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If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this eBook. - -Title: El 19 de marzo y el 2 de mayo - -Author: Benito Pérez Galdós - -Release Date: January 17, 2022 [eBook #67189] - -Language: Spanish - -Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading - Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from - images generously made available by The Internet - Archive/Canadian Libraries) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE -MAYO *** - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han - convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos. - - * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con - las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. - - * Los entrecomillados han sido convertidos en rayas iniciales de - diálogo donde el texto adopta forma dialogada. Las restantes rayas - han sido espaciadas según los usos ortotipográficos más recientes. - - * Una página en blanco ha sido eliminada. - - - - - EPISODIOS NACIONALES - - EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO - - - - - Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán - furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor. - - -Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33. - - - - - B. PÉREZ GALDÓS - EPISODIOS NACIONALES - PRIMERA SERIE - - EL 19 DE MARZO - Y EL - 2 DE MAYO - - 44.000 - - [Ilustración] - - MADRID - PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA - (Sucesores de Hernando) - ARENAL, 11 - 1907 - - - - -EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO - -I - - -En marzo de 1808, y cuando habían transcurrido cuatro meses desde que -empecé a trabajar en el oficio de cajista, ya componía con mediana -destreza, y ganaba tres reales por ciento de líneas en la imprenta del -_Diario de Madrid_. No me parecía muy bien aplicada mi laboriosidad, -ni de gran porvenir la carrera tipográfica; pues aunque toda ella -estriba en el manejo de las letras, más tiene de embrutecedora que de -instructiva. Así es que sin dejar el trabajo ni aflojar mi persistente -aplicación, buscaba con el pensamiento horizontes más lejanos y esfera -más honrosa que aquella de nuestra limitada, oscura y sofocante -imprenta. - -Mi vida al principio era tan triste y tan uniforme como aquel oficio, -que en sus rudimentos esclaviza la inteligencia sin entretenerla; pero -cuando había adquirido alguna práctica en tan fastidiosa manipulación, -mi espíritu aprendió a quedarse libre, mientras las veinticinco -letras, escapándose por entre mis dedos, pasaban de la caja al -molde. Bastábame, pues, aquella libertad para soportar con paciencia -la esclavitud del sótano en que trabajábamos, el fastidio de la -composición y las impertinencias de nuestro regente, un negro y tiznado -cíclope, más propio de una herrería que de una imprenta. - -Necesito explicarme mejor. Yo pensaba en la huérfana Inés, y todos -los organismos de mi vida espiritual describían sus amplias órbitas -alrededor de la imagen de mi discreta amiga, como los mundos -subalternos que voltean sin cesar en torno del astro que es base del -sistema. Cuando mis compañeros de trabajo hablaban de sus amores o de -sus trapicheos, yo, necesitando comunicarme con alguien, les contaba -todo sin hacerme de rogar, diciéndoles: - ---Mi amiga está en Aranjuez con su reverendo tío, el Padre D. Celestino -Santos del Malvar, uno de los mejores latinos que ha echado Dios al -mundo. La infeliz Inés es huérfana y pobre; pero no por eso dejará de -ser mi mujer, con la ayuda de Dios, que hace grandes a los pequeños. -Tiene diez y seis años, es decir, uno menos que yo, y es tan linda, que -avergüenza con su carita a todas las rosas del Real Sitio. Pero díganme -ustedes, señores, ¿qué vale su hermosura comparada con su talento? Inés -es un asombro, es un prodigio; Inés vale más que todos los sabios, sin -que nadie la haya enseñado nada. Todo lo saca de su cabeza, y todo lo -aprendió hace cientos de miles de años. - -Cuando no me ocupaba en estas alabanzas, departía mentalmente con -ella. En tanto las letras pasaban por mi mano, trocándose de brutal -y muda materia en elocuente lenguaje escrito. ¡Cuánta animación en -aquella masa caótica! En la caja, cada signo parecía representar los -elementos de la creación, arrojados aquí y allí, antes de empezar la -grande obra. Poníalos yo en movimiento, y de aquellos pedazos de plomo -surgían sílabas, voces, ideas, juicios, frases, oraciones, períodos, -párrafos, capítulos, discursos, la palabra humana en toda su majestad; -y después, cuando el molde había hecho su papel mecánico, mis dedos -lo descomponían, distribuyendo las letras: cada cual se iba a su -casilla, como los simples que el químico guarda después de separados; -los caracteres perdían su sentido, es decir, su alma, y tornando a ser -plomo puro, caían mudos e insignificantes en la caja. - -¡Aquellos pensamientos y este mecanismo todas las horas, todos los -días, semana tras semana, mes tras mes!... Verdad es que las alegrías, -el inefable gozo de los domingos compensaban todas las tristezas -y angustiosas cavilaciones de los demás días. ¡Ah! permitid a mi -ancianidad que se extasíe con tales recuerdos; permitid a esta negra -nube que se alboroce y se ilumine traspasada por un rayo de sol. Los -sábados eran para mí de una belleza incomparable: su luz me parecía más -clara, su ambiente más puro; y en tanto, ¿quién podía dudar que los -rostros de las gentes eran más alegres y el aspecto de la ciudad más -alegre también? - -Pero la alegría no estaba sino en mi alma. El sábado es el precursor -del domingo, y a eso del mediodía comenzaban mis preparativos de viaje, -de aquel viaje al cielo que mi imaginación renueva hoy, sesenta y cinco -años después. Aún me parece que estoy tratando con los trajineros de -la calle Angosta de San Bernardo sobre las condiciones del viaje: me -ajusto al fin, y no puedo menos de disertar un buen rato con ellos -acerca de las probabilidades de que tengamos una hermosa noche para la -expedición. En seguida me lavo una, dos, tres, cuatro veces, hasta que -desaparezcan de mi cara y manos las últimas huellas de la aborrecida -tinta, y me paseo por Madrid esperando que llegue la noche. Duermo un -poco, si la inquietud me lo permite, y cuando el reloj del Buen Suceso -da las doce campanadas más alegres que han retumbado en mi cerebro, me -visto a toda prisa con mi traje nuevo; corro al lado de aquellos buenos -arrieros, que son sin disputa los mejores hombres de la tierra; subo al -carromato, y ya estoy en viaje. - -Con voluble atención observo todos los accidentes del camino, y mis -preguntas marean y enfadan a los conductores. Pasamos el Puente de -Toledo; dejamos a derecha mano los caminos de Carabanchel y de Toledo, -el portazgo de las Delicias, el ventorrillo de León; las ventas de -Villaverde van quedando a nuestra espalda; dejamos a la derecha los -caminos de Getafe y de Parla, y en la venta de Pinto descansan un -poco las caballerías. Valdemoro nos ve pasar por su augusto recinto, y -la casa de Postas de Espartinas ofrece nuevo descanso a las perezosas -mulas. Por fin nos amanece bajando la cuesta de la Reina, desde donde -la vista abarca toda la extensión del inmenso valle en que se juntan -Tajo y Jarama; atravesamos el famoso puente largo; entramos más tarde -en la calle Larga, y al fin ponemos el pie en la plaza del Real Sitio. - -Mis miradas buscan entre los árboles y sobre las techumbres la modesta -torre de la iglesia. Corro allá. El Sr. D. Celestino está en la misa, -que por ser día festivo es cantada. Desde la puerta oigo la voz del -tío de Inés, que exclama: _Gloria in excelsis Deo_. Yo también canto -_gloria_ en voz baja, y entro en la iglesia. Una alegría solemne y -grave, que da idea de la bienaventuranza eterna, llena aquel recinto -y se reproduce en mi alma como en un espejo. Los vidrios incoloros -permiten que entre abundante luz, y que se desparrame por la bóveda -desnuda, sin más pinturas que las del yeso mate. El altar mayor es -todo oro; los santos y retablos todos polvo: en el primero veo al -santo varón, que se vuelve hacia el pueblo y abre sus brazos; después -consume; suenan las campanillas dentro y las campanas fuera; se -arrodillan todos, golpeándose el pecho pecador. El oficio adelanta y -concluye: durante él he mirado sin cesar los grupos de mujeres sentadas -en el suelo, y de espaldas a mí: entre aquellos centenares de mantillas -negras distingo la que cubre la hermosa cabeza de Inés. La conocería -entre mil. - -Inés se levanta cuando todo ha concluido, y sus ojos me buscan entre -los hombres, como los míos la buscan entre las mujeres. Por fin me ve, -nos vemos; pero no nos decimos una palabra. La ofrezco agua bendita, y -salimos. Parece que nuestras primeras palabras al vernos juntos han de -ser arrebatadas y vehementes; pero no decimos cosa alguna que no sea -insignificante. Nos reímos de todo. - -La casa está a espalda de la iglesia, y entramos en ella cogidos de las -manos. Hay un patio con un ancho corredor, en cuyos gruesos pilares -retuerce sus brazos negros, ásperos y leñosos una vieja parra, junto a -un jazmín que aguarda la primavera para echar al mundo sus mil flores. -Subimos, y allí nos recibe Don Celestino, cuyo cuerpo no se cubre ya -con la sotana verdinegra de antaño, sino con otra flamante. Comemos -juntos, y luego los tres, Inés y yo delante, él detrás apoyándose en su -bastón, nos vamos a pasear al jardín del Príncipe, si hace buen tiempo -y los pisos están secos. Inés y yo charlamos con los ojos o con las -palabras; pero no quiero referir ahora nuestros poemas. A cada instante -el Padre Celestino nos dice que no andemos tan a prisa, porque no puede -seguirnos, y nosotros, que desearíamos volar, detenemos el paso. Por -último, nos sentamos a orillas del río, y en el sitio en que el Tajo y -el Jarama, encontrándose de improviso, y cuando seguramente el uno no -tenía noticias de la existencia del otro, se abrazan y confunden sus -aguas en una sola corriente, haciendo de dos vidas una sola. Tan exacta -imagen de nosotros mismos, no puede menos de ocurrírsele a Inés al -mismo tiempo que a mí. - -El día se va acabando, porque aunque a nuestros corazones les parezca -lo contrario, no hay razón ninguna para que se altere el sistema -planetario, dando a aquel día más horas que las que le corresponden. -Viene la tarde, el crepúsculo, la noche, y yo me despido para volver a -mis galeras; estoy pensativo, hablo mil desatinos, y a veces me parece -que me siento muy alegre, a veces muy triste. - -Regreso a Madrid por el mismo camino, y vuelvo a mi posada. Es lunes, -día que tiene un semblante antipático, día de somnolencia, de malestar, -de pereza y aburrimiento; pero necesito volver al trabajo, y la caja -me ofrece sus letras de plomo, que no aguardan más que mis manos para -juntarse y hablar; pero mi mano no conoce en los primeros momentos sino -cuatro de aquellos negros signos que al punto se reúnen para formar -este solo nombre: Inés. - -Siento un golpe en el hombro: es el cíclope o regente que me llama -holgazán, y me pone delante un papelejo manuscrito que debo componer al -instante. Es uno de aquellos interesantes y conmovedores anuncios del -Diario de Madrid, que dicen: - - «_Se necesita un joven de diez y siete a diez y ocho años, que sepa - de cuentas, afeitar, algo de peinar, aunque solo sea de hombre, y - guisar si se ofreciere. El que tenga estas partes, y además buenos - informes, puede dirigirse a la calle de la Sal, número 5, frente - a los peineros, lonja de lanería y pañolería de Don Mauro Requejo, - donde se tratará del salario y demás._» - -Al leer el nombre del tendero, un recuerdo viene a mi mente. «D. Mauro -Requejo --digo--. Yo he oído este nombre en alguna parte.» - - - - -II - - -He recordado días tan felices, y ahora me corresponde contar lo que -me pasó en uno de aquellos viajes. No se olvide que he empezado mi -narración en marzo de 1808, y cuando yo había honrado el Real Sitio con -diez o doce de mis visitas. En el día a que me refiero, llegué cuando -la misa había concluido, y desde el portal de la casa un armonioso -son de flauta me anunció que D. Celestino estaba tan alegre como -de costumbre, señal de que nada desagradable ocurría en la modesta -familia. Inés salió a recibirme, y hechos los primeros cumplidos, me -dijo: - ---El tío Celestino ha recibido una carta de Madrid, que le ha puesto -muy alegre. - ---¿De quién? --pregunté. - ---No me lo ha dicho su merced, ni tampoco lo que la carta reza; pero él -está contento y... dice que la carta trae muy buenas noticias para mí. - ---Eso es particular --añadí confundido--. ¿Quién puede escribir desde -Madrid cartas que a ti te traigan buenas noticias? - ---No sé; pero pronto saldremos de dudas --repuso Inés--. El tío me -dijo: «Cuando venga Gabriel y nos sentemos a la mesa, os contaré lo que -dice la carta. Es cosa que interesa a los tres: a ti principalmente, -porque eres la favorecida; a mí porque soy tu tío, y a él porque va a -ser tu novio cuando tenga edad para ello.» - -No hablamos más del caso, y entré en el cuarto del buen sacerdote y -humanista. Una cama, cubierta de blanquísima colcha rameada de verde, -ocupaba el primer puesto en el reducido local. La mesa de pino con -dos o tres sillas que le servían de simétrica compañía, llenaba el -resto, y aún quedaba espacio para una cómoda estrambótica, con chapas -y remiendos de diversos palos y metales. Completaban tan modesto ajuar -un crucifijo y una virgen vestida de terciopelo, y acribillada de -espadas y rayos, ambas imágenes con sendos ramos de carrasca o de olivo -clavados en varios agujeritos que para el caso tenían las peanas. Los -libros, que eran muchos, no cubrían, por el orden de su colocación, más -que media mesa y media cómoda, dejando hueco para algunos papeles de -música y otros en que borrajeaba versos latinos el buen cura. Desde la -ventana se veía un huerto no mal cultivado, y a lo lejos las elevadas -puntas de aquellos olmos eminentes que guarnecen, como hileras de -gigantescos centinelas, todas las avenidas del Real Sitio. Tal era la -habitación del Padre Celestino. - -Sentámonos los tres, y el tío de Inés me dijo: - ---Gabrielillo: tengo que leerte una poesía latina que he compuesto en -loor del serenísimo señor Príncipe de la Paz, mi paisano, amigo y aun -creo que pariente. Me ha costado una semanita de trabajo; que componer -versos latinos no es soplar a los buñuelos. Verás, te la voy a leer, -pues aunque tú no eres hombre de letras, qué sé yo... tienes un pícaro -gancho para comprender las cosas... Luego pienso enviarla a Sánchez -Barbero, el primero de los poetas españoles desde que hay poesía en -España; y no me hablen a mí de Fray Luis de León, de Rioja, de Herrera, -ni de todos esos que compusieron en romance. Fruslerías y juegos de -chicos. Un verso latino de Sánchez Barbero vale más que toda esa jerga -de epístolas, sonetos, silvas, églogas, canciones con que se emboba el -vulgo ignorante... Pero vuelvo a lo que decía, y es que antes que aquel -fénix de los modernos ingenios la examine, quiero leértela a ti a ver -qué te parece. - ---Pero, Sr. D. Celestino, si yo no sé ni una palabra en latín, a no ser -_Dominus vobiscum_ y _bóbilis bóbilis_. - ---Eso no importa. Precisamente los profanos son los que mejor pueden -apreciar la armonía, la rimbombancia, el _ore rotundo_, con que tales -versos deben escribirse --dijo el clérigo con tenacidad implacable. - -Inés me dirigió una mirada en que me recomendaba, con su habitual -sabiduría, la abnegación y la paciencia para soportar al prójimo -impertinente. Ambos prestamos atención, y D. Celestino nos leyó -unos cuatrocientos versos, que sonaban en mi oído como una serie de -modulaciones sin sentido. Él parecía muy satisfecho, y a cada instante -interrumpía su lectura para decirnos: - ---¿Qué os parece ese pasajillo? Inés: a esa figura llamamos -_litote_, y a este paloteo de las palabras para imitar los ruidos -del mar tempestuoso de la nación cuando lo surca la nave del -Estado, diestramente guiada por el timonel que yo me sé, se llama -_onomatopeya_, la cual figura va encajada en otra, que es la _alegoría_. - -Así nos fue leyendo toda la composición, de la cual figúrense ustedes -lo que entenderíamos. Aún conservo en mi poder la obra de nuestro -amigo, que empieza así: - - _Te, Godoie, canam: pacis tua munera cœlo_ - _Inserere ægrediar; per te Pax alma biformem_ - _Vincla recusantem conduxit carcere Janum._ - . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . - -Cuatrocientos versos por este estilo nos tragamos Inés y yo, siendo -de notar que ella atendía a la lectura con tanta formalidad como si -la comprendiera, y aun en los pasajes más ruidosos hacía señales de -asentimiento y elogio para contentar al pobre viejo: ¡tal era su -discreción! - ---Puesto que os ha agradado tanto, hijos míos --dijo D. Celestino -guardando su manuscrito--, otro día os leeré parte del poema. Lo dejo -para mejor ocasión y así se comparte el placer entre varios días, -evitando el empacho que produce la sucesión de manjares demasiado -dulces y apetitosos. - ---¿Y piensa usted leérsela también al Príncipe de la Paz? - ---¿Pues para qué la he escrito? A Su Alteza Serenísima le encantan los -versos latinos... porque es un gran latino... y pienso darle un buen -rato uno de estos días. Y a propósito, ¿qué se dice por Madrid? Aquí -está la gente bastante alarmada. ¿Pasa allá lo mismo? - ---Allá no saben qué pensar. Figúrese usted, la cosa no es para menos. -Temen a los franceses, que están entrando en España a más y mejor. -Dicen que el Rey no dio permiso para que entrara tanta gente, y parece -que Napoleón se burla de la Corte de España, y no hace maldito caso de -lo que trató con ella. - ---Es gente de pocos alcances la que tal dice --repuso D. Celestino--. -Ya saben Godoy y Bonaparte lo que se hacen. Aquí todos quieren saber -tanto como los que mandan; de modo que se oyen unos disparates... - ---Lo de Portugal ha resultado muy distinto de lo que se creía. Un -general francés se plantó allá, y cuando la familia real se marchó para -América, dijo: «Aquí no manda nadie más que el Emperador, y yo en su -nombre. Vengan cuatrocientos milloncitos de reales; vengan los bienes -de los nobles que se han ido al Brasil con la familia real.» - ---No juzguemos por las apariencias --dijo D. Celestino--: sabe Dios lo -que habrá en eso. - ---En España van a hacer lo mismo --añadí--; y como los Reyes están -llenos de miedo, y el Príncipe de la Paz tan aturrullado, que no sabe -qué hacer... - ---¿Qué estás diciendo, tontuelo? ¿Cómo tratas con tan poco respeto a -ese espejo de los diplomáticos, a esa natilla de los ministros? ¿Que no -sabe lo que se hace? - ---Lo dicho, dicho. Napoleón les engaña a todos. En Madrid hay muchos -que se alegran de ver entrar tanta tropa francesa, porque creen que -viene a poner en el trono al Príncipe Fernando. ¡Buenos tontos están! - ---¡Tontos, mentecatos, imbéciles! --exclamó con enfado el Padre -Celestino. - ---Lo que fuere sonará. Si vienen con buen fin esos caballeros, ¿por -qué se apoderan por sorpresa de las principales plazas y fortalezas? -Primero se metieron en Pamplona, engañando a la guarnición; después se -colaron en Barcelona, donde hay un castillo muy grande que llaman el -Montjuich. Después fueron a otro castillo que hay en Figueras, el cual -no es menos grande, el mayor del mundo, según dice Pacorro Chinitas, -y lo cogieron también, y, por último, se han metido en San Sebastián. -Digan lo que quieran, esos hombres no vienen como amigos. El ejército -español está trinando: sobre todo, hay que oír a los oficiales que -vienen del Norte y han visto a los franceses en las plazas fuertes... -le digo a usted que echan chispas. El Gobierno del Rey Carlos IV está -que no le llega la camisa al cuerpo, y todos conocen la barbaridad que -han hecho dejando entrar a los franceses; pero ya no tiene remedio... -¿Sabe usted lo que se dice por Madrid? - ---¿Qué, hijo mío? Sin duda alguna de esas vulgarísimas aberraciones -propias de entendimientos romos. Ya lo he dicho: nosotros no entendemos -de negocios de Estado; ¿a qué viene el comentar las combinaciones y -planes de esos hombres eminentes, que se desviven por hacernos felices? - ---Pues allá dicen que la familia real de España, viéndose cogida en la -red por Bonaparte, ha determinado marcharse a América, y que no tardará -en salir de Aranjuez para Cádiz. Por supuesto, los partidarios del -Príncipe Fernando se alegran, y creen que esto les viene de perillas -para que el otro suba al trono. - ---¡Necios, mentecatos! --exclamó el tío de Inés, incomodándose de -nuevo--. ¡Pensar que había de consentir tal cosa el señor Príncipe -de la Paz, mi paisano, mi amigo y aun creo que pariente!... Pero no -nos incomodemos fuera de tiempo, Gabriel, y por cosas que no hemos de -resolver nosotros. Vamos a comer, que ya es hora, y el cuerpo lo pide. - -Inés, que se había retirado un momento antes, volvió a decirnos que la -comida estaba pronta. Durante ella, el respetable cura nos comunicó el -contenido de la misteriosa carta que había llegado a la casa por la -mañana. - ---Hijos míos --dijo cuando los tres habíamos tomado asiento--: voy a -participaros un suceso feliz; tú, Inesilla, regocíjate. La fortuna se -te entra por las puertas, y ahora vas a ver cómo Dios no abandona -nunca a los desvalidos y menesterosos. Ya sabes que tu buena madre, que -santa gloria haya, tenía un primo llamado D. Mauro Requejo, comerciante -en telas, cuya lonja, si no me engaño, cae hacia la calle de Postas, -esquina a la de la Sal. - ---D. Mauro Requejo... --dije yo recordando--, justamente. Doña Juana le -nombró delante de mí varias veces, y ahora caigo en que ese comerciante -pone en el _Diario_ unos anuncios que me dan bastante que hacer. - ---Le recuerdo --dijo Inés--. Él y su hermana eran los únicos parientes -que tenía mi madre en Madrid. Por cierto que siempre se negó a -favorecernos, aunque lo necesitábamos bastante: dos veces le vi en -casa. ¿Creería su merced que fue a consolarnos, a socorrernos? No: fue -a que mi madre le hiciera algunas piezas de ropa, y después de regatear -el precio, no pagó más que la mitad de lo tratado, y decía: «De algo -ha de servir el parentesco.» Él y su hermana no hablaban más que de -su honradez o de lo mucho que habían adelantado en el comercio, y nos -echaban en cara nuestra pobreza, prohibiéndonos que fuéramos a su casa, -mientras no nos encontráramos en posición más desahogada. - ---Pues digo --afirmé con enfado-- que ese D. Mauro y su señora hermana -son dos grandísimos pillos. - ---Poco a poco --continuó el cura--. Déjenme acabar. El primo de tu -madre habrá faltado; pero lo que es ahora, sin duda, Dios le ha tocado -en el corazón, y se dispone a enmendar sus yerros, favoreciéndote -como buen pariente y hombre caritativo. Ya sabes que es bastante rico, -gracias a su laboriosidad y mucha economía. Pues bien: en la carta -que he recibido esta mañana me dice que quiere recogerte y ampararte -en su casa, donde estarás como una reina; donde no te faltará nada, -ni aun aquello de que gustan tanto las damiselas del día, tal como -joyas, trajes bonitos, perfumes primorosos, guantes y otras fruslerías. -En fin, Dios se ha acordado de ti, sobrinita. ¡Ah! ¡si vieras qué -interés tan grande demuestra por ti en sus cartas; qué alabanzas tan -calurosas hace de tus méritos; si vieras cómo te pone por esas nubes, -cómo lamenta tu orfandad y cómo se enternece considerando que eres de -su misma sangre, y que, a pesar de esta natural preeminencia, careces -de lo que a él le sobra! Te repito que trabajando mucho y ahorrando -más, el Sr. Requejo ha llegado a ser muy rico. ¡Qué porvenir te espera, -Inesilla! El párrafo más conmovedor de la carta de tus tíos --añadió -sacando la epístola-- es este: _¿A quién hemos de dejar lo que tenemos, -sino a nuestra querida sobrinita?_ - -Inés, confundida ante tan inesperado cambio en los sentimientos y en -la conducta de sus antes cruelísimos parientes, no sabía qué pensar. -Me miró, buscando sin duda en mis ojos algo que le diera luz sobre tan -inexplicable mudanza; mas yo, que algo creía comprender, me guardé muy -bien de dejarlo traslucir ni con palabras ni con gestos. - ---Estoy asombrada --dijo la muchacha--; y por fuerza, para que mis -tíos me quieran tanto, ha de haber algún motivo que no comprendemos. - ---No hay más sino que Dios les ha abierto los ojos --dijo D. Celestino, -firme en su ingenuo optimismo--. ¿Por qué hemos de pensar mal de todas -las cosas? D. Mauro es un hombre honrado: podrá tener sus defectillos; -pero ¿qué valen esos ligeros celajes del alma cuando está iluminada por -los resplandores de la caridad? - -Inés, mirándome, parecía decirme: - ---¿Y tú qué piensas? - -Algunos meses antes de aquel suceso, yo hubiera acogido las -proposiciones de D. Mauro Requejo con el imprevisor optimismo, -con el necio entusiasmo que afluían de mi alma juvenil ante los -acontecimientos nuevos e inesperados; pero los contratiempos me habían -dado alguna experiencia: conocía ya los rudimentos de la ciencia del -corazón, y el mío principiaba a reunir ese tesoro de desconfianzas, -merced a las cuales medimos los pasos peligrosos de la vida. Así es que -respondí sencillamente: - ---Puesto que ese tu reverendo tío era antes un bribón, no sé por qué -hemos de creerle santo ahora. - ---Tú eres un chicuelo sin experiencia --me dijo D. Celestino algo -enojado--, y yo no debiera consultar esto contigo. ¡Si sabré yo -distinguir lo verdadero de lo falso! Y sobre todo, Inés, si él quiere -favorecerte, poniéndote en pie de gente grande; si él quiere gastarse -sus ahorros con su querida sobrina, ¿por qué no lo has de aceptar? -Mucho más podría decirte; pero él mismo en persona te explicará mejor -el gran cariño que te tiene. - ---¿Pues qué --preguntó Inés turbada--, vendrá a Aranjuez? - ---Sí, chiquilla --repuso el clérigo--. Yo te reservaba esta noticia -para lo último. El domingo próximo tendrás el gusto de ver aquí a tu -amado tío y protector. ¡Ah, Inés! Mucho sentiré separarme de ti; pero -servirame de consuelo la idea de que estás contenta, de que disfrutas -mil comodidades que yo no te puedo dar. Y cuando este viejo incapaz -eche un paseíto a Madrid para visitarte, espero que le recibirás con -alegría y sin orgullo; espero que no te ofuscará la ruin vanidad al -considerarte en posición superior a la mía, porque tío por tío, hermano -soy de tu difunto padre, mientras que el otro... - -D. Celestino estaba conmovido, y yo también, aunque por distinta causa. - ---Sí --continuó el cura--. Dentro de ocho días tendremos aquí a ese -eminente tendero de la calle de la Sal. Me dice que habiendo comprado -unas tierras en Aranjuez, junto a la laguna de Ontígola, vendrá con -el doble objeto de conocer su finca y de verte. Él espera que irás a -Madrid en su compañía y en la de su hermana Doña Restituta, a quien -también tendremos el gusto de ver en casa. - -Después de oír esto, todos callamos. Revolviendo en mi cabeza extraños -y no muy alegres pensamientos, dije a Inés: - ---Pero ese hombre, ¿es casado? - -Ella leyó en mi interior con su intuición incomparable, y me respondió -con viveza: - ---Es viudo. - -Después volvimos a callar, y solo D. Celestino, tarareando una -antífona, interrumpía nuestro grave silencio. - - - - -III - - -Tristísimo sobre toda ponderación me volví a Madrid, y pasé toda la -semana meditabundo y como alelado, deseando y temiendo que el domingo -siguiente llegase, porque de un lado la curiosidad y de otro el temor -solicitaban mi espíritu. Tan grande era mi sobresalto en la noche del -sábado, que no pegué los ojos, y de madrugada me fui al mesón de la -calle de la Aduana a buscar un acomodo en cualquier galera que partiese -para el Real Sitio. Mi escasez de numerario me puso en peligro de no -poder ir, lo que me desesperaba y afligía extraordinariamente. - -Pero con ruegos y razones sutilísimas, unidas al poco dinero que tenía, -logré ablandar el corazón duro de un carromatero, que al fin consintió -en llevarme. Las tres mulas emplearon no sé si un siglo en el viaje. Yo -temía que se me adelantaran los tíos de Inés; pero no fue así. Cuando -llegué, D. Celestino estaba en la misa mayor: entré en la iglesia lo -mismo que los domingos anteriores; pero el templo me pareció triste y -fúnebre. Al salir di agua bendita a Inés, esperamos al buen párroco -en la puerta de la sacristía, y nos fuimos los tres a la casa. ¡Cosa -singular! No hablamos nada por el camino. Los tres suspirábamos. -Durante la comida traté de animar a los demás con fingido buen humor; -pero no pude conseguirlo. Viendo la tardanza de la anunciada visita, -yo creí que los Requejos no vendrían; pero mi alegría se disipó cuando -estábamos concluyendo de comer. De improviso sentimos ruido de voces en -el patio de la casa; levantámonos, y saliendo yo al corredor, oí una -voz hueca y áspera que decía: - ---¿Vive aquí el latino y músico D. Celestino Santos del Malvar, cura de -la parroquia? - -D. Mauro Requejo y su hermana Doña Restituta, tíos de Inés, habían -llegado. - -Entraron en la habitación donde estábamos, y al punto que D. Mauro -vio a su sobrina, dirigiose a ella con los brazos abiertos, y al -estrecharla en ellos, exclamó endulzando la voz: - ---¡Inés de mi alma, inocente hija de la pobre Juana! Al fin, al fin te -veo. Bendito sea Dios que este consuelo me da. ¡Qué linda eres! Ven, -déjame que te abrace otra vez. - -Doña Restituta hizo lo mismo, pero exagerando hasta lo sumo el mohín -lacrimoso de su rostro, así como la apretura de sus abrazos; y luego -que ambos hubieron desahogado sus amantes corazones, saludaron a D. -Celestino, quien no pudo menos de derramar algunas lágrimas al ver -tal explosión de sensibilidad. Por mi parte, de buena gana habría -correspondido con bofetones a los abrazos con que estrujaban a Inés -aquellos gansos, cuya descripción no puedo menos de considerar ahora -como indispensable. - -D. Mauro Requejo era un hombre izquierdo. Creo que no necesito decir -más. ¿No habéis entendido? Pues lo explicaré mejor. ¿Ha sido la -Naturaleza o es la costumbre quien ha dispuesto que una mitad del -cuerpo humano se distinga por su habilidad y la otra mitad por su -torpeza? Una de nuestras manos es inepta para la escritura, y en los -trabajos mecánicos solo sirve para ayudar a su experta compañera, la -derecha. Esta hace todo lo importante: en el piano ejecuta la melodía; -en el violín lleva el arco, que es la expresión; en la esgrima maneja -la espada; en la náutica el timón; en la pintura el pincel; es la que -abofetea en las disputas; la que hace la señal de la cruz en el rezo, y -la que castiga el pecho en la penitencia. Iguales disposiciones tiene -el pie derecho; si algo eminente y extraordinario ha de hacerse en el -baile, es indudable que lo hará el pie derecho; él es también el que -salta en la fuga, el que golpea la tierra con ira en la desesperación, -el que ahuyenta al perro atrevido, el que aplasta al sucio reptil, el -que sirve de ariete para atacar a un despreciable enemigo que no merece -ser herido por delante. Esta superioridad mecánica, muscular y nerviosa -de las extremidades derechas, se extiende a todo el organismo. -Cuando estamos perplejos sin saber qué dirección tomar, si el cuerpo -se abandona a su instinto, se inclinará hacia la derecha, y los ojos -buscarán la derecha como un oriente desconocido. Al mismo tiempo en el -lado siniestro todo es torpeza, todo subordinación, todo ineptitud; -cuanto hace por sí resulta torcido, y su inferioridad es tan notoria, -que ni aun en desarrollo puede igualar al otro lado. La mitad de todo -hombre es generalmente más pequeña que la otra: para equilibrarlas, sin -duda, se dispuso que el corazón ocupara el costado izquierdo. - -Hemos hecho tan fastidiosa digresión para que se comprenda lo que -dijimos de D. Mauro Requejo. Los dos lados de aquel hombre eran dos -lados izquierdos; es decir, que todo él era torpe, inepto, vacilante, -inhábil, pesado, brusco, embarazoso. No sé si me explico. Parecía -que le estorbaban sus propias manos: al verle mirar de un lado -para otro, creeríase que buscaba un rincón donde arrojar aquellos -miembros inútiles, cubiertos con guantes sin medida, que quitaban la -sensibilidad a los oprimidos dedos, hasta el punto de que su dueño no -los conocía por suyos. - -Habíase sentado en el borde de la silla, y sus piernas, pequeñas y -rígidas, no eran los miembros que reposan con compostura: extendíanse -a un lado y otro como las dos muletas que un cojo arrima junto a sí. -Ya no le servían para nada, sino para arrastrar de aquí para allí -los pesados pies. Al quitarse el sombrero, dejándolo en el suelo; al -limpiarse el sudor con un luengo pañuelo de cuadros encarnados y -azules, parecía el mozo de cuerda que se descarga de un gran fardo. La -buena ropa que vestía no era adorno de su cuerpo, pues él no estaba -vestido con ella, sino ella puesta en él. En cuanto a los guantes, -embruteciéndole las manos, se las convertían en pies. A cada instante -se tocaba los dijes del reloj y los encajes de las chorreras para -cerciorarse de que no se le habían caído; pero como tras la gamuza -había desaparecido el tacto, necesitaba emplear la vista, y esto le -hacía semejante a un mono que al despertar una mañana se encontrase -vestido de pies a cabeza. - -Su inquietud era extraordinaria, como la de un cuerpo mortificado por -infinito número de picazones, y cada pliegue del traje debía hacer -llaga en sus sensibles carnes. A veces aquella inerte manopla de ante -amarillo, rellena de dedos tiesos e insensibles, partía en dirección -del sobaco o de la cintura con la ansiosa rapidez de una mano que va a -rascar; pero se contenía subiendo a acariciar la barba recién afeitada. -También movía con frecuencia el cuello, como si algún bicho extraño -agarrado a su occipucio juguetease en el pescuezo entre el pelo y la -solapa. Era el coleto encebado que irreverentemente se metía entre piel -y camisa, o escarbaba la oreja. La mano de ante amarillo se alzaba -también en aquella dirección; pero también se detenía pasando a frotar -la rodilla. - -La cara de D. Mauro Requejo era redonda como una muestra de reloj: -no estaba en su sitio la nariz, que se inclinaba del un hemisferio -buscando el siniestro carrillo que, por obra y gracia de cierto -lobanillo, era más luminoso que su compañero. Los ojos verdosos y bien -puestos bajo cejas negras y un poco achinescadas, tenían el brillo de -la astucia, mientras que su boca, insignificante si no la afearan los -dos o tres dientes carcomidos que alguna vez se asomaban por entre los -labios, tenía todos los repulgos y mohínes que el palurdo marrullero -estudia para engañar a sus semejantes. La risa de D. Mauro Requejo era -repentina y sonora: en la generalidad de las personas este fenómeno -fisiológico empieza y acaba gradualmente, porque acompaña a estados -particulares del espíritu, el cual no funciona, que sepamos, con la -rigurosa precisión de una máquina. Muy al contrario de esto, nuestro -personaje tenía sin duda en su organismo un resorte para la risa, de la -cual pasaba a la seriedad tan bruscamente como si un dedo misterioso se -quitara de la tecla de lo alegre para oprimir la de lo grave. Yo creo -que él en su interior pensaba así: «ahora conviene reír», y reía. - - - - -IV - - -Imposible decir si Doña Restituta sería más joven o más vieja que -su hermano: ambos parecían haber pasado bastante más allá de los -cuarenta; pero si en la edad se asemejaban, no así en la cara ni el -gesto, pues Restituta era una mujer que no se estorbaba a sí misma -y que sabía estarse quieta. Había en ella, si no fineza de modales, -esa holgada soltura, propia de quien ha hablado con gente por mucho -tiempo. Comparando aquellas dos ramas humanas de un mismo tronco, se -podía decir: «Mauro ha estado toda la vida cargando fardos, y Restituta -midiendo y vendiendo; el uno es un sabandijo de almacén, y la otra la -bestezuela enredadora de la tienda.» - -Alta y flaca, con esa tez impasible y uniforme que parece un forro; de -manos largas y feas, a quien el continuo escurrirse por entre telas -había dado cierta flexibilidad; de escaso pelo, tan lustrosamente -aplastado sobre el casco, que más parecía pintura que cabello; con su -nariz encarnadita y algo granulenta, aunque jamás fue amiga de oler -lo de Arganda; la boca plegada y de rincones caídos, la barba un poco -velluda, y un mirar así entre tarde y noche, como de ojos que miran y -no miran, Restituta Requejo era una persona cuyo aspecto no predisponía -a primera vista ni en contra ni en favor. Oyéndola hablar, tratándola, -se advertía en ella no sé qué de escurridizo, que escapaba a la -observación, y se caía en la cuenta de que era preciso tratarla por -mucho tiempo para poder hacer presa con dedos muy diestros en la piel -húmeda de su carácter, el cual para esconderse poseía la presteza del -saurio y la flexibilidad del ofidio. Pero dejemos estas consideraciones -para su lugar, y por ahora conténtense ustedes con oír hablar a los -tíos de Inés. - ---_Este_ estaba tan impaciente por venir --dijo Restituta, señalando a -su hermano-- que con la prisa nos fue imposible traer alguna cosita, -como hubiéramos deseado. - -D. Celestino les dio las gracias con su amable sonrisa. - ---Tenía tanta impaciencia por venir a ver esas tierras --dijo D. -Mauro-- que... y al mismo tiempo el alma se me arrancaba en cuajarones -al pensar en mi querida sobrinita, huérfana y abandonada... porque las -tierras, señor D. Celestino, no son ningún muladar, Sr. Don Celestino, -y me han costado obra de trescientos cuarenta y ocho reales, trece -maravedís, sin contar las diligencias ni el por qué de la escritura. -Sí, señor: ya está pagado todo, peseta sobre peseta. - ---Todo pagado --indicó Doña Restituta, mirando uno tras otro a los tres -que estábamos presentes--. A _este_ no le gusta deber nada. - ---¡Quiten para allá! Antes me dejo ahorcar que deber un maravedí ---declaró D. Mauro, llevando la manopla a la garganta, oprimida por el -corbatín. - ---En casa no ha habido nunca trampas --añadió la hermana. - ---A eso deben ustedes el haber adelantado tanto --dijo D. Celestino. - ---La suerte... eso sí; hemos tenido suerte --dijo Requejo--. Luego -_esta_ es tan trabajadora, tan ahorrativa, tan hormiguita... - ---Pero todo se debe a tu honradez --añadió Restituta--. Sí, créanlo -ustedes, a su honradez. _Este_ tiene tal fama entre los comerciantes, -que le entregarían los tesoros del Rey. - ---En fin... algo se ha hecho, gracias a Dios y a nuestro trabajo. Si -fuera a hacer caso de _esta_, compraría tierras y más tierras. A _esta_ -no le gustan sino las fincas. - ---Y con razón: si _este_ me hiciera caso --dijo la hermana, mirando -otra vez sucesivamente a los circunstantes--, todas nuestras ganancias -se emplearían en tierras de labor. - ---Como yo soy así, tan... pues --indicó Requejo. - ---Sin soberbia, Sr. D. Celestino --dijo Restituta--, bueno es aparentar -que se tiene lo que se tiene. - ---Y me hace comprar vestidos, sombreros, alhajas --indicó D. Mauro--. -Qué sé yo la tremolina de cosas que ha entrado en casa. Ello, como se -puede... Vea usted esta cadena --añadió, mostrando a D. Celestino una -que traía al cuello--; vea usted también este alfiler. ¿Cuánto cree -usted que me han costado? La friolenta de mil reales... Psh: yo no -quería; pero _esta_ se empeñó, y como se puede... - ---Son hermosas piezas. - ---Y bien te dije que te quedaras también con la _tumbaga_ de la -esmeralda, que ya recordarás la daban en poco más de nada. Es una -lástima que la haya tomado el Duque de Altamira. - -Al decir esto nos miraban, y nosotros les contestábamos con señales -de asentimiento, pero sin palabras, porque ni a Inés ni a mí se nos -ocurrían. - ---Pero ¿cómo está ahí mi sobrina tan calladita? --dijo Requejo riéndose -de improviso y quedándose muy serio un instante después. - -Inés se sonrojó y no dijo nada, porque, en efecto, no tenía nada que -decir. - ---¡Ay, no puede negar la pinta! ¡Cómo se parece a su madre, a la pobre -Juana, mi prima querida! --exclamó Requejo llevándose la manopla a la -boca para tapar un bostezo--. ¡Y qué pronto se murió la pobrecita! - ---Ya que pasó a mejor vida aquella santa y ejemplar mujer --dijo -Restituta--, no la nombremos, porque así se renueva nuestro dolor y el -de esa pobre muchacha, aunque ella es niña, y los niños se consuelan -más fácilmente. - -Inés no dijo nada tampoco; pero el color encendido de su rostro -se trocó en intensa palidez. Creyó conveniente el cura variar la -conversación, dijo: - ---¿Y ha visto usted esas tierras de la laguna de Ontígola? - ---Todavía no --respondió Requejo--; pero me han dicho que son -magníficas. Psh... para mí, poca cosa. _Esta_ se empeñó en que me -quedara con ellas, y al fin me decidí. Allá en el país tenemos muchas -más, que hemos ido comprando poco a poco. - ---En su país de usted, hacia el Bierzo, si no me engaño. - ---Más acá del Bierzo, en Santiagomillas, que es tierra de Maragatería. -De allí _semos_ todos, y allí está todavía el solar de los Requejos. - ---Familia hidalga, según creo --afirmó el cura. - ---Ello... no deja de tener uno su _motu propio_ --contestó D. -Mauro--; y según nos decía un sabio escribano de mi pueblo, nuestros -ascendientes tenían un gran quejigar, de donde les vino el nombre de -Requejo. - ---Así debe de ser: los más ilustres apellidos traen su origen de alguna -yerba o legumbre. Y si no, ahí están en la Roma antigua los _Léntulos_, -los _Fabios_ y los _Pisones_, que se llamaban así porque alguno de sus -mayores cultivó las lentejas, las habas y los guisantes. En cuanto a -mí, creo que este nombre de _Malvar_ me viene de que algún abuelo mío -se pintaba solo para el cultivo de las malvas. - ---Pues yo creo --dijo D. Mauro volviendo a reír-- que eso de que la -nobleza viene de las guerras y de las hazañas de algunos caballeros -es pura mentira. Que no me vengan a mí con bolas: yo no creo que haya -habido nunca esas heroicidades. No hay más sino que los reyes hicieron -Duque a uno porque tenía un huerto de cebollas, y a otro Marqués porque -sabía escoger melones. De todos modos, nuestra familia no viene de -ningún cardo borriquero. - ---Y venga de donde viniere --dijo Doña Restituta--, lo principal es -lo principal. Lo que es en nuestra casa, Sr. D. Celestino, no falta -nada en gracia de Dios, y aunque por fuera no gastamos lujo, ni nos -gusta andar en carroza, ni figurar, lo que es la gallina en el puchero -todos los días... eso sí: _este_ y yo no nos podemos pasar sin ciertas -comodidades. - ---Lo que es por mí --interrumpió Requejo--, con cualquier cosa me -sustento. Teniendo un pedazo de pan, otro de tocino y agua de la fuente -del Berro, vamos viviendo; pero esta se empeña en poner las cosas en -buen pie. Todos los días ha de traer libra y media de carne de vaca, y -jamón rancio a porrillo, y abadejo del mejor todos los viernes, y para -cenar una perdiz por barba, y los domingos tres capones, y por Navidad -y por el día de San Mauro, que es el 15 de enero, o por San Restituto, -que es el 10 de junio, andan los pavos por casa como si esta fuese la -era del Mico. El Mayordomo de los Duques de Medina de Rioseco, que -suele ir a casa a pedirnos dinero prestado, se queda estupefacto de ver -tanta abundancia, y asegura que no ha visto despensa como la nuestra. - ---Eso sí --dijo Restituta--, no nos duele gastar en el plato, ni en -buena ropa para vestir, ni en buen cisco de retama para la lumbre. -Vivimos tranquilos y felices. Nuestra única pena ha consistido hasta -ahora en no tener una persona querida a quien dejar lo que poseemos, -cuando Dios se sirva llamarnos a su santa gloria; porque los parientes -que nos quedan en Santiagomillas son unos pícaros que nos dan mucho que -hacer. - -Al oír esto, D. Mauro movió el resorte de risa y miró a Inés, diciendo: - ---Pero aquí nos depara Dios a nuestra querida sobrinita, a esta rosa -temprana, a esta señoritica que parece un ángel: ¡ay! si no puede negar -la pinta, si es _éntica_ a su madre... - ---Por Dios, Mauro --exclamó Restituta--, no traigas a la memoria a -aquella santa mujer, porque yo estoy todavía tan impresionada con su -muerte, que si la recuerdo, se me vienen las lágrimas a los ojos. - ---Todo sea por Dios, y hágase su santa voluntad --dijo Requejo tocando -el resorte de la seriedad--. Lo que digo es que cuanto tengo y pueda -tener será para esta palomita torcaz, pues todo se lo merece ella con -su cara de princesa. - ---Ya, ya... --indicó Restituta guiñando el ojo--, que no tendrá -pretendientes en gracia de Dios. Marquesitos y condesitos conozco yo -que no suspirarán poco debajo de nuestras ventanas cuando sepan que -guardamos en casa tal primor. - ---Pelambrones, hija, pelambrones sin un cuarto --añadió Requejo--. -Cuando la niña haya de tomar estado, ya le buscaremos un joven de una -de las principales familias de España, que sea digno de llevarse esta -joya. - ---Eso por de contado. Casas hay muy ricas, donde no es todo apariencia, -y mayorazgos conozco que en cuanto la vean y sepan la riqueza que ha de -heredar de sus tíos, beberán los vientos por conseguir su mano. A fe -mía que nuestra casa no es ningún guiñapo, y cuando pongamos en la sala -las cortinas de sarga verde con ramos amarillos, y aquellos pájaros -color de pensamiento que parecen vivos, no estará de mal ver para -recibir en ella a todos los señores del Consejo Real. ¡Pues poco tono -se va a dar la niñita en su gran casa! - -D. Celestino, viendo que su sobrina no contestaba nada a tan patéticas -demostraciones de afecto, creyó conveniente hablar así: - ---Ella les agradece a ustedes con toda el alma los beneficios que va a -recibir. - ---Ya estoy contento, Sr. D. Celestino --dijo Requejo--. Una cosa me -faltaba, y ya la tengo. Inés será mi heredera. Inés se casará con una -persona que la merezca y que traiga también buenas peluconas: ella será -feliz y nosotros también. - ---No hables mucho de eso, porque lloro --dijo Doña Restituta--. ¡Qué -gusto es tener quien la acompañe a una en la soledad, y quien comparta -las comodidades que Dios y nuestro trabajo nos han proporcionado! ¡Ay, -Inesita, eres tan linda, que me recuerdas mi mocedad cuando iba a jugar -a la huerta del convento de las madres Recoletas de Sahagún, donde me -crié! Me parece que si ahora te separaran de mí, no tendría fuerzas -para vivir. - -Diciendo esto abrazó a Inés, y pareciome que el forro de su cara, es -decir, la piel, se teñía de un leve rosicler. - ---Puesto que Inés está impaciente por irse con nosotros --dijo -Requejo--, esta misma tarde nos la llevaremos. - ---¡Cómo! ¡esta tarde! ¡yo! --exclamó ella vivamente. - ---Hija mía --dijo Restituta--, no conviene disimular el cariño que nos -tienes. Somos tus tíos, y de veras te digo que no debes agradecernos lo -que hacemos por ti, pues obligación nuestra es. - ---Tal vez ponga reparos a ir con ustedes así... tan pronto --indicó con -timidez D. Celestino--; pero no dudo que comprenda pronto las ventajas -de su nueva posición, y se decida... - ---¡Que no quiere venir! --exclamó Requejo con asombro--. ¿Conque -nuestra sobrina no nos quiere? ¡Jesús! ¡Mayor desgracia! - ---Sí... les quiere a ustedes --añadió el cura, tratando de conciliar -la repugnancia que notaba en el semblante de Inés con el deseo de los -Requejos. - ---Hermano, no sabes lo que te dices --afirmó Restituta--. Nuestra -sobrina es un dechado de modestia, de ingenuidad y de sencillez. -¿Quieres que se ponga ahora a hacer aspavientos en medio de la sala, -saltando y brincando de gusto porque nos la llevamos? Eso no estaría -bien. Por el contrario, se está muy calladita, y como muchacha honesta -y bien criada... ¡ya se ve! como hija de aquella santa mujer... -disimula su alborozo y se está así, mano sobre mano, bendiciendo -mentalmente a Dios por la suerte que le depara. - ---Entonces, Sr. D. Celestino --dijo Requejo--, nosotros nos vamos -ahora a ver esas tierras de Ontígola que están ahí hacia la parte de -Titulcia, y por la tarde, cuando volvamos, Inés estará preparada para -venirse con nosotros a Madrid. - ---No tengo inconveniente, si ella está conforme --repuso el clérigo, -mirando a su sobrina. - -Mas no dieron tiempo a que esta expresara su opinión sobre aquel -viaje, porque los Requejos se levantaron para marcharse, diciendo que -un coche de dos mulas les esperaba en el paradero del Rincón. Abrazaron -por turno dos o tres veces a su sobrina; hicieron ridículas cortesías a -D. Celestino, y sin dignarse mirarme, lo cual me honró mucho, salieron, -dejando al clérigo muy complacido, a Inés absorta y a mí furioso. - - - - -V - - -Al punto se trató de resolver en consejo de familia lo que debía -hacerse; pero deseando yo conferenciar con el buen cura para decirle lo -que Inés no debía oír, rogué a esta que nos dejase solos, y hablamos -así: - ---¿Será usted capaz, Sr. D. Celestino, de consentir que Inés vaya a -vivir con ese ganso de D. Mauro, y la lechuza de su hermana? - ---Hijo --me contestó--, Requejo es muy rico, Requejo puede dar a -Inesilla las comodidades que yo no tengo, Requejo puede hacerla su -heredera cuando estire la zanca. - ---¿Y usted lo cree? Parece mentira que tenga usted más de sesenta años. -Pues yo digo y repito que ese endiablado D. Mauro me parece un farsante -hipocritón. Yo, en lugar de usted, les mandaría a paseo. - ---Yo soy pobre, hijo mío; ellos son ricos: Inés se irá con ellos. En -caso de que la traten mal, la recogeremos otra vez. - ---No la tratarán mal, no --dije muy sofocado--. Lo que yo temo es otra -cosa, y eso no lo he de consentir. - ---A ver, muchacho. - ---Usted sabe como yo lo que hay sobre el particular: usted sabe que -Inés no es hija de Doña Juana; usted sabe que Inés nació del vientre de -una gran señora de la Corte, cuyo nombre no conocemos; usted sabe todo -esto, y ¿cómo sabiéndolo no comprende la intención de los Requejos? - ---¿Qué intención? - ---Los Requejos despreciaron siempre a Doña Juana; los Requejos no le -dieron nunca ni tanto así; los Requejos ni siquiera la visitaron en -su enfermedad; y ahora, Sr. D. Celestino de mi alma, los Requejos -lloran recordando a la difunta; los Requejos echan la baba mirando -a su sobrinita, y no puede ser otra cosa sino que los Requejos -han descubierto quiénes son los padres de Inés; los Requejos han -comprendido que la muchacha es un tesoro, y ¡ay! no me queda duda de -que el Requejo mayor, ese poste vestido, trae entre ceja y ceja el -proyecto de casarse con Inés, obligándola a ello en cuanto la pille en -su casa. - ---Sosiégate, muchacho, y óyeme. Puede muy bien suceder que la intención -de los Requejos sea la que dices, y puede muy bien que sea la que -ellos han manifestado. Como yo me inclino siempre a creer lo bueno, no -dudo de la sinceridad de D. Mauro, hasta que los hechos me prueben -lo contrario. ¿Qué sabes tú si de la mañana a la noche verás a Inés -hecha una damisela, paseando en magnífica carroza, con dos caballos -empenachados y un encartonado cochero? Sí: verasla rodeada de lacayos -y pajes, llena de diamantes como avellanas, y viviendo en uno de esos -caserones que hay en Madrid más grandes que conventos. - ---¡Bah, bah! Eso es como cuando yo quería ser Príncipe, Generalísimo y -Secretario del Despacho. A los diez y seis años se pueden decir tales -cosas; pero no a los sesenta. - ---Viviendo conmigo, Inés ha de estar condenada a perpetua estrechez. -¿No vale más que se la lleven los parientes de su madre, que parecen -personas muy caritativas? En todo caso, Gabriel, si la muchacha no -estuviera contenta allí, tiempo tenemos de recogerla, porque a mí, como -tío carnal, me corresponde la tutela. - ---¿Y por qué la deja usted marchar? - ---Porque los Requejos son ricos... ¿lo comprenderás al fin?... porque -Inés en casa de esa gente puede estar como una princesa, y casarse al -fin con un comerciante muy rico de la calle de Postas o Platerías. - ---Alto allá, señor mío --exclamé muy amostazado--, ¿qué es eso de -casarse Inés? Inés, Dios mediante, no se casará más que conmigo. Sí, -¡vaya usted a hablarle de comerciantes y de usías! - ---Es verdad: no me acordaba, hijito --dijo el cura con algo de mofa--. -¡Casarse a los diez y siete años! ¿El matrimonio es algún juego? Y -además, hazme el favor de decirme qué ganas tú en la imprenta donde -trabajas. - ---Sobre tres reales diarios. - ---Es decir, noventa y tres reales los meses de treinta y uno. Algo es; -pero no basta, chiquillo. Ya ves tú: cuando Inés esté en su sala con -cortinas verdes de ramos amarillos, y se siente en aquellas mesas donde -hay siete pavos por Navidad, y todas las noches cena de perdiz por -barba... ya ves tú, no sé cómo podrá arrimarse a ella un pretendiente -con noventa y tres reales al mes, en los que traen treinta y uno. - ---Eso ella es quien lo ha de decir --repuse con la mayor zozobra--; -y si ella me quiere así, veremos si todos los Requejos del mundo lo -pueden impedir. En resumidas cuentas, señor D. Celestino, ¿usted está -decidido a que Inés se vaya esta tarde con D. Mauro? - ---Decidido, hijo mío: es para mí un caso de conciencia. - ---¿Y quién le dice a usted que con noventa y tres reales al mes no se -puede mantener una familia? Pues a mí me da la gana de casarme, sí, -señor. - ---¡Casarse a los diez y siete años! Uno y otro debéis esperar a tener -los treinta y cinco cumplidos. La vida se pasa pronto: no te apures. -Para entonces podréis casaros. Sois a propósito el uno para el otro. -Casar y compadrar cada uno con su igual. Veremos si de aquí allá te -luce más el oficio. - ---¿Y no puedo yo buscar un destinillo? - ---Eso es como cuando se te puso en la cabeza que te iba a caer un -principado. - ---No: un destinillo de estos que se dan a cualquier pelón, en la -contaduría de acá o en la de allá. - ---¿Pero crees tú que un empleo es cosa fácil de conseguir? - ---¿Por qué no? --respondí enfáticamente--. ¿Pues para qué son los -destinos sino para darlos a todos los españoles que necesitan de ellos? - ---Hijo, las antesalas están llenas de pretendientes. Ya recordarás que -a pesar de ser paisano y amigo del Príncipe de la Paz, estuve catorce -años haciendo memoriales. - ---Pero al fin... Visita usted a S. A. y le trata; de modo que si le -pidiera para mí una placita, no creo que se la negara. - ---¡Ah! --exclamó D. Celestino con satisfacción--. El día que visité -a S. A. fue para mí el más lisonjero de mi vida, porque oí de sus -augustos labios las palabras más cariñosas. Si vieras con cuánto -agasajo me trató; ¡y qué amabilidad, qué dulzura, qué llaneza, sin -dejar por eso de ser Príncipe en todos sus gestos y palabras! Cuando -entré, yo estaba todo turbado y confuso, y la lengua se me quedó pegada -al paladar. Mandome S. A. que me sentara, y me preguntó si yo era de -Villanueva de la Serena. ¿Ves qué bondad? Contestele que había nacido -en los Santos de Maimona, villa que está en el camino real, como vamos -de Badajoz a Fuente de Cantos. Luego me preguntó por la cosecha de -este año, y le respondí que, según mis noticias, el centeno y cebada -eran malos; pero que la bellota venía muy bien. Ya comprenderás por -esto el interés que se toma por la agricultura. En seguida me dijo si -estaba contento en mi parroquia, a lo cual contesté afirmativamente, -añadiendo que me tenía edificado la piedad de mis feligreses. Al decir -esto no pude contener las lágrimas. Bien claro se ve que al Príncipe -le interesa mucho cuanto se refiere a la Religión. Hablele después de -que entretenía mis ocios con la poesía latina, y notifiquele haber -compuesto un poema en hexámetros, dedicado a él. Enterado de esto, dijo -que _bueno_, en lo cual se demuestra palmariamente su desmedida afición -a las letras humanas; y por fin, a los diez minutos de conferencia, me -rogó afectuosamente que me retirara, porque tenía que despachar asuntos -urgentísimos. Esto prueba que es hombre trabajador, y que las mejores -horas del día las consagra puntualmente a la administración. Te aseguro -que salí de allí conmovido. - ---¿Y no vuelve usted? - ---¡Pues no he de volver! Supliqué a S. A. que me fijara día para -llevarle el poema latino, y mañana tendré el honor de poner de nuevo -los pies en el palacio de mi ilustre paisano. - ---Pues yo iré con usted, Sr. D. Celestino --dije con mucha -determinación--. Iremos juntos, y usted le pedirá un destino para mí. - ---¡Estás loco! --exclamó el sacerdote con asombro--. No me creo capaz -de semejante irreverencia. - ---Pues se lo pediré yo --dije, más resuelto cada vez a entrar en la -administración. - ---Modera esos arrebatos, joven sin experiencia. ¿Cómo quieres que te -presente sin más ni más al Príncipe de la Paz? ¿Qué puedo decir de ti, -cuáles son tus méritos? ¿Conoces acaso por el forro los versos latinos? -¿Has saludado siquiera el _Divitias alius fulvo sibi congerat auro_, -el _Passer delitiœ meœ puellœ_, o el _Cynthia prima suis me cepis -ocellis_? ¿Estás loco? ¿Piensas que los destinos están ahí para los -mocosos a quienes se les antoja pedirlos? - ---Usted le dice que soy un chico pariente suyo, y yo me encargo de lo -demás. - ---¿Pariente mío? Eso sería una mentira, y yo no miento. - -Así disputamos un buen rato, y al fin, entre ruegos y razones, logré -convencer al Padre Celestino para que me llevara a presencia del -Serenísimo señor Godoy. Mi tenaz proyecto se explica por el estado de -desesperación en que me puso la visita de los Requejos y su propósito -de cargar con la pobre Inés. La viva antipatía que ambos hermanos me -inspiraron desde que tuve la desdicha de poner los ojos sobre ellos, -engendró en mi espíritu terribles presentimientos. Se me representaba -la pobre huérfana en dolorosa esclavitud bajo aquel par de trasgos, -condenada a perecer de tristeza si Dios no me deparaba medios para -sacarla de allí. ¿Cómo podía yo conseguirlo, siendo, como era, más -pobre que las ratas? Pensando en esto, vino a mi mente una idea -salvadora, la que desde aquellos tiempos principiaba a ser norte de la -mitad, de la gran mayoría de los españoles, es decir, de todos aquellos -que no eran mayorazgos ni se sentían inclinados al claustro: la idea -de adquirir una plaza en la administración. ¡Ay! aunque había entonces -menos destinos, no eran escasos los pretendientes. - -España había gastado en la guerra con Inglaterra la espantosa suma de -_siete mil millones_ de reales. Quien esto derrochó en una calaverada, -¿no podía darme a mí cinco mil para que me casara? Por supuesto, el -pretender casarse entonces a los diez y siete años, era una calaverada -peor que la de gastar siete mil millones en una guerra. Aquella idea -echó raíces en mi cerebro con mucha presteza. A la media hora de mi -conferencia con D. Celestino, ya se me figuraba estar desempeñando, -ante la mesa forrada de bayeta verde, las funciones que el Estado -tuviera a bien encomendarme para su prosperidad y salvación. Atrevido -era el proyecto de pedir yo mismo al poderoso Ministro lo que me hacía -falta; pero la gravedad de las circunstancias y el loco deseo de -adquirir una posición que me permitiera disputar la posesión de Inés a -la temerosa pareja de los Requejos, disminuía los obstáculos ante mis -ojos, dándome aliento para las empresas más difíciles. - -No disimuló la huérfana, al hablar conmigo, la repugnancia que le -inspiraban sus tíos: tal vez hubiera yo logrado impedir el secuestro; -pero D. Celestino repitió que era para él caso de conciencia, y con -esto Inés no se atrevió a formular sus quejas: ¡tan grande era entonces -la subordinación a la autoridad de los mayores! La escrupulosidad del -buen sacerdote no impidió, sin embargo, que yo hablara mil pestes de -los dos hermanos, criticando sus fachas y vestidos, y comentando a mi -manera aquello de los siete pavos y capones, con la añadidura de las -perdices por barba en la hora de la cena. También me reí con implacable -saña de los tratamientos que se daban hermano y hermana, pues, según -el lector observaría, se llamaban simplemente _este_ y _esta_. D. -Celestino me dijo que tratase con más miramientos a dos personas -respetables que habían sabido labrar pingüe fortuna con su trabajo y -honradez, y, entre tanto, Inés preparaba de muy mala gana su equipaje. - -No tardó la casa del cura en verse honrada de nuevo con las personas -de los Requejos, que llegaron a eso de las cuatro, haciendo mil -ponderaciones de las tierras adquiridas cerca de Ontígola; y su -contento al ver que Inés se disponía a seguirles, fue extraordinario. - ---No te des prisa, pimpollita --decía Don Mauro--, que todavía hay -tiempo de sobra. - ---Su impaciencia por emprender el viaje --añadió Doña Restituta, -plegando de un modo indefinible el forro cutáneo de su cara-- es tan -viva, que la pobrecilla quisiera tener alitas para salir más pronto de -aquí. - ---Eso no --dijo D. Celestino algo amoscado--, que su tío no le ha dado -malos tratos para que así se impaciente por abandonarle. - -Inés se arrojó llorando en brazos del cura, y ambos derramaron muchas -lágrimas. Por mi parte, tenía interés en que los Requejos no conocieran -que un antiguo y cordial amor me unía a Inés; así es que disimulé mi -sofocación, y acechándola fuera, cuando salió en busca de un objeto -olvidado, le dije: - ---Prendita, no me digas una palabra, ni me mires, ni me saludes. Yo me -quedo aquí; pero descuida, pronto nos hemos de ver allá. - -Llegó por fin la hora de la partida; el coche se acercó a la puerta de -la casa. Inés entró en él muy llorosa, y los Requejos tomaron asiento -a un lado y otro, pues aun en aquella situación temían que se les -escapara. Jamás he visto mujer ninguna que se asemejara a un cernícalo -como en aquel momento Doña Restituta. El coche partió, y al poco rato -nuestros ojos le vieron perderse entre la arboleda. D. Celestino, -que hacía esfuerzos por aparentar serenidad, no pudo conservarla, y -haciendo pucheros como un niño, sacó su largo pañuelo y se lo llevó a -los ojos. - ---¡Ay, Gabriel! ¡Se la llevaron! - -Mi emoción también era intensísima, y no pude contestarle nada. - - - - -VI - - -Al día siguiente llevome D. Celestino al palacio del Príncipe de la -Paz. Era el 15 de marzo, si no me falla la memoria. - -Aunque no tenía ropa para mudarme en tan solemne ocasión, pues la -que llevaba a Aranjuez era la mejorcita, con una camisa limpia que -me prestó el cura, quedé en disposición, según él mismo me dijo, -de presentarme aunque fuera a Napoleón Bonaparte. Por el camino, y -mientras hacíamos tiempo hasta que llegara la hora de las audiencias, -D. Celestino sacaba del bolsillo interior de su sotana el poema latino -para leerlo en alta voz. - ---Quizás el señor Príncipe --decía-- me mande leer algún trozo, y -conviene hacerlo con entonación clásica y ritmo seguro, mayormente si -hay delante algún embajador o general extranjero. - -Después, guardando el manuscrito, añadió con cierta zozobra: - ---¿Sabes que el sacristán de la parroquia, ese condenado Santurrias... -ya le conoces... me ha puesto esta mañana la cabeza como un farol? -Dice que el señor Príncipe de la Paz no dura dos días más al frente -de la Nación, y que le van a cortar la cabeza. Esto no merece más que -desprecio, Gabrielillo; pero me da rabia de oír tratar así a persona -tan respetable. Pues ¿qué crees tú? he descubierto que ese pícaro -Santurrias es jacobino, y se junta mucho con los cocheros del Infante -D. Antonio Pascual, los cuales son gente muy alborotada. - ---¿Y qué dice ese reverendo sacristán? - ---Mil necedades: figúrate tú. ¡Como si a personas de estudios y que -tienen en la uña del dedo a todos los clásicos latinos, se les pudiera -hacer tragar ciertas bolas! Dice que el señor Príncipe de la Paz, -temiendo que Napoleón viene a destronar a nuestros queridos Reyes, -tiene el propósito de que estos marchen a Andalucía para embarcarse y -dar la vela a las Américas. - ---Pues anoche --dije yo--, cuando fui al mesón a decir a los arrieros -que no me aguardaran, oí decir lo mismito a unos que estaban allí, -y por cierto que hablaban de su amigo y paisano de usted con más -desprecio que si fuera un bodegonero del Rastro. - ---No saben lo que se pescan, hijo --replicó el cura--. Pero o yo me -engaño mucho, o los partidarios del Príncipe de Asturias andan metiendo -cizaña por ahí. Ello es que en Aranjuez hay mucha gente extraña y... -¡quiera Dios!... Ya me notificó esta mañana Santurrias que su mayor -gusto será tocar las campanas a vuelo si el pueblo se amotina para -pedir alguna cosa; pero ya le he dicho --y al hablar así D. Celestino -se paró, y con su dedo índice hacía demostraciones de la mayor -energía--, ya le he dicho que si toca las campanas de la iglesia sin mi -permiso, lo pondré en conocimiento del señor Patriarca para lo que este -tenga a bien resolver. - -Con esta conversación llegó la hora, y nosotros al palacio de S. A. -Atravesamos por entre varios guardias que custodiaban la puerta, porque -ha de saberse que el Generalísimo tenía su guardia de a pie y de a -caballo, lo mismo que el Rey, y mejor equipada, según observaban los -curiosos. - -Nadie nos puso obstáculo en el portal ni en la escalera; pero al llegar -a un gran vestíbulo, en cuyo pavimento taconeaban con estrépito las -botas de otra porción de guardias, uno de estos nos detuvo, preguntando -a D. Celestino con cierta impertinencia que a dónde íbamos. - ---S. A. --balbució el clérigo muy turbado-- tuvo el honor de -señalarme... digo... yo tuve el honor de que él señalara el día de hoy -y la presente hora para recibirme. - ---S. A. está en palacio. Ignoramos cuándo vendrá --dijo el guardia -dando media vuelta. - -D. Celestino me consultó con sus ojos, y también iba a consultarme con -sus autorizados labios, cuando se sintió ruido en el portal. - ---¡Ahí está! S. A. ha llegado --dijeron los guardias, tomando -apresuradamente sus armas y sombreros para hacer los honores. - -Pero el Príncipe subió a sus habitaciones particulares por la escalera -excusada que al efecto existía en su palacio. - ---Quizá S. A. no reciba hoy --dijo a Don Celestino el guardia que poco -antes nos había detenido--. Sin embargo, pueden ustedes esperar, si -gustan, y él avisará si da audiencia o no. - -Dicho esto, nos hizo pasar a una habitación contigua y muy grande, -donde vimos a otras muchas personas que desde por la mañana habían -acudido en solicitud del favor de una entrevista con S. A. Entre -aquella gente había algunas damas muy distinguidas, militares, -señores a la antigua, vestidos con históricas casacas y cubiertos con -monumentales pelucas, y también algunas personas humildes. - -Los pretendientes allí reunidos se miraban con recelo y mal humor, -porque a todo el que hace antesala molesta mucho el verse acompañado, -considerando sin duda que si el tiempo y la benevolencia del Ministro -se reparten entre muchos, no puede tocarles gran cosa. Un ujier se -acercó a nosotros y preguntó a D. Celestino quiénes éramos, a lo cual -repuso el buen eclesiástico: - ---Nosotros somos curas de la parroquia de... quiero decir, soy cura de -la parroquia, y este joven... este joven gana noventa y tres reales en -los meses de treinta y uno; y venimos a... pero yo no pienso pedirle -nada al señor Príncipe, porque este picarón (señalando a mí) no se -morderá la lengua para decirle lo que desea. - -Cuando el ujier se alejó, dije a mi acompañante que tuviera cuidado de -no equivocarse tan a menudo; que no anunciara anticipadamente nuestra -comisión pedigüeña, y que no había necesidad de ir pregonando lo que yo -ganaba; a lo que me respondió que él, como persona nueva en antesalas y -palacios, se turbaba a la primera ocasión, diciendo mil desatinos. Uno -de los señores que aguardaban se nos acercó, y reconociendo al cura, se -saludaron ambos muy cortésmente, diciendo el desconocido: - ---Sr. D. Celestino, ¿qué bueno por aquí? - ---Vengo a visitar a S. A. Ya sabe usted que somos paisanos y amigos. -Mi padre y su abuelo hicieron un viaje juntos desde Trujillo a la Vera -de Placencia, y un tío de mi madre tenía en Miajadas una dehesa donde -los Godoyes iban a cazar alguna vez. Somos amigos, y le estoy muy -reconocido, porque a la munificencia de S. A. debo el beneficio que -disfruto, el cual me fue concedido en cuanto S. A. tuvo conocimiento de -mi necesidad; así es que desde mi primer memorial hasta el día en que -tomé posesión, solo transcurrieron catorce años. - ---Se conoce que el Príncipe quiso servirle a usted --afirmó nuestro -interlocutor--. No a todos se les despacha tan pronto. Hace veintidós -años que yo pretendí que se me repusiera en mi antigua plaza de la -Colecturía, del Noveno y del Excusado, y esta es la hora, señor D. -Celestino. A pesar de todo, yo no me desanimo, y tengo por seguro que -la semana que viene... - ---No todos son tan afortunados como yo --dijo el optimista D. -Celestino--. Verdad es que, como paisano y amigo de S. A., estoy en -situación muy favorable. De mi pueblo a Badajoz, cuna de D. Manuel -Godoy, no hay más que trece leguas y media por buen camino, y estoy -cansado de ver la casa en que nació este faro de las Españas. Así es -que en cuanto supo mi necesidad... - ---Pero diga usted --preguntó bajando la voz el señor de _la semana que -viene_--, ¿tenemos viaje de los Reyes a Andalucía o no tenemos viaje? - ---¿Pero usted cree tales paparruchas? --dijo D. Celestino--. Esa voz la -ha corrido Santurrias, el sacristán de mi iglesia. Ya le he dicho que -si tocaba las campanas sin mi permiso... - ---Todo el mundo lo asegura. Ya sabe usted que ha venido mucha tropa de -Madrid, y por las calles del pueblo se ve gente de malos modos. - ---¿Pero qué objeto puede tener ese viaje? - ---Amigo, ya Napoleón tiene en España la friolera de cien mil hombres. -Ha nombrado general en jefe a Murat, el cual dicen que salió ya de -Aranda para Somosierra. Y a todas estas, ¿hay alguien que sepa a qué -viene esa gente? ¿Vienen a echar a toda la Familia Real? ¿Vienen -simplemente de paso para Portugal? - ---¿Quién se asusta de semejante cosa? --dijo D. Celestino--. Pongamos -por caso que vengan con mala intención. ¿Qué son cien mil hombres? Con -dos o tres regimientos de los nuestros se podrá dar buena cuenta de -ellos, y ahí nos las den todas. Como S. A. se calce las espuelas... -Eso del viaje es pura invención de los desocupados y de los enemigos -de S. A., que le insultan porque no les ha dado destinos. Como si los -destinos se pudieran dar a todo el que los pretende. - -No siguió esta conversación, porque el ujier se acercó a nosotros, -haciéndonos señas de que le siguiéramos. S. A. nos mandaba pasar. -Cuando los demás pretendientes vieron que se daba la preferencia a los -que habían llegado los últimos, un murmullo de descontento resonó en la -sala. Nosotros la atravesamos muy orgullosos de aquella predilección, -y mientras D. Celestino saludaba a un lado y otro con su bondad de -costumbre, yo dirigí a los más cercanos una mirada de desprecio, que -equivalía al convencimiento de mi próximo ingreso en la administración -de ambos mundos. - -Pasamos de aquella sala a otras, todas ricamente alhajadas. ¡Qué bellos -tapices, qué lindos cuadros, qué hermosas estatuas de mármol y bronce, -qué vasos tan elegantes, qué candelabros tan vistosos, qué muebles tan -finos, qué cortinajes tan espléndidos, qué alfombras tan muelles! No -pude detenerme en la contemplación de tan bonitos objetos, porque el -ujier nos llevaba a toda prisa, y yo me sentía atacado de una cortedad -tal, que se disipó mi anterior envalentonamiento, y empecé a comprender -que me faltarían ideas y saliva para expresar ante el Príncipe mis -anhelos. Por fin llegamos al despacho de Godoy, y al entrar vi a -este en pie, inclinado junto a una mesa y revisando algunos papeles. -Aguardamos un buen rato a que se dignase mirarnos, y al fin nos miró. - -Godoy no era un hombre hermoso, como generalmente se cree; pero sí -extremadamente simpático. Lo primero en que se fijaba el observador -era en su nariz, la cual, un poco grande y respingada, le daba cierta -expresión de franqueza y comunicatividad. Aparentaba tener sobre -cuarenta años: su cabeza, rectamente conformada y airosa; sus ojos -vivos, sus finos modales y la gallardía de su cuerpo, que más bien era -pequeño que grande, le hacían agradable a la vista. Tenía sin duda la -figura de un señor noble y generoso: tal vez su corazón se inclinaba -también a lo grande; pero en su cabeza bullían el desvanecimiento, la -torpeza, los extravíos y falsas ideas acerca de los hombres y las cosas -de su tiempo. - -Nos miró, como he dicho, y al punto Don Celestino, que temblaba como un -chiquillo de diez años, hizo una profunda cortesía, a la cual siguió -otra hecha por mi persona. A mi acompañante se le cayó el sombrero; -recogiolo, dio algunos pasos, y con voz tartamuda habló así: - ---Ya que V. A. tiene el honor de... no... digo... ya que yo tengo el -honor de ser recibido por V. A. Serenísima... decía que me felicito de -que la salud de V. A. sea buena, para que por mil años sigamos haciendo -el bien de la nación... - -El Príncipe parecía muy preocupado, y no contestó al saludo sino con -una ligera inclinación de cabeza. Después pareció recordar, y dijo: - ---¿Es usted el señor chantre de la catedral de Astorga, que viene a...? - ---Permítame V. A. --interrumpió D. Celestino--, que ponga en su -conocimiento cómo soy el cura de la parroquia castrense de Aranjuez. - ---¡Ah! --exclamó el Príncipe--, ya recuerdo... el otro día... se le -dio a usted el curato por recomendación de la señora Condesa de X, -(Amaranta). ¿Es usted natural de Villanueva de la Serena? - ---No, señor: soy de los Santos de Maimona. ¿No recuerda V. A. esa -villa? En el camino de Fuente de Cantos. Allí se cogen unas sandías -que pesan muchas arrobas, y también hay muchos melones... Pues, como -decía a V. A., hoy venía con dos objetos: con el de tener el honor de -presentarme a V. A. para que este chico lea un poema latino que ha -compuesto... no, quiero decir... - -D. Celestino se atragantó, mientras que el Príncipe, asombrado de mi -precocidad en el estudio de los clásicos, me miraba con ojos benévolos. - ---No --dijo el cura entrando de nuevo en posesión de su lengua--. El -poema ha sido compuesto por mí, y, accediendo a los deseos de V. A., -voy a comenzar su lectura. - -El Príncipe adelantó la mano con ese instintivo movimiento que parece -apartar un objeto invisible. Pero D. Celestino no comprendió que su -protector rechazaba por medio de un movimiento físico la amenazadora -lectura del poema, y firme en su propósito, desenvainó el manuscrito -homicida. En el mismo instante, Godoy, que atendía poco a nosotros y -parecía estar pensando cosas muy graves, volviose bruscamente hacia la -mesa, y empezó a hojear de nuevo los papeles. - -D. Celestino me miró, y yo miré a D. Celestino. - -Así transcurrió un minuto, al cabo del cual el Príncipe dirigiose hacia -nosotros y dijo, señalando unas sillas: - ---Siéntense ustedes. - -Después siguió en su investigación de papeles. Sentados en nuestros -asientos el cura y yo, nos hablábamos en voz baja. - ---Para exponerle tu pretensión --me dijo el tío de Inés--, debes -esperar a que yo lea mi poema, en lo cual, con la pausa conveniente, -no tardaré más que hora y media. El admirable efecto que le ha de -producir la audición de los versos clásicos, a que es tan aficionado, -le predispondrá en tu favor, y no dudo que te concederá cuanto le pidas. - -Después de otro rato de espera, un oficial entró para dar un despacho -al Príncipe. Este le abrió al punto, y después que lo hubo leído con -mucha ansiedad, dejolo sobre la mesa y se dirigió hacia D. Celestino. - ---Dispénseme usted --dijo-- mi distracción. Hoy es día para mí de -ocupaciones graves e inesperadas. No pensaba recibir a nadie en -audiencia, y si le mandé entrar a usted fue porque sabía no es de los -que vienen a pedirme destinos. - -D. Celestino se inclinó en señal de asentimiento, y yo dije para mí: -«Lucidos hemos quedado.» Después dirigiose S. A. a mí, y me dijo: - ---En cuanto al poema latino que este joven ha compuesto, ya tengo -noticias de que es una obra notable. Persista usted en su aplicación a -los buenos estudios, y será un hombre de provecho. No puedo hoy tener -el gusto de conocer el poema; pero ya me habían hablado de usted con -grandes encomios, y desde luego formé propósito de que se le diera a -usted una plaza en la oficina de Interpretación de Lenguas, donde su -precocidad sería de gran provecho. Sírvase usted dejarme su nombre... - -D. Celestino iba a contestar, rectificando el error; pero su turbación -se lo impidió. Antes que mi compañero pudiera decir una palabra, -levanteme yo, y extendiendo mi nombre sobre un papel que en la mesa -encontré, ofrecilo respetuosamente al Príncipe, que concluyó así: - ---Ruego a ustedes que tengan la bondad de retirarse, pues mis -ocupaciones no me permiten prolongar esta audiencia. - -Hicimos nuevas cortesías; D. Celestino balbuceó las fórmulas pomposas -propias del caso, y salimos del despacho del Príncipe. Al pasar por la -sala donde esperaban con impaciencia los demás pretendientes, el ujier -lanzó esta terrorífica exclamación: «¡No hay audiencia!» - -Al encontrarse en la calle, el buen cura, recobrando la