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-The Project Gutenberg eBook of El 19 de marzo y el 2 de mayo, by
-Benito Pérez Galdós
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: El 19 de marzo y el 2 de mayo
-
-Author: Benito Pérez Galdós
-
-Release Date: January 17, 2022 [eBook #67189]
-
-Language: Spanish
-
-Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading
- Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from
- images generously made available by The Internet
- Archive/Canadian Libraries)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE
-MAYO ***
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
- convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos.
-
- * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
-
- * Los entrecomillados han sido convertidos en rayas iniciales de
- diálogo donde el texto adopta forma dialogada. Las restantes rayas
- han sido espaciadas según los usos ortotipográficos más recientes.
-
- * Una página en blanco ha sido eliminada.
-
-
-
-
- EPISODIOS NACIONALES
-
- EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO
-
-
-
-
- Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán
- furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
-
-
-Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.
-
-
-
-
- B. PÉREZ GALDÓS
- EPISODIOS NACIONALES
- PRIMERA SERIE
-
- EL 19 DE MARZO
- Y EL
- 2 DE MAYO
-
- 44.000
-
- [Ilustración]
-
- MADRID
- PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA
- (Sucesores de Hernando)
- ARENAL, 11
- 1907
-
-
-
-
-EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO
-
-I
-
-
-En marzo de 1808, y cuando habían transcurrido cuatro meses desde que
-empecé a trabajar en el oficio de cajista, ya componía con mediana
-destreza, y ganaba tres reales por ciento de líneas en la imprenta del
-_Diario de Madrid_. No me parecía muy bien aplicada mi laboriosidad,
-ni de gran porvenir la carrera tipográfica; pues aunque toda ella
-estriba en el manejo de las letras, más tiene de embrutecedora que de
-instructiva. Así es que sin dejar el trabajo ni aflojar mi persistente
-aplicación, buscaba con el pensamiento horizontes más lejanos y esfera
-más honrosa que aquella de nuestra limitada, oscura y sofocante
-imprenta.
-
-Mi vida al principio era tan triste y tan uniforme como aquel oficio,
-que en sus rudimentos esclaviza la inteligencia sin entretenerla; pero
-cuando había adquirido alguna práctica en tan fastidiosa manipulación,
-mi espíritu aprendió a quedarse libre, mientras las veinticinco
-letras, escapándose por entre mis dedos, pasaban de la caja al
-molde. Bastábame, pues, aquella libertad para soportar con paciencia
-la esclavitud del sótano en que trabajábamos, el fastidio de la
-composición y las impertinencias de nuestro regente, un negro y tiznado
-cíclope, más propio de una herrería que de una imprenta.
-
-Necesito explicarme mejor. Yo pensaba en la huérfana Inés, y todos
-los organismos de mi vida espiritual describían sus amplias órbitas
-alrededor de la imagen de mi discreta amiga, como los mundos
-subalternos que voltean sin cesar en torno del astro que es base del
-sistema. Cuando mis compañeros de trabajo hablaban de sus amores o de
-sus trapicheos, yo, necesitando comunicarme con alguien, les contaba
-todo sin hacerme de rogar, diciéndoles:
-
---Mi amiga está en Aranjuez con su reverendo tío, el Padre D. Celestino
-Santos del Malvar, uno de los mejores latinos que ha echado Dios al
-mundo. La infeliz Inés es huérfana y pobre; pero no por eso dejará de
-ser mi mujer, con la ayuda de Dios, que hace grandes a los pequeños.
-Tiene diez y seis años, es decir, uno menos que yo, y es tan linda, que
-avergüenza con su carita a todas las rosas del Real Sitio. Pero díganme
-ustedes, señores, ¿qué vale su hermosura comparada con su talento? Inés
-es un asombro, es un prodigio; Inés vale más que todos los sabios, sin
-que nadie la haya enseñado nada. Todo lo saca de su cabeza, y todo lo
-aprendió hace cientos de miles de años.
-
-Cuando no me ocupaba en estas alabanzas, departía mentalmente con
-ella. En tanto las letras pasaban por mi mano, trocándose de brutal
-y muda materia en elocuente lenguaje escrito. ¡Cuánta animación en
-aquella masa caótica! En la caja, cada signo parecía representar los
-elementos de la creación, arrojados aquí y allí, antes de empezar la
-grande obra. Poníalos yo en movimiento, y de aquellos pedazos de plomo
-surgían sílabas, voces, ideas, juicios, frases, oraciones, períodos,
-párrafos, capítulos, discursos, la palabra humana en toda su majestad;
-y después, cuando el molde había hecho su papel mecánico, mis dedos
-lo descomponían, distribuyendo las letras: cada cual se iba a su
-casilla, como los simples que el químico guarda después de separados;
-los caracteres perdían su sentido, es decir, su alma, y tornando a ser
-plomo puro, caían mudos e insignificantes en la caja.
-
-¡Aquellos pensamientos y este mecanismo todas las horas, todos los
-días, semana tras semana, mes tras mes!... Verdad es que las alegrías,
-el inefable gozo de los domingos compensaban todas las tristezas
-y angustiosas cavilaciones de los demás días. ¡Ah! permitid a mi
-ancianidad que se extasíe con tales recuerdos; permitid a esta negra
-nube que se alboroce y se ilumine traspasada por un rayo de sol. Los
-sábados eran para mí de una belleza incomparable: su luz me parecía más
-clara, su ambiente más puro; y en tanto, ¿quién podía dudar que los
-rostros de las gentes eran más alegres y el aspecto de la ciudad más
-alegre también?
-
-Pero la alegría no estaba sino en mi alma. El sábado es el precursor
-del domingo, y a eso del mediodía comenzaban mis preparativos de viaje,
-de aquel viaje al cielo que mi imaginación renueva hoy, sesenta y cinco
-años después. Aún me parece que estoy tratando con los trajineros de
-la calle Angosta de San Bernardo sobre las condiciones del viaje: me
-ajusto al fin, y no puedo menos de disertar un buen rato con ellos
-acerca de las probabilidades de que tengamos una hermosa noche para la
-expedición. En seguida me lavo una, dos, tres, cuatro veces, hasta que
-desaparezcan de mi cara y manos las últimas huellas de la aborrecida
-tinta, y me paseo por Madrid esperando que llegue la noche. Duermo un
-poco, si la inquietud me lo permite, y cuando el reloj del Buen Suceso
-da las doce campanadas más alegres que han retumbado en mi cerebro, me
-visto a toda prisa con mi traje nuevo; corro al lado de aquellos buenos
-arrieros, que son sin disputa los mejores hombres de la tierra; subo al
-carromato, y ya estoy en viaje.
-
-Con voluble atención observo todos los accidentes del camino, y mis
-preguntas marean y enfadan a los conductores. Pasamos el Puente de
-Toledo; dejamos a derecha mano los caminos de Carabanchel y de Toledo,
-el portazgo de las Delicias, el ventorrillo de León; las ventas de
-Villaverde van quedando a nuestra espalda; dejamos a la derecha los
-caminos de Getafe y de Parla, y en la venta de Pinto descansan un
-poco las caballerías. Valdemoro nos ve pasar por su augusto recinto, y
-la casa de Postas de Espartinas ofrece nuevo descanso a las perezosas
-mulas. Por fin nos amanece bajando la cuesta de la Reina, desde donde
-la vista abarca toda la extensión del inmenso valle en que se juntan
-Tajo y Jarama; atravesamos el famoso puente largo; entramos más tarde
-en la calle Larga, y al fin ponemos el pie en la plaza del Real Sitio.
-
-Mis miradas buscan entre los árboles y sobre las techumbres la modesta
-torre de la iglesia. Corro allá. El Sr. D. Celestino está en la misa,
-que por ser día festivo es cantada. Desde la puerta oigo la voz del
-tío de Inés, que exclama: _Gloria in excelsis Deo_. Yo también canto
-_gloria_ en voz baja, y entro en la iglesia. Una alegría solemne y
-grave, que da idea de la bienaventuranza eterna, llena aquel recinto
-y se reproduce en mi alma como en un espejo. Los vidrios incoloros
-permiten que entre abundante luz, y que se desparrame por la bóveda
-desnuda, sin más pinturas que las del yeso mate. El altar mayor es
-todo oro; los santos y retablos todos polvo: en el primero veo al
-santo varón, que se vuelve hacia el pueblo y abre sus brazos; después
-consume; suenan las campanillas dentro y las campanas fuera; se
-arrodillan todos, golpeándose el pecho pecador. El oficio adelanta y
-concluye: durante él he mirado sin cesar los grupos de mujeres sentadas
-en el suelo, y de espaldas a mí: entre aquellos centenares de mantillas
-negras distingo la que cubre la hermosa cabeza de Inés. La conocería
-entre mil.
-
-Inés se levanta cuando todo ha concluido, y sus ojos me buscan entre
-los hombres, como los míos la buscan entre las mujeres. Por fin me ve,
-nos vemos; pero no nos decimos una palabra. La ofrezco agua bendita, y
-salimos. Parece que nuestras primeras palabras al vernos juntos han de
-ser arrebatadas y vehementes; pero no decimos cosa alguna que no sea
-insignificante. Nos reímos de todo.
-
-La casa está a espalda de la iglesia, y entramos en ella cogidos de las
-manos. Hay un patio con un ancho corredor, en cuyos gruesos pilares
-retuerce sus brazos negros, ásperos y leñosos una vieja parra, junto a
-un jazmín que aguarda la primavera para echar al mundo sus mil flores.
-Subimos, y allí nos recibe Don Celestino, cuyo cuerpo no se cubre ya
-con la sotana verdinegra de antaño, sino con otra flamante. Comemos
-juntos, y luego los tres, Inés y yo delante, él detrás apoyándose en su
-bastón, nos vamos a pasear al jardín del Príncipe, si hace buen tiempo
-y los pisos están secos. Inés y yo charlamos con los ojos o con las
-palabras; pero no quiero referir ahora nuestros poemas. A cada instante
-el Padre Celestino nos dice que no andemos tan a prisa, porque no puede
-seguirnos, y nosotros, que desearíamos volar, detenemos el paso. Por
-último, nos sentamos a orillas del río, y en el sitio en que el Tajo y
-el Jarama, encontrándose de improviso, y cuando seguramente el uno no
-tenía noticias de la existencia del otro, se abrazan y confunden sus
-aguas en una sola corriente, haciendo de dos vidas una sola. Tan exacta
-imagen de nosotros mismos, no puede menos de ocurrírsele a Inés al
-mismo tiempo que a mí.
-
-El día se va acabando, porque aunque a nuestros corazones les parezca
-lo contrario, no hay razón ninguna para que se altere el sistema
-planetario, dando a aquel día más horas que las que le corresponden.
-Viene la tarde, el crepúsculo, la noche, y yo me despido para volver a
-mis galeras; estoy pensativo, hablo mil desatinos, y a veces me parece
-que me siento muy alegre, a veces muy triste.
-
-Regreso a Madrid por el mismo camino, y vuelvo a mi posada. Es lunes,
-día que tiene un semblante antipático, día de somnolencia, de malestar,
-de pereza y aburrimiento; pero necesito volver al trabajo, y la caja
-me ofrece sus letras de plomo, que no aguardan más que mis manos para
-juntarse y hablar; pero mi mano no conoce en los primeros momentos sino
-cuatro de aquellos negros signos que al punto se reúnen para formar
-este solo nombre: Inés.
-
-Siento un golpe en el hombro: es el cíclope o regente que me llama
-holgazán, y me pone delante un papelejo manuscrito que debo componer al
-instante. Es uno de aquellos interesantes y conmovedores anuncios del
-Diario de Madrid, que dicen:
-
- «_Se necesita un joven de diez y siete a diez y ocho años, que sepa
- de cuentas, afeitar, algo de peinar, aunque solo sea de hombre, y
- guisar si se ofreciere. El que tenga estas partes, y además buenos
- informes, puede dirigirse a la calle de la Sal, número 5, frente
- a los peineros, lonja de lanería y pañolería de Don Mauro Requejo,
- donde se tratará del salario y demás._»
-
-Al leer el nombre del tendero, un recuerdo viene a mi mente. «D. Mauro
-Requejo --digo--. Yo he oído este nombre en alguna parte.»
-
-
-
-
-II
-
-
-He recordado días tan felices, y ahora me corresponde contar lo que
-me pasó en uno de aquellos viajes. No se olvide que he empezado mi
-narración en marzo de 1808, y cuando yo había honrado el Real Sitio con
-diez o doce de mis visitas. En el día a que me refiero, llegué cuando
-la misa había concluido, y desde el portal de la casa un armonioso
-son de flauta me anunció que D. Celestino estaba tan alegre como
-de costumbre, señal de que nada desagradable ocurría en la modesta
-familia. Inés salió a recibirme, y hechos los primeros cumplidos, me
-dijo:
-
---El tío Celestino ha recibido una carta de Madrid, que le ha puesto
-muy alegre.
-
---¿De quién? --pregunté.
-
---No me lo ha dicho su merced, ni tampoco lo que la carta reza; pero él
-está contento y... dice que la carta trae muy buenas noticias para mí.
-
---Eso es particular --añadí confundido--. ¿Quién puede escribir desde
-Madrid cartas que a ti te traigan buenas noticias?
-
---No sé; pero pronto saldremos de dudas --repuso Inés--. El tío me
-dijo: «Cuando venga Gabriel y nos sentemos a la mesa, os contaré lo que
-dice la carta. Es cosa que interesa a los tres: a ti principalmente,
-porque eres la favorecida; a mí porque soy tu tío, y a él porque va a
-ser tu novio cuando tenga edad para ello.»
-
-No hablamos más del caso, y entré en el cuarto del buen sacerdote y
-humanista. Una cama, cubierta de blanquísima colcha rameada de verde,
-ocupaba el primer puesto en el reducido local. La mesa de pino con
-dos o tres sillas que le servían de simétrica compañía, llenaba el
-resto, y aún quedaba espacio para una cómoda estrambótica, con chapas
-y remiendos de diversos palos y metales. Completaban tan modesto ajuar
-un crucifijo y una virgen vestida de terciopelo, y acribillada de
-espadas y rayos, ambas imágenes con sendos ramos de carrasca o de olivo
-clavados en varios agujeritos que para el caso tenían las peanas. Los
-libros, que eran muchos, no cubrían, por el orden de su colocación, más
-que media mesa y media cómoda, dejando hueco para algunos papeles de
-música y otros en que borrajeaba versos latinos el buen cura. Desde la
-ventana se veía un huerto no mal cultivado, y a lo lejos las elevadas
-puntas de aquellos olmos eminentes que guarnecen, como hileras de
-gigantescos centinelas, todas las avenidas del Real Sitio. Tal era la
-habitación del Padre Celestino.
-
-Sentámonos los tres, y el tío de Inés me dijo:
-
---Gabrielillo: tengo que leerte una poesía latina que he compuesto en
-loor del serenísimo señor Príncipe de la Paz, mi paisano, amigo y aun
-creo que pariente. Me ha costado una semanita de trabajo; que componer
-versos latinos no es soplar a los buñuelos. Verás, te la voy a leer,
-pues aunque tú no eres hombre de letras, qué sé yo... tienes un pícaro
-gancho para comprender las cosas... Luego pienso enviarla a Sánchez
-Barbero, el primero de los poetas españoles desde que hay poesía en
-España; y no me hablen a mí de Fray Luis de León, de Rioja, de Herrera,
-ni de todos esos que compusieron en romance. Fruslerías y juegos de
-chicos. Un verso latino de Sánchez Barbero vale más que toda esa jerga
-de epístolas, sonetos, silvas, églogas, canciones con que se emboba el
-vulgo ignorante... Pero vuelvo a lo que decía, y es que antes que aquel
-fénix de los modernos ingenios la examine, quiero leértela a ti a ver
-qué te parece.
-
---Pero, Sr. D. Celestino, si yo no sé ni una palabra en latín, a no ser
-_Dominus vobiscum_ y _bóbilis bóbilis_.
-
---Eso no importa. Precisamente los profanos son los que mejor pueden
-apreciar la armonía, la rimbombancia, el _ore rotundo_, con que tales
-versos deben escribirse --dijo el clérigo con tenacidad implacable.
-
-Inés me dirigió una mirada en que me recomendaba, con su habitual
-sabiduría, la abnegación y la paciencia para soportar al prójimo
-impertinente. Ambos prestamos atención, y D. Celestino nos leyó
-unos cuatrocientos versos, que sonaban en mi oído como una serie de
-modulaciones sin sentido. Él parecía muy satisfecho, y a cada instante
-interrumpía su lectura para decirnos:
-
---¿Qué os parece ese pasajillo? Inés: a esa figura llamamos
-_litote_, y a este paloteo de las palabras para imitar los ruidos
-del mar tempestuoso de la nación cuando lo surca la nave del
-Estado, diestramente guiada por el timonel que yo me sé, se llama
-_onomatopeya_, la cual figura va encajada en otra, que es la _alegoría_.
-
-Así nos fue leyendo toda la composición, de la cual figúrense ustedes
-lo que entenderíamos. Aún conservo en mi poder la obra de nuestro
-amigo, que empieza así:
-
- _Te, Godoie, canam: pacis tua munera cœlo_
- _Inserere ægrediar; per te Pax alma biformem_
- _Vincla recusantem conduxit carcere Janum._
- . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
-
-Cuatrocientos versos por este estilo nos tragamos Inés y yo, siendo
-de notar que ella atendía a la lectura con tanta formalidad como si
-la comprendiera, y aun en los pasajes más ruidosos hacía señales de
-asentimiento y elogio para contentar al pobre viejo: ¡tal era su
-discreción!
-
---Puesto que os ha agradado tanto, hijos míos --dijo D. Celestino
-guardando su manuscrito--, otro día os leeré parte del poema. Lo dejo
-para mejor ocasión y así se comparte el placer entre varios días,
-evitando el empacho que produce la sucesión de manjares demasiado
-dulces y apetitosos.
-
---¿Y piensa usted leérsela también al Príncipe de la Paz?
-
---¿Pues para qué la he escrito? A Su Alteza Serenísima le encantan los
-versos latinos... porque es un gran latino... y pienso darle un buen
-rato uno de estos días. Y a propósito, ¿qué se dice por Madrid? Aquí
-está la gente bastante alarmada. ¿Pasa allá lo mismo?
-
---Allá no saben qué pensar. Figúrese usted, la cosa no es para menos.
-Temen a los franceses, que están entrando en España a más y mejor.
-Dicen que el Rey no dio permiso para que entrara tanta gente, y parece
-que Napoleón se burla de la Corte de España, y no hace maldito caso de
-lo que trató con ella.
-
---Es gente de pocos alcances la que tal dice --repuso D. Celestino--.
-Ya saben Godoy y Bonaparte lo que se hacen. Aquí todos quieren saber
-tanto como los que mandan; de modo que se oyen unos disparates...
-
---Lo de Portugal ha resultado muy distinto de lo que se creía. Un
-general francés se plantó allá, y cuando la familia real se marchó para
-América, dijo: «Aquí no manda nadie más que el Emperador, y yo en su
-nombre. Vengan cuatrocientos milloncitos de reales; vengan los bienes
-de los nobles que se han ido al Brasil con la familia real.»
-
---No juzguemos por las apariencias --dijo D. Celestino--: sabe Dios lo
-que habrá en eso.
-
---En España van a hacer lo mismo --añadí--; y como los Reyes están
-llenos de miedo, y el Príncipe de la Paz tan aturrullado, que no sabe
-qué hacer...
-
---¿Qué estás diciendo, tontuelo? ¿Cómo tratas con tan poco respeto a
-ese espejo de los diplomáticos, a esa natilla de los ministros? ¿Que no
-sabe lo que se hace?
-
---Lo dicho, dicho. Napoleón les engaña a todos. En Madrid hay muchos
-que se alegran de ver entrar tanta tropa francesa, porque creen que
-viene a poner en el trono al Príncipe Fernando. ¡Buenos tontos están!
-
---¡Tontos, mentecatos, imbéciles! --exclamó con enfado el Padre
-Celestino.
-
---Lo que fuere sonará. Si vienen con buen fin esos caballeros, ¿por
-qué se apoderan por sorpresa de las principales plazas y fortalezas?
-Primero se metieron en Pamplona, engañando a la guarnición; después se
-colaron en Barcelona, donde hay un castillo muy grande que llaman el
-Montjuich. Después fueron a otro castillo que hay en Figueras, el cual
-no es menos grande, el mayor del mundo, según dice Pacorro Chinitas,
-y lo cogieron también, y, por último, se han metido en San Sebastián.
-Digan lo que quieran, esos hombres no vienen como amigos. El ejército
-español está trinando: sobre todo, hay que oír a los oficiales que
-vienen del Norte y han visto a los franceses en las plazas fuertes...
-le digo a usted que echan chispas. El Gobierno del Rey Carlos IV está
-que no le llega la camisa al cuerpo, y todos conocen la barbaridad que
-han hecho dejando entrar a los franceses; pero ya no tiene remedio...
-¿Sabe usted lo que se dice por Madrid?
-
---¿Qué, hijo mío? Sin duda alguna de esas vulgarísimas aberraciones
-propias de entendimientos romos. Ya lo he dicho: nosotros no entendemos
-de negocios de Estado; ¿a qué viene el comentar las combinaciones y
-planes de esos hombres eminentes, que se desviven por hacernos felices?
-
---Pues allá dicen que la familia real de España, viéndose cogida en la
-red por Bonaparte, ha determinado marcharse a América, y que no tardará
-en salir de Aranjuez para Cádiz. Por supuesto, los partidarios del
-Príncipe Fernando se alegran, y creen que esto les viene de perillas
-para que el otro suba al trono.
-
---¡Necios, mentecatos! --exclamó el tío de Inés, incomodándose de
-nuevo--. ¡Pensar que había de consentir tal cosa el señor Príncipe
-de la Paz, mi paisano, mi amigo y aun creo que pariente!... Pero no
-nos incomodemos fuera de tiempo, Gabriel, y por cosas que no hemos de
-resolver nosotros. Vamos a comer, que ya es hora, y el cuerpo lo pide.
-
-Inés, que se había retirado un momento antes, volvió a decirnos que la
-comida estaba pronta. Durante ella, el respetable cura nos comunicó el
-contenido de la misteriosa carta que había llegado a la casa por la
-mañana.
-
---Hijos míos --dijo cuando los tres habíamos tomado asiento--: voy a
-participaros un suceso feliz; tú, Inesilla, regocíjate. La fortuna se
-te entra por las puertas, y ahora vas a ver cómo Dios no abandona
-nunca a los desvalidos y menesterosos. Ya sabes que tu buena madre, que
-santa gloria haya, tenía un primo llamado D. Mauro Requejo, comerciante
-en telas, cuya lonja, si no me engaño, cae hacia la calle de Postas,
-esquina a la de la Sal.
-
---D. Mauro Requejo... --dije yo recordando--, justamente. Doña Juana le
-nombró delante de mí varias veces, y ahora caigo en que ese comerciante
-pone en el _Diario_ unos anuncios que me dan bastante que hacer.
-
---Le recuerdo --dijo Inés--. Él y su hermana eran los únicos parientes
-que tenía mi madre en Madrid. Por cierto que siempre se negó a
-favorecernos, aunque lo necesitábamos bastante: dos veces le vi en
-casa. ¿Creería su merced que fue a consolarnos, a socorrernos? No: fue
-a que mi madre le hiciera algunas piezas de ropa, y después de regatear
-el precio, no pagó más que la mitad de lo tratado, y decía: «De algo
-ha de servir el parentesco.» Él y su hermana no hablaban más que de
-su honradez o de lo mucho que habían adelantado en el comercio, y nos
-echaban en cara nuestra pobreza, prohibiéndonos que fuéramos a su casa,
-mientras no nos encontráramos en posición más desahogada.
-
---Pues digo --afirmé con enfado-- que ese D. Mauro y su señora hermana
-son dos grandísimos pillos.
-
---Poco a poco --continuó el cura--. Déjenme acabar. El primo de tu
-madre habrá faltado; pero lo que es ahora, sin duda, Dios le ha tocado
-en el corazón, y se dispone a enmendar sus yerros, favoreciéndote
-como buen pariente y hombre caritativo. Ya sabes que es bastante rico,
-gracias a su laboriosidad y mucha economía. Pues bien: en la carta
-que he recibido esta mañana me dice que quiere recogerte y ampararte
-en su casa, donde estarás como una reina; donde no te faltará nada,
-ni aun aquello de que gustan tanto las damiselas del día, tal como
-joyas, trajes bonitos, perfumes primorosos, guantes y otras fruslerías.
-En fin, Dios se ha acordado de ti, sobrinita. ¡Ah! ¡si vieras qué
-interés tan grande demuestra por ti en sus cartas; qué alabanzas tan
-calurosas hace de tus méritos; si vieras cómo te pone por esas nubes,
-cómo lamenta tu orfandad y cómo se enternece considerando que eres de
-su misma sangre, y que, a pesar de esta natural preeminencia, careces
-de lo que a él le sobra! Te repito que trabajando mucho y ahorrando
-más, el Sr. Requejo ha llegado a ser muy rico. ¡Qué porvenir te espera,
-Inesilla! El párrafo más conmovedor de la carta de tus tíos --añadió
-sacando la epístola-- es este: _¿A quién hemos de dejar lo que tenemos,
-sino a nuestra querida sobrinita?_
-
-Inés, confundida ante tan inesperado cambio en los sentimientos y en
-la conducta de sus antes cruelísimos parientes, no sabía qué pensar.
-Me miró, buscando sin duda en mis ojos algo que le diera luz sobre tan
-inexplicable mudanza; mas yo, que algo creía comprender, me guardé muy
-bien de dejarlo traslucir ni con palabras ni con gestos.
-
---Estoy asombrada --dijo la muchacha--; y por fuerza, para que mis
-tíos me quieran tanto, ha de haber algún motivo que no comprendemos.
-
---No hay más sino que Dios les ha abierto los ojos --dijo D. Celestino,
-firme en su ingenuo optimismo--. ¿Por qué hemos de pensar mal de todas
-las cosas? D. Mauro es un hombre honrado: podrá tener sus defectillos;
-pero ¿qué valen esos ligeros celajes del alma cuando está iluminada por
-los resplandores de la caridad?
-
-Inés, mirándome, parecía decirme:
-
---¿Y tú qué piensas?
-
-Algunos meses antes de aquel suceso, yo hubiera acogido las
-proposiciones de D. Mauro Requejo con el imprevisor optimismo,
-con el necio entusiasmo que afluían de mi alma juvenil ante los
-acontecimientos nuevos e inesperados; pero los contratiempos me habían
-dado alguna experiencia: conocía ya los rudimentos de la ciencia del
-corazón, y el mío principiaba a reunir ese tesoro de desconfianzas,
-merced a las cuales medimos los pasos peligrosos de la vida. Así es que
-respondí sencillamente:
-
---Puesto que ese tu reverendo tío era antes un bribón, no sé por qué
-hemos de creerle santo ahora.
-
---Tú eres un chicuelo sin experiencia --me dijo D. Celestino algo
-enojado--, y yo no debiera consultar esto contigo. ¡Si sabré yo
-distinguir lo verdadero de lo falso! Y sobre todo, Inés, si él quiere
-favorecerte, poniéndote en pie de gente grande; si él quiere gastarse
-sus ahorros con su querida sobrina, ¿por qué no lo has de aceptar?
-Mucho más podría decirte; pero él mismo en persona te explicará mejor
-el gran cariño que te tiene.
-
---¿Pues qué --preguntó Inés turbada--, vendrá a Aranjuez?
-
---Sí, chiquilla --repuso el clérigo--. Yo te reservaba esta noticia
-para lo último. El domingo próximo tendrás el gusto de ver aquí a tu
-amado tío y protector. ¡Ah, Inés! Mucho sentiré separarme de ti; pero
-servirame de consuelo la idea de que estás contenta, de que disfrutas
-mil comodidades que yo no te puedo dar. Y cuando este viejo incapaz
-eche un paseíto a Madrid para visitarte, espero que le recibirás con
-alegría y sin orgullo; espero que no te ofuscará la ruin vanidad al
-considerarte en posición superior a la mía, porque tío por tío, hermano
-soy de tu difunto padre, mientras que el otro...
-
-D. Celestino estaba conmovido, y yo también, aunque por distinta causa.
-
---Sí --continuó el cura--. Dentro de ocho días tendremos aquí a ese
-eminente tendero de la calle de la Sal. Me dice que habiendo comprado
-unas tierras en Aranjuez, junto a la laguna de Ontígola, vendrá con
-el doble objeto de conocer su finca y de verte. Él espera que irás a
-Madrid en su compañía y en la de su hermana Doña Restituta, a quien
-también tendremos el gusto de ver en casa.
-
-Después de oír esto, todos callamos. Revolviendo en mi cabeza extraños
-y no muy alegres pensamientos, dije a Inés:
-
---Pero ese hombre, ¿es casado?
-
-Ella leyó en mi interior con su intuición incomparable, y me respondió
-con viveza:
-
---Es viudo.
-
-Después volvimos a callar, y solo D. Celestino, tarareando una
-antífona, interrumpía nuestro grave silencio.
-
-
-
-
-III
-
-
-Tristísimo sobre toda ponderación me volví a Madrid, y pasé toda la
-semana meditabundo y como alelado, deseando y temiendo que el domingo
-siguiente llegase, porque de un lado la curiosidad y de otro el temor
-solicitaban mi espíritu. Tan grande era mi sobresalto en la noche del
-sábado, que no pegué los ojos, y de madrugada me fui al mesón de la
-calle de la Aduana a buscar un acomodo en cualquier galera que partiese
-para el Real Sitio. Mi escasez de numerario me puso en peligro de no
-poder ir, lo que me desesperaba y afligía extraordinariamente.
-
-Pero con ruegos y razones sutilísimas, unidas al poco dinero que tenía,
-logré ablandar el corazón duro de un carromatero, que al fin consintió
-en llevarme. Las tres mulas emplearon no sé si un siglo en el viaje. Yo
-temía que se me adelantaran los tíos de Inés; pero no fue así. Cuando
-llegué, D. Celestino estaba en la misa mayor: entré en la iglesia lo
-mismo que los domingos anteriores; pero el templo me pareció triste y
-fúnebre. Al salir di agua bendita a Inés, esperamos al buen párroco
-en la puerta de la sacristía, y nos fuimos los tres a la casa. ¡Cosa
-singular! No hablamos nada por el camino. Los tres suspirábamos.
-Durante la comida traté de animar a los demás con fingido buen humor;
-pero no pude conseguirlo. Viendo la tardanza de la anunciada visita,
-yo creí que los Requejos no vendrían; pero mi alegría se disipó cuando
-estábamos concluyendo de comer. De improviso sentimos ruido de voces en
-el patio de la casa; levantámonos, y saliendo yo al corredor, oí una
-voz hueca y áspera que decía:
-
---¿Vive aquí el latino y músico D. Celestino Santos del Malvar, cura de
-la parroquia?
-
-D. Mauro Requejo y su hermana Doña Restituta, tíos de Inés, habían
-llegado.
-
-Entraron en la habitación donde estábamos, y al punto que D. Mauro
-vio a su sobrina, dirigiose a ella con los brazos abiertos, y al
-estrecharla en ellos, exclamó endulzando la voz:
-
---¡Inés de mi alma, inocente hija de la pobre Juana! Al fin, al fin te
-veo. Bendito sea Dios que este consuelo me da. ¡Qué linda eres! Ven,
-déjame que te abrace otra vez.
-
-Doña Restituta hizo lo mismo, pero exagerando hasta lo sumo el mohín
-lacrimoso de su rostro, así como la apretura de sus abrazos; y luego
-que ambos hubieron desahogado sus amantes corazones, saludaron a D.
-Celestino, quien no pudo menos de derramar algunas lágrimas al ver
-tal explosión de sensibilidad. Por mi parte, de buena gana habría
-correspondido con bofetones a los abrazos con que estrujaban a Inés
-aquellos gansos, cuya descripción no puedo menos de considerar ahora
-como indispensable.
-
-D. Mauro Requejo era un hombre izquierdo. Creo que no necesito decir
-más. ¿No habéis entendido? Pues lo explicaré mejor. ¿Ha sido la
-Naturaleza o es la costumbre quien ha dispuesto que una mitad del
-cuerpo humano se distinga por su habilidad y la otra mitad por su
-torpeza? Una de nuestras manos es inepta para la escritura, y en los
-trabajos mecánicos solo sirve para ayudar a su experta compañera, la
-derecha. Esta hace todo lo importante: en el piano ejecuta la melodía;
-en el violín lleva el arco, que es la expresión; en la esgrima maneja
-la espada; en la náutica el timón; en la pintura el pincel; es la que
-abofetea en las disputas; la que hace la señal de la cruz en el rezo, y
-la que castiga el pecho en la penitencia. Iguales disposiciones tiene
-el pie derecho; si algo eminente y extraordinario ha de hacerse en el
-baile, es indudable que lo hará el pie derecho; él es también el que
-salta en la fuga, el que golpea la tierra con ira en la desesperación,
-el que ahuyenta al perro atrevido, el que aplasta al sucio reptil, el
-que sirve de ariete para atacar a un despreciable enemigo que no merece
-ser herido por delante. Esta superioridad mecánica, muscular y nerviosa
-de las extremidades derechas, se extiende a todo el organismo.
-Cuando estamos perplejos sin saber qué dirección tomar, si el cuerpo
-se abandona a su instinto, se inclinará hacia la derecha, y los ojos
-buscarán la derecha como un oriente desconocido. Al mismo tiempo en el
-lado siniestro todo es torpeza, todo subordinación, todo ineptitud;
-cuanto hace por sí resulta torcido, y su inferioridad es tan notoria,
-que ni aun en desarrollo puede igualar al otro lado. La mitad de todo
-hombre es generalmente más pequeña que la otra: para equilibrarlas, sin
-duda, se dispuso que el corazón ocupara el costado izquierdo.
-
-Hemos hecho tan fastidiosa digresión para que se comprenda lo que
-dijimos de D. Mauro Requejo. Los dos lados de aquel hombre eran dos
-lados izquierdos; es decir, que todo él era torpe, inepto, vacilante,
-inhábil, pesado, brusco, embarazoso. No sé si me explico. Parecía
-que le estorbaban sus propias manos: al verle mirar de un lado
-para otro, creeríase que buscaba un rincón donde arrojar aquellos
-miembros inútiles, cubiertos con guantes sin medida, que quitaban la
-sensibilidad a los oprimidos dedos, hasta el punto de que su dueño no
-los conocía por suyos.
-
-Habíase sentado en el borde de la silla, y sus piernas, pequeñas y
-rígidas, no eran los miembros que reposan con compostura: extendíanse
-a un lado y otro como las dos muletas que un cojo arrima junto a sí.
-Ya no le servían para nada, sino para arrastrar de aquí para allí
-los pesados pies. Al quitarse el sombrero, dejándolo en el suelo; al
-limpiarse el sudor con un luengo pañuelo de cuadros encarnados y
-azules, parecía el mozo de cuerda que se descarga de un gran fardo. La
-buena ropa que vestía no era adorno de su cuerpo, pues él no estaba
-vestido con ella, sino ella puesta en él. En cuanto a los guantes,
-embruteciéndole las manos, se las convertían en pies. A cada instante
-se tocaba los dijes del reloj y los encajes de las chorreras para
-cerciorarse de que no se le habían caído; pero como tras la gamuza
-había desaparecido el tacto, necesitaba emplear la vista, y esto le
-hacía semejante a un mono que al despertar una mañana se encontrase
-vestido de pies a cabeza.
-
-Su inquietud era extraordinaria, como la de un cuerpo mortificado por
-infinito número de picazones, y cada pliegue del traje debía hacer
-llaga en sus sensibles carnes. A veces aquella inerte manopla de ante
-amarillo, rellena de dedos tiesos e insensibles, partía en dirección
-del sobaco o de la cintura con la ansiosa rapidez de una mano que va a
-rascar; pero se contenía subiendo a acariciar la barba recién afeitada.
-También movía con frecuencia el cuello, como si algún bicho extraño
-agarrado a su occipucio juguetease en el pescuezo entre el pelo y la
-solapa. Era el coleto encebado que irreverentemente se metía entre piel
-y camisa, o escarbaba la oreja. La mano de ante amarillo se alzaba
-también en aquella dirección; pero también se detenía pasando a frotar
-la rodilla.
-
-La cara de D. Mauro Requejo era redonda como una muestra de reloj:
-no estaba en su sitio la nariz, que se inclinaba del un hemisferio
-buscando el siniestro carrillo que, por obra y gracia de cierto
-lobanillo, era más luminoso que su compañero. Los ojos verdosos y bien
-puestos bajo cejas negras y un poco achinescadas, tenían el brillo de
-la astucia, mientras que su boca, insignificante si no la afearan los
-dos o tres dientes carcomidos que alguna vez se asomaban por entre los
-labios, tenía todos los repulgos y mohínes que el palurdo marrullero
-estudia para engañar a sus semejantes. La risa de D. Mauro Requejo era
-repentina y sonora: en la generalidad de las personas este fenómeno
-fisiológico empieza y acaba gradualmente, porque acompaña a estados
-particulares del espíritu, el cual no funciona, que sepamos, con la
-rigurosa precisión de una máquina. Muy al contrario de esto, nuestro
-personaje tenía sin duda en su organismo un resorte para la risa, de la
-cual pasaba a la seriedad tan bruscamente como si un dedo misterioso se
-quitara de la tecla de lo alegre para oprimir la de lo grave. Yo creo
-que él en su interior pensaba así: «ahora conviene reír», y reía.
-
-
-
-
-IV
-
-
-Imposible decir si Doña Restituta sería más joven o más vieja que
-su hermano: ambos parecían haber pasado bastante más allá de los
-cuarenta; pero si en la edad se asemejaban, no así en la cara ni el
-gesto, pues Restituta era una mujer que no se estorbaba a sí misma
-y que sabía estarse quieta. Había en ella, si no fineza de modales,
-esa holgada soltura, propia de quien ha hablado con gente por mucho
-tiempo. Comparando aquellas dos ramas humanas de un mismo tronco, se
-podía decir: «Mauro ha estado toda la vida cargando fardos, y Restituta
-midiendo y vendiendo; el uno es un sabandijo de almacén, y la otra la
-bestezuela enredadora de la tienda.»
-
-Alta y flaca, con esa tez impasible y uniforme que parece un forro; de
-manos largas y feas, a quien el continuo escurrirse por entre telas
-había dado cierta flexibilidad; de escaso pelo, tan lustrosamente
-aplastado sobre el casco, que más parecía pintura que cabello; con su
-nariz encarnadita y algo granulenta, aunque jamás fue amiga de oler
-lo de Arganda; la boca plegada y de rincones caídos, la barba un poco
-velluda, y un mirar así entre tarde y noche, como de ojos que miran y
-no miran, Restituta Requejo era una persona cuyo aspecto no predisponía
-a primera vista ni en contra ni en favor. Oyéndola hablar, tratándola,
-se advertía en ella no sé qué de escurridizo, que escapaba a la
-observación, y se caía en la cuenta de que era preciso tratarla por
-mucho tiempo para poder hacer presa con dedos muy diestros en la piel
-húmeda de su carácter, el cual para esconderse poseía la presteza del
-saurio y la flexibilidad del ofidio. Pero dejemos estas consideraciones
-para su lugar, y por ahora conténtense ustedes con oír hablar a los
-tíos de Inés.
-
---_Este_ estaba tan impaciente por venir --dijo Restituta, señalando a
-su hermano-- que con la prisa nos fue imposible traer alguna cosita,
-como hubiéramos deseado.
-
-D. Celestino les dio las gracias con su amable sonrisa.
-
---Tenía tanta impaciencia por venir a ver esas tierras --dijo D.
-Mauro-- que... y al mismo tiempo el alma se me arrancaba en cuajarones
-al pensar en mi querida sobrinita, huérfana y abandonada... porque las
-tierras, señor D. Celestino, no son ningún muladar, Sr. Don Celestino,
-y me han costado obra de trescientos cuarenta y ocho reales, trece
-maravedís, sin contar las diligencias ni el por qué de la escritura.
-Sí, señor: ya está pagado todo, peseta sobre peseta.
-
---Todo pagado --indicó Doña Restituta, mirando uno tras otro a los tres
-que estábamos presentes--. A _este_ no le gusta deber nada.
-
---¡Quiten para allá! Antes me dejo ahorcar que deber un maravedí
---declaró D. Mauro, llevando la manopla a la garganta, oprimida por el
-corbatín.
-
---En casa no ha habido nunca trampas --añadió la hermana.
-
---A eso deben ustedes el haber adelantado tanto --dijo D. Celestino.
-
---La suerte... eso sí; hemos tenido suerte --dijo Requejo--. Luego
-_esta_ es tan trabajadora, tan ahorrativa, tan hormiguita...
-
---Pero todo se debe a tu honradez --añadió Restituta--. Sí, créanlo
-ustedes, a su honradez. _Este_ tiene tal fama entre los comerciantes,
-que le entregarían los tesoros del Rey.
-
---En fin... algo se ha hecho, gracias a Dios y a nuestro trabajo. Si
-fuera a hacer caso de _esta_, compraría tierras y más tierras. A _esta_
-no le gustan sino las fincas.
-
---Y con razón: si _este_ me hiciera caso --dijo la hermana, mirando
-otra vez sucesivamente a los circunstantes--, todas nuestras ganancias
-se emplearían en tierras de labor.
-
---Como yo soy así, tan... pues --indicó Requejo.
-
---Sin soberbia, Sr. D. Celestino --dijo Restituta--, bueno es aparentar
-que se tiene lo que se tiene.
-
---Y me hace comprar vestidos, sombreros, alhajas --indicó D. Mauro--.
-Qué sé yo la tremolina de cosas que ha entrado en casa. Ello, como se
-puede... Vea usted esta cadena --añadió, mostrando a D. Celestino una
-que traía al cuello--; vea usted también este alfiler. ¿Cuánto cree
-usted que me han costado? La friolenta de mil reales... Psh: yo no
-quería; pero _esta_ se empeñó, y como se puede...
-
---Son hermosas piezas.
-
---Y bien te dije que te quedaras también con la _tumbaga_ de la
-esmeralda, que ya recordarás la daban en poco más de nada. Es una
-lástima que la haya tomado el Duque de Altamira.
-
-Al decir esto nos miraban, y nosotros les contestábamos con señales
-de asentimiento, pero sin palabras, porque ni a Inés ni a mí se nos
-ocurrían.
-
---Pero ¿cómo está ahí mi sobrina tan calladita? --dijo Requejo riéndose
-de improviso y quedándose muy serio un instante después.
-
-Inés se sonrojó y no dijo nada, porque, en efecto, no tenía nada que
-decir.
-
---¡Ay, no puede negar la pinta! ¡Cómo se parece a su madre, a la pobre
-Juana, mi prima querida! --exclamó Requejo llevándose la manopla a la
-boca para tapar un bostezo--. ¡Y qué pronto se murió la pobrecita!
-
---Ya que pasó a mejor vida aquella santa y ejemplar mujer --dijo
-Restituta--, no la nombremos, porque así se renueva nuestro dolor y el
-de esa pobre muchacha, aunque ella es niña, y los niños se consuelan
-más fácilmente.
-
-Inés no dijo nada tampoco; pero el color encendido de su rostro
-se trocó en intensa palidez. Creyó conveniente el cura variar la
-conversación, dijo:
-
---¿Y ha visto usted esas tierras de la laguna de Ontígola?
-
---Todavía no --respondió Requejo--; pero me han dicho que son
-magníficas. Psh... para mí, poca cosa. _Esta_ se empeñó en que me
-quedara con ellas, y al fin me decidí. Allá en el país tenemos muchas
-más, que hemos ido comprando poco a poco.
-
---En su país de usted, hacia el Bierzo, si no me engaño.
-
---Más acá del Bierzo, en Santiagomillas, que es tierra de Maragatería.
-De allí _semos_ todos, y allí está todavía el solar de los Requejos.
-
---Familia hidalga, según creo --afirmó el cura.
-
---Ello... no deja de tener uno su _motu propio_ --contestó D.
-Mauro--; y según nos decía un sabio escribano de mi pueblo, nuestros
-ascendientes tenían un gran quejigar, de donde les vino el nombre de
-Requejo.
-
---Así debe de ser: los más ilustres apellidos traen su origen de alguna
-yerba o legumbre. Y si no, ahí están en la Roma antigua los _Léntulos_,
-los _Fabios_ y los _Pisones_, que se llamaban así porque alguno de sus
-mayores cultivó las lentejas, las habas y los guisantes. En cuanto a
-mí, creo que este nombre de _Malvar_ me viene de que algún abuelo mío
-se pintaba solo para el cultivo de las malvas.
-
---Pues yo creo --dijo D. Mauro volviendo a reír-- que eso de que la
-nobleza viene de las guerras y de las hazañas de algunos caballeros
-es pura mentira. Que no me vengan a mí con bolas: yo no creo que haya
-habido nunca esas heroicidades. No hay más sino que los reyes hicieron
-Duque a uno porque tenía un huerto de cebollas, y a otro Marqués porque
-sabía escoger melones. De todos modos, nuestra familia no viene de
-ningún cardo borriquero.
-
---Y venga de donde viniere --dijo Doña Restituta--, lo principal es
-lo principal. Lo que es en nuestra casa, Sr. D. Celestino, no falta
-nada en gracia de Dios, y aunque por fuera no gastamos lujo, ni nos
-gusta andar en carroza, ni figurar, lo que es la gallina en el puchero
-todos los días... eso sí: _este_ y yo no nos podemos pasar sin ciertas
-comodidades.
-
---Lo que es por mí --interrumpió Requejo--, con cualquier cosa me
-sustento. Teniendo un pedazo de pan, otro de tocino y agua de la fuente
-del Berro, vamos viviendo; pero esta se empeña en poner las cosas en
-buen pie. Todos los días ha de traer libra y media de carne de vaca, y
-jamón rancio a porrillo, y abadejo del mejor todos los viernes, y para
-cenar una perdiz por barba, y los domingos tres capones, y por Navidad
-y por el día de San Mauro, que es el 15 de enero, o por San Restituto,
-que es el 10 de junio, andan los pavos por casa como si esta fuese la
-era del Mico. El Mayordomo de los Duques de Medina de Rioseco, que
-suele ir a casa a pedirnos dinero prestado, se queda estupefacto de ver
-tanta abundancia, y asegura que no ha visto despensa como la nuestra.
-
---Eso sí --dijo Restituta--, no nos duele gastar en el plato, ni en
-buena ropa para vestir, ni en buen cisco de retama para la lumbre.
-Vivimos tranquilos y felices. Nuestra única pena ha consistido hasta
-ahora en no tener una persona querida a quien dejar lo que poseemos,
-cuando Dios se sirva llamarnos a su santa gloria; porque los parientes
-que nos quedan en Santiagomillas son unos pícaros que nos dan mucho que
-hacer.
-
-Al oír esto, D. Mauro movió el resorte de risa y miró a Inés, diciendo:
-
---Pero aquí nos depara Dios a nuestra querida sobrinita, a esta rosa
-temprana, a esta señoritica que parece un ángel: ¡ay! si no puede negar
-la pinta, si es _éntica_ a su madre...
-
---Por Dios, Mauro --exclamó Restituta--, no traigas a la memoria a
-aquella santa mujer, porque yo estoy todavía tan impresionada con su
-muerte, que si la recuerdo, se me vienen las lágrimas a los ojos.
-
---Todo sea por Dios, y hágase su santa voluntad --dijo Requejo tocando
-el resorte de la seriedad--. Lo que digo es que cuanto tengo y pueda
-tener será para esta palomita torcaz, pues todo se lo merece ella con
-su cara de princesa.
-
---Ya, ya... --indicó Restituta guiñando el ojo--, que no tendrá
-pretendientes en gracia de Dios. Marquesitos y condesitos conozco yo
-que no suspirarán poco debajo de nuestras ventanas cuando sepan que
-guardamos en casa tal primor.
-
---Pelambrones, hija, pelambrones sin un cuarto --añadió Requejo--.
-Cuando la niña haya de tomar estado, ya le buscaremos un joven de una
-de las principales familias de España, que sea digno de llevarse esta
-joya.
-
---Eso por de contado. Casas hay muy ricas, donde no es todo apariencia,
-y mayorazgos conozco que en cuanto la vean y sepan la riqueza que ha de
-heredar de sus tíos, beberán los vientos por conseguir su mano. A fe
-mía que nuestra casa no es ningún guiñapo, y cuando pongamos en la sala
-las cortinas de sarga verde con ramos amarillos, y aquellos pájaros
-color de pensamiento que parecen vivos, no estará de mal ver para
-recibir en ella a todos los señores del Consejo Real. ¡Pues poco tono
-se va a dar la niñita en su gran casa!
-
-D. Celestino, viendo que su sobrina no contestaba nada a tan patéticas
-demostraciones de afecto, creyó conveniente hablar así:
-
---Ella les agradece a ustedes con toda el alma los beneficios que va a
-recibir.
-
---Ya estoy contento, Sr. D. Celestino --dijo Requejo--. Una cosa me
-faltaba, y ya la tengo. Inés será mi heredera. Inés se casará con una
-persona que la merezca y que traiga también buenas peluconas: ella será
-feliz y nosotros también.
-
---No hables mucho de eso, porque lloro --dijo Doña Restituta--. ¡Qué
-gusto es tener quien la acompañe a una en la soledad, y quien comparta
-las comodidades que Dios y nuestro trabajo nos han proporcionado! ¡Ay,
-Inesita, eres tan linda, que me recuerdas mi mocedad cuando iba a jugar
-a la huerta del convento de las madres Recoletas de Sahagún, donde me
-crié! Me parece que si ahora te separaran de mí, no tendría fuerzas
-para vivir.
-
-Diciendo esto abrazó a Inés, y pareciome que el forro de su cara, es
-decir, la piel, se teñía de un leve rosicler.
-
---Puesto que Inés está impaciente por irse con nosotros --dijo
-Requejo--, esta misma tarde nos la llevaremos.
-
---¡Cómo! ¡esta tarde! ¡yo! --exclamó ella vivamente.
-
---Hija mía --dijo Restituta--, no conviene disimular el cariño que nos
-tienes. Somos tus tíos, y de veras te digo que no debes agradecernos lo
-que hacemos por ti, pues obligación nuestra es.
-
---Tal vez ponga reparos a ir con ustedes así... tan pronto --indicó con
-timidez D. Celestino--; pero no dudo que comprenda pronto las ventajas
-de su nueva posición, y se decida...
-
---¡Que no quiere venir! --exclamó Requejo con asombro--. ¿Conque
-nuestra sobrina no nos quiere? ¡Jesús! ¡Mayor desgracia!
-
---Sí... les quiere a ustedes --añadió el cura, tratando de conciliar
-la repugnancia que notaba en el semblante de Inés con el deseo de los
-Requejos.
-
---Hermano, no sabes lo que te dices --afirmó Restituta--. Nuestra
-sobrina es un dechado de modestia, de ingenuidad y de sencillez.
-¿Quieres que se ponga ahora a hacer aspavientos en medio de la sala,
-saltando y brincando de gusto porque nos la llevamos? Eso no estaría
-bien. Por el contrario, se está muy calladita, y como muchacha honesta
-y bien criada... ¡ya se ve! como hija de aquella santa mujer...
-disimula su alborozo y se está así, mano sobre mano, bendiciendo
-mentalmente a Dios por la suerte que le depara.
-
---Entonces, Sr. D. Celestino --dijo Requejo--, nosotros nos vamos
-ahora a ver esas tierras de Ontígola que están ahí hacia la parte de
-Titulcia, y por la tarde, cuando volvamos, Inés estará preparada para
-venirse con nosotros a Madrid.
-
---No tengo inconveniente, si ella está conforme --repuso el clérigo,
-mirando a su sobrina.
-
-Mas no dieron tiempo a que esta expresara su opinión sobre aquel
-viaje, porque los Requejos se levantaron para marcharse, diciendo que
-un coche de dos mulas les esperaba en el paradero del Rincón. Abrazaron
-por turno dos o tres veces a su sobrina; hicieron ridículas cortesías a
-D. Celestino, y sin dignarse mirarme, lo cual me honró mucho, salieron,
-dejando al clérigo muy complacido, a Inés absorta y a mí furioso.
-
-
-
-
-V
-
-
-Al punto se trató de resolver en consejo de familia lo que debía
-hacerse; pero deseando yo conferenciar con el buen cura para decirle lo
-que Inés no debía oír, rogué a esta que nos dejase solos, y hablamos
-así:
-
---¿Será usted capaz, Sr. D. Celestino, de consentir que Inés vaya a
-vivir con ese ganso de D. Mauro, y la lechuza de su hermana?
-
---Hijo --me contestó--, Requejo es muy rico, Requejo puede dar a
-Inesilla las comodidades que yo no tengo, Requejo puede hacerla su
-heredera cuando estire la zanca.
-
---¿Y usted lo cree? Parece mentira que tenga usted más de sesenta años.
-Pues yo digo y repito que ese endiablado D. Mauro me parece un farsante
-hipocritón. Yo, en lugar de usted, les mandaría a paseo.
-
---Yo soy pobre, hijo mío; ellos son ricos: Inés se irá con ellos. En
-caso de que la traten mal, la recogeremos otra vez.
-
---No la tratarán mal, no --dije muy sofocado--. Lo que yo temo es otra
-cosa, y eso no lo he de consentir.
-
---A ver, muchacho.
-
---Usted sabe como yo lo que hay sobre el particular: usted sabe que
-Inés no es hija de Doña Juana; usted sabe que Inés nació del vientre de
-una gran señora de la Corte, cuyo nombre no conocemos; usted sabe todo
-esto, y ¿cómo sabiéndolo no comprende la intención de los Requejos?
-
---¿Qué intención?
-
---Los Requejos despreciaron siempre a Doña Juana; los Requejos no le
-dieron nunca ni tanto así; los Requejos ni siquiera la visitaron en
-su enfermedad; y ahora, Sr. D. Celestino de mi alma, los Requejos
-lloran recordando a la difunta; los Requejos echan la baba mirando
-a su sobrinita, y no puede ser otra cosa sino que los Requejos
-han descubierto quiénes son los padres de Inés; los Requejos han
-comprendido que la muchacha es un tesoro, y ¡ay! no me queda duda de
-que el Requejo mayor, ese poste vestido, trae entre ceja y ceja el
-proyecto de casarse con Inés, obligándola a ello en cuanto la pille en
-su casa.
-
---Sosiégate, muchacho, y óyeme. Puede muy bien suceder que la intención
-de los Requejos sea la que dices, y puede muy bien que sea la que
-ellos han manifestado. Como yo me inclino siempre a creer lo bueno, no
-dudo de la sinceridad de D. Mauro, hasta que los hechos me prueben
-lo contrario. ¿Qué sabes tú si de la mañana a la noche verás a Inés
-hecha una damisela, paseando en magnífica carroza, con dos caballos
-empenachados y un encartonado cochero? Sí: verasla rodeada de lacayos
-y pajes, llena de diamantes como avellanas, y viviendo en uno de esos
-caserones que hay en Madrid más grandes que conventos.
-
---¡Bah, bah! Eso es como cuando yo quería ser Príncipe, Generalísimo y
-Secretario del Despacho. A los diez y seis años se pueden decir tales
-cosas; pero no a los sesenta.
-
---Viviendo conmigo, Inés ha de estar condenada a perpetua estrechez.
-¿No vale más que se la lleven los parientes de su madre, que parecen
-personas muy caritativas? En todo caso, Gabriel, si la muchacha no
-estuviera contenta allí, tiempo tenemos de recogerla, porque a mí, como
-tío carnal, me corresponde la tutela.
-
---¿Y por qué la deja usted marchar?
-
---Porque los Requejos son ricos... ¿lo comprenderás al fin?... porque
-Inés en casa de esa gente puede estar como una princesa, y casarse al
-fin con un comerciante muy rico de la calle de Postas o Platerías.
-
---Alto allá, señor mío --exclamé muy amostazado--, ¿qué es eso de
-casarse Inés? Inés, Dios mediante, no se casará más que conmigo. Sí,
-¡vaya usted a hablarle de comerciantes y de usías!
-
---Es verdad: no me acordaba, hijito --dijo el cura con algo de mofa--.
-¡Casarse a los diez y siete años! ¿El matrimonio es algún juego? Y
-además, hazme el favor de decirme qué ganas tú en la imprenta donde
-trabajas.
-
---Sobre tres reales diarios.
-
---Es decir, noventa y tres reales los meses de treinta y uno. Algo es;
-pero no basta, chiquillo. Ya ves tú: cuando Inés esté en su sala con
-cortinas verdes de ramos amarillos, y se siente en aquellas mesas donde
-hay siete pavos por Navidad, y todas las noches cena de perdiz por
-barba... ya ves tú, no sé cómo podrá arrimarse a ella un pretendiente
-con noventa y tres reales al mes, en los que traen treinta y uno.
-
---Eso ella es quien lo ha de decir --repuse con la mayor zozobra--;
-y si ella me quiere así, veremos si todos los Requejos del mundo lo
-pueden impedir. En resumidas cuentas, señor D. Celestino, ¿usted está
-decidido a que Inés se vaya esta tarde con D. Mauro?
-
---Decidido, hijo mío: es para mí un caso de conciencia.
-
---¿Y quién le dice a usted que con noventa y tres reales al mes no se
-puede mantener una familia? Pues a mí me da la gana de casarme, sí,
-señor.
-
---¡Casarse a los diez y siete años! Uno y otro debéis esperar a tener
-los treinta y cinco cumplidos. La vida se pasa pronto: no te apures.
-Para entonces podréis casaros. Sois a propósito el uno para el otro.
-Casar y compadrar cada uno con su igual. Veremos si de aquí allá te
-luce más el oficio.
-
---¿Y no puedo yo buscar un destinillo?
-
---Eso es como cuando se te puso en la cabeza que te iba a caer un
-principado.
-
---No: un destinillo de estos que se dan a cualquier pelón, en la
-contaduría de acá o en la de allá.
-
---¿Pero crees tú que un empleo es cosa fácil de conseguir?
-
---¿Por qué no? --respondí enfáticamente--. ¿Pues para qué son los
-destinos sino para darlos a todos los españoles que necesitan de ellos?
-
---Hijo, las antesalas están llenas de pretendientes. Ya recordarás que
-a pesar de ser paisano y amigo del Príncipe de la Paz, estuve catorce
-años haciendo memoriales.
-
---Pero al fin... Visita usted a S. A. y le trata; de modo que si le
-pidiera para mí una placita, no creo que se la negara.
-
---¡Ah! --exclamó D. Celestino con satisfacción--. El día que visité
-a S. A. fue para mí el más lisonjero de mi vida, porque oí de sus
-augustos labios las palabras más cariñosas. Si vieras con cuánto
-agasajo me trató; ¡y qué amabilidad, qué dulzura, qué llaneza, sin
-dejar por eso de ser Príncipe en todos sus gestos y palabras! Cuando
-entré, yo estaba todo turbado y confuso, y la lengua se me quedó pegada
-al paladar. Mandome S. A. que me sentara, y me preguntó si yo era de
-Villanueva de la Serena. ¿Ves qué bondad? Contestele que había nacido
-en los Santos de Maimona, villa que está en el camino real, como vamos
-de Badajoz a Fuente de Cantos. Luego me preguntó por la cosecha de
-este año, y le respondí que, según mis noticias, el centeno y cebada
-eran malos; pero que la bellota venía muy bien. Ya comprenderás por
-esto el interés que se toma por la agricultura. En seguida me dijo si
-estaba contento en mi parroquia, a lo cual contesté afirmativamente,
-añadiendo que me tenía edificado la piedad de mis feligreses. Al decir
-esto no pude contener las lágrimas. Bien claro se ve que al Príncipe
-le interesa mucho cuanto se refiere a la Religión. Hablele después de
-que entretenía mis ocios con la poesía latina, y notifiquele haber
-compuesto un poema en hexámetros, dedicado a él. Enterado de esto, dijo
-que _bueno_, en lo cual se demuestra palmariamente su desmedida afición
-a las letras humanas; y por fin, a los diez minutos de conferencia, me
-rogó afectuosamente que me retirara, porque tenía que despachar asuntos
-urgentísimos. Esto prueba que es hombre trabajador, y que las mejores
-horas del día las consagra puntualmente a la administración. Te aseguro
-que salí de allí conmovido.
-
---¿Y no vuelve usted?
-
---¡Pues no he de volver! Supliqué a S. A. que me fijara día para
-llevarle el poema latino, y mañana tendré el honor de poner de nuevo
-los pies en el palacio de mi ilustre paisano.
-
---Pues yo iré con usted, Sr. D. Celestino --dije con mucha
-determinación--. Iremos juntos, y usted le pedirá un destino para mí.
-
---¡Estás loco! --exclamó el sacerdote con asombro--. No me creo capaz
-de semejante irreverencia.
-
---Pues se lo pediré yo --dije, más resuelto cada vez a entrar en la
-administración.
-
---Modera esos arrebatos, joven sin experiencia. ¿Cómo quieres que te
-presente sin más ni más al Príncipe de la Paz? ¿Qué puedo decir de ti,
-cuáles son tus méritos? ¿Conoces acaso por el forro los versos latinos?
-¿Has saludado siquiera el _Divitias alius fulvo sibi congerat auro_,
-el _Passer delitiœ meœ puellœ_, o el _Cynthia prima suis me cepis
-ocellis_? ¿Estás loco? ¿Piensas que los destinos están ahí para los
-mocosos a quienes se les antoja pedirlos?
-
---Usted le dice que soy un chico pariente suyo, y yo me encargo de lo
-demás.
-
---¿Pariente mío? Eso sería una mentira, y yo no miento.
-
-Así disputamos un buen rato, y al fin, entre ruegos y razones, logré
-convencer al Padre Celestino para que me llevara a presencia del
-Serenísimo señor Godoy. Mi tenaz proyecto se explica por el estado de
-desesperación en que me puso la visita de los Requejos y su propósito
-de cargar con la pobre Inés. La viva antipatía que ambos hermanos me
-inspiraron desde que tuve la desdicha de poner los ojos sobre ellos,
-engendró en mi espíritu terribles presentimientos. Se me representaba
-la pobre huérfana en dolorosa esclavitud bajo aquel par de trasgos,
-condenada a perecer de tristeza si Dios no me deparaba medios para
-sacarla de allí. ¿Cómo podía yo conseguirlo, siendo, como era, más
-pobre que las ratas? Pensando en esto, vino a mi mente una idea
-salvadora, la que desde aquellos tiempos principiaba a ser norte de la
-mitad, de la gran mayoría de los españoles, es decir, de todos aquellos
-que no eran mayorazgos ni se sentían inclinados al claustro: la idea
-de adquirir una plaza en la administración. ¡Ay! aunque había entonces
-menos destinos, no eran escasos los pretendientes.
-
-España había gastado en la guerra con Inglaterra la espantosa suma de
-_siete mil millones_ de reales. Quien esto derrochó en una calaverada,
-¿no podía darme a mí cinco mil para que me casara? Por supuesto, el
-pretender casarse entonces a los diez y siete años, era una calaverada
-peor que la de gastar siete mil millones en una guerra. Aquella idea
-echó raíces en mi cerebro con mucha presteza. A la media hora de mi
-conferencia con D. Celestino, ya se me figuraba estar desempeñando,
-ante la mesa forrada de bayeta verde, las funciones que el Estado
-tuviera a bien encomendarme para su prosperidad y salvación. Atrevido
-era el proyecto de pedir yo mismo al poderoso Ministro lo que me hacía
-falta; pero la gravedad de las circunstancias y el loco deseo de
-adquirir una posición que me permitiera disputar la posesión de Inés a
-la temerosa pareja de los Requejos, disminuía los obstáculos ante mis
-ojos, dándome aliento para las empresas más difíciles.
-
-No disimuló la huérfana, al hablar conmigo, la repugnancia que le
-inspiraban sus tíos: tal vez hubiera yo logrado impedir el secuestro;
-pero D. Celestino repitió que era para él caso de conciencia, y con
-esto Inés no se atrevió a formular sus quejas: ¡tan grande era entonces
-la subordinación a la autoridad de los mayores! La escrupulosidad del
-buen sacerdote no impidió, sin embargo, que yo hablara mil pestes de
-los dos hermanos, criticando sus fachas y vestidos, y comentando a mi
-manera aquello de los siete pavos y capones, con la añadidura de las
-perdices por barba en la hora de la cena. También me reí con implacable
-saña de los tratamientos que se daban hermano y hermana, pues, según
-el lector observaría, se llamaban simplemente _este_ y _esta_. D.
-Celestino me dijo que tratase con más miramientos a dos personas
-respetables que habían sabido labrar pingüe fortuna con su trabajo y
-honradez, y, entre tanto, Inés preparaba de muy mala gana su equipaje.
-
-No tardó la casa del cura en verse honrada de nuevo con las personas
-de los Requejos, que llegaron a eso de las cuatro, haciendo mil
-ponderaciones de las tierras adquiridas cerca de Ontígola; y su
-contento al ver que Inés se disponía a seguirles, fue extraordinario.
-
---No te des prisa, pimpollita --decía Don Mauro--, que todavía hay
-tiempo de sobra.
-
---Su impaciencia por emprender el viaje --añadió Doña Restituta,
-plegando de un modo indefinible el forro cutáneo de su cara-- es tan
-viva, que la pobrecilla quisiera tener alitas para salir más pronto de
-aquí.
-
---Eso no --dijo D. Celestino algo amoscado--, que su tío no le ha dado
-malos tratos para que así se impaciente por abandonarle.
-
-Inés se arrojó llorando en brazos del cura, y ambos derramaron muchas
-lágrimas. Por mi parte, tenía interés en que los Requejos no conocieran
-que un antiguo y cordial amor me unía a Inés; así es que disimulé mi
-sofocación, y acechándola fuera, cuando salió en busca de un objeto
-olvidado, le dije:
-
---Prendita, no me digas una palabra, ni me mires, ni me saludes. Yo me
-quedo aquí; pero descuida, pronto nos hemos de ver allá.
-
-Llegó por fin la hora de la partida; el coche se acercó a la puerta de
-la casa. Inés entró en él muy llorosa, y los Requejos tomaron asiento
-a un lado y otro, pues aun en aquella situación temían que se les
-escapara. Jamás he visto mujer ninguna que se asemejara a un cernícalo
-como en aquel momento Doña Restituta. El coche partió, y al poco rato
-nuestros ojos le vieron perderse entre la arboleda. D. Celestino,
-que hacía esfuerzos por aparentar serenidad, no pudo conservarla, y
-haciendo pucheros como un niño, sacó su largo pañuelo y se lo llevó a
-los ojos.
-
---¡Ay, Gabriel! ¡Se la llevaron!
-
-Mi emoción también era intensísima, y no pude contestarle nada.
-
-
-
-
-VI
-
-
-Al día siguiente llevome D. Celestino al palacio del Príncipe de la
-Paz. Era el 15 de marzo, si no me falla la memoria.
-
-Aunque no tenía ropa para mudarme en tan solemne ocasión, pues la
-que llevaba a Aranjuez era la mejorcita, con una camisa limpia que
-me prestó el cura, quedé en disposición, según él mismo me dijo,
-de presentarme aunque fuera a Napoleón Bonaparte. Por el camino, y
-mientras hacíamos tiempo hasta que llegara la hora de las audiencias,
-D. Celestino sacaba del bolsillo interior de su sotana el poema latino
-para leerlo en alta voz.
-
---Quizás el señor Príncipe --decía-- me mande leer algún trozo, y
-conviene hacerlo con entonación clásica y ritmo seguro, mayormente si
-hay delante algún embajador o general extranjero.
-
-Después, guardando el manuscrito, añadió con cierta zozobra:
-
---¿Sabes que el sacristán de la parroquia, ese condenado Santurrias...
-ya le conoces... me ha puesto esta mañana la cabeza como un farol?
-Dice que el señor Príncipe de la Paz no dura dos días más al frente
-de la Nación, y que le van a cortar la cabeza. Esto no merece más que
-desprecio, Gabrielillo; pero me da rabia de oír tratar así a persona
-tan respetable. Pues ¿qué crees tú? he descubierto que ese pícaro
-Santurrias es jacobino, y se junta mucho con los cocheros del Infante
-D. Antonio Pascual, los cuales son gente muy alborotada.
-
---¿Y qué dice ese reverendo sacristán?
-
---Mil necedades: figúrate tú. ¡Como si a personas de estudios y que
-tienen en la uña del dedo a todos los clásicos latinos, se les pudiera
-hacer tragar ciertas bolas! Dice que el señor Príncipe de la Paz,
-temiendo que Napoleón viene a destronar a nuestros queridos Reyes,
-tiene el propósito de que estos marchen a Andalucía para embarcarse y
-dar la vela a las Américas.
-
---Pues anoche --dije yo--, cuando fui al mesón a decir a los arrieros
-que no me aguardaran, oí decir lo mismito a unos que estaban allí,
-y por cierto que hablaban de su amigo y paisano de usted con más
-desprecio que si fuera un bodegonero del Rastro.
-
---No saben lo que se pescan, hijo --replicó el cura--. Pero o yo me
-engaño mucho, o los partidarios del Príncipe de Asturias andan metiendo
-cizaña por ahí. Ello es que en Aranjuez hay mucha gente extraña y...
-¡quiera Dios!... Ya me notificó esta mañana Santurrias que su mayor
-gusto será tocar las campanas a vuelo si el pueblo se amotina para
-pedir alguna cosa; pero ya le he dicho --y al hablar así D. Celestino
-se paró, y con su dedo índice hacía demostraciones de la mayor
-energía--, ya le he dicho que si toca las campanas de la iglesia sin mi
-permiso, lo pondré en conocimiento del señor Patriarca para lo que este
-tenga a bien resolver.
-
-Con esta conversación llegó la hora, y nosotros al palacio de S. A.
-Atravesamos por entre varios guardias que custodiaban la puerta, porque
-ha de saberse que el Generalísimo tenía su guardia de a pie y de a
-caballo, lo mismo que el Rey, y mejor equipada, según observaban los
-curiosos.
-
-Nadie nos puso obstáculo en el portal ni en la escalera; pero al llegar
-a un gran vestíbulo, en cuyo pavimento taconeaban con estrépito las
-botas de otra porción de guardias, uno de estos nos detuvo, preguntando
-a D. Celestino con cierta impertinencia que a dónde íbamos.
-
---S. A. --balbució el clérigo muy turbado-- tuvo el honor de
-señalarme... digo... yo tuve el honor de que él señalara el día de hoy
-y la presente hora para recibirme.
-
---S. A. está en palacio. Ignoramos cuándo vendrá --dijo el guardia
-dando media vuelta.
-
-D. Celestino me consultó con sus ojos, y también iba a consultarme con
-sus autorizados labios, cuando se sintió ruido en el portal.
-
---¡Ahí está! S. A. ha llegado --dijeron los guardias, tomando
-apresuradamente sus armas y sombreros para hacer los honores.
-
-Pero el Príncipe subió a sus habitaciones particulares por la escalera
-excusada que al efecto existía en su palacio.
-
---Quizá S. A. no reciba hoy --dijo a Don Celestino el guardia que poco
-antes nos había detenido--. Sin embargo, pueden ustedes esperar, si
-gustan, y él avisará si da audiencia o no.
-
-Dicho esto, nos hizo pasar a una habitación contigua y muy grande,
-donde vimos a otras muchas personas que desde por la mañana habían
-acudido en solicitud del favor de una entrevista con S. A. Entre
-aquella gente había algunas damas muy distinguidas, militares,
-señores a la antigua, vestidos con históricas casacas y cubiertos con
-monumentales pelucas, y también algunas personas humildes.
-
-Los pretendientes allí reunidos se miraban con recelo y mal humor,
-porque a todo el que hace antesala molesta mucho el verse acompañado,
-considerando sin duda que si el tiempo y la benevolencia del Ministro
-se reparten entre muchos, no puede tocarles gran cosa. Un ujier se
-acercó a nosotros y preguntó a D. Celestino quiénes éramos, a lo cual
-repuso el buen eclesiástico:
-
---Nosotros somos curas de la parroquia de... quiero decir, soy cura de
-la parroquia, y este joven... este joven gana noventa y tres reales en
-los meses de treinta y uno; y venimos a... pero yo no pienso pedirle
-nada al señor Príncipe, porque este picarón (señalando a mí) no se
-morderá la lengua para decirle lo que desea.
-
-Cuando el ujier se alejó, dije a mi acompañante que tuviera cuidado de
-no equivocarse tan a menudo; que no anunciara anticipadamente nuestra
-comisión pedigüeña, y que no había necesidad de ir pregonando lo que yo
-ganaba; a lo que me respondió que él, como persona nueva en antesalas y
-palacios, se turbaba a la primera ocasión, diciendo mil desatinos. Uno
-de los señores que aguardaban se nos acercó, y reconociendo al cura, se
-saludaron ambos muy cortésmente, diciendo el desconocido:
-
---Sr. D. Celestino, ¿qué bueno por aquí?
-
---Vengo a visitar a S. A. Ya sabe usted que somos paisanos y amigos.
-Mi padre y su abuelo hicieron un viaje juntos desde Trujillo a la Vera
-de Placencia, y un tío de mi madre tenía en Miajadas una dehesa donde
-los Godoyes iban a cazar alguna vez. Somos amigos, y le estoy muy
-reconocido, porque a la munificencia de S. A. debo el beneficio que
-disfruto, el cual me fue concedido en cuanto S. A. tuvo conocimiento de
-mi necesidad; así es que desde mi primer memorial hasta el día en que
-tomé posesión, solo transcurrieron catorce años.
-
---Se conoce que el Príncipe quiso servirle a usted --afirmó nuestro
-interlocutor--. No a todos se les despacha tan pronto. Hace veintidós
-años que yo pretendí que se me repusiera en mi antigua plaza de la
-Colecturía, del Noveno y del Excusado, y esta es la hora, señor D.
-Celestino. A pesar de todo, yo no me desanimo, y tengo por seguro que
-la semana que viene...
-
---No todos son tan afortunados como yo --dijo el optimista D.
-Celestino--. Verdad es que, como paisano y amigo de S. A., estoy en
-situación muy favorable. De mi pueblo a Badajoz, cuna de D. Manuel
-Godoy, no hay más que trece leguas y media por buen camino, y estoy
-cansado de ver la casa en que nació este faro de las Españas. Así es
-que en cuanto supo mi necesidad...
-
---Pero diga usted --preguntó bajando la voz el señor de _la semana que
-viene_--, ¿tenemos viaje de los Reyes a Andalucía o no tenemos viaje?
-
---¿Pero usted cree tales paparruchas? --dijo D. Celestino--. Esa voz la
-ha corrido Santurrias, el sacristán de mi iglesia. Ya le he dicho que
-si tocaba las campanas sin mi permiso...
-
---Todo el mundo lo asegura. Ya sabe usted que ha venido mucha tropa de
-Madrid, y por las calles del pueblo se ve gente de malos modos.
-
---¿Pero qué objeto puede tener ese viaje?
-
---Amigo, ya Napoleón tiene en España la friolera de cien mil hombres.
-Ha nombrado general en jefe a Murat, el cual dicen que salió ya de
-Aranda para Somosierra. Y a todas estas, ¿hay alguien que sepa a qué
-viene esa gente? ¿Vienen a echar a toda la Familia Real? ¿Vienen
-simplemente de paso para Portugal?
-
---¿Quién se asusta de semejante cosa? --dijo D. Celestino--. Pongamos
-por caso que vengan con mala intención. ¿Qué son cien mil hombres? Con
-dos o tres regimientos de los nuestros se podrá dar buena cuenta de
-ellos, y ahí nos las den todas. Como S. A. se calce las espuelas...
-Eso del viaje es pura invención de los desocupados y de los enemigos
-de S. A., que le insultan porque no les ha dado destinos. Como si los
-destinos se pudieran dar a todo el que los pretende.
-
-No siguió esta conversación, porque el ujier se acercó a nosotros,
-haciéndonos señas de que le siguiéramos. S. A. nos mandaba pasar.
-Cuando los demás pretendientes vieron que se daba la preferencia a los
-que habían llegado los últimos, un murmullo de descontento resonó en la
-sala. Nosotros la atravesamos muy orgullosos de aquella predilección,
-y mientras D. Celestino saludaba a un lado y otro con su bondad de
-costumbre, yo dirigí a los más cercanos una mirada de desprecio, que
-equivalía al convencimiento de mi próximo ingreso en la administración
-de ambos mundos.
-
-Pasamos de aquella sala a otras, todas ricamente alhajadas. ¡Qué bellos
-tapices, qué lindos cuadros, qué hermosas estatuas de mármol y bronce,
-qué vasos tan elegantes, qué candelabros tan vistosos, qué muebles tan
-finos, qué cortinajes tan espléndidos, qué alfombras tan muelles! No
-pude detenerme en la contemplación de tan bonitos objetos, porque el
-ujier nos llevaba a toda prisa, y yo me sentía atacado de una cortedad
-tal, que se disipó mi anterior envalentonamiento, y empecé a comprender
-que me faltarían ideas y saliva para expresar ante el Príncipe mis
-anhelos. Por fin llegamos al despacho de Godoy, y al entrar vi a
-este en pie, inclinado junto a una mesa y revisando algunos papeles.
-Aguardamos un buen rato a que se dignase mirarnos, y al fin nos miró.
-
-Godoy no era un hombre hermoso, como generalmente se cree; pero sí
-extremadamente simpático. Lo primero en que se fijaba el observador
-era en su nariz, la cual, un poco grande y respingada, le daba cierta
-expresión de franqueza y comunicatividad. Aparentaba tener sobre
-cuarenta años: su cabeza, rectamente conformada y airosa; sus ojos
-vivos, sus finos modales y la gallardía de su cuerpo, que más bien era
-pequeño que grande, le hacían agradable a la vista. Tenía sin duda la
-figura de un señor noble y generoso: tal vez su corazón se inclinaba
-también a lo grande; pero en su cabeza bullían el desvanecimiento, la
-torpeza, los extravíos y falsas ideas acerca de los hombres y las cosas
-de su tiempo.
-
-Nos miró, como he dicho, y al punto Don Celestino, que temblaba como un
-chiquillo de diez años, hizo una profunda cortesía, a la cual siguió
-otra hecha por mi persona. A mi acompañante se le cayó el sombrero;
-recogiolo, dio algunos pasos, y con voz tartamuda habló así:
-
---Ya que V. A. tiene el honor de... no... digo... ya que yo tengo el
-honor de ser recibido por V. A. Serenísima... decía que me felicito de
-que la salud de V. A. sea buena, para que por mil años sigamos haciendo
-el bien de la nación...
-
-El Príncipe parecía muy preocupado, y no contestó al saludo sino con
-una ligera inclinación de cabeza. Después pareció recordar, y dijo:
-
---¿Es usted el señor chantre de la catedral de Astorga, que viene a...?
-
---Permítame V. A. --interrumpió D. Celestino--, que ponga en su
-conocimiento cómo soy el cura de la parroquia castrense de Aranjuez.
-
---¡Ah! --exclamó el Príncipe--, ya recuerdo... el otro día... se le
-dio a usted el curato por recomendación de la señora Condesa de X,
-(Amaranta). ¿Es usted natural de Villanueva de la Serena?
-
---No, señor: soy de los Santos de Maimona. ¿No recuerda V. A. esa
-villa? En el camino de Fuente de Cantos. Allí se cogen unas sandías
-que pesan muchas arrobas, y también hay muchos melones... Pues, como
-decía a V. A., hoy venía con dos objetos: con el de tener el honor de
-presentarme a V. A. para que este chico lea un poema latino que ha
-compuesto... no, quiero decir...
-
-D. Celestino se atragantó, mientras que el Príncipe, asombrado de mi
-precocidad en el estudio de los clásicos, me miraba con ojos benévolos.
-
---No --dijo el cura entrando de nuevo en posesión de su lengua--. El
-poema ha sido compuesto por mí, y, accediendo a los deseos de V. A.,
-voy a comenzar su lectura.
-
-El Príncipe adelantó la mano con ese instintivo movimiento que parece
-apartar un objeto invisible. Pero D. Celestino no comprendió que su
-protector rechazaba por medio de un movimiento físico la amenazadora
-lectura del poema, y firme en su propósito, desenvainó el manuscrito
-homicida. En el mismo instante, Godoy, que atendía poco a nosotros y
-parecía estar pensando cosas muy graves, volviose bruscamente hacia la
-mesa, y empezó a hojear de nuevo los papeles.
-
-D. Celestino me miró, y yo miré a D. Celestino.
-
-Así transcurrió un minuto, al cabo del cual el Príncipe dirigiose hacia
-nosotros y dijo, señalando unas sillas:
-
---Siéntense ustedes.
-
-Después siguió en su investigación de papeles. Sentados en nuestros
-asientos el cura y yo, nos hablábamos en voz baja.
-
---Para exponerle tu pretensión --me dijo el tío de Inés--, debes
-esperar a que yo lea mi poema, en lo cual, con la pausa conveniente,
-no tardaré más que hora y media. El admirable efecto que le ha de
-producir la audición de los versos clásicos, a que es tan aficionado,
-le predispondrá en tu favor, y no dudo que te concederá cuanto le pidas.
-
-Después de otro rato de espera, un oficial entró para dar un despacho
-al Príncipe. Este le abrió al punto, y después que lo hubo leído con
-mucha ansiedad, dejolo sobre la mesa y se dirigió hacia D. Celestino.
-
---Dispénseme usted --dijo-- mi distracción. Hoy es día para mí de
-ocupaciones graves e inesperadas. No pensaba recibir a nadie en
-audiencia, y si le mandé entrar a usted fue porque sabía no es de los
-que vienen a pedirme destinos.
-
-D. Celestino se inclinó en señal de asentimiento, y yo dije para mí:
-«Lucidos hemos quedado.» Después dirigiose S. A. a mí, y me dijo:
-
---En cuanto al poema latino que este joven ha compuesto, ya tengo
-noticias de que es una obra notable. Persista usted en su aplicación a
-los buenos estudios, y será un hombre de provecho. No puedo hoy tener
-el gusto de conocer el poema; pero ya me habían hablado de usted con
-grandes encomios, y desde luego formé propósito de que se le diera a
-usted una plaza en la oficina de Interpretación de Lenguas, donde su
-precocidad sería de gran provecho. Sírvase usted dejarme su nombre...
-
-D. Celestino iba a contestar, rectificando el error; pero su turbación
-se lo impidió. Antes que mi compañero pudiera decir una palabra,
-levanteme yo, y extendiendo mi nombre sobre un papel que en la mesa
-encontré, ofrecilo respetuosamente al Príncipe, que concluyó así:
-
---Ruego a ustedes que tengan la bondad de retirarse, pues mis
-ocupaciones no me permiten prolongar esta audiencia.
-
-Hicimos nuevas cortesías; D. Celestino balbuceó las fórmulas pomposas
-propias del caso, y salimos del despacho del Príncipe. Al pasar por la
-sala donde esperaban con impaciencia los demás pretendientes, el ujier
-lanzó esta terrorífica exclamación: «¡No hay audiencia!»
-
-Al encontrarse en la calle, el buen cura, recobrando la serenidad de su
-espíritu y la soltura de su lengua, me dijo con cierto enojo:
-
---¿Por qué no le dijiste tú que el poema no era tuyo, sino mío?
-
-No pude menos de soltar la risa viéndole picado en su amor propio, y
-considerando el extraño resultado de nuestra visita al Príncipe de la
-Paz.
-
-
-
-
-VII
-
-
---Pues, Gabrielillo --me dijo D. Celestino cuando entrábamos en la
-casa--, cierto es que hay demasiada gente en el pueblo. Se ven por
-ahí muchas caras extrañas, y también parece que es mayor el número
-de soldados. ¿Ves aquel grupo que hay junto a la esquina? Parecen
-trajineros de la Mancha... y entre ellos se ven algunos uniformes de
-caballería. Por este lado vienen otros que parecen estar bebidos...
-¿oyes los gritos? Entrémonos, hijo mío, no nos digan alguna palabrota.
-Aborrezco al vulgo.
-
-En efecto: por las calles del Real Sitio y por la plaza de San Antonio
-discurrían más o menos tumultuosamente varios grupos, cuyo aspecto no
-tenía nada de tranquilizador. Asomábase a las ventanas el vecindario
-todo para observar a los transeúntes, y era opinión general que nunca
-se había visto en Aranjuez tanta gente. Entramos en la casa, subimos
-al cuarto de D. Celestino, y cuando este sacudía el polvo de su manteo
-y alisaba con la manga las rebeldes felpas del sombrero de teja, la
-puerta se entreabrió, y una cara enjuta, arrugada y morena, con ojos
-vivarachos y tunantes; una cara de esas que son viejas y parecen
-jóvenes, o al contrario, a la cual daba peculiar carácter toda la boca
-necesaria para contener dos filas de descomunales dientes, apareció en
-el hueco. Era Gorito Santurrias, sacristán de la parroquia.
-
---¿Se puede entrar, señor cura? --preguntó sonriendo con aquella
-jovialidad mixta de bufón y demonio que era su rasgo sobresaliente.
-
---A tiempo viene el Sr. Santurrias --dijo el cura frunciendo el ceño--,
-porque tengo que prevenirle... Sepa usted que estoy incomodado,
-sí, señor; y pues los sagrados cánones me autorizan para imponerle
-castigo... allá veremos... y digo y repito que la gente que se ve por
-ahí no viene a lo que usted me indicó esta mañana. ¡Pues no faltaba más!
-
---Señor cura --contestó irrespetuosamente Santurrias--, esta noche me
-desollará las manos la cuerda de la campana grande. Es preciso tocar,
-tocar para reunir la gente.
-
---¡Ay de Santurrias si suenan las campanas sin mi permiso!... Pero ¿qué
-quiere esa canalla? ¿Qué pretende?
-
---Eso lo veremos luego.
-
---Ande usted con Barrabás, diablo de siete colas. ¿Pero a qué viene
-a Aranjuez esa gentuza? --repitió D. Celestino dirigiéndose a mí--.
-Gabriel, se nos olvidó advertir al señor Príncipe de la Paz lo que
-pasa, y aconsejarle que no esté desprevenido. ¡Cuánto nos hubiese
-agradecido S. A. nuestro solícito interés!
-
---Ya se lo dirán de misas --murmuró burlonamente Santurrias--. Lo que
-quiere esa gente es impedir que nos lleven para las Indias a nuestros
-idolatrados Reyes.
-
---¡Ja, ja! --exclamó el sacerdote, poniéndose amarillo--. Ya salimos
-con la muletilla. Como si uno no tuviera autoridad para desmentir tales
-rumores; como si uno no fuera amigo de personas que le enteran de lo
-que pasa; como si uno no estuviera al tanto de todo.
-
-Diciendo esto, D. Celestino no quitaba de mi los ojos, buscando
-sin duda una discreta conformidad con sus afirmaciones. En tanto
-Santurrias, que era uno de los sacristanes más tunos y desvergonzados
-que he visto en mi vida, no cesaba de burlarse de su superior
-jerárquico, bien contradiciéndole en cuanto decía, bien cantando con
-diabólica música una irreverente ensaladilla compuesta de trozos de
-sainete mezclados con versículos latinos del Oficio ordinario.
-
---¡Ay, señor cura, señor cura! --gritaba--. Si veremos correr a su
-paternidad por el camino de Madrid con los hábitos arremangados. ¡Ja,
-ja, ja!
-
- Préstame tu moquero,
- si está más limpio,
- para echar los tostones
- que me has pedido.
-
- _Asperges me, Domine, hissopo, et mundabor._
-
---Mi dignidad --repuso el clérigo, cada vez más amostazado-- no me
-permite rebajarme hasta disputar con el Sr. de Santurrias. Si yo no le
-tratara de igual, como acostumbro, no se habría relajado la disciplina
-eclesiástica; pero en lo sucesivo he de ser enérgico, sí, señor,
-enérgico, y si Santurrias se alegra de que esa plebe indigna vocifere
-contra el Príncipe de la Paz, sepa que yo mando en mi iglesia, y... no
-digo más. Parece que soy blando de genio; pero Celestino Santos del
-Malvar sabe enfadarse, y cuando se enfada...
-
---Cuando llegue la hora del jaleo, señor cura, su paternidad nos sacará
-aquellas botellitas que tiene guardadas en el armario, para que nos
-refresquemos --dijo Santurrias, descosiéndose de risa otra vez.
-
---¡Borracho! así está la santa Iglesia en tus pícaras manos --replicó
-el clérigo--. Gabriel, ¿querrás creer que hace dos días tuve que coger
-la escoba y ponerme a barrer la capilla del Santo Sagrario, que estaba
-con media vara de basura? Desde que llegué aquí, me dijeron que este
-hombre acostumbraba visitar la taberna del tío Malayerba: yo me propuse
-corregirle con piadosas exhortaciones; pero ¡el Diablo le lleve! hay
-días, chiquillo, que hasta el vino del Santo Sacrificio desaparece de
-las vinajeras. ¡Y esto se permite tener opinión, y disputar conmigo,
-asegurando que si cae o no cae el dignísimo, el eminentísimo, ¡óigalo
-usted bien! el incomparabilísimo Príncipe de la Paz!
-
---Pues y nada más. ¡Como que no le van a arrastrar por las calles de
-Aranjuez, como al gigantón de Pascua florida!...
-
---¡Qué abominaciones salen por esa boca, Dios de Israel!
-
-Tan pronto ahuecaba Santurrias la voz para cantar gravemente un trozo
-de la misa o del oficio de difuntos, como la atiplaba entonando con
-grotescos gestos una seguidilla. Luego imitaba el son de las campanas,
-y hasta llegó en su irrespetuoso desparpajo a remedar la voz gangosa de
-mi amigo, el cual, todo turbado, variaba de color a cada instante, sin
-poder sobreponerse a las zumbas de su miserable subalterno.
-
---Pero, en resumen --dijo al fin--, ¿qué es lo que mi señor sacristán
-espera? ¿Cuenta, sin duda, con ordenarse de menores para que le hagan
-cardenal subdiácono?
-
---Allá veremos, Sr. D. Celestino --contestó el bufón--. Esta noche o
-mañana veremos lo que hace Santurrias. No tema nada mi curita, que ya
-le pondremos en salvo.
-
- _Tuba mirum spargens sonum_
- _per sepulchra regionum_
- _coget omnes ante thronum._
-
- Esta si que es tira, tirana:
- ojo alerta, cuidado, señores,
- que aunque tengan las caras de plata
- muchas tienen las manos de cobre.
-
---Eso es, mezcle usted los cantos divinos con los mundanos. ¡Me
-gusta! Pero se me acaba la paciencia, señor rapa-velas. ¡Oh, Gabriel!
-estoy sofocadísimo. Yo bien sé que no hay nada, que no ocurre nada;
-bien sé que de ese monigote no hay que hacer caso. Sabe Dios cuántos
-cuartillos de lo de Yepes tendrá en el bendito estómago; pero conviene
-averiguar... Mira, hijito: sal tú por ahí, entérate bien, y tráeme
-noticias de lo que se dice en el pueblo. Puede que esos tunantes tengan
-el propósito aleve... Si así fuese, haz lo que te digo; que aquí quedo
-yo esperándote, y en cuanto descabece un sueñecito, iré a prevenir al
-Príncipe para que se ande con cuidado... ¡Pues no me lo agradecerá poco
-el buen señor!
-
-No solo por obedecerle, sino también por satisfacer mi curiosidad,
-salí de la casa y recorrí las calles del pueblo. El gentío aumentaba
-en todas partes, y especialmente en la plaza de San Antonio. No era
-preciso molestar a nadie con preguntas para saber que el generoso
-pueblo, enojado con la noticia verdadera o falsa de que los Reyes iban
-a partir para Andalucía, parecía dispuesto a impedir el viaje, que
-se consideraba como una combinación infernal fraguada por Godoy, de
-acuerdo con Bonaparte.
-
-En todos los grupos se hablaba del Generalísimo, como es de suponer,
-y en verdad digo que no hubiera querido encontrarme en el pellejo de
-aquel señor, a quien poco antes había visto tan fastuoso y espléndido;
-pero sabido es que la Fortuna suele ser la más traidora de las diosas
-con aquellos mismos que favoreció demasiado, y no hay que fiarse mucho
-de esta ruin cortesana. Decía, pues, que a los vasallos del buen Carlos
-no les parecía muy bien el viaje, y aunque hasta entonces no se les
-había hablado del derecho a influir en los destinos de esta nuestra
-bondadosa madre España, ello es que, guiados sin duda por su instinto
-y buen ingenio, aquellos benditos se disponían a probar que para algo
-respiraban doce millones de seres humanos el aire de la Península.
-
-Más de dos horas estuve paseándome por las calles. Como a cada instante
-llegaba gente de la Corte, traté de encontrar alguna persona conocida;
-pero no hallé ningún amigo. Ya me retiraba a la casa del cura, cercana
-la noche, cuando de un grupo se apartó un joven de más edad que yo, y
-llegándose a mí con aparatosa oficiosidad, me saludó llamándome por
-mi nombre y pidiéndome informes acerca de mi importantísima salud. Al
-pronto no le conocí; mas cuando cambiamos algunas palabras, caí en la
-cuenta de que era un señor pinche de las reales cocinas, con quien yo
-había trabado conocimiento cinco meses antes en el Palacio del Escorial.
-
---¿No te acuerdas de quien te daba de cenar todas las noches? --me
-dijo--. ¿No te acuerdas del que te contestaba a tus mil preguntas?
-
---¡Ah! sí --repuse--: ya reconozco al señor Lopito. Has engordado, sin
-duda.
-
---La buena vida, amigo --dijo con petulancia, terciando airosamente la
-capa en que se envolvía--. Ya no estoy en las cocinas: he pasado a la
-montería del señor Infante D. Antonio Pascual, donde no hay mucho que
-hacer y se divierte uno. Velay: ahora nos han mandado que nos quitemos
-las libreas y paseemos por el pueblo... en fin, esto no se puede decir.
-
---Pues yo por nada serviría en Palacio. Tres días fui paje de la señora
-Condesa Amaranta, y quedé harto.
-
---Quita allá: en ninguna parte se vive como en Palacio, porque después
-que le dan a uno buena cama, buen plato y buena ropa, cuando llega una
-ocasión como esta no falta un dobloncito en el bolsillo... Pero esto no
-es para dicho aquí entre tanta gente, y allí está la taberna del tío
-Malayerba, que parece llamarnos, para que, refrescando en ella, nos
-contemos nuestras vidas.
-
-Lopito era un chicuelo de esos que prematuramente se quieren hacer
-pasar por hombres, pues también entonces existía esta casta, no
-conociendo para tal objeto otros medios que beber a porrillo y dar
-de puñetazos en las mesas, desvergonzarse con todo el mundo, mirar
-con aire matachín, y contar de sí propios inverosímiles aventuras.
-Pero con estas cualidades y otras muchas, el expinche no dejaba de
-ser simpático, sin duda porque unía a su vanidosa desenvoltura la
-generosidad y el rumbo, que acompañan por lo regular a los pocos años.
-Convidome a cenar en la taberna, charlamos luego hasta las nueve, y nos
-separamos tan amigotes, cual si hubiéramos aprendido a leer en la misma
-cartilla.
-
-Al día siguiente, como no era posible volverme a Madrid, a causa de que
-los trajineros pedían fabulosos precios por el viaje, nos reunimos otra
-vez. Lopito estaba tan desocupado como yo, y entre la taberna del tío
-Malayerba y los jardines del Príncipe nos pasamos la mayor parte del
-día, conferenciando sobre cuanto nos ocurría, y especialmente acerca
-de acontecimientos públicos, asunto en que él se daba extraordinaria
-importancia. Al principio se mostraba algo reservado en esta cuestión;
-pero, por último, no pudiendo resistir dentro de su alma el sofocante
-peso de un secreto, se franqueó conmigo gallardamente.
-
---Si quieres --me dijo--, puedes ganarte algunos cuartos. Yo te llevaré
-a casa del señor Pedro Collado, criado de S. A. el Príncipe Fernando, y
-verás cómo te dan soldada. ¿Has reparado en esos paletos manchegos que
-andan por ahí? Pues todos cobran ocho, diez o doce reales diarios, con
-viaje pagado y vino a discreción.
-
---¿Y por qué es ello, Lopito? Yo creí que gritaba y chillaba porque así
-era su gusto. ¿De modo que todo eso de _vivan nuestros Reyes_ y lo de
-_muera el choricero_, es porque corre la mosca?
-
---No: te diré. Los españoles todos aborrecen a ese hombre; mas para que
-dejen sus casas y tierras y sus caballerías por venir aquí a gritar, es
-preciso que alguien les dé el jornal que pierden en un día como este.
-Todos los que servimos al Infante D. Antonio Pascual y los criados del
-Príncipe de Asturias, hemos estado por ahí buscando gente. De Madrid
-hemos traído medio barrio de Maravillas, y en los pueblos de Ocaña,
-Titulcia, Villatobas, Corral de Almaguer, Villamejor y Romeral, creo
-que no han quedado más que las mujeres y los viejos, pues hasta un
-racimo de chiquillos trajo el Sr. Collado.
-
---Pero, tonto --dije yo, creyendo presentar un argumento decisivo--,
-¿qué importa que toda esa gente chille a las puertas de palacio
-pidiendo lo que no les han de dar? ¿Pues no tiene ahí S. M. sus reales
-tropas para hacerse respetar y temer? Porque o somos o no somos. Si con
-un puñado de gente gritona traída de los pueblos y de las Vistillas de
-Madrid se puede obligar al Rey a que haga una cosa, no sé para qué se
-toma ese señor el trabajo de llevar corona en la cabeza.
-
---Dices bien, Gabrielillo; y si el condenado Generalísimo estuviera
-seguro de que la tropa le sostenía, ya podían volverse a sus casas
-todos esos caballeros que han venido a darle una serenata; pero tú no
-sabes de la misa la media. También han repartido dinero a la tropa
---añadió bajando la voz--; y como el Príncipe de Asturias tiene no sé
-cuántas arcas llenas de onzas de oro que le ha ido dando su padre para
-juguetes... ya ves... S. A. hará lo que le dé la gana, porque le ayudan
-todos los señores de la grandeza, muchos Obispos, muchos Generales, y
-hasta los mismos Ministros que ahora tiene el Rey.
-
---Eso sí que es una grandísima picardía --exclamó con ira--. Son
-Ministros del Rey, son compañeros del otro, a quien sin duda deben los
-zapatos con que se calzan, y al mismo tiempo le hacen la mamola al
-niño Fernando, porque ven que el pueblo le quiere, y dicen: «Por fas
-o nefas, por la mano derecha o por la izquierda, no ha de tardar en
-sentarse en el trono.»
-
-Con este diálogo llegamos a la taberna, y allí nos sentamos, pidiendo
-Lopito para sí aguardiente de Chinchón y yo tintillo de Arganda. No
-estábamos solos en aquella academia de buenas costumbres, porque cerca
-de la mesa en que nosotros perfeccionábamos nuestra naturaleza física
-y moral, se veían hasta dos docenas de caballeros, en cuyas fisonomías
-reconocí a algunos famosos Hércules y Teseos de Lavapiés, de aquellos
-que invocó con épico acento el poeta al decir:
-
- Grandes, invencibles héroes,
- que en los ejércitos diestros
- de borrachera, rapiña,
- gatería y vituperio,
- fatigáis las faltriqueras,
- las tabernas y los juegos,
- venid a escuchar el modo
- de vengar nuestro desprecio.
- Envidiable Pelachón;
- Marrajo temido y fiero;
- inimitable Zancudo,
- y demás que sois modelo
- de virtudes, venid todos...
-
-Entre estos hombres vi otros de figura extraña, y tan astrosos y con
-tanto andrajo cubiertos, que daba lástima verles.
-
---Estos --me dijo Lopito, satisfaciendo mi curiosidad-- son lo
-mejorcito de Zocodover de Toledo, donde ejercitan su destreza en el
-aligeramiento de bolsillos y alivio de caminantes.
-
-También entraron en la taberna muchos soldados de caballería, y al
-poco rato se había entablado conversación tan viva, que no era posible
-entender ni una palabra, si palabras pueden llamarse las vociferaciones
-y juramentos de aquella gente. Unos sostenían que la Familia Real
-partiría aquella misma tarde, y otros que el Rey no había pensado en
-tal viaje. Pronto se disiparon las dudas, porque corrió la voz de que
-S. M. dirigía la voz a sus súbditos por medio de una proclama que al
-punto se fijó en todos los sitios públicos. En ella, después de llamar
-_vasallos_ a los españoles, decía el buen Carlos IV que la noticia
-del viaje era invención de la malicia; que no había que temer nada de
-los franceses, nuestros queridos amigos y aliados, y que él era muy
-dichoso en el seno de su familia y de su pueblo, al cual conceptuaba
-asimismo como empachado de prosperidad y bienaventuranza al amparo de
-paternales instituciones.
-
-La mayor parte de los héroes de Zocodover y las Vistillas no parecían
-inclinados a dar crédito a la regia palabra, antes bien se burlaban de
-cuantos acudían a leerla, añadiendo:
-
---No se nos engañará. A mí con esas... _Aspacito_, Sr. D. Carlos, que
-ya lo arreglaremos.
-
-Cuando fui a casa encontré a D. Celestino loco de alegría: paseaba por
-su habitación con la sotana suelta, y aunque no estaba presente, ni
-aun en sombra, el pícaro sacristán, mi amigo, profería con desaforado
-acento estas palabras:
-
---¿Lo ves, malvado Santurrias? ¿Lo ves, tunante, borracho, mal acólito,
-que no sabes más que juntar gotas de aceite y mocos de vela para
-venderlo en pelotillas? ¿Ves cómo yo tenía razón? ¿Ves cómo los Reyes
-no han pensado nunca en semejante viaje? Sí, que ahí están esos señores
-en el trono para darte gusto a ti, pérfido sacristán, escurridor de
-lámparas y ganzúa de cepillos. ¿No bastaba que lo dijera yo, que soy
-amigo de S. A. Serenísima, y tengo estudios para comprender lo que
-conviene al interés de la Nación? Véngase usted ahora con bromitas;
-amenáceme con tocar las campanas sin mi permiso. ¡Ah! agradézcame el
-muy tunante que no me cale ahora mismo el manteo y teja para ir en
-persona a contarle a S. A. qué clase de pajarraco es usted, con lo cual
-dicho se está que el señor Patriarca me le pondría de patitas en la
-calle. Pero no, señor Santurrias soy un hombre generoso y no iré; no
-quiero quitarle el pan a un viudo con cuatro hijos. Pero véngase usted
-ahora con bromitas, diciendo que mi paisano acá y allá, y que le van a
-arrastrar; y repita aquello de «¡Viva Fernando, _Kyrie eleison_! ¡Muera
-Godoy, _Christe eleison_!» con que me despierta todos los días.
-
-A este punto llegaba, cuando advirtió que yo estaba delante, y
-echándome los brazos al cuello, me dijo:
-
---Al fin hemos salido de dudas. Todo era invención de Santurrias.
-¿Qué hay por el pueblo? Estará la gente contentísima, ¿sí? Ahora,
-cuando salga el señor Príncipe de la Paz a paseo, supongo que le
-vitorearán... ¡Ay! qué susto me he llevado, hijito. De veras creí que
-íbamos o tener un motín. ¡Un motín! ¿Sabes tú lo que es eso? En mi
-vida he visto tal cosa, y sírvase Dios llevarme a su seno antes que
-lo vea. Un motín no es ni más ni menos que salirse todos a la calle
-gritando viva esto o muera lo otro, y romper alguna vidriera, y hasta
-si se ofrece golpear a algún desgraciado. ¡Qué horror! Gracias a Dios
-no tendremos ahora nada de esto, y sin duda la prudencia y tino de
-aquel hombre... ¿Sabes que estuve en su palacio a prevenirle de lo que
-pasaba, y no me recibió?...
-
---Lo creo. En estos días no tendrá S. A. humor para recibir, porque,
-como dijo el otro, no está la Magdalena para tafetanes.
-
---Tal vez él tenga noticias de las picardías de Santurrias y de los
-otros perdidos con quien se junta en la taberna del tío Malayerba
---continuó el cura--. ¿Pero en dónde está ese endemoniado sacristán?
-No parece por aquí, porque sabe que le he de poner más colorado que un
-pimiento riojano.
-
-No había acabado de decirlo, cuando entreabriéndose la puerta, dejó ver
-los dientes, la plegada y siempre risueña boca, la esprimida cara y
-arrugada frente del sacristán.
-
---Venga acá --exclamó D. Celestino con alborozo--; venga el
-sapientísimo Sr. Santurrias, presunto cardenal metropolitano; venga
-acá para que nos ilustre con su saber, para que nos aconseje con su
-prudencia. ¿Puede decirnos cuándo es el viaje? Porque yo tengo para mí
-que la proclama de S. M. es una tiñería; ¿y qué crédito merece el Rey
-de las Españas, de las Indias, de Jerusalén, de Rodas, etc., cuando
-habla el Excmo. Sr. D. Gregorio de las Santurrias, sacristán que fue de
-monjas Bernardas, y hoy de mi parroquia? A ver, ¿nos sacará de dudas su
-señoría?
-
---Mañana, mañana, mañanita, señor cura --contestó el sacristán--.
-Dígame su paternidad: ¿saca o no las botellicas?
-
-Y luego, sin desconcertarse ante la ironía de su superior, sino, por el
-contrario, burlándose de los graves gestos con que se le interpelaba,
-empezó a entonar los singulares cantos de su repertorio, haciendo mil
-grotescos visajes y moviendo los brazos, ya en ademán de repicar,
-ya aparentando recorrer el teclado de un órgano, ya, en fin, con la
-postura propia de tocar la guitarra, sin dejar de cantar en la forma
-siguiente:
-
- _Domine, ne in furore tuo arguas me..._
-
- Es la Corte la mapa
- de ambas Castillas,
- y la flor de la Corte
- las Maravillas.
- Anda, moreno,
- que no hay cosa en el mundo
- como tu pelo.
-
- _De profundis clamavi ad te, Domine._
- _Domine exaudi vocem meam..._
-
- Don, dilondón, don, don.
-
-
-
-
-VIII
-
-
-Al día siguiente no hallé tampoco quien me llevase a Madrid; pero
-deseando vivamente saber de Inés y oír de sus propios labios si
-era verdad o mentira la bienaventuranza que le habían ofrecido los
-Requejos, determiné marcharme a pie, lo cual, si no era muy cómodo, era
-más barato. D. Celestino y yo hablábamos de esto, cuando Lopito entró a
-buscarme.
-
---Esta noche --me dijo al bajar la escalera-- tendremos fiesta. No lo
-digas ni a tu camisa, Gabrielillo. Pues verás... Aquel papelote que
-escribió ayer el Rey es una farsa. Bien decía yo que D. Carlitos, con
-su carita de pascua, nos está engañando.
-
---¿De modo que hay viaje?
-
---Tan cierto como ahora es día. Pero como no queremos que se vayan,
-porque esto es enjuague de Napoleón con Godoy para luego repartirse
-a España entre los dos; como no queremos que se vayan, el viaje se
-prepara ocultamente para esta noche. Si fuera verdad que no pensaban
-salir, ¿por qué no se ha retirado la tropa? ¿Por qué ha venido más
-tropa, y más tropa, y más tropa? ¿Ves? Ahora está entrando un batallón
-por la calle de la Reina.
-
-Confieso que a mí no me importaba gran cosa que saliese un batallón
-o entraran ciento, ni tampoco me ponía en cuidado el que mi Sr.
-D. Carlos se marchara a Andalucía o a donde mejor le conviniese.
-Así se lo manifesté a mi amigo; pero hallándose el alma de Lopito
-inundada de generoso entusiasmo, _por el bien del reino_, me hizo ver
-que mi indiferencia era censurable y hasta criminal. Largas horas
-pasamos discurriendo por el pueblo y matando el tiempo con amenas
-conversaciones. El se empeñó en llevarme a la taberna, y a la taberna
-fuimos. La concurrencia era la misma, aunque el panorama de caras había
-variado, viéndose entre ellas la de Santurrias, que no era la menos
-animada. También estaba allí muy macilento y meditabundo, con los
-agujereados codos sobre la mesa, el poeta calagurritano que dos años
-antes capitaneaba la turba de silbantes en el estreno de _El sí de las
-niñas_, y con él libaba el néctar de Esquivias en el mismo vaso otro
-de los dioses menores del Olimpo comellesco, el famoso Cuarta y Media,
-calderero y poeta. ¡Pobres hijos de Apolo!
-
-El pinche me dijo que todos aquellos personajes habían venido de Madrid
-traídos por los confeccionadores de la conjuración, y añadió:
-
---Esto para que se vea que también toman parte los hombres que se
-llaman _científicos_.
-
-No puedo menos de decir que toda aquella gente me repugnaba; y en
-cuanto a sus intenciones y propósitos, todo me parecía absurdo, sin
-explicarme por qué.
-
---Estúpidos --decía para mí--, ¿pensáis que semejante gatería es capaz
-de quitar y poner reyes a su antojo?
-
-Pero en la noche de aquel mismo día fue cuando pude medir en toda su
-inexplorada profundidad el abismo de ignorancia y fanatismo de aquel
-puñado de revolucionarios. No hallando otro alivio a mi aburrimiento
-que la asistencia a la taberna en compañía de Lopito, en cuanto cerró
-la noche procuré tranquilizar a D. Celestino, y me fui allá. Lopito,
-que me aguardaba con impaciencia, me dijo al verme a su lado:
-
---Me alegro de que hayas venido, pues con eso no perderás lo mejor.
-Aquí está reunida toda la gente, y después... después veremos.
-
-La taberna del tío Malayerba estaba llena de bote en bote, y también
-disfrutaba el honor de una desmesurada concurrencia un patio interior,
-destinado de ordinario a herradero y taller de carretería. No puedo
-haceros formar idea de la variedad de trajes que allí vi, pues creo
-que había cuantos han cortado la historia, la costumbre y el hambre
-con su triple tijera. Veíanse muchos hombres envueltos en mantas, con
-sombrero manchego y abarcas de cuero; otros tantos cuyas cabezas negras
-y redondas adornaba un pingajo enrollado, última gradación del turbante
-oriental; otros muchos calzados con la silenciosa alpargata, ese pie
-de gato, que tan bien cuadra al ladrón; muchos, con chalecos botonados
-de moneditas, se ceñían la faja morada, que parece el último girón
-de la bandera de las Comunidades; y entre esta mezcolanza de paños
-pardos, sombreros negros y mantas amarillas, se destacaban multitud de
-capas encarnadas, cubriendo cuerpos famosos de las Vistillas, del Ave
-María, del Carnero, de la Paloma, del Águila, del Humilladero, de la
-Arganzuela, de Mira el Río, de los Cojos, del Oso, de Tribulete, de
-Ministriles, de los Tres Peces, y otros _faubourgs_ (permítasenos la
-palabrota), donde siempre germinó al beso del sol de Castilla la flor
-de la granujería.
-
-En cuanto a la variedad de las voces nada puedo decir, porque todos
-hablaban a un tiempo. Pero al fin de aquella reunión, como en todas
-las de igual naturaleza, resonó una voz para dominar a las demás. La
-multitud sabe a veces callar para oír, sin duda porque se marea con sus
-propios gritos. Algunos de los presentes dijeron: «que hable Pujitos»,
-y al instante Pujitos, cediendo a los reiterados ruegos de sus _amigos
-políticos_ (dispensadme este anacronismo), salió al patio, por no tener
-la taberna capacidad para tan grande auditorio, y subió a la tribuna,
-es decir, a un tonel.
-
-Pujitos era lo que en los sainetes de D. Ramón de la Cruz se señala
-con la denominación de _majo decente_, es decir, un majo que lo era más
-por afición que por clase; personaje sublimado por el oficio de obra
-prima, el de carpintero o el de platero, y que no necesitaba vender
-hierro viejo en el Rastro, ni acarrear aguas de las fuentes suburbanas,
-ni cortar carne en las plazuelas, ni degollar reses en el matadero,
-ni vender aguardiente en _Las Américas_, ni machacar cacao en Santa
-Cruz, ni vender torrados en la verbena de San Antonio, ni lavar tripas
-allá por el portillo de Gilimón, ni freír buñuelos en la esquina del
-hospital de la V. O. T., ni menos se degradaba viviendo holgadamente
-a expensas de una mondonguera, o castañera, o de alguna de las muchas
-Venus salidas de la jabonosa espuma del Manzanares. Pujitos estaba con
-un pie en la clase media: era un artesano honrado, un hábil maestro
-de obra prima; pero tan hecho desde su tierna y bulliciosa infancia
-a las trapisondas y jaleos manolescos, que ni en el traje ni en las
-costumbres se le distinguía de los famosos Tres Pelos, el Ronquito,
-Majoma y otras notabilidades de las que frecuentemente salían a visitar
-las cortes y sitios reales de Ceuta, Melilla, etc.
