summaryrefslogtreecommitdiff
diff options
context:
space:
mode:
authornfenwick <nfenwick@pglaf.org>2025-01-22 04:59:38 -0800
committernfenwick <nfenwick@pglaf.org>2025-01-22 04:59:38 -0800
commit35129b0c544b22135abec210ee50709a704b3ad9 (patch)
tree3d16db9123e1a474b993507a8c26c190b4db3eb6
parent667b1fcd2176dadb88690c7b025a1304cc344e69 (diff)
NormalizeHEADmain
-rw-r--r--.gitattributes4
-rw-r--r--LICENSE.txt11
-rw-r--r--README.md2
-rw-r--r--old/67415-0.txt7048
-rw-r--r--old/67415-0.zipbin154916 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/67415-h.zipbin205483 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/67415-h/67415-h.htm7665
-rw-r--r--old/67415-h/images/cover.jpgbin55149 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/67415-h/images/logo.jpgbin16511 -> 0 bytes
9 files changed, 17 insertions, 14713 deletions
diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes
new file mode 100644
index 0000000..d7b82bc
--- /dev/null
+++ b/.gitattributes
@@ -0,0 +1,4 @@
+*.txt text eol=lf
+*.htm text eol=lf
+*.html text eol=lf
+*.md text eol=lf
diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt
new file mode 100644
index 0000000..6312041
--- /dev/null
+++ b/LICENSE.txt
@@ -0,0 +1,11 @@
+This eBook, including all associated images, markup, improvements,
+metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be
+in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES.
+
+Procedures for determining public domain status are described in
+the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org.
+
+No investigation has been made concerning possible copyrights in
+jurisdictions other than the United States. Anyone seeking to utilize
+this eBook outside of the United States should confirm copyright
+status under the laws that apply to them.
diff --git a/README.md b/README.md
new file mode 100644
index 0000000..3e11775
--- /dev/null
+++ b/README.md
@@ -0,0 +1,2 @@
+Project Gutenberg (https://www.gutenberg.org) public repository for
+eBook #67415 (https://www.gutenberg.org/ebooks/67415)
diff --git a/old/67415-0.txt b/old/67415-0.txt
deleted file mode 100644
index 63ca09d..0000000
--- a/old/67415-0.txt
+++ /dev/null
@@ -1,7048 +0,0 @@
-The Project Gutenberg eBook of Gerona, by Benito Pérez Galdós
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: Gerona
-
-Author: Benito Pérez Galdós
-
-Release Date: February 16, 2022 [eBook #67415]
-
-Language: Spanish
-
-Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading
- Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from
- images generously made available by The Internet
- Archive/Canadian Libraries)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK GERONA ***
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
- convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos.
-
- * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
-
- * Los entrecomillados han sido convertidos en rayas iniciales de
- diálogo donde el texto adopta forma dialogada. Las restantes rayas
- han sido espaciadas según los modernos usos ortotipográficos.
-
- * Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final
- del párrafo en que se las llama.
-
- * Una página en blanco ha sido eliminada.
-
-
-
-
-EPISODIOS NACIONALES
-
-GERONA
-
-
-
-
- Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán
- furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
-
-
-Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.
-
-
-
-
- B. PÉREZ GALDÓS
- EPISODIOS NACIONALES
- PRIMERA SERIE
-
- GERONA
-
- 41.000
-
- [Ilustración]
-
- MADRID
- LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
- Calle del Arenal, núm. 11.
- --
- 1908
-
-
-
-
-GERONA
-
-
-En el invierno de 1809 a 1810 las cosas de España no podían andar peor.
-Lo de menos era que nos derrotaran en Ocaña, a los cuatro meses de la
-casi indecisa victoria de Talavera: aún había algo más desastroso y
-lamentable, y era la tormenta de malas pasiones que bramaba en torno a
-la Junta Central. Sucedía en Sevilla una cosa que no sorprenderá a mis
-lectores, si, como creo, son españoles, y era que allí todos querían
-mandar. Esto es achaque antiguo, y no sé qué tiene para la gente de
-este siglo el tal mando, que trastorna las cabezas más sólidas, da
-prestigio a los tontos, arrogancia a los débiles, al modesto audacia, y
-al honrado desvergüenza. Pero sea lo que quiera, ello es que entonces
-andaban a la greña, sin atender al formidable enemigo que por todas
-partes nos cercaba.
-
-Y aquel era enemigo, lo demás es flor de cantueso. Me río yo de
-insurrecciones absolutistas y republicanas, en tiempos en que el poder
-central cuenta con grandes elementos para sofocarlas. Aquello no se
-parecía a ninguna de estas niñadas de ahora, pues con las tropas que
-Napoleón envió a España a fines del año 9 constaba de trescientos mil
-hombres el ejército invasor. Los nuestros, dispersos y desanimados, no
-tenían un general experto que les mandase; faltaban recursos de todas
-clases, especialmente de dinero, y en esta situación el poder central
-era un hormiguero de intriguillas. Las ambiciones injustificadas, las
-miserias, la vanidad ridícula, la pequeñez inflándose para parecer
-grande como la rana que quiso imitar al buey, la intolerancia, el
-fanatismo, la doblez, el orgullo rodeaban a aquella pobre Junta, que
-ya en sus postrimerías no sabía a qué santo encomendarse. Bullían en
-torno a ella políticos de pacotilla de la primera hornada que en España
-tuvimos, generales pigmeos que no supieron ganar batalla alguna; y
-aunque había también varones de mérito así en la milicia como en lo
-civil, o no tenían arrojo para sobreponerse a los necios, o carecían de
-aquellas prendas de carácter sin las cuales, en lo de gobernar, de poco
-valen la virtud y el talento.
-
-Tuvo la Junta allá por marzo el malísimo acuerdo de restablecer
-el Consejo de Castilla, fundiendo en él todos los demás Consejos
-suprimidos; y cuando esta antigualla se vio de nuevo con vida; cuando
-esta máquina roñosa, inútil y gastada se encontró otra vez puesta
-en movimiento, allí era de ver cómo pretendía gobernar el mundo. La
-fatuidad de aquellos consejeros que tanto adularon a José no tenía
-igual. Desde que se les puso en juego, empezaron a intrigar con quien
-les había sacado del olvido, y decían que la Junta era ilegítima.
-Valiéndose de D. Francisco Palafox, hermano del defensor de Zaragoza;
-de Montijo, a quien hemos visto en alguna parte; del Marqués de la
-Romana y de otros pájaros, llenaron de enredos a la Junta y a la
-Comisión ejecutiva. Por último, en la Regencia, última metamorfosis de
-aquel poder tan nacional como desgraciado, también sembraron cizaña
-los del Consejo. Esta pandilleja no era otra cosa que el partido
-absolutista, que ya empezaba a sacar la oreja; y para que desde el
-principio se tuviera completa noticia de su existencia, también
-repartió dinero entre la tropa, fiando sus esperanzas a una sedición
-militar que por entonces quedó frustrada. Nada de esto era ya nuevo
-en España, porque el motín de 19 de marzo en Aranjuez, de que, si
-mal no recuerdo, hice mención, obra fue de la misma gente; mas no se
-valieron solo de la tropa, sino también de varios cuerpos facultativos
-y distinguidos, como los lacayos, pinches y mozos de cuadra de la
-regia casa. En Sevilla azuzaron a lo que un gran historiador llama con
-enérgico estilo _la bozal muchedumbre_, y hubo frecuentes serenatas de
-berridos y patadas por las calles; mas no pasó de aquí.
-
-Un arma moral esgrimían entonces unos contra otros los políticos
-menudos, y era el acusarse mutuamente de malversadores de los caudales
-públicos, grosero recurso que hacía muy buen efecto en el pueblo.
-Cuando se disolvió la Junta en Cádiz, hubo un registro de equipajes de
-lo más vil y bochornoso que contiene nuestra moderna historia; pero no
-se encontró nada en las maletas de los patriotas, porque estos, malos o
-buenos, tontos o discretos, no tenían el alma en los bolsillos, ni la
-tuvieron aún sus inmediatos sucesores, años adelante.
-
-Perdonen ustedes si me ocupo de estos sainetes de la epopeya. Lo
-extraño es que las miserias de los partidos (pues también entonces
-había partidos, aunque alguien lo dude) no impedían la continuación
-de la guerra, ni debilitaban el formidable empuje de la Nación, con
-independencia de las victorias o derrotas del ejército. Verdad es que
-las discordias de arriba no habían cundido a la masa común del país,
-que conservaba cierta inocencia salvaje con grandes vicios y no pocas
-prendas eminentes, por cuya razón la homogeneidad de sentimientos
-sobre que se cimentara la nacionalidad, era aún poderosa, y España,
-hambrienta, desnuda y comida de pulgas, podía continuar la lucha.
-
- * * * * *
-
-Cansaría a mis amados lectores si les contara detalladamente mi
-vida durante aquel funesto año 9, que comenzado con las proezas de
-Zaragoza, terminaba con el desastre de Ocaña y la dispersión del
-ejército español. Por fortuna no me encontré en aquella jornada,
-pues incorporado al principio del año al ejército del Centro, me
-destinaron en agosto a la división del Duque del Parque, y asistí a
-la acción de Tamames. Poco puedo decir de la de Talavera que no sea
-por referencia, pues el 27 y 28 de julio me encontraba en Puente del
-Arzobispo; y aunque algo podría contar de la campaña del Duque del
-Parque, lo omito por no cansar a mis amigos. A fin del año servía en
-la división de D. Francisco Copons, que con las de D. Tomás Zeraín, de
-Lacy y Zayas guardaba el paso de Sierra Morena; porque ha de saberse
-que los franceses, envalentonados hasta lo sumo y reforzados con nueva
-tropa, se disponían a invadir la Andalucía, a los diez y ocho meses
-de la batalla de Bailén, ¡a los diez y ocho meses! Las fuerzas de que
-disponíamos apenas merecían el nombre de ejército, y el del Duque de
-Alburquerque, único que aún se conservaba en buen estado, no podía
-tampoco resistir el empuje de los franceses victoriosos, y se retiraba
-hacia el mediodía para proteger la residencia del poder central.
-
-¡Qué situación, amigos míos! Esto pasaba, como he dicho, al poco tiempo
-de aquella brillante y rápida campaña de junio y julio de 1808; y los
-mismos lugares que antes nos vieron victoriosos y llenos de orgullo,
-presenciaban ahora el triste desfile de los dispersos de Ocaña, que
-a cada instante volvían el rostro con inquietud creyendo sentir las
-pisadas de los caballos de Víctor, Sebastiani y Mortier.
-
---¡Quién hubiera creído --dije a Andresillo Marijuán, cuando
-almorzábamos en una venta de Collado de los Jardines-- que habíamos de
-desandar tan pronto este camino! Ahora me parece que no paramos hasta
-Cádiz.
-
---Con paciencia se gana el cielo --me contestó--. Yo tengo toda la que
-pueden dar siete meses de bloqueo como el de Gerona. Todavía estoy
-admirado de encontrarme vivo, Gabriel. Pero dime, ¿dónde has ganado esa
-charretera? ¿Creerás que yo no soy nada? Digo mal, porque dentro de
-la plaza me hicieron a modo de sargento, y a estas horas nadie me ha
-reconocido mi grado. Haré una reclamación a la Junta.
-
---Yo gané mis grados en Zaragoza --respondí con orgullo--, y también te
-aseguro que al cabo de un año conservo cierta duda de si seré yo mismo
-el que en aquellos fieros combates se halló, o si después de muerto me
-habré trocado en otro sujeto.
-
---Bien dicen que en Zaragoza y en el ejército del Centro se dieron
-los grados como quien echa almorzadas de trigo a las gallinas. Amigo
-Gabriel, en España no se premia más que a los tontos, y a los que meten
-bulla sin hacer nada. Dime, teniente de almíbar, ¿en Zaragoza comiste
-ratones flacos y pedazos de estera fritos con grasa de asno viejo?
-
-Reíme de la pregunta, y los circunstantes dieron broma a Marijuán,
-porque este, desde que se nos unió cerca de Almadén del Azogue en los
-últimos días del año, nos había venido aturdiendo con el perenne contar
-de sus privaciones y hambres en Gerona.
-
---En mi mochila --continuó el aragonés-- tengo un diario del sitio
-que escribió en la plaza el Sr. D. Pablo Nomdedeu, y os lo daré a
-leer, para despertar el apetito cuando estéis desganados. Por ahora en
-marcha, que me parece dan orden de tomar soleta hacia abajo.
-
-En efecto: después de una hora de descanso emprendimos el camino hacia
-el mediodía, y Marijuán repetía la canción con que nos aporreaba los
-oídos desde que le encontramos:
-
- Digasme tú, Girona,
- Si te n’arrendirás...
- Lirom lireta.
- Com vols que m’rendesca
- Si España non vol pas
- Lirom fa lá garideta,
- Lirom fa lireta lá.
-
-En Bailén hicimos noche. ¡Qué triste impresión produjo en mí la vista
-de aquellos campos, al considerar que los atravesábamos después de
-dejar casi toda Castilla en poder de los franceses, a quienes poco
-antes habíamos sojuzgado con tanta fortuna en el mismo sitio! ¡Cómo
-se representó en mi imaginación lo que allí había visto y oído: la
-perspectiva y el estruendo glorioso de la acción, iluminada por el
-ardoroso sol de julio! Todo estaba frío, helado, quieto, triste,
-silencioso, oscuro: diríase que sobre los llanos y las mansas colinas
-de Bailén, una pesada e informe sombra se paseaba a flor del suelo.
-Visitamos luego Marijuán y yo el palacio de Rumblar, creyendo encontrar
-allí todavía a la Condesa y su familia, y aunque era ya de noche, nos
-propusimos penetrar, seguros de ser bien recibidos. Cuando dimos los
-primeros aldabazos en la puerta, contestonos el lejano ladrido de un
-perro, sin que rumor alguno indicase la presencia de criatura humana
-en el palacio, lo cual nos hizo comprender que estaba abandonado.
-Insistimos, sin embargo, en dar golpes, y al cabo oímos una voz que
-desde el patio con enojado tono nos respondía, mejor dicho, nos
-increpaba en esta forma:
-
---Allá voy. ¡Condenados muchachos, qué querrán a estas horas!
-
-Abrionos echando sapos y culebras por su fea boca el tío Tinaja,
-antiguo servidor de la casa (pues no era otro el que a la sazón la
-guardaba), y luego que nos hubo reconocido, desarrugó el ceño, hízonos
-entrar ofreciéndonos un asiento junto a la lumbre, y allí nos contó
-cómo toda la familia con buena parte de la servidumbre había marchado a
-Cádiz huyendo de la invasión francesa.
-
---Mi señora la Condesa Doña María estaba en que se había de quedar
---nos dijo--; pero sus primas de Madrid, que llegaron por Todos los
-Santos, le volvieron la cabeza del revés. D. Paco también tenía mucho
-miedo, y entre él, las primas y las tres señoritas, todos llorando
-y moqueando en ruedo, ablandaron el alma de bronce de la Condesa,
-obligándola a marchar.
-
---¿No ha venido también el Sr. D. Felipe? --pregunté comprendiendo a
-qué personas el tío Tinaja se refería.
-
---El Sr. D. Felipe no ha venido, porque, según dijeron, está con el
-francés. Su hermana, la señora Marquesa, es muy española, y habían de
-ver ustedes cómo disputa con su sobrina, que se ríe del _Lord_, y dice
-que ningún general español vale dos cuartos.
-
---¿Ha venido también D. Diego?
-
---No, señor. ¡Pues pocas lágrimas han derramado las niñas, y pocos
-mares han corrido de los ojos de la señora por las calaveradas
-de D. Diego! No hay quien le saque de Madrid, donde se junta con
-_flamasones_, _anteos_, perdularios, gabachos, y gente mala que le trae
-al retortero. Parece que ya no se casa con la señorita Inés, por cuya
-razón mi ama está que trina, y el otro día ella y sus primas hablaron
-más de lo regular. D. Paco se puso por medio, y echó una arenga en
-latín. Las señoritas empezaron a llorar, y aquel día en la mesa nadie
-habló palabra. No se oía más ruido que el de los dientes mascando, el
-de los tenedores picando en los platos, y el de las moscas que iban a
-golosinear.
-
---¿Y cuándo salieron para Cádiz?
-
---Hace cuatro días. Las tres señoritas iban muy contentas, y Doña María
-muy triste y ensimismada. La mala conducta del Sr. D. Diego la tiene en
-ascuas, y la buena señora se va acabando.
-
-Nada más me dijo aquel hombre que merezca mención, y a varias preguntas
-mías, harto prolijas e impertinentes, no contestó cosa alguna de
-provecho. Después que nos ofreció parte de su cena, díjonos que
-podíamos albergarnos en la casa por aquella noche, y como la tropa se
-alojaba en el pueblo, nos quedamos allí. Solo, y mientras Marijuán
-dormía, recorrí varias habitaciones altas de la casa, iluminadas no más
-que por la luna, y una dulce, inexplicable claridad llenaba mi alma
-durante aquella muda y solitaria exploración. No hubo mueble que no me
-dijese alguna cosa, y mi imaginación iba poblando de seres conocidos
-las desiertas salas. La alfombra conservaba a mis ojos una huella
-indefinible, más bien pensada que vista; vi un cojín que aún no había
-perdido el hundimiento producido por el brazo que acababa de oprimirlo,
-y en los espejos creí ver, no la huella ni la sombra, porque estas
-voces no son propias, sino una nada, mejor dicho, un vacío, dejado allí
-por la imagen que había desaparecido.
-
-En una habitación que daba a la huerta vi tres camas pequeñas. Dos de
-ellas parecían tener como un lugar fijo en los dos testeros de derecha
-e izquierda. La tercera, que estorbaba el paso, revelaba haber sido
-puesta para un huésped de pocos días. Las tres estaban cubiertas de
-blanquísimas colchas, bajo las cuales los fríos colchones se inflaban
-sin peso alguno. La pila de agua bendita estaba llena aún, y mojé las
-puntas de los dedos, haciéndome en la frente la señal de la cruz. Un
-fuerte escalofrío corrió por mi cuerpo al contacto helado, como si
-los dedos que habían tomado las últimas gotas se rozaran con los míos
-en la superficie del agua. Recogí del suelo una pequeña cinta y unos
-pedacitos de papel retorcidos, engrasados y perfumados, que indicaban
-haber servido para moldear los rizos de una cabellera. El silencio de
-aquel lugar no me parecía el silencio propio de los lugares donde no
-hay nadie, sino aquel que se produce en los intervalos elocuentes de
-un diálogo, cuando, hecha la pregunta, el interlocutor medita lo que va
-a responder.
-
-Salí de aquella estancia, y después de recorrer otras con igual
-interés, sintiéndome al fin cansado, me recosté en un sofá, donde cerca
-ya del alba me dormí profundamente. La luz del día entraba a torrentes
-por las ventanas y balcones cuando me despertó Andrés cantando su
-estribillo catalán:
-
- Digasme tú, Girona,
- Si te n’arrendirás.
-
-En aquellos días, los últimos del mes de enero de 1810, ocurrieron
-las más lamentables desgracias del ejército español. Creeríase que el
-genio de la guerra, fundamental en nosotros como el eje del alma, nos
-había faltado, y la lucha fue desordenada y a la aventura. El General
-Desolles atacó en Puerto del Rey a la división Girón, que se desbandó
-junto a las Navas de Tolosa, y al mismo tiempo Gazán acometía el paso
-de Nuradal, mientras Mortier forzaba el de Despeñaperros. El mariscal
-Víctor penetró por Torrecampo para caer sobre Montoro, y Sebastiani por
-Montizón, de modo que la invasión de Andalucía se verificó por cuatro
-puntos distintos con estrategia admirable que acabó de desconcertarnos.
-Verdad es, y sírvanos esto de disculpa, que teníamos por General en
-Jefe a D. Juan Carlos Aréizaga, hombre nulo en el arte de la guerra, y
-en cuya cabeza no cabían tres docenas de hombres. La pericia de algunos
-jefes subalternos servía de muy poco, y desmoralizada la tropa,
-convencida de su incapacidad para la resistencia, no veía delante de
-sí ni gloria ni honor, sino el cómodo refugio de Córdoba, Sevilla o
-la Isla gaditana. Resistencia formal solo la hallaron los franceses
-por Montizón, entre Venta Nueva y Venta Quemada, donde mandaba D.
-Gaspar Vigodet, el cual, después de batirse con mucho arrojo, ordenó
-la retirada en regla. En suma, señores míos, doloroso es decirlo y
-doloroso recordarlo; pero es lo cierto que los franceses avanzaron
-hacia Córdoba cuando nosotros llorábamos nuestra impotencia camino de
-Sevilla.
-
-¿Y qué podré deciros del espectáculo que nos ofreció esta ciudad
-amotinada, sometida a las intrigas de una facción tan pequeña
-como audaz? De buena gana no diría nada, tragándome todo lo que
-sé y ocultando todo lo que vi, para que semejantes fealdades no
-entristecieran estos cuadros; pero ya la fama ha dicho cuanto había
-que decir, y no porque yo lo calle dejará de saberse, que si en mí
-consistiera, a este y a otros hoyos de nuestra historia les echaría
-tierra, mucha tierra.
-
-Es el caso que fugitiva la Central, los conspiradores erigieron allí
-una juntilla suprema, y azuzado el populacho, no se oían más que
-vivas y mueras, olvidándose del francés que tocaba a las puertas,
-cual si en el suelo patrio no hubiese ya más enemigos que aquellos
-desgraciados centrales. ¡Lo que es la pasión política, señores! No
-conozco peor ni más vil sentimiento que este, que impulsa a odiar
-al compatricio con mayor vehemencia que al extranjero invasor. Yo me
-espantaba presenciando los atropellos verificados contra algunos, y la
-salvaje invasión de las casas de otros. ¡Y gracias que escaparon con
-vida de la plebe holgazana y chillona! En una palabra, aquello era de
-lo más denigrante que he visto en mi vida, y si la Junta Central valía
-poco, los individuos que en Sevilla y después en Cádiz agujerearon
-sus fundamentos, como inquietos y vividores reptiles, no ocupan, a
-pesar de su mucho bullir y de las distintas posturas que tomaron, un
-lugar visible en la historia. Su pequeñez les hace desaparecer en
-las perspectivas de lo pasado, y sus nombres sin eco no despiertan
-admiración ni encono. Pertenecen a ese vulgo que, con ser tan vulgo,
-ha influido en los destinos del país desde la primera revolución acá;
-gentezuela sin ideal, que se perdería en las muchedumbres como las
-gotas de lluvia en el Océano, si la vituperable neutralidad política de
-la mayoría honrada, decente, entendida y patriota, no les permitiera
-actuar en la vida pública, tratando al país como un objeto de su
-exclusiva pertenencia, que se les ha dado para divertirse.
-
-Pero quiero poner punto en esta materia, que seduce poco mi
-entendimiento. Continuando nuestra retirada llegamos al Puerto de
-Santa María, donde estuvimos dos días con sus noches, y allí fue donde
-adquirí sobre el formidable cerco de Gerona estupendas noticias. Debo
-una explicación a mis lectores, y voy a darla.
-
-Mi objeto al comenzar esta última sesión, en que apaciblemente nos
-encontramos, amados señores míos, fue referir lo mucho y bueno que
-vi en Cádiz cuando nos refugiamos allí, después que los franceses
-penetraron en Andalucía; pero un deber patriótico me obliga a aplazar
-por breve tiempo este mi natural deseo, dando la preferencia a algunos
-hechos del sitio de Gerona, que contaré también, si bien los contaré
-de oídas. Un amigo de aquellos días, y que después lo fue también en
-épocas más bonancibles, me entretuvo durante dos largas noches con
-la descripción de maravillosas hazañas que no debo ni puedo pasar en
-silencio. Aquí las pongo, pues, suspendiendo el curso de mi historia,
-que reanudaré en breve, si Dios me da vida a mí y a ustedes paciencia.
-Solo me permito advertir que he modificado un tanto la relación de
-Andresillo Marijuán, respetando por supuesto todo lo esencial, pues
-su rudo lenguaje me causaba cierto estorbo al tratar de asociar su
-historia a las mías. Hago esta advertencia para que no se maravillen
-algunos de encontrar en las páginas que siguen observaciones, frases
-y palabras impropias de un muchacho sencillo y rústico. Tampoco yo
-me hubiera expresado así en aquellos tiempos; pero téngase presente
-que, en la época en que hablo, cuento algo más de ochenta años, vida
-suficiente a mi juicio para aprender alguna cosa, adquiriendo asimismo
-un poco de lustre en el modo de decir.
-
-
-
-
- RELACIÓN
- DE
- ANDRESILLO MARIJUÁN
-
-I
-
-
-Entré en Gerona a principios de febrero, y me alojé en casa de un
-cerrajero de la calle de Cort-Real. A fines de Abril, salí con la
-expedición que fue en busca de víveres a Santa Coloma de Farnés, y
-a los pocos días de mi regreso, murió a consecuencia de las heridas
-recibidas en el segundo sitio aquel buen hombre que me había dado
-asilo. Creo que fue el 6 de mayo, es decir, el mismo día en que
-aparecieron los franceses, cuando al volver de la guardia en el fuerte
-de la Reina Ana, encontré muerto al Sr. Mongat, rodeado de sus cuatro
-hijos que lloraban amargamente.
-
-Hablaré de los cuatro huérfanos, que ya lo eran completamente por
-haber perdido a su madre algunos meses antes. Siseta, o como si
-dijéramos, Narcisita, la mayor en edad, tenía poco más de los veinte,
-y los tres varoncillos no sumaban entre todos igual número de años,
-pues Badoret[1] apenas llegaba a los diez; Manalet[2] no tenía más
-de seis, y Gasparó empezaba a vivir, hallándose en el crepúsculo del
-discernimiento y de la palabra.
-
- [1] Diminutivo de Salvador.
-
- [2] Ídem de Manuel.
-
-Cuando penetré en la casa y vi cuadro tan lastimoso, no pude contener
-las lágrimas y me puse a llorar con ellos. El Sr. Cristòful Mongat era
-una excelente persona, buen padre y patriota ardiente; pero aún más que
-el recuerdo de las buenas prendas del difunto me contristaba la soledad
-de las cuatro criaturas. Yo les amaba mucho, y como mi buen humor y
-franca condición propendían a enlazar el alma de aquellos inocentes
-con la mía, en algunos meses de trato, Badoret, Manalet y Gasparó se
-desvivían por mí. No hablo aquí de Siseta, porque para esta tenía yo un
-sentimiento extraño, de piedad y admiración compuesto, como se verá más
-adelante. Mi ocupación en la casa mientras vivió el Sr. Mongat era en
-primer término hablar con este de las cosas de la guerra, y en segundo
-término divertir a los chicos con toda clase de juegos, enseñándoles el
-ejercicio, y representando con ellos detrás de un cofre las escenas del
-ataque, defensa y conquista de una trinchera. Cuando yo iba de guardia,
-bien a Montjuich, bien a los reductos del Condestable o del Cabildo,
-los tres, incluso Gasparó, me seguían con sendas cañas al hombro,
-remedando con la boca el son de cajas y trompetas, o relinchando al
-modo de caballos.
-
-Asociado cordialmente a su desgracia, les consolé como pude, y al día
-siguiente, después que echamos tierra al buen cerrajero, y luego que
-se retiraron los vecinos fastidiosos que habían ido a hacer pucheros
-condoliéndose ruidosamente de los huerfanitos, pero sin darles auxilio
-alguno, tomé por la mano a Siseta, y llevándola a la cocina, le dije:
-
---Siseta, ya tú sabes...
-
-Pero antes quiero decir que Siseta era una muchacha gordita y fresca,
-que sin tener una hermosura deslumbradora, cautivaba mi alma de un modo
-extraño, haciéndome olvidar a todas las demás mujeres, y principalmente
-a la que había sido mi novia en la Almunia de Doña Godina. Rosada y
-redondita, Siseta parecía una manzana. No era esbelta, pero tampoco
-rechoncha. Tenía mucha gracia en su andar, y poseyendo bastante ingenio
-y soltura en la conversación, sabía, sin embargo, acomodarse a las
-situaciones, distinguiéndose por una gran disposición para no estar
-nunca fuera de su lugar, de cuyas prendas puede colegirse que Siseta
-tenía talento.
-
-Pues bien, como antes indiqué, tomándole una mano, le dije:
-
---Siseta...
-
-No sé qué me pasó en la lengua, pues callé un buen rato, hasta que al
-fin pude continuar así:
-
---Siseta, ya tú sabes que va para cuatro meses que estoy alojado en tu
-casa...
-
-La muchacha hizo un signo afirmativo, demostrando estar convencida de
-mi permanencia en la casa durante cuatro meses.
-
---Quiero decir --proseguí-- que durante tanto tiempo he comido de tu
-pan, aunque también os he dado el mío. Ahora, con la muerte del Sr.
-Cristòful, os habéis quedado huérfanos. ¿Tenéis tierras, alguna casa,
-alguna renta?
-
---No tenemos nada --me contestó Siseta, dirigiendo tristes miradas a
-los cacharros de la cocina--. No tenemos nada más que lo que hay en
-casa.
-
---Las herramientas valen alguna cosa --dije--; mas, en fin, no hay que
-apurarse, que Dios aprieta, pero no ahoga. Aquí está el brazo de Andrés
-Marijuán. ¿Dejó tu padre algún dinero?
-
---Nada --respondió--, no ha dejado nada. Durante su enfermedad
-trabajaba muy poco.
-
---Bien, muy bien --dije yo--. Con eso podéis recibir el plus que nos
-dan ahora, y la ración que me toca todos los días. No hay que apurarse.
-Tú serás la madre de tus hermanos, y yo seré su padre, porque estoy
-decidido a ahorcarme contigo. Ea, dejarse de lloriqueos; Siseta, yo
-te quiero. Tal vez creerás tú que yo no poseo tierras. ¡Qué tonta!
-Si vieras qué dos docenas de cepas tengo en la Almunia; si vieras
-qué casa... solo le falta el techo; pero es fácil componerla, sin
-fabricarla toda de nueva planta. Conque lo dicho, dicho. En cuanto
-se acabe este sitio, que será cosa de días a lo que pienso, venderás
-los cachivaches de la herrería; me darán mi licencia, pues también
-se concluirá la guerra; pondremos sobre un asno a la señora Siseta
-con Gasparó y Manalet, y tomando yo de la mano a Badoret, camina que
-caminarás, nos iremos a ese bajo Aragón, que es la mejor tierra del
-mundo, donde nos estableceremos.
-
-Una vez que desembuché este discurso, volví al taller, con objeto
-de examinar las herramientas, y todo aquel mueblaje me pareció de
-poquísimo valor. La huérfana, después que me oyera, sin decir cosa
-alguna, púsose a arreglar los trastos, ordenando todo con hábil mano,
-y a limpiar el polvo. Los chicos me rodearon al punto, corriendo
-precipitadamente a traer sus cañas, palos y demás aparatos de guerra,
-viéndome yo obligado, en razón de esta diligencia, a recomendarles gran
-celo en el servicio de la patria y el Rey, pues bien pronto, si los
-franceses apretaban el cerco, Gerona necesitaría de todos sus hijos,
-aun de los más pequeñitos. Por último, después que durante media hora
-pusieron armas al hombro y en su lugar, cebaron, cargaron, atacaron
-e hicieron varias descargas imaginarias, pero que retumbaban en el
-angosto taller, les vi soltar las armas, decaído el marcial ardor, y
-volver a su hermana con elocuente expresión los ojos.
-
---¿Qué? --pregunté yo comprendiendo lo que significaba aquel mudo
-interrogatorio--. Siseta, ¿no hay que comer?
-
-Siseta, disimulando sus lágrimas, registraba los negros andamios de una
-alacena, en cuyas cavernosas profundidades la infeliz se empeñaba en
-ver alguna cosa.
-
---¿Cómo es eso? --dije--. Siseta, no me habías dicho nada. ¿Qué me
-costaría ir al cuartel y pedir que me adelanten la ración de mañana?...
-¿Y para qué quiero yo los siete cuartos que tengo ahorrados? Nada,
-hija: es preciso, no solo traer lo necesario para hoy, sino también
-provisiones abundantes, por si escasean los víveres dentro de la plaza.
-Dicen que ahora nos van a dar dos reales diarios. Ya me figuro lo
-que harás tú con esta riqueza. Pero no es ocasión para detenerme en
-habladurías, que estos valientes soldados se mueren de hambre. Toma los
-siete cuartos; voy al punto por la libreta.
-
-No tardé en volver con el pan, y tuve el gusto de ver comer a mis hijos
-(desde entonces empecé a darles este nombre). Siseta se mantuvo en los
-límites de una sobriedad excesiva, y mientras duró el festín les hablé
-de los grandes acopios de víveres que se estaban haciendo en Gerona,
-conversación que parecía muy del agrado de los pequeñuelos. En esto, el
-Sr. Nomdedeu, habitante del piso superior de la casa, pasó por delante
-de la tienda en dirección al portal contiguo. Saludonos afablemente a
-todos, y después de decir algunas palabras de desconsuelo con motivo
-de la pérdida del excelente Sr. Mongat, subió a su casa, rogándome que
-le acompañara. Yo tenía costumbre de ir todas las mañanas a referirle
-lo que se decía en los cuerpos de guardia, y estas visitas tenían para
-mí el doble atractivo de contar lo que sabía, y de oír las agradables
-pláticas del Sr. Nomdedeu, hombre con quien no se hablaba una sola vez
-sin sacar alguna enseñanza provechosa.
-
-
-
-
-II
-
-
-El Sr. D. Pablo Nomdedeu era médico. No pasaba de los cuarenta y cinco
-años; pero los estudios o penas domésticas, para mí desconocidas,
-habían trabajado en tales términos su naturaleza, que aparentaba
-mucho más del medio siglo. Era acartonado, enjuto, amarillo, con gran
-corva en la espina dorsal, y la cabeza salpicada de escasos pelos
-rubios y blancos, como yerba que nace al azar en ingrata tierra.
-Todo anunciaba en él debilidad y prematura vejez, excepto su mirar
-penetrante, imagen del alma enérgica y del entendimiento activo. Vivía
-en apacible medianía, sin lujo, pero también sin pobreza; muy querido
-de sus paisanos, consagrado fuera de casa a los enfermos del hospital,
-y dentro de ella al cuidado de su hija única, enferma también de
-doloroso e incurable mal. Para que ustedes acaben de conocer a aquel
-apreciable sujeto, me falta decirles que Nomdedeu era un hombre de gran
-saber y de mucha amenidad en su sabiduría. Todo lo observaba, y no se
-permitía ignorar nada, de modo que jamás ha existido un hombre que
-más preguntase. Yo no creí que los labios preguntasen tonterías de las
-que no ignora un rústico; pero él me dijo varias veces que la ciencia
-de los libros no valdría nada, si no se cursase el doctorado de la
-conversación con toda clase de personas.
-
-De su casa poco diré. Era tan humilde como decente. Muchos libros;
-algunas estampas francesas de anatomía, emparejadas con otras
-de santos, y bastantes cuadros que ostentaban detrás del vidrio
-innumerables yerbas secas con sendos letreros manuscritos al pie. Pero
-lo que principalmente impresionaba mi ánimo al subir a casa del Sr.
-Nomdedeu, era una criatura tierna y sensible, una belleza consumida y
-marchita, una triste vida que junto a la ventanita abierta al mediodía
-quería prolongarse absorbiendo los rayos del sol. Me refiero a la
-desgraciada Josefina, hija del insigne hombre que he mencionado, la
-cual, enferma y postrada, se me representaba como las flores secas
-guardadas por el doctor detrás de un vidrio. Josefina había sido
-hermosa; pero perdidos algunos de sus encantos, otros se habían
-sublimado en aquel descendente crepúsculo que iba difundiendo sobre
-ella las sombras de la muerte. Inmóvil en un sillón, su aspecto era por
-lo común el de una absoluta indiferencia. Cuando su padre entró conmigo
-el día a que me refiero, Josefina no respondió a sus caricias con una
-sola palabra. Nomdedeu me dijo:
-
---Su existencia de plomo está pendiente de una hebra de seda.
-
-Pronunció estas palabras en voz alta y delante de ella, porque Josefina
-estaba completamente sorda.
-
---El profundo silencio que la rodea --continuó el padre--, es
-favorable a su salud, porque siendo su mal un desarrollo excesivo de
-la sensibilidad, todo lo que disminuya las impresiones exteriores,
-aumentará el reposo, a que debe esa lánguida y decadente vida. No
-espero salvarla, y todo mi afán consiste hoy en embellecer sus días,
-fingiendo que nos hallamos rodeados de felicidades y no de peligros.
-Desearía llevarla al campo; pero el deber y el patriotismo me obligan a
-no abandonar el cuidado del hospital, cuando nos amenaza un cerco, que
-parece va a ser más riguroso que los dos primeros. Dios nos saque en
-bien. ¿Conque se murió ese pobre Sr. Mongat?
-
---Sí, señor --respondí--; y ahí tiene usted cuatro huérfanos desvalidos
-que pedirían limosna por las calles de Gerona, si yo no estuviera
-decidido a quitarme el pan de la boca para dárselo.
-
---Dios te premiará tu generosidad. Yo también haré lo que pueda por
-esos infelices. Siseta parece una buena muchacha, y sube algunas
-veces a acompañar a mi hija. Dile que venga más a menudo, y hoy mismo
-encargaré a la señora Sumta[3] que les dé a los hijos de Cristòful
-Mongat todo lo que sobre en la casa. Pero cuéntame: ¿qué has oído en el
-cuerpo de guardia? Antes dime lo que ha ocurrido en esa expedición a
-Santa Coloma de Farnés. ¿Fuiste allá?
-
- [3] Lo mismo que Asunción.
-
---Sí, señor; mas no nos ocurrió nada de particular. Los franceses
-se nos presentaron en la tarde del 24 de Abril; pero como éramos
-pocos, y no llevábamos por objeto el batirnos con ellos, sino traer
-provisiones a Gerona, luego que cargamos los carros y las mulas, nos
-vinimos para acá con D. Enrique O’Donnell. Los _cerdos_[4] dominan toda
-la Segarra, pero los somatenes les hacen perder mucha gente, y para
-abastecerse pasan la pena negra. El General francés Pino mandó hace
-poco un batallón a San Martín en busca de víveres. Al llegar el coronel
-pidió al alcalde para el día siguiente de madrugada cierto número de
-raciones de tocino (porque abundan en aquel pueblo los animalitos de
-la vista baja); y como el batallón estaba cansado, dioles boletas de
-alojamiento, distribuyendo a los soldados en las casas de los vecinos.
-El alcalde aparentó deseo de servir al señor coronel, y al anochecer el
-pregonero salió por las calles gritando: «_Eixa nit a las dotse, cada
-vehí matará son porch._»
-
- [4] En Cataluña, durante la invasión, llamaban a los franceses
- _porchs_.
-
---Y cada vecino mató su francés.
-
---Así parece, señor, y así me lo contaron en el camino; pero no
-respondo de que sea verdad, aunque la gente de San Martín es capaz de
-eso. Luego que hicieron su matanza, escondieron armas, morriones y
-cuanto pudiera descubrirlos; y cuando se presentó el General Pino,
-trataron de probarle que _allí no había estado nadie_.
-
---¿Sabes, Andrés --me dijo Nomdedeu--, que esto parece cosa de cuento?
-
---Séalo o no --repuse--, con estos y otros cuentos se anima la gente.
-Los _cerdos_ están ya sobre Gerona, y esta mañana les hemos visto
-en los altos de Costa-Roja. Aquí dentro no somos más que cinco mil
-seiscientos hombres, que no son bastantes para defender la mitad de
-los fuertes. De estos, el que no se ha caído ya es porque no se le ha
-dado licencia. Si Zaragoza, que tenía dentro de murallas cincuenta mil
-hombres, ha caído al fin en poder del francés, ¿qué va a hacer Gerona
-con cinco mil seiscientos?
-
---Ya serán algunos más --dijo Nomdedeu paseándose por la habitación con
-la inquietud nerviosa y retozona que se apoderaba de él hablando de las
-cosas de la guerra--. Todos los vecinos de Gerona toman las armas, y
-hoy mismo se están formando en el claustro de San Félix las listas de
-las ocho compañías que componen la _Cruzada gerundense_. Yo he querido
-afiliarme; pero como médico, cuyos servicios no pueden reemplazarse,
-me han dejado fuera con sentimiento mío. También se está formando hoy
-el batallón de señoras, de que es coronela Doña Lucía Fitz-Gerard: ¿la
-conoces? En verdad te digo, amigo Andrés, que en medio de la pena que
-causa el considerar los desastres que nos amenazan, se alegra uno al
-ver los belicosos preparativos que tanto enaltecen al vecindario de
-esta ciudad.
-
-Mientras esto decíamos, expresándonos uno y otro con bastante
-exaltación, Josefina fijaba en nosotros los ojos sorprendida y
-aterrada, y atendía a nuestros gestos, dando a conocer que los
-comprendía tan bien como la misma palabra. Advirtiolo su padre, y
-volviéndose a ella, la tranquilizó con ademanes y sonrisas cariñosas,
-diciéndome:
-
---La pobrecita ha comprendido al instante que estamos hablando de la
-guerra. Esto le causa un terror extraordinario.
-
-La enferma tenía delante de sí, en una mesilla de pino, un gran pliego
-de papel con plumas y tintero. La escritura servía a hija y padre de
-medio de comunicación.
-
-Nomdedeu, tomando la pluma, escribió:
-
- «Hija mía, no tengas miedo. Hablábamos de las bandadas de palomas que
- vio ayer Andresillo en Pedret. Dice que mató todas las que quiso, y
- que te traerá un par esta tarde. No, no temas, hija mía, no volverá a
- haber más sitios en Gerona. ¡Si se ha concluido la guerra! Pues qué,
- ¿no lo sabías? Esas noticias ha traído el Sr. Andresillo. Verdad que
- se me había olvidado contártelo. Estamos en paz. Veremos si mañana
- puedes salir a dar un paseo por Mercadal. Iremos a Castellá la semana
- que entra. ¡Dice nostramo Mansió que están los rosales tan cargados
- de rosas!... ¿Pues y los cerezos? Este año habrá tanta cereza, que no
- sabremos qué hacer de ella. He mandado que pongan dos colmenas más,
- y parece que dentro de un mes la vaca tendrá su cría. A la gallina
- pintada se le ha puesto una buena echadura con seis o siete huevos
- de pata. Dentro de diez días los sacará a todos, y dará gusto ver a
- esa familia.»
-
-Luego que esto escribió, volviose a mí el Sr. D. Pablo, y procurando
-disimular su aflicción, me dijo:
-
---De este modo la voy engañando, para arrancar su ánimo a la tristeza.
-Si ella supiera que mi casa de campo con todas las plantas y los
-animalitos que allí tenía no existe ya... Los franceses no han dejado
-piedra sobre piedra. ¡Pobre de mí! Rodeado de desastres; amenazado,
-como todos los gerundenses, de los horrores de la guerra, del hambre y
-de la miseria, tengo que fingir junto a esta niña infeliz un bienestar
-y una paz que está muy lejos de nosotros, y he de ocultar la amargura
-de mi corazón destrozado, mintiendo como un histrión. Pero así ha
-de ser. Tengo la convicción de que si mi hija llegase a conocer la
-situación en que nos encontramos, y tuviese conocimiento del bombardeo
-y de las escaseces que nos amagan, su muerte sería inmediata; y quiero
-prolongarle la vida todo el tiempo que me sea posible, porque confío
-en que si algún día Dios y San Narciso resuelven poner fin a las
-desgracias de esta ciudad, podré salir de Gerona y llevarla a disfrutar
-la vida del campo, única medicina que la aliviará.
-
-Josefina, al concluir de leer el papel, movió tristemente la cabeza en
-señal de incredulidad, y luego dijo:
-
---Pues marchémonos mañana a Castellá.
-
---Este sí que es apuro --me dijo Nomdedeu, tomando la pluma para
-contestar a su hija--. ¿Qué le voy a decir?
-
-Pero sin detenerse, escribió:
-
- «Hija mía, ten un poco de paciencia. El tiempo, que parece bueno,
- está muy malo, y mañana ha de llover. Yo lo conozco por lo que dicen
- mis libros. Además tengo que hacer en el hospital durante algunos
- días.»
-
-Entonces la enferma, que sin duda se fatigaba hablando o no tenía gusto
-en pronunciar palabras que no oía, tomó también la pluma, y con rapidez
-nerviosa trazó lo siguiente:
-
- «Andrés está hablando de batallas.»
-
---¡No, no, señorita Josefina! --exclamé yo a gritos, pues es costumbre
-instintiva alzar la voz delante de los sordos, aun sabiendo que estos
-no nos pueden oír.
-
- «Precisamente --escribió D. Pablo--, ahora me estaba diciendo que le
- van a dar la licencia, porque ya no se necesitan soldados. ¡Gracias
- a Dios que se han acabado esas malditas guerras!... Hija mía, esta
- tarde vendrán aquí algunos amigos para que bailen la sardana y te
- distraigan un rato. ¿Por qué no sigues tu lectura?»
-
-Y luego puso en manos de su hija un tomo, que era la primera parte del
-_Quijote_, el cual abrió ella por donde lo tenía marcado, comenzando a
-leer tranquilamente.
-
-
-
-
-III
-
-
-Nomdedeu, llevándome junto a la ventana, me dijo:
-
---La idea de la guerra y del bombardeo le causa mucho horror. Es
-natural que así sea, puesto que de una fuerte y dolorosa impresión de
-miedo proviene su desorden nervioso y la pasión de ánimo que la tiene
-en tan lamentable estado. En el segundo sitio, amigo Andrés, puedo
-decir que perdí a mi querida niña, único consuelo mío en la tierra. Ya
-sabes que llegó aquí el bárbaro Duhesme a mediados de julio del año
-pasado, cuando dijo aquellas arrogantes palabras: _El 24 llego, el 25
-la ataco, el 26 la tomo, y el 27 la arraso._ Hombre que tales bravatas
-decía igualándose a César, era forzosamente un necio. Llegó, en efecto,
-y atacó; pero no pudo tomar ni arrasar cosa alguna, como no fuese su
-propia soberbia, que quedó por tierra ante esos muros. Tenía nueve mil
-hombres, y aquí dentro apenas pasaban de dos mil, con los paisanos
-que se habían armado a toda prisa. Duhesme puso cerco a la plaza, y
-abiertas trincheras contra Montjuich y los fuertes del Este y Mercadal,
-el 13 empezó a bombardearnos sin piedad. El 16 intentaron asaltar el
-Montjuich; pero sí... para ellos estaba. El regimiento de Ultonia lo
-defendía... Pero voy a mi objeto. Como te iba diciendo, mi pobre niña
-perdió el sosiego, y su espanto la tenía en vela de día y de noche.
-Su estado de excitación, junto con la resistencia a tomar alimento,
-la puso a punto de morir. Figúrate mi pena y la de mi sobrino. Porque
-he de advertirte que yo tenía un sobrino llamado Anselmo Quixols,
-hijo de mi hermana Doña Mercedes, residente en La Bisbal. No sé si
-sabrás que mi hermana y yo teníamos concertado casar a Anselmo con
-Josefina, enlace que era muy agradable a entrambos muchachos, porque
-desde algunos meses antes habían gastado algunas manos de papel en
-escribirse cartas, y díchose mil amorosas palabras en honesto lenguaje.
-Entonces vivíamos en la calle de la Neu, muy cerca de la plaza. El
-día 15 habíamos bajado al portal, donde nos creíamos más seguros del
-bombardeo, y estábamos comiendo en compañía de Anselmo, que por breve
-rato dejó el servicio para venir a informarse de nuestra situación.
-¡Ay, amigo Andrés! ¡Qué día, qué momento! Una bomba penetró por el
-techo, atravesó el piso alto, y horadando las tablas cayó en el bajo,
-donde al estallar con horrible estruendo causó espantosos estragos.
-Anselmo quedó muerto en el acto, atravesado por un casco el pecho;
-mi fámulo fue mortalmente herido, y la señora Sumta también, aunque
-sin gravedad. Yo recibí un golpe, y solo mi hija quedó aparentemente
-ilesa; pero ¡qué trastorno en su organismo! ¡qué desquiciamiento,
-qué horrible perturbación en su pobre alma! La horrenda explosión;
-el súbito peligro; la muerte de su primo y futuro esposo a quien
-recogimos del suelo en el momento de expirar; el riesgo que corríamos
-con el incendio de la casa, hirieron con golpe tan rudo su naturaleza
-endeble y resentida, que desde entonces mi hija, aquella muchacha
-amable, graciosa y discreta, dejó de existir, y en su lugar dejome
-el cielo esta desvalida y lastimosa criatura, cuyos padecimientos
-más me duelen a mí que a ella propia; esta vida se me va aniquilando
-entre el dolor y la melancolía, sin que nada pueda reanimarla. En el
-primer momento de la catástrofe, Josefina se quedó como si hubiera
-perdido la razón. A pesar de nuestros esfuerzos por sujetarla, salió
-corriendo a la calle, y sus lamentos dolorosos detenían al pasajero
-y contristaban al invencible soldado. Seguímosla, y llamándola sin
-cesar con las palabras más cariñosas, intentábamos llevarla a sitio
-seguro donde se tranquilizase; pero Josefina no nos oía. En su cerebro,
-agitado por hirviente excitación, reinaba el silencio absoluto. Yo
-creí que no sobrevivía a aquel trastorno; pero ¡ay, Andresillo!
-vive, gracias a mis cuidados, a mi vigilante y previsor estudio por
-salvarla. Ha permanecido en cama todo el invierno. Ya ves cómo está.
-¿Vivirá? ¿Alargará sus tristes días hasta el verano? ¿Podré salir de
-Gerona dentro de algunos meses, si resistimos el asedio y se van los
-franceses? ¿Qué suerte nos destina Dios en los días que vienen? ¡Pobre
-niñita mía! Inocente y débil, sufrirá los horrores del sitio tal vez
-mejor que nosotros los fuertes. No sé qué daría por que esta situación
-terminara pronto, permitiéndome salir una temporada de campo con mi
-pobre enferma. Pero figúrate lo que dirían de mí si ahora escapase de
-Gerona. No lo quiero pensar. Me llamarían cobarde y mal patriota. En
-verdad, muchacho, que no sé cuál de estos dos calificativos me lastima
-más. ¡Cobarde o mal patriota! No... aquí, señor de Nomdedeu, señor
-médico del hospital; aquí, en Gerona, al pie del cañón, con la venda
-en la mano y el bisturí en la otra para cortar piernas, sacar balas,
-vendar llagas y recetar a calenturientos y apestados. Vengan granadas
-y bombas.. Puede que se muera mi hija; puede que la débil luz de esta
-lamparita se apague, no solo por falta de aceite, sino por falta de
-oxígeno; morirá de terror, de consunción física, de hambre; pero ¡qué
-vamos a hacer! ¡Si Dios lo dispone así!...
-
-Diciendo esto, D. Pablo, vuelto hacia los cristales del balcón, se
-limpiaba las lágrimas con un pañuelo encarnado tan grande como una
-bandera.
-
-
-
-
-IV
-
-
-Por la noche, después de hacer la guardia en la Torre Gironella, volví
-a mi alojamiento y me encontré con una novedad. Pichota había parido,
-sí, señores, y la familia de que orgullosamente me consideraba jefe, se
-aumentó con tres criaturas, a las cuales era preciso mantener. No sé
-si he hablado a ustedes de Pichota, hermosa gata parda con manchas, a
-quien los tres muchachos profesaban un amor sin límites. Perdóneseme el
-descuido por no haberla mencionado antes, y ahora solo falta decir que
-al ver los tres retoños que nos había regalado, dije a Siseta:
-
---Es preciso que dos de estos caballeritos sean arrojados al Oñar,
-porque no estamos para mantener a tanta gente. Luego que acaben de
-mamar, será preciso una ración diaria para alimentarlos, y dicen que
-vamos a andar escasos.
-
---Déjalos, hombre --me respondió--. Dios dará para todos, y si no
-que se lo busquen ellos mismos. No faltará que comer en Gerona. Los
-_cerdos_ no se meterán con ustedes, y hasta me parece que no se
-atreverán a asomar las narices por acá.
-
---¡Quia, qué se han de atrever! --exclamé yo con festiva ironía--.
-Nos tienen mucho miedo. Sube conmigo a la Torre Gironella, y verás
-los mosquitos que andan allá por Levante y Mediodía. Franceses en San
-Medir, Montagut y Costa Roja; franceses en San Miguel y en los Ángeles,
-y, por variar, franceses en Montelibi, Pau y el llano de Salt. Ya
-verás, prenda mía. Aquí somos seis mil quinientos hombres que no bastan
-para empezar, y tenemos unas murallitas... ¡qué obras, válgame Dios! Da
-miedo verlas. Figúrate que cuando los lagartos corren por entre las
-piedras, estas se mueven y dan unas contra otras. No se puede hablar
-recio junto a ellas, porque con el estremecimiento del sonido se caen
-de su sitio. En fin, yo no sé lo que va a pasar cuando abran batería
-los franceses y empiecen a bombardearnos.
-
-La señora Sumta, ama de gobierno de Don Pablo Nomdedeu, que solía bajar
-a darnos conversación en sus ratos de ocio, metió su hocico en nuestro
-diálogo, diciendo:
-
---Tiene razón Andrés. Las murallas de los fuertes parecen una
-almendrada hecha con azúcar sin punto. Mi difunto esposo, que de
-Dios goce, y que hizo la campaña del Rosellón contra la república de
-los _cerdos_, me decía varias veces: «Si no fuera porque está allí
-San Fernando de Figueras con sus murallas de diamante, y aquí los
-gerundenses con sus corazones de acero, todas las plazas del Ampurdán
-caerían en poder de cualquier atrevido que pasase la frontera.» En fin,
-lo de menos será la piedra, con tal que haya hombres de pecho y un buen
-español que sepa mandarlos. ¿Y qué me dice usted, Sr. Andresillo, de
-ese encanijado Gobernador que nos han puesto?
-
---D. Mariano Álvarez de Castro. Este fue el que no quiso entregar a
-los franceses el Montjuich de Barcelona. Dicen que es hombre de mucho
-temple.
-
---Pues no lo parece --repuso la señora Sumta--. Cuando nos mandaron acá
-este sujeto en febrero y le vi, al punto le diputé por poca cosa. ¡Qué
-se puede esperar de quien no levanta tanto así del suelo! El otro día
-pasó junto a mí, y... créalo usted, no me llega al hombro. El tal D.
-Mariano Álvarez de Castro me serviría de bastón. ¿Le ha visto usted la
-cara? Es amarillo como un pergamino viejo, y parece que no tiene sangre
-en las venas. ¡Qué hombres los del día! Quien conoció a aquel General
-Ricardos, que no cabía por esa puerta, con un pecho y una espalda...
-Daba gusto ver su cara redondita y sus carrillos como clavellinas...
-
---Señora Sumta --dije riendo--, cuando los generales tengan un oficio
-semejante al de las amas de cría, entonces se podrá renegar de los que
-sean flacos y encanijados.
-
---No, Andresillo, no digo eso --repuso la matrona--. Lo que digo es que
-sin presencia no se puede mandar. Considera tú: cuando una ve a Doña
-Lucía Fitz-Gerard, coronela del batallón de Santa Bárbara; cuando una
-ve aquellas carnes, aquel andar imponente, dan ganas de correr tras
-ella a matar franceses. Pero dime, Siseta, ¿no estás tú afiliada en el
-batallón de Santa Bárbara?
-
---Yo, señora Sumta, no sirvo para eso --repuso mi futura esposa--.
-Tengo miedo a los tiros.
-
---Es que nosotras no hacemos fuego, hija mía, al menos mientras estén
-vivos los hombres. Llevar municiones, socorrer a los heridos, dar agua
-a los artilleros, y si se ofrece, ir aquí o allí con una orden del
-General: esta será nuestra ocupación. Ya les he dicho que cuenten
-conmigo para todo, para todo, aunque sea para llevar la bandera del
-batallón. De veras te digo, Andresillo, que es gran lástima no tener
-mejores murallas, y un General menos amarillo y con algunos dedos más
-de talla.
-
-Yo me reía con las cosas de la señora Sumta, mujer tan amable como
-entrometida, y lejos de enojarme sus barrabasadas, nos causaban sumo
-gusto a Siseta y a mí, mayormente al ver que en sus visitas el ama de
-gobierno de D. Pablo Nomdedeu no bajaba nunca sin traer algún condumio
-para los huérfanos. A eso de las nueve se despidió para regresar a su
-alojamiento, y entonces nos dijo:
-
---Ya la señorita ha de estar acostada. El señor acaba de entrar, y
-ahora estará escribiendo su _Diario de todos los días_, uno al modo de
-libro de coro, donde va apuntando lo que le pasa. ¡Ay! el amo confía
-que la niña se curará, y yo, sin ser médico, digo y aseguro que si
-alarga hasta que caigan las hojas, será mucho alargar... Ahora estamos
-empeñados en hacerle creer que la semana que viene iremos a Castellá.
-Sí, ¡buena temporada de campo nos espera! Bombas y más bombas. La niña
-no se ha de enterar de nada, y el amo dice que aunque arda la ciudad
-toda y caigan a pedazos las casas, Josefina no lo ha de conocer. Pues
-digo, si los _cerdos_ aprietan el cerco, como se cuenta, y escasean
-los víveres... Pero el amo tampoco quiere que la niña comprenda que
-escasean las vituallas. Si tenemos hambre, capaz es mi señor Don Pablo
-de cortarse un brazo y aderezar un guisote con él, haciendo creer a la
-enferma que tenemos aquel día pierna de carnero. Bueno va, bueno va.
-Adiós, Siseta; adiós, Andrés.
-
-Cuando nos quedamos solos dije a mi futura, mirando a los gatitos:
-
---Sálvense los tres infantes de España. Si hay hambre en Gerona, la
-carne de gato dicen que no es mala. ¡Ay, Siseta de mi corazón! ¡Cuándo
-nos veremos fuera de estas murallas! ¡Cuándo se acabará esta maldita
-guerra! ¡Cuándo estaremos tú y yo con los muchachos, Pichota y sus
-niños, camino de la Almunia de Doña Godina! ¿Estará de Dios que no nos
-sentaremos a la sombra de mis olivos mirando a las ramas para ver cómo
-va cuajando la aceituna?
-
-Hablando de este modo, me engolfaba en tristes presagios; pero Siseta,
-con sus observaciones impregnadas de sentimiento cristiano, daba cierta
-serenidad celeste a mi espíritu.
-
-
-
-
-V
-
-
-El 13 de junio, si no estoy trascordado, rompieron los franceses el
-fuego contra la plaza, después de intimar la rendición por medio de un
-parlamentario. Estaba yo en la Torre de San Narciso, junto al barranco
-de Galligans, y oí la contestación de D. Mariano, el cual dijo que
-recibiría a metrallazos a todo francés que en adelante volviese con
-embajadas.
-
-Estuvieron arrojando bombas hasta el día 25, y quisieron asaltar las
-torres de San Luis y San Narciso, que destrozaron completamente,
-obligándonos a abandonarlas el 19. También se apoderaron del barrio de
-Pedret, que está sobre la carretera de Francia, y entonces dispuso el
-Gobernador una salida para impedir que levantasen allí batería. Pero
-exceptuando la salida y la defensa de aquellas dos torres, no hubo
-hechos de armas de gran importancia hasta principios de julio, cuando
-los dos ejércitos principiaron a disputarse rabiosamente la posesión de
-Montjuich. Los franceses confiaban en que con este castillo lo tendrían
-todo. ¿Creerán ustedes que solo había dentro del recinto nuevecientos
-hombres, que mandaba D. Guillermo Nash? Los imperiales habían levantado
-varias baterías, entre ellas una con veinte piezas de gran calibre,
-y sin cesar arrojaban bombas a los del castillo, que rechazaron los
-asaltos con obuses cargados con balas de fusil. Por cuatro veces se
-echaron los _cerdos_ encima, hasta que en la última dijeron «ya no
-más», y se retiraron, dejando sobre aquellas peñas la bicoca de dos
-mil hombres entre muertos y heridos. No puedo apropiarme ni una parte
-mínima de la gloria de esta defensa, porque la estuve presenciando
-tranquilamente desde la Torre Gironella.
-
-En todo el mes de julio siguieron los franceses haciendo obras para
-aproximarse a la plaza, y viendo que no la podían tomar a viva fuerza,
-ponían su empeño en impedir que nos entraran víveres. De este plan
-comenzaron a resentirse los ya alarmados estómagos.
-
-En casa de Siseta, sin reinar la abundancia, no se pasaba mal, y
-con lo que yo les llevaba, unido a los frecuentes regalos del señor
-D. Pablo Nomdedeu, iban tirando los desdichados habitantes de la
-cerrajería. Verdad que yo me quedaba los más de los días mirando al
-cielo para darles a ellos lo mío; pero el militar con un bocado aquí
-y otro allí se mantiene, sostenido también por el espíritu, que toma
-su substancia no sé de dónde. Yo tenía un placer inmenso al retirarme
-a descansar unas cuantas horas o simplemente unos cuantos minutos, en
-ver cómo trabajaba Siseta en su casa, arreglando por puro instinto
-y nativo genio doméstico aquello que no tenía arreglo posible. Los
-platos rotos eran objeto de una escrupulosa y diaria revisión, y la
-vajilla más perfecta no habría sido puesta con mejor orden ni con tan
-brillante aparato. En las alacenas, donde no había nada que comer, mil
-chirimbolos de loza y lata, que fueron en sus buenos tiempos bandejas,
-escudillas, soperas y jarros, aguardaban los manjares a que los destinó
-el artífice, y los muebles desvencijados que apenas servían para arder
-en una hoguera, adquirieron inusitado lustre con el tormento de los
-diarios lavatorios y friegas a que la diligente muchacha los sujetaba.
-
---Mira, prenda mía --le decía yo--, se me figura que no vendrá ninguna
-visita. ¿A qué te rompes las manos contra esa caoba carcomida y ese
-pino apolillado que no sirve ya para nada? Tampoco viene al caso la
-deslumbradora blancura de esas cortinas desgarradas y de esos manteles,
-sobre los cuales, por desgracia, no chorreará la grasa de ningún pavo
-asado.
-
-Yo me reía, y hasta aparentaba burlarme de ella; pero entre tanto una
-secreta satisfacción ensanchaba mi pecho, al considerar las eminentes
-cualidades de la que había elegido para compañera de mi existencia. Un
-día, después de hablar de estas cosas, subí a visitar al Sr. Nomdedeu,
-y encontrele sumamente inquieto al lado de su hija, que seguía leyendo
-el _Quijote_.
-
---Andrés --me dijo dulcificando su fisonomía para disimular con los
-ojos lo que expresaban las palabras--, principian a faltar víveres de
-un modo alarmante, y los franceses no dejan entrar en la plaza ni una
-libra de habichuelas. Yo estoy decidido a comprar todo lo que haya, a
-cualquier precio, para que mi hija no carezca de nada; pero si llegan a
-faltar los alimentos en absoluto, ¿qué haré? He reunido bastantes aves;
-pero dentro de un par de semanas se me concluirán. Las pobres están tan
-flacas que da lástimas verlas. Amigo, ya sabes que desde hoy empezamos
-a comer carne de caballo. ¡Bonito porvenir! Álvarez dice que no se
-rendirá, y ha puesto un bando amenazando con la muerte al que hable de
-capitulación. Yo tampoco quiero que nos rindamos... de ninguna manera;
-pero ¿y mi hija? ¿Cómo es posible que su naturaleza resista los apuros
-de un bloqueo riguroso? ¿Cómo puede vivir sin alimento sano y nutritivo?
-
-La enferma arrojó el libro sobre la mesa, y al ruido del golpe volviose
-el padre, en cuya fisonomía vi mudarse con la mayor presteza la
-expresión dolorosa en afectada alegría.
-
-En aquel momento trajo la señora Sumta la comida de la señorita, y como
-esta viese un pan negro y duro, lo apartó de sí con ademán desagradable.
-
-El padre hizo esfuerzos por reírse, y al punto escribió lo siguiente:
-
---¡Qué tonta eres! Este pan no es peor que el de los demás días, sino
-mucho mejor. Es negro porque he mandado al panadero que lo amasase con
-una medicina que le envié, y que te hará muchísimo provecho.
-
-Mientras ella leía, él trinchaba un medio pollo, mejor dicho un medio
-esqueleto de pollo, sobre cuya descarnada osamenta se estiraba un
-pellejo amarillo.
-
---No sé cómo la convenceré de que tiene delante un bocado apetitoso
---me dijo con dolor profundo, pero cuidando de conservar la sonrisa en
-los labios--. ¡Dios mío, no me desampares!
-
-La señora Sumta, detrás del sillón de la enferma, pronunció estas
-palabras:
-
---Señor, yo no quería decirlo, pero ello es preciso: de las cinco
-gallinas que quedaban se han muerto tres, y dos están enfermas.
-
---¿Es posible? ¡La Santa Virgen nos ayude! --exclamó el doctor,
-chupando los huesos del pollo para animar a su hija a que imitara tan
-meritoria abnegación--. ¡Conque se han muerto! Ya lo esperaba. Dicen
-que todas las aves del pueblo se están muriendo. ¿Ha ido usted a la
-Plaza de las Coles a ver si hay alguna gallina fresca y gorda?
-
---No he visto más que alambres, y algunos lechuzos que dan asco.
-
---¡Dios me tenga de su mano! ¿Qué vamos a hacer?
-
-Y diciendo esto chupaba y rechupaba un hueso, saboreándolo luego con
-visajes de satisfacción, para ponderar de este modo a los ojos de la
-enferma la excelencia de aquella vianda. Pero Josefina, después de
-probar el seco animal, apartó el plato de sí con repugnancia. D. Pablo,
-sin detenerse a escribir, porque en su azoramiento y ansiedad faltábale
-la paciencia para recurrir a tan tardo medio, exclamó a gritos:
-
---¿Qué, no lo quieres? Pues está exquisito, delicioso. Algo flaco;
-pero ahora se usan los pollos flacos. Así lo prescribe la higiene, y
-los buenos cocineros jamás te ponen en el puchero un ave medianamente
-entrada en carnes.
-
-Pero Josefina no oía, como era de esperar, y cerrando los ojos con
-desaliento, pareció más dispuesta a dormir que a comer. En tanto
-D. Pablo levantábase, y paseando por el cuarto, cruzadas las manos
-y con expresión de terror los ojos, no se cuidaba de disimular su
-desesperación.
-
---Andrés --me dijo--, es preciso que me ayudes a buscar algo que dar
-a mi hija. Gallinas, patos, palomas: ¿se han concluido ya las aves de
-corral en Gerona?
-
---Todo se ha concluido --afirmó la señora Sumta con oficiosidad--.
-Esta mañana, cuando fui a la formación (pues yo pertenezco a la
-segunda compañía del batallón de Santa Bárbara), todos los militares
-se quejaban de la escasez de carnes, y la coronela Doña Luisa dijo que
-pronto sería preciso comer ratones.
-
---¡Vaya usted al demonio con sus batallones y coronelas! ¡Comer
-animales inmundos! No, mi pobre enferma no carecerá de alimento sano. A
-ver: busquen por ahí... pagaré una gallina a peso de oro.
-
-Luego, volviéndose a mí, me dijo:
-
---Cuentan que se espera un convoy de víveres en Gerona, traído por un
-General Blake. ¿Has oído tú algo de esto? A mí me lo dijo el mismo
-Intendente, D. Carlos Beramendi, aunque también me manifestó que dudaba
-pudiera llegar felizmente aquí. Parece que están en Olot con dos mil
-acémilas, y todo se ha combinado para que salga de aquí D. Blas de
-Fournás con alguna fuerza, con objeto de distraer a los franceses.
-¡Oh, si esto ocurriera pronto y nos llegara harina fresca y alguna
-carne!... Si no, dudo que nos escapemos de una horrorosa epidemia,
-porque los malos alimentos traen consigo mil dolencias que se agravan
-y se comunican con la insalubridad de un recinto estrecho y lleno de
-inmundicias. ¡Dios mío! Yo no quiero nada para mí: me contentaré con
-tomar en la calle un hueso crudo de los que se arrojan a los perros,
-y roerlo; pero que no falte a mi inocente y desgraciada enfermita un
-pedazo de pan de trigo y una hila de carne... Andrés, ¡si vieras qué
-malos ratos paso en el hospital! El Gobernador ha mandado que los
-mejores víveres que quedan se destinen a los soldados y oficiales
-heridos, lo cual me parece muy bien dispuesto, porque ellos lo merecen
-todo. Esta mañana estaba repartiéndoles la comida. ¡Si vieras qué
-perniles, qué alones, qué pechugas había allí! Tuve intenciones de
-escurrir bonitamente una mano por entre los platos y pescar un muslo
-de gallina, para metérmelo con disimulo en el bolsillo de la chupa y
-traérselo a mi hija. Estuve luchando un largo rato entre el afán que
-me dominaba y mi conciencia, y al fin, elevando el pensamiento, y
-diciendo: «Señor, perdóname lo que voy a hacer», me decidí a cometer
-el hurto. Alargué los dedos temblorosos, toqué el plato, y al sentir
-el contacto de la carne, la conciencia me dio un fuerte grito y aparté
-la mano; pero se me representó el estado lastimoso de mi niña y volví
-a las andadas. Ya tenía entre las garras el muslo, cuando un oficial
-herido me vio. Al punto sentí que la sangre se me subía a la cara, y
-solté la presa diciendo: «Señor oficial, no queda duda que esa carne
-es excelente y que la pueden ustedes comer sin escrúpulo...» Me vine a
-casa con la conciencia tranquila, pero con las manos vacías. Y hablando
-de otra cosa, amigo Andrés, dicen que al fin se tendrá que rendir
-Montjuich.
-
---Así parece, Sr. D. Pablo. El Gobernador ha ofrecido premios y grados
-a los seiscientos hombres de D. Guillermo Nash; pero con todo, parece
-que no pueden resistir más tiempo. Los que hay dentro del castillo
-ya no son hombres, pues ninguno ha quedado entero, y si se sostienen
-una semana, es preciso creer que San Narciso hace hoy un milagro más
-prodigioso que el de las moscas, ocurrido seiscientos años ha.
-
---Esta mañana me dijeron que los del castillo no están ya para fiestas;
-pero que el Gobernador Sr. Álvarez les manda resistir y más resistir,
-como si fueran de hierro los pobres hombres. Diecinueve baterías han
-levantado los franceses contra aquella fortaleza... conque figúrate el
-sinnúmero de confites que habrá llovido sobre la gente de D. Guillermo
-Nash.
-
---No necesito figurármelo, Sr. D. Pablo --repuse--, que todo eso lo
-tengo más que visto, pues la Torre Gironella, donde yo estoy, no tiene
-ninguna varita de virtudes para impedir que las bombas caigan sobre
-ella.
-
-La enferma, levantándose de su asiento sin ser sentida, se acercó a
-nosotros.
-
---Hija mía --le dijo Nomdedeu con sorpresa y cariño, a pesar de la
-certeza de no ser oído--, tu disposición a andar me prueba que estás
-mucho mejor. Unos cuantos paseos por las afueras de la ciudad te
-pondrán como nueva. ¡Ay, Andrés! --añadió dirigiéndose a mí--, daría
-diez años de mi vida por poder dar diez paseos con mi hija por el
-camino de Salt. Por espacio de muchos meses ha permanecido en una
-postración lastimosa, y ahora su naturaleza, sintiéndose renacer, busca
-el movimiento y quiere sacudir la mortal somnolencia.
-
-Josefina recorría la habitación con paso ligero, y sus mejillas se
-tiñeron de levísimo carmín.
-
---¡Oh, qué alegría! --exclamó D. Pablo--. En todo un año no has andado
-tanto como en estos tres minutos. Mira, Andrés, cómo se le colorea el
-semblante. La sangre circula, los miembros adquieren soltura y brío, la
-apagada pupila brilla con nuevo ardor, y una respiración cadenciosa y
-enérgica sale del oprimido pecho.
-
-Diciendo esto, mi amigo abrazó y besó a su hija con entusiasmo.
-
---Aquí tienes, insigne Marijuán --prosiguió con júbilo--, el resultado
-de mi sistema. Todos decían: «El Sr. D. Pablo Nomdedeu, que es tan buen
-médico, no curará a su hija.» Y yo digo: «Sí, majaderos: el Sr. D.
-Pablo Nomdedeu, que es un mal médico, curará a su hija.» Mi hija está
-mejor, mi hija está buena, y con unos cuantos meses de temporada en
-Castellá...
-
-La enferma, en efecto, manifestaba alguna animación. Al ver las
-demostraciones de su padre, hizo y repitió enérgicos signos que no
-entendí. La falta de oído habíale quitado el hábito de expresarse por
-la palabra, adquiriendo con esto insensiblemente la rápida movilidad
-facial y manual de los sordomudos. Solo en casos de apuro y cuando no
-era comprendida, recurría instintivamente a poner en acción la lengua,
-exprimiendo las ideas con cierta oscuridad, y siempre con rapidez y
-escasa armonía.
-
---Quiero vestirme --dijo agitando el guardapiés.
-
---¿Para qué, hija?
-
---¿No vamos esta tarde a Castellá? En el patio dos caballos... los he
-visto.
-
-Nomdedeu hizo con la cabeza dolorosos signos negativos.
-
---Esos caballos --me dijo--, son el mío y el del vecino D. Marcos, que
-van al matadero.
-
-Josefina corrió a la ventana que daba al patio, volviendo luego a
-nuestro lado.
-
---¡Quiero salir... calle! --exclamó con vehemencia.
-
---Hija mía --dijo D. Pablo asociando los signos a la palabra--, ya
-sabes que ha llovido. Están los pisos llenos de fango. No te sentará
-bien. Toma mi brazo y demos unos cuantos paseos de la sala a la cocina
-y de la cocina a la sala.
-
-Josefina mostró inmenso fastidio, y miró a la calle con desconsuelo.
-
---Aquí tienes un gran compromiso --me dijo el doctor tirándose de un
-mechón de cabellos.
-
-La desgraciada niña, mirando al cielo al través de los vidrios, exclamó:
-
---¡Qué precioso... el cielo!
-
---Es verdad --repuso el padre--. Pero... más vale que te sientes en
-tu silloncito. ¿Por qué no tomas alguna cosa? Mira... uno de estos
-bollitos.
-
-Josefina corrió a su asiento y dejose caer en él, apartando con
-repugnancia las golosinas que le ofrecía su padre. Luego movió la
-cabeza a un lado y otro cerrando los ojos, y pronunciando estas
-palabras que caían sobre el corazón del padre como bombas en plaza
-sitiada:
-
---¡Guerra en Gerona!... ¡Otra vez guerra en Gerona!
-
-Nomdedeu, sin atreverse a contradecirla, habíase sentado junto a ella,
-y con la cabeza entre las manos lloraba como un chiquillo.
-
-
-
-
-VI
-
-
-Rindiose Montjuich a los dos días de ocurrir lo que llevo referido.
-¿Qué podían hacer aquellos cuatrocientos hombres que habían sido
-novecientos y ya caminaban a no ser ninguno? El 12 de agosto la
-guarnición del castillo se componía de unos trescientos o cuatrocientos
-hombres, sin piernas los unos, sin brazos los otros. Montjuich era un
-montón de muertos, y lo más raro del caso es que Álvarez se empeñaba en
-que aún podía defenderse. Quería que todos fuesen como él, es decir,
-un hombre para atacar y una estatua para sufrir; mas no podía ser así,
-porque de la pasta de D. Mariano Dios había hecho a D. Mariano, y
-después dijo: «Basta, ya no haremos más.»
-
-Se rindió el castillo después de clavar los pocos cañones que quedaron
-útiles, y por la tarde de aquel día vimos desfilar a la que había sido
-guarnición, marchando la mayor parte al hospital. Todos quisimos ver
-a Luciano Anció, el tambor que, después de haber perdido una pierna
-entera y verdadera, siguió mucho tiempo señalando con redobles la
-salida de las bombas; pero Luciano Anció había muerto sacudiendo el
-parche mientras tuvo los brazos pegados al cuerpo. Daba lástima ver a
-aquella gente, y yo le dije a Siseta, que había ido con los tres chicos
-a la Plaza de San Pedro:
-
---Como estos medios hombres estaré yo dentro de poco, Siseta, porque
-ya que acabaron con Montjuich, ahora la van a emprender con la torre
-Gironella, cuyas murallas no se han caído ya... por punto.
-
-Los franceses no esperaron al día siguiente para combatir la ciudad,
-que se les venía a la mano, una vez que tenían la gran fortaleza, y
-desde la misma noche empezaron a levantar baterías por todos lados.
-Tanta prisa se dieron, que en pocos días alcanzamos a ver muchísimas
-bocas de fuego por arriba, por abajo, por la montaña y por el llano,
-contra la muralla de San Cristóbal y Puerta de Francia. El Gobernador,
-que harto conocía la flaqueza de aquellas murallas de mazapán, dispuso
-que se ejecutaran obras como las de Zaragoza: cortaduras por todos
-lados, parapetos, zanjas y espaldones de tierra en los puntos más
-débiles.
-
-Las mujeres y los ancianos trabajaron en esto, y yo me llevé a la Plaza
-de San Pedro a mis tres chiquillos, que metían mucho ruido sin hacer
-nada. Por la noche regresaron a su casa completamente perdidos de
-suciedad, y con los vestidos hechos jirones.
-
---Aquí te traigo estos tres caballeros --dije a Siseta--, para que los
-repases.
-
-Ella se enojó viéndoles tan derrotados, y quiso pegarles; pero yo la
-contuve diciendo:
-
---Si han ido al trabajo, fue porque así lo ordenó el Gobernador D.
-Mariano Álvarez de Castro. Son los tres muy buenos patriotas, y si
-no es por ellos, creo que no se hubiera acabado hoy la cortadura que
-cierra el paso de la calle de la Barca. ¿Ves? Esa arroba de fango que
-tiene Gasparó en la cabeza, es porque quiso también meter sus manos
-en harina, y subiendo al parapeto, rodó después hasta el fondo de la
-zanja, de donde le sacaron con una azada.
-
-Siseta al oír esto empezó a solfearle en cierta parte, encareciéndole
-con enérgicas palabras la conveniencia de que no tomase parte en las
-obras de fortificación.
-
---¿Ves este verdugón que tiene Manalet en el carrillo y en la sien
-derecha? --proseguí, librando a Gasparó de las injusticias de su
-hermana--. Pues fue porque se acercó demasiado al Gobernador cuando
-este iba con el Intendente y toda la plana mayor a examinar las obras.
-Estas criaturitas, no contentas con verle de cerca, se metían en el
-corrillo, enredándose entre las piernas de D. Mariano en términos
-que no le dejaban andar. Un ayudante les espantaba; pero volvían como
-las moscas de San Narciso, hasta que al fin, cansados del juego, los
-oficiales empezaron a repartir bofetones, y uno de ellos le cayó en la
-cara a tu hermano Manalet.
-
---¡Ay, qué chicos estos! --exclamó Siseta--. Todos desean que se acabe
-el sitio para poder vivir, y yo quiero que se acabe para que haya
-escuela.
-
-Entre tanto, los tres patriotas volvían a todas partes sus ardientes
-ojos, en cuya pupila resplandecía el rayo de una vigorosa y exigente
-vida; miraban a su hermana y me miraban a mí, atendiendo principalmente
-a los movimientos de mis manos, por ver si me las llevaba a los
-bolsillos.
-
---Siseta --dije--, ¿no hay nada que comer? Mira que estos tres
-capitanes generales me quieren tragar con los ojos. Y verdaderamente,
-¿cómo han de servir a la patria si no se les pone algún peso en el
-cuerpo?
-
---No hay nada --dijo la muchacha, suspirando tristemente--. Se ha
-concluido lo que tú trajiste la semana pasada, y hace dos días que
-la señora Sumta no me da ni una miga porque parece que arriba faltan
-también las provisiones. ¿Nos traes algo esta noche?
-
-Por única respuesta, fijé la vista en el suelo, y durante largo rato
-guardamos todos profundo silencio, sin atrevernos a mirarnos. Yo no
-llevaba nada.
-
---Siseta --dije al fin--. La verdad, hoy no he traído cosa alguna.
-Sabes que no nos dan más que media ración, y yo había tomado
-adelantadas dos o tres diciendo que eran para un enfermo. Esta mañana
-me dio un compañero un pedazo de pan... ¿y para qué negártelo?... tenía
-tanta hambre que me lo comí.
-
-Felizmente para todos, bajó la señora Sumta, trayendo algunos mendrugos
-de pan y otros restos de comida.
-
-
-
-
-VII
-
-
-Así pasaban días y días, y a los males ocasionados por el sitio, se
-unió el rigor de la calurosa estación para hacernos más penosa la
-vida. Ocupados todos en la defensa, nadie se cuidaba de los inmundos
-albañales que se formaban en las calles, ni de los escombros, entre
-cuyas piedras yacían olvidados cadáveres de hombres y animales; ni por
-lo general, la creciente escasez de víveres preocupaba los ánimos más
-que en el momento presente. Todos los días se esperaba el anhelado
-socorro, y el socorro no venía. Llegaban, sí, algunos hombres, que de
-noche y con grandes dificultades se escurrían dentro de la plaza; pero
-ningún convoy de vituallas apareció en todo el mes de agosto. ¡Qué
-mes, Santo Dios! Nuestra vida giraba sobre un eje cuyos dos polos eran
-batirse y no comer. En las murallas era preciso estar constantemente
-haciendo fuego, porque la escasez de la guarnición no permitía
-relevos, además de que el Gobernador, como enemigo del descanso, no nos
-dejaba descabezar un mal sueño. Allí no dormían sino los muertos.
-
-Este continuado trabajo hizo que durante aquel mes aciago estuviese
-hasta ocho días sin ver a mis queridos niños y a Siseta, los cuales me
-juzgaron muerto. Cuando al fin les vi, casi les fue difícil reconocerme
-en el primer instante: tal era mi extenuación y decaimiento a causa de
-las grandes vigilias, del hambre y el continuo bregar.
-
---Siseta --le dije abrazándola--, todavía estoy vivo aunque no lo
-parezca. Cuando recuerdo el enorme número de compañeros míos que han
-caído para no volverse a levantar, me parece que mi pobre cuerpo está
-también entre los suyos, y que esto que va conmigo es un fantasma que
-dará miedo a la gente. ¿Cómo va por aquí de alimentos?
-
---Con el dinero que me quedaba de lo que tú me diste, hemos comprado
-alguna carne de caballo. Algo nos envían de arriba, porque la señorita
-enferma no quiere comer de estos platos que ahora se usan. El Sr.
-Nomdedeu parará en loco, según yo veo, y ayer estuvo aquí todo el día
-rellenando de paja dos pieles de gallina, con lo cual hace creer a su
-hija que ha recibido aves frescas de la plaza. Después le da carne de
-caballo, y echándole discursos escritos le hace comer unas tajaditas.
-La señora Sumta salió ayer con su fusil, y volvió diciendo que había
-matado no sé cuántos franceses. Los tres chicos no me han dejado
-respirar en estos ocho días. ¿Querrás creer que ayer se subieron al
-tejado de la catedral, donde están los dos cañones que mandó poner
-el Gobernador? Yo no sé por dónde subieron; mas creo que fue por los
-techos del claustro. Lo que no creerás es que Manalet vino ayer muy
-orgulloso porque le había rozado una bala el brazo derecho, haciéndole
-una regular herida, por lo cual traía un papel pegado con saliva encima
-de la rozadura. Badoret cojea de un pie. Yo quiero detener al pequeño;
-pero siempre se escapa, marchándose con sus hermanos, y ayer trajo un
-pedazo de bomba como media taza, llena de granos de arroz que recogió
-en medio del arroyo... Y tú ¿qué has oído? ¿Es cierto que vienen
-socorros por la parte de Olot? El señor Nomdedeu no piensa más que en
-esto, y por las noches, cuando siente algún ruido en las calles, se
-levanta, y asomándose por el ventanillo del patio, dice: «Vecinita, esa
-gente que pasa me parece que ha hablado de socorro.»
-
---Lo que yo te puedo decir, Siseta, es que esta madrugada saldrá
-alguna tropa de aquí por la ermita de los Ángeles, y se dice que va a
-entretener a los franceses por un lado mientras el convoy entra por
-otro.
-
---Dios quiera que salga bien.
-
-Esto decíamos, cuando se sintió fuerte ruido de voces en la calle. Abrí
-al punto la puerta, y no tardé en encontrar algunos compañeros que,
-alojados en las casas inmediatas, salieron al oír el estruendo de
-carreras y voces. La señora Sumta se presentó también a mi vista, fusil
-al hombro, y con rostro tan placentero cual si viniese de una fiesta.
-
---Ya tenemos ahí los socorros --dijo la guerrera, descansando en tierra
-el fusil con marcial abandono.
-
-Al punto apareció en la ventana alta el busto del Sr. Nomdedeu, quien
-sin poder contener su alegría, gritaba:
-
---¡Ya ha llegado el socorro! ¡Albricias, pueblo gerundense! Señora
-Sumta, suba usted a informarme de todo. ¿Pero ha entrado ya el convoy?
-Traiga usted inmediatamente todo lo que encuentre, a cualquier precio
-que lo vendan.
-
-Un soldado, amigo y compañero mío, nos dijo:
-
---Todavía no ha entrado el convoy en la plaza, ni sabemos cuándo ni por
-dónde entrará.
-
---Lo cierto es que hacia el lado de Bruñolas se siente un vivo fuego,
-señal de que por allí D. Enrique O’Donnell se está batiendo con los
-franceses.
-
---También se oye tiroteo por los Ángeles, donde dicen que está Llauder.
-El convoy entrará por el Mercadal, si no me engaño.
-
---Señora Sumta --dijo D. Pablo desde la ventana--, suba usted a
-acompañar a mi hija mientras yo voy a enterarme de lo que ocurre; pero
-deje usted fuera esos arreos militares, y póngase el delantal y la
-escofieta. Entre tanto, encienda el fuego, ponga agua en los pucheros,
-que si usted va por los víveres, yo mondaré luego las seis patatas que
-compré hoy, y haré todo lo demás que sea preciso en la cocina.
-
-Estas conferencias no se prolongaron mucho tiempo, porque tocaron
-llamada y corrimos a la muralla, donde tuvimos la indecible
-satisfacción de oír el vivo fuego de los franceses, atacados de
-improviso a retaguardia por las tropas de O’Donnell y de Llauder. Para
-ayudar a los que venían a socorrernos se dispararon, todas las piezas,
-se hizo un vivo fuego de fusilería desde todas las murallas, y por
-diversos puntos salimos a hostigar a los sitiadores, facilitando así
-la entrada del convoy. Por último, mientras hacia Bruñolas se empeñaba
-un recio combate en que los franceses llevaron la peor parte, por Salt
-penetraron rápidamente dos mil acémilas, custodiadas por cuatro mil
-hombres a las órdenes del General D. Jaime García Conde.
-
-¡Qué inmensa alegría! ¡Qué frenesí produjo en los habitantes de Gerona
-la llegada del socorro! Todo el pueblo salió a la calle al rayar
-el día para ver las mulas, y si hubieran sido seres inteligentes
-aquellos cuadrúpedos, no se les habría recibido con más cariñosas
-demostraciones, ni con tan generosa salva de aplausos y vítores. Al
-pasar por la calle de Cort-Real, ya entrado el día, encontré a Siseta,
-a los tres chicos y a D. Pablo Nomdedeu, y todos nos abrazamos,
-comunicándonos nuestro gozo más con gestos que con palabras.
-
---Gerona se ha salvado --decíamos.
-
---Ahora que aprieten los _cerdos_ el cerco --exclamó D. Pablo--. ¡Dos
-mil acémilas! Tenemos víveres para un año.
-
---Bien decía yo --añadió Siseta-- que por alguna parte había de venir.
-
-Aquel día y los siguientes reinó en la plaza gran satisfacción, y
-hasta nos hostilizaron flojamente los franceses, porque detuviéronse
-algunos días en ocupar las posiciones que habían abandonado a causa
-de la jugarreta que se les hizo. En cuanto a los auxilios, pasada la
-impresión del primer instante, todos caímos en la cuenta de que los
-mismos que nos los habían traído nos los quitarían, porque reforzada
-la guarnición con los cuatro mil hombres de Conde, estos nos ayudaban
-a consumir los víveres. ¡Funesto dilema de todas las plazas sitiadas!
-Pocas bocas para comer dan pocos brazos para pelear. Gran número de
-brazos trae gran número de bocas: de modo que si somos pocos nos vence
-el arte enemigo; si somos muchos nos vence el hambre. Sobre esta
-contradicción se funda verdaderamente todo el arte militar de los
-sitios.
-
-Así se lo decía yo a D. Pablo pocos días después de la llegada de las
-dos mil acémilas, anunciándole que bien pronto nos quedaríamos otra vez
-en ayunas, a lo cual me contestó:
-
---Yo he hecho grandes provisiones. Pero si el sitio se prolonga
-mucho, también se me concluirán. Ahora, según dicen, Álvarez hará un
-gran esfuerzo para quitarnos de encima esa canalla. Ya sabes que a
-fuerza de cañonazos han abierto brecha en Santa Lucía, en Alemanes
-y en San Cristóbal. De un día a otro intentarán el asalto. ¿Se podrá
-resistir, Andrés? Yo iré a la brecha como todos. Pero ¿qué podremos
-hacer nosotros, infelices paisanos, contra las embestidas de tan fiero
-enemigo?
-
-Desde aquellos días hasta el 15 de septiembre, en que D. Mariano
-dispuso una salida atrevidísima, no se habló más que de los
-preparativos para el gran esfuerzo, y los frailes, las mujeres y hasta
-los chicos hablaban de las hazañas que pensaban realizar, peligros
-que soportar y dificultades que acometer, con tan febril inquietud y
-novelería como si aguardasen una fiesta. Yo le dije a Siseta que se
-dispusiera a tomar parte con las de su sexo en la gran función; pero
-ella, que siempre se negó a calzar el coturno de las acciones heroicas,
-me contestó con risas y bromas que no servía para el caso; pero que si
-por fuerza la llevaban a la batalla, haría la prueba de matar algún
-francés con las tenazas de la herrería.
-
-La salida del 15 no dio otro resultado que envalentonar a los señores
-_cerdos_, los cuales, deseosos de poner fin al cerco tomando la ciudad,
-se nos echaron encima el día 19, asaltando la muralla por distintos
-puntos con cuatro formidables columnas de a dos mil hombres. En Gerona
-fueron tan grandes aquella mañana el entusiasmo y la ansiedad, que
-hasta nos olvidamos de que nuevamente nos faltaba un pedazo de pan que
-llevar a la boca.
-
-Los soldados conservaban su actitud serena e imperturbable; pero en
-los paisanos se advertía una alucinación, algo como embriaguez, que
-no era natural antes del triunfo. Los frailes, echándose en grupos
-fuera de sus conventos, iban a pedir que se les señalase el puesto
-de mayor peligro; los señores graves de la ciudad, entre los cuales
-los había que databan del segundo tercio del siglo anterior, también
-discurrían de aquí para allí con sus escopetas de caza, y revelaban
-en sus animados semblantes la presuntuosa creencia de que ellos lo
-iban a hacer todo. Menos bulliciosos y más razonables que estos,
-los individuos de la Cruzada gerundense hacían todo lo posible para
-imitar en su reposada ecuanimidad a la tropa. Las damas del batallón
-de Santa Bárbara no se daban punto de reposo, anhelando probar con
-sus incansables idas y venidas que eran el alma de la defensa; los
-chicos gritaban, creyendo que de este modo se parecían a los hombres,
-y los viejos, muy viejos, que fueron eliminados de la defensa por el
-Gobernador, movían la cabeza con incrédula y desdeñosa expresión, dando
-a entender que nada podría hacerse sin ellos.
-
-Las monjas abrían de par en par las puertas de sus conventos, rompiendo
-a un tiempo rejas y votos; disponían para recoger a los heridos sus
-virginales celdas, jamás holladas por planta de varón, y algunas salían
-en falanges a la calle, presentándose al Gobernador para ofrecerle sus
-servicios, una vez que el interés nacional había alterado pasajeramente
-los rigores del santo instituto. Dentro de las iglesias ardían mil
-velas delante de mil santos; mas no había oficios de ninguna clase,
-porque los sacerdotes, lo mismo que los sacristanes, estaban en la
-muralla. Toda la vida, en suma, desde lo religioso hasta lo doméstico,
-estaba alterada, y la ciudad no era la ciudad de otros días. Ninguna
-cocina humeaba, ningún molino molía, ningún taller funcionaba, y la
-interrupción de lo ordinario era completa en toda la línea social,
-desde lo más alto a lo más bajo.
-
-Lo extraño era que no hubiese confusión en aquel desbordamiento
-espontáneo del civismo gerundense; pues al par de este, brillaba
-la subordinación. En verdad que D. Mariano sabía establecerla
-rigurosísima, y no permitía desmanes ni atropellos de ninguna clase,
-siendo inexorablemente enérgico contra todo aquel que sacara el pie
-fuera del puesto que se le había marcado.
-
-Las campanas tocaban a somatén, ocupándose en el servicio los chicos
-del pueblo, por ausencia de los campaneros, y el cañón francés empezó
-desde muy temprano a ensordecer el aire. Los tambores recorrían las
-calles repicando su belicosa música, y los resplandores de los fuegos
-parabólicos comenzaron a cruzar el cielo. Todo estaba perfectamente
-organizado, y cada uno fue derecho a su sitio, no necesitando preguntar
-a nadie cuál era. Sin que sus habitantes salieran de ella, la ciudad
-quedó abandonada, quiero decir, que ninguno se cuidaba de la casa que
-ardía, del techo desplomado, de los hogares a cada instante destruidos
-por el horrible bombardeo. Las madres llevaban consigo a los niños de
-pecho, dejándolos al abrigo de una tapia o de un montón de escombros,
-mientras desempeñaban la comisión que el instituto de Santa Bárbara les
-encomendara. Menos aquellas en que había algún enfermo, todas las casas
-estaban desiertas, y muebles y colchones, trapos y calderos en revuelto
-hacinamiento obstruían las Plazas del Aceite y del Vino.
-
-
-
-
-VIII
-
-
-Yo estaba en Santa Lucía, donde había mucha tropa y paisanos. Allí me
-encontré a D. Pablo Nomdedeu, que me dijo:
-
---Andrés, mis funciones de médico y mi deber de patriota me obligan a
-apartarme hoy de mi hija. Mucho he sermoneado a la señora Sumta para
-que se quedara en casa; pero ese marimacho me amenazó con denunciarme
-al Gobernador como patriota tibio si persistía en apartarla de la senda
-de gloria por donde la llevan los acontecimientos. Mírala: ahí está
-entre aquellos artilleros, y será capaz de servir sola el cañón de a
-12 si la dejan. La buena Siseta se ha quedado acompañando a mi querida
-enfermita. Ya le he dicho que le haré un buen regalo si consigue
-entretener a la niña, de modo que esta no comprenda nada de lo que
-pasa. Es cosa difícil, a pesar de que no oye ni los cañonazos... He
-clavado todas las ventanas para que no se asome, y dejando cerrada a la
-luz solar la habitación, he encendido el candil, haciéndole creer que
-hay una fuerte tempestad de truenos y rayos. Como no caiga una bomba
-allí mismo o en las inmediaciones, es probable que nada comprenda,
-engañada por el profundo y saludable silencio en que su cerebro yace.
-¡Dios mío, aparta de mí las tribulaciones y libra mi hogar del fuego
-enemigo! ¡Si me has de quitar el único consuelo que tengo en la tierra,
-dale una muerte tranquila, y no conturbes su último instante con la
-cruel agonía del espanto! ¡Si ha de ir al cielo, que vaya sin conocer
-el infierno, y que este ángel no vea demonios junto a sí en el momento
-de su muerte!
-
-La señora Sumta, empujando a un lado y otro con sus membrudos brazos,
-llegó a nosotros hablando así a su amo:
-
---¿Qué hace ahí, señor mío, como un dominguillo? ¿Pero no tiene
-fusil, ni escopeta, ni pistolas, ni sable? Ya... no lleva más que la
-herramienta para cortar brazos y piernas al que lo haya menester.
-
---Médico soy y no soldado --repuso D. Pablo--: mis arreos son las
-vendas y el ungüento; mis armas el bisturí, y mi única gloria la de
-dejar cojos a los que debían ser cadáveres. Pero si preciso fuere,
-venga un fusil, que curaré españoles con una mano y mataré franceses
-con la otra.
-
-Teníamos por jefe en Santa Lucía a uno de los hombres más bravos de
-esta guerra: un irlandés llamado D. Rodulfo Marshall, que había venido
-a España sin que nadie le trajese, solo por gusto de defender nuestra
-santa causa. Aventurero o no, Marshall por lo valiente debía haber
-sido español. Era rozagante, corpulento, de semblante festivo y mirar
-encendido, algo semejante al de D. Juan Coupigny que vimos en Bailén.
-Hablaba mal nuestra lengua; pero aunque alguna de sus palabrotas nos
-causaban risa, decíalas con la suficiente claridad para ser entendidas,
-y nada importaba que destrozara el castellano con tal que destrozase
-también a los franceses, como lo hizo en varias ocasiones.
-
-Había que ver el empuje de aquellas columnas de _cerdos_, señores. No
-parecían sino lobos hambrientos, cuyo objeto no era vencernos, sino
-comernos. Se arrojaban ciegos sobre la brecha, y allí de nosotros
-para taparla. Dos veces entraron por ella dispuestos a echarnos de
-la cortina; pero Dios quiso que nosotros les echásemos a ellos. ¿Por
-qué? ¿De qué modo? Esto es lo que no sabré contestar a ustedes si me
-lo preguntan. Solo sé que a nosotros no se nos importaba nada morir,
-y con esto tal vez está dicho todo. D. Mariano se presentó allí, y no
-crean ustedes que nos arengó hablándonos de la gloria y de la causa
-nacional, del Rey o de la religión. Nada de eso. Púsose en primera
-línea, descargando sablazos contra los que intentaban subir, y al
-mismo tiempo nos decía: «Las tropas que están detrás tienen orden de
-hacer fuego contra las que están delante, si estas retroceden un solo
-paso.» Su semblante ceñudo nos causaba más terror que todo el ejército
-enemigo. Como algún jefe le dijera que no se acercase tanto al peligro,
-respondió: «Ocúpese usted de cumplir su deber, y no se cuide tanto de
-mí. Yo estaré donde convenga.»
-
-Marchose después a otro punto, donde creía hacer falta, y sin él nos
-aturdimos de nuevo. Aquel hombre traía consigo una luz milagrosa,
-que nos permitía ver mejor el sitio, y medir nuestros movimientos y
-los de los franceses, para que estos no pudieran echársenos encima.
-Los soldados enemigos morían como moscas al pie de la brecha; pero
-de los nuestros caían también por docenas. Recuerdo que un compañero
-mío muy amado fue herido en el pecho, y cayó junto a mí en uno de los
-momentos de mayor apuro, de más vivo fuego, de verdadera angustia, y
-cuando un ligero refuerzo por una parte u otra habría decidido si la
-muralla quedaba por Francia o por España. El desgraciado muchacho quiso
-levantarse, pero inútilmente. Dos monjas se acercaron, despreciando el
-fuego, y lo apartaron de allí.
-
-Pero la pérdida más sensible fue la del jefe D. Rodulfo Marshall. Tengo
-la gloria de haberle recogido en mis brazos en el mismo boquete de la
-brecha, y no se me olvidará lo que dijo poco después, tendido en la
-calle en el momento de expirar: «Muero contento por causa tan justa y
-por nación tan brava.»
-
-Cuando esto pasó, ya los franceses indicaban haber desistido de entrar
-en la ciudad por aquella parte. Y hacían bien, porque estábamos cada
-vez más decididos a no dejarles entrar. Si a tiros no lográbamos
-contenerlos, los acuchillábamos sin compasión; y como esto no bastara,
-aún teníamos a mano las mismas piedras de la muralla para arrojarlas
-sobre sus cabezas. Esta era un arma que manejaban las mujeres con mucho
-denuedo, y desde los contornos llovían guijarros de medio quintal
-sobre los sitiadores. Cuando la función en la muralla de Santa Lucía
-terminaba, no nos veíamos unos a otros, porque el polvo y el humo
-formaban densa atmósfera en toda la ciudad y sus alrededores, y el
-ruido que producían las doscientas piezas de los franceses vomitando
-fuego por diversos puntos, a ningún ruido de máquinas de la tierra
-ni de tempestades del cielo era comparable. La muralla estaba llena
-de muertos que pisábamos inhumanamente al ir de un lado para otro, y
-entre ellos algunas mujeres heroicas expiraban confundidas con los
-soldados y patriotas. La señora Sumta estaba ronca de tanto gritar, y
-D. Pablo Nomdedeu, que había arrojado muchas piedras, tenía los dedos
-magullados; pero no por esto dejaba de cuidar a los heridos, ayudándole
-muchas señoras, algunas monjas, y dos o tres frailes que no valían para
-cargar un arma.
-
-De pronto veo venir un chico que se me acerca haciendo cabriolas,
-saludándome desde lejos a gritos, y esgrimiendo un palo en cuya punta
-flotaba el último jirón de su barretina. Era Manalet.
-
---¿Dónde has estado? --le pregunté--. Corre a tu casa; entérate de si
-tu hermana ha tenido novedad, y dile que yo estoy sano y bueno.
-
---Yo no voy ahora a casa. Me vuelvo a San Cristóbal.
-
---¿Y qué tienes tú que hacer allí, en medio del fuego?
-
---La barretina tiene tres balazos --me dijo con el mayor orgullo,
-mostrándome el gorro hecho trizas--. Cuando se quedó así la tenía
-puesta en la cabeza. No creas que estaba en el palo, Andrés. Después la
-he puesto aquí para que la gente la viera toda llena de agujeros.
-
---¿Y tus hermanos?
-
---Badoret ha estado en Alemanes, y ahora me dijo que él solo había
-matado no sé cuántos miles de franceses, tirándoles piedras. Yo estaba
-en San Cristóbal: un soldado me dijo que se le habían acabado las
-balas, y que le llevara huesos de guinda, y le llevé más de veinte,
-Andrés.
-
---¿Y Gasparó?
-
---Gasparó anda siempre con mi hermano Badoret. También estuvo en
-Alemanes, y aunque Siseta le quiso dejar encerrado en casa, él se
-escapó por la puerta de atrás. Ahora hemos estado juntos, buscando algo
-que comer en aquel montón de desperdicios que hay en la calle del Lobo;
-pero no encontramos nada. ¿Tienes tú algo, Andrés?
-
---Algo, ¿qué es eso? ¿Pues acaso queda algo que comer en Gerona? Aquí
-no se come más que humo de pólvora. ¿Has visto al Gobernador?
-
---Ahora iba por ahí arriba. Parece como que va al Calvario. Nosotros
-bajábamos con otros chicos, y cuando le vimos, pusímonos en fila,
-gritando: «¡Viva su Majestad el Gobernador D. Mariano!» ¿Pues querrás
-creer que no nos dijo tanto así? Ni siquiera nos miró.
-
---¡Hombre, qué falta de cortesía! ¡No saludar a gente tan respetable!
-
---Después Badoret se metió en las Capuchinas, porque estaba la puerta
-abierta. Andrés, ¿sabes que hay un soldado muerto que tiene un tronco
-de col en la mano? Si me das licencia se lo quitaré.
-
---No se toca a los muertos, Manalet. Veremos si ahora que hemos
-destrozado a los franceses, nos dan alguna cosa.
-
-Infinidad de mujeres ocupábanse allí en retirar a los heridos, y
-también repartían a los sanos algunas raciones de pan negro y muy
-poco vino. Nosotros veíamos a los franceses retirándose por el llano
-adelante, y no podíamos reprimir un sentimiento de ardiente orgullo al
-ver resultado tan colosal con tan pequeños medios. Parecía realmente
-un milagro que tan pocos hombres contra tantos y tan aguerridos nos
-defendiéramos detrás de murallas cuyas piedras se arrancaban con las
-manos. Nosotros nos caíamos de hambre; ellos no carecían de nada:
-nosotros apenas podíamos manejar la artillería; ellos disparaban
-contra la plaza doscientas bocas de fuego. Pero ¡ay! no tenían ellos
-un D. Mariano Álvarez que les ordenara morir con mandato ineludible,
-y cuya sola vista infundiera en el ánimo de la tropa un sentimiento
-singular que no sé cómo exprese, pues en él había, además del valor y
-la abnegación, lo que puede llamarse miedo a la cobardía, recelo de
-aparecer cobarde a los ojos de aquel extraordinario carácter. Nosotros
-decíamos que el yunque y el martillo con que Dios forjó el corazón de
-D. Mariano, no había servido después para hacer pieza alguna.