serenidad de su -espíritu y la soltura de su lengua, me dijo con cierto enojo: - ---¿Por qué no le dijiste tú que el poema no era tuyo, sino mío? - -No pude menos de soltar la risa viéndole picado en su amor propio, y -considerando el extraño resultado de nuestra visita al Príncipe de la -Paz. - - - - -VII - - ---Pues, Gabrielillo --me dijo D. Celestino cuando entrábamos en la -casa--, cierto es que hay demasiada gente en el pueblo. Se ven por -ahí muchas caras extrañas, y también parece que es mayor el número -de soldados. ¿Ves aquel grupo que hay junto a la esquina? Parecen -trajineros de la Mancha... y entre ellos se ven algunos uniformes de -caballería. Por este lado vienen otros que parecen estar bebidos... -¿oyes los gritos? Entrémonos, hijo mío, no nos digan alguna palabrota. -Aborrezco al vulgo. - -En efecto: por las calles del Real Sitio y por la plaza de San Antonio -discurrían más o menos tumultuosamente varios grupos, cuyo aspecto no -tenía nada de tranquilizador. Asomábase a las ventanas el vecindario -todo para observar a los transeúntes, y era opinión general que nunca -se había visto en Aranjuez tanta gente. Entramos en la casa, subimos -al cuarto de D. Celestino, y cuando este sacudía el polvo de su manteo -y alisaba con la manga las rebeldes felpas del sombrero de teja, la -puerta se entreabrió, y una cara enjuta, arrugada y morena, con ojos -vivarachos y tunantes; una cara de esas que son viejas y parecen -jóvenes, o al contrario, a la cual daba peculiar carácter toda la boca -necesaria para contener dos filas de descomunales dientes, apareció en -el hueco. Era Gorito Santurrias, sacristán de la parroquia. - ---¿Se puede entrar, señor cura? --preguntó sonriendo con aquella -jovialidad mixta de bufón y demonio que era su rasgo sobresaliente. - ---A tiempo viene el Sr. Santurrias --dijo el cura frunciendo el ceño--, -porque tengo que prevenirle... Sepa usted que estoy incomodado, -sí, señor; y pues los sagrados cánones me autorizan para imponerle -castigo... allá veremos... y digo y repito que la gente que se ve por -ahí no viene a lo que usted me indicó esta mañana. ¡Pues no faltaba más! - ---Señor cura --contestó irrespetuosamente Santurrias--, esta noche me -desollará las manos la cuerda de la campana grande. Es preciso tocar, -tocar para reunir la gente. - ---¡Ay de Santurrias si suenan las campanas sin mi permiso!... Pero ¿qué -quiere esa canalla? ¿Qué pretende? - ---Eso lo veremos luego. - ---Ande usted con Barrabás, diablo de siete colas. ¿Pero a qué viene -a Aranjuez esa gentuza? --repitió D. Celestino dirigiéndose a mí--. -Gabriel, se nos olvidó advertir al señor Príncipe de la Paz lo que -pasa, y aconsejarle que no esté desprevenido. ¡Cuánto nos hubiese -agradecido S. A. nuestro solícito interés! - ---Ya se lo dirán de misas --murmuró burlonamente Santurrias--. Lo que -quiere esa gente es impedir que nos lleven para las Indias a nuestros -idolatrados Reyes. - ---¡Ja, ja! --exclamó el sacerdote, poniéndose amarillo--. Ya salimos -con la muletilla. Como si uno no tuviera autoridad para desmentir tales -rumores; como si uno no fuera amigo de personas que le enteran de lo -que pasa; como si uno no estuviera al tanto de todo. - -Diciendo esto, D. Celestino no quitaba de mi los ojos, buscando -sin duda una discreta conformidad con sus afirmaciones. En tanto -Santurrias, que era uno de los sacristanes más tunos y desvergonzados -que he visto en mi vida, no cesaba de burlarse de su superior -jerárquico, bien contradiciéndole en cuanto decía, bien cantando con -diabólica música una irreverente ensaladilla compuesta de trozos de -sainete mezclados con versículos latinos del Oficio ordinario. - ---¡Ay, señor cura, señor cura! --gritaba--. Si veremos correr a su -paternidad por el camino de Madrid con los hábitos arremangados. ¡Ja, -ja, ja! - - Préstame tu moquero, - si está más limpio, - para echar los tostones - que me has pedido. - - _Asperges me, Domine, hissopo, et mundabor._ - ---Mi dignidad --repuso el clérigo, cada vez más amostazado-- no me -permite rebajarme hasta disputar con el Sr. de Santurrias. Si yo no le -tratara de igual, como acostumbro, no se habría relajado la disciplina -eclesiástica; pero en lo sucesivo he de ser enérgico, sí, señor, -enérgico, y si Santurrias se alegra de que esa plebe indigna vocifere -contra el Príncipe de la Paz, sepa que yo mando en mi iglesia, y... no -digo más. Parece que soy blando de genio; pero Celestino Santos del -Malvar sabe enfadarse, y cuando se enfada... - ---Cuando llegue la hora del jaleo, señor cura, su paternidad nos sacará -aquellas botellitas que tiene guardadas en el armario, para que nos -refresquemos --dijo Santurrias, descosiéndose de risa otra vez. - ---¡Borracho! así está la santa Iglesia en tus pícaras manos --replicó -el clérigo--. Gabriel, ¿querrás creer que hace dos días tuve que coger -la escoba y ponerme a barrer la capilla del Santo Sagrario, que estaba -con media vara de basura? Desde que llegué aquí, me dijeron que este -hombre acostumbraba visitar la taberna del tío Malayerba: yo me propuse -corregirle con piadosas exhortaciones; pero ¡el Diablo le lleve! hay -días, chiquillo, que hasta el vino del Santo Sacrificio desaparece de -las vinajeras. ¡Y esto se permite tener opinión, y disputar conmigo, -asegurando que si cae o no cae el dignísimo, el eminentísimo, ¡óigalo -usted bien! el incomparabilísimo Príncipe de la Paz! - ---Pues y nada más. ¡Como que no le van a arrastrar por las calles de -Aranjuez, como al gigantón de Pascua florida!... - ---¡Qué abominaciones salen por esa boca, Dios de Israel! - -Tan pronto ahuecaba Santurrias la voz para cantar gravemente un trozo -de la misa o del oficio de difuntos, como la atiplaba entonando con -grotescos gestos una seguidilla. Luego imitaba el son de las campanas, -y hasta llegó en su irrespetuoso desparpajo a remedar la voz gangosa de -mi amigo, el cual, todo turbado, variaba de color a cada instante, sin -poder sobreponerse a las zumbas de su miserable subalterno. - ---Pero, en resumen --dijo al fin--, ¿qué es lo que mi señor sacristán -espera? ¿Cuenta, sin duda, con ordenarse de menores para que le hagan -cardenal subdiácono? - ---Allá veremos, Sr. D. Celestino --contestó el bufón--. Esta noche o -mañana veremos lo que hace Santurrias. No tema nada mi curita, que ya -le pondremos en salvo. - - _Tuba mirum spargens sonum_ - _per sepulchra regionum_ - _coget omnes ante thronum._ - - Esta si que es tira, tirana: - ojo alerta, cuidado, señores, - que aunque tengan las caras de plata - muchas tienen las manos de cobre. - ---Eso es, mezcle usted los cantos divinos con los mundanos. ¡Me -gusta! Pero se me acaba la paciencia, señor rapa-velas. ¡Oh, Gabriel! -estoy sofocadísimo. Yo bien sé que no hay nada, que no ocurre nada; -bien sé que de ese monigote no hay que hacer caso. Sabe Dios cuántos -cuartillos de lo de Yepes tendrá en el bendito estómago; pero conviene -averiguar... Mira, hijito: sal tú por ahí, entérate bien, y tráeme -noticias de lo que se dice en el pueblo. Puede que esos tunantes tengan -el propósito aleve... Si así fuese, haz lo que te digo; que aquí quedo -yo esperándote, y en cuanto descabece un sueñecito, iré a prevenir al -Príncipe para que se ande con cuidado... ¡Pues no me lo agradecerá poco -el buen señor! - -No solo por obedecerle, sino también por satisfacer mi curiosidad, -salí de la casa y recorrí las calles del pueblo. El gentío aumentaba -en todas partes, y especialmente en la plaza de San Antonio. No era -preciso molestar a nadie con preguntas para saber que el generoso -pueblo, enojado con la noticia verdadera o falsa de que los Reyes iban -a partir para Andalucía, parecía dispuesto a impedir el viaje, que -se consideraba como una combinación infernal fraguada por Godoy, de -acuerdo con Bonaparte. - -En todos los grupos se hablaba del Generalísimo, como es de suponer, -y en verdad digo que no hubiera querido encontrarme en el pellejo de -aquel señor, a quien poco antes había visto tan fastuoso y espléndido; -pero sabido es que la Fortuna suele ser la más traidora de las diosas -con aquellos mismos que favoreció demasiado, y no hay que fiarse mucho -de esta ruin cortesana. Decía, pues, que a los vasallos del buen Carlos -no les parecía muy bien el viaje, y aunque hasta entonces no se les -había hablado del derecho a influir en los destinos de esta nuestra -bondadosa madre España, ello es que, guiados sin duda por su instinto -y buen ingenio, aquellos benditos se disponían a probar que para algo -respiraban doce millones de seres humanos el aire de la Península. - -Más de dos horas estuve paseándome por las calles. Como a cada instante -llegaba gente de la Corte, traté de encontrar alguna persona conocida; -pero no hallé ningún amigo. Ya me retiraba a la casa del cura, cercana -la noche, cuando de un grupo se apartó un joven de más edad que yo, y -llegándose a mí con aparatosa oficiosidad, me saludó llamándome por -mi nombre y pidiéndome informes acerca de mi importantísima salud. Al -pronto no le conocí; mas cuando cambiamos algunas palabras, caí en la -cuenta de que era un señor pinche de las reales cocinas, con quien yo -había trabado conocimiento cinco meses antes en el Palacio del Escorial. - ---¿No te acuerdas de quien te daba de cenar todas las noches? --me -dijo--. ¿No te acuerdas del que te contestaba a tus mil preguntas? - ---¡Ah! sí --repuse--: ya reconozco al señor Lopito. Has engordado, sin -duda. - ---La buena vida, amigo --dijo con petulancia, terciando airosamente la -capa en que se envolvía--. Ya no estoy en las cocinas: he pasado a la -montería del señor Infante D. Antonio Pascual, donde no hay mucho que -hacer y se divierte uno. Velay: ahora nos han mandado que nos quitemos -las libreas y paseemos por el pueblo... en fin, esto no se puede decir. - ---Pues yo por nada serviría en Palacio. Tres días fui paje de la señora -Condesa Amaranta, y quedé harto. - ---Quita allá: en ninguna parte se vive como en Palacio, porque después -que le dan a uno buena cama, buen plato y buena ropa, cuando llega una -ocasión como esta no falta un dobloncito en el bolsillo... Pero esto no -es para dicho aquí entre tanta gente, y allí está la taberna del tío -Malayerba, que parece llamarnos, para que, refrescando en ella, nos -contemos nuestras vidas. - -Lopito era un chicuelo de esos que prematuramente se quieren hacer -pasar por hombres, pues también entonces existía esta casta, no -conociendo para tal objeto otros medios que beber a porrillo y dar -de puñetazos en las mesas, desvergonzarse con todo el mundo, mirar -con aire matachín, y contar de sí propios inverosímiles aventuras. -Pero con estas cualidades y otras muchas, el expinche no dejaba de -ser simpático, sin duda porque unía a su vanidosa desenvoltura la -generosidad y el rumbo, que acompañan por lo regular a los pocos años. -Convidome a cenar en la taberna, charlamos luego hasta las nueve, y nos -separamos tan amigotes, cual si hubiéramos aprendido a leer en la misma -cartilla. - -Al día siguiente, como no era posible volverme a Madrid, a causa de que -los trajineros pedían fabulosos precios por el viaje, nos reunimos otra -vez. Lopito estaba tan desocupado como yo, y entre la taberna del tío -Malayerba y los jardines del Príncipe nos pasamos la mayor parte del -día, conferenciando sobre cuanto nos ocurría, y especialmente acerca -de acontecimientos públicos, asunto en que él se daba extraordinaria -importancia. Al principio se mostraba algo reservado en esta cuestión; -pero, por último, no pudiendo resistir dentro de su alma el sofocante -peso de un secreto, se franqueó conmigo gallardamente. - ---Si quieres --me dijo--, puedes ganarte algunos cuartos. Yo te llevaré -a casa del señor Pedro Collado, criado de S. A. el Príncipe Fernando, y -verás cómo te dan soldada. ¿Has reparado en esos paletos manchegos que -andan por ahí? Pues todos cobran ocho, diez o doce reales diarios, con -viaje pagado y vino a discreción. - ---¿Y por qué es ello, Lopito? Yo creí que gritaba y chillaba porque así -era su gusto. ¿De modo que todo eso de _vivan nuestros Reyes_ y lo de -_muera el choricero_, es porque corre la mosca? - ---No: te diré. Los españoles todos aborrecen a ese hombre; mas para que -dejen sus casas y tierras y sus caballerías por venir aquí a gritar, es -preciso que alguien les dé el jornal que pierden en un día como este. -Todos los que servimos al Infante D. Antonio Pascual y los criados del -Príncipe de Asturias, hemos estado por ahí buscando gente. De Madrid -hemos traído medio barrio de Maravillas, y en los pueblos de Ocaña, -Titulcia, Villatobas, Corral de Almaguer, Villamejor y Romeral, creo -que no han quedado más que las mujeres y los viejos, pues hasta un -racimo de chiquillos trajo el Sr. Collado. - ---Pero, tonto --dije yo, creyendo presentar un argumento decisivo--, -¿qué importa que toda esa gente chille a las puertas de palacio -pidiendo lo que no les han de dar? ¿Pues no tiene ahí S. M. sus reales -tropas para hacerse respetar y temer? Porque o somos o no somos. Si con -un puñado de gente gritona traída de los pueblos y de las Vistillas de -Madrid se puede obligar al Rey a que haga una cosa, no sé para qué se -toma ese señor el trabajo de llevar corona en la cabeza. - ---Dices bien, Gabrielillo; y si el condenado Generalísimo estuviera -seguro de que la tropa le sostenía, ya podían volverse a sus casas -todos esos caballeros que han venido a darle una serenata; pero tú no -sabes de la misa la media. También han repartido dinero a la tropa ---añadió bajando la voz--; y como el Príncipe de Asturias tiene no sé -cuántas arcas llenas de onzas de oro que le ha ido dando su padre para -juguetes... ya ves... S. A. hará lo que le dé la gana, porque le ayudan -todos los señores de la grandeza, muchos Obispos, muchos Generales, y -hasta los mismos Ministros que ahora tiene el Rey. - ---Eso sí que es una grandísima picardía --exclamó con ira--. Son -Ministros del Rey, son compañeros del otro, a quien sin duda deben los -zapatos con que se calzan, y al mismo tiempo le hacen la mamola al -niño Fernando, porque ven que el pueblo le quiere, y dicen: «Por fas -o nefas, por la mano derecha o por la izquierda, no ha de tardar en -sentarse en el trono.» - -Con este diálogo llegamos a la taberna, y allí nos sentamos, pidiendo -Lopito para sí aguardiente de Chinchón y yo tintillo de Arganda. No -estábamos solos en aquella academia de buenas costumbres, porque cerca -de la mesa en que nosotros perfeccionábamos nuestra naturaleza física -y moral, se veían hasta dos docenas de caballeros, en cuyas fisonomías -reconocí a algunos famosos Hércules y Teseos de Lavapiés, de aquellos -que invocó con épico acento el poeta al decir: - - Grandes, invencibles héroes, - que en los ejércitos diestros - de borrachera, rapiña, - gatería y vituperio, - fatigáis las faltriqueras, - las tabernas y los juegos, - venid a escuchar el modo - de vengar nuestro desprecio. - Envidiable Pelachón; - Marrajo temido y fiero; - inimitable Zancudo, - y demás que sois modelo - de virtudes, venid todos... - -Entre estos hombres vi otros de figura extraña, y tan astrosos y con -tanto andrajo cubiertos, que daba lástima verles. - ---Estos --me dijo Lopito, satisfaciendo mi curiosidad-- son lo -mejorcito de Zocodover de Toledo, donde ejercitan su destreza en el -aligeramiento de bolsillos y alivio de caminantes. - -También entraron en la taberna muchos soldados de caballería, y al -poco rato se había entablado conversación tan viva, que no era posible -entender ni una palabra, si palabras pueden llamarse las vociferaciones -y juramentos de aquella gente. Unos sostenían que la Familia Real -partiría aquella misma tarde, y otros que el Rey no había pensado en -tal viaje. Pronto se disiparon las dudas, porque corrió la voz de que -S. M. dirigía la voz a sus súbditos por medio de una proclama que al -punto se fijó en todos los sitios públicos. En ella, después de llamar -_vasallos_ a los españoles, decía el buen Carlos IV que la noticia -del viaje era invención de la malicia; que no había que temer nada de -los franceses, nuestros queridos amigos y aliados, y que él era muy -dichoso en el seno de su familia y de su pueblo, al cual conceptuaba -asimismo como empachado de prosperidad y bienaventuranza al amparo de -paternales instituciones. - -La mayor parte de los héroes de Zocodover y las Vistillas no parecían -inclinados a dar crédito a la regia palabra, antes bien se burlaban de -cuantos acudían a leerla, añadiendo: - ---No se nos engañará. A mí con esas... _Aspacito_, Sr. D. Carlos, que -ya lo arreglaremos. - -Cuando fui a casa encontré a D. Celestino loco de alegría: paseaba por -su habitación con la sotana suelta, y aunque no estaba presente, ni -aun en sombra, el pícaro sacristán, mi amigo, profería con desaforado -acento estas palabras: - ---¿Lo ves, malvado Santurrias? ¿Lo ves, tunante, borracho, mal acólito, -que no sabes más que juntar gotas de aceite y mocos de vela para -venderlo en pelotillas? ¿Ves cómo yo tenía razón? ¿Ves cómo los Reyes -no han pensado nunca en semejante viaje? Sí, que ahí están esos señores -en el trono para darte gusto a ti, pérfido sacristán, escurridor de -lámparas y ganzúa de cepillos. ¿No bastaba que lo dijera yo, que soy -amigo de S. A. Serenísima, y tengo estudios para comprender lo que -conviene al interés de la Nación? Véngase usted ahora con bromitas; -amenáceme con tocar las campanas sin mi permiso. ¡Ah! agradézcame el -muy tunante que no me cale ahora mismo el manteo y teja para ir en -persona a contarle a S. A. qué clase de pajarraco es usted, con lo cual -dicho se está que el señor Patriarca me le pondría de patitas en la -calle. Pero no, señor Santurrias soy un hombre generoso y no iré; no -quiero quitarle el pan a un viudo con cuatro hijos. Pero véngase usted -ahora con bromitas, diciendo que mi paisano acá y allá, y que le van a -arrastrar; y repita aquello de «¡Viva Fernando, _Kyrie eleison_! ¡Muera -Godoy, _Christe eleison_!» con que me despierta todos los días. - -A este punto llegaba, cuando advirtió que yo estaba delante, y -echándome los brazos al cuello, me dijo: - ---Al fin hemos salido de dudas. Todo era invención de Santurrias. -¿Qué hay por el pueblo? Estará la gente contentísima, ¿sí? Ahora, -cuando salga el señor Príncipe de la Paz a paseo, supongo que le -vitorearán... ¡Ay! qué susto me he llevado, hijito. De veras creí que -íbamos o tener un motín. ¡Un motín! ¿Sabes tú lo que es eso? En mi -vida he visto tal cosa, y sírvase Dios llevarme a su seno antes que -lo vea. Un motín no es ni más ni menos que salirse todos a la calle -gritando viva esto o muera lo otro, y romper alguna vidriera, y hasta -si se ofrece golpear a algún desgraciado. ¡Qué horror! Gracias a Dios -no tendremos ahora nada de esto, y sin duda la prudencia y tino de -aquel hombre... ¿Sabes que estuve en su palacio a prevenirle de lo que -pasaba, y no me recibió?... - ---Lo creo. En estos días no tendrá S. A. humor para recibir, porque, -como dijo el otro, no está la Magdalena para tafetanes. - ---Tal vez él tenga noticias de las picardías de Santurrias y de los -otros perdidos con quien se junta en la taberna del tío Malayerba ---continuó el cura--. ¿Pero en dónde está ese endemoniado sacristán? -No parece por aquí, porque sabe que le he de poner más colorado que un -pimiento riojano. - -No había acabado de decirlo, cuando entreabriéndose la puerta, dejó ver -los dientes, la plegada y siempre risueña boca, la esprimida cara y -arrugada frente del sacristán. - ---Venga acá --exclamó D. Celestino con alborozo--; venga el -sapientísimo Sr. Santurrias, presunto cardenal metropolitano; venga -acá para que nos ilustre con su saber, para que nos aconseje con su -prudencia. ¿Puede decirnos cuándo es el viaje? Porque yo tengo para mí -que la proclama de S. M. es una tiñería; ¿y qué crédito merece el Rey -de las Españas, de las Indias, de Jerusalén, de Rodas, etc., cuando -habla el Excmo. Sr. D. Gregorio de las Santurrias, sacristán que fue de -monjas Bernardas, y hoy de mi parroquia? A ver, ¿nos sacará de dudas su -señoría? - ---Mañana, mañana, mañanita, señor cura --contestó el sacristán--. -Dígame su paternidad: ¿saca o no las botellicas? - -Y luego, sin desconcertarse ante la ironía de su superior, sino, por el -contrario, burlándose de los graves gestos con que se le interpelaba, -empezó a entonar los singulares cantos de su repertorio, haciendo mil -grotescos visajes y moviendo los brazos, ya en ademán de repicar, -ya aparentando recorrer el teclado de un órgano, ya, en fin, con la -postura propia de tocar la guitarra, sin dejar de cantar en la forma -siguiente: - - _Domine, ne in furore tuo arguas me..._ - - Es la Corte la mapa - de ambas Castillas, - y la flor de la Corte - las Maravillas. - Anda, moreno, - que no hay cosa en el mundo - como tu pelo. - - _De profundis clamavi ad te, Domine._ - _Domine exaudi vocem meam..._ - - Don, dilondón, don, don. - - - - -VIII - - -Al día siguiente no hallé tampoco quien me llevase a Madrid; pero -deseando vivamente saber de Inés y oír de sus propios labios si -era verdad o mentira la bienaventuranza que le habían ofrecido los -Requejos, determiné marcharme a pie, lo cual, si no era muy cómodo, era -más barato. D. Celestino y yo hablábamos de esto, cuando Lopito entró a -buscarme. - ---Esta noche --me dijo al bajar la escalera-- tendremos fiesta. No lo -digas ni a tu camisa, Gabrielillo. Pues verás... Aquel papelote que -escribió ayer el Rey es una farsa. Bien decía yo que D. Carlitos, con -su carita de pascua, nos está engañando. - ---¿De modo que hay viaje? - ---Tan cierto como ahora es día. Pero como no queremos que se vayan, -porque esto es enjuague de Napoleón con Godoy para luego repartirse -a España entre los dos; como no queremos que se vayan, el viaje se -prepara ocultamente para esta noche. Si fuera verdad que no pensaban -salir, ¿por qué no se ha retirado la tropa? ¿Por qué ha venido más -tropa, y más tropa, y más tropa? ¿Ves? Ahora está entrando un batallón -por la calle de la Reina. - -Confieso que a mí no me importaba gran cosa que saliese un batallón -o entraran ciento, ni tampoco me ponía en cuidado el que mi Sr. -D. Carlos se marchara a Andalucía o a donde mejor le conviniese. -Así se lo manifesté a mi amigo; pero hallándose el alma de Lopito -inundada de generoso entusiasmo, _por el bien del reino_, me hizo ver -que mi indiferencia era censurable y hasta criminal. Largas horas -pasamos discurriendo por el pueblo y matando el tiempo con amenas -conversaciones. El se empeñó en llevarme a la taberna, y a la taberna -fuimos. La concurrencia era la misma, aunque el panorama de caras había -variado, viéndose entre ellas la de Santurrias, que no era la menos -animada. También estaba allí muy macilento y meditabundo, con los -agujereados codos sobre la mesa, el poeta calagurritano que dos años -antes capitaneaba la turba de silbantes en el estreno de _El sí de las -niñas_, y con él libaba el néctar de Esquivias en el mismo vaso otro -de los dioses menores del Olimpo comellesco, el famoso Cuarta y Media, -calderero y poeta. ¡Pobres hijos de Apolo! - -El pinche me dijo que todos aquellos personajes habían venido de Madrid -traídos por los confeccionadores de la conjuración, y añadió: - ---Esto para que se vea que también toman parte los hombres que se -llaman _científicos_. - -No puedo menos de decir que toda aquella gente me repugnaba; y en -cuanto a sus intenciones y propósitos, todo me parecía absurdo, sin -explicarme por qué. - ---Estúpidos --decía para mí--, ¿pensáis que semejante gatería es capaz -de quitar y poner reyes a su antojo? - -Pero en la noche de aquel mismo día fue cuando pude medir en toda su -inexplorada profundidad el abismo de ignorancia y fanatismo de aquel -puñado de revolucionarios. No hallando otro alivio a mi aburrimiento -que la asistencia a la taberna en compañía de Lopito, en cuanto cerró -la noche procuré tranquilizar a D. Celestino, y me fui allá. Lopito, -que me aguardaba con impaciencia, me dijo al verme a su lado: - ---Me alegro de que hayas venido, pues con eso no perderás lo mejor. -Aquí está reunida toda la gente, y después... después veremos. - -La taberna del tío Malayerba estaba llena de bote en bote, y también -disfrutaba el honor de una desmesurada concurrencia un patio interior, -destinado de ordinario a herradero y taller de carretería. No puedo -haceros formar idea de la variedad de trajes que allí vi, pues creo -que había cuantos han cortado la historia, la costumbre y el hambre -con su triple tijera. Veíanse muchos hombres envueltos en mantas, con -sombrero manchego y abarcas de cuero; otros tantos cuyas cabezas negras -y redondas adornaba un pingajo enrollado, última gradación del turbante -oriental; otros muchos calzados con la silenciosa alpargata, ese pie -de gato, que tan bien cuadra al ladrón; muchos, con chalecos botonados -de moneditas, se ceñían la faja morada, que parece el último girón -de la bandera de las Comunidades; y entre esta mezcolanza de paños -pardos, sombreros negros y mantas amarillas, se destacaban multitud de -capas encarnadas, cubriendo cuerpos famosos de las Vistillas, del Ave -María, del Carnero, de la Paloma, del Águila, del Humilladero, de la -Arganzuela, de Mira el Río, de los Cojos, del Oso, de Tribulete, de -Ministriles, de los Tres Peces, y otros _faubourgs_ (permítasenos la -palabrota), donde siempre germinó al beso del sol de Castilla la flor -de la granujería. - -En cuanto a la variedad de las voces nada puedo decir, porque todos -hablaban a un tiempo. Pero al fin de aquella reunión, como en todas -las de igual naturaleza, resonó una voz para dominar a las demás. La -multitud sabe a veces callar para oír, sin duda porque se marea con sus -propios gritos. Algunos de los presentes dijeron: «que hable Pujitos», -y al instante Pujitos, cediendo a los reiterados ruegos de sus _amigos -políticos_ (dispensadme este anacronismo), salió al patio, por no tener -la taberna capacidad para tan grande auditorio, y subió a la tribuna, -es decir, a un tonel. - -Pujitos era lo que en los sainetes de D. Ramón de la Cruz se señala -con la denominación de _majo decente_, es decir, un majo que lo era más -por afición que por clase; personaje sublimado por el oficio de obra -prima, el de carpintero o el de platero, y que no necesitaba vender -hierro viejo en el Rastro, ni acarrear aguas de las fuentes suburbanas, -ni cortar carne en las plazuelas, ni degollar reses en el matadero, -ni vender aguardiente en _Las Américas_, ni machacar cacao en Santa -Cruz, ni vender torrados en la verbena de San Antonio, ni lavar tripas -allá por el portillo de Gilimón, ni freír buñuelos en la esquina del -hospital de la V. O. T., ni menos se degradaba viviendo holgadamente -a expensas de una mondonguera, o castañera, o de alguna de las muchas -Venus salidas de la jabonosa espuma del Manzanares. Pujitos estaba con -un pie en la clase media: era un artesano honrado, un hábil maestro -de obra prima; pero tan hecho desde su tierna y bulliciosa infancia -a las trapisondas y jaleos manolescos, que ni en el traje ni en las -costumbres se le distinguía de los famosos Tres Pelos, el Ronquito, -Majoma y otras notabilidades de las que frecuentemente salían a visitar -las cortes y sitios reales de Ceuta, Melilla, etc. - -Pujitos era español. Como es fácil comprender, tenía su poco de -imaginación, pues alguno de los granos de sal, pródigamente esparcidos -por mano divina sobre esta tierra, había de caer en su cerebro. No -sabía leer, y tenía ese don particular, también español neto, que -consiste en asimilarse fácilmente lo que se oye; pero exagerando o -trastornando de tal manera las ideas, que las repudiaría el mismo que -por primera vez las echó al mundo. Pujitos era además bullanguero, -de esos que en todas épocas se distinguen, por creer que los gritos -públicos sirven de alguna cosa; gustaba de hablar cuando le oían más de -cuatro personas, y tenía todos los marcados instintos del personaje de -club; pero como entonces no había tales clubs ni milicias nacionales, -fue preciso que pasaran catorce años para que Pujitos entrara con -distinto nombre en el uso pleno de sus extraordinarias facultades. -Setenta años más tarde, Pujitos hubiera sido un zapatero suscrito -a dos o tres periódicos, teniente de un batallón de voluntarios, -vicepresidente de algún círculo propagandista, elector diestro y -activo, vocal de una comisión para la compra de armas, inventor de -algún figurín de uniforme; hubiera hablado quizás del _derecho al -trabajo_ y del _colectivismo_, y en vez de empezar sus discursos así: -_Jeñores: Denque los güenos españoles..._ los comenzaría de este otro -modo: _Ciudadanos: A la raíz de la revolución..._ - -Pero entonces no se había hablado de los derechos del hombre, y lo poco -que de la Soberanía Nacional dijeron algunos no llegó a las tapiadas -orejas de aquel personaje; ni entonces había asociaciones de obreros, -ni derecho al trabajo, ni batallones de milicias, ni gorros encarnados; -ni había periódicos, ni más discursos que los de la Academia, por cuyas -razones Pujitos no era más que Pujitos. - -De pie sobre el tonel, con la capa terciada, el sombrero echado sobre -la ceja derecha, aquel personaje, pequeño de cuerpo, si bien de alma -grande, morenito, con sus ojuelos abrillantados por los vapores que le -subían del estómago, habló de esta manera: - ---Jeñores: Denque los güenos españoles golvimos en sí y vimos quese -Menistro de los dimonios tenía vendío el reino a Napolión, risolvimos -ir en ca el palacio de su sacarreal majestad pa icirle cómo estemos -cansaos de que nos gobierne como nos está gobernando, y que naa más -sino que nos han de poner al Príncipe de Asturias, pa que el puebro -contento diga: «el _Kyrie eleison_ cantando, ¡viva el Príncipe -Fernando!» (_Fuertes gritos y patadas._) Ansina se ha de hacer, que -ínterin quel otro se guarda el dinero de la Nación, el puebro no come, -y Madrid no quiere al Menistro; conque, ¡juera el Menistro! que aquí -semos toos españoles, y si quieren verlo, úrgennos un tantico y verán -do tenemos las manos. (_Señales de asentimiento._) Pos sigo iciendo que -esombre nos ha robao, nos ha perdío, y esta noche nos ha de dar cuenta -de too, y hamos de ecirle al Rey que le mande a presillo y que nos -ponga al Príncipe Fernando, a quien por esta (y besó la cruz) juro que -le efenderemos contra too el que venga, manque tenga enjércitos y más -enjércitos. Jeñores: astamos ya hasta el gañote, y ahora no hay naa más -sino dejarse de pedricar y coger las armas pacabar con Godoy, y digamos -toos con el ángel: - - «El _Kyrie eleison_ cantando, - ¡viva el Príncipe Fernando!» - -Un alarido, un colosal balido resonó en el patio, y el orador bajó de -su escabel. Mientras limpia el sudor de su frente coronada con los -laureles oratorios, la moza de la taberna se acerca a escanciarle vino. -¿Es Hebe, la gallarda copera de los dioses, que vierte el néctar de -Chipre en el vaso de oro del joven de los rubios cabellos, al regresar -de la diurna carrera? No: es Mariminguilla, la ninfa de Perales de -Tajuña, a quien trajo desde las riberas de aquel florido río el Sr. -Malayerba, dándole el cargo de escanciadora mayor, que desempeña entre -pellizcos y requiebros. - -Lopito, que tiene con ella alguna aventura pendiente, la llama, la -pellizca también, dícele mil niñerías... Pero a todas estas la multitud -que ocupa la taberna se levanta, obedeciendo a la orden de un hombre -que allí se presentó de improviso. Salieron todos, y yo, no queriendo -perder el final de una función que parecía ser divertida, les seguí. - ---¡Silencio todo el mundo! --dijo una voz, perteneciente, según -comprendí, a persona resuelta a hacerse obedecer; y la turba se puso en -marcha con cierto orden. La noche era oscurísima, pero serena. - ---¿A dónde vamos, Lopito? --pregunté a mi compañero. - ---A donde nos lleven --me contestó por lo bajo--. ¿A que no sabes quién -es ese que nos manda? - ---¿Quién? ¿Aquel palurdo que va delante con montera, garrote, -chaqueta de paño pardo y polainas; que se para a ratos, mira por las -bocacalles, y se vuelve hacia acá para mandar que calléis? - ---Sí: pues ese es el señor Conde del Montijo. Conque figúrate, -chiquillo, si no podemos decir aquel refrán de... cuando los santos -hablan, será porque Dios les habrá dado licencia. - - - - -IX - - -El grupo recorrió algunas calles y uniose a otro más numeroso que -encontramos al cuarto de hora de haber salido. Lopito, señalándome las -tapias que se veían en el fondo del largo callejón, me dijo: - ---Aquellas son las cocheras y la huerta del Príncipe de la Paz. - -Pasamos de largo y vimos de lejos las dos cúpulas del palacio. Cerca -del mercado se nos unieron otras muchas personas que, según Lopito, -eran cocheros, palafreneros, pinches, mozos de cuadra y lacayos del -Infante Don Antonio y del Príncipe de Asturias. - ---Pero ¿qué vamos a hacer aquí? --pregunté a mi amigo--. ¿Vamos a -impedir que los Reyes salgan del pueblo, o vamos simplemente a tomar el -fresco? - ---Eso lo hemos de ver pronto --me contestó--. Yo, si he de decirte la -verdad, no sé lo que se ha de hacer, porque Salvador el cochero no -me ha dicho más sino que vaya donde van los demás y grite lo que los -demás griten. Ves, ahí frente tenemos el palacio: no hay luces en las -ventanas ni se oye ruido alguno, como no sea el de las ranas que cantan -en los charcos del río. - -La voz del que nos mandaba dijo «¡Alto!», y no dimos un paso más. - ---Es raro --dije a Lopito muy quedamente-- que no hayamos encontrado -centinelas que nos detengan, ni siquiera una ronda de tropa que nos -pregunte a dónde vamos a estas horas. - ---¡Necio! --me contestó--. ¡Si sabrá la tropa lo que se pesca! ¿Pues -qué hacen ellos sino estarse quietecitos en sus cuarteles esperando a -que les digan: caballeros, esto se acabó? - -Dime por convencido y callé. Durante un rato bastante largo no se -oyó más que el sordo murmullo de diálogos sostenidos en voz baja, -algunos sordos ronquidos, sofocadas toses, y a lo lejos el canto -de las discutidoras ranas y el rumor de leves movimientos del aire -sacudiendo las ramas de los olmos, que empezaban a reverdecer. La noche -era tranquila, triste, impregnada de ese perfume extraño que emiten -las primeras germinaciones primaverales. El cielo estaba tachonado de -estrellas, a cuya pálida claridad se dibujaban los espesos y negros -árboles, la silueta cortada del Real Palacio, y más allá la figura del -Anteo de mármol, levantado del suelo por Hércules, en el grupo de la -fuente monumental que limita el llamado _Parterre_. El sitio y la hora -eran más propios para la meditación que para la asonada. - -De improviso, aquel silencio profundo y aquella oscuridad intensa se -interrumpieron por el relámpago de un fogonazo y el estrépito de un -tiro que no se sabe de dónde partió. La turba de que yo formaba parte -lanzó mil gritos, desparramándose en todas direcciones. Parecía que -reventaba una mina, pues no a otra cosa puedo comparar la erupción de -aquel rencor contenido. Todos corrían; yo corría también. Lucieron -antorchas y linternas; se alzaron al aire nudosos garrotes; muchas -escopetas se dispararon; oyose un son vivísimo de cornetas militares, -y multitud de piedras, despedidas por diestras manos, fueron a -despedazar, produciendo horribles chasquidos, los cristales de una gran -casa. Era la del Príncipe de la Paz. - -La historia dice que el tumulto empezó porque la turba se empeñó en -conocer a una dama encubierta que, acompañada de dos guardias de honor, -salía en coche de casa del Generalísimo. Aseguran algunos que en una de -las ventanas del palacio se vio una luz, considerada como señal para -empezar la gresca. - -Del tiro y toque de corneta no tengo duda, porque los oí perfectamente. -En cuanto a la luz, yo no la vi; pero creo haber oído decir a Lopito -que él la vio, aunque no estoy muy seguro de ello. Poco importa que -apareciese o no: lo primero es, si no cierto, muy verosímil, porque -el centro de la conjuración estaba en el alcázar, y los principales -conspiradores eran, como todo el mundo sabe, el Príncipe de Asturias, -su tío, su hermano, sus amigos y adláteres, muchos gentilhombres, altos -funcionarios de la casa del Rey, y algunos Ministros. - -Los alborotadores se multiplicaban a cada momento, pues nuevas oleadas -de gente engrosaban la masa principal, sin que un soldado se presentase -a contener al paisanaje. No tardó en caer al suelo, destrozada por -repetidos golpes y hachazos, la puerta del palacio del Príncipe de -la Paz, cuyo nombre pronunciaba el irritado vulgo entre horribles -juramentos y amenazas. - -La turba siempre es valiente en presencia de estos ídolos indefensos, -para quienes ha sonado la hora de la caída. Tienen estos en contra suya -la fatalidad de verse abandonados de improviso por los amigos tibios, -por los servidores asalariados, y hasta por los que todo lo deben al -infeliz que cae; de modo que a las manos del odio, justo o injusto, -se unen, para rematar la víctima, las manos de la ingratitud, el más -canalla de todos los vicios. - -Sintiendo el auxilio de la ingratitud, la turba se envalentona, -se cree omnipotente e inspirada por un estro divino, y después se -atribuye orgullosamente la victoria. La verdad es que todas las caídas -repentinas, así como las elevaciones de la misma clase, tienen un -manubrio interior manejado por manos más expertas que las del vulgo. - -Cuando la puerta de la casa se abrió, precipitose la turba en lo -interior, bramando de coraje. Su salvaje resoplido me causaba terror -e indignación, mayormente cuando consideré que iba a saciar su sed de -venganza en la persona de un hombre indefenso. Era aquella la primera -vez que veía yo al pueblo haciendo justicia por sí mismo, y desde -entonces le aborrezco como juez. - -A los gritos de «¡Muera Godoy!» se mezclaban preguntas de feroz -impaciencia: «¿Le han cogido?» «¿Le han matado?» Todos querían entrar; -mas no era posible, porque la casa estaba ya atestada de gente. Desde -fuera y al través de los balcones, de par en par abiertos, se veía -el resplandor de las hachas. Siniestros gritos y ruidos de muebles o -vasos que se quebraban bajo las garras de la fiera, salían de la casa -a mezclarse con el concierto exterior. En un instante se encendió una -gran hoguera que iluminó la calle: las campanas de todas las iglesias -y conventos del pueblo tocaban sin cesar; pero no podía definirse si -aquellos tañidos eran toques de alarma o repiques de triunfo. - -Lopito, que bailaba como un demonio adolescente junto a la hoguera, se -acercó a mí y me dijo: - ---Gabriel, ¿no te entusiasmas? ¿Qué haces ahí tan friote? Ven, subamos -al palacio. Alguna vez ha de ser para nosotros. ¿No dicen que todo lo -ha robado a la Nación? - -Casi arrastrado por mi joven amigo entré en el palacio y subí a las -habitaciones altas, abriéndonos paso por entre los energúmenos que -bajaban y subían. Recorrí todas las salas por las cuales había -transitado dos días antes; llegué al mismo despacho del Príncipe, y -vi la mesa donde escribí mi nombre. La multitud subía y bajaba, abría -alacenas, rompía tapices, volcaba sofás y sillones, creyendo encontrar -tras alguno de estos muebles al objeto de su ira; violentaba las -puertas a puñetazos; hacía trizas a puntapiés los biombos pintados; -desahogaba su indignación en inocentes vasos de China; esparcía lujosos -uniformes por el suelo; desgarraba ropas; miraba con estúpido asombro -su espantosa faz en los espejos, y después los rompía; llevaba a la -boca los restos de cena que existían aún calientes en la mesa del -comedor; se arrojaba sobre los finos muebles para quebrarlos; escupía -los cuadros de Goya; golpeaba todo por el simple placer de descargar -sus puños en alguna parte; tenía la voluptuosidad de la destrucción, el -brutal instinto tan propio de los niños por la edad como de los que lo -son por la ignorancia; rompía con fruición los objetos de arte, como -rompe el rapaz en su despacho la cartilla que no entiende; y en esta -tarea de exterminio la terrible fiera empleaba a la vez y en espantosa -coalición todas sus herramientas, las manos, las patas, las garras, las -uñas y los dientes, repartiendo puñetazos, patadas, coces, rasguños, -dentelladas, testarazos y mordiscos. - -La rabia del monstruo aumentó cuando corrieron de boca en boca estas -frases: «No está ese perro.» «El endino se ha escapao.» Efectivamente: -el Príncipe no parecía por ninguna parte, de lo cual me alegré. - -Cuando la turba no puede saciar su hambre de destrucción en el objeto -humano de su rencor, suele darse el gustazo de tomar venganza en los -cuerpos inocentes de los muebles que a aquel pertenecieron. Así ha -ocurrido en todos los motines de nuestro repertorio, y así ocurrió -en aquel, más que ninguno famoso, por las diversas causas que lo -ocasionaron. Convencidos, pues, los conjurados de que no habrían a -las manos ni un pelo del Príncipe de la Paz, concibieron el heroico -pensamiento de quemar todas las preciosidades del recinto recién -saqueado. Con gozo sin igual, con la embriaguez del triunfo y la -conciencia de su fuerza irresistible, comenzaron los nuevos huéspedes -del palacio a arrojar por los balcones sillas, sofás, tapices, vasos, -cuadros, candelabros, espejos, ropas, papeles, vajillas y otros mil -perversos cómplices de la infame política de Godoy. La fiera cumplía -este cometido con cierto orden, sin dejar de decir: «¡Muera ese -tunante, ladrón!» y «¡Viva el Rey, viva el Príncipe de Asturias!» - -Pero antes de que empezara esta operación, y cuando los exploradores -se convencieron de que el Príncipe había huido, la Princesa de la Paz, -que hasta entonces oculta permanecía, se presentó pidiendo socorro e -implorando la compasión de la multitud. El miedo hacía temblar a la -infeliz señora, lo mismo que a su hija, niña de corta edad, que con -ambos puños en los ojos lloraba sin consuelo. No sé si los ruegos de -la madre y de la hija ablandaron a los amotinados, o si las personas -de categoría que dirigían la fiesta determinaron poner en salvo con -todo miramiento y consideración a la infeliz Princesa; lo cierto fue -que, lejos de maltratarla de obra o de palabra, sacáronla de la casa, y -puesta en una berlina fue llevada en _ca el palacio_ de los Reyes, como -decía Pujitos, el cual, sin que nadie se lo ordenara, se encargó de tan -caballeresca comisión. - -Ustedes comprenderán que todo lo que fuese figurar en primer término -agradaba a Pujitos. Si se reunía un pelotón para marchar a cualquier -parte, allí estaba él para mandarlo, complaciéndose en decir: «Malchen, -media güelta a lizquielda», con tanta marcialidad como un capitán de -guardias walonas. No me cansaré de repetirlo: Pujitos tenía en su -cráneo, entre un lobanillo y un chichón, la protuberancia (¿cómo lo -diré...?), la protuberancia de la _tenientividad_. Como Napoleón el -genio de la guerra, poseía él el instinto de la Milicia Nacional, y los -hados le permitieron gozar el mando de varias compañías en los años de -jarana del 20 al 23 y aun posteriormente. - -Cuando los infatigables trabajadores del motín comenzaron a arrojar -por ventanas y balcones los muebles del palacio, Lopito, que llevaba a -cuestas una maravillosa obra de porcelana, producto de los talleres de -la Moncloa, se llegó a mí y díjome: - ---Gabrielillo, cuidado cómo coges nada. El _tío Pedro_, que está allí -observando lo que hacemos, tiene en la mano una pistola, y dice que -levantará la tapa de los sesos al que robe cualquier chuchería. No -es el único gran caballero que anda entre nosotros. ¿Ves aquel hombre -vestido de majo que está dando de patadas a un retrato de cuerpo -entero? Pues es un gentilhombre del cuarto del Príncipe. ¿Ves? ya pasó -el pie del otro lado de la tela. Tremendo agujero le han hecho. ¡Al -fuego, al fuego! - -La hoguera, alimentada con tanto combustible, subía a enorme altura, y -las llamas oscilantes iluminaban de un modo pavoroso la calle toda, y -también el interior del palacio. Parecíamos los cíclopes de una inmensa -fragua; y digo parecíamos, porque yo también, temiendo que mi falta -de entusiasmo fuera sospechosa y me proporcionase algún porrazo, puse -manos a la obra, y cogiendo una armadura milanesa, en cuyo peto y casco -se veían batallas microscópicas, trabajadas por finísimo cincel, di -con ella en la calle y en la hoguera. Ni por un momento cesaban los -gritos de «¡Muera Godoy!» y sin duda querían matarle a voces, ya que -de otra manera les fue imposible conseguirlo. Pero es de advertir que -entre nosotros es muy común el intento de arreglar las más difíciles -cuestiones mandando vivir o morir a quien se nos antoja, y somos tan -dados a los gritos, que repetidas veces hemos creído hacer con ellos -alguna cosa. - -Yo no sé si los asaltadores de la casa del Príncipe de la Paz creían -estar quemando algo más que muebles muy finos y primorosas obras de -arte; pero por lo que en boca de alguno de aquellos héroes oí, se me -figuraba que estaban convencidos de que hacían un gran papel político; -de que con la llama de los espinos y de los brezos, sin cesar -alimentada por ébanos tallados y bordadas telas, estaban cauterizando -las más feas llagas de la doliente España. ¡Ay! He presenciado después -la misma escena repetida cada pocos años, ya por esta idea, ya por la -otra, y he dicho: «Algunas veces puede conseguirlo la espada en manos -de un hombre de genio; pero el fuego en manos del vulgo, jamás.» - -Tras la armadura cogí un reloj de bronce, y al llevarlo sobre mí -sentía el palpitar de su máquina. El pobrecillo andaba, vivía: aquel -artificio, que tanto se parece a un ser animado; aquella obra de los -hombres que parece obra de Dios, y que ha sido inventada por la ciencia -y adornada por las artes para uno de los más útiles empleos de la vida, -iba a perecer a manos del hombre mismo, sin haber cometido más crimen -que el de marcar las horas... ¿Pero a qué vienen estas consideraciones -hechas ante la hoguera del rencor? Aunque me daba lástima del -relojito, y lo estrechaba contra mi pecho escuchando su latido que -iba a extinguirse, arrojele al fin, y las mil piezas de su máquina -ingeniosa repercutieron sobre el suelo. Al reloj siguieron cuantas -baratijas encontré a mano, entre ellas guantes perfumados, un estuche -de marfil, estatuitas de alabastro, y después unos mapas del Asia, -libros lujosamente encuadernados (que sin duda los muy necios se creían -libres de la Inquisición), unas pantuflas, cuatro casacas con galones -de plata y oro, y el pupitre en que dos días antes se había extendido -mi recomendación. Fortuna, vil prostituta, ¿por qué te invocan los -hombres? ¿Por qué consagran su vida a buscarte, ya con afanes y -trabajos, ya con sutilezas e intrigas, por todos los rincones del -mundo, en altas y bajas esferas? Y el que te encuentra, ¿por qué se te -entrega ciegamente, ignorante de tus traiciones? Vale más ser constante -entre tus desdeñados que entre tus elegidos, y la mayor suerte del ser -humano será el no conocerte ni de nombre, y su mejor hazaña darte con -la puerta en los hocicos el día en que intentes penetrar en su casa. - - - - -X - - -Cuando revolvía uno de los armarios, aparecieron varias cruces o -condecoraciones; pero algunos de los presentes ni aun me permitieron -tocarlas, y pusiéronlas todas en una bandeja de plata, para -devolverlas, según decían, al Rey en persona. Lo más singular de la -determinación de aquellos cortesanos, tiznados con el hollín de la -demagogia, era que disputaban sobre quién debía llevarlas, pues ninguno -quería ceder a los demás semejante honor. Uno de ellos venció al fin; y -no quisiera equivocarme, pero me pareció reconocer al señor de Mañara. - -Con el crecer de la llama parecía que cobraban nuevos bríos los -quemadores, si bien puede atribuirse este fenómeno a que algunos -zaques dieron vuelta a la redonda, humedeciendo los secos paladares, -y alegrando los ánimos que un trabajo tan duro como patriótico había -comenzado a abatir. Creí oír la voz de Pujitos, obligado nuevamente por -sus _amigos políticos_ a tomar la palabra; pero no: era Santurrias, -que teniendo en la izquierda la bota y en la derecha mano un leño -encendido, pronunciaba sentidas frases en loor del pueblo y del Rey, -ambos en buen amor y compaña, para bien del _reino_; y añadía que el -_endino_ Príncipe de la Paz estaba bien castigado, puesto que eran ya -cenizas todos los muebles que robó al _reino_, y que de _aquí palante_, -es decir, en lo sucesivo, no habría más _menistros_ pillos y _lairones_. - -Las hogueras, cuando ya no había nada que echarles, se aplacaron; el -populacho, mientras el tío Malayerba tuvo vino, y Pujitos y Santurrias -elocuencia, seguía ardiendo y chisporroteando. Algunos quisieron -trasladar el teatro de sus ingeniosas proezas a las puertas de palacio, -no siendo extraños los dos oradores a un proyecto que ensanchaba la -esfera de sus triunfos; pero debió oponerse a esto el tío Pedro y -compañeros de polaina, mayormente cuando tenían la seguridad de que -el motín de las calles no era más que una sucursal de la gran asonada -que en los mismos momentos estallaba en palacio y en la cámara del Rey -Carlos IV. - -Era ya la madrugada cuando quise retirarme, sin que lograra detenerme -Lopito, que decía: - ---Aún falta lo mejor. ¿Qué te parece, Gabrielillo, lo que hemos hecho? -Pues _entavía_ hemos de hacer mucho más. Ya habrá visto el Rey si se -puede o no se puede. Pónganos otra vez menistros malos, y verá cómo -en menos que canta un gallo se les despabila. Lo que es Lopito... je, -je... ya habrán visto que tiene malas moscas... y como yo hubiera -encontrado a Godoy en cualquiera parte de la casa, le juro que no sale -vivo de mis manos. - -Diciendo esto, el valiente pinche sacó una navajilla, con la cual le vi -describir heroicas curvas en el aire. - ---Y si llegamos a ir a palacio --prosiguió, alzando el arma homicida--, -yo, yo mesmito soy el que me presento al Rey y a la Reina para decirles -que si no nos ponen al Príncipe Fernando en el trono, lo pondremos -nosotros. Lo que es al Rey no le haré nada, porque es el Rey; pero a la -Reina, manque se ponga de rodillas delante, no la perdono. - -Dijo, y guardó el arma. A todas estas llegó una compañía de guardias -para custodiar la casa después de saqueada: fácil era comprender la -inteligente dirección del motín, de que había sido brutal instrumento -un pueblo sencillo. Este no hubiera podido dar un paso más allá de -la línea que se le marcara sin sentir encima la fuerte mano de la -autoridad. - -No necesito decir que cuando se montó la guardia, el predestinado -Pujitos quiso formar parte de ella, aunque no era militar, y su genio -organizador se entretuvo en reunir en pelotón hasta una docena de -hombres, con los cuales se ocupó en patrullar por las inmediaciones de -la casa, mandándoles marchar a compás y supliendo él mismo con su voz -la falta de tambor. - -Al fin me marché, no solo porque tenía sueño, sino porque cuanto había -visto y oído me repugnaba con exceso. Llegué a la casa del cura, y no -puedo haceros formar idea del estado de agitación y fiebre en que le -encontré. Envuelta en un pañuelo la cabeza, puesta la sotana vieja y -con un antiguo gabán de paño burdo echado sobre los hombros, sus anchos -pantuflos en los pies, estaba mi buen eclesiástico recorriendo de largo -a largo los corredores y pasillos de su casa. Su aspecto era semejante -al de los que sufren un terrible dolor de muelas; a cada instante se -llevaba las manos a las orejas, como para resguardarlas del ruido que -hacían aún las campanas de la iglesia vecina; de vez en cuando golpeaba -el suelo con fuerte patada, y a lo mejor daba media vuelta, cambiando -de dirección en su calenturiento paseo. Entre tanto no cesaba de -hablar un solo momento. ¿Con quién? Con las paredes, con la luna, con -la parra, que, enredándose en los maderos del corredor, extendía sus -flacos y secos brazos para coger alguna cosa. Cuando me vio, hablome -sin aguardar a que llegase a su lado. - ---Estoy loco, Gabrielillo. ¿Qué pasa, qué ocurre? ¿Oyes las campanas -de la parroquia? Por los mártires de Alcalá juro... no, jurar no, que -es pecado... prometo que Santurrias me las ha de pagar todas juntas. -¿Pero has visto cómo se burla de mí ese condenado? No es él el que -toca, que si fuera... Mira, estaba yo descabezando el primer sueño, -cuando me hizo saltar de la cama el ruido de las campanas. ¡Dios mío, -qué algazara! Plin, plan, plin, plan... parecía que el cielo se venía -abajo. Lleno de indignación subí a la torre; pero Santurrias no estaba, -y en su lugar sus cuatro hijos tocaban las campanas. Tal era mi cólera, -que resolví mostrar la mayor energía, y les dije: «Pillos, granujas, -váyanse de aquí noramala;» pero ellos se rieron de mí y siguieron -tocando... plin, plan, plin, plan... ¡Si hubieras visto a los cuatro -condenados muchachos, con qué alegría, con qué frenesí tiraban de las -cuerdas!... ¡Malditos sean!... Pues uno de ellos, el mayor, es listillo -y muy mono... y ayuda a misa como un zarapico. Pero me dio tal enfado, -que les mandé salir de la torre. ¿Tú me obedeciste? pues ellos tampoco. -El más chico me dijo: _Pare Gorio jue matal a Godoy, y nos puso a que -tocálamos fuelte, fuelte._ Desde las once hasta ahora no han cesado ni -un momento. ¿Pero dime, qué ocurre en el pueblo? He visto el resplandor -de una llamarada, he sentido gritos. La tía Gila fue por orden mía a -ver lo que pasaba, y volvió horrorizada, diciendo que estaban quemando -todo el Palacio Real de punta a punta, y los jardines, y el Tajo, y la -cascada. Cuéntame, hijito, que estoy sin sosiego. - -Contele lo que había pasado en casa del Príncipe su amigo. - ---Pero a estas horas habrán salido las tropas para castigar a esa vil -plebe --me dijo. - ---¡Quiá! Si entre la multitud había muchos soldados... La tropa debe de -estar sobornada. - ---Pero a estas horas el Príncipe habrá tomado sus disposiciones para -arreglarlo todo... porque él no es hombre que se anda con chiquitas, -y si les sienta la mano... ¡Cuánto deploro no haber podido advertirle -ayer lo que se preparaba! Ya ves, hubiéramos podido evitar ese tumulto. -¡Miserable de mí!... Yo, yo tengo la culpa de lo que está pasando. Si -no fuera por este genio corto que Dios me ha dado... - ---El Príncipe ha huido, y debe estar a estas horas muy lejos de -Aranjuez. - ---¡Que ha huido! No puede ser, no puede ser --afirmó con cierta -enajenación--. Gabriel, ¿para qué mientes? ¿O eres tú también de los -que creen las majaderías y simplezas de Santurrias? - -A este punto llegábamos de nuestro coloquio, cuando sentimos una voz -ronca y desapacible que gritaba en el portal. - ---¡Ah! --dijo el cura--; me parece que siento a Santurrias. Ahora va -a ser ella: no intercedas por él... estoy decidido... ahora sí que es -preciso ser enérgico. - -La voz se acercaba. Era efectivamente el sacristán, que cantaba así, -subiendo por la escalera: - - Vale una seguidilla - de las manchegas - por veinticinco pares - de las boleras. - - _Solvet sæclum in favilla, teste David cum Sibylla._ - ---Váyase usted, Sr. Santurrias --gritó el cura--. No le quiero ver a -usted, no quiero oír sus necedades. - -El sacristán, que hasta entonces no nos había visto, se paró ante -nosotros, y lanzando una carcajada de estupidez, habló así, con lengua -estropajosa: - - El _Kyrie eleison_ cantando, - ¡viva el Príncipe Fernando! - -Luego dio fuertes golpes en el suelo con un garrote medio quemado que -en la mano traía, y acto continuo empezó a marchar militarmente por el -corredor, imitando con la boca el ruido del tambor. - ---¡Está borracho! --dijo el cura--. Pero, miserable, ¿no ves que el -vino se te sale por los ojos? - -Santurrias, apoyado en su palo para no caer al suelo, alargó su cuello, -fijó en nosotros los encandilados ojos, arrugose su cara más aún que de -ordinario, y chilló así: - ---Señor paterniá: el Príncipe ha juío... ¡Viva el Rey! ¡Muera el -Choricero! ¡Muera ese pillo lairón!... _¡O salutaris hooo...stia!_ Si -me bian dejao, le hago porvo con este palo... Prrum, prrum... ¡marchen! -Media güelta... ¡Viva el comendante Pujitos! - ---¡Oh espectáculo lastimoso! --clamó D. Celestino--. Está como una -cuba. Ya no le aguanto más... A la calle, a la calle mañana mismo. Se -lo diré al señor Patriarca... Pero no: ahora me acuerdo de que es un -viudo con cuatro hijos. - -A todas estas las campanas seguían tocando con igual furia, prueba -evidente de que el entusiasmo de los cuatro muchachos no había -disminuido. - -Santurrias se agarró al antepecho del corredor para no caer. Después de -haber dicho mil herejías, que a D. Celestino le pusieron el cabello de -puntas, dijo que nos iba a contar lo que había hecho. - ---Calla de una vez, deshonra de la santa Iglesia, borracho, hereje, -blasfemo --le dijo D. Celestino empujándole--. Yo te aseguro que si no -fueras un viudo con cuatro hijos... - ---Pos, pos... --balbuceó Santurrias--: lo que hamos hecho se llama... -¡rigolución!... Que si vamos a Palacio, que si no vamos. Yo quería ir -pa pedí la aldicación. - ---¡Cómo! --exclamó el cura con espanto--. ¿Ha abdicado S. M. el Rey -Carlos IV? - ---Nones... entavía nones... - - _Quantus tremor es futurus_ - _Quando judex est venturus._ - - Viva quien baila, - que merece la moza - mejor de España. - -¡Muera Godoy!... marchen... señor cura. Ya el menistro no es menistro, -polque el Rey... - ---Creo que el Rey --indiqué yo para sacar de su ansiedad al buen -anciano--, ha firmado ya la destitución del Príncipe de la Paz. Según -allí se dijo, los ministros que estaban en palacio se lo pedían así. - ---Eso... eso... juimos a palacio --continuó Santurrias, que, no -pudiendo sostenerse ya, había caído al suelo--, y salió un gentilón -con un papé escrito, y leyó... y decía... decía: _Queriendo mandal por -mi mesma mesmedá en el enjército y la marina, he venido en ex... ex... -ex..._ - ---En exonerar --dijo el cura, dirigiendo sus ojos al cielo. - -Santurrias murmuró algunas palabras más entre latinas y castellanas, -y calló al fin. Un fuerte ronquido anunció el aplanamiento de aquel -elevado espíritu, conturbado por el vino de la conjuración. - -Observé que D. Celestino enjugaba una lágrima con la punta del mismo -pañuelo que tenía arrollado en la cabeza. Amanecía, y una turba de -pájaros procedentes de los árboles cercanos, pasaron por sobre el patio -cantando un himno de paz. Las primeras luces de la mañana iluminaron la -casa, y el cura se retiró a su cuarto, diciendo: - ---Dentro de un rato diré la misa y la aplicaré por la salvación de -mi amigo el Príncipe de la Paz... ¡Ay, si yo le hubiera avisado con -tiempo!... Pero ¿no oyes? ¡Esas condenadas campanas me tienen loco! - -En efecto, los cuatro muchachos seguían tocando. - - - - -XI - - -Pasé todo aquel día durmiendo. Al caer de la tarde salí para observar -el aspecto del pueblo, y en la taberna encontré a Lopito, que hacía con -su navaja mil rúbricas en el aire, para que le viera Mariminguilla. -Después, guardando el arma, me dijo: - ---Le he caído en gracia a la muchacha, y si el tío Malayerba no me -la deja sacar de aquí, ya sabrá quién es Lopito. ¡Qué bien me porté -anoche, Gabriel! Todos están entusiasmados conmigo, y para cuando -tengamos al Príncipe en el trono, ya me han prometido darme una plaza -de ocho mil reales en la Contaduría del Consejo de Hacienda. - ---Chico, si tienes buena letra... - ---Ni buena ni mala, porque no sé escribir; pero eso será lo de menos. -Me ha dicho Juan el cochero que ahora van a quitar de las oficinas a -todos los que puso el Príncipe de la Paz, y como son cientos de miles, -quedarán muchas plazas vacantes. Conque a toos nos han de poner... -porque, chico, esto de la montería me cansa, y para algo más que para -cuidar perros y machos de perdiz me parece que nos echaron nuestras -madres al mundo. - ---Pero ¿ponen al Príncipe de Asturias, o no le ponen? - ---Nos lo pondrán; y si no, ¿para qué vienen ahí las tropas de Napoleón? -¡Qué bueno estuvo lo de anoche! Dicen que el Rey temblaba como un -chiquillo, y quería venir a calmarnos; pero parece que los ministrillos -no le dejaron. La Reina decía que nos debían matar a todos, para que -no pasara aquí otra como la de Francia, donde les cortaron la cabeza a -los Reyes con un instrumento que llaman la _tía Guillotina_. Así me lo -contó esta mañana Pujitos, que sabe de toas estas cosas, y lo ha leído -en un papel que tiene. Nosotros queremos al Rey porque es el Rey, y -esta mañana, cuando salió al balcón, gritamos mucho y le echamos vivas. -Él se llevaba la mano a los ojos para secarse las lágrimas; pero la -condenada Reina estaba allí como un palo, y no nos saludó. Pujitos, que -lo sabe todo, dice que es porque está afligida con lo que hemos hecho -en casa del Choricero, y asegura que ella lo tiene escondido en su -camarín. - ---Puede ser. - ---Pues yo me he lucido --continuó Lopito, alzando la voz para que lo -oyera Mariminguilla--. Esta mañana, cuando prendieron a Don Diego -Godoy, hermano del menistro, íbamos toos gritando detrás, y yo le tiré -una piedra, que si le llega a dar en metá la cara, lo deja en el sitio. - ---¿Y qué había hecho ese señor? - ---¿Te parece poco ser hermano de ese pillastrón? Era coronel de -guardias; pero sus mismos soldados le quitaron las insignias, y ahora -me le van a llevar a un castillo. - -Aquella noche oí un nuevo discurso de Pujitos; pero haré a mis lectores -el señalado favor de no copiarlo aquí. El poeta calagurritano que -antes mencioné, jefe de la conspiración literaria fraguada contra _El -sí de las niñas_, se arrimó a nosotros, acompañado de Cuarta y Media, -y entre uno y otro nos descerrajaron la cabeza con media docena de -sonetos y otros proyectiles fundidos en sus cerebros. Pero después -que nos molieron a sonetazos, Lopito trabó cierta pendencia con el -poeta, porque a este se le antojó requebrar a Mariminguilla, llamándola -_ninfa_ de no sé qué aguas o poéticos charcos. La navaja de Lopito -salió a relucir, y si el poeta no hubiera sido el más cobarde de los -cabalgantes del Pegaso, habrían corrido, mezcladas en espantoso río, la -sangre de un futuro empleado de Hacienda y la de un pretérito émulo del -viejo Homero. - -Nada más ocurrió en aquella noche, digno de ser transmitido a la -posteridad; pero a la mañana siguiente se esparció con la rapidez del -rayo por todo el pueblo la voz de que el Príncipe de la Paz había sido -encontrado en su propia casa. La taberna del tío Malayerba se vació en -dos minutos, y de todas partes cundió en gran masa la gente para verle -salir. - -Era cierto: Godoy se había refugiado en un desván donde le encerró uno -de sus sirvientes, el cual, preso después, no pudo acudir a sacarle. -A las treinta y seis horas de encierro, el Príncipe, prefiriendo sin -duda la muerte a la angustia, hambre y sed que le devoraban, bajó de -su escondite, presentándose a los guardias que custodiaban su morada. -Estos, lejos de amparar al que un día antes era su jefe, alborotaron el -vecindario, y la misma turbamulta de la noche del 17 acudió con heroico -entusiasmo a apoderarse de él. - ---¡Ya pareció, ya le cogimos, ya es nuestro! --clamaban muchas voces. - -Fuimos todos allá, y en la puerta del palacio el agolpado gentío -formaba una muralla. Los feroces gritos, los aullidos de cólera -componían espantoso y discorde concierto. Sorprendiome oír entre tanta -algarabía las voces de algunas mujeres chillonas, que deshonraban a su -sexo pidiendo venganza. Lopito no cabía en sí de satisfacción, y la -navajilla fue blandida sobre nuestras cabezas como si quisiera partir -el firmamento en dos pedazos. - -Empujábamos todos, pugnando cada cual por acercarse, y codazo por aquí, -codazo por allí, Lopito y yo pudimos aproximarnos bastante a la puerta. -El poeta y Cuarta y Media estaban en primera fila. El segundo de estos -personajes se volvió a mí y me dijo con gozo: - ---Creo que no saldrá vivo de manos del pueblo. - ---¿Y a usted qué le ha hecho ese caballero? --le pregunté. - ---¡Oh! --me contestó--. Ese hombre es un infame, un pícaro que se ha -hecho rico a costa del Reino. Yo le aborrezco, le detesto: yo soy una -víctima de sus picardías. Ha de saber usted que la tienda de calderería -que tengo me la puso él, por ser yo hijo de la que le lavaba la ropa... -Al año de tener la tienda me arruiné, y él me dio unos cuartos para -seguir adelante; pero como le pidiese un destino donde con descanso y -sin trabajar me ganase la vida, tuvo la poca vergüenza de contestarme -que yo no debía ser empleado, sino calderero, y añadió que yo era un -animal. Vea usted, ¡decir que yo soy un animal! - -No quise oírle más, y me volví de otro lado. La turba chillaba: no he -podido olvidar nunca aquellos gritos que relaciono siempre con la voz -de los seres más innobles de la creación; y mientras aquel gatazo de -mil voces mayaba, extendía determinadamente su garra con la decisión -irrevocable, parecida al valor, que resulta de la superioridad física, -con la fuerte entereza que da el sentirse gato en presencia del ratón. - -La tropa contenía al pueblo, anheloso de entrar, y algunos jinetes de -la guardia se colocaron a derecha e izquierda de la puerta. No lejos de -allí, Pujitos, que tenía, como hemos dicho, el instinto, el genio de la -reglamentación del desorden, mandaba a la turba que se pusiese en fila, -y decía, alzando su garrote: - ---Señores, a un laíto... de dos en dos. Formen en batallón, y no -rempujen. - -De pronto, un clamor inmenso, compuesto de declamaciones groseras, de -torpes dichos, de gritos rencorosos, resonó en la calle. En la puerta -había aparecido un hombre de mediana estatura, con el pelo en desorden, -el rostro blanco como el mármol, los ojos hundidos y amoratados, los -brazos caídos, en mangas de camisa, y con un capote echado sobre los -hombros. Era el ministro de ayer, el jefe de los ejércitos de mar y -tierra, el árbitro del Gobierno, el opulento Príncipe y prócer, señor -de inmensos Estados, el amigo íntimo de los Reyes, el dispensador de -gracias, el dueño de España y de los españoles, pues de aquella y de -estos disponía como de hacienda propia; el coloso de la fortuna, el -que de nada se convirtió en todo, y de pobre en millonario; el guardia -que a los veinticinco años subió desde las cuadras de su regimiento al -trono de los Reyes, el Conde de Eboramonte, y Duque de Sueca, y Duque -de la Alcudia, y Príncipe de la Paz, y Alteza Serenísima, que en un -día, en un instante, en un soplo había caído desde la cumbre de su -grandeza y poder al charco de la miseria y de la nulidad más espantosas. - -Cuando apareció, mil puños cerrados se extendieron hacia él; los -caballos tuvieron que recular, y los jinetes que hacer uso de sus -sables, para que el cuerpo del Príncipe no desapareciera, arista -devorada por aquel gran fuego del odio humano. El favorito dirigió al -pueblo una mirada que imploraba conmiseración; pero el pueblo, que -en tales momentos es siempre una fiera, más se irritaba cuanto más -le veía: sin duda el mayor placer de esa bestia que se llama vulgo, -consiste en ver descender hasta su nivel a los que por mucho tiempo vio -a mayor altura. - -El piquete de guardias de a caballo trató de conducir al Príncipe -al cuartel, para lo cual fue preciso que él se colocase entre dos -caballos, apoyando sus brazos en los arzones, y siguiendo el paso de -aquellos, que si al principio era lento, después fue muy acelerado, con -objeto de terminar pronto tan fatal vía-crucis. Entre tanto la multitud -pugnaba por apartar los caballos; por aquí se alargaba un brazo, por -allí una pierna; los garrotes se blandían bajo la barriga de los -corceles, y las piedras llovían por encima. Tanto menudeaban estas, que -los jinetes empezaron o amoscarse y repartieron algunos linternazos. - -Lopito, ebrio de gozo, me dijo: - ---He sido más listo que todos, porque me escurrí por entre las patas de -los caballos, y le pinché con mi navaja. Mírala: entavía tiene sangre. - -Cuarta y Media vociferaba diciendo: - ---Es una iniquidad lo que hacen con nosotros. Esos guardias debían ser -fusilados. ¿Por qué no nos dejan acercar? - -Pujitos, que en su petulancia no carecía de generosidad, fue el único -de los por mí conocidos en quien advertí señales de compasión. - -Hubo momentos angustiosos en que la turba se arremolinaba -estrechándose, y parecía próxima a devorar al prisionero y a los -jinetes que le custodiaban; pero estos sabían abrirse paso, y -aclarándose el grupo volvía a aparecer la cara del mártir, asido con -convulsas manos a los arzones, cerrados sus ojos, la frente herida y -cubierta de sangre, las piernas flojas y trémulas, llevado casi en -volandas y casi arrastrando, con la respiración jadeante, la boca -espumosa, las ropas desgarradas. Parecíame mentira que fuese aquel el -mismo hombre que dos días antes me recibió en su palacio; el mismo a -quien vi asediado por los pretendientes, agitado y receloso sin duda, -pero seguro aún de su poder, y muy ajeno a tan repentina, traidora -y alevosa mudanza del destino... ¡Y los chicos más desarrapados se -aventuraban entre los pies de las cabalgaduras para golpearle, y las -mujeres le arrojaban el fango de las calles, menos asqueroso que las -exclamaciones de los hombres... y estos no disparaban sus escopetas por -temor de herir a los soldados! No creo que haya ocurrido jamás caída -tan degradante. Sin duda está escrito que la caída sea tan ignominiosa -como la elevación. - -Los favoritos que dejaron su cabeza sobre el tajo de un cadalso, fueron -sin disputa menos mártires que D. Manuel Godoy, llevado en vergonzosa -procesión entre feroces risas y torpes dicharachos, sin morir, porque -no matan los arañazos y pellizcos. - - - - -XII - - -Al fin entró en el cuartel la comitiva, y el populacho, azuzado sin -cesar por los lacayos palaciegos, tuvo el sentimiento de no poder -mostrar su heroísmo con el éxito que deseara. Alguno de los más celosos -entre tan bravos campeones salió mal herido a consecuencia de que -todas las piedras lanzadas contra el Ministro no seguían la dirección -dada por la mano que las tiraba. Digo esto, porque en el momento en -que Santurrias se encaramaba sobre los hombros de dos palurdos para -poder asestar un golpe certero al infeliz mártir, recibió una peladilla -de arroyo sobre la ceja derecha con tanta fuerza, que el benemérito -sacristán cayó al suelo sin sentido. Al punto, los que más cerca -estábamos, Lopito y yo, corrimos en su ayuda, y en unión de otras dos -personas caritativas, llevamos aquel talego a su casa, pues Santurrias -vivía pared por medio con mi buen amigo D. Celestino del Malvar. Luego -que este vio entrar a su subalterno tan mal parado, cruzó las manos y -dijo: - ---Castigo de Dios ha sido, por las muchas blasfemias de este hombre -y su abominable complicidad con los enemigos del Estado. No es esta -ocasión de demostrar cólera, sino blandura: aquí estoy yo para curarle -y asistirle, pues prójimo es, aunque un grandísimo bribón. Dejadle ahí -sobre una estera, que yo prepararé las bizmas y el ungüento, con lo -cual quedará como nuevo. Ánimo, amigo Santurrias, ¿estáis encandilado -todavía? ¿Queréis que saque una de aquellas botellas que tanto deseáis? -Tía Gila --añadió, dando una llave a la mujer que le servía--, abra -usted la alacena y saque al punto una de las que dicen _La Nava, -seco_, para ver si con la perspectiva de ella se reanima un tantico -este hombre. Y vosotros, chiquillos --prosiguió dirigiéndose a los -cuatro hijos de Santurrias, que exhalaban plañideros hipidos en torno -al desmayado cuerpo de su padre--, no lloréis, que esto no es más -que un rasguño alcanzado por este buen hombre en alguna disputa. No -lloréis, que vuestro padre vive y estará sano dentro de una hora... Y -si muriese, yo os prometo que no quedaréis huérfanos, porque aquí me -tenéis a mí, que os he de amparar como un padre. Vamos, chiquillos, -aquí no servís más que de estorbo. Idos a jugar... Vaya, para que os -quitéis de en medio, os permito que toquéis un poquito las campanas, -picarones... id a la torre; pero no toquéis fuerte: tocad a sermón o a -completas. - -Como se levanta la bandada de pájaros, sorprendida por el cazador, así -volaron fuera del cuarto los cuatro muchachos, y un instante después -todas las viejas del pueblo salían a sus puertas y balcones, diciéndose -unas a otras: «Señora Doña Blasa, esta tarde tenemos sermón y -completas. Buena falta hace, a ver si se acaban pronto estas herejías.» - -Santurrias, que había perdido mucha sangre, recobró algo tarde el -completo uso de sus eminentes facultades, y al abrir a la luz del día -sus ojos, permaneció como atontado, hasta que volvió a adquirir su -lengua el don de la facundia. - ---¡Que lo ahorquen! --gritó--. Que nos lo den; que lo echen hacia ca, -y nosotros le enjusticiaremos. Despachemos primero a los guardias de a -caballo, y dimpués a él... No arrempujar, señores. Darle onde le duela. -Pincha tú por bajo, Agustinillo, que yo con esta almendra le echo -la puntería en metá la nariz. ¡Mil demonios! ¿Quién tira piedras?... -¡Muerto soy! - ---No, yerba ruin: vivo estás --dijo D. Celestino, aplicándole una venda -a la herida--. Mira esto que he puesto delante. Es una botella de -aquellas que deseabas, borracho: tuya será cuando te pongas bueno, si -prometes no decir disparates. - -Después nos preguntó que en qué refriega había acontecido tan funesto -percance, y Lopito y yo, cada cual con distinta manera y estilo, le -contamos lo que había sucedido: el encuentro del Príncipe, su prisión y -su suplicio por las calles del pueblo. - ---Corro allá, voy al instante --exclamó fuera de sí D. Celestino--. Es -mi bienhechor, mi amigo, mi paisano, y aun creo que pariente. ¿Cómo he -de desampararle en su desventura? - -Quisimos disuadirle de tan peligroso intento; pero él no reparaba -en obstáculos ni menos en el riesgo que corría, haciendo pública -ostentación de sus sentimientos humanitarios en favor del desgraciado -valido. Nada le convencía, y después que dejó a Santurrias muy bien -vendado, y ya algo repuesto de su malestar, tomó el manteo, vistiose a -toda prisa y fue en dirección del cuartel. - ---No se exponga usted --le decía yo por el camino--. Mire que son unos -bárbaros, y en cuanto usted demuestre que es amigo del Príncipe, no -respetarán ni sus canas ni su traje. - ---¡Que me maten! --contestó--. Quiero ver al Príncipe... ¡Cuando me -acuerdo de lo que me quería ese buen señor...! ¡Ah! Gabrielillo: lo -que aquí vemos es espantoso y clama al cielo. Pase que algunos estén -descontentos de su gobierno; pase que le tengan otros por mal Ministro, -aunque yo creo que es el mejor que hemos tenido desde hace mucho -tiempo; se puede perdonar que sus enemigos quieran derribarle y le -insulten; se comprende que dichos enemigos, en un momento de coraje, le -prendan, le arrastren, le ahorquen; pero, hijo, que esto lo hagan los -mismos a quienes ha favorecido tanto; los que sacó de la miseria; los -que de furrieles trocó él en capitanes, y de covachuelos en ministros; -los que han vivido a su arrimo, y han comido sobre sus manteles, y le -han adulado en verso y en prosa... ¡ah! esto no tiene perdón de Dios, -y menos si se considera que se han valido para esto de los mismos -lacayos, cocineros y criados de los señores Infantes... Hijo mío, me -parece que veo la corona de España paseada por los patanes y los majos -en la punta de sus innobles garrotes. - -Llegamos al cuartel, cuya puerta estaba bloqueada por el populacho. D. -Celestino se abrió paso difícilmente. Algunos preguntaron con sorna: -«¿A dónde va el padrito?» y él, dando codazos a diestro y siniestro, -repetía: «Quiero ver a ese desgraciado, mi amigo y bienhechor.» - -Muy mal recibidas fueron estas palabras; pero al fin, más que la -exaltada pasión pudo el tradicional respeto que al pueblo español -infundían los sacerdotes. - ---Hijos míos --les decía--, sed caritativos; no seáis crueles ni aun -con vuestros enemigos. - -La turba se amansó, y D. Celestino pudo abrirse calle por entre dos -filas de garrotes, navajas, escopetas, sables y puños vigorosos, que -se apartaban para darle paso. Yo estaba muy asustado viéndole entre -aquella gente, y mi viva inquietud no se calmó hasta que le consideré -sano y salvo dentro del cuartel. - -Y los cuatro hijos de Santurrias seguían tocando a sermón y completas, -y la iglesia se llenaba de beatas que, al tomar agua bendita, se -saludaban diciendo: «Creo que aún no ha concluido todo, y que tendremos -esta tarde otra jaranita.» Y el segundo acólito, creyendo que la cosa -iba de veras, encendió el altar, y preparó las ropas, y abrió los -libros santos. Y dieron las tres, las tres y media, las cuatro, las -cuatro y media, y el cura no parecía, y las viejas se impacientaban, -y el segundo acólito se volvía loco, y los cuatro hijos de Santurrias -seguían tocando. - -Y yo fui también a la iglesia, y sentado en un banco reflexioné -detenidamente sobre la inestabilidad de las glorias humanas, hasta -que al fin, observando que la impaciencia de las beatas llegaba a su -último extremo y que empezaban a entablar diálogos pintorescos para -matar el fastidio, salí en busca de mi amigo. Encontrele muy a punto en -el momento en que regresaba del cuartel. Su rostro era