-
-Pujitos era español. Como es fácil comprender, tenía su poco de
-imaginación, pues alguno de los granos de sal, pródigamente esparcidos
-por mano divina sobre esta tierra, había de caer en su cerebro. No
-sabía leer, y tenía ese don particular, también español neto, que
-consiste en asimilarse fácilmente lo que se oye; pero exagerando o
-trastornando de tal manera las ideas, que las repudiaría el mismo que
-por primera vez las echó al mundo. Pujitos era además bullanguero,
-de esos que en todas épocas se distinguen, por creer que los gritos
-públicos sirven de alguna cosa; gustaba de hablar cuando le oían más de
-cuatro personas, y tenía todos los marcados instintos del personaje de
-club; pero como entonces no había tales clubs ni milicias nacionales,
-fue preciso que pasaran catorce años para que Pujitos entrara con
-distinto nombre en el uso pleno de sus extraordinarias facultades.
-Setenta años más tarde, Pujitos hubiera sido un zapatero suscrito
-a dos o tres periódicos, teniente de un batallón de voluntarios,
-vicepresidente de algún círculo propagandista, elector diestro y
-activo, vocal de una comisión para la compra de armas, inventor de
-algún figurín de uniforme; hubiera hablado quizás del _derecho al
-trabajo_ y del _colectivismo_, y en vez de empezar sus discursos así:
-_Jeñores: Denque los güenos españoles..._ los comenzaría de este otro
-modo: _Ciudadanos: A la raíz de la revolución..._
-
-Pero entonces no se había hablado de los derechos del hombre, y lo poco
-que de la Soberanía Nacional dijeron algunos no llegó a las tapiadas
-orejas de aquel personaje; ni entonces había asociaciones de obreros,
-ni derecho al trabajo, ni batallones de milicias, ni gorros encarnados;
-ni había periódicos, ni más discursos que los de la Academia, por cuyas
-razones Pujitos no era más que Pujitos.
-
-De pie sobre el tonel, con la capa terciada, el sombrero echado sobre
-la ceja derecha, aquel personaje, pequeño de cuerpo, si bien de alma
-grande, morenito, con sus ojuelos abrillantados por los vapores que le
-subían del estómago, habló de esta manera:
-
---Jeñores: Denque los güenos españoles golvimos en sí y vimos quese
-Menistro de los dimonios tenía vendío el reino a Napolión, risolvimos
-ir en ca el palacio de su sacarreal majestad pa icirle cómo estemos
-cansaos de que nos gobierne como nos está gobernando, y que naa más
-sino que nos han de poner al Príncipe de Asturias, pa que el puebro
-contento diga: «el _Kyrie eleison_ cantando, ¡viva el Príncipe
-Fernando!» (_Fuertes gritos y patadas._) Ansina se ha de hacer, que
-ínterin quel otro se guarda el dinero de la Nación, el puebro no come,
-y Madrid no quiere al Menistro; conque, ¡juera el Menistro! que aquí
-semos toos españoles, y si quieren verlo, úrgennos un tantico y verán
-do tenemos las manos. (_Señales de asentimiento._) Pos sigo iciendo que
-esombre nos ha robao, nos ha perdío, y esta noche nos ha de dar cuenta
-de too, y hamos de ecirle al Rey que le mande a presillo y que nos
-ponga al Príncipe Fernando, a quien por esta (y besó la cruz) juro que
-le efenderemos contra too el que venga, manque tenga enjércitos y más
-enjércitos. Jeñores: astamos ya hasta el gañote, y ahora no hay naa más
-sino dejarse de pedricar y coger las armas pacabar con Godoy, y digamos
-toos con el ángel:
-
- «El _Kyrie eleison_ cantando,
- ¡viva el Príncipe Fernando!»
-
-Un alarido, un colosal balido resonó en el patio, y el orador bajó de
-su escabel. Mientras limpia el sudor de su frente coronada con los
-laureles oratorios, la moza de la taberna se acerca a escanciarle vino.
-¿Es Hebe, la gallarda copera de los dioses, que vierte el néctar de
-Chipre en el vaso de oro del joven de los rubios cabellos, al regresar
-de la diurna carrera? No: es Mariminguilla, la ninfa de Perales de
-Tajuña, a quien trajo desde las riberas de aquel florido río el Sr.
-Malayerba, dándole el cargo de escanciadora mayor, que desempeña entre
-pellizcos y requiebros.
-
-Lopito, que tiene con ella alguna aventura pendiente, la llama, la
-pellizca también, dícele mil niñerías... Pero a todas estas la multitud
-que ocupa la taberna se levanta, obedeciendo a la orden de un hombre
-que allí se presentó de improviso. Salieron todos, y yo, no queriendo
-perder el final de una función que parecía ser divertida, les seguí.
-
---¡Silencio todo el mundo! --dijo una voz, perteneciente, según
-comprendí, a persona resuelta a hacerse obedecer; y la turba se puso en
-marcha con cierto orden. La noche era oscurísima, pero serena.
-
---¿A dónde vamos, Lopito? --pregunté a mi compañero.
-
---A donde nos lleven --me contestó por lo bajo--. ¿A que no sabes quién
-es ese que nos manda?
-
---¿Quién? ¿Aquel palurdo que va delante con montera, garrote,
-chaqueta de paño pardo y polainas; que se para a ratos, mira por las
-bocacalles, y se vuelve hacia acá para mandar que calléis?
-
---Sí: pues ese es el señor Conde del Montijo. Conque figúrate,
-chiquillo, si no podemos decir aquel refrán de... cuando los santos
-hablan, será porque Dios les habrá dado licencia.
-
-
-
-
-IX
-
-
-El grupo recorrió algunas calles y uniose a otro más numeroso que
-encontramos al cuarto de hora de haber salido. Lopito, señalándome las
-tapias que se veían en el fondo del largo callejón, me dijo:
-
---Aquellas son las cocheras y la huerta del Príncipe de la Paz.
-
-Pasamos de largo y vimos de lejos las dos cúpulas del palacio. Cerca
-del mercado se nos unieron otras muchas personas que, según Lopito,
-eran cocheros, palafreneros, pinches, mozos de cuadra y lacayos del
-Infante Don Antonio y del Príncipe de Asturias.
-
---Pero ¿qué vamos a hacer aquí? --pregunté a mi amigo--. ¿Vamos a
-impedir que los Reyes salgan del pueblo, o vamos simplemente a tomar el
-fresco?
-
---Eso lo hemos de ver pronto --me contestó--. Yo, si he de decirte la
-verdad, no sé lo que se ha de hacer, porque Salvador el cochero no
-me ha dicho más sino que vaya donde van los demás y grite lo que los
-demás griten. Ves, ahí frente tenemos el palacio: no hay luces en las
-ventanas ni se oye ruido alguno, como no sea el de las ranas que cantan
-en los charcos del río.
-
-La voz del que nos mandaba dijo «¡Alto!», y no dimos un paso más.
-
---Es raro --dije a Lopito muy quedamente-- que no hayamos encontrado
-centinelas que nos detengan, ni siquiera una ronda de tropa que nos
-pregunte a dónde vamos a estas horas.
-
---¡Necio! --me contestó--. ¡Si sabrá la tropa lo que se pesca! ¿Pues
-qué hacen ellos sino estarse quietecitos en sus cuarteles esperando a
-que les digan: caballeros, esto se acabó?
-
-Dime por convencido y callé. Durante un rato bastante largo no se
-oyó más que el sordo murmullo de diálogos sostenidos en voz baja,
-algunos sordos ronquidos, sofocadas toses, y a lo lejos el canto
-de las discutidoras ranas y el rumor de leves movimientos del aire
-sacudiendo las ramas de los olmos, que empezaban a reverdecer. La noche
-era tranquila, triste, impregnada de ese perfume extraño que emiten
-las primeras germinaciones primaverales. El cielo estaba tachonado de
-estrellas, a cuya pálida claridad se dibujaban los espesos y negros
-árboles, la silueta cortada del Real Palacio, y más allá la figura del
-Anteo de mármol, levantado del suelo por Hércules, en el grupo de la
-fuente monumental que limita el llamado _Parterre_. El sitio y la hora
-eran más propios para la meditación que para la asonada.
-
-De improviso, aquel silencio profundo y aquella oscuridad intensa se
-interrumpieron por el relámpago de un fogonazo y el estrépito de un
-tiro que no se sabe de dónde partió. La turba de que yo formaba parte
-lanzó mil gritos, desparramándose en todas direcciones. Parecía que
-reventaba una mina, pues no a otra cosa puedo comparar la erupción de
-aquel rencor contenido. Todos corrían; yo corría también. Lucieron
-antorchas y linternas; se alzaron al aire nudosos garrotes; muchas
-escopetas se dispararon; oyose un son vivísimo de cornetas militares,
-y multitud de piedras, despedidas por diestras manos, fueron a
-despedazar, produciendo horribles chasquidos, los cristales de una gran
-casa. Era la del Príncipe de la Paz.
-
-La historia dice que el tumulto empezó porque la turba se empeñó en
-conocer a una dama encubierta que, acompañada de dos guardias de honor,
-salía en coche de casa del Generalísimo. Aseguran algunos que en una de
-las ventanas del palacio se vio una luz, considerada como señal para
-empezar la gresca.
-
-Del tiro y toque de corneta no tengo duda, porque los oí perfectamente.
-En cuanto a la luz, yo no la vi; pero creo haber oído decir a Lopito
-que él la vio, aunque no estoy muy seguro de ello. Poco importa que
-apareciese o no: lo primero es, si no cierto, muy verosímil, porque
-el centro de la conjuración estaba en el alcázar, y los principales
-conspiradores eran, como todo el mundo sabe, el Príncipe de Asturias,
-su tío, su hermano, sus amigos y adláteres, muchos gentilhombres, altos
-funcionarios de la casa del Rey, y algunos Ministros.
-
-Los alborotadores se multiplicaban a cada momento, pues nuevas oleadas
-de gente engrosaban la masa principal, sin que un soldado se presentase
-a contener al paisanaje. No tardó en caer al suelo, destrozada por
-repetidos golpes y hachazos, la puerta del palacio del Príncipe de
-la Paz, cuyo nombre pronunciaba el irritado vulgo entre horribles
-juramentos y amenazas.
-
-La turba siempre es valiente en presencia de estos ídolos indefensos,
-para quienes ha sonado la hora de la caída. Tienen estos en contra suya
-la fatalidad de verse abandonados de improviso por los amigos tibios,
-por los servidores asalariados, y hasta por los que todo lo deben al
-infeliz que cae; de modo que a las manos del odio, justo o injusto,
-se unen, para rematar la víctima, las manos de la ingratitud, el más
-canalla de todos los vicios.
-
-Sintiendo el auxilio de la ingratitud, la turba se envalentona,
-se cree omnipotente e inspirada por un estro divino, y después se
-atribuye orgullosamente la victoria. La verdad es que todas las caídas
-repentinas, así como las elevaciones de la misma clase, tienen un
-manubrio interior manejado por manos más expertas que las del vulgo.
-
-Cuando la puerta de la casa se abrió, precipitose la turba en lo
-interior, bramando de coraje. Su salvaje resoplido me causaba terror
-e indignación, mayormente cuando consideré que iba a saciar su sed de
-venganza en la persona de un hombre indefenso. Era aquella la primera
-vez que veía yo al pueblo haciendo justicia por sí mismo, y desde
-entonces le aborrezco como juez.
-
-A los gritos de «¡Muera Godoy!» se mezclaban preguntas de feroz
-impaciencia: «¿Le han cogido?» «¿Le han matado?» Todos querían entrar;
-mas no era posible, porque la casa estaba ya atestada de gente. Desde
-fuera y al través de los balcones, de par en par abiertos, se veía
-el resplandor de las hachas. Siniestros gritos y ruidos de muebles o
-vasos que se quebraban bajo las garras de la fiera, salían de la casa
-a mezclarse con el concierto exterior. En un instante se encendió una
-gran hoguera que iluminó la calle: las campanas de todas las iglesias
-y conventos del pueblo tocaban sin cesar; pero no podía definirse si
-aquellos tañidos eran toques de alarma o repiques de triunfo.
-
-Lopito, que bailaba como un demonio adolescente junto a la hoguera, se
-acercó a mí y me dijo:
-
---Gabriel, ¿no te entusiasmas? ¿Qué haces ahí tan friote? Ven, subamos
-al palacio. Alguna vez ha de ser para nosotros. ¿No dicen que todo lo
-ha robado a la Nación?
-
-Casi arrastrado por mi joven amigo entré en el palacio y subí a las
-habitaciones altas, abriéndonos paso por entre los energúmenos que
-bajaban y subían. Recorrí todas las salas por las cuales había
-transitado dos días antes; llegué al mismo despacho del Príncipe, y
-vi la mesa donde escribí mi nombre. La multitud subía y bajaba, abría
-alacenas, rompía tapices, volcaba sofás y sillones, creyendo encontrar
-tras alguno de estos muebles al objeto de su ira; violentaba las
-puertas a puñetazos; hacía trizas a puntapiés los biombos pintados;
-desahogaba su indignación en inocentes vasos de China; esparcía lujosos
-uniformes por el suelo; desgarraba ropas; miraba con estúpido asombro
-su espantosa faz en los espejos, y después los rompía; llevaba a la
-boca los restos de cena que existían aún calientes en la mesa del
-comedor; se arrojaba sobre los finos muebles para quebrarlos; escupía
-los cuadros de Goya; golpeaba todo por el simple placer de descargar
-sus puños en alguna parte; tenía la voluptuosidad de la destrucción, el
-brutal instinto tan propio de los niños por la edad como de los que lo
-son por la ignorancia; rompía con fruición los objetos de arte, como
-rompe el rapaz en su despacho la cartilla que no entiende; y en esta
-tarea de exterminio la terrible fiera empleaba a la vez y en espantosa
-coalición todas sus herramientas, las manos, las patas, las garras, las
-uñas y los dientes, repartiendo puñetazos, patadas, coces, rasguños,
-dentelladas, testarazos y mordiscos.
-
-La rabia del monstruo aumentó cuando corrieron de boca en boca estas
-frases: «No está ese perro.» «El endino se ha escapao.» Efectivamente:
-el Príncipe no parecía por ninguna parte, de lo cual me alegré.
-
-Cuando la turba no puede saciar su hambre de destrucción en el objeto
-humano de su rencor, suele darse el gustazo de tomar venganza en los
-cuerpos inocentes de los muebles que a aquel pertenecieron. Así ha
-ocurrido en todos los motines de nuestro repertorio, y así ocurrió
-en aquel, más que ninguno famoso, por las diversas causas que lo
-ocasionaron. Convencidos, pues, los conjurados de que no habrían a
-las manos ni un pelo del Príncipe de la Paz, concibieron el heroico
-pensamiento de quemar todas las preciosidades del recinto recién
-saqueado. Con gozo sin igual, con la embriaguez del triunfo y la
-conciencia de su fuerza irresistible, comenzaron los nuevos huéspedes
-del palacio a arrojar por los balcones sillas, sofás, tapices, vasos,
-cuadros, candelabros, espejos, ropas, papeles, vajillas y otros mil
-perversos cómplices de la infame política de Godoy. La fiera cumplía
-este cometido con cierto orden, sin dejar de decir: «¡Muera ese
-tunante, ladrón!» y «¡Viva el Rey, viva el Príncipe de Asturias!»
-
-Pero antes de que empezara esta operación, y cuando los exploradores
-se convencieron de que el Príncipe había huido, la Princesa de la Paz,
-que hasta entonces oculta permanecía, se presentó pidiendo socorro e
-implorando la compasión de la multitud. El miedo hacía temblar a la
-infeliz señora, lo mismo que a su hija, niña de corta edad, que con
-ambos puños en los ojos lloraba sin consuelo. No sé si los ruegos de
-la madre y de la hija ablandaron a los amotinados, o si las personas
-de categoría que dirigían la fiesta determinaron poner en salvo con
-todo miramiento y consideración a la infeliz Princesa; lo cierto fue
-que, lejos de maltratarla de obra o de palabra, sacáronla de la casa, y
-puesta en una berlina fue llevada en _ca el palacio_ de los Reyes, como
-decía Pujitos, el cual, sin que nadie se lo ordenara, se encargó de tan
-caballeresca comisión.
-
-Ustedes comprenderán que todo lo que fuese figurar en primer término
-agradaba a Pujitos. Si se reunía un pelotón para marchar a cualquier
-parte, allí estaba él para mandarlo, complaciéndose en decir: «Malchen,
-media güelta a lizquielda», con tanta marcialidad como un capitán de
-guardias walonas. No me cansaré de repetirlo: Pujitos tenía en su
-cráneo, entre un lobanillo y un chichón, la protuberancia (¿cómo lo
-diré...?), la protuberancia de la _tenientividad_. Como Napoleón el
-genio de la guerra, poseía él el instinto de la Milicia Nacional, y los
-hados le permitieron gozar el mando de varias compañías en los años de
-jarana del 20 al 23 y aun posteriormente.
-
-Cuando los infatigables trabajadores del motín comenzaron a arrojar
-por ventanas y balcones los muebles del palacio, Lopito, que llevaba a
-cuestas una maravillosa obra de porcelana, producto de los talleres de
-la Moncloa, se llegó a mí y díjome:
-
---Gabrielillo, cuidado cómo coges nada. El _tío Pedro_, que está allí
-observando lo que hacemos, tiene en la mano una pistola, y dice que
-levantará la tapa de los sesos al que robe cualquier chuchería. No
-es el único gran caballero que anda entre nosotros. ¿Ves aquel hombre
-vestido de majo que está dando de patadas a un retrato de cuerpo
-entero? Pues es un gentilhombre del cuarto del Príncipe. ¿Ves? ya pasó
-el pie del otro lado de la tela. Tremendo agujero le han hecho. ¡Al
-fuego, al fuego!
-
-La hoguera, alimentada con tanto combustible, subía a enorme altura, y
-las llamas oscilantes iluminaban de un modo pavoroso la calle toda, y
-también el interior del palacio. Parecíamos los cíclopes de una inmensa
-fragua; y digo parecíamos, porque yo también, temiendo que mi falta
-de entusiasmo fuera sospechosa y me proporcionase algún porrazo, puse
-manos a la obra, y cogiendo una armadura milanesa, en cuyo peto y casco
-se veían batallas microscópicas, trabajadas por finísimo cincel, di
-con ella en la calle y en la hoguera. Ni por un momento cesaban los
-gritos de «¡Muera Godoy!» y sin duda querían matarle a voces, ya que
-de otra manera les fue imposible conseguirlo. Pero es de advertir que
-entre nosotros es muy común el intento de arreglar las más difíciles
-cuestiones mandando vivir o morir a quien se nos antoja, y somos tan
-dados a los gritos, que repetidas veces hemos creído hacer con ellos
-alguna cosa.
-
-Yo no sé si los asaltadores de la casa del Príncipe de la Paz creían
-estar quemando algo más que muebles muy finos y primorosas obras de
-arte; pero por lo que en boca de alguno de aquellos héroes oí, se me
-figuraba que estaban convencidos de que hacían un gran papel político;
-de que con la llama de los espinos y de los brezos, sin cesar
-alimentada por ébanos tallados y bordadas telas, estaban cauterizando
-las más feas llagas de la doliente España. ¡Ay! He presenciado después
-la misma escena repetida cada pocos años, ya por esta idea, ya por la
-otra, y he dicho: «Algunas veces puede conseguirlo la espada en manos
-de un hombre de genio; pero el fuego en manos del vulgo, jamás.»
-
-Tras la armadura cogí un reloj de bronce, y al llevarlo sobre mí
-sentía el palpitar de su máquina. El pobrecillo andaba, vivía: aquel
-artificio, que tanto se parece a un ser animado; aquella obra de los
-hombres que parece obra de Dios, y que ha sido inventada por la ciencia
-y adornada por las artes para uno de los más útiles empleos de la vida,
-iba a perecer a manos del hombre mismo, sin haber cometido más crimen
-que el de marcar las horas... ¿Pero a qué vienen estas consideraciones
-hechas ante la hoguera del rencor? Aunque me daba lástima del
-relojito, y lo estrechaba contra mi pecho escuchando su latido que
-iba a extinguirse, arrojele al fin, y las mil piezas de su máquina
-ingeniosa repercutieron sobre el suelo. Al reloj siguieron cuantas
-baratijas encontré a mano, entre ellas guantes perfumados, un estuche
-de marfil, estatuitas de alabastro, y después unos mapas del Asia,
-libros lujosamente encuadernados (que sin duda los muy necios se creían
-libres de la Inquisición), unas pantuflas, cuatro casacas con galones
-de plata y oro, y el pupitre en que dos días antes se había extendido
-mi recomendación. Fortuna, vil prostituta, ¿por qué te invocan los
-hombres? ¿Por qué consagran su vida a buscarte, ya con afanes y
-trabajos, ya con sutilezas e intrigas, por todos los rincones del
-mundo, en altas y bajas esferas? Y el que te encuentra, ¿por qué se te
-entrega ciegamente, ignorante de tus traiciones? Vale más ser constante
-entre tus desdeñados que entre tus elegidos, y la mayor suerte del ser
-humano será el no conocerte ni de nombre, y su mejor hazaña darte con
-la puerta en los hocicos el día en que intentes penetrar en su casa.
-
-
-
-
-X
-
-
-Cuando revolvía uno de los armarios, aparecieron varias cruces o
-condecoraciones; pero algunos de los presentes ni aun me permitieron
-tocarlas, y pusiéronlas todas en una bandeja de plata, para
-devolverlas, según decían, al Rey en persona. Lo más singular de la
-determinación de aquellos cortesanos, tiznados con el hollín de la
-demagogia, era que disputaban sobre quién debía llevarlas, pues ninguno
-quería ceder a los demás semejante honor. Uno de ellos venció al fin; y
-no quisiera equivocarme, pero me pareció reconocer al señor de Mañara.
-
-Con el crecer de la llama parecía que cobraban nuevos bríos los
-quemadores, si bien puede atribuirse este fenómeno a que algunos
-zaques dieron vuelta a la redonda, humedeciendo los secos paladares,
-y alegrando los ánimos que un trabajo tan duro como patriótico había
-comenzado a abatir. Creí oír la voz de Pujitos, obligado nuevamente por
-sus _amigos políticos_ a tomar la palabra; pero no: era Santurrias,
-que teniendo en la izquierda la bota y en la derecha mano un leño
-encendido, pronunciaba sentidas frases en loor del pueblo y del Rey,
-ambos en buen amor y compaña, para bien del _reino_; y añadía que el
-_endino_ Príncipe de la Paz estaba bien castigado, puesto que eran ya
-cenizas todos los muebles que robó al _reino_, y que de _aquí palante_,
-es decir, en lo sucesivo, no habría más _menistros_ pillos y _lairones_.
-
-Las hogueras, cuando ya no había nada que echarles, se aplacaron; el
-populacho, mientras el tío Malayerba tuvo vino, y Pujitos y Santurrias
-elocuencia, seguía ardiendo y chisporroteando. Algunos quisieron
-trasladar el teatro de sus ingeniosas proezas a las puertas de palacio,
-no siendo extraños los dos oradores a un proyecto que ensanchaba la
-esfera de sus triunfos; pero debió oponerse a esto el tío Pedro y
-compañeros de polaina, mayormente cuando tenían la seguridad de que
-el motín de las calles no era más que una sucursal de la gran asonada
-que en los mismos momentos estallaba en palacio y en la cámara del Rey
-Carlos IV.
-
-Era ya la madrugada cuando quise retirarme, sin que lograra detenerme
-Lopito, que decía:
-
---Aún falta lo mejor. ¿Qué te parece, Gabrielillo, lo que hemos hecho?
-Pues _entavía_ hemos de hacer mucho más. Ya habrá visto el Rey si se
-puede o no se puede. Pónganos otra vez menistros malos, y verá cómo
-en menos que canta un gallo se les despabila. Lo que es Lopito... je,
-je... ya habrán visto que tiene malas moscas... y como yo hubiera
-encontrado a Godoy en cualquiera parte de la casa, le juro que no sale
-vivo de mis manos.
-
-Diciendo esto, el valiente pinche sacó una navajilla, con la cual le vi
-describir heroicas curvas en el aire.
-
---Y si llegamos a ir a palacio --prosiguió, alzando el arma homicida--,
-yo, yo mesmito soy el que me presento al Rey y a la Reina para decirles
-que si no nos ponen al Príncipe Fernando en el trono, lo pondremos
-nosotros. Lo que es al Rey no le haré nada, porque es el Rey; pero a la
-Reina, manque se ponga de rodillas delante, no la perdono.
-
-Dijo, y guardó el arma. A todas estas llegó una compañía de guardias
-para custodiar la casa después de saqueada: fácil era comprender la
-inteligente dirección del motín, de que había sido brutal instrumento
-un pueblo sencillo. Este no hubiera podido dar un paso más allá de
-la línea que se le marcara sin sentir encima la fuerte mano de la
-autoridad.
-
-No necesito decir que cuando se montó la guardia, el predestinado
-Pujitos quiso formar parte de ella, aunque no era militar, y su genio
-organizador se entretuvo en reunir en pelotón hasta una docena de
-hombres, con los cuales se ocupó en patrullar por las inmediaciones de
-la casa, mandándoles marchar a compás y supliendo él mismo con su voz
-la falta de tambor.
-
-Al fin me marché, no solo porque tenía sueño, sino porque cuanto había
-visto y oído me repugnaba con exceso. Llegué a la casa del cura, y no
-puedo haceros formar idea del estado de agitación y fiebre en que le
-encontré. Envuelta en un pañuelo la cabeza, puesta la sotana vieja y
-con un antiguo gabán de paño burdo echado sobre los hombros, sus anchos
-pantuflos en los pies, estaba mi buen eclesiástico recorriendo de largo
-a largo los corredores y pasillos de su casa. Su aspecto era semejante
-al de los que sufren un terrible dolor de muelas; a cada instante se
-llevaba las manos a las orejas, como para resguardarlas del ruido que
-hacían aún las campanas de la iglesia vecina; de vez en cuando golpeaba
-el suelo con fuerte patada, y a lo mejor daba media vuelta, cambiando
-de dirección en su calenturiento paseo. Entre tanto no cesaba de
-hablar un solo momento. ¿Con quién? Con las paredes, con la luna, con
-la parra, que, enredándose en los maderos del corredor, extendía sus
-flacos y secos brazos para coger alguna cosa. Cuando me vio, hablome
-sin aguardar a que llegase a su lado.
-
---Estoy loco, Gabrielillo. ¿Qué pasa, qué ocurre? ¿Oyes las campanas
-de la parroquia? Por los mártires de Alcalá juro... no, jurar no, que
-es pecado... prometo que Santurrias me las ha de pagar todas juntas.
-¿Pero has visto cómo se burla de mí ese condenado? No es él el que
-toca, que si fuera... Mira, estaba yo descabezando el primer sueño,
-cuando me hizo saltar de la cama el ruido de las campanas. ¡Dios mío,
-qué algazara! Plin, plan, plin, plan... parecía que el cielo se venía
-abajo. Lleno de indignación subí a la torre; pero Santurrias no estaba,
-y en su lugar sus cuatro hijos tocaban las campanas. Tal era mi cólera,
-que resolví mostrar la mayor energía, y les dije: «Pillos, granujas,
-váyanse de aquí noramala;» pero ellos se rieron de mí y siguieron
-tocando... plin, plan, plin, plan... ¡Si hubieras visto a los cuatro
-condenados muchachos, con qué alegría, con qué frenesí tiraban de las
-cuerdas!... ¡Malditos sean!... Pues uno de ellos, el mayor, es listillo
-y muy mono... y ayuda a misa como un zarapico. Pero me dio tal enfado,
-que les mandé salir de la torre. ¿Tú me obedeciste? pues ellos tampoco.
-El más chico me dijo: _Pare Gorio jue matal a Godoy, y nos puso a que
-tocálamos fuelte, fuelte._ Desde las once hasta ahora no han cesado ni
-un momento. ¿Pero dime, qué ocurre en el pueblo? He visto el resplandor
-de una llamarada, he sentido gritos. La tía Gila fue por orden mía a
-ver lo que pasaba, y volvió horrorizada, diciendo que estaban quemando
-todo el Palacio Real de punta a punta, y los jardines, y el Tajo, y la
-cascada. Cuéntame, hijito, que estoy sin sosiego.
-
-Contele lo que había pasado en casa del Príncipe su amigo.
-
---Pero a estas horas habrán salido las tropas para castigar a esa vil
-plebe --me dijo.
-
---¡Quiá! Si entre la multitud había muchos soldados... La tropa debe de
-estar sobornada.
-
---Pero a estas horas el Príncipe habrá tomado sus disposiciones para
-arreglarlo todo... porque él no es hombre que se anda con chiquitas,
-y si les sienta la mano... ¡Cuánto deploro no haber podido advertirle
-ayer lo que se preparaba! Ya ves, hubiéramos podido evitar ese tumulto.
-¡Miserable de mí!... Yo, yo tengo la culpa de lo que está pasando. Si
-no fuera por este genio corto que Dios me ha dado...
-
---El Príncipe ha huido, y debe estar a estas horas muy lejos de
-Aranjuez.
-
---¡Que ha huido! No puede ser, no puede ser --afirmó con cierta
-enajenación--. Gabriel, ¿para qué mientes? ¿O eres tú también de los
-que creen las majaderías y simplezas de Santurrias?
-
-A este punto llegábamos de nuestro coloquio, cuando sentimos una voz
-ronca y desapacible que gritaba en el portal.
-
---¡Ah! --dijo el cura--; me parece que siento a Santurrias. Ahora va
-a ser ella: no intercedas por él... estoy decidido... ahora sí que es
-preciso ser enérgico.
-
-La voz se acercaba. Era efectivamente el sacristán, que cantaba así,
-subiendo por la escalera:
-
- Vale una seguidilla
- de las manchegas
- por veinticinco pares
- de las boleras.
-
- _Solvet sæclum in favilla, teste David cum Sibylla._
-
---Váyase usted, Sr. Santurrias --gritó el cura--. No le quiero ver a
-usted, no quiero oír sus necedades.
-
-El sacristán, que hasta entonces no nos había visto, se paró ante
-nosotros, y lanzando una carcajada de estupidez, habló así, con lengua
-estropajosa:
-
- El _Kyrie eleison_ cantando,
- ¡viva el Príncipe Fernando!
-
-Luego dio fuertes golpes en el suelo con un garrote medio quemado que
-en la mano traía, y acto continuo empezó a marchar militarmente por el
-corredor, imitando con la boca el ruido del tambor.
-
---¡Está borracho! --dijo el cura--. Pero, miserable, ¿no ves que el
-vino se te sale por los ojos?
-
-Santurrias, apoyado en su palo para no caer al suelo, alargó su cuello,
-fijó en nosotros los encandilados ojos, arrugose su cara más aún que de
-ordinario, y chilló así:
-
---Señor paterniá: el Príncipe ha juío... ¡Viva el Rey! ¡Muera el
-Choricero! ¡Muera ese pillo lairón!... _¡O salutaris hooo...stia!_ Si
-me bian dejao, le hago porvo con este palo... Prrum, prrum... ¡marchen!
-Media güelta... ¡Viva el comendante Pujitos!
-
---¡Oh espectáculo lastimoso! --clamó D. Celestino--. Está como una
-cuba. Ya no le aguanto más... A la calle, a la calle mañana mismo. Se
-lo diré al señor Patriarca... Pero no: ahora me acuerdo de que es un
-viudo con cuatro hijos.
-
-A todas estas las campanas seguían tocando con igual furia, prueba
-evidente de que el entusiasmo de los cuatro muchachos no había
-disminuido.
-
-Santurrias se agarró al antepecho del corredor para no caer. Después de
-haber dicho mil herejías, que a D. Celestino le pusieron el cabello de
-puntas, dijo que nos iba a contar lo que había hecho.
-
---Calla de una vez, deshonra de la santa Iglesia, borracho, hereje,
-blasfemo --le dijo D. Celestino empujándole--. Yo te aseguro que si no
-fueras un viudo con cuatro hijos...
-
---Pos, pos... --balbuceó Santurrias--: lo que hamos hecho se llama...
-¡rigolución!... Que si vamos a Palacio, que si no vamos. Yo quería ir
-pa pedí la aldicación.
-
---¡Cómo! --exclamó el cura con espanto--. ¿Ha abdicado S. M. el Rey
-Carlos IV?
-
---Nones... entavía nones...
-
- _Quantus tremor es futurus_
- _Quando judex est venturus._
-
- Viva quien baila,
- que merece la moza
- mejor de España.
-
-¡Muera Godoy!... marchen... señor cura. Ya el menistro no es menistro,
-polque el Rey...
-
---Creo que el Rey --indiqué yo para sacar de su ansiedad al buen
-anciano--, ha firmado ya la destitución del Príncipe de la Paz. Según
-allí se dijo, los ministros que estaban en palacio se lo pedían así.
-
---Eso... eso... juimos a palacio --continuó Santurrias, que, no
-pudiendo sostenerse ya, había caído al suelo--, y salió un gentilón
-con un papé escrito, y leyó... y decía... decía: _Queriendo mandal por
-mi mesma mesmedá en el enjército y la marina, he venido en ex... ex...
-ex..._
-
---En exonerar --dijo el cura, dirigiendo sus ojos al cielo.
-
-Santurrias murmuró algunas palabras más entre latinas y castellanas,
-y calló al fin. Un fuerte ronquido anunció el aplanamiento de aquel
-elevado espíritu, conturbado por el vino de la conjuración.
-
-Observé que D. Celestino enjugaba una lágrima con la punta del mismo
-pañuelo que tenía arrollado en la cabeza. Amanecía, y una turba de
-pájaros procedentes de los árboles cercanos, pasaron por sobre el patio
-cantando un himno de paz. Las primeras luces de la mañana iluminaron la
-casa, y el cura se retiró a su cuarto, diciendo:
-
---Dentro de un rato diré la misa y la aplicaré por la salvación de
-mi amigo el Príncipe de la Paz... ¡Ay, si yo le hubiera avisado con
-tiempo!... Pero ¿no oyes? ¡Esas condenadas campanas me tienen loco!
-
-En efecto, los cuatro muchachos seguían tocando.
-
-
-
-
-XI
-
-
-Pasé todo aquel día durmiendo. Al caer de la tarde salí para observar
-el aspecto del pueblo, y en la taberna encontré a Lopito, que hacía con
-su navaja mil rúbricas en el aire, para que le viera Mariminguilla.
-Después, guardando el arma, me dijo:
-
---Le he caído en gracia a la muchacha, y si el tío Malayerba no me
-la deja sacar de aquí, ya sabrá quién es Lopito. ¡Qué bien me porté
-anoche, Gabriel! Todos están entusiasmados conmigo, y para cuando
-tengamos al Príncipe en el trono, ya me han prometido darme una plaza
-de ocho mil reales en la Contaduría del Consejo de Hacienda.
-
---Chico, si tienes buena letra...
-
---Ni buena ni mala, porque no sé escribir; pero eso será lo de menos.
-Me ha dicho Juan el cochero que ahora van a quitar de las oficinas a
-todos los que puso el Príncipe de la Paz, y como son cientos de miles,
-quedarán muchas plazas vacantes. Conque a toos nos han de poner...
-porque, chico, esto de la montería me cansa, y para algo más que para
-cuidar perros y machos de perdiz me parece que nos echaron nuestras
-madres al mundo.
-
---Pero ¿ponen al Príncipe de Asturias, o no le ponen?
-
---Nos lo pondrán; y si no, ¿para qué vienen ahí las tropas de Napoleón?
-¡Qué bueno estuvo lo de anoche! Dicen que el Rey temblaba como un
-chiquillo, y quería venir a calmarnos; pero parece que los ministrillos
-no le dejaron. La Reina decía que nos debían matar a todos, para que
-no pasara aquí otra como la de Francia, donde les cortaron la cabeza a
-los Reyes con un instrumento que llaman la _tía Guillotina_. Así me lo
-contó esta mañana Pujitos, que sabe de toas estas cosas, y lo ha leído
-en un papel que tiene. Nosotros queremos al Rey porque es el Rey, y
-esta mañana, cuando salió al balcón, gritamos mucho y le echamos vivas.
-Él se llevaba la mano a los ojos para secarse las lágrimas; pero la
-condenada Reina estaba allí como un palo, y no nos saludó. Pujitos, que
-lo sabe todo, dice que es porque está afligida con lo que hemos hecho
-en casa del Choricero, y asegura que ella lo tiene escondido en su
-camarín.
-
---Puede ser.
-
---Pues yo me he lucido --continuó Lopito, alzando la voz para que lo
-oyera Mariminguilla--. Esta mañana, cuando prendieron a Don Diego
-Godoy, hermano del menistro, íbamos toos gritando detrás, y yo le tiré
-una piedra, que si le llega a dar en metá la cara, lo deja en el sitio.
-
---¿Y qué había hecho ese señor?
-
---¿Te parece poco ser hermano de ese pillastrón? Era coronel de
-guardias; pero sus mismos soldados le quitaron las insignias, y ahora
-me le van a llevar a un castillo.
-
-Aquella noche oí un nuevo discurso de Pujitos; pero haré a mis lectores
-el señalado favor de no copiarlo aquí. El poeta calagurritano que
-antes mencioné, jefe de la conspiración literaria fraguada contra _El
-sí de las niñas_, se arrimó a nosotros, acompañado de Cuarta y Media,
-y entre uno y otro nos descerrajaron la cabeza con media docena de
-sonetos y otros proyectiles fundidos en sus cerebros. Pero después
-que nos molieron a sonetazos, Lopito trabó cierta pendencia con el
-poeta, porque a este se le antojó requebrar a Mariminguilla, llamándola
-_ninfa_ de no sé qué aguas o poéticos charcos. La navaja de Lopito
-salió a relucir, y si el poeta no hubiera sido el más cobarde de los
-cabalgantes del Pegaso, habrían corrido, mezcladas en espantoso río, la
-sangre de un futuro empleado de Hacienda y la de un pretérito émulo del
-viejo Homero.
-
-Nada más ocurrió en aquella noche, digno de ser transmitido a la
-posteridad; pero a la mañana siguiente se esparció con la rapidez del
-rayo por todo el pueblo la voz de que el Príncipe de la Paz había sido
-encontrado en su propia casa. La taberna del tío Malayerba se vació en
-dos minutos, y de todas partes cundió en gran masa la gente para verle
-salir.
-
-Era cierto: Godoy se había refugiado en un desván donde le encerró uno
-de sus sirvientes, el cual, preso después, no pudo acudir a sacarle.
-A las treinta y seis horas de encierro, el Príncipe, prefiriendo sin
-duda la muerte a la angustia, hambre y sed que le devoraban, bajó de
-su escondite, presentándose a los guardias que custodiaban su morada.
-Estos, lejos de amparar al que un día antes era su jefe, alborotaron el
-vecindario, y la misma turbamulta de la noche del 17 acudió con heroico
-entusiasmo a apoderarse de él.
-
---¡Ya pareció, ya le cogimos, ya es nuestro! --clamaban muchas voces.
-
-Fuimos todos allá, y en la puerta del palacio el agolpado gentío
-formaba una muralla. Los feroces gritos, los aullidos de cólera
-componían espantoso y discorde concierto. Sorprendiome oír entre tanta
-algarabía las voces de algunas mujeres chillonas, que deshonraban a su
-sexo pidiendo venganza. Lopito no cabía en sí de satisfacción, y la
-navajilla fue blandida sobre nuestras cabezas como si quisiera partir
-el firmamento en dos pedazos.
-
-Empujábamos todos, pugnando cada cual por acercarse, y codazo por aquí,
-codazo por allí, Lopito y yo pudimos aproximarnos bastante a la puerta.
-El poeta y Cuarta y Media estaban en primera fila. El segundo de estos
-personajes se volvió a mí y me dijo con gozo:
-
---Creo que no saldrá vivo de manos del pueblo.
-
---¿Y a usted qué le ha hecho ese caballero? --le pregunté.
-
---¡Oh! --me contestó--. Ese hombre es un infame, un pícaro que se ha
-hecho rico a costa del Reino. Yo le aborrezco, le detesto: yo soy una
-víctima de sus picardías. Ha de saber usted que la tienda de calderería
-que tengo me la puso él, por ser yo hijo de la que le lavaba la ropa...
-Al año de tener la tienda me arruiné, y él me dio unos cuartos para
-seguir adelante; pero como le pidiese un destino donde con descanso y
-sin trabajar me ganase la vida, tuvo la poca vergüenza de contestarme
-que yo no debía ser empleado, sino calderero, y añadió que yo era un
-animal. Vea usted, ¡decir que yo soy un animal!
-
-No quise oírle más, y me volví de otro lado. La turba chillaba: no he
-podido olvidar nunca aquellos gritos que relaciono siempre con la voz
-de los seres más innobles de la creación; y mientras aquel gatazo de
-mil voces mayaba, extendía determinadamente su garra con la decisión
-irrevocable, parecida al valor, que resulta de la superioridad física,
-con la fuerte entereza que da el sentirse gato en presencia del ratón.
-
-La tropa contenía al pueblo, anheloso de entrar, y algunos jinetes de
-la guardia se colocaron a derecha e izquierda de la puerta. No lejos de
-allí, Pujitos, que tenía, como hemos dicho, el instinto, el genio de la
-reglamentación del desorden, mandaba a la turba que se pusiese en fila,
-y decía, alzando su garrote:
-
---Señores, a un laíto... de dos en dos. Formen en batallón, y no
-rempujen.
-
-De pronto, un clamor inmenso, compuesto de declamaciones groseras, de
-torpes dichos, de gritos rencorosos, resonó en la calle. En la puerta
-había aparecido un hombre de mediana estatura, con el pelo en desorden,
-el rostro blanco como el mármol, los ojos hundidos y amoratados, los
-brazos caídos, en mangas de camisa, y con un capote echado sobre los
-hombros. Era el ministro de ayer, el jefe de los ejércitos de mar y
-tierra, el árbitro del Gobierno, el opulento Príncipe y prócer, señor
-de inmensos Estados, el amigo íntimo de los Reyes, el dispensador de
-gracias, el dueño de España y de los españoles, pues de aquella y de
-estos disponía como de hacienda propia; el coloso de la fortuna, el
-que de nada se convirtió en todo, y de pobre en millonario; el guardia
-que a los veinticinco años subió desde las cuadras de su regimiento al
-trono de los Reyes, el Conde de Eboramonte, y Duque de Sueca, y Duque
-de la Alcudia, y Príncipe de la Paz, y Alteza Serenísima, que en un
-día, en un instante, en un soplo había caído desde la cumbre de su
-grandeza y poder al charco de la miseria y de la nulidad más espantosas.
-
-Cuando apareció, mil puños cerrados se extendieron hacia él; los
-caballos tuvieron que recular, y los jinetes que hacer uso de sus
-sables, para que el cuerpo del Príncipe no desapareciera, arista
-devorada por aquel gran fuego del odio humano. El favorito dirigió al
-pueblo una mirada que imploraba conmiseración; pero el pueblo, que
-en tales momentos es siempre una fiera, más se irritaba cuanto más
-le veía: sin duda el mayor placer de esa bestia que se llama vulgo,
-consiste en ver descender hasta su nivel a los que por mucho tiempo vio
-a mayor altura.
-
-El piquete de guardias de a caballo trató de conducir al Príncipe
-al cuartel, para lo cual fue preciso que él se colocase entre dos
-caballos, apoyando sus brazos en los arzones, y siguiendo el paso de
-aquellos, que si al principio era lento, después fue muy acelerado, con
-objeto de terminar pronto tan fatal vía-crucis. Entre tanto la multitud
-pugnaba por apartar los caballos; por aquí se alargaba un brazo, por
-allí una pierna; los garrotes se blandían bajo la barriga de los
-corceles, y las piedras llovían por encima. Tanto menudeaban estas, que
-los jinetes empezaron o amoscarse y repartieron algunos linternazos.
-
-Lopito, ebrio de gozo, me dijo:
-
---He sido más listo que todos, porque me escurrí por entre las patas de
-los caballos, y le pinché con mi navaja. Mírala: entavía tiene sangre.
-
-Cuarta y Media vociferaba diciendo:
-
---Es una iniquidad lo que hacen con nosotros. Esos guardias debían ser
-fusilados. ¿Por qué no nos dejan acercar?
-
-Pujitos, que en su petulancia no carecía de generosidad, fue el único
-de los por mí conocidos en quien advertí señales de compasión.
-
-Hubo momentos angustiosos en que la turba se arremolinaba
-estrechándose, y parecía próxima a devorar al prisionero y a los
-jinetes que le custodiaban; pero estos sabían abrirse paso, y
-aclarándose el grupo volvía a aparecer la cara del mártir, asido con
-convulsas manos a los arzones, cerrados sus ojos, la frente herida y
-cubierta de sangre, las piernas flojas y trémulas, llevado casi en
-volandas y casi arrastrando, con la respiración jadeante, la boca
-espumosa, las ropas desgarradas. Parecíame mentira que fuese aquel el
-mismo hombre que dos días antes me recibió en su palacio; el mismo a
-quien vi asediado por los pretendientes, agitado y receloso sin duda,
-pero seguro aún de su poder, y muy ajeno a tan repentina, traidora
-y alevosa mudanza del destino... ¡Y los chicos más desarrapados se
-aventuraban entre los pies de las cabalgaduras para golpearle, y las
-mujeres le arrojaban el fango de las calles, menos asqueroso que las
-exclamaciones de los hombres... y estos no disparaban sus escopetas por
-temor de herir a los soldados! No creo que haya ocurrido jamás caída
-tan degradante. Sin duda está escrito que la caída sea tan ignominiosa
-como la elevación.
-
-Los favoritos que dejaron su cabeza sobre el tajo de un cadalso, fueron
-sin disputa menos mártires que D. Manuel Godoy, llevado en vergonzosa
-procesión entre feroces risas y torpes dicharachos, sin morir, porque
-no matan los arañazos y pellizcos.
-
-
-
-
-XII
-
-
-Al fin entró en el cuartel la comitiva, y el populacho, azuzado sin
-cesar por los lacayos palaciegos, tuvo el sentimiento de no poder
-mostrar su heroísmo con el éxito que deseara. Alguno de los más celosos
-entre tan bravos campeones salió mal herido a consecuencia de que
-todas las piedras lanzadas contra el Ministro no seguían la dirección
-dada por la mano que las tiraba. Digo esto, porque en el momento en
-que Santurrias se encaramaba sobre los hombros de dos palurdos para
-poder asestar un golpe certero al infeliz mártir, recibió una peladilla
-de arroyo sobre la ceja derecha con tanta fuerza, que el benemérito
-sacristán cayó al suelo sin sentido. Al punto, los que más cerca
-estábamos, Lopito y yo, corrimos en su ayuda, y en unión de otras dos
-personas caritativas, llevamos aquel talego a su casa, pues Santurrias
-vivía pared por medio con mi buen amigo D. Celestino del Malvar. Luego
-que este vio entrar a su subalterno tan mal parado, cruzó las manos y
-dijo:
-
---Castigo de Dios ha sido, por las muchas blasfemias de este hombre
-y su abominable complicidad con los enemigos del Estado. No es esta
-ocasión de demostrar cólera, sino blandura: aquí estoy yo para curarle
-y asistirle, pues prójimo es, aunque un grandísimo bribón. Dejadle ahí
-sobre una estera, que yo prepararé las bizmas y el ungüento, con lo
-cual quedará como nuevo. Ánimo, amigo Santurrias, ¿estáis encandilado
-todavía? ¿Queréis que saque una de aquellas botellas que tanto deseáis?
-Tía Gila --añadió, dando una llave a la mujer que le servía--, abra
-usted la alacena y saque al punto una de las que dicen _La Nava,
-seco_, para ver si con la perspectiva de ella se reanima un tantico
-este hombre. Y vosotros, chiquillos --prosiguió dirigiéndose a los
-cuatro hijos de Santurrias, que exhalaban plañideros hipidos en torno
-al desmayado cuerpo de su padre--, no lloréis, que esto no es más
-que un rasguño alcanzado por este buen hombre en alguna disputa. No
-lloréis, que vuestro padre vive y estará sano dentro de una hora... Y
-si muriese, yo os prometo que no quedaréis huérfanos, porque aquí me
-tenéis a mí, que os he de amparar como un padre. Vamos, chiquillos,
-aquí no servís más que de estorbo. Idos a jugar... Vaya, para que os
-quitéis de en medio, os permito que toquéis un poquito las campanas,
-picarones... id a la torre; pero no toquéis fuerte: tocad a sermón o a
-completas.
-
-Como se levanta la bandada de pájaros, sorprendida por el cazador, así
-volaron fuera del cuarto los cuatro muchachos, y un instante después
-todas las viejas del pueblo salían a sus puertas y balcones, diciéndose
-unas a otras: «Señora Doña Blasa, esta tarde tenemos sermón y
-completas. Buena falta hace, a ver si se acaban pronto estas herejías.»
-
-Santurrias, que había perdido mucha sangre, recobró algo tarde el
-completo uso de sus eminentes facultades, y al abrir a la luz del día
-sus ojos, permaneció como atontado, hasta que volvió a adquirir su
-lengua el don de la facundia.
-
---¡Que lo ahorquen! --gritó--. Que nos lo den; que lo echen hacia ca,
-y nosotros le enjusticiaremos. Despachemos primero a los guardias de a
-caballo, y dimpués a él... No arrempujar, señores. Darle onde le duela.
-Pincha tú por bajo, Agustinillo, que yo con esta almendra le echo
-la puntería en metá la nariz. ¡Mil demonios! ¿Quién tira piedras?...
-¡Muerto soy!
-
---No, yerba ruin: vivo estás --dijo D. Celestino, aplicándole una venda
-a la herida--. Mira esto que he puesto delante. Es una botella de
-aquellas que deseabas, borracho: tuya será cuando te pongas bueno, si
-prometes no decir disparates.
-
-Después nos preguntó que en qué refriega había acontecido tan funesto
-percance, y Lopito y yo, cada cual con distinta manera y estilo, le
-contamos lo que había sucedido: el encuentro del Príncipe, su prisión y
-su suplicio por las calles del pueblo.
-
---Corro allá, voy al instante --exclamó fuera de sí D. Celestino--. Es
-mi bienhechor, mi amigo, mi paisano, y aun creo que pariente. ¿Cómo he
-de desampararle en su desventura?
-
-Quisimos disuadirle de tan peligroso intento; pero él no reparaba
-en obstáculos ni menos en el riesgo que corría, haciendo pública
-ostentación de sus sentimientos humanitarios en favor del desgraciado
-valido. Nada le convencía, y después que dejó a Santurrias muy bien
-vendado, y ya algo repuesto de su malestar, tomó el manteo, vistiose a
-toda prisa y fue en dirección del cuartel.
-
---No se exponga usted --le decía yo por el camino--. Mire que son unos
-bárbaros, y en cuanto usted demuestre que es amigo del Príncipe, no
-respetarán ni sus canas ni su traje.
-
---¡Que me maten! --contestó--. Quiero ver al Príncipe... ¡Cuando me
-acuerdo de lo que me quería ese buen señor...! ¡Ah! Gabrielillo: lo
-que aquí vemos es espantoso y clama al cielo. Pase que algunos estén
-descontentos de su gobierno; pase que le tengan otros por mal Ministro,
-aunque yo creo que es el mejor que hemos tenido desde hace mucho
-tiempo; se puede perdonar que sus enemigos quieran derribarle y le
-insulten; se comprende que dichos enemigos, en un momento de coraje, le
-prendan, le arrastren, le ahorquen; pero, hijo, que esto lo hagan los
-mismos a quienes ha favorecido tanto; los que sacó de la miseria; los
-que de furrieles trocó él en capitanes, y de covachuelos en ministros;
-los que han vivido a su arrimo, y han comido sobre sus manteles, y le
-han adulado en verso y en prosa... ¡ah! esto no tiene perdón de Dios,
-y menos si se considera que se han valido para esto de los mismos
-lacayos, cocineros y criados de los señores Infantes... Hijo mío, me
-parece que veo la corona de España paseada por los patanes y los majos
-en la punta de sus innobles garrotes.
-
-Llegamos al cuartel, cuya puerta estaba bloqueada por el populacho. D.
-Celestino se abrió paso difícilmente. Algunos preguntaron con sorna:
-«¿A dónde va el padrito?» y él, dando codazos a diestro y siniestro,
-repetía: «Quiero ver a ese desgraciado, mi amigo y bienhechor.»
-
-Muy mal recibidas fueron estas palabras; pero al fin, más que la
-exaltada pasión pudo el tradicional respeto que al pueblo español
-infundían los sacerdotes.
-
---Hijos míos --les decía--, sed caritativos; no seáis crueles ni aun
-con vuestros enemigos.
-
-La turba se amansó, y D. Celestino pudo abrirse calle por entre dos
-filas de garrotes, navajas, escopetas, sables y puños vigorosos, que
-se apartaban para darle paso. Yo estaba muy asustado viéndole entre
-aquella gente, y mi viva inquietud no se calmó hasta que le consideré
-sano y salvo dentro del cuartel.
-
-Y los cuatro hijos de Santurrias seguían tocando a sermón y completas,
-y la iglesia se llenaba de beatas que, al tomar agua bendita, se
-saludaban diciendo: «Creo que aún no ha concluido todo, y que tendremos
-esta tarde otra jaranita.» Y el segundo acólito, creyendo que la cosa
-iba de veras, encendió el altar, y preparó las ropas, y abrió los
-libros santos. Y dieron las tres, las tres y media, las cuatro, las
-cuatro y media, y el cura no parecía, y las viejas se impacientaban,
-y el segundo acólito se volvía loco, y los cuatro hijos de Santurrias
-seguían tocando.
-
-Y yo fui también a la iglesia, y sentado en un banco reflexioné
-detenidamente sobre la inestabilidad de las glorias humanas, hasta
-que al fin, observando que la impaciencia de las beatas llegaba a su
-último extremo y que empezaban a entablar diálogos pintorescos para
-matar el fastidio, salí en busca de mi amigo. Encontrele muy a punto en
-el momento en que regresaba del cuartel. Su rostro era cadavérico; su
-habla trémula.
-
---¡Ah, Gabriel! --me dijo--. Vengo traspasado de dolor. Allí sobre
-unas fétidas pajas, cubierto de sangre y pidiendo a voces la muerte,
-está el que ayer gobernaba dos mundos. Ni un alma compasiva se acerca
-a darle consuelo. Ayer cien mil soldados le obedecían, y hoy hasta los
-furrieles se ríen de su miseria. No creí que todo se pudiera perder tan
-pronto; pero ¡ay, hijo! el hombre es así. Gusta mucho de las caídas, y
-el día en que un poderoso de la tierra viene al suelo siempre es un día
-feliz.
-
---Sosiéguese usted --le dije--. Usted no recordará que mandó tocar
-a sermón y a completas. La iglesia está llena de gente. No hay más
-remedio sino subir al púlpito.
-
---Hablé con él --prosiguió sin hacerme caso--. El corazón se me parte
-recordándolo. Desde anteanoche hasta esta mañana estuvo en un desván,
-envuelto en un saco de esteras, muerto de hambre y de sed. La horrorosa
-calentura le devoraba de tal modo, que prefirió la muerte. Por eso
-salió el infeliz. ¡Pobre amigo mío! Yo le dije: «Señor, si cada uno de
-los que han recibido un beneficio de Vuestra Alteza le hubiera echado
-una gota de agua en la boca, su sed se habría apagado.» Él me miró con
-expresión de agradecimiento, y no dijo más; pero a mí se me caían las
-lágrimas. Todo esto ha sido obra del Príncipe de Asturias y de sus
-amigos. Bien claro se ve. Cuando el Príncipe fue de orden de su padre a
-calmar a la muchedumbre para que no despedazara al infeliz prisionero,
-los amotinados le aclamaban y obedecían. Y esto no ha de parar aquí.
-Ellos quieren la abdicación del Rey, y viendo que esto no es fácil de
-conseguir, tratan de irritar más al populacho para que D. Carlos coja
-miedo y suelte la corona. Ahora pusieron en la puerta del cuartel un
-coche de colleras, con lo cual ese bestia de pueblo creyó que el preso
-iba a ser puesto en salvo de orden del Rey. ¡Qué fácilmente se engaña
-a esos desgraciados! El ardid salió bien, porque la turba destrozó el
-carruaje, y después ha corrido hacia palacio dando vivas a Fernando VII.
-
---Ya me lo explicará usted detenidamente --repuse--. Ahora prepárese
-usted para ir a la iglesia, donde le aguarda una multitud de
-respetables señoras.
-
---¿Qué dices? Si no hay sermón esta tarde...
-
---Usted mandó a los cuatro muchachos que tocaran a...
-
---¡Es verdad, qué inadvertencia! --dijo muy confundido--. Y están allí
-esas buenas señoras, Doña Robustiana, Doña Gumersinda, Doña Nicolasa la
-del escribano. ¡Oh! ¿Qué dirá Nicolasa si no predico?
-
---Es preciso que usted haga un esfuerzo.
-
---Si no tengo ideas, si no sé qué decir. No puedo apartar mi mente del
-espectáculo que he visto. ¡Ah! ¡Cuánto me quería! ¡Si vieras cómo me
-apretó la mano! Yo lloraba a moco y baba. ¡Si a él se lo debo todo!...
-El fue mi amparo; él me dio este beneficio a los catorce años de
-haberlo solicitado, en seguida, como quien dice. Y lo mejor es que sin
-merecimientos por parte mía... No, no puedo predicar... estoy tonto...
-Esos endiablados muchachos todavía no cesan de tocar a sermón... ¡Oh!
-tendré que hacer un esfuerzo.
-
-D. Celestino, comprendiendo la necesidad de no desairar a sus
-feligresas, entró en la parroquia y oró un poco, recogiendo su
-espíritu. Después subió al púlpito y predicó un sermón sobre la
-ingratitud.
-
-Todas las viejas lloraron.
-
-
-
-
-XIII
-
-
-Ya era de noche cuando me avisaron que a las diez salía un coche para
-Madrid. Resolví partir, y por hacer tiempo hasta que llegase la hora de
-la marcha, fui a la taberna. Como en los días anteriores, el gentío era
-inmenso, los trajes pintorescos y variados, animadas las voces (aunque
-ya enronquecidas por el patriotismo), los gestos elocuentes, las
-patadas clásicas, los pellizcos propinados a Mariminguilla infinitos,
-el vino más aguado que el día anterior, pues por algo disfrutaba
-Aranjuez el beneficio de dos copiosos ríos.
-
-Lopito y Cuarta y Media me convidaron a beber con demostraciones de
-entusiasmo, y el primero de aquellos consecuentes hombres políticos me
-dijo:
-
---Hoy sí que nos hemos lucido, Gabrielillo. Aquí me está diciendo el
-Sr. Cuarta y Media que esta noche ponen al Príncipe de Asturias, de
-modo que hemos de ir a darle vivas al balcón.
-
-Pujitos distrajo mi atención, hablándome de que pensaba organizar una
-compañía de buenos españoles que desfilaran por delante de palacio en
-marcial formación como la tropa, con objeto de hacer ver a los Reyes
-que el pueblo sabe dar media vuelta a la izquierda lo mismo que el
-ejército. ¡Qué predestinación! ¡Qué genio! ¡Qué mirada al porvenir!
-Yo contesté a Pujitos, excusándome de formar parte de tan brillante
-ejército, por serme indispensable marchar del Sitio aquella misma noche.
-
-Había oscurecido. Mariminguilla colgó el candil de cuatro mecheros
-para la completa, aunque pálida, iluminación de la escena, y aún
-me encontraba yo allí, cuando llegó la feliz, la anhelada noticia.
-Algunos entraron diciéndolo, y no se les dio crédito; otros salieron
-a averiguarlo, y tornaron al poco rato confirmando tan fausto suceso;
-y por fin un grupo, el más bullicioso, el más maleante, el más
-entrometido de todos los grupos de aquellos días, la comparsa de
-cocineros vestidos de patanes manchegos y de pinches convertidos en
-majos, entró anunciando con patadas, manoplazos, berridos y coces, que
-la corona de España había pasado de las sienes del padre a las del
-hijo. No dejaban de tener razón al entusiasmarse aquellos angelitos,
-porque en apariencia ellos lo habían hecho todo.
-
-Comunicada por tan brillante pléyade la noticia, no podía menos de
-ser cierta, y en prueba de que los _patres conscripti_ la creyeron,
-allí estaban los mil cascos de los vasos rotos en el momento en que
-se convencieron del cambio de Monarca. También Mariminguilla tenía
-en sus brazos señales evidentes del alborozo fernandista, pues se
-redoblaron los pellizcos. La multitud, espoleada por Pujitos, partió
-a los alrededores de palacio a pedir que saliese el nuevo Rey para
-victorearle, y la taberna quedó desocupada en dos minutos. Pueblo y
-soldados, mujeres y chiquillos, todos se unieron al alegre escuadrón:
-su paso era marcha y baile y carrera a un mismo tiempo, y su alarido
-de gozo me habría aterrado, si hubiese yo sido el Príncipe en cuyo
-loor entonaban himno tan discorde las gargantas humedecidas por el
-fraudulento vino del tío Malayerba.
-
-No quise ver ni oír más aquello, y fui a despedirme del incomparable
-D. Celestino, a quien hallé en el cuarto de Santurrias, ocupado aún
-en bizmarle y curar sus heridas. Luego que puso fin a esta operación,
-se ocupó en acostar a los cuatro muchachos campaneros, los cuales,
-fatigados de la batahola de aquel día, yacían medio dormidos sobre
-el suelo. Era preciso desnudarles como a cuerpos muertos, y al mismo
-tiempo hacerles comer las sopas de ajo que la tía Gila había traído
-en una gran cazuela. El señor cura, teniendo sobre sus rodillas al
-más pequeño de aquellos diablillos, le acercaba la cuchara a la boca,
-esforzándose en introducirla por entre los apretados dientes. Después,
-procurando despabilarle, decía:
-
---Vamos ahora a rezar todos el Padre Nuestro. Si vieras, Gabrielillo
---añadió dirigiéndose a mí--, ¡cómo me han mortificado estos cuatro
-enemigos! Uno me ponía rabos de papel en la sotana; otro tendía una
-cuerda desde la cama a la mesa para que al pasar me enredara las
-piernas y cayese al suelo; otro calentó la llave de la alacena y me
-abrasé los dedos cuando fui a abrir; y por último, con mi sombrero
-hicieron un muñeco que decían era el Príncipe de la Paz, y después de
-arrastrarle por el patio, iban a meterle en el fogón para quemarlo.
-Afortunadamente la tía Gila acudió a tiempo. ¡Pero qué han de hacer,
-si ya no hay autoridad, ni se obedece a los superiores! Me parece
-que ahora van a venir tiempos muy calamitosos. Si cada vez que se
-les antoje quitar a un Ministro, salen gritando los cocheros de los
-Príncipes con unas cuantas docenas de labriegos y soldados de la
-guarnición, de antemano seducidos, vamos a estar con el alma en un
-hilo. Gabriel, aquí para entre los dos, ¿no es indecoroso, humillante,
-indigno que un Príncipe de Asturias arranque la corona de las sienes
-de su padre, amedrentándole con los ladridos de torpes lacayos, de
-ignorantes patanes, de bárbaros chisperos y de una soldadesca estúpida
-y sobornada? ¡Ay! Si yo no fuera un hombre corto de genio, y lo hubiera
-tenido para decirle al Príncipe de la Paz lo que se fraguaba; si él,
-siguiendo mis consejos, hubiera puesto a la sombra a tres o cuatro
-pícaros como Santurrias y otros... Porque créelo, hijo: este borrachón
-es, según me han dicho, el que ha embaucado a medio pueblo para hacerle
-tomar parte en el alboroto... por supuesto, que ha corrido dinero de
-largo. Yo de buena gana castigaría a este hombre execrable, a este
-pérfido sacristán; pero ¿cómo he de dejar sin pan a un viudo con cuatro
-hijos? Ya ves: se me parte el corazón al considerar que estos angelitos
-andarán por las calles pidiendo una limosna... Lo que antes te he dicho
-es cierto... El vulgo, esa turba que pide las cosas sin saber lo que
-pide, y grita «viva esto y lo otro», sin haber estudiado la cartilla,
-es una calamidad de las naciones, y yo, a ser rey, haría siempre lo
-contrario de lo que el vulgo quiere. La mejor cosa hecha por el vulgo
-resulta mala. Por eso repito yo siempre con el gran latino: _Odi
-profanum vulgus et arceo... et arceo_, y lo aparto... _et arceo_, y lo
-echo lejos de mí... _et arceo_, y no quiero nada con él.
-
-Concluida esta filípica, me abrazó deseándome mil felicidades, y
-haciéndome jurar que le enteraría puntualmente de la situación de Inés.
-Salí al fin de su casa y de Aranjuez, y cuando el coche que me conducía
-pasó por la plaza de San Antonio, sentí la algazara del pueblo agolpado
-delante de palacio. Sus gritos formaban un clamor estrepitoso que hacía
-enmudecer de estupor a las ranas de los estanques y asustaba a los
-grillos, pues unas y otros desconocían aquella monstruosidad sonora que
-tan de improviso les había quitado la palabra.
-
-El pueblo victoreaba al nuevo Rey. El plan concebido en las antecámaras
-de palacio había sido puesto en ejecución con el éxito más lisonjero.
-Todo estaba hecho, y los cortesanos que desde los balcones contemplaban
-con desprecio el entusiasmo de la fiera, tan brutal en su odio como en
-su alegría, no cabían en sí de satisfacción, creyendo haber realizado
-un gran prodigio.
-
-En su ignorancia y necedad no se les alcanzaba que habían envilecido el
-trono, haciendo creer a Napoleón que una nación donde príncipes y reyes
-jugaban la corona a cara y cruz sobre la capa rota del populacho, no
-podía ser inexpugnable.
-
-Hasta que nuestro coche no se internó mucho por la calle Larga no
-dejamos de oír los gritos. Aquel fue el primer motín que he presenciado
-en mi vida, y a pesar de mis pocos años entonces, tengo la satisfacción
-de no haber simpatizado con él. Después he visto muchos, casi todos
-puestos en ejecución con los mismos elementos que aquel famosísimo,
-primera página del libro de nuestros trastornos contemporáneos; y es
-preciso confesar que sin estos divertimientos periódicos, que cuestan
-mucha sangre y no poco dinero, la historia moderna de la heroica España
-sería esencialmente fastidiosa.
-
-Pasan años y más años: las revoluciones se suceden, hechas en comandita
-por los grandes hombres y por el vulgo, sin que todo lo demás que
-existe en medio de estas dos extremidades se tome el trabajo de hacer
-sentir su existencia. Así lo digo yo hoy, a los ochenta y dos años
-de mi edad, a varios amigos que nos reunimos en el café de Pombo, y
-oigo con satisfacción que ellos piensan lo mismo que yo. D. Antero,
-progresista blindado, cuenta la picardía de O’Donnell el 56; D.
-Buenaventura Luchana, progresista fósil, hace depender todos los males
-de España de la caída de Espartero el 43; D. Aniceto Burguillos,
-que fue de la Guardia Real en tiempo de María Cristina, se lamenta
-de la caída del Estatuto. Reúnense junto a nuestra mesa algunos
-estudiantes jóvenes, varios capitanes y tenientes de infantería, y no
-pocos parásitos de esos que pueblan los cafés, probándonos que son
-tan pesados de pretendientes como de cesantes. Todos nos ruegan que
-les contemos algo de las felicidades pasadas para edificación de la
-edad presente, y sin hacerse de rogar, cuenta D. Antero la del 56; D.
-Buenaventura se conmueve un poco y relata la del 43; D. Aniceto da doce
-puñetazos sobre la mesa, mientras narra la del 36, y yo, mojando un
-terroncito de azúcar y chupándomelo después, les digo con este tonillo
-zumbón que no puedo remediar:
-
---Ustedes han visto muchas cosas buenas; ustedes han visto la de los
-grandes militares, la de los grandes civiles y la de los sargentos;
-pero no han visto la de los lacayos y cocheros, que fue la primera, la
-primerita y sin disputa la más salada de todas.
-
-
-
-
-XIV
-
-
-Me siento fatigado; pero es preciso seguir contando. Ustedes están
-impacientes por saber de Inés: lo conozco, y justo es que no la
-olvidemos.
-
-Llegué, pues, a Madrid muy temprano, y después de haber acomodado mi
-equipaje en la casa que tenía el honor de albergarme (calle de San
-José, núm. 12, frente al Parque de Monteleón), me arreglé y salí a
-la calle, resuelto a visitar a Inés en casa de sus tíos. Mas por el
-camino ocurriome que no debía presentarme en casa de tales señores sin
-informarme primero de su verdadera condición y carácter. Por fortuna,
-yo conocía un maestro guarnicionero instalado en la calle de la
-Zapatería de Viejo, muy contigua a la de la Sal, y resolví dirigirme a
-él para pedir informes del señor D. Mauro.
-
-Cuando entré por la calle de Postas, mi emoción era violentísima,
-y cuando vi la casa en que moraba Inés, me flaqueaban las piernas,
-porque toda la vida se me fue de improviso al corazón. La tienda de
-los Requejos estaba en la calle de la Sal, esquina a la de Postas, con
-dos puertas, una en cada calle. En la muestra, verde, se leía _Mauro
-Requexo_, inscripción pintada con letras amarillas; y de ambos lados de
-la entrada, así como del andrajoso toldo, pendían piezas de tela, fajas
-de lana, medias de lo mismo, pañuelos de diversos tamaños y colores.
-Como la puerta no tenía vidrieras, dirigí con disimulo una mirada
-al interior, y vi varias mujeres a quienes mostraba telas un hombre
-amarillo y flaco, que era de seguro el mancebo de la lonja. En el fondo
-de la tienda había un San Antonio, patrón sin duda de aquel comercio,
-con dos velas apagadas, y a la derecha mano del mostrador una como
-balaustrada de madera, algo semejante a una reja, detrás de la cual
-estaba un hombre en mangas de camisa, y que parecía hacer cuentas en un
-libro. Era Requejo: visto al través de los barrotes, parecía un oso en
-una jaula.
-
-Aparteme de la puerta, y alzando la vista observé otra muestra colocada
-en la ventana del entresuelo, la cual decía: _Préstamos sobre alhajas_.
-En la ventanilla donde campeaba tan consolador llamamiento, no había
-flores ni jaulas de pájaros, sino una multitud de capas, que respiraban
-higiénicamente el aire matutino por entre los agujeros de sus remiendos
-y apolilladuras. Tras los vidrios pendía una mugrienta cortineja.
-Observé que una mano apartó la cortina: vi la mano, luego un brazo
-y después una cara. ¡Dios mío! Era Inés. Yo la vi, y ella me vio.
-Pareciome que sus ojos expresaban no sé si terror o alegría. Aquel rayo
-de luz duró un segundo. Cayó la cortinilla y ya no la vi más.
-
-Esto avivó en mí el deseo de entrar. ¿Cómo podían encontrarse en
-aquella vivienda las comodidades, los lujos, las riquezas que
-ponderaban los Requejos en su visita inolvidable? Para salir de dudas,
-doblé la esquina, y molí a preguntas al guarnicionero.
-
---Ese Requejo --me dijo--, es el bicho de peores trazas que ha venido
-al mundo. Está rico; pero ya se ve... en casa donde no se come, ¿no
-ha de haber dinero? Porque has de saber que en el barrio corre la voz
-de que él se alimenta con las carnes de su hermana, y su hermana con
-las del mancebo, que por eso está como una vela. ¡Y cuidado si tienen
-dinero esas dos ratas!... Con la tienda y la casa de préstamos se han
-puesto las botas. Verdad que por las prendas de vestir no dan más
-que la cuarta parte de su valor, con interés de dos pesetas en duro
-por cada mes. Cuando toman sábanas finas y vajillas, dan una onza,
-con interés de cuatro duros al mes. En la tienda dan al fiado a los
-vendedores que van por los pueblos; pero les cobran cuatro pesetas y
-media por cada duro que venden. Dicen que cuando Doña Restituta entra
-en la iglesia, roba los cabos de vela para alumbrarse en casa; y cuando
-va a la plaza, que es cada tercer día, compra una cabeza de carnero, y
-sebo del mismo animal, con lo cual pringa la olla: con esto y legumbres
-van viviendo. Una vez al año van a la botillería, y allí piden dos
-cafés. Beben un poquito, y lo demás lo echa ella disimuladamente en un
-cantarillo que deja escondido bajo las faldas, el cual café traen a
-casa, y echándole agua le alargan hasta ocho días. Lo mismo hacen con
-el chocolate. D. Mauro es vanidoso y gastaría algo más si su hermana no
-le tuviera en un puño, como quien dice. Ella tiene las llaves de todo,
-y no sale nunca de casa, por miedo a que les roben; y la casa es bocado
-apetitoso para los ladrones, porque se dice que en el sótano está la
-caja del dinero.
-
-Estas noticias confirmaron la opinión que acerca de los tíos de Inés
-había yo formado. La primera pena que sentí al oír el panegírico de
-los dos personajes, consistió en la certidumbre de que me sería muy
-difícil introducirme en la casa, y menos trabar amistad con sus dueños.
-En esto pensaba tristemente, cuando vino a mi memoria un anuncio que
-varias veces había compuesto en la imprenta del _Diario_, el cual
-decía: _Se necesita un mozo de diez y siete a diez y ocho años, que
-sepa de cuentas, afeitar, algo de peinar, aunque solo sea de hombre,
-y guisar si se ofreciere. El que tenga estas partes, y además buenos
-informes, diríjase a la calle de la Sal, esquina a la de Postas, frente
-a los peineros, lonja de lencería y pañolería de D. Mauro Requexo,
-donde se tratará del salario y demás._
-
-Corrí a la imprenta del _Diario_ a ver si aún se insertaba aquel
-anuncio, y tuve el gusto de saber que los Requejos no habían encontrado
-quien les sirviera. Abandoné mi profesión de cajista, y sin consultarlo
-con nadie, pues nadie me hubiera comprendido, presenteme en la casa de
-la calle de la Sal, declarándome poseedor de las cualidades consignadas
-en el anuncio.
-
-Mi único temor consistía en que los Requejos recordasen haberme visto
-en Aranjuez, con lo cual recelarían de tomarme a su servicio; pero
-Dios, que sin duda protegía mi buena obra, permitió que ni uno ni otro
-me reconocieran; y si Doña Restituta me miró al pronto con cierta
-expresión sospechosa y como diciendo: «yo he visto esta cara en alguna
-parte», fue sin duda un fugaz pensamiento que no la decidió a poner
-obstáculos a mi admisión.
-
-Cuando entré en la tienda, la primera persona a quien expuse mis
-pretensiones fue Don Mauro, el cual, dejando un rancio librote donde
-escribía torcidos números, se rascó los codos y me dijo:
-
---Veremos si sirves para el caso. De un mes acá han venido más de
-cincuenta; pero piden mucho dinero. Como ahora quieren todos ser
-señoritos...
-
-Llamada por su hermano, presentose Doña Restituta, y entonces fue
-cuando me miró, como más arriba he dicho.
-
---¿Tú sabes --me preguntó la tía de Inés--, lo que damos aquí al mozo?
-Pues damos la _mantención_ y doce reales al mes. En otras partes dan
-mucho menos, sí, señor; pues en casa de Cobos, después de matarles de
-hambre, danles ocho reales y gracias. Conque, muchacho, ¿te quedas?
-
-Yo fingí que me parecía poco; hasta intenté regatear para que no se
-descubriera mi propósito, y al fin dije que, hallándome sin acomodo,
-aceptaba lo que me ofrecían. En cuanto a los informes que me exigieron,
-fácil me fue conseguir la merced de una recomendación del regente del
-_Diario_.
-
---Doce reales al mes y la _mantención_ --repitió Doña Restituta,
-creyendo sin duda, vista mi conformidad, que había ofrecido
-demasiado--; la _mantención_, sí, que es lo principal.
-
-¡Ay! El lector no conoce aún todo el sarcasmo que allí encerraba la
-palabra _mantención_.
-
---Por supuesto --dijo Requejo-- que aquí se viene a trabajar. Veremos
-si sabes tú de todos los menesteres que se necesitan. Y aquí hay que
-andar derechito, sí, señor, porque si no... Mírame a mí: yo era un
-_jambrera_ lo mismo que tú, y en fin... con mi honradez y mi...
-
---La economía es lo principal --añadió la hermana--. Gabriel, coge
-la escoba y barre todo el almacén interior. Después irás a llevar
-estos fardos a la posada de la calle del Carnero; luego copiarás las
-cuentas; más tarde lavarás la loza de la cocina, antes de mondar las
-patatas, y así te quedará tiempo para apalear las capas, encender el
-fuego y soplarlo, devanar el hilo de la costura, poner los números a
-las papeletas, aviar la lamparilla, limpiar el polvo, dar lustre a los
-zapatos de mi hermano, y todo lo demás que se vaya ofreciendo.
-
-
-
-
-XV
-
-
-Al punto empecé las indicadas operaciones, cuidando de poner en ellas
-todo el celo posible para contentar a mis generosos patrones. Debo ante
-todo dar a conocer la casa en que me encontraba. La tienda, sin dejar
-de ser pequeñísima, era lo más espacioso y claro de aquella triste
-morada, uno de los muchos escondrijos en que realizaba sus operaciones
-el comercio del Madrid antiguo. La trastienda era almacén y al mismo
-tiempo comedor, y los fardos de pañuelos y lanas servían de aparador
-a la cacharrería, cuyo brillo se empañaba diariamente con repetidas
-capas de polvo. Todos los artículos del comercio estaban allí reunidos
-y hacinados con cierto orden. Los Requejos vendían telas de lana y
-algodones, a saber: pañuelos del Bearne, género muy común entonces;
-percales ingleses, que desafiaban en la frontera portuguesa las aduanas
-del bloqueo continental; artículos de lana de las fábricas de Béjar y
-Segovia; algunas sederías de Talavera y Toledo; y por último, viendo
-D. Mauro que sus negocios iban siempre a pedir de boca, se metió en
-los mares de la perfumería, artículo eminentemente lucrativo. Así es
-que, además de los géneros citados, había en la trastienda multitud
-de cajas que encerraban polvos finos, pomadas y aguas de olor en
-su variedad infinita, _verbi gratia_: de lima, tomillo, bergamota,
-macuba, clavel, almizcle, lavanda, del Carmen, del cachirulo y otras
-muchas. Como el local donde se guardaban todos estos géneros servía de
-comedor, ya pueden ustedes figurarse la repugnante mezcolanza de olores
-desprendidos de substancias tan diversas, como son una pieza de lana
-teñida con rubia, un frasco de vinagrillo del Príncipe y una cazuela de
-migas; pero los Requejos estaban hechos de antiguo a esta repugnante
-asociación de olores inarmónicos.
-
-De la trastienda se subía al entresuelo por una escalera que presumo
-fue construida por algún sapientísimo maestro de gimnasia, pues no
-podéis figurar las contorsiones, los dobleces, las planchas, las mil
-torturas a que tenía que someterse para subirla el frágil barro de
-nuestro cuerpo. Solo la escurridiza Doña Restituta pasaba por aquellos
-aéreos escollos sin tropiezo alguno. Subía y bajaba con singular
-ligereza; y como por un don especial a ella sola concedido, no se
-le sentía el andar, siempre que yo la veía deslizarse por aquella
-problemática escalera: sus pasos no me parecían pasos, sino los
-ondulantes y resbaladizos arqueos de una culebra.
-
-Cuando, franqueada la escalera, se llegaba al entresuelo, era preciso
-hacer un cálculo matemático para saber qué dirección debía tomarse,
-pues el viajero se encontraba en el centro de un pasillo tan oscuro,
-que ni en pleno día entraba por él una vergonzante luz. Tentando
-aquí y allí, se hallaba la puerta de la sala, con ventana a la calle
-de Postas, y por cierto que allí no vi ninguna cortina verde con
-ramos amarillos, sino un descolorido papel, que en mil jirones se
-desternillaba de risa sobre las paredes. Un mostrador negro y muy
-semejante a las mesillas en que piden limosna para los ajusticiados los
-hermanos de la Paz y Caridad, indicaba que allí estaba el cadalso de
-la miseria y el altar de la usura. Efectivamente: un tintero de pluma
-de ganso, cortada de ocho meses, servía para extender las papeletas,
-algunas de las cuales esperaban sobre la mesa la anhelada víctima. Una
-cómoda y varios cofres, resguardados con barrotes, eran Bastilla de
-las alhajas y Argel de las ropas finas. Las capas, sábanas y vestidos
-estaban en una habitación inmediata, que además tenía la preeminencia
-de proteger el casto sueño del amo de la casa.
-
-Además de esta sala había otra, con ventana a la calle de la Sal;
-elegante pieza que no desmerecía de la anterior en lujo ni en
-exquisitos muebles, pues su sillería de paja, adornada con vistosos
-festones, y tan aéreas que cada pieza parecía dispuesta a caer por
-su lado, no hubieran hallado compradores en el Rastro. En dicha
-sala estaba el taller. ¿El taller de qué? Los Requejos tenían tres
-industrias: la venta, los préstamos y la confección de camisas, que en
-los días a que me refiero eran cortadas por Doña Restituta y cosidas
-por Inés desde las cinco de la mañana hasta las once de la noche,
-trabajando sin cesar en beneficio de la sórdida tacañería de sus tíos.
-Una orden expresa de Doña Restituta le impedía salir de aquel cuarto:
-no bajaba a la trastienda sino a la hora de comer; no se le permitía
-asomarse a la ventana; no se le permitía cantar, ni leer un libro; no
-se le permitía distraerse de su obra perenne, ni mencionar a su tío, ni
-recordar a su madre, ni hablar de cosa alguna que no fuera la honradez
-de los Requejos, y la longanimidad de los Requejos.
-
-Pero sigamos la descripción de la casa. En una habitación interior,
-mejor dicho, en una caverna, estaba el dormitorio de la tía y la
-sobrina, y en el fondo del pasillo y junto a la cocina se abría mi
-cuarto, el cual era una vasta pieza como de tres varas de largo por
-dos de ancho, con una espaciosísima abertura, no menos chica que la
-palma de mi mano. Por esta claraboya entraban, procedentes del patio
-medianero, algunos intrusos rayos de luz, que se marchaban al cuarto
-de hora después de pasearse como unos caballeros por la pared de
-enfrente. Mis muebles eran un mullido jergón de paja, y un cajón vacío
-que me servía de pupitre, mesa, silla, cómoda y sofá. Semejante ajuar
-era para mí en realidad más que suficiente; y en cuanto a la densa y
-providencial lobreguez que envolvía la casa como nube perpetua, me
-parecía hecha de encargo para mi objeto.
-
-El entresuelo se comunicaba con la escalera general de la casa, la
-cual partía majestuosamente desde la misma puerta de la calle, y en su
-grandioso arranque de tres cuartas tenía espacio suficiente para que
-fuera matemáticamente imposible que una persona subiese, mientras otra
-se ocupaba fatigosamente en la tarea de bajar. Por ese túnel ascendente
-tenían que introducirse los que iban a empeñar alguna cosa, siendo en
-cierto modo simbólico aquel tránsito, y expresión arquitectónica muy
-exacta de las angustias del alma miserable en los momentos críticos de
-la vida. Bien podía llamarse la escalera de los suspiros.
-
-No debo pasar en silencio que en la casa de los Requejos había cierto
-aseo, aunque, bien considerado el problema, aquella era la limpieza
-propia de todos los sitios donde no existe nada; _exempli gratia_: la
-limpieza de la mesa donde no se come, de la cocina donde no se guisa,
-del pasillo donde no se corre, de la sala donde no entran visitas, la
-diafanidad del vaso donde no entra más que agua.
-
-Allí no había perros ni gatos, ni animal alguno, si se exceptúan los
-ratones, para cuya persecución D. Mauro tenía un gato de hierro, es
-decir, una ratonera. Los infelices que caían en ella eran tan flacos,
-que bien se conocía estaban alimentados con perfumes. Un perro hubiera
-comido mucho; un jilguero habría necesitado más rentas que un obispo;
-una codorniz hubiera echado la casa por la ventana; las flores cuestan
-caras, y además el agua... La fauna y la flora fueron por estas razones
-proscritas, y para admirar las obras del Ser Supremo, los Requejos se
-recreaban en sí mismos.
-
-Me falta ahora hacerme cargo de otro ser que habitaba la casa durante
-el día: el mancebo.
-
-El cual era un hombre cuajado, quiero decir, que parecía haberse
-detenido en un punto de su existencia, renunciando a las
-transformaciones progresivas del cuerpo y del alma. Juan de Dios
-ofrecía el aspecto de los treinta años, aunque frisaba en los cuarenta.
-Su cara amarilla tenía gran semejanza con la de Doña Restituta; pero
-jamás se notaron en ella las contracciones, los enrojecimientos
-repentinos, propios de aquella señora. Era en sus modales lento y
-acompasado; su movilidad tenía límites fijos como la de una máquina,
-y si el método puede llegar a establecerse de un modo perfecto en los
-actos del organismo humano, Juan de Dios había realizado este prodigio.
-Llegar, abrir la tienda, barrerla, cortar las plumas, colgar las
-piezas de tela en la puerta, recibir al comprador, decirle los precios,
-regatear siempre con las mismas palabras, medir y cortar el género,
-cobrarlo, contar por las noches el dinero, apartando el oro, la plata y
-el cobre: tales eran sus funciones, y tales habían sido por espacio de
-veinte años.
-
-Juan de Dios comía en casa de los Requejos, que le trataban como
-un hermano. Servíales él con fidelidad incomparable, y si en algo
-nacido tenían ellos confianza, era en su mancebo. Cinco años antes de
-mi entrada en la casa, la organizadora y genial cabeza de D. Mauro
-concibió un proyecto gigantesco semejante a esos que de siglo en siglo
-transforman la faz del humano linaje. Requejo, después de hacer la
-cuenta del día, se rascó los codos, diose un golpe en la serena frente,
-puso los ojos en blanco, riose con estupidez, y llamando aparte a su
-hermana, le dijo:
-
---¿Sabes lo que estoy pensando? Pues pienso que tú debes casarte con
-Juan de Dios.
-
-Es fama que Doña Restituta arqueó las cejas, llevose un dedo a la
-barba, inclinó hacia el suelo la luminosa mirada y pensó.
-
---Pues sí --continuó Requejo--: Juan de Dios es trabajador, es
-ahorrativo, entiende del comercio, y en cuanto a honradez, creo que,
-no siendo nosotros, no habrá en el mundo quien le iguale. Yo no pienso
-volver a casarme; y si hemos de tener herederos, no sé cómo nos las
-vamos a componer.
-
-El mancebo fue enterado del proyecto, y desde entonces se trabó entre
-ambos prometidos una comunicación amorosa, de la cual no hablo a mis
-lectores porque no puedo figurarme cómo sería, aunque cavilo en ello.
-Debieron sin duda tratar de aquel asunto, como si el matrimonio no
-fuera la unión de dos cuerpos. Restituta pensaría en casarse, y Juan de
-Dios pensaría en casarse, ambos sin pena ni alegría, de tal modo que,
-pasados cinco años, hablaban del asunto con indiferencia, y dándolo
-como cosa cercana. Creeríase que no les importaba el rápido paso de los
-años, y aquellos seres encerrados en una tienda sin duda medían la vida
-por varas, no considerando que alguna vez llegarían al fin de la pieza.
-Ambos novios eran de esos que se aprestan a casarse y se casan al fin,
-sin que los hombres ni Dios ni el Demonio sepan nunca por qué.
-
-
-
-
-XVI
-
-
-Por las noches, después de cenar, rezábamos el rosario, que llevaba el
-amo de la casa con voz becerrona; y concluida la oración al patrono
-bendito, permanecían en la trastienda en plácida tertulia que solo
-duraba hora y media, y a la cual solía concurrir algún antiguo amigo
-o vecino cercano. La noche de mi inauguración no se alteró tan santa
-costumbre. D. Mauro, su hermana, Juan de Dios, Inés y yo, decíamos
-el último _ora pro nobis_, cuando sonó la campanilla del entresuelo y
-mandáronme que abriese.
-
---Es el vecino Lobo --dijo mi ama.
-
-Figúrense mis lectores cuál sería mi confusión cuando al abrir la
-puerta encaré con la espantable fisonomía del licenciado de los
-espejuelos verdes que había querido prenderme cinco meses antes en el
-Escorial. El temor de que me conociera diome gran turbación; pero tuve
-la suerte de que el ilustre leguleyo no parara mientes en mi persona.
-No sé si he dicho que en mí se estaba verificando la transformación
-propia de la edad, y que un repentino desarrollo había engrosado mi
-cuerpo y redondeado mi cara, donde ya me apuntaba ligero bozo. Esta fue
-la causa de que el licenciado Lobo no me reconociera, como yo temía.
-
---Señores --dijo Lobo, sentándose en un cajón de medias--, hoy es día
-de universal enhorabuena. Ya tenemos a nuestro Rey en el trono. ¿No
-han salido ustedes? Pues está Madrid que parece un ascua de oro. ¡Qué
-luminarias, qué banderas, qué gentío por esas calles de Dios!
-
---Nosotros no salimos a ver luminarias --contestó Requejo--, que harto
-tenemos que hacer en casa. ¡Ay, Sr. de Lobo, qué trabajo! Aquí no hay
-haraganes, y se gana el pan de cada día como Dios manda.
-
---¡Loado sea Dios! --añadió el curial--, y vivan los hombres ricos como
-D. Mauro Requejo, que a fuerza de inteligencia...
-
---La honradez, nada más que la honradez --dijo el tendero, rascándose
-los codos.
-
---¡Viva el comercio! --exclamó Lobo--. Lo que es la pluma, Sr. D.
-Mauro, no da ni para zapatos. Ahí estoy yo hace veintidós años en
-mi placita del Consejo y Cámara de Castilla, y Dios sabe que hasta
-hoy no he salido de pobre. Mucho romper de zapatos para andar en las
-actuaciones, y nada más. Lo que hay es que ahora espero que me den una
-de las escribanías de Cámara, que harto la merece este cuerpo que se ha
-de comer la tierra.
-
---Como usted ha servido al favorito...
-
---No... diré a usted: yo no me he parado en pelillos, y serví al
-Gobierno anterior con buena fe y lealtad. Pero, amigo, es preciso
-hacer algo por este perro garbanzo que tanto cuesta. En cuanto vi que
-el Generalísimo estaba ya en manos de la Paz y Caridad, he hecho un
-memorial al de Asturias y escrito ocho cartas a D. Juan Escóiquiz para
-ver si me cae la escribanía de Cámara. Yo les perseguí cuando la famosa
-causa; pero ellos no se acuerdan de eso, y por si se acuerdan, ya he
-redactado una retractación en forma, donde digo que me obligaron a
-hacer aquellas actuaciones poniéndome una pistola en el pecho.
-
---No he visto _jormiguita_ como el Sr. de Lobo.
-
---¡Y qué entusiasmado está el pueblo español con su nuevo Rey!
---continuó el curial--. Dan ganas de llorar, señora Doña Restituta.
-Ahora salí a llevar a mi Angustias con las niñas a la novena del señor
-San José, y después que rezamos el rosario en San Felipe, fuimos a
-dar una vuelta por las calles. ¡Ay qué risa! Parece que están quemando
-la casa de Godoy, la de su madre y su hermano Don Diego, lo cual está
-muy retebién hecho, porque entre los tres han robado tanto, que no se
-ve una peseta por ningún lado. Después que nos entretuvimos un poco,
-volvimos allá: ellas se han quedado en el 13, en casa de Corchuelo, y
-yo me he venido aquí a charlar un poquito. Pero me había olvidado...
-Inesita, ¿cómo va? ¿Y usted, Sr. D. Juan de Dios?
-
-Inés contestó brevemente al saludo.
-
---Está un poco holgazana --dijo Restituta, mirando con desdén a la
-huérfana--. Hoy no ha cosido más que camisa y media, lo cual es un asco.
-
---Pues me parece bastante.
-
---¡Ay! Sr. de Lobo, no diga usted que es bastante. Mi abuela, según me
-contaba mi madre, echaba en un día la friolera de dos camisas. Pero
-esta chica está acostumbrada a la holgazanería: ya se ve... su madre no
-hacía más que arrastrar el guardapiés por las calles, y la niñita me
-andaba todo el día de zeca en meca, aquí te pongo, aquí te dejo.
-
---Pues es preciso trabajar --dijo Requejo--, porque, chiquilla, el
-garbanzo y el tocino, y el pan y las patatas no caen del cielo, y el
-que viene a esta casa a sacar el vientre de mal año, no puede estarse
-mano sobre mano. Y si no, aprendan todos de mí, que me he ganado lo que
-tengo ochavo por ochavo, y cuando era mozo, fardo por la mañana, fardo
-por la noche, fardo a todas horas, y siempre tan gordo y tan guapote.
-
---Ella es habilidosa --afirmó Restituta--, y sabe coser: solo que le
-falta voluntad. No es ya ninguna chiquilla, que tiene sus quince años
-cumplidos, y ya puede comprender las cosas. A su edad yo gobernaba la
-casa de mis padres. Verdad es que como yo había pocas, y me llamaban el
-lucero de Santiagomillas.
-
---Pues Inesita, creo yo, es una muchacha que no tiene pero --declaró
-benévolamente Lobo--. Y tan calladita, tan modesta, que no se puede
-menos de quererla.
-
---Ya le dije cuando entró aquí --continuó Restituta-- que los tiempos
-están muy malos, que no se gana nada, que se vende poco, y en lo de
-arriba no cae más que miseria. Ella comprenderá que nos hemos echado
-encima una carga muy pesada al recogerla, porque... ¡si viera usted,
-Sr. de Lobo!... ¡qué miseria en aquella casa del cura de Aranjuez,
-donde estaba mi sobrina! ¡Ay, partía el corazón!
-
---Pues es preciso que trabaje --dijo D. Mauro--. Mi sobrina es una
-muchacha muy buena, y ya he dicho a usted cuánto la quiero. Como que,
-al fin y al cabo, para ella ha de ser cuanto hay en esta casa.
-
---Ya le he dicho --prosiguió Restituta-- que mañana tiene que lavar
-toda la ropa de la casa, porque ya que ella está aquí, ¿para qué se ha
-de gastar en lavandera? Por supuesto que no ha de dejar la costura;
-y si pasa mañana de las veinte varas, la echaré en el pañuelo unas
-gotitas de agua de bergamota, de la de los frascos averiados. Lo
-bueno que tiene esta muchacha, Sr. de Lobo, es que nunca da malas
-contestaciones. Verdad que no le faltan luces, y harto conoce lo que
-nos debe, pues ha encontrado en nosotros su santo Ángel de la Guardia.
-¡Ah, no puede usted figurarse la miseria que había en aquella casa del
-cura de Aranjuez!...
-
---Le conozco, sí --dijo Lobo, enseñando con feroz sonrisa sus dientes
-verdes--. Es un pobre hombre que hacía versos latinos al Príncipe de la
-Paz. Ya se lo dirán de misas. Está probado que ese D. Celestino, con su
-capita de hombre de bien, era el confidente del favorito, y el que le
-llevaba la correspondencia con Napoleón, para repartirse a España.
-
---¡Jesús, qué iniquidad! Bien decía yo que aquel hombre tenía cara de
-malo.
-
---Pero ya le daremos cordelejo --continuó Lobo--. Como la parroquia
-de Aranjuez la pretende un primo mío, ya se la tenemos armada a D.
-Celestino, y entre un compañero y yo pensamos escribir ocho resmas de
-papel sellado para probar que el señor curita es reo de lesa nación.
-
-Mientras esto hablaban, yo hacía esfuerzos por contener mi indignación.
-Inés, aterrada por la verbosidad de sus tíos, no se atrevía a decir una
-palabra. Lo mismo hacía Juan de Dios; pero por un fenómeno singular,
-las facciones heladas y quietas del mancebo indicaban aquella noche que
-lo que oía no le era indiferente.
-
---Y ya veremos --contestó Lobo frotándose las manos--. ¿Pero qué
-hace ahí tan callado el Sr. D. Juan de Dios? ¡Ay, Restituta, qué
-marido tan mudo va usted a tener! Y lo que es por palabra de más o por
-palabra de menos no armarán ustedes camorra. ¿Y para cuándo dejan la
-boda? Animarse, señores, y anímese usted también, Sr. D. Mauro de mis
-entrañas, porque... la niñita lo merece. Nada: el mes que entra, a la
-Vicaría. Restituta con mi Sr. Juan, y usted con su querida sobrinita
-Inés, que, si no me engaño, le ha rezado ya algún Padrenuestro a San
-Antonio para que esto se realice.
-
-Todas las miradas se dirigieron hacia Inés. D. Mauro estiró los brazos
-en cruz; luego, cerrando los puños, levantolos hacia arriba como si
-quisiera coger el techo; descoyuntose las quijadas; cayeron luego ambas
-manos sobre la mesa con estruendosa pesadez, y habló así:
-
---Yo se lo he dicho, y por cierto que la niñita no tuvo a bien
-contestarme.
-
---¿Pues qué quiere decir el silencio en esos casos? ¿Cómo quiere usted
-que una niña bien criada diga: «Me quiero casar, sí, señor, venga
-marido?» Al contrario, es ley que hasta el último momento hagan ascos
-al matrimonio, diciendo que les da vergüenza.
-
---Ya te dije, hermano --indicó Doña Restituta--, que aunque ese es
-el destino de la muchacha, si se porta bien y trabaja, no conviene
-tratar todavía de tal asunto. Ya sabes lo que son las muchachas, y
-si les entra el entusiasmo y el aquel del casorio, no hay quien las
-aguante. Ella bien sé yo que se chupará los dedos; pero haces mal
-en manifestarle tan pronto tu generosidad, porque puede echarse a
-perder, pensando todos los días en el amorcito, en la palabrilla, en el
-regalito. ¡Ah, bien sabe ella lo que se hace, la picarona! Bien sabe
-que un hombre como tú no lo catan las muchachas de Madrid todos los
-días.
-
---¿Y por qué no he de decírselo desde luego? --contestó Requejo riendo,
-es decir, moviendo la tecla de la risa en su brutal organismo--. Mi
-sobrina me gusta; y aunque conocemos todos a una porción de señoras
-muy principales que me pretenden y se beben los cuatro vientos por mí,
-yo dije: «Vale más que todo se quede en casa.» ¿Por qué no se le ha de
-decir de una vez que quiero casarme con ella? Bien sé que del alegrón
-se estará ocho noches sin dormir, y se trastornará toda, y no dará una
-puntada; y si por ella fuera, mañana mismo... pero váyase lo uno por lo
-otro. Pues digo: ¡si ella viera el collar y los pendientes de oro que
-tengo apalabrados con el platero del arco de Manguiteros!...
-
---Dale... dale... --dijo Restituta--. ¿A qué viene hablar de esas
-cosas? ¿A qué sacar de quicio a la chica, trastornándole el seso? Nada:
-no hay collar ni pendientes. ¿Ni cómo quieres que la niña lave la ropa
-ni cosa las camisas, cuando le dicen que va a ser, como si dijéramos,
-princesa?
-
---Nada, nada... yo la quiero y la estimo --afirmó Requejo--. ¿Por qué
-la hemos de privar de ese gusto? Que lo sepa... y digo más, señora
-hermana; y es que aunque a mí no me gusta la holgazanería, porque, ya
-ven ustedes, yo, desde la edad de catorce años... quiero decir, que
-aunque no me gusta la holgazanería, lo que es por estos días y de aquí
-a que nos casemos, si Inés quiere trabajar que trabaje, y si no que no
-trabaje.
-
-D. Mauro volvió a reír, y alargando el brazo hacia Inés, le tocó la
-barba.
-
-Estremeciose la muchacha como al contacto de un animal asqueroso, y
-rechazó bruscamente la caricia de su impertinente tío.
-
---¿Qué es eso, niña? ¿Qué modales son esos? --dijo D. Mauro frunciendo
-el ceño--. ¡Cuando te anuncio que me casaré contigo!
-
---¡Conmigo! --exclamó la huérfana sin poder disimular su horror.
-
---Contigo, sí.
-
---Déjala, Mauro: ya sabes que es un poco mal criada. Niña, no se
-contesta de ese modo.
-
---¿Pues no tiene también su orgullo la pazpuerca? --indicó Requejo.
-
---Yo no me caso con usted, yo no quiero casarme --dijo enérgicamente
-Inés, recobrando su aplomo, una vez dicha la primera palabra.
-
---¿Que no? --preguntó Restituta con un chillido de rabia--. Pues,
-indinota, mocosa, ¿cuándo has podido tú soñar con tener semejante
-marido, un Mauro Requejo, un hombre como mi hermano? ¡Y eso después que
-te hemos sacado de la miseria!...
-
---A mí me han sacado ustedes del bienestar y de la felicidad para
-traerme a esta miseria, a esta mortificación en que vivo --dijo la
-huérfana llorando--. Pero mi tío vendrá por mí, y me marcharé para no
-volver aquí ni verles más. ¡Casarme yo con semejante hombre! Prefiero
-la muerte.
-
-¡Oh, al oírla me la hubiera comido! Inés estaba sublime. Yo lloraba.
-
-Cuando los Requejos oyeron en boca de su víctima tan absoluta negativa,
-se encendió de un modo espantoso la ira de sus protervas almas.
-Restituta se quedó lívida, y levantose Don Mauro balbuciendo palabrotas
-soeces.
-
---¿Cómo es eso? ¡Venir a comer mi pan, venir aquí a lavarse la sarna,
-venir aquí después de haber andado por los caminos pidiendo limosna...
-y portarse de esa manera!... ¿Pero eres tú una Requejo, o de qué
-endiablada casta eres?... Cuidado con la señorita _Panza en trote_.
-Niñita, ¿sabes tú quién soy yo? ¿sabes que tengo cinco dedos en la
-mano?... ¿sabes que me llamo Mauro Requejo?... ¿sabes que de mí no
-se ríe ninguna piojosa?... ¿sabes que a mí no me pican pulgas de tu
-laya?... Tengamos la fiesta en paz... y ten por sabido que has de hacer
-lo que yo mando, y nada más.
-
-Diciendo esto, agarró con su mano de hierro el brazo de la muchacha,
-y la sacudió con mucha fuerza. Quiso poner más alto aún el principio
-de autoridad, y lanzó a Inés contra la pared, avanzando sobre ella
-en actitud rabiosa. Cuando tal vi, pareciome que se me nublaban los
-ojos, y sentí saltar mi sangre toda del corazón a la cabeza. Yo estaba
-en pie junto a la mesa, y al alcance de mi mano había un cuchillo de
-punta afilada. El lector comprenderá aquella situación terrible, y
-no es posible que vitupere mi conducta, si es que tales hechos, hijos
-de la ciega cólera y la impremeditación, pueden llamarse conducta.
-¿Quién al ver una huérfana inocente e indefensa, maltratada por el
-más necio y soez de los hombres, hubiera podido permanecer en calma?
-Durante aquella escena de un segundo, alargué la mano hasta tocar la
-empuñadura del cuchillo, y con rápida mirada observé el cuerpo deforme
-de D. Mauro Requejo; pero afortunadamente para mí y para todos, este,
-sin duda aterrado ante la debilidad de la víctima, se contuvo y no se
-atrevió a tocarla. En un movimiento insignificante, en un paso atrás,
-en una mirada, en una idea que pasa y huye estriba la perdición de
-personas honradas, y un grano de arena hace tropezar nuestro pie,
-precipitándonos en el abismo del crimen. Por aquella vez, Dios apartó
-del camino de mi vida el cadalso o el presidio.
-
-Acudieron Lobo y el mancebo a calmar la enconada soberbia de su amigo.
-En el semblante del segundo noté una alteración vivísima, y su piel
-amarilla se encendió con inusitado enrojecimiento, que yo no sabía si
-atribuir a la indignación o a la vergüenza.
-
-Queriendo Doña Restituta poner fin a una escena que no podía tener
-buenas consecuencias, cortó la cuestión diciendo:
-
---No te acalores, hermano. Yo la haré entrar en razón. Ya sabes que es
-un poco mal criada. Vamos arriba, niña, y ajustaremos cuentas.
-
-Esta fue la orden de retirada. Juan de Dios salió de la tienda para
-irse a su casa, y Doña Restituta e Inés subieron seguidas por mí, pues
-también se me dio la orden de que me acostara. Entraron las dos mujeres
-en su cuarto y yo en el mío; mas no pudiendo dominar mi inquietud, y
-recelando que en el dormitorio vecino se repetiría entre tía y sobrina
-la violenta escena de la trastienda, luego que pasó un rato, salí muy
-quedamente de mi escondrijo, y desliceme por el pasillo, conteniendo
-la respiración para que no me sintieran. En acecho cerca de la puerta
-del dormitorio, sentí la voz de Doña Restituta que decía: «No llores,
-duérmete. Mi hermano es una persona muy amable; solo que de pronto...
-¡Si él te quiere mucho, niñita!...» Esta afabilidad de la culebra me
-sorprendió; mas al punto comprendí que debía ser puro artificio.
-
-También llegaban confusamente a mí las voces de D. Mauro y de Lobo, que
-habían quedado en la trastienda. Avancé un poco más hasta llegar a la
-escalera, y echándome en tierra apliqué el oído.
-
---Cuando yo le doy a usted mi palabra de que es así... --decía el
-leguleyo--. Inesita fue abandonada y recogida por Doña Juana. Su madre,
-que es una de las principales señoras de la Corte, desea encontrarla
-y protegerla. Yo poseo los papeles con que se puede identificar la
-personalidad de la damisela. De modo que si usted se casa con ella...
-Amiguito, la señora Condesa tiene los mejores olivares de Jaén, las
-mejores yeguadas de Córdoba, los mejores prados del Jarama, y más de
-treinta mil fanegadas de pan en tierra de Olmedo y de Don Benito, sin
-herederos directos que se lo disputen a esa barbilinda que hace poco
-estaba haciendo pucheros aquí mismo.
-
---Pero ya usted la ha visto --dijo D. Mauro, midiendo con grandes
-zancadas el piso de la trastienda--. La muchacha es un puerco-espín.
-Le hago una caricia y me da una manotada; le digo que la quiero y me
-escupe la cara.
-
---Amigo D. Mauro --repuso el licenciado--, el sistema que ustedes
-siguen no es el más a propósito para hacerse querer de la niña. Ustedes
-debían traerla en palmitas, y la están maltratando haciéndola trabajar
-hasta que reviente. ¿A quién se le ocurre que una princesita como esta
-friegue los platos y lave la ropa? Por este camino aborrecerá a mi
-señor D. Mauro como si fuera el Demonio.
-
---Pues me parece --dijo mi amo, dándose un golpe en la majestuosa
-cerviz--, que el señor licenciado tiene muchísima razón. Eso mismo dije
-yo a mi hermana; pero como Restituta es tan ambiciosa, que se dejaría
-desollar por un ochavo, ha dado en sacarle el cuero a la infeliz. ¿No
-somos ricos? Pues si somos ricos, ¿a qué viene el descajillarse por un
-maravedí? Pero con mi hermana no hay quien pueda. ¿Le parece a usted?
-Aquí vivimos como en el Hospicio: mi padre se llama hogaza y yo me
-muero de hambre, como dijo el otro. Pues digo que ha de ser lo que yo
-mando, y mi hermana que se case con Juan de Dios y se lleve lo suyo...
-y nada más. Inesita no trabajará, porque si se me muere...
-
---Además --dijo Lobo--, procure usted ser amable con ella. Cuide algo
-más de lo exterior, y no se le presente con esa facha de mozo de
-cordel, porque las niñas son niñas, Sr. Don Mauro, y no se entra en el
-templo del Amor sino por la puerta del buen parecer.
-
---Eso está muy bien parlado. Si fuera por mí... Yo quiero vestirme
-bien; pero esa langostilla de Restituta no me deja, y dice que no me he
-de poner el traje bonito más que el día de _San Corpus Christi_. Nada,
-nada, aquí mando yo: me pondré guapote, porque yo... a Dios gracias,
-no soy de esos que necesitan afeites y menjurges para parecer bien, y
-cuanto me cae encima está que ni pintado. Trataré a Inesita como ella
-se merece, y Dios por delante. Antes de un mes la llevo a la parroquia.
-
---Ese es el mejor sistema, Sr. D. Mauro. Con las amenazas, con el
-encierro, con las privaciones, con el trabajo excesivo, no conseguirán
-ustedes sino que la muchacha les odie y se enamorisque del primer
-pelafustán que pase por la calle.
-
-Así hablaron el comerciante y el leguleyo. Despidiéronse después, y
-el segundo salió a la calle por la tienda. Retireme a toda prisa;
-pero aunque no hice ruido, Doña Restituta, con su sutilísimo órgano
-auditivo, debió sentir no sé si mi aliento o el ligero rumor de un
-ladrillo roto que se movió bajo mis pisadas. Esto produjo cierta alarma
-en su vigilante espíritu, y saliendo al encuentro de su hermano que
-subía, le dijo:
-
---Me parece que he sentido ruido. ¿Tendremos ladroncitos? Anoche
-hicieron un robo en la calle Imperial, metiéndose por los tejados.
-¿Estaremos seguros?
-
-Registraron toda la casa, mientras yo, metido entre mis sábanas, fingía
-dormir como un talego. Al fin, convencidos de que no había ladrones, se
-acostaron.
-
-Mucho más tarde advertí que Doña Restituta registraba la casa segunda
-vez, hasta que todo quedó en silencio. Cerca ya de la madrugada oí
-ruido de monedas. Era Doña Restituta contando su dinero. Después la
-sentí salir de su cuarto, bajar a la trastienda y de allí al sótano,
-donde estuvo más de una hora.
-
-
-
-
-XVII
-
-
-Al siguiente día D. Mauro se desvivió obsequiando a su sobrina; pero lo
-hacía tan ramplonamente, que cada una de sus finezas era una gansada, y
-cada movimiento una coz.
-
---Restituta --decía--, no quiero que trabaje la muchacha. ¿Óyeslo,
-hermana? Inés es mi sobrinita, y todo es para ella. Si hace falta
-coser, aquí tengo yo mi dinero para pagar costureras. Sácame el vestido
-nuevo, que me lo quiero poner todos los días, y estar en la tienda con
-él... y no me pongas más olla con cabezas de carnero, sino que quiero
-carne de vaca para mí y para este angelito de mi sobrina... y lo que es
-el collar que tengo apalabrado lo compro hoy mismo... y aquí no manda
-nadie más que yo... y voy a traer un fortepiano para que Inés aprenda a
-tocar... y la voy a llevar en coche a la Florida... y si entra mañana
-el nuevo Rey, como dicen, hemos de ir todos a verle, y yo con mi
-vestido nuevo y mi sobrinita agarrada del brazo, ¿_no verdá_, prenda?
-
-Restituta quiso protestar contra estos despilfarros; pero amoscose su
-hermano, y no hubo más remedio que obedecer, aunque a regañadientes.
-Merced a la enérgica resolución del amo de la casa, viose la trastienda
-honrada con inusitados y allí nunca vistos platos, aunque Doña
-Restituta, firme en su adhesión al antiguo régimen, no probó de ninguno.
-
---Hermana --le decía D. Mauro--, ya estoy de miserias hasta aquí. Nada,
-no más trabajar. ¿Ves esta gallina, Inesilla? Pues te la tienes que
-comer toda sin dejar ni una tripa, que para eso la he comprado con
-mi dinero. Y aquí te tengo un guardapiés de raso verde con eses de
-terciopelo amarillo que te has de poner mañana si vamos a ver entrar
-al Rey... Y también te pondrás unos zapatos azules y unas mediecitas
-encarnadas con rayas negras... y también le tengo echado el ojo a
-una escofieta que lo menos lleva catorce varas de cinta de varios
-colores... Conque a ponerse guapa... porque lo mando yo.
-
---Buenas cosas le estás enseñando a la niña --declaró Doña Restituta,
-dirigiendo oblicuamente los ojos a las prendas indicadas, que acababan
-de traer a la tienda.
-
-En efecto, señores: la generosidad de Don Mauro era tan bestial como su
-tacañería y salvajismo; así es que su empeño en que Inés se vistiera
-con tan chabacano y ridículo traje, fue uno de los mayores tormentos
-que padeció la huérfana durante su encierro.
-
---Esta tarde --continuó el tío-- voy a traer dos ciegos para que
-toquen, y puedas bailar cuanto quieras, Inesilla. Deseo que bailes lo
-menos tres horas seguidas, y así has de hacerlo, porque yo lo mando...
-y aquellos pendientes de a cuarta que están arriba, y son nuestros,
-porque no han venido a desempeñarlos, te los pondrás en tus lindas
-orejitas.
-
---Sí: para ella estaban --dijo con avinagrado gesto Restituta--. ¡Dos
-pendientes de filigrana de oro, largos como badajos de campana, y que
-pertenecieron a una camarista de la Reina Doña Isabel de Farnesio!
-Hermano, tengamos la fiesta en paz.
-
---Aquí no manda nadie más que yo --manifestó Requejo, haciendo
-retemblar de un puñetazo el cajón que servía de mesa.
-
-Como es de suponer, Inés se resistió a ponerse los vestidos de sainete
-comprados por D. Mauro, lo cual puso de mal humor al buen comerciante,
-quien no tuvo sosiego durante todo aquel día, y se quitó y puso
-repetidas veces el traje nuevo, jurando que en su casa nadie mandaba
-más que él.
