</p> - -<p>Otras veces creía sentir el contacto de un brazo junto al mío, y -exclamaba:</p> - -<p>—¡Ah! es usted, Sr. D. Pablo Nomdedeu. Los dos hemos muerto y nos -juntamos en lo que llamábamos allá <i>la otra vida</i>; solo que -usted camina hacia el cielo, y yo voy derecho al infierno. Aquí donde -estamos, entre estas oscuras nubes, ya no hay odios ni resentimientos. -Me pesa de haberle matado a usted, y válgame el arrepentimiento. ¿Cómo -había de consentir en darle a usted el azúcar? No, Sr. D. Pablo, no lo -consentiré jamás. ¿Aún insiste usted en quitármela, cuando, despojado -de la vestidura corporal, volamos los dos por esta región donde no -hay ruido, ni luz, ni nada? ¿Aun aquí, equivocándonos de caminos, nos -encontramos para reñir? Pero no, siga usted adelante y no se detenga -a quitarme lo mío. Dios me perdonará mi crimen: yo fui atacado por -usted, yo me defendía, y una bestia feroz que se metió dentro de mí, -le mató a usted. Fue sin duda aquel infame Napoleón. ¡Oh! ¿Por qué -quise apropiarme el aparente cuerpo de tan fiero demonio? Sí, ya te -estoy viendo delante de mí...<span class="pagenum" id="Page_170">p. -170</span> Allá voy, no me llames más. Vagando por estos espacios donde -no hay ruido, ni luz, ni nada, yo creí que no te presentarías delante -de mí; pero aquí estás. Cierra esos ojillos negros como cuentas de -azabache; no claves en mí tus dientes más blancos que el marfil, ni -enrosques esa culebra que llevas por cola. Ya sé que te pertenezco -desde que cayó el artesón sobre ti, y tus tramas infernales me pusieron -en el caso de matar a aquel santo varón, buen amigo, excelente padre y -honrado patriota. Iré contigo al infierno, que será mi expiación. No -vuelvas el horrendo hocico hacia atrás, que ya te sigo. Los arcángeles -celestiales me azuzaron como a un perro cuando me acerqué a las puertas -del Paraíso, y ahora camino hacia abajo. Adiós, Nomdedeu: ya te veo -allá arriba. Brillas como una estrella; pero tu resplandor no ilumina -esta oscuridad en que me hallo. El calor de las llamas que despides por -la boca, infame Napoleón, me está abrasando; me ahogo en una atmósfera -de fuego, y sed espantosa seca mi boca. ¿No hay quien me dé un vaso de -agua?</p> - -<p>Un vaso tocó mis labios. Las monjas me daban agua.</p> - -<p>Luego tornaba a los mismos delirios, que variaban a cada instante, -ora terribles, ora gratos, hasta que un día me reconocí en el uso -completo de mis sentidos, y con el entendimiento claro y sin nubes. -Vi el cielo encima, en derredor mucha gente y a mi lado un fraile. -No se oían cañonazos, y el silencio, con serlo, parecía un ruido -indefinible.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span>—Hijo mío —me dijo -el fraile—, ¿estás mejor? ¿Te sientes bien? Esa herida del pecho no es -mortal. Si hubiera recursos en Gerona y se te alimentara bien, curarías -como otros muchos.</p> - -<p>—¿Qué ocurre, Padre? ¿Qué día es hoy? ¿A cuántos estamos?</p> - -<p>—Hoy es el 9 de diciembre, y ocurre una inmensa desgracia.</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Está enfermo D. Mariano Álvarez, y la ciudad se va a rendir.</p> - -<p>—¡Enfermo! —exclamé con sorpresa—. Yo creí que D. Mariano no podía -estar enfermo ni morir. Moriremos nosotros; pero él...</p> - -<p>—Él también morirá. Hoy le ha entrado el delirio y ha traspasado -el mando al teniente de rey D. Juan Bolívar. Desde que Álvarez está -en cama, nadie considera posible la defensa. Solo hay mil hombres -disponibles, y aun estos están también enfermos. A estas horas se -celebra junta de jefes para ver si se rinde o no la plaza en este -día. Me temo que se saldrán con la suya los pícaros que quieren la -rendición. Es una vergüenza que esto pase. Hay aquí mucha gente que no -piensa más que en comer.</p> - -<p>—Padre —dije yo—, si hay algo por ahí, démelo, aunque sea un pedazo -de madera. No puedo resistir más.</p> - -<p>El fraile me dio no sé qué cosa; pero yo la devoré sin averiguar lo -que era. Después hablé así:</p> - -<p>—¿Su Paternidad está aquí auxiliando a los<span class="pagenum" -id="Page_172">p. 172</span> moribundos? Yo, aunque Dios en su infinita -misericordia me conserve por ahora la vida, quiero confesar un gran -pecado que tengo. Si no me quito de encima este gran peso, no podré -vivir. Por allí creerán que D. Pablo Nomdedeu ha muerto de hambre o de -miedo. No: yo debo declarar que le he matado porque me quiso quitar un -pedazo de azúcar.</p> - -<p>—Hijo mío —repuso el fraile—, o estás aún delirando, o confundiste -con otro el Sr. Nomdedeu, pues tengo la seguridad de haber visto a este -hoy mismo, si no bueno y sano, al menos con vida. No descansa en lo de -curar a diestro y siniestro.</p> - -<p>—¡Cómo! ¿Será posible? —exclamé con estupefacción—. ¿Vive el Sr. D. -Pablo Nomdedeu, ese espejo de los médicos? Padre, tan buena nueva me -devuelve por entero la vida. Yo le dejé por muerto en medio del patio. -No puedo creer sino que ha resucitado para que su hija no quedase -huérfana. Padre, ¿conoce usted a Siseta, la hija del Sr. Cristòful -Mongat? ¿Sabe por ventura si vive?</p> - -<p>—Hijo, nada puedo decirte de esa muchacha. Solo sé que la casa donde -vivía el señor Mongat y el Sr. Nomdedeu, ha sido destruida por una -bomba ayer mismo. Tengo idea de que todos sus habitantes se salvaron, -excepto alguno que se ha extraviado, y no se le puede encontrar.</p> - -<p>—¡Oh! ¡Si pudiera levantarme y correr allá! —dije—. Pero parece que -me han clavado en esta maldita cama. ¿En dónde estoy?</p> - -<p>—Esta es la cama en que murió Periquillo<span class="pagenum" -id="Page_173">p. 173</span> del Roch, asistente del Sr. D. Francisco -Satué, que es, como sabes, edecán del Gobernador. Cuando murió -Periquillo, te pusimos aquí, y ayer dijo Satué que te tomaría por -asistente.</p> - -<p>—¿Conque Su Paternidad no me da noticias de la pobre Siseta? El -corazón me dice que no ha muerto, y que no soy, por lo tanto, viudo.</p> - -<p>—¿Eres casado?</p> - -<p>—Con el corazón. Siseta será mi mujer si vive. ¿Y dice Su Paternidad -que no ha muerto el Sr. Nomdedeu?</p> - -<p>—Así parece, pues se le ve por la ciudad. Verdad es que más bien -tiene aspecto de un muerto que anda, que de persona viva.</p> - -<p>—¿Será cierto lo que oigo? ¿Y el Sr. D. Pablo se mueve?</p> - -<p>—Anda, aunque cojo.</p> - -<p>—¿Y abre los ojos?</p> - -<p>—Sí: sus ojos parduzcos buscan las piernas rotas en la oscuridad de -los escombros.</p> - -<p>—¿Y habla?</p> - -<p>—Con su voz clueca, que tan buenas cosas sabe decir.</p> - -<p>—¿Pero es el mismo, o un remedo de Don Pablo, una sombra que viene -del otro mundo a figurar que pone vendas?</p> - -<p>—El mismo, aunque de puro desfigurado apenas se le conoce.</p> - -<p>—¡Oh, qué inmensa alegría siento! ¿De modo que ha resucitado?</p> - -<p>—No dudes que vive; pero también te aseguro que no doy dos ochavos -por lo que le queda de razón.</p> - -<p>En todo aquel día no me pude mover, aunque<span class="pagenum" -id="Page_174">p. 174</span> notaba de hora en hora bastante mejoría. -La curiosidad y el afán me devoraban, anhelando saber la suerte de los -míos, y aunque la certidumbre de no ser matador de Nomdedeu había dado -gran tranquilidad a mi espíritu, el no saber el paradero de Siseta me -entristecía en sumo grado. Sin moverme de allí supe que la plaza estaba -a punto de rendirse, y que había ido a tratar con el General francés el -español D. Blas de Fournás. Esto tenía muy irritados a los fantasmas -que con nombre de hombres discurrían aún arma al brazo por las murallas -destruidas, y fue preciso a Fournás, cuando salió de la plaza, ocultar -el verdadero motivo de su viaje.</p> - -<p>Álvarez, según oí, se agravaba por instantes, y recibió los -Sacramentos el mismo día 9; pero aun en tal situación insistía en no -rendirse, repitiendo esto con palabras enérgicas, lo mismo dormido que -despierto. Muchos patriotas se resistían a creer que fuera cierto lo de -la rendición, y la posibilidad de entregarse al extranjero causaba más -horror que la muerte y el hambre; verdad es que muchos tenían la loca -esperanza de que llegasen socorros.</p> - -<p>Por la tarde empezó a susurrarse que al día siguiente entrarían -los <i>cerdos</i>, y los patriotas acudieron a casa del Gobernador, -la cual, casi por completo arruinada, apenas conservaba en pie los -aposentos donde el heroico paciente residía, y allí entre las ruinas, -metiéndose por los claros de las paredes destruidas, alborotaron largo -rato pidiendo a Su<span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span> -Excelencia que saliese de nuevo a gobernar la plaza.</p> - -<p>Dicen que Álvarez en su delirio oyó los populares gritos, e -incorporándose dispuso que resistiéramos a todo trance. Enfermos o -heridos los que aún vivíamos, con diez mil cadáveres esparcidos por las -calles, alimentándonos de animales inmundos y substancias que repugna -nombrar, nuestro más propio jefe debía ser y era un delirante, un -insensato, cuyo grande espíritu perturbado aún se sostenía varonil y -sublime en las esferas de la fiebre.</p> - -<p>Al día siguiente pude dar algunos pasos sin alejarme mucho. De -buena gana habría hecho una excursión por la ciudad visitando la casa -de Siseta; pero las señoras monjas que tan cariñosamente me cuidaban, -impidiéronmelo. El capitán D. Francisco Satué llegose a mí, y me -hizo saber que había resuelto tomarme por asistente en reemplazo de -Periquillo del Roch, y agradecido yo a su bondad, me tomé la libertad -de decirle:</p> - -<p>—Mi capitán, ¿sabe usía por dónde anda Siseta? Supongo que usía -conoce a Siseta, la hija del Sr. Cristòful Mongat.</p> - -<p>Satué no se dignó contestarme, y volvió la espalda, dejándome -solo con mis horrorosas dudas. Yo preguntaba a todos; pero nadie me -hablaba sino de la capitulación. ¡Capitular! Parecía imposible tal cosa -cuando todavía existía pegado a las esquinas el bando de D. Mariano: -«<i>Será pasada inmediatamente por las armas cualquier persona a quien -se<span class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span> oiga la palabra -capitulación u otra equivalente.</i>»</p> - -<p>Según oí decir, los franceses habían dado una hora de tiempo para -arreglar la capitulación; pero nuestra Junta pedía un armisticio -de cuatro días, prometiendo cumplirlo si al cabo de dicho plazo no -venía el socorro que desde noviembre estábamos esperando. El Mariscal -Augereau no quiso acceder a esto, y, por último, después de muchas idas -y venidas de un campo a otro, firmáronse las condiciones de nuestra -rendición a las siete de la noche del 10.</p> - -<p>En este convenio, como en todos los que hicieron los franceses -en aquella guerra, se pactó lo que luego no había de ser cumplido: -respetar a los habitantes, respetar la religión católica y las vidas -y haciendas, etc... Todo esto se escribe y se firma sobre un tambor -dentro de una tienda de campaña; pero luego las órdenes expedidas desde -París por la gran rata, obligan a poner en olvido lo acordado.</p> - -<p>—¡Bonito final! —me dijo el Padre Rull, que me había asistido -durante el penoso mal—. ¡Y que hayamos venido a esto después de -haber resistido siete meses! ¿Y todo por qué, amigo Andrés? Porque -no se reparten dos pavos por barba al día, y porque alguno se ha -visto obligado a mantenerse chupando el jugo de un pedazo de estera. -Dioscórides dice que el esparto contiene substancias alimenticias. -¡Oh! Si Álvarez no hubiera caído enfermo; si aquel hombre de bronce -pudiera aún levantarse de su lecho, y venir aquí, y alzar el bastón -en la mano derecha... Ya sabes, Andrés, que la<span class="pagenum" -id="Page_177">p. 177</span> guarnición debe salir mañana de la plaza -con los honores de la guerra, marchando a Francia prisionera. Creo que -os pondrán a tirar del carro de Napoleón cuando salga a paseo... Los -<i>cerdos</i> se nos meterán aquí mañana a las ocho y media, y parece -han acordado no alojarse en las casas, sino en los cuarteles. ¿Lo crees -tú? Ya verás cómo no lo cumplen. Me parece que les veo echando a los -vecinos a la calle para acomodarse sus señorías en las pocas casas que -han dejado en pie. Y ahora te pregunto yo: ¿qué harán de nosotros, los -pobres frailes? Amigo, con Gerona se acabó España, y con la salud de -Álvarez se acabaron los españoles bravos y dignos. Muchachos, ¡viva D. -Mariano Álvarez de Castro, terror de la Francia!</p> - -<p>Durante la noche, los vecinos y los soldados, sabedores ya de las -principales cláusulas de la capitulación, inutilizaron las armas o las -arrojaron al río, y al amanecer, los que podían andar, que eran los -menos, salieron por la puerta del Areny para depositar en el glacis -unas cuantas armas, si tal nombre merecían algunos centenares de -herramientas viejas y fusiles despedazados. Los enfermos nos quedamos -dentro de la plaza, y tuvimos el disgusto de ver entrar a los señores -<i>cerdos</i>. Como no nos habían conquistado, sino simplemente -sometido por la fuerza del hambre, nosotros les mirábamos de arriba a -bajo, pues éramos los verdaderos vencedores, y ellos al modo de impíos -carceleros. Si no existiese el goloso cuerpo, y solo el alma viviera, -¿pasarían estas cosas?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_178">p. 178</span>En honor de -la verdad, debo decir que los franceses entraron sin orgullo, -contemplándonos con cierto respeto; y cuando pasaban junto a los -grupos donde había más enfermos, nos ofrecían pan y vino. Muchos se -resistieron a comerlo; pero al fin la fuerza instintiva era tal, que -aceptamos lo que a las pocas horas de su entrada nos ofrecieron. -Durante todo el día estuvieron entrando carros cargados de víveres -que, estacionados en las plazas de San Pedro y del Vino, servían de -depósito, a donde todo el mundo iba a recoger su parte. ¡Comer! ¡qué -novedad tan grande! Sentíamos el regreso del cuerpo que volvía, después -de larga ausencia, a ser apoyo del alma. Se admiraba uno de tener -claros ojos para ver, piernas para andar y manos con que afianzarse en -las paredes para ir de un punto a otro. Los rostros adquirían de nuevo -poco a poco la expresión habitual de la fisonomía humana, y se iba -extinguiendo el espanto que aun después de la rendición causábamos a -los franceses.</p> - -<p>Dadme albricias, porque al fin, señores míos, me reconocí con bríos -para andar veinte pasos seguidos, aunque apoyándome con la derecha -mano en un palo, y con la izquierda en las paredes de las casas. No -creáis que el andar por las calles de Gerona en aquellos días era cosa -fácil, pues ninguna vía pública estaba libre de hoyos profundísimos, -de montones de tierra y piedras, además de los miles de cadáveres -insepultos que cubrían el suelo. En muchas partes, los escombros de -las casas<span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span> destruidas -obstruían la angosta calle, y era preciso trepar a gatas por las -ruinas, exponiéndose a caer luego en las charcas que formaban las -fétidas aguas remansadas. El viaje a través de aquellos montes, lagos y -ríos, era tan fatigoso para mí, que a cada poco trecho me sentaba sobre -una piedra para tomar aliento. Mas cuando ya no era posible pensar -en batirse, y cuando estaba aplacado el terrible ardor de la guerra, -producíame indecible espanto la vista de tantos muertos; y al examinar -los horrorosos cuadros que se desarrollaban ante mi vista, cerraba -a veces los ojos temiendo reconocer en una mano helada, la mano de -Siseta; en la punta de un vestido, la punta del vestido de Siseta; en -una piedrecita encarnada, las cuentas de coral que adornaban las lindas -orejas de Siseta.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch21"> - <h2 class="nobreak g0">XXI</h2> -</div> - -<p>Cuando llegué a la calle de Cort-Real, vi allí casi en total -ruina la casa donde se albergaban los míos. Unos vecinos me dijeron -que el Sr. Nomdedeu y su hija estaban aposentados en la calle de -la Neu; pero que no se sabía dónde habían ido a parar Siseta y sus -hermanos. Contristado con tal noticia, fui en busca del doctor, y -la primer persona que salió a mi encuentro fue la señora Sumta, -encargándome<span class="pagenum" id="Page_180">p. 180</span> que no -hiciera ruido porque el señor dormía.</p> - -<p>—Aquí encontrarás todos los papeles cambiados, Andresillo —me dijo—, -porque la señorita Josefina se ha puesto buena, y el amo está tan malo, -que se morirá pronto si Dios no lo remedia.</p> - -<p>En esto oímos la voz del doctor, que en aposento cercano sonaba, -diciendo:</p> - -<p>—Déjele usted entrar, señora Sumta, que estoy despierto. Andrés, -amigo querido, ven acá.</p> - -<p>Entré, pues, y D. Pablo, arrojándose de su lecho, me abrazó con -cariño, hablándome así:</p> - -<p>—¡Qué placer me das, Andrés! ¡Yo creí que habías muerto! ¡Ven -acá, valiente joven, y abrázame otra vez! ¿Cómo va esa salud? ¿Y -ese estómago? No conviene cargarlo después de tanta privación. ¿Hay -apetito?... Te recomiendo mucho la sobriedad. ¿Tienes heridas? Las -curaremos... Manda lo que gustes, hijo.</p> - -<p>Yo, muy confundido, le expresé mi gratitud por tanta benevolencia, -añadiendo que le consideraba como el más generoso y cristiano de -los mortales por pagar con abrazos y cariños los golpes que de mí -recibiera.</p> - -<p>—Señor —añadí—, yo creí haber muerto al mejor de los hombres, y no -podía vivir con el gran peso de mi conciencia. Veo que usted perdona -las ofensas y abre sus brazos a los que han intentado matarle.