-
-Manalet se separó de mí, y al poco rato le vi aparecer con otros muchos
-chicos, todos descalzos, sucios, harapientos y tiznados, entre los
-cuales venía su hermano Badoret, trayendo a cuestas a Gasparó, cuyos
-brazos y piernas colgaban sobre los hombros y por la cintura de aquel.
-Todos venían muy contentos, y especialmente Badoret, que repartía
-algunas guindas a sus compañeros.
-
---Toma, Andrés --me dijo el chico, dándome una guinda--. Ya tienes
-para todo el día. Toma esta otra y repártela entre tus compañeros, que
-tendrán un hambre... ¿Sabes cómo las he ganado? Pues te contaré. Iba
-yo con Gasparó a cuestas por la calle del Lobo, y vi abierta la puerta
-del convento de Capuchinas, que siempre está cerrada. Gasparó me pedía
-pan con chillidos y más chillidos, y yo le pegaba de coscorrones para
-que callara, diciéndole que si no callaba se lo contaría al señor
-Gobernador. Pero cuando vi abierta la puerta del convento, dije: «aquí
-ha de haber algo,» y me colé dentro. Metime en el patio, entré después
-en la iglesia, pasé al coro, luego a un corredor largo donde había
-muchos cuartos chicos, y no vi a nadie. Registré todo, por si caía
-cualquier cosa; pero no encontré sino algunos cabos de vela y dos o
-tres madejas de seda, que estuve chupando a ver si daban algún jugo.
-Ya me volvía a la calle, cuando sentí detrás de mí: _pist, pist..._
-pues... como llamándome. Miré y no vi nada. ¡Qué miedo, Andrés, qué
-miedo! Allá a lo último del corredor había una lámina grande, donde
-estaba pintado el diablo con un gran rabo verde. Pensé que era el
-diablo quien me llamaba, y eché a correr. Pero ¡ay de mí! que no podía
-encontrar la salida, y todo era dar vueltas y más vueltas en aquel
-maldito corredor; y a todas estas, _pist, pist..._ Después oí que
-dijeron: «Muchacho, ven acá,» y tanto miré por el techo y las paredes,
-que alcancé o ver detrás de una reja una mano blanca y una cara
-arrugada y petiseca. Ya no tuve miedo y fui allá. La monjita me dijo:
-«Ven, no temas; tengo que hablarte.» Yo me acerqué a la reja y le dije:
-«Señora, perdóneme usía, yo creí que era usted el demonio.»
-
---Sería una pobre monja enferma que no pudo salir con las demás.
-
---Eso mismo. La señora me dijo: «Muchacho, ¿cómo has entrado aquí?
-Dios te manda para que me hagas un gran servicio. La comunidad se ha
-marchado. Estoy enferma y baldada. Quisieron llevarme; pero se hizo
-tarde y aquí me dejaron. Tengo mucho miedo. ¿Se ha quemado ya toda la
-ciudad? ¿Han entrado los franceses? Ahora, quedándome medio dormida,
-soñé que todas las hermanas habían sido degolladas en el matadero, y
-que los franceses se las estaban comiendo. Muchacho, ¿te atreverás tú
-a ir ahora mismo al fuerte de Alemanes y dar esta esquela a mi sobrino
-D. Alonso Carrillo, capitán del regimiento de Ultonia? Si lo haces, te
-daré este plato de guindas que ves aquí, y este medio pan...» Aunque
-no me lo diera, lo habría hecho, ya ves... Cogí la esquela; ella me
-dijo por dónde había de salir, y corrí a los Alemanes. Gasparó chillaba
-más; pero yo le dije: «Si no callas, te metemos dentro de un cañón
-como si fueras bala; disparamos, y vas a parar rodando a donde están
-los franceses, que te pondrán a cocer en una cacerola para comerte...»
-Llegué a Alemanes. ¡Qué fuego! Lo de aquí no es nada. Las balas de
-cañón andaban por allí como cuando pasa una bandada de pájaros. ¿Crees
-que yo les tenía miedo? ¡Quia! Gasparó seguía llorando y chillando;
-pero yo le enseñaba las luces que despedían las bombas, le enseñaba
-las chispas de los fogonazos, y le decía: «¡Mira qué bonito! Ahora
-vamos nosotros a disparar también los cañones.» Un soldado me dio una
-manotada echándome para afuera, y caí sobre un montón de muertos; pero
-me levanté y seguí _palante_. Entró el Gobernador, y cogiendo una
-gran bandera negra que parece un paño de ánimas, la estuvo moviendo
-en el aire, y luego dijo que al que no fuera valiente le mandaría
-ahorcar. ¿Qué tal? Yo me puse delante y grité: «Está muy bien hecho.»
-Unos soldados me mandaron salir, y las mujeres que curaban a los
-heridos se pusieron a insultarme, diciendo que por qué llevaba allí
-esta criatura... ¡Qué fuego! Caían como moscas: uno ahora, otro en
-seguida... Los franceses querían entrar, pero no les dejamos.
-
---¿Tú también?
-
---Sí: las mujeres y los paisanos echaban piedras por la muralla abajo
-sobre los marranos que querían subir; yo solté a Gasparó, poniéndole
-encima de una caja donde estaba la pólvora y las balas de los cañones,
-y también empecé a echar piedras. ¡Qué piedras! Una eché que pesaba
-lo menos siete quintales y cogió a un francés, partiéndolo por mitad.
-Aquello tenía que ver. Los franceses eran muchos, y nada más sino que
-querían subir. Vieras allí al Gobernador, Andresillo. D. Mariano y yo
-nos echamos _palante_... y nos pusimos a donde estaba más apurada la
-gente. Yo no sé lo que hice; pero yo hice algo, Andrés. El humo no
-me dejaba ver, ni el ruido me dejaba oír. ¡Qué tiros! En las mismas
-orejas, Andrés. Está uno sordo. Yo me puse a gritar llamándoles
-marranos, ladrones, y diciendo que Napoleón era un acá y un allá. Puede
-que no me oyeran con el ruido; pero yo les puse de vuelta y media.
-Nada, Andrés, para no cansarte, allí estuve mientras no se retiraron.
-El Gobernador me dijo que estaba satisfecho: no, a mí no me habló nada;
-se lo dijo a los demás.
-
---¿Y la carta?
-
---Busqué al Sr. Carrillo. Yo le conocía; le encontré al fin cuando todo
-se acabó. Dile el papel, y me dio un recado para la señora monja.
-Luego, acordándome de Gasparó, fui a recogerle donde le había dejado,
-pero no le encontré. Todo se me volvía gritar: «¡Gasparó, Gasparó!»
-pero el niño no parecía. Por fin me le veo debajo de una cureña, hecho
-un ovillo, con los puños dentro de la boca, mirando afuera por entre
-los palos de la rueda y con cada lagrimón... Echémele a cuestas y
-corrí a las Capuchinas. Pero aquí viene lo bueno, y fue que como yo
-venía pensando en batallas, y con la cabeza llena de todo aquello que
-había visto, se me olvidó el recado que me dio el Sr. Carrillo para la
-monjita. Ella me reprendió, diciéndome que yo había roto la carta y que
-la quería engañar, por lo cual no pensaba darme el plato de guindas ni
-el pan ofrecidos. Se puso a gruñir, y me llamó mal criado y bestia.
-Gasparó echaba sangre del dedo de un pie, y la monjita le lió un trapo;
-pero las guindas... nones. Por último, todo se arregló, porque vino el
-mismo Sr. Carrillo, con lo cual la señora me dio las guindas y el pan,
-y eché a correr fuera del convento.
-
---Lleva este chico a tu casa para que le cuide tu hermana --dije
-reparando que el pobre Gasparó sangraba aún del pie.
-
---Después --me contestó--. He guardado algunas guindas para Siseta.
-
---Muchachos --gritó Manalet, que se había alejado de sus compañeros y
-volvía a la carrera--, por la calle de Ciudadanos va el Gobernador con
-mucha gente, banderas muchas; delante van las señoras cantando y los
-frailes bailando, y el obispo riendo, y las monjas llorando. Vamos
-allá.
-
-Como se levanta y huye una bandada de pájaros, así corrieron y volaron
-aquellos chiquillos, dejando libre de su infantil algazara la muralla
-de Santa Lucía. Yo no me moví de allí en todo el día, y las señoras nos
-repartieron raciones de pan y carne, ambos manjares de detestable sabor
-y olor; pero como no había otra cosa, fuerza era apechugar con ello,
-sin mostrar asco, repugnancia ni desgana, para no enojar a D. Mariano.
-
-Al anochecer, y cuando marchaba de Santa Lucía al Condestable, encontró
-a D. Pablo Nomdedeu en la calle de la Zapatería, donde había varios
-heridos arrojados por el suelo.
-
---Andrés --me dijo--, todavía no he vuelto a mi casa. ¿Pasará algo?
-Creo que en la calle de Cort-Real no ha caído ninguna bomba. ¡Cuánto
-herido, Dios mío! La jornada ha sido gloriosa; pero nos ha costado
-cara. Ahora mismo estuvo aquí el Gobernador visitando a esta pobre
-gente, y les dijo que la guarnición y los paisanos habían dejado atrás
-en el día de hoy a los más grandes héroes de la antigüedad.
-
---¿Ha curado usted muchos heridos?
-
---Muchísimos, y aún quedan bastantes. Mis compañeros y yo nos
-multiplicamos; pero no es posible hacer más. Yo quisiera tener cien
-manos para atender a todo. También yo estoy herido. Una bala me tocó el
-brazo izquierdo; pero no es cosa de cuidado. Me he liado un trapo y no
-he tenido tiempo para más... ¿Qué habrá sido de mi pobre hija?
-
---Pronto lo sabremos, Sr. D. Pablo. La noche llega. Hecha la primera
-cura de estos heridos, usted podrá ir un rato a su casa, y yo espero
-que me den licencia por una hora.
-
-
-
-
-IX
-
-
-Cuando fui a la casa, ya cerca de las diez, aún no había regresado D.
-Pablo. Dejé abajo el fusil y subí sin tardanza, anhelando saber de
-Siseta y de la señorita, y a las dos me las encontré en la sala en
-actitud no muy tranquilizadora. Estaba Josefina recostada en su silla
-con muestra de languidez y postración, pero con los ojos abiertos,
-atentamente fijos en la puerta. De rodillas, a su lado, Siseta le
-tomaba las manos, y con ademanes y palabras tiernas, a pesar de no ser
-oídas, procuraba tranquilizarla.
-
---Gracias a Dios que viene alguien de la casa --me dijo Siseta--. ¡Qué
-día hemos pasado! ¿Y el Sr. D. Pablo, y la señora Sumta y mis tres
-hermanos?
-
-Respondile que a ninguno de los nuestros había pasado desgracia, y ella
-prosiguió:
-
---La señorita quería salir a la calle, y he tenido que luchar con ella
-para detenerla. Todo lo comprende, y aunque no oye los cañonazos,
-se estremece toda, y tiembla cuando resuena alguno, aunque sea muy
-lejano. Tan pronto lloraba como caía en mis brazos desmayada llamando
-sin cesar a su padre. La pobrecita sabe muy bien que hay guerra en
-Gerona. Yo también he tenido un miedo... Figúrate: aquí solas... A cada
-instante me parecía que la casa se venía al suelo. Pero lo peor fue que
-se nos metieron aquí unos hombres... No me quiero acordar, Andrés. A
-eso de las dos, y cuando pareció que se acababan los tiros, entraron
-seis o siete patriotas, unos con uniforme, otros sin él, y todos con
-fusiles. Cuando nos vieron, empezaron a reírse de nuestro susto, y
-luego dieron en registrar la casa, diciendo que querían llevarse todo
-lo que había de comida, porque la tropa estaba muerta de hambre. La
-señorita se quedó como difunta cuando los vio, y ellos por broma nos
-apuntaban con los fusiles, para oírnos gritar llamando a todos los
-santos en nuestra ayuda. Aunque eran unos bárbaros, no nos hicieron
-daño alguno más que el gran susto, y el llevarse cuanto encontraron en
-la cocina y en la despensa. ¡Ay, Andrés! No han dejado nada de lo que
-el Sr. D. Pablo había guardado, y esta noche no se encontrará aquí ni
-una miga de pan que llevar a la boca. ¡Cómo se reían los malditos al
-meter en un gran saco lo mucho y bueno que encontraron! Yo les rogué
-que dejasen alguna cosa; pero volvieron a apuntarme con los fusiles,
-diciendo que la tropa tenía gana, y que la señora Sumta les había dicho
-que estas despensas estaban bien provistas.
-
-No había concluido mi amiga su relación, cuando entró el Sr. D. Pablo;
-mas para no presentarse a su hija con el brazo manchado de sangre, pasó
-a una habitación interior, con objeto de arreglarse un poco y vendar su
-herida. Al punto me reuní con él para contarle lo ocurrido.
-
---¡Dios y la Virgen Santísima nos amparen! --exclamó con
-consternación--. ¡Conque me han saqueado la casa! La culpa tiene
-esa maldita y siempre habladora Sumta, que por todas partes ha de
-ir pregonando si tenemos o no tenemos provisiones. ¿Y mi hija? La
-pobrecita habrá comprendido que se encuentra en el cráter de un
-espantoso volcán, y serán inútiles todas nuestras comedias para
-convencerla de lo contrario. Es preciso buscar algo que comer, Andrés;
-sí, algo que comer. Mi hija se morirá de terror; pero no quiero que se
-muera de hambre.
-
---Nada se encuentra en Gerona --respondí--, y menos a estas horas.
-
---¡Qué calamidad! Pero ¿cómo es posible? --dijo en la mayor confusión,
-mientras yo le vendaba su herida, y se mudaba de vestido--. ¡Ay! cómo
-me duele el brazo; pero es preciso disimular. Andrés, no te marches.
-Esta noche necesito de tu ayuda... Es preciso que busquemos algún
-alimento.
-
-Al presentarse delante de su hija, esta mostró su alegría claramente,
-abrazándole con cariño; pero al punto sus ojos revelaron vivísimo
-espanto, echó atrás la cabeza, y cruzando las manos exclamó:
-
---¡Sangre!
-
---¿Qué hablas de sangre, hija mía? --dijo el padre desconcertado--. Que
-estoy manchado de sangre... Ya... sí, en la chupa hay algunas gotas...
-pero déjame que te cuente. ¿Sabes que he ido de caza?
-
-La muchacha no entendía.
-
- «Que fui de caza --escribió en el pliego de papel D. Pablo--. Un
- compromiso; no me pude evadir. El magistral y D. Pedro me cogieron, y
- zas, al campo... He matado tres conejos.»
-
-La enferma, oprimiéndose la cabeza entre las manos, gritó:
-
---¡Guerra en Gerona!
-
---¿Qué hablas ahí de guerra? Lo que hay es que hemos tenido hoy un
-fuerte temporal... Me he mudado de ropa, porque me puse como una uva.
-¿Has comido hoy bien?
-
---No ha tomado nada --dijo Siseta--. Ya sabrá su merced por Andrés que
-unos bergantes saquearon la casa.
-
-Esto pasaba, cuando sentimos gran estruendo en lo bajo de la vivienda,
-no estampido de bombas y granadas, sino clamor chillón y estridente,
-de mil desacordes ruidos compuesto, tales como patadas, bufidos,
-cacharrazos y sones bélicos de varia índole; pero que al pronto
-revelaban proceder de una muchedumbre infantil que se había metido
-por las puertas adentro. Nomdedeu, lleno de confusión, miraba a todos
-lados, inquiriendo con los ojos qué podía ser aquello; pero pronto él
-y los demás salimos de dudas, viendo entrar una turba de chiquillos
-que, desvergonzadamente y sin respeto a nadie, se colaron en la sala,
-dando golpes, empujándose, chillando, cacareando y berreando en los
-más desacordes tonos. Dos de ellos llevaban colgados al cinto sendos
-cacharros sobre cuyo abollado fondo redoblaban con palillos de sillas
-viejas; varios tocaban la trompeta con la nariz, y todos, al compás
-de la inaguantable música, bailaban con ágiles brincos y cabriolas.
-Parecía una chusma infernal saliendo de las escuelas de Plutón.
-
-No necesito decir que al frente del ejército venían Manalet y Badoret,
-este último llevando a cuestas a Gasparó, tal como le vi en la muralla.
-Ninguno dejaba de llevar palo, caldero viejo o vara con pingajos
-colgados de la punta, con cuyos objetos se simulaban fusiles, tambores
-y banderas. Un fondo de silla de paja atado a una cuerda y arrastrado
-por el suelo, servía de trofeo a uno, y otro adornaba su cabeza con
-un cesto medio deshecho, no faltando las casacas de militares hechas
-jirones, y los morriones de antigua forma con descoloridas plumas
-adornados.
-
-D. Pablo, ciego de cólera y fuera de sí, apostrofó a los muchachos tan
-violentamente, que faltó poco para que perdieran en un punto su bélico
-entusiasmo.
-
---Granujas, largo de aquí al instante --les dijo--. ¿Qué desvergüenza
-es esta? ¡Meterse en mi casa de este modo!
-
-Siseta, indignada de tal audacia, cogió por un brazo a Manalet,
-que acertó a pasar junto a ella, y comenzó a vapulearle de un modo
-lastimoso. Yo también tomé parte en la persecución del enjambre,
-y empezó el reparto de pescozones a diestra y siniestra. Pero de
-pronto observamos que la enferma contemplaba a los desvergonzados
-muchachos con complaciente atención, y sonreía con tanta espontaneidad
-y desahogo, como si su alma sintiera indecible gozo ante aquel
-espectáculo. Hícelo notar al Sr. D. Pablo, y al punto este se puso de
-parte de los alborotadores, conteniendo a Siseta que iba sobre ellos
-con implacable furor.
-
---Dejarles --dijo Nomdedeu--. Mi hija demuestra que está muy complacida
-viendo a esta canalla. Mira cómo se ríe, Andrés; observa cómo les
-aplaude. Bien, muchachos; corred y chillad alrededor del cuarto.
-
-Y diciendo esto, D. Pablo, en medio de la sala, empezó a llevar el
-compás. En mal hora se les ordenó seguir. ¡Santo Dios! ¡Qué algazara,
-qué estrépito! Parecía que la sala se hundía. Baste decir que se
-extralimitaron de tal modo, dejándose llevar a los últimos delirios
-de la travesura, que al fin fue preciso poner freno a tanto juego
-y vocerío, porque hasta llegó el caso de que los transeúntes se
-detuvieran en la calle, sorprendidos y escandalizados por tan desusado
-rumor.
-
---¿Dónde has estado todo el día? --preguntó Siseta echando mano a
-Badoret, y deteniéndole--. ¡Y la criatura tiene sangre en el pie! Ven
-acá, condenado, me las pagarás todas juntas. Espera a que bajemos a
-casa, y verás. Y tú, Manalet de mil demonios, ¿qué has hecho de la
-camisa?
-
---En la calle de las Ballesterías estaban curando unos heridos y no
-tenían trapos. Me quité la camisa y la di.
-
---¿Para qué habéis traído a casa tanto muchacho mal criado?
-
---Son nuestros amigos, hermana --repuso Badoret--. Hemos estado en el
-Capitol, y allí nos han dado un poco de vino. Siseta, aquí en el seno
-te traigo cinco guindas.
-
---Marrano, ¿piensas que las voy a comer de tus manos asquerosas? Ven
-acá, Gasparó. Este pobrecito no habrá comido nada. ¿Qué te han hecho en
-el pie, que tienes sangre?
-
---Hermana, una bala de cañón pasó por donde estábamos, y si Gasparó no
-se hace para un lado, le lleva medio cuerpo; no le cogió más que la uña
-chica. ¡Si vieras qué valiente ha estado! Se metió debajo del cañón y
-allí se estuvo mirando a los franceses que querían subir a la muralla.
-Y les amenazaba con el puño cerrado. ¡Bonito genio tiene mi niño! Pues
-no creas... ningún francés se metió con él.
-
---Te voy a desollar vivo --le dijo Siseta--. Espera, espera a que
-bajemos. A ver si se marcha pronto de aquí toda esa canalla.
-
---No, que se aguarden un poco --indicó D. Pablo--. Son unos jovenzuelos
-muy salados. Mira qué contenta está Josefina. Lo que quiero, Badoret,
-es que no metáis mucho ruido. Bailad y marchad de largo a largo por
-toda la casa; pero sin gritar, para que no se escandalice la vecindad.
-Y dime, Manalet, ¿traéis algo de comer?
-
---Yo traigo cinco guindas --dijo prontamente Badoret sacándolas del
-seno.
-
---Dadme con disimulo y sin que lo vea mi hija todo lo que traigáis, que
-yo os daré ochavos para que compréis pólvora.
-
---Pauet tiene cuatro guindas --dijo Manalet.
-
---Pues vengan acá.
-
---Y yo tengo también un pedazo de pan, que me sobró del que me dio la
-monja.
-
---Pepet --dijo otro de mis chicos--, trae acá ese medio pepino que le
-cogiste al soldado muerto.
-
---Yo doy este pedazo de bacalao --dijo otro, entregando la ofrenda en
-manos de Don Pablo.
-
---Y yo esta cabeza de gallina cruda --añadió un tercero.
-
-En un momento se reunieron diversos manjares, tales como tronchos
-de col, que llevaban impreso el sello de las limpias manos de sus
-generosos dueños; garbanzos crudos que habían sido sacados por los
-agujeros de las sacas por sutilísimos dedos; algunos pedazos de cecina;
-andrajos de buñuelos; zanahorias; dos o tres almendras en confite, que
-ya habían recibido muchas mordidas, y otras viandas, tan liberalmente
-entregadas como alegremente recibidas. Procurando que no se enterase su
-hija, llamó D. Pablo a la señora Sumta, que acababa de llegar en aquel
-instante, y llevándola tras el sillón de la enferma, le dijo:
-
---A ver si con todo esto compone usted una cena para la enferma. Es
-preciso hacerle creer que nadamos en la abundancia.
-
---¿Qué hemos de hacer con esto, señor, si no lo querrá ni la gata? En
-casa no falta que comer.
-
---¡Maldita sargentona, todo se lo han llevado, todo lo han saqueado
-unos malditos militares que se entraron aquí! Si usted no fuera tan
-entrometida, tan bocona y tan amiga de meterse donde no la llaman y
-de hablar lo que nadie le pregunta, no nos veríamos en esta... Y no
-digo más. Avíe usted una cena con esto, que mañana Dios dirá. ¿Se ha
-olvidado usted de cocinar? ¡Lástima que no se le reventara el fusil
-entre las manos, a ver si se curaba de sus locuras! A la cocina. ¡Uf!
-Pronto a la cocina. Está usted apestando a pólvora.
-
-Los muchachos, que, como todos los de su edad, eran de los que si se
-les da el pie se toman la mano, luego que se vieron autorizados por
-el dueño de la casa para hacer de las suyas, dieron rienda suelta a
-la bulliciosa iniciativa, y no fue gresca la que armaron. Rodeando la
-mesa que la enferma tenía ante su sillón, no se dieron por satisfechos
-con mirar los distintos objetos que en ella había, sino que en todos
-pusieron las manos, tocando, tentando y moviendo cuanto vieron.
-Josefina, lejos de manifestar disgusto por tanta impertinencia, se reía
-de ver su inquietud. Por señas indicó a su padre que debía dar de cenar
-a los importunos visitantes, a lo que contestó con palabras y cierta
-festiva ironía D. Pablo:
-
---Sí, ahora. Sumta les está preparando un opíparo banquete.
-
-Padre e hija dialogaron un rato, como Dios les dio a entender, y al fin
-la enferma, con voz clara y entera, habló así:
-
---No, no me pueden convencer de que no hay guerra en Gerona. Usted no
-ha ido de caza, sino a curar a los heridos, y estos chicos que vienen
-imitando a los soldados hacen ahora lo mismo que han visto.
-
---¡Qué habladora está! --dijo Nomdedeu--. Buen síntoma. En un año no
-le he oído tantas palabras juntas. Está visto que las travesuras y
-lindezas de estos muchachos han reanimado su espíritu. Andrés, y tú,
-Siseta, riámonos todos, mostrando hallarnos muy satisfechos.
-
-Según la orden del amo, prorrumpimos en sonoras risas, secundados al
-punto por el coro infantil. D. Pablo sentose luego junto a ella, y
-tomando la pluma se preparó a comunicarle algo grave y largo y difícil
-de exprimir por señas, pues solo en este caso se valía Nomdedeu del
-lenguaje escrito. Púseme tras de su asiento, y pude leer, mientras
-escribía, lo que sigue:
-
- «Hija mía, tienes razón. Hay guerra en Gerona. Yo no te lo quería
- decir por no asustarte; pero pues lo has adivinado, basta de engaños
- y comedias. Ni yo he estado de caza, ni he pensado en ello. Voy a
- contarte lo ocurrido para que no estimes ni en más ni en menos los
- sucesos de este gran día. Cierto es que los franceses han vuelto a
- poner cerco a Gerona. Hace tiempo que se presentó amenazándonos un
- ejército de doscientos mil hombres, mandado por el mismo Emperador
- Napoleón en persona.»
-
-Josefina, al leer esto, que era de lo más gordo, mirónos a todos,
-interrogándonos con los ojos acerca de la exactitud de tal noticia, y
-no necesitamos que D. Pablo nos lo advirtiera para hacer demostraciones
-afirmativas que hubieran convencido a la misma duda. El padre continuó
-así:
-
- «Has de saber que ahora tenemos aquí un Gobernador que llaman D.
- Mariano Álvarez de Castro, el cual, en cuanto vio venir a los
- franceses, dispuso las cosas de manera que no quedara uno solo para
- contarlo. Concertó de modo que un ejército español de quinientos
- mil hombres, que estaba ahí por Aragón sin saber qué hacerse,
- viniese en nuestra ayuda por el lado de Montelibi, precisamente
- cuando los franceses nos atacaban esta mañana por el otro lado. Al
- amanecer rompieron el fuego; desde la muralla de Alemanes se veía a
- Napoleón I montado en un caballo blanco, y con un grandísimo morrión
- todo lleno de plumas en la cabeza. Embisten los franceses... ¡Ay!
- hija mía: habías tú de ver aquello. Nuestros soldados les barrían
- materialmente, y como a la hora de empezar el combate apareció el
- ejército de quinientos mil hombres como llovido, los pobres _cerdos_
- no supieron a qué santo encomendarse. En fin, hija mía, les hemos
- dado una paliza tal, que a estas horas van todos camino de Francia
- con su Emperador a la cabeza, con lo cual se acaba la guerra, y
- pronto tendremos aquí a nuestro Rey Fernando.»
-
-Josefina volvió a asesorarse de nosotros antes de dar crédito a tales
-maravillas.
-
- «Yo no te lo había querido decir --continuó Nomdedeu--, por no
- asustarte; pero el júbilo de la ciudad es tan grande, que ni aun
- tú, que estás tan retraída, podrías dejar de conocerlo. Lo mismo
- que estos chicos andan los mayores por el pueblo, entregados a
- las manifestaciones de un delirante regocijo. Figúrate que en los
- pasados días los franceses, que andaban por ahí, no permitían llegar
- comestibles al pueblo, y hoy todo es abundancia; y además de lo que
- puede venir, tenemos todo lo que al enemigo se ha cogido, que es, si
- no me engaño, tantos miles de bueyes, no sé cuántos millones de sacos
- de harina, y los miles de los miles en gallinas, huevos, etc... Ya
- podemos marchar a Castellá cuando quieras...»
-
---Mañana mismo --dijo Josefina con afán.
-
- «Sí, mañana mismo --escribió D. Pablo--. Estamos como queremos,
- y jamás ha tenido Gerona temporada más alegre, más animada. La
- gente está loca de contento, y todo se vuelve cantos y bailes, y
- felicitaciones y regocijos. Como los víveres han entrado esta tarde
- con abundancia fenomenal, hija mía, yo te he traído de todo cuanto
- hay en la plaza; y aunque tu estómago sigue débil, creo que debes
- tomar de todo, con tal que sea en dosis muy pequeñas. Sobre todo
- consulté a D. Pedro, mi compañero en el hospital, y me dijo que
- convenía alimentarte con una gran diversidad de manjares, tomando de
- cada uno ración muy mínima, y cuidando, según lo ordena Hipócrates,
- de que alternen en un mismo plato la cecina y las guindas, los
- buñuelos con la leguminosa _cicer pisum_, que llamamos garbanzo, y
- las almendras confitadas con esa planta salutífera que se conoce
- en la ciencia por _Beta vulgaris latifolia_, y que comúnmente
- llamamos acelga, manjar de gran virtud medicinal, si se le mezcla
- con dulce, con nueces y hasta con un poquito de bacalao. Conque
- disponte a cenar, que mañana, si el día está bueno, se podrá ir a
- Castellá; aunque a decir verdad, hija mía, ahora caigo en que tal
- vez sea difícil, porque todos los carros y caballerías del pueblo
- los ha tomado la Junta con objeto de organizar la gran procesión y
- cabalgata con que ha de celebrarse este triunfo sin igual. Pero será
- cosa de dos o tres días. Es preciso que te animes para salir a ver
- las iluminaciones de esta noche, aunque hablando en puridad no te
- conviene tomar el sereno; y para que participes de la común alegría,
- aquí tenemos a Andrés y a Siseta, que se prestarán a bailar delante
- de ti con los chicos un poco de sardana y otro poco de tirabou,
- comenzando esta noche, para que también en esta casa se manifieste
- la inmensa satisfacción y patriótico alborozo de que está poseída la
- ciudad. Como tú no oyes, suprimiremos el fluviol y la tanora, que
- solo sirven para meter inútil ruido. Conque puedes dar la señal para
- que comience la fiesta. Yo voy un instante a preparar en el comedor
- la riquísima y abundante cena con que obsequiaremos a estos jóvenes,
- así como a los preciosos y bien educados niños.»
-
-Y luego, volviéndose a Siseta y a mí, nos dijo:
-
---No hay más remedio. Es preciso bailar un poquito, aunque supongo,
-Andrés, que ese cuerpo, venido hace poco de Santa Lucía, no estará para
-sardanas. Pero, amigos, bailando hacéis una obra de caridad. ¡Quién lo
-había de decir! ¡Hay tantas maneras de practicar el Santo Evangelio!
-
-
-
-
-X
-
-
-El lector no lo creerá; el lector encontrará inverosímil que bailásemos
-Siseta y yo en aquella lúgubre noche, precisamente en los instantes
-en que, incendiados varios edificios de la ciudad, esta ofrecía en su
-estrecho recinto frecuentes escenas de desolación y angustia. Formando
-con ocho chiquillos un gran ruedo, bailamos, sí, obedeciendo a la
-apremiante sugestión de aquel padre cariñoso que nos pedía con lágrimas
-en los ojos nuestra cooperación en la difícil comedia con que engañaba
-el delicado espíritu de su hija; pero bailamos en silencio, sin música,
-y nuestras figuras movibles y saltonas tenían no sé qué aspecto
-mortuorio. Nuestras sombras proyectadas en la pared remedaban una danza
-de espectros, y los únicos rumores que a aquel baile acompañaban
-eran, además de nuestros paseos, el roce de los vestidos de Siseta, el
-retemblar del piso, y un ligero canto entre dientes de Badoret, que al
-mismo tiempo hacía ademán de tocar el fluviol y la tanora.
-
-Por mi parte sostenía interiormente una ruda lucha conmigo mismo para
-contraer y esforzar mi espíritu en la horrible comedia que estaba
-representando, e iguales angustias experimentaba Siseta, según después
-me dijo.
-
-Al fin la turbación moral, unida al cansancio, me hicieron exclamar:
-«Ya no puedo más», arrojándome casi sin aliento en un sillón. Lo mismo
-hizo Siseta.
-
-Pero Josefina, que nos contemplaba con indecible satisfacción y agrado,
-pidionos que bailásemos más, y con elocuentes miradas dirigidas a su
-padre, nos decía que éramos unos holgazanes sin cortesía. Vierais
-allí al buen Don Pablo suplicándonos que bailáramos, por la salvación
-eterna; y ¿qué habíamos de hacer? Bailamos como insensatos segunda y
-tercera tanda. Al fin nos sirvió de pretexto para descansar el hecho
-de servirse a la desgraciada joven la hipocrática cena de que antes he
-hecho mención, la cual fue acompañada de elocuentes discursos mímicos
-y orales del Dr. Nomdedeu, quien ponderaba a su idolatrada enferma las
-excelencias del repugnante pisto, servido en nueve o diez platos en
-raciones microscópicas. Todo aquello era una farsa lúgubre que oprimía
-el corazón, y D. Pablo que la presidía, el infeliz D. Pablo, escuálido,
-ojeroso, amarillo, trémulo, parecía haber salido de la sepultura y
-esperar el canto del gallo para volverse a ella. Siseta lloraba a
-escondidas, y algunos de los chicos, rendidos al poderoso sueño y a
-la gran fatiga, habían estirado los miembros y cerrado los ojos en
-diversos puntos, donde cada cual encontró mejor comodidad y fácil
-postura.
-
---Sr. D. Pablo --dije al médico--, no nos mande usted bailar más,
-porque nosotros mismos creemos que estamos locos.
-
---Hijos míos --me contestó--, tengo el corazón partido de dolor.
-Necesito estar en batalla constantemente para contener las lágrimas
-que se me caen de los ojos. ¡Pobre Gerona! ¿Existirás mañana? ¿Estarán
-mañana en pie tus nobles casas y con vida tus valientes hijos? ¡Yo
-tengo espíritu para todo: para lamentar y llorar la muerte de mi ciudad
-natal, y atender al cuidado de mi pobre hija! ¿Qué cuesta representar
-esta farsa? Nada: la pobrecilla se deja engañar fácilmente, y como su
-enfermedad no es otra cosa que una fuerte pasión de ánimo, en el ánimo
-se han de aplicar los cauterios, las cataplasmas, los tónicos y los
-emolientes que le he recetado esta noche. Puede que le hayamos salvado
-la vida. ¿Sabéis lo que significan en naturaleza tan delicada, tan
-sutilmente sensible, una triste o agradable impresión? Pues significa
-tanto como la vida o la muerte. Sí, hijos míos: si yo no cuidara de
-ocultar a mi hija las angustias que atravesamos, se debilitaría su
-ser de tal suerte que el menor accidente la mataría, como un soplo
-de viento apaga la luz. Es preciso resguardar esta pobre lámpara del
-aire que la mata, y darla el que la vivifica. Así va tirando, tirando,
-y quién sabe si la podré salvar. Sed, pues, caritativos y procurad
-divertirla. Ved cómo se ríe; reparad qué precioso color han tomado sus
-mejillas. La creencia de que Gerona está llena de felicidades, y la
-esperanza de ser llevada pronto a Castellá, la fortifican y dan nueva
-vida. Esta noche marchamos bien; pero mañana ¿qué haré, que la diré
-mañana? Si escasean cada día más los víveres, como es probable; si se
-declaran el hambre y la epidemia, y caen bombas en parajes cercanos,
-o aquí mismo, ¿qué comedia representaremos? Dios me favorezca y me
-inspire, pues para su infinita misericordia nada hay imposible.
-
---Estoy muerto de cansancio --dije yo, viendo que Josefina pedía más
-baile--, y además es tarde y tengo que marcharme a mi puesto.
-
-Siseta ya no podía tenerse en pie, y la señora Sumta, que yacía en el
-suelo con la inmovilidad de un talego, roncaba sonoramente, remedando
-en la cavidad de sus fosas nasales el lejano zumbido del cañón.
-Badoret, cansado ya de tocar en silencio el fluviol y la tanora, dormía
-como los demás chicos. D. Pablo, bastante generoso para no exigirnos
-imposibles, se apresuró a complacer a la enferma, poseída de cierto
-febril insomnio, y se puso a danzar en medio de la sala, haciendo corro
-con cuatro chicos de los más despabilados. Cuando yo salí, quedaba el
-pobre señor haciendo piruetas y cabriolas con ningún arte y mucha
-torpeza; pero su incapacidad para el baile, provocando la hilaridad
-de su hija, más le inducía a seguir bailando. Daba saltos, alzaba los
-brazos descompasadamente, se descoyuntaba de pies y manos, tropezaba
-a cada instante, inclinándose adelante o atrás; trazaba mil figuras
-grotescas y estrambóticas que en otra ocasión me habrían hecho reír, y
-un sudor angustioso afluía de su rostro macilento, desfigurado por las
-muecas y visajes a que le obligaban el fatigoso movimiento y los agudos
-dolores de su herida. Nunca vi espectáculo que tanto me entristeciera.
-
-
-
-
-XI
-
-
-Lo que he referido a ustedes se repitió algunos días. Después vinieron
-circunstancias distintas, y todo cambió. Los franceses, escarmentados
-con la vigorosa y nunca vista defensa del 19 de septiembre, mediante la
-cual se estrellaron contra todos los puntos de la muralla que quisieron
-franquear, no se atrevían al asalto. Tenían miedo, dicho sea esto sin
-petulancia; conocían la imposibilidad de abrir las puertas de Gerona
-por la fuerza de las armas, y se detuvieron en su línea de bloqueo, con
-intención de matarnos de hambre. El 26 de septiembre llegó al campo
-enemigo el Mariscal Augereau, el cual dicen se había distinguido
-en las guerras de la República y en el Rosellón; trajo consigo más
-tropas, las cuales, poniéndonos por todos lados cerco muy estrecho, nos
-encerraron de modo que no podría entrar ni una mosca. No necesito decir
-a ustedes que los pocos víveres que había se fueron acabando, hasta que
-no quedó nada, sin que el Gobernador diera a esto importancia aparente,
-pues cada hora se sostenía más en su tema de que Gerona no se rendiría
-mientras él viviese, y aunque media población sucumbiera a las penas
-del hambre y a las calenturas que se iban desarrollando al compás de no
-comer.
-
-Ya no era posible pensar en socorros, como no vinieran por los aires.
-Ya no teníamos el triste recurso de buscar la muerte en las murallas,
-porque ellos no se cuidaban de asaltarlas; era forzoso cruzarse de
-brazos y dejarse morir, mirando la efigie impasible de D. Mariano
-Álvarez, cuyos ojos vivos no paraban nunca, observando aquí y allí
-nuestras caras, por ver si alguna tenía trazas de desaliento o
-cobardía. Estábamos moralmente aprisionados entre las garras de acero
-de su carácter, y no nos era dado exhalar una queja ni un suspiro, ni
-hacer movimiento que le disgustara, ni dar a entender que amábamos la
-libertad, la vida, la salud. En suma, le teníamos más miedo que a todos
-los ejércitos franceses juntos.
-
-Morir en la brecha es no solo glorioso, sino hasta cierto punto
-placentero. La batalla emborrachaba como el vino, y deliciosos humos
-y vapores se suben a la cabeza, borrando en nuestra mente la idea del
-peligro, y en nuestro corazón el dulce cariño a la vida; pero morir
-de hambre en las calles es horrible, desesperante, y en la tétrica
-agonía ningún sentimiento consolador ni risueña idea alborozan el
-alma, irritada y furiosa contra el mísero cuerpo que se le escapa. En
-la batalla, la vista del compañero anima; en el hambre, el semejante
-estorba. Pasa lo mismo que en el naufragio: se aborrece al prójimo,
-porque la salvación, sea tabla, sea pedazo de pan, debe repartirse
-entre muchos.
-
-Llegó el mes de octubre, y se acabó todo, señores: acabáronse la
-harina, la carne, las legumbres. No quedaba sino algún trigo averiado,
-que no se podía moler. ¿Por qué no se podía moler? Porque nos comimos
-las caballerías que movían los molinos. Se pusieron hombres; pero los
-hombres, extenuados de hambre, se caían al suelo. Quedaba el recurso de
-comer el trigo como lo comen las bestias: crudo y entero. Algunos lo
-machacaban entre dos piedras y hacían tortas, que cocían en el rescoldo
-de los incendios. Aún quedaban algunos asnos; pero se acabó el forraje,
-y entonces los animalitos se juntaban de dos en dos, y se mantenían
-comiéndose mutuamente sus crines. Fue preciso matarlos antes que
-enflaquecieran más; y al fin la carne de asno, que es la más desabrida
-de las carnes, se acabó también. Muchos vecinos habían sembrado
-hortalizas en los patios de las casas, en tiestos y aun en las calles;
-pero las hortalizas no nacieron. Todo moría, Humanidad y Naturaleza;
-todo era esterilidad dentro de Gerona, y empezó una guerra espantosa
-entre los diversos órdenes de la vida, destruyéndose de mayor a menor.
-Era una guerra a muerte en la animalidad hambrienta, y si junto al
-hombre hubiera existido un ser superior, nos hubiéramos visto cazados y
-engullidos.
-
-Yo padecía las más crueles penas, no solo por mí, sino por la infeliz
-Siseta y sus tres hermanos, que carecían absolutamente de todo. Los
-chicos eran al principio los mejor librados, porque ellos salían a la
-calle, y merodeando o husmeando aquí y allá, siempre sacaban alguna
-cosa; pero Siseta, la pobre Siseta, no tenía más amparo que yo, y yo me
-volvía loco para buscarle sustento. Había, sí, algunos víveres en la
-plaza, y se encontraban pececillos del Oñar que más que peces parecían
-insectos, y pájaros escuálidos, que eran cazados desde los tejados;
-también había alguna carne de mulo y de perro; pero para adquirir estos
-artículos se necesitaba dinero, mucho dinero, y nosotros no teníamos.
-La ración de trigo seco había llegado a sernos tan repugnante como un
-veneno.
-
-D. Pablo Nomdedeu gastaba todos sus ahorros para poner a su hija una
-mala comida, y fue de los que dieron por una gallina diez y seis o
-veinte pesos, cuando algún payés, afrontando mil peligros y venciendo
-obstáculos mil, lograba entrar en la Plaza. En los días de la gran
-escasez, la señora Sumta no bajaba a casa de Siseta, y los chicos se
-secaban los ojos mirando a la escalera por ver si descendía por ella
-algo de maná. Llegó también el día en que Badoret, Manalet y Gasparó
-se cansaron de sus correrías por las calles, porque de todas partes
-eran expulsados los muchachos vagabundos, por la mala opinión que
-había respecto a la limpieza de sus manos. Flacos y casi desnudos, mis
-tres hermanos o mis tres hijos, pues como a tales los traté siempre,
-inspiraban profunda compasión, y formando lastimero grupo junto a
-Siseta, permanecían largas horas en silencio, sin juegos ni risas,
-tan graves como ancianos decrépitos, inertes y quebrantados, sin más
-apariencia de vida que el resplandor de sus grandes ojos negros,
-llenos de ansioso afán. Siseta les miraba lo menos posible, deseando
-así conservar la calma que se había impuesto como un deber, y hasta se
-atrevía a mostrar severidad, creyendo equivocadamente que en tal trance
-la fuerza moral servía de alguna cosa.
-
-Yo estuve tres días sin verles, porque mis obligaciones me impedían ir
-a la casa. Cuando fui, encontreles en la situación que he descrito.
-
-Desde luego admiré la entereza de los pobres niños, bastante
-inteligentes para no importunarnos pidiéndonos lo que sabían no
-podríamos darles. Únicamente Gasparó, comiéndose sus puños y bebiéndose
-sus lágrimas, faltaba a la circunspección sostenida por sus hermanos.
-Llegó un momento en que Siseta, no pudiendo contener su dolor, empezó
-a llorar amargamente, registrando después los últimos rincones de la
-casa por ver si parecía de milagro alguna vianda. Yo salí, volví a
-entrar, salí de nuevo y regresé, después de dar mil vueltas, con la
-terrible evidencia de que no podía encontrar nada.
-
-Repentinamente me ocurrió una idea salvadora.
-
---Siseta --dije a mi amiga--. Hace días que no veo a Pichota; pero
-supongo que andará por ahí con sus tres gatitos.
-
---¡Oh! --me respondió con dolor--. ¿No sabes que el Sr. D. Pablo ha
-acabado con toda la familia? ¡Pobre Pichota! Él dice que es una carne
-excelente; pero yo creo que me moriría de hambre antes de comerla.
-
---¿Ha muerto Pichota? No sabía nada. ¿Y también los tres angelitos?...
-
---No te lo quería decir. En estos últimos días que has faltado de casa,
-D. Pablo bajaba con frecuencia. Un día se me puso delante de rodillas,
-rogándole que le diera algo para su hija, pues ya no tenía víveres,
-ni dinero para comprarlos. Cuando esto me decía, uno de los gatitos
-me saltó al hombro, y D. Pablo, echándole mano con mucha presteza, se
-lo guardó en el bolsillo. Al día siguiente bajó de nuevo y me ofreció
-los muebles de su sala si le daba otro de los hijos de Pichota, y sin
-aguardar mi contestación, entró en la cocina, después en el cuarto
-oscuro, púsose en acecho, y lo mismo que un gato caza al ratón, así
-cazó él al gato. Cuando salió, tuve que curarle los arañazos que en la
-cara traía. El tercero pereció de la misma manera, y después de esto
-Pichota ha desaparecido de la casa, tal vez por haber entendido que no
-está segura.
-
-Siseta y yo convinimos en que era urgente rezar, con la esperanza de
-que, a fuerza de ruegos, nos enviase Dios, por sus misteriosos caminos,
-algo de lo que tanto necesitábamos. Pero rezamos, y Dios no nos mandó
-nada.
-
-
-
-
-XII
-
-
-Meditaba yo sobre la deserción del pobre animal, cuando se nos presentó
-de repente Nomdedeu. Su aspecto era por demás macilento y cadavérico,
-habiendo perdido a fuerza de padeceres físicos y morales hasta aquella
-bondadosa expresión y el dulce acento que lo distinguían. Su vestido
-estaba desordenado y roto, y traía la escopeta de caza y un largo
-cuchillo de monte.
-
---Siseta --dijo bruscamente, y olvidándose de saludarme, a pesar de que
-hacía algunos días que no nos veíamos--. Ya sé dónde está esa pícara
-Pichota.
-
---¿En dónde está, Sr. D. Pablo?
-
---En el desván que hay en el fondo del patio y que servía de pajar y
-granero cuando yo tenía caballo.
-
---Tal vez no será ella --dijo mi amiga en su generoso anhelo de salvar
-al pobre animal.
-
---Sí, es ella; te digo que es ella. A mí no se me despinta Pichota. La
-muy tunanta saltó esta mañana por la ventana de la despensa y me robó
-un pernil que allí tenía. ¡Qué atrevimiento! Comerse la carne de su
-propio hijo. Es preciso acabar con ese animal. Siseta, ya te he dado
-gran parte de mis muebles en cambio de los gazapos. No me queda otra
-cosa de valor que mis libros de medicina. ¿Los quieres a trueque de la
-gata?
-
---Sr. D. Pablo, ni los muebles ni los libros tomaré; coja usted a
-Pichota, y ya que nos vemos reducidos a tal extremidad, dé una parte a
-mis hermanos.
-
---Está bien --respondió Nomdedeu--. Andrés, ¿te atreves a cazar ese
-terrible animal?
-
---No creo que sean precisos tantos pertrechos militares --respondí.
-
---Pues yo sí lo creo. Vamos allá.
-
-Badoret y su hermano quisieron seguirnos; pero Siseta les contuvo
-diciéndoles que no fueran curiosos y entrometidos; y solos el médico y
-yo subimos al desván, entrando despacio y con precauciones por temor a
-ser acometidos del rabioso carnicero, a quien el hambre y el instinto
-de conservación debían haber dado una ferocidad extraordinaria. Don
-Pablo, porque la presa no se nos escapara, cerró por dentro la puerta
-y quedamos casi en completa oscuridad, pues la débil luz que por un
-estrecho ventanillo entraba, no aclaró el lóbrego recinto sino cuando
-nuestros ojos fueron perdiendo poco a poco el deslumbramiento de la luz
-exterior. Multitud de objetos, muebles viejos y destrozados, obstruían
-buena parte de la estancia, y sobre nuestras cabezas flotaban densos
-cortinajes de tela de araña, guarnecidos por el polvo de un siglo.
-Cuando empezamos a ver los contornos y las oscuras tintas del recinto,
-buscamos con los ojos a la prófuga; pero nada vimos, ni se oyó ruido
-alguno que indicase su presencia. Manifesté mis dudas a D. Pablo; pero
-él me dijo:
-
---Sí, aquí está. La vi entrar hace un momento.
-
-Movimos algunas cajas vacías; arrojamos a un lado pedazos de silla
-y un pequeño tonel, y entonces sentimos el roce de un cuerpo que
-se deslizaba en el fondo de la pieza atropellando los hacinados
-objetos. Era Pichota. Vimos en el fondo oscuro sus dos pupilas de un
-verde aurífero, vigilando con feroz inquietud los movimientos de sus
-perseguidores.
-
---¿La ves? --dijo el doctor--. Toma mi escopeta y suéltale un tiro.
-
---No --repuse riendo--. Es muy fácil errar la puntería. De nada sirve
-en este caso el fusil. Póngase usted a ese lado y deme el cuchillo.
-
-Las dos pupilas permanecían inmóviles en su primera posición, y aquella
-lumbre verdosa y dorada que no se parece a la irradiación de ninguna
-otra mirada ni de piedra alguna, produjo en mí fuerte impresión de
-terror. Después distinguí el bulto del animal, y sus manchas parduzcas
-y negras sobre amarillo se multiplicaban a mis ojos, ensanchando su
-cuerpo hasta darle las proporciones de un tigre. Yo tenía miedo, ¿a
-qué negarlo con pueril soberbia? y por un momento sentime arrepentido
-de haber emprendido obra tan difícil. D. Pablo, que tenía más miedo que
-yo, daba diente con diente.
-
-Celebramos consejo de guerra, del cual salió que debíamos tomar
-la ofensiva; pero cuando cobrábamos algún valor sentimos un sordo
-ronquido, un ruido entre arrullo y estertor, que anunciaba las
-disposiciones hostiles de Pichota. En su lenguaje, la gata nos decía:
-«Asesinos de mis hijos, venid acá, que os espero.»
-
-Pichota, que primero estaba en postura de esfinge, se agachó sentando
-la angulosa cabeza sobre las patas delanteras, y entonces su mirada
-cambió, despidiendo una luz azul que proyectaba de dos rayas
-verticales. Parecía fruncir el torvo ceño. Luego irguió la cabeza;
-pasose las patas por la cara, limpiando los largos bigotes, y dio
-algunas vueltas sobre sí misma, para bajar a un sitio más cercano,
-donde se puso en actitud de salto. La fuerza muscular de estos animales
-en las articulaciones de sus patas traseras es inmensa, y desde su
-puesto podía saltar hasta nosotros. Observé que las miradas del animal
-se dirigían más rectamente a D. Pablo que a mí.
-
---Andrés --me dijo--, si tú tienes miedo, yo me voy encima de ella. Es
-una vergüenza que un animal tan pequeño acobarde de este modo a dos
-hombres. Sí, señora Pichota, nos la comeremos a usted.
-
-Parece que el animal oyó y entendió estas amenazadoras palabras, porque
-aún no había acabado de pronunciarlas mi amigo, cuando con ligereza
-suma lanzose sobre él, haciéndole presa en el cuello y hombros. La
-lucha fue breve, pues la gata había puesto ya en ejecución el conjunto
-de su potencia ofensiva, de modo que el resto del combate no podía
-menos de sernos favorable. Acudí en defensa de mi amigo, y el animal
-cayó al suelo, llevándose en las uñas algunas partículas de la persona
-del buen doctor, y haciéndome a mí algunos desperfectos en la mano
-derecha. Corrió luego en distintas direcciones; pero al lanzarse sobre
-mí, tuve la buena suerte de recibirla con la punta del cuchillo de
-monte, lo cual puso fin al desigual combate.
-
---Este animal es más temible de lo que creí --me dijo D. Pablo
-apoderándose del cuerpo palpitante.
-
---Ahora, Sr. Nomdedeu --indiqué yo--, partiremos como hermanos la presa.
-
-El doctor hizo una mueca que indicaba su profundo disgusto, y
-limpiándose la sangre del cuello, me dijo con tono agresivo que por
-primera vez oí de sus labios:
-
---¿Qué es eso de partir? Siseta contrató conmigo a Pichota a cambio de
-mis libros. ¿Tú sabes que mi hija no ha comido nada ayer?
-
---Todos somos hijos de Dios --repuse--, y también Siseta y los de abajo
-han de comer, Sr. D. Pablo.
-
-Nomdedeu se rascó la cabeza, haciendo con boca y narices contracciones
-bastante feas; y tomando el animal por el cuello, me dijo:
-
---Andrés, no me incomodes. Siseta y los bergantes de sus hermanos
-pueden alimentarse con cualquier piltrafa que busquen en la calle;
-pero mi enferma necesita ciertos cuidados. Tras hoy viene mañana, y
-tras mañana pasado. Si ahora te doy media Pichota, ¿qué comerá mi hija
-dentro de un par de días? Andrés, tengamos la fiesta en paz. Busca
-por ahí algo que echar a tus chiquillos, que ellos con roer un hueso
-quedarán satisfechos; pero haz el favor de no tocarme a Pichota.
-
-De esta manera el corazón de aquel hombre bondadoso y sencillo se
-llenaba de egoísmo, obedeciendo a la ley de las grandes calamidades
-públicas, en las cuales, como en los naufragios, el amigo no tiene
-amigo, ni se sabe lo que significan las palabras prójimo y semejante.
-Oyendo a D. Pablo, despertose en mí igual sentimiento egoísta de la
-vida, y vi en él un aborrecido partícipe de la tabla de salvación.
-
---Sr. Nomdedeu --exclamé con súbita cólera--: he dicho que Pichota se
-partirá, y no hay más sino que se partirá.
-
-El médico, al oír este resuelto propósito, mirome con profunda aversión
-por algunos segundos. Sus labios temblaban sin articular palabra
-alguna; púsose pálido, y luego, con un gesto repentino, me empujó hacia
-atrás fuertemente. Yo sentí que mi sangre, abrasada, corría hacia el
-cerebro; un repentino escalofrío que circuló por mi cuerpo me crispaba
-los nervios. Cerrando los puños, alargué las manos casi hasta tocar con
-ellas la cara de Nomdedeu, y grité:
-
---¿Conque no se parte Pichota? Pues mejor. Mejor, porque es toda para
-mí. ¿Qué tengo yo que ver con la señorita Josefina, ni con sus males
-ridículos? Dele usted telarañas.
-
-Nomdedeu rechinó los dientes, y sin contestarme se fue derecho hacia el
-animal, que yacía en tierra desangrándose. Hice yo igual movimiento;
-nuestras manos se chocaron; forcejeamos un breve instante; descargué
-sobre él mis puños, y Nomdedeu rodó por el suelo largo trecho,
-dejándome en completa posesión de la presa.
-
---¡Ladrón! --gritó--. ¿Así me robas lo que es mío? Aguarda y verás.
-
-Recogiendo la víctima, me dispuse a salir. Pero Nomdedeu corrió, mejor
-dicho, saltó como un gato hacia donde estaba la escopeta, y tomándola,
-me apuntó al pecho diciendo con trémula y ronca voz:
-
---Andrés, canalla: suéltala o te asesino.
-
-Miré en derredor mío buscando el cuchillo de monte; pero ya D. Pablo
-lo tenía en el cinto. Corrí a la puerta del desván y no pude abrirla;
-entrome de súbito un terror que no pude vencer, y salté maquinalmente,
-sin saber lo que hacía, hacia los cajones vacíos, los muebles viejos y
-el montón de cachivaches donde se nos había aparecido Pichota. Mis pies
-se hundían entre tablas desvencijadas, cuyos clavos me lastimaban, y
-mi cabeza tropezó en las vigas del techo, haciendo caer el polvo, la
-polilla y las repugnantes inmundicias depositadas por dos siglos.
-
---Bárbaro --grité desde arriba--, ya me las pagarás todas juntas.
-
-Pero Nomdedeu seguía tras mí, buscando la puntería, y con pie firme
-hollaba las rotas tablas; yo corrí de un extremo a otro seguido por él,
-y dimos varias vueltas, subiendo, bajando, hundiéndonos y levantándonos
-en los desfiladeros, laberintos y sinuosidades de aquella caverna.
-
-Por fin, habiendo salido el tiro, Nomdedeu extendió su hocico como
-ávido cazador, por ver si me había alcanzado. Felizmente la bala no me
-tocó.
-
---No me ha tocado --dije con furiosa alegría, disponiéndome a caer
-sobre mi enemigo.
-
-Pero él desenvainó al instante su cuchillo, y con acento más
-frenéticamente alegre que el mío, gritó en medio del desván:
-
---¡Ven, ven!... ¡Ladrón, que quieres matar de hambre a mi hija!...
-Suelta a Pichota; suéltala, miserable.
-
-Y sin esperar a que yo le acometiera, corrió hacia mí. Entrome mayor
-pánico que cuando me perseguía con la escopeta, y de nuevo nos lanzamos
-a los precipicios en miniatura, tropezando y saltando, yo delante, él
-detrás; yo gritando, él rugiendo hasta que, rendido de fatiga, caí
-entre destrozadas tablas, que me impedían todo movimiento. Me encontré
-débil y me reconocí cobarde, sintiéndome incapaz de luchar con aquella
-furia, metamorfosis del hombre más manso, más generoso y humanitario
-que yo había conocido.
-
---Sr. D. Pablo --le dije--, tome usted a Pichota. No puedo más. Se ha
-vuelto usted tigre.
-
-Sin contestarme nada, y mostrando la horrible agitación y crisis de su
-alma en un sordo mugido, recogió el animal que yo había arrojado lejos
-de mí, y abriendo la puerta, se marchó.
-
-Pasada la irascibilidad de aquel cuarto de hora, apenas me podía tener;
-salí, bajé a casa de Siseta, y cuando esta me vio magullado, arañado y
-cubierto de polvo, tuvo miedo. En pocas palabras contele lo ocurrido, y
-los tres muchachos me oyeron con espanto.
-
---No hay nada por hoy --les dije con angustia--. Voy a la calle a ver
-si encuentro una persona caritativa.
-
-Siseta se abrazó a sus hermanos, derramando lágrimas de desesperación,
-y yo corrí desalado fuera de la casa. En la calle marchaba como
-un ebrio, sin dirección, ni aplomo, ni camino, y con la mente en
-ebullición, cargada, atestada y henchida de criminales ideas.
-
-
-
-
-XIII
-
-
-A mi paso encontraba las familias desvalidas, formando horrorosos
-grupos de desolación en medio de la vía pública, con los pies en el
-lodo, guarecida la cabeza del sol y la lluvia bajo miserables toldos
-de sucias esteras. Se arrancaban de las manos unos a otros la seca
-raíz de legumbre, el fétido pez del Oñar, las habas carcomidas y los
-huesos de animales no criados para la matanza. Diestros carniceros,
-improvisados por la necesidad, perseguían por todos los rincones de
-Gerona a los pobres perros que, bastante inteligentes para comprender
-su trágica suerte, buscaban refugio en lo más recóndito, y aun se
-atrevían a traspasar la muralla, corriendo a escape hacia el campo
-francés, donde eran acogidas con aplauso y algazara tales pruebas de
-nuestra penuria. Por todas partes, en sótanos y tejados, los gatos se
-defendían con sus ásperas uñas del ataque de la humanidad, empeñada en
-vivir.
-
-Los soldados recibían su ración de trigo seco; pero los habitantes
-de la ciudad tenían que buscarse el sustento como Dios les daba a
-entender. La caza y la pesca eran la ocupación más importante. En
-cuanto a trabajos militares, no había nada, porque nuestra situación
-consistía en recibir bombas y granadas, sin poder apenas devolver los
-saludos. En varias partes pedí que me dieran algo para unos pobres
-huérfanos; pero la gente me miraba con indignación, y alguno me echó en
-cara mi robustez. Yo estaba en los puros huesos.
-
-En la calle de Ciudadanos y en la Plaza del Vino[5] vi muchos enfermos
-que habían sido sacados de los sótanos para que se murieran menos
-pronto. Su mal era de los que llamaban los médicos _fiebre nerviosa
-castrense_, complicada con otras muchas dolencias, hijas de la
-insalubridad y del hambre; y en los de tropa todas estas molestias
-caían sobre la fiebre traumática.
-
- [5] Hoy de la Constitución.
-
-Sin quererlo yo, me apartaba a cada instante de mi objeto, que era
-buscar alimento para mis niños, y aquí me llamaban para que ayudase a
-arrastrar un enfermo; allí me rogaban que ayudara a poner tierra encima
-de los cadáveres. Mi deseo era arrojarme como los demás en medio del
-arroyo, esperando la muerte; pero el ejemplo de algunos que resistían
-con sin igual tesón el cansancio, me obligaba a seguir en pie. En la
-calle de la Zapatería Vieja sacamos fuera de los sótanos a varios
-clérigos, ancianos y niños, mereciendo en premio de nuestro servicio
-algunos pedazos de pan negro o de cecina. Los otros devoraban su parte;
-pero yo guardé la mía, adquiriendo con su posesión la fuerza moral que
-había perdido.
-
-La calle o callejón de la Forsa, que conduce desde la Zapatería Vieja a
-la catedral, era una horrible sentina, una acequia angosta y lóbrega,
-donde algunos seres humanos yacían como en sepultura, esperando quien
-les socorriese o quien les matase. Entramos en ella, conducidos por
-D. Carlos Beramendi, hombre de gran mérito que se multiplicaba para
-disminuir en lo posible las desgracias de la ciudad, y recogimos los
-cuerpos vivos y medio vivos, muertos y medio muertos, sacándolos a las
-gradas de la catedral, donde les bañasen aires menos corrompidos.
-La catedral ya no podía contener más enfermos, y la plaza se fue
-convirtiendo en hospital al descubierto. Allí vi aparecer en lo alto de
-la gradería a D. Mariano Álvarez, que daba algunas disposiciones para
-el socorro de los heridos. Su semblante era en toda Gerona el único que
-no tenía huellas de abatimiento ni tristeza, y conservábase tal como el
-primer día del sitio. Gran número de gente le rodeaba, y entre ellos vi
-con sorpresa a D. Pablo Nomdedeu con otros médicos, individuos de la
-Junta de salubridad, y varias personas influyentes. La multitud vitoreó
-a Álvarez, quien no dijo nada, absteniéndose de manifestar disgusto
-ni alegría por la ovación, y descendió tranquilamente. La gradería
-ofrecía el más lamentable aspecto, y con la algazara de los vivas y
-aclamaciones dirigidas al Gobernador, era difícil oír las quejas y
-lamentos. Desde lejos se observaba claramente que muchos de los que
-componían la comitiva del héroe estaban afligidos ante tan doloroso
-espectáculo. Sin duda hablaban a D. Mariano de la escasez de víveres,
-porque se oyó una voz de protesta que dijo:
-
---Señor, cuando no haya otra cosa, comeremos madera.
-
-En esto llegó junto a mí D. Pablo, que se había separado un poco de la
-comitiva.
-
---¡Comer madera! --exclamó--. Eso se dice, pero no se hace. Andrés, me
-alegro de verte por aquí ¿Cómo estás?... ¿y Siseta y los chicos?
-
-Aunque empezaba a extinguirse en mi alma el resentimiento, amenacé con
-el puño a Nomdedeu.
-
---¡Ah, todavía me guardas rencor por lo de esta mañana! --dijo--.
-Andresillo, en estos casos no es uno dueño de sí mismo. Yo me
-espantaba entonces y me he espantado después de encontrarme tan
-bárbaro y salvaje. Se trata de vivir, Andrés, y el pícaro instinto
-de conservación hace que el hombre se convierta en fierecita. Que yo
-sea capaz de matar a un semejante, es cosa que no se comprende, ¿no
-es verdad? ¡Ay, amigo mío! La idea de que mi hija me pide de comer y
-no puedo darle nada, ahoga en mí el patriotismo, el pensamiento, la
-humanidad, trocándome en una bestia. Andrés, no somos más que miseria.
-Indigno linaje humano, ¿qué eres? Un estómago y nada más. Se avergüenza
-uno de ser hombre cuando llegan estos casos en que todas las relaciones
-sociales desaparecen, y reina la Naturaleza pura. Pero estoy viendo
-que el número de los heridos es inmenso. Hoy hemos estado haciendo el
-recuento de medicinas, y no hay ni para la décima parte en un solo
-día. ¿A dónde vamos a parar? ¿Es posible que esto se prolongue? No, no
-puede ser. Mira qué horroroso aspecto presenta la gradería cubierta de
-cuerpos humanos.
-
-En efecto: los cien escalones que conducen a la catedral ofrecían en
-pavoroso anfiteatro un cuadro completo de los males de la heroica
-ciudad.
-
-Álvarez con su comitiva seguía bajando, y la multitud apartábase para
-abrirle paso.
-
---Señor --le dijo Nomdedeu volviéndome la espalda--. Olvidé decir a
-vuecencia que los medicamentos que tenemos no bastan ni para la décima
-parte.
-
-D. Mariano miró fríamente y sin marcada expresión al médico. ¡Qué
-bien vi entonces al célebre Gobernador, y cuán presentes se quedaron
-desde entonces en mi mente sus facciones, su mirar y sus palabras!
-La cara pálida y curtida, los ojos vivos, el pelo cano, la figura
-delgada y enjuta, la contextura de acero, la fisonomía imperturbable y
-estatuaria, la tranquilidad y la serenidad juntas en su semblante: todo
-lo examiné y todo lo retuve en la memoria.
-
---Si no hay bastantes medicinas --repuso--, empléense las que hay, y
-después se hará lo que convenga.
-
-Esta muletilla de _lo que convenga_ era muy suya, y con ella solía
-terminar sus discursos y amonestaciones, siendo en él muy natural
-decir: «Si no se puede resistir el asalto y los franceses entran en la
-ciudad, moriremos todos, y después _se hará lo que convenga_.»
-
---Pero, señor --añadió D. Pablo--, los enfermos no admiten espera. Si
-no se les cura... se podrá tirar un día, dos...
-
-Álvarez paseó serenamente la vista por el anfiteatro, y después,
-volviéndose a Nomdedeu, le dijo:
-
---Ninguno de ellos se queja. Pronto recibiremos auxilios. La plaza no
-se rendirá, señor Nomdedeu, por falta de medicinas. ¿No discurre usted
-algún medio para aliviar la suerte de los enfermos y heridos?
-
---¡Oh, sí señor! --dijo el médico alentado por algunos de la comitiva
-que murmuraron frases más en consonancia con los pensamientos del
-médico que con los del Gobernador--. Me ocurre que Gerona ha hecho ya
-bastante por la Religión, la Patria y el Rey. Ha llegado ya al límite
-de la constancia, señor, y exigir más de esta pobre gente es consumar
-su completa ruina.
-
-Álvarez agitó ligeramente el bastón de mando en la mano derecha, y sin
-inmutarse dijo a Nomdedeu:
-
---«_Veo que solo usted es aquí cobarde. Bien: cuando ya no haya
-víveres, nos comeremos a usted y a los de su ralea, y después resolveré
-lo que más convenga._»
-
-Cuando acabó de hablar, callaron todos de tal modo, que se oía el
-zumbido de las moscas. Nomdedeu volvió atrás la cabeza buscándome con
-la vista para disimular su turbación, y harto confuso hubo de abandonar
-la comitiva. Hasta mucho después de que esta pasara no recobró el uso
-de la palabra mi buen doctor, y estaba pálido y tembloroso, señal
-inequívoca de su miedo.
-
---Andrés --me dijo en voz baja tomándome del brazo, y llevándome en
-dirección de la Plaza de San Félix--, ese hombre va a acabar con
-nosotros. Yo soy patriota, sí señor, muy patriota; pero todo tiene
-su límite natural, y eso de que lleguemos a comernos unos a otros me
-parece una temeridad salvaje.
-
---La entereza de D. Mariano --le respondí-- nos llevará a tragarnos
-mutuamente; pero por lo que a mí toca, y mientras sepa que ese hombre
-está vivo, antes me comeré a mordidas mi propia carne, que hablar de
-capitulación delante de él.
-
---Grande y sublime es su constancia --me dijo--: yo la admiro y me
-congratulo de que tengamos al frente de la plaza un hombre cuya memoria
-ha de vivir por los siglos de los siglos. ¡Oh, si yo fuera solo en
-el mundo, Andrés! Si yo no tuviera más que mi indigna persona, si no
-tuviera otro cuidado que la visita al hospital y el recorrido de los
-enfermos que están en la calle, yo mismo le diría a D. Mariano: «Señor,
-no nos rindamos mientras haya uno que pueda vivir, almorzándose a
-los demás.» Pero mi hija no tiene la culpa de que una nación quiera
-conquistar a otra... Sin embargo, humillemos la frente ante la voluntad
-de Dios, de la cual es ejecutor en estos días ese inflexible D. Mariano
-Álvarez, más valiente que Leónidas, más patriota que Horacio Cocles,
-más enérgico que Scévola, más digno que Catón. Es este un hombre que
-en nada estima la vida propia ni la ajena, y como no sea el honor,
-todo lo demás le importa poco. En las jornadas de septiembre, cuando
-Vives el capitán de Ultonia se disponía para una pequeña excursión al
-campo enemigo, preguntó a D. Mariano que a dónde se acogería en caso de
-tener que retirarse. El Gobernador le contestó: «Al cementerio.» ¿Qué
-te parece? ¡Al cementerio! Es decir, que aquí no hay más remedio que
-vencer o morir; y como vencer a los franceses es imposible porque son
-ciento y la madre, saca la consecuencia. ¡Esto entusiasma, Andresillo!
-Se le llena a uno la boca diciendo: ¡viva Gerona y Fernando VII! le
-parece a uno que ya está viendo las historias que se van a escribir
-ensalzándonos hasta las nubes; pero yo quisiera poder gritar: ¡viva
-España y viva Josefina! o que al menos entre las ruinas humeantes
-de esta ciudad y entre el montón que han de formar nuestros cuerpos
-despedazados, se alzara rebosando salud mi querida hija única, que
-nunca ha hecho mal a España, ni a Francia, ni a Europa, ni a las
-Potencias del Norte ni del Sur.
-
-El doctor detúvose a examinar varios enfermos, y corrí a casa de Siseta
-para llevarles lo poco que había recogido.
-
-
-
-
-XIV
-
-
-Casi juntamente conmigo entró Badoret, que había salido a hacer una
-excursión por la Plaza de las Coles, y volvía tan alegre y saltón, que
-le juzgué portador de víveres para ocho días.
-
---¿Qué hay, Badoret? --le preguntamos Siseta y yo.
-
-Nos contestó abriendo los puños para mostrar algunas piezas de cobre, y
-cerrábalos después, bailando con frenesí en medio de la sala.
-
---¿De dónde traes eso? ¿Lo has cogido en alguna parte? --le preguntó
-su hermana con enojo, sospechando sin duda que el chico había hecho
-incursiones lamentables en la propiedad ajena.
-
---Me los han dado por el ratón... Andrés, un ratón tan grande como un
-burro. En cuanto llegué con él a la plaza, un viejo soltó tres reales
-por él.
-
---¿Para comérselo? --exclamó Siseta con horror.
-
---Sí --repuso Badoret dándole los cuartos--. Tú no quisiste, pues a
-venderlo.
-
---Mira, Andrés --me dijo Siseta--, luego que tú te fuiste, estos
-condenados bajaron al patio, y por la puertecilla que está junto al
-pozo, se metieron en la casa del canónigo Don Juan Ferragut, que está
-abandonada, como sabes. A poco volvieron con una rata tan grande como
-de aquí a mañana... ¡Qué patas! ¡Qué rabo!
-
---La carne de este precioso e inteligentísimo animal --dije yo dando
-a Siseta lo que llevaba--, no es mala, según dicen los muchos que en
-Gerona la están consumiendo. Por ahora, muchachos, remediémonos con
-esto que os traigo, y Dios dará más adelante otra cosa.
-
-Comimos, si así puede llamarse una refacción tan exageradamente sobria,
-que más parecía hecha para dar entretenimiento a los dientes, que
-substancia al cuerpo. Yo me dormí sobre el suelo poco después, y cuando
-desperté, Siseta con gran aflicción me dijo:
-
---Gasparó está malo. Ha cesado de llorar, y está como desmayado, con
-el cuerpo ardiente, y temblando de escalofríos. ¿Tardará en volver el
-Sr. Nomdedeu?
-
-Examiné al chico, y su aspecto me hizo temblar, porque no dudé un
-momento que estuviese atacado de la fiebre a que sucumbía diariamente
-parte de la población; pero procuré tranquilizar a su hermana,
-asegurando que los síntomas del mal que tenía delante no eran parecidos
-a los que a todas horas se observaban en los sitios más públicos de la
-ciudad. Siseta, en su buen sentido, no daba crédito a mis consuelos,
-comprendiendo la gravedad de su hermanito. Con la mayor naturalidad
-del mundo, y olvidando, en su preocupación, las circunstancias de la
-ciudad, me mandó que le llevase algunas medicinas, y tuve que emplear
-mil rodeos y circunlocuciones para decirle que no las había. La infeliz
-muchacha estaba inconsolable.
-
-Una hora después entró D. Pablo Nomdedeu, al cual llamamos para que
-asistiese al enfermo, y se prestó a ello de buen grado.
-
---¡Pobre Gasparó! --exclamó al verle--. Ya he dicho que con los
-alimentos que diariamente se consumen aquí, estos chicos no han de
-llegar a viejos.
-
---Pero mi hermano no se morirá, Sr. Don Pablo --afirmó Siseta
-llorando--. Usted, que es tan buen médico, le curará.
-
---Hija mía --repuso fríamente el doctor--, tiende la vista por esas
-calles, y observa de qué valen los buenos médicos. Lo que respiramos en
-Gerona no es aire: es una sutil, invisible materia cargada de muertes.
-¡Ay! Vivimos por especial don de Dios, los que vivimos. Tenemos un
-Gobernador de bronce que manda resistir a estos hombres que se caen
-muertos por momentos. D. Mariano Álvarez no ve en el cuerpo humano sino
-una cosa con que rellenar los cementerios, y que si no puede servir
-para batirse, no sirve para nada. Él no atiende más que al inmortal
-espíritu, y fijando su atención en la vida perpetua que con los
-miserables ojos de la carne no podemos ver, desprecia todo lo demás.
-Sí: la magnitud de ese hombre me tiene asombrado, por lo mismo que es
-superior a mí. El Gobernador resistirá el hambre, las privaciones, las
-enfermedades, mientras tenga una gota de sangre que mantenga en pie
-la urna de su grande espíritu, pues su alma es el alma menos atada al
-cuerpo que he conocido; y si no pudiese resistir, será capaz de comerse
-a sí mismo... Pero veamos qué se hace con ese pobre Gasparó, hija
-mía; yo creo que debes ir a enterrarle a la Plaza del Vino, donde se
-ha hecho una gran fosa, porque si dejamos aquí su pobre cuerpo, puede
-corromperse la atmósfera de esta casa más de lo que está.
-
---¿De modo que usted le da por muerto? --preguntó Siseta con
-desesperación.
-
---Siseta, nuestra misión en el estado a que han llegado las cosas, sin
-alimentos ni medicinas que recomendar, se reduce a evitar los horribles
-efectos de la descomposición atmosférica. Si pudiéramos tener a mano
-buenas tazas de caldo, un poco de vino blanco y algunos emolientes y
-eméticos, creo que sería fácil tornar la salud a la robusta naturaleza
-de ese niño; pero es imposible: no hay nada. ¡Felices los que se
-mueren! Si no consigo salvar a mi hija, me pondré en la muralla, cuando
-haya otro asalto, para morir gloriosamente... Pobre Gasparó: ¡con
-cuánto placer te cuidaría, si viera en ti esperanzas de vida! Siseta,
-sentiría mucho que mi hija conociera la proximidad de un moribundo. En
-caso de que Gasparó llore o chille, le mandarás callar. Adiós, adiós,
-hijos míos; cuidado con mis instrucciones.
-
-Y subió. Tenía todas las apariencias de un loco.
-
- * * * * *
-
-Siseta destrozó un mueble, calentó agua con él, y diose a aplicar al
-enfermo en diversas formas una terapéutica de su invención, compuesta
-de agua tibia en bebida, en cataplasmas, en friegas, en rociadas,
-en parches. Como advirtiera cierta quietud en el enfermo, creyola
-repentina mejoría, por efecto de sus extraordinarios específicos, y
-dijo con tanta inocencia como alegría:
-
---Andrés, me parece que está mejor. Se ha dormido. Mi madre decía que
-el agua del Oñar era la mejor medicina del mundo, y con agua se curaba
-ella todos sus males. ¿Ves como está más tranquilo? Cuando despierte
-querrá ir a jugar con sus hermanos. ¿Pero dónde están esos malditos?
-¡Badoret, Manalet!...
-
-Siseta les llamó gritando varias veces, y los muchachos no parecían.
-Estaban en la casa del canónigo.
-
-Yo subí a ver a D. Pablo y a su hija, y encontré a esta tan abatida y
-desfigurada, que cuando cerraba los ojos, quedándose sin movimiento con
-la cabeza hundida entre los almohadones, parecía realmente muerta. Ya
-era casi de noche, y el doctor, sentado junto al velador, escribía su
-diario.
-
---Andrés --me dijo Nomdedeu--, te agradezco que vengas a hacerme
-compañía. ¿No me guardas rencor por lo de esta mañana? Eres un buen
-muchacho, y sabes hacerte cargo de las circunstancias. En estos casos
-no hay amigo para amigo, ni hermano para hermano. Ahora mismo, si
-metieras tu mano en el plato donde va a comer mi hija, creo que te
-mataría.
-
---¿Y la señorita Josefina --le pregunté--, cree todavía que hay fiestas
-en Gerona, y que mañana irá a Castellá?
-
---¡Ay! no. La ilusión duró hasta el día siguiente nada más. Su
-estado moral es espantoso. Ya no puede ocultársele nada, y es inútil
-representar comedias como la de la otra noche. Lo sabe todo, y no
-ignora los últimos pormenores, gracias a una indiscreción de esa
-endiablada señora Sumta, a quien de buena gana arrastraría por los
-cabellos. Figúrate, Andrés, que una de estas noches, cuando yo estaba
-curando enfermos por esas calles, la tal señora Sumta, que a más de
-ser curiosa como mujer, es entrometida y novelera como un chico de
-diez años, deseando dar a su entendimiento el pasto de una belicosa
-lectura en armonía con sus aficiones militares, sacó de la alacena
-de mi despacho este diario que estoy escribiendo, y se puso a leerlo
-aquí mismo delante de mi hija. Esta sintió al instante deseos de
-enterarse también, y la muy necia de la señora Sumta se lo permitió,
-añadiendo de su propia cosecha comentarios encomiásticos de los empeños
-y heroicidades del sitio. Cuando volví, mi hija había llegado a las
-últimas páginas, y en su calenturienta atención y curiosidad se le
-iba el alma a pedazos. La lectura la embelesaba y la mataba al mismo
-tiempo, y el terror y la admiración compartíanse el dominio de su alma.
-¡Ay, cuánto trabajo me costó arrancarle de las manos el malhadado
-diario! La pobrecita no durmió en toda la noche, y puesto su cerebro
-en erección, allí era de ver cómo imaginaba batallas en la calle, cómo
-sentía el ruido de las bombas, cómo aseguraba estarse quemando con
-el resplandor de los incendios, cómo miraba los ríos de sangre que
-enrojecían el Ter y el Oñar, sin que me fuera posible tranquilizarla.
-La infeliz corría de una parte a otra de la habitación como una loca,
-y llamaba a voces a D. Mariano Álvarez, ensalzando la bravura y grande
-ánimo de nuestro Gobernador. Otras veces, dominada por el miedo, me
-pedía que la escondiese en lo más profundo de los pozos para no oír el
-zumbido de los cañonazos ni ver el resplandor de las llamas. Tan pronto
-su delicado organismo nervioso, que es su naturaleza toda, se crispaba
-dándole actividad febril, como cuando dominados por el entusiasmo nos
-centuplicamos; tan pronto abatiéndose llorosa, su cuerpo caía flojo y
-blando como una madeja. Precisamente, la falta del sentido acústico,
-que parece debía ser un descanso para su espíritu, es un verdadero
-tormento, porque oye rumores que sin existencia real retumban en su
-cerebro, y los espectros del sonido aterran su imaginación más que los
-de la vista. ¡Pobrecita hija mía! Creí verla morir en una de aquellas
-crisis. Era su vida como un hilo delgado que por intervalos se pone
-tirante, tirante, amenazando romperse. Yo tenía el alma en suspenso,
-y comprendiendo que contra tal estado de nada valen la ciencia ni los
-cuidados, me crucé de brazos y bajé la frente esperando el fallo de
-Dios. De este modo ha pasado algunos días, Andrés, y últimamente todos
-los síntomas de desorden nervioso han desaparecido, para no quedar más
-que el del miedo, un miedo en el último grado de lo deprimente, que la
-tiene aplanada, moribunda. ¿Ves esa cara, ves esa expresión soñolienta
-y abatida, esa diafanidad propia de los primeros instantes de la
-muerte? ¿Por ventura eso tiene apariencia de vida? No parece sino que
-este simulacro de existencia permanece ante mis ojos por disposición
-milagrosa del cielo para consolarme durante la ausencia real de mi
-verdadera y querida hija.
-
-Después de un largo y triste silencio, continuó así:
-
---Andrés, mañana saldrá el sol; mañana habrá lo que en nuestro lenguaje
-llamamos día; mañana tendremos otro hoy, es decir, nuevos apuros.
-Veremos qué miga de pan me reserva Dios para el día que ha de venir.
-Como quiera que sea, mi hija tendrá mañana su plato en esta mesa. Así
-ha de ser, cueste lo que cueste.
-
-Y dicho esto, siguió redactando su diario.
-
-Cuando volví al lado de Siseta, la encontré más tranquila, engañada
-por el aparento alivio del pobre niño. Su principal inquietud
-consistía entonces en la ausencia de Badoret y Manalet, que, a pesar
-de lo avanzado de la noche, no volvían a casa. Pero de acuerdo les
-supusimos ocupados en explorar la habitación vecina, y no se habló más
-sobre el particular. Retireme yo a mi guardia, pesaroso de dejarla
-sola, y durante toda la noche estuve mortificado por cavilaciones y
-presentimientos que no me dejaron dormir.
-
-
-
-
-XV
-
-
-Al día siguiente no ocurrió novedad particular. Gasparó seguía lo
-mismo. Badoret y su hermano aparecieron tras larga ausencia, llenos de
-rasguños, contusiones, magulladuras y mordidas; pero muy contentos con
-los cuartos que recientemente les había proporcionado su industria. A
-pesar de este refuerzo pecuniario, aquel día fue el abastecimiento de
-la casa más penoso y difícil que otro alguno, y Siseta, desmejorándose
-por grados, perdía robustez y salud de hora en hora. Como entonces
-ocurrieron acontecimientos terribles en nuestra casa, no puedo pasarlos
-en silencio. Al rayar el día, despertome de un breve y pesado sueño el
-golpear de un pie, que no por ser de amigo carecía de dureza, y cuando
-abrí los ojos me encaré con el tambor del regimiento, Felipe Muro, que
-me dijo:
-
---Ha caído una bomba en la casa del canónigo Ferragut, calle de
-Cort-Real, y el tejado ha ido a buscar refugio dentro de los cimientos.
-Yo lo he visto, Andrés. Tu amigo el médico, D. Pablo Nomdedeu, salió a
-la calle gritando y bufando en cuanto vio arder las barbas del vecino.
-Felizmente la casa no ardió, y hasta hoy no tiene más avería que haber
-sido aplastada como un buñuelo. ¿No vas allá?
-
-De buena gana habría corrido al lugar de la catástrofe; pero la
-ordenanza me ataba a la muralla de Alemanes durante algunas horas,
-y esperé con horrible ansiedad. Cuando me encontré libre y pude
-trasladarme a la calle de Cort-Real, vi con alegría que mi casa estaba
-intacta, aunque amenazada de algún deterioro por la repentina falta del
-apoyo de la contigua, cuya fachada yacía casi totalmente en el suelo,
-viéndose desde la calle el interior de las habitaciones con parte de
-los muebles en la misma situación en que los dejó el dueño al abandonar
-su domicilio. Mentalmente di gracias a Dios por haber librado de la
-desgracia la casa de los míos, y corrí al lado de Siseta, a quien
-encontré en el taller y en el mismo sitio donde la había dejado la
-noche anterior, junto al lecho de su hermano. La consternación de la
-pobre muchacha era tal, que no acerté a tranquilizarla con inútiles
-consuelos.
-
---Siseta --le dije--, es preciso resignarse a lo que quiere Dios. ¿Y tu
-hermano?
-
-No me contestó, ni había para qué, porque su hermano se moría. Ella
-misma hallábase en tan lastimosa situación física y moral, que solo por
-un enérgico propósito de su fuerte espíritu se mantenía vigilante y
-atenta a la agonía del pobre Gasparó. Sin el dolor, Siseta habría caído
-al suelo, abatida por el insomnio y la inanición; pero despreciaba su
-propia existencia, y para atenderla era preciso que desapareciese la de
-los demás.
-
---¿El Sr. Nomdedeu no ha asistido a tu hermano? --le pregunté.
-
---No --repuso--. El Sr. D. Pablo dice que aquí nada falta sino echarle
-tierra encima.
-
---¿Y es posible que no te haya proporcionado algunas medicinas? Si él
-quisiera, podría hacerlo.
-
---Dice que no hay medicinas.
-
---Dime: ¿Gasparó ha tomado algún alimento?
-
---Nada. Con los cuartos que trajeron ayer los chicos, se compró un
-pedacito muy pequeño de cecina, y lo puse en las parrillas; y esta
-mañana vino D. Pablo, se me arrodilló delante llorando a moco y baba, y
-como a pesar de esto me resistiera a dárselo, amenazome con matarme, y
-se lo llevó.
-
---¿Tú tampoco has tomado nada?... ¡Oh! Es preciso que yo le siente la
-mano a ese ladronzuelo de D. Pablo. ¿Tenemos nosotros obligación de
-mantenerle a su hija? ¿Y tus hermanos?
-
---No sé dónde están --repuso Siseta con profundo terror--. Desde anoche
-no han vuelto a casa.
-
---Pero, Siseta --exclamé con angustia--, no irían a la casa del
-canónigo. ¿Sabes que se ha venido al suelo?
-
---No sé si irían allá... Esta mañana sentí un gran ruido. Creí que era
-esta casa la que se venía al suelo, y abrazando a mi hermano cerré los
-ojos y me encomendé a Dios. Pero luego que cesó el ruido, miré al techo
-y lo vi en el mismo sitio. La gente gritaba en la calle, y era difícil
-respirar, a causa del polvo. No, Dios mío, no es posible que mis
-hermanos estuvieran hasta hoy dentro de esa casa. Yo creo que habrán
-ido al mercado a vender lo que hayan cogido.
-
-Cada palabra pronunciada era un esfuerzo angustioso de la decaída
-naturaleza de Siseta. Cubría su frente helado sudor, y sentada en el
-suelo apoyaba sus brazos en la estera para sostenerse. Pálida como la
-misma muerte, y con los ojos apagados y hundidos, daba pena de ver cómo
-se agostaba aquella planta, sin poder echarle un poco de agua.
-
-De repente bajó metiendo mucho ruido el Sr. Nomdedeu, que al verme me
-dijo:
-
---¡Oh, Andresillo! ¡Cuánto me alegro de que estés aquí! Supongo que
-traerás algo. Tú eres generoso, y no te olvidas de los buenos amigos.
-
---Nada traigo, señor doctor; y si trajera, no sería para usted. Cada
-cual se las componga como pueda.
-
---¡Qué bromas gastas! Supongo que traerás siquiera un poco de trigo.
-Y tú, Siseta, ¿tienes algo para mí? ¿Tus hermanos no han traído nada?
-¡Oh, amigos míos de mi alma! ¿No hay nada para este pobre infeliz
-que ve morir a su hija? Andrés, Siseta --añadió juntando las manos
-y poniéndose de rodillas delante de nosotros--, haced la caridad,
-por amor de Dios, que todo lo que tuviereis de menos en la tierra lo
-tendréis de más en el cielo. Ya sabéis que _aquí dan uno por ciento y
-allá dan ciento por uno_. Andrés, Siseta, queridísimos amigos míos,
-vosotros que nadáis en la abundancia, socorred a este mendigo. Nada
-me queda ya: he vendido todos mis libros, y con las plantas de mi
-magnífico herbario, que he reunido durante veinte años, he hecho un
-cocimiento para dárselo a ella. Solo me restan las plantas malignas o
-venenosas, y la incomparable colección de _polipodiums_, que os puedo
-vender... ¿De veras que no tenéis nada? No puede ser. Ustedes esconden
-lo que tienen; ustedes me engañan, y esto no lo puedo consentir: no, no
-lo consentiré.
-
-De esta manera Nomdedeu pasaba de la aflicción amarga o una cólera
-hostil y atrabiliaria, que a Siseta y a mí nos infundió bastante
-recelo.
-
---Sr. Nomdedeu --dije, resuelto a alejar de nosotros huésped tan
-importuno--, no tenemos nada. Ya ve usted. El pobre Gasparó se muere,
-y no podemos darle un buche de agua con vino. Déjenos usted en paz o
-tendremos un disgusto.
-
---Eso se verá. Yo no me voy de aquí sin algo. Ustedes esconden lo que
-van comprando con los cuartos que traen los chicos. Mi hija no puede
-seguir así muchas horas, Andrés. Que se rinda Gerona, sí señor, que
-se rinda, y que se vaya al infierno con cien mil pares de demonios el
-Sr. D. Mariano Álvarez, que ha dicho esta mañana: «Cuando la ciudad
-principie a desfallecer, se hará lo que convenga.» No sé a qué espera.
-Aún no cree que la ciudad está bastante desfallecida. ¡Oh! Lo que
-debiera hacer el Gobernador es castigar a los pillos que acaparan las
-vituallas, privando a sus semejantes de lo más preciso, y ustedes son
-de estos, sí señor. Ustedes tienen esas arcas llenas de comestibles, y
-lo menos hay ahí diez onzas de cecina y un par de docenas de garbanzos.
-Esto es un robo, un robo manifiesto. Siseta, Andrés, amigos míos, ya he
-vendido todas las estampas y cuadros de mi casa. ¿Queréis el perrito
-que bordó en cañamazo mi difunta esposa cuando estaba en la escuela?
-¿Lo queréis? Pues os le daré, aunque es una prenda que he estimado como
-un tesoro, y de la cual hice propósito de no deshacerme nunca. Os doy
-el perrito si me dais lo que está guardado en el arca.
-
-Abrimos el arca, mostrándole su horrenda vaciedad; pero ni aun así
-se dio por convencido. Estaba frenético, con apariencias de trastorno
-semejante a la embriaguez, o al delirio de los calenturientos, y al
-hablar, su lengua sin fuerza chasqueaba las palabras entonándolas
-a medias, como un badajo roto que no acierta a herir de lleno la
-campana. Temblaba todo él, y el llanto y la risa, la pena, la ira, la
-resignación o la amenaza se expresaban sucesivamente en las rápidas
-modificaciones de su fisonomía agitada y movible como la de un cómico.
-
-Cuando me levanté para obligarle a salir, amenazome con los puños, y en
-un tono que no es definible, pues lo mismo podía ser dolorido llanto
-que honda rabia, nos dijo:
-
---Miserables, ladrones de lo ajeno. Haré lo que dice el Gobernador.
-Sí, Andrés, Siseta. Mi hija no se morirá; mi pobre hija no se morirá;
-porque cuando no haya otra cosa nos comeremos a ustedes, y después se
-resolverá lo que más convenga.
-
-Cuando se retiró, Siseta me dijo:
-
---Andrés, yo no sé si viviré mucho más que Gasparó. Haz el favor de
-buscar a mis hermanos. Si Dios ha determinado que en este día se acabe
-todo, se acabará. Somos buenos cristianos, y moriremos en Dios.
-
-
-
-
-XVI
-
-
-Dejando para más tarde la exploración al mercado, marché a la
-abandonada vivienda de D. Juan Ferragut, canónigo de la catedral,
-que desde los primeros días del sitio huyó de Gerona buscando lugar
-más seguro. Aunque este veterano de las milicias docentes de Cristo
-no figura en mi relación, debo indicar que era el primer anticuario
-de toda la alta Cataluña; hombre eruditísimo e incansable en esto
-de reunir monedas, escarbar ruinas, descifrar epígrafes y husmear
-todos los rastros de pisadas romanas en nuestro suelo. Su colección
-numismática era célebre en todo el país, y además poseía inapreciable
-tesoro en vasos, lámparas, arneses y libros raros; pero el grande
-amor que tenía a estos objetos no fue parte a detenerle en su huida,
-abandonando la historia romana y carlovingia por poner en seguro la más
-que ninguna inestimable antigualla de la propia vida. Luego una bomba
-arregló el museo a su manera.
-
-Entrábase en la desierta casa por una pequeña puerta que comunicaba
-ambos patios, y que los vecinos solían tener abierta para venir a tomar
-agua en el pozo del nuestro. Cuando penetré en el patio, hallé que
-una gran parte de este se había trocado en recinto cubierto, formado
-por la acumulación de vigas y tabiques atascados en un ángulo antes
-de llegar al piso. Aquel improvisado techo no necesitaba sino ligero
-impulso, una voz fuerte, una trepidación insensible para caer al suelo.
-Adelantando cuidadosamente llegué a la caja de la escalera, abierta
-a la luz y al aire por el hundimiento de las salas de la fachada y
-de una parte del techo por donde penetró la bomba. Cubrían el suelo
-muebles confundidos con trozos de pared, vidrios y mil desiguales
-fragmentos de preciosidades artísticas, materia caótica de la historia,
-que ningún sabio podía ya reunir ni ordenar. La escalera había perdido
-uno de sus tramos, y para subir era preciso trepar, saltando abruptas
-alturas. Desde abajo veíase el interior de una alcoba que debía de
-ser la del señor canónigo, la cual pieza con un testero de menos, y
-conservando parte de sus muebles, se asemejaba a los aposentos de
-juguete para los niños, cuando se les quita la tapa o pared lateral,
-cuya ausencia permite ver el lindo interior. Si algunos cuadros, cofres
-y roperos manteníanse arriba en los mismos puestos que desde luengos
-años ocupaban, en cambio la cama del canónigo yacía en el hondo de la
-escalera en una postura que podemos llamar boca abajo. Los gruesos
-pilares de aquel mueble, que no era otra cosa que un mediano monte de
-roble, aparecían por diversos puntos tronchados, esparciendo sus agudas
-astillas, y las colgaduras en desorden dejaban ver entre sus pliegues
-los brazos de marfil de un Santo Cristo, y las secas ramas de unas
-disciplinas. De entre los despojos de la piedra, y en la oscuridad de
-los rincones y honduras que formaban, vi surgir el brillo de dos discos
-luminosos, como dos puntos, como dos ojos que me miraban. A pesar de
-que sentí súbito temor, bajeme a recoger aquellas luces. Eran los
-espejuelos del buen Ferragut.
-
-En la imposibilidad de subir, di voces al pie de la escalera, por ver
-si desde aquellas solitarias cavidades me respondía alguno de los
-muchachos a quienes buscaba. Grité con toda la fuerza de mis pulmones:
-¡Badoret, Manalet! pero nadie me respondía. Recorrí todo lo bajo,
-explorando lo más escondido y lo más peligroso de los escombros, y solo
-encontré la barretina de uno de los chicos; pero esto no era suficiente
-razón para suponer que ellos existiesen bajo las ruinas. Por último,
-regresando al hueco oí un agudo silbido, que resonaba en lo más alto
-del tejado. Esperé un rato, y en breve oyéronse de nuevo los mismos
-agudos sones, y apareció una figura, que desde arriba con evidente
-peligro se inclinaba para mirar hacia el fondo. Era Badoret.
-
-El muchacho, poniéndose ambas manos en la boca, gritó:
-
---¡Manalet, alerta!
-
-Y luego, forzando la voz, añadió:
-
---¡Allá van! ¡Allá va Napoleón, con toda la guardia imperial y la tropa
-menuda!
-
-Dicho esto desapareció, y yo me quedé absorto esperando ver a Napoleón
-con toda la guardia imperial. En efecto: por la rota escalera descendía
-a escape tendido un numeroso ejército cuyos precipitados pasos metían
-bastante ruido. Saltaban de peldaño en peldaño por entre los pedazos
-de vigas, y con ligereza suma franqueaban los claros de la escalera,
-gruñendo, chillando, escarbando, describiendo piruetas, curvas,
-círculos, y empujándose, confundiéndose y precipitándose unos sobre
-otros.
-
-Delante iba el mayor de todos, que era grandísimo, como ser de
-privilegiada magnitud y belleza entre los de su clase, y seguíanle
-otros de menor talla, y muchos pequeños, entre los cuales los había
-jovenzuelos, juguetones y muchos graciosos niños. No eran docenas, sino
-cientos, miles, ¡qué sé yo! un verdadero ejército, una nación entera,
-masa imponente que en otras circunstancias me habría hecho retroceder
-con espanto. Las oscilaciones de sus largos rabos negros eran tales,
-que parecían culebras corriendo en medio de ellos, y sus brillantes
-ojos de azabache expresaban el azoramiento y la ansiedad de retirada
-tan vergonzosa. Venían hostigados, y la inmunda caterva pasó junto a mí
-y en derredor mío con rapidez inapreciable, escurriéndose por entre los
-escombros hacia el patio. Seguíalos yo con la vista, y por una oscura
-puertecilla que vi en la pared, sumergiéronse todos en un segundo, como
-chorro que cae al abismo.
-
-Yo no había visto aquella puerta abierta en un ángulo y que ocultaban
-dos toneles puestos en el patio. Acerqueme a ella y desde la boca grité:
-
---Manalet, ¿estás ahí?
-
-Al principio no sentí rumor alguno, sino un lejano y vago son de
-hojarasca que me pareció producido por las pisadas de la guardia
-imperial sobre montones de yerba seca. Pero al poco rato creí sentir
-como voces y lamentos que al principio parecieron aprensión mía o eco
-de mis propios gritos; pero oyendo que se repetían más acentuados cada
-vez, resolví aventurarme en lo interior del aposento oscurísimo que
-ante mí se abría.
-
-Nada pude ver en los primeros momentos; mas a poco de estar allí,
-distinguí las formas robustas de las tinajas y toneles, cajones
-rotos, arreos de caballerías y carros, y mil objetos de indefinible
-configuración, que iban saliendo poco a poco de la oscuridad a medida
-que mis ojos a ella se acostumbraban.
-
-El sitio era poco agradable, y no sé por qué las barrigas de aquellas
-tinajas me ofrecían un aspecto temeroso, causa para mí de invencible
-horror. Reconocí en aquellas formas extravagantes las de ciertos
-monstruos que venían a amedrentarme en mis sueños de enfermo, y no les
-faltaba más que cuatro patas resbaladizas, húmedas, cartilaginosas,
-para arrojarse sobre mí. A los pocos pasos produje el mismo ruido de
-hojarasca que antes había sentido, y observé que pisaba grandes capas
-de yerba seca, depositada allí sin duda para bestias que no habían de
-comerla.
-
-De pronto, señores, sentí que las hojas sonaban pisadas por mil
-patitas, y los cabellos se me erizaron de espanto. ¿Por qué, si allí no
-había leones, ni tigres, ni culebras, ni ningún animal verdaderamente
-fuerte y temible? Lo cierto es que tuve miedo, un miedo inmenso que
-heló la sangre en mis venas, dejándome atónito y paralizado. Quise
-huir, y hundime en la yerba seca. Revolví los ojos en torno mío, y
-aumentó mi terror al ver que se disponía para acometerme por distintos
-lados, con la rabia de mil bestias feroces, todo el ejército imperial.
-
-En un instante me sentí mordido y rasguñado en los tobillos, en las
-piernas, en los muslos, en las manos, en los hombros, en el pecho.
-¡Infame canalla! Sus ojuelos negros y relucientes como cuentas, me
-miraban gozándose en la perplejidad de la víctima, y sus hocicos
-puntiagudos se lanzaban con voracidad sobre mí. Grité, pateé, manoteé;
-pero la flojedad del suelo en que me sostenía imposibilitaba mi
-defensa, y con esfuerzos extraordinarios pugnaba por echarme fuera
-de aquel mar de hoja seca, en el cual, si era difícil el correr, más
-difícil era el nadar. La turba insolente, aguijoneada por el hambre,
-a atacarme se atrevía. ¿Qué puede uno solo de aquellos miserables
-animaluchos contra el hombre? Nada; pero ¿qué puede el hombre contra
-millares de ellos, cuando la necesidad les obliga a asociarse para
-combatir al rey de la creación? Hallándome sin defensa, exclamé con
-angustia:
-
---¡Badoret, Manalet, venid en mi auxilio! ¡Socorro!
-
-Por último, conseguí poner el pie en tierra firme, y sacudiendo
-manotadas a diestro y siniestro, logré aminorar el vigor del ataque.
-Corrí de un lado para otro, y me siguieron; subime a un gran tonel,
-y veloces como el rayo subieron ellos también. Su estrategia era
-admirable: adivinaban mis movimientos antes de realizados, y como
-saltara de un punto a otro, me tomaban la delantera para recibirme en
-la nueva posición. Animábanse en el combate por un himno de gruñidos
-que a mí me daba escalofrío; diríase que rechinaban en acordada música
-militar sus dientes, demostrando gran rabia y despecho, todos aquellos
-que no podían hacerme presa.
-
-¡Terrible animal! ¡Qué admirablemente le ha dotado la Providencia para
-que se busque la vida a despecho del hombre, para que se defienda
-contra las agresiones de fuerza superior, para que venza obstáculos
-naturales, para que haga suyas las más laboriosas conquistas humanas,
-para que mantenga su inmensa prole en lo profundo de la tierra y
-al aire libre, en los despoblados lo mismo que en las ciudades! La
-Providencia le ha hecho carnívoro para que encuentre alimento en todas
-partes; le ha hecho roedor para que devore a pedazos lo que no puede
-llevarse entero; le ha dado ligereza para que huya; blandura para que
-no se sientan sus alevosos pasos; finísimo oído para que conozca los
-peligros; vista penetrante para que atisbe las máquinas preparadas
-en su daño, y agudo instinto para que con hábiles maniobras burle
-vigilancias exquisitas y persecuciones injustas. Además posee infinitos
-recursos, y como bestia cosmopolita, que igualmente se adapta a la
-civilización y al salvajismo, posee vastos conocimientos de diversos
-ramos, de modo que es ingeniero, y sabe abrirse paso por entre paredes
-y tabiques para explorar nuevos mundos; es arquitecto habilísimo, y se
-labra grandiosas residencias en los sitios más inaccesibles, en los
-huecos de las vigas y en los vanos de los tapiales; es gran navegante,
-y sabe recorrer a nado largas distancias de agua, cuando su espíritu
-aventurero le obliga a atravesar lagunas y ríos; se aposenta en las
-cuadernas de los buques, dispuesto a comerse el cargamento si le dejan,
-y a echarse al agua en la bahía para tomar tierra si le persiguen;
-es insigne mecánico, y posee el arte de transportar objetos frágiles
-y delicados, secretos de que el hombre no es ni puede ser dueño; es
-geógrafo tan consumado, que no hay tierra que no explore, ni región
-donde no haya puesto su ligera planta, ni fruto que no haya probado,
-ni artículo comercial en que no haya impreso el sello de sus diez y
-seis dientes; es geólogo insigne y audaz minero, pues si advierte
-que no disfruta de grandes simpatías a flor de tierra, se mete allí
-donde jamás respiró pulmón humano, y construye bóvedas admirables por
-donde entra y sale orgullosamente, comunicando casas y edificios, y
-huertas y fincas, con lo cual abre ricas vías al comercio y destruye
-rutinarias vallas; y por último, es gran guerrero, porque además de
-que posee mil habilidades para defenderse de sus enemigos naturales,
-cuando se encuentra acosado por el hambre en días muy calamitosos,
-reúne y organiza poderosos ejércitos, ataca al hombre, y al fin, si
-no halla medio de salir del paso, estos ejércitos se arman unos contra
-otros, embistiéndose con tanto coraje como táctica, hasta que al fin el
-vencedor vive a costa del vencido.