-
-Al lector habrá sorprendido una circunstancia, y es que en tres días
-que llevaba yo de permanencia en la funesta casa, no pudiese ni una
-vez tan solo hablar con Inés. La suspicacia del ama era tan atroz y
-tan previsora, que siempre que bajaba del entresuelo a la trastienda,
-como no fuera en la hora tristísima de la comida, la dejaba encerrada,
-guardando la llave en su profundo bolsillo. Esto me desesperaba,
-quitándome toda esperanza de salvar a la pobre huérfana, hasta que
-un día, resuelto a comunicarme con ella, aceché la ocasión en que
-Doña Restituta estaba desplumando a unos infelices en el despacho de
-los préstamos, y acercándome a la puerta del encierro, la llamé muy
-quedamente. Sentí el roce de su vestido, y su voz me preguntó:
-
---Gabriel, ¿eres tú?
-
---Sí, Inesilla de mi corazón. Hablemos un poquito; pero no alces la
-voz. Haré mucho ruido con la escoba para que no nos oigan.
-
---¿Cómo has venido aquí? Di, Gabrielillo, ¿me sacarás tú?
-
---Reina, aunque aquí hubiera cien mil Requejos y ochocientas mil
-Restitutas, te sacaría. No llores ni te apures. Pero di, picarona, ¿me
-quieres ahora menos que antes?
-
---No, Gabriel --me contestó--. Te quiero más, mucho más.
-
-Hice mucho ruido y di mil besos a la puerta.
-
---Toca con tus dedos en la puerta para que yo sienta.
-
-Inés dio algunos golpecitos en la madera, y después me interrogó:
-
---¿Tardarás mucho en sacarme? Escribe a mi tío para que venga por mí.
-
---Tu tío no conseguiría nada de estos cafres. Espera y confía en mí.
-Chiquilla, hazme el favor de besar la puerta.
-
-Inés besó la puerta.
-
---Yo te sacaré de esta casa, prenda mía, o no soy Gabriel --le dije--.
-Haz por no disgustarles. Si te quieren sacar de paseo, no te resistas.
-¿Oyes bien? Déjame a mí lo demás. Adiós, que viene la culebra.
-
---Adiós, Gabriel. Estoy contenta.
-
-Ambos besamos la barrera que nos separaba, y el diálogo acabó, porque
-consumado en el despacho de los préstamos el asesinato pecuniario,
-salieron las víctimas, y tras ellas Doña Restituta, radiante de
-ferocidad avariciosa. En su cara se conocía que había hecho un buen
-negocio.
-
-
-
-
-XVIII
-
-
-Aquella noche vino a la tertulia de la trastienda, además del Sr. de
-Lobo, Doña Ambrosia de los Linos, tendera de la calle del Príncipe, a
-quien mis lectores, si no me engaño, tienen el honor de conocer, pues
-algo me parece que figuró en los sucesos que conté anteriormente. Su
-difunto esposo había sido compañero de D. Mauro en el cargamento y
-arrastre de fardos y mercancías, y desde entonces entre ambas familias
-quedó establecida cordial amistad. Reconociome Doña Ambrosia, mas no
-dijo nada que pudiese desfavorecerme en el concepto de mis nuevos amos;
-y cuando se hubo sentado, operación no muy fácil, dados su volumen y la
-estrechez de los asientos, soltó la sin hueso en estos términos:
-
---¿Cómo es eso, Restituta; cómo es eso, Don Mauro?... ¿conque no
-han ido ustedes a ver la entrada de los franceses? Pues, hijos, les
-aseguro que era cosa de ver. ¡Qué majos son, válgame el santo Ángel
-de la Guardia!... ¡Pues digo, si da gloria ver tan buenos mozos!...
-y son tantos, que parece que no caben en Madrid. Si viera usted, D.
-Mauro, unos que andan vestidos al modo de moros, con calzones como
-los maragatos, pero hasta el tobillo, y unos turbantes en la cabeza
-con un plumacho muy largo. ¡Si vieras, Restituta, qué bigotazos, qué
-sables, qué morriones peludos y qué entorchados y cruces! Te digo que
-se me cae la baba... Pues a esos de los turbantes creo que los llaman
-los _zamacucos_. También vienen unos que son, según me dijo D. Lino
-Paniagua, los _tragones de la Guardia imperial_, y llevan unas corazas
-como espejos. Detrás de todos venía el general que los manda, y dicen
-está casado con la hermana de Napoleón... es ese que llaman el gran
-Duque de _Murraz_ o no sé qué. Es el mozo más guapo que he visto...
-¡y cómo se sonreía el picarón mirando a los balcones de la calle de
-Fuencarral! Yo estaba en casa de las primas, y creo que se fijó en mí.
-¡Ay, hija, qué ojazos! Me puse más encarnada... Por ahí andan pidiendo
-alojamiento. A mí no me ha tocado ninguno, y lo siento; porque la
-verdad, hija, esos señores me gustan.
-
---Gracias a Dios que tenemos Rey --dijo D. Mauro--. Y usted, Doña
-Ambrosia, ¿ha vendido mucho estos días? Porque lo que es de aquí no ha
-salido ni una hilacha.
-
---En mi casa ni un botón --contestó la tendera--. ¡Ay, hijito mío!
-Ahora, cuando ese saladísimo Rey que tenemos arregle las cosas, hay
-esperanzas de hacer algo. ¡Qué tiempos, Restituta, qué tiempos! Pero no
-saben ustedes lo mejor: ¿no saben ustedes la gran noticia?
-
---¿Qué?
-
---Que mañana hará su entrada triunfal en Madrid el nuevo Rey de España,
-Sr. D. Fernando el Séptimo.
-
---Ya lo sabe hoy todo Madrid.
-
---Pues no nos quedaremos sin ir a verle: óyelo tú, Restituta; óyelo tú,
-Inés --dijo Requejo--. Mañana no se trabaja.
-
---Yo, primero me aspan que dejar de ir a verlo --afirmó Doña
-Ambrosia--. Los primos han salido esta noche al camino de Aranjuez para
-esperarle. ¡Ay, qué alegría, Sr. D. Mauro! ¡Si viviera mi esposo para
-verlo! Él que me decía: «Mientras duren este Rey y esta Reina de tres
-al cuarto, no tendremos un Gobierno ilustrado.» Mañana va a ser un
-día de alegría. Yo tengo un balcón en la calle de Alcalá, y ya hemos
-encargado al valenciano media docena de ramos de flores para apedrear a
-S. M. cuando pase.
-
---Nada, lo dicho --apuntó D. Mauro--: si _esta_ no quiere ir, que se
-quede en la tienda. Inés me coserá la manga del casaquín que se me
-rompió ayer cuando me lo quité... Veremos qué tal sabe Gabriel hacer el
-coleto... Por supuesto, Inesilla, si quieres coger uno de esos frascos
-de agua de clavel que tienes a mano derecha, puedes hacerlo. Todo es
-para ti.
-
-Así siguió la conversación sin ningún incidente notable en lo sucesivo,
-por lo cual la omito, pues supongo al lector poco interesado en conocer
-la historia de la enfermedad que padeció el esposo de Doña Ambrosia,
-trágico acontecimiento que ella refirió. Los únicos personajes siempre
-mudos en aquellas tertulias, además de un servidor de ustedes, eran
-Inés y el Sr. Juan de Dios, este último por ser hombre de pocas
-palabras, como he dicho.
-
-Llegó el día 24 de marzo, y la cabeza de D. Mauro, peinada por mí,
-salió a competir con el sol en brillo y hermosura. Doña Restituta, que
-no pudo resistir a las súplicas de su hermano, frotose con una toalla
-el apergaminado forro de su cara hasta sacarse lustre, y después se
-puso el mismo clásico traje con que por primera vez se presentó a
-mis ojos en Aranjuez. Por más que D. Mauro atronó la casa, no pudo
-conseguir que Inés se disfrazara con el guardapiés verde, las medias
-encarnadas, las azules botas y la escofieta que su vanidoso tío compró
-para adornar dignamente a la que consideraba como futura esposa.
-Negose la muchacha a ser objeto de una fiesta pública, y al fin, para
-decidirla a salir, la permitieron vestirse con su ropa de luto. Luego
-que los tres estuvieron apercibidos, encargaron a Juan de Dios el
-cuidado de la casa, y Don Mauro me dijo gravemente:
-
---Gabriel, hoy es día de descanso. Vente con nosotros: con eso me
-enderezarás el rabo del coleto si se me tuerce, y me ayudarás a ponerme
-los guantes cuando pase S. M., pues hasta ese momento no quiero meter
-mis manos en tal inquisición. ¿Qué te parece? ¿Voy bien? Tira de ese
-faldón que está arrugado. Mira, chiquillo, haz el favor de meter
-bonitamente tu mano por entre la casaca y la chupa hacia la espalda, y
-rascarme en esa paletilla derecha, que no parece sino que se ha juntado
-ahí un regimiento de pulgas... Así... así... basta ya.
-
-Dicho esto, y rascado el asno, tomé mi gorra y salimos. ¡Ay, Dios
-mío, cómo estaba esa Puerta del Sol, y esa calle Mayor, y esa calle
-de Alcalá! Mis lectores, cualquiera que sea su edad, habrán visto
-alguna de las solemnes entradas con que nos obsequia cada pocos años
-la historia contemporánea; de modo que para hacerles formar una idea
-de aquel gentío, de aquella algazara y de aquel júbilo, me bastará
-decirles que lo del 24 de marzo de 1808 no se diferenció de lo visto en
-años posteriores sino en la exageración del delirio.
-
-De los balcones de las casas nobles pendían las ricas colgaduras de
-damasco con su ancho escudo y brillantes flecos, prendas vinculadas que
-hasta hace poco han lucido, ya marchitas y mermadas como el patrimonio
-de sus dueños, en alguna fiesta del Corpus. Las demás casas se
-engalanaban con lo que el entusiasmo de sus inquilinos había encontrado
-a mano, siendo considerable la cantidad de piezas de muselineta que
-un pueblo loco lanzó al aire de balcón a balcón en aquel memorable
-día. La multitud infinita de abanicos con que resguardaban del sol su
-cara los millares de damas asomadas a los balcones, ofrecía un aspecto
-sorprendente; y cuando la vista recorría panorama tan encantador,
-causábale cierto desvanecimiento el incesante ondular de los que se
-movían dando aire a sus dueñas. Aquel parlante dije español, en tan
-inmenso número reproducido, presentando alternativamente al sol una de
-sus caras, ya blanca, ya azul, ya roja, y adornado con lentejuelas de
-plata y oro, remedaba el aleteo de millares de pájaros pugnando por
-levantar el vuelo. Era un día de marzo de esos que parecen días de
-junio, privilegio de la Corte de las Españas, que suele abrasarse en
-febrero y helarse en mayo. La Naturaleza sonreía como la Nación.
-
-El abigarrado gentío que poblaba las calles se componía de todas
-las clases de la sociedad, abundando principalmente la manolería
-y chispería, hombres y mujeres, viejos y muchachos. Los ancianos
-inválidos y gotosos habían dejado el lecho, y sostenidos por sus
-nietos abríanse paso. Las viejas santurronas, que durante tantos
-años olvidaran todo camino que no fuera el de sus casas a la cercana
-iglesia, acudían también, llevadas de la devoción al nuevo Rey, y
-felicitándose unas a otras aturdían a los demás con el cotorreo de
-sus bocas sin dientes. Los niños no habían asistido a la escuela, ni
-los jornaleros al trabajo, ni los frailes al coro, ni los empleados a
-la covachuela, ni los mendigos a las puertas de las iglesias, ni las
-cigarreras a la Fábrica, ni los profesores de las Vistillas dieron
-clase, ni hubo tertulia en las boticas, ni meriendas en la pradera del
-Corregidor, ni jaleo en el Rastro, ni colisión de carreteros en la
-calle de Toledo.
-
-La muchedumbre, obligada por su colosal corpulencia a estarse quieta,
-se arremolinaba y estremecía como un monstruo atado. Agrietábase a
-veces aquella gran masa; pero el surco abierto era invadido por la
-corriente: de pronto crecía la aglomeración en un punto y se aclaraba
-en otro. El empuje era tremendo, y el retroceso tan peligroso, que
-había riesgo de ser hollado por las mil patas de la bestia. El zumbido
-con que aquel enjambre manifestaba sus impresiones, trastornaba el
-cerebro más fuerte: exclamaciones de alegría, diálogos entusiastas
-seguidos de abrazos generosos, gritos de dolor a consecuencia de los
-callos aplastados, o de indignación por cada sombrero que perdía
-su hechura, se unían a las donosidades de las majas, que arrojaban
-cáscaras de naranja sobre los petimetres, y a los lamentos de los
-mendigos haraposos y mutilados que, escurriéndose entre la multitud,
-aun allí imploraban la caridad enseñando una pierna leprosa o una mano
-deforme.
-
-Nosotros tuvimos que quedarnos en la Puerta del Sol. Una de las
-oscilaciones del gentío nos llevó hacia la acera que hoy une las
-calles de Espoz y Mina y Carretas; otra oscilación nos arrastró hacia
-la Inclusa, que estaba entre las calles del Carmen y Preciados; y por
-último, un nuevo sacudimiento, haciéndonos pasar por ante Mariblanca,
-nos encaminó hacia el Buen Suceso, a cuya verja nos agarramos D. Mauro
-y yo para no ser nuevamente arrastrados a merced de aquel oleaje. Yo me
-alegraba de que esto sucediera, por si en alguna evolución quedábamos
-Inés y yo apartados de los Requejos; pero buen cuidado tenía D. Mauro
-de no separarse de su sobrina, y antes le hubiera roto el brazo que
-soltarla: tal era la fuerza con que su mano rapaz tenía aprisionados
-los olivares de Jaén y las yeguadas de Córdoba.
-
-Situados donde he dicho, aguardamos la aparición de aquel sol
-hespérico, de aquel iris de paz, de aquel Príncipe Fernando, que este
-pueblo, a ser pagano, hubiera puesto en la jerarquía de sus dioses más
-queridos. En rededor nuestro zumbaban algunas viejas.
-
---¡Ay, mi señora Doña Gumersinda! --decía una estantigua--. Dios y mi
-patrono San Serapio, ese bendito fraile de la Merced que es abogado
-contra los dolores de coyunturas, han querido que yo no mordiera la
-tierra sin ver este día.
-
---¡Ay, mi señora Doña María Facunda! --contestaba otra--. Desde que
-entró en Madrid, al venir de Nápoles, el Sr. D. Carlos III, a quien vi
-desde este mismo sitio, no ha habido en Madrid una alegría semejante.
-¿Pero usted no llora?
-
---¿Pues no me ve usted, señora Doña Gumersinda? Bendito sea el Señor,
-que nos ha permitido ver este día. Al menos se morirá una con la
-alegría de que España sea feliz con ese gran Rey que Dios nos ha dado.
-¡Pues pocos rosarios he rezado yo para que esto sucediera! Al fin la
-Virgen nos ha oído, y si nosotras no nos estuviéramos en la iglesia
-rogando día y noche, ya podía la Nación esperar sentada su felicidad.
-
---¿Pero usted no ha visto al Príncipe, señora Doña María Facunda? Si
-es el más rozagante, el más lindo mozo que hay en toda España y sus
-Indias. Yo le vi el día de la jura, y me parece que le tengo delante.
-
---No le he visto. Ya sabe usted, señora Doña Gumersinda, que desde que
-reñí con aquel oficial de walonas que me quería tanto, allá cuando
-echaron a los jesuitas, no he vuelto a mirar a la cara a ningún hombre.
-
---¡Pero oiga usted: dicen que viene; ya está cerca!
-
-En efecto: se oían las exclamaciones del gentío apelmazado en la calle
-de Alcalá, y muchos gritaban:
-
---¡Ya viene por la Cibeles! ¡Ya viene por el Carmen Descalzo! ¡Ya viene
-por las Baronesas! ¡Ya viene por los Cartujos!
-
-Una voz conocida me hizo volver la cara. Pacorro Chinitas, el famoso
-amolador, cuyas opiniones no habréis olvidado, estaba detrás de mí
-disputando acaloradamente con una mujer del pueblo, gruesa, garbosa, de
-ojos vivos, lengua expedita y expeditísimas manos.
-
---¡Que en todas partes has de meter camorra, condenada mujer! --decía
-Chinitas--. Vete callando, que ya se me sube la mostaza a la nariz.
-
---No me da gana de callar --contestó la Primorosa, cruzándose en la
-cintura las puntas del pañuelo que le cubría los hombros--. ¿Pues qué,
-estamos en misa? Si ese señorito del tupé no se nos quita delante...
-
-Un petimetre, que olía a jazmín, volvió la compungida cara pidiendo mil
-perdones a la emperatriz del Rastro.
-
---¡Eh, tío _catacaldos_! --continuó la Primorosa, tirando por los
-faldones al currutaco--. ¡Quítese de ahí, que me estorba!
-
---Mujer, deja en paz a ese caballero. Mira que la armo.
-
---¡Sopa sin sal, endino! --exclamó la manola, mostrando sus dedos
-cuajados de anillos con piedras falsas--. ¡Pos pa qué quiero estas
-cinco manos de almirez! ¡Enriten a la Primorosa, y verán lo güeno!
-¡Eh... señor marqués del Barrilete! --añadió dirigiéndose a D. Mauro--,
-que me está usted metiendo por los ojos el rabo de su peluquín.
-
---Mujer --insistió Chinitas--, que donde quiera que vamos me has de
-avergonzar...
-
-El petimetre se volvió hacia nosotros y dijo, infestándonos con los
-perfumes de su ropa:
-
---No se puede estar donde hay gente ordinaria.
-
---¿Qué es eso de gente ordinaria? --clamó la Primorosa, atropellando
-a los que tenía al lado para abalanzarse hacia el almibarado joven--.
-Ya... a mí con esas. Pero si es el señor D. Narciso Pluma. Eh,
-Nicolasa, Bastiana, Polonia: mira al Sr. de Pluma, al que la otra noche
-le emprestamos dos reales pa osequiar a las madasmas que llevó a tu
-casa... Señor marquesito de la olla vacía, menos facha y más comenencia
-con las señoras, porque yo soy muy reseñorona y muy requeteusía, y sé
-dar pa el pelo, y vivan los farolones de Madrid.
-
-A este punto llegaba, cuando un rumor creciente indicó que el Príncipe
-estaba cerca. La Primorosa, con las majas que la seguían, trató de
-atravesar el gentío dando codazos y manotadas a derecha e izquierda.
-
---Ea, desapártense toos, que viene el sol del mundo. A un lao, a un
-laíto, señores. Bastiana, Nicolasa, quitaos las flores del pelo y
-vengan acá, que yo se las daré al lucero de las Españas. Míralo allá:
-viene a caballo por la Aduana.
-
-A fuerza de empujones logró la Primorosa ¡cosa inaudita! despejar
-en torno suyo un breve espacio, donde sin obstáculo campeaba. Pero
-queriendo avanzar más aún, halló insuperable barrera en la persona de
-un _majo decente_ que, con la capa en cuadril y el sombrero sobre la
-ceja, rechazaba varonilmente a cuantos intentaban adelantar hacia el
-centro de la carrera.
-
---¡Cómo! --dijo la maja con centellante ira--. ¿Que no se pasa? ¿Y
-quién lo _ice_?... ¿tú, Pujitos? Anda, y qué güeno me sabe.
-
---No se pasa --dijo Pujitos, que se esforzaba en poner a la multitud
-en fondo, en filas, en compañías, en batallones y en brigadas--.
-Póngase ca una en su puesto, y no ladrar. Orden, señores... toos en
-fila. Primorosa, las mujeres a sus casas, y aquí denguna me levante el
-chillío.
-
---Pujitos de mi corazón --dijo la Primorosa con terrible ironía,
-clavando ambas manos en su cintura--. Si te requiero; si he venido por
-verte; si aquí vengo a pedirte de rodillas que me dejes pasar, y traigo
-un irgumento pa tu cara de peine viejo. ¿Quieres verlo? Pues toma.
-
-Aún no lo había dicho, cuando rápida, fuerte y destructora como un
-ariete romano, la mano derecha de la maja voló en dirección de la cara
-de Pujitos, y el carrillo de este resonó con tremendo chasquido. Una
-risotada general fue el himno con que los circunstantes celebraron
-la desgracia del patriota, el cual, vacilando primero y desplomado
-después, fue a caer sobre un fraile, rompiéndole la escofieta a Doña
-María Facunda y la escusabaraja a Doña Gumersinda. La multitud hizo un
-movimiento: el oleaje corrió de un lado a otro, y Pujitos desapareció
-ante nuestra vista como un cuerpo que cae al mar.
-
-La causa de aquel movimiento de la muchedumbre fue una nueva irrupción
-de carne humana en aquel recinto estrecho donde ya había tanta. Un
-destacamento de la Guardia Imperial, con Murat a la cabeza, apareció
-por la calle del Arenal. Figuraos un pie que se empeña en entrar en
-una bota donde ya hay otro pie. El gran Duque de Berg, petulante y
-vanidoso, se obstinó en presentarse con sus tropas en la carrera por
-donde había de pasar el Rey, lo cual no tenía nada de culpable; pero
-lo hizo tan inoportunamente, y sus mamelucos y dragones vejaron de
-tal modo al pueblo madrileño, que algunos historiadores hacen datar
-desde aquella hora la general antipatía de que los franceses fueron
-objeto. La multitud es un río, cuyo nivel no puede subir cuando recibe
-el caudal de otro río, y tiene que acomodarse juntando carne con carne
-y hueso con hueso, hasta que desaparece la personalidad humana en el
-informe conjunto. Esto pasó cuando los franceses penetraron en la
-estrecha plaza, y una tempestad de silbidos, reconvenciones e insultos
-fue la primera manifestación del pueblo español contra los invasores.
-Entre tanto, el desconcierto crecía, la sofocación iba en aumento. D.
-Mauro bramó como un toro; Doña Restituta lanzó un gemido desde el fondo
-de su angosto pecho... pero la multitud olvidó sus penas, porque ya
-estaba cerca, ya venía, ya le veíamos en su caballo blanco, que apenas
-podía dar un paso; ya embocaba en la Puerta del Sol; ya se agitaban
-los abanicos; llovían ramos de flores; alzábase de la superficie de
-aquel inquieto mar un rumor espantoso; cruzaban el aire como pájaros
-desbandados millares de gorras, y los brazos convulsos sobresalían de
-las cabezas descubiertas; los pañuelos no eran bastante expresivos, y
-las capas eran desplegadas como banderas de triunfo.
-
-Entonces la masa de gente que estaba en torno mío avanzó con
-irresistible empuje. Don Mauro y Restituta clavaron las uñas en las
-mangas del vestido de Inés, que se les escapaba; pero un jirón de tela
-se quedó en sus manos, e Inés en mis brazos. Miré a la derecha, y vi
-entre una aglomeración de cabezas el coleto de D. Mauro y el moño de
-Doña Restituta, que huían llevados como despojos de naufragio sobre la
-espuma de aquel alborotado mar. Estábamos solos.
-
-Inés y yo nos abrazamos, y el gentío, comprimiéndose después,
-estrechaba a Inés contra mí, como si de nuestros dos cuerpos hubiera
-querido hacer uno solo.
-
-
-
-
-XIX
-
-
---Estamos solos, Inés --le dije--. Ahora podremos hablarnos y vernos.
-
-En efecto, estábamos solos. Yo no veía ni Rey, ni pueblo, ni Guardia
-Imperial, ni balcones, ni quitasoles, ni abanicos, ni capas, ni gorras,
-ni flores, ni nada: yo no veía más que a Inés, e Inés no veía más
-que a mí. Aprisionados entre un pueblo inmenso, nos creíamos en un
-desierto. Olvidamos que existía un Rey recién coronado, y una nación
-alegre, y una ciudad feliz, y una multitud ebria, y no pensamos más que
-en nosotros mismos. No oíamos nada: el clamor de la gente, los vivas,
-los mueras, las felicitaciones; aquella borrachera de entusiasmo
-no producía en nuestros oídos más impresión que el vuelo de un
-insignificante insecto.
-
---Gracias a Dios que nos han dejado solos --dijo Inés, estrechándose
-más contra mí.
-
---¡Inés de mi corazón! --exclamé yo--. ¡Cuánto deseaba hablarte!
-¡Cuántas cosas tengo que decirte! Tus tíos se han ido y no volverán, y
-si vuelven no estaremos aquí. Somos libres: oye lo que voy a decirte.
-Estamos fuera de esa maldita casa, Inés mía, y serás feliz, rica y
-poderosa; tendrás todo lo que es tuyo.
-
---Yo no tengo nada --me contestó.
-
---Sí: tú no sabes un cuento que yo te voy a contar; un cuento que sé, y
-que me hace feliz y desgraciado al mismo tiempo.
-
---¿Qué estás diciendo, loquillo?
-
---Que tú no eres lo que pareces. Yo te devolveré a tus padres, que son
-muy ricos.
-
---¿Padres? ¿Acaso yo tengo padres?
-
---Sí: tú no eres hija de Doña Juana. Pero esto te lo explicaré en otra
-ocasión. ¡Ah! amiga mía: estoy alegre y estoy triste, porque deseo
-que seas feliz, y rica, y señora, y poderosa, y duquesa, y princesa;
-pero al mismo tiempo considero que cuando llegues al puesto que te
-corresponde, no me has de querer.
-
---No entiendo una palabra de lo que dices.
-
---Ya veremos. Tú no me querrás. ¿Cómo has de querer a un desgraciado
-como yo, sin fortuna, sin educación? Te avergonzarás de mí, que soy
-un criado, un infeliz de las calles... Pero ¡ay! no temas, que yo te
-llevaré a donde debes estar, y te pondré en tu verdadero puesto, y
-serás lo que debes ser. Yo no quiero nada para mí. Dime: ¿me dejarás
-que sea tu criado y que viva en tu casa lo mismo que vivo ahora mismo
-en la de tus condenados tíos?
-
---De veras te digo que pareces un loco, Gabriel. Esto me recuerda
-cuando tú decías que ibas a ser Ministro, Generalísimo y Príncipe. Yo
-no tengo esas ideas.
-
---No es lo mismo, niñita. Aquello era una necedad mía, y esto es
-cierto. Ya no volveremos a casa de los Requejos. Huiremos por la calle
-de Alcalá cuando se despeje, buscando refugio en Aranjuez, hasta tanto
-que yo te lleve a donde debo llevarte. Aunque sé que no lo has de
-cumplir, júrame que me querrás siempre.
-
---Yo no necesito jurarlo. Prométeme tú no decir disparates --dijo ella,
-mientras la presión de la embriagada multitud estrechaba su cabeza
-contra mi pecho.
-
---No son disparates. Pronto te convencerás de ello; ¿pero me querrás
-siempre como me quieres ahora? ¿No te avergonzarás de mí, no me
-despreciarás? ¿Seré siempre para ti lo mismo que soy ahora, tu único
-amigo, tu salvación y tu amparo?
-
---Siempre, siempre.
-
-Al pronunciar estas palabras, Inés sintió que le cogían un pie.
-
-Miró ella, miré yo, y vimos que clavaba en el pie sus flacos dedos una
-mano correspondiente a un brazo negro, que, extendiéndose entre las
-piernas de los circunstantes, estaba unido al cuerpo de Restituta,
-quien estiraba el otro brazo hasta tocar la mano que pertenecía a una
-de las extremidades de D. Mauro Requejo, el cual D. Mauro Requejo,
-colocado como a dos varas de nosotros, pugnaba por abrirse paso entre
-piernas de hombre y faldas de mujer, recibiendo aquí una pisada, allá
-una coz. Sucedió que encontrándose los dos hermanos tan separados de
-nosotros, perdían el tino buscándonos, y mientras ella se encaramaba
-anhelando divisar por algún lado nuestras cabezas, él, a causa de su
-corpulencia, alcanzó a distinguir mi gorro.
-
-Forcejeaban hasta alcanzarnos, cuando Doña Restituta cayó al suelo;
-diole D. Mauro la mano, y ella alargó la otra para asir el pie de Inés,
-temiendo que en un nuevo vaivén o sacudimiento se le escapara. Nuestro
-proyecto de fuga quedó frustrado, y ambos Requejos hicieron presa en
-los olivares de Jaén, asiéndoles cada uno por un brazo para estar más
-seguros.
-
---¡Pobrecita mía! --dijo D. Mauro--. Creímos que te nos perdías. Si no
-es por ti, Gabriel, se nos pierde.
-
-A causa del revolcón quedaron ambos hermanos tan lastimosamente
-magullados, que daba compasión verles. Del casaquín de mi amo se habían
-hecho dos, sin intervención de ningún sastre, y su hermana veía con
-ojos furibundos los flotantes jirones de su vestido negro, rasgado de
-arriba abajo.
-
---¿Ves? --decía Restituta a su hermano al regresar a la casa--. ¿Ves
-lo que sacamos de ir a donde nadie nos llama? Has perdido un guante...
-¡lástima de guante, que costó un dineral en el Rastro! ¿Pues y la
-casaca? Ya tengo costura para tres días... ¡Sí, que está barata la
-seda!... Y tú, niña, ¿has perdido algo? ¡Ay! ¿Dónde está mi pañuelo?
-¿Pues y mi pañuelo? ¡Lo he perdido!... ¡Dios me favorezca!... ¡Jesús
-mil veces! ¡Y yo que le eché tres gotas de agua de bergamota!
-
-
-
-
-XX
-
-
-Transcurrieron muchos días desde aquel, famoso por la entrada de
-nuestro Soberano, sin que se alterara con ningún accidente la
-uniformidad de la casa de los Requejos.
-
-Largo tiempo estuve sin poder hablar con Inés, aunque vivíamos tan
-cerca el uno del otro; pero el encierro en que la guardaba Restituta
-era cada vez más inaccesible, y la vigilancia llegó a ser un acecho
-implacable. Don Mauro estaba furioso algunas veces; otras triste, y sin
-duda en su rudeza no dejaba de comprender que era incapaz de hacerse
-amar por Inés. Su cólera no podía menos de derivarse de la conciencia
-de su brutalidad. Si no hubiera mediado el ambicioso interés, que
-era su alma, quizás D. Mauro habría sido naturalmente afable y hasta
-cariñoso con la que pasaba por su sobrina; pero la falta de educación,
-de delicadeza, de modales y de sentido común le perdía, haciéndole no
-solo aborrecible, sino espantoso a los ojos de la misma a quien deseaba
-interesar.
-
-Las dificultades para sacar a Inés del poder de los Requejos aumentaban
-de día en día con la suspicaz vigilancia de Restituta; pero esto no
-me desanimaba, y firme en mi honrado propósito, procuré por todos
-los medios posibles conquistar la benevolencia de los dos hermanos,
-fingiendo en mí gustos e inclinaciones iguales a las suyas. Yo
-aspiraba a una empresa más difícil que las doce de Hércules: aspiraba
-a conquistar el inexpugnable castillo de su confianza, donde jamás
-entrara persona alguna.
-
-Para llegar a este fin, principié fingiéndome mezquino y avaro, cual si
-me consumiera, como a ellos, la mísera pasión del ahorro en su último
-delirio. Un día, después de haber barrido los pasillos y cuartos, me
-ocupaba en reunir el polvo y la tierra, recogiendo y guardando aquellos
-ingredientes en un gran cucurucho. Como esta operación la hacía yo de
-modo que Doña Restituta me observase, preguntome un día cuál era mi
-objeto, y le contesté:
-
---Pues qué, señora, ¿se ha de desperdiciar esta substancia alimenticia?
-
---¿Cómo? ¿El polvo y la basura de los ladrillos, con las telarañas de
-los techos y el lodo de los zapatos, forman una substancia alimenticia?
-
---Ya lo creo; y me asombra que usted no sepa que hay en Madrid un
-jardinero francés que compra todo esto para criar unas endemoniadas
-yerbas farmacéuticas que han inventado ahora.
-
---¿Qué me dices, Gabriel? Pues yo no sabía nada.
-
---Pues cuando yo estaba en la casa del señor Duque de Torregorda, la
-señora Duquesa vendía esto todas las semanas, y por un paquete así le
-daban sus cuatro cuartos como cuatro soles.
-
-Ella se regocijaba tanto con esto, que cuando yo, después de arrojar
-a un muladar el paquete, volvía entregándole los cuatro cuartos de mi
-fingida venta, me decía:
-
---Eres un chico de disposición, Gabriel; no he conocido otro como tú.
-
-También fingía vender los cráneos de carnero que allí se consumían
-con frecuencia, los huesos de toda clase de frutas, los pedazos de
-papel, los cascos de vidrio, y hasta los pezones de los higos pasados,
-diciéndole que un boticario los compraba para hacer cierta droga
-venenosa. Cuando llegó el 20 de Abril y me dieron los diez reales de mi
-salario, dije a Doña Restituta:
-
---Señora, ¿para qué quiero yo todo ese dineral? Puesto que tengo todas
-mis necesidades satisfechas y no me falta nada, guárdemelo; y si algún
-día salgo de esta bendita casa (lo que ojalá no suceda nunca), me lo
-entregará junto. Guardadito quiero que esté como oro en paño, y primero
-me dejaré cortar las orejas que consentir en el gasto de un maravedí.
-
---¡Ay, Gabriel! --me contestó, rebosando satisfacción--, no he visto
-nunca un chico como tú. Bien es verdad que no en vano se pisa esta
-casa, donde reinan el orden y la economía. Eres un rapaz de provecho:
-si sigues trabajando, a vuelta de diez años tendrás reunidos sesenta
-duros; y si siempre persistes en tan buenas ideas, llegarás al fin de
-tu vida... (pongamos que vives sesenta años más...) con un capital de
-trescientos sesenta duros, que tendrás guardaditos y los enterrarás
-antes de morirte, para que ningún heredero holgazán se divierta con tu
-dinero.
-
-Con estas y otras artimañas me hacía querer de mis amos, hasta el
-punto de que confiaban mucho en mí; pero a pesar de todo, no logré
-nunca adquirir la confianza suprema, que consistía para mí en ser
-encargado de la custodia de Inés, mientras ellos estaban fuera. ¡Ay!
-cuando alguna vez permitían los hados que Doña Restituta se ahuyentara
-del hogar doméstico, siempre era depositario de todas las llaves el
-impasible, el mecánico, el glacial mancebo.
-
-Pero he hablado poco de este personaje, cuando en realidad debiera
-ocuparme mucho, y urge dar de él completa idea. Juan de Dios era sin
-género de duda un excéntrico, pues también en aquella época había
-excéntricos. Un hombre que no habla, que ignora lo que es risa, que no
-da un paso más de los necesarios para trasladarse al punto donde están
-la pieza de tela que ha de vender, la vara con que la ha de medir, y
-la hortera en que ha de meter el dinero; un hombre que en todas las
-ocasiones de la vida parece una máquina cubierta con la humana piel
-para remedar mejor nuestra libre, móvil e impresionable naturaleza, ha
-de llevar dentro de sí algo ignorado y excepcional. Sin embargo, al
-poco tiempo de conocer yo a Juan de Dios, ocurrió algún percance en el
-misterioso engranaje de las piezas de aquel mueble animado.
-
-Por aquellos días, D. Mauro y Doña Restituta habíanse comunicado con
-asombro su extrañeza por las frecuentes distracciones de Juan de Dios.
-Juan de Dios, que en veinte años no se equivocara nunca midiendo o
-contando, contaba y medía como un mancebillo recién venido de la
-Alcarria. Aún había algo más alarmante. Juan de Dios se paseaba por la
-tienda sin hacer nada, lo cual era tan extraordinario como el choque de
-un planeta con otro; Juan de Dios preguntaba al parroquiano si quería
-_poplín_, _cotepalis_, _organdís_, _madapolanes_ o _muselinetas_, y en
-vez de traer lo pedido, daba media vuelta, rascándose la cabeza; iba a
-la trastienda, y salía después a preguntar de nuevo, porque se le había
-olvidado. Al mismo tiempo Juan de Dios estaba más amarillo y más flaco,
-lo cual parecía imposible al que en sus buenos tiempos le hubiese
-conocido, y su mirada, siempre mortecina y tristona, como la llama de
-un candil que se apaga, indicaba últimamente una resignación, un dolor
-que no son susceptibles de descripción ni pintura.
-
-Un día salieron los amos, encargándole como de costumbre la custodia de
-la casa. Inés, encerrada en su aposento, habló conmigo como Tisbe al
-través del muro, y en mi desesperación, no pudiendo ni verla ni sacarla
-de allí, discurrí que convenía explorar el corazón del mancebo, por
-si era posible ablandarle para que protegiera nuestra fuga. Bajé a la
-tienda, y después que hablamos un poco de cosas indiferentes, dije a
-Juan de Dios:
-
---¿No es un dolor, Sr. D. Juan, que esa joven se muera de tristeza
-en ese cuartucho? ¿Por qué no la dejan suelta por la casa? ¿Acaso es
-alguna fiera?
-
-Advertí en el semblante del mancebo un como estremecimiento o
-vislumbre; después pareció que la poca sangre de su cuerpo se le
-agolpaba en la frente, y me habló así:
-
---Gabriel, tienes razón. ¿Por qué la encierran así, siendo tan buena
-y tan humilde?... Ya estará libre... --dijo el hortera, como hablando
-consigo mismo.
-
-Estas palabras despertaron grandemente mi curiosidad, y resolví hacerle
-hablar sobre el asunto, fingiendo poco interés por la huérfana.
-
---Verdad es --dije-- que como está tan mal criada...
-
---¡Mal criada! --exclamó el dependiente con viveza--. Tú sí que eres un
-mal criado y un bruto. Cuando la veo tan dulce, tan modesta, tan guapa,
-me da lástima que... Aquí la tratan de un modo que da compasión...
-
---Pero los amos son muy buenos con ella: la han comprado un vestido, y
-D. Mauro quiere que sea su mujer.
-
-Al oírlo, Juan de Dios se inmoló de tal modo, que le tuve miedo.
-
---¡Casarse con ella! --exclamó--. No, no; eso no puede ser.
-
---Bien es verdad que si la muchacha no quiere, ¿por qué han de
-obligarla?
-
---Es verdad. No, no la obligarán.
-
-Comprendí que convenía variar de táctica, demostrando mucho interés por
-la prisionera.
-
---Pues si ella no quiere --afirmé--, será una obra de caridad sacarla
-de aquí.
-
---¿Tú crees lo mismo? --me preguntó con ansiedad.
-
---Sí. Me da tanta lástima de la pobrecita, que si en mí consistiera, ya
-le hubiera abierto las puertas para que volara como un pajarito.
-
---Gabriel --me dijo Juan de Dios solemnemente, poniendo su mano sobre
-mi brazo--, si tú fueras un chico prudente y discreto, yo te confiaría
-un proyectillo.
-
-No había más remedio que fingir gran indignación contra los Requejos, y
-así lo hice, diciendo:
-
---¡Pues no he de serlo! A mí puede usted confiarme lo que quiera, sobre
-todo si se refiere a esa niña, porque la tengo compasión; y si mi amo
-se empeña en maltratarla, no lo podré aguantar, y el mejor día...
-
---Nuestros patronos son muy crueles --dijo él con la gravedad de quien
-revela importante secreto.
-
---¿Qué dice usted, crueles? Bárbaros y tacaños, que serían capaces de
-vender a Cristo por dos maravedís.
-
-El semblante de Juan de Dios expresó cierto entusiasmo. Después de
-vacilar un momento entre la seriedad y una sonrisa, se apretó el
-corazón con ambas manos, y me dijo:
-
---Gabriel, yo estoy enamorado, yo estoy loco.
-
---¿De quién? ¿Por quién?
-
---No me lo preguntes y adivínalo. A ti solo te lo digo: quiero que
-me ayudes. Veo que tienes buenos sentimientos, y que aborreces a los
-carceleros de Inés. Pero tú no te has fijado bien en ella. ¿No te
-admira su resignación, no te admira su modestia? Y sobre todo, Gabriel,
-¿has visto alguna vez mujer más linda? Dime, ¿te ha mirado alguna vez y
-no te has vuelto loco?
-
-Juan de Dios lo parecía al decir estas palabras.
-
---Inés es una gran personita --respondí--. Hace usted bien en quererla,
-y mucho mejor en sacarla de aquí. ¿Pero no dicen que se casa usted con
-Doña Restituta?
-
---¿Yo? ¿estás loco?... Antes de ahora he sido tan estúpido que llegué
-a creerme capaz de semejante desgracia. Pero ahora... ¿Has conocido
-hembra más repugnante que esa?
-
---No, no hay otra que la iguale en todo el mundo. Pero hablemos de
-Inés, que es lo que a usted le interesa.
-
---Sí, hablemos. ¡Ay! No sabes qué desahogo siento al confiarte este
-secreto. Yo necesitaba decírselo a alguien para no desesperarme. Desde
-que Inés entró en esta casa, experimenté una sensación desconocida. Yo
-había dicho muchas veces: «tanto como oigo hablar del amor, y yo no
-sé lo que es...» Pero ya sé lo que es... ¡Ay! he pasado toda mi vida
-trabajando como una bestia. Hace veinte años tuve algo con una mujer
-que vivía en mi casa; pero aquello no pasó de tres días. Yo nací en
-Francia, de padres españoles; me crié en un convento, y cuando salí
-de él a los veinte años, estaba muy persuadido de que las mujeres
-todas eran el Demonio, pues así me lo decían los frailes del convento
-de Guetaria. Así es que cuando pasaba alguna cerca de mí, yo bajaba
-los ojos, cuidando de no mirarla. Siempre he sido melancólico y...
-no sé por qué me han disgustado las mujeres... Nunca voy a bailes
-ni a tertulias, y con tan uniforme vida me he vuelto tan tristón,
-que me aburro de mí mismo. Los domingos echo un paseo allá por los
-Melancólicos, y esto un año y otro, hasta que ahora... te contaré
-punto por punto. Cuando llegó Inés aquí, me pareció que no era como
-las mujeres que yo he visto siempre; quedeme asombrado contemplándola,
-y hasta se me figuró que la había visto en alguna parte: ¿dónde? ¡qué
-sé yo! sin duda dentro de mí mismo. Todo aquel día pensé en ella, y al
-día siguiente, que era domingo, me fui, después de oír misa, a mi paseo
-de los Melancólicos. Allí di mil vueltas, figurándome que hablaba con
-ella, y fueron tantas las cosas que le dije, que de seguro no cabrían
-en este libro grande. Pasó algún tiempo: Inés no me había mirado nunca,
-hasta que una noche... estábamos comiendo; yo fui a coger un plato, y
-como me temblaba la mano, le dejé caer al suelo y se rompió. Restituta
-se puso a dar gritos, y D. Mauro me dijo no sé qué barbaridades.
-Entonces Inés alzó los ojos y me miró.
-
-Cuando esto decía, Juan de Dios mostraba la incomparable satisfacción
-del amante que ha recibido favor muy lisonjero de su dama.
-
---Pues ánimo --le dije--: la madamita es linda y buena. Sáquela usted
-de aquí.
-
---¡Que si la saco! ¿Pues no he de sacarla? --exclamó con decisión--.
-Resuelto estoy a ello. Pero necesito hablarle, Gabriel; necesito
-decirle lo que siento por ella. ¿Me corresponderá? ¿Crees tú que me
-corresponderá?
-
---Pero, tonto, si quiere usted hablarle, ¿qué más tiene que ir a su
-cuarto y entrar? ¿Los amos no le dejan las llaves?
-
---Varias veces he intentado hablar con ella; he subido la escalera,
-he llegado junto a la puerta, y al fin me he vuelto sin valor para
-decirle: «Inés, ¿oye usted una palabra?»
-
---Pues de esa manera no consigue usted nada --le contesté--. ¡Ah! Vea
-usted lo que me ocurre en este instante. Yo me pinto solo para esas
-comisiones. Me da usted la llave, abro, entro y le digo que usted
-la quiere y discurre el modo de sacarla de aquí. ¿Qué le parece mi
-invención?
-
---Te equivocas si crees que tengo la llave de su cuarto. Todas me las
-dejan menos esa.
-
---Entonces todo está perdido.
-
---No, porque voy a que un cerrajero me haga una por un modelo de cera,
-enteramente igual. Por de pronto, ya que te ofreces a servirme, mira
-lo que he pensado. Aquí tengo un ramito de violetas que he comprado
-esta mañana. Se lo llevas, arrojándolo dentro por el tragaluz que está
-sobre la puerta, y le dices: «esto le manda a usted una persona que la
-ama», pero sin mentarla quién es. Luego, otro día que los amos salgan,
-le llevas una carta que estoy escribiendo en mi casa, y que tiene ya
-ocho pliegos de papel, con una letra como el sol. ¿Lo harás así?
-
---Todo lo que usted me mande.
-
---¡Ay, Gabriel! Desde que ella está en esta casa, me he vuelto todo del
-revés. Pero di: ¿crees tú que Inés me querrá? ¿lo crees tú? ¡Ay! yo
-de veras te digo que por verme amado de ella por todo el día de hoy,
-consentiría mañana en perder la vida. Te juro que si supiera de cierto
-que no me puede querer, moriría. Si Inés me ama, seré tan feliz que...
-no sé lo que me pasará. Y tiene que ser, tiene que amarme: yo me la
-llevaré a una parte del mundo donde no haya gente, y allí, solitos los
-dos, ¿no es verdad que tendrá que quererme? Estoy ahora averiguando
-por qué camino se va a una de esas islas desiertas que, según dicen,
-hay no sé dónde... La sacaré de aquí, Gabriel; nos iremos ella y yo,
-si quiere, bien, y si no, también. Cuando llegue el caso me creo
-capaz de todo: de matar al que quiera impedírmelo, de vencer cuantas
-dificultades se me opongan, de echarme a cuestas toda la tierra y
-beberme todo el mar, si es preciso para mi fin... Gabriel, ¿llevarás a
-Inés el ramo de violetas? Yo tengo miedo de ir... Cuando le hable una
-vez, se me quitará esta turbación... ¿No es verdad?... ¿Crees tú que
-ella me amará?
-
-La pasión de Juan de Dios tenía cierta ferocidad. Junto con la timidez
-más ingenua, el corazón de aquel hombre abrigaba una determinación
-impetuosa y una energía suficiente para llevar adelante el más difícil
-propósito. El secreto confiado causome tanto asombro como miedo, porque
-si bien el amor del mancebo podía ser un gran auxilio para la evasión
-de Inés, también podía ser obstáculo.
-
-Pensando en esto me separé de él, para llevar las violetas, sacadas
-de un cajón donde guardaba sus plumas: subí y púseme al habla con mi
-desgraciada amiga.
-
---Inés --le dije, arrojando el ramillete por el tragaluz--, toma esas
-flores que he comprado para ti.
-
---Gracias --me contestó.
-
---Niñita mía --continué--, mételas en tu seno, para que la bruja de tu
-tía no las descubra. ¿Las has guardado ya?.
-
---En eso estoy --repuso la dulce voz dentro del cuarto--. Vaya, ya
-están.
-
---Mira, Inesilla, pon la mano sobre tu corazón, y júrame que no has de
-querer a nadie, a nadie más que a mí: ni a D. Mauro, ni a Juan de...
-quiero decir... a nadie.
-
---¿Qué estás ahí hablando?
-
---Júramelo. Pronto estarás libre, paloma. Pero cuando seas señora,
-rica y condesa, y tengas palacio, y lacayos, y tierras, ¿me olvidarás?
-¿Despreciarás al pobre Gabriel? Júrame que no me despreciarás.
-
-La prisionera reía en su cárcel.
-
---Vaya, adiós. Ponte frente al agujero de la llave para verte: ¡qué
-guapa estás! Adiós: me parece que ahí están tus simpáticos tíos. Sí: ya
-siento la voz del buitre de D. Mauro. Adiós.
-
-
-
-
-XXI
-
-
-Aquella noche nos favorecieron Doña Ambrosia de los Linos y el
-licenciado Lobo. La primera se quejó de no haber vendido ni una vara de
-cinta en toda la semana.
-
---Porque --decía-- la gente anda tan azorada con lo que pasa, que nadie
-compra, y el dinero que hay se guarda, por temor a que de la noche a la
-mañana nos quedemos todos en camisa.
-
---Pues aquí nada se ha hecho tampoco --dijo Requejo--; y si ahora no
-trajera yo entre ceja y ceja un proyecto para quedarme con la contrata
-del abastecimiento de las tropas francesas, puede que tuviéramos que
-pedir limosna.
-
---¿Y usted va a dar de comer a esa gente? --preguntó con inquietud Doña
-Ambrosia--. ¿Por qué no les echa usted veneno para que revienten todos?
-
---¿Pero no era usted --preguntó Lobo-- tan amiga del francés, y decía
-que si Murat la miró o no la miró?... Vamos, señora Doña Ambrosia, ¿ha
-habido algo con ese caballero?
-
---¡Ay! Le juro a usted por mi salvación que no he vuelto a ver a ese
-señor, ni ganas. ¡Demonios de franceses! ¿Pues no salen ahora con que
-vuelve a ser Rey mi Sr. D. Carlos IV, y que el Príncipe se queda otra
-vez Príncipe? Y todo porque así se le antoja al emperadorcillo.
-
---¡Bah! --dijo Lobo--. Pues ¿a qué ha ido a Burgos nuestro Rey, sino a
-que le reconozca Napoleón?
-
---No ha ido a Burgos, sino a Vitoria, y puede ser que a estas horas me
-le tengan en Francia cargado de cadenas. ¡Si lo que quiere es quitarle
-la corona! Buen chasco nos hemos llevado; pues cuando creímos que el
-Sr. de Bonaparte venía a arreglarlo todo, resulta que lo echa a perder.
-Parece mentira: deseábamos tanto que vinieran esos señores, y ahora si
-se los llevara Patillas con dos mil pares de los suyos, nos daríamos
-con un canto en los pechos.
-
---No: que se estén aquí los franceses mil años es lo que yo deseo
---dijo Requejo--. Como me quede con la contrata, ¡ay, mi señora Doña
-Ambrosia! puede ser que el que está dentro de esta camisa salga de
-pobre.
-
---Quite usted allá. ¿Ni para qué queremos aquí franceses, ni
-_zamacucos_, ni _tragones_, ni nada de toda esa canalla, que no viene
-aquí más que a comer? Pues ¿qué cree usted? Muertos de hambre están
-ellos en su tierra, y harto saben los muy pillastres dónde lo hay.
-Si es lo que yo he dicho siempre. Dicen que si Napoleón tiene esta
-intención o la otra. Lo que tiene es hambre, mucha hambre.
-
---Yo creo que tenemos franceses por mucho tiempo --afirmó el
-licenciado--, porque ahora... Luego que nuestro Rey sea reconocido,
-vendrán acá juntos para marchar después sobre Portugal.
-
---¡Qué majadería! --exclamó la señora de los Linos--. Aquí nos están
-haciendo la gran jugarreta. Esta mañana estuvo en casa a tomarme medida
-de unos zapatos el maestro de obra prima, ese que llaman Pujitos.
-Díjome que en el Rastro y en las Vistillas todos están muy alarmados,
-y que cuando ven un francés le silban y le arrojan cáscaras de frutas;
-díjome también que él está furioso, y que así como fue uno de los
-principales para derribar a Godoy, será también ahora el primero en
-alzarles el gallo a los franceses... ¡Ah! lo que es Pujitos mete miedo,
-y es persona que ha de hacer lo que dice.
-
---Si me quedo con la contrata, Dios quiera que no se levanten contra
-los franceses --dijo Requejo.
-
---Si hay levantamiento --afirmó Restituta-- y mueren unos cuantos
-cientos de docenas, esos menos serán a comer. Siempre son algunas bocas
-menos, y la contrata no disminuirá por eso.
-
---Has pensado como una doctora --observó D. Mauro--. ¿Pero y si se van?
-
---Se irán cuando nos hayan molido bastante --añadió Doña Ambrosia--.
-¡Pues no tienen poca facha esos señores! Van por las calles dando unos
-taconazos y metiendo con sus espuelas, sables, carteras, chacós y demás
-ferretería, más ruido que una matraca... ¡Y cómo miran a la gente!...
-Parece que se quieren comer los niños crudos... Por supuesto, que ya
-les verá usted correr el día en que el español diga: «por ahí me pica,
-y me quiero rascar.»
-
---Eso es música --dijo Lobo--. Deje usted que vuelvan a Madrid el Rey y
-el Emperador, y verá cómo todo se arregla. D. Juan de Escóiquiz, que es
-amigo mío, y el primer diplomático de toda la Europa, me dijo antes de
-irse que son unos bobos los que creen que Napoleón intenta destronar al
-Rey de acá. Descuiden ustedes, que, como haya dificultades, mi canónigo
-las arreglará todas, que para eso le dio el Señor aquel talentazo que
-asusta.
-
---Napoleón no viene acá sino con la espada en la mano --continuó Doña
-Ambrosia--. El Padre Salmón, de la Orden de la Merced, que estuvo
-esta mañana en casa (y por cierto que se llevó media docena de huevos
-como puños), me dijo que a él no se le escapa nada, y que tendremos
-guerra con los franceses. Napoleón nos está engañando como a unos
-dominguillos. Ya ve usted: hace quince días se dijo que venía, y
-en Palacio enseñaban las botas y el sombrero que había mandado por
-delante. Don Lino Paniagua, que vio aquellas prendas y las tuvo en su
-mano, me dijo que las botas eran grandísimas y casi tan altas como
-este cuarto. En cuanto al sombrero, dice que era tan grasiento, que un
-cochero simón no se le pondría, lo cual prueba que este Emperador es
-un grandísimo gorrino, con perdón sea dicho.
-
---Veinte mil franceses tenemos aquí --dijo D. Mauro con expresión
-meditabunda--. ¡Mucho pan, mucho tocino, muchas patatas, mucho
-pimentón, mucha sal, mucha berza, han de entrar por veinticinco mil
-bocas! Y dicen que traen hambre atrasada.
-
---Por supuesto, hermano --dijo Restituta--, el dinerito por adelantado.
-
-D. Mauro tomó un papel, y con profunda abstracción hizo cuentas.
-
---Y de lo que sobre en el almacén, ¿no se podrá traer lo necesario para
-el gasto de la casa? --preguntó la digna hermana--. Porque están unos
-tiempos... ¡ay! señora Doña Ambrosia, no se gana nada...
-
---Vaya, vaya --dijo Doña Ambrosia--. Poco mal y bien quejado. Más
-dinero tienen ustedes que las arcas del Tesoro. Y a propósito,
-Restituta, ¿cuándo se casa usted?
-
---¡Jesús! ¿Quién piensa ahora en eso? No corre prisa.
-
---No pensará lo mismo Juan de Dios. ¿Y usted, Inesita, cuándo se decide?
-
---Ya está decidida --afirmó vivamente Restituta--. La pícara harto
-disimula su satisfacción. _Este_ la tiene muy mimosa.
-
---Esto está muy bien: una niña bien criada debe hacer ascos al
-matrimonio hasta que llegue el momento crítico. Pero, hija, con la
-conversación se me ha ido el tiempo: son las diez... Adiós, adiós.
-
-Fuese Doña Ambrosia; desfiló al poco rato Lobo, y habiendo subido a
-acostarse las dos mujeres, quedaron solos en la trastienda el patrono y
-el mancebo haciendo las cuentas de la contrata.
-
-Yo me acosté y dormí profundamente; pero a eso de la media noche, y
-cuando, recogido también el amo, reinaban en la casa el sosiego y la
-tranquilidad, me desvelaron unos agudos gritos, que al punto reconocí
-como procedentes de la exprimida laringe de Restituta.
-
---Sin duda hay ladrones en la casa --dije levantándome.
-
-Restituta llamaba angustiosamente a su hermano, el cual salió con una
-tranca, diciendo:
-
---¡Dónde están esos pícaros, dónde están, para que sepan si soy hombre
-que se deja quitar el fruto de su honradez!
-
---No son ladrones --dijo Restituta con voz temblorosa a causa de la
-ira--; no son ladrones, sino otra cosa peor.
-
---¿Pues qué son, con mil pares de diablos?
-
---Es que... --continuó la hermana, dirigiéndose al amo y a mí, que
-también había acudido con un palo--. Inesilla... bien decía yo que
-esa muchacha nos daría que sentir... es una loca, una mujerzuela, una
-trapisondista, una perdida de las calles.
-
---A ver... ¿qué ha hecho?
-
---Pues yo velaba, ella dormía, y de repente empezó a hablar en sueños.
-¡Ay, no sé cómo no la estrangulé! Primero pronunció algunas palabras
-que no pude entender, y después dijo así: «Juro que te querré siempre;
-juro que te querré cuando sea condesa, cuando sea princesa; cuando sea
-rica, cuando sea gran señora. Pero yo no quiero ser nada de eso sin
-ti.» Estuvo callada un rato, y después siguió diciendo: «¿Cómo no he de
-quererte? Tú me arrancarás del poder de estas dos fieras... ¡Ay! adiós:
-siento la voz del buitre de mi tío. Adiós...» Después la condenada
-niña, como si le parecieran poco estos insultos, llevose las palmas
-de las manos a su boquirrita y se dio muchos besos. ¿Qué te parece,
-hermano? ¡No sé cómo no la ahogué! Sin poderme contener, arrojeme sobre
-ella; despertose despavorida, y al incorporarse se le cayó del pecho
-este ramo de violetas.
-
-Al decir esto, Restituta mostraba en su trémula mano la terrible prueba
-del delito. Quedose D. Mauro aturrullado, confuso, y luego, tomando el
-ramo y mordiéndolo con rabia, lo arrojó al suelo, donde fue pisoteado
-_alterno pede_ por ambos furiosos hermanos.
-
---¡Conque dice que soy un buitre! --exclamó él echando chispas--. ¡Un
-buitre! ¡Llamar buitre a un caballero como yo! ¡Bonito modo de pagar el
-pan que le doy! Ya le enseñaré los dientes a esa chiquilla. Pero ese
-ramo, ¿quién le ha dado ese ramo?
-
---Pero Mauro...
-
---Pero Restituta...
-
-Y más se confundían los dos cuanto más se irritaban, y crecía su cólera
-a medida que aumentaba su aturdimiento, hasta que Requejo, recogiendo
-sus luminosas ideas en rápida meditación dijo:
-
---Tiene amores con algún mozalbete de las calles. ¿Habrá entrado aquí?
-Esto es para volverse loco. Gabriel, Gabriel, ven acá.
-
-Al punto comprendí que estaba en peligro de hacerme sospechoso a
-mis feroces amos; y como en este caso me arrojarían de la casa,
-imposibilitando de un modo absoluto la realización de mi proyecto,
-hallé prudente el desorientarles con una invención ingeniosa, que
-apartara de mí toda sospecha.
-
---Señor --dije a mi amo--, estaba esperando a que su merced acabara
-de hablar, para decirle alguna cosa que contribuya a descubrir esta
-picardía. Pues anoche, cuando salí en busca del cuarterón de higos
-pasados, me pareció que vi en la calle a un señorito, el cual señorito
-miraba a estos balcones... y después, creyendo él que yo no le veía,
-arrojó una cosa...
-
---¡Eso, eso fue... el ramo! --exclamó Requejo.
-
---Anoche mismo --continué-- pensaba decírselo a su merced; pero como
-estaba ahí esa señora, y después se quedaron usted y Juan de Dios
-haciendo números...
-
---¿Y ella se asomó al balcón? --preguntó Restituta.
-
---Eso no lo puedo asegurar, porque hacía oscuro y no vi bien. Pero
-encárguenme mis amos que esté ojo alerta, y no se me escapará nada. A
-fe que si ustedes me dieran la comisión de vigilar a la niña cuando
-salen de casa, la niña no se reiría de nosotros.
-
---¡Esto no se puede aguantar! --exclamó fieramente D. Mauro--. Vaya,
-acuéstense todos, que mañana le leeré yo la cartilla a la señorita.
-
-Retireme a mi cuarto, y desde mi cama oía al espantoso Requejo hablando
-con su hermana.
-
---Nada, nada, esta semana me casaré con ella. Si no quiere de grado,
-será por fuerza... Estoy furioso, estoy bramando. Mañana sabrá ella si
-soy yo Mauro Requejo, o quién soy. La encerraremos en el sótano, sin
-darle de comer. ¿Acaso vale ella el mendrugo de pan con que le matamos
-el hambre? Le diremos que no probará bocado, ni beberá gota hasta que
-no consienta en ser mi mujer... La encerraremos en el sótano, sí,
-señor, en el sótano. Y si no quiere, palos y más palos. A fe que no
-tengo yo mala mano de almirez... ¡Llamarme buitre esa rapazuela de las
-calles!... Estoy furioso... me la comería... Sí: que yo iba a dejarla
-escapar con el mozalbete del ramo... Se casará, sí, se casará, y si no,
-de aquí no sale sino difunta... ¡Buen genio tengo yo!... Malas brujas
-me chupen, si no la caso conmigo mismo... Y si no quiere por blandas,
-será por duras: la amarraré a un poste, la azotaré, la abriré en canal
-con el cuchillo de abrir las latas de pomada.
-
-Requejo en aquel instante parecía un demonio escapado del infierno; y
-la primera luz de la aurora, entrando difícilmente en la oscura casa,
-le encontró despierto aún y vociferando como un insensato.
-
-
-
-
-XXII
-
-
-Dicho y hecho: desde la mañana del día siguiente, D. Mauro pareció
-dispuesto a llevar adelante su bestial propósito: el de precipitar
-el martirio de Inés, _casándola consigo mismo_, como él decía en
-su bárbaro lenguaje. La táctica de amabilidad y de astuta dulzura,
-recomendada por el licenciado Lobo, se consideró inútil, siendo
-sustituida por un sistema de terror, que ponía en fecundo ejercicio las
-facultades todas de Doña Restituta. Antes de partir a la Junta donde
-D. Mauro y otros dos comerciantes debían ponerse de acuerdo para la
-subasta del abastecimiento, mi amo tuvo el gusto de plantear por sí
-mismo el nuevo sistema. Dispuso que Inés no saldría de su cuarto ni
-para comer; que los vidrios y maderas de la ventanilla que daba a la
-calle de la Sal se cerraran, asegurándolas por dentro con fuertísimos
-clavos; que se colocara un centinela de vista dentro de la misma pieza,
-cuya misión a nadie podía corresponder más propiamente que a Restituta.
-
-Ya no era posible, pues, ni ver a Inés, ni hablarla, ni prevenirla,
-porque todo indicaba que aquella tenaz vigilancia no concluiría sino
-cuando los Requejos vieran satisfecho su ardiente anhelo de casar
-a la muchacha consigo mismos. Por último, llegaron las vejaciones
-ejercidas contra Inés hasta el extremo de notificarle enérgicamente
-que no vería la luz del sol sino para ir a casa del señor Vicario a
-tomar los dichos. La situación de Inés era, por lo tanto, insostenible,
-y tan crítica, que me decidí a intentar resueltamente, y sin esperar
-más tiempo, su anhelada libertad. Para hacer algo de provecho, era
-indispensable utilizar un día en que ambas fieras, macho y hembra,
-salieran a la calle a cualquier negocio, pues pensar en la fuga
-mientras nuestros carceleros estuviesen en la casa, era pensar en lo
-excusado. D. Mauro, ocupado en su contrata, salía con frecuencia;
-pero Restituta, imperturbable como esfinge faraónica, no se movía de
-la casa, ni del cuarto, ni de la silla. Para vencer tan formidable
-dificultad, discurrí a fuerza de cavilaciones el siguiente medio:
-
-Mi seductora ama tenía la costumbre, harto lucrativa, de asistir a
-todas las almonedas que se anunciaban en el _Diario_, y hacíalo con la
-benemérita intención de pescar muebles, colchones, ropas, adornos de
-sala y otros objetos que, adquiridos por poco precio, vendía después en
-dos o tres prenderías de la calle de Tudescos, que eran de su exclusiva
-pertenencia, aunque no lo pareciese. Hacia el 15 de Abril tuvo noticia
-de un ajuar completo de ricos muebles, puestos en almoneda en una casa
-de la plazuela de Afligidos. Habíales ella visto y examinado, y aunque
-le parecieron de perlas, no los tomó, porque la dueña, que era viuda de
-un Consejero de Indias, no se resignaba a entregar su única fortuna
-casi de balde. Regatearon: Restituta ofreció una cantidad alzada; mas
-no fue posible la avenencia, y volviose aquella a su casa sin aflojar
-los cordones de la bolsa, aunque harto se le conocía su desconsuelo
-por haber dejado escapar negocio de tal importancia. Pues bien: sobre
-aquella almoneda, sobre aquel regateo, sobre este desconsuelo, fundé yo
-el edificio de la invención que debía quitarme de delante a mi señora
-Doña Restituta por unas cuantas horas.
-
-Era un domingo, día 1.º de mayo. Salí por la mañana, y dirigiéndome a
-mi antigua casa, buscáronme allí una mujer que se encargó de llevar
-a Doña Restituta el recado que puntualmente le di. Estaba el ama, a
-las cuatro de la tarde, sentada en el cuarto de la costura, cuando
-se presentó mi comisionada en la casa, diciendo que la señora de la
-plazuela de Afligidos consentía en dar los muebles a la señora de la
-calle de la Sal por el precio que esta había tenido el honor de ofrecer.
-
-Dio un salto en su asiento Restituta, y al punto su acalorada
-imaginación ilusionose con las pingües ganancias que a realizar iba.
-Se vistió con aquella ligereza viperina que le era propia, y después
-de cerrar el balcón y la puerta de la habitación de Inés, tuvo la
-condescendencia incomparable de entregarme la llave de la puerta que
-conducía a la escalerilla principal; encargó a Juan de Dios el mayor
-cuidado, y salió.
-
-Cuando la vi partir, respiré con indecible desahogo. Pareciome que
-huía para siempre, llevada en alas de demonios vengadores.
-
-Ya no podía perder un instante, y dije a mi amiga desde fuera:
-
---Inesilla, prepárate. Recoge toda tu ropa, y aguarda un momento.
-
-La única contrariedad consistía ya en que Juan de Dios descubriese mi
-intriga, oponiéndose a nuestra fuga; pero yo contaba con la facilidad
-que ha existido siempre para cegar por completo a quien ya tiene ante
-los ojos la venda del amor. Bajé a la tienda, y ya desde el primer
-momento advertí que la fortuna no me era muy favorable, porque Juan
-de Dios estaba en conversación con dos militares franceses, y no era
-aquella ocasión a propósito para que me diera la llave falsificada que
-hacía falta.
-
-Diré brevemente por qué estaban allí los dos franceses. Un oficial
-de Administración militar fue en busca de mi amo para hablarle de
-no sé qué particularidades relativas al contrato de abastecimiento;
-acompañábale otro que me parecía teniente de la Guardia Imperial, el
-cual, entablada conversación con Juan de Dios, habló en incorrecto
-español, y dijo que era del país vasco-francés. Como el hortera había
-nacido y criádose en el mismo país, al punto se la echaron los dos de
-compatriotas, y hubo apretones de manos. El extranjero era un mozo alto
-y rubio, de modales corteses y simpática figura.
-
---¿No recuerda usted la familia Sajous, en Bayona? --dijo al mancebo.
-
---¿Pues no la he de recordar? Mi padre, Don Blas Arroiz, estuvo de
-escribiente en casa de Mr. Hipólito Sajous, en Bayona, y después en
-casa de otro Sajous, en Saint-Sever --repuso Juan de Dios.
-
---El de Saint-Sever es mi padre --añadió el francés--; pero yo nací en
-Puyóo, donde aquel tiene una fábrica de tejidos. Me acuerdo de haber
-oído hablar en mi niñez de un administrador guipuzcoano que falleció en
-nuestra casa.
-
-A este tenor continuaron hablando un cuarto de hora, hasta que al
-fin, después de mutuas felicitaciones y ofrecimientos, despidiose el
-francés, prometiendo volver a visitarnos. Yo estaba tan impaciente,
-que necesité disimular mi agitación para que no se me conociera en el
-semblante lo que traía entre manos. Sin perder tiempo, porque perderlo
-era perderme, dije a Juan de Dios:
-
---Vamos, amigo: este es el momento de entregar a la niña la carta
-amorosa que usted tiene escrita.
-
---Sí, chiquillo: aquí está --repuso mostrándome la epístola, que era un
-monumento caligráfico--. ¿Qué te parece este trabajo? ¿Has visto alguna
-vez letra como esta? Repara bien esa M y esa H mayúsculas. ¡Qué rasgos
-tan finos! Y esas letras con que pongo su nombre, ¿qué te parecen? Tres
-días de tarea eché en ese nombre divino, que, como el de Jesús,
-
- endulza el alma y la lengua
- más que con la miel y azúcar
- con solo sus cinco letras.
-
-Este no tiene más que cuatro; pero ¡qué perfiles! Y toda la carta
-está lo mismo. No tiene más que once pliegos; pero me parece que es
-bastante. Como es la primera que le escribo, no debo marearla mucho:
-¿no te parece?
-
---Me parece bien. Dos palabritas bien dichas, y basta por ahora.
-Pero lo que importa es llevársela cuanto antes, pues la espera con
-impaciencia.
-
---¿Cómo que la espera? ¿Pues acaso tú le has dicho algo?
-
---No... verá usted... Ella lo habrá adivinado, sin duda. Cuando le di
-el ramo, díjele que se lo mandaba una persona de la casa que la quería
-mucho y tenía pensado sacarla de aquí: ella lo besó.
-
---¡Lo besó! --exclamó el mancebo, tan conmovido, que algunas lágrimas
-asomaron a sus ojos--. ¡Lo besó! Es decir, se lo llevó a sus divinos
-labios. ¡Ah! Gabriel, ¿crees tú que me corresponderá?
-
---No lo creo, sino que lo afirmo --respondí enérgicamente--. Pero venga
-la carta. ¡Pues no se va a poner poco contenta!... Ahora caigo en que
-me debe usted dar la llave que encargó al cerrajero, para que yo entre
-y le suelte la carta en propia mano, porque no está bien visto que una
-cosa de tanta importancia se arroje así... pues.
-
---No, la llave no te la daré --contestó-- porque no necesitas entrar.
-Quiero que esté sola, para que se entregue a sus anchas al placer de la
-lectura. ¿Conque dices que lo recibió bien?
-
---Pero la llave, la llave... ¿No me da usted la llave?
-
---No, la llave no te la doy. Déjala encerrada, que no faltará quien
-la saque pronto. ¡Ay! si me atreviera a ir yo mismo; si a hablarla me
-atreviera... Pero no. En la carta le digo mi amor y mis proyectos; le
-digo que la sacaré pronto de esta espantosa esclavitud, y que será mi
-mujer, mi mujercita, pues nos casaremos en tierras lejanas... ¿Sabes tú
-por dónde se va a alguna de esas islas desiertas que nos cuentan?...
-Iremos; porque has de saber, Gabrielillo, que yo soy rico. Yo he
-guardado mis ganancias desde hace veinte años. Lo malo es que todo
-lo tengo en poder de los Requejos... pero ya, ya tomaré yo lo que me
-pertenezca. Entre esta noche y mañana he de poner por obra mi plan.
-¿Ves esta carta que tengo aquí para mi amo? Pues de esto depende todo.
-Cuando él lea esta carta... Pero esto es un secreto... punto en boca.
-
---¿De modo que no me da usted la llave?
-
---No. ¿Para qué? No quiero que la veas, no quiero que la hables, cuando
-yo no la hablo ni la veo. Al considerar que si entras en su cuarto te
-ha de mirar, siento unos celos... ¡Ay! yo me muero, Gabriel; yo no
-duermo, ni como, ni bebo. Si no tuviera qué hacer, me estaría día y
-noche paseando por los Melancólicos. Esta es mi única delicia: pensar
-en ella, representármela en la imaginación, y entablar con ella unos
-diálogos que no tienen fin. A cada instante la abrazo y la beso a mis
-anchas, la pongo una flor en la cabeza, la llevo en mis brazos cuando
-está cansada, la arrullo, la canto para que se duerma, y la visto por
-la mañana cuando despierta.
-
---Así es usted feliz; pero si me diera usted la llave, yo le contaría
-todo eso.
-
---No: yo se lo diré mañana, esta noche quizás --dijo Juan de Dios
-con exaltación--. Pues qué, ¿crees tú que soy capaz de consentir un
-día más los martirios que padece? Gabriel, a ti te puedo confiar mis
-planes. ¡Esta noche, esta noche quedará Inés en libertad! ¿Tú sabes
-por dónde se va a alguna isla desierta?... Anda, lleva la carta: se la
-arrojas por el tragaluz, ¿entiendes? Pobrecita. ¡Qué dirá cuando vea
-que hay quien se interesa por ella, quien la adora, y está dispuesto a
-sacrificar vida, hacienda y honor!... Así se lo he dicho esta mañana
-al Santísimo Sacramento y a la Virgen María. Todos los días voy a misa
-y ruego por ella a Dios y a los santos. Esta mañana, cuando el cura
-alzaba el cáliz, le miré y dije: «Santísimo Sacramento de mi alma, yo
-amo a Inés. Si quieres que no la ame más que a Ti, dámela. Nunca te he
-pedido nada. Con ella seré bueno; sin ella seré... lo que el demonio
-quiera.» Anda, Gabriel, llévale de una vez la esquelita.
-
-A este punto llegábamos, cuando entró Don Mauro con dos amigos. Diole
-Juan de Dios la carta de que antes me había hablado con tanto misterio,
-y cuando la hubo leído lanzó grandes exclamaciones de coraje, que a
-todos los presentes nos infundieron miedo. Al instante hizo salir a
-Juan de Dios con una comisión apremiante, y yo me retiré. Aunque el
-maniático no había querido entregar la llave, comprendí que no debía
-retroceder en mi empresa, y resuelto a todo, pensé en descerrajar la
-puerta de la prisión de Inés. Favorecía este proyecto la circunstancia
-de estar Requejo en coloquio muy acalorado con sus dos amigos, y además
-ignorante de la ausencia de su hermana.
-
-Pedí auxilio a Dios mentalmente, y después de advertir a Inés para que
-estuviese preparada y me ayudase por dentro, cogí un pequeño barrote
-de hierro en figura de escoplo, que había en la sala de los empeños, y
-comencé la delicada obra. El miedo de hacer ruido me obligaba a emplear
-poca fuerza, y la cerradura no cedía. Canté en alta voz para ahogar
-todo rumor, y al fin, ayudado por Inés, que empujaba desde dentro,
-logré desquiciar una de las hojas, que tuvimos buen cuidado de sostener
-para que no viniese al suelo.
-
---¡Estás libre, Inés; vámonos! ¡Huyamos sin tardanza! --exclamé con
-locura--. Si nos detenemos un instante, estamos perdidos.
-
-Nos dirigimos a la puerta que conducía a la escalera exterior. Abrila
-yo, y salimos. Ya oscurecía. Un hombre bajaba de los pisos superiores y
-se juntó a nosotros en la meseta. Advertí que nos miraba con sorpresa;
-observele yo a mi vez, y no pude menos de temblar reconociendo al
-licenciado Lobo, el cual, extendiendo sus brazos como para detenernos,
-preguntó:
-
---¿A dónde van ustedes?
-
---¿Y a usted qué le importa? --dije con rabia, viendo delante de mí
-obstáculo tan terrible.
-
-Después, considerando que contra semejante cernícalo más convenía la
-astucia que la fuerza, añadí:
-
---Doña Restituta nos ha mandado salir en busca suya. Ha ido en casa de
-una amiga...
-
---Tú eres un pícaro redomado --me contestó--. ¿A dónde vas con esa
-muchacha? Tunantes, ¡os fugáis de esta santa casa! Ya os arreglaré yo.
-Adentro pronto, si no queréis ir conmigo a la cárcel de Villa.
-
-Mi desesperación no tuvo límites, y ahora celebro no haber tenido en
-aquel momento un puñal en mi mano, porque de seguro le hubiera partido
-el corazón al leguleyo trapisondista.
-
---¡Ah! pícaro ladrón, ya te conozco, ya sé quién eres --continuó--.
-Esta noche precisamente pensaba venir a ajustarte las cuentas... No te
-había conocido, bribonzuelo; pero ya sé qué clase de pájaro eres... Ya
-tenía ganas de cogerte entre mis uñas.
-
-Y efectivamente, me tenía tan cogido que no sé cómo no me desolló el
-brazo.
-
-Inés lloraba. Lobo la asió también por un brazo, y empujándonos hacia
-dentro, nos dijo:
-
---¡Qué a tiempo llegué, pimpollitos míos!
-
-Hice un esfuerzo desesperado para desprenderme de sus garras, y me
-desprendí. Él entonces alzó el grito, exclamando:
-
---¡Que se me escapa ese tuno... ladrones... acudan acá!
-
-Subió precipitadamente D. Mauro; reuniose en el portal alguna gente,
-y acertando a llegar Restituta, poco después me encontraba entre ambos
-Requejos como Cristo entre los dos ladrones. Inés, desmayada, era
-sostenida por el escribano.
-
-
-
-
-XXIII
-
-
---¡Pero si apenas puedo creerlo! --exclamaba mi ama--. ¿Conque la
-señorita huía con Gabriel? Tunante, ladroncillo, y cómo nos engañaba
-con su carita de Pascua. Ven acá --añadió dándome golpes--. ¿A dónde
-ibas con Inesilla, monstruo? ¿Qué te han dado por entregarla, ladrón de
-doncellas? A la cárcel, a presidio, pronto, si es que no le desollamos
-vivo. Pero di, ¿robabas a Inés?
-
---¡Sí, vieja bruja! --respondí con furia--. ¡Me iba con ella!
-
---Pues ahora vas a ir por el balcón a la calle --dijo D. Mauro,
-clavando en mi cuerpo su poderosa zarpa.
-
-Francamente, señores, creí que había llegado mi último instante entre
-aquellos tres bárbaros, que, cada cual según su estilo peculiar, me
-mortificaban a porfía. De todos los golpes y vejaciones que allí
-recibí, les aseguro a ustedes que nada me dolía tanto como los
-pellizcos de Doña Restituta, cuyos dedos, imitando los furiosos
-picotazos de un ave de rapiña, se cebaban allí donde encontraban más
-carne.
-
---Y sin duda fuiste tú quien mandó a aquella maldita mujer para sacarme
-de la casa, pues en la plazuela de Afligidos no hay ya rastros de
-almoneda. Este chico merece la horca; sí, Sr. de Lobo, la horca.
-
---¡Y la muy andrajosa de mi sobrina se marchaba tan contenta! --dijo
-Requejo, encerrando de nuevo a Inés en el miserable cuartucho.
-
---Si tenemos metido el infierno dentro de la casa --añadió Restituta--.
-La horca, sí, señor; la horca, Sr. de Lobo. No tiene usted pizca de
-caridad si no se lo dice al señor alcalde de Casa y Corte. ¡Pero cómo
-nos engañaba este dragoncillo! Si esto es para morirse uno de rabia.
-
-El leguleyo tomó entonces la autorizada palabra, y extendiendo sobre
-mi cabeza sus brazos en la actitud propia de esa tutelar justicia que
-ampara hasta a los criminales, dijo:
-
---Moderen ustedes su justa cólera y óiganme un instante. Ya les he
-dicho que ahora nos ocupamos celosísimamente de hacer un benemérito
-espurgo, descubriendo y desenmascarando a todas las indignas personas
-que fueron protegidas por el Príncipe de la Paz; ese monstruo, señora,
-ese vil mercader, ese infame favorito... ¡gracias a Dios que está caído
-y podemos insultarle sin miedo! Pues como decía, para que la nación se
-vea libre de pícaros, a todos los que con él sirvieron les quitamos
-ahora sus destinos, si no pagan sus crímenes en la cárcel o en el
-destierro. ¡Si vieran ustedes, amigos míos, cómo me estoy luciendo en
-estas pesquisas; si oyeran ustedes los elogios que he merecido de los
-principales servidores de la real persona!
-
---Pero ¿a qué viene tanta palabrería --dijo impaciente Requejo--, ni
-qué tiene eso que ver?...
-
---Tiene que ver... --prosiguió el hombre de la Justicia-- porque
-¿qué dirán mis señores D. Mauro y Doña Restituta cuando sepan que
-ese tramposo y embaucador chicuelo aquí presente recibió favores del
-Príncipe, y es el mismo Gabrielillo que desde hace quince días estamos
-buscando con los hígados en la boca mi compañero y yo?
-
-Los Requejos macho y hembra se miraron con espanto.
-
---Pues oigan ustedes y tiemblen de indignación --prosiguió el
-leguleyo--. El día antes de su caída, el Sr. Godoy envió a la
-secretaría de Estado un volante mandando que se diese a este joven
-una plaza en las oficinas de la Interpretación de lenguas. ¿Qué
-tal, señores? ¿Y por qué? dirán ustedes. Porque este joven parece
-que sabe latín, y compuso un poema en versos latinos; y algunos de
-esos alcahuetones que lo leyeron fueron con el cuento al Príncipe,
-diciéndole que mi niño era un portento de sabiduría. ¡Mentiras y más
-mentiras! Ya se ve: cuando en la secretaría de Estado recibieron el
-volante, se escandalizaron, porque ya había caído el Príncipe de la
-Paz, y aquellos eminentes repúblicos, después de poner en la calle
-a Moratín, esperaron a que se presentara este prodigio, si no para
-colocarle, para verle al menos. Pero yo ando tras el objeto de que
-coloquen allí a un primo mío que sabe tres lenguas, el valenciano,
-el gallego y el castellano; así es que al punto mi compañero y yo
-pusimos una _diligencia en busca_ para tener antecedentes de esta buena
-pieza, y hemos conseguido probar: que en Aranjuez vivía con el curita
-D. Celestino; otrosí, que todos los días iban ambos a casa de Godoy;
-otrosí, que el chico le escribía las cartas y las traía a Madrid los
-domingos al Embajador de Francia; otrosí, que se disfrazaba para entrar
-en cierta taberna a oír lo que se decía, y otras muchas bribonadas de
-que en el supradicho protocolo tengo hecha detallada mención.
-
---¡Jesús, Dios nos ampare! Al santo patrono de la tienda debemos el
-haber descubierto a tiempo lo que teníamos en casa --dijo Restituta.
-
---Por supuesto, que lo del latín era pura farsa.
-
---Pues no hay que andarse con chiquitas --dijo mi amo--, sino
-entregarle a la justicia.
-
---Eso corre de mi cuenta --repuso Lobo--. Veremos qué responde a los
-cargos que se le hacen en la sumaria como cómplice del cura castrense
-de Aranjuez. A este no le hemos podido coger, y según las noticias que
-hoy recibí, ha desaparecido del Real Sitio. Es seguro que ha venido a
-Madrid, y lo que es aquí no se nos escapa.
-
---¡Cuidado con el sabandijo que tenía yo en mi casa! --vociferó D.
-Mauro, amenazando segunda vez poner fin a mis días--. Sr. de Lobo,
-quítemelo, quítemelo usted de entre las manos, porque acabo con él.
-Estoy furioso. ¡Qué día, señor San Antonio de mi alma! ¡Qué día!
-
---Yo me encargaré del mocito --dijo Lobo--. Lo único que les pido es
-que me lo guarden hasta mañana.
-
---¿Hasta mañana?
-
---Este bandolero no puede quedar en la casa hasta mañana, no, señor
---observó mi ama.
-
---¿No hay lugar seguro donde encerrarle?
-
---¡Oh! pierda usted cuidado, que si le guardamos en el sótano estará
-como en un sepulcro --dijo Requejo--. Dificililla es la salida, y puedo
-irme tranquilo.
-
---¿Pero te vas, hermano? ¿A dónde vas de noche?
-
---¿A dónde he de ir? ¡Mil pares de demonios! ¿A dónde he de ir sino a
-Navalcarnero? ¿No saben ustedes lo que me pasa? ¿No les he contado?...
-
---Nada nos has dicho. Verdad es que con esta trapisonda de la
-sobrinita...
-
---Pues acabo de recibir una carta en que se me notifica que mi almacén
-de Navalcarnero ha sido robado. ¿Ves, hermana? ¡Esto es para volverse
-loco! Sí... me escribe D. Roque notificándome el robo, y diciéndome que
-acuda allí esta noche misma, si no quiero perderlo todo.
-
---¿Y va usted?
-
---Ahora mismo voy a buscar coche. Con que vean ustedes qué desastre.
-¡Ay, Restituta! Bien te dije que no dejaras de encender la vela al
-santo patrono. ¿Ves? Esto es un castigo.
-
---En el Cielo no gustan de despilfarros. ¿Vas allá? ¿Pero me dejas en
-la casa a este ladronzuelo?
-
---En el sótano, en el sótano: hasta mañana, hasta que mi Sr. de Lobo
-disponga de él. ¿No puede hacerse cuenta de que le dejamos en la
-sepultura? Solo Dios puede sacarle.
-
---¿Pero me quedo sola? ¡Ánimas benditas!
-
---Juan de Dios vendrá a eso de las diez. Ya le he dicho que se quedará
-en casa esta noche.
-
-La conferencia terminó aquí, y sin más palabras, me encerraron en
-el sótano, a cuyo subterráneo aposentamiento daba entrada una gran
-compuerta por bajo el piso de la trastienda. Yo estaba medio aletargado
-por la rabia y el despecho de aquella situación terrible. Sentí que
-me impulsaban escalera abajo. Don Mauro cerró el escotillón, riendo
-con ese gozo felino que da la conciencia de la propia crueldad, y me
-encontré entre densas tinieblas. Mi amo había dicho bien al asegurar
-que allí estaba como en un sepulcro. Solo Dios podía sacarme.
-
-Para que se comprenda si ellos tenían confianza en la seguridad de mi
-cárcel, baste decir que allí tenían parte de su fortuna en un arca de
-hierro. Cuando me encerraban en compañía de su dinero, ¿tendrían mis
-amos la convicción de que era imposible la salida?
-
-Hallábame en una de esas construcciones abovedadas con rosca de
-ladrillo, que sirven de fundamento a casi todas las casas de Madrid
-antiguas y modernas. Faltos de espacio superficial, los madrileños han
-buscado la extensión hasta el cielo y hacia el abismo, de modo que
-cada albergue es una torre colocada sobre un pozo. La de mis amos no
-tenía en su sótano luces a la calle: la oscuridad era absoluta y el
-silencio también, excepto cuando pasaba algún coche. Extendiendo mis
-brazos a derecha, a izquierda y hacia arriba, tocaba ásperos ladrillos
-endurecidos por un siglo, no tan húmedos como los que describen los
-novelistas, cuando el hilo de sus relatos les lleva a alguna mazmorra
-donde ocurren maravillosas y nunca vistas aventuras.
-
-Como he dicho, ni un ruido lejano ni un rayo de luz turbaban la
-paz de aquel antro, donde era posible llegar al convencimiento de
-no existir, existiendo. Todo un arsenal de herramientas no habría
-bastado a proporcionarme escapatoria, y pensar en la fuga habría sido
-pensar en lo absurdo. No tenía más consuelo que la resignación, y me
-resigné. Estar allí dentro en plena soledad, en plena lobreguez, en
-pleno silencio, era como cuando cerramos los ojos encarcelándonos
-voluntariamente dentro de esa otra bóveda de nuestro pensamiento.
-Acosteme rendido de fatiga en el suelo, y medité. Mi prisión no me
-parecía otra cosa que una prolongación de mi cerebro.
-
-Quise pensar en varias cosas; pero no pude pensar más que en Dios.
-Reconociéndome absolutamente incapaz para vencer la desgracia,
-comprendí que la voluntad suprema había arrojado sobre mí tan gran
-pesadumbre de males, y cruzándome de brazos incliné la cabeza,
-esperando que la misma voluntad suprema me descargase de ella. Como
-esta esperanza me infundió pronto una fe que hasta entonces en pocas
-ocasiones había tenido, creí firmemente que Dios me sacaría de allí, y
-con esta creencia empecé a adquirir un reposo moral y físico, precursor
-de cierto desvanecimiento parecido al sueño. El de la desgracia se
-diferencia mucho al sueño de todos los días; así es que el mío fue,
-conforme al angustioso estado de mi alma, un sueño de esos en que
-se representa el malestar real que experimentamos en proporciones
-informes, estrambóticas, monstruosas.
-
-Yo percibía vagamente figuras y formas de esas que no pertenecen al
-mundo visible, ni a la humanidad, ni a la fauna, ni a la flora, ni al
-cielo, ni a la tierra, sino a cierta misteriosa geología, a yacimientos
-que contradicen todas las leyes de la estática y la dinámica; percibía
-una fantástica y continuada concatenación de colores geométricos que
-se enredaban en mi cuerpo como culebras, y en aquella transmutación
-de lo físico y lo moral, se verificaba el fenómeno de que un color me
-dolía, y un objeto semejante a una espada, a un cangrejo o a un arpa,
-pronunciaba palabras incomprensibles. ¿Quién no ha desvariado alguna
-vez con este soñar absurdo? Las ideas se mezclan con las visiones, y
-estas son aquellas, y aquellas estas. En aquel laberinto, en aquella
-aberración, mi pensamiento formulaba sin cesar un silogismo azul,
-verde, ahora con picos, después con curvas, más tarde irradiado, luego
-concéntrico, en seguida poligonal y dorado, y al fin pequeño como
-un punto, para luego ser grande como el universo. El interminable
-silogismo era: «La justicia triunfa siempre: los Requejos son unos
-pillos; Inés y yo somos personas honradas. Luego nosotros triunfaremos.»
-
-Así pasé mucho tiempo en poder de estos demonios del sueño, cuando
-percibí una claridad que no irradiaba de los focos de mi imaginación.
-¿Estaba dormido o despierto? Híceme esta pregunta, y al punto contesté
-que no sabía. La claridad aumentaba, y un chirrido metálico produjo
-en mí cierto estremecimiento. Me moví, miré y vi las paredes del
-sótano, la bóveda de ladrillo y multitud de cajas llenas y vacías;
-a mi izquierda, una puerta que comunicaba con otro departamento
-subterráneo; a mi derecha una escalera, por la cual descendía la
-claridad que llamaba mi atención. Estaba indudablemente despierto, y
-así lo reconocí. Miré a la escalera, y vi dos pies que se trasladaban
-lentamente de peldaño a peldaño. La luz de una linterna me deslumbró;
-pero en el foco de la repentina claridad distinguí una cara amarilla.
-Era la de Juan de Dios; era Juan de Dios en persona.
-
-Cuando me vio, su espanto fue tan grande, que la linterna con que se
-alumbraba estuvo a punto de caer de sus manos. Temblando y mudo, me
-miraba como se mira una aparición diabólica o imagen evocada por la
-brujería.
-
-Figuraos la impresión del que entra en un sepulcro no creyendo, como es
-natural, encontrar nada vivo, y encuentra un hombre que se mueve y no
-parece pertenecer al mundo de los muertos.
-
-
-
-
-XXIV
-
-
-Santiguose Juan de Dios, y ya parecía dispuesto a huir como se huye de
-las apariciones de ultratumba, cuando le hablé para disipar su miedo.
-
---Juan de Dios, soy yo. ¿No sabía usted que estaba aquí?
-
---Gabriel, si lo veo y no lo creo. ¡Jesús, María y José! ¿Cómo has
-entrado aquí dentro?
-
---¿No sabe usted que me encerró D. Mauro, al sorprenderme en el momento
-de arrojar la carta a la señorita Inés? Acababa usted de salir.
-
---¡No había vuelto hasta ahora! ¡Y te encerraron aquí! ¡qué casualidad!
-Estoy absorto. Pero dime, ¿la carta...?
-
---Ella la tiene. No hay cuidado por eso. Después de habérsela dado,
-me entró tentación de hablar con ella. Toqué a la puerta, ¡ay! este
-fue el crítico momento en que se apareció Doña Restituta. Puede usted
-figurarse lo demás. Gracias a Dios que viene una buena alma para
-ponerme en libertad. Dios le ha enviado a usted.
-
---Óyeme, Gabrielillo --añadió con más sosiego--. Ya te dije que mi
-fortunilla la tengo depositada en poder de los Requejos. Si se la
-pido de improviso, estoy seguro de que no me la han de dar. Por
-consiguiente, yo la tomo. Mira lo que hay allí.
-
-Señaló al fondo del sótano contiguo, y vi un arca de hierro. Juan de
-Dios prosiguió de este modo:
-
---Yo tengo mi conciencia tranquila. No cojo más que lo mío, y antes
-moriría que tomar un ochavo más. Eso bien lo sabe el Santísimo
-Sacramento, que ya me conoce. Pero si en esta parte estoy tranquilo,
-¡ay! ya le he dicho al Santísimo Sacramento que estoy loco de amor y
-que me perdone los dos grandes pecados que he cometido hoy.
-
---¿Y qué pecados son esos?
-
---Trabajo me cuesta el decirlo; pero allá van para empezar desde
-ahora a purgarlos con la vergüenza que me causan. Los dos pecados
-son: haber escrito una carta falsa a D. Mauro para obligarle a ir a
-Navalcarnero, y haber hecho construir por un molde de cera la llave
-con que he entrado aquí y la de la caja. La carta estaba perfectamente
-falsificada; las llaves no valen menos.
-
---¿Conque eso va a toda prisa? ¿Y nuestra chicuela?
-
---Esta noche me la llevo. ¡Ah! ya habrá leído la carta. La habrá leído;
-sabrá que quiero ponerla en libertad, y su inquietud, su agonía, su
-zozobra entre la esperanza y el temor serán inmensas. Dentro de un rato
-será mía. ¿Cuento contigo?
-
---Para lo que usted quiera. Pues no faltaba más --dije, discurriendo
-cuál sería el mejor modo de burlar a un mismo tiempo a Doña Restituta
-y a su prometido esposo.
-
---¡Ay! tiemblo todo al pensar que pronto he de sacarla del poder de
-estas fieras --dijo Juan de Dios--. La pobrecita me estará esperando
-ya. ¿Qué te parece? ¡Ah! he preguntado a varias personas por una isla
-desierta, y nadie me ha dado razón. ¿Esas que llaman las Canarias son
-desiertas? ¿Sabes tú a dónde caen? Creo que allá por el gran golfo, o
-como si dijéramos, entre la China y el Moro. ¿Por dónde se va?
-
---De eso sí que no sé palotada --contesté, tratando de dejar a un lado
-la geografía--. Pero vamos a ver: ¿cómo piensa usted engañar a Doña
-Restituta?
-
---Eso no me inquieta. La amarraremos tapándole la boca, pero sin
-hacerla daño, porque es una buena mujer, como no sea para criar
-sobrinas... y ya ves. Hace veinte años que como el pan de esta casa.
-Si no fuera por esta terrible sofocación que me ha entrado... Gabriel,
-yo me vuelvo loco; lo que no te sabré decir es si me vuelvo loco de
-alegría o de pena.
-
---¿Le parece a usted --dije, afectando oficiosidad-- que suba pasito a
-pasito a ver si Doña Restituta duerme o vela?
-
---Bien pensado. Mejor es que te estés en la trastienda de centinela, y
-en caso de que sientas ruido en el entresuelo, me avisas al instante.
-Yo despacharé eso fácilmente.
-
-No esperé a que me lo repitiera, y subí. No: Gabriel no subía, volaba.
-Mi resolución, prontamente tomada, llevome sin vacilar al cuarto donde
-dormía Inés y velaba su feroz tía. Cuando esta sintió mis pasos, cuando
-oyó que alguien se acercaba, cuando llegué al cuarto y me puse ante su
-vista, su terror no tuvo límites. Como no comprendía la posibilidad
-material de mi evasión, y era además mujer supersticiosa, no creyó sino
-que yo era el diablo en persona, o al menos hombre protegido por todos
-los diablos del infierno. Quedose muda de terror: quiso hablar y no
-pudo; quiso gritar y lanzó un aullido congojoso, cual si la apretaran
-el cuello. No queriendo yo perder un instante, me arrojé a sus plantas,
-exclamando con sofocante precipitación:
-
---Señora, ama mía, ama de mi corazón, óigame su merced: soy inocente.
-Perdóneme su merced. Quise revelarles a ustedes todo; pero aquellos
-hombres no me dejaron. Yo no intenté robar a Inés: quise sacarla
-de aquí para impedir que la robara su amante. ¿No sabe usted quién
-es? ¡Juan de Dios, Juan de Dios! ¡Ah, señora! ¡y dudaba usted de mi
-fidelidad!
-
-Restituta pasó del terror a la sorpresa, al asombro, al anonadamiento,
-a la estupidez.
-
---¡Juan de Dios! --exclamó--. ¡Juan de Dios! Mi... No, no puede ser...
-tú eres el Demonio. ¡Jesús, María y José! Por la señal de la Santa
-Cruz...
-
---¿Qué cruz ni cruz? ¿Quiere usted la prueba? Pues tome usted esa carta
-que el caballerito me dio para su novia --dije, entregándole la carta
-del mancebo.
-
-Restituta la tomó en sus manos, frías como el mármol y temblorosas;
-recorrió muy de prisa sus once pliegos, examinó la firma, y díjome
-después:
-
---¿Estoy soñando? Tú... eres Gabriel... ¡Oh! yo estoy loca... ¡Ese
-miserable, a quien hemos dado de comer!...
-
---¿Aún lo duda usted? Pues en este momento Juan de Dios está en el
-sótano abriendo el arca del dinero.
-
-No me es posible hacer formar idea del salto que dio Restituta.
-Creo que hasta la silla saltó también arrastrada por el espantoso
-sacudimiento de los nervios de la hermana del Sr. D. Mauro.
-
---Venga usted y lo verá con sus propios ojos --dije, tomándole de la
-mano e impeliéndola hacia afuera.
-
-Restituta me siguió, porque la curiosidad, la rabia, el mismo terror,
-la impulsaban tras mí. Tropezó mil veces. Su cuerpo temblaba, y con
-frecuencia llevábase las manos a los desgreñados pelos para arrancarse
-algunos o para echarlos todos hacia atrás. El extravío de sus ojos a
-nada es comparable, y a mí mismo, que ya creía tenerla vencida, me
-causaba miedo.
-
-Llegamos a la boca del escotillón, y allí, mientras hería nuestros
-ojos la tenue claridad que del sótano salía, oímos claramente ruido
-de monedas. Juan de Dios contaba sus ahorros de veinte años. Cuando
-el tímpano de Restituta fue afectado de aquel vibrante sonido, un
-estremecimiento nervioso como el producido en la organización humana
-por la descarga de poderosas pilas eléctricas, sacudió sus miembros.
-Precipitándose ciegamente por la escalera, exclamó:
-
---¡Malvado! ¡Así nos pagas el pan de veinte años!
-
-Aún no habían llegado los resbaladizos pies de mi ama al quinto
-peldaño, cuando la pesada puerta del escotillón cayó, lanzada por mis
-manos. No había llave con qué cerrar, porque Juan de Dios la había
-quitado; pero al instante puse sobre la puerta una caja de latas de
-pomada, y luego dos, y luego cuatro, y después un fardo de tela, y otro
-y otro encima. En diez minutos puse sobre la entrada de la que había
-sido mi prisión un peso tal, que cuatro hombres fuertes no hubieran
-podido levantarlo desde abajo.
-
-Concluido esto, subí. Inés, despavorida y aterrada, no sabía a qué
-santo encomendarse.
-
---¡Ya eres libre, Inés! --grité con intensa alegría--. Vístete, vámonos
-pronto. No perder un momento: puede venir el amo.
-
-Vistiose tan precipitadamente que la vi medio desnuda. Pero ni ella,
-con el gran azoramiento de la prisa, cayó en la cuenta de que me
-estaba mostrando su lindo cuerpo, ni yo me cuidaba más que de ayudarla
-a vestir, poniéndole enaguas, medias, zapatos, ligas. Al fin salimos
-de la casa y huimos a toda prisa de la calle de la Sal, por temor de
-encontrar al licenciado Lobo o a mi amo. Hasta que nos vimos en la
-Puerta del Sol, no tomamos aliento, y sintiéndome yo sin fuerzas, nos
-sentamos en un escalón junto a Mariblanca. Profundo silencio reinaba
-en la plaza: Madrid dormía sosegado y tranquilo. Paseé mi vista en
-derredor, y no vi más que dos perros que se disputaban un hueso. El
-chorro de la fuente alegraba nuestras almas con su parlero rumor.
-
---Ya estás libre, condesilla --dije, reclinándome sobre el pecho de
-Inés--. Bendito sea Dios que nos ha sacado de allí. No te olvidaré
-nunca, horrenda noche de amargura; no te olvidaré nunca, risueña mañana
-de este día feliz. Estamos en lunes, día 2 del mes de mayo.
-
-Un rato permanecí en aquella postura, porque estaba rendido de
-cansancio. El día se acercaba; se sentían los lejanos y vagos rumores,
-desperezos de la indolente ciudad que despierta. Por oriente, hacia el
-fin de la calle de Alcalá, se veía el resplandor de la aurora, y cuando
-nos retirábamos, Inés y yo nos detuvimos un instante a contemplar el
-cielo, que por aquella parte se teñía de un vivo color de sangre.
-
-
-
-
-XXV
-
-
-Al entrar en mi casa, donde yo pensaba descansar un rato con Inés,
-antes de emprender la fuga, encontramos al buen D. Celestino, que
-habiendo llegado la noche anterior, creyó conveniente albergarse en mi
-humilde posada, antes que en otra cualquiera de las de la Corte. Ya
-le había yo informado por escrito de la verdadera situación en casa
-de los Requejos, por lo cual guardose de poner los pies en la famosa
-tienda. Él y nosotros nos alegramos mucho de vernos juntos, y apenas
-teníamos tiempo para preguntarnos nuestras mutuas desgracias, pues ya
-habrán comprendido ustedes que las del bondadoso sacerdote no eran
-menores que las nuestras.
-
---Pero, hijos míos --nos dijo--, Dios nos ha de proteger. ¿Cómo es
-posible que los malvados triunfen fácilmente de los rectos de corazón?
-Vosotros huís de la perversidad de aquellos dos hermanos, y yo también
-huyo, yo también vengo aquí ocultando mi nombre honrado, porque me
-persiguen como a un criminal.
-
-Al decir esto, el buen anciano derramó algunas lágrimas, y nosotros,
-para consolarle, le animábamos presentándole el espectáculo de nuestra
-alegría, y contábamos entre risas y chistes las extravagancias y
-tacañerías de los tíos de Inés.
-
---Dios nos ayudará --continuó el cura--. Veamos ahora cómo salimos de
-Madrid. ¡Oh qué persecución tan horrorosa! Me acusan de que fui amigo
-del Príncipe de la Paz. Ya lo creo que fui amigo de S. A. No solo
-amigo, sino aun creo que pariente. No puedes figurarte los líos que
-me han armado, Gabrielillo... y también te acusan a ti... ¿Has visto
-qué pícaros?... Que si escribíamos cartas... que si tú las llevabas...
-Verdad es que yo fui varias veces al palacio de S. A. para aconsejarle
-lo que me parecía conveniente para el bien de la nación; pero nunca le
-dije nada, porque con esta mi cortedad de genio... En resumen, hijo,
-sabiendo que me iban a prender, me puse en camino callandito, y pienso
-presentarme al señor Patriarca para que disponga de mí. Pero oíd lo
-mejor. ¿Creeréis que ese tunante de Santurrias es quien más sañudamente
-me ha perseguido, dando testimonios falsos de mi conducta? Nada, nada;
-es cierto lo que yo dije en aquel sermón: ¿te acuerdas, Gabriel? Dije
-que la ingratitud es el más feo monstruo que existe sobre la tierra.
-_Vilissima et turpissima hydra._ ¡Quién lo había de pensar!
-
---Ahora pensemos, señor cura, cómo nos las vamos a componer para salir
-de este laberinto. ¿A dónde vamos? ¿Qué recursos tenemos?
-
---Hijo mío, Dios no ha de desampararnos. Confiemos en Él, y entre
-tanto oye un proyecto que esta madrugada me ha ocurrido. Hace ocho
-días estaba en Aranjuez la señora Marquesa de ***, persona discreta,
-temerosa de Dios, y de tan buen corazón, que remedia cuantas
-necesidades llegan a su noticia. Visitome ella varias veces, la visité
-yo también, y según me decía, mi trato le era sumamente agradable.
-Esto lo diría por urbanidad. Me preguntaba mucho por Inés, mostrando
-grandísimos deseos de conocerla, y cuando por última vez la vi,
-suplicome encarecidamente que si alguna vez pasaba a la Corte, no
-dejase de acudir a su casa, en compañía de mi sobrina. Esto me lo
-repitió muchas veces, y su empeño por ver a la sobrinilla me ha llamado
-mucho la atención.
-
---También a mí --repuse--. Conozco a la señora Marquesa, en cuyo
-palacio representé cierto papel de traidor, de que no quisiera
-acordarme. Era en la misma casa donde ustedes vivían.
-
---Pero la señora Marquesa no vive ahora allí, pues durante la primavera
-se traslada a la casa de su hermano, allá por la Cuesta de la Vega, en
-un palacio que tiene muy amenos jardines y espacioso horizonte hacia
-la parte del Manzanares. Allí encontraremos hoy a esa insigne señora,
-honor de la hispana grandeza. ¿Por qué no acudir a ella? Me ha dicho
-infinitas veces que desea servirme, tanto a mí como a mi sobrina, y
-que espera con ansia el momento en que yo quiera usar de su poder y
-valimiento para cualquier asunto.
-
---En esa señora nos manda Dios un comisionado para salir de este apuro
---dije yo, sintiéndome con mayores ánimos--. Le contaremos lo que nos
-pasa, comprenderá con cuánta injusticia se nos persigue, y cuando vea a
-Inés... ¡Ay! se me figura que el empeño de la Marquesa en ver a Inés no
-es simple curiosidad. En fin, visitarémosla hoy mismo, y Dios dirá.
-
---Temo salir a la calle.
-
---Yo también; pero es preciso salir: no es cosa de que andemos por
-los tejados. Si quiere usted, iré yo ahora mismo a casa de la señora
-Marquesa, que ya me conoce, y diciéndole que voy de parte de usted,
-le pintaré la situación en que nos encontramos, hablándole también de
-Inesilla, que es, sin duda, lo que le interesa más.
-
---Me parece bien; ¿y si te ven?
-
---Iré por calles extraviadas, y en caso de apuro, no me faltan piernas
-con que perderme de vista.
-
-Yo estaba dominado por vivísima excitación, y cuando adoptaba un
-plan, cada segundo que transcurría sin ponerlo por obra, parecíame un
-siglo. No me era posible entregarme al reposo sin dar aquel paso en un
-camino que me parecía conducir a lugar seguro en nuestro desgraciado
-aislamiento. Inés no podía descansar tampoco, y su espíritu, no
-repuesto del azoramiento y zozobra de la madrugada anterior, era
-impresionado fuertemente por cuanto veía. Asomábase a la ventana que
-caía hacia la calle de San José, frente al Parque de Artillería, y como
-la vivienda era piso principal bajando del cielo, se veía el gran patio
-interior de aquel establecimiento de guerra, con los cañones y demás
-pertrechos, puestos en ordenadas filas a un lado y otro.
-
---Esto que ves es el Parque de Artillería, niña --le dijo D.
-Celestino--. ¿Ves? En aquellos grandes edificios se alojan los
-artilleros. Mira, salen algunos con un carro para ir a casa del
-abastecedor en busca de las provisiones.
-
---¿Y esas montañitas tan bonitas, formadas por cosas negras y redondas,
-iguales todas y puestas con mucho orden? --preguntó Inés sin dar tregua
-a su admiración.
-
---Esas son balas, chicuela --repuso el clérigo--. Los hombres han
-inventado esos juguetes para matarse unos a otros.
-
---Esas balas se meten en los cañones que están allí junto --dije yo,
-queriendo mostrar mi erudición--, y poniendo también pólvora y un
-cartucho, se dispara y es muy bonito. Hace un ruido, chiquilla, que se
-vuelve uno loco. ¡Si vieras cómo me lucí en el combate de Trafalgar!
-¡Si tú me hubieras visto!... Lo menos maté mil ingleses.
-
---¡Quiten para allá... ay, ay! --exclamó con miedo D. Celestino--. Solo
-de pensar que eso se dispara, me pongo a temblar.
-
-Y se retiraron de la ventana. Yo aconsejé a Inés que descansara, y salí
-a la calle después que D. Celestino, echándome algunas bendiciones,
-rezó un _pater noster_ por mi seguridad y buena suerte en la comisión
-que iba a desempeñar.
-
-Alejándome todo lo posible del centro de la Villa, llegué a la plazuela
-de Palacio, donde me detuvo un obstáculo casi insuperable: un gran
-gentío que, bajando de las calles del Viento, de Rebeque, del Factor,
-de Noblejas y de las plazuelas de San Gil y del Tufo, invadía toda la
-calle Nueva y parte de la plazuela de la Armería. Pensando que sería
-probable encontrar entre tanta gente al licenciado Lobo, procuré
-abrirme paso hasta rebasar tan molesta compañía; pero esto era punto
-menos que imposible, porque me encontraba envuelto, arrastrado por
-aquel inmenso oleaje humano, contra el cual era difícil luchar.
-
-Tan abstraído estaba yo en mis propios asuntos, que durante algún
-tiempo no discurrí sobre la causa de aquella tan grande y ruidosa
-reunión de gente, ni sobre lo que pedía, porque indudablemente pedía
-o manifestaba desear alguna cosa. Después de recibir algunos porrazos
-y tropezar repetidas veces, me detuve arrimado al muro de Palacio, y
-pregunté a los que me rodeaban:
-
---¿Pero qué quiere toda esa gente?
-
---Es que se van, se los llevan --me dijo un chispero--, y eso no lo
-hemos de consentir.
-
-El lector comprenderá que no importándome gran cosa que se fueran o
-dejaran de irse los que lo tuvieran por conveniente, intenté seguir mi
-camino. Poco había adelantado, cuando me sentí cogido por un brazo.
-Estremecime de terror, creyendo hallarme nuevamente en las garras del
-licenciado; pero no se asusten ustedes: era Pacorro Chinitas.
-
---¿Conque parece que se los llevan? --me dijo.
-
---¿A los Infantes? Eso dicen; pero te aseguro, Chinitas, que me tiene
-sin cuidado.
-
---Pues a mí, no. Hasta aquí llegó la cosa, hasta aquí nos aguantamos,
-y de aquí no ha de pasar. Tú eres un chiquillo y no piensas más que en
-jugar, y por eso no te importa.
-
---Francamente, Chinitas, yo tengo que ocuparme demasiado en lo que a mí
-me pasa.
-
---Tú no eres español --me dijo el amolador con gravedad.
-
---Sí que lo soy.
-
---Pues entonces no tienes corazón, ni eres hombre para nada.
-
---Sí que soy hombre y tengo corazón para lo que sea preciso.
-
---Pues entonces, ¿qué haces ahí como un marmolillo? ¿No tienes armas?
-Coge una piedra y rómpele la cabeza al primer francés que se te ponga
-por delante.
-
---Han pasado sin duda cosas que yo no sé, porque he estado muchos días
-sin salir a la calle.
-
---No, no ha pasado nada todavía; pero pasará. ¡Ah! Gabrielillo, lo
-que yo te decía ha salido cierto. Todos se han equivocado, menos el
-amolador. Todos se han ido y nos han dejado solos con los franceses. Ya
-no tenemos Rey, ni más Gobierno que esos cuatro carcamales de la Junta.
-
-Yo me encogí de hombros, no comprendiendo por qué estábamos sin Rey y
-sin más Gobierno que los cuatro carcamales de la Junta.
-
---Gabriel --me dijo mi amigo, pasado un rato--, ¿te gusta que te manden
-los franceses, y que con su lengua, que no entiendes, te digan «haz
-esto o haz lo otro», y que se entren en tu casa, y que te hagan ser
-soldado de Napoleón, y que España no sea España, vamos al decir, que
-nosotros no seamos como nos da la gana de ser, sino como el Emperador
-quiera que seamos?
-
---¿Qué me ha de gustar? Pero eso es pura fantasía tuya. ¿Los franceses
-son los que nos mandan? ¡Quiá! Nuestro Rey, cualquiera que sea, no lo
-consentiría.
-
---No tenemos Rey.
-
---¿Pero no habrá en la familia otro que se ponga la corona?
-
---Se llevan todos los Infantes.
-
---Pero habrá Grandes de España y señores de muchas campanillas, y
-Generales y Ministros que les digan a esos franceses: «Señores, hasta
-aquí llegó. Ni un paso más.»
-
---Los señores de muchas campanillas se han ido a Bayona, y allí andan a
-la greña por saber si obedecen al padre o al hijo.
-
---Pero aquí tenemos tropas que no consentirán...
-
---El Rey les ha mandado que sean amigos de los franceses y que les
-dejen hacer.
-
---Pero son españoles, y tal vez no obedezcan esa barbaridad; porque
-dime: si los franceses nos quieren mandar, ¿es posible que un español
-de los que vistan uniforme lo consienta?
-
---El soldado español no puede ver al francés; pero son uno por cada
-veinte. Poquito a poquito se han ido entrando, entrando, y ahora,
-Gabriel, esta baldosa en que ponemos los pies es tierra del Emperador
-Napoleón.
-
---¡Oh, Chinitas! Me haces temblar de cólera. Eso no se puede aguantar,
-no, señor. Si las cosas van como dices, tú y todos los demás españoles
-que tengan vergüenza cogerán un arma, y entonces...
-
---No tenemos armas.
-
---Entonces, Chinitas, ¿qué remedio hay? Yo creo que si todos, todos,
-todos dicen: «vamos a ellos», los franceses tendrán que retirarse.
-
---Napoleón ha vencido a todas las naciones.
-
---Pues entonces echémonos a llorar y metámonos en nuestras casas.