</p> - -<p>—Todo está perdonado, y si culpa hubo en ti tratándome como -me trataste, mayor fue la mía, que, en mi furor, no reparaba en -quitarte<span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span> la vida por -un pedazo de azúcar. Aquellas, amigo Andrés, no deben considerarse -como acciones libres que constituyen verdadera responsabilidad, y la -horrible situación en que ambos nos hallábamos nos disculpa a los -ojos de Dios. En tan triste momento, la ley suprema de la propia -conservación imperaba sobre todas las leyes; nuestro carácter, el -resultado de las facultades ingénitas, o cultivadas por el trato, y -de los hábitos adquiridos, no existía realmente, y el torpe bruto en -que estamos metidos, rompía salvaje todos los frenos que se oponían a -la satisfacción de sus necesidades. Por mi parte, puedo decirte que -no me daba cuenta de lo que hacía. El espectáculo de mi pobre hija me -trastornaba el poco sentido que aún me hacía reconocerme como hombre, -y delante de mí no había amigos ni semejantes. Estas relaciones se -acaban, se extinguen cuando el brutal instinto recobra sus dominios, -y si veía un pedazo de pan en boca de otro hombre, parecíame esto -un privilegio irritante, que mi egoísmo no podía tolerar. ¡Ay, qué -horroroso padecimiento! ¡Qué vergonzoso estado moral, y qué degradación -del ser más noble que pisa la tierra! Válgame tan solo la circunstancia -de que nada quería para mí, sino todo para ella. Tengo la seguridad -de que a no ser por mi idolatrada hija, yo me hubiera recostado en -un rincón de la casa, dejándome morir sin hacer esfuerzo alguno por -conservar la vida.</p> - -<p>—Y la señorita Josefina ha resistido las privaciones tal vez mejor -que nosotros.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span>—Mucho mejor -—añadió Nomdedeu—. Ya me ves a mí que parezco un cadáver. Pues ella, -completamente transfigurada, parece haberse apropiado toda la salud que -a mí me falta. Esto me tenía contentísimo, Andrés. Pero verás ahora lo -que ha pasado. Cuando me dejaste en el patio de la casa del canónigo, -tardé mucho en recobrar el uso de los sentidos, a consecuencia del gran -golpe y de la mucha extenuación. Por fin, no sé qué manos caritativas -me sacaron a la calle, donde recobré completo acuerdo. Mi sensación -principal era una gran sorpresa de hallarme con vida. Arrastreme hasta -entrar en casa, y en las habitaciones de Siseta encontré a mi hija. -La infeliz casi no me conocía. Iba a perecer de inanición. ¡Dios mío! -Quisiera morir, si la muerte borrara de mi memoria el recuerdo de -aquellas horas. Yo decía: «Señor, antes de ver tal espectáculo, valiera -más que quedara exánime sobre las baldosas de la casa del canónigo.» -¡Ay, amigo Marijuán, no me preguntes nada sobre esto! Solo te diré -que, habiendo salido en busca de alimentos, al regresar, mi hija ya no -estaba allí.</p> - -<p>—¿Y Siseta? —pregunté con la mayor inquietud.</p> - -<p>—Siseta tampoco —repuso Nomdedeu, inmutándose en sumo grado—. Pero -¿a qué me preguntas por Siseta? Yo no sé nada de ella. Déjame seguir. -Ninguno de los vecinos supo darme razón del paradero de mi hija, y -corrí como un loco por la ciudad buscándola. Felizmente, ni ella ni yo -estábamos allí cuando<span class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span> -la casa fue destruida. Pero yo te pregunto: ¿a dónde creerás que había -ido mi idolatrada Josefina? Pues nada menos que a la torre Gironella, -donde contemplaba el horrible fuego con que se defendió aquel fuerte -en sus postrimerías. Te asombrarás de que mi hija fuese a tal sitio. -Pues oye. Encontrándose sola en la casa, la horrible necesidad obligola -a salir a la calle, y discurrió largo tiempo por Gerona implorando -la caridad pública, pero sin ser atendida por nadie. Mientras mayor -era su desamparo, mayores esfuerzos hizo por apegarse a la vida, y -aquella naturaleza miserable halló en sí misma suficiente energía para -sobreponerse a la situación. Parece esto imposible, pero es cierto. -Ahora caigo en que a las criaturas de ánimo apocado nada les conviene -tanto como encontrarse lanzadas de improviso a un gran peligro sin -sostén ni ayuda de mano extraña. Pues bien: Josefina, sola en medio -de tantos horrores, huyó por la pendiente que conduce a los fuertes, -creyendo más seguros aquellos sitios. La vista de los cadáveres que -obstruyen el camino prodújole gran espanto, y mayor aún al ver de cerca -la terrible acción que allí se trabara. Cuando quiso retroceder la -pobrecita, le fue imposible, y encontrose envuelta en el fuego en el -momento de la retirada. ¡Oh, incomprensibles arcanos de la Naturaleza! -Si yo hubiera sabido por qué lugares andaba mi enferma, y todo el -Protomedicato hubiérame pedido mi dictamen sobre su suerte, habría -dicho: «Josefina morirá en el acto de verse próxima a un combate.» Pues -no fue<span class="pagenum" id="Page_184">p. 184</span> así, Andrés. -Según me ha contado ella misma, sintiose con inusitada energía, y sus -miembros, desentumecidos como por milagro, adquirieron una agilidad -que jamás habían tenido. Sin hallarse libre de miedo, inundaba su alma -una generosa y expansiva inquietud, y abundantes lágrimas corrían de -sus ojos... A esto añade que luego volvió dos veces a la ciudad, donde -unas señoras, apiadadas de ella, la dieron alimento; que después, sin -saber cómo, viose arrastrada en el tropel de las que iban a llevar -pólvora a las murallas; añade que durmió dos noches en campo raso; que -la señora Sumta, tomándola por su cuenta, la tuvo más de tres horas en -Alemanes, hasta que se retiró de allí la guarnición, y comprenderás si -han sido fuertes los cauterios aplicados por el azar al espíritu de esa -pobre niña. Ahora, Andrés, me resta decirte que si ella ha adquirido -súbitamente bríos y agilidad, yo he perdido radicalmente mi salud, -a consecuencia de los intensos padeceres físicos y morales de esta -temporada, y aquí donde me ves, no doy dos cuartos por lo que pueda -vivir de aquí al domingo que viene. La alegría que me causa el ver -cómo se ha regenerado el organismo de aquella que es todo mi amor y mi -consuelo, ahoga el sentimiento que podría causarme la propia muerte. -Lo que hoy me produce profunda tristeza es el convencimiento adquirido -hace poco de que soy un detestable médico. Sí, Andrés: yo creí saber -bastante, y ahora resulta que todo lo ignoro, todo, todo. Figúrate -que después de adoptar en el tratamiento de<span class="pagenum" -id="Page_185">p. 185</span> Josefina el sistema de precauciones, de -cuidados que me recomendaban en diverso estilo centenares de libros, -salimos con la patochada de que el mejor sistema es el opuesto al -que yo seguí. ¡Y para esto, Dios mío, ha estudiado uno treinta años! -¡Oh! medicina, medicina, ¡cuán desdeñosa y esquiva eres! ¡Cómo te -ocultas al que más te busca, y qué bien guardas tus encantos! Cuando -parece más fácil tocarte, más rápidamente desapareces, como sombra -que de las ansiosas manos se escapa. ¡Quién me lo había de decir! Yo -intentaba curarla con delicadezas, cuidados y dengues, resguardándola -hasta del aire por temor a que el aire mismo la hiciera daño, y -Dios la ha fortalecido con las crudezas, las molestias, los golpes, -los sustos, con el fuego y el frío, con los peligros y las muertes. -Yo evitaba en ella las fuertes impresiones que me parecía debieran -quebrar su naturaleza, como los martillazos rompen el vidrio, y los -fortísimos sacudimientos de la sensibilidad la han repuesto en su -primer ser y estado. Curose como había enfermado, y este misterio y -esta novedad pasmosa confunden mi inteligencia. Hasta ahora no sabía -que la enfermedad curase la enfermedad, y me muero con mil ideas sobre -este oscuro punto... porque yo me muero, Andrés: en eso sí que no se -equivocará mi escaso saber.</p> - -<p>Diciendo esto, se tendió de largo a largo en la cama, y a cada rato -exhalaba hondísimos suspiros. Yo le hablé así:</p> - -<p>—Sr. D. Pablo: usted, aunque ha padecido<span class="pagenum" -id="Page_186">p. 186</span> bastante, tiene el consuelo de ver a su -hija, no solo con vida, sino con la salud que antes no tenía; pero -yo, ni siquiera puedo asegurar que viven mi adorada Siseta y sus dos -hermanos.</p> - -<p>El doctor, al oírme, moviose inquietamente en su lecho con síntomas -de alteración nerviosa, e incorporándose de improviso, me mostró su -cara, desfigurada de un modo notable.</p> - -<p>—No me preguntes por Siseta y sus hermanos —dijo con torpe lengua, y -haciendo ademán de apartar un objeto que inspira desagrado—. Yo no sé -nada de ellos. Andrés, más vale que te marches y me dejes en paz.</p> - -<p>La señora Sumta, que entró a la sazón, puso el dedo en la sien, -mirando a su amo con expresión de lástima. Con el gesto y la mirada -quería decirme: «No hagas caso, que el amo ha perdido el juicio.»</p> - -<p>Perdiéralo o no, lo cierto es que me llenaban de inexplicables -confusiones sus palabras. Interroguele de nuevo; pero él, cerrando los -ojos y extendiendo brazos y piernas, cual exánime cuerpo, aparentaba no -oírme, o realmente aletargado, no me oía.</p> - -<p>Josefina entró en seguida y mostró mucha alegría al verme. Por mi -parte, quedeme sorprendido al notar la animación de sus ojos, su color -menos pálido que de ordinario, y al observar la agilidad, la gracia y -desenvoltura que había adquirido en sus movimientos desde que no nos -veíamos. Después de contestar con amables sonrisas a mis cumplidos, -que adivinaba<span class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span> por el -movimiento de los labios, me preguntó por Siseta.</p> - -<p>—¡Ay! —respondí, expresando con signos mi suprema aflicción—. -Siseta... se ha ido, señorita; no sé dónde está.</p> - -<p>—Busquémosla —dijo Josefina con resolución.</p> - -<p>—¡Ay! gracias, señorita Josefina... Yo no me puedo tener; pero -si usted me acompaña, sacaré fuerzas de flaqueza para recorrer la -ciudad.</p> - -<p>En la casa tenían ya comida abundante, que se repartía entre los -diferentes vecinos allegadizos que allí se albergaban, y a mí me dieron -una buena porción. Cuando salí, enlazando mi brazo con el de Josefina, -me sentía tan restablecido, que no necesité buscar apoyo en las paredes -ni arrojarme al suelo cada diez minutos para tomar aliento.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch22"> - <h2 class="nobreak g0">XXII</h2> -</div> - -<p>¿Dónde buscaremos a Siseta? ¿Dónde?... «¡Siseta!» gritábamos por -todos lados, en las ruinas, en la puerta de las casas enteras, en -las plazas, en las murallas, en las cortaduras, en los montones de -escombros; pero ninguna voz conocida nos respondía. En diversos puntos -de la ciudad, los franceses se ocupaban en tapar con tierra los hoyos -donde habían sido arrojados<span class="pagenum" id="Page_188">p. -188</span> los cadáveres, y miles de cuerpos desaparecían de la -vista de los vivos para siempre... «¡Oh! —exclamaba yo con la mayor -angustia—, ¡si estará ahí Siseta!»</p> - -<p>Hubiera querido escarbar con mis manos todas las fosas, por -cerciorarme de que no yacía en ellas la persona perdida. Visitamos -luego los hospitales, y en ninguno de ellos aparecieron tampoco Siseta -ni sus hermanos; preguntamos de puerta en puerta a todos los conocidos, -a los vecinos todos, y nadie nos dio razón ni noticia alguna. Pasando a -Mercadal, lo recorrimos todo, y al volver miré al fondo del río por ver -si entre sus turbias aguas se distinguía el cuerpo de Siseta. Pregunté -por ella a los españoles y a los franceses, que no me entendieron; pero -ambas naciones carecían de noticias acerca de mi amiga; subí a los -tejados, bajé a los sótanos, la busqué en plena luz y en la profunda -oscuridad; pero el rayo de sus ojos, para mí superior a todas las -claridades, no brillaba en ninguna parte.</p> - -<p>Por último, cuando llegábamos cerca del puente de San Francisco -de Asís, creí distinguir una lastimosa figura de muchacho, en la -cual, aunque con mucha dificultad, pude reconocer la persona del buen -Manalet. No era posible determinar la forma de su vestido, que era un -andrajo, por cuyas rasgaduras los brazos y piernas en completa desnudez -asomaban. Su rostro cadavérico, sus manos negras, su cuello manchado de -sangre, sus pies heridos, su mirar temeroso, me causaron profunda pena. -Le llamé, con el alma dividida entre una animosa<span class="pagenum" -id="Page_189">p. 189</span> esperanza y un inmenso dolor, y él corrió -a abrazarme con los ojos llenos de lágrimas. Pasado el primer momento -de su alegría, la presencia de Josefina al lado mío produjo en el ánimo -del pobre chico vivísima inquietud; mirábala con ojos azorados, e hizo -algún movimiento para huir de nosotros. Deteniéndole, tuve valor para -preguntarle por su hermana.</p> - -<p>—Hermana Siseta —me dijo—, no está, no la busquen ustedes. Se ha ido -con Gasparó. Los dos...</p> - -<p>Al decir <i>los dos</i> señalaba la tierra.</p> - -<p>Yo, poseído de profundo dolor, no me reconocía satisfecho con sus -vagas noticias, y quería saber más; seguí tras él, pero mi corto -andar no me permitió alcanzarle, y hube de resignarme al terrible -padecimiento de la duda; porque, en efecto, las afirmaciones de -Manalet no resolvían mi perplejidad, y las palabras, el razonamiento, -la inquietud del infeliz chico indicaban que algún misterio, para mí -ignorado, existía en la desaparición de Siseta.</p> - -<p>—Señorita Josefina —dije a mi acompañante, expresando como me fue -posible el desaliento y la desesperación—, no conseguiremos nada. -Volvamos a la calle de la Neu.</p> - -<p>Ambos, muy tristes y desanimados, nos detuvimos en el puente, -mirando a los transeúntes, que vagaban sin cesar de un lado a otro, -y como yo, buscaban personas queridas que el desorden de los últimos -días había hecho desaparecer. Las fosas sobre las cuales se echaba -tanta tierra, iban poco a poco<span class="pagenum" id="Page_190">p. -190</span> destruyendo los rastros que habrían podido guiar en sus -exploraciones a padres, esposas e hijos, y la necesidad de enterrar -pronto hacía que muchas familias se quedasen en completa ignorancia -respecto a la suerte de los suyos.</p> - -<p>Nos sentamos junto al puente. Josefina me miraba en silencio, -compadecida de mi dolorosa perplejidad, y yo interrogaba al cielo, -cansado ya de interrogar a la tierra y a los hombres. De repente, la -hija del doctor diome un ligero golpe en la cabeza, y agitando los -brazos en dirección del río, señaló una casa de las que se levantan con -los cimientos dentro del Oñar, a espaldas de la plaza de las Coles y de -la calle de la Argentería. Al principio no distinguí nada; pero ella, -con el rostro alterado, la mirada chispeante y el índice extendido -hacia un punto fijo, dirigió mi atención al tejado de una de aquellas -casas, de cuyo alero, un muchacho se descolgaba trabajosamente por -una cuerda. Era Badoret. Al instante grité fuertemente: «¡Badoret! -¡Badoret!» y el chico, que oyó mi voz, saludome con la mano en el -momento de poner pie firme en un balcón, desde el cual parecía querer -avanzar al puente saltando de una casa a otra. Los irregulares aleros, -balconajes, miradores y cuerpos salientes de aquella orilla del río, -permitían este viaje sin gran peligro. Por fin, Badoret llegó a donde -estábamos, y pude notar que su aspecto era más lastimoso que el de su -hermano.</p> - -<p>—Andrés —me dijo—, ¿han entrado los franceses?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span>—Sí —le respondí—. -¿En dónde estás metido que no lo sabes? ¿Has resucitado acaso?</p> - -<p>—¿De modo que ya hay algo que comer?</p> - -<p>—Sí: todo lo que quieras... ¿Y Siseta?</p> - -<p>—Siseta está durmiendo desde ayer. ¿Quieres verla? La llamamos y no -quiere despertar.</p> - -<p>—¿Pero dónde os habéis metido? ¿Dónde está Siseta?</p> - -<p>—¿Hay ya que comer? No hemos vuelto a ver a Napoleón, Andrés. -¿Cuánto darán ahora por él?</p> - -<p>—Anda al diablo con Napoleón. Llévame a donde está tu hermana.</p> - -<p>—En el tejado.</p> - -<p>—¡En el tejado!</p> - -<p>—Sí: la llevamos entre todos, porque el Sr. Nomdedeu la quería -matar.</p> - -<p>—¡Matarla! ¡Estás loco!</p> - -<p>—Sí: para comérsela.</p> - -<p>No pude reprimir la risa, a pesar de que mi ánimo no estaba para -burlas.</p> - -<p>—El Sr. Nomdedeu —prosiguió Badoret—, se volvió loco y quiso -comernos a todos.</p> - -<p>—Estáis tontos sin duda —repliqué—. Llévame a donde está Siseta.</p> - -<p>—¡Como no vayas por donde yo he venido!... De la casa del canónigo -donde estamos, se pasa por el tejado a la del droguero de la calle de -la Argentería; pero de esta no se puede salir a la calle porque está -cerrada... Por la bodega, se pasa a una casa del otro extremo que está -quemada, y por las tejas se baja a los balcones del río. Si puedes -hacer que te abran la puerta de<span class="pagenum" id="Page_192">p. -192</span> la casa del droguero que está en la calle de la Argentería -junto a la plaza de las Coles, entrarás mejor que yo he salido.</p> - -<p>—Vamos allá —dije con resolución—. Si ese señor droguero no nos -quiere abrir la puerta, la derribaremos a puñetazos.</p> - -<p>Por fortuna, no me pusieron obstáculos a que entrara por la casa -indicada, lo cual verifiqué dejando a Josefina en la inmediata de la -calle de la Neu. Subí al tejado, y saltando con grandes esfuerzos y -peligros de techo en techo, llegamos Badoret y yo a las buhardillas de -la casa del canónigo. Allí en un lóbrego aposento del desván, donde -antaño tuvo su vivienda el ama de gobierno del Sr. Ferragut, yacía la -pobre Siseta sin movimiento ni sentido sobre miserable colchón. La -llamé con fuertes voces, incorporela en el lecho, y la infeliz abrió -los ojos, pero sin aparentar reconocerme. Mi gozo al ver que vivía fue -inmenso; pero aún dudaba que pudiese tornar a la vida, y no pensé más -que en prodigarle toda clase de socorros. Recorrí la casa aturdidamente -sin darme cuenta de lo que buscaba, y vi en distintas habitaciones -hasta una docena de chicos de ocho a doce años, en quien reconocí a -los amigos que acompañaban a Badoret y Manalet en todas sus correrías; -pero el estado de aquellos infelices niños era atrozmente lastimoso y -desconsolador. Algunos de ellos yacían muertos sobre el suelo, otros se -arrastraban por la biblioteca sin poderse tener, uno estaba comiéndose -un libro, otro saboreaba el esparto de una estera.