-
-Poseyendo un gran sentido civilizador, se acomoda al carácter de las
-comarcas y regiones que escoge para desarrollar su genio activo, y
-come siempre de lo que hay. Eso sí, no respeta ni sabe respetar nada:
-en el tocador de la dama elegante se come los perfumes, y en casa del
-boticario las medicinas. En la iglesia hace mil condimentos con las
-reliquias de los santos, y en los teatros se apropia los coturnos de
-Agamenón y la loriga de D. Pedro el Cruel. Artista a veces, si el
-destino le lleva a los museos, se almuerza a Murillo y cena con algo
-de Rafael, y cuando acierta a penetrar en casa de los anticuarios o
-de los eruditos, se convierte en uno de estos por la influencia de la
-localidad, es decir, que se traga los libros.
-
-Todas estas eminentes cualidades las desplegó contra mí la inmensa
-falange. Aquellos padres que por dar de comer a sus hijos, aquellos
-amantes esposos que por librar de la muerte a sus mujeres no vacilaban
-en mirar frente a frente a un ser superior, tenían toda la perversidad
-que dan las supremas exigencias de la vida. Pero era realmente una
-vergüenza para mí el rendir mi superioridad de fuerza y de inteligencia
-ante aquella chusma de los bodegones que, procedente de distintos
-puntos de la ciudad, por caminos solo sabidos de ella sola, se había
-reunido en tal sitio. Así es que, reponiéndome al cabo de algún tiempo
-de mi primitivo susto, arrebaté un palo que al alcance de la mano vi, y
-haciendo pie firme sobre el tonel, comencé a descargar golpes a todos
-lados, increpando a mis enemigos con todos los vocablos insultantes,
-groseros y desvergonzados de la lengua española.
-
-Si no obtuve desde luego por este medio ventajas positivas, conseguí
-al menos amedrentar a los pequeños, que eran los más insolentes, y
-solo los grandes continuaron empeñados en roerme. Pero los grandes me
-ofrecían blanco más seguro, y he aquí que después de un rato de combate
-peligroso, incesante, en que multiplicaba los movimientos de mis brazos
-y piernas con rapidez más propia de un bailarín que de un guerrero,
-comencé a adquirir alguna ventaja. La ventaja en las batallas, una vez
-que se manifiesta, va creciendo en proporción geométrica, determinada
-por los temores y recelos del que flaquea, por el orgullo y reanimación
-del que gana terreno; y esto me pasó a mí, que al fin, señores míos, a
-fuerza de trabajo y constancia pude adquirir el convencimiento de que
-no sería devorado.
-
-Cuando me vi libre de la guardia imperial (pues no renuncio a darle
-este nombre), me hallaba tan cansado que di con mi cuerpo en tierra.
-
---Si me atacan otra vez --dije para mí--, acabarán conmigo.
-
-
-
-
-XVII
-
-
-Pero en la desbandada del numeroso ejército, no abandonaron el campo
-todos los combatientes; no: allí enfrente de mí, arrastrando por el
-suelo su panza formidable, estaba uno, el más grande, el más fuerte,
-¿por qué no decirlo? el más hermoso de todos, fijando en mí el
-chispeante rayo de sus negras pupilas, con la oreja atenta, el hocico
-husmeante, las garras preparadas, el pelo erizado, y extendida la
-resbaladiza cola, escamosa y parduzca.
-
---¡Ah, eres tú, Napoleón! --exclamé en voz alta como si el terrible
-animal entendiese mis palabras--. Ya te reconozco. Eres el mayor y el
-más fuerte de todos; eres el que iba delante cuando bajabais por la
-escalera. Infame, tu corpulencia y tus años te dan sobre los de tu
-ralea la superioridad que demuestras; pero eres un egoísta que por
-tu propio provecho, reúnes a tus hermanos para que te ayuden en tus
-carnicerías. Miserable, ellos están flacos y tú estás gordo. Lo que
-ellos husmean tú te lo comes, y a falta de otro manjar, devorarás a los
-pequeñuelos que te siguen, orgullosos de tener un general tan bravo.
-Miserable, ¿por qué me miras? ¿Crees que te temo? ¿Crees qué temo a una
-vil alimaña como tú? El hombre, que a todos los animales domina, que
-de todo se vale, que se alimenta con los más nobles, ¿temblará ante un
-indigno roedor como tú?
-
-Corrí hacia él; pero desapareció agachándose para esconderse entre
-unos maderos. Despejé aquel sitio; pero él se escurrió ligeramente y
-le perdí de vista. Esta exploración me llevó muy adelante en la larga
-bodega, y en la crujía inmediata vi que se desparramaban a un lado y
-otro, corriendo por encima de las tinajas y por las mil sinuosidades de
-la pared, mis enemigos de un momento antes. Todos me miraban pasar, y
-corrían de un lado a otro. No me queda duda de que eran algunos miles.
-A cada instante me parecía mayor su número.
-
-En un rincón de la última crujía había un pequeño tonel en pie, tapado
-con una baldosa, con aspecto muy parecido al de una colmena. Cierto
-vago rumor que de allí salía, me hizo fijar la atención, y entonces vi
-que la boca del tonel estaba de frente. Pero lo que me causó sorpresa
-no fue esto, sino que por dicha boca apareció un dedo, y después dos.
-En el mismo momento una voz al mismo tiempo infantil y cavernosa, como
-toda voz de niño que sale por el agujero de un tonel, llegó a mis oídos
-diciendo:
-
---Andrés, ya te veo. Aquí estoy. Soy yo, Manalet. ¿Se ha ido esa
-canalla? Me he encerrado aquí para que no me comieran, y he tapado mi
-casa con una baldosa. ¿Tienes algo de comer?
-
---No: ya puedes salir. No tengas miedo --le respondí.
-
---Están ahí todavía. Siento sus patadas. Son cientos de miles. Ayer no
-había tantos; pero Napoleón ha ido esta mañana y ha vuelto con no sé
-cuántos miles más. Toma este eslabón y esta yesca, Andrés. Prende fuego
-en un manojo de yerba, teniendo cuidado de que no se encienda todo, y
-verás cómo echan a correr.
-
-Diome por el agujero el pedernal, eslabón y pajuela, y al punto hice
-fuego. Cuando el resplandor de la llama iluminó las oscuras bóvedas y
-muros, todos los caballeros corrieron despavoridos, y bien pronto no
-quedó uno. Ignoro el lugar de su repentina retirada.
-
---Se han ido --dije--. Ya puedes salir.
-
-Entonces vi que se levantaba la baldosa que tapaba el tonel, y
-aparecieron los cuatro picos negros de un bonete de clérigo. Debajo de
-este tocado se sonreía con expresión de triunfo la cara de Manalet.
-
---Si tú no vienes --dijo--, ¿qué hubiera sido de mí?
-
---¡Bonito sombrero! --exclamé riendo.
-
---Perdí la barretina, y como tenía frío en la cabeza... ya ves.
-
---¿Y Badoret?
-
---Está en el tejado. Oye lo que nos pasó. Ayer cazamos algunos; pero
-no pudimos coger a Napoleón, que así le llamamos por ser el más grande
-y el más malo de todos. Cuando anocheció, anduvimos dando vueltas por
-la casa y nos encontramos una cama; ¡qué cama, Andresillo! Era la del
-canónigo. Como valía más que la nuestra, nos acostamos en ella; pero
-no pudimos dormir, porque al poco rato sentimos un runrún de dientes
-y uñas... Eran esos pillos que se estaban cenando la biblioteca. Nos
-levantamos, Andrés, y les apedreamos con los libros y con los muchos
-cacharros y figuritas de barro que el canónigo tiene allí. ¿Pues
-creerás que no pudimos coger ninguno vivo? Perseguidos por nosotros,
-se fueron en bandada al tejado, luego bajaron al patio, volvieron, y
-nosotros siempre tras ellos sin poderlos pescar. Pero me dijo Badoret:
-«Yo me voy al tejado, y les hostigaré para que bajen. Ponte tú a la
-entrada de la bodega, detrás de la puerta, y conforme vayan entrando,
-les vas descargando palos, y alguno ha de caer.» Así lo hicimos. Yo
-bajé aquí, y desde arriba Badoret me decía: «Alerta, Manalet. ¡Allá
-van!» ¿Querrás creer que estando yo en esa puerta entraron todos en
-batallón con tanta fuerza que me caí al suelo? Cuando me levanté
-encendí luz y todos se marcharon; pero luego volvieron y entre todos
-casi me comen. ¡Ay, Andrés, qué miedo! Uno me roía por aquí, otro
-por allá, y yo empecé a llorar, porque ya creía no volver a ver más
-a Siseta, a Gasparó, a ti ni al Sr. Nomdedeu. Pero, amigo, oye lo
-que hice para escapar: le recé a San Narciso y a la Virgen unos ocho
-Padrenuestros lo menos, y cátate aquí que no había acabado de decir
-_mas líbranos de mal, amén_, cuando, chico, suenan unos truenos, unos
-cañonazos, unos estampidos tan terribles que aquello parecía la fin del
-mundo. ¿Qué crees que era? Pues nada más sino que un gigante empezó a
-dar patadas en la casa, encimita de aquí, y desde esta misma bodega
-sentí caer las paredes. Allí habías de ver cómo corrían estos bichos,
-llenos de miedo por los golpes que dio el gigante mandado por la Virgen
-y San Narciso para salvarme. Me parece que aún le estoy oyendo.
-
---Pues qué, ¿habló también?
-
---Sí, hombre. ¡Pues no había de hablar! Después de dar muchas patadas,
-dijo con un vocerrón muy fuerte: «¡Canallas, dejad a Manalet!» Pues
-verás. Después de esto quise salir, pero no encontré la puerta. Me
-volví loco dando vueltas para arriba y para abajo, y otra vez recé a
-San Narciso y a la Virgen para que me sacaran. Nada, no me querían
-sacar. Luego volvió Napoleón, y con él muchos, muchísimos más, porque
-has de saber que por el agujero que está debajo de aquella pipa se
-pasan de esta casa al almacén de la calle de la Argentería, y también
-van al río, y a las casas de la plaza de las Coles. Como ahora no
-encuentran qué comer en ninguna parte, andan de aquí para allí y entran
-y salen. Pues, hijito, la volvieron a emprender conmigo, y la segunda
-vez no me valió rezar diez y ocho o diez y nueve Padrenuestros. Lo que
-hice fue encender luz, y entonces me dejaron en paz; pero tenía tanto
-miedo que me metí en el tonel donde me encontraste, y lo tapé con la
-baldosa para estar más seguro. Yo decía: «¿Pero tendré que estar aquí
-un par de años, San Narcisito de mi alma?» Y me acordaba de Siseta y de
-Gasparó. ¡Ay, Andrés, si no vienes tú, allí me quedo!
-
---Pues vámonos fuera --le dije tomándole por la mano--, y busquemos a
-Badoret para salir de esta casa. Veo que los dos sois unos cobardes,
-que os habéis dejado acoquinar por esos animalitos. ¿Habéis llevado
-algo al mercado?
-
---¡Qué habíamos de llevar! Espérate y verás. Hemos de coger vivos un
-par de docenas, y si tú nos ayudas... Andresillo, Napoleón vale lo
-menos nueve reales. Si le cogiéramos...
-
-Salimos fuera, y Manalet se sorprendió de ver los destrozos causados en
-la casa por la explosión del proyectil.
-
---Mira los desperfectos hechos por el gigante que vino a salvarte,
-Manalet. Ahora tratemos de subir en busca de tu hermano.
-
---En el otro patio hay una escalera chica por donde se puede subir
---dijo--. ¡Cómo está la casa! Bien decía yo que el gigante, por querer
-meter mucho ruido, la destrozó toda.
-
-Subimos, y en ninguna de las habitaciones del piso principal vimos
-al buen Badoret. Le llamábamos, pero ninguna voz nos respondía.
-Por último, le hallamos dormido sobre una cama colocada en uno de
-los últimos aposentos del desván. Despertámosle, y nos llevó a la
-biblioteca, donde, según dijo, tenía un repuesto de víveres que había
-encontrado en la casa.
-
---Sí, Sr. D. Andrés --dijo sacando gravemente una llave del bolsillo de
-sus andrajosos calzones--. Aquí tengo una buena cosa.
-
-Y abrió la gaveta de una gran cómoda antigua chapeada de marfil y
-madreperla. Lo primero que vi fue un gran número de antiguas monedas
-de cobre y plata, todas romanas, a juzgar por lo que había oído contar
-de las colecciones del canónigo Ferragut. Badoret apartó a un lado
-varios objetos, y descubrió un niño Jesús de esa pasta de alfeñique que
-tan bien han hecho siempre las monjas.
-
---Este es un regalito que hicieron las monjas al señor canónigo --dije
-tomándolo--. Se lo llevaremos a Siseta. En casos de hambre, es lícito
-comerse lo ajeno. Muchachos, cuidado con coger una sola de esas monedas.
-
-Al niño Jesús le faltaba una pierna, devorada por Badoret, y no pude
-evitar que Manalet se comiese la otra.
-
---¿Tienes algo más? --pregunté.
-
---Sí --repuso Badoret--. Si el Sr. Andrés quiere unas lonjitas de
-manuscrito de ochocientos años y una copa de tinta superior, se lo
-puedo servir.
-
-Por el suelo yacían, arrojados en desorden y medio roídos por los
-ratones, los preciosos manuscritos y los incunables, reunidos en tantos
-años por el celo y la paciencia del ilustre clérigo; y con un plano a
-pluma de la vía romana ampurdanesa, Badoret se había hecho un sombrero
-de tres picos.
-
---Aquí tengo un pincho que voy a llevar esta tarde a la muralla para
-ver qué dicen de él los franceses --dijo el mismo, señalando una
-partesana del Renacimiento, cuyo rico damasquinado causaría admiración
-al menos entendido--. Por ese agujero que está en el rincón, salieron
-varios generales que venían de la otra casa, y para cortarles la
-retirada lo tapé con la cabeza de aquella estatua de mármol que está
-debajo del sillón.
-
-En efecto: una cabeza de ángel tapaba un agujero que se abría por el
-desconche de la mampostería en el zócalo de la pieza. Estaba ajustado
-y atacado con papeles y trozos de vitela, entre cuyos pliegues se
-advertía el hermoso colorido y el oro de las letras pintadas por los
-benedictinos de la Edad Media.
-
---Habéis destrozado todas las maravillas que aquí tenía el Sr. Ferragut
---dije con enfado--. En cambio de tanta pérdida, nada habéis podido
-llevar hoy al mercado.
-
---Ya llevaremos, amigo Andrés --me contestó Badoret--. ¿Cómo está mi
-hermana? ¿Cómo está mi señor hermano D. Gasparó? No salgo de aquí
-sin llevarles una buena pieza. La cabeza del niño Jesús será para el
-chiquito, el cuerpo para Siseta, un brazo para la señorita Josefina, y
-otro para el Sr. Nomdedeu. Veremos si se coge a Napoleón. Anoche vino
-aquí, y quiso llevarse un pedazo de vela de cera. Si no estoy pronto
-a coger el violín en que tocaba el señor canónigo y a estampárselo
-encima, carga con ella.
-
-En el suelo yacía hecho astillas el Stradivarius del buen Ferragut;
-pero Manalet le recogió, con intento, según dijo, de hacer un barco con
-él.
-
---Andrés --dijo Badoret--. Napoleón es malo y traidor. No se deja
-coger, y sabe más que todos nosotros. Cuando viene con su gente, él
-se pone delante y les echa cada arenga... Si encuentran algo, él se
-lo come y da hocicadas a los demás. Aunque le tires encima palos,
-cacharros, estatuas, cuadros, monedas, libros, violines, bonetes, mapas
-y cuanto hay aquí, no consigues matarle ni herirle. Te diré por qué. Tú
-crees que Napoleón es una rata. Aviado estás. No es sino el Demonio, el
-Demonio mismo. O si no, escucha. Anoche, después que bajó Manalet, me
-tendí en la cama del canónigo, que es más blanda que la mía, y desde
-que cerré los ojos sentí que me roían un dedo. Sacudí la mano y aquello
-pasó. Pero luego empezaron a roerme otro dedo. ¡Ay, chico, qué miedo!
-Volviéndome del otro lado, me puse panza arriba. Entonces el condenado
-animal se me subió encima del pecho. Chico, cada pata pesaba tanto
-como la torre de San Félix: ya me iba aplastando, aplastando, y no
-podía respirar. Ya tenía el pecho como el canto de un papel... Aunque
-me daba muchísimo miedo, tenía muchísima gana de verlo, y dije: «¿abro
-los ojos o no los abro?» A veces decía: «los abro», y a veces decía:
-«pues no los abro». Por fin, amigo, dije: «pues quiero verlo», y lo vi.
-¡Jesús me valga! Lo tenía encima, echado sobre los cuartos traseros,
-y con las patas delanteras tiesas. Me miraba, y los ojos no eran sino
-como dos lunas muy grandes. En la punta de cada pelo negro tenía una
-chispa de fuego, y los bigotes eran tan grandes, tan grandísimos como
-de aquí... como de aquí, ¿hasta dónde diré? hasta el campanario de
-las monjas Descalzas. El picarón estaba muy satisfecho mirándome, y
-se relamía con una lenguaza de fuego encarnado tan grande como toda
-la calle de Cort-Real, desde la plaza del Aceite hasta Ballesterías.
-Yo quería saltar, pero no podía. ¡Pobrecito de mí! Quise echarme a
-llorar llamando a Siseta, pero tampoco pude. Así estuve hasta que me
-ocurrió decir: «Huye, perro maldito, al infierno.» Amigo, el animal
-saltó bufando. Corrí tras él de un aposento a otro, y grité: «Por la
-señal de la Santa Cruz.» Del dormitorio corrió a la biblioteca, de la
-biblioteca al dormitorio, hasta que al fin... ¿qué pensarás que hizo?
-¡Bendita sea mi boca! Pues reventó, quiero decir, saltó contra las
-paredes y el techo, y paredes y techo todo se vino abajo. La escalera
-que está pegada al dormitorio se cayó, haciendo un ruido, ¡qué ruido!
-Las paredes iban retumbando así: bum, bum... la cama, los muebles, todo
-se hizo pedazos, todo se cayó al fondo, y luego, chico, el patio subió
-arriba: yo vi el brocal del pozo volando por los aires, y el tejado
-se fue al patio y media casa se hizo polvo. Yo me acurruqué detrás de
-ese armario, y allí, con las manos en cruz, recé hasta que se me secó
-la lengua. Un sudor se me iba y otro se me venía. En fin, Andresillo,
-hasta que no llegó el día, no salí del rincón, ni se me quitó el
-miedo. Luego subí al desván; estuve rondando por las buhardillas que
-no se habían hecho pedazos, y allí me encontré otra vez con el señor
-Napoleón, seguido de su guardia imperial. Les hostigué: se retiraron
-por la escalera abajo, llamé a Manalet, no me respondió, me metí en
-el cuarto del canónigo, registrando todo, y en el arca encontré el
-niño Jesús de alfeñique, y después, sin saber cómo ni cuándo, quedeme
-dormido en la cama donde me encontraste.
-
---Pues ahora a casa. Vuestra hermana está con cuidado por ausencia tan
-larga.
-
---Despacio, amigo Andrés --me contestó el mayor--. Mira lo que tengo
-aquí preparado. ¿Ves este gran artesón? Pues se le pone boca abajo,
-levantado por un lado con una cañita; se ata a la punta alta de la
-cañita un hilito; se ponen debajo unos pedazos de ratoncillos muertos
-que hay en la escalera, los cuales quemaremos antes para que huelan;
-plantamos en el patio toda esta artimaña, y nos escondemos en la
-escalera con el hilito en la mano para poder tirar sin que nos vean.
-Hacemos humo en el sótano quemando la yerba. Salen todos, con el gran
-Napoleón a la cabeza, y este los lleva al artesón, que es España;
-empiezan a roer, diciendo: «qué buena conquista hemos hecho»; entonces
-tiramos del hilo, y España se les cae encima cogiéndoles vivos.
-
-
-
-
-XVIII
-
-
-Diciendo esto, cargaron con el artesón y bajáronlo al patio, y en un
-instante el traidor aparato quedó muy bien instalado, con el cebo
-dentro y el hilo en su sitio. España estaba dispuesta; no faltaba más
-que la invasión francesa.
-
-Badoret entró impertérrito en la bodega y volvió al poco rato, diciendo:
-
---Están en guerra unos con otros. Vengan acá, que esto merece verse.
-
-Entramos, y, en efecto, vi la colosal batalla. Yo sabía que aquel
-enérgico y emprendedor animal se vuelve en su desesperación contra
-su propia casta cuando no encuentra en ninguna parte medios de
-subsistencia; pero jamás había visto los choques de aquellos feroces
-ejércitos, que embestían con la saña salvaje de las primitivas guerras
-entre los hombres. Se arrojaban unos sobre otros, enredándose en
-horroroso vórtice, y se clavaban sin piedad las terribles armas de sus
-agudos dientes. Esta lucha no era en modo alguno una revuelta explosión
-de odios y hambres individuales, sino que tenía conjuntos poderosos,
-y las masas parduzcas indicaban empujes colectivos dirigidos por el
-instinto militar que algunas especies zoológicas poseen en alto grado.
-
---Los que están bajo el tonel --dijo Badoret--, son los del lado de
-allá del Oñar, que han venido nadando. Con ellos están todos los de la
-parroquia de San Félix, y los de este lado son los de la plaza de las
-Coles, los más gordos, los más bravos, y tienen por jefe a Napoleón.
-
---Pues esos que han venido nadando --dije yo-- no son otros que los
-ingleses, y los de la parroquia de San Félix son la gente del Norte. Me
-parece que va ganando Francia, es decir, la plaza de las Coles.
-
-Sus gruñidos formaban un rumor espeluznante. Las desigualdades del
-terreno permitían a los ejércitos desarrollar en gran escala poderosa
-estrategia. Subían unos a apoderarse de un cajón vacío, y embestidos
-hábilmente por la espalda, eran arrollados y expulsados de su posición.
-Las masas pequeñas se reunían formando enorme cuña que al punto
-desbarataba la extensa línea de los contrarios; estos, desorientados y
-en desorden, reuníanse de nuevo concertando sus falanges, y sobre los
-cadáveres exangües, las mil patitas marchaban con vertiginosa carrera.
-Los más pequeños caían rodando impulsados por los grandes, y las panzas
-blanquecinas vueltas hacia arriba, variaban el informe aspecto de los
-valientes escuadrones. Las luchas individuales sucedían a los empujes
-colectivos, y la heroica sangre teñía los feraces campos. ¿A quién
-pertenece la victoria? Ahora lo veremos. Los de la plaza de las Coles
-dominaron el tonel, y plantándose allá con provocativa presunción,
-miraron, jadeantes aún de cansancio, cómo huían hacia el fondo de la
-bodega las huestes destrozadas de la parroquia de San Félix y del otro
-lado del Oñar.
-
---Badoret, Manalet --exclamé yo--, Francia es vencedora. ¿Veis? Ya
-domina la hermosa Italia; observad cómo corre hacia el Norte esa nube
-de tudescos y sajones. Pero esto no ha concluido. Vedle allí. Ved cómo
-se relame, cómo enrosca el largo rabo reluciente cual una cuerda de
-seda. Con los ojuelos negros, en que resplandece el genio de la guerra,
-observa desde aquella altura las diversas comarcas que tiene a sus
-pies, y los movimientos de sus desorganizados enemigos. Está midiendo
-el terreno, y su previsión admirable adivina los sitios que escogerán
-los otros para esperarle. Atended bien, Badoret y Manalet: reparad
-que después que ha descansado un rato, gozándose allá arriba con sus
-rápidos triunfos, se prepara a bajar de su trono. Inmensas falanges
-llenas de entusiasmo le rodean, y allá en el Norte el espacio resuena
-con el chirrido de mil dientes que chocan, y las colas azotan con
-impaciencia el suelo. Nuevas batallas se preparan, Manalet y Badoret.
-Esto no quedará así, y si no me engaño, el pérfido aspira a dominar
-todos los subterráneos, desde el Galligans hasta el puente de piedra,
-y ambas orillas del hermoso Oñar. ¿Oís? Las belicosas uñas se afilan
-en el suelo, y en las cuentecitas de vidrio que tienen por ojos brilla
-el ardor de los combates. La hora terrible se acerca, y el ogro,
-hambriento de carne y nunca saciado, devorará a los hijos del Norte.
-¡Ay! ¡Las pobres madres han concebido y dado a luz nada más que para
-esto! Ya van; ya se acercan. Ved cómo todos los de la otra crujía se
-reúnen, acudiendo de distintas partes. El ogro desciende pausadamente
-de su trono, y una aureola de majestad le rodea. A su vista los débiles
-se hacen fuertes, y los tímidos se arrojan a los primeros puestos. Ya
-se encuentran, y está trabada de nuevo la feroz pelea.
-
-Avanzamos para ver mejor, y vimos cómo se devoraban, llevando la
-mejor parte los de abajo, es decir, Francia. Si los otros eran más
-fuertes, estos parecían más ligeros. Los del lado allá del Oñar, los
-de San Félix y el Matadero, se sostenían enérgicamente; pero al fin
-no les era posible resistir el empuje de sus contrarios, que parecían
-poseídos de sublime enajenación, y sus hociquitos negros y bigotudos lo
-arrasaban todo delante de sí. Si lo que les impulsaba a la lucha era
-pura y simplemente el anhelo de satisfacer su apetito, una vez trabada
-aquella, despierto y exaltado el genio militar, los escuálidos soldados
-no se acordaban de llenar sus panzas con los despojos del vencido, y
-un ideal de gloria les impelía a lanzarse sobre los rotos escuadrones,
-sobre las tinajas teñidas de sangre, sobre el tonel jamás conquistado,
-dominándolo todo con su planta atrevida.
-
-Creerán los oyentes que miento, que desfiguro los hechos, que pinto
-lo que me conviene; juzgarán que mi cabeza, trastornada por las
-penalidades y debilitada por la inanición, forjó ella misma para su
-propio entretenimiento estas batallas de roedores, estas ambiciones de
-la última escala animal, para representar en pequeño las de la primera.
-Pero yo juro y perjuro que nada he dicho que no sea cierto, así como
-también lo es que Badoret, al ver cómo se destrozaban, encendió una
-buena porción de yerba, apartándola del resto para que no se declarase
-incendio, y al instante el mucho y denso humo nos obligó a salir afuera
-presurosamente.
-
---Ahora no quedará uno dentro --dijo Badoret--. Andrés, y tú, hermano,
-coged un palo, y cuando salgan, de cada garrotazo caerá un regimiento.
-Yo tiraré del hilo de la trampa. Si algún otro que el gran emperador se
-acerca a comerse el cebo, espantadle con un golpe. En la trampa no ha
-de caer sino Su Majestad.
-
-Pronto la puerta de la oscura cueva empezó a vomitar gente, es decir,
-guerreros de aquella formidable pelea que habíamos visto. Corrieron
-por el patio en distintas direcciones, subieron la escalera, tornaron
-a bajar, y no pocos de ellos se acercaron al artesón, en quien veían
-los chicos nada menos que la representación genuina de nuestra querida
-y desgraciada madre España. Badoret de improviso impúsonos silencio
-diciendo:
-
---Ahí viene; apártense todos, y abran paso a su grandeza.
-
-En efecto: el más grande, el más hermoso, el más gordo de aquellos
-caballeros, apareció en la puerta del subterráneo. Desde allí
-revolvió con orgullo a todos lados los negros ojos, y moviéndose
-despaciosamente, arrastraba con elegantes ondulaciones el largo rabo.
-Contrajo el hocico, mostrando sus dientes de marfil, y rasguñó el suelo
-con majestuoso gesto. Anduvo largo trecho entre la turbamulta de los
-suyos, que con desdén miraba, y al llegar a mitad del patio, vio aquel
-inusitado aparato que teníamos dispuesto. Acercose, y estuvo mirándolo
-por diversas partes, sorprendido sin duda de su extraña forma, y
-solicitado de los olorosos reclamos del cebo hábilmente colocado
-dentro. Muy por lo bajo, dije yo a Manalet:
-
---Este emperador tiene demasiado talento para meterse aquí.
-
---Quién sabe, Andresillo --me contestó el chico--. Como está tan
-enfatuado con las batallas que acaba de ganar, y se le habrá puesto en
-la cabeza que para él no hay ratoneras, ni trampas, ni lazos, puede que
-se ciegue y se meta dentro.
-
-Napoleón se acercó con paso resuelto. Aunque dotado de inmensa
-previsión y de penetrante vista, el humo de gloria que llenaba su
-cerebro había enturbiado sus poderosas facultades, y encontrándolo todo
-fácil, sin ver más que a sí mismo y a su feliz estrella, precipitose
-decididamente dentro de España. El hilo funcionó, y cayendo con
-estrépito la artesa, Su Majestad quedó en la trampa.
-
---¡Ah, pícaro, tunante, ladrón! --gritó Badoret saltando de gozo--.
-Ahora las vas a pagar todas juntas.
-
---Irá vivo al mercado --añadió el otro--, y nos darán por su cuerpecito
-nueve reales. Ni un cuarto menos, hermano Badoret.
-
-
-
-
-XIX
-
-
-Atado por el rabo el vencedor de Europa, los chicos querían llevarlo al
-mercado; pero yo lo tomé para mí, diciéndoles:
-
---Si trabajáis un poco más, no os faltarán otros respetables sujetos
-que llevar al mercado. Dejad este para mí, que lo necesito, y coged a
-Saint-Cyr, a Duhesme, a Verdier y a Augereau.
-
-Haciendo, pues, nuevas y valiosas presas, se marcharon.
-
-Yo atravesaba la puertecilla, mejor dicho, el agujero que comunicaba el
-patio de la casa de Ferragut con la mía, cuando mi cabeza tropezó con
-otra cabeza. Nos topamos el Sr. Nomdedeu y yo, él queriendo entrar y yo
-queriendo salir.
-
---Detente un rato más, Andrés --me dijo con agitación--, y ayúdame.
-¡Pero qué hermoso animal tienes ahí! ¿Cuánto pides por él?
-
---No lo vendo --repliqué con orgullo.
-
---Es que yo lo quiero --me dijo con firmeza, deteniéndome por un
-brazo--. ¿Sabes que se ha muerto Gasparó? Mi hija se muere también,
-es decir, quiere morirse; pero yo no lo permito, no lo permitiré, no
-señor; estoy decidido a no permitirlo.
-
---Nada de eso me importa, Sr. Nomdedeu --repuse--. ¿Cómo está Siseta?
-
---¿Siseta? Se morirá también. He aquí una muerte que importa poco.
-Siseta no tiene padre que se quede sin hija. ¿Me das lo que llevas ahí?
-
---Usted bromea. Adiós, Sr. Nomdedeu. Por aquella puerta se baja a donde
-hay mucho de esto.
-
---¡Oh! ¡qué repugnante sitio! --exclamó el doctor--. Pero ¿qué llevas
-ahí? Un niño Jesús de alfeñique. Dámelo, Andrés, dámelo. ¡Azúcar, Dios
-mío! ¡Azúcar! ¡Qué rayo de luz divina!
-
---No puedo darlo tampoco. Es para Siseta.
-
-El doctor se puso lívido, más lívido de lo que estaba, y mirome con una
-expresión rencorosa que me llenó de espanto. Le temblaban los labios,
-y a cada instante llevábase las convulsas manos a su amarillo cráneo
-desnudo. Me infundía lástima; me infundía además su vista poderoso
-egoísmo, y le detestaba, sí, le detestaba, sobre todo desde que tuvo la
-audacia de mirar con sus ávidos ojos el niño Jesús sin piernas que yo
-llevaba.
-
---Andrés --me dijo--, yo quiero ese pedazo de azúcar. ¿Me lo darás?
-
-Examiné rápidamente a Nomdedeu. Ni él tenía armas, ni yo tampoco.
-
---Si no me lo das, Andrés --prosiguió--, yo estoy dispuesto a que se
-pierda mi alma por quitártelo.
-
-Diciendo esto, el doctor, sin darme tiempo a tomar actitud defensiva,
-arrojose sobre mí y me hizo caer al suelo. Clavome las manos en los
-hombros, y digo que me clavó, porque parecía que sus manos de hierro,
-horadando mi carne, se hundían en la tierra. Luché, sin embargo,
-en aquella difícil posición, y conseguí incorporarme. La fuerza de
-Nomdedeu era vigorosa, pero de poca consistencia, y se consumía toda en
-el primer movimiento. La mía, muscular e interna, carecía de rápidos
-impulsos, pero duraba más. ¡Oh, qué situación, qué momento! quisiera
-olvidarlo, quisiera que se borrara por siempre de mi memoria; quisiera
-que aquel día no hubiese existido en la esfera de lo real. Pero todo
-fue cierto y lo mismo que lo voy contando. Yo pesé sobre D. Pablo, como
-él había pesado sobre mí, y pugné por clavarlo en el suelo. Yo no era
-hombre, no: era una bestia rabiosa, que carecía de discernimiento para
-conocer su estúpida animalidad. Todo lo noble y hermoso que enaltece
-al hombre había desaparecido, y el brutal instinto sustituía a las
-generosas potencias eclipsadas. Sí, señores: yo era tan despreciable,
-tan bajo como aquellos inmundos animales que poco antes había visto
-despedazando a sus propios hermanos para comérselos. Tenía bajo mis
-manos, ¿qué manos? bajo mis garras a un anciano infeliz, y sin piedad
-le oprimía contra el duro suelo. Un fiero secreto impulso que arrancaba
-del fondo de mis entrañas, me hacía recrearme con mi propia brutalidad,
-y aquella fue la primera, la única vez en que, sintiéndome animal puro,
-me gocé de ello con salvaje exaltación. Pero no fui yo mismo, no,
-no; lo repetiré mil veces: fue otro quien de tal manera y con tanta
-saña clavó sus manos en el cuello enjuto del buen médico, y le sofocó
-hasta que los brazos de este se extendieron en cruz, exhaló un hondo
-quejido, y, cerrando los ojos, quedose sin movimiento, sin fuerzas y
-sin respiración.
-
-Me levanté jadeante y trémulo, con el juicio trastornado incapaz de
-reunir dos ideas, y sin lástima miré al desgraciado que yacía inerte en
-el suelo. El niño de alfeñique cayóseme de las manos, y Napoleón, que
-durante la lucha se había visto libre, cargó con él, huyendo a todo
-escape, con el hilo aún atado en la cola.
-
-Esperé un momento. Nomdedeu no respiraba. La brutalidad principió a
-disiparse en mí, y así como en las negras nubes se abre un resquicio,
-dando paso a un rayo de sol, así en los negrores de mi espíritu se
-abrió una hendidura, por donde la conciencia escondida escurrió un
-destello de su divina luz. Sentí el corazón oprimido; mil voces
-extrañas sonaban en mi oído, y un peso, ¡qué peso! una enorme carga,
-un plomo abrumador gravitó sobre mí. Quedeme paralizado; dudaba si era
-hombre; reflexioné rápidamente sobre el sentimiento que me llevara
-a tan horrible extremo, y al fin, atemorizado por mi sombra, huí
-despavorido de aquel sitio.
-
-Pasé al otro patio, y entrando en casa de Siseta, la vi exánime sobre
-el suelo. A un lado estaba el cadáver del pobre niño, y más al fondo
-advertí la presencia de una tercera persona.
-
-Era Josefina, que hallándose sola por largo tiempo en su casa, había
-bajado arrastrándose. Examinó a Siseta, que lloraba en silencio, y a su
-vista experimenté un temor inmenso, una angustia de que no puedo dar
-idea, y la conciencia que hace poco me enviara un solo rayo, me inundó
-todo de improviso con espantosas claridades. Un gran impulso de llanto
-se determinaba en mi interior; pero no podía llorar. Retorciéndome los
-brazos, golpeándome la cabeza, mugiendo de desesperación, exclamé sin
-poder contener el grito de mi alma irritada:
-
---Siseta, soy un criminal. He matado al señor Nomdedeu, ¡le he matado!
-Soy una bestia feroz. Él quería quitarme un pedazo de azúcar que
-guardaba para ti.
-
-Siseta no me contestó. Estaba estupefacta y muda, y la extenuación,
-juntamente con el profundo dolor, la tenían en situación parecida a
-la estupidez. Josefina, acercándose a mí y tirándome de la ropa, me
-preguntó:
-
---Andrés, ¿has visto a mi padre?
-
---¿Al Sr. Nomdedeu? --contesté temblando, como si el ángel de la
-justicia me interrogara--. No, no le he visto... Sí... allí está...
-allí... pasando al otro patio.
-
-Y luego, anhelando arrojar lejos de mí las terribles imágenes que me
-acosaban, volvime a Siseta y le dije:
-
---Siseta de mi corazón, ¿ha muerto Gasparó? ¡Pobre niño! Y tú, ¿cómo
-estás? ¿Te hace falta algo? ¡Ay! Huyamos, vámonos de esta casa,
-salgamos de Gerona, vámonos a la Almunia a descansar a la sombra de
-nuestros olivos. No quiero estar más aquí.
-
-Un extraordinario y vivísimo ruido exterior no me dejó lugar a más
-reflexiones ni a más palabras. Sonaban cajas, corría la gente; la
-trompeta y el tambor llamaban a todos los hombres al combate. Siseta
-alargó lentamente el brazo, y con su índice me señaló la calle.
-
---Ya, ya lo entiendo --dije--. D. Mariano quiere que todos estos
-espectros hagan una salida o resistan el asalto de los franceses. Vamos
-a morir. Anhelo la muerte, Siseta. Adiós. Aquí están los chicos. ¿Los
-ves?
-
-Eran Badoret y Manalet que entraron diciendo:
-
---Hermana Siseta, trece reales, traemos trece reales. ¿Has arreglado a
-Napoleón? ¿En dónde está Napoleón?
-
-Saliendo con mi fusil al hombro a donde el tambor me llamaba, corrí
-por las calles. Estaba ciego y no veía nada ni a nadie. Mi cuerpo
-desfallecido apenas podía sostenerse; pero lo cierto es que andaba,
-andaba sin cesar. Hablando febrilmente conmigo, me decía: «¿Pero estoy
-loco?... ¿pero estoy vivo acaso?» ¡Terrible situación de cuerpo y
-de espíritu! Fui a la muralla de Alemanes, hice fuego, me batí con
-desesperación contra los franceses que venían al asalto, gritaba como
-los demás y me movía como los demás. Era la rueda de una máquina, y
-me dejaba llevar engranado a mis compañeros. No era yo quien hacía
-todo aquello: era una fuerza superior, colectiva; un todo formidable
-que no paraba jamás. Lo mismo era para mí morir que vivir. Este es el
-heroísmo. Es a veces un impulso deliberado y activo; a veces un ciego
-empuje, un abandono a la general corriente, una fuerza pasiva, el mareo
-de las cabezas, el mecánico arranque de la musculatura, el frenético
-y desbocado andar del corazón que no sabe a dónde va, el hervor de la
-sangre que, dilatándose, anhela encontrar heridas por donde salirse.
-
-Este heroísmo lo tuve, sin que trate ahora de alabarme por ello. Lo
-mismo que yo hicieron otros muchos también medio muertos de hambre, y
-su exaltación no se admiraba porque no había tiempo para admirar. Yo
-opino que nadie se bate mejor que los moribundos.
-
-Allí estaba D. Mariano Álvarez, que nos repitió su cantinela:
-
---Sepan los que ocupan los primeros puestos, que los que están detrás
-tienen orden de hacer fuego sobre todo el que retroceda.
-
-Pero no necesitábamos de este aguijón que el inflexible Gobernador nos
-clavaba en la espalda para llevarnos siempre hacia adelante; y como muy
-acostumbrados a ver la muerte en todas las formas, no podíamos temer a
-la amiga inseparable de todos los momentos y lugares.
-
-La fatiga misma sostenía nuestros cuerpos; hablábamos poco, y nos
-batíamos sin gritos ni bravatas, como es costumbre hacerlo en las
-ocasiones ordinarias. Jamás ha existido heroísmo más decoroso, y
-a fuerza de ver el ejemplo, imitábamos el aspecto estatuario de
-Don Mariano Álvarez, en cuya naturaleza poderosa y sobrehumana se
-estrellaban sin conmoverla las impresiones de la lucha, como las
-rabiosas olas en la peña inmóvil.
-
-Por mi parte, puedo asegurar que lleno el espíritu de angustia,
-alarmada hasta lo sumo la conciencia, aborrecido de mí mismo, me
-echaba con insensato gozo en brazos de aquella tempestad, que en
-cierto modo reproducía exteriormente el estado de mi propio ser. La
-asimilación entre ambos era natural, y si en pequeños intervalos yo
-acertaba a dirigir mi observación dentro de mí mismo, me reconocía
-como una existencia flamígera y estruendosa, parte esencial de aquella
-atmósfera inundada de truenos y rayos, tan aterradora como sublime.
-Dentro de ella experimentábanse grandes acrecentamientos de vida, o la
-súbita extinción de la misma. Yo puedo decirlo; yo puedo dar cuenta
-de ambas sensaciones, y describir cómo acrecía el movimiento, o por
-el contrario, cómo se iban extinguiendo los ruidos del cañón, cual
-ecos que se apagan repetidos de concavidad en concavidad. Yo puedo dar
-cuenta de cómo todo, absolutamente todo, ciudad, campo enemigo, cielo
-y tierra, daba vueltas en derredor de nuestra vista, y cómo el propio
-cuerpo se encontraba de improviso apartado del bullidor y vertiginoso
-conjunto que allí formaban las almas coléricas, el humo, el fuego y los
-ojos atentos de D. Mariano Álvarez, que relampagueando entre tantos
-horrores lo engrandecían todo con su luz. Digo esto, porque yo fui de
-los que quedaron apartados del conjunto activo. Me sentí arrojado hacia
-atrás por una fuerza poderosa, y al caer, bañado en sangre, exclamé en
-voz alta:
-
---¡Gracias a Dios que me he muerto!
-
-Un patriota que por no tener arma se contentaba con arrojar piedras,
-arrancó el fusil de mis manos inertes, y ocupando mi puesto gritó con
-alegría:
-
---Acabáramos. ¡Gracias a Dios que tengo fusil!
-
-
-
-
-XX
-
-
-Fui primero hollado y pisoteado, y sobre mi cuerpo algunos patriotas
-se empinaban para ver mejor hacia afuera; pero pronto me apartaron
-de allí, y sentí el contacto de suavísimas manos. Pareciome que
-unos pájaros del cielo bajaban a posarse sobre mi cuerpo dolorido,
-trayéndole milagroso alivio. Aquellas manos eran las de unas monjas.
-
-Diéronme de beber y me curaron, diciéndose unas a otras:
-
---El pobrecillo no vivirá.
-
-Ignoro dónde estaba, y no me es posible apreciar el tiempo que
-transcurría. Solo en una ocasión recuerdo haber abierto los ojos
-adquiriendo la certidumbre de que me rodeaba oscurísima noche. En el
-cielo había algunas tristes estrellas que fulguraban con blanca luz.
-Sentía entonces agudísimos dolores; pero todo se extinguió prontamente,
-y cayendo en profundo sopor, vivía con largas interrupciones de
-sensibilidad. Otra vez abrí los ojos, y vi que se estaban batiendo.
-Las monjas acudieron de nuevo a mí, y su asistencia me produjo muy
-vivo consuelo. Yo no hablaba, no podía hablar; pero un accidente harto
-original me obligó poco después a empeñarme en usar la palabra. Entre
-la mucha gente que por allí en distintas direcciones discurría, vi un
-muchacho en quien hube de reconocer a Badoret.
-
-Badoret llevaba a cuestas el cuerpo de un niño de pocos años, cuyas
-piernas y brazos colgaban hacia adelante. Así cargaba comúnmente a
-su hermano cuando vivía, y así lo llevaba muerto. Hice un esfuerzo y
-llamé al muchacho. Este, que se inclinaba a examinar a los que allí en
-diversos puntos yacían, acercose a mí y me dijo:
-
---Andrés, ¿tú también te has muerto?
-
---¿Por qué llevas a cuestas el cuerpecito de tu hermano?
-
---¡Ay! Andrés, me mandaron que lo echara al hoyo que hay en la plaza
-del Vino; pero no quiero enterrarlo, y lo llevo conmigo. El pobre ya no
-llora ni chilla.
-
---¿Y tu hermana?
-
---Hermana Siseta no se mueve, ni habla, ni llora tampoco. La llamamos y
-no nos responde.
-
-Iba a preguntarle por Josefina; pero me faltó valor, se me extinguió
-la facultad de hablar, y nublándose mis ojos, vi desaparecer a Badoret
-saltando con su lúgubre carga sobre los hombros.
-
-La fiebre traumática se apoderó de mí con gran intensidad,
-reproduciéndome los hechos que habían precedido a la situación en que
-me encontraba. Siseta aparecía a mi lado con su hermano en los brazos,
-y yo le decía:
-
---Prenda mía, ya no podemos ir a sentarnos a la sombra de los olivos
-que tengo en la Almunia, porque mi conciencia va detrás de mí
-acusándome sin cesar, y tengo que huir y correr hasta que encuentre un
-sitio lejano a donde ella no pueda seguirme. No volveré a entrar jamás
-en tu casa, porque allí junto está, tendido en cruz sobre el suelo, D.
-Pablo Nomdedeu, a quien maté porque me quería quitar mi azúcar. Yo me
-voy a donde no me vea gente nacida. Dame tu mano. Adiós.
-
-Al decir esto, besaba la mano de una señora monja.
-
-Otras veces creía sentir el contacto de un brazo junto al mío, y
-exclamaba:
-
---¡Ah! es usted, Sr. D. Pablo Nomdedeu. Los dos hemos muerto y nos
-juntamos en lo que llamábamos allá _la otra vida_; solo que usted
-camina hacia el cielo, y yo voy derecho al infierno. Aquí donde
-estamos, entre estas oscuras nubes, ya no hay odios ni resentimientos.
-Me pesa de haberle matado a usted, y válgame el arrepentimiento. ¿Cómo
-había de consentir en darle a usted el azúcar? No, Sr. D. Pablo, no lo
-consentiré jamás. ¿Aún insiste usted en quitármela, cuando, despojado
-de la vestidura corporal, volamos los dos por esta región donde no
-hay ruido, ni luz, ni nada? ¿Aun aquí, equivocándonos de caminos, nos
-encontramos para reñir? Pero no, siga usted adelante y no se detenga
-a quitarme lo mío. Dios me perdonará mi crimen: yo fui atacado por
-usted, yo me defendía, y una bestia feroz que se metió dentro de mí,
-le mató a usted. Fue sin duda aquel infame Napoleón. ¡Oh! ¿Por qué
-quise apropiarme el aparente cuerpo de tan fiero demonio? Sí, ya te
-estoy viendo delante de mí... Allá voy, no me llames más. Vagando por
-estos espacios donde no hay ruido, ni luz, ni nada, yo creí que no te
-presentarías delante de mí; pero aquí estás. Cierra esos ojillos negros
-como cuentas de azabache; no claves en mí tus dientes más blancos que
-el marfil, ni enrosques esa culebra que llevas por cola. Ya sé que te
-pertenezco desde que cayó el artesón sobre ti, y tus tramas infernales
-me pusieron en el caso de matar a aquel santo varón, buen amigo,
-excelente padre y honrado patriota. Iré contigo al infierno, que será
-mi expiación. No vuelvas el horrendo hocico hacia atrás, que ya te
-sigo. Los arcángeles celestiales me azuzaron como a un perro cuando me
-acerqué a las puertas del Paraíso, y ahora camino hacia abajo. Adiós,
-Nomdedeu: ya te veo allá arriba. Brillas como una estrella; pero tu
-resplandor no ilumina esta oscuridad en que me hallo. El calor de las
-llamas que despides por la boca, infame Napoleón, me está abrasando; me
-ahogo en una atmósfera de fuego, y sed espantosa seca mi boca. ¿No hay
-quien me dé un vaso de agua?
-
-Un vaso tocó mis labios. Las monjas me daban agua.
-
-Luego tornaba a los mismos delirios, que variaban a cada instante, ora
-terribles, ora gratos, hasta que un día me reconocí en el uso completo
-de mis sentidos, y con el entendimiento claro y sin nubes. Vi el cielo
-encima, en derredor mucha gente y a mi lado un fraile. No se oían
-cañonazos, y el silencio, con serlo, parecía un ruido indefinible.
-
---Hijo mío --me dijo el fraile--, ¿estás mejor? ¿Te sientes bien? Esa
-herida del pecho no es mortal. Si hubiera recursos en Gerona y se te
-alimentara bien, curarías como otros muchos.
-
---¿Qué ocurre, Padre? ¿Qué día es hoy? ¿A cuántos estamos?
-
---Hoy es el 9 de diciembre, y ocurre una inmensa desgracia.
-
---¿Qué?
-
---Está enfermo D. Mariano Álvarez, y la ciudad se va a rendir.
-
---¡Enfermo! --exclamé con sorpresa--. Yo creí que D. Mariano no podía
-estar enfermo ni morir. Moriremos nosotros; pero él...
-
---Él también morirá. Hoy le ha entrado el delirio y ha traspasado
-el mando al teniente de rey D. Juan Bolívar. Desde que Álvarez está
-en cama, nadie considera posible la defensa. Solo hay mil hombres
-disponibles, y aun estos están también enfermos. A estas horas se
-celebra junta de jefes para ver si se rinde o no la plaza en este
-día. Me temo que se saldrán con la suya los pícaros que quieren la
-rendición. Es una vergüenza que esto pase. Hay aquí mucha gente que no
-piensa más que en comer.
-
---Padre --dije yo--, si hay algo por ahí, démelo, aunque sea un pedazo
-de madera. No puedo resistir más.
-
-El fraile me dio no sé qué cosa; pero yo la devoré sin averiguar lo que
-era. Después hablé así:
-
---¿Su Paternidad está aquí auxiliando a los moribundos? Yo, aunque
-Dios en su infinita misericordia me conserve por ahora la vida, quiero
-confesar un gran pecado que tengo. Si no me quito de encima este gran
-peso, no podré vivir. Por allí creerán que D. Pablo Nomdedeu ha muerto
-de hambre o de miedo. No: yo debo declarar que le he matado porque me
-quiso quitar un pedazo de azúcar.
-
---Hijo mío --repuso el fraile--, o estás aún delirando, o confundiste
-con otro el Sr. Nomdedeu, pues tengo la seguridad de haber visto a este
-hoy mismo, si no bueno y sano, al menos con vida. No descansa en lo de
-curar a diestro y siniestro.
-
---¡Cómo! ¿Será posible? --exclamé con estupefacción--. ¿Vive el Sr. D.
-Pablo Nomdedeu, ese espejo de los médicos? Padre, tan buena nueva me
-devuelve por entero la vida. Yo le dejé por muerto en medio del patio.
-No puedo creer sino que ha resucitado para que su hija no quedase
-huérfana. Padre, ¿conoce usted a Siseta, la hija del Sr. Cristòful
-Mongat? ¿Sabe por ventura si vive?
-
---Hijo, nada puedo decirte de esa muchacha. Solo sé que la casa donde
-vivía el señor Mongat y el Sr. Nomdedeu, ha sido destruida por una
-bomba ayer mismo. Tengo idea de que todos sus habitantes se salvaron,
-excepto alguno que se ha extraviado, y no se le puede encontrar.
-
---¡Oh! ¡Si pudiera levantarme y correr allá! --dije--. Pero parece que
-me han clavado en esta maldita cama. ¿En dónde estoy?
-
---Esta es la cama en que murió Periquillo del Roch, asistente del Sr.
-D. Francisco Satué, que es, como sabes, edecán del Gobernador. Cuando
-murió Periquillo, te pusimos aquí, y ayer dijo Satué que te tomaría por
-asistente.
-
---¿Conque Su Paternidad no me da noticias de la pobre Siseta? El
-corazón me dice que no ha muerto, y que no soy, por lo tanto, viudo.
-
---¿Eres casado?
-
---Con el corazón. Siseta será mi mujer si vive. ¿Y dice Su Paternidad
-que no ha muerto el Sr. Nomdedeu?
-
---Así parece, pues se le ve por la ciudad. Verdad es que más bien tiene
-aspecto de un muerto que anda, que de persona viva.
-
---¿Será cierto lo que oigo? ¿Y el Sr. D. Pablo se mueve?
-
---Anda, aunque cojo.
-
---¿Y abre los ojos?
-
---Sí: sus ojos parduzcos buscan las piernas rotas en la oscuridad de
-los escombros.
-
---¿Y habla?
-
---Con su voz clueca, que tan buenas cosas sabe decir.
-
---¿Pero es el mismo, o un remedo de Don Pablo, una sombra que viene del
-otro mundo a figurar que pone vendas?
-
---El mismo, aunque de puro desfigurado apenas se le conoce.
-
---¡Oh, qué inmensa alegría siento! ¿De modo que ha resucitado?
-
---No dudes que vive; pero también te aseguro que no doy dos ochavos por
-lo que le queda de razón.
-
-En todo aquel día no me pude mover, aunque notaba de hora en hora
-bastante mejoría. La curiosidad y el afán me devoraban, anhelando saber
-la suerte de los míos, y aunque la certidumbre de no ser matador de
-Nomdedeu había dado gran tranquilidad a mi espíritu, el no saber el
-paradero de Siseta me entristecía en sumo grado. Sin moverme de allí
-supe que la plaza estaba a punto de rendirse, y que había ido a tratar
-con el General francés el español D. Blas de Fournás. Esto tenía muy
-irritados a los fantasmas que con nombre de hombres discurrían aún arma
-al brazo por las murallas destruidas, y fue preciso a Fournás, cuando
-salió de la plaza, ocultar el verdadero motivo de su viaje.
-
-Álvarez, según oí, se agravaba por instantes, y recibió los Sacramentos
-el mismo día 9; pero aun en tal situación insistía en no rendirse,
-repitiendo esto con palabras enérgicas, lo mismo dormido que despierto.
-Muchos patriotas se resistían a creer que fuera cierto lo de la
-rendición, y la posibilidad de entregarse al extranjero causaba más
-horror que la muerte y el hambre; verdad es que muchos tenían la loca
-esperanza de que llegasen socorros.
-
-Por la tarde empezó a susurrarse que al día siguiente entrarían los
-_cerdos_, y los patriotas acudieron a casa del Gobernador, la cual,
-casi por completo arruinada, apenas conservaba en pie los aposentos
-donde el heroico paciente residía, y allí entre las ruinas, metiéndose
-por los claros de las paredes destruidas, alborotaron largo rato
-pidiendo a Su Excelencia que saliese de nuevo a gobernar la plaza.
-
-Dicen que Álvarez en su delirio oyó los populares gritos, e
-incorporándose dispuso que resistiéramos a todo trance. Enfermos o
-heridos los que aún vivíamos, con diez mil cadáveres esparcidos por las
-calles, alimentándonos de animales inmundos y substancias que repugna
-nombrar, nuestro más propio jefe debía ser y era un delirante, un
-insensato, cuyo grande espíritu perturbado aún se sostenía varonil y
-sublime en las esferas de la fiebre.
-
-Al día siguiente pude dar algunos pasos sin alejarme mucho. De buena
-gana habría hecho una excursión por la ciudad visitando la casa de
-Siseta; pero las señoras monjas que tan cariñosamente me cuidaban,
-impidiéronmelo. El capitán D. Francisco Satué llegose a mí, y me
-hizo saber que había resuelto tomarme por asistente en reemplazo de
-Periquillo del Roch, y agradecido yo a su bondad, me tomé la libertad
-de decirle:
-
---Mi capitán, ¿sabe usía por dónde anda Siseta? Supongo que usía conoce
-a Siseta, la hija del Sr. Cristòful Mongat.
-
-Satué no se dignó contestarme, y volvió la espalda, dejándome solo con
-mis horrorosas dudas. Yo preguntaba a todos; pero nadie me hablaba
-sino de la capitulación. ¡Capitular! Parecía imposible tal cosa cuando
-todavía existía pegado a las esquinas el bando de D. Mariano: «_Será
-pasada inmediatamente por las armas cualquier persona a quien se oiga
-la palabra capitulación u otra equivalente._»
-
-Según oí decir, los franceses habían dado una hora de tiempo para
-arreglar la capitulación; pero nuestra Junta pedía un armisticio
-de cuatro días, prometiendo cumplirlo si al cabo de dicho plazo no
-venía el socorro que desde noviembre estábamos esperando. El Mariscal
-Augereau no quiso acceder a esto, y, por último, después de muchas idas
-y venidas de un campo a otro, firmáronse las condiciones de nuestra
-rendición a las siete de la noche del 10.
-
-En este convenio, como en todos los que hicieron los franceses en
-aquella guerra, se pactó lo que luego no había de ser cumplido:
-respetar a los habitantes, respetar la religión católica y las vidas
-y haciendas, etc... Todo esto se escribe y se firma sobre un tambor
-dentro de una tienda de campaña; pero luego las órdenes expedidas desde
-París por la gran rata, obligan a poner en olvido lo acordado.
-
---¡Bonito final! --me dijo el Padre Rull, que me había asistido
-durante el penoso mal--. ¡Y que hayamos venido a esto después de
-haber resistido siete meses! ¿Y todo por qué, amigo Andrés? Porque
-no se reparten dos pavos por barba al día, y porque alguno se ha
-visto obligado a mantenerse chupando el jugo de un pedazo de estera.
-Dioscórides dice que el esparto contiene substancias alimenticias. ¡Oh!
-Si Álvarez no hubiera caído enfermo; si aquel hombre de bronce pudiera
-aún levantarse de su lecho, y venir aquí, y alzar el bastón en la mano
-derecha... Ya sabes, Andrés, que la guarnición debe salir mañana de
-la plaza con los honores de la guerra, marchando a Francia prisionera.
-Creo que os pondrán a tirar del carro de Napoleón cuando salga a
-paseo... Los _cerdos_ se nos meterán aquí mañana a las ocho y media, y
-parece han acordado no alojarse en las casas, sino en los cuarteles.
-¿Lo crees tú? Ya verás cómo no lo cumplen. Me parece que les veo
-echando a los vecinos a la calle para acomodarse sus señorías en las
-pocas casas que han dejado en pie. Y ahora te pregunto yo: ¿qué harán
-de nosotros, los pobres frailes? Amigo, con Gerona se acabó España,
-y con la salud de Álvarez se acabaron los españoles bravos y dignos.
-Muchachos, ¡viva D. Mariano Álvarez de Castro, terror de la Francia!
-
-Durante la noche, los vecinos y los soldados, sabedores ya de las
-principales cláusulas de la capitulación, inutilizaron las armas o las
-arrojaron al río, y al amanecer, los que podían andar, que eran los
-menos, salieron por la puerta del Areny para depositar en el glacis
-unas cuantas armas, si tal nombre merecían algunos centenares de
-herramientas viejas y fusiles despedazados. Los enfermos nos quedamos
-dentro de la plaza, y tuvimos el disgusto de ver entrar a los señores
-_cerdos_. Como no nos habían conquistado, sino simplemente sometido por
-la fuerza del hambre, nosotros les mirábamos de arriba a bajo, pues
-éramos los verdaderos vencedores, y ellos al modo de impíos carceleros.
-Si no existiese el goloso cuerpo, y solo el alma viviera, ¿pasarían
-estas cosas?
-
-En honor de la verdad, debo decir que los franceses entraron sin
-orgullo, contemplándonos con cierto respeto; y cuando pasaban junto a
-los grupos donde había más enfermos, nos ofrecían pan y vino. Muchos
-se resistieron a comerlo; pero al fin la fuerza instintiva era tal,
-que aceptamos lo que a las pocas horas de su entrada nos ofrecieron.
-Durante todo el día estuvieron entrando carros cargados de víveres
-que, estacionados en las plazas de San Pedro y del Vino, servían de
-depósito, a donde todo el mundo iba a recoger su parte. ¡Comer! ¡qué
-novedad tan grande! Sentíamos el regreso del cuerpo que volvía, después
-de larga ausencia, a ser apoyo del alma. Se admiraba uno de tener
-claros ojos para ver, piernas para andar y manos con que afianzarse en
-las paredes para ir de un punto a otro. Los rostros adquirían de nuevo
-poco a poco la expresión habitual de la fisonomía humana, y se iba
-extinguiendo el espanto que aun después de la rendición causábamos a
-los franceses.
-
-Dadme albricias, porque al fin, señores míos, me reconocí con bríos
-para andar veinte pasos seguidos, aunque apoyándome con la derecha
-mano en un palo, y con la izquierda en las paredes de las casas. No
-creáis que el andar por las calles de Gerona en aquellos días era cosa
-fácil, pues ninguna vía pública estaba libre de hoyos profundísimos,
-de montones de tierra y piedras, además de los miles de cadáveres
-insepultos que cubrían el suelo. En muchas partes, los escombros de
-las casas destruidas obstruían la angosta calle, y era preciso trepar
-a gatas por las ruinas, exponiéndose a caer luego en las charcas que
-formaban las fétidas aguas remansadas. El viaje a través de aquellos
-montes, lagos y ríos, era tan fatigoso para mí, que a cada poco trecho
-me sentaba sobre una piedra para tomar aliento. Mas cuando ya no era
-posible pensar en batirse, y cuando estaba aplacado el terrible ardor
-de la guerra, producíame indecible espanto la vista de tantos muertos;
-y al examinar los horrorosos cuadros que se desarrollaban ante mi
-vista, cerraba a veces los ojos temiendo reconocer en una mano helada,
-la mano de Siseta; en la punta de un vestido, la punta del vestido de
-Siseta; en una piedrecita encarnada, las cuentas de coral que adornaban
-las lindas orejas de Siseta.
-
-
-
-
-XXI
-
-
-Cuando llegué a la calle de Cort-Real, vi allí casi en total ruina la
-casa donde se albergaban los míos. Unos vecinos me dijeron que el Sr.
-Nomdedeu y su hija estaban aposentados en la calle de la Neu; pero que
-no se sabía dónde habían ido a parar Siseta y sus hermanos. Contristado
-con tal noticia, fui en busca del doctor, y la primer persona que salió
-a mi encuentro fue la señora Sumta, encargándome que no hiciera ruido
-porque el señor dormía.
-
---Aquí encontrarás todos los papeles cambiados, Andresillo --me dijo--,
-porque la señorita Josefina se ha puesto buena, y el amo está tan malo,
-que se morirá pronto si Dios no lo remedia.
-
-En esto oímos la voz del doctor, que en aposento cercano sonaba,
-diciendo:
-
---Déjele usted entrar, señora Sumta, que estoy despierto. Andrés, amigo
-querido, ven acá.
-
-Entré, pues, y D. Pablo, arrojándose de su lecho, me abrazó con cariño,
-hablándome así:
-
---¡Qué placer me das, Andrés! ¡Yo creí que habías muerto! ¡Ven acá,
-valiente joven, y abrázame otra vez! ¿Cómo va esa salud? ¿Y ese
-estómago? No conviene cargarlo después de tanta privación. ¿Hay
-apetito?... Te recomiendo mucho la sobriedad. ¿Tienes heridas? Las
-curaremos... Manda lo que gustes, hijo.
-
-Yo, muy confundido, le expresé mi gratitud por tanta benevolencia,
-añadiendo que le consideraba como el más generoso y cristiano de los
-mortales por pagar con abrazos y cariños los golpes que de mí recibiera.
-
---Señor --añadí--, yo creí haber muerto al mejor de los hombres, y no
-podía vivir con el gran peso de mi conciencia. Veo que usted perdona
-las ofensas y abre sus brazos a los que han intentado matarle.
-
---Todo está perdonado, y si culpa hubo en ti tratándome como me
-trataste, mayor fue la mía, que, en mi furor, no reparaba en
-quitarte la vida por un pedazo de azúcar. Aquellas, amigo Andrés,
-no deben considerarse como acciones libres que constituyen verdadera
-responsabilidad, y la horrible situación en que ambos nos hallábamos
-nos disculpa a los ojos de Dios. En tan triste momento, la ley suprema
-de la propia conservación imperaba sobre todas las leyes; nuestro
-carácter, el resultado de las facultades ingénitas, o cultivadas por
-el trato, y de los hábitos adquiridos, no existía realmente, y el
-torpe bruto en que estamos metidos, rompía salvaje todos los frenos
-que se oponían a la satisfacción de sus necesidades. Por mi parte,
-puedo decirte que no me daba cuenta de lo que hacía. El espectáculo
-de mi pobre hija me trastornaba el poco sentido que aún me hacía
-reconocerme como hombre, y delante de mí no había amigos ni semejantes.
-Estas relaciones se acaban, se extinguen cuando el brutal instinto
-recobra sus dominios, y si veía un pedazo de pan en boca de otro
-hombre, parecíame esto un privilegio irritante, que mi egoísmo no
-podía tolerar. ¡Ay, qué horroroso padecimiento! ¡Qué vergonzoso estado
-moral, y qué degradación del ser más noble que pisa la tierra! Válgame
-tan solo la circunstancia de que nada quería para mí, sino todo para
-ella. Tengo la seguridad de que a no ser por mi idolatrada hija, yo me
-hubiera recostado en un rincón de la casa, dejándome morir sin hacer
-esfuerzo alguno por conservar la vida.
-
---Y la señorita Josefina ha resistido las privaciones tal vez mejor que
-nosotros.
-
---Mucho mejor --añadió Nomdedeu--. Ya me ves a mí que parezco un
-cadáver. Pues ella, completamente transfigurada, parece haberse
-apropiado toda la salud que a mí me falta. Esto me tenía contentísimo,
-Andrés. Pero verás ahora lo que ha pasado. Cuando me dejaste en el
-patio de la casa del canónigo, tardé mucho en recobrar el uso de los
-sentidos, a consecuencia del gran golpe y de la mucha extenuación.
-Por fin, no sé qué manos caritativas me sacaron a la calle, donde
-recobré completo acuerdo. Mi sensación principal era una gran sorpresa
-de hallarme con vida. Arrastreme hasta entrar en casa, y en las
-habitaciones de Siseta encontré a mi hija. La infeliz casi no me
-conocía. Iba a perecer de inanición. ¡Dios mío! Quisiera morir, si la
-muerte borrara de mi memoria el recuerdo de aquellas horas. Yo decía:
-«Señor, antes de ver tal espectáculo, valiera más que quedara exánime
-sobre las baldosas de la casa del canónigo.» ¡Ay, amigo Marijuán, no me
-preguntes nada sobre esto! Solo te diré que, habiendo salido en busca
-de alimentos, al regresar, mi hija ya no estaba allí.
-
---¿Y Siseta? --pregunté con la mayor inquietud.
-
---Siseta tampoco --repuso Nomdedeu, inmutándose en sumo grado--. Pero
-¿a qué me preguntas por Siseta? Yo no sé nada de ella. Déjame seguir.
-Ninguno de los vecinos supo darme razón del paradero de mi hija, y
-corrí como un loco por la ciudad buscándola. Felizmente, ni ella ni
-yo estábamos allí cuando la casa fue destruida. Pero yo te pregunto:
-¿a dónde creerás que había ido mi idolatrada Josefina? Pues nada
-menos que a la torre Gironella, donde contemplaba el horrible fuego
-con que se defendió aquel fuerte en sus postrimerías. Te asombrarás
-de que mi hija fuese a tal sitio. Pues oye. Encontrándose sola en la
-casa, la horrible necesidad obligola a salir a la calle, y discurrió
-largo tiempo por Gerona implorando la caridad pública, pero sin ser
-atendida por nadie. Mientras mayor era su desamparo, mayores esfuerzos
-hizo por apegarse a la vida, y aquella naturaleza miserable halló en
-sí misma suficiente energía para sobreponerse a la situación. Parece
-esto imposible, pero es cierto. Ahora caigo en que a las criaturas de
-ánimo apocado nada les conviene tanto como encontrarse lanzadas de
-improviso a un gran peligro sin sostén ni ayuda de mano extraña. Pues
-bien: Josefina, sola en medio de tantos horrores, huyó por la pendiente
-que conduce a los fuertes, creyendo más seguros aquellos sitios. La
-vista de los cadáveres que obstruyen el camino prodújole gran espanto,
-y mayor aún al ver de cerca la terrible acción que allí se trabara.
-Cuando quiso retroceder la pobrecita, le fue imposible, y encontrose
-envuelta en el fuego en el momento de la retirada. ¡Oh, incomprensibles
-arcanos de la Naturaleza! Si yo hubiera sabido por qué lugares andaba
-mi enferma, y todo el Protomedicato hubiérame pedido mi dictamen sobre
-su suerte, habría dicho: «Josefina morirá en el acto de verse próxima a
-un combate.» Pues no fue así, Andrés. Según me ha contado ella misma,
-sintiose con inusitada energía, y sus miembros, desentumecidos como por
-milagro, adquirieron una agilidad que jamás habían tenido. Sin hallarse
-libre de miedo, inundaba su alma una generosa y expansiva inquietud,
-y abundantes lágrimas corrían de sus ojos... A esto añade que luego
-volvió dos veces a la ciudad, donde unas señoras, apiadadas de ella,
-la dieron alimento; que después, sin saber cómo, viose arrastrada en
-el tropel de las que iban a llevar pólvora a las murallas; añade que
-durmió dos noches en campo raso; que la señora Sumta, tomándola por su
-cuenta, la tuvo más de tres horas en Alemanes, hasta que se retiró de
-allí la guarnición, y comprenderás si han sido fuertes los cauterios
-aplicados por el azar al espíritu de esa pobre niña. Ahora, Andrés, me
-resta decirte que si ella ha adquirido súbitamente bríos y agilidad,
-yo he perdido radicalmente mi salud, a consecuencia de los intensos
-padeceres físicos y morales de esta temporada, y aquí donde me ves, no
-doy dos cuartos por lo que pueda vivir de aquí al domingo que viene.
-La alegría que me causa el ver cómo se ha regenerado el organismo
-de aquella que es todo mi amor y mi consuelo, ahoga el sentimiento
-que podría causarme la propia muerte. Lo que hoy me produce profunda
-tristeza es el convencimiento adquirido hace poco de que soy un
-detestable médico. Sí, Andrés: yo creí saber bastante, y ahora resulta
-que todo lo ignoro, todo, todo. Figúrate que después de adoptar en el
-tratamiento de Josefina el sistema de precauciones, de cuidados que
-me recomendaban en diverso estilo centenares de libros, salimos con
-la patochada de que el mejor sistema es el opuesto al que yo seguí.
-¡Y para esto, Dios mío, ha estudiado uno treinta años! ¡Oh! medicina,
-medicina, ¡cuán desdeñosa y esquiva eres! ¡Cómo te ocultas al que más
-te busca, y qué bien guardas tus encantos! Cuando parece más fácil
-tocarte, más rápidamente desapareces, como sombra que de las ansiosas
-manos se escapa. ¡Quién me lo había de decir! Yo intentaba curarla con
-delicadezas, cuidados y dengues, resguardándola hasta del aire por
-temor a que el aire mismo la hiciera daño, y Dios la ha fortalecido
-con las crudezas, las molestias, los golpes, los sustos, con el fuego
-y el frío, con los peligros y las muertes. Yo evitaba en ella las
-fuertes impresiones que me parecía debieran quebrar su naturaleza,
-como los martillazos rompen el vidrio, y los fortísimos sacudimientos
-de la sensibilidad la han repuesto en su primer ser y estado. Curose
-como había enfermado, y este misterio y esta novedad pasmosa confunden
-mi inteligencia. Hasta ahora no sabía que la enfermedad curase la
-enfermedad, y me muero con mil ideas sobre este oscuro punto... porque
-yo me muero, Andrés: en eso sí que no se equivocará mi escaso saber.
-
-Diciendo esto, se tendió de largo a largo en la cama, y a cada rato
-exhalaba hondísimos suspiros. Yo le hablé así:
-
---Sr. D. Pablo: usted, aunque ha padecido bastante, tiene el consuelo
-de ver a su hija, no solo con vida, sino con la salud que antes no
-tenía; pero yo, ni siquiera puedo asegurar que viven mi adorada Siseta
-y sus dos hermanos.
-
-El doctor, al oírme, moviose inquietamente en su lecho con síntomas de
-alteración nerviosa, e incorporándose de improviso, me mostró su cara,
-desfigurada de un modo notable.
-
---No me preguntes por Siseta y sus hermanos --dijo con torpe lengua, y
-haciendo ademán de apartar un objeto que inspira desagrado--. Yo no sé
-nada de ellos. Andrés, más vale que te marches y me dejes en paz.
-
-La señora Sumta, que entró a la sazón, puso el dedo en la sien, mirando
-a su amo con expresión de lástima. Con el gesto y la mirada quería
-decirme: «No hagas caso, que el amo ha perdido el juicio.»
-
-Perdiéralo o no, lo cierto es que me llenaban de inexplicables
-confusiones sus palabras. Interroguele de nuevo; pero él, cerrando los
-ojos y extendiendo brazos y piernas, cual exánime cuerpo, aparentaba no
-oírme, o realmente aletargado, no me oía.
-
-Josefina entró en seguida y mostró mucha alegría al verme. Por mi
-parte, quedeme sorprendido al notar la animación de sus ojos, su color
-menos pálido que de ordinario, y al observar la agilidad, la gracia y
-desenvoltura que había adquirido en sus movimientos desde que no nos
-veíamos. Después de contestar con amables sonrisas a mis cumplidos, que
-adivinaba por el movimiento de los labios, me preguntó por Siseta.
-
---¡Ay! --respondí, expresando con signos mi suprema aflicción--.
-Siseta... se ha ido, señorita; no sé dónde está.
-
---Busquémosla --dijo Josefina con resolución.
-
---¡Ay! gracias, señorita Josefina... Yo no me puedo tener; pero si
-usted me acompaña, sacaré fuerzas de flaqueza para recorrer la ciudad.
-
-En la casa tenían ya comida abundante, que se repartía entre los
-diferentes vecinos allegadizos que allí se albergaban, y a mí me dieron
-una buena porción. Cuando salí, enlazando mi brazo con el de Josefina,
-me sentía tan restablecido, que no necesité buscar apoyo en las paredes
-ni arrojarme al suelo cada diez minutos para tomar aliento.
-
-
-
-
-XXII
-
-
-¿Dónde buscaremos a Siseta? ¿Dónde?... «¡Siseta!» gritábamos por todos
-lados, en las ruinas, en la puerta de las casas enteras, en las plazas,
-en las murallas, en las cortaduras, en los montones de escombros; pero
-ninguna voz conocida nos respondía. En diversos puntos de la ciudad,
-los franceses se ocupaban en tapar con tierra los hoyos donde habían
-sido arrojados los cadáveres, y miles de cuerpos desaparecían de la
-vista de los vivos para siempre... «¡Oh! --exclamaba yo con la mayor
-angustia--, ¡si estará ahí Siseta!»
-
-Hubiera querido escarbar con mis manos todas las fosas, por cerciorarme
-de que no yacía en ellas la persona perdida. Visitamos luego los
-hospitales, y en ninguno de ellos aparecieron tampoco Siseta ni sus
-hermanos; preguntamos de puerta en puerta a todos los conocidos, a
-los vecinos todos, y nadie nos dio razón ni noticia alguna. Pasando a
-Mercadal, lo recorrimos todo, y al volver miré al fondo del río por ver
-si entre sus turbias aguas se distinguía el cuerpo de Siseta. Pregunté
-por ella a los españoles y a los franceses, que no me entendieron; pero
-ambas naciones carecían de noticias acerca de mi amiga; subí a los
-tejados, bajé a los sótanos, la busqué en plena luz y en la profunda
-oscuridad; pero el rayo de sus ojos, para mí superior a todas las
-claridades, no brillaba en ninguna parte.
-
-Por último, cuando llegábamos cerca del puente de San Francisco de
-Asís, creí distinguir una lastimosa figura de muchacho, en la cual,
-aunque con mucha dificultad, pude reconocer la persona del buen
-Manalet. No era posible determinar la forma de su vestido, que era un
-andrajo, por cuyas rasgaduras los brazos y piernas en completa desnudez
-asomaban. Su rostro cadavérico, sus manos negras, su cuello manchado
-de sangre, sus pies heridos, su mirar temeroso, me causaron profunda
-pena. Le llamé, con el alma dividida entre una animosa esperanza y un
-inmenso dolor, y él corrió a abrazarme con los ojos llenos de lágrimas.
-Pasado el primer momento de su alegría, la presencia de Josefina al
-lado mío produjo en el ánimo del pobre chico vivísima inquietud;
-mirábala con ojos azorados, e hizo algún movimiento para huir de
-nosotros. Deteniéndole, tuve valor para preguntarle por su hermana.
-
---Hermana Siseta --me dijo--, no está, no la busquen ustedes. Se ha ido
-con Gasparó. Los dos...
-
-Al decir _los dos_ señalaba la tierra.
-
-Yo, poseído de profundo dolor, no me reconocía satisfecho con sus vagas
-noticias, y quería saber más; seguí tras él, pero mi corto andar no me
-permitió alcanzarle, y hube de resignarme al terrible padecimiento de
-la duda; porque, en efecto, las afirmaciones de Manalet no resolvían mi
-perplejidad, y las palabras, el razonamiento, la inquietud del infeliz
-chico indicaban que algún misterio, para mí ignorado, existía en la
-desaparición de Siseta.
-
---Señorita Josefina --dije a mi acompañante, expresando como me fue
-posible el desaliento y la desesperación--, no conseguiremos nada.
-Volvamos a la calle de la Neu.
-
-Ambos, muy tristes y desanimados, nos detuvimos en el puente, mirando
-a los transeúntes, que vagaban sin cesar de un lado a otro, y como yo,
-buscaban personas queridas que el desorden de los últimos días había
-hecho desaparecer. Las fosas sobre las cuales se echaba tanta tierra,
-iban poco a poco destruyendo los rastros que habrían podido guiar en
-sus exploraciones a padres, esposas e hijos, y la necesidad de enterrar
-pronto hacía que muchas familias se quedasen en completa ignorancia
-respecto a la suerte de los suyos.
-
-Nos sentamos junto al puente. Josefina me miraba en silencio,
-compadecida de mi dolorosa perplejidad, y yo interrogaba al cielo,
-cansado ya de interrogar a la tierra y a los hombres. De repente, la
-hija del doctor diome un ligero golpe en la cabeza, y agitando los
-brazos en dirección del río, señaló una casa de las que se levantan con
-los cimientos dentro del Oñar, a espaldas de la plaza de las Coles y de
-la calle de la Argentería. Al principio no distinguí nada; pero ella,
-con el rostro alterado, la mirada chispeante y el índice extendido
-hacia un punto fijo, dirigió mi atención al tejado de una de aquellas
-casas, de cuyo alero, un muchacho se descolgaba trabajosamente por
-una cuerda. Era Badoret. Al instante grité fuertemente: «¡Badoret!
-¡Badoret!» y el chico, que oyó mi voz, saludome con la mano en el
-momento de poner pie firme en un balcón, desde el cual parecía querer
-avanzar al puente saltando de una casa a otra. Los irregulares aleros,
-balconajes, miradores y cuerpos salientes de aquella orilla del río,
-permitían este viaje sin gran peligro. Por fin, Badoret llegó a donde
-estábamos, y pude notar que su aspecto era más lastimoso que el de su
-hermano.
-
---Andrés --me dijo--, ¿han entrado los franceses?
-
---Sí --le respondí--. ¿En dónde estás metido que no lo sabes? ¿Has
-resucitado acaso?
-
---¿De modo que ya hay algo que comer?
-
---Sí: todo lo que quieras... ¿Y Siseta?
-
---Siseta está durmiendo desde ayer. ¿Quieres verla? La llamamos y no
-quiere despertar.
-
---¿Pero dónde os habéis metido? ¿Dónde está Siseta?
-
---¿Hay ya que comer? No hemos vuelto a ver a Napoleón, Andrés. ¿Cuánto
-darán ahora por él?
-
---Anda al diablo con Napoleón. Llévame a donde está tu hermana.
-
---En el tejado.
-
---¡En el tejado!
-
---Sí: la llevamos entre todos, porque el Sr. Nomdedeu la quería matar.
-
---¡Matarla! ¡Estás loco!
-
---Sí: para comérsela.
-
-No pude reprimir la risa, a pesar de que mi ánimo no estaba para burlas.
-
---El Sr. Nomdedeu --prosiguió Badoret--, se volvió loco y quiso
-comernos a todos.
-
---Estáis tontos sin duda --repliqué--. Llévame a donde está Siseta.
-
---¡Como no vayas por donde yo he venido!... De la casa del canónigo
-donde estamos, se pasa por el tejado a la del droguero de la calle de
-la Argentería; pero de esta no se puede salir a la calle porque está
-cerrada... Por la bodega, se pasa a una casa del otro extremo que está
-quemada, y por las tejas se baja a los balcones del río. Si puedes
-hacer que te abran la puerta de la casa del droguero que está en la
-calle de la Argentería junto a la plaza de las Coles, entrarás mejor
-que yo he salido.
-
---Vamos allá --dije con resolución--. Si ese señor droguero no nos
-quiere abrir la puerta, la derribaremos a puñetazos.
-
-Por fortuna, no me pusieron obstáculos a que entrara por la casa
-indicada, lo cual verifiqué dejando a Josefina en la inmediata de la
-calle de la Neu. Subí al tejado, y saltando con grandes esfuerzos y
-peligros de techo en techo, llegamos Badoret y yo a las buhardillas de
-la casa del canónigo. Allí en un lóbrego aposento del desván, donde
-antaño tuvo su vivienda el ama de gobierno del Sr. Ferragut, yacía la
-pobre Siseta sin movimiento ni sentido sobre miserable colchón. La
-llamé con fuertes voces, incorporela en el lecho, y la infeliz abrió
-los ojos, pero sin aparentar reconocerme. Mi gozo al ver que vivía fue
-inmenso; pero aún dudaba que pudiese tornar a la vida, y no pensé más
-que en prodigarle toda clase de socorros. Recorrí la casa aturdidamente
-sin darme cuenta de lo que buscaba, y vi en distintas habitaciones
-hasta una docena de chicos de ocho a doce años, en quien reconocí a
-los amigos que acompañaban a Badoret y Manalet en todas sus correrías;
-pero el estado de aquellos infelices niños era atrozmente lastimoso y
-desconsolador. Algunos de ellos yacían muertos sobre el suelo, otros se
-arrastraban por la biblioteca sin poderse tener, uno estaba comiéndose
-un libro, otro saboreaba el esparto de una estera.
-
---¿Qué ha pasado aquí? --pregunté a Badoret.
-
---¡Ay, Andrés! no podemos salir por ninguna parte. Estábamos encerrados
-hace dos días. A nuestra casa no se podía pasar, porque siete paredes
-llenaron el patio hasta arriba. No teníamos que comer, ni donde
-encontrarlo... Esta mañana buscamos Manalet y yo una salida. Él se
-descolgó por la calle de la Argentería, y yo por donde me viste... pero
-a mí se me está ya pegando la lengua al cielo de la boca, no puedo
-moverme, y me caigo muerto también.
-
-Diciéndolo, Badoret cerró los ojos y se extendió de largo a largo en el
-suelo. Algunos de sus camaradas lloraban, llamando a sus madres, y por
-todos lados el espectáculo de aquella desolación infantil contristaba
-mi alma. Resuelto a obrar con prontitud, pasé por el tejado a las casas
-inmediatas, llamé, pedí socorro, logré que me oyeran y que acudiesen
-en mi auxilio algunos vecinos, y bien pronto reuní en los desiertos
-lugares donde se hallaba mi infeliz amiga gran número de víveres y no
-pocas personas caritativas.
-
-La primera en quien probamos nuestros recursos fue Siseta, que tardó
-mucho en recobrar su acuerdo, inspirándome serias inquietudes; pero
-al fin me reconoció, y vencida su repugnancia a tomar los alimentos
-que le ofrecíamos, convenciéndose al fin de que no le dábamos animales
-inmundos ni horribles manjares, entró en un período de fortalecimiento
-que indicaba enérgica disposición de la naturaleza a recobrar su
-primitivo equilibrio y asiento. Badoret cobró sus fuerzas con más
-rapidez, y a la media hora ya hablaba como una taravilla arengando a
-sus amigos. Para algunos de estos llegó tarde el remedio, y no nos
-dieron más trabajo que entregar sus cuerpos a las pobres madres que a
-recogerlos venían después de buscarlos inútilmente por toda la ciudad.
-
---Hermana Siseta ha despertado al fin --me dijo Badoret, tragándose
-medio pan--. Yo pensé que íbamos a quedarnos aquí para que se regalaran
-con nuestro pellejo Napoleón, _Sancir_, _Agujerón_ y los demás que
-andaban por acá. No estamos todos vivos, Andrés, porque Pauet no
-resuella, y Sisó, que estaba tan rabioso contra los _cerdos_, se
-ha quedado tieso en la biblioteca con medio libro en el cuerpo y
-otro medio en la mano. Así quisiera yo ver al condenado de D. Pablo
-Nomdedeu, que quiso hacer con nosotros un guisote. Ya estamos libres de
-caer al fondo de la cazuela con sal y agua, y eso de que la señorita
-Josefina se le almuerce a uno, no tiene gracia... Los _marranos_ están
-ya dentro de Gerona... ¡Vaya... y decían que D. Mariano no les dejaría
-entrar! Si es lo que yo digo... mucha facha, mucho boquear, y después
-nada.
-
---No desatines, y cuéntame por qué trajísteis aquí a tu hermana.
-
---Pregúntaselo a D. Pablo y a la señora Sumta. Nosotros le llevamos
-a hermana Siseta siete reales que habíamos ganado. Hermana Siseta
-estaba llorando, con Gasparó en brazos. Un caballero entró en la casa,
-y con malos modos mandó que enterrásemos al niño. Entonces hermana
-Siseta le dio muchos besos, y yo le cargué para llevarle a la fosa;
-pero me daba lástima y estuve con él a cuestas todo el día, hasta que
-al fin... Manalet echaba la tierra y yo la apretaba con las manos
-para que quedase bien. Pero luego quisimos volverle a ver, sacamos la
-tierra... ¡Ay! Andresillo: después la tornamos a echar y ya no le vimos
-más... Al volver a casa, D. Pablo entró suspirando y dando gemidos, y
-dijo que traía todos los huesos rotos. Después pidió algo de comer a
-la señora Sumta, y la señora Sumta se puso también a echar suspiros y
-regüeldos. La señorita Josefina, tendida en el suelo, se chupaba los
-dedos; D. Pablo empezó a gritar llamando al santo acá y al santo allá,
-y luego a todos nos daba con la punta del pie, diciendo: «Levantaos
-y salid a buscar algo para mi hija.» Después del entierro, habíamos
-comprado con los siete reales un pan negro y duro, y se lo dimos a mi
-hermana. ¡Si vieras qué ojos le echó D. Pablo! Siseta es más tonta...
-¿creerás que no quiso el pan, y mandó que se lo diéramos a la señorita
-Josefina? Pero yo dije: «Sí, para ella está», y dando la mitad a
-Manalet empezamos a comérnoslo. La señora Sumta, saltando encima de mí,
-me quitó mi parte; pero Manalet se comió toda la suya de un tragón,
-atacándosela con los dedos para que le pasara por el gañote. Entonces,
-amigo Andrés, el Sr. Nomdedeu fue arriba, y bajando al poco rato con
-un gran cuchillo, nos dijo: «Diablillos desvergonzados, puesto que no
-servís más que de estorbo, os comeremos.» Yo me reí, y Manalet se puso
-a temblar y a llorar; pero yo le decía: «No seas burro; primero nos le
-comeríamos nosotros a él, si tuviera algo más que huesos. La señora
-Sumta sí que está gordita.» Cuando la vieja oyó esto me amenazó con
-el puño, y Don Pablo volvió a decir... «Sí: nos los comeremos, ¿por
-qué no?...» Después la señorita Josefina se abrazó a su padre, y este
-se puso a llorar soltando lagrimones como balas, y luego la arrullaba
-en sus brazos como a un chiquillo. ¡Pobre D. Pablo! De veras me daba
-lástima... Arrullando a su hija le cantaba como a los niños, y después
-decía: «Señora Sumta, traiga usted una taza de caldo.» Al oír esto, no
-podía menos de reírme, y dije: «Pues ya que va a la cocina la señora
-Sumta, tráigame a mí un par de perdices, porque estoy desganado, y no
-quiero más.» Los dos se pusieron furiosos; pero el médico parecía loco,
-y todo se le volvía gritar: «Señora Sumta, traiga usted caldo para mi
-hija; tráigalo pronto, o la mato a usted...» ¡Si le hubieras visto,
-Andrés! Echaba chispas por los ojos, y con los pelos amarillos tiesos
-sobre el casco, parecía nada menos que un demonio... En esto pasaron
-mis amigos por la calle, llamáronme, yo salí con ellos, y al poco rato,
-cuando iba por la calle de Ciudadanos, veo venir a Manalet corriendo
-y llorando, que decía: «Hermano Badoret, ven pronto, que D. Pablo
-nos quiere matar a todos.» Chico, eché a correr con todos mis amigos
-hacia casa. ¿Has visto un gato rabioso cómo tira la zarpa, enseña los
-dientes, bufa y salta? Pues así estaba D. Pablo. Dejando a su hija
-en el suelo, venía hacia nosotros, nos amenazaba con el cuchillo,
-golpeaba con el pie a mi hermana, luego parecía querer matarse a él
-mismo, y a todo esto gritaba: «¡Quiero acabar con el género humano!...»
-Esto lo dijo muchas, muchísimas veces. Mis amigos estaban muertos de
-miedo, y yo cogí unas tenazas para tirárselas a la cabeza. Pero no me
-dio tiempo, porque sin soltar su cuchillo salió a la calle, gritando
-siempre que iba a acabar con todo el género humano, y entonces Manalet
-dijo: «Vámonos de aquí, y llevémonos a Siseta.» Dicho y hecho: éramos
-doce; entre los más grandes cargamos a mi hermana, que estaba como un
-cuerpo muerto, sin mover brazo ni pierna, y la llevamos a la casa del
-canónigo; Manalet, lleno de miedo, iba delante chillando: «A prisa,
-a prisa, que viene otra vez con el cuchillo...» ¡Ay! Amigo Andrés,
-cuando nos vimos en esta casa, respiramos. Luego, porque la pobrecita
-no estuviera sobre la baldosa del patio, la subimos a este aposento con
-grandísimo trabajo, poniéndola en la cama donde la ves. La llamamos, y
-no nos respondía. Entonces nos ocurrió que debíamos buscarle algo que
-comer; pero no hallábamos salida más que por los tejados, y antes nos
-asparían que pasar otra vez a nuestra casa. Aquí de los apuros, chico:
-llegó la noche y nos moríamos de hambre. Pauet y Sisó anduvieron por
-los techos comiéndose las yerbas y el musgo que nacen entre las tejas.
-Yo bajé a la bodega... ni rastro de Napoleón. Se han ido todos al
-otro lado del Oñar, corriéndose hacia el campo enemigo... Pues como
-te iba contando, vino después de la noche el día, y después del día
-otra noche, y luego amaneció el día de hoy y nosotros sin comer. Se
-me olvidaba contarte que oímos caer la bomba en nuestra casa, y yo
-dije: «Ahí me las den todas. Si ha cogido a Nomdedeu, bien empleado le
-está por bruto...» Amigo, desde el tejado nos asomábamos a los patios
-de todas las casas de por aquí; llamábamos a la gente para que nos
-socorriera; pero no nos hacían caso. Verdad es que muchos de los que
-veíamos abajo estaban muertos. Mis amigos se acobardaron ¡pobrecitos!
-como unos gallinas, y Sisó dijo que se iba a comer una de sus manos. Yo
-les llevé a la biblioteca, dándoles permiso para que sacaran el vientre
-de mal año con los libros, y así fueron tirando algunos. ¡Qué día,
-qué noche, Andrés! Mi hermana no nos respondía cuando la llamábamos,
-y Manalet me dijo: «Hermano, yo me voy a tirar del tejado a la calle
-para traer algo de comida a Siseta...» Estuvimos mirando las rejas
-y los balcones para ver si podía saltar, y, por fin, Manalet se fue
-escurriendo, no sé cómo, sentando los pies en los clavos, y las manos
-en las rejas, y bajó a la calle por junto a la plaza. Yo bajé también
-por donde me viste, y con esto te digo todo, porque ya no hay nada más
-que contar.
-
---Bien, Badoret; veo que acertaste en trasladar aquí a tu hermana,
-pues aunque no me parezca cierto, como dijiste, que D. Pablo quisiera
-merendarse a tu familia, ese es un hombre a quien la desgracia de su
-hija exalta y enfurece, y capaz es de cometer cualquier atrocidad.
-Ahora, gracias a Dios, estamos libres de tales horrores, porque el
-sitio ha concluido, y hay en Gerona víveres abundantes.
-
-Al caer de la tarde, Siseta, sus dos hermanos y los camaradas de estos
-que habían escapado a la muerte, no ofrecían cuidado. Al día siguiente
-trasladé a mis amiguitos a una casa de la calle de la Barca, donde nos
-dieron asilo.
-
-
-
-
-XXIII
-
-
-Yo no tardé en reponerme, y transcurridos pocos días me presenté a mi
-amo D. Francisco Satué, quien me dio una malísima noticia.
-
---Disponte para el viaje --me dijo, dándome uniforme, tahalí y espada,
-para que en todo ello comenzase a ejercitar mis altas funciones.
-
---¿Pues a dónde vamos, mi capitán?
-
---A Francia, bruto --me respondió con su habitual rudeza--. ¿No sabes
-que somos prisioneros de guerra? ¿Crees que nos dejan aquí para muestra?
-
---Señor, yo creí que nadie se metería ya con nosotros.
-
---Estamos en Gerona como enfermos; pero quieren que vayamos a
-convalecer a Perpiñán. Nos detienen tan solo porque el Gobernador no
-se halla en situación de poder ser llevado en un carro de municiones.
-
---¡Ojalá no lo estuviera en cien meses!
-
---Bárbaro, ¿qué dices? --gritó amenazándome.
-
---No, mi capitán; no es que yo desee otra cosa que la salud de nuestro
-queridísimo Gobernador D. Mariano Álvarez de Castro; pero eso de
-llevarle a uno a Perpiñán es casi tan malo como lo que hemos pasado.
-Pero pues así lo mandan los que pueden más que nosotros, sea, y por
-mí no ha de quedar. No a Perpiñán, sino al fin del mundo iré con mis
-jefes, mayormente si llevamos entre nosotros al gran gobernador.
-
-Yo hablaba así, echándomelas de bravo; pero en realidad sentía profunda
-pena al caer en la cuenta de que era un prisionero de guerra, de cuya
-libertad y residencia los franceses disponían a su antojo. ¡Desgraciado
-el que en la guerra pone su afición en lugares y personas que no han
-de poder seguir tras él en los frecuentes e inesperados viajes a que
-impulsan la victoria o la desdicha!
-
-Cuando volví al lado de Siseta, casi derramando lágrimas me expresé así:
-
---Prenda mía, ¿ves cuán desgraciado soy?... Ahora me llevan a Francia
-como prisionero de guerra, con todos los demás militares que estamos
-aquí, desde D. Mariano hasta el último ranchero. ¡Si te pudiera llevar
-conmigo, Siseta!... Pero mi capitán, el Sr. D. Francisco Satué, es el
-primer perseguidor de muchachas que hay en toda Cataluña, y le tengo
-miedo. Ahora me ocurre, Siseta, que mientras yo tomo el camino de esa
-condenada Francia, a quien vería de buena gana comida de lobos, tú con
-tus dos hermanos debes marcharte a la Almunia de Doña Godina, donde
-está mi madre, y esperarme allí, cuidándome las haciendas, hasta que me
-suelten, o Dios disponga de la vida de este pecador.
-
-Siseta me contestó dándome esperanza, y asegurando que convenía
-aguardar con serenidad el cumplimiento de nuestro destino, sin
-desconfiar de la bienhechora Providencia. Convinimos al fin en que no
-era una gran desventura que yo fuese a Francia, y por su parte halló
-muy prudente refugiarse en la Almunia, mientras yo volvía. La verdadera
-dificultad era la absoluta carencia de medios para vivir dentro de
-Gerona, lo mismo que para ausentarse. Éramos pobres hasta el último
-grado, y después de pasar tantos y tan penosos trabajos, Siseta y sus
-hermanos estaban destinados a sostenerse de la caridad pública. Pero
-Dios no abandona a las criaturas desvalidas, y he aquí cómo vino en
-nuestra ayuda por inesperados caminos. ¿De qué manera? ¿Cuándo? Esto,
-los mismos acontecimientos que voy contando os lo dirán.
-
-Pero déjenme acudir a casa del Sr. D. Pablo Nomdedeu, de cuya salud
-me han dado muy malas noticias al volver de casa del talabartero, a
-donde llevé el tahalí de mi amo para que le echase una pieza. Déjenme
-ir allá, que a pesar de las cuestiones desagradables que tuvimos, no
-deja de ser el Sr. D. Pablo un entrañable amigo mío, a quien quiero de
-todas veras. Lo malo es que no puedo ir tan pronto como deseara, porque
-en la calle de Cort-Real, la mucha gente que allí se junta en animados
-corrillos, me detiene el paso. ¿Qué ocurre? ¿Tenemos un cuarto sitio?
-No es nada: parece que los franceses, cansados de haber cumplido hasta
-ayer de mala gana las principales cláusulas de la capitulación, han
-acordado solemnemente romperlas. Así me lo dijo el Padre Rull, a quien
-vi muy sofocado entre el gentío, refiriendo con énfasis declamatorio
-los pormenores del suceso.
-
---Esto es una desvergüenza --decía--, y un Emperador que tales cosas
-hace es un pillo... nada, un pillo. ¿Qué me importa que oigan los
-franceses? No bajaré la voz, no, señores. Lo dicho, dicho. En la
-capitulación se acordó que los regulares serían respetados, y ahora
-salimos con que nos llevan a Francia. ¿Pues qué, las órdenes son cosas
-de juego? ¿Somos chicos de escuela, para que hoy se nos diga una cosa y
-mañana otra?
-
---También yo voy a Francia, Padre Rull --le dije--, y consolémonos uno
-con otro, que frailes y soldados hacen buena miga, y la carga se lleva
-mejor en dos hombros que en uno.
-
---Nada, hijos míos: iremos a donde nos lleven, y soportaremos sus
-crueldades con paciencia, como nos lo manda Nuestro Señor Jesucristo.
-Si así lo habéis querido vosotros, ¿qué se ha de hacer? Ved aquí las
-consecuencias de capitular cuando todavía podía haberse tirado una
-temporadita más, comiendo lo que había. A Francia, pues, y fíese
-usted de palabras de _cerdos_. Nosotros confiábamos ingenuamente en
-el cumplimiento de lo pactado, cuando vierais aquí que esta mañana se
-presenta en la santa casa un oficialejo, el cual, con voces torpes y
-destempladas, dijo que nos preparásemos para tomar mañana el caminito
-de Francia, porque S. M. el Emperador lo había dispuesto así desde
-París. Por lo visto, nos temen tanto como a los soldados. Y díganme
-ustedes ahora: ¿qué va a ser de Gerona sin frailes?
-
-Cada uno contestaba al Padre Rull según sus ideas, cuál con enojo, cuál
-festivamente; pero al fin todos los que le oíamos convinimos en que
-lo del viaje era una grandísima picardía de S. M. el Emperador de los
-franceses. Cuando me retiré de allí, quedaba el buen fraile sermoneando
-a sus amigos sobre la preeminencia que siempre alcanzaron las órdenes
-religiosas en los tratados de las naciones.
-
-Llegué a casa del Sr. Nomdedeu, y desde mi entrada conocí que la salud
-del buen médico no debía de ser buena, por las señales de consternación
-que noté en el semblante de Josefina lo mismo que en el de la señora
-Sumta. Esta me dijo:
-
---Andresillo, no hables al amo de Siseta ni de los chicos; porque
-siempre que se le nombran, le da como un desmayo.
-
-Josefina me preguntó por los míos, y al instante le comuniqué con la
-alegría de mis ojos el infeliz encuentro de mi novia y sus hermanos.
-
---Todos se salvan, menos mi buen padre --dijo tristemente la joven.
-
-Al instante entré a ver al enfermo, quien me recibió con su habitual
-bondad. Junto a su lecho estaba un hombre en quien reconocí a uno de
-los escribanos de Gerona.
-
-Indudablemente D. Pablo iba a hacer testamento. Su aspecto y figura no
-podían ser más tristes; al punto se echaba de ver que aquella lámpara
-tenía ya muy poco aceite. La postrimera luz brillaba, sí, como próxima
-a extinguirse, con viva claridad, y la irregular llama, tan pronto
-grande como chica, espantaba con sus oscilaciones deslumbradoras. Unas
-veces el espíritu del buen doctor se empequeñecía con extraordinario
-aplanamiento; otras se agrandaba, tomando proporciones superiores a las
-de la vida común; y con este variar angustioso, síntoma de todo fuego
-que se apaga luchando entre la combustión y la muerte, la lengua del
-médico pasaba de un mutismo invencible a una locuacidad mareante.
-
-Cuando entré, respondió a mis preguntas con monosílabos, que
-salían difícilmente de su sofocado pecho; pero al poco rato se fue
-despabilando, y a ninguno de los presentes nos dejaba meter baza: él se
-lo decía todo sin mostrarse cansado.
-
---¿Conque aseguras tú que no moriré? Ilusión, amigo mío; ilusión de tu
-buen deseo. Dios me ha leído ya la sentencia, y en esto no hay ni puede
-haber duda alguna. Yo cumplí mi misión; ahora estoy de más.
-
---¡Señor, anímese con mil demonios! --exclamé fingiendo
-entusiasmarme--. Pues qué, ¿ahora que Gerona está libre de hambres y
-muertes, se ha de ir el hombre mejor de toda la ciudad? Levántese de
-esa cama vamos por ahí a ver las murallas rotas, los fuertes deshechos,
-las casas arruinadas, testigos de tanto heroísmo. Fuera pereza. Eso no
-es más que pereza, D. Pablo.
-
---Pereza es, sí; pero la pereza última y definitiva, la del viajero
-que, habiendo andado toda la jornada, se arroja sin aliento en el
-camino, convencido que no puede más. Pereza es, sí, la mejor de todas,
-porque lleva al más dulce, al más placentero de los sueños: la muerte.
-¡Ay, qué postrado me siento! Pues qué, ¿era posible que después de tan
-colosales esfuerzos en lo físico y en lo moral, siguiese yo viviendo?
-No una vida como la mía, sino cien robustas y vigorosas habríanse
-consumido en esta lucha con la naturaleza que yo sostuve durante tanto
-tiempo; porque decirte, Andrés, el sinnúmero de dificultades que
-vencí, sería el cuento de nunca acabar. Baste referirte que, en pocos
-días, busqué, fomenté y desarrollé en mí cualidades que no tenía; en
-pocos días, transformado hasta lo sumo, encontreme con sentimientos y
-pasiones que antes no tenía, y todo fue como si una serie de hombres
-diversos se desarrollaran dentro de mí propio. Yo estoy asombrado de
-lo que hice, y ahora comprendo qué inmenso tesoro de recursos tiene
-el hombre en sí, si sabe explotarlo. Al fin, Andrés, mi pobre hija
-alargó sus días hasta el fin del cerco, y cuando los sanos y robustos
-sucumbieron, ella, enferma y endeble, se ha salvado. He aquí premiados
-dignamente mi amorosa solicitud y mis colosales esfuerzos. Esta
-tierna niña, que es todo mi amor, está hoy delante de mí alegrando mi
-vista y mi alma con el color de sus mejillas. Basta este espectáculo
-a consolarme de todas mis penas, y si me entristece la muerte es
-porque mi hija y yo nos separamos ahora. Dios lo permite así, porque
-ya ella no necesita de mis constantes cuidados, y la savia vital que
-milagrosamente ha adquirido le dará bríos para subsistir por sí sola,
-sin el apoyo de estas manos fatigadas, que reclama la tierra, ansiosa
-de carne.