-
---¡Llorar! --exclamó el amolador, cerrando los puños--. Si todos
-pensaran como yo... No se puede decir lo que sucederá; pero... Mira: yo
-soy hombre de paz; pero cuando veo que estos condenados franceses se
-van metiendo callandito en España, diciendo que somos amigos; cuando
-veo que se llevan engañado al Rey; cuando les veo por esas calles
-echando facha y bebiéndose el mundo de un sorbo; cuando pienso que
-ellos están muy creídos de que nos han metido en un puño por los siglos
-de los siglos, me dan ganas... no de llorar, sino de matar, pongo el
-caso, pues... quiero decir que si un francés pasa y me toca con su codo
-en el pelo de la ropa, levanto la mano... mejor dicho, abro la boca y
-me lo como. Y cuidado que un francés me enseñó el oficio que tengo. El
-francés me gusta; pero allá en su tierra.
-
-
-
-
-XXVI
-
-
-Durante nuestra conversación, advertí que la multitud aumentaba,
-apretándose más. Componíanla personas de ambos sexos y de todas las
-clases de la sociedad, espontáneamente reunidas por uno de esos
-llamamientos morales, íntimos, misteriosos, informulados, que no parten
-de ninguna voz oficial, y resuenan de improviso en los oídos de un
-pueblo entero, hablándole el balbuciente lenguaje de la inspiración.
-La campana de ese rebato glorioso no suena sino cuando son muchos
-los corazones dispuestos a palpitar en concordancia con su anhelante
-ritmo, y raras veces presenta la historia ejemplos como aquel, porque
-el sentimiento patrio no hace milagros sino cuando es una condensación
-colosal, una unidad sin discrepancias de ningún género, y, por lo
-tanto, una fuerza irresistible y superior a cuantos obstáculos pueden
-oponerle los recursos materiales, el genio militar y la muchedumbre de
-enemigos. El más poderoso genio de la guerra es la conciencia nacional,
-y la disciplina que da más cohesión, el patriotismo.
-
-Estas reflexiones se me ocurren ahora recordando aquellos sucesos.
-Entonces, y en la famosa mañana de que me ocupo, no estaba mi ánimo
-para consideraciones de tal índole, mucho menos en presencia de un
-conflicto popular que de minuto en minuto tomaba proporciones graves.
-La ansiedad crecía por momentos: en los semblantes había, más que ira,
-la tristeza profunda que precede a las grandes resoluciones, y mientras
-algunas mujeres proferían gritos lastimosos, oí a muchos hombres
-discutiendo en voz baja planes de no sé qué inverosímil lucha.
-
-El primer movimiento hostil del pueblo reunido fue rodear a un oficial
-francés que a la sazón atravesó por la plaza de la Armería. Bien pronto
-se unió a aquel otro oficial español, que acudía como en auxilio del
-primero. Contra ambos se dirigió el furor de hombres y mujeres, siendo
-estas las que con más denuedo les hostilizaban; pero al poco rato una
-pequeña fuerza francesa puso fin al incidente. Como avanzaba la mañana,
-no quise ya perder más tiempo, y traté de seguir mi camino; mas no
-había pasado aún el arco de la Armería, cuando sentí un ruido que me
-pareció cureñas en acelerado rodar por calles inmediatas.
-
---¡Que viene la artillería! --clamaron algunos.
-
-Pero lejos de determinar la presencia de los artilleros una dispersión
-general, casi toda la multitud corría hacia la calle Nueva[1]. La
-curiosidad pudo en mí más que el deseo de llegar pronto al fin de
-mi viaje, y corrí allá también; pero una detonación espantosa heló
-la sangre en mis venas, y vi caer no lejos de mí algunas personas,
-heridas por la metralla. Aquel fue uno de los cuadros más terribles
-que he presenciado en mi vida. La ira estalló en boca del pueblo de
-un modo tan formidable, que causaba tanto espanto como la artillería
-enemiga. Ataque tan imprevisto y tan rudo había aterrado a muchos,
-que huían con pavor, y al mismo tiempo acaloraba la ira de otros, que
-parecían dispuestos a arrojarse sobre los artilleros; mas en aquel
-choque entre los fugitivos y los sorprendidos, entre los que rugían
-como fieras y los que se lamentaban heridos o moribundos bajo las
-pisadas de la multitud, predominó al fin el movimiento de dispersión, y
-corrieron todos hacia la calle Mayor. No se oían más voces que «armas,
-armas, armas.» Los que no vociferaban en las calles, vociferaban
-en los balcones, y si un momento antes la mitad de los madrileños
-eran simplemente curiosos, después de la aparición de la artillería
-todos fueron actores. Cada cual corría a su casa, a la ajena o a la
-más cercana en busca de un arma, y no encontrándola, echaba mano de
-cualquier herramienta. Todo servía, con tal que sirviera para matar.
-
- [1] Hoy de Bailén.
-
-El resultado era asombroso. Yo no sé de dónde salía tanta gente
-armada. Cualquiera habría creído en la existencia de una conjuración
-silenciosamente preparada; pero el arsenal de aquella guerra imprevista
-y sin plan, movida por la inspiración de cada uno, estaba en las
-cocinas, en los bodegones, en los almacenes al por menor, en las salas
-y tiendas de armas, en las posadas y en las herrerías.
-
-La calle Mayor y las contiguas ofrecían el aspecto de un hervidero de
-rabia imposible de describir por medio del lenguaje. El que no lo vio,
-renuncie a tener idea de semejante levantamiento. Después me dijeron
-que entre nueve y once todas las calles de Madrid presentaban el mismo
-aspecto; habíase propagado la insurrección como se propaga la llama en
-el bosque seco azotado por impetuosos vientos.
-
-En el Pretil de los Consejos, por San Justo y por la plazuela de la
-Villa, la irrupción de gente armada viniendo de los barrios bajos era
-considerable; mas por donde vi aparecer después mayor número de hombres
-y mujeres, y hasta enjambres de chicos y algunos viejos, fue por la
-Plaza Mayor y los portales llamados de Bringas. Hacia la esquina de la
-calle de Milaneses, frente a la Cava de San Miguel, presencié el primer
-choque del pueblo con los invasores, porque habiendo aparecido como una
-veintena de franceses que acudían a incorporarse a sus regimientos,
-fueron atacados de improviso por una cuadrilla de mujeres, ayudadas
-por media docena de hombres. Aquella lucha no se parecía a ninguna
-peripecia de los combates ordinarios, pues consistía en reunirse
-súbitamente, envolviéndose y atacándose sin reparar en el número ni en
-la fuerza del contrario.
-
-Los extranjeros se defendían con su certera puntería y sus buenas
-armas; pero no contaban con la multitud de brazos que les ceñían
-por detrás y por delante, como rejos de un inmenso pulpo; ni con el
-incansable pinchar de millares de herramientas, esgrimidas contra ellos
-con un desorden y una multiplicidad semejante al de un ametrallamiento
-a mano; ni con la espantosa centuplicación de pequeñas fuerzas que, sin
-matar, imposibilitaban la defensa. Algunas veces esta superioridad de
-los madrileños era tan grande, que no podía menos de ser generosa; pues
-cuando los enemigos aparecían en número escaso, se abría para ellos un
-portal o tienda donde quedaban a salvo, y muchos de los que se alojaban
-en las casas de aquella calle debieron la vida a la tenacidad con que
-sus patronos les impidieron la salida.
-
-No se salvaron tres de a caballo que corrían a todo escape hacia la
-Puerta del Sol. Se les hicieron varios disparos; pero irritados ellos,
-cargaron sobre un grupo apostado en la esquina del callejón de la
-Chamberga, y bien pronto viéronse envueltos por el paisanaje. De un
-fuerte sablazo, el más audaz de los tres abrió la cabeza a una infeliz
-maja en el instante en que daba a su marido el fusil recién cargado, y
-la imprecación de la furiosa mujer al caer herida al suelo, espoleó el
-coraje de los hombres. La lucha se trabó entonces cuerpo a cuerpo y a
-arma blanca.
-
-Entre tanto yo corrí hacia la Puerta del Sol buscando lugar más seguro,
-y en los portales de Pretineros encontré a Chinitas. La Primorosa salió
-del grupo cercano, exclamando con frenesí:
-
---¡Han matado a Bastiana! Más de veinte hombres hay aquí, y denguno
-vale un rial. Canallas, ¿para qué os ponéis bragas si tenéis almas de
-pitiminí?
-
---Mujer --dijo Chinitas, cargando su escopeta--, quítate de en medio.
-Las mujeres aquí no sirven más que de estorbo.
-
---¡Cobardón, calzonazos, corazón de albondiguilla! --gritó la
-Primorosa, pugnando por arrancar el arma a su marido--. Con el aire que
-hago moviéndome, mato yo más franceses que tú con un cañón de a ocho.
-
-Entonces uno de los de a caballo se lanzó al galope hacia nosotros
-blandiendo su sable.
-
---¡Menegilda! ¿Tienes navaja? --dijo la esposa de Chinitas con
-desesperación.
-
---Tengo tres: la de cortar, la de picar y el cuchillo grande.
-
---¡Aquí estamos, espanta-cuervos! --bramó la maja, tomando de manos de
-su amiga un cuchillo carnicero, cuya sola vista causaba espanto.
-
-El coracero clavó las espuelas a su corcel, y despreciando los tiros,
-se arrojó sobre el grupo. Yo vi las patas del corpulento animal sobre
-los hombros de la Primorosa; pero esta, agachándose más ligera que
-el rayo, hundió su cuchillo en el pecho del caballo. Con la violenta
-caída, el jinete quedó indefenso, y mientras la cabalgadura expiraba
-con horrible pataleo, el soldado proseguía el combate, ayudado por
-otros cuatro que a la sazón llegaron.
-
-Chinitas, herido en la frente y con una oreja menos, se había retirado
-como a unas diez varas más allá, y cargaba un fusil en el callejón del
-Triunfo, mientras la Primorosa le envolvía un pañuelo en la cabeza,
-diciéndole:
-
---¡Si te moverás al fin! No parece sino que tienes en cada pata las
-pesas del reloj del Buen Suceso.
-
-El amolador se volvió hacia mí y me dijo:
-
---Gabrielillo, ¿qué haces con ese fusil? ¿Lo tienes en la mano para
-escarbarte los dientes?
-
-En efecto: yo tenía en mis manos un fusil, sin que hasta aquel instante
-me hubiese dado cuenta de ello. ¿Me lo habían dado? ¿Lo tomé yo? Lo más
-probable es que lo recogí maquinalmente, hallándome cercano al lugar de
-la lucha, y cuando caía sin duda de manos de algún combatiente herido;
-pero mi turbación y estupor eran tan grandes ante aquella escena, que
-ni aun acertaba a hacerme cargo de lo que entre las manos tenía.
-
---¿Pa qué está aquí esa lombriz? --dijo la Primorosa, encarándose
-conmigo y dándome en el hombro una fuerte manotada--. Descosío: coge
-ese fusil con más garbo. ¿Tienes en la mano un cirio de procesión?
-
---Vamos: aquí no hay nada que hacer --afirmó Chinitas, encaminándose
-con sus compañeros hacia la Puerta del Sol.
-
-Echeme el fusil al hombro y les seguí. La Primorosa seguía burlándose
-de mi poca aptitud para el manejo de las armas de fuego.
-
---¿Se acabaron los franceses? --dijo una maja, mirando a todos lados--.
-¿Se han acabado?
-
---No hemos dejado uno pa simiente de rábanos --contestó la Primorosa--.
-¡Viva España y el Rey Fernando!
-
-En efecto: no se veía ningún francés en toda la calle Mayor; pero no
-distábamos mucho de las gradas de San Felipe, cuando sentimos ruido
-de tambores, después ruido de cornetas, después pisadas de caballos,
-después estruendo de cureñas rodando con precipitación. El drama no
-había empezado todavía realmente. Nos detuvimos, y advertí que los
-paisanos se miraban unos a otros, consultándose mudamente sobre la
-importancia de las fuerzas ya cercanas. Aquellos infelices madrileños
-habían sostenido una lucha terrible con los soldados que encontraron
-al paso, y no contaban con las formidables divisiones y cuerpos de
-ejército que se acampaban en las cercanías de Madrid. No habían
-medido los alcances y las consecuencias de su calaverada, ni aunque
-los midieran, habrían retrocedido en aquel movimiento impremeditado y
-sublime que les impulsó a rechazar fuerzas tan superiores.
-
-Había llegado el momento de que los paisanos de la calle Mayor pudieran
-contar el número de armas que apuntaban a sus pechos, porque por la
-calle de la Montera apareció un cuerpo de ejército, por la de Carretas
-otro y por la Carrera de San Jerónimo el tercero, que era el más
-formidable.
-
---¿Son muchos? --preguntó la Primorosa.
-
---Muchísimos, y también vienen por esta calle. Allá por Platerías se
-siente ruido de tambores.
-
-Frente a nosotros y a nuestra espalda teníamos a los infantes, a los
-jinetes y a los artilleros de Austerlitz. Viéndoles, la Primorosa reía;
-pero yo... no puedo menos de confesarlo... yo temblaba.
-
-
-
-
-XXVII
-
-
-Llegar los cuerpos de ejército a la Puerta del Sol y comenzar la
-embestida, fueron sucesos ocurridos en un mismo instante. Yo creo
-que los franceses, a pesar de su superioridad numérica y material,
-estaban más aturdidos que los españoles; así es que en vez de comenzar
-poniendo en juego la caballería, hicieron uso de la metralla desde los
-primeros momentos.
-
-La lucha, mejor dicho, la carnicería era espantosa en la Puerta del
-Sol. Cuando cesó el fuego y comenzaron a funcionar los caballos, la
-guardia polaca, llamada _noble_, y los famosos mamelucos cayeron a
-sablazos sobre el pueblo, siendo los ocupadores de la calle Mayor los
-que alcanzamos la peor parte, porque por uno y otro flanco nos atacaban
-los feroces jinetes. El peligro no me impedía observar quién estaba en
-torno mío, y así puedo decir que sostenían mi valor vacilante, además
-de la Primorosa, un señor grave y bien vestido que parecía aristócrata,
-y dos honradísimos tenderos de la misma calle, a quienes yo de antiguo
-conocía.
-
-Teníamos a mano izquierda el callejón de la Duda, como sitio
-estratégico que nos sirviera de parapeto y de camino para la fuga, y
-desde allí el señor noble y yo dirigíamos nuestros tiros a los primeros
-mamelucos que aparecieron en la calle. Debo advertir que los tiradores
-formábamos una especie de retaguardia o reserva, porque los verdaderos
-y más aguerridos combatientes eran los que luchaban a arma blanca entre
-la caballería. También de los balcones salían muchos tiros de pistola
-y gran número de armas arrojadizas, como tiestos, ladrillos, pucheros,
-pesas de reloj, etc.
-
---Ven acá, Judas Iscariote --exclamó la Primorosa, dirigiendo los
-puños hacia un mameluco que hacía estragos en el portal de la casa de
-Oñate--. ¡Y no hay quien te meta una libra de pólvora en el cuerpo!
-¡Eh, so estantigua! ¿pa qué le sirve ese chisme? Y tú, Piltrafilla,
-echa fuego por ese fusil, o te saco los ojos.
-
-Las imprecaciones de nuestra generala nos obligaban a disparar tiro
-tras tiro. Pero aquel fuego mal dirigido no nos valía gran cosa, porque
-los mamelucos habían conseguido despejar a golpes gran parte de la
-calle, y adelantaban de minuto en minuto.
-
---¡A ellos, muchachos! --gritó la maja, adelantándose al encuentro de
-una pareja de jinetes, cuyos caballos venían hacia nosotros.
-
-Nadie podrá imaginar cómo eran aquellos combates parciales. Mientras
-desde las ventanas y desde la calle se les hacía fuego, los manolos les
-atacaban navaja en mano, y las mujeres clavaban sus dedos en la cabeza
-del caballo, o saltaban, asiendo por los brazos al jinete. Este recibía
-auxilio, y al instante acudían dos, tres, diez, veinte, que eran
-atacados de la misma manera, y se formaba una confusión, una mezcolanza
-horrible y sangrienta que no se puede pintar. Los caballos vencían al
-fin y avanzaban al galope; y cuando la multitud, encontrándose libre,
-se extendía hacia la Puerta del Sol, una lluvia de metralla le cerraba
-el paso.
-
-Perdí de vista a la Primorosa en uno de aquellos espantosos choques;
-pero al poco rato la vi reaparecer, lamentándose de haber perdido su
-cuchillo, y me arrancó el fusil de las manos con tanta fuerza, que no
-pude impedirlo. Quedé desarmado en el mismo momento en que una fuerte
-embestida de los franceses nos hizo recular a la acera de San Felipe el
-Real. El anciano noble fue herido junto a mí: quise sostenerle; pero
-deslizándose de mis manos, cayó exclamando: «¡Muera Napoleón! ¡Viva
-España!»
-
-Aquel instante fue terrible, porque nos acuchillaron sin piedad; pero
-quiso mi buena estrella que, siendo yo de los más cercanos a la pared,
-tuviera delante de mí una muralla de carne humana que me defendía del
-plomo y del hierro. En cambio, era tan fuertemente comprimido contra la
-pared, que casi llegué a creer que moría aplastado. La masa de gente se
-replegó por la calle Mayor, y como el violento retroceso nos obligara a
-invadir una casa de las que hoy deben tener la numeración desde el 21
-al 25, entramos decididos a continuar la lucha desde los balcones. No
-achaquen ustedes a petulancia el que diga _nosotros_, pues yo, aunque
-al principio me vi comprendido entre los sublevados como al acaso y sin
-ninguna iniciativa de mi parte, después el ardor de la refriega, el
-odio contra los franceses que se comunicaba de corazón a corazón de un
-modo pasmoso, me indujeron a obrar enérgicamente en pro de los míos.
-Yo creo que en aquella ocasión memorable hubiérame puesto al nivel de
-algunos que me rodeaban, si el recuerdo de Inés y la consideración de
-que corría algún peligro no aflojaran mi valor a cada instante.
-
-Invadiendo la casa, la ocupamos desde el piso bajo a las buhardillas:
-por todas las ventanas se hacía fuego, arrojando al mismo tiempo
-cuanto la diligente valentía de sus moradores encontraba a mano. En el
-piso segundo un padre anciano, sosteniendo a sus dos hijas que medio
-desmayadas se abrazaban a sus rodillas, nos decía: «Haced fuego; coged
-lo que os convenga. Aquí tenéis pistolas; aquí tenéis mi escopeta de
-caza. Arrojad mis muebles por el balcón y perezcamos todos, y húndase
-mi casa si bajo sus escombros ha de quedar sepultada esa canalla. ¡Viva
-Fernando! ¡Viva España! ¡Muera Napoleón!»
-
-Estas palabras reanimaban a las dos doncellas, y la menor nos conducía
-a una habitación contigua, desde donde podíamos dirigir mejor el fuego.
-Pero nos escaseó la pólvora, nos faltó al fin, y al cuarto de hora de
-nuestra entrada ya los mamelucos daban violentos golpes en la puerta.
-
---Quemad las puertas y arrojadlas ardiendo a la calle --nos dijo el
-anciano--. Ánimo, hijas mías. No lloréis. En este día el llanto es
-indigno aun en las mujeres. ¡Viva España! ¿Vosotras sabéis lo que
-es España? Pues es nuestra tierra, nuestros hijos, los sepulcros de
-nuestros padres, nuestras casas, nuestros reyes, nuestros ejércitos,
-nuestra riqueza, nuestra historia, nuestra grandeza, nuestro nombre,
-nuestra religión. Pues todo esto nos quieren quitar. ¡Muera Napoleón!
-
-Entre tanto los franceses asaltaban la casa, mientras otros de los
-suyos cometían atrocidades en la de Oñate.
-
---¡Ya entran, nos cogen; estamos perdidos! --exclamamos con terror,
-sintiendo que los mamelucos se encarnizaban en los defensores del piso
-bajo.
-
---Subid a la buhardilla --nos dijo el anciano con frenesí--, y saliendo
-al tejado, echad por el cañón de la escalera todas las tejas que podáis
-levantar. ¿Subirán los caballos de estos monstruos hasta el techo?
-
-Las dos muchachas, medio muertas de terror, se enlazaban a los brazos
-de su padre, rogándole que huyese.
-
---¡Huir! --exclamaba el viejo--. No, mil veces no. Enseñemos a esos
-bandoleros cómo se defiende el hogar sagrado. Traedme fuego, fuego, y
-apresarán nuestras cenizas, no nuestras personas.
-
-Los mamelucos subían. No había salvación. Yo me acordé de la pobre
-Inés, y me sentí más cobarde que nunca. Pero algunos de los nuestros
-habíanse en tanto internado en la casa, y con fuerte palanca rompían
-el tabique de una de las habitaciones más escondidas. Al ruido acudí
-allá velozmente, con la esperanza de encontrar escapatoria, y, en
-efecto, vi que habían abierto en la medianería un gran agujero por
-donde podía pasarse a la casa inmediata. Nos hablaron de la otra parte,
-ofreciéndonos socorro, y nos apresuramos a pasar; pero antes de que
-estuviéramos del opuesto lado sentimos a los mamelucos y otros soldados
-franceses vociferando en las habitaciones principales: oyose un tiro;
-después una de las muchachas lanzó un grito espantoso y desgarrador. Lo
-que allí debió ocurrir no es para contado.
-
-Cuando pasamos a la casa contigua, con ánimo de tomar inmediatamente
-la calle, nos vimos en una habitación pequeña y algo oscura, donde
-distinguí dos hombres que nos miraban con espanto. Yo me aterré también
-en su presencia, porque eran el uno el licenciado Lobo y el otro Juan
-de Dios.
-
-Habíamos pasado a una casa de la calle de Postas, a la misma en cuyo
-cuarto entresuelo había yo vivido hasta el día anterior al servicio
-de los Requejos. Estábamos en el piso segundo, vivienda del leguleyo
-trapisondista. El terror de este era tan grande, que al vernos dijo:
-
---¿Están ahí los franceses? ¿Vienen ya? Huyamos.
-
-Juan de Dios estaba también tan pálido y alterado, que era difícil
-reconocerle.
-
---¡Gabriel! --exclamó al verme--. ¡Ah! tunante: ¿qué has hecho de Inés?
-
---¡Los franceses, los franceses! --exclamó Lobo, saliendo a toda prisa
-de la habitación y bajando la escalera de cuatro en cuatro peldaños--.
-¡Huyamos!
-
-La esposa del licenciado y sus tres hijas, trémulas de miedo, corrían
-de aquí para allí, recogiendo algunos objetos para salir a la calle.
-No era ocasión de disputar con Juan de Dios, ni de darnos mutuamente
-explicaciones sobre los sucesos de la madrugada anterior: salimos a
-todo escape, temiendo que los mamelucos invadieran aquella casa.
-
-El mancebo no se separaba de mí, mientras que Lobo, harto ocupado de
-su propia seguridad, se cuidaba de mi presencia tanto como si yo no
-existiera.
-
---¿A dónde vamos? --preguntó una de las niñas al salir--. ¿A la calle
-de San Pedro la Nueva, en casa de la primita?
-
---¿Estáis locas? ¿Frente al Parque de Monteleón?
-
---Allí se están batiendo --dijo Juan de Dios--. Se ha empeñado un
-combate terrible, porque la artillería española no quiere soltar el
-Parque.
-
---¡Dios mío! ¡Corro allá! --exclamé sin poderme contener.
-
---¡Perro! --gritó Juan de Dios, asiéndome por un brazo--. ¿Allí la
-tienes guardada?
-
---Sí, allí está --contesté sin vacilar--. Corramos.
-
-Juan de Dios y yo partimos como dos insensatos en dirección a mi casa.
-
-
-
-
-XXVIII
-
-
-En nuestra carrera no reparábamos en los mil peligros que a cada paso
-ofrecían las calles y plazas de Madrid, y andábamos sin cesar, buscando
-las vías más apartadas del centro, con tantas vueltas y rodeos, que
-empleamos cerca de dos horas para llegar a la puerta de Fuencarral por
-los pozos de nieve. Por un largo rato ni yo hablaba a mi acompañante,
-ni él a mí tampoco, hasta que al fin Juan de Dios, con voz entrecortada
-por el fatigoso aliento, me dijo:
-
---¿Pero tú sacaste a Inés para entregármela después, o eres un tunante
-ladrón, digno de ser fusilado por los franceses?
-
---Sr. Juan de Dios --repuse apretando más el paso--, no es ocasión de
-disputar, y vamos más a prisa, porque si los franceses llegan a meterse
-en mi casa...
-
---¡Cuánto se asustará la pobrecita! Pero di, ¿por qué la sacaste, por
-qué me encontré encerrado en el sótano con aquella maldita mujer?...
-¡Oh! me falta el aliento; pero no nos detengamos... ¿Inés no se asustó
-al verse en tu poder? ¿No te preguntó por mí? ¿No te rogó que me
-llevases a su lado? ¡Qué confusión! ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Quién
-eres tú? ¿Eres un infame, o un hombre de bien? Ya me darás cuenta y
-razón de todo. ¡Ay! cuando me encontré en el sótano con Restituta...
-¿Ves este rasguño que tengo en la mano?... Quedeme azorado y mudo de
-espanto cuando la vi. ¡Qué desdicha! Creo que fue castigo de Dios
-por los pecadillos de que te hablé... Ella me insultaba llamándome
-ladrón, y a mí un sudor se me iba y otro se me venía. Luego que
-tratamos de salir... La compuerta cerrada... ella parecía una gata
-rabiosa. ¿Ves este arañazo que tengo en la cara?... Descansemos un
-rato, porque me ahogo. ¿No llegamos nunca a tu casa? ¿Y mi Inés, está
-allí? Pero, tunante, modera un poco el paso y dime: ¿Inés me espera?
-¿Te mandó en busca mía? ¿Sabe que a mí me debe su libertad? Gabriel,
-te juro que tengo la cabeza como una jaula de grillos, y que no sé
-qué pensar. ¡Cuando vi entrar a Restituta!... ¿Creerás que no puedo
-apartar de mi memoria su repugnante imagen? Lo que dije... aquellos dos
-pecadillos... Pero en cuanto Inés esté a mi lado, me confesaré... El
-Santísimo Sacramento sabe que mi intención es buena, y que el inmenso,
-el loco amor que me domina es causa de todo... ¿Pero no hablas? ¿Estás
-mudo? ¿Inés me espera? Dímelo francamente y no me hagas padecer.
-¿Está contenta? ¿Está triste? ¿Ella quiso desde luego salir contigo
-para esperarme fuera?... ¡Mil demonios! ¿Cuándo llegamos a tu casa?
-Me aguarda, ¿no es verdad? Ahora la hablaré cara a cara por primera
-vez. ¿Sabes que me da vergüenza?... Pero ella quizás me dirá primero
-algunas palabras, dándome pie para que después siga yo hablando como
-un cotorro. ¿Estás tú seguro de que leyó mi carta? Pues si la leyó, ya
-está al corriente de mi ardiente amor, y en cuanto me vea se arrojará
-llorando en mis brazos, dándome gracias por su salvación. ¿No lo crees
-tú así? ¿Pero por qué callas? ¿Te has quedado sin lengua? ¿Qué le has
-dicho tú? ¿Qué te ha dicho ella? ¿No te habló de aquel pasaje de la
-carta en que le decía que mi amor es tan casto como el de los ángeles
-del Cielo?... Me faltó decirle que mi corazón es el altar en que la
-adoro con tanto fervor como al Dios que hizo para todos el mundo, y
-para nosotros una isla desierta, llena de flores y pajaritos muy lindos
-que canten día y noche... ¡Ah, Gabriel! ¿Sabes que soy rico? Cogí
-lo mío, aunque la condenada me clavó las uñas para arrebatármelo.
-¡Cuánto luchamos! ¡Espantosa noche! Por fin, ya muy avanzado el día,
-llega D. Mauro y abre el sótano para sacarte... Salimos Restituta y
-yo: ella está medio muerta. Su hermano, al vernos... ¡Jesús, cómo se
-pone! Después de insultarnos, nos dice que tenemos que casarnos el
-mismo día. Luego, al saber que Inés se ha fugado contigo, brama como un
-león, arráncase los cabellos, y después de amenazar con la muerte a su
-hermana y a mí, enciende las dos velas al santo patrono. Yo salgo de
-la casa sin contestar a nada, y como ya empiezan los tiros, me refugio
-en la del licenciado Lobo... Todos están allí llenos de terror... ¡los
-franceses, los franceses!... ¡ban, bun! Golpean un tabique: acudimos;
-se abre un agujero, y apareces tú... ¿Pero llegaremos al fin? ¡Qué
-impaciente estará la pobrecita! Cuando me vea, ella romperá, hablará la
-primera, ¿no lo crees tú? Si no... yo estoy seguro de que me quedaré
-como una estatua. ¡Si se me quitara esta vergüenza!...
-
-Yo no contestaba a ninguna de las atropelladas e inconexas razones
-de Juan de Dios, pues más que la verbosidad de aquel desgraciado,
-ocupaba mi mente la idea de los peligros qué corrían Inés y su tío en
-mi casa. Nuestra marcha era sumamente fatigosa: algunas veces, después
-de recorrer toda una calle, teníamos que volver atrás huyendo de los
-mamelucos; otras veces nos detenía algún grupo, compuesto en su mayor
-parte de mujeres y ancianos, que con lamentos y gritos rodeaban un
-cadáver, víctima reciente de los invasores; más adelante veíamos
-desfilar precipitadamente pelotones de granaderos que hacían retroceder
-a todo el mundo; luego el espectáculo de una lucha parcial, tan
-encarnizada como las anteriores, era lo que de improviso nos estorbaba
-el paso.
-
-En la calle de Fuencarral el gentío era grande, y todos corrían hacia
-arriba, como en dirección al Parque. Oíanse fuertes descargas, que
-aterraron a mi acompañante, y cuando embocamos a la calle de la Palma
-por la casa de Aranda, los gritos de los héroes llegaban hasta nuestros
-oídos.
-
-Era entre doce y una. Dando un gran rodeo pudimos al fin entrar en la
-calle de San José, y desde lejos distinguí las altas ventanas de mi
-casa entre el denso humo de la pólvora.
-
---No podemos subir --dije al mancebo--, a menos que no nos metamos en
-medio del fuego.
-
---¡En medio del fuego! ¡Qué horror! No: no expongamos la vida. Veo que
-también disparan desde los balcones. Escondámonos, Gabriel.
-
---No, avancemos. Parece que cesa el fuego.
-
---Tienes razón. Ya suenan pocos tiros, y me parece que oigo decir:
-«¡Victoria, victoria!»
-
---Sí, y el paisanaje se despliega, y vienen algunos hacia acá. ¡Ah! ¿No
-son franceses aquellos que corren hacia la calle de la Palma? Sí: ¿no
-ve usted los sombreros de piel?
-
---Vamos allá. ¡Qué algazara! Parece que están contentos. Mira cómo
-agitan las gorras aquellos que están en el balcón.
-
---Inés; allí está Inés, en el balcón de arriba, arriba... Allí está:
-mira hacia el Parque, parece que tiene miedo y se retira. También sale
-a curiosear D. Celestino. Corramos, y ahora nos será fácil entrar en la
-casa.
-
-Después de una empeñada refriega, el combate había cesado en el Parque
-con la derrota y retirada del primer destacamento francés que fue a
-atacarlo. Pero si el crédulo paisanaje se entregó al júbilo, creyendo
-que aquel triunfo era decisivo, los jefes militares conocieron que
-serían bien pronto atacados con más fuerzas, y se preparaban para la
-resistencia.
-
-Pacorro Chinitas, que había sido uno de los que primero acudieron a
-aquel sitio, se llegó a mí ponderándome la victoria alcanzada con las
-cuatro piezas que Daoiz habían echado a la calle; pero bien pronto él
-y los demás se convencieron de que los franceses no habían retrocedido
-sino para volver pronto con numerosa artillería. Así fue, en efecto; y
-cuando subíamos la escalera de mi casa, sentí el alarmante rumor de la
-tropa cercana.
-
-El mancebo tropezaba a cada peldaño, circunstancia que cualquiera
-hubiera atribuido al miedo, y yo atribuí a la emoción. Cuando llegamos
-a presencia de Inés y D. Celestino, estos se alegraron en extremo de
-verme sano, y ella me señaló una imagen de la Virgen, ante la cual
-habían encendido dos velas. Juan de Dios permaneció un rato en el
-umbral, medio cuerpo fuera, y dentro el otro medio, con el sombrero
-en la mano, el rostro pálido y contraído, la actitud embarazosa,
-sin atreverse a hablar ni tampoco a retirarse, mientras que Inés,
-enteramente ocupada de mi vuelta, no ponía en él la menor atención.
-
---Aquí, Gabriel --me dijo el clérigo--, hemos presenciado escenas de
-grande heroísmo. Los franceses han sido rechazados. Por lo visto,
-Madrid entero se levanta contra ellos.
-
-Al decir esto, una detonación terrible hizo estremecer la casa.
-
---¡Vuelven los franceses! Ese disparo ha sido de los nuestros, que
-siguen decididos a no entregarse. Dios y su santa Madre, y los cuatro
-patriarcas y los cuatro doctores nos asistan.
-
-Juan de Dios continuaba en la puerta, sin que mis dos amigos,
-profundamente afectados por el próximo peligro, hicieran caso de su
-presencia.
-
---¡Va a empezar otra vez! --exclamó Inés, huyendo de la ventana después
-de cerrarla--. Yo creí que se había concluido. ¡Cuántos tiros! ¡Qué
-gritos! ¿Pues y los cañones? Yo creí que el mundo se hacía pedazos, y
-puesta de rodillas no cesaba de rezar. ¡Si vieras, Gabriel!... Primero
-sentimos que unos soldados daban recios golpes en la puerta del Parque.
-Después vinieron muchos hombres y algunas mujeres pidiendo armas.
-Dentro del patio un español, con uniforme verde, disputó un instante
-con otro de uniforme azul, y luego se abrazaron, abriendo en seguida
-las puertas. ¡Ay! ¡Qué voces, qué gritos! Mi tío se echó a llorar y
-dijo también «¡Viva España!» tres veces, aunque yo le suplicaba que
-callase para no dar que hablar a la vecindad. Al momento empezaron los
-tiros de fusil, y al poco rato los de cañón, que salieron empujados
-por dos o tres mujeres... El del uniforme azul mandaba el fuego, y
-otro del mismo traje, pero que se distinguía del primero por su mayor
-estatura, estaba dentro disponiendo cómo se habían de sacar la pólvora
-y las balas... Yo me estremecía al sentir los cañonazos; y si a veces
-me ocultaba en la alcoba, poniéndome a rezar, otras podía tanto la
-curiosidad, que sin pensar en el peligro me asomaba a la ventana para
-ver todo... ¡Qué espanto! Humo, mucho humo, brazos levantados, algunos
-hombres tendidos en el suelo y cubiertos de sangre, y por todos lados
-el resplandor de esos grandes cuchillos que llevan en los fusiles.
-
-Una segunda detonación, seguida del estruendo de la fusilería, nos dejó
-paralizados de estupor. Inés miró a la Virgen, y el cura, encarándose
-solemnemente con la santa imagen, dirigiole así la palabra:
-
---Señora: proteged a vuestros queridos españoles, de quienes fuisteis
-reina y ahora sois capitana. Dadles valor contra tantos y tan fieros
-enemigos, y haced subir al Cielo a los que mueran en defensa de su
-patria querida.
-
-Quise abrir la ventana; pero Inés se opuso a ello muy acongojada. Juan
-de Dios, que al fin traspasó el umbral, se había sentado tímidamente
-en el borde de una silla puesta junto a la misma puerta, donde Inés
-le reconoció al fin, mejor dicho, advirtió su presencia, y antes que
-formulara una pregunta, le dije yo:
-
---Es el Sr. Juan de Dios, que ha venido a acompañarme.
-
---Yo... yo... --balbució el mancebo en el momento en que la gritería de
-la calle apenas permitía oírle--. Gabriel habrá enterado a usted...
-
---El miedo le quita a usted el habla --dijo Inés--. Yo también tengo
-mucho miedo. Pero usted tiembla, usted está malo...
-
-En efecto: Juan de Dios parecía desmayarse, y alargaba sus brazos hacia
-la huérfana, que absorta y confundida no sabía si acercarse a darle
-auxilio, o si huir con recelo de visitante tan importuno. Tan excitado
-estaba yo, que sin parar mientes en lo que junto a mí ocurría, ni
-atender al pavor de mi amiga, abrí resueltamente la ventana. Desde allí
-pude ver los movimientos de los combatientes, claramente percibidos,
-cual si tuviera delante un plano de campaña con figuras movibles.
-Funcionaban cuatro piezas: he oído hablar de cinco, dos de a 8 y tres
-de a 4; pero yo creo que una de ellas no hizo fuego, o solo trabajó
-hacia el fin de la lucha. Los artilleros me parece que no pasaban de
-veinte; tampoco eran muchos los de infantería, mandados por Ruiz; pero
-el número de paisanos no era escaso, ni faltaban algunas heroicas
-amazonas de las que poco antes vi en la Puerta del Sol. Un oficial,
-de uniforme azul, mandaba las dos piezas colocadas frente a la calle
-de San Pedro la Nueva[2]. Por cuenta del otro, del mismo uniforme y
-graduación, corrían las que enfilaban las calles de San Miguel y de
-San José[3], apuntando una de ellas hacia la de San Bernardo, pues
-por allí se esperaban nuevas fuerzas francesas en auxilio de las que
-invadían la Palma Alta y sitios inmediatos a la iglesia de Maravillas.
-La lucha estaba reconcentrada entonces en la pequeña calle de San Pedro
-la Nueva, por donde atacaron los granaderos imperiales en considerable
-número. Para contrarrestar su empuje, los nuestros disparaban las
-piezas con la mayor rapidez posible, empleándose en ello lo mismo los
-artilleros que los paisanos, y auxiliaba a los cañones la valerosa
-fusilería que tras las tapias del Parque, en la puerta y en la calle
-hacía mortífero, incesante fuego.
-
- [2] Hoy del Dos de Mayo.
-
- [3] Hoy de Daoiz y Velarde.
-
-
-
-
-XXIX
-
-
-Cuando los franceses trataban de tomar las piezas a la bayoneta, sin
-cesar el fuego por nuestra parte, eran recibidos por los paisanos con
-una batería de navajas, que causaban pánico y desaliento entre los
-héroes de las Pirámides y de Jena, al paso que el arma blanca en manos
-de estos aguerridos soldados no hacía gran estrago moral en la gente
-española, por ser esta de muy antiguo aficionada a jugar con ella.
-Los españoles, al verse de este modo heridos, antes enfurecían que
-desmayaban. Desde mi ventana, abierta a la calle de San José, no se
-veía la inmediata de San Pedro la Nueva, aunque la casa hacía esquina
-a las dos; así es que yo, teniendo siempre a los españoles bajo mis
-ojos, no distinguía a los franceses sino cuando intentaban caer sobre
-las piezas, desafiando la metralla, el plomo, el acero y hasta las
-implacables manos de los defensores del Parque. Esto pasó una vez,
-y cuando lo vi, pareciome que todo iba a concluir por el sencillo
-procedimiento de destrozarse simultáneamente unos a otros; pero nuestro
-valiente paisanaje, sublimado por su propio arrojo y por el ejemplo, la
-pericia y la inverosímil constancia de los dos oficiales de Artillería,
-rechazaba las bayonetas enemigas, mientras sus navajas hacían estragos,
-rematando la obra de los fusiles.
-
-Cayeron algunos, muchos artilleros, y buen número de paisanos; pero
-esto no desalentaba a los madrileños. Al paso que uno de los oficiales
-de Artillería hacía uso de su sable con fuerte puño, sin desatender
-el cañón, cuya cureña servía de escudo a los paisanos más resueltos,
-el otro, acaudillando un pequeño grupo, se arrojaba sobre la avanzada
-francesa, destrozándola antes de que tuviera tiempo de reponerse.
-Eran aquellos los dos oficiales oscuros y sin historia, que en un
-día, en una hora, haciéndose, por inspiración de sus almas generosas,
-instrumento de la conciencia nacional, se anticiparon a la declaración
-de guerra por las Juntas y descargaron los primeros golpes de la lucha
-que empezó a abatir el más grande poder que se ha señoreado del mundo.
-Así sus ignorados nombres alcanzaron la inmortalidad.
-
-El estruendo de aquella colisión, los gritos de unos y otros, la
-heroica embriaguez de los nuestros, y también de los franceses, pues
-estos evocaban entre sí sus grandes glorias para salir bien de aquel
-empeño, formaban un conjunto terrible, ante el cual no existía el
-miedo, ni tampoco era posible resignarse a ser inmóvil espectador.
-Causaba rabia, y al mismo tiempo cierto júbilo inexplicable, lo
-desigual de las fuerzas, y el espectáculo de la superioridad adquirida
-por los débiles a fuerza de constancia. A pesar de que nuestras bajas
-eran inmensas, todo parecía anunciar una segunda victoria. Así lo
-comprendían, sin duda, los franceses, retirados hacia el fondo de la
-calle de San Pedro la Nueva; y viendo que para meter en un puño a
-los veinte artilleros, ayudados de paisanos y mujeres, era necesaria
-más tropa con refuerzos de todas armas, trajeron más gente, trajeron
-un ejército completo, y la división de San Bernardino, mandada por
-Lefranc, apareció hacia las Salesas Nuevas con varias piezas de
-artillería. Los imperiales daban al Parque, cercado de mezquinas
-tapias, las proporciones de una fortaleza, y a la abigarrada pandilla
-las proporciones de un pueblo.
-
-Hubo un momento de silencio, durante el cual no oí más voces que las
-de algunas mujeres, entre las cuales reconocí la de la Primorosa,
-enronquecida por la fatiga y el perpetuo gritar. Cuando en aquel breve
-respiro me aparté de la ventana, vi a Juan de Dios completamente
-desvanecido. Inés estaba a su lado presentándole un vaso de agua.
-
---Este buen hombre --dijo la huérfana-- ha perdido el tino. ¡Tan grande
-es su pavor! Verdad que la cosa no es para menos. Yo estoy muerta. ¿Se
-ha acabado, Gabriel? Ya no se oyen tiros. ¿Ha concluido todo? ¿Quién ha
-vencido?
-
-Un cañonazo resonó estremeciendo la casa. A Inés cayósele el vaso de
-las manos, y en el mismo instante entró D. Celestino, que observaba la
-lucha desde otra habitación de la casa.
-
---Es la artillería francesa --gritaba--. Ahora es ella. Traen más de
-doce cañones. ¡Jesús, María y José nos amparen! Van a hacer polvo a
-nuestros valientes paisanos. ¡Señor de justicia! ¡Virgen María, santa
-patrona de España!
-
-Juan de Dios abrió sus ojos buscando a Inés con una mirada calmosa y
-apagada como la de un enfermo. Ella, en tanto, puesta de rodillas ante
-la imagen, derramaba abundantes lágrimas.
-
---Los franceses son innumerables --continuó el cura--. Vienen cientos
-de miles. En cambio los nuestros son menos cada vez. Muchos han muerto
-ya. ¿Podrán resistir los que quedan? ¡Oh! Gabriel, y usted, caballero,
-quien quiera que sea, aunque presumo será español: ¿están ustedes
-en paz con su conciencia, mientras nuestros hermanos pelean abajo
-por la patria y por el Rey? Hijos míos, ánimo: los franceses van a
-atacar por tercera vez. ¿No veis cómo se aperciben los nuestros para
-recibirlos con tanto brío como antes? ¿No oís los gritos de los que han
-sobrevivido al último combate? ¿No oís las voces de esa noble juventud?
-Gabriel; usted, caballero, quien quiera que sea, ¿habéis visto a las
-mujeres? ¿Darán lección de valor esas heroicas hembras a los varones
-que huyen de la honrosa lucha?
-
-Al decir esto, el buen sacerdote, con una alteración que hasta entonces
-jamás había yo advertido en él, se asomaba al balcón, retrocedía con
-espanto, volvía los ojos a la imagen de la Virgen, luego a nosotros, y
-tan pronto hablaba consigo mismo como con los demás.
-
---Si yo tuviera quince años, Gabriel --continuó--, si yo tuviera
-tu edad... Francamente, hijos míos, yo tengo un miedo horroroso.
-En mi vida había visto una guerra, ni oído jamás el estruendo de
-los mortíferos cañones; pero lo que es ahora cogería un fusil, sí,
-señores, lo cogería... ¿No veis que va escaseando la gente? ¿No veis
-cómo los barre la metralla?... Mirad aquellas mujeres que con sus
-brazos despedazados empujan uno de nuestros cañones hasta embocarle
-en esta calle. Mirad aquel montón de cadáveres del cual sale una
-mano increpando con terrible gesto a los enemigos. Parece que hasta
-los muertos hablan, lanzando de sus bocas exclamaciones furiosas...
-¡Oh! yo tiemblo, sostenedme; no, dejadme tomar un fusil, lo tomaré
-yo. Gabriel, caballero, y tú también, Inés, vamos todos a la calle,
-a la calle. ¿Oís? Aquí llegan las vociferaciones de los franceses.
-Su artillería avanza. ¡Ah, perros! todavía somos suficientes, aunque
-pocos. ¿Queréis a España? ¿Queréis este suelo? ¿Queréis nuestras casas,
-nuestras iglesias, nuestros reyes, nuestros santos? Pues ahí está, ahí
-está dentro de esos cañones lo que queréis. Acercaos. ¡Ah! Aquellos
-hombres que hacían fuego desde la tapia han perecido todos. No importa.
-Cada muerto no significa más sino que un fusil cambia de mano, porque
-antes de que pierda el calor de los dedos heridos que lo sueltan, otros
-lo agarran... Mirad: el oficial que los manda parece contrariado;
-mira hacia el interior del Parque, y se lleva la mano a la cabeza con
-ademán de desesperación. Es que les faltan balas, les falta metralla.
-Pero ahora sale el otro con una cesta de piedras de chispa. Cargan con
-ellas, hacen fuego... ¡Oh! que vengan, que vengan ahora. ¡Miserables!
-España tiene todavía piedras en sus calles para acabar con vosotros...
-Pero ¡ay! los franceses parece que están cerca. Mueren muchos de los
-nuestros. Desde los balcones se hace mucho fuego; mas esto no basta. Si
-yo tuviera veinte años... Si yo tuviera veinte años, tendría el valor
-que ahora me falta, y me lanzaría en medio del combate, y a palos, sí,
-señores, a palos acabaría con todos esos franceses. Ahora mismo, con
-mis sesenta años... Gabriel, ¿sabes tú lo que es el deber? ¿Sabes tú
-lo que es el honor? Pues para que lo sepas, oye: yo, que soy un viejo
-inútil; yo, que nunca he visto un combate; yo, que jamás he disparado
-un tiro; yo, que en mi vida he peleado con nadie; yo, que no puedo
-ver matar un pollo; yo, que nunca he tenido valor para ver matar un
-gusanito; yo, que siempre he tenido miedo a todo; yo, que ahora tiemblo
-como una liebre, y a cada tiro que oigo parece que entrego el alma al
-Señor, voy a bajar al instante a la calle, no con armas, porque armas
-no me corresponden, sino para alentar a esos valientes, diciéndoles en
-castellano aquello de _¡Dulce et decorum est pro patria mori!_
-
-Estas palabras, dichas con un entusiasmo que el anciano no había
-manifestado ante mí sino muy pocas veces, y siempre desde el púlpito,
-me enardecieron de tal modo que me avergoncé de reconocerme cobarde
-espectador de aquella heroica lucha, sin disparar un tiro ni lanzar una
-piedra en defensa de los míos. A no contenerme la presencia de Inés, ni
-un instante habría yo permanecido en aquella situación. Después, cuando
-vi al buen anciano precipitarse fuera de la casa, dichas sus últimas
-palabras, miedo y amor se oscurecieron en mí ante una grande, una
-repentina iluminación de entusiasmo, de esas que rarísimas veces, pero
-con fuerza poderosa, nos arrastran a las grandes acciones.
-
-Inés hizo un movimiento como para detenerme; pero sin duda su admirable
-buen sentido comprendió cuánto habría desmerecido a mis propios ojos
-cediendo a los reclamos de la debilidad, y se contuvo, ahogando
-todo sentimiento. Juan de Dios, que al volver de su desmayo era
-completamente extraño a la situación en que nos encontrábamos, y no
-parecía tener ojos ni oídos más que para espectáculos y voces de su
-propia alma, se adelantó hacia Inés con ademán embarazoso, y le dijo:
-
---Pero Gabriel habrá enterado a usted de todo. ¿La he ofendido a usted
-en algo? Bien habrá comprendido usted...
-
---Este caballero --dijo Inés--, está muerto de miedo, y no se moverá de
-aquí. ¿Quiere usted esconderse en la cocina?
-
---¡Miedo! ¡Que yo tengo miedo! --exclamó el mancebo con un repentino
-arrebato que le puso encendido como la grana--. ¿A dónde vas, Gabriel?
-
---A la calle --respondí saliendo--. A pelear por España. Yo no tengo
-miedo.
-
---Ni yo, ni yo tampoco --afirmó resuelta, furiosamente Juan de Dios,
-corriendo detrás de mí.
-
-
-
-
-XXX
-
-
-Llegué a la calle en momentos muy críticos. Las dos piezas de la calle
-de San Pedro habían perdido gran parte de su gente, y los cadáveres
-obstruían el suelo. La colocada hacia Poniente había de resistir el
-fuego de la de los franceses, sin más garantía de superioridad que el
-heroísmo de D. Pedro Velarde y el auxilio de los tiros de fusil. Al
-dar los primeros pasos encontré uno, y me situé junto a la entrada
-del Parque, desde donde podía hacer fuego hacia la calle Ancha,
-resguardado por el machón de la puerta. Allí se me presentó una cara
-conocida, aunque horriblemente desfigurada en la persona de Pacorro
-Chinitas, que incorporándose entre un montón de tierra y el cuerpo de
-otro infeliz ya moribundo, hablome así con voz desfallecida:
-
---Gabriel, yo me acabo; yo no sirvo ya para nada.
-
---Ánimo, Chinitas --dije, devolviéndole el fusil que caía de sus
-manos--; levántate.
-
---¿Levantarme? Ya no tengo piernas. ¿Traes tú pólvora? Dame acá: yo te
-cargaré el fusil... Pero me caigo redondo. ¿Ves esta sangre? Pues es
-toda mía y de este compañero que ahora se va... Ya expiró... Adiós,
-Juancho: tú al menos no verás a los franceses en el Parque.
-
-Hice fuego repetidas veces: al principio muy torpemente, y después con
-algún acierto, procurando siempre dirigir los tiros a algún francés
-claramente destacado de los demás. Entre tanto y sin cesar en mi faena
-oí la voz del amolador que, apagándose por grados, decía:
-
---Adiós, Madrid, ya me encandilo... Gabriel, apunta a la cabeza.
-Juancho, que ya estás tieso, allá voy yo también: Dios sea conmigo y
-me perdone. Nos quitan el Parque; pero de cada gota de esta sangre
-saldrá un hombre con su fusil, hoy, mañana y al otro día. Gabriel,
-no cargues tan fuerte, que revienta. Ponte más adentro. Si no tienes
-navaja, búscala, porque vendrán a la bayoneta. Toma la mía. Allí está
-junto a la pierna que perdí... ¡Ay! ya no veo más que un cielo negro.
-¡Qué humo tan negro! ¿De dónde viene ese humo? Gabriel, cuando esto se
-acabe, ¿me darás un poco de agua? ¡Qué ruido tan atroz!... ¿Por qué no
-traen agua?... ¡Agua, Señor Dios Poderoso! ¡Ah! ya veo el agua: ahí
-está. La traen unos angelitos: es un chorro, una fuente, un río...
-
-Cuando me aparté de allí, Chinitas ya no existía. La debilidad de
-nuestro centro de combate me obligó a unirme a él, como lo hicieron
-los demás. Apenas quedaban artilleros, y dos mujeres servían la
-pieza principal, apuntada hacia la calle Ancha. Era una de ellas
-la Primorosa, a quien vi soplando fuertemente la mecha, próxima a
-extinguirse.
-
---Mi general --decía a Daoiz--, mientras su merced y yo estemos aquí,
-no se perderán las Españas ni sus Indias... Allá va el petardo... Venga
-ahora acá el _destupidor_. ¡Cómo rempuja pa tras este animal cuando
-suelta el tiro! ¡Ah! ¿Ya estás aquí, Tripita? --gritó al verme--. Toca
-este instrumento y verás lo bueno.
-
-El combate llegaba a un extremo de desesperación, y la artillería
-enemiga avanzó hacia nosotros. Animados por Daoiz, los heroicos
-paisanos pudieron rechazar por última vez la infantería francesa, que
-en pequeños pelotones se destacaba de la fuerza enemiga.
-
---¡Ea! --gritó la Primorosa cuando volvió a comenzar el fuego de
-cañón--. Atrás, que yo gasto malas bromas. ¿Vio usted cómo se fueron,
-señor general? Solo con mirarles yo con estos recelestiales ojos,
-les hice volver pa tras. Van muertos de miedo. ¡Viva España y muera
-Napoleón!... Chinitas, ¿no está por ahí Chinitas? Ven acá, cobarde,
-calzonazos.
-
-Y cuando los franceses, replegando su infantería, volvieron a
-cañonearnos, ella, después de ayudar a cargar la pieza, prosiguió
-gritando:
-
---Renacuajos, volved acá. Ea, otro paseíto. Sus mercedes quieren
-conquistarme a mí, ¿no verdá? Pues aquí me tenéis. Vengan acá: soy la
-reina, sí, señores; soy la emperadora del Rastro, y yo acostumbro a
-fumar en este cigarro de bronce, porque no las gasto menos. ¿Quieren
-ustedes una chupadita? Pos allá va. Desapártense pa que no les salpique
-la saliva; si no...
-
-La heroica mujer calló de improviso, porque la otra maja que cerca
-de ella estaba, cayó tan violentamente herida por un casco de
-metralla, que de su despedazada cabeza saltaron, salpicándonos,
-repugnantes pedazos. La esposa de Chinitas, que también estaba
-herida, miró el cuerpo expirante de su amiga. Debo consignar aquí un
-hecho transcendental: la Primorosa se puso repentinamente pálida y
-repentinamente seria. Tuvo miedo.
-
-Llegó el instante crítico y terrible. Durante él sentí una mano que
-se apoyaba en mi brazo. Al volver los ojos, vi un brazo azul con
-charreteras de capitán. Pertenecía a D. Luis Daoiz, que, herido en la
-pierna, hacía esfuerzos por no caer al suelo, y se apoyaba en lo que
-encontró más cerca. Yo extendí mi brazo alrededor de su cintura, y él,
-cerrando los puños, elevándolos convulsamente al cielo, apretando los
-dientes y mordiendo después el pomo de su sable, lanzó una imprecación,
-una blasfemia, que habría hecho desplomar el firmamento, si lo de
-arriba obedeciera a las voces de abajo.
-
-En seguida se habló de capitulación y cesaron los fuegos. El jefe
-de las fuerzas francesas acercose a nosotros, y en vez de tratar
-decorosamente de las condiciones de la rendición, habló a Daoiz de la
-manera más destemplada y en términos amenazadores y groseros. Nuestro
-inmortal artillero pronunció entonces aquellas célebres palabras: _Si
-fuerais capaz de hablar con vuestro sable, no me trataríais así._
-
-El francés, sin atender a lo que le decía, llamó a los suyos, y en el
-mismo instante... Ya no hay narración posible, porque todo acabó. Los
-franceses se arrojaron sobre nosotros con empuje formidable. El primero
-que cayó fue Daoiz, traspasado el pecho a bayonetazos. Retrocedimos
-precipitadamente hacia el interior del Parque todos los que pudimos,
-y como aun en aquel trance espantoso quisiera contenernos D. Pedro
-Velarde, le mató de un pistoletazo por la espalda un oficial enemigo.
-Muchos fueron implacablemente pasados a cuchillo; pero algunos y
-yo pudimos escapar, saltando velozmente por entre escombros, hasta
-alcanzar las tapias de la parte más honda, y allí nos dispersamos,
-huyendo cada cual por donde encontró mejor camino, mientras los
-franceses, bramando de ira, indicaban con sus alaridos al aterrado
-vecindario que Monteleón había quedado por Bonaparte.
-
-Difícilmente salvamos la vida; y no fuimos muchos los que pudimos dar
-con nuestros fatigados cuerpos en la huerta de las Salesas Nuevas o en
-el Quemadero. Los franceses no se cuidaban de perseguirnos, o por creer
-que bastaba con rematar a los más próximos, o porque se sentían con
-tanto cansancio como nosotros. Por fortuna, yo no estaba herido sino
-muy levemente en la cabeza, y pude ponerme a cubierto en breve tiempo:
-al poco rato ya no pensaba más que en volver a mi casa, donde suponía
-a Inés en angustiosa incertidumbre por mi ausencia. Cuando traté de
-regresar, hallé cerrada la puerta de Santo Domingo, y tuve que andar
-mucho trecho buscando el portillo de San Joaquín. Por el camino me
-dijeron que los franceses, después de dejar una pequeña guarnición en
-el Parque, se habían retirado.
-
-Dirigime con esta noticia tranquilamente a casa, y al llegar a la
-calle de San José, encontré aquel sitio inundado de gente del pueblo,
-especialmente de mujeres, que reconocían los cadáveres. La Primorosa
-había recogido el cuerpo de Chinitas. Yo vi llevar el cuerpo, vivo aún,
-de Daoiz en hombros de cuatro paisanos, y seguido de apiñado gentío.
-De Don Pedro Velarde oí que había sido completamente desnudado por
-los franceses, y en aquellos instantes sus deudos y amigos estaban
-amortajándole para darle sepultura en San Marcos. Los imperiales se
-ocupaban en encerrar de nuevo las piezas, y retiraban silenciosamente
-sus heridos al interior del Parque; por último, vi una pequeña fuerza
-de caballería polaca, estacionada hacia la calle de San Miguel.
-
-Ya estaba cerca de mi casa, cuando un hombre cruzó a lo lejos la
-calle, con tan marcado ademán de locura, que no pude menos de fijar en
-él mi atención. Era Juan de Dios, y andaba con pie inseguro de aquí
-para allí, como demente o borracho, sin sombrero, el pelo en desorden
-sobre la cara, las ropas destrozadas, y la mano derecha envuelta en un
-pañuelo manchado de sangre.
-
---¡Se la han llevado! --exclamó al verme, agitando sus brazos con
-desesperación.
-
---¿A quién? --pregunté, adivinando mi nueva desgracia.
-
---¡A Inés!... Se la han llevado los franceses; se han llevado también a
-aquel infeliz sacerdote.
-
-La sorpresa y la angustia de tan tremenda nueva dejáronme por un
-instante como sin vida.
-
-
-
-
-XXXI
-
-
---Una vez que tomaron el Parque --continuó Juan de Dios-- entraron en
-esa casa de la esquina y en otra de la calle de San Pedro para prender
-a todos los que les habían hecho fuego, y sacaron hasta dos docenas de
-infelices. ¡Ay, Gabriel, qué consternación! Yo entraba en la taberna
-para echarme un poco de agua en la mano... porque sabrás que una bala
-me llevó los dos dedos... Entraba en la taberna y vi que sacaban a
-Inés. La pobrecita lloraba como un niño, y volvía la vista a todos
-lados, sin duda buscándome con sus ojos. Acerqueme, y hablando en
-francés, rogué al sargento que la soltase; pero me dieron tan fuerte
-golpe, que casi perdí el sentido. ¡Si vieras cómo lloraba el pobre
-ángel, y cómo miraba a todos lados, buscándome sin duda!... Yo me
-vuelvo loco, Gabriel. El buen eclesiástico subía la escalera cuando
-le cogieron, y dicen que llevaba un cuchillo en la mano. Todos los de
-la casa están presos. Los franceses dijeron que desde allí les habían
-tirado una cazuela de agua hirviendo. Gabriel, si no ponen en libertad
-a Inés, yo me muero, yo me mato, yo les diré a los franceses que me
-maten.
-
-Al oír esta relación, el vivo dolor arrancó al principio ardientes
-lágrimas a mis ojos; pero después fue tanta mi indignación, que
-prorrumpí en exclamaciones terribles, y recorrí la calle gritando
-como un insensato. Aún dudé: subí a mi casa; encontrela desierta;
-supe de boca de algunos vecinos consternados la verdad, conforme a
-lo que Juan de Dios había contado, y ciego de ira, con el alma llena
-de presentimientos siniestros y de inexplicables angustias, marché
-hacia el centro de Madrid, sin saber a dónde me encaminaba, y sin
-que me fuera posible discurrir cuál partido sería más conveniente en
-tales circunstancias. ¿A quién pedir auxilio, si yo a mi vez era tan
-injustamente perseguido? A ratos me alentaba la esperanza de que los
-franceses pusieran en libertad a mis dos amigos. La inocencia de uno y
-otro, especialmente de ella, era para mí tan obvia, que sin género de
-duda había de ser reconocida por los invasores. Juan de Dios me seguía
-y lloraba como una mujer.
-
---Por ahí van diciendo --me indicó-- que los prisioneros han sido
-llevados a la casa de Correos. Vamos allá, Gabriel, y veremos si
-conseguimos algo.
-
-Fuimos al instante a la Puerta del Sol, y en todo su recinto no oíamos
-sino quejas y lamentos por el hermano, el padre, el hijo o el amigo,
-sin motivo bárbaramente aprisionados. Se decía que en la casa de
-Correos funcionaba un Tribunal militar; pero después corrió la voz de
-que los individuos de la Junta habían hecho un convenio con Murat para
-que todo se arreglara, olvidando el conflicto pasado y perdonándose
-respectivamente las imprudencias cometidas. Esto nos alborozó a todos
-los presentes, aunque no nos parecía muy tranquilizador ver a la
-entrada de las principales calles una pieza de artillería con mecha
-encendida. Dieron las cuatro de la tarde, y no se desvanecía nuestra
-duda, ni de las puertas de la fatal casa de Correos salía otra gente
-que algún oficial de órdenes que a toda prisa partía hacia el Retiro
-o la Montaña. Nuestra ansiedad crecía; profunda zozobra invadía los
-ánimos, y todos se dispersaban tratando de buscar noticias verídicas en
-fuentes autorizadas.
-
-De pronto oigo decir que alguien va por las calles leyendo un bando.
-Corremos todos hacia la del Arenal; pero nos es imposible enterarnos
-de lo que leen. Preguntamos y nadie nos responde, porque nadie oye.
-Retrocedemos pidiendo informes, y nadie nos los da. Volvemos a mirar
-la casa de Correos, tras cuyas paredes están los que nos son queridos,
-y media compañía de granaderos con algunos mamelucos dispersan al
-padre, al hermano, al hijo, al amante, amenazándoles con la muerte. Nos
-lanzamos al fin por las calles, cada cual discurriendo qué influencias
-pondrá en juego para salvar a los suyos.
-
-Juan de Dios y yo nos dirigimos hacia los Caños del Peral, y al poco
-rato vimos un pelotón de franceses que conducían maniatados y en
-traílla, como a salteadores, a dos ancianos y a un joven de buen porte.
-Después de esta fatídica procesión, vimos hacia la calle de los Tintes
-otra no menos lúgubre, en que iba una señora joven, un sacerdote,
-dos caballeros y un hombre del pueblo en traje como de vendedor de
-plazuela. La tercera la encontramos en la calle de Quebrantapiernas,
-y se componía de más de veinte personas, pertenecientes a distintas
-clases de la sociedad. Aquellos infelices iban mudos y resignados,
-guardando el odio en sus corazones, y ya no se oían voces patrióticas
-en las calles de la ciudad vencida y aherrojada, porque los invasores
-dominábanla toda piedra por piedra, y no había esquina donde no
-asomase la boca de un cañón, ni callejuela por la cual no desfilaran
-pelotones de fusileros, ni plaza donde no apareciesen, fúnebremente
-estacionados, fuertes piquetes de mamelucos, dragones o caballería
-polaca.
-
-Repetidas veces vimos que detenían a personas pacíficas y las
-registraban, llevándoselas presas por si guardaban acaso algún arma,
-aunque fuera navaja para usos comunes. Yo llevaba en el bolsillo la
-de Chinitas, y ni aun me ocurrió tirarla: ¡tales eran mi aturdimiento
-y abstracción! Pero tuvimos la suerte de que no nos registraran.
-Últimamente, y a medida que anochecía, apenas encontrábamos gente por
-las calles. No íbamos, no, a la ventura por aquellos desiertos lugares,
-pues yo tenía un proyecto que al fin comuniqué a mi acompañante:
-pensaba dirigirme a casa de la Marquesa, con viva esperanza de
-conseguir de ella poderoso auxilio en mi tribulación. Juan de Dios me
-contestó que él por su parte había pensado dirigirse a un amigo, que a
-su vez lo era del señor O’Farril, individuo de la Junta. Dicho esto,
-convinimos en separarnos, prometiendo acudir de nuevo a la Puerta del
-Sol una hora después.
-
-Fui a casa de la Marquesa, y el portero me dijo que S. E. había partido
-dos días antes para Andalucía. Asimismo pregunté por Amaranta; más tuve
-el disgusto de saber que Su Excelencia la señora Condesa estaba también
-en camino de Andalucía. Desesperado regresé al centro de Madrid,
-elevando mis pensamientos a Dios, como el más eficaz amparador de la
-inocencia, y traté de penetrar en la casa de Correos. Al poco rato
-de estar allí procurándolo inútilmente, vi salir a Juan de Dios tan
-pálido y alterado que temblé, adivinando nuevas desdichas.
-
---¿No está? --pregunté--. ¿Les han puesto en libertad?
-
---No --dijo, secando el sudor de su frente--. Todos los presos que
-estaban aquí han sido entregados a los franceses. Se los han llevado
-al Buen Suceso, al Retiro, no sé a dónde... ¿Pero no conoces el bando?
-Los que sean encontrados con armas, _serán arcabuceados_... Los que se
-junten en grupos de más de ocho personas, _serán arcabuceados_... Los
-que hagan daño a un francés, _serán arcabuceados_... Los que parezcan
-agentes de Inglaterra, _serán arcabuceados_.
-
---¿Pero dónde está Inés? --exclamé con exaltación--. ¿Dónde está?
-Si esos verdugos son capaces de sacrificar a una niña inocente y a
-un pobre anciano, la tierra se abrirá para tragárselos, las piedras
-se levantarán solas del suelo para volar contra ellos, el cielo se
-desplomará sobre sus cabezas, se encenderá el aire, y el agua que beban
-se les tornará veneno; y si esto no sucede, es que no hay Dios ni puede
-haberlo. Vamos, amigo: hagamos esta buena obra. ¿Dice usted que están
-en el Retiro?
-
---O aquí, en el Buen Suceso, o en la Moncloa. Gabriel, yo salvaré a
-Inés de la muerte, o me pondré delante de los fusiles de esa canalla
-para que me quiten también la vida. Quiero irme al Cielo con ella: si
-supiera que sus dulces ojos no me habían de mirar más en la tierra,
-ahora mismo dejaría de existir. Gabriel, todo lo que tengo es tuyo si
-me ayudas a buscarla; que después que ella y yo nos juntemos, y nos
-casemos, y nos vayamos al lugar desierto que he pensado, para nada
-necesitamos dinero. Yo tengo esperanza; ¿y tú?
-
---Yo también --respondí, pensando en Dios.
-
---Pues, hijo, marcha tú al Retiro, que yo entraré en el Buen Suceso,
-por la parte del hospital, que allí conozco a uno de los enfermeros.
-También conozco a dos oficiales franceses. ¿Podrán hacer algo por ella?
-Vamos: las diez. ¡Ay! ¿No oíste una descarga?
-
---Sí, hacia abajo; hacia el Prado: se me ha helado la sangre en las
-venas. Corro allá. Adiós, y buena suerte. Si no nos encontramos después
-aquí, en mi casa.
-
-Dicho esto, nos separamos a toda prisa, y yo corrí por la Carrera de
-San Jerónimo. La noche era oscura, fría y solitaria. En mi camino
-encontré tan solo algunos hombres que despavoridos corrían, y a cada
-paso lamentos dolorosísimos llegaban a mis oídos. A lo lejos distinguí
-las pisadas de las patrullas francesas, y de rato en rato un resplandor
-lejano seguido de estruendosa detonación.
-
-
-
-
-XXXII
-
-
-Cómo se presentaba en mi alma atribulada aquel espectáculo en la negra
-noche, aquellos ruidos pavorosos, no es cosa que puedo yo referir,
-ni palabras de ninguna lengua alcanzan a manifestar angustia tan
-grande. Llegaba junto al Espíritu Santo, cuando sentí muy cercana ya
-una descarga de fusilería. Allá abajo, en la esquina del palacio de
-Medinaceli, la rápida luz del fogonazo había iluminado un grupo, mejor
-dicho, un montón de personas, en distintas actitudes colocadas, y con
-diversos trajes vestidas. Tras de la descarga, oyéronse quejidos de
-dolor, imprecaciones que se apagaban al fin en el silencio de la noche.
-Después algunas voces, hablando en lengua extranjera, dialogaban entre
-sí; se oían las pisadas de los verdugos, cuya marcha en dirección al
-fondo del Prado era indicada por los movimientos de unos farolillos de
-agonizante luz. A cada rato circulaban tropeles con gentes maniatadas,
-y hacia el Retiro se percibía resplandor muy vivo, como de la hoguera
-de un vivac.
-
-Acerqueme al palacio de Medinaceli por la parte del Prado, y allí vi
-algunas personas que acudían a reconocer los infelices últimamente
-arcabuceados. Reconocilos yo también uno por uno, y observé que algunos
-de ellos estaban vivos, aunque ferozmente heridos, y arrastrábanse
-pidiendo socorro, o clamaban en voz desgarradora suplicando que se les
-rematase.
-
-Entre todas aquellas víctimas no había más que una mujer, que no tenía
-semejanza con Inés, ni encontré tampoco sacerdote alguno. Sin prestar
-oídos a las voces de socorro, ni reparar tampoco en el peligro que
-cerca de allí se corría, me dirigí hacia el Retiro.
-
-En la puerta del primer patio me detuvieron los centinelas. Un oficial
-se acercó a la entrada.
-
---Señor --exclamé juntando las manos y expresando de la manera más
-espontánea el vivo dolor que me dominaba--, busco a dos personas de
-mi familia que han sido traídas aquí por equivocación. Son inocentes:
-Inés no arrojó a la calle ningún caldero de agua hirviendo, ni el pobre
-clérigo ha matado a ningún francés. Yo lo aseguro, señor oficial, y el
-que dijese lo contrario es un vil mentiroso.
-
-El oficial, que no entendía, hizo un movimiento para echarme hacia
-fuera; pero yo, sin reparar en consideraciones de ninguna clase, me
-arrodillé delante de él, y con fuertes gritos proseguí suplicando de
-esta manera:
-
---Señor oficial, ¿será usted tan inhumano que mande fusilar a dos
-personas inofensivas: a una niña de diez y seis años y a un infeliz
-viejo de sesenta? No puede ser. Déjeme usted entrar: yo le diré cuáles
-son, y usted les mandará poner en libertad. Los pobrecitos no han hecho
-nada. Fusílenme a mí, que disparé muchos tiros contra ustedes en la
-acción del Parque; pero dejen en libertad a la joven y al sacerdote.
-Yo entraré, les sacaremos... Mañana, mañana probaré yo, como esta es
-noche, que son inocentes, y si no resultasen tan inocentes como los
-ángeles del Cielo, fusíleme usted a mí cien veces. Señor oficial,
-usted es bueno; usted no puede ser un verdugo. Esas cruces que tiene
-en el pecho las habrá adquirido honrosamente en las grandes batallas
-que dicen ha ganado el ejército de Napoleón. Un hombre como usted no
-puede deshonrarse asesinando a mujeres inocentes. Yo no lo creo, aunque
-me lo digan. Señor oficial, si quieren ustedes vengarse de lo de esta
-mañana, maten a todos los hombres de Madrid, mátenme a mí también; pero
-no a Inés. ¿Usted no tiene hermanitas jóvenes y lindas? Si usted las
-viera amarradas a un palo, a la luz de una linterna, delante de cuatro
-soldados con los fusiles en la cara, ¿estaría tan sereno como ahora
-está? Déjeme entrar: yo le diré quiénes son los que busco, y entre los
-dos haremos esta buena obra, que Dios le tendrá en cuenta cuando se
-muera. El corazón me dice que están aquí... entremos, por Dios y por
-la Virgen. Aquí está usted en tierra extranjera, y lejos, muy lejos de
-los suyos. Cuando recibe cartas de su madre o de sus hermanitas, ¿no le
-rebosa el corazón de alegría, no quiere verlas, no quiere volver allá?
-Si le dijesen que ahora las estaban poniendo un farol en el pecho para
-fusilarlas...
-
-El estrépito de otra descarga me hizo enmudecer, y la voz expiró en mi
-garganta por falta de aliento. A punto estuve de caer sin sentido;
-pero haciendo un heroico esfuerzo, volví a suplicar al oficial con voz
-ronca y ademán desesperado, pretendiendo que me permitiese la entrada
-para ver si algunos de los recién inmolados eran los que yo buscaba.
-Sin duda mi ruego, expresado ardientemente y con profundísima verdad,
-conmovió al joven oficial, más por la angustia de mis ademanes que
-por el sentido de las palabras, extranjeras para él, y apartándose
-a un lado me indicó que entrara. Hícelo rápidamente, y recorrí como
-un insensato el primer patio y el segundo. En este, que era el de la
-Pelota, no había más que franceses; pero en aquel yacían por el suelo
-las víctimas aún palpitantes, y no lejos de ellas las que esperaban
-la muerte. Vi que las ataban codo con codo, obligándolas a ponerse de
-rodillas, unos de espalda, otros de frente. Los más agitaban los brazos
-al mismo tiempo que lanzaban imprecaciones y retos a los verdugos;
-algunos escondían con horror la cara en el pecho del vecino; otros
-lloraban; otros pedían la muerte, y vi uno que, rompiendo con fuertes
-sacudidas las ligaduras, se abalanzó hacia los granaderos. Ninguna
-fórmula de juicio, ni tampoco preparación espiritual, precedían a
-esta abominación: los granaderos hacían fuego una o dos veces, y los
-sacrificados se revolvían en charcos de sangre con espantosa agonía.
-
-Algunos acababan en el acto; pero los más padecían largo martirio antes
-de expirar. Hubo muchos que, heridos por las balas en las extremidades
-y desangrados, sobrevivieron, después de pasar por muertos, hasta la
-mañana del día siguiente; los mismos franceses, reconociendo su mala
-puntería, les mandaron al hospital. Estos casos no fueron raros: yo
-sé de dos o tres a quienes cupo la suerte de vivir después de pasar
-por los horrores de una ejecución sangrienta. Un maestro herrero,
-comprendido en una de las traíllas del Retiro, dio señales de vida
-al día siguiente, y al borde mismo del hoyo en que se le preparaba
-sepultura. Lo mismo aconteció a un tendero de la calle de Carretas,
-y hasta hace poco tiempo ha existido un individuo, que era entonces
-empleado en la imprenta de Sancha, y fue fusilado torpemente dos veces:
-una en la Soledad, donde se hizo la primera matanza; después en el
-patio del Buen Suceso; desde aquí pudo escapar, arrastrándose entre
-cadáveres y regueros de sangre hasta el hospital cercano, donde le
-dieron auxilio. Los franceses, aunque a quemarropa, disparaban mal, y
-algunos de ellos, preciso es confesarlo, con marcada repugnancia, pues
-sin duda conocían el envilecimiento en que habían repentinamente caído
-las águilas imperiales.
-
-Casi sin esperar a que se consumara la sentencia de los que cayeron
-ante mí, les examiné a todos. Las linternas, puestas delante de cada
-grupo, alumbraban con siniestra luz la escena. Ni entre los inmolados,
-ni entre los que aguardaban el sacrificio, vi a Inés y a D. Celestino,
-aunque a cada instante me parecía reconocerles en cualquier bulto que
-se movía implorando compasión o murmurando una plegaria.
-
-Recuerdo que en aquel examen una mano helada cogió la mía, y al
-inclinarme vi un hombre desconocido que dijo algunas palabras y expiró.
-Repetidas veces pisé los pies y las manos de varios desgraciados; pero
-en trances tan terribles, parece que se extingue todo sentimiento
-compasivo hacia los extraños, y buscando con anhelo a los nuestros,
-somos impasibles para las desgracias ajenas.
-
-Algunos franceses me dieron el _alto_, intimándome a que saliera; y por
-las palabras que oí, me juzgué en peligro de ser también comprendido en
-la traílla; pero a mí no me importaba la muerte, ni en tal situación
-hubiera dejado de mirar a un punto donde creyera distinguir el
-semblante de mis dos amigos, aunque me arcabucearan cien veces. Corrí
-hacia otro extremo del patio, donde sonaban lamentos y bullicio de
-gentío, cuando un anciano se acercó a mí tomándome por el brazo.
-
---¿A quién busca usted? --le dije.
-
---¡Mi hijo, mi único hijo! --me contestó--. ¿Dónde está? ¿Eres tú mi
-hijo? ¿Eres tú mi Juan? ¿Te han fusilado? ¿Has salido de aquel montón
-de muertos?
-
-Comprendí por su mirada y por sus palabras que aquel hombre estaba
-loco, y seguí adelante. Otro se llegó a mí y preguntome a su vez que a
-quién buscaba. Contele brevemente la historia, y me dijo:
-
---Los que fueron presos en el barrio de Maravillas no han venido aquí
-ni a la casa de Correos. Están en la Moncloa. Primero los llevaron
-a San Bernardino, y a estas horas... Vamos allá. Yo tengo un
-salvoconducto de un oficial francés, y podremos salir.
-
-Salimos, en efecto, y en el Prado aquel hombre corrió desalado y
-le perdí de vista. Yo también corrí cuanto me era posible, pues
-mis fuerzas, a tan terribles pruebas sometidas por tanto tiempo,
-desfallecían ya. No puedo decir qué calles pasé, porque ni miraba a mi
-alrededor, ni tenía entonces más ojos que los del alma para ver siempre
-dentro de mí mismo el espectáculo de aquella gran tragedia. Solo sé que
-corrí sin cesar; solo sé que ninguna voz, ninguna queja que sonasen
-cerca de mí me conmovían ni me interesaban; solo sé que mientras más
-corría, mayores eran mi debilidad y extenuación, y que al fin, no sé
-en qué calle, me detuve apoyándome en la pared cercana, porque mi
-cuerpo se caía al suelo y no me era posible dar un paso más. Limpié
-el sudor de mi frente; parecíame que se había acabado el aire, y que
-el suelo se deslizaba también bajo mis pies, que las casas se hundían
-sobre mi cabeza. Recuerdo haber hecho esfuerzos para seguir; pero no
-me fue posible, y por un espacio de tiempo que no puedo apreciar, solo
-tinieblas me rodearon, acompañadas de absoluto silencio.
-
-
-
-
-XXXIII
-
-
-Durante mi desvanecimiento, hijo de la extenuación, traje a la memoria
-las arboledas de Aranjuez, con sus millares de pájaros charlatanes,
-aquellas tardes sonrosadas, aquellos paseos por los bordes del Jarama
-y el espectáculo de la unión de este con el Tajo. Me acordé de la
-casa del cura; parecíame ver la parra del patio y los tiestos de la
-huerta, y oír los chillidos de la tía Gila, riñendo formalmente con
-las gallinas porque sin su permiso se habían salido del corral. Se me
-representaba el sonido de las campanas de la iglesia, tocadas por los
-cuatro muchachos o por el ingrato padre. La imagen de Inés completaba
-todas estas imágenes, y en mi delirio no me parecía que estaba la
-desgraciada joven junto a mí, ni tampoco delante, sino dentro de mi
-propia persona, como formando parte del ser a quien reconocía como
-yo mismo. Nada estorbaba nuestra felicidad, ni nos cuidábamos de lo
-porvenir, porque abandonada a su propio ímpetu la corriente de nuestras
-almas, se habían juntado al fin Jarama y Tajo, y mezcladas ambas
-corrientes cristalinas, cavaban en el ancho cauce de una sola y fácil
-existencia.
-
-Sacome de aquel estado soñoliento un fuerte golpe que me dieron en el
-cuerpo, y no tardé en verme rodeado de algunas personas, una de las
-cuales dijo, examinándome de cerca: «Está borracho.»
-
-Creí reconocer la voz del licenciado Lobo, aunque, a decir verdad,
-aún hoy no puedo asegurar que fuera él quien tal cosa dijo. Lo que sí
-afirmo es que uno de los que me miraban era Juan de Dios.
-
---¿Eres tú, Gabriel? --me dijo--. ¿Cómo estás por los suelos? ¡Bonito
-modo de buscar a la muchacha! No está en el Retiro ni en el Buen
-Suceso. El señor licenciado me ayuda en mis pesquisas, y estamos
-seguros de encontrarla, y aun de salvarla.
-
-Estas palabras las oí confusamente, y después me quedé solo, o mejor
-dicho, acompañado de algunos chicuelos que me empujaban de acá para
-allá jugando conmigo. No tardé en recobrar, con el completo uso de
-mis facultades, la idea perfecta de la terrible situación, solo
-olvidada durante un rato de marasmo físico y de turbación mental. Oí
-distintamente las dos en un reloj cercano, y observé el sitio en que me
-encontraba, el cual no era otro que la plazuela del Barranco, inmediata
-a los Caños del Peral. Contemplar mental y retrospectivamente cuanto
-había pasado; medir con el pensamiento la distancia que me separaba
-de la Montaña, y correr hacia allá, todo pasó en el mismo instante.
-Sentíame ágil; la desesperación aligeraba tanto mis pasos, que en
-poco tiempo llegué al fin de mi viaje; y en la portalada que daba a
-la huerta del Príncipe Pío vi tanta gente curiosa, que era difícil
-acercarse. Yo lo hice, a pesar de los obstáculos, y habría sido preciso
-matarme para hacerme retroceder. Las mujeres allí reunidas daban cuenta
-de los desgraciados que habían visto penetrar para no salir más.
-Desde luego quise introducirme, e intenté conmover a los centinelas
-con ruegos, con llantos, con razones, hasta con amenazas; Pero mis
-esfuerzos eran inútiles, y cuanto más clamaba, más enérgicamente me
-impelían hacia afuera. Después de forcejear un rato, la desesperación y
-la rabia me sugirieron estas palabras que dirigí al centinela:
-
---Déjeme entrar. Vengo a que me fusilen.
-
-El centinela me miró con lástima, y apartome con la culata de su fusil.
-
---¡Tienes lástima de mí --continué-- y no la tienes de los que busco!
-No, no tengas lástima. Yo quiero entrar. Quiero ser arcabuceado con
-ellos.
-
-Fui nuevamente rechazado; pero de tal modo me dominaba el deseo
-de penetrar, y tan terriblemente pesaba sobre mi espíritu aquella
-horrorosa incertidumbre, que la vida me parecía precio mezquino para
-comprar el ingreso de la funesta puerta, tras la cual agonizaban o se
-disponían a la muerte mis dos amigos.
-
-Desde fuera escuchaba un sordo murmullo, lúgubre concierto de plegarias
-dolorosas y de violentas imprecaciones. Tan pronto me apartaba de la
-puerta como a ella volvía a suplicar de nuevo, y la angustia me sugería
-razones incontestables para cualquiera, menos para los franceses. Ya
-golpeaba la pared con mi cabeza. Ya clavábame las uñas en mi propio
-cuerpo hasta hacerme sangre; medía con la vista la altura de la tapia,
-aspirando a franquearla de un vuelo; iba y venía sin cesar, insultando
-a los afligidos circunstantes, y miraba el negro cielo, por entre cuyos
-apelmazados celajes creía distinguir, danzando en veloz carrera, una
-turba de mofadores demonios.
-
-Suplicaba otra vez al centinela, diciéndole:
-
---¿Por qué no me fusiláis? ¿Por qué no entro, para que me maten con
-mis amigos? ¡Asesinos de Madrid! ¿Sabéis para qué quiero yo a vuestro
-Emperador? Para esto.
-
-Y escupía con rabia a los pies de los soldados, que sin duda me tenían
-por loco. Luego, concibiendo una idea que me parecía salvadora,
-registré ávidamente mis bolsillos, como si en ellos encerrase un
-tesoro, y sacando la navaja de Chinitas, que aún conservaba, exclamé
-con febril alegría:
-
---¡Ah! ¿No veis lo que tengo aquí? Una navaja, un cuchillo aún manchado
-de sangre. Con él he matado muchos franceses, y mataría al mismo
-Napoleón I. ¿No prendéis a todo el que lleva armas? Pues aquí estoy.
-Torpes: habéis cogido a tantos inocentes, y a mí me dejáis suelto por
-las calles... ¿No me andábais buscando? Pues aquí estoy. Ved, ved el
-cuchillo: aún gotea sangre.
-
-Tan convincentes razones me valieron el ser aprehendido, y al fin
-penetré en la huerta. Apenas había dado algunos pasos hacia las
-personas que confusamente distinguía delante de mí, cuando un vivo
-gozo inundó mi alma. Inés y D. Celestino estaban allí, ¡pero de qué
-manera! En el momento de entrar yo, a ambos les ataban, como eslabones
-de la humana cadena que iba a ser entregada al suplicio. Me arrojé en
-sus brazos, y por un momento, estrechados con inmenso amor, los tres
-no fuimos más que uno solo. Inés empezó a llorar amargamente; mas el
-clérigo conservaba su semblante sereno.
-
---Desde que le has visto, Inés, has perdido la serenidad --dijo
-gravemente--. Ya no estamos en la tierra. Dios aguarda a sus queridos
-mártires, y la palma que merecemos nos obliga a rechazar todo
-sentimiento que sea de este mando.
-
---¡Inés! --exclamé con el dolor más vivo que he sentido en toda mi
-vida--. ¡Inés! Después de verte en esta situación, ¿qué puedo hacer
-sino morir?
-
-Y luego, volviéndome a los franceses ebrio de coraje, y sintiéndome con
-un valor inmenso, extraordinario, sobrehumano, exclamé:
-
---Canallas, cobardes, verdugos, ¿creéis que tengo miedo a la muerte?
-Haced fuego de una vez y acabad con nosotros.
-
-Mi furor no irritaba a los franceses, que hacían los preparativos del
-sacrificio con frialdad horripilante. Lleváronme a presencia de uno, el
-cual, después de decirme algunas palabras, me envió ante otro, que al
-fin decidió de mi suerte. Al poco rato me vi puesto en fila junto al
-clérigo, cuya mano estrechó la mía.
-
---¿Cuándo te cogieron? ¿Te encontraron algún arma, desgraciado? --me
-dijo--. Pero no es esta ocasión de mostrar odio, sino resignación.
-Vamos a entrar en nueva y más gloriosa vida. Dios ha querido que
-nuestra existencia acabe en este día, y nos ha dado el laurel de
-mártires por la patria, que todos no tienen la dicha de alcanzar.
-Gabriel, eleva tu mente al Cielo. Tú estás libre de todo pecado, y yo
-te absuelvo. Hijo mío, este trance es terrible; pero tras él viene la
-bienaventuranza eterna. Sigue el ejemplo de Inés. Y tú, hija mía, la
-más inocente de todas las víctimas inmoladas en este día, implora por
-nosotros si, como creo, llegas la primera al goce de la eterna dicha.
-
-Sin atender a las razones de mi amigo, yo me empeñaba en hablar con
-Inés, en distraerla de su devoto recogimiento, en pretender que
-dirigiera a mí las palabras que a Dios sin duda dirigía, en obligarla
-a alzar los ojos y mirarme, pues sin esto yo me sentía incapaz de
-contrición.
-
-Un oficial francés nos pasó una especie de revista, examinándonos uno a
-uno.
-
---¿Para qué prolongáis nuestro martirio? --exclamé sin poderme
-contener, viendo sobre mí la impertinente mirada del francés--. Todos
-somos españoles, todos somos españoles; todos hemos luchado contra
-vosotros. Por cada vida que ahoguéis en sangre, renacerán otras mil que
-al fin acabarán con vosotros, y ninguno de los que estáis aquí verá la
-casa en que nació.
-
---Gabriel, modérate y perdónales como les perdono yo --me dijo el
-cura--. ¿Qué te importa esa gente? ¿Para qué les afeas su pasado, si
-harto lo verán en el espejo turbio de su conciencia? ¿Qué importa
-morir? Hijo mío, destruirán nuestros cuerpos, pero no nuestra alma
-inmortal, que Dios ha de recibir en su seno. Perdónalos; haz lo que
-yo, que pienso pedir a Dios por los enemigos del Príncipe de la Paz,
-mi amigo y hasta pariente; por Santurrias, por el licenciado Lobo, por
-los tíos de Inesilla, y hasta por los franceses que nos quieren quitar
-nuestra patria. Mi conciencia está más serena que ese cielo que tenemos
-sobre nuestras cabezas, y en cuyo horizonte aparece ya la aurora del
-nuevo día. Lo mismo están nuestras almas, Gabriel, y en ellas despuntan
-ya los primeros resplandores del día sin fin.
-
---Ya amanece --dije mirando a oriente--. Inés: no bajes los ojos, por
-Dios, y mírame; estréchate más contra nosotros.
-
---Procura serenar tu conciencia, hijo mío --continuó el clérigo--. La
-mía está serena. No, no he manchado mis manos con sangre, porque soy
-sacerdote; me encontraron un cuchillo, mas no era mío. Yo cumplí mi
-deber, que era arengar a aquellos valientes, y si ahora me soltaran
-acudiría de pueblo en pueblo repitiendo aquello de _Dulce et decorum
-est_ del gran latino. Únicamente me arrepiento de no haber advertido
-a tiempo al señor Príncipe. ¡Ah! si él hubiera puesto en la cárcel a
-aquellos perdidos... tal vez no habría caído, tal vez no habría sido
-Rey Fernando VII, tal vez no habrían venido los franceses... tal vez...
-Pero Dios lo ha querido así... Verdad es que si yo hubiera vencido la
-cortedad de mi genio... si yo hubiera prevenido a Su Alteza, que me
-quería tanto... ¡Ah! no nos ocupemos ya más que de morir y perdonar.
-¡Ah, Gabriel! Haz lo que yo, y verás con qué tranquilidad recibes la
-muerte. ¿Ves a Inés? ¿No parece su cara la de un ángel celeste? ¿No
-la ves cómo está tranquila en su recogimiento, y digna y circunspecta
-sin afectación? ¿No la ves cómo contempla a los franceses sin odio, y
-suspira dulcemente, animándonos con su mirada?
-
---¡Inés --exclamé yo, sin poder adquirir nunca la serenidad que D.
-Celestino me pedía--, tú no debes morir, tú no morirás! Señor oficial,
-fusiladnos a todos, fusilad al mundo entero; pero poned en libertad a
-esta infeliz muchacha, que nada ha hecho. Así como digo y repito y juro
-que he matado yo más de cincuenta franceses, digo y repito y juro que
-Inés no arrojó a la calle ningún caldero de agua hirviendo, como han
-dicho.
-
-El francés miró a Inés, y viéndola tan humilde, tan resignada, tan
-bella, tan dulcemente triste en su disposición para la muerte, no
-pudo menos de mostrarse algo compasivo. D. Celestino, viendo aquella
-inclinación favorable, se echó a llorar, y dijo también: «todos
-nosotros hemos pecado; pero Inés es inocente.» Las lágrimas del anciano
-produjeron en mí trastorno tan vivo, que de improviso, a la tirantez
-colérica de mi irritado ánimo, sucedió una expansión tranquila, aunque
-penosísima; un reblandecimiento, si así puede decirse, de mi dolor
-endurecido.
-
---Inés es inocente --exclamé de nuevo--. ¿No veis su semblante,
-señores oficiales? ¡Ah! sois unos caballeros muy decentes y muy
-honrados, y no podéis cometer la villanía de asesinar a esta niña.
-
---Nosotros no valemos para nada --dijo el clérigo con voz
-balbuciente--. Mátennos en buen hora, porque somos hombres, y el que
-más y el que menos... Pero ella... señores militares... Me parece que
-son ustedes unas personas muy finas... pues... ¡Ah! Inés es inocente.
-No tienen ustedes conciencia; ¿no tienen en su corazón una voz que les
-dice que esa jovencita es inocente?
-
-El oficial, más inclinado a la compasión, pareció hasta conmovido.
-Acercándose, miró a Inés con interés.
-
-Mas la huérfana se abrazó a nosotros en el momento en que los
-granaderos formaron la horrenda fila. Yo miraba todo aquello con ojos
-absortos, y sentíame nuevamente aletargado, con algo como enajenación o
-delirio en mi cabeza.
-
-Vi que se acercó otro oficial con una linterna, seguido de dos hombres,
-uno de los cuales nos examinó ansiosamente, y al llegar a Inés, parose
-y dijo: «Esta.»
-
-Era Juan de Dios, acompañado del licenciado Lobo y de aquel mismo
-oficial francés que varias veces le visitó en nuestra tienda.
-
-Lo que entonces pasó se me representa siempre en formas vagas, como
-las que pasea la mentirosa fiebre ante nuestros ojos cuando estamos
-enfermos.
-
-
-
-
-XXXIV
-
-
-El oficial recién venido y el que antes nos custodiaba hablaron un
-instante con precipitación. El segundo dirigiose en seguida a desatar a
-Inés para entregarla a su amigo. ¡Momento inexplicable! Inés no quería
-separarse de nosotros, y abrazándonos, se aferraba a la muerte con
-sus manos ya libres. Un violento, un irresistible egoísmo, que hundía
-sus poderosas raíces hasta lo más profundo de mi ser, se apoderó de
-mí. No sé qué íntima fuerza desarrollada de súbito me permitió romper
-la ligadura de un brazo, y pude asir fuertemente a Inés, mientras con
-angustiosa impaciencia miraba los fusiles del pelotón de granaderos.
-
-¡Instante terrible, cuyo recuerdo hiela la sangre en las venas y
-paraliza el corazón, simulando la muerte! Aunque la infeliz quería
-compartir nuestra suerte, la tardía compasión de nuestros asesinos nos
-la quitaba. Ella, durante la breve lucha, dijo algo que no sé recordar.
-Yo también pronuncié palabras de que hoy no puedo darme cuenta. Pero
-nos la quitaron: no olvidé nunca la extraña sensación que experimenté
-al perder el calor de sus manos y de su cara. Yo estaba como loco. Pero
-la vi claramente cuando se la llevaron, cuando desapareció de entre las
-filas, arrastrada, sostenida, cargada por Juan de Dios.
-
-Y al ver esto sentí un estruendo horroroso; después un zumbido
-dentro de la cabeza, y un hervidero en todo el cuerpo; después un
-calor intenso, seguido de penetrante frío; después una sensación
-inexplicable, como si algo rozara por toda mi epidermis; después un
-vapor dentro del pecho que subía invadiendo mi cabeza, una debilidad
-incomprensible que me hacía el efecto de quedarme sin piernas; después
-una palpitación vivísima en el corazón, y un súbito detenimiento
-en el latido de esta víscera; después la pérdida de toda sensación
-en el cuerpo, y en el busto, y en el cuello, y en la boca, la
-inconsciencia de tener cabeza, la absoluta reconcentración de todo
-yo en mi pensamiento; después unas como ondulaciones concéntricas
-en mi cerebro, parecidas a las que forma una piedra cayendo al mar;
-después un chisporroteo colosal que difundía por espacios mayores que
-cielo y tierra juntos la imagen de Inés en doscientos mil millones de
-luces... oscuridad profunda, misteriosamente asociada a un agudísimo
-dolor en las sienes... un vago reposo, una extinción rápida, un olvido
-creciente, invasor, y, por último, nada, absolutamente nada.
-
-Madrid, julio de 1873.
-
-
-FIN DE «EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO»
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE
-MAYO ***
-
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- El 19 de marzo y el 2 de mayo, by Benito Pérez Galdós&mdash;A Project Gutenberg eBook
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-<div lang='en' xml:lang='en'>
-<p style='text-align:center; font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of <span lang='es' xml:lang='es'>El 19 de marzo y el 2 de mayo</span>, by Benito Pérez Galdós</p>
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
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-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
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-</div>
-</div>
-
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: <span lang='es' xml:lang='es'>El 19 de marzo y el 2 de mayo</span></p>
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: Benito Pérez Galdós</p>
-<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Release Date: January 17, 2022 [eBook #67189]</p>
-<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Language: Spanish</p>
- <p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em; text-align:left'>Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive/Canadian Libraries)</p>
-<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO</span> ***</div>
-
-<div class="front">
- <hr class="full" />
-</div>
-
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
- <ul>
- <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li>
-
- <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li>
-
- <li>Los entrecomillados han sido convertidos en rayas iniciales de diálogo
- donde el texto adopta forma dialogada. Las restantes rayas han sido
- espaciadas según los usos ortotipográficos más recientes.</li>
-
- <li>Una página en blanco ha sido eliminada.</li>
- </ul>
-</div>
-
-
-<div class="screenonly x-ebookmaker-drop">
- <hr class="chap" />
- <div class="figcenter">
- <img class="thin"
- style="width: 100%; height: auto;"
- src="images/cover.jpg"
- alt="Cubierta del libro" />
- </div>
-</div>
-
-
-<div class="tit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p>
- <p class="ws1">EPISODIOS NACIONALES</p>
- <hr class="tir" />
- <h1 class="ws1">EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO</h1>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt6">
- <div class="legal">
- <p><span class="pagenum" id="Page_2">p. 2</span>Es propiedad. Queda
- hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que
- no lleven el sello del autor.</p>
- </div>
-
- <div class="mt4">
- <hr class="fil" />
- <p class="centra smaller">Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.</p>
- </div>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="tit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p>
- <p class="fs110 ws1">B. PÉREZ GALDÓS</p>
- <p class="fs140 ws1 mt05">EPISODIOS NACIONALES</p>
- <p class="fs60 ws1 mt1">PRIMERA SERIE</p>
- <hr class="fil" />
-
- <p class="fs200 g0 ws1 mt1">EL 19 DE MARZO</p>
- <p class="smaller ws1 mt2">Y EL</p>
- <p class="fs300 g1 ws1 mt05">2 DE MAYO</p>
-
- <hr class="sep0" />
- <p class="fs110 g1 mt15">44.000</p>
-
- <div class="figcenter mt3">
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- alt="Logotipo del editor" />
- </div>
-
-
- <p class="fs90 g1 mt3">MADRID</p>
- <p class="fs90 g0 ws1">PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA</p>
- <p class="smaller negr ws1">(Sucesores de Hernando)</p>
- <p class="smaller g1 ws2">ARENAL, 11</p>
- <p class="negr g0">1907</p>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p>
- <p class="centra ws1 fs130">EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO</p>
- <hr class="tir" />
- <h2 class="nobreak">I</h2>
-</div>
-
-<p>En marzo de 1808, y cuando habían transcurrido cuatro meses
-desde que empecé a trabajar en el oficio de cajista, ya componía con
-mediana destreza, y ganaba tres reales por ciento de líneas en la
-imprenta del <i>Diario de Madrid</i>. No me parecía muy bien aplicada
-mi laboriosidad, ni de gran porvenir la carrera tipográfica; pues
-aunque toda ella estriba en el manejo de las letras, más tiene de
-embrutecedora que de instructiva. Así es que sin dejar el trabajo
-ni aflojar mi persistente aplicación, buscaba con el pensamiento
-horizontes más lejanos y esfera más honrosa que aquella de nuestra
-limitada, oscura y sofocante imprenta.</p>
-
-<p>Mi vida al principio era tan triste y tan uniforme como aquel
-oficio, que en sus rudimentos esclaviza la inteligencia sin
-entretenerla; pero cuando había adquirido alguna práctica en
-tan fastidiosa manipulación, mi espíritu<span class="pagenum"
-id="Page_6">p. 6</span> aprendió a quedarse libre, mientras las
-veinticinco letras, escapándose por entre mis dedos, pasaban de la caja
-al molde. Bastábame, pues, aquella libertad para soportar con paciencia
-la esclavitud del sótano en que trabajábamos, el fastidio de la
-composición y las impertinencias de nuestro regente, un negro y tiznado
-cíclope, más propio de una herrería que de una imprenta.</p>
-
-<p>Necesito explicarme mejor. Yo pensaba en la huérfana Inés, y
-todos los organismos de mi vida espiritual describían sus amplias
-órbitas alrededor de la imagen de mi discreta amiga, como los mundos
-subalternos que voltean sin cesar en torno del astro que es base del
-sistema. Cuando mis compañeros de trabajo hablaban de sus amores o de
-sus trapicheos, yo, necesitando comunicarme con alguien, les contaba
-todo sin hacerme de rogar, diciéndoles:</p>
-
-<p>—Mi amiga está en Aranjuez con su reverendo tío, el Padre D.
-Celestino Santos del Malvar, uno de los mejores latinos que ha echado
-Dios al mundo. La infeliz Inés es huérfana y pobre; pero no por eso
-dejará de ser mi mujer, con la ayuda de Dios, que hace grandes a los
-pequeños. Tiene diez y seis años, es decir, uno menos que yo, y es
-tan linda, que avergüenza con su carita a todas las rosas del Real
-Sitio. Pero díganme ustedes, señores, ¿qué vale su hermosura comparada
-con su talento? Inés es un asombro, es un prodigio; Inés vale más que
-todos los sabios, sin que nadie la haya enseñado nada. Todo lo<span
-class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span> saca de su cabeza, y todo lo
-aprendió hace cientos de miles de años.</p>
-
-<p>Cuando no me ocupaba en estas alabanzas, departía mentalmente con
-ella. En tanto las letras pasaban por mi mano, trocándose de brutal
-y muda materia en elocuente lenguaje escrito. ¡Cuánta animación en
-aquella masa caótica! En la caja, cada signo parecía representar los
-elementos de la creación, arrojados aquí y allí, antes de empezar la
-grande obra. Poníalos yo en movimiento, y de aquellos pedazos de plomo
-surgían sílabas, voces, ideas, juicios, frases, oraciones, períodos,
-párrafos, capítulos, discursos, la palabra humana en toda su majestad;
-y después, cuando el molde había hecho su papel mecánico, mis dedos
-lo descomponían, distribuyendo las letras: cada cual se iba a su
-casilla, como los simples que el químico guarda después de separados;
-los caracteres perdían su sentido, es decir, su alma, y tornando a ser
-plomo puro, caían mudos e insignificantes en la caja.</p>
-
-<p>¡Aquellos pensamientos y este mecanismo todas las horas, todos
-los días, semana tras semana, mes tras mes!... Verdad es que las
-alegrías, el inefable gozo de los domingos compensaban todas las
-tristezas y angustiosas cavilaciones de los demás días. ¡Ah! permitid
-a mi ancianidad que se extasíe con tales recuerdos; permitid a esta
-negra nube que se alboroce y se ilumine traspasada por un rayo de
-sol. Los sábados eran para mí de una belleza incomparable: su luz me
-parecía más clara, su ambiente más puro; y en tanto, ¿quién podía<span
-class="pagenum" id="Page_8">p. 8</span> dudar que los rostros de
-las gentes eran más alegres y el aspecto de la ciudad más alegre
-también?</p>
-
-<p>Pero la alegría no estaba sino en mi alma. El sábado es el precursor
-del domingo, y a eso del mediodía comenzaban mis preparativos de viaje,
-de aquel viaje al cielo que mi imaginación renueva hoy, sesenta y cinco
-años después. Aún me parece que estoy tratando con los trajineros de
-la calle Angosta de San Bernardo sobre las condiciones del viaje: me
-ajusto al fin, y no puedo menos de disertar un buen rato con ellos
-acerca de las probabilidades de que tengamos una hermosa noche para la
-expedición. En seguida me lavo una, dos, tres, cuatro veces, hasta que
-desaparezcan de mi cara y manos las últimas huellas de la aborrecida
-tinta, y me paseo por Madrid esperando que llegue la noche. Duermo un
-poco, si la inquietud me lo permite, y cuando el reloj del Buen Suceso
-da las doce campanadas más alegres que han retumbado en mi cerebro, me
-visto a toda prisa con mi traje nuevo; corro al lado de aquellos buenos
-arrieros, que son sin disputa los mejores hombres de la tierra; subo al
-carromato, y ya estoy en viaje.</p>
-
-<p>Con voluble atención observo todos los accidentes del camino, y mis
-preguntas marean y enfadan a los conductores. Pasamos el Puente de
-Toledo; dejamos a derecha mano los caminos de Carabanchel y de Toledo,
-el portazgo de las Delicias, el ventorrillo de León; las ventas de
-Villaverde van quedando a nuestra espalda; dejamos a la derecha los
-caminos de<span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span> Getafe y
-de Parla, y en la venta de Pinto descansan un poco las caballerías.
-Valdemoro nos ve pasar por su augusto recinto, y la casa de Postas de
-Espartinas ofrece nuevo descanso a las perezosas mulas. Por fin nos
-amanece bajando la cuesta de la Reina, desde donde la vista abarca
-toda la extensión del inmenso valle en que se juntan Tajo y Jarama;
-atravesamos el famoso puente largo; entramos más tarde en la calle
-Larga, y al fin ponemos el pie en la plaza del Real Sitio.</p>
-
-<p>Mis miradas buscan entre los árboles y sobre las techumbres la
-modesta torre de la iglesia. Corro allá. El Sr. D. Celestino está en
-la misa, que por ser día festivo es cantada. Desde la puerta oigo la
-voz del tío de Inés, que exclama: <i>Gloria in excelsis Deo</i>. Yo
-también canto <i>gloria</i> en voz baja, y entro en la iglesia. Una
-alegría solemne y grave, que da idea de la bienaventuranza eterna,
-llena aquel recinto y se reproduce en mi alma como en un espejo. Los
-vidrios incoloros permiten que entre abundante luz, y que se desparrame
-por la bóveda desnuda, sin más pinturas que las del yeso mate. El altar
-mayor es todo oro; los santos y retablos todos polvo: en el primero
-veo al santo varón, que se vuelve hacia el pueblo y abre sus brazos;
-después consume; suenan las campanillas dentro y las campanas fuera; se
-arrodillan todos, golpeándose el pecho pecador. El oficio adelanta y
-concluye: durante él he mirado sin cesar los grupos de mujeres sentadas
-en el suelo, y de espaldas a mí: entre aquellos centenares de mantillas
-negras distingo la que cubre<span class="pagenum" id="Page_10">p.
-10</span> la hermosa cabeza de Inés. La conocería entre mil.</p>
-
-<p>Inés se levanta cuando todo ha concluido, y sus ojos me buscan entre
-los hombres, como los míos la buscan entre las mujeres. Por fin me ve,
-nos vemos; pero no nos decimos una palabra. La ofrezco agua bendita, y
-salimos. Parece que nuestras primeras palabras al vernos juntos han de
-ser arrebatadas y vehementes; pero no decimos cosa alguna que no sea
-insignificante. Nos reímos de todo.</p>
-
-<p>La casa está a espalda de la iglesia, y entramos en ella cogidos de
-las manos. Hay un patio con un ancho corredor, en cuyos gruesos pilares
-retuerce sus brazos negros, ásperos y leñosos una vieja parra, junto a
-un jazmín que aguarda la primavera para echar al mundo sus mil flores.
-Subimos, y allí nos recibe Don Celestino, cuyo cuerpo no se cubre ya
-con la sotana verdinegra de antaño, sino con otra flamante. Comemos
-juntos, y luego los tres, Inés y yo delante, él detrás apoyándose en
-su bastón, nos vamos a pasear al jardín del Príncipe, si hace buen
-tiempo y los pisos están secos. Inés y yo charlamos con los ojos o con
-las palabras; pero no quiero referir ahora nuestros poemas. A cada
-instante el Padre Celestino nos dice que no andemos tan a prisa, porque
-no puede seguirnos, y nosotros, que desearíamos volar, detenemos el
-paso. Por último, nos sentamos a orillas del río, y en el sitio en que
-el Tajo y el Jarama, encontrándose de improviso, y cuando seguramente
-el uno no tenía noticias de la existencia del otro, se abrazan y<span
-class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span> confunden sus aguas en una
-sola corriente, haciendo de dos vidas una sola. Tan exacta imagen de
-nosotros mismos, no puede menos de ocurrírsele a Inés al mismo tiempo
-que a mí.</p>
-
-<p>El día se va acabando, porque aunque a nuestros corazones les
-parezca lo contrario, no hay razón ninguna para que se altere el
-sistema planetario, dando a aquel día más horas que las que le
-corresponden. Viene la tarde, el crepúsculo, la noche, y yo me despido
-para volver a mis galeras; estoy pensativo, hablo mil desatinos, y a
-veces me parece que me siento muy alegre, a veces muy triste.</p>
-
-<p>Regreso a Madrid por el mismo camino, y vuelvo a mi posada. Es
-lunes, día que tiene un semblante antipático, día de somnolencia, de
-malestar, de pereza y aburrimiento; pero necesito volver al trabajo,
-y la caja me ofrece sus letras de plomo, que no aguardan más que mis
-manos para juntarse y hablar; pero mi mano no conoce en los primeros
-momentos sino cuatro de aquellos negros signos que al punto se reúnen
-para formar este solo nombre: Inés.</p>
-
-<p>Siento un golpe en el hombro: es el cíclope o regente que me llama
-holgazán, y me pone delante un papelejo manuscrito que debo componer al
-instante. Es uno de aquellos interesantes y conmovedores anuncios del
-Diario de Madrid, que dicen:</p>
-
-<blockquote>
-
-<p>«<i>Se necesita un joven de diez y siete a diez y ocho años, que
-sepa de cuentas, afeitar, algo de peinar, aunque solo sea de hombre,
-y guisar si se ofreciere. El que tenga estas partes, y además buenos
-informes, puede dirigirse<span class="pagenum" id="Page_12">p.
-12</span> a la calle de la Sal, número 5, frente a los peineros, lonja
-de lanería y pañolería de Don Mauro Requejo, donde se tratará del
-salario y demás.</i>»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Al leer el nombre del tendero, un recuerdo viene a mi mente. «D.
-Mauro Requejo —digo—. Yo he oído este nombre en alguna parte.»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch2">
- <h2 class="nobreak g0">II</h2>
-</div>
-
-<p>He recordado días tan felices, y ahora me corresponde contar lo que
-me pasó en uno de aquellos viajes. No se olvide que he empezado mi
-narración en marzo de 1808, y cuando yo había honrado el Real Sitio con
-diez o doce de mis visitas. En el día a que me refiero, llegué cuando
-la misa había concluido, y desde el portal de la casa un armonioso
-son de flauta me anunció que D. Celestino estaba tan alegre como
-de costumbre, señal de que nada desagradable ocurría en la modesta
-familia. Inés salió a recibirme, y hechos los primeros cumplidos, me
-dijo:</p>
-
-<p>—El tío Celestino ha recibido una carta de Madrid, que le ha puesto
-muy alegre.</p>
-
-<p>—¿De quién? —pregunté.</p>
-
-<p>—No me lo ha dicho su merced, ni tampoco lo que la carta reza; pero
-él está contento y... dice que la carta trae muy buenas noticias para
-mí.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span>—Eso es particular
-—añadí confundido—. ¿Quién puede escribir desde Madrid cartas que a ti
-te traigan buenas noticias?</p>
-
-<p>—No sé; pero pronto saldremos de dudas —repuso Inés—. El tío me
-dijo: «Cuando venga Gabriel y nos sentemos a la mesa, os contaré lo que
-dice la carta. Es cosa que interesa a los tres: a ti principalmente,
-porque eres la favorecida; a mí porque soy tu tío, y a él porque va a
-ser tu novio cuando tenga edad para ello.»</p>
-
-<p>No hablamos más del caso, y entré en el cuarto del buen sacerdote y
-humanista. Una cama, cubierta de blanquísima colcha rameada de verde,
-ocupaba el primer puesto en el reducido local. La mesa de pino con
-dos o tres sillas que le servían de simétrica compañía, llenaba el
-resto, y aún quedaba espacio para una cómoda estrambótica, con chapas
-y remiendos de diversos palos y metales. Completaban tan modesto ajuar
-un crucifijo y una virgen vestida de terciopelo, y acribillada de
-espadas y rayos, ambas imágenes con sendos ramos de carrasca o de olivo
-clavados en varios agujeritos que para el caso tenían las peanas. Los
-libros, que eran muchos, no cubrían, por el orden de su colocación,
-más que media mesa y media cómoda, dejando hueco para algunos papeles
-de música y otros en que borrajeaba versos latinos el buen cura.