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span>—¿Qué ha pasado -aquí? —pregunté a Badoret.</p> - -<p>—¡Ay, Andrés! no podemos salir por ninguna parte. Estábamos -encerrados hace dos días. A nuestra casa no se podía pasar, porque -siete paredes llenaron el patio hasta arriba. No teníamos que comer, ni -donde encontrarlo... Esta mañana buscamos Manalet y yo una salida. Él -se descolgó por la calle de la Argentería, y yo por donde me viste... -pero a mí se me está ya pegando la lengua al cielo de la boca, no puedo -moverme, y me caigo muerto también.</p> - -<p>Diciéndolo, Badoret cerró los ojos y se extendió de largo a largo -en el suelo. Algunos de sus camaradas lloraban, llamando a sus madres, -y por todos lados el espectáculo de aquella desolación infantil -contristaba mi alma. Resuelto a obrar con prontitud, pasé por el tejado -a las casas inmediatas, llamé, pedí socorro, logré que me oyeran y que -acudiesen en mi auxilio algunos vecinos, y bien pronto reuní en los -desiertos lugares donde se hallaba mi infeliz amiga gran número de -víveres y no pocas personas caritativas.</p> - -<p>La primera en quien probamos nuestros recursos fue Siseta, que tardó -mucho en recobrar su acuerdo, inspirándome serias inquietudes; pero -al fin me reconoció, y vencida su repugnancia a tomar los alimentos -que le ofrecíamos, convenciéndose al fin de que no le dábamos animales -inmundos ni horribles manjares, entró en un período de fortalecimiento -que indicaba enérgica disposición de la naturaleza a recobrar su -primitivo equilibrio y<span class="pagenum" id="Page_194">p. -194</span> asiento. Badoret cobró sus fuerzas con más rapidez, y a la -media hora ya hablaba como una taravilla arengando a sus amigos. Para -algunos de estos llegó tarde el remedio, y no nos dieron más trabajo -que entregar sus cuerpos a las pobres madres que a recogerlos venían -después de buscarlos inútilmente por toda la ciudad.</p> - -<p>—Hermana Siseta ha despertado al fin —me dijo Badoret, tragándose -medio pan—. Yo pensé que íbamos a quedarnos aquí para que se regalaran -con nuestro pellejo Napoleón, <i>Sancir</i>, <i>Agujerón</i> y los -demás que andaban por acá. No estamos todos vivos, Andrés, porque Pauet -no resuella, y Sisó, que estaba tan rabioso contra los <i>cerdos</i>, -se ha quedado tieso en la biblioteca con medio libro en el cuerpo y -otro medio en la mano. Así quisiera yo ver al condenado de D. Pablo -Nomdedeu, que quiso hacer con nosotros un guisote. Ya estamos libres de -caer al fondo de la cazuela con sal y agua, y eso de que la señorita -Josefina se le almuerce a uno, no tiene gracia... Los <i>marranos</i> -están ya dentro de Gerona... ¡Vaya... y decían que D. Mariano no les -dejaría entrar! Si es lo que yo digo... mucha facha, mucho boquear, y -después nada.</p> - -<p>—No desatines, y cuéntame por qué trajísteis aquí a tu hermana.</p> - -<p>—Pregúntaselo a D. Pablo y a la señora Sumta. Nosotros le llevamos -a hermana Siseta siete reales que habíamos ganado. Hermana Siseta -estaba llorando, con Gasparó en brazos. Un caballero entró en la casa, -y con<span class="pagenum" id="Page_195">p. 195</span> malos modos -mandó que enterrásemos al niño. Entonces hermana Siseta le dio muchos -besos, y yo le cargué para llevarle a la fosa; pero me daba lástima y -estuve con él a cuestas todo el día, hasta que al fin... Manalet echaba -la tierra y yo la apretaba con las manos para que quedase bien. Pero -luego quisimos volverle a ver, sacamos la tierra... ¡Ay! Andresillo: -después la tornamos a echar y ya no le vimos más... Al volver a casa, -D. Pablo entró suspirando y dando gemidos, y dijo que traía todos los -huesos rotos. Después pidió algo de comer a la señora Sumta, y la -señora Sumta se puso también a echar suspiros y regüeldos. La señorita -Josefina, tendida en el suelo, se chupaba los dedos; D. Pablo empezó a -gritar llamando al santo acá y al santo allá, y luego a todos nos daba -con la punta del pie, diciendo: «Levantaos y salid a buscar algo para -mi hija.» Después del entierro, habíamos comprado con los siete reales -un pan negro y duro, y se lo dimos a mi hermana. ¡Si vieras qué ojos -le echó D. Pablo! Siseta es más tonta... ¿creerás que no quiso el pan, -y mandó que se lo diéramos a la señorita Josefina? Pero yo dije: «Sí, -para ella está», y dando la mitad a Manalet empezamos a comérnoslo. La -señora Sumta, saltando encima de mí, me quitó mi parte; pero Manalet -se comió toda la suya de un tragón, atacándosela con los dedos para -que le pasara por el gañote. Entonces, amigo Andrés, el Sr. Nomdedeu -fue arriba, y bajando al poco rato con un gran cuchillo, nos dijo: -«Diablillos desvergonzados,<span class="pagenum" id="Page_196">p. -196</span> puesto que no servís más que de estorbo, os comeremos.» Yo -me reí, y Manalet se puso a temblar y a llorar; pero yo le decía: «No -seas burro; primero nos le comeríamos nosotros a él, si tuviera algo -más que huesos. La señora Sumta sí que está gordita.» Cuando la vieja -oyó esto me amenazó con el puño, y Don Pablo volvió a decir... «Sí: nos -los comeremos, ¿por qué no?...» Después la señorita Josefina se abrazó -a su padre, y este se puso a llorar soltando lagrimones como balas, y -luego la arrullaba en sus brazos como a un chiquillo. ¡Pobre D. Pablo! -De veras me daba lástima... Arrullando a su hija le cantaba como a -los niños, y después decía: «Señora Sumta, traiga usted una taza de -caldo.» Al oír esto, no podía menos de reírme, y dije: «Pues ya que va -a la cocina la señora Sumta, tráigame a mí un par de perdices, porque -estoy desganado, y no quiero más.» Los dos se pusieron furiosos; pero -el médico parecía loco, y todo se le volvía gritar: «Señora Sumta, -traiga usted caldo para mi hija; tráigalo pronto, o la mato a usted...» -¡Si le hubieras visto, Andrés! Echaba chispas por los ojos, y con -los pelos amarillos tiesos sobre el casco, parecía nada menos que un -demonio... En esto pasaron mis amigos por la calle, llamáronme, yo salí -con ellos, y al poco rato, cuando iba por la calle de Ciudadanos, veo -venir a Manalet corriendo y llorando, que decía: «Hermano Badoret, ven -pronto, que D. Pablo nos quiere matar a todos.» Chico, eché a correr -con todos mis amigos hacia casa. ¿Has visto un gato rabioso cómo tira -la zarpa, enseña los<span class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span> -dientes, bufa y salta? Pues así estaba D. Pablo. Dejando a su hija -en el suelo, venía hacia nosotros, nos amenazaba con el cuchillo, -golpeaba con el pie a mi hermana, luego parecía querer matarse a él -mismo, y a todo esto gritaba: «¡Quiero acabar con el género humano!...» -Esto lo dijo muchas, muchísimas veces. Mis amigos estaban muertos de -miedo, y yo cogí unas tenazas para tirárselas a la cabeza. Pero no me -dio tiempo, porque sin soltar su cuchillo salió a la calle, gritando -siempre que iba a acabar con todo el género humano, y entonces Manalet -dijo: «Vámonos de aquí, y llevémonos a Siseta.» Dicho y hecho: éramos -doce; entre los más grandes cargamos a mi hermana, que estaba como un -cuerpo muerto, sin mover brazo ni pierna, y la llevamos a la casa del -canónigo; Manalet, lleno de miedo, iba delante chillando: «A prisa, -a prisa, que viene otra vez con el cuchillo...» ¡Ay! Amigo Andrés, -cuando nos vimos en esta casa, respiramos. Luego, porque la pobrecita -no estuviera sobre la baldosa del patio, la subimos a este aposento con -grandísimo trabajo, poniéndola en la cama donde la ves. La llamamos, -y no nos respondía. Entonces nos ocurrió que debíamos buscarle algo -que comer; pero no hallábamos salida más que por los tejados, y antes -nos asparían que pasar otra vez a nuestra casa. Aquí de los apuros, -chico: llegó la noche y nos moríamos de hambre. Pauet y Sisó anduvieron -por los techos comiéndose las yerbas y el musgo que nacen entre las -tejas. Yo bajé a la bodega... ni rastro de Napoleón. Se han ido<span -class="pagenum" id="Page_198">p. 198</span> todos al otro lado del -Oñar, corriéndose hacia el campo enemigo... Pues como te iba contando, -vino después de la noche el día, y después del día otra noche, y luego -amaneció el día de hoy y nosotros sin comer. Se me olvidaba contarte -que oímos caer la bomba en nuestra casa, y yo dije: «Ahí me las den -todas. Si ha cogido a Nomdedeu, bien empleado le está por bruto...» -Amigo, desde el tejado nos asomábamos a los patios de todas las casas -de por aquí; llamábamos a la gente para que nos socorriera; pero no -nos hacían caso. Verdad es que muchos de los que veíamos abajo estaban -muertos. Mis amigos se acobardaron ¡pobrecitos! como unos gallinas, -y Sisó dijo que se iba a comer una de sus manos. Yo les llevé a la -biblioteca, dándoles permiso para que sacaran el vientre de mal año con -los libros, y así fueron tirando algunos. ¡Qué día, qué noche, Andrés! -Mi hermana no nos respondía cuando la llamábamos, y Manalet me dijo: -«Hermano, yo me voy a tirar del tejado a la calle para traer algo de -comida a Siseta...» Estuvimos mirando las rejas y los balcones para ver -si podía saltar, y, por fin, Manalet se fue escurriendo, no sé cómo, -sentando los pies en los clavos, y las manos en las rejas, y bajó a la -calle por junto a la plaza. Yo bajé también por donde me viste, y con -esto te digo todo, porque ya no hay nada más que contar.</p> - -<p>—Bien, Badoret; veo que acertaste en trasladar aquí a tu hermana, -pues aunque no me parezca cierto, como dijiste, que D. Pablo quisiera -merendarse a tu familia, ese es un hombre<span class="pagenum" -id="Page_199">p. 199</span> a quien la desgracia de su hija exalta y -enfurece, y capaz es de cometer cualquier atrocidad. Ahora, gracias a -Dios, estamos libres de tales horrores, porque el sitio ha concluido, y -hay en Gerona víveres abundantes.</p> - -<p>Al caer de la tarde, Siseta, sus dos hermanos y los camaradas de -estos que habían escapado a la muerte, no ofrecían cuidado. Al día -siguiente trasladé a mis amiguitos a una casa de la calle de la Barca, -donde nos dieron asilo.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch23"> - <h2 class="nobreak g0">XXIII</h2> -</div> - -<p>Yo no tardé en reponerme, y transcurridos pocos días me presenté a -mi amo D. Francisco Satué, quien me dio una malísima noticia.</p> - -<p>—Disponte para el viaje —me dijo, dándome uniforme, tahalí y espada, -para que en todo ello comenzase a ejercitar mis altas funciones.</p> - -<p>—¿Pues a dónde vamos, mi capitán?</p> - -<p>—A Francia, bruto —me respondió con su habitual rudeza—. ¿No sabes -que somos prisioneros de guerra? ¿Crees que nos dejan aquí para -muestra?</p> - -<p>—Señor, yo creí que nadie se metería ya con nosotros.</p> - -<p>—Estamos en Gerona como enfermos; pero quieren que vayamos a -convalecer a Perpiñán. Nos detienen tan solo porque el Gobernador<span -class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span> no se halla en situación de -poder ser llevado en un carro de municiones.</p> - -<p>—¡Ojalá no lo estuviera en cien meses!</p> - -<p>—Bárbaro, ¿qué dices? —gritó amenazándome.</p> - -<p>—No, mi capitán; no es que yo desee otra cosa que la salud de -nuestro queridísimo Gobernador D. Mariano Álvarez de Castro; pero eso -de llevarle a uno a Perpiñán es casi tan malo como lo que hemos pasado. -Pero pues así lo mandan los que pueden más que nosotros, sea, y por -mí no ha de quedar. No a Perpiñán, sino al fin del mundo iré con mis -jefes, mayormente si llevamos entre nosotros al gran gobernador.</p> - -<p>Yo hablaba así, echándomelas de bravo; pero en realidad sentía -profunda pena al caer en la cuenta de que era un prisionero de guerra, -de cuya libertad y residencia los franceses disponían a su antojo. -¡Desgraciado el que en la guerra pone su afición en lugares y personas -que no han de poder seguir tras él en los frecuentes e inesperados -viajes a que impulsan la victoria o la desdicha!</p> - -<p>Cuando volví al lado de Siseta, casi derramando lágrimas me expresé -así:</p> - -<p>—Prenda mía, ¿ves cuán desgraciado soy?... Ahora me llevan a Francia -como prisionero de guerra, con todos los demás militares que estamos -aquí, desde D. Mariano hasta el último ranchero. ¡Si te pudiera llevar -conmigo, Siseta!... Pero mi capitán, el Sr. D. Francisco Satué, es -el primer perseguidor de muchachas que hay en toda Cataluña, y le -tengo miedo.<span class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span> Ahora -me ocurre, Siseta, que mientras yo tomo el camino de esa condenada -Francia, a quien vería de buena gana comida de lobos, tú con tus dos -hermanos debes marcharte a la Almunia de Doña Godina, donde está -mi madre, y esperarme allí, cuidándome las haciendas, hasta que me -suelten, o Dios disponga de la vida de este pecador.</p> - -<p>Siseta me contestó dándome esperanza, y asegurando que convenía -aguardar con serenidad el cumplimiento de nuestro destino, sin -desconfiar de la bienhechora Providencia. Convinimos al fin en que no -era una gran desventura que yo fuese a Francia, y por su parte halló -muy prudente refugiarse en la Almunia, mientras yo volvía. La verdadera -dificultad era la absoluta carencia de medios para vivir dentro de -Gerona, lo mismo que para ausentarse. Éramos pobres hasta el último -grado, y después de pasar tantos y tan penosos trabajos, Siseta y sus -hermanos estaban destinados a sostenerse de la caridad pública. Pero -Dios no abandona a las criaturas desvalidas, y he aquí cómo vino en -nuestra ayuda por inesperados caminos. ¿De qué manera? ¿Cuándo? Esto, -los mismos acontecimientos que voy contando os lo dirán.</p> - -<p>Pero déjenme acudir a casa del Sr. D. Pablo Nomdedeu, de cuya salud -me han dado muy malas noticias al volver de casa del talabartero, a -donde llevé el tahalí de mi amo para que le echase una pieza. Déjenme -ir allá, que a pesar de las cuestiones desagradables que tuvimos, -no deja de ser el Sr. D. Pablo un entrañable<span class="pagenum" -id="Page_202">p. 202</span> amigo mío, a quien quiero de todas veras. -Lo malo es que no puedo ir tan pronto como deseara, porque en la calle -de Cort-Real, la mucha gente que allí se junta en animados corrillos, -me detiene el paso. ¿Qué ocurre? ¿Tenemos un cuarto sitio? No es nada: -parece que los franceses, cansados de haber cumplido hasta ayer de -mala gana las principales cláusulas de la capitulación, han acordado -solemnemente romperlas. Así me lo dijo el Padre Rull, a quien vi muy -sofocado entre el gentío, refiriendo con énfasis declamatorio los -pormenores del suceso.</p> - -<p>—Esto es una desvergüenza —decía—, y un Emperador que tales cosas -hace es un pillo... nada, un pillo. ¿Qué me importa que oigan los -franceses? No bajaré la voz, no, señores. Lo dicho, dicho. En la -capitulación se acordó que los regulares serían respetados, y ahora -salimos con que nos llevan a Francia. ¿Pues qué, las órdenes son cosas -de juego? ¿Somos chicos de escuela, para que hoy se nos diga una cosa y -mañana otra?</p> - -<p>—También yo voy a Francia, Padre Rull —le dije—, y consolémonos uno -con otro, que frailes y soldados hacen buena miga, y la carga se lleva -mejor en dos hombros que en uno.</p> - -<p>—Nada, hijos míos: iremos a donde nos lleven, y soportaremos sus -crueldades con paciencia, como nos lo manda Nuestro Señor Jesucristo. -Si así lo habéis querido vosotros, ¿qué se ha de hacer? Ved aquí las -consecuencias de capitular cuando todavía podía haberse tirado<span -class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span> una temporadita más, -comiendo lo que había. A Francia, pues, y fíese usted de palabras de -<i>cerdos</i>. Nosotros confiábamos ingenuamente en el cumplimiento de -lo pactado, cuando vierais aquí que esta mañana se presenta en la santa -casa un oficialejo, el cual, con voces torpes y destempladas, dijo que -nos preparásemos para tomar mañana el caminito de Francia, porque S. -M. el Emperador lo había dispuesto así desde París. Por lo visto, nos -temen tanto como a los soldados. Y díganme ustedes ahora: ¿qué va a ser -de Gerona sin frailes?</p> - -<p>Cada uno contestaba al Padre Rull según sus ideas, cuál con enojo, -cuál festivamente; pero al fin todos los que le oíamos convinimos en -que lo del viaje era una grandísima picardía de S. M. el Emperador -de los franceses. Cuando me retiré de allí, quedaba el buen fraile -sermoneando a sus amigos sobre la preeminencia que siempre alcanzaron -las órdenes religiosas en los tratados de las naciones.</p> - -<p>Llegué a casa del Sr. Nomdedeu, y desde mi entrada conocí que -la salud del buen médico no debía de ser buena, por las señales de -consternación que noté en el semblante de Josefina lo mismo que en el -de la señora Sumta. Esta me dijo:</p> - -<p>—Andresillo, no hables al amo de Siseta ni de los chicos; porque -siempre que se le nombran, le da como un desmayo.</p> - -<p>Josefina me preguntó por los míos, y al instante le comuniqué -con la alegría de mis ojos el infeliz encuentro de mi novia y sus -hermanos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span>—Todos se salvan, -menos mi buen padre —dijo tristemente la joven.