cadavérico; su -habla trémula. - ---¡Ah, Gabriel! --me dijo--. Vengo traspasado de dolor. Allí sobre -unas fétidas pajas, cubierto de sangre y pidiendo a voces la muerte, -está el que ayer gobernaba dos mundos. Ni un alma compasiva se acerca -a darle consuelo. Ayer cien mil soldados le obedecían, y hoy hasta los -furrieles se ríen de su miseria. No creí que todo se pudiera perder tan -pronto; pero ¡ay, hijo! el hombre es así. Gusta mucho de las caídas, y -el día en que un poderoso de la tierra viene al suelo siempre es un día -feliz. - ---Sosiéguese usted --le dije--. Usted no recordará que mandó tocar -a sermón y a completas. La iglesia está llena de gente. No hay más -remedio sino subir al púlpito. - ---Hablé con él --prosiguió sin hacerme caso--. El corazón se me parte -recordándolo. Desde anteanoche hasta esta mañana estuvo en un desván, -envuelto en un saco de esteras, muerto de hambre y de sed. La horrorosa -calentura le devoraba de tal modo, que prefirió la muerte. Por eso -salió el infeliz. ¡Pobre amigo mío! Yo le dije: «Señor, si cada uno de -los que han recibido un beneficio de Vuestra Alteza le hubiera echado -una gota de agua en la boca, su sed se habría apagado.» Él me miró con -expresión de agradecimiento, y no dijo más; pero a mí se me caían las -lágrimas. Todo esto ha sido obra del Príncipe de Asturias y de sus -amigos. Bien claro se ve. Cuando el Príncipe fue de orden de su padre a -calmar a la muchedumbre para que no despedazara al infeliz prisionero, -los amotinados le aclamaban y obedecían. Y esto no ha de parar aquí. -Ellos quieren la abdicación del Rey, y viendo que esto no es fácil de -conseguir, tratan de irritar más al populacho para que D. Carlos coja -miedo y suelte la corona. Ahora pusieron en la puerta del cuartel un -coche de colleras, con lo cual ese bestia de pueblo creyó que el preso -iba a ser puesto en salvo de orden del Rey. ¡Qué fácilmente se engaña -a esos desgraciados! El ardid salió bien, porque la turba destrozó el -carruaje, y después ha corrido hacia palacio dando vivas a Fernando VII. - ---Ya me lo explicará usted detenidamente --repuse--. Ahora prepárese -usted para ir a la iglesia, donde le aguarda una multitud de -respetables señoras. - ---¿Qué dices? Si no hay sermón esta tarde... - ---Usted mandó a los cuatro muchachos que tocaran a... - ---¡Es verdad, qué inadvertencia! --dijo muy confundido--. Y están allí -esas buenas señoras, Doña Robustiana, Doña Gumersinda, Doña Nicolasa la -del escribano. ¡Oh! ¿Qué dirá Nicolasa si no predico? - ---Es preciso que usted haga un esfuerzo. - ---Si no tengo ideas, si no sé qué decir. No puedo apartar mi mente del -espectáculo que he visto. ¡Ah! ¡Cuánto me quería! ¡Si vieras cómo me -apretó la mano! Yo lloraba a moco y baba. ¡Si a él se lo debo todo!... -El fue mi amparo; él me dio este beneficio a los catorce años de -haberlo solicitado, en seguida, como quien dice. Y lo mejor es que sin -merecimientos por parte mía... No, no puedo predicar... estoy tonto... -Esos endiablados muchachos todavía no cesan de tocar a sermón... ¡Oh! -tendré que hacer un esfuerzo. - -D. Celestino, comprendiendo la necesidad de no desairar a sus -feligresas, entró en la parroquia y oró un poco, recogiendo su -espíritu. Después subió al púlpito y predicó un sermón sobre la -ingratitud. - -Todas las viejas lloraron. - - - - -XIII - - -Ya era de noche cuando me avisaron que a las diez salía un coche para -Madrid. Resolví partir, y por hacer tiempo hasta que llegase la hora de -la marcha, fui a la taberna. Como en los días anteriores, el gentío era -inmenso, los trajes pintorescos y variados, animadas las voces (aunque -ya enronquecidas por el patriotismo), los gestos elocuentes, las -patadas clásicas, los pellizcos propinados a Mariminguilla infinitos, -el vino más aguado que el día anterior, pues por algo disfrutaba -Aranjuez el beneficio de dos copiosos ríos. - -Lopito y Cuarta y Media me convidaron a beber con demostraciones de -entusiasmo, y el primero de aquellos consecuentes hombres políticos me -dijo: - ---Hoy sí que nos hemos lucido, Gabrielillo. Aquí me está diciendo el -Sr. Cuarta y Media que esta noche ponen al Príncipe de Asturias, de -modo que hemos de ir a darle vivas al balcón. - -Pujitos distrajo mi atención, hablándome de que pensaba organizar una -compañía de buenos españoles que desfilaran por delante de palacio en -marcial formación como la tropa, con objeto de hacer ver a los Reyes -que el pueblo sabe dar media vuelta a la izquierda lo mismo que el -ejército. ¡Qué predestinación! ¡Qué genio! ¡Qué mirada al porvenir! -Yo contesté a Pujitos, excusándome de formar parte de tan brillante -ejército, por serme indispensable marchar del Sitio aquella misma noche. - -Había oscurecido. Mariminguilla colgó el candil de cuatro mecheros -para la completa, aunque pálida, iluminación de la escena, y aún -me encontraba yo allí, cuando llegó la feliz, la anhelada noticia. -Algunos entraron diciéndolo, y no se les dio crédito; otros salieron -a averiguarlo, y tornaron al poco rato confirmando tan fausto suceso; -y por fin un grupo, el más bullicioso, el más maleante, el más -entrometido de todos los grupos de aquellos días, la comparsa de -cocineros vestidos de patanes manchegos y de pinches convertidos en -majos, entró anunciando con patadas, manoplazos, berridos y coces, que -la corona de España había pasado de las sienes del padre a las del -hijo. No dejaban de tener razón al entusiasmarse aquellos angelitos, -porque en apariencia ellos lo habían hecho todo. - -Comunicada por tan brillante pléyade la noticia, no podía menos de -ser cierta, y en prueba de que los _patres conscripti_ la creyeron, -allí estaban los mil cascos de los vasos rotos en el momento en que -se convencieron del cambio de Monarca. También Mariminguilla tenía -en sus brazos señales evidentes del alborozo fernandista, pues se -redoblaron los pellizcos. La multitud, espoleada por Pujitos, partió -a los alrededores de palacio a pedir que saliese el nuevo Rey para -victorearle, y la taberna quedó desocupada en dos minutos. Pueblo y -soldados, mujeres y chiquillos, todos se unieron al alegre escuadrón: -su paso era marcha y baile y carrera a un mismo tiempo, y su alarido -de gozo me habría aterrado, si hubiese yo sido el Príncipe en cuyo -loor entonaban himno tan discorde las gargantas humedecidas por el -fraudulento vino del tío Malayerba. - -No quise ver ni oír más aquello, y fui a despedirme del incomparable -D. Celestino, a quien hallé en el cuarto de Santurrias, ocupado aún -en bizmarle y curar sus heridas. Luego que puso fin a esta operación, -se ocupó en acostar a los cuatro muchachos campaneros, los cuales, -fatigados de la batahola de aquel día, yacían medio dormidos sobre -el suelo. Era preciso desnudarles como a cuerpos muertos, y al mismo -tiempo hacerles comer las sopas de ajo que la tía Gila había traído -en una gran cazuela. El señor cura, teniendo sobre sus rodillas al -más pequeño de aquellos diablillos, le acercaba la cuchara a la boca, -esforzándose en introducirla por entre los apretados dientes. Después, -procurando despabilarle, decía: - ---Vamos ahora a rezar todos el Padre Nuestro. Si vieras, Gabrielillo ---añadió dirigiéndose a mí--, ¡cómo me han mortificado estos cuatro -enemigos! Uno me ponía rabos de papel en la sotana; otro tendía una -cuerda desde la cama a la mesa para que al pasar me enredara las -piernas y cayese al suelo; otro calentó la llave de la alacena y me -abrasé los dedos cuando fui a abrir; y por último, con mi sombrero -hicieron un muñeco que decían era el Príncipe de la Paz, y después de -arrastrarle por el patio, iban a meterle en el fogón para quemarlo. -Afortunadamente la tía Gila acudió a tiempo. ¡Pero qué han de hacer, -si ya no hay autoridad, ni se obedece a los superiores! Me parece -que ahora van a venir tiempos muy calamitosos. Si cada vez que se -les antoje quitar a un Ministro, salen gritando los cocheros de los -Príncipes con unas cuantas docenas de labriegos y soldados de la -guarnición, de antemano seducidos, vamos a estar con el alma en un -hilo. Gabriel, aquí para entre los dos, ¿no es indecoroso, humillante, -indigno que un Príncipe de Asturias arranque la corona de las sienes -de su padre, amedrentándole con los ladridos de torpes lacayos, de -ignorantes patanes, de bárbaros chisperos y de una soldadesca estúpida -y sobornada? ¡Ay! Si yo no fuera un hombre corto de genio, y lo hubiera -tenido para decirle al Príncipe de la Paz lo que se fraguaba; si él, -siguiendo mis consejos, hubiera puesto a la sombra a tres o cuatro -pícaros como Santurrias y otros... Porque créelo, hijo: este borrachón -es, según me han dicho, el que ha embaucado a medio pueblo para hacerle -tomar parte en el alboroto... por supuesto, que ha corrido dinero de -largo. Yo de buena gana castigaría a este hombre execrable, a este -pérfido sacristán; pero ¿cómo he de dejar sin pan a un viudo con cuatro -hijos? Ya ves: se me parte el corazón al considerar que estos angelitos -andarán por las calles pidiendo una limosna... Lo que antes te he dicho -es cierto... El vulgo, esa turba que pide las cosas sin saber lo que -pide, y grita «viva esto y lo otro», sin haber estudiado la cartilla, -es una calamidad de las naciones, y yo, a ser rey, haría siempre lo -contrario de lo que el vulgo quiere. La mejor cosa hecha por el vulgo -resulta mala. Por eso repito yo siempre con el gran latino: _Odi -profanum vulgus et arceo... et arceo_, y lo aparto... _et arceo_, y lo -echo lejos de mí... _et arceo_, y no quiero nada con él. - -Concluida esta filípica, me abrazó deseándome mil felicidades, y -haciéndome jurar que le enteraría puntualmente de la situación de Inés. -Salí al fin de su casa y de Aranjuez, y cuando el coche que me conducía -pasó por la plaza de San Antonio, sentí la algazara del pueblo agolpado -delante de palacio. Sus gritos formaban un clamor estrepitoso que hacía -enmudecer de estupor a las ranas de los estanques y asustaba a los -grillos, pues unas y otros desconocían aquella monstruosidad sonora que -tan de improviso les había quitado la palabra. - -El pueblo victoreaba al nuevo Rey. El plan concebido en las antecámaras -de palacio había sido puesto en ejecución con el éxito más lisonjero. -Todo estaba hecho, y los cortesanos que desde los balcones contemplaban -con desprecio el entusiasmo de la fiera, tan brutal en su odio como en -su alegría, no cabían en sí de satisfacción, creyendo haber realizado -un gran prodigio. - -En su ignorancia y necedad no se les alcanzaba que habían envilecido el -trono, haciendo creer a Napoleón que una nación donde príncipes y reyes -jugaban la corona a cara y cruz sobre la capa rota del populacho, no -podía ser inexpugnable. - -Hasta que nuestro coche no se internó mucho por la calle Larga no -dejamos de oír los gritos. Aquel fue el primer motín que he presenciado -en mi vida, y a pesar de mis pocos años entonces, tengo la satisfacción -de no haber simpatizado con él. Después he visto muchos, casi todos -puestos en ejecución con los mismos elementos que aquel famosísimo, -primera página del libro de nuestros trastornos contemporáneos; y es -preciso confesar que sin estos divertimientos periódicos, que cuestan -mucha sangre y no poco dinero, la historia moderna de la heroica España -sería esencialmente fastidiosa. - -Pasan años y más años: las revoluciones se suceden, hechas en comandita -por los grandes hombres y por el vulgo, sin que todo lo demás que -existe en medio de estas dos extremidades se tome el trabajo de hacer -sentir su existencia. Así lo digo yo hoy, a los ochenta y dos años -de mi edad, a varios amigos que nos reunimos en el café de Pombo, y -oigo con satisfacción que ellos piensan lo mismo que yo. D. Antero, -progresista blindado, cuenta la picardía de O’Donnell el 56; D. -Buenaventura Luchana, progresista fósil, hace depender todos los males -de España de la caída de Espartero el 43; D. Aniceto Burguillos, -que fue de la Guardia Real en tiempo de María Cristina, se lamenta -de la caída del Estatuto. Reúnense junto a nuestra mesa algunos -estudiantes jóvenes, varios capitanes y tenientes de infantería, y no -pocos parásitos de esos que pueblan los cafés, probándonos que son -tan pesados de pretendientes como de cesantes. Todos nos ruegan que -les contemos algo de las felicidades pasadas para edificación de la -edad presente, y sin hacerse de rogar, cuenta D. Antero la del 56; D. -Buenaventura se conmueve un poco y relata la del 43; D. Aniceto da doce -puñetazos sobre la mesa, mientras narra la del 36, y yo, mojando un -terroncito de azúcar y chupándomelo después, les digo con este tonillo -zumbón que no puedo remediar: - ---Ustedes han visto muchas cosas buenas; ustedes han visto la de los -grandes militares, la de los grandes civiles y la de los sargentos; -pero no han visto la de los lacayos y cocheros, que fue la primera, la -primerita y sin disputa la más salada de todas. - - - - -XIV - - -Me siento fatigado; pero es preciso seguir contando. Ustedes están -impacientes por saber de Inés: lo conozco, y justo es que no la -olvidemos. - -Llegué, pues, a Madrid muy temprano, y después de haber acomodado mi -equipaje en la casa que tenía el honor de albergarme (calle de San -José, núm. 12, frente al Parque de Monteleón), me arreglé y salí a -la calle, resuelto a visitar a Inés en casa de sus tíos. Mas por el -camino ocurriome que no debía presentarme en casa de tales señores sin -informarme primero de su verdadera condición y carácter. Por fortuna, -yo conocía un maestro guarnicionero instalado en la calle de la -Zapatería de Viejo, muy contigua a la de la Sal, y resolví dirigirme a -él para pedir informes del señor D. Mauro. - -Cuando entré por la calle de Postas, mi emoción era violentísima, -y cuando vi la casa en que moraba Inés, me flaqueaban las piernas, -porque toda la vida se me fue de improviso al corazón. La tienda de -los Requejos estaba en la calle de la Sal, esquina a la de Postas, con -dos puertas, una en cada calle. En la muestra, verde, se leía _Mauro -Requexo_, inscripción pintada con letras amarillas; y de ambos lados de -la entrada, así como del andrajoso toldo, pendían piezas de tela, fajas -de lana, medias de lo mismo, pañuelos de diversos tamaños y colores. -Como la puerta no tenía vidrieras, dirigí con disimulo una mirada -al interior, y vi varias mujeres a quienes mostraba telas un hombre -amarillo y flaco, que era de seguro el mancebo de la lonja. En el fondo -de la tienda había un San Antonio, patrón sin duda de aquel comercio, -con dos velas apagadas, y a la derecha mano del mostrador una como -balaustrada de madera, algo semejante a una reja, detrás de la cual -estaba un hombre en mangas de camisa, y que parecía hacer cuentas en un -libro. Era Requejo: visto al través de los barrotes, parecía un oso en -una jaula. - -Aparteme de la puerta, y alzando la vista observé otra muestra colocada -en la ventana del entresuelo, la cual decía: _Préstamos sobre alhajas_. -En la ventanilla donde campeaba tan consolador llamamiento, no había -flores ni jaulas de pájaros, sino una multitud de capas, que respiraban -higiénicamente el aire matutino por entre los agujeros de sus remiendos -y apolilladuras. Tras los vidrios pendía una mugrienta cortineja. -Observé que una mano apartó la cortina: vi la mano, luego un brazo -y después una cara. ¡Dios mío! Era Inés. Yo la vi, y ella me vio. -Pareciome que sus ojos expresaban no sé si terror o alegría. Aquel rayo -de luz duró un segundo. Cayó la cortinilla y ya no la vi más. - -Esto avivó en mí el deseo de entrar. ¿Cómo podían encontrarse en -aquella vivienda las comodidades, los lujos, las riquezas que -ponderaban los Requejos en su visita inolvidable? Para salir de dudas, -doblé la esquina, y molí a preguntas al guarnicionero. - ---Ese Requejo --me dijo--, es el bicho de peores trazas que ha venido -al mundo. Está rico; pero ya se ve... en casa donde no se come, ¿no -ha de haber dinero? Porque has de saber que en el barrio corre la voz -de que él se alimenta con las carnes de su hermana, y su hermana con -las del mancebo, que por eso está como una vela. ¡Y cuidado si tienen -dinero esas dos ratas!... Con la tienda y la casa de préstamos se han -puesto las botas. Verdad que por las prendas de vestir no dan más -que la cuarta parte de su valor, con interés de dos pesetas en duro -por cada mes. Cuando toman sábanas finas y vajillas, dan una onza, -con interés de cuatro duros al mes. En la tienda dan al fiado a los -vendedores que van por los pueblos; pero les cobran cuatro pesetas y -media por cada duro que venden. Dicen que cuando Doña Restituta entra -en la iglesia, roba los cabos de vela para alumbrarse en casa; y cuando -va a la plaza, que es cada tercer día, compra una cabeza de carnero, y -sebo del mismo animal, con lo cual pringa la olla: con esto y legumbres -van viviendo. Una vez al año van a la botillería, y allí piden dos -cafés. Beben un poquito, y lo demás lo echa ella disimuladamente en un -cantarillo que deja escondido bajo las faldas, el cual café traen a -casa, y echándole agua le alargan hasta ocho días. Lo mismo hacen con -el chocolate. D. Mauro es vanidoso y gastaría algo más si su hermana no -le tuviera en un puño, como quien dice. Ella tiene las llaves de todo, -y no sale nunca de casa, por miedo a que les roben; y la casa es bocado -apetitoso para los ladrones, porque se dice que en el sótano está la -caja del dinero. - -Estas noticias confirmaron la opinión que acerca de los tíos de Inés -había yo formado. La primera pena que sentí al oír el panegírico de -los dos personajes, consistió en la certidumbre de que me sería muy -difícil introducirme en la casa, y menos trabar amistad con sus dueños. -En esto pensaba tristemente, cuando vino a mi memoria un anuncio que -varias veces había compuesto en la imprenta del _Diario_, el cual -decía: _Se necesita un mozo de diez y siete a diez y ocho años, que -sepa de cuentas, afeitar, algo de peinar, aunque solo sea de hombre, -y guisar si se ofreciere. El que tenga estas partes, y además buenos -informes, diríjase a la calle de la Sal, esquina a la de Postas, frente -a los peineros, lonja de lencería y pañolería de D. Mauro Requexo, -donde se tratará del salario y demás._ - -Corrí a la imprenta del _Diario_ a ver si aún se insertaba aquel -anuncio, y tuve el gusto de saber que los Requejos no habían encontrado -quien les sirviera. Abandoné mi profesión de cajista, y sin consultarlo -con nadie, pues nadie me hubiera comprendido, presenteme en la casa de -la calle de la Sal, declarándome poseedor de las cualidades consignadas -en el anuncio. - -Mi único temor consistía en que los Requejos recordasen haberme visto -en Aranjuez, con lo cual recelarían de tomarme a su servicio; pero -Dios, que sin duda protegía mi buena obra, permitió que ni uno ni otro -me reconocieran; y si Doña Restituta me miró al pronto con cierta -expresión sospechosa y como diciendo: «yo he visto esta cara en alguna -parte», fue sin duda un fugaz pensamiento que no la decidió a poner -obstáculos a mi admisión. - -Cuando entré en la tienda, la primera persona a quien expuse mis -pretensiones fue Don Mauro, el cual, dejando un rancio librote donde -escribía torcidos números, se rascó los codos y me dijo: - ---Veremos si sirves para el caso. De un mes acá han venido más de -cincuenta; pero piden mucho dinero. Como ahora quieren todos ser -señoritos... - -Llamada por su hermano, presentose Doña Restituta, y entonces fue -cuando me miró, como más arriba he dicho. - ---¿Tú sabes --me preguntó la tía de Inés--, lo que damos aquí al mozo? -Pues damos la _mantención_ y doce reales al mes. En otras partes dan -mucho menos, sí, señor; pues en casa de Cobos, después de matarles de -hambre, danles ocho reales y gracias. Conque, muchacho, ¿te quedas? - -Yo fingí que me parecía poco; hasta intenté regatear para que no se -descubriera mi propósito, y al fin dije que, hallándome sin acomodo, -aceptaba lo que me ofrecían. En cuanto a los informes que me exigieron, -fácil me fue conseguir la merced de una recomendación del regente del -_Diario_. - ---Doce reales al mes y la _mantención_ --repitió Doña Restituta, -creyendo sin duda, vista mi conformidad, que había ofrecido -demasiado--; la _mantención_, sí, que es lo principal. - -¡Ay! El lector no conoce aún todo el sarcasmo que allí encerraba la -palabra _mantención_. - ---Por supuesto --dijo Requejo-- que aquí se viene a trabajar. Veremos -si sabes tú de todos los menesteres que se necesitan. Y aquí hay que -andar derechito, sí, señor, porque si no... Mírame a mí: yo era un -_jambrera_ lo mismo que tú, y en fin... con mi honradez y mi... - ---La economía es lo principal --añadió la hermana--. Gabriel, coge -la escoba y barre todo el almacén interior. Después irás a llevar -estos fardos a la posada de la calle del Carnero; luego copiarás las -cuentas; más tarde lavarás la loza de la cocina, antes de mondar las -patatas, y así te quedará tiempo para apalear las capas, encender el -fuego y soplarlo, devanar el hilo de la costura, poner los números a -las papeletas, aviar la lamparilla, limpiar el polvo, dar lustre a los -zapatos de mi hermano, y todo lo demás que se vaya ofreciendo. - - - - -XV - - -Al punto empecé las indicadas operaciones, cuidando de poner en ellas -todo el celo posible para contentar a mis generosos patrones. Debo ante -todo dar a conocer la casa en que me encontraba. La tienda, sin dejar -de ser pequeñísima, era lo más espacioso y claro de aquella triste -morada, uno de los muchos escondrijos en que realizaba sus operaciones -el comercio del Madrid antiguo. La trastienda era almacén y al mismo -tiempo comedor, y los fardos de pañuelos y lanas servían de aparador -a la cacharrería, cuyo brillo se empañaba diariamente con repetidas -capas de polvo. Todos los artículos del comercio estaban allí reunidos -y hacinados con cierto orden. Los Requejos vendían telas de lana y -algodones, a saber: pañuelos del Bearne, género muy común entonces; -percales ingleses, que desafiaban en la frontera portuguesa las aduanas -del bloqueo continental; artículos de lana de las fábricas de Béjar y -Segovia; algunas sederías de Talavera y Toledo; y por último, viendo -D. Mauro que sus negocios iban siempre a pedir de boca, se metió en -los mares de la perfumería, artículo eminentemente lucrativo. Así es -que, además de los géneros citados, había en la trastienda multitud -de cajas que encerraban polvos finos, pomadas y aguas de olor en -su variedad infinita, _verbi gratia_: de lima, tomillo, bergamota, -macuba, clavel, almizcle, lavanda, del Carmen, del cachirulo y otras -muchas. Como el local donde se guardaban todos estos géneros servía de -comedor, ya pueden ustedes figurarse la repugnante mezcolanza de olores -desprendidos de substancias tan diversas, como son una pieza de lana -teñida con rubia, un frasco de vinagrillo del Príncipe y una cazuela de -migas; pero los Requejos estaban hechos de antiguo a esta repugnante -asociación de olores inarmónicos. - -De la trastienda se subía al entresuelo por una escalera que presumo -fue construida por algún sapientísimo maestro de gimnasia, pues no -podéis figurar las contorsiones, los dobleces, las planchas, las mil -torturas a que tenía que someterse para subirla el frágil barro de -nuestro cuerpo. Solo la escurridiza Doña Restituta pasaba por aquellos -aéreos escollos sin tropiezo alguno. Subía y bajaba con singular -ligereza; y como por un don especial a ella sola concedido, no se -le sentía el andar, siempre que yo la veía deslizarse por aquella -problemática escalera: sus pasos no me parecían pasos, sino los -ondulantes y resbaladizos arqueos de una culebra. - -Cuando, franqueada la escalera, se llegaba al entresuelo, era preciso -hacer un cálculo matemático para saber qué dirección debía tomarse, -pues el viajero se encontraba en el centro de un pasillo tan oscuro, -que ni en pleno día entraba por él una vergonzante luz. Tentando -aquí y allí, se hallaba la puerta de la sala, con ventana a la calle -de Postas, y por cierto que allí no vi ninguna cortina verde con -ramos amarillos, sino un descolorido papel, que en mil jirones se -desternillaba de risa sobre las paredes. Un mostrador negro y muy -semejante a las mesillas en que piden limosna para los ajusticiados los -hermanos de la Paz y Caridad, indicaba que allí estaba el cadalso de -la miseria y el altar de la usura. Efectivamente: un tintero de pluma -de ganso, cortada de ocho meses, servía para extender las papeletas, -algunas de las cuales esperaban sobre la mesa la anhelada víctima. Una -cómoda y varios cofres, resguardados con barrotes, eran Bastilla de -las alhajas y Argel de las ropas finas. Las capas, sábanas y vestidos -estaban en una habitación inmediata, que además tenía la preeminencia -de proteger el casto sueño del amo de la casa. - -Además de esta sala había otra, con ventana a la calle de la Sal; -elegante pieza que no desmerecía de la anterior en lujo ni en -exquisitos muebles, pues su sillería de paja, adornada con vistosos -festones, y tan aéreas que cada pieza parecía dispuesta a caer por -su lado, no hubieran hallado compradores en el Rastro. En dicha -sala estaba el taller. ¿El taller de qué? Los Requejos tenían tres -industrias: la venta, los préstamos y la confección de camisas, que en -los días a que me refiero eran cortadas por Doña Restituta y cosidas -por Inés desde las cinco de la mañana hasta las once de la noche, -trabajando sin cesar en beneficio de la sórdida tacañería de sus tíos. -Una orden expresa de Doña Restituta le impedía salir de aquel cuarto: -no bajaba a la trastienda sino a la hora de comer; no se le permitía -asomarse a la ventana; no se le permitía cantar, ni leer un libro; no -se le permitía distraerse de su obra perenne, ni mencionar a su tío, ni -recordar a su madre, ni hablar de cosa alguna que no fuera la honradez -de los Requejos, y la longanimidad de los Requejos. - -Pero sigamos la descripción de la casa. En una habitación interior, -mejor dicho, en una caverna, estaba el dormitorio de la tía y la -sobrina, y en el fondo del pasillo y junto a la cocina se abría mi -cuarto, el cual era una vasta pieza como de tres varas de largo por -dos de ancho, con una espaciosísima abertura, no menos chica que la -palma de mi mano. Por esta claraboya entraban, procedentes del patio -medianero, algunos intrusos rayos de luz, que se marchaban al cuarto -de hora después de pasearse como unos caballeros por la pared de -enfrente. Mis muebles eran un mullido jergón de paja, y un cajón vacío -que me servía de pupitre, mesa, silla, cómoda y sofá. Semejante ajuar -era para mí en realidad más que suficiente; y en cuanto a la densa y -providencial lobreguez que envolvía la casa como nube perpetua, me -parecía hecha de encargo para mi objeto. - -El entresuelo se comunicaba con la escalera general de la casa, la -cual partía majestuosamente desde la misma puerta de la calle, y en su -grandioso arranque de tres cuartas tenía espacio suficiente para que -fuera matemáticamente imposible que una persona subiese, mientras otra -se ocupaba fatigosamente en la tarea de bajar. Por ese túnel ascendente -tenían que introducirse los que iban a empeñar alguna cosa, siendo en -cierto modo simbólico aquel tránsito, y expresión arquitectónica muy -exacta de las angustias del alma miserable en los momentos críticos de -la vida. Bien podía llamarse la escalera de los suspiros. - -No debo pasar en silencio que en la casa de los Requejos había cierto -aseo, aunque, bien considerado el problema, aquella era la limpieza -propia de todos los sitios donde no existe nada; _exempli gratia_: la -limpieza de la mesa donde no se come, de la cocina donde no se guisa, -del pasillo donde no se corre, de la sala donde no entran visitas, la -diafanidad del vaso donde no entra más que agua. - -Allí no había perros ni gatos, ni animal alguno, si se exceptúan los -ratones, para cuya persecución D. Mauro tenía un gato de hierro, es -decir, una ratonera. Los infelices que caían en ella eran tan flacos, -que bien se conocía estaban alimentados con perfumes. Un perro hubiera -comido mucho; un jilguero habría necesitado más rentas que un obispo; -una codorniz hubiera echado la casa por la ventana; las flores cuestan -caras, y además el agua... La fauna y la flora fueron por estas razones -proscritas, y para admirar las obras del Ser Supremo, los Requejos se -recreaban en sí mismos. - -Me falta ahora hacerme cargo de otro ser que habitaba la casa durante -el día: el mancebo. - -El cual era un hombre cuajado, quiero decir, que parecía haberse -detenido en un punto de su existencia, renunciando a las -transformaciones progresivas del cuerpo y del alma. Juan de Dios -ofrecía el aspecto de los treinta años, aunque frisaba en los cuarenta. -Su cara amarilla tenía gran semejanza con la de Doña Restituta; pero -jamás se notaron en ella las contracciones, los enrojecimientos -repentinos, propios de aquella señora. Era en sus modales lento y -acompasado; su movilidad tenía límites fijos como la de una máquina, -y si el método puede llegar a establecerse de un modo perfecto en los -actos del organismo humano, Juan de Dios había realizado este prodigio. -Llegar, abrir la tienda, barrerla, cortar las plumas, colgar las -piezas de tela en la puerta, recibir al comprador, decirle los precios, -regatear siempre con las mismas palabras, medir y cortar el género, -cobrarlo, contar por las noches el dinero, apartando el oro, la plata y -el cobre: tales eran sus funciones, y tales habían sido por espacio de -veinte años. - -Juan de Dios comía en casa de los Requejos, que le trataban como -un hermano. Servíales él con fidelidad incomparable, y si en algo -nacido tenían ellos confianza, era en su mancebo. Cinco años antes de -mi entrada en la casa, la organizadora y genial cabeza de D. Mauro -concibió un proyecto gigantesco semejante a esos que de siglo en siglo -transforman la faz del humano linaje. Requejo, después de hacer la -cuenta del día, se rascó los codos, diose un golpe en la serena frente, -puso los ojos en blanco, riose con estupidez, y llamando aparte a su -hermana, le dijo: - ---¿Sabes lo que estoy pensando? Pues pienso que tú debes casarte con -Juan de Dios. - -Es fama que Doña Restituta arqueó las cejas, llevose un dedo a la -barba, inclinó hacia el suelo la luminosa mirada y pensó. - ---Pues sí --continuó Requejo--: Juan de Dios es trabajador, es -ahorrativo, entiende del comercio, y en cuanto a honradez, creo que, -no siendo nosotros, no habrá en el mundo quien le iguale. Yo no pienso -volver a casarme; y si hemos de tener herederos, no sé cómo nos las -vamos a componer. - -El mancebo fue enterado del proyecto, y desde entonces se trabó entre -ambos prometidos una comunicación amorosa, de la cual no hablo a mis -lectores porque no puedo figurarme cómo sería, aunque cavilo en ello. -Debieron sin duda tratar de aquel asunto, como si el matrimonio no -fuera la unión de dos cuerpos. Restituta pensaría en casarse, y Juan de -Dios pensaría en casarse, ambos sin pena ni alegría, de tal modo que, -pasados cinco años, hablaban del asunto con indiferencia, y dándolo -como cosa cercana. Creeríase que no les importaba el rápido paso de los -años, y aquellos seres encerrados en una tienda sin duda medían la vida -por varas, no considerando que alguna vez llegarían al fin de la pieza. -Ambos novios eran de esos que se aprestan a casarse y se casan al fin, -sin que los hombres ni Dios ni el Demonio sepan nunca por qué. - - - - -XVI - - -Por las noches, después de cenar, rezábamos el rosario, que llevaba el -amo de la casa con voz becerrona; y concluida la oración al patrono -bendito, permanecían en la trastienda en plácida tertulia que solo -duraba hora y media, y a la cual solía concurrir algún antiguo amigo -o vecino cercano. La noche de mi inauguración no se alteró tan santa -costumbre. D. Mauro, su hermana, Juan de Dios, Inés y yo, decíamos -el último _ora pro nobis_, cuando sonó la campanilla del entresuelo y -mandáronme que abriese. - ---Es el vecino Lobo --dijo mi ama. - -Figúrense mis lectores cuál sería mi confusión cuando al abrir la -puerta encaré con la espantable fisonomía del licenciado de los -espejuelos verdes que había querido prenderme cinco meses antes en el -Escorial. El temor de que me conociera diome gran turbación; pero tuve -la suerte de que el ilustre leguleyo no parara mientes en mi persona. -No sé si he dicho que en mí se estaba verificando la transformación -propia de la edad, y que un repentino desarrollo había engrosado mi -cuerpo y redondeado mi cara, donde ya me apuntaba ligero bozo. Esta fue -la causa de que el licenciado Lobo no me reconociera, como yo temía. - ---Señores --dijo Lobo, sentándose en un cajón de medias--, hoy es día -de universal enhorabuena. Ya tenemos a nuestro Rey en el trono. ¿No -han salido ustedes? Pues está Madrid que parece un ascua de oro. ¡Qué -luminarias, qué banderas, qué gentío por esas calles de Dios! - ---Nosotros no salimos a ver luminarias --contestó Requejo--, que harto -tenemos que hacer en casa. ¡Ay, Sr. de Lobo, qué trabajo! Aquí no hay -haraganes, y se gana el pan de cada día como Dios manda. - ---¡Loado sea Dios! --añadió el curial--, y vivan los hombres ricos como -D. Mauro Requejo, que a fuerza de inteligencia... - ---La honradez, nada más que la honradez --dijo el tendero, rascándose -los codos. - ---¡Viva el comercio! --exclamó Lobo--. Lo que es la pluma, Sr. D. -Mauro, no da ni para zapatos. Ahí estoy yo hace veintidós años en -mi placita del Consejo y Cámara de Castilla, y Dios sabe que hasta -hoy no he salido de pobre. Mucho romper de zapatos para andar en las -actuaciones, y nada más. Lo que hay es que ahora espero que me den una -de las escribanías de Cámara, que harto la merece este cuerpo que se ha -de comer la tierra. - ---Como usted ha servido al favorito... - ---No... diré a usted: yo no me he parado en pelillos, y serví al -Gobierno anterior con buena fe y lealtad. Pero, amigo, es preciso -hacer algo por este perro garbanzo que tanto cuesta. En cuanto vi que -el Generalísimo estaba ya en manos de la Paz y Caridad, he hecho un -memorial al de Asturias y escrito ocho cartas a D. Juan Escóiquiz para -ver si me cae la escribanía de Cámara. Yo les perseguí cuando la famosa -causa; pero ellos no se acuerdan de eso, y por si se acuerdan, ya he -redactado una retractación en forma, donde digo que me obligaron a -hacer aquellas actuaciones poniéndome una pistola en el pecho. - ---No he visto _jormiguita_ como el Sr. de Lobo. - ---¡Y qué entusiasmado está el pueblo español con su nuevo Rey! ---continuó el curial--. Dan ganas de llorar, señora Doña Restituta. -Ahora salí a llevar a mi Angustias con las niñas a la novena del señor -San José, y después que rezamos el rosario en San Felipe, fuimos a -dar una vuelta por las calles. ¡Ay qué risa! Parece que están quemando -la casa de Godoy, la de su madre y su hermano Don Diego, lo cual está -muy retebién hecho, porque entre los tres han robado tanto, que no se -ve una peseta por ningún lado. Después que nos entretuvimos un poco, -volvimos allá: ellas se han quedado en el 13, en casa de Corchuelo, y -yo me he venido aquí a charlar un poquito. Pero me había olvidado... -Inesita, ¿cómo va? ¿Y usted, Sr. D. Juan de Dios? - -Inés contestó brevemente al saludo. - ---Está un poco holgazana --dijo Restituta, mirando con desdén a la -huérfana--. Hoy no ha cosido más que camisa y media, lo cual es un asco. - ---Pues me parece bastante. - ---¡Ay! Sr. de Lobo, no diga usted que es bastante. Mi abuela, según me -contaba mi madre, echaba en un día la friolera de dos camisas. Pero -esta chica está acostumbrada a la holgazanería: ya se ve... su madre no -hacía más que arrastrar el guardapiés por las calles, y la niñita me -andaba todo el día de zeca en meca, aquí te pongo, aquí te dejo. - ---Pues es preciso trabajar --dijo Requejo--, porque, chiquilla, el -garbanzo y el tocino, y el pan y las patatas no caen del cielo, y el -que viene a esta casa a sacar el vientre de mal año, no puede estarse -mano sobre mano. Y si no, aprendan todos de mí, que me he ganado lo que -tengo ochavo por ochavo, y cuando era mozo, fardo por la mañana, fardo -por la noche, fardo a todas horas, y siempre tan gordo y tan guapote. - ---Ella es habilidosa --afirmó Restituta--, y sabe coser: solo que le -falta voluntad. No es ya ninguna chiquilla, que tiene sus quince años -cumplidos, y ya puede comprender las cosas. A su edad yo gobernaba la -casa de mis padres. Verdad es que como yo había pocas, y me llamaban el -lucero de Santiagomillas. - ---Pues Inesita, creo yo, es una muchacha que no tiene pero --declaró -benévolamente Lobo--. Y tan calladita, tan modesta, que no se puede -menos de quererla. - ---Ya le dije cuando entró aquí --continuó Restituta-- que los tiempos -están muy malos, que no se gana nada, que se vende poco, y en lo de -arriba no cae más que miseria. Ella comprenderá que nos hemos echado -encima una carga muy pesada al recogerla, porque... ¡si viera usted, -Sr. de Lobo!... ¡qué miseria en aquella casa del cura de Aranjuez, -donde estaba mi sobrina! ¡Ay, partía el corazón! - ---Pues es preciso que trabaje --dijo D. Mauro--. Mi sobrina es una -muchacha muy buena, y ya he dicho a usted cuánto la quiero. Como que, -al fin y al cabo, para ella ha de ser cuanto hay en esta casa. - ---Ya le he dicho --prosiguió Restituta-- que mañana tiene que lavar -toda la ropa de la casa, porque ya que ella está aquí, ¿para qué se ha -de gastar en lavandera? Por supuesto que no ha de dejar la costura; -y si pasa mañana de las veinte varas, la echaré en el pañuelo unas -gotitas de agua de bergamota, de la de los frascos averiados. Lo -bueno que tiene esta muchacha, Sr. de Lobo, es que nunca da malas -contestaciones. Verdad que no le faltan luces, y harto conoce lo que -nos debe, pues ha encontrado en nosotros su santo Ángel de la Guardia. -¡Ah, no puede usted figurarse la miseria que había en aquella casa del -cura de Aranjuez!... - ---Le conozco, sí --dijo Lobo, enseñando con feroz sonrisa sus dientes -verdes--. Es un pobre hombre que hacía versos latinos al Príncipe de la -Paz. Ya se lo dirán de misas. Está probado que ese D. Celestino, con su -capita de hombre de bien, era el confidente del favorito, y el que le -llevaba la correspondencia con Napoleón, para repartirse a España. - ---¡Jesús, qué iniquidad! Bien decía yo que aquel hombre tenía cara de -malo. - ---Pero ya le daremos cordelejo --continuó Lobo--. Como la parroquia -de Aranjuez la pretende un primo mío, ya se la tenemos armada a D. -Celestino, y entre un compañero y yo pensamos escribir ocho resmas de -papel sellado para probar que el señor curita es reo de lesa nación. - -Mientras esto hablaban, yo hacía esfuerzos por contener mi indignación. -Inés, aterrada por la verbosidad de sus tíos, no se atrevía a decir una -palabra. Lo mismo hacía Juan de Dios; pero por un fenómeno singular, -las facciones heladas y quietas del mancebo indicaban aquella noche que -lo que oía no le era indiferente. - ---Y ya veremos --contestó Lobo frotándose las manos--. ¿Pero qué -hace ahí tan callado el Sr. D. Juan de Dios? ¡Ay, Restituta, qué -marido tan mudo va usted a tener! Y lo que es por palabra de más o por -palabra de menos no armarán ustedes camorra. ¿Y para cuándo dejan la -boda? Animarse, señores, y anímese usted también, Sr. D. Mauro de mis -entrañas, porque... la niñita lo merece. Nada: el mes que entra, a la -Vicaría. Restituta con mi Sr. Juan, y usted con su querida sobrinita -Inés, que, si no me engaño, le ha rezado ya algún Padrenuestro a San -Antonio para que esto se realice. - -Todas las miradas se dirigieron hacia Inés. D. Mauro estiró los brazos -en cruz; luego, cerrando los puños, levantolos hacia arriba como si -quisiera coger el techo; descoyuntose las quijadas; cayeron luego ambas -manos sobre la mesa con estruendosa pesadez, y habló así: - ---Yo se lo he dicho, y por cierto que la niñita no tuvo a bien -contestarme. - ---¿Pues qué quiere decir el silencio en esos casos? ¿Cómo quiere usted -que una niña bien criada diga: «Me quiero casar, sí, señor, venga -marido?» Al contrario, es ley que hasta el último momento hagan ascos -al matrimonio, diciendo que les da vergüenza. - ---Ya te dije, hermano --indicó Doña Restituta--, que aunque ese es -el destino de la muchacha, si se porta bien y trabaja, no conviene -tratar todavía de tal asunto. Ya sabes lo que son las muchachas, y -si les entra el entusiasmo y el aquel del casorio, no hay quien las -aguante. Ella bien sé yo que se chupará los dedos; pero haces mal -en manifestarle tan pronto tu generosidad, porque puede echarse a -perder, pensando todos los días en el amorcito, en la palabrilla, en el -regalito. ¡Ah, bien sabe ella lo que se hace, la picarona! Bien sabe -que un hombre como tú no lo catan las muchachas de Madrid todos los -días. - ---¿Y por qué no he de decírselo desde luego? --contestó Requejo riendo, -es decir, moviendo la tecla de la risa en su brutal organismo--. Mi -sobrina me gusta; y aunque conocemos todos a una porción de señoras -muy principales que me pretenden y se beben los cuatro vientos por mí, -yo dije: «Vale más que todo se quede en casa.» ¿Por qué no se le ha de -decir de una vez que quiero casarme con ella? Bien sé que del alegrón -se estará ocho noches sin dormir, y se trastornará toda, y no dará una -puntada; y si por ella fuera, mañana mismo... pero váyase lo uno por lo -otro. Pues digo: ¡si ella viera el collar y los pendientes de oro que -tengo apalabrados con el platero del arco de Manguiteros!... - ---Dale... dale... --dijo Restituta--. ¿A qué viene hablar de esas -cosas? ¿A qué sacar de quicio a la chica, trastornándole el seso? Nada: -no hay collar ni pendientes. ¿Ni cómo quieres que la niña lave la ropa -ni cosa las camisas, cuando le dicen que va a ser, como si dijéramos, -princesa? - ---Nada, nada... yo la quiero y la estimo --afirmó Requejo--. ¿Por qué -la hemos de privar de ese gusto? Que lo sepa... y digo más, señora -hermana; y es que aunque a mí no me gusta la holgazanería, porque, ya -ven ustedes, yo, desde la edad de catorce años... quiero decir, que -aunque no me gusta la holgazanería, lo que es por estos días y de aquí -a que nos casemos, si Inés quiere trabajar que trabaje, y si no que no -trabaje. - -D. Mauro volvió a reír, y alargando el brazo hacia Inés, le tocó la -barba. - -Estremeciose la muchacha como al contacto de un animal asqueroso, y -rechazó bruscamente la caricia de su impertinente tío. - ---¿Qué es eso, niña? ¿Qué modales son esos? --dijo D. Mauro frunciendo -el ceño--. ¡Cuando te anuncio que me casaré contigo! - ---¡Conmigo! --exclamó la huérfana sin poder disimular su horror. - ---Contigo, sí. - ---Déjala, Mauro: ya sabes que es un poco mal criada. Niña, no se -contesta de ese modo. - ---¿Pues no tiene también su orgullo la pazpuerca? --indicó Requejo. - ---Yo no me caso con usted, yo no quiero casarme --dijo enérgicamente -Inés, recobrando su aplomo, una vez dicha la primera palabra. - ---¿Que no? --preguntó Restituta con un chillido de rabia--. Pues, -indinota, mocosa, ¿cuándo has podido tú soñar con tener semejante -marido, un Mauro Requejo, un hombre como mi hermano? ¡Y eso después que -te hemos sacado de la miseria!... - ---A mí me han sacado ustedes del bienestar y de la felicidad para -traerme a esta miseria, a esta mortificación en que vivo --dijo la -huérfana llorando--. Pero mi tío vendrá por mí, y me marcharé para no -volver aquí ni verles más. ¡Casarme yo con semejante hombre! Prefiero -la muerte. - -¡Oh, al oírla me la hubiera comido! Inés estaba sublime. Yo lloraba. - -Cuando los Requejos oyeron en boca de su víctima tan absoluta negativa, -se encendió de un modo espantoso la ira de sus protervas almas. -Restituta se quedó lívida, y levantose Don Mauro balbuciendo palabrotas -soeces. - ---¿Cómo es eso? ¡Venir a comer mi pan, venir aquí a lavarse la sarna, -venir aquí después de haber andado por los caminos pidiendo limosna... -y portarse de esa manera!... ¿Pero eres tú una Requejo, o de qué -endiablada casta eres?... Cuidado con la señorita _Panza en trote_. -Niñita, ¿sabes tú quién soy yo? ¿sabes que tengo cinco dedos en la -mano?... ¿sabes que me llamo Mauro Requejo?... ¿sabes que de mí no -se ríe ninguna piojosa?... ¿sabes que a mí no me pican pulgas de tu -laya?... Tengamos la fiesta en paz... y ten por sabido que has de hacer -lo que yo mando, y nada más. - -Diciendo esto, agarró con su mano de hierro el brazo de la muchacha, -y la sacudió con mucha fuerza. Quiso poner más alto aún el principio -de autoridad, y lanzó a Inés contra la pared, avanzando sobre ella -en actitud rabiosa. Cuando tal vi, pareciome que se me nublaban los -ojos, y sentí saltar mi sangre toda del corazón a la cabeza. Yo estaba -en pie junto a la mesa, y al alcance de mi mano había un cuchillo de -punta afilada. El lector comprenderá aquella situación terrible, y -no es posible que vitupere mi conducta, si es que tales hechos, hijos -de la ciega cólera y la impremeditación, pueden llamarse conducta. -¿Quién al ver una huérfana inocente e indefensa, maltratada por el -más necio y soez de los hombres, hubiera podido permanecer en calma? -Durante aquella escena de un segundo, alargué la mano hasta tocar la -empuñadura del cuchillo, y con rápida mirada observé el cuerpo deforme -de D. Mauro Requejo; pero afortunadamente para mí y para todos, este, -sin duda aterrado ante la debilidad de la víctima, se contuvo y no se -atrevió a tocarla. En un movimiento insignificante, en un paso atrás, -en una mirada, en una idea que pasa y huye estriba la perdición de -personas honradas, y un grano de arena hace tropezar nuestro pie, -precipitándonos en el abismo del crimen. Por aquella vez, Dios apartó -del camino de mi vida el cadalso o el presidio. - -Acudieron Lobo y el mancebo a calmar la enconada soberbia de su amigo. -En el semblante del segundo noté una alteración vivísima, y su piel -amarilla se encendió con inusitado enrojecimiento, que yo no sabía si -atribuir a la indignación o a la vergüenza. - -Queriendo Doña Restituta poner fin a una escena que no podía tener -buenas consecuencias, cortó la cuestión diciendo: - ---No te acalores, hermano. Yo la haré entrar en razón. Ya sabes que es -un poco mal criada. Vamos arriba, niña, y ajustaremos cuentas. - -Esta fue la orden de retirada. Juan de Dios salió de la tienda para -irse a su casa, y Doña Restituta e Inés subieron seguidas por mí, pues -también se me dio la orden de que me acostara. Entraron las dos mujeres -en su cuarto y yo en el mío; mas no pudiendo dominar mi inquietud, y -recelando que en el dormitorio vecino se repetiría entre tía y sobrina -la violenta escena de la trastienda, luego que pasó un rato, salí muy -quedamente de mi escondrijo, y desliceme por el pasillo, conteniendo -la respiración para que no me sintieran. En acecho cerca de la puerta -del dormitorio, sentí la voz de Doña Restituta que decía: «No llores, -duérmete. Mi hermano es una persona muy amable; solo que de pronto... -¡Si él te quiere mucho, niñita!...» Esta afabilidad de la culebra me -sorprendió; mas al punto comprendí que debía ser puro artificio. - -También llegaban confusamente a mí las voces de D. Mauro y de Lobo, que -habían quedado en la trastienda. Avancé un poco más hasta llegar a la -escalera, y echándome en tierra apliqué el oído. - ---Cuando yo le doy a usted mi palabra de que es así... --decía el -leguleyo--. Inesita fue abandonada y recogida por Doña Juana. Su madre, -que es una de las principales señoras de la Corte, desea encontrarla -y protegerla. Yo poseo los papeles con que se puede identificar la -personalidad de la damisela. De modo que si usted se casa con ella... -Amiguito, la señora Condesa tiene los mejores olivares de Jaén, las -mejores yeguadas de Córdoba, los mejores prados del Jarama, y más de -treinta mil fanegadas de pan en tierra de Olmedo y de Don Benito, sin -herederos directos que se lo disputen a esa barbilinda que hace poco -estaba haciendo pucheros aquí mismo. - ---Pero ya usted la ha visto --dijo D. Mauro, midiendo con grandes -zancadas el piso de la trastienda--. La muchacha es un puerco-espín. -Le hago una caricia y me da una manotada; le digo que la quiero y me -escupe la cara. - ---Amigo D. Mauro --repuso el licenciado--, el sistema que ustedes -siguen no es el más a propósito para hacerse querer de la niña. Ustedes -debían traerla en palmitas, y la están maltratando haciéndola trabajar -hasta que reviente. ¿A quién se le ocurre que una princesita como esta -friegue los platos y lave la ropa? Por este camino aborrecerá a mi -señor D. Mauro como si fuera el Demonio. - ---Pues me parece --dijo mi amo, dándose un golpe en la majestuosa -cerviz--, que el señor licenciado tiene muchísima razón. Eso mismo dije -yo a mi hermana; pero como Restituta es tan ambiciosa, que se dejaría -desollar por un ochavo, ha dado en sacarle el cuero a la infeliz. ¿No -somos ricos? Pues si somos ricos, ¿a qué viene el descajillarse por un -maravedí? Pero con mi hermana no hay quien pueda. ¿Le parece a usted? -Aquí vivimos como en el Hospicio: mi padre se llama hogaza y yo me -muero de hambre, como dijo el otro. Pues digo que ha de ser lo que yo -mando, y mi hermana que se case con Juan de Dios y se lleve lo suyo... -y nada más. Inesita no trabajará, porque si se me muere... - ---Además --dijo Lobo--, procure usted ser amable con ella. Cuide algo -más de lo exterior, y no se le presente con esa facha de mozo de -cordel, porque las niñas son niñas, Sr. Don Mauro, y no se entra en el -templo del Amor sino por la puerta del buen parecer. - ---Eso está muy bien parlado. Si fuera por mí... Yo quiero vestirme -bien; pero esa langostilla de Restituta no me deja, y dice que no me he -de poner el traje bonito más que el día de _San Corpus Christi_. Nada, -nada, aquí mando yo: me pondré guapote, porque yo... a Dios gracias, -no soy de esos que necesitan afeites y menjurges para parecer bien, y -cuanto me cae encima está que ni pintado. Trataré a Inesita como ella -se merece, y Dios por delante. Antes de un mes la llevo a la parroquia. - ---Ese es el mejor sistema, Sr. D. Mauro. Con las amenazas, con el -encierro, con las privaciones, con el trabajo excesivo, no conseguirán -ustedes sino que la muchacha les odie y se enamorisque del primer -pelafustán que pase por la calle. - -Así hablaron el comerciante y el leguleyo. Despidiéronse después, y -el segundo salió a la calle por la tienda. Retireme a toda prisa; -pero aunque no hice ruido, Doña Restituta, con su sutilísimo órgano -auditivo, debió sentir no sé si mi aliento o el ligero rumor de un -ladrillo roto que se movió bajo mis pisadas. Esto produjo cierta alarma -en su vigilante espíritu, y saliendo al encuentro de su hermano que -subía, le dijo: - ---Me parece que he sentido ruido. ¿Tendremos ladroncitos? Anoche -hicieron un robo en la calle Imperial, metiéndose por los tejados. -¿Estaremos seguros? - -Registraron toda la casa, mientras yo, metido entre mis sábanas, fingía -dormir como un talego. Al fin, convencidos de que no había ladrones, se -acostaron. - -Mucho más tarde advertí que Doña Restituta registraba la casa segunda -vez, hasta que todo quedó en silencio. Cerca ya de la madrugada oí -ruido de monedas. Era Doña Restituta contando su dinero. Después la -sentí salir de su cuarto, bajar a la trastienda y de allí al sótano, -donde estuvo más de una hora. - - - - -XVII - - -Al siguiente día D. Mauro se desvivió obsequiando a su sobrina; pero lo -hacía tan ramplonamente, que cada una de sus finezas era una gansada, y -cada movimiento una coz. - ---Restituta --decía--, no quiero que trabaje la muchacha. ¿Óyeslo, -hermana? Inés es mi sobrinita, y todo es para ella. Si hace falta -coser, aquí tengo yo mi dinero para pagar costureras. Sácame el vestido -nuevo, que me lo quiero poner todos los días, y estar en la tienda con -él... y no me pongas más olla con cabezas de carnero, sino que quiero -carne de vaca para mí y para este angelito de mi sobrina... y lo que es -el collar que tengo apalabrado lo compro hoy mismo... y aquí no manda -nadie más que yo... y voy a traer un fortepiano para que Inés aprenda a -tocar... y la voy a llevar en coche a la Florida... y si entra mañana -el nuevo Rey, como dicen, hemos de ir todos a verle, y yo con mi -vestido nuevo y mi sobrinita agarrada del brazo, ¿_no verdá_, prenda? - -Restituta quiso protestar contra estos despilfarros; pero amoscose su -hermano, y no hubo más remedio que obedecer, aunque a regañadientes. -Merced a la enérgica resolución del amo de la casa, viose la trastienda -honrada con inusitados y allí nunca vistos platos, aunque Doña -Restituta, firme en su adhesión al antiguo régimen, no probó de ninguno. - ---Hermana --le decía D. Mauro--, ya estoy de miserias hasta aquí. Nada, -no más trabajar. ¿Ves esta gallina, Inesilla? Pues te la tienes que -comer toda sin dejar ni una tripa, que para eso la he comprado con -mi dinero. Y aquí te tengo un guardapiés de raso verde con eses de -terciopelo amarillo que te has de poner mañana si vamos a ver entrar -al Rey... Y también te pondrás unos zapatos azules y unas mediecitas -encarnadas con rayas negras... y también le tengo echado el ojo a -una escofieta que lo menos lleva catorce varas de cinta de varios -colores... Conque a ponerse guapa... porque lo mando yo. - ---Buenas cosas le estás enseñando a la niña --declaró Doña Restituta, -dirigiendo oblicuamente los ojos a las prendas indicadas, que acababan -de traer a la tienda. - -En efecto, señores: la generosidad de Don Mauro era tan bestial como su -tacañería y salvajismo; así es que su empeño en que Inés se vistiera -con tan chabacano y ridículo traje, fue uno de los mayores tormentos -que padeció la huérfana durante su encierro. - ---Esta tarde --continuó el tío-- voy a traer dos ciegos para que -toquen, y puedas bailar cuanto quieras, Inesilla. Deseo que bailes lo -menos tres horas seguidas, y así has de hacerlo, porque yo lo mando... -y aquellos pendientes de a cuarta que están arriba, y son nuestros, -porque no han venido a desempeñarlos, te los pondrás en tus lindas -orejitas. - ---Sí: para ella estaban --dijo con avinagrado gesto Restituta--. ¡Dos -pendientes de filigrana de oro, largos como badajos de campana, y que -pertenecieron a una camarista de la Reina Doña Isabel de Farnesio! -Hermano, tengamos la fiesta en paz. - ---Aquí no manda nadie más que yo --manifestó Requejo, haciendo -retemblar de un puñetazo el cajón que servía de mesa. - -Como es de suponer, Inés se resistió a ponerse los vestidos de sainete -comprados por D. Mauro, lo cual puso de mal humor al buen comerciante, -quien no tuvo sosiego durante todo aquel día, y se quitó y puso -repetidas veces el traje nuevo, jurando que en su casa nadie mandaba -más que él. - -Al lector habrá sorprendido una circunstancia, y es que en tres días -que llevaba yo de permanencia en la funesta casa, no pudiese ni una -vez tan solo hablar con Inés. La suspicacia del ama era tan atroz y -tan previsora, que siempre que bajaba del entresuelo a la trastienda, -como no fuera en la hora tristísima de la comida, la dejaba encerrada, -guardando la llave en su profundo bolsillo. Esto me desesperaba, -quitándome toda esperanza de salvar a la pobre huérfana, hasta que -un día, resuelto a comunicarme con ella, aceché la ocasión en que -Doña Restituta estaba desplumando a unos infelices en el despacho de -los préstamos, y acercándome a la puerta del encierro, la llamé muy -quedamente. Sentí el roce de su vestido, y su voz me preguntó: - ---Gabriel, ¿eres tú? - ---Sí, Inesilla de mi corazón. Hablemos un poquito; pero no alces la -voz. Haré mucho ruido con la escoba para que no nos oigan. - ---¿Cómo has venido aquí? Di, Gabrielillo, ¿me sacarás tú? - ---Reina, aunque aquí hubiera cien mil Requejos y ochocientas mil -Restitutas, te sacaría. No llores ni te apures. Pero di, picarona, ¿me -quieres ahora menos que antes? - ---No, Gabriel --me contestó--. Te quiero más, mucho más. - -Hice mucho ruido y di mil besos a la puerta. - ---Toca con tus dedos en la puerta para que yo sienta. - -Inés dio algunos golpecitos en la madera, y después me interrogó: - ---¿Tardarás mucho en sacarme? Escribe a mi tío para que venga por mí. - ---Tu tío no conseguiría nada de estos cafres. Espera y confía en mí. -Chiquilla, hazme el favor de besar la puerta. - -Inés besó la puerta. - ---Yo te sacaré de esta casa, prenda mía, o no soy Gabriel --le dije--. -Haz por no disgustarles. Si te quieren sacar de paseo, no te resistas. -¿Oyes bien? Déjame a mí lo demás. Adiós, que viene la culebra. - ---Adiós, Gabriel. Estoy contenta. - -Ambos besamos la barrera que nos separaba, y el diálogo acabó, porque -consumado en el despacho de los préstamos el asesinato pecuniario, -salieron las víctimas, y tras ellas Doña Restituta, radiante de -ferocidad avariciosa. En su cara se conocía que había hecho un buen -negocio. - - - - -XVIII - - -Aquella noche vino a la tertulia de la trastienda, además del Sr. de -Lobo, Doña Ambrosia de los Linos, tendera de la calle del Príncipe, a -quien mis lectores, si no me engaño, tienen el honor de conocer, pues -algo me parece que figuró en los sucesos que conté anteriormente. Su -difunto esposo había sido compañero de D. Mauro en el cargamento y -arrastre de fardos y mercancías, y desde entonces entre ambas familias -quedó establecida cordial amistad. Reconociome Doña Ambrosia, mas no -dijo nada que pudiese desfavorecerme en el concepto de mis nuevos amos; -y cuando se hubo sentado, operación no muy fácil, dados su volumen y la -estrechez de los asientos, soltó la sin hueso en estos términos: - ---¿Cómo es eso, Restituta; cómo es eso, Don Mauro?... ¿conque no -han ido ustedes a ver la entrada de los franceses? Pues, hijos, les -aseguro que era cosa de ver. ¡Qué majos son, válgame el santo Ángel -de la Guardia!... ¡Pues digo, si da gloria ver tan buenos mozos!... -y son tantos, que parece que no caben en Madrid. Si viera usted, D. -Mauro, unos que andan vestidos al modo de moros, con calzones como -los maragatos, pero hasta el tobillo, y unos turbantes en la cabeza -con un plumacho muy largo. ¡Si vieras, Restituta, qué bigotazos, qué -sables, qué morriones peludos y qué entorchados y cruces! Te digo que -se me cae la baba... Pues a esos de los turbantes creo que los llaman -los _zamacucos_. También vienen unos que son, según me dijo D. Lino -Paniagua, los _tragones de la Guardia imperial_, y llevan unas corazas -como espejos. Detrás de todos venía el general que los manda, y dicen -está casado con la hermana de Napoleón... es ese que llaman el gran -Duque de _Murraz_ o no sé qué. Es el mozo más guapo que he visto... -¡y cómo se sonreía el picarón mirando a los balcones de la calle de -Fuencarral! Yo estaba en casa de las primas, y creo que se fijó en mí. -¡Ay, hija, qué ojazos! Me puse más encarnada... Por ahí andan pidiendo -alojamiento. A mí no me ha tocado ninguno, y lo siento; porque la -verdad, hija, esos señores me gustan. - ---Gracias a Dios que tenemos Rey --dijo D. Mauro--. Y usted, Doña -Ambrosia, ¿ha vendido mucho estos días? Porque lo que es de aquí no ha -salido ni una hilacha. - ---En mi casa ni un botón --contestó la tendera--. ¡Ay, hijito mío! -Ahora, cuando ese saladísimo Rey que tenemos arregle las cosas, hay -esperanzas de hacer algo. ¡Qué tiempos, Restituta, qué tiempos! Pero no -saben ustedes lo mejor: ¿no saben ustedes la gran noticia? - ---¿Qué? - ---Que mañana hará su entrada triunfal en Madrid el nuevo Rey de España, -Sr. D. Fernando el Séptimo. - ---Ya lo sabe hoy todo Madrid. - ---Pues no nos quedaremos sin ir a verle: óyelo tú, Restituta; óyelo tú, -Inés --dijo Requejo--. Mañana no se trabaja. - ---Yo, primero me aspan que dejar de ir a verlo --afirmó Doña -Ambrosia--. Los primos han salido esta noche al camino de Aranjuez para -esperarle. ¡Ay, qué alegría, Sr. D. Mauro! ¡Si viviera mi esposo para -verlo! Él que me decía: «Mientras duren este Rey y esta Reina de tres -al cuarto, no tendremos un Gobierno ilustrado.» Mañana va a ser un -día de alegría. Yo tengo un balcón en la calle de Alcalá, y ya hemos -encargado al valenciano media docena de ramos de flores para apedrear a -S. M. cuando pase. - ---Nada, lo dicho --apuntó D. Mauro--: si _esta_ no quiere ir, que se -quede en la tienda. Inés me coserá la manga del casaquín que se me -rompió ayer cuando me lo quité... Veremos qué tal sabe Gabriel hacer el -coleto... Por supuesto, Inesilla, si quieres coger uno de esos frascos -de agua de clavel que tienes a mano derecha, puedes hacerlo. Todo es -para ti. - -Así siguió la conversación sin ningún incidente notable en lo sucesivo, -por lo cual la omito, pues supongo al lector poco interesado en conocer -la historia de la enfermedad que padeció el esposo de Doña Ambrosia, -trágico acontecimiento que ella refirió. Los únicos personajes siempre -mudos en aquellas tertulias, además de un servidor de ustedes, eran -Inés y el Sr. Juan de Dios, este último por ser hombre de pocas -palabras, como he dicho. - -Llegó el día 24 de marzo, y la cabeza de D. Mauro, peinada por mí, -salió a competir con el sol en brillo y hermosura. Doña Restituta, que -no pudo resistir a las súplicas de su hermano, frotose con una toalla -el apergaminado forro de su cara hasta sacarse lustre, y después se -puso el mismo clásico traje con que por primera vez se presentó a -mis ojos en Aranjuez. Por más que D. Mauro atronó la casa, no pudo -conseguir que Inés se disfrazara con el guardapiés verde, las medias -encarnadas, las azules botas y la escofieta que su vanidoso tío compró -para adornar dignamente a la que consideraba como futura esposa. -Negose la muchacha a ser objeto de una fiesta pública, y al fin, para -decidirla a salir, la permitieron vestirse con su ropa de luto. Luego -que los tres estuvieron apercibidos, encargaron a Juan de Dios el -cuidado de la casa, y Don Mauro me dijo gravemente: - ---Gabriel, hoy es día de descanso. Vente con nosotros: con eso me -enderezarás el rabo del coleto si se me tuerce, y me ayudarás a ponerme -los guantes cuando pase S. M., pues hasta ese momento no quiero meter -mis manos en tal inquisición. ¿Qué te parece? ¿Voy bien? Tira de ese -faldón que está arrugado. Mira, chiquillo, haz el favor de meter -bonitamente tu mano por entre la casaca y la chupa hacia la espalda, y -rascarme en esa paletilla derecha, que no parece sino que se ha juntado -ahí un regimiento de pulgas... Así... así... basta ya. - -Dicho esto, y rascado el asno, tomé mi gorra y salimos. ¡Ay, Dios -mío, cómo estaba esa Puerta del Sol, y esa calle Mayor, y esa calle -de Alcalá! Mis lectores, cualquiera que sea su edad, habrán visto -alguna de las solemnes entradas con que nos obsequia cada pocos años -la historia contemporánea; de modo que para hacerles formar una idea -de aquel gentío, de aquella algazara y de aquel júbilo, me bastará -decirles que lo del 24 de marzo de 1808 no se diferenció de lo visto en -años posteriores sino en la exageración del delirio. - -De los balcones de las casas nobles pendían las ricas colgaduras de -damasco con su ancho escudo y brillantes flecos, prendas vinculadas que -hasta hace poco han lucido, ya marchitas y mermadas como el patrimonio -de sus dueños, en alguna fiesta del Corpus. Las demás casas se -engalanaban con lo que el entusiasmo de sus inquilinos había encontrado -a mano, siendo considerable la cantidad de piezas de muselineta que -un pueblo loco lanzó al aire de balcón a balcón en aquel memorable -día. La multitud infinita de abanicos con que resguardaban del sol su -cara los millares de damas asomadas a los balcones, ofrecía un aspecto -sorprendente; y cuando la vista recorría panorama tan encantador, -causábale cierto desvanecimiento el incesante ondular de los que se -movían dando aire a sus dueñas. Aquel parlante dije español, en tan -inmenso número reproducido, presentando alternativamente al sol una de -sus caras, ya blanca, ya azul, ya roja, y adornado con lentejuelas de -plata y oro, remedaba el aleteo de millares de pájaros pugnando por -levantar el vuelo. Era un día de marzo de esos que parecen días de -junio, privilegio de la Corte de las Españas, que suele abrasarse en -febrero y helarse en mayo. La Naturaleza sonreía como la Nación. - -El abigarrado gentío que poblaba las calles se componía de todas -las clases de la sociedad, abundando principalmente la manolería -y chispería, hombres y mujeres, viejos y muchachos. Los ancianos -inválidos y gotosos habían dejado el lecho, y sostenidos por sus -nietos abríanse paso. Las viejas santurronas, que durante tantos -años olvidaran todo camino que no fuera el de sus casas a la cercana -iglesia, acudían también, llevadas de la devoción al nuevo Rey, y -felicitándose unas a otras aturdían a los demás con el cotorreo de -sus bocas sin dientes. Los niños no habían asistido a la escuela, ni -los jornaleros al trabajo, ni los frailes al coro, ni los empleados a -la covachuela, ni los mendigos a las puertas de las iglesias, ni las -cigarreras a la Fábrica, ni los profesores de las Vistillas dieron -clase, ni hubo tertulia en las boticas, ni meriendas en la pradera del -Corregidor, ni jaleo en el Rastro, ni colisión de carreteros en la -calle de Toledo. - -La muchedumbre, obligada por su colosal corpulencia a estarse quieta, -se arremolinaba y estremecía como un monstruo atado. Agrietábase a -veces aquella gran masa; pero el surco abierto era invadido por la -corriente: de pronto crecía la aglomeración en un punto y se aclaraba -en otro. El empuje era tremendo, y el retroceso tan peligroso, que -había riesgo de ser hollado por las mil patas de la bestia. El zumbido -con que aquel enjambre manifestaba sus impresiones, trastornaba el -cerebro más fuerte: exclamaciones de alegría, diálogos entusiastas -seguidos de abrazos generosos, gritos de dolor a consecuencia de los -callos aplastados, o de indignación por cada sombrero que perdía -su hechura, se unían a las donosidades de las majas, que arrojaban -cáscaras de naranja sobre los petimetres, y a los lamentos de los -mendigos haraposos y mutilados que, escurriéndose entre la multitud, -aun allí imploraban la caridad enseñando una pierna leprosa o una mano -deforme. - -Nosotros tuvimos que quedarnos en la Puerta del Sol. Una de las -oscilaciones del gentío nos llevó hacia la acera que hoy une las -calles de Espoz y Mina y Carretas; otra oscilación nos arrastró hacia -la Inclusa, que estaba entre las calles del Carmen y Preciados; y por -último, un nuevo sacudimiento, haciéndonos pasar por ante Mariblanca, -nos encaminó hacia el Buen Suceso, a cuya verja nos agarramos D. Mauro -y yo para no ser nuevamente arrastrados a merced de aquel oleaje. Yo me -alegraba de que esto sucediera, por si en alguna evolución quedábamos -Inés y yo apartados de los Requejos; pero buen cuidado tenía D. Mauro -de no separarse de su sobrina, y antes le hubiera roto el brazo que -soltarla: tal era la fuerza con que su mano rapaz tenía aprisionados -los olivares de Jaén y las yeguadas de Córdoba. - -Situados donde he dicho, aguardamos la aparición de aquel sol -hespérico, de aquel iris de paz, de aquel Príncipe Fernando, que este -pueblo, a ser pagano, hubiera puesto en la jerarquía de sus dioses más -queridos. En rededor nuestro zumbaban algunas viejas. - ---¡Ay, mi señora Doña Gumersinda! --decía una estantigua--. Dios y mi -patrono San Serapio, ese bendito fraile de la Merced que es abogado -contra los dolores de coyunturas, han querido que yo no mordiera la -tierra sin ver este día. - ---¡Ay, mi señora Doña María Facunda! --contestaba otra--. Desde que -entró en Madrid, al venir de Nápoles, el Sr. D. Carlos III, a quien vi -desde este mismo sitio, no ha habido en Madrid una alegría semejante. -¿Pero usted no llora? - ---¿Pues no me ve usted, señora Doña Gumersinda? Bendito sea el Señor, -que nos ha permitido ver este día. Al menos se morirá una con la -alegría de que España sea feliz con ese gran Rey que Dios nos ha dado. -¡Pues pocos rosarios he rezado yo para que esto sucediera! Al fin la -Virgen nos ha oído, y si nosotras no nos estuviéramos en la iglesia -rogando día y noche, ya podía la Nación esperar sentada su felicidad. - ---¿Pero usted no ha visto al Príncipe, señora Doña María Facunda? Si -es el más rozagante, el más lindo mozo que hay en toda España y sus -Indias. Yo le vi el día de la jura, y me parece que le tengo delante. - ---No le he visto. Ya sabe usted, señora Doña Gumersinda, que desde que -reñí con aquel oficial de walonas que me quería tanto, allá cuando -echaron a los jesuitas, no he vuelto a mirar a la cara a ningún hombre. - ---¡Pero oiga usted: dicen que viene; ya está cerca! - -En efecto: se oían las exclamaciones del gentío apelmazado en la calle -de Alcalá, y muchos gritaban: - ---¡Ya viene por la Cibeles! ¡Ya viene por el Carmen Descalzo! ¡Ya viene -por las Baronesas! ¡Ya viene por los Cartujos! - -Una voz conocida me hizo volver la cara. Pacorro Chinitas, el famoso -amolador, cuyas opiniones no habréis olvidado, estaba detrás de mí -disputando acaloradamente con una mujer del pueblo, gruesa, garbosa, de -ojos vivos, lengua expedita y expeditísimas manos. - ---¡Que en todas partes has de meter camorra, condenada mujer! --decía -Chinitas--. Vete callando, que ya se me sube la mostaza a la nariz. - ---No me da gana de callar --contestó la Primorosa, cruzándose en la -cintura las puntas del pañuelo que le cubría los hombros--. ¿Pues qué, -estamos en misa? Si ese señorito del tupé no se nos quita delante... - -Un petimetre, que olía a jazmín, volvió la compungida cara pidiendo mil -perdones a la emperatriz del Rastro. - ---¡Eh, tío _catacaldos_! --continuó la Primorosa, tirando por los -faldones al currutaco--. ¡Quítese de ahí, que me estorba! - ---Mujer, deja en paz a ese caballero. Mira que la armo. - ---¡Sopa sin sal, endino! --exclamó la manola, mostrando sus dedos -cuajados de anillos con piedras falsas--. ¡Pos pa qué quiero estas -cinco manos de almirez! ¡Enriten a la Primorosa, y verán lo güeno! -¡Eh... señor marqués del Barrilete! --añadió dirigiéndose a D. Mauro--, -que me está usted metiendo por los ojos el rabo de su peluquín. - ---Mujer --insistió Chinitas--, que donde quiera que vamos me has de -avergonzar... - -El petimetre se volvió hacia nosotros y dijo, infestándonos con los -perfumes de su ropa: - ---No se puede estar donde hay gente ordinaria. - ---¿Qué es eso de gente ordinaria? --clamó la Primorosa, atropellando -a los que tenía al lado para abalanzarse hacia el almibarado joven--. -Ya... a mí con esas. Pero si es el señor D. Narciso Pluma. Eh, -Nicolasa, Bastiana, Polonia: mira al Sr. de Pluma, al que la otra noche -le emprestamos dos reales pa osequiar a las madasmas que llevó a tu -casa... Señor marquesito de la olla vacía, menos facha y más comenencia -con las señoras, porque yo soy muy reseñorona y muy requeteusía, y sé -dar pa el pelo, y vivan los farolones de Madrid. - -A este punto llegaba, cuando un rumor creciente indicó que el Príncipe -estaba cerca. La Primorosa, con las majas que la seguían, trató de -atravesar el gentío dando codazos y manotadas a derecha e izquierda. - ---Ea, desapártense toos, que viene el sol del mundo. A un lao, a un -laíto, señores. Bastiana, Nicolasa, quitaos las flores del pelo y -vengan acá, que yo se las daré al lucero de las Españas. Míralo allá: -viene a caballo por la Aduana. - -A fuerza de empujones logró la Primorosa ¡cosa inaudita! despejar -en torno suyo un breve espacio, donde sin obstáculo campeaba. Pero -queriendo avanzar más aún, halló insuperable barrera en la persona de -un _majo decente_ que, con la capa en cuadril y el sombrero sobre la -ceja, rechazaba varonilmente a cuantos intentaban adelantar hacia el -centro de la carrera. - ---¡Cómo! --dijo la maja con centellante ira--. ¿Que no se pasa? ¿Y -quién lo _ice_?... ¿tú, Pujitos? Anda, y qué güeno me sabe. - ---No se pasa --dijo Pujitos, que se esforzaba en poner a la multitud -en fondo, en filas, en compañías, en batallones y en brigadas--. -Póngase ca una en su puesto, y no ladrar. Orden, señores... toos en -fila. Primorosa, las mujeres a sus casas, y aquí denguna me levante el -chillío. - ---Pujitos de mi corazón --dijo la Primorosa con terrible ironía, -clavando ambas manos en su cintura--. Si te requiero; si he venido por -verte; si aquí vengo a pedirte de rodillas que me dejes pasar, y traigo -un irgumento pa tu cara de peine viejo. ¿Quieres verlo? Pues toma. - -Aún no lo había dicho, cuando rápida, fuerte y destructora como un -ariete romano, la mano derecha de la maja voló en dirección de la cara -de Pujitos, y el carrillo de este resonó con tremendo chasquido. Una -risotada general fue el himno con que los circunstantes celebraron -la desgracia del patriota, el cual, vacilando primero y desplomado -después, fue a caer sobre un fraile, rompiéndole la escofieta a Doña -María Facunda y la escusabaraja a Doña Gumersinda. La multitud hizo un -movimiento: el oleaje corrió de un lado a otro, y Pujitos desapareció -ante nuestra vista como un cuerpo que cae al mar. - -La causa de aquel movimiento de la muchedumbre fue una nueva irrupción -de carne humana en aquel recinto estrecho donde ya había tanta. Un -destacamento de la Guardia Imperial, con Murat a la cabeza, apareció -por la calle del Arenal. Figuraos un pie que se empeña en entrar en -una bota donde ya hay otro pie. El gran Duque de Berg, petulante y -vanidoso, se obstinó en presentarse con sus tropas en la carrera por -donde había de pasar el Rey, lo cual no tenía nada de culpable; pero -lo hizo tan inoportunamente, y sus mamelucos y dragones vejaron de -tal modo al pueblo madrileño, que algunos historiadores hacen datar -desde aquella hora la general antipatía de que los franceses fueron -objeto. La multitud es un río, cuyo nivel no puede subir cuando recibe -el caudal de otro río, y tiene que acomodarse juntando carne con carne -y hueso con hueso, hasta que desaparece la personalidad humana en el -informe conjunto. Esto pasó cuando los franceses penetraron en la -estrecha plaza, y una tempestad de silbidos, reconvenciones e insultos -fue la primera manifestación del pueblo español contra los invasores. -Entre tanto, el desconcierto crecía, la sofocación iba en aumento. D. -Mauro bramó como un toro; Doña Restituta lanzó un gemido desde el fondo -de su angosto pecho... pero la multitud olvidó sus penas, porque ya -estaba cerca, ya venía, ya le veíamos en su caballo blanco, que apenas -podía dar un paso; ya embocaba en la Puerta del Sol; ya se agitaban -los abanicos; llovían ramos de flores; alzábase de la superficie de -aquel inquieto mar un rumor espantoso; cruzaban el aire como pájaros -desbandados millares de gorras, y los brazos convulsos sobresalían de -las cabezas descubiertas; los pañuelos no eran bastante expresivos, y -las capas eran desplegadas como banderas de triunfo. - -Entonces la masa de gente que estaba en torno mío avanzó con -irresistible empuje. Don Mauro y Restituta clavaron las uñas en las -mangas del vestido de Inés, que se les escapaba; pero un jirón de tela -se quedó en sus manos, e Inés en mis brazos. Miré a la derecha, y vi -entre una aglomeración de cabezas el coleto de D. Mauro y el moño de -Doña Restituta, que huían llevados como despojos de naufragio sobre la -espuma de aquel alborotado mar. Estábamos solos. - -Inés y yo nos abrazamos, y el gentío, comprimiéndose después, -estrechaba a Inés contra mí, como si de nuestros dos cuerpos hubiera -querido hacer uno solo. - - - - -XIX - - ---Estamos solos, Inés --le dije--. Ahora podremos hablarnos y vernos. - -En efecto, estábamos solos. Yo no veía ni Rey, ni pueblo, ni Guardia -Imperial, ni balcones, ni quitasoles, ni abanicos, ni capas, ni gorras, -ni flores, ni nada: yo no veía más que a Inés, e Inés no veía más -que a mí. Aprisionados entre un pueblo inmenso, nos creíamos en un -desierto. Olvidamos que existía un Rey recién coronado, y una nación -alegre, y una ciudad feliz, y una multitud ebria, y no pensamos más que -en nosotros mismos. No oíamos nada: el clamor de la gente, los vivas, -los mueras, las felicitaciones; aquella borrachera de entusiasmo -no producía en nuestros oídos más impresión que el vuelo de un -insignificante insecto. - ---Gracias a Dios que nos han dejado solos --dijo Inés, estrechándose -más contra mí. - ---¡Inés de mi corazón! --exclamé yo--. ¡Cuánto deseaba hablarte! -¡Cuántas cosas tengo que decirte! Tus tíos se han ido y no volverán, y -si vuelven no estaremos aquí. Somos libres: oye lo que voy a decirte. -Estamos fuera de esa maldita casa, Inés mía, y serás feliz, rica y -poderosa; tendrás todo lo que es tuyo. - ---Yo no tengo nada --me contestó. - ---Sí: tú no sabes un cuento que yo te voy a contar; un cuento que sé, y -que me hace feliz y desgraciado al mismo tiempo. - ---¿Qué estás diciendo, loquillo? - ---Que tú no eres lo que pareces. Yo te devolveré a tus padres, que son -muy ricos. - ---¿Padres? ¿Acaso yo tengo padres? - ---Sí: tú no eres hija de Doña Juana. Pero esto te lo explicaré en otra -ocasión. ¡Ah! amiga mía: estoy alegre y estoy triste, porque deseo -que seas feliz, y rica, y señora, y poderosa, y duquesa, y princesa; -pero al mismo