-Desde la ventana se veía un huerto no mal cultivado, y a lo lejos las
-elevadas puntas de aquellos olmos eminentes que guarnecen, como hileras
-de gigantescos centinelas, todas las avenidas<span class="pagenum"
-id="Page_14">p. 14</span> del Real Sitio. Tal era la habitación del
-Padre Celestino.</p>
-
-<p>Sentámonos los tres, y el tío de Inés me dijo:</p>
-
-<p>—Gabrielillo: tengo que leerte una poesía latina que he compuesto en
-loor del serenísimo señor Príncipe de la Paz, mi paisano, amigo y aun
-creo que pariente. Me ha costado una semanita de trabajo; que componer
-versos latinos no es soplar a los buñuelos. Verás, te la voy a leer,
-pues aunque tú no eres hombre de letras, qué sé yo... tienes un pícaro
-gancho para comprender las cosas... Luego pienso enviarla a Sánchez
-Barbero, el primero de los poetas españoles desde que hay poesía en
-España; y no me hablen a mí de Fray Luis de León, de Rioja, de Herrera,
-ni de todos esos que compusieron en romance. Fruslerías y juegos de
-chicos. Un verso latino de Sánchez Barbero vale más que toda esa jerga
-de epístolas, sonetos, silvas, églogas, canciones con que se emboba el
-vulgo ignorante... Pero vuelvo a lo que decía, y es que antes que aquel
-fénix de los modernos ingenios la examine, quiero leértela a ti a ver
-qué te parece.</p>
-
-<p>—Pero, Sr. D. Celestino, si yo no sé ni una palabra en latín, a no
-ser <i>Dominus vobiscum</i> y <i>bóbilis bóbilis</i>.</p>
-
-<p>—Eso no importa. Precisamente los profanos son los que mejor
-pueden apreciar la armonía, la rimbombancia, el <i>ore rotundo</i>,
-con que tales versos deben escribirse —dijo el clérigo con tenacidad
-implacable.</p>
-
-<p>Inés me dirigió una mirada en que me recomendaba,<span
-class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span> con su habitual sabiduría, la
-abnegación y la paciencia para soportar al prójimo impertinente. Ambos
-prestamos atención, y D. Celestino nos leyó unos cuatrocientos versos,
-que sonaban en mi oído como una serie de modulaciones sin sentido. Él
-parecía muy satisfecho, y a cada instante interrumpía su lectura para
-decirnos:</p>
-
-<p>—¿Qué os parece ese pasajillo? Inés: a esa figura llamamos
-<i>litote</i>, y a este paloteo de las palabras para imitar los
-ruidos del mar tempestuoso de la nación cuando lo surca la nave del
-Estado, diestramente guiada por el timonel que yo me sé, se llama
-<i>onomatopeya</i>, la cual figura va encajada en otra, que es la
-<i>alegoría</i>.</p>
-
-<p>Así nos fue leyendo toda la composición, de la cual figúrense
-ustedes lo que entenderíamos. Aún conservo en mi poder la obra de
-nuestro amigo, que empieza así:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2"><i>Te, Godoie, canam: pacis tua munera cœlo</i></div>
- <div class="verse indent0"><i>Inserere ægrediar; per te Pax alma biformem</i></div>
- <div class="verse indent0"><i>Vincla recusantem conduxit carcere Janum.</i></div>
- <div class="verse indent0 negr g1">. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>Cuatrocientos versos por este estilo nos tragamos Inés y yo, siendo
-de notar que ella atendía a la lectura con tanta formalidad como si
-la comprendiera, y aun en los pasajes más ruidosos hacía señales de
-asentimiento y elogio para contentar al pobre viejo: ¡tal era su
-discreción!</p>
-
-<p>—Puesto que os ha agradado tanto, hijos míos —dijo D. Celestino
-guardando su manuscrito—, otro día os leeré parte del poema. Lo<span
-class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> dejo para mejor ocasión y
-así se comparte el placer entre varios días, evitando el empacho que
-produce la sucesión de manjares demasiado dulces y apetitosos.</p>
-
-<p>—¿Y piensa usted leérsela también al Príncipe de la Paz?</p>
-
-<p>—¿Pues para qué la he escrito? A Su Alteza Serenísima le encantan
-los versos latinos... porque es un gran latino... y pienso darle un
-buen rato uno de estos días. Y a propósito, ¿qué se dice por Madrid?
-Aquí está la gente bastante alarmada. ¿Pasa allá lo mismo?</p>
-
-<p>—Allá no saben qué pensar. Figúrese usted, la cosa no es para menos.
-Temen a los franceses, que están entrando en España a más y mejor.
-Dicen que el Rey no dio permiso para que entrara tanta gente, y parece
-que Napoleón se burla de la Corte de España, y no hace maldito caso de
-lo que trató con ella.</p>
-
-<p>—Es gente de pocos alcances la que tal dice —repuso D. Celestino—.
-Ya saben Godoy y Bonaparte lo que se hacen. Aquí todos quieren saber
-tanto como los que mandan; de modo que se oyen unos disparates...</p>
-
-<p>—Lo de Portugal ha resultado muy distinto de lo que se creía. Un
-general francés se plantó allá, y cuando la familia real se marchó para
-América, dijo: «Aquí no manda nadie más que el Emperador, y yo en su
-nombre. Vengan cuatrocientos milloncitos de reales; vengan los bienes
-de los nobles que se han ido al Brasil con la familia real.»</p>
-
-<p>—No juzguemos por las apariencias —dijo D. Celestino—: sabe Dios lo
-que habrá en eso.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span>—En España van a
-hacer lo mismo —añadí—; y como los Reyes están llenos de miedo, y el
-Príncipe de la Paz tan aturrullado, que no sabe qué hacer...</p>
-
-<p>—¿Qué estás diciendo, tontuelo? ¿Cómo tratas con tan poco respeto a
-ese espejo de los diplomáticos, a esa natilla de los ministros? ¿Que no
-sabe lo que se hace?</p>
-
-<p>—Lo dicho, dicho. Napoleón les engaña a todos. En Madrid hay muchos
-que se alegran de ver entrar tanta tropa francesa, porque creen
-que viene a poner en el trono al Príncipe Fernando. ¡Buenos tontos
-están!</p>
-
-<p>—¡Tontos, mentecatos, imbéciles! —exclamó con enfado el Padre
-Celestino.</p>
-
-<p>—Lo que fuere sonará. Si vienen con buen fin esos caballeros, ¿por
-qué se apoderan por sorpresa de las principales plazas y fortalezas?
-Primero se metieron en Pamplona, engañando a la guarnición; después se
-colaron en Barcelona, donde hay un castillo muy grande que llaman el
-Montjuich. Después fueron a otro castillo que hay en Figueras, el cual
-no es menos grande, el mayor del mundo, según dice Pacorro Chinitas,
-y lo cogieron también, y, por último, se han metido en San Sebastián.
-Digan lo que quieran, esos hombres no vienen como amigos. El ejército
-español está trinando: sobre todo, hay que oír a los oficiales que
-vienen del Norte y han visto a los franceses en las plazas fuertes...
-le digo a usted que echan chispas. El Gobierno del Rey Carlos IV está
-que no le llega la camisa al cuerpo, y todos conocen la barbaridad
-que han hecho dejando<span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span>
-entrar a los franceses; pero ya no tiene remedio... ¿Sabe usted lo que
-se dice por Madrid?</p>
-
-<p>—¿Qué, hijo mío? Sin duda alguna de esas vulgarísimas aberraciones
-propias de entendimientos romos. Ya lo he dicho: nosotros no entendemos
-de negocios de Estado; ¿a qué viene el comentar las combinaciones
-y planes de esos hombres eminentes, que se desviven por hacernos
-felices?</p>
-
-<p>—Pues allá dicen que la familia real de España, viéndose cogida en
-la red por Bonaparte, ha determinado marcharse a América, y que no
-tardará en salir de Aranjuez para Cádiz. Por supuesto, los partidarios
-del Príncipe Fernando se alegran, y creen que esto les viene de
-perillas para que el otro suba al trono.</p>
-
-<p>—¡Necios, mentecatos! —exclamó el tío de Inés, incomodándose de
-nuevo—. ¡Pensar que había de consentir tal cosa el señor Príncipe
-de la Paz, mi paisano, mi amigo y aun creo que pariente!... Pero no
-nos incomodemos fuera de tiempo, Gabriel, y por cosas que no hemos
-de resolver nosotros. Vamos a comer, que ya es hora, y el cuerpo lo
-pide.</p>
-
-<p>Inés, que se había retirado un momento antes, volvió a decirnos que
-la comida estaba pronta. Durante ella, el respetable cura nos comunicó
-el contenido de la misteriosa carta que había llegado a la casa por la
-mañana.</p>
-
-<p>—Hijos míos —dijo cuando los tres habíamos tomado asiento—: voy a
-participaros un suceso feliz; tú, Inesilla, regocíjate. La fortuna
-se te entra por las puertas, y ahora vas a<span class="pagenum"
-id="Page_19">p. 19</span> ver cómo Dios no abandona nunca a los
-desvalidos y menesterosos. Ya sabes que tu buena madre, que santa
-gloria haya, tenía un primo llamado D. Mauro Requejo, comerciante en
-telas, cuya lonja, si no me engaño, cae hacia la calle de Postas,
-esquina a la de la Sal.</p>
-
-<p>—D. Mauro Requejo... —dije yo recordando—, justamente. Doña Juana le
-nombró delante de mí varias veces, y ahora caigo en que ese comerciante
-pone en el <i>Diario</i> unos anuncios que me dan bastante que
-hacer.</p>
-
-<p>—Le recuerdo —dijo Inés—. Él y su hermana eran los únicos parientes
-que tenía mi madre en Madrid. Por cierto que siempre se negó a
-favorecernos, aunque lo necesitábamos bastante: dos veces le vi en
-casa. ¿Creería su merced que fue a consolarnos, a socorrernos? No: fue
-a que mi madre le hiciera algunas piezas de ropa, y después de regatear
-el precio, no pagó más que la mitad de lo tratado, y decía: «De algo
-ha de servir el parentesco.» Él y su hermana no hablaban más que de
-su honradez o de lo mucho que habían adelantado en el comercio, y nos
-echaban en cara nuestra pobreza, prohibiéndonos que fuéramos a su casa,
-mientras no nos encontráramos en posición más desahogada.</p>
-
-<p>—Pues digo —afirmé con enfado— que ese D. Mauro y su señora hermana
-son dos grandísimos pillos.</p>
-
-<p>—Poco a poco —continuó el cura—. Déjenme acabar. El primo de tu
-madre habrá faltado; pero lo que es ahora, sin duda, Dios le ha
-tocado en el corazón, y se dispone a enmendar<span class="pagenum"
-id="Page_20">p. 20</span> sus yerros, favoreciéndote como buen pariente
-y hombre caritativo. Ya sabes que es bastante rico, gracias a su
-laboriosidad y mucha economía. Pues bien: en la carta que he recibido
-esta mañana me dice que quiere recogerte y ampararte en su casa, donde
-estarás como una reina; donde no te faltará nada, ni aun aquello de que
-gustan tanto las damiselas del día, tal como joyas, trajes bonitos,
-perfumes primorosos, guantes y otras fruslerías. En fin, Dios se ha
-acordado de ti, sobrinita. ¡Ah! ¡si vieras qué interés tan grande
-demuestra por ti en sus cartas; qué alabanzas tan calurosas hace de
-tus méritos; si vieras cómo te pone por esas nubes, cómo lamenta tu
-orfandad y cómo se enternece considerando que eres de su misma sangre,
-y que, a pesar de esta natural preeminencia, careces de lo que a él
-le sobra! Te repito que trabajando mucho y ahorrando más, el Sr.
-Requejo ha llegado a ser muy rico. ¡Qué porvenir te espera, Inesilla!
-El párrafo más conmovedor de la carta de tus tíos —añadió sacando la
-epístola— es este: <i>¿A quién hemos de dejar lo que tenemos, sino a
-nuestra querida sobrinita?</i></p>
-
-<p>Inés, confundida ante tan inesperado cambio en los sentimientos y en
-la conducta de sus antes cruelísimos parientes, no sabía qué pensar.
-Me miró, buscando sin duda en mis ojos algo que le diera luz sobre tan
-inexplicable mudanza; mas yo, que algo creía comprender, me guardé muy
-bien de dejarlo traslucir ni con palabras ni con gestos.</p>
-
-<p>—Estoy asombrada —dijo la muchacha—; y<span class="pagenum"
-id="Page_21">p. 21</span> por fuerza, para que mis tíos me quieran
-tanto, ha de haber algún motivo que no comprendemos.</p>
-
-<p>—No hay más sino que Dios les ha abierto los ojos —dijo D.
-Celestino, firme en su ingenuo optimismo—. ¿Por qué hemos de pensar
-mal de todas las cosas? D. Mauro es un hombre honrado: podrá tener sus
-defectillos; pero ¿qué valen esos ligeros celajes del alma cuando está
-iluminada por los resplandores de la caridad?</p>
-
-<p>Inés, mirándome, parecía decirme:</p>
-
-<p>—¿Y tú qué piensas?</p>
-
-<p>Algunos meses antes de aquel suceso, yo hubiera acogido las
-proposiciones de D. Mauro Requejo con el imprevisor optimismo,
-con el necio entusiasmo que afluían de mi alma juvenil ante los
-acontecimientos nuevos e inesperados; pero los contratiempos me habían
-dado alguna experiencia: conocía ya los rudimentos de la ciencia del
-corazón, y el mío principiaba a reunir ese tesoro de desconfianzas,
-merced a las cuales medimos los pasos peligrosos de la vida. Así es que
-respondí sencillamente:</p>
-
-<p>—Puesto que ese tu reverendo tío era antes un bribón, no sé por qué
-hemos de creerle santo ahora.</p>
-
-<p>—Tú eres un chicuelo sin experiencia —me dijo D. Celestino algo
-enojado—, y yo no debiera consultar esto contigo. ¡Si sabré yo
-distinguir lo verdadero de lo falso! Y sobre todo, Inés, si él quiere
-favorecerte, poniéndote en pie de gente grande; si él quiere gastarse
-sus<span class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span> ahorros con su
-querida sobrina, ¿por qué no lo has de aceptar? Mucho más podría
-decirte; pero él mismo en persona te explicará mejor el gran cariño que
-te tiene.</p>
-
-<p>—¿Pues qué —preguntó Inés turbada—, vendrá a Aranjuez?</p>
-
-<p>—Sí, chiquilla —repuso el clérigo—. Yo te reservaba esta noticia
-para lo último. El domingo próximo tendrás el gusto de ver aquí a tu
-amado tío y protector. ¡Ah, Inés! Mucho sentiré separarme de ti; pero
-servirame de consuelo la idea de que estás contenta, de que disfrutas
-mil comodidades que yo no te puedo dar. Y cuando este viejo incapaz
-eche un paseíto a Madrid para visitarte, espero que le recibirás con
-alegría y sin orgullo; espero que no te ofuscará la ruin vanidad al
-considerarte en posición superior a la mía, porque tío por tío, hermano
-soy de tu difunto padre, mientras que el otro...</p>
-
-<p>D. Celestino estaba conmovido, y yo también, aunque por distinta
-causa.</p>
-
-<p>—Sí —continuó el cura—. Dentro de ocho días tendremos aquí a ese
-eminente tendero de la calle de la Sal. Me dice que habiendo comprado
-unas tierras en Aranjuez, junto a la laguna de Ontígola, vendrá con
-el doble objeto de conocer su finca y de verte. Él espera que irás a
-Madrid en su compañía y en la de su hermana Doña Restituta, a quien
-también tendremos el gusto de ver en casa.</p>
-
-<p>Después de oír esto, todos callamos. Revolviendo en mi cabeza
-extraños y no muy alegres pensamientos, dije a Inés:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span>—Pero ese hombre, ¿es
-casado?</p>
-
-<p>Ella leyó en mi interior con su intuición incomparable, y me
-respondió con viveza:</p>
-
-<p>—Es viudo.</p>
-
-<p>Después volvimos a callar, y solo D. Celestino, tarareando una
-antífona, interrumpía nuestro grave silencio.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch3">
- <h2 class="nobreak g0">III</h2>
-</div>
-
-<p>Tristísimo sobre toda ponderación me volví a Madrid, y pasé toda la
-semana meditabundo y como alelado, deseando y temiendo que el domingo
-siguiente llegase, porque de un lado la curiosidad y de otro el temor
-solicitaban mi espíritu. Tan grande era mi sobresalto en la noche del
-sábado, que no pegué los ojos, y de madrugada me fui al mesón de la
-calle de la Aduana a buscar un acomodo en cualquier galera que partiese
-para el Real Sitio. Mi escasez de numerario me puso en peligro de no
-poder ir, lo que me desesperaba y afligía extraordinariamente.</p>
-
-<p>Pero con ruegos y razones sutilísimas, unidas al poco dinero que
-tenía, logré ablandar el corazón duro de un carromatero, que al fin
-consintió en llevarme. Las tres mulas emplearon no sé si un siglo en
-el viaje. Yo temía que se me adelantaran los tíos de Inés; pero no fue
-así. Cuando llegué, D. Celestino estaba en la<span class="pagenum"
-id="Page_24">p. 24</span> misa mayor: entré en la iglesia lo mismo que
-los domingos anteriores; pero el templo me pareció triste y fúnebre. Al
-salir di agua bendita a Inés, esperamos al buen párroco en la puerta
-de la sacristía, y nos fuimos los tres a la casa. ¡Cosa singular! No
-hablamos nada por el camino. Los tres suspirábamos. Durante la comida
-traté de animar a los demás con fingido buen humor; pero no pude
-conseguirlo. Viendo la tardanza de la anunciada visita, yo creí que
-los Requejos no vendrían; pero mi alegría se disipó cuando estábamos
-concluyendo de comer. De improviso sentimos ruido de voces en el patio
-de la casa; levantámonos, y saliendo yo al corredor, oí una voz hueca y
-áspera que decía:</p>
-
-<p>—¿Vive aquí el latino y músico D. Celestino Santos del Malvar, cura
-de la parroquia?</p>
-
-<p>D. Mauro Requejo y su hermana Doña Restituta, tíos de Inés, habían
-llegado.</p>
-
-<p>Entraron en la habitación donde estábamos, y al punto que D. Mauro
-vio a su sobrina, dirigiose a ella con los brazos abiertos, y al
-estrecharla en ellos, exclamó endulzando la voz:</p>
-
-<p>—¡Inés de mi alma, inocente hija de la pobre Juana! Al fin, al fin
-te veo. Bendito sea Dios que este consuelo me da. ¡Qué linda eres! Ven,
-déjame que te abrace otra vez.</p>
-
-<p>Doña Restituta hizo lo mismo, pero exagerando hasta lo sumo el
-mohín lacrimoso de su rostro, así como la apretura de sus abrazos; y
-luego que ambos hubieron desahogado sus amantes corazones, saludaron
-a D. Celestino,<span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span> quien
-no pudo menos de derramar algunas lágrimas al ver tal explosión de
-sensibilidad. Por mi parte, de buena gana habría correspondido con
-bofetones a los abrazos con que estrujaban a Inés aquellos gansos, cuya
-descripción no puedo menos de considerar ahora como indispensable.</p>
-
-<p>D. Mauro Requejo era un hombre izquierdo. Creo que no necesito
-decir más. ¿No habéis entendido? Pues lo explicaré mejor. ¿Ha sido
-la Naturaleza o es la costumbre quien ha dispuesto que una mitad del
-cuerpo humano se distinga por su habilidad y la otra mitad por su
-torpeza? Una de nuestras manos es inepta para la escritura, y en los
-trabajos mecánicos solo sirve para ayudar a su experta compañera, la
-derecha. Esta hace todo lo importante: en el piano ejecuta la melodía;
-en el violín lleva el arco, que es la expresión; en la esgrima maneja
-la espada; en la náutica el timón; en la pintura el pincel; es la que
-abofetea en las disputas; la que hace la señal de la cruz en el rezo, y
-la que castiga el pecho en la penitencia. Iguales disposiciones tiene
-el pie derecho; si algo eminente y extraordinario ha de hacerse en el
-baile, es indudable que lo hará el pie derecho; él es también el que
-salta en la fuga, el que golpea la tierra con ira en la desesperación,
-el que ahuyenta al perro atrevido, el que aplasta al sucio reptil, el
-que sirve de ariete para atacar a un despreciable enemigo que no merece
-ser herido por delante. Esta superioridad mecánica, muscular y nerviosa
-de las extremidades derechas, se extiende a<span class="pagenum"
-id="Page_26">p. 26</span> todo el organismo. Cuando estamos perplejos
-sin saber qué dirección tomar, si el cuerpo se abandona a su instinto,
-se inclinará hacia la derecha, y los ojos buscarán la derecha como
-un oriente desconocido. Al mismo tiempo en el lado siniestro todo es
-torpeza, todo subordinación, todo ineptitud; cuanto hace por sí resulta
-torcido, y su inferioridad es tan notoria, que ni aun en desarrollo
-puede igualar al otro lado. La mitad de todo hombre es generalmente más
-pequeña que la otra: para equilibrarlas, sin duda, se dispuso que el
-corazón ocupara el costado izquierdo.</p>
-
-<p>Hemos hecho tan fastidiosa digresión para que se comprenda lo que
-dijimos de D. Mauro Requejo. Los dos lados de aquel hombre eran dos
-lados izquierdos; es decir, que todo él era torpe, inepto, vacilante,
-inhábil, pesado, brusco, embarazoso. No sé si me explico. Parecía
-que le estorbaban sus propias manos: al verle mirar de un lado
-para otro, creeríase que buscaba un rincón donde arrojar aquellos
-miembros inútiles, cubiertos con guantes sin medida, que quitaban la
-sensibilidad a los oprimidos dedos, hasta el punto de que su dueño no
-los conocía por suyos.</p>
-
-<p>Habíase sentado en el borde de la silla, y sus piernas, pequeñas y
-rígidas, no eran los miembros que reposan con compostura: extendíanse
-a un lado y otro como las dos muletas que un cojo arrima junto a sí.
-Ya no le servían para nada, sino para arrastrar de aquí para allí
-los pesados pies. Al quitarse el sombrero, dejándolo en el suelo; al
-limpiarse el sudor<span class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span> con
-un luengo pañuelo de cuadros encarnados y azules, parecía el mozo de
-cuerda que se descarga de un gran fardo. La buena ropa que vestía no
-era adorno de su cuerpo, pues él no estaba vestido con ella, sino ella
-puesta en él. En cuanto a los guantes, embruteciéndole las manos, se
-las convertían en pies. A cada instante se tocaba los dijes del reloj
-y los encajes de las chorreras para cerciorarse de que no se le habían
-caído; pero como tras la gamuza había desaparecido el tacto, necesitaba
-emplear la vista, y esto le hacía semejante a un mono que al despertar
-una mañana se encontrase vestido de pies a cabeza.</p>
-
-<p>Su inquietud era extraordinaria, como la de un cuerpo mortificado
-por infinito número de picazones, y cada pliegue del traje debía hacer
-llaga en sus sensibles carnes. A veces aquella inerte manopla de ante
-amarillo, rellena de dedos tiesos e insensibles, partía en dirección
-del sobaco o de la cintura con la ansiosa rapidez de una mano que va a
-rascar; pero se contenía subiendo a acariciar la barba recién afeitada.
-También movía con frecuencia el cuello, como si algún bicho extraño
-agarrado a su occipucio juguetease en el pescuezo entre el pelo y la
-solapa. Era el coleto encebado que irreverentemente se metía entre piel
-y camisa, o escarbaba la oreja. La mano de ante amarillo se alzaba
-también en aquella dirección; pero también se detenía pasando a frotar
-la rodilla.</p>
-
-<p>La cara de D. Mauro Requejo era redonda como una muestra de
-reloj: no estaba en su sitio la nariz, que se inclinaba del un
-hemisferio<span class="pagenum" id="Page_28">p. 28</span> buscando el
-siniestro carrillo que, por obra y gracia de cierto lobanillo, era más
-luminoso que su compañero. Los ojos verdosos y bien puestos bajo cejas
-negras y un poco achinescadas, tenían el brillo de la astucia, mientras
-que su boca, insignificante si no la afearan los dos o tres dientes
-carcomidos que alguna vez se asomaban por entre los labios, tenía todos
-los repulgos y mohínes que el palurdo marrullero estudia para engañar
-a sus semejantes. La risa de D. Mauro Requejo era repentina y sonora:
-en la generalidad de las personas este fenómeno fisiológico empieza
-y acaba gradualmente, porque acompaña a estados particulares del
-espíritu, el cual no funciona, que sepamos, con la rigurosa precisión
-de una máquina. Muy al contrario de esto, nuestro personaje tenía sin
-duda en su organismo un resorte para la risa, de la cual pasaba a la
-seriedad tan bruscamente como si un dedo misterioso se quitara de la
-tecla de lo alegre para oprimir la de lo grave. Yo creo que él en su
-interior pensaba así: «ahora conviene reír», y reía.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch4">
- <h2 class="nobreak g0">IV</h2>
-</div>
-
-<p>Imposible decir si Doña Restituta sería más joven o más vieja que
-su hermano: ambos parecían haber pasado bastante más allá de los
-cuarenta; pero si en la edad se asemejaban, no<span class="pagenum"
-id="Page_29">p. 29</span> así en la cara ni el gesto, pues Restituta
-era una mujer que no se estorbaba a sí misma y que sabía estarse
-quieta. Había en ella, si no fineza de modales, esa holgada soltura,
-propia de quien ha hablado con gente por mucho tiempo. Comparando
-aquellas dos ramas humanas de un mismo tronco, se podía decir: «Mauro
-ha estado toda la vida cargando fardos, y Restituta midiendo y
-vendiendo; el uno es un sabandijo de almacén, y la otra la bestezuela
-enredadora de la tienda.»</p>
-
-<p>Alta y flaca, con esa tez impasible y uniforme que parece un forro;
-de manos largas y feas, a quien el continuo escurrirse por entre telas
-había dado cierta flexibilidad; de escaso pelo, tan lustrosamente
-aplastado sobre el casco, que más parecía pintura que cabello; con su
-nariz encarnadita y algo granulenta, aunque jamás fue amiga de oler
-lo de Arganda; la boca plegada y de rincones caídos, la barba un poco
-velluda, y un mirar así entre tarde y noche, como de ojos que miran y
-no miran, Restituta Requejo era una persona cuyo aspecto no predisponía
-a primera vista ni en contra ni en favor. Oyéndola hablar, tratándola,
-se advertía en ella no sé qué de escurridizo, que escapaba a la
-observación, y se caía en la cuenta de que era preciso tratarla por
-mucho tiempo para poder hacer presa con dedos muy diestros en la piel
-húmeda de su carácter, el cual para esconderse poseía la presteza del
-saurio y la flexibilidad del ofidio. Pero dejemos estas consideraciones
-para su lugar, y por ahora conténtense ustedes con oír hablar a los
-tíos de Inés.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_30">p. 30</span>—<i>Este</i> estaba
-tan impaciente por venir —dijo Restituta, señalando a su hermano— que
-con la prisa nos fue imposible traer alguna cosita, como hubiéramos
-deseado.</p>
-
-<p>D. Celestino les dio las gracias con su amable sonrisa.</p>
-
-<p>—Tenía tanta impaciencia por venir a ver esas tierras —dijo D.
-Mauro— que... y al mismo tiempo el alma se me arrancaba en cuajarones
-al pensar en mi querida sobrinita, huérfana y abandonada... porque las
-tierras, señor D. Celestino, no son ningún muladar, Sr. Don Celestino,
-y me han costado obra de trescientos cuarenta y ocho reales, trece
-maravedís, sin contar las diligencias ni el por qué de la escritura.
-Sí, señor: ya está pagado todo, peseta sobre peseta.</p>
-
-<p>—Todo pagado —indicó Doña Restituta, mirando uno tras otro a los
-tres que estábamos presentes—. A <i>este</i> no le gusta deber nada.</p>
-
-<p>—¡Quiten para allá! Antes me dejo ahorcar que deber un maravedí
-—declaró D. Mauro, llevando la manopla a la garganta, oprimida por el
-corbatín.</p>
-
-<p>—En casa no ha habido nunca trampas —añadió la hermana.</p>
-
-<p>—A eso deben ustedes el haber adelantado tanto —dijo D.
-Celestino.</p>
-
-<p>—La suerte... eso sí; hemos tenido suerte —dijo Requejo—. Luego
-<i>esta</i> es tan trabajadora, tan ahorrativa, tan hormiguita...</p>
-
-<p>—Pero todo se debe a tu honradez —añadió Restituta—. Sí, créanlo
-ustedes, a su honradez.<span class="pagenum" id="Page_31">p. 31</span>
-<i>Este</i> tiene tal fama entre los comerciantes, que le entregarían
-los tesoros del Rey.</p>
-
-<p>—En fin... algo se ha hecho, gracias a Dios y a nuestro trabajo. Si
-fuera a hacer caso de <i>esta</i>, compraría tierras y más tierras. A
-<i>esta</i> no le gustan sino las fincas.</p>
-
-<p>—Y con razón: si <i>este</i> me hiciera caso —dijo la hermana,
-mirando otra vez sucesivamente a los circunstantes—, todas nuestras
-ganancias se emplearían en tierras de labor.</p>
-
-<p>—Como yo soy así, tan... pues —indicó Requejo.</p>
-
-<p>—Sin soberbia, Sr. D. Celestino —dijo Restituta—, bueno es aparentar
-que se tiene lo que se tiene.</p>
-
-<p>—Y me hace comprar vestidos, sombreros, alhajas —indicó D. Mauro—.
-Qué sé yo la tremolina de cosas que ha entrado en casa. Ello, como se
-puede... Vea usted esta cadena —añadió, mostrando a D. Celestino una
-que traía al cuello—; vea usted también este alfiler. ¿Cuánto cree
-usted que me han costado? La friolenta de mil reales... Psh: yo no
-quería; pero <i>esta</i> se empeñó, y como se puede...</p>
-
-<p>—Son hermosas piezas.</p>
-
-<p>—Y bien te dije que te quedaras también con la <i>tumbaga</i> de
-la esmeralda, que ya recordarás la daban en poco más de nada. Es una
-lástima que la haya tomado el Duque de Altamira.</p>
-
-<p>Al decir esto nos miraban, y nosotros les contestábamos con señales
-de asentimiento, pero sin palabras, porque ni a Inés ni a mí se nos
-ocurrían.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span>—Pero ¿cómo está
-ahí mi sobrina tan calladita? —dijo Requejo riéndose de improviso y
-quedándose muy serio un instante después.</p>
-
-<p>Inés se sonrojó y no dijo nada, porque, en efecto, no tenía nada que
-decir.</p>
-
-<p>—¡Ay, no puede negar la pinta! ¡Cómo se parece a su madre, a la
-pobre Juana, mi prima querida! —exclamó Requejo llevándose la manopla a
-la boca para tapar un bostezo—. ¡Y qué pronto se murió la pobrecita!</p>
-
-<p>—Ya que pasó a mejor vida aquella santa y ejemplar mujer —dijo
-Restituta—, no la nombremos, porque así se renueva nuestro dolor y el
-de esa pobre muchacha, aunque ella es niña, y los niños se consuelan
-más fácilmente.</p>
-
-<p>Inés no dijo nada tampoco; pero el color encendido de su rostro
-se trocó en intensa palidez. Creyó conveniente el cura variar la
-conversación, dijo:</p>
-
-<p>—¿Y ha visto usted esas tierras de la laguna de Ontígola?</p>
-
-<p>—Todavía no —respondió Requejo—; pero me han dicho que son
-magníficas. Psh... para mí, poca cosa. <i>Esta</i> se empeñó en que me
-quedara con ellas, y al fin me decidí. Allá en el país tenemos muchas
-más, que hemos ido comprando poco a poco.</p>
-
-<p>—En su país de usted, hacia el Bierzo, si no me engaño.</p>
-
-<p>—Más acá del Bierzo, en Santiagomillas, que es tierra de
-Maragatería. De allí <i>semos</i> todos, y allí está todavía el solar
-de los Requejos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span>—Familia hidalga,
-según creo —afirmó el cura.</p>
-
-<p>—Ello... no deja de tener uno su <i>motu propio</i> —contestó D.
-Mauro—; y según nos decía un sabio escribano de mi pueblo, nuestros
-ascendientes tenían un gran quejigar, de donde les vino el nombre de
-Requejo.</p>
-
-<p>—Así debe de ser: los más ilustres apellidos traen su origen
-de alguna yerba o legumbre. Y si no, ahí están en la Roma antigua
-los <i>Léntulos</i>, los <i>Fabios</i> y los <i>Pisones</i>, que
-se llamaban así porque alguno de sus mayores cultivó las lentejas,
-las habas y los guisantes. En cuanto a mí, creo que este nombre de
-<i>Malvar</i> me viene de que algún abuelo mío se pintaba solo para el
-cultivo de las malvas.</p>
-
-<p>—Pues yo creo —dijo D. Mauro volviendo a reír— que eso de que la
-nobleza viene de las guerras y de las hazañas de algunos caballeros
-es pura mentira. Que no me vengan a mí con bolas: yo no creo que haya
-habido nunca esas heroicidades. No hay más sino que los reyes hicieron
-Duque a uno porque tenía un huerto de cebollas, y a otro Marqués porque
-sabía escoger melones. De todos modos, nuestra familia no viene de
-ningún cardo borriquero.</p>
-
-<p>—Y venga de donde viniere —dijo Doña Restituta—, lo principal es lo
-principal. Lo que es en nuestra casa, Sr. D. Celestino, no falta nada
-en gracia de Dios, y aunque por fuera no gastamos lujo, ni nos gusta
-andar en carroza, ni figurar, lo que es la gallina en el puchero todos
-los días... eso sí: <i>este</i> y yo no nos podemos pasar sin ciertas
-comodidades.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span>—Lo que es por mí
-—interrumpió Requejo—, con cualquier cosa me sustento. Teniendo un
-pedazo de pan, otro de tocino y agua de la fuente del Berro, vamos
-viviendo; pero esta se empeña en poner las cosas en buen pie. Todos
-los días ha de traer libra y media de carne de vaca, y jamón rancio
-a porrillo, y abadejo del mejor todos los viernes, y para cenar una
-perdiz por barba, y los domingos tres capones, y por Navidad y por el
-día de San Mauro, que es el 15 de enero, o por San Restituto, que es
-el 10 de junio, andan los pavos por casa como si esta fuese la era del
-Mico. El Mayordomo de los Duques de Medina de Rioseco, que suele ir
-a casa a pedirnos dinero prestado, se queda estupefacto de ver tanta
-abundancia, y asegura que no ha visto despensa como la nuestra.</p>
-
-<p>—Eso sí —dijo Restituta—, no nos duele gastar en el plato, ni en
-buena ropa para vestir, ni en buen cisco de retama para la lumbre.
-Vivimos tranquilos y felices. Nuestra única pena ha consistido hasta
-ahora en no tener una persona querida a quien dejar lo que poseemos,
-cuando Dios se sirva llamarnos a su santa gloria; porque los parientes
-que nos quedan en Santiagomillas son unos pícaros que nos dan mucho que
-hacer.</p>
-
-<p>Al oír esto, D. Mauro movió el resorte de risa y miró a Inés,
-diciendo:</p>
-
-<p>—Pero aquí nos depara Dios a nuestra querida sobrinita, a esta rosa
-temprana, a esta señoritica que parece un ángel: ¡ay! si no puede negar
-la pinta, si es <i>éntica</i> a su madre...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span>—Por Dios, Mauro
-—exclamó Restituta—, no traigas a la memoria a aquella santa mujer,
-porque yo estoy todavía tan impresionada con su muerte, que si la
-recuerdo, se me vienen las lágrimas a los ojos.</p>
-
-<p>—Todo sea por Dios, y hágase su santa voluntad —dijo Requejo tocando
-el resorte de la seriedad—. Lo que digo es que cuanto tengo y pueda
-tener será para esta palomita torcaz, pues todo se lo merece ella con
-su cara de princesa.</p>
-
-<p>—Ya, ya... —indicó Restituta guiñando el ojo—, que no tendrá
-pretendientes en gracia de Dios. Marquesitos y condesitos conozco yo
-que no suspirarán poco debajo de nuestras ventanas cuando sepan que
-guardamos en casa tal primor.</p>
-
-<p>—Pelambrones, hija, pelambrones sin un cuarto —añadió Requejo—.
-Cuando la niña haya de tomar estado, ya le buscaremos un joven de una
-de las principales familias de España, que sea digno de llevarse esta
-joya.</p>
-
-<p>—Eso por de contado. Casas hay muy ricas, donde no es todo
-apariencia, y mayorazgos conozco que en cuanto la vean y sepan la
-riqueza que ha de heredar de sus tíos, beberán los vientos por
-conseguir su mano. A fe mía que nuestra casa no es ningún guiñapo,
-y cuando pongamos en la sala las cortinas de sarga verde con ramos
-amarillos, y aquellos pájaros color de pensamiento que parecen
-vivos, no estará de mal ver para recibir en ella a todos los señores
-del Consejo Real. ¡Pues poco tono se va a dar la niñita en su gran
-casa!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_36">p. 36</span>D. Celestino, viendo
-que su sobrina no contestaba nada a tan patéticas demostraciones de
-afecto, creyó conveniente hablar así:</p>
-
-<p>—Ella les agradece a ustedes con toda el alma los beneficios que va
-a recibir.</p>
-
-<p>—Ya estoy contento, Sr. D. Celestino —dijo Requejo—. Una cosa me
-faltaba, y ya la tengo. Inés será mi heredera. Inés se casará con una
-persona que la merezca y que traiga también buenas peluconas: ella será
-feliz y nosotros también.</p>
-
-<p>—No hables mucho de eso, porque lloro —dijo Doña Restituta—. ¡Qué
-gusto es tener quien la acompañe a una en la soledad, y quien comparta
-las comodidades que Dios y nuestro trabajo nos han proporcionado! ¡Ay,
-Inesita, eres tan linda, que me recuerdas mi mocedad cuando iba a jugar
-a la huerta del convento de las madres Recoletas de Sahagún, donde me
-crié! Me parece que si ahora te separaran de mí, no tendría fuerzas
-para vivir.</p>
-
-<p>Diciendo esto abrazó a Inés, y pareciome que el forro de su cara, es
-decir, la piel, se teñía de un leve rosicler.</p>
-
-<p>—Puesto que Inés está impaciente por irse con nosotros —dijo
-Requejo—, esta misma tarde nos la llevaremos.</p>
-
-<p>—¡Cómo! ¡esta tarde! ¡yo! —exclamó ella vivamente.</p>
-
-<p>—Hija mía —dijo Restituta—, no conviene disimular el cariño que nos
-tienes. Somos tus tíos, y de veras te digo que no debes agradecernos lo
-que hacemos por ti, pues obligación nuestra es.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span>—Tal vez ponga
-reparos a ir con ustedes así... tan pronto —indicó con timidez D.
-Celestino—; pero no dudo que comprenda pronto las ventajas de su nueva
-posición, y se decida...</p>
-
-<p>—¡Que no quiere venir! —exclamó Requejo con asombro—. ¿Conque
-nuestra sobrina no nos quiere? ¡Jesús! ¡Mayor desgracia!</p>
-
-<p>—Sí... les quiere a ustedes —añadió el cura, tratando de conciliar
-la repugnancia que notaba en el semblante de Inés con el deseo de los
-Requejos.</p>
-
-<p>—Hermano, no sabes lo que te dices —afirmó Restituta—. Nuestra
-sobrina es un dechado de modestia, de ingenuidad y de sencillez.
-¿Quieres que se ponga ahora a hacer aspavientos en medio de la sala,
-saltando y brincando de gusto porque nos la llevamos? Eso no estaría
-bien. Por el contrario, se está muy calladita, y como muchacha honesta
-y bien criada... ¡ya se ve! como hija de aquella santa mujer...
-disimula su alborozo y se está así, mano sobre mano, bendiciendo
-mentalmente a Dios por la suerte que le depara.</p>
-
-<p>—Entonces, Sr. D. Celestino —dijo Requejo—, nosotros nos vamos
-ahora a ver esas tierras de Ontígola que están ahí hacia la parte de
-Titulcia, y por la tarde, cuando volvamos, Inés estará preparada para
-venirse con nosotros a Madrid.</p>
-
-<p>—No tengo inconveniente, si ella está conforme —repuso el clérigo,
-mirando a su sobrina.</p>
-
-<p>Mas no dieron tiempo a que esta expresara<span class="pagenum"
-id="Page_38">p. 38</span> su opinión sobre aquel viaje, porque los
-Requejos se levantaron para marcharse, diciendo que un coche de dos
-mulas les esperaba en el paradero del Rincón. Abrazaron por turno dos o
-tres veces a su sobrina; hicieron ridículas cortesías a D. Celestino,
-y sin dignarse mirarme, lo cual me honró mucho, salieron, dejando al
-clérigo muy complacido, a Inés absorta y a mí furioso.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch5">
- <h2 class="nobreak g0">V</h2>
-</div>
-
-<p>Al punto se trató de resolver en consejo de familia lo que debía
-hacerse; pero deseando yo conferenciar con el buen cura para decirle lo
-que Inés no debía oír, rogué a esta que nos dejase solos, y hablamos
-así:</p>
-
-<p>—¿Será usted capaz, Sr. D. Celestino, de consentir que Inés vaya a
-vivir con ese ganso de D. Mauro, y la lechuza de su hermana?</p>
-
-<p>—Hijo —me contestó—, Requejo es muy rico, Requejo puede dar a
-Inesilla las comodidades que yo no tengo, Requejo puede hacerla su
-heredera cuando estire la zanca.</p>
-
-<p>—¿Y usted lo cree? Parece mentira que tenga usted más de sesenta
-años. Pues yo digo y repito que ese endiablado D. Mauro me parece un
-farsante hipocritón. Yo, en lugar de usted, les mandaría a paseo.</p>
-
-<p>—Yo soy pobre, hijo mío; ellos son ricos:<span class="pagenum"
-id="Page_39">p. 39</span> Inés se irá con ellos. En caso de que la
-traten mal, la recogeremos otra vez.</p>
-
-<p>—No la tratarán mal, no —dije muy sofocado—. Lo que yo temo es otra
-cosa, y eso no lo he de consentir.</p>
-
-<p>—A ver, muchacho.</p>
-
-<p>—Usted sabe como yo lo que hay sobre el particular: usted sabe que
-Inés no es hija de Doña Juana; usted sabe que Inés nació del vientre de
-una gran señora de la Corte, cuyo nombre no conocemos; usted sabe todo
-esto, y ¿cómo sabiéndolo no comprende la intención de los Requejos?</p>
-
-<p>—¿Qué intención?</p>
-
-<p>—Los Requejos despreciaron siempre a Doña Juana; los Requejos no
-le dieron nunca ni tanto así; los Requejos ni siquiera la visitaron
-en su enfermedad; y ahora, Sr. D. Celestino de mi alma, los Requejos
-lloran recordando a la difunta; los Requejos echan la baba mirando
-a su sobrinita, y no puede ser otra cosa sino que los Requejos
-han descubierto quiénes son los padres de Inés; los Requejos han
-comprendido que la muchacha es un tesoro, y ¡ay! no me queda duda de
-que el Requejo mayor, ese poste vestido, trae entre ceja y ceja el
-proyecto de casarse con Inés, obligándola a ello en cuanto la pille en
-su casa.</p>
-
-<p>—Sosiégate, muchacho, y óyeme. Puede muy bien suceder que la
-intención de los Requejos sea la que dices, y puede muy bien que sea
-la que ellos han manifestado. Como yo me inclino siempre a creer lo
-bueno, no dudo de la sinceridad de D. Mauro, hasta que los hechos<span
-class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span> me prueben lo contrario. ¿Qué
-sabes tú si de la mañana a la noche verás a Inés hecha una damisela,
-paseando en magnífica carroza, con dos caballos empenachados y un
-encartonado cochero? Sí: verasla rodeada de lacayos y pajes, llena de
-diamantes como avellanas, y viviendo en uno de esos caserones que hay
-en Madrid más grandes que conventos.</p>
-
-<p>—¡Bah, bah! Eso es como cuando yo quería ser Príncipe, Generalísimo
-y Secretario del Despacho. A los diez y seis años se pueden decir tales
-cosas; pero no a los sesenta.</p>
-
-<p>—Viviendo conmigo, Inés ha de estar condenada a perpetua estrechez.
-¿No vale más que se la lleven los parientes de su madre, que parecen
-personas muy caritativas? En todo caso, Gabriel, si la muchacha no
-estuviera contenta allí, tiempo tenemos de recogerla, porque a mí, como
-tío carnal, me corresponde la tutela.</p>
-
-<p>—¿Y por qué la deja usted marchar?</p>
-
-<p>—Porque los Requejos son ricos... ¿lo comprenderás al fin?... porque
-Inés en casa de esa gente puede estar como una princesa, y casarse al
-fin con un comerciante muy rico de la calle de Postas o Platerías.</p>
-
-<p>—Alto allá, señor mío —exclamé muy amostazado—, ¿qué es eso de
-casarse Inés? Inés, Dios mediante, no se casará más que conmigo. Sí,
-¡vaya usted a hablarle de comerciantes y de usías!</p>
-
-<p>—Es verdad: no me acordaba, hijito —dijo el cura con algo de mofa—.
-¡Casarse a los diez y siete años! ¿El matrimonio es algún<span
-class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span> juego? Y además, hazme el
-favor de decirme qué ganas tú en la imprenta donde trabajas.</p>
-
-<p>—Sobre tres reales diarios.</p>
-
-<p>—Es decir, noventa y tres reales los meses de treinta y uno. Algo
-es; pero no basta, chiquillo. Ya ves tú: cuando Inés esté en su sala
-con cortinas verdes de ramos amarillos, y se siente en aquellas
-mesas donde hay siete pavos por Navidad, y todas las noches cena de
-perdiz por barba... ya ves tú, no sé cómo podrá arrimarse a ella un
-pretendiente con noventa y tres reales al mes, en los que traen treinta
-y uno.</p>
-
-<p>—Eso ella es quien lo ha de decir —repuse con la mayor zozobra—;
-y si ella me quiere así, veremos si todos los Requejos del mundo lo
-pueden impedir. En resumidas cuentas, señor D. Celestino, ¿usted está
-decidido a que Inés se vaya esta tarde con D. Mauro?</p>
-
-<p>—Decidido, hijo mío: es para mí un caso de conciencia.</p>
-
-<p>—¿Y quién le dice a usted que con noventa y tres reales al mes no
-se puede mantener una familia? Pues a mí me da la gana de casarme, sí,
-señor.</p>
-
-<p>—¡Casarse a los diez y siete años! Uno y otro debéis esperar a tener
-los treinta y cinco cumplidos. La vida se pasa pronto: no te apures.
-Para entonces podréis casaros. Sois a propósito el uno para el otro.
-Casar y compadrar cada uno con su igual. Veremos si de aquí allá te
-luce más el oficio.</p>
-
-<p>—¿Y no puedo yo buscar un destinillo?</p>
-
-<p>—Eso es como cuando se te puso en la cabeza que te iba a caer un
-principado.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_42">p. 42</span>—No: un destinillo de
-estos que se dan a cualquier pelón, en la contaduría de acá o en la de
-allá.</p>
-
-<p>—¿Pero crees tú que un empleo es cosa fácil de conseguir?</p>
-
-<p>—¿Por qué no? —respondí enfáticamente—. ¿Pues para qué son los
-destinos sino para darlos a todos los españoles que necesitan de
-ellos?</p>
-
-<p>—Hijo, las antesalas están llenas de pretendientes. Ya recordarás
-que a pesar de ser paisano y amigo del Príncipe de la Paz, estuve
-catorce años haciendo memoriales.</p>
-
-<p>—Pero al fin... Visita usted a S. A. y le trata; de modo que si le
-pidiera para mí una placita, no creo que se la negara.</p>
-
-<p>—¡Ah! —exclamó D. Celestino con satisfacción—. El día que visité
-a S. A. fue para mí el más lisonjero de mi vida, porque oí de sus
-augustos labios las palabras más cariñosas. Si vieras con cuánto
-agasajo me trató; ¡y qué amabilidad, qué dulzura, qué llaneza, sin
-dejar por eso de ser Príncipe en todos sus gestos y palabras! Cuando
-entré, yo estaba todo turbado y confuso, y la lengua se me quedó pegada
-al paladar. Mandome S. A. que me sentara, y me preguntó si yo era de
-Villanueva de la Serena. ¿Ves qué bondad? Contestele que había nacido
-en los Santos de Maimona, villa que está en el camino real, como vamos
-de Badajoz a Fuente de Cantos. Luego me preguntó por la cosecha de este
-año, y le respondí que, según mis noticias, el centeno y cebada eran
-malos; pero que la bellota venía<span class="pagenum" id="Page_43">p.
-43</span> muy bien. Ya comprenderás por esto el interés que se toma por
-la agricultura. En seguida me dijo si estaba contento en mi parroquia,
-a lo cual contesté afirmativamente, añadiendo que me tenía edificado la
-piedad de mis feligreses. Al decir esto no pude contener las lágrimas.
-Bien claro se ve que al Príncipe le interesa mucho cuanto se refiere
-a la Religión. Hablele después de que entretenía mis ocios con la
-poesía latina, y notifiquele haber compuesto un poema en hexámetros,
-dedicado a él. Enterado de esto, dijo que <i>bueno</i>, en lo cual se
-demuestra palmariamente su desmedida afición a las letras humanas; y
-por fin, a los diez minutos de conferencia, me rogó afectuosamente que
-me retirara, porque tenía que despachar asuntos urgentísimos. Esto
-prueba que es hombre trabajador, y que las mejores horas del día las
-consagra puntualmente a la administración. Te aseguro que salí de allí
-conmovido.</p>
-
-<p>—¿Y no vuelve usted?</p>
-
-<p>—¡Pues no he de volver! Supliqué a S. A. que me fijara día para
-llevarle el poema latino, y mañana tendré el honor de poner de nuevo
-los pies en el palacio de mi ilustre paisano.</p>
-
-<p>—Pues yo iré con usted, Sr. D. Celestino —dije con mucha
-determinación—. Iremos juntos, y usted le pedirá un destino para mí.</p>
-
-<p>—¡Estás loco! —exclamó el sacerdote con asombro—. No me creo capaz
-de semejante irreverencia.</p>
-
-<p>—Pues se lo pediré yo —dije, más resuelto cada vez a entrar en la
-administración.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span>—Modera esos
-arrebatos, joven sin experiencia. ¿Cómo quieres que te presente sin
-más ni más al Príncipe de la Paz? ¿Qué puedo decir de ti, cuáles son
-tus méritos? ¿Conoces acaso por el forro los versos latinos? ¿Has
-saludado siquiera el <i>Divitias alius fulvo sibi congerat auro</i>, el
-<i>Passer delitiœ meœ puellœ</i>, o el <i>Cynthia prima suis me cepis
-ocellis</i>? ¿Estás loco? ¿Piensas que los destinos están ahí para los
-mocosos a quienes se les antoja pedirlos?</p>
-
-<p>—Usted le dice que soy un chico pariente suyo, y yo me encargo de lo
-demás.</p>
-
-<p>—¿Pariente mío? Eso sería una mentira, y yo no miento.</p>
-
-<p>Así disputamos un buen rato, y al fin, entre ruegos y razones,
-logré convencer al Padre Celestino para que me llevara a presencia del
-Serenísimo señor Godoy. Mi tenaz proyecto se explica por el estado de
-desesperación en que me puso la visita de los Requejos y su propósito
-de cargar con la pobre Inés. La viva antipatía que ambos hermanos me
-inspiraron desde que tuve la desdicha de poner los ojos sobre ellos,
-engendró en mi espíritu terribles presentimientos. Se me representaba
-la pobre huérfana en dolorosa esclavitud bajo aquel par de trasgos,
-condenada a perecer de tristeza si Dios no me deparaba medios para
-sacarla de allí. ¿Cómo podía yo conseguirlo, siendo, como era, más
-pobre que las ratas? Pensando en esto, vino a mi mente una idea
-salvadora, la que desde aquellos tiempos principiaba a ser norte de la
-mitad, de la gran mayoría de los españoles, es decir, de todos aquellos
-que no eran<span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span> mayorazgos
-ni se sentían inclinados al claustro: la idea de adquirir una plaza en
-la administración. ¡Ay! aunque había entonces menos destinos, no eran
-escasos los pretendientes.</p>
-
-<p>España había gastado en la guerra con Inglaterra la espantosa suma
-de <i>siete mil millones</i> de reales. Quien esto derrochó en una
-calaverada, ¿no podía darme a mí cinco mil para que me casara? Por
-supuesto, el pretender casarse entonces a los diez y siete años, era
-una calaverada peor que la de gastar siete mil millones en una guerra.
-Aquella idea echó raíces en mi cerebro con mucha presteza. A la media
-hora de mi conferencia con D. Celestino, ya se me figuraba estar
-desempeñando, ante la mesa forrada de bayeta verde, las funciones que
-el Estado tuviera a bien encomendarme para su prosperidad y salvación.
-Atrevido era el proyecto de pedir yo mismo al poderoso Ministro lo que
-me hacía falta; pero la gravedad de las circunstancias y el loco deseo
-de adquirir una posición que me permitiera disputar la posesión de Inés
-a la temerosa pareja de los Requejos, disminuía los obstáculos ante mis
-ojos, dándome aliento para las empresas más difíciles.</p>
-
-<p>No disimuló la huérfana, al hablar conmigo, la repugnancia que le
-inspiraban sus tíos: tal vez hubiera yo logrado impedir el secuestro;
-pero D. Celestino repitió que era para él caso de conciencia, y con
-esto Inés no se atrevió a formular sus quejas: ¡tan grande era entonces
-la subordinación a la autoridad de los mayores! La escrupulosidad del
-buen sacerdote no<span class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span>
-impidió, sin embargo, que yo hablara mil pestes de los dos hermanos,
-criticando sus fachas y vestidos, y comentando a mi manera aquello
-de los siete pavos y capones, con la añadidura de las perdices por
-barba en la hora de la cena. También me reí con implacable saña de
-los tratamientos que se daban hermano y hermana, pues, según el
-lector observaría, se llamaban simplemente <i>este</i> y <i>esta</i>.
-D. Celestino me dijo que tratase con más miramientos a dos personas
-respetables que habían sabido labrar pingüe fortuna con su trabajo
-y honradez, y, entre tanto, Inés preparaba de muy mala gana su
-equipaje.</p>
-
-<p>No tardó la casa del cura en verse honrada de nuevo con las
-personas de los Requejos, que llegaron a eso de las cuatro,
-haciendo mil ponderaciones de las tierras adquiridas cerca de
-Ontígola; y su contento al ver que Inés se disponía a seguirles, fue
-extraordinario.</p>
-
-<p>—No te des prisa, pimpollita —decía Don Mauro—, que todavía hay
-tiempo de sobra.</p>
-
-<p>—Su impaciencia por emprender el viaje —añadió Doña Restituta,
-plegando de un modo indefinible el forro cutáneo de su cara— es tan
-viva, que la pobrecilla quisiera tener alitas para salir más pronto de
-aquí.</p>
-
-<p>—Eso no —dijo D. Celestino algo amoscado—, que su tío no le ha dado
-malos tratos para que así se impaciente por abandonarle.</p>
-
-<p>Inés se arrojó llorando en brazos del cura, y ambos derramaron
-muchas lágrimas. Por mi parte, tenía interés en que los Requejos no
-conocieran que un antiguo y cordial amor me<span class="pagenum"
-id="Page_47">p. 47</span> unía a Inés; así es que disimulé mi
-sofocación, y acechándola fuera, cuando salió en busca de un objeto
-olvidado, le dije:</p>
-
-<p>—Prendita, no me digas una palabra, ni me mires, ni me saludes. Yo
-me quedo aquí; pero descuida, pronto nos hemos de ver allá.</p>
-
-<p>Llegó por fin la hora de la partida; el coche se acercó a la puerta
-de la casa. Inés entró en él muy llorosa, y los Requejos tomaron
-asiento a un lado y otro, pues aun en aquella situación temían que
-se les escapara. Jamás he visto mujer ninguna que se asemejara a un
-cernícalo como en aquel momento Doña Restituta. El coche partió, y
-al poco rato nuestros ojos le vieron perderse entre la arboleda.
-D. Celestino, que hacía esfuerzos por aparentar serenidad, no pudo
-conservarla, y haciendo pucheros como un niño, sacó su largo pañuelo y
-se lo llevó a los ojos.</p>
-
-<p>—¡Ay, Gabriel! ¡Se la llevaron!</p>
-
-<p>Mi emoción también era intensísima, y no pude contestarle nada.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch6">
- <h2 class="nobreak g0">VI</h2>
-</div>
-
-<p>Al día siguiente llevome D. Celestino al palacio del Príncipe de la
-Paz. Era el 15 de marzo, si no me falla la memoria.</p>
-
-<p>Aunque no tenía ropa para mudarme en tan solemne ocasión, pues la
-que llevaba a Aranjuez<span class="pagenum" id="Page_48">p. 48</span>
-era la mejorcita, con una camisa limpia que me prestó el cura, quedé
-en disposición, según él mismo me dijo, de presentarme aunque fuera a
-Napoleón Bonaparte. Por el camino, y mientras hacíamos tiempo hasta que
-llegara la hora de las audiencias, D. Celestino sacaba del bolsillo
-interior de su sotana el poema latino para leerlo en alta voz.</p>
-
-<p>—Quizás el señor Príncipe —decía— me mande leer algún trozo, y
-conviene hacerlo con entonación clásica y ritmo seguro, mayormente si
-hay delante algún embajador o general extranjero.</p>
-
-<p>Después, guardando el manuscrito, añadió con cierta zozobra:</p>
-
-<p>—¿Sabes que el sacristán de la parroquia, ese condenado
-Santurrias... ya le conoces... me ha puesto esta mañana la cabeza como
-un farol? Dice que el señor Príncipe de la Paz no dura dos días más al
-frente de la Nación, y que le van a cortar la cabeza. Esto no merece
-más que desprecio, Gabrielillo; pero me da rabia de oír tratar así a
-persona tan respetable. Pues ¿qué crees tú? he descubierto que ese
-pícaro Santurrias es jacobino, y se junta mucho con los cocheros del
-Infante D. Antonio Pascual, los cuales son gente muy alborotada.</p>
-
-<p>—¿Y qué dice ese reverendo sacristán?</p>
-
-<p>—Mil necedades: figúrate tú. ¡Como si a personas de estudios y
-que tienen en la uña del dedo a todos los clásicos latinos, se les
-pudiera hacer tragar ciertas bolas! Dice que el señor Príncipe de la
-Paz, temiendo que Napoleón viene a destronar a nuestros queridos<span
-class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span> Reyes, tiene el propósito
-de que estos marchen a Andalucía para embarcarse y dar la vela a las
-Américas.</p>
-
-<p>—Pues anoche —dije yo—, cuando fui al mesón a decir a los arrieros
-que no me aguardaran, oí decir lo mismito a unos que estaban allí,
-y por cierto que hablaban de su amigo y paisano de usted con más
-desprecio que si fuera un bodegonero del Rastro.</p>
-
-<p>—No saben lo que se pescan, hijo —replicó el cura—. Pero o yo me
-engaño mucho, o los partidarios del Príncipe de Asturias andan metiendo
-cizaña por ahí. Ello es que en Aranjuez hay mucha gente extraña y...
-¡quiera Dios!... Ya me notificó esta mañana Santurrias que su mayor
-gusto será tocar las campanas a vuelo si el pueblo se amotina para
-pedir alguna cosa; pero ya le he dicho —y al hablar así D. Celestino se
-paró, y con su dedo índice hacía demostraciones de la mayor energía—,
-ya le he dicho que si toca las campanas de la iglesia sin mi permiso,
-lo pondré en conocimiento del señor Patriarca para lo que este tenga a
-bien resolver.</p>
-
-<p>Con esta conversación llegó la hora, y nosotros al palacio de S.
-A. Atravesamos por entre varios guardias que custodiaban la puerta,
-porque ha de saberse que el Generalísimo tenía su guardia de a pie y de
-a caballo, lo mismo que el Rey, y mejor equipada, según observaban los
-curiosos.</p>
-
-<p>Nadie nos puso obstáculo en el portal ni en la escalera; pero
-al llegar a un gran vestíbulo, en cuyo pavimento taconeaban con
-estrépito<span class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span> las botas de
-otra porción de guardias, uno de estos nos detuvo, preguntando a D.
-Celestino con cierta impertinencia que a dónde íbamos.</p>
-
-<p>—S. A. —balbució el clérigo muy turbado— tuvo el honor de
-señalarme... digo... yo tuve el honor de que él señalara el día de hoy
-y la presente hora para recibirme.</p>
-
-<p>—S. A. está en palacio. Ignoramos cuándo vendrá —dijo el guardia
-dando media vuelta.</p>
-
-<p>D. Celestino me consultó con sus ojos, y también iba a consultarme
-con sus autorizados labios, cuando se sintió ruido en el portal.</p>
-
-<p>—¡Ahí está! S. A. ha llegado —dijeron los guardias, tomando
-apresuradamente sus armas y sombreros para hacer los honores.</p>
-
-<p>Pero el Príncipe subió a sus habitaciones particulares por la
-escalera excusada que al efecto existía en su palacio.</p>
-
-<p>—Quizá S. A. no reciba hoy —dijo a Don Celestino el guardia que poco
-antes nos había detenido—. Sin embargo, pueden ustedes esperar, si
-gustan, y él avisará si da audiencia o no.</p>
-
-<p>Dicho esto, nos hizo pasar a una habitación contigua y muy grande,
-donde vimos a otras muchas personas que desde por la mañana habían
-acudido en solicitud del favor de una entrevista con S. A. Entre
-aquella gente había algunas damas muy distinguidas, militares,
-señores a la antigua, vestidos con históricas casacas y cubiertos con
-monumentales pelucas, y también algunas personas humildes.</p>
-
-<p>Los pretendientes allí reunidos se miraban<span class="pagenum"
-id="Page_51">p. 51</span> con recelo y mal humor, porque a todo el
-que hace antesala molesta mucho el verse acompañado, considerando sin
-duda que si el tiempo y la benevolencia del Ministro se reparten entre
-muchos, no puede tocarles gran cosa. Un ujier se acercó a nosotros
-y preguntó a D. Celestino quiénes éramos, a lo cual repuso el buen
-eclesiástico:</p>
-
-<p>—Nosotros somos curas de la parroquia de... quiero decir, soy cura
-de la parroquia, y este joven... este joven gana noventa y tres reales
-en los meses de treinta y uno; y venimos a... pero yo no pienso pedirle
-nada al señor Príncipe, porque este picarón (señalando a mí) no se
-morderá la lengua para decirle lo que desea.</p>
-
-<p>Cuando el ujier se alejó, dije a mi acompañante que tuviera cuidado
-de no equivocarse tan a menudo; que no anunciara anticipadamente
-nuestra comisión pedigüeña, y que no había necesidad de ir pregonando
-lo que yo ganaba; a lo que me respondió que él, como persona nueva
-en antesalas y palacios, se turbaba a la primera ocasión, diciendo
-mil desatinos. Uno de los señores que aguardaban se nos acercó, y
-reconociendo al cura, se saludaron ambos muy cortésmente, diciendo el
-desconocido:</p>
-
-<p>—Sr. D. Celestino, ¿qué bueno por aquí?</p>
-
-<p>—Vengo a visitar a S. A. Ya sabe usted que somos paisanos y amigos.
-Mi padre y su abuelo hicieron un viaje juntos desde Trujillo a la Vera
-de Placencia, y un tío de mi madre tenía en Miajadas una dehesa donde
-los Godoyes<span class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span> iban a
-cazar alguna vez. Somos amigos, y le estoy muy reconocido, porque a la
-munificencia de S. A. debo el beneficio que disfruto, el cual me fue
-concedido en cuanto S. A. tuvo conocimiento de mi necesidad; así es
-que desde mi primer memorial hasta el día en que tomé posesión, solo
-transcurrieron catorce años.</p>
-
-<p>—Se conoce que el Príncipe quiso servirle a usted —afirmó nuestro
-interlocutor—. No a todos se les despacha tan pronto. Hace veintidós
-años que yo pretendí que se me repusiera en mi antigua plaza de la
-Colecturía, del Noveno y del Excusado, y esta es la hora, señor D.
-Celestino. A pesar de todo, yo no me desanimo, y tengo por seguro que
-la semana que viene...</p>
-
-<p>—No todos son tan afortunados como yo —dijo el optimista D.
-Celestino—. Verdad es que, como paisano y amigo de S. A., estoy en
-situación muy favorable. De mi pueblo a Badajoz, cuna de D. Manuel
-Godoy, no hay más que trece leguas y media por buen camino, y estoy
-cansado de ver la casa en que nació este faro de las Españas. Así es
-que en cuanto supo mi necesidad...</p>
-
-<p>—Pero diga usted —preguntó bajando la voz el señor de <i>la semana
-que viene</i>—, ¿tenemos viaje de los Reyes a Andalucía o no tenemos
-viaje?</p>
-
-<p>—¿Pero usted cree tales paparruchas? —dijo D. Celestino—. Esa voz la
-ha corrido Santurrias, el sacristán de mi iglesia. Ya le he dicho que
-si tocaba las campanas sin mi permiso...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_53">p. 53</span>—Todo el mundo lo
-asegura. Ya sabe usted que ha venido mucha tropa de Madrid, y por las
-calles del pueblo se ve gente de malos modos.</p>
-
-<p>—¿Pero qué objeto puede tener ese viaje?</p>
-
-<p>—Amigo, ya Napoleón tiene en España la friolera de cien mil hombres.
-Ha nombrado general en jefe a Murat, el cual dicen que salió ya de
-Aranda para Somosierra. Y a todas estas, ¿hay alguien que sepa a qué
-viene esa gente? ¿Vienen a echar a toda la Familia Real? ¿Vienen
-simplemente de paso para Portugal?</p>
-
-<p>—¿Quién se asusta de semejante cosa? —dijo D. Celestino—. Pongamos
-por caso que vengan con mala intención. ¿Qué son cien mil hombres? Con
-dos o tres regimientos de los nuestros se podrá dar buena cuenta de
-ellos, y ahí nos las den todas. Como S. A. se calce las espuelas...
-Eso del viaje es pura invención de los desocupados y de los enemigos
-de S. A., que le insultan porque no les ha dado destinos. Como si los
-destinos se pudieran dar a todo el que los pretende.</p>
-
-<p>No siguió esta conversación, porque el ujier se acercó a nosotros,
-haciéndonos señas de que le siguiéramos. S. A. nos mandaba pasar.
-Cuando los demás pretendientes vieron que se daba la preferencia
-a los que habían llegado los últimos, un murmullo de descontento
-resonó en la sala. Nosotros la atravesamos muy orgullosos de aquella
-predilección, y mientras D. Celestino saludaba a un lado y otro con
-su bondad de costumbre, yo dirigí a los más cercanos una mirada
-de desprecio,<span class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span> que
-equivalía al convencimiento de mi próximo ingreso en la administración
-de ambos mundos.</p>
-
-<p>Pasamos de aquella sala a otras, todas ricamente alhajadas. ¡Qué
-bellos tapices, qué lindos cuadros, qué hermosas estatuas de mármol
-y bronce, qué vasos tan elegantes, qué candelabros tan vistosos, qué
-muebles tan finos, qué cortinajes tan espléndidos, qué alfombras tan
-muelles! No pude detenerme en la contemplación de tan bonitos objetos,
-porque el ujier nos llevaba a toda prisa, y yo me sentía atacado de
-una cortedad tal, que se disipó mi anterior envalentonamiento, y
-empecé a comprender que me faltarían ideas y saliva para expresar ante
-el Príncipe mis anhelos. Por fin llegamos al despacho de Godoy, y al
-entrar vi a este en pie, inclinado junto a una mesa y revisando algunos
-papeles. Aguardamos un buen rato a que se dignase mirarnos, y al fin
-nos miró.</p>
-
-<p>Godoy no era un hombre hermoso, como generalmente se cree; pero sí
-extremadamente simpático. Lo primero en que se fijaba el observador
-era en su nariz, la cual, un poco grande y respingada, le daba cierta
-expresión de franqueza y comunicatividad. Aparentaba tener sobre
-cuarenta años: su cabeza, rectamente conformada y airosa; sus ojos
-vivos, sus finos modales y la gallardía de su cuerpo, que más bien era
-pequeño que grande, le hacían agradable a la vista. Tenía sin duda la
-figura de un señor noble y generoso: tal vez su corazón se inclinaba
-también a lo grande; pero en<span class="pagenum" id="Page_55">p.
-55</span> su cabeza bullían el desvanecimiento, la torpeza, los
-extravíos y falsas ideas acerca de los hombres y las cosas de su
-tiempo.</p>
-
-<p>Nos miró, como he dicho, y al punto Don Celestino, que temblaba como
-un chiquillo de diez años, hizo una profunda cortesía, a la cual siguió
-otra hecha por mi persona. A mi acompañante se le cayó el sombrero;
-recogiolo, dio algunos pasos, y con voz tartamuda habló así:</p>
-
-<p>—Ya que V. A. tiene el honor de... no... digo... ya que yo tengo el
-honor de ser recibido por V. A. Serenísima... decía que me felicito de
-que la salud de V. A. sea buena, para que por mil años sigamos haciendo
-el bien de la nación...</p>
-
-<p>El Príncipe parecía muy preocupado, y no contestó al saludo sino con
-una ligera inclinación de cabeza. Después pareció recordar, y dijo:</p>
-
-<p>—¿Es usted el señor chantre de la catedral de Astorga, que viene
-a...?</p>
-
-<p>—Permítame V. A. —interrumpió D. Celestino—, que ponga en su
-conocimiento cómo soy el cura de la parroquia castrense de Aranjuez.</p>
-
-<p>—¡Ah! —exclamó el Príncipe—, ya recuerdo... el otro día... se le
-dio a usted el curato por recomendación de la señora Condesa de X,
-(Amaranta). ¿Es usted natural de Villanueva de la Serena?</p>
-
-<p>—No, señor: soy de los Santos de Maimona. ¿No recuerda V. A. esa
-villa? En el camino de Fuente de Cantos. Allí se cogen unas sandías
-que pesan muchas arrobas, y también hay<span class="pagenum"
-id="Page_56">p. 56</span> muchos melones... Pues, como decía a V. A.,
-hoy venía con dos objetos: con el de tener el honor de presentarme a
-V. A. para que este chico lea un poema latino que ha compuesto... no,
-quiero decir...</p>
-
-<p>D. Celestino se atragantó, mientras que el Príncipe, asombrado
-de mi precocidad en el estudio de los clásicos, me miraba con ojos
-benévolos.</p>
-
-<p>—No —dijo el cura entrando de nuevo en posesión de su lengua—. El
-poema ha sido compuesto por mí, y, accediendo a los deseos de V. A.,
-voy a comenzar su lectura.</p>
-
-<p>El Príncipe adelantó la mano con ese instintivo movimiento que
-parece apartar un objeto invisible. Pero D. Celestino no comprendió que
-su protector rechazaba por medio de un movimiento físico la amenazadora
-lectura del poema, y firme en su propósito, desenvainó el manuscrito
-homicida. En el mismo instante, Godoy, que atendía poco a nosotros y
-parecía estar pensando cosas muy graves, volviose bruscamente hacia la
-mesa, y empezó a hojear de nuevo los papeles.</p>
-
-<p>D. Celestino me miró, y yo miré a D. Celestino.</p>
-
-<p>Así transcurrió un minuto, al cabo del cual el Príncipe dirigiose
-hacia nosotros y dijo, señalando unas sillas:</p>
-
-<p>—Siéntense ustedes.</p>
-
-<p>Después siguió en su investigación de papeles. Sentados en nuestros
-asientos el cura y yo, nos hablábamos en voz baja.</p>
-
-<p>—Para exponerle tu pretensión —me dijo el<span class="pagenum"
-id="Page_57">p. 57</span> tío de Inés—, debes esperar a que yo lea mi
-poema, en lo cual, con la pausa conveniente, no tardaré más que hora
-y media. El admirable efecto que le ha de producir la audición de los
-versos clásicos, a que es tan aficionado, le predispondrá en tu favor,
-y no dudo que te concederá cuanto le pidas.</p>
-
-<p>Después de otro rato de espera, un oficial entró para dar un
-despacho al Príncipe. Este le abrió al punto, y después que lo hubo
-leído con mucha ansiedad, dejolo sobre la mesa y se dirigió hacia D.
-Celestino.</p>
-
-<p>—Dispénseme usted —dijo— mi distracción. Hoy es día para mí de
-ocupaciones graves e inesperadas. No pensaba recibir a nadie en
-audiencia, y si le mandé entrar a usted fue porque sabía no es de los
-que vienen a pedirme destinos.</p>
-
-<p>D. Celestino se inclinó en señal de asentimiento, y yo dije para mí:
-«Lucidos hemos quedado.» Después dirigiose S. A. a mí, y me dijo:</p>
-
-<p>—En cuanto al poema latino que este joven ha compuesto, ya tengo
-noticias de que es una obra notable. Persista usted en su aplicación
-a los buenos estudios, y será un hombre de provecho. No puedo hoy
-tener el gusto de conocer el poema; pero ya me habían hablado de usted
-con grandes encomios, y desde luego formé propósito de que se le
-diera a usted una plaza en la oficina de Interpretación de Lenguas,
-donde su precocidad sería de gran provecho. Sírvase usted dejarme su
-nombre...</p>
-
-<p>D. Celestino iba a contestar, rectificando el<span class="pagenum"
-id="Page_58">p. 58</span> error; pero su turbación se lo impidió.
-Antes que mi compañero pudiera decir una palabra, levanteme yo, y
-extendiendo mi nombre sobre un papel que en la mesa encontré, ofrecilo
-respetuosamente al Príncipe, que concluyó así:</p>
-
-<p>—Ruego a ustedes que tengan la bondad de retirarse, pues mis
-ocupaciones no me permiten prolongar esta audiencia.</p>
-
-<p>Hicimos nuevas cortesías; D. Celestino balbuceó las fórmulas
-pomposas propias del caso, y salimos del despacho del Príncipe.
-Al pasar por la sala donde esperaban con impaciencia los demás
-pretendientes, el ujier lanzó esta terrorífica exclamación: «¡No hay
-audiencia!»</p>
-
-<p>Al encontrarse en la calle, el buen cura, recobrando la serenidad de
-su espíritu y la soltura de su lengua, me dijo con cierto enojo:</p>
-
-<p>—¿Por qué no le dijiste tú que el poema no era tuyo, sino mío?</p>
-
-<p>No pude menos de soltar la risa viéndole picado en su amor propio, y
-considerando el extraño resultado de nuestra visita al Príncipe de la
-Paz.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch7">
- <h2 class="nobreak g0">VII</h2>
-</div>
-
-<p>—Pues, Gabrielillo —me dijo D. Celestino cuando entrábamos en la
-casa—, cierto es que hay demasiada gente en el pueblo. Se ven por
-ahí muchas caras extrañas, y también parece<span class="pagenum"
-id="Page_59">p. 59</span> que es mayor el número de soldados. ¿Ves
-aquel grupo que hay junto a la esquina? Parecen trajineros de la
-Mancha... y entre ellos se ven algunos uniformes de caballería. Por
-este lado vienen otros que parecen estar bebidos... ¿oyes los gritos?
-Entrémonos, hijo mío, no nos digan alguna palabrota. Aborrezco al
-vulgo.</p>
-
-<p>En efecto: por las calles del Real Sitio y por la plaza de San
-Antonio discurrían más o menos tumultuosamente varios grupos, cuyo
-aspecto no tenía nada de tranquilizador. Asomábase a las ventanas el
-vecindario todo para observar a los transeúntes, y era opinión general
-que nunca se había visto en Aranjuez tanta gente. Entramos en la casa,
-subimos al cuarto de D. Celestino, y cuando este sacudía el polvo de su
-manteo y alisaba con la manga las rebeldes felpas del sombrero de teja,
-la puerta se entreabrió, y una cara enjuta, arrugada y morena, con
-ojos vivarachos y tunantes; una cara de esas que son viejas y parecen
-jóvenes, o al contrario, a la cual daba peculiar carácter toda la boca
-necesaria para contener dos filas de descomunales dientes, apareció en
-el hueco. Era Gorito Santurrias, sacristán de la parroquia.</p>
-
-<p>—¿Se puede entrar, señor cura? —preguntó sonriendo con aquella
-jovialidad mixta de bufón y demonio que era su rasgo sobresaliente.</p>
-
-<p>—A tiempo viene el Sr. Santurrias —dijo el cura frunciendo el
-ceño—, porque tengo que prevenirle... Sepa usted que estoy incomodado,
-sí, señor; y pues los sagrados cánones me autorizan para imponerle
-castigo... allá veremos...<span class="pagenum" id="Page_60">p.
-60</span> y digo y repito que la gente que se ve por ahí no viene a lo
-que usted me indicó esta mañana. ¡Pues no faltaba más!</p>
-
-<p>—Señor cura —contestó irrespetuosamente Santurrias—, esta noche me
-desollará las manos la cuerda de la campana grande. Es preciso tocar,
-tocar para reunir la gente.</p>
-
-<p>—¡Ay de Santurrias si suenan las campanas sin mi permiso!... Pero
-¿qué quiere esa canalla? ¿Qué pretende?</p>
-
-<p>—Eso lo veremos luego.</p>
-
-<p>—Ande usted con Barrabás, diablo de siete colas. ¿Pero a qué viene
-a Aranjuez esa gentuza? —repitió D. Celestino dirigiéndose a mí—.
-Gabriel, se nos olvidó advertir al señor Príncipe de la Paz lo que
-pasa, y aconsejarle que no esté desprevenido. ¡Cuánto nos hubiese
-agradecido S. A. nuestro solícito interés!</p>
-
-<p>—Ya se lo dirán de misas —murmuró burlonamente Santurrias—. Lo que
-quiere esa gente es impedir que nos lleven para las Indias a nuestros
-idolatrados Reyes.</p>
-
-<p>—¡Ja, ja! —exclamó el sacerdote, poniéndose amarillo—. Ya salimos
-con la muletilla. Como si uno no tuviera autoridad para desmentir tales
-rumores; como si uno no fuera amigo de personas que le enteran de lo
-que pasa; como si uno no estuviera al tanto de todo.</p>
-
-<p>Diciendo esto, D. Celestino no quitaba de mi los ojos, buscando
-sin duda una discreta conformidad con sus afirmaciones. En tanto
-Santurrias, que era uno de los sacristanes más tunos y desvergonzados
-que he visto en mi<span class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span>
-vida, no cesaba de burlarse de su superior jerárquico, bien
-contradiciéndole en cuanto decía, bien cantando con diabólica música
-una irreverente ensaladilla compuesta de trozos de sainete mezclados
-con versículos latinos del Oficio ordinario.</p>
-
-<p>—¡Ay, señor cura, señor cura! —gritaba—. Si veremos correr a su
-paternidad por el camino de Madrid con los hábitos arremangados. ¡Ja,
-ja, ja!</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">Préstame tu moquero,</div>
- <div class="verse indent0">si está más limpio,</div>
- <div class="verse indent0">para echar los tostones</div>
- <div class="verse indent0">que me has pedido.</div>
- </div>
-</div>
-
-</div>
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza0">
- <div class="verse indent0"><i>Asperges me, Domine, hissopo, et mundabor.</i></div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>—Mi dignidad —repuso el clérigo, cada vez más amostazado— no me
-permite rebajarme hasta disputar con el Sr. de Santurrias. Si yo no le
-tratara de igual, como acostumbro, no se habría relajado la disciplina
-eclesiástica; pero en lo sucesivo he de ser enérgico, sí, señor,
-enérgico, y si Santurrias se alegra de que esa plebe indigna vocifere
-contra el Príncipe de la Paz, sepa que yo mando en mi iglesia, y... no
-digo más. Parece que soy blando de genio; pero Celestino Santos del
-Malvar sabe enfadarse, y cuando se enfada...</p>
-
-<p>—Cuando llegue la hora del jaleo, señor cura, su paternidad nos
-sacará aquellas botellitas que tiene guardadas en el armario, para que
-nos refresquemos —dijo Santurrias, descosiéndose de risa otra vez.</p>
-
-<p>—¡Borracho! así está la santa Iglesia en tus<span class="pagenum"
-id="Page_62">p. 62</span> pícaras manos —replicó el clérigo—. Gabriel,
-¿querrás creer que hace dos días tuve que coger la escoba y ponerme
-a barrer la capilla del Santo Sagrario, que estaba con media vara de
-basura? Desde que llegué aquí, me dijeron que este hombre acostumbraba
-visitar la taberna del tío Malayerba: yo me propuse corregirle con
-piadosas exhortaciones; pero ¡el Diablo le lleve! hay días, chiquillo,
-que hasta el vino del Santo Sacrificio desaparece de las vinajeras.
-¡Y esto se permite tener opinión, y disputar conmigo, asegurando que
-si cae o no cae el dignísimo, el eminentísimo, ¡óigalo usted bien! el
-incomparabilísimo Príncipe de la Paz!</p>
-
-<p>—Pues y nada más. ¡Como que no le van a arrastrar por las calles de
-Aranjuez, como al gigantón de Pascua florida!...</p>
-
-<p>—¡Qué abominaciones salen por esa boca, Dios de Israel!</p>
-
-<p>Tan pronto ahuecaba Santurrias la voz para cantar gravemente un
-trozo de la misa o del oficio de difuntos, como la atiplaba entonando
-con grotescos gestos una seguidilla. Luego imitaba el son de las
-campanas, y hasta llegó en su irrespetuoso desparpajo a remedar la
-voz gangosa de mi amigo, el cual, todo turbado, variaba de color a
-cada instante, sin poder sobreponerse a las zumbas de su miserable
-subalterno.</p>
-
-<p>—Pero, en resumen —dijo al fin—, ¿qué es lo que mi señor sacristán
-espera? ¿Cuenta, sin duda, con ordenarse de menores para que le hagan
-cardenal subdiácono?</p>
-
-<p>—Allá veremos, Sr. D. Celestino —contestó<span class="pagenum"
-id="Page_63">p. 63</span> el bufón—. Esta noche o mañana veremos lo
-que hace Santurrias. No tema nada mi curita, que ya le pondremos en
-salvo.</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0"><i>Tuba mirum spargens sonum</i></div>
- <div class="verse indent0"><i>per sepulchra regionum</i></div>
- <div class="verse indent0"><i>coget omnes ante thronum.</i></div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza0">
- <div class="verse indent0">Esta si que es tira, tirana:</div>
- <div class="verse indent0">ojo alerta, cuidado, señores,</div>
- <div class="verse indent0">que aunque tengan las caras de plata</div>
- <div class="verse indent0">muchas tienen las manos de cobre.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>—Eso es, mezcle usted los cantos divinos con los mundanos. ¡Me
-gusta! Pero se me acaba la paciencia, señor rapa-velas. ¡Oh, Gabriel!
-estoy sofocadísimo. Yo bien sé que no hay nada, que no ocurre nada;
-bien sé que de ese monigote no hay que hacer caso. Sabe Dios cuántos
-cuartillos de lo de Yepes tendrá en el bendito estómago; pero conviene
-averiguar... Mira, hijito: sal tú por ahí, entérate bien, y tráeme
-noticias de lo que se dice en el pueblo. Puede que esos tunantes tengan
-el propósito aleve... Si así fuese, haz lo que te digo; que aquí quedo
-yo esperándote, y en cuanto descabece un sueñecito, iré a prevenir al
-Príncipe para que se ande con cuidado... ¡Pues no me lo agradecerá poco
-el buen señor!</p>
-
-<p>No solo por obedecerle, sino también por satisfacer mi curiosidad,
-salí de la casa y recorrí las calles del pueblo. El gentío aumentaba
-en todas partes, y especialmente en la plaza de San Antonio. No era
-preciso molestar a nadie con preguntas para saber que el generoso
-pueblo, enojado con la noticia verdadera<span class="pagenum"
-id="Page_64">p. 64</span> o falsa de que los Reyes iban a partir para
-Andalucía, parecía dispuesto a impedir el viaje, que se consideraba
-como una combinación infernal fraguada por Godoy, de acuerdo con
-Bonaparte.</p>
-
-<p>En todos los grupos se hablaba del Generalísimo, como es de suponer,
-y en verdad digo que no hubiera querido encontrarme en el pellejo de
-aquel señor, a quien poco antes había visto tan fastuoso y espléndido;
-pero sabido es que la Fortuna suele ser la más traidora de las diosas
-con aquellos mismos que favoreció demasiado, y no hay que fiarse mucho
-de esta ruin cortesana. Decía, pues, que a los vasallos del buen Carlos
-no les parecía muy bien el viaje, y aunque hasta entonces no se les
-había hablado del derecho a influir en los destinos de esta nuestra
-bondadosa madre España, ello es que, guiados sin duda por su instinto
-y buen ingenio, aquellos benditos se disponían a probar que para algo
-respiraban doce millones de seres humanos el aire de la Península.</p>
-
-<p>Más de dos horas estuve paseándome por las calles. Como a cada
-instante llegaba gente de la Corte, traté de encontrar alguna persona
-conocida; pero no hallé ningún amigo. Ya me retiraba a la casa del
-cura, cercana la noche, cuando de un grupo se apartó un joven de
-más edad que yo, y llegándose a mí con aparatosa oficiosidad, me
-saludó llamándome por mi nombre y pidiéndome informes acerca de mi
-importantísima salud. Al pronto no le conocí; mas cuando cambiamos
-algunas palabras, caí en la cuenta de que era un señor<span
-class="pagenum" id="Page_65">p. 65</span> pinche de las reales cocinas,
-con quien yo había trabado conocimiento cinco meses antes en el Palacio
-del Escorial.</p>
-
-<p>—¿No te acuerdas de quien te daba de cenar todas las noches? —me
-dijo—. ¿No te acuerdas del que te contestaba a tus mil preguntas?</p>
-
-<p>—¡Ah! sí —repuse—: ya reconozco al señor Lopito. Has engordado, sin
-duda.</p>
-
-<p>—La buena vida, amigo —dijo con petulancia, terciando airosamente la
-capa en que se envolvía—. Ya no estoy en las cocinas: he pasado a la
-montería del señor Infante D. Antonio Pascual, donde no hay mucho que
-hacer y se divierte uno. Velay: ahora nos han mandado que nos quitemos
-las libreas y paseemos por el pueblo... en fin, esto no se puede
-decir.</p>
-
-<p>—Pues yo por nada serviría en Palacio. Tres días fui paje de la
-señora Condesa Amaranta, y quedé harto.</p>
-
-<p>—Quita allá: en ninguna parte se vive como en Palacio, porque
-después que le dan a uno buena cama, buen plato y buena ropa, cuando
-llega una ocasión como esta no falta un dobloncito en el bolsillo...
-Pero esto no es para dicho aquí entre tanta gente, y allí está la
-taberna del tío Malayerba, que parece llamarnos, para que, refrescando
-en ella, nos contemos nuestras vidas.</p>
-
-<p>Lopito era un chicuelo de esos que prematuramente se quieren hacer
-pasar por hombres, pues también entonces existía esta casta, no
-conociendo para tal objeto otros medios que beber a porrillo y dar
-de puñetazos en las mesas, desvergonzarse con todo el mundo,<span
-class="pagenum" id="Page_66">p. 66</span> mirar con aire matachín, y
-contar de sí propios inverosímiles aventuras. Pero con estas cualidades
-y otras muchas, el expinche no dejaba de ser simpático, sin duda
-porque unía a su vanidosa desenvoltura la generosidad y el rumbo, que
-acompañan por lo regular a los pocos años. Convidome a cenar en la
-taberna, charlamos luego hasta las nueve, y nos separamos tan amigotes,
-cual si hubiéramos aprendido a leer en la misma cartilla.</p>
-
-<p>Al día siguiente, como no era posible volverme a Madrid, a causa de
-que los trajineros pedían fabulosos precios por el viaje, nos reunimos
-otra vez. Lopito estaba tan desocupado como yo, y entre la taberna del
-tío Malayerba y los jardines del Príncipe nos pasamos la mayor parte
-del día, conferenciando sobre cuanto nos ocurría, y especialmente
-acerca de acontecimientos públicos, asunto en que él se daba
-extraordinaria importancia. Al principio se mostraba algo reservado en
-esta cuestión; pero, por último, no pudiendo resistir dentro de su alma
-el sofocante peso de un secreto, se franqueó conmigo gallardamente.</p>
-
-<p>—Si quieres —me dijo—, puedes ganarte algunos cuartos. Yo te llevaré
-a casa del señor Pedro Collado, criado de S. A. el Príncipe Fernando, y
-verás cómo te dan soldada. ¿Has reparado en esos paletos manchegos que
-andan por ahí? Pues todos cobran ocho, diez o doce reales diarios, con
-viaje pagado y vino a discreción.</p>
-
-<p>—¿Y por qué es ello, Lopito? Yo creí que gritaba y chillaba porque
-así era su gusto. ¿De<span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span>
-modo que todo eso de <i>vivan nuestros Reyes</i> y lo de <i>muera el
-choricero</i>, es porque corre la mosca?</p>
-
-<p>—No: te diré. Los españoles todos aborrecen a ese hombre; mas para
-que dejen sus casas y tierras y sus caballerías por venir aquí a
-gritar, es preciso que alguien les dé el jornal que pierden en un día
-como este. Todos los que servimos al Infante D. Antonio Pascual y los
-criados del Príncipe de Asturias, hemos estado por ahí buscando gente.
-De Madrid hemos traído medio barrio de Maravillas, y en los pueblos de
-Ocaña, Titulcia, Villatobas, Corral de Almaguer, Villamejor y Romeral,
-creo que no han quedado más que las mujeres y los viejos, pues hasta un
-racimo de chiquillos trajo el Sr. Collado.</p>
-
-<p>—Pero, tonto —dije yo, creyendo presentar un argumento decisivo—,
-¿qué importa que toda esa gente chille a las puertas de palacio
-pidiendo lo que no les han de dar? ¿Pues no tiene ahí S. M. sus reales
-tropas para hacerse respetar y temer? Porque o somos o no somos. Si con
-un puñado de gente gritona traída de los pueblos y de las Vistillas de
-Madrid se puede obligar al Rey a que haga una cosa, no sé para qué se
-toma ese señor el trabajo de llevar corona en la cabeza.</p>
-
-<p>—Dices bien, Gabrielillo; y si el condenado Generalísimo estuviera
-seguro de que la tropa le sostenía, ya podían volverse a sus casas
-todos esos caballeros que han venido a darle una serenata; pero tú no
-sabes de la misa la media. También han repartido dinero a la tropa
-—añadió<span class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span> bajando la
-voz—; y como el Príncipe de Asturias tiene no sé cuántas arcas llenas
-de onzas de oro que le ha ido dando su padre para juguetes... ya ves...
-S. A. hará lo que le dé la gana, porque le ayudan todos los señores
-de la grandeza, muchos Obispos, muchos Generales, y hasta los mismos
-Ministros que ahora tiene el Rey.</p>
-
-<p>—Eso sí que es una grandísima picardía —exclamó con ira—. Son
-Ministros del Rey, son compañeros del otro, a quien sin duda deben los
-zapatos con que se calzan, y al mismo tiempo le hacen la mamola al
-niño Fernando, porque ven que el pueblo le quiere, y dicen: «Por fas
-o nefas, por la mano derecha o por la izquierda, no ha de tardar en
-sentarse en el trono.»</p>
-
-<p>Con este diálogo llegamos a la taberna, y allí nos sentamos,
-pidiendo Lopito para sí aguardiente de Chinchón y yo tintillo de
-Arganda. No estábamos solos en aquella academia de buenas costumbres,
-porque cerca de la mesa en que nosotros perfeccionábamos nuestra
-naturaleza física y moral, se veían hasta dos docenas de caballeros,
-en cuyas fisonomías reconocí a algunos famosos Hércules y Teseos de
-Lavapiés, de aquellos que invocó con épico acento el poeta al decir:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">Grandes, invencibles héroes,</div>
- <div class="verse indent0">que en los ejércitos diestros</div>
- <div class="verse indent0">de borrachera, rapiña,</div>
- <div class="verse indent0">gatería y vituperio,</div>
- <div class="verse indent0">fatigáis las faltriqueras,</div>
- <div class="verse indent0">las tabernas y los juegos,</div>
- <div class="verse indent0"><span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span>venid a escuchar el modo</div>
- <div class="verse indent0">de vengar nuestro desprecio.</div>
- <div class="verse indent0">Envidiable Pelachón;</div>
- <div class="verse indent0">Marrajo temido y fiero;</div>
- <div class="verse indent0">inimitable Zancudo,</div>
- <div class="verse indent0">y demás que sois modelo</div>
- <div class="verse indent0">de virtudes, venid todos...</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>Entre estos hombres vi otros de figura extraña, y tan astrosos y con
-tanto andrajo cubiertos, que daba lástima verles.</p>
-
-<p>—Estos —me dijo Lopito, satisfaciendo mi curiosidad— son lo
-mejorcito de Zocodover de Toledo, donde ejercitan su destreza en el
-aligeramiento de bolsillos y alivio de caminantes.</p>
-
-<p>También entraron en la taberna muchos soldados de caballería, y al
-poco rato se había entablado conversación tan viva, que no era posible
-entender ni una palabra, si palabras pueden llamarse las vociferaciones
-y juramentos de aquella gente. Unos sostenían que la Familia Real
-partiría aquella misma tarde, y otros que el Rey no había pensado en
-tal viaje. Pronto se disiparon las dudas, porque corrió la voz de que
-S. M. dirigía la voz a sus súbditos por medio de una proclama que al
-punto se fijó en todos los sitios públicos. En ella, después de llamar
-<i>vasallos</i> a los españoles, decía el buen Carlos IV que la noticia
-del viaje era invención de la malicia; que no había que temer nada de
-los franceses, nuestros queridos amigos y aliados, y que él era muy
-dichoso en el seno de su familia y de su pueblo, al cual conceptuaba
-asimismo como empachado de<span class="pagenum" id="Page_70">p.
-70</span> prosperidad y bienaventuranza al amparo de paternales
-instituciones.</p>
-
-<p>La mayor parte de los héroes de Zocodover y las Vistillas no
-parecían inclinados a dar crédito a la regia palabra, antes bien se
-burlaban de cuantos acudían a leerla, añadiendo:</p>
-
-<p>—No se nos engañará. A mí con esas... <i>Aspacito</i>, Sr. D.
-Carlos, que ya lo arreglaremos.</p>
-
-<p>Cuando fui a casa encontré a D. Celestino loco de alegría: paseaba
-por su habitación con la sotana suelta, y aunque no estaba presente, ni
-aun en sombra, el pícaro sacristán, mi amigo, profería con desaforado
-acento estas palabras:</p>
-
-<p>—¿Lo ves, malvado Santurrias? ¿Lo ves, tunante, borracho, mal
-acólito, que no sabes más que juntar gotas de aceite y mocos de vela
-para venderlo en pelotillas? ¿Ves cómo yo tenía razón? ¿Ves cómo los
-Reyes no han pensado nunca en semejante viaje? Sí, que ahí están
-esos señores en el trono para darte gusto a ti, pérfido sacristán,
-escurridor de lámparas y ganzúa de cepillos. ¿No bastaba que lo
-dijera yo, que soy amigo de S. A. Serenísima, y tengo estudios para
-comprender lo que conviene al interés de la Nación? Véngase usted
-ahora con bromitas; amenáceme con tocar las campanas sin mi permiso.
-¡Ah! agradézcame el muy tunante que no me cale ahora mismo el manteo
-y teja para ir en persona a contarle a S. A. qué clase de pajarraco
-es usted, con lo cual dicho se está que el señor Patriarca me le
-pondría de patitas en la calle. Pero no, señor Santurrias soy un hombre
-generoso y no iré;<span class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span> no
-quiero quitarle el pan a un viudo con cuatro hijos. Pero véngase usted
-ahora con bromitas, diciendo que mi paisano acá y allá, y que le van a
-arrastrar; y repita aquello de «¡Viva Fernando, <i>Kyrie eleison</i>!
-¡Muera Godoy, <i>Christe eleison</i>!» con que me despierta todos los
-días.</p>
-
-<p>A este punto llegaba, cuando advirtió que yo estaba delante, y
-echándome los brazos al cuello, me dijo:</p>
-
-<p>—Al fin hemos salido de dudas. Todo era invención de Santurrias.
-¿Qué hay por el pueblo? Estará la gente contentísima, ¿sí? Ahora,
-cuando salga el señor Príncipe de la Paz a paseo, supongo que le
-vitorearán... ¡Ay! qué susto me he llevado, hijito. De veras creí que
-íbamos o tener un motín. ¡Un motín! ¿Sabes tú lo que es eso? En mi
-vida he visto tal cosa, y sírvase Dios llevarme a su seno antes que
-lo vea. Un motín no es ni más ni menos que salirse todos a la calle
-gritando viva esto o muera lo otro, y romper alguna vidriera, y hasta
-si se ofrece golpear a algún desgraciado. ¡Qué horror! Gracias a Dios
-no tendremos ahora nada de esto, y sin duda la prudencia y tino de
-aquel hombre... ¿Sabes que estuve en su palacio a prevenirle de lo que
-pasaba, y no me recibió?...</p>
-
-<p>—Lo creo. En estos días no tendrá S. A. humor para recibir, porque,
-como dijo el otro, no está la Magdalena para tafetanes.</p>
-
-<p>—Tal vez él tenga noticias de las picardías de Santurrias y de los
-otros perdidos con quien se junta en la taberna del tío Malayerba<span
-class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span> —continuó el cura—. ¿Pero en
-dónde está ese endemoniado sacristán? No parece por aquí, porque sabe
-que le he de poner más colorado que un pimiento riojano.</p>
-
-<p>No había acabado de decirlo, cuando entreabriéndose la puerta, dejó
-ver los dientes, la plegada y siempre risueña boca, la esprimida cara y
-arrugada frente del sacristán.</p>
-
-<p>—Venga acá —exclamó D. Celestino con alborozo—; venga el
-sapientísimo Sr. Santurrias, presunto cardenal metropolitano; venga
-acá para que nos ilustre con su saber, para que nos aconseje con su
-prudencia. ¿Puede decirnos cuándo es el viaje? Porque yo tengo para mí
-que la proclama de S. M. es una tiñería; ¿y qué crédito merece el Rey
-de las Españas, de las Indias, de Jerusalén, de Rodas, etc., cuando
-habla el Excmo. Sr. D. Gregorio de las Santurrias, sacristán que fue de
-monjas Bernardas, y hoy de mi parroquia? A ver, ¿nos sacará de dudas su
-señoría?</p>
-
-<p>—Mañana, mañana, mañanita, señor cura —contestó el sacristán—.
-Dígame su paternidad: ¿saca o no las botellicas?</p>
-
-<p>Y luego, sin desconcertarse ante la ironía de su superior, sino,
-por el contrario, burlándose de los graves gestos con que se le
-interpelaba, empezó a entonar los singulares cantos de su repertorio,
-haciendo mil grotescos visajes y moviendo los brazos, ya en ademán de
-repicar, ya aparentando recorrer el teclado de un órgano, ya, en fin,
-con la postura propia de tocar la guitarra, sin dejar de cantar en la
-forma siguiente:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0"><span class="pagenum" id="Page_73">p.
- 73</span><i>Domine, ne in furore tuo arguas me...</i></div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza0">
- <div class="verse indent2">Es la Corte la mapa</div>
- <div class="verse indent0">de ambas Castillas,</div>
- <div class="verse indent0">y la flor de la Corte</div>
- <div class="verse indent0">las Maravillas.</div>
- <div class="verse indent2">Anda, moreno,</div>
- <div class="verse indent0">que no hay cosa en el mundo</div>
- <div class="verse indent0">como tu pelo.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza0">
- <div class="verse indent0"><i>De profundis clamavi ad te, Domine.</i></div>
- <div class="verse indent0"><i>Domine exaudi vocem meam...</i></div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza0">
- <div class="verse indent0">Don, dilondón, don, don.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch8">
- <h2 class="nobreak g0">VIII</h2>
-</div>
-
-<p>Al día siguiente no hallé tampoco quien me llevase a Madrid; pero
-deseando vivamente saber de Inés y oír de sus propios labios si
-era verdad o mentira la bienaventuranza que le habían ofrecido los
-Requejos, determiné marcharme a pie, lo cual, si no era muy cómodo, era
-más barato. D. Celestino y yo hablábamos de esto, cuando Lopito entró a
-buscarme.</p>
-
-<p>—Esta noche —me dijo al bajar la escalera— tendremos fiesta. No lo
-digas ni a tu camisa, Gabrielillo. Pues verás... Aquel papelote que
-escribió ayer el Rey es una farsa. Bien decía yo que D. Carlitos, con
-su carita de pascua, nos está engañando.</p>
-
-<p>—¿De modo que hay viaje?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span>—Tan cierto como
-ahora es día. Pero como no queremos que se vayan, porque esto es
-enjuague de Napoleón con Godoy para luego repartirse a España entre los
-dos; como no queremos que se vayan, el viaje se prepara ocultamente
-para esta noche. Si fuera verdad que no pensaban salir, ¿por qué no
-se ha retirado la tropa? ¿Por qué ha venido más tropa, y más tropa, y
-más tropa? ¿Ves? Ahora está entrando un batallón por la calle de la
-Reina.</p>
-
-<p>Confieso que a mí no me importaba gran cosa que saliese un batallón
-o entraran ciento, ni tampoco me ponía en cuidado el que mi Sr. D.
-Carlos se marchara a Andalucía o a donde mejor le conviniese. Así se
-lo manifesté a mi amigo; pero hallándose el alma de Lopito inundada
-de generoso entusiasmo, <i>por el bien del reino</i>, me hizo ver
-que mi indiferencia era censurable y hasta criminal. Largas horas
-pasamos discurriendo por el pueblo y matando el tiempo con amenas
-conversaciones. El se empeñó en llevarme a la taberna, y a la taberna
-fuimos. La concurrencia era la misma, aunque el panorama de caras había
-variado, viéndose entre ellas la de Santurrias, que no era la menos
-animada. También estaba allí muy macilento y meditabundo, con los
-agujereados codos sobre la mesa, el poeta calagurritano que dos años
-antes capitaneaba la turba de silbantes en el estreno de <i>El sí de
-las niñas</i>, y con él libaba el néctar de Esquivias en el mismo vaso
-otro de los dioses menores del Olimpo comellesco, el famoso Cuarta y
-Media, calderero y poeta. ¡Pobres hijos de Apolo!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span>El pinche me dijo
-que todos aquellos personajes habían venido de Madrid traídos por los
-confeccionadores de la conjuración, y añadió:</p>
-
-<p>—Esto para que se vea que también toman parte los hombres que se
-llaman <i>científicos</i>.</p>
-
-<p>No puedo menos de decir que toda aquella gente me repugnaba; y en
-cuanto a sus intenciones y propósitos, todo me parecía absurdo, sin
-explicarme por qué.</p>
-
-<p>—Estúpidos —decía para mí—, ¿pensáis que semejante gatería es capaz
-de quitar y poner reyes a su antojo?</p>
-
-<p>Pero en la noche de aquel mismo día fue cuando pude medir en toda su
-inexplorada profundidad el abismo de ignorancia y fanatismo de aquel
-puñado de revolucionarios. No hallando otro alivio a mi aburrimiento
-que la asistencia a la taberna en compañía de Lopito, en cuanto cerró
-la noche procuré tranquilizar a D. Celestino, y me fui allá. Lopito,
-que me aguardaba con impaciencia, me dijo al verme a su lado:</p>
-
-<p>—Me alegro de que hayas venido, pues con eso no perderás lo mejor.
-Aquí está reunida toda la gente, y después... después veremos.</p>
-
-<p>La taberna del tío Malayerba estaba llena de bote en bote, y
-también disfrutaba el honor de una desmesurada concurrencia un patio
-interior, destinado de ordinario a herradero y taller de carretería.
-No puedo haceros formar idea de la variedad de trajes que allí vi,
-pues creo que había cuantos han cortado la historia, la costumbre y el
-hambre con su triple tijera. Veíanse muchos hombres envueltos en<span
-class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span> mantas, con sombrero manchego
-y abarcas de cuero; otros tantos cuyas cabezas negras y redondas
-adornaba un pingajo enrollado, última gradación del turbante oriental;
-otros muchos calzados con la silenciosa alpargata, ese pie de gato, que
-tan bien cuadra al ladrón; muchos, con chalecos botonados de moneditas,
-se ceñían la faja morada, que parece el último girón de la bandera de
-las Comunidades; y entre esta mezcolanza de paños pardos, sombreros
-negros y mantas amarillas, se destacaban multitud de capas encarnadas,
-cubriendo cuerpos famosos de las Vistillas, del Ave María, del Carnero,
-de la Paloma, del Águila, del Humilladero, de la Arganzuela, de Mira
-el Río, de los Cojos, del Oso, de Tribulete, de Ministriles, de los
-Tres Peces, y otros <i>faubourgs</i> (permítasenos la palabrota),
-donde siempre germinó al beso del sol de Castilla la flor de la
-granujería.</p>
-
-<p>En cuanto a la variedad de las voces nada puedo decir, porque todos
-hablaban a un tiempo. Pero al fin de aquella reunión, como en todas
-las de igual naturaleza, resonó una voz para dominar a las demás.
-La multitud sabe a veces callar para oír, sin duda porque se marea
-con sus propios gritos. Algunos de los presentes dijeron: «que hable
-Pujitos», y al instante Pujitos, cediendo a los reiterados ruegos de
-sus <i>amigos políticos</i> (dispensadme este anacronismo), salió al
-patio, por no tener la taberna capacidad para tan grande auditorio, y
-subió a la tribuna, es decir, a un tonel.</p>
-
-<p>Pujitos era lo que en los sainetes de D. Ramón<span class="pagenum"
-id="Page_77">p. 77</span> de la Cruz se señala con la denominación
-de <i>majo decente</i>, es decir, un majo que lo era más por afición
-que por clase; personaje sublimado por el oficio de obra prima, el de
-carpintero o el de platero, y que no necesitaba vender hierro viejo
-en el Rastro, ni acarrear aguas de las fuentes suburbanas, ni cortar
-carne en las plazuelas, ni degollar reses en el matadero, ni vender
-aguardiente en <i>Las Américas</i>, ni machacar cacao en Santa Cruz, ni
-vender torrados en la verbena de San Antonio, ni lavar tripas allá por
-el portillo de Gilimón, ni freír buñuelos en la esquina del hospital de
-la V. O. T., ni menos se degradaba viviendo holgadamente a expensas de
-una mondonguera, o castañera, o de alguna de las muchas Venus salidas
-de la jabonosa espuma del Manzanares. Pujitos estaba con un pie en la
-clase media: era un artesano honrado, un hábil maestro de obra prima;
-pero tan hecho desde su tierna y bulliciosa infancia a las trapisondas
-y jaleos manolescos, que ni en el traje ni en las costumbres se le
-distinguía de los famosos Tres Pelos, el Ronquito, Majoma y otras
-notabilidades de las que frecuentemente salían a visitar las cortes y
-sitios reales de Ceuta, Melilla, etc.</p>
-
-<p>Pujitos era español. Como es fácil comprender, tenía su poco de
-imaginación, pues alguno de los granos de sal, pródigamente esparcidos
-por mano divina sobre esta tierra, había de caer en su cerebro. No
-sabía leer, y tenía ese don particular, también español neto, que
-consiste en asimilarse fácilmente lo que se oye; pero exagerando o
-trastornando de tal manera<span class="pagenum" id="Page_78">p.
-78</span> las ideas, que las repudiaría el mismo que por primera vez
-las echó al mundo. Pujitos era además bullanguero, de esos que en todas
-épocas se distinguen, por creer que los gritos públicos sirven de
-alguna cosa; gustaba de hablar cuando le oían más de cuatro personas,
-y tenía todos los marcados instintos del personaje de club; pero como
-entonces no había tales clubs ni milicias nacionales, fue preciso que
-pasaran catorce años para que Pujitos entrara con distinto nombre en el
-uso pleno de sus extraordinarias facultades. Setenta años más tarde,
-Pujitos hubiera sido un zapatero suscrito a dos o tres periódicos,
-teniente de un batallón de voluntarios, vicepresidente de algún círculo
-propagandista, elector diestro y activo, vocal de una comisión para
-la compra de armas, inventor de algún figurín de uniforme; hubiera
-hablado quizás del <i>derecho al trabajo</i> y del <i>colectivismo</i>,
-y en vez de empezar sus discursos así: <i>Jeñores: Denque los güenos
-españoles...</i> los comenzaría de este otro modo: <i>Ciudadanos: A la
-raíz de la revolución...</i></p>
-
-<p>Pero entonces no se había hablado de los derechos del hombre, y
-lo poco que de la Soberanía Nacional dijeron algunos no llegó a las
-tapiadas orejas de aquel personaje; ni entonces había asociaciones
-de obreros, ni derecho al trabajo, ni batallones de milicias, ni
-gorros encarnados; ni había periódicos, ni más discursos que los de la
-Academia, por cuyas razones Pujitos no era más que Pujitos.</p>
-
-<p>De pie sobre el tonel, con la capa terciada, el sombrero echado
-sobre la ceja derecha,<span class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span>
-aquel personaje, pequeño de cuerpo, si bien de alma grande, morenito,
-con sus ojuelos abrillantados por los vapores que le subían del
-estómago, habló de esta manera:</p>
-
-<p>—Jeñores: Denque los güenos españoles golvimos en sí y vimos quese
-Menistro de los dimonios tenía vendío el reino a Napolión, risolvimos
-ir en ca el palacio de su sacarreal majestad pa icirle cómo estemos
-cansaos de que nos gobierne como nos está gobernando, y que naa más
-sino que nos han de poner al Príncipe de Asturias, pa que el puebro
-contento diga: «el <i>Kyrie eleison</i> cantando, ¡viva el Príncipe
-Fernando!» (<i>Fuertes gritos y patadas.</i>) Ansina se ha de hacer,
-que ínterin quel otro se guarda el dinero de la Nación, el puebro no
-come, y Madrid no quiere al Menistro; conque, ¡juera el Menistro! que
-aquí semos toos españoles, y si quieren verlo, úrgennos un tantico y
-verán do tenemos las manos. (<i>Señales de asentimiento.</i>) Pos sigo
-iciendo que esombre nos ha robao, nos ha perdío, y esta noche nos ha
-de dar cuenta de too, y hamos de ecirle al Rey que le mande a presillo
-y que nos ponga al Príncipe Fernando, a quien por esta (y besó la
-cruz) juro que le efenderemos contra too el que venga, manque tenga
-enjércitos y más enjércitos. Jeñores: astamos ya hasta el gañote, y
-ahora no hay naa más sino dejarse de pedricar y coger las armas pacabar
-con Godoy, y digamos toos con el ángel:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">«El <i>Kyrie eleison</i> cantando,</div>
- <div class="verse indent0">¡viva el Príncipe Fernando!»</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span>Un alarido, un
-colosal balido resonó en el patio, y el orador bajó de su escabel.