</p> - -<p>Al instante entré a ver al enfermo, quien me recibió con su habitual -bondad. Junto a su lecho estaba un hombre en quien reconocí a uno de -los escribanos de Gerona.</p> - -<p>Indudablemente D. Pablo iba a hacer testamento. Su aspecto -y figura no podían ser más tristes; al punto se echaba de ver -que aquella lámpara tenía ya muy poco aceite. La postrimera luz -brillaba, sí, como próxima a extinguirse, con viva claridad, y la -irregular llama, tan pronto grande como chica, espantaba con sus -oscilaciones deslumbradoras. Unas veces el espíritu del buen doctor -se empequeñecía con extraordinario aplanamiento; otras se agrandaba, -tomando proporciones superiores a las de la vida común; y con este -variar angustioso, síntoma de todo fuego que se apaga luchando entre -la combustión y la muerte, la lengua del médico pasaba de un mutismo -invencible a una locuacidad mareante.</p> - -<p>Cuando entré, respondió a mis preguntas con monosílabos, que -salían difícilmente de su sofocado pecho; pero al poco rato se fue -despabilando, y a ninguno de los presentes nos dejaba meter baza: él se -lo decía todo sin mostrarse cansado.</p> - -<p>—¿Conque aseguras tú que no moriré? Ilusión, amigo mío; ilusión de -tu buen deseo. Dios me ha leído ya la sentencia, y en esto no hay ni -puede haber duda alguna. Yo cumplí mi misión; ahora estoy de más.</p> - -<p>—¡Señor, anímese con mil demonios! —exclamé<span class="pagenum" -id="Page_205">p. 205</span> fingiendo entusiasmarme—. Pues qué, ¿ahora -que Gerona está libre de hambres y muertes, se ha de ir el hombre -mejor de toda la ciudad? Levántese de esa cama vamos por ahí a ver las -murallas rotas, los fuertes deshechos, las casas arruinadas, testigos -de tanto heroísmo. Fuera pereza. Eso no es más que pereza, D. Pablo.</p> - -<p>—Pereza es, sí; pero la pereza última y definitiva, la del viajero -que, habiendo andado toda la jornada, se arroja sin aliento en el -camino, convencido que no puede más. Pereza es, sí, la mejor de todas, -porque lleva al más dulce, al más placentero de los sueños: la muerte. -¡Ay, qué postrado me siento! Pues qué, ¿era posible que después de tan -colosales esfuerzos en lo físico y en lo moral, siguiese yo viviendo? -No una vida como la mía, sino cien robustas y vigorosas habríanse -consumido en esta lucha con la naturaleza que yo sostuve durante tanto -tiempo; porque decirte, Andrés, el sinnúmero de dificultades que -vencí, sería el cuento de nunca acabar. Baste referirte que, en pocos -días, busqué, fomenté y desarrollé en mí cualidades que no tenía; en -pocos días, transformado hasta lo sumo, encontreme con sentimientos y -pasiones que antes no tenía, y todo fue como si una serie de hombres -diversos se desarrollaran dentro de mí propio. Yo estoy asombrado de -lo que hice, y ahora comprendo qué inmenso tesoro de recursos tiene -el hombre en sí, si sabe explotarlo. Al fin, Andrés, mi pobre hija -alargó sus días hasta el fin del cerco, y cuando los sanos<span -class="pagenum" id="Page_206">p. 206</span> y robustos sucumbieron, -ella, enferma y endeble, se ha salvado. He aquí premiados dignamente mi -amorosa solicitud y mis colosales esfuerzos. Esta tierna niña, que es -todo mi amor, está hoy delante de mí alegrando mi vista y mi alma con -el color de sus mejillas. Basta este espectáculo a consolarme de todas -mis penas, y si me entristece la muerte es porque mi hija y yo nos -separamos ahora. Dios lo permite así, porque ya ella no necesita de mis -constantes cuidados, y la savia vital que milagrosamente ha adquirido -le dará bríos para subsistir por sí sola, sin el apoyo de estas manos -fatigadas, que reclama la tierra, ansiosa de carne.</p> - -<p>—Sr. D. Pablo —le dije dominando mi melancolía—, deseche usted esos -tristes pensamientos, que son la primera y única causa de su mal; mande -a la señora Sumta que traiga y aderece un par de chuletas, que ya las -hay buenas en Gerona, sin ser de gato ni de ratón, y cómaselas en paz -y en gracia de Dios, con lo cual, o mucho me engaño, o no habrá muerte -que le entre en largos años.</p> - -<p>—Esto no va con chuletas, amigo Andrés. Mi cuerpo rechaza todo -alimento, y no quiere más que morirse. Está echando a voces el alma, -increpándola para que se vaya fuera de una vez.</p> - -<p>—Más consumidos y extenuados estaban otros, y sin embargo han -vivido, y por ahí andan hechos unos robles. Y si no, ahí tenemos el -ejemplo de Siseta, a quien dimos todos por muerta, y viva y sana está, -gracias a Dios.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span>—¿Vive Siseta? -—preguntó Nomdedeu con profundo interés y cierta exaltación que no pudo -disimular.</p> - -<p>—Sí, señor: tan viva está como sus dos hermanos.</p> - -<p>—¿Estás seguro de ello?</p> - -<p>—Segurísimo.</p> - -<p>—¿Y no tiene heridas en su cuerpo gentil, ni golpes en su cabeza, -ni rasguños en su piel, ni le falta brazo, pierna, dedo u otra parte -alguna de su estimable persona?</p> - -<p>—No, señor: nada le falta —repuse jovialmente—, o al menos no tengo -yo noticia de ello.</p> - -<p>—¿Y los muchachos, aquellos juguetones y traviesos rapaces, están -vivos y sanos?</p> - -<p>—También, señor doctor, y todos muy deseosos de venir a ofrecer -a usted sus respetos con la cortesía que les es propia, saltando y -chillando.</p> - -<p>—¡Oh, loado sea Dios! —exclamó con cierto arrobamiento contemplativo -el infortunado doctor.</p> - -<p>Dicho esto, permaneció un rato meditando u orando, que ambas -funciones podían deducirse de su recogida y silenciosa actitud, y -luego, reposadamente, me habló así:</p> - -<p>—Me has proporcionado indecible consuelo al darme noticias tan -lisonjeras de la familia del Sr. Mongat, porque me atormentaba la -sospecha y recelo, la terrible certidumbre de que yo había ocasionado -un gran mal a esos muchachos y a su bondadosa hermanita, cuando después -del lamentable accidente del pedazo de azúcar, entré en casa de Siseta. -Mi hija iba<span class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span> a morir -de inanición. Yo pedía a la señora Sumta que nos diera algo que comer, -y la señora Sumta no nos daba nada. Yo pedía a Dios que enviase algo -del cielo, y Dios tampoco quería enviarme nada. Siseta estaba allí; -sus hermanos entraron haciendo ruido, y la insolente vitalidad que -revelaban sus ágiles cuerpos despertó en mi alma un sentimiento que no -te podré pintar, aunque por espacio de cien años te hable y agote todos -los recursos de todas las lenguas conocidas. No: aquel sentimiento -es una anomalía horrorosa en el ser humano, y solo es posible que -exista durante cortísimos intervalos en días que muy rara vez contará -el tiempo en su infinita marcha. Yo miraba a los chicos, yo miraba -a su hermana, y sentía un insaciable y sofocante anhelo de hacerlos -desaparecer de entre los seres vivientes. ¿Por qué, amigo mío? Esto -sí que no sabré decírtelo, porque yo mismo no lo entiendo. No creas -que conturbaba mi cerebro el repugnante instinto de la antropofagia: -no, no es nada de eso. Era un sentimiento del linaje de la envidia, -Andrés; pero mucho, muchísimo más fuerte: era el egoísmo llevado al -extremo de preferir la conservación propia a la existencia de todo el -resto de la humana familia; era una aspiración brutal a aislarme en -el centro del planeta devastado, arrojando a todos los demás seres -al abismo, para quedarme solo con mi hija; era un vivísimo deseo de -cortar todas las manos que quisieran asirse a la tabla en que los dos -flotábamos sobre las embravecidas olas. Pintar todo lo que yo odié en -aquel momento<span class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span> a los -dos hermanos y a la pobre muchacha, sería más difícil que pintarte los -horrores del infierno, abrazando lo grande y lo pequeño, el conjunto -y los pormenores de la mansión donde el hombre impenitente expía sus -culpas. Cada inhalación de su aliento al respirar, me parecía un robo; -cada átomo de aire que entraba en sus pulmones, un tesoro arrancado al -conjunto de elementos vitales que yo quería reunir en torno mío y de mi -hija. Los malditos se repartían un pedazo de pan, un pedacito de pan, -Andrés, amasado con todo el trigo y con toda el agua de la creación, -para mi regalo. En aquella crisis del egoísmo, yo no comprendía que el -universo, con sus mil mundos, con sus inagotables recursos y prodigios, -existiese para nadie más que para Josefina y para mí.</p> - -<p>Detúvose el doctor fatigado, y yo, queriendo apartar de su mente -ideas que le hacían más daño que el mal físico, le dije:</p> - -<p>—Mande usted a paseo, Sr. D. Pablo, esas vanas imaginaciones que le -están secando el cerebro. Siseta y sus hermanos están buenos, amigo, -y yo le aseguro a usted que no se los ha comido. ¿A qué pensar más en -eso?</p> - -<p>—Calla, Andrés, y déjame seguir —dijo reposadamente—. No son vanas -imaginaciones lo que cuento, pues lo que yo sentía real existencia -tenía dentro de mí. Me falta decirte que reconocí la horrible -metamorfosis de mi espíritu, pues no puedo darle otro nombre, y me -decía: «No, yo no soy yo. Dios mío, ¿por qué has consentido que yo sea -otro?» Efectivamente,<span class="pagenum" id="Page_210">p. 210</span> -yo no era yo. ¡Qué horrorosas lobregueces rodeaban los ojos de mi -espíritu, así como los de mi cuerpo!... Aquellos condenados chicos -estaban comiendo, Andrés; llevaban a la boca unos pedazos de pan, y -delante de mí tenían la audacia de ofrecer una parte a su hermana. -¡Cómo quieres tú que esto viera impasiblemente quien dentro tenía, -difundidos por su sangre y haciendo cabriolas en las sutiles cuerdas -de sus nervios, los millares de demonios que yo llevaba conmigo! Al -ver cómo mordían con sus insolentes dientecillos; al verles tragar -con tanta desvergüenza, duplicose en mí el furor contra ellos y les -increpé, diciéndoles no estar dispuesto a consentir que nadie viviese -delante de mí. Andrés, amigo; Andrés de mi corazón, yo tomé un cuchillo -y lo esgrimía, como quien intenta matar moscas a estocadas; corría -hacia ellos, corría hacia Siseta y la señora Sumta; pero en mi salvaje -insensatez no me faltaba un pensamiento humano que me detuviese en los -arranques brutales de aquel desbordado apetito de matar. Los chicos, -que de improviso salieron, regresaron con otros de su edad, y sus -chillidos y provocativas risas me enardecieron más. Desde entonces mis -ojos nublados no vieron más que sangrientos objetos; entrome un delirio -salvaje, durante el cual sentía detestable complacencia en herir acaso -en el vacío, descargando golpes a todos lados contra cuerpos que me -rodeaban y azuzaban sin cesar. Creo que después de dar vueltas por -la casa, salí a la calle, y mi brazo vengativo iba destruyendo en -imaginarios cuerpos<span class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span> -a toda la familia humana. Hablaba mil inconexos desatinos; contemplaba -con gozo a los que creía mis víctimas; buscaba la soledad, insultando a -cuantos se me ofrecían al paso; pero la soledad no llegaba nunca, pues -de cada víctima surgían nuevos cuerpos vivos que me disputaban el aire -respirable, la luz y cuantos tesoros de vida hermosean y enriquecen -el vasto mundo... No sé qué habría sido de mí si unos frailes no me -hubieran sujetado en la calle de Ciudadanos, llevándome a cuestas largo -trecho. ¡Ay, amigo mío! En mi cerebro, que era una masa de bullidoras -burbujas, cual si hirviera puesto al fuego, retumbaron estas palabras: -«Es lástima que el Sr. Nomdedeu se haya vuelto loco.» Y al recoger -esta idea, mi alma pareció disponerse a recobrar su perdido asiento. -Luego los frailes dijeron: «Démosle un poco de estas lonjas de cuero -de sillón que hemos cocido, a ver si se repone...» Les pregunté por mi -hija, y respondiéronme que no tenían noticia de las hijas de nadie. -Encontreme con un poco de fuerza regular, no exaltada y anómala como -la que me había impulsado a tantos disparates, y quise marchar a mi -casa... Caí al suelo... perdí el cuchillo... una monja me ofreció su -brazo y llegué a mi casa. Ni Siseta, ni sus hermanos, ni Josefina, -ni la señora Sumta estaban ya allí. Las monjas me dieron un poco de -corcho frito, que no pude comer, y les pregunté por mi hija. Todo lo -que había pasado se me presentó como los recuerdos de un sueño; pero -aunque adquirí el convencimiento de no haber extinguido todo<span -class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span> el linaje de los nacidos, -no estaba seguro de la invulnerabilidad de mis ciegos golpes. «Yo he -matado algo,» me dije para mí; y esta idea me causaba hondísima pena. -Me reconocía como yo mismo exclamando: «Pablo Nomdedeu, ¿fuiste tú -quien tal hizo?»</p> - -<p>—Basta ya, amigo mío —dije interrumpiéndole, al advertir que los -recuerdos de sus locuras empeoraban al buen doctor—. Más adelante -nos contará usted tan curiosas novedades. Ahora procure descabezar -un sueño, entre tanto que la señora Sumta adereza las chuletas -consabidas.</p> - -<p>—Calla, Andrés, y no quieras gobernar en mí —repuso—. Yo dormiré -cuando lo tenga por conveniente. Déjame concluir, que ya no falta -mucho. Los enfermeros del hospital fueron los que me proporcionaron -algún alimento que se podía comer, con lo cual me encontré -relativamente bien, y pude salir en busca de mi hija. Ya sabes cómo -la encontré al fin, y lo que le aconteció. Por mi parte, hijo, yo -mismo, después de la horrorosa crisis que había pasado, me espantaba -de verme asistiendo enfermos que sin duda lo estaban menos que yo, y -heridos que no tenían llagas tan terribles en su cuerpo como la que -yo tenía en el alma. ¡Ay, Andrés! Nomdedeu estaba herido de muerte. -Las penas sufridas con tanta paciencia desde mayo, me han labrado este -profundo mal que ahora siento y que me llevará dentro de poco al seno -de Dios. Me admiro de haber resistido tanto, y digo que tuve fuerza de -cien hombres. No, uno solo es incapaz de tanto.<span class="pagenum" -id="Page_213">p. 213</span> D. Mariano Álvarez tenía para resistir el -estímulo de la gloria y del agradecimiento patrio; yo no he tenido ante -mí sino espectáculos lastimosos y un porvenir oscuro. El esfuerzo ha -sido grande; la tensión, inmensa: por eso la cuerda se ha roto, y me -voy, me voy, hija mía, Andrés, señora Sumta y demás presentes. Bastante -he hecho. El que crea haber hecho más, que levante el dedo.</p> - -<p>Josefina y la señora Sumta lloraban, y yo, cuando el enfermo calló, -procuraba consolarle con tiernas palabras. Poco más tarde fueron a -verle Siseta y sus hermanos, con cuya visita pareció muy complacido el -enfermo, y a todos prodigó cariños y congratulaciones, obsequiándoles -con una excelente comida. Después se durmió, y al caer de la noche, -hora en que por encargo suyo volvió el escribano acompañado de tres -personas de la intimidad de D. Pablo, este nos llamó a todos diciendo -que iba a dictar su testamento, el cual hizo en regla, nombrando por -heredera de casi todos sus bienes a su hija Josefina, con una cláusula, -sobre la cual debo llamar a ustedes la atención, para que conozcan la -generosidad de aquel ejemplar sujeto. Además de que el doctor dejaba -a Siseta y sus hermanos los veinticuatro alcornoques que tenía en la -parte de Olot, dispuso que en caso de morir sin sucesión la señorita -Josefina, pasase el total de los bienes a Siseta y sus hermanos, -recomendando a aquella y a esta que viviesen juntas para perpetuar la -amistad y buenos servicios de que la infeliz enferma había sido objeto -por<span class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span> parte de los -míos durante el sitio. La fortuna del doctor era harto exigua, pues -la finca de Castellá, devastada por los franceses, valía bien poco, y -lo demás consistía en diversos grupos de alcornoques diseminados por -la comarca ampurdanesa y en sitios a los cuales los herederos no se -aventurarían a emprender viaje por saber el corcho de que eran dueños. -También a mí y a la señora Sumta nos dejó varias mandas, aunque la mía -más era honorífica que de provecho, por consistir en el Diario de las -peripecias del sitio, redactado de puño y letra por el mismo doctor. El -ama de gobierno pescó todos los muebles y ropas que de la casa pudieron -salvarse.</p> - -<p>Luego que el testamento fue hecho, administraron al enfermo el Santo -Viático, y cumplida esta ceremonia, quedose Nomdedeu muy postrado, -hablando poco y con dificultad, mirándonos a ratos con estúpido -asombro y cerrando después los ojos para entregarse a un inquieto -sueño. Exceptuando Manalet, que se durmió en el suelo, todos velamos, -dispuestos a asistirle con la mayor solicitud y esmero; pero el infeliz -D. Pablo no necesitó largo tiempo de nuestra asistencia. Cerca de la -madrugada abrió los ojos, llamó a su hija, y abrazándola tiernamente, -le habló así:</p> - -<p>—¿Te quedas tú, hija mía? ¿Te quedas aquí cuando yo me voy? ¿De modo -que no te veré más? Entonces toda la eternidad será infierno para mí... -Josefina, ven, sígueme, ponte el manto, que nos vamos. Mi hija no se -apartará de mí ni un solo momento... Después de<span class="pagenum" -id="Page_215">p. 215</span> pasar juntos las grandes penas, ¿hemos de -separarnos cuando todo ha concluido? No, Josefina. Vámonos juntos, o -nos quedaremos aquí, en Castellá. Paseemos por nuestra huerta viendo -cómo van saliendo los pepinos, y no nos cuidemos de lo que pasa en -Gerona. Mira qué tomates, hija, y observa cómo van tomando color esos -pimientos... ¿Ves? Por ahí viene la señora Pintada pavoneándose con -sus diez y ocho pollos: entre ellos hay seis patitos, que son los más -guapos, los más salados y los más monos de todos. Llegan al estanque, y -sin que la madre pueda impedirlo con cacareadas amonestaciones... ¡zas! -al agua todos. Mira cómo se asusta la señora Pintada y los llama. Pero -ellos... sí, que si quieres... Hija mía, los perales no pueden con más -peras: algunas están maduras. ¿Pues y los melocotones? Me parece que -la cabra ha mordido en las matas de estas remolachas... ¡pero quia! -¡si es Dioscórides, el burro de nostramo Mansió! Míralo, allí está -haciendo de las suyas. ¡Eh, fuera! Le llamo Dioscórides por lo grave -y sesudo. El gran sabio de la antigüedad me perdone... ¿Has visto las -palomas, Josefina? Veamos si anoche se han comido las ratas algunos -huevos de los que aquellas están sacando... ¡Eh, nostramo Mansió, que -Dioscórides se come la huerta! Amárrelo usted... El pobre hortelano -no me oye... ¿Qué ha de oír si está limpiándole las babas a su nieta? -Ven acá, Pauleta: toma la mano de Josefina, y vamos a ordeñar la vaca. -¡Qué hermoso está el ternerillo! No acercarse mucho, que el otro día -dio una cornada a nostramo...