tiempo considero que cuando llegues al puesto que te -corresponde, no me has de querer. - ---No entiendo una palabra de lo que dices. - ---Ya veremos. Tú no me querrás. ¿Cómo has de querer a un desgraciado -como yo, sin fortuna, sin educación? Te avergonzarás de mí, que soy -un criado, un infeliz de las calles... Pero ¡ay! no temas, que yo te -llevaré a donde debes estar, y te pondré en tu verdadero puesto, y -serás lo que debes ser. Yo no quiero nada para mí. Dime: ¿me dejarás -que sea tu criado y que viva en tu casa lo mismo que vivo ahora mismo -en la de tus condenados tíos? - ---De veras te digo que pareces un loco, Gabriel. Esto me recuerda -cuando tú decías que ibas a ser Ministro, Generalísimo y Príncipe. Yo -no tengo esas ideas. - ---No es lo mismo, niñita. Aquello era una necedad mía, y esto es -cierto. Ya no volveremos a casa de los Requejos. Huiremos por la calle -de Alcalá cuando se despeje, buscando refugio en Aranjuez, hasta tanto -que yo te lleve a donde debo llevarte. Aunque sé que no lo has de -cumplir, júrame que me querrás siempre. - ---Yo no necesito jurarlo. Prométeme tú no decir disparates --dijo ella, -mientras la presión de la embriagada multitud estrechaba su cabeza -contra mi pecho. - ---No son disparates. Pronto te convencerás de ello; ¿pero me querrás -siempre como me quieres ahora? ¿No te avergonzarás de mí, no me -despreciarás? ¿Seré siempre para ti lo mismo que soy ahora, tu único -amigo, tu salvación y tu amparo? - ---Siempre, siempre. - -Al pronunciar estas palabras, Inés sintió que le cogían un pie. - -Miró ella, miré yo, y vimos que clavaba en el pie sus flacos dedos una -mano correspondiente a un brazo negro, que, extendiéndose entre las -piernas de los circunstantes, estaba unido al cuerpo de Restituta, -quien estiraba el otro brazo hasta tocar la mano que pertenecía a una -de las extremidades de D. Mauro Requejo, el cual D. Mauro Requejo, -colocado como a dos varas de nosotros, pugnaba por abrirse paso entre -piernas de hombre y faldas de mujer, recibiendo aquí una pisada, allá -una coz. Sucedió que encontrándose los dos hermanos tan separados de -nosotros, perdían el tino buscándonos, y mientras ella se encaramaba -anhelando divisar por algún lado nuestras cabezas, él, a causa de su -corpulencia, alcanzó a distinguir mi gorro. - -Forcejeaban hasta alcanzarnos, cuando Doña Restituta cayó al suelo; -diole D. Mauro la mano, y ella alargó la otra para asir el pie de Inés, -temiendo que en un nuevo vaivén o sacudimiento se le escapara. Nuestro -proyecto de fuga quedó frustrado, y ambos Requejos hicieron presa en -los olivares de Jaén, asiéndoles cada uno por un brazo para estar más -seguros. - ---¡Pobrecita mía! --dijo D. Mauro--. Creímos que te nos perdías. Si no -es por ti, Gabriel, se nos pierde. - -A causa del revolcón quedaron ambos hermanos tan lastimosamente -magullados, que daba compasión verles. Del casaquín de mi amo se habían -hecho dos, sin intervención de ningún sastre, y su hermana veía con -ojos furibundos los flotantes jirones de su vestido negro, rasgado de -arriba abajo. - ---¿Ves? --decía Restituta a su hermano al regresar a la casa--. ¿Ves -lo que sacamos de ir a donde nadie nos llama? Has perdido un guante... -¡lástima de guante, que costó un dineral en el Rastro! ¿Pues y la -casaca? Ya tengo costura para tres días... ¡Sí, que está barata la -seda!... Y tú, niña, ¿has perdido algo? ¡Ay! ¿Dónde está mi pañuelo? -¿Pues y mi pañuelo? ¡Lo he perdido!... ¡Dios me favorezca!... ¡Jesús -mil veces! ¡Y yo que le eché tres gotas de agua de bergamota! - - - - -XX - - -Transcurrieron muchos días desde aquel, famoso por la entrada de -nuestro Soberano, sin que se alterara con ningún accidente la -uniformidad de la casa de los Requejos. - -Largo tiempo estuve sin poder hablar con Inés, aunque vivíamos tan -cerca el uno del otro; pero el encierro en que la guardaba Restituta -era cada vez más inaccesible, y la vigilancia llegó a ser un acecho -implacable. Don Mauro estaba furioso algunas veces; otras triste, y sin -duda en su rudeza no dejaba de comprender que era incapaz de hacerse -amar por Inés. Su cólera no podía menos de derivarse de la conciencia -de su brutalidad. Si no hubiera mediado el ambicioso interés, que -era su alma, quizás D. Mauro habría sido naturalmente afable y hasta -cariñoso con la que pasaba por su sobrina; pero la falta de educación, -de delicadeza, de modales y de sentido común le perdía, haciéndole no -solo aborrecible, sino espantoso a los ojos de la misma a quien deseaba -interesar. - -Las dificultades para sacar a Inés del poder de los Requejos aumentaban -de día en día con la suspicaz vigilancia de Restituta; pero esto no -me desanimaba, y firme en mi honrado propósito, procuré por todos -los medios posibles conquistar la benevolencia de los dos hermanos, -fingiendo en mí gustos e inclinaciones iguales a las suyas. Yo -aspiraba a una empresa más difícil que las doce de Hércules: aspiraba -a conquistar el inexpugnable castillo de su confianza, donde jamás -entrara persona alguna. - -Para llegar a este fin, principié fingiéndome mezquino y avaro, cual si -me consumiera, como a ellos, la mísera pasión del ahorro en su último -delirio. Un día, después de haber barrido los pasillos y cuartos, me -ocupaba en reunir el polvo y la tierra, recogiendo y guardando aquellos -ingredientes en un gran cucurucho. Como esta operación la hacía yo de -modo que Doña Restituta me observase, preguntome un día cuál era mi -objeto, y le contesté: - ---Pues qué, señora, ¿se ha de desperdiciar esta substancia alimenticia? - ---¿Cómo? ¿El polvo y la basura de los ladrillos, con las telarañas de -los techos y el lodo de los zapatos, forman una substancia alimenticia? - ---Ya lo creo; y me asombra que usted no sepa que hay en Madrid un -jardinero francés que compra todo esto para criar unas endemoniadas -yerbas farmacéuticas que han inventado ahora. - ---¿Qué me dices, Gabriel? Pues yo no sabía nada. - ---Pues cuando yo estaba en la casa del señor Duque de Torregorda, la -señora Duquesa vendía esto todas las semanas, y por un paquete así le -daban sus cuatro cuartos como cuatro soles. - -Ella se regocijaba tanto con esto, que cuando yo, después de arrojar -a un muladar el paquete, volvía entregándole los cuatro cuartos de mi -fingida venta, me decía: - ---Eres un chico de disposición, Gabriel; no he conocido otro como tú. - -También fingía vender los cráneos de carnero que allí se consumían -con frecuencia, los huesos de toda clase de frutas, los pedazos de -papel, los cascos de vidrio, y hasta los pezones de los higos pasados, -diciéndole que un boticario los compraba para hacer cierta droga -venenosa. Cuando llegó el 20 de Abril y me dieron los diez reales de mi -salario, dije a Doña Restituta: - ---Señora, ¿para qué quiero yo todo ese dineral? Puesto que tengo todas -mis necesidades satisfechas y no me falta nada, guárdemelo; y si algún -día salgo de esta bendita casa (lo que ojalá no suceda nunca), me lo -entregará junto. Guardadito quiero que esté como oro en paño, y primero -me dejaré cortar las orejas que consentir en el gasto de un maravedí. - ---¡Ay, Gabriel! --me contestó, rebosando satisfacción--, no he visto -nunca un chico como tú. Bien es verdad que no en vano se pisa esta -casa, donde reinan el orden y la economía. Eres un rapaz de provecho: -si sigues trabajando, a vuelta de diez años tendrás reunidos sesenta -duros; y si siempre persistes en tan buenas ideas, llegarás al fin de -tu vida... (pongamos que vives sesenta años más...) con un capital de -trescientos sesenta duros, que tendrás guardaditos y los enterrarás -antes de morirte, para que ningún heredero holgazán se divierta con tu -dinero. - -Con estas y otras artimañas me hacía querer de mis amos, hasta el -punto de que confiaban mucho en mí; pero a pesar de todo, no logré -nunca adquirir la confianza suprema, que consistía para mí en ser -encargado de la custodia de Inés, mientras ellos estaban fuera. ¡Ay! -cuando alguna vez permitían los hados que Doña Restituta se ahuyentara -del hogar doméstico, siempre era depositario de todas las llaves el -impasible, el mecánico, el glacial mancebo. - -Pero he hablado poco de este personaje, cuando en realidad debiera -ocuparme mucho, y urge dar de él completa idea. Juan de Dios era sin -género de duda un excéntrico, pues también en aquella época había -excéntricos. Un hombre que no habla, que ignora lo que es risa, que no -da un paso más de los necesarios para trasladarse al punto donde están -la pieza de tela que ha de vender, la vara con que la ha de medir, y -la hortera en que ha de meter el dinero; un hombre que en todas las -ocasiones de la vida parece una máquina cubierta con la humana piel -para remedar mejor nuestra libre, móvil e impresionable naturaleza, ha -de llevar dentro de sí algo ignorado y excepcional. Sin embargo, al -poco tiempo de conocer yo a Juan de Dios, ocurrió algún percance en el -misterioso engranaje de las piezas de aquel mueble animado. - -Por aquellos días, D. Mauro y Doña Restituta habíanse comunicado con -asombro su extrañeza por las frecuentes distracciones de Juan de Dios. -Juan de Dios, que en veinte años no se equivocara nunca midiendo o -contando, contaba y medía como un mancebillo recién venido de la -Alcarria. Aún había algo más alarmante. Juan de Dios se paseaba por la -tienda sin hacer nada, lo cual era tan extraordinario como el choque de -un planeta con otro; Juan de Dios preguntaba al parroquiano si quería -_poplín_, _cotepalis_, _organdís_, _madapolanes_ o _muselinetas_, y en -vez de traer lo pedido, daba media vuelta, rascándose la cabeza; iba a -la trastienda, y salía después a preguntar de nuevo, porque se le había -olvidado. Al mismo tiempo Juan de Dios estaba más amarillo y más flaco, -lo cual parecía imposible al que en sus buenos tiempos le hubiese -conocido, y su mirada, siempre mortecina y tristona, como la llama de -un candil que se apaga, indicaba últimamente una resignación, un dolor -que no son susceptibles de descripción ni pintura. - -Un día salieron los amos, encargándole como de costumbre la custodia de -la casa. Inés, encerrada en su aposento, habló conmigo como Tisbe al -través del muro, y en mi desesperación, no pudiendo ni verla ni sacarla -de allí, discurrí que convenía explorar el corazón del mancebo, por -si era posible ablandarle para que protegiera nuestra fuga. Bajé a la -tienda, y después que hablamos un poco de cosas indiferentes, dije a -Juan de Dios: - ---¿No es un dolor, Sr. D. Juan, que esa joven se muera de tristeza -en ese cuartucho? ¿Por qué no la dejan suelta por la casa? ¿Acaso es -alguna fiera? - -Advertí en el semblante del mancebo un como estremecimiento o -vislumbre; después pareció que la poca sangre de su cuerpo se le -agolpaba en la frente, y me habló así: - ---Gabriel, tienes razón. ¿Por qué la encierran así, siendo tan buena -y tan humilde?... Ya estará libre... --dijo el hortera, como hablando -consigo mismo. - -Estas palabras despertaron grandemente mi curiosidad, y resolví hacerle -hablar sobre el asunto, fingiendo poco interés por la huérfana. - ---Verdad es --dije-- que como está tan mal criada... - ---¡Mal criada! --exclamó el dependiente con viveza--. Tú sí que eres un -mal criado y un bruto. Cuando la veo tan dulce, tan modesta, tan guapa, -me da lástima que... Aquí la tratan de un modo que da compasión... - ---Pero los amos son muy buenos con ella: la han comprado un vestido, y -D. Mauro quiere que sea su mujer. - -Al oírlo, Juan de Dios se inmoló de tal modo, que le tuve miedo. - ---¡Casarse con ella! --exclamó--. No, no; eso no puede ser. - ---Bien es verdad que si la muchacha no quiere, ¿por qué han de -obligarla? - ---Es verdad. No, no la obligarán. - -Comprendí que convenía variar de táctica, demostrando mucho interés por -la prisionera. - ---Pues si ella no quiere --afirmé--, será una obra de caridad sacarla -de aquí. - ---¿Tú crees lo mismo? --me preguntó con ansiedad. - ---Sí. Me da tanta lástima de la pobrecita, que si en mí consistiera, ya -le hubiera abierto las puertas para que volara como un pajarito. - ---Gabriel --me dijo Juan de Dios solemnemente, poniendo su mano sobre -mi brazo--, si tú fueras un chico prudente y discreto, yo te confiaría -un proyectillo. - -No había más remedio que fingir gran indignación contra los Requejos, y -así lo hice, diciendo: - ---¡Pues no he de serlo! A mí puede usted confiarme lo que quiera, sobre -todo si se refiere a esa niña, porque la tengo compasión; y si mi amo -se empeña en maltratarla, no lo podré aguantar, y el mejor día... - ---Nuestros patronos son muy crueles --dijo él con la gravedad de quien -revela importante secreto. - ---¿Qué dice usted, crueles? Bárbaros y tacaños, que serían capaces de -vender a Cristo por dos maravedís. - -El semblante de Juan de Dios expresó cierto entusiasmo. Después de -vacilar un momento entre la seriedad y una sonrisa, se apretó el -corazón con ambas manos, y me dijo: - ---Gabriel, yo estoy enamorado, yo estoy loco. - ---¿De quién? ¿Por quién? - ---No me lo preguntes y adivínalo. A ti solo te lo digo: quiero que -me ayudes. Veo que tienes buenos sentimientos, y que aborreces a los -carceleros de Inés. Pero tú no te has fijado bien en ella. ¿No te -admira su resignación, no te admira su modestia? Y sobre todo, Gabriel, -¿has visto alguna vez mujer más linda? Dime, ¿te ha mirado alguna vez y -no te has vuelto loco? - -Juan de Dios lo parecía al decir estas palabras. - ---Inés es una gran personita --respondí--. Hace usted bien en quererla, -y mucho mejor en sacarla de aquí. ¿Pero no dicen que se casa usted con -Doña Restituta? - ---¿Yo? ¿estás loco?... Antes de ahora he sido tan estúpido que llegué -a creerme capaz de semejante desgracia. Pero ahora... ¿Has conocido -hembra más repugnante que esa? - ---No, no hay otra que la iguale en todo el mundo. Pero hablemos de -Inés, que es lo que a usted le interesa. - ---Sí, hablemos. ¡Ay! No sabes qué desahogo siento al confiarte este -secreto. Yo necesitaba decírselo a alguien para no desesperarme. Desde -que Inés entró en esta casa, experimenté una sensación desconocida. Yo -había dicho muchas veces: «tanto como oigo hablar del amor, y yo no -sé lo que es...» Pero ya sé lo que es... ¡Ay! he pasado toda mi vida -trabajando como una bestia. Hace veinte años tuve algo con una mujer -que vivía en mi casa; pero aquello no pasó de tres días. Yo nací en -Francia, de padres españoles; me crié en un convento, y cuando salí -de él a los veinte años, estaba muy persuadido de que las mujeres -todas eran el Demonio, pues así me lo decían los frailes del convento -de Guetaria. Así es que cuando pasaba alguna cerca de mí, yo bajaba -los ojos, cuidando de no mirarla. Siempre he sido melancólico y... -no sé por qué me han disgustado las mujeres... Nunca voy a bailes -ni a tertulias, y con tan uniforme vida me he vuelto tan tristón, -que me aburro de mí mismo. Los domingos echo un paseo allá por los -Melancólicos, y esto un año y otro, hasta que ahora... te contaré -punto por punto. Cuando llegó Inés aquí, me pareció que no era como -las mujeres que yo he visto siempre; quedeme asombrado contemplándola, -y hasta se me figuró que la había visto en alguna parte: ¿dónde? ¡qué -sé yo! sin duda dentro de mí mismo. Todo aquel día pensé en ella, y al -día siguiente, que era domingo, me fui, después de oír misa, a mi paseo -de los Melancólicos. Allí di mil vueltas, figurándome que hablaba con -ella, y fueron tantas las cosas que le dije, que de seguro no cabrían -en este libro grande. Pasó algún tiempo: Inés no me había mirado nunca, -hasta que una noche... estábamos comiendo; yo fui a coger un plato, y -como me temblaba la mano, le dejé caer al suelo y se rompió. Restituta -se puso a dar gritos, y D. Mauro me dijo no sé qué barbaridades. -Entonces Inés alzó los ojos y me miró. - -Cuando esto decía, Juan de Dios mostraba la incomparable satisfacción -del amante que ha recibido favor muy lisonjero de su dama. - ---Pues ánimo --le dije--: la madamita es linda y buena. Sáquela usted -de aquí. - ---¡Que si la saco! ¿Pues no he de sacarla? --exclamó con decisión--. -Resuelto estoy a ello. Pero necesito hablarle, Gabriel; necesito -decirle lo que siento por ella. ¿Me corresponderá? ¿Crees tú que me -corresponderá? - ---Pero, tonto, si quiere usted hablarle, ¿qué más tiene que ir a su -cuarto y entrar? ¿Los amos no le dejan las llaves? - ---Varias veces he intentado hablar con ella; he subido la escalera, -he llegado junto a la puerta, y al fin me he vuelto sin valor para -decirle: «Inés, ¿oye usted una palabra?» - ---Pues de esa manera no consigue usted nada --le contesté--. ¡Ah! Vea -usted lo que me ocurre en este instante. Yo me pinto solo para esas -comisiones. Me da usted la llave, abro, entro y le digo que usted -la quiere y discurre el modo de sacarla de aquí. ¿Qué le parece mi -invención? - ---Te equivocas si crees que tengo la llave de su cuarto. Todas me las -dejan menos esa. - ---Entonces todo está perdido. - ---No, porque voy a que un cerrajero me haga una por un modelo de cera, -enteramente igual. Por de pronto, ya que te ofreces a servirme, mira -lo que he pensado. Aquí tengo un ramito de violetas que he comprado -esta mañana. Se lo llevas, arrojándolo dentro por el tragaluz que está -sobre la puerta, y le dices: «esto le manda a usted una persona que la -ama», pero sin mentarla quién es. Luego, otro día que los amos salgan, -le llevas una carta que estoy escribiendo en mi casa, y que tiene ya -ocho pliegos de papel, con una letra como el sol. ¿Lo harás así? - ---Todo lo que usted me mande. - ---¡Ay, Gabriel! Desde que ella está en esta casa, me he vuelto todo del -revés. Pero di: ¿crees tú que Inés me querrá? ¿lo crees tú? ¡Ay! yo -de veras te digo que por verme amado de ella por todo el día de hoy, -consentiría mañana en perder la vida. Te juro que si supiera de cierto -que no me puede querer, moriría. Si Inés me ama, seré tan feliz que... -no sé lo que me pasará. Y tiene que ser, tiene que amarme: yo me la -llevaré a una parte del mundo donde no haya gente, y allí, solitos los -dos, ¿no es verdad que tendrá que quererme? Estoy ahora averiguando -por qué camino se va a una de esas islas desiertas que, según dicen, -hay no sé dónde... La sacaré de aquí, Gabriel; nos iremos ella y yo, -si quiere, bien, y si no, también. Cuando llegue el caso me creo -capaz de todo: de matar al que quiera impedírmelo, de vencer cuantas -dificultades se me opongan, de echarme a cuestas toda la tierra y -beberme todo el mar, si es preciso para mi fin... Gabriel, ¿llevarás a -Inés el ramo de violetas? Yo tengo miedo de ir... Cuando le hable una -vez, se me quitará esta turbación... ¿No es verdad?... ¿Crees tú que -ella me amará? - -La pasión de Juan de Dios tenía cierta ferocidad. Junto con la timidez -más ingenua, el corazón de aquel hombre abrigaba una determinación -impetuosa y una energía suficiente para llevar adelante el más difícil -propósito. El secreto confiado causome tanto asombro como miedo, porque -si bien el amor del mancebo podía ser un gran auxilio para la evasión -de Inés, también podía ser obstáculo. - -Pensando en esto me separé de él, para llevar las violetas, sacadas -de un cajón donde guardaba sus plumas: subí y púseme al habla con mi -desgraciada amiga. - ---Inés --le dije, arrojando el ramillete por el tragaluz--, toma esas -flores que he comprado para ti. - ---Gracias --me contestó. - ---Niñita mía --continué--, mételas en tu seno, para que la bruja de tu -tía no las descubra. ¿Las has guardado ya?. - ---En eso estoy --repuso la dulce voz dentro del cuarto--. Vaya, ya -están. - ---Mira, Inesilla, pon la mano sobre tu corazón, y júrame que no has de -querer a nadie, a nadie más que a mí: ni a D. Mauro, ni a Juan de... -quiero decir... a nadie. - ---¿Qué estás ahí hablando? - ---Júramelo. Pronto estarás libre, paloma. Pero cuando seas señora, -rica y condesa, y tengas palacio, y lacayos, y tierras, ¿me olvidarás? -¿Despreciarás al pobre Gabriel? Júrame que no me despreciarás. - -La prisionera reía en su cárcel. - ---Vaya, adiós. Ponte frente al agujero de la llave para verte: ¡qué -guapa estás! Adiós: me parece que ahí están tus simpáticos tíos. Sí: ya -siento la voz del buitre de D. Mauro. Adiós. - - - - -XXI - - -Aquella noche nos favorecieron Doña Ambrosia de los Linos y el -licenciado Lobo. La primera se quejó de no haber vendido ni una vara de -cinta en toda la semana. - ---Porque --decía-- la gente anda tan azorada con lo que pasa, que nadie -compra, y el dinero que hay se guarda, por temor a que de la noche a la -mañana nos quedemos todos en camisa. - ---Pues aquí nada se ha hecho tampoco --dijo Requejo--; y si ahora no -trajera yo entre ceja y ceja un proyecto para quedarme con la contrata -del abastecimiento de las tropas francesas, puede que tuviéramos que -pedir limosna. - ---¿Y usted va a dar de comer a esa gente? --preguntó con inquietud Doña -Ambrosia--. ¿Por qué no les echa usted veneno para que revienten todos? - ---¿Pero no era usted --preguntó Lobo-- tan amiga del francés, y decía -que si Murat la miró o no la miró?... Vamos, señora Doña Ambrosia, ¿ha -habido algo con ese caballero? - ---¡Ay! Le juro a usted por mi salvación que no he vuelto a ver a ese -señor, ni ganas. ¡Demonios de franceses! ¿Pues no salen ahora con que -vuelve a ser Rey mi Sr. D. Carlos IV, y que el Príncipe se queda otra -vez Príncipe? Y todo porque así se le antoja al emperadorcillo. - ---¡Bah! --dijo Lobo--. Pues ¿a qué ha ido a Burgos nuestro Rey, sino a -que le reconozca Napoleón? - ---No ha ido a Burgos, sino a Vitoria, y puede ser que a estas horas me -le tengan en Francia cargado de cadenas. ¡Si lo que quiere es quitarle -la corona! Buen chasco nos hemos llevado; pues cuando creímos que el -Sr. de Bonaparte venía a arreglarlo todo, resulta que lo echa a perder. -Parece mentira: deseábamos tanto que vinieran esos señores, y ahora si -se los llevara Patillas con dos mil pares de los suyos, nos daríamos -con un canto en los pechos. - ---No: que se estén aquí los franceses mil años es lo que yo deseo ---dijo Requejo--. Como me quede con la contrata, ¡ay, mi señora Doña -Ambrosia! puede ser que el que está dentro de esta camisa salga de -pobre. - ---Quite usted allá. ¿Ni para qué queremos aquí franceses, ni -_zamacucos_, ni _tragones_, ni nada de toda esa canalla, que no viene -aquí más que a comer? Pues ¿qué cree usted? Muertos de hambre están -ellos en su tierra, y harto saben los muy pillastres dónde lo hay. -Si es lo que yo he dicho siempre. Dicen que si Napoleón tiene esta -intención o la otra. Lo que tiene es hambre, mucha hambre. - ---Yo creo que tenemos franceses por mucho tiempo --afirmó el -licenciado--, porque ahora... Luego que nuestro Rey sea reconocido, -vendrán acá juntos para marchar después sobre Portugal. - ---¡Qué majadería! --exclamó la señora de los Linos--. Aquí nos están -haciendo la gran jugarreta. Esta mañana estuvo en casa a tomarme medida -de unos zapatos el maestro de obra prima, ese que llaman Pujitos. -Díjome que en el Rastro y en las Vistillas todos están muy alarmados, -y que cuando ven un francés le silban y le arrojan cáscaras de frutas; -díjome también que él está furioso, y que así como fue uno de los -principales para derribar a Godoy, será también ahora el primero en -alzarles el gallo a los franceses... ¡Ah! lo que es Pujitos mete miedo, -y es persona que ha de hacer lo que dice. - ---Si me quedo con la contrata, Dios quiera que no se levanten contra -los franceses --dijo Requejo. - ---Si hay levantamiento --afirmó Restituta-- y mueren unos cuantos -cientos de docenas, esos menos serán a comer. Siempre son algunas bocas -menos, y la contrata no disminuirá por eso. - ---Has pensado como una doctora --observó D. Mauro--. ¿Pero y si se van? - ---Se irán cuando nos hayan molido bastante --añadió Doña Ambrosia--. -¡Pues no tienen poca facha esos señores! Van por las calles dando unos -taconazos y metiendo con sus espuelas, sables, carteras, chacós y demás -ferretería, más ruido que una matraca... ¡Y cómo miran a la gente!... -Parece que se quieren comer los niños crudos... Por supuesto, que ya -les verá usted correr el día en que el español diga: «por ahí me pica, -y me quiero rascar.» - ---Eso es música --dijo Lobo--. Deje usted que vuelvan a Madrid el Rey y -el Emperador, y verá cómo todo se arregla. D. Juan de Escóiquiz, que es -amigo mío, y el primer diplomático de toda la Europa, me dijo antes de -irse que son unos bobos los que creen que Napoleón intenta destronar al -Rey de acá. Descuiden ustedes, que, como haya dificultades, mi canónigo -las arreglará todas, que para eso le dio el Señor aquel talentazo que -asusta. - ---Napoleón no viene acá sino con la espada en la mano --continuó Doña -Ambrosia--. El Padre Salmón, de la Orden de la Merced, que estuvo -esta mañana en casa (y por cierto que se llevó media docena de huevos -como puños), me dijo que a él no se le escapa nada, y que tendremos -guerra con los franceses. Napoleón nos está engañando como a unos -dominguillos. Ya ve usted: hace quince días se dijo que venía, y -en Palacio enseñaban las botas y el sombrero que había mandado por -delante. Don Lino Paniagua, que vio aquellas prendas y las tuvo en su -mano, me dijo que las botas eran grandísimas y casi tan altas como -este cuarto. En cuanto al sombrero, dice que era tan grasiento, que un -cochero simón no se le pondría, lo cual prueba que este Emperador es -un grandísimo gorrino, con perdón sea dicho. - ---Veinte mil franceses tenemos aquí --dijo D. Mauro con expresión -meditabunda--. ¡Mucho pan, mucho tocino, muchas patatas, mucho -pimentón, mucha sal, mucha berza, han de entrar por veinticinco mil -bocas! Y dicen que traen hambre atrasada. - ---Por supuesto, hermano --dijo Restituta--, el dinerito por adelantado. - -D. Mauro tomó un papel, y con profunda abstracción hizo cuentas. - ---Y de lo que sobre en el almacén, ¿no se podrá traer lo necesario para -el gasto de la casa? --preguntó la digna hermana--. Porque están unos -tiempos... ¡ay! señora Doña Ambrosia, no se gana nada... - ---Vaya, vaya --dijo Doña Ambrosia--. Poco mal y bien quejado. Más -dinero tienen ustedes que las arcas del Tesoro. Y a propósito, -Restituta, ¿cuándo se casa usted? - ---¡Jesús! ¿Quién piensa ahora en eso? No corre prisa. - ---No pensará lo mismo Juan de Dios. ¿Y usted, Inesita, cuándo se decide? - ---Ya está decidida --afirmó vivamente Restituta--. La pícara harto -disimula su satisfacción. _Este_ la tiene muy mimosa. - ---Esto está muy bien: una niña bien criada debe hacer ascos al -matrimonio hasta que llegue el momento crítico. Pero, hija, con la -conversación se me ha ido el tiempo: son las diez... Adiós, adiós. - -Fuese Doña Ambrosia; desfiló al poco rato Lobo, y habiendo subido a -acostarse las dos mujeres, quedaron solos en la trastienda el patrono y -el mancebo haciendo las cuentas de la contrata. - -Yo me acosté y dormí profundamente; pero a eso de la media noche, y -cuando, recogido también el amo, reinaban en la casa el sosiego y la -tranquilidad, me desvelaron unos agudos gritos, que al punto reconocí -como procedentes de la exprimida laringe de Restituta. - ---Sin duda hay ladrones en la casa --dije levantándome. - -Restituta llamaba angustiosamente a su hermano, el cual salió con una -tranca, diciendo: - ---¡Dónde están esos pícaros, dónde están, para que sepan si soy hombre -que se deja quitar el fruto de su honradez! - ---No son ladrones --dijo Restituta con voz temblorosa a causa de la -ira--; no son ladrones, sino otra cosa peor. - ---¿Pues qué son, con mil pares de diablos? - ---Es que... --continuó la hermana, dirigiéndose al amo y a mí, que -también había acudido con un palo--. Inesilla... bien decía yo que -esa muchacha nos daría que sentir... es una loca, una mujerzuela, una -trapisondista, una perdida de las calles. - ---A ver... ¿qué ha hecho? - ---Pues yo velaba, ella dormía, y de repente empezó a hablar en sueños. -¡Ay, no sé cómo no la estrangulé! Primero pronunció algunas palabras -que no pude entender, y después dijo así: «Juro que te querré siempre; -juro que te querré cuando sea condesa, cuando sea princesa; cuando sea -rica, cuando sea gran señora. Pero yo no quiero ser nada de eso sin -ti.» Estuvo callada un rato, y después siguió diciendo: «¿Cómo no he de -quererte? Tú me arrancarás del poder de estas dos fieras... ¡Ay! adiós: -siento la voz del buitre de mi tío. Adiós...» Después la condenada -niña, como si le parecieran poco estos insultos, llevose las palmas -de las manos a su boquirrita y se dio muchos besos. ¿Qué te parece, -hermano? ¡No sé cómo no la ahogué! Sin poderme contener, arrojeme sobre -ella; despertose despavorida, y al incorporarse se le cayó del pecho -este ramo de violetas. - -Al decir esto, Restituta mostraba en su trémula mano la terrible prueba -del delito. Quedose D. Mauro aturrullado, confuso, y luego, tomando el -ramo y mordiéndolo con rabia, lo arrojó al suelo, donde fue pisoteado -_alterno pede_ por ambos furiosos hermanos. - ---¡Conque dice que soy un buitre! --exclamó él echando chispas--. ¡Un -buitre! ¡Llamar buitre a un caballero como yo! ¡Bonito modo de pagar el -pan que le doy! Ya le enseñaré los dientes a esa chiquilla. Pero ese -ramo, ¿quién le ha dado ese ramo? - ---Pero Mauro... - ---Pero Restituta... - -Y más se confundían los dos cuanto más se irritaban, y crecía su cólera -a medida que aumentaba su aturdimiento, hasta que Requejo, recogiendo -sus luminosas ideas en rápida meditación dijo: - ---Tiene amores con algún mozalbete de las calles. ¿Habrá entrado aquí? -Esto es para volverse loco. Gabriel, Gabriel, ven acá. - -Al punto comprendí que estaba en peligro de hacerme sospechoso a -mis feroces amos; y como en este caso me arrojarían de la casa, -imposibilitando de un modo absoluto la realización de mi proyecto, -hallé prudente el desorientarles con una invención ingeniosa, que -apartara de mí toda sospecha. - ---Señor --dije a mi amo--, estaba esperando a que su merced acabara -de hablar, para decirle alguna cosa que contribuya a descubrir esta -picardía. Pues anoche, cuando salí en busca del cuarterón de higos -pasados, me pareció que vi en la calle a un señorito, el cual señorito -miraba a estos balcones... y después, creyendo él que yo no le veía, -arrojó una cosa... - ---¡Eso, eso fue... el ramo! --exclamó Requejo. - ---Anoche mismo --continué-- pensaba decírselo a su merced; pero como -estaba ahí esa señora, y después se quedaron usted y Juan de Dios -haciendo números... - ---¿Y ella se asomó al balcón? --preguntó Restituta. - ---Eso no lo puedo asegurar, porque hacía oscuro y no vi bien. Pero -encárguenme mis amos que esté ojo alerta, y no se me escapará nada. A -fe que si ustedes me dieran la comisión de vigilar a la niña cuando -salen de casa, la niña no se reiría de nosotros. - ---¡Esto no se puede aguantar! --exclamó fieramente D. Mauro--. Vaya, -acuéstense todos, que mañana le leeré yo la cartilla a la señorita. - -Retireme a mi cuarto, y desde mi cama oía al espantoso Requejo hablando -con su hermana. - ---Nada, nada, esta semana me casaré con ella. Si no quiere de grado, -será por fuerza... Estoy furioso, estoy bramando. Mañana sabrá ella si -soy yo Mauro Requejo, o quién soy. La encerraremos en el sótano, sin -darle de comer. ¿Acaso vale ella el mendrugo de pan con que le matamos -el hambre? Le diremos que no probará bocado, ni beberá gota hasta que -no consienta en ser mi mujer... La encerraremos en el sótano, sí, -señor, en el sótano. Y si no quiere, palos y más palos. A fe que no -tengo yo mala mano de almirez... ¡Llamarme buitre esa rapazuela de las -calles!... Estoy furioso... me la comería... Sí: que yo iba a dejarla -escapar con el mozalbete del ramo... Se casará, sí, se casará, y si no, -de aquí no sale sino difunta... ¡Buen genio tengo yo!... Malas brujas -me chupen, si no la caso conmigo mismo... Y si no quiere por blandas, -será por duras: la amarraré a un poste, la azotaré, la abriré en canal -con el cuchillo de abrir las latas de pomada. - -Requejo en aquel instante parecía un demonio escapado del infierno; y -la primera luz de la aurora, entrando difícilmente en la oscura casa, -le encontró despierto aún y vociferando como un insensato. - - - - -XXII - - -Dicho y hecho: desde la mañana del día siguiente, D. Mauro pareció -dispuesto a llevar adelante su bestial propósito: el de precipitar -el martirio de Inés, _casándola consigo mismo_, como él decía en -su bárbaro lenguaje. La táctica de amabilidad y de astuta dulzura, -recomendada por el licenciado Lobo, se consideró inútil, siendo -sustituida por un sistema de terror, que ponía en fecundo ejercicio las -facultades todas de Doña Restituta. Antes de partir a la Junta donde -D. Mauro y otros dos comerciantes debían ponerse de acuerdo para la -subasta del abastecimiento, mi amo tuvo el gusto de plantear por sí -mismo el nuevo sistema. Dispuso que Inés no saldría de su cuarto ni -para comer; que los vidrios y maderas de la ventanilla que daba a la -calle de la Sal se cerraran, asegurándolas por dentro con fuertísimos -clavos; que se colocara un centinela de vista dentro de la misma pieza, -cuya misión a nadie podía corresponder más propiamente que a Restituta. - -Ya no era posible, pues, ni ver a Inés, ni hablarla, ni prevenirla, -porque todo indicaba que aquella tenaz vigilancia no concluiría sino -cuando los Requejos vieran satisfecho su ardiente anhelo de casar -a la muchacha consigo mismos. Por último, llegaron las vejaciones -ejercidas contra Inés hasta el extremo de notificarle enérgicamente -que no vería la luz del sol sino para ir a casa del señor Vicario a -tomar los dichos. La situación de Inés era, por lo tanto, insostenible, -y tan crítica, que me decidí a intentar resueltamente, y sin esperar -más tiempo, su anhelada libertad. Para hacer algo de provecho, era -indispensable utilizar un día en que ambas fieras, macho y hembra, -salieran a la calle a cualquier negocio, pues pensar en la fuga -mientras nuestros carceleros estuviesen en la casa, era pensar en lo -excusado. D. Mauro, ocupado en su contrata, salía con frecuencia; -pero Restituta, imperturbable como esfinge faraónica, no se movía de -la casa, ni del cuarto, ni de la silla. Para vencer tan formidable -dificultad, discurrí a fuerza de cavilaciones el siguiente medio: - -Mi seductora ama tenía la costumbre, harto lucrativa, de asistir a -todas las almonedas que se anunciaban en el _Diario_, y hacíalo con la -benemérita intención de pescar muebles, colchones, ropas, adornos de -sala y otros objetos que, adquiridos por poco precio, vendía después en -dos o tres prenderías de la calle de Tudescos, que eran de su exclusiva -pertenencia, aunque no lo pareciese. Hacia el 15 de Abril tuvo noticia -de un ajuar completo de ricos muebles, puestos en almoneda en una casa -de la plazuela de Afligidos. Habíales ella visto y examinado, y aunque -le parecieron de perlas, no los tomó, porque la dueña, que era viuda de -un Consejero de Indias, no se resignaba a entregar su única fortuna -casi de balde. Regatearon: Restituta ofreció una cantidad alzada; mas -no fue posible la avenencia, y volviose aquella a su casa sin aflojar -los cordones de la bolsa, aunque harto se le conocía su desconsuelo -por haber dejado escapar negocio de tal importancia. Pues bien: sobre -aquella almoneda, sobre aquel regateo, sobre este desconsuelo, fundé yo -el edificio de la invención que debía quitarme de delante a mi señora -Doña Restituta por unas cuantas horas. - -Era un domingo, día 1.º de mayo. Salí por la mañana, y dirigiéndome a -mi antigua casa, buscáronme allí una mujer que se encargó de llevar -a Doña Restituta el recado que puntualmente le di. Estaba el ama, a -las cuatro de la tarde, sentada en el cuarto de la costura, cuando -se presentó mi comisionada en la casa, diciendo que la señora de la -plazuela de Afligidos consentía en dar los muebles a la señora de la -calle de la Sal por el precio que esta había tenido el honor de ofrecer. - -Dio un salto en su asiento Restituta, y al punto su acalorada -imaginación ilusionose con las pingües ganancias que a realizar iba. -Se vistió con aquella ligereza viperina que le era propia, y después -de cerrar el balcón y la puerta de la habitación de Inés, tuvo la -condescendencia incomparable de entregarme la llave de la puerta que -conducía a la escalerilla principal; encargó a Juan de Dios el mayor -cuidado, y salió. - -Cuando la vi partir, respiré con indecible desahogo. Pareciome que -huía para siempre, llevada en alas de demonios vengadores. - -Ya no podía perder un instante, y dije a mi amiga desde fuera: - ---Inesilla, prepárate. Recoge toda tu ropa, y aguarda un momento. - -La única contrariedad consistía ya en que Juan de Dios descubriese mi -intriga, oponiéndose a nuestra fuga; pero yo contaba con la facilidad -que ha existido siempre para cegar por completo a quien ya tiene ante -los ojos la venda del amor. Bajé a la tienda, y ya desde el primer -momento advertí que la fortuna no me era muy favorable, porque Juan -de Dios estaba en conversación con dos militares franceses, y no era -aquella ocasión a propósito para que me diera la llave falsificada que -hacía falta. - -Diré brevemente por qué estaban allí los dos franceses. Un oficial -de Administración militar fue en busca de mi amo para hablarle de -no sé qué particularidades relativas al contrato de abastecimiento; -acompañábale otro que me parecía teniente de la Guardia Imperial, el -cual, entablada conversación con Juan de Dios, habló en incorrecto -español, y dijo que era del país vasco-francés. Como el hortera había -nacido y criádose en el mismo país, al punto se la echaron los dos de -compatriotas, y hubo apretones de manos. El extranjero era un mozo alto -y rubio, de modales corteses y simpática figura. - ---¿No recuerda usted la familia Sajous, en Bayona? --dijo al mancebo. - ---¿Pues no la he de recordar? Mi padre, Don Blas Arroiz, estuvo de -escribiente en casa de Mr. Hipólito Sajous, en Bayona, y después en -casa de otro Sajous, en Saint-Sever --repuso Juan de Dios. - ---El de Saint-Sever es mi padre --añadió el francés--; pero yo nací en -Puyóo, donde aquel tiene una fábrica de tejidos. Me acuerdo de haber -oído hablar en mi niñez de un administrador guipuzcoano que falleció en -nuestra casa. - -A este tenor continuaron hablando un cuarto de hora, hasta que al -fin, después de mutuas felicitaciones y ofrecimientos, despidiose el -francés, prometiendo volver a visitarnos. Yo estaba tan impaciente, -que necesité disimular mi agitación para que no se me conociera en el -semblante lo que traía entre manos. Sin perder tiempo, porque perderlo -era perderme, dije a Juan de Dios: - ---Vamos, amigo: este es el momento de entregar a la niña la carta -amorosa que usted tiene escrita. - ---Sí, chiquillo: aquí está --repuso mostrándome la epístola, que era un -monumento caligráfico--. ¿Qué te parece este trabajo? ¿Has visto alguna -vez letra como esta? Repara bien esa M y esa H mayúsculas. ¡Qué rasgos -tan finos! Y esas letras con que pongo su nombre, ¿qué te parecen? Tres -días de tarea eché en ese nombre divino, que, como el de Jesús, - - endulza el alma y la lengua - más que con la miel y azúcar - con solo sus cinco letras. - -Este no tiene más que cuatro; pero ¡qué perfiles! Y toda la carta -está lo mismo. No tiene más que once pliegos; pero me parece que es -bastante. Como es la primera que le escribo, no debo marearla mucho: -¿no te parece? - ---Me parece bien. Dos palabritas bien dichas, y basta por ahora. -Pero lo que importa es llevársela cuanto antes, pues la espera con -impaciencia. - ---¿Cómo que la espera? ¿Pues acaso tú le has dicho algo? - ---No... verá usted... Ella lo habrá adivinado, sin duda. Cuando le di -el ramo, díjele que se lo mandaba una persona de la casa que la quería -mucho y tenía pensado sacarla de aquí: ella lo besó. - ---¡Lo besó! --exclamó el mancebo, tan conmovido, que algunas lágrimas -asomaron a sus ojos--. ¡Lo besó! Es decir, se lo llevó a sus divinos -labios. ¡Ah! Gabriel, ¿crees tú que me corresponderá? - ---No lo creo, sino que lo afirmo --respondí enérgicamente--. Pero venga -la carta. ¡Pues no se va a poner poco contenta!... Ahora caigo en que -me debe usted dar la llave que encargó al cerrajero, para que yo entre -y le suelte la carta en propia mano, porque no está bien visto que una -cosa de tanta importancia se arroje así... pues. - ---No, la llave no te la daré --contestó-- porque no necesitas entrar. -Quiero que esté sola, para que se entregue a sus anchas al placer de la -lectura. ¿Conque dices que lo recibió bien? - ---Pero la llave, la llave... ¿No me da usted la llave? - ---No, la llave no te la doy. Déjala encerrada, que no faltará quien -la saque pronto. ¡Ay! si me atreviera a ir yo mismo; si a hablarla me -atreviera... Pero no. En la carta le digo mi amor y mis proyectos; le -digo que la sacaré pronto de esta espantosa esclavitud, y que será mi -mujer, mi mujercita, pues nos casaremos en tierras lejanas... ¿Sabes tú -por dónde se va a alguna de esas islas desiertas que nos cuentan?... -Iremos; porque has de saber, Gabrielillo, que yo soy rico. Yo he -guardado mis ganancias desde hace veinte años. Lo malo es que todo -lo tengo en poder de los Requejos... pero ya, ya tomaré yo lo que me -pertenezca. Entre esta noche y mañana he de poner por obra mi plan. -¿Ves esta carta que tengo aquí para mi amo? Pues de esto depende todo. -Cuando él lea esta carta... Pero esto es un secreto... punto en boca. - ---¿De modo que no me da usted la llave? - ---No. ¿Para qué? No quiero que la veas, no quiero que la hables, cuando -yo no la hablo ni la veo. Al considerar que si entras en su cuarto te -ha de mirar, siento unos celos... ¡Ay! yo me muero, Gabriel; yo no -duermo, ni como, ni bebo. Si no tuviera qué hacer, me estaría día y -noche paseando por los Melancólicos. Esta es mi única delicia: pensar -en ella, representármela en la imaginación, y entablar con ella unos -diálogos que no tienen fin. A cada instante la abrazo y la beso a mis -anchas, la pongo una flor en la cabeza, la llevo en mis brazos cuando -está cansada, la arrullo, la canto para que se duerma, y la visto por -la mañana cuando despierta. - ---Así es usted feliz; pero si me diera usted la llave, yo le contaría -todo eso. - ---No: yo se lo diré mañana, esta noche quizás --dijo Juan de Dios -con exaltación--. Pues qué, ¿crees tú que soy capaz de consentir un -día más los martirios que padece? Gabriel, a ti te puedo confiar mis -planes. ¡Esta noche, esta noche quedará Inés en libertad! ¿Tú sabes -por dónde se va a alguna isla desierta?... Anda, lleva la carta: se la -arrojas por el tragaluz, ¿entiendes? Pobrecita. ¡Qué dirá cuando vea -que hay quien se interesa por ella, quien la adora, y está dispuesto a -sacrificar vida, hacienda y honor!... Así se lo he dicho esta mañana -al Santísimo Sacramento y a la Virgen María. Todos los días voy a misa -y ruego por ella a Dios y a los santos. Esta mañana, cuando el cura -alzaba el cáliz, le miré y dije: «Santísimo Sacramento de mi alma, yo -amo a Inés. Si quieres que no la ame más que a Ti, dámela. Nunca te he -pedido nada. Con ella seré bueno; sin ella seré... lo que el demonio -quiera.» Anda, Gabriel, llévale de una vez la esquelita. - -A este punto llegábamos, cuando entró Don Mauro con dos amigos. Diole -Juan de Dios la carta de que antes me había hablado con tanto misterio, -y cuando la hubo leído lanzó grandes exclamaciones de coraje, que a -todos los presentes nos infundieron miedo. Al instante hizo salir a -Juan de Dios con una comisión apremiante, y yo me retiré. Aunque el -maniático no había querido entregar la llave, comprendí que no debía -retroceder en mi empresa, y resuelto a todo, pensé en descerrajar la -puerta de la prisión de Inés. Favorecía este proyecto la circunstancia -de estar Requejo en coloquio muy acalorado con sus dos amigos, y además -ignorante de la ausencia de su hermana. - -Pedí auxilio a Dios mentalmente, y después de advertir a Inés para que -estuviese preparada y me ayudase por dentro, cogí un pequeño barrote -de hierro en figura de escoplo, que había en la sala de los empeños, y -comencé la delicada obra. El miedo de hacer ruido me obligaba a emplear -poca fuerza, y la cerradura no cedía. Canté en alta voz para ahogar -todo rumor, y al fin, ayudado por Inés, que empujaba desde dentro, -logré desquiciar una de las hojas, que tuvimos buen cuidado de sostener -para que no viniese al suelo. - ---¡Estás libre, Inés; vámonos! ¡Huyamos sin tardanza! --exclamé con -locura--. Si nos detenemos un instante, estamos perdidos. - -Nos dirigimos a la puerta que conducía a la escalera exterior. Abrila -yo, y salimos. Ya oscurecía. Un hombre bajaba de los pisos superiores y -se juntó a nosotros en la meseta. Advertí que nos miraba con sorpresa; -observele yo a mi vez, y no pude menos de temblar reconociendo al -licenciado Lobo, el cual, extendiendo sus brazos como para detenernos, -preguntó: - ---¿A dónde van ustedes? - ---¿Y a usted qué le importa? --dije con rabia, viendo delante de mí -obstáculo tan terrible. - -Después, considerando que contra semejante cernícalo más convenía la -astucia que la fuerza, añadí: - ---Doña Restituta nos ha mandado salir en busca suya. Ha ido en casa de -una amiga... - ---Tú eres un pícaro redomado --me contestó--. ¿A dónde vas con esa -muchacha? Tunantes, ¡os fugáis de esta santa casa! Ya os arreglaré yo. -Adentro pronto, si no queréis ir conmigo a la cárcel de Villa. - -Mi desesperación no tuvo límites, y ahora celebro no haber tenido en -aquel momento un puñal en mi mano, porque de seguro le hubiera partido -el corazón al leguleyo trapisondista. - ---¡Ah! pícaro ladrón, ya te conozco, ya sé quién eres --continuó--. -Esta noche precisamente pensaba venir a ajustarte las cuentas... No te -había conocido, bribonzuelo; pero ya sé qué clase de pájaro eres... Ya -tenía ganas de cogerte entre mis uñas. - -Y efectivamente, me tenía tan cogido que no sé cómo no me desolló el -brazo. - -Inés lloraba. Lobo la asió también por un brazo, y empujándonos hacia -dentro, nos dijo: - ---¡Qué a tiempo llegué, pimpollitos míos! - -Hice un esfuerzo desesperado para desprenderme de sus garras, y me -desprendí. Él entonces alzó el grito, exclamando: - ---¡Que se me escapa ese tuno... ladrones... acudan acá! - -Subió precipitadamente D. Mauro; reuniose en el portal alguna gente, -y acertando a llegar Restituta, poco después me encontraba entre ambos -Requejos como Cristo entre los dos ladrones. Inés, desmayada, era -sostenida por el escribano. - - - - -XXIII - - ---¡Pero si apenas puedo creerlo! --exclamaba mi ama--. ¿Conque la -señorita huía con Gabriel? Tunante, ladroncillo, y cómo nos engañaba -con su carita de Pascua. Ven acá --añadió dándome golpes--. ¿A dónde -ibas con Inesilla, monstruo? ¿Qué te han dado por entregarla, ladrón de -doncellas? A la cárcel, a presidio, pronto, si es que no le desollamos -vivo. Pero di, ¿robabas a Inés? - ---¡Sí, vieja bruja! --respondí con furia--. ¡Me iba con ella! - ---Pues ahora vas a ir por el balcón a la calle --dijo D. Mauro, -clavando en mi cuerpo su poderosa zarpa. - -Francamente, señores, creí que había llegado mi último instante entre -aquellos tres bárbaros, que, cada cual según su estilo peculiar, me -mortificaban a porfía. De todos los golpes y vejaciones que allí -recibí, les aseguro a ustedes que nada me dolía tanto como los -pellizcos de Doña Restituta, cuyos dedos, imitando los furiosos -picotazos de un ave de rapiña, se cebaban allí donde encontraban más -carne. - ---Y sin duda fuiste tú quien mandó a aquella maldita mujer para sacarme -de la casa, pues en la plazuela de Afligidos no hay ya rastros de -almoneda. Este chico merece la horca; sí, Sr. de Lobo, la horca. - ---¡Y la muy andrajosa de mi sobrina se marchaba tan contenta! --dijo -Requejo, encerrando de nuevo a Inés en el miserable cuartucho. - ---Si tenemos metido el infierno dentro de la casa --añadió Restituta--. -La horca, sí, señor; la horca, Sr. de Lobo. No tiene usted pizca de -caridad si no se lo dice al señor alcalde de Casa y Corte. ¡Pero cómo -nos engañaba este dragoncillo! Si esto es para morirse uno de rabia. - -El leguleyo tomó entonces la autorizada palabra, y extendiendo sobre -mi cabeza sus brazos en la actitud propia de esa tutelar justicia que -ampara hasta a los criminales, dijo: - ---Moderen ustedes su justa cólera y óiganme un instante. Ya les he -dicho que ahora nos ocupamos celosísimamente de hacer un benemérito -espurgo, descubriendo y desenmascarando a todas las indignas personas -que fueron protegidas por el Príncipe de la Paz; ese monstruo, señora, -ese vil mercader, ese infame favorito... ¡gracias a Dios que está caído -y podemos insultarle sin miedo! Pues como decía, para que la nación se -vea libre de pícaros, a todos los que con él sirvieron les quitamos -ahora sus destinos, si no pagan sus crímenes en la cárcel o en el -destierro. ¡Si vieran ustedes, amigos míos, cómo me estoy luciendo en -estas pesquisas; si oyeran ustedes los elogios que he merecido de los -principales servidores de la real persona! - ---Pero ¿a qué viene tanta palabrería --dijo impaciente Requejo--, ni -qué tiene eso que ver?... - ---Tiene que ver... --prosiguió el hombre de la Justicia-- porque -¿qué dirán mis señores D. Mauro y Doña Restituta cuando sepan que -ese tramposo y embaucador chicuelo aquí presente recibió favores del -Príncipe, y es el mismo Gabrielillo que desde hace quince días estamos -buscando con los hígados en la boca mi compañero y yo? - -Los Requejos macho y hembra se miraron con espanto. - ---Pues oigan ustedes y tiemblen de indignación --prosiguió el -leguleyo--. El día antes de su caída, el Sr. Godoy envió a la -secretaría de Estado un volante mandando que se diese a este joven -una plaza en las oficinas de la Interpretación de lenguas. ¿Qué -tal, señores? ¿Y por qué? dirán ustedes. Porque este joven parece -que sabe latín, y compuso un poema en versos latinos; y algunos de -esos alcahuetones que lo leyeron fueron con el cuento al Príncipe, -diciéndole que mi niño era un portento de sabiduría. ¡Mentiras y más -mentiras! Ya se ve: cuando en la secretaría de Estado recibieron el -volante, se escandalizaron, porque ya había caído el Príncipe de la -Paz, y aquellos eminentes repúblicos, después de poner en la calle -a Moratín, esperaron a que se presentara este prodigio, si no para -colocarle, para verle al menos. Pero yo ando tras el objeto de que -coloquen allí a un primo mío que sabe tres lenguas, el valenciano, -el gallego y el castellano; así es que al punto mi compañero y yo -pusimos una _diligencia en busca_ para tener antecedentes de esta buena -pieza, y hemos conseguido probar: que en Aranjuez vivía con el curita -D. Celestino; otrosí, que todos los días iban ambos a casa de Godoy; -otrosí, que el chico le escribía las cartas y las traía a Madrid los -domingos al Embajador de Francia; otrosí, que se disfrazaba para entrar -en cierta taberna a oír lo que se decía, y otras muchas bribonadas de -que en el supradicho protocolo tengo hecha detallada mención. - ---¡Jesús, Dios nos ampare! Al santo patrono de la tienda debemos el -haber descubierto a tiempo lo que teníamos en casa --dijo Restituta. - ---Por supuesto, que lo del latín era pura farsa. - ---Pues no hay que andarse con chiquitas --dijo mi amo--, sino -entregarle a la justicia. - ---Eso corre de mi cuenta --repuso Lobo--. Veremos qué responde a los -cargos que se le hacen en la sumaria como cómplice del cura castrense -de Aranjuez. A este no le hemos podido coger, y según las noticias que -hoy recibí, ha desaparecido del Real Sitio. Es seguro que ha venido a -Madrid, y lo que es aquí no se nos escapa. - ---¡Cuidado con el sabandijo que tenía yo en mi casa! --vociferó D. -Mauro, amenazando segunda vez poner fin a mis días--. Sr. de Lobo, -quítemelo, quítemelo usted de entre las manos, porque acabo con él. -Estoy furioso. ¡Qué día, señor San Antonio de mi alma! ¡Qué día! - ---Yo me encargaré del mocito --dijo Lobo--. Lo único que les pido es -que me lo guarden hasta mañana. - ---¿Hasta mañana? - ---Este bandolero no puede quedar en la casa hasta mañana, no, señor ---observó mi ama. - ---¿No hay lugar seguro donde encerrarle? - ---¡Oh! pierda usted cuidado, que si le guardamos en el sótano estará -como en un sepulcro --dijo Requejo--. Dificililla es la salida, y puedo -irme tranquilo. - ---¿Pero te vas, hermano? ¿A dónde vas de noche? - ---¿A dónde he de ir? ¡Mil pares de demonios! ¿A dónde he de ir sino a -Navalcarnero? ¿No saben ustedes lo que me pasa? ¿No les he contado?... - ---Nada nos has dicho. Verdad es que con esta trapisonda de la -sobrinita... - ---Pues acabo de recibir una carta en que se me notifica que mi almacén -de Navalcarnero ha sido robado. ¿Ves, hermana? ¡Esto es para volverse -loco! Sí... me escribe D. Roque notificándome el robo, y diciéndome que -acuda allí esta noche misma, si no quiero perderlo todo. - ---¿Y va usted? - ---Ahora mismo voy a buscar coche. Con que vean ustedes qué desastre. -¡Ay, Restituta! Bien te dije que no dejaras de encender la vela al -santo patrono. ¿Ves? Esto es un castigo. - ---En el Cielo no gustan de despilfarros. ¿Vas allá? ¿Pero me dejas en -la casa a este ladronzuelo? - ---En el sótano, en el sótano: hasta mañana, hasta que mi Sr. de Lobo -disponga de él. ¿No puede hacerse cuenta de que le dejamos en la -sepultura? Solo Dios puede sacarle. - ---¿Pero me quedo sola? ¡Ánimas benditas! - ---Juan de Dios vendrá a eso de las diez. Ya le he dicho que se quedará -en casa esta noche. - -La conferencia terminó aquí, y sin más palabras, me encerraron en -el sótano, a cuyo subterráneo aposentamiento daba entrada una gran -compuerta por bajo el piso de la trastienda. Yo estaba medio aletargado -por la rabia y el despecho de aquella situación terrible. Sentí que -me impulsaban escalera abajo. Don Mauro cerró el escotillón, riendo -con ese gozo felino que da la conciencia de la propia crueldad, y me -encontré entre densas tinieblas. Mi amo había dicho bien al asegurar -que allí estaba como en un sepulcro. Solo Dios podía sacarme. - -Para que se comprenda si ellos tenían confianza en la seguridad de mi -cárcel, baste decir que allí tenían parte de su fortuna en un arca de -hierro. Cuando me encerraban en compañía de su dinero, ¿tendrían mis -amos la convicción de que era imposible la salida? - -Hallábame en una de esas construcciones abovedadas con rosca de -ladrillo, que sirven de fundamento a casi todas las casas de Madrid -antiguas y modernas. Faltos de espacio superficial, los madrileños han -buscado la extensión hasta el cielo y hacia el abismo, de modo que -cada albergue es una torre colocada sobre un pozo. La de mis amos no -tenía en su sótano luces a la calle: la oscuridad era absoluta y el -silencio también, excepto cuando pasaba algún coche. Extendiendo mis -brazos a derecha, a izquierda y hacia arriba, tocaba ásperos ladrillos -endurecidos por un siglo, no tan húmedos como los que describen los -novelistas, cuando el hilo de sus relatos les lleva a alguna mazmorra -donde ocurren maravillosas y nunca vistas aventuras. - -Como he dicho, ni un ruido lejano ni un rayo de luz turbaban la -paz de aquel antro, donde era posible llegar al convencimiento de -no existir, existiendo. Todo un arsenal de herramientas no habría -bastado a proporcionarme escapatoria, y pensar en la fuga habría sido -pensar en lo absurdo. No tenía más consuelo que la resignación, y me -resigné. Estar allí dentro en plena soledad, en plena lobreguez, en -pleno silencio, era como cuando cerramos los ojos encarcelándonos -voluntariamente dentro de esa otra bóveda de nuestro pensamiento. -Acosteme rendido de fatiga en el suelo, y medité. Mi prisión no me -parecía otra cosa que una prolongación de mi cerebro. - -Quise pensar en varias cosas; pero no pude pensar más que en Dios. -Reconociéndome absolutamente incapaz para vencer la desgracia, -comprendí que la voluntad suprema había arrojado sobre mí tan gran -pesadumbre de males, y cruzándome de brazos incliné la cabeza, -esperando que la misma voluntad suprema me descargase de ella. Como -esta esperanza me infundió pronto una fe que hasta entonces en pocas -ocasiones había tenido, creí firmemente que Dios me sacaría de allí, y -con esta creencia empecé a adquirir un reposo moral y físico, precursor -de cierto desvanecimiento parecido al sueño. El de la desgracia se -diferencia mucho al sueño de todos los días; así es que el mío fue, -conforme al angustioso estado de mi alma, un sueño de esos en que -se representa el malestar real que experimentamos en proporciones -informes, estrambóticas, monstruosas. - -Yo percibía vagamente figuras y formas de esas que no pertenecen al -mundo visible, ni a la humanidad, ni a la fauna, ni a la flora, ni al -cielo, ni a la tierra, sino a cierta misteriosa geología, a yacimientos -que contradicen todas las leyes de la estática y la dinámica; percibía -una fantástica y continuada concatenación de colores geométricos que -se enredaban en mi cuerpo como culebras, y en aquella transmutación -de lo físico y lo moral, se verificaba el fenómeno de que un color me -dolía, y un objeto semejante a una espada, a un cangrejo o a un arpa, -pronunciaba palabras incomprensibles. ¿Quién no ha desvariado alguna -vez con este soñar absurdo? Las ideas se mezclan con las visiones, y -estas son aquellas, y aquellas estas. En aquel laberinto, en aquella -aberración, mi pensamiento formulaba sin cesar un silogismo azul, -verde, ahora con picos, después con curvas, más tarde irradiado, luego -concéntrico, en seguida poligonal y dorado, y al fin pequeño como -un punto, para luego ser grande como el universo. El interminable -silogismo era: «La justicia triunfa siempre: los Requejos son unos -pillos; Inés y yo somos personas honradas. Luego nosotros triunfaremos.» - -Así pasé mucho tiempo en poder de estos demonios del sueño, cuando -percibí una claridad que no irradiaba de los focos de mi imaginación. -¿Estaba dormido o despierto? Híceme esta pregunta, y al punto contesté -que no sabía. La claridad aumentaba, y un chirrido metálico produjo -en mí cierto estremecimiento. Me moví, miré y vi las paredes del -sótano, la bóveda de ladrillo y multitud de cajas llenas y vacías; -a mi izquierda, una puerta que comunicaba con otro departamento -subterráneo; a mi derecha una escalera, por la cual descendía la -claridad que llamaba mi atención. Estaba indudablemente despierto, y -así lo reconocí. Miré a la escalera, y vi dos pies que se trasladaban -lentamente de peldaño a peldaño. La luz de una linterna me deslumbró; -pero en el foco de la repentina claridad distinguí una cara amarilla. -Era la de Juan de Dios; era Juan de Dios en persona. - -Cuando me vio, su espanto fue tan grande, que la linterna con que se -alumbraba estuvo a punto de caer de sus manos. Temblando y mudo, me -miraba como se mira una aparición diabólica o imagen evocada por la -brujería. - -Figuraos la impresión del que entra en un sepulcro no creyendo, como es -natural, encontrar nada vivo, y encuentra un hombre que se mueve y no -parece pertenecer al mundo de los muertos. - - - - -XXIV - - -Santiguose Juan de Dios, y ya parecía dispuesto a huir como se huye de -las apariciones de ultratumba, cuando le hablé para disipar su miedo. - ---Juan de Dios, soy yo. ¿No sabía usted que estaba aquí? - ---Gabriel, si lo veo y no lo creo. ¡Jesús, María y José! ¿Cómo has -entrado aquí dentro? - ---¿No sabe usted que me encerró D. Mauro, al sorprenderme en el momento -de arrojar la carta a la señorita Inés? Acababa usted de salir. - ---¡No había vuelto hasta ahora! ¡Y te encerraron aquí! ¡qué casualidad! -Estoy absorto. Pero dime, ¿la carta...? - ---Ella la tiene. No hay cuidado por eso. Después de habérsela dado, -me entró tentación de hablar con ella. Toqué a la puerta, ¡ay! este -fue el crítico momento en que se apareció Doña Restituta. Puede usted -figurarse lo demás. Gracias a Dios que viene una buena alma para -ponerme en libertad. Dios le ha enviado a usted. - ---Óyeme, Gabrielillo --añadió con más sosiego--. Ya te dije que mi -fortunilla la tengo depositada en poder de los Requejos. Si se la -pido de improviso, estoy seguro de que no me la han de dar. Por -consiguiente, yo la tomo. Mira lo que hay allí. - -Señaló al fondo del sótano contiguo, y vi un arca de hierro. Juan de -Dios prosiguió de este modo: - ---Yo tengo mi conciencia tranquila. No cojo más que lo mío, y antes -moriría que tomar un ochavo más. Eso bien lo sabe el Santísimo -Sacramento, que ya me conoce. Pero si en esta parte estoy tranquilo, -¡ay! ya le he dicho al Santísimo Sacramento que estoy loco de amor y -que me perdone los dos grandes pecados que he cometido hoy. - ---¿Y qué pecados son esos? - ---Trabajo me cuesta el decirlo; pero allá van para empezar desde -ahora a purgarlos con la vergüenza que me causan. Los dos pecados -son: haber escrito una carta falsa a D. Mauro para obligarle a ir a -Navalcarnero, y haber hecho construir por un molde de cera la llave -con que he entrado aquí y la de la caja. La carta estaba perfectamente -falsificada; las llaves no valen menos. - ---¿Conque eso va a toda prisa? ¿Y nuestra chicuela? - ---Esta noche me la llevo. ¡Ah! ya habrá leído la carta. La habrá leído; -sabrá que quiero ponerla en libertad, y su inquietud, su agonía, su -zozobra entre la esperanza y el temor serán inmensas. Dentro de un rato -será mía. ¿Cuento contigo? - ---Para lo que usted quiera. Pues no faltaba más --dije, discurriendo -cuál sería el mejor modo de burlar a un mismo tiempo a Doña Restituta -y a su prometido esposo. - ---¡Ay! tiemblo todo al pensar que pronto he de sacarla del poder de -estas fieras --dijo Juan de Dios--. La pobrecita me estará esperando -ya. ¿Qué te parece? ¡Ah! he preguntado a varias personas por una isla -desierta, y nadie me ha dado razón. ¿Esas que llaman las Canarias son -desiertas? ¿Sabes tú a dónde caen? Creo que allá por el gran golfo, o -como si dijéramos, entre la China y el Moro. ¿Por dónde se va? - ---De eso sí que no sé palotada --contesté, tratando de dejar a un lado -la geografía--. Pero vamos a ver: ¿cómo piensa usted engañar a Doña -Restituta? - ---Eso no me inquieta. La amarraremos tapándole la boca, pero sin -hacerla daño, porque es una buena mujer, como no sea para criar -sobrinas... y ya ves. Hace veinte años que como el pan de esta casa. -Si no fuera por esta terrible sofocación que me ha entrado... Gabriel, -yo me vuelvo loco; lo que no te sabré decir es si me vuelvo loco de -alegría o de pena. - ---¿Le parece a usted --dije, afectando oficiosidad-- que suba pasito a -pasito a ver si Doña Restituta duerme o vela? - ---Bien pensado. Mejor es que te estés en la trastienda de centinela, y -en caso de que sientas ruido en el entresuelo, me avisas al instante. -Yo despacharé eso fácilmente. - -No esperé a que me lo repitiera, y subí. No: Gabriel no subía, volaba. -Mi resolución, prontamente tomada, llevome sin vacilar al cuarto donde -dormía Inés y velaba su feroz tía. Cuando esta sintió mis pasos, cuando -oyó que alguien se acercaba, cuando llegué al cuarto y me puse ante su -vista, su terror no tuvo límites. Como no comprendía la posibilidad -material de mi evasión, y era además mujer supersticiosa, no creyó sino -que yo era el diablo en persona, o al menos hombre protegido por todos -los diablos del infierno. Quedose muda de terror: quiso hablar y no -pudo; quiso gritar y lanzó un aullido congojoso, cual si la apretaran -el cuello. No queriendo yo perder un instante, me arrojé a sus plantas, -exclamando con sofocante precipitación: - ---Señora, ama mía, ama de mi corazón, óigame su merced: soy inocente. -Perdóneme su merced. Quise revelarles a ustedes todo; pero aquellos -hombres no me dejaron. Yo no intenté robar a Inés: quise sacarla -de aquí para impedir que la robara su amante. ¿No sabe usted quién -es? ¡Juan de Dios, Juan de Dios! ¡Ah, señora! ¡y dudaba usted de mi -fidelidad! - -Restituta pasó del terror a la sorpresa, al asombro, al anonadamiento, -a la estupidez. - ---¡Juan de Dios! --exclamó--. ¡Juan de Dios! Mi... No, no puede ser... -tú eres el Demonio. ¡Jesús, María y José! Por la señal de la Santa -Cruz... - ---¿Qué cruz ni cruz? ¿Quiere usted la prueba? Pues tome usted esa carta -que el caballerito me dio para su novia --dije, entregándole la carta -del mancebo. - -Restituta la tomó en sus manos, frías como el mármol y temblorosas; -recorrió muy de prisa sus once pliegos, examinó la firma, y díjome -después: - ---¿Estoy soñando? Tú... eres Gabriel... ¡Oh! yo estoy loca... ¡Ese -miserable, a quien hemos dado de comer!... - ---¿Aún lo duda usted? Pues en este momento Juan de Dios está en el -sótano abriendo el arca del dinero. - -No me es posible hacer formar idea del salto que dio Restituta. -Creo que hasta la silla saltó también arrastrada por el espantoso -sacudimiento de los nervios de la hermana del Sr. D. Mauro. - ---Venga usted y lo verá con sus propios ojos --dije, tomándole de la -mano e impeliéndola hacia afuera. - -Restituta me siguió, porque la curiosidad, la rabia, el mismo terror, -la impulsaban tras mí. Tropezó mil veces. Su cuerpo temblaba, y con -frecuencia llevábase las manos a los desgreñados pelos para arrancarse -algunos o para echarlos todos hacia atrás. El extravío de sus ojos a -nada es comparable, y a mí mismo, que ya creía tenerla vencida, me -causaba miedo. - -Llegamos a la boca del escotillón, y allí, mientras hería nuestros -ojos la tenue claridad que del sótano salía, oímos claramente ruido -de monedas. Juan de Dios contaba sus ahorros de veinte años. Cuando -el tímpano de Restituta fue afectado de aquel vibrante sonido, un -estremecimiento nervioso como el producido en la organización humana -por la descarga de poderosas pilas eléctricas, sacudió sus miembros. -Precipitándose ciegamente por la escalera, exclamó: - ---¡Malvado! ¡Así nos pagas el pan de veinte años! - -Aún no habían llegado los resbaladizos pies de mi ama al quinto -peldaño, cuando la pesada puerta del escotillón cayó, lanzada por mis -manos. No había llave con qué cerrar, porque Juan de Dios la había -quitado; pero al instante puse sobre la puerta una caja de latas de -pomada, y luego dos, y luego cuatro, y después un fardo de tela, y otro -y otro encima. En diez minutos puse sobre la entrada de la que había -sido mi prisión un peso tal, que cuatro hombres fuertes no hubieran -podido levantarlo desde abajo. - -Concluido esto, subí. Inés, despavorida y aterrada, no sabía a qué -santo encomendarse. - ---¡Ya eres libre, Inés! --grité con intensa alegría--. Vístete, vámonos -pronto. No perder un momento: puede venir el amo. - -Vistiose tan precipitadamente que la vi medio desnuda. Pero ni ella, -con el gran azoramiento de la prisa, cayó en la cuenta de que me -estaba mostrando su lindo cuerpo, ni yo me cuidaba más que de ayudarla -a vestir, poniéndole enaguas, medias, zapatos, ligas. Al fin salimos -de la casa y huimos a toda prisa de la calle de la Sal, por temor de -encontrar al licenciado Lobo o a mi amo. Hasta que nos vimos en la -Puerta del Sol, no tomamos aliento, y sintiéndome yo sin fuerzas, nos -sentamos en un escalón junto a Mariblanca. Profundo silencio reinaba -en la plaza: Madrid dormía sosegado y tranquilo. Paseé mi vista en -derredor, y no vi más que dos perros que se disputaban un hueso. El -chorro de la fuente alegraba nuestras almas con su parlero rumor. - ---Ya estás libre, condesilla --dije, reclinándome sobre el pecho de -Inés--. Bendito sea Dios que nos ha sacado de allí. No te olvidaré -nunca, horrenda noche de amargura; no te olvidaré nunca, risueña mañana -de este día feliz. Estamos en lunes, día 2 del mes de mayo. - -Un rato permanecí en aquella postura, porque estaba rendido de -cansancio. El día se acercaba; se sentían los lejanos y vagos rumores, -desperezos de la indolente ciudad que despierta. Por oriente, hacia el -fin de la calle de Alcalá, se veía el resplandor de la aurora, y cuando -nos retirábamos, Inés y yo nos detuvimos un instante a contemplar el -cielo, que por aquella parte se teñía de un vivo color de sangre. - - - - -XXV - - -Al entrar en mi casa, donde yo pensaba descansar un rato con Inés, -antes de emprender la fuga, encontramos al buen D. Celestino, que -habiendo llegado la noche anterior, creyó conveniente albergarse en mi -humilde posada, antes que en otra cualquiera de las de la Corte. Ya -le había yo informado por escrito de la verdadera situación en casa -de los Requejos, por lo cual guardose de poner los pies en la famosa -tienda. Él y nosotros nos alegramos mucho de vernos juntos, y apenas -teníamos tiempo para preguntarnos nuestras mutuas desgracias, pues ya -habrán comprendido ustedes que las del bondadoso sacerdote no eran -menores que las nuestras. - ---Pero, hijos míos --nos dijo--, Dios nos ha de proteger. ¿Cómo es -posible que los malvados triunfen fácilmente de los rectos de corazón? -Vosotros huís de la perversidad de aquellos dos hermanos, y yo también -huyo, yo también vengo aquí ocultando mi nombre honrado, porque me -persiguen como a un criminal. - -Al decir esto, el buen anciano derramó algunas lágrimas, y nosotros, -para consolarle, le animábamos presentándole el espectáculo de nuestra -alegría, y contábamos entre risas y chistes las extravagancias y -tacañerías de los tíos de Inés. - ---Dios nos ayudará --continuó el cura--. Veamos ahora cómo salimos de -Madrid. ¡Oh qué persecución tan horrorosa! Me acusan de que fui amigo -del Príncipe de la Paz. Ya lo creo que fui amigo de S. A. No solo -amigo, sino aun creo que pariente. No puedes figurarte los líos que -me han armado, Gabrielillo... y también te acusan a ti... ¿Has visto -qué pícaros?... Que si escribíamos cartas... que si tú las llevabas... -Verdad es que yo fui varias veces al palacio de S. A. para aconsejarle -lo que me parecía conveniente para el bien de la nación; pero nunca le -dije nada, porque con esta mi cortedad de genio... En resumen, hijo, -sabiendo que me iban a prender, me puse en camino callandito, y pienso -presentarme al señor Patriarca para que disponga de mí. Pero oíd lo -mejor. ¿Creeréis que ese tunante de Santurrias es quien más sañudamente -me ha perseguido, dando testimonios falsos de mi conducta? Nada, nada; -es cierto lo que yo dije en aquel sermón: ¿te acuerdas, Gabriel? Dije -que la ingratitud es el más feo monstruo que existe sobre la tierra. -_Vilissima et turpissima hydra._ ¡Quién lo había de pensar! - ---Ahora pensemos, señor cura, cómo nos las vamos a componer para salir -de este laberinto. ¿A dónde vamos? ¿Qué recursos tenemos? - ---Hijo mío, Dios no ha de desampararnos. Confiemos en Él, y entre -tanto oye un proyecto que esta madrugada me ha ocurrido. Hace ocho -días estaba en Aranjuez la señora Marquesa de ***, persona discreta, -temerosa de Dios, y de tan buen corazón, que remedia cuantas -necesidades llegan a su noticia. Visitome ella varias veces, la visité -yo también, y según me decía, mi trato le era sumamente agradable. -Esto lo diría por urbanidad. Me preguntaba mucho por Inés, mostrando -grandísimos deseos de conocerla, y cuando por última vez la vi, -suplicome encarecidamente que si alguna vez pasaba a la Corte, no -dejase de acudir a su casa, en compañía de mi sobrina. Esto me lo -repitió muchas veces, y su empeño por ver a la sobrinilla me ha llamado -mucho la atención. - ---También a mí --repuse--. Conozco a la señora Marquesa, en cuyo -palacio representé cierto papel de traidor, de que no quisiera -acordarme. Era en la misma casa donde ustedes vivían. - ---Pero la señora Marquesa no vive ahora allí, pues durante la primavera -se traslada a la casa de su hermano, allá por la Cuesta de la Vega, en -un palacio que tiene muy amenos jardines y espacioso horizonte hacia -la parte del Manzanares. Allí encontraremos hoy a esa insigne señora, -honor de la hispana grandeza. ¿Por qué no acudir a ella? Me ha dicho -infinitas veces que desea servirme, tanto a mí como a mi sobrina, y -que espera con ansia el momento en que yo quiera usar de su poder y -valimiento para cualquier asunto. - ---En esa señora nos manda Dios un comisionado para salir de este apuro ---dije yo, sintiéndome con mayores ánimos--. Le contaremos lo que nos -pasa, comprenderá con cuánta injusticia se nos persigue, y cuando vea a -Inés... ¡Ay! se me figura que el empeño de la Marquesa en ver a Inés no -es simple curiosidad. En fin, visitarémosla hoy mismo, y Dios dirá. - ---Temo salir a la calle. - ---Yo también; pero es preciso salir: no es cosa de que andemos por -los tejados. Si quiere usted, iré yo ahora mismo a casa de la señora -Marquesa, que ya me conoce, y diciéndole que voy de parte de usted, -le pintaré la situación en que nos encontramos, hablándole también de -Inesilla, que es, sin duda, lo que le interesa más. - ---Me parece bien; ¿y si te ven? - ---Iré por calles extraviadas, y en caso de apuro, no me faltan piernas -con que perderme de vista. - -Yo estaba dominado por vivísima excitación, y cuando adoptaba un -plan, cada segundo que transcurría sin ponerlo por obra, parecíame un -siglo. No me era posible entregarme al reposo sin dar aquel paso en un -camino que me parecía conducir a lugar seguro en nuestro desgraciado -aislamiento. Inés no podía descansar tampoco, y su espíritu, no -repuesto del azoramiento y zozobra de la madrugada anterior, era -impresionado fuertemente por cuanto veía. Asomábase a la ventana que -caía hacia la calle de San José, frente al Parque de Artillería, y como -la vivienda era piso principal bajando del cielo, se veía el gran patio -interior de aquel establecimiento de guerra, con los cañones y demás -pertrechos, puestos en ordenadas filas a un lado y otro. - ---Esto que ves es el Parque de Artillería, niña --le dijo D. -Celestino--. ¿Ves? En aquellos grandes edificios se alojan los -artilleros. Mira, salen algunos con un carro para ir a casa del -abastecedor en busca de las provisiones. - ---¿Y esas montañitas tan bonitas, formadas por cosas negras y redondas, -iguales todas y puestas con mucho orden? --preguntó Inés sin dar tregua -a su admiración. - ---Esas son balas, chicuela --repuso el clérigo--. Los hombres han -inventado esos juguetes para matarse unos a otros. - ---Esas balas se meten en los cañones que están allí junto --dije yo, -queriendo mostrar mi erudición--, y poniendo también pólvora y un -cartucho, se dispara y es muy bonito. Hace un ruido, chiquilla, que se -vuelve uno loco. ¡Si vieras cómo me lucí en el combate de Trafalgar! -¡Si tú me hubieras visto!... Lo menos maté mil ingleses. - ---¡Quiten para allá... ay, ay! --exclamó con miedo D. Celestino--. Solo -de pensar que eso se dispara, me pongo a temblar. - -Y se retiraron de la ventana. Yo aconsejé a Inés que descansara, y salí -a la calle después que D. Celestino, echándome algunas bendiciones, -rezó un _pater noster_ por mi seguridad y buena suerte en la comisión -que iba a desempeñar. - -Alejándome todo lo posible del centro de la Villa, llegué a la plazuela -de Palacio, donde me detuvo un obstáculo casi insuperable: un gran -gentío que, bajando de las calles del Viento, de Rebeque, del Factor, -de Noblejas y de las plazuelas de San Gil y del Tufo, invadía toda la -calle Nueva y parte de la plazuela de la Armería. Pensando que sería -probable encontrar entre tanta gente al licenciado Lobo, procuré -abrirme paso hasta rebasar tan molesta compañía; pero esto era punto -menos que imposible, porque me encontraba envuelto, arrastrado por -aquel inmenso oleaje humano, contra el cual era difícil luchar. - -Tan abstraído estaba yo en mis propios asuntos, que durante algún -tiempo no discurrí sobre la causa de aquella tan grande y ruidosa -reunión de gente, ni sobre lo que pedía, porque indudablemente pedía -o manifestaba desear alguna cosa. Después de recibir algunos porrazos -y tropezar repetidas veces, me detuve arrimado al muro de Palacio, y -pregunté a los que me rodeaban: - ---¿Pero qué quiere toda esa gente? - ---Es que se van, se los llevan --me dijo un chispero--, y eso no lo -hemos de consentir. - -El lector comprenderá que no importándome gran cosa que se fueran o -dejaran de irse los que lo tuvieran por conveniente, intenté seguir mi -camino. Poco había adelantado, cuando me sentí cogido por un brazo. -Estremecime de terror, creyendo hallarme nuevamente en las garras del -licenciado; pero no se asusten ustedes: era Pacorro Chinitas. - ---¿Conque parece que se los llevan? --me dijo. - ---¿A los Infantes? Eso dicen; pero te aseguro, Chinitas, que me tiene -sin cuidado. - ---Pues a mí, no. Hasta aquí llegó la cosa, hasta aquí nos aguantamos, -y de aquí no ha de pasar. Tú eres un chiquillo y no piensas más que en -jugar, y por eso no te importa. - ---Francamente, Chinitas, yo tengo que ocuparme demasiado en lo que a mí -me pasa. - ---Tú no eres español --me dijo el amolador con gravedad. - ---Sí que lo soy. - ---Pues entonces no tienes corazón, ni eres hombre para nada. - ---Sí que soy hombre y tengo corazón para lo que sea preciso. - ---Pues entonces, ¿qué haces ahí como un marmolillo? ¿No tienes armas? -Coge una piedra y rómpele la cabeza al primer francés que se te ponga -por delante. - ---Han pasado sin duda cosas que yo no sé, porque he estado