-Mientras limpia el sudor de su frente coronada con los laureles
-oratorios, la moza de la taberna se acerca a escanciarle vino. ¿Es
-Hebe, la gallarda copera de los dioses, que vierte el néctar de Chipre
-en el vaso de oro del joven de los rubios cabellos, al regresar de la
-diurna carrera? No: es Mariminguilla, la ninfa de Perales de Tajuña, a
-quien trajo desde las riberas de aquel florido río el Sr. Malayerba,
-dándole el cargo de escanciadora mayor, que desempeña entre pellizcos y
-requiebros.</p>
-
-<p>Lopito, que tiene con ella alguna aventura pendiente, la llama, la
-pellizca también, dícele mil niñerías... Pero a todas estas la multitud
-que ocupa la taberna se levanta, obedeciendo a la orden de un hombre
-que allí se presentó de improviso. Salieron todos, y yo, no queriendo
-perder el final de una función que parecía ser divertida, les seguí.</p>
-
-<p>—¡Silencio todo el mundo! —dijo una voz, perteneciente, según
-comprendí, a persona resuelta a hacerse obedecer; y la turba se puso en
-marcha con cierto orden. La noche era oscurísima, pero serena.</p>
-
-<p>—¿A dónde vamos, Lopito? —pregunté a mi compañero.</p>
-
-<p>—A donde nos lleven —me contestó por lo bajo—. ¿A que no sabes quién
-es ese que nos manda?</p>
-
-<p>—¿Quién? ¿Aquel palurdo que va delante con montera, garrote,
-chaqueta de paño pardo y polainas; que se para a ratos, mira por<span
-class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span> las bocacalles, y se vuelve
-hacia acá para mandar que calléis?</p>
-
-<p>—Sí: pues ese es el señor Conde del Montijo. Conque figúrate,
-chiquillo, si no podemos decir aquel refrán de... cuando los santos
-hablan, será porque Dios les habrá dado licencia.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch9">
- <h2 class="nobreak g0">IX</h2>
-</div>
-
-<p>El grupo recorrió algunas calles y uniose a otro más numeroso que
-encontramos al cuarto de hora de haber salido. Lopito, señalándome las
-tapias que se veían en el fondo del largo callejón, me dijo:</p>
-
-<p>—Aquellas son las cocheras y la huerta del Príncipe de la Paz.</p>
-
-<p>Pasamos de largo y vimos de lejos las dos cúpulas del palacio. Cerca
-del mercado se nos unieron otras muchas personas que, según Lopito,
-eran cocheros, palafreneros, pinches, mozos de cuadra y lacayos del
-Infante Don Antonio y del Príncipe de Asturias.</p>
-
-<p>—Pero ¿qué vamos a hacer aquí? —pregunté a mi amigo—. ¿Vamos a
-impedir que los Reyes salgan del pueblo, o vamos simplemente a tomar el
-fresco?</p>
-
-<p>—Eso lo hemos de ver pronto —me contestó—. Yo, si he de decirte la
-verdad, no sé lo que se ha de hacer, porque Salvador el cochero<span
-class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span> no me ha dicho más sino que
-vaya donde van los demás y grite lo que los demás griten. Ves, ahí
-frente tenemos el palacio: no hay luces en las ventanas ni se oye ruido
-alguno, como no sea el de las ranas que cantan en los charcos del
-río.</p>
-
-<p>La voz del que nos mandaba dijo «¡Alto!», y no dimos un paso más.</p>
-
-<p>—Es raro —dije a Lopito muy quedamente— que no hayamos encontrado
-centinelas que nos detengan, ni siquiera una ronda de tropa que nos
-pregunte a dónde vamos a estas horas.</p>
-
-<p>—¡Necio! —me contestó—. ¡Si sabrá la tropa lo que se pesca! ¿Pues
-qué hacen ellos sino estarse quietecitos en sus cuarteles esperando a
-que les digan: caballeros, esto se acabó?</p>
-
-<p>Dime por convencido y callé. Durante un rato bastante largo no se
-oyó más que el sordo murmullo de diálogos sostenidos en voz baja,
-algunos sordos ronquidos, sofocadas toses, y a lo lejos el canto
-de las discutidoras ranas y el rumor de leves movimientos del aire
-sacudiendo las ramas de los olmos, que empezaban a reverdecer. La noche
-era tranquila, triste, impregnada de ese perfume extraño que emiten
-las primeras germinaciones primaverales. El cielo estaba tachonado de
-estrellas, a cuya pálida claridad se dibujaban los espesos y negros
-árboles, la silueta cortada del Real Palacio, y más allá la figura
-del Anteo de mármol, levantado del suelo por Hércules, en el grupo de
-la fuente monumental que limita el llamado <i>Parterre</i>. El sitio
-y la<span class="pagenum" id="Page_83">p. 83</span> hora eran más
-propios para la meditación que para la asonada.</p>
-
-<p>De improviso, aquel silencio profundo y aquella oscuridad intensa
-se interrumpieron por el relámpago de un fogonazo y el estrépito de un
-tiro que no se sabe de dónde partió. La turba de que yo formaba parte
-lanzó mil gritos, desparramándose en todas direcciones. Parecía que
-reventaba una mina, pues no a otra cosa puedo comparar la erupción de
-aquel rencor contenido. Todos corrían; yo corría también. Lucieron
-antorchas y linternas; se alzaron al aire nudosos garrotes; muchas
-escopetas se dispararon; oyose un son vivísimo de cornetas militares,
-y multitud de piedras, despedidas por diestras manos, fueron a
-despedazar, produciendo horribles chasquidos, los cristales de una gran
-casa. Era la del Príncipe de la Paz.</p>
-
-<p>La historia dice que el tumulto empezó porque la turba se empeñó en
-conocer a una dama encubierta que, acompañada de dos guardias de honor,
-salía en coche de casa del Generalísimo. Aseguran algunos que en una de
-las ventanas del palacio se vio una luz, considerada como señal para
-empezar la gresca.</p>
-
-<p>Del tiro y toque de corneta no tengo duda, porque los oí
-perfectamente. En cuanto a la luz, yo no la vi; pero creo haber
-oído decir a Lopito que él la vio, aunque no estoy muy seguro de
-ello. Poco importa que apareciese o no: lo primero es, si no cierto,
-muy verosímil, porque el centro de la conjuración estaba en<span
-class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span> el alcázar, y los principales
-conspiradores eran, como todo el mundo sabe, el Príncipe de Asturias,
-su tío, su hermano, sus amigos y adláteres, muchos gentilhombres, altos
-funcionarios de la casa del Rey, y algunos Ministros.</p>
-
-<p>Los alborotadores se multiplicaban a cada momento, pues nuevas
-oleadas de gente engrosaban la masa principal, sin que un soldado
-se presentase a contener al paisanaje. No tardó en caer al suelo,
-destrozada por repetidos golpes y hachazos, la puerta del palacio del
-Príncipe de la Paz, cuyo nombre pronunciaba el irritado vulgo entre
-horribles juramentos y amenazas.</p>
-
-<p>La turba siempre es valiente en presencia de estos ídolos
-indefensos, para quienes ha sonado la hora de la caída. Tienen estos
-en contra suya la fatalidad de verse abandonados de improviso por los
-amigos tibios, por los servidores asalariados, y hasta por los que todo
-lo deben al infeliz que cae; de modo que a las manos del odio, justo o
-injusto, se unen, para rematar la víctima, las manos de la ingratitud,
-el más canalla de todos los vicios.</p>
-
-<p>Sintiendo el auxilio de la ingratitud, la turba se envalentona,
-se cree omnipotente e inspirada por un estro divino, y después se
-atribuye orgullosamente la victoria. La verdad es que todas las caídas
-repentinas, así como las elevaciones de la misma clase, tienen un
-manubrio interior manejado por manos más expertas que las del vulgo.</p>
-
-<p>Cuando la puerta de la casa se abrió, precipitose la turba en lo
-interior, bramando de<span class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span>
-coraje. Su salvaje resoplido me causaba terror e indignación,
-mayormente cuando consideré que iba a saciar su sed de venganza en la
-persona de un hombre indefenso. Era aquella la primera vez que veía yo
-al pueblo haciendo justicia por sí mismo, y desde entonces le aborrezco
-como juez.</p>
-
-<p>A los gritos de «¡Muera Godoy!» se mezclaban preguntas de feroz
-impaciencia: «¿Le han cogido?» «¿Le han matado?» Todos querían entrar;
-mas no era posible, porque la casa estaba ya atestada de gente. Desde
-fuera y al través de los balcones, de par en par abiertos, se veía
-el resplandor de las hachas. Siniestros gritos y ruidos de muebles o
-vasos que se quebraban bajo las garras de la fiera, salían de la casa
-a mezclarse con el concierto exterior. En un instante se encendió una
-gran hoguera que iluminó la calle: las campanas de todas las iglesias
-y conventos del pueblo tocaban sin cesar; pero no podía definirse si
-aquellos tañidos eran toques de alarma o repiques de triunfo.</p>
-
-<p>Lopito, que bailaba como un demonio adolescente junto a la hoguera,
-se acercó a mí y me dijo:</p>
-
-<p>—Gabriel, ¿no te entusiasmas? ¿Qué haces ahí tan friote? Ven,
-subamos al palacio. Alguna vez ha de ser para nosotros. ¿No dicen que
-todo lo ha robado a la Nación?</p>
-
-<p>Casi arrastrado por mi joven amigo entré en el palacio y subí a
-las habitaciones altas, abriéndonos paso por entre los energúmenos
-que bajaban y subían. Recorrí todas las salas<span class="pagenum"
-id="Page_86">p. 86</span> por las cuales había transitado dos días
-antes; llegué al mismo despacho del Príncipe, y vi la mesa donde
-escribí mi nombre. La multitud subía y bajaba, abría alacenas, rompía
-tapices, volcaba sofás y sillones, creyendo encontrar tras alguno
-de estos muebles al objeto de su ira; violentaba las puertas a
-puñetazos; hacía trizas a puntapiés los biombos pintados; desahogaba su
-indignación en inocentes vasos de China; esparcía lujosos uniformes por
-el suelo; desgarraba ropas; miraba con estúpido asombro su espantosa
-faz en los espejos, y después los rompía; llevaba a la boca los restos
-de cena que existían aún calientes en la mesa del comedor; se arrojaba
-sobre los finos muebles para quebrarlos; escupía los cuadros de Goya;
-golpeaba todo por el simple placer de descargar sus puños en alguna
-parte; tenía la voluptuosidad de la destrucción, el brutal instinto
-tan propio de los niños por la edad como de los que lo son por la
-ignorancia; rompía con fruición los objetos de arte, como rompe el
-rapaz en su despacho la cartilla que no entiende; y en esta tarea
-de exterminio la terrible fiera empleaba a la vez y en espantosa
-coalición todas sus herramientas, las manos, las patas, las garras, las
-uñas y los dientes, repartiendo puñetazos, patadas, coces, rasguños,
-dentelladas, testarazos y mordiscos.</p>
-
-<p>La rabia del monstruo aumentó cuando corrieron de boca en boca estas
-frases: «No está ese perro.» «El endino se ha escapao.» Efectivamente:
-el Príncipe no parecía por ninguna parte, de lo cual me alegré.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span>Cuando la turba no
-puede saciar su hambre de destrucción en el objeto humano de su rencor,
-suele darse el gustazo de tomar venganza en los cuerpos inocentes de
-los muebles que a aquel pertenecieron. Así ha ocurrido en todos los
-motines de nuestro repertorio, y así ocurrió en aquel, más que ninguno
-famoso, por las diversas causas que lo ocasionaron. Convencidos, pues,
-los conjurados de que no habrían a las manos ni un pelo del Príncipe
-de la Paz, concibieron el heroico pensamiento de quemar todas las
-preciosidades del recinto recién saqueado. Con gozo sin igual, con
-la embriaguez del triunfo y la conciencia de su fuerza irresistible,
-comenzaron los nuevos huéspedes del palacio a arrojar por los balcones
-sillas, sofás, tapices, vasos, cuadros, candelabros, espejos, ropas,
-papeles, vajillas y otros mil perversos cómplices de la infame política
-de Godoy. La fiera cumplía este cometido con cierto orden, sin dejar de
-decir: «¡Muera ese tunante, ladrón!» y «¡Viva el Rey, viva el Príncipe
-de Asturias!»</p>
-
-<p>Pero antes de que empezara esta operación, y cuando los exploradores
-se convencieron de que el Príncipe había huido, la Princesa de la Paz,
-que hasta entonces oculta permanecía, se presentó pidiendo socorro e
-implorando la compasión de la multitud. El miedo hacía temblar a la
-infeliz señora, lo mismo que a su hija, niña de corta edad, que con
-ambos puños en los ojos lloraba sin consuelo. No sé si los ruegos de
-la madre y de la hija ablandaron a los amotinados, o si las personas
-de categoría<span class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span> que
-dirigían la fiesta determinaron poner en salvo con todo miramiento
-y consideración a la infeliz Princesa; lo cierto fue que, lejos de
-maltratarla de obra o de palabra, sacáronla de la casa, y puesta en
-una berlina fue llevada en <i>ca el palacio</i> de los Reyes, como
-decía Pujitos, el cual, sin que nadie se lo ordenara, se encargó de tan
-caballeresca comisión.</p>
-
-<p>Ustedes comprenderán que todo lo que fuese figurar en primer término
-agradaba a Pujitos. Si se reunía un pelotón para marchar a cualquier
-parte, allí estaba él para mandarlo, complaciéndose en decir: «Malchen,
-media güelta a lizquielda», con tanta marcialidad como un capitán de
-guardias walonas. No me cansaré de repetirlo: Pujitos tenía en su
-cráneo, entre un lobanillo y un chichón, la protuberancia (¿cómo lo
-diré...?), la protuberancia de la <i>tenientividad</i>. Como Napoleón
-el genio de la guerra, poseía él el instinto de la Milicia Nacional, y
-los hados le permitieron gozar el mando de varias compañías en los años
-de jarana del 20 al 23 y aun posteriormente.</p>
-
-<p>Cuando los infatigables trabajadores del motín comenzaron a arrojar
-por ventanas y balcones los muebles del palacio, Lopito, que llevaba a
-cuestas una maravillosa obra de porcelana, producto de los talleres de
-la Moncloa, se llegó a mí y díjome:</p>
-
-<p>—Gabrielillo, cuidado cómo coges nada. El <i>tío Pedro</i>, que está
-allí observando lo que hacemos, tiene en la mano una pistola, y dice
-que levantará la tapa de los sesos al que robe<span class="pagenum"
-id="Page_89">p. 89</span> cualquier chuchería. No es el único gran
-caballero que anda entre nosotros. ¿Ves aquel hombre vestido de majo
-que está dando de patadas a un retrato de cuerpo entero? Pues es un
-gentilhombre del cuarto del Príncipe. ¿Ves? ya pasó el pie del otro
-lado de la tela. Tremendo agujero le han hecho. ¡Al fuego, al fuego!</p>
-
-<p>La hoguera, alimentada con tanto combustible, subía a enorme altura,
-y las llamas oscilantes iluminaban de un modo pavoroso la calle toda,
-y también el interior del palacio. Parecíamos los cíclopes de una
-inmensa fragua; y digo parecíamos, porque yo también, temiendo que mi
-falta de entusiasmo fuera sospechosa y me proporcionase algún porrazo,
-puse manos a la obra, y cogiendo una armadura milanesa, en cuyo peto y
-casco se veían batallas microscópicas, trabajadas por finísimo cincel,
-di con ella en la calle y en la hoguera. Ni por un momento cesaban los
-gritos de «¡Muera Godoy!» y sin duda querían matarle a voces, ya que
-de otra manera les fue imposible conseguirlo. Pero es de advertir que
-entre nosotros es muy común el intento de arreglar las más difíciles
-cuestiones mandando vivir o morir a quien se nos antoja, y somos tan
-dados a los gritos, que repetidas veces hemos creído hacer con ellos
-alguna cosa.</p>
-
-<p>Yo no sé si los asaltadores de la casa del Príncipe de la Paz
-creían estar quemando algo más que muebles muy finos y primorosas
-obras de arte; pero por lo que en boca de alguno de aquellos héroes
-oí, se me figuraba que estaban convencidos de que hacían un gran papel
-político;<span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span> de que con la
-llama de los espinos y de los brezos, sin cesar alimentada por ébanos
-tallados y bordadas telas, estaban cauterizando las más feas llagas
-de la doliente España. ¡Ay! He presenciado después la misma escena
-repetida cada pocos años, ya por esta idea, ya por la otra, y he dicho:
-«Algunas veces puede conseguirlo la espada en manos de un hombre de
-genio; pero el fuego en manos del vulgo, jamás.»</p>
-
-<p>Tras la armadura cogí un reloj de bronce, y al llevarlo sobre mí
-sentía el palpitar de su máquina. El pobrecillo andaba, vivía: aquel
-artificio, que tanto se parece a un ser animado; aquella obra de
-los hombres que parece obra de Dios, y que ha sido inventada por la
-ciencia y adornada por las artes para uno de los más útiles empleos de
-la vida, iba a perecer a manos del hombre mismo, sin haber cometido
-más crimen que el de marcar las horas... ¿Pero a qué vienen estas
-consideraciones hechas ante la hoguera del rencor? Aunque me daba
-lástima del relojito, y lo estrechaba contra mi pecho escuchando su
-latido que iba a extinguirse, arrojele al fin, y las mil piezas de su
-máquina ingeniosa repercutieron sobre el suelo. Al reloj siguieron
-cuantas baratijas encontré a mano, entre ellas guantes perfumados,
-un estuche de marfil, estatuitas de alabastro, y después unos mapas
-del Asia, libros lujosamente encuadernados (que sin duda los muy
-necios se creían libres de la Inquisición), unas pantuflas, cuatro
-casacas con galones de plata y oro, y el pupitre en que dos días antes
-se había<span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span> extendido
-mi recomendación. Fortuna, vil prostituta, ¿por qué te invocan los
-hombres? ¿Por qué consagran su vida a buscarte, ya con afanes y
-trabajos, ya con sutilezas e intrigas, por todos los rincones del
-mundo, en altas y bajas esferas? Y el que te encuentra, ¿por qué se te
-entrega ciegamente, ignorante de tus traiciones? Vale más ser constante
-entre tus desdeñados que entre tus elegidos, y la mayor suerte del ser
-humano será el no conocerte ni de nombre, y su mejor hazaña darte con
-la puerta en los hocicos el día en que intentes penetrar en su casa.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch10">
- <h2 class="nobreak g0">X</h2>
-</div>
-
-<p>Cuando revolvía uno de los armarios, aparecieron varias cruces o
-condecoraciones; pero algunos de los presentes ni aun me permitieron
-tocarlas, y pusiéronlas todas en una bandeja de plata, para
-devolverlas, según decían, al Rey en persona. Lo más singular de la
-determinación de aquellos cortesanos, tiznados con el hollín de la
-demagogia, era que disputaban sobre quién debía llevarlas, pues ninguno
-quería ceder a los demás semejante honor. Uno de ellos venció al fin;
-y no quisiera equivocarme, pero me pareció reconocer al señor de
-Mañara.</p>
-
-<p>Con el crecer de la llama parecía que cobraban<span class="pagenum"
-id="Page_92">p. 92</span> nuevos bríos los quemadores, si bien puede
-atribuirse este fenómeno a que algunos zaques dieron vuelta a la
-redonda, humedeciendo los secos paladares, y alegrando los ánimos
-que un trabajo tan duro como patriótico había comenzado a abatir.
-Creí oír la voz de Pujitos, obligado nuevamente por sus <i>amigos
-políticos</i> a tomar la palabra; pero no: era Santurrias, que teniendo
-en la izquierda la bota y en la derecha mano un leño encendido,
-pronunciaba sentidas frases en loor del pueblo y del Rey, ambos en
-buen amor y compaña, para bien del <i>reino</i>; y añadía que el
-<i>endino</i> Príncipe de la Paz estaba bien castigado, puesto que eran
-ya cenizas todos los muebles que robó al <i>reino</i>, y que de <i>aquí
-palante</i>, es decir, en lo sucesivo, no habría más <i>menistros</i>
-pillos y <i>lairones</i>.</p>
-
-<p>Las hogueras, cuando ya no había nada que echarles, se aplacaron; el
-populacho, mientras el tío Malayerba tuvo vino, y Pujitos y Santurrias
-elocuencia, seguía ardiendo y chisporroteando. Algunos quisieron
-trasladar el teatro de sus ingeniosas proezas a las puertas de palacio,
-no siendo extraños los dos oradores a un proyecto que ensanchaba la
-esfera de sus triunfos; pero debió oponerse a esto el tío Pedro y
-compañeros de polaina, mayormente cuando tenían la seguridad de que
-el motín de las calles no era más que una sucursal de la gran asonada
-que en los mismos momentos estallaba en palacio y en la cámara del Rey
-Carlos IV.</p>
-
-<p>Era ya la madrugada cuando quise retirarme,<span class="pagenum"
-id="Page_93">p. 93</span> sin que lograra detenerme Lopito, que
-decía:</p>
-
-<p>—Aún falta lo mejor. ¿Qué te parece, Gabrielillo, lo que hemos
-hecho? Pues <i>entavía</i> hemos de hacer mucho más. Ya habrá visto
-el Rey si se puede o no se puede. Pónganos otra vez menistros malos,
-y verá cómo en menos que canta un gallo se les despabila. Lo que es
-Lopito... je, je... ya habrán visto que tiene malas moscas... y como yo
-hubiera encontrado a Godoy en cualquiera parte de la casa, le juro que
-no sale vivo de mis manos.</p>
-
-<p>Diciendo esto, el valiente pinche sacó una navajilla, con la cual le
-vi describir heroicas curvas en el aire.</p>
-
-<p>—Y si llegamos a ir a palacio —prosiguió, alzando el arma homicida—,
-yo, yo mesmito soy el que me presento al Rey y a la Reina para decirles
-que si no nos ponen al Príncipe Fernando en el trono, lo pondremos
-nosotros. Lo que es al Rey no le haré nada, porque es el Rey; pero a la
-Reina, manque se ponga de rodillas delante, no la perdono.</p>
-
-<p>Dijo, y guardó el arma. A todas estas llegó una compañía de guardias
-para custodiar la casa después de saqueada: fácil era comprender la
-inteligente dirección del motín, de que había sido brutal instrumento
-un pueblo sencillo. Este no hubiera podido dar un paso más allá de
-la línea que se le marcara sin sentir encima la fuerte mano de la
-autoridad.</p>
-
-<p>No necesito decir que cuando se montó la guardia, el predestinado
-Pujitos quiso formar parte de ella, aunque no era militar, y su
-genio<span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span> organizador
-se entretuvo en reunir en pelotón hasta una docena de hombres, con
-los cuales se ocupó en patrullar por las inmediaciones de la casa,
-mandándoles marchar a compás y supliendo él mismo con su voz la falta
-de tambor.</p>
-
-<p>Al fin me marché, no solo porque tenía sueño, sino porque cuanto
-había visto y oído me repugnaba con exceso. Llegué a la casa del cura,
-y no puedo haceros formar idea del estado de agitación y fiebre en que
-le encontré. Envuelta en un pañuelo la cabeza, puesta la sotana vieja y
-con un antiguo gabán de paño burdo echado sobre los hombros, sus anchos
-pantuflos en los pies, estaba mi buen eclesiástico recorriendo de largo
-a largo los corredores y pasillos de su casa. Su aspecto era semejante
-al de los que sufren un terrible dolor de muelas; a cada instante se
-llevaba las manos a las orejas, como para resguardarlas del ruido que
-hacían aún las campanas de la iglesia vecina; de vez en cuando golpeaba
-el suelo con fuerte patada, y a lo mejor daba media vuelta, cambiando
-de dirección en su calenturiento paseo. Entre tanto no cesaba de
-hablar un solo momento. ¿Con quién? Con las paredes, con la luna, con
-la parra, que, enredándose en los maderos del corredor, extendía sus
-flacos y secos brazos para coger alguna cosa. Cuando me vio, hablome
-sin aguardar a que llegase a su lado.</p>
-
-<p>—Estoy loco, Gabrielillo. ¿Qué pasa, qué ocurre? ¿Oyes las campanas
-de la parroquia? Por los mártires de Alcalá juro... no, jurar no,<span
-class="pagenum" id="Page_95">p. 95</span> que es pecado... prometo
-que Santurrias me las ha de pagar todas juntas. ¿Pero has visto cómo
-se burla de mí ese condenado? No es él el que toca, que si fuera...
-Mira, estaba yo descabezando el primer sueño, cuando me hizo saltar
-de la cama el ruido de las campanas. ¡Dios mío, qué algazara! Plin,
-plan, plin, plan... parecía que el cielo se venía abajo. Lleno de
-indignación subí a la torre; pero Santurrias no estaba, y en su lugar
-sus cuatro hijos tocaban las campanas. Tal era mi cólera, que resolví
-mostrar la mayor energía, y les dije: «Pillos, granujas, váyanse de
-aquí noramala;» pero ellos se rieron de mí y siguieron tocando...
-plin, plan, plin, plan... ¡Si hubieras visto a los cuatro condenados
-muchachos, con qué alegría, con qué frenesí tiraban de las cuerdas!...
-¡Malditos sean!... Pues uno de ellos, el mayor, es listillo y muy
-mono... y ayuda a misa como un zarapico. Pero me dio tal enfado, que
-les mandé salir de la torre. ¿Tú me obedeciste? pues ellos tampoco.
-El más chico me dijo: <i>Pare Gorio jue matal a Godoy, y nos puso a
-que tocálamos fuelte, fuelte.</i> Desde las once hasta ahora no han
-cesado ni un momento. ¿Pero dime, qué ocurre en el pueblo? He visto
-el resplandor de una llamarada, he sentido gritos. La tía Gila fue
-por orden mía a ver lo que pasaba, y volvió horrorizada, diciendo que
-estaban quemando todo el Palacio Real de punta a punta, y los jardines,
-y el Tajo, y la cascada. Cuéntame, hijito, que estoy sin sosiego.</p>
-
-<p>Contele lo que había pasado en casa del Príncipe su amigo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span>—Pero a estas horas
-habrán salido las tropas para castigar a esa vil plebe —me dijo.</p>
-
-<p>—¡Quiá! Si entre la multitud había muchos soldados... La tropa debe
-de estar sobornada.</p>
-
-<p>—Pero a estas horas el Príncipe habrá tomado sus disposiciones para
-arreglarlo todo... porque él no es hombre que se anda con chiquitas,
-y si les sienta la mano... ¡Cuánto deploro no haber podido advertirle
-ayer lo que se preparaba! Ya ves, hubiéramos podido evitar ese tumulto.
-¡Miserable de mí!... Yo, yo tengo la culpa de lo que está pasando. Si
-no fuera por este genio corto que Dios me ha dado...</p>
-
-<p>—El Príncipe ha huido, y debe estar a estas horas muy lejos de
-Aranjuez.</p>
-
-<p>—¡Que ha huido! No puede ser, no puede ser —afirmó con cierta
-enajenación—. Gabriel, ¿para qué mientes? ¿O eres tú también de los que
-creen las majaderías y simplezas de Santurrias?</p>
-
-<p>A este punto llegábamos de nuestro coloquio, cuando sentimos una voz
-ronca y desapacible que gritaba en el portal.</p>
-
-<p>—¡Ah! —dijo el cura—; me parece que siento a Santurrias. Ahora va
-a ser ella: no intercedas por él... estoy decidido... ahora sí que es
-preciso ser enérgico.</p>
-
-<p>La voz se acercaba. Era efectivamente el sacristán, que cantaba así,
-subiendo por la escalera:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">Vale una seguidilla</div>
- <div class="verse indent0">de las manchegas</div>
- <div class="verse indent0">por veinticinco pares</div>
- <div class="verse indent0">de las boleras.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza0">
- <div class="verse indent0"><span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span><i>Solvet
- sæclum in favilla, teste David cum Sibylla.</i></div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>—Váyase usted, Sr. Santurrias —gritó el cura—. No le quiero ver a
-usted, no quiero oír sus necedades.</p>
-
-<p>El sacristán, que hasta entonces no nos había visto, se paró ante
-nosotros, y lanzando una carcajada de estupidez, habló así, con lengua
-estropajosa:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0">El <i>Kyrie eleison</i> cantando,</div>
- <div class="verse indent0">¡viva el Príncipe Fernando!</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>Luego dio fuertes golpes en el suelo con un garrote medio quemado
-que en la mano traía, y acto continuo empezó a marchar militarmente por
-el corredor, imitando con la boca el ruido del tambor.</p>
-
-<p>—¡Está borracho! —dijo el cura—. Pero, miserable, ¿no ves que el
-vino se te sale por los ojos?</p>
-
-<p>Santurrias, apoyado en su palo para no caer al suelo, alargó su
-cuello, fijó en nosotros los encandilados ojos, arrugose su cara más
-aún que de ordinario, y chilló así:</p>
-
-<p>—Señor paterniá: el Príncipe ha juío... ¡Viva el Rey! ¡Muera el
-Choricero! ¡Muera ese pillo lairón!... <i>¡O salutaris hooo...stia!</i>
-Si me bian dejao, le hago porvo con este palo... Prrum, prrum...
-¡marchen! Media güelta... ¡Viva el comendante Pujitos!</p>
-
-<p>—¡Oh espectáculo lastimoso! —clamó D. Celestino—. Está como una
-cuba. Ya no le aguanto más... A la calle, a la calle mañana mismo. Se
-lo diré al señor Patriarca... Pero no: ahora<span class="pagenum"
-id="Page_98">p. 98</span> me acuerdo de que es un viudo con cuatro
-hijos.</p>
-
-<p>A todas estas las campanas seguían tocando con igual furia, prueba
-evidente de que el entusiasmo de los cuatro muchachos no había
-disminuido.</p>
-
-<p>Santurrias se agarró al antepecho del corredor para no caer. Después
-de haber dicho mil herejías, que a D. Celestino le pusieron el cabello
-de puntas, dijo que nos iba a contar lo que había hecho.</p>
-
-<p>—Calla de una vez, deshonra de la santa Iglesia, borracho, hereje,
-blasfemo —le dijo D. Celestino empujándole—. Yo te aseguro que si no
-fueras un viudo con cuatro hijos...</p>
-
-<p>—Pos, pos... —balbuceó Santurrias—: lo que hamos hecho se llama...
-¡rigolución!... Que si vamos a Palacio, que si no vamos. Yo quería ir
-pa pedí la aldicación.</p>
-
-<p>—¡Cómo! —exclamó el cura con espanto—. ¿Ha abdicado S. M. el Rey
-Carlos IV?</p>
-
-<p>—Nones... entavía nones...</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0"><i>Quantus tremor es futurus</i></div>
- <div class="verse indent0"><i>Quando judex est venturus.</i></div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza0">
- <div class="verse indent2">Viva quien baila,</div>
- <div class="verse indent0">que merece la moza</div>
- <div class="verse indent0">mejor de España.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="ti0">¡Muera Godoy!... marchen... señor cura. Ya el menistro
-no es menistro, polque el Rey...</p>
-
-<p>—Creo que el Rey —indiqué yo para sacar de su ansiedad al buen
-anciano—, ha firmado ya la destitución del Príncipe de la Paz. Según
-allí se dijo, los ministros que estaban en palacio se lo pedían
-así.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span>—Eso... eso... juimos
-a palacio —continuó Santurrias, que, no pudiendo sostenerse ya, había
-caído al suelo—, y salió un gentilón con un papé escrito, y leyó...
-y decía... decía: <i>Queriendo mandal por mi mesma mesmedá en el
-enjército y la marina, he venido en ex... ex... ex...</i></p>
-
-<p>—En exonerar —dijo el cura, dirigiendo sus ojos al cielo.</p>
-
-<p>Santurrias murmuró algunas palabras más entre latinas y castellanas,
-y calló al fin. Un fuerte ronquido anunció el aplanamiento de aquel
-elevado espíritu, conturbado por el vino de la conjuración.</p>
-
-<p>Observé que D. Celestino enjugaba una lágrima con la punta del mismo
-pañuelo que tenía arrollado en la cabeza. Amanecía, y una turba de
-pájaros procedentes de los árboles cercanos, pasaron por sobre el patio
-cantando un himno de paz. Las primeras luces de la mañana iluminaron la
-casa, y el cura se retiró a su cuarto, diciendo:</p>
-
-<p>—Dentro de un rato diré la misa y la aplicaré por la salvación de
-mi amigo el Príncipe de la Paz... ¡Ay, si yo le hubiera avisado con
-tiempo!... Pero ¿no oyes? ¡Esas condenadas campanas me tienen loco!</p>
-
-<p>En efecto, los cuatro muchachos seguían tocando.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch11">
- <p><span class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XI</h2>
-</div>
-
-<p>Pasé todo aquel día durmiendo. Al caer de la tarde salí para
-observar el aspecto del pueblo, y en la taberna encontré a Lopito,
-que hacía con su navaja mil rúbricas en el aire, para que le viera
-Mariminguilla. Después, guardando el arma, me dijo:</p>
-
-<p>—Le he caído en gracia a la muchacha, y si el tío Malayerba no me
-la deja sacar de aquí, ya sabrá quién es Lopito. ¡Qué bien me porté
-anoche, Gabriel! Todos están entusiasmados conmigo, y para cuando
-tengamos al Príncipe en el trono, ya me han prometido darme una plaza
-de ocho mil reales en la Contaduría del Consejo de Hacienda.</p>
-
-<p>—Chico, si tienes buena letra...</p>
-
-<p>—Ni buena ni mala, porque no sé escribir; pero eso será lo de menos.
-Me ha dicho Juan el cochero que ahora van a quitar de las oficinas a
-todos los que puso el Príncipe de la Paz, y como son cientos de miles,
-quedarán muchas plazas vacantes. Conque a toos nos han de poner...
-porque, chico, esto de la montería me cansa, y para algo más que para
-cuidar perros y machos de perdiz me parece que nos echaron nuestras
-madres al mundo.</p>
-
-<p>—Pero ¿ponen al Príncipe de Asturias, o no le ponen?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span>—Nos lo pondrán; y
-si no, ¿para qué vienen ahí las tropas de Napoleón? ¡Qué bueno estuvo
-lo de anoche! Dicen que el Rey temblaba como un chiquillo, y quería
-venir a calmarnos; pero parece que los ministrillos no le dejaron. La
-Reina decía que nos debían matar a todos, para que no pasara aquí otra
-como la de Francia, donde les cortaron la cabeza a los Reyes con un
-instrumento que llaman la <i>tía Guillotina</i>. Así me lo contó esta
-mañana Pujitos, que sabe de toas estas cosas, y lo ha leído en un papel
-que tiene. Nosotros queremos al Rey porque es el Rey, y esta mañana,
-cuando salió al balcón, gritamos mucho y le echamos vivas. Él se
-llevaba la mano a los ojos para secarse las lágrimas; pero la condenada
-Reina estaba allí como un palo, y no nos saludó. Pujitos, que lo sabe
-todo, dice que es porque está afligida con lo que hemos hecho en casa
-del Choricero, y asegura que ella lo tiene escondido en su camarín.</p>
-
-<p>—Puede ser.</p>
-
-<p>—Pues yo me he lucido —continuó Lopito, alzando la voz para que lo
-oyera Mariminguilla—. Esta mañana, cuando prendieron a Don Diego Godoy,
-hermano del menistro, íbamos toos gritando detrás, y yo le tiré una
-piedra, que si le llega a dar en metá la cara, lo deja en el sitio.</p>
-
-<p>—¿Y qué había hecho ese señor?</p>
-
-<p>—¿Te parece poco ser hermano de ese pillastrón? Era coronel de
-guardias; pero sus mismos soldados le quitaron las insignias, y ahora
-me le van a llevar a un castillo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_102">p. 102</span>Aquella noche oí un
-nuevo discurso de Pujitos; pero haré a mis lectores el señalado favor
-de no copiarlo aquí. El poeta calagurritano que antes mencioné, jefe de
-la conspiración literaria fraguada contra <i>El sí de las niñas</i>, se
-arrimó a nosotros, acompañado de Cuarta y Media, y entre uno y otro nos
-descerrajaron la cabeza con media docena de sonetos y otros proyectiles
-fundidos en sus cerebros. Pero después que nos molieron a sonetazos,
-Lopito trabó cierta pendencia con el poeta, porque a este se le antojó
-requebrar a Mariminguilla, llamándola <i>ninfa</i> de no sé qué aguas
-o poéticos charcos. La navaja de Lopito salió a relucir, y si el poeta
-no hubiera sido el más cobarde de los cabalgantes del Pegaso, habrían
-corrido, mezcladas en espantoso río, la sangre de un futuro empleado de
-Hacienda y la de un pretérito émulo del viejo Homero.</p>
-
-<p>Nada más ocurrió en aquella noche, digno de ser transmitido a la
-posteridad; pero a la mañana siguiente se esparció con la rapidez del
-rayo por todo el pueblo la voz de que el Príncipe de la Paz había sido
-encontrado en su propia casa. La taberna del tío Malayerba se vació en
-dos minutos, y de todas partes cundió en gran masa la gente para verle
-salir.</p>
-
-<p>Era cierto: Godoy se había refugiado en un desván donde le encerró
-uno de sus sirvientes, el cual, preso después, no pudo acudir a
-sacarle. A las treinta y seis horas de encierro, el Príncipe,
-prefiriendo sin duda la muerte a la angustia, hambre y sed que le
-devoraban, bajó de su escondite, presentándose a los guardias<span
-class="pagenum" id="Page_103">p. 103</span> que custodiaban su morada.
-Estos, lejos de amparar al que un día antes era su jefe, alborotaron el
-vecindario, y la misma turbamulta de la noche del 17 acudió con heroico
-entusiasmo a apoderarse de él.</p>
-
-<p>—¡Ya pareció, ya le cogimos, ya es nuestro! —clamaban muchas
-voces.</p>
-
-<p>Fuimos todos allá, y en la puerta del palacio el agolpado gentío
-formaba una muralla. Los feroces gritos, los aullidos de cólera
-componían espantoso y discorde concierto. Sorprendiome oír entre tanta
-algarabía las voces de algunas mujeres chillonas, que deshonraban a su
-sexo pidiendo venganza. Lopito no cabía en sí de satisfacción, y la
-navajilla fue blandida sobre nuestras cabezas como si quisiera partir
-el firmamento en dos pedazos.</p>
-
-<p>Empujábamos todos, pugnando cada cual por acercarse, y codazo por
-aquí, codazo por allí, Lopito y yo pudimos aproximarnos bastante a la
-puerta. El poeta y Cuarta y Media estaban en primera fila. El segundo
-de estos personajes se volvió a mí y me dijo con gozo:</p>
-
-<p>—Creo que no saldrá vivo de manos del pueblo.</p>
-
-<p>—¿Y a usted qué le ha hecho ese caballero? —le pregunté.</p>
-
-<p>—¡Oh! —me contestó—. Ese hombre es un infame, un pícaro que se ha
-hecho rico a costa del Reino. Yo le aborrezco, le detesto: yo soy una
-víctima de sus picardías. Ha de saber usted que la tienda de calderería
-que tengo me la puso él, por ser yo hijo de la que le lavaba la
-ropa... Al año de tener la tienda me arruiné,<span class="pagenum"
-id="Page_104">p. 104</span> y él me dio unos cuartos para seguir
-adelante; pero como le pidiese un destino donde con descanso y sin
-trabajar me ganase la vida, tuvo la poca vergüenza de contestarme
-que yo no debía ser empleado, sino calderero, y añadió que yo era un
-animal. Vea usted, ¡decir que yo soy un animal!</p>
-
-<p>No quise oírle más, y me volví de otro lado. La turba chillaba:
-no he podido olvidar nunca aquellos gritos que relaciono siempre con
-la voz de los seres más innobles de la creación; y mientras aquel
-gatazo de mil voces mayaba, extendía determinadamente su garra con la
-decisión irrevocable, parecida al valor, que resulta de la superioridad
-física, con la fuerte entereza que da el sentirse gato en presencia del
-ratón.</p>
-
-<p>La tropa contenía al pueblo, anheloso de entrar, y algunos jinetes
-de la guardia se colocaron a derecha e izquierda de la puerta. No lejos
-de allí, Pujitos, que tenía, como hemos dicho, el instinto, el genio de
-la reglamentación del desorden, mandaba a la turba que se pusiese en
-fila, y decía, alzando su garrote:</p>
-
-<p>—Señores, a un laíto... de dos en dos. Formen en batallón, y no
-rempujen.</p>
-
-<p>De pronto, un clamor inmenso, compuesto de declamaciones groseras,
-de torpes dichos, de gritos rencorosos, resonó en la calle. En la
-puerta había aparecido un hombre de mediana estatura, con el pelo
-en desorden, el rostro blanco como el mármol, los ojos hundidos y
-amoratados, los brazos caídos, en mangas de camisa, y con un capote
-echado sobre los hombros.<span class="pagenum" id="Page_105">p.
-105</span> Era el ministro de ayer, el jefe de los ejércitos de mar y
-tierra, el árbitro del Gobierno, el opulento Príncipe y prócer, señor
-de inmensos Estados, el amigo íntimo de los Reyes, el dispensador de
-gracias, el dueño de España y de los españoles, pues de aquella y de
-estos disponía como de hacienda propia; el coloso de la fortuna, el
-que de nada se convirtió en todo, y de pobre en millonario; el guardia
-que a los veinticinco años subió desde las cuadras de su regimiento
-al trono de los Reyes, el Conde de Eboramonte, y Duque de Sueca, y
-Duque de la Alcudia, y Príncipe de la Paz, y Alteza Serenísima, que
-en un día, en un instante, en un soplo había caído desde la cumbre
-de su grandeza y poder al charco de la miseria y de la nulidad más
-espantosas.</p>
-
-<p>Cuando apareció, mil puños cerrados se extendieron hacia él; los
-caballos tuvieron que recular, y los jinetes que hacer uso de sus
-sables, para que el cuerpo del Príncipe no desapareciera, arista
-devorada por aquel gran fuego del odio humano. El favorito dirigió al
-pueblo una mirada que imploraba conmiseración; pero el pueblo, que
-en tales momentos es siempre una fiera, más se irritaba cuanto más
-le veía: sin duda el mayor placer de esa bestia que se llama vulgo,
-consiste en ver descender hasta su nivel a los que por mucho tiempo vio
-a mayor altura.</p>
-
-<p>El piquete de guardias de a caballo trató de conducir al Príncipe
-al cuartel, para lo cual fue preciso que él se colocase entre dos
-caballos, apoyando sus brazos en los arzones, y<span class="pagenum"
-id="Page_106">p. 106</span> siguiendo el paso de aquellos, que si
-al principio era lento, después fue muy acelerado, con objeto de
-terminar pronto tan fatal vía-crucis. Entre tanto la multitud pugnaba
-por apartar los caballos; por aquí se alargaba un brazo, por allí una
-pierna; los garrotes se blandían bajo la barriga de los corceles, y las
-piedras llovían por encima. Tanto menudeaban estas, que los jinetes
-empezaron o amoscarse y repartieron algunos linternazos.</p>
-
-<p>Lopito, ebrio de gozo, me dijo:</p>
-
-<p>—He sido más listo que todos, porque me escurrí por entre las patas
-de los caballos, y le pinché con mi navaja. Mírala: entavía tiene
-sangre.</p>
-
-<p>Cuarta y Media vociferaba diciendo:</p>
-
-<p>—Es una iniquidad lo que hacen con nosotros. Esos guardias debían
-ser fusilados. ¿Por qué no nos dejan acercar?</p>
-
-<p>Pujitos, que en su petulancia no carecía de generosidad, fue el
-único de los por mí conocidos en quien advertí señales de compasión.</p>
-
-<p>Hubo momentos angustiosos en que la turba se arremolinaba
-estrechándose, y parecía próxima a devorar al prisionero y a los
-jinetes que le custodiaban; pero estos sabían abrirse paso, y
-aclarándose el grupo volvía a aparecer la cara del mártir, asido con
-convulsas manos a los arzones, cerrados sus ojos, la frente herida y
-cubierta de sangre, las piernas flojas y trémulas, llevado casi en
-volandas y casi arrastrando, con la respiración jadeante, la boca
-espumosa, las ropas desgarradas. Parecíame<span class="pagenum"
-id="Page_107">p. 107</span> mentira que fuese aquel el mismo hombre que
-dos días antes me recibió en su palacio; el mismo a quien vi asediado
-por los pretendientes, agitado y receloso sin duda, pero seguro aún de
-su poder, y muy ajeno a tan repentina, traidora y alevosa mudanza del
-destino... ¡Y los chicos más desarrapados se aventuraban entre los pies
-de las cabalgaduras para golpearle, y las mujeres le arrojaban el fango
-de las calles, menos asqueroso que las exclamaciones de los hombres...
-y estos no disparaban sus escopetas por temor de herir a los soldados!
-No creo que haya ocurrido jamás caída tan degradante. Sin duda está
-escrito que la caída sea tan ignominiosa como la elevación.</p>
-
-<p>Los favoritos que dejaron su cabeza sobre el tajo de un cadalso,
-fueron sin disputa menos mártires que D. Manuel Godoy, llevado en
-vergonzosa procesión entre feroces risas y torpes dicharachos, sin
-morir, porque no matan los arañazos y pellizcos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch12">
- <h2 class="nobreak g0">XII</h2>
-</div>
-
-<p>Al fin entró en el cuartel la comitiva, y el populacho, azuzado
-sin cesar por los lacayos palaciegos, tuvo el sentimiento de no poder
-mostrar su heroísmo con el éxito que deseara. Alguno de los más celosos
-entre tan bravos<span class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span>
-campeones salió mal herido a consecuencia de que todas las piedras
-lanzadas contra el Ministro no seguían la dirección dada por la mano
-que las tiraba. Digo esto, porque en el momento en que Santurrias se
-encaramaba sobre los hombros de dos palurdos para poder asestar un
-golpe certero al infeliz mártir, recibió una peladilla de arroyo sobre
-la ceja derecha con tanta fuerza, que el benemérito sacristán cayó al
-suelo sin sentido. Al punto, los que más cerca estábamos, Lopito y yo,
-corrimos en su ayuda, y en unión de otras dos personas caritativas,
-llevamos aquel talego a su casa, pues Santurrias vivía pared por medio
-con mi buen amigo D. Celestino del Malvar. Luego que este vio entrar a
-su subalterno tan mal parado, cruzó las manos y dijo:</p>
-
-<p>—Castigo de Dios ha sido, por las muchas blasfemias de este hombre
-y su abominable complicidad con los enemigos del Estado. No es esta
-ocasión de demostrar cólera, sino blandura: aquí estoy yo para curarle
-y asistirle, pues prójimo es, aunque un grandísimo bribón. Dejadle ahí
-sobre una estera, que yo prepararé las bizmas y el ungüento, con lo
-cual quedará como nuevo. Ánimo, amigo Santurrias, ¿estáis encandilado
-todavía? ¿Queréis que saque una de aquellas botellas que tanto deseáis?
-Tía Gila —añadió, dando una llave a la mujer que le servía—, abra usted
-la alacena y saque al punto una de las que dicen <i>La Nava, seco</i>,
-para ver si con la perspectiva de ella se reanima un tantico este
-hombre. Y vosotros, chiquillos —prosiguió dirigiéndose a los<span
-class="pagenum" id="Page_109">p. 109</span> cuatro hijos de Santurrias,
-que exhalaban plañideros hipidos en torno al desmayado cuerpo de su
-padre—, no lloréis, que esto no es más que un rasguño alcanzado por
-este buen hombre en alguna disputa. No lloréis, que vuestro padre vive
-y estará sano dentro de una hora... Y si muriese, yo os prometo que no
-quedaréis huérfanos, porque aquí me tenéis a mí, que os he de amparar
-como un padre. Vamos, chiquillos, aquí no servís más que de estorbo.
-Idos a jugar... Vaya, para que os quitéis de en medio, os permito que
-toquéis un poquito las campanas, picarones... id a la torre; pero no
-toquéis fuerte: tocad a sermón o a completas.</p>
-
-<p>Como se levanta la bandada de pájaros, sorprendida por el cazador,
-así volaron fuera del cuarto los cuatro muchachos, y un instante
-después todas las viejas del pueblo salían a sus puertas y balcones,
-diciéndose unas a otras: «Señora Doña Blasa, esta tarde tenemos
-sermón y completas. Buena falta hace, a ver si se acaban pronto estas
-herejías.»</p>
-
-<p>Santurrias, que había perdido mucha sangre, recobró algo tarde el
-completo uso de sus eminentes facultades, y al abrir a la luz del día
-sus ojos, permaneció como atontado, hasta que volvió a adquirir su
-lengua el don de la facundia.</p>
-
-<p>—¡Que lo ahorquen! —gritó—. Que nos lo den; que lo echen hacia ca,
-y nosotros le enjusticiaremos. Despachemos primero a los guardias de a
-caballo, y dimpués a él... No arrempujar, señores. Darle onde le duela.
-Pincha<span class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span> tú por bajo,
-Agustinillo, que yo con esta almendra le echo la puntería en metá la
-nariz. ¡Mil demonios! ¿Quién tira piedras?... ¡Muerto soy!</p>
-
-<p>—No, yerba ruin: vivo estás —dijo D. Celestino, aplicándole una
-venda a la herida—. Mira esto que he puesto delante. Es una botella de
-aquellas que deseabas, borracho: tuya será cuando te pongas bueno, si
-prometes no decir disparates.</p>
-
-<p>Después nos preguntó que en qué refriega había acontecido tan
-funesto percance, y Lopito y yo, cada cual con distinta manera y
-estilo, le contamos lo que había sucedido: el encuentro del Príncipe,
-su prisión y su suplicio por las calles del pueblo.</p>
-
-<p>—Corro allá, voy al instante —exclamó fuera de sí D. Celestino—. Es
-mi bienhechor, mi amigo, mi paisano, y aun creo que pariente. ¿Cómo he
-de desampararle en su desventura?</p>
-
-<p>Quisimos disuadirle de tan peligroso intento; pero él no reparaba
-en obstáculos ni menos en el riesgo que corría, haciendo pública
-ostentación de sus sentimientos humanitarios en favor del desgraciado
-valido. Nada le convencía, y después que dejó a Santurrias muy bien
-vendado, y ya algo repuesto de su malestar, tomó el manteo, vistiose a
-toda prisa y fue en dirección del cuartel.</p>
-
-<p>—No se exponga usted —le decía yo por el camino—. Mire que son unos
-bárbaros, y en cuanto usted demuestre que es amigo del Príncipe, no
-respetarán ni sus canas ni su traje.</p>
-
-<p>—¡Que me maten! —contestó—. Quiero ver<span class="pagenum"
-id="Page_111">p. 111</span> al Príncipe... ¡Cuando me acuerdo de lo que
-me quería ese buen señor...! ¡Ah! Gabrielillo: lo que aquí vemos es
-espantoso y clama al cielo. Pase que algunos estén descontentos de su
-gobierno; pase que le tengan otros por mal Ministro, aunque yo creo que
-es el mejor que hemos tenido desde hace mucho tiempo; se puede perdonar
-que sus enemigos quieran derribarle y le insulten; se comprende que
-dichos enemigos, en un momento de coraje, le prendan, le arrastren,
-le ahorquen; pero, hijo, que esto lo hagan los mismos a quienes ha
-favorecido tanto; los que sacó de la miseria; los que de furrieles
-trocó él en capitanes, y de covachuelos en ministros; los que han
-vivido a su arrimo, y han comido sobre sus manteles, y le han adulado
-en verso y en prosa... ¡ah! esto no tiene perdón de Dios, y menos si se
-considera que se han valido para esto de los mismos lacayos, cocineros
-y criados de los señores Infantes... Hijo mío, me parece que veo la
-corona de España paseada por los patanes y los majos en la punta de sus
-innobles garrotes.</p>
-
-<p>Llegamos al cuartel, cuya puerta estaba bloqueada por el populacho.
-D. Celestino se abrió paso difícilmente. Algunos preguntaron con sorna:
-«¿A dónde va el padrito?» y él, dando codazos a diestro y siniestro,
-repetía: «Quiero ver a ese desgraciado, mi amigo y bienhechor.»</p>
-
-<p>Muy mal recibidas fueron estas palabras; pero al fin, más que la
-exaltada pasión pudo el tradicional respeto que al pueblo español
-infundían los sacerdotes.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span>—Hijos míos
-—les decía—, sed caritativos; no seáis crueles ni aun con vuestros
-enemigos.</p>
-
-<p>La turba se amansó, y D. Celestino pudo abrirse calle por entre dos
-filas de garrotes, navajas, escopetas, sables y puños vigorosos, que
-se apartaban para darle paso. Yo estaba muy asustado viéndole entre
-aquella gente, y mi viva inquietud no se calmó hasta que le consideré
-sano y salvo dentro del cuartel.</p>
-
-<p>Y los cuatro hijos de Santurrias seguían tocando a sermón y
-completas, y la iglesia se llenaba de beatas que, al tomar agua
-bendita, se saludaban diciendo: «Creo que aún no ha concluido todo,
-y que tendremos esta tarde otra jaranita.» Y el segundo acólito,
-creyendo que la cosa iba de veras, encendió el altar, y preparó las
-ropas, y abrió los libros santos. Y dieron las tres, las tres y media,
-las cuatro, las cuatro y media, y el cura no parecía, y las viejas se
-impacientaban, y el segundo acólito se volvía loco, y los cuatro hijos
-de Santurrias seguían tocando.</p>
-
-<p>Y yo fui también a la iglesia, y sentado en un banco reflexioné
-detenidamente sobre la inestabilidad de las glorias humanas, hasta
-que al fin, observando que la impaciencia de las beatas llegaba a su
-último extremo y que empezaban a entablar diálogos pintorescos para
-matar el fastidio, salí en busca de mi amigo. Encontrele muy a punto en
-el momento en que regresaba del cuartel. Su rostro era cadavérico; su
-habla trémula.</p>
-
-<p>—¡Ah, Gabriel! —me dijo—. Vengo traspasado de dolor. Allí sobre
-unas fétidas pajas, cubierto<span class="pagenum" id="Page_113">p.
-113</span> de sangre y pidiendo a voces la muerte, está el que ayer
-gobernaba dos mundos. Ni un alma compasiva se acerca a darle consuelo.
-Ayer cien mil soldados le obedecían, y hoy hasta los furrieles se ríen
-de su miseria. No creí que todo se pudiera perder tan pronto; pero ¡ay,
-hijo! el hombre es así. Gusta mucho de las caídas, y el día en que un
-poderoso de la tierra viene al suelo siempre es un día feliz.</p>
-
-<p>—Sosiéguese usted —le dije—. Usted no recordará que mandó tocar
-a sermón y a completas. La iglesia está llena de gente. No hay más
-remedio sino subir al púlpito.</p>
-
-<p>—Hablé con él —prosiguió sin hacerme caso—. El corazón se me parte
-recordándolo. Desde anteanoche hasta esta mañana estuvo en un desván,
-envuelto en un saco de esteras, muerto de hambre y de sed. La horrorosa
-calentura le devoraba de tal modo, que prefirió la muerte. Por eso
-salió el infeliz. ¡Pobre amigo mío! Yo le dije: «Señor, si cada uno de
-los que han recibido un beneficio de Vuestra Alteza le hubiera echado
-una gota de agua en la boca, su sed se habría apagado.» Él me miró con
-expresión de agradecimiento, y no dijo más; pero a mí se me caían las
-lágrimas. Todo esto ha sido obra del Príncipe de Asturias y de sus
-amigos. Bien claro se ve. Cuando el Príncipe fue de orden de su padre a
-calmar a la muchedumbre para que no despedazara al infeliz prisionero,
-los amotinados le aclamaban y obedecían. Y esto no ha de parar aquí.
-Ellos quieren la abdicación del Rey, y viendo que esto no es fácil de
-conseguir, tratan de irritar<span class="pagenum" id="Page_114">p.
-114</span> más al populacho para que D. Carlos coja miedo y suelte la
-corona. Ahora pusieron en la puerta del cuartel un coche de colleras,
-con lo cual ese bestia de pueblo creyó que el preso iba a ser puesto en
-salvo de orden del Rey. ¡Qué fácilmente se engaña a esos desgraciados!
-El ardid salió bien, porque la turba destrozó el carruaje, y después ha
-corrido hacia palacio dando vivas a Fernando VII.</p>
-
-<p>—Ya me lo explicará usted detenidamente —repuse—. Ahora prepárese
-usted para ir a la iglesia, donde le aguarda una multitud de
-respetables señoras.</p>
-
-<p>—¿Qué dices? Si no hay sermón esta tarde...</p>
-
-<p>—Usted mandó a los cuatro muchachos que tocaran a...</p>
-
-<p>—¡Es verdad, qué inadvertencia! —dijo muy confundido—. Y están allí
-esas buenas señoras, Doña Robustiana, Doña Gumersinda, Doña Nicolasa la
-del escribano. ¡Oh! ¿Qué dirá Nicolasa si no predico?</p>
-
-<p>—Es preciso que usted haga un esfuerzo.</p>
-
-<p>—Si no tengo ideas, si no sé qué decir. No puedo apartar mi mente
-del espectáculo que he visto. ¡Ah! ¡Cuánto me quería! ¡Si vieras cómo
-me apretó la mano! Yo lloraba a moco y baba. ¡Si a él se lo debo
-todo!... El fue mi amparo; él me dio este beneficio a los catorce
-años de haberlo solicitado, en seguida, como quien dice. Y lo mejor
-es que sin merecimientos por parte mía... No, no puedo predicar...
-estoy tonto... Esos endiablados muchachos todavía no cesan de tocar a
-sermón... ¡Oh! tendré que hacer un esfuerzo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span>D. Celestino,
-comprendiendo la necesidad de no desairar a sus feligresas, entró en
-la parroquia y oró un poco, recogiendo su espíritu. Después subió al
-púlpito y predicó un sermón sobre la ingratitud.</p>
-
-<p>Todas las viejas lloraron.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch13">
- <h2 class="nobreak g0">XIII</h2>
-</div>
-
-<p>Ya era de noche cuando me avisaron que a las diez salía un coche
-para Madrid. Resolví partir, y por hacer tiempo hasta que llegase la
-hora de la marcha, fui a la taberna. Como en los días anteriores,
-el gentío era inmenso, los trajes pintorescos y variados, animadas
-las voces (aunque ya enronquecidas por el patriotismo), los gestos
-elocuentes, las patadas clásicas, los pellizcos propinados a
-Mariminguilla infinitos, el vino más aguado que el día anterior, pues
-por algo disfrutaba Aranjuez el beneficio de dos copiosos ríos.</p>
-
-<p>Lopito y Cuarta y Media me convidaron a beber con demostraciones de
-entusiasmo, y el primero de aquellos consecuentes hombres políticos me
-dijo:</p>
-
-<p>—Hoy sí que nos hemos lucido, Gabrielillo. Aquí me está diciendo el
-Sr. Cuarta y Media que esta noche ponen al Príncipe de Asturias, de
-modo que hemos de ir a darle vivas al balcón.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span>Pujitos distrajo
-mi atención, hablándome de que pensaba organizar una compañía de
-buenos españoles que desfilaran por delante de palacio en marcial
-formación como la tropa, con objeto de hacer ver a los Reyes que el
-pueblo sabe dar media vuelta a la izquierda lo mismo que el ejército.
-¡Qué predestinación! ¡Qué genio! ¡Qué mirada al porvenir! Yo contesté
-a Pujitos, excusándome de formar parte de tan brillante ejército, por
-serme indispensable marchar del Sitio aquella misma noche.</p>
-
-<p>Había oscurecido. Mariminguilla colgó el candil de cuatro mecheros
-para la completa, aunque pálida, iluminación de la escena, y aún
-me encontraba yo allí, cuando llegó la feliz, la anhelada noticia.
-Algunos entraron diciéndolo, y no se les dio crédito; otros salieron
-a averiguarlo, y tornaron al poco rato confirmando tan fausto suceso;
-y por fin un grupo, el más bullicioso, el más maleante, el más
-entrometido de todos los grupos de aquellos días, la comparsa de
-cocineros vestidos de patanes manchegos y de pinches convertidos en
-majos, entró anunciando con patadas, manoplazos, berridos y coces, que
-la corona de España había pasado de las sienes del padre a las del
-hijo. No dejaban de tener razón al entusiasmarse aquellos angelitos,
-porque en apariencia ellos lo habían hecho todo.</p>
-
-<p>Comunicada por tan brillante pléyade la noticia, no podía menos
-de ser cierta, y en prueba de que los <i>patres conscripti</i> la
-creyeron, allí estaban los mil cascos de los vasos rotos en el
-momento en que se convencieron<span class="pagenum" id="Page_117">p.
-117</span> del cambio de Monarca. También Mariminguilla tenía en
-sus brazos señales evidentes del alborozo fernandista, pues se
-redoblaron los pellizcos. La multitud, espoleada por Pujitos, partió
-a los alrededores de palacio a pedir que saliese el nuevo Rey para
-victorearle, y la taberna quedó desocupada en dos minutos. Pueblo y
-soldados, mujeres y chiquillos, todos se unieron al alegre escuadrón:
-su paso era marcha y baile y carrera a un mismo tiempo, y su alarido
-de gozo me habría aterrado, si hubiese yo sido el Príncipe en cuyo
-loor entonaban himno tan discorde las gargantas humedecidas por el
-fraudulento vino del tío Malayerba.</p>
-
-<p>No quise ver ni oír más aquello, y fui a despedirme del incomparable
-D. Celestino, a quien hallé en el cuarto de Santurrias, ocupado aún
-en bizmarle y curar sus heridas. Luego que puso fin a esta operación,
-se ocupó en acostar a los cuatro muchachos campaneros, los cuales,
-fatigados de la batahola de aquel día, yacían medio dormidos sobre
-el suelo. Era preciso desnudarles como a cuerpos muertos, y al mismo
-tiempo hacerles comer las sopas de ajo que la tía Gila había traído
-en una gran cazuela. El señor cura, teniendo sobre sus rodillas al
-más pequeño de aquellos diablillos, le acercaba la cuchara a la boca,
-esforzándose en introducirla por entre los apretados dientes. Después,
-procurando despabilarle, decía:</p>
-
-<p>—Vamos ahora a rezar todos el Padre Nuestro. Si vieras, Gabrielillo
-—añadió dirigiéndose<span class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span>
-a mí—, ¡cómo me han mortificado estos cuatro enemigos! Uno me ponía
-rabos de papel en la sotana; otro tendía una cuerda desde la cama a
-la mesa para que al pasar me enredara las piernas y cayese al suelo;
-otro calentó la llave de la alacena y me abrasé los dedos cuando fui
-a abrir; y por último, con mi sombrero hicieron un muñeco que decían
-era el Príncipe de la Paz, y después de arrastrarle por el patio,
-iban a meterle en el fogón para quemarlo. Afortunadamente la tía Gila
-acudió a tiempo. ¡Pero qué han de hacer, si ya no hay autoridad, ni
-se obedece a los superiores! Me parece que ahora van a venir tiempos
-muy calamitosos. Si cada vez que se les antoje quitar a un Ministro,
-salen gritando los cocheros de los Príncipes con unas cuantas docenas
-de labriegos y soldados de la guarnición, de antemano seducidos, vamos
-a estar con el alma en un hilo. Gabriel, aquí para entre los dos, ¿no
-es indecoroso, humillante, indigno que un Príncipe de Asturias arranque
-la corona de las sienes de su padre, amedrentándole con los ladridos de
-torpes lacayos, de ignorantes patanes, de bárbaros chisperos y de una
-soldadesca estúpida y sobornada? ¡Ay! Si yo no fuera un hombre corto de
-genio, y lo hubiera tenido para decirle al Príncipe de la Paz lo que
-se fraguaba; si él, siguiendo mis consejos, hubiera puesto a la sombra
-a tres o cuatro pícaros como Santurrias y otros... Porque créelo,
-hijo: este borrachón es, según me han dicho, el que ha embaucado a
-medio pueblo para hacerle tomar parte en el alboroto... por supuesto,
-que<span class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span> ha corrido dinero
-de largo. Yo de buena gana castigaría a este hombre execrable, a este
-pérfido sacristán; pero ¿cómo he de dejar sin pan a un viudo con
-cuatro hijos? Ya ves: se me parte el corazón al considerar que estos
-angelitos andarán por las calles pidiendo una limosna... Lo que antes
-te he dicho es cierto... El vulgo, esa turba que pide las cosas sin
-saber lo que pide, y grita «viva esto y lo otro», sin haber estudiado
-la cartilla, es una calamidad de las naciones, y yo, a ser rey, haría
-siempre lo contrario de lo que el vulgo quiere. La mejor cosa hecha por
-el vulgo resulta mala. Por eso repito yo siempre con el gran latino:
-<i>Odi profanum vulgus et arceo... et arceo</i>, y lo aparto... <i>et
-arceo</i>, y lo echo lejos de mí... <i>et arceo</i>, y no quiero nada
-con él.</p>
-
-<p>Concluida esta filípica, me abrazó deseándome mil felicidades, y
-haciéndome jurar que le enteraría puntualmente de la situación de Inés.
-Salí al fin de su casa y de Aranjuez, y cuando el coche que me conducía
-pasó por la plaza de San Antonio, sentí la algazara del pueblo agolpado
-delante de palacio. Sus gritos formaban un clamor estrepitoso que hacía
-enmudecer de estupor a las ranas de los estanques y asustaba a los
-grillos, pues unas y otros desconocían aquella monstruosidad sonora que
-tan de improviso les había quitado la palabra.</p>
-
-<p>El pueblo victoreaba al nuevo Rey. El plan concebido en las
-antecámaras de palacio había sido puesto en ejecución con el éxito más
-lisonjero. Todo estaba hecho, y los cortesanos que desde los balcones
-contemplaban con desprecio<span class="pagenum" id="Page_120">p.
-120</span> el entusiasmo de la fiera, tan brutal en su odio como en su
-alegría, no cabían en sí de satisfacción, creyendo haber realizado un
-gran prodigio.</p>
-
-<p>En su ignorancia y necedad no se les alcanzaba que habían envilecido
-el trono, haciendo creer a Napoleón que una nación donde príncipes y
-reyes jugaban la corona a cara y cruz sobre la capa rota del populacho,
-no podía ser inexpugnable.</p>
-
-<p>Hasta que nuestro coche no se internó mucho por la calle Larga no
-dejamos de oír los gritos. Aquel fue el primer motín que he presenciado
-en mi vida, y a pesar de mis pocos años entonces, tengo la satisfacción
-de no haber simpatizado con él. Después he visto muchos, casi todos
-puestos en ejecución con los mismos elementos que aquel famosísimo,
-primera página del libro de nuestros trastornos contemporáneos; y es
-preciso confesar que sin estos divertimientos periódicos, que cuestan
-mucha sangre y no poco dinero, la historia moderna de la heroica España
-sería esencialmente fastidiosa.</p>
-
-<p>Pasan años y más años: las revoluciones se suceden, hechas en
-comandita por los grandes hombres y por el vulgo, sin que todo lo
-demás que existe en medio de estas dos extremidades se tome el trabajo
-de hacer sentir su existencia. Así lo digo yo hoy, a los ochenta y
-dos años de mi edad, a varios amigos que nos reunimos en el café de
-Pombo, y oigo con satisfacción que ellos piensan lo mismo que yo. D.
-Antero, progresista blindado, cuenta la picardía<span class="pagenum"
-id="Page_121">p. 121</span> de O’Donnell el 56; D. Buenaventura
-Luchana, progresista fósil, hace depender todos los males de España
-de la caída de Espartero el 43; D. Aniceto Burguillos, que fue de la
-Guardia Real en tiempo de María Cristina, se lamenta de la caída del
-Estatuto. Reúnense junto a nuestra mesa algunos estudiantes jóvenes,
-varios capitanes y tenientes de infantería, y no pocos parásitos
-de esos que pueblan los cafés, probándonos que son tan pesados de
-pretendientes como de cesantes. Todos nos ruegan que les contemos
-algo de las felicidades pasadas para edificación de la edad presente,
-y sin hacerse de rogar, cuenta D. Antero la del 56; D. Buenaventura
-se conmueve un poco y relata la del 43; D. Aniceto da doce puñetazos
-sobre la mesa, mientras narra la del 36, y yo, mojando un terroncito de
-azúcar y chupándomelo después, les digo con este tonillo zumbón que no
-puedo remediar:</p>
-
-<p>—Ustedes han visto muchas cosas buenas; ustedes han visto la de los
-grandes militares, la de los grandes civiles y la de los sargentos;
-pero no han visto la de los lacayos y cocheros, que fue la primera, la
-primerita y sin disputa la más salada de todas.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch14">
- <h2 class="nobreak g0">XIV</h2>
-</div>
-
-<p>Me siento fatigado; pero es preciso seguir contando. Ustedes están
-impacientes por saber de Inés: lo conozco, y justo es que no la
-olvidemos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_122">p. 122</span>Llegué, pues, a
-Madrid muy temprano, y después de haber acomodado mi equipaje en la
-casa que tenía el honor de albergarme (calle de San José, núm. 12,
-frente al Parque de Monteleón), me arreglé y salí a la calle, resuelto
-a visitar a Inés en casa de sus tíos. Mas por el camino ocurriome que
-no debía presentarme en casa de tales señores sin informarme primero de
-su verdadera condición y carácter. Por fortuna, yo conocía un maestro
-guarnicionero instalado en la calle de la Zapatería de Viejo, muy
-contigua a la de la Sal, y resolví dirigirme a él para pedir informes
-del señor D. Mauro.</p>
-
-<p>Cuando entré por la calle de Postas, mi emoción era violentísima,
-y cuando vi la casa en que moraba Inés, me flaqueaban las piernas,
-porque toda la vida se me fue de improviso al corazón. La tienda de
-los Requejos estaba en la calle de la Sal, esquina a la de Postas, con
-dos puertas, una en cada calle. En la muestra, verde, se leía <i>Mauro
-Requexo</i>, inscripción pintada con letras amarillas; y de ambos
-lados de la entrada, así como del andrajoso toldo, pendían piezas de
-tela, fajas de lana, medias de lo mismo, pañuelos de diversos tamaños
-y colores. Como la puerta no tenía vidrieras, dirigí con disimulo una
-mirada al interior, y vi varias mujeres a quienes mostraba telas un
-hombre amarillo y flaco, que era de seguro el mancebo de la lonja. En
-el fondo de la tienda había un San Antonio, patrón sin duda de aquel
-comercio, con dos velas apagadas, y a la derecha mano del mostrador
-una<span class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span> como balaustrada
-de madera, algo semejante a una reja, detrás de la cual estaba un
-hombre en mangas de camisa, y que parecía hacer cuentas en un libro.
-Era Requejo: visto al través de los barrotes, parecía un oso en una
-jaula.</p>
-
-<p>Aparteme de la puerta, y alzando la vista observé otra muestra
-colocada en la ventana del entresuelo, la cual decía: <i>Préstamos
-sobre alhajas</i>. En la ventanilla donde campeaba tan consolador
-llamamiento, no había flores ni jaulas de pájaros, sino una multitud
-de capas, que respiraban higiénicamente el aire matutino por entre los
-agujeros de sus remiendos y apolilladuras. Tras los vidrios pendía una
-mugrienta cortineja. Observé que una mano apartó la cortina: vi la
-mano, luego un brazo y después una cara. ¡Dios mío! Era Inés. Yo la
-vi, y ella me vio. Pareciome que sus ojos expresaban no sé si terror o
-alegría. Aquel rayo de luz duró un segundo. Cayó la cortinilla y ya no
-la vi más.</p>
-
-<p>Esto avivó en mí el deseo de entrar. ¿Cómo podían encontrarse
-en aquella vivienda las comodidades, los lujos, las riquezas que
-ponderaban los Requejos en su visita inolvidable? Para salir de dudas,
-doblé la esquina, y molí a preguntas al guarnicionero.</p>
-
-<p>—Ese Requejo —me dijo—, es el bicho de peores trazas que ha venido
-al mundo. Está rico; pero ya se ve... en casa donde no se come, ¿no
-ha de haber dinero? Porque has de saber que en el barrio corre la
-voz de que él se alimenta con las carnes de su hermana, y su<span
-class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span> hermana con las del
-mancebo, que por eso está como una vela. ¡Y cuidado si tienen dinero
-esas dos ratas!... Con la tienda y la casa de préstamos se han puesto
-las botas. Verdad que por las prendas de vestir no dan más que la
-cuarta parte de su valor, con interés de dos pesetas en duro por cada
-mes. Cuando toman sábanas finas y vajillas, dan una onza, con interés
-de cuatro duros al mes. En la tienda dan al fiado a los vendedores que
-van por los pueblos; pero les cobran cuatro pesetas y media por cada
-duro que venden. Dicen que cuando Doña Restituta entra en la iglesia,
-roba los cabos de vela para alumbrarse en casa; y cuando va a la plaza,
-que es cada tercer día, compra una cabeza de carnero, y sebo del mismo
-animal, con lo cual pringa la olla: con esto y legumbres van viviendo.
-Una vez al año van a la botillería, y allí piden dos cafés. Beben un
-poquito, y lo demás lo echa ella disimuladamente en un cantarillo que
-deja escondido bajo las faldas, el cual café traen a casa, y echándole
-agua le alargan hasta ocho días. Lo mismo hacen con el chocolate. D.
-Mauro es vanidoso y gastaría algo más si su hermana no le tuviera en
-un puño, como quien dice. Ella tiene las llaves de todo, y no sale
-nunca de casa, por miedo a que les roben; y la casa es bocado apetitoso
-para los ladrones, porque se dice que en el sótano está la caja del
-dinero.</p>
-
-<p>Estas noticias confirmaron la opinión que acerca de los tíos de Inés
-había yo formado. La primera pena que sentí al oír el panegírico<span
-class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span> de los dos personajes,
-consistió en la certidumbre de que me sería muy difícil introducirme
-en la casa, y menos trabar amistad con sus dueños. En esto pensaba
-tristemente, cuando vino a mi memoria un anuncio que varias veces
-había compuesto en la imprenta del <i>Diario</i>, el cual decía: <i>Se
-necesita un mozo de diez y siete a diez y ocho años, que sepa de
-cuentas, afeitar, algo de peinar, aunque solo sea de hombre, y guisar
-si se ofreciere. El que tenga estas partes, y además buenos informes,
-diríjase a la calle de la Sal, esquina a la de Postas, frente a los
-peineros, lonja de lencería y pañolería de D. Mauro Requexo, donde se
-tratará del salario y demás.</i></p>
-
-<p>Corrí a la imprenta del <i>Diario</i> a ver si aún se insertaba
-aquel anuncio, y tuve el gusto de saber que los Requejos no habían
-encontrado quien les sirviera. Abandoné mi profesión de cajista, y sin
-consultarlo con nadie, pues nadie me hubiera comprendido, presenteme en
-la casa de la calle de la Sal, declarándome poseedor de las cualidades
-consignadas en el anuncio.</p>
-
-<p>Mi único temor consistía en que los Requejos recordasen haberme
-visto en Aranjuez, con lo cual recelarían de tomarme a su servicio;
-pero Dios, que sin duda protegía mi buena obra, permitió que ni uno ni
-otro me reconocieran; y si Doña Restituta me miró al pronto con cierta
-expresión sospechosa y como diciendo: «yo he visto esta cara en alguna
-parte», fue sin duda un fugaz pensamiento que no la decidió a poner
-obstáculos a mi admisión.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_126">p. 126</span>Cuando entré en
-la tienda, la primera persona a quien expuse mis pretensiones fue Don
-Mauro, el cual, dejando un rancio librote donde escribía torcidos
-números, se rascó los codos y me dijo:</p>
-
-<p>—Veremos si sirves para el caso. De un mes acá han venido más de
-cincuenta; pero piden mucho dinero. Como ahora quieren todos ser
-señoritos...</p>
-
-<p>Llamada por su hermano, presentose Doña Restituta, y entonces fue
-cuando me miró, como más arriba he dicho.</p>
-
-<p>—¿Tú sabes —me preguntó la tía de Inés—, lo que damos aquí al
-mozo? Pues damos la <i>mantención</i> y doce reales al mes. En otras
-partes dan mucho menos, sí, señor; pues en casa de Cobos, después de
-matarles de hambre, danles ocho reales y gracias. Conque, muchacho, ¿te
-quedas?</p>
-
-<p>Yo fingí que me parecía poco; hasta intenté regatear para que no se
-descubriera mi propósito, y al fin dije que, hallándome sin acomodo,
-aceptaba lo que me ofrecían. En cuanto a los informes que me exigieron,
-fácil me fue conseguir la merced de una recomendación del regente del
-<i>Diario</i>.</p>
-
-<p>—Doce reales al mes y la <i>mantención</i> —repitió Doña Restituta,
-creyendo sin duda, vista mi conformidad, que había ofrecido demasiado—;
-la <i>mantención</i>, sí, que es lo principal.</p>
-
-<p>¡Ay! El lector no conoce aún todo el sarcasmo que allí encerraba la
-palabra <i>mantención</i>.</p>
-
-<p>—Por supuesto —dijo Requejo— que aquí se viene a trabajar. Veremos
-si sabes tú de todos<span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span>
-los menesteres que se necesitan. Y aquí hay que andar derechito, sí,
-señor, porque si no... Mírame a mí: yo era un <i>jambrera</i> lo mismo
-que tú, y en fin... con mi honradez y mi...</p>
-
-<p>—La economía es lo principal —añadió la hermana—. Gabriel, coge
-la escoba y barre todo el almacén interior. Después irás a llevar
-estos fardos a la posada de la calle del Carnero; luego copiarás las
-cuentas; más tarde lavarás la loza de la cocina, antes de mondar las
-patatas, y así te quedará tiempo para apalear las capas, encender el
-fuego y soplarlo, devanar el hilo de la costura, poner los números a
-las papeletas, aviar la lamparilla, limpiar el polvo, dar lustre a los
-zapatos de mi hermano, y todo lo demás que se vaya ofreciendo.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch15">
- <h2 class="nobreak g0">XV</h2>
-</div>
-
-<p>Al punto empecé las indicadas operaciones, cuidando de poner en
-ellas todo el celo posible para contentar a mis generosos patrones.
-Debo ante todo dar a conocer la casa en que me encontraba. La tienda,
-sin dejar de ser pequeñísima, era lo más espacioso y claro de aquella
-triste morada, uno de los muchos escondrijos en que realizaba sus
-operaciones el comercio del Madrid antiguo. La trastienda era almacén y
-al mismo tiempo comedor, y los<span class="pagenum" id="Page_128">p.
-128</span> fardos de pañuelos y lanas servían de aparador a la
-cacharrería, cuyo brillo se empañaba diariamente con repetidas capas
-de polvo. Todos los artículos del comercio estaban allí reunidos y
-hacinados con cierto orden. Los Requejos vendían telas de lana y
-algodones, a saber: pañuelos del Bearne, género muy común entonces;
-percales ingleses, que desafiaban en la frontera portuguesa las aduanas
-del bloqueo continental; artículos de lana de las fábricas de Béjar y
-Segovia; algunas sederías de Talavera y Toledo; y por último, viendo
-D. Mauro que sus negocios iban siempre a pedir de boca, se metió en
-los mares de la perfumería, artículo eminentemente lucrativo. Así es
-que, además de los géneros citados, había en la trastienda multitud
-de cajas que encerraban polvos finos, pomadas y aguas de olor en su
-variedad infinita, <i>verbi gratia</i>: de lima, tomillo, bergamota,
-macuba, clavel, almizcle, lavanda, del Carmen, del cachirulo y otras
-muchas. Como el local donde se guardaban todos estos géneros servía de
-comedor, ya pueden ustedes figurarse la repugnante mezcolanza de olores
-desprendidos de substancias tan diversas, como son una pieza de lana
-teñida con rubia, un frasco de vinagrillo del Príncipe y una cazuela de
-migas; pero los Requejos estaban hechos de antiguo a esta repugnante
-asociación de olores inarmónicos.</p>
-
-<p>De la trastienda se subía al entresuelo por una escalera que presumo
-fue construida por algún sapientísimo maestro de gimnasia, pues no
-podéis figurar las contorsiones, los dobleces,<span class="pagenum"
-id="Page_129">p. 129</span> las planchas, las mil torturas a que tenía
-que someterse para subirla el frágil barro de nuestro cuerpo. Solo la
-escurridiza Doña Restituta pasaba por aquellos aéreos escollos sin
-tropiezo alguno. Subía y bajaba con singular ligereza; y como por un
-don especial a ella sola concedido, no se le sentía el andar, siempre
-que yo la veía deslizarse por aquella problemática escalera: sus pasos
-no me parecían pasos, sino los ondulantes y resbaladizos arqueos de una
-culebra.</p>
-
-<p>Cuando, franqueada la escalera, se llegaba al entresuelo, era
-preciso hacer un cálculo matemático para saber qué dirección debía
-tomarse, pues el viajero se encontraba en el centro de un pasillo
-tan oscuro, que ni en pleno día entraba por él una vergonzante luz.
-Tentando aquí y allí, se hallaba la puerta de la sala, con ventana a
-la calle de Postas, y por cierto que allí no vi ninguna cortina verde
-con ramos amarillos, sino un descolorido papel, que en mil jirones
-se desternillaba de risa sobre las paredes. Un mostrador negro y muy
-semejante a las mesillas en que piden limosna para los ajusticiados los
-hermanos de la Paz y Caridad, indicaba que allí estaba el cadalso de
-la miseria y el altar de la usura. Efectivamente: un tintero de pluma
-de ganso, cortada de ocho meses, servía para extender las papeletas,
-algunas de las cuales esperaban sobre la mesa la anhelada víctima. Una
-cómoda y varios cofres, resguardados con barrotes, eran Bastilla de
-las alhajas y Argel de las ropas finas. Las capas, sábanas y vestidos
-estaban<span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span> en una
-habitación inmediata, que además tenía la preeminencia de proteger el
-casto sueño del amo de la casa.</p>
-
-<p>Además de esta sala había otra, con ventana a la calle de la
-Sal; elegante pieza que no desmerecía de la anterior en lujo ni en
-exquisitos muebles, pues su sillería de paja, adornada con vistosos
-festones, y tan aéreas que cada pieza parecía dispuesta a caer por
-su lado, no hubieran hallado compradores en el Rastro. En dicha
-sala estaba el taller. ¿El taller de qué? Los Requejos tenían tres
-industrias: la venta, los préstamos y la confección de camisas, que en
-los días a que me refiero eran cortadas por Doña Restituta y cosidas
-por Inés desde las cinco de la mañana hasta las once de la noche,
-trabajando sin cesar en beneficio de la sórdida tacañería de sus tíos.
-Una orden expresa de Doña Restituta le impedía salir de aquel cuarto:
-no bajaba a la trastienda sino a la hora de comer; no se le permitía
-asomarse a la ventana; no se le permitía cantar, ni leer un libro; no
-se le permitía distraerse de su obra perenne, ni mencionar a su tío, ni
-recordar a su madre, ni hablar de cosa alguna que no fuera la honradez
-de los Requejos, y la longanimidad de los Requejos.</p>
-
-<p>Pero sigamos la descripción de la casa. En una habitación interior,
-mejor dicho, en una caverna, estaba el dormitorio de la tía y la
-sobrina, y en el fondo del pasillo y junto a la cocina se abría mi
-cuarto, el cual era una vasta pieza como de tres varas de largo por
-dos de ancho, con una espaciosísima abertura, no<span class="pagenum"
-id="Page_131">p. 131</span> menos chica que la palma de mi mano. Por
-esta claraboya entraban, procedentes del patio medianero, algunos
-intrusos rayos de luz, que se marchaban al cuarto de hora después de
-pasearse como unos caballeros por la pared de enfrente. Mis muebles
-eran un mullido jergón de paja, y un cajón vacío que me servía de
-pupitre, mesa, silla, cómoda y sofá. Semejante ajuar era para mí en
-realidad más que suficiente; y en cuanto a la densa y providencial
-lobreguez que envolvía la casa como nube perpetua, me parecía hecha de
-encargo para mi objeto.</p>
-
-<p>El entresuelo se comunicaba con la escalera general de la casa, la
-cual partía majestuosamente desde la misma puerta de la calle, y en su
-grandioso arranque de tres cuartas tenía espacio suficiente para que
-fuera matemáticamente imposible que una persona subiese, mientras otra
-se ocupaba fatigosamente en la tarea de bajar. Por ese túnel ascendente
-tenían que introducirse los que iban a empeñar alguna cosa, siendo en
-cierto modo simbólico aquel tránsito, y expresión arquitectónica muy
-exacta de las angustias del alma miserable en los momentos críticos de
-la vida. Bien podía llamarse la escalera de los suspiros.</p>
-
-<p>No debo pasar en silencio que en la casa de los Requejos había
-cierto aseo, aunque, bien considerado el problema, aquella era la
-limpieza propia de todos los sitios donde no existe nada; <i>exempli
-gratia</i>: la limpieza de la mesa donde no se come, de la cocina
-donde no se guisa, del pasillo donde no se corre, de la sala<span
-class="pagenum" id="Page_132">p. 132</span> donde no entran visitas, la
-diafanidad del vaso donde no entra más que agua.</p>
-
-<p>Allí no había perros ni gatos, ni animal alguno, si se exceptúan los
-ratones, para cuya persecución D. Mauro tenía un gato de hierro, es
-decir, una ratonera. Los infelices que caían en ella eran tan flacos,
-que bien se conocía estaban alimentados con perfumes. Un perro hubiera
-comido mucho; un jilguero habría necesitado más rentas que un obispo;
-una codorniz hubiera echado la casa por la ventana; las flores cuestan
-caras, y además el agua... La fauna y la flora fueron por estas razones
-proscritas, y para admirar las obras del Ser Supremo, los Requejos se
-recreaban en sí mismos.</p>
-
-<p>Me falta ahora hacerme cargo de otro ser que habitaba la casa
-durante el día: el mancebo.</p>
-
-<p>El cual era un hombre cuajado, quiero decir, que parecía
-haberse detenido en un punto de su existencia, renunciando a las
-transformaciones progresivas del cuerpo y del alma. Juan de Dios
-ofrecía el aspecto de los treinta años, aunque frisaba en los cuarenta.
-Su cara amarilla tenía gran semejanza con la de Doña Restituta; pero
-jamás se notaron en ella las contracciones, los enrojecimientos
-repentinos, propios de aquella señora. Era en sus modales lento y
-acompasado; su movilidad tenía límites fijos como la de una máquina,
-y si el método puede llegar a establecerse de un modo perfecto en los
-actos del organismo humano, Juan de Dios había realizado este prodigio.
-Llegar, abrir la tienda, barrerla, cortar las<span class="pagenum"
-id="Page_133">p. 133</span> plumas, colgar las piezas de tela en la
-puerta, recibir al comprador, decirle los precios, regatear siempre con
-las mismas palabras, medir y cortar el género, cobrarlo, contar por las
-noches el dinero, apartando el oro, la plata y el cobre: tales eran sus
-funciones, y tales habían sido por espacio de veinte años.</p>
-
-<p>Juan de Dios comía en casa de los Requejos, que le trataban como
-un hermano. Servíales él con fidelidad incomparable, y si en algo
-nacido tenían ellos confianza, era en su mancebo. Cinco años antes de
-mi entrada en la casa, la organizadora y genial cabeza de D. Mauro
-concibió un proyecto gigantesco semejante a esos que de siglo en siglo
-transforman la faz del humano linaje. Requejo, después de hacer la
-cuenta del día, se rascó los codos, diose un golpe en la serena frente,
-puso los ojos en blanco, riose con estupidez, y llamando aparte a su
-hermana, le dijo:</p>
-
-<p>—¿Sabes lo que estoy pensando? Pues pienso que tú debes casarte con
-Juan de Dios.</p>
-
-<p>Es fama que Doña Restituta arqueó las cejas, llevose un dedo a la
-barba, inclinó hacia el suelo la luminosa mirada y pensó.</p>
-
-<p>—Pues sí —continuó Requejo—: Juan de Dios es trabajador, es
-ahorrativo, entiende del comercio, y en cuanto a honradez, creo que,
-no siendo nosotros, no habrá en el mundo quien le iguale. Yo no pienso
-volver a casarme; y si hemos de tener herederos, no sé cómo nos las
-vamos a componer.</p>
-
-<p>El mancebo fue enterado del proyecto, y desde entonces se trabó
-entre ambos prometidos<span class="pagenum" id="Page_134">p.
-134</span> una comunicación amorosa, de la cual no hablo a mis lectores
-porque no puedo figurarme cómo sería, aunque cavilo en ello. Debieron
-sin duda tratar de aquel asunto, como si el matrimonio no fuera la
-unión de dos cuerpos. Restituta pensaría en casarse, y Juan de Dios
-pensaría en casarse, ambos sin pena ni alegría, de tal modo que,
-pasados cinco años, hablaban del asunto con indiferencia, y dándolo
-como cosa cercana. Creeríase que no les importaba el rápido paso de los
-años, y aquellos seres encerrados en una tienda sin duda medían la vida
-por varas, no considerando que alguna vez llegarían al fin de la pieza.
-Ambos novios eran de esos que se aprestan a casarse y se casan al fin,
-sin que los hombres ni Dios ni el Demonio sepan nunca por qué.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch16">
- <h2 class="nobreak g0">XVI</h2>
-</div>
-
-<p>Por las noches, después de cenar, rezábamos el rosario, que llevaba
-el amo de la casa con voz becerrona; y concluida la oración al patrono
-bendito, permanecían en la trastienda en plácida tertulia que solo
-duraba hora y media, y a la cual solía concurrir algún antiguo amigo
-o vecino cercano. La noche de mi inauguración no se alteró tan santa
-costumbre. D. Mauro, su hermana, Juan de Dios,<span class="pagenum"
-id="Page_135">p. 135</span> Inés y yo, decíamos el último <i>ora pro
-nobis</i>, cuando sonó la campanilla del entresuelo y mandáronme que
-abriese.</p>
-
-<p>—Es el vecino Lobo —dijo mi ama.</p>
-
-<p>Figúrense mis lectores cuál sería mi confusión cuando al abrir
-la puerta encaré con la espantable fisonomía del licenciado de los
-espejuelos verdes que había querido prenderme cinco meses antes en el
-Escorial. El temor de que me conociera diome gran turbación; pero tuve
-la suerte de que el ilustre leguleyo no parara mientes en mi persona.
-No sé si he dicho que en mí se estaba verificando la transformación
-propia de la edad, y que un repentino desarrollo había engrosado mi
-cuerpo y redondeado mi cara, donde ya me apuntaba ligero bozo. Esta fue
-la causa de que el licenciado Lobo no me reconociera, como yo temía.</p>
-
-<p>—Señores —dijo Lobo, sentándose en un cajón de medias—, hoy es día
-de universal enhorabuena. Ya tenemos a nuestro Rey en el trono. ¿No
-han salido ustedes? Pues está Madrid que parece un ascua de oro. ¡Qué
-luminarias, qué banderas, qué gentío por esas calles de Dios!</p>
-
-<p>—Nosotros no salimos a ver luminarias —contestó Requejo—, que harto
-tenemos que hacer en casa. ¡Ay, Sr. de Lobo, qué trabajo! Aquí no hay
-haraganes, y se gana el pan de cada día como Dios manda.</p>
-
-<p>—¡Loado sea Dios! —añadió el curial—, y vivan los hombres ricos como
-D. Mauro Requejo, que a fuerza de inteligencia...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span>—La honradez, nada
-más que la honradez —dijo el tendero, rascándose los codos.</p>
-
-<p>—¡Viva el comercio! —exclamó Lobo—. Lo que es la pluma, Sr. D.
-Mauro, no da ni para zapatos. Ahí estoy yo hace veintidós años en
-mi placita del Consejo y Cámara de Castilla, y Dios sabe que hasta
-hoy no he salido de pobre. Mucho romper de zapatos para andar en las
-actuaciones, y nada más. Lo que hay es que ahora espero que me den una
-de las escribanías de Cámara, que harto la merece este cuerpo que se ha
-de comer la tierra.</p>
-
-<p>—Como usted ha servido al favorito...</p>
-
-<p>—No... diré a usted: yo no me he parado en pelillos, y serví al
-Gobierno anterior con buena fe y lealtad. Pero, amigo, es preciso
-hacer algo por este perro garbanzo que tanto cuesta. En cuanto vi que
-el Generalísimo estaba ya en manos de la Paz y Caridad, he hecho un
-memorial al de Asturias y escrito ocho cartas a D. Juan Escóiquiz para
-ver si me cae la escribanía de Cámara. Yo les perseguí cuando la famosa
-causa; pero ellos no se acuerdan de eso, y por si se acuerdan, ya he
-redactado una retractación en forma, donde digo que me obligaron a
-hacer aquellas actuaciones poniéndome una pistola en el pecho.</p>
-
-<p>—No he visto <i>jormiguita</i> como el Sr. de Lobo.</p>
-
-<p>—¡Y qué entusiasmado está el pueblo español con su nuevo Rey!
-—continuó el curial—. Dan ganas de llorar, señora Doña Restituta.
-Ahora salí a llevar a mi Angustias con las niñas a la novena del señor
-San José, y después<span class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span>
-que rezamos el rosario en San Felipe, fuimos a dar una vuelta por las
-calles. ¡Ay qué risa! Parece que están quemando la casa de Godoy, la
-de su madre y su hermano Don Diego, lo cual está muy retebién hecho,
-porque entre los tres han robado tanto, que no se ve una peseta por
-ningún lado. Después que nos entretuvimos un poco, volvimos allá: ellas
-se han quedado en el 13, en casa de Corchuelo, y yo me he venido aquí
-a charlar un poquito. Pero me había olvidado... Inesita, ¿cómo va? ¿Y
-usted, Sr. D. Juan de Dios?</p>
-
-<p>Inés contestó brevemente al saludo.</p>
-
-<p>—Está un poco holgazana —dijo Restituta, mirando con desdén a la
-huérfana—. Hoy no ha cosido más que camisa y media, lo cual es un
-asco.</p>
-
-<p>—Pues me parece bastante.</p>
-
-<p>—¡Ay! Sr. de Lobo, no diga usted que es bastante. Mi abuela, según
-me contaba mi madre, echaba en un día la friolera de dos camisas. Pero
-esta chica está acostumbrada a la holgazanería: ya se ve... su madre no
-hacía más que arrastrar el guardapiés por las calles, y la niñita me
-andaba todo el día de zeca en meca, aquí te pongo, aquí te dejo.</p>
-
-<p>—Pues es preciso trabajar —dijo Requejo—, porque, chiquilla, el
-garbanzo y el tocino, y el pan y las patatas no caen del cielo, y el
-que viene a esta casa a sacar el vientre de mal año, no puede estarse
-mano sobre mano. Y si no, aprendan todos de mí, que me he ganado lo que
-tengo ochavo por ochavo, y cuando era mozo, fardo por la mañana, fardo
-por la noche,<span class="pagenum" id="Page_138">p. 138</span> fardo a
-todas horas, y siempre tan gordo y tan guapote.</p>
-
-<p>—Ella es habilidosa —afirmó Restituta—, y sabe coser: solo que le
-falta voluntad. No es ya ninguna chiquilla, que tiene sus quince años
-cumplidos, y ya puede comprender las cosas. A su edad yo gobernaba la
-casa de mis padres. Verdad es que como yo había pocas, y me llamaban el
-lucero de Santiagomillas.</p>
-
-<p>—Pues Inesita, creo yo, es una muchacha que no tiene pero —declaró
-benévolamente Lobo—. Y tan calladita, tan modesta, que no se puede
-menos de quererla.</p>
-
-<p>—Ya le dije cuando entró aquí —continuó Restituta— que los tiempos
-están muy malos, que no se gana nada, que se vende poco, y en lo de
-arriba no cae más que miseria. Ella comprenderá que nos hemos echado
-encima una carga muy pesada al recogerla, porque... ¡si viera usted,
-Sr. de Lobo!... ¡qué miseria en aquella casa del cura de Aranjuez,
-donde estaba mi sobrina! ¡Ay, partía el corazón!</p>
-
-<p>—Pues es preciso que trabaje —dijo D. Mauro—. Mi sobrina es una
-muchacha muy buena, y ya he dicho a usted cuánto la quiero. Como que,
-al fin y al cabo, para ella ha de ser cuanto hay en esta casa.</p>
-
-<p>—Ya le he dicho —prosiguió Restituta— que mañana tiene que lavar
-toda la ropa de la casa, porque ya que ella está aquí, ¿para qué
-se ha de gastar en lavandera? Por supuesto que no ha de dejar la
-costura; y si pasa mañana de las veinte varas, la echaré en el pañuelo
-unas gotitas de agua de bergamota, de la<span class="pagenum"
-id="Page_139">p. 139</span> de los frascos averiados. Lo bueno que
-tiene esta muchacha, Sr. de Lobo, es que nunca da malas contestaciones.
-Verdad que no le faltan luces, y harto conoce lo que nos debe, pues
-ha encontrado en nosotros su santo Ángel de la Guardia. ¡Ah, no puede
-usted figurarse la miseria que había en aquella casa del cura de
-Aranjuez!...</p>
-
-<p>—Le conozco, sí —dijo Lobo, enseñando con feroz sonrisa sus dientes
-verdes—. Es un pobre hombre que hacía versos latinos al Príncipe de la
-Paz. Ya se lo dirán de misas. Está probado que ese D. Celestino, con su
-capita de hombre de bien, era el confidente del favorito, y el que le
-llevaba la correspondencia con Napoleón, para repartirse a España.</p>
-
-<p>—¡Jesús, qué iniquidad! Bien decía yo que aquel hombre tenía cara de
-malo.</p>
-
-<p>—Pero ya le daremos cordelejo —continuó Lobo—. Como la parroquia
-de Aranjuez la pretende un primo mío, ya se la tenemos armada a D.
-Celestino, y entre un compañero y yo pensamos escribir ocho resmas de
-papel sellado para probar que el señor curita es reo de lesa nación.</p>
-
-<p>Mientras esto hablaban, yo hacía esfuerzos por contener mi
-indignación. Inés, aterrada por la verbosidad de sus tíos, no se
-atrevía a decir una palabra. Lo mismo hacía Juan de Dios; pero por
-un fenómeno singular, las facciones heladas y quietas del mancebo
-indicaban aquella noche que lo que oía no le era indiferente.</p>
-
-<p>—Y ya veremos —contestó Lobo frotándose<span class="pagenum"
-id="Page_140">p. 140</span> las manos—. ¿Pero qué hace ahí tan callado
-el Sr. D. Juan de Dios? ¡Ay, Restituta, qué marido tan mudo va usted a
-tener! Y lo que es por palabra de más o por palabra de menos no armarán
-ustedes camorra. ¿Y para cuándo dejan la boda? Animarse, señores, y
-anímese usted también, Sr. D. Mauro de mis entrañas, porque... la
-niñita lo merece. Nada: el mes que entra, a la Vicaría. Restituta con
-mi Sr. Juan, y usted con su querida sobrinita Inés, que, si no me
-engaño, le ha rezado ya algún Padrenuestro a San Antonio para que esto
-se realice.</p>
-
-<p>Todas las miradas se dirigieron hacia Inés. D. Mauro estiró los
-brazos en cruz; luego, cerrando los puños, levantolos hacia arriba como
-si quisiera coger el techo; descoyuntose las quijadas; cayeron luego
-ambas manos sobre la mesa con estruendosa pesadez, y habló así:</p>
-
-<p>—Yo se lo he dicho, y por cierto que la niñita no tuvo a bien
-contestarme.</p>
-
-<p>—¿Pues qué quiere decir el silencio en esos casos? ¿Cómo quiere
-usted que una niña bien criada diga: «Me quiero casar, sí, señor, venga
-marido?» Al contrario, es ley que hasta el último momento hagan ascos
-al matrimonio, diciendo que les da vergüenza.</p>
-
-<p>—Ya te dije, hermano —indicó Doña Restituta—, que aunque ese es
-el destino de la muchacha, si se porta bien y trabaja, no conviene
-tratar todavía de tal asunto. Ya sabes lo que son las muchachas, y
-si les entra el entusiasmo y el aquel del casorio, no hay quien las
-aguante. Ella bien sé yo que se chupará los<span class="pagenum"
-id="Page_141">p. 141</span> dedos; pero haces mal en manifestarle tan
-pronto tu generosidad, porque puede echarse a perder, pensando todos
-los días en el amorcito, en la palabrilla, en el regalito. ¡Ah, bien
-sabe ella lo que se hace, la picarona! Bien sabe que un hombre como tú
-no lo catan las muchachas de Madrid todos los días.</p>
-
-<p>—¿Y por qué no he de decírselo desde luego? —contestó Requejo
-riendo, es decir, moviendo la tecla de la risa en su brutal organismo—.
-Mi sobrina me gusta; y aunque conocemos todos a una porción de señoras
-muy principales que me pretenden y se beben los cuatro vientos por mí,
-yo dije: «Vale más que todo se quede en casa.» ¿Por qué no se le ha de
-decir de una vez que quiero casarme con ella? Bien sé que del alegrón
-se estará ocho noches sin dormir, y se trastornará toda, y no dará una
-puntada; y si por ella fuera, mañana mismo... pero váyase lo uno por lo
-otro. Pues digo: ¡si ella viera el collar y los pendientes de oro que
-tengo apalabrados con el platero del arco de Manguiteros!...</p>
-
-<p>—Dale... dale... —dijo Restituta—. ¿A qué viene hablar de esas
-cosas? ¿A qué sacar de quicio a la chica, trastornándole el seso? Nada:
-no hay collar ni pendientes. ¿Ni cómo quieres que la niña lave la ropa
-ni cosa las camisas, cuando le dicen que va a ser, como si dijéramos,
-princesa?</p>
-
-<p>—Nada, nada... yo la quiero y la estimo —afirmó Requejo—. ¿Por
-qué la hemos de privar de ese gusto? Que lo sepa... y digo más,
-señora hermana; y es que aunque a mí no me<span class="pagenum"
-id="Page_142">p. 142</span> gusta la holgazanería, porque, ya ven
-ustedes, yo, desde la edad de catorce años... quiero decir, que aunque
-no me gusta la holgazanería, lo que es por estos días y de aquí a
-que nos casemos, si Inés quiere trabajar que trabaje, y si no que no
-trabaje.</p>
-
-<p>D. Mauro volvió a reír, y alargando el brazo hacia Inés, le tocó la
-barba.</p>
-
-<p>Estremeciose la muchacha como al contacto de un animal asqueroso, y
-rechazó bruscamente la caricia de su impertinente tío.</p>
-
-<p>—¿Qué es eso, niña? ¿Qué modales son esos? —dijo D. Mauro frunciendo
-el ceño—. ¡Cuando te anuncio que me casaré contigo!</p>
-
-<p>—¡Conmigo! —exclamó la huérfana sin poder disimular su horror.</p>
-
-<p>—Contigo, sí.</p>
-
-<p>—Déjala, Mauro: ya sabes que es un poco mal criada. Niña, no se
-contesta de ese modo.</p>
-
-<p>—¿Pues no tiene también su orgullo la pazpuerca? —indicó Requejo.</p>
-
-<p>—Yo no me caso con usted, yo no quiero casarme —dijo enérgicamente
-Inés, recobrando su aplomo, una vez dicha la primera palabra.</p>
-
-<p>—¿Que no? —preguntó Restituta con un chillido de rabia—. Pues,
-indinota, mocosa, ¿cuándo has podido tú soñar con tener semejante
-marido, un Mauro Requejo, un hombre como mi hermano? ¡Y eso después que
-te hemos sacado de la miseria!...</p>
-
-<p>—A mí me han sacado ustedes del bienestar y de la felicidad para
-traerme a esta miseria, a esta mortificación en que vivo —dijo la<span
-class="pagenum" id="Page_143">p. 143</span> huérfana llorando—. Pero
-mi tío vendrá por mí, y me marcharé para no volver aquí ni verles más.
-¡Casarme yo con semejante hombre! Prefiero la muerte.</p>
-
-<p>¡Oh, al oírla me la hubiera comido! Inés estaba sublime. Yo
-lloraba.</p>
-
-<p>Cuando los Requejos oyeron en boca de su víctima tan absoluta
-negativa, se encendió de un modo espantoso la ira de sus protervas
-almas. Restituta se quedó lívida, y levantose Don Mauro balbuciendo
-palabrotas soeces.</p>
-
-<p>—¿Cómo es eso? ¡Venir a comer mi pan, venir aquí a lavarse la
-sarna, venir aquí después de haber andado por los caminos pidiendo
-limosna... y portarse de esa manera!... ¿Pero eres tú una Requejo, o
-de qué endiablada casta eres?... Cuidado con la señorita <i>Panza en
-trote</i>. Niñita, ¿sabes tú quién soy yo? ¿sabes que tengo cinco dedos
-en la mano?... ¿sabes que me llamo Mauro Requejo?... ¿sabes que de mí
-no se ríe ninguna piojosa?... ¿sabes que a mí no me pican pulgas de tu
-laya?... Tengamos la fiesta en paz... y ten por sabido que has de hacer
-lo que yo mando, y nada más.</p>
-
-<p>Diciendo esto, agarró con su mano de hierro el brazo de la muchacha,
-y la sacudió con mucha fuerza. Quiso poner más alto aún el principio
-de autoridad, y lanzó a Inés contra la pared, avanzando sobre ella en
-actitud rabiosa. Cuando tal vi, pareciome que se me nublaban los ojos,
-y sentí saltar mi sangre toda del corazón a la cabeza. Yo estaba en pie
-junto a la mesa, y al alcance de mi mano había un cuchillo de punta
-afilada. El lector<span class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span>
-comprenderá aquella situación terrible, y no es posible que vitupere
-mi conducta, si es que tales hechos, hijos de la ciega cólera y la
-impremeditación, pueden llamarse conducta. ¿Quién al ver una huérfana
-inocente e indefensa, maltratada por el más necio y soez de los
-hombres, hubiera podido permanecer en calma? Durante aquella escena de
-un segundo, alargué la mano hasta tocar la empuñadura del cuchillo, y
-con rápida mirada observé el cuerpo deforme de D. Mauro Requejo; pero
-afortunadamente para mí y para todos, este, sin duda aterrado ante la
-debilidad de la víctima, se contuvo y no se atrevió a tocarla. En un
-movimiento insignificante, en un paso atrás, en una mirada, en una idea
-que pasa y huye estriba la perdición de personas honradas, y un grano
-de arena hace tropezar nuestro pie, precipitándonos en el abismo del
-crimen. Por aquella vez, Dios apartó del camino de mi vida el cadalso o
-el presidio.</p>
-
-<p>Acudieron Lobo y el mancebo a calmar la enconada soberbia de su
-amigo. En el semblante del segundo noté una alteración vivísima, y su
-piel amarilla se encendió con inusitado enrojecimiento, que yo no sabía
-si atribuir a la indignación o a la vergüenza.</p>
-
-<p>Queriendo Doña Restituta poner fin a una escena que no podía tener
-buenas consecuencias, cortó la cuestión diciendo:</p>
-
-<p>—No te acalores, hermano. Yo la haré entrar en razón. Ya sabes que
-es un poco mal criada. Vamos arriba, niña, y ajustaremos cuentas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span>Esta fue la orden
-de retirada. Juan de Dios salió de la tienda para irse a su casa, y
-Doña Restituta e Inés subieron seguidas por mí, pues también se me dio
-la orden de que me acostara. Entraron las dos mujeres en su cuarto y yo
-en el mío; mas no pudiendo dominar mi inquietud, y recelando que en el
-dormitorio vecino se repetiría entre tía y sobrina la violenta escena
-de la trastienda, luego que pasó un rato, salí muy quedamente de mi
-escondrijo, y desliceme por el pasillo, conteniendo la respiración para
-que no me sintieran. En acecho cerca de la puerta del dormitorio, sentí
-la voz de Doña Restituta que decía: «No llores, duérmete. Mi hermano es
-una persona muy amable; solo que de pronto... ¡Si él te quiere mucho,
-niñita!...» Esta afabilidad de la culebra me sorprendió; mas al punto
-comprendí que debía ser puro artificio.</p>
-
-<p>También llegaban confusamente a mí las voces de D. Mauro y de Lobo,
-que habían quedado en la trastienda. Avancé un poco más hasta llegar a
-la escalera, y echándome en tierra apliqué el oído.</p>
-
-<p>—Cuando yo le doy a usted mi palabra de que es así... —decía el
-leguleyo—. Inesita fue abandonada y recogida por Doña Juana. Su madre,
-que es una de las principales señoras de la Corte, desea encontrarla
-y protegerla. Yo poseo los papeles con que se puede identificar la
-personalidad de la damisela. De modo que si usted se casa con ella...
-Amiguito, la señora Condesa tiene los mejores olivares de Jaén,
-las mejores yeguadas de Córdoba, los mejores<span class="pagenum"
-id="Page_146">p. 146</span> prados del Jarama, y más de treinta mil
-fanegadas de pan en tierra de Olmedo y de Don Benito, sin herederos
-directos que se lo disputen a esa barbilinda que hace poco estaba
-haciendo pucheros aquí mismo.</p>
-
-<p>—Pero ya usted la ha visto —dijo D. Mauro, midiendo con grandes
-zancadas el piso de la trastienda—. La muchacha es un puerco-espín.
-Le hago una caricia y me da una manotada; le digo que la quiero y me
-escupe la cara.</p>
-
-<p>—Amigo D. Mauro —repuso el licenciado—, el sistema que ustedes
-siguen no es el más a propósito para hacerse querer de la niña. Ustedes
-debían traerla en palmitas, y la están maltratando haciéndola trabajar
-hasta que reviente. ¿A quién se le ocurre que una princesita como esta
-friegue los platos y lave la ropa? Por este camino aborrecerá a mi
-señor D. Mauro como si fuera el Demonio.</p>
-
-<p>—Pues me parece —dijo mi amo, dándose un golpe en la majestuosa
-cerviz—, que el señor licenciado tiene muchísima razón. Eso mismo dije
-yo a mi hermana; pero como Restituta es tan ambiciosa, que se dejaría
-desollar por un ochavo, ha dado en sacarle el cuero a la infeliz. ¿No
-somos ricos? Pues si somos ricos, ¿a qué viene el descajillarse por un
-maravedí? Pero con mi hermana no hay quien pueda. ¿Le parece a usted?
-Aquí vivimos como en el Hospicio: mi padre se llama hogaza y yo me
-muero de hambre, como dijo el otro. Pues digo que ha de ser lo que
-yo mando, y mi hermana que se case con Juan de Dios y se lleve<span
-class="pagenum" id="Page_147">p. 147</span> lo suyo... y nada más.
-Inesita no trabajará, porque si se me muere...</p>
-
-<p>—Además —dijo Lobo—, procure usted ser amable con ella. Cuide algo
-más de lo exterior, y no se le presente con esa facha de mozo de
-cordel, porque las niñas son niñas, Sr. Don Mauro, y no se entra en el
-templo del Amor sino por la puerta del buen parecer.</p>
-
-<p>—Eso está muy bien parlado. Si fuera por mí... Yo quiero vestirme
-bien; pero esa langostilla de Restituta no me deja, y dice que no me he
-de poner el traje bonito más que el día de <i>San Corpus Christi</i>.
-Nada, nada, aquí mando yo: me pondré guapote, porque yo... a Dios
-gracias, no soy de esos que necesitan afeites y menjurges para parecer
-bien, y cuanto me cae encima está que ni pintado. Trataré a Inesita
-como ella se merece, y Dios por delante. Antes de un mes la llevo a la
-parroquia.</p>
-
-<p>—Ese es el mejor sistema, Sr. D. Mauro. Con las amenazas, con el
-encierro, con las privaciones, con el trabajo excesivo, no conseguirán
-ustedes sino que la muchacha les odie y se enamorisque del primer
-pelafustán que pase por la calle.</p>
-
-<p>Así hablaron el comerciante y el leguleyo. Despidiéronse después,
-y el segundo salió a la calle por la tienda. Retireme a toda prisa;
-pero aunque no hice ruido, Doña Restituta, con su sutilísimo órgano
-auditivo, debió sentir no sé si mi aliento o el ligero rumor de un
-ladrillo roto que se movió bajo mis pisadas. Esto produjo cierta alarma
-en su vigilante espíritu,<span class="pagenum" id="Page_148">p.
-148</span> y saliendo al encuentro de su hermano que subía, le dijo:</p>
-
-<p>—Me parece que he sentido ruido. ¿Tendremos ladroncitos? Anoche
-hicieron un robo en la calle Imperial, metiéndose por los tejados.
-¿Estaremos seguros?</p>
-
-<p>Registraron toda la casa, mientras yo, metido entre mis sábanas,
-fingía dormir como un talego. Al fin, convencidos de que no había
-ladrones, se acostaron.</p>
-
-<p>Mucho más tarde advertí que Doña Restituta registraba la casa
-segunda vez, hasta que todo quedó en silencio. Cerca ya de la madrugada
-oí ruido de monedas. Era Doña Restituta contando su dinero. Después la
-sentí salir de su cuarto, bajar a la trastienda y de allí al sótano,
-donde estuvo más de una hora.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch17">
- <h2 class="nobreak g0">XVII</h2>
-</div>
-
-<p>Al siguiente día D. Mauro se desvivió obsequiando a su sobrina;
-pero lo hacía tan ramplonamente, que cada una de sus finezas era una
-gansada, y cada movimiento una coz.</p>
-
-<p>—Restituta —decía—, no quiero que trabaje la muchacha. ¿Óyeslo,
-hermana? Inés es mi sobrinita, y todo es para ella. Si hace falta
-coser, aquí tengo yo mi dinero para pagar costureras. Sácame el vestido
-nuevo, que me lo<span class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span>
-quiero poner todos los días, y estar en la tienda con él... y no me
-pongas más olla con cabezas de carnero, sino que quiero carne de vaca
-para mí y para este angelito de mi sobrina... y lo que es el collar que
-tengo apalabrado lo compro hoy mismo... y aquí no manda nadie más que
-yo... y voy a traer un fortepiano para que Inés aprenda a tocar... y la
-voy a llevar en coche a la Florida... y si entra mañana el nuevo Rey,
-como dicen, hemos de ir todos a verle, y yo con mi vestido nuevo y mi
-sobrinita agarrada del brazo, ¿<i>no verdá</i>, prenda?</p>
-
-<p>Restituta quiso protestar contra estos despilfarros; pero amoscose
-su hermano, y no hubo más remedio que obedecer, aunque a regañadientes.
-Merced a la enérgica resolución del amo de la casa, viose la
-trastienda honrada con inusitados y allí nunca vistos platos, aunque
-Doña Restituta, firme en su adhesión al antiguo régimen, no probó de
-ninguno.</p>
-
-<p>—Hermana —le decía D. Mauro—, ya estoy de miserias hasta aquí. Nada,
-no más trabajar. ¿Ves esta gallina, Inesilla? Pues te la tienes que
-comer toda sin dejar ni una tripa, que para eso la he comprado con
-mi dinero. Y aquí te tengo un guardapiés de raso verde con eses de
-terciopelo amarillo que te has de poner mañana si vamos a ver entrar
-al Rey... Y también te pondrás unos zapatos azules y unas mediecitas
-encarnadas con rayas negras... y también le tengo echado el ojo a
-una escofieta que lo menos lleva catorce varas de cinta de varios
-colores... Conque a ponerse guapa... porque lo mando yo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_150">p. 150</span>—Buenas cosas
-le estás enseñando a la niña —declaró Doña Restituta, dirigiendo
-oblicuamente los ojos a las prendas indicadas, que acababan de traer a
-la tienda.</p>
-
-<p>En efecto, señores: la generosidad de Don Mauro era tan bestial como
-su tacañería y salvajismo; así es que su empeño en que Inés se vistiera
-con tan chabacano y ridículo traje, fue uno de los mayores tormentos
-que padeció la huérfana durante su encierro.</p>
-
-<p>—Esta tarde —continuó el tío— voy a traer dos ciegos para que
-toquen, y puedas bailar cuanto quieras, Inesilla. Deseo que bailes lo
-menos tres horas seguidas, y así has de hacerlo, porque yo lo mando...
-y aquellos pendientes de a cuarta que están arriba, y son nuestros,
-porque no han venido a desempeñarlos, te los pondrás en tus lindas
-orejitas.</p>
-
-<p>—Sí: para ella estaban —dijo con avinagrado gesto Restituta—. ¡Dos
-pendientes de filigrana de oro, largos como badajos de campana, y que
-pertenecieron a una camarista de la Reina Doña Isabel de Farnesio!