-
---Sr. D. Pablo --le dije dominando mi melancolía--, deseche usted esos
-tristes pensamientos, que son la primera y única causa de su mal; mande
-a la señora Sumta que traiga y aderece un par de chuletas, que ya las
-hay buenas en Gerona, sin ser de gato ni de ratón, y cómaselas en paz
-y en gracia de Dios, con lo cual, o mucho me engaño, o no habrá muerte
-que le entre en largos años.
-
---Esto no va con chuletas, amigo Andrés. Mi cuerpo rechaza todo
-alimento, y no quiere más que morirse. Está echando a voces el alma,
-increpándola para que se vaya fuera de una vez.
-
---Más consumidos y extenuados estaban otros, y sin embargo han vivido,
-y por ahí andan hechos unos robles. Y si no, ahí tenemos el ejemplo de
-Siseta, a quien dimos todos por muerta, y viva y sana está, gracias a
-Dios.
-
---¿Vive Siseta? --preguntó Nomdedeu con profundo interés y cierta
-exaltación que no pudo disimular.
-
---Sí, señor: tan viva está como sus dos hermanos.
-
---¿Estás seguro de ello?
-
---Segurísimo.
-
---¿Y no tiene heridas en su cuerpo gentil, ni golpes en su cabeza,
-ni rasguños en su piel, ni le falta brazo, pierna, dedo u otra parte
-alguna de su estimable persona?
-
---No, señor: nada le falta --repuse jovialmente--, o al menos no tengo
-yo noticia de ello.
-
---¿Y los muchachos, aquellos juguetones y traviesos rapaces, están
-vivos y sanos?
-
---También, señor doctor, y todos muy deseosos de venir a ofrecer a
-usted sus respetos con la cortesía que les es propia, saltando y
-chillando.
-
---¡Oh, loado sea Dios! --exclamó con cierto arrobamiento contemplativo
-el infortunado doctor.
-
-Dicho esto, permaneció un rato meditando u orando, que ambas funciones
-podían deducirse de su recogida y silenciosa actitud, y luego,
-reposadamente, me habló así:
-
---Me has proporcionado indecible consuelo al darme noticias tan
-lisonjeras de la familia del Sr. Mongat, porque me atormentaba la
-sospecha y recelo, la terrible certidumbre de que yo había ocasionado
-un gran mal a esos muchachos y a su bondadosa hermanita, cuando después
-del lamentable accidente del pedazo de azúcar, entré en casa de Siseta.
-Mi hija iba a morir de inanición. Yo pedía a la señora Sumta que nos
-diera algo que comer, y la señora Sumta no nos daba nada. Yo pedía
-a Dios que enviase algo del cielo, y Dios tampoco quería enviarme
-nada. Siseta estaba allí; sus hermanos entraron haciendo ruido, y la
-insolente vitalidad que revelaban sus ágiles cuerpos despertó en mi
-alma un sentimiento que no te podré pintar, aunque por espacio de
-cien años te hable y agote todos los recursos de todas las lenguas
-conocidas. No: aquel sentimiento es una anomalía horrorosa en el ser
-humano, y solo es posible que exista durante cortísimos intervalos
-en días que muy rara vez contará el tiempo en su infinita marcha. Yo
-miraba a los chicos, yo miraba a su hermana, y sentía un insaciable y
-sofocante anhelo de hacerlos desaparecer de entre los seres vivientes.
-¿Por qué, amigo mío? Esto sí que no sabré decírtelo, porque yo mismo no
-lo entiendo. No creas que conturbaba mi cerebro el repugnante instinto
-de la antropofagia: no, no es nada de eso. Era un sentimiento del
-linaje de la envidia, Andrés; pero mucho, muchísimo más fuerte: era
-el egoísmo llevado al extremo de preferir la conservación propia a la
-existencia de todo el resto de la humana familia; era una aspiración
-brutal a aislarme en el centro del planeta devastado, arrojando a
-todos los demás seres al abismo, para quedarme solo con mi hija; era
-un vivísimo deseo de cortar todas las manos que quisieran asirse a la
-tabla en que los dos flotábamos sobre las embravecidas olas. Pintar
-todo lo que yo odié en aquel momento a los dos hermanos y a la pobre
-muchacha, sería más difícil que pintarte los horrores del infierno,
-abrazando lo grande y lo pequeño, el conjunto y los pormenores de la
-mansión donde el hombre impenitente expía sus culpas. Cada inhalación
-de su aliento al respirar, me parecía un robo; cada átomo de aire que
-entraba en sus pulmones, un tesoro arrancado al conjunto de elementos
-vitales que yo quería reunir en torno mío y de mi hija. Los malditos
-se repartían un pedazo de pan, un pedacito de pan, Andrés, amasado con
-todo el trigo y con toda el agua de la creación, para mi regalo. En
-aquella crisis del egoísmo, yo no comprendía que el universo, con sus
-mil mundos, con sus inagotables recursos y prodigios, existiese para
-nadie más que para Josefina y para mí.
-
-Detúvose el doctor fatigado, y yo, queriendo apartar de su mente ideas
-que le hacían más daño que el mal físico, le dije:
-
---Mande usted a paseo, Sr. D. Pablo, esas vanas imaginaciones que le
-están secando el cerebro. Siseta y sus hermanos están buenos, amigo, y
-yo le aseguro a usted que no se los ha comido. ¿A qué pensar más en eso?
-
---Calla, Andrés, y déjame seguir --dijo reposadamente--. No son vanas
-imaginaciones lo que cuento, pues lo que yo sentía real existencia
-tenía dentro de mí. Me falta decirte que reconocí la horrible
-metamorfosis de mi espíritu, pues no puedo darle otro nombre, y me
-decía: «No, yo no soy yo. Dios mío, ¿por qué has consentido que yo
-sea otro?» Efectivamente, yo no era yo. ¡Qué horrorosas lobregueces
-rodeaban los ojos de mi espíritu, así como los de mi cuerpo!...
-Aquellos condenados chicos estaban comiendo, Andrés; llevaban a la
-boca unos pedazos de pan, y delante de mí tenían la audacia de ofrecer
-una parte a su hermana. ¡Cómo quieres tú que esto viera impasiblemente
-quien dentro tenía, difundidos por su sangre y haciendo cabriolas en
-las sutiles cuerdas de sus nervios, los millares de demonios que yo
-llevaba conmigo! Al ver cómo mordían con sus insolentes dientecillos;
-al verles tragar con tanta desvergüenza, duplicose en mí el furor
-contra ellos y les increpé, diciéndoles no estar dispuesto a consentir
-que nadie viviese delante de mí. Andrés, amigo; Andrés de mi corazón,
-yo tomé un cuchillo y lo esgrimía, como quien intenta matar moscas a
-estocadas; corría hacia ellos, corría hacia Siseta y la señora Sumta;
-pero en mi salvaje insensatez no me faltaba un pensamiento humano que
-me detuviese en los arranques brutales de aquel desbordado apetito de
-matar. Los chicos, que de improviso salieron, regresaron con otros
-de su edad, y sus chillidos y provocativas risas me enardecieron
-más. Desde entonces mis ojos nublados no vieron más que sangrientos
-objetos; entrome un delirio salvaje, durante el cual sentía detestable
-complacencia en herir acaso en el vacío, descargando golpes a todos
-lados contra cuerpos que me rodeaban y azuzaban sin cesar. Creo que
-después de dar vueltas por la casa, salí a la calle, y mi brazo
-vengativo iba destruyendo en imaginarios cuerpos a toda la familia
-humana. Hablaba mil inconexos desatinos; contemplaba con gozo a los
-que creía mis víctimas; buscaba la soledad, insultando a cuantos
-se me ofrecían al paso; pero la soledad no llegaba nunca, pues de
-cada víctima surgían nuevos cuerpos vivos que me disputaban el aire
-respirable, la luz y cuantos tesoros de vida hermosean y enriquecen
-el vasto mundo... No sé qué habría sido de mí si unos frailes no me
-hubieran sujetado en la calle de Ciudadanos, llevándome a cuestas largo
-trecho. ¡Ay, amigo mío! En mi cerebro, que era una masa de bullidoras
-burbujas, cual si hirviera puesto al fuego, retumbaron estas palabras:
-«Es lástima que el Sr. Nomdedeu se haya vuelto loco.» Y al recoger
-esta idea, mi alma pareció disponerse a recobrar su perdido asiento.
-Luego los frailes dijeron: «Démosle un poco de estas lonjas de cuero
-de sillón que hemos cocido, a ver si se repone...» Les pregunté por mi
-hija, y respondiéronme que no tenían noticia de las hijas de nadie.
-Encontreme con un poco de fuerza regular, no exaltada y anómala como
-la que me había impulsado a tantos disparates, y quise marchar a mi
-casa... Caí al suelo... perdí el cuchillo... una monja me ofreció su
-brazo y llegué a mi casa. Ni Siseta, ni sus hermanos, ni Josefina, ni
-la señora Sumta estaban ya allí. Las monjas me dieron un poco de corcho
-frito, que no pude comer, y les pregunté por mi hija. Todo lo que había
-pasado se me presentó como los recuerdos de un sueño; pero aunque
-adquirí el convencimiento de no haber extinguido todo el linaje de los
-nacidos, no estaba seguro de la invulnerabilidad de mis ciegos golpes.
-«Yo he matado algo,» me dije para mí; y esta idea me causaba hondísima
-pena. Me reconocía como yo mismo exclamando: «Pablo Nomdedeu, ¿fuiste
-tú quien tal hizo?»
-
---Basta ya, amigo mío --dije interrumpiéndole, al advertir que los
-recuerdos de sus locuras empeoraban al buen doctor--. Más adelante
-nos contará usted tan curiosas novedades. Ahora procure descabezar un
-sueño, entre tanto que la señora Sumta adereza las chuletas consabidas.
-
---Calla, Andrés, y no quieras gobernar en mí --repuso--. Yo dormiré
-cuando lo tenga por conveniente. Déjame concluir, que ya no falta
-mucho. Los enfermeros del hospital fueron los que me proporcionaron
-algún alimento que se podía comer, con lo cual me encontré
-relativamente bien, y pude salir en busca de mi hija. Ya sabes cómo la
-encontré al fin, y lo que le aconteció. Por mi parte, hijo, yo mismo,
-después de la horrorosa crisis que había pasado, me espantaba de verme
-asistiendo enfermos que sin duda lo estaban menos que yo, y heridos que
-no tenían llagas tan terribles en su cuerpo como la que yo tenía en el
-alma. ¡Ay, Andrés! Nomdedeu estaba herido de muerte. Las penas sufridas
-con tanta paciencia desde mayo, me han labrado este profundo mal que
-ahora siento y que me llevará dentro de poco al seno de Dios. Me admiro
-de haber resistido tanto, y digo que tuve fuerza de cien hombres. No,
-uno solo es incapaz de tanto. D. Mariano Álvarez tenía para resistir
-el estímulo de la gloria y del agradecimiento patrio; yo no he tenido
-ante mí sino espectáculos lastimosos y un porvenir oscuro. El esfuerzo
-ha sido grande; la tensión, inmensa: por eso la cuerda se ha roto, y me
-voy, me voy, hija mía, Andrés, señora Sumta y demás presentes. Bastante
-he hecho. El que crea haber hecho más, que levante el dedo.
-
-Josefina y la señora Sumta lloraban, y yo, cuando el enfermo calló,
-procuraba consolarle con tiernas palabras. Poco más tarde fueron a
-verle Siseta y sus hermanos, con cuya visita pareció muy complacido el
-enfermo, y a todos prodigó cariños y congratulaciones, obsequiándoles
-con una excelente comida. Después se durmió, y al caer de la noche,
-hora en que por encargo suyo volvió el escribano acompañado de tres
-personas de la intimidad de D. Pablo, este nos llamó a todos diciendo
-que iba a dictar su testamento, el cual hizo en regla, nombrando por
-heredera de casi todos sus bienes a su hija Josefina, con una cláusula,
-sobre la cual debo llamar a ustedes la atención, para que conozcan la
-generosidad de aquel ejemplar sujeto. Además de que el doctor dejaba
-a Siseta y sus hermanos los veinticuatro alcornoques que tenía en la
-parte de Olot, dispuso que en caso de morir sin sucesión la señorita
-Josefina, pasase el total de los bienes a Siseta y sus hermanos,
-recomendando a aquella y a esta que viviesen juntas para perpetuar la
-amistad y buenos servicios de que la infeliz enferma había sido objeto
-por parte de los míos durante el sitio. La fortuna del doctor era
-harto exigua, pues la finca de Castellá, devastada por los franceses,
-valía bien poco, y lo demás consistía en diversos grupos de alcornoques
-diseminados por la comarca ampurdanesa y en sitios a los cuales los
-herederos no se aventurarían a emprender viaje por saber el corcho
-de que eran dueños. También a mí y a la señora Sumta nos dejó varias
-mandas, aunque la mía más era honorífica que de provecho, por consistir
-en el Diario de las peripecias del sitio, redactado de puño y letra por
-el mismo doctor. El ama de gobierno pescó todos los muebles y ropas que
-de la casa pudieron salvarse.
-
-Luego que el testamento fue hecho, administraron al enfermo el Santo
-Viático, y cumplida esta ceremonia, quedose Nomdedeu muy postrado,
-hablando poco y con dificultad, mirándonos a ratos con estúpido
-asombro y cerrando después los ojos para entregarse a un inquieto
-sueño. Exceptuando Manalet, que se durmió en el suelo, todos velamos,
-dispuestos a asistirle con la mayor solicitud y esmero; pero el infeliz
-D. Pablo no necesitó largo tiempo de nuestra asistencia. Cerca de la
-madrugada abrió los ojos, llamó a su hija, y abrazándola tiernamente,
-le habló así:
-
---¿Te quedas tú, hija mía? ¿Te quedas aquí cuando yo me voy? ¿De modo
-que no te veré más? Entonces toda la eternidad será infierno para
-mí... Josefina, ven, sígueme, ponte el manto, que nos vamos. Mi hija
-no se apartará de mí ni un solo momento... Después de pasar juntos
-las grandes penas, ¿hemos de separarnos cuando todo ha concluido? No,
-Josefina. Vámonos juntos, o nos quedaremos aquí, en Castellá. Paseemos
-por nuestra huerta viendo cómo van saliendo los pepinos, y no nos
-cuidemos de lo que pasa en Gerona. Mira qué tomates, hija, y observa
-cómo van tomando color esos pimientos... ¿Ves? Por ahí viene la señora
-Pintada pavoneándose con sus diez y ocho pollos: entre ellos hay seis
-patitos, que son los más guapos, los más salados y los más monos de
-todos. Llegan al estanque, y sin que la madre pueda impedirlo con
-cacareadas amonestaciones... ¡zas! al agua todos. Mira cómo se asusta
-la señora Pintada y los llama. Pero ellos... sí, que si quieres...
-Hija mía, los perales no pueden con más peras: algunas están maduras.
-¿Pues y los melocotones? Me parece que la cabra ha mordido en las
-matas de estas remolachas... ¡pero quia! ¡si es Dioscórides, el burro
-de nostramo Mansió! Míralo, allí está haciendo de las suyas. ¡Eh,
-fuera! Le llamo Dioscórides por lo grave y sesudo. El gran sabio de
-la antigüedad me perdone... ¿Has visto las palomas, Josefina? Veamos
-si anoche se han comido las ratas algunos huevos de los que aquellas
-están sacando... ¡Eh, nostramo Mansió, que Dioscórides se come la
-huerta! Amárrelo usted... El pobre hortelano no me oye... ¿Qué ha de
-oír si está limpiándole las babas a su nieta? Ven acá, Pauleta: toma
-la mano de Josefina, y vamos a ordeñar la vaca. ¡Qué hermoso está el
-ternerillo! No acercarse mucho, que el otro día dio una cornada a
-nostramo... A ver, Josefina: trae el cántaro. Mansió dice que yo no
-sé hacer esta maniobra, y yo le desafío a él y a todos los nostramos
-de la comarca a que hagan mejor que yo esta operación del ordeñar. No
-temas, Esmeralda, no te hago daño: pisch, pisch... Esta atmósfera del
-establo te sienta muy bien, hija, y a mí me agrada en extremo... Ya
-viene tranquila, dulce, grave, amorosa y callada la incomparable noche,
-en cuyo seno tan bien reposa mi alma. ¿Oyes las ranas, que empiezan
-a saludarse diciéndose: _¿Cómo estáis? Bien, ¿y vos?_ ¿Oyes los
-grillos disputando esta noche sobre el mismo tema de anoche? ¿Oyes el
-misterioso disílabo del cuco, que parece la imagen musical más perfecta
-de la serenidad del espíritu? Ya vienen los labradores del trabajo.
-¡Con qué gusto alargan los bueyes su hocico adivinando la proximidad
-del establo! Oye los cantos de esos gañanes y de esos chicos, que
-vuelven hambrientos a la cabaña. Ahí los tienes. Mira cómo rodean a
-la abuela, que ya ha puesto el puchero a la lumbre. El humo de los
-techos, formando esbeltas columnas sobre el cielo azul, discurre luego,
-y vaporosamente se extiende a impulsos del suave viento que viene
-de la montaña a jugar en las copas de estos verdes olmos, de estas
-oscuras encinas, de estos lánguidos sauces, de estos flacos chopos,
-cuyas charoladas hojas brillan con las últimas luces de la tarde... La
-oscuridad avanza poco a poco, y el cielo profundo ofrece sobre nuestras
-cabezas un tranquilo mar al revés, por cuyo diáfano cristal en vano
-tratamos de lanzar la vista para distinguir el fondo. ¡Oh! quedémonos
-aquí, hija mía, y no nos separemos ni salgamos más de este lugar
-delicioso. Todo está tranquilo: los cencerros de las ovejas suenan con
-grave música a lo lejos; el cuco, el grillo y la rana no han acabado
-aún de poner en claro la cuestión que les tiene tan declamadores. El
-viento cesa también, cierra los ojos, extiende los brazos y se duerme.
-Ya no humean los techos; Esmeralda se echa sobre la fresca yerba,
-y su hijo, abrigándose junto a ella, hociquea buscando en el seno
-materno lo que nosotros hemos dejado. Nostramo Mansió duerme también, y
-Dioscórides, escondiendo el ojo brillante bajo la negra ceja, sumerge
-el cerebro en profundo sopor. Las palomas han dejado de arrullarse,
-los conejos se esconden en sus guaridas, meten los pájaros bajo el ala
-la inteligente cabeza, y la señora Pintada se retira pausadamente al
-corral con sus diez y ocho hijos, incluso los patos, que van dejando
-en el suelo la huella de sus palmas mojadas. El mundo reposa, hija;
-reposemos nosotros también. El cielo está oscuro. Todo está oscuro y
-no se ve nada. Mi espíritu y el tuyo anhelaban ha tiempo esta profunda
-tranquilidad por nadie ni por nada turbada. Reposemos; no hay sol ni
-luna en el cielo, y solo el lucero nos envía una luz que viene recta
-hasta nosotros como un hilo de plata. Míralo, Josefina, y descansa tu
-frente en mi hombro. Yo reposaré mi cabeza sobre la tuya, y así nos
-dormiremos apoyados el uno en el otro. Todo ha callado y no se ve más
-que el lucero... ¿Lo ves?
-
-Después de esto, nada más dijo en este mundo el Sr. Nomdedeu.
-
-Algún tiempo después de espirar, nos costó gran trabajo desasir de los
-brazos helados del doctor a su desconsolada hija, cuyo estado era tan
-lastimoso que daba ocasión a augurar una segunda catástrofe.
-
-
-
-
-XXIV
-
-
-Adiós, señores; me voy a Francia, me llevan. Los sucesos que he
-referido habíanme hecho olvidar que era prisionero de guerra, como los
-demás defensores de la plaza, y era forzoso partir. Solamente en razón
-de mi enfermedad me fue permitido, como a otros muchos, el permanecer
-allí desde el 10 hasta el 21, de modo que con el mal acababa la dulce
-libertad.
-
-Adiós, señores; me voy, adiós, pues tanta prisa me daba aquella
-canalla, que no digo para despedirme de mis caros oyentes, pero ni aun
-para abrazar a Siseta y sus hermanos me alcanzaba el breve tiempo de
-que disponía. Notificada la marcha, nos señalaron hora, nos recogieron,
-y haciéndonos formar en fila, camina que caminarás, a Francia. Los
-castigos impuestos por contravenir el programa de circunspección
-que nos habían recomendado, eran: la pena de muerte para el conato
-de fuga; cincuenta palos por hablar mal de José Botellas, cantar el
-_dígasme tú, Girona_, o nombrar a D. Mariano Álvarez.
-
---Adiós, Siseta; adiós, Badoret y Manalet, cara esposa y hermanitos
-míos. Cuidado con lo que os he advertido. El prisionero os escribirá
-desde Francia, si antes no logra burlar la vigilancia de sus crueles
-carceleros. Adiós. No os mováis de aquí, mientras yo no os lo mande,
-ni penséis por ahora en tomar posesión de vuestros alcornoques, que
-eso y mucho más se hará más adelante. Acompañad a la desgraciada hija
-del gran D. Pablo, y alegrad sus tristes horas. Adiós: dad otro abrazo
-a Andrés Marijuán, a quien llevan preso a Francia por haber defendido
-la patria. Tengo confianza en Dios, y el corazón me dice que no he de
-dejar los huesos en la tierra de los _cerdos_. Ánimo: no lloréis, que
-el que ha escapado de las balas, también escapará de las prisiones, y,
-sobre todo, no es de personas valerosas el lagrimear tanto por un viaje
-de pocos días. Salud es lo que importa, que libertad... ella sola se
-viene por sus pasos contados, sin que nadie lo pueda impedir. Adiós,
-adiós.
-
-Así les hablaba yo al despedirme, y por cierto que carecía
-completamente del ánimo y entereza que a los demás recomendaba,
-faltándome poco para dar al traste con mi seriedad; pero convenía en
-aquella ocasión blasonar de hombre de hierro. Mi gravedad era ficticia,
-y no hay heroísmo más difícil que aquel que yo intentaba al despedirme
-de Siseta y sus hermanos. La verdad es que tenía el corazón oprimido,
-como si mano gigantesca me lo estrujara para sacarle todo su jugo.
-
-Siseta se quedó en la calle de la Neu, agobiada por profunda aflicción;
-Badoret y Manalet me acompañaron hasta más allá de Pedret, y no fueron
-más adelante porque se lo prohibí, temiendo que con la oscuridad
-de la noche se extraviaran al regresar. Salimos, pues, en la noche
-del 21. Delante iba, rodeado de gendarmes a caballo, el coche en
-que llevaban a D. Mariano Álvarez; seguían los oficiales, entre los
-cuales estaba mi amo; dos o tres asistentes completábamos el primer
-grupo de la comitiva. Más atrás marchaba toda la clase de tropa,
-soldados convalecientes de heridas o de epidemia en su mayor parte. La
-procesión no podía ser más lúgubre, y el coche del Gobernador rodaba
-despaciosamente. No se oía más que lengua francesa, que hablaban en voz
-alta y alegre nuestros carceleros. Los españoles íbamos mudos y tristes.
-
-Hicimos alto en Sarriá, donde se nos agregaron los frailes que habían
-salido antes que nosotros con el mismo destino, y con Sus Paternidades
-a la cabeza nada faltó para que la comitiva pareciese un jubileo. Daba
-lástima verlos, porque si entre ellos había jóvenes robustos y recios
-que resistían el rigor de la penosa jornada, no faltaban ancianos
-encorvados y débiles que apenas podían dar un paso. La gendarmería
-les arreaba sin piedad, y lo más que se les concedió fue que alguno
-de nosotros les ofreciera apoyo llevándoles del brazo. El Padre Rull
-sofocaba su impetuosa cólera, y marchando delante de todos con
-resuelto paso, revolvía sin duda en su mente proyectos de venganza. Los
-legos, que cargaban repletas alforjas, repartían graciosamente en cada
-descanso raciones de pan, queso, frutas secas y algún vino, de lo cual
-algo se rodaba siempre hacia la parte seglar de la caravana, aunque no
-mucho. Algunos gendarmes franceses, más humanos que sus jefes, también
-nos ofrecían no poca parte de sus víveres.
-
-De este modo llegamos a Figueras a las tres de la tarde del 22,
-y sin permitirle descanso alguno, fue el Gobernador enviado al
-castillo de San Fernando. Frailes y soldados quedaron en el pueblo,
-y solamente subimos con aquel los del servicio del propio General o
-de sus ayudantes. Marchamos todos tras el coche, y al entrar en la
-fortaleza, la debilidad de D. Mariano era tal, que tuvimos que sacarle
-en brazos para transportarle de la misma manera al pabellón que le
-habían destinado, el cual era un desnudo y destartalado cuartucho sin
-muebles. Entró el héroe con resignación en aquella pieza, y echose
-sin pronunciar queja alguna sobre las tablas, que a manera de cama le
-destinaron. Los que tal veíamos, estábamos indignados, no comprendiendo
-tan baja e innoble crueldad en militares hechos ya de antiguo a tratar
-enemigos vencidos y rivales poderosos; pero callábamos por no irritar
-más a los verdugos, que parecían disputarse cuál trataba peor a la
-víctima. Luego que se instaló, trajeron al enfermo una repugnante
-comida, igual al rancho de los soldados de la guarnición; pero
-Álvarez, calenturiento, extenuado, moribundo, no quiso ni aun probarla.
-De nada nos valió pedir para él alimentos de enfermo, pues nos
-contestaron bruscamente que allí no había nada mejor, y que si durante
-el cerco habíamos sido tan sobrios, comiésemos entonces lo que había.
-
-Con la resignación y entereza propias de su grande alma, resistió
-Álvarez estas miserias y bajas venganzas de sus carceleros; y solo le
-vimos inmutado cuando el Gobernador del castillo, que era un soldadote
-de mediana graduación, brusco, fatuo y muy soplado, empezó a dirigirle
-impertinentes preguntas. La insolencia de aquella canalla nos tenía
-ciegos de ira, pues no solo el Gobernador de la plaza, sino oficialejos
-de la última escala, se atrevían a hacer preguntas tontas e importunas
-a nuestro héroe, que ni siquiera les hacía el honor de mirarles.
-
-Las preguntas eran, no solo contrarias a la cortesía, sino al espíritu
-militar, pues en todas ellas se le pedía cuenta a nuestro jefe del
-gran crimen de haber defendido hasta la desesperación la ciudad que el
-Gobierno de su patria le había confiado. No parecían militares los que
-con insultos y burlas groseras mortificaban al hombre de más temple
-que en todo tiempo se pusiera delante de sus armas. Álvarez, siempre
-caballero, aun en presencia de gente de tal ralea, les respondió
-sencillamente:
-
---«_Si ustedes son hombres de honor, hubieran hecho lo mismo en mi
-lugar._»
-
-Tan sublime concepto no lo comprendían la mayor parte, y solamente
-algunos oficiales distinguidos, penetrándose del indigno papel que
-estaban haciendo, se apresuraron, después de la respuesta del General,
-a poner fin al denigrante interrogatorio.
-
-Mi amo enviome al instante al pueblo en busca de carne para aderezar
-la comida del enfermo, y gracias a mi prontitud y diligencia, pronto
-pudimos servirle una comida mediana. Delante de los franceses, que nos
-negaban todo auxilio, Satué puso el puchero, soplaba el fuego otro
-oficial español, y convertidos todos en cocineros, nos disputábamos,
-chicos y grandes, el honor de asistir al enfermo. Pasó bien la noche;
-pero serían las dos de la madrugada, cuando con estrépito llamaron a
-la puerta del pabellón, diciéndonos que nos dispusiéramos a seguir el
-viaje a Francia. Álvarez, que dormía profundamente, despertó al ruido,
-y enterado de la continuación de la jornada, dijo sencillamente:
-
---Vamos allá.
-
-Quiso incorporarse sobre las tablas en que con nuestros capotes le
-habíamos arreglado un mal lecho, y no pudo...¡Tan agotadas estaban
-sus fuerzas!... Pero en brazos le llevamos nosotros al coche, y con
-un frío espantoso, azotados por la lluvia de hielo y pisando la nieve
-que cubría el camino, emprendimos el de la Junquera. Una precaución
-ridícula habían añadido los franceses a las que antes tomaran para
-custodiarnos. Esto hace reír, señores. Además de la fuerte escolta
-de caballos, sacaron también de Figueras dos piezas de artillería,
-que iban detrás de nosotros, amenazándonos constantemente. Es que
-su recelo de que nos escapásemos era vivísimo, y con ninguna de las
-cautelas ordinarias creían segura la persona de D. Mariano Álvarez,
-inválido y casi moribundo. Éramos muy pocos en aquella segunda
-jornada, porque los frailes y la tropa quedáronse en Figueras hasta el
-amanecer. Ignoro si para tener a raya las fogosidades del Padre Rull,
-se pertrecharon también con un par de baterías de campaña y algunos
-regimientos de línea.
-
-En la Junquera nos detuvimos muy poco tiempo; siguiendo luego por
-Francia adelante, llegamos a Perpiñán a las siete de la noche del
-mismo día 23, y después de detenernos en casa del Gobernador, nos
-llevaron al Castillet, fortaleza de ladrillo, de airosa vista, obra del
-Rey D. Sancho, la cual habrán visto cuantos hayan estado en aquella
-ciudad. Sin más ceremonias, destinaron para habitación de Álvarez un
-tenebroso aposento a manera de calabozo, con más humedades que muebles,
-y tan lóbrego y sucio, que el mismo D. Mariano, a pesar de su temple
-resignado y fuerte, no pudo contenerse, y exclamó con indignación:
-
---«_¿Es este sitio propio para vivienda de un General? ¿Y son ustedes
-los que se precian de guerreros?_»
-
-El alcaide, que era un bárbaro, alzó los hombros, pronunciando algunas
-palabrotas francesas, que me pareció querían decir poco más o menos:
-
---Es preciso tener paciencia.
-
-Luego, dirigiéndose a los de la comitiva, aquel caritativo personaje
-nos dijo que estaba dispuesto a darnos de comer lo que quisiéramos,
-pagándolo previamente en buena moneda española. La moneda española
-ha sido siempre muy bien recibida en todo país donde ha habido manos.
-Dándole las gracias, pedímosle lo que nos pareció más necesario, y
-aguardamos la cena, aposentados todos en la inmunda pocilga. Nuestro
-primer cuidado fue improvisar con los capotes una cama para nuestro
-Gobernador, cuya fatiga y debilidad iban siempre en aumento. El
-cancerbero volvió al poco rato con unos manjares tan mal guisados, que
-no se podían comer, lo cual no fue parte a impedir que nos lo cobrase a
-peso de oro; pero se los pagamos con gusto, suplicándole, unos en mal
-francés y otros en castellano, que nos hiciera el favor de no honrarnos
-más con su interesante presencia.
-
-Pero él, o no entendió, o quiso mostrarnos todo el peso de su
-impertinencia, y a cada cuarto de hora venía a visitarnos, poniéndonos
-ante los ojos, que en vano querían dormir, la luz de una deslumbradora
-linterna. Esto mortificaba a todos; pero principalmente al enfermo,
-que por su estado necesitaba reposo y sueño, y así se lo dijimos al
-alcaide, añadiéndole que como no pensábamos fugarnos, podía eximirnos
-de sus repetidos reconocimientos. Él nos respondía con amenazas soeces;
-quedábamos luego a oscuras, y nos vencía el dulce sueño; pero no
-habíamos transportado los umbrales de esta rica y apacible residencia
-del espíritu, cuando la luz de la linterna volvía a encandilar nuestros
-ojos, y el alcaide nos tocaba el cuerpo con su pata para cerciorarse
-por la vista y el tacto de que estábamos allí.
-
-Satué, furioso y fuera de sí, me dijo en uno de los pequeños intervalos
-en que estábamos solos:
-
---Si ese bestia vuelve con la linterna, se la estrello en la cabeza.
-
-Pero D. Mariano calmó su arrebato, condenando una imprudencia que
-podía ser a todos funestísima. La noche fue, por tanto, y merced a
-las visitas del alcaide, penosa y horrible. Por la mañana nos hizo
-el honor de visitarnos el comandante de la plaza, el cual habló
-largamente con Álvarez, tratándole con cierta benevolencia cortés que
-nos agradó; mas luego hizo recaer la conversación sobre un suceso de
-que no teníamos noticia, y allí dio rienda suelta a las groserías y los
-insultos. Parece que algunos oficiales de los trasladados a Francia
-inmediatamente después de la rendición de Gerona, se habían fugado, en
-lo cual obraron cuerdamente, si padecieron el martirio de la linterna
-del señor alcaide. Al hablar de esto, el comandante les prodigó delante
-de nosotros vocablos harto denigrantes, añadiendo:
-
---Pero por fortuna hemos pescado a once de los prófugos, y han sido
-arcabuceados hace dos días. Buscamos a los demás.
-
-Álvarez se sonrió, y dijo:
-
---«_¿Conque volaron, eh?..._»
-
-Y en su rostro por un instante dibujose ligera expresión festiva.
-A pesar de que el comandante de Perpiñán no era hombre de mieles,
-prometió a Álvarez dejarle descansar todo aquel día, poniendo freno a
-las importunidades del de la candileja, y nos dispusimos para dormir;
-pero ¡ay! estábamos destinados a nuevos tormentos, entre los cuales el
-mayor era presenciar cómo padecía en silencio, sin hallar alivio en sus
-males ni piedad en los hombres, el más fuerte y digno de los españoles
-de aquel tiempo; estábamos entre gente que hacía punto de honra el
-mudar las coronas del heroísmo en coronas de martirio sobre la frente
-del que no se abatió, ni se dobló, ni se rompió jamás mientras tuvo un
-hálito de vida que sostuviera su grande espíritu.
-
-Serían, pues, las diez de la mañana, cuando el alcaide nos hizo ver su
-cara redonda, encendida y brutal, de rubios pelos adornada, y aunque
-por la claridad del día venía sin linterna, demostronos desde sus
-primeras palabras que no venía a nada bueno. Díjonos aquel simpático
-pedazo de la humanidad que nos dispusiéramos a salir todos; y como le
-indicáramos que el enfermo, a causa de la horrorosa fiebre, no podía
-moverse, repuso que vendría quien le hiciese mover. D. Mariano nos dio
-el ejemplo de la resignación, incorporándose en su lecho y pidiendo
-su sombrero. Le levantamos en brazos; trató de andar por su propio
-pie, mas no siéndole posible, le condujimos fuera del aposento, y
-bajamos todos en triste procesión, mudos y abrumados de pena. Fuera del
-castillo vimos dos filas de gendarmería indicándonos el camino hacia
-la muralla, y la curiosa multitud nos contemplaba con lástima. Aquel
-espectáculo no podía ser más triste, y con el alma oprimida y llena de
-angustia dije para mí: «Nos van a fusilar.»
-
-
-
-
-XXV
-
-
-¡Oh, qué trance tan amargo, y qué horrenda hora! Eso de que a sangre
-fría le quiten a uno la preciosa existencia, lejos de la patria,
-ausente de las personas queridas, sin ojos que le lloren, en soledad
-espantosa y entre gente que no ve en ello más que la víctima inmolada
-a los intereses militares, es de lo más abrumador que puede ofrecerse
-a la contemplación del espíritu humano. Yo miraba aquel cielo, y no
-era como el cielo de España; yo miraba la gente, oía su lengua extraña
-modulando en conjunto voces incomprensibles, y no era aquella gente
-tampoco como la gente de acá. Sobre todo, Siseta no estaba allí, y el
-vacío de su ausencia no lo habrían llenado cien vidas otorgadas en
-cambio de la que me iban a quitar. Me ocurrió protestar contra aquella
-barbarie, gritando y defendiéndome contra miles de hombres; pero la
-realidad de mi impotencia me aplastaba con formidable pesadumbre. Dejé
-de ver lo que tenía ante los ojos, y mi intensa congoja me hizo llorar
-como una mujer. Mostraban entereza mis compañeros; pero ellos no habían
-dejado en Gerona ninguna Siseta.
-
-Al llegar a la muralla, vimos formados en fila a los frailes y
-soldados que nos habían seguido. Algunos legos y ancianos lloraban;
-pero el Padre Rull despedía llamas de sus negros y varoniles ojos.
-En tan supremo trance, el fraile patriota, rabiando de enojo contra
-sus verdugos, había olvidado la principal página del Evangelio.
-Nos pusieron también a nosotros en fila, y la persona de Álvarez
-fue confundida entre los demás sin consideración a su jerarquía.
-Permanecimos quietos largo rato, ignorando qué harían de nosotros, en
-terrible agonía, hasta que apareció un oficialejo barrigudo, que con
-un papelito en la mano nos iba nombrando uno por uno. Tanto aparato,
-la cruel exhibición ante el populacho, el despliegue de tan colosales
-fuerzas contra unos pobres enfermos muertos de hambre, de cansancio y
-de sueño, no tenía más objeto que pasar lista. ¡Ay! Cuando adquirí la
-certidumbre de que no nos fusilaban, los franceses me parecieron la
-gente más amable, más caritativa y más humana del mundo.
-
-Volvimos al castillo, donde hallamos una gran novedad. El aposento
-donde pasamos la noche se había considerado como un gran lujo de
-comodidades para estos pícaros _insurgentes y bandidos_, que tan
-heroicamente defendieron la plaza de Gerona, y nos destinaron a una
-lóbrega mazmorra sin aire, empedrada de guijarros agudísimos, entre
-cuyos huecos se remansaban fétidas aguas. Doble puerta con cerrojos
-muy fuertes la cerraba, y un mezquino agujero abierto en el ancho muro
-dejaba entrar solo al mediodía un rayo de luz, insuficiente para que
-nos reconociésemos las caras. Protestamos; el mismo Álvarez reprendió
-ásperamente al alcaide; pero este ni aun siquiera tuvo la dignación de
-contestarnos otra cosa más que la oferta de servirnos una buena comida,
-si se la pagábamos bien. El ilustre enfermo se empeoraba de hora en
-hora, y desde aquel día comprendimos que se nos iba a morir en los
-brazos, si no se instalaba en lugar más higiénico. Haciendo un esfuerzo
-el mismo Álvarez, escribió una carta al General Augereau, notificándole
-los malos tratamientos de que era objeto; pero no tuvo contestación.
-Y seguía lo de la linterna por la noche, en cuya obra caritativa se
-esmeraba el maldito francés regordete y rubio, amén de robarnos con
-la perversa cena que nos ponía. Si el Gobernador necesitaba alguna
-medicina, no había fuerzas humanas que la hiciesen traer, por temor de
-que se envenenara, y registrándonos escrupulosamente, fuimos despojados
-de todo instrumento cortante para evitar que tratásemos de poner fin a
-aquella deliciosa vida con que nos regalaban.
-
-En aquella inmunda pocilga estuvimos hasta que concluyó con diciembre
-el funestísimo año 9, enfermos todos, y más que enfermo, moribundo
-el gran Álvarez, que al resistir tan fuertes padecimientos, mostró
-tener el cuerpo tan enérgico y vigoroso como el alma. Durante las
-largas y tristes horas, departía con nosotros sobre la guerra,
-contábanos su gloriosa historia militar, y nos infundía esperanza
-y bríos, augurando con elevado discernimiento el glorioso fin de
-la lucha con los franceses y el triunfo de la causa nacional. Su
-extraordinario espíritu, superior a cuanto le rodeaba, sabía abarcar
-los acontecimientos con segura perspicacia, y oyéndole, oíamos la voz
-poderosa de la patria que llegaba al calabozo excavado en extranjero
-suelo.
-
-Al fin, nuestro doloroso encierro en aquella mazmorra donde nos
-consumíamos, viendo extinguirse la noble vida del defensor de Gerona,
-tuvo fin una noche en que el alcaide entró a decirnos que nos
-vistiéramos a toda prisa porque nos iban a internar en Francia. Esta
-noticia, a pesar de alejarnos de España, nos produjo inmensa alegría,
-porque ponía fin al encierro, y no aguardamos a que la repitiese el
-panzudo hombre de la linterna, demostrándole de diversos modos el gran
-gusto que sentíamos por perderle de vista, lo mismo que a su aparato.
-Nos sacaron de Perpiñán con numerosa escolta, y con nosotros iban los
-frailes. El jefe de la gendarmería dio orden de fusilar a todo señor
-fraile que tratase de huir, y nos pusimos en marcha.
-
-Pero en este viaje la Providencia nos deparó un hombre generoso y
-caritativo que, a escondidas de los franceses, sus compatriotas,
-prodigó al ilustre enfermo solícitos cuidados. Era el mismo cochero
-que le conducía, el cual, condolido de sus males, e ignorando que
-fuese un héroe, mostró sus cristianos sentimientos de diversos modos.
-Agradecidos de su bondad, quisimos recompensarle; pero no consintió en
-admitir nada, y como los gendarmes le mandaran que avivase el paso de
-las caballerías para marchar más a prisa, él, sabiendo cuánto daño
-hacía al paciente la celeridad de la carrera, fingió enfermedades en el
-escuálido ganado y desperfectos en el viejo coche para justificar el
-tardo paso con que andaba. Todos los de a pie, que éramos los más, le
-agradecimos en el alma la pereza de su vehículo.
-
-Después de descansar un poco en Salces, hicimos noche en Sitjans, y
-nunca a tal punto llegáramos, porque haciendo bajar de su coche al
-General, le aposentaron con los demás de su séquito en una caballeriza
-llena de estiércol, y donde no había cama ni sillas, ni nada que se
-pareciese a un mueble, siquier fuese el más mezquino y pobre. Agotada
-la paciencia ante tanta infamia, y viendo cuán poco adecuado era aquel
-inmundo sitio para quien por su categoría, y además por su lastimoso
-estado, tenía derecho a todas las consideraciones, no pudimos contener
-la explosión de nuestro enojo, y con durísimas palabras increpamos
-al jefe de la gendarmería. Este, después de amenazarnos, pareció
-aplacarse, comprendiendo sin duda la justicia de nuestra reclamación,
-y al fin, después de vacilar, vino a decir en suma que el alojamiento
-no era cuenta suya. Por último, el cochero, con orden o por simple
-tolerancia del jefe de la fuerza, introdujo en la cuadra una cama en
-que descansó algunas horas el desgraciado enfermo, cuya prodigiosa
-resistencia parecía tocar ya al último límite.
-
-A la mañana siguiente, cuando nos poníamos de nuevo en marcha,
-aparecieron unos guardias a caballo que traían una orden para el jefe
-que nos conducía, y abriendo el pliego en nuestra presencia, nos dio
-a conocer su contenido, el cual no era otra cosa sino que _Monsieur
-Álvarez_ debía volver a España. Esto nos alegró sobremanera, por la
-esperanza de ver pronto a la patria querida, y hasta sospechamos si,
-apiadados de nuestra desgracia, se dispondrían aquellos caballeros a
-dejarnos en libertad luego que traspasásemos la frontera. Los frailes
-y la gente de tropa que no pertenecía a la comitiva del enfermo,
-creyéronse también destinados a pisar pronto el suelo español, y
-mostráronse muy alegres; pero los gendarmes al punto les sacaron de su
-risueño error, mandándoles seguir adelante, por Francia adentro. Nos
-despedimos de ellos tiernamente, recogiendo encargos, recados, cartas
-y amorosas memorias de familia, y volvimos la cara al Pirineo. D.
-Mariano, al saber que se variaba de rumbo, dijo:
-
---«_Como no me vuelvan al Castillet de Perpiñán, llévenme a donde
-quieran._»
-
-Excuso enumerar los miserables aposentamientos, los crueles tratos
-que se sucedieron desde Sitjans a la frontera española. Ni sé cómo
-por tanto tiempo y a tan repetidos golpes resistió la naturaleza del
-hombre contra quien se desplegaba tan gran lujo de maldad. Por último,
-señores, concluiré refiriendo a ustedes la última escena de aquel
-terrible _via crucis_, la cual ocurrió en la misma frontera, un poco
-más allá de Pertús. Es el caso que cuando con el mayor gozo habíamos
-pisado la tierra de España, se presentaron unos guardias a caballo con
-nuevas órdenes para los gendarmes. El jefe mostrose muy contrariado,
-y habiéndose trabado ligera reyerta entre este y uno de los portadores
-del oficio, oímos esta frase, que, aunque dicha en francés, fácilmente
-podía ser comprendida:
-
---_Monsieur Álvarez_ debe volver, pero los edecanes y asistentes no.
-
-Al punto comprendimos que se nos quería separar de nuestro idolatrado
-General, dejándonos a todos en Francia, mientras a él se le llevaba
-otra vez solo, enteramente solo, al castillo de Figueras. Esto causó
-desolación en la pequeña comitiva. Satué, cerrando los puños y
-vociferando como un insensato, dijo que antes se dejaría hacer pedazos
-que abandonar a su General; otros, creyendo mal camino para convencer a
-nuestros conductores el de la amenaza y la cólera, suplicamos al jefe
-de los gendarmes que nos dejase seguir. El mismo enfermo indicó que si
-se le separaba de sus fieles compañeros de desgracia, la residencia
-en España le sería tan insoportable al menos como la prisión en el
-Castillet. Suplicamos todos en diverso estilo que nos dejasen asistir
-y consolar a nuestro querido Gobernador; pero esto fue inútil. Como
-complemento de los mil martirios que con refinado ingenio habían
-aplicado al héroe, quisieron someter su grande alma a la última prueba.
-Ni su enfermedad penosísima, ni sus años, ni la presunción de su
-muerte, que se creía próxima y segura, les movieron a lástima; tanta
-era la rabia contra aquel que había detenido durante siete meses frente
-a una ciudad indefensa a más de cuarenta mil hombres, mandados por
-los primeros generales de la época; que no había sentido ni asomos
-de abatimiento ante una expugnación horrorosa en que jugaron once mil
-novecientas bombas, siete mil ochocientas granadas, ochenta mil balas,
-y asaltos de cuyo empuje se puede juzgar considerando que los franceses
-perdieron en todos ellos veinte mil hombres.
-
-Cansados de inútiles ruegos, pedimos al fin que se permitiera acompañar
-y servir al General a uno de nosotros, para que al menos no careciese
-aquel de la asistencia que su estado exigía; pero ni esto se nos
-concedió. La agria disputa inspiró al mismo Álvarez las palabras
-siguientes:
-
---«_Todas estas son estratagemas de que se valen los franceses para
-mortificar a aquel a quien no han podido hacer bajar la espalda._»
-
-Bruscamente nos quisieron apartar del coche en que iba; pero
-atropellando a los que nos lo impedían, nos abalanzamos sobre él,
-y unos por un costado, otros por el opuesto, le besamos las manos
-regándolas con nuestras lágrimas. Satué se metió violentamente dentro
-del coche, y los gendarmes le sacaron a viva fuerza, amenazándole con
-fusilarle allí mismo si no se reportaba en las manifestaciones de
-su dolor. El General, despidiéndonos con ánimo sereno, nos dijo que
-renunciásemos a una inútil resistencia, conformándonos con nuestra
-suerte; añadió que él confiaba en el próximo triunfo de la causa
-nacional, y que, aun sintiéndose próximo a morir, su alma se regocijaba
-con aquella idea. Recomendonos la prudencia, la conformidad, la
-resignación, y él mismo dio a sus conductores la orden de partir, para
-poner pronto fin a una escena que desgarraba su corazón lo mismo que el
-nuestro. El cupé partió a escape, y nos quedamos en Francia, sujetados
-por los gendarmes, que nos ponían sus fusiles en el pecho para impedir
-las demostraciones de nuestra ira. Seguimos desesperados y con los ojos
-llenos de lágrimas el coche que se perdía poco a poco entre la bruma, y
-cuando dejamos de verle, Satué, bramando de ira, exclamó:
-
---Se lo llevaron esos perros; se lo llevan para matarle sin que nadie
-lo vea.
-
-
-
-
-XXVI
-
-
-Imposible pintar a ustedes nuestra profunda consternación al vernos
-esclavos de Francia, y considerando la situación del desgraciado
-Álvarez, solo, en poder de sus verdugos. Nuestra propia suerte de
-prisioneros nos causaba menos pesar que la de aquel heroico veterano,
-condenado por su valor sublime a ser juguete de una cruel soldadesca, a
-quien le entregaron para que se divirtiese martirizándole.
-
-Encerráronnos en Pertús en una inmunda cuadra, donde con centinelas de
-vista nos tuvieron hasta el día siguiente, en cuya alborada, cuando
-nos llevaban fuera del pueblo, verificamos un acto honroso, con el
-cual quiero poner fin a mi narración. Allí, sobre unas peñas desde
-las cuales se divisaban a lo lejos los cerros y vertientes de España,
-nos dimos las manos y juramos todos morir antes que resignarnos a
-soportar la odiosa esclavitud que la canalla quería imponernos. Desde
-aquel instante principiamos a concertar un hábil plan para fugarnos,
-cual tantos otros que, llevados a Francia, habían sabido volver por
-peligrosos caminos y medios a la patria invadida.
-
-Amigos míos: por no cansar a ustedes con prolijidades que solo a mí se
-refieren y a mis particulares cuitas, omito los pormenores de nuestra
-residencia en Francia, y de los medios que empleamos para regresar
-a España. Éramos seis, y solo tres volvimos. Los demás, cogidos
-_infraganti_, fueron fusilados, dos en Maurellas y uno en Boulou.
-¿Alguno de los que me oyen no se ha visto en igual caso? ¡Cuántos
-de los que estamos aquí desataron sus manos de las cuerdas que los
-franceses han llevado a Francia después de la toma de Zaragoza o de
-Madrid! Con la relación de mis padecimientos en la frontera, de las
-diabluras y estratagemas que puse en juego para escaparme, y de las
-mil cosas que me sucedieron desde que pasé la frontera por Puigcerdá
-hasta unirme en el centro de España a esta división de Lacy en que
-ahora estoy, emplearía otras dos noches largas, pues todo el sitio de
-Gerona y las extravagancias de D. Pablo Nomdedeu no exigen más tiempo
-y espacio que los peligros, trapisondas, trabajos y terribles trances
-en que me he visto. Concluyo, pues, no sin dirigir una ojeada hacia
-atrás, como parecen exigírmelo mis raros oyentes, deseosos de saber qué
-fue de Siseta, así como de sus hermanos Badoret y Manalet.
-
-No estaría mi ánimo tranquilo si en tan largo plazo hubiese vivido sin
-saber de personas tan caras para mí. Antes de abandonar a Cataluña con
-intención de unirme al ejército del Centro, hallé medios para hacer
-llegar a Gerona noticias mías, y Dios me deparó el consuelo de que
-también vinieran a mí verdaderas y frescas. Los tres hermanos siguen
-allí sanos y buenos en compañía de la señorita Josefina, que en ellos
-ve toda su familia, y el único consuelo de sus tristes días. La hija
-del doctor no ha recobrado por completo la salud, ni desgraciadamente
-la recobrará, según me dicen. Ha tenido inclinación a entrar en un
-convento; mas Siseta procura arrancarle sus melancolías, y la induce
-a que aspire al matrimonio en la seguridad de encontrar buen esposo.
-No demuestra, sin embargo, Josefina disposición a seguir este consejo,
-y gusta de embeber su vida en contemplaciones de la Naturaleza y de
-la Religión, que son sin duda el alimento más apropiado a su pobre
-espíritu huérfano y solitario.
-
-Siseta y sus hermanos aguardan a que yo me retire del ejército para
-marchar a la Almunia, donde tengo mis tierras, consistentes en dos
-docenas de cepas, y un número no menor de frondosos olivos, y por mi
-parte pido a Dios que nos libre al fin de franceses, para poder soltar
-el grave peso de las armas y tornar a mi pueblo, donde no pienso hacer
-al tiempo de mi llegada otra cosa de provecho más que casarme.
-
-Con lo que Siseta ha heredado y lo que yo poseo, tenemos lo suficiente
-para pasar con humilde bienestar y felicidad inalterable la vida, pues
-no me mortifica el escozor de la ambición, ni aspiro a altos empleos,
-a honores vanos ni a la riqueza, madre de inquietudes y zozobras. Hoy
-peleo por la patria, no por amor a los engrandecimientos de la milicia,
-y de todos los presentes soy quizás el único que no sueña con ser
-general.
-
-Otros anhelan gobernar el mundo, sojuzgar pueblos y vivir entre el
-bullicio de los ejércitos; pero yo, contento con la soledad silenciosa,
-no quiero más ejército que los hijos que espero ha de darme Siseta.
-
- * * * * *
-
-Así acabó su relación Andresillo Marijuán. La he reproducido con toda
-fidelidad en su parte esencial, valiéndome como de poderoso auxiliar
-del manuscrito de D. Pablo Nomdedeu, que aquel mi buen amigo me regaló
-más tarde cuando asistí a su boda. Repito lo que dije al comenzar
-el libro, y es que las modificaciones introducidas en esta relación
-afectan solo a la superficie de la misma, y la forma de expresión
-es enteramente mía. Tal vez haya perdido mucho la leyenda de Andrés
-al perder la sencillez de su tosco estilo; pero yo tenía empeño en
-uniformar todas las partes de esta historia de mi vida, de modo que en
-su vasta longitud se hallase el trazo de una sola pluma.
-
-Cuando Marijuán calló, algunos de los presentes dieron interpretaciones
-diversas al encierro de D. Mariano Álvarez en el castillo de Figueras;
-y como ya desde antes de entrar en Andalucía habíamos sabido la
-misteriosa muerte del insigne capitán, la figura más grande sin duda
-de las que ilustraron aquella guerra, cada cual explicó el suceso de
-distinto modo.
-
---Dícese que le envenenaron --afirmó uno-- en cuanto llegó al castillo.
-
---Yo creo que Álvarez fue ahorcado --opinó otro--, pues el rostro
-cárdeno e hinchado, según aseguran los que vieron el cadáver de Su
-Excelencia, indica que murió por estrangulación.
-
---Pues a mí me han dicho --añadió un tercero--, que le arrojaron a la
-cisterna del castillo.
-
---Hay quien afirma que le mataron a palos.
-
---Pues no murió sino de hambre, y parece que desde su llegada fue
-encerrado en un calabozo, donde le tuvieron tres días sin alimento
-alguno.
-
---Y cuando le vieron bien muerto, y se aseguraron de que no volvería
-a hacer otra como la de Gerona, expusiéronle en unas parihuelas a la
-vista del pueblo de Figueras, que subió en masa a contemplar el cuerpo
-del grande hombre.
-
-Discutimos largo rato, sin poder poner en claro la clase de muerte que
-había arrebatado del mundo a aquel inmortal ejemplo de militares y
-patriotas; pero como su fin era evidente, convinimos, por último, en
-que el esclarecimiento del medio empleado para exterminar tan terrible
-enemigo del poder imperial, afectaba más al honor francés que al
-ejército español, huérfano de tan insigne jefe. Y si verdaderamente
-fue asesinado, como se ha venido creyendo desde entonces acá, la
-responsabilidad de los que toleraron sin castigarla tan atroz barbarie,
-bastaría a exceptuar entonces a Francia de la aplicación de las leyes
-de la guerra en lo que tienen de humano. Que murió violentamente parece
-indudable, y mil indicios corroboran una opinión que los historiadores
-franceses no han podido con ingeniosos esfuerzos destruir. No es
-creíble que órdenes de París impulsaran este horrible asesinato; pero
-un poder que, si no disponía, toleraba tan salvajes atentados, merecía
-indisputablemente las amarguras y horrendas caídas que experimentó
-luego. La soberbia enfatuada y sin freno perpetra grandes crímenes
-ciegamente, creyendo realizar actos marcados por ilusorio destino.
-Los malvados en grande escala que han tenido la suerte o la desgracia
-de que todo un continente se envilezca arrojándose a sus pies, llegan
-a creer que están por encima de las leyes morales, reguladoras según
-su criterio tan solo de las menudencias de la vida. Por esta causa
-se atreven tranquilamente, y sin que su empedernido corazón palpite
-con zozobra, a violar las leyes morales, ateniéndose para ello a mil
-fútiles y movedizas reglas que ellos mismos dictaron llamándolas
-razones de Estado, intereses de esta o de la otra nación; y a veces, si
-se les deja, sobre el vano eje de su capricho o de sus pasiones hacen
-mover y voltear a pueblos inocentes, a millares de individuos que solo
-quieren el bien. Verdad es que parte de la responsabilidad corresponde
-al mundo, por permitir que media docena de hombres o uno solo jueguen
-con él a la pelota.
-
-Desarrollados en proporciones colosales los vicios y los crímenes,
-se desfiguran en tales términos que no se les conoce; el historiador
-se emboba engañado por la grandeza óptica de lo que en realidad es
-pequeño, y aplaude y admira un delito tan solo porque es perpetrado en
-la extensión de todo un hemisferio. La excesiva magnitud estorba a la
-observación lo mismo que el achicamiento, que hace perder el objeto en
-las nieblas de lo invisible. Digo esto, porque, a mi juicio, Napoleón I
-y su imperio efímero, salvo el inmenso genio militar, se diferencian de
-los bandoleros y asesinos que han pululado por el mundo cuando faltaba
-policía, tan solo en la magnitud. Invadir las naciones, saquearlas,
-apropiárselas, quebrantar los tratados, engañar al mundo entero, a
-reyes y a pueblos, no tener más ley que el capricho, y sostenerse en
-constante rebelión contra la humanidad entera, es elevar al máximum de
-desarrollo el mismo sistema de nuestros famosos caballistas. Ciertas
-voces no tienen en ningún lenguaje la extensión que debieran, y si
-despojar a un viajante de su pañuelo se llama _robo_, para expresar la
-tala de una comarca, la expropiación forzosa de un pueblo entero, los
-idiomas tienen pérfidas voces y frases con que se llenan la boca los
-diplomáticos y los conquistadores, pues nadie se avergüenza de nombrar
-los _grandiosos planes continentales, la absorción de unos pueblos
-por otros..._, etc. Para evitar esto debiera existir (no reírse) una
-policía de las naciones, corporación en verdad algo difícil de montar.
-Pero entre tanto tenemos a la Providencia, que al fin y al cabo sabe
-poner a la sombra a los merodeadores en grande escala, devolviendo a
-sus dueños los objetos perdidos y restableciendo el imperio moral, que
-nunca está por tierra largo tiempo.
-
-Perdónenme mis queridos amigos esta digresión. No pensaba hacerla; pero
-al hablar de la muerte del incomparable D. Mariano Álvarez de Castro,
-el hombre, entre todos los españoles de este siglo, que a más alto
-extremo supo llevar la aplicación del sentimiento patrio, no he podido
-menos de extender la vista para observar todo lo que había en derredor,
-encima y debajo de aquel cadáver amoratado que el pueblo de Figueras
-contempló en el patio del castillo una mañana del mes de enero de 1810.
-Aquel asesinato, si realmente lo fue, como se cree, debía traer grandes
-catástrofes a quien lo perpetró o consintió, y no importa que los
-criminales, cada vez más orgullosos, se nos presentaran con aparente
-impunidad, porque ya vemos que el mucho subir trae la consecuencia de
-caer de más alto, de lo cual suele resultar el estrellarse.
-
-
-
-
-XXVII
-
-
-Oímos el relato de Andrés Marijuán, aposentados en una casa del Puerto
-de Santa María, donde moraban, además de nosotros, que pertenecíamos
-al ejército de Aréizaga, muchos canarios de Alburquerque, que habían
-llegado el día antes, terminando su gloriosa retirada. A este General
-debió el poder supremo no haber caído en poder de los franceses, pues
-con su hábil movimiento sobre Jerez, mientras contenía en Écija las
-avanzadas de Víctor y Mortier, dio tiempo a preparar la defensa de la
-isla de León, y entretuvo al enemigo en las inmediaciones de Sevilla.
-Esto pasaba a principios de febrero, y en los mismos días se nos dio
-orden de pasar a la Isla, porque en el continente, o sea del puente de
-Suazo para acá, ¡triste es decirlo! no había ni un palmo de terreno
-defendible. Toda España afluyó a aquel pedazo de país, y se juntaban
-allí ejército, nobleza, clero, pueblo, fuerza e inteligencia, toda la
-vida nacional en suma. De la misma manera, en momentos de repentino
-peligro para el hombre de ánimo esforzado, toda la sangre afluye al
-corazón, de donde sale después con nuevo brío.
-
-Por mi parte deseaba ardientemente entrar en la Isla. Aquel pantano de
-sal y arena invadido por movedizos charcos y surcado por regueros de
-agua salada, tenían para mí el encanto del hogar nativo, y más aún
-las peñas donde se asienta Cádiz en la extremidad del istmo, o sea
-en la mano de aquel brazo que se adelanta para depositarla en medio
-de las olas. Yo veía desde lejos a Cádiz, y una viva emoción agitaba
-mi pecho. ¿Quién no se enorgullece de tener por cuna la cuna de la
-moderna civilización española? Ambos nacimos en los mismos días, pues
-al fenecer el siglo se agitó el seno de la ciudad de Hércules con la
-gestación de una cultura que hasta mucho después no se encarnó en las
-entrañas de la madre España. Mis primeros años, agitados y turbulentos,
-fuéronlo tanto como los del siglo, que en aquella misma fecha vio
-condensada la nacionalidad española, ansiando regenerarse entre el
-doble cerco de las olas tempestuosas y del fuego enemigo. Pero en
-febrero de 1810 aún no había nada de esto, y Cádiz solo era para mí el
-mejor de los asilos que la tierra puede ofrecer al hombre; la ciudad
-de mi infancia, llena de ternísimos recuerdos, y tan soberbiamente
-bella que ninguna otra podía comparársele. Cádiz ha sido siempre
-la Andalucía de las ondas, graciosa y festiva dentro de un círculo
-de tempestades. Entonces asumía toda la poesía del mar, todas las
-grandezas del comercio. Se multiplicaban en aquellos meses su poesía,
-grandeza y gloria, porque iba a contener dentro de sus blancos muros
-el conjunto de la nacionalidad con todos sus elementos de vida en
-plena efervescencia, los cuales, expulsados del gran territorio, se
-refugiaban allí, dejando la patria vacía.
-
-A las puertas de Cádiz comienzan los acontecimientos de mi vida que más
-vivamente anhelo contar. Estadme atentos, y dejadme que ponga orden en
-tantos y tan variados sucesos, así particulares como históricos. La
-historia, al llegar a esta isla y a esta peña, es tan fecunda, que ni
-ella misma se da cuenta de la multitud de hijos que deposita en tan
-estrecho nido. Trataré de que no se me olvide nada, ni en lo mío ni en
-lo ajeno. Para no perder la costumbre, comienzo con una aventura mía,
-en que nada tiene que ver la rebuscona historia, pues hasta hoy no
-he tenido empeño en comunicarla a nadie, ni aunque la comunicara, se
-inmortalizaría en láminas de bronce, y fue lo siguiente:
-
-Un amigo mío portugués de los que habían venido de Extremadura con
-Alburquerque, rondaba cierta casa en la extremidad de la calle Larga,
-donde algunos días antes viera entrar desconocida beldad, que él ponía
-por las nubes, siempre que tocábamos este punto. Sus paseos diurnos y
-nocturnos, en que mostraba un celo, una abnegación superiores a todo
-encomio, no dieron más resultado que ver al través de las apretadas
-verdes celosías dos figuras, dos bultos de indeterminada forma, pero
-que al punto revelaban ser alegres mujeres por el sordo cuchicheo y
-las risas con que parecían festejar la cachaza de mi paseante amigo.
-Cuanto menos las veía, más acabadamente hermosas se le figuraban, y con
-la dificultad de hablarlas crecía su deseo de poner fin gloriosamente
-a una aventura, que hasta entonces había tenido pocos lances. Una
-tarde quiso le acompañase yo en su centinela al pie de la reja, y tuve
-la suerte de que mi presencia modificara la monótona esquivez de las
-bellas damas, las cuales hasta entonces ni a billetes, ni a señas, ni
-a miradas lánguidas habían contestado más que con las risas consabidas
-y los ceceos burlones. Figueroa había deslizado una esquela, y tuvo la
-indecible satisfacción de recibir respuesta en un billete que cayó,
-cual bendición del cielo, delante de nosotros. En él decía la hermosa
-desconocida que estaba dispuesta a abrir la celosía para expresarle
-de palabra su gratitud por los amorosos rendimientos, y añadía que
-hallándose en gran compromiso por causa de un suceso doméstico que
-no podía revelar, solicitaba para salir de él la ayuda del galán,
-juntamente con la de su amigo.
-
-Esto nos llamó grandemente la atención, y de vuelta al alojamiento
-para esperar la hora de las siete en que se nos había citado, hicimos
-mil comentarios sobre el suceso. Mientras mayor era el misterio, mayor
-también el anhelo de descifrarlo, y curiosos ambos por saber si íbamos
-a tener una sabrosa aventura o a ser víctimas de una broma, acudimos
-por la noche al pie de la reja. En cuanto llegamos abriose esta, y una
-voz de mujer, cuyo acento, aunque dulce, no me pareció revelar persona
-de elevada clase, dijo a Figueroa con bastante agitación estas palabras:
-
---Señor militar, si es usted caballero, como creo, espero que no
-se negará a conceder a una desgraciada dama la generosa ayuda que
-solicita. Mi esposo, el señor Duque de los Umbrosos Montes, duerme
-a estas horas; mas no puedo dejarle pisar a usted el recinto de
-este _arcásar_, que mi celoso dueño ha convertido en sepulcro de mi
-hermosura, en cárcel de mi libertad, y en muerte de mi vida. El más
-leve rumor despertaría al fiel y sanguinario Rodulfo, paje de mi señor
-y carcelero mío. Pues _verasté_: mi honra depende de que al punto una
-persona de confianza atraviese las saladas ondas y parta a Cádiz a
-llevar un recado urgentísimo, sin lo cual mi situación es tal, que no
-esperaré a que venga la rosada aurora para _arrancalme_ la vida con un
-veneno de cien mortíferas plantas compuesto que tengo aquí en aquesta
-botellita.
-
-Figueroa estaba perplejo y embobado, aunque algo dispuesto a tomar
-aquello en serio, y yo contenía la risa al considerar cómo se reían de
-nosotros las dos desconocidas; pero mi amigo aseguró estar resuelto
-a prestar a ambas cuantos servicios fáciles o difíciles quisieran
-pedirle, y entonces la misma que antes hablaba, añadió:
-
---¡Oh! gracias, _invito_ militar; así lo esperaba yo de su galantería
-y caballerosidad nunca desmentida en mil y mil lances, cual lo prueban
-las voces de la fama que han traído a mis orejas sus _hasañas_. Bueno,
-pues _verasté_. Mi criada, que es esta guapa y gallarda donsella que a
-mi lado ve usted, se llama Soraida; irá a Cádiz en un frágil esquife
-que Perico el botero tiene preparado en el muelle; pero como es grande
-su cortedad, deseo vaya acompañada de ese vuestro leal amigo, que está
-ahí oyéndonos como un marmolejo.
-
-Al punto dije que estaba dispuesto a acompañar a la doncella, y mi
-amigo, algo corrido con los discursos de su adorada beldad, no sabía
-qué contestar. La desconocida habló así con creciente afectación:
-
---¡Oh! Gracias, _insine amigo del valiente Otelo_. Ya lo esperaba yo
-de su _malanimidad_. Pues _oigasté_, señor militar. Mientras este fiel
-amigo va a Cádiz a acompañar a mi donsella en la difícil comisión que
-mi amenasado honor le encomienda, nosotros nos quedaremos aquí pelando
-la pava en este balcón; con lo cual, ¿usté se entera?, tendré ocasión
-de mostrarle el amoroso fuego que inflama mi pecho.
-
-No había acabado de hablar, cuando se abrió la puerta de la casa y
-apareció una mujer cubierta de la cabeza a los pies con espeso manto
-negro, la cual, llegándose a mí y tomándome el brazo, me obligó a que
-rápidamente la siguiese, diciéndome:
-
---Señor oficial, vamos, que es tarde.
-
-No tuve tiempo para oír lo que desde la ventana decía la desconocida
-al amartelado Figueroa, porque la dama, criada o lo que fuera, no me
-permitía detenerme y me impulsaba hacia adelante, repitiendo siempre:
-
---Señor oficial, siga usted. ¡Qué pesado es usted!... No mire usted
-atrás ni se detenga, que estoy de prisa.
-
-Quise ver su rostro; pero se lo ocultaba cuidadosamente. Se conocía
-que trataba de contener la risa y disimular la voz. Era una mujer
-arrogante y que me revelaba con solo el roce de su mano en mi brazo la
-alta calidad a que pertenecía. Desde su aparición había yo sospechado
-que no era criada, y después de oírla y sentir el contacto de su
-vestido, ningún hombre se habría equivocado respecto a su clase. Yo
-estaba algo aturdido por lo inusitado de la aventura, y una dulce
-confusión embargaba mi alma. Venían a mi mente indicios, recuerdos, y
-aquella mujer llevaba en los pliegues de su vestido un ambiente que no
-era nuevo para mí. Pero al principio ni aun pude formular claramente mi
-sospecha. La desconocida me llevaba rápidamente, y andábamos a prisa
-por las calles del Puerto, hablando de esta manera:
-
---Señora, ¿insiste usted en ir a Cádiz por mar a estas horas?
-
---¿Por qué no? ¿Se marea usted? ¿Tiene usted miedo a embarcarse?
-
---Por bueno que esté el mar, el viaje no será cómodo para una dama.
-
---Es usted un necio. ¿Cree usted que yo soy cobarde? Si no tiene usted
-ánimo, iré sola.
-
---Eso no lo consentiré, y aunque se tratara de ir a América en el
-frágil esquife de que hablaba la señora Duquesa de los Umbrosos
-Montes...
-
-La desconocida no pudo contener la risa, y el dulce acento de su voz
-resonó en mi cerebro, despertando mil ideas que rápidamente cambiaron
-en luz las oscuridades de mi pensamiento, y en certidumbre las
-nebulosas dudas.
-
---Adelante --dijo al ver que me detenía--. Ya estamos en el muelle.
-El botero está allí. La marea sube y nos favorecerá; el mar parece
-tranquilo.
-
-Callé y seguimos hasta el malecón. Era preciso bajar por una serie
-de piedras puestas en la forma más parecida a una escalera, y el
-descenso no carecía de peligro. Tomé en brazos a mi compañera y la bajé
-cuidadosamente al bote. Entonces ni pudo, ni quiso sin duda ocultarme
-su rostro, y la conocí. La fuerte emoción no me permitió hablar.
-
---¡Oh, señora Condesa! --exclamé besándole tiernamente las manos--.
-¡Qué felicidad tan grande encontrar a usía!...
-
---Gabriel --me contestó--, ha sido realmente una felicidad que me hayas
-encontrado, porque vas a prestarme un gran servicio.
-
---Estoy destinado a ser criado de vuecencia en donde quiera que me
-halle.
-
---Criado, no: ya esos tiempos pasaron. ¿En dónde has estado?
-
---En Zaragoza.
-
---¿Ves qué fácilmente se van ganando charreteras, y con ellas posición
-y nombre en el mundo? Entramos en unos tiempos en que los desgraciados
-y los pobres se encaramarán a los puestos que debe ocupar la grandeza.
-Gabriel, estoy asombrada de verte caballero. Bien, muy bien. Así te
-quería. No me habías dicho nada. ¿Por qué no me has buscado?... Ya no
-nos quieres.
-
---Señora, ¿cómo he de olvidar los beneficios que de vuecencia recibí?
-Estoy confundido al ver que nuevamente, y cuando menos lo esperaba, se
-digna usía servirse de mí.
-
---No bajes tanto, Gabriel; han cambiado las cosas. Tú no eres el mismo;
-no te conozco. Me ves, me hablas, ¿y no me preguntas por Inés?
-
---Señora --dije anonadado--, no me atreví a tanto. Veo que vuecencia ha
-cambiado más que yo.
-
---Tal vez.
-
---¿Inés vive?
-
---Sí, está en Cádiz. ¿Deseas verla? Pues no te apures: yo te prometo
-que la verás, la verás.
-
-Diciendo esto, Amaranta se expresaba en un tono que me hacía comprender
-su anhelo de mortificar a alguien, al permitirme ver a su hija. Su
-benevolencia me tenía tan confundido, que ni aun acertaba a darle las
-gracias.
-
---¡En qué momento tan crítico para mí te me has aparecido, Gabriel!
-Un suceso que sabrás más tarde, me obliga a ir a Cádiz esta noche,
-sola, sin que ninguno de mi familia lo sepa. Dios no me podía ofrecer
-compañero ni custodio más a propósito.
-
---Pero, señora, ¿usía no considera que las puertas de Cádiz están
-cerradas a estas horas?
-
---Lo están para mí todas menos una. Por eso me aventuro en esta
-travesía que podría ser peligrosa. El jefe de guardia en la puerta
-de mar es amigo mío y me espera. Yo tenía el bote preparado. Estaba
-dispuesta a ir sola, y cuando te presentaste en la calle acompañando
-al oficial que nos rondaba, vi el cielo abierto. Gabriel, te juro que
-estoy contentísima de verte en la honrosa condición en que ahora te
-hallas. Así te deseaba yo. Pero, chiquillo, ¿eres tú mismo?... ¡Pues
-no lleva sus charreteras como un hombre!... El muy zarramplín, con ese
-uniforme que le sienta bien, tiene aire de persona decente... ¡Vaya
-usted a hacer creer a la gente que has jugado en la Caleta!... Chico,
-bien, bien, así me gusta... ¡qué bien te vendría ahora aquella farsa de
-tus abolengos!... No me canso de mirarte, pelafustán... ¡qué tiempos
-estos! He aquí un gato que quiso zapatos, y que se ha salido con
-ello... Te juro que eres otro. Inés no te va a conocer... ¡Qué a tiempo
-has venido! Estás muy bien, hijito... Desde que fuiste mi paje conocí
-tu corazón de oro... ¡Ay! no te faltaba más que el forro, y veo que lo
-vas teniendo... Gabriel, creo que te alegras de verme, ¿no es verdad?
-Yo también. Cuántas veces he dicho: si ahora apareciese ese muchacho...
-Mañana te contaré todo. Chiquillo, soy la mujer más desgraciada de la
-tierra.
-
-El bote avanzaba con la proa a Cádiz. El botero, fijo en la popa,
-manejaba el timón, y dos muchachos habían izado la vela latina, con la
-cual, merced al viento fresco de la noche, la embarcación se deslizaba
-cortando gallardamente las mansas olas de la bahía. La claridad de
-la luna nos alumbraba el camino: pasábamos velozmente junto a la
-negra masa de los barcos de guerra ingleses y españoles, que parecían
-correr al costado en dirección opuesta a la que seguíamos. Aunque el
-mar estaba tranquilo, agitábase bastante el bote, y sostuve con mi
-brazo a la Condesa para impedir que se hiciera daño con las frecuentes
-cabezadas de la embarcación. Los tres marinos no pronunciaron una sola
-palabra en todo el trayecto.
-
-
-
-
-XXVIII
-
-
---¡Cuánto tardamos! --dijo Amaranta con impaciencia.
-
---El bote va como un rayo. Antes de diez minutos estaremos allá --dije
-al ver las luces de la ciudad reflejadas en el agua--. ¿Tiene usía
-miedo?
-
---No, no tengo miedo --repuso tristemente--, y te juro que aunque las
-olas fueran tan fuertes que lanzaran al bote a la altura de los topes
-de ese navío, no vacilaría en hacer este viaje. Lo habría hecho sola
-si no te hubieras aparecido como enviado del cielo para acompañarme.
-Cuando te vi, mi primera idea fue llamarte; pero luego mi criada y
-yo discurrimos la invención que oíste, para desorientar al hidalgo
-portugués. Quiero que no me conozca nadie.
-
---La señora Duquesa de los Umbrosos Montes estará a estas horas
-trastornando el seso de mi buen amigo.
-
---Sí, y lo hará bien. Si mi ánimo estuviera tranquilo, me reiría
-recordando la gravedad con que dijo las relaciones que le enseñé esta
-tarde. Hace poco, como se empeñara en galantearme un viajero inglés,
-Dolores quiso pasar por ama y yo por criada; pero él conoció al punto
-el engaño. No nos dejaba a sol ni a sombra, y no puedes figurarte las
-felices ocurrencias de mi doncella a propósito del caballero británico,
-de su aspecto tristón, de sus ardientes arrebatos y de su cojera. Es
-a ratos amable y fino, a ratos sombrío y sarcástico; se llamaba Lord
-Byron.
-
---No es extraño que vuecencia enloqueciera a ese señor inglés. Pero ya
-llegamos, señora Condesa, y el bote va a atracar en el muelle. Sale la
-guardia a darnos el quién vive.
-
---No importa: tengo pase. Di que llamen a D. Antonio Maella, jefe de la
-guardia.
-
-Presentose el oficial, y nos dio entrada sin dificultad, abriéndonos
-luego la puerta, por donde pasamos a la Plaza de San Juan de Dios.
-Mientras nos acompañaba hasta dicho punto, habló brevemente con
-Amaranta.
-
---Ya la esperaba a usted --le dijo--. Las dos señoras Marquesas tienen
-preparado su viaje para mañana, en la fragata inglesa _Eleusis_.
-Piensan establecerse en Lisboa.
-
---Su objeto es alejarse de mí --repuso Amaranta--. Felizmente he tenido
-aviso oportuno, y me parece que llego a tiempo.
-
---Tan callado tenían el viaje, que yo mismo no lo he sabido hasta esta
-tarde, por el capitán de la fragata. ¿Piensa usted partir también con
-ellas?
-
---Partiré si no puedo detenerlas.
-
-Al decir esto, la Condesa, sin perder tiempo en contestar a los
-cumplidos y finezas del oficial, tomó mi brazo, y obligándome a tomar
-paso algo vivo, me dijo:
-
---Gabriel, no nos detengamos. ¡Cuán inquieta estoy!... Ya te lo
-contaré todo después. Figúrate que después que me hacen vivir como en
-destierro, separada de lo que más amo en el mundo... ¿qué te parece?
-Dios mío, ¿qué he hecho yo para merecer tal castigo?... Pues sí...
-Después que me obligan a vivir allá... Te diré... hasta se han empeñado
-en hacerme pasar por afrancesada... Y todo ¿por qué? dirás tú... Pues
-nada más sino porque... andemos más a prisa... porque me opongo a que
-la hagan desventurada para siempre... Mi tía no tiene sensibilidad,
-y nuestra parienta la de Rumblar tiene un rollo de pergaminos en el
-sitio donde los demás llevamos el corazón. Además, con los vidrios
-verdes de sus espejuelos no ve más que dinero... Gabriel, etiqueta y
-soberbia en un lado; soberbia y avaricia en otro... No puedes figurarte
-cuán apenadas y tristes están las tres pobres muchachas... Y ahora
-quieren llevárselas a Lisboa... ¿qué dices tú a eso?... Todo por alejar
-a Inés... ¡Con cuánto secreto han preparado el viaje!... ¡Con qué
-habilidad me confinaron en el Puerto, haciendo llegar a los individuos
-de la Junta falsas noticias acerca de mí! Por fortuna, soy amiga del
-embajador inglés Wellesley... que si no... Pues si mi tía y yo nos
-disputamos ardientemente el dirigir a la pobre Inés hacia su mejor
-destino... ella va por una senda, yo por otra... lo que yo quiero es
-más razonable; y si no, dime tu parecer... Pero ya hablaremos mañana.
-¿Te quedarás en la Isla o vendrás a Cádiz? Espero que nos veremos,
-Gabrielillo. ¿Te acuerdas cuando eras mi paje en el Escorial, y yo te
-contaba aquellas historias?
-
---Esos y otros recuerdos de aquel tiempo, señora --le respondí-- son
-los más dulces de mi vida.
-
---¿Te acuerdas cuando te me presentaste en Córdoba? --prosiguió
-riendo--. Entonces estabas algo tonto. ¿Te acuerdas de cuando en
-Madrid fuiste a casa con el Padre Salmón?... ¿Te acuerdas de cuando
-te encontré en el Pardo vestido de Duque de Arión?... Después me he
-acordado mucho de ti, y he dicho: «¡Dónde estará aquel desgraciado!...»
-Creo que Dios te ha cogido por la mano para ponerte delante de mí. Ya
-llegamos.
-
-Nos detuvimos junto a una casa de la calle de la Verónica.
-
---Llama --me dijo la Condesa--. Esta es la casa de una amiga mía de
-toda confianza.
-
---¿Vive aquí la señora Marquesa? --pregunté, tirando de la campanilla
-de la reja--. Esta casa no me es desconocida.
-
---Aquí vive Doña Flora de Cisniega: ¿la conoces? Entremos. Se ven
-luces en la sala. Aún están en la tertulia; es temprano. Ahí estarán
-Quintana, Gallego, Argüelles, Gallardo y otros muchos patriotas.
-
-Subimos, y en un gabinete interior nos recibió el ama de la casa, en
-quien al punto reconocí una amistad antigua.
-
---¿Está aquí? --le preguntó con ansiedad la Condesa.
-
---Sí: aunque se embarcan mañana de secreto, han venido esta noche sin
-duda para que yo no sospeche su determinación. Pero a mí no se me
-engaña... ¿Va usted a la sala? Está muy animada la tertulia. ¡Ay! amiga
-mía, esta noche he ganado al _monte_ una buena suma.
-
---No, no voy a la sala. Haga usted salir a Inés con cualquier pretexto.
-
---Está en coloquio tirado con el amable inglesito. Pero saldrá. Mandaré
-a Juana que la llame.
-
-Después de dar la orden a su doncella, Doña Flora me observó
-atentamente, queriendo reconocerme.
-
---Sí, soy Gabriel, señora Doña Flora; soy Gabriel, el paje del Sr. D.
-Alonso Gutiérrez de Cisniega.
-
-Doña Flora, no necesitando más, abalanzose a mí con todo el ímpetu de
-su sensible corazón.
-
---Gabrielillo, ¿es posible que seas tú? --exclamó con chillidos,
-estrechándome en sus brazos--. Estás hecho un hombre, un caballero...
-¡Qué alto estás! ¡Cuánto me alegro de verte!... ya te he echado de
-menos... pero ¡qué buen mozo eres!... ¿Qué tal me encuentras?... Otro
-abrazo... ¡Ay!... ¿Por qué me dejaste?... ¡pobrecito niño!
-
-Mientras era objeto de tan ardientes demostraciones de regocijo, sentí
-rumorcillo de faldas hacia el corredor que conducía a la pieza en donde
-estábamos.
-
-
-FIN DE «GERONA»
-
-
-Junio de 1874.
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK GERONA ***
-
-Updated editions will replace the previous one--the old editions will
-be renamed.
-
-Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright
-law means that no one owns a United States copyright in these works,
-so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the
-United States without permission and without paying copyright
-royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part
-of this license, apply to copying and distributing Project
-Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm
-concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark,
-and may not be used if you charge for an eBook, except by following
-the terms of the trademark license, including paying royalties for use
-of the Project Gutenberg trademark. If you do not charge anything for
-copies of this eBook, complying with the trademark license is very
-easy. You may use this eBook for nearly any purpose such as creation
-of derivative works, reports, performances and research. Project
-Gutenberg eBooks may be modified and printed and given away--you may
-do practically ANYTHING in the United States with eBooks not protected
-by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the trademark
-license, especially commercial redistribution.
-
-START: FULL LICENSE
-
-THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
-PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK
-
-To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
-distribution of electronic works, by using or distributing this work
-(or any other work associated in any way with the phrase "Project
-Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full
-Project Gutenberg-tm License available with this file or online at
-www.gutenberg.org/license.
-
-Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project
-Gutenberg-tm electronic works
-
-1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
-electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
-and accept all the terms of this license and intellectual property
-(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
-the terms of this agreement, you must cease using and return or
-destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your
-possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a
-Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound
-by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the
-person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph
-1.E.8.
-
-1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
-used on or associated in any way with an electronic work by people who
-agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this
-agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm
-electronic works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the
-Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
-of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
-works in the collection are in the public domain in the United
-States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
-United States and you are located in the United States, we do not
-claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
-displaying or creating derivative works based on the work as long as
-all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
-that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting
-free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm
-works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
-Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily
-comply with the terms of this agreement by keeping this work in the
-same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when
-you share it without charge with others.
-
-1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
-what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
-in a constant state of change. If you are outside the United States,
-check the laws of your country in addition to the terms of this
-agreement before downloading, copying, displaying, performing,
-distributing or creating derivative works based on this work or any
-other Project Gutenberg-tm work. The Foundation makes no
-representations concerning the copyright status of any work in any
-country other than the United States.
-
-1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:
-
-1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
-immediate access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear
-prominently whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work
-on which the phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the
-phrase "Project Gutenberg" is associated) is accessed, displayed,
-performed, viewed, copied or distributed:
-
- This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
- most other parts of the world at no cost and with almost no
- restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it
- under the terms of the Project Gutenberg License included with this
- eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the
- United States, you will have to check the laws of the country where
- you are located before using this eBook.
-
-1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is
-derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
-contain a notice indicating that it is posted with permission of the
-copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
-the United States without paying any fees or charges. If you are
-redistributing or providing access to a work with the phrase "Project
-Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply
-either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
-obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm
-trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
-with the permission of the copyright holder, your use and distribution
-must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
-additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
-will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works
-posted with the permission of the copyright holder found at the
-beginning of this work.
-
-1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
-License terms from this work, or any files containing a part of this
-work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.
-
-1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
-electronic work, or any part of this electronic work, without
-prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
-active links or immediate access to the full terms of the Project
-Gutenberg-tm License.
-
-1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
-compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
-any word processing or hypertext form. However, if you provide access
-to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format
-other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official
-version posted on the official Project Gutenberg-tm website
-(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
-to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
-of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain
-Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the
-full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1.
-
-1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
-performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
-unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
-access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works
-provided that:
-
-* You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
- the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
- you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
- to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has
- agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
- within 60 days following each date on which you prepare (or are
- legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
- payments should be clearly marked as such and sent to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
- Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg
- Literary Archive Foundation."
-
-* You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
- you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
- does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
- License. You must require such a user to return or destroy all
- copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
- all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm
- works.
-
-* You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
- any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
- electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
- receipt of the work.
-
-* You comply with all other terms of this agreement for free
- distribution of Project Gutenberg-tm works.
-
-1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
-Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than
-are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
-from the Project Gutenberg Literary Archive Foundation, the manager of
-the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the Foundation as set
-forth in Section 3 below.
-
-1.F.
-
-1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
-effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
-works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
-Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm
-electronic works, and the medium on which they may be stored, may
-contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
-or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
-intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
-other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
-cannot be read by your equipment.
-
-1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
-of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
-Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
-Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
-liability to you for damages, costs and expenses, including legal
-fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
-LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
-PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
-TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
-LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
-INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
-DAMAGE.
-
-1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
-defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
-receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
-written explanation to the person you received the work from. If you
-received the work on a physical medium, you must return the medium
-with your written explanation. The person or entity that provided you
-with the defective work may elect to provide a replacement copy in
-lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
-or entity providing it to you may choose to give you a second
-opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
-the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
-without further opportunities to fix the problem.
-
-1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
-in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
-OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
-LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
-
-1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
-warranties or the exclusion or limitation of certain types of
-damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
-violates the law of the state applicable to this agreement, the
-agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
-limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
-unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
-remaining provisions.
-
-1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
-trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
-providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
-accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
-production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
-electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
-including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
-the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
-or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
-additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
-Defect you cause.
-
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
-
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state's laws.
-
-The Foundation's business office is located at 809 North 1500 West,
-Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
-to date contact information can be found at the Foundation's website
-and official page at www.gutenberg.org/contact
-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without
-widespread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
-state visit www.gutenberg.org/donate
-
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-
-Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
-
-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works
-
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
-
-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.
-
-Most people start at our website which has the main PG search
-facility: www.gutenberg.org
-
-This website includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
diff --git a/old/67415-0.zip b/old/67415-0.zip
deleted file mode 100644
index 529e7f6..0000000
--- a/old/67415-0.zip
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67415-h.zip b/old/67415-h.zip
deleted file mode 100644
index 92fe250..0000000
--- a/old/67415-h.zip
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67415-h/67415-h.htm b/old/67415-h/67415-h.htm
deleted file mode 100644
index 88f8e20..0000000
--- a/old/67415-h/67415-h.htm
+++ /dev/null
@@ -1,7665 +0,0 @@
-<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN"
- "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd">
-<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" xml:lang="es" lang="es">
- <head>
- <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8" />
- <meta http-equiv="Content-Style-Type" content="text/css" />
- <title>
- Gerona, by Benito Pérez Galdós&mdash;A Project Gutenberg eBook
- </title>
- <link rel="coverpage" href="images/cover.jpg" />
- <style type="text/css">
-
-.formato { margin: 0 auto; width: 26em; max-width: 26em; font-size: 125%; }
-.x-ebookmaker.formato { width: 100%; max-width: 100%; font-size: medium; }
-
-p { margin: 0; text-align: justify; text-indent: 1.25em; line-height: normal; }
-
-h1, h2 { text-align: center; font-weight: normal; text-indent: 0; }
-
-h1.faux { margin: 0; font-size: xx-small; visibility: hidden; }
-h2 { margin: 2em 0 0 0; font-size: 140%; }
-h2.nobreak { page-break-before: avoid; }
-
-.lh150 { line-height: 150%; }
-.lh200 { line-height: 200%; }
-
-.mt05 { margin-top: 0.5em; }
-.mt2 { margin-top: 2em; }
-.mt3 { margin-top: 3em; }
-.mt4 { margin-top: 4em; }
-
-.pt3 { padding-top: 0; }
-.x-ebookmaker .pt3 { padding-top: 3em; }
-.pt6 { padding-top: 0; }
-.x-ebookmaker .pt6 { padding-top: 6em; }
-
-.fs75 { font-size: 75%; }
-.fs110 { font-size: 110%; }
-.fs120 { font-size: 120%; }
-.fs130 { font-size: 130%; }
-.fs140 { font-size: 140%; }
-.fs350 { font-size: 350%; }
-.smaller { font-size: smaller; }
-
-.g0 { letter-spacing: 0.05em; margin-right: -0.05em; }
-.g1 { letter-spacing: 0.1em; margin-right: -0.1em; }
-
-.ws1 { word-spacing: 0.2em; }
-
-hr { width: 34%; margin-left: 33%; clear: both; }
-hr.full { width: 100%; margin: 3em 0; border: medium solid silver; }
-hr.chap { width: 20%; margin: 3em 0 3em 40%; }
-hr.tir { width: 8%; margin: 1em 0 1em 46%; }
-hr.fil { width: 80%; margin: 0.5em 0 0 10%; }
-
-.front { padding: 3em 0 0 0; page-break-before: always; }
-.front p { margin: 0; text-indent: 0; text-align: left; font-family: sans-serif; font-size: 90%; }
-.tit { margin: 3em auto 0 auto; page-break-before: always; }
-.tit p { text-indent: 0; text-align: center; }
-.negr { font-weight: bold; }
-
-div.chapter { page-break-before: always; margin-bottom: 2em; }
-
-blockquote { margin: 1em 0 1em 2.5em; }
-
-.centra { text-align: center; text-indent: 0; }
-.legal { margin: 0 0 0 55%; border-top: thin solid black;
- border-bottom: thin solid black; padding: 1em 0; font-size: smaller; }
-.legal p { margin: 0; }
-.fin { margin-top: 3em; text-indent: 0; text-align: center; word-spacing: 0.2em;
- text-transform: lowercase; font-variant: small-caps; font-style: normal; }
-
-.pagenum {
- position: absolute;
- left: 92%;
- font-size: small;
- text-align: right;
- font-family: serif;
- font-style: normal;
- font-weight: normal;
- font-variant: normal;
- letter-spacing: normal;
- color: #B0B0B0;
- text-indent: 0;
-}
-
-/* Images */
-.figcenter { text-align: center; page-break-inside: avoid; }
-img { vertical-align: middle; }
-.thin { border: solid thin black; padding: 0; }
-.screenonly { display: block; }
-
-/* Footnotes */
-.footnote { margin: 1em 0 1em 40%; font-size: smaller; }
-.footnote p { margin-top: 0; margin-bottom: 0; text-indent: 0; }
-.footnote .label { padding-right: .5em; }
-.fnanchor { vertical-align: top; text-decoration: none; font-size: 0.65em;
- font-weight: normal; font-style: normal; white-space: nowrap; }
-
-/* Poetry */
-.poetry-container { text-align: center; }
-.poetry { text-align: left; display: inline-block; font-size: smaller; }
-.poetry .stanza { margin: 1.5em auto; }
-.poetry .verse { padding-left: 3em; text-indent: -3em; }
-
-/* Transcriber's notes */
-.transnote { border: thin solid gray; background-color: #f8f8f8; font-family: sans-serif;
- font-size: smaller; margin: 2em 0; padding: 1em 0; }
-#tnote ul { list-style-type: inherit; margin: 0 0 0 1.5em; padding: 0 2em 0.5em 1em; }
-#tnote li { margin-top: 0.5em; text-align: justify; }
-.tnotetit { font-weight: bold; text-align: center; text-indent: 0; margin-bottom: 1em; }
-
-/* Poetry indents */
-.poetry .indent0 {text-indent: -3em;}
-.poetry .indent2 {text-indent: -2em;}
-.poetry .indent4 {text-indent: -1em;}
-
- </style>
- </head>
-
-<body class="formato">
-<div lang='en' xml:lang='en'>
-<p style='text-align:center; font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of <span lang='es' xml:lang='es'>Gerona</span>, by Benito Pérez Galdós</p>
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
-at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you
-are not located in the United States, you will have to check the laws of the
-country where you are located before using this eBook.
-</div>
-</div>
-
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: <span lang='es' xml:lang='es'>Gerona</span></p>
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: Benito Pérez Galdós</p>
-<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Release Date: February 16, 2022 [eBook #67415]</p>
-<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Language: Spanish</p>
- <p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em; text-align:left'>Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive/Canadian Libraries)</p>
-<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>GERONA</span> ***</div>
-
-<div class="front">
- <hr class="full" />
- <h1 class="faux">Gerona</h1>
-</div>
-
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
- <ul>
- <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li>
-
- <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li>
-
- <li>Los entrecomillados han sido convertidos en rayas iniciales de diálogo
- donde el texto adopta forma dialogada. Las restantes rayas han sido
- espaciadas según los modernos usos ortotipográficos.</li>
-
- <li>Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final
- del párrafo en que se las llama.</li>
-
- <li>Una página en blanco ha sido eliminada.</li>
- </ul>
-</div>
-
-
-<div class="screenonly x-ebookmaker-drop">
- <hr class="chap" />
- <div class="figcenter">
- <img class="thin"
- style="width: 26em; height: auto;"
- src="images/cover.jpg"
- alt="Cubierta del libro" />
- </div>
-</div>
-
-
-<div class="tit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p>
- <p class="lh150 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p>
- <hr class="tir" />
- <p class="fs140 lh150 ws1">GERONA</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt6">
- <p><span class="pagenum" id="Page_2">p. 2</span></p>
- <div class="legal">
- <p>Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán
- furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.</p>
- </div>
-
- <div class="mt4">
- <hr class="fil" />
- <p class="centra smaller">Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.</p>
- </div>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="tit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p>
- <p class="fs120 lh150 ws1">B. PÉREZ GALDÓS</p>
- <p class="fs140 lh150 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p>
- <p class="lh150 ws1">PRIMERA SERIE</p>
- <hr class="fil" />
-
- <p class="fs350 g0 mt05">GERONA</p>
-
- <hr class="tir" />
- <p class="fs110 negr g1 ws1 mt2">41.000</p>
-
- <div class="figcenter mt3">
- <img src="images/logo.jpg"
- style="width: 5em; height: auto;"
- alt="Logotipo del editor" />
- </div>
-
-
- <p class="fs110 g1 mt3">MADRID</p>
- <p class="smaller ws1">LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO</p>
- <p class="smaller ws1">Calle del Arenal, núm. 11.</p>
- <p class="negr">—</p>
- <p class="negr g0">1908</p>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch0">
- <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">GERONA</h2>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p>En el invierno de 1809 a 1810 las cosas de España no podían
-andar peor. Lo de menos era que nos derrotaran en Ocaña, a los cuatro
-meses de la casi indecisa victoria de Talavera: aún había algo más
-desastroso y lamentable, y era la tormenta de malas pasiones que
-bramaba en torno a la Junta Central. Sucedía en Sevilla una cosa que
-no sorprenderá a mis lectores, si, como creo, son españoles, y era que
-allí todos querían mandar. Esto es achaque antiguo, y no sé qué tiene
-para la gente de este siglo el tal mando, que trastorna las cabezas
-más sólidas, da prestigio a los tontos, arrogancia a los débiles, al
-modesto audacia, y al honrado desvergüenza. Pero sea lo que quiera,
-ello es que entonces andaban a la greña, sin atender al formidable
-enemigo que por todas partes nos cercaba.</p>
-
-<p>Y aquel era enemigo, lo demás es flor de cantueso. Me río yo de
-insurrecciones absolutistas y republicanas, en tiempos en que el
-poder central cuenta con grandes elementos para<span class="pagenum"
-id="Page_6">p. 6</span> sofocarlas. Aquello no se parecía a ninguna
-de estas niñadas de ahora, pues con las tropas que Napoleón envió
-a España a fines del año 9 constaba de trescientos mil hombres el
-ejército invasor. Los nuestros, dispersos y desanimados, no tenían un
-general experto que les mandase; faltaban recursos de todas clases,
-especialmente de dinero, y en esta situación el poder central era
-un hormiguero de intriguillas. Las ambiciones injustificadas, las
-miserias, la vanidad ridícula, la pequeñez inflándose para parecer
-grande como la rana que quiso imitar al buey, la intolerancia, el
-fanatismo, la doblez, el orgullo rodeaban a aquella pobre Junta, que
-ya en sus postrimerías no sabía a qué santo encomendarse. Bullían en
-torno a ella políticos de pacotilla de la primera hornada que en España
-tuvimos, generales pigmeos que no supieron ganar batalla alguna; y
-aunque había también varones de mérito así en la milicia como en lo
-civil, o no tenían arrojo para sobreponerse a los necios, o carecían de
-aquellas prendas de carácter sin las cuales, en lo de gobernar, de poco
-valen la virtud y el talento.</p>
-
-<p>Tuvo la Junta allá por marzo el malísimo acuerdo de restablecer
-el Consejo de Castilla, fundiendo en él todos los demás Consejos
-suprimidos; y cuando esta antigualla se vio de nuevo con vida; cuando
-esta máquina roñosa, inútil y gastada se encontró otra vez puesta
-en movimiento, allí era de ver cómo pretendía gobernar el mundo.
-La fatuidad de aquellos consejeros que tanto adularon a José no
-tenía<span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span> igual. Desde que se
-les puso en juego, empezaron a intrigar con quien les había sacado del
-olvido, y decían que la Junta era ilegítima. Valiéndose de D. Francisco
-Palafox, hermano del defensor de Zaragoza; de Montijo, a quien hemos
-visto en alguna parte; del Marqués de la Romana y de otros pájaros,
-llenaron de enredos a la Junta y a la Comisión ejecutiva. Por último,
-en la Regencia, última metamorfosis de aquel poder tan nacional como
-desgraciado, también sembraron cizaña los del Consejo. Esta pandilleja
-no era otra cosa que el partido absolutista, que ya empezaba a sacar
-la oreja; y para que desde el principio se tuviera completa noticia
-de su existencia, también repartió dinero entre la tropa, fiando sus
-esperanzas a una sedición militar que por entonces quedó frustrada.
-Nada de esto era ya nuevo en España, porque el motín de 19 de marzo
-en Aranjuez, de que, si mal no recuerdo, hice mención, obra fue de
-la misma gente; mas no se valieron solo de la tropa, sino también de
-varios cuerpos facultativos y distinguidos, como los lacayos, pinches y
-mozos de cuadra de la regia casa. En Sevilla azuzaron a lo que un gran
-historiador llama con enérgico estilo <i>la bozal muchedumbre</i>, y
-hubo frecuentes serenatas de berridos y patadas por las calles; mas no
-pasó de aquí.</p>
-
-<p>Un arma moral esgrimían entonces unos contra otros los políticos
-menudos, y era el acusarse mutuamente de malversadores de los caudales
-públicos, grosero recurso que hacía muy buen efecto en el pueblo.
-Cuando se disolvió<span class="pagenum" id="Page_8">p. 8</span>
-la Junta en Cádiz, hubo un registro de equipajes de lo más vil y
-bochornoso que contiene nuestra moderna historia; pero no se encontró
-nada en las maletas de los patriotas, porque estos, malos o buenos,
-tontos o discretos, no tenían el alma en los bolsillos, ni la tuvieron
-aún sus inmediatos sucesores, años adelante.</p>
-
-<p>Perdonen ustedes si me ocupo de estos sainetes de la epopeya. Lo
-extraño es que las miserias de los partidos (pues también entonces
-había partidos, aunque alguien lo dude) no impedían la continuación
-de la guerra, ni debilitaban el formidable empuje de la Nación, con
-independencia de las victorias o derrotas del ejército. Verdad es que
-las discordias de arriba no habían cundido a la masa común del país,
-que conservaba cierta inocencia salvaje con grandes vicios y no pocas
-prendas eminentes, por cuya razón la homogeneidad de sentimientos
-sobre que se cimentara la nacionalidad, era aún poderosa, y España,
-hambrienta, desnuda y comida de pulgas, podía continuar la lucha.</p>
-
-
-<p class="mt2">Cansaría a mis amados lectores si les contara
-detalladamente mi vida durante aquel funesto año 9, que comenzado
-con las proezas de Zaragoza, terminaba con el desastre de Ocaña y
-la dispersión del ejército español. Por fortuna no me encontré en
-aquella jornada, pues incorporado al principio del año al ejército del
-Centro, me destinaron en agosto a la división del Duque del Parque, y
-asistí a la<span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span> acción de
-Tamames. Poco puedo decir de la de Talavera que no sea por referencia,
-pues el 27 y 28 de julio me encontraba en Puente del Arzobispo; y
-aunque algo podría contar de la campaña del Duque del Parque, lo
-omito por no cansar a mis amigos. A fin del año servía en la división
-de D. Francisco Copons, que con las de D. Tomás Zeraín, de Lacy y
-Zayas guardaba el paso de Sierra Morena; porque ha de saberse que
-los franceses, envalentonados hasta lo sumo y reforzados con nueva
-tropa, se disponían a invadir la Andalucía, a los diez y ocho meses
-de la batalla de Bailén, ¡a los diez y ocho meses! Las fuerzas de que
-disponíamos apenas merecían el nombre de ejército, y el del Duque de
-Alburquerque, único que aún se conservaba en buen estado, no podía
-tampoco resistir el empuje de los franceses victoriosos, y se retiraba
-hacia el mediodía para proteger la residencia del poder central.</p>
-
-<p>¡Qué situación, amigos míos! Esto pasaba, como he dicho, al poco
-tiempo de aquella brillante y rápida campaña de junio y julio de
-1808; y los mismos lugares que antes nos vieron victoriosos y llenos
-de orgullo, presenciaban ahora el triste desfile de los dispersos de
-Ocaña, que a cada instante volvían el rostro con inquietud creyendo
-sentir las pisadas de los caballos de Víctor, Sebastiani y Mortier.</p>
-
-<p>—¡Quién hubiera creído —dije a Andresillo Marijuán, cuando
-almorzábamos en una venta de Collado de los Jardines— que habíamos de
-desandar tan pronto este camino! Ahora me parece que no paramos hasta
-Cádiz.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span>—Con paciencia
-se gana el cielo —me contestó—. Yo tengo toda la que pueden dar
-siete meses de bloqueo como el de Gerona. Todavía estoy admirado de
-encontrarme vivo, Gabriel. Pero dime, ¿dónde has ganado esa charretera?