muchos días -sin salir a la calle. - ---No, no ha pasado nada todavía; pero pasará. ¡Ah! Gabrielillo, lo -que yo te decía ha salido cierto. Todos se han equivocado, menos el -amolador. Todos se han ido y nos han dejado solos con los franceses. Ya -no tenemos Rey, ni más Gobierno que esos cuatro carcamales de la Junta. - -Yo me encogí de hombros, no comprendiendo por qué estábamos sin Rey y -sin más Gobierno que los cuatro carcamales de la Junta. - ---Gabriel --me dijo mi amigo, pasado un rato--, ¿te gusta que te manden -los franceses, y que con su lengua, que no entiendes, te digan «haz -esto o haz lo otro», y que se entren en tu casa, y que te hagan ser -soldado de Napoleón, y que España no sea España, vamos al decir, que -nosotros no seamos como nos da la gana de ser, sino como el Emperador -quiera que seamos? - ---¿Qué me ha de gustar? Pero eso es pura fantasía tuya. ¿Los franceses -son los que nos mandan? ¡Quiá! Nuestro Rey, cualquiera que sea, no lo -consentiría. - ---No tenemos Rey. - ---¿Pero no habrá en la familia otro que se ponga la corona? - ---Se llevan todos los Infantes. - ---Pero habrá Grandes de España y señores de muchas campanillas, y -Generales y Ministros que les digan a esos franceses: «Señores, hasta -aquí llegó. Ni un paso más.» - ---Los señores de muchas campanillas se han ido a Bayona, y allí andan a -la greña por saber si obedecen al padre o al hijo. - ---Pero aquí tenemos tropas que no consentirán... - ---El Rey les ha mandado que sean amigos de los franceses y que les -dejen hacer. - ---Pero son españoles, y tal vez no obedezcan esa barbaridad; porque -dime: si los franceses nos quieren mandar, ¿es posible que un español -de los que vistan uniforme lo consienta? - ---El soldado español no puede ver al francés; pero son uno por cada -veinte. Poquito a poquito se han ido entrando, entrando, y ahora, -Gabriel, esta baldosa en que ponemos los pies es tierra del Emperador -Napoleón. - ---¡Oh, Chinitas! Me haces temblar de cólera. Eso no se puede aguantar, -no, señor. Si las cosas van como dices, tú y todos los demás españoles -que tengan vergüenza cogerán un arma, y entonces... - ---No tenemos armas. - ---Entonces, Chinitas, ¿qué remedio hay? Yo creo que si todos, todos, -todos dicen: «vamos a ellos», los franceses tendrán que retirarse. - ---Napoleón ha vencido a todas las naciones. - ---Pues entonces echémonos a llorar y metámonos en nuestras casas. - ---¡Llorar! --exclamó el amolador, cerrando los puños--. Si todos -pensaran como yo... No se puede decir lo que sucederá; pero... Mira: yo -soy hombre de paz; pero cuando veo que estos condenados franceses se -van metiendo callandito en España, diciendo que somos amigos; cuando -veo que se llevan engañado al Rey; cuando les veo por esas calles -echando facha y bebiéndose el mundo de un sorbo; cuando pienso que -ellos están muy creídos de que nos han metido en un puño por los siglos -de los siglos, me dan ganas... no de llorar, sino de matar, pongo el -caso, pues... quiero decir que si un francés pasa y me toca con su codo -en el pelo de la ropa, levanto la mano... mejor dicho, abro la boca y -me lo como. Y cuidado que un francés me enseñó el oficio que tengo. El -francés me gusta; pero allá en su tierra. - - - - -XXVI - - -Durante nuestra conversación, advertí que la multitud aumentaba, -apretándose más. Componíanla personas de ambos sexos y de todas las -clases de la sociedad, espontáneamente reunidas por uno de esos -llamamientos morales, íntimos, misteriosos, informulados, que no parten -de ninguna voz oficial, y resuenan de improviso en los oídos de un -pueblo entero, hablándole el balbuciente lenguaje de la inspiración. -La campana de ese rebato glorioso no suena sino cuando son muchos -los corazones dispuestos a palpitar en concordancia con su anhelante -ritmo, y raras veces presenta la historia ejemplos como aquel, porque -el sentimiento patrio no hace milagros sino cuando es una condensación -colosal, una unidad sin discrepancias de ningún género, y, por lo -tanto, una fuerza irresistible y superior a cuantos obstáculos pueden -oponerle los recursos materiales, el genio militar y la muchedumbre de -enemigos. El más poderoso genio de la guerra es la conciencia nacional, -y la disciplina que da más cohesión, el patriotismo. - -Estas reflexiones se me ocurren ahora recordando aquellos sucesos. -Entonces, y en la famosa mañana de que me ocupo, no estaba mi ánimo -para consideraciones de tal índole, mucho menos en presencia de un -conflicto popular que de minuto en minuto tomaba proporciones graves. -La ansiedad crecía por momentos: en los semblantes había, más que ira, -la tristeza profunda que precede a las grandes resoluciones, y mientras -algunas mujeres proferían gritos lastimosos, oí a muchos hombres -discutiendo en voz baja planes de no sé qué inverosímil lucha. - -El primer movimiento hostil del pueblo reunido fue rodear a un oficial -francés que a la sazón atravesó por la plaza de la Armería. Bien pronto -se unió a aquel otro oficial español, que acudía como en auxilio del -primero. Contra ambos se dirigió el furor de hombres y mujeres, siendo -estas las que con más denuedo les hostilizaban; pero al poco rato una -pequeña fuerza francesa puso fin al incidente. Como avanzaba la mañana, -no quise ya perder más tiempo, y traté de seguir mi camino; mas no -había pasado aún el arco de la Armería, cuando sentí un ruido que me -pareció cureñas en acelerado rodar por calles inmediatas. - ---¡Que viene la artillería! --clamaron algunos. - -Pero lejos de determinar la presencia de los artilleros una dispersión -general, casi toda la multitud corría hacia la calle Nueva[1]. La -curiosidad pudo en mí más que el deseo de llegar pronto al fin de -mi viaje, y corrí allá también; pero una detonación espantosa heló -la sangre en mis venas, y vi caer no lejos de mí algunas personas, -heridas por la metralla. Aquel fue uno de los cuadros más terribles -que he presenciado en mi vida. La ira estalló en boca del pueblo de -un modo tan formidable, que causaba tanto espanto como la artillería -enemiga. Ataque tan imprevisto y tan rudo había aterrado a muchos, -que huían con pavor, y al mismo tiempo acaloraba la ira de otros, que -parecían dispuestos a arrojarse sobre los artilleros; mas en aquel -choque entre los fugitivos y los sorprendidos, entre los que rugían -como fieras y los que se lamentaban heridos o moribundos bajo las -pisadas de la multitud, predominó al fin el movimiento de dispersión, y -corrieron todos hacia la calle Mayor. No se oían más voces que «armas, -armas, armas.» Los que no vociferaban en las calles, vociferaban -en los balcones, y si un momento antes la mitad de los madrileños -eran simplemente curiosos, después de la aparición de la artillería -todos fueron actores. Cada cual corría a su casa, a la ajena o a la -más cercana en busca de un arma, y no encontrándola, echaba mano de -cualquier herramienta. Todo servía, con tal que sirviera para matar. - - [1] Hoy de Bailén. - -El resultado era asombroso. Yo no sé de dónde salía tanta gente -armada. Cualquiera habría creído en la existencia de una conjuración -silenciosamente preparada; pero el arsenal de aquella guerra imprevista -y sin plan, movida por la inspiración de cada uno, estaba en las -cocinas, en los bodegones, en los almacenes al por menor, en las salas -y tiendas de armas, en las posadas y en las herrerías. - -La calle Mayor y las contiguas ofrecían el aspecto de un hervidero de -rabia imposible de describir por medio del lenguaje. El que no lo vio, -renuncie a tener idea de semejante levantamiento. Después me dijeron -que entre nueve y once todas las calles de Madrid presentaban el mismo -aspecto; habíase propagado la insurrección como se propaga la llama en -el bosque seco azotado por impetuosos vientos. - -En el Pretil de los Consejos, por San Justo y por la plazuela de la -Villa, la irrupción de gente armada viniendo de los barrios bajos era -considerable; mas por donde vi aparecer después mayor número de hombres -y mujeres, y hasta enjambres de chicos y algunos viejos, fue por la -Plaza Mayor y los portales llamados de Bringas. Hacia la esquina de la -calle de Milaneses, frente a la Cava de San Miguel, presencié el primer -choque del pueblo con los invasores, porque habiendo aparecido como una -veintena de franceses que acudían a incorporarse a sus regimientos, -fueron atacados de improviso por una cuadrilla de mujeres, ayudadas -por media docena de hombres. Aquella lucha no se parecía a ninguna -peripecia de los combates ordinarios, pues consistía en reunirse -súbitamente, envolviéndose y atacándose sin reparar en el número ni en -la fuerza del contrario. - -Los extranjeros se defendían con su certera puntería y sus buenas -armas; pero no contaban con la multitud de brazos que les ceñían -por detrás y por delante, como rejos de un inmenso pulpo; ni con el -incansable pinchar de millares de herramientas, esgrimidas contra ellos -con un desorden y una multiplicidad semejante al de un ametrallamiento -a mano; ni con la espantosa centuplicación de pequeñas fuerzas que, sin -matar, imposibilitaban la defensa. Algunas veces esta superioridad de -los madrileños era tan grande, que no podía menos de ser generosa; pues -cuando los enemigos aparecían en número escaso, se abría para ellos un -portal o tienda donde quedaban a salvo, y muchos de los que se alojaban -en las casas de aquella calle debieron la vida a la tenacidad con que -sus patronos les impidieron la salida. - -No se salvaron tres de a caballo que corrían a todo escape hacia la -Puerta del Sol. Se les hicieron varios disparos; pero irritados ellos, -cargaron sobre un grupo apostado en la esquina del callejón de la -Chamberga, y bien pronto viéronse envueltos por el paisanaje. De un -fuerte sablazo, el más audaz de los tres abrió la cabeza a una infeliz -maja en el instante en que daba a su marido el fusil recién cargado, y -la imprecación de la furiosa mujer al caer herida al suelo, espoleó el -coraje de los hombres. La lucha se trabó entonces cuerpo a cuerpo y a -arma blanca. - -Entre tanto yo corrí hacia la Puerta del Sol buscando lugar más seguro, -y en los portales de Pretineros encontré a Chinitas. La Primorosa salió -del grupo cercano, exclamando con frenesí: - ---¡Han matado a Bastiana! Más de veinte hombres hay aquí, y denguno -vale un rial. Canallas, ¿para qué os ponéis bragas si tenéis almas de -pitiminí? - ---Mujer --dijo Chinitas, cargando su escopeta--, quítate de en medio. -Las mujeres aquí no sirven más que de estorbo. - ---¡Cobardón, calzonazos, corazón de albondiguilla! --gritó la -Primorosa, pugnando por arrancar el arma a su marido--. Con el aire que -hago moviéndome, mato yo más franceses que tú con un cañón de a ocho. - -Entonces uno de los de a caballo se lanzó al galope hacia nosotros -blandiendo su sable. - ---¡Menegilda! ¿Tienes navaja? --dijo la esposa de Chinitas con -desesperación. - ---Tengo tres: la de cortar, la de picar y el cuchillo grande. - ---¡Aquí estamos, espanta-cuervos! --bramó la maja, tomando de manos de -su amiga un cuchillo carnicero, cuya sola vista causaba espanto. - -El coracero clavó las espuelas a su corcel, y despreciando los tiros, -se arrojó sobre el grupo. Yo vi las patas del corpulento animal sobre -los hombros de la Primorosa; pero esta, agachándose más ligera que -el rayo, hundió su cuchillo en el pecho del caballo. Con la violenta -caída, el jinete quedó indefenso, y mientras la cabalgadura expiraba -con horrible pataleo, el soldado proseguía el combate, ayudado por -otros cuatro que a la sazón llegaron. - -Chinitas, herido en la frente y con una oreja menos, se había retirado -como a unas diez varas más allá, y cargaba un fusil en el callejón del -Triunfo, mientras la Primorosa le envolvía un pañuelo en la cabeza, -diciéndole: - ---¡Si te moverás al fin! No parece sino que tienes en cada pata las -pesas del reloj del Buen Suceso. - -El amolador se volvió hacia mí y me dijo: - ---Gabrielillo, ¿qué haces con ese fusil? ¿Lo tienes en la mano para -escarbarte los dientes? - -En efecto: yo tenía en mis manos un fusil, sin que hasta aquel instante -me hubiese dado cuenta de ello. ¿Me lo habían dado? ¿Lo tomé yo? Lo más -probable es que lo recogí maquinalmente, hallándome cercano al lugar de -la lucha, y cuando caía sin duda de manos de algún combatiente herido; -pero mi turbación y estupor eran tan grandes ante aquella escena, que -ni aun acertaba a hacerme cargo de lo que entre las manos tenía. - ---¿Pa qué está aquí esa lombriz? --dijo la Primorosa, encarándose -conmigo y dándome en el hombro una fuerte manotada--. Descosío: coge -ese fusil con más garbo. ¿Tienes en la mano un cirio de procesión? - ---Vamos: aquí no hay nada que hacer --afirmó Chinitas, encaminándose -con sus compañeros hacia la Puerta del Sol. - -Echeme el fusil al hombro y les seguí. La Primorosa seguía burlándose -de mi poca aptitud para el manejo de las armas de fuego. - ---¿Se acabaron los franceses? --dijo una maja, mirando a todos lados--. -¿Se han acabado? - ---No hemos dejado uno pa simiente de rábanos --contestó la Primorosa--. -¡Viva España y el Rey Fernando! - -En efecto: no se veía ningún francés en toda la calle Mayor; pero no -distábamos mucho de las gradas de San Felipe, cuando sentimos ruido -de tambores, después ruido de cornetas, después pisadas de caballos, -después estruendo de cureñas rodando con precipitación. El drama no -había empezado todavía realmente. Nos detuvimos, y advertí que los -paisanos se miraban unos a otros, consultándose mudamente sobre la -importancia de las fuerzas ya cercanas. Aquellos infelices madrileños -habían sostenido una lucha terrible con los soldados que encontraron -al paso, y no contaban con las formidables divisiones y cuerpos de -ejército que se acampaban en las cercanías de Madrid. No habían -medido los alcances y las consecuencias de su calaverada, ni aunque -los midieran, habrían retrocedido en aquel movimiento impremeditado y -sublime que les impulsó a rechazar fuerzas tan superiores. - -Había llegado el momento de que los paisanos de la calle Mayor pudieran -contar el número de armas que apuntaban a sus pechos, porque por la -calle de la Montera apareció un cuerpo de ejército, por la de Carretas -otro y por la Carrera de San Jerónimo el tercero, que era el más -formidable. - ---¿Son muchos? --preguntó la Primorosa. - ---Muchísimos, y también vienen por esta calle. Allá por Platerías se -siente ruido de tambores. - -Frente a nosotros y a nuestra espalda teníamos a los infantes, a los -jinetes y a los artilleros de Austerlitz. Viéndoles, la Primorosa reía; -pero yo... no puedo menos de confesarlo... yo temblaba. - - - - -XXVII - - -Llegar los cuerpos de ejército a la Puerta del Sol y comenzar la -embestida, fueron sucesos ocurridos en un mismo instante. Yo creo -que los franceses, a pesar de su superioridad numérica y material, -estaban más aturdidos que los españoles; así es que en vez de comenzar -poniendo en juego la caballería, hicieron uso de la metralla desde los -primeros momentos. - -La lucha, mejor dicho, la carnicería era espantosa en la Puerta del -Sol. Cuando cesó el fuego y comenzaron a funcionar los caballos, la -guardia polaca, llamada _noble_, y los famosos mamelucos cayeron a -sablazos sobre el pueblo, siendo los ocupadores de la calle Mayor los -que alcanzamos la peor parte, porque por uno y otro flanco nos atacaban -los feroces jinetes. El peligro no me impedía observar quién estaba en -torno mío, y así puedo decir que sostenían mi valor vacilante, además -de la Primorosa, un señor grave y bien vestido que parecía aristócrata, -y dos honradísimos tenderos de la misma calle, a quienes yo de antiguo -conocía. - -Teníamos a mano izquierda el callejón de la Duda, como sitio -estratégico que nos sirviera de parapeto y de camino para la fuga, y -desde allí el señor noble y yo dirigíamos nuestros tiros a los primeros -mamelucos que aparecieron en la calle. Debo advertir que los tiradores -formábamos una especie de retaguardia o reserva, porque los verdaderos -y más aguerridos combatientes eran los que luchaban a arma blanca entre -la caballería. También de los balcones salían muchos tiros de pistola -y gran número de armas arrojadizas, como tiestos, ladrillos, pucheros, -pesas de reloj, etc. - ---Ven acá, Judas Iscariote --exclamó la Primorosa, dirigiendo los -puños hacia un mameluco que hacía estragos en el portal de la casa de -Oñate--. ¡Y no hay quien te meta una libra de pólvora en el cuerpo! -¡Eh, so estantigua! ¿pa qué le sirve ese chisme? Y tú, Piltrafilla, -echa fuego por ese fusil, o te saco los ojos. - -Las imprecaciones de nuestra generala nos obligaban a disparar tiro -tras tiro. Pero aquel fuego mal dirigido no nos valía gran cosa, porque -los mamelucos habían conseguido despejar a golpes gran parte de la -calle, y adelantaban de minuto en minuto. - ---¡A ellos, muchachos! --gritó la maja, adelantándose al encuentro de -una pareja de jinetes, cuyos caballos venían hacia nosotros. - -Nadie podrá imaginar cómo eran aquellos combates parciales. Mientras -desde las ventanas y desde la calle se les hacía fuego, los manolos les -atacaban navaja en mano, y las mujeres clavaban sus dedos en la cabeza -del caballo, o saltaban, asiendo por los brazos al jinete. Este recibía -auxilio, y al instante acudían dos, tres, diez, veinte, que eran -atacados de la misma manera, y se formaba una confusión, una mezcolanza -horrible y sangrienta que no se puede pintar. Los caballos vencían al -fin y avanzaban al galope; y cuando la multitud, encontrándose libre, -se extendía hacia la Puerta del Sol, una lluvia de metralla le cerraba -el paso. - -Perdí de vista a la Primorosa en uno de aquellos espantosos choques; -pero al poco rato la vi reaparecer, lamentándose de haber perdido su -cuchillo, y me arrancó el fusil de las manos con tanta fuerza, que no -pude impedirlo. Quedé desarmado en el mismo momento en que una fuerte -embestida de los franceses nos hizo recular a la acera de San Felipe el -Real. El anciano noble fue herido junto a mí: quise sostenerle; pero -deslizándose de mis manos, cayó exclamando: «¡Muera Napoleón! ¡Viva -España!» - -Aquel instante fue terrible, porque nos acuchillaron sin piedad; pero -quiso mi buena estrella que, siendo yo de los más cercanos a la pared, -tuviera delante de mí una muralla de carne humana que me defendía del -plomo y del hierro. En cambio, era tan fuertemente comprimido contra la -pared, que casi llegué a creer que moría aplastado. La masa de gente se -replegó por la calle Mayor, y como el violento retroceso nos obligara a -invadir una casa de las que hoy deben tener la numeración desde el 21 -al 25, entramos decididos a continuar la lucha desde los balcones. No -achaquen ustedes a petulancia el que diga _nosotros_, pues yo, aunque -al principio me vi comprendido entre los sublevados como al acaso y sin -ninguna iniciativa de mi parte, después el ardor de la refriega, el -odio contra los franceses que se comunicaba de corazón a corazón de un -modo pasmoso, me indujeron a obrar enérgicamente en pro de los míos. -Yo creo que en aquella ocasión memorable hubiérame puesto al nivel de -algunos que me rodeaban, si el recuerdo de Inés y la consideración de -que corría algún peligro no aflojaran mi valor a cada instante. - -Invadiendo la casa, la ocupamos desde el piso bajo a las buhardillas: -por todas las ventanas se hacía fuego, arrojando al mismo tiempo -cuanto la diligente valentía de sus moradores encontraba a mano. En el -piso segundo un padre anciano, sosteniendo a sus dos hijas que medio -desmayadas se abrazaban a sus rodillas, nos decía: «Haced fuego; coged -lo que os convenga. Aquí tenéis pistolas; aquí tenéis mi escopeta de -caza. Arrojad mis muebles por el balcón y perezcamos todos, y húndase -mi casa si bajo sus escombros ha de quedar sepultada esa canalla. ¡Viva -Fernando! ¡Viva España! ¡Muera Napoleón!» - -Estas palabras reanimaban a las dos doncellas, y la menor nos conducía -a una habitación contigua, desde donde podíamos dirigir mejor el fuego. -Pero nos escaseó la pólvora, nos faltó al fin, y al cuarto de hora de -nuestra entrada ya los mamelucos daban violentos golpes en la puerta. - ---Quemad las puertas y arrojadlas ardiendo a la calle --nos dijo el -anciano--. Ánimo, hijas mías. No lloréis. En este día el llanto es -indigno aun en las mujeres. ¡Viva España! ¿Vosotras sabéis lo que -es España? Pues es nuestra tierra, nuestros hijos, los sepulcros de -nuestros padres, nuestras casas, nuestros reyes, nuestros ejércitos, -nuestra riqueza, nuestra historia, nuestra grandeza, nuestro nombre, -nuestra religión. Pues todo esto nos quieren quitar. ¡Muera Napoleón! - -Entre tanto los franceses asaltaban la casa, mientras otros de los -suyos cometían atrocidades en la de Oñate. - ---¡Ya entran, nos cogen; estamos perdidos! --exclamamos con terror, -sintiendo que los mamelucos se encarnizaban en los defensores del piso -bajo. - ---Subid a la buhardilla --nos dijo el anciano con frenesí--, y saliendo -al tejado, echad por el cañón de la escalera todas las tejas que podáis -levantar. ¿Subirán los caballos de estos monstruos hasta el techo? - -Las dos muchachas, medio muertas de terror, se enlazaban a los brazos -de su padre, rogándole que huyese. - ---¡Huir! --exclamaba el viejo--. No, mil veces no. Enseñemos a esos -bandoleros cómo se defiende el hogar sagrado. Traedme fuego, fuego, y -apresarán nuestras cenizas, no nuestras personas. - -Los mamelucos subían. No había salvación. Yo me acordé de la pobre -Inés, y me sentí más cobarde que nunca. Pero algunos de los nuestros -habíanse en tanto internado en la casa, y con fuerte palanca rompían -el tabique de una de las habitaciones más escondidas. Al ruido acudí -allá velozmente, con la esperanza de encontrar escapatoria, y, en -efecto, vi que habían abierto en la medianería un gran agujero por -donde podía pasarse a la casa inmediata. Nos hablaron de la otra parte, -ofreciéndonos socorro, y nos apresuramos a pasar; pero antes de que -estuviéramos del opuesto lado sentimos a los mamelucos y otros soldados -franceses vociferando en las habitaciones principales: oyose un tiro; -después una de las muchachas lanzó un grito espantoso y desgarrador. Lo -que allí debió ocurrir no es para contado. - -Cuando pasamos a la casa contigua, con ánimo de tomar inmediatamente -la calle, nos vimos en una habitación pequeña y algo oscura, donde -distinguí dos hombres que nos miraban con espanto. Yo me aterré también -en su presencia, porque eran el uno el licenciado Lobo y el otro Juan -de Dios. - -Habíamos pasado a una casa de la calle de Postas, a la misma en cuyo -cuarto entresuelo había yo vivido hasta el día anterior al servicio -de los Requejos. Estábamos en el piso segundo, vivienda del leguleyo -trapisondista. El terror de este era tan grande, que al vernos dijo: - ---¿Están ahí los franceses? ¿Vienen ya? Huyamos. - -Juan de Dios estaba también tan pálido y alterado, que era difícil -reconocerle. - ---¡Gabriel! --exclamó al verme--. ¡Ah! tunante: ¿qué has hecho de Inés? - ---¡Los franceses, los franceses! --exclamó Lobo, saliendo a toda prisa -de la habitación y bajando la escalera de cuatro en cuatro peldaños--. -¡Huyamos! - -La esposa del licenciado y sus tres hijas, trémulas de miedo, corrían -de aquí para allí, recogiendo algunos objetos para salir a la calle. -No era ocasión de disputar con Juan de Dios, ni de darnos mutuamente -explicaciones sobre los sucesos de la madrugada anterior: salimos a -todo escape, temiendo que los mamelucos invadieran aquella casa. - -El mancebo no se separaba de mí, mientras que Lobo, harto ocupado de -su propia seguridad, se cuidaba de mi presencia tanto como si yo no -existiera. - ---¿A dónde vamos? --preguntó una de las niñas al salir--. ¿A la calle -de San Pedro la Nueva, en casa de la primita? - ---¿Estáis locas? ¿Frente al Parque de Monteleón? - ---Allí se están batiendo --dijo Juan de Dios--. Se ha empeñado un -combate terrible, porque la artillería española no quiere soltar el -Parque. - ---¡Dios mío! ¡Corro allá! --exclamé sin poderme contener. - ---¡Perro! --gritó Juan de Dios, asiéndome por un brazo--. ¿Allí la -tienes guardada? - ---Sí, allí está --contesté sin vacilar--. Corramos. - -Juan de Dios y yo partimos como dos insensatos en dirección a mi casa. - - - - -XXVIII - - -En nuestra carrera no reparábamos en los mil peligros que a cada paso -ofrecían las calles y plazas de Madrid, y andábamos sin cesar, buscando -las vías más apartadas del centro, con tantas vueltas y rodeos, que -empleamos cerca de dos horas para llegar a la puerta de Fuencarral por -los pozos de nieve. Por un largo rato ni yo hablaba a mi acompañante, -ni él a mí tampoco, hasta que al fin Juan de Dios, con voz entrecortada -por el fatigoso aliento, me dijo: - ---¿Pero tú sacaste a Inés para entregármela después, o eres un tunante -ladrón, digno de ser fusilado por los franceses? - ---Sr. Juan de Dios --repuse apretando más el paso--, no es ocasión de -disputar, y vamos más a prisa, porque si los franceses llegan a meterse -en mi casa... - ---¡Cuánto se asustará la pobrecita! Pero di, ¿por qué la sacaste, por -qué me encontré encerrado en el sótano con aquella maldita mujer?... -¡Oh! me falta el aliento; pero no nos detengamos... ¿Inés no se asustó -al verse en tu poder? ¿No te preguntó por mí? ¿No te rogó que me -llevases a su lado? ¡Qué confusión! ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Quién -eres tú? ¿Eres un infame, o un hombre de bien? Ya me darás cuenta y -razón de todo. ¡Ay! cuando me encontré en el sótano con Restituta... -¿Ves este rasguño que tengo en la mano?... Quedeme azorado y mudo de -espanto cuando la vi. ¡Qué desdicha! Creo que fue castigo de Dios -por los pecadillos de que te hablé... Ella me insultaba llamándome -ladrón, y a mí un sudor se me iba y otro se me venía. Luego que -tratamos de salir... La compuerta cerrada... ella parecía una gata -rabiosa. ¿Ves este arañazo que tengo en la cara?... Descansemos un -rato, porque me ahogo. ¿No llegamos nunca a tu casa? ¿Y mi Inés, está -allí? Pero, tunante, modera un poco el paso y dime: ¿Inés me espera? -¿Te mandó en busca mía? ¿Sabe que a mí me debe su libertad? Gabriel, -te juro que tengo la cabeza como una jaula de grillos, y que no sé -qué pensar. ¡Cuando vi entrar a Restituta!... ¿Creerás que no puedo -apartar de mi memoria su repugnante imagen? Lo que dije... aquellos dos -pecadillos... Pero en cuanto Inés esté a mi lado, me confesaré... El -Santísimo Sacramento sabe que mi intención es buena, y que el inmenso, -el loco amor que me domina es causa de todo... ¿Pero no hablas? ¿Estás -mudo? ¿Inés me espera? Dímelo francamente y no me hagas padecer. -¿Está contenta? ¿Está triste? ¿Ella quiso desde luego salir contigo -para esperarme fuera?... ¡Mil demonios! ¿Cuándo llegamos a tu casa? -Me aguarda, ¿no es verdad? Ahora la hablaré cara a cara por primera -vez. ¿Sabes que me da vergüenza?... Pero ella quizás me dirá primero -algunas palabras, dándome pie para que después siga yo hablando como -un cotorro. ¿Estás tú seguro de que leyó mi carta? Pues si la leyó, ya -está al corriente de mi ardiente amor, y en cuanto me vea se arrojará -llorando en mis brazos, dándome gracias por su salvación. ¿No lo crees -tú así? ¿Pero por qué callas? ¿Te has quedado sin lengua? ¿Qué le has -dicho tú? ¿Qué te ha dicho ella? ¿No te habló de aquel pasaje de la -carta en que le decía que mi amor es tan casto como el de los ángeles -del Cielo?... Me faltó decirle que mi corazón es el altar en que la -adoro con tanto fervor como al Dios que hizo para todos el mundo, y -para nosotros una isla desierta, llena de flores y pajaritos muy lindos -que canten día y noche... ¡Ah, Gabriel! ¿Sabes que soy rico? Cogí -lo mío, aunque la condenada me clavó las uñas para arrebatármelo. -¡Cuánto luchamos! ¡Espantosa noche! Por fin, ya muy avanzado el día, -llega D. Mauro y abre el sótano para sacarte... Salimos Restituta y -yo: ella está medio muerta. Su hermano, al vernos... ¡Jesús, cómo se -pone! Después de insultarnos, nos dice que tenemos que casarnos el -mismo día. Luego, al saber que Inés se ha fugado contigo, brama como un -león, arráncase los cabellos, y después de amenazar con la muerte a su -hermana y a mí, enciende las dos velas al santo patrono. Yo salgo de -la casa sin contestar a nada, y como ya empiezan los tiros, me refugio -en la del licenciado Lobo... Todos están allí llenos de terror... ¡los -franceses, los franceses!... ¡ban, bun! Golpean un tabique: acudimos; -se abre un agujero, y apareces tú... ¿Pero llegaremos al fin? ¡Qué -impaciente estará la pobrecita! Cuando me vea, ella romperá, hablará la -primera, ¿no lo crees tú? Si no... yo estoy seguro de que me quedaré -como una estatua. ¡Si se me quitara esta vergüenza!... - -Yo no contestaba a ninguna de las atropelladas e inconexas razones -de Juan de Dios, pues más que la verbosidad de aquel desgraciado, -ocupaba mi mente la idea de los peligros qué corrían Inés y su tío en -mi casa. Nuestra marcha era sumamente fatigosa: algunas veces, después -de recorrer toda una calle, teníamos que volver atrás huyendo de los -mamelucos; otras veces nos detenía algún grupo, compuesto en su mayor -parte de mujeres y ancianos, que con lamentos y gritos rodeaban un -cadáver, víctima reciente de los invasores; más adelante veíamos -desfilar precipitadamente pelotones de granaderos que hacían retroceder -a todo el mundo; luego el espectáculo de una lucha parcial, tan -encarnizada como las anteriores, era lo que de improviso nos estorbaba -el paso. - -En la calle de Fuencarral el gentío era grande, y todos corrían hacia -arriba, como en dirección al Parque. Oíanse fuertes descargas, que -aterraron a mi acompañante, y cuando embocamos a la calle de la Palma -por la casa de Aranda, los gritos de los héroes llegaban hasta nuestros -oídos. - -Era entre doce y una. Dando un gran rodeo pudimos al fin entrar en la -calle de San José, y desde lejos distinguí las altas ventanas de mi -casa entre el denso humo de la pólvora. - ---No podemos subir --dije al mancebo--, a menos que no nos metamos en -medio del fuego. - ---¡En medio del fuego! ¡Qué horror! No: no expongamos la vida. Veo que -también disparan desde los balcones. Escondámonos, Gabriel. - ---No, avancemos. Parece que cesa el fuego. - ---Tienes razón. Ya suenan pocos tiros, y me parece que oigo decir: -«¡Victoria, victoria!» - ---Sí, y el paisanaje se despliega, y vienen algunos hacia acá. ¡Ah! ¿No -son franceses aquellos que corren hacia la calle de la Palma? Sí: ¿no -ve usted los sombreros de piel? - ---Vamos allá. ¡Qué algazara! Parece que están contentos. Mira cómo -agitan las gorras aquellos que están en el balcón. - ---Inés; allí está Inés, en el balcón de arriba, arriba... Allí está: -mira hacia el Parque, parece que tiene miedo y se retira. También sale -a curiosear D. Celestino. Corramos, y ahora nos será fácil entrar en la -casa. - -Después de una empeñada refriega, el combate había cesado en el Parque -con la derrota y retirada del primer destacamento francés que fue a -atacarlo. Pero si el crédulo paisanaje se entregó al júbilo, creyendo -que aquel triunfo era decisivo, los jefes militares conocieron que -serían bien pronto atacados con más fuerzas, y se preparaban para la -resistencia. - -Pacorro Chinitas, que había sido uno de los que primero acudieron a -aquel sitio, se llegó a mí ponderándome la victoria alcanzada con las -cuatro piezas que Daoiz habían echado a la calle; pero bien pronto él -y los demás se convencieron de que los franceses no habían retrocedido -sino para volver pronto con numerosa artillería. Así fue, en efecto; y -cuando subíamos la escalera de mi casa, sentí el alarmante rumor de la -tropa cercana. - -El mancebo tropezaba a cada peldaño, circunstancia que cualquiera -hubiera atribuido al miedo, y yo atribuí a la emoción. Cuando llegamos -a presencia de Inés y D. Celestino, estos se alegraron en extremo de -verme sano, y ella me señaló una imagen de la Virgen, ante la cual -habían encendido dos velas. Juan de Dios permaneció un rato en el -umbral, medio cuerpo fuera, y dentro el otro medio, con el sombrero -en la mano, el rostro pálido y contraído, la actitud embarazosa, -sin atreverse a hablar ni tampoco a retirarse, mientras que Inés, -enteramente ocupada de mi vuelta, no ponía en él la menor atención. - ---Aquí, Gabriel --me dijo el clérigo--, hemos presenciado escenas de -grande heroísmo. Los franceses han sido rechazados. Por lo visto, -Madrid entero se levanta contra ellos. - -Al decir esto, una detonación terrible hizo estremecer la casa. - ---¡Vuelven los franceses! Ese disparo ha sido de los nuestros, que -siguen decididos a no entregarse. Dios y su santa Madre, y los cuatro -patriarcas y los cuatro doctores nos asistan. - -Juan de Dios continuaba en la puerta, sin que mis dos amigos, -profundamente afectados por el próximo peligro, hicieran caso de su -presencia. - ---¡Va a empezar otra vez! --exclamó Inés, huyendo de la ventana después -de cerrarla--. Yo creí que se había concluido. ¡Cuántos tiros! ¡Qué -gritos! ¿Pues y los cañones? Yo creí que el mundo se hacía pedazos, y -puesta de rodillas no cesaba de rezar. ¡Si vieras, Gabriel!... Primero -sentimos que unos soldados daban recios golpes en la puerta del Parque. -Después vinieron muchos hombres y algunas mujeres pidiendo armas. -Dentro del patio un español, con uniforme verde, disputó un instante -con otro de uniforme azul, y luego se abrazaron, abriendo en seguida -las puertas. ¡Ay! ¡Qué voces, qué gritos! Mi tío se echó a llorar y -dijo también «¡Viva España!» tres veces, aunque yo le suplicaba que -callase para no dar que hablar a la vecindad. Al momento empezaron los -tiros de fusil, y al poco rato los de cañón, que salieron empujados -por dos o tres mujeres... El del uniforme azul mandaba el fuego, y -otro del mismo traje, pero que se distinguía del primero por su mayor -estatura, estaba dentro disponiendo cómo se habían de sacar la pólvora -y las balas... Yo me estremecía al sentir los cañonazos; y si a veces -me ocultaba en la alcoba, poniéndome a rezar, otras podía tanto la -curiosidad, que sin pensar en el peligro me asomaba a la ventana para -ver todo... ¡Qué espanto! Humo, mucho humo, brazos levantados, algunos -hombres tendidos en el suelo y cubiertos de sangre, y por todos lados -el resplandor de esos grandes cuchillos que llevan en los fusiles. - -Una segunda detonación, seguida del estruendo de la fusilería, nos dejó -paralizados de estupor. Inés miró a la Virgen, y el cura, encarándose -solemnemente con la santa imagen, dirigiole así la palabra: - ---Señora: proteged a vuestros queridos españoles, de quienes fuisteis -reina y ahora sois capitana. Dadles valor contra tantos y tan fieros -enemigos, y haced subir al Cielo a los que mueran en defensa de su -patria querida. - -Quise abrir la ventana; pero Inés se opuso a ello muy acongojada. Juan -de Dios, que al fin traspasó el umbral, se había sentado tímidamente -en el borde de una silla puesta junto a la misma puerta, donde Inés -le reconoció al fin, mejor dicho, advirtió su presencia, y antes que -formulara una pregunta, le dije yo: - ---Es el Sr. Juan de Dios, que ha venido a acompañarme. - ---Yo... yo... --balbució el mancebo en el momento en que la gritería de -la calle apenas permitía oírle--. Gabriel habrá enterado a usted... - ---El miedo le quita a usted el habla --dijo Inés--. Yo también tengo -mucho miedo. Pero usted tiembla, usted está malo... - -En efecto: Juan de Dios parecía desmayarse, y alargaba sus brazos hacia -la huérfana, que absorta y confundida no sabía si acercarse a darle -auxilio, o si huir con recelo de visitante tan importuno. Tan excitado -estaba yo, que sin parar mientes en lo que junto a mí ocurría, ni -atender al pavor de mi amiga, abrí resueltamente la ventana. Desde allí -pude ver los movimientos de los combatientes, claramente percibidos, -cual si tuviera delante un plano de campaña con figuras movibles. -Funcionaban cuatro piezas: he oído hablar de cinco, dos de a 8 y tres -de a 4; pero yo creo que una de ellas no hizo fuego, o solo trabajó -hacia el fin de la lucha. Los artilleros me parece que no pasaban de -veinte; tampoco eran muchos los de infantería, mandados por Ruiz; pero -el número de paisanos no era escaso, ni faltaban algunas heroicas -amazonas de las que poco antes vi en la Puerta del Sol. Un oficial, -de uniforme azul, mandaba las dos piezas colocadas frente a la calle -de San Pedro la Nueva[2]. Por cuenta del otro, del mismo uniforme y -graduación, corrían las que enfilaban las calles de San Miguel y de -San José[3], apuntando una de ellas hacia la de San Bernardo, pues -por allí se esperaban nuevas fuerzas francesas en auxilio de las que -invadían la Palma Alta y sitios inmediatos a la iglesia de Maravillas. -La lucha estaba reconcentrada entonces en la pequeña calle de San Pedro -la Nueva, por donde atacaron los granaderos imperiales en considerable -número. Para contrarrestar su empuje, los nuestros disparaban las -piezas con la mayor rapidez posible, empleándose en ello lo mismo los -artilleros que los paisanos, y auxiliaba a los cañones la valerosa -fusilería que tras las tapias del Parque, en la puerta y en la calle -hacía mortífero, incesante fuego. - - [2] Hoy del Dos de Mayo. - - [3] Hoy de Daoiz y Velarde. - - - - -XXIX - - -Cuando los franceses trataban de tomar las piezas a la bayoneta, sin -cesar el fuego por nuestra parte, eran recibidos por los paisanos con -una batería de navajas, que causaban pánico y desaliento entre los -héroes de las Pirámides y de Jena, al paso que el arma blanca en manos -de estos aguerridos soldados no hacía gran estrago moral en la gente -española, por ser esta de muy antiguo aficionada a jugar con ella. -Los españoles, al verse de este modo heridos, antes enfurecían que -desmayaban. Desde mi ventana, abierta a la calle de San José, no se -veía la inmediata de San Pedro la Nueva, aunque la casa hacía esquina -a las dos; así es que yo, teniendo siempre a los españoles bajo mis -ojos, no distinguía a los franceses sino cuando intentaban caer sobre -las piezas, desafiando la metralla, el plomo, el acero y hasta las -implacables manos de los defensores del Parque. Esto pasó una vez, -y cuando lo vi, pareciome que todo iba a concluir por el sencillo -procedimiento de destrozarse simultáneamente unos a otros; pero nuestro -valiente paisanaje, sublimado por su propio arrojo y por el ejemplo, la -pericia y la inverosímil constancia de los dos oficiales de Artillería, -rechazaba las bayonetas enemigas, mientras sus navajas hacían estragos, -rematando la obra de los fusiles. - -Cayeron algunos, muchos artilleros, y buen número de paisanos; pero -esto no desalentaba a los madrileños. Al paso que uno de los oficiales -de Artillería hacía uso de su sable con fuerte puño, sin desatender -el cañón, cuya cureña servía de escudo a los paisanos más resueltos, -el otro, acaudillando un pequeño grupo, se arrojaba sobre la avanzada -francesa, destrozándola antes de que tuviera tiempo de reponerse. -Eran aquellos los dos oficiales oscuros y sin historia, que en un -día, en una hora, haciéndose, por inspiración de sus almas generosas, -instrumento de la conciencia nacional, se anticiparon a la declaración -de guerra por las Juntas y descargaron los primeros golpes de la lucha -que empezó a abatir el más grande poder que se ha señoreado del mundo. -Así sus ignorados nombres alcanzaron la inmortalidad. - -El estruendo de aquella colisión, los gritos de unos y otros, la -heroica embriaguez de los nuestros, y también de los franceses, pues -estos evocaban entre sí sus grandes glorias para salir bien de aquel -empeño, formaban un conjunto terrible, ante el cual no existía el -miedo, ni tampoco era posible resignarse a ser inmóvil espectador. -Causaba rabia, y al mismo tiempo cierto júbilo inexplicable, lo -desigual de las fuerzas, y el espectáculo de la superioridad adquirida -por los débiles a fuerza de constancia. A pesar de que nuestras bajas -eran inmensas, todo parecía anunciar una segunda victoria. Así lo -comprendían, sin duda, los franceses, retirados hacia el fondo de la -calle de San Pedro la Nueva; y viendo que para meter en un puño a -los veinte artilleros, ayudados de paisanos y mujeres, era necesaria -más tropa con refuerzos de todas armas, trajeron más gente, trajeron -un ejército completo, y la división de San Bernardino, mandada por -Lefranc, apareció hacia las Salesas Nuevas con varias piezas de -artillería. Los imperiales daban al Parque, cercado de mezquinas -tapias, las proporciones de una fortaleza, y a la abigarrada pandilla -las proporciones de un pueblo. - -Hubo un momento de silencio, durante el cual no oí más voces que las -de algunas mujeres, entre las cuales reconocí la de la Primorosa, -enronquecida por la fatiga y el perpetuo gritar. Cuando en aquel breve -respiro me aparté de la ventana, vi a Juan de Dios completamente -desvanecido. Inés estaba a su lado presentándole un vaso de agua. - ---Este buen hombre --dijo la huérfana-- ha perdido el tino. ¡Tan grande -es su pavor! Verdad que la cosa no es para menos. Yo estoy muerta. ¿Se -ha acabado, Gabriel? Ya no se oyen tiros. ¿Ha concluido todo? ¿Quién ha -vencido? - -Un cañonazo resonó estremeciendo la casa. A Inés cayósele el vaso de -las manos, y en el mismo instante entró D. Celestino, que observaba la -lucha desde otra habitación de la casa. - ---Es la artillería francesa --gritaba--. Ahora es ella. Traen más de -doce cañones. ¡Jesús, María y José nos amparen! Van a hacer polvo a -nuestros valientes paisanos. ¡Señor de justicia! ¡Virgen María, santa -patrona de España! - -Juan de Dios abrió sus ojos buscando a Inés con una mirada calmosa y -apagada como la de un enfermo. Ella, en tanto, puesta de rodillas ante -la imagen, derramaba abundantes lágrimas. - ---Los franceses son innumerables --continuó el cura--. Vienen cientos -de miles. En cambio los nuestros son menos cada vez. Muchos han muerto -ya. ¿Podrán resistir los que quedan? ¡Oh! Gabriel, y usted, caballero, -quien quiera que sea, aunque presumo será español: ¿están ustedes -en paz con su conciencia, mientras nuestros hermanos pelean abajo -por la patria y por el Rey? Hijos míos, ánimo: los franceses van a -atacar por tercera vez. ¿No veis cómo se aperciben los nuestros para -recibirlos con tanto brío como antes? ¿No oís los gritos de los que han -sobrevivido al último combate? ¿No oís las voces de esa noble juventud? -Gabriel; usted, caballero, quien quiera que sea, ¿habéis visto a las -mujeres? ¿Darán lección de valor esas heroicas hembras a los varones -que huyen de la honrosa lucha? - -Al decir esto, el buen sacerdote, con una alteración que hasta entonces -jamás había yo advertido en él, se asomaba al balcón, retrocedía con -espanto, volvía los ojos a la imagen de la Virgen, luego a nosotros, y -tan pronto hablaba consigo mismo como con los demás. - ---Si yo tuviera quince años, Gabriel --continuó--, si yo tuviera -tu edad... Francamente, hijos míos, yo tengo un miedo horroroso. -En mi vida había visto una guerra, ni oído jamás el estruendo de -los mortíferos cañones; pero lo que es ahora cogería un fusil, sí, -señores, lo cogería... ¿No veis que va escaseando la gente? ¿No veis -cómo los barre la metralla?... Mirad aquellas mujeres que con sus -brazos despedazados empujan uno de nuestros cañones hasta embocarle -en esta calle. Mirad aquel montón de cadáveres del cual sale una -mano increpando con terrible gesto a los enemigos. Parece que hasta -los muertos hablan, lanzando de sus bocas exclamaciones furiosas... -¡Oh! yo tiemblo, sostenedme; no, dejadme tomar un fusil, lo tomaré -yo. Gabriel, caballero, y tú también, Inés, vamos todos a la calle, -a la calle. ¿Oís? Aquí llegan las vociferaciones de los franceses. -Su artillería avanza. ¡Ah, perros! todavía somos suficientes, aunque -pocos. ¿Queréis a España? ¿Queréis este suelo? ¿Queréis nuestras casas, -nuestras iglesias, nuestros reyes, nuestros santos? Pues ahí está, ahí -está dentro de esos cañones lo que queréis. Acercaos. ¡Ah! Aquellos -hombres que hacían fuego desde la tapia han perecido todos. No importa. -Cada muerto no significa más sino que un fusil cambia de mano, porque -antes de que pierda el calor de los dedos heridos que lo sueltan, otros -lo agarran... Mirad: el oficial que los manda parece contrariado; -mira hacia el interior del Parque, y se lleva la mano a la cabeza con -ademán de desesperación. Es que les faltan balas, les falta metralla. -Pero ahora sale el otro con una cesta de piedras de chispa. Cargan con -ellas, hacen fuego... ¡Oh! que vengan, que vengan ahora. ¡Miserables! -España tiene todavía piedras en sus calles para acabar con vosotros... -Pero ¡ay! los franceses parece que están cerca. Mueren muchos de los -nuestros. Desde los balcones se hace mucho fuego; mas esto no basta. Si -yo tuviera veinte años... Si yo tuviera veinte años, tendría el valor -que ahora me falta, y me lanzaría en medio del combate, y a palos, sí, -señores, a palos acabaría con todos esos franceses. Ahora mismo, con -mis sesenta años... Gabriel, ¿sabes tú lo que es el deber? ¿Sabes tú -lo que es el honor? Pues para que lo sepas, oye: yo, que soy un viejo -inútil; yo, que nunca he visto un combate; yo, que jamás he disparado -un tiro; yo, que en mi vida he peleado con nadie; yo, que no puedo -ver matar un pollo; yo, que nunca he tenido valor para ver matar un -gusanito; yo, que siempre he tenido miedo a todo; yo, que ahora tiemblo -como una liebre, y a cada tiro que oigo parece que entrego el alma al -Señor, voy a bajar al instante a la calle, no con armas, porque armas -no me corresponden, sino para alentar a esos valientes, diciéndoles en -castellano aquello de _¡Dulce et decorum est pro patria mori!_ - -Estas palabras, dichas con un entusiasmo que el anciano no había -manifestado ante mí sino muy pocas veces, y siempre desde el púlpito, -me enardecieron de tal modo que me avergoncé de reconocerme cobarde -espectador de aquella heroica lucha, sin disparar un tiro ni lanzar una -piedra en defensa de los míos. A no contenerme la presencia de Inés, ni -un instante habría yo permanecido en aquella situación. Después, cuando -vi al buen anciano precipitarse fuera de la casa, dichas sus últimas -palabras, miedo y amor se oscurecieron en mí ante una grande, una -repentina iluminación de entusiasmo, de esas que rarísimas veces, pero -con fuerza poderosa, nos arrastran a las grandes acciones. - -Inés hizo un movimiento como para detenerme; pero sin duda su admirable -buen sentido comprendió cuánto habría desmerecido a mis propios ojos -cediendo a los reclamos de la debilidad, y se contuvo, ahogando -todo sentimiento. Juan de Dios, que al volver de su desmayo era -completamente extraño a la situación en que nos encontrábamos, y no -parecía tener ojos ni oídos más que para espectáculos y voces de su -propia alma, se adelantó hacia Inés con ademán embarazoso, y le dijo: - ---Pero Gabriel habrá enterado a usted de todo. ¿La he ofendido a usted -en algo? Bien habrá comprendido usted... - ---Este caballero --dijo Inés--, está muerto de miedo, y no se moverá de -aquí. ¿Quiere usted esconderse en la cocina? - ---¡Miedo! ¡Que yo tengo miedo! --exclamó el mancebo con un repentino -arrebato que le puso encendido como la grana--. ¿A dónde vas, Gabriel? - ---A la calle --respondí saliendo--. A pelear por España. Yo no tengo -miedo. - ---Ni yo, ni yo tampoco --afirmó resuelta, furiosamente Juan de Dios, -corriendo detrás de mí. - - - - -XXX - - -Llegué a la calle en momentos muy críticos. Las dos piezas de la calle -de San Pedro habían perdido gran parte de su gente, y los cadáveres -obstruían el suelo. La colocada hacia Poniente había de resistir el -fuego de la de los franceses, sin más garantía de superioridad que el -heroísmo de D. Pedro Velarde y el auxilio de los tiros de fusil. Al -dar los primeros pasos encontré uno, y me situé junto a la entrada -del Parque, desde donde podía hacer fuego hacia la calle Ancha, -resguardado por el machón de la puerta. Allí se me presentó una cara -conocida, aunque horriblemente desfigurada en la persona de Pacorro -Chinitas, que incorporándose entre un montón de tierra y el cuerpo de -otro infeliz ya moribundo, hablome así con voz desfallecida: - ---Gabriel, yo me acabo; yo no sirvo ya para nada. - ---Ánimo, Chinitas --dije, devolviéndole el fusil que caía de sus -manos--; levántate. - ---¿Levantarme? Ya no tengo piernas. ¿Traes tú pólvora? Dame acá: yo te -cargaré el fusil... Pero me caigo redondo. ¿Ves esta sangre? Pues es -toda mía y de este compañero que ahora se va... Ya expiró... Adiós, -Juancho: tú al menos no verás a los franceses en el Parque. - -Hice fuego repetidas veces: al principio muy torpemente, y después con -algún acierto, procurando siempre dirigir los tiros a algún francés -claramente destacado de los demás. Entre tanto y sin cesar en mi faena -oí la voz del amolador que, apagándose por grados, decía: - ---Adiós, Madrid, ya me encandilo... Gabriel, apunta a la cabeza. -Juancho, que ya estás tieso, allá voy yo también: Dios sea conmigo y -me perdone. Nos quitan el Parque; pero de cada gota de esta sangre -saldrá un hombre con su fusil, hoy, mañana y al otro día. Gabriel, -no cargues tan fuerte, que revienta. Ponte más adentro. Si no tienes -navaja, búscala, porque vendrán a la bayoneta. Toma la mía. Allí está -junto a la pierna que perdí... ¡Ay! ya no veo más que un cielo negro. -¡Qué humo tan negro! ¿De dónde viene ese humo? Gabriel, cuando esto se -acabe, ¿me darás un poco de agua? ¡Qué ruido tan atroz!... ¿Por qué no -traen agua?... ¡Agua, Señor Dios Poderoso! ¡Ah! ya veo el agua: ahí -está. La traen unos angelitos: es un chorro, una fuente, un río... - -Cuando me aparté de allí, Chinitas ya no existía. La debilidad de -nuestro centro de combate me obligó a unirme a él, como lo hicieron -los demás. Apenas quedaban artilleros, y dos mujeres servían la -pieza principal, apuntada hacia la calle Ancha. Era una de ellas -la Primorosa, a quien vi soplando fuertemente la mecha, próxima a -extinguirse. - ---Mi general --decía a Daoiz--, mientras su merced y yo estemos aquí, -no se perderán las Españas ni sus Indias... Allá va el petardo... Venga -ahora acá el _destupidor_. ¡Cómo rempuja pa tras este animal cuando -suelta el tiro! ¡Ah! ¿Ya estás aquí, Tripita? --gritó al verme--. Toca -este instrumento y verás lo bueno. - -El combate llegaba a un extremo de desesperación, y la artillería -enemiga avanzó hacia nosotros. Animados por Daoiz, los heroicos -paisanos pudieron rechazar por última vez la infantería francesa, que -en pequeños pelotones se destacaba de la fuerza enemiga. - ---¡Ea! --gritó la Primorosa cuando volvió a comenzar el fuego de -cañón--. Atrás, que yo gasto malas bromas. ¿Vio usted cómo se fueron, -señor general? Solo con mirarles yo con estos recelestiales ojos, -les hice volver pa tras. Van muertos de miedo. ¡Viva España y muera -Napoleón!... Chinitas, ¿no está por ahí Chinitas? Ven acá, cobarde, -calzonazos. - -Y cuando los franceses, replegando su infantería, volvieron a -cañonearnos, ella, después de ayudar a cargar la pieza, prosiguió -gritando: - ---Renacuajos, volved acá. Ea, otro paseíto. Sus mercedes quieren -conquistarme a mí, ¿no verdá? Pues aquí me tenéis. Vengan acá: soy la -reina, sí, señores; soy la emperadora del Rastro, y yo acostumbro a -fumar en este cigarro de bronce, porque no las gasto menos. ¿Quieren -ustedes una chupadita? Pos allá va. Desapártense pa que no les salpique -la saliva; si no... - -La heroica mujer calló de improviso, porque la otra maja que cerca -de ella estaba, cayó tan violentamente herida por un casco de -metralla, que de su despedazada cabeza saltaron, salpicándonos, -repugnantes pedazos. La esposa de Chinitas, que también estaba -herida, miró el cuerpo expirante de su amiga. Debo consignar aquí un -hecho transcendental: la Primorosa se puso repentinamente pálida y -repentinamente seria. Tuvo miedo. - -Llegó el instante crítico y terrible. Durante él sentí una mano que -se apoyaba en mi brazo. Al volver los ojos, vi un brazo azul con -charreteras de capitán. Pertenecía a D. Luis Daoiz, que, herido en la -pierna, hacía esfuerzos por no caer al suelo, y se apoyaba en lo que -encontró más cerca. Yo extendí mi brazo alrededor de su cintura, y él, -cerrando los puños, elevándolos convulsamente al cielo, apretando los -dientes y mordiendo después el pomo de su sable, lanzó una imprecación, -una blasfemia, que habría hecho desplomar el firmamento, si lo de -arriba obedeciera a las voces de abajo. - -En seguida se habló de capitulación y cesaron los fuegos. El jefe -de las fuerzas francesas acercose a nosotros, y en vez de tratar -decorosamente de las condiciones de la rendición, habló a Daoiz de la -manera más destemplada y en términos amenazadores y groseros. Nuestro -inmortal artillero pronunció entonces aquellas célebres palabras: _Si -fuerais capaz de hablar con vuestro sable, no me trataríais así._ - -El francés, sin atender a lo que le decía, llamó a los suyos, y en el -mismo instante... Ya no hay narración posible, porque todo acabó. Los -franceses se arrojaron sobre nosotros con empuje formidable. El primero -que cayó fue Daoiz, traspasado el pecho a bayonetazos. Retrocedimos -precipitadamente hacia el interior del Parque todos los que pudimos, -y como aun en aquel trance espantoso quisiera contenernos D. Pedro -Velarde, le mató de un pistoletazo por la espalda un oficial enemigo. -Muchos fueron implacablemente pasados a cuchillo; pero algunos y -yo pudimos escapar, saltando velozmente por entre escombros, hasta -alcanzar las tapias de la parte más honda, y allí nos dispersamos, -huyendo cada cual por donde encontró mejor camino, mientras los -franceses, bramando de ira, indicaban con sus alaridos al aterrado -vecindario que Monteleón había quedado por Bonaparte. - -Difícilmente salvamos la vida; y no fuimos muchos los que pudimos dar -con nuestros fatigados cuerpos en la huerta de las Salesas Nuevas o en -el Quemadero. Los franceses no se cuidaban de perseguirnos, o por creer -que bastaba con rematar a los más próximos, o porque se sentían con -tanto cansancio como nosotros. Por fortuna, yo no estaba herido sino -muy levemente en la cabeza, y pude ponerme a cubierto en breve tiempo: -al poco rato ya no pensaba más que en volver a mi casa, donde suponía -a Inés en angustiosa incertidumbre por mi ausencia. Cuando traté de -regresar, hallé cerrada la puerta de Santo Domingo, y tuve que andar -mucho trecho buscando el portillo de San Joaquín. Por el camino me -dijeron que los franceses, después de dejar una pequeña guarnición en -el Parque, se habían retirado. - -Dirigime con esta noticia tranquilamente a casa, y al llegar a la -calle de San José, encontré aquel sitio inundado de gente del pueblo, -especialmente de mujeres, que reconocían los cadáveres. La Primorosa -había recogido el cuerpo de Chinitas. Yo vi llevar el cuerpo, vivo aún, -de Daoiz en hombros de cuatro paisanos, y seguido de apiñado gentío. -De Don Pedro Velarde oí que había sido completamente desnudado por -los franceses, y en aquellos instantes sus deudos y amigos estaban -amortajándole para darle sepultura en San Marcos. Los imperiales se -ocupaban en encerrar de nuevo las piezas, y retiraban silenciosamente -sus heridos al interior del Parque; por último, vi una pequeña fuerza -de caballería polaca, estacionada hacia la calle de San Miguel. - -Ya estaba cerca de mi casa, cuando un hombre cruzó a lo lejos la -calle, con tan marcado ademán de locura, que no pude menos de fijar en -él mi atención. Era Juan de Dios, y andaba con pie inseguro de aquí -para allí, como demente o borracho, sin sombrero, el pelo en desorden -sobre la cara, las ropas destrozadas, y la mano derecha envuelta en un -pañuelo manchado de sangre. - ---¡Se la han llevado! --exclamó al verme, agitando sus brazos con -desesperación. - ---¿A quién? --pregunté, adivinando mi nueva desgracia. - ---¡A Inés!... Se la han llevado los franceses; se han llevado también a -aquel infeliz sacerdote. - -La sorpresa y la angustia de tan tremenda nueva dejáronme por un -instante como sin vida. - - - - -XXXI - - ---Una vez que tomaron el Parque --continuó Juan de Dios-- entraron en -esa casa de la esquina y en otra de la calle de San Pedro para prender -a todos los que les habían hecho fuego, y sacaron hasta dos docenas de -infelices. ¡Ay, Gabriel, qué consternación! Yo entraba en la taberna -para echarme un poco de agua en la mano... porque sabrás que una bala -me llevó los dos dedos... Entraba en la taberna y vi que sacaban a -Inés. La pobrecita lloraba como un niño, y volvía la vista a todos -lados, sin duda buscándome con sus ojos. Acerqueme, y hablando en -francés, rogué al sargento que la soltase; pero me dieron tan fuerte -golpe, que casi perdí el sentido. ¡Si vieras cómo lloraba el pobre -ángel, y cómo miraba a todos lados, buscándome sin duda!... Yo me -vuelvo loco, Gabriel. El buen eclesiástico subía la escalera cuando -le cogieron, y dicen que llevaba un cuchillo en la mano. Todos los de -la casa están presos. Los franceses dijeron que desde allí les habían -tirado una cazuela de agua hirviendo. Gabriel, si no ponen en libertad -a Inés, yo me muero, yo me mato, yo les diré a los franceses que me -maten. - -Al oír esta relación, el vivo dolor arrancó al principio ardientes -lágrimas a mis ojos; pero después fue tanta mi indignación, que -prorrumpí en exclamaciones terribles, y recorrí la calle gritando -como un insensato. Aún dudé: subí a mi casa; encontrela desierta; -supe de boca de algunos vecinos consternados la verdad, conforme a -lo que Juan de Dios había contado, y ciego de ira, con el alma llena -de presentimientos siniestros y de inexplicables angustias, marché -hacia el centro de Madrid, sin saber a dónde me encaminaba, y sin -que me fuera posible discurrir cuál partido sería más conveniente en -tales circunstancias. ¿A quién pedir auxilio, si yo a mi vez era tan -injustamente perseguido? A ratos me alentaba la esperanza de que los -franceses pusieran en libertad a mis dos amigos. La inocencia de uno y -otro, especialmente de ella, era para mí tan obvia, que sin género de -duda había de ser reconocida por los invasores. Juan de Dios me seguía -y lloraba como una mujer. - ---Por ahí van diciendo --me indicó-- que los prisioneros han sido -llevados a la casa de Correos. Vamos allá, Gabriel, y veremos si -conseguimos algo. - -Fuimos al instante a la Puerta del Sol, y en todo su recinto no oíamos -sino quejas y lamentos por el hermano, el padre, el hijo o el amigo, -sin motivo bárbaramente aprisionados. Se decía que en la casa de -Correos funcionaba un Tribunal militar; pero después corrió la voz de -que los individuos de la Junta habían hecho un convenio con Murat para -que todo se arreglara, olvidando el conflicto pasado y perdonándose -respectivamente las imprudencias cometidas. Esto nos alborozó a todos -los presentes, aunque no nos parecía muy tranquilizador ver a la -entrada de las principales calles una pieza de artillería con mecha -encendida. Dieron las cuatro de la tarde, y no se desvanecía nuestra -duda, ni de las puertas de la fatal casa de Correos salía otra gente -que algún oficial de órdenes que a toda prisa partía hacia el Retiro -o la Montaña. Nuestra ansiedad crecía; profunda zozobra invadía los -ánimos, y todos se dispersaban tratando de buscar noticias verídicas en -fuentes autorizadas. - -De pronto oigo decir que alguien va por las calles leyendo un bando. -Corremos todos hacia la del Arenal; pero nos es imposible enterarnos -de lo que leen. Preguntamos y nadie nos responde, porque nadie oye. -Retrocedemos pidiendo informes, y nadie nos los da. Volvemos a mirar -la casa de Correos, tras cuyas paredes están los que nos son queridos, -y media compañía de granaderos con algunos mamelucos dispersan al -padre, al hermano, al hijo, al amante, amenazándoles con la muerte. Nos -lanzamos al fin por las calles, cada cual discurriendo qué influencias -pondrá en juego para salvar a los suyos. - -Juan de Dios y yo nos dirigimos hacia los Caños del Peral, y al poco -rato vimos un pelotón de franceses que conducían maniatados y en -traílla, como a salteadores, a dos ancianos y a un joven de buen porte. -Después de esta fatídica procesión, vimos hacia la calle de los Tintes -otra no menos lúgubre, en que iba una señora joven, un sacerdote, -dos caballeros y un hombre del pueblo en traje como de vendedor de -plazuela. La tercera la encontramos en la calle de Quebrantapiernas, -y se componía de más de veinte personas, pertenecientes a distintas -clases de la sociedad. Aquellos infelices iban mudos y resignados, -guardando el odio en sus corazones, y ya no se oían voces patrióticas -en las calles de la ciudad vencida y aherrojada, porque los invasores -dominábanla toda piedra por piedra, y no había esquina donde no -asomase la boca de un cañón, ni callejuela por la cual no desfilaran -pelotones de fusileros, ni plaza donde no apareciesen, fúnebremente -estacionados, fuertes piquetes de mamelucos, dragones o caballería -polaca. - -Repetidas veces vimos que detenían a personas pacíficas y las -registraban, llevándoselas presas por si guardaban acaso algún arma, -aunque fuera navaja para usos comunes. Yo llevaba en el bolsillo la -de Chinitas, y ni aun me ocurrió tirarla: ¡tales eran mi aturdimiento -y abstracción! Pero tuvimos la suerte de que no nos registraran. -Últimamente, y a medida que anochecía, apenas encontrábamos gente por -las calles. No íbamos, no, a la ventura por aquellos desiertos lugares, -pues yo tenía un proyecto que al fin comuniqué a mi acompañante: -pensaba dirigirme a casa de la Marquesa, con viva esperanza de -conseguir de ella poderoso auxilio en mi tribulación. Juan de Dios me -contestó que él por su parte había pensado dirigirse a un amigo, que a -su vez lo era del señor O’Farril, individuo de la Junta. Dicho esto, -convinimos en separarnos, prometiendo acudir de nuevo a la Puerta del -Sol una hora después. - -Fui a casa de la Marquesa, y el portero me dijo que S. E. había partido -dos días antes para Andalucía. Asimismo pregunté por Amaranta; más tuve -el disgusto de saber que Su Excelencia la señora Condesa estaba también -en camino de Andalucía. Desesperado regresé al centro de Madrid, -elevando mis pensamientos a Dios, como el más eficaz amparador de la -inocencia, y traté de penetrar en la casa de Correos. Al poco rato -de estar allí procurándolo inútilmente, vi salir a Juan de Dios tan -pálido y alterado que temblé, adivinando nuevas desdichas. - ---¿No está? --pregunté--. ¿Les han puesto en libertad? - ---No --dijo, secando el sudor de su frente--. Todos los presos que -estaban aquí han sido entregados a los franceses. Se los han llevado -al Buen Suceso, al Retiro, no sé a dónde... ¿Pero no conoces el bando? -Los que sean encontrados con armas, _serán arcabuceados_... Los que se -junten en grupos de más de ocho personas, _serán arcabuceados_... Los -que hagan daño a un francés, _serán arcabuceados_... Los que parezcan -agentes de Inglaterra, _serán arcabuceados_. - ---¿Pero dónde está Inés? --exclamé con exaltación--. ¿Dónde está? -Si esos verdugos son capaces de sacrificar a una niña inocente y a -un pobre anciano, la tierra se abrirá para tragárselos, las piedras -se levantarán solas del suelo para volar contra ellos, el cielo se -desplomará sobre sus cabezas, se encenderá el aire, y el agua que beban -se les tornará veneno; y si esto no sucede, es que no hay Dios ni puede -haberlo. Vamos, amigo: hagamos esta buena obra. ¿Dice usted que están -en el Retiro? - ---O aquí, en el Buen Suceso, o en la Moncloa. Gabriel, yo salvaré a -Inés de la muerte, o me pondré delante de los fusiles de esa canalla -para que me quiten también la vida. Quiero irme al Cielo con ella: si -supiera que sus dulces ojos no me habían de mirar más en la tierra, -ahora mismo dejaría de existir. Gabriel, todo lo que tengo es tuyo si -me ayudas a buscarla; que después que ella y yo nos juntemos, y nos -casemos, y nos vayamos al lugar desierto que he pensado, para nada -necesitamos dinero. Yo tengo esperanza; ¿y tú? - ---Yo también --respondí, pensando en Dios. - ---Pues, hijo, marcha tú al Retiro, que yo entraré en el Buen Suceso, -por la parte del hospital, que allí conozco a uno de los enfermeros. -También conozco a dos oficiales franceses. ¿Podrán hacer algo por ella? -Vamos: las diez. ¡Ay! ¿No oíste una descarga? - ---Sí, hacia abajo; hacia el Prado: se me ha helado la sangre en las -venas. Corro allá. Adiós, y buena suerte. Si no nos encontramos después -aquí, en mi casa. - -Dicho esto, nos separamos a toda prisa, y yo corrí por la Carrera de -San Jerónimo. La noche era oscura, fría y solitaria. En mi camino -encontré tan solo algunos hombres que despavoridos corrían, y a cada -paso lamentos dolorosísimos llegaban a mis oídos. A lo lejos distinguí -las pisadas de las patrullas francesas, y de rato en rato un resplandor -lejano seguido de estruendosa detonación. - - - - -XXXII - - -Cómo se presentaba en mi alma atribulada aquel espectáculo en la negra -noche, aquellos ruidos pavorosos, no es cosa que puedo yo referir, -ni palabras de ninguna lengua alcanzan a manifestar angustia tan -grande. Llegaba junto al Espíritu Santo, cuando sentí muy cercana ya -una descarga de fusilería. Allá abajo, en la esquina del palacio de -Medinaceli, la rápida luz del fogonazo había iluminado un grupo, mejor -dicho, un montón de personas, en distintas actitudes colocadas, y con -diversos trajes vestidas. Tras de la descarga, oyéronse quejidos de -dolor, imprecaciones que se apagaban al fin en el silencio de la noche. -Después algunas voces, hablando en lengua extranjera, dialogaban entre -sí; se oían las pisadas de los verdugos, cuya marcha en dirección al -fondo del Prado era indicada por los movimientos de unos farolillos de -agonizante luz. A cada rato circulaban tropeles con gentes maniatadas, -y hacia el Retiro se percibía resplandor muy vivo, como de la hoguera -de un vivac. - -Acerqueme al palacio de Medinaceli por la parte del Prado, y allí vi -algunas personas que acudían a reconocer los infelices últimamente -arcabuceados. Reconocilos yo también uno por uno, y observé que algunos -de ellos estaban vivos, aunque ferozmente heridos, y arrastrábanse -pidiendo socorro, o clamaban en voz desgarradora suplicando que se les -rematase. - -Entre todas aquellas víctimas no había más que una mujer, que no tenía -semejanza con Inés, ni encontré tampoco sacerdote alguno. Sin prestar -oídos a las voces de socorro, ni reparar tampoco en el peligro que -cerca de allí se corría, me dirigí hacia el Retiro. - -En la puerta del primer patio me detuvieron los centinelas. Un oficial -se acercó a la entrada. - ---Señor --exclamé juntando las manos y expresando de la manera más -espontánea el vivo dolor que me dominaba--, busco a dos personas de -mi familia que han sido traídas aquí por equivocación. Son inocentes: -Inés no arrojó a la calle ningún caldero de agua hirviendo, ni el pobre -clérigo ha matado a ningún francés. Yo lo aseguro, señor oficial, y el -que dijese lo contrario es un vil mentiroso. - -El oficial, que no entendía, hizo un movimiento para echarme hacia -fuera; pero yo, sin reparar en consideraciones de ninguna clase, me -arrodillé delante de él, y con fuertes gritos proseguí suplicando de -esta manera: - ---Señor oficial, ¿será usted tan inhumano que mande fusilar a dos -personas inofensivas: a una niña de diez y seis años y a un infeliz -viejo de sesenta? No puede ser. Déjeme usted entrar: yo le diré cuáles -son, y usted les mandará poner en libertad. Los pobrecitos no han hecho -nada. Fusílenme a mí, que disparé muchos tiros contra ustedes en la -acción del Parque; pero dejen en libertad a la joven y al sacerdote. -Yo entraré, les sacaremos... Mañana, mañana probaré yo, como esta es -noche, que son inocentes, y si no resultasen tan inocentes como los -ángeles del Cielo, fusíleme usted a mí cien veces. Señor oficial, -usted es bueno; usted no puede ser un verdugo. Esas cruces que tiene -en el pecho las habrá adquirido honrosamente en las grandes batallas -que dicen ha ganado el ejército de Napoleón. Un hombre como usted no -puede deshonrarse asesinando a mujeres inocentes. Yo no lo creo, aunque -me lo digan. Señor oficial, si quieren ustedes vengarse de lo de esta -mañana, maten a todos los hombres de Madrid, mátenme a mí también; pero -no a Inés. ¿Usted no tiene hermanitas jóvenes y lindas? Si usted las -viera amarradas a un palo, a la luz de una linterna, delante de cuatro -soldados con los fusiles en la cara, ¿estaría tan sereno como ahora -está? Déjeme entrar: yo le diré quiénes son los que busco, y entre los -dos haremos esta buena obra, que Dios le tendrá en cuenta cuando se -muera. El corazón me dice que están aquí... entremos, por Dios y por -la Virgen. Aquí está usted en tierra extranjera, y lejos, muy lejos de -los suyos. Cuando recibe cartas de su madre o de sus hermanitas, ¿no le -rebosa el corazón de alegría, no quiere verlas, no quiere volver allá? -Si le dijesen que ahora las estaban poniendo un farol en el pecho para -fusilarlas... - -El estrépito de otra descarga me hizo enmudecer, y la voz expiró en mi -garganta por falta de aliento. A punto estuve de caer sin sentido; -pero haciendo un heroico esfuerzo, volví a suplicar al oficial con voz -ronca y ademán desesperado, pretendiendo que me permitiese la entrada -para ver si algunos de los recién inmolados eran los que yo buscaba. -Sin duda mi ruego, expresado ardientemente y con profundísima verdad, -conmovió al joven oficial, más por la angustia de mis ademanes que -por el sentido de las palabras, extranjeras para él, y apartándose -a un lado me indicó que entrara. Hícelo rápidamente, y recorrí como -un insensato el primer patio y el segundo. En este, que era el de la -Pelota, no había más que franceses; pero en aquel yacían por el suelo -las víctimas aún palpitantes, y no lejos de ellas las que esperaban -la muerte. Vi que las ataban codo con codo, obligándolas a ponerse de -rodillas, unos de espalda, otros de frente. Los más agitaban los brazos -al mismo tiempo que lanzaban imprecaciones y retos a los verdugos; -algunos escondían con horror la cara en el pecho del vecino; otros -lloraban; otros pedían la muerte, y vi uno que, rompiendo con fuertes -sacudidas las ligaduras, se abalanzó hacia los granaderos. Ninguna -fórmula de juicio, ni tampoco preparación espiritual, precedían a -esta abominación: los granaderos hacían fuego una o dos veces, y los -sacrificados se revolvían en charcos de sangre con espantosa agonía. - -Algunos acababan en el acto; pero los más padecían largo martirio antes -de expirar. Hubo muchos que, heridos por las balas en las extremidades -y desangrados, sobrevivieron, después de pasar por muertos, hasta la -mañana del día siguiente; los mismos franceses, reconociendo su mala -puntería, les mandaron al hospital. Estos casos no fueron raros: yo -sé de dos o tres a quienes cupo la suerte de vivir después de pasar -por los horrores de una ejecución sangrienta. Un maestro herrero, -comprendido en una de las traíllas del Retiro, dio señales de vida -al día siguiente, y al borde mismo del hoyo en que se le preparaba -sepultura. Lo mismo aconteció a un tendero de la calle de Carretas, -y hasta hace poco tiempo ha existido un individuo, que era entonces -empleado en la imprenta de Sancha, y fue fusilado torpemente dos veces: -una en la Soledad, donde se hizo la primera matanza; después en el -patio del Buen Suceso; desde aquí pudo escapar, arrastrándose entre -cadáveres y regueros de sangre hasta el hospital cercano, donde le -dieron auxilio. Los franceses, aunque a quemarropa, disparaban mal, y -algunos de ellos, preciso es confesarlo, con marcada repugnancia, pues -sin duda conocían el envilecimiento en que habían repentinamente caído -las águilas imperiales. - -Casi sin esperar a que se consumara la sentencia de los que cayeron -ante mí, les examiné a todos. Las linternas, puestas delante de cada -grupo, alumbraban con siniestra luz la escena. Ni entre los inmolados, -ni entre los que aguardaban el sacrificio, vi a Inés y a D. Celestino, -aunque a cada instante me parecía reconocerles en cualquier bulto que -se movía implorando compasión o murmurando una plegaria. - -Recuerdo que en aquel examen una mano helada cogió la mía, y al -inclinarme vi un hombre desconocido que dijo algunas palabras y expiró. -Repetidas veces pisé los pies y las manos de varios desgraciados; pero -en trances tan terribles, parece que se extingue todo sentimiento -compasivo hacia los extraños, y buscando con anhelo a los nuestros, -somos impasibles para las desgracias ajenas. - -Algunos franceses me dieron el _alto_, intimándome a que saliera; y por -las palabras que oí, me juzgué en peligro de ser también comprendido en -la traílla; pero a mí no me importaba la muerte, ni en tal situación -hubiera dejado de mirar a un punto donde creyera distinguir el -semblante de mis dos amigos, aunque me arcabucearan cien veces. Corrí -hacia otro extremo del patio, donde sonaban lamentos y bullicio de -gentío, cuando un anciano se acercó a mí tomándome por el brazo. - ---¿A quién busca usted? --le dije. - ---¡Mi hijo, mi único hijo! --me contestó--. ¿Dónde está? ¿Eres tú mi -hijo? ¿Eres tú mi Juan? ¿Te han fusilado? ¿Has salido de aquel montón -de muertos? - -Comprendí por su mirada y por sus palabras que aquel hombre estaba -loco, y seguí adelante. Otro se llegó a mí y preguntome a su vez que a -quién buscaba. Contele brevemente la historia, y me dijo: - ---Los que fueron presos en el barrio de Maravillas no han venido aquí -ni a la casa de Correos. Están en la Moncloa. Primero los llevaron -a San Bernardino, y a estas horas... Vamos allá. Yo tengo un -salvoconducto de un oficial francés, y podremos salir. - -Salimos, en efecto, y en el Prado aquel hombre corrió desalado y -le perdí de vista. Yo también corrí cuanto me era posible, pues -mis fuerzas, a tan terribles pruebas sometidas por tanto tiempo, -desfallecían ya. No puedo decir qué calles pasé, porque ni miraba a mi -alrededor, ni tenía entonces más ojos que los del alma para ver siempre -dentro de mí mismo el espectáculo de aquella gran tragedia. Solo sé que -corrí sin cesar; solo sé que ninguna voz, ninguna queja que sonasen -cerca de mí me conmovían ni me interesaban; solo sé que mientras más -corría, mayores eran mi debilidad y extenuación, y que al fin, no sé -en qué calle, me detuve apoyándome en la pared cercana, porque mi -cuerpo se caía al suelo y no me era posible dar un paso más. Limpié -el sudor de mi frente; parecíame que se había acabado el aire, y que -el suelo se deslizaba también bajo mis pies, que las casas se hundían -sobre mi cabeza. Recuerdo haber hecho esfuerzos para seguir; pero no -me fue posible, y por un espacio de tiempo que no puedo apreciar, solo -tinieblas me rodearon, acompañadas de absoluto silencio. - - - - -XXXIII - - -Durante mi desvanecimiento, hijo de la extenuación, traje a la memoria -las arboledas de Aranjuez, con sus millares de pájaros charlatanes, -aquellas tardes sonrosadas, aquellos paseos por los bordes del Jarama -y el espectáculo de la unión de este con el Tajo. Me acordé de la -casa del cura; parecíame ver la parra del patio y los tiestos de la -huerta, y oír los chillidos de la tía Gila, riñendo formalmente con -las gallinas porque sin su permiso se habían salido del corral. Se me -representaba el sonido de las campanas de la iglesia, tocadas por los -cuatro muchachos o por el ingrato padre. La imagen de Inés completaba -todas estas imágenes, y en mi delirio no me parecía que estaba la -desgraciada joven junto a mí, ni tampoco delante, sino dentro de mi -propia persona, como formando parte del ser a quien reconocía como -yo mismo. Nada estorbaba nuestra felicidad, ni nos cuidábamos de lo -porvenir, porque abandonada a su propio ímpetu la corriente de nuestras -almas, se habían juntado al fin Jarama y Tajo, y mezcladas ambas -corrientes cristalinas, cavaban en el ancho cauce de una sola y fácil -existencia. - -Sacome de aquel estado soñoliento un fuerte golpe que me dieron en el -cuerpo, y no tardé en verme rodeado de algunas personas, una de las -cuales dijo, examinándome de cerca: «Está borracho.» - -Creí reconocer la voz del licenciado Lobo, aunque, a decir verdad, -aún hoy no puedo asegurar que fuera él quien tal cosa dijo. Lo que sí -afirmo es que uno de los que me miraban era Juan de Dios. - ---¿Eres tú, Gabriel? --me dijo--. ¿Cómo estás por los suelos? ¡Bonito -modo de buscar a la muchacha! No está en el Retiro ni en el Buen -Suceso. El señor licenciado me ayuda en mis pesquisas, y estamos -seguros de encontrarla, y aun de salvarla. - -Estas palabras las oí confusamente, y después me quedé solo, o mejor -dicho, acompañado de algunos chicuelos que me empujaban de acá para -allá jugando conmigo. No tardé en recobrar, con el completo uso de -mis facultades, la idea perfecta de la terrible situación, solo -olvidada durante un rato de marasmo físico y de turbación mental. Oí -distintamente las dos en un reloj cercano, y observé el sitio en que me -encontraba, el cual