-Hermano, tengamos la fiesta en paz.</p>
-
-<p>—Aquí no manda nadie más que yo —manifestó Requejo, haciendo
-retemblar de un puñetazo el cajón que servía de mesa.</p>
-
-<p>Como es de suponer, Inés se resistió a ponerse los vestidos de
-sainete comprados por D. Mauro, lo cual puso de mal humor al buen
-comerciante, quien no tuvo sosiego durante todo aquel día, y se quitó
-y puso repetidas veces el traje nuevo, jurando que en su casa nadie
-mandaba más que él.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span>Al lector habrá
-sorprendido una circunstancia, y es que en tres días que llevaba yo de
-permanencia en la funesta casa, no pudiese ni una vez tan solo hablar
-con Inés. La suspicacia del ama era tan atroz y tan previsora, que
-siempre que bajaba del entresuelo a la trastienda, como no fuera en la
-hora tristísima de la comida, la dejaba encerrada, guardando la llave
-en su profundo bolsillo. Esto me desesperaba, quitándome toda esperanza
-de salvar a la pobre huérfana, hasta que un día, resuelto a comunicarme
-con ella, aceché la ocasión en que Doña Restituta estaba desplumando
-a unos infelices en el despacho de los préstamos, y acercándome a la
-puerta del encierro, la llamé muy quedamente. Sentí el roce de su
-vestido, y su voz me preguntó:</p>
-
-<p>—Gabriel, ¿eres tú?</p>
-
-<p>—Sí, Inesilla de mi corazón. Hablemos un poquito; pero no alces la
-voz. Haré mucho ruido con la escoba para que no nos oigan.</p>
-
-<p>—¿Cómo has venido aquí? Di, Gabrielillo, ¿me sacarás tú?</p>
-
-<p>—Reina, aunque aquí hubiera cien mil Requejos y ochocientas mil
-Restitutas, te sacaría. No llores ni te apures. Pero di, picarona, ¿me
-quieres ahora menos que antes?</p>
-
-<p>—No, Gabriel —me contestó—. Te quiero más, mucho más.</p>
-
-<p>Hice mucho ruido y di mil besos a la puerta.</p>
-
-<p>—Toca con tus dedos en la puerta para que yo sienta.</p>
-
-<p>Inés dio algunos golpecitos en la madera, y después me
-interrogó:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span>—¿Tardarás mucho en
-sacarme? Escribe a mi tío para que venga por mí.</p>
-
-<p>—Tu tío no conseguiría nada de estos cafres. Espera y confía en mí.
-Chiquilla, hazme el favor de besar la puerta.</p>
-
-<p>Inés besó la puerta.</p>
-
-<p>—Yo te sacaré de esta casa, prenda mía, o no soy Gabriel —le dije—.
-Haz por no disgustarles. Si te quieren sacar de paseo, no te resistas.
-¿Oyes bien? Déjame a mí lo demás. Adiós, que viene la culebra.</p>
-
-<p>—Adiós, Gabriel. Estoy contenta.</p>
-
-<p>Ambos besamos la barrera que nos separaba, y el diálogo acabó,
-porque consumado en el despacho de los préstamos el asesinato
-pecuniario, salieron las víctimas, y tras ellas Doña Restituta,
-radiante de ferocidad avariciosa. En su cara se conocía que había hecho
-un buen negocio.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch18">
- <h2 class="nobreak g0">XVIII</h2>
-</div>
-
-<p>Aquella noche vino a la tertulia de la trastienda, además del Sr.
-de Lobo, Doña Ambrosia de los Linos, tendera de la calle del Príncipe,
-a quien mis lectores, si no me engaño, tienen el honor de conocer,
-pues algo me parece que figuró en los sucesos que conté anteriormente.
-Su difunto esposo había sido compañero de D. Mauro en el cargamento y
-arrastre<span class="pagenum" id="Page_153">p. 153</span> de fardos
-y mercancías, y desde entonces entre ambas familias quedó establecida
-cordial amistad. Reconociome Doña Ambrosia, mas no dijo nada que
-pudiese desfavorecerme en el concepto de mis nuevos amos; y cuando se
-hubo sentado, operación no muy fácil, dados su volumen y la estrechez
-de los asientos, soltó la sin hueso en estos términos:</p>
-
-<p>—¿Cómo es eso, Restituta; cómo es eso, Don Mauro?... ¿conque no
-han ido ustedes a ver la entrada de los franceses? Pues, hijos, les
-aseguro que era cosa de ver. ¡Qué majos son, válgame el santo Ángel
-de la Guardia!... ¡Pues digo, si da gloria ver tan buenos mozos!...
-y son tantos, que parece que no caben en Madrid. Si viera usted, D.
-Mauro, unos que andan vestidos al modo de moros, con calzones como los
-maragatos, pero hasta el tobillo, y unos turbantes en la cabeza con un
-plumacho muy largo. ¡Si vieras, Restituta, qué bigotazos, qué sables,
-qué morriones peludos y qué entorchados y cruces! Te digo que se me
-cae la baba... Pues a esos de los turbantes creo que los llaman los
-<i>zamacucos</i>. También vienen unos que son, según me dijo D. Lino
-Paniagua, los <i>tragones de la Guardia imperial</i>, y llevan unas
-corazas como espejos. Detrás de todos venía el general que los manda,
-y dicen está casado con la hermana de Napoleón... es ese que llaman
-el gran Duque de <i>Murraz</i> o no sé qué. Es el mozo más guapo que
-he visto... ¡y cómo se sonreía el picarón mirando a los balcones de
-la calle de Fuencarral! Yo estaba en casa de las primas, y creo que
-se fijó en mí. ¡Ay, hija, qué<span class="pagenum" id="Page_154">p.
-154</span> ojazos! Me puse más encarnada... Por ahí andan pidiendo
-alojamiento. A mí no me ha tocado ninguno, y lo siento; porque la
-verdad, hija, esos señores me gustan.</p>
-
-<p>—Gracias a Dios que tenemos Rey —dijo D. Mauro—. Y usted, Doña
-Ambrosia, ¿ha vendido mucho estos días? Porque lo que es de aquí no ha
-salido ni una hilacha.</p>
-
-<p>—En mi casa ni un botón —contestó la tendera—. ¡Ay, hijito mío!
-Ahora, cuando ese saladísimo Rey que tenemos arregle las cosas, hay
-esperanzas de hacer algo. ¡Qué tiempos, Restituta, qué tiempos! Pero no
-saben ustedes lo mejor: ¿no saben ustedes la gran noticia?</p>
-
-<p>—¿Qué?</p>
-
-<p>—Que mañana hará su entrada triunfal en Madrid el nuevo Rey de
-España, Sr. D. Fernando el Séptimo.</p>
-
-<p>—Ya lo sabe hoy todo Madrid.</p>
-
-<p>—Pues no nos quedaremos sin ir a verle: óyelo tú, Restituta; óyelo
-tú, Inés —dijo Requejo—. Mañana no se trabaja.</p>
-
-<p>—Yo, primero me aspan que dejar de ir a verlo —afirmó Doña
-Ambrosia—. Los primos han salido esta noche al camino de Aranjuez para
-esperarle. ¡Ay, qué alegría, Sr. D. Mauro! ¡Si viviera mi esposo para
-verlo! Él que me decía: «Mientras duren este Rey y esta Reina de tres
-al cuarto, no tendremos un Gobierno ilustrado.» Mañana va a ser un
-día de alegría. Yo tengo un balcón en la calle de Alcalá, y ya hemos
-encargado al valenciano media docena de ramos de flores para apedrear a
-S. M. cuando pase.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span>—Nada, lo dicho
-—apuntó D. Mauro—: si <i>esta</i> no quiere ir, que se quede en la
-tienda. Inés me coserá la manga del casaquín que se me rompió ayer
-cuando me lo quité... Veremos qué tal sabe Gabriel hacer el coleto...
-Por supuesto, Inesilla, si quieres coger uno de esos frascos de agua de
-clavel que tienes a mano derecha, puedes hacerlo. Todo es para ti.</p>
-
-<p>Así siguió la conversación sin ningún incidente notable en lo
-sucesivo, por lo cual la omito, pues supongo al lector poco interesado
-en conocer la historia de la enfermedad que padeció el esposo de
-Doña Ambrosia, trágico acontecimiento que ella refirió. Los únicos
-personajes siempre mudos en aquellas tertulias, además de un servidor
-de ustedes, eran Inés y el Sr. Juan de Dios, este último por ser hombre
-de pocas palabras, como he dicho.</p>
-
-<p>Llegó el día 24 de marzo, y la cabeza de D. Mauro, peinada por mí,
-salió a competir con el sol en brillo y hermosura. Doña Restituta,
-que no pudo resistir a las súplicas de su hermano, frotose con una
-toalla el apergaminado forro de su cara hasta sacarse lustre, y
-después se puso el mismo clásico traje con que por primera vez se
-presentó a mis ojos en Aranjuez. Por más que D. Mauro atronó la casa,
-no pudo conseguir que Inés se disfrazara con el guardapiés verde, las
-medias encarnadas, las azules botas y la escofieta que su vanidoso
-tío compró para adornar dignamente a la que consideraba como futura
-esposa. Negose la muchacha a ser objeto de una fiesta pública, y al
-fin, para decidirla a salir, la permitieron<span class="pagenum"
-id="Page_156">p. 156</span> vestirse con su ropa de luto. Luego que los
-tres estuvieron apercibidos, encargaron a Juan de Dios el cuidado de la
-casa, y Don Mauro me dijo gravemente:</p>
-
-<p>—Gabriel, hoy es día de descanso. Vente con nosotros: con eso me
-enderezarás el rabo del coleto si se me tuerce, y me ayudarás a ponerme
-los guantes cuando pase S. M., pues hasta ese momento no quiero meter
-mis manos en tal inquisición. ¿Qué te parece? ¿Voy bien? Tira de ese
-faldón que está arrugado. Mira, chiquillo, haz el favor de meter
-bonitamente tu mano por entre la casaca y la chupa hacia la espalda, y
-rascarme en esa paletilla derecha, que no parece sino que se ha juntado
-ahí un regimiento de pulgas... Así... así... basta ya.</p>
-
-<p>Dicho esto, y rascado el asno, tomé mi gorra y salimos. ¡Ay, Dios
-mío, cómo estaba esa Puerta del Sol, y esa calle Mayor, y esa calle
-de Alcalá! Mis lectores, cualquiera que sea su edad, habrán visto
-alguna de las solemnes entradas con que nos obsequia cada pocos años
-la historia contemporánea; de modo que para hacerles formar una idea
-de aquel gentío, de aquella algazara y de aquel júbilo, me bastará
-decirles que lo del 24 de marzo de 1808 no se diferenció de lo visto en
-años posteriores sino en la exageración del delirio.</p>
-
-<p>De los balcones de las casas nobles pendían las ricas colgaduras de
-damasco con su ancho escudo y brillantes flecos, prendas vinculadas que
-hasta hace poco han lucido, ya marchitas y mermadas como el patrimonio
-de sus dueños,<span class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span>
-en alguna fiesta del Corpus. Las demás casas se engalanaban con lo
-que el entusiasmo de sus inquilinos había encontrado a mano, siendo
-considerable la cantidad de piezas de muselineta que un pueblo loco
-lanzó al aire de balcón a balcón en aquel memorable día. La multitud
-infinita de abanicos con que resguardaban del sol su cara los millares
-de damas asomadas a los balcones, ofrecía un aspecto sorprendente; y
-cuando la vista recorría panorama tan encantador, causábale cierto
-desvanecimiento el incesante ondular de los que se movían dando aire
-a sus dueñas. Aquel parlante dije español, en tan inmenso número
-reproducido, presentando alternativamente al sol una de sus caras,
-ya blanca, ya azul, ya roja, y adornado con lentejuelas de plata y
-oro, remedaba el aleteo de millares de pájaros pugnando por levantar
-el vuelo. Era un día de marzo de esos que parecen días de junio,
-privilegio de la Corte de las Españas, que suele abrasarse en febrero y
-helarse en mayo. La Naturaleza sonreía como la Nación.</p>
-
-<p>El abigarrado gentío que poblaba las calles se componía de todas
-las clases de la sociedad, abundando principalmente la manolería
-y chispería, hombres y mujeres, viejos y muchachos. Los ancianos
-inválidos y gotosos habían dejado el lecho, y sostenidos por sus
-nietos abríanse paso. Las viejas santurronas, que durante tantos
-años olvidaran todo camino que no fuera el de sus casas a la
-cercana iglesia, acudían también, llevadas de la devoción al nuevo
-Rey, y felicitándose unas a otras aturdían<span class="pagenum"
-id="Page_158">p. 158</span> a los demás con el cotorreo de sus bocas
-sin dientes. Los niños no habían asistido a la escuela, ni los
-jornaleros al trabajo, ni los frailes al coro, ni los empleados a la
-covachuela, ni los mendigos a las puertas de las iglesias, ni las
-cigarreras a la Fábrica, ni los profesores de las Vistillas dieron
-clase, ni hubo tertulia en las boticas, ni meriendas en la pradera del
-Corregidor, ni jaleo en el Rastro, ni colisión de carreteros en la
-calle de Toledo.</p>
-
-<p>La muchedumbre, obligada por su colosal corpulencia a estarse
-quieta, se arremolinaba y estremecía como un monstruo atado.
-Agrietábase a veces aquella gran masa; pero el surco abierto era
-invadido por la corriente: de pronto crecía la aglomeración en un
-punto y se aclaraba en otro. El empuje era tremendo, y el retroceso
-tan peligroso, que había riesgo de ser hollado por las mil patas
-de la bestia. El zumbido con que aquel enjambre manifestaba sus
-impresiones, trastornaba el cerebro más fuerte: exclamaciones de
-alegría, diálogos entusiastas seguidos de abrazos generosos, gritos de
-dolor a consecuencia de los callos aplastados, o de indignación por
-cada sombrero que perdía su hechura, se unían a las donosidades de las
-majas, que arrojaban cáscaras de naranja sobre los petimetres, y a
-los lamentos de los mendigos haraposos y mutilados que, escurriéndose
-entre la multitud, aun allí imploraban la caridad enseñando una pierna
-leprosa o una mano deforme.</p>
-
-<p>Nosotros tuvimos que quedarnos en la Puerta del Sol. Una de las
-oscilaciones del gentío<span class="pagenum" id="Page_159">p.
-159</span> nos llevó hacia la acera que hoy une las calles de Espoz y
-Mina y Carretas; otra oscilación nos arrastró hacia la Inclusa, que
-estaba entre las calles del Carmen y Preciados; y por último, un nuevo
-sacudimiento, haciéndonos pasar por ante Mariblanca, nos encaminó
-hacia el Buen Suceso, a cuya verja nos agarramos D. Mauro y yo para no
-ser nuevamente arrastrados a merced de aquel oleaje. Yo me alegraba
-de que esto sucediera, por si en alguna evolución quedábamos Inés y
-yo apartados de los Requejos; pero buen cuidado tenía D. Mauro de no
-separarse de su sobrina, y antes le hubiera roto el brazo que soltarla:
-tal era la fuerza con que su mano rapaz tenía aprisionados los olivares
-de Jaén y las yeguadas de Córdoba.</p>
-
-<p>Situados donde he dicho, aguardamos la aparición de aquel sol
-hespérico, de aquel iris de paz, de aquel Príncipe Fernando, que este
-pueblo, a ser pagano, hubiera puesto en la jerarquía de sus dioses más
-queridos. En rededor nuestro zumbaban algunas viejas.</p>
-
-<p>—¡Ay, mi señora Doña Gumersinda! —decía una estantigua—. Dios y mi
-patrono San Serapio, ese bendito fraile de la Merced que es abogado
-contra los dolores de coyunturas, han querido que yo no mordiera la
-tierra sin ver este día.</p>
-
-<p>—¡Ay, mi señora Doña María Facunda! —contestaba otra—. Desde que
-entró en Madrid, al venir de Nápoles, el Sr. D. Carlos III, a quien vi
-desde este mismo sitio, no ha habido en Madrid una alegría semejante.
-¿Pero usted no llora?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span>—¿Pues no me
-ve usted, señora Doña Gumersinda? Bendito sea el Señor, que nos ha
-permitido ver este día. Al menos se morirá una con la alegría de que
-España sea feliz con ese gran Rey que Dios nos ha dado. ¡Pues pocos
-rosarios he rezado yo para que esto sucediera! Al fin la Virgen nos ha
-oído, y si nosotras no nos estuviéramos en la iglesia rogando día y
-noche, ya podía la Nación esperar sentada su felicidad.</p>
-
-<p>—¿Pero usted no ha visto al Príncipe, señora Doña María Facunda?
-Si es el más rozagante, el más lindo mozo que hay en toda España y
-sus Indias. Yo le vi el día de la jura, y me parece que le tengo
-delante.</p>
-
-<p>—No le he visto. Ya sabe usted, señora Doña Gumersinda, que desde
-que reñí con aquel oficial de walonas que me quería tanto, allá cuando
-echaron a los jesuitas, no he vuelto a mirar a la cara a ningún
-hombre.</p>
-
-<p>—¡Pero oiga usted: dicen que viene; ya está cerca!</p>
-
-<p>En efecto: se oían las exclamaciones del gentío apelmazado en la
-calle de Alcalá, y muchos gritaban:</p>
-
-<p>—¡Ya viene por la Cibeles! ¡Ya viene por el Carmen Descalzo! ¡Ya
-viene por las Baronesas! ¡Ya viene por los Cartujos!</p>
-
-<p>Una voz conocida me hizo volver la cara. Pacorro Chinitas, el famoso
-amolador, cuyas opiniones no habréis olvidado, estaba detrás de mí
-disputando acaloradamente con una mujer del pueblo, gruesa, garbosa, de
-ojos vivos, lengua expedita y expeditísimas manos.</p>
-
-<p>—¡Que en todas partes has de meter camorra,<span class="pagenum"
-id="Page_161">p. 161</span> condenada mujer! —decía Chinitas—. Vete
-callando, que ya se me sube la mostaza a la nariz.</p>
-
-<p>—No me da gana de callar —contestó la Primorosa, cruzándose en la
-cintura las puntas del pañuelo que le cubría los hombros—. ¿Pues qué,
-estamos en misa? Si ese señorito del tupé no se nos quita delante...</p>
-
-<p>Un petimetre, que olía a jazmín, volvió la compungida cara pidiendo
-mil perdones a la emperatriz del Rastro.</p>
-
-<p>—¡Eh, tío <i>catacaldos</i>! —continuó la Primorosa, tirando por los
-faldones al currutaco—. ¡Quítese de ahí, que me estorba!</p>
-
-<p>—Mujer, deja en paz a ese caballero. Mira que la armo.</p>
-
-<p>—¡Sopa sin sal, endino! —exclamó la manola, mostrando sus dedos
-cuajados de anillos con piedras falsas—. ¡Pos pa qué quiero estas cinco
-manos de almirez! ¡Enriten a la Primorosa, y verán lo güeno! ¡Eh...
-señor marqués del Barrilete! —añadió dirigiéndose a D. Mauro—, que me
-está usted metiendo por los ojos el rabo de su peluquín.</p>
-
-<p>—Mujer —insistió Chinitas—, que donde quiera que vamos me has de
-avergonzar...</p>
-
-<p>El petimetre se volvió hacia nosotros y dijo, infestándonos con los
-perfumes de su ropa:</p>
-
-<p>—No se puede estar donde hay gente ordinaria.</p>
-
-<p>—¿Qué es eso de gente ordinaria? —clamó la Primorosa, atropellando
-a los que tenía al lado para abalanzarse hacia el almibarado joven—.
-Ya... a mí con esas. Pero si es el señor<span class="pagenum"
-id="Page_162">p. 162</span> D. Narciso Pluma. Eh, Nicolasa, Bastiana,
-Polonia: mira al Sr. de Pluma, al que la otra noche le emprestamos
-dos reales pa osequiar a las madasmas que llevó a tu casa... Señor
-marquesito de la olla vacía, menos facha y más comenencia con las
-señoras, porque yo soy muy reseñorona y muy requeteusía, y sé dar pa el
-pelo, y vivan los farolones de Madrid.</p>
-
-<p>A este punto llegaba, cuando un rumor creciente indicó que el
-Príncipe estaba cerca. La Primorosa, con las majas que la seguían,
-trató de atravesar el gentío dando codazos y manotadas a derecha e
-izquierda.</p>
-
-<p>—Ea, desapártense toos, que viene el sol del mundo. A un lao, a
-un laíto, señores. Bastiana, Nicolasa, quitaos las flores del pelo y
-vengan acá, que yo se las daré al lucero de las Españas. Míralo allá:
-viene a caballo por la Aduana.</p>
-
-<p>A fuerza de empujones logró la Primorosa ¡cosa inaudita! despejar
-en torno suyo un breve espacio, donde sin obstáculo campeaba. Pero
-queriendo avanzar más aún, halló insuperable barrera en la persona de
-un <i>majo decente</i> que, con la capa en cuadril y el sombrero sobre
-la ceja, rechazaba varonilmente a cuantos intentaban adelantar hacia el
-centro de la carrera.</p>
-
-<p>—¡Cómo! —dijo la maja con centellante ira—. ¿Que no se pasa? ¿Y
-quién lo <i>ice</i>?... ¿tú, Pujitos? Anda, y qué güeno me sabe.</p>
-
-<p>—No se pasa —dijo Pujitos, que se esforzaba en poner a la multitud
-en fondo, en filas,<span class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span>
-en compañías, en batallones y en brigadas—. Póngase ca una en su
-puesto, y no ladrar. Orden, señores... toos en fila. Primorosa, las
-mujeres a sus casas, y aquí denguna me levante el chillío.</p>
-
-<p>—Pujitos de mi corazón —dijo la Primorosa con terrible ironía,
-clavando ambas manos en su cintura—. Si te requiero; si he venido por
-verte; si aquí vengo a pedirte de rodillas que me dejes pasar, y traigo
-un irgumento pa tu cara de peine viejo. ¿Quieres verlo? Pues toma.</p>
-
-<p>Aún no lo había dicho, cuando rápida, fuerte y destructora como un
-ariete romano, la mano derecha de la maja voló en dirección de la cara
-de Pujitos, y el carrillo de este resonó con tremendo chasquido. Una
-risotada general fue el himno con que los circunstantes celebraron
-la desgracia del patriota, el cual, vacilando primero y desplomado
-después, fue a caer sobre un fraile, rompiéndole la escofieta a Doña
-María Facunda y la escusabaraja a Doña Gumersinda. La multitud hizo un
-movimiento: el oleaje corrió de un lado a otro, y Pujitos desapareció
-ante nuestra vista como un cuerpo que cae al mar.</p>
-
-<p>La causa de aquel movimiento de la muchedumbre fue una nueva
-irrupción de carne humana en aquel recinto estrecho donde ya había
-tanta. Un destacamento de la Guardia Imperial, con Murat a la cabeza,
-apareció por la calle del Arenal. Figuraos un pie que se empeña en
-entrar en una bota donde ya hay otro pie. El gran Duque de Berg,
-petulante y<span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span> vanidoso,
-se obstinó en presentarse con sus tropas en la carrera por donde había
-de pasar el Rey, lo cual no tenía nada de culpable; pero lo hizo tan
-inoportunamente, y sus mamelucos y dragones vejaron de tal modo al
-pueblo madrileño, que algunos historiadores hacen datar desde aquella
-hora la general antipatía de que los franceses fueron objeto. La
-multitud es un río, cuyo nivel no puede subir cuando recibe el caudal
-de otro río, y tiene que acomodarse juntando carne con carne y hueso
-con hueso, hasta que desaparece la personalidad humana en el informe
-conjunto. Esto pasó cuando los franceses penetraron en la estrecha
-plaza, y una tempestad de silbidos, reconvenciones e insultos fue la
-primera manifestación del pueblo español contra los invasores. Entre
-tanto, el desconcierto crecía, la sofocación iba en aumento. D. Mauro
-bramó como un toro; Doña Restituta lanzó un gemido desde el fondo
-de su angosto pecho... pero la multitud olvidó sus penas, porque ya
-estaba cerca, ya venía, ya le veíamos en su caballo blanco, que apenas
-podía dar un paso; ya embocaba en la Puerta del Sol; ya se agitaban
-los abanicos; llovían ramos de flores; alzábase de la superficie de
-aquel inquieto mar un rumor espantoso; cruzaban el aire como pájaros
-desbandados millares de gorras, y los brazos convulsos sobresalían de
-las cabezas descubiertas; los pañuelos no eran bastante expresivos, y
-las capas eran desplegadas como banderas de triunfo.</p>
-
-<p>Entonces la masa de gente que estaba en<span class="pagenum"
-id="Page_165">p. 165</span> torno mío avanzó con irresistible empuje.
-Don Mauro y Restituta clavaron las uñas en las mangas del vestido de
-Inés, que se les escapaba; pero un jirón de tela se quedó en sus manos,
-e Inés en mis brazos. Miré a la derecha, y vi entre una aglomeración de
-cabezas el coleto de D. Mauro y el moño de Doña Restituta, que huían
-llevados como despojos de naufragio sobre la espuma de aquel alborotado
-mar. Estábamos solos.</p>
-
-<p>Inés y yo nos abrazamos, y el gentío, comprimiéndose después,
-estrechaba a Inés contra mí, como si de nuestros dos cuerpos hubiera
-querido hacer uno solo.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch19">
- <h2 class="nobreak g0">XIX</h2>
-</div>
-
-<p>—Estamos solos, Inés —le dije—. Ahora podremos hablarnos y
-vernos.</p>
-
-<p>En efecto, estábamos solos. Yo no veía ni Rey, ni pueblo, ni Guardia
-Imperial, ni balcones, ni quitasoles, ni abanicos, ni capas, ni gorras,
-ni flores, ni nada: yo no veía más que a Inés, e Inés no veía más
-que a mí. Aprisionados entre un pueblo inmenso, nos creíamos en un
-desierto. Olvidamos que existía un Rey recién coronado, y una nación
-alegre, y una ciudad feliz, y una multitud ebria, y no pensamos más
-que en nosotros mismos. No oíamos nada: el clamor de la gente, los
-vivas, los<span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span> mueras,
-las felicitaciones; aquella borrachera de entusiasmo no producía
-en nuestros oídos más impresión que el vuelo de un insignificante
-insecto.</p>
-
-<p>—Gracias a Dios que nos han dejado solos —dijo Inés, estrechándose
-más contra mí.</p>
-
-<p>—¡Inés de mi corazón! —exclamé yo—. ¡Cuánto deseaba hablarte!
-¡Cuántas cosas tengo que decirte! Tus tíos se han ido y no volverán, y
-si vuelven no estaremos aquí. Somos libres: oye lo que voy a decirte.
-Estamos fuera de esa maldita casa, Inés mía, y serás feliz, rica y
-poderosa; tendrás todo lo que es tuyo.</p>
-
-<p>—Yo no tengo nada —me contestó.</p>
-
-<p>—Sí: tú no sabes un cuento que yo te voy a contar; un cuento que sé,
-y que me hace feliz y desgraciado al mismo tiempo.</p>
-
-<p>—¿Qué estás diciendo, loquillo?</p>
-
-<p>—Que tú no eres lo que pareces. Yo te devolveré a tus padres, que
-son muy ricos.</p>
-
-<p>—¿Padres? ¿Acaso yo tengo padres?</p>
-
-<p>—Sí: tú no eres hija de Doña Juana. Pero esto te lo explicaré en
-otra ocasión. ¡Ah! amiga mía: estoy alegre y estoy triste, porque deseo
-que seas feliz, y rica, y señora, y poderosa, y duquesa, y princesa;
-pero al mismo tiempo considero que cuando llegues al puesto que te
-corresponde, no me has de querer.</p>
-
-<p>—No entiendo una palabra de lo que dices.</p>
-
-<p>—Ya veremos. Tú no me querrás. ¿Cómo has de querer a un desgraciado
-como yo, sin fortuna, sin educación? Te avergonzarás de mí, que soy
-un criado, un infeliz de las calles... Pero ¡ay! no temas, que yo te
-llevaré a<span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span> donde debes
-estar, y te pondré en tu verdadero puesto, y serás lo que debes ser.
-Yo no quiero nada para mí. Dime: ¿me dejarás que sea tu criado y que
-viva en tu casa lo mismo que vivo ahora mismo en la de tus condenados
-tíos?</p>
-
-<p>—De veras te digo que pareces un loco, Gabriel. Esto me recuerda
-cuando tú decías que ibas a ser Ministro, Generalísimo y Príncipe. Yo
-no tengo esas ideas.</p>
-
-<p>—No es lo mismo, niñita. Aquello era una necedad mía, y esto es
-cierto. Ya no volveremos a casa de los Requejos. Huiremos por la calle
-de Alcalá cuando se despeje, buscando refugio en Aranjuez, hasta tanto
-que yo te lleve a donde debo llevarte. Aunque sé que no lo has de
-cumplir, júrame que me querrás siempre.</p>
-
-<p>—Yo no necesito jurarlo. Prométeme tú no decir disparates —dijo
-ella, mientras la presión de la embriagada multitud estrechaba su
-cabeza contra mi pecho.</p>
-
-<p>—No son disparates. Pronto te convencerás de ello; ¿pero me querrás
-siempre como me quieres ahora? ¿No te avergonzarás de mí, no me
-despreciarás? ¿Seré siempre para ti lo mismo que soy ahora, tu único
-amigo, tu salvación y tu amparo?</p>
-
-<p>—Siempre, siempre.</p>
-
-<p>Al pronunciar estas palabras, Inés sintió que le cogían un pie.</p>
-
-<p>Miró ella, miré yo, y vimos que clavaba en el pie sus flacos dedos
-una mano correspondiente a un brazo negro, que, extendiéndose<span
-class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span> entre las piernas de los
-circunstantes, estaba unido al cuerpo de Restituta, quien estiraba el
-otro brazo hasta tocar la mano que pertenecía a una de las extremidades
-de D. Mauro Requejo, el cual D. Mauro Requejo, colocado como a dos
-varas de nosotros, pugnaba por abrirse paso entre piernas de hombre y
-faldas de mujer, recibiendo aquí una pisada, allá una coz. Sucedió que
-encontrándose los dos hermanos tan separados de nosotros, perdían el
-tino buscándonos, y mientras ella se encaramaba anhelando divisar por
-algún lado nuestras cabezas, él, a causa de su corpulencia, alcanzó a
-distinguir mi gorro.</p>
-
-<p>Forcejeaban hasta alcanzarnos, cuando Doña Restituta cayó al suelo;
-diole D. Mauro la mano, y ella alargó la otra para asir el pie de Inés,
-temiendo que en un nuevo vaivén o sacudimiento se le escapara. Nuestro
-proyecto de fuga quedó frustrado, y ambos Requejos hicieron presa en
-los olivares de Jaén, asiéndoles cada uno por un brazo para estar más
-seguros.</p>
-
-<p>—¡Pobrecita mía! —dijo D. Mauro—. Creímos que te nos perdías. Si no
-es por ti, Gabriel, se nos pierde.</p>
-
-<p>A causa del revolcón quedaron ambos hermanos tan lastimosamente
-magullados, que daba compasión verles. Del casaquín de mi amo se habían
-hecho dos, sin intervención de ningún sastre, y su hermana veía con
-ojos furibundos los flotantes jirones de su vestido negro, rasgado de
-arriba abajo.</p>
-
-<p>—¿Ves? —decía Restituta a su hermano al<span class="pagenum"
-id="Page_169">p. 169</span> regresar a la casa—. ¿Ves lo que sacamos
-de ir a donde nadie nos llama? Has perdido un guante... ¡lástima de
-guante, que costó un dineral en el Rastro! ¿Pues y la casaca? Ya tengo
-costura para tres días... ¡Sí, que está barata la seda!... Y tú, niña,
-¿has perdido algo? ¡Ay! ¿Dónde está mi pañuelo? ¿Pues y mi pañuelo? ¡Lo
-he perdido!... ¡Dios me favorezca!... ¡Jesús mil veces! ¡Y yo que le
-eché tres gotas de agua de bergamota!</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch20">
- <h2 class="nobreak g0">XX</h2>
-</div>
-
-<p>Transcurrieron muchos días desde aquel, famoso por la entrada
-de nuestro Soberano, sin que se alterara con ningún accidente la
-uniformidad de la casa de los Requejos.</p>
-
-<p>Largo tiempo estuve sin poder hablar con Inés, aunque vivíamos tan
-cerca el uno del otro; pero el encierro en que la guardaba Restituta
-era cada vez más inaccesible, y la vigilancia llegó a ser un acecho
-implacable. Don Mauro estaba furioso algunas veces; otras triste,
-y sin duda en su rudeza no dejaba de comprender que era incapaz de
-hacerse amar por Inés. Su cólera no podía menos de derivarse de la
-conciencia de su brutalidad. Si no hubiera mediado el ambicioso
-interés, que era su alma, quizás D. Mauro habría sido naturalmente
-afable y hasta cariñoso con la que pasaba<span class="pagenum"
-id="Page_170">p. 170</span> por su sobrina; pero la falta de educación,
-de delicadeza, de modales y de sentido común le perdía, haciéndole no
-solo aborrecible, sino espantoso a los ojos de la misma a quien deseaba
-interesar.</p>
-
-<p>Las dificultades para sacar a Inés del poder de los Requejos
-aumentaban de día en día con la suspicaz vigilancia de Restituta;
-pero esto no me desanimaba, y firme en mi honrado propósito, procuré
-por todos los medios posibles conquistar la benevolencia de los dos
-hermanos, fingiendo en mí gustos e inclinaciones iguales a las suyas.
-Yo aspiraba a una empresa más difícil que las doce de Hércules:
-aspiraba a conquistar el inexpugnable castillo de su confianza, donde
-jamás entrara persona alguna.</p>
-
-<p>Para llegar a este fin, principié fingiéndome mezquino y avaro,
-cual si me consumiera, como a ellos, la mísera pasión del ahorro en
-su último delirio. Un día, después de haber barrido los pasillos
-y cuartos, me ocupaba en reunir el polvo y la tierra, recogiendo
-y guardando aquellos ingredientes en un gran cucurucho. Como esta
-operación la hacía yo de modo que Doña Restituta me observase,
-preguntome un día cuál era mi objeto, y le contesté:</p>
-
-<p>—Pues qué, señora, ¿se ha de desperdiciar esta substancia
-alimenticia?</p>
-
-<p>—¿Cómo? ¿El polvo y la basura de los ladrillos, con las telarañas
-de los techos y el lodo de los zapatos, forman una substancia
-alimenticia?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span>—Ya lo creo; y me
-asombra que usted no sepa que hay en Madrid un jardinero francés que
-compra todo esto para criar unas endemoniadas yerbas farmacéuticas que
-han inventado ahora.</p>
-
-<p>—¿Qué me dices, Gabriel? Pues yo no sabía nada.</p>
-
-<p>—Pues cuando yo estaba en la casa del señor Duque de Torregorda, la
-señora Duquesa vendía esto todas las semanas, y por un paquete así le
-daban sus cuatro cuartos como cuatro soles.</p>
-
-<p>Ella se regocijaba tanto con esto, que cuando yo, después de arrojar
-a un muladar el paquete, volvía entregándole los cuatro cuartos de mi
-fingida venta, me decía:</p>
-
-<p>—Eres un chico de disposición, Gabriel; no he conocido otro como
-tú.</p>
-
-<p>También fingía vender los cráneos de carnero que allí se consumían
-con frecuencia, los huesos de toda clase de frutas, los pedazos de
-papel, los cascos de vidrio, y hasta los pezones de los higos pasados,
-diciéndole que un boticario los compraba para hacer cierta droga
-venenosa. Cuando llegó el 20 de Abril y me dieron los diez reales de mi
-salario, dije a Doña Restituta:</p>
-
-<p>—Señora, ¿para qué quiero yo todo ese dineral? Puesto que tengo
-todas mis necesidades satisfechas y no me falta nada, guárdemelo; y si
-algún día salgo de esta bendita casa (lo que ojalá no suceda nunca),
-me lo entregará junto. Guardadito quiero que esté como oro en paño, y
-primero me dejaré cortar las orejas que consentir en el gasto de un
-maravedí.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span>—¡Ay, Gabriel! —me
-contestó, rebosando satisfacción—, no he visto nunca un chico como
-tú. Bien es verdad que no en vano se pisa esta casa, donde reinan el
-orden y la economía. Eres un rapaz de provecho: si sigues trabajando,
-a vuelta de diez años tendrás reunidos sesenta duros; y si siempre
-persistes en tan buenas ideas, llegarás al fin de tu vida... (pongamos
-que vives sesenta años más...) con un capital de trescientos sesenta
-duros, que tendrás guardaditos y los enterrarás antes de morirte, para
-que ningún heredero holgazán se divierta con tu dinero.</p>
-
-<p>Con estas y otras artimañas me hacía querer de mis amos, hasta el
-punto de que confiaban mucho en mí; pero a pesar de todo, no logré
-nunca adquirir la confianza suprema, que consistía para mí en ser
-encargado de la custodia de Inés, mientras ellos estaban fuera. ¡Ay!
-cuando alguna vez permitían los hados que Doña Restituta se ahuyentara
-del hogar doméstico, siempre era depositario de todas las llaves el
-impasible, el mecánico, el glacial mancebo.</p>
-
-<p>Pero he hablado poco de este personaje, cuando en realidad debiera
-ocuparme mucho, y urge dar de él completa idea. Juan de Dios era sin
-género de duda un excéntrico, pues también en aquella época había
-excéntricos. Un hombre que no habla, que ignora lo que es risa, que no
-da un paso más de los necesarios para trasladarse al punto donde están
-la pieza de tela que ha de vender, la vara con que la ha de medir, y la
-hortera en que ha de<span class="pagenum" id="Page_173">p. 173</span>
-meter el dinero; un hombre que en todas las ocasiones de la vida parece
-una máquina cubierta con la humana piel para remedar mejor nuestra
-libre, móvil e impresionable naturaleza, ha de llevar dentro de sí algo
-ignorado y excepcional. Sin embargo, al poco tiempo de conocer yo a
-Juan de Dios, ocurrió algún percance en el misterioso engranaje de las
-piezas de aquel mueble animado.</p>
-
-<p>Por aquellos días, D. Mauro y Doña Restituta habíanse comunicado
-con asombro su extrañeza por las frecuentes distracciones de Juan de
-Dios. Juan de Dios, que en veinte años no se equivocara nunca midiendo
-o contando, contaba y medía como un mancebillo recién venido de la
-Alcarria. Aún había algo más alarmante. Juan de Dios se paseaba por la
-tienda sin hacer nada, lo cual era tan extraordinario como el choque de
-un planeta con otro; Juan de Dios preguntaba al parroquiano si quería
-<i>poplín</i>, <i>cotepalis</i>, <i>organdís</i>, <i>madapolanes</i>
-o <i>muselinetas</i>, y en vez de traer lo pedido, daba media vuelta,
-rascándose la cabeza; iba a la trastienda, y salía después a preguntar
-de nuevo, porque se le había olvidado. Al mismo tiempo Juan de Dios
-estaba más amarillo y más flaco, lo cual parecía imposible al que
-en sus buenos tiempos le hubiese conocido, y su mirada, siempre
-mortecina y tristona, como la llama de un candil que se apaga, indicaba
-últimamente una resignación, un dolor que no son susceptibles de
-descripción ni pintura.</p>
-
-<p>Un día salieron los amos, encargándole como de costumbre la custodia
-de la casa. Inés,<span class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span>
-encerrada en su aposento, habló conmigo como Tisbe al través del
-muro, y en mi desesperación, no pudiendo ni verla ni sacarla de allí,
-discurrí que convenía explorar el corazón del mancebo, por si era
-posible ablandarle para que protegiera nuestra fuga. Bajé a la tienda,
-y después que hablamos un poco de cosas indiferentes, dije a Juan de
-Dios:</p>
-
-<p>—¿No es un dolor, Sr. D. Juan, que esa joven se muera de tristeza
-en ese cuartucho? ¿Por qué no la dejan suelta por la casa? ¿Acaso es
-alguna fiera?</p>
-
-<p>Advertí en el semblante del mancebo un como estremecimiento o
-vislumbre; después pareció que la poca sangre de su cuerpo se le
-agolpaba en la frente, y me habló así:</p>
-
-<p>—Gabriel, tienes razón. ¿Por qué la encierran así, siendo tan buena
-y tan humilde?... Ya estará libre... —dijo el hortera, como hablando
-consigo mismo.</p>
-
-<p>Estas palabras despertaron grandemente mi curiosidad, y resolví
-hacerle hablar sobre el asunto, fingiendo poco interés por la
-huérfana.</p>
-
-<p>—Verdad es —dije— que como está tan mal criada...</p>
-
-<p>—¡Mal criada! —exclamó el dependiente con viveza—. Tú sí que eres un
-mal criado y un bruto. Cuando la veo tan dulce, tan modesta, tan guapa,
-me da lástima que... Aquí la tratan de un modo que da compasión...</p>
-
-<p>—Pero los amos son muy buenos con ella: la han comprado un vestido,
-y D. Mauro quiere que sea su mujer.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span>Al oírlo, Juan de
-Dios se inmoló de tal modo, que le tuve miedo.</p>
-
-<p>—¡Casarse con ella! —exclamó—. No, no; eso no puede ser.</p>
-
-<p>—Bien es verdad que si la muchacha no quiere, ¿por qué han de
-obligarla?</p>
-
-<p>—Es verdad. No, no la obligarán.</p>
-
-<p>Comprendí que convenía variar de táctica, demostrando mucho interés
-por la prisionera.</p>
-
-<p>—Pues si ella no quiere —afirmé—, será una obra de caridad sacarla
-de aquí.</p>
-
-<p>—¿Tú crees lo mismo? —me preguntó con ansiedad.</p>
-
-<p>—Sí. Me da tanta lástima de la pobrecita, que si en mí consistiera,
-ya le hubiera abierto las puertas para que volara como un pajarito.</p>
-
-<p>—Gabriel —me dijo Juan de Dios solemnemente, poniendo su mano sobre
-mi brazo—, si tú fueras un chico prudente y discreto, yo te confiaría
-un proyectillo.</p>
-
-<p>No había más remedio que fingir gran indignación contra los
-Requejos, y así lo hice, diciendo:</p>
-
-<p>—¡Pues no he de serlo! A mí puede usted confiarme lo que quiera,
-sobre todo si se refiere a esa niña, porque la tengo compasión; y si
-mi amo se empeña en maltratarla, no lo podré aguantar, y el mejor
-día...</p>
-
-<p>—Nuestros patronos son muy crueles —dijo él con la gravedad de quien
-revela importante secreto.</p>
-
-<p>—¿Qué dice usted, crueles? Bárbaros y tacaños, que serían capaces de
-vender a Cristo por dos maravedís.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span>El semblante de
-Juan de Dios expresó cierto entusiasmo. Después de vacilar un momento
-entre la seriedad y una sonrisa, se apretó el corazón con ambas manos,
-y me dijo:</p>
-
-<p>—Gabriel, yo estoy enamorado, yo estoy loco.</p>
-
-<p>—¿De quién? ¿Por quién?</p>
-
-<p>—No me lo preguntes y adivínalo. A ti solo te lo digo: quiero que
-me ayudes. Veo que tienes buenos sentimientos, y que aborreces a los
-carceleros de Inés. Pero tú no te has fijado bien en ella. ¿No te
-admira su resignación, no te admira su modestia? Y sobre todo, Gabriel,
-¿has visto alguna vez mujer más linda? Dime, ¿te ha mirado alguna vez y
-no te has vuelto loco?</p>
-
-<p>Juan de Dios lo parecía al decir estas palabras.</p>
-
-<p>—Inés es una gran personita —respondí—. Hace usted bien en quererla,
-y mucho mejor en sacarla de aquí. ¿Pero no dicen que se casa usted con
-Doña Restituta?</p>
-
-<p>—¿Yo? ¿estás loco?... Antes de ahora he sido tan estúpido que llegué
-a creerme capaz de semejante desgracia. Pero ahora... ¿Has conocido
-hembra más repugnante que esa?</p>
-
-<p>—No, no hay otra que la iguale en todo el mundo. Pero hablemos de
-Inés, que es lo que a usted le interesa.</p>
-
-<p>—Sí, hablemos. ¡Ay! No sabes qué desahogo siento al confiarte este
-secreto. Yo necesitaba decírselo a alguien para no desesperarme. Desde
-que Inés entró en esta casa, experimenté una sensación desconocida. Yo
-había dicho<span class="pagenum" id="Page_177">p. 177</span> muchas
-veces: «tanto como oigo hablar del amor, y yo no sé lo que es...»
-Pero ya sé lo que es... ¡Ay! he pasado toda mi vida trabajando como
-una bestia. Hace veinte años tuve algo con una mujer que vivía en mi
-casa; pero aquello no pasó de tres días. Yo nací en Francia, de padres
-españoles; me crié en un convento, y cuando salí de él a los veinte
-años, estaba muy persuadido de que las mujeres todas eran el Demonio,
-pues así me lo decían los frailes del convento de Guetaria. Así es
-que cuando pasaba alguna cerca de mí, yo bajaba los ojos, cuidando
-de no mirarla. Siempre he sido melancólico y... no sé por qué me han
-disgustado las mujeres... Nunca voy a bailes ni a tertulias, y con tan
-uniforme vida me he vuelto tan tristón, que me aburro de mí mismo.
-Los domingos echo un paseo allá por los Melancólicos, y esto un año y
-otro, hasta que ahora... te contaré punto por punto. Cuando llegó Inés
-aquí, me pareció que no era como las mujeres que yo he visto siempre;
-quedeme asombrado contemplándola, y hasta se me figuró que la había
-visto en alguna parte: ¿dónde? ¡qué sé yo! sin duda dentro de mí mismo.
-Todo aquel día pensé en ella, y al día siguiente, que era domingo, me
-fui, después de oír misa, a mi paseo de los Melancólicos. Allí di mil
-vueltas, figurándome que hablaba con ella, y fueron tantas las cosas
-que le dije, que de seguro no cabrían en este libro grande. Pasó algún
-tiempo: Inés no me había mirado nunca, hasta que una noche... estábamos
-comiendo; yo fui a coger un plato, y como<span class="pagenum"
-id="Page_178">p. 178</span> me temblaba la mano, le dejé caer al suelo
-y se rompió. Restituta se puso a dar gritos, y D. Mauro me dijo no sé
-qué barbaridades. Entonces Inés alzó los ojos y me miró.</p>
-
-<p>Cuando esto decía, Juan de Dios mostraba la incomparable
-satisfacción del amante que ha recibido favor muy lisonjero de su
-dama.</p>
-
-<p>—Pues ánimo —le dije—: la madamita es linda y buena. Sáquela usted
-de aquí.</p>
-
-<p>—¡Que si la saco! ¿Pues no he de sacarla? —exclamó con decisión—.
-Resuelto estoy a ello. Pero necesito hablarle, Gabriel; necesito
-decirle lo que siento por ella. ¿Me corresponderá? ¿Crees tú que me
-corresponderá?</p>
-
-<p>—Pero, tonto, si quiere usted hablarle, ¿qué más tiene que ir a su
-cuarto y entrar? ¿Los amos no le dejan las llaves?</p>
-
-<p>—Varias veces he intentado hablar con ella; he subido la escalera,
-he llegado junto a la puerta, y al fin me he vuelto sin valor para
-decirle: «Inés, ¿oye usted una palabra?»</p>
-
-<p>—Pues de esa manera no consigue usted nada —le contesté—. ¡Ah! Vea
-usted lo que me ocurre en este instante. Yo me pinto solo para esas
-comisiones. Me da usted la llave, abro, entro y le digo que usted
-la quiere y discurre el modo de sacarla de aquí. ¿Qué le parece mi
-invención?</p>
-
-<p>—Te equivocas si crees que tengo la llave de su cuarto. Todas me las
-dejan menos esa.</p>
-
-<p>—Entonces todo está perdido.</p>
-
-<p>—No, porque voy a que un cerrajero me haga una por un modelo
-de cera, enteramente igual. Por de pronto, ya que te ofreces a
-servirme,<span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span> mira lo
-que he pensado. Aquí tengo un ramito de violetas que he comprado esta
-mañana. Se lo llevas, arrojándolo dentro por el tragaluz que está sobre
-la puerta, y le dices: «esto le manda a usted una persona que la ama»,
-pero sin mentarla quién es. Luego, otro día que los amos salgan, le
-llevas una carta que estoy escribiendo en mi casa, y que tiene ya ocho
-pliegos de papel, con una letra como el sol. ¿Lo harás así?</p>
-
-<p>—Todo lo que usted me mande.</p>
-
-<p>—¡Ay, Gabriel! Desde que ella está en esta casa, me he vuelto todo
-del revés. Pero di: ¿crees tú que Inés me querrá? ¿lo crees tú? ¡Ay!
-yo de veras te digo que por verme amado de ella por todo el día de
-hoy, consentiría mañana en perder la vida. Te juro que si supiera de
-cierto que no me puede querer, moriría. Si Inés me ama, seré tan feliz
-que... no sé lo que me pasará. Y tiene que ser, tiene que amarme:
-yo me la llevaré a una parte del mundo donde no haya gente, y allí,
-solitos los dos, ¿no es verdad que tendrá que quererme? Estoy ahora
-averiguando por qué camino se va a una de esas islas desiertas que,
-según dicen, hay no sé dónde... La sacaré de aquí, Gabriel; nos iremos
-ella y yo, si quiere, bien, y si no, también. Cuando llegue el caso
-me creo capaz de todo: de matar al que quiera impedírmelo, de vencer
-cuantas dificultades se me opongan, de echarme a cuestas toda la
-tierra y beberme todo el mar, si es preciso para mi fin... Gabriel,
-¿llevarás a Inés el ramo de violetas? Yo tengo miedo de ir... Cuando
-le<span class="pagenum" id="Page_180">p. 180</span> hable una vez, se
-me quitará esta turbación... ¿No es verdad?... ¿Crees tú que ella me
-amará?</p>
-
-<p>La pasión de Juan de Dios tenía cierta ferocidad. Junto con
-la timidez más ingenua, el corazón de aquel hombre abrigaba una
-determinación impetuosa y una energía suficiente para llevar adelante
-el más difícil propósito. El secreto confiado causome tanto asombro
-como miedo, porque si bien el amor del mancebo podía ser un gran
-auxilio para la evasión de Inés, también podía ser obstáculo.</p>
-
-<p>Pensando en esto me separé de él, para llevar las violetas, sacadas
-de un cajón donde guardaba sus plumas: subí y púseme al habla con mi
-desgraciada amiga.</p>
-
-<p>—Inés —le dije, arrojando el ramillete por el tragaluz—, toma esas
-flores que he comprado para ti.</p>
-
-<p>—Gracias —me contestó.</p>
-
-<p>—Niñita mía —continué—, mételas en tu seno, para que la bruja de tu
-tía no las descubra. ¿Las has guardado ya?.</p>
-
-<p>—En eso estoy —repuso la dulce voz dentro del cuarto—. Vaya, ya
-están.</p>
-
-<p>—Mira, Inesilla, pon la mano sobre tu corazón, y júrame que no has
-de querer a nadie, a nadie más que a mí: ni a D. Mauro, ni a Juan de...
-quiero decir... a nadie.</p>
-
-<p>—¿Qué estás ahí hablando?</p>
-
-<p>—Júramelo. Pronto estarás libre, paloma. Pero cuando seas señora,
-rica y condesa, y tengas palacio, y lacayos, y tierras, ¿me olvidarás?
-¿Despreciarás al pobre Gabriel? Júrame que no me despreciarás.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span>La prisionera reía
-en su cárcel.</p>
-
-<p>—Vaya, adiós. Ponte frente al agujero de la llave para verte: ¡qué
-guapa estás! Adiós: me parece que ahí están tus simpáticos tíos. Sí: ya
-siento la voz del buitre de D. Mauro. Adiós.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch21">
- <h2 class="nobreak g0">XXI</h2>
-</div>
-
-<p>Aquella noche nos favorecieron Doña Ambrosia de los Linos y el
-licenciado Lobo. La primera se quejó de no haber vendido ni una vara de
-cinta en toda la semana.</p>
-
-<p>—Porque —decía— la gente anda tan azorada con lo que pasa, que nadie
-compra, y el dinero que hay se guarda, por temor a que de la noche a la
-mañana nos quedemos todos en camisa.</p>
-
-<p>—Pues aquí nada se ha hecho tampoco —dijo Requejo—; y si ahora no
-trajera yo entre ceja y ceja un proyecto para quedarme con la contrata
-del abastecimiento de las tropas francesas, puede que tuviéramos que
-pedir limosna.</p>
-
-<p>—¿Y usted va a dar de comer a esa gente? —preguntó con inquietud
-Doña Ambrosia—. ¿Por qué no les echa usted veneno para que revienten
-todos?</p>
-
-<p>—¿Pero no era usted —preguntó Lobo— tan amiga del francés, y decía
-que si Murat la miró<span class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span>
-o no la miró?... Vamos, señora Doña Ambrosia, ¿ha habido algo con ese
-caballero?</p>
-
-<p>—¡Ay! Le juro a usted por mi salvación que no he vuelto a ver a ese
-señor, ni ganas. ¡Demonios de franceses! ¿Pues no salen ahora con que
-vuelve a ser Rey mi Sr. D. Carlos IV, y que el Príncipe se queda otra
-vez Príncipe? Y todo porque así se le antoja al emperadorcillo.</p>
-
-<p>—¡Bah! —dijo Lobo—. Pues ¿a qué ha ido a Burgos nuestro Rey, sino a
-que le reconozca Napoleón?</p>
-
-<p>—No ha ido a Burgos, sino a Vitoria, y puede ser que a estas horas
-me le tengan en Francia cargado de cadenas. ¡Si lo que quiere es
-quitarle la corona! Buen chasco nos hemos llevado; pues cuando creímos
-que el Sr. de Bonaparte venía a arreglarlo todo, resulta que lo echa a
-perder. Parece mentira: deseábamos tanto que vinieran esos señores, y
-ahora si se los llevara Patillas con dos mil pares de los suyos, nos
-daríamos con un canto en los pechos.</p>
-
-<p>—No: que se estén aquí los franceses mil años es lo que yo deseo
-—dijo Requejo—. Como me quede con la contrata, ¡ay, mi señora Doña
-Ambrosia! puede ser que el que está dentro de esta camisa salga de
-pobre.</p>
-
-<p>—Quite usted allá. ¿Ni para qué queremos aquí franceses, ni
-<i>zamacucos</i>, ni <i>tragones</i>, ni nada de toda esa canalla, que
-no viene aquí más que a comer? Pues ¿qué cree usted? Muertos de hambre
-están ellos en su tierra, y harto saben los muy pillastres dónde lo
-hay. Si es lo<span class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span> que yo
-he dicho siempre. Dicen que si Napoleón tiene esta intención o la otra.
-Lo que tiene es hambre, mucha hambre.</p>
-
-<p>—Yo creo que tenemos franceses por mucho tiempo —afirmó el
-licenciado—, porque ahora... Luego que nuestro Rey sea reconocido,
-vendrán acá juntos para marchar después sobre Portugal.</p>
-
-<p>—¡Qué majadería! —exclamó la señora de los Linos—. Aquí nos están
-haciendo la gran jugarreta. Esta mañana estuvo en casa a tomarme medida
-de unos zapatos el maestro de obra prima, ese que llaman Pujitos.
-Díjome que en el Rastro y en las Vistillas todos están muy alarmados,
-y que cuando ven un francés le silban y le arrojan cáscaras de frutas;
-díjome también que él está furioso, y que así como fue uno de los
-principales para derribar a Godoy, será también ahora el primero en
-alzarles el gallo a los franceses... ¡Ah! lo que es Pujitos mete miedo,
-y es persona que ha de hacer lo que dice.</p>
-
-<p>—Si me quedo con la contrata, Dios quiera que no se levanten contra
-los franceses —dijo Requejo.</p>
-
-<p>—Si hay levantamiento —afirmó Restituta— y mueren unos cuantos
-cientos de docenas, esos menos serán a comer. Siempre son algunas bocas
-menos, y la contrata no disminuirá por eso.</p>
-
-<p>—Has pensado como una doctora —observó D. Mauro—. ¿Pero y si se
-van?</p>
-
-<p>—Se irán cuando nos hayan molido bastante —añadió Doña Ambrosia—.
-¡Pues no tienen<span class="pagenum" id="Page_184">p. 184</span> poca
-facha esos señores! Van por las calles dando unos taconazos y metiendo
-con sus espuelas, sables, carteras, chacós y demás ferretería, más
-ruido que una matraca... ¡Y cómo miran a la gente!... Parece que se
-quieren comer los niños crudos... Por supuesto, que ya les verá usted
-correr el día en que el español diga: «por ahí me pica, y me quiero
-rascar.»</p>
-
-<p>—Eso es música —dijo Lobo—. Deje usted que vuelvan a Madrid el Rey y
-el Emperador, y verá cómo todo se arregla. D. Juan de Escóiquiz, que es
-amigo mío, y el primer diplomático de toda la Europa, me dijo antes de
-irse que son unos bobos los que creen que Napoleón intenta destronar al
-Rey de acá. Descuiden ustedes, que, como haya dificultades, mi canónigo
-las arreglará todas, que para eso le dio el Señor aquel talentazo que
-asusta.</p>
-
-<p>—Napoleón no viene acá sino con la espada en la mano —continuó
-Doña Ambrosia—. El Padre Salmón, de la Orden de la Merced, que estuvo
-esta mañana en casa (y por cierto que se llevó media docena de huevos
-como puños), me dijo que a él no se le escapa nada, y que tendremos
-guerra con los franceses. Napoleón nos está engañando como a unos
-dominguillos. Ya ve usted: hace quince días se dijo que venía, y
-en Palacio enseñaban las botas y el sombrero que había mandado por
-delante. Don Lino Paniagua, que vio aquellas prendas y las tuvo en su
-mano, me dijo que las botas eran grandísimas y casi tan altas como
-este cuarto. En cuanto al sombrero, dice que era tan grasiento, que un
-cochero simón no se le pondría,<span class="pagenum" id="Page_185">p.
-185</span> lo cual prueba que este Emperador es un grandísimo gorrino,
-con perdón sea dicho.</p>
-
-<p>—Veinte mil franceses tenemos aquí —dijo D. Mauro con expresión
-meditabunda—. ¡Mucho pan, mucho tocino, muchas patatas, mucho pimentón,
-mucha sal, mucha berza, han de entrar por veinticinco mil bocas! Y
-dicen que traen hambre atrasada.</p>
-
-<p>—Por supuesto, hermano —dijo Restituta—, el dinerito por
-adelantado.</p>
-
-<p>D. Mauro tomó un papel, y con profunda abstracción hizo cuentas.</p>
-
-<p>—Y de lo que sobre en el almacén, ¿no se podrá traer lo necesario
-para el gasto de la casa? —preguntó la digna hermana—. Porque están
-unos tiempos... ¡ay! señora Doña Ambrosia, no se gana nada...</p>
-
-<p>—Vaya, vaya —dijo Doña Ambrosia—. Poco mal y bien quejado. Más
-dinero tienen ustedes que las arcas del Tesoro. Y a propósito,
-Restituta, ¿cuándo se casa usted?</p>
-
-<p>—¡Jesús! ¿Quién piensa ahora en eso? No corre prisa.</p>
-
-<p>—No pensará lo mismo Juan de Dios. ¿Y usted, Inesita, cuándo se
-decide?</p>
-
-<p>—Ya está decidida —afirmó vivamente Restituta—. La pícara harto
-disimula su satisfacción. <i>Este</i> la tiene muy mimosa.</p>
-
-<p>—Esto está muy bien: una niña bien criada debe hacer ascos al
-matrimonio hasta que llegue el momento crítico. Pero, hija, con la
-conversación se me ha ido el tiempo: son las diez... Adiós, adiós.</p>
-
-<p>Fuese Doña Ambrosia; desfiló al poco rato<span class="pagenum"
-id="Page_186">p. 186</span> Lobo, y habiendo subido a acostarse las
-dos mujeres, quedaron solos en la trastienda el patrono y el mancebo
-haciendo las cuentas de la contrata.</p>
-
-<p>Yo me acosté y dormí profundamente; pero a eso de la media noche, y
-cuando, recogido también el amo, reinaban en la casa el sosiego y la
-tranquilidad, me desvelaron unos agudos gritos, que al punto reconocí
-como procedentes de la exprimida laringe de Restituta.</p>
-
-<p>—Sin duda hay ladrones en la casa —dije levantándome.</p>
-
-<p>Restituta llamaba angustiosamente a su hermano, el cual salió con
-una tranca, diciendo:</p>
-
-<p>—¡Dónde están esos pícaros, dónde están, para que sepan si soy
-hombre que se deja quitar el fruto de su honradez!</p>
-
-<p>—No son ladrones —dijo Restituta con voz temblorosa a causa de la
-ira—; no son ladrones, sino otra cosa peor.</p>
-
-<p>—¿Pues qué son, con mil pares de diablos?</p>
-
-<p>—Es que... —continuó la hermana, dirigiéndose al amo y a mí, que
-también había acudido con un palo—. Inesilla... bien decía yo que esa
-muchacha nos daría que sentir... es una loca, una mujerzuela, una
-trapisondista, una perdida de las calles.</p>
-
-<p>—A ver... ¿qué ha hecho?</p>
-
-<p>—Pues yo velaba, ella dormía, y de repente empezó a hablar en
-sueños. ¡Ay, no sé cómo no la estrangulé! Primero pronunció algunas
-palabras que no pude entender, y después dijo así: «Juro que te querré
-siempre;<span class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span> juro que te
-querré cuando sea condesa, cuando sea princesa; cuando sea rica, cuando
-sea gran señora. Pero yo no quiero ser nada de eso sin ti.» Estuvo
-callada un rato, y después siguió diciendo: «¿Cómo no he de quererte?
-Tú me arrancarás del poder de estas dos fieras... ¡Ay! adiós: siento la
-voz del buitre de mi tío. Adiós...» Después la condenada niña, como si
-le parecieran poco estos insultos, llevose las palmas de las manos a su
-boquirrita y se dio muchos besos. ¿Qué te parece, hermano? ¡No sé cómo
-no la ahogué! Sin poderme contener, arrojeme sobre ella; despertose
-despavorida, y al incorporarse se le cayó del pecho este ramo de
-violetas.</p>
-
-<p>Al decir esto, Restituta mostraba en su trémula mano la terrible
-prueba del delito. Quedose D. Mauro aturrullado, confuso, y luego,
-tomando el ramo y mordiéndolo con rabia, lo arrojó al suelo, donde fue
-pisoteado <i>alterno pede</i> por ambos furiosos hermanos.</p>
-
-<p>—¡Conque dice que soy un buitre! —exclamó él echando chispas—. ¡Un
-buitre! ¡Llamar buitre a un caballero como yo! ¡Bonito modo de pagar el
-pan que le doy! Ya le enseñaré los dientes a esa chiquilla. Pero ese
-ramo, ¿quién le ha dado ese ramo?</p>
-
-<p>—Pero Mauro...</p>
-
-<p>—Pero Restituta...</p>
-
-<p>Y más se confundían los dos cuanto más se irritaban, y crecía su
-cólera a medida que aumentaba su aturdimiento, hasta que Requejo,
-recogiendo sus luminosas ideas en rápida meditación dijo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_188">p. 188</span>—Tiene amores
-con algún mozalbete de las calles. ¿Habrá entrado aquí? Esto es para
-volverse loco. Gabriel, Gabriel, ven acá.</p>
-
-<p>Al punto comprendí que estaba en peligro de hacerme sospechoso
-a mis feroces amos; y como en este caso me arrojarían de la casa,
-imposibilitando de un modo absoluto la realización de mi proyecto,
-hallé prudente el desorientarles con una invención ingeniosa, que
-apartara de mí toda sospecha.</p>
-
-<p>—Señor —dije a mi amo—, estaba esperando a que su merced acabara
-de hablar, para decirle alguna cosa que contribuya a descubrir esta
-picardía. Pues anoche, cuando salí en busca del cuarterón de higos
-pasados, me pareció que vi en la calle a un señorito, el cual señorito
-miraba a estos balcones... y después, creyendo él que yo no le veía,
-arrojó una cosa...</p>
-
-<p>—¡Eso, eso fue... el ramo! —exclamó Requejo.</p>
-
-<p>—Anoche mismo —continué— pensaba decírselo a su merced; pero como
-estaba ahí esa señora, y después se quedaron usted y Juan de Dios
-haciendo números...</p>
-
-<p>—¿Y ella se asomó al balcón? —preguntó Restituta.</p>
-
-<p>—Eso no lo puedo asegurar, porque hacía oscuro y no vi bien. Pero
-encárguenme mis amos que esté ojo alerta, y no se me escapará nada. A
-fe que si ustedes me dieran la comisión de vigilar a la niña cuando
-salen de casa, la niña no se reiría de nosotros.</p>
-
-<p>—¡Esto no se puede aguantar! —exclamó fieramente D. Mauro—. Vaya,
-acuéstense todos,<span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span> que
-mañana le leeré yo la cartilla a la señorita.</p>
-
-<p>Retireme a mi cuarto, y desde mi cama oía al espantoso Requejo
-hablando con su hermana.</p>
-
-<p>—Nada, nada, esta semana me casaré con ella. Si no quiere de grado,
-será por fuerza... Estoy furioso, estoy bramando. Mañana sabrá ella si
-soy yo Mauro Requejo, o quién soy. La encerraremos en el sótano, sin
-darle de comer. ¿Acaso vale ella el mendrugo de pan con que le matamos
-el hambre? Le diremos que no probará bocado, ni beberá gota hasta que
-no consienta en ser mi mujer... La encerraremos en el sótano, sí,
-señor, en el sótano. Y si no quiere, palos y más palos. A fe que no
-tengo yo mala mano de almirez... ¡Llamarme buitre esa rapazuela de las
-calles!... Estoy furioso... me la comería... Sí: que yo iba a dejarla
-escapar con el mozalbete del ramo... Se casará, sí, se casará, y si no,
-de aquí no sale sino difunta... ¡Buen genio tengo yo!... Malas brujas
-me chupen, si no la caso conmigo mismo... Y si no quiere por blandas,
-será por duras: la amarraré a un poste, la azotaré, la abriré en canal
-con el cuchillo de abrir las latas de pomada.</p>
-
-<p>Requejo en aquel instante parecía un demonio escapado del infierno;
-y la primera luz de la aurora, entrando difícilmente en la oscura casa,
-le encontró despierto aún y vociferando como un insensato.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch22">
- <p><span class="pagenum" id="Page_190">p. 190</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXII</h2>
-</div>
-
-<p>Dicho y hecho: desde la mañana del día siguiente, D. Mauro pareció
-dispuesto a llevar adelante su bestial propósito: el de precipitar el
-martirio de Inés, <i>casándola consigo mismo</i>, como él decía en
-su bárbaro lenguaje. La táctica de amabilidad y de astuta dulzura,
-recomendada por el licenciado Lobo, se consideró inútil, siendo
-sustituida por un sistema de terror, que ponía en fecundo ejercicio las
-facultades todas de Doña Restituta. Antes de partir a la Junta donde
-D. Mauro y otros dos comerciantes debían ponerse de acuerdo para la
-subasta del abastecimiento, mi amo tuvo el gusto de plantear por sí
-mismo el nuevo sistema. Dispuso que Inés no saldría de su cuarto ni
-para comer; que los vidrios y maderas de la ventanilla que daba a la
-calle de la Sal se cerraran, asegurándolas por dentro con fuertísimos
-clavos; que se colocara un centinela de vista dentro de la misma
-pieza, cuya misión a nadie podía corresponder más propiamente que a
-Restituta.</p>
-
-<p>Ya no era posible, pues, ni ver a Inés, ni hablarla, ni prevenirla,
-porque todo indicaba que aquella tenaz vigilancia no concluiría sino
-cuando los Requejos vieran satisfecho su ardiente anhelo de casar a
-la muchacha consigo<span class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span>
-mismos. Por último, llegaron las vejaciones ejercidas contra Inés hasta
-el extremo de notificarle enérgicamente que no vería la luz del sol
-sino para ir a casa del señor Vicario a tomar los dichos. La situación
-de Inés era, por lo tanto, insostenible, y tan crítica, que me decidí a
-intentar resueltamente, y sin esperar más tiempo, su anhelada libertad.
-Para hacer algo de provecho, era indispensable utilizar un día en que
-ambas fieras, macho y hembra, salieran a la calle a cualquier negocio,
-pues pensar en la fuga mientras nuestros carceleros estuviesen en la
-casa, era pensar en lo excusado. D. Mauro, ocupado en su contrata,
-salía con frecuencia; pero Restituta, imperturbable como esfinge
-faraónica, no se movía de la casa, ni del cuarto, ni de la silla. Para
-vencer tan formidable dificultad, discurrí a fuerza de cavilaciones el
-siguiente medio:</p>
-
-<p>Mi seductora ama tenía la costumbre, harto lucrativa, de asistir a
-todas las almonedas que se anunciaban en el <i>Diario</i>, y hacíalo
-con la benemérita intención de pescar muebles, colchones, ropas,
-adornos de sala y otros objetos que, adquiridos por poco precio, vendía
-después en dos o tres prenderías de la calle de Tudescos, que eran
-de su exclusiva pertenencia, aunque no lo pareciese. Hacia el 15 de
-Abril tuvo noticia de un ajuar completo de ricos muebles, puestos en
-almoneda en una casa de la plazuela de Afligidos. Habíales ella visto
-y examinado, y aunque le parecieron de perlas, no los tomó, porque la
-dueña, que era viuda de un Consejero de Indias, no se resignaba<span
-class="pagenum" id="Page_192">p. 192</span> a entregar su única fortuna
-casi de balde. Regatearon: Restituta ofreció una cantidad alzada; mas
-no fue posible la avenencia, y volviose aquella a su casa sin aflojar
-los cordones de la bolsa, aunque harto se le conocía su desconsuelo
-por haber dejado escapar negocio de tal importancia. Pues bien: sobre
-aquella almoneda, sobre aquel regateo, sobre este desconsuelo, fundé yo
-el edificio de la invención que debía quitarme de delante a mi señora
-Doña Restituta por unas cuantas horas.</p>
-
-<p>Era un domingo, día 1.º de mayo. Salí por la mañana, y dirigiéndome
-a mi antigua casa, buscáronme allí una mujer que se encargó de llevar
-a Doña Restituta el recado que puntualmente le di. Estaba el ama, a
-las cuatro de la tarde, sentada en el cuarto de la costura, cuando
-se presentó mi comisionada en la casa, diciendo que la señora de la
-plazuela de Afligidos consentía en dar los muebles a la señora de
-la calle de la Sal por el precio que esta había tenido el honor de
-ofrecer.</p>
-
-<p>Dio un salto en su asiento Restituta, y al punto su acalorada
-imaginación ilusionose con las pingües ganancias que a realizar iba.
-Se vistió con aquella ligereza viperina que le era propia, y después
-de cerrar el balcón y la puerta de la habitación de Inés, tuvo la
-condescendencia incomparable de entregarme la llave de la puerta que
-conducía a la escalerilla principal; encargó a Juan de Dios el mayor
-cuidado, y salió.</p>
-
-<p>Cuando la vi partir, respiré con indecible<span class="pagenum"
-id="Page_193">p. 193</span> desahogo. Pareciome que huía para siempre,
-llevada en alas de demonios vengadores.</p>
-
-<p>Ya no podía perder un instante, y dije a mi amiga desde fuera:</p>
-
-<p>—Inesilla, prepárate. Recoge toda tu ropa, y aguarda un momento.</p>
-
-<p>La única contrariedad consistía ya en que Juan de Dios descubriese
-mi intriga, oponiéndose a nuestra fuga; pero yo contaba con la
-facilidad que ha existido siempre para cegar por completo a quien ya
-tiene ante los ojos la venda del amor. Bajé a la tienda, y ya desde el
-primer momento advertí que la fortuna no me era muy favorable, porque
-Juan de Dios estaba en conversación con dos militares franceses, y no
-era aquella ocasión a propósito para que me diera la llave falsificada
-que hacía falta.</p>
-
-<p>Diré brevemente por qué estaban allí los dos franceses. Un oficial
-de Administración militar fue en busca de mi amo para hablarle de
-no sé qué particularidades relativas al contrato de abastecimiento;
-acompañábale otro que me parecía teniente de la Guardia Imperial, el
-cual, entablada conversación con Juan de Dios, habló en incorrecto
-español, y dijo que era del país vasco-francés. Como el hortera había
-nacido y criádose en el mismo país, al punto se la echaron los dos de
-compatriotas, y hubo apretones de manos. El extranjero era un mozo alto
-y rubio, de modales corteses y simpática figura.</p>
-
-<p>—¿No recuerda usted la familia Sajous, en Bayona? —dijo al
-mancebo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_194">p. 194</span>—¿Pues no la he de
-recordar? Mi padre, Don Blas Arroiz, estuvo de escribiente en casa de
-Mr. Hipólito Sajous, en Bayona, y después en casa de otro Sajous, en
-Saint-Sever —repuso Juan de Dios.</p>
-
-<p>—El de Saint-Sever es mi padre —añadió el francés—; pero yo nací en
-Puyóo, donde aquel tiene una fábrica de tejidos. Me acuerdo de haber
-oído hablar en mi niñez de un administrador guipuzcoano que falleció en
-nuestra casa.</p>
-
-<p>A este tenor continuaron hablando un cuarto de hora, hasta que al
-fin, después de mutuas felicitaciones y ofrecimientos, despidiose el
-francés, prometiendo volver a visitarnos. Yo estaba tan impaciente,
-que necesité disimular mi agitación para que no se me conociera en el
-semblante lo que traía entre manos. Sin perder tiempo, porque perderlo
-era perderme, dije a Juan de Dios:</p>
-
-<p>—Vamos, amigo: este es el momento de entregar a la niña la carta
-amorosa que usted tiene escrita.</p>
-
-<p>—Sí, chiquillo: aquí está —repuso mostrándome la epístola, que era
-un monumento caligráfico—. ¿Qué te parece este trabajo? ¿Has visto
-alguna vez letra como esta? Repara bien esa M y esa H mayúsculas.
-¡Qué rasgos tan finos! Y esas letras con que pongo su nombre, ¿qué te
-parecen? Tres días de tarea eché en ese nombre divino, que, como el de
-Jesús,</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0">endulza el alma y la lengua</div>
- <div class="verse indent0">más que con la miel y azúcar</div>
- <div class="verse indent0">con solo sus cinco letras.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_195">p. 195</span>Este no tiene
-más que cuatro; pero ¡qué perfiles! Y toda la carta está lo mismo. No
-tiene más que once pliegos; pero me parece que es bastante. Como es la
-primera que le escribo, no debo marearla mucho: ¿no te parece?</p>
-
-<p>—Me parece bien. Dos palabritas bien dichas, y basta por ahora.
-Pero lo que importa es llevársela cuanto antes, pues la espera con
-impaciencia.</p>
-
-<p>—¿Cómo que la espera? ¿Pues acaso tú le has dicho algo?</p>
-
-<p>—No... verá usted... Ella lo habrá adivinado, sin duda. Cuando le di
-el ramo, díjele que se lo mandaba una persona de la casa que la quería
-mucho y tenía pensado sacarla de aquí: ella lo besó.</p>
-
-<p>—¡Lo besó! —exclamó el mancebo, tan conmovido, que algunas lágrimas
-asomaron a sus ojos—. ¡Lo besó! Es decir, se lo llevó a sus divinos
-labios. ¡Ah! Gabriel, ¿crees tú que me corresponderá?</p>
-
-<p>—No lo creo, sino que lo afirmo —respondí enérgicamente—. Pero venga
-la carta. ¡Pues no se va a poner poco contenta!... Ahora caigo en que
-me debe usted dar la llave que encargó al cerrajero, para que yo entre
-y le suelte la carta en propia mano, porque no está bien visto que una
-cosa de tanta importancia se arroje así... pues.</p>
-
-<p>—No, la llave no te la daré —contestó— porque no necesitas entrar.
-Quiero que esté sola, para que se entregue a sus anchas al placer de la
-lectura. ¿Conque dices que lo recibió bien?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span>—Pero la llave, la
-llave... ¿No me da usted la llave?</p>
-
-<p>—No, la llave no te la doy. Déjala encerrada, que no faltará quien
-la saque pronto. ¡Ay! si me atreviera a ir yo mismo; si a hablarla me
-atreviera... Pero no. En la carta le digo mi amor y mis proyectos; le
-digo que la sacaré pronto de esta espantosa esclavitud, y que será
-mi mujer, mi mujercita, pues nos casaremos en tierras lejanas...
-¿Sabes tú por dónde se va a alguna de esas islas desiertas que nos
-cuentan?... Iremos; porque has de saber, Gabrielillo, que yo soy rico.
-Yo he guardado mis ganancias desde hace veinte años. Lo malo es que
-todo lo tengo en poder de los Requejos... pero ya, ya tomaré yo lo
-que me pertenezca. Entre esta noche y mañana he de poner por obra mi
-plan. ¿Ves esta carta que tengo aquí para mi amo? Pues de esto depende
-todo. Cuando él lea esta carta... Pero esto es un secreto... punto en
-boca.</p>
-
-<p>—¿De modo que no me da usted la llave?</p>
-
-<p>—No. ¿Para qué? No quiero que la veas, no quiero que la hables,
-cuando yo no la hablo ni la veo. Al considerar que si entras en su
-cuarto te ha de mirar, siento unos celos... ¡Ay! yo me muero, Gabriel;
-yo no duermo, ni como, ni bebo. Si no tuviera qué hacer, me estaría
-día y noche paseando por los Melancólicos. Esta es mi única delicia:
-pensar en ella, representármela en la imaginación, y entablar con ella
-unos diálogos que no tienen fin. A cada instante la abrazo y la beso
-a mis anchas, la pongo una flor en la cabeza, la llevo en mis<span
-class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span> brazos cuando está cansada,
-la arrullo, la canto para que se duerma, y la visto por la mañana
-cuando despierta.</p>
-
-<p>—Así es usted feliz; pero si me diera usted la llave, yo le contaría
-todo eso.</p>
-
-<p>—No: yo se lo diré mañana, esta noche quizás —dijo Juan de Dios
-con exaltación—. Pues qué, ¿crees tú que soy capaz de consentir un
-día más los martirios que padece? Gabriel, a ti te puedo confiar mis
-planes. ¡Esta noche, esta noche quedará Inés en libertad! ¿Tú sabes
-por dónde se va a alguna isla desierta?... Anda, lleva la carta: se la
-arrojas por el tragaluz, ¿entiendes? Pobrecita. ¡Qué dirá cuando vea
-que hay quien se interesa por ella, quien la adora, y está dispuesto a
-sacrificar vida, hacienda y honor!... Así se lo he dicho esta mañana
-al Santísimo Sacramento y a la Virgen María. Todos los días voy a misa
-y ruego por ella a Dios y a los santos. Esta mañana, cuando el cura
-alzaba el cáliz, le miré y dije: «Santísimo Sacramento de mi alma, yo
-amo a Inés. Si quieres que no la ame más que a Ti, dámela. Nunca te he
-pedido nada. Con ella seré bueno; sin ella seré... lo que el demonio
-quiera.» Anda, Gabriel, llévale de una vez la esquelita.</p>
-
-<p>A este punto llegábamos, cuando entró Don Mauro con dos amigos.
-Diole Juan de Dios la carta de que antes me había hablado con tanto
-misterio, y cuando la hubo leído lanzó grandes exclamaciones de
-coraje, que a todos los presentes nos infundieron miedo. Al instante
-hizo salir a Juan de Dios con una comisión<span class="pagenum"
-id="Page_198">p. 198</span> apremiante, y yo me retiré. Aunque el
-maniático no había querido entregar la llave, comprendí que no debía
-retroceder en mi empresa, y resuelto a todo, pensé en descerrajar la
-puerta de la prisión de Inés. Favorecía este proyecto la circunstancia
-de estar Requejo en coloquio muy acalorado con sus dos amigos, y además
-ignorante de la ausencia de su hermana.</p>
-
-<p>Pedí auxilio a Dios mentalmente, y después de advertir a Inés para
-que estuviese preparada y me ayudase por dentro, cogí un pequeño
-barrote de hierro en figura de escoplo, que había en la sala de los
-empeños, y comencé la delicada obra. El miedo de hacer ruido me
-obligaba a emplear poca fuerza, y la cerradura no cedía. Canté en alta
-voz para ahogar todo rumor, y al fin, ayudado por Inés, que empujaba
-desde dentro, logré desquiciar una de las hojas, que tuvimos buen
-cuidado de sostener para que no viniese al suelo.</p>
-
-<p>—¡Estás libre, Inés; vámonos! ¡Huyamos sin tardanza! —exclamé con
-locura—. Si nos detenemos un instante, estamos perdidos.</p>
-
-<p>Nos dirigimos a la puerta que conducía a la escalera exterior.
-Abrila yo, y salimos. Ya oscurecía. Un hombre bajaba de los pisos
-superiores y se juntó a nosotros en la meseta. Advertí que nos miraba
-con sorpresa; observele yo a mi vez, y no pude menos de temblar
-reconociendo al licenciado Lobo, el cual, extendiendo sus brazos como
-para detenernos, preguntó:</p>
-
-<p>—¿A dónde van ustedes?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span>—¿Y a usted qué
-le importa? —dije con rabia, viendo delante de mí obstáculo tan
-terrible.</p>
-
-<p>Después, considerando que contra semejante cernícalo más convenía la
-astucia que la fuerza, añadí:</p>
-
-<p>—Doña Restituta nos ha mandado salir en busca suya. Ha ido en casa
-de una amiga...</p>
-
-<p>—Tú eres un pícaro redomado —me contestó—. ¿A dónde vas con esa
-muchacha? Tunantes, ¡os fugáis de esta santa casa! Ya os arreglaré yo.
-Adentro pronto, si no queréis ir conmigo a la cárcel de Villa.</p>
-
-<p>Mi desesperación no tuvo límites, y ahora celebro no haber tenido en
-aquel momento un puñal en mi mano, porque de seguro le hubiera partido
-el corazón al leguleyo trapisondista.</p>
-
-<p>—¡Ah! pícaro ladrón, ya te conozco, ya sé quién eres —continuó—.
-Esta noche precisamente pensaba venir a ajustarte las cuentas... No te
-había conocido, bribonzuelo; pero ya sé qué clase de pájaro eres... Ya
-tenía ganas de cogerte entre mis uñas.</p>
-
-<p>Y efectivamente, me tenía tan cogido que no sé cómo no me desolló el
-brazo.</p>
-
-<p>Inés lloraba. Lobo la asió también por un brazo, y empujándonos
-hacia dentro, nos dijo:</p>
-
-<p>—¡Qué a tiempo llegué, pimpollitos míos!</p>
-
-<p>Hice un esfuerzo desesperado para desprenderme de sus garras, y me
-desprendí. Él entonces alzó el grito, exclamando:</p>
-
-<p>—¡Que se me escapa ese tuno... ladrones... acudan acá!</p>
-
-<p>Subió precipitadamente D. Mauro; reuniose<span class="pagenum"
-id="Page_200">p. 200</span> en el portal alguna gente, y acertando a
-llegar Restituta, poco después me encontraba entre ambos Requejos como
-Cristo entre los dos ladrones. Inés, desmayada, era sostenida por el
-escribano.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch23">
- <h2 class="nobreak g0">XXIII</h2>
-</div>
-
-<p>—¡Pero si apenas puedo creerlo! —exclamaba mi ama—. ¿Conque la
-señorita huía con Gabriel? Tunante, ladroncillo, y cómo nos engañaba
-con su carita de Pascua. Ven acá —añadió dándome golpes—. ¿A dónde ibas
-con Inesilla, monstruo? ¿Qué te han dado por entregarla, ladrón de
-doncellas? A la cárcel, a presidio, pronto, si es que no le desollamos
-vivo. Pero di, ¿robabas a Inés?</p>
-
-<p>—¡Sí, vieja bruja! —respondí con furia—. ¡Me iba con ella!</p>
-
-<p>—Pues ahora vas a ir por el balcón a la calle —dijo D. Mauro,
-clavando en mi cuerpo su poderosa zarpa.</p>
-
-<p>Francamente, señores, creí que había llegado mi último instante
-entre aquellos tres bárbaros, que, cada cual según su estilo peculiar,
-me mortificaban a porfía. De todos los golpes y vejaciones que allí
-recibí, les aseguro a ustedes que nada me dolía tanto como los
-pellizcos de Doña Restituta, cuyos dedos, imitando los furiosos
-picotazos de un ave de rapiña, se cebaban allí donde encontraban más
-carne.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span>—Y sin duda fuiste
-tú quien mandó a aquella maldita mujer para sacarme de la casa, pues
-en la plazuela de Afligidos no hay ya rastros de almoneda. Este chico
-merece la horca; sí, Sr. de Lobo, la horca.</p>
-
-<p>—¡Y la muy andrajosa de mi sobrina se marchaba tan contenta! —dijo
-Requejo, encerrando de nuevo a Inés en el miserable cuartucho.</p>
-
-<p>—Si tenemos metido el infierno dentro de la casa —añadió Restituta—.
-La horca, sí, señor; la horca, Sr. de Lobo. No tiene usted pizca de
-caridad si no se lo dice al señor alcalde de Casa y Corte. ¡Pero cómo
-nos engañaba este dragoncillo! Si esto es para morirse uno de rabia.</p>
-
-<p>El leguleyo tomó entonces la autorizada palabra, y extendiendo sobre
-mi cabeza sus brazos en la actitud propia de esa tutelar justicia que
-ampara hasta a los criminales, dijo:</p>
-
-<p>—Moderen ustedes su justa cólera y óiganme un instante. Ya les he
-dicho que ahora nos ocupamos celosísimamente de hacer un benemérito
-espurgo, descubriendo y desenmascarando a todas las indignas personas
-que fueron protegidas por el Príncipe de la Paz; ese monstruo, señora,
-ese vil mercader, ese infame favorito... ¡gracias a Dios que está
-caído y podemos insultarle sin miedo! Pues como decía, para que la
-nación se vea libre de pícaros, a todos los que con él sirvieron les
-quitamos ahora sus destinos, si no pagan sus crímenes en la cárcel o en
-el destierro. ¡Si vieran ustedes, amigos míos, cómo me estoy luciendo
-en<span class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span> estas pesquisas;
-si oyeran ustedes los elogios que he merecido de los principales
-servidores de la real persona!</p>
-
-<p>—Pero ¿a qué viene tanta palabrería —dijo impaciente Requejo—, ni
-qué tiene eso que ver?...</p>
-
-<p>—Tiene que ver... —prosiguió el hombre de la Justicia— porque
-¿qué dirán mis señores D. Mauro y Doña Restituta cuando sepan que
-ese tramposo y embaucador chicuelo aquí presente recibió favores del
-Príncipe, y es el mismo Gabrielillo que desde hace quince días estamos
-buscando con los hígados en la boca mi compañero y yo?</p>
-
-<p>Los Requejos macho y hembra se miraron con espanto.</p>
-
-<p>—Pues oigan ustedes y tiemblen de indignación —prosiguió el
-leguleyo—. El día antes de su caída, el Sr. Godoy envió a la secretaría
-de Estado un volante mandando que se diese a este joven una plaza en
-las oficinas de la Interpretación de lenguas. ¿Qué tal, señores? ¿Y
-por qué? dirán ustedes. Porque este joven parece que sabe latín, y
-compuso un poema en versos latinos; y algunos de esos alcahuetones que
-lo leyeron fueron con el cuento al Príncipe, diciéndole que mi niño era
-un portento de sabiduría. ¡Mentiras y más mentiras! Ya se ve: cuando
-en la secretaría de Estado recibieron el volante, se escandalizaron,
-porque ya había caído el Príncipe de la Paz, y aquellos eminentes
-repúblicos, después de poner en la calle a Moratín, esperaron a que se
-presentara este prodigio, si no para colocarle, para verle al<span
-class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span> menos. Pero yo ando tras
-el objeto de que coloquen allí a un primo mío que sabe tres lenguas,
-el valenciano, el gallego y el castellano; así es que al punto mi
-compañero y yo pusimos una <i>diligencia en busca</i> para tener
-antecedentes de esta buena pieza, y hemos conseguido probar: que en
-Aranjuez vivía con el curita D. Celestino; otrosí, que todos los días
-iban ambos a casa de Godoy; otrosí, que el chico le escribía las cartas
-y las traía a Madrid los domingos al Embajador de Francia; otrosí, que
-se disfrazaba para entrar en cierta taberna a oír lo que se decía, y
-otras muchas bribonadas de que en el supradicho protocolo tengo hecha
-detallada mención.</p>
-
-<p>—¡Jesús, Dios nos ampare! Al santo patrono de la tienda debemos el
-haber descubierto a tiempo lo que teníamos en casa —dijo Restituta.</p>
-
-<p>—Por supuesto, que lo del latín era pura farsa.</p>
-
-<p>—Pues no hay que andarse con chiquitas —dijo mi amo—, sino
-entregarle a la justicia.</p>
-
-<p>—Eso corre de mi cuenta —repuso Lobo—. Veremos qué responde a los
-cargos que se le hacen en la sumaria como cómplice del cura castrense
-de Aranjuez. A este no le hemos podido coger, y según las noticias que
-hoy recibí, ha desaparecido del Real Sitio. Es seguro que ha venido a
-Madrid, y lo que es aquí no se nos escapa.</p>
-
-<p>—¡Cuidado con el sabandijo que tenía yo en mi casa! —vociferó D.
-Mauro, amenazando segunda vez poner fin a mis días—. Sr. de Lobo,<span
-class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span> quítemelo, quítemelo usted
-de entre las manos, porque acabo con él. Estoy furioso. ¡Qué día, señor
-San Antonio de mi alma! ¡Qué día!</p>
-
-<p>—Yo me encargaré del mocito —dijo Lobo—. Lo único que les pido es
-que me lo guarden hasta mañana.</p>
-
-<p>—¿Hasta mañana?</p>
-
-<p>—Este bandolero no puede quedar en la casa hasta mañana, no, señor
-—observó mi ama.</p>
-
-<p>—¿No hay lugar seguro donde encerrarle?</p>
-
-<p>—¡Oh! pierda usted cuidado, que si le guardamos en el sótano estará
-como en un sepulcro —dijo Requejo—. Dificililla es la salida, y puedo
-irme tranquilo.</p>
-
-<p>—¿Pero te vas, hermano? ¿A dónde vas de noche?</p>
-
-<p>—¿A dónde he de ir? ¡Mil pares de demonios! ¿A dónde he de ir
-sino a Navalcarnero? ¿No saben ustedes lo que me pasa? ¿No les he
-contado?...</p>
-
-<p>—Nada nos has dicho. Verdad es que con esta trapisonda de la
-sobrinita...</p>
-
-<p>—Pues acabo de recibir una carta en que se me notifica que mi
-almacén de Navalcarnero ha sido robado. ¿Ves, hermana? ¡Esto es para
-volverse loco! Sí... me escribe D. Roque notificándome el robo, y
-diciéndome que acuda allí esta noche misma, si no quiero perderlo
-todo.</p>
-
-<p>—¿Y va usted?</p>
-
-<p>—Ahora mismo voy a buscar coche. Con que vean ustedes qué desastre.
-¡Ay, Restituta! Bien te dije que no dejaras de encender la vela al
-santo patrono. ¿Ves? Esto es un castigo.</p>
-
-<p>—En el Cielo no gustan de despilfarros.<span class="pagenum"
-id="Page_205">p. 205</span> ¿Vas allá? ¿Pero me dejas en la casa a este
-ladronzuelo?</p>
-
-<p>—En el sótano, en el sótano: hasta mañana, hasta que mi Sr. de
-Lobo disponga de él. ¿No puede hacerse cuenta de que le dejamos en la
-sepultura? Solo Dios puede sacarle.</p>
-
-<p>—¿Pero me quedo sola? ¡Ánimas benditas!</p>
-
-<p>—Juan de Dios vendrá a eso de las diez. Ya le he dicho que se
-quedará en casa esta noche.</p>
-
-<p>La conferencia terminó aquí, y sin más palabras, me encerraron en
-el sótano, a cuyo subterráneo aposentamiento daba entrada una gran
-compuerta por bajo el piso de la trastienda. Yo estaba medio aletargado
-por la rabia y el despecho de aquella situación terrible. Sentí que
-me impulsaban escalera abajo. Don Mauro cerró el escotillón, riendo
-con ese gozo felino que da la conciencia de la propia crueldad, y me
-encontré entre densas tinieblas. Mi amo había dicho bien al asegurar
-que allí estaba como en un sepulcro. Solo Dios podía sacarme.</p>
-
-<p>Para que se comprenda si ellos tenían confianza en la seguridad de
-mi cárcel, baste decir que allí tenían parte de su fortuna en un arca
-de hierro. Cuando me encerraban en compañía de su dinero, ¿tendrían mis
-amos la convicción de que era imposible la salida?</p>
-
-<p>Hallábame en una de esas construcciones abovedadas con rosca de
-ladrillo, que sirven de fundamento a casi todas las casas de Madrid
-antiguas y modernas. Faltos de espacio superficial, los madrileños
-han buscado la extensión hasta el cielo y hacia el abismo, de<span
-class="pagenum" id="Page_206">p. 206</span> modo que cada albergue es
-una torre colocada sobre un pozo. La de mis amos no tenía en su sótano
-luces a la calle: la oscuridad era absoluta y el silencio también,
-excepto cuando pasaba algún coche. Extendiendo mis brazos a derecha,
-a izquierda y hacia arriba, tocaba ásperos ladrillos endurecidos por
-un siglo, no tan húmedos como los que describen los novelistas, cuando
-el hilo de sus relatos les lleva a alguna mazmorra donde ocurren
-maravillosas y nunca vistas aventuras.</p>
-
-<p>Como he dicho, ni un ruido lejano ni un rayo de luz turbaban la
-paz de aquel antro, donde era posible llegar al convencimiento de
-no existir, existiendo. Todo un arsenal de herramientas no habría
-bastado a proporcionarme escapatoria, y pensar en la fuga habría sido
-pensar en lo absurdo. No tenía más consuelo que la resignación, y me
-resigné. Estar allí dentro en plena soledad, en plena lobreguez, en
-pleno silencio, era como cuando cerramos los ojos encarcelándonos
-voluntariamente dentro de esa otra bóveda de nuestro pensamiento.
-Acosteme rendido de fatiga en el suelo, y medité. Mi prisión no me
-parecía otra cosa que una prolongación de mi cerebro.</p>
-
-<p>Quise pensar en varias cosas; pero no pude pensar más que en
-Dios. Reconociéndome absolutamente incapaz para vencer la desgracia,
-comprendí que la voluntad suprema había arrojado sobre mí tan gran
-pesadumbre de males, y cruzándome de brazos incliné la cabeza,
-esperando que la misma voluntad suprema me descargase de ella. Como
-esta esperanza<span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span>
-me infundió pronto una fe que hasta entonces en pocas ocasiones
-había tenido, creí firmemente que Dios me sacaría de allí, y con
-esta creencia empecé a adquirir un reposo moral y físico, precursor
-de cierto desvanecimiento parecido al sueño. El de la desgracia se
-diferencia mucho al sueño de todos los días; así es que el mío fue,
-conforme al angustioso estado de mi alma, un sueño de esos en que
-se representa el malestar real que experimentamos en proporciones
-informes, estrambóticas, monstruosas.</p>
-
-<p>Yo percibía vagamente figuras y formas de esas que no pertenecen al
-mundo visible, ni a la humanidad, ni a la fauna, ni a la flora, ni al
-cielo, ni a la tierra, sino a cierta misteriosa geología, a yacimientos
-que contradicen todas las leyes de la estática y la dinámica; percibía
-una fantástica y continuada concatenación de colores geométricos que
-se enredaban en mi cuerpo como culebras, y en aquella transmutación
-de lo físico y lo moral, se verificaba el fenómeno de que un color me
-dolía, y un objeto semejante a una espada, a un cangrejo o a un arpa,
-pronunciaba palabras incomprensibles. ¿Quién no ha desvariado alguna
-vez con este soñar absurdo? Las ideas se mezclan con las visiones, y
-estas son aquellas, y aquellas estas. En aquel laberinto, en aquella
-aberración, mi pensamiento formulaba sin cesar un silogismo azul,
-verde, ahora con picos, después con curvas, más tarde irradiado, luego
-concéntrico, en seguida poligonal y dorado, y al fin pequeño como un
-punto, para luego ser<span class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span>
-grande como el universo. El interminable silogismo era: «La justicia
-triunfa siempre: los Requejos son unos pillos; Inés y yo somos personas
-honradas. Luego nosotros triunfaremos.»</p>
-
-<p>Así pasé mucho tiempo en poder de estos demonios del sueño, cuando
-percibí una claridad que no irradiaba de los focos de mi imaginación.
-¿Estaba dormido o despierto? Híceme esta pregunta, y al punto contesté
-que no sabía. La claridad aumentaba, y un chirrido metálico produjo
-en mí cierto estremecimiento. Me moví, miré y vi las paredes del
-sótano, la bóveda de ladrillo y multitud de cajas llenas y vacías;
-a mi izquierda, una puerta que comunicaba con otro departamento
-subterráneo; a mi derecha una escalera, por la cual descendía la
-claridad que llamaba mi atención. Estaba indudablemente despierto, y
-así lo reconocí. Miré a la escalera, y vi dos pies que se trasladaban
-lentamente de peldaño a peldaño. La luz de una linterna me deslumbró;
-pero en el foco de la repentina claridad distinguí una cara amarilla.
-Era la de Juan de Dios; era Juan de Dios en persona.</p>
-
-<p>Cuando me vio, su espanto fue tan grande, que la linterna con que
-se alumbraba estuvo a punto de caer de sus manos. Temblando y mudo, me
-miraba como se mira una aparición diabólica o imagen evocada por la
-brujería.</p>
-
-<p>Figuraos la impresión del que entra en un sepulcro no creyendo, como
-es natural, encontrar nada vivo, y encuentra un hombre que se mueve y
-no parece pertenecer al mundo de los muertos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch24">
- <p><span class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXIV</h2>
-</div>
-
-<p>Santiguose Juan de Dios, y ya parecía dispuesto a huir como se huye
-de las apariciones de ultratumba, cuando le hablé para disipar su
-miedo.</p>
-
-<p>—Juan de Dios, soy yo. ¿No sabía usted que estaba aquí?</p>
-
-<p>—Gabriel, si lo veo y no lo creo. ¡Jesús, María y José! ¿Cómo has
-entrado aquí dentro?</p>
-
-<p>—¿No sabe usted que me encerró D. Mauro, al sorprenderme en el
-momento de arrojar la carta a la señorita Inés? Acababa usted de
-salir.</p>
-
-<p>—¡No había vuelto hasta ahora! ¡Y te encerraron aquí! ¡qué
-casualidad! Estoy absorto. Pero dime, ¿la carta...?</p>
-
-<p>—Ella la tiene. No hay cuidado por eso. Después de habérsela dado,
-me entró tentación de hablar con ella. Toqué a la puerta, ¡ay! este
-fue el crítico momento en que se apareció Doña Restituta. Puede usted
-figurarse lo demás. Gracias a Dios que viene una buena alma para
-ponerme en libertad. Dios le ha enviado a usted.</p>
-
-<p>—Óyeme, Gabrielillo —añadió con más sosiego—. Ya te dije que mi
-fortunilla la tengo depositada en poder de los Requejos. Si se la<span
-class="pagenum" id="Page_210">p. 210</span> pido de improviso, estoy
-seguro de que no me la han de dar. Por consiguiente, yo la tomo. Mira
-lo que hay allí.</p>
-
-<p>Señaló al fondo del sótano contiguo, y vi un arca de hierro. Juan de
-Dios prosiguió de este modo:</p>
-
-<p>—Yo tengo mi conciencia tranquila. No cojo más que lo mío, y
-antes moriría que tomar un ochavo más. Eso bien lo sabe el Santísimo
-Sacramento, que ya me conoce. Pero si en esta parte estoy tranquilo,
-¡ay! ya le he dicho al Santísimo Sacramento que estoy loco de amor y
-que me perdone los dos grandes pecados que he cometido hoy.</p>
-
-<p>—¿Y qué pecados son esos?</p>
-
-<p>—Trabajo me cuesta el decirlo; pero allá van para empezar desde
-ahora a purgarlos con la vergüenza que me causan. Los dos pecados
-son: haber escrito una carta falsa a D. Mauro para obligarle a ir a
-Navalcarnero, y haber hecho construir por un molde de cera la llave
-con que he entrado aquí y la de la caja. La carta estaba perfectamente
-falsificada; las llaves no valen menos.</p>
-
-<p>—¿Conque eso va a toda prisa? ¿Y nuestra chicuela?</p>
-
-<p>—Esta noche me la llevo. ¡Ah! ya habrá leído la carta. La habrá
-leído; sabrá que quiero ponerla en libertad, y su inquietud, su agonía,
-su zozobra entre la esperanza y el temor serán inmensas. Dentro de un
-rato será mía. ¿Cuento contigo?</p>
-
-<p>—Para lo que usted quiera. Pues no faltaba más —dije, discurriendo
-cuál sería el mejor<span class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span>
-modo de burlar a un mismo tiempo a Doña Restituta y a su prometido
-esposo.</p>
-
-<p>—¡Ay! tiemblo todo al pensar que pronto he de sacarla del poder de
-estas fieras —dijo Juan de Dios—. La pobrecita me estará esperando
-ya. ¿Qué te parece? ¡Ah! he preguntado a varias personas por una isla
-desierta, y nadie me ha dado razón. ¿Esas que llaman las Canarias son
-desiertas? ¿Sabes tú a dónde caen? Creo que allá por el gran golfo, o
-como si dijéramos, entre la China y el Moro. ¿Por dónde se va?</p>
-
-<p>—De eso sí que no sé palotada —contesté, tratando de dejar a un lado
-la geografía—. Pero vamos a ver: ¿cómo piensa usted engañar a Doña
-Restituta?</p>
-
-<p>—Eso no me inquieta. La amarraremos tapándole la boca, pero sin
-hacerla daño, porque es una buena mujer, como no sea para criar
-sobrinas... y ya ves. Hace veinte años que como el pan de esta casa.
-Si no fuera por esta terrible sofocación que me ha entrado... Gabriel,
-yo me vuelvo loco; lo que no te sabré decir es si me vuelvo loco de
-alegría o de pena.</p>
-
-<p>—¿Le parece a usted —dije, afectando oficiosidad— que suba pasito a
-pasito a ver si Doña Restituta duerme o vela?</p>
-
-<p>—Bien pensado. Mejor es que te estés en la trastienda de centinela,
-y en caso de que sientas ruido en el entresuelo, me avisas al instante.
-Yo despacharé eso fácilmente.</p>
-
-<p>No esperé a que me lo repitiera, y subí. No: Gabriel no
-subía, volaba. Mi resolución, prontamente<span class="pagenum"
-id="Page_212">p. 212</span> tomada, llevome sin vacilar al cuarto donde
-dormía Inés y velaba su feroz tía. Cuando esta sintió mis pasos, cuando
-oyó que alguien se acercaba, cuando llegué al cuarto y me puse ante su
-vista, su terror no tuvo límites. Como no comprendía la posibilidad
-material de mi evasión, y era además mujer supersticiosa, no creyó sino
-que yo era el diablo en persona, o al menos hombre protegido por todos
-los diablos del infierno. Quedose muda de terror: quiso hablar y no
-pudo; quiso gritar y lanzó un aullido congojoso, cual si la apretaran
-el cuello. No queriendo yo perder un instante, me arrojé a sus plantas,
-exclamando con sofocante precipitación:</p>
-
-<p>—Señora, ama mía, ama de mi corazón, óigame su merced: soy inocente.
-Perdóneme su merced. Quise revelarles a ustedes todo; pero aquellos
-hombres no me dejaron. Yo no intenté robar a Inés: quise sacarla
-de aquí para impedir que la robara su amante. ¿No sabe usted quién
-es? ¡Juan de Dios, Juan de Dios! ¡Ah, señora! ¡y dudaba usted de mi
-fidelidad!</p>
-
-<p>Restituta pasó del terror a la sorpresa, al asombro, al
-anonadamiento, a la estupidez.</p>
-
-<p>—¡Juan de Dios! —exclamó—. ¡Juan de Dios! Mi... No, no puede ser...
-tú eres el Demonio. ¡Jesús, María y José! Por la señal de la Santa
-Cruz...</p>
-
-<p>—¿Qué cruz ni cruz? ¿Quiere usted la prueba? Pues tome usted esa
-carta que el caballerito me dio para su novia —dije, entregándole la
-carta del mancebo.</p>
-
-<p>Restituta la tomó en sus manos, frías como<span class="pagenum"
-id="Page_213">p. 213</span> el mármol y temblorosas; recorrió muy de
-prisa sus once pliegos, examinó la firma, y díjome después:</p>
-
-<p>—¿Estoy soñando? Tú... eres Gabriel... ¡Oh! yo estoy loca... ¡Ese
-miserable, a quien hemos dado de comer!...</p>
-
-<p>—¿Aún lo duda usted? Pues en este momento Juan de Dios está en el
-sótano abriendo el arca del dinero.</p>
-
-<p>No me es posible hacer formar idea del salto que dio Restituta.
-Creo que hasta la silla saltó también arrastrada por el espantoso
-sacudimiento de los nervios de la hermana del Sr. D. Mauro.</p>
-
-<p>—Venga usted y lo verá con sus propios ojos —dije, tomándole de la
-mano e impeliéndola hacia afuera.</p>
-
-<p>Restituta me siguió, porque la curiosidad, la rabia, el mismo
-terror, la impulsaban tras mí. Tropezó mil veces. Su cuerpo temblaba,
-y con frecuencia llevábase las manos a los desgreñados pelos para
-arrancarse algunos o para echarlos todos hacia atrás. El extravío de
-sus ojos a nada es comparable, y a mí mismo, que ya creía tenerla
-vencida, me causaba miedo.</p>
-
-<p>Llegamos a la boca del escotillón, y allí, mientras hería nuestros
-ojos la tenue claridad que del sótano salía, oímos claramente ruido
-de monedas. Juan de Dios contaba sus ahorros de veinte años. Cuando
-el tímpano de Restituta fue afectado de aquel vibrante sonido, un
-estremecimiento nervioso como el producido en la organización humana
-por la descarga de poderosas pilas eléctricas, sacudió sus<span
-class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span> miembros. Precipitándose
-ciegamente por la escalera, exclamó:</p>
-
-<p>—¡Malvado! ¡Así nos pagas el pan de veinte años!</p>
-
-<p>Aún no habían llegado los resbaladizos pies de mi ama al quinto
-peldaño, cuando la pesada puerta del escotillón cayó, lanzada por mis
-manos. No había llave con qué cerrar, porque Juan de Dios la había
-quitado; pero al instante puse sobre la puerta una caja de latas de
-pomada, y luego dos, y luego cuatro, y después un fardo de tela, y otro
-y otro encima. En diez minutos puse sobre la entrada de la que había
-sido mi prisión un peso tal, que cuatro hombres fuertes no hubieran
-podido levantarlo desde abajo.</p>
-
-<p>Concluido esto, subí. Inés, despavorida y aterrada, no sabía a qué
-santo encomendarse.</p>
-
-<p>—¡Ya eres libre, Inés! —grité con intensa alegría—. Vístete, vámonos
-pronto. No perder un momento: puede venir el amo.</p>
-
-<p>Vistiose tan precipitadamente que la vi medio desnuda. Pero ni
-ella, con el gran azoramiento de la prisa, cayó en la cuenta de que me
-estaba mostrando su lindo cuerpo, ni yo me cuidaba más que de ayudarla
-a vestir, poniéndole enaguas, medias, zapatos, ligas. Al fin salimos
-de la casa y huimos a toda prisa de la calle de la Sal, por temor de
-encontrar al licenciado Lobo o a mi amo. Hasta que nos vimos en la
-Puerta del Sol, no tomamos aliento, y sintiéndome yo sin fuerzas, nos
-sentamos en un escalón junto a Mariblanca. Profundo silencio reinaba
-en la plaza: Madrid dormía<span class="pagenum" id="Page_215">p.
-215</span> sosegado y tranquilo. Paseé mi vista en derredor, y no vi
-más que dos perros que se disputaban un hueso. El chorro de la fuente
-alegraba nuestras almas con su parlero rumor.</p>
-
-<p>—Ya estás libre, condesilla —dije, reclinándome sobre el pecho de
-Inés—. Bendito sea Dios que nos ha sacado de allí. No te olvidaré
-nunca, horrenda noche de amargura; no te olvidaré nunca, risueña mañana
-de este día feliz. Estamos en lunes, día 2 del mes de mayo.</p>
-
-<p>Un rato permanecí en aquella postura, porque estaba rendido de
-cansancio. El día se acercaba; se sentían los lejanos y vagos rumores,
-desperezos de la indolente ciudad que despierta. Por oriente, hacia el
-fin de la calle de Alcalá, se veía el resplandor de la aurora, y cuando
-nos retirábamos, Inés y yo nos detuvimos un instante a contemplar el
-cielo, que por aquella parte se teñía de un vivo color de sangre.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch25">
- <h2 class="nobreak g0">XXV</h2>
-</div>
-
-<p>Al entrar en mi casa, donde yo pensaba descansar un rato con Inés,
-antes de emprender la fuga, encontramos al buen D. Celestino, que
-habiendo llegado la noche anterior, creyó conveniente albergarse en
-mi humilde posada, antes que en otra cualquiera de las de la Corte.
-Ya le había yo informado por escrito de la<span class="pagenum"
-id="Page_216">p. 216</span> verdadera situación en casa de los
-Requejos, por lo cual guardose de poner los pies en la famosa tienda.
-Él y nosotros nos alegramos mucho de vernos juntos, y apenas teníamos
-tiempo para preguntarnos nuestras mutuas desgracias, pues ya habrán
-comprendido ustedes que las del bondadoso sacerdote no eran menores que
-las nuestras.</p>
-
-<p>—Pero, hijos míos —nos dijo—, Dios nos ha de proteger. ¿Cómo es
-posible que los malvados triunfen fácilmente de los rectos de corazón?
-Vosotros huís de la perversidad de aquellos dos hermanos, y yo también
-huyo, yo también vengo aquí ocultando mi nombre honrado, porque me
-persiguen como a un criminal.</p>
-
-<p>Al decir esto, el buen anciano derramó algunas lágrimas, y nosotros,
-para consolarle, le animábamos presentándole el espectáculo de nuestra
-alegría, y contábamos entre risas y chistes las extravagancias y
-tacañerías de los tíos de Inés.</p>
-
-<p>—Dios nos ayudará —continuó el cura—. Veamos ahora cómo salimos de
-Madrid. ¡Oh qué persecución tan horrorosa! Me acusan de que fui amigo
-del Príncipe de la Paz. Ya lo creo que fui amigo de S. A. No solo
-amigo, sino aun creo que pariente. No puedes figurarte los líos que
-me han armado, Gabrielillo... y también te acusan a ti... ¿Has visto
-qué pícaros?... Que si escribíamos cartas... que si tú las llevabas...
-Verdad es que yo fui varias veces al palacio de S. A. para aconsejarle
-lo que me parecía conveniente para el bien de la nación; pero nunca le
-dije nada, porque con<span class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span>
-esta mi cortedad de genio... En resumen, hijo, sabiendo que me iban a
-prender, me puse en camino callandito, y pienso presentarme al señor
-Patriarca para que disponga de mí. Pero oíd lo mejor. ¿Creeréis que ese
-tunante de Santurrias es quien más sañudamente me ha perseguido, dando
-testimonios falsos de mi conducta? Nada, nada; es cierto lo que yo dije
-en aquel sermón: ¿te acuerdas, Gabriel? Dije que la ingratitud es el
-más feo monstruo que existe sobre la tierra. <i>Vilissima et turpissima
-hydra.</i> ¡Quién lo había de pensar!</p>
-
-<p>—Ahora pensemos, señor cura, cómo nos las vamos a componer para
-salir de este laberinto. ¿A dónde vamos? ¿Qué recursos tenemos?</p>
-
-<p>—Hijo mío, Dios no ha de desampararnos. Confiemos en Él, y entre
-tanto oye un proyecto que esta madrugada me ha ocurrido. Hace ocho
-días estaba en Aranjuez la señora Marquesa de ***, persona discreta,
-temerosa de Dios, y de tan buen corazón, que remedia cuantas
-necesidades llegan a su noticia. Visitome ella varias veces, la visité
-yo también, y según me decía, mi trato le era sumamente agradable.