-¿Creerás que yo no soy nada? Digo mal, porque dentro de la plaza me
-hicieron a modo de sargento, y a estas horas nadie me ha reconocido mi
-grado. Haré una reclamación a la Junta.</p>
-
-<p>—Yo gané mis grados en Zaragoza —respondí con orgullo—, y también te
-aseguro que al cabo de un año conservo cierta duda de si seré yo mismo
-el que en aquellos fieros combates se halló, o si después de muerto me
-habré trocado en otro sujeto.</p>
-
-<p>—Bien dicen que en Zaragoza y en el ejército del Centro se dieron
-los grados como quien echa almorzadas de trigo a las gallinas. Amigo
-Gabriel, en España no se premia más que a los tontos, y a los que meten
-bulla sin hacer nada. Dime, teniente de almíbar, ¿en Zaragoza comiste
-ratones flacos y pedazos de estera fritos con grasa de asno viejo?</p>
-
-<p>Reíme de la pregunta, y los circunstantes dieron broma a Marijuán,
-porque este, desde que se nos unió cerca de Almadén del Azogue en los
-últimos días del año, nos había venido aturdiendo con el perenne contar
-de sus privaciones y hambres en Gerona.</p>
-
-<p>—En mi mochila —continuó el aragonés— tengo un diario del sitio
-que escribió en la plaza el Sr. D. Pablo Nomdedeu, y os lo daré a
-leer, para despertar el apetito cuando estéis desganados. Por ahora en
-marcha, que me parece<span class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span>
-dan orden de tomar soleta hacia abajo.</p>
-
-<p>En efecto: después de una hora de descanso emprendimos el camino
-hacia el mediodía, y Marijuán repetía la canción con que nos aporreaba
-los oídos desde que le encontramos:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">Digasme tú, Girona,</div>
- <div class="verse indent0">Si te n’arrendirás...</div>
- <div class="verse indent4">Lirom lireta.</div>
- <div class="verse indent0">Com vols que m’rendesca</div>
- <div class="verse indent0">Si España non vol pas</div>
- <div class="verse indent4">Lirom fa lá garideta,</div>
- <div class="verse indent4">Lirom fa lireta lá.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>En Bailén hicimos noche. ¡Qué triste impresión produjo en mí la
-vista de aquellos campos, al considerar que los atravesábamos después
-de dejar casi toda Castilla en poder de los franceses, a quienes poco
-antes habíamos sojuzgado con tanta fortuna en el mismo sitio! ¡Cómo
-se representó en mi imaginación lo que allí había visto y oído: la
-perspectiva y el estruendo glorioso de la acción, iluminada por el
-ardoroso sol de julio! Todo estaba frío, helado, quieto, triste,
-silencioso, oscuro: diríase que sobre los llanos y las mansas colinas
-de Bailén, una pesada e informe sombra se paseaba a flor del suelo.
-Visitamos luego Marijuán y yo el palacio de Rumblar, creyendo encontrar
-allí todavía a la Condesa y su familia, y aunque era ya de noche, nos
-propusimos penetrar, seguros de ser bien recibidos. Cuando dimos los
-primeros aldabazos en la puerta, contestonos el lejano ladrido de un
-perro, sin que rumor alguno indicase la presencia de criatura<span
-class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span> humana en el palacio, lo cual
-nos hizo comprender que estaba abandonado. Insistimos, sin embargo, en
-dar golpes, y al cabo oímos una voz que desde el patio con enojado tono
-nos respondía, mejor dicho, nos increpaba en esta forma:</p>
-
-<p>—Allá voy. ¡Condenados muchachos, qué querrán a estas horas!</p>
-
-<p>Abrionos echando sapos y culebras por su fea boca el tío Tinaja,
-antiguo servidor de la casa (pues no era otro el que a la sazón la
-guardaba), y luego que nos hubo reconocido, desarrugó el ceño, hízonos
-entrar ofreciéndonos un asiento junto a la lumbre, y allí nos contó
-cómo toda la familia con buena parte de la servidumbre había marchado a
-Cádiz huyendo de la invasión francesa.</p>
-
-<p>—Mi señora la Condesa Doña María estaba en que se había de quedar
-—nos dijo—; pero sus primas de Madrid, que llegaron por Todos los
-Santos, le volvieron la cabeza del revés. D. Paco también tenía mucho
-miedo, y entre él, las primas y las tres señoritas, todos llorando
-y moqueando en ruedo, ablandaron el alma de bronce de la Condesa,
-obligándola a marchar.</p>
-
-<p>—¿No ha venido también el Sr. D. Felipe? —pregunté comprendiendo a
-qué personas el tío Tinaja se refería.</p>
-
-<p>—El Sr. D. Felipe no ha venido, porque, según dijeron, está con el
-francés. Su hermana, la señora Marquesa, es muy española, y habían de
-ver ustedes cómo disputa con su sobrina, que se ríe del <i>Lord</i>, y
-dice que ningún general español vale dos cuartos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span>—¿Ha venido también
-D. Diego?</p>
-
-<p>—No, señor. ¡Pues pocas lágrimas han derramado las niñas, y pocos
-mares han corrido de los ojos de la señora por las calaveradas
-de D. Diego! No hay quien le saque de Madrid, donde se junta con
-<i>flamasones</i>, <i>anteos</i>, perdularios, gabachos, y gente mala
-que le trae al retortero. Parece que ya no se casa con la señorita
-Inés, por cuya razón mi ama está que trina, y el otro día ella y sus
-primas hablaron más de lo regular. D. Paco se puso por medio, y echó
-una arenga en latín. Las señoritas empezaron a llorar, y aquel día en
-la mesa nadie habló palabra. No se oía más ruido que el de los dientes
-mascando, el de los tenedores picando en los platos, y el de las moscas
-que iban a golosinear.</p>
-
-<p>—¿Y cuándo salieron para Cádiz?</p>
-
-<p>—Hace cuatro días. Las tres señoritas iban muy contentas, y Doña
-María muy triste y ensimismada. La mala conducta del Sr. D. Diego la
-tiene en ascuas, y la buena señora se va acabando.</p>
-
-<p>Nada más me dijo aquel hombre que merezca mención, y a varias
-preguntas mías, harto prolijas e impertinentes, no contestó cosa alguna
-de provecho. Después que nos ofreció parte de su cena, díjonos que
-podíamos albergarnos en la casa por aquella noche, y como la tropa se
-alojaba en el pueblo, nos quedamos allí. Solo, y mientras Marijuán
-dormía, recorrí varias habitaciones altas de la casa, iluminadas no más
-que por la luna, y una dulce, inexplicable claridad llenaba mi<span
-class="pagenum" id="Page_14">p. 14</span> alma durante aquella muda y
-solitaria exploración. No hubo mueble que no me dijese alguna cosa, y
-mi imaginación iba poblando de seres conocidos las desiertas salas.
-La alfombra conservaba a mis ojos una huella indefinible, más bien
-pensada que vista; vi un cojín que aún no había perdido el hundimiento
-producido por el brazo que acababa de oprimirlo, y en los espejos creí
-ver, no la huella ni la sombra, porque estas voces no son propias, sino
-una nada, mejor dicho, un vacío, dejado allí por la imagen que había
-desaparecido.</p>
-
-<p>En una habitación que daba a la huerta vi tres camas pequeñas.
-Dos de ellas parecían tener como un lugar fijo en los dos testeros
-de derecha e izquierda. La tercera, que estorbaba el paso, revelaba
-haber sido puesta para un huésped de pocos días. Las tres estaban
-cubiertas de blanquísimas colchas, bajo las cuales los fríos colchones
-se inflaban sin peso alguno. La pila de agua bendita estaba llena aún,
-y mojé las puntas de los dedos, haciéndome en la frente la señal de la
-cruz. Un fuerte escalofrío corrió por mi cuerpo al contacto helado,
-como si los dedos que habían tomado las últimas gotas se rozaran con
-los míos en la superficie del agua. Recogí del suelo una pequeña cinta
-y unos pedacitos de papel retorcidos, engrasados y perfumados, que
-indicaban haber servido para moldear los rizos de una cabellera. El
-silencio de aquel lugar no me parecía el silencio propio de los lugares
-donde no hay nadie, sino aquel que se produce<span class="pagenum"
-id="Page_15">p. 15</span> en los intervalos elocuentes de un diálogo,
-cuando, hecha la pregunta, el interlocutor medita lo que va a
-responder.</p>
-
-<p>Salí de aquella estancia, y después de recorrer otras con igual
-interés, sintiéndome al fin cansado, me recosté en un sofá, donde cerca
-ya del alba me dormí profundamente. La luz del día entraba a torrentes
-por las ventanas y balcones cuando me despertó Andrés cantando su
-estribillo catalán:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">Digasme tú, Girona,</div>
- <div class="verse indent0">Si te n’arrendirás.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>En aquellos días, los últimos del mes de enero de 1810, ocurrieron
-las más lamentables desgracias del ejército español. Creeríase que el
-genio de la guerra, fundamental en nosotros como el eje del alma, nos
-había faltado, y la lucha fue desordenada y a la aventura. El General
-Desolles atacó en Puerto del Rey a la división Girón, que se desbandó
-junto a las Navas de Tolosa, y al mismo tiempo Gazán acometía el paso
-de Nuradal, mientras Mortier forzaba el de Despeñaperros. El mariscal
-Víctor penetró por Torrecampo para caer sobre Montoro, y Sebastiani por
-Montizón, de modo que la invasión de Andalucía se verificó por cuatro
-puntos distintos con estrategia admirable que acabó de desconcertarnos.
-Verdad es, y sírvanos esto de disculpa, que teníamos por General en
-Jefe a D. Juan Carlos Aréizaga, hombre nulo en el arte de la guerra, y
-en cuya cabeza no cabían tres docenas de hombres. La pericia de algunos
-jefes<span class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> subalternos
-servía de muy poco, y desmoralizada la tropa, convencida de su
-incapacidad para la resistencia, no veía delante de sí ni gloria ni
-honor, sino el cómodo refugio de Córdoba, Sevilla o la Isla gaditana.
-Resistencia formal solo la hallaron los franceses por Montizón, entre
-Venta Nueva y Venta Quemada, donde mandaba D. Gaspar Vigodet, el cual,
-después de batirse con mucho arrojo, ordenó la retirada en regla. En
-suma, señores míos, doloroso es decirlo y doloroso recordarlo; pero es
-lo cierto que los franceses avanzaron hacia Córdoba cuando nosotros
-llorábamos nuestra impotencia camino de Sevilla.</p>
-
-<p>¿Y qué podré deciros del espectáculo que nos ofreció esta ciudad
-amotinada, sometida a las intrigas de una facción tan pequeña
-como audaz? De buena gana no diría nada, tragándome todo lo que
-sé y ocultando todo lo que vi, para que semejantes fealdades no
-entristecieran estos cuadros; pero ya la fama ha dicho cuanto había
-que decir, y no porque yo lo calle dejará de saberse, que si en mí
-consistiera, a este y a otros hoyos de nuestra historia les echaría
-tierra, mucha tierra.</p>
-
-<p>Es el caso que fugitiva la Central, los conspiradores erigieron allí
-una juntilla suprema, y azuzado el populacho, no se oían más que vivas
-y mueras, olvidándose del francés que tocaba a las puertas, cual si en
-el suelo patrio no hubiese ya más enemigos que aquellos desgraciados
-centrales. ¡Lo que es la pasión política, señores! No conozco peor
-ni más vil sentimiento que este, que impulsa a<span class="pagenum"
-id="Page_17">p. 17</span> odiar al compatricio con mayor vehemencia
-que al extranjero invasor. Yo me espantaba presenciando los atropellos
-verificados contra algunos, y la salvaje invasión de las casas de
-otros. ¡Y gracias que escaparon con vida de la plebe holgazana y
-chillona! En una palabra, aquello era de lo más denigrante que he visto
-en mi vida, y si la Junta Central valía poco, los individuos que en
-Sevilla y después en Cádiz agujerearon sus fundamentos, como inquietos
-y vividores reptiles, no ocupan, a pesar de su mucho bullir y de las
-distintas posturas que tomaron, un lugar visible en la historia. Su
-pequeñez les hace desaparecer en las perspectivas de lo pasado, y
-sus nombres sin eco no despiertan admiración ni encono. Pertenecen
-a ese vulgo que, con ser tan vulgo, ha influido en los destinos del
-país desde la primera revolución acá; gentezuela sin ideal, que se
-perdería en las muchedumbres como las gotas de lluvia en el Océano, si
-la vituperable neutralidad política de la mayoría honrada, decente,
-entendida y patriota, no les permitiera actuar en la vida pública,
-tratando al país como un objeto de su exclusiva pertenencia, que se les
-ha dado para divertirse.</p>
-
-<p>Pero quiero poner punto en esta materia, que seduce poco mi
-entendimiento. Continuando nuestra retirada llegamos al Puerto de
-Santa María, donde estuvimos dos días con sus noches, y allí fue donde
-adquirí sobre el formidable cerco de Gerona estupendas noticias. Debo
-una explicación a mis lectores, y voy a darla.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span>Mi objeto al comenzar
-esta última sesión, en que apaciblemente nos encontramos, amados
-señores míos, fue referir lo mucho y bueno que vi en Cádiz cuando nos
-refugiamos allí, después que los franceses penetraron en Andalucía;
-pero un deber patriótico me obliga a aplazar por breve tiempo este
-mi natural deseo, dando la preferencia a algunos hechos del sitio
-de Gerona, que contaré también, si bien los contaré de oídas. Un
-amigo de aquellos días, y que después lo fue también en épocas más
-bonancibles, me entretuvo durante dos largas noches con la descripción
-de maravillosas hazañas que no debo ni puedo pasar en silencio. Aquí
-las pongo, pues, suspendiendo el curso de mi historia, que reanudaré en
-breve, si Dios me da vida a mí y a ustedes paciencia. Solo me permito
-advertir que he modificado un tanto la relación de Andresillo Marijuán,
-respetando por supuesto todo lo esencial, pues su rudo lenguaje me
-causaba cierto estorbo al tratar de asociar su historia a las mías.
-Hago esta advertencia para que no se maravillen algunos de encontrar en
-las páginas que siguen observaciones, frases y palabras impropias de
-un muchacho sencillo y rústico. Tampoco yo me hubiera expresado así en
-aquellos tiempos; pero téngase presente que, en la época en que hablo,
-cuento algo más de ochenta años, vida suficiente a mi juicio para
-aprender alguna cosa, adquiriendo asimismo un poco de lustre en el modo
-de decir.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_19">p. 19</span></p>
- <p class="centra lh200 g0 ws1 fs110">RELACIÓN</p>
- <p class="centra lh200 fs75">DE</p>
- <p class="centra lh200 g1 ws1 fs130">ANDRESILLO MARIJUÁN</p>
- <hr class="tir" />
- <h2 class="nobreak">I</h2>
-</div>
-
-<p>Entré en Gerona a principios de febrero, y me alojé en casa de un
-cerrajero de la calle de Cort-Real. A fines de Abril, salí con la
-expedición que fue en busca de víveres a Santa Coloma de Farnés, y
-a los pocos días de mi regreso, murió a consecuencia de las heridas
-recibidas en el segundo sitio aquel buen hombre que me había dado
-asilo. Creo que fue el 6 de mayo, es decir, el mismo día en que
-aparecieron los franceses, cuando al volver de la guardia en el fuerte
-de la Reina Ana, encontré muerto al Sr. Mongat, rodeado de sus cuatro
-hijos que lloraban amargamente.</p>
-
-<p>Hablaré de los cuatro huérfanos, que ya lo eran completamente por
-haber perdido a su madre algunos meses antes. Siseta, o como si<span
-class="pagenum" id="Page_20">p. 20</span> dijéramos, Narcisita, la
-mayor en edad, tenía poco más de los veinte, y los tres varoncillos
-no sumaban entre todos igual número de años, pues Badoret<a
-id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a> apenas
-llegaba a los diez; Manalet<a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2"
-class="fnanchor">[2]</a> no tenía más de seis, y Gasparó empezaba
-a vivir, hallándose en el crepúsculo del discernimiento y de la
-palabra.</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a>
-Diminutivo de Salvador.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_2" href="#FNanchor_2" class="label">[2]</a> Ídem de
-Manuel.</p>
-
-</div>
-
-<p>Cuando penetré en la casa y vi cuadro tan lastimoso, no pude
-contener las lágrimas y me puse a llorar con ellos. El Sr. Cristòful
-Mongat era una excelente persona, buen padre y patriota ardiente;
-pero aún más que el recuerdo de las buenas prendas del difunto me
-contristaba la soledad de las cuatro criaturas. Yo les amaba mucho,
-y como mi buen humor y franca condición propendían a enlazar el alma
-de aquellos inocentes con la mía, en algunos meses de trato, Badoret,
-Manalet y Gasparó se desvivían por mí. No hablo aquí de Siseta, porque
-para esta tenía yo un sentimiento extraño, de piedad y admiración
-compuesto, como se verá más adelante. Mi ocupación en la casa mientras
-vivió el Sr. Mongat era en primer término hablar con este de las
-cosas de la guerra, y en segundo término divertir a los chicos con
-toda clase de juegos, enseñándoles el ejercicio, y representando con
-ellos detrás de un cofre las escenas del ataque, defensa y conquista
-de una trinchera. Cuando yo iba de guardia, bien a Montjuich, bien a
-los reductos del Condestable o del Cabildo, los tres, incluso<span
-class="pagenum" id="Page_21">p. 21</span> Gasparó, me seguían con
-sendas cañas al hombro, remedando con la boca el son de cajas y
-trompetas, o relinchando al modo de caballos.</p>
-
-<p>Asociado cordialmente a su desgracia, les consolé como pude, y
-al día siguiente, después que echamos tierra al buen cerrajero, y
-luego que se retiraron los vecinos fastidiosos que habían ido a hacer
-pucheros condoliéndose ruidosamente de los huerfanitos, pero sin darles
-auxilio alguno, tomé por la mano a Siseta, y llevándola a la cocina, le
-dije:</p>
-
-<p>—Siseta, ya tú sabes...</p>
-
-<p>Pero antes quiero decir que Siseta era una muchacha gordita y
-fresca, que sin tener una hermosura deslumbradora, cautivaba mi alma
-de un modo extraño, haciéndome olvidar a todas las demás mujeres, y
-principalmente a la que había sido mi novia en la Almunia de Doña
-Godina. Rosada y redondita, Siseta parecía una manzana. No era esbelta,
-pero tampoco rechoncha. Tenía mucha gracia en su andar, y poseyendo
-bastante ingenio y soltura en la conversación, sabía, sin embargo,
-acomodarse a las situaciones, distinguiéndose por una gran disposición
-para no estar nunca fuera de su lugar, de cuyas prendas puede colegirse
-que Siseta tenía talento.</p>
-
-<p>Pues bien, como antes indiqué, tomándole una mano, le dije:</p>
-
-<p>—Siseta...</p>
-
-<p>No sé qué me pasó en la lengua, pues callé un buen rato, hasta que
-al fin pude continuar así:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span>—Siseta, ya tú sabes
-que va para cuatro meses que estoy alojado en tu casa...</p>
-
-<p>La muchacha hizo un signo afirmativo, demostrando estar convencida
-de mi permanencia en la casa durante cuatro meses.</p>
-
-<p>—Quiero decir —proseguí— que durante tanto tiempo he comido de tu
-pan, aunque también os he dado el mío. Ahora, con la muerte del Sr.
-Cristòful, os habéis quedado huérfanos. ¿Tenéis tierras, alguna casa,
-alguna renta?</p>
-
-<p>—No tenemos nada —me contestó Siseta, dirigiendo tristes miradas
-a los cacharros de la cocina—. No tenemos nada más que lo que hay en
-casa.</p>
-
-<p>—Las herramientas valen alguna cosa —dije—; mas, en fin, no hay que
-apurarse, que Dios aprieta, pero no ahoga. Aquí está el brazo de Andrés
-Marijuán. ¿Dejó tu padre algún dinero?</p>
-
-<p>—Nada —respondió—, no ha dejado nada. Durante su enfermedad
-trabajaba muy poco.</p>
-
-<p>—Bien, muy bien —dije yo—. Con eso podéis recibir el plus que nos
-dan ahora, y la ración que me toca todos los días. No hay que apurarse.
-Tú serás la madre de tus hermanos, y yo seré su padre, porque estoy
-decidido a ahorcarme contigo. Ea, dejarse de lloriqueos; Siseta, yo
-te quiero. Tal vez creerás tú que yo no poseo tierras. ¡Qué tonta!
-Si vieras qué dos docenas de cepas tengo en la Almunia; si vieras
-qué casa... solo le falta el techo; pero es fácil componerla, sin
-fabricarla toda de nueva planta. Conque lo dicho, dicho. En cuanto
-se<span class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span> acabe este sitio,
-que será cosa de días a lo que pienso, venderás los cachivaches de la
-herrería; me darán mi licencia, pues también se concluirá la guerra;
-pondremos sobre un asno a la señora Siseta con Gasparó y Manalet, y
-tomando yo de la mano a Badoret, camina que caminarás, nos iremos
-a ese bajo Aragón, que es la mejor tierra del mundo, donde nos
-estableceremos.</p>
-
-<p>Una vez que desembuché este discurso, volví al taller, con objeto
-de examinar las herramientas, y todo aquel mueblaje me pareció de
-poquísimo valor. La huérfana, después que me oyera, sin decir cosa
-alguna, púsose a arreglar los trastos, ordenando todo con hábil mano,
-y a limpiar el polvo. Los chicos me rodearon al punto, corriendo
-precipitadamente a traer sus cañas, palos y demás aparatos de guerra,
-viéndome yo obligado, en razón de esta diligencia, a recomendarles gran
-celo en el servicio de la patria y el Rey, pues bien pronto, si los
-franceses apretaban el cerco, Gerona necesitaría de todos sus hijos,
-aun de los más pequeñitos. Por último, después que durante media hora
-pusieron armas al hombro y en su lugar, cebaron, cargaron, atacaron
-e hicieron varias descargas imaginarias, pero que retumbaban en el
-angosto taller, les vi soltar las armas, decaído el marcial ardor, y
-volver a su hermana con elocuente expresión los ojos.</p>
-
-<p>—¿Qué? —pregunté yo comprendiendo lo que significaba aquel mudo
-interrogatorio—. Siseta, ¿no hay que comer?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span>Siseta, disimulando
-sus lágrimas, registraba los negros andamios de una alacena, en cuyas
-cavernosas profundidades la infeliz se empeñaba en ver alguna cosa.</p>
-
-<p>—¿Cómo es eso? —dije—. Siseta, no me habías dicho nada. ¿Qué me
-costaría ir al cuartel y pedir que me adelanten la ración de mañana?...
-¿Y para qué quiero yo los siete cuartos que tengo ahorrados? Nada,
-hija: es preciso, no solo traer lo necesario para hoy, sino también
-provisiones abundantes, por si escasean los víveres dentro de la plaza.
-Dicen que ahora nos van a dar dos reales diarios. Ya me figuro lo
-que harás tú con esta riqueza. Pero no es ocasión para detenerme en
-habladurías, que estos valientes soldados se mueren de hambre. Toma los
-siete cuartos; voy al punto por la libreta.</p>
-
-<p>No tardé en volver con el pan, y tuve el gusto de ver comer a mis
-hijos (desde entonces empecé a darles este nombre). Siseta se mantuvo
-en los límites de una sobriedad excesiva, y mientras duró el festín
-les hablé de los grandes acopios de víveres que se estaban haciendo en
-Gerona, conversación que parecía muy del agrado de los pequeñuelos. En
-esto, el Sr. Nomdedeu, habitante del piso superior de la casa, pasó
-por delante de la tienda en dirección al portal contiguo. Saludonos
-afablemente a todos, y después de decir algunas palabras de desconsuelo
-con motivo de la pérdida del excelente Sr. Mongat, subió a su casa,
-rogándome que le acompañara. Yo tenía costumbre de ir todas las mañanas
-a referirle<span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span> lo que
-se decía en los cuerpos de guardia, y estas visitas tenían para mí
-el doble atractivo de contar lo que sabía, y de oír las agradables
-pláticas del Sr. Nomdedeu, hombre con quien no se hablaba una sola vez
-sin sacar alguna enseñanza provechosa.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch2">
- <h2 class="nobreak g0">II</h2>
-</div>
-
-<p>El Sr. D. Pablo Nomdedeu era médico. No pasaba de los cuarenta y
-cinco años; pero los estudios o penas domésticas, para mí desconocidas,
-habían trabajado en tales términos su naturaleza, que aparentaba
-mucho más del medio siglo. Era acartonado, enjuto, amarillo, con gran
-corva en la espina dorsal, y la cabeza salpicada de escasos pelos
-rubios y blancos, como yerba que nace al azar en ingrata tierra.
-Todo anunciaba en él debilidad y prematura vejez, excepto su mirar
-penetrante, imagen del alma enérgica y del entendimiento activo. Vivía
-en apacible medianía, sin lujo, pero también sin pobreza; muy querido
-de sus paisanos, consagrado fuera de casa a los enfermos del hospital,
-y dentro de ella al cuidado de su hija única, enferma también de
-doloroso e incurable mal. Para que ustedes acaben de conocer a aquel
-apreciable sujeto, me falta decirles que Nomdedeu era un hombre de gran
-saber y de mucha amenidad en su sabiduría. Todo lo observaba, y no se
-permitía<span class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span> ignorar nada,
-de modo que jamás ha existido un hombre que más preguntase. Yo no creí
-que los labios preguntasen tonterías de las que no ignora un rústico;
-pero él me dijo varias veces que la ciencia de los libros no valdría
-nada, si no se cursase el doctorado de la conversación con toda clase
-de personas.</p>
-
-<p>De su casa poco diré. Era tan humilde como decente. Muchos libros;
-algunas estampas francesas de anatomía, emparejadas con otras
-de santos, y bastantes cuadros que ostentaban detrás del vidrio
-innumerables yerbas secas con sendos letreros manuscritos al pie. Pero
-lo que principalmente impresionaba mi ánimo al subir a casa del Sr.
-Nomdedeu, era una criatura tierna y sensible, una belleza consumida y
-marchita, una triste vida que junto a la ventanita abierta al mediodía
-quería prolongarse absorbiendo los rayos del sol. Me refiero a la
-desgraciada Josefina, hija del insigne hombre que he mencionado, la
-cual, enferma y postrada, se me representaba como las flores secas
-guardadas por el doctor detrás de un vidrio. Josefina había sido
-hermosa; pero perdidos algunos de sus encantos, otros se habían
-sublimado en aquel descendente crepúsculo que iba difundiendo sobre
-ella las sombras de la muerte. Inmóvil en un sillón, su aspecto era por
-lo común el de una absoluta indiferencia. Cuando su padre entró conmigo
-el día a que me refiero, Josefina no respondió a sus caricias con una
-sola palabra. Nomdedeu me dijo:</p>
-
-<p>—Su existencia de plomo está pendiente de una hebra de seda.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span>Pronunció estas
-palabras en voz alta y delante de ella, porque Josefina estaba
-completamente sorda.</p>
-
-<p>—El profundo silencio que la rodea —continuó el padre—, es
-favorable a su salud, porque siendo su mal un desarrollo excesivo de
-la sensibilidad, todo lo que disminuya las impresiones exteriores,
-aumentará el reposo, a que debe esa lánguida y decadente vida. No
-espero salvarla, y todo mi afán consiste hoy en embellecer sus días,
-fingiendo que nos hallamos rodeados de felicidades y no de peligros.
-Desearía llevarla al campo; pero el deber y el patriotismo me obligan a
-no abandonar el cuidado del hospital, cuando nos amenaza un cerco, que
-parece va a ser más riguroso que los dos primeros. Dios nos saque en
-bien. ¿Conque se murió ese pobre Sr. Mongat?</p>
-
-<p>—Sí, señor —respondí—; y ahí tiene usted cuatro huérfanos desvalidos
-que pedirían limosna por las calles de Gerona, si yo no estuviera
-decidido a quitarme el pan de la boca para dárselo.</p>
-
-<p>—Dios te premiará tu generosidad. Yo también haré lo que pueda
-por esos infelices. Siseta parece una buena muchacha, y sube algunas
-veces a acompañar a mi hija. Dile que venga más a menudo, y hoy mismo
-encargaré a la señora Sumta<a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3"
-class="fnanchor">[3]</a> que les dé a los hijos de Cristòful Mongat
-todo lo que sobre en la casa. Pero cuéntame: ¿qué has oído en el cuerpo
-de guardia? Antes dime lo que ha ocurrido en esa<span class="pagenum"
-id="Page_28">p. 28</span> expedición a Santa Coloma de Farnés. ¿Fuiste
-allá?</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_3" href="#FNanchor_3" class="label">[3]</a> Lo mismo
-que Asunción.</p>
-
-</div>
-
-<p>—Sí, señor; mas no nos ocurrió nada de particular. Los franceses se
-nos presentaron en la tarde del 24 de Abril; pero como éramos pocos, y
-no llevábamos por objeto el batirnos con ellos, sino traer provisiones
-a Gerona, luego que cargamos los carros y las mulas, nos vinimos para
-acá con D. Enrique O’Donnell. Los <i>cerdos</i><a id="FNanchor_4"
-href="#Footnote_4" class="fnanchor">[4]</a> dominan toda la Segarra,
-pero los somatenes les hacen perder mucha gente, y para abastecerse
-pasan la pena negra. El General francés Pino mandó hace poco un
-batallón a San Martín en busca de víveres. Al llegar el coronel
-pidió al alcalde para el día siguiente de madrugada cierto número de
-raciones de tocino (porque abundan en aquel pueblo los animalitos de
-la vista baja); y como el batallón estaba cansado, dioles boletas de
-alojamiento, distribuyendo a los soldados en las casas de los vecinos.
-El alcalde aparentó deseo de servir al señor coronel, y al anochecer el
-pregonero salió por las calles gritando: «<i>Eixa nit a las dotse, cada
-vehí matará son porch.</i>»</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_4" href="#FNanchor_4" class="label">[4]</a>
-En Cataluña, durante la invasión, llamaban a los franceses
-<i>porchs</i>.</p>
-
-</div>
-
-<p>—Y cada vecino mató su francés.</p>
-
-<p>—Así parece, señor, y así me lo contaron en el camino; pero no
-respondo de que sea verdad, aunque la gente de San Martín es capaz
-de eso. Luego que hicieron su matanza, escondieron armas, morriones
-y cuanto pudiera descubrirlos; y cuando se presentó el General<span
-class="pagenum" id="Page_29">p. 29</span> Pino, trataron de probarle
-que <i>allí no había estado nadie</i>.</p>
-
-<p>—¿Sabes, Andrés —me dijo Nomdedeu—, que esto parece cosa de
-cuento?</p>
-
-<p>—Séalo o no —repuse—, con estos y otros cuentos se anima la gente.
-Los <i>cerdos</i> están ya sobre Gerona, y esta mañana les hemos visto
-en los altos de Costa-Roja. Aquí dentro no somos más que cinco mil
-seiscientos hombres, que no son bastantes para defender la mitad de
-los fuertes. De estos, el que no se ha caído ya es porque no se le ha
-dado licencia. Si Zaragoza, que tenía dentro de murallas cincuenta mil
-hombres, ha caído al fin en poder del francés, ¿qué va a hacer Gerona
-con cinco mil seiscientos?</p>
-
-<p>—Ya serán algunos más —dijo Nomdedeu paseándose por la habitación
-con la inquietud nerviosa y retozona que se apoderaba de él hablando
-de las cosas de la guerra—. Todos los vecinos de Gerona toman las
-armas, y hoy mismo se están formando en el claustro de San Félix las
-listas de las ocho compañías que componen la <i>Cruzada gerundense</i>.
-Yo he querido afiliarme; pero como médico, cuyos servicios no pueden
-reemplazarse, me han dejado fuera con sentimiento mío. También se está
-formando hoy el batallón de señoras, de que es coronela Doña Lucía
-Fitz-Gerard: ¿la conoces? En verdad te digo, amigo Andrés, que en medio
-de la pena que causa el considerar los desastres que nos amenazan, se
-alegra uno al ver los belicosos preparativos que tanto enaltecen al
-vecindario de esta ciudad.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_30">p. 30</span>Mientras esto
-decíamos, expresándonos uno y otro con bastante exaltación, Josefina
-fijaba en nosotros los ojos sorprendida y aterrada, y atendía a
-nuestros gestos, dando a conocer que los comprendía tan bien como
-la misma palabra. Advirtiolo su padre, y volviéndose a ella, la
-tranquilizó con ademanes y sonrisas cariñosas, diciéndome:</p>
-
-<p>—La pobrecita ha comprendido al instante que estamos hablando de la
-guerra. Esto le causa un terror extraordinario.</p>
-
-<p>La enferma tenía delante de sí, en una mesilla de pino, un gran
-pliego de papel con plumas y tintero. La escritura servía a hija y
-padre de medio de comunicación.</p>
-
-<p>Nomdedeu, tomando la pluma, escribió:</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>«Hija mía, no tengas miedo. Hablábamos de las bandadas de palomas
- que vio ayer Andresillo en Pedret. Dice que mató todas las que
- quiso, y que te traerá un par esta tarde. No, no temas, hija mía, no
- volverá a haber más sitios en Gerona. ¡Si se ha concluido la guerra!
- Pues qué, ¿no lo sabías? Esas noticias ha traído el Sr. Andresillo.
- Verdad que se me había olvidado contártelo. Estamos en paz. Veremos
- si mañana puedes salir a dar un paseo por Mercadal. Iremos a Castellá
- la semana que entra. ¡Dice nostramo Mansió que están los rosales
- tan cargados de rosas!... ¿Pues y los cerezos? Este año habrá tanta
- cereza, que no sabremos qué hacer de ella. He mandado que pongan dos
- colmenas más, y parece que dentro de un mes la vaca tendrá su cría.
- A la gallina pintada se le ha puesto una buena<span class="pagenum"
- id="Page_31">p. 31</span> echadura con seis o siete huevos de pata.
- Dentro de diez días los sacará a todos, y dará gusto ver a esa
- familia.»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Luego que esto escribió, volviose a mí el Sr. D. Pablo, y procurando
-disimular su aflicción, me dijo:</p>
-
-<p>—De este modo la voy engañando, para arrancar su ánimo a la
-tristeza. Si ella supiera que mi casa de campo con todas las plantas
-y los animalitos que allí tenía no existe ya... Los franceses no
-han dejado piedra sobre piedra. ¡Pobre de mí! Rodeado de desastres;
-amenazado, como todos los gerundenses, de los horrores de la guerra,
-del hambre y de la miseria, tengo que fingir junto a esta niña infeliz
-un bienestar y una paz que está muy lejos de nosotros, y he de ocultar
-la amargura de mi corazón destrozado, mintiendo como un histrión.
-Pero así ha de ser. Tengo la convicción de que si mi hija llegase a
-conocer la situación en que nos encontramos, y tuviese conocimiento del
-bombardeo y de las escaseces que nos amagan, su muerte sería inmediata;
-y quiero prolongarle la vida todo el tiempo que me sea posible, porque
-confío en que si algún día Dios y San Narciso resuelven poner fin a las
-desgracias de esta ciudad, podré salir de Gerona y llevarla a disfrutar
-la vida del campo, única medicina que la aliviará.</p>
-
-<p>Josefina, al concluir de leer el papel, movió tristemente la cabeza
-en señal de incredulidad, y luego dijo:</p>
-
-<p>—Pues marchémonos mañana a Castellá.</p>
-
-<p>—Este sí que es apuro —me dijo Nomdedeu,<span class="pagenum"
-id="Page_32">p. 32</span> tomando la pluma para contestar a su hija—.
-¿Qué le voy a decir?</p>
-
-<p>Pero sin detenerse, escribió:</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>«Hija mía, ten un poco de paciencia. El tiempo, que parece bueno,
- está muy malo, y mañana ha de llover. Yo lo conozco por lo que dicen
- mis libros. Además tengo que hacer en el hospital durante algunos
- días.»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Entonces la enferma, que sin duda se fatigaba hablando o no tenía
-gusto en pronunciar palabras que no oía, tomó también la pluma, y con
-rapidez nerviosa trazó lo siguiente:</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>«Andrés está hablando de batallas.»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>—¡No, no, señorita Josefina! —exclamé yo a gritos, pues es costumbre
-instintiva alzar la voz delante de los sordos, aun sabiendo que estos
-no nos pueden oír.</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>«Precisamente —escribió D. Pablo—, ahora me estaba diciendo que le
- van a dar la licencia, porque ya no se necesitan soldados. ¡Gracias
- a Dios que se han acabado esas malditas guerras!... Hija mía, esta
- tarde vendrán aquí algunos amigos para que bailen la sardana y te
- distraigan un rato. ¿Por qué no sigues tu lectura?»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Y luego puso en manos de su hija un tomo, que era la primera parte
-del <i>Quijote</i>, el cual abrió ella por donde lo tenía marcado,
-comenzando a leer tranquilamente.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">III</h2>
-</div>
-
-<p>Nomdedeu, llevándome junto a la ventana, me dijo:</p>
-
-<p>—La idea de la guerra y del bombardeo le causa mucho horror. Es
-natural que así sea, puesto que de una fuerte y dolorosa impresión de
-miedo proviene su desorden nervioso y la pasión de ánimo que la tiene
-en tan lamentable estado. En el segundo sitio, amigo Andrés, puedo
-decir que perdí a mi querida niña, único consuelo mío en la tierra. Ya
-sabes que llegó aquí el bárbaro Duhesme a mediados de julio del año
-pasado, cuando dijo aquellas arrogantes palabras: <i>El 24 llego, el
-25 la ataco, el 26 la tomo, y el 27 la arraso.</i> Hombre que tales
-bravatas decía igualándose a César, era forzosamente un necio. Llegó,
-en efecto, y atacó; pero no pudo tomar ni arrasar cosa alguna, como no
-fuese su propia soberbia, que quedó por tierra ante esos muros. Tenía
-nueve mil hombres, y aquí dentro apenas pasaban de dos mil, con los
-paisanos que se habían armado a toda prisa. Duhesme puso cerco a la
-plaza, y abiertas trincheras contra Montjuich y los fuertes del Este
-y Mercadal, el 13 empezó a bombardearnos sin piedad. El 16 intentaron
-asaltar el Montjuich; pero sí... para ellos estaba. El regimiento
-de<span class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span> Ultonia lo
-defendía... Pero voy a mi objeto. Como te iba diciendo, mi pobre niña
-perdió el sosiego, y su espanto la tenía en vela de día y de noche.
-Su estado de excitación, junto con la resistencia a tomar alimento,
-la puso a punto de morir. Figúrate mi pena y la de mi sobrino. Porque
-he de advertirte que yo tenía un sobrino llamado Anselmo Quixols,
-hijo de mi hermana Doña Mercedes, residente en La Bisbal. No sé si
-sabrás que mi hermana y yo teníamos concertado casar a Anselmo con
-Josefina, enlace que era muy agradable a entrambos muchachos, porque
-desde algunos meses antes habían gastado algunas manos de papel en
-escribirse cartas, y díchose mil amorosas palabras en honesto lenguaje.
-Entonces vivíamos en la calle de la Neu, muy cerca de la plaza. El
-día 15 habíamos bajado al portal, donde nos creíamos más seguros del
-bombardeo, y estábamos comiendo en compañía de Anselmo, que por breve
-rato dejó el servicio para venir a informarse de nuestra situación.
-¡Ay, amigo Andrés! ¡Qué día, qué momento! Una bomba penetró por el
-techo, atravesó el piso alto, y horadando las tablas cayó en el bajo,
-donde al estallar con horrible estruendo causó espantosos estragos.
-Anselmo quedó muerto en el acto, atravesado por un casco el pecho;
-mi fámulo fue mortalmente herido, y la señora Sumta también, aunque
-sin gravedad. Yo recibí un golpe, y solo mi hija quedó aparentemente
-ilesa; pero ¡qué trastorno en su organismo! ¡qué desquiciamiento, qué
-horrible perturbación en su<span class="pagenum" id="Page_35">p.
-35</span> pobre alma! La horrenda explosión; el súbito peligro; la
-muerte de su primo y futuro esposo a quien recogimos del suelo en el
-momento de expirar; el riesgo que corríamos con el incendio de la casa,
-hirieron con golpe tan rudo su naturaleza endeble y resentida, que
-desde entonces mi hija, aquella muchacha amable, graciosa y discreta,
-dejó de existir, y en su lugar dejome el cielo esta desvalida y
-lastimosa criatura, cuyos padecimientos más me duelen a mí que a ella
-propia; esta vida se me va aniquilando entre el dolor y la melancolía,
-sin que nada pueda reanimarla. En el primer momento de la catástrofe,
-Josefina se quedó como si hubiera perdido la razón. A pesar de nuestros
-esfuerzos por sujetarla, salió corriendo a la calle, y sus lamentos
-dolorosos detenían al pasajero y contristaban al invencible soldado.
-Seguímosla, y llamándola sin cesar con las palabras más cariñosas,
-intentábamos llevarla a sitio seguro donde se tranquilizase; pero
-Josefina no nos oía. En su cerebro, agitado por hirviente excitación,
-reinaba el silencio absoluto. Yo creí que no sobrevivía a aquel
-trastorno; pero ¡ay, Andresillo! vive, gracias a mis cuidados, a mi
-vigilante y previsor estudio por salvarla. Ha permanecido en cama
-todo el invierno. Ya ves cómo está. ¿Vivirá? ¿Alargará sus tristes
-días hasta el verano? ¿Podré salir de Gerona dentro de algunos meses,
-si resistimos el asedio y se van los franceses? ¿Qué suerte nos
-destina Dios en los días que vienen? ¡Pobre niñita mía! Inocente y
-débil, sufrirá los horrores del sitio tal vez<span class="pagenum"
-id="Page_36">p. 36</span> mejor que nosotros los fuertes. No sé qué
-daría por que esta situación terminara pronto, permitiéndome salir una
-temporada de campo con mi pobre enferma. Pero figúrate lo que dirían
-de mí si ahora escapase de Gerona. No lo quiero pensar. Me llamarían
-cobarde y mal patriota. En verdad, muchacho, que no sé cuál de estos
-dos calificativos me lastima más. ¡Cobarde o mal patriota! No... aquí,
-señor de Nomdedeu, señor médico del hospital; aquí, en Gerona, al
-pie del cañón, con la venda en la mano y el bisturí en la otra para
-cortar piernas, sacar balas, vendar llagas y recetar a calenturientos
-y apestados. Vengan granadas y bombas.. Puede que se muera mi hija;
-puede que la débil luz de esta lamparita se apague, no solo por falta
-de aceite, sino por falta de oxígeno; morirá de terror, de consunción
-física, de hambre; pero ¡qué vamos a hacer! ¡Si Dios lo dispone
-así!...</p>
-
-<p>Diciendo esto, D. Pablo, vuelto hacia los cristales del balcón, se
-limpiaba las lágrimas con un pañuelo encarnado tan grande como una
-bandera.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch4">
- <h2 class="nobreak g0">IV</h2>
-</div>
-
-<p>Por la noche, después de hacer la guardia en la Torre Gironella,
-volví a mi alojamiento y me encontré con una novedad. Pichota
-había<span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span> parido, sí,
-señores, y la familia de que orgullosamente me consideraba jefe, se
-aumentó con tres criaturas, a las cuales era preciso mantener. No sé
-si he hablado a ustedes de Pichota, hermosa gata parda con manchas, a
-quien los tres muchachos profesaban un amor sin límites. Perdóneseme el
-descuido por no haberla mencionado antes, y ahora solo falta decir que
-al ver los tres retoños que nos había regalado, dije a Siseta:</p>
-
-<p>—Es preciso que dos de estos caballeritos sean arrojados al Oñar,
-porque no estamos para mantener a tanta gente. Luego que acaben de
-mamar, será preciso una ración diaria para alimentarlos, y dicen que
-vamos a andar escasos.</p>
-
-<p>—Déjalos, hombre —me respondió—. Dios dará para todos, y si no
-que se lo busquen ellos mismos. No faltará que comer en Gerona. Los
-<i>cerdos</i> no se meterán con ustedes, y hasta me parece que no se
-atreverán a asomar las narices por acá.</p>
-
-<p>—¡Quia, qué se han de atrever! —exclamé yo con festiva ironía—.
-Nos tienen mucho miedo. Sube conmigo a la Torre Gironella, y verás
-los mosquitos que andan allá por Levante y Mediodía. Franceses en San
-Medir, Montagut y Costa Roja; franceses en San Miguel y en los Ángeles,
-y, por variar, franceses en Montelibi, Pau y el llano de Salt. Ya
-verás, prenda mía. Aquí somos seis mil quinientos hombres que no bastan
-para empezar, y tenemos unas murallitas... ¡qué obras, válgame Dios! Da
-miedo verlas. Figúrate que cuando<span class="pagenum" id="Page_38">p.
-38</span> los lagartos corren por entre las piedras, estas se mueven y
-dan unas contra otras. No se puede hablar recio junto a ellas, porque
-con el estremecimiento del sonido se caen de su sitio. En fin, yo no
-sé lo que va a pasar cuando abran batería los franceses y empiecen a
-bombardearnos.</p>
-
-<p>La señora Sumta, ama de gobierno de Don Pablo Nomdedeu, que solía
-bajar a darnos conversación en sus ratos de ocio, metió su hocico en
-nuestro diálogo, diciendo:</p>
-
-<p>—Tiene razón Andrés. Las murallas de los fuertes parecen una
-almendrada hecha con azúcar sin punto. Mi difunto esposo, que de Dios
-goce, y que hizo la campaña del Rosellón contra la república de los
-<i>cerdos</i>, me decía varias veces: «Si no fuera porque está allí
-San Fernando de Figueras con sus murallas de diamante, y aquí los
-gerundenses con sus corazones de acero, todas las plazas del Ampurdán
-caerían en poder de cualquier atrevido que pasase la frontera.» En fin,
-lo de menos será la piedra, con tal que haya hombres de pecho y un buen
-español que sepa mandarlos. ¿Y qué me dice usted, Sr. Andresillo, de
-ese encanijado Gobernador que nos han puesto?</p>
-
-<p>—D. Mariano Álvarez de Castro. Este fue el que no quiso entregar a
-los franceses el Montjuich de Barcelona. Dicen que es hombre de mucho
-temple.</p>
-
-<p>—Pues no lo parece —repuso la señora Sumta—. Cuando nos mandaron
-acá este sujeto en febrero y le vi, al punto le diputé por<span
-class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span> poca cosa. ¡Qué se puede
-esperar de quien no levanta tanto así del suelo! El otro día pasó junto
-a mí, y... créalo usted, no me llega al hombro. El tal D. Mariano
-Álvarez de Castro me serviría de bastón. ¿Le ha visto usted la cara?
-Es amarillo como un pergamino viejo, y parece que no tiene sangre en
-las venas. ¡Qué hombres los del día! Quien conoció a aquel General
-Ricardos, que no cabía por esa puerta, con un pecho y una espalda...
-Daba gusto ver su cara redondita y sus carrillos como clavellinas...</p>
-
-<p>—Señora Sumta —dije riendo—, cuando los generales tengan un oficio
-semejante al de las amas de cría, entonces se podrá renegar de los que
-sean flacos y encanijados.</p>
-
-<p>—No, Andresillo, no digo eso —repuso la matrona—. Lo que digo es que
-sin presencia no se puede mandar. Considera tú: cuando una ve a Doña
-Lucía Fitz-Gerard, coronela del batallón de Santa Bárbara; cuando una
-ve aquellas carnes, aquel andar imponente, dan ganas de correr tras
-ella a matar franceses. Pero dime, Siseta, ¿no estás tú afiliada en el
-batallón de Santa Bárbara?</p>
-
-<p>—Yo, señora Sumta, no sirvo para eso —repuso mi futura esposa—.
-Tengo miedo a los tiros.</p>
-
-<p>—Es que nosotras no hacemos fuego, hija mía, al menos mientras estén
-vivos los hombres. Llevar municiones, socorrer a los heridos, dar
-agua a los artilleros, y si se ofrece, ir aquí o allí con una orden
-del General: esta será nuestra ocupación. Ya les he dicho que<span
-class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span> cuenten conmigo para todo,
-para todo, aunque sea para llevar la bandera del batallón. De veras te
-digo, Andresillo, que es gran lástima no tener mejores murallas, y un
-General menos amarillo y con algunos dedos más de talla.</p>
-
-<p>Yo me reía con las cosas de la señora Sumta, mujer tan amable como
-entrometida, y lejos de enojarme sus barrabasadas, nos causaban sumo
-gusto a Siseta y a mí, mayormente al ver que en sus visitas el ama de
-gobierno de D. Pablo Nomdedeu no bajaba nunca sin traer algún condumio
-para los huérfanos. A eso de las nueve se despidió para regresar a su
-alojamiento, y entonces nos dijo:</p>
-
-<p>—Ya la señorita ha de estar acostada. El señor acaba de entrar, y
-ahora estará escribiendo su <i>Diario de todos los días</i>, uno al
-modo de libro de coro, donde va apuntando lo que le pasa. ¡Ay! el amo
-confía que la niña se curará, y yo, sin ser médico, digo y aseguro
-que si alarga hasta que caigan las hojas, será mucho alargar... Ahora
-estamos empeñados en hacerle creer que la semana que viene iremos
-a Castellá. Sí, ¡buena temporada de campo nos espera! Bombas y más
-bombas. La niña no se ha de enterar de nada, y el amo dice que aunque
-arda la ciudad toda y caigan a pedazos las casas, Josefina no lo ha
-de conocer. Pues digo, si los <i>cerdos</i> aprietan el cerco, como
-se cuenta, y escasean los víveres... Pero el amo tampoco quiere que
-la niña comprenda que escasean las vituallas.<span class="pagenum"
-id="Page_41">p. 41</span> Si tenemos hambre, capaz es mi señor Don
-Pablo de cortarse un brazo y aderezar un guisote con él, haciendo creer
-a la enferma que tenemos aquel día pierna de carnero. Bueno va, bueno
-va. Adiós, Siseta; adiós, Andrés.</p>
-
-<p>Cuando nos quedamos solos dije a mi futura, mirando a los
-gatitos:</p>
-
-<p>—Sálvense los tres infantes de España. Si hay hambre en Gerona, la
-carne de gato dicen que no es mala. ¡Ay, Siseta de mi corazón! ¡Cuándo
-nos veremos fuera de estas murallas! ¡Cuándo se acabará esta maldita
-guerra! ¡Cuándo estaremos tú y yo con los muchachos, Pichota y sus
-niños, camino de la Almunia de Doña Godina! ¿Estará de Dios que no nos
-sentaremos a la sombra de mis olivos mirando a las ramas para ver cómo
-va cuajando la aceituna?</p>
-
-<p>Hablando de este modo, me engolfaba en tristes presagios; pero
-Siseta, con sus observaciones impregnadas de sentimiento cristiano,
-daba cierta serenidad celeste a mi espíritu.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch5">
- <h2 class="nobreak">V</h2>
-</div>
-
-<p>El 13 de junio, si no estoy trascordado, rompieron los franceses
-el fuego contra la plaza, después de intimar la rendición por medio
-de un parlamentario. Estaba yo en la Torre<span class="pagenum"
-id="Page_42">p. 42</span> de San Narciso, junto al barranco de
-Galligans, y oí la contestación de D. Mariano, el cual dijo que
-recibiría a metrallazos a todo francés que en adelante volviese con
-embajadas.</p>
-
-<p>Estuvieron arrojando bombas hasta el día 25, y quisieron asaltar
-las torres de San Luis y San Narciso, que destrozaron completamente,
-obligándonos a abandonarlas el 19. También se apoderaron del barrio de
-Pedret, que está sobre la carretera de Francia, y entonces dispuso el
-Gobernador una salida para impedir que levantasen allí batería. Pero
-exceptuando la salida y la defensa de aquellas dos torres, no hubo
-hechos de armas de gran importancia hasta principios de julio, cuando
-los dos ejércitos principiaron a disputarse rabiosamente la posesión de
-Montjuich. Los franceses confiaban en que con este castillo lo tendrían
-todo. ¿Creerán ustedes que solo había dentro del recinto nuevecientos
-hombres, que mandaba D. Guillermo Nash? Los imperiales habían levantado
-varias baterías, entre ellas una con veinte piezas de gran calibre,
-y sin cesar arrojaban bombas a los del castillo, que rechazaron los
-asaltos con obuses cargados con balas de fusil. Por cuatro veces se
-echaron los <i>cerdos</i> encima, hasta que en la última dijeron «ya
-no más», y se retiraron, dejando sobre aquellas peñas la bicoca de dos
-mil hombres entre muertos y heridos. No puedo apropiarme ni una parte
-mínima de la gloria de esta defensa, porque la estuve presenciando
-tranquilamente desde la Torre Gironella.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span>En todo el mes
-de julio siguieron los franceses haciendo obras para aproximarse a
-la plaza, y viendo que no la podían tomar a viva fuerza, ponían su
-empeño en impedir que nos entraran víveres. De este plan comenzaron a
-resentirse los ya alarmados estómagos.</p>
-
-<p>En casa de Siseta, sin reinar la abundancia, no se pasaba mal, y
-con lo que yo les llevaba, unido a los frecuentes regalos del señor
-D. Pablo Nomdedeu, iban tirando los desdichados habitantes de la
-cerrajería. Verdad que yo me quedaba los más de los días mirando al
-cielo para darles a ellos lo mío; pero el militar con un bocado aquí
-y otro allí se mantiene, sostenido también por el espíritu, que toma
-su substancia no sé de dónde. Yo tenía un placer inmenso al retirarme
-a descansar unas cuantas horas o simplemente unos cuantos minutos, en
-ver cómo trabajaba Siseta en su casa, arreglando por puro instinto
-y nativo genio doméstico aquello que no tenía arreglo posible. Los
-platos rotos eran objeto de una escrupulosa y diaria revisión, y la
-vajilla más perfecta no habría sido puesta con mejor orden ni con tan
-brillante aparato. En las alacenas, donde no había nada que comer, mil
-chirimbolos de loza y lata, que fueron en sus buenos tiempos bandejas,
-escudillas, soperas y jarros, aguardaban los manjares a que los destinó
-el artífice, y los muebles desvencijados que apenas servían para
-arder en una hoguera, adquirieron inusitado lustre con el tormento
-de los diarios lavatorios y friegas a que la diligente muchacha los
-sujetaba.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span>—Mira, prenda mía
-—le decía yo—, se me figura que no vendrá ninguna visita. ¿A qué te
-rompes las manos contra esa caoba carcomida y ese pino apolillado que
-no sirve ya para nada? Tampoco viene al caso la deslumbradora blancura
-de esas cortinas desgarradas y de esos manteles, sobre los cuales, por
-desgracia, no chorreará la grasa de ningún pavo asado.</p>
-
-<p>Yo me reía, y hasta aparentaba burlarme de ella; pero entre tanto
-una secreta satisfacción ensanchaba mi pecho, al considerar las
-eminentes cualidades de la que había elegido para compañera de mi
-existencia. Un día, después de hablar de estas cosas, subí a visitar al
-Sr. Nomdedeu, y encontrele sumamente inquieto al lado de su hija, que
-seguía leyendo el <i>Quijote</i>.</p>
-
-<p>—Andrés —me dijo dulcificando su fisonomía para disimular con los
-ojos lo que expresaban las palabras—, principian a faltar víveres de
-un modo alarmante, y los franceses no dejan entrar en la plaza ni una
-libra de habichuelas. Yo estoy decidido a comprar todo lo que haya, a
-cualquier precio, para que mi hija no carezca de nada; pero si llegan a
-faltar los alimentos en absoluto, ¿qué haré? He reunido bastantes aves;
-pero dentro de un par de semanas se me concluirán. Las pobres están tan
-flacas que da lástimas verlas. Amigo, ya sabes que desde hoy empezamos
-a comer carne de caballo. ¡Bonito porvenir! Álvarez dice que no se
-rendirá, y ha puesto un bando amenazando con la muerte al que hable
-de capitulación.<span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span> Yo
-tampoco quiero que nos rindamos... de ninguna manera; pero ¿y mi hija?
-¿Cómo es posible que su naturaleza resista los apuros de un bloqueo
-riguroso? ¿Cómo puede vivir sin alimento sano y nutritivo?</p>
-
-<p>La enferma arrojó el libro sobre la mesa, y al ruido del golpe
-volviose el padre, en cuya fisonomía vi mudarse con la mayor presteza
-la expresión dolorosa en afectada alegría.</p>
-
-<p>En aquel momento trajo la señora Sumta la comida de la señorita,
-y como esta viese un pan negro y duro, lo apartó de sí con ademán
-desagradable.</p>
-
-<p>El padre hizo esfuerzos por reírse, y al punto escribió lo
-siguiente:</p>
-
-<p>—¡Qué tonta eres! Este pan no es peor que el de los demás días, sino
-mucho mejor. Es negro porque he mandado al panadero que lo amasase con
-una medicina que le envié, y que te hará muchísimo provecho.</p>
-
-<p>Mientras ella leía, él trinchaba un medio pollo, mejor dicho un
-medio esqueleto de pollo, sobre cuya descarnada osamenta se estiraba un
-pellejo amarillo.</p>
-
-<p>—No sé cómo la convenceré de que tiene delante un bocado apetitoso
-—me dijo con dolor profundo, pero cuidando de conservar la sonrisa en
-los labios—. ¡Dios mío, no me desampares!</p>
-
-<p>La señora Sumta, detrás del sillón de la enferma, pronunció estas
-palabras:</p>
-
-<p>—Señor, yo no quería decirlo, pero ello es preciso: de las cinco
-gallinas que quedaban se han muerto tres, y dos están enfermas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span>—¿Es posible? ¡La
-Santa Virgen nos ayude! —exclamó el doctor, chupando los huesos del
-pollo para animar a su hija a que imitara tan meritoria abnegación—.
-¡Conque se han muerto! Ya lo esperaba. Dicen que todas las aves del
-pueblo se están muriendo. ¿Ha ido usted a la Plaza de las Coles a ver
-si hay alguna gallina fresca y gorda?</p>
-
-<p>—No he visto más que alambres, y algunos lechuzos que dan asco.</p>
-
-<p>—¡Dios me tenga de su mano! ¿Qué vamos a hacer?</p>
-
-<p>Y diciendo esto chupaba y rechupaba un hueso, saboreándolo luego
-con visajes de satisfacción, para ponderar de este modo a los ojos de
-la enferma la excelencia de aquella vianda. Pero Josefina, después de
-probar el seco animal, apartó el plato de sí con repugnancia. D. Pablo,
-sin detenerse a escribir, porque en su azoramiento y ansiedad faltábale
-la paciencia para recurrir a tan tardo medio, exclamó a gritos:</p>
-
-<p>—¿Qué, no lo quieres? Pues está exquisito, delicioso. Algo flaco;
-pero ahora se usan los pollos flacos. Así lo prescribe la higiene, y
-los buenos cocineros jamás te ponen en el puchero un ave medianamente
-entrada en carnes.</p>
-
-<p>Pero Josefina no oía, como era de esperar, y cerrando los ojos
-con desaliento, pareció más dispuesta a dormir que a comer. En tanto
-D. Pablo levantábase, y paseando por el cuarto, cruzadas las manos
-y con expresión de terror los ojos, no se cuidaba de disimular su
-desesperación.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span>—Andrés —me dijo—, es
-preciso que me ayudes a buscar algo que dar a mi hija. Gallinas, patos,
-palomas: ¿se han concluido ya las aves de corral en Gerona?</p>
-
-<p>—Todo se ha concluido —afirmó la señora Sumta con oficiosidad—.
-Esta mañana, cuando fui a la formación (pues yo pertenezco a la
-segunda compañía del batallón de Santa Bárbara), todos los militares
-se quejaban de la escasez de carnes, y la coronela Doña Luisa dijo que
-pronto sería preciso comer ratones.</p>
-
-<p>—¡Vaya usted al demonio con sus batallones y coronelas! ¡Comer
-animales inmundos! No, mi pobre enferma no carecerá de alimento sano. A
-ver: busquen por ahí... pagaré una gallina a peso de oro.</p>
-
-<p>Luego, volviéndose a mí, me dijo:</p>
-
-<p>—Cuentan que se espera un convoy de víveres en Gerona, traído por
-un General Blake. ¿Has oído tú algo de esto? A mí me lo dijo el mismo
-Intendente, D. Carlos Beramendi, aunque también me manifestó que dudaba
-pudiera llegar felizmente aquí. Parece que están en Olot con dos mil
-acémilas, y todo se ha combinado para que salga de aquí D. Blas de
-Fournás con alguna fuerza, con objeto de distraer a los franceses.
-¡Oh, si esto ocurriera pronto y nos llegara harina fresca y alguna
-carne!... Si no, dudo que nos escapemos de una horrorosa epidemia,
-porque los malos alimentos traen consigo mil dolencias que se agravan
-y se comunican con la insalubridad de un recinto estrecho y lleno de
-inmundicias. ¡Dios mío! Yo no quiero nada para mí: me contentaré con
-tomar<span class="pagenum" id="Page_48">p. 48</span> en la calle un
-hueso crudo de los que se arrojan a los perros, y roerlo; pero que
-no falte a mi inocente y desgraciada enfermita un pedazo de pan de
-trigo y una hila de carne... Andrés, ¡si vieras qué malos ratos paso
-en el hospital! El Gobernador ha mandado que los mejores víveres que
-quedan se destinen a los soldados y oficiales heridos, lo cual me
-parece muy bien dispuesto, porque ellos lo merecen todo. Esta mañana
-estaba repartiéndoles la comida. ¡Si vieras qué perniles, qué alones,
-qué pechugas había allí! Tuve intenciones de escurrir bonitamente
-una mano por entre los platos y pescar un muslo de gallina, para
-metérmelo con disimulo en el bolsillo de la chupa y traérselo a mi
-hija. Estuve luchando un largo rato entre el afán que me dominaba y
-mi conciencia, y al fin, elevando el pensamiento, y diciendo: «Señor,
-perdóname lo que voy a hacer», me decidí a cometer el hurto. Alargué
-los dedos temblorosos, toqué el plato, y al sentir el contacto de la
-carne, la conciencia me dio un fuerte grito y aparté la mano; pero se
-me representó el estado lastimoso de mi niña y volví a las andadas.
-Ya tenía entre las garras el muslo, cuando un oficial herido me vio.
-Al punto sentí que la sangre se me subía a la cara, y solté la presa
-diciendo: «Señor oficial, no queda duda que esa carne es excelente
-y que la pueden ustedes comer sin escrúpulo...» Me vine a casa con
-la conciencia tranquila, pero con las manos vacías. Y hablando de
-otra cosa, amigo Andrés, dicen que al fin se tendrá que rendir
-Montjuich.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span>—Así parece, Sr. D.
-Pablo. El Gobernador ha ofrecido premios y grados a los seiscientos
-hombres de D. Guillermo Nash; pero con todo, parece que no pueden
-resistir más tiempo. Los que hay dentro del castillo ya no son hombres,
-pues ninguno ha quedado entero, y si se sostienen una semana, es
-preciso creer que San Narciso hace hoy un milagro más prodigioso que el
-de las moscas, ocurrido seiscientos años ha.</p>
-
-<p>—Esta mañana me dijeron que los del castillo no están ya para
-fiestas; pero que el Gobernador Sr. Álvarez les manda resistir y más
-resistir, como si fueran de hierro los pobres hombres. Diecinueve
-baterías han levantado los franceses contra aquella fortaleza... conque
-figúrate el sinnúmero de confites que habrá llovido sobre la gente de
-D. Guillermo Nash.</p>
-
-<p>—No necesito figurármelo, Sr. D. Pablo —repuse—, que todo eso lo
-tengo más que visto, pues la Torre Gironella, donde yo estoy, no tiene
-ninguna varita de virtudes para impedir que las bombas caigan sobre
-ella.</p>
-
-<p>La enferma, levantándose de su asiento sin ser sentida, se acercó a
-nosotros.</p>
-
-<p>—Hija mía —le dijo Nomdedeu con sorpresa y cariño, a pesar de la
-certeza de no ser oído—, tu disposición a andar me prueba que estás
-mucho mejor. Unos cuantos paseos por las afueras de la ciudad te
-pondrán como nueva. ¡Ay, Andrés! —añadió dirigiéndose a mí—, daría diez
-años de mi vida por poder dar diez paseos con mi hija por el camino de
-Salt. Por espacio<span class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span> de
-muchos meses ha permanecido en una postración lastimosa, y ahora su
-naturaleza, sintiéndose renacer, busca el movimiento y quiere sacudir
-la mortal somnolencia.</p>
-
-<p>Josefina recorría la habitación con paso ligero, y sus mejillas se
-tiñeron de levísimo carmín.</p>
-
-<p>—¡Oh, qué alegría! —exclamó D. Pablo—. En todo un año no has andado
-tanto como en estos tres minutos. Mira, Andrés, cómo se le colorea el
-semblante. La sangre circula, los miembros adquieren soltura y brío, la
-apagada pupila brilla con nuevo ardor, y una respiración cadenciosa y
-enérgica sale del oprimido pecho.</p>
-
-<p>Diciendo esto, mi amigo abrazó y besó a su hija con entusiasmo.</p>
-
-<p>—Aquí tienes, insigne Marijuán —prosiguió con júbilo—, el resultado
-de mi sistema. Todos decían: «El Sr. D. Pablo Nomdedeu, que es tan buen
-médico, no curará a su hija.» Y yo digo: «Sí, majaderos: el Sr. D.
-Pablo Nomdedeu, que es un mal médico, curará a su hija.» Mi hija está
-mejor, mi hija está buena, y con unos cuantos meses de temporada en
-Castellá...</p>
-
-<p>La enferma, en efecto, manifestaba alguna animación. Al ver las
-demostraciones de su padre, hizo y repitió enérgicos signos que no
-entendí. La falta de oído habíale quitado el hábito de expresarse por
-la palabra, adquiriendo con esto insensiblemente la rápida movilidad
-facial y manual de los sordomudos. Solo en casos de apuro y cuando
-no era comprendida,<span class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span>
-recurría instintivamente a poner en acción la lengua, exprimiendo las
-ideas con cierta oscuridad, y siempre con rapidez y escasa armonía.</p>
-
-<p>—Quiero vestirme —dijo agitando el guardapiés.</p>
-
-<p>—¿Para qué, hija?</p>
-
-<p>—¿No vamos esta tarde a Castellá? En el patio dos caballos... los he
-visto.</p>
-
-<p>Nomdedeu hizo con la cabeza dolorosos signos negativos.</p>
-
-<p>—Esos caballos —me dijo—, son el mío y el del vecino D. Marcos, que
-van al matadero.</p>
-
-<p>Josefina corrió a la ventana que daba al patio, volviendo luego a
-nuestro lado.</p>
-
-<p>—¡Quiero salir... calle! —exclamó con vehemencia.</p>
-
-<p>—Hija mía —dijo D. Pablo asociando los signos a la palabra—, ya
-sabes que ha llovido. Están los pisos llenos de fango. No te sentará
-bien. Toma mi brazo y demos unos cuantos paseos de la sala a la cocina
-y de la cocina a la sala.</p>
-
-<p>Josefina mostró inmenso fastidio, y miró a la calle con
-desconsuelo.</p>
-
-<p>—Aquí tienes un gran compromiso —me dijo el doctor tirándose de un
-mechón de cabellos.</p>
-
-<p>La desgraciada niña, mirando al cielo al través de los vidrios,
-exclamó:</p>
-
-<p>—¡Qué precioso... el cielo!</p>
-
-<p>—Es verdad —repuso el padre—. Pero... más vale que te sientes en
-tu silloncito. ¿Por qué no tomas alguna cosa? Mira... uno de estos
-bollitos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span>Josefina corrió a su
-asiento y dejose caer en él, apartando con repugnancia las golosinas
-que le ofrecía su padre. Luego movió la cabeza a un lado y otro
-cerrando los ojos, y pronunciando estas palabras que caían sobre el
-corazón del padre como bombas en plaza sitiada:</p>
-
-<p>—¡Guerra en Gerona!... ¡Otra vez guerra en Gerona!</p>
-
-<p>Nomdedeu, sin atreverse a contradecirla, habíase sentado junto a
-ella, y con la cabeza entre las manos lloraba como un chiquillo.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch6">
- <h2 class="nobreak g0">VI</h2>
-</div>
-
-<p>Rindiose Montjuich a los dos días de ocurrir lo que llevo referido.
-¿Qué podían hacer aquellos cuatrocientos hombres que habían sido
-novecientos y ya caminaban a no ser ninguno? El 12 de agosto la
-guarnición del castillo se componía de unos trescientos o cuatrocientos
-hombres, sin piernas los unos, sin brazos los otros. Montjuich era un
-montón de muertos, y lo más raro del caso es que Álvarez se empeñaba en
-que aún podía defenderse. Quería que todos fuesen como él, es decir,
-un hombre para atacar y una estatua para sufrir; mas no podía ser así,
-porque de la pasta de D. Mariano Dios había hecho a D. Mariano, y
-después dijo: «Basta, ya no haremos más.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_53">p. 53</span>Se rindió el castillo
-después de clavar los pocos cañones que quedaron útiles, y por la tarde
-de aquel día vimos desfilar a la que había sido guarnición, marchando
-la mayor parte al hospital. Todos quisimos ver a Luciano Anció, el
-tambor que, después de haber perdido una pierna entera y verdadera,
-siguió mucho tiempo señalando con redobles la salida de las bombas;
-pero Luciano Anció había muerto sacudiendo el parche mientras tuvo
-los brazos pegados al cuerpo. Daba lástima ver a aquella gente, y yo
-le dije a Siseta, que había ido con los tres chicos a la Plaza de San
-Pedro:</p>
-
-<p>—Como estos medios hombres estaré yo dentro de poco, Siseta, porque
-ya que acabaron con Montjuich, ahora la van a emprender con la torre
-Gironella, cuyas murallas no se han caído ya... por punto.</p>
-
-<p>Los franceses no esperaron al día siguiente para combatir la ciudad,
-que se les venía a la mano, una vez que tenían la gran fortaleza, y
-desde la misma noche empezaron a levantar baterías por todos lados.
-Tanta prisa se dieron, que en pocos días alcanzamos a ver muchísimas
-bocas de fuego por arriba, por abajo, por la montaña y por el llano,
-contra la muralla de San Cristóbal y Puerta de Francia. El Gobernador,
-que harto conocía la flaqueza de aquellas murallas de mazapán, dispuso
-que se ejecutaran obras como las de Zaragoza: cortaduras por todos
-lados, parapetos, zanjas y espaldones de tierra en los puntos más
-débiles.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span>Las mujeres y los
-ancianos trabajaron en esto, y yo me llevé a la Plaza de San Pedro a
-mis tres chiquillos, que metían mucho ruido sin hacer nada. Por la
-noche regresaron a su casa completamente perdidos de suciedad, y con
-los vestidos hechos jirones.</p>
-
-<p>—Aquí te traigo estos tres caballeros —dije a Siseta—, para que los
-repases.</p>
-
-<p>Ella se enojó viéndoles tan derrotados, y quiso pegarles; pero yo la
-contuve diciendo:</p>
-
-<p>—Si han ido al trabajo, fue porque así lo ordenó el Gobernador D.
-Mariano Álvarez de Castro. Son los tres muy buenos patriotas, y si
-no es por ellos, creo que no se hubiera acabado hoy la cortadura que
-cierra el paso de la calle de la Barca. ¿Ves? Esa arroba de fango que
-tiene Gasparó en la cabeza, es porque quiso también meter sus manos
-en harina, y subiendo al parapeto, rodó después hasta el fondo de la
-zanja, de donde le sacaron con una azada.</p>
-
-<p>Siseta al oír esto empezó a solfearle en cierta parte,
-encareciéndole con enérgicas palabras la conveniencia de que no tomase
-parte en las obras de fortificación.</p>
-
-<p>—¿Ves este verdugón que tiene Manalet en el carrillo y en la sien
-derecha? —proseguí, librando a Gasparó de las injusticias de su
-hermana—. Pues fue porque se acercó demasiado al Gobernador cuando
-este iba con el Intendente y toda la plana mayor a examinar las obras.
-Estas criaturitas, no contentas con verle de cerca, se metían en el
-corrillo, enredándose entre las piernas de D. Mariano en términos<span
-class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span> que no le dejaban andar. Un
-ayudante les espantaba; pero volvían como las moscas de San Narciso,
-hasta que al fin, cansados del juego, los oficiales empezaron a
-repartir bofetones, y uno de ellos le cayó en la cara a tu hermano
-Manalet.</p>
-
-<p>—¡Ay, qué chicos estos! —exclamó Siseta—. Todos desean que se acabe
-el sitio para poder vivir, y yo quiero que se acabe para que haya
-escuela.</p>
-
-<p>Entre tanto, los tres patriotas volvían a todas partes sus ardientes
-ojos, en cuya pupila resplandecía el rayo de una vigorosa y exigente
-vida; miraban a su hermana y me miraban a mí, atendiendo principalmente
-a los movimientos de mis manos, por ver si me las llevaba a los
-bolsillos.</p>
-
-<p>—Siseta —dije—, ¿no hay nada que comer? Mira que estos tres
-capitanes generales me quieren tragar con los ojos. Y verdaderamente,
-¿cómo han de servir a la patria si no se les pone algún peso en el
-cuerpo?</p>
-
-<p>—No hay nada —dijo la muchacha, suspirando tristemente—. Se ha
-concluido lo que tú trajiste la semana pasada, y hace dos días que
-la señora Sumta no me da ni una miga porque parece que arriba faltan
-también las provisiones. ¿Nos traes algo esta noche?</p>
-
-<p>Por única respuesta, fijé la vista en el suelo, y durante largo rato
-guardamos todos profundo silencio, sin atrevernos a mirarnos. Yo no
-llevaba nada.</p>
-
-<p>—Siseta —dije al fin—. La verdad, hoy no he traído cosa alguna.
-Sabes que no nos dan más<span class="pagenum" id="Page_56">p.
-56</span> que media ración, y yo había tomado adelantadas dos o tres
-diciendo que eran para un enfermo. Esta mañana me dio un compañero un
-pedazo de pan... ¿y para qué negártelo?... tenía tanta hambre que me lo
-comí.</p>
-
-<p>Felizmente para todos, bajó la señora Sumta, trayendo algunos
-mendrugos de pan y otros restos de comida.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch7">
- <h2 class="nobreak g0">VII</h2>
-</div>
-
-<p>Así pasaban días y días, y a los males ocasionados por el sitio,
-se unió el rigor de la calurosa estación para hacernos más penosa la
-vida. Ocupados todos en la defensa, nadie se cuidaba de los inmundos
-albañales que se formaban en las calles, ni de los escombros, entre
-cuyas piedras yacían olvidados cadáveres de hombres y animales; ni por
-lo general, la creciente escasez de víveres preocupaba los ánimos más
-que en el momento presente. Todos los días se esperaba el anhelado
-socorro, y el socorro no venía. Llegaban, sí, algunos hombres, que de
-noche y con grandes dificultades se escurrían dentro de la plaza; pero
-ningún convoy de vituallas apareció en todo el mes de agosto. ¡Qué
-mes, Santo Dios! Nuestra vida giraba sobre un eje cuyos dos polos eran
-batirse y no comer. En las murallas era preciso estar constantemente
-haciendo<span class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span> fuego, porque
-la escasez de la guarnición no permitía relevos, además de que el
-Gobernador, como enemigo del descanso, no nos dejaba descabezar un mal
-sueño. Allí no dormían sino los muertos.</p>
-
-<p>Este continuado trabajo hizo que durante aquel mes aciago estuviese
-hasta ocho días sin ver a mis queridos niños y a Siseta, los cuales me
-juzgaron muerto. Cuando al fin les vi, casi les fue difícil reconocerme
-en el primer instante: tal era mi extenuación y decaimiento a causa de
-las grandes vigilias, del hambre y el continuo bregar.</p>
-
-<p>—Siseta —le dije abrazándola—, todavía estoy vivo aunque no lo
-parezca. Cuando recuerdo el enorme número de compañeros míos que han
-caído para no volverse a levantar, me parece que mi pobre cuerpo está
-también entre los suyos, y que esto que va conmigo es un fantasma que
-dará miedo a la gente. ¿Cómo va por aquí de alimentos?</p>
-
-<p>—Con el dinero que me quedaba de lo que tú me diste, hemos comprado
-alguna carne de caballo. Algo nos envían de arriba, porque la señorita
-enferma no quiere comer de estos platos que ahora se usan. El Sr.
-Nomdedeu parará en loco, según yo veo, y ayer estuvo aquí todo el día
-rellenando de paja dos pieles de gallina, con lo cual hace creer a su
-hija que ha recibido aves frescas de la plaza. Después le da carne de
-caballo, y echándole discursos escritos le hace comer unas tajaditas.
-La señora Sumta salió ayer con su fusil, y volvió diciendo que había
-matado<span class="pagenum" id="Page_58">p. 58</span> no sé cuántos
-franceses. Los tres chicos no me han dejado respirar en estos ocho
-días. ¿Querrás creer que ayer se subieron al tejado de la catedral,
-donde están los dos cañones que mandó poner el Gobernador? Yo no sé
-por dónde subieron; mas creo que fue por los techos del claustro. Lo
-que no creerás es que Manalet vino ayer muy orgulloso porque le había
-rozado una bala el brazo derecho, haciéndole una regular herida, por lo
-cual traía un papel pegado con saliva encima de la rozadura. Badoret
-cojea de un pie. Yo quiero detener al pequeño; pero siempre se escapa,
-marchándose con sus hermanos, y ayer trajo un pedazo de bomba como
-media taza, llena de granos de arroz que recogió en medio del arroyo...
-Y tú ¿qué has oído? ¿Es cierto que vienen socorros por la parte de
-Olot? El señor Nomdedeu no piensa más que en esto, y por las noches,
-cuando siente algún ruido en las calles, se levanta, y asomándose por
-el ventanillo del patio, dice: «Vecinita, esa gente que pasa me parece
-que ha hablado de socorro.»</p>
-
-<p>—Lo que yo te puedo decir, Siseta, es que esta madrugada saldrá
-alguna tropa de aquí por la ermita de los Ángeles, y se dice que va a
-entretener a los franceses por un lado mientras el convoy entra por
-otro.</p>
-
-<p>—Dios quiera que salga bien.</p>
-
-<p>Esto decíamos, cuando se sintió fuerte ruido de voces en la calle.
-Abrí al punto la puerta, y no tardé en encontrar algunos compañeros
-que, alojados en las casas inmediatas, salieron<span class="pagenum"
-id="Page_59">p. 59</span> al oír el estruendo de carreras y voces. La
-señora Sumta se presentó también a mi vista, fusil al hombro, y con
-rostro tan placentero cual si viniese de una fiesta.</p>
-
-<p>—Ya tenemos ahí los socorros —dijo la guerrera, descansando en
-tierra el fusil con marcial abandono.</p>
-
-<p>Al punto apareció en la ventana alta el busto del Sr. Nomdedeu,
-quien sin poder contener su alegría, gritaba:</p>
-
-<p>—¡Ya ha llegado el socorro! ¡Albricias, pueblo gerundense! Señora
-Sumta, suba usted a informarme de todo. ¿Pero ha entrado ya el convoy?
-Traiga usted inmediatamente todo lo que encuentre, a cualquier precio
-que lo vendan.</p>
-
-<p>Un soldado, amigo y compañero mío, nos dijo:</p>
-
-<p>—Todavía no ha entrado el convoy en la plaza, ni sabemos cuándo ni
-por dónde entrará.</p>
-
-<p>—Lo cierto es que hacia el lado de Bruñolas se siente un vivo fuego,
-señal de que por allí D. Enrique O’Donnell se está batiendo con los
-franceses.</p>
-
-<p>—También se oye tiroteo por los Ángeles, donde dicen que está
-Llauder. El convoy entrará por el Mercadal, si no me engaño.</p>
-
-<p>—Señora Sumta —dijo D. Pablo desde la ventana—, suba usted a
-acompañar a mi hija mientras yo voy a enterarme de lo que ocurre;
-pero deje usted fuera esos arreos militares, y póngase el delantal
-y la escofieta. Entre tanto, encienda el fuego, ponga agua en<span
-class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span> los pucheros, que si usted va
-por los víveres, yo mondaré luego las seis patatas que compré hoy, y
-haré todo lo demás que sea preciso en la cocina.</p>
-
-<p>Estas conferencias no se prolongaron mucho tiempo, porque
-tocaron llamada y corrimos a la muralla, donde tuvimos la indecible
-satisfacción de oír el vivo fuego de los franceses, atacados de
-improviso a retaguardia por las tropas de O’Donnell y de Llauder. Para
-ayudar a los que venían a socorrernos se dispararon, todas las piezas,
-se hizo un vivo fuego de fusilería desde todas las murallas, y por
-diversos puntos salimos a hostigar a los sitiadores, facilitando así
-la entrada del convoy. Por último, mientras hacia Bruñolas se empeñaba
-un recio combate en que los franceses llevaron la peor parte, por Salt
-penetraron rápidamente dos mil acémilas, custodiadas por cuatro mil
-hombres a las órdenes del General D. Jaime García Conde.</p>
-
-<p>¡Qué inmensa alegría! ¡Qué frenesí produjo en los habitantes de
-Gerona la llegada del socorro! Todo el pueblo salió a la calle al
-rayar el día para ver las mulas, y si hubieran sido seres inteligentes
-aquellos cuadrúpedos, no se les habría recibido con más cariñosas
-demostraciones, ni con tan generosa salva de aplausos y vítores. Al
-pasar por la calle de Cort-Real, ya entrado el día, encontré a Siseta,
-a los tres chicos y a D. Pablo Nomdedeu, y todos nos abrazamos,
-comunicándonos nuestro gozo más con gestos que con palabras.</p>
-
-<p>—Gerona se ha salvado —decíamos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span>—Ahora que aprieten
-los <i>cerdos</i> el cerco —exclamó D. Pablo—. ¡Dos mil acémilas!
-Tenemos víveres para un año.</p>
-
-<p>—Bien decía yo —añadió Siseta— que por alguna parte había de
-venir.</p>
-
-<p>Aquel día y los siguientes reinó en la plaza gran satisfacción, y
-hasta nos hostilizaron flojamente los franceses, porque detuviéronse
-algunos días en ocupar las posiciones que habían abandonado a causa
-de la jugarreta que se les hizo. En cuanto a los auxilios, pasada la
-impresión del primer instante, todos caímos en la cuenta de que los
-mismos que nos los habían traído nos los quitarían, porque reforzada
-la guarnición con los cuatro mil hombres de Conde, estos nos ayudaban
-a consumir los víveres. ¡Funesto dilema de todas las plazas sitiadas!
-Pocas bocas para comer dan pocos brazos para pelear. Gran número de
-brazos trae gran número de bocas: de modo que si somos pocos nos vence
-el arte enemigo; si somos muchos nos vence el hambre. Sobre esta
-contradicción se funda verdaderamente todo el arte militar de los
-sitios.</p>
-
-<p>Así se lo decía yo a D. Pablo pocos días después de la llegada de
-las dos mil acémilas, anunciándole que bien pronto nos quedaríamos otra
-vez en ayunas, a lo cual me contestó:</p>
-
-<p>—Yo he hecho grandes provisiones. Pero si el sitio se prolonga
-mucho, también se me concluirán. Ahora, según dicen, Álvarez hará un
-gran esfuerzo para quitarnos de encima esa canalla. Ya sabes que a
-fuerza de cañonazos<span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span>
-han abierto brecha en Santa Lucía, en Alemanes y en San Cristóbal. De
-un día a otro intentarán el asalto. ¿Se podrá resistir, Andrés? Yo iré
-a la brecha como todos. Pero ¿qué podremos hacer nosotros, infelices
-paisanos, contra las embestidas de tan fiero enemigo?</p>
-
-<p>Desde aquellos días hasta el 15 de septiembre, en que D. Mariano
-dispuso una salida atrevidísima, no se habló más que de los
-preparativos para el gran esfuerzo, y los frailes, las mujeres y hasta
-los chicos hablaban de las hazañas que pensaban realizar, peligros
-que soportar y dificultades que acometer, con tan febril inquietud y
-novelería como si aguardasen una fiesta. Yo le dije a Siseta que se
-dispusiera a tomar parte con las de su sexo en la gran función; pero
-ella, que siempre se negó a calzar el coturno de las acciones heroicas,
-me contestó con risas y bromas que no servía para el caso; pero que si
-por fuerza la llevaban a la batalla, haría la prueba de matar algún
-francés con las tenazas de la herrería.</p>
-
-<p>La salida del 15 no dio otro resultado que envalentonar a los
-señores <i>cerdos</i>, los cuales, deseosos de poner fin al cerco
-tomando la ciudad, se nos echaron encima el día 19, asaltando la
-muralla por distintos puntos con cuatro formidables columnas de a dos
-mil hombres. En Gerona fueron tan grandes aquella mañana el entusiasmo
-y la ansiedad, que hasta nos olvidamos de que nuevamente nos faltaba un
-pedazo de pan que llevar a la boca.</p>
-
-<p>Los soldados conservaban su actitud serena<span class="pagenum"
-id="Page_63">p. 63</span> e imperturbable; pero en los paisanos se
-advertía una alucinación, algo como embriaguez, que no era natural
-antes del triunfo. Los frailes, echándose en grupos fuera de sus
-conventos, iban a pedir que se les señalase el puesto de mayor peligro;
-los señores graves de la ciudad, entre los cuales los había que
-databan del segundo tercio del siglo anterior, también discurrían de
-aquí para allí con sus escopetas de caza, y revelaban en sus animados
-semblantes la presuntuosa creencia de que ellos lo iban a hacer todo.
-Menos bulliciosos y más razonables que estos, los individuos de la
-Cruzada gerundense hacían todo lo posible para imitar en su reposada
-ecuanimidad a la tropa. Las damas del batallón de Santa Bárbara no se
-daban punto de reposo, anhelando probar con sus incansables idas y
-venidas que eran el alma de la defensa; los chicos gritaban, creyendo
-que de este modo se parecían a los hombres, y los viejos, muy viejos,
-que fueron eliminados de la defensa por el Gobernador, movían la cabeza
-con incrédula y desdeñosa expresión, dando a entender que nada podría
-hacerse sin ellos.</p>
-
-<p>Las monjas abrían de par en par las puertas de sus conventos,
-rompiendo a un tiempo rejas y votos; disponían para recoger a los
-heridos sus virginales celdas, jamás holladas por planta de varón, y
-algunas salían en falanges a la calle, presentándose al Gobernador
-para ofrecerle sus servicios, una vez que el interés nacional había
-alterado pasajeramente los rigores del santo instituto. Dentro de las
-iglesias<span class="pagenum" id="Page_64">p. 64</span> ardían mil
-velas delante de mil santos; mas no había oficios de ninguna clase,
-porque los sacerdotes, lo mismo que los sacristanes, estaban en la
-muralla. Toda la vida, en suma, desde lo religioso hasta lo doméstico,
-estaba alterada, y la ciudad no era la ciudad de otros días. Ninguna
-cocina humeaba, ningún molino molía, ningún taller funcionaba, y la
-interrupción de lo ordinario era completa en toda la línea social,
-desde lo más alto a lo más bajo.</p>
-
-<p>Lo extraño era que no hubiese confusión en aquel desbordamiento
-espontáneo del civismo gerundense; pues al par de este, brillaba
-la subordinación. En verdad que D. Mariano sabía establecerla
-rigurosísima, y no permitía desmanes ni atropellos de ninguna clase,
-siendo inexorablemente enérgico contra todo aquel que sacara el pie
-fuera del puesto que se le había marcado.</p>
-
-<p>Las campanas tocaban a somatén, ocupándose en el servicio los chicos
-del pueblo, por ausencia de los campaneros, y el cañón francés empezó
-desde muy temprano a ensordecer el aire. Los tambores recorrían las
-calles repicando su belicosa música, y los resplandores de los fuegos
-parabólicos comenzaron a cruzar el cielo. Todo estaba perfectamente
-organizado, y cada uno fue derecho a su sitio, no necesitando preguntar
-a nadie cuál era. Sin que sus habitantes salieran de ella, la ciudad
-quedó abandonada, quiero decir, que ninguno se cuidaba de la casa
-que ardía, del techo desplomado, de los hogares a cada instante
-destruidos por el horrible bombardeo. Las madres<span class="pagenum"
-id="Page_65">p. 65</span> llevaban consigo a los niños de pecho,
-dejándolos al abrigo de una tapia o de un montón de escombros, mientras
-desempeñaban la comisión que el instituto de Santa Bárbara les
-encomendara. Menos aquellas en que había algún enfermo, todas las casas
-estaban desiertas, y muebles y colchones, trapos y calderos en revuelto
-hacinamiento obstruían las Plazas del Aceite y del Vino.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch8">
- <h2 class="nobreak g0">VIII</h2>
-</div>
-
-<p>Yo estaba en Santa Lucía, donde había mucha tropa y paisanos. Allí
-me encontré a D. Pablo Nomdedeu, que me dijo:</p>
-
-<p>—Andrés, mis funciones de médico y mi deber de patriota me obligan
-a apartarme hoy de mi hija. Mucho he sermoneado a la señora Sumta para
-que se quedara en casa; pero ese marimacho me amenazó con denunciarme
-al Gobernador como patriota tibio si persistía en apartarla de la
-senda de gloria por donde la llevan los acontecimientos. Mírala: ahí
-está entre aquellos artilleros, y será capaz de servir sola el cañón
-de a 12 si la dejan. La buena Siseta se ha quedado acompañando a
-mi querida enfermita. Ya le he dicho que le haré un buen regalo si
-consigue entretener a la niña, de modo que esta no comprenda nada de
-lo que pasa. Es cosa difícil, a pesar de que no<span class="pagenum"
-id="Page_66">p. 66</span> oye ni los cañonazos... He clavado todas las
-ventanas para que no se asome, y dejando cerrada a la luz solar la
-habitación, he encendido el candil, haciéndole creer que hay una fuerte
-tempestad de truenos y rayos. Como no caiga una bomba allí mismo o en
-las inmediaciones, es probable que nada comprenda, engañada por el
-profundo y saludable silencio en que su cerebro yace. ¡Dios mío, aparta
-de mí las tribulaciones y libra mi hogar del fuego enemigo! ¡Si me has
-de quitar el único consuelo que tengo en la tierra, dale una muerte
-tranquila, y no conturbes su último instante con la cruel agonía del
-espanto! ¡Si ha de ir al cielo, que vaya sin conocer el infierno, y que
-este ángel no vea demonios junto a sí en el momento de su muerte!</p>
-
-<p>La señora Sumta, empujando a un lado y otro con sus membrudos
-brazos, llegó a nosotros hablando así a su amo:</p>
-
-<p>—¿Qué hace ahí, señor mío, como un dominguillo? ¿Pero no tiene
-fusil, ni escopeta, ni pistolas, ni sable? Ya... no lleva más que la
-herramienta para cortar brazos y piernas al que lo haya menester.</p>
-
-<p>—Médico soy y no soldado —repuso D. Pablo—: mis arreos son las
-vendas y el ungüento; mis armas el bisturí, y mi única gloria la de
-dejar cojos a los que debían ser cadáveres. Pero si preciso fuere,
-venga un fusil, que curaré españoles con una mano y mataré franceses
-con la otra.</p>
-
-<p>Teníamos por jefe en Santa Lucía a uno de los hombres más bravos
-de esta guerra: un irlandés<span class="pagenum" id="Page_67">p.
-67</span> llamado D. Rodulfo Marshall, que había venido a España sin
-que nadie le trajese, solo por gusto de defender nuestra santa causa.
-Aventurero o no, Marshall por lo valiente debía haber sido español.
-Era rozagante, corpulento, de semblante festivo y mirar encendido,
-algo semejante al de D. Juan Coupigny que vimos en Bailén. Hablaba
-mal nuestra lengua; pero aunque alguna de sus palabrotas nos causaban
-risa, decíalas con la suficiente claridad para ser entendidas, y nada
-importaba que destrozara el castellano con tal que destrozase también a
-los franceses, como lo hizo en varias ocasiones.</p>
-
-<p>Había que ver el empuje de aquellas columnas de <i>cerdos</i>,
-señores. No parecían sino lobos hambrientos, cuyo objeto no era
-vencernos, sino comernos. Se arrojaban ciegos sobre la brecha, y allí
-de nosotros para taparla. Dos veces entraron por ella dispuestos a
-echarnos de la cortina; pero Dios quiso que nosotros les echásemos a
-ellos. ¿Por qué? ¿De qué modo? Esto es lo que no sabré contestar a
-ustedes si me lo preguntan. Solo sé que a nosotros no se nos importaba
-nada morir, y con esto tal vez está dicho todo. D. Mariano se presentó
-allí, y no crean ustedes que nos arengó hablándonos de la gloria y de
-la causa nacional, del Rey o de la religión. Nada de eso. Púsose en
-primera línea, descargando sablazos contra los que intentaban subir, y
-al mismo tiempo nos decía: «Las tropas que están detrás tienen orden de
-hacer fuego contra las que están delante, si estas retroceden un<span
-class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span> solo paso.» Su semblante
-ceñudo nos causaba más terror que todo el ejército enemigo. Como algún
-jefe le dijera que no se acercase tanto al peligro, respondió: «Ocúpese
-usted de cumplir su deber, y no se cuide tanto de mí. Yo estaré donde
-convenga.»</p>
-
-<p>Marchose después a otro punto, donde creía hacer falta, y sin él
-nos aturdimos de nuevo. Aquel hombre traía consigo una luz milagrosa,
-que nos permitía ver mejor el sitio, y medir nuestros movimientos y
-los de los franceses, para que estos no pudieran echársenos encima.
-Los soldados enemigos morían como moscas al pie de la brecha; pero
-de los nuestros caían también por docenas. Recuerdo que un compañero
-mío muy amado fue herido en el pecho, y cayó junto a mí en uno de los
-momentos de mayor apuro, de más vivo fuego, de verdadera angustia, y
-cuando un ligero refuerzo por una parte u otra habría decidido si la
-muralla quedaba por Francia o por España. El desgraciado muchacho quiso
-levantarse, pero inútilmente. Dos monjas se acercaron, despreciando el
-fuego, y lo apartaron de allí.</p>
-
-<p>Pero la pérdida más sensible fue la del jefe D. Rodulfo Marshall.
-Tengo la gloria de haberle recogido en mis brazos en el mismo boquete
-de la brecha, y no se me olvidará lo que dijo poco después, tendido en
-la calle en el momento de expirar: «Muero contento por causa tan justa
-y por nación tan brava.»</p>
-
-<p>Cuando esto pasó, ya los franceses indicaban haber desistido de
-entrar en la ciudad por<span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span>
-aquella parte. Y hacían bien, porque estábamos cada vez más decididos
-a no dejarles entrar. Si a tiros no lográbamos contenerlos, los
-acuchillábamos sin compasión; y como esto no bastara, aún teníamos
-a mano las mismas piedras de la muralla para arrojarlas sobre sus
-cabezas. Esta era un arma que manejaban las mujeres con mucho denuedo,
-y desde los contornos llovían guijarros de medio quintal sobre los
-sitiadores. Cuando la función en la muralla de Santa Lucía terminaba,
-no nos veíamos unos a otros, porque el polvo y el humo formaban densa
-atmósfera en toda la ciudad y sus alrededores, y el ruido que producían
-las doscientas piezas de los franceses vomitando fuego por diversos
-puntos, a ningún ruido de máquinas de la tierra ni de tempestades del
-cielo era comparable. La muralla estaba llena de muertos que pisábamos
-inhumanamente al ir de un lado para otro, y entre ellos algunas mujeres
-heroicas expiraban confundidas con los soldados y patriotas. La señora
-Sumta estaba ronca de tanto gritar, y D. Pablo Nomdedeu, que había
-arrojado muchas piedras, tenía los dedos magullados; pero no por esto
-dejaba de cuidar a los heridos, ayudándole muchas señoras, algunas
-monjas, y dos o tres frailes que no valían para cargar un arma.</p>
-
-<p>De pronto veo venir un chico que se me acerca haciendo cabriolas,
-saludándome desde lejos a gritos, y esgrimiendo un palo en cuya punta
-flotaba el último jirón de su barretina. Era Manalet.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span>—¿Dónde has estado?
-—le pregunté—. Corre a tu casa; entérate de si tu hermana ha tenido
-novedad, y dile que yo estoy sano y bueno.</p>
-
-<p>—Yo no voy ahora a casa. Me vuelvo a San Cristóbal.</p>
-
-<p>—¿Y qué tienes tú que hacer allí, en medio del fuego?</p>
-
-<p>—La barretina tiene tres balazos —me dijo con el mayor orgullo,
-mostrándome el gorro hecho trizas—. Cuando se quedó así la tenía puesta
-en la cabeza. No creas que estaba en el palo, Andrés. Después la he
-puesto aquí para que la gente la viera toda llena de agujeros.</p>
-
-<p>—¿Y tus hermanos?</p>
-
-<p>—Badoret ha estado en Alemanes, y ahora me dijo que él solo había
-matado no sé cuántos miles de franceses, tirándoles piedras. Yo estaba
-en San Cristóbal: un soldado me dijo que se le habían acabado las
-balas, y que le llevara huesos de guinda, y le llevé más de veinte,
-Andrés.</p>
-
-<p>—¿Y Gasparó?</p>
-
-<p>—Gasparó anda siempre con mi hermano Badoret. También estuvo en
-Alemanes, y aunque Siseta le quiso dejar encerrado en casa, él se
-escapó por la puerta de atrás. Ahora hemos estado juntos, buscando algo
-que comer en aquel montón de desperdicios que hay en la calle del Lobo;
-pero no encontramos nada. ¿Tienes tú algo, Andrés?</p>
-
-<p>—Algo, ¿qué es eso? ¿Pues acaso queda algo que comer en Gerona? Aquí
-no se come más que humo de pólvora. ¿Has visto al Gobernador?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span>—Ahora iba por ahí
-arriba. Parece como que va al Calvario. Nosotros bajábamos con otros
-chicos, y cuando le vimos, pusímonos en fila, gritando: «¡Viva su
-Majestad el Gobernador D. Mariano!» ¿Pues querrás creer que no nos dijo
-tanto así? Ni siquiera nos miró.</p>
-
-<p>—¡Hombre, qué falta de cortesía! ¡No saludar a gente tan
-respetable!</p>
-
-<p>—Después Badoret se metió en las Capuchinas, porque estaba la puerta
-abierta. Andrés, ¿sabes que hay un soldado muerto que tiene un tronco
-de col en la mano? Si me das licencia se lo quitaré.</p>
-
-<p>—No se toca a los muertos, Manalet. Veremos si ahora que hemos
-destrozado a los franceses, nos dan alguna cosa.</p>
-
-<p>Infinidad de mujeres ocupábanse allí en retirar a los heridos, y
-también repartían a los sanos algunas raciones de pan negro y muy
-poco vino. Nosotros veíamos a los franceses retirándose por el llano
-adelante, y no podíamos reprimir un sentimiento de ardiente orgullo al
-ver resultado tan colosal con tan pequeños medios. Parecía realmente
-un milagro que tan pocos hombres contra tantos y tan aguerridos nos
-defendiéramos detrás de murallas cuyas piedras se arrancaban con las
-manos. Nosotros nos caíamos de hambre; ellos no carecían de nada:
-nosotros apenas podíamos manejar la artillería; ellos disparaban contra
-la plaza doscientas bocas de fuego. Pero ¡ay! no tenían ellos un D.
-Mariano Álvarez que les ordenara morir con mandato ineludible, y cuya
-sola vista infundiera en el ánimo<span class="pagenum" id="Page_72">p.
-72</span> de la tropa un sentimiento singular que no sé cómo exprese,
-pues en él había, además del valor y la abnegación, lo que puede
-llamarse miedo a la cobardía, recelo de aparecer cobarde a los ojos de
-aquel extraordinario carácter. Nosotros decíamos que el yunque y el
-martillo con que Dios forjó el corazón de D. Mariano, no había servido
-después para hacer pieza alguna.</p>
-
-<p>Manalet se separó de mí, y al poco rato le vi aparecer con otros
-muchos chicos, todos descalzos, sucios, harapientos y tiznados, entre
-los cuales venía su hermano Badoret, trayendo a cuestas a Gasparó,
-cuyos brazos y piernas colgaban sobre los hombros y por la cintura
-de aquel. Todos venían muy contentos, y especialmente Badoret, que
-repartía algunas guindas a sus compañeros.</p>
-
-<p>—Toma, Andrés —me dijo el chico, dándome una guinda—. Ya tienes
-para todo el día. Toma esta otra y repártela entre tus compañeros, que
-tendrán un hambre... ¿Sabes cómo las he ganado? Pues te contaré. Iba
-yo con Gasparó a cuestas por la calle del Lobo, y vi abierta la puerta
-del convento de Capuchinas, que siempre está cerrada. Gasparó me pedía
-pan con chillidos y más chillidos, y yo le pegaba de coscorrones para
-que callara, diciéndole que si no callaba se lo contaría al señor
-Gobernador. Pero cuando vi abierta la puerta del convento, dije:
-«aquí ha de haber algo,» y me colé dentro. Metime en el patio, entré
-después en la iglesia, pasé al coro, luego a un corredor largo donde
-había muchos cuartos chicos,<span class="pagenum" id="Page_73">p.
-73</span> y no vi a nadie. Registré todo, por si caía cualquier cosa;
-pero no encontré sino algunos cabos de vela y dos o tres madejas de
-seda, que estuve chupando a ver si daban algún jugo. Ya me volvía a la
-calle, cuando sentí detrás de mí: <i>pist, pist...</i> pues... como
-llamándome. Miré y no vi nada. ¡Qué miedo, Andrés, qué miedo! Allá a
-lo último del corredor había una lámina grande, donde estaba pintado
-el diablo con un gran rabo verde. Pensé que era el diablo quien me
-llamaba, y eché a correr. Pero ¡ay de mí! que no podía encontrar
-la salida, y todo era dar vueltas y más vueltas en aquel maldito
-corredor; y a todas estas, <i>pist, pist...</i> Después oí que dijeron:
-«Muchacho, ven acá,» y tanto miré por el techo y las paredes, que
-alcancé o ver detrás de una reja una mano blanca y una cara arrugada
-y petiseca. Ya no tuve miedo y fui allá. La monjita me dijo: «Ven, no
-temas; tengo que hablarte.» Yo me acerqué a la reja y le dije: «Señora,
-perdóneme usía, yo creí que era usted el demonio.»</p>
-
-<p>—Sería una pobre monja enferma que no pudo salir con las demás.</p>
-
-<p>—Eso mismo. La señora me dijo: «Muchacho, ¿cómo has entrado aquí?
-Dios te manda para que me hagas un gran servicio. La comunidad se ha
-marchado. Estoy enferma y baldada. Quisieron llevarme; pero se hizo
-tarde y aquí me dejaron. Tengo mucho miedo. ¿Se ha quemado ya toda la
-ciudad? ¿Han entrado los franceses? Ahora, quedándome medio dormida,
-soñé que todas las hermanas<span class="pagenum" id="Page_74">p.
-74</span> habían sido degolladas en el matadero, y que los franceses
-se las estaban comiendo. Muchacho, ¿te atreverás tú a ir ahora mismo
-al fuerte de Alemanes y dar esta esquela a mi sobrino D. Alonso
-Carrillo, capitán del regimiento de Ultonia? Si lo haces, te daré este
-plato de guindas que ves aquí, y este medio pan...» Aunque no me lo
-diera, lo habría hecho, ya ves... Cogí la esquela; ella me dijo por
-dónde había de salir, y corrí a los Alemanes. Gasparó chillaba más;
-pero yo le dije: «Si no callas, te metemos dentro de un cañón como
-si fueras bala; disparamos, y vas a parar rodando a donde están los
-franceses, que te pondrán a cocer en una cacerola para comerte...»
-Llegué a Alemanes. ¡Qué fuego! Lo de aquí no es nada. Las balas de
-cañón andaban por allí como cuando pasa una bandada de pájaros. ¿Crees
-que yo les tenía miedo? ¡Quia! Gasparó seguía llorando y chillando;
-pero yo le enseñaba las luces que despedían las bombas, le enseñaba
-las chispas de los fogonazos, y le decía: «¡Mira qué bonito! Ahora
-vamos nosotros a disparar también los cañones.» Un soldado me dio una
-manotada echándome para afuera, y caí sobre un montón de muertos; pero
-me levanté y seguí <i>palante</i>. Entró el Gobernador, y cogiendo una
-gran bandera negra que parece un paño de ánimas, la estuvo moviendo
-en el aire, y luego dijo que al que no fuera valiente le mandaría
-ahorcar. ¿Qué tal? Yo me puse delante y grité: «Está muy bien hecho.»