no era otro que la plazuela del Barranco, inmediata -a los Caños del Peral. Contemplar mental y retrospectivamente cuanto -había pasado; medir con el pensamiento la distancia que me separaba -de la Montaña, y correr hacia allá, todo pasó en el mismo instante. -Sentíame ágil; la desesperación aligeraba tanto mis pasos, que en -poco tiempo llegué al fin de mi viaje; y en la portalada que daba a -la huerta del Príncipe Pío vi tanta gente curiosa, que era difícil -acercarse. Yo lo hice, a pesar de los obstáculos, y habría sido preciso -matarme para hacerme retroceder. Las mujeres allí reunidas daban cuenta -de los desgraciados que habían visto penetrar para no salir más. -Desde luego quise introducirme, e intenté conmover a los centinelas -con ruegos, con llantos, con razones, hasta con amenazas; Pero mis -esfuerzos eran inútiles, y cuanto más clamaba, más enérgicamente me -impelían hacia afuera. Después de forcejear un rato, la desesperación y -la rabia me sugirieron estas palabras que dirigí al centinela: - ---Déjeme entrar. Vengo a que me fusilen. - -El centinela me miró con lástima, y apartome con la culata de su fusil. - ---¡Tienes lástima de mí --continué-- y no la tienes de los que busco! -No, no tengas lástima. Yo quiero entrar. Quiero ser arcabuceado con -ellos. - -Fui nuevamente rechazado; pero de tal modo me dominaba el deseo -de penetrar, y tan terriblemente pesaba sobre mi espíritu aquella -horrorosa incertidumbre, que la vida me parecía precio mezquino para -comprar el ingreso de la funesta puerta, tras la cual agonizaban o se -disponían a la muerte mis dos amigos. - -Desde fuera escuchaba un sordo murmullo, lúgubre concierto de plegarias -dolorosas y de violentas imprecaciones. Tan pronto me apartaba de la -puerta como a ella volvía a suplicar de nuevo, y la angustia me sugería -razones incontestables para cualquiera, menos para los franceses. Ya -golpeaba la pared con mi cabeza. Ya clavábame las uñas en mi propio -cuerpo hasta hacerme sangre; medía con la vista la altura de la tapia, -aspirando a franquearla de un vuelo; iba y venía sin cesar, insultando -a los afligidos circunstantes, y miraba el negro cielo, por entre cuyos -apelmazados celajes creía distinguir, danzando en veloz carrera, una -turba de mofadores demonios. - -Suplicaba otra vez al centinela, diciéndole: - ---¿Por qué no me fusiláis? ¿Por qué no entro, para que me maten con -mis amigos? ¡Asesinos de Madrid! ¿Sabéis para qué quiero yo a vuestro -Emperador? Para esto. - -Y escupía con rabia a los pies de los soldados, que sin duda me tenían -por loco. Luego, concibiendo una idea que me parecía salvadora, -registré ávidamente mis bolsillos, como si en ellos encerrase un -tesoro, y sacando la navaja de Chinitas, que aún conservaba, exclamé -con febril alegría: - ---¡Ah! ¿No veis lo que tengo aquí? Una navaja, un cuchillo aún manchado -de sangre. Con él he matado muchos franceses, y mataría al mismo -Napoleón I. ¿No prendéis a todo el que lleva armas? Pues aquí estoy. -Torpes: habéis cogido a tantos inocentes, y a mí me dejáis suelto por -las calles... ¿No me andábais buscando? Pues aquí estoy. Ved, ved el -cuchillo: aún gotea sangre. - -Tan convincentes razones me valieron el ser aprehendido, y al fin -penetré en la huerta. Apenas había dado algunos pasos hacia las -personas que confusamente distinguía delante de mí, cuando un vivo -gozo inundó mi alma. Inés y D. Celestino estaban allí, ¡pero de qué -manera! En el momento de entrar yo, a ambos les ataban, como eslabones -de la humana cadena que iba a ser entregada al suplicio. Me arrojé en -sus brazos, y por un momento, estrechados con inmenso amor, los tres -no fuimos más que uno solo. Inés empezó a llorar amargamente; mas el -clérigo conservaba su semblante sereno. - ---Desde que le has visto, Inés, has perdido la serenidad --dijo -gravemente--. Ya no estamos en la tierra. Dios aguarda a sus queridos -mártires, y la palma que merecemos nos obliga a rechazar todo -sentimiento que sea de este mando. - ---¡Inés! --exclamé con el dolor más vivo que he sentido en toda mi -vida--. ¡Inés! Después de verte en esta situación, ¿qué puedo hacer -sino morir? - -Y luego, volviéndome a los franceses ebrio de coraje, y sintiéndome con -un valor inmenso, extraordinario, sobrehumano, exclamé: - ---Canallas, cobardes, verdugos, ¿creéis que tengo miedo a la muerte? -Haced fuego de una vez y acabad con nosotros. - -Mi furor no irritaba a los franceses, que hacían los preparativos del -sacrificio con frialdad horripilante. Lleváronme a presencia de uno, el -cual, después de decirme algunas palabras, me envió ante otro, que al -fin decidió de mi suerte. Al poco rato me vi puesto en fila junto al -clérigo, cuya mano estrechó la mía. - ---¿Cuándo te cogieron? ¿Te encontraron algún arma, desgraciado? --me -dijo--. Pero no es esta ocasión de mostrar odio, sino resignación. -Vamos a entrar en nueva y más gloriosa vida. Dios ha querido que -nuestra existencia acabe en este día, y nos ha dado el laurel de -mártires por la patria, que todos no tienen la dicha de alcanzar. -Gabriel, eleva tu mente al Cielo. Tú estás libre de todo pecado, y yo -te absuelvo. Hijo mío, este trance es terrible; pero tras él viene la -bienaventuranza eterna. Sigue el ejemplo de Inés. Y tú, hija mía, la -más inocente de todas las víctimas inmoladas en este día, implora por -nosotros si, como creo, llegas la primera al goce de la eterna dicha. - -Sin atender a las razones de mi amigo, yo me empeñaba en hablar con -Inés, en distraerla de su devoto recogimiento, en pretender que -dirigiera a mí las palabras que a Dios sin duda dirigía, en obligarla -a alzar los ojos y mirarme, pues sin esto yo me sentía incapaz de -contrición. - -Un oficial francés nos pasó una especie de revista, examinándonos uno a -uno. - ---¿Para qué prolongáis nuestro martirio? --exclamé sin poderme -contener, viendo sobre mí la impertinente mirada del francés--. Todos -somos españoles, todos somos españoles; todos hemos luchado contra -vosotros. Por cada vida que ahoguéis en sangre, renacerán otras mil que -al fin acabarán con vosotros, y ninguno de los que estáis aquí verá la -casa en que nació. - ---Gabriel, modérate y perdónales como les perdono yo --me dijo el -cura--. ¿Qué te importa esa gente? ¿Para qué les afeas su pasado, si -harto lo verán en el espejo turbio de su conciencia? ¿Qué importa -morir? Hijo mío, destruirán nuestros cuerpos, pero no nuestra alma -inmortal, que Dios ha de recibir en su seno. Perdónalos; haz lo que -yo, que pienso pedir a Dios por los enemigos del Príncipe de la Paz, -mi amigo y hasta pariente; por Santurrias, por el licenciado Lobo, por -los tíos de Inesilla, y hasta por los franceses que nos quieren quitar -nuestra patria. Mi conciencia está más serena que ese cielo que tenemos -sobre nuestras cabezas, y en cuyo horizonte aparece ya la aurora del -nuevo día. Lo mismo están nuestras almas, Gabriel, y en ellas despuntan -ya los primeros resplandores del día sin fin. - ---Ya amanece --dije mirando a oriente--. Inés: no bajes los ojos, por -Dios, y mírame; estréchate más contra nosotros. - ---Procura serenar tu conciencia, hijo mío --continuó el clérigo--. La -mía está serena. No, no he manchado mis manos con sangre, porque soy -sacerdote; me encontraron un cuchillo, mas no era mío. Yo cumplí mi -deber, que era arengar a aquellos valientes, y si ahora me soltaran -acudiría de pueblo en pueblo repitiendo aquello de _Dulce et decorum -est_ del gran latino. Únicamente me arrepiento de no haber advertido -a tiempo al señor Príncipe. ¡Ah! si él hubiera puesto en la cárcel a -aquellos perdidos... tal vez no habría caído, tal vez no habría sido -Rey Fernando VII, tal vez no habrían venido los franceses... tal vez... -Pero Dios lo ha querido así... Verdad es que si yo hubiera vencido la -cortedad de mi genio... si yo hubiera prevenido a Su Alteza, que me -quería tanto... ¡Ah! no nos ocupemos ya más que de morir y perdonar. -¡Ah, Gabriel! Haz lo que yo, y verás con qué tranquilidad recibes la -muerte. ¿Ves a Inés? ¿No parece su cara la de un ángel celeste? ¿No -la ves cómo está tranquila en su recogimiento, y digna y circunspecta -sin afectación? ¿No la ves cómo contempla a los franceses sin odio, y -suspira dulcemente, animándonos con su mirada? - ---¡Inés --exclamé yo, sin poder adquirir nunca la serenidad que D. -Celestino me pedía--, tú no debes morir, tú no morirás! Señor oficial, -fusiladnos a todos, fusilad al mundo entero; pero poned en libertad a -esta infeliz muchacha, que nada ha hecho. Así como digo y repito y juro -que he matado yo más de cincuenta franceses, digo y repito y juro que -Inés no arrojó a la calle ningún caldero de agua hirviendo, como han -dicho. - -El francés miró a Inés, y viéndola tan humilde, tan resignada, tan -bella, tan dulcemente triste en su disposición para la muerte, no -pudo menos de mostrarse algo compasivo. D. Celestino, viendo aquella -inclinación favorable, se echó a llorar, y dijo también: «todos -nosotros hemos pecado; pero Inés es inocente.» Las lágrimas del anciano -produjeron en mí trastorno tan vivo, que de improviso, a la tirantez -colérica de mi irritado ánimo, sucedió una expansión tranquila, aunque -penosísima; un reblandecimiento, si así puede decirse, de mi dolor -endurecido. - ---Inés es inocente --exclamé de nuevo--. ¿No veis su semblante, -señores oficiales? ¡Ah! sois unos caballeros muy decentes y muy -honrados, y no podéis cometer la villanía de asesinar a esta niña. - ---Nosotros no valemos para nada --dijo el clérigo con voz -balbuciente--. Mátennos en buen hora, porque somos hombres, y el que -más y el que menos... Pero ella... señores militares... Me parece que -son ustedes unas personas muy finas... pues... ¡Ah! Inés es inocente. -No tienen ustedes conciencia; ¿no tienen en su corazón una voz que les -dice que esa jovencita es inocente? - -El oficial, más inclinado a la compasión, pareció hasta conmovido. -Acercándose, miró a Inés con interés. - -Mas la huérfana se abrazó a nosotros en el momento en que los -granaderos formaron la horrenda fila. Yo miraba todo aquello con ojos -absortos, y sentíame nuevamente aletargado, con algo como enajenación o -delirio en mi cabeza. - -Vi que se acercó otro oficial con una linterna, seguido de dos hombres, -uno de los cuales nos examinó ansiosamente, y al llegar a Inés, parose -y dijo: «Esta.» - -Era Juan de Dios, acompañado del licenciado Lobo y de aquel mismo -oficial francés que varias veces le visitó en nuestra tienda. - -Lo que entonces pasó se me representa siempre en formas vagas, como -las que pasea la mentirosa fiebre ante nuestros ojos cuando estamos -enfermos. - - - - -XXXIV - - -El oficial recién venido y el que antes nos custodiaba hablaron un -instante con precipitación. El segundo dirigiose en seguida a desatar a -Inés para entregarla a su amigo. ¡Momento inexplicable! Inés no quería -separarse de nosotros, y abrazándonos, se aferraba a la muerte con -sus manos ya libres. Un violento, un irresistible egoísmo, que hundía -sus poderosas raíces hasta lo más profundo de mi ser, se apoderó de -mí. No sé qué íntima fuerza desarrollada de súbito me permitió romper -la ligadura de un brazo, y pude asir fuertemente a Inés, mientras con -angustiosa impaciencia miraba los fusiles del pelotón de granaderos. - -¡Instante terrible, cuyo recuerdo hiela la sangre en las venas y -paraliza el corazón, simulando la muerte! Aunque la infeliz quería -compartir nuestra suerte, la tardía compasión de nuestros asesinos nos -la quitaba. Ella, durante la breve lucha, dijo algo que no sé recordar. -Yo también pronuncié palabras de que hoy no puedo darme cuenta. Pero -nos la quitaron: no olvidé nunca la extraña sensación que experimenté -al perder el calor de sus manos y de su cara. Yo estaba como loco. Pero -la vi claramente cuando se la llevaron, cuando desapareció de entre las -filas, arrastrada, sostenida, cargada por Juan de Dios. - -Y al ver esto sentí un estruendo horroroso; después un zumbido -dentro de la cabeza, y un hervidero en todo el cuerpo; después un -calor intenso, seguido de penetrante frío; después una sensación -inexplicable, como si algo rozara por toda mi epidermis; después un -vapor dentro del pecho que subía invadiendo mi cabeza, una debilidad -incomprensible que me hacía el efecto de quedarme sin piernas; después -una palpitación vivísima en el corazón, y un súbito detenimiento -en el latido de esta víscera; después la pérdida de toda sensación -en el cuerpo, y en el busto, y en el cuello, y en la boca, la -inconsciencia de tener cabeza, la absoluta reconcentración de todo -yo en mi pensamiento; después unas como ondulaciones concéntricas -en mi cerebro, parecidas a las que forma una piedra cayendo al mar; -después un chisporroteo colosal que difundía por espacios mayores que -cielo y tierra juntos la imagen de Inés en doscientos mil millones de -luces... oscuridad profunda, misteriosamente asociada a un agudísimo -dolor en las sienes... un vago reposo, una extinción rápida, un olvido -creciente, invasor, y, por último, nada, absolutamente nada. - -Madrid, julio de 1873. - - -FIN DE «EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO» - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE -MAYO *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or -destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your -possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a -Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound -by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the -person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph -1.E.8. - -1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be -used on or associated in any way with an electronic work by people who -agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few -things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works -even without complying with the full terms of this agreement. See -paragraph 1.C below. 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INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in -accordance with this agreement, and any volunteers associated with the -production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm -electronic works, harmless from all liability, costs and expenses, -including legal fees, that arise directly or indirectly from any of -the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this -or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or -additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any -Defect you cause. - -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm - -Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. 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Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without -widespread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine-readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. 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Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our website which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This website includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/old/67189-0.zip b/old/67189-0.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 23e792e..0000000 --- a/old/67189-0.zip +++ /dev/null diff --git a/old/67189-h.zip b/old/67189-h.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 32ceef7..0000000 --- a/old/67189-h.zip +++ /dev/null diff --git a/old/67189-h/67189-h.htm b/old/67189-h/67189-h.htm deleted file mode 100644 index 729602c..0000000 --- a/old/67189-h/67189-h.htm +++ /dev/null @@ -1,8748 +0,0 @@ -<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" - "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> -<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" xml:lang="es" lang="es"> - <head> - <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html; 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font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of <span lang='es' xml:lang='es'>El 19 de marzo y el 2 de mayo</span>, by Benito Pérez Galdós</p> -<div style='display:block; margin:1em 0'> -This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and -most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions -whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms -of the Project Gutenberg License included with this eBook or online -at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you -are not located in the United States, you will have to check the laws of the -country where you are located before using this eBook. -</div> -</div> - -<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: <span lang='es' xml:lang='es'>El 19 de marzo y el 2 de mayo</span></p> -<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: Benito Pérez Galdós</p> -<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Release Date: January 17, 2022 [eBook #67189]</p> -<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Language: Spanish</p> - <p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em; text-align:left'>Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive/Canadian Libraries)</p> -<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO</span> ***</div> - -<div class="front"> - <hr class="full" /> -</div> - -<div class="transnote" id="tnote"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - <ul> - <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li> - - <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con - las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li> - - <li>Los entrecomillados han sido convertidos en rayas iniciales de diálogo - donde el texto adopta forma dialogada. Las restantes rayas han sido - espaciadas según los usos ortotipográficos más recientes.</li> - - <li>Una página en blanco ha sido eliminada.</li> - </ul> -</div> - - -<div class="screenonly x-ebookmaker-drop"> - <hr class="chap" /> - <div class="figcenter"> - <img class="thin" - style="width: 100%; height: auto;" - src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> -</div> - - -<div class="tit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p> - <p class="ws1">EPISODIOS NACIONALES</p> - <hr class="tir" /> - <h1 class="ws1">EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO</h1> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter pt6"> - <div class="legal"> - <p><span class="pagenum" id="Page_2">p. 2</span>Es propiedad. Queda - hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que - no lleven el sello del autor.</p> - </div> - - <div class="mt4"> - <hr class="fil" /> - <p class="centra smaller">Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.</p> - </div> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="tit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p> - <p class="fs110 ws1">B. PÉREZ GALDÓS</p> - <p class="fs140 ws1 mt05">EPISODIOS NACIONALES</p> - <p class="fs60 ws1 mt1">PRIMERA SERIE</p> - <hr class="fil" /> - - <p class="fs200 g0 ws1 mt1">EL 19 DE MARZO</p> - <p class="smaller ws1 mt2">Y EL</p> - <p class="fs300 g1 ws1 mt05">2 DE MAYO</p> - - <hr class="sep0" /> - <p class="fs110 g1 mt15">44.000</p> - - <div class="figcenter mt3"> - <img src="images/logo.jpg" - style="width: 5em; height: auto;" - alt="Logotipo del editor" /> - </div> - - - <p class="fs90 g1 mt3">MADRID</p> - <p class="fs90 g0 ws1">PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA</p> - <p class="smaller negr ws1">(Sucesores de Hernando)</p> - <p class="smaller g1 ws2">ARENAL, 11</p> - <p class="negr g0">1907</p> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p> - <p class="centra ws1 fs130">EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO</p> - <hr class="tir" /> - <h2 class="nobreak">I</h2> -</div> - -<p>En marzo de 1808, y cuando habían transcurrido cuatro meses -desde que empecé a trabajar en el oficio de cajista, ya componía con -mediana destreza, y ganaba tres reales por ciento de líneas en la -imprenta del <i>Diario de Madrid</i>. No me parecía muy bien aplicada -mi laboriosidad, ni de gran porvenir la carrera tipográfica; pues -aunque toda ella estriba en el manejo de las letras, más tiene de -embrutecedora que de instructiva. Así es que sin dejar el trabajo -ni aflojar mi persistente aplicación, buscaba con el pensamiento -horizontes más lejanos y esfera más honrosa que aquella de nuestra -limitada, oscura y sofocante imprenta.</p> - -<p>Mi vida al principio era tan triste y tan uniforme como aquel -oficio, que en sus rudimentos esclaviza la inteligencia sin -entretenerla; pero cuando había adquirido alguna práctica en -tan fastidiosa manipulación, mi espíritu<span class="pagenum" -id="Page_6">p. 6</span> aprendió a quedarse libre, mientras las -veinticinco letras, escapándose por entre mis dedos, pasaban de la caja -al molde. Bastábame, pues, aquella libertad para soportar con paciencia -la esclavitud del sótano en que trabajábamos, el fastidio de la -composición y las impertinencias de nuestro regente, un negro y tiznado -cíclope, más propio de una herrería que de una imprenta.</p> - -<p>Necesito explicarme mejor. Yo pensaba en la huérfana Inés, y -todos los organismos de mi vida espiritual describían sus amplias -órbitas alrededor de la imagen de mi discreta amiga, como los mundos -subalternos que voltean sin cesar en torno del astro que es base del -sistema. Cuando mis compañeros de trabajo hablaban de sus amores o de -sus trapicheos, yo, necesitando comunicarme con alguien, les contaba -todo sin hacerme de rogar, diciéndoles:</p> - -<p>—Mi amiga está en Aranjuez con su reverendo tío, el Padre D. -Celestino Santos del Malvar, uno de los mejores latinos que ha echado -Dios al mundo. La infeliz Inés es huérfana y pobre; pero no por eso -dejará de ser mi mujer, con la ayuda de Dios, que hace grandes a los -pequeños. Tiene diez y seis años, es decir, uno menos que yo, y es -tan linda, que avergüenza con su carita a todas las rosas del Real -Sitio. Pero díganme ustedes, señores, ¿qué vale su hermosura comparada -con su talento? Inés es un asombro, es un prodigio; Inés vale más que -todos los sabios, sin que nadie la haya enseñado nada. Todo lo<span -class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span> saca de su cabeza, y todo lo -aprendió hace cientos de miles de años.</p> - -<p>Cuando no me ocupaba en estas alabanzas, departía mentalmente con -ella. En tanto las letras pasaban por mi mano, trocándose de brutal -y muda materia en elocuente lenguaje escrito. ¡Cuánta animación en -aquella masa caótica! En la caja, cada signo parecía representar los -elementos de la creación, arrojados aquí y allí, antes de empezar la -grande obra. Poníalos yo en movimiento, y de aquellos pedazos de plomo -surgían sílabas, voces, ideas, juicios, frases, oraciones, períodos, -párrafos, capítulos, discursos, la palabra humana en toda su majestad; -y después, cuando el molde había hecho su papel mecánico, mis dedos -lo descomponían, distribuyendo las letras: cada cual se iba a su -casilla, como los simples que el químico guarda después de separados; -los caracteres perdían su sentido, es decir, su alma, y tornando a ser -plomo puro, caían mudos e insignificantes en la caja.</p> - -<p>¡Aquellos pensamientos y este mecanismo todas las horas, todos -los días, semana tras semana, mes tras mes!... Verdad es que las -alegrías, el inefable gozo de los domingos compensaban todas las -tristezas y angustiosas cavilaciones de los demás días. ¡Ah! permitid -a mi ancianidad que se extasíe con tales recuerdos; permitid a esta -negra nube que se alboroce y se ilumine traspasada por un rayo de -sol. Los sábados eran para mí de una belleza incomparable: su luz me -parecía más clara, su ambiente más puro; y en tanto, ¿quién podía<span -class="pagenum" id="Page_8">p. 8</span> dudar que los rostros de -las gentes eran más alegres y el aspecto de la ciudad más alegre -también?</p> - -<p>Pero la alegría no estaba sino en mi alma. El sábado es el precursor -del domingo, y a eso del mediodía comenzaban mis preparativos de viaje, -de aquel viaje al cielo que mi imaginación renueva hoy, sesenta y cinco -años después. Aún me parece que estoy tratando con los trajineros de -la calle Angosta de San Bernardo sobre las condiciones del viaje: me -ajusto al fin, y no puedo menos de disertar un buen rato con ellos -acerca de las probabilidades de que tengamos una hermosa noche para la -expedición. En seguida me lavo una, dos, tres, cuatro veces, hasta que -desaparezcan de mi cara y manos las últimas huellas de la aborrecida -tinta, y me paseo por Madrid esperando que llegue la noche. Duermo un -poco, si la inquietud me lo permite, y cuando el reloj del Buen Suceso -da las doce campanadas más alegres que han retumbado en mi cerebro, me -visto a toda prisa con mi traje nuevo; corro al lado de aquellos buenos -arrieros, que son sin disputa los mejores hombres de la tierra; subo al -carromato, y ya estoy en viaje.</p> - -<p>Con voluble atención observo todos los accidentes del camino, y mis -preguntas marean y enfadan a los conductores. Pasamos el Puente de -Toledo; dejamos a derecha mano los caminos de Carabanchel y de Toledo, -el portazgo de las Delicias, el ventorrillo de León; las ventas de -Villaverde van quedando a nuestra espalda; dejamos a la derecha los -caminos de<span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span> Getafe y -de Parla, y en la venta de Pinto descansan un poco las caballerías. -Valdemoro nos ve pasar por su augusto recinto, y la casa de Postas de -Espartinas ofrece nuevo descanso a las perezosas mulas. Por fin nos -amanece bajando la cuesta de la Reina, desde donde la vista abarca -toda la extensión del inmenso valle en que se juntan Tajo y Jarama; -atravesamos el famoso puente largo; entramos más tarde en la calle -Larga, y al fin ponemos el pie en la plaza del Real Sitio.</p> - -<p>Mis miradas buscan entre los árboles y sobre las techumbres la -modesta torre de la iglesia. Corro allá. El Sr. D. Celestino está en -la misa, que por ser día festivo es cantada. Desde la puerta oigo la -voz del tío de Inés, que exclama: <i>Gloria in excelsis Deo</i>. Yo -también canto <i>gloria</i> en voz baja, y entro en la iglesia. Una -alegría solemne y grave, que da idea de la bienaventuranza eterna, -llena aquel recinto y se reproduce en mi alma como en un espejo. Los -vidrios incoloros permiten que entre abundante luz, y que se desparrame -por la bóveda desnuda, sin más pinturas que las del yeso mate. El altar -mayor es todo oro; los santos y retablos todos polvo: en el primero -veo al santo varón, que se vuelve hacia el pueblo y abre sus brazos; -después consume; suenan las campanillas dentro y las campanas fuera; se -arrodillan todos, golpeándose el pecho pecador. El oficio adelanta y -concluye: durante él he mirado sin cesar los grupos de mujeres sentadas -en el suelo, y de espaldas a mí: entre aquellos centenares de mantillas -negras distingo la que cubre<span class="pagenum" id="Page_10">p. -10</span> la hermosa cabeza de Inés. La conocería entre mil.</p> - -<p>Inés se levanta cuando todo ha concluido, y sus ojos me buscan entre -los hombres, como los míos la buscan entre las mujeres. Por fin me ve, -nos vemos; pero no nos decimos una palabra. La ofrezco agua bendita, y -salimos. Parece que nuestras primeras palabras al vernos juntos han de -ser arrebatadas y vehementes; pero no decimos cosa alguna que no sea -insignificante. Nos reímos de todo.</p> - -<p>La casa está a espalda de la iglesia, y entramos en ella cogidos de -las manos. Hay un patio con un ancho corredor, en cuyos gruesos pilares -retuerce sus brazos negros, ásperos y leñosos una vieja parra, junto a -un jazmín que aguarda la primavera para echar al mundo sus mil flores. -Subimos, y allí nos recibe Don Celestino, cuyo cuerpo no se cubre ya -con la sotana verdinegra de antaño, sino con otra flamante. Comemos -juntos, y luego los tres, Inés y yo delante, él detrás apoyándose en -su bastón, nos vamos a pasear al jardín del Príncipe, si hace buen -tiempo y los pisos están secos. Inés y yo charlamos con los ojos o con -las palabras; pero no quiero referir ahora nuestros poemas. A cada -instante el Padre Celestino nos dice que no andemos tan a prisa, porque -no puede seguirnos, y nosotros, que desearíamos volar, detenemos el -paso. Por último, nos sentamos a orillas del río, y en el sitio en que -el Tajo y el Jarama, encontrándose de improviso, y cuando seguramente -el uno no tenía noticias de la existencia del otro, se abrazan y<span -class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span> confunden sus aguas en una -sola corriente, haciendo de dos vidas una sola. Tan exacta imagen de -nosotros mismos, no puede menos de ocurrírsele a Inés al mismo tiempo -que a mí.</p> - -<p>El día se va acabando, porque aunque a nuestros corazones les -parezca lo contrario, no hay razón ninguna para que se altere el -sistema planetario, dando a aquel día más horas que las que le -corresponden. Viene la tarde, el crepúsculo, la noche, y yo me despido -para volver a mis galeras; estoy pensativo, hablo mil desatinos, y a -veces me parece que me siento muy alegre, a veces muy triste.</p> - -<p>Regreso a Madrid por el mismo camino, y vuelvo a mi posada. Es -lunes, día que tiene un semblante antipático, día de somnolencia, de -malestar, de pereza y aburrimiento; pero necesito volver al trabajo, -y la caja me ofrece sus letras de plomo, que no aguardan más que mis -manos para juntarse y hablar; pero mi mano no conoce en los primeros -momentos sino cuatro de aquellos negros signos que al punto se reúnen -para formar este solo nombre: Inés.</p> - -<p>Siento un golpe en el hombro: es el cíclope o regente que me llama -holgazán, y me pone delante un papelejo manuscrito que debo componer al -instante. Es uno de aquellos interesantes y conmovedores anuncios del -Diario de Madrid, que dicen:</p> - -<blockquote> - -<p>«<i>Se necesita un joven de diez y siete a diez y ocho años, que -sepa de cuentas, afeitar, algo de peinar, aunque solo sea de hombre, -y guisar si se ofreciere. El que tenga estas partes, y además buenos -informes, puede dirigirse<span class="pagenum" id="Page_12">p. -12</span> a la calle de la Sal, número 5, frente a los peineros, lonja -de lanería y pañolería de Don Mauro Requejo, donde se tratará del -salario y demás.</i>»</p> - -</blockquote> - -<p>Al leer el nombre del tendero, un recuerdo viene a mi mente. «D. -Mauro Requejo —digo—. Yo he oído este nombre en alguna parte.»</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch2"> - <h2 class="nobreak g0">II</h2> -</div> - -<p>He recordado días tan felices, y ahora me corresponde contar lo que -me pasó en uno de aquellos viajes. No se olvide que he empezado mi -narración en marzo de 1808, y cuando yo había honrado el Real Sitio con -diez o doce de mis visitas. En el día a que me refiero, llegué cuando -la misa había concluido, y desde el portal de la casa un armonioso -son de flauta me anunció que D. Celestino estaba tan alegre como -de costumbre, señal de que nada desagradable ocurría en la modesta -familia. Inés salió a recibirme, y hechos los primeros cumplidos, me -dijo:</p> - -<p>—El tío Celestino ha recibido una carta de Madrid, que le ha puesto -muy alegre.</p> - -<p>—¿De quién? —pregunté.</p> - -<p>—No me lo ha dicho su merced, ni tampoco lo que la carta reza; pero -él está contento y... dice que la carta trae muy buenas noticias para -mí.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span>—Eso es particular -—añadí confundido—. ¿Quién puede escribir desde Madrid cartas que a ti -te traigan buenas noticias?</p> - -<p>—No sé; pero pronto saldremos de dudas —repuso Inés—. El tío me -dijo: «Cuando venga Gabriel y nos sentemos a la mesa, os contaré lo que -dice la carta. Es cosa que interesa a los tres: a ti principalmente, -porque eres la favorecida; a mí porque soy tu tío, y a él porque va a -ser tu novio cuando tenga edad para ello.»</p> - -<p>No hablamos más del caso, y entré en el cuarto del buen sacerdote y -humanista. Una cama, cubierta de blanquísima colcha rameada de verde, -ocupaba el primer puesto en el reducido local. La mesa de pino con -dos o tres sillas que le servían de simétrica compañía, llenaba el -resto, y aún quedaba espacio para una cómoda estrambótica, con chapas -y remiendos de diversos palos y metales. Completaban tan modesto ajuar -un crucifijo y una virgen vestida de terciopelo, y acribillada de -espadas y rayos, ambas imágenes con sendos ramos de carrasca o de olivo -clavados en varios agujeritos que para el caso tenían las peanas. Los -libros, que eran muchos, no cubrían, por el orden de su colocación, -más que media mesa y media cómoda, dejando hueco para algunos papeles -de música y otros en que borrajeaba versos latinos el buen cura. -Desde la ventana se veía un huerto no mal cultivado, y a lo lejos las -elevadas puntas de aquellos olmos eminentes que guarnecen, como hileras -de gigantescos centinelas, todas las avenidas<span class="pagenum" -id="Page_14">p. 14</span> del Real Sitio. Tal era la habitación del -Padre Celestino.</p> - -<p>Sentámonos los tres, y el tío de Inés me dijo:</p> - -<p>—Gabrielillo: tengo que leerte una poesía latina que he compuesto en -loor del serenísimo señor Príncipe de la Paz, mi paisano, amigo y aun -creo que pariente. Me ha costado una semanita de trabajo; que componer -versos latinos no es soplar a los buñuelos. Verás, te la voy a leer, -pues aunque tú no eres hombre de letras, qué sé yo... tienes un pícaro -gancho para comprender las cosas... Luego pienso enviarla a Sánchez -Barbero, el primero de los poetas españoles desde que hay poesía en -España; y no me hablen a mí de Fray Luis de León, de Rioja, de Herrera, -ni de todos esos que compusieron en romance. Fruslerías y juegos de -chicos. Un verso latino de Sánchez Barbero vale más que toda esa jerga -de epístolas, sonetos, silvas, églogas, canciones con que se emboba el -vulgo ignorante... Pero vuelvo a lo que decía, y es que antes que aquel -fénix de los modernos ingenios la examine, quiero leértela a ti a ver -qué te parece.</p> - -<p>—Pero, Sr. D. Celestino, si yo no sé ni una palabra en latín, a no -ser <i>Dominus vobiscum</i> y <i>bóbilis bóbilis</i>.</p> - -<p>—Eso no importa. Precisamente los profanos son los que mejor -pueden apreciar la armonía, la rimbombancia, el <i>ore rotundo</i>, -con que tales versos deben escribirse —dijo el clérigo con tenacidad -implacable.</p> - -<p>Inés me dirigió una mirada en que me recomendaba,<span -class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span> con su habitual sabiduría, la -abnegación y la paciencia para soportar al prójimo impertinente. Ambos -prestamos atención, y D. Celestino nos leyó unos cuatrocientos versos, -que sonaban en mi oído como una serie de modulaciones sin sentido. Él -parecía muy satisfecho, y a cada instante interrumpía su lectura para -decirnos:</p> - -<p>—¿Qué os parece ese pasajillo? Inés: a esa figura llamamos -<i>litote</i>, y a este paloteo de las palabras para imitar los -ruidos del mar tempestuoso de la nación cuando lo surca la nave del -Estado, diestramente guiada por el timonel que yo me sé, se llama -<i>onomatopeya</i>, la cual figura va encajada en otra, que es la -<i>alegoría</i>.</p> - -<p>Así nos fue leyendo toda la composición, de la cual figúrense -ustedes lo que entenderíamos. Aún conservo en mi poder la obra de -nuestro amigo, que empieza así:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent2"><i>Te, Godoie, canam: pacis tua munera cœlo</i></div> - <div class="verse indent0"><i>Inserere ægrediar; per te Pax alma biformem</i></div> - <div class="verse indent0"><i>Vincla recusantem conduxit carcere Janum.</i></div> - <div class="verse indent0 negr g1">. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .</div> - </div> -</div> -</div> - -<p>Cuatrocientos versos por este estilo nos tragamos Inés y yo, siendo -de notar que ella atendía a la lectura con tanta formalidad como si -la comprendiera, y aun en los pasajes más ruidosos hacía señales de -asentimiento y elogio para contentar al pobre viejo: ¡tal era su -discreción!</p> - -<p>—Puesto que os ha agradado tanto, hijos míos —dijo D. Celestino -guardando su manuscrito—, otro día os leeré parte del poema. Lo<span -class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> dejo para mejor ocasión y -así se comparte el placer entre varios días, evitando el empacho que -produce la sucesión de manjares demasiado dulces y apetitosos.</p> - -<p>—¿Y piensa usted leérsela también al Príncipe de la Paz?</p> - -<p>—¿Pues para qué la he escrito? A Su Alteza Serenísima le encantan -los versos latinos... porque es un gran latino... y pienso darle un -buen rato uno de estos días. Y a propósito, ¿qué se dice por Madrid? -Aquí está la gente bastante alarmada. ¿Pasa allá lo mismo?</p> - -<p>—Allá no saben qué pensar. Figúrese usted, la cosa no es para menos. -Temen a los franceses, que están entrando en España a más y mejor. -Dicen que el Rey no dio permiso para que entrara tanta gente, y parece -que Napoleón se burla de la Corte de España, y no hace maldito caso de -lo que trató con ella.</p> - -<p>—Es gente de pocos alcances la que tal dice —repuso D. Celestino—. -Ya saben Godoy y Bonaparte lo que se hacen. Aquí todos quieren saber -tanto como los que mandan; de modo que se oyen unos disparates...</p> - -<p>—Lo de Portugal ha resultado muy distinto de lo que se creía. Un -general francés se plantó allá, y cuando la familia real se marchó para -América, dijo: «Aquí no manda nadie más que el Emperador, y yo en su -nombre. Vengan cuatrocientos milloncitos de reales; vengan los bienes -de los nobles que se han ido al Brasil con la familia real.»</p> - -<p>—No juzguemos por las apariencias —dijo D. Celestino—: sabe Dios lo -que habrá en eso.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span>—En España van a -hacer lo mismo —añadí—; y como los Reyes están llenos de miedo, y el -Príncipe de la Paz tan aturrullado, que no sabe qué hacer...</p> - -<p>—¿Qué estás diciendo, tontuelo? ¿Cómo tratas con tan poco respeto a -ese espejo de los diplomáticos, a esa natilla de los ministros? ¿Que no -sabe lo que se hace?</p> - -<p>—Lo dicho, dicho. Napoleón les engaña a todos. En Madrid hay muchos -que se alegran de ver entrar tanta tropa francesa, porque creen -que viene a poner en el trono al Príncipe Fernando. ¡Buenos tontos -están!</p> - -<p>—¡Tontos, mentecatos, imbéciles! —exclamó con enfado el Padre -Celestino.</p> - -<p>—Lo que fuere sonará. Si vienen con buen fin esos caballeros, ¿por -qué se apoderan por sorpresa de las principales plazas y fortalezas? -Primero se metieron en Pamplona, engañando a la guarnición; después se -colaron en Barcelona, donde hay un castillo muy grande que llaman el -Montjuich. Después fueron a otro castillo que hay en Figueras, el cual -no es menos grande, el mayor del mundo, según dice Pacorro Chinitas, -y lo cogieron también, y, por último, se han metido en San Sebastián. -Digan lo que quieran, esos hombres no vienen como amigos. El ejército -español está trinando: sobre todo, hay que oír a los oficiales que -vienen del Norte y han visto a los franceses en las plazas fuertes... -le digo a usted que echan chispas. El Gobierno del Rey Carlos IV está -que no le llega la camisa al cuerpo, y todos conocen la barbaridad -que han hecho dejando<span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span> -entrar a los franceses; pero ya no tiene remedio... ¿Sabe usted lo que -se dice por Madrid?</p> - -<p>—¿Qué, hijo mío? Sin duda alguna de esas vulgarísimas aberraciones -propias de entendimientos romos. Ya lo he dicho: nosotros no entendemos -de negocios de Estado; ¿a qué viene el comentar las combinaciones -y planes de esos hombres eminentes, que se desviven por hacernos -felices?</p> - -<p>—Pues allá dicen que la familia real de España, viéndose cogida en -la red por Bonaparte, ha determinado marcharse a América, y que no -tardará en salir de Aranjuez para Cádiz. Por supuesto, los partidarios -del Príncipe Fernando se alegran, y creen que esto les viene de -perillas para que el otro suba al trono.</p> - -<p>—¡Necios, mentecatos! —exclamó el tío de Inés, incomodándose de -nuevo—. ¡Pensar que había de consentir tal cosa el señor Príncipe -de la Paz, mi paisano, mi amigo y aun creo que pariente!... Pero no -nos incomodemos fuera de tiempo, Gabriel, y por cosas que no hemos -de resolver nosotros. Vamos a comer, que ya es hora, y el cuerpo lo -pide.</p> - -<p>Inés, que se había retirado un momento antes, volvió a decirnos que -la comida estaba pronta. Durante ella, el respetable cura nos comunicó -el contenido de la misteriosa carta que había llegado a la casa por la -mañana.</p> - -<p>—Hijos míos —dijo cuando los tres habíamos tomado asiento—: voy a -participaros un suceso feliz; tú, Inesilla, regocíjate. La fortuna -se te entra por las puertas, y ahora vas a<span class="pagenum" -id="Page_19">p. 19</span> ver cómo Dios no abandona nunca a los -desvalidos y menesterosos. Ya sabes que tu buena madre, que santa -gloria haya, tenía un primo llamado D. Mauro Requejo, comerciante en -telas, cuya lonja, si no me engaño, cae hacia la calle de Postas, -esquina a la de la Sal.</p> - -<p>—D. Mauro Requejo... —dije yo recordando—, justamente. Doña Juana le -nombró delante de mí varias veces, y ahora caigo en que ese comerciante -pone en el <i>Diario</i> unos anuncios que me dan bastante que -hacer.</p> - -<p>—Le recuerdo —dijo Inés—. Él y su hermana eran los únicos parientes -que tenía mi madre en Madrid. Por cierto que siempre se negó a -favorecernos, aunque lo necesitábamos bastante: dos veces le vi en -casa. ¿Creería su merced que fue a consolarnos, a socorrernos? No: fue -a que mi madre le hiciera algunas piezas de ropa, y después de regatear -el precio, no pagó más que la mitad de lo tratado, y decía: «De algo -ha de servir el parentesco.» Él y su hermana no hablaban más que de -su honradez o de lo mucho que habían adelantado en el comercio, y nos -echaban en cara nuestra pobreza, prohibiéndonos que fuéramos a su casa, -mientras no nos encontráramos en posición más desahogada.</p> - -<p>—Pues digo —afirmé con enfado— que ese D. Mauro y su señora hermana -son dos grandísimos pillos.</p> - -<p>—Poco a poco —continuó el cura—. Déjenme acabar. El primo de tu -madre habrá faltado; pero lo que es ahora, sin duda, Dios le ha -tocado en el corazón, y se dispone a enmendar<span class="pagenum" -id="Page_20">p. 20</span> sus yerros, favoreciéndote como buen pariente -y hombre caritativo. Ya sabes que es bastante rico, gracias a su -laboriosidad y mucha economía. Pues bien: en la carta que he recibido -esta mañana me dice que quiere recogerte y ampararte en su casa, donde -estarás como una reina; donde no te faltará nada, ni aun aquello de que -gustan tanto las damiselas del día, tal como joyas, trajes bonitos, -perfumes primorosos, guantes y otras fruslerías. En fin, Dios se ha -acordado de ti, sobrinita. ¡Ah! ¡si vieras qué interés tan grande -demuestra por ti en sus cartas; qué alabanzas tan calurosas hace de -tus méritos; si vieras cómo te pone por esas nubes, cómo lamenta tu -orfandad y cómo se enternece considerando que eres de su misma sangre, -y que, a pesar de esta natural preeminencia, careces de lo que a él -le sobra! Te repito que trabajando mucho y ahorrando más, el Sr. -Requejo ha llegado a ser muy rico. ¡Qué porvenir te espera, Inesilla! -El párrafo más conmovedor de la carta de tus tíos —añadió sacando la -epístola— es este: <i>¿A quién hemos de dejar lo que tenemos, sino a -nuestra querida sobrinita?</i></p> - -<p>Inés, confundida ante tan inesperado cambio en los sentimientos y en -la conducta de sus antes cruelísimos parientes, no sabía qué pensar. -Me miró, buscando sin duda en mis ojos algo que le diera luz sobre tan -inexplicable mudanza; mas yo, que algo creía comprender, me guardé muy -bien de dejarlo traslucir ni con palabras ni con gestos.</p> - -<p>—Estoy asombrada —dijo la muchacha—; y<span class="pagenum" -id="Page_21">p. 21</span> por fuerza, para que mis tíos me quieran -tanto, ha de haber algún motivo que no comprendemos.</p> - -<p>—No hay más sino que Dios les ha abierto los ojos —dijo D. -Celestino, firme en su ingenuo optimismo—. ¿Por qué hemos de pensar -mal de todas las cosas? D. Mauro es un hombre honrado: podrá tener sus -defectillos; pero ¿qué valen esos ligeros celajes del alma cuando está -iluminada por los resplandores de la caridad?</p> - -<p>Inés, mirándome, parecía decirme:</p> - -<p>—¿Y tú qué piensas?</p> - -<p>Algunos meses antes de aquel suceso, yo hubiera acogido las -proposiciones de D. Mauro Requejo con el imprevisor optimismo, -con el necio entusiasmo que afluían de mi alma juvenil ante los -acontecimientos nuevos e inesperados; pero los contratiempos me habían -dado alguna experiencia: conocía ya los rudimentos de la ciencia del -corazón, y el mío principiaba a reunir ese tesoro de desconfianzas, -merced a las cuales medimos los pasos peligrosos de la vida. Así es que -respondí sencillamente:</p> - -<p>—Puesto que ese tu reverendo tío era antes un bribón, no sé por qué -hemos de creerle santo ahora.</p> - -<p>—Tú eres un chicuelo sin experiencia —me dijo D. Celestino algo -enojado—, y yo no debiera consultar esto contigo. ¡Si sabré yo -distinguir lo verdadero de lo falso! Y sobre todo, Inés, si él quiere -favorecerte, poniéndote en pie de gente grande; si él quiere gastarse -sus<span class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span> ahorros con su -querida sobrina, ¿por qué no lo has de aceptar? Mucho más podría -decirte; pero él mismo en persona te explicará mejor el gran cariño que -te tiene.</p> - -<p>—¿Pues qué —preguntó Inés turbada—, vendrá a Aranjuez?</p> - -<p>—Sí, chiquilla —repuso el clérigo—. Yo te reservaba esta noticia -para lo último. El domingo próximo tendrás el gusto de ver aquí a tu -amado tío y protector. ¡Ah, Inés! Mucho sentiré separarme de ti; pero -servirame de consuelo la idea de que estás contenta, de que disfrutas -mil comodidades que yo no te puedo dar. Y cuando este viejo incapaz -eche un paseíto a Madrid para visitarte, espero que le recibirás con -alegría y sin orgullo; espero que no te ofuscará la ruin vanidad al -considerarte en posición superior a la mía, porque tío por tío, hermano -soy de tu difunto padre, mientras que el otro...</p> - -<p>D. Celestino estaba conmovido, y yo también, aunque por distinta -causa.</p> - -<p>—Sí —continuó el cura—. Dentro de ocho días tendremos aquí a ese -eminente tendero de la calle de la Sal. Me dice que habiendo comprado -unas tierras en Aranjuez, junto a la laguna de Ontígola, vendrá con -el doble objeto de conocer su finca y de verte. Él espera que irás a -Madrid en su compañía y en la de su hermana Doña Restituta, a quien -también tendremos el gusto de ver en casa.</p> - -<p>Después de oír esto, todos callamos. Revolviendo en mi cabeza -extraños y no muy alegres pensamientos, dije a Inés:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span>—Pero ese hombre, ¿es -casado?</p> - -<p>Ella leyó en mi interior con su intuición incomparable, y me -respondió con viveza:</p> - -<p>—Es viudo.</p> - -<p>Después volvimos a callar, y solo D. Celestino, tarareando una -antífona, interrumpía nuestro grave silencio.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch3"> - <h2 class="nobreak g0">III</h2> -</div> - -<p>Tristísimo sobre toda ponderación me volví a Madrid, y pasé toda la -semana meditabundo y como alelado, deseando y temiendo que el domingo -siguiente llegase, porque de un lado la curiosidad y de otro el temor -solicitaban mi espíritu. Tan grande era mi sobresalto en la noche del -sábado, que no pegué los ojos, y de madrugada me fui al mesón de la -calle de la Aduana a buscar un acomodo en cualquier galera que partiese -para el Real Sitio. Mi escasez de numerario me puso en peligro de no -poder ir, lo que me desesperaba y afligía extraordinariamente.</p> - -<p>Pero con ruegos y razones sutilísimas, unidas al poco dinero que -tenía, logré ablandar el corazón duro de un carromatero, que al fin -consintió en llevarme. Las tres mulas emplearon no sé si un siglo en -el viaje. Yo temía que se me adelantaran los tíos de Inés; pero no fue -así. Cuando llegué, D. Celestino estaba en la<span class="pagenum" -id="Page_24">p. 24</span> misa mayor: entré en la iglesia lo mismo que -los domingos anteriores; pero el templo me pareció triste y fúnebre. Al -salir di agua bendita a Inés, esperamos al buen párroco en la puerta -de la sacristía, y nos fuimos los tres a la casa. ¡Cosa singular! No -hablamos nada por el camino. Los tres suspirábamos. Durante la comida -traté de animar a los demás con fingido buen humor; pero no pude -conseguirlo. Viendo la tardanza de la anunciada visita, yo creí que -los Requejos no vendrían; pero mi alegría se disipó cuando estábamos -concluyendo de comer. De improviso sentimos ruido de voces en el patio -de la casa; levantámonos, y saliendo yo al corredor, oí una voz hueca y -áspera que decía:</p> - -<p>—¿Vive aquí el latino y músico D. Celestino Santos del Malvar, cura -de la parroquia?</p> - -<p>D. Mauro Requejo y su hermana Doña Restituta, tíos de Inés, habían -llegado.</p> - -<p>Entraron en la habitación donde estábamos, y al punto que D. Mauro -vio a su sobrina, dirigiose a ella con los brazos abiertos, y al -estrecharla en ellos, exclamó endulzando la voz:</p> - -<p>—¡Inés de mi alma, inocente hija de la pobre Juana! Al fin, al fin -te veo. Bendito sea Dios que este consuelo me da. ¡Qué linda eres! Ven, -déjame que te abrace otra vez.</p> - -<p>Doña Restituta hizo lo mismo, pero exagerando hasta lo sumo el -mohín lacrimoso de su rostro, así como la apretura de sus abrazos; y -luego que ambos hubieron desahogado sus amantes corazones, saludaron -a D. Celestino,<span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span> quien -no pudo menos de derramar algunas lágrimas al ver tal explosión de -sensibilidad. Por mi parte, de buena gana habría correspondido con -bofetones a los abrazos con que estrujaban a Inés aquellos gansos, cuya -descripción no puedo menos de considerar ahora como indispensable.</p> - -<p>D. Mauro Requejo era un hombre izquierdo. Creo que no necesito -decir más. ¿No habéis entendido? Pues lo explicaré mejor. ¿Ha sido -la Naturaleza o es la costumbre quien ha dispuesto que una mitad del -cuerpo humano se distinga por su habilidad y la otra mitad por su -torpeza? Una de nuestras manos es inepta para la escritura, y en los -trabajos mecánicos solo sirve para ayudar a su experta compañera, la -derecha. Esta hace todo lo importante: en el piano ejecuta la melodía; -en el violín lleva el arco, que es la expresión; en la esgrima maneja -la espada; en la náutica el timón; en la pintura el pincel; es la que -abofetea en las disputas; la que hace la señal de la cruz en el rezo, y -la que castiga el pecho en la penitencia. Iguales disposiciones tiene -el pie derecho; si algo eminente y extraordinario ha de hacerse en el -baile, es indudable que lo hará el pie derecho; él es también el que -salta en la fuga, el que golpea la tierra con ira en la desesperación, -el que ahuyenta al perro atrevido, el que aplasta al sucio reptil, el -que sirve de ariete para atacar a un despreciable enemigo que no merece -ser herido por delante. Esta superioridad mecánica, muscular y nerviosa -de las extremidades derechas, se extiende a<span class="pagenum" -id="Page_26">p. 26</span> todo el organismo. Cuando estamos perplejos -sin saber qué dirección tomar, si el cuerpo se abandona a su instinto, -se inclinará hacia la derecha, y los ojos buscarán la derecha como -un oriente desconocido. Al mismo tiempo en el lado siniestro todo es -torpeza, todo subordinación, todo ineptitud; cuanto hace por sí resulta -torcido, y su inferioridad es tan notoria, que ni aun en desarrollo -puede igualar al otro lado. La mitad de todo hombre es generalmente más -pequeña que la otra: para equilibrarlas, sin duda, se dispuso que el -corazón ocupara el costado izquierdo.</p> - -<p>Hemos hecho tan fastidiosa digresión para que se comprenda lo que -dijimos de D. Mauro Requejo. Los dos lados de aquel hombre eran dos -lados izquierdos; es decir, que todo él era torpe, inepto, vacilante, -inhábil, pesado, brusco, embarazoso. No sé si me explico. Parecía -que le estorbaban sus propias manos: al verle mirar de un lado -para otro, creeríase que buscaba un rincón donde arrojar aquellos -miembros inútiles, cubiertos con guantes sin medida, que quitaban la -sensibilidad a los oprimidos dedos, hasta el punto de que su dueño no -los conocía por suyos.</p> - -<p>Habíase sentado en el borde de la silla, y sus piernas, pequeñas y -rígidas, no eran los miembros que reposan con compostura: extendíanse -a un lado y otro como las dos muletas que un cojo arrima junto a sí. -Ya no le servían para nada, sino para arrastrar de aquí para allí -los pesados pies. Al quitarse el sombrero, dejándolo en el suelo; al -limpiarse el sudor<span class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span> con -un luengo pañuelo de cuadros encarnados y azules, parecía el mozo de -cuerda que se descarga de un gran fardo. La buena ropa que vestía no -era adorno de su cuerpo, pues él no estaba vestido con ella, sino ella -puesta en él. En cuanto a los guantes, embruteciéndole las manos, se -las convertían en pies. A cada instante se tocaba los dijes del reloj -y los encajes de las chorreras para cerciorarse de que no se le habían -caído; pero como tras la gamuza había desaparecido el tacto, necesitaba -emplear la vista, y esto le hacía semejante a un mono que al despertar -una mañana se encontrase vestido de pies a cabeza.</p> - -<p>Su inquietud era extraordinaria, como la de un cuerpo mortificado -por infinito número de picazones, y cada pliegue del traje debía hacer -llaga en sus sensibles carnes. A veces aquella inerte manopla de ante -amarillo, rellena de dedos tiesos e insensibles, partía en dirección -del sobaco o de la cintura con la ansiosa rapidez de una mano que va a -rascar; pero se contenía subiendo a acariciar la barba recién afeitada. -También movía con frecuencia el cuello, como si algún bicho extraño -agarrado a su occipucio juguetease en el pescuezo entre el pelo y la -solapa. Era el coleto encebado que irreverentemente se metía entre piel -y camisa, o escarbaba la oreja. La mano de ante amarillo se alzaba -también en aquella dirección; pero también se detenía pasando a frotar -la rodilla.</p> - -<p>La cara de D. Mauro Requejo era redonda como una muestra de -reloj: no estaba en su sitio la nariz, que se inclinaba del un -hemisferio<span class="pagenum" id="Page_28">p. 28</span> buscando el -siniestro carrillo que, por obra y gracia de cierto lobanillo, era más -luminoso que su compañero. Los ojos verdosos y bien puestos bajo cejas -negras y un poco achinescadas, tenían el brillo de la astucia, mientras -que su boca, insignificante si no la afearan los dos o tres dientes -carcomidos que alguna vez se asomaban por entre los labios, tenía todos -los repulgos y mohínes que el palurdo marrullero estudia para engañar -a sus semejantes. La risa de D. Mauro Requejo era repentina y sonora: -en la generalidad de las personas este fenómeno fisiológico empieza -y acaba gradualmente, porque acompaña a estados particulares del -espíritu, el cual no funciona, que sepamos, con la rigurosa precisión -de una máquina. Muy al contrario de esto, nuestro personaje tenía sin -duda en su organismo un resorte para la risa, de la cual pasaba a la -seriedad tan bruscamente como si un dedo misterioso se quitara de la -tecla de lo alegre para oprimir la de lo grave. Yo creo que él en su -interior pensaba así: «ahora conviene reír», y reía.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch4"> - <h2 class="nobreak g0">IV</h2> -</div> - -<p>Imposible decir si Doña Restituta sería más joven o más vieja que -su hermano: ambos parecían haber pasado bastante más allá de los -cuarenta; pero si en la edad se asemejaban, no<span class="pagenum" -id="Page_29">p. 29</span> así en la cara ni el gesto, pues Restituta -era una mujer que no se estorbaba a sí misma y que sabía estarse -quieta. Había en ella, si no fineza de modales, esa holgada soltura, -propia de quien ha hablado con gente por mucho tiempo. Comparando -aquellas dos ramas humanas de un mismo tronco, se podía decir: «Mauro -ha estado toda la vida cargando fardos, y Restituta midiendo y -vendiendo; el uno es un sabandijo de almacén, y la otra la bestezuela -enredadora de la tienda.»</p> - -<p>Alta y flaca, con esa tez impasible y uniforme que parece un forro; -de manos largas y feas, a quien el continuo escurrirse por entre telas -había dado cierta flexibilidad; de escaso pelo, tan lustrosamente -aplastado sobre el casco, que más parecía pintura que cabello; con su -nariz encarnadita y algo granulenta, aunque jamás fue amiga de oler -lo de Arganda; la boca plegada y de rincones caídos, la barba un poco -velluda, y un mirar así entre tarde y noche, como de ojos que miran y -no miran, Restituta Requejo era una persona cuyo aspecto no predisponía -a primera vista ni en contra ni en favor. Oyéndola hablar, tratándola, -se advertía en ella no sé qué de escurridizo, que escapaba a la -observación, y se caía en la cuenta de que era preciso tratarla por -mucho tiempo para poder hacer presa con dedos muy diestros en la piel -húmeda de su carácter, el cual para esconderse poseía la presteza del -saurio y la flexibilidad del ofidio. Pero dejemos estas consideraciones -para su lugar, y por ahora conténtense ustedes con oír hablar a los -tíos de Inés.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_30">p. 30</span>—<i>Este</i> estaba -tan impaciente por venir —dijo Restituta, señalando a su hermano— que -con la prisa nos fue imposible traer alguna cosita, como hubiéramos -deseado.</p> - -<p>D. Celestino les dio las gracias con su amable sonrisa.</p> - -<p>—Tenía tanta impaciencia por venir a ver esas tierras —dijo D. -Mauro— que... y al mismo tiempo el alma se me arrancaba en cuajarones -al pensar en mi querida sobrinita, huérfana y abandonada... porque las -tierras, señor D. Celestino, no son ningún muladar, Sr. Don Celestino, -y me han costado obra de trescientos cuarenta y ocho reales, trece -maravedís, sin contar las diligencias ni el por qué de la escritura. -Sí, señor: ya está pagado todo, peseta sobre peseta.</p> - -<p>—Todo pagado —indicó Doña Restituta, mirando uno tras otro a los -tres que estábamos presentes—. A <i>este</i> no le gusta deber nada.</p> - -<p>—¡Quiten para allá! Antes me dejo ahorcar que deber un maravedí -—declaró D. Mauro, llevando la manopla a la garganta, oprimida por el -corbatín.</p> - -<p>—En casa no ha habido nunca trampas —añadió la hermana.</p> - -<p>—A eso deben ustedes el haber adelantado tanto —dijo D. -Celestino.</p> - -<p>—La suerte... eso sí; hemos tenido suerte —dijo Requejo—. Luego -<i>esta</i> es tan trabajadora, tan ahorrativa, tan hormiguita...</p> - -<p>—Pero todo se debe a tu honradez —añadió Restituta—. Sí, créanlo -ustedes, a su honradez.<span class="pagenum" id="Page_31">p. 31</span> -<i>Este</i> tiene tal fama entre los comerciantes, que le entregarían -los tesoros del Rey.</p> - -<p>—En fin... algo se ha hecho, gracias a Dios y a nuestro trabajo. Si -fuera a hacer caso de <i>esta</i>, compraría tierras y más tierras. A -<i>esta</i> no le gustan sino las fincas.</p> - -<p>—Y con razón: si <i>este</i> me hiciera caso —dijo la hermana, -mirando otra vez sucesivamente a los circunstantes—, todas nuestras -ganancias se emplearían en tierras de labor.</p> - -<p>—Como yo soy así, tan... pues —indicó Requejo.</p> - -<p>—Sin soberbia, Sr. D. Celestino —dijo Restituta—, bueno es aparentar -que se tiene lo que se tiene.</p> - -<p>—Y me hace comprar vestidos, sombreros, alhajas —indicó D. Mauro—. -Qué sé yo la tremolina de cosas que ha entrado en casa. Ello, como se -puede... Vea usted esta cadena —añadió, mostrando a D. Celestino una -que traía al cuello—; vea usted también este alfiler. ¿Cuánto cree -usted que me han costado? La friolenta de mil reales... Psh: yo no -quería; pero <i>esta</i> se empeñó, y como se puede...</p> - -<p>—Son hermosas piezas.</p> - -<p>—Y bien te dije que te quedaras también con la <i>tumbaga</i> de -la esmeralda, que ya recordarás la daban en poco más de nada. Es una -lástima que la haya tomado el Duque de Altamira.</p> - -<p>Al decir esto nos miraban, y nosotros les contestábamos con señales -de asentimiento, pero sin palabras, porque ni a Inés ni a mí se nos -ocurrían.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span>—Pero ¿cómo está -ahí mi sobrina tan calladita? —dijo Requejo riéndose de improviso y -quedándose muy serio un instante después.</p> - -<p>Inés se sonrojó y no dijo nada, porque, en efecto, no tenía nada que -decir.</p> - -<p>—¡Ay, no puede negar la pinta! ¡Cómo se parece a su madre, a la -pobre Juana, mi prima querida! —exclamó Requejo llevándose la manopla a -la boca para tapar un bostezo—. ¡Y qué pronto se murió la pobrecita!</p> - -<p>—Ya que pasó a mejor vida aquella santa y ejemplar mujer —dijo -Restituta—, no la nombremos, porque así se renueva nuestro dolor y el -de esa pobre muchacha, aunque ella es niña, y los niños se consuelan -más fácilmente.</p> - -<p>Inés no dijo nada tampoco; pero el color encendido de su rostro -se trocó en intensa palidez. Creyó conveniente el cura variar la -conversación, dijo:</p> - -<p>—¿Y ha visto usted esas tierras de la laguna de Ontígola?</p> - -<p>—Todavía no —respondió Requejo—; pero me han dicho que son -magníficas. Psh... para mí, poca cosa. <i>Esta</i> se empeñó en que me -quedara con ellas, y al fin me decidí. Allá en el país tenemos muchas -más, que hemos ido comprando poco a poco.</p> - -<p>—En su país de usted, hacia el Bierzo, si no me engaño.</p> - -<p>—Más acá del Bierzo, en Santiagomillas, que es tierra de -Maragatería. De allí <i>semos</i> todos, y allí está todavía el solar -de los Requejos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span>—Familia hidalga, -según creo —afirmó el cura.</p> - -<p>—Ello... no deja de tener uno su <i>motu propio</i> —contestó D. -Mauro—; y según nos decía un sabio escribano de mi pueblo, nuestros -ascendientes tenían un gran quejigar, de donde les vino el nombre de -Requejo.</p> - -<p>—Así debe de ser: los más ilustres apellidos traen su origen -de alguna yerba o legumbre. Y si no, ahí están en la Roma antigua -los <i>Léntulos</i>, los <i>Fabios</i> y los <i>Pisones</i>, que -se llamaban así porque alguno de sus mayores cultivó las lentejas, -las habas y los guisantes. En cuanto a mí, creo que este nombre de -<i>Malvar</i> me viene de que algún abuelo mío se pintaba solo para el -cultivo de las malvas.</p> - -<p>—Pues yo creo —dijo D. Mauro volviendo a reír— que eso de que la -nobleza viene de las guerras y de las hazañas de algunos caballeros -es pura mentira. Que no me vengan a mí con bolas: yo no creo que haya -habido nunca esas heroicidades. No hay más sino que los reyes hicieron -Duque a uno porque tenía un huerto de cebollas, y a otro Marqués porque -sabía escoger melones. De todos modos, nuestra familia no viene de -ningún cardo borriquero.</p> - -<p>—Y venga de donde viniere —dijo Doña Restituta—, lo principal es lo -principal. Lo que es en nuestra casa, Sr. D. Celestino, no falta nada -en gracia de Dios, y aunque por fuera no gastamos lujo, ni nos gusta -andar en carroza, ni figurar, lo que es la gallina en el puchero todos -los días... eso sí: <i>este</i> y yo no nos podemos pasar sin ciertas -comodidades.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span>—Lo que es por mí -—interrumpió Requejo—, con cualquier cosa me sustento. Teniendo un -pedazo de pan, otro de tocino y agua de la fuente del Berro, vamos -viviendo; pero esta se empeña en poner las cosas en buen pie. Todos -los días ha de traer libra y media de carne de vaca, y jamón rancio -a porrillo, y abadejo del mejor todos los viernes, y para cenar una -perdiz por barba, y los domingos tres capones, y por Navidad y por el -día de San Mauro, que es el 15 de enero, o por San Restituto, que es -el 10 de junio, andan los pavos por casa como si esta fuese la era del -Mico. El Mayordomo de los Duques de Medina de Rioseco, que suele ir -a casa a pedirnos dinero prestado, se queda estupefacto de ver tanta -abundancia, y asegura que no ha visto despensa como la nuestra.</p> - -<p>—Eso sí —dijo Restituta—, no nos duele gastar en el plato, ni en -buena ropa para vestir, ni en buen cisco de retama para la lumbre. -Vivimos tranquilos y felices. Nuestra única pena ha consistido hasta -ahora en no tener una persona querida a quien dejar lo que poseemos, -cuando Dios se sirva llamarnos a su santa gloria; porque los parientes -que nos quedan en Santiagomillas son unos pícaros que nos dan mucho que -hacer.</p> - -<p>Al oír esto, D. Mauro movió el resorte de risa y miró a Inés, -diciendo:</p> - -<p>—Pero aquí nos depara Dios a nuestra querida sobrinita, a esta rosa -temprana, a esta señoritica que parece un ángel: ¡ay! si no puede negar -la pinta, si es <i>éntica</i> a su madre...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span>—Por Dios, Mauro -—exclamó Restituta—, no traigas a la memoria a aquella santa mujer, -porque yo estoy todavía tan impresionada con su muerte, que si la -recuerdo, se me vienen las lágrimas a los ojos.</p> - -<p>—Todo sea por Dios, y hágase su santa voluntad —dijo Requejo tocando -el resorte de la seriedad—. Lo que digo es que cuanto tengo y pueda -tener será para esta palomita torcaz, pues todo se lo merece ella con -su cara de princesa.</p> - -<p>—Ya, ya... —indicó Restituta guiñando el ojo—, que no tendrá -pretendientes en gracia de Dios. Marquesitos y condesitos conozco yo -que no suspirarán poco debajo de nuestras ventanas cuando sepan que -guardamos en casa tal primor.</p> - -<p>—Pelambrones, hija, pelambrones sin un cuarto —añadió Requejo—. -Cuando la niña haya de tomar estado, ya le buscaremos un joven de una -de las principales familias de España, que sea digno de llevarse esta -joya.</p> - -<p>—Eso por de contado. Casas hay muy ricas, donde no es todo -apariencia, y mayorazgos conozco que en cuanto la vean y sepan la -riqueza que ha de heredar de sus tíos, beberán los vientos por -conseguir su mano. A fe mía que nuestra casa no es ningún guiñapo, -y cuando pongamos en la sala las cortinas de sarga verde con ramos -amarillos, y aquellos pájaros color de pensamiento que parecen -vivos, no estará de mal ver para recibir en ella a todos los señores -del Consejo Real. ¡Pues poco tono se va a dar la niñita en su gran -casa!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_36">p. 36</span>D. Celestino, viendo -que su sobrina no contestaba nada a tan patéticas demostraciones de -afecto, creyó conveniente hablar así:</p> - -<p>—Ella les agradece a ustedes con toda el alma los beneficios que va -a recibir.</p> - -<p>—Ya estoy contento, Sr. D. Celestino —dijo Requejo—. Una cosa me -faltaba, y ya la tengo. Inés será mi heredera. Inés se casará con una -persona que la merezca y que traiga también buenas peluconas: ella será -feliz y nosotros también.</p> - -<p>—No hables mucho de eso, porque lloro —dijo Doña Restituta—. ¡Qué -gusto es tener quien la acompañe a una en la soledad, y quien comparta -las comodidades que Dios y nuestro trabajo nos han proporcionado! ¡Ay, -Inesita, eres tan linda, que me recuerdas mi mocedad cuando iba a jugar -a la huerta del convento de las madres Recoletas de Sahagún, donde me -crié! Me parece que si ahora te separaran de mí, no tendría fuerzas -para vivir.</p> - -<p>Diciendo esto abrazó a Inés, y pareciome que el forro de su cara, es -decir, la piel, se teñía de un leve rosicler.</p> - -<p>—Puesto que Inés está impaciente por irse con nosotros —dijo -Requejo—, esta misma tarde nos la llevaremos.</p> - -<p>—¡Cómo! ¡esta tarde! ¡yo! —exclamó ella vivamente.</p> - -<p>—Hija mía —dijo Restituta—, no conviene disimular el cariño que nos -tienes. Somos tus tíos, y de veras te digo que no debes agradecernos lo -que hacemos por ti, pues obligación nuestra es.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span>—Tal vez ponga -reparos a ir con ustedes así... tan pronto —indicó con timidez D. -Celestino—; pero no dudo que comprenda pronto las ventajas de su nueva -posición, y se decida...</p> - -<p>—¡Que no quiere venir! —exclamó Requejo con asombro—. ¿Conque -nuestra sobrina no nos quiere? ¡Jesús! ¡Mayor desgracia!</p> - -<p>—Sí... les quiere a ustedes —añadió el cura, tratando de conciliar -la repugnancia que notaba en el semblante de Inés con el deseo de los -Requejos.</p> - -<p>—Hermano, no sabes lo que te dices —afirmó Restituta—. Nuestra -sobrina es un dechado de modestia, de ingenuidad y de sencillez. -¿Quieres que se ponga ahora a hacer aspavientos en medio de la sala, -saltando y brincando de gusto porque nos la llevamos? Eso no estaría -bien. Por el contrario, se está muy calladita, y como muchacha honesta -y bien criada... ¡ya se ve! como hija de aquella santa mujer... -disimula su alborozo y se está así, mano sobre mano, bendiciendo -mentalmente a Dios por la suerte que le depara.</p> - -<p>—Entonces, Sr. D. Celestino —dijo Requejo—, nosotros nos vamos -ahora a ver esas tierras de Ontígola que están ahí hacia la parte de -Titulcia, y por la tarde, cuando volvamos, Inés estará preparada para -venirse con nosotros a Madrid.</p> - -<p>—No tengo inconveniente, si ella está conforme —repuso el clérigo, -mirando a su sobrina.</p> - -<p>Mas no dieron tiempo a que esta expresara<span class="pagenum" -id="Page_38">p. 38</span> su opinión sobre aquel viaje, porque los -Requejos se levantaron para marcharse, diciendo que un coche de dos -mulas les esperaba en el paradero del Rincón. Abrazaron por turno dos o -tres veces a su sobrina; hicieron ridículas cortesías a D. Celestino, -y sin dignarse mirarme, lo cual me honró mucho, salieron, dejando al -clérigo muy complacido, a Inés absorta y a mí furioso.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch5"> - <h2 class="nobreak g0">V</h2> -</div> - -<p>Al punto se trató de resolver en consejo de familia lo que debía -hacerse; pero deseando yo conferenciar con el buen cura para decirle lo -que Inés no debía oír, rogué a esta que nos dejase solos, y hablamos -así:</p> - -<p>—¿Será usted capaz, Sr. D. Celestino, de consentir que Inés vaya a -vivir con ese ganso de D. Mauro, y la lechuza de su hermana?</p> - -<p>—Hijo —me contestó—, Requejo es muy rico, Requejo puede dar a -Inesilla las comodidades que yo no tengo, Requejo puede hacerla su -heredera cuando estire la zanca.</p> - -<p>—¿Y usted lo cree? Parece mentira que tenga usted más de sesenta -años. Pues yo digo y repito que ese endiablado D. Mauro me parece un -farsante hipocritón. Yo, en lugar de usted, les mandaría a paseo.</p> - -<p>—Yo soy pobre, hijo mío; ellos son ricos:<span class="pagenum" -id="Page_39">p. 39</span> Inés se irá con ellos. En caso de que la -traten mal, la recogeremos otra vez.</p> - -<p>—No la tratarán mal, no —dije muy sofocado—. Lo que yo temo es otra -cosa, y eso no lo he de consentir.</p> - -<p>—A ver, muchacho.</p> - -<p>—Usted sabe como yo lo que hay sobre el particular: usted sabe que -Inés no es hija de Doña Juana; usted sabe que Inés nació del vientre de -una gran señora de la Corte, cuyo nombre no conocemos; usted sabe todo -esto, y ¿cómo sabiéndolo no comprende la intención de los Requejos?</p> - -<p>—¿Qué intención?</p> - -<p>—Los Requejos despreciaron siempre a Doña Juana; los Requejos no -le dieron nunca ni tanto así; los Requejos ni siquiera la visitaron -en su enfermedad; y ahora, Sr. D. Celestino de mi alma, los Requejos -lloran recordando a la difunta; los Requejos echan la baba mirando -a su sobrinita, y no puede ser otra cosa sino que los Requejos -han descubierto quiénes son los padres de Inés; los Requejos han -comprendido que la muchacha es un tesoro, y ¡ay! no me queda duda de -que el Requejo mayor, ese poste vestido, trae entre ceja y ceja el -proyecto de casarse con Inés, obligándola a ello en cuanto la pille en -su casa.</p> - -<p>—Sosiégate, muchacho, y óyeme. Puede muy bien suceder que la -intención de los Requejos sea la que dices, y puede muy bien que sea -la que ellos han manifestado. Como yo me inclino siempre a creer lo -bueno, no dudo de la sinceridad de D. Mauro, hasta que los hechos<span -class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span> me prueben lo contrario. ¿Qué -sabes tú si de la mañana a la noche verás a Inés hecha una damisela, -paseando en magnífica carroza, con dos caballos empenachados y un -encartonado cochero? Sí: verasla rodeada de lacayos y pajes, llena de -diamantes como avellanas, y viviendo en uno de esos caserones que hay -en Madrid más grandes que conventos.</p> - -<p>—¡Bah, bah! Eso es como cuando yo quería ser Príncipe, Generalísimo -y Secretario del Despacho. A los diez y seis años se pueden decir tales -cosas; pero no a los sesenta.</p> - -<p>—Viviendo conmigo, Inés ha de estar condenada a perpetua estrechez. -¿No vale más que se la lleven los parientes de su madre, que parecen -personas muy caritativas? En todo caso, Gabriel, si la muchacha no -estuviera contenta allí, tiempo tenemos de recogerla, porque a mí, como -tío carnal, me corresponde la tutela.</p> - -<p>—¿Y por qué la deja usted marchar?</p> - -<p>—Porque los Requejos son ricos... ¿lo comprenderás al fin?... porque -Inés en casa de esa gente puede estar como una princesa, y casarse al -fin con un comerciante muy rico de la calle de Postas o Platerías.</p> - -<p>—Alto allá, señor mío —exclamé muy amostazado—, ¿qué es eso de -casarse Inés? Inés, Dios mediante, no se casará más que conmigo. Sí, -¡vaya usted a hablarle de comerciantes y de usías!</p> - -<p>—Es verdad: no me acordaba, hijito —dijo el cura con algo de mofa—. -¡Casarse a los diez y siete años! ¿El matrimonio es algún<span -class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span> juego? Y además, hazme el -favor de decirme qué ganas tú en la imprenta donde trabajas.</p> - -<p>—Sobre tres reales diarios.</p> - -<p>—Es decir, noventa y tres reales los meses de treinta y uno. Algo -es; pero no basta, chiquillo. Ya ves tú: cuando Inés esté en su sala -con cortinas verdes de ramos amarillos, y se siente en aquellas -mesas donde hay siete pavos por Navidad, y todas las noches cena de -perdiz por barba... ya ves tú, no sé cómo podrá arrimarse a ella un -pretendiente con noventa y tres reales al mes, en los que traen treinta -y uno.</p> - -<p>—Eso ella es quien lo ha de decir —repuse con la mayor zozobra—; -y si ella me quiere así, veremos si todos los Requejos del mundo lo -pueden impedir. En resumidas cuentas, señor D. Celestino, ¿usted está -decidido a que Inés se vaya esta tarde con D. Mauro?</p> - -<p>—Decidido, hijo mío: es para mí un caso de conciencia.</p> - -<p>—¿Y quién le dice a usted que con noventa y tres reales al mes no -se puede mantener una familia? Pues a mí me da la gana de casarme, sí, -señor.</p> - -<p>—¡Casarse a los diez y siete años! Uno y otro debéis esperar a tener -los treinta y cinco cumplidos. La vida se pasa pronto: no te apures. -Para entonces podréis casaros. Sois a propósito el uno para el otro. -Casar y compadrar cada uno con su igual. Veremos si de aquí allá te -luce más el oficio.</p> - -<p>—¿Y no puedo yo buscar un destinillo?</p> - -<p>—Eso es como cuando se te puso en la cabeza que te iba a caer un -principado.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_42">p. 42</span>—No: un destinillo de -estos que se dan a cualquier pelón, en la contaduría de acá o en la de -allá.</p> - -<p>—¿Pero crees tú que un empleo es cosa fácil de conseguir?</p> - -<p>—¿Por qué no? —respondí enfáticamente—. ¿Pues para qué son los -destinos sino para darlos a todos los españoles que necesitan de -ellos?</p> - -<p>—Hijo, las antesalas están llenas de pretendientes. Ya recordarás -que a pesar de ser paisano y amigo del Príncipe de la Paz, estuve -catorce años haciendo memoriales.</p> - -<p>—Pero al fin... Visita usted a S. A. y le trata; de modo que si le -pidiera para mí una placita, no creo que se la negara.</p> - -<p>—¡Ah! —exclamó D. Celestino con satisfacción—. El día que visité -a S. A. fue para mí el más lisonjero de mi vida, porque oí de sus -augustos labios las palabras más cariñosas. Si vieras con cuánto -agasajo me trató; ¡y qué amabilidad, qué dulzura, qué llaneza, sin -dejar por eso de ser Príncipe en todos sus gestos y palabras! Cuando -entré, yo estaba todo turbado y confuso, y la lengua se me quedó pegada -al paladar. Mandome S. A. que me sentara, y me preguntó si yo era de -Villanueva de la Serena. ¿Ves qué bondad? Contestele que había nacido -en los Santos de Maimona, villa que está en el camino real, como vamos -de Badajoz a Fuente de Cantos. Luego me preguntó por la cosecha de este -año, y le respondí que, según mis noticias, el centeno y cebada eran -malos; pero que la bellota venía<span class="pagenum" id="Page_43">p. -43</span> muy bien. Ya comprenderás por esto el interés que se toma por -la agricultura. En seguida me dijo si estaba contento en mi parroquia, -a lo cual contesté afirmativamente, añadiendo que me tenía edificado la -piedad de mis feligreses. Al decir esto no pude contener las lágrimas. -Bien claro se ve que al Príncipe le interesa mucho cuanto se refiere -a la Religión. Hablele después de que entretenía mis ocios con la -poesía latina, y notifiquele haber compuesto un poema en hexámetros, -dedicado a él. Enterado de esto, dijo que <i>bueno</i>, en lo cual se -demuestra palmariamente su desmedida afición a las letras humanas; y -por fin, a los diez minutos de conferencia, me rogó afectuosamente que -me retirara, porque tenía que despachar asuntos urgentísimos. Esto -prueba que es hombre trabajador, y que las mejores horas del día las -consagra puntualmente a la administración. Te aseguro que salí de allí -conmovido.