<span class="pagenum" id="Page_216">p. -216</span> A ver, Josefina: trae el cántaro. Mansió dice que yo no sé -hacer esta maniobra, y yo le desafío a él y a todos los nostramos de -la comarca a que hagan mejor que yo esta operación del ordeñar. No -temas, Esmeralda, no te hago daño: pisch, pisch... Esta atmósfera del -establo te sienta muy bien, hija, y a mí me agrada en extremo... Ya -viene tranquila, dulce, grave, amorosa y callada la incomparable noche, -en cuyo seno tan bien reposa mi alma. ¿Oyes las ranas, que empiezan -a saludarse diciéndose: <i>¿Cómo estáis? Bien, ¿y vos?</i> ¿Oyes los -grillos disputando esta noche sobre el mismo tema de anoche? ¿Oyes el -misterioso disílabo del cuco, que parece la imagen musical más perfecta -de la serenidad del espíritu? Ya vienen los labradores del trabajo. -¡Con qué gusto alargan los bueyes su hocico adivinando la proximidad -del establo! Oye los cantos de esos gañanes y de esos chicos, que -vuelven hambrientos a la cabaña. Ahí los tienes. Mira cómo rodean a -la abuela, que ya ha puesto el puchero a la lumbre. El humo de los -techos, formando esbeltas columnas sobre el cielo azul, discurre luego, -y vaporosamente se extiende a impulsos del suave viento que viene -de la montaña a jugar en las copas de estos verdes olmos, de estas -oscuras encinas, de estos lánguidos sauces, de estos flacos chopos, -cuyas charoladas hojas brillan con las últimas luces de la tarde... La -oscuridad avanza poco a poco, y el cielo profundo ofrece sobre nuestras -cabezas un tranquilo mar al revés, por cuyo diáfano cristal en vano -tratamos de lanzar la vista<span class="pagenum" id="Page_217">p. -217</span> para distinguir el fondo. ¡Oh! quedémonos aquí, hija mía, -y no nos separemos ni salgamos más de este lugar delicioso. Todo -está tranquilo: los cencerros de las ovejas suenan con grave música -a lo lejos; el cuco, el grillo y la rana no han acabado aún de poner -en claro la cuestión que les tiene tan declamadores. El viento cesa -también, cierra los ojos, extiende los brazos y se duerme. Ya no -humean los techos; Esmeralda se echa sobre la fresca yerba, y su hijo, -abrigándose junto a ella, hociquea buscando en el seno materno lo que -nosotros hemos dejado. Nostramo Mansió duerme también, y Dioscórides, -escondiendo el ojo brillante bajo la negra ceja, sumerge el cerebro en -profundo sopor. Las palomas han dejado de arrullarse, los conejos se -esconden en sus guaridas, meten los pájaros bajo el ala la inteligente -cabeza, y la señora Pintada se retira pausadamente al corral con sus -diez y ocho hijos, incluso los patos, que van dejando en el suelo la -huella de sus palmas mojadas. El mundo reposa, hija; reposemos nosotros -también. El cielo está oscuro. Todo está oscuro y no se ve nada. Mi -espíritu y el tuyo anhelaban ha tiempo esta profunda tranquilidad por -nadie ni por nada turbada. Reposemos; no hay sol ni luna en el cielo, -y solo el lucero nos envía una luz que viene recta hasta nosotros como -un hilo de plata. Míralo, Josefina, y descansa tu frente en mi hombro. -Yo reposaré mi cabeza sobre la tuya, y así nos dormiremos apoyados el -uno en el otro. Todo ha callado y no se ve más que el lucero... ¿Lo -ves?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span>Después de esto, -nada más dijo en este mundo el Sr. Nomdedeu.</p> - -<p>Algún tiempo después de espirar, nos costó gran trabajo desasir de -los brazos helados del doctor a su desconsolada hija, cuyo estado era -tan lastimoso que daba ocasión a augurar una segunda catástrofe.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch24"> - <h2 class="nobreak g0">XXIV</h2> -</div> - -<p>Adiós, señores; me voy a Francia, me llevan. Los sucesos que he -referido habíanme hecho olvidar que era prisionero de guerra, como los -demás defensores de la plaza, y era forzoso partir. Solamente en razón -de mi enfermedad me fue permitido, como a otros muchos, el permanecer -allí desde el 10 hasta el 21, de modo que con el mal acababa la dulce -libertad.</p> - -<p>Adiós, señores; me voy, adiós, pues tanta prisa me daba aquella -canalla, que no digo para despedirme de mis caros oyentes, pero ni aun -para abrazar a Siseta y sus hermanos me alcanzaba el breve tiempo de -que disponía. Notificada la marcha, nos señalaron hora, nos recogieron, -y haciéndonos formar en fila, camina que caminarás, a Francia. Los -castigos impuestos por contravenir el programa de circunspección que -nos habían recomendado, eran: la pena de muerte para el conato<span -class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span> de fuga; cincuenta palos -por hablar mal de José Botellas, cantar el <i>dígasme tú, Girona</i>, o -nombrar a D. Mariano Álvarez.</p> - -<p>—Adiós, Siseta; adiós, Badoret y Manalet, cara esposa y hermanitos -míos. Cuidado con lo que os he advertido. El prisionero os escribirá -desde Francia, si antes no logra burlar la vigilancia de sus crueles -carceleros. Adiós. No os mováis de aquí, mientras yo no os lo mande, -ni penséis por ahora en tomar posesión de vuestros alcornoques, que -eso y mucho más se hará más adelante. Acompañad a la desgraciada hija -del gran D. Pablo, y alegrad sus tristes horas. Adiós: dad otro abrazo -a Andrés Marijuán, a quien llevan preso a Francia por haber defendido -la patria. Tengo confianza en Dios, y el corazón me dice que no he de -dejar los huesos en la tierra de los <i>cerdos</i>. Ánimo: no lloréis, -que el que ha escapado de las balas, también escapará de las prisiones, -y, sobre todo, no es de personas valerosas el lagrimear tanto por un -viaje de pocos días. Salud es lo que importa, que libertad... ella sola -se viene por sus pasos contados, sin que nadie lo pueda impedir. Adiós, -adiós.</p> - -<p>Así les hablaba yo al despedirme, y por cierto que carecía -completamente del ánimo y entereza que a los demás recomendaba, -faltándome poco para dar al traste con mi seriedad; pero convenía -en aquella ocasión blasonar de hombre de hierro. Mi gravedad era -ficticia, y no hay heroísmo más difícil que aquel que yo intentaba al -despedirme de Siseta y sus hermanos. La verdad es que tenía el corazón -oprimido,<span class="pagenum" id="Page_220">p. 220</span> como si -mano gigantesca me lo estrujara para sacarle todo su jugo.</p> - -<p>Siseta se quedó en la calle de la Neu, agobiada por profunda -aflicción; Badoret y Manalet me acompañaron hasta más allá de Pedret, -y no fueron más adelante porque se lo prohibí, temiendo que con la -oscuridad de la noche se extraviaran al regresar. Salimos, pues, en la -noche del 21. Delante iba, rodeado de gendarmes a caballo, el coche en -que llevaban a D. Mariano Álvarez; seguían los oficiales, entre los -cuales estaba mi amo; dos o tres asistentes completábamos el primer -grupo de la comitiva. Más atrás marchaba toda la clase de tropa, -soldados convalecientes de heridas o de epidemia en su mayor parte. La -procesión no podía ser más lúgubre, y el coche del Gobernador rodaba -despaciosamente. No se oía más que lengua francesa, que hablaban en -voz alta y alegre nuestros carceleros. Los españoles íbamos mudos y -tristes.</p> - -<p>Hicimos alto en Sarriá, donde se nos agregaron los frailes que -habían salido antes que nosotros con el mismo destino, y con Sus -Paternidades a la cabeza nada faltó para que la comitiva pareciese -un jubileo. Daba lástima verlos, porque si entre ellos había jóvenes -robustos y recios que resistían el rigor de la penosa jornada, no -faltaban ancianos encorvados y débiles que apenas podían dar un paso. -La gendarmería les arreaba sin piedad, y lo más que se les concedió -fue que alguno de nosotros les ofreciera apoyo llevándoles del brazo. -El Padre Rull sofocaba su impetuosa cólera, y<span class="pagenum" -id="Page_221">p. 221</span> marchando delante de todos con resuelto -paso, revolvía sin duda en su mente proyectos de venganza. Los legos, -que cargaban repletas alforjas, repartían graciosamente en cada -descanso raciones de pan, queso, frutas secas y algún vino, de lo cual -algo se rodaba siempre hacia la parte seglar de la caravana, aunque no -mucho. Algunos gendarmes franceses, más humanos que sus jefes, también -nos ofrecían no poca parte de sus víveres.</p> - -<p>De este modo llegamos a Figueras a las tres de la tarde del 22, -y sin permitirle descanso alguno, fue el Gobernador enviado al -castillo de San Fernando. Frailes y soldados quedaron en el pueblo, -y solamente subimos con aquel los del servicio del propio General o -de sus ayudantes. Marchamos todos tras el coche, y al entrar en la -fortaleza, la debilidad de D. Mariano era tal, que tuvimos que sacarle -en brazos para transportarle de la misma manera al pabellón que le -habían destinado, el cual era un desnudo y destartalado cuartucho sin -muebles. Entró el héroe con resignación en aquella pieza, y echose -sin pronunciar queja alguna sobre las tablas, que a manera de cama le -destinaron. Los que tal veíamos, estábamos indignados, no comprendiendo -tan baja e innoble crueldad en militares hechos ya de antiguo a tratar -enemigos vencidos y rivales poderosos; pero callábamos por no irritar -más a los verdugos, que parecían disputarse cuál trataba peor a la -víctima. Luego que se instaló, trajeron al enfermo una repugnante -comida, igual al rancho de los soldados de<span class="pagenum" -id="Page_222">p. 222</span> la guarnición; pero Álvarez, calenturiento, -extenuado, moribundo, no quiso ni aun probarla. De nada nos valió pedir -para él alimentos de enfermo, pues nos contestaron bruscamente que -allí no había nada mejor, y que si durante el cerco habíamos sido tan -sobrios, comiésemos entonces lo que había.</p> - -<p>Con la resignación y entereza propias de su grande alma, resistió -Álvarez estas miserias y bajas venganzas de sus carceleros; y solo le -vimos inmutado cuando el Gobernador del castillo, que era un soldadote -de mediana graduación, brusco, fatuo y muy soplado, empezó a dirigirle -impertinentes preguntas. La insolencia de aquella canalla nos tenía -ciegos de ira, pues no solo el Gobernador de la plaza, sino oficialejos -de la última escala, se atrevían a hacer preguntas tontas e importunas -a nuestro héroe, que ni siquiera les hacía el honor de mirarles.</p> - -<p>Las preguntas eran, no solo contrarias a la cortesía, sino al -espíritu militar, pues en todas ellas se le pedía cuenta a nuestro jefe -del gran crimen de haber defendido hasta la desesperación la ciudad que -el Gobierno de su patria le había confiado. No parecían militares los -que con insultos y burlas groseras mortificaban al hombre de más temple -que en todo tiempo se pusiera delante de sus armas. Álvarez, siempre -caballero, aun en presencia de gente de tal ralea, les respondió -sencillamente:</p> - -<p>—«<i>Si ustedes son hombres de honor, hubieran hecho lo mismo en mi -lugar.</i>»</p> - -<p>Tan sublime concepto no lo comprendían la mayor parte,<span -class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span> y solamente algunos -oficiales distinguidos, penetrándose del indigno papel que estaban -haciendo, se apresuraron, después de la respuesta del General, a poner -fin al denigrante interrogatorio.</p> - -<p>Mi amo enviome al instante al pueblo en busca de carne para aderezar -la comida del enfermo, y gracias a mi prontitud y diligencia, pronto -pudimos servirle una comida mediana. Delante de los franceses, que nos -negaban todo auxilio, Satué puso el puchero, soplaba el fuego otro -oficial español, y convertidos todos en cocineros, nos disputábamos, -chicos y grandes, el honor de asistir al enfermo. Pasó bien la noche; -pero serían las dos de la madrugada, cuando con estrépito llamaron a -la puerta del pabellón, diciéndonos que nos dispusiéramos a seguir el -viaje a Francia. Álvarez, que dormía profundamente, despertó al ruido, -y enterado de la continuación de la jornada, dijo sencillamente:</p> - -<p>—Vamos allá.</p> - -<p>Quiso incorporarse sobre las tablas en que con nuestros capotes le -habíamos arreglado un mal lecho, y no pudo...¡Tan agotadas estaban -sus fuerzas!... Pero en brazos le llevamos nosotros al coche, y con -un frío espantoso, azotados por la lluvia de hielo y pisando la nieve -que cubría el camino, emprendimos el de la Junquera. Una precaución -ridícula habían añadido los franceses a las que antes tomaran para -custodiarnos. Esto hace reír, señores. Además de la fuerte escolta -de caballos, sacaron también de Figueras dos piezas de artillería, -que iban detrás de nosotros, amenazándonos constantemente. Es<span -class="pagenum" id="Page_224">p. 224</span> que su recelo de que nos -escapásemos era vivísimo, y con ninguna de las cautelas ordinarias -creían segura la persona de D. Mariano Álvarez, inválido y casi -moribundo. Éramos muy pocos en aquella segunda jornada, porque los -frailes y la tropa quedáronse en Figueras hasta el amanecer. Ignoro -si para tener a raya las fogosidades del Padre Rull, se pertrecharon -también con un par de baterías de campaña y algunos regimientos de -línea.</p> - -<p>En la Junquera nos detuvimos muy poco tiempo; siguiendo luego por -Francia adelante, llegamos a Perpiñán a las siete de la noche del -mismo día 23, y después de detenernos en casa del Gobernador, nos -llevaron al Castillet, fortaleza de ladrillo, de airosa vista, obra del -Rey D. Sancho, la cual habrán visto cuantos hayan estado en aquella -ciudad. Sin más ceremonias, destinaron para habitación de Álvarez un -tenebroso aposento a manera de calabozo, con más humedades que muebles, -y tan lóbrego y sucio, que el mismo D. Mariano, a pesar de su temple -resignado y fuerte, no pudo contenerse, y exclamó con indignación:</p> - -<p>—«<i>¿Es este sitio propio para vivienda de un General? ¿Y son -ustedes los que se precian de guerreros?</i>»</p> - -<p>El alcaide, que era un bárbaro, alzó los hombros, pronunciando -algunas palabrotas francesas, que me pareció querían decir poco más o -menos:</p> - -<p>—Es preciso tener paciencia.</p> - -<p>Luego, dirigiéndose a los de la comitiva, aquel caritativo personaje -nos dijo que estaba dispuesto a darnos de comer lo que quisiéramos, -pagándolo previamente<span class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span> -en buena moneda española. La moneda española ha sido siempre muy bien -recibida en todo país donde ha habido manos. Dándole las gracias, -pedímosle lo que nos pareció más necesario, y aguardamos la cena, -aposentados todos en la inmunda pocilga. Nuestro primer cuidado fue -improvisar con los capotes una cama para nuestro Gobernador, cuya -fatiga y debilidad iban siempre en aumento. El cancerbero volvió al -poco rato con unos manjares tan mal guisados, que no se podían comer, -lo cual no fue parte a impedir que nos lo cobrase a peso de oro; pero -se los pagamos con gusto, suplicándole, unos en mal francés y otros -en castellano, que nos hiciera el favor de no honrarnos más con su -interesante presencia.</p> - -<p>Pero él, o no entendió, o quiso mostrarnos todo el peso de su -impertinencia, y a cada cuarto de hora venía a visitarnos, poniéndonos -ante los ojos, que en vano querían dormir, la luz de una deslumbradora -linterna. Esto mortificaba a todos; pero principalmente al enfermo, -que por su estado necesitaba reposo y sueño, y así se lo dijimos al -alcaide, añadiéndole que como no pensábamos fugarnos, podía eximirnos -de sus repetidos reconocimientos. Él nos respondía con amenazas soeces; -quedábamos luego a oscuras, y nos vencía el dulce sueño; pero no -habíamos transportado los umbrales de esta rica y apacible residencia -del espíritu, cuando la luz de la linterna volvía a encandilar nuestros -ojos, y el alcaide nos tocaba el cuerpo con su pata para cerciorarse -por la vista y el tacto de que estábamos allí.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_226">p. 226</span>Satué, furioso y -fuera de sí, me dijo en uno de los pequeños intervalos en que estábamos -solos:</p> - -<p>—Si ese bestia vuelve con la linterna, se la estrello en la -cabeza.</p> - -<p>Pero D. Mariano calmó su arrebato, condenando una imprudencia que -podía ser a todos funestísima. La noche fue, por tanto, y merced a -las visitas del alcaide, penosa y horrible. Por la mañana nos hizo -el honor de visitarnos el comandante de la plaza, el cual habló -largamente con Álvarez, tratándole con cierta benevolencia cortés que -nos agradó; mas luego hizo recaer la conversación sobre un suceso de -que no teníamos noticia, y allí dio rienda suelta a las groserías y los -insultos. Parece que algunos oficiales de los trasladados a Francia -inmediatamente después de la rendición de Gerona, se habían fugado, en -lo cual obraron cuerdamente, si padecieron el martirio de la linterna -del señor alcaide. Al hablar de esto, el comandante les prodigó delante -de nosotros vocablos harto denigrantes, añadiendo:</p> - -<p>—Pero por fortuna hemos pescado a once de los prófugos, y han sido -arcabuceados hace dos días. Buscamos a los demás.