-Unos soldados me mandaron salir, y las mujeres que curaban a<span
-class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span> los heridos se pusieron a
-insultarme, diciendo que por qué llevaba allí esta criatura... ¡Qué
-fuego! Caían como moscas: uno ahora, otro en seguida... Los franceses
-querían entrar, pero no les dejamos.</p>
-
-<p>—¿Tú también?</p>
-
-<p>—Sí: las mujeres y los paisanos echaban piedras por la muralla abajo
-sobre los marranos que querían subir; yo solté a Gasparó, poniéndole
-encima de una caja donde estaba la pólvora y las balas de los cañones,
-y también empecé a echar piedras. ¡Qué piedras! Una eché que pesaba
-lo menos siete quintales y cogió a un francés, partiéndolo por mitad.
-Aquello tenía que ver. Los franceses eran muchos, y nada más sino
-que querían subir. Vieras allí al Gobernador, Andresillo. D. Mariano
-y yo nos echamos <i>palante</i>... y nos pusimos a donde estaba más
-apurada la gente. Yo no sé lo que hice; pero yo hice algo, Andrés. El
-humo no me dejaba ver, ni el ruido me dejaba oír. ¡Qué tiros! En las
-mismas orejas, Andrés. Está uno sordo. Yo me puse a gritar llamándoles
-marranos, ladrones, y diciendo que Napoleón era un acá y un allá. Puede
-que no me oyeran con el ruido; pero yo les puse de vuelta y media.
-Nada, Andrés, para no cansarte, allí estuve mientras no se retiraron.
-El Gobernador me dijo que estaba satisfecho: no, a mí no me habló nada;
-se lo dijo a los demás.</p>
-
-<p>—¿Y la carta?</p>
-
-<p>—Busqué al Sr. Carrillo. Yo le conocía; le encontré al fin cuando
-todo se acabó. Dile el<span class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span>
-papel, y me dio un recado para la señora monja. Luego, acordándome de
-Gasparó, fui a recogerle donde le había dejado, pero no le encontré.
-Todo se me volvía gritar: «¡Gasparó, Gasparó!» pero el niño no parecía.
-Por fin me le veo debajo de una cureña, hecho un ovillo, con los puños
-dentro de la boca, mirando afuera por entre los palos de la rueda y
-con cada lagrimón... Echémele a cuestas y corrí a las Capuchinas. Pero
-aquí viene lo bueno, y fue que como yo venía pensando en batallas, y
-con la cabeza llena de todo aquello que había visto, se me olvidó el
-recado que me dio el Sr. Carrillo para la monjita. Ella me reprendió,
-diciéndome que yo había roto la carta y que la quería engañar, por
-lo cual no pensaba darme el plato de guindas ni el pan ofrecidos. Se
-puso a gruñir, y me llamó mal criado y bestia. Gasparó echaba sangre
-del dedo de un pie, y la monjita le lió un trapo; pero las guindas...
-nones. Por último, todo se arregló, porque vino el mismo Sr. Carrillo,
-con lo cual la señora me dio las guindas y el pan, y eché a correr
-fuera del convento.</p>
-
-<p>—Lleva este chico a tu casa para que le cuide tu hermana —dije
-reparando que el pobre Gasparó sangraba aún del pie.</p>
-
-<p>—Después —me contestó—. He guardado algunas guindas para Siseta.</p>
-
-<p>—Muchachos —gritó Manalet, que se había alejado de sus compañeros y
-volvía a la carrera—, por la calle de Ciudadanos va el Gobernador con
-mucha gente, banderas muchas; delante van las señoras cantando y los
-frailes<span class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span> bailando, y el
-obispo riendo, y las monjas llorando. Vamos allá.</p>
-
-<p>Como se levanta y huye una bandada de pájaros, así corrieron y
-volaron aquellos chiquillos, dejando libre de su infantil algazara
-la muralla de Santa Lucía. Yo no me moví de allí en todo el día, y
-las señoras nos repartieron raciones de pan y carne, ambos manjares
-de detestable sabor y olor; pero como no había otra cosa, fuerza era
-apechugar con ello, sin mostrar asco, repugnancia ni desgana, para no
-enojar a D. Mariano.</p>
-
-<p>Al anochecer, y cuando marchaba de Santa Lucía al Condestable,
-encontró a D. Pablo Nomdedeu en la calle de la Zapatería, donde había
-varios heridos arrojados por el suelo.</p>
-
-<p>—Andrés —me dijo—, todavía no he vuelto a mi casa. ¿Pasará algo?
-Creo que en la calle de Cort-Real no ha caído ninguna bomba. ¡Cuánto
-herido, Dios mío! La jornada ha sido gloriosa; pero nos ha costado
-cara. Ahora mismo estuvo aquí el Gobernador visitando a esta pobre
-gente, y les dijo que la guarnición y los paisanos habían dejado atrás
-en el día de hoy a los más grandes héroes de la antigüedad.</p>
-
-<p>—¿Ha curado usted muchos heridos?</p>
-
-<p>—Muchísimos, y aún quedan bastantes. Mis compañeros y yo nos
-multiplicamos; pero no es posible hacer más. Yo quisiera tener cien
-manos para atender a todo. También yo estoy herido. Una bala me tocó el
-brazo izquierdo; pero no es cosa de cuidado. Me he liado un trapo y no
-he tenido tiempo para más... ¿Qué habrá sido de mi pobre hija?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span>—Pronto lo sabremos,
-Sr. D. Pablo. La noche llega. Hecha la primera cura de estos heridos,
-usted podrá ir un rato a su casa, y yo espero que me den licencia por
-una hora.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch9">
- <h2 class="nobreak g0">IX</h2>
-</div>
-
-<p>Cuando fui a la casa, ya cerca de las diez, aún no había regresado
-D. Pablo. Dejé abajo el fusil y subí sin tardanza, anhelando saber de
-Siseta y de la señorita, y a las dos me las encontré en la sala en
-actitud no muy tranquilizadora. Estaba Josefina recostada en su silla
-con muestra de languidez y postración, pero con los ojos abiertos,
-atentamente fijos en la puerta. De rodillas, a su lado, Siseta le
-tomaba las manos, y con ademanes y palabras tiernas, a pesar de no ser
-oídas, procuraba tranquilizarla.</p>
-
-<p>—Gracias a Dios que viene alguien de la casa —me dijo Siseta—. ¡Qué
-día hemos pasado! ¿Y el Sr. D. Pablo, y la señora Sumta y mis tres
-hermanos?</p>
-
-<p>Respondile que a ninguno de los nuestros había pasado desgracia, y
-ella prosiguió:</p>
-
-<p>—La señorita quería salir a la calle, y he tenido que luchar con
-ella para detenerla. Todo lo comprende, y aunque no oye los cañonazos,
-se estremece toda, y tiembla cuando resuena alguno, aunque sea muy
-lejano. Tan<span class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span> pronto
-lloraba como caía en mis brazos desmayada llamando sin cesar a su
-padre. La pobrecita sabe muy bien que hay guerra en Gerona. Yo también
-he tenido un miedo... Figúrate: aquí solas... A cada instante me
-parecía que la casa se venía al suelo. Pero lo peor fue que se nos
-metieron aquí unos hombres... No me quiero acordar, Andrés. A eso de
-las dos, y cuando pareció que se acababan los tiros, entraron seis o
-siete patriotas, unos con uniforme, otros sin él, y todos con fusiles.
-Cuando nos vieron, empezaron a reírse de nuestro susto, y luego dieron
-en registrar la casa, diciendo que querían llevarse todo lo que había
-de comida, porque la tropa estaba muerta de hambre. La señorita se
-quedó como difunta cuando los vio, y ellos por broma nos apuntaban con
-los fusiles, para oírnos gritar llamando a todos los santos en nuestra
-ayuda. Aunque eran unos bárbaros, no nos hicieron daño alguno más que
-el gran susto, y el llevarse cuanto encontraron en la cocina y en la
-despensa. ¡Ay, Andrés! No han dejado nada de lo que el Sr. D. Pablo
-había guardado, y esta noche no se encontrará aquí ni una miga de pan
-que llevar a la boca. ¡Cómo se reían los malditos al meter en un gran
-saco lo mucho y bueno que encontraron! Yo les rogué que dejasen alguna
-cosa; pero volvieron a apuntarme con los fusiles, diciendo que la tropa
-tenía gana, y que la señora Sumta les había dicho que estas despensas
-estaban bien provistas.</p>
-
-<p>No había concluido mi amiga su relación,<span class="pagenum"
-id="Page_80">p. 80</span> cuando entró el Sr. D. Pablo; mas para no
-presentarse a su hija con el brazo manchado de sangre, pasó a una
-habitación interior, con objeto de arreglarse un poco y vendar su
-herida. Al punto me reuní con él para contarle lo ocurrido.</p>
-
-<p>—¡Dios y la Virgen Santísima nos amparen! —exclamó con
-consternación—. ¡Conque me han saqueado la casa! La culpa tiene
-esa maldita y siempre habladora Sumta, que por todas partes ha de
-ir pregonando si tenemos o no tenemos provisiones. ¿Y mi hija? La
-pobrecita habrá comprendido que se encuentra en el cráter de un
-espantoso volcán, y serán inútiles todas nuestras comedias para
-convencerla de lo contrario. Es preciso buscar algo que comer, Andrés;
-sí, algo que comer. Mi hija se morirá de terror; pero no quiero que se
-muera de hambre.</p>
-
-<p>—Nada se encuentra en Gerona —respondí—, y menos a estas horas.</p>
-
-<p>—¡Qué calamidad! Pero ¿cómo es posible? —dijo en la mayor confusión,
-mientras yo le vendaba su herida, y se mudaba de vestido—. ¡Ay! cómo
-me duele el brazo; pero es preciso disimular. Andrés, no te marches.
-Esta noche necesito de tu ayuda... Es preciso que busquemos algún
-alimento.</p>
-
-<p>Al presentarse delante de su hija, esta mostró su alegría
-claramente, abrazándole con cariño; pero al punto sus ojos revelaron
-vivísimo espanto, echó atrás la cabeza, y cruzando las manos
-exclamó:</p>
-
-<p>—¡Sangre!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span>—¿Qué hablas de
-sangre, hija mía? —dijo el padre desconcertado—. Que estoy manchado de
-sangre... Ya... sí, en la chupa hay algunas gotas... pero déjame que te
-cuente. ¿Sabes que he ido de caza?</p>
-
-<p>La muchacha no entendía.</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>«Que fui de caza —escribió en el pliego de papel D. Pablo—. Un
- compromiso; no me pude evadir. El magistral y D. Pedro me cogieron, y
- zas, al campo... He matado tres conejos.»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>La enferma, oprimiéndose la cabeza entre las manos, gritó:</p>
-
-<p>—¡Guerra en Gerona!</p>
-
-<p>—¿Qué hablas ahí de guerra? Lo que hay es que hemos tenido hoy un
-fuerte temporal... Me he mudado de ropa, porque me puse como una uva.
-¿Has comido hoy bien?</p>
-
-<p>—No ha tomado nada —dijo Siseta—. Ya sabrá su merced por Andrés que
-unos bergantes saquearon la casa.</p>
-
-<p>Esto pasaba, cuando sentimos gran estruendo en lo bajo de la
-vivienda, no estampido de bombas y granadas, sino clamor chillón y
-estridente, de mil desacordes ruidos compuesto, tales como patadas,
-bufidos, cacharrazos y sones bélicos de varia índole; pero que al
-pronto revelaban proceder de una muchedumbre infantil que se había
-metido por las puertas adentro. Nomdedeu, lleno de confusión, miraba
-a todos lados, inquiriendo con los ojos qué podía ser aquello; pero
-pronto él y los demás salimos de dudas, viendo entrar una turba de
-chiquillos que, desvergonzadamente y sin respeto a nadie, se colaron
-en<span class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span> la sala, dando
-golpes, empujándose, chillando, cacareando y berreando en los más
-desacordes tonos. Dos de ellos llevaban colgados al cinto sendos
-cacharros sobre cuyo abollado fondo redoblaban con palillos de sillas
-viejas; varios tocaban la trompeta con la nariz, y todos, al compás
-de la inaguantable música, bailaban con ágiles brincos y cabriolas.
-Parecía una chusma infernal saliendo de las escuelas de Plutón.</p>
-
-<p>No necesito decir que al frente del ejército venían Manalet y
-Badoret, este último llevando a cuestas a Gasparó, tal como le vi
-en la muralla. Ninguno dejaba de llevar palo, caldero viejo o vara
-con pingajos colgados de la punta, con cuyos objetos se simulaban
-fusiles, tambores y banderas. Un fondo de silla de paja atado a una
-cuerda y arrastrado por el suelo, servía de trofeo a uno, y otro
-adornaba su cabeza con un cesto medio deshecho, no faltando las casacas
-de militares hechas jirones, y los morriones de antigua forma con
-descoloridas plumas adornados.</p>
-
-<p>D. Pablo, ciego de cólera y fuera de sí, apostrofó a los muchachos
-tan violentamente, que faltó poco para que perdieran en un punto su
-bélico entusiasmo.</p>
-
-<p>—Granujas, largo de aquí al instante —les dijo—. ¿Qué desvergüenza
-es esta? ¡Meterse en mi casa de este modo!</p>
-
-<p>Siseta, indignada de tal audacia, cogió por un brazo a Manalet,
-que acertó a pasar junto a ella, y comenzó a vapulearle de un
-modo lastimoso. Yo también tomé parte en la persecución<span
-class="pagenum" id="Page_83">p. 83</span> del enjambre, y empezó el
-reparto de pescozones a diestra y siniestra. Pero de pronto observamos
-que la enferma contemplaba a los desvergonzados muchachos con
-complaciente atención, y sonreía con tanta espontaneidad y desahogo,
-como si su alma sintiera indecible gozo ante aquel espectáculo.
-Hícelo notar al Sr. D. Pablo, y al punto este se puso de parte de los
-alborotadores, conteniendo a Siseta que iba sobre ellos con implacable
-furor.</p>
-
-<p>—Dejarles —dijo Nomdedeu—. Mi hija demuestra que está muy complacida
-viendo a esta canalla. Mira cómo se ríe, Andrés; observa cómo les
-aplaude. Bien, muchachos; corred y chillad alrededor del cuarto.</p>
-
-<p>Y diciendo esto, D. Pablo, en medio de la sala, empezó a llevar
-el compás. En mal hora se les ordenó seguir. ¡Santo Dios! ¡Qué
-algazara, qué estrépito! Parecía que la sala se hundía. Baste decir
-que se extralimitaron de tal modo, dejándose llevar a los últimos
-delirios de la travesura, que al fin fue preciso poner freno a tanto
-juego y vocerío, porque hasta llegó el caso de que los transeúntes se
-detuvieran en la calle, sorprendidos y escandalizados por tan desusado
-rumor.</p>
-
-<p>—¿Dónde has estado todo el día? —preguntó Siseta echando mano a
-Badoret, y deteniéndole—. ¡Y la criatura tiene sangre en el pie! Ven
-acá, condenado, me las pagarás todas juntas. Espera a que bajemos a
-casa, y verás. Y tú, Manalet de mil demonios, ¿qué has hecho de la
-camisa?</p>
-
-<p>—En la calle de las Ballesterías estaban curando<span
-class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span> unos heridos y no tenían
-trapos. Me quité la camisa y la di.</p>
-
-<p>—¿Para qué habéis traído a casa tanto muchacho mal criado?</p>
-
-<p>—Son nuestros amigos, hermana —repuso Badoret—. Hemos estado en el
-Capitol, y allí nos han dado un poco de vino. Siseta, aquí en el seno
-te traigo cinco guindas.</p>
-
-<p>—Marrano, ¿piensas que las voy a comer de tus manos asquerosas? Ven
-acá, Gasparó. Este pobrecito no habrá comido nada. ¿Qué te han hecho en
-el pie, que tienes sangre?</p>
-
-<p>—Hermana, una bala de cañón pasó por donde estábamos, y si Gasparó
-no se hace para un lado, le lleva medio cuerpo; no le cogió más que
-la uña chica. ¡Si vieras qué valiente ha estado! Se metió debajo del
-cañón y allí se estuvo mirando a los franceses que querían subir a la
-muralla. Y les amenazaba con el puño cerrado. ¡Bonito genio tiene mi
-niño! Pues no creas... ningún francés se metió con él.</p>
-
-<p>—Te voy a desollar vivo —le dijo Siseta—. Espera, espera a que
-bajemos. A ver si se marcha pronto de aquí toda esa canalla.</p>
-
-<p>—No, que se aguarden un poco —indicó D. Pablo—. Son unos jovenzuelos
-muy salados. Mira qué contenta está Josefina. Lo que quiero, Badoret,
-es que no metáis mucho ruido. Bailad y marchad de largo a largo por
-toda la casa; pero sin gritar, para que no se escandalice la vecindad.
-Y dime, Manalet, ¿traéis algo de comer?</p>
-
-<p>—Yo traigo cinco guindas —dijo prontamente Badoret sacándolas del
-seno.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span>—Dadme con disimulo
-y sin que lo vea mi hija todo lo que traigáis, que yo os daré ochavos
-para que compréis pólvora.</p>
-
-<p>—Pauet tiene cuatro guindas —dijo Manalet.</p>
-
-<p>—Pues vengan acá.</p>
-
-<p>—Y yo tengo también un pedazo de pan, que me sobró del que me dio la
-monja.</p>
-
-<p>—Pepet —dijo otro de mis chicos—, trae acá ese medio pepino que le
-cogiste al soldado muerto.</p>
-
-<p>—Yo doy este pedazo de bacalao —dijo otro, entregando la ofrenda en
-manos de Don Pablo.</p>
-
-<p>—Y yo esta cabeza de gallina cruda —añadió un tercero.</p>
-
-<p>En un momento se reunieron diversos manjares, tales como tronchos
-de col, que llevaban impreso el sello de las limpias manos de sus
-generosos dueños; garbanzos crudos que habían sido sacados por los
-agujeros de las sacas por sutilísimos dedos; algunos pedazos de cecina;
-andrajos de buñuelos; zanahorias; dos o tres almendras en confite, que
-ya habían recibido muchas mordidas, y otras viandas, tan liberalmente
-entregadas como alegremente recibidas. Procurando que no se enterase su
-hija, llamó D. Pablo a la señora Sumta, que acababa de llegar en aquel
-instante, y llevándola tras el sillón de la enferma, le dijo:</p>
-
-<p>—A ver si con todo esto compone usted una cena para la enferma. Es
-preciso hacerle creer que nadamos en la abundancia.</p>
-
-<p>—¿Qué hemos de hacer con esto, señor, si<span class="pagenum"
-id="Page_86">p. 86</span> no lo querrá ni la gata? En casa no falta que
-comer.</p>
-
-<p>—¡Maldita sargentona, todo se lo han llevado, todo lo han saqueado
-unos malditos militares que se entraron aquí! Si usted no fuera tan
-entrometida, tan bocona y tan amiga de meterse donde no la llaman y
-de hablar lo que nadie le pregunta, no nos veríamos en esta... Y no
-digo más. Avíe usted una cena con esto, que mañana Dios dirá. ¿Se ha
-olvidado usted de cocinar? ¡Lástima que no se le reventara el fusil
-entre las manos, a ver si se curaba de sus locuras! A la cocina. ¡Uf!
-Pronto a la cocina. Está usted apestando a pólvora.</p>
-
-<p>Los muchachos, que, como todos los de su edad, eran de los que si
-se les da el pie se toman la mano, luego que se vieron autorizados por
-el dueño de la casa para hacer de las suyas, dieron rienda suelta a
-la bulliciosa iniciativa, y no fue gresca la que armaron. Rodeando la
-mesa que la enferma tenía ante su sillón, no se dieron por satisfechos
-con mirar los distintos objetos que en ella había, sino que en todos
-pusieron las manos, tocando, tentando y moviendo cuanto vieron.
-Josefina, lejos de manifestar disgusto por tanta impertinencia, se reía
-de ver su inquietud. Por señas indicó a su padre que debía dar de cenar
-a los importunos visitantes, a lo que contestó con palabras y cierta
-festiva ironía D. Pablo:</p>
-
-<p>—Sí, ahora. Sumta les está preparando un opíparo banquete.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span>Padre e hija
-dialogaron un rato, como Dios les dio a entender, y al fin la enferma,
-con voz clara y entera, habló así:</p>
-
-<p>—No, no me pueden convencer de que no hay guerra en Gerona. Usted no
-ha ido de caza, sino a curar a los heridos, y estos chicos que vienen
-imitando a los soldados hacen ahora lo mismo que han visto.</p>
-
-<p>—¡Qué habladora está! —dijo Nomdedeu—. Buen síntoma. En un año no
-le he oído tantas palabras juntas. Está visto que las travesuras y
-lindezas de estos muchachos han reanimado su espíritu. Andrés, y tú,
-Siseta, riámonos todos, mostrando hallarnos muy satisfechos.</p>
-
-<p>Según la orden del amo, prorrumpimos en sonoras risas, secundados
-al punto por el coro infantil. D. Pablo sentose luego junto a ella, y
-tomando la pluma se preparó a comunicarle algo grave y largo y difícil
-de exprimir por señas, pues solo en este caso se valía Nomdedeu del
-lenguaje escrito. Púseme tras de su asiento, y pude leer, mientras
-escribía, lo que sigue:</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>«Hija mía, tienes razón. Hay guerra en Gerona. Yo no te lo quería
- decir por no asustarte; pero pues lo has adivinado, basta de engaños
- y comedias. Ni yo he estado de caza, ni he pensado en ello. Voy a
- contarte lo ocurrido para que no estimes ni en más ni en menos los
- sucesos de este gran día. Cierto es que los franceses han vuelto
- a poner cerco a Gerona. Hace tiempo que se presentó amenazándonos
- un ejército de doscientos mil hombres,<span class="pagenum"
- id="Page_88">p. 88</span> mandado por el mismo Emperador Napoleón en
- persona.»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Josefina, al leer esto, que era de lo más gordo, mirónos a todos,
-interrogándonos con los ojos acerca de la exactitud de tal noticia, y
-no necesitamos que D. Pablo nos lo advirtiera para hacer demostraciones
-afirmativas que hubieran convencido a la misma duda. El padre continuó
-así:</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>«Has de saber que ahora tenemos aquí un Gobernador que llaman
- D. Mariano Álvarez de Castro, el cual, en cuanto vio venir a los
- franceses, dispuso las cosas de manera que no quedara uno solo para
- contarlo. Concertó de modo que un ejército español de quinientos
- mil hombres, que estaba ahí por Aragón sin saber qué hacerse,
- viniese en nuestra ayuda por el lado de Montelibi, precisamente
- cuando los franceses nos atacaban esta mañana por el otro lado. Al
- amanecer rompieron el fuego; desde la muralla de Alemanes se veía a
- Napoleón I montado en un caballo blanco, y con un grandísimo morrión
- todo lleno de plumas en la cabeza. Embisten los franceses... ¡Ay!
- hija mía: habías tú de ver aquello. Nuestros soldados les barrían
- materialmente, y como a la hora de empezar el combate apareció
- el ejército de quinientos mil hombres como llovido, los pobres
- <i>cerdos</i> no supieron a qué santo encomendarse. En fin, hija mía,
- les hemos dado una paliza tal, que a estas horas van todos camino de
- Francia con su Emperador a la cabeza, con lo cual se acaba la guerra,
- y pronto tendremos aquí a nuestro Rey Fernando.»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span>Josefina volvió a
-asesorarse de nosotros antes de dar crédito a tales maravillas.</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>«Yo no te lo había querido decir —continuó Nomdedeu—, por no
- asustarte; pero el júbilo de la ciudad es tan grande, que ni aun
- tú, que estás tan retraída, podrías dejar de conocerlo. Lo mismo
- que estos chicos andan los mayores por el pueblo, entregados a
- las manifestaciones de un delirante regocijo. Figúrate que en los
- pasados días los franceses, que andaban por ahí, no permitían llegar
- comestibles al pueblo, y hoy todo es abundancia; y además de lo que
- puede venir, tenemos todo lo que al enemigo se ha cogido, que es, si
- no me engaño, tantos miles de bueyes, no sé cuántos millones de sacos
- de harina, y los miles de los miles en gallinas, huevos, etc... Ya
- podemos marchar a Castellá cuando quieras...»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>—Mañana mismo —dijo Josefina con afán.</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>«Sí, mañana mismo —escribió D. Pablo—. Estamos como queremos,
- y jamás ha tenido Gerona temporada más alegre, más animada. La
- gente está loca de contento, y todo se vuelve cantos y bailes, y
- felicitaciones y regocijos. Como los víveres han entrado esta tarde
- con abundancia fenomenal, hija mía, yo te he traído de todo cuanto
- hay en la plaza; y aunque tu estómago sigue débil, creo que debes
- tomar de todo, con tal que sea en dosis muy pequeñas. Sobre todo
- consulté a D. Pedro, mi compañero en el hospital, y me dijo que
- convenía alimentarte con una gran diversidad de manjares, tomando de
- cada uno<span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span> ración muy
- mínima, y cuidando, según lo ordena Hipócrates, de que alternen en un
- mismo plato la cecina y las guindas, los buñuelos con la leguminosa
- <i>cicer pisum</i>, que llamamos garbanzo, y las almendras confitadas
- con esa planta salutífera que se conoce en la ciencia por <i>Beta
- vulgaris latifolia</i>, y que comúnmente llamamos acelga, manjar de
- gran virtud medicinal, si se le mezcla con dulce, con nueces y hasta
- con un poquito de bacalao. Conque disponte a cenar, que mañana, si
- el día está bueno, se podrá ir a Castellá; aunque a decir verdad,
- hija mía, ahora caigo en que tal vez sea difícil, porque todos los
- carros y caballerías del pueblo los ha tomado la Junta con objeto
- de organizar la gran procesión y cabalgata con que ha de celebrarse
- este triunfo sin igual. Pero será cosa de dos o tres días. Es preciso
- que te animes para salir a ver las iluminaciones de esta noche,
- aunque hablando en puridad no te conviene tomar el sereno; y para que
- participes de la común alegría, aquí tenemos a Andrés y a Siseta, que
- se prestarán a bailar delante de ti con los chicos un poco de sardana
- y otro poco de tirabou, comenzando esta noche, para que también en
- esta casa se manifieste la inmensa satisfacción y patriótico alborozo
- de que está poseída la ciudad. Como tú no oyes, suprimiremos el
- fluviol y la tanora, que solo sirven para meter inútil ruido. Conque
- puedes dar la señal para que comience la fiesta. Yo voy un instante
- a preparar en el comedor la riquísima y abundante cena con que
- obsequiaremos<span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span> a estos
- jóvenes, así como a los preciosos y bien educados niños.»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Y luego, volviéndose a Siseta y a mí, nos dijo:</p>
-
-<p>—No hay más remedio. Es preciso bailar un poquito, aunque supongo,
-Andrés, que ese cuerpo, venido hace poco de Santa Lucía, no estará para
-sardanas. Pero, amigos, bailando hacéis una obra de caridad. ¡Quién lo
-había de decir! ¡Hay tantas maneras de practicar el Santo Evangelio!</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch10">
- <h2 class="nobreak">X</h2>
-</div>
-
-<p>El lector no lo creerá; el lector encontrará inverosímil que
-bailásemos Siseta y yo en aquella lúgubre noche, precisamente en los
-instantes en que, incendiados varios edificios de la ciudad, esta
-ofrecía en su estrecho recinto frecuentes escenas de desolación y
-angustia. Formando con ocho chiquillos un gran ruedo, bailamos, sí,
-obedeciendo a la apremiante sugestión de aquel padre cariñoso que
-nos pedía con lágrimas en los ojos nuestra cooperación en la difícil
-comedia con que engañaba el delicado espíritu de su hija; pero bailamos
-en silencio, sin música, y nuestras figuras movibles y saltonas tenían
-no sé qué aspecto mortuorio. Nuestras sombras proyectadas en la
-pared remedaban una danza de espectros, y los<span class="pagenum"
-id="Page_92">p. 92</span> únicos rumores que a aquel baile acompañaban
-eran, además de nuestros paseos, el roce de los vestidos de Siseta, el
-retemblar del piso, y un ligero canto entre dientes de Badoret, que al
-mismo tiempo hacía ademán de tocar el fluviol y la tanora.</p>
-
-<p>Por mi parte sostenía interiormente una ruda lucha conmigo mismo
-para contraer y esforzar mi espíritu en la horrible comedia que estaba
-representando, e iguales angustias experimentaba Siseta, según después
-me dijo.</p>
-
-<p>Al fin la turbación moral, unida al cansancio, me hicieron exclamar:
-«Ya no puedo más», arrojándome casi sin aliento en un sillón. Lo mismo
-hizo Siseta.</p>
-
-<p>Pero Josefina, que nos contemplaba con indecible satisfacción y
-agrado, pidionos que bailásemos más, y con elocuentes miradas dirigidas
-a su padre, nos decía que éramos unos holgazanes sin cortesía. Vierais
-allí al buen Don Pablo suplicándonos que bailáramos, por la salvación
-eterna; y ¿qué habíamos de hacer? Bailamos como insensatos segunda y
-tercera tanda. Al fin nos sirvió de pretexto para descansar el hecho
-de servirse a la desgraciada joven la hipocrática cena de que antes he
-hecho mención, la cual fue acompañada de elocuentes discursos mímicos
-y orales del Dr. Nomdedeu, quien ponderaba a su idolatrada enferma las
-excelencias del repugnante pisto, servido en nueve o diez platos en
-raciones microscópicas. Todo aquello era una farsa lúgubre que oprimía
-el corazón, y D. Pablo que la presidía, el infeliz D. Pablo, escuálido,
-ojeroso,<span class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span> amarillo,
-trémulo, parecía haber salido de la sepultura y esperar el canto del
-gallo para volverse a ella. Siseta lloraba a escondidas, y algunos
-de los chicos, rendidos al poderoso sueño y a la gran fatiga, habían
-estirado los miembros y cerrado los ojos en diversos puntos, donde cada
-cual encontró mejor comodidad y fácil postura.</p>
-
-<p>—Sr. D. Pablo —dije al médico—, no nos mande usted bailar más,
-porque nosotros mismos creemos que estamos locos.</p>
-
-<p>—Hijos míos —me contestó—, tengo el corazón partido de dolor.
-Necesito estar en batalla constantemente para contener las lágrimas
-que se me caen de los ojos. ¡Pobre Gerona! ¿Existirás mañana? ¿Estarán
-mañana en pie tus nobles casas y con vida tus valientes hijos? ¡Yo
-tengo espíritu para todo: para lamentar y llorar la muerte de mi ciudad
-natal, y atender al cuidado de mi pobre hija! ¿Qué cuesta representar
-esta farsa? Nada: la pobrecilla se deja engañar fácilmente, y como su
-enfermedad no es otra cosa que una fuerte pasión de ánimo, en el ánimo
-se han de aplicar los cauterios, las cataplasmas, los tónicos y los
-emolientes que le he recetado esta noche. Puede que le hayamos salvado
-la vida. ¿Sabéis lo que significan en naturaleza tan delicada, tan
-sutilmente sensible, una triste o agradable impresión? Pues significa
-tanto como la vida o la muerte. Sí, hijos míos: si yo no cuidara de
-ocultar a mi hija las angustias que atravesamos, se debilitaría su
-ser de tal suerte que el menor accidente la mataría, como un soplo
-de<span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span> viento apaga la
-luz. Es preciso resguardar esta pobre lámpara del aire que la mata, y
-darla el que la vivifica. Así va tirando, tirando, y quién sabe si la
-podré salvar. Sed, pues, caritativos y procurad divertirla. Ved cómo se
-ríe; reparad qué precioso color han tomado sus mejillas. La creencia
-de que Gerona está llena de felicidades, y la esperanza de ser llevada
-pronto a Castellá, la fortifican y dan nueva vida. Esta noche marchamos
-bien; pero mañana ¿qué haré, que la diré mañana? Si escasean cada
-día más los víveres, como es probable; si se declaran el hambre y la
-epidemia, y caen bombas en parajes cercanos, o aquí mismo, ¿qué comedia
-representaremos? Dios me favorezca y me inspire, pues para su infinita
-misericordia nada hay imposible.</p>
-
-<p>—Estoy muerto de cansancio —dije yo, viendo que Josefina pedía más
-baile—, y además es tarde y tengo que marcharme a mi puesto.</p>
-
-<p>Siseta ya no podía tenerse en pie, y la señora Sumta, que yacía
-en el suelo con la inmovilidad de un talego, roncaba sonoramente,
-remedando en la cavidad de sus fosas nasales el lejano zumbido del
-cañón. Badoret, cansado ya de tocar en silencio el fluviol y la tanora,
-dormía como los demás chicos. D. Pablo, bastante generoso para no
-exigirnos imposibles, se apresuró a complacer a la enferma, poseída
-de cierto febril insomnio, y se puso a danzar en medio de la sala,
-haciendo corro con cuatro chicos de los más despabilados. Cuando yo
-salí, quedaba el pobre señor haciendo piruetas<span class="pagenum"
-id="Page_95">p. 95</span> y cabriolas con ningún arte y mucha torpeza;
-pero su incapacidad para el baile, provocando la hilaridad de su hija,
-más le inducía a seguir bailando. Daba saltos, alzaba los brazos
-descompasadamente, se descoyuntaba de pies y manos, tropezaba a cada
-instante, inclinándose adelante o atrás; trazaba mil figuras grotescas
-y estrambóticas que en otra ocasión me habrían hecho reír, y un sudor
-angustioso afluía de su rostro macilento, desfigurado por las muecas y
-visajes a que le obligaban el fatigoso movimiento y los agudos dolores
-de su herida. Nunca vi espectáculo que tanto me entristeciera.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch11">
- <h2 class="nobreak g0">XI</h2>
-</div>
-
-<p>Lo que he referido a ustedes se repitió algunos días. Después
-vinieron circunstancias distintas, y todo cambió. Los franceses,
-escarmentados con la vigorosa y nunca vista defensa del 19 de
-septiembre, mediante la cual se estrellaron contra todos los puntos de
-la muralla que quisieron franquear, no se atrevían al asalto. Tenían
-miedo, dicho sea esto sin petulancia; conocían la imposibilidad de
-abrir las puertas de Gerona por la fuerza de las armas, y se detuvieron
-en su línea de bloqueo, con intención de matarnos de hambre. El 26 de
-septiembre llegó al campo enemigo<span class="pagenum" id="Page_96">p.
-96</span> el Mariscal Augereau, el cual dicen se había distinguido
-en las guerras de la República y en el Rosellón; trajo consigo más
-tropas, las cuales, poniéndonos por todos lados cerco muy estrecho, nos
-encerraron de modo que no podría entrar ni una mosca. No necesito decir
-a ustedes que los pocos víveres que había se fueron acabando, hasta que
-no quedó nada, sin que el Gobernador diera a esto importancia aparente,
-pues cada hora se sostenía más en su tema de que Gerona no se rendiría
-mientras él viviese, y aunque media población sucumbiera a las penas
-del hambre y a las calenturas que se iban desarrollando al compás de no
-comer.</p>
-
-<p>Ya no era posible pensar en socorros, como no vinieran por los
-aires. Ya no teníamos el triste recurso de buscar la muerte en las
-murallas, porque ellos no se cuidaban de asaltarlas; era forzoso
-cruzarse de brazos y dejarse morir, mirando la efigie impasible de D.
-Mariano Álvarez, cuyos ojos vivos no paraban nunca, observando aquí y
-allí nuestras caras, por ver si alguna tenía trazas de desaliento o
-cobardía. Estábamos moralmente aprisionados entre las garras de acero
-de su carácter, y no nos era dado exhalar una queja ni un suspiro, ni
-hacer movimiento que le disgustara, ni dar a entender que amábamos la
-libertad, la vida, la salud. En suma, le teníamos más miedo que a todos
-los ejércitos franceses juntos.</p>
-
-<p>Morir en la brecha es no solo glorioso, sino hasta cierto punto
-placentero. La batalla<span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span>
-emborrachaba como el vino, y deliciosos humos y vapores se suben a la
-cabeza, borrando en nuestra mente la idea del peligro, y en nuestro
-corazón el dulce cariño a la vida; pero morir de hambre en las calles
-es horrible, desesperante, y en la tétrica agonía ningún sentimiento
-consolador ni risueña idea alborozan el alma, irritada y furiosa
-contra el mísero cuerpo que se le escapa. En la batalla, la vista del
-compañero anima; en el hambre, el semejante estorba. Pasa lo mismo
-que en el naufragio: se aborrece al prójimo, porque la salvación, sea
-tabla, sea pedazo de pan, debe repartirse entre muchos.</p>
-
-<p>Llegó el mes de octubre, y se acabó todo, señores: acabáronse la
-harina, la carne, las legumbres. No quedaba sino algún trigo averiado,
-que no se podía moler. ¿Por qué no se podía moler? Porque nos comimos
-las caballerías que movían los molinos. Se pusieron hombres; pero los
-hombres, extenuados de hambre, se caían al suelo. Quedaba el recurso de
-comer el trigo como lo comen las bestias: crudo y entero. Algunos lo
-machacaban entre dos piedras y hacían tortas, que cocían en el rescoldo
-de los incendios. Aún quedaban algunos asnos; pero se acabó el forraje,
-y entonces los animalitos se juntaban de dos en dos, y se mantenían
-comiéndose mutuamente sus crines. Fue preciso matarlos antes que
-enflaquecieran más; y al fin la carne de asno, que es la más desabrida
-de las carnes, se acabó también. Muchos vecinos habían sembrado
-hortalizas en los patios de las casas, en tiestos y aun en las calles;
-pero<span class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span> las hortalizas
-no nacieron. Todo moría, Humanidad y Naturaleza; todo era esterilidad
-dentro de Gerona, y empezó una guerra espantosa entre los diversos
-órdenes de la vida, destruyéndose de mayor a menor. Era una guerra
-a muerte en la animalidad hambrienta, y si junto al hombre hubiera
-existido un ser superior, nos hubiéramos visto cazados y engullidos.</p>
-
-<p>Yo padecía las más crueles penas, no solo por mí, sino por la
-infeliz Siseta y sus tres hermanos, que carecían absolutamente de todo.
-Los chicos eran al principio los mejor librados, porque ellos salían a
-la calle, y merodeando o husmeando aquí y allá, siempre sacaban alguna
-cosa; pero Siseta, la pobre Siseta, no tenía más amparo que yo, y yo me
-volvía loco para buscarle sustento. Había, sí, algunos víveres en la
-plaza, y se encontraban pececillos del Oñar que más que peces parecían
-insectos, y pájaros escuálidos, que eran cazados desde los tejados;
-también había alguna carne de mulo y de perro; pero para adquirir estos
-artículos se necesitaba dinero, mucho dinero, y nosotros no teníamos.
-La ración de trigo seco había llegado a sernos tan repugnante como un
-veneno.</p>
-
-<p>D. Pablo Nomdedeu gastaba todos sus ahorros para poner a su hija
-una mala comida, y fue de los que dieron por una gallina diez y
-seis o veinte pesos, cuando algún payés, afrontando mil peligros y
-venciendo obstáculos mil, lograba entrar en la Plaza. En los días de
-la gran escasez, la señora Sumta no bajaba a<span class="pagenum"
-id="Page_99">p. 99</span> casa de Siseta, y los chicos se secaban los
-ojos mirando a la escalera por ver si descendía por ella algo de maná.
-Llegó también el día en que Badoret, Manalet y Gasparó se cansaron de
-sus correrías por las calles, porque de todas partes eran expulsados
-los muchachos vagabundos, por la mala opinión que había respecto a la
-limpieza de sus manos. Flacos y casi desnudos, mis tres hermanos o mis
-tres hijos, pues como a tales los traté siempre, inspiraban profunda
-compasión, y formando lastimero grupo junto a Siseta, permanecían
-largas horas en silencio, sin juegos ni risas, tan graves como ancianos
-decrépitos, inertes y quebrantados, sin más apariencia de vida que el
-resplandor de sus grandes ojos negros, llenos de ansioso afán. Siseta
-les miraba lo menos posible, deseando así conservar la calma que se
-había impuesto como un deber, y hasta se atrevía a mostrar severidad,
-creyendo equivocadamente que en tal trance la fuerza moral servía de
-alguna cosa.</p>
-
-<p>Yo estuve tres días sin verles, porque mis obligaciones me
-impedían ir a la casa. Cuando fui, encontreles en la situación que he
-descrito.</p>
-
-<p>Desde luego admiré la entereza de los pobres niños, bastante
-inteligentes para no importunarnos pidiéndonos lo que sabían no
-podríamos darles. Únicamente Gasparó, comiéndose sus puños y bebiéndose
-sus lágrimas, faltaba a la circunspección sostenida por sus hermanos.
-Llegó un momento en que Siseta, no pudiendo contener su dolor, empezó a
-llorar<span class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span> amargamente,
-registrando después los últimos rincones de la casa por ver si parecía
-de milagro alguna vianda. Yo salí, volví a entrar, salí de nuevo y
-regresé, después de dar mil vueltas, con la terrible evidencia de que
-no podía encontrar nada.</p>
-
-<p>Repentinamente me ocurrió una idea salvadora.</p>
-
-<p>—Siseta —dije a mi amiga—. Hace días que no veo a Pichota; pero
-supongo que andará por ahí con sus tres gatitos.</p>
-
-<p>—¡Oh! —me respondió con dolor—. ¿No sabes que el Sr. D. Pablo ha
-acabado con toda la familia? ¡Pobre Pichota! Él dice que es una carne
-excelente; pero yo creo que me moriría de hambre antes de comerla.</p>
-
-<p>—¿Ha muerto Pichota? No sabía nada. ¿Y también los tres
-angelitos?...</p>
-
-<p>—No te lo quería decir. En estos últimos días que has faltado de
-casa, D. Pablo bajaba con frecuencia. Un día se me puso delante de
-rodillas, rogándole que le diera algo para su hija, pues ya no tenía
-víveres, ni dinero para comprarlos. Cuando esto me decía, uno de los
-gatitos me saltó al hombro, y D. Pablo, echándole mano con mucha
-presteza, se lo guardó en el bolsillo. Al día siguiente bajó de nuevo
-y me ofreció los muebles de su sala si le daba otro de los hijos de
-Pichota, y sin aguardar mi contestación, entró en la cocina, después
-en el cuarto oscuro, púsose en acecho, y lo mismo que un gato caza
-al ratón, así cazó él al gato. Cuando salió, tuve que curarle los
-arañazos que en la cara traía. El tercero pereció<span class="pagenum"
-id="Page_101">p. 101</span> de la misma manera, y después de esto
-Pichota ha desaparecido de la casa, tal vez por haber entendido que no
-está segura.</p>
-
-<p>Siseta y yo convinimos en que era urgente rezar, con la esperanza de
-que, a fuerza de ruegos, nos enviase Dios, por sus misteriosos caminos,
-algo de lo que tanto necesitábamos. Pero rezamos, y Dios no nos mandó
-nada.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch12">
- <h2 class="nobreak g0">XII</h2>
-</div>
-
-<p>Meditaba yo sobre la deserción del pobre animal, cuando se nos
-presentó de repente Nomdedeu. Su aspecto era por demás macilento y
-cadavérico, habiendo perdido a fuerza de padeceres físicos y morales
-hasta aquella bondadosa expresión y el dulce acento que lo distinguían.
-Su vestido estaba desordenado y roto, y traía la escopeta de caza y un
-largo cuchillo de monte.</p>
-
-<p>—Siseta —dijo bruscamente, y olvidándose de saludarme, a pesar de
-que hacía algunos días que no nos veíamos—. Ya sé dónde está esa pícara
-Pichota.</p>
-
-<p>—¿En dónde está, Sr. D. Pablo?</p>
-
-<p>—En el desván que hay en el fondo del patio y que servía de pajar y
-granero cuando yo tenía caballo.</p>
-
-<p>—Tal vez no será ella —dijo mi amiga en su generoso anhelo de salvar
-al pobre animal.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_102">p. 102</span>—Sí, es ella; te
-digo que es ella. A mí no se me despinta Pichota. La muy tunanta saltó
-esta mañana por la ventana de la despensa y me robó un pernil que
-allí tenía. ¡Qué atrevimiento! Comerse la carne de su propio hijo. Es
-preciso acabar con ese animal. Siseta, ya te he dado gran parte de mis
-muebles en cambio de los gazapos. No me queda otra cosa de valor que
-mis libros de medicina. ¿Los quieres a trueque de la gata?</p>
-
-<p>—Sr. D. Pablo, ni los muebles ni los libros tomaré; coja usted a
-Pichota, y ya que nos vemos reducidos a tal extremidad, dé una parte a
-mis hermanos.</p>
-
-<p>—Está bien —respondió Nomdedeu—. Andrés, ¿te atreves a cazar ese
-terrible animal?</p>
-
-<p>—No creo que sean precisos tantos pertrechos militares —respondí.</p>
-
-<p>—Pues yo sí lo creo. Vamos allá.</p>
-
-<p>Badoret y su hermano quisieron seguirnos; pero Siseta les contuvo
-diciéndoles que no fueran curiosos y entrometidos; y solos el médico y
-yo subimos al desván, entrando despacio y con precauciones por temor a
-ser acometidos del rabioso carnicero, a quien el hambre y el instinto
-de conservación debían haber dado una ferocidad extraordinaria. Don
-Pablo, porque la presa no se nos escapara, cerró por dentro la puerta
-y quedamos casi en completa oscuridad, pues la débil luz que por un
-estrecho ventanillo entraba, no aclaró el lóbrego recinto sino cuando
-nuestros ojos fueron perdiendo poco a poco el deslumbramiento de la luz
-exterior. Multitud de objetos,<span class="pagenum" id="Page_103">p.
-103</span> muebles viejos y destrozados, obstruían buena parte de la
-estancia, y sobre nuestras cabezas flotaban densos cortinajes de tela
-de araña, guarnecidos por el polvo de un siglo. Cuando empezamos a ver
-los contornos y las oscuras tintas del recinto, buscamos con los ojos
-a la prófuga; pero nada vimos, ni se oyó ruido alguno que indicase su
-presencia. Manifesté mis dudas a D. Pablo; pero él me dijo:</p>
-
-<p>—Sí, aquí está. La vi entrar hace un momento.</p>
-
-<p>Movimos algunas cajas vacías; arrojamos a un lado pedazos de
-silla y un pequeño tonel, y entonces sentimos el roce de un cuerpo
-que se deslizaba en el fondo de la pieza atropellando los hacinados
-objetos. Era Pichota. Vimos en el fondo oscuro sus dos pupilas de un
-verde aurífero, vigilando con feroz inquietud los movimientos de sus
-perseguidores.</p>
-
-<p>—¿La ves? —dijo el doctor—. Toma mi escopeta y suéltale un tiro.</p>
-
-<p>—No —repuse riendo—. Es muy fácil errar la puntería. De nada sirve
-en este caso el fusil. Póngase usted a ese lado y deme el cuchillo.</p>
-
-<p>Las dos pupilas permanecían inmóviles en su primera posición, y
-aquella lumbre verdosa y dorada que no se parece a la irradiación
-de ninguna otra mirada ni de piedra alguna, produjo en mí fuerte
-impresión de terror. Después distinguí el bulto del animal, y sus
-manchas parduzcas y negras sobre amarillo se multiplicaban a mis
-ojos, ensanchando su cuerpo hasta darle las proporciones de un tigre.
-Yo<span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span> tenía miedo, ¿a
-qué negarlo con pueril soberbia? y por un momento sentime arrepentido
-de haber emprendido obra tan difícil. D. Pablo, que tenía más miedo que
-yo, daba diente con diente.</p>
-
-<p>Celebramos consejo de guerra, del cual salió que debíamos tomar
-la ofensiva; pero cuando cobrábamos algún valor sentimos un sordo
-ronquido, un ruido entre arrullo y estertor, que anunciaba las
-disposiciones hostiles de Pichota. En su lenguaje, la gata nos decía:
-«Asesinos de mis hijos, venid acá, que os espero.»</p>
-
-<p>Pichota, que primero estaba en postura de esfinge, se agachó
-sentando la angulosa cabeza sobre las patas delanteras, y entonces su
-mirada cambió, despidiendo una luz azul que proyectaba de dos rayas
-verticales. Parecía fruncir el torvo ceño. Luego irguió la cabeza;
-pasose las patas por la cara, limpiando los largos bigotes, y dio
-algunas vueltas sobre sí misma, para bajar a un sitio más cercano,
-donde se puso en actitud de salto. La fuerza muscular de estos animales
-en las articulaciones de sus patas traseras es inmensa, y desde su
-puesto podía saltar hasta nosotros. Observé que las miradas del animal
-se dirigían más rectamente a D. Pablo que a mí.</p>
-
-<p>—Andrés —me dijo—, si tú tienes miedo, yo me voy encima de ella. Es
-una vergüenza que un animal tan pequeño acobarde de este modo a dos
-hombres. Sí, señora Pichota, nos la comeremos a usted.</p>
-
-<p>Parece que el animal oyó y entendió estas amenazadoras palabras,
-porque aún no había<span class="pagenum" id="Page_105">p. 105</span>
-acabado de pronunciarlas mi amigo, cuando con ligereza suma lanzose
-sobre él, haciéndole presa en el cuello y hombros. La lucha fue breve,
-pues la gata había puesto ya en ejecución el conjunto de su potencia
-ofensiva, de modo que el resto del combate no podía menos de sernos
-favorable. Acudí en defensa de mi amigo, y el animal cayó al suelo,
-llevándose en las uñas algunas partículas de la persona del buen
-doctor, y haciéndome a mí algunos desperfectos en la mano derecha.
-Corrió luego en distintas direcciones; pero al lanzarse sobre mí, tuve
-la buena suerte de recibirla con la punta del cuchillo de monte, lo
-cual puso fin al desigual combate.</p>
-
-<p>—Este animal es más temible de lo que creí —me dijo D. Pablo
-apoderándose del cuerpo palpitante.</p>
-
-<p>—Ahora, Sr. Nomdedeu —indiqué yo—, partiremos como hermanos la
-presa.</p>
-
-<p>El doctor hizo una mueca que indicaba su profundo disgusto, y
-limpiándose la sangre del cuello, me dijo con tono agresivo que por
-primera vez oí de sus labios:</p>
-
-<p>—¿Qué es eso de partir? Siseta contrató conmigo a Pichota a cambio
-de mis libros. ¿Tú sabes que mi hija no ha comido nada ayer?</p>
-
-<p>—Todos somos hijos de Dios —repuse—, y también Siseta y los de abajo
-han de comer, Sr. D. Pablo.</p>
-
-<p>Nomdedeu se rascó la cabeza, haciendo con boca y narices
-contracciones bastante feas; y tomando el animal por el cuello, me
-dijo:</p>
-
-<p>—Andrés, no me incomodes. Siseta y los<span class="pagenum"
-id="Page_106">p. 106</span> bergantes de sus hermanos pueden
-alimentarse con cualquier piltrafa que busquen en la calle; pero mi
-enferma necesita ciertos cuidados. Tras hoy viene mañana, y tras mañana
-pasado. Si ahora te doy media Pichota, ¿qué comerá mi hija dentro
-de un par de días? Andrés, tengamos la fiesta en paz. Busca por ahí
-algo que echar a tus chiquillos, que ellos con roer un hueso quedarán
-satisfechos; pero haz el favor de no tocarme a Pichota.</p>
-
-<p>De esta manera el corazón de aquel hombre bondadoso y sencillo se
-llenaba de egoísmo, obedeciendo a la ley de las grandes calamidades
-públicas, en las cuales, como en los naufragios, el amigo no tiene
-amigo, ni se sabe lo que significan las palabras prójimo y semejante.
-Oyendo a D. Pablo, despertose en mí igual sentimiento egoísta de la
-vida, y vi en él un aborrecido partícipe de la tabla de salvación.</p>
-
-<p>—Sr. Nomdedeu —exclamé con súbita cólera—: he dicho que Pichota se
-partirá, y no hay más sino que se partirá.</p>
-
-<p>El médico, al oír este resuelto propósito, mirome con profunda
-aversión por algunos segundos. Sus labios temblaban sin articular
-palabra alguna; púsose pálido, y luego, con un gesto repentino, me
-empujó hacia atrás fuertemente. Yo sentí que mi sangre, abrasada,
-corría hacia el cerebro; un repentino escalofrío que circuló por mi
-cuerpo me crispaba los nervios. Cerrando los puños, alargué las manos
-casi hasta tocar con ellas la cara de Nomdedeu, y grité:</p>
-
-<p>—¿Conque no se parte Pichota? Pues mejor.<span class="pagenum"
-id="Page_107">p. 107</span> Mejor, porque es toda para mí. ¿Qué tengo
-yo que ver con la señorita Josefina, ni con sus males ridículos? Dele
-usted telarañas.</p>
-
-<p>Nomdedeu rechinó los dientes, y sin contestarme se fue derecho hacia
-el animal, que yacía en tierra desangrándose. Hice yo igual movimiento;
-nuestras manos se chocaron; forcejeamos un breve instante; descargué
-sobre él mis puños, y Nomdedeu rodó por el suelo largo trecho,
-dejándome en completa posesión de la presa.</p>
-
-<p>—¡Ladrón! —gritó—. ¿Así me robas lo que es mío? Aguarda y verás.</p>
-
-<p>Recogiendo la víctima, me dispuse a salir. Pero Nomdedeu corrió,
-mejor dicho, saltó como un gato hacia donde estaba la escopeta, y
-tomándola, me apuntó al pecho diciendo con trémula y ronca voz:</p>
-
-<p>—Andrés, canalla: suéltala o te asesino.</p>
-
-<p>Miré en derredor mío buscando el cuchillo de monte; pero ya D. Pablo
-lo tenía en el cinto. Corrí a la puerta del desván y no pude abrirla;
-entrome de súbito un terror que no pude vencer, y salté maquinalmente,
-sin saber lo que hacía, hacia los cajones vacíos, los muebles viejos y
-el montón de cachivaches donde se nos había aparecido Pichota. Mis pies
-se hundían entre tablas desvencijadas, cuyos clavos me lastimaban, y
-mi cabeza tropezó en las vigas del techo, haciendo caer el polvo, la
-polilla y las repugnantes inmundicias depositadas por dos siglos.</p>
-
-<p>—Bárbaro —grité desde arriba—, ya me las pagarás todas juntas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span>Pero Nomdedeu
-seguía tras mí, buscando la puntería, y con pie firme hollaba las
-rotas tablas; yo corrí de un extremo a otro seguido por él, y dimos
-varias vueltas, subiendo, bajando, hundiéndonos y levantándonos en los
-desfiladeros, laberintos y sinuosidades de aquella caverna.</p>
-
-<p>Por fin, habiendo salido el tiro, Nomdedeu extendió su hocico como
-ávido cazador, por ver si me había alcanzado. Felizmente la bala no me
-tocó.</p>
-
-<p>—No me ha tocado —dije con furiosa alegría, disponiéndome a caer
-sobre mi enemigo.</p>
-
-<p>Pero él desenvainó al instante su cuchillo, y con acento más
-frenéticamente alegre que el mío, gritó en medio del desván:</p>
-
-<p>—¡Ven, ven!... ¡Ladrón, que quieres matar de hambre a mi hija!...
-Suelta a Pichota; suéltala, miserable.</p>
-
-<p>Y sin esperar a que yo le acometiera, corrió hacia mí. Entrome mayor
-pánico que cuando me perseguía con la escopeta, y de nuevo nos lanzamos
-a los precipicios en miniatura, tropezando y saltando, yo delante, él
-detrás; yo gritando, él rugiendo hasta que, rendido de fatiga, caí
-entre destrozadas tablas, que me impedían todo movimiento. Me encontré
-débil y me reconocí cobarde, sintiéndome incapaz de luchar con aquella
-furia, metamorfosis del hombre más manso, más generoso y humanitario
-que yo había conocido.</p>
-
-<p>—Sr. D. Pablo —le dije—, tome usted a Pichota. No puedo más. Se ha
-vuelto usted tigre.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_109">p. 109</span>Sin contestarme
-nada, y mostrando la horrible agitación y crisis de su alma en un sordo
-mugido, recogió el animal que yo había arrojado lejos de mí, y abriendo
-la puerta, se marchó.</p>
-
-<p>Pasada la irascibilidad de aquel cuarto de hora, apenas me podía
-tener; salí, bajé a casa de Siseta, y cuando esta me vio magullado,
-arañado y cubierto de polvo, tuvo miedo. En pocas palabras contele lo
-ocurrido, y los tres muchachos me oyeron con espanto.</p>
-
-<p>—No hay nada por hoy —les dije con angustia—. Voy a la calle a ver
-si encuentro una persona caritativa.</p>
-
-<p>Siseta se abrazó a sus hermanos, derramando lágrimas de
-desesperación, y yo corrí desalado fuera de la casa. En la calle
-marchaba como un ebrio, sin dirección, ni aplomo, ni camino, y con
-la mente en ebullición, cargada, atestada y henchida de criminales
-ideas.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch13">
- <h2 class="nobreak g0">XIII</h2>
-</div>
-
-<p>A mi paso encontraba las familias desvalidas, formando horrorosos
-grupos de desolación en medio de la vía pública, con los pies en el
-lodo, guarecida la cabeza del sol y la lluvia bajo miserables toldos
-de sucias esteras. Se arrancaban de las manos unos a otros la<span
-class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span> seca raíz de legumbre, el
-fétido pez del Oñar, las habas carcomidas y los huesos de animales
-no criados para la matanza. Diestros carniceros, improvisados por la
-necesidad, perseguían por todos los rincones de Gerona a los pobres
-perros que, bastante inteligentes para comprender su trágica suerte,
-buscaban refugio en lo más recóndito, y aun se atrevían a traspasar la
-muralla, corriendo a escape hacia el campo francés, donde eran acogidas
-con aplauso y algazara tales pruebas de nuestra penuria. Por todas
-partes, en sótanos y tejados, los gatos se defendían con sus ásperas
-uñas del ataque de la humanidad, empeñada en vivir.</p>
-
-<p>Los soldados recibían su ración de trigo seco; pero los habitantes
-de la ciudad tenían que buscarse el sustento como Dios les daba a
-entender. La caza y la pesca eran la ocupación más importante. En
-cuanto a trabajos militares, no había nada, porque nuestra situación
-consistía en recibir bombas y granadas, sin poder apenas devolver los
-saludos. En varias partes pedí que me dieran algo para unos pobres
-huérfanos; pero la gente me miraba con indignación, y alguno me echó en
-cara mi robustez. Yo estaba en los puros huesos.</p>
-
-<p>En la calle de Ciudadanos y en la Plaza del Vino<a id="FNanchor_5"
-href="#Footnote_5" class="fnanchor">[5]</a> vi muchos enfermos que
-habían sido sacados de los sótanos para que se murieran menos pronto.
-Su mal era de los que llamaban<span class="pagenum" id="Page_111">p.
-111</span> los médicos <i>fiebre nerviosa castrense</i>, complicada con
-otras muchas dolencias, hijas de la insalubridad y del hambre; y en los
-de tropa todas estas molestias caían sobre la fiebre traumática.</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_5" href="#FNanchor_5" class="label">[5]</a> Hoy de
-la Constitución.</p>
-
-</div>
-
-<p>Sin quererlo yo, me apartaba a cada instante de mi objeto, que era
-buscar alimento para mis niños, y aquí me llamaban para que ayudase a
-arrastrar un enfermo; allí me rogaban que ayudara a poner tierra encima
-de los cadáveres. Mi deseo era arrojarme como los demás en medio del
-arroyo, esperando la muerte; pero el ejemplo de algunos que resistían
-con sin igual tesón el cansancio, me obligaba a seguir en pie. En la
-calle de la Zapatería Vieja sacamos fuera de los sótanos a varios
-clérigos, ancianos y niños, mereciendo en premio de nuestro servicio
-algunos pedazos de pan negro o de cecina. Los otros devoraban su parte;
-pero yo guardé la mía, adquiriendo con su posesión la fuerza moral que
-había perdido.</p>
-
-<p>La calle o callejón de la Forsa, que conduce desde la Zapatería
-Vieja a la catedral, era una horrible sentina, una acequia angosta
-y lóbrega, donde algunos seres humanos yacían como en sepultura,
-esperando quien les socorriese o quien les matase. Entramos en ella,
-conducidos por D. Carlos Beramendi, hombre de gran mérito que se
-multiplicaba para disminuir en lo posible las desgracias de la ciudad,
-y recogimos los cuerpos vivos y medio vivos, muertos y medio muertos,
-sacándolos a las gradas de la catedral, donde les bañasen<span
-class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span> aires menos corrompidos.
-La catedral ya no podía contener más enfermos, y la plaza se fue
-convirtiendo en hospital al descubierto. Allí vi aparecer en lo alto de
-la gradería a D. Mariano Álvarez, que daba algunas disposiciones para
-el socorro de los heridos. Su semblante era en toda Gerona el único que
-no tenía huellas de abatimiento ni tristeza, y conservábase tal como el
-primer día del sitio. Gran número de gente le rodeaba, y entre ellos vi
-con sorpresa a D. Pablo Nomdedeu con otros médicos, individuos de la
-Junta de salubridad, y varias personas influyentes. La multitud vitoreó
-a Álvarez, quien no dijo nada, absteniéndose de manifestar disgusto
-ni alegría por la ovación, y descendió tranquilamente. La gradería
-ofrecía el más lamentable aspecto, y con la algazara de los vivas y
-aclamaciones dirigidas al Gobernador, era difícil oír las quejas y
-lamentos. Desde lejos se observaba claramente que muchos de los que
-componían la comitiva del héroe estaban afligidos ante tan doloroso
-espectáculo. Sin duda hablaban a D. Mariano de la escasez de víveres,
-porque se oyó una voz de protesta que dijo:</p>
-
-<p>—Señor, cuando no haya otra cosa, comeremos madera.</p>
-
-<p>En esto llegó junto a mí D. Pablo, que se había separado un poco de
-la comitiva.</p>
-
-<p>—¡Comer madera! —exclamó—. Eso se dice, pero no se hace. Andrés, me
-alegro de verte por aquí ¿Cómo estás?... ¿y Siseta y los chicos?</p>
-
-<p>Aunque empezaba a extinguirse en mi alma<span class="pagenum"
-id="Page_113">p. 113</span> el resentimiento, amenacé con el puño a
-Nomdedeu.</p>
-
-<p>—¡Ah, todavía me guardas rencor por lo de esta mañana! —dijo—.
-Andresillo, en estos casos no es uno dueño de sí mismo. Yo me
-espantaba entonces y me he espantado después de encontrarme tan
-bárbaro y salvaje. Se trata de vivir, Andrés, y el pícaro instinto
-de conservación hace que el hombre se convierta en fierecita. Que yo
-sea capaz de matar a un semejante, es cosa que no se comprende, ¿no
-es verdad? ¡Ay, amigo mío! La idea de que mi hija me pide de comer y
-no puedo darle nada, ahoga en mí el patriotismo, el pensamiento, la
-humanidad, trocándome en una bestia. Andrés, no somos más que miseria.
-Indigno linaje humano, ¿qué eres? Un estómago y nada más. Se avergüenza
-uno de ser hombre cuando llegan estos casos en que todas las relaciones
-sociales desaparecen, y reina la Naturaleza pura. Pero estoy viendo
-que el número de los heridos es inmenso. Hoy hemos estado haciendo el
-recuento de medicinas, y no hay ni para la décima parte en un solo
-día. ¿A dónde vamos a parar? ¿Es posible que esto se prolongue? No, no
-puede ser. Mira qué horroroso aspecto presenta la gradería cubierta de
-cuerpos humanos.</p>
-
-<p>En efecto: los cien escalones que conducen a la catedral ofrecían
-en pavoroso anfiteatro un cuadro completo de los males de la heroica
-ciudad.</p>
-
-<p>Álvarez con su comitiva seguía bajando, y la multitud apartábase
-para abrirle paso.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_114">p. 114</span>—Señor —le dijo
-Nomdedeu volviéndome la espalda—. Olvidé decir a vuecencia que los
-medicamentos que tenemos no bastan ni para la décima parte.</p>
-
-<p>D. Mariano miró fríamente y sin marcada expresión al médico. ¡Qué
-bien vi entonces al célebre Gobernador, y cuán presentes se quedaron
-desde entonces en mi mente sus facciones, su mirar y sus palabras!
-La cara pálida y curtida, los ojos vivos, el pelo cano, la figura
-delgada y enjuta, la contextura de acero, la fisonomía imperturbable y
-estatuaria, la tranquilidad y la serenidad juntas en su semblante: todo
-lo examiné y todo lo retuve en la memoria.</p>
-
-<p>—Si no hay bastantes medicinas —repuso—, empléense las que hay, y
-después se hará lo que convenga.</p>
-
-<p>Esta muletilla de <i>lo que convenga</i> era muy suya, y con ella
-solía terminar sus discursos y amonestaciones, siendo en él muy natural
-decir: «Si no se puede resistir el asalto y los franceses entran en la
-ciudad, moriremos todos, y después <i>se hará lo que convenga</i>.»</p>
-
-<p>—Pero, señor —añadió D. Pablo—, los enfermos no admiten espera. Si
-no se les cura... se podrá tirar un día, dos...</p>
-
-<p>Álvarez paseó serenamente la vista por el anfiteatro, y después,
-volviéndose a Nomdedeu, le dijo:</p>
-
-<p>—Ninguno de ellos se queja. Pronto recibiremos auxilios. La plaza no
-se rendirá, señor Nomdedeu, por falta de medicinas. ¿No discurre usted
-algún medio para aliviar la suerte de los enfermos y heridos?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span>—¡Oh, sí señor!
-—dijo el médico alentado por algunos de la comitiva que murmuraron
-frases más en consonancia con los pensamientos del médico que con los
-del Gobernador—. Me ocurre que Gerona ha hecho ya bastante por la
-Religión, la Patria y el Rey. Ha llegado ya al límite de la constancia,
-señor, y exigir más de esta pobre gente es consumar su completa
-ruina.</p>
-
-<p>Álvarez agitó ligeramente el bastón de mando en la mano derecha, y
-sin inmutarse dijo a Nomdedeu:</p>
-
-<p>—«<i>Veo que solo usted es aquí cobarde. Bien: cuando ya no haya
-víveres, nos comeremos a usted y a los de su ralea, y después resolveré
-lo que más convenga.</i>»</p>
-
-<p>Cuando acabó de hablar, callaron todos de tal modo, que se oía el
-zumbido de las moscas. Nomdedeu volvió atrás la cabeza buscándome con
-la vista para disimular su turbación, y harto confuso hubo de abandonar
-la comitiva. Hasta mucho después de que esta pasara no recobró el uso
-de la palabra mi buen doctor, y estaba pálido y tembloroso, señal
-inequívoca de su miedo.</p>
-
-<p>—Andrés —me dijo en voz baja tomándome del brazo, y llevándome
-en dirección de la Plaza de San Félix—, ese hombre va a acabar con
-nosotros. Yo soy patriota, sí señor, muy patriota; pero todo tiene
-su límite natural, y eso de que lleguemos a comernos unos a otros me
-parece una temeridad salvaje.</p>
-
-<p>—La entereza de D. Mariano —le respondí— nos llevará a tragarnos
-mutuamente; pero<span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span> por
-lo que a mí toca, y mientras sepa que ese hombre está vivo, antes me
-comeré a mordidas mi propia carne, que hablar de capitulación delante
-de él.</p>
-
-<p>—Grande y sublime es su constancia —me dijo—: yo la admiro y me
-congratulo de que tengamos al frente de la plaza un hombre cuya memoria
-ha de vivir por los siglos de los siglos. ¡Oh, si yo fuera solo en
-el mundo, Andrés! Si yo no tuviera más que mi indigna persona, si no
-tuviera otro cuidado que la visita al hospital y el recorrido de los
-enfermos que están en la calle, yo mismo le diría a D. Mariano: «Señor,
-no nos rindamos mientras haya uno que pueda vivir, almorzándose a
-los demás.» Pero mi hija no tiene la culpa de que una nación quiera
-conquistar a otra... Sin embargo, humillemos la frente ante la voluntad
-de Dios, de la cual es ejecutor en estos días ese inflexible D. Mariano
-Álvarez, más valiente que Leónidas, más patriota que Horacio Cocles,
-más enérgico que Scévola, más digno que Catón. Es este un hombre que
-en nada estima la vida propia ni la ajena, y como no sea el honor,
-todo lo demás le importa poco. En las jornadas de septiembre, cuando
-Vives el capitán de Ultonia se disponía para una pequeña excursión al
-campo enemigo, preguntó a D. Mariano que a dónde se acogería en caso
-de tener que retirarse. El Gobernador le contestó: «Al cementerio.»
-¿Qué te parece? ¡Al cementerio! Es decir, que aquí no hay más remedio
-que vencer o morir; y como vencer a los franceses es imposible porque
-son ciento y la madre, saca<span class="pagenum" id="Page_117">p.
-117</span> la consecuencia. ¡Esto entusiasma, Andresillo! Se le llena a
-uno la boca diciendo: ¡viva Gerona y Fernando VII! le parece a uno que
-ya está viendo las historias que se van a escribir ensalzándonos hasta
-las nubes; pero yo quisiera poder gritar: ¡viva España y viva Josefina!
-o que al menos entre las ruinas humeantes de esta ciudad y entre el
-montón que han de formar nuestros cuerpos despedazados, se alzara
-rebosando salud mi querida hija única, que nunca ha hecho mal a España,
-ni a Francia, ni a Europa, ni a las Potencias del Norte ni del Sur.</p>
-
-<p>El doctor detúvose a examinar varios enfermos, y corrí a casa de
-Siseta para llevarles lo poco que había recogido.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch14">
- <h2 class="nobreak g0">XIV</h2>
-</div>
-
-<p>Casi juntamente conmigo entró Badoret, que había salido a hacer una
-excursión por la Plaza de las Coles, y volvía tan alegre y saltón, que
-le juzgué portador de víveres para ocho días.</p>
-
-<p>—¿Qué hay, Badoret? —le preguntamos Siseta y yo.</p>
-
-<p>Nos contestó abriendo los puños para mostrar algunas piezas de
-cobre, y cerrábalos después, bailando con frenesí en medio de la
-sala.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span>—¿De dónde traes
-eso? ¿Lo has cogido en alguna parte? —le preguntó su hermana con enojo,
-sospechando sin duda que el chico había hecho incursiones lamentables
-en la propiedad ajena.</p>
-
-<p>—Me los han dado por el ratón... Andrés, un ratón tan grande como un
-burro. En cuanto llegué con él a la plaza, un viejo soltó tres reales
-por él.</p>
-
-<p>—¿Para comérselo? —exclamó Siseta con horror.</p>
-
-<p>—Sí —repuso Badoret dándole los cuartos—. Tú no quisiste, pues a
-venderlo.</p>
-
-<p>—Mira, Andrés —me dijo Siseta—, luego que tú te fuiste, estos
-condenados bajaron al patio, y por la puertecilla que está junto al
-pozo, se metieron en la casa del canónigo Don Juan Ferragut, que está
-abandonada, como sabes. A poco volvieron con una rata tan grande como
-de aquí a mañana... ¡Qué patas! ¡Qué rabo!</p>
-
-<p>—La carne de este precioso e inteligentísimo animal —dije yo dando
-a Siseta lo que llevaba—, no es mala, según dicen los muchos que en
-Gerona la están consumiendo. Por ahora, muchachos, remediémonos con
-esto que os traigo, y Dios dará más adelante otra cosa.</p>
-
-<p>Comimos, si así puede llamarse una refacción tan exageradamente
-sobria, que más parecía hecha para dar entretenimiento a los dientes,
-que substancia al cuerpo. Yo me dormí sobre el suelo poco después, y
-cuando desperté, Siseta con gran aflicción me dijo:</p>
-
-<p>—Gasparó está malo. Ha cesado de llorar,<span class="pagenum"
-id="Page_119">p. 119</span> y está como desmayado, con el cuerpo
-ardiente, y temblando de escalofríos. ¿Tardará en volver el Sr.
-Nomdedeu?</p>
-
-<p>Examiné al chico, y su aspecto me hizo temblar, porque no dudé un
-momento que estuviese atacado de la fiebre a que sucumbía diariamente
-parte de la población; pero procuré tranquilizar a su hermana,
-asegurando que los síntomas del mal que tenía delante no eran parecidos
-a los que a todas horas se observaban en los sitios más públicos de la
-ciudad. Siseta, en su buen sentido, no daba crédito a mis consuelos,
-comprendiendo la gravedad de su hermanito. Con la mayor naturalidad
-del mundo, y olvidando, en su preocupación, las circunstancias de la
-ciudad, me mandó que le llevase algunas medicinas, y tuve que emplear
-mil rodeos y circunlocuciones para decirle que no las había. La infeliz
-muchacha estaba inconsolable.</p>
-
-<p>Una hora después entró D. Pablo Nomdedeu, al cual llamamos para que
-asistiese al enfermo, y se prestó a ello de buen grado.</p>
-
-<p>—¡Pobre Gasparó! —exclamó al verle—. Ya he dicho que con los
-alimentos que diariamente se consumen aquí, estos chicos no han de
-llegar a viejos.</p>
-
-<p>—Pero mi hermano no se morirá, Sr. Don Pablo —afirmó Siseta
-llorando—. Usted, que es tan buen médico, le curará.</p>
-
-<p>—Hija mía —repuso fríamente el doctor—, tiende la vista por esas
-calles, y observa de qué valen los buenos médicos. Lo que respiramos
-en Gerona no es aire: es una sutil, invisible<span class="pagenum"
-id="Page_120">p. 120</span> materia cargada de muertes. ¡Ay! Vivimos
-por especial don de Dios, los que vivimos. Tenemos un Gobernador
-de bronce que manda resistir a estos hombres que se caen muertos
-por momentos. D. Mariano Álvarez no ve en el cuerpo humano sino una
-cosa con que rellenar los cementerios, y que si no puede servir
-para batirse, no sirve para nada. Él no atiende más que al inmortal
-espíritu, y fijando su atención en la vida perpetua que con los
-miserables ojos de la carne no podemos ver, desprecia todo lo demás.
-Sí: la magnitud de ese hombre me tiene asombrado, por lo mismo que es
-superior a mí. El Gobernador resistirá el hambre, las privaciones, las
-enfermedades, mientras tenga una gota de sangre que mantenga en pie
-la urna de su grande espíritu, pues su alma es el alma menos atada al
-cuerpo que he conocido; y si no pudiese resistir, será capaz de comerse
-a sí mismo... Pero veamos qué se hace con ese pobre Gasparó, hija
-mía; yo creo que debes ir a enterrarle a la Plaza del Vino, donde se
-ha hecho una gran fosa, porque si dejamos aquí su pobre cuerpo, puede
-corromperse la atmósfera de esta casa más de lo que está.</p>
-
-<p>—¿De modo que usted le da por muerto? —preguntó Siseta con
-desesperación.</p>
-
-<p>—Siseta, nuestra misión en el estado a que han llegado las cosas,
-sin alimentos ni medicinas que recomendar, se reduce a evitar los
-horribles efectos de la descomposición atmosférica. Si pudiéramos tener
-a mano buenas tazas de caldo, un poco de vino blanco y algunos<span
-class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span> emolientes y eméticos,
-creo que sería fácil tornar la salud a la robusta naturaleza de ese
-niño; pero es imposible: no hay nada. ¡Felices los que se mueren! Si
-no consigo salvar a mi hija, me pondré en la muralla, cuando haya otro
-asalto, para morir gloriosamente... Pobre Gasparó: ¡con cuánto placer
-te cuidaría, si viera en ti esperanzas de vida! Siseta, sentiría mucho
-que mi hija conociera la proximidad de un moribundo. En caso de que
-Gasparó llore o chille, le mandarás callar. Adiós, adiós, hijos míos;
-cuidado con mis instrucciones.</p>
-
-<p>Y subió. Tenía todas las apariencias de un loco.</p>
-
-
-<p class="mt2">Siseta destrozó un mueble, calentó agua con él, y
-diose a aplicar al enfermo en diversas formas una terapéutica de su
-invención, compuesta de agua tibia en bebida, en cataplasmas, en
-friegas, en rociadas, en parches. Como advirtiera cierta quietud en el
-enfermo, creyola repentina mejoría, por efecto de sus extraordinarios
-específicos, y dijo con tanta inocencia como alegría:</p>
-
-<p>—Andrés, me parece que está mejor. Se ha dormido. Mi madre decía que
-el agua del Oñar era la mejor medicina del mundo, y con agua se curaba
-ella todos sus males. ¿Ves como está más tranquilo? Cuando despierte
-querrá ir a jugar con sus hermanos. ¿Pero dónde están esos malditos?
-¡Badoret, Manalet!...</p>
-
-<p>Siseta les llamó gritando varias veces, y los<span class="pagenum"
-id="Page_122">p. 122</span> muchachos no parecían. Estaban en la casa
-del canónigo.</p>
-
-<p>Yo subí a ver a D. Pablo y a su hija, y encontré a esta tan abatida
-y desfigurada, que cuando cerraba los ojos, quedándose sin movimiento
-con la cabeza hundida entre los almohadones, parecía realmente muerta.
-Ya era casi de noche, y el doctor, sentado junto al velador, escribía
-su diario.</p>
-
-<p>—Andrés —me dijo Nomdedeu—, te agradezco que vengas a hacerme
-compañía. ¿No me guardas rencor por lo de esta mañana? Eres un buen
-muchacho, y sabes hacerte cargo de las circunstancias. En estos casos
-no hay amigo para amigo, ni hermano para hermano. Ahora mismo, si
-metieras tu mano en el plato donde va a comer mi hija, creo que te
-mataría.</p>
-
-<p>—¿Y la señorita Josefina —le pregunté—, cree todavía que hay fiestas
-en Gerona, y que mañana irá a Castellá?</p>
-
-<p>—¡Ay! no. La ilusión duró hasta el día siguiente nada más. Su
-estado moral es espantoso. Ya no puede ocultársele nada, y es inútil
-representar comedias como la de la otra noche. Lo sabe todo, y no
-ignora los últimos pormenores, gracias a una indiscreción de esa
-endiablada señora Sumta, a quien de buena gana arrastraría por los
-cabellos. Figúrate, Andrés, que una de estas noches, cuando yo estaba
-curando enfermos por esas calles, la tal señora Sumta, que a más de
-ser curiosa como mujer, es entrometida y novelera como un chico de
-diez años, deseando dar a su entendimiento<span class="pagenum"
-id="Page_123">p. 123</span> el pasto de una belicosa lectura en armonía
-con sus aficiones militares, sacó de la alacena de mi despacho este
-diario que estoy escribiendo, y se puso a leerlo aquí mismo delante
-de mi hija. Esta sintió al instante deseos de enterarse también, y la
-muy necia de la señora Sumta se lo permitió, añadiendo de su propia
-cosecha comentarios encomiásticos de los empeños y heroicidades del
-sitio. Cuando volví, mi hija había llegado a las últimas páginas, y en
-su calenturienta atención y curiosidad se le iba el alma a pedazos.
-La lectura la embelesaba y la mataba al mismo tiempo, y el terror y
-la admiración compartíanse el dominio de su alma. ¡Ay, cuánto trabajo
-me costó arrancarle de las manos el malhadado diario! La pobrecita
-no durmió en toda la noche, y puesto su cerebro en erección, allí
-era de ver cómo imaginaba batallas en la calle, cómo sentía el ruido
-de las bombas, cómo aseguraba estarse quemando con el resplandor
-de los incendios, cómo miraba los ríos de sangre que enrojecían el
-Ter y el Oñar, sin que me fuera posible tranquilizarla. La infeliz
-corría de una parte a otra de la habitación como una loca, y llamaba
-a voces a D. Mariano Álvarez, ensalzando la bravura y grande ánimo de
-nuestro Gobernador. Otras veces, dominada por el miedo, me pedía que
-la escondiese en lo más profundo de los pozos para no oír el zumbido
-de los cañonazos ni ver el resplandor de las llamas. Tan pronto su
-delicado organismo nervioso, que es su naturaleza toda, se crispaba
-dándole actividad febril, como cuando dominados<span class="pagenum"
-id="Page_124">p. 124</span> por el entusiasmo nos centuplicamos; tan
-pronto abatiéndose llorosa, su cuerpo caía flojo y blando como una
-madeja. Precisamente, la falta del sentido acústico, que parece debía
-ser un descanso para su espíritu, es un verdadero tormento, porque oye
-rumores que sin existencia real retumban en su cerebro, y los espectros
-del sonido aterran su imaginación más que los de la vista. ¡Pobrecita
-hija mía! Creí verla morir en una de aquellas crisis. Era su vida como
-un hilo delgado que por intervalos se pone tirante, tirante, amenazando
-romperse. Yo tenía el alma en suspenso, y comprendiendo que contra tal
-estado de nada valen la ciencia ni los cuidados, me crucé de brazos
-y bajé la frente esperando el fallo de Dios. De este modo ha pasado
-algunos días, Andrés, y últimamente todos los síntomas de desorden
-nervioso han desaparecido, para no quedar más que el del miedo, un
-miedo en el último grado de lo deprimente, que la tiene aplanada,
-moribunda. ¿Ves esa cara, ves esa expresión soñolienta y abatida, esa
-diafanidad propia de los primeros instantes de la muerte? ¿Por ventura
-eso tiene apariencia de vida? No parece sino que este simulacro de
-existencia permanece ante mis ojos por disposición milagrosa del cielo
-para consolarme durante la ausencia real de mi verdadera y querida
-hija.</p>
-
-<p>Después de un largo y triste silencio, continuó así:</p>
-
-<p>—Andrés, mañana saldrá el sol; mañana habrá lo que en nuestro
-lenguaje llamamos día; mañana tendremos otro hoy, es decir,<span
-class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span> nuevos apuros. Veremos qué
-miga de pan me reserva Dios para el día que ha de venir. Como quiera
-que sea, mi hija tendrá mañana su plato en esta mesa. Así ha de ser,
-cueste lo que cueste.</p>
-
-<p>Y dicho esto, siguió redactando su diario.</p>
-
-<p>Cuando volví al lado de Siseta, la encontré más tranquila, engañada
-por el aparento alivio del pobre niño. Su principal inquietud
-consistía entonces en la ausencia de Badoret y Manalet, que, a pesar
-de lo avanzado de la noche, no volvían a casa. Pero de acuerdo les
-supusimos ocupados en explorar la habitación vecina, y no se habló más
-sobre el particular. Retireme yo a mi guardia, pesaroso de dejarla
-sola, y durante toda la noche estuve mortificado por cavilaciones y
-presentimientos que no me dejaron dormir.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch15">
- <h2 class="nobreak g0">XV</h2>
-</div>
-
-<p>Al día siguiente no ocurrió novedad particular. Gasparó seguía
-lo mismo. Badoret y su hermano aparecieron tras larga ausencia,
-llenos de rasguños, contusiones, magulladuras y mordidas; pero muy
-contentos con los cuartos que recientemente les había proporcionado
-su industria. A pesar de este refuerzo pecuniario, aquel día fue el
-abastecimiento<span class="pagenum" id="Page_126">p. 126</span> de la
-casa más penoso y difícil que otro alguno, y Siseta, desmejorándose
-por grados, perdía robustez y salud de hora en hora. Como entonces
-ocurrieron acontecimientos terribles en nuestra casa, no puedo pasarlos
-en silencio. Al rayar el día, despertome de un breve y pesado sueño el
-golpear de un pie, que no por ser de amigo carecía de dureza, y cuando
-abrí los ojos me encaré con el tambor del regimiento, Felipe Muro, que
-me dijo:</p>
-
-<p>—Ha caído una bomba en la casa del canónigo Ferragut, calle de
-Cort-Real, y el tejado ha ido a buscar refugio dentro de los cimientos.
-Yo lo he visto, Andrés. Tu amigo el médico, D. Pablo Nomdedeu, salió a
-la calle gritando y bufando en cuanto vio arder las barbas del vecino.
-Felizmente la casa no ardió, y hasta hoy no tiene más avería que haber
-sido aplastada como un buñuelo. ¿No vas allá?</p>
-
-<p>De buena gana habría corrido al lugar de la catástrofe; pero la
-ordenanza me ataba a la muralla de Alemanes durante algunas horas,
-y esperé con horrible ansiedad. Cuando me encontré libre y pude
-trasladarme a la calle de Cort-Real, vi con alegría que mi casa estaba
-intacta, aunque amenazada de algún deterioro por la repentina falta del
-apoyo de la contigua, cuya fachada yacía casi totalmente en el suelo,
-viéndose desde la calle el interior de las habitaciones con parte de
-los muebles en la misma situación en que los dejó el dueño al abandonar
-su domicilio. Mentalmente di gracias a Dios por haber librado<span
-class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span> de la desgracia la casa de
-los míos, y corrí al lado de Siseta, a quien encontré en el taller y en
-el mismo sitio donde la había dejado la noche anterior, junto al lecho
-de su hermano. La consternación de la pobre muchacha era tal, que no
-acerté a tranquilizarla con inútiles consuelos.</p>
-
-<p>—Siseta —le dije—, es preciso resignarse a lo que quiere Dios. ¿Y tu
-hermano?</p>
-
-<p>No me contestó, ni había para qué, porque su hermano se moría. Ella
-misma hallábase en tan lastimosa situación física y moral, que solo por
-un enérgico propósito de su fuerte espíritu se mantenía vigilante y
-atenta a la agonía del pobre Gasparó. Sin el dolor, Siseta habría caído
-al suelo, abatida por el insomnio y la inanición; pero despreciaba su
-propia existencia, y para atenderla era preciso que desapareciese la de
-los demás.</p>
-
-<p>—¿El Sr. Nomdedeu no ha asistido a tu hermano? —le pregunté.</p>
-
-<p>—No —repuso—. El Sr. D. Pablo dice que aquí nada falta sino echarle
-tierra encima.</p>
-
-<p>—¿Y es posible que no te haya proporcionado algunas medicinas? Si él
-quisiera, podría hacerlo.</p>
-
-<p>—Dice que no hay medicinas.</p>
-
-<p>—Dime: ¿Gasparó ha tomado algún alimento?</p>
-
-<p>—Nada. Con los cuartos que trajeron ayer los chicos, se compró un
-pedacito muy pequeño de cecina, y lo puse en las parrillas; y esta
-mañana vino D. Pablo, se me arrodilló delante llorando a moco y baba, y
-como a pesar<span class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span> de esto
-me resistiera a dárselo, amenazome con matarme, y se lo llevó.</p>
-
-<p>—¿Tú tampoco has tomado nada?... ¡Oh! Es preciso que yo le siente
-la mano a ese ladronzuelo de D. Pablo. ¿Tenemos nosotros obligación de
-mantenerle a su hija? ¿Y tus hermanos?</p>
-
-<p>—No sé dónde están —repuso Siseta con profundo terror—. Desde anoche
-no han vuelto a casa.</p>
-
-<p>—Pero, Siseta —exclamé con angustia—, no irían a la casa del
-canónigo. ¿Sabes que se ha venido al suelo?</p>
-
-<p>—No sé si irían allá... Esta mañana sentí un gran ruido. Creí que
-era esta casa la que se venía al suelo, y abrazando a mi hermano cerré
-los ojos y me encomendé a Dios. Pero luego que cesó el ruido, miré
-al techo y lo vi en el mismo sitio. La gente gritaba en la calle, y
-era difícil respirar, a causa del polvo. No, Dios mío, no es posible
-que mis hermanos estuvieran hasta hoy dentro de esa casa. Yo creo que
-habrán ido al mercado a vender lo que hayan cogido.</p>
-
-<p>Cada palabra pronunciada era un esfuerzo angustioso de la decaída
-naturaleza de Siseta. Cubría su frente helado sudor, y sentada en el
-suelo apoyaba sus brazos en la estera para sostenerse. Pálida como la
-misma muerte, y con los ojos apagados y hundidos, daba pena de ver cómo
-se agostaba aquella planta, sin poder echarle un poco de agua.</p>
-
-<p>De repente bajó metiendo mucho ruido el Sr. Nomdedeu, que al verme
-me dijo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_129">p. 129</span>—¡Oh, Andresillo!
-¡Cuánto me alegro de que estés aquí! Supongo que traerás algo. Tú eres
-generoso, y no te olvidas de los buenos amigos.</p>
-
-<p>—Nada traigo, señor doctor; y si trajera, no sería para usted. Cada
-cual se las componga como pueda.</p>
-
-<p>—¡Qué bromas gastas! Supongo que traerás siquiera un poco de trigo.
-Y tú, Siseta, ¿tienes algo para mí? ¿Tus hermanos no han traído nada?
-¡Oh, amigos míos de mi alma! ¿No hay nada para este pobre infeliz
-que ve morir a su hija? Andrés, Siseta —añadió juntando las manos y
-poniéndose de rodillas delante de nosotros—, haced la caridad, por amor
-de Dios, que todo lo que tuviereis de menos en la tierra lo tendréis de
-más en el cielo. Ya sabéis que <i>aquí dan uno por ciento y allá dan
-ciento por uno</i>. Andrés, Siseta, queridísimos amigos míos, vosotros
-que nadáis en la abundancia, socorred a este mendigo. Nada me queda
-ya: he vendido todos mis libros, y con las plantas de mi magnífico
-herbario, que he reunido durante veinte años, he hecho un cocimiento
-para dárselo a ella. Solo me restan las plantas malignas o venenosas, y
-la incomparable colección de <i>polipodiums</i>, que os puedo vender...
-¿De veras que no tenéis nada? No puede ser. Ustedes esconden lo que
-tienen; ustedes me engañan, y esto no lo puedo consentir: no, no lo
-consentiré.</p>
-
-<p>De esta manera Nomdedeu pasaba de la aflicción amarga o una cólera
-hostil y atrabiliaria, que a Siseta y a mí nos infundió bastante
-recelo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span>—Sr. Nomdedeu
-—dije, resuelto a alejar de nosotros huésped tan importuno—, no
-tenemos nada. Ya ve usted. El pobre Gasparó se muere, y no podemos
-darle un buche de agua con vino. Déjenos usted en paz o tendremos un
-disgusto.</p>
-
-<p>—Eso se verá. Yo no me voy de aquí sin algo. Ustedes esconden lo que
-van comprando con los cuartos que traen los chicos. Mi hija no puede
-seguir así muchas horas, Andrés. Que se rinda Gerona, sí señor, que
-se rinda, y que se vaya al infierno con cien mil pares de demonios el
-Sr. D. Mariano Álvarez, que ha dicho esta mañana: «Cuando la ciudad
-principie a desfallecer, se hará lo que convenga.» No sé a qué espera.
-Aún no cree que la ciudad está bastante desfallecida. ¡Oh! Lo que
-debiera hacer el Gobernador es castigar a los pillos que acaparan las
-vituallas, privando a sus semejantes de lo más preciso, y ustedes son
-de estos, sí señor. Ustedes tienen esas arcas llenas de comestibles, y
-lo menos hay ahí diez onzas de cecina y un par de docenas de garbanzos.
-Esto es un robo, un robo manifiesto. Siseta, Andrés, amigos míos, ya he
-vendido todas las estampas y cuadros de mi casa. ¿Queréis el perrito
-que bordó en cañamazo mi difunta esposa cuando estaba en la escuela?
-¿Lo queréis? Pues os le daré, aunque es una prenda que he estimado como
-un tesoro, y de la cual hice propósito de no deshacerme nunca. Os doy
-el perrito si me dais lo que está guardado en el arca.</p>
-
-<p>Abrimos el arca, mostrándole su horrenda<span class="pagenum"
-id="Page_131">p. 131</span> vaciedad; pero ni aun así se dio por
-convencido. Estaba frenético, con apariencias de trastorno semejante
-a la embriaguez, o al delirio de los calenturientos, y al hablar, su
-lengua sin fuerza chasqueaba las palabras entonándolas a medias, como
-un badajo roto que no acierta a herir de lleno la campana. Temblaba
-todo él, y el llanto y la risa, la pena, la ira, la resignación o la
-amenaza se expresaban sucesivamente en las rápidas modificaciones de su
-fisonomía agitada y movible como la de un cómico.</p>
-
-<p>Cuando me levanté para obligarle a salir, amenazome con los puños, y
-en un tono que no es definible, pues lo mismo podía ser dolorido llanto
-que honda rabia, nos dijo:</p>
-
-<p>—Miserables, ladrones de lo ajeno. Haré lo que dice el Gobernador.
-Sí, Andrés, Siseta. Mi hija no se morirá; mi pobre hija no se morirá;
-porque cuando no haya otra cosa nos comeremos a ustedes, y después se
-resolverá lo que más convenga.</p>
-
-<p>Cuando se retiró, Siseta me dijo:</p>
-
-<p>—Andrés, yo no sé si viviré mucho más que Gasparó. Haz el favor de
-buscar a mis hermanos. Si Dios ha determinado que en este día se acabe
-todo, se acabará. Somos buenos cristianos, y moriremos en Dios.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch16">
- <p><span class="pagenum" id="Page_132">p. 132</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XVI</h2>
-</div>
-
-<p>Dejando para más tarde la exploración al mercado, marché a la
-abandonada vivienda de D. Juan Ferragut, canónigo de la catedral,
-que desde los primeros días del sitio huyó de Gerona buscando lugar
-más seguro. Aunque este veterano de las milicias docentes de Cristo
-no figura en mi relación, debo indicar que era el primer anticuario
-de toda la alta Cataluña; hombre eruditísimo e incansable en esto
-de reunir monedas, escarbar ruinas, descifrar epígrafes y husmear
-todos los rastros de pisadas romanas en nuestro suelo. Su colección
-numismática era célebre en todo el país, y además poseía inapreciable
-tesoro en vasos, lámparas, arneses y libros raros; pero el grande
-amor que tenía a estos objetos no fue parte a detenerle en su huida,
-abandonando la historia romana y carlovingia por poner en seguro la más
-que ninguna inestimable antigualla de la propia vida. Luego una bomba
-arregló el museo a su manera.</p>
-
-<p>Entrábase en la desierta casa por una pequeña puerta que comunicaba
-ambos patios, y que los vecinos solían tener abierta para venir a
-tomar agua en el pozo del nuestro. Cuando penetré en el patio, hallé
-que una gran parte de este se había trocado en recinto cubierto,<span
-class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span> formado por la acumulación
-de vigas y tabiques atascados en un ángulo antes de llegar al piso.
-Aquel improvisado techo no necesitaba sino ligero impulso, una voz
-fuerte, una trepidación insensible para caer al suelo. Adelantando
-cuidadosamente llegué a la caja de la escalera, abierta a la luz
-y al aire por el hundimiento de las salas de la fachada y de una
-parte del techo por donde penetró la bomba. Cubrían el suelo muebles
-confundidos con trozos de pared, vidrios y mil desiguales fragmentos
-de preciosidades artísticas, materia caótica de la historia, que
-ningún sabio podía ya reunir ni ordenar. La escalera había perdido
-uno de sus tramos, y para subir era preciso trepar, saltando abruptas
-alturas. Desde abajo veíase el interior de una alcoba que debía de
-ser la del señor canónigo, la cual pieza con un testero de menos, y
-conservando parte de sus muebles, se asemejaba a los aposentos de
-juguete para los niños, cuando se les quita la tapa o pared lateral,
-cuya ausencia permite ver el lindo interior. Si algunos cuadros, cofres
-y roperos manteníanse arriba en los mismos puestos que desde luengos
-años ocupaban, en cambio la cama del canónigo yacía en el hondo de la
-escalera en una postura que podemos llamar boca abajo. Los gruesos
-pilares de aquel mueble, que no era otra cosa que un mediano monte de
-roble, aparecían por diversos puntos tronchados, esparciendo sus agudas
-astillas, y las colgaduras en desorden dejaban ver entre sus pliegues
-los brazos de marfil de un Santo Cristo, y las secas ramas de unas
-disciplinas. De entre<span class="pagenum" id="Page_134">p. 134</span>
-los despojos de la piedra, y en la oscuridad de los rincones y honduras
-que formaban, vi surgir el brillo de dos discos luminosos, como dos
-puntos, como dos ojos que me miraban. A pesar de que sentí súbito
-temor, bajeme a recoger aquellas luces. Eran los espejuelos del buen
-Ferragut.</p>
-
-<p>En la imposibilidad de subir, di voces al pie de la escalera, por
-ver si desde aquellas solitarias cavidades me respondía alguno de los
-muchachos a quienes buscaba. Grité con toda la fuerza de mis pulmones:
-¡Badoret, Manalet! pero nadie me respondía. Recorrí todo lo bajo,
-explorando lo más escondido y lo más peligroso de los escombros, y solo
-encontré la barretina de uno de los chicos; pero esto no era suficiente
-razón para suponer que ellos existiesen bajo las ruinas. Por último,
-regresando al hueco oí un agudo silbido, que resonaba en lo más alto
-del tejado. Esperé un rato, y en breve oyéronse de nuevo los mismos
-agudos sones, y apareció una figura, que desde arriba con evidente
-peligro se inclinaba para mirar hacia el fondo. Era Badoret.</p>
-
-<p>El muchacho, poniéndose ambas manos en la boca, gritó:</p>
-
-<p>—¡Manalet, alerta!</p>
-
-<p>Y luego, forzando la voz, añadió:</p>
-
-<p>—¡Allá van! ¡Allá va Napoleón, con toda la guardia imperial y la
-tropa menuda!</p>
-
-<p>Dicho esto desapareció, y yo me quedé absorto esperando ver
-a Napoleón con toda la guardia imperial. En efecto: por la rota
-escalera descendía a escape tendido un numeroso<span class="pagenum"
-id="Page_135">p. 135</span> ejército cuyos precipitados pasos metían
-bastante ruido. Saltaban de peldaño en peldaño por entre los pedazos
-de vigas, y con ligereza suma franqueaban los claros de la escalera,
-gruñendo, chillando, escarbando, describiendo piruetas, curvas,
-círculos, y empujándose, confundiéndose y precipitándose unos sobre
-otros.</p>
-
-<p>Delante iba el mayor de todos, que era grandísimo, como ser de
-privilegiada magnitud y belleza entre los de su clase, y seguíanle
-otros de menor talla, y muchos pequeños, entre los cuales los había
-jovenzuelos, juguetones y muchos graciosos niños. No eran docenas, sino
-cientos, miles, ¡qué sé yo! un verdadero ejército, una nación entera,
-masa imponente que en otras circunstancias me habría hecho retroceder
-con espanto. Las oscilaciones de sus largos rabos negros eran tales,
-que parecían culebras corriendo en medio de ellos, y sus brillantes
-ojos de azabache expresaban el azoramiento y la ansiedad de retirada
-tan vergonzosa. Venían hostigados, y la inmunda caterva pasó junto a mí
-y en derredor mío con rapidez inapreciable, escurriéndose por entre los
-escombros hacia el patio. Seguíalos yo con la vista, y por una oscura
-puertecilla que vi en la pared, sumergiéronse todos en un segundo, como
-chorro que cae al abismo.</p>
-
-<p>Yo no había visto aquella puerta abierta en un ángulo y que
-ocultaban dos toneles puestos en el patio. Acerqueme a ella y desde la
-boca grité:</p>
-
-<p>—Manalet, ¿estás ahí?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span>Al principio no
-sentí rumor alguno, sino un lejano y vago son de hojarasca que me
-pareció producido por las pisadas de la guardia imperial sobre montones
-de yerba seca. Pero al poco rato creí sentir como voces y lamentos que
-al principio parecieron aprensión mía o eco de mis propios gritos; pero
-oyendo que se repetían más acentuados cada vez, resolví aventurarme en
-lo interior del aposento oscurísimo que ante mí se abría.</p>
-
-<p>Nada pude ver en los primeros momentos; mas a poco de estar allí,
-distinguí las formas robustas de las tinajas y toneles, cajones
-rotos, arreos de caballerías y carros, y mil objetos de indefinible
-configuración, que iban saliendo poco a poco de la oscuridad a medida
-que mis ojos a ella se acostumbraban.</p>
-
-<p>El sitio era poco agradable, y no sé por qué las barrigas de
-aquellas tinajas me ofrecían un aspecto temeroso, causa para mí de
-invencible horror. Reconocí en aquellas formas extravagantes las
-de ciertos monstruos que venían a amedrentarme en mis sueños de
-enfermo, y no les faltaba más que cuatro patas resbaladizas, húmedas,
-cartilaginosas, para arrojarse sobre mí. A los pocos pasos produje el
-mismo ruido de hojarasca que antes había sentido, y observé que pisaba
-grandes capas de yerba seca, depositada allí sin duda para bestias que
-no habían de comerla.</p>
-
-<p>De pronto, señores, sentí que las hojas sonaban pisadas por mil
-patitas, y los cabellos se me erizaron de espanto. ¿Por qué, si allí no
-había leones, ni tigres, ni culebras, ni ningún<span class="pagenum"
-id="Page_137">p. 137</span> animal verdaderamente fuerte y temible?
-Lo cierto es que tuve miedo, un miedo inmenso que heló la sangre en
-mis venas, dejándome atónito y paralizado. Quise huir, y hundime en la
-yerba seca. Revolví los ojos en torno mío, y aumentó mi terror al ver
-que se disponía para acometerme por distintos lados, con la rabia de
-mil bestias feroces, todo el ejército imperial.</p>
-
-<p>En un instante me sentí mordido y rasguñado en los tobillos, en las
-piernas, en los muslos, en las manos, en los hombros, en el pecho.
-¡Infame canalla! Sus ojuelos negros y relucientes como cuentas, me
-miraban gozándose en la perplejidad de la víctima, y sus hocicos
-puntiagudos se lanzaban con voracidad sobre mí. Grité, pateé, manoteé;
-pero la flojedad del suelo en que me sostenía imposibilitaba mi
-defensa, y con esfuerzos extraordinarios pugnaba por echarme fuera
-de aquel mar de hoja seca, en el cual, si era difícil el correr, más
-difícil era el nadar. La turba insolente, aguijoneada por el hambre,
-a atacarme se atrevía. ¿Qué puede uno solo de aquellos miserables
-animaluchos contra el hombre? Nada; pero ¿qué puede el hombre contra
-millares de ellos, cuando la necesidad les obliga a asociarse para
-combatir al rey de la creación? Hallándome sin defensa, exclamé con
-angustia:</p>
-
-<p>—¡Badoret, Manalet, venid en mi auxilio! ¡Socorro!</p>
-
-<p>Por último, conseguí poner el pie en tierra firme, y sacudiendo
-manotadas a diestro y siniestro, logré aminorar el vigor del ataque.