</p> - -<p>—¿Y no vuelve usted?</p> - -<p>—¡Pues no he de volver! Supliqué a S. A. que me fijara día para -llevarle el poema latino, y mañana tendré el honor de poner de nuevo -los pies en el palacio de mi ilustre paisano.</p> - -<p>—Pues yo iré con usted, Sr. D. Celestino —dije con mucha -determinación—. Iremos juntos, y usted le pedirá un destino para mí.</p> - -<p>—¡Estás loco! —exclamó el sacerdote con asombro—. No me creo capaz -de semejante irreverencia.</p> - -<p>—Pues se lo pediré yo —dije, más resuelto cada vez a entrar en la -administración.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span>—Modera esos -arrebatos, joven sin experiencia. ¿Cómo quieres que te presente sin -más ni más al Príncipe de la Paz? ¿Qué puedo decir de ti, cuáles son -tus méritos? ¿Conoces acaso por el forro los versos latinos? ¿Has -saludado siquiera el <i>Divitias alius fulvo sibi congerat auro</i>, el -<i>Passer delitiœ meœ puellœ</i>, o el <i>Cynthia prima suis me cepis -ocellis</i>? ¿Estás loco? ¿Piensas que los destinos están ahí para los -mocosos a quienes se les antoja pedirlos?</p> - -<p>—Usted le dice que soy un chico pariente suyo, y yo me encargo de lo -demás.</p> - -<p>—¿Pariente mío? Eso sería una mentira, y yo no miento.</p> - -<p>Así disputamos un buen rato, y al fin, entre ruegos y razones, -logré convencer al Padre Celestino para que me llevara a presencia del -Serenísimo señor Godoy. Mi tenaz proyecto se explica por el estado de -desesperación en que me puso la visita de los Requejos y su propósito -de cargar con la pobre Inés. La viva antipatía que ambos hermanos me -inspiraron desde que tuve la desdicha de poner los ojos sobre ellos, -engendró en mi espíritu terribles presentimientos. Se me representaba -la pobre huérfana en dolorosa esclavitud bajo aquel par de trasgos, -condenada a perecer de tristeza si Dios no me deparaba medios para -sacarla de allí. ¿Cómo podía yo conseguirlo, siendo, como era, más -pobre que las ratas? Pensando en esto, vino a mi mente una idea -salvadora, la que desde aquellos tiempos principiaba a ser norte de la -mitad, de la gran mayoría de los españoles, es decir, de todos aquellos -que no eran<span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span> mayorazgos -ni se sentían inclinados al claustro: la idea de adquirir una plaza en -la administración. ¡Ay! aunque había entonces menos destinos, no eran -escasos los pretendientes.</p> - -<p>España había gastado en la guerra con Inglaterra la espantosa suma -de <i>siete mil millones</i> de reales. Quien esto derrochó en una -calaverada, ¿no podía darme a mí cinco mil para que me casara? Por -supuesto, el pretender casarse entonces a los diez y siete años, era -una calaverada peor que la de gastar siete mil millones en una guerra. -Aquella idea echó raíces en mi cerebro con mucha presteza. A la media -hora de mi conferencia con D. Celestino, ya se me figuraba estar -desempeñando, ante la mesa forrada de bayeta verde, las funciones que -el Estado tuviera a bien encomendarme para su prosperidad y salvación. -Atrevido era el proyecto de pedir yo mismo al poderoso Ministro lo que -me hacía falta; pero la gravedad de las circunstancias y el loco deseo -de adquirir una posición que me permitiera disputar la posesión de Inés -a la temerosa pareja de los Requejos, disminuía los obstáculos ante mis -ojos, dándome aliento para las empresas más difíciles.</p> - -<p>No disimuló la huérfana, al hablar conmigo, la repugnancia que le -inspiraban sus tíos: tal vez hubiera yo logrado impedir el secuestro; -pero D. Celestino repitió que era para él caso de conciencia, y con -esto Inés no se atrevió a formular sus quejas: ¡tan grande era entonces -la subordinación a la autoridad de los mayores! La escrupulosidad del -buen sacerdote no<span class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span> -impidió, sin embargo, que yo hablara mil pestes de los dos hermanos, -criticando sus fachas y vestidos, y comentando a mi manera aquello -de los siete pavos y capones, con la añadidura de las perdices por -barba en la hora de la cena. También me reí con implacable saña de -los tratamientos que se daban hermano y hermana, pues, según el -lector observaría, se llamaban simplemente <i>este</i> y <i>esta</i>. -D. Celestino me dijo que tratase con más miramientos a dos personas -respetables que habían sabido labrar pingüe fortuna con su trabajo -y honradez, y, entre tanto, Inés preparaba de muy mala gana su -equipaje.</p> - -<p>No tardó la casa del cura en verse honrada de nuevo con las -personas de los Requejos, que llegaron a eso de las cuatro, -haciendo mil ponderaciones de las tierras adquiridas cerca de -Ontígola; y su contento al ver que Inés se disponía a seguirles, fue -extraordinario.</p> - -<p>—No te des prisa, pimpollita —decía Don Mauro—, que todavía hay -tiempo de sobra.</p> - -<p>—Su impaciencia por emprender el viaje —añadió Doña Restituta, -plegando de un modo indefinible el forro cutáneo de su cara— es tan -viva, que la pobrecilla quisiera tener alitas para salir más pronto de -aquí.</p> - -<p>—Eso no —dijo D. Celestino algo amoscado—, que su tío no le ha dado -malos tratos para que así se impaciente por abandonarle.</p> - -<p>Inés se arrojó llorando en brazos del cura, y ambos derramaron -muchas lágrimas. Por mi parte, tenía interés en que los Requejos no -conocieran que un antiguo y cordial amor me<span class="pagenum" -id="Page_47">p. 47</span> unía a Inés; así es que disimulé mi -sofocación, y acechándola fuera, cuando salió en busca de un objeto -olvidado, le dije:</p> - -<p>—Prendita, no me digas una palabra, ni me mires, ni me saludes. Yo -me quedo aquí; pero descuida, pronto nos hemos de ver allá.</p> - -<p>Llegó por fin la hora de la partida; el coche se acercó a la puerta -de la casa. Inés entró en él muy llorosa, y los Requejos tomaron -asiento a un lado y otro, pues aun en aquella situación temían que -se les escapara. Jamás he visto mujer ninguna que se asemejara a un -cernícalo como en aquel momento Doña Restituta. El coche partió, y -al poco rato nuestros ojos le vieron perderse entre la arboleda. -D. Celestino, que hacía esfuerzos por aparentar serenidad, no pudo -conservarla, y haciendo pucheros como un niño, sacó su largo pañuelo y -se lo llevó a los ojos.</p> - -<p>—¡Ay, Gabriel! ¡Se la llevaron!</p> - -<p>Mi emoción también era intensísima, y no pude contestarle nada.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch6"> - <h2 class="nobreak g0">VI</h2> -</div> - -<p>Al día siguiente llevome D. Celestino al palacio del Príncipe de la -Paz. Era el 15 de marzo, si no me falla la memoria.</p> - -<p>Aunque no tenía ropa para mudarme en tan solemne ocasión, pues la -que llevaba a Aranjuez<span class="pagenum" id="Page_48">p. 48</span> -era la mejorcita, con una camisa limpia que me prestó el cura, quedé -en disposición, según él mismo me dijo, de presentarme aunque fuera a -Napoleón Bonaparte. Por el camino, y mientras hacíamos tiempo hasta que -llegara la hora de las audiencias, D. Celestino sacaba del bolsillo -interior de su sotana el poema latino para leerlo en alta voz.</p> - -<p>—Quizás el señor Príncipe —decía— me mande leer algún trozo, y -conviene hacerlo con entonación clásica y ritmo seguro, mayormente si -hay delante algún embajador o general extranjero.</p> - -<p>Después, guardando el manuscrito, añadió con cierta zozobra:</p> - -<p>—¿Sabes que el sacristán de la parroquia, ese condenado -Santurrias... ya le conoces... me ha puesto esta mañana la cabeza como -un farol? Dice que el señor Príncipe de la Paz no dura dos días más al -frente de la Nación, y que le van a cortar la cabeza. Esto no merece -más que desprecio, Gabrielillo; pero me da rabia de oír tratar así a -persona tan respetable. Pues ¿qué crees tú? he descubierto que ese -pícaro Santurrias es jacobino, y se junta mucho con los cocheros del -Infante D. Antonio Pascual, los cuales son gente muy alborotada.</p> - -<p>—¿Y qué dice ese reverendo sacristán?</p> - -<p>—Mil necedades: figúrate tú. ¡Como si a personas de estudios y -que tienen en la uña del dedo a todos los clásicos latinos, se les -pudiera hacer tragar ciertas bolas! Dice que el señor Príncipe de la -Paz, temiendo que Napoleón viene a destronar a nuestros queridos<span -class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span> Reyes, tiene el propósito -de que estos marchen a Andalucía para embarcarse y dar la vela a las -Américas.</p> - -<p>—Pues anoche —dije yo—, cuando fui al mesón a decir a los arrieros -que no me aguardaran, oí decir lo mismito a unos que estaban allí, -y por cierto que hablaban de su amigo y paisano de usted con más -desprecio que si fuera un bodegonero del Rastro.</p> - -<p>—No saben lo que se pescan, hijo —replicó el cura—. Pero o yo me -engaño mucho, o los partidarios del Príncipe de Asturias andan metiendo -cizaña por ahí. Ello es que en Aranjuez hay mucha gente extraña y... -¡quiera Dios!... Ya me notificó esta mañana Santurrias que su mayor -gusto será tocar las campanas a vuelo si el pueblo se amotina para -pedir alguna cosa; pero ya le he dicho —y al hablar así D. Celestino se -paró, y con su dedo índice hacía demostraciones de la mayor energía—, -ya le he dicho que si toca las campanas de la iglesia sin mi permiso, -lo pondré en conocimiento del señor Patriarca para lo que este tenga a -bien resolver.</p> - -<p>Con esta conversación llegó la hora, y nosotros al palacio de S. -A. Atravesamos por entre varios guardias que custodiaban la puerta, -porque ha de saberse que el Generalísimo tenía su guardia de a pie y de -a caballo, lo mismo que el Rey, y mejor equipada, según observaban los -curiosos.</p> - -<p>Nadie nos puso obstáculo en el portal ni en la escalera; pero -al llegar a un gran vestíbulo, en cuyo pavimento taconeaban con -estrépito<span class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span> las botas de -otra porción de guardias, uno de estos nos detuvo, preguntando a D. -Celestino con cierta impertinencia que a dónde íbamos.</p> - -<p>—S. A. —balbució el clérigo muy turbado— tuvo el honor de -señalarme... digo... yo tuve el honor de que él señalara el día de hoy -y la presente hora para recibirme.</p> - -<p>—S. A. está en palacio. Ignoramos cuándo vendrá —dijo el guardia -dando media vuelta.</p> - -<p>D. Celestino me consultó con sus ojos, y también iba a consultarme -con sus autorizados labios, cuando se sintió ruido en el portal.</p> - -<p>—¡Ahí está! S. A. ha llegado —dijeron los guardias, tomando -apresuradamente sus armas y sombreros para hacer los honores.</p> - -<p>Pero el Príncipe subió a sus habitaciones particulares por la -escalera excusada que al efecto existía en su palacio.</p> - -<p>—Quizá S. A. no reciba hoy —dijo a Don Celestino el guardia que poco -antes nos había detenido—. Sin embargo, pueden ustedes esperar, si -gustan, y él avisará si da audiencia o no.</p> - -<p>Dicho esto, nos hizo pasar a una habitación contigua y muy grande, -donde vimos a otras muchas personas que desde por la mañana habían -acudido en solicitud del favor de una entrevista con S. A. Entre -aquella gente había algunas damas muy distinguidas, militares, -señores a la antigua, vestidos con históricas casacas y cubiertos con -monumentales pelucas, y también algunas personas humildes.</p> - -<p>Los pretendientes allí reunidos se miraban<span class="pagenum" -id="Page_51">p. 51</span> con recelo y mal humor, porque a todo el -que hace antesala molesta mucho el verse acompañado, considerando sin -duda que si el tiempo y la benevolencia del Ministro se reparten entre -muchos, no puede tocarles gran cosa. Un ujier se acercó a nosotros -y preguntó a D. Celestino quiénes éramos, a lo cual repuso el buen -eclesiástico:</p> - -<p>—Nosotros somos curas de la parroquia de... quiero decir, soy cura -de la parroquia, y este joven... este joven gana noventa y tres reales -en los meses de treinta y uno; y venimos a... pero yo no pienso pedirle -nada al señor Príncipe, porque este picarón (señalando a mí) no se -morderá la lengua para decirle lo que desea.</p> - -<p>Cuando el ujier se alejó, dije a mi acompañante que tuviera cuidado -de no equivocarse tan a menudo; que no anunciara anticipadamente -nuestra comisión pedigüeña, y que no había necesidad de ir pregonando -lo que yo ganaba; a lo que me respondió que él, como persona nueva -en antesalas y palacios, se turbaba a la primera ocasión, diciendo -mil desatinos. Uno de los señores que aguardaban se nos acercó, y -reconociendo al cura, se saludaron ambos muy cortésmente, diciendo el -desconocido:</p> - -<p>—Sr. D. Celestino, ¿qué bueno por aquí?</p> - -<p>—Vengo a visitar a S. A. Ya sabe usted que somos paisanos y amigos. -Mi padre y su abuelo hicieron un viaje juntos desde Trujillo a la Vera -de Placencia, y un tío de mi madre tenía en Miajadas una dehesa donde -los Godoyes<span class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span> iban a -cazar alguna vez. Somos amigos, y le estoy muy reconocido, porque a la -munificencia de S. A. debo el beneficio que disfruto, el cual me fue -concedido en cuanto S. A. tuvo conocimiento de mi necesidad; así es -que desde mi primer memorial hasta el día en que tomé posesión, solo -transcurrieron catorce años.</p> - -<p>—Se conoce que el Príncipe quiso servirle a usted —afirmó nuestro -interlocutor—. No a todos se les despacha tan pronto. Hace veintidós -años que yo pretendí que se me repusiera en mi antigua plaza de la -Colecturía, del Noveno y del Excusado, y esta es la hora, señor D. -Celestino. A pesar de todo, yo no me desanimo, y tengo por seguro que -la semana que viene...</p> - -<p>—No todos son tan afortunados como yo —dijo el optimista D. -Celestino—. Verdad es que, como paisano y amigo de S. A., estoy en -situación muy favorable. De mi pueblo a Badajoz, cuna de D. Manuel -Godoy, no hay más que trece leguas y media por buen camino, y estoy -cansado de ver la casa en que nació este faro de las Españas. Así es -que en cuanto supo mi necesidad...</p> - -<p>—Pero diga usted —preguntó bajando la voz el señor de <i>la semana -que viene</i>—, ¿tenemos viaje de los Reyes a Andalucía o no tenemos -viaje?</p> - -<p>—¿Pero usted cree tales paparruchas? —dijo D. Celestino—. Esa voz la -ha corrido Santurrias, el sacristán de mi iglesia. Ya le he dicho que -si tocaba las campanas sin mi permiso...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_53">p. 53</span>—Todo el mundo lo -asegura. Ya sabe usted que ha venido mucha tropa de Madrid, y por las -calles del pueblo se ve gente de malos modos.</p> - -<p>—¿Pero qué objeto puede tener ese viaje?</p> - -<p>—Amigo, ya Napoleón tiene en España la friolera de cien mil hombres. -Ha nombrado general en jefe a Murat, el cual dicen que salió ya de -Aranda para Somosierra. Y a todas estas, ¿hay alguien que sepa a qué -viene esa gente? ¿Vienen a echar a toda la Familia Real? ¿Vienen -simplemente de paso para Portugal?</p> - -<p>—¿Quién se asusta de semejante cosa? —dijo D. Celestino—. Pongamos -por caso que vengan con mala intención. ¿Qué son cien mil hombres? Con -dos o tres regimientos de los nuestros se podrá dar buena cuenta de -ellos, y ahí nos las den todas. Como S. A. se calce las espuelas... -Eso del viaje es pura invención de los desocupados y de los enemigos -de S. A., que le insultan porque no les ha dado destinos. Como si los -destinos se pudieran dar a todo el que los pretende.</p> - -<p>No siguió esta conversación, porque el ujier se acercó a nosotros, -haciéndonos señas de que le siguiéramos. S. A. nos mandaba pasar. -Cuando los demás pretendientes vieron que se daba la preferencia -a los que habían llegado los últimos, un murmullo de descontento -resonó en la sala. Nosotros la atravesamos muy orgullosos de aquella -predilección, y mientras D. Celestino saludaba a un lado y otro con -su bondad de costumbre, yo dirigí a los más cercanos una mirada -de desprecio,<span class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span> que -equivalía al convencimiento de mi próximo ingreso en la administración -de ambos mundos.</p> - -<p>Pasamos de aquella sala a otras, todas ricamente alhajadas. ¡Qué -bellos tapices, qué lindos cuadros, qué hermosas estatuas de mármol -y bronce, qué vasos tan elegantes, qué candelabros tan vistosos, qué -muebles tan finos, qué cortinajes tan espléndidos, qué alfombras tan -muelles! No pude detenerme en la contemplación de tan bonitos objetos, -porque el ujier nos llevaba a toda prisa, y yo me sentía atacado de -una cortedad tal, que se disipó mi anterior envalentonamiento, y -empecé a comprender que me faltarían ideas y saliva para expresar ante -el Príncipe mis anhelos. Por fin llegamos al despacho de Godoy, y al -entrar vi a este en pie, inclinado junto a una mesa y revisando algunos -papeles. Aguardamos un buen rato a que se dignase mirarnos, y al fin -nos miró.</p> - -<p>Godoy no era un hombre hermoso, como generalmente se cree; pero sí -extremadamente simpático. Lo primero en que se fijaba el observador -era en su nariz, la cual, un poco grande y respingada, le daba cierta -expresión de franqueza y comunicatividad. Aparentaba tener sobre -cuarenta años: su cabeza, rectamente conformada y airosa; sus ojos -vivos, sus finos modales y la gallardía de su cuerpo, que más bien era -pequeño que grande, le hacían agradable a la vista. Tenía sin duda la -figura de un señor noble y generoso: tal vez su corazón se inclinaba -también a lo grande; pero en<span class="pagenum" id="Page_55">p. -55</span> su cabeza bullían el desvanecimiento, la torpeza, los -extravíos y falsas ideas acerca de los hombres y las cosas de su -tiempo.</p> - -<p>Nos miró, como he dicho, y al punto Don Celestino, que temblaba como -un chiquillo de diez años, hizo una profunda cortesía, a la cual siguió -otra hecha por mi persona. A mi acompañante se le cayó el sombrero; -recogiolo, dio algunos pasos, y con voz tartamuda habló así:</p> - -<p>—Ya que V. A. tiene el honor de... no... digo... ya que yo tengo el -honor de ser recibido por V. A. Serenísima... decía que me felicito de -que la salud de V. A. sea buena, para que por mil años sigamos haciendo -el bien de la nación...</p> - -<p>El Príncipe parecía muy preocupado, y no contestó al saludo sino con -una ligera inclinación de cabeza. Después pareció recordar, y dijo:</p> - -<p>—¿Es usted el señor chantre de la catedral de Astorga, que viene -a...?</p> - -<p>—Permítame V. A. —interrumpió D. Celestino—, que ponga en su -conocimiento cómo soy el cura de la parroquia castrense de Aranjuez.</p> - -<p>—¡Ah! —exclamó el Príncipe—, ya recuerdo... el otro día... se le -dio a usted el curato por recomendación de la señora Condesa de X, -(Amaranta). ¿Es usted natural de Villanueva de la Serena?</p> - -<p>—No, señor: soy de los Santos de Maimona. ¿No recuerda V. A. esa -villa? En el camino de Fuente de Cantos. Allí se cogen unas sandías -que pesan muchas arrobas, y también hay<span class="pagenum" -id="Page_56">p. 56</span> muchos melones... Pues, como decía a V. A., -hoy venía con dos objetos: con el de tener el honor de presentarme a -V. A. para que este chico lea un poema latino que ha compuesto... no, -quiero decir...</p> - -<p>D. Celestino se atragantó, mientras que el Príncipe, asombrado -de mi precocidad en el estudio de los clásicos, me miraba con ojos -benévolos.</p> - -<p>—No —dijo el cura entrando de nuevo en posesión de su lengua—. El -poema ha sido compuesto por mí, y, accediendo a los deseos de V. A., -voy a comenzar su lectura.</p> - -<p>El Príncipe adelantó la mano con ese instintivo movimiento que -parece apartar un objeto invisible. Pero D. Celestino no comprendió que -su protector rechazaba por medio de un movimiento físico la amenazadora -lectura del poema, y firme en su propósito, desenvainó el manuscrito -homicida. En el mismo instante, Godoy, que atendía poco a nosotros y -parecía estar pensando cosas muy graves, volviose bruscamente hacia la -mesa, y empezó a hojear de nuevo los papeles.</p> - -<p>D. Celestino me miró, y yo miré a D. Celestino.</p> - -<p>Así transcurrió un minuto, al cabo del cual el Príncipe dirigiose -hacia nosotros y dijo, señalando unas sillas:</p> - -<p>—Siéntense ustedes.</p> - -<p>Después siguió en su investigación de papeles. Sentados en nuestros -asientos el cura y yo, nos hablábamos en voz baja.</p> - -<p>—Para exponerle tu pretensión —me dijo el<span class="pagenum" -id="Page_57">p. 57</span> tío de Inés—, debes esperar a que yo lea mi -poema, en lo cual, con la pausa conveniente, no tardaré más que hora -y media. El admirable efecto que le ha de producir la audición de los -versos clásicos, a que es tan aficionado, le predispondrá en tu favor, -y no dudo que te concederá cuanto le pidas.</p> - -<p>Después de otro rato de espera, un oficial entró para dar un -despacho al Príncipe. Este le abrió al punto, y después que lo hubo -leído con mucha ansiedad, dejolo sobre la mesa y se dirigió hacia D. -Celestino.</p> - -<p>—Dispénseme usted —dijo— mi distracción. Hoy es día para mí de -ocupaciones graves e inesperadas. No pensaba recibir a nadie en -audiencia, y si le mandé entrar a usted fue porque sabía no es de los -que vienen a pedirme destinos.</p> - -<p>D. Celestino se inclinó en señal de asentimiento, y yo dije para mí: -«Lucidos hemos quedado.» Después dirigiose S. A. a mí, y me dijo:</p> - -<p>—En cuanto al poema latino que este joven ha compuesto, ya tengo -noticias de que es una obra notable. Persista usted en su aplicación -a los buenos estudios, y será un hombre de provecho. No puedo hoy -tener el gusto de conocer el poema; pero ya me habían hablado de usted -con grandes encomios, y desde luego formé propósito de que se le -diera a usted una plaza en la oficina de Interpretación de Lenguas, -donde su precocidad sería de gran provecho. Sírvase usted dejarme su -nombre...</p> - -<p>D. Celestino iba a contestar, rectificando el<span class="pagenum" -id="Page_58">p. 58</span> error; pero su turbación se lo impidió. -Antes que mi compañero pudiera decir una palabra, levanteme yo, y -extendiendo mi nombre sobre un papel que en la mesa encontré, ofrecilo -respetuosamente al Príncipe, que concluyó así:</p> - -<p>—Ruego a ustedes que tengan la bondad de retirarse, pues mis -ocupaciones no me permiten prolongar esta audiencia.</p> - -<p>Hicimos nuevas cortesías; D. Celestino balbuceó las fórmulas -pomposas propias del caso, y salimos del despacho del Príncipe. -Al pasar por la sala donde esperaban con impaciencia los demás -pretendientes, el ujier lanzó esta terrorífica exclamación: «¡No hay -audiencia!»</p> - -<p>Al encontrarse en la calle, el buen cura, recobrando la serenidad de -su espíritu y la soltura de su lengua, me dijo con cierto enojo:</p> - -<p>—¿Por qué no le dijiste tú que el poema no era tuyo, sino mío?</p> - -<p>No pude menos de soltar la risa viéndole picado en su amor propio, y -considerando el extraño resultado de nuestra visita al Príncipe de la -Paz.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch7"> - <h2 class="nobreak g0">VII</h2> -</div> - -<p>—Pues, Gabrielillo —me dijo D. Celestino cuando entrábamos en la -casa—, cierto es que hay demasiada gente en el pueblo. Se ven por -ahí muchas caras extrañas, y también parece<span class="pagenum" -id="Page_59">p. 59</span> que es mayor el número de soldados. ¿Ves -aquel grupo que hay junto a la esquina? Parecen trajineros de la -Mancha... y entre ellos se ven algunos uniformes de caballería. Por -este lado vienen otros que parecen estar bebidos... ¿oyes los gritos? -Entrémonos, hijo mío, no nos digan alguna palabrota. Aborrezco al -vulgo.</p> - -<p>En efecto: por las calles del Real Sitio y por la plaza de San -Antonio discurrían más o menos tumultuosamente varios grupos, cuyo -aspecto no tenía nada de tranquilizador. Asomábase a las ventanas el -vecindario todo para observar a los transeúntes, y era opinión general -que nunca se había visto en Aranjuez tanta gente. Entramos en la casa, -subimos al cuarto de D. Celestino, y cuando este sacudía el polvo de su -manteo y alisaba con la manga las rebeldes felpas del sombrero de teja, -la puerta se entreabrió, y una cara enjuta, arrugada y morena, con -ojos vivarachos y tunantes; una cara de esas que son viejas y parecen -jóvenes, o al contrario, a la cual daba peculiar carácter toda la boca -necesaria para contener dos filas de descomunales dientes, apareció en -el hueco. Era Gorito Santurrias, sacristán de la parroquia.</p> - -<p>—¿Se puede entrar, señor cura? —preguntó sonriendo con aquella -jovialidad mixta de bufón y demonio que era su rasgo sobresaliente.</p> - -<p>—A tiempo viene el Sr. Santurrias —dijo el cura frunciendo el -ceño—, porque tengo que prevenirle... Sepa usted que estoy incomodado, -sí, señor; y pues los sagrados cánones me autorizan para imponerle -castigo... allá veremos...<span class="pagenum" id="Page_60">p. -60</span> y digo y repito que la gente que se ve por ahí no viene a lo -que usted me indicó esta mañana. ¡Pues no faltaba más!</p> - -<p>—Señor cura —contestó irrespetuosamente Santurrias—, esta noche me -desollará las manos la cuerda de la campana grande. Es preciso tocar, -tocar para reunir la gente.</p> - -<p>—¡Ay de Santurrias si suenan las campanas sin mi permiso!... Pero -¿qué quiere esa canalla? ¿Qué pretende?</p> - -<p>—Eso lo veremos luego.</p> - -<p>—Ande usted con Barrabás, diablo de siete colas. ¿Pero a qué viene -a Aranjuez esa gentuza? —repitió D. Celestino dirigiéndose a mí—. -Gabriel, se nos olvidó advertir al señor Príncipe de la Paz lo que -pasa, y aconsejarle que no esté desprevenido. ¡Cuánto nos hubiese -agradecido S. A. nuestro solícito interés!</p> - -<p>—Ya se lo dirán de misas —murmuró burlonamente Santurrias—. Lo que -quiere esa gente es impedir que nos lleven para las Indias a nuestros -idolatrados Reyes.</p> - -<p>—¡Ja, ja! —exclamó el sacerdote, poniéndose amarillo—. Ya salimos -con la muletilla. Como si uno no tuviera autoridad para desmentir tales -rumores; como si uno no fuera amigo de personas que le enteran de lo -que pasa; como si uno no estuviera al tanto de todo.</p> - -<p>Diciendo esto, D. Celestino no quitaba de mi los ojos, buscando -sin duda una discreta conformidad con sus afirmaciones. En tanto -Santurrias, que era uno de los sacristanes más tunos y desvergonzados -que he visto en mi<span class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span> -vida, no cesaba de burlarse de su superior jerárquico, bien -contradiciéndole en cuanto decía, bien cantando con diabólica música -una irreverente ensaladilla compuesta de trozos de sainete mezclados -con versículos latinos del Oficio ordinario.</p> - -<p>—¡Ay, señor cura, señor cura! —gritaba—. Si veremos correr a su -paternidad por el camino de Madrid con los hábitos arremangados. ¡Ja, -ja, ja!</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent2">Préstame tu moquero,</div> - <div class="verse indent0">si está más limpio,</div> - <div class="verse indent0">para echar los tostones</div> - <div class="verse indent0">que me has pedido.</div> - </div> -</div> - -</div> -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza0"> - <div class="verse indent0"><i>Asperges me, Domine, hissopo, et mundabor.</i></div> - </div> -</div> -</div> - -<p>—Mi dignidad —repuso el clérigo, cada vez más amostazado— no me -permite rebajarme hasta disputar con el Sr. de Santurrias. Si yo no le -tratara de igual, como acostumbro, no se habría relajado la disciplina -eclesiástica; pero en lo sucesivo he de ser enérgico, sí, señor, -enérgico, y si Santurrias se alegra de que esa plebe indigna vocifere -contra el Príncipe de la Paz, sepa que yo mando en mi iglesia, y... no -digo más. Parece que soy blando de genio; pero Celestino Santos del -Malvar sabe enfadarse, y cuando se enfada...</p> - -<p>—Cuando llegue la hora del jaleo, señor cura, su paternidad nos -sacará aquellas botellitas que tiene guardadas en el armario, para que -nos refresquemos —dijo Santurrias, descosiéndose de risa otra vez.</p> - -<p>—¡Borracho! así está la santa Iglesia en tus<span class="pagenum" -id="Page_62">p. 62</span> pícaras manos —replicó el clérigo—. Gabriel, -¿querrás creer que hace dos días tuve que coger la escoba y ponerme -a barrer la capilla del Santo Sagrario, que estaba con media vara de -basura? Desde que llegué aquí, me dijeron que este hombre acostumbraba -visitar la taberna del tío Malayerba: yo me propuse corregirle con -piadosas exhortaciones; pero ¡el Diablo le lleve! hay días, chiquillo, -que hasta el vino del Santo Sacrificio desaparece de las vinajeras. -¡Y esto se permite tener opinión, y disputar conmigo, asegurando que -si cae o no cae el dignísimo, el eminentísimo, ¡óigalo usted bien! el -incomparabilísimo Príncipe de la Paz!</p> - -<p>—Pues y nada más. ¡Como que no le van a arrastrar por las calles de -Aranjuez, como al gigantón de Pascua florida!...</p> - -<p>—¡Qué abominaciones salen por esa boca, Dios de Israel!</p> - -<p>Tan pronto ahuecaba Santurrias la voz para cantar gravemente un -trozo de la misa o del oficio de difuntos, como la atiplaba entonando -con grotescos gestos una seguidilla. Luego imitaba el son de las -campanas, y hasta llegó en su irrespetuoso desparpajo a remedar la -voz gangosa de mi amigo, el cual, todo turbado, variaba de color a -cada instante, sin poder sobreponerse a las zumbas de su miserable -subalterno.</p> - -<p>—Pero, en resumen —dijo al fin—, ¿qué es lo que mi señor sacristán -espera? ¿Cuenta, sin duda, con ordenarse de menores para que le hagan -cardenal subdiácono?</p> - -<p>—Allá veremos, Sr. D. Celestino —contestó<span class="pagenum" -id="Page_63">p. 63</span> el bufón—. Esta noche o mañana veremos lo -que hace Santurrias. No tema nada mi curita, que ya le pondremos en -salvo.</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent0"><i>Tuba mirum spargens sonum</i></div> - <div class="verse indent0"><i>per sepulchra regionum</i></div> - <div class="verse indent0"><i>coget omnes ante thronum.</i></div> - </div> -</div> -</div> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza0"> - <div class="verse indent0">Esta si que es tira, tirana:</div> - <div class="verse indent0">ojo alerta, cuidado, señores,</div> - <div class="verse indent0">que aunque tengan las caras de plata</div> - <div class="verse indent0">muchas tienen las manos de cobre.</div> - </div> -</div> -</div> - -<p>—Eso es, mezcle usted los cantos divinos con los mundanos. ¡Me -gusta! Pero se me acaba la paciencia, señor rapa-velas. ¡Oh, Gabriel! -estoy sofocadísimo. Yo bien sé que no hay nada, que no ocurre nada; -bien sé que de ese monigote no hay que hacer caso. Sabe Dios cuántos -cuartillos de lo de Yepes tendrá en el bendito estómago; pero conviene -averiguar... Mira, hijito: sal tú por ahí, entérate bien, y tráeme -noticias de lo que se dice en el pueblo. Puede que esos tunantes tengan -el propósito aleve... Si así fuese, haz lo que te digo; que aquí quedo -yo esperándote, y en cuanto descabece un sueñecito, iré a prevenir al -Príncipe para que se ande con cuidado... ¡Pues no me lo agradecerá poco -el buen señor!</p> - -<p>No solo por obedecerle, sino también por satisfacer mi curiosidad, -salí de la casa y recorrí las calles del pueblo. El gentío aumentaba -en todas partes, y especialmente en la plaza de San Antonio. No era -preciso molestar a nadie con preguntas para saber que el generoso -pueblo, enojado con la noticia verdadera<span class="pagenum" -id="Page_64">p. 64</span> o falsa de que los Reyes iban a partir para -Andalucía, parecía dispuesto a impedir el viaje, que se consideraba -como una combinación infernal fraguada por Godoy, de acuerdo con -Bonaparte.</p> - -<p>En todos los grupos se hablaba del Generalísimo, como es de suponer, -y en verdad digo que no hubiera querido encontrarme en el pellejo de -aquel señor, a quien poco antes había visto tan fastuoso y espléndido; -pero sabido es que la Fortuna suele ser la más traidora de las diosas -con aquellos mismos que favoreció demasiado, y no hay que fiarse mucho -de esta ruin cortesana. Decía, pues, que a los vasallos del buen Carlos -no les parecía muy bien el viaje, y aunque hasta entonces no se les -había hablado del derecho a influir en los destinos de esta nuestra -bondadosa madre España, ello es que, guiados sin duda por su instinto -y buen ingenio, aquellos benditos se disponían a probar que para algo -respiraban doce millones de seres humanos el aire de la Península.</p> - -<p>Más de dos horas estuve paseándome por las calles. Como a cada -instante llegaba gente de la Corte, traté de encontrar alguna persona -conocida; pero no hallé ningún amigo. Ya me retiraba a la casa del -cura, cercana la noche, cuando de un grupo se apartó un joven de -más edad que yo, y llegándose a mí con aparatosa oficiosidad, me -saludó llamándome por mi nombre y pidiéndome informes acerca de mi -importantísima salud. Al pronto no le conocí; mas cuando cambiamos -algunas palabras, caí en la cuenta de que era un señor<span -class="pagenum" id="Page_65">p. 65</span> pinche de las reales cocinas, -con quien yo había trabado conocimiento cinco meses antes en el Palacio -del Escorial.</p> - -<p>—¿No te acuerdas de quien te daba de cenar todas las noches? —me -dijo—. ¿No te acuerdas del que te contestaba a tus mil preguntas?</p> - -<p>—¡Ah! sí —repuse—: ya reconozco al señor Lopito. Has engordado, sin -duda.</p> - -<p>—La buena vida, amigo —dijo con petulancia, terciando airosamente la -capa en que se envolvía—. Ya no estoy en las cocinas: he pasado a la -montería del señor Infante D. Antonio Pascual, donde no hay mucho que -hacer y se divierte uno. Velay: ahora nos han mandado que nos quitemos -las libreas y paseemos por el pueblo... en fin, esto no se puede -decir.</p> - -<p>—Pues yo por nada serviría en Palacio. Tres días fui paje de la -señora Condesa Amaranta, y quedé harto.</p> - -<p>—Quita allá: en ninguna parte se vive como en Palacio, porque -después que le dan a uno buena cama, buen plato y buena ropa, cuando -llega una ocasión como esta no falta un dobloncito en el bolsillo... -Pero esto no es para dicho aquí entre tanta gente, y allí está la -taberna del tío Malayerba, que parece llamarnos, para que, refrescando -en ella, nos contemos nuestras vidas.</p> - -<p>Lopito era un chicuelo de esos que prematuramente se quieren hacer -pasar por hombres, pues también entonces existía esta casta, no -conociendo para tal objeto otros medios que beber a porrillo y dar -de puñetazos en las mesas, desvergonzarse con todo el mundo,<span -class="pagenum" id="Page_66">p. 66</span> mirar con aire matachín, y -contar de sí propios inverosímiles aventuras. Pero con estas cualidades -y otras muchas, el expinche no dejaba de ser simpático, sin duda -porque unía a su vanidosa desenvoltura la generosidad y el rumbo, que -acompañan por lo regular a los pocos años. Convidome a cenar en la -taberna, charlamos luego hasta las nueve, y nos separamos tan amigotes, -cual si hubiéramos aprendido a leer en la misma cartilla.</p> - -<p>Al día siguiente, como no era posible volverme a Madrid, a causa de -que los trajineros pedían fabulosos precios por el viaje, nos reunimos -otra vez. Lopito estaba tan desocupado como yo, y entre la taberna del -tío Malayerba y los jardines del Príncipe nos pasamos la mayor parte -del día, conferenciando sobre cuanto nos ocurría, y especialmente -acerca de acontecimientos públicos, asunto en que él se daba -extraordinaria importancia. Al principio se mostraba algo reservado en -esta cuestión; pero, por último, no pudiendo resistir dentro de su alma -el sofocante peso de un secreto, se franqueó conmigo gallardamente.</p> - -<p>—Si quieres —me dijo—, puedes ganarte algunos cuartos. Yo te llevaré -a casa del señor Pedro Collado, criado de S. A. el Príncipe Fernando, y -verás cómo te dan soldada. ¿Has reparado en esos paletos manchegos que -andan por ahí? Pues todos cobran ocho, diez o doce reales diarios, con -viaje pagado y vino a discreción.</p> - -<p>—¿Y por qué es ello, Lopito? Yo creí que gritaba y chillaba porque -así era su gusto. ¿De<span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span> -modo que todo eso de <i>vivan nuestros Reyes</i> y lo de <i>muera el -choricero</i>, es porque corre la mosca?</p> - -<p>—No: te diré. Los españoles todos aborrecen a ese hombre; mas para -que dejen sus casas y tierras y sus caballerías por venir aquí a -gritar, es preciso que alguien les dé el jornal que pierden en un día -como este. Todos los que servimos al Infante D. Antonio Pascual y los -criados del Príncipe de Asturias, hemos estado por ahí buscando gente. -De Madrid hemos traído medio barrio de Maravillas, y en los pueblos de -Ocaña, Titulcia, Villatobas, Corral de Almaguer, Villamejor y Romeral, -creo que no han quedado más que las mujeres y los viejos, pues hasta un -racimo de chiquillos trajo el Sr. Collado.</p> - -<p>—Pero, tonto —dije yo, creyendo presentar un argumento decisivo—, -¿qué importa que toda esa gente chille a las puertas de palacio -pidiendo lo que no les han de dar? ¿Pues no tiene ahí S. M. sus reales -tropas para hacerse respetar y temer? Porque o somos o no somos. Si con -un puñado de gente gritona traída de los pueblos y de las Vistillas de -Madrid se puede obligar al Rey a que haga una cosa, no sé para qué se -toma ese señor el trabajo de llevar corona en la cabeza.</p> - -<p>—Dices bien, Gabrielillo; y si el condenado Generalísimo estuviera -seguro de que la tropa le sostenía, ya podían volverse a sus casas -todos esos caballeros que han venido a darle una serenata; pero tú no -sabes de la misa la media. También han repartido dinero a la tropa -—añadió<span class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span> bajando la -voz—; y como el Príncipe de Asturias tiene no sé cuántas arcas llenas -de onzas de oro que le ha ido dando su padre para juguetes... ya ves... -S. A. hará lo que le dé la gana, porque le ayudan todos los señores -de la grandeza, muchos Obispos, muchos Generales, y hasta los mismos -Ministros que ahora tiene el Rey.</p> - -<p>—Eso sí que es una grandísima picardía —exclamó con ira—. Son -Ministros del Rey, son compañeros del otro, a quien sin duda deben los -zapatos con que se calzan, y al mismo tiempo le hacen la mamola al -niño Fernando, porque ven que el pueblo le quiere, y dicen: «Por fas -o nefas, por la mano derecha o por la izquierda, no ha de tardar en -sentarse en el trono.»</p> - -<p>Con este diálogo llegamos a la taberna, y allí nos sentamos, -pidiendo Lopito para sí aguardiente de Chinchón y yo tintillo de -Arganda. No estábamos solos en aquella academia de buenas costumbres, -porque cerca de la mesa en que nosotros perfeccionábamos nuestra -naturaleza física y moral, se veían hasta dos docenas de caballeros, -en cuyas fisonomías reconocí a algunos famosos Hércules y Teseos de -Lavapiés, de aquellos que invocó con épico acento el poeta al decir:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent2">Grandes, invencibles héroes,</div> - <div class="verse indent0">que en los ejércitos diestros</div> - <div class="verse indent0">de borrachera, rapiña,</div> - <div class="verse indent0">gatería y vituperio,</div> - <div class="verse indent0">fatigáis las faltriqueras,</div> - <div class="verse indent0">las tabernas y los juegos,</div> - <div class="verse indent0"><span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span>venid a escuchar el modo</div> - <div class="verse indent0">de vengar nuestro desprecio.</div> - <div class="verse indent0">Envidiable Pelachón;</div> - <div class="verse indent0">Marrajo temido y fiero;</div> - <div class="verse indent0">inimitable Zancudo,</div> - <div class="verse indent0">y demás que sois modelo</div> - <div class="verse indent0">de virtudes, venid todos...</div> - </div> -</div> -</div> - -<p>Entre estos hombres vi otros de figura extraña, y tan astrosos y con -tanto andrajo cubiertos, que daba lástima verles.</p> - -<p>—Estos —me dijo Lopito, satisfaciendo mi curiosidad— son lo -mejorcito de Zocodover de Toledo, donde ejercitan su destreza en el -aligeramiento de bolsillos y alivio de caminantes.</p> - -<p>También entraron en la taberna muchos soldados de caballería, y al -poco rato se había entablado conversación tan viva, que no era posible -entender ni una palabra, si palabras pueden llamarse las vociferaciones -y juramentos de aquella gente. Unos sostenían que la Familia Real -partiría aquella misma tarde, y otros que el Rey no había pensado en -tal viaje. Pronto se disiparon las dudas, porque corrió la voz de que -S. M. dirigía la voz a sus súbditos por medio de una proclama que al -punto se fijó en todos los sitios públicos. En ella, después de llamar -<i>vasallos</i> a los españoles, decía el buen Carlos IV que la noticia -del viaje era invención de la malicia; que no había que temer nada de -los franceses, nuestros queridos amigos y aliados, y que él era muy -dichoso en el seno de su familia y de su pueblo, al cual conceptuaba -asimismo como empachado de<span class="pagenum" id="Page_70">p. -70</span> prosperidad y bienaventuranza al amparo de paternales -instituciones.</p> - -<p>La mayor parte de los héroes de Zocodover y las Vistillas no -parecían inclinados a dar crédito a la regia palabra, antes bien se -burlaban de cuantos acudían a leerla, añadiendo:</p> - -<p>—No se nos engañará. A mí con esas... <i>Aspacito</i>, Sr. D. -Carlos, que ya lo arreglaremos.</p> - -<p>Cuando fui a casa encontré a D. Celestino loco de alegría: paseaba -por su habitación con la sotana suelta, y aunque no estaba presente, ni -aun en sombra, el pícaro sacristán, mi amigo, profería con desaforado -acento estas palabras:</p> - -<p>—¿Lo ves, malvado Santurrias? ¿Lo ves, tunante, borracho, mal -acólito, que no sabes más que juntar gotas de aceite y mocos de vela -para venderlo en pelotillas? ¿Ves cómo yo tenía razón? ¿Ves cómo los -Reyes no han pensado nunca en semejante viaje? Sí, que ahí están -esos señores en el trono para darte gusto a ti, pérfido sacristán, -escurridor de lámparas y ganzúa de cepillos. ¿No bastaba que lo -dijera yo, que soy amigo de S. A. Serenísima, y tengo estudios para -comprender lo que conviene al interés de la Nación? Véngase usted -ahora con bromitas; amenáceme con tocar las campanas sin mi permiso. -¡Ah! agradézcame el muy tunante que no me cale ahora mismo el manteo -y teja para ir en persona a contarle a S. A. qué clase de pajarraco -es usted, con lo cual dicho se está que el señor Patriarca me le -pondría de patitas en la calle. Pero no, señor Santurrias soy un hombre -generoso y no iré;<span class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span> no -quiero quitarle el pan a un viudo con cuatro hijos. Pero véngase usted -ahora con bromitas, diciendo que mi paisano acá y allá, y que le van a -arrastrar; y repita aquello de «¡Viva Fernando, <i>Kyrie eleison</i>! -¡Muera Godoy, <i>Christe eleison</i>!» con que me despierta todos los -días.</p> - -<p>A este punto llegaba, cuando advirtió que yo estaba delante, y -echándome los brazos al cuello, me dijo:</p> - -<p>—Al fin hemos salido de dudas. Todo era invención de Santurrias. -¿Qué hay por el pueblo? Estará la gente contentísima, ¿sí? Ahora, -cuando salga el señor Príncipe de la Paz a paseo, supongo que le -vitorearán... ¡Ay! qué susto me he llevado, hijito. De veras creí que -íbamos o tener un motín. ¡Un motín! ¿Sabes tú lo que es eso? En mi -vida he visto tal cosa, y sírvase Dios llevarme a su seno antes que -lo vea. Un motín no es ni más ni menos que salirse todos a la calle -gritando viva esto o muera lo otro, y romper alguna vidriera, y hasta -si se ofrece golpear a algún desgraciado. ¡Qué horror! Gracias a Dios -no tendremos ahora nada de esto, y sin duda la prudencia y tino de -aquel hombre... ¿Sabes que estuve en su palacio a prevenirle de lo que -pasaba, y no me recibió?...</p> - -<p>—Lo creo. En estos días no tendrá S. A. humor para recibir, porque, -como dijo el otro, no está la Magdalena para tafetanes.</p> - -<p>—Tal vez él tenga noticias de las picardías de Santurrias y de los -otros perdidos con quien se junta en la taberna del tío Malayerba<span -class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span> —continuó el cura—. ¿Pero en -dónde está ese endemoniado sacristán? No parece por aquí, porque sabe -que le he de poner más colorado que un pimiento riojano.</p> - -<p>No había acabado de decirlo, cuando entreabriéndose la puerta, dejó -ver los dientes, la plegada y siempre risueña boca, la esprimida cara y -arrugada frente del sacristán.</p> - -<p>—Venga acá —exclamó D. Celestino con alborozo—; venga el -sapientísimo Sr. Santurrias, presunto cardenal metropolitano; venga -acá para que nos ilustre con su saber, para que nos aconseje con su -prudencia. ¿Puede decirnos cuándo es el viaje? Porque yo tengo para mí -que la proclama de S. M. es una tiñería; ¿y qué crédito merece el Rey -de las Españas, de las Indias, de Jerusalén, de Rodas, etc., cuando -habla el Excmo. Sr. D. Gregorio de las Santurrias, sacristán que fue de -monjas Bernardas, y hoy de mi parroquia? A ver, ¿nos sacará de dudas su -señoría?</p> - -<p>—Mañana, mañana, mañanita, señor cura —contestó el sacristán—. -Dígame su paternidad: ¿saca o no las botellicas?</p> - -<p>Y luego, sin desconcertarse ante la ironía de su superior, sino, -por el contrario, burlándose de los graves gestos con que se le -interpelaba, empezó a entonar los singulares cantos de su repertorio, -haciendo mil grotescos visajes y moviendo los brazos, ya en ademán de -repicar, ya aparentando recorrer el teclado de un órgano, ya, en fin, -con la postura propia de tocar la guitarra, sin dejar de cantar en la -forma siguiente:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent0"><span class="pagenum" id="Page_73">p. - 73</span><i>Domine, ne in furore tuo arguas me...</i></div> - </div> -</div> -</div> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza0"> - <div class="verse indent2">Es la Corte la mapa</div> - <div class="verse indent0">de ambas Castillas,</div> - <div class="verse indent0">y la flor de la Corte</div> - <div class="verse indent0">las Maravillas.</div> - <div class="verse indent2">Anda, moreno,</div> - <div class="verse indent0">que no hay cosa en el mundo</div> - <div class="verse indent0">como tu pelo.</div> - </div> -</div> -</div> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza0"> - <div class="verse indent0"><i>De profundis clamavi ad te, Domine.</i></div> - <div class="verse indent0"><i>Domine exaudi vocem meam...</i></div> - </div> -</div> -</div> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza0"> - <div class="verse indent0">Don, dilondón, don, don.</div> - </div> -</div> -</div> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch8"> - <h2 class="nobreak g0">VIII</h2> -</div> - -<p>Al día siguiente no hallé tampoco quien me llevase a Madrid; pero -deseando vivamente saber de Inés y oír de sus propios labios si -era verdad o mentira la bienaventuranza que le habían ofrecido los -Requejos, determiné marcharme a pie, lo cual, si no era muy cómodo, era -más barato. D. Celestino y yo hablábamos de esto, cuando Lopito entró a -buscarme.</p> - -<p>—Esta noche —me dijo al bajar la escalera— tendremos fiesta. No lo -digas ni a tu camisa, Gabrielillo. Pues verás... Aquel papelote que -escribió ayer el Rey es una farsa. Bien decía yo que D. Carlitos, con -su carita de pascua, nos está engañando.</p> - -<p>—¿De modo que hay viaje?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span>—Tan cierto como -ahora es día. Pero como no queremos que se vayan, porque esto es -enjuague de Napoleón con Godoy para luego repartirse a España entre los -dos; como no queremos que se vayan, el viaje se prepara ocultamente -para esta noche. Si fuera verdad que no pensaban salir, ¿por qué no -se ha retirado la tropa? ¿Por qué ha venido más tropa, y más tropa, y -más tropa? ¿Ves? Ahora está entrando un batallón por la calle de la -Reina.</p> - -<p>Confieso que a mí no me importaba gran cosa que saliese un batallón -o entraran ciento, ni tampoco me ponía en cuidado el que mi Sr. D. -Carlos se marchara a Andalucía o a donde mejor le conviniese. Así se -lo manifesté a mi amigo; pero hallándose el alma de Lopito inundada -de generoso entusiasmo, <i>por el bien del reino</i>, me hizo ver -que mi indiferencia era censurable y hasta criminal. Largas horas -pasamos discurriendo por el pueblo y matando el tiempo con amenas -conversaciones. El se empeñó en llevarme a la taberna, y a la taberna -fuimos. La concurrencia era la misma, aunque el panorama de caras había -variado, viéndose entre ellas la de Santurrias, que no era la menos -animada. También estaba allí muy macilento y meditabundo, con los -agujereados codos sobre la mesa, el poeta calagurritano que dos años -antes capitaneaba la turba de silbantes en el estreno de <i>El sí de -las niñas</i>, y con él libaba el néctar de Esquivias en el mismo vaso -otro de los dioses menores del Olimpo comellesco, el famoso Cuarta y -Media, calderero y poeta. ¡Pobres hijos de Apolo!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span>El pinche me dijo -que todos aquellos personajes habían venido de Madrid traídos por los -confeccionadores de la conjuración, y añadió:</p> - -<p>—Esto para que se vea que también toman parte los hombres que se -llaman <i>científicos</i>.</p> - -<p>No puedo menos de decir que toda aquella gente me repugnaba; y en -cuanto a sus intenciones y propósitos, todo me parecía absurdo, sin -explicarme por qué.</p> - -<p>—Estúpidos —decía para mí—, ¿pensáis que semejante gatería es capaz -de quitar y poner reyes a su antojo?</p> - -<p>Pero en la noche de aquel mismo día fue cuando pude medir en toda su -inexplorada profundidad el abismo de ignorancia y fanatismo de aquel -puñado de revolucionarios. No hallando otro alivio a mi aburrimiento -que la asistencia a la taberna en compañía de Lopito, en cuanto cerró -la noche procuré tranquilizar a D. Celestino, y me fui allá. Lopito, -que me aguardaba con impaciencia, me dijo al verme a su lado:</p> - -<p>—Me alegro de que hayas venido, pues con eso no perderás lo mejor. -Aquí está reunida toda la gente, y después... después veremos.</p> - -<p>La taberna del tío Malayerba estaba llena de bote en bote, y -también disfrutaba el honor de una desmesurada concurrencia un patio -interior, destinado de ordinario a herradero y taller de carretería. -No puedo haceros formar idea de la variedad de trajes que allí vi, -pues creo que había cuantos han cortado la historia, la costumbre y el -hambre con su triple tijera. Veíanse muchos hombres envueltos en<span -class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span> mantas, con sombrero manchego -y abarcas de cuero; otros tantos cuyas cabezas negras y redondas -adornaba un pingajo enrollado, última gradación del turbante oriental; -otros muchos calzados con la silenciosa alpargata, ese pie de gato, que -tan bien cuadra al ladrón; muchos, con chalecos botonados de moneditas, -se ceñían la faja morada, que parece el último girón de la bandera de -las Comunidades; y entre esta mezcolanza de paños pardos, sombreros -negros y mantas amarillas, se destacaban multitud de capas encarnadas, -cubriendo cuerpos famosos de las Vistillas, del Ave María, del Carnero, -de la Paloma, del Águila, del Humilladero, de la Arganzuela, de Mira -el Río, de los Cojos, del Oso, de Tribulete, de Ministriles, de los -Tres Peces, y otros <i>faubourgs</i> (permítasenos la palabrota), -donde siempre germinó al beso del sol de Castilla la flor de la -granujería.</p> - -<p>En cuanto a la variedad de las voces nada puedo decir, porque todos -hablaban a un tiempo. Pero al fin de aquella reunión, como en todas -las de igual naturaleza, resonó una voz para dominar a las demás. -La multitud sabe a veces callar para oír, sin duda porque se marea -con sus propios gritos. Algunos de los presentes dijeron: «que hable -Pujitos», y al instante Pujitos, cediendo a los reiterados ruegos de -sus <i>amigos políticos</i> (dispensadme este anacronismo), salió al -patio, por no tener la taberna capacidad para tan grande auditorio, y -subió a la tribuna, es decir, a un tonel.</p> - -<p>Pujitos era lo que en los sainetes de D. Ramón<span class="pagenum" -id="Page_77">p. 77</span> de la Cruz se señala con la denominación -de <i>majo decente</i>, es decir, un majo que lo era más por afición -que por clase; personaje sublimado por el oficio de obra prima, el de -carpintero o el de platero, y que no necesitaba vender hierro viejo -en el Rastro, ni acarrear aguas de las fuentes suburbanas, ni cortar -carne en las plazuelas, ni degollar reses en el matadero, ni vender -aguardiente en <i>Las Américas</i>, ni machacar cacao en Santa Cruz, ni -vender torrados en la verbena de San Antonio, ni lavar tripas allá por -el portillo de Gilimón, ni freír buñuelos en la esquina del hospital de -la V. O. T., ni menos se degradaba viviendo holgadamente a expensas de -una mondonguera, o castañera, o de alguna de las muchas Venus salidas -de la jabonosa espuma del Manzanares. Pujitos estaba con un pie en la -clase media: era un artesano honrado, un hábil maestro de obra prima; -pero tan hecho desde su tierna y bulliciosa infancia a las trapisondas -y jaleos manolescos, que ni en el traje ni en las costumbres se le -distinguía de los famosos Tres Pelos, el Ronquito, Majoma y otras -notabilidades de las que frecuentemente salían a visitar las cortes y -sitios reales de Ceuta, Melilla, etc.</p> - -<p>Pujitos era español. Como es fácil comprender, tenía su poco de -imaginación, pues alguno de los granos de sal, pródigamente esparcidos -por mano divina sobre esta tierra, había de caer en su cerebro. No -sabía leer, y tenía ese don particular, también español neto, que -consiste en asimilarse fácilmente lo que se oye; pero exagerando o -trastornando de tal manera<span class="pagenum" id="Page_78">p. -78</span> las ideas, que las repudiaría el mismo que por primera vez -las echó al mundo. Pujitos era además bullanguero, de esos que en todas -épocas se distinguen, por creer que los gritos públicos sirven de -alguna cosa; gustaba de hablar cuando le oían más de cuatro personas, -y tenía todos los marcados instintos del personaje de club; pero como -entonces no había tales clubs ni milicias nacionales, fue preciso que -pasaran catorce años para que Pujitos entrara con distinto nombre en el -uso pleno de sus extraordinarias facultades. Setenta años más tarde, -Pujitos hubiera sido un zapatero suscrito a dos o tres periódicos, -teniente de un batallón de voluntarios, vicepresidente de algún círculo -propagandista, elector diestro y activo, vocal de una comisión para -la compra de armas, inventor de algún figurín de uniforme; hubiera -hablado quizás del <i>derecho al trabajo</i> y del <i>colectivismo</i>, -y en vez de empezar sus discursos así: <i>Jeñores: Denque los güenos -españoles...</i> los comenzaría de este otro modo: <i>Ciudadanos: A la -raíz de la revolución...</i></p> - -<p>Pero entonces no se había hablado de los derechos del hombre, y -lo poco que de la Soberanía Nacional dijeron algunos no llegó a las -tapiadas orejas de aquel personaje; ni entonces había asociaciones -de obreros, ni derecho al trabajo, ni batallones de milicias, ni -gorros encarnados; ni había periódicos, ni más discursos que los de la -Academia, por cuyas razones Pujitos no era más que Pujitos.</p> - -<p>De pie sobre el tonel, con la capa terciada, el sombrero echado -sobre la ceja derecha,<span class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span> -aquel personaje, pequeño de cuerpo, si bien de alma grande, morenito, -con sus ojuelos abrillantados por los vapores que le subían del -estómago, habló de esta manera:</p> - -<p>—Jeñores: Denque los güenos españoles golvimos en sí y vimos quese -Menistro de los dimonios tenía vendío el reino a Napolión, risolvimos -ir en ca el palacio de su sacarreal majestad pa icirle cómo estemos -cansaos de que nos gobierne como nos está gobernando, y que naa más -sino que nos han de poner al Príncipe de Asturias, pa que el puebro -contento diga: «el <i>Kyrie eleison</i> cantando, ¡viva el Príncipe -Fernando!» (<i>Fuertes gritos y patadas.</i>) Ansina se ha de hacer, -que ínterin quel otro se guarda el dinero de la Nación, el puebro no -come, y Madrid no quiere al Menistro; conque, ¡juera el Menistro! que -aquí semos toos españoles, y si quieren verlo, úrgennos un tantico y -verán do tenemos las manos. (<i>Señales de asentimiento.</i>) Pos sigo -iciendo que esombre nos ha robao, nos ha perdío, y esta noche nos ha -de dar cuenta de too, y hamos de ecirle al Rey que le mande a presillo -y que nos ponga al Príncipe Fernando, a quien por esta (y besó la -cruz) juro que le efenderemos contra too el que venga, manque tenga -enjércitos y más enjércitos. Jeñores: astamos ya hasta el gañote, y -ahora no hay naa más sino dejarse de pedricar y coger las armas pacabar -con Godoy, y digamos toos con el ángel:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent2">«El <i>Kyrie eleison</i> cantando,</div> - <div class="verse indent0">¡viva el Príncipe Fernando!»</div> - </div> -</div> -</div> - -<p><span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span>Un alarido, un -colosal balido resonó en el patio, y el orador bajó de su escabel. -Mientras limpia el sudor de su frente coronada con los laureles -oratorios, la moza de la taberna se acerca a escanciarle vino. ¿Es -Hebe, la gallarda copera de los dioses, que vierte el néctar de Chipre -en el vaso de oro del joven de los rubios cabellos, al regresar de la -diurna carrera? No: es Mariminguilla, la ninfa de Perales de Tajuña, a -quien trajo desde las riberas de aquel florido río el Sr. Malayerba, -dándole el cargo de escanciadora mayor, que desempeña entre pellizcos y -requiebros.</p> - -<p>Lopito, que tiene con ella alguna aventura pendiente, la llama, la -pellizca también, dícele mil niñerías... Pero a todas estas la multitud -que ocupa la taberna se levanta, obedeciendo a la orden de un hombre -que allí se presentó de improviso. Salieron todos, y yo, no queriendo -perder el final de una función que parecía ser divertida, les seguí.</p> - -<p>—¡Silencio todo el mundo! —dijo una voz, perteneciente, según -comprendí, a persona resuelta a hacerse obedecer; y la turba se puso en -marcha con cierto orden. La noche era oscurísima, pero serena.</p> - -<p>—¿A dónde vamos, Lopito? —pregunté a mi compañero.</p> - -<p>—A donde nos lleven —me contestó por lo bajo—. ¿A que no sabes quién -es ese que nos manda?</p> - -<p>—¿Quién? ¿Aquel palurdo que va delante con montera, garrote, -chaqueta de paño pardo y polainas; que se para a ratos, mira por<span -class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span> las bocacalles, y se vuelve -hacia acá para mandar que calléis?</p> - -<p>—Sí: pues ese es el señor Conde del Montijo. Conque figúrate, -chiquillo, si no podemos decir aquel refrán de... cuando los santos -hablan, será porque Dios les habrá dado licencia.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch9"> - <h2 class="nobreak g0">IX</h2> -</div> - -<p>El grupo recorrió algunas calles y uniose a otro más numeroso que -encontramos al cuarto de hora de haber salido. Lopito, señalándome las -tapias que se veían en el fondo del largo callejón, me dijo:</p> - -<p>—Aquellas son las cocheras y la huerta del Príncipe de la Paz.</p> - -<p>Pasamos de largo y vimos de lejos las dos cúpulas del palacio. Cerca -del mercado se nos unieron otras muchas personas que, según Lopito, -eran cocheros, palafreneros, pinches, mozos de cuadra y lacayos del -Infante Don Antonio y del Príncipe de Asturias.</p> - -<p>—Pero ¿qué vamos a hacer aquí? —pregunté a mi amigo—. ¿Vamos a -impedir que los Reyes salgan del pueblo, o vamos simplemente a tomar el -fresco?</p> - -<p>—Eso lo hemos de ver pronto —me contestó—. Yo, si he de decirte la -verdad, no sé lo que se ha de hacer, porque Salvador el cochero<span -class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span> no me ha dicho más sino que -vaya donde van los demás y grite lo que los demás griten. Ves, ahí -frente tenemos el palacio: no hay luces en las ventanas ni se oye ruido -alguno, como no sea el de las ranas que cantan en los charcos del -río.</p> - -<p>La voz del que nos mandaba dijo «¡Alto!», y no dimos un paso más.</p> - -<p>—Es raro —dije a Lopito muy quedamente— que no hayamos encontrado -centinelas que nos detengan, ni siquiera una ronda de tropa que nos -pregunte a dónde vamos a estas horas.</p> - -<p>—¡Necio! —me contestó—. ¡Si sabrá la tropa lo que se pesca! ¿Pues -qué hacen ellos sino estarse quietecitos en sus cuarteles esperando a -que les digan: caballeros, esto se acabó?</p> - -<p>Dime por convencido y callé. Durante un rato bastante largo no se -oyó más que el sordo murmullo de diálogos sostenidos en voz baja, -algunos sordos ronquidos, sofocadas toses, y a lo lejos el canto -de las discutidoras ranas y el rumor de leves movimientos del aire -sacudiendo las ramas de los olmos, que empezaban a reverdecer. La noche -era tranquila, triste, impregnada de ese perfume extraño que emiten -las primeras germinaciones primaverales. El cielo estaba tachonado de -estrellas, a cuya pálida claridad se dibujaban los espesos y negros -árboles, la silueta cortada del Real Palacio, y más allá la figura -del Anteo de mármol, levantado del suelo por Hércules, en el grupo de -la fuente monumental que limita el llamado <i>Parterre</i>. El sitio -y la<span class="pagenum" id="Page_83">p. 83</span> hora eran más -propios para la meditación que para la asonada.</p> - -<p>De improviso, aquel silencio profundo y aquella oscuridad intensa -se interrumpieron por el relámpago de un fogonazo y el estrépito de un -tiro que no se sabe de dónde partió. La turba de que yo formaba parte -lanzó mil gritos, desparramándose en todas direcciones. Parecía que -reventaba una mina, pues no a otra cosa puedo comparar la erupción de -aquel rencor contenido. Todos corrían; yo corría también. Lucieron -antorchas y linternas; se alzaron al aire nudosos garrotes; muchas -escopetas se dispararon; oyose un son vivísimo de cornetas militares, -y multitud de piedras, despedidas por diestras manos, fueron a -despedazar, produciendo horribles chasquidos, los cristales de una gran -casa. Era la del Príncipe de la Paz.</p> - -<p>La historia dice que el tumulto empezó porque la turba se empeñó en -conocer a una dama encubierta que, acompañada de dos guardias de honor, -salía en coche de casa del Generalísimo. Aseguran algunos que en una de -las ventanas del palacio se vio una luz, considerada como señal para -empezar la gresca.</p> - -<p>Del tiro y toque de corneta no tengo duda, porque los oí -perfectamente. En cuanto a la luz, yo no la vi; pero creo haber -oído decir a Lopito que él la vio, aunque no estoy muy seguro de -ello. Poco importa que apareciese o no: lo primero es, si no cierto, -muy verosímil, porque el centro de la conjuración estaba en<span -class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span> el alcázar, y los principales -conspiradores eran, como todo el mundo sabe, el Príncipe de Asturias, -su tío, su hermano, sus amigos y adláteres, muchos gentilhombres, altos -funcionarios de la casa del Rey, y algunos Ministros.</p> - -<p>Los alborotadores se multiplicaban a cada momento, pues nuevas -oleadas de gente engrosaban la masa principal, sin que un soldado -se presentase a contener al paisanaje. No tardó en caer al suelo, -destrozada por repetidos golpes y hachazos, la puerta del palacio del -Príncipe de la Paz, cuyo nombre pronunciaba el irritado vulgo entre -horribles juramentos y amenazas.</p> - -<p>La turba siempre es valiente en presencia de estos ídolos -indefensos, para quienes ha sonado la hora de la caída. Tienen estos -en contra suya la fatalidad de verse abandonados de improviso por los -amigos tibios, por los servidores asalariados, y hasta por los que todo -lo deben al infeliz que cae; de modo que a las manos del odio, justo o -injusto, se unen, para rematar la víctima, las manos de la ingratitud, -el más canalla de todos los vicios.</p> - -<p>Sintiendo el auxilio de la ingratitud, la turba se envalentona, -se cree omnipotente e inspirada por un estro divino, y después se -atribuye orgullosamente la victoria. La verdad es que todas las caídas -repentinas, así como las elevaciones de la misma clase, tienen un -manubrio interior manejado por manos más expertas que las del vulgo.</p> - -<p>Cuando la puerta de la casa se abrió, precipitose la turba en lo -interior, bramando de<span class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span> -coraje. Su salvaje resoplido me causaba terror e indignación, -mayormente cuando consideré que iba a saciar su sed de venganza en la -persona de un hombre indefenso. Era aquella la primera vez que veía yo -al pueblo haciendo justicia por sí mismo, y desde entonces le aborrezco -como juez.</p> - -<p>A los gritos de «¡Muera Godoy!» se mezclaban preguntas de feroz -impaciencia: «¿Le han cogido?» «¿Le han matado?» Todos querían entrar; -mas no era posible, porque la casa estaba ya atestada de gente. Desde -fuera y al través de los balcones, de par en par abiertos, se veía -el resplandor de las hachas. Siniestros gritos y ruidos de muebles o -vasos que se quebraban bajo las garras de la fiera, salían de la casa -a mezclarse con el concierto exterior. En un instante se encendió una -gran hoguera que iluminó la calle: las campanas de todas las iglesias -y conventos del pueblo tocaban sin cesar; pero no podía definirse si -aquellos tañidos eran toques de alarma o repiques de triunfo.</p> - -<p>Lopito, que bailaba como un demonio adolescente junto a la hoguera, -se acercó a mí y me dijo:</p> - -<p>—Gabriel, ¿no te entusiasmas? ¿Qué haces ahí tan friote? Ven, -subamos al palacio. Alguna vez ha de ser para nosotros. ¿No dicen que -todo lo ha robado a la Nación?</p> - -<p>Casi arrastrado por mi joven amigo entré en el palacio y subí a -las habitaciones altas, abriéndonos paso por entre los energúmenos -que bajaban y subían. Recorrí todas las salas<span class="pagenum" -id="Page_86">p. 86</span> por las cuales había transitado dos días -antes; llegué al mismo despacho del Príncipe, y vi la mesa donde -escribí mi nombre. La multitud subía y bajaba, abría alacenas, rompía -tapices, volcaba sofás y sillones, creyendo encontrar tras alguno -de estos muebles al objeto de su ira; violentaba las puertas a -puñetazos; hacía trizas a puntapiés los biombos pintados; desahogaba su -indignación en inocentes vasos de China; esparcía lujosos uniformes por -el suelo; desgarraba ropas; miraba con estúpido asombro su espantosa -faz en los espejos, y después los rompía; llevaba a la boca los restos -de cena que existían aún calientes en la mesa del comedor; se arrojaba -sobre los finos muebles para quebrarlos; escupía los cuadros de Goya; -golpeaba todo por el simple placer de descargar sus puños en alguna -parte; tenía la voluptuosidad de la destrucción, el brutal instinto -tan propio de los niños por la edad como de los que lo son por la -ignorancia; rompía con fruición los objetos de arte, como rompe el -rapaz en su despacho la cartilla que no entiende; y en esta tarea -de exterminio la terrible fiera empleaba a la vez y en espantosa -coalición todas sus herramientas, las manos, las patas, las garras, las -uñas y los dientes, repartiendo puñetazos, patadas, coces, rasguños, -dentelladas, testarazos y mordiscos.</p> - -<p>La rabia del monstruo aumentó cuando corrieron de boca en boca estas -frases: «No está ese perro.» «El endino se ha escapao.» Efectivamente: -el Príncipe no parecía por ninguna parte, de lo cual me alegré.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span>Cuando la turba no -puede saciar su hambre de destrucción en el objeto humano de su rencor, -suele darse el gustazo de tomar venganza en los cuerpos inocentes de -los muebles que a aquel pertenecieron. Así ha ocurrido en todos los -motines de nuestro repertorio, y así ocurrió en aquel, más que ninguno -famoso, por las diversas causas que lo ocasionaron. Convencidos, pues, -los conjurados de que no habrían a las manos ni un pelo del Príncipe -de la Paz, concibieron el heroico pensamiento de quemar todas las -preciosidades del recinto recién saqueado. Con gozo sin igual, con -la embriaguez del triunfo y la conciencia de su fuerza irresistible, -comenzaron los nuevos huéspedes del palacio a arrojar por los balcones -sillas, sofás, tapices, vasos, cuadros, candelabros, espejos, ropas, -papeles, vajillas y otros mil perversos cómplices de la infame política -de Godoy. La fiera cumplía este cometido con cierto orden, sin dejar de -decir: «¡Muera ese tunante, ladrón!» y «¡Viva el Rey, viva el Príncipe -de Asturias!»</p> - -<p>Pero antes de que empezara esta operación, y cuando los exploradores -se convencieron de que el Príncipe había huido, la Princesa de la Paz, -que hasta entonces oculta permanecía, se presentó pidiendo socorro e -implorando la compasión de la multitud. El miedo hacía temblar a la -infeliz señora, lo mismo que a su hija, niña de corta edad, que con -ambos puños en los ojos lloraba sin consuelo. No sé si los ruegos de -la madre y de la hija ablandaron a los amotinados, o si las personas -de categoría<span class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span> que -dirigían la fiesta determinaron poner en salvo con todo miramiento -y consideración a la infeliz Princesa; lo cierto fue que, lejos de -maltratarla de obra o de palabra, sacáronla de la casa, y puesta en -una berlina fue llevada en <i>ca el palacio</i> de los Reyes, como -decía Pujitos, el cual, sin que nadie se lo ordenara, se encargó de tan -caballeresca comisión.</p> - -<p>Ustedes comprenderán que todo lo que fuese figurar en primer término -agradaba a Pujitos. Si se reunía un pelotón para marchar a cualquier -parte, allí estaba él para mandarlo, complaciéndose en decir: «Malchen, -media güelta a lizquielda», con tanta marcialidad como un capitán de -guardias walonas. No me cansaré de repetirlo: Pujitos tenía en su -cráneo, entre un lobanillo y un chichón, la protuberancia (¿cómo lo -diré...?), la protuberancia de la <i>tenientividad</i>. Como Napoleón -el genio de la guerra, poseía él el instinto de la Milicia Nacional, y -los hados le permitieron gozar el mando de varias compañías en los años -de jarana del 20 al 23 y aun posteriormente.</p> - -<p>Cuando los infatigables trabajadores del motín comenzaron a arrojar -por ventanas y balcones los muebles del palacio, Lopito, que llevaba a -cuestas una maravillosa obra de porcelana, producto de los talleres de -la Moncloa, se llegó a mí y díjome:</p> - -<p>—Gabrielillo, cuidado cómo coges nada. El <i>tío Pedro</i>, que está -allí observando lo que hacemos, tiene en la mano una pistola, y dice -que levantará la tapa de los sesos al que robe<span class="pagenum" -id="Page_89">p. 89</span> cualquier chuchería. No es el único gran -caballero que anda entre nosotros. ¿Ves aquel hombre vestido de majo -que está dando de patadas a un retrato de cuerpo entero? Pues es un -gentilhombre del cuarto del Príncipe. ¿Ves? ya pasó el pie del otro -lado de la tela. Tremendo agujero le han hecho. ¡Al fuego, al fuego!</p> - -<p>La hoguera, alimentada con tanto combustible, subía a enorme altura, -y las llamas oscilantes iluminaban de un modo pavoroso la calle toda, -y también el interior del palacio. Parecíamos los cíclopes de una -inmensa fragua; y digo parecíamos, porque yo también, temiendo que mi -falta de entusiasmo fuera sospechosa y me proporcionase algún porrazo, -puse manos a la obra, y cogiendo una armadura milanesa, en cuyo peto y -casco se veían batallas microscópicas, trabajadas por finísimo cincel, -di con ella en la calle y en la hoguera. Ni por un momento cesaban los -gritos de «¡Muera Godoy!» y sin duda querían matarle a voces, ya que -de otra manera les fue imposible conseguirlo. Pero es de advertir que -entre nosotros es muy común el intento de arreglar las más difíciles -cuestiones mandando vivir o morir a quien se nos antoja, y somos tan -dados a los gritos, que repetidas veces hemos creído hacer con ellos -alguna cosa.</p> - -<p>Yo no sé si los asaltadores de la casa del Príncipe de la Paz -creían estar quemando algo más que muebles muy finos y primorosas -obras de arte; pero por lo que en boca de alguno de aquellos héroes -oí, se me figuraba que estaban convencidos de que hacían un gran papel -político;<span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span> de que con la -llama de los espinos y de los brezos, sin cesar alimentada por ébanos -tallados y bordadas telas, estaban cauterizando las más feas llagas -de la doliente España. ¡Ay! He presenciado después la misma escena -repetida cada pocos años, ya por esta idea, ya por la otra, y he dicho: -«Algunas veces puede conseguirlo la espada en manos de un hombre de -genio; pero el fuego en manos del vulgo, jamás.»</p> - -<p>Tras la armadura cogí un reloj de bronce, y al llevarlo sobre mí -sentía el palpitar de su máquina. El pobrecillo andaba, vivía: aquel -artificio, que tanto se parece a un ser animado; aquella obra de -los hombres que parece obra de Dios, y que ha sido inventada por la -ciencia y adornada por las artes para uno de los más útiles empleos de -la vida, iba a perecer a manos del hombre mismo, sin haber cometido -más crimen que el de marcar las horas... ¿Pero a qué vienen estas -consideraciones hechas ante la hoguera del rencor? Aunque me daba -lástima del relojito, y lo estrechaba contra mi pecho escuchando su -latido que iba a extinguirse, arrojele al fin, y las mil piezas de su -máquina ingeniosa repercutieron sobre el suelo. Al reloj siguieron -cuantas baratijas encontré a mano, entre ellas guantes perfumados, -un estuche de marfil, estatuitas de alabastro, y después unos mapas -del Asia, libros lujosamente encuadernados (que sin duda los muy -necios se creían libres de la Inquisición), unas pantuflas, cuatro -casacas con galones de plata y oro, y el pupitre en que dos días antes -se había<span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span> extendido -mi recomendación. Fortuna, vil prostituta, ¿por qué te invocan los -hombres? ¿Por qué consagran su vida a buscarte, ya con afanes y -trabajos, ya con sutilezas e intrigas, por todos los rincones del -mundo, en altas y bajas esferas? Y el que te encuentra, ¿por qué se te -entrega ciegamente, ignorante de tus traiciones? Vale más ser constante -entre tus desdeñados que entre tus elegidos, y la mayor suerte del ser -humano será el no conocerte ni de nombre, y su mejor hazaña darte con -la puerta en los hocicos el día en que intentes penetrar en su casa.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch10"> - <h2 class="nobreak g0">X</h2> -</div> - -<p>Cuando revolvía uno de los armarios, aparecieron varias cruces o -condecoraciones; pero algunos de los presentes ni aun me permitieron -tocarlas, y pusiéronlas todas en una bandeja de plata, para -devolverlas, según decían, al Rey en persona. Lo más singular de la -determinación de aquellos cortesanos, tiznados con el hollín de la -demagogia, era que disputaban sobre quién debía llevarlas, pues ninguno -quería ceder a los demás semejante honor. Uno de ellos venció al fin; -y no quisiera equivocarme, pero me pareció reconocer al señor de -Mañara.</p> - -<p>Con el crecer de la llama parecía que cobraban<span class="pagenum" -id="Page_92">p. 92</span> nuevos bríos los quemadores, si bien puede -atribuirse este fenómeno a que algunos zaques dieron vuelta a la -redonda, humedeciendo los secos paladares, y alegrando los ánimos -que un trabajo tan duro como patriótico había comenzado a abatir. -Creí oír la voz de Pujitos, obligado nuevamente por sus <i>amigos -políticos</i> a tomar la palabra; pero no: era Santurrias, que teniendo -en la izquierda la bota y en la derecha mano un leño encendido, -pronunciaba sentidas frases en loor del pueblo y del Rey, ambos en -buen amor y compaña, para bien del <i>reino</i>; y añadía que el -<i>endino</i> Príncipe de la Paz estaba bien castigado, puesto que eran -ya cenizas todos los muebles que robó al <i>reino</i>, y que de <i>aquí -palante</i>, es decir, en lo sucesivo, no habría más <i>menistros</i> -pillos y <i>lairones</i>.</p> - -<p>Las hogueras, cuando ya no había nada que echarles, se aplacaron; el -populacho, mientras el tío Malayerba tuvo vino, y Pujitos y Santurrias -elocuencia, seguía ardiendo y chisporroteando. Algunos quisieron -trasladar el teatro de sus ingeniosas proezas a las puertas de palacio, -no siendo extraños los dos oradores a un proyecto que ensanchaba la -esfera de sus triunfos; pero debió oponerse a esto el tío Pedro y -compañeros de polaina, mayormente cuando tenían la seguridad de que -el motín de las calles no era más que una sucursal de la gran asonada -que en los mismos momentos estallaba en palacio y en la cámara del Rey -Carlos IV.