</p> - -<p>Álvarez se sonrió, y dijo:</p> - -<p>—«<i>¿Conque volaron, eh?...</i>»</p> - -<p>Y en su rostro por un instante dibujose ligera expresión festiva. -A pesar de que el comandante de Perpiñán no era hombre de mieles, -prometió a Álvarez dejarle descansar todo aquel día, poniendo freno -a las importunidades del de la candileja, y nos dispusimos para -dormir; pero ¡ay! estábamos destinados a nuevos tormentos, entre los -cuales<span class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span> el mayor era -presenciar cómo padecía en silencio, sin hallar alivio en sus males ni -piedad en los hombres, el más fuerte y digno de los españoles de aquel -tiempo; estábamos entre gente que hacía punto de honra el mudar las -coronas del heroísmo en coronas de martirio sobre la frente del que no -se abatió, ni se dobló, ni se rompió jamás mientras tuvo un hálito de -vida que sostuviera su grande espíritu.</p> - -<p>Serían, pues, las diez de la mañana, cuando el alcaide nos hizo ver -su cara redonda, encendida y brutal, de rubios pelos adornada, y aunque -por la claridad del día venía sin linterna, demostronos desde sus -primeras palabras que no venía a nada bueno. Díjonos aquel simpático -pedazo de la humanidad que nos dispusiéramos a salir todos; y como le -indicáramos que el enfermo, a causa de la horrorosa fiebre, no podía -moverse, repuso que vendría quien le hiciese mover. D. Mariano nos dio -el ejemplo de la resignación, incorporándose en su lecho y pidiendo -su sombrero. Le levantamos en brazos; trató de andar por su propio -pie, mas no siéndole posible, le condujimos fuera del aposento, y -bajamos todos en triste procesión, mudos y abrumados de pena. Fuera del -castillo vimos dos filas de gendarmería indicándonos el camino hacia -la muralla, y la curiosa multitud nos contemplaba con lástima. Aquel -espectáculo no podía ser más triste, y con el alma oprimida y llena de -angustia dije para mí: «Nos van a fusilar.»</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch25"> - <p><span class="pagenum" id="Page_228">p. 228</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXV</h2> -</div> - -<p>¡Oh, qué trance tan amargo, y qué horrenda hora! Eso de que a sangre -fría le quiten a uno la preciosa existencia, lejos de la patria, -ausente de las personas queridas, sin ojos que le lloren, en soledad -espantosa y entre gente que no ve en ello más que la víctima inmolada -a los intereses militares, es de lo más abrumador que puede ofrecerse -a la contemplación del espíritu humano. Yo miraba aquel cielo, y no -era como el cielo de España; yo miraba la gente, oía su lengua extraña -modulando en conjunto voces incomprensibles, y no era aquella gente -tampoco como la gente de acá. Sobre todo, Siseta no estaba allí, y el -vacío de su ausencia no lo habrían llenado cien vidas otorgadas en -cambio de la que me iban a quitar. Me ocurrió protestar contra aquella -barbarie, gritando y defendiéndome contra miles de hombres; pero la -realidad de mi impotencia me aplastaba con formidable pesadumbre. Dejé -de ver lo que tenía ante los ojos, y mi intensa congoja me hizo llorar -como una mujer. Mostraban entereza mis compañeros; pero ellos no habían -dejado en Gerona ninguna Siseta.</p> - -<p>Al llegar a la muralla, vimos formados en fila a los frailes y -soldados que nos habían seguido.<span class="pagenum" id="Page_229">p. -229</span> Algunos legos y ancianos lloraban; pero el Padre Rull -despedía llamas de sus negros y varoniles ojos. En tan supremo trance, -el fraile patriota, rabiando de enojo contra sus verdugos, había -olvidado la principal página del Evangelio. Nos pusieron también a -nosotros en fila, y la persona de Álvarez fue confundida entre los -demás sin consideración a su jerarquía. Permanecimos quietos largo -rato, ignorando qué harían de nosotros, en terrible agonía, hasta que -apareció un oficialejo barrigudo, que con un papelito en la mano nos -iba nombrando uno por uno. Tanto aparato, la cruel exhibición ante el -populacho, el despliegue de tan colosales fuerzas contra unos pobres -enfermos muertos de hambre, de cansancio y de sueño, no tenía más -objeto que pasar lista. ¡Ay! Cuando adquirí la certidumbre de que no -nos fusilaban, los franceses me parecieron la gente más amable, más -caritativa y más humana del mundo.</p> - -<p>Volvimos al castillo, donde hallamos una gran novedad. El aposento -donde pasamos la noche se había considerado como un gran lujo de -comodidades para estos pícaros <i>insurgentes y bandidos</i>, que tan -heroicamente defendieron la plaza de Gerona, y nos destinaron a una -lóbrega mazmorra sin aire, empedrada de guijarros agudísimos, entre -cuyos huecos se remansaban fétidas aguas. Doble puerta con cerrojos -muy fuertes la cerraba, y un mezquino agujero abierto en el ancho muro -dejaba entrar solo al mediodía un rayo de luz, insuficiente para que -nos reconociésemos las caras.<span class="pagenum" id="Page_230">p. -230</span> Protestamos; el mismo Álvarez reprendió ásperamente al -alcaide; pero este ni aun siquiera tuvo la dignación de contestarnos -otra cosa más que la oferta de servirnos una buena comida, si se la -pagábamos bien. El ilustre enfermo se empeoraba de hora en hora, y -desde aquel día comprendimos que se nos iba a morir en los brazos, -si no se instalaba en lugar más higiénico. Haciendo un esfuerzo el -mismo Álvarez, escribió una carta al General Augereau, notificándole -los malos tratamientos de que era objeto; pero no tuvo contestación. -Y seguía lo de la linterna por la noche, en cuya obra caritativa se -esmeraba el maldito francés regordete y rubio, amén de robarnos con -la perversa cena que nos ponía. Si el Gobernador necesitaba alguna -medicina, no había fuerzas humanas que la hiciesen traer, por temor de -que se envenenara, y registrándonos escrupulosamente, fuimos despojados -de todo instrumento cortante para evitar que tratásemos de poner fin a -aquella deliciosa vida con que nos regalaban.</p> - -<p>En aquella inmunda pocilga estuvimos hasta que concluyó con -diciembre el funestísimo año 9, enfermos todos, y más que enfermo, -moribundo el gran Álvarez, que al resistir tan fuertes padecimientos, -mostró tener el cuerpo tan enérgico y vigoroso como el alma. Durante -las largas y tristes horas, departía con nosotros sobre la guerra, -contábanos su gloriosa historia militar, y nos infundía esperanza y -bríos, augurando con elevado discernimiento el glorioso fin de la lucha -con los franceses y<span class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span> -el triunfo de la causa nacional. Su extraordinario espíritu, superior -a cuanto le rodeaba, sabía abarcar los acontecimientos con segura -perspicacia, y oyéndole, oíamos la voz poderosa de la patria que -llegaba al calabozo excavado en extranjero suelo.</p> - -<p>Al fin, nuestro doloroso encierro en aquella mazmorra donde -nos consumíamos, viendo extinguirse la noble vida del defensor de -Gerona, tuvo fin una noche en que el alcaide entró a decirnos que nos -vistiéramos a toda prisa porque nos iban a internar en Francia. Esta -noticia, a pesar de alejarnos de España, nos produjo inmensa alegría, -porque ponía fin al encierro, y no aguardamos a que la repitiese el -panzudo hombre de la linterna, demostrándole de diversos modos el gran -gusto que sentíamos por perderle de vista, lo mismo que a su aparato. -Nos sacaron de Perpiñán con numerosa escolta, y con nosotros iban los -frailes. El jefe de la gendarmería dio orden de fusilar a todo señor -fraile que tratase de huir, y nos pusimos en marcha.</p> - -<p>Pero en este viaje la Providencia nos deparó un hombre generoso -y caritativo que, a escondidas de los franceses, sus compatriotas, -prodigó al ilustre enfermo solícitos cuidados. Era el mismo cochero -que le conducía, el cual, condolido de sus males, e ignorando que -fuese un héroe, mostró sus cristianos sentimientos de diversos modos. -Agradecidos de su bondad, quisimos recompensarle; pero no consintió -en admitir nada, y como los gendarmes le mandaran que avivase el paso -de las caballerías<span class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span> -para marchar más a prisa, él, sabiendo cuánto daño hacía al paciente -la celeridad de la carrera, fingió enfermedades en el escuálido ganado -y desperfectos en el viejo coche para justificar el tardo paso con que -andaba. Todos los de a pie, que éramos los más, le agradecimos en el -alma la pereza de su vehículo.</p> - -<p>Después de descansar un poco en Salces, hicimos noche en Sitjans, -y nunca a tal punto llegáramos, porque haciendo bajar de su coche al -General, le aposentaron con los demás de su séquito en una caballeriza -llena de estiércol, y donde no había cama ni sillas, ni nada que se -pareciese a un mueble, siquier fuese el más mezquino y pobre. Agotada -la paciencia ante tanta infamia, y viendo cuán poco adecuado era aquel -inmundo sitio para quien por su categoría, y además por su lastimoso -estado, tenía derecho a todas las consideraciones, no pudimos contener -la explosión de nuestro enojo, y con durísimas palabras increpamos -al jefe de la gendarmería. Este, después de amenazarnos, pareció -aplacarse, comprendiendo sin duda la justicia de nuestra reclamación, -y al fin, después de vacilar, vino a decir en suma que el alojamiento -no era cuenta suya. Por último, el cochero, con orden o por simple -tolerancia del jefe de la fuerza, introdujo en la cuadra una cama en -que descansó algunas horas el desgraciado enfermo, cuya prodigiosa -resistencia parecía tocar ya al último límite.</p> - -<p>A la mañana siguiente, cuando nos poníamos de nuevo en marcha, -aparecieron unos guardias a caballo que traían una orden para<span -class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span> el jefe que nos conducía, -y abriendo el pliego en nuestra presencia, nos dio a conocer su -contenido, el cual no era otra cosa sino que <i>Monsieur Álvarez</i> -debía volver a España. Esto nos alegró sobremanera, por la esperanza -de ver pronto a la patria querida, y hasta sospechamos si, apiadados -de nuestra desgracia, se dispondrían aquellos caballeros a dejarnos -en libertad luego que traspasásemos la frontera. Los frailes y la -gente de tropa que no pertenecía a la comitiva del enfermo, creyéronse -también destinados a pisar pronto el suelo español, y mostráronse muy -alegres; pero los gendarmes al punto les sacaron de su risueño error, -mandándoles seguir adelante, por Francia adentro. Nos despedimos de -ellos tiernamente, recogiendo encargos, recados, cartas y amorosas -memorias de familia, y volvimos la cara al Pirineo. D. Mariano, al -saber que se variaba de rumbo, dijo:</p> - -<p>—«<i>Como no me vuelvan al Castillet de Perpiñán, llévenme a donde -quieran.</i>»</p> - -<p>Excuso enumerar los miserables aposentamientos, los crueles tratos -que se sucedieron desde Sitjans a la frontera española. Ni sé cómo -por tanto tiempo y a tan repetidos golpes resistió la naturaleza -del hombre contra quien se desplegaba tan gran lujo de maldad. Por -último, señores, concluiré refiriendo a ustedes la última escena -de aquel terrible <i>via crucis</i>, la cual ocurrió en la misma -frontera, un poco más allá de Pertús. Es el caso que cuando con el -mayor gozo habíamos pisado la tierra de España, se presentaron unos -guardias a caballo con nuevas órdenes para los gendarmes. El jefe<span -class="pagenum" id="Page_234">p. 234</span> mostrose muy contrariado, -y habiéndose trabado ligera reyerta entre este y uno de los portadores -del oficio, oímos esta frase, que, aunque dicha en francés, fácilmente -podía ser comprendida:</p> - -<p>—<i>Monsieur Álvarez</i> debe volver, pero los edecanes y asistentes -no.</p> - -<p>Al punto comprendimos que se nos quería separar de nuestro -idolatrado General, dejándonos a todos en Francia, mientras a él se le -llevaba otra vez solo, enteramente solo, al castillo de Figueras. Esto -causó desolación en la pequeña comitiva. Satué, cerrando los puños y -vociferando como un insensato, dijo que antes se dejaría hacer pedazos -que abandonar a su General; otros, creyendo mal camino para convencer a -nuestros conductores el de la amenaza y la cólera, suplicamos al jefe -de los gendarmes que nos dejase seguir. El mismo enfermo indicó que si -se le separaba de sus fieles compañeros de desgracia, la residencia -en España le sería tan insoportable al menos como la prisión en el -Castillet. Suplicamos todos en diverso estilo que nos dejasen asistir -y consolar a nuestro querido Gobernador; pero esto fue inútil. Como -complemento de los mil martirios que con refinado ingenio habían -aplicado al héroe, quisieron someter su grande alma a la última prueba. -Ni su enfermedad penosísima, ni sus años, ni la presunción de su -muerte, que se creía próxima y segura, les movieron a lástima; tanta -era la rabia contra aquel que había detenido durante siete meses frente -a una ciudad indefensa a más de cuarenta mil hombres, mandados por los -primeros<span class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span> generales -de la época; que no había sentido ni asomos de abatimiento ante una -expugnación horrorosa en que jugaron once mil novecientas bombas, siete -mil ochocientas granadas, ochenta mil balas, y asaltos de cuyo empuje -se puede juzgar considerando que los franceses perdieron en todos ellos -veinte mil hombres.</p> - -<p>Cansados de inútiles ruegos, pedimos al fin que se permitiera -acompañar y servir al General a uno de nosotros, para que al menos no -careciese aquel de la asistencia que su estado exigía; pero ni esto se -nos concedió. La agria disputa inspiró al mismo Álvarez las palabras -siguientes:</p> - -<p>—«<i>Todas estas son estratagemas de que se valen los franceses -para mortificar a aquel a quien no han podido hacer bajar la -espalda.</i>»</p> - -<p>Bruscamente nos quisieron apartar del coche en que iba; pero -atropellando a los que nos lo impedían, nos abalanzamos sobre él, -y unos por un costado, otros por el opuesto, le besamos las manos -regándolas con nuestras lágrimas. Satué se metió violentamente dentro -del coche, y los gendarmes le sacaron a viva fuerza, amenazándole con -fusilarle allí mismo si no se reportaba en las manifestaciones de -su dolor. El General, despidiéndonos con ánimo sereno, nos dijo que -renunciásemos a una inútil resistencia, conformándonos con nuestra -suerte; añadió que él confiaba en el próximo triunfo de la causa -nacional, y que, aun sintiéndose próximo a morir, su alma se regocijaba -con aquella idea. Recomendonos la prudencia, la conformidad, la -resignación, y él<span class="pagenum" id="Page_236">p. 236</span> -mismo dio a sus conductores la orden de partir, para poner pronto fin -a una escena que desgarraba su corazón lo mismo que el nuestro. El -cupé partió a escape, y nos quedamos en Francia, sujetados por los -gendarmes, que nos ponían sus fusiles en el pecho para impedir las -demostraciones de nuestra ira. Seguimos desesperados y con los ojos -llenos de lágrimas el coche que se perdía poco a poco entre la bruma, y -cuando dejamos de verle, Satué, bramando de ira, exclamó:</p> - -<p>—Se lo llevaron esos perros; se lo llevan para matarle sin que nadie -lo vea.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch26"> - <h2 class="nobreak g0">XXVI</h2> -</div> - -<p>Imposible pintar a ustedes nuestra profunda consternación al vernos -esclavos de Francia, y considerando la situación del desgraciado -Álvarez, solo, en poder de sus verdugos. Nuestra propia suerte de -prisioneros nos causaba menos pesar que la de aquel heroico veterano, -condenado por su valor sublime a ser juguete de una cruel soldadesca, a -quien le entregaron para que se divirtiese martirizándole.</p> - -<p>Encerráronnos en Pertús en una inmunda cuadra, donde con centinelas -de vista nos tuvieron hasta el día siguiente, en cuya alborada, cuando -nos llevaban fuera del pueblo, verificamos un acto honroso, con el cual -quiero<span class="pagenum" id="Page_237">p. 237</span> poner fin a mi -narración. Allí, sobre unas peñas desde las cuales se divisaban a lo -lejos los cerros y vertientes de España, nos dimos las manos y juramos -todos morir antes que resignarnos a soportar la odiosa esclavitud que -la canalla quería imponernos. Desde aquel instante principiamos a -concertar un hábil plan para fugarnos, cual tantos otros que, llevados -a Francia, habían sabido volver por peligrosos caminos y medios a la -patria invadida.</p> - -<p>Amigos míos: por no cansar a ustedes con prolijidades que solo a -mí se refieren y a mis particulares cuitas, omito los pormenores de -nuestra residencia en Francia, y de los medios que empleamos para -regresar a España. Éramos seis, y solo tres volvimos. Los demás, -cogidos <i>infraganti</i>, fueron fusilados, dos en Maurellas y uno -en Boulou. ¿Alguno de los que me oyen no se ha visto en igual caso? -¡Cuántos de los que estamos aquí desataron sus manos de las cuerdas que -los franceses han llevado a Francia después de la toma de Zaragoza o -de Madrid! Con la relación de mis padecimientos en la frontera, de las -diabluras y estratagemas que puse en juego para escaparme, y de las -mil cosas que me sucedieron desde que pasé la frontera por Puigcerdá -hasta unirme en el centro de España a esta división de Lacy en que -ahora estoy, emplearía otras dos noches largas, pues todo el sitio de -Gerona y las extravagancias de D. Pablo Nomdedeu no exigen más tiempo -y espacio que los peligros, trapisondas, trabajos y terribles trances -en que me he visto. Concluyo, pues, no sin dirigir una ojeada<span -class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span> hacia atrás, como parecen -exigírmelo mis raros oyentes, deseosos de saber qué fue de Siseta, así -como de sus hermanos Badoret y Manalet.