-Corrí de un lado para otro, y me siguieron;<span class="pagenum"
-id="Page_138">p. 138</span> subime a un gran tonel, y veloces como el
-rayo subieron ellos también. Su estrategia era admirable: adivinaban
-mis movimientos antes de realizados, y como saltara de un punto a otro,
-me tomaban la delantera para recibirme en la nueva posición. Animábanse
-en el combate por un himno de gruñidos que a mí me daba escalofrío;
-diríase que rechinaban en acordada música militar sus dientes,
-demostrando gran rabia y despecho, todos aquellos que no podían hacerme
-presa.</p>
-
-<p>¡Terrible animal! ¡Qué admirablemente le ha dotado la Providencia
-para que se busque la vida a despecho del hombre, para que se defienda
-contra las agresiones de fuerza superior, para que venza obstáculos
-naturales, para que haga suyas las más laboriosas conquistas humanas,
-para que mantenga su inmensa prole en lo profundo de la tierra y
-al aire libre, en los despoblados lo mismo que en las ciudades! La
-Providencia le ha hecho carnívoro para que encuentre alimento en
-todas partes; le ha hecho roedor para que devore a pedazos lo que no
-puede llevarse entero; le ha dado ligereza para que huya; blandura
-para que no se sientan sus alevosos pasos; finísimo oído para que
-conozca los peligros; vista penetrante para que atisbe las máquinas
-preparadas en su daño, y agudo instinto para que con hábiles maniobras
-burle vigilancias exquisitas y persecuciones injustas. Además posee
-infinitos recursos, y como bestia cosmopolita, que igualmente se
-adapta a la civilización y al salvajismo, posee<span class="pagenum"
-id="Page_139">p. 139</span> vastos conocimientos de diversos ramos,
-de modo que es ingeniero, y sabe abrirse paso por entre paredes y
-tabiques para explorar nuevos mundos; es arquitecto habilísimo, y se
-labra grandiosas residencias en los sitios más inaccesibles, en los
-huecos de las vigas y en los vanos de los tapiales; es gran navegante,
-y sabe recorrer a nado largas distancias de agua, cuando su espíritu
-aventurero le obliga a atravesar lagunas y ríos; se aposenta en las
-cuadernas de los buques, dispuesto a comerse el cargamento si le dejan,
-y a echarse al agua en la bahía para tomar tierra si le persiguen;
-es insigne mecánico, y posee el arte de transportar objetos frágiles
-y delicados, secretos de que el hombre no es ni puede ser dueño; es
-geógrafo tan consumado, que no hay tierra que no explore, ni región
-donde no haya puesto su ligera planta, ni fruto que no haya probado,
-ni artículo comercial en que no haya impreso el sello de sus diez y
-seis dientes; es geólogo insigne y audaz minero, pues si advierte que
-no disfruta de grandes simpatías a flor de tierra, se mete allí donde
-jamás respiró pulmón humano, y construye bóvedas admirables por donde
-entra y sale orgullosamente, comunicando casas y edificios, y huertas y
-fincas, con lo cual abre ricas vías al comercio y destruye rutinarias
-vallas; y por último, es gran guerrero, porque además de que posee
-mil habilidades para defenderse de sus enemigos naturales, cuando
-se encuentra acosado por el hambre en días muy calamitosos, reúne y
-organiza<span class="pagenum" id="Page_140">p. 140</span> poderosos
-ejércitos, ataca al hombre, y al fin, si no halla medio de salir del
-paso, estos ejércitos se arman unos contra otros, embistiéndose con
-tanto coraje como táctica, hasta que al fin el vencedor vive a costa
-del vencido.</p>
-
-<p>Poseyendo un gran sentido civilizador, se acomoda al carácter de
-las comarcas y regiones que escoge para desarrollar su genio activo, y
-come siempre de lo que hay. Eso sí, no respeta ni sabe respetar nada:
-en el tocador de la dama elegante se come los perfumes, y en casa del
-boticario las medicinas. En la iglesia hace mil condimentos con las
-reliquias de los santos, y en los teatros se apropia los coturnos de
-Agamenón y la loriga de D. Pedro el Cruel. Artista a veces, si el
-destino le lleva a los museos, se almuerza a Murillo y cena con algo
-de Rafael, y cuando acierta a penetrar en casa de los anticuarios o
-de los eruditos, se convierte en uno de estos por la influencia de la
-localidad, es decir, que se traga los libros.</p>
-
-<p>Todas estas eminentes cualidades las desplegó contra mí la inmensa
-falange. Aquellos padres que por dar de comer a sus hijos, aquellos
-amantes esposos que por librar de la muerte a sus mujeres no vacilaban
-en mirar frente a frente a un ser superior, tenían toda la perversidad
-que dan las supremas exigencias de la vida. Pero era realmente una
-vergüenza para mí el rendir mi superioridad de fuerza y de inteligencia
-ante aquella chusma de los bodegones que, procedente de distintos<span
-class="pagenum" id="Page_141">p. 141</span> puntos de la ciudad, por
-caminos solo sabidos de ella sola, se había reunido en tal sitio. Así
-es que, reponiéndome al cabo de algún tiempo de mi primitivo susto,
-arrebaté un palo que al alcance de la mano vi, y haciendo pie firme
-sobre el tonel, comencé a descargar golpes a todos lados, increpando
-a mis enemigos con todos los vocablos insultantes, groseros y
-desvergonzados de la lengua española.</p>
-
-<p>Si no obtuve desde luego por este medio ventajas positivas, conseguí
-al menos amedrentar a los pequeños, que eran los más insolentes, y
-solo los grandes continuaron empeñados en roerme. Pero los grandes me
-ofrecían blanco más seguro, y he aquí que después de un rato de combate
-peligroso, incesante, en que multiplicaba los movimientos de mis brazos
-y piernas con rapidez más propia de un bailarín que de un guerrero,
-comencé a adquirir alguna ventaja. La ventaja en las batallas, una vez
-que se manifiesta, va creciendo en proporción geométrica, determinada
-por los temores y recelos del que flaquea, por el orgullo y reanimación
-del que gana terreno; y esto me pasó a mí, que al fin, señores míos, a
-fuerza de trabajo y constancia pude adquirir el convencimiento de que
-no sería devorado.</p>
-
-<p>Cuando me vi libre de la guardia imperial (pues no renuncio a darle
-este nombre), me hallaba tan cansado que di con mi cuerpo en tierra.</p>
-
-<p>—Si me atacan otra vez —dije para mí—, acabarán conmigo.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch17">
- <p><span class="pagenum" id="Page_142">p. 142</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XVII</h2>
-</div>
-
-<p>Pero en la desbandada del numeroso ejército, no abandonaron el
-campo todos los combatientes; no: allí enfrente de mí, arrastrando
-por el suelo su panza formidable, estaba uno, el más grande, el más
-fuerte, ¿por qué no decirlo? el más hermoso de todos, fijando en mí el
-chispeante rayo de sus negras pupilas, con la oreja atenta, el hocico
-husmeante, las garras preparadas, el pelo erizado, y extendida la
-resbaladiza cola, escamosa y parduzca.</p>
-
-<p>—¡Ah, eres tú, Napoleón! —exclamé en voz alta como si el terrible
-animal entendiese mis palabras—. Ya te reconozco. Eres el mayor y el
-más fuerte de todos; eres el que iba delante cuando bajabais por la
-escalera. Infame, tu corpulencia y tus años te dan sobre los de tu
-ralea la superioridad que demuestras; pero eres un egoísta que por
-tu propio provecho, reúnes a tus hermanos para que te ayuden en tus
-carnicerías. Miserable, ellos están flacos y tú estás gordo. Lo que
-ellos husmean tú te lo comes, y a falta de otro manjar, devorarás a los
-pequeñuelos que te siguen, orgullosos de tener un general tan bravo.
-Miserable, ¿por qué me miras? ¿Crees que te temo? ¿Crees qué temo a una
-vil alimaña como tú? El hombre, que a todos los animales domina,<span
-class="pagenum" id="Page_143">p. 143</span> que de todo se vale, que
-se alimenta con los más nobles, ¿temblará ante un indigno roedor como
-tú?</p>
-
-<p>Corrí hacia él; pero desapareció agachándose para esconderse entre
-unos maderos. Despejé aquel sitio; pero él se escurrió ligeramente y
-le perdí de vista. Esta exploración me llevó muy adelante en la larga
-bodega, y en la crujía inmediata vi que se desparramaban a un lado y
-otro, corriendo por encima de las tinajas y por las mil sinuosidades de
-la pared, mis enemigos de un momento antes. Todos me miraban pasar, y
-corrían de un lado a otro. No me queda duda de que eran algunos miles.
-A cada instante me parecía mayor su número.</p>
-
-<p>En un rincón de la última crujía había un pequeño tonel en pie,
-tapado con una baldosa, con aspecto muy parecido al de una colmena.
-Cierto vago rumor que de allí salía, me hizo fijar la atención, y
-entonces vi que la boca del tonel estaba de frente. Pero lo que me
-causó sorpresa no fue esto, sino que por dicha boca apareció un dedo,
-y después dos. En el mismo momento una voz al mismo tiempo infantil y
-cavernosa, como toda voz de niño que sale por el agujero de un tonel,
-llegó a mis oídos diciendo:</p>
-
-<p>—Andrés, ya te veo. Aquí estoy. Soy yo, Manalet. ¿Se ha ido esa
-canalla? Me he encerrado aquí para que no me comieran, y he tapado mi
-casa con una baldosa. ¿Tienes algo de comer?</p>
-
-<p>—No: ya puedes salir. No tengas miedo —le respondí.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span>—Están ahí todavía.
-Siento sus patadas. Son cientos de miles. Ayer no había tantos; pero
-Napoleón ha ido esta mañana y ha vuelto con no sé cuántos miles más.
-Toma este eslabón y esta yesca, Andrés. Prende fuego en un manojo de
-yerba, teniendo cuidado de que no se encienda todo, y verás cómo echan
-a correr.</p>
-
-<p>Diome por el agujero el pedernal, eslabón y pajuela, y al punto hice
-fuego. Cuando el resplandor de la llama iluminó las oscuras bóvedas y
-muros, todos los caballeros corrieron despavoridos, y bien pronto no
-quedó uno. Ignoro el lugar de su repentina retirada.</p>
-
-<p>—Se han ido —dije—. Ya puedes salir.</p>
-
-<p>Entonces vi que se levantaba la baldosa que tapaba el tonel, y
-aparecieron los cuatro picos negros de un bonete de clérigo. Debajo de
-este tocado se sonreía con expresión de triunfo la cara de Manalet.</p>
-
-<p>—Si tú no vienes —dijo—, ¿qué hubiera sido de mí?</p>
-
-<p>—¡Bonito sombrero! —exclamé riendo.</p>
-
-<p>—Perdí la barretina, y como tenía frío en la cabeza... ya ves.</p>
-
-<p>—¿Y Badoret?</p>
-
-<p>—Está en el tejado. Oye lo que nos pasó. Ayer cazamos algunos; pero
-no pudimos coger a Napoleón, que así le llamamos por ser el más grande
-y el más malo de todos. Cuando anocheció, anduvimos dando vueltas por
-la casa y nos encontramos una cama; ¡qué cama, Andresillo! Era la
-del canónigo. Como valía más que la nuestra, nos acostamos en<span
-class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span> ella; pero no pudimos
-dormir, porque al poco rato sentimos un runrún de dientes y uñas...
-Eran esos pillos que se estaban cenando la biblioteca. Nos levantamos,
-Andrés, y les apedreamos con los libros y con los muchos cacharros
-y figuritas de barro que el canónigo tiene allí. ¿Pues creerás que
-no pudimos coger ninguno vivo? Perseguidos por nosotros, se fueron
-en bandada al tejado, luego bajaron al patio, volvieron, y nosotros
-siempre tras ellos sin poderlos pescar. Pero me dijo Badoret: «Yo me
-voy al tejado, y les hostigaré para que bajen. Ponte tú a la entrada
-de la bodega, detrás de la puerta, y conforme vayan entrando, les vas
-descargando palos, y alguno ha de caer.» Así lo hicimos. Yo bajé aquí,
-y desde arriba Badoret me decía: «Alerta, Manalet. ¡Allá van!» ¿Querrás
-creer que estando yo en esa puerta entraron todos en batallón con tanta
-fuerza que me caí al suelo? Cuando me levanté encendí luz y todos se
-marcharon; pero luego volvieron y entre todos casi me comen. ¡Ay,
-Andrés, qué miedo! Uno me roía por aquí, otro por allá, y yo empecé a
-llorar, porque ya creía no volver a ver más a Siseta, a Gasparó, a ti
-ni al Sr. Nomdedeu. Pero, amigo, oye lo que hice para escapar: le recé
-a San Narciso y a la Virgen unos ocho Padrenuestros lo menos, y cátate
-aquí que no había acabado de decir <i>mas líbranos de mal, amén</i>,
-cuando, chico, suenan unos truenos, unos cañonazos, unos estampidos
-tan terribles que aquello parecía la fin del mundo. ¿Qué crees que
-era? Pues nada más sino que un gigante empezó a dar patadas<span
-class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span> en la casa, encimita de
-aquí, y desde esta misma bodega sentí caer las paredes. Allí habías de
-ver cómo corrían estos bichos, llenos de miedo por los golpes que dio
-el gigante mandado por la Virgen y San Narciso para salvarme. Me parece
-que aún le estoy oyendo.</p>
-
-<p>—Pues qué, ¿habló también?</p>
-
-<p>—Sí, hombre. ¡Pues no había de hablar! Después de dar muchas
-patadas, dijo con un vocerrón muy fuerte: «¡Canallas, dejad a Manalet!»
-Pues verás. Después de esto quise salir, pero no encontré la puerta.
-Me volví loco dando vueltas para arriba y para abajo, y otra vez recé
-a San Narciso y a la Virgen para que me sacaran. Nada, no me querían
-sacar. Luego volvió Napoleón, y con él muchos, muchísimos más, porque
-has de saber que por el agujero que está debajo de aquella pipa se
-pasan de esta casa al almacén de la calle de la Argentería, y también
-van al río, y a las casas de la plaza de las Coles. Como ahora no
-encuentran qué comer en ninguna parte, andan de aquí para allí y entran
-y salen. Pues, hijito, la volvieron a emprender conmigo, y la segunda
-vez no me valió rezar diez y ocho o diez y nueve Padrenuestros. Lo que
-hice fue encender luz, y entonces me dejaron en paz; pero tenía tanto
-miedo que me metí en el tonel donde me encontraste, y lo tapé con la
-baldosa para estar más seguro. Yo decía: «¿Pero tendré que estar aquí
-un par de años, San Narcisito de mi alma?» Y me acordaba de Siseta y de
-Gasparó. ¡Ay, Andrés, si no vienes tú, allí me quedo!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_147">p. 147</span>—Pues vámonos fuera
-—le dije tomándole por la mano—, y busquemos a Badoret para salir de
-esta casa. Veo que los dos sois unos cobardes, que os habéis dejado
-acoquinar por esos animalitos. ¿Habéis llevado algo al mercado?</p>
-
-<p>—¡Qué habíamos de llevar! Espérate y verás. Hemos de coger vivos
-un par de docenas, y si tú nos ayudas... Andresillo, Napoleón vale lo
-menos nueve reales. Si le cogiéramos...</p>
-
-<p>Salimos fuera, y Manalet se sorprendió de ver los destrozos causados
-en la casa por la explosión del proyectil.</p>
-
-<p>—Mira los desperfectos hechos por el gigante que vino a salvarte,
-Manalet. Ahora tratemos de subir en busca de tu hermano.</p>
-
-<p>—En el otro patio hay una escalera chica por donde se puede subir
-—dijo—. ¡Cómo está la casa! Bien decía yo que el gigante, por querer
-meter mucho ruido, la destrozó toda.</p>
-
-<p>Subimos, y en ninguna de las habitaciones del piso principal vimos
-al buen Badoret. Le llamábamos, pero ninguna voz nos respondía.
-Por último, le hallamos dormido sobre una cama colocada en uno de
-los últimos aposentos del desván. Despertámosle, y nos llevó a la
-biblioteca, donde, según dijo, tenía un repuesto de víveres que había
-encontrado en la casa.</p>
-
-<p>—Sí, Sr. D. Andrés —dijo sacando gravemente una llave del bolsillo
-de sus andrajosos calzones—. Aquí tengo una buena cosa.</p>
-
-<p>Y abrió la gaveta de una gran cómoda antigua chapeada de marfil
-y madreperla. Lo<span class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span>
-primero que vi fue un gran número de antiguas monedas de cobre y plata,
-todas romanas, a juzgar por lo que había oído contar de las colecciones
-del canónigo Ferragut. Badoret apartó a un lado varios objetos, y
-descubrió un niño Jesús de esa pasta de alfeñique que tan bien han
-hecho siempre las monjas.</p>
-
-<p>—Este es un regalito que hicieron las monjas al señor canónigo
-—dije tomándolo—. Se lo llevaremos a Siseta. En casos de hambre, es
-lícito comerse lo ajeno. Muchachos, cuidado con coger una sola de esas
-monedas.</p>
-
-<p>Al niño Jesús le faltaba una pierna, devorada por Badoret, y no pude
-evitar que Manalet se comiese la otra.</p>
-
-<p>—¿Tienes algo más? —pregunté.</p>
-
-<p>—Sí —repuso Badoret—. Si el Sr. Andrés quiere unas lonjitas de
-manuscrito de ochocientos años y una copa de tinta superior, se lo
-puedo servir.</p>
-
-<p>Por el suelo yacían, arrojados en desorden y medio roídos por los
-ratones, los preciosos manuscritos y los incunables, reunidos en tantos
-años por el celo y la paciencia del ilustre clérigo; y con un plano a
-pluma de la vía romana ampurdanesa, Badoret se había hecho un sombrero
-de tres picos.</p>
-
-<p>—Aquí tengo un pincho que voy a llevar esta tarde a la muralla
-para ver qué dicen de él los franceses —dijo el mismo, señalando
-una partesana del Renacimiento, cuyo rico damasquinado causaría
-admiración al menos entendido—. Por ese agujero que está en el rincón,
-salieron varios generales que venían de la otra<span class="pagenum"
-id="Page_149">p. 149</span> casa, y para cortarles la retirada lo
-tapé con la cabeza de aquella estatua de mármol que está debajo del
-sillón.</p>
-
-<p>En efecto: una cabeza de ángel tapaba un agujero que se abría por el
-desconche de la mampostería en el zócalo de la pieza. Estaba ajustado
-y atacado con papeles y trozos de vitela, entre cuyos pliegues se
-advertía el hermoso colorido y el oro de las letras pintadas por los
-benedictinos de la Edad Media.</p>
-
-<p>—Habéis destrozado todas las maravillas que aquí tenía el Sr.
-Ferragut —dije con enfado—. En cambio de tanta pérdida, nada habéis
-podido llevar hoy al mercado.</p>
-
-<p>—Ya llevaremos, amigo Andrés —me contestó Badoret—. ¿Cómo está mi
-hermana? ¿Cómo está mi señor hermano D. Gasparó? No salgo de aquí
-sin llevarles una buena pieza. La cabeza del niño Jesús será para el
-chiquito, el cuerpo para Siseta, un brazo para la señorita Josefina, y
-otro para el Sr. Nomdedeu. Veremos si se coge a Napoleón. Anoche vino
-aquí, y quiso llevarse un pedazo de vela de cera. Si no estoy pronto
-a coger el violín en que tocaba el señor canónigo y a estampárselo
-encima, carga con ella.</p>
-
-<p>En el suelo yacía hecho astillas el Stradivarius del buen Ferragut;
-pero Manalet le recogió, con intento, según dijo, de hacer un barco con
-él.</p>
-
-<p>—Andrés —dijo Badoret—. Napoleón es malo y traidor. No se deja
-coger, y sabe más que todos nosotros. Cuando viene con su gente,
-él se pone delante y les echa cada arenga... Si encuentran<span
-class="pagenum" id="Page_150">p. 150</span> algo, él se lo come y
-da hocicadas a los demás. Aunque le tires encima palos, cacharros,
-estatuas, cuadros, monedas, libros, violines, bonetes, mapas y cuanto
-hay aquí, no consigues matarle ni herirle. Te diré por qué. Tú crees
-que Napoleón es una rata. Aviado estás. No es sino el Demonio, el
-Demonio mismo. O si no, escucha. Anoche, después que bajó Manalet, me
-tendí en la cama del canónigo, que es más blanda que la mía, y desde
-que cerré los ojos sentí que me roían un dedo. Sacudí la mano y aquello
-pasó. Pero luego empezaron a roerme otro dedo. ¡Ay, chico, qué miedo!
-Volviéndome del otro lado, me puse panza arriba. Entonces el condenado
-animal se me subió encima del pecho. Chico, cada pata pesaba tanto
-como la torre de San Félix: ya me iba aplastando, aplastando, y no
-podía respirar. Ya tenía el pecho como el canto de un papel... Aunque
-me daba muchísimo miedo, tenía muchísima gana de verlo, y dije: «¿abro
-los ojos o no los abro?» A veces decía: «los abro», y a veces decía:
-«pues no los abro». Por fin, amigo, dije: «pues quiero verlo», y lo vi.
-¡Jesús me valga! Lo tenía encima, echado sobre los cuartos traseros,
-y con las patas delanteras tiesas. Me miraba, y los ojos no eran sino
-como dos lunas muy grandes. En la punta de cada pelo negro tenía una
-chispa de fuego, y los bigotes eran tan grandes, tan grandísimos como
-de aquí... como de aquí, ¿hasta dónde diré? hasta el campanario de
-las monjas Descalzas. El picarón estaba muy satisfecho mirándome, y
-se relamía con una lenguaza de fuego encarnado<span class="pagenum"
-id="Page_151">p. 151</span> tan grande como toda la calle de Cort-Real,
-desde la plaza del Aceite hasta Ballesterías. Yo quería saltar, pero
-no podía. ¡Pobrecito de mí! Quise echarme a llorar llamando a Siseta,
-pero tampoco pude. Así estuve hasta que me ocurrió decir: «Huye, perro
-maldito, al infierno.» Amigo, el animal saltó bufando. Corrí tras él
-de un aposento a otro, y grité: «Por la señal de la Santa Cruz.» Del
-dormitorio corrió a la biblioteca, de la biblioteca al dormitorio,
-hasta que al fin... ¿qué pensarás que hizo? ¡Bendita sea mi boca! Pues
-reventó, quiero decir, saltó contra las paredes y el techo, y paredes y
-techo todo se vino abajo. La escalera que está pegada al dormitorio se
-cayó, haciendo un ruido, ¡qué ruido! Las paredes iban retumbando así:
-bum, bum... la cama, los muebles, todo se hizo pedazos, todo se cayó al
-fondo, y luego, chico, el patio subió arriba: yo vi el brocal del pozo
-volando por los aires, y el tejado se fue al patio y media casa se hizo
-polvo. Yo me acurruqué detrás de ese armario, y allí, con las manos en
-cruz, recé hasta que se me secó la lengua. Un sudor se me iba y otro se
-me venía. En fin, Andresillo, hasta que no llegó el día, no salí del
-rincón, ni se me quitó el miedo. Luego subí al desván; estuve rondando
-por las buhardillas que no se habían hecho pedazos, y allí me encontré
-otra vez con el señor Napoleón, seguido de su guardia imperial. Les
-hostigué: se retiraron por la escalera abajo, llamé a Manalet, no me
-respondió, me metí en el cuarto del canónigo, registrando todo, y en
-el arca encontré<span class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span> el
-niño Jesús de alfeñique, y después, sin saber cómo ni cuándo, quedeme
-dormido en la cama donde me encontraste.</p>
-
-<p>—Pues ahora a casa. Vuestra hermana está con cuidado por ausencia
-tan larga.</p>
-
-<p>—Despacio, amigo Andrés —me contestó el mayor—. Mira lo que tengo
-aquí preparado. ¿Ves este gran artesón? Pues se le pone boca abajo,
-levantado por un lado con una cañita; se ata a la punta alta de la
-cañita un hilito; se ponen debajo unos pedazos de ratoncillos muertos
-que hay en la escalera, los cuales quemaremos antes para que huelan;
-plantamos en el patio toda esta artimaña, y nos escondemos en la
-escalera con el hilito en la mano para poder tirar sin que nos vean.
-Hacemos humo en el sótano quemando la yerba. Salen todos, con el gran
-Napoleón a la cabeza, y este los lleva al artesón, que es España;
-empiezan a roer, diciendo: «qué buena conquista hemos hecho»; entonces
-tiramos del hilo, y España se les cae encima cogiéndoles vivos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch18">
- <h2 class="nobreak g0">XVIII</h2>
-</div>
-
-<p>Diciendo esto, cargaron con el artesón y bajáronlo al patio, y en
-un instante el traidor aparato quedó muy bien instalado, con el cebo
-dentro y el hilo en su sitio. España estaba<span class="pagenum"
-id="Page_153">p. 153</span> dispuesta; no faltaba más que la invasión
-francesa.</p>
-
-<p>Badoret entró impertérrito en la bodega y volvió al poco rato,
-diciendo:</p>
-
-<p>—Están en guerra unos con otros. Vengan acá, que esto merece
-verse.</p>
-
-<p>Entramos, y, en efecto, vi la colosal batalla. Yo sabía que aquel
-enérgico y emprendedor animal se vuelve en su desesperación contra
-su propia casta cuando no encuentra en ninguna parte medios de
-subsistencia; pero jamás había visto los choques de aquellos feroces
-ejércitos, que embestían con la saña salvaje de las primitivas guerras
-entre los hombres. Se arrojaban unos sobre otros, enredándose en
-horroroso vórtice, y se clavaban sin piedad las terribles armas de
-sus agudos dientes. Esta lucha no era en modo alguno una revuelta
-explosión de odios y hambres individuales, sino que tenía conjuntos
-poderosos, y las masas parduzcas indicaban empujes colectivos dirigidos
-por el instinto militar que algunas especies zoológicas poseen en alto
-grado.</p>
-
-<p>—Los que están bajo el tonel —dijo Badoret—, son los del lado de
-allá del Oñar, que han venido nadando. Con ellos están todos los de la
-parroquia de San Félix, y los de este lado son los de la plaza de las
-Coles, los más gordos, los más bravos, y tienen por jefe a Napoleón.</p>
-
-<p>—Pues esos que han venido nadando —dije yo— no son otros que los
-ingleses, y los de la parroquia de San Félix son la gente del Norte. Me
-parece que va ganando Francia, es decir, la plaza de las Coles.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_154">p. 154</span>Sus gruñidos
-formaban un rumor espeluznante. Las desigualdades del terreno permitían
-a los ejércitos desarrollar en gran escala poderosa estrategia. Subían
-unos a apoderarse de un cajón vacío, y embestidos hábilmente por
-la espalda, eran arrollados y expulsados de su posición. Las masas
-pequeñas se reunían formando enorme cuña que al punto desbarataba la
-extensa línea de los contrarios; estos, desorientados y en desorden,
-reuníanse de nuevo concertando sus falanges, y sobre los cadáveres
-exangües, las mil patitas marchaban con vertiginosa carrera. Los
-más pequeños caían rodando impulsados por los grandes, y las panzas
-blanquecinas vueltas hacia arriba, variaban el informe aspecto de los
-valientes escuadrones. Las luchas individuales sucedían a los empujes
-colectivos, y la heroica sangre teñía los feraces campos. ¿A quién
-pertenece la victoria? Ahora lo veremos. Los de la plaza de las Coles
-dominaron el tonel, y plantándose allá con provocativa presunción,
-miraron, jadeantes aún de cansancio, cómo huían hacia el fondo de la
-bodega las huestes destrozadas de la parroquia de San Félix y del otro
-lado del Oñar.</p>
-
-<p>—Badoret, Manalet —exclamé yo—, Francia es vencedora. ¿Veis? Ya
-domina la hermosa Italia; observad cómo corre hacia el Norte esa nube
-de tudescos y sajones. Pero esto no ha concluido. Vedle allí. Ved cómo
-se relame, cómo enrosca el largo rabo reluciente cual una cuerda de
-seda. Con los ojuelos negros, en que resplandece el genio de la guerra,
-observa desde<span class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span> aquella
-altura las diversas comarcas que tiene a sus pies, y los movimientos de
-sus desorganizados enemigos. Está midiendo el terreno, y su previsión
-admirable adivina los sitios que escogerán los otros para esperarle.
-Atended bien, Badoret y Manalet: reparad que después que ha descansado
-un rato, gozándose allá arriba con sus rápidos triunfos, se prepara a
-bajar de su trono. Inmensas falanges llenas de entusiasmo le rodean, y
-allá en el Norte el espacio resuena con el chirrido de mil dientes que
-chocan, y las colas azotan con impaciencia el suelo. Nuevas batallas se
-preparan, Manalet y Badoret. Esto no quedará así, y si no me engaño,
-el pérfido aspira a dominar todos los subterráneos, desde el Galligans
-hasta el puente de piedra, y ambas orillas del hermoso Oñar. ¿Oís? Las
-belicosas uñas se afilan en el suelo, y en las cuentecitas de vidrio
-que tienen por ojos brilla el ardor de los combates. La hora terrible
-se acerca, y el ogro, hambriento de carne y nunca saciado, devorará a
-los hijos del Norte. ¡Ay! ¡Las pobres madres han concebido y dado a
-luz nada más que para esto! Ya van; ya se acercan. Ved cómo todos los
-de la otra crujía se reúnen, acudiendo de distintas partes. El ogro
-desciende pausadamente de su trono, y una aureola de majestad le rodea.
-A su vista los débiles se hacen fuertes, y los tímidos se arrojan a los
-primeros puestos. Ya se encuentran, y está trabada de nuevo la feroz
-pelea.</p>
-
-<p>Avanzamos para ver mejor, y vimos cómo se devoraban, llevando la
-mejor parte los de<span class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span>
-abajo, es decir, Francia. Si los otros eran más fuertes, estos
-parecían más ligeros. Los del lado allá del Oñar, los de San Félix
-y el Matadero, se sostenían enérgicamente; pero al fin no les era
-posible resistir el empuje de sus contrarios, que parecían poseídos de
-sublime enajenación, y sus hociquitos negros y bigotudos lo arrasaban
-todo delante de sí. Si lo que les impulsaba a la lucha era pura y
-simplemente el anhelo de satisfacer su apetito, una vez trabada
-aquella, despierto y exaltado el genio militar, los escuálidos soldados
-no se acordaban de llenar sus panzas con los despojos del vencido, y
-un ideal de gloria les impelía a lanzarse sobre los rotos escuadrones,
-sobre las tinajas teñidas de sangre, sobre el tonel jamás conquistado,
-dominándolo todo con su planta atrevida.</p>
-
-<p>Creerán los oyentes que miento, que desfiguro los hechos, que
-pinto lo que me conviene; juzgarán que mi cabeza, trastornada por las
-penalidades y debilitada por la inanición, forjó ella misma para su
-propio entretenimiento estas batallas de roedores, estas ambiciones de
-la última escala animal, para representar en pequeño las de la primera.
-Pero yo juro y perjuro que nada he dicho que no sea cierto, así como
-también lo es que Badoret, al ver cómo se destrozaban, encendió una
-buena porción de yerba, apartándola del resto para que no se declarase
-incendio, y al instante el mucho y denso humo nos obligó a salir afuera
-presurosamente.</p>
-
-<p>—Ahora no quedará uno dentro —dijo Badoret—. Andrés,<span
-class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span> y tú, hermano, coged un
-palo, y cuando salgan, de cada garrotazo caerá un regimiento. Yo tiraré
-del hilo de la trampa. Si algún otro que el gran emperador se acerca a
-comerse el cebo, espantadle con un golpe. En la trampa no ha de caer
-sino Su Majestad.</p>
-
-<p>Pronto la puerta de la oscura cueva empezó a vomitar gente, es
-decir, guerreros de aquella formidable pelea que habíamos visto.
-Corrieron por el patio en distintas direcciones, subieron la escalera,
-tornaron a bajar, y no pocos de ellos se acercaron al artesón, en quien
-veían los chicos nada menos que la representación genuina de nuestra
-querida y desgraciada madre España. Badoret de improviso impúsonos
-silencio diciendo:</p>
-
-<p>—Ahí viene; apártense todos, y abran paso a su grandeza.</p>
-
-<p>En efecto: el más grande, el más hermoso, el más gordo de aquellos
-caballeros, apareció en la puerta del subterráneo. Desde allí
-revolvió con orgullo a todos lados los negros ojos, y moviéndose
-despaciosamente, arrastraba con elegantes ondulaciones el largo rabo.
-Contrajo el hocico, mostrando sus dientes de marfil, y rasguñó el suelo
-con majestuoso gesto. Anduvo largo trecho entre la turbamulta de los
-suyos, que con desdén miraba, y al llegar a mitad del patio, vio aquel
-inusitado aparato que teníamos dispuesto. Acercose, y estuvo mirándolo
-por diversas partes, sorprendido sin duda de su extraña forma, y
-solicitado de los olorosos reclamos del cebo hábilmente colocado
-dentro. Muy por lo bajo, dije yo a Manalet:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span>—Este emperador
-tiene demasiado talento para meterse aquí.</p>
-
-<p>—Quién sabe, Andresillo —me contestó el chico—. Como está tan
-enfatuado con las batallas que acaba de ganar, y se le habrá puesto en
-la cabeza que para él no hay ratoneras, ni trampas, ni lazos, puede que
-se ciegue y se meta dentro.</p>
-
-<p>Napoleón se acercó con paso resuelto. Aunque dotado de inmensa
-previsión y de penetrante vista, el humo de gloria que llenaba su
-cerebro había enturbiado sus poderosas facultades, y encontrándolo todo
-fácil, sin ver más que a sí mismo y a su feliz estrella, precipitose
-decididamente dentro de España. El hilo funcionó, y cayendo con
-estrépito la artesa, Su Majestad quedó en la trampa.</p>
-
-<p>—¡Ah, pícaro, tunante, ladrón! —gritó Badoret saltando de gozo—.
-Ahora las vas a pagar todas juntas.</p>
-
-<p>—Irá vivo al mercado —añadió el otro—, y nos darán por su cuerpecito
-nueve reales. Ni un cuarto menos, hermano Badoret.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch19">
- <h2 class="nobreak g0">XIX</h2>
-</div>
-
-<p>Atado por el rabo el vencedor de Europa, los chicos querían llevarlo
-al mercado; pero yo lo tomé para mí, diciéndoles:</p>
-
-<p>—Si trabajáis un poco más, no os faltarán<span class="pagenum"
-id="Page_159">p. 159</span> otros respetables sujetos que llevar al
-mercado. Dejad este para mí, que lo necesito, y coged a Saint-Cyr, a
-Duhesme, a Verdier y a Augereau.</p>
-
-<p>Haciendo, pues, nuevas y valiosas presas, se marcharon.</p>
-
-<p>Yo atravesaba la puertecilla, mejor dicho, el agujero que comunicaba
-el patio de la casa de Ferragut con la mía, cuando mi cabeza tropezó
-con otra cabeza. Nos topamos el Sr. Nomdedeu y yo, él queriendo entrar
-y yo queriendo salir.</p>
-
-<p>—Detente un rato más, Andrés —me dijo con agitación—, y ayúdame.
-¡Pero qué hermoso animal tienes ahí! ¿Cuánto pides por él?</p>
-
-<p>—No lo vendo —repliqué con orgullo.</p>
-
-<p>—Es que yo lo quiero —me dijo con firmeza, deteniéndome por un
-brazo—. ¿Sabes que se ha muerto Gasparó? Mi hija se muere también,
-es decir, quiere morirse; pero yo no lo permito, no lo permitiré, no
-señor; estoy decidido a no permitirlo.</p>
-
-<p>—Nada de eso me importa, Sr. Nomdedeu —repuse—. ¿Cómo está
-Siseta?</p>
-
-<p>—¿Siseta? Se morirá también. He aquí una muerte que importa poco.
-Siseta no tiene padre que se quede sin hija. ¿Me das lo que llevas
-ahí?</p>
-
-<p>—Usted bromea. Adiós, Sr. Nomdedeu. Por aquella puerta se baja a
-donde hay mucho de esto.</p>
-
-<p>—¡Oh! ¡qué repugnante sitio! —exclamó el doctor—. Pero ¿qué llevas
-ahí? Un niño Jesús de alfeñique. Dámelo, Andrés, dámelo. ¡Azúcar,<span
-class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span> Dios mío! ¡Azúcar! ¡Qué
-rayo de luz divina!</p>
-
-<p>—No puedo darlo tampoco. Es para Siseta.</p>
-
-<p>El doctor se puso lívido, más lívido de lo que estaba, y mirome
-con una expresión rencorosa que me llenó de espanto. Le temblaban los
-labios, y a cada instante llevábase las convulsas manos a su amarillo
-cráneo desnudo. Me infundía lástima; me infundía además su vista
-poderoso egoísmo, y le detestaba, sí, le detestaba, sobre todo desde
-que tuvo la audacia de mirar con sus ávidos ojos el niño Jesús sin
-piernas que yo llevaba.</p>
-
-<p>—Andrés —me dijo—, yo quiero ese pedazo de azúcar. ¿Me lo darás?</p>
-
-<p>Examiné rápidamente a Nomdedeu. Ni él tenía armas, ni yo tampoco.</p>
-
-<p>—Si no me lo das, Andrés —prosiguió—, yo estoy dispuesto a que se
-pierda mi alma por quitártelo.</p>
-
-<p>Diciendo esto, el doctor, sin darme tiempo a tomar actitud
-defensiva, arrojose sobre mí y me hizo caer al suelo. Clavome las
-manos en los hombros, y digo que me clavó, porque parecía que sus
-manos de hierro, horadando mi carne, se hundían en la tierra. Luché,
-sin embargo, en aquella difícil posición, y conseguí incorporarme.
-La fuerza de Nomdedeu era vigorosa, pero de poca consistencia, y se
-consumía toda en el primer movimiento. La mía, muscular e interna,
-carecía de rápidos impulsos, pero duraba más. ¡Oh, qué situación, qué
-momento! quisiera olvidarlo, quisiera que se borrara por siempre de mi
-memoria; quisiera que aquel día no hubiese existido en la esfera<span
-class="pagenum" id="Page_161">p. 161</span> de lo real. Pero todo fue
-cierto y lo mismo que lo voy contando. Yo pesé sobre D. Pablo, como
-él había pesado sobre mí, y pugné por clavarlo en el suelo. Yo no era
-hombre, no: era una bestia rabiosa, que carecía de discernimiento para
-conocer su estúpida animalidad. Todo lo noble y hermoso que enaltece
-al hombre había desaparecido, y el brutal instinto sustituía a las
-generosas potencias eclipsadas. Sí, señores: yo era tan despreciable,
-tan bajo como aquellos inmundos animales que poco antes había visto
-despedazando a sus propios hermanos para comérselos. Tenía bajo mis
-manos, ¿qué manos? bajo mis garras a un anciano infeliz, y sin piedad
-le oprimía contra el duro suelo. Un fiero secreto impulso que arrancaba
-del fondo de mis entrañas, me hacía recrearme con mi propia brutalidad,
-y aquella fue la primera, la única vez en que, sintiéndome animal puro,
-me gocé de ello con salvaje exaltación. Pero no fui yo mismo, no,
-no; lo repetiré mil veces: fue otro quien de tal manera y con tanta
-saña clavó sus manos en el cuello enjuto del buen médico, y le sofocó
-hasta que los brazos de este se extendieron en cruz, exhaló un hondo
-quejido, y, cerrando los ojos, quedose sin movimiento, sin fuerzas y
-sin respiración.</p>
-
-<p>Me levanté jadeante y trémulo, con el juicio trastornado incapaz de
-reunir dos ideas, y sin lástima miré al desgraciado que yacía inerte
-en el suelo. El niño de alfeñique cayóseme de las manos, y Napoleón,
-que durante la lucha se había visto libre, cargó con él, huyendo<span
-class="pagenum" id="Page_162">p. 162</span> a todo escape, con el hilo
-aún atado en la cola.</p>
-
-<p>Esperé un momento. Nomdedeu no respiraba. La brutalidad principió a
-disiparse en mí, y así como en las negras nubes se abre un resquicio,
-dando paso a un rayo de sol, así en los negrores de mi espíritu se
-abrió una hendidura, por donde la conciencia escondida escurrió un
-destello de su divina luz. Sentí el corazón oprimido; mil voces
-extrañas sonaban en mi oído, y un peso, ¡qué peso! una enorme carga,
-un plomo abrumador gravitó sobre mí. Quedeme paralizado; dudaba si era
-hombre; reflexioné rápidamente sobre el sentimiento que me llevara
-a tan horrible extremo, y al fin, atemorizado por mi sombra, huí
-despavorido de aquel sitio.</p>
-
-<p>Pasé al otro patio, y entrando en casa de Siseta, la vi exánime
-sobre el suelo. A un lado estaba el cadáver del pobre niño, y más al
-fondo advertí la presencia de una tercera persona.</p>
-
-<p>Era Josefina, que hallándose sola por largo tiempo en su casa, había
-bajado arrastrándose. Examinó a Siseta, que lloraba en silencio, y a su
-vista experimenté un temor inmenso, una angustia de que no puedo dar
-idea, y la conciencia que hace poco me enviara un solo rayo, me inundó
-todo de improviso con espantosas claridades. Un gran impulso de llanto
-se determinaba en mi interior; pero no podía llorar. Retorciéndome los
-brazos, golpeándome la cabeza, mugiendo de desesperación, exclamé sin
-poder contener el grito de mi alma irritada:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span>—Siseta, soy un
-criminal. He matado al señor Nomdedeu, ¡le he matado! Soy una bestia
-feroz. Él quería quitarme un pedazo de azúcar que guardaba para ti.</p>
-
-<p>Siseta no me contestó. Estaba estupefacta y muda, y la extenuación,
-juntamente con el profundo dolor, la tenían en situación parecida a
-la estupidez. Josefina, acercándose a mí y tirándome de la ropa, me
-preguntó:</p>
-
-<p>—Andrés, ¿has visto a mi padre?</p>
-
-<p>—¿Al Sr. Nomdedeu? —contesté temblando, como si el ángel de la
-justicia me interrogara—. No, no le he visto... Sí... allí está...
-allí... pasando al otro patio.</p>
-
-<p>Y luego, anhelando arrojar lejos de mí las terribles imágenes que me
-acosaban, volvime a Siseta y le dije:</p>
-
-<p>—Siseta de mi corazón, ¿ha muerto Gasparó? ¡Pobre niño! Y tú,
-¿cómo estás? ¿Te hace falta algo? ¡Ay! Huyamos, vámonos de esta casa,
-salgamos de Gerona, vámonos a la Almunia a descansar a la sombra de
-nuestros olivos. No quiero estar más aquí.</p>
-
-<p>Un extraordinario y vivísimo ruido exterior no me dejó lugar a más
-reflexiones ni a más palabras. Sonaban cajas, corría la gente; la
-trompeta y el tambor llamaban a todos los hombres al combate. Siseta
-alargó lentamente el brazo, y con su índice me señaló la calle.</p>
-
-<p>—Ya, ya lo entiendo —dije—. D. Mariano quiere que todos estos
-espectros hagan una salida o resistan el asalto de los franceses. Vamos
-a morir. Anhelo la muerte, Siseta. Adiós. Aquí están los chicos. ¿Los
-ves?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span>Eran Badoret y
-Manalet que entraron diciendo:</p>
-
-<p>—Hermana Siseta, trece reales, traemos trece reales. ¿Has arreglado
-a Napoleón? ¿En dónde está Napoleón?</p>
-
-<p>Saliendo con mi fusil al hombro a donde el tambor me llamaba, corrí
-por las calles. Estaba ciego y no veía nada ni a nadie. Mi cuerpo
-desfallecido apenas podía sostenerse; pero lo cierto es que andaba,
-andaba sin cesar. Hablando febrilmente conmigo, me decía: «¿Pero estoy
-loco?... ¿pero estoy vivo acaso?» ¡Terrible situación de cuerpo y
-de espíritu! Fui a la muralla de Alemanes, hice fuego, me batí con
-desesperación contra los franceses que venían al asalto, gritaba como
-los demás y me movía como los demás. Era la rueda de una máquina, y
-me dejaba llevar engranado a mis compañeros. No era yo quien hacía
-todo aquello: era una fuerza superior, colectiva; un todo formidable
-que no paraba jamás. Lo mismo era para mí morir que vivir. Este es el
-heroísmo. Es a veces un impulso deliberado y activo; a veces un ciego
-empuje, un abandono a la general corriente, una fuerza pasiva, el mareo
-de las cabezas, el mecánico arranque de la musculatura, el frenético
-y desbocado andar del corazón que no sabe a dónde va, el hervor de la
-sangre que, dilatándose, anhela encontrar heridas por donde salirse.</p>
-
-<p>Este heroísmo lo tuve, sin que trate ahora de alabarme por ello.
-Lo mismo que yo hicieron otros muchos también medio muertos de
-hambre, y su exaltación no se admiraba porque<span class="pagenum"
-id="Page_165">p. 165</span> no había tiempo para admirar. Yo opino que
-nadie se bate mejor que los moribundos.</p>
-
-<p>Allí estaba D. Mariano Álvarez, que nos repitió su cantinela:</p>
-
-<p>—Sepan los que ocupan los primeros puestos, que los que están detrás
-tienen orden de hacer fuego sobre todo el que retroceda.</p>
-
-<p>Pero no necesitábamos de este aguijón que el inflexible Gobernador
-nos clavaba en la espalda para llevarnos siempre hacia adelante; y como
-muy acostumbrados a ver la muerte en todas las formas, no podíamos
-temer a la amiga inseparable de todos los momentos y lugares.</p>
-
-<p>La fatiga misma sostenía nuestros cuerpos; hablábamos poco, y
-nos batíamos sin gritos ni bravatas, como es costumbre hacerlo en
-las ocasiones ordinarias. Jamás ha existido heroísmo más decoroso,
-y a fuerza de ver el ejemplo, imitábamos el aspecto estatuario de
-Don Mariano Álvarez, en cuya naturaleza poderosa y sobrehumana se
-estrellaban sin conmoverla las impresiones de la lucha, como las
-rabiosas olas en la peña inmóvil.</p>
-
-<p>Por mi parte, puedo asegurar que lleno el espíritu de angustia,
-alarmada hasta lo sumo la conciencia, aborrecido de mí mismo, me
-echaba con insensato gozo en brazos de aquella tempestad, que en
-cierto modo reproducía exteriormente el estado de mi propio ser. La
-asimilación entre ambos era natural, y si en pequeños intervalos yo
-acertaba a dirigir mi observación dentro de mí mismo, me reconocía
-como una existencia flamígera y estruendosa, parte esencial de
-aquella atmósfera<span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span>
-inundada de truenos y rayos, tan aterradora como sublime. Dentro de
-ella experimentábanse grandes acrecentamientos de vida, o la súbita
-extinción de la misma. Yo puedo decirlo; yo puedo dar cuenta de
-ambas sensaciones, y describir cómo acrecía el movimiento, o por el
-contrario, cómo se iban extinguiendo los ruidos del cañón, cual ecos
-que se apagan repetidos de concavidad en concavidad. Yo puedo dar
-cuenta de cómo todo, absolutamente todo, ciudad, campo enemigo, cielo
-y tierra, daba vueltas en derredor de nuestra vista, y cómo el propio
-cuerpo se encontraba de improviso apartado del bullidor y vertiginoso
-conjunto que allí formaban las almas coléricas, el humo, el fuego y los
-ojos atentos de D. Mariano Álvarez, que relampagueando entre tantos
-horrores lo engrandecían todo con su luz. Digo esto, porque yo fui de
-los que quedaron apartados del conjunto activo. Me sentí arrojado hacia
-atrás por una fuerza poderosa, y al caer, bañado en sangre, exclamé en
-voz alta:</p>
-
-<p>—¡Gracias a Dios que me he muerto!</p>
-
-<p>Un patriota que por no tener arma se contentaba con arrojar piedras,
-arrancó el fusil de mis manos inertes, y ocupando mi puesto gritó con
-alegría:</p>
-
-<p>—Acabáramos. ¡Gracias a Dios que tengo fusil!</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch20">
- <p><span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XX</h2>
-</div>
-
-<p>Fui primero hollado y pisoteado, y sobre mi cuerpo algunos patriotas
-se empinaban para ver mejor hacia afuera; pero pronto me apartaron
-de allí, y sentí el contacto de suavísimas manos. Pareciome que
-unos pájaros del cielo bajaban a posarse sobre mi cuerpo dolorido,
-trayéndole milagroso alivio. Aquellas manos eran las de unas monjas.</p>
-
-<p>Diéronme de beber y me curaron, diciéndose unas a otras:</p>
-
-<p>—El pobrecillo no vivirá.</p>
-
-<p>Ignoro dónde estaba, y no me es posible apreciar el tiempo que
-transcurría. Solo en una ocasión recuerdo haber abierto los ojos
-adquiriendo la certidumbre de que me rodeaba oscurísima noche. En el
-cielo había algunas tristes estrellas que fulguraban con blanca luz.
-Sentía entonces agudísimos dolores; pero todo se extinguió prontamente,
-y cayendo en profundo sopor, vivía con largas interrupciones de
-sensibilidad. Otra vez abrí los ojos, y vi que se estaban batiendo.
-Las monjas acudieron de nuevo a mí, y su asistencia me produjo muy
-vivo consuelo. Yo no hablaba, no podía hablar; pero un accidente harto
-original me obligó poco después a empeñarme en usar la palabra. Entre
-la mucha gente que por allí<span class="pagenum" id="Page_168">p.
-168</span> en distintas direcciones discurría, vi un muchacho en quien
-hube de reconocer a Badoret.</p>
-
-<p>Badoret llevaba a cuestas el cuerpo de un niño de pocos años, cuyas
-piernas y brazos colgaban hacia adelante. Así cargaba comúnmente a
-su hermano cuando vivía, y así lo llevaba muerto. Hice un esfuerzo y
-llamé al muchacho. Este, que se inclinaba a examinar a los que allí en
-diversos puntos yacían, acercose a mí y me dijo:</p>
-
-<p>—Andrés, ¿tú también te has muerto?</p>
-
-<p>—¿Por qué llevas a cuestas el cuerpecito de tu hermano?</p>
-
-<p>—¡Ay! Andrés, me mandaron que lo echara al hoyo que hay en la plaza
-del Vino; pero no quiero enterrarlo, y lo llevo conmigo. El pobre ya no
-llora ni chilla.</p>
-
-<p>—¿Y tu hermana?</p>
-
-<p>—Hermana Siseta no se mueve, ni habla, ni llora tampoco. La llamamos
-y no nos responde.</p>
-
-<p>Iba a preguntarle por Josefina; pero me faltó valor, se me extinguió
-la facultad de hablar, y nublándose mis ojos, vi desaparecer a Badoret
-saltando con su lúgubre carga sobre los hombros.</p>
-
-<p>La fiebre traumática se apoderó de mí con gran intensidad,
-reproduciéndome los hechos que habían precedido a la situación en que
-me encontraba. Siseta aparecía a mi lado con su hermano en los brazos,
-y yo le decía:</p>
-
-<p>—Prenda mía, ya no podemos ir a sentarnos a la sombra de los
-olivos que tengo en la Almunia, porque mi conciencia va detrás de mí
-acusándome<span class="pagenum" id="Page_169">p. 169</span> sin cesar,
-y tengo que huir y correr hasta que encuentre un sitio lejano a donde
-ella no pueda seguirme. No volveré a entrar jamás en tu casa, porque
-allí junto está, tendido en cruz sobre el suelo, D. Pablo Nomdedeu, a
-quien maté porque me quería quitar mi azúcar. Yo me voy a donde no me
-vea gente nacida. Dame tu mano. Adiós.</p>
-
-<p>Al decir esto, besaba la mano de una señora monja.</p>
-
-<p>Otras veces creía sentir el contacto de un brazo junto al mío, y
-exclamaba:</p>
-
-<p>—¡Ah! es usted, Sr. D. Pablo Nomdedeu. Los dos hemos muerto y nos
-juntamos en lo que llamábamos allá <i>la otra vida</i>; solo que
-usted camina hacia el cielo, y yo voy derecho al infierno. Aquí donde
-estamos, entre estas oscuras nubes, ya no hay odios ni resentimientos.
-Me pesa de haberle matado a usted, y válgame el arrepentimiento. ¿Cómo
-había de consentir en darle a usted el azúcar? No, Sr. D. Pablo, no lo
-consentiré jamás. ¿Aún insiste usted en quitármela, cuando, despojado
-de la vestidura corporal, volamos los dos por esta región donde no
-hay ruido, ni luz, ni nada? ¿Aun aquí, equivocándonos de caminos, nos
-encontramos para reñir? Pero no, siga usted adelante y no se detenga
-a quitarme lo mío. Dios me perdonará mi crimen: yo fui atacado por
-usted, yo me defendía, y una bestia feroz que se metió dentro de mí,
-le mató a usted. Fue sin duda aquel infame Napoleón. ¡Oh! ¿Por qué
-quise apropiarme el aparente cuerpo de tan fiero demonio? Sí, ya te
-estoy viendo delante de mí...<span class="pagenum" id="Page_170">p.
-170</span> Allá voy, no me llames más. Vagando por estos espacios donde
-no hay ruido, ni luz, ni nada, yo creí que no te presentarías delante
-de mí; pero aquí estás. Cierra esos ojillos negros como cuentas de
-azabache; no claves en mí tus dientes más blancos que el marfil, ni
-enrosques esa culebra que llevas por cola. Ya sé que te pertenezco
-desde que cayó el artesón sobre ti, y tus tramas infernales me pusieron
-en el caso de matar a aquel santo varón, buen amigo, excelente padre y
-honrado patriota. Iré contigo al infierno, que será mi expiación. No
-vuelvas el horrendo hocico hacia atrás, que ya te sigo. Los arcángeles
-celestiales me azuzaron como a un perro cuando me acerqué a las puertas
-del Paraíso, y ahora camino hacia abajo. Adiós, Nomdedeu: ya te veo
-allá arriba. Brillas como una estrella; pero tu resplandor no ilumina
-esta oscuridad en que me hallo. El calor de las llamas que despides por
-la boca, infame Napoleón, me está abrasando; me ahogo en una atmósfera
-de fuego, y sed espantosa seca mi boca. ¿No hay quien me dé un vaso de
-agua?</p>
-
-<p>Un vaso tocó mis labios. Las monjas me daban agua.</p>
-
-<p>Luego tornaba a los mismos delirios, que variaban a cada instante,
-ora terribles, ora gratos, hasta que un día me reconocí en el uso
-completo de mis sentidos, y con el entendimiento claro y sin nubes.
-Vi el cielo encima, en derredor mucha gente y a mi lado un fraile.
-No se oían cañonazos, y el silencio, con serlo, parecía un ruido
-indefinible.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span>—Hijo mío —me dijo
-el fraile—, ¿estás mejor? ¿Te sientes bien? Esa herida del pecho no es
-mortal. Si hubiera recursos en Gerona y se te alimentara bien, curarías
-como otros muchos.</p>
-
-<p>—¿Qué ocurre, Padre? ¿Qué día es hoy? ¿A cuántos estamos?</p>
-
-<p>—Hoy es el 9 de diciembre, y ocurre una inmensa desgracia.</p>
-
-<p>—¿Qué?</p>
-
-<p>—Está enfermo D. Mariano Álvarez, y la ciudad se va a rendir.</p>
-
-<p>—¡Enfermo! —exclamé con sorpresa—. Yo creí que D. Mariano no podía
-estar enfermo ni morir. Moriremos nosotros; pero él...</p>
-
-<p>—Él también morirá. Hoy le ha entrado el delirio y ha traspasado
-el mando al teniente de rey D. Juan Bolívar. Desde que Álvarez está
-en cama, nadie considera posible la defensa. Solo hay mil hombres
-disponibles, y aun estos están también enfermos. A estas horas se
-celebra junta de jefes para ver si se rinde o no la plaza en este
-día. Me temo que se saldrán con la suya los pícaros que quieren la
-rendición. Es una vergüenza que esto pase. Hay aquí mucha gente que no
-piensa más que en comer.</p>
-
-<p>—Padre —dije yo—, si hay algo por ahí, démelo, aunque sea un pedazo
-de madera. No puedo resistir más.</p>
-
-<p>El fraile me dio no sé qué cosa; pero yo la devoré sin averiguar lo
-que era. Después hablé así:</p>
-
-<p>—¿Su Paternidad está aquí auxiliando a los<span class="pagenum"
-id="Page_172">p. 172</span> moribundos? Yo, aunque Dios en su infinita
-misericordia me conserve por ahora la vida, quiero confesar un gran
-pecado que tengo. Si no me quito de encima este gran peso, no podré
-vivir. Por allí creerán que D. Pablo Nomdedeu ha muerto de hambre o de
-miedo. No: yo debo declarar que le he matado porque me quiso quitar un
-pedazo de azúcar.</p>
-
-<p>—Hijo mío —repuso el fraile—, o estás aún delirando, o confundiste
-con otro el Sr. Nomdedeu, pues tengo la seguridad de haber visto a este
-hoy mismo, si no bueno y sano, al menos con vida. No descansa en lo de
-curar a diestro y siniestro.</p>
-
-<p>—¡Cómo! ¿Será posible? —exclamé con estupefacción—. ¿Vive el Sr. D.
-Pablo Nomdedeu, ese espejo de los médicos? Padre, tan buena nueva me
-devuelve por entero la vida. Yo le dejé por muerto en medio del patio.
-No puedo creer sino que ha resucitado para que su hija no quedase
-huérfana. Padre, ¿conoce usted a Siseta, la hija del Sr. Cristòful
-Mongat? ¿Sabe por ventura si vive?</p>
-
-<p>—Hijo, nada puedo decirte de esa muchacha. Solo sé que la casa donde
-vivía el señor Mongat y el Sr. Nomdedeu, ha sido destruida por una
-bomba ayer mismo. Tengo idea de que todos sus habitantes se salvaron,
-excepto alguno que se ha extraviado, y no se le puede encontrar.</p>
-
-<p>—¡Oh! ¡Si pudiera levantarme y correr allá! —dije—. Pero parece que
-me han clavado en esta maldita cama. ¿En dónde estoy?</p>
-
-<p>—Esta es la cama en que murió Periquillo<span class="pagenum"
-id="Page_173">p. 173</span> del Roch, asistente del Sr. D. Francisco
-Satué, que es, como sabes, edecán del Gobernador. Cuando murió
-Periquillo, te pusimos aquí, y ayer dijo Satué que te tomaría por
-asistente.</p>
-
-<p>—¿Conque Su Paternidad no me da noticias de la pobre Siseta? El
-corazón me dice que no ha muerto, y que no soy, por lo tanto, viudo.</p>
-
-<p>—¿Eres casado?</p>
-
-<p>—Con el corazón. Siseta será mi mujer si vive. ¿Y dice Su Paternidad
-que no ha muerto el Sr. Nomdedeu?</p>
-
-<p>—Así parece, pues se le ve por la ciudad. Verdad es que más bien
-tiene aspecto de un muerto que anda, que de persona viva.</p>
-
-<p>—¿Será cierto lo que oigo? ¿Y el Sr. D. Pablo se mueve?</p>
-
-<p>—Anda, aunque cojo.</p>
-
-<p>—¿Y abre los ojos?</p>
-
-<p>—Sí: sus ojos parduzcos buscan las piernas rotas en la oscuridad de
-los escombros.</p>
-
-<p>—¿Y habla?</p>
-
-<p>—Con su voz clueca, que tan buenas cosas sabe decir.</p>
-
-<p>—¿Pero es el mismo, o un remedo de Don Pablo, una sombra que viene
-del otro mundo a figurar que pone vendas?</p>
-
-<p>—El mismo, aunque de puro desfigurado apenas se le conoce.</p>
-
-<p>—¡Oh, qué inmensa alegría siento! ¿De modo que ha resucitado?</p>
-
-<p>—No dudes que vive; pero también te aseguro que no doy dos ochavos
-por lo que le queda de razón.</p>
-
-<p>En todo aquel día no me pude mover, aunque<span class="pagenum"
-id="Page_174">p. 174</span> notaba de hora en hora bastante mejoría.
-La curiosidad y el afán me devoraban, anhelando saber la suerte de los
-míos, y aunque la certidumbre de no ser matador de Nomdedeu había dado
-gran tranquilidad a mi espíritu, el no saber el paradero de Siseta me
-entristecía en sumo grado. Sin moverme de allí supe que la plaza estaba
-a punto de rendirse, y que había ido a tratar con el General francés el
-español D. Blas de Fournás. Esto tenía muy irritados a los fantasmas
-que con nombre de hombres discurrían aún arma al brazo por las murallas
-destruidas, y fue preciso a Fournás, cuando salió de la plaza, ocultar
-el verdadero motivo de su viaje.</p>
-
-<p>Álvarez, según oí, se agravaba por instantes, y recibió los
-Sacramentos el mismo día 9; pero aun en tal situación insistía en no
-rendirse, repitiendo esto con palabras enérgicas, lo mismo dormido que
-despierto. Muchos patriotas se resistían a creer que fuera cierto lo de
-la rendición, y la posibilidad de entregarse al extranjero causaba más
-horror que la muerte y el hambre; verdad es que muchos tenían la loca
-esperanza de que llegasen socorros.</p>
-
-<p>Por la tarde empezó a susurrarse que al día siguiente entrarían
-los <i>cerdos</i>, y los patriotas acudieron a casa del Gobernador,
-la cual, casi por completo arruinada, apenas conservaba en pie los
-aposentos donde el heroico paciente residía, y allí entre las ruinas,
-metiéndose por los claros de las paredes destruidas, alborotaron largo
-rato pidiendo a Su<span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span>
-Excelencia que saliese de nuevo a gobernar la plaza.</p>
-
-<p>Dicen que Álvarez en su delirio oyó los populares gritos, e
-incorporándose dispuso que resistiéramos a todo trance. Enfermos o
-heridos los que aún vivíamos, con diez mil cadáveres esparcidos por las
-calles, alimentándonos de animales inmundos y substancias que repugna
-nombrar, nuestro más propio jefe debía ser y era un delirante, un
-insensato, cuyo grande espíritu perturbado aún se sostenía varonil y
-sublime en las esferas de la fiebre.</p>
-
-<p>Al día siguiente pude dar algunos pasos sin alejarme mucho. De
-buena gana habría hecho una excursión por la ciudad visitando la casa
-de Siseta; pero las señoras monjas que tan cariñosamente me cuidaban,
-impidiéronmelo. El capitán D. Francisco Satué llegose a mí, y me
-hizo saber que había resuelto tomarme por asistente en reemplazo de
-Periquillo del Roch, y agradecido yo a su bondad, me tomé la libertad
-de decirle:</p>
-
-<p>—Mi capitán, ¿sabe usía por dónde anda Siseta? Supongo que usía
-conoce a Siseta, la hija del Sr. Cristòful Mongat.</p>
-
-<p>Satué no se dignó contestarme, y volvió la espalda, dejándome
-solo con mis horrorosas dudas. Yo preguntaba a todos; pero nadie me
-hablaba sino de la capitulación. ¡Capitular! Parecía imposible tal cosa
-cuando todavía existía pegado a las esquinas el bando de D. Mariano:
-«<i>Será pasada inmediatamente por las armas cualquier persona a quien
-se<span class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span> oiga la palabra
-capitulación u otra equivalente.</i>»</p>
-
-<p>Según oí decir, los franceses habían dado una hora de tiempo para
-arreglar la capitulación; pero nuestra Junta pedía un armisticio
-de cuatro días, prometiendo cumplirlo si al cabo de dicho plazo no
-venía el socorro que desde noviembre estábamos esperando. El Mariscal
-Augereau no quiso acceder a esto, y, por último, después de muchas idas
-y venidas de un campo a otro, firmáronse las condiciones de nuestra
-rendición a las siete de la noche del 10.</p>
-
-<p>En este convenio, como en todos los que hicieron los franceses
-en aquella guerra, se pactó lo que luego no había de ser cumplido:
-respetar a los habitantes, respetar la religión católica y las vidas
-y haciendas, etc... Todo esto se escribe y se firma sobre un tambor
-dentro de una tienda de campaña; pero luego las órdenes expedidas desde
-París por la gran rata, obligan a poner en olvido lo acordado.</p>
-
-<p>—¡Bonito final! —me dijo el Padre Rull, que me había asistido
-durante el penoso mal—. ¡Y que hayamos venido a esto después de
-haber resistido siete meses! ¿Y todo por qué, amigo Andrés? Porque
-no se reparten dos pavos por barba al día, y porque alguno se ha
-visto obligado a mantenerse chupando el jugo de un pedazo de estera.
-Dioscórides dice que el esparto contiene substancias alimenticias.
-¡Oh! Si Álvarez no hubiera caído enfermo; si aquel hombre de bronce
-pudiera aún levantarse de su lecho, y venir aquí, y alzar el bastón
-en la mano derecha... Ya sabes, Andrés, que la<span class="pagenum"
-id="Page_177">p. 177</span> guarnición debe salir mañana de la plaza
-con los honores de la guerra, marchando a Francia prisionera. Creo que
-os pondrán a tirar del carro de Napoleón cuando salga a paseo... Los
-<i>cerdos</i> se nos meterán aquí mañana a las ocho y media, y parece
-han acordado no alojarse en las casas, sino en los cuarteles. ¿Lo crees
-tú? Ya verás cómo no lo cumplen. Me parece que les veo echando a los
-vecinos a la calle para acomodarse sus señorías en las pocas casas que
-han dejado en pie. Y ahora te pregunto yo: ¿qué harán de nosotros, los
-pobres frailes? Amigo, con Gerona se acabó España, y con la salud de
-Álvarez se acabaron los españoles bravos y dignos. Muchachos, ¡viva D.
-Mariano Álvarez de Castro, terror de la Francia!</p>
-
-<p>Durante la noche, los vecinos y los soldados, sabedores ya de las
-principales cláusulas de la capitulación, inutilizaron las armas o las
-arrojaron al río, y al amanecer, los que podían andar, que eran los
-menos, salieron por la puerta del Areny para depositar en el glacis
-unas cuantas armas, si tal nombre merecían algunos centenares de
-herramientas viejas y fusiles despedazados. Los enfermos nos quedamos
-dentro de la plaza, y tuvimos el disgusto de ver entrar a los señores
-<i>cerdos</i>. Como no nos habían conquistado, sino simplemente
-sometido por la fuerza del hambre, nosotros les mirábamos de arriba a
-bajo, pues éramos los verdaderos vencedores, y ellos al modo de impíos
-carceleros. Si no existiese el goloso cuerpo, y solo el alma viviera,
-¿pasarían estas cosas?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_178">p. 178</span>En honor de
-la verdad, debo decir que los franceses entraron sin orgullo,
-contemplándonos con cierto respeto; y cuando pasaban junto a los
-grupos donde había más enfermos, nos ofrecían pan y vino. Muchos se
-resistieron a comerlo; pero al fin la fuerza instintiva era tal, que
-aceptamos lo que a las pocas horas de su entrada nos ofrecieron.
-Durante todo el día estuvieron entrando carros cargados de víveres
-que, estacionados en las plazas de San Pedro y del Vino, servían de
-depósito, a donde todo el mundo iba a recoger su parte. ¡Comer! ¡qué
-novedad tan grande! Sentíamos el regreso del cuerpo que volvía, después
-de larga ausencia, a ser apoyo del alma. Se admiraba uno de tener
-claros ojos para ver, piernas para andar y manos con que afianzarse en
-las paredes para ir de un punto a otro. Los rostros adquirían de nuevo
-poco a poco la expresión habitual de la fisonomía humana, y se iba
-extinguiendo el espanto que aun después de la rendición causábamos a
-los franceses.</p>
-
-<p>Dadme albricias, porque al fin, señores míos, me reconocí con bríos
-para andar veinte pasos seguidos, aunque apoyándome con la derecha
-mano en un palo, y con la izquierda en las paredes de las casas. No
-creáis que el andar por las calles de Gerona en aquellos días era cosa
-fácil, pues ninguna vía pública estaba libre de hoyos profundísimos,
-de montones de tierra y piedras, además de los miles de cadáveres
-insepultos que cubrían el suelo. En muchas partes, los escombros de
-las casas<span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span> destruidas
-obstruían la angosta calle, y era preciso trepar a gatas por las
-ruinas, exponiéndose a caer luego en las charcas que formaban las
-fétidas aguas remansadas. El viaje a través de aquellos montes, lagos y
-ríos, era tan fatigoso para mí, que a cada poco trecho me sentaba sobre
-una piedra para tomar aliento. Mas cuando ya no era posible pensar
-en batirse, y cuando estaba aplacado el terrible ardor de la guerra,
-producíame indecible espanto la vista de tantos muertos; y al examinar
-los horrorosos cuadros que se desarrollaban ante mi vista, cerraba
-a veces los ojos temiendo reconocer en una mano helada, la mano de
-Siseta; en la punta de un vestido, la punta del vestido de Siseta; en
-una piedrecita encarnada, las cuentas de coral que adornaban las lindas
-orejas de Siseta.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch21">
- <h2 class="nobreak g0">XXI</h2>
-</div>
-
-<p>Cuando llegué a la calle de Cort-Real, vi allí casi en total
-ruina la casa donde se albergaban los míos. Unos vecinos me dijeron
-que el Sr. Nomdedeu y su hija estaban aposentados en la calle de
-la Neu; pero que no se sabía dónde habían ido a parar Siseta y sus
-hermanos. Contristado con tal noticia, fui en busca del doctor, y
-la primer persona que salió a mi encuentro fue la señora Sumta,
-encargándome<span class="pagenum" id="Page_180">p. 180</span> que no
-hiciera ruido porque el señor dormía.</p>
-
-<p>—Aquí encontrarás todos los papeles cambiados, Andresillo —me dijo—,
-porque la señorita Josefina se ha puesto buena, y el amo está tan malo,
-que se morirá pronto si Dios no lo remedia.</p>
-
-<p>En esto oímos la voz del doctor, que en aposento cercano sonaba,
-diciendo:</p>
-
-<p>—Déjele usted entrar, señora Sumta, que estoy despierto. Andrés,
-amigo querido, ven acá.</p>
-
-<p>Entré, pues, y D. Pablo, arrojándose de su lecho, me abrazó con
-cariño, hablándome así:</p>
-
-<p>—¡Qué placer me das, Andrés! ¡Yo creí que habías muerto! ¡Ven
-acá, valiente joven, y abrázame otra vez! ¿Cómo va esa salud? ¿Y
-ese estómago? No conviene cargarlo después de tanta privación. ¿Hay
-apetito?... Te recomiendo mucho la sobriedad. ¿Tienes heridas? Las
-curaremos... Manda lo que gustes, hijo.</p>
-
-<p>Yo, muy confundido, le expresé mi gratitud por tanta benevolencia,
-añadiendo que le consideraba como el más generoso y cristiano de
-los mortales por pagar con abrazos y cariños los golpes que de mí
-recibiera.</p>
-
-<p>—Señor —añadí—, yo creí haber muerto al mejor de los hombres, y no
-podía vivir con el gran peso de mi conciencia. Veo que usted perdona
-las ofensas y abre sus brazos a los que han intentado matarle.</p>
-
-<p>—Todo está perdonado, y si culpa hubo en ti tratándome como
-me trataste, mayor fue la mía, que, en mi furor, no reparaba en
-quitarte<span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span> la vida por
-un pedazo de azúcar. Aquellas, amigo Andrés, no deben considerarse
-como acciones libres que constituyen verdadera responsabilidad, y la
-horrible situación en que ambos nos hallábamos nos disculpa a los
-ojos de Dios. En tan triste momento, la ley suprema de la propia
-conservación imperaba sobre todas las leyes; nuestro carácter, el
-resultado de las facultades ingénitas, o cultivadas por el trato, y
-de los hábitos adquiridos, no existía realmente, y el torpe bruto en
-que estamos metidos, rompía salvaje todos los frenos que se oponían a
-la satisfacción de sus necesidades. Por mi parte, puedo decirte que
-no me daba cuenta de lo que hacía. El espectáculo de mi pobre hija me
-trastornaba el poco sentido que aún me hacía reconocerme como hombre,
-y delante de mí no había amigos ni semejantes. Estas relaciones se
-acaban, se extinguen cuando el brutal instinto recobra sus dominios,
-y si veía un pedazo de pan en boca de otro hombre, parecíame esto
-un privilegio irritante, que mi egoísmo no podía tolerar. ¡Ay, qué
-horroroso padecimiento! ¡Qué vergonzoso estado moral, y qué degradación
-del ser más noble que pisa la tierra! Válgame tan solo la circunstancia
-de que nada quería para mí, sino todo para ella. Tengo la seguridad
-de que a no ser por mi idolatrada hija, yo me hubiera recostado en
-un rincón de la casa, dejándome morir sin hacer esfuerzo alguno por
-conservar la vida.</p>
-
-<p>—Y la señorita Josefina ha resistido las privaciones tal vez mejor
-que nosotros.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span>—Mucho mejor
-—añadió Nomdedeu—. Ya me ves a mí que parezco un cadáver. Pues ella,
-completamente transfigurada, parece haberse apropiado toda la salud que
-a mí me falta. Esto me tenía contentísimo, Andrés. Pero verás ahora lo
-que ha pasado. Cuando me dejaste en el patio de la casa del canónigo,
-tardé mucho en recobrar el uso de los sentidos, a consecuencia del gran
-golpe y de la mucha extenuación. Por fin, no sé qué manos caritativas
-me sacaron a la calle, donde recobré completo acuerdo. Mi sensación
-principal era una gran sorpresa de hallarme con vida. Arrastreme hasta
-entrar en casa, y en las habitaciones de Siseta encontré a mi hija.
-La infeliz casi no me conocía. Iba a perecer de inanición. ¡Dios mío!
-Quisiera morir, si la muerte borrara de mi memoria el recuerdo de
-aquellas horas. Yo decía: «Señor, antes de ver tal espectáculo, valiera
-más que quedara exánime sobre las baldosas de la casa del canónigo.»
-¡Ay, amigo Marijuán, no me preguntes nada sobre esto! Solo te diré
-que, habiendo salido en busca de alimentos, al regresar, mi hija ya no
-estaba allí.</p>
-
-<p>—¿Y Siseta? —pregunté con la mayor inquietud.</p>
-
-<p>—Siseta tampoco —repuso Nomdedeu, inmutándose en sumo grado—. Pero
-¿a qué me preguntas por Siseta? Yo no sé nada de ella. Déjame seguir.
-Ninguno de los vecinos supo darme razón del paradero de mi hija, y
-corrí como un loco por la ciudad buscándola. Felizmente, ni ella ni yo
-estábamos allí cuando<span class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span>
-la casa fue destruida. Pero yo te pregunto: ¿a dónde creerás que había
-ido mi idolatrada Josefina? Pues nada menos que a la torre Gironella,
-donde contemplaba el horrible fuego con que se defendió aquel fuerte
-en sus postrimerías. Te asombrarás de que mi hija fuese a tal sitio.
-Pues oye. Encontrándose sola en la casa, la horrible necesidad obligola
-a salir a la calle, y discurrió largo tiempo por Gerona implorando
-la caridad pública, pero sin ser atendida por nadie. Mientras mayor
-era su desamparo, mayores esfuerzos hizo por apegarse a la vida, y
-aquella naturaleza miserable halló en sí misma suficiente energía para
-sobreponerse a la situación. Parece esto imposible, pero es cierto.
-Ahora caigo en que a las criaturas de ánimo apocado nada les conviene
-tanto como encontrarse lanzadas de improviso a un gran peligro sin
-sostén ni ayuda de mano extraña. Pues bien: Josefina, sola en medio
-de tantos horrores, huyó por la pendiente que conduce a los fuertes,
-creyendo más seguros aquellos sitios. La vista de los cadáveres que
-obstruyen el camino prodújole gran espanto, y mayor aún al ver de cerca
-la terrible acción que allí se trabara. Cuando quiso retroceder la
-pobrecita, le fue imposible, y encontrose envuelta en el fuego en el
-momento de la retirada. ¡Oh, incomprensibles arcanos de la Naturaleza!
-Si yo hubiera sabido por qué lugares andaba mi enferma, y todo el
-Protomedicato hubiérame pedido mi dictamen sobre su suerte, habría
-dicho: «Josefina morirá en el acto de verse próxima a un combate.» Pues
-no fue<span class="pagenum" id="Page_184">p. 184</span> así, Andrés.
-Según me ha contado ella misma, sintiose con inusitada energía, y sus
-miembros, desentumecidos como por milagro, adquirieron una agilidad
-que jamás habían tenido. Sin hallarse libre de miedo, inundaba su alma
-una generosa y expansiva inquietud, y abundantes lágrimas corrían de
-sus ojos... A esto añade que luego volvió dos veces a la ciudad, donde
-unas señoras, apiadadas de ella, la dieron alimento; que después, sin
-saber cómo, viose arrastrada en el tropel de las que iban a llevar
-pólvora a las murallas; añade que durmió dos noches en campo raso; que
-la señora Sumta, tomándola por su cuenta, la tuvo más de tres horas en
-Alemanes, hasta que se retiró de allí la guarnición, y comprenderás si
-han sido fuertes los cauterios aplicados por el azar al espíritu de esa
-pobre niña. Ahora, Andrés, me resta decirte que si ella ha adquirido
-súbitamente bríos y agilidad, yo he perdido radicalmente mi salud,
-a consecuencia de los intensos padeceres físicos y morales de esta
-temporada, y aquí donde me ves, no doy dos cuartos por lo que pueda
-vivir de aquí al domingo que viene. La alegría que me causa el ver
-cómo se ha regenerado el organismo de aquella que es todo mi amor y mi
-consuelo, ahoga el sentimiento que podría causarme la propia muerte.
-Lo que hoy me produce profunda tristeza es el convencimiento adquirido
-hace poco de que soy un detestable médico. Sí, Andrés: yo creí saber
-bastante, y ahora resulta que todo lo ignoro, todo, todo. Figúrate
-que después de adoptar en el tratamiento de<span class="pagenum"
-id="Page_185">p. 185</span> Josefina el sistema de precauciones, de
-cuidados que me recomendaban en diverso estilo centenares de libros,
-salimos con la patochada de que el mejor sistema es el opuesto al
-que yo seguí. ¡Y para esto, Dios mío, ha estudiado uno treinta años!
-¡Oh! medicina, medicina, ¡cuán desdeñosa y esquiva eres! ¡Cómo te
-ocultas al que más te busca, y qué bien guardas tus encantos! Cuando
-parece más fácil tocarte, más rápidamente desapareces, como sombra
-que de las ansiosas manos se escapa. ¡Quién me lo había de decir! Yo
-intentaba curarla con delicadezas, cuidados y dengues, resguardándola
-hasta del aire por temor a que el aire mismo la hiciera daño, y
-Dios la ha fortalecido con las crudezas, las molestias, los golpes,
-los sustos, con el fuego y el frío, con los peligros y las muertes.
-Yo evitaba en ella las fuertes impresiones que me parecía debieran
-quebrar su naturaleza, como los martillazos rompen el vidrio, y los
-fortísimos sacudimientos de la sensibilidad la han repuesto en su
-primer ser y estado. Curose como había enfermado, y este misterio y
-esta novedad pasmosa confunden mi inteligencia. Hasta ahora no sabía
-que la enfermedad curase la enfermedad, y me muero con mil ideas sobre
-este oscuro punto... porque yo me muero, Andrés: en eso sí que no se
-equivocará mi escaso saber.</p>
-
-<p>Diciendo esto, se tendió de largo a largo en la cama, y a cada rato
-exhalaba hondísimos suspiros. Yo le hablé así:</p>
-
-<p>—Sr. D. Pablo: usted, aunque ha padecido<span class="pagenum"
-id="Page_186">p. 186</span> bastante, tiene el consuelo de ver a su
-hija, no solo con vida, sino con la salud que antes no tenía; pero
-yo, ni siquiera puedo asegurar que viven mi adorada Siseta y sus dos
-hermanos.</p>
-
-<p>El doctor, al oírme, moviose inquietamente en su lecho con síntomas
-de alteración nerviosa, e incorporándose de improviso, me mostró su
-cara, desfigurada de un modo notable.</p>
-
-<p>—No me preguntes por Siseta y sus hermanos —dijo con torpe lengua, y
-haciendo ademán de apartar un objeto que inspira desagrado—. Yo no sé
-nada de ellos. Andrés, más vale que te marches y me dejes en paz.</p>
-
-<p>La señora Sumta, que entró a la sazón, puso el dedo en la sien,
-mirando a su amo con expresión de lástima. Con el gesto y la mirada
-quería decirme: «No hagas caso, que el amo ha perdido el juicio.»</p>
-
-<p>Perdiéralo o no, lo cierto es que me llenaban de inexplicables
-confusiones sus palabras. Interroguele de nuevo; pero él, cerrando los
-ojos y extendiendo brazos y piernas, cual exánime cuerpo, aparentaba no
-oírme, o realmente aletargado, no me oía.</p>
-
-<p>Josefina entró en seguida y mostró mucha alegría al verme. Por mi
-parte, quedeme sorprendido al notar la animación de sus ojos, su color
-menos pálido que de ordinario, y al observar la agilidad, la gracia y
-desenvoltura que había adquirido en sus movimientos desde que no nos
-veíamos. Después de contestar con amables sonrisas a mis cumplidos,
-que adivinaba<span class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span> por el
-movimiento de los labios, me preguntó por Siseta.</p>
-
-<p>—¡Ay! —respondí, expresando con signos mi suprema aflicción—.
-Siseta... se ha ido, señorita; no sé dónde está.</p>
-
-<p>—Busquémosla —dijo Josefina con resolución.</p>
-
-<p>—¡Ay! gracias, señorita Josefina... Yo no me puedo tener; pero
-si usted me acompaña, sacaré fuerzas de flaqueza para recorrer la
-ciudad.</p>
-
-<p>En la casa tenían ya comida abundante, que se repartía entre los
-diferentes vecinos allegadizos que allí se albergaban, y a mí me dieron
-una buena porción. Cuando salí, enlazando mi brazo con el de Josefina,
-me sentía tan restablecido, que no necesité buscar apoyo en las paredes
-ni arrojarme al suelo cada diez minutos para tomar aliento.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch22">
- <h2 class="nobreak g0">XXII</h2>
-</div>
-
-<p>¿Dónde buscaremos a Siseta? ¿Dónde?... «¡Siseta!» gritábamos por
-todos lados, en las ruinas, en la puerta de las casas enteras, en
-las plazas, en las murallas, en las cortaduras, en los montones de
-escombros; pero ninguna voz conocida nos respondía. En diversos puntos
-de la ciudad, los franceses se ocupaban en tapar con tierra los hoyos
-donde habían sido arrojados<span class="pagenum" id="Page_188">p.
-188</span> los cadáveres, y miles de cuerpos desaparecían de la
-vista de los vivos para siempre... «¡Oh! —exclamaba yo con la mayor
-angustia—, ¡si estará ahí Siseta!»</p>
-
-<p>Hubiera querido escarbar con mis manos todas las fosas, por
-cerciorarme de que no yacía en ellas la persona perdida. Visitamos
-luego los hospitales, y en ninguno de ellos aparecieron tampoco Siseta
-ni sus hermanos; preguntamos de puerta en puerta a todos los conocidos,
-a los vecinos todos, y nadie nos dio razón ni noticia alguna. Pasando a
-Mercadal, lo recorrimos todo, y al volver miré al fondo del río por ver
-si entre sus turbias aguas se distinguía el cuerpo de Siseta. Pregunté
-por ella a los españoles y a los franceses, que no me entendieron; pero
-ambas naciones carecían de noticias acerca de mi amiga; subí a los
-tejados, bajé a los sótanos, la busqué en plena luz y en la profunda
-oscuridad; pero el rayo de sus ojos, para mí superior a todas las
-claridades, no brillaba en ninguna parte.</p>
-
-<p>Por último, cuando llegábamos cerca del puente de San Francisco
-de Asís, creí distinguir una lastimosa figura de muchacho, en la
-cual, aunque con mucha dificultad, pude reconocer la persona del buen
-Manalet. No era posible determinar la forma de su vestido, que era un
-andrajo, por cuyas rasgaduras los brazos y piernas en completa desnudez
-asomaban. Su rostro cadavérico, sus manos negras, su cuello manchado de
-sangre, sus pies heridos, su mirar temeroso, me causaron profunda pena.
-Le llamé, con el alma dividida entre una animosa<span class="pagenum"
-id="Page_189">p. 189</span> esperanza y un inmenso dolor, y él corrió
-a abrazarme con los ojos llenos de lágrimas. Pasado el primer momento
-de su alegría, la presencia de Josefina al lado mío produjo en el ánimo
-del pobre chico vivísima inquietud; mirábala con ojos azorados, e hizo
-algún movimiento para huir de nosotros. Deteniéndole, tuve valor para
-preguntarle por su hermana.</p>
-
-<p>—Hermana Siseta —me dijo—, no está, no la busquen ustedes. Se ha ido
-con Gasparó. Los dos...</p>
-
-<p>Al decir <i>los dos</i> señalaba la tierra.</p>
-
-<p>Yo, poseído de profundo dolor, no me reconocía satisfecho con sus
-vagas noticias, y quería saber más; seguí tras él, pero mi corto
-andar no me permitió alcanzarle, y hube de resignarme al terrible
-padecimiento de la duda; porque, en efecto, las afirmaciones de
-Manalet no resolvían mi perplejidad, y las palabras, el razonamiento,
-la inquietud del infeliz chico indicaban que algún misterio, para mí
-ignorado, existía en la desaparición de Siseta.</p>
-
-<p>—Señorita Josefina —dije a mi acompañante, expresando como me fue
-posible el desaliento y la desesperación—, no conseguiremos nada.
-Volvamos a la calle de la Neu.</p>
-
-<p>Ambos, muy tristes y desanimados, nos detuvimos en el puente,
-mirando a los transeúntes, que vagaban sin cesar de un lado a otro,
-y como yo, buscaban personas queridas que el desorden de los últimos
-días había hecho desaparecer. Las fosas sobre las cuales se echaba
-tanta tierra, iban poco a poco<span class="pagenum" id="Page_190">p.
-190</span> destruyendo los rastros que habrían podido guiar en sus
-exploraciones a padres, esposas e hijos, y la necesidad de enterrar
-pronto hacía que muchas familias se quedasen en completa ignorancia
-respecto a la suerte de los suyos.</p>
-
-<p>Nos sentamos junto al puente. Josefina me miraba en silencio,
-compadecida de mi dolorosa perplejidad, y yo interrogaba al cielo,
-cansado ya de interrogar a la tierra y a los hombres. De repente, la
-hija del doctor diome un ligero golpe en la cabeza, y agitando los
-brazos en dirección del río, señaló una casa de las que se levantan con
-los cimientos dentro del Oñar, a espaldas de la plaza de las Coles y de
-la calle de la Argentería. Al principio no distinguí nada; pero ella,
-con el rostro alterado, la mirada chispeante y el índice extendido
-hacia un punto fijo, dirigió mi atención al tejado de una de aquellas
-casas, de cuyo alero, un muchacho se descolgaba trabajosamente por
-una cuerda. Era Badoret. Al instante grité fuertemente: «¡Badoret!
-¡Badoret!» y el chico, que oyó mi voz, saludome con la mano en el
-momento de poner pie firme en un balcón, desde el cual parecía querer
-avanzar al puente saltando de una casa a otra. Los irregulares aleros,
-balconajes, miradores y cuerpos salientes de aquella orilla del río,
-permitían este viaje sin gran peligro. Por fin, Badoret llegó a donde
-estábamos, y pude notar que su aspecto era más lastimoso que el de su
-hermano.</p>
-
-<p>—Andrés —me dijo—, ¿han entrado los franceses?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span>—Sí —le respondí—.
-¿En dónde estás metido que no lo sabes? ¿Has resucitado acaso?</p>
-
-<p>—¿De modo que ya hay algo que comer?</p>
-
-<p>—Sí: todo lo que quieras... ¿Y Siseta?</p>
-
-<p>—Siseta está durmiendo desde ayer. ¿Quieres verla? La llamamos y no
-quiere despertar.</p>
-
-<p>—¿Pero dónde os habéis metido? ¿Dónde está Siseta?</p>
-
-<p>—¿Hay ya que comer? No hemos vuelto a ver a Napoleón, Andrés.
-¿Cuánto darán ahora por él?</p>
-
-<p>—Anda al diablo con Napoleón. Llévame a donde está tu hermana.</p>
-
-<p>—En el tejado.</p>
-
-<p>—¡En el tejado!</p>
-
-<p>—Sí: la llevamos entre todos, porque el Sr. Nomdedeu la quería
-matar.</p>
-
-<p>—¡Matarla! ¡Estás loco!</p>
-
-<p>—Sí: para comérsela.</p>
-
-<p>No pude reprimir la risa, a pesar de que mi ánimo no estaba para
-burlas.</p>
-
-<p>—El Sr. Nomdedeu —prosiguió Badoret—, se volvió loco y quiso
-comernos a todos.</p>
-
-<p>—Estáis tontos sin duda —repliqué—. Llévame a donde está Siseta.</p>
-
-<p>—¡Como no vayas por donde yo he venido!... De la casa del canónigo
-donde estamos, se pasa por el tejado a la del droguero de la calle de
-la Argentería; pero de esta no se puede salir a la calle porque está
-cerrada... Por la bodega, se pasa a una casa del otro extremo que está
-quemada, y por las tejas se baja a los balcones del río. Si puedes
-hacer que te abran la puerta de<span class="pagenum" id="Page_192">p.
-192</span> la casa del droguero que está en la calle de la Argentería
-junto a la plaza de las Coles, entrarás mejor que yo he salido.</p>
-
-<p>—Vamos allá —dije con resolución—. Si ese señor droguero no nos
-quiere abrir la puerta, la derribaremos a puñetazos.</p>
-
-<p>Por fortuna, no me pusieron obstáculos a que entrara por la casa
-indicada, lo cual verifiqué dejando a Josefina en la inmediata de la
-calle de la Neu. Subí al tejado, y saltando con grandes esfuerzos y
-peligros de techo en techo, llegamos Badoret y yo a las buhardillas de
-la casa del canónigo. Allí en un lóbrego aposento del desván, donde
-antaño tuvo su vivienda el ama de gobierno del Sr. Ferragut, yacía la
-pobre Siseta sin movimiento ni sentido sobre miserable colchón. La
-llamé con fuertes voces, incorporela en el lecho, y la infeliz abrió
-los ojos, pero sin aparentar reconocerme. Mi gozo al ver que vivía fue
-inmenso; pero aún dudaba que pudiese tornar a la vida, y no pensé más
-que en prodigarle toda clase de socorros. Recorrí la casa aturdidamente
-sin darme cuenta de lo que buscaba, y vi en distintas habitaciones
-hasta una docena de chicos de ocho a doce años, en quien reconocí a
-los amigos que acompañaban a Badoret y Manalet en todas sus correrías;
-pero el estado de aquellos infelices niños era atrozmente lastimoso y
-desconsolador. Algunos de ellos yacían muertos sobre el suelo, otros se
-arrastraban por la biblioteca sin poderse tener, uno estaba comiéndose
-un libro, otro saboreaba el esparto de una estera.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span>—¿Qué ha pasado
-aquí? —pregunté a Badoret.</p>
-
-<p>—¡Ay, Andrés! no podemos salir por ninguna parte. Estábamos
-encerrados hace dos días. A nuestra casa no se podía pasar, porque
-siete paredes llenaron el patio hasta arriba. No teníamos que comer, ni
-donde encontrarlo... Esta mañana buscamos Manalet y yo una salida. Él
-se descolgó por la calle de la Argentería, y yo por donde me viste...
-pero a mí se me está ya pegando la lengua al cielo de la boca, no puedo
-moverme, y me caigo muerto también.</p>
-
-<p>Diciéndolo, Badoret cerró los ojos y se extendió de largo a largo
-en el suelo. Algunos de sus camaradas lloraban, llamando a sus madres,
-y por todos lados el espectáculo de aquella desolación infantil
-contristaba mi alma. Resuelto a obrar con prontitud, pasé por el tejado
-a las casas inmediatas, llamé, pedí socorro, logré que me oyeran y que
-acudiesen en mi auxilio algunos vecinos, y bien pronto reuní en los
-desiertos lugares donde se hallaba mi infeliz amiga gran número de
-víveres y no pocas personas caritativas.</p>
-
-<p>La primera en quien probamos nuestros recursos fue Siseta, que tardó
-mucho en recobrar su acuerdo, inspirándome serias inquietudes; pero
-al fin me reconoció, y vencida su repugnancia a tomar los alimentos
-que le ofrecíamos, convenciéndose al fin de que no le dábamos animales
-inmundos ni horribles manjares, entró en un período de fortalecimiento
-que indicaba enérgica disposición de la naturaleza a recobrar su
-primitivo equilibrio y<span class="pagenum" id="Page_194">p.
-194</span> asiento. Badoret cobró sus fuerzas con más rapidez, y a la
-media hora ya hablaba como una taravilla arengando a sus amigos. Para
-algunos de estos llegó tarde el remedio, y no nos dieron más trabajo
-que entregar sus cuerpos a las pobres madres que a recogerlos venían
-después de buscarlos inútilmente por toda la ciudad.</p>
-
-<p>—Hermana Siseta ha despertado al fin —me dijo Badoret, tragándose
-medio pan—. Yo pensé que íbamos a quedarnos aquí para que se regalaran
-con nuestro pellejo Napoleón, <i>Sancir</i>, <i>Agujerón</i> y los
-demás que andaban por acá. No estamos todos vivos, Andrés, porque Pauet
-no resuella, y Sisó, que estaba tan rabioso contra los <i>cerdos</i>,
-se ha quedado tieso en la biblioteca con medio libro en el cuerpo y
-otro medio en la mano. Así quisiera yo ver al condenado de D. Pablo
-Nomdedeu, que quiso hacer con nosotros un guisote. Ya estamos libres de
-caer al fondo de la cazuela con sal y agua, y eso de que la señorita
-Josefina se le almuerce a uno, no tiene gracia... Los <i>marranos</i>
-están ya dentro de Gerona... ¡Vaya... y decían que D. Mariano no les
-dejaría entrar! Si es lo que yo digo... mucha facha, mucho boquear, y
-después nada.</p>
-
-<p>—No desatines, y cuéntame por qué trajísteis aquí a tu hermana.</p>
-
-<p>—Pregúntaselo a D. Pablo y a la señora Sumta. Nosotros le llevamos
-a hermana Siseta siete reales que habíamos ganado. Hermana Siseta
-estaba llorando, con Gasparó en brazos. Un caballero entró en la casa,
-y con<span class="pagenum" id="Page_195">p. 195</span> malos modos
-mandó que enterrásemos al niño. Entonces hermana Siseta le dio muchos
-besos, y yo le cargué para llevarle a la fosa; pero me daba lástima y
-estuve con él a cuestas todo el día, hasta que al fin... Manalet echaba
-la tierra y yo la apretaba con las manos para que quedase bien. Pero
-luego quisimos volverle a ver, sacamos la tierra... ¡Ay! Andresillo:
-después la tornamos a echar y ya no le vimos más... Al volver a casa,
-D. Pablo entró suspirando y dando gemidos, y dijo que traía todos los
-huesos rotos. Después pidió algo de comer a la señora Sumta, y la
-señora Sumta se puso también a echar suspiros y regüeldos. La señorita
-Josefina, tendida en el suelo, se chupaba los dedos; D. Pablo empezó a
-gritar llamando al santo acá y al santo allá, y luego a todos nos daba
-con la punta del pie, diciendo: «Levantaos y salid a buscar algo para
-mi hija.» Después del entierro, habíamos comprado con los siete reales
-un pan negro y duro, y se lo dimos a mi hermana. ¡Si vieras qué ojos
-le echó D. Pablo! Siseta es más tonta... ¿creerás que no quiso el pan,
-y mandó que se lo diéramos a la señorita Josefina? Pero yo dije: «Sí,
-para ella está», y dando la mitad a Manalet empezamos a comérnoslo. La
-señora Sumta, saltando encima de mí, me quitó mi parte; pero Manalet
-se comió toda la suya de un tragón, atacándosela con los dedos para
-que le pasara por el gañote. Entonces, amigo Andrés, el Sr. Nomdedeu
-fue arriba, y bajando al poco rato con un gran cuchillo, nos dijo:
-«Diablillos desvergonzados,<span class="pagenum" id="Page_196">p.
-196</span> puesto que no servís más que de estorbo, os comeremos.» Yo
-me reí, y Manalet se puso a temblar y a llorar; pero yo le decía: «No
-seas burro; primero nos le comeríamos nosotros a él, si tuviera algo
-más que huesos. La señora Sumta sí que está gordita.» Cuando la vieja
-oyó esto me amenazó con el puño, y Don Pablo volvió a decir... «Sí: nos
-los comeremos, ¿por qué no?...» Después la señorita Josefina se abrazó
-a su padre, y este se puso a llorar soltando lagrimones como balas, y
-luego la arrullaba en sus brazos como a un chiquillo. ¡Pobre D. Pablo!
-De veras me daba lástima... Arrullando a su hija le cantaba como a
-los niños, y después decía: «Señora Sumta, traiga usted una taza de
-caldo.» Al oír esto, no podía menos de reírme, y dije: «Pues ya que va
-a la cocina la señora Sumta, tráigame a mí un par de perdices, porque
-estoy desganado, y no quiero más.» Los dos se pusieron furiosos; pero
-el médico parecía loco, y todo se le volvía gritar: «Señora Sumta,
-traiga usted caldo para mi hija; tráigalo pronto, o la mato a usted...»
-¡Si le hubieras visto, Andrés! Echaba chispas por los ojos, y con
-los pelos amarillos tiesos sobre el casco, parecía nada menos que un
-demonio... En esto pasaron mis amigos por la calle, llamáronme, yo salí
-con ellos, y al poco rato, cuando iba por la calle de Ciudadanos, veo
-venir a Manalet corriendo y llorando, que decía: «Hermano Badoret, ven
-pronto, que D. Pablo nos quiere matar a todos.» Chico, eché a correr
-con todos mis amigos hacia casa. ¿Has visto un gato rabioso cómo tira
-la zarpa, enseña los<span class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span>
-dientes, bufa y salta? Pues así estaba D. Pablo. Dejando a su hija
-en el suelo, venía hacia nosotros, nos amenazaba con el cuchillo,
-golpeaba con el pie a mi hermana, luego parecía querer matarse a él
-mismo, y a todo esto gritaba: «¡Quiero acabar con el género humano!...»
-Esto lo dijo muchas, muchísimas veces. Mis amigos estaban muertos de
-miedo, y yo cogí unas tenazas para tirárselas a la cabeza. Pero no me
-dio tiempo, porque sin soltar su cuchillo salió a la calle, gritando
-siempre que iba a acabar con todo el género humano, y entonces Manalet
-dijo: «Vámonos de aquí, y llevémonos a Siseta.» Dicho y hecho: éramos
-doce; entre los más grandes cargamos a mi hermana, que estaba como un
-cuerpo muerto, sin mover brazo ni pierna, y la llevamos a la casa del
-canónigo; Manalet, lleno de miedo, iba delante chillando: «A prisa,
-a prisa, que viene otra vez con el cuchillo...» ¡Ay! Amigo Andrés,
-cuando nos vimos en esta casa, respiramos. Luego, porque la pobrecita
-no estuviera sobre la baldosa del patio, la subimos a este aposento con
-grandísimo trabajo, poniéndola en la cama donde la ves. La llamamos,
-y no nos respondía. Entonces nos ocurrió que debíamos buscarle algo
-que comer; pero no hallábamos salida más que por los tejados, y antes
-nos asparían que pasar otra vez a nuestra casa. Aquí de los apuros,
-chico: llegó la noche y nos moríamos de hambre. Pauet y Sisó anduvieron
-por los techos comiéndose las yerbas y el musgo que nacen entre las
-tejas. Yo bajé a la bodega... ni rastro de Napoleón. Se han ido<span
-class="pagenum" id="Page_198">p. 198</span> todos al otro lado del
-Oñar, corriéndose hacia el campo enemigo... Pues como te iba contando,
-vino después de la noche el día, y después del día otra noche, y luego
-amaneció el día de hoy y nosotros sin comer. Se me olvidaba contarte
-que oímos caer la bomba en nuestra casa, y yo dije: «Ahí me las den
-todas. Si ha cogido a Nomdedeu, bien empleado le está por bruto...»
-Amigo, desde el tejado nos asomábamos a los patios de todas las casas
-de por aquí; llamábamos a la gente para que nos socorriera; pero no
-nos hacían caso. Verdad es que muchos de los que veíamos abajo estaban
-muertos. Mis amigos se acobardaron ¡pobrecitos! como unos gallinas,
-y Sisó dijo que se iba a comer una de sus manos. Yo les llevé a la
-biblioteca, dándoles permiso para que sacaran el vientre de mal año con
-los libros, y así fueron tirando algunos. ¡Qué día, qué noche, Andrés!
-Mi hermana no nos respondía cuando la llamábamos, y Manalet me dijo:
-«Hermano, yo me voy a tirar del tejado a la calle para traer algo de
-comida a Siseta...» Estuvimos mirando las rejas y los balcones para ver
-si podía saltar, y, por fin, Manalet se fue escurriendo, no sé cómo,
-sentando los pies en los clavos, y las manos en las rejas, y bajó a la
-calle por junto a la plaza. Yo bajé también por donde me viste, y con
-esto te digo todo, porque ya no hay nada más que contar.</p>
-
-<p>—Bien, Badoret; veo que acertaste en trasladar aquí a tu hermana,
-pues aunque no me parezca cierto, como dijiste, que D. Pablo quisiera
-merendarse a tu familia, ese es un hombre<span class="pagenum"
-id="Page_199">p. 199</span> a quien la desgracia de su hija exalta y
-enfurece, y capaz es de cometer cualquier atrocidad. Ahora, gracias a
-Dios, estamos libres de tales horrores, porque el sitio ha concluido, y
-hay en Gerona víveres abundantes.</p>
-
-<p>Al caer de la tarde, Siseta, sus dos hermanos y los camaradas de
-estos que habían escapado a la muerte, no ofrecían cuidado. Al día
-siguiente trasladé a mis amiguitos a una casa de la calle de la Barca,
-donde nos dieron asilo.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch23">
- <h2 class="nobreak g0">XXIII</h2>
-</div>
-
-<p>Yo no tardé en reponerme, y transcurridos pocos días me presenté a
-mi amo D. Francisco Satué, quien me dio una malísima noticia.</p>
-
-<p>—Disponte para el viaje —me dijo, dándome uniforme, tahalí y espada,
-para que en todo ello comenzase a ejercitar mis altas funciones.</p>
-
-<p>—¿Pues a dónde vamos, mi capitán?</p>
-
-<p>—A Francia, bruto —me respondió con su habitual rudeza—. ¿No sabes
-que somos prisioneros de guerra? ¿Crees que nos dejan aquí para
-muestra?</p>
-
-<p>—Señor, yo creí que nadie se metería ya con nosotros.</p>
-
-<p>—Estamos en Gerona como enfermos; pero quieren que vayamos a
-convalecer a Perpiñán. Nos detienen tan solo porque el Gobernador<span
-class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span> no se halla en situación de
-poder ser llevado en un carro de municiones.</p>
-
-<p>—¡Ojalá no lo estuviera en cien meses!</p>
-
-<p>—Bárbaro, ¿qué dices? —gritó amenazándome.</p>
-
-<p>—No, mi capitán; no es que yo desee otra cosa que la salud de
-nuestro queridísimo Gobernador D. Mariano Álvarez de Castro; pero eso
-de llevarle a uno a Perpiñán es casi tan malo como lo que hemos pasado.
-Pero pues así lo mandan los que pueden más que nosotros, sea, y por
-mí no ha de quedar. No a Perpiñán, sino al fin del mundo iré con mis
-jefes, mayormente si llevamos entre nosotros al gran gobernador.</p>
-
-<p>Yo hablaba así, echándomelas de bravo; pero en realidad sentía
-profunda pena al caer en la cuenta de que era un prisionero de guerra,
-de cuya libertad y residencia los franceses disponían a su antojo.
-¡Desgraciado el que en la guerra pone su afición en lugares y personas
-que no han de poder seguir tras él en los frecuentes e inesperados
-viajes a que impulsan la victoria o la desdicha!</p>
-
-<p>Cuando volví al lado de Siseta, casi derramando lágrimas me expresé
-así:</p>
-
-<p>—Prenda mía, ¿ves cuán desgraciado soy?... Ahora me llevan a Francia
-como prisionero de guerra, con todos los demás militares que estamos
-aquí, desde D. Mariano hasta el último ranchero. ¡Si te pudiera llevar
-conmigo, Siseta!... Pero mi capitán, el Sr. D. Francisco Satué, es
-el primer perseguidor de muchachas que hay en toda Cataluña, y le
-tengo miedo.<span class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span> Ahora
-me ocurre, Siseta, que mientras yo tomo el camino de esa condenada
-Francia, a quien vería de buena gana comida de lobos, tú con tus dos
-hermanos debes marcharte a la Almunia de Doña Godina, donde está
-mi madre, y esperarme allí, cuidándome las haciendas, hasta que me
-suelten, o Dios disponga de la vida de este pecador.</p>
-
-<p>Siseta me contestó dándome esperanza, y asegurando que convenía
-aguardar con serenidad el cumplimiento de nuestro destino, sin
-desconfiar de la bienhechora Providencia. Convinimos al fin en que no
-era una gran desventura que yo fuese a Francia, y por su parte halló
-muy prudente refugiarse en la Almunia, mientras yo volvía. La verdadera
-dificultad era la absoluta carencia de medios para vivir dentro de
-Gerona, lo mismo que para ausentarse. Éramos pobres hasta el último
-grado, y después de pasar tantos y tan penosos trabajos, Siseta y sus
-hermanos estaban destinados a sostenerse de la caridad pública. Pero
-Dios no abandona a las criaturas desvalidas, y he aquí cómo vino en
-nuestra ayuda por inesperados caminos. ¿De qué manera? ¿Cuándo? Esto,
-los mismos acontecimientos que voy contando os lo dirán.</p>
-
-<p>Pero déjenme acudir a casa del Sr. D. Pablo Nomdedeu, de cuya salud
-me han dado muy malas noticias al volver de casa del talabartero, a
-donde llevé el tahalí de mi amo para que le echase una pieza. Déjenme
-ir allá, que a pesar de las cuestiones desagradables que tuvimos,
-no deja de ser el Sr. D. Pablo un entrañable<span class="pagenum"
-id="Page_202">p. 202</span> amigo mío, a quien quiero de todas veras.