-Esto lo diría por urbanidad. Me preguntaba mucho por Inés, mostrando
-grandísimos deseos de conocerla, y cuando por última vez la vi,
-suplicome encarecidamente que si alguna vez pasaba a la Corte, no
-dejase de acudir a su casa, en compañía de mi sobrina. Esto me lo
-repitió muchas veces, y su empeño por ver a la sobrinilla me ha llamado
-mucho la atención.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span>—También a mí
-—repuse—. Conozco a la señora Marquesa, en cuyo palacio representé
-cierto papel de traidor, de que no quisiera acordarme. Era en la misma
-casa donde ustedes vivían.</p>
-
-<p>—Pero la señora Marquesa no vive ahora allí, pues durante la
-primavera se traslada a la casa de su hermano, allá por la Cuesta de la
-Vega, en un palacio que tiene muy amenos jardines y espacioso horizonte
-hacia la parte del Manzanares. Allí encontraremos hoy a esa insigne
-señora, honor de la hispana grandeza. ¿Por qué no acudir a ella? Me ha
-dicho infinitas veces que desea servirme, tanto a mí como a mi sobrina,
-y que espera con ansia el momento en que yo quiera usar de su poder y
-valimiento para cualquier asunto.</p>
-
-<p>—En esa señora nos manda Dios un comisionado para salir de este
-apuro —dije yo, sintiéndome con mayores ánimos—. Le contaremos lo que
-nos pasa, comprenderá con cuánta injusticia se nos persigue, y cuando
-vea a Inés... ¡Ay! se me figura que el empeño de la Marquesa en ver a
-Inés no es simple curiosidad. En fin, visitarémosla hoy mismo, y Dios
-dirá.</p>
-
-<p>—Temo salir a la calle.</p>
-
-<p>—Yo también; pero es preciso salir: no es cosa de que andemos por
-los tejados. Si quiere usted, iré yo ahora mismo a casa de la señora
-Marquesa, que ya me conoce, y diciéndole que voy de parte de usted,
-le pintaré la situación en que nos encontramos, hablándole también de
-Inesilla, que es, sin duda, lo que le interesa más.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span>—Me parece bien; ¿y
-si te ven?</p>
-
-<p>—Iré por calles extraviadas, y en caso de apuro, no me faltan
-piernas con que perderme de vista.</p>
-
-<p>Yo estaba dominado por vivísima excitación, y cuando adoptaba un
-plan, cada segundo que transcurría sin ponerlo por obra, parecíame un
-siglo. No me era posible entregarme al reposo sin dar aquel paso en un
-camino que me parecía conducir a lugar seguro en nuestro desgraciado
-aislamiento. Inés no podía descansar tampoco, y su espíritu, no
-repuesto del azoramiento y zozobra de la madrugada anterior, era
-impresionado fuertemente por cuanto veía. Asomábase a la ventana que
-caía hacia la calle de San José, frente al Parque de Artillería, y como
-la vivienda era piso principal bajando del cielo, se veía el gran patio
-interior de aquel establecimiento de guerra, con los cañones y demás
-pertrechos, puestos en ordenadas filas a un lado y otro.</p>
-
-<p>—Esto que ves es el Parque de Artillería, niña —le dijo D.
-Celestino—. ¿Ves? En aquellos grandes edificios se alojan los
-artilleros. Mira, salen algunos con un carro para ir a casa del
-abastecedor en busca de las provisiones.</p>
-
-<p>—¿Y esas montañitas tan bonitas, formadas por cosas negras y
-redondas, iguales todas y puestas con mucho orden? —preguntó Inés sin
-dar tregua a su admiración.</p>
-
-<p>—Esas son balas, chicuela —repuso el clérigo—. Los hombres han
-inventado esos juguetes para matarse unos a otros.</p>
-
-<p>—Esas balas se meten en los cañones que<span class="pagenum"
-id="Page_220">p. 220</span> están allí junto —dije yo, queriendo
-mostrar mi erudición—, y poniendo también pólvora y un cartucho, se
-dispara y es muy bonito. Hace un ruido, chiquilla, que se vuelve uno
-loco. ¡Si vieras cómo me lucí en el combate de Trafalgar! ¡Si tú me
-hubieras visto!... Lo menos maté mil ingleses.</p>
-
-<p>—¡Quiten para allá... ay, ay! —exclamó con miedo D. Celestino—. Solo
-de pensar que eso se dispara, me pongo a temblar.</p>
-
-<p>Y se retiraron de la ventana. Yo aconsejé a Inés que descansara,
-y salí a la calle después que D. Celestino, echándome algunas
-bendiciones, rezó un <i>pater noster</i> por mi seguridad y buena
-suerte en la comisión que iba a desempeñar.</p>
-
-<p>Alejándome todo lo posible del centro de la Villa, llegué a la
-plazuela de Palacio, donde me detuvo un obstáculo casi insuperable:
-un gran gentío que, bajando de las calles del Viento, de Rebeque, del
-Factor, de Noblejas y de las plazuelas de San Gil y del Tufo, invadía
-toda la calle Nueva y parte de la plazuela de la Armería. Pensando que
-sería probable encontrar entre tanta gente al licenciado Lobo, procuré
-abrirme paso hasta rebasar tan molesta compañía; pero esto era punto
-menos que imposible, porque me encontraba envuelto, arrastrado por
-aquel inmenso oleaje humano, contra el cual era difícil luchar.</p>
-
-<p>Tan abstraído estaba yo en mis propios asuntos, que durante algún
-tiempo no discurrí sobre la causa de aquella tan grande y ruidosa
-reunión de gente, ni sobre lo que pedía,<span class="pagenum"
-id="Page_221">p. 221</span> porque indudablemente pedía o manifestaba
-desear alguna cosa. Después de recibir algunos porrazos y tropezar
-repetidas veces, me detuve arrimado al muro de Palacio, y pregunté a
-los que me rodeaban:</p>
-
-<p>—¿Pero qué quiere toda esa gente?</p>
-
-<p>—Es que se van, se los llevan —me dijo un chispero—, y eso no lo
-hemos de consentir.</p>
-
-<p>El lector comprenderá que no importándome gran cosa que se fueran
-o dejaran de irse los que lo tuvieran por conveniente, intenté seguir
-mi camino. Poco había adelantado, cuando me sentí cogido por un brazo.
-Estremecime de terror, creyendo hallarme nuevamente en las garras del
-licenciado; pero no se asusten ustedes: era Pacorro Chinitas.</p>
-
-<p>—¿Conque parece que se los llevan? —me dijo.</p>
-
-<p>—¿A los Infantes? Eso dicen; pero te aseguro, Chinitas, que me tiene
-sin cuidado.</p>
-
-<p>—Pues a mí, no. Hasta aquí llegó la cosa, hasta aquí nos aguantamos,
-y de aquí no ha de pasar. Tú eres un chiquillo y no piensas más que en
-jugar, y por eso no te importa.</p>
-
-<p>—Francamente, Chinitas, yo tengo que ocuparme demasiado en lo que a
-mí me pasa.</p>
-
-<p>—Tú no eres español —me dijo el amolador con gravedad.</p>
-
-<p>—Sí que lo soy.</p>
-
-<p>—Pues entonces no tienes corazón, ni eres hombre para nada.</p>
-
-<p>—Sí que soy hombre y tengo corazón para lo que sea preciso.</p>
-
-<p>—Pues entonces, ¿qué haces ahí como un<span class="pagenum"
-id="Page_222">p. 222</span> marmolillo? ¿No tienes armas? Coge una
-piedra y rómpele la cabeza al primer francés que se te ponga por
-delante.</p>
-
-<p>—Han pasado sin duda cosas que yo no sé, porque he estado muchos
-días sin salir a la calle.</p>
-
-<p>—No, no ha pasado nada todavía; pero pasará. ¡Ah! Gabrielillo, lo
-que yo te decía ha salido cierto. Todos se han equivocado, menos el
-amolador. Todos se han ido y nos han dejado solos con los franceses.
-Ya no tenemos Rey, ni más Gobierno que esos cuatro carcamales de la
-Junta.</p>
-
-<p>Yo me encogí de hombros, no comprendiendo por qué estábamos sin Rey
-y sin más Gobierno que los cuatro carcamales de la Junta.</p>
-
-<p>—Gabriel —me dijo mi amigo, pasado un rato—, ¿te gusta que te manden
-los franceses, y que con su lengua, que no entiendes, te digan «haz
-esto o haz lo otro», y que se entren en tu casa, y que te hagan ser
-soldado de Napoleón, y que España no sea España, vamos al decir, que
-nosotros no seamos como nos da la gana de ser, sino como el Emperador
-quiera que seamos?</p>
-
-<p>—¿Qué me ha de gustar? Pero eso es pura fantasía tuya. ¿Los
-franceses son los que nos mandan? ¡Quiá! Nuestro Rey, cualquiera que
-sea, no lo consentiría.</p>
-
-<p>—No tenemos Rey.</p>
-
-<p>—¿Pero no habrá en la familia otro que se ponga la corona?</p>
-
-<p>—Se llevan todos los Infantes.</p>
-
-<p>—Pero habrá Grandes de España y señores<span class="pagenum"
-id="Page_223">p. 223</span> de muchas campanillas, y Generales y
-Ministros que les digan a esos franceses: «Señores, hasta aquí llegó.
-Ni un paso más.»</p>
-
-<p>—Los señores de muchas campanillas se han ido a Bayona, y allí andan
-a la greña por saber si obedecen al padre o al hijo.</p>
-
-<p>—Pero aquí tenemos tropas que no consentirán...</p>
-
-<p>—El Rey les ha mandado que sean amigos de los franceses y que les
-dejen hacer.</p>
-
-<p>—Pero son españoles, y tal vez no obedezcan esa barbaridad; porque
-dime: si los franceses nos quieren mandar, ¿es posible que un español
-de los que vistan uniforme lo consienta?</p>
-
-<p>—El soldado español no puede ver al francés; pero son uno por cada
-veinte. Poquito a poquito se han ido entrando, entrando, y ahora,
-Gabriel, esta baldosa en que ponemos los pies es tierra del Emperador
-Napoleón.</p>
-
-<p>—¡Oh, Chinitas! Me haces temblar de cólera. Eso no se puede
-aguantar, no, señor. Si las cosas van como dices, tú y todos los demás
-españoles que tengan vergüenza cogerán un arma, y entonces...</p>
-
-<p>—No tenemos armas.</p>
-
-<p>—Entonces, Chinitas, ¿qué remedio hay? Yo creo que si todos, todos,
-todos dicen: «vamos a ellos», los franceses tendrán que retirarse.</p>
-
-<p>—Napoleón ha vencido a todas las naciones.</p>
-
-<p>—Pues entonces echémonos a llorar y metámonos en nuestras casas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_224">p. 224</span>—¡Llorar! —exclamó
-el amolador, cerrando los puños—. Si todos pensaran como yo... No se
-puede decir lo que sucederá; pero... Mira: yo soy hombre de paz; pero
-cuando veo que estos condenados franceses se van metiendo callandito en
-España, diciendo que somos amigos; cuando veo que se llevan engañado
-al Rey; cuando les veo por esas calles echando facha y bebiéndose el
-mundo de un sorbo; cuando pienso que ellos están muy creídos de que nos
-han metido en un puño por los siglos de los siglos, me dan ganas... no
-de llorar, sino de matar, pongo el caso, pues... quiero decir que si
-un francés pasa y me toca con su codo en el pelo de la ropa, levanto
-la mano... mejor dicho, abro la boca y me lo como. Y cuidado que un
-francés me enseñó el oficio que tengo. El francés me gusta; pero allá
-en su tierra.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch26">
- <h2 class="nobreak g0">XXVI</h2>
-</div>
-
-<p>Durante nuestra conversación, advertí que la multitud aumentaba,
-apretándose más. Componíanla personas de ambos sexos y de todas las
-clases de la sociedad, espontáneamente reunidas por uno de esos
-llamamientos morales, íntimos, misteriosos, informulados, que no
-parten de ninguna voz oficial, y resuenan de improviso en los oídos
-de un pueblo entero, hablándole el balbuciente lenguaje de<span
-class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span> la inspiración. La campana
-de ese rebato glorioso no suena sino cuando son muchos los corazones
-dispuestos a palpitar en concordancia con su anhelante ritmo, y raras
-veces presenta la historia ejemplos como aquel, porque el sentimiento
-patrio no hace milagros sino cuando es una condensación colosal, una
-unidad sin discrepancias de ningún género, y, por lo tanto, una fuerza
-irresistible y superior a cuantos obstáculos pueden oponerle los
-recursos materiales, el genio militar y la muchedumbre de enemigos.
-El más poderoso genio de la guerra es la conciencia nacional, y la
-disciplina que da más cohesión, el patriotismo.</p>
-
-<p>Estas reflexiones se me ocurren ahora recordando aquellos sucesos.
-Entonces, y en la famosa mañana de que me ocupo, no estaba mi ánimo
-para consideraciones de tal índole, mucho menos en presencia de un
-conflicto popular que de minuto en minuto tomaba proporciones graves.
-La ansiedad crecía por momentos: en los semblantes había, más que ira,
-la tristeza profunda que precede a las grandes resoluciones, y mientras
-algunas mujeres proferían gritos lastimosos, oí a muchos hombres
-discutiendo en voz baja planes de no sé qué inverosímil lucha.</p>
-
-<p>El primer movimiento hostil del pueblo reunido fue rodear a un
-oficial francés que a la sazón atravesó por la plaza de la Armería.
-Bien pronto se unió a aquel otro oficial español, que acudía como
-en auxilio del primero. Contra ambos se dirigió el furor de hombres
-y<span class="pagenum" id="Page_226">p. 226</span> mujeres, siendo
-estas las que con más denuedo les hostilizaban; pero al poco rato una
-pequeña fuerza francesa puso fin al incidente. Como avanzaba la mañana,
-no quise ya perder más tiempo, y traté de seguir mi camino; mas no
-había pasado aún el arco de la Armería, cuando sentí un ruido que me
-pareció cureñas en acelerado rodar por calles inmediatas.</p>
-
-<p>—¡Que viene la artillería! —clamaron algunos.</p>
-
-<p>Pero lejos de determinar la presencia de los artilleros una
-dispersión general, casi toda la multitud corría hacia la calle
-Nueva<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a>.
-La curiosidad pudo en mí más que el deseo de llegar pronto al fin de
-mi viaje, y corrí allá también; pero una detonación espantosa heló la
-sangre en mis venas, y vi caer no lejos de mí algunas personas, heridas
-por la metralla. Aquel fue uno de los cuadros más terribles que he
-presenciado en mi vida. La ira estalló en boca del pueblo de un modo
-tan formidable, que causaba tanto espanto como la artillería enemiga.
-Ataque tan imprevisto y tan rudo había aterrado a muchos, que huían
-con pavor, y al mismo tiempo acaloraba la ira de otros, que parecían
-dispuestos a arrojarse sobre los artilleros; mas en aquel choque
-entre los fugitivos y los sorprendidos, entre los que rugían como
-fieras y los que se lamentaban heridos o moribundos bajo las pisadas
-de la multitud, predominó al fin el movimiento de dispersión, y<span
-class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span> corrieron todos hacia
-la calle Mayor. No se oían más voces que «armas, armas, armas.» Los
-que no vociferaban en las calles, vociferaban en los balcones, y si un
-momento antes la mitad de los madrileños eran simplemente curiosos,
-después de la aparición de la artillería todos fueron actores. Cada
-cual corría a su casa, a la ajena o a la más cercana en busca de un
-arma, y no encontrándola, echaba mano de cualquier herramienta. Todo
-servía, con tal que sirviera para matar.</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a> Hoy de
-Bailén.</p>
-
-</div>
-
-<p>El resultado era asombroso. Yo no sé de dónde salía tanta gente
-armada. Cualquiera habría creído en la existencia de una conjuración
-silenciosamente preparada; pero el arsenal de aquella guerra imprevista
-y sin plan, movida por la inspiración de cada uno, estaba en las
-cocinas, en los bodegones, en los almacenes al por menor, en las salas
-y tiendas de armas, en las posadas y en las herrerías.</p>
-
-<p>La calle Mayor y las contiguas ofrecían el aspecto de un hervidero
-de rabia imposible de describir por medio del lenguaje. El que no lo
-vio, renuncie a tener idea de semejante levantamiento. Después me
-dijeron que entre nueve y once todas las calles de Madrid presentaban
-el mismo aspecto; habíase propagado la insurrección como se propaga la
-llama en el bosque seco azotado por impetuosos vientos.</p>
-
-<p>En el Pretil de los Consejos, por San Justo y por la plazuela de
-la Villa, la irrupción de gente armada viniendo de los barrios bajos
-era considerable; mas por donde vi aparecer después mayor número de
-hombres y mujeres, y<span class="pagenum" id="Page_228">p. 228</span>
-hasta enjambres de chicos y algunos viejos, fue por la Plaza Mayor
-y los portales llamados de Bringas. Hacia la esquina de la calle de
-Milaneses, frente a la Cava de San Miguel, presencié el primer choque
-del pueblo con los invasores, porque habiendo aparecido como una
-veintena de franceses que acudían a incorporarse a sus regimientos,
-fueron atacados de improviso por una cuadrilla de mujeres, ayudadas
-por media docena de hombres. Aquella lucha no se parecía a ninguna
-peripecia de los combates ordinarios, pues consistía en reunirse
-súbitamente, envolviéndose y atacándose sin reparar en el número ni en
-la fuerza del contrario.</p>
-
-<p>Los extranjeros se defendían con su certera puntería y sus buenas
-armas; pero no contaban con la multitud de brazos que les ceñían
-por detrás y por delante, como rejos de un inmenso pulpo; ni con el
-incansable pinchar de millares de herramientas, esgrimidas contra ellos
-con un desorden y una multiplicidad semejante al de un ametrallamiento
-a mano; ni con la espantosa centuplicación de pequeñas fuerzas que, sin
-matar, imposibilitaban la defensa. Algunas veces esta superioridad de
-los madrileños era tan grande, que no podía menos de ser generosa; pues
-cuando los enemigos aparecían en número escaso, se abría para ellos un
-portal o tienda donde quedaban a salvo, y muchos de los que se alojaban
-en las casas de aquella calle debieron la vida a la tenacidad con que
-sus patronos les impidieron la salida.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span>No se salvaron
-tres de a caballo que corrían a todo escape hacia la Puerta del Sol.
-Se les hicieron varios disparos; pero irritados ellos, cargaron sobre
-un grupo apostado en la esquina del callejón de la Chamberga, y bien
-pronto viéronse envueltos por el paisanaje. De un fuerte sablazo, el
-más audaz de los tres abrió la cabeza a una infeliz maja en el instante
-en que daba a su marido el fusil recién cargado, y la imprecación de
-la furiosa mujer al caer herida al suelo, espoleó el coraje de los
-hombres. La lucha se trabó entonces cuerpo a cuerpo y a arma blanca.</p>
-
-<p>Entre tanto yo corrí hacia la Puerta del Sol buscando lugar más
-seguro, y en los portales de Pretineros encontré a Chinitas. La
-Primorosa salió del grupo cercano, exclamando con frenesí:</p>
-
-<p>—¡Han matado a Bastiana! Más de veinte hombres hay aquí, y denguno
-vale un rial. Canallas, ¿para qué os ponéis bragas si tenéis almas de
-pitiminí?</p>
-
-<p>—Mujer —dijo Chinitas, cargando su escopeta—, quítate de en medio.
-Las mujeres aquí no sirven más que de estorbo.</p>
-
-<p>—¡Cobardón, calzonazos, corazón de albondiguilla! —gritó la
-Primorosa, pugnando por arrancar el arma a su marido—. Con el aire
-que hago moviéndome, mato yo más franceses que tú con un cañón de a
-ocho.</p>
-
-<p>Entonces uno de los de a caballo se lanzó al galope hacia nosotros
-blandiendo su sable.</p>
-
-<p>—¡Menegilda! ¿Tienes navaja? —dijo la esposa de Chinitas con
-desesperación.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_230">p. 230</span>—Tengo tres: la de
-cortar, la de picar y el cuchillo grande.</p>
-
-<p>—¡Aquí estamos, espanta-cuervos! —bramó la maja, tomando de manos de
-su amiga un cuchillo carnicero, cuya sola vista causaba espanto.</p>
-
-<p>El coracero clavó las espuelas a su corcel, y despreciando los
-tiros, se arrojó sobre el grupo. Yo vi las patas del corpulento animal
-sobre los hombros de la Primorosa; pero esta, agachándose más ligera
-que el rayo, hundió su cuchillo en el pecho del caballo. Con la
-violenta caída, el jinete quedó indefenso, y mientras la cabalgadura
-expiraba con horrible pataleo, el soldado proseguía el combate, ayudado
-por otros cuatro que a la sazón llegaron.</p>
-
-<p>Chinitas, herido en la frente y con una oreja menos, se había
-retirado como a unas diez varas más allá, y cargaba un fusil en el
-callejón del Triunfo, mientras la Primorosa le envolvía un pañuelo en
-la cabeza, diciéndole:</p>
-
-<p>—¡Si te moverás al fin! No parece sino que tienes en cada pata las
-pesas del reloj del Buen Suceso.</p>
-
-<p>El amolador se volvió hacia mí y me dijo:</p>
-
-<p>—Gabrielillo, ¿qué haces con ese fusil? ¿Lo tienes en la mano para
-escarbarte los dientes?</p>
-
-<p>En efecto: yo tenía en mis manos un fusil, sin que hasta aquel
-instante me hubiese dado cuenta de ello. ¿Me lo habían dado? ¿Lo
-tomé yo? Lo más probable es que lo recogí maquinalmente, hallándome
-cercano al lugar de la lucha, y cuando caía sin duda de manos de
-algún combatiente herido; pero mi turbación y<span class="pagenum"
-id="Page_231">p. 231</span> estupor eran tan grandes ante aquella
-escena, que ni aun acertaba a hacerme cargo de lo que entre las manos
-tenía.</p>
-
-<p>—¿Pa qué está aquí esa lombriz? —dijo la Primorosa, encarándose
-conmigo y dándome en el hombro una fuerte manotada—. Descosío: coge ese
-fusil con más garbo. ¿Tienes en la mano un cirio de procesión?</p>
-
-<p>—Vamos: aquí no hay nada que hacer —afirmó Chinitas, encaminándose
-con sus compañeros hacia la Puerta del Sol.</p>
-
-<p>Echeme el fusil al hombro y les seguí. La Primorosa seguía
-burlándose de mi poca aptitud para el manejo de las armas de fuego.</p>
-
-<p>—¿Se acabaron los franceses? —dijo una maja, mirando a todos lados—.
-¿Se han acabado?</p>
-
-<p>—No hemos dejado uno pa simiente de rábanos —contestó la Primorosa—.
-¡Viva España y el Rey Fernando!</p>
-
-<p>En efecto: no se veía ningún francés en toda la calle Mayor; pero
-no distábamos mucho de las gradas de San Felipe, cuando sentimos
-ruido de tambores, después ruido de cornetas, después pisadas de
-caballos, después estruendo de cureñas rodando con precipitación. El
-drama no había empezado todavía realmente. Nos detuvimos, y advertí
-que los paisanos se miraban unos a otros, consultándose mudamente
-sobre la importancia de las fuerzas ya cercanas. Aquellos infelices
-madrileños habían sostenido una lucha terrible con los soldados que
-encontraron al paso, y no contaban con las formidables divisiones y
-cuerpos de ejército que se acampaban en las cercanías de Madrid.<span
-class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span> No habían medido los
-alcances y las consecuencias de su calaverada, ni aunque los midieran,
-habrían retrocedido en aquel movimiento impremeditado y sublime que les
-impulsó a rechazar fuerzas tan superiores.</p>
-
-<p>Había llegado el momento de que los paisanos de la calle Mayor
-pudieran contar el número de armas que apuntaban a sus pechos, porque
-por la calle de la Montera apareció un cuerpo de ejército, por la de
-Carretas otro y por la Carrera de San Jerónimo el tercero, que era el
-más formidable.</p>
-
-<p>—¿Son muchos? —preguntó la Primorosa.</p>
-
-<p>—Muchísimos, y también vienen por esta calle. Allá por Platerías se
-siente ruido de tambores.</p>
-
-<p>Frente a nosotros y a nuestra espalda teníamos a los infantes, a los
-jinetes y a los artilleros de Austerlitz. Viéndoles, la Primorosa reía;
-pero yo... no puedo menos de confesarlo... yo temblaba.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch27">
- <h2 class="nobreak g0">XXVII</h2>
-</div>
-
-<p>Llegar los cuerpos de ejército a la Puerta del Sol y comenzar la
-embestida, fueron sucesos ocurridos en un mismo instante. Yo creo que
-los franceses, a pesar de su superioridad numérica y material, estaban
-más aturdidos que los españoles; así es que en vez de comenzar<span
-class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span> poniendo en juego la
-caballería, hicieron uso de la metralla desde los primeros momentos.</p>
-
-<p>La lucha, mejor dicho, la carnicería era espantosa en la Puerta del
-Sol. Cuando cesó el fuego y comenzaron a funcionar los caballos, la
-guardia polaca, llamada <i>noble</i>, y los famosos mamelucos cayeron a
-sablazos sobre el pueblo, siendo los ocupadores de la calle Mayor los
-que alcanzamos la peor parte, porque por uno y otro flanco nos atacaban
-los feroces jinetes. El peligro no me impedía observar quién estaba en
-torno mío, y así puedo decir que sostenían mi valor vacilante, además
-de la Primorosa, un señor grave y bien vestido que parecía aristócrata,
-y dos honradísimos tenderos de la misma calle, a quienes yo de antiguo
-conocía.</p>
-
-<p>Teníamos a mano izquierda el callejón de la Duda, como sitio
-estratégico que nos sirviera de parapeto y de camino para la fuga, y
-desde allí el señor noble y yo dirigíamos nuestros tiros a los primeros
-mamelucos que aparecieron en la calle. Debo advertir que los tiradores
-formábamos una especie de retaguardia o reserva, porque los verdaderos
-y más aguerridos combatientes eran los que luchaban a arma blanca entre
-la caballería. También de los balcones salían muchos tiros de pistola
-y gran número de armas arrojadizas, como tiestos, ladrillos, pucheros,
-pesas de reloj, etc.</p>
-
-<p>—Ven acá, Judas Iscariote —exclamó la Primorosa, dirigiendo los
-puños hacia un mameluco que hacía estragos en el portal de la<span
-class="pagenum" id="Page_234">p. 234</span> casa de Oñate—. ¡Y no hay
-quien te meta una libra de pólvora en el cuerpo! ¡Eh, so estantigua!
-¿pa qué le sirve ese chisme? Y tú, Piltrafilla, echa fuego por ese
-fusil, o te saco los ojos.</p>
-
-<p>Las imprecaciones de nuestra generala nos obligaban a disparar tiro
-tras tiro. Pero aquel fuego mal dirigido no nos valía gran cosa, porque
-los mamelucos habían conseguido despejar a golpes gran parte de la
-calle, y adelantaban de minuto en minuto.</p>
-
-<p>—¡A ellos, muchachos! —gritó la maja, adelantándose al encuentro de
-una pareja de jinetes, cuyos caballos venían hacia nosotros.</p>
-
-<p>Nadie podrá imaginar cómo eran aquellos combates parciales. Mientras
-desde las ventanas y desde la calle se les hacía fuego, los manolos les
-atacaban navaja en mano, y las mujeres clavaban sus dedos en la cabeza
-del caballo, o saltaban, asiendo por los brazos al jinete. Este recibía
-auxilio, y al instante acudían dos, tres, diez, veinte, que eran
-atacados de la misma manera, y se formaba una confusión, una mezcolanza
-horrible y sangrienta que no se puede pintar. Los caballos vencían al
-fin y avanzaban al galope; y cuando la multitud, encontrándose libre,
-se extendía hacia la Puerta del Sol, una lluvia de metralla le cerraba
-el paso.</p>
-
-<p>Perdí de vista a la Primorosa en uno de aquellos espantosos choques;
-pero al poco rato la vi reaparecer, lamentándose de haber perdido
-su cuchillo, y me arrancó el fusil de las manos con tanta fuerza,
-que no pude impedirlo. Quedé desarmado en el mismo momento<span
-class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span> en que una fuerte embestida
-de los franceses nos hizo recular a la acera de San Felipe el Real.
-El anciano noble fue herido junto a mí: quise sostenerle; pero
-deslizándose de mis manos, cayó exclamando: «¡Muera Napoleón! ¡Viva
-España!»</p>
-
-<p>Aquel instante fue terrible, porque nos acuchillaron sin piedad;
-pero quiso mi buena estrella que, siendo yo de los más cercanos a
-la pared, tuviera delante de mí una muralla de carne humana que me
-defendía del plomo y del hierro. En cambio, era tan fuertemente
-comprimido contra la pared, que casi llegué a creer que moría
-aplastado. La masa de gente se replegó por la calle Mayor, y como el
-violento retroceso nos obligara a invadir una casa de las que hoy deben
-tener la numeración desde el 21 al 25, entramos decididos a continuar
-la lucha desde los balcones. No achaquen ustedes a petulancia el que
-diga <i>nosotros</i>, pues yo, aunque al principio me vi comprendido
-entre los sublevados como al acaso y sin ninguna iniciativa de mi
-parte, después el ardor de la refriega, el odio contra los franceses
-que se comunicaba de corazón a corazón de un modo pasmoso, me indujeron
-a obrar enérgicamente en pro de los míos. Yo creo que en aquella
-ocasión memorable hubiérame puesto al nivel de algunos que me rodeaban,
-si el recuerdo de Inés y la consideración de que corría algún peligro
-no aflojaran mi valor a cada instante.</p>
-
-<p>Invadiendo la casa, la ocupamos desde el piso bajo a las
-buhardillas: por todas las ventanas<span class="pagenum"
-id="Page_236">p. 236</span> se hacía fuego, arrojando al mismo tiempo
-cuanto la diligente valentía de sus moradores encontraba a mano. En el
-piso segundo un padre anciano, sosteniendo a sus dos hijas que medio
-desmayadas se abrazaban a sus rodillas, nos decía: «Haced fuego; coged
-lo que os convenga. Aquí tenéis pistolas; aquí tenéis mi escopeta de
-caza. Arrojad mis muebles por el balcón y perezcamos todos, y húndase
-mi casa si bajo sus escombros ha de quedar sepultada esa canalla. ¡Viva
-Fernando! ¡Viva España! ¡Muera Napoleón!»</p>
-
-<p>Estas palabras reanimaban a las dos doncellas, y la menor nos
-conducía a una habitación contigua, desde donde podíamos dirigir mejor
-el fuego. Pero nos escaseó la pólvora, nos faltó al fin, y al cuarto de
-hora de nuestra entrada ya los mamelucos daban violentos golpes en la
-puerta.</p>
-
-<p>—Quemad las puertas y arrojadlas ardiendo a la calle —nos dijo el
-anciano—. Ánimo, hijas mías. No lloréis. En este día el llanto es
-indigno aun en las mujeres. ¡Viva España! ¿Vosotras sabéis lo que
-es España? Pues es nuestra tierra, nuestros hijos, los sepulcros de
-nuestros padres, nuestras casas, nuestros reyes, nuestros ejércitos,
-nuestra riqueza, nuestra historia, nuestra grandeza, nuestro
-nombre, nuestra religión. Pues todo esto nos quieren quitar. ¡Muera
-Napoleón!</p>
-
-<p>Entre tanto los franceses asaltaban la casa, mientras otros de los
-suyos cometían atrocidades en la de Oñate.</p>
-
-<p>—¡Ya entran, nos cogen; estamos perdidos!<span class="pagenum"
-id="Page_237">p. 237</span> —exclamamos con terror, sintiendo que los
-mamelucos se encarnizaban en los defensores del piso bajo.</p>
-
-<p>—Subid a la buhardilla —nos dijo el anciano con frenesí—, y saliendo
-al tejado, echad por el cañón de la escalera todas las tejas que podáis
-levantar. ¿Subirán los caballos de estos monstruos hasta el techo?</p>
-
-<p>Las dos muchachas, medio muertas de terror, se enlazaban a los
-brazos de su padre, rogándole que huyese.</p>
-
-<p>—¡Huir! —exclamaba el viejo—. No, mil veces no. Enseñemos a esos
-bandoleros cómo se defiende el hogar sagrado. Traedme fuego, fuego, y
-apresarán nuestras cenizas, no nuestras personas.</p>
-
-<p>Los mamelucos subían. No había salvación. Yo me acordé de la pobre
-Inés, y me sentí más cobarde que nunca. Pero algunos de los nuestros
-habíanse en tanto internado en la casa, y con fuerte palanca rompían
-el tabique de una de las habitaciones más escondidas. Al ruido acudí
-allá velozmente, con la esperanza de encontrar escapatoria, y, en
-efecto, vi que habían abierto en la medianería un gran agujero por
-donde podía pasarse a la casa inmediata. Nos hablaron de la otra parte,
-ofreciéndonos socorro, y nos apresuramos a pasar; pero antes de que
-estuviéramos del opuesto lado sentimos a los mamelucos y otros soldados
-franceses vociferando en las habitaciones principales: oyose un tiro;
-después una de las muchachas lanzó un grito espantoso y desgarrador. Lo
-que allí debió ocurrir no es para contado.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span>Cuando pasamos a la
-casa contigua, con ánimo de tomar inmediatamente la calle, nos vimos en
-una habitación pequeña y algo oscura, donde distinguí dos hombres que
-nos miraban con espanto. Yo me aterré también en su presencia, porque
-eran el uno el licenciado Lobo y el otro Juan de Dios.</p>
-
-<p>Habíamos pasado a una casa de la calle de Postas, a la misma en cuyo
-cuarto entresuelo había yo vivido hasta el día anterior al servicio
-de los Requejos. Estábamos en el piso segundo, vivienda del leguleyo
-trapisondista. El terror de este era tan grande, que al vernos dijo:</p>
-
-<p>—¿Están ahí los franceses? ¿Vienen ya? Huyamos.</p>
-
-<p>Juan de Dios estaba también tan pálido y alterado, que era difícil
-reconocerle.</p>
-
-<p>—¡Gabriel! —exclamó al verme—. ¡Ah! tunante: ¿qué has hecho de
-Inés?</p>
-
-<p>—¡Los franceses, los franceses! —exclamó Lobo, saliendo a toda prisa
-de la habitación y bajando la escalera de cuatro en cuatro peldaños—.
-¡Huyamos!</p>
-
-<p>La esposa del licenciado y sus tres hijas, trémulas de miedo,
-corrían de aquí para allí, recogiendo algunos objetos para salir a
-la calle. No era ocasión de disputar con Juan de Dios, ni de darnos
-mutuamente explicaciones sobre los sucesos de la madrugada anterior:
-salimos a todo escape, temiendo que los mamelucos invadieran aquella
-casa.</p>
-
-<p>El mancebo no se separaba de mí, mientras que Lobo, harto ocupado de
-su propia seguridad,<span class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span>
-se cuidaba de mi presencia tanto como si yo no existiera.</p>
-
-<p>—¿A dónde vamos? —preguntó una de las niñas al salir—. ¿A la calle
-de San Pedro la Nueva, en casa de la primita?</p>
-
-<p>—¿Estáis locas? ¿Frente al Parque de Monteleón?</p>
-
-<p>—Allí se están batiendo —dijo Juan de Dios—. Se ha empeñado un
-combate terrible, porque la artillería española no quiere soltar el
-Parque.</p>
-
-<p>—¡Dios mío! ¡Corro allá! —exclamé sin poderme contener.</p>
-
-<p>—¡Perro! —gritó Juan de Dios, asiéndome por un brazo—. ¿Allí la
-tienes guardada?</p>
-
-<p>—Sí, allí está —contesté sin vacilar—. Corramos.</p>
-
-<p>Juan de Dios y yo partimos como dos insensatos en dirección a mi
-casa.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch28">
- <h2 class="nobreak g0">XXVIII</h2>
-</div>
-
-<p>En nuestra carrera no reparábamos en los mil peligros que a cada
-paso ofrecían las calles y plazas de Madrid, y andábamos sin cesar,
-buscando las vías más apartadas del centro, con tantas vueltas y
-rodeos, que empleamos cerca de dos horas para llegar a la puerta de
-Fuencarral por los pozos de nieve. Por un largo rato ni yo hablaba a mi
-acompañante,<span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span> ni él a
-mí tampoco, hasta que al fin Juan de Dios, con voz entrecortada por el
-fatigoso aliento, me dijo:</p>
-
-<p>—¿Pero tú sacaste a Inés para entregármela después, o eres un
-tunante ladrón, digno de ser fusilado por los franceses?</p>
-
-<p>—Sr. Juan de Dios —repuse apretando más el paso—, no es ocasión de
-disputar, y vamos más a prisa, porque si los franceses llegan a meterse
-en mi casa...</p>
-
-<p>—¡Cuánto se asustará la pobrecita! Pero di, ¿por qué la sacaste, por
-qué me encontré encerrado en el sótano con aquella maldita mujer?...
-¡Oh! me falta el aliento; pero no nos detengamos... ¿Inés no se asustó
-al verse en tu poder? ¿No te preguntó por mí? ¿No te rogó que me
-llevases a su lado? ¡Qué confusión! ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Quién
-eres tú? ¿Eres un infame, o un hombre de bien? Ya me darás cuenta y
-razón de todo. ¡Ay! cuando me encontré en el sótano con Restituta...
-¿Ves este rasguño que tengo en la mano?... Quedeme azorado y mudo de
-espanto cuando la vi. ¡Qué desdicha! Creo que fue castigo de Dios
-por los pecadillos de que te hablé... Ella me insultaba llamándome
-ladrón, y a mí un sudor se me iba y otro se me venía. Luego que
-tratamos de salir... La compuerta cerrada... ella parecía una gata
-rabiosa. ¿Ves este arañazo que tengo en la cara?... Descansemos un
-rato, porque me ahogo. ¿No llegamos nunca a tu casa? ¿Y mi Inés, está
-allí? Pero, tunante, modera un poco el paso y dime: ¿Inés me espera?
-¿Te mandó en busca mía? ¿Sabe que a mí me debe su libertad?<span
-class="pagenum" id="Page_241">p. 241</span> Gabriel, te juro que tengo
-la cabeza como una jaula de grillos, y que no sé qué pensar. ¡Cuando
-vi entrar a Restituta!... ¿Creerás que no puedo apartar de mi memoria
-su repugnante imagen? Lo que dije... aquellos dos pecadillos... Pero
-en cuanto Inés esté a mi lado, me confesaré... El Santísimo Sacramento
-sabe que mi intención es buena, y que el inmenso, el loco amor que
-me domina es causa de todo... ¿Pero no hablas? ¿Estás mudo? ¿Inés me
-espera? Dímelo francamente y no me hagas padecer. ¿Está contenta?
-¿Está triste? ¿Ella quiso desde luego salir contigo para esperarme
-fuera?... ¡Mil demonios! ¿Cuándo llegamos a tu casa? Me aguarda, ¿no
-es verdad? Ahora la hablaré cara a cara por primera vez. ¿Sabes que me
-da vergüenza?... Pero ella quizás me dirá primero algunas palabras,
-dándome pie para que después siga yo hablando como un cotorro. ¿Estás
-tú seguro de que leyó mi carta? Pues si la leyó, ya está al corriente
-de mi ardiente amor, y en cuanto me vea se arrojará llorando en mis
-brazos, dándome gracias por su salvación. ¿No lo crees tú así? ¿Pero
-por qué callas? ¿Te has quedado sin lengua? ¿Qué le has dicho tú? ¿Qué
-te ha dicho ella? ¿No te habló de aquel pasaje de la carta en que le
-decía que mi amor es tan casto como el de los ángeles del Cielo?...
-Me faltó decirle que mi corazón es el altar en que la adoro con tanto
-fervor como al Dios que hizo para todos el mundo, y para nosotros
-una isla desierta, llena de flores y pajaritos muy lindos que canten
-día y noche... ¡Ah, Gabriel! ¿Sabes que soy rico? Cogí lo mío,<span
-class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span> aunque la condenada me
-clavó las uñas para arrebatármelo. ¡Cuánto luchamos! ¡Espantosa noche!
-Por fin, ya muy avanzado el día, llega D. Mauro y abre el sótano para
-sacarte... Salimos Restituta y yo: ella está medio muerta. Su hermano,
-al vernos... ¡Jesús, cómo se pone! Después de insultarnos, nos dice
-que tenemos que casarnos el mismo día. Luego, al saber que Inés se ha
-fugado contigo, brama como un león, arráncase los cabellos, y después
-de amenazar con la muerte a su hermana y a mí, enciende las dos velas
-al santo patrono. Yo salgo de la casa sin contestar a nada, y como ya
-empiezan los tiros, me refugio en la del licenciado Lobo... Todos están
-allí llenos de terror... ¡los franceses, los franceses!... ¡ban, bun!
-Golpean un tabique: acudimos; se abre un agujero, y apareces tú...
-¿Pero llegaremos al fin? ¡Qué impaciente estará la pobrecita! Cuando
-me vea, ella romperá, hablará la primera, ¿no lo crees tú? Si no... yo
-estoy seguro de que me quedaré como una estatua. ¡Si se me quitara esta
-vergüenza!...</p>
-
-<p>Yo no contestaba a ninguna de las atropelladas e inconexas razones
-de Juan de Dios, pues más que la verbosidad de aquel desgraciado,
-ocupaba mi mente la idea de los peligros qué corrían Inés y su tío
-en mi casa. Nuestra marcha era sumamente fatigosa: algunas veces,
-después de recorrer toda una calle, teníamos que volver atrás huyendo
-de los mamelucos; otras veces nos detenía algún grupo, compuesto
-en su mayor parte de mujeres y ancianos, que con lamentos y gritos
-rodeaban<span class="pagenum" id="Page_243">p. 243</span> un cadáver,
-víctima reciente de los invasores; más adelante veíamos desfilar
-precipitadamente pelotones de granaderos que hacían retroceder a todo
-el mundo; luego el espectáculo de una lucha parcial, tan encarnizada
-como las anteriores, era lo que de improviso nos estorbaba el paso.</p>
-
-<p>En la calle de Fuencarral el gentío era grande, y todos corrían
-hacia arriba, como en dirección al Parque. Oíanse fuertes descargas,
-que aterraron a mi acompañante, y cuando embocamos a la calle de la
-Palma por la casa de Aranda, los gritos de los héroes llegaban hasta
-nuestros oídos.</p>
-
-<p>Era entre doce y una. Dando un gran rodeo pudimos al fin entrar en
-la calle de San José, y desde lejos distinguí las altas ventanas de mi
-casa entre el denso humo de la pólvora.</p>
-
-<p>—No podemos subir —dije al mancebo—, a menos que no nos metamos en
-medio del fuego.</p>
-
-<p>—¡En medio del fuego! ¡Qué horror! No: no expongamos la vida. Veo
-que también disparan desde los balcones. Escondámonos, Gabriel.</p>
-
-<p>—No, avancemos. Parece que cesa el fuego.</p>
-
-<p>—Tienes razón. Ya suenan pocos tiros, y me parece que oigo decir:
-«¡Victoria, victoria!»</p>
-
-<p>—Sí, y el paisanaje se despliega, y vienen algunos hacia acá. ¡Ah!
-¿No son franceses aquellos que corren hacia la calle de la Palma? Sí:
-¿no ve usted los sombreros de piel?</p>
-
-<p>—Vamos allá. ¡Qué algazara! Parece que<span class="pagenum"
-id="Page_244">p. 244</span> están contentos. Mira cómo agitan las
-gorras aquellos que están en el balcón.</p>
-
-<p>—Inés; allí está Inés, en el balcón de arriba, arriba... Allí está:
-mira hacia el Parque, parece que tiene miedo y se retira. También sale
-a curiosear D. Celestino. Corramos, y ahora nos será fácil entrar en la
-casa.</p>
-
-<p>Después de una empeñada refriega, el combate había cesado en el
-Parque con la derrota y retirada del primer destacamento francés que
-fue a atacarlo. Pero si el crédulo paisanaje se entregó al júbilo,
-creyendo que aquel triunfo era decisivo, los jefes militares conocieron
-que serían bien pronto atacados con más fuerzas, y se preparaban para
-la resistencia.</p>
-
-<p>Pacorro Chinitas, que había sido uno de los que primero acudieron a
-aquel sitio, se llegó a mí ponderándome la victoria alcanzada con las
-cuatro piezas que Daoiz habían echado a la calle; pero bien pronto él
-y los demás se convencieron de que los franceses no habían retrocedido
-sino para volver pronto con numerosa artillería. Así fue, en efecto; y
-cuando subíamos la escalera de mi casa, sentí el alarmante rumor de la
-tropa cercana.</p>
-
-<p>El mancebo tropezaba a cada peldaño, circunstancia que cualquiera
-hubiera atribuido al miedo, y yo atribuí a la emoción. Cuando llegamos
-a presencia de Inés y D. Celestino, estos se alegraron en extremo
-de verme sano, y ella me señaló una imagen de la Virgen, ante la
-cual habían encendido dos velas. Juan de Dios permaneció un rato en
-el umbral, medio cuerpo fuera, y dentro el otro medio, con el<span
-class="pagenum" id="Page_245">p. 245</span> sombrero en la mano, el
-rostro pálido y contraído, la actitud embarazosa, sin atreverse a
-hablar ni tampoco a retirarse, mientras que Inés, enteramente ocupada
-de mi vuelta, no ponía en él la menor atención.</p>
-
-<p>—Aquí, Gabriel —me dijo el clérigo—, hemos presenciado escenas de
-grande heroísmo. Los franceses han sido rechazados. Por lo visto,
-Madrid entero se levanta contra ellos.</p>
-
-<p>Al decir esto, una detonación terrible hizo estremecer la casa.</p>
-
-<p>—¡Vuelven los franceses! Ese disparo ha sido de los nuestros, que
-siguen decididos a no entregarse. Dios y su santa Madre, y los cuatro
-patriarcas y los cuatro doctores nos asistan.</p>
-
-<p>Juan de Dios continuaba en la puerta, sin que mis dos amigos,
-profundamente afectados por el próximo peligro, hicieran caso de su
-presencia.</p>
-
-<p>—¡Va a empezar otra vez! —exclamó Inés, huyendo de la ventana
-después de cerrarla—. Yo creí que se había concluido. ¡Cuántos
-tiros! ¡Qué gritos! ¿Pues y los cañones? Yo creí que el mundo se
-hacía pedazos, y puesta de rodillas no cesaba de rezar. ¡Si vieras,
-Gabriel!... Primero sentimos que unos soldados daban recios golpes en
-la puerta del Parque. Después vinieron muchos hombres y algunas mujeres
-pidiendo armas. Dentro del patio un español, con uniforme verde,
-disputó un instante con otro de uniforme azul, y luego se abrazaron,
-abriendo en seguida las puertas. ¡Ay! ¡Qué voces, qué gritos! Mi tío se
-echó a llorar y dijo también «¡Viva España!» tres veces, aunque<span
-class="pagenum" id="Page_246">p. 246</span> yo le suplicaba que callase
-para no dar que hablar a la vecindad. Al momento empezaron los tiros de
-fusil, y al poco rato los de cañón, que salieron empujados por dos o
-tres mujeres... El del uniforme azul mandaba el fuego, y otro del mismo
-traje, pero que se distinguía del primero por su mayor estatura, estaba
-dentro disponiendo cómo se habían de sacar la pólvora y las balas...
-Yo me estremecía al sentir los cañonazos; y si a veces me ocultaba en
-la alcoba, poniéndome a rezar, otras podía tanto la curiosidad, que
-sin pensar en el peligro me asomaba a la ventana para ver todo... ¡Qué
-espanto! Humo, mucho humo, brazos levantados, algunos hombres tendidos
-en el suelo y cubiertos de sangre, y por todos lados el resplandor de
-esos grandes cuchillos que llevan en los fusiles.</p>
-
-<p>Una segunda detonación, seguida del estruendo de la fusilería,
-nos dejó paralizados de estupor. Inés miró a la Virgen, y el cura,
-encarándose solemnemente con la santa imagen, dirigiole así la
-palabra:</p>
-
-<p>—Señora: proteged a vuestros queridos españoles, de quienes fuisteis
-reina y ahora sois capitana. Dadles valor contra tantos y tan fieros
-enemigos, y haced subir al Cielo a los que mueran en defensa de su
-patria querida.</p>
-
-<p>Quise abrir la ventana; pero Inés se opuso a ello muy acongojada.
-Juan de Dios, que al fin traspasó el umbral, se había sentado
-tímidamente en el borde de una silla puesta junto a la misma puerta,
-donde Inés le reconoció al fin, mejor dicho, advirtió su presencia,
-y<span class="pagenum" id="Page_247">p. 247</span> antes que formulara
-una pregunta, le dije yo:</p>
-
-<p>—Es el Sr. Juan de Dios, que ha venido a acompañarme.</p>
-
-<p>—Yo... yo... —balbució el mancebo en el momento en que la gritería
-de la calle apenas permitía oírle—. Gabriel habrá enterado a
-usted...</p>
-
-<p>—El miedo le quita a usted el habla —dijo Inés—. Yo también tengo
-mucho miedo. Pero usted tiembla, usted está malo...</p>
-
-<p>En efecto: Juan de Dios parecía desmayarse, y alargaba sus brazos
-hacia la huérfana, que absorta y confundida no sabía si acercarse a
-darle auxilio, o si huir con recelo de visitante tan importuno. Tan
-excitado estaba yo, que sin parar mientes en lo que junto a mí ocurría,
-ni atender al pavor de mi amiga, abrí resueltamente la ventana.
-Desde allí pude ver los movimientos de los combatientes, claramente
-percibidos, cual si tuviera delante un plano de campaña con figuras
-movibles. Funcionaban cuatro piezas: he oído hablar de cinco, dos de a
-8 y tres de a 4; pero yo creo que una de ellas no hizo fuego, o solo
-trabajó hacia el fin de la lucha. Los artilleros me parece que no
-pasaban de veinte; tampoco eran muchos los de infantería, mandados por
-Ruiz; pero el número de paisanos no era escaso, ni faltaban algunas
-heroicas amazonas de las que poco antes vi en la Puerta del Sol. Un
-oficial, de uniforme azul, mandaba las dos piezas colocadas frente a
-la calle de San Pedro la Nueva<a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2"
-class="fnanchor">[2]</a>. Por cuenta del otro, del mismo uniforme
-y graduación,<span class="pagenum" id="Page_248">p. 248</span>
-corrían las que enfilaban las calles de San Miguel y de San José<a
-id="FNanchor_3" href="#Footnote_3" class="fnanchor">[3]</a>, apuntando
-una de ellas hacia la de San Bernardo, pues por allí se esperaban
-nuevas fuerzas francesas en auxilio de las que invadían la Palma
-Alta y sitios inmediatos a la iglesia de Maravillas. La lucha estaba
-reconcentrada entonces en la pequeña calle de San Pedro la Nueva, por
-donde atacaron los granaderos imperiales en considerable número. Para
-contrarrestar su empuje, los nuestros disparaban las piezas con la
-mayor rapidez posible, empleándose en ello lo mismo los artilleros que
-los paisanos, y auxiliaba a los cañones la valerosa fusilería que tras
-las tapias del Parque, en la puerta y en la calle hacía mortífero,
-incesante fuego.</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_2" href="#FNanchor_2" class="label">[2]</a> Hoy del
-Dos de Mayo.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_3" href="#FNanchor_3" class="label">[3]</a> Hoy de
-Daoiz y Velarde.</p>
-
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch29">
- <h2 class="nobreak g0">XXIX</h2>
-</div>
-
-<p>Cuando los franceses trataban de tomar las piezas a la bayoneta,
-sin cesar el fuego por nuestra parte, eran recibidos por los paisanos
-con una batería de navajas, que causaban pánico y desaliento entre
-los héroes de las Pirámides y de Jena, al paso que el arma blanca en
-manos de estos aguerridos soldados no hacía gran estrago moral en la
-gente española, por ser esta de muy antiguo aficionada a jugar<span
-class="pagenum" id="Page_249">p. 249</span> con ella. Los españoles,
-al verse de este modo heridos, antes enfurecían que desmayaban. Desde
-mi ventana, abierta a la calle de San José, no se veía la inmediata de
-San Pedro la Nueva, aunque la casa hacía esquina a las dos; así es que
-yo, teniendo siempre a los españoles bajo mis ojos, no distinguía a
-los franceses sino cuando intentaban caer sobre las piezas, desafiando
-la metralla, el plomo, el acero y hasta las implacables manos de los
-defensores del Parque. Esto pasó una vez, y cuando lo vi, pareciome
-que todo iba a concluir por el sencillo procedimiento de destrozarse
-simultáneamente unos a otros; pero nuestro valiente paisanaje,
-sublimado por su propio arrojo y por el ejemplo, la pericia y la
-inverosímil constancia de los dos oficiales de Artillería, rechazaba
-las bayonetas enemigas, mientras sus navajas hacían estragos, rematando
-la obra de los fusiles.</p>
-
-<p>Cayeron algunos, muchos artilleros, y buen número de paisanos;
-pero esto no desalentaba a los madrileños. Al paso que uno de los
-oficiales de Artillería hacía uso de su sable con fuerte puño, sin
-desatender el cañón, cuya cureña servía de escudo a los paisanos más
-resueltos, el otro, acaudillando un pequeño grupo, se arrojaba sobre
-la avanzada francesa, destrozándola antes de que tuviera tiempo de
-reponerse. Eran aquellos los dos oficiales oscuros y sin historia,
-que en un día, en una hora, haciéndose, por inspiración de sus almas
-generosas, instrumento de la conciencia nacional, se anticiparon a la
-declaración de guerra<span class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span>
-por las Juntas y descargaron los primeros golpes de la lucha que empezó
-a abatir el más grande poder que se ha señoreado del mundo. Así sus
-ignorados nombres alcanzaron la inmortalidad.</p>
-
-<p>El estruendo de aquella colisión, los gritos de unos y otros, la
-heroica embriaguez de los nuestros, y también de los franceses, pues
-estos evocaban entre sí sus grandes glorias para salir bien de aquel
-empeño, formaban un conjunto terrible, ante el cual no existía el
-miedo, ni tampoco era posible resignarse a ser inmóvil espectador.
-Causaba rabia, y al mismo tiempo cierto júbilo inexplicable, lo
-desigual de las fuerzas, y el espectáculo de la superioridad adquirida
-por los débiles a fuerza de constancia. A pesar de que nuestras bajas
-eran inmensas, todo parecía anunciar una segunda victoria. Así lo
-comprendían, sin duda, los franceses, retirados hacia el fondo de la
-calle de San Pedro la Nueva; y viendo que para meter en un puño a
-los veinte artilleros, ayudados de paisanos y mujeres, era necesaria
-más tropa con refuerzos de todas armas, trajeron más gente, trajeron
-un ejército completo, y la división de San Bernardino, mandada por
-Lefranc, apareció hacia las Salesas Nuevas con varias piezas de
-artillería. Los imperiales daban al Parque, cercado de mezquinas
-tapias, las proporciones de una fortaleza, y a la abigarrada pandilla
-las proporciones de un pueblo.</p>
-
-<p>Hubo un momento de silencio, durante el cual no oí más voces que las
-de algunas mujeres,<span class="pagenum" id="Page_251">p. 251</span>
-entre las cuales reconocí la de la Primorosa, enronquecida por la
-fatiga y el perpetuo gritar. Cuando en aquel breve respiro me aparté de
-la ventana, vi a Juan de Dios completamente desvanecido. Inés estaba a
-su lado presentándole un vaso de agua.</p>
-
-<p>—Este buen hombre —dijo la huérfana— ha perdido el tino. ¡Tan grande
-es su pavor! Verdad que la cosa no es para menos. Yo estoy muerta. ¿Se
-ha acabado, Gabriel? Ya no se oyen tiros. ¿Ha concluido todo? ¿Quién ha
-vencido?</p>
-
-<p>Un cañonazo resonó estremeciendo la casa. A Inés cayósele el vaso de
-las manos, y en el mismo instante entró D. Celestino, que observaba la
-lucha desde otra habitación de la casa.</p>
-
-<p>—Es la artillería francesa —gritaba—. Ahora es ella. Traen más de
-doce cañones. ¡Jesús, María y José nos amparen! Van a hacer polvo a
-nuestros valientes paisanos. ¡Señor de justicia! ¡Virgen María, santa
-patrona de España!</p>
-
-<p>Juan de Dios abrió sus ojos buscando a Inés con una mirada calmosa y
-apagada como la de un enfermo. Ella, en tanto, puesta de rodillas ante
-la imagen, derramaba abundantes lágrimas.</p>
-
-<p>—Los franceses son innumerables —continuó el cura—. Vienen cientos
-de miles. En cambio los nuestros son menos cada vez. Muchos han muerto
-ya. ¿Podrán resistir los que quedan? ¡Oh! Gabriel, y usted, caballero,
-quien quiera que sea, aunque presumo será español: ¿están ustedes en
-paz con su conciencia, mientras nuestros hermanos pelean abajo por
-la<span class="pagenum" id="Page_252">p. 252</span> patria y por el
-Rey? Hijos míos, ánimo: los franceses van a atacar por tercera vez. ¿No
-veis cómo se aperciben los nuestros para recibirlos con tanto brío como
-antes? ¿No oís los gritos de los que han sobrevivido al último combate?
-¿No oís las voces de esa noble juventud? Gabriel; usted, caballero,
-quien quiera que sea, ¿habéis visto a las mujeres? ¿Darán lección de
-valor esas heroicas hembras a los varones que huyen de la honrosa
-lucha?</p>
-
-<p>Al decir esto, el buen sacerdote, con una alteración que hasta
-entonces jamás había yo advertido en él, se asomaba al balcón,
-retrocedía con espanto, volvía los ojos a la imagen de la Virgen, luego
-a nosotros, y tan pronto hablaba consigo mismo como con los demás.</p>
-
-<p>—Si yo tuviera quince años, Gabriel —continuó—, si yo tuviera
-tu edad... Francamente, hijos míos, yo tengo un miedo horroroso.
-En mi vida había visto una guerra, ni oído jamás el estruendo de
-los mortíferos cañones; pero lo que es ahora cogería un fusil, sí,
-señores, lo cogería... ¿No veis que va escaseando la gente? ¿No veis
-cómo los barre la metralla?... Mirad aquellas mujeres que con sus
-brazos despedazados empujan uno de nuestros cañones hasta embocarle
-en esta calle. Mirad aquel montón de cadáveres del cual sale una mano
-increpando con terrible gesto a los enemigos. Parece que hasta los
-muertos hablan, lanzando de sus bocas exclamaciones furiosas... ¡Oh! yo
-tiemblo, sostenedme; no, dejadme tomar un fusil, lo tomaré yo. Gabriel,
-caballero, y tú también, Inés, vamos todos a la calle, a la calle.
-¿Oís?<span class="pagenum" id="Page_253">p. 253</span> Aquí llegan las
-vociferaciones de los franceses. Su artillería avanza. ¡Ah, perros!
-todavía somos suficientes, aunque pocos. ¿Queréis a España? ¿Queréis
-este suelo? ¿Queréis nuestras casas, nuestras iglesias, nuestros reyes,
-nuestros santos? Pues ahí está, ahí está dentro de esos cañones lo que
-queréis. Acercaos. ¡Ah! Aquellos hombres que hacían fuego desde la
-tapia han perecido todos. No importa. Cada muerto no significa más sino
-que un fusil cambia de mano, porque antes de que pierda el calor de los
-dedos heridos que lo sueltan, otros lo agarran... Mirad: el oficial
-que los manda parece contrariado; mira hacia el interior del Parque,
-y se lleva la mano a la cabeza con ademán de desesperación. Es que
-les faltan balas, les falta metralla. Pero ahora sale el otro con una
-cesta de piedras de chispa. Cargan con ellas, hacen fuego... ¡Oh! que
-vengan, que vengan ahora. ¡Miserables! España tiene todavía piedras en
-sus calles para acabar con vosotros... Pero ¡ay! los franceses parece
-que están cerca. Mueren muchos de los nuestros. Desde los balcones
-se hace mucho fuego; mas esto no basta. Si yo tuviera veinte años...
-Si yo tuviera veinte años, tendría el valor que ahora me falta, y me
-lanzaría en medio del combate, y a palos, sí, señores, a palos acabaría
-con todos esos franceses. Ahora mismo, con mis sesenta años... Gabriel,
-¿sabes tú lo que es el deber? ¿Sabes tú lo que es el honor? Pues para
-que lo sepas, oye: yo, que soy un viejo inútil; yo, que nunca he visto
-un combate; yo, que jamás he disparado un tiro; yo, que en mi vida
-he<span class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span> peleado con nadie;
-yo, que no puedo ver matar un pollo; yo, que nunca he tenido valor
-para ver matar un gusanito; yo, que siempre he tenido miedo a todo;
-yo, que ahora tiemblo como una liebre, y a cada tiro que oigo parece
-que entrego el alma al Señor, voy a bajar al instante a la calle, no
-con armas, porque armas no me corresponden, sino para alentar a esos
-valientes, diciéndoles en castellano aquello de <i>¡Dulce et decorum
-est pro patria mori!</i></p>
-
-<p>Estas palabras, dichas con un entusiasmo que el anciano no había
-manifestado ante mí sino muy pocas veces, y siempre desde el púlpito,
-me enardecieron de tal modo que me avergoncé de reconocerme cobarde
-espectador de aquella heroica lucha, sin disparar un tiro ni lanzar una
-piedra en defensa de los míos. A no contenerme la presencia de Inés, ni
-un instante habría yo permanecido en aquella situación. Después, cuando
-vi al buen anciano precipitarse fuera de la casa, dichas sus últimas
-palabras, miedo y amor se oscurecieron en mí ante una grande, una
-repentina iluminación de entusiasmo, de esas que rarísimas veces, pero
-con fuerza poderosa, nos arrastran a las grandes acciones.</p>
-
-<p>Inés hizo un movimiento como para detenerme; pero sin duda su
-admirable buen sentido comprendió cuánto habría desmerecido a mis
-propios ojos cediendo a los reclamos de la debilidad, y se contuvo,
-ahogando todo sentimiento. Juan de Dios, que al volver de su desmayo
-era completamente extraño a la situación en que nos encontrábamos, y no
-parecía<span class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span> tener ojos ni
-oídos más que para espectáculos y voces de su propia alma, se adelantó
-hacia Inés con ademán embarazoso, y le dijo:</p>
-
-<p>—Pero Gabriel habrá enterado a usted de todo. ¿La he ofendido a
-usted en algo? Bien habrá comprendido usted...</p>
-
-<p>—Este caballero —dijo Inés—, está muerto de miedo, y no se moverá de
-aquí. ¿Quiere usted esconderse en la cocina?</p>
-
-<p>—¡Miedo! ¡Que yo tengo miedo! —exclamó el mancebo con un repentino
-arrebato que le puso encendido como la grana—. ¿A dónde vas,
-Gabriel?</p>
-
-<p>—A la calle —respondí saliendo—. A pelear por España. Yo no tengo
-miedo.</p>
-
-<p>—Ni yo, ni yo tampoco —afirmó resuelta, furiosamente Juan de Dios,
-corriendo detrás de mí.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch30">
- <h2 class="nobreak g0">XXX</h2>
-</div>
-
-<p>Llegué a la calle en momentos muy críticos. Las dos piezas de
-la calle de San Pedro habían perdido gran parte de su gente, y los
-cadáveres obstruían el suelo. La colocada hacia Poniente había
-de resistir el fuego de la de los franceses, sin más garantía de
-superioridad que el heroísmo de D. Pedro Velarde y el auxilio de
-los tiros de fusil. Al dar los primeros pasos encontré uno, y me
-situé junto a la entrada del Parque, desde donde podía hacer<span
-class="pagenum" id="Page_256">p. 256</span> fuego hacia la calle Ancha,
-resguardado por el machón de la puerta. Allí se me presentó una cara
-conocida, aunque horriblemente desfigurada en la persona de Pacorro
-Chinitas, que incorporándose entre un montón de tierra y el cuerpo de
-otro infeliz ya moribundo, hablome así con voz desfallecida:</p>
-
-<p>—Gabriel, yo me acabo; yo no sirvo ya para nada.</p>
-
-<p>—Ánimo, Chinitas —dije, devolviéndole el fusil que caía de sus
-manos—; levántate.</p>
-
-<p>—¿Levantarme? Ya no tengo piernas. ¿Traes tú pólvora? Dame acá: yo
-te cargaré el fusil... Pero me caigo redondo. ¿Ves esta sangre? Pues
-es toda mía y de este compañero que ahora se va... Ya expiró... Adiós,
-Juancho: tú al menos no verás a los franceses en el Parque.</p>
-
-<p>Hice fuego repetidas veces: al principio muy torpemente, y después
-con algún acierto, procurando siempre dirigir los tiros a algún francés
-claramente destacado de los demás. Entre tanto y sin cesar en mi faena
-oí la voz del amolador que, apagándose por grados, decía:</p>
-
-<p>—Adiós, Madrid, ya me encandilo... Gabriel, apunta a la cabeza.
-Juancho, que ya estás tieso, allá voy yo también: Dios sea conmigo y me
-perdone. Nos quitan el Parque; pero de cada gota de esta sangre saldrá
-un hombre con su fusil, hoy, mañana y al otro día. Gabriel, no cargues
-tan fuerte, que revienta. Ponte más adentro. Si no tienes navaja,
-búscala, porque vendrán a la bayoneta. Toma la mía. Allí está junto a
-la pierna que perdí... ¡Ay! ya no veo más que un cielo negro.<span
-class="pagenum" id="Page_257">p. 257</span> ¡Qué humo tan negro! ¿De
-dónde viene ese humo? Gabriel, cuando esto se acabe, ¿me darás un poco
-de agua? ¡Qué ruido tan atroz!... ¿Por qué no traen agua?... ¡Agua,
-Señor Dios Poderoso! ¡Ah! ya veo el agua: ahí está. La traen unos
-angelitos: es un chorro, una fuente, un río...</p>
-
-<p>Cuando me aparté de allí, Chinitas ya no existía. La debilidad de
-nuestro centro de combate me obligó a unirme a él, como lo hicieron
-los demás. Apenas quedaban artilleros, y dos mujeres servían la
-pieza principal, apuntada hacia la calle Ancha. Era una de ellas
-la Primorosa, a quien vi soplando fuertemente la mecha, próxima a
-extinguirse.</p>
-
-<p>—Mi general —decía a Daoiz—, mientras su merced y yo estemos aquí,
-no se perderán las Españas ni sus Indias... Allá va el petardo... Venga
-ahora acá el <i>destupidor</i>. ¡Cómo rempuja pa tras este animal
-cuando suelta el tiro! ¡Ah! ¿Ya estás aquí, Tripita? —gritó al verme—.
-Toca este instrumento y verás lo bueno.</p>
-
-<p>El combate llegaba a un extremo de desesperación, y la artillería
-enemiga avanzó hacia nosotros. Animados por Daoiz, los heroicos
-paisanos pudieron rechazar por última vez la infantería francesa, que
-en pequeños pelotones se destacaba de la fuerza enemiga.</p>
-
-<p>—¡Ea! —gritó la Primorosa cuando volvió a comenzar el fuego de
-cañón—. Atrás, que yo gasto malas bromas. ¿Vio usted cómo se fueron,
-señor general? Solo con mirarles yo con estos recelestiales ojos, les
-hice volver pa tras. Van muertos de miedo. ¡Viva España y muera<span
-class="pagenum" id="Page_258">p. 258</span> Napoleón!... Chinitas, ¿no
-está por ahí Chinitas? Ven acá, cobarde, calzonazos.</p>
-
-<p>Y cuando los franceses, replegando su infantería, volvieron a
-cañonearnos, ella, después de ayudar a cargar la pieza, prosiguió
-gritando:</p>
-
-<p>—Renacuajos, volved acá. Ea, otro paseíto. Sus mercedes quieren
-conquistarme a mí, ¿no verdá? Pues aquí me tenéis. Vengan acá: soy la
-reina, sí, señores; soy la emperadora del Rastro, y yo acostumbro a
-fumar en este cigarro de bronce, porque no las gasto menos. ¿Quieren
-ustedes una chupadita? Pos allá va. Desapártense pa que no les salpique
-la saliva; si no...</p>
-
-<p>La heroica mujer calló de improviso, porque la otra maja que
-cerca de ella estaba, cayó tan violentamente herida por un casco
-de metralla, que de su despedazada cabeza saltaron, salpicándonos,
-repugnantes pedazos. La esposa de Chinitas, que también estaba
-herida, miró el cuerpo expirante de su amiga. Debo consignar aquí un
-hecho transcendental: la Primorosa se puso repentinamente pálida y
-repentinamente seria. Tuvo miedo.</p>
-
-<p>Llegó el instante crítico y terrible. Durante él sentí una mano
-que se apoyaba en mi brazo. Al volver los ojos, vi un brazo azul con
-charreteras de capitán. Pertenecía a D. Luis Daoiz, que, herido en la
-pierna, hacía esfuerzos por no caer al suelo, y se apoyaba en lo que
-encontró más cerca. Yo extendí mi brazo alrededor de su cintura, y él,
-cerrando los puños, elevándolos convulsamente al cielo, apretando<span
-class="pagenum" id="Page_259">p. 259</span> los dientes y mordiendo
-después el pomo de su sable, lanzó una imprecación, una blasfemia, que
-habría hecho desplomar el firmamento, si lo de arriba obedeciera a las
-voces de abajo.</p>
-
-<p>En seguida se habló de capitulación y cesaron los fuegos. El jefe
-de las fuerzas francesas acercose a nosotros, y en vez de tratar
-decorosamente de las condiciones de la rendición, habló a Daoiz de la
-manera más destemplada y en términos amenazadores y groseros. Nuestro
-inmortal artillero pronunció entonces aquellas célebres palabras: <i>Si
-fuerais capaz de hablar con vuestro sable, no me trataríais así.</i></p>
-
-<p>El francés, sin atender a lo que le decía, llamó a los suyos, y en
-el mismo instante... Ya no hay narración posible, porque todo acabó.
-Los franceses se arrojaron sobre nosotros con empuje formidable.
-El primero que cayó fue Daoiz, traspasado el pecho a bayonetazos.
-Retrocedimos precipitadamente hacia el interior del Parque todos los
-que pudimos, y como aun en aquel trance espantoso quisiera contenernos
-D. Pedro Velarde, le mató de un pistoletazo por la espalda un oficial
-enemigo. Muchos fueron implacablemente pasados a cuchillo; pero algunos
-y yo pudimos escapar, saltando velozmente por entre escombros, hasta
-alcanzar las tapias de la parte más honda, y allí nos dispersamos,
-huyendo cada cual por donde encontró mejor camino, mientras los
-franceses, bramando de ira, indicaban con sus alaridos al aterrado
-vecindario que Monteleón había quedado por Bonaparte.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_260">p. 260</span>Difícilmente
-salvamos la vida; y no fuimos muchos los que pudimos dar con nuestros
-fatigados cuerpos en la huerta de las Salesas Nuevas o en el Quemadero.
-Los franceses no se cuidaban de perseguirnos, o por creer que bastaba
-con rematar a los más próximos, o porque se sentían con tanto cansancio
-como nosotros. Por fortuna, yo no estaba herido sino muy levemente en
-la cabeza, y pude ponerme a cubierto en breve tiempo: al poco rato
-ya no pensaba más que en volver a mi casa, donde suponía a Inés en
-angustiosa incertidumbre por mi ausencia. Cuando traté de regresar,
-hallé cerrada la puerta de Santo Domingo, y tuve que andar mucho trecho
-buscando el portillo de San Joaquín. Por el camino me dijeron que los
-franceses, después de dejar una pequeña guarnición en el Parque, se
-habían retirado.</p>
-
-<p>Dirigime con esta noticia tranquilamente a casa, y al llegar a la
-calle de San José, encontré aquel sitio inundado de gente del pueblo,
-especialmente de mujeres, que reconocían los cadáveres. La Primorosa
-había recogido el cuerpo de Chinitas. Yo vi llevar el cuerpo, vivo aún,
-de Daoiz en hombros de cuatro paisanos, y seguido de apiñado gentío.
-De Don Pedro Velarde oí que había sido completamente desnudado por
-los franceses, y en aquellos instantes sus deudos y amigos estaban
-amortajándole para darle sepultura en San Marcos. Los imperiales se
-ocupaban en encerrar de nuevo las piezas, y retiraban silenciosamente
-sus heridos al interior del Parque;<span class="pagenum"
-id="Page_261">p. 261</span> por último, vi una pequeña fuerza de
-caballería polaca, estacionada hacia la calle de San Miguel.</p>
-
-<p>Ya estaba cerca de mi casa, cuando un hombre cruzó a lo lejos la
-calle, con tan marcado ademán de locura, que no pude menos de fijar en
-él mi atención. Era Juan de Dios, y andaba con pie inseguro de aquí
-para allí, como demente o borracho, sin sombrero, el pelo en desorden
-sobre la cara, las ropas destrozadas, y la mano derecha envuelta en un
-pañuelo manchado de sangre.</p>
-
-<p>—¡Se la han llevado! —exclamó al verme, agitando sus brazos con
-desesperación.</p>
-
-<p>—¿A quién? —pregunté, adivinando mi nueva desgracia.</p>
-
-<p>—¡A Inés!... Se la han llevado los franceses; se han llevado también
-a aquel infeliz sacerdote.</p>
-
-<p>La sorpresa y la angustia de tan tremenda nueva dejáronme por un
-instante como sin vida.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch31">
- <h2 class="nobreak g0">XXXI</h2>
-</div>
-
-<p>—Una vez que tomaron el Parque —continuó Juan de Dios— entraron
-en esa casa de la esquina y en otra de la calle de San Pedro para
-prender a todos los que les habían hecho fuego, y sacaron hasta dos
-docenas de infelices. ¡Ay, Gabriel, qué consternación! Yo entraba<span
-class="pagenum" id="Page_262">p. 262</span> en la taberna para echarme
-un poco de agua en la mano... porque sabrás que una bala me llevó
-los dos dedos... Entraba en la taberna y vi que sacaban a Inés. La
-pobrecita lloraba como un niño, y volvía la vista a todos lados, sin
-duda buscándome con sus ojos. Acerqueme, y hablando en francés, rogué
-al sargento que la soltase; pero me dieron tan fuerte golpe, que casi
-perdí el sentido. ¡Si vieras cómo lloraba el pobre ángel, y cómo miraba
-a todos lados, buscándome sin duda!... Yo me vuelvo loco, Gabriel. El
-buen eclesiástico subía la escalera cuando le cogieron, y dicen que
-llevaba un cuchillo en la mano. Todos los de la casa están presos. Los
-franceses dijeron que desde allí les habían tirado una cazuela de agua
-hirviendo. Gabriel, si no ponen en libertad a Inés, yo me muero, yo me
-mato, yo les diré a los franceses que me maten.</p>
-
-<p>Al oír esta relación, el vivo dolor arrancó al principio ardientes
-lágrimas a mis ojos; pero después fue tanta mi indignación, que
-prorrumpí en exclamaciones terribles, y recorrí la calle gritando
-como un insensato. Aún dudé: subí a mi casa; encontrela desierta;
-supe de boca de algunos vecinos consternados la verdad, conforme a
-lo que Juan de Dios había contado, y ciego de ira, con el alma llena
-de presentimientos siniestros y de inexplicables angustias, marché
-hacia el centro de Madrid, sin saber a dónde me encaminaba, y sin
-que me fuera posible discurrir cuál partido sería más conveniente
-en tales circunstancias. ¿A quién pedir auxilio, si yo a mi vez era
-tan injustamente<span class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span>
-perseguido? A ratos me alentaba la esperanza de que los franceses
-pusieran en libertad a mis dos amigos. La inocencia de uno y otro,
-especialmente de ella, era para mí tan obvia, que sin género de duda
-había de ser reconocida por los invasores. Juan de Dios me seguía y
-lloraba como una mujer.</p>
-
-<p>—Por ahí van diciendo —me indicó— que los prisioneros han sido
-llevados a la casa de Correos. Vamos allá, Gabriel, y veremos si
-conseguimos algo.</p>
-
-<p>Fuimos al instante a la Puerta del Sol, y en todo su recinto no
-oíamos sino quejas y lamentos por el hermano, el padre, el hijo o el
-amigo, sin motivo bárbaramente aprisionados. Se decía que en la casa de
-Correos funcionaba un Tribunal militar; pero después corrió la voz de
-que los individuos de la Junta habían hecho un convenio con Murat para
-que todo se arreglara, olvidando el conflicto pasado y perdonándose
-respectivamente las imprudencias cometidas. Esto nos alborozó a todos
-los presentes, aunque no nos parecía muy tranquilizador ver a la
-entrada de las principales calles una pieza de artillería con mecha
-encendida. Dieron las cuatro de la tarde, y no se desvanecía nuestra
-duda, ni de las puertas de la fatal casa de Correos salía otra gente
-que algún oficial de órdenes que a toda prisa partía hacia el Retiro
-o la Montaña. Nuestra ansiedad crecía; profunda zozobra invadía los
-ánimos, y todos se dispersaban tratando de buscar noticias verídicas en
-fuentes autorizadas.</p>
-
-<p>De pronto oigo decir que alguien va por las<span class="pagenum"
-id="Page_264">p. 264</span> calles leyendo un bando. Corremos todos
-hacia la del Arenal; pero nos es imposible enterarnos de lo que leen.
-Preguntamos y nadie nos responde, porque nadie oye. Retrocedemos
-pidiendo informes, y nadie nos los da. Volvemos a mirar la casa de
-Correos, tras cuyas paredes están los que nos son queridos, y media
-compañía de granaderos con algunos mamelucos dispersan al padre, al
-hermano, al hijo, al amante, amenazándoles con la muerte. Nos lanzamos
-al fin por las calles, cada cual discurriendo qué influencias pondrá en
-juego para salvar a los suyos.</p>
-
-<p>Juan de Dios y yo nos dirigimos hacia los Caños del Peral, y al
-poco rato vimos un pelotón de franceses que conducían maniatados y en
-traílla, como a salteadores, a dos ancianos y a un joven de buen porte.
-Después de esta fatídica procesión, vimos hacia la calle de los Tintes
-otra no menos lúgubre, en que iba una señora joven, un sacerdote,
-dos caballeros y un hombre del pueblo en traje como de vendedor de
-plazuela. La tercera la encontramos en la calle de Quebrantapiernas,
-y se componía de más de veinte personas, pertenecientes a distintas
-clases de la sociedad. Aquellos infelices iban mudos y resignados,
-guardando el odio en sus corazones, y ya no se oían voces patrióticas
-en las calles de la ciudad vencida y aherrojada, porque los invasores
-dominábanla toda piedra por piedra, y no había esquina donde no asomase
-la boca de un cañón, ni callejuela por la cual no desfilaran pelotones
-de fusileros, ni plaza donde no apareciesen,<span class="pagenum"
-id="Page_265">p. 265</span> fúnebremente estacionados, fuertes piquetes
-de mamelucos, dragones o caballería polaca.</p>
-
-<p>Repetidas veces vimos que detenían a personas pacíficas y las
-registraban, llevándoselas presas por si guardaban acaso algún arma,
-aunque fuera navaja para usos comunes. Yo llevaba en el bolsillo la
-de Chinitas, y ni aun me ocurrió tirarla: ¡tales eran mi aturdimiento
-y abstracción! Pero tuvimos la suerte de que no nos registraran.
-Últimamente, y a medida que anochecía, apenas encontrábamos gente por
-las calles. No íbamos, no, a la ventura por aquellos desiertos lugares,
-pues yo tenía un proyecto que al fin comuniqué a mi acompañante:
-pensaba dirigirme a casa de la Marquesa, con viva esperanza de
-conseguir de ella poderoso auxilio en mi tribulación. Juan de Dios me
-contestó que él por su parte había pensado dirigirse a un amigo, que a
-su vez lo era del señor O’Farril, individuo de la Junta. Dicho esto,
-convinimos en separarnos, prometiendo acudir de nuevo a la Puerta del
-Sol una hora después.</p>
-
-<p>Fui a casa de la Marquesa, y el portero me dijo que S. E. había
-partido dos días antes para Andalucía. Asimismo pregunté por Amaranta;
-más tuve el disgusto de saber que Su Excelencia la señora Condesa
-estaba también en camino de Andalucía. Desesperado regresé al centro de
-Madrid, elevando mis pensamientos a Dios, como el más eficaz amparador
-de la inocencia, y traté de penetrar en la casa de Correos. Al poco
-rato de estar allí procurándolo<span class="pagenum" id="Page_266">p.
-266</span> inútilmente, vi salir a Juan de Dios tan pálido y alterado
-que temblé, adivinando nuevas desdichas.</p>
-
-<p>—¿No está? —pregunté—. ¿Les han puesto en libertad?</p>
-
-<p>—No —dijo, secando el sudor de su frente—. Todos los presos que
-estaban aquí han sido entregados a los franceses. Se los han llevado al
-Buen Suceso, al Retiro, no sé a dónde... ¿Pero no conoces el bando? Los
-que sean encontrados con armas, <i>serán arcabuceados</i>... Los que se
-junten en grupos de más de ocho personas, <i>serán arcabuceados</i>...
-Los que hagan daño a un francés, <i>serán arcabuceados</i>... Los que
-parezcan agentes de Inglaterra, <i>serán arcabuceados</i>.</p>
-
-<p>—¿Pero dónde está Inés? —exclamé con exaltación—. ¿Dónde está?
-Si esos verdugos son capaces de sacrificar a una niña inocente y a
-un pobre anciano, la tierra se abrirá para tragárselos, las piedras
-se levantarán solas del suelo para volar contra ellos, el cielo se
-desplomará sobre sus cabezas, se encenderá el aire, y el agua que beban
-se les tornará veneno; y si esto no sucede, es que no hay Dios ni puede
-haberlo. Vamos, amigo: hagamos esta buena obra. ¿Dice usted que están
-en el Retiro?</p>
-
-<p>—O aquí, en el Buen Suceso, o en la Moncloa. Gabriel, yo salvaré a
-Inés de la muerte, o me pondré delante de los fusiles de esa canalla
-para que me quiten también la vida. Quiero irme al Cielo con ella:
-si supiera que sus dulces ojos no me habían de mirar más en<span
-class="pagenum" id="Page_267">p. 267</span> la tierra, ahora mismo
-dejaría de existir. Gabriel, todo lo que tengo es tuyo si me ayudas a
-buscarla; que después que ella y yo nos juntemos, y nos casemos, y nos
-vayamos al lugar desierto que he pensado, para nada necesitamos dinero.
-Yo tengo esperanza; ¿y tú?</p>
-
-<p>—Yo también —respondí, pensando en Dios.</p>
-
-<p>—Pues, hijo, marcha tú al Retiro, que yo entraré en el Buen Suceso,
-por la parte del hospital, que allí conozco a uno de los enfermeros.
-También conozco a dos oficiales franceses. ¿Podrán hacer algo por ella?
-Vamos: las diez. ¡Ay! ¿No oíste una descarga?</p>
-
-<p>—Sí, hacia abajo; hacia el Prado: se me ha helado la sangre en las
-venas. Corro allá. Adiós, y buena suerte. Si no nos encontramos después
-aquí, en mi casa.</p>
-
-<p>Dicho esto, nos separamos a toda prisa, y yo corrí por la Carrera
-de San Jerónimo. La noche era oscura, fría y solitaria. En mi camino
-encontré tan solo algunos hombres que despavoridos corrían, y a cada
-paso lamentos dolorosísimos llegaban a mis oídos. A lo lejos distinguí
-las pisadas de las patrullas francesas, y de rato en rato un resplandor
-lejano seguido de estruendosa detonación.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch32">
- <p><span class="pagenum" id="Page_268">p. 268</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXXII</h2>
-</div>
-
-<p>Cómo se presentaba en mi alma atribulada aquel espectáculo en
-la negra noche, aquellos ruidos pavorosos, no es cosa que puedo yo
-referir, ni palabras de ninguna lengua alcanzan a manifestar angustia
-tan grande. Llegaba junto al Espíritu Santo, cuando sentí muy cercana
-ya una descarga de fusilería. Allá abajo, en la esquina del palacio de
-Medinaceli, la rápida luz del fogonazo había iluminado un grupo, mejor
-dicho, un montón de personas, en distintas actitudes colocadas, y con
-diversos trajes vestidas. Tras de la descarga, oyéronse quejidos de
-dolor, imprecaciones que se apagaban al fin en el silencio de la noche.
-Después algunas voces, hablando en lengua extranjera, dialogaban entre
-sí; se oían las pisadas de los verdugos, cuya marcha en dirección al
-fondo del Prado era indicada por los movimientos de unos farolillos de
-agonizante luz. A cada rato circulaban tropeles con gentes maniatadas,
-y hacia el Retiro se percibía resplandor muy vivo, como de la hoguera
-de un vivac.</p>
-
-<p>Acerqueme al palacio de Medinaceli por la parte del Prado, y allí
-vi algunas personas que acudían a reconocer los infelices últimamente
-arcabuceados. Reconocilos yo también uno por uno, y observé que algunos
-de ellos estaban<span class="pagenum" id="Page_269">p. 269</span>
-vivos, aunque ferozmente heridos, y arrastrábanse pidiendo socorro, o
-clamaban en voz desgarradora suplicando que se les rematase.</p>
-
-<p>Entre todas aquellas víctimas no había más que una mujer, que no
-tenía semejanza con Inés, ni encontré tampoco sacerdote alguno. Sin
-prestar oídos a las voces de socorro, ni reparar tampoco en el peligro
-que cerca de allí se corría, me dirigí hacia el Retiro.</p>
-
-<p>En la puerta del primer patio me detuvieron los centinelas. Un
-oficial se acercó a la entrada.</p>
-
-<p>—Señor —exclamé juntando las manos y expresando de la manera más
-espontánea el vivo dolor que me dominaba—, busco a dos personas de mi
-familia que han sido traídas aquí por equivocación. Son inocentes: Inés
-no arrojó a la calle ningún caldero de agua hirviendo, ni el pobre
-clérigo ha matado a ningún francés. Yo lo aseguro, señor oficial, y el
-que dijese lo contrario es un vil mentiroso.</p>
-
-<p>El oficial, que no entendía, hizo un movimiento para echarme hacia
-fuera; pero yo, sin reparar en consideraciones de ninguna clase, me
-arrodillé delante de él, y con fuertes gritos proseguí suplicando de
-esta manera:</p>
-
-<p>—Señor oficial, ¿será usted tan inhumano que mande fusilar a dos
-personas inofensivas: a una niña de diez y seis años y a un infeliz
-viejo de sesenta? No puede ser. Déjeme usted entrar: yo le diré cuáles
-son, y usted les mandará poner en libertad. Los pobrecitos no han hecho
-nada. Fusílenme a mí, que disparé muchos tiros contra ustedes en la
-acción del Parque;<span class="pagenum" id="Page_270">p. 270</span>
-pero dejen en libertad a la joven y al sacerdote. Yo entraré, les
-sacaremos... Mañana, mañana probaré yo, como esta es noche, que son
-inocentes, y si no resultasen tan inocentes como los ángeles del Cielo,
-fusíleme usted a mí cien veces. Señor oficial, usted es bueno; usted
-no puede ser un verdugo. Esas cruces que tiene en el pecho las habrá
-adquirido honrosamente en las grandes batallas que dicen ha ganado
-el ejército de Napoleón. Un hombre como usted no puede deshonrarse
-asesinando a mujeres inocentes. Yo no lo creo, aunque me lo digan.
-Señor oficial, si quieren ustedes vengarse de lo de esta mañana,
-maten a todos los hombres de Madrid, mátenme a mí también; pero no a
-Inés. ¿Usted no tiene hermanitas jóvenes y lindas? Si usted las viera
-amarradas a un palo, a la luz de una linterna, delante de cuatro
-soldados con los fusiles en la cara, ¿estaría tan sereno como ahora
-está? Déjeme entrar: yo le diré quiénes son los que busco, y entre los
-dos haremos esta buena obra, que Dios le tendrá en cuenta cuando se
-muera. El corazón me dice que están aquí... entremos, por Dios y por
-la Virgen. Aquí está usted en tierra extranjera, y lejos, muy lejos de
-los suyos. Cuando recibe cartas de su madre o de sus hermanitas, ¿no le
-rebosa el corazón de alegría, no quiere verlas, no quiere volver allá?
-Si le dijesen que ahora las estaban poniendo un farol en el pecho para
-fusilarlas...</p>
-
-<p>El estrépito de otra descarga me hizo enmudecer, y la voz expiró
-en mi garganta por falta de aliento. A punto estuve de caer sin
-sentido;<span class="pagenum" id="Page_271">p. 271</span> pero
-haciendo un heroico esfuerzo, volví a suplicar al oficial con voz
-ronca y ademán desesperado, pretendiendo que me permitiese la entrada
-para ver si algunos de los recién inmolados eran los que yo buscaba.
-Sin duda mi ruego, expresado ardientemente y con profundísima verdad,
-conmovió al joven oficial, más por la angustia de mis ademanes que
-por el sentido de las palabras, extranjeras para él, y apartándose
-a un lado me indicó que entrara. Hícelo rápidamente, y recorrí como
-un insensato el primer patio y el segundo. En este, que era el de la
-Pelota, no había más que franceses; pero en aquel yacían por el suelo
-las víctimas aún palpitantes, y no lejos de ellas las que esperaban
-la muerte. Vi que las ataban codo con codo, obligándolas a ponerse de
-rodillas, unos de espalda, otros de frente. Los más agitaban los brazos
-al mismo tiempo que lanzaban imprecaciones y retos a los verdugos;
-algunos escondían con horror la cara en el pecho del vecino; otros
-lloraban; otros pedían la muerte, y vi uno que, rompiendo con fuertes
-sacudidas las ligaduras, se abalanzó hacia los granaderos. Ninguna
-fórmula de juicio, ni tampoco preparación espiritual, precedían a
-esta abominación: los granaderos hacían fuego una o dos veces, y los
-sacrificados se revolvían en charcos de sangre con espantosa agonía.</p>
-
-<p>Algunos acababan en el acto; pero los más padecían largo martirio
-antes de expirar. Hubo muchos que, heridos por las balas en las
-extremidades y desangrados, sobrevivieron, después de pasar por
-muertos, hasta la mañana<span class="pagenum" id="Page_272">p.
-272</span> del día siguiente; los mismos franceses, reconociendo su
-mala puntería, les mandaron al hospital. Estos casos no fueron raros:
-yo sé de dos o tres a quienes cupo la suerte de vivir después de pasar
-por los horrores de una ejecución sangrienta. Un maestro herrero,
-comprendido en una de las traíllas del Retiro, dio señales de vida
-al día siguiente, y al borde mismo del hoyo en que se le preparaba
-sepultura. Lo mismo aconteció a un tendero de la calle de Carretas,
-y hasta hace poco tiempo ha existido un individuo, que era entonces
-empleado en la imprenta de Sancha, y fue fusilado torpemente dos veces:
-una en la Soledad, donde se hizo la primera matanza; después en el
-patio del Buen Suceso; desde aquí pudo escapar, arrastrándose entre
-cadáveres y regueros de sangre hasta el hospital cercano, donde le
-dieron auxilio. Los franceses, aunque a quemarropa, disparaban mal, y
-algunos de ellos, preciso es confesarlo, con marcada repugnancia, pues
-sin duda conocían el envilecimiento en que habían repentinamente caído
-las águilas imperiales.</p>
-
-<p>Casi sin esperar a que se consumara la sentencia de los que cayeron
-ante mí, les examiné a todos. Las linternas, puestas delante de cada
-grupo, alumbraban con siniestra luz la escena. Ni entre los inmolados,
-ni entre los que aguardaban el sacrificio, vi a Inés y a D. Celestino,
-aunque a cada instante me parecía reconocerles en cualquier bulto que
-se movía implorando compasión o murmurando una plegaria.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_273">p. 273</span>Recuerdo que en
-aquel examen una mano helada cogió la mía, y al inclinarme vi un
-hombre desconocido que dijo algunas palabras y expiró. Repetidas veces
-pisé los pies y las manos de varios desgraciados; pero en trances tan
-terribles, parece que se extingue todo sentimiento compasivo hacia los
-extraños, y buscando con anhelo a los nuestros, somos impasibles para
-las desgracias ajenas.</p>
-
-<p>Algunos franceses me dieron el <i>alto</i>, intimándome a que
-saliera; y por las palabras que oí, me juzgué en peligro de ser también
-comprendido en la traílla; pero a mí no me importaba la muerte, ni
-en tal situación hubiera dejado de mirar a un punto donde creyera
-distinguir el semblante de mis dos amigos, aunque me arcabucearan cien
-veces. Corrí hacia otro extremo del patio, donde sonaban lamentos y
-bullicio de gentío, cuando un anciano se acercó a mí tomándome por el
-brazo.</p>
-
-<p>—¿A quién busca usted? —le dije.</p>
-
-<p>—¡Mi hijo, mi único hijo! —me contestó—. ¿Dónde está? ¿Eres tú mi
-hijo? ¿Eres tú mi Juan? ¿Te han fusilado? ¿Has salido de aquel montón
-de muertos?</p>
-
-<p>Comprendí por su mirada y por sus palabras que aquel hombre estaba
-loco, y seguí adelante. Otro se llegó a mí y preguntome a su vez que a
-quién buscaba. Contele brevemente la historia, y me dijo:</p>
-
-<p>—Los que fueron presos en el barrio de Maravillas no han venido
-aquí ni a la casa de Correos. Están en la Moncloa. Primero los
-llevaron a San Bernardino, y a estas horas...<span class="pagenum"
-id="Page_274">p. 274</span> Vamos allá. Yo tengo un salvoconducto de un
-oficial francés, y podremos salir.</p>
-
-<p>Salimos, en efecto, y en el Prado aquel hombre corrió desalado
-y le perdí de vista. Yo también corrí cuanto me era posible, pues
-mis fuerzas, a tan terribles pruebas sometidas por tanto tiempo,
-desfallecían ya. No puedo decir qué calles pasé, porque ni miraba a mi
-alrededor, ni tenía entonces más ojos que los del alma para ver siempre
-dentro de mí mismo el espectáculo de aquella gran tragedia. Solo sé que
-corrí sin cesar; solo sé que ninguna voz, ninguna queja que sonasen
-cerca de mí me conmovían ni me interesaban; solo sé que mientras más
-corría, mayores eran mi debilidad y extenuación, y que al fin, no sé
-en qué calle, me detuve apoyándome en la pared cercana, porque mi
-cuerpo se caía al suelo y no me era posible dar un paso más. Limpié
-el sudor de mi frente; parecíame que se había acabado el aire, y que
-el suelo se deslizaba también bajo mis pies, que las casas se hundían
-sobre mi cabeza. Recuerdo haber hecho esfuerzos para seguir; pero no
-me fue posible, y por un espacio de tiempo que no puedo apreciar, solo
-tinieblas me rodearon, acompañadas de absoluto silencio.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch33">
- <p><span class="pagenum" id="Page_275">p. 275</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXXIII</h2>
-</div>
-
-<p>Durante mi desvanecimiento, hijo de la extenuación, traje a la
-memoria las arboledas de Aranjuez, con sus millares de pájaros
-charlatanes, aquellas tardes sonrosadas, aquellos paseos por los bordes
-del Jarama y el espectáculo de la unión de este con el Tajo. Me acordé
-de la casa del cura; parecíame ver la parra del patio y los tiestos de
-la huerta, y oír los chillidos de la tía Gila, riñendo formalmente con
-las gallinas porque sin su permiso se habían salido del corral. Se me
-representaba el sonido de las campanas de la iglesia, tocadas por los
-cuatro muchachos o por el ingrato padre. La imagen de Inés completaba
-todas estas imágenes, y en mi delirio no me parecía que estaba la
-desgraciada joven junto a mí, ni tampoco delante, sino dentro de mi
-propia persona, como formando parte del ser a quien reconocía como
-yo mismo. Nada estorbaba nuestra felicidad, ni nos cuidábamos de lo
-porvenir, porque abandonada a su propio ímpetu la corriente de nuestras
-almas, se habían juntado al fin Jarama y Tajo, y mezcladas ambas
-corrientes cristalinas, cavaban en el ancho cauce de una sola y fácil
-existencia.</p>
-
-<p>Sacome de aquel estado soñoliento un fuerte<span class="pagenum"
-id="Page_276">p. 276</span> golpe que me dieron en el cuerpo, y no
-tardé en verme rodeado de algunas personas, una de las cuales dijo,
-examinándome de cerca: «Está borracho.»</p>
-
-<p>Creí reconocer la voz del licenciado Lobo, aunque, a decir verdad,
-aún hoy no puedo asegurar que fuera él quien tal cosa dijo. Lo que sí
-afirmo es que uno de los que me miraban era Juan de Dios.</p>
-
-<p>—¿Eres tú, Gabriel? —me dijo—. ¿Cómo estás por los suelos? ¡Bonito
-modo de buscar a la muchacha! No está en el Retiro ni en el Buen
-Suceso. El señor licenciado me ayuda en mis pesquisas, y estamos
-seguros de encontrarla, y aun de salvarla.</p>
-
-<p>Estas palabras las oí confusamente, y después me quedé solo, o
-mejor dicho, acompañado de algunos chicuelos que me empujaban de acá
-para allá jugando conmigo. No tardé en recobrar, con el completo uso
-de mis facultades, la idea perfecta de la terrible situación, solo
-olvidada durante un rato de marasmo físico y de turbación mental. Oí
-distintamente las dos en un reloj cercano, y observé el sitio en que me
-encontraba, el cual no era otro que la plazuela del Barranco, inmediata
-a los Caños del Peral. Contemplar mental y retrospectivamente cuanto
-había pasado; medir con el pensamiento la distancia que me separaba
-de la Montaña, y correr hacia allá, todo pasó en el mismo instante.
-Sentíame ágil; la desesperación aligeraba tanto mis pasos, que en
-poco tiempo llegué al fin de mi viaje; y en la portalada que daba a
-la huerta del Príncipe Pío vi<span class="pagenum" id="Page_277">p.
-277</span> tanta gente curiosa, que era difícil acercarse. Yo lo
-hice, a pesar de los obstáculos, y habría sido preciso matarme para
-hacerme retroceder. Las mujeres allí reunidas daban cuenta de los
-desgraciados que habían visto penetrar para no salir más. Desde luego
-quise introducirme, e intenté conmover a los centinelas con ruegos,
-con llantos, con razones, hasta con amenazas; Pero mis esfuerzos eran
-inútiles, y cuanto más clamaba, más enérgicamente me impelían hacia
-afuera. Después de forcejear un rato, la desesperación y la rabia me
-sugirieron estas palabras que dirigí al centinela:</p>
-
-<p>—Déjeme entrar. Vengo a que me fusilen.</p>
-
-<p>El centinela me miró con lástima, y apartome con la culata de su
-fusil.</p>
-
-<p>—¡Tienes lástima de mí —continué— y no la tienes de los que busco!
-No, no tengas lástima. Yo quiero entrar. Quiero ser arcabuceado con
-ellos.</p>
-
-<p>Fui nuevamente rechazado; pero de tal modo me dominaba el deseo
-de penetrar, y tan terriblemente pesaba sobre mi espíritu aquella
-horrorosa incertidumbre, que la vida me parecía precio mezquino para
-comprar el ingreso de la funesta puerta, tras la cual agonizaban o se
-disponían a la muerte mis dos amigos.</p>
-
-<p>Desde fuera escuchaba un sordo murmullo, lúgubre concierto de
-plegarias dolorosas y de violentas imprecaciones. Tan pronto me
-apartaba de la puerta como a ella volvía a suplicar de nuevo, y la
-angustia me sugería razones incontestables para cualquiera, menos
-para los franceses. Ya golpeaba la pared con mi cabeza.<span
-class="pagenum" id="Page_278">p. 278</span> Ya clavábame las uñas en
-mi propio cuerpo hasta hacerme sangre; medía con la vista la altura de
-la tapia, aspirando a franquearla de un vuelo; iba y venía sin cesar,
-insultando a los afligidos circunstantes, y miraba el negro cielo, por
-entre cuyos apelmazados celajes creía distinguir, danzando en veloz
-carrera, una turba de mofadores demonios.</p>
-
-<p>Suplicaba otra vez al centinela, diciéndole:</p>
-
-<p>—¿Por qué no me fusiláis? ¿Por qué no entro, para que me maten con
-mis amigos? ¡Asesinos de Madrid! ¿Sabéis para qué quiero yo a vuestro
-Emperador? Para esto.</p>
-
-<p>Y escupía con rabia a los pies de los soldados, que sin duda me
-tenían por loco. Luego, concibiendo una idea que me parecía salvadora,
-registré ávidamente mis bolsillos, como si en ellos encerrase un
-tesoro, y sacando la navaja de Chinitas, que aún conservaba, exclamé
-con febril alegría:</p>
-
-<p>—¡Ah! ¿No veis lo que tengo aquí? Una navaja, un cuchillo aún
-manchado de sangre. Con él he matado muchos franceses, y mataría al
-mismo Napoleón I. ¿No prendéis a todo el que lleva armas? Pues aquí
-estoy. Torpes: habéis cogido a tantos inocentes, y a mí me dejáis
-suelto por las calles... ¿No me andábais buscando? Pues aquí estoy.
-Ved, ved el cuchillo: aún gotea sangre.</p>
-
-<p>Tan convincentes razones me valieron el ser aprehendido, y al
-fin penetré en la huerta. Apenas había dado algunos pasos hacia las
-personas que confusamente distinguía delante de mí, cuando un vivo
-gozo inundó mi alma.<span class="pagenum" id="Page_279">p. 279</span>
-Inés y D. Celestino estaban allí, ¡pero de qué manera! En el momento
-de entrar yo, a ambos les ataban, como eslabones de la humana cadena
-que iba a ser entregada al suplicio. Me arrojé en sus brazos, y por un
-momento, estrechados con inmenso amor, los tres no fuimos más que uno
-solo. Inés empezó a llorar amargamente; mas el clérigo conservaba su
-semblante sereno.</p>
-
-<p>—Desde que le has visto, Inés, has perdido la serenidad —dijo
-gravemente—. Ya no estamos en la tierra. Dios aguarda a sus queridos
-mártires, y la palma que merecemos nos obliga a rechazar todo
-sentimiento que sea de este mando.</p>
-
-<p>—¡Inés! —exclamé con el dolor más vivo que he sentido en toda mi
-vida—. ¡Inés! Después de verte en esta situación, ¿qué puedo hacer sino
-morir?</p>
-
-<p>Y luego, volviéndome a los franceses ebrio de coraje, y sintiéndome
-con un valor inmenso, extraordinario, sobrehumano, exclamé:</p>
-
-<p>—Canallas, cobardes, verdugos, ¿creéis que tengo miedo a la muerte?
-Haced fuego de una vez y acabad con nosotros.</p>
-
-<p>Mi furor no irritaba a los franceses, que hacían los preparativos
-del sacrificio con frialdad horripilante. Lleváronme a presencia de
-uno, el cual, después de decirme algunas palabras, me envió ante otro,
-que al fin decidió de mi suerte. Al poco rato me vi puesto en fila
-junto al clérigo, cuya mano estrechó la mía.</p>
-
-<p>—¿Cuándo te cogieron? ¿Te encontraron algún arma, desgraciado? —me
-dijo—. Pero no<span class="pagenum" id="Page_280">p. 280</span> es
-esta ocasión de mostrar odio, sino resignación. Vamos a entrar en nueva
-y más gloriosa vida. Dios ha querido que nuestra existencia acabe en
-este día, y nos ha dado el laurel de mártires por la patria, que todos
-no tienen la dicha de alcanzar. Gabriel, eleva tu mente al Cielo. Tú
-estás libre de todo pecado, y yo te absuelvo. Hijo mío, este trance
-es terrible; pero tras él viene la bienaventuranza eterna. Sigue el
-ejemplo de Inés. Y tú, hija mía, la más inocente de todas las víctimas
-inmoladas en este día, implora por nosotros si, como creo, llegas la
-primera al goce de la eterna dicha.</p>
-
-<p>Sin atender a las razones de mi amigo, yo me empeñaba en hablar
-con Inés, en distraerla de su devoto recogimiento, en pretender que
-dirigiera a mí las palabras que a Dios sin duda dirigía, en obligarla
-a alzar los ojos y mirarme, pues sin esto yo me sentía incapaz de
-contrición.</p>
-
-<p>Un oficial francés nos pasó una especie de revista, examinándonos
-uno a uno.</p>
-
-<p>—¿Para qué prolongáis nuestro martirio? —exclamé sin poderme
-contener, viendo sobre mí la impertinente mirada del francés—. Todos
-somos españoles, todos somos españoles; todos hemos luchado contra
-vosotros. Por cada vida que ahoguéis en sangre, renacerán otras mil que
-al fin acabarán con vosotros, y ninguno de los que estáis aquí verá la
-casa en que nació.</p>
-
-<p>—Gabriel, modérate y perdónales como les perdono yo —me dijo el
-cura—. ¿Qué te importa esa gente? ¿Para qué les afeas su pasado,
-si<span class="pagenum" id="Page_281">p. 281</span> harto lo verán
-en el espejo turbio de su conciencia? ¿Qué importa morir? Hijo mío,
-destruirán nuestros cuerpos, pero no nuestra alma inmortal, que Dios
-ha de recibir en su seno. Perdónalos; haz lo que yo, que pienso pedir
-a Dios por los enemigos del Príncipe de la Paz, mi amigo y hasta
-pariente; por Santurrias, por el licenciado Lobo, por los tíos de
-Inesilla, y hasta por los franceses que nos quieren quitar nuestra
-patria. Mi conciencia está más serena que ese cielo que tenemos sobre
-nuestras cabezas, y en cuyo horizonte aparece ya la aurora del nuevo
-día. Lo mismo están nuestras almas, Gabriel, y en ellas despuntan ya
-los primeros resplandores del día sin fin.</p>
-
-<p>—Ya amanece —dije mirando a oriente—. Inés: no bajes los ojos, por
-Dios, y mírame; estréchate más contra nosotros.</p>
-
-<p>—Procura serenar tu conciencia, hijo mío —continuó el clérigo—. La
-mía está serena. No, no he manchado mis manos con sangre, porque soy
-sacerdote; me encontraron un cuchillo, mas no era mío. Yo cumplí mi
-deber, que era arengar a aquellos valientes, y si ahora me soltaran
-acudiría de pueblo en pueblo repitiendo aquello de <i>Dulce et decorum
-est</i> del gran latino. Únicamente me arrepiento de no haber advertido
-a tiempo al señor Príncipe. ¡Ah! si él hubiera puesto en la cárcel a
-aquellos perdidos... tal vez no habría caído, tal vez no habría sido
-Rey Fernando VII, tal vez no habrían venido los franceses... tal vez...
-Pero Dios lo ha querido así... Verdad es que si yo hubiera vencido
-la cortedad de mi genio... si<span class="pagenum" id="Page_282">p.
-282</span> yo hubiera prevenido a Su Alteza, que me quería tanto...
-¡Ah! no nos ocupemos ya más que de morir y perdonar. ¡Ah, Gabriel!
-Haz lo que yo, y verás con qué tranquilidad recibes la muerte. ¿Ves a
-Inés? ¿No parece su cara la de un ángel celeste? ¿No la ves cómo está
-tranquila en su recogimiento, y digna y circunspecta sin afectación?
-¿No la ves cómo contempla a los franceses sin odio, y suspira
-dulcemente, animándonos con su mirada?</p>
-
-<p>—¡Inés —exclamé yo, sin poder adquirir nunca la serenidad que D.
-Celestino me pedía—, tú no debes morir, tú no morirás! Señor oficial,
-fusiladnos a todos, fusilad al mundo entero; pero poned en libertad a
-esta infeliz muchacha, que nada ha hecho. Así como digo y repito y juro
-que he matado yo más de cincuenta franceses, digo y repito y juro que
-Inés no arrojó a la calle ningún caldero de agua hirviendo, como han
-dicho.</p>
-
-<p>El francés miró a Inés, y viéndola tan humilde, tan resignada, tan
-bella, tan dulcemente triste en su disposición para la muerte, no
-pudo menos de mostrarse algo compasivo. D. Celestino, viendo aquella
-inclinación favorable, se echó a llorar, y dijo también: «todos
-nosotros hemos pecado; pero Inés es inocente.» Las lágrimas del anciano
-produjeron en mí trastorno tan vivo, que de improviso, a la tirantez
-colérica de mi irritado ánimo, sucedió una expansión tranquila, aunque
-penosísima; un reblandecimiento, si así puede decirse, de mi dolor
-endurecido.</p>
-
-<p>—Inés es inocente —exclamé de nuevo—. ¿No<span class="pagenum"
-id="Page_283">p. 283</span> veis su semblante, señores oficiales? ¡Ah!
-sois unos caballeros muy decentes y muy honrados, y no podéis cometer
-la villanía de asesinar a esta niña.</p>
-
-<p>—Nosotros no valemos para nada —dijo el clérigo con voz
-balbuciente—. Mátennos en buen hora, porque somos hombres, y el que
-más y el que menos... Pero ella... señores militares... Me parece que
-son ustedes unas personas muy finas... pues... ¡Ah! Inés es inocente.
-No tienen ustedes conciencia; ¿no tienen en su corazón una voz que les
-dice que esa jovencita es inocente?</p>
-
-<p>El oficial, más inclinado a la compasión, pareció hasta conmovido.
-Acercándose, miró a Inés con interés.</p>
-
-<p>Mas la huérfana se abrazó a nosotros en el momento en que los
-granaderos formaron la horrenda fila. Yo miraba todo aquello con ojos
-absortos, y sentíame nuevamente aletargado, con algo como enajenación o
-delirio en mi cabeza.</p>
-
-<p>Vi que se acercó otro oficial con una linterna, seguido de dos
-hombres, uno de los cuales nos examinó ansiosamente, y al llegar a
-Inés, parose y dijo: «Esta.»</p>
-
-<p>Era Juan de Dios, acompañado del licenciado Lobo y de aquel mismo
-oficial francés que varias veces le visitó en nuestra tienda.</p>
-
-<p>Lo que entonces pasó se me representa siempre en formas vagas, como
-las que pasea la mentirosa fiebre ante nuestros ojos cuando estamos
-enfermos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch34">
- <p><span class="pagenum" id="Page_284">p. 284</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXXIV</h2>
-</div>
-
-<p>El oficial recién venido y el que antes nos custodiaba hablaron un
-instante con precipitación. El segundo dirigiose en seguida a desatar a
-Inés para entregarla a su amigo. ¡Momento inexplicable! Inés no quería
-separarse de nosotros, y abrazándonos, se aferraba a la muerte con
-sus manos ya libres. Un violento, un irresistible egoísmo, que hundía
-sus poderosas raíces hasta lo más profundo de mi ser, se apoderó de
-mí. No sé qué íntima fuerza desarrollada de súbito me permitió romper
-la ligadura de un brazo, y pude asir fuertemente a Inés, mientras con
-angustiosa impaciencia miraba los fusiles del pelotón de granaderos.</p>
-
-<p>¡Instante terrible, cuyo recuerdo hiela la sangre en las venas y
-paraliza el corazón, simulando la muerte! Aunque la infeliz quería
-compartir nuestra suerte, la tardía compasión de nuestros asesinos nos
-la quitaba. Ella, durante la breve lucha, dijo algo que no sé recordar.
-Yo también pronuncié palabras de que hoy no puedo darme cuenta. Pero
-nos la quitaron: no olvidé nunca la extraña sensación que experimenté
-al perder el calor de sus manos y de su cara. Yo estaba como loco. Pero
-la vi claramente cuando se la llevaron, cuando desapareció de entre las
-filas, arrastrada, sostenida, cargada por Juan de Dios.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_285">p. 285</span>Y al ver esto
-sentí un estruendo horroroso; después un zumbido dentro de la cabeza,
-y un hervidero en todo el cuerpo; después un calor intenso, seguido
-de penetrante frío; después una sensación inexplicable, como si algo
-rozara por toda mi epidermis; después un vapor dentro del pecho que
-subía invadiendo mi cabeza, una debilidad incomprensible que me hacía
-el efecto de quedarme sin piernas; después una palpitación vivísima
-en el corazón, y un súbito detenimiento en el latido de esta víscera;
-después la pérdida de toda sensación en el cuerpo, y en el busto,
-y en el cuello, y en la boca, la inconsciencia de tener cabeza, la
-absoluta reconcentración de todo yo en mi pensamiento; después unas
-como ondulaciones concéntricas en mi cerebro, parecidas a las que forma
-una piedra cayendo al mar; después un chisporroteo colosal que difundía
-por espacios mayores que cielo y tierra juntos la imagen de Inés en
-doscientos mil millones de luces... oscuridad profunda, misteriosamente
-asociada a un agudísimo dolor en las sienes... un vago reposo, una
-extinción rápida, un olvido creciente, invasor, y, por último, nada,
-absolutamente nada.</p>
-
-<p class="smaller mt2">Madrid, julio de 1873.</p>
-
-
-<p class="fin">FIN DE «EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<hr class="full" />
-
-<div lang='en' xml:lang='en'>
-<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO</span> ***</div>
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-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg&#8482;
-</div>
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-Project Gutenberg&#8482; is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg&#8482;&#8217;s
-goals and ensuring that the Project Gutenberg&#8482; collection will
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-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg&#8482; and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org.
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation&#8217;s EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state&#8217;s laws.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation&#8217;s business office is located at 809 North 1500 West,
-Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
-to date contact information can be found at the Foundation&#8217;s website
-and official page at www.gutenberg.org/contact
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; depends upon and cannot survive without widespread
-public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state
-visit <a href="https://www.gutenberg.org/donate/">www.gutenberg.org/donate</a>.
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-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-</div>
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-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
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-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 5. General Information About Project Gutenberg&#8482; electronic works
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg&#8482; concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg&#8482; eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
-</div>
-
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-Project Gutenberg&#8482; eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
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-edition.
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