</p> - -<p>No estaría mi ánimo tranquilo si en tan largo plazo hubiese vivido -sin saber de personas tan caras para mí. Antes de abandonar a Cataluña -con intención de unirme al ejército del Centro, hallé medios para hacer -llegar a Gerona noticias mías, y Dios me deparó el consuelo de que -también vinieran a mí verdaderas y frescas. Los tres hermanos siguen -allí sanos y buenos en compañía de la señorita Josefina, que en ellos -ve toda su familia, y el único consuelo de sus tristes días. La hija -del doctor no ha recobrado por completo la salud, ni desgraciadamente -la recobrará, según me dicen. Ha tenido inclinación a entrar en un -convento; mas Siseta procura arrancarle sus melancolías, y la induce -a que aspire al matrimonio en la seguridad de encontrar buen esposo. -No demuestra, sin embargo, Josefina disposición a seguir este consejo, -y gusta de embeber su vida en contemplaciones de la Naturaleza y de -la Religión, que son sin duda el alimento más apropiado a su pobre -espíritu huérfano y solitario.</p> - -<p>Siseta y sus hermanos aguardan a que yo me retire del ejército -para marchar a la Almunia, donde tengo mis tierras, consistentes en -dos docenas de cepas, y un número no menor de frondosos olivos, y por -mi parte pido a Dios que nos libre al fin de franceses, para poder -soltar el grave peso de las armas y tornar<span class="pagenum" -id="Page_239">p. 239</span> a mi pueblo, donde no pienso hacer al -tiempo de mi llegada otra cosa de provecho más que casarme.</p> - -<p>Con lo que Siseta ha heredado y lo que yo poseo, tenemos lo -suficiente para pasar con humilde bienestar y felicidad inalterable -la vida, pues no me mortifica el escozor de la ambición, ni aspiro a -altos empleos, a honores vanos ni a la riqueza, madre de inquietudes y -zozobras. Hoy peleo por la patria, no por amor a los engrandecimientos -de la milicia, y de todos los presentes soy quizás el único que no -sueña con ser general.</p> - -<p>Otros anhelan gobernar el mundo, sojuzgar pueblos y vivir entre el -bullicio de los ejércitos; pero yo, contento con la soledad silenciosa, -no quiero más ejército que los hijos que espero ha de darme Siseta.</p> - - -<p class="mt2">Así acabó su relación Andresillo Marijuán. La he -reproducido con toda fidelidad en su parte esencial, valiéndome como -de poderoso auxiliar del manuscrito de D. Pablo Nomdedeu, que aquel mi -buen amigo me regaló más tarde cuando asistí a su boda. Repito lo que -dije al comenzar el libro, y es que las modificaciones introducidas en -esta relación afectan solo a la superficie de la misma, y la forma de -expresión es enteramente mía. Tal vez haya perdido mucho la leyenda de -Andrés al perder la sencillez de su tosco estilo; pero yo tenía empeño -en uniformar todas las partes de esta historia de mi vida, de modo que -en su<span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span> vasta longitud -se hallase el trazo de una sola pluma.</p> - -<p>Cuando Marijuán calló, algunos de los presentes dieron -interpretaciones diversas al encierro de D. Mariano Álvarez en el -castillo de Figueras; y como ya desde antes de entrar en Andalucía -habíamos sabido la misteriosa muerte del insigne capitán, la figura más -grande sin duda de las que ilustraron aquella guerra, cada cual explicó -el suceso de distinto modo.</p> - -<p>—Dícese que le envenenaron —afirmó uno— en cuanto llegó al -castillo.</p> - -<p>—Yo creo que Álvarez fue ahorcado —opinó otro—, pues el rostro -cárdeno e hinchado, según aseguran los que vieron el cadáver de Su -Excelencia, indica que murió por estrangulación.</p> - -<p>—Pues a mí me han dicho —añadió un tercero—, que le arrojaron a la -cisterna del castillo.</p> - -<p>—Hay quien afirma que le mataron a palos.</p> - -<p>—Pues no murió sino de hambre, y parece que desde su llegada fue -encerrado en un calabozo, donde le tuvieron tres días sin alimento -alguno.</p> - -<p>—Y cuando le vieron bien muerto, y se aseguraron de que no volvería -a hacer otra como la de Gerona, expusiéronle en unas parihuelas a la -vista del pueblo de Figueras, que subió en masa a contemplar el cuerpo -del grande hombre.</p> - -<p>Discutimos largo rato, sin poder poner en claro la clase de muerte -que había arrebatado<span class="pagenum" id="Page_241">p. 241</span> -del mundo a aquel inmortal ejemplo de militares y patriotas; pero como -su fin era evidente, convinimos, por último, en que el esclarecimiento -del medio empleado para exterminar tan terrible enemigo del poder -imperial, afectaba más al honor francés que al ejército español, -huérfano de tan insigne jefe. Y si verdaderamente fue asesinado, como -se ha venido creyendo desde entonces acá, la responsabilidad de los -que toleraron sin castigarla tan atroz barbarie, bastaría a exceptuar -entonces a Francia de la aplicación de las leyes de la guerra en lo -que tienen de humano. Que murió violentamente parece indudable, y -mil indicios corroboran una opinión que los historiadores franceses -no han podido con ingeniosos esfuerzos destruir. No es creíble -que órdenes de París impulsaran este horrible asesinato; pero un -poder que, si no disponía, toleraba tan salvajes atentados, merecía -indisputablemente las amarguras y horrendas caídas que experimentó -luego. La soberbia enfatuada y sin freno perpetra grandes crímenes -ciegamente, creyendo realizar actos marcados por ilusorio destino. -Los malvados en grande escala que han tenido la suerte o la desgracia -de que todo un continente se envilezca arrojándose a sus pies, llegan -a creer que están por encima de las leyes morales, reguladoras según -su criterio tan solo de las menudencias de la vida. Por esta causa -se atreven tranquilamente, y sin que su empedernido corazón palpite -con zozobra, a violar las leyes morales, ateniéndose para ello a mil -fútiles y movedizas reglas que ellos mismos dictaron llamándolas<span -class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span> razones de Estado, -intereses de esta o de la otra nación; y a veces, si se les deja, sobre -el vano eje de su capricho o de sus pasiones hacen mover y voltear a -pueblos inocentes, a millares de individuos que solo quieren el bien. -Verdad es que parte de la responsabilidad corresponde al mundo, por -permitir que media docena de hombres o uno solo jueguen con él a la -pelota.</p> - -<p>Desarrollados en proporciones colosales los vicios y los crímenes, -se desfiguran en tales términos que no se les conoce; el historiador -se emboba engañado por la grandeza óptica de lo que en realidad es -pequeño, y aplaude y admira un delito tan solo porque es perpetrado en -la extensión de todo un hemisferio. La excesiva magnitud estorba a la -observación lo mismo que el achicamiento, que hace perder el objeto en -las nieblas de lo invisible. Digo esto, porque, a mi juicio, Napoleón I -y su imperio efímero, salvo el inmenso genio militar, se diferencian de -los bandoleros y asesinos que han pululado por el mundo cuando faltaba -policía, tan solo en la magnitud. Invadir las naciones, saquearlas, -apropiárselas, quebrantar los tratados, engañar al mundo entero, a -reyes y a pueblos, no tener más ley que el capricho, y sostenerse en -constante rebelión contra la humanidad entera, es elevar al máximum -de desarrollo el mismo sistema de nuestros famosos caballistas. -Ciertas voces no tienen en ningún lenguaje la extensión que debieran, -y si despojar a un viajante de su pañuelo se llama <i>robo</i>, para -expresar la tala de<span class="pagenum" id="Page_243">p. 243</span> -una comarca, la expropiación forzosa de un pueblo entero, los -idiomas tienen pérfidas voces y frases con que se llenan la boca los -diplomáticos y los conquistadores, pues nadie se avergüenza de nombrar -los <i>grandiosos planes continentales, la absorción de unos pueblos -por otros...</i>, etc. Para evitar esto debiera existir (no reírse) una -policía de las naciones, corporación en verdad algo difícil de montar. -Pero entre tanto tenemos a la Providencia, que al fin y al cabo sabe -poner a la sombra a los merodeadores en grande escala, devolviendo a -sus dueños los objetos perdidos y restableciendo el imperio moral, que -nunca está por tierra largo tiempo.</p> - -<p>Perdónenme mis queridos amigos esta digresión. No pensaba hacerla; -pero al hablar de la muerte del incomparable D. Mariano Álvarez de -Castro, el hombre, entre todos los españoles de este siglo, que a más -alto extremo supo llevar la aplicación del sentimiento patrio, no he -podido menos de extender la vista para observar todo lo que había en -derredor, encima y debajo de aquel cadáver amoratado que el pueblo -de Figueras contempló en el patio del castillo una mañana del mes de -enero de 1810. Aquel asesinato, si realmente lo fue, como se cree, -debía traer grandes catástrofes a quien lo perpetró o consintió, -y no importa que los criminales, cada vez más orgullosos, se nos -presentaran con aparente impunidad, porque ya vemos que el mucho subir -trae la consecuencia de caer de más alto, de lo cual suele resultar el -estrellarse.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch27"> - <p><span class="pagenum" id="Page_244">p. 244</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXVII</h2> -</div> - -<p>Oímos el relato de Andrés Marijuán, aposentados en una casa -del Puerto de Santa María, donde moraban, además de nosotros, que -pertenecíamos al ejército de Aréizaga, muchos canarios de Alburquerque, -que habían llegado el día antes, terminando su gloriosa retirada. A -este General debió el poder supremo no haber caído en poder de los -franceses, pues con su hábil movimiento sobre Jerez, mientras contenía -en Écija las avanzadas de Víctor y Mortier, dio tiempo a preparar la -defensa de la isla de León, y entretuvo al enemigo en las inmediaciones -de Sevilla. Esto pasaba a principios de febrero, y en los mismos días -se nos dio orden de pasar a la Isla, porque en el continente, o sea -del puente de Suazo para acá, ¡triste es decirlo! no había ni un palmo -de terreno defendible. Toda España afluyó a aquel pedazo de país, y se -juntaban allí ejército, nobleza, clero, pueblo, fuerza e inteligencia, -toda la vida nacional en suma. De la misma manera, en momentos de -repentino peligro para el hombre de ánimo esforzado, toda la sangre -afluye al corazón, de donde sale después con nuevo brío.</p> - -<p>Por mi parte deseaba ardientemente entrar en la Isla. Aquel pantano -de sal y arena invadido por movedizos charcos y surcado por regueros -de agua salada, tenían para mí el encanto<span class="pagenum" -id="Page_245">p. 245</span> del hogar nativo, y más aún las peñas donde -se asienta Cádiz en la extremidad del istmo, o sea en la mano de aquel -brazo que se adelanta para depositarla en medio de las olas. Yo veía -desde lejos a Cádiz, y una viva emoción agitaba mi pecho. ¿Quién no -se enorgullece de tener por cuna la cuna de la moderna civilización -española? Ambos nacimos en los mismos días, pues al fenecer el siglo -se agitó el seno de la ciudad de Hércules con la gestación de una -cultura que hasta mucho después no se encarnó en las entrañas de la -madre España. Mis primeros años, agitados y turbulentos, fuéronlo -tanto como los del siglo, que en aquella misma fecha vio condensada la -nacionalidad española, ansiando regenerarse entre el doble cerco de las -olas tempestuosas y del fuego enemigo. Pero en febrero de 1810 aún no -había nada de esto, y Cádiz solo era para mí el mejor de los asilos que -la tierra puede ofrecer al hombre; la ciudad de mi infancia, llena de -ternísimos recuerdos, y tan soberbiamente bella que ninguna otra podía -comparársele. Cádiz ha sido siempre la Andalucía de las ondas, graciosa -y festiva dentro de un círculo de tempestades. Entonces asumía toda -la poesía del mar, todas las grandezas del comercio. Se multiplicaban -en aquellos meses su poesía, grandeza y gloria, porque iba a contener -dentro de sus blancos muros el conjunto de la nacionalidad con todos -sus elementos de vida en plena efervescencia, los cuales, expulsados -del gran territorio, se refugiaban allí, dejando la patria vacía.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_246">p. 246</span>A las puertas de -Cádiz comienzan los acontecimientos de mi vida que más vivamente anhelo -contar. Estadme atentos, y dejadme que ponga orden en tantos y tan -variados sucesos, así particulares como históricos. La historia, al -llegar a esta isla y a esta peña, es tan fecunda, que ni ella misma se -da cuenta de la multitud de hijos que deposita en tan estrecho nido. -Trataré de que no se me olvide nada, ni en lo mío ni en lo ajeno. Para -no perder la costumbre, comienzo con una aventura mía, en que nada -tiene que ver la rebuscona historia, pues hasta hoy no he tenido empeño -en comunicarla a nadie, ni aunque la comunicara, se inmortalizaría en -láminas de bronce, y fue lo siguiente:</p> - -<p>Un amigo mío portugués de los que habían venido de Extremadura con -Alburquerque, rondaba cierta casa en la extremidad de la calle Larga, -donde algunos días antes viera entrar desconocida beldad, que él ponía -por las nubes, siempre que tocábamos este punto. Sus paseos diurnos y -nocturnos, en que mostraba un celo, una abnegación superiores a todo -encomio, no dieron más resultado que ver al través de las apretadas -verdes celosías dos figuras, dos bultos de indeterminada forma, pero -que al punto revelaban ser alegres mujeres por el sordo cuchicheo y las -risas con que parecían festejar la cachaza de mi paseante amigo. Cuanto -menos las veía, más acabadamente hermosas se le figuraban, y con la -dificultad de hablarlas crecía su deseo de poner fin gloriosamente a -una aventura, que hasta entonces<span class="pagenum" id="Page_247">p. -247</span> había tenido pocos lances. Una tarde quiso le acompañase yo -en su centinela al pie de la reja, y tuve la suerte de que mi presencia -modificara la monótona esquivez de las bellas damas, las cuales hasta -entonces ni a billetes, ni a señas, ni a miradas lánguidas habían -contestado más que con las risas consabidas y los ceceos burlones. -Figueroa había deslizado una esquela, y tuvo la indecible satisfacción -de recibir respuesta en un billete que cayó, cual bendición del cielo, -delante de nosotros. En él decía la hermosa desconocida que estaba -dispuesta a abrir la celosía para expresarle de palabra su gratitud por -los amorosos rendimientos, y añadía que hallándose en gran compromiso -por causa de un suceso doméstico que no podía revelar, solicitaba para -salir de él la ayuda del galán, juntamente con la de su amigo.</p> - -<p>Esto nos llamó grandemente la atención, y de vuelta al alojamiento -para esperar la hora de las siete en que se nos había citado, hicimos -mil comentarios sobre el suceso. Mientras mayor era el misterio, mayor -también el anhelo de descifrarlo, y curiosos ambos por saber si íbamos -a tener una sabrosa aventura o a ser víctimas de una broma, acudimos -por la noche al pie de la reja. En cuanto llegamos abriose esta, y -una voz de mujer, cuyo acento, aunque dulce, no me pareció revelar -persona de elevada clase, dijo a Figueroa con bastante agitación estas -palabras:</p> - -<p>—Señor militar, si es usted caballero, como creo, espero que no -se negará a conceder a una desgraciada dama la generosa ayuda que -solicita.<span class="pagenum" id="Page_248">p. 248</span> Mi esposo, -el señor Duque de los Umbrosos Montes, duerme a estas horas; mas no -puedo dejarle pisar a usted el recinto de este <i>arcásar</i>, que mi -celoso dueño ha convertido en sepulcro de mi hermosura, en cárcel de -mi libertad, y en muerte de mi vida. El más leve rumor despertaría -al fiel y sanguinario Rodulfo, paje de mi señor y carcelero mío. -Pues <i>verasté</i>: mi honra depende de que al punto una persona de -confianza atraviese las saladas ondas y parta a Cádiz a llevar un -recado urgentísimo, sin lo cual mi situación es tal, que no esperaré -a que venga la rosada aurora para <i>arrancalme</i> la vida con un -veneno de cien mortíferas plantas compuesto que tengo aquí en aquesta -botellita.</p> - -<p>Figueroa estaba perplejo y embobado, aunque algo dispuesto a tomar -aquello en serio, y yo contenía la risa al considerar cómo se reían de -nosotros las dos desconocidas; pero mi amigo aseguró estar resuelto -a prestar a ambas cuantos servicios fáciles o difíciles quisieran -pedirle, y entonces la misma que antes hablaba, añadió:</p> - -<p>—¡Oh! gracias, <i>invito</i> militar; así lo esperaba yo de su -galantería y caballerosidad nunca desmentida en mil y mil lances, -cual lo prueban las voces de la fama que han traído a mis orejas sus -<i>hasañas</i>. Bueno, pues <i>verasté</i>. Mi criada, que es esta -guapa y gallarda donsella que a mi lado ve usted, se llama Soraida; irá -a Cádiz en un frágil esquife que Perico el botero tiene preparado en el -muelle; pero como es grande su cortedad, deseo vaya acompañada<span -class="pagenum" id="Page_249">p. 249</span> de ese vuestro leal amigo, -que está ahí oyéndonos como un marmolejo.