-Lo malo es que no puedo ir tan pronto como deseara, porque en la calle
-de Cort-Real, la mucha gente que allí se junta en animados corrillos,
-me detiene el paso. ¿Qué ocurre? ¿Tenemos un cuarto sitio? No es nada:
-parece que los franceses, cansados de haber cumplido hasta ayer de
-mala gana las principales cláusulas de la capitulación, han acordado
-solemnemente romperlas. Así me lo dijo el Padre Rull, a quien vi muy
-sofocado entre el gentío, refiriendo con énfasis declamatorio los
-pormenores del suceso.</p>
-
-<p>—Esto es una desvergüenza —decía—, y un Emperador que tales cosas
-hace es un pillo... nada, un pillo. ¿Qué me importa que oigan los
-franceses? No bajaré la voz, no, señores. Lo dicho, dicho. En la
-capitulación se acordó que los regulares serían respetados, y ahora
-salimos con que nos llevan a Francia. ¿Pues qué, las órdenes son cosas
-de juego? ¿Somos chicos de escuela, para que hoy se nos diga una cosa y
-mañana otra?</p>
-
-<p>—También yo voy a Francia, Padre Rull —le dije—, y consolémonos uno
-con otro, que frailes y soldados hacen buena miga, y la carga se lleva
-mejor en dos hombros que en uno.</p>
-
-<p>—Nada, hijos míos: iremos a donde nos lleven, y soportaremos sus
-crueldades con paciencia, como nos lo manda Nuestro Señor Jesucristo.
-Si así lo habéis querido vosotros, ¿qué se ha de hacer? Ved aquí las
-consecuencias de capitular cuando todavía podía haberse tirado<span
-class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span> una temporadita más,
-comiendo lo que había. A Francia, pues, y fíese usted de palabras de
-<i>cerdos</i>. Nosotros confiábamos ingenuamente en el cumplimiento de
-lo pactado, cuando vierais aquí que esta mañana se presenta en la santa
-casa un oficialejo, el cual, con voces torpes y destempladas, dijo que
-nos preparásemos para tomar mañana el caminito de Francia, porque S.
-M. el Emperador lo había dispuesto así desde París. Por lo visto, nos
-temen tanto como a los soldados. Y díganme ustedes ahora: ¿qué va a ser
-de Gerona sin frailes?</p>
-
-<p>Cada uno contestaba al Padre Rull según sus ideas, cuál con enojo,
-cuál festivamente; pero al fin todos los que le oíamos convinimos en
-que lo del viaje era una grandísima picardía de S. M. el Emperador
-de los franceses. Cuando me retiré de allí, quedaba el buen fraile
-sermoneando a sus amigos sobre la preeminencia que siempre alcanzaron
-las órdenes religiosas en los tratados de las naciones.</p>
-
-<p>Llegué a casa del Sr. Nomdedeu, y desde mi entrada conocí que
-la salud del buen médico no debía de ser buena, por las señales de
-consternación que noté en el semblante de Josefina lo mismo que en el
-de la señora Sumta. Esta me dijo:</p>
-
-<p>—Andresillo, no hables al amo de Siseta ni de los chicos; porque
-siempre que se le nombran, le da como un desmayo.</p>
-
-<p>Josefina me preguntó por los míos, y al instante le comuniqué
-con la alegría de mis ojos el infeliz encuentro de mi novia y sus
-hermanos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span>—Todos se salvan,
-menos mi buen padre —dijo tristemente la joven.</p>
-
-<p>Al instante entré a ver al enfermo, quien me recibió con su habitual
-bondad. Junto a su lecho estaba un hombre en quien reconocí a uno de
-los escribanos de Gerona.</p>
-
-<p>Indudablemente D. Pablo iba a hacer testamento. Su aspecto
-y figura no podían ser más tristes; al punto se echaba de ver
-que aquella lámpara tenía ya muy poco aceite. La postrimera luz
-brillaba, sí, como próxima a extinguirse, con viva claridad, y la
-irregular llama, tan pronto grande como chica, espantaba con sus
-oscilaciones deslumbradoras. Unas veces el espíritu del buen doctor
-se empequeñecía con extraordinario aplanamiento; otras se agrandaba,
-tomando proporciones superiores a las de la vida común; y con este
-variar angustioso, síntoma de todo fuego que se apaga luchando entre
-la combustión y la muerte, la lengua del médico pasaba de un mutismo
-invencible a una locuacidad mareante.</p>
-
-<p>Cuando entré, respondió a mis preguntas con monosílabos, que
-salían difícilmente de su sofocado pecho; pero al poco rato se fue
-despabilando, y a ninguno de los presentes nos dejaba meter baza: él se
-lo decía todo sin mostrarse cansado.</p>
-
-<p>—¿Conque aseguras tú que no moriré? Ilusión, amigo mío; ilusión de
-tu buen deseo. Dios me ha leído ya la sentencia, y en esto no hay ni
-puede haber duda alguna. Yo cumplí mi misión; ahora estoy de más.</p>
-
-<p>—¡Señor, anímese con mil demonios! —exclamé<span class="pagenum"
-id="Page_205">p. 205</span> fingiendo entusiasmarme—. Pues qué, ¿ahora
-que Gerona está libre de hambres y muertes, se ha de ir el hombre
-mejor de toda la ciudad? Levántese de esa cama vamos por ahí a ver las
-murallas rotas, los fuertes deshechos, las casas arruinadas, testigos
-de tanto heroísmo. Fuera pereza. Eso no es más que pereza, D. Pablo.</p>
-
-<p>—Pereza es, sí; pero la pereza última y definitiva, la del viajero
-que, habiendo andado toda la jornada, se arroja sin aliento en el
-camino, convencido que no puede más. Pereza es, sí, la mejor de todas,
-porque lleva al más dulce, al más placentero de los sueños: la muerte.
-¡Ay, qué postrado me siento! Pues qué, ¿era posible que después de tan
-colosales esfuerzos en lo físico y en lo moral, siguiese yo viviendo?
-No una vida como la mía, sino cien robustas y vigorosas habríanse
-consumido en esta lucha con la naturaleza que yo sostuve durante tanto
-tiempo; porque decirte, Andrés, el sinnúmero de dificultades que
-vencí, sería el cuento de nunca acabar. Baste referirte que, en pocos
-días, busqué, fomenté y desarrollé en mí cualidades que no tenía; en
-pocos días, transformado hasta lo sumo, encontreme con sentimientos y
-pasiones que antes no tenía, y todo fue como si una serie de hombres
-diversos se desarrollaran dentro de mí propio. Yo estoy asombrado de
-lo que hice, y ahora comprendo qué inmenso tesoro de recursos tiene
-el hombre en sí, si sabe explotarlo. Al fin, Andrés, mi pobre hija
-alargó sus días hasta el fin del cerco, y cuando los sanos<span
-class="pagenum" id="Page_206">p. 206</span> y robustos sucumbieron,
-ella, enferma y endeble, se ha salvado. He aquí premiados dignamente mi
-amorosa solicitud y mis colosales esfuerzos. Esta tierna niña, que es
-todo mi amor, está hoy delante de mí alegrando mi vista y mi alma con
-el color de sus mejillas. Basta este espectáculo a consolarme de todas
-mis penas, y si me entristece la muerte es porque mi hija y yo nos
-separamos ahora. Dios lo permite así, porque ya ella no necesita de mis
-constantes cuidados, y la savia vital que milagrosamente ha adquirido
-le dará bríos para subsistir por sí sola, sin el apoyo de estas manos
-fatigadas, que reclama la tierra, ansiosa de carne.</p>
-
-<p>—Sr. D. Pablo —le dije dominando mi melancolía—, deseche usted esos
-tristes pensamientos, que son la primera y única causa de su mal; mande
-a la señora Sumta que traiga y aderece un par de chuletas, que ya las
-hay buenas en Gerona, sin ser de gato ni de ratón, y cómaselas en paz
-y en gracia de Dios, con lo cual, o mucho me engaño, o no habrá muerte
-que le entre en largos años.</p>
-
-<p>—Esto no va con chuletas, amigo Andrés. Mi cuerpo rechaza todo
-alimento, y no quiere más que morirse. Está echando a voces el alma,
-increpándola para que se vaya fuera de una vez.</p>
-
-<p>—Más consumidos y extenuados estaban otros, y sin embargo han
-vivido, y por ahí andan hechos unos robles. Y si no, ahí tenemos el
-ejemplo de Siseta, a quien dimos todos por muerta, y viva y sana está,
-gracias a Dios.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span>—¿Vive Siseta?
-—preguntó Nomdedeu con profundo interés y cierta exaltación que no pudo
-disimular.</p>
-
-<p>—Sí, señor: tan viva está como sus dos hermanos.</p>
-
-<p>—¿Estás seguro de ello?</p>
-
-<p>—Segurísimo.</p>
-
-<p>—¿Y no tiene heridas en su cuerpo gentil, ni golpes en su cabeza,
-ni rasguños en su piel, ni le falta brazo, pierna, dedo u otra parte
-alguna de su estimable persona?</p>
-
-<p>—No, señor: nada le falta —repuse jovialmente—, o al menos no tengo
-yo noticia de ello.</p>
-
-<p>—¿Y los muchachos, aquellos juguetones y traviesos rapaces, están
-vivos y sanos?</p>
-
-<p>—También, señor doctor, y todos muy deseosos de venir a ofrecer
-a usted sus respetos con la cortesía que les es propia, saltando y
-chillando.</p>
-
-<p>—¡Oh, loado sea Dios! —exclamó con cierto arrobamiento contemplativo
-el infortunado doctor.</p>
-
-<p>Dicho esto, permaneció un rato meditando u orando, que ambas
-funciones podían deducirse de su recogida y silenciosa actitud, y
-luego, reposadamente, me habló así:</p>
-
-<p>—Me has proporcionado indecible consuelo al darme noticias tan
-lisonjeras de la familia del Sr. Mongat, porque me atormentaba la
-sospecha y recelo, la terrible certidumbre de que yo había ocasionado
-un gran mal a esos muchachos y a su bondadosa hermanita, cuando después
-del lamentable accidente del pedazo de azúcar, entré en casa de Siseta.
-Mi hija iba<span class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span> a morir
-de inanición. Yo pedía a la señora Sumta que nos diera algo que comer,
-y la señora Sumta no nos daba nada. Yo pedía a Dios que enviase algo
-del cielo, y Dios tampoco quería enviarme nada. Siseta estaba allí;
-sus hermanos entraron haciendo ruido, y la insolente vitalidad que
-revelaban sus ágiles cuerpos despertó en mi alma un sentimiento que no
-te podré pintar, aunque por espacio de cien años te hable y agote todos
-los recursos de todas las lenguas conocidas. No: aquel sentimiento
-es una anomalía horrorosa en el ser humano, y solo es posible que
-exista durante cortísimos intervalos en días que muy rara vez contará
-el tiempo en su infinita marcha. Yo miraba a los chicos, yo miraba
-a su hermana, y sentía un insaciable y sofocante anhelo de hacerlos
-desaparecer de entre los seres vivientes. ¿Por qué, amigo mío? Esto
-sí que no sabré decírtelo, porque yo mismo no lo entiendo. No creas
-que conturbaba mi cerebro el repugnante instinto de la antropofagia:
-no, no es nada de eso. Era un sentimiento del linaje de la envidia,
-Andrés; pero mucho, muchísimo más fuerte: era el egoísmo llevado al
-extremo de preferir la conservación propia a la existencia de todo el
-resto de la humana familia; era una aspiración brutal a aislarme en
-el centro del planeta devastado, arrojando a todos los demás seres
-al abismo, para quedarme solo con mi hija; era un vivísimo deseo de
-cortar todas las manos que quisieran asirse a la tabla en que los dos
-flotábamos sobre las embravecidas olas. Pintar todo lo que yo odié en
-aquel momento<span class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span> a los
-dos hermanos y a la pobre muchacha, sería más difícil que pintarte los
-horrores del infierno, abrazando lo grande y lo pequeño, el conjunto
-y los pormenores de la mansión donde el hombre impenitente expía sus
-culpas. Cada inhalación de su aliento al respirar, me parecía un robo;
-cada átomo de aire que entraba en sus pulmones, un tesoro arrancado al
-conjunto de elementos vitales que yo quería reunir en torno mío y de mi
-hija. Los malditos se repartían un pedazo de pan, un pedacito de pan,
-Andrés, amasado con todo el trigo y con toda el agua de la creación,
-para mi regalo. En aquella crisis del egoísmo, yo no comprendía que el
-universo, con sus mil mundos, con sus inagotables recursos y prodigios,
-existiese para nadie más que para Josefina y para mí.</p>
-
-<p>Detúvose el doctor fatigado, y yo, queriendo apartar de su mente
-ideas que le hacían más daño que el mal físico, le dije:</p>
-
-<p>—Mande usted a paseo, Sr. D. Pablo, esas vanas imaginaciones que le
-están secando el cerebro. Siseta y sus hermanos están buenos, amigo,
-y yo le aseguro a usted que no se los ha comido. ¿A qué pensar más en
-eso?</p>
-
-<p>—Calla, Andrés, y déjame seguir —dijo reposadamente—. No son vanas
-imaginaciones lo que cuento, pues lo que yo sentía real existencia
-tenía dentro de mí. Me falta decirte que reconocí la horrible
-metamorfosis de mi espíritu, pues no puedo darle otro nombre, y me
-decía: «No, yo no soy yo. Dios mío, ¿por qué has consentido que yo sea
-otro?» Efectivamente,<span class="pagenum" id="Page_210">p. 210</span>
-yo no era yo. ¡Qué horrorosas lobregueces rodeaban los ojos de mi
-espíritu, así como los de mi cuerpo!... Aquellos condenados chicos
-estaban comiendo, Andrés; llevaban a la boca unos pedazos de pan, y
-delante de mí tenían la audacia de ofrecer una parte a su hermana.
-¡Cómo quieres tú que esto viera impasiblemente quien dentro tenía,
-difundidos por su sangre y haciendo cabriolas en las sutiles cuerdas
-de sus nervios, los millares de demonios que yo llevaba conmigo! Al
-ver cómo mordían con sus insolentes dientecillos; al verles tragar
-con tanta desvergüenza, duplicose en mí el furor contra ellos y les
-increpé, diciéndoles no estar dispuesto a consentir que nadie viviese
-delante de mí. Andrés, amigo; Andrés de mi corazón, yo tomé un cuchillo
-y lo esgrimía, como quien intenta matar moscas a estocadas; corría
-hacia ellos, corría hacia Siseta y la señora Sumta; pero en mi salvaje
-insensatez no me faltaba un pensamiento humano que me detuviese en los
-arranques brutales de aquel desbordado apetito de matar. Los chicos,
-que de improviso salieron, regresaron con otros de su edad, y sus
-chillidos y provocativas risas me enardecieron más. Desde entonces mis
-ojos nublados no vieron más que sangrientos objetos; entrome un delirio
-salvaje, durante el cual sentía detestable complacencia en herir acaso
-en el vacío, descargando golpes a todos lados contra cuerpos que me
-rodeaban y azuzaban sin cesar. Creo que después de dar vueltas por
-la casa, salí a la calle, y mi brazo vengativo iba destruyendo en
-imaginarios cuerpos<span class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span>
-a toda la familia humana. Hablaba mil inconexos desatinos; contemplaba
-con gozo a los que creía mis víctimas; buscaba la soledad, insultando a
-cuantos se me ofrecían al paso; pero la soledad no llegaba nunca, pues
-de cada víctima surgían nuevos cuerpos vivos que me disputaban el aire
-respirable, la luz y cuantos tesoros de vida hermosean y enriquecen
-el vasto mundo... No sé qué habría sido de mí si unos frailes no me
-hubieran sujetado en la calle de Ciudadanos, llevándome a cuestas largo
-trecho. ¡Ay, amigo mío! En mi cerebro, que era una masa de bullidoras
-burbujas, cual si hirviera puesto al fuego, retumbaron estas palabras:
-«Es lástima que el Sr. Nomdedeu se haya vuelto loco.» Y al recoger
-esta idea, mi alma pareció disponerse a recobrar su perdido asiento.
-Luego los frailes dijeron: «Démosle un poco de estas lonjas de cuero
-de sillón que hemos cocido, a ver si se repone...» Les pregunté por mi
-hija, y respondiéronme que no tenían noticia de las hijas de nadie.
-Encontreme con un poco de fuerza regular, no exaltada y anómala como
-la que me había impulsado a tantos disparates, y quise marchar a mi
-casa... Caí al suelo... perdí el cuchillo... una monja me ofreció su
-brazo y llegué a mi casa. Ni Siseta, ni sus hermanos, ni Josefina,
-ni la señora Sumta estaban ya allí. Las monjas me dieron un poco de
-corcho frito, que no pude comer, y les pregunté por mi hija. Todo lo
-que había pasado se me presentó como los recuerdos de un sueño; pero
-aunque adquirí el convencimiento de no haber extinguido todo<span
-class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span> el linaje de los nacidos,
-no estaba seguro de la invulnerabilidad de mis ciegos golpes. «Yo he
-matado algo,» me dije para mí; y esta idea me causaba hondísima pena.
-Me reconocía como yo mismo exclamando: «Pablo Nomdedeu, ¿fuiste tú
-quien tal hizo?»</p>
-
-<p>—Basta ya, amigo mío —dije interrumpiéndole, al advertir que los
-recuerdos de sus locuras empeoraban al buen doctor—. Más adelante
-nos contará usted tan curiosas novedades. Ahora procure descabezar
-un sueño, entre tanto que la señora Sumta adereza las chuletas
-consabidas.</p>
-
-<p>—Calla, Andrés, y no quieras gobernar en mí —repuso—. Yo dormiré
-cuando lo tenga por conveniente. Déjame concluir, que ya no falta
-mucho. Los enfermeros del hospital fueron los que me proporcionaron
-algún alimento que se podía comer, con lo cual me encontré
-relativamente bien, y pude salir en busca de mi hija. Ya sabes cómo
-la encontré al fin, y lo que le aconteció. Por mi parte, hijo, yo
-mismo, después de la horrorosa crisis que había pasado, me espantaba
-de verme asistiendo enfermos que sin duda lo estaban menos que yo, y
-heridos que no tenían llagas tan terribles en su cuerpo como la que
-yo tenía en el alma. ¡Ay, Andrés! Nomdedeu estaba herido de muerte.
-Las penas sufridas con tanta paciencia desde mayo, me han labrado este
-profundo mal que ahora siento y que me llevará dentro de poco al seno
-de Dios. Me admiro de haber resistido tanto, y digo que tuve fuerza de
-cien hombres. No, uno solo es incapaz de tanto.<span class="pagenum"
-id="Page_213">p. 213</span> D. Mariano Álvarez tenía para resistir el
-estímulo de la gloria y del agradecimiento patrio; yo no he tenido ante
-mí sino espectáculos lastimosos y un porvenir oscuro. El esfuerzo ha
-sido grande; la tensión, inmensa: por eso la cuerda se ha roto, y me
-voy, me voy, hija mía, Andrés, señora Sumta y demás presentes. Bastante
-he hecho. El que crea haber hecho más, que levante el dedo.</p>
-
-<p>Josefina y la señora Sumta lloraban, y yo, cuando el enfermo calló,
-procuraba consolarle con tiernas palabras. Poco más tarde fueron a
-verle Siseta y sus hermanos, con cuya visita pareció muy complacido el
-enfermo, y a todos prodigó cariños y congratulaciones, obsequiándoles
-con una excelente comida. Después se durmió, y al caer de la noche,
-hora en que por encargo suyo volvió el escribano acompañado de tres
-personas de la intimidad de D. Pablo, este nos llamó a todos diciendo
-que iba a dictar su testamento, el cual hizo en regla, nombrando por
-heredera de casi todos sus bienes a su hija Josefina, con una cláusula,
-sobre la cual debo llamar a ustedes la atención, para que conozcan la
-generosidad de aquel ejemplar sujeto. Además de que el doctor dejaba
-a Siseta y sus hermanos los veinticuatro alcornoques que tenía en la
-parte de Olot, dispuso que en caso de morir sin sucesión la señorita
-Josefina, pasase el total de los bienes a Siseta y sus hermanos,
-recomendando a aquella y a esta que viviesen juntas para perpetuar la
-amistad y buenos servicios de que la infeliz enferma había sido objeto
-por<span class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span> parte de los
-míos durante el sitio. La fortuna del doctor era harto exigua, pues
-la finca de Castellá, devastada por los franceses, valía bien poco, y
-lo demás consistía en diversos grupos de alcornoques diseminados por
-la comarca ampurdanesa y en sitios a los cuales los herederos no se
-aventurarían a emprender viaje por saber el corcho de que eran dueños.
-También a mí y a la señora Sumta nos dejó varias mandas, aunque la mía
-más era honorífica que de provecho, por consistir en el Diario de las
-peripecias del sitio, redactado de puño y letra por el mismo doctor. El
-ama de gobierno pescó todos los muebles y ropas que de la casa pudieron
-salvarse.</p>
-
-<p>Luego que el testamento fue hecho, administraron al enfermo el Santo
-Viático, y cumplida esta ceremonia, quedose Nomdedeu muy postrado,
-hablando poco y con dificultad, mirándonos a ratos con estúpido
-asombro y cerrando después los ojos para entregarse a un inquieto
-sueño. Exceptuando Manalet, que se durmió en el suelo, todos velamos,
-dispuestos a asistirle con la mayor solicitud y esmero; pero el infeliz
-D. Pablo no necesitó largo tiempo de nuestra asistencia. Cerca de la
-madrugada abrió los ojos, llamó a su hija, y abrazándola tiernamente,
-le habló así:</p>
-
-<p>—¿Te quedas tú, hija mía? ¿Te quedas aquí cuando yo me voy? ¿De modo
-que no te veré más? Entonces toda la eternidad será infierno para mí...
-Josefina, ven, sígueme, ponte el manto, que nos vamos. Mi hija no se
-apartará de mí ni un solo momento... Después de<span class="pagenum"
-id="Page_215">p. 215</span> pasar juntos las grandes penas, ¿hemos de
-separarnos cuando todo ha concluido? No, Josefina. Vámonos juntos, o
-nos quedaremos aquí, en Castellá. Paseemos por nuestra huerta viendo
-cómo van saliendo los pepinos, y no nos cuidemos de lo que pasa en
-Gerona. Mira qué tomates, hija, y observa cómo van tomando color esos
-pimientos... ¿Ves? Por ahí viene la señora Pintada pavoneándose con
-sus diez y ocho pollos: entre ellos hay seis patitos, que son los más
-guapos, los más salados y los más monos de todos. Llegan al estanque, y
-sin que la madre pueda impedirlo con cacareadas amonestaciones... ¡zas!
-al agua todos. Mira cómo se asusta la señora Pintada y los llama. Pero
-ellos... sí, que si quieres... Hija mía, los perales no pueden con más
-peras: algunas están maduras. ¿Pues y los melocotones? Me parece que
-la cabra ha mordido en las matas de estas remolachas... ¡pero quia!
-¡si es Dioscórides, el burro de nostramo Mansió! Míralo, allí está
-haciendo de las suyas. ¡Eh, fuera! Le llamo Dioscórides por lo grave
-y sesudo. El gran sabio de la antigüedad me perdone... ¿Has visto las
-palomas, Josefina? Veamos si anoche se han comido las ratas algunos
-huevos de los que aquellas están sacando... ¡Eh, nostramo Mansió, que
-Dioscórides se come la huerta! Amárrelo usted... El pobre hortelano
-no me oye... ¿Qué ha de oír si está limpiándole las babas a su nieta?
-Ven acá, Pauleta: toma la mano de Josefina, y vamos a ordeñar la vaca.
-¡Qué hermoso está el ternerillo! No acercarse mucho, que el otro día
-dio una cornada a nostramo...<span class="pagenum" id="Page_216">p.
-216</span> A ver, Josefina: trae el cántaro. Mansió dice que yo no sé
-hacer esta maniobra, y yo le desafío a él y a todos los nostramos de
-la comarca a que hagan mejor que yo esta operación del ordeñar. No
-temas, Esmeralda, no te hago daño: pisch, pisch... Esta atmósfera del
-establo te sienta muy bien, hija, y a mí me agrada en extremo... Ya
-viene tranquila, dulce, grave, amorosa y callada la incomparable noche,
-en cuyo seno tan bien reposa mi alma. ¿Oyes las ranas, que empiezan
-a saludarse diciéndose: <i>¿Cómo estáis? Bien, ¿y vos?</i> ¿Oyes los
-grillos disputando esta noche sobre el mismo tema de anoche? ¿Oyes el
-misterioso disílabo del cuco, que parece la imagen musical más perfecta
-de la serenidad del espíritu? Ya vienen los labradores del trabajo.
-¡Con qué gusto alargan los bueyes su hocico adivinando la proximidad
-del establo! Oye los cantos de esos gañanes y de esos chicos, que
-vuelven hambrientos a la cabaña. Ahí los tienes. Mira cómo rodean a
-la abuela, que ya ha puesto el puchero a la lumbre. El humo de los
-techos, formando esbeltas columnas sobre el cielo azul, discurre luego,
-y vaporosamente se extiende a impulsos del suave viento que viene
-de la montaña a jugar en las copas de estos verdes olmos, de estas
-oscuras encinas, de estos lánguidos sauces, de estos flacos chopos,
-cuyas charoladas hojas brillan con las últimas luces de la tarde... La
-oscuridad avanza poco a poco, y el cielo profundo ofrece sobre nuestras
-cabezas un tranquilo mar al revés, por cuyo diáfano cristal en vano
-tratamos de lanzar la vista<span class="pagenum" id="Page_217">p.
-217</span> para distinguir el fondo. ¡Oh! quedémonos aquí, hija mía,
-y no nos separemos ni salgamos más de este lugar delicioso. Todo
-está tranquilo: los cencerros de las ovejas suenan con grave música
-a lo lejos; el cuco, el grillo y la rana no han acabado aún de poner
-en claro la cuestión que les tiene tan declamadores. El viento cesa
-también, cierra los ojos, extiende los brazos y se duerme. Ya no
-humean los techos; Esmeralda se echa sobre la fresca yerba, y su hijo,
-abrigándose junto a ella, hociquea buscando en el seno materno lo que
-nosotros hemos dejado. Nostramo Mansió duerme también, y Dioscórides,
-escondiendo el ojo brillante bajo la negra ceja, sumerge el cerebro en
-profundo sopor. Las palomas han dejado de arrullarse, los conejos se
-esconden en sus guaridas, meten los pájaros bajo el ala la inteligente
-cabeza, y la señora Pintada se retira pausadamente al corral con sus
-diez y ocho hijos, incluso los patos, que van dejando en el suelo la
-huella de sus palmas mojadas. El mundo reposa, hija; reposemos nosotros
-también. El cielo está oscuro. Todo está oscuro y no se ve nada. Mi
-espíritu y el tuyo anhelaban ha tiempo esta profunda tranquilidad por
-nadie ni por nada turbada. Reposemos; no hay sol ni luna en el cielo,
-y solo el lucero nos envía una luz que viene recta hasta nosotros como
-un hilo de plata. Míralo, Josefina, y descansa tu frente en mi hombro.
-Yo reposaré mi cabeza sobre la tuya, y así nos dormiremos apoyados el
-uno en el otro. Todo ha callado y no se ve más que el lucero... ¿Lo
-ves?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span>Después de esto,
-nada más dijo en este mundo el Sr. Nomdedeu.</p>
-
-<p>Algún tiempo después de espirar, nos costó gran trabajo desasir de
-los brazos helados del doctor a su desconsolada hija, cuyo estado era
-tan lastimoso que daba ocasión a augurar una segunda catástrofe.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch24">
- <h2 class="nobreak g0">XXIV</h2>
-</div>
-
-<p>Adiós, señores; me voy a Francia, me llevan. Los sucesos que he
-referido habíanme hecho olvidar que era prisionero de guerra, como los
-demás defensores de la plaza, y era forzoso partir. Solamente en razón
-de mi enfermedad me fue permitido, como a otros muchos, el permanecer
-allí desde el 10 hasta el 21, de modo que con el mal acababa la dulce
-libertad.</p>
-
-<p>Adiós, señores; me voy, adiós, pues tanta prisa me daba aquella
-canalla, que no digo para despedirme de mis caros oyentes, pero ni aun
-para abrazar a Siseta y sus hermanos me alcanzaba el breve tiempo de
-que disponía. Notificada la marcha, nos señalaron hora, nos recogieron,
-y haciéndonos formar en fila, camina que caminarás, a Francia. Los
-castigos impuestos por contravenir el programa de circunspección que
-nos habían recomendado, eran: la pena de muerte para el conato<span
-class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span> de fuga; cincuenta palos
-por hablar mal de José Botellas, cantar el <i>dígasme tú, Girona</i>, o
-nombrar a D. Mariano Álvarez.</p>
-
-<p>—Adiós, Siseta; adiós, Badoret y Manalet, cara esposa y hermanitos
-míos. Cuidado con lo que os he advertido. El prisionero os escribirá
-desde Francia, si antes no logra burlar la vigilancia de sus crueles
-carceleros. Adiós. No os mováis de aquí, mientras yo no os lo mande,
-ni penséis por ahora en tomar posesión de vuestros alcornoques, que
-eso y mucho más se hará más adelante. Acompañad a la desgraciada hija
-del gran D. Pablo, y alegrad sus tristes horas. Adiós: dad otro abrazo
-a Andrés Marijuán, a quien llevan preso a Francia por haber defendido
-la patria. Tengo confianza en Dios, y el corazón me dice que no he de
-dejar los huesos en la tierra de los <i>cerdos</i>. Ánimo: no lloréis,
-que el que ha escapado de las balas, también escapará de las prisiones,
-y, sobre todo, no es de personas valerosas el lagrimear tanto por un
-viaje de pocos días. Salud es lo que importa, que libertad... ella sola
-se viene por sus pasos contados, sin que nadie lo pueda impedir. Adiós,
-adiós.</p>
-
-<p>Así les hablaba yo al despedirme, y por cierto que carecía
-completamente del ánimo y entereza que a los demás recomendaba,
-faltándome poco para dar al traste con mi seriedad; pero convenía
-en aquella ocasión blasonar de hombre de hierro. Mi gravedad era
-ficticia, y no hay heroísmo más difícil que aquel que yo intentaba al
-despedirme de Siseta y sus hermanos. La verdad es que tenía el corazón
-oprimido,<span class="pagenum" id="Page_220">p. 220</span> como si
-mano gigantesca me lo estrujara para sacarle todo su jugo.</p>
-
-<p>Siseta se quedó en la calle de la Neu, agobiada por profunda
-aflicción; Badoret y Manalet me acompañaron hasta más allá de Pedret,
-y no fueron más adelante porque se lo prohibí, temiendo que con la
-oscuridad de la noche se extraviaran al regresar. Salimos, pues, en la
-noche del 21. Delante iba, rodeado de gendarmes a caballo, el coche en
-que llevaban a D. Mariano Álvarez; seguían los oficiales, entre los
-cuales estaba mi amo; dos o tres asistentes completábamos el primer
-grupo de la comitiva. Más atrás marchaba toda la clase de tropa,
-soldados convalecientes de heridas o de epidemia en su mayor parte. La
-procesión no podía ser más lúgubre, y el coche del Gobernador rodaba
-despaciosamente. No se oía más que lengua francesa, que hablaban en
-voz alta y alegre nuestros carceleros. Los españoles íbamos mudos y
-tristes.</p>
-
-<p>Hicimos alto en Sarriá, donde se nos agregaron los frailes que
-habían salido antes que nosotros con el mismo destino, y con Sus
-Paternidades a la cabeza nada faltó para que la comitiva pareciese
-un jubileo. Daba lástima verlos, porque si entre ellos había jóvenes
-robustos y recios que resistían el rigor de la penosa jornada, no
-faltaban ancianos encorvados y débiles que apenas podían dar un paso.
-La gendarmería les arreaba sin piedad, y lo más que se les concedió
-fue que alguno de nosotros les ofreciera apoyo llevándoles del brazo.
-El Padre Rull sofocaba su impetuosa cólera, y<span class="pagenum"
-id="Page_221">p. 221</span> marchando delante de todos con resuelto
-paso, revolvía sin duda en su mente proyectos de venganza. Los legos,
-que cargaban repletas alforjas, repartían graciosamente en cada
-descanso raciones de pan, queso, frutas secas y algún vino, de lo cual
-algo se rodaba siempre hacia la parte seglar de la caravana, aunque no
-mucho. Algunos gendarmes franceses, más humanos que sus jefes, también
-nos ofrecían no poca parte de sus víveres.</p>
-
-<p>De este modo llegamos a Figueras a las tres de la tarde del 22,
-y sin permitirle descanso alguno, fue el Gobernador enviado al
-castillo de San Fernando. Frailes y soldados quedaron en el pueblo,
-y solamente subimos con aquel los del servicio del propio General o
-de sus ayudantes. Marchamos todos tras el coche, y al entrar en la
-fortaleza, la debilidad de D. Mariano era tal, que tuvimos que sacarle
-en brazos para transportarle de la misma manera al pabellón que le
-habían destinado, el cual era un desnudo y destartalado cuartucho sin
-muebles. Entró el héroe con resignación en aquella pieza, y echose
-sin pronunciar queja alguna sobre las tablas, que a manera de cama le
-destinaron. Los que tal veíamos, estábamos indignados, no comprendiendo
-tan baja e innoble crueldad en militares hechos ya de antiguo a tratar
-enemigos vencidos y rivales poderosos; pero callábamos por no irritar
-más a los verdugos, que parecían disputarse cuál trataba peor a la
-víctima. Luego que se instaló, trajeron al enfermo una repugnante
-comida, igual al rancho de los soldados de<span class="pagenum"
-id="Page_222">p. 222</span> la guarnición; pero Álvarez, calenturiento,
-extenuado, moribundo, no quiso ni aun probarla. De nada nos valió pedir
-para él alimentos de enfermo, pues nos contestaron bruscamente que
-allí no había nada mejor, y que si durante el cerco habíamos sido tan
-sobrios, comiésemos entonces lo que había.</p>
-
-<p>Con la resignación y entereza propias de su grande alma, resistió
-Álvarez estas miserias y bajas venganzas de sus carceleros; y solo le
-vimos inmutado cuando el Gobernador del castillo, que era un soldadote
-de mediana graduación, brusco, fatuo y muy soplado, empezó a dirigirle
-impertinentes preguntas. La insolencia de aquella canalla nos tenía
-ciegos de ira, pues no solo el Gobernador de la plaza, sino oficialejos
-de la última escala, se atrevían a hacer preguntas tontas e importunas
-a nuestro héroe, que ni siquiera les hacía el honor de mirarles.</p>
-
-<p>Las preguntas eran, no solo contrarias a la cortesía, sino al
-espíritu militar, pues en todas ellas se le pedía cuenta a nuestro jefe
-del gran crimen de haber defendido hasta la desesperación la ciudad que
-el Gobierno de su patria le había confiado. No parecían militares los
-que con insultos y burlas groseras mortificaban al hombre de más temple
-que en todo tiempo se pusiera delante de sus armas. Álvarez, siempre
-caballero, aun en presencia de gente de tal ralea, les respondió
-sencillamente:</p>
-
-<p>—«<i>Si ustedes son hombres de honor, hubieran hecho lo mismo en mi
-lugar.</i>»</p>
-
-<p>Tan sublime concepto no lo comprendían la mayor parte,<span
-class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span> y solamente algunos
-oficiales distinguidos, penetrándose del indigno papel que estaban
-haciendo, se apresuraron, después de la respuesta del General, a poner
-fin al denigrante interrogatorio.</p>
-
-<p>Mi amo enviome al instante al pueblo en busca de carne para aderezar
-la comida del enfermo, y gracias a mi prontitud y diligencia, pronto
-pudimos servirle una comida mediana. Delante de los franceses, que nos
-negaban todo auxilio, Satué puso el puchero, soplaba el fuego otro
-oficial español, y convertidos todos en cocineros, nos disputábamos,
-chicos y grandes, el honor de asistir al enfermo. Pasó bien la noche;
-pero serían las dos de la madrugada, cuando con estrépito llamaron a
-la puerta del pabellón, diciéndonos que nos dispusiéramos a seguir el
-viaje a Francia. Álvarez, que dormía profundamente, despertó al ruido,
-y enterado de la continuación de la jornada, dijo sencillamente:</p>
-
-<p>—Vamos allá.</p>
-
-<p>Quiso incorporarse sobre las tablas en que con nuestros capotes le
-habíamos arreglado un mal lecho, y no pudo...¡Tan agotadas estaban
-sus fuerzas!... Pero en brazos le llevamos nosotros al coche, y con
-un frío espantoso, azotados por la lluvia de hielo y pisando la nieve
-que cubría el camino, emprendimos el de la Junquera. Una precaución
-ridícula habían añadido los franceses a las que antes tomaran para
-custodiarnos. Esto hace reír, señores. Además de la fuerte escolta
-de caballos, sacaron también de Figueras dos piezas de artillería,
-que iban detrás de nosotros, amenazándonos constantemente. Es<span
-class="pagenum" id="Page_224">p. 224</span> que su recelo de que nos
-escapásemos era vivísimo, y con ninguna de las cautelas ordinarias
-creían segura la persona de D. Mariano Álvarez, inválido y casi
-moribundo. Éramos muy pocos en aquella segunda jornada, porque los
-frailes y la tropa quedáronse en Figueras hasta el amanecer. Ignoro
-si para tener a raya las fogosidades del Padre Rull, se pertrecharon
-también con un par de baterías de campaña y algunos regimientos de
-línea.</p>
-
-<p>En la Junquera nos detuvimos muy poco tiempo; siguiendo luego por
-Francia adelante, llegamos a Perpiñán a las siete de la noche del
-mismo día 23, y después de detenernos en casa del Gobernador, nos
-llevaron al Castillet, fortaleza de ladrillo, de airosa vista, obra del
-Rey D. Sancho, la cual habrán visto cuantos hayan estado en aquella
-ciudad. Sin más ceremonias, destinaron para habitación de Álvarez un
-tenebroso aposento a manera de calabozo, con más humedades que muebles,
-y tan lóbrego y sucio, que el mismo D. Mariano, a pesar de su temple
-resignado y fuerte, no pudo contenerse, y exclamó con indignación:</p>
-
-<p>—«<i>¿Es este sitio propio para vivienda de un General? ¿Y son
-ustedes los que se precian de guerreros?</i>»</p>
-
-<p>El alcaide, que era un bárbaro, alzó los hombros, pronunciando
-algunas palabrotas francesas, que me pareció querían decir poco más o
-menos:</p>
-
-<p>—Es preciso tener paciencia.</p>
-
-<p>Luego, dirigiéndose a los de la comitiva, aquel caritativo personaje
-nos dijo que estaba dispuesto a darnos de comer lo que quisiéramos,
-pagándolo previamente<span class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span>
-en buena moneda española. La moneda española ha sido siempre muy bien
-recibida en todo país donde ha habido manos. Dándole las gracias,
-pedímosle lo que nos pareció más necesario, y aguardamos la cena,
-aposentados todos en la inmunda pocilga. Nuestro primer cuidado fue
-improvisar con los capotes una cama para nuestro Gobernador, cuya
-fatiga y debilidad iban siempre en aumento. El cancerbero volvió al
-poco rato con unos manjares tan mal guisados, que no se podían comer,
-lo cual no fue parte a impedir que nos lo cobrase a peso de oro; pero
-se los pagamos con gusto, suplicándole, unos en mal francés y otros
-en castellano, que nos hiciera el favor de no honrarnos más con su
-interesante presencia.</p>
-
-<p>Pero él, o no entendió, o quiso mostrarnos todo el peso de su
-impertinencia, y a cada cuarto de hora venía a visitarnos, poniéndonos
-ante los ojos, que en vano querían dormir, la luz de una deslumbradora
-linterna. Esto mortificaba a todos; pero principalmente al enfermo,
-que por su estado necesitaba reposo y sueño, y así se lo dijimos al
-alcaide, añadiéndole que como no pensábamos fugarnos, podía eximirnos
-de sus repetidos reconocimientos. Él nos respondía con amenazas soeces;
-quedábamos luego a oscuras, y nos vencía el dulce sueño; pero no
-habíamos transportado los umbrales de esta rica y apacible residencia
-del espíritu, cuando la luz de la linterna volvía a encandilar nuestros
-ojos, y el alcaide nos tocaba el cuerpo con su pata para cerciorarse
-por la vista y el tacto de que estábamos allí.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_226">p. 226</span>Satué, furioso y
-fuera de sí, me dijo en uno de los pequeños intervalos en que estábamos
-solos:</p>
-
-<p>—Si ese bestia vuelve con la linterna, se la estrello en la
-cabeza.</p>
-
-<p>Pero D. Mariano calmó su arrebato, condenando una imprudencia que
-podía ser a todos funestísima. La noche fue, por tanto, y merced a
-las visitas del alcaide, penosa y horrible. Por la mañana nos hizo
-el honor de visitarnos el comandante de la plaza, el cual habló
-largamente con Álvarez, tratándole con cierta benevolencia cortés que
-nos agradó; mas luego hizo recaer la conversación sobre un suceso de
-que no teníamos noticia, y allí dio rienda suelta a las groserías y los
-insultos. Parece que algunos oficiales de los trasladados a Francia
-inmediatamente después de la rendición de Gerona, se habían fugado, en
-lo cual obraron cuerdamente, si padecieron el martirio de la linterna
-del señor alcaide. Al hablar de esto, el comandante les prodigó delante
-de nosotros vocablos harto denigrantes, añadiendo:</p>
-
-<p>—Pero por fortuna hemos pescado a once de los prófugos, y han sido
-arcabuceados hace dos días. Buscamos a los demás.</p>
-
-<p>Álvarez se sonrió, y dijo:</p>
-
-<p>—«<i>¿Conque volaron, eh?...</i>»</p>
-
-<p>Y en su rostro por un instante dibujose ligera expresión festiva.
-A pesar de que el comandante de Perpiñán no era hombre de mieles,
-prometió a Álvarez dejarle descansar todo aquel día, poniendo freno
-a las importunidades del de la candileja, y nos dispusimos para
-dormir; pero ¡ay! estábamos destinados a nuevos tormentos, entre los
-cuales<span class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span> el mayor era
-presenciar cómo padecía en silencio, sin hallar alivio en sus males ni
-piedad en los hombres, el más fuerte y digno de los españoles de aquel
-tiempo; estábamos entre gente que hacía punto de honra el mudar las
-coronas del heroísmo en coronas de martirio sobre la frente del que no
-se abatió, ni se dobló, ni se rompió jamás mientras tuvo un hálito de
-vida que sostuviera su grande espíritu.</p>
-
-<p>Serían, pues, las diez de la mañana, cuando el alcaide nos hizo ver
-su cara redonda, encendida y brutal, de rubios pelos adornada, y aunque
-por la claridad del día venía sin linterna, demostronos desde sus
-primeras palabras que no venía a nada bueno. Díjonos aquel simpático
-pedazo de la humanidad que nos dispusiéramos a salir todos; y como le
-indicáramos que el enfermo, a causa de la horrorosa fiebre, no podía
-moverse, repuso que vendría quien le hiciese mover. D. Mariano nos dio
-el ejemplo de la resignación, incorporándose en su lecho y pidiendo
-su sombrero. Le levantamos en brazos; trató de andar por su propio
-pie, mas no siéndole posible, le condujimos fuera del aposento, y
-bajamos todos en triste procesión, mudos y abrumados de pena. Fuera del
-castillo vimos dos filas de gendarmería indicándonos el camino hacia
-la muralla, y la curiosa multitud nos contemplaba con lástima. Aquel
-espectáculo no podía ser más triste, y con el alma oprimida y llena de
-angustia dije para mí: «Nos van a fusilar.»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch25">
- <p><span class="pagenum" id="Page_228">p. 228</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXV</h2>
-</div>
-
-<p>¡Oh, qué trance tan amargo, y qué horrenda hora! Eso de que a sangre
-fría le quiten a uno la preciosa existencia, lejos de la patria,
-ausente de las personas queridas, sin ojos que le lloren, en soledad
-espantosa y entre gente que no ve en ello más que la víctima inmolada
-a los intereses militares, es de lo más abrumador que puede ofrecerse
-a la contemplación del espíritu humano. Yo miraba aquel cielo, y no
-era como el cielo de España; yo miraba la gente, oía su lengua extraña
-modulando en conjunto voces incomprensibles, y no era aquella gente
-tampoco como la gente de acá. Sobre todo, Siseta no estaba allí, y el
-vacío de su ausencia no lo habrían llenado cien vidas otorgadas en
-cambio de la que me iban a quitar. Me ocurrió protestar contra aquella
-barbarie, gritando y defendiéndome contra miles de hombres; pero la
-realidad de mi impotencia me aplastaba con formidable pesadumbre. Dejé
-de ver lo que tenía ante los ojos, y mi intensa congoja me hizo llorar
-como una mujer. Mostraban entereza mis compañeros; pero ellos no habían
-dejado en Gerona ninguna Siseta.</p>
-
-<p>Al llegar a la muralla, vimos formados en fila a los frailes y
-soldados que nos habían seguido.<span class="pagenum" id="Page_229">p.
-229</span> Algunos legos y ancianos lloraban; pero el Padre Rull
-despedía llamas de sus negros y varoniles ojos. En tan supremo trance,
-el fraile patriota, rabiando de enojo contra sus verdugos, había
-olvidado la principal página del Evangelio. Nos pusieron también a
-nosotros en fila, y la persona de Álvarez fue confundida entre los
-demás sin consideración a su jerarquía. Permanecimos quietos largo
-rato, ignorando qué harían de nosotros, en terrible agonía, hasta que
-apareció un oficialejo barrigudo, que con un papelito en la mano nos
-iba nombrando uno por uno. Tanto aparato, la cruel exhibición ante el
-populacho, el despliegue de tan colosales fuerzas contra unos pobres
-enfermos muertos de hambre, de cansancio y de sueño, no tenía más
-objeto que pasar lista. ¡Ay! Cuando adquirí la certidumbre de que no
-nos fusilaban, los franceses me parecieron la gente más amable, más
-caritativa y más humana del mundo.</p>
-
-<p>Volvimos al castillo, donde hallamos una gran novedad. El aposento
-donde pasamos la noche se había considerado como un gran lujo de
-comodidades para estos pícaros <i>insurgentes y bandidos</i>, que tan
-heroicamente defendieron la plaza de Gerona, y nos destinaron a una
-lóbrega mazmorra sin aire, empedrada de guijarros agudísimos, entre
-cuyos huecos se remansaban fétidas aguas. Doble puerta con cerrojos
-muy fuertes la cerraba, y un mezquino agujero abierto en el ancho muro
-dejaba entrar solo al mediodía un rayo de luz, insuficiente para que
-nos reconociésemos las caras.<span class="pagenum" id="Page_230">p.
-230</span> Protestamos; el mismo Álvarez reprendió ásperamente al
-alcaide; pero este ni aun siquiera tuvo la dignación de contestarnos
-otra cosa más que la oferta de servirnos una buena comida, si se la
-pagábamos bien. El ilustre enfermo se empeoraba de hora en hora, y
-desde aquel día comprendimos que se nos iba a morir en los brazos,
-si no se instalaba en lugar más higiénico. Haciendo un esfuerzo el
-mismo Álvarez, escribió una carta al General Augereau, notificándole
-los malos tratamientos de que era objeto; pero no tuvo contestación.
-Y seguía lo de la linterna por la noche, en cuya obra caritativa se
-esmeraba el maldito francés regordete y rubio, amén de robarnos con
-la perversa cena que nos ponía. Si el Gobernador necesitaba alguna
-medicina, no había fuerzas humanas que la hiciesen traer, por temor de
-que se envenenara, y registrándonos escrupulosamente, fuimos despojados
-de todo instrumento cortante para evitar que tratásemos de poner fin a
-aquella deliciosa vida con que nos regalaban.</p>
-
-<p>En aquella inmunda pocilga estuvimos hasta que concluyó con
-diciembre el funestísimo año 9, enfermos todos, y más que enfermo,
-moribundo el gran Álvarez, que al resistir tan fuertes padecimientos,
-mostró tener el cuerpo tan enérgico y vigoroso como el alma. Durante
-las largas y tristes horas, departía con nosotros sobre la guerra,
-contábanos su gloriosa historia militar, y nos infundía esperanza y
-bríos, augurando con elevado discernimiento el glorioso fin de la lucha
-con los franceses y<span class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span>
-el triunfo de la causa nacional. Su extraordinario espíritu, superior
-a cuanto le rodeaba, sabía abarcar los acontecimientos con segura
-perspicacia, y oyéndole, oíamos la voz poderosa de la patria que
-llegaba al calabozo excavado en extranjero suelo.</p>
-
-<p>Al fin, nuestro doloroso encierro en aquella mazmorra donde
-nos consumíamos, viendo extinguirse la noble vida del defensor de
-Gerona, tuvo fin una noche en que el alcaide entró a decirnos que nos
-vistiéramos a toda prisa porque nos iban a internar en Francia. Esta
-noticia, a pesar de alejarnos de España, nos produjo inmensa alegría,
-porque ponía fin al encierro, y no aguardamos a que la repitiese el
-panzudo hombre de la linterna, demostrándole de diversos modos el gran
-gusto que sentíamos por perderle de vista, lo mismo que a su aparato.
-Nos sacaron de Perpiñán con numerosa escolta, y con nosotros iban los
-frailes. El jefe de la gendarmería dio orden de fusilar a todo señor
-fraile que tratase de huir, y nos pusimos en marcha.</p>
-
-<p>Pero en este viaje la Providencia nos deparó un hombre generoso
-y caritativo que, a escondidas de los franceses, sus compatriotas,
-prodigó al ilustre enfermo solícitos cuidados. Era el mismo cochero
-que le conducía, el cual, condolido de sus males, e ignorando que
-fuese un héroe, mostró sus cristianos sentimientos de diversos modos.
-Agradecidos de su bondad, quisimos recompensarle; pero no consintió
-en admitir nada, y como los gendarmes le mandaran que avivase el paso
-de las caballerías<span class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span>
-para marchar más a prisa, él, sabiendo cuánto daño hacía al paciente
-la celeridad de la carrera, fingió enfermedades en el escuálido ganado
-y desperfectos en el viejo coche para justificar el tardo paso con que
-andaba. Todos los de a pie, que éramos los más, le agradecimos en el
-alma la pereza de su vehículo.</p>
-
-<p>Después de descansar un poco en Salces, hicimos noche en Sitjans,
-y nunca a tal punto llegáramos, porque haciendo bajar de su coche al
-General, le aposentaron con los demás de su séquito en una caballeriza
-llena de estiércol, y donde no había cama ni sillas, ni nada que se
-pareciese a un mueble, siquier fuese el más mezquino y pobre. Agotada
-la paciencia ante tanta infamia, y viendo cuán poco adecuado era aquel
-inmundo sitio para quien por su categoría, y además por su lastimoso
-estado, tenía derecho a todas las consideraciones, no pudimos contener
-la explosión de nuestro enojo, y con durísimas palabras increpamos
-al jefe de la gendarmería. Este, después de amenazarnos, pareció
-aplacarse, comprendiendo sin duda la justicia de nuestra reclamación,
-y al fin, después de vacilar, vino a decir en suma que el alojamiento
-no era cuenta suya. Por último, el cochero, con orden o por simple
-tolerancia del jefe de la fuerza, introdujo en la cuadra una cama en
-que descansó algunas horas el desgraciado enfermo, cuya prodigiosa
-resistencia parecía tocar ya al último límite.</p>
-
-<p>A la mañana siguiente, cuando nos poníamos de nuevo en marcha,
-aparecieron unos guardias a caballo que traían una orden para<span
-class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span> el jefe que nos conducía,
-y abriendo el pliego en nuestra presencia, nos dio a conocer su
-contenido, el cual no era otra cosa sino que <i>Monsieur Álvarez</i>
-debía volver a España. Esto nos alegró sobremanera, por la esperanza
-de ver pronto a la patria querida, y hasta sospechamos si, apiadados
-de nuestra desgracia, se dispondrían aquellos caballeros a dejarnos
-en libertad luego que traspasásemos la frontera. Los frailes y la
-gente de tropa que no pertenecía a la comitiva del enfermo, creyéronse
-también destinados a pisar pronto el suelo español, y mostráronse muy
-alegres; pero los gendarmes al punto les sacaron de su risueño error,
-mandándoles seguir adelante, por Francia adentro. Nos despedimos de
-ellos tiernamente, recogiendo encargos, recados, cartas y amorosas
-memorias de familia, y volvimos la cara al Pirineo. D. Mariano, al
-saber que se variaba de rumbo, dijo:</p>
-
-<p>—«<i>Como no me vuelvan al Castillet de Perpiñán, llévenme a donde
-quieran.</i>»</p>
-
-<p>Excuso enumerar los miserables aposentamientos, los crueles tratos
-que se sucedieron desde Sitjans a la frontera española. Ni sé cómo
-por tanto tiempo y a tan repetidos golpes resistió la naturaleza
-del hombre contra quien se desplegaba tan gran lujo de maldad. Por
-último, señores, concluiré refiriendo a ustedes la última escena
-de aquel terrible <i>via crucis</i>, la cual ocurrió en la misma
-frontera, un poco más allá de Pertús. Es el caso que cuando con el
-mayor gozo habíamos pisado la tierra de España, se presentaron unos
-guardias a caballo con nuevas órdenes para los gendarmes. El jefe<span
-class="pagenum" id="Page_234">p. 234</span> mostrose muy contrariado,
-y habiéndose trabado ligera reyerta entre este y uno de los portadores
-del oficio, oímos esta frase, que, aunque dicha en francés, fácilmente
-podía ser comprendida:</p>
-
-<p>—<i>Monsieur Álvarez</i> debe volver, pero los edecanes y asistentes
-no.</p>
-
-<p>Al punto comprendimos que se nos quería separar de nuestro
-idolatrado General, dejándonos a todos en Francia, mientras a él se le
-llevaba otra vez solo, enteramente solo, al castillo de Figueras. Esto
-causó desolación en la pequeña comitiva. Satué, cerrando los puños y
-vociferando como un insensato, dijo que antes se dejaría hacer pedazos
-que abandonar a su General; otros, creyendo mal camino para convencer a
-nuestros conductores el de la amenaza y la cólera, suplicamos al jefe
-de los gendarmes que nos dejase seguir. El mismo enfermo indicó que si
-se le separaba de sus fieles compañeros de desgracia, la residencia
-en España le sería tan insoportable al menos como la prisión en el
-Castillet. Suplicamos todos en diverso estilo que nos dejasen asistir
-y consolar a nuestro querido Gobernador; pero esto fue inútil. Como
-complemento de los mil martirios que con refinado ingenio habían
-aplicado al héroe, quisieron someter su grande alma a la última prueba.
-Ni su enfermedad penosísima, ni sus años, ni la presunción de su
-muerte, que se creía próxima y segura, les movieron a lástima; tanta
-era la rabia contra aquel que había detenido durante siete meses frente
-a una ciudad indefensa a más de cuarenta mil hombres, mandados por los
-primeros<span class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span> generales
-de la época; que no había sentido ni asomos de abatimiento ante una
-expugnación horrorosa en que jugaron once mil novecientas bombas, siete
-mil ochocientas granadas, ochenta mil balas, y asaltos de cuyo empuje
-se puede juzgar considerando que los franceses perdieron en todos ellos
-veinte mil hombres.</p>
-
-<p>Cansados de inútiles ruegos, pedimos al fin que se permitiera
-acompañar y servir al General a uno de nosotros, para que al menos no
-careciese aquel de la asistencia que su estado exigía; pero ni esto se
-nos concedió. La agria disputa inspiró al mismo Álvarez las palabras
-siguientes:</p>
-
-<p>—«<i>Todas estas son estratagemas de que se valen los franceses
-para mortificar a aquel a quien no han podido hacer bajar la
-espalda.</i>»</p>
-
-<p>Bruscamente nos quisieron apartar del coche en que iba; pero
-atropellando a los que nos lo impedían, nos abalanzamos sobre él,
-y unos por un costado, otros por el opuesto, le besamos las manos
-regándolas con nuestras lágrimas. Satué se metió violentamente dentro
-del coche, y los gendarmes le sacaron a viva fuerza, amenazándole con
-fusilarle allí mismo si no se reportaba en las manifestaciones de
-su dolor. El General, despidiéndonos con ánimo sereno, nos dijo que
-renunciásemos a una inútil resistencia, conformándonos con nuestra
-suerte; añadió que él confiaba en el próximo triunfo de la causa
-nacional, y que, aun sintiéndose próximo a morir, su alma se regocijaba
-con aquella idea. Recomendonos la prudencia, la conformidad, la
-resignación, y él<span class="pagenum" id="Page_236">p. 236</span>
-mismo dio a sus conductores la orden de partir, para poner pronto fin
-a una escena que desgarraba su corazón lo mismo que el nuestro. El
-cupé partió a escape, y nos quedamos en Francia, sujetados por los
-gendarmes, que nos ponían sus fusiles en el pecho para impedir las
-demostraciones de nuestra ira. Seguimos desesperados y con los ojos
-llenos de lágrimas el coche que se perdía poco a poco entre la bruma, y
-cuando dejamos de verle, Satué, bramando de ira, exclamó:</p>
-
-<p>—Se lo llevaron esos perros; se lo llevan para matarle sin que nadie
-lo vea.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch26">
- <h2 class="nobreak g0">XXVI</h2>
-</div>
-
-<p>Imposible pintar a ustedes nuestra profunda consternación al vernos
-esclavos de Francia, y considerando la situación del desgraciado
-Álvarez, solo, en poder de sus verdugos. Nuestra propia suerte de
-prisioneros nos causaba menos pesar que la de aquel heroico veterano,
-condenado por su valor sublime a ser juguete de una cruel soldadesca, a
-quien le entregaron para que se divirtiese martirizándole.</p>
-
-<p>Encerráronnos en Pertús en una inmunda cuadra, donde con centinelas
-de vista nos tuvieron hasta el día siguiente, en cuya alborada, cuando
-nos llevaban fuera del pueblo, verificamos un acto honroso, con el cual
-quiero<span class="pagenum" id="Page_237">p. 237</span> poner fin a mi
-narración. Allí, sobre unas peñas desde las cuales se divisaban a lo
-lejos los cerros y vertientes de España, nos dimos las manos y juramos
-todos morir antes que resignarnos a soportar la odiosa esclavitud que
-la canalla quería imponernos. Desde aquel instante principiamos a
-concertar un hábil plan para fugarnos, cual tantos otros que, llevados
-a Francia, habían sabido volver por peligrosos caminos y medios a la
-patria invadida.</p>
-
-<p>Amigos míos: por no cansar a ustedes con prolijidades que solo a
-mí se refieren y a mis particulares cuitas, omito los pormenores de
-nuestra residencia en Francia, y de los medios que empleamos para
-regresar a España. Éramos seis, y solo tres volvimos. Los demás,
-cogidos <i>infraganti</i>, fueron fusilados, dos en Maurellas y uno
-en Boulou. ¿Alguno de los que me oyen no se ha visto en igual caso?
-¡Cuántos de los que estamos aquí desataron sus manos de las cuerdas que
-los franceses han llevado a Francia después de la toma de Zaragoza o
-de Madrid! Con la relación de mis padecimientos en la frontera, de las
-diabluras y estratagemas que puse en juego para escaparme, y de las
-mil cosas que me sucedieron desde que pasé la frontera por Puigcerdá
-hasta unirme en el centro de España a esta división de Lacy en que
-ahora estoy, emplearía otras dos noches largas, pues todo el sitio de
-Gerona y las extravagancias de D. Pablo Nomdedeu no exigen más tiempo
-y espacio que los peligros, trapisondas, trabajos y terribles trances
-en que me he visto. Concluyo, pues, no sin dirigir una ojeada<span
-class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span> hacia atrás, como parecen
-exigírmelo mis raros oyentes, deseosos de saber qué fue de Siseta, así
-como de sus hermanos Badoret y Manalet.</p>
-
-<p>No estaría mi ánimo tranquilo si en tan largo plazo hubiese vivido
-sin saber de personas tan caras para mí. Antes de abandonar a Cataluña
-con intención de unirme al ejército del Centro, hallé medios para hacer
-llegar a Gerona noticias mías, y Dios me deparó el consuelo de que
-también vinieran a mí verdaderas y frescas. Los tres hermanos siguen
-allí sanos y buenos en compañía de la señorita Josefina, que en ellos
-ve toda su familia, y el único consuelo de sus tristes días. La hija
-del doctor no ha recobrado por completo la salud, ni desgraciadamente
-la recobrará, según me dicen. Ha tenido inclinación a entrar en un
-convento; mas Siseta procura arrancarle sus melancolías, y la induce
-a que aspire al matrimonio en la seguridad de encontrar buen esposo.
-No demuestra, sin embargo, Josefina disposición a seguir este consejo,
-y gusta de embeber su vida en contemplaciones de la Naturaleza y de
-la Religión, que son sin duda el alimento más apropiado a su pobre
-espíritu huérfano y solitario.</p>
-
-<p>Siseta y sus hermanos aguardan a que yo me retire del ejército
-para marchar a la Almunia, donde tengo mis tierras, consistentes en
-dos docenas de cepas, y un número no menor de frondosos olivos, y por
-mi parte pido a Dios que nos libre al fin de franceses, para poder
-soltar el grave peso de las armas y tornar<span class="pagenum"
-id="Page_239">p. 239</span> a mi pueblo, donde no pienso hacer al
-tiempo de mi llegada otra cosa de provecho más que casarme.</p>
-
-<p>Con lo que Siseta ha heredado y lo que yo poseo, tenemos lo
-suficiente para pasar con humilde bienestar y felicidad inalterable
-la vida, pues no me mortifica el escozor de la ambición, ni aspiro a
-altos empleos, a honores vanos ni a la riqueza, madre de inquietudes y
-zozobras. Hoy peleo por la patria, no por amor a los engrandecimientos
-de la milicia, y de todos los presentes soy quizás el único que no
-sueña con ser general.</p>
-
-<p>Otros anhelan gobernar el mundo, sojuzgar pueblos y vivir entre el
-bullicio de los ejércitos; pero yo, contento con la soledad silenciosa,
-no quiero más ejército que los hijos que espero ha de darme Siseta.</p>
-
-
-<p class="mt2">Así acabó su relación Andresillo Marijuán. La he
-reproducido con toda fidelidad en su parte esencial, valiéndome como
-de poderoso auxiliar del manuscrito de D. Pablo Nomdedeu, que aquel mi
-buen amigo me regaló más tarde cuando asistí a su boda. Repito lo que
-dije al comenzar el libro, y es que las modificaciones introducidas en
-esta relación afectan solo a la superficie de la misma, y la forma de
-expresión es enteramente mía. Tal vez haya perdido mucho la leyenda de
-Andrés al perder la sencillez de su tosco estilo; pero yo tenía empeño
-en uniformar todas las partes de esta historia de mi vida, de modo que
-en su<span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span> vasta longitud
-se hallase el trazo de una sola pluma.</p>
-
-<p>Cuando Marijuán calló, algunos de los presentes dieron
-interpretaciones diversas al encierro de D. Mariano Álvarez en el
-castillo de Figueras; y como ya desde antes de entrar en Andalucía
-habíamos sabido la misteriosa muerte del insigne capitán, la figura más
-grande sin duda de las que ilustraron aquella guerra, cada cual explicó
-el suceso de distinto modo.</p>
-
-<p>—Dícese que le envenenaron —afirmó uno— en cuanto llegó al
-castillo.</p>
-
-<p>—Yo creo que Álvarez fue ahorcado —opinó otro—, pues el rostro
-cárdeno e hinchado, según aseguran los que vieron el cadáver de Su
-Excelencia, indica que murió por estrangulación.</p>
-
-<p>—Pues a mí me han dicho —añadió un tercero—, que le arrojaron a la
-cisterna del castillo.</p>
-
-<p>—Hay quien afirma que le mataron a palos.</p>
-
-<p>—Pues no murió sino de hambre, y parece que desde su llegada fue
-encerrado en un calabozo, donde le tuvieron tres días sin alimento
-alguno.</p>
-
-<p>—Y cuando le vieron bien muerto, y se aseguraron de que no volvería
-a hacer otra como la de Gerona, expusiéronle en unas parihuelas a la
-vista del pueblo de Figueras, que subió en masa a contemplar el cuerpo
-del grande hombre.</p>
-
-<p>Discutimos largo rato, sin poder poner en claro la clase de muerte
-que había arrebatado<span class="pagenum" id="Page_241">p. 241</span>
-del mundo a aquel inmortal ejemplo de militares y patriotas; pero como
-su fin era evidente, convinimos, por último, en que el esclarecimiento
-del medio empleado para exterminar tan terrible enemigo del poder
-imperial, afectaba más al honor francés que al ejército español,
-huérfano de tan insigne jefe. Y si verdaderamente fue asesinado, como
-se ha venido creyendo desde entonces acá, la responsabilidad de los
-que toleraron sin castigarla tan atroz barbarie, bastaría a exceptuar
-entonces a Francia de la aplicación de las leyes de la guerra en lo
-que tienen de humano. Que murió violentamente parece indudable, y
-mil indicios corroboran una opinión que los historiadores franceses
-no han podido con ingeniosos esfuerzos destruir. No es creíble
-que órdenes de París impulsaran este horrible asesinato; pero un
-poder que, si no disponía, toleraba tan salvajes atentados, merecía
-indisputablemente las amarguras y horrendas caídas que experimentó
-luego. La soberbia enfatuada y sin freno perpetra grandes crímenes
-ciegamente, creyendo realizar actos marcados por ilusorio destino.
-Los malvados en grande escala que han tenido la suerte o la desgracia
-de que todo un continente se envilezca arrojándose a sus pies, llegan
-a creer que están por encima de las leyes morales, reguladoras según
-su criterio tan solo de las menudencias de la vida. Por esta causa
-se atreven tranquilamente, y sin que su empedernido corazón palpite
-con zozobra, a violar las leyes morales, ateniéndose para ello a mil
-fútiles y movedizas reglas que ellos mismos dictaron llamándolas<span
-class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span> razones de Estado,
-intereses de esta o de la otra nación; y a veces, si se les deja, sobre
-el vano eje de su capricho o de sus pasiones hacen mover y voltear a
-pueblos inocentes, a millares de individuos que solo quieren el bien.
-Verdad es que parte de la responsabilidad corresponde al mundo, por
-permitir que media docena de hombres o uno solo jueguen con él a la
-pelota.</p>
-
-<p>Desarrollados en proporciones colosales los vicios y los crímenes,
-se desfiguran en tales términos que no se les conoce; el historiador
-se emboba engañado por la grandeza óptica de lo que en realidad es
-pequeño, y aplaude y admira un delito tan solo porque es perpetrado en
-la extensión de todo un hemisferio. La excesiva magnitud estorba a la
-observación lo mismo que el achicamiento, que hace perder el objeto en
-las nieblas de lo invisible. Digo esto, porque, a mi juicio, Napoleón I
-y su imperio efímero, salvo el inmenso genio militar, se diferencian de
-los bandoleros y asesinos que han pululado por el mundo cuando faltaba
-policía, tan solo en la magnitud. Invadir las naciones, saquearlas,
-apropiárselas, quebrantar los tratados, engañar al mundo entero, a
-reyes y a pueblos, no tener más ley que el capricho, y sostenerse en
-constante rebelión contra la humanidad entera, es elevar al máximum
-de desarrollo el mismo sistema de nuestros famosos caballistas.
-Ciertas voces no tienen en ningún lenguaje la extensión que debieran,
-y si despojar a un viajante de su pañuelo se llama <i>robo</i>, para
-expresar la tala de<span class="pagenum" id="Page_243">p. 243</span>
-una comarca, la expropiación forzosa de un pueblo entero, los
-idiomas tienen pérfidas voces y frases con que se llenan la boca los
-diplomáticos y los conquistadores, pues nadie se avergüenza de nombrar
-los <i>grandiosos planes continentales, la absorción de unos pueblos
-por otros...</i>, etc. Para evitar esto debiera existir (no reírse) una
-policía de las naciones, corporación en verdad algo difícil de montar.
-Pero entre tanto tenemos a la Providencia, que al fin y al cabo sabe
-poner a la sombra a los merodeadores en grande escala, devolviendo a
-sus dueños los objetos perdidos y restableciendo el imperio moral, que
-nunca está por tierra largo tiempo.</p>
-
-<p>Perdónenme mis queridos amigos esta digresión. No pensaba hacerla;
-pero al hablar de la muerte del incomparable D. Mariano Álvarez de
-Castro, el hombre, entre todos los españoles de este siglo, que a más
-alto extremo supo llevar la aplicación del sentimiento patrio, no he
-podido menos de extender la vista para observar todo lo que había en
-derredor, encima y debajo de aquel cadáver amoratado que el pueblo
-de Figueras contempló en el patio del castillo una mañana del mes de
-enero de 1810. Aquel asesinato, si realmente lo fue, como se cree,
-debía traer grandes catástrofes a quien lo perpetró o consintió,
-y no importa que los criminales, cada vez más orgullosos, se nos
-presentaran con aparente impunidad, porque ya vemos que el mucho subir
-trae la consecuencia de caer de más alto, de lo cual suele resultar el
-estrellarse.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch27">
- <p><span class="pagenum" id="Page_244">p. 244</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXVII</h2>
-</div>
-
-<p>Oímos el relato de Andrés Marijuán, aposentados en una casa
-del Puerto de Santa María, donde moraban, además de nosotros, que
-pertenecíamos al ejército de Aréizaga, muchos canarios de Alburquerque,
-que habían llegado el día antes, terminando su gloriosa retirada. A
-este General debió el poder supremo no haber caído en poder de los
-franceses, pues con su hábil movimiento sobre Jerez, mientras contenía
-en Écija las avanzadas de Víctor y Mortier, dio tiempo a preparar la
-defensa de la isla de León, y entretuvo al enemigo en las inmediaciones
-de Sevilla. Esto pasaba a principios de febrero, y en los mismos días
-se nos dio orden de pasar a la Isla, porque en el continente, o sea
-del puente de Suazo para acá, ¡triste es decirlo! no había ni un palmo
-de terreno defendible. Toda España afluyó a aquel pedazo de país, y se
-juntaban allí ejército, nobleza, clero, pueblo, fuerza e inteligencia,
-toda la vida nacional en suma. De la misma manera, en momentos de
-repentino peligro para el hombre de ánimo esforzado, toda la sangre
-afluye al corazón, de donde sale después con nuevo brío.</p>
-
-<p>Por mi parte deseaba ardientemente entrar en la Isla. Aquel pantano
-de sal y arena invadido por movedizos charcos y surcado por regueros
-de agua salada, tenían para mí el encanto<span class="pagenum"
-id="Page_245">p. 245</span> del hogar nativo, y más aún las peñas donde
-se asienta Cádiz en la extremidad del istmo, o sea en la mano de aquel
-brazo que se adelanta para depositarla en medio de las olas. Yo veía
-desde lejos a Cádiz, y una viva emoción agitaba mi pecho. ¿Quién no
-se enorgullece de tener por cuna la cuna de la moderna civilización
-española? Ambos nacimos en los mismos días, pues al fenecer el siglo
-se agitó el seno de la ciudad de Hércules con la gestación de una
-cultura que hasta mucho después no se encarnó en las entrañas de la
-madre España. Mis primeros años, agitados y turbulentos, fuéronlo
-tanto como los del siglo, que en aquella misma fecha vio condensada la
-nacionalidad española, ansiando regenerarse entre el doble cerco de las
-olas tempestuosas y del fuego enemigo. Pero en febrero de 1810 aún no
-había nada de esto, y Cádiz solo era para mí el mejor de los asilos que
-la tierra puede ofrecer al hombre; la ciudad de mi infancia, llena de
-ternísimos recuerdos, y tan soberbiamente bella que ninguna otra podía
-comparársele. Cádiz ha sido siempre la Andalucía de las ondas, graciosa
-y festiva dentro de un círculo de tempestades. Entonces asumía toda
-la poesía del mar, todas las grandezas del comercio. Se multiplicaban
-en aquellos meses su poesía, grandeza y gloria, porque iba a contener
-dentro de sus blancos muros el conjunto de la nacionalidad con todos
-sus elementos de vida en plena efervescencia, los cuales, expulsados
-del gran territorio, se refugiaban allí, dejando la patria vacía.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_246">p. 246</span>A las puertas de
-Cádiz comienzan los acontecimientos de mi vida que más vivamente anhelo
-contar. Estadme atentos, y dejadme que ponga orden en tantos y tan
-variados sucesos, así particulares como históricos. La historia, al
-llegar a esta isla y a esta peña, es tan fecunda, que ni ella misma se
-da cuenta de la multitud de hijos que deposita en tan estrecho nido.
-Trataré de que no se me olvide nada, ni en lo mío ni en lo ajeno. Para
-no perder la costumbre, comienzo con una aventura mía, en que nada
-tiene que ver la rebuscona historia, pues hasta hoy no he tenido empeño
-en comunicarla a nadie, ni aunque la comunicara, se inmortalizaría en
-láminas de bronce, y fue lo siguiente:</p>
-
-<p>Un amigo mío portugués de los que habían venido de Extremadura con
-Alburquerque, rondaba cierta casa en la extremidad de la calle Larga,
-donde algunos días antes viera entrar desconocida beldad, que él ponía
-por las nubes, siempre que tocábamos este punto. Sus paseos diurnos y
-nocturnos, en que mostraba un celo, una abnegación superiores a todo
-encomio, no dieron más resultado que ver al través de las apretadas
-verdes celosías dos figuras, dos bultos de indeterminada forma, pero
-que al punto revelaban ser alegres mujeres por el sordo cuchicheo y las
-risas con que parecían festejar la cachaza de mi paseante amigo. Cuanto
-menos las veía, más acabadamente hermosas se le figuraban, y con la
-dificultad de hablarlas crecía su deseo de poner fin gloriosamente a
-una aventura, que hasta entonces<span class="pagenum" id="Page_247">p.
-247</span> había tenido pocos lances. Una tarde quiso le acompañase yo
-en su centinela al pie de la reja, y tuve la suerte de que mi presencia
-modificara la monótona esquivez de las bellas damas, las cuales hasta
-entonces ni a billetes, ni a señas, ni a miradas lánguidas habían
-contestado más que con las risas consabidas y los ceceos burlones.
-Figueroa había deslizado una esquela, y tuvo la indecible satisfacción
-de recibir respuesta en un billete que cayó, cual bendición del cielo,
-delante de nosotros. En él decía la hermosa desconocida que estaba
-dispuesta a abrir la celosía para expresarle de palabra su gratitud por
-los amorosos rendimientos, y añadía que hallándose en gran compromiso
-por causa de un suceso doméstico que no podía revelar, solicitaba para
-salir de él la ayuda del galán, juntamente con la de su amigo.</p>
-
-<p>Esto nos llamó grandemente la atención, y de vuelta al alojamiento
-para esperar la hora de las siete en que se nos había citado, hicimos
-mil comentarios sobre el suceso. Mientras mayor era el misterio, mayor
-también el anhelo de descifrarlo, y curiosos ambos por saber si íbamos
-a tener una sabrosa aventura o a ser víctimas de una broma, acudimos
-por la noche al pie de la reja. En cuanto llegamos abriose esta, y
-una voz de mujer, cuyo acento, aunque dulce, no me pareció revelar
-persona de elevada clase, dijo a Figueroa con bastante agitación estas
-palabras:</p>
-
-<p>—Señor militar, si es usted caballero, como creo, espero que no
-se negará a conceder a una desgraciada dama la generosa ayuda que
-solicita.<span class="pagenum" id="Page_248">p. 248</span> Mi esposo,
-el señor Duque de los Umbrosos Montes, duerme a estas horas; mas no
-puedo dejarle pisar a usted el recinto de este <i>arcásar</i>, que mi
-celoso dueño ha convertido en sepulcro de mi hermosura, en cárcel de
-mi libertad, y en muerte de mi vida. El más leve rumor despertaría
-al fiel y sanguinario Rodulfo, paje de mi señor y carcelero mío.
-Pues <i>verasté</i>: mi honra depende de que al punto una persona de
-confianza atraviese las saladas ondas y parta a Cádiz a llevar un
-recado urgentísimo, sin lo cual mi situación es tal, que no esperaré
-a que venga la rosada aurora para <i>arrancalme</i> la vida con un
-veneno de cien mortíferas plantas compuesto que tengo aquí en aquesta
-botellita.</p>
-
-<p>Figueroa estaba perplejo y embobado, aunque algo dispuesto a tomar
-aquello en serio, y yo contenía la risa al considerar cómo se reían de
-nosotros las dos desconocidas; pero mi amigo aseguró estar resuelto
-a prestar a ambas cuantos servicios fáciles o difíciles quisieran
-pedirle, y entonces la misma que antes hablaba, añadió:</p>
-
-<p>—¡Oh! gracias, <i>invito</i> militar; así lo esperaba yo de su
-galantería y caballerosidad nunca desmentida en mil y mil lances,
-cual lo prueban las voces de la fama que han traído a mis orejas sus
-<i>hasañas</i>. Bueno, pues <i>verasté</i>. Mi criada, que es esta
-guapa y gallarda donsella que a mi lado ve usted, se llama Soraida; irá
-a Cádiz en un frágil esquife que Perico el botero tiene preparado en el
-muelle; pero como es grande su cortedad, deseo vaya acompañada<span
-class="pagenum" id="Page_249">p. 249</span> de ese vuestro leal amigo,
-que está ahí oyéndonos como un marmolejo.</p>
-
-<p>Al punto dije que estaba dispuesto a acompañar a la doncella, y mi
-amigo, algo corrido con los discursos de su adorada beldad, no sabía
-qué contestar. La desconocida habló así con creciente afectación:</p>
-
-<p>—¡Oh! Gracias, <i>insine amigo del valiente Otelo</i>. Ya lo
-esperaba yo de su <i>malanimidad</i>. Pues <i>oigasté</i>, señor
-militar. Mientras este fiel amigo va a Cádiz a acompañar a mi donsella
-en la difícil comisión que mi amenasado honor le encomienda, nosotros
-nos quedaremos aquí pelando la pava en este balcón; con lo cual, ¿usté
-se entera?, tendré ocasión de mostrarle el amoroso fuego que inflama mi
-pecho.</p>
-
-<p>No había acabado de hablar, cuando se abrió la puerta de la casa y
-apareció una mujer cubierta de la cabeza a los pies con espeso manto
-negro, la cual, llegándose a mí y tomándome el brazo, me obligó a que
-rápidamente la siguiese, diciéndome:</p>
-
-<p>—Señor oficial, vamos, que es tarde.</p>
-
-<p>No tuve tiempo para oír lo que desde la ventana decía la desconocida
-al amartelado Figueroa, porque la dama, criada o lo que fuera, no
-me permitía detenerme y me impulsaba hacia adelante, repitiendo
-siempre:</p>
-
-<p>—Señor oficial, siga usted. ¡Qué pesado es usted!... No mire usted
-atrás ni se detenga, que estoy de prisa.</p>
-
-<p>Quise ver su rostro; pero se lo ocultaba cuidadosamente. Se conocía
-que trataba de contener la risa y disimular la voz. Era una mujer<span
-class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span> arrogante y que me
-revelaba con solo el roce de su mano en mi brazo la alta calidad a que
-pertenecía. Desde su aparición había yo sospechado que no era criada,
-y después de oírla y sentir el contacto de su vestido, ningún hombre
-se habría equivocado respecto a su clase. Yo estaba algo aturdido por
-lo inusitado de la aventura, y una dulce confusión embargaba mi alma.
-Venían a mi mente indicios, recuerdos, y aquella mujer llevaba en los
-pliegues de su vestido un ambiente que no era nuevo para mí. Pero al
-principio ni aun pude formular claramente mi sospecha. La desconocida
-me llevaba rápidamente, y andábamos a prisa por las calles del Puerto,
-hablando de esta manera:</p>
-
-<p>—Señora, ¿insiste usted en ir a Cádiz por mar a estas horas?</p>
-
-<p>—¿Por qué no? ¿Se marea usted? ¿Tiene usted miedo a embarcarse?</p>
-
-<p>—Por bueno que esté el mar, el viaje no será cómodo para una
-dama.</p>
-
-<p>—Es usted un necio. ¿Cree usted que yo soy cobarde? Si no tiene
-usted ánimo, iré sola.</p>
-
-<p>—Eso no lo consentiré, y aunque se tratara de ir a América en
-el frágil esquife de que hablaba la señora Duquesa de los Umbrosos
-Montes...</p>
-
-<p>La desconocida no pudo contener la risa, y el dulce acento de
-su voz resonó en mi cerebro, despertando mil ideas que rápidamente
-cambiaron en luz las oscuridades de mi pensamiento, y en certidumbre
-las nebulosas dudas.</p>
-
-<p>—Adelante —dijo al ver que me detenía—.<span class="pagenum"
-id="Page_251">p. 251</span> Ya estamos en el muelle. El botero está
-allí. La marea sube y nos favorecerá; el mar parece tranquilo.</p>
-
-<p>Callé y seguimos hasta el malecón. Era preciso bajar por una serie
-de piedras puestas en la forma más parecida a una escalera, y el
-descenso no carecía de peligro. Tomé en brazos a mi compañera y la bajé
-cuidadosamente al bote. Entonces ni pudo, ni quiso sin duda ocultarme
-su rostro, y la conocí. La fuerte emoción no me permitió hablar.</p>
-
-<p>—¡Oh, señora Condesa! —exclamé besándole tiernamente las manos—.
-¡Qué felicidad tan grande encontrar a usía!...</p>
-
-<p>—Gabriel —me contestó—, ha sido realmente una felicidad que me hayas
-encontrado, porque vas a prestarme un gran servicio.</p>
-
-<p>—Estoy destinado a ser criado de vuecencia en donde quiera que me
-halle.</p>
-
-<p>—Criado, no: ya esos tiempos pasaron. ¿En dónde has estado?</p>
-
-<p>—En Zaragoza.</p>
-
-<p>—¿Ves qué fácilmente se van ganando charreteras, y con ellas
-posición y nombre en el mundo? Entramos en unos tiempos en que los
-desgraciados y los pobres se encaramarán a los puestos que debe ocupar
-la grandeza. Gabriel, estoy asombrada de verte caballero. Bien, muy
-bien. Así te quería. No me habías dicho nada. ¿Por qué no me has
-buscado?... Ya no nos quieres.</p>
-
-<p>—Señora, ¿cómo he de olvidar los beneficios que de vuecencia
-recibí? Estoy confundido al ver que nuevamente, y cuando menos<span
-class="pagenum" id="Page_252">p. 252</span> lo esperaba, se digna usía
-servirse de mí.</p>
-
-<p>—No bajes tanto, Gabriel; han cambiado las cosas. Tú no eres el
-mismo; no te conozco. Me ves, me hablas, ¿y no me preguntas por
-Inés?</p>
-
-<p>—Señora —dije anonadado—, no me atreví a tanto. Veo que vuecencia ha
-cambiado más que yo.</p>
-
-<p>—Tal vez.</p>
-
-<p>—¿Inés vive?</p>
-
-<p>—Sí, está en Cádiz. ¿Deseas verla? Pues no te apures: yo te prometo
-que la verás, la verás.</p>
-
-<p>Diciendo esto, Amaranta se expresaba en un tono que me hacía
-comprender su anhelo de mortificar a alguien, al permitirme ver a su
-hija. Su benevolencia me tenía tan confundido, que ni aun acertaba a
-darle las gracias.</p>
-
-<p>—¡En qué momento tan crítico para mí te me has aparecido, Gabriel!
-Un suceso que sabrás más tarde, me obliga a ir a Cádiz esta noche,
-sola, sin que ninguno de mi familia lo sepa. Dios no me podía ofrecer
-compañero ni custodio más a propósito.</p>
-
-<p>—Pero, señora, ¿usía no considera que las puertas de Cádiz están
-cerradas a estas horas?</p>
-
-<p>—Lo están para mí todas menos una. Por eso me aventuro en esta
-travesía que podría ser peligrosa. El jefe de guardia en la puerta
-de mar es amigo mío y me espera. Yo tenía el bote preparado. Estaba
-dispuesta a ir sola, y cuando te presentaste en la calle acompañando
-al oficial que nos rondaba, vi el cielo abierto. Gabriel, te juro
-que estoy contentísima de verte en la honrosa condición en que ahora
-te<span class="pagenum" id="Page_253">p. 253</span> hallas. Así te
-deseaba yo. Pero, chiquillo, ¿eres tú mismo?... ¡Pues no lleva sus
-charreteras como un hombre!... El muy zarramplín, con ese uniforme
-que le sienta bien, tiene aire de persona decente... ¡Vaya usted a
-hacer creer a la gente que has jugado en la Caleta!... Chico, bien,
-bien, así me gusta... ¡qué bien te vendría ahora aquella farsa de tus
-abolengos!... No me canso de mirarte, pelafustán... ¡qué tiempos estos!
-He aquí un gato que quiso zapatos, y que se ha salido con ello...
-Te juro que eres otro. Inés no te va a conocer... ¡Qué a tiempo has
-venido! Estás muy bien, hijito... Desde que fuiste mi paje conocí tu
-corazón de oro... ¡Ay! no te faltaba más que el forro, y veo que lo vas
-teniendo... Gabriel, creo que te alegras de verme, ¿no es verdad? Yo
-también. Cuántas veces he dicho: si ahora apareciese ese muchacho...
-Mañana te contaré todo. Chiquillo, soy la mujer más desgraciada de la
-tierra.</p>
-
-<p>El bote avanzaba con la proa a Cádiz. El botero, fijo en la popa,
-manejaba el timón, y dos muchachos habían izado la vela latina, con la
-cual, merced al viento fresco de la noche, la embarcación se deslizaba
-cortando gallardamente las mansas olas de la bahía. La claridad de
-la luna nos alumbraba el camino: pasábamos velozmente junto a la
-negra masa de los barcos de guerra ingleses y españoles, que parecían
-correr al costado en dirección opuesta a la que seguíamos. Aunque el
-mar estaba tranquilo, agitábase bastante el bote, y sostuve con mi
-brazo a la Condesa para impedir que se hiciera daño con las frecuentes
-cabezadas<span class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span> de la
-embarcación. Los tres marinos no pronunciaron una sola palabra en todo
-el trayecto.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch28">
- <h2 class="nobreak g0">XXVIII</h2>
-</div>
-
-<p>—¡Cuánto tardamos! —dijo Amaranta con impaciencia.</p>
-
-<p>—El bote va como un rayo. Antes de diez minutos estaremos allá —dije
-al ver las luces de la ciudad reflejadas en el agua—. ¿Tiene usía
-miedo?</p>
-
-<p>—No, no tengo miedo —repuso tristemente—, y te juro que aunque las
-olas fueran tan fuertes que lanzaran al bote a la altura de los topes
-de ese navío, no vacilaría en hacer este viaje. Lo habría hecho sola
-si no te hubieras aparecido como enviado del cielo para acompañarme.
-Cuando te vi, mi primera idea fue llamarte; pero luego mi criada y
-yo discurrimos la invención que oíste, para desorientar al hidalgo
-portugués. Quiero que no me conozca nadie.</p>
-
-<p>—La señora Duquesa de los Umbrosos Montes estará a estas horas
-trastornando el seso de mi buen amigo.</p>
-
-<p>—Sí, y lo hará bien. Si mi ánimo estuviera tranquilo, me reiría
-recordando la gravedad con que dijo las relaciones que le enseñé esta
-tarde. Hace poco, como se empeñara en galantearme un viajero inglés,
-Dolores quiso pasar por ama y yo por criada; pero él conoció al<span
-class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span> punto el engaño. No nos
-dejaba a sol ni a sombra, y no puedes figurarte las felices ocurrencias
-de mi doncella a propósito del caballero británico, de su aspecto
-tristón, de sus ardientes arrebatos y de su cojera. Es a ratos amable y
-fino, a ratos sombrío y sarcástico; se llamaba Lord Byron.</p>
-
-<p>—No es extraño que vuecencia enloqueciera a ese señor inglés. Pero
-ya llegamos, señora Condesa, y el bote va a atracar en el muelle. Sale
-la guardia a darnos el quién vive.</p>
-
-<p>—No importa: tengo pase. Di que llamen a D. Antonio Maella, jefe de
-la guardia.</p>
-
-<p>Presentose el oficial, y nos dio entrada sin dificultad, abriéndonos
-luego la puerta, por donde pasamos a la Plaza de San Juan de Dios.
-Mientras nos acompañaba hasta dicho punto, habló brevemente con
-Amaranta.</p>
-
-<p>—Ya la esperaba a usted —le dijo—. Las dos señoras Marquesas tienen
-preparado su viaje para mañana, en la fragata inglesa <i>Eleusis</i>.
-Piensan establecerse en Lisboa.</p>
-
-<p>—Su objeto es alejarse de mí —repuso Amaranta—. Felizmente he tenido
-aviso oportuno, y me parece que llego a tiempo.</p>
-
-<p>—Tan callado tenían el viaje, que yo mismo no lo he sabido hasta
-esta tarde, por el capitán de la fragata. ¿Piensa usted partir también
-con ellas?</p>
-
-<p>—Partiré si no puedo detenerlas.</p>
-
-<p>Al decir esto, la Condesa, sin perder tiempo en contestar a los
-cumplidos y finezas del oficial, tomó mi brazo, y obligándome a tomar
-paso algo vivo, me dijo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_256">p. 256</span>—Gabriel, no nos
-detengamos. ¡Cuán inquieta estoy!... Ya te lo contaré todo después.
-Figúrate que después que me hacen vivir como en destierro, separada
-de lo que más amo en el mundo... ¿qué te parece? Dios mío, ¿qué he
-hecho yo para merecer tal castigo?... Pues sí... Después que me
-obligan a vivir allá... Te diré... hasta se han empeñado en hacerme
-pasar por afrancesada... Y todo ¿por qué? dirás tú... Pues nada más
-sino porque... andemos más a prisa... porque me opongo a que la hagan
-desventurada para siempre... Mi tía no tiene sensibilidad, y nuestra
-parienta la de Rumblar tiene un rollo de pergaminos en el sitio donde
-los demás llevamos el corazón. Además, con los vidrios verdes de
-sus espejuelos no ve más que dinero... Gabriel, etiqueta y soberbia
-en un lado; soberbia y avaricia en otro... No puedes figurarte cuán
-apenadas y tristes están las tres pobres muchachas... Y ahora quieren
-llevárselas a Lisboa... ¿qué dices tú a eso?... Todo por alejar a
-Inés... ¡Con cuánto secreto han preparado el viaje!... ¡Con qué
-habilidad me confinaron en el Puerto, haciendo llegar a los individuos
-de la Junta falsas noticias acerca de mí! Por fortuna, soy amiga del
-embajador inglés Wellesley... que si no... Pues si mi tía y yo nos
-disputamos ardientemente el dirigir a la pobre Inés hacia su mejor
-destino... ella va por una senda, yo por otra... lo que yo quiero es
-más razonable; y si no, dime tu parecer... Pero ya hablaremos mañana.
-¿Te quedarás en la Isla o vendrás a Cádiz? Espero que nos veremos,
-Gabrielillo. ¿Te acuerdas cuando<span class="pagenum" id="Page_257">p.
-257</span> eras mi paje en el Escorial, y yo te contaba aquellas
-historias?</p>
-
-<p>—Esos y otros recuerdos de aquel tiempo, señora —le respondí— son
-los más dulces de mi vida.</p>
-
-<p>—¿Te acuerdas cuando te me presentaste en Córdoba? —prosiguió
-riendo—. Entonces estabas algo tonto. ¿Te acuerdas de cuando en
-Madrid fuiste a casa con el Padre Salmón?... ¿Te acuerdas de cuando
-te encontré en el Pardo vestido de Duque de Arión?... Después me he
-acordado mucho de ti, y he dicho: «¡Dónde estará aquel desgraciado!...»
-Creo que Dios te ha cogido por la mano para ponerte delante de mí. Ya
-llegamos.</p>
-
-<p>Nos detuvimos junto a una casa de la calle de la Verónica.</p>
-
-<p>—Llama —me dijo la Condesa—. Esta es la casa de una amiga mía de
-toda confianza.</p>
-
-<p>—¿Vive aquí la señora Marquesa? —pregunté, tirando de la campanilla
-de la reja—. Esta casa no me es desconocida.</p>
-
-<p>—Aquí vive Doña Flora de Cisniega: ¿la conoces? Entremos. Se ven
-luces en la sala. Aún están en la tertulia; es temprano. Ahí estarán
-Quintana, Gallego, Argüelles, Gallardo y otros muchos patriotas.</p>
-
-<p>Subimos, y en un gabinete interior nos recibió el ama de la casa, en
-quien al punto reconocí una amistad antigua.</p>
-
-<p>—¿Está aquí? —le preguntó con ansiedad la Condesa.</p>
-
-<p>—Sí: aunque se embarcan mañana de secreto, han venido esta noche
-sin duda para que<span class="pagenum" id="Page_258">p. 258</span> yo
-no sospeche su determinación. Pero a mí no se me engaña... ¿Va usted a
-la sala? Está muy animada la tertulia. ¡Ay! amiga mía, esta noche he
-ganado al <i>monte</i> una buena suma.</p>
-
-<p>—No, no voy a la sala. Haga usted salir a Inés con cualquier
-pretexto.</p>
-
-<p>—Está en coloquio tirado con el amable inglesito. Pero saldrá.
-Mandaré a Juana que la llame.</p>
-
-<p>Después de dar la orden a su doncella, Doña Flora me observó
-atentamente, queriendo reconocerme.</p>
-
-<p>—Sí, soy Gabriel, señora Doña Flora; soy Gabriel, el paje del Sr. D.
-Alonso Gutiérrez de Cisniega.</p>
-
-<p>Doña Flora, no necesitando más, abalanzose a mí con todo el ímpetu
-de su sensible corazón.</p>
-
-<p>—Gabrielillo, ¿es posible que seas tú? —exclamó con chillidos,
-estrechándome en sus brazos—. Estás hecho un hombre, un caballero...
-¡Qué alto estás! ¡Cuánto me alegro de verte!... ya te he echado de
-menos... pero ¡qué buen mozo eres!... ¿Qué tal me encuentras?... Otro
-abrazo... ¡Ay!... ¿Por qué me dejaste?... ¡pobrecito niño!</p>
-
-<p>Mientras era objeto de tan ardientes demostraciones de regocijo,
-sentí rumorcillo de faldas hacia el corredor que conducía a la pieza en
-donde estábamos.</p>
-
-
-<p class="fin">FIN DE «GERONA»</p>
-
-
-<p class="smaller mt2">Junio de 1874.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<hr class="full" />
-
-<div lang='en' xml:lang='en'>
-<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>GERONA</span> ***</div>
-<div style='text-align:left'>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Updated editions will replace the previous one&#8212;the old editions will
-be renamed.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright
-law means that no one owns a United States copyright in these works,
-so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United
-States without permission and without paying copyright
-royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part
-of this license, apply to copying and distributing Project
-Gutenberg&#8482; electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG&#8482;
-concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark,
-and may not be used if you charge for an eBook, except by following
-the terms of the trademark license, including paying royalties for use
-of the Project Gutenberg trademark. If you do not charge anything for
-copies of this eBook, complying with the trademark license is very
-easy. You may use this eBook for nearly any purpose such as creation
-of derivative works, reports, performances and research. Project
-Gutenberg eBooks may be modified and printed and given away&#8212;you may
-do practically ANYTHING in the United States with eBooks not protected
-by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the trademark
-license, especially commercial redistribution.
-</div>
-
-<div style='margin:0.83em 0; font-size:1.1em; text-align:center'>START: FULL LICENSE<br />
-<span style='font-size:smaller'>THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE<br />
-PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK</span>
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-To protect the Project Gutenberg&#8482; mission of promoting the free
-distribution of electronic works, by using or distributing this work
-(or any other work associated in any way with the phrase &#8220;Project
-Gutenberg&#8221;), you agree to comply with all the terms of the Full
-Project Gutenberg&#8482; License available with this file or online at
-www.gutenberg.org/license.
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg&#8482; electronic works
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg&#8482;
-electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
-and accept all the terms of this license and intellectual property
-(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
-the terms of this agreement, you must cease using and return or
-destroy all copies of Project Gutenberg&#8482; electronic works in your
-possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a
-Project Gutenberg&#8482; electronic work and you do not agree to be bound
-by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the person
-or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.B. &#8220;Project Gutenberg&#8221; is a registered trademark. It may only be
-used on or associated in any way with an electronic work by people who
-agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
-things that you can do with most Project Gutenberg&#8482; electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg&#8482; electronic works if you follow the terms of this
-agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg&#8482;
-electronic works. See paragraph 1.E below.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation (&#8220;the
-Foundation&#8221; or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
-of Project Gutenberg&#8482; electronic works. Nearly all the individual
-works in the collection are in the public domain in the United
-States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
-United States and you are located in the United States, we do not
-claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
-displaying or creating derivative works based on the work as long as
-all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
-that you will support the Project Gutenberg&#8482; mission of promoting
-free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg&#8482;
-works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
-Project Gutenberg&#8482; name associated with the work. You can easily
-comply with the terms of this agreement by keeping this work in the
-same format with its attached full Project Gutenberg&#8482; License when
-you share it without charge with others.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
-what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
-in a constant state of change. If you are outside the United States,
-check the laws of your country in addition to the terms of this
-agreement before downloading, copying, displaying, performing,
-distributing or creating derivative works based on this work or any
-other Project Gutenberg&#8482; work. The Foundation makes no
-representations concerning the copyright status of any work in any
-country other than the United States.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
-immediate access to, the full Project Gutenberg&#8482; License must appear
-prominently whenever any copy of a Project Gutenberg&#8482; work (any work
-on which the phrase &#8220;Project Gutenberg&#8221; appears, or with which the
-phrase &#8220;Project Gutenberg&#8221; is associated) is accessed, displayed,
-performed, viewed, copied or distributed:
-</div>
-
-<blockquote>
- <div style='display:block; margin:1em 0'>
- This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
- other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
- whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
- of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
- at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you
- are not located in the United States, you will have to check the laws
- of the country where you are located before using this eBook.
- </div>
-</blockquote>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.E.2. If an individual Project Gutenberg&#8482; electronic work is
-derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
-contain a notice indicating that it is posted with permission of the
-copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
-the United States without paying any fees or charges. If you are
-redistributing or providing access to a work with the phrase &#8220;Project
-Gutenberg&#8221; associated with or appearing on the work, you must comply
-either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
-obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg&#8482;
-trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.E.3. If an individual Project Gutenberg&#8482; electronic work is posted
-with the permission of the copyright holder, your use and distribution
-must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
-additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
-will be linked to the Project Gutenberg&#8482; License for all works
-posted with the permission of the copyright holder found at the
-beginning of this work.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg&#8482;
-License terms from this work, or any files containing a part of this
-work or any other work associated with Project Gutenberg&#8482;.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
-electronic work, or any part of this electronic work, without
-prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
-active links or immediate access to the full terms of the Project
-Gutenberg&#8482; License.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
-compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
-any word processing or hypertext form. However, if you provide access
-to or distribute copies of a Project Gutenberg&#8482; work in a format
-other than &#8220;Plain Vanilla ASCII&#8221; or other format used in the official
-version posted on the official Project Gutenberg&#8482; website
-(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
-to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
-of obtaining a copy upon request, of the work in its original &#8220;Plain
-Vanilla ASCII&#8221; or other form. Any alternate format must include the
-full Project Gutenberg&#8482; License as specified in paragraph 1.E.1.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
-performing, copying or distributing any Project Gutenberg&#8482; works
-unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
-access to or distributing Project Gutenberg&#8482; electronic works
-provided that:
-</div>
-
-<div style='margin-left:0.7em;'>
- <div style='text-indent:-0.7em'>
- &#8226; You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
- the use of Project Gutenberg&#8482; works calculated using the method
- you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
- to the owner of the Project Gutenberg&#8482; trademark, but he has
- agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
- within 60 days following each date on which you prepare (or are
- legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
- payments should be clearly marked as such and sent to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
- Section 4, &#8220;Information about donations to the Project Gutenberg
- Literary Archive Foundation.&#8221;
- </div>
-
- <div style='text-indent:-0.7em'>
- &#8226; You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
- you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
- does not agree to the terms of the full Project Gutenberg&#8482;
- License. You must require such a user to return or destroy all
- copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
- all use of and all access to other copies of Project Gutenberg&#8482;
- works.
- </div>
-
- <div style='text-indent:-0.7em'>
- &#8226; You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
- any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
- electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
- receipt of the work.
- </div>
-
- <div style='text-indent:-0.7em'>
- &#8226; You comply with all other terms of this agreement for free
- distribution of Project Gutenberg&#8482; works.
- </div>
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
-Gutenberg&#8482; electronic work or group of works on different terms than
-are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
-from the Project Gutenberg Literary Archive Foundation, the manager of
-the Project Gutenberg&#8482; trademark. Contact the Foundation as set
-forth in Section 3 below.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.F.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
-effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
-works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
-Gutenberg&#8482; collection. Despite these efforts, Project Gutenberg&#8482;
-electronic works, and the medium on which they may be stored, may
-contain &#8220;Defects,&#8221; such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
-or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
-intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
-other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
-cannot be read by your equipment.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the &#8220;Right
-of Replacement or Refund&#8221; described in paragraph 1.F.3, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
-Gutenberg&#8482; trademark, and any other party distributing a Project
-Gutenberg&#8482; electronic work under this agreement, disclaim all
-liability to you for damages, costs and expenses, including legal
-fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
-LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
-PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
-TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
-LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
-INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
-DAMAGE.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
-defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
-receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
-written explanation to the person you received the work from. If you
-received the work on a physical medium, you must return the medium
-with your written explanation. The person or entity that provided you
-with the defective work may elect to provide a replacement copy in
-lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
-or entity providing it to you may choose to give you a second
-opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
-the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
-without further opportunities to fix the problem.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
-in paragraph 1.F.3, this work is provided to you &#8216;AS-IS&#8217;, WITH NO
-OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
-LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
-warranties or the exclusion or limitation of certain types of
-damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
-violates the law of the state applicable to this agreement, the
-agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
-limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
-unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
-remaining provisions.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
-trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
-providing copies of Project Gutenberg&#8482; electronic works in
-accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
-production, promotion and distribution of Project Gutenberg&#8482;
-electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
-including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
-the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
-or any Project Gutenberg&#8482; work, (b) alteration, modification, or
-additions or deletions to any Project Gutenberg&#8482; work, and (c) any
-Defect you cause.
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg&#8482;
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg&#8482;&#8217;s
-goals and ensuring that the Project Gutenberg&#8482; collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg&#8482; and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org.
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation&#8217;s EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state&#8217;s laws.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation&#8217;s business office is located at 809 North 1500 West,
-Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
-to date contact information can be found at the Foundation&#8217;s website
-and official page at www.gutenberg.org/contact
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; depends upon and cannot survive without widespread
-public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state
-visit <a href="https://www.gutenberg.org/donate/">www.gutenberg.org/donate</a>.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 5. General Information About Project Gutenberg&#8482; electronic works
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg&#8482; concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg&#8482; eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Most people start at our website which has the main PG search
-facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-This website includes information about Project Gutenberg&#8482;,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
-</div>
-
-</div>
-</div>
-</body>
-</html>
diff --git a/old/67415-h/images/cover.jpg b/old/67415-h/images/cover.jpg
deleted file mode 100644
index 007a586..0000000
--- a/old/67415-h/images/cover.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67415-h/images/logo.jpg b/old/67415-h/images/logo.jpg
deleted file mode 100644
index 3957043..0000000
--- a/old/67415-h/images/logo.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