</p> - -<p>Al punto dije que estaba dispuesto a acompañar a la doncella, y mi -amigo, algo corrido con los discursos de su adorada beldad, no sabía -qué contestar. La desconocida habló así con creciente afectación:</p> - -<p>—¡Oh! Gracias, <i>insine amigo del valiente Otelo</i>. Ya lo -esperaba yo de su <i>malanimidad</i>. Pues <i>oigasté</i>, señor -militar. Mientras este fiel amigo va a Cádiz a acompañar a mi donsella -en la difícil comisión que mi amenasado honor le encomienda, nosotros -nos quedaremos aquí pelando la pava en este balcón; con lo cual, ¿usté -se entera?, tendré ocasión de mostrarle el amoroso fuego que inflama mi -pecho.</p> - -<p>No había acabado de hablar, cuando se abrió la puerta de la casa y -apareció una mujer cubierta de la cabeza a los pies con espeso manto -negro, la cual, llegándose a mí y tomándome el brazo, me obligó a que -rápidamente la siguiese, diciéndome:</p> - -<p>—Señor oficial, vamos, que es tarde.</p> - -<p>No tuve tiempo para oír lo que desde la ventana decía la desconocida -al amartelado Figueroa, porque la dama, criada o lo que fuera, no -me permitía detenerme y me impulsaba hacia adelante, repitiendo -siempre:</p> - -<p>—Señor oficial, siga usted. ¡Qué pesado es usted!... No mire usted -atrás ni se detenga, que estoy de prisa.</p> - -<p>Quise ver su rostro; pero se lo ocultaba cuidadosamente. Se conocía -que trataba de contener la risa y disimular la voz. Era una mujer<span -class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span> arrogante y que me -revelaba con solo el roce de su mano en mi brazo la alta calidad a que -pertenecía. Desde su aparición había yo sospechado que no era criada, -y después de oírla y sentir el contacto de su vestido, ningún hombre -se habría equivocado respecto a su clase. Yo estaba algo aturdido por -lo inusitado de la aventura, y una dulce confusión embargaba mi alma. -Venían a mi mente indicios, recuerdos, y aquella mujer llevaba en los -pliegues de su vestido un ambiente que no era nuevo para mí. Pero al -principio ni aun pude formular claramente mi sospecha. La desconocida -me llevaba rápidamente, y andábamos a prisa por las calles del Puerto, -hablando de esta manera:</p> - -<p>—Señora, ¿insiste usted en ir a Cádiz por mar a estas horas?</p> - -<p>—¿Por qué no? ¿Se marea usted? ¿Tiene usted miedo a embarcarse?</p> - -<p>—Por bueno que esté el mar, el viaje no será cómodo para una -dama.</p> - -<p>—Es usted un necio. ¿Cree usted que yo soy cobarde? Si no tiene -usted ánimo, iré sola.</p> - -<p>—Eso no lo consentiré, y aunque se tratara de ir a América en -el frágil esquife de que hablaba la señora Duquesa de los Umbrosos -Montes...</p> - -<p>La desconocida no pudo contener la risa, y el dulce acento de -su voz resonó en mi cerebro, despertando mil ideas que rápidamente -cambiaron en luz las oscuridades de mi pensamiento, y en certidumbre -las nebulosas dudas.</p> - -<p>—Adelante —dijo al ver que me detenía—.<span class="pagenum" -id="Page_251">p. 251</span> Ya estamos en el muelle. El botero está -allí. La marea sube y nos favorecerá; el mar parece tranquilo.</p> - -<p>Callé y seguimos hasta el malecón. Era preciso bajar por una serie -de piedras puestas en la forma más parecida a una escalera, y el -descenso no carecía de peligro. Tomé en brazos a mi compañera y la bajé -cuidadosamente al bote. Entonces ni pudo, ni quiso sin duda ocultarme -su rostro, y la conocí. La fuerte emoción no me permitió hablar.</p> - -<p>—¡Oh, señora Condesa! —exclamé besándole tiernamente las manos—. -¡Qué felicidad tan grande encontrar a usía!...</p> - -<p>—Gabriel —me contestó—, ha sido realmente una felicidad que me hayas -encontrado, porque vas a prestarme un gran servicio.</p> - -<p>—Estoy destinado a ser criado de vuecencia en donde quiera que me -halle.</p> - -<p>—Criado, no: ya esos tiempos pasaron. ¿En dónde has estado?</p> - -<p>—En Zaragoza.</p> - -<p>—¿Ves qué fácilmente se van ganando charreteras, y con ellas -posición y nombre en el mundo? Entramos en unos tiempos en que los -desgraciados y los pobres se encaramarán a los puestos que debe ocupar -la grandeza. Gabriel, estoy asombrada de verte caballero. Bien, muy -bien. Así te quería. No me habías dicho nada. ¿Por qué no me has -buscado?... Ya no nos quieres.</p> - -<p>—Señora, ¿cómo he de olvidar los beneficios que de vuecencia -recibí? Estoy confundido al ver que nuevamente, y cuando menos<span -class="pagenum" id="Page_252">p. 252</span> lo esperaba, se digna usía -servirse de mí.</p> - -<p>—No bajes tanto, Gabriel; han cambiado las cosas. Tú no eres el -mismo; no te conozco. Me ves, me hablas, ¿y no me preguntas por -Inés?</p> - -<p>—Señora —dije anonadado—, no me atreví a tanto. Veo que vuecencia ha -cambiado más que yo.</p> - -<p>—Tal vez.</p> - -<p>—¿Inés vive?</p> - -<p>—Sí, está en Cádiz. ¿Deseas verla? Pues no te apures: yo te prometo -que la verás, la verás.</p> - -<p>Diciendo esto, Amaranta se expresaba en un tono que me hacía -comprender su anhelo de mortificar a alguien, al permitirme ver a su -hija. Su benevolencia me tenía tan confundido, que ni aun acertaba a -darle las gracias.</p> - -<p>—¡En qué momento tan crítico para mí te me has aparecido, Gabriel! -Un suceso que sabrás más tarde, me obliga a ir a Cádiz esta noche, -sola, sin que ninguno de mi familia lo sepa. Dios no me podía ofrecer -compañero ni custodio más a propósito.</p> - -<p>—Pero, señora, ¿usía no considera que las puertas de Cádiz están -cerradas a estas horas?</p> - -<p>—Lo están para mí todas menos una. Por eso me aventuro en esta -travesía que podría ser peligrosa. El jefe de guardia en la puerta -de mar es amigo mío y me espera. Yo tenía el bote preparado. Estaba -dispuesta a ir sola, y cuando te presentaste en la calle acompañando -al oficial que nos rondaba, vi el cielo abierto. Gabriel, te juro -que estoy contentísima de verte en la honrosa condición en que ahora -te<span class="pagenum" id="Page_253">p. 253</span> hallas. Así te -deseaba yo. Pero, chiquillo, ¿eres tú mismo?... ¡Pues no lleva sus -charreteras como un hombre!... El muy zarramplín, con ese uniforme -que le sienta bien, tiene aire de persona decente... ¡Vaya usted a -hacer creer a la gente que has jugado en la Caleta!... Chico, bien, -bien, así me gusta... ¡qué bien te vendría ahora aquella farsa de tus -abolengos!... No me canso de mirarte, pelafustán... ¡qué tiempos estos! -He aquí un gato que quiso zapatos, y que se ha salido con ello... -Te juro que eres otro. Inés no te va a conocer... ¡Qué a tiempo has -venido! Estás muy bien, hijito... Desde que fuiste mi paje conocí tu -corazón de oro... ¡Ay! no te faltaba más que el forro, y veo que lo vas -teniendo... Gabriel, creo que te alegras de verme, ¿no es verdad? Yo -también. Cuántas veces he dicho: si ahora apareciese ese muchacho... -Mañana te contaré todo. Chiquillo, soy la mujer más desgraciada de la -tierra.</p> - -<p>El bote avanzaba con la proa a Cádiz. El botero, fijo en la popa, -manejaba el timón, y dos muchachos habían izado la vela latina, con la -cual, merced al viento fresco de la noche, la embarcación se deslizaba -cortando gallardamente las mansas olas de la bahía. La claridad de -la luna nos alumbraba el camino: pasábamos velozmente junto a la -negra masa de los barcos de guerra ingleses y españoles, que parecían -correr al costado en dirección opuesta a la que seguíamos. Aunque el -mar estaba tranquilo, agitábase bastante el bote, y sostuve con mi -brazo a la Condesa para impedir que se hiciera daño con las frecuentes -cabezadas<span class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span> de la -embarcación. Los tres marinos no pronunciaron una sola palabra en todo -el trayecto.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch28"> - <h2 class="nobreak g0">XXVIII</h2> -</div> - -<p>—¡Cuánto tardamos! —dijo Amaranta con impaciencia.</p> - -<p>—El bote va como un rayo. Antes de diez minutos estaremos allá —dije -al ver las luces de la ciudad reflejadas en el agua—. ¿Tiene usía -miedo?</p> - -<p>—No, no tengo miedo —repuso tristemente—, y te juro que aunque las -olas fueran tan fuertes que lanzaran al bote a la altura de los topes -de ese navío, no vacilaría en hacer este viaje. Lo habría hecho sola -si no te hubieras aparecido como enviado del cielo para acompañarme. -Cuando te vi, mi primera idea fue llamarte; pero luego mi criada y -yo discurrimos la invención que oíste, para desorientar al hidalgo -portugués. Quiero que no me conozca nadie.</p> - -<p>—La señora Duquesa de los Umbrosos Montes estará a estas horas -trastornando el seso de mi buen amigo.</p> - -<p>—Sí, y lo hará bien. Si mi ánimo estuviera tranquilo, me reiría -recordando la gravedad con que dijo las relaciones que le enseñé esta -tarde. Hace poco, como se empeñara en galantearme un viajero inglés, -Dolores quiso pasar por ama y yo por criada; pero él conoció al<span -class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span> punto el engaño. No nos -dejaba a sol ni a sombra, y no puedes figurarte las felices ocurrencias -de mi doncella a propósito del caballero británico, de su aspecto -tristón, de sus ardientes arrebatos y de su cojera. Es a ratos amable y -fino, a ratos sombrío y sarcástico; se llamaba Lord Byron.</p> - -<p>—No es extraño que vuecencia enloqueciera a ese señor inglés. Pero -ya llegamos, señora Condesa, y el bote va a atracar en el muelle. Sale -la guardia a darnos el quién vive.</p> - -<p>—No importa: tengo pase. Di que llamen a D. Antonio Maella, jefe de -la guardia.</p> - -<p>Presentose el oficial, y nos dio entrada sin dificultad, abriéndonos -luego la puerta, por donde pasamos a la Plaza de San Juan de Dios. -Mientras nos acompañaba hasta dicho punto, habló brevemente con -Amaranta.</p> - -<p>—Ya la esperaba a usted —le dijo—. Las dos señoras Marquesas tienen -preparado su viaje para mañana, en la fragata inglesa <i>Eleusis</i>. -Piensan establecerse en Lisboa.</p> - -<p>—Su objeto es alejarse de mí —repuso Amaranta—. Felizmente he tenido -aviso oportuno, y me parece que llego a tiempo.</p> - -<p>—Tan callado tenían el viaje, que yo mismo no lo he sabido hasta -esta tarde, por el capitán de la fragata. ¿Piensa usted partir también -con ellas?</p> - -<p>—Partiré si no puedo detenerlas.</p> - -<p>Al decir esto, la Condesa, sin perder tiempo en contestar a los -cumplidos y finezas del oficial, tomó mi brazo, y obligándome a tomar -paso algo vivo, me dijo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_256">p. 256</span>—Gabriel, no nos -detengamos. ¡Cuán inquieta estoy!... Ya te lo contaré todo después. -Figúrate que después que me hacen vivir como en destierro, separada -de lo que más amo en el mundo... ¿qué te parece? Dios mío, ¿qué he -hecho yo para merecer tal castigo?... Pues sí... Después que me -obligan a vivir allá... Te diré... hasta se han empeñado en hacerme -pasar por afrancesada... Y todo ¿por qué? dirás tú... Pues nada más -sino porque... andemos más a prisa... porque me opongo a que la hagan -desventurada para siempre... Mi tía no tiene sensibilidad, y nuestra -parienta la de Rumblar tiene un rollo de pergaminos en el sitio donde -los demás llevamos el corazón. Además, con los vidrios verdes de -sus espejuelos no ve más que dinero... Gabriel, etiqueta y soberbia -en un lado; soberbia y avaricia en otro... No puedes figurarte cuán -apenadas y tristes están las tres pobres muchachas... Y ahora quieren -llevárselas a Lisboa... ¿qué dices tú a eso?... Todo por alejar a -Inés... ¡Con cuánto secreto han preparado el viaje!... ¡Con qué -habilidad me confinaron en el Puerto, haciendo llegar a los individuos -de la Junta falsas noticias acerca de mí! Por fortuna, soy amiga del -embajador inglés Wellesley... que si no... Pues si mi tía y yo nos -disputamos ardientemente el dirigir a la pobre Inés hacia su mejor -destino... ella va por una senda, yo por otra... lo que yo quiero es -más razonable; y si no, dime tu parecer... Pero ya hablaremos mañana. -¿Te quedarás en la Isla o vendrás a Cádiz? Espero que nos veremos, -Gabrielillo. ¿Te acuerdas cuando<span class="pagenum" id="Page_257">p. -257</span> eras mi paje en el Escorial, y yo te contaba aquellas -historias?</p> - -<p>—Esos y otros recuerdos de aquel tiempo, señora —le respondí— son -los más dulces de mi vida.</p> - -<p>—¿Te acuerdas cuando te me presentaste en Córdoba? —prosiguió -riendo—. Entonces estabas algo tonto. ¿Te acuerdas de cuando en -Madrid fuiste a casa con el Padre Salmón?... ¿Te acuerdas de cuando -te encontré en el Pardo vestido de Duque de Arión?... Después me he -acordado mucho de ti, y he dicho: «¡Dónde estará aquel desgraciado!...» -Creo que Dios te ha cogido por la mano para ponerte delante de mí. Ya -llegamos.</p> - -<p>Nos detuvimos junto a una casa de la calle de la Verónica.</p> - -<p>—Llama —me dijo la Condesa—. Esta es la casa de una amiga mía de -toda confianza.</p> - -<p>—¿Vive aquí la señora Marquesa? —pregunté, tirando de la campanilla -de la reja—. Esta casa no me es desconocida.</p> - -<p>—Aquí vive Doña Flora de Cisniega: ¿la conoces? Entremos. Se ven -luces en la sala. Aún están en la tertulia; es temprano. Ahí estarán -Quintana, Gallego, Argüelles, Gallardo y otros muchos patriotas.</p> - -<p>Subimos, y en un gabinete interior nos recibió el ama de la casa, en -quien al punto reconocí una amistad antigua.</p> - -<p>—¿Está aquí? —le preguntó con ansiedad la Condesa.</p> - -<p>—Sí: aunque se embarcan mañana de secreto, han venido esta noche -sin duda para que<span class="pagenum" id="Page_258">p. 258</span> yo -no sospeche su determinación. Pero a mí no se me engaña... ¿Va usted a -la sala? Está muy animada la tertulia. ¡Ay! amiga mía, esta noche he -ganado al <i>monte</i> una buena suma.</p> - -<p>—No, no voy a la sala. Haga usted salir a Inés con cualquier -pretexto.</p> - -<p>—Está en coloquio tirado con el amable inglesito. Pero saldrá. -Mandaré a Juana que la llame.</p> - -<p>Después de dar la orden a su doncella, Doña Flora me observó -atentamente, queriendo reconocerme.</p> - -<p>—Sí, soy Gabriel, señora Doña Flora; soy Gabriel, el paje del Sr. D. -Alonso Gutiérrez de Cisniega.</p> - -<p>Doña Flora, no necesitando más, abalanzose a mí con todo el ímpetu -de su sensible corazón.</p> - -<p>—Gabrielillo, ¿es posible que seas tú? —exclamó con chillidos, -estrechándome en sus brazos—. Estás hecho un hombre, un caballero... -¡Qué alto estás! ¡Cuánto me alegro de verte!... ya te he echado de -menos... pero ¡qué buen mozo eres!... ¿Qué tal me encuentras?... Otro -abrazo... ¡Ay!... ¿Por qué me dejaste?... ¡pobrecito niño!</p> - -<p>Mientras era objeto de tan ardientes demostraciones de regocijo, -sentí rumorcillo de faldas hacia el corredor que conducía a la pieza en -donde estábamos.</p> - - -<p class="fin">FIN DE «GERONA»</p> - - -<p class="smaller mt2">Junio de 1874.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<hr class="full" /> - -<div lang='en' xml:lang='en'> -<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>GERONA</span> ***</div> -<div style='text-align:left'> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Updated editions will replace the previous one—the old editions will -be renamed. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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If any disclaimer or limitation set forth in this agreement -violates the law of the state applicable to this agreement, the -agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or -limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or -unenforceability of any provision of this agreement shall not void the -remaining provisions. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.F.6. 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Information about the Mission of Project Gutenberg™ -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg™’s -goals and ensuring that the Project Gutenberg™ collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg™ and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state’s laws. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Foundation’s business office is located at 809 North 1500 West, -Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up -to date contact information can be found at the Foundation’s website -and official page at www.gutenberg.org/contact -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without widespread -public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine-readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To SEND -DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state -visit <a href="https://www.gutenberg.org/donate/">www.gutenberg.org/donate</a>. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Please check the Project Gutenberg web pages for current donation -methods and addresses. 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Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Most people start at our website which has the main PG search -facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -This website includes information about Project Gutenberg™, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. -</div> - -</div> -</div> -</body> -</html> diff --git a/old/67415-h/images/cover.jpg b/old/67415-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 007a586..0000000 --- a/old/67415-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67415-h/images/logo.jpg b/old/67415-h/images/logo.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 3957043..0000000 --- a/old/67415-h/images/logo.jpg +++ /dev/null |