</p> - -<p>Era ya la madrugada cuando quise retirarme,<span class="pagenum" -id="Page_93">p. 93</span> sin que lograra detenerme Lopito, que -decía:</p> - -<p>—Aún falta lo mejor. ¿Qué te parece, Gabrielillo, lo que hemos -hecho? Pues <i>entavía</i> hemos de hacer mucho más. Ya habrá visto -el Rey si se puede o no se puede. Pónganos otra vez menistros malos, -y verá cómo en menos que canta un gallo se les despabila. Lo que es -Lopito... je, je... ya habrán visto que tiene malas moscas... y como yo -hubiera encontrado a Godoy en cualquiera parte de la casa, le juro que -no sale vivo de mis manos.</p> - -<p>Diciendo esto, el valiente pinche sacó una navajilla, con la cual le -vi describir heroicas curvas en el aire.</p> - -<p>—Y si llegamos a ir a palacio —prosiguió, alzando el arma homicida—, -yo, yo mesmito soy el que me presento al Rey y a la Reina para decirles -que si no nos ponen al Príncipe Fernando en el trono, lo pondremos -nosotros. Lo que es al Rey no le haré nada, porque es el Rey; pero a la -Reina, manque se ponga de rodillas delante, no la perdono.</p> - -<p>Dijo, y guardó el arma. A todas estas llegó una compañía de guardias -para custodiar la casa después de saqueada: fácil era comprender la -inteligente dirección del motín, de que había sido brutal instrumento -un pueblo sencillo. Este no hubiera podido dar un paso más allá de -la línea que se le marcara sin sentir encima la fuerte mano de la -autoridad.</p> - -<p>No necesito decir que cuando se montó la guardia, el predestinado -Pujitos quiso formar parte de ella, aunque no era militar, y su -genio<span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span> organizador -se entretuvo en reunir en pelotón hasta una docena de hombres, con -los cuales se ocupó en patrullar por las inmediaciones de la casa, -mandándoles marchar a compás y supliendo él mismo con su voz la falta -de tambor.</p> - -<p>Al fin me marché, no solo porque tenía sueño, sino porque cuanto -había visto y oído me repugnaba con exceso. Llegué a la casa del cura, -y no puedo haceros formar idea del estado de agitación y fiebre en que -le encontré. Envuelta en un pañuelo la cabeza, puesta la sotana vieja y -con un antiguo gabán de paño burdo echado sobre los hombros, sus anchos -pantuflos en los pies, estaba mi buen eclesiástico recorriendo de largo -a largo los corredores y pasillos de su casa. Su aspecto era semejante -al de los que sufren un terrible dolor de muelas; a cada instante se -llevaba las manos a las orejas, como para resguardarlas del ruido que -hacían aún las campanas de la iglesia vecina; de vez en cuando golpeaba -el suelo con fuerte patada, y a lo mejor daba media vuelta, cambiando -de dirección en su calenturiento paseo. Entre tanto no cesaba de -hablar un solo momento. ¿Con quién? Con las paredes, con la luna, con -la parra, que, enredándose en los maderos del corredor, extendía sus -flacos y secos brazos para coger alguna cosa. Cuando me vio, hablome -sin aguardar a que llegase a su lado.</p> - -<p>—Estoy loco, Gabrielillo. ¿Qué pasa, qué ocurre? ¿Oyes las campanas -de la parroquia? Por los mártires de Alcalá juro... no, jurar no,<span -class="pagenum" id="Page_95">p. 95</span> que es pecado... prometo -que Santurrias me las ha de pagar todas juntas. ¿Pero has visto cómo -se burla de mí ese condenado? No es él el que toca, que si fuera... -Mira, estaba yo descabezando el primer sueño, cuando me hizo saltar -de la cama el ruido de las campanas. ¡Dios mío, qué algazara! Plin, -plan, plin, plan... parecía que el cielo se venía abajo. Lleno de -indignación subí a la torre; pero Santurrias no estaba, y en su lugar -sus cuatro hijos tocaban las campanas. Tal era mi cólera, que resolví -mostrar la mayor energía, y les dije: «Pillos, granujas, váyanse de -aquí noramala;» pero ellos se rieron de mí y siguieron tocando... -plin, plan, plin, plan... ¡Si hubieras visto a los cuatro condenados -muchachos, con qué alegría, con qué frenesí tiraban de las cuerdas!... -¡Malditos sean!... Pues uno de ellos, el mayor, es listillo y muy -mono... y ayuda a misa como un zarapico. Pero me dio tal enfado, que -les mandé salir de la torre. ¿Tú me obedeciste? pues ellos tampoco. -El más chico me dijo: <i>Pare Gorio jue matal a Godoy, y nos puso a -que tocálamos fuelte, fuelte.</i> Desde las once hasta ahora no han -cesado ni un momento. ¿Pero dime, qué ocurre en el pueblo? He visto -el resplandor de una llamarada, he sentido gritos. La tía Gila fue -por orden mía a ver lo que pasaba, y volvió horrorizada, diciendo que -estaban quemando todo el Palacio Real de punta a punta, y los jardines, -y el Tajo, y la cascada. Cuéntame, hijito, que estoy sin sosiego.</p> - -<p>Contele lo que había pasado en casa del Príncipe su amigo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span>—Pero a estas horas -habrán salido las tropas para castigar a esa vil plebe —me dijo.</p> - -<p>—¡Quiá! Si entre la multitud había muchos soldados... La tropa debe -de estar sobornada.</p> - -<p>—Pero a estas horas el Príncipe habrá tomado sus disposiciones para -arreglarlo todo... porque él no es hombre que se anda con chiquitas, -y si les sienta la mano... ¡Cuánto deploro no haber podido advertirle -ayer lo que se preparaba! Ya ves, hubiéramos podido evitar ese tumulto. -¡Miserable de mí!... Yo, yo tengo la culpa de lo que está pasando. Si -no fuera por este genio corto que Dios me ha dado...</p> - -<p>—El Príncipe ha huido, y debe estar a estas horas muy lejos de -Aranjuez.</p> - -<p>—¡Que ha huido! No puede ser, no puede ser —afirmó con cierta -enajenación—. Gabriel, ¿para qué mientes? ¿O eres tú también de los que -creen las majaderías y simplezas de Santurrias?</p> - -<p>A este punto llegábamos de nuestro coloquio, cuando sentimos una voz -ronca y desapacible que gritaba en el portal.</p> - -<p>—¡Ah! —dijo el cura—; me parece que siento a Santurrias. Ahora va -a ser ella: no intercedas por él... estoy decidido... ahora sí que es -preciso ser enérgico.</p> - -<p>La voz se acercaba. Era efectivamente el sacristán, que cantaba así, -subiendo por la escalera:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent2">Vale una seguidilla</div> - <div class="verse indent0">de las manchegas</div> - <div class="verse indent0">por veinticinco pares</div> - <div class="verse indent0">de las boleras.</div> - </div> -</div> -</div> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza0"> - <div class="verse indent0"><span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span><i>Solvet - sæclum in favilla, teste David cum Sibylla.</i></div> - </div> -</div> -</div> - -<p>—Váyase usted, Sr. Santurrias —gritó el cura—. No le quiero ver a -usted, no quiero oír sus necedades.</p> - -<p>El sacristán, que hasta entonces no nos había visto, se paró ante -nosotros, y lanzando una carcajada de estupidez, habló así, con lengua -estropajosa:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent0">El <i>Kyrie eleison</i> cantando,</div> - <div class="verse indent0">¡viva el Príncipe Fernando!</div> - </div> -</div> -</div> - -<p>Luego dio fuertes golpes en el suelo con un garrote medio quemado -que en la mano traía, y acto continuo empezó a marchar militarmente por -el corredor, imitando con la boca el ruido del tambor.</p> - -<p>—¡Está borracho! —dijo el cura—. Pero, miserable, ¿no ves que el -vino se te sale por los ojos?</p> - -<p>Santurrias, apoyado en su palo para no caer al suelo, alargó su -cuello, fijó en nosotros los encandilados ojos, arrugose su cara más -aún que de ordinario, y chilló así:</p> - -<p>—Señor paterniá: el Príncipe ha juío... ¡Viva el Rey! ¡Muera el -Choricero! ¡Muera ese pillo lairón!... <i>¡O salutaris hooo...stia!</i> -Si me bian dejao, le hago porvo con este palo... Prrum, prrum... -¡marchen! Media güelta... ¡Viva el comendante Pujitos!</p> - -<p>—¡Oh espectáculo lastimoso! —clamó D. Celestino—. Está como una -cuba. Ya no le aguanto más... A la calle, a la calle mañana mismo. Se -lo diré al señor Patriarca... Pero no: ahora<span class="pagenum" -id="Page_98">p. 98</span> me acuerdo de que es un viudo con cuatro -hijos.</p> - -<p>A todas estas las campanas seguían tocando con igual furia, prueba -evidente de que el entusiasmo de los cuatro muchachos no había -disminuido.</p> - -<p>Santurrias se agarró al antepecho del corredor para no caer. Después -de haber dicho mil herejías, que a D. Celestino le pusieron el cabello -de puntas, dijo que nos iba a contar lo que había hecho.</p> - -<p>—Calla de una vez, deshonra de la santa Iglesia, borracho, hereje, -blasfemo —le dijo D. Celestino empujándole—. Yo te aseguro que si no -fueras un viudo con cuatro hijos...</p> - -<p>—Pos, pos... —balbuceó Santurrias—: lo que hamos hecho se llama... -¡rigolución!... Que si vamos a Palacio, que si no vamos. Yo quería ir -pa pedí la aldicación.</p> - -<p>—¡Cómo! —exclamó el cura con espanto—. ¿Ha abdicado S. M. el Rey -Carlos IV?</p> - -<p>—Nones... entavía nones...</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent0"><i>Quantus tremor es futurus</i></div> - <div class="verse indent0"><i>Quando judex est venturus.</i></div> - </div> -</div> -</div> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza0"> - <div class="verse indent2">Viva quien baila,</div> - <div class="verse indent0">que merece la moza</div> - <div class="verse indent0">mejor de España.</div> - </div> -</div> -</div> - -<p class="ti0">¡Muera Godoy!... marchen... señor cura. Ya el menistro -no es menistro, polque el Rey...</p> - -<p>—Creo que el Rey —indiqué yo para sacar de su ansiedad al buen -anciano—, ha firmado ya la destitución del Príncipe de la Paz. Según -allí se dijo, los ministros que estaban en palacio se lo pedían -así.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span>—Eso... eso... juimos -a palacio —continuó Santurrias, que, no pudiendo sostenerse ya, había -caído al suelo—, y salió un gentilón con un papé escrito, y leyó... -y decía... decía: <i>Queriendo mandal por mi mesma mesmedá en el -enjército y la marina, he venido en ex... ex... ex...</i></p> - -<p>—En exonerar —dijo el cura, dirigiendo sus ojos al cielo.</p> - -<p>Santurrias murmuró algunas palabras más entre latinas y castellanas, -y calló al fin. Un fuerte ronquido anunció el aplanamiento de aquel -elevado espíritu, conturbado por el vino de la conjuración.</p> - -<p>Observé que D. Celestino enjugaba una lágrima con la punta del mismo -pañuelo que tenía arrollado en la cabeza. Amanecía, y una turba de -pájaros procedentes de los árboles cercanos, pasaron por sobre el patio -cantando un himno de paz. Las primeras luces de la mañana iluminaron la -casa, y el cura se retiró a su cuarto, diciendo:</p> - -<p>—Dentro de un rato diré la misa y la aplicaré por la salvación de -mi amigo el Príncipe de la Paz... ¡Ay, si yo le hubiera avisado con -tiempo!... Pero ¿no oyes? ¡Esas condenadas campanas me tienen loco!</p> - -<p>En efecto, los cuatro muchachos seguían tocando.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch11"> - <p><span class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XI</h2> -</div> - -<p>Pasé todo aquel día durmiendo. Al caer de la tarde salí para -observar el aspecto del pueblo, y en la taberna encontré a Lopito, -que hacía con su navaja mil rúbricas en el aire, para que le viera -Mariminguilla. Después, guardando el arma, me dijo:</p> - -<p>—Le he caído en gracia a la muchacha, y si el tío Malayerba no me -la deja sacar de aquí, ya sabrá quién es Lopito. ¡Qué bien me porté -anoche, Gabriel! Todos están entusiasmados conmigo, y para cuando -tengamos al Príncipe en el trono, ya me han prometido darme una plaza -de ocho mil reales en la Contaduría del Consejo de Hacienda.</p> - -<p>—Chico, si tienes buena letra...</p> - -<p>—Ni buena ni mala, porque no sé escribir; pero eso será lo de menos. -Me ha dicho Juan el cochero que ahora van a quitar de las oficinas a -todos los que puso el Príncipe de la Paz, y como son cientos de miles, -quedarán muchas plazas vacantes. Conque a toos nos han de poner... -porque, chico, esto de la montería me cansa, y para algo más que para -cuidar perros y machos de perdiz me parece que nos echaron nuestras -madres al mundo.</p> - -<p>—Pero ¿ponen al Príncipe de Asturias, o no le ponen?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span>—Nos lo pondrán; y -si no, ¿para qué vienen ahí las tropas de Napoleón? ¡Qué bueno estuvo -lo de anoche! Dicen que el Rey temblaba como un chiquillo, y quería -venir a calmarnos; pero parece que los ministrillos no le dejaron. La -Reina decía que nos debían matar a todos, para que no pasara aquí otra -como la de Francia, donde les cortaron la cabeza a los Reyes con un -instrumento que llaman la <i>tía Guillotina</i>. Así me lo contó esta -mañana Pujitos, que sabe de toas estas cosas, y lo ha leído en un papel -que tiene. Nosotros queremos al Rey porque es el Rey, y esta mañana, -cuando salió al balcón, gritamos mucho y le echamos vivas. Él se -llevaba la mano a los ojos para secarse las lágrimas; pero la condenada -Reina estaba allí como un palo, y no nos saludó. Pujitos, que lo sabe -todo, dice que es porque está afligida con lo que hemos hecho en casa -del Choricero, y asegura que ella lo tiene escondido en su camarín.</p> - -<p>—Puede ser.</p> - -<p>—Pues yo me he lucido —continuó Lopito, alzando la voz para que lo -oyera Mariminguilla—. Esta mañana, cuando prendieron a Don Diego Godoy, -hermano del menistro, íbamos toos gritando detrás, y yo le tiré una -piedra, que si le llega a dar en metá la cara, lo deja en el sitio.</p> - -<p>—¿Y qué había hecho ese señor?</p> - -<p>—¿Te parece poco ser hermano de ese pillastrón? Era coronel de -guardias; pero sus mismos soldados le quitaron las insignias, y ahora -me le van a llevar a un castillo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_102">p. 102</span>Aquella noche oí un -nuevo discurso de Pujitos; pero haré a mis lectores el señalado favor -de no copiarlo aquí. El poeta calagurritano que antes mencioné, jefe de -la conspiración literaria fraguada contra <i>El sí de las niñas</i>, se -arrimó a nosotros, acompañado de Cuarta y Media, y entre uno y otro nos -descerrajaron la cabeza con media docena de sonetos y otros proyectiles -fundidos en sus cerebros. Pero después que nos molieron a sonetazos, -Lopito trabó cierta pendencia con el poeta, porque a este se le antojó -requebrar a Mariminguilla, llamándola <i>ninfa</i> de no sé qué aguas -o poéticos charcos. La navaja de Lopito salió a relucir, y si el poeta -no hubiera sido el más cobarde de los cabalgantes del Pegaso, habrían -corrido, mezcladas en espantoso río, la sangre de un futuro empleado de -Hacienda y la de un pretérito émulo del viejo Homero.</p> - -<p>Nada más ocurrió en aquella noche, digno de ser transmitido a la -posteridad; pero a la mañana siguiente se esparció con la rapidez del -rayo por todo el pueblo la voz de que el Príncipe de la Paz había sido -encontrado en su propia casa. La taberna del tío Malayerba se vació en -dos minutos, y de todas partes cundió en gran masa la gente para verle -salir.</p> - -<p>Era cierto: Godoy se había refugiado en un desván donde le encerró -uno de sus sirvientes, el cual, preso después, no pudo acudir a -sacarle. A las treinta y seis horas de encierro, el Príncipe, -prefiriendo sin duda la muerte a la angustia, hambre y sed que le -devoraban, bajó de su escondite, presentándose a los guardias<span -class="pagenum" id="Page_103">p. 103</span> que custodiaban su morada. -Estos, lejos de amparar al que un día antes era su jefe, alborotaron el -vecindario, y la misma turbamulta de la noche del 17 acudió con heroico -entusiasmo a apoderarse de él.</p> - -<p>—¡Ya pareció, ya le cogimos, ya es nuestro! —clamaban muchas -voces.</p> - -<p>Fuimos todos allá, y en la puerta del palacio el agolpado gentío -formaba una muralla. Los feroces gritos, los aullidos de cólera -componían espantoso y discorde concierto. Sorprendiome oír entre tanta -algarabía las voces de algunas mujeres chillonas, que deshonraban a su -sexo pidiendo venganza. Lopito no cabía en sí de satisfacción, y la -navajilla fue blandida sobre nuestras cabezas como si quisiera partir -el firmamento en dos pedazos.</p> - -<p>Empujábamos todos, pugnando cada cual por acercarse, y codazo por -aquí, codazo por allí, Lopito y yo pudimos aproximarnos bastante a la -puerta. El poeta y Cuarta y Media estaban en primera fila. El segundo -de estos personajes se volvió a mí y me dijo con gozo:</p> - -<p>—Creo que no saldrá vivo de manos del pueblo.</p> - -<p>—¿Y a usted qué le ha hecho ese caballero? —le pregunté.</p> - -<p>—¡Oh! —me contestó—. Ese hombre es un infame, un pícaro que se ha -hecho rico a costa del Reino. Yo le aborrezco, le detesto: yo soy una -víctima de sus picardías. Ha de saber usted que la tienda de calderería -que tengo me la puso él, por ser yo hijo de la que le lavaba la -ropa... Al año de tener la tienda me arruiné,<span class="pagenum" -id="Page_104">p. 104</span> y él me dio unos cuartos para seguir -adelante; pero como le pidiese un destino donde con descanso y sin -trabajar me ganase la vida, tuvo la poca vergüenza de contestarme -que yo no debía ser empleado, sino calderero, y añadió que yo era un -animal. Vea usted, ¡decir que yo soy un animal!</p> - -<p>No quise oírle más, y me volví de otro lado. La turba chillaba: -no he podido olvidar nunca aquellos gritos que relaciono siempre con -la voz de los seres más innobles de la creación; y mientras aquel -gatazo de mil voces mayaba, extendía determinadamente su garra con la -decisión irrevocable, parecida al valor, que resulta de la superioridad -física, con la fuerte entereza que da el sentirse gato en presencia del -ratón.</p> - -<p>La tropa contenía al pueblo, anheloso de entrar, y algunos jinetes -de la guardia se colocaron a derecha e izquierda de la puerta. No lejos -de allí, Pujitos, que tenía, como hemos dicho, el instinto, el genio de -la reglamentación del desorden, mandaba a la turba que se pusiese en -fila, y decía, alzando su garrote:</p> - -<p>—Señores, a un laíto... de dos en dos. Formen en batallón, y no -rempujen.</p> - -<p>De pronto, un clamor inmenso, compuesto de declamaciones groseras, -de torpes dichos, de gritos rencorosos, resonó en la calle. En la -puerta había aparecido un hombre de mediana estatura, con el pelo -en desorden, el rostro blanco como el mármol, los ojos hundidos y -amoratados, los brazos caídos, en mangas de camisa, y con un capote -echado sobre los hombros.<span class="pagenum" id="Page_105">p. -105</span> Era el ministro de ayer, el jefe de los ejércitos de mar y -tierra, el árbitro del Gobierno, el opulento Príncipe y prócer, señor -de inmensos Estados, el amigo íntimo de los Reyes, el dispensador de -gracias, el dueño de España y de los españoles, pues de aquella y de -estos disponía como de hacienda propia; el coloso de la fortuna, el -que de nada se convirtió en todo, y de pobre en millonario; el guardia -que a los veinticinco años subió desde las cuadras de su regimiento -al trono de los Reyes, el Conde de Eboramonte, y Duque de Sueca, y -Duque de la Alcudia, y Príncipe de la Paz, y Alteza Serenísima, que -en un día, en un instante, en un soplo había caído desde la cumbre -de su grandeza y poder al charco de la miseria y de la nulidad más -espantosas.</p> - -<p>Cuando apareció, mil puños cerrados se extendieron hacia él; los -caballos tuvieron que recular, y los jinetes que hacer uso de sus -sables, para que el cuerpo del Príncipe no desapareciera, arista -devorada por aquel gran fuego del odio humano. El favorito dirigió al -pueblo una mirada que imploraba conmiseración; pero el pueblo, que -en tales momentos es siempre una fiera, más se irritaba cuanto más -le veía: sin duda el mayor placer de esa bestia que se llama vulgo, -consiste en ver descender hasta su nivel a los que por mucho tiempo vio -a mayor altura.</p> - -<p>El piquete de guardias de a caballo trató de conducir al Príncipe -al cuartel, para lo cual fue preciso que él se colocase entre dos -caballos, apoyando sus brazos en los arzones, y<span class="pagenum" -id="Page_106">p. 106</span> siguiendo el paso de aquellos, que si -al principio era lento, después fue muy acelerado, con objeto de -terminar pronto tan fatal vía-crucis. Entre tanto la multitud pugnaba -por apartar los caballos; por aquí se alargaba un brazo, por allí una -pierna; los garrotes se blandían bajo la barriga de los corceles, y las -piedras llovían por encima. Tanto menudeaban estas, que los jinetes -empezaron o amoscarse y repartieron algunos linternazos.</p> - -<p>Lopito, ebrio de gozo, me dijo:</p> - -<p>—He sido más listo que todos, porque me escurrí por entre las patas -de los caballos, y le pinché con mi navaja. Mírala: entavía tiene -sangre.</p> - -<p>Cuarta y Media vociferaba diciendo:</p> - -<p>—Es una iniquidad lo que hacen con nosotros. Esos guardias debían -ser fusilados. ¿Por qué no nos dejan acercar?</p> - -<p>Pujitos, que en su petulancia no carecía de generosidad, fue el -único de los por mí conocidos en quien advertí señales de compasión.</p> - -<p>Hubo momentos angustiosos en que la turba se arremolinaba -estrechándose, y parecía próxima a devorar al prisionero y a los -jinetes que le custodiaban; pero estos sabían abrirse paso, y -aclarándose el grupo volvía a aparecer la cara del mártir, asido con -convulsas manos a los arzones, cerrados sus ojos, la frente herida y -cubierta de sangre, las piernas flojas y trémulas, llevado casi en -volandas y casi arrastrando, con la respiración jadeante, la boca -espumosa, las ropas desgarradas. Parecíame<span class="pagenum" -id="Page_107">p. 107</span> mentira que fuese aquel el mismo hombre que -dos días antes me recibió en su palacio; el mismo a quien vi asediado -por los pretendientes, agitado y receloso sin duda, pero seguro aún de -su poder, y muy ajeno a tan repentina, traidora y alevosa mudanza del -destino... ¡Y los chicos más desarrapados se aventuraban entre los pies -de las cabalgaduras para golpearle, y las mujeres le arrojaban el fango -de las calles, menos asqueroso que las exclamaciones de los hombres... -y estos no disparaban sus escopetas por temor de herir a los soldados! -No creo que haya ocurrido jamás caída tan degradante. Sin duda está -escrito que la caída sea tan ignominiosa como la elevación.</p> - -<p>Los favoritos que dejaron su cabeza sobre el tajo de un cadalso, -fueron sin disputa menos mártires que D. Manuel Godoy, llevado en -vergonzosa procesión entre feroces risas y torpes dicharachos, sin -morir, porque no matan los arañazos y pellizcos.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch12"> - <h2 class="nobreak g0">XII</h2> -</div> - -<p>Al fin entró en el cuartel la comitiva, y el populacho, azuzado -sin cesar por los lacayos palaciegos, tuvo el sentimiento de no poder -mostrar su heroísmo con el éxito que deseara. Alguno de los más celosos -entre tan bravos<span class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span> -campeones salió mal herido a consecuencia de que todas las piedras -lanzadas contra el Ministro no seguían la dirección dada por la mano -que las tiraba. Digo esto, porque en el momento en que Santurrias se -encaramaba sobre los hombros de dos palurdos para poder asestar un -golpe certero al infeliz mártir, recibió una peladilla de arroyo sobre -la ceja derecha con tanta fuerza, que el benemérito sacristán cayó al -suelo sin sentido. Al punto, los que más cerca estábamos, Lopito y yo, -corrimos en su ayuda, y en unión de otras dos personas caritativas, -llevamos aquel talego a su casa, pues Santurrias vivía pared por medio -con mi buen amigo D. Celestino del Malvar. Luego que este vio entrar a -su subalterno tan mal parado, cruzó las manos y dijo:</p> - -<p>—Castigo de Dios ha sido, por las muchas blasfemias de este hombre -y su abominable complicidad con los enemigos del Estado. No es esta -ocasión de demostrar cólera, sino blandura: aquí estoy yo para curarle -y asistirle, pues prójimo es, aunque un grandísimo bribón. Dejadle ahí -sobre una estera, que yo prepararé las bizmas y el ungüento, con lo -cual quedará como nuevo. Ánimo, amigo Santurrias, ¿estáis encandilado -todavía? ¿Queréis que saque una de aquellas botellas que tanto deseáis? -Tía Gila —añadió, dando una llave a la mujer que le servía—, abra usted -la alacena y saque al punto una de las que dicen <i>La Nava, seco</i>, -para ver si con la perspectiva de ella se reanima un tantico este -hombre. Y vosotros, chiquillos —prosiguió dirigiéndose a los<span -class="pagenum" id="Page_109">p. 109</span> cuatro hijos de Santurrias, -que exhalaban plañideros hipidos en torno al desmayado cuerpo de su -padre—, no lloréis, que esto no es más que un rasguño alcanzado por -este buen hombre en alguna disputa. No lloréis, que vuestro padre vive -y estará sano dentro de una hora... Y si muriese, yo os prometo que no -quedaréis huérfanos, porque aquí me tenéis a mí, que os he de amparar -como un padre. Vamos, chiquillos, aquí no servís más que de estorbo. -Idos a jugar... Vaya, para que os quitéis de en medio, os permito que -toquéis un poquito las campanas, picarones... id a la torre; pero no -toquéis fuerte: tocad a sermón o a completas.</p> - -<p>Como se levanta la bandada de pájaros, sorprendida por el cazador, -así volaron fuera del cuarto los cuatro muchachos, y un instante -después todas las viejas del pueblo salían a sus puertas y balcones, -diciéndose unas a otras: «Señora Doña Blasa, esta tarde tenemos -sermón y completas. Buena falta hace, a ver si se acaban pronto estas -herejías.»</p> - -<p>Santurrias, que había perdido mucha sangre, recobró algo tarde el -completo uso de sus eminentes facultades, y al abrir a la luz del día -sus ojos, permaneció como atontado, hasta que volvió a adquirir su -lengua el don de la facundia.</p> - -<p>—¡Que lo ahorquen! —gritó—. Que nos lo den; que lo echen hacia ca, -y nosotros le enjusticiaremos. Despachemos primero a los guardias de a -caballo, y dimpués a él... No arrempujar, señores. Darle onde le duela. -Pincha<span class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span> tú por bajo, -Agustinillo, que yo con esta almendra le echo la puntería en metá la -nariz. ¡Mil demonios! ¿Quién tira piedras?... ¡Muerto soy!</p> - -<p>—No, yerba ruin: vivo estás —dijo D. Celestino, aplicándole una -venda a la herida—. Mira esto que he puesto delante. Es una botella de -aquellas que deseabas, borracho: tuya será cuando te pongas bueno, si -prometes no decir disparates.</p> - -<p>Después nos preguntó que en qué refriega había acontecido tan -funesto percance, y Lopito y yo, cada cual con distinta manera y -estilo, le contamos lo que había sucedido: el encuentro del Príncipe, -su prisión y su suplicio por las calles del pueblo.</p> - -<p>—Corro allá, voy al instante —exclamó fuera de sí D. Celestino—. Es -mi bienhechor, mi amigo, mi paisano, y aun creo que pariente. ¿Cómo he -de desampararle en su desventura?</p> - -<p>Quisimos disuadirle de tan peligroso intento; pero él no reparaba -en obstáculos ni menos en el riesgo que corría, haciendo pública -ostentación de sus sentimientos humanitarios en favor del desgraciado -valido. Nada le convencía, y después que dejó a Santurrias muy bien -vendado, y ya algo repuesto de su malestar, tomó el manteo, vistiose a -toda prisa y fue en dirección del cuartel.</p> - -<p>—No se exponga usted —le decía yo por el camino—. Mire que son unos -bárbaros, y en cuanto usted demuestre que es amigo del Príncipe, no -respetarán ni sus canas ni su traje.</p> - -<p>—¡Que me maten! —contestó—. Quiero ver<span class="pagenum" -id="Page_111">p. 111</span> al Príncipe... ¡Cuando me acuerdo de lo que -me quería ese buen señor...! ¡Ah! Gabrielillo: lo que aquí vemos es -espantoso y clama al cielo. Pase que algunos estén descontentos de su -gobierno; pase que le tengan otros por mal Ministro, aunque yo creo que -es el mejor que hemos tenido desde hace mucho tiempo; se puede perdonar -que sus enemigos quieran derribarle y le insulten; se comprende que -dichos enemigos, en un momento de coraje, le prendan, le arrastren, -le ahorquen; pero, hijo, que esto lo hagan los mismos a quienes ha -favorecido tanto; los que sacó de la miseria; los que de furrieles -trocó él en capitanes, y de covachuelos en ministros; los que han -vivido a su arrimo, y han comido sobre sus manteles, y le han adulado -en verso y en prosa... ¡ah! esto no tiene perdón de Dios, y menos si se -considera que se han valido para esto de los mismos lacayos, cocineros -y criados de los señores Infantes... Hijo mío, me parece que veo la -corona de España paseada por los patanes y los majos en la punta de sus -innobles garrotes.</p> - -<p>Llegamos al cuartel, cuya puerta estaba bloqueada por el populacho. -D. Celestino se abrió paso difícilmente. Algunos preguntaron con sorna: -«¿A dónde va el padrito?» y él, dando codazos a diestro y siniestro, -repetía: «Quiero ver a ese desgraciado, mi amigo y bienhechor.»</p> - -<p>Muy mal recibidas fueron estas palabras; pero al fin, más que la -exaltada pasión pudo el tradicional respeto que al pueblo español -infundían los sacerdotes.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span>—Hijos míos -—les decía—, sed caritativos; no seáis crueles ni aun con vuestros -enemigos.</p> - -<p>La turba se amansó, y D. Celestino pudo abrirse calle por entre dos -filas de garrotes, navajas, escopetas, sables y puños vigorosos, que -se apartaban para darle paso. Yo estaba muy asustado viéndole entre -aquella gente, y mi viva inquietud no se calmó hasta que le consideré -sano y salvo dentro del cuartel.</p> - -<p>Y los cuatro hijos de Santurrias seguían tocando a sermón y -completas, y la iglesia se llenaba de beatas que, al tomar agua -bendita, se saludaban diciendo: «Creo que aún no ha concluido todo, -y que tendremos esta tarde otra jaranita.» Y el segundo acólito, -creyendo que la cosa iba de veras, encendió el altar, y preparó las -ropas, y abrió los libros santos. Y dieron las tres, las tres y media, -las cuatro, las cuatro y media, y el cura no parecía, y las viejas se -impacientaban, y el segundo acólito se volvía loco, y los cuatro hijos -de Santurrias seguían tocando.</p> - -<p>Y yo fui también a la iglesia, y sentado en un banco reflexioné -detenidamente sobre la inestabilidad de las glorias humanas, hasta -que al fin, observando que la impaciencia de las beatas llegaba a su -último extremo y que empezaban a entablar diálogos pintorescos para -matar el fastidio, salí en busca de mi amigo. Encontrele muy a punto en -el momento en que regresaba del cuartel. Su rostro era cadavérico; su -habla trémula.</p> - -<p>—¡Ah, Gabriel! —me dijo—. Vengo traspasado de dolor. Allí sobre -unas fétidas pajas, cubierto<span class="pagenum" id="Page_113">p. -113</span> de sangre y pidiendo a voces la muerte, está el que ayer -gobernaba dos mundos. Ni un alma compasiva se acerca a darle consuelo. -Ayer cien mil soldados le obedecían, y hoy hasta los furrieles se ríen -de su miseria. No creí que todo se pudiera perder tan pronto; pero ¡ay, -hijo! el hombre es así. Gusta mucho de las caídas, y el día en que un -poderoso de la tierra viene al suelo siempre es un día feliz.</p> - -<p>—Sosiéguese usted —le dije—. Usted no recordará que mandó tocar -a sermón y a completas. La iglesia está llena de gente. No hay más -remedio sino subir al púlpito.</p> - -<p>—Hablé con él —prosiguió sin hacerme caso—. El corazón se me parte -recordándolo. Desde anteanoche hasta esta mañana estuvo en un desván, -envuelto en un saco de esteras, muerto de hambre y de sed. La horrorosa -calentura le devoraba de tal modo, que prefirió la muerte. Por eso -salió el infeliz. ¡Pobre amigo mío! Yo le dije: «Señor, si cada uno de -los que han recibido un beneficio de Vuestra Alteza le hubiera echado -una gota de agua en la boca, su sed se habría apagado.» Él me miró con -expresión de agradecimiento, y no dijo más; pero a mí se me caían las -lágrimas. Todo esto ha sido obra del Príncipe de Asturias y de sus -amigos. Bien claro se ve. Cuando el Príncipe fue de orden de su padre a -calmar a la muchedumbre para que no despedazara al infeliz prisionero, -los amotinados le aclamaban y obedecían. Y esto no ha de parar aquí. -Ellos quieren la abdicación del Rey, y viendo que esto no es fácil de -conseguir, tratan de irritar<span class="pagenum" id="Page_114">p. -114</span> más al populacho para que D. Carlos coja miedo y suelte la -corona. Ahora pusieron en la puerta del cuartel un coche de colleras, -con lo cual ese bestia de pueblo creyó que el preso iba a ser puesto en -salvo de orden del Rey. ¡Qué fácilmente se engaña a esos desgraciados! -El ardid salió bien, porque la turba destrozó el carruaje, y después ha -corrido hacia palacio dando vivas a Fernando VII.</p> - -<p>—Ya me lo explicará usted detenidamente —repuse—. Ahora prepárese -usted para ir a la iglesia, donde le aguarda una multitud de -respetables señoras.</p> - -<p>—¿Qué dices? Si no hay sermón esta tarde...</p> - -<p>—Usted mandó a los cuatro muchachos que tocaran a...</p> - -<p>—¡Es verdad, qué inadvertencia! —dijo muy confundido—. Y están allí -esas buenas señoras, Doña Robustiana, Doña Gumersinda, Doña Nicolasa la -del escribano. ¡Oh! ¿Qué dirá Nicolasa si no predico?</p> - -<p>—Es preciso que usted haga un esfuerzo.</p> - -<p>—Si no tengo ideas, si no sé qué decir. No puedo apartar mi mente -del espectáculo que he visto. ¡Ah! ¡Cuánto me quería! ¡Si vieras cómo -me apretó la mano! Yo lloraba a moco y baba. ¡Si a él se lo debo -todo!... El fue mi amparo; él me dio este beneficio a los catorce -años de haberlo solicitado, en seguida, como quien dice. Y lo mejor -es que sin merecimientos por parte mía... No, no puedo predicar... -estoy tonto... Esos endiablados muchachos todavía no cesan de tocar a -sermón... ¡Oh! tendré que hacer un esfuerzo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span>D. Celestino, -comprendiendo la necesidad de no desairar a sus feligresas, entró en -la parroquia y oró un poco, recogiendo su espíritu. Después subió al -púlpito y predicó un sermón sobre la ingratitud.</p> - -<p>Todas las viejas lloraron.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch13"> - <h2 class="nobreak g0">XIII</h2> -</div> - -<p>Ya era de noche cuando me avisaron que a las diez salía un coche -para Madrid. Resolví partir, y por hacer tiempo hasta que llegase la -hora de la marcha, fui a la taberna. Como en los días anteriores, -el gentío era inmenso, los trajes pintorescos y variados, animadas -las voces (aunque ya enronquecidas por el patriotismo), los gestos -elocuentes, las patadas clásicas, los pellizcos propinados a -Mariminguilla infinitos, el vino más aguado que el día anterior, pues -por algo disfrutaba Aranjuez el beneficio de dos copiosos ríos.</p> - -<p>Lopito y Cuarta y Media me convidaron a beber con demostraciones de -entusiasmo, y el primero de aquellos consecuentes hombres políticos me -dijo:</p> - -<p>—Hoy sí que nos hemos lucido, Gabrielillo. Aquí me está diciendo el -Sr. Cuarta y Media que esta noche ponen al Príncipe de Asturias, de -modo que hemos de ir a darle vivas al balcón.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span>Pujitos distrajo -mi atención, hablándome de que pensaba organizar una compañía de -buenos españoles que desfilaran por delante de palacio en marcial -formación como la tropa, con objeto de hacer ver a los Reyes que el -pueblo sabe dar media vuelta a la izquierda lo mismo que el ejército. -¡Qué predestinación! ¡Qué genio! ¡Qué mirada al porvenir! Yo contesté -a Pujitos, excusándome de formar parte de tan brillante ejército, por -serme indispensable marchar del Sitio aquella misma noche.</p> - -<p>Había oscurecido. Mariminguilla colgó el candil de cuatro mecheros -para la completa, aunque pálida, iluminación de la escena, y aún -me encontraba yo allí, cuando llegó la feliz, la anhelada noticia. -Algunos entraron diciéndolo, y no se les dio crédito; otros salieron -a averiguarlo, y tornaron al poco rato confirmando tan fausto suceso; -y por fin un grupo, el más bullicioso, el más maleante, el más -entrometido de todos los grupos de aquellos días, la comparsa de -cocineros vestidos de patanes manchegos y de pinches convertidos en -majos, entró anunciando con patadas, manoplazos, berridos y coces, que -la corona de España había pasado de las sienes del padre a las del -hijo. No dejaban de tener razón al entusiasmarse aquellos angelitos, -porque en apariencia ellos lo habían hecho todo.</p> - -<p>Comunicada por tan brillante pléyade la noticia, no podía menos -de ser cierta, y en prueba de que los <i>patres conscripti</i> la -creyeron, allí estaban los mil cascos de los vasos rotos en el -momento en que se convencieron<span class="pagenum" id="Page_117">p. -117</span> del cambio de Monarca. También Mariminguilla tenía en -sus brazos señales evidentes del alborozo fernandista, pues se -redoblaron los pellizcos. La multitud, espoleada por Pujitos, partió -a los alrededores de palacio a pedir que saliese el nuevo Rey para -victorearle, y la taberna quedó desocupada en dos minutos. Pueblo y -soldados, mujeres y chiquillos, todos se unieron al alegre escuadrón: -su paso era marcha y baile y carrera a un mismo tiempo, y su alarido -de gozo me habría aterrado, si hubiese yo sido el Príncipe en cuyo -loor entonaban himno tan discorde las gargantas humedecidas por el -fraudulento vino del tío Malayerba.</p> - -<p>No quise ver ni oír más aquello, y fui a despedirme del incomparable -D. Celestino, a quien hallé en el cuarto de Santurrias, ocupado aún -en bizmarle y curar sus heridas. Luego que puso fin a esta operación, -se ocupó en acostar a los cuatro muchachos campaneros, los cuales, -fatigados de la batahola de aquel día, yacían medio dormidos sobre -el suelo. Era preciso desnudarles como a cuerpos muertos, y al mismo -tiempo hacerles comer las sopas de ajo que la tía Gila había traído -en una gran cazuela. El señor cura, teniendo sobre sus rodillas al -más pequeño de aquellos diablillos, le acercaba la cuchara a la boca, -esforzándose en introducirla por entre los apretados dientes. Después, -procurando despabilarle, decía:</p> - -<p>—Vamos ahora a rezar todos el Padre Nuestro. Si vieras, Gabrielillo -—añadió dirigiéndose<span class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span> -a mí—, ¡cómo me han mortificado estos cuatro enemigos! Uno me ponía -rabos de papel en la sotana; otro tendía una cuerda desde la cama a -la mesa para que al pasar me enredara las piernas y cayese al suelo; -otro calentó la llave de la alacena y me abrasé los dedos cuando fui -a abrir; y por último, con mi sombrero hicieron un muñeco que decían -era el Príncipe de la Paz, y después de arrastrarle por el patio, -iban a meterle en el fogón para quemarlo. Afortunadamente la tía Gila -acudió a tiempo. ¡Pero qué han de hacer, si ya no hay autoridad, ni -se obedece a los superiores! Me parece que ahora van a venir tiempos -muy calamitosos. Si cada vez que se les antoje quitar a un Ministro, -salen gritando los cocheros de los Príncipes con unas cuantas docenas -de labriegos y soldados de la guarnición, de antemano seducidos, vamos -a estar con el alma en un hilo. Gabriel, aquí para entre los dos, ¿no -es indecoroso, humillante, indigno que un Príncipe de Asturias arranque -la corona de las sienes de su padre, amedrentándole con los ladridos de -torpes lacayos, de ignorantes patanes, de bárbaros chisperos y de una -soldadesca estúpida y sobornada? ¡Ay! Si yo no fuera un hombre corto de -genio, y lo hubiera tenido para decirle al Príncipe de la Paz lo que -se fraguaba; si él, siguiendo mis consejos, hubiera puesto a la sombra -a tres o cuatro pícaros como Santurrias y otros... Porque créelo, -hijo: este borrachón es, según me han dicho, el que ha embaucado a -medio pueblo para hacerle tomar parte en el alboroto... por supuesto, -que<span class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span> ha corrido dinero -de largo. Yo de buena gana castigaría a este hombre execrable, a este -pérfido sacristán; pero ¿cómo he de dejar sin pan a un viudo con -cuatro hijos? Ya ves: se me parte el corazón al considerar que estos -angelitos andarán por las calles pidiendo una limosna... Lo que antes -te he dicho es cierto... El vulgo, esa turba que pide las cosas sin -saber lo que pide, y grita «viva esto y lo otro», sin haber estudiado -la cartilla, es una calamidad de las naciones, y yo, a ser rey, haría -siempre lo contrario de lo que el vulgo quiere. La mejor cosa hecha por -el vulgo resulta mala. Por eso repito yo siempre con el gran latino: -<i>Odi profanum vulgus et arceo... et arceo</i>, y lo aparto... <i>et -arceo</i>, y lo echo lejos de mí... <i>et arceo</i>, y no quiero nada -con él.</p> - -<p>Concluida esta filípica, me abrazó deseándome mil felicidades, y -haciéndome jurar que le enteraría puntualmente de la situación de Inés. -Salí al fin de su casa y de Aranjuez, y cuando el coche que me conducía -pasó por la plaza de San Antonio, sentí la algazara del pueblo agolpado -delante de palacio. Sus gritos formaban un clamor estrepitoso que hacía -enmudecer de estupor a las ranas de los estanques y asustaba a los -grillos, pues unas y otros desconocían aquella monstruosidad sonora que -tan de improviso les había quitado la palabra.</p> - -<p>El pueblo victoreaba al nuevo Rey. El plan concebido en las -antecámaras de palacio había sido puesto en ejecución con el éxito más -lisonjero. Todo estaba hecho, y los cortesanos que desde los balcones -contemplaban con desprecio<span class="pagenum" id="Page_120">p. -120</span> el entusiasmo de la fiera, tan brutal en su odio como en su -alegría, no cabían en sí de satisfacción, creyendo haber realizado un -gran prodigio.</p> - -<p>En su ignorancia y necedad no se les alcanzaba que habían envilecido -el trono, haciendo creer a Napoleón que una nación donde príncipes y -reyes jugaban la corona a cara y cruz sobre la capa rota del populacho, -no podía ser inexpugnable.</p> - -<p>Hasta que nuestro coche no se internó mucho por la calle Larga no -dejamos de oír los gritos. Aquel fue el primer motín que he presenciado -en mi vida, y a pesar de mis pocos años entonces, tengo la satisfacción -de no haber simpatizado con él. Después he visto muchos, casi todos -puestos en ejecución con los mismos elementos que aquel famosísimo, -primera página del libro de nuestros trastornos contemporáneos; y es -preciso confesar que sin estos divertimientos periódicos, que cuestan -mucha sangre y no poco dinero, la historia moderna de la heroica España -sería esencialmente fastidiosa.</p> - -<p>Pasan años y más años: las revoluciones se suceden, hechas en -comandita por los grandes hombres y por el vulgo, sin que todo lo -demás que existe en medio de estas dos extremidades se tome el trabajo -de hacer sentir su existencia. Así lo digo yo hoy, a los ochenta y -dos años de mi edad, a varios amigos que nos reunimos en el café de -Pombo, y oigo con satisfacción que ellos piensan lo mismo que yo. D. -Antero, progresista blindado, cuenta la picardía<span class="pagenum" -id="Page_121">p. 121</span> de O’Donnell el 56; D. Buenaventura -Luchana, progresista fósil, hace depender todos los males de España -de la caída de Espartero el 43; D. Aniceto Burguillos, que fue de la -Guardia Real en tiempo de María Cristina, se lamenta de la caída del -Estatuto. Reúnense junto a nuestra mesa algunos estudiantes jóvenes, -varios capitanes y tenientes de infantería, y no pocos parásitos -de esos que pueblan los cafés, probándonos que son tan pesados de -pretendientes como de cesantes. Todos nos ruegan que les contemos -algo de las felicidades pasadas para edificación de la edad presente, -y sin hacerse de rogar, cuenta D. Antero la del 56; D. Buenaventura -se conmueve un poco y relata la del 43; D. Aniceto da doce puñetazos -sobre la mesa, mientras narra la del 36, y yo, mojando un terroncito de -azúcar y chupándomelo después, les digo con este tonillo zumbón que no -puedo remediar:</p> - -<p>—Ustedes han visto muchas cosas buenas; ustedes han visto la de los -grandes militares, la de los grandes civiles y la de los sargentos; -pero no han visto la de los lacayos y cocheros, que fue la primera, la -primerita y sin disputa la más salada de todas.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch14"> - <h2 class="nobreak g0">XIV</h2> -</div> - -<p>Me siento fatigado; pero es preciso seguir contando. Ustedes están -impacientes por saber de Inés: lo conozco, y justo es que no la -olvidemos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_122">p. 122</span>Llegué, pues, a -Madrid muy temprano, y después de haber acomodado mi equipaje en la -casa que tenía el honor de albergarme (calle de San José, núm. 12, -frente al Parque de Monteleón), me arreglé y salí a la calle, resuelto -a visitar a Inés en casa de sus tíos. Mas por el camino ocurriome que -no debía presentarme en casa de tales señores sin informarme primero de -su verdadera condición y carácter. Por fortuna, yo conocía un maestro -guarnicionero instalado en la calle de la Zapatería de Viejo, muy -contigua a la de la Sal, y resolví dirigirme a él para pedir informes -del señor D. Mauro.</p> - -<p>Cuando entré por la calle de Postas, mi emoción era violentísima, -y cuando vi la casa en que moraba Inés, me flaqueaban las piernas, -porque toda la vida se me fue de improviso al corazón. La tienda de -los Requejos estaba en la calle de la Sal, esquina a la de Postas, con -dos puertas, una en cada calle. En la muestra, verde, se leía <i>Mauro -Requexo</i>, inscripción pintada con letras amarillas; y de ambos -lados de la entrada, así como del andrajoso toldo, pendían piezas de -tela, fajas de lana, medias de lo mismo, pañuelos de diversos tamaños -y colores. Como la puerta no tenía vidrieras, dirigí con disimulo una -mirada al interior, y vi varias mujeres a quienes mostraba telas un -hombre amarillo y flaco, que era de seguro el mancebo de la lonja. En -el fondo de la tienda había un San Antonio, patrón sin duda de aquel -comercio, con dos velas apagadas, y a la derecha mano del mostrador -una<span class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span> como balaustrada -de madera, algo semejante a una reja, detrás de la cual estaba un -hombre en mangas de camisa, y que parecía hacer cuentas en un libro. -Era Requejo: visto al través de los barrotes, parecía un oso en una -jaula.</p> - -<p>Aparteme de la puerta, y alzando la vista observé otra muestra -colocada en la ventana del entresuelo, la cual decía: <i>Préstamos -sobre alhajas</i>. En la ventanilla donde campeaba tan consolador -llamamiento, no había flores ni jaulas de pájaros, sino una multitud -de capas, que respiraban higiénicamente el aire matutino por entre los -agujeros de sus remiendos y apolilladuras. Tras los vidrios pendía una -mugrienta cortineja. Observé que una mano apartó la cortina: vi la -mano, luego un brazo y después una cara. ¡Dios mío! Era Inés. Yo la -vi, y ella me vio. Pareciome que sus ojos expresaban no sé si terror o -alegría. Aquel rayo de luz duró un segundo. Cayó la cortinilla y ya no -la vi más.</p> - -<p>Esto avivó en mí el deseo de entrar. ¿Cómo podían encontrarse -en aquella vivienda las comodidades, los lujos, las riquezas que -ponderaban los Requejos en su visita inolvidable? Para salir de dudas, -doblé la esquina, y molí a preguntas al guarnicionero.</p> - -<p>—Ese Requejo —me dijo—, es el bicho de peores trazas que ha venido -al mundo. Está rico; pero ya se ve... en casa donde no se come, ¿no -ha de haber dinero? Porque has de saber que en el barrio corre la -voz de que él se alimenta con las carnes de su hermana, y su<span -class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span> hermana con las del -mancebo, que por eso está como una vela. ¡Y cuidado si tienen dinero -esas dos ratas!... Con la tienda y la casa de préstamos se han puesto -las botas. Verdad que por las prendas de vestir no dan más que la -cuarta parte de su valor, con interés de dos pesetas en duro por cada -mes. Cuando toman sábanas finas y vajillas, dan una onza, con interés -de cuatro duros al mes. En la tienda dan al fiado a los vendedores que -van por los pueblos; pero les cobran cuatro pesetas y media por cada -duro que venden. Dicen que cuando Doña Restituta entra en la iglesia, -roba los cabos de vela para alumbrarse en casa; y cuando va a la plaza, -que es cada tercer día, compra una cabeza de carnero, y sebo del mismo -animal, con lo cual pringa la olla: con esto y legumbres van viviendo. -Una vez al año van a la botillería, y allí piden dos cafés. Beben un -poquito, y lo demás lo echa ella disimuladamente en un cantarillo que -deja escondido bajo las faldas, el cual café traen a casa, y echándole -agua le alargan hasta ocho días. Lo mismo hacen con el chocolate. D. -Mauro es vanidoso y gastaría algo más si su hermana no le tuviera en -un puño, como quien dice. Ella tiene las llaves de todo, y no sale -nunca de casa, por miedo a que les roben; y la casa es bocado apetitoso -para los ladrones, porque se dice que en el sótano está la caja del -dinero.</p> - -<p>Estas noticias confirmaron la opinión que acerca de los tíos de Inés -había yo formado. La primera pena que sentí al oír el panegírico<span -class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span> de los dos personajes, -consistió en la certidumbre de que me sería muy difícil introducirme -en la casa, y menos trabar amistad con sus dueños. En esto pensaba -tristemente, cuando vino a mi memoria un anuncio que varias veces -había compuesto en la imprenta del <i>Diario</i>, el cual decía: <i>Se -necesita un mozo de diez y siete a diez y ocho años, que sepa de -cuentas, afeitar, algo de peinar, aunque solo sea de hombre, y guisar -si se ofreciere. El que tenga estas partes, y además buenos informes, -diríjase a la calle de la Sal, esquina a la de Postas, frente a los -peineros, lonja de lencería y pañolería de D. Mauro Requexo, donde se -tratará del salario y demás.</i></p> - -<p>Corrí a la imprenta del <i>Diario</i> a ver si aún se insertaba -aquel anuncio, y tuve el gusto de saber que los Requejos no habían -encontrado quien les sirviera. Abandoné mi profesión de cajista, y sin -consultarlo con nadie, pues nadie me hubiera comprendido, presenteme en -la casa de la calle de la Sal, declarándome poseedor de las cualidades -consignadas en el anuncio.</p> - -<p>Mi único temor consistía en que los Requejos recordasen haberme -visto en Aranjuez, con lo cual recelarían de tomarme a su servicio; -pero Dios, que sin duda protegía mi buena obra, permitió que ni uno ni -otro me reconocieran; y si Doña Restituta me miró al pronto con cierta -expresión sospechosa y como diciendo: «yo he visto esta cara en alguna -parte», fue sin duda un fugaz pensamiento que no la decidió a poner -obstáculos a mi admisión.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_126">p. 126</span>Cuando entré en -la tienda, la primera persona a quien expuse mis pretensiones fue Don -Mauro, el cual, dejando un rancio librote donde escribía torcidos -números, se rascó los codos y me dijo:</p> - -<p>—Veremos si sirves para el caso. De un mes acá han venido más de -cincuenta; pero piden mucho dinero. Como ahora quieren todos ser -señoritos...</p> - -<p>Llamada por su hermano, presentose Doña Restituta, y entonces fue -cuando me miró, como más arriba he dicho.</p> - -<p>—¿Tú sabes —me preguntó la tía de Inés—, lo que damos aquí al -mozo? Pues damos la <i>mantención</i> y doce reales al mes. En otras -partes dan mucho menos, sí, señor; pues en casa de Cobos, después de -matarles de hambre, danles ocho reales y gracias. Conque, muchacho, ¿te -quedas?</p> - -<p>Yo fingí que me parecía poco; hasta intenté regatear para que no se -descubriera mi propósito, y al fin dije que, hallándome sin acomodo, -aceptaba lo que me ofrecían. En cuanto a los informes que me exigieron, -fácil me fue conseguir la merced de una recomendación del regente del -<i>Diario</i>.</p> - -<p>—Doce reales al mes y la <i>mantención</i> —repitió Doña Restituta, -creyendo sin duda, vista mi conformidad, que había ofrecido demasiado—; -la <i>mantención</i>, sí, que es lo principal.</p> - -<p>¡Ay! El lector no conoce aún todo el sarcasmo que allí encerraba la -palabra <i>mantención</i>.</p> - -<p>—Por supuesto —dijo Requejo— que aquí se viene a trabajar. Veremos -si sabes tú de todos<span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span> -los menesteres que se necesitan. Y aquí hay que andar derechito, sí, -señor, porque si no... Mírame a mí: yo era un <i>jambrera</i> lo mismo -que tú, y en fin... con mi honradez y mi...</p> - -<p>—La economía es lo principal —añadió la hermana—. Gabriel, coge -la escoba y barre todo el almacén interior. Después irás a llevar -estos fardos a la posada de la calle del Carnero; luego copiarás las -cuentas; más tarde lavarás la loza de la cocina, antes de mondar las -patatas, y así te quedará tiempo para apalear las capas, encender el -fuego y soplarlo, devanar el hilo de la costura, poner los números a -las papeletas, aviar la lamparilla, limpiar el polvo, dar lustre a los -zapatos de mi hermano, y todo lo demás que se vaya ofreciendo.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch15"> - <h2 class="nobreak g0">XV</h2> -</div> - -<p>Al punto empecé las indicadas operaciones, cuidando de poner en -ellas todo el celo posible para contentar a mis generosos patrones. -Debo ante todo dar a conocer la casa en que me encontraba. La tienda, -sin dejar de ser pequeñísima, era lo más espacioso y claro de aquella -triste morada, uno de los muchos escondrijos en que realizaba sus -operaciones el comercio del Madrid antiguo. La trastienda era almacén y -al mismo tiempo comedor, y los<span class="pagenum" id="Page_128">p. -128</span> fardos de pañuelos y lanas servían de aparador a la -cacharrería, cuyo brillo se empañaba diariamente con repetidas capas -de polvo. Todos los artículos del comercio estaban allí reunidos y -hacinados con cierto orden. Los Requejos vendían telas de lana y -algodones, a saber: pañuelos del Bearne, género muy común entonces; -percales ingleses, que desafiaban en la frontera portuguesa las aduanas -del bloqueo continental; artículos de lana de las fábricas de Béjar y -Segovia; algunas sederías de Talavera y Toledo; y por último, viendo -D. Mauro que sus negocios iban siempre a pedir de boca, se metió en -los mares de la perfumería, artículo eminentemente lucrativo. Así es -que, además de los géneros citados, había en la trastienda multitud -de cajas que encerraban polvos finos, pomadas y aguas de olor en su -variedad infinita, <i>verbi gratia</i>: de lima, tomillo, bergamota, -macuba, clavel, almizcle, lavanda, del Carmen, del cachirulo y otras -muchas. Como el local donde se guardaban todos estos géneros servía de -comedor, ya pueden ustedes figurarse la repugnante mezcolanza de olores -desprendidos de substancias tan diversas, como son una pieza de lana -teñida con rubia, un frasco de vinagrillo del Príncipe y una cazuela de -migas; pero los Requejos estaban hechos de antiguo a esta repugnante -asociación de olores inarmónicos.</p> - -<p>De la trastienda se subía al entresuelo por una escalera que presumo -fue construida por algún sapientísimo maestro de gimnasia, pues no -podéis figurar las contorsiones, los dobleces,<span class="pagenum" -id="Page_129">p. 129</span> las planchas, las mil torturas a que tenía -que someterse para subirla el frágil barro de nuestro cuerpo. Solo la -escurridiza Doña Restituta pasaba por aquellos aéreos escollos sin -tropiezo alguno. Subía y bajaba con singular ligereza; y como por un -don especial a ella sola concedido, no se le sentía el andar, siempre -que yo la veía deslizarse por aquella problemática escalera: sus pasos -no me parecían pasos, sino los ondulantes y resbaladizos arqueos de una -culebra.</p> - -<p>Cuando, franqueada la escalera, se llegaba al entresuelo, era -preciso hacer un cálculo matemático para saber qué dirección debía -tomarse, pues el viajero se encontraba en el centro de un pasillo -tan oscuro, que ni en pleno día entraba por él una vergonzante luz. -Tentando aquí y allí, se hallaba la puerta de la sala, con ventana a -la calle de Postas, y por cierto que allí no vi ninguna cortina verde -con ramos amarillos, sino un descolorido papel, que en mil jirones -se desternillaba de risa sobre las paredes. Un mostrador negro y muy -semejante a las mesillas en que piden limosna para los ajusticiados los -hermanos de la Paz y Caridad, indicaba que allí estaba el cadalso de -la miseria y el altar de la usura. Efectivamente: un tintero de pluma -de ganso, cortada de ocho meses, servía para extender las papeletas, -algunas de las cuales esperaban sobre la mesa la anhelada víctima. Una -cómoda y varios cofres, resguardados con barrotes, eran Bastilla de -las alhajas y Argel de las ropas finas. Las capas, sábanas y vestidos -estaban<span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span> en una -habitación inmediata, que además tenía la preeminencia de proteger el -casto sueño del amo de la casa.</p> - -<p>Además de esta sala había otra, con ventana a la calle de la -Sal; elegante pieza que no desmerecía de la anterior en lujo ni en -exquisitos muebles, pues su sillería de paja, adornada con vistosos -festones, y tan aéreas que cada pieza parecía dispuesta a caer por -su lado, no hubieran hallado compradores en el Rastro. En dicha -sala estaba el taller. ¿El taller de qué? Los Requejos tenían tres -industrias: la venta, los préstamos y la confección de camisas, que en -los días a que me refiero eran cortadas por Doña Restituta y cosidas -por Inés desde las cinco de la mañana hasta las once de la noche, -trabajando sin cesar en beneficio de la sórdida tacañería de sus tíos. -Una orden expresa de Doña Restituta le impedía salir de aquel cuarto: -no bajaba a la trastienda sino a la hora de comer; no se le permitía -asomarse a la ventana; no se le permitía cantar, ni leer un libro; no -se le permitía distraerse de su obra perenne, ni mencionar a su tío, ni -recordar a su madre, ni hablar de cosa alguna que no fuera la honradez -de los Requejos, y la longanimidad de los Requejos.</p> - -<p>Pero sigamos la descripción de la casa. En una habitación interior, -mejor dicho, en una caverna, estaba el dormitorio de la tía y la -sobrina, y en el fondo del pasillo y junto a la cocina se abría mi -cuarto, el cual era una vasta pieza como de tres varas de largo por -dos de ancho, con una espaciosísima abertura, no<span class="pagenum" -id="Page_131">p. 131</span> menos chica que la palma de mi mano. Por -esta claraboya entraban, procedentes del patio medianero, algunos -intrusos rayos de luz, que se marchaban al cuarto de hora después de -pasearse como unos caballeros por la pared de enfrente. Mis muebles -eran un mullido jergón de paja, y un cajón vacío que me servía de -pupitre, mesa, silla, cómoda y sofá. Semejante ajuar era para mí en -realidad más que suficiente; y en cuanto a la densa y providencial -lobreguez que envolvía la casa como nube perpetua, me parecía hecha de -encargo para mi objeto.</p> - -<p>El entresuelo se comunicaba con la escalera general de la casa, la -cual partía majestuosamente desde la misma puerta de la calle, y en su -grandioso arranque de tres cuartas tenía espacio suficiente para que -fuera matemáticamente imposible que una persona subiese, mientras otra -se ocupaba fatigosamente en la tarea de bajar. Por ese túnel ascendente -tenían que introducirse los que iban a empeñar alguna cosa, siendo en -cierto modo simbólico aquel tránsito, y expresión arquitectónica muy -exacta de las angustias del alma miserable en los momentos críticos de -la vida. Bien podía llamarse la escalera de los suspiros.</p> - -<p>No debo pasar en silencio que en la casa de los Requejos había -cierto aseo, aunque, bien considerado el problema, aquella era la -limpieza propia de todos los sitios donde no existe nada; <i>exempli -gratia</i>: la limpieza de la mesa donde no se come, de la cocina -donde no se guisa, del pasillo donde no se corre, de la sala<span -class="pagenum" id="Page_132">p. 132</span> donde no entran visitas, la -diafanidad del vaso donde no entra más que agua.</p> - -<p>Allí no había perros ni gatos, ni animal alguno, si se exceptúan los -ratones, para cuya persecución D. Mauro tenía un gato de hierro, es -decir, una ratonera. Los infelices que caían en ella eran tan flacos, -que bien se conocía estaban alimentados con perfumes. Un perro hubiera -comido mucho; un jilguero habría necesitado más rentas que un obispo; -una codorniz hubiera echado la casa por la ventana; las flores cuestan -caras, y además el agua... La fauna y la flora fueron por estas razones -proscritas, y para admirar las obras del Ser Supremo, los Requejos se -recreaban en sí mismos.</p> - -<p>Me falta ahora hacerme cargo de otro ser que habitaba la casa -durante el día: el mancebo.</p> - -<p>El cual era un hombre cuajado, quiero decir, que parecía -haberse detenido en un punto de su existencia, renunciando a las -transformaciones progresivas del cuerpo y del alma. Juan de Dios -ofrecía el aspecto de los treinta años, aunque frisaba en los cuarenta. -Su cara amarilla tenía gran semejanza con la de Doña Restituta; pero -jamás se notaron en ella las contracciones, los enrojecimientos -repentinos, propios de aquella señora. Era en sus modales lento y -acompasado; su movilidad tenía límites fijos como la de una máquina, -y si el método puede llegar a establecerse de un modo perfecto en los -actos del organismo humano, Juan de Dios había realizado este prodigio. -Llegar, abrir la tienda, barrerla, cortar las<span class="pagenum" -id="Page_133">p. 133</span> plumas, colgar las piezas de tela en la -puerta, recibir al comprador, decirle los precios, regatear siempre con -las mismas palabras, medir y cortar el género, cobrarlo, contar por las -noches el dinero, apartando el oro, la plata y el cobre: tales eran sus -funciones, y tales habían sido por espacio de veinte años.</p> - -<p>Juan de Dios comía en casa de los Requejos, que le trataban como -un hermano. Servíales él con fidelidad incomparable, y si en algo -nacido tenían ellos confianza, era en su mancebo. Cinco años antes de -mi entrada en la casa, la organizadora y genial cabeza de D. Mauro -concibió un proyecto gigantesco semejante a esos que de siglo en siglo -transforman la faz del humano linaje. Requejo, después de hacer la -cuenta del día, se rascó los codos, diose un golpe en la serena frente, -puso los ojos en blanco, riose con estupidez, y llamando aparte a su -hermana, le dijo:</p> - -<p>—¿Sabes lo que estoy pensando? Pues pienso que tú debes casarte con -Juan de Dios.</p> - -<p>Es fama que Doña Restituta arqueó las cejas, llevose un dedo a la -barba, inclinó hacia el suelo la luminosa mirada y pensó.</p> - -<p>—Pues sí —continuó Requejo—: Juan de Dios es trabajador, es -ahorrativo, entiende del comercio, y en cuanto a honradez, creo que, -no siendo nosotros, no habrá en el mundo quien le iguale. Yo no pienso -volver a casarme; y si hemos de tener herederos, no sé cómo nos las -vamos a componer.</p> - -<p>El mancebo fue enterado del proyecto, y desde entonces se trabó -entre ambos prometidos<span class="pagenum" id="Page_134">p. -134</span> una comunicación amorosa, de la cual no hablo a mis lectores -porque no puedo figurarme cómo sería, aunque cavilo en ello. Debieron -sin duda tratar de aquel asunto, como si el matrimonio no fuera la -unión de dos cuerpos. Restituta pensaría en casarse, y Juan de Dios -pensaría en casarse, ambos sin pena ni alegría, de tal modo que, -pasados cinco años, hablaban del asunto con indiferencia, y dándolo -como cosa cercana. Creeríase que no les importaba el rápido paso de los -años, y aquellos seres encerrados en una tienda sin duda medían la vida -por varas, no considerando que alguna vez llegarían al fin de la pieza. -Ambos novios eran de esos que se aprestan a casarse y se casan al fin, -sin que los hombres ni Dios ni el Demonio sepan nunca por qué.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch16"> - <h2 class="nobreak g0">XVI</h2> -</div> - -<p>Por las noches, después de cenar, rezábamos el rosario, que llevaba -el amo de la casa con voz becerrona; y concluida la oración al patrono -bendito, permanecían en la trastienda en plácida tertulia que solo -duraba hora y media, y a la cual solía concurrir algún antiguo amigo -o vecino cercano. La noche de mi inauguración no se alteró tan santa -costumbre. D. Mauro, su hermana, Juan de Dios,<span class="pagenum" -id="Page_135">p. 135</span> Inés y yo, decíamos el último <i>ora pro -nobis</i>, cuando sonó la campanilla del entresuelo y mandáronme que -abriese.</p> - -<p>—Es el vecino Lobo —dijo mi ama.</p> - -<p>Figúrense mis lectores cuál sería mi confusión cuando al abrir -la puerta encaré con la espantable fisonomía del licenciado de los -espejuelos verdes que había querido prenderme cinco meses antes en el -Escorial. El temor de que me conociera diome gran turbación; pero tuve -la suerte de que el ilustre leguleyo no parara mientes en mi persona. -No sé si he dicho que en mí se estaba verificando la transformación -propia de la edad, y que un repentino desarrollo había engrosado mi -cuerpo y redondeado mi cara, donde ya me apuntaba ligero bozo. Esta fue -la causa de que el licenciado Lobo no me reconociera, como yo temía.</p> - -<p>—Señores —dijo Lobo, sentándose en un cajón de medias—, hoy es día -de universal enhorabuena. Ya tenemos a nuestro Rey en el trono. ¿No -han salido ustedes? Pues está Madrid que parece un ascua de oro. ¡Qué -luminarias, qué banderas, qué gentío por esas calles de Dios!</p> - -<p>—Nosotros no salimos a ver luminarias —contestó Requejo—, que harto -tenemos que hacer en casa. ¡Ay, Sr. de Lobo, qué trabajo! Aquí no hay -haraganes, y se gana el pan de cada día como Dios manda.</p> - -<p>—¡Loado sea Dios! —añadió el curial—, y vivan los hombres ricos como -D. Mauro Requejo, que a fuerza de inteligencia...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span>—La honradez, nada -más que la honradez —dijo el tendero, rascándose los codos.</p> - -<p>—¡Viva el comercio! —exclamó Lobo—. Lo que es la pluma, Sr. D. -Mauro, no da ni para zapatos. Ahí estoy yo hace veintidós años en -mi placita del Consejo y Cámara de Castilla, y Dios sabe que hasta -hoy no he salido de pobre. Mucho romper de zapatos para andar en las -actuaciones, y nada más. Lo que hay es que ahora espero que me den una -de las escribanías de Cámara, que harto la merece este cuerpo que se ha -de comer la tierra.</p> - -<p>—Como usted ha servido al favorito...</p> - -<p>—No... diré a usted: yo no me he parado en pelillos, y serví al -Gobierno anterior con buena fe y lealtad. Pero, amigo, es preciso -hacer algo por este perro garbanzo que tanto cuesta. En cuanto vi que -el Generalísimo estaba ya en manos de la Paz y Caridad, he hecho un -memorial al de Asturias y escrito ocho cartas a D. Juan Escóiquiz para -ver si me cae la escribanía de Cámara. Yo les perseguí cuando la famosa -causa; pero ellos no se acuerdan de eso, y por si se acuerdan, ya he -redactado una retractación en forma, donde digo que me obligaron a -hacer aquellas actuaciones poniéndome una pistola en el pecho.</p> - -<p>—No he visto <i>jormiguita</i> como el Sr. de Lobo.</p> - -<p>—¡Y qué entusiasmado está el pueblo español con su nuevo Rey! -—continuó el curial—. Dan ganas de llorar, señora Doña Restituta. -Ahora salí a llevar a mi Angustias con las niñas a la novena del señor -San José, y después<span class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span> -que rezamos el rosario en San Felipe, fuimos a dar una vuelta por las -calles. ¡Ay qué risa! Parece que están quemando la casa de Godoy, la -de su madre y su hermano Don Diego, lo cual está muy retebién hecho, -porque entre los tres han robado tanto, que no se ve una peseta por -ningún lado. Después que nos entretuvimos un poco, volvimos allá: ellas -se han quedado en el 13, en casa de Corchuelo, y yo me he venido aquí -a charlar un poquito. Pero me había olvidado... Inesita, ¿cómo va? ¿Y -usted, Sr. D. Juan de Dios?</p> - -<p>Inés contestó brevemente al saludo.</p> - -<p>—Está un poco holgazana —dijo Restituta, mirando con desdén a la -huérfana—. Hoy no ha cosido más que camisa y media, lo cual es un -asco.</p> - -<p>—Pues me parece bastante.</p> - -<p>—¡Ay! Sr. de Lobo, no diga usted que es bastante. Mi abuela, según -me contaba mi madre, echaba en un día la friolera de dos camisas. Pero -esta chica está acostumbrada a la holgazanería: ya se ve... su madre no -hacía más que arrastrar el guardapiés por las calles, y la niñita me -andaba todo el día de zeca en meca, aquí te pongo, aquí te dejo.</p> - -<p>—Pues es preciso trabajar —dijo Requejo—, porque, chiquilla, el -garbanzo y el tocino, y el pan y las patatas no caen del cielo, y el -que viene a esta casa a sacar el vientre de mal año, no puede estarse -mano sobre mano. Y si no, aprendan todos de mí, que me he ganado lo que -tengo ochavo por ochavo, y cuando era mozo, fardo por la mañana, fardo -por la noche,<span class="pagenum" id="Page_138">p. 138</span> fardo a -todas horas, y siempre tan gordo y tan guapote.</p> - -<p>—Ella es habilidosa —afirmó Restituta—, y sabe coser: solo que le -falta voluntad. No es ya ninguna chiquilla, que tiene sus quince años -cumplidos, y ya puede comprender las cosas. A su edad yo gobernaba la -casa de mis padres. Verdad es que como yo había pocas, y me llamaban el -lucero de Santiagomillas.</p> - -<p>—Pues Inesita, creo yo, es una muchacha que no tiene pero —declaró -benévolamente Lobo—. Y tan calladita, tan modesta, que no se puede -menos de quererla.</p> - -<p>—Ya le dije cuando entró aquí —continuó Restituta— que los tiempos -están muy malos, que no se gana nada, que se vende poco, y en lo de -arriba no cae más que miseria. Ella comprenderá que nos hemos echado -encima una carga muy pesada al recogerla, porque... ¡si viera usted, -Sr. de Lobo!... ¡qué miseria en aquella casa del cura de Aranjuez, -donde estaba mi sobrina! ¡Ay, partía el corazón!</p> - -<p>—Pues es preciso que trabaje —dijo D. Mauro—. Mi sobrina es una -muchacha muy buena, y ya he dicho a usted cuánto la quiero. Como que, -al fin y al cabo, para ella ha de ser cuanto hay en esta casa.</p> - -<p>—Ya le he dicho —prosiguió Restituta— que mañana tiene que lavar -toda la ropa de la casa, porque ya que ella está aquí, ¿para qué -se ha de gastar en lavandera? Por supuesto que no ha de dejar la -costura; y si pasa mañana de las veinte varas, la echaré en el pañuelo -unas gotitas de agua de bergamota, de la<span class="pagenum" -id="Page_139">p. 139</span> de los frascos averiados. Lo bueno que -tiene esta muchacha, Sr. de Lobo, es que nunca da malas contestaciones. -Verdad que no le faltan luces, y harto conoce lo que nos debe, pues -ha encontrado en nosotros su santo Ángel de la Guardia. ¡Ah, no puede -usted figurarse la miseria que había en aquella casa del cura de -Aranjuez!...</p> - -<p>—Le conozco, sí —dijo Lobo, enseñando con feroz sonrisa sus dientes -verdes—. Es un pobre hombre que hacía versos latinos al Príncipe de la -Paz. Ya se lo dirán de misas. Está probado que ese D. Celestino, con su -capita de hombre de bien, era el confidente del favorito, y el que le -llevaba la correspondencia con Napoleón, para repartirse a España.</p> - -<p>—¡Jesús, qué iniquidad! Bien decía yo que aquel hombre tenía cara de -malo.</p> - -<p>—Pero ya le daremos cordelejo —continuó Lobo—. Como la parroquia -de Aranjuez la pretende un primo mío, ya se la tenemos armada a D. -Celestino, y entre un compañero y yo pensamos escribir ocho resmas de -papel sellado para probar que el señor curita es reo de lesa nación.</p> - -<p>Mientras esto hablaban, yo hacía esfuerzos por contener mi -indignación. Inés, aterrada por la verbosidad de sus tíos, no se -atrevía a decir una palabra. Lo mismo hacía Juan de Dios; pero por -un fenómeno singular, las facciones heladas y quietas del mancebo -indicaban aquella noche que lo que oía no le era indiferente.</p> - -<p>—Y ya veremos —contestó Lobo frotándose<span class="pagenum" -id="Page_140">p. 140</span> las manos—. ¿Pero qué hace ahí tan callado -el Sr. D. Juan de Dios? ¡Ay, Restituta, qué marido tan mudo va usted a -tener! Y lo que es por palabra de más o por palabra de menos no armarán -ustedes camorra. ¿Y para cuándo dejan la boda? Animarse, señores, y -anímese usted también, Sr. D. Mauro de mis entrañas, porque... la -niñita lo merece. Nada: el mes que entra, a la Vicaría. Restituta con -mi Sr. Juan, y usted con su querida sobrinita Inés, que, si no me -engaño, le ha rezado ya algún Padrenuestro a San Antonio para que esto -se realice.</p> - -<p>Todas las miradas se dirigieron hacia Inés. D. Mauro estiró los -brazos en cruz; luego, cerrando los puños, levantolos hacia arriba como -si quisiera coger el techo; descoyuntose las quijadas; cayeron luego -ambas manos sobre la mesa con estruendosa pesadez, y habló así:</p> - -<p>—Yo se lo he dicho, y por cierto que la niñita no tuvo a bien -contestarme.</p> - -<p>—¿Pues qué quiere decir el silencio en esos casos? ¿Cómo quiere -usted que una niña bien criada diga: «Me quiero casar, sí, señor, venga -marido?» Al contrario, es ley que hasta el último momento hagan ascos -al matrimonio, diciendo que les da vergüenza.</p> - -<p>—Ya te dije, hermano —indicó Doña Restituta—, que aunque ese es -el destino de la muchacha, si se porta bien y trabaja, no conviene -tratar todavía de tal asunto. Ya sabes lo que son las muchachas, y -si les entra el entusiasmo y el aquel del casorio, no hay quien las -aguante. Ella bien sé yo que se chupará los<span class="pagenum" -id="Page_141">p. 141</span> dedos; pero haces mal en manifestarle tan -pronto tu generosidad, porque puede echarse a perder, pensando todos -los días en el amorcito, en la palabrilla, en el regalito. ¡Ah, bien -sabe ella lo que se hace, la picarona! Bien sabe que un hombre como tú -no lo catan las muchachas de Madrid todos los días.</p> - -<p>—¿Y por qué no he de decírselo desde luego? —contestó Requejo -riendo, es decir, moviendo la tecla de la risa en su brutal organismo—. -Mi sobrina me gusta; y aunque conocemos todos a una porción de señoras -muy principales que me pretenden y se beben los cuatro vientos por mí, -yo dije: «Vale más que todo se quede en casa.» ¿Por qué no se le ha de -decir de una vez que quiero casarme con ella? Bien sé que del alegrón -se estará ocho noches sin dormir, y se trastornará toda, y no dará una -puntada; y si por ella fuera, mañana mismo... pero váyase lo uno por lo -otro. Pues digo: ¡si ella viera el collar y los pendientes de oro que -tengo apalabrados con el platero del arco de Manguiteros!...</p> - -<p>—Dale... dale... —dijo Restituta—. ¿A qué viene hablar de esas -cosas? ¿A qué sacar de quicio a la chica, trastornándole el seso? Nada: -no hay collar ni pendientes. ¿Ni cómo quieres que la niña lave la ropa -ni cosa las camisas, cuando le dicen que va a ser, como si dijéramos, -princesa?</p> - -<p>—Nada, nada... yo la quiero y la estimo —afirmó Requejo—. ¿Por -qué la hemos de privar de ese gusto? Que lo sepa... y digo más, -señora hermana; y es que aunque a mí no me<span class="pagenum" -id="Page_142">p. 142</span> gusta la holgazanería, porque, ya ven -ustedes, yo, desde la edad de catorce años... quiero decir, que aunque -no me gusta la holgazanería, lo que es por estos días y de aquí a -que nos casemos, si Inés quiere trabajar que trabaje, y si no que no -trabaje.</p> - -<p>D. Mauro volvió a reír, y alargando el brazo hacia Inés, le tocó la -barba.</p> - -<p>Estremeciose la muchacha como al contacto de un animal asqueroso, y -rechazó bruscamente la caricia de su impertinente tío.</p> - -<p>—¿Qué es eso, niña? ¿Qué modales son esos? —dijo D. Mauro frunciendo -el ceño—. ¡Cuando te anuncio que me casaré contigo!</p> - -<p>—¡Conmigo! —exclamó la huérfana sin poder disimular su horror.</p> - -<p>—Contigo, sí.</p> - -<p>—Déjala, Mauro: ya sabes que es un poco mal criada. Niña, no se -contesta de ese modo.</p> - -<p>—¿Pues no tiene también su orgullo la pazpuerca? —indicó Requejo.</p> - -<p>—Yo no me caso con usted, yo no quiero casarme —dijo enérgicamente -Inés, recobrando su aplomo, una vez dicha la primera palabra.</p> - -<p>—¿Que no? —preguntó Restituta con un chillido de rabia—. Pues, -indinota, mocosa, ¿cuándo has podido tú soñar con tener semejante -marido, un Mauro Requejo, un hombre como mi hermano? ¡Y eso después que -te hemos sacado de la miseria!...</p> - -<p>—A mí me han sacado ustedes del bienestar y de la felicidad para -traerme a esta miseria, a esta mortificación en que vivo —dijo la<span -class="pagenum" id="Page_143">p. 143</span> huérfana llorando—. Pero -mi tío vendrá por mí, y me marcharé para no volver aquí ni verles más. -¡Casarme yo con semejante hombre! Prefiero la muerte.</p> - -<p>¡Oh, al oírla me la hubiera comido! Inés estaba sublime. Yo -lloraba.</p> - -<p>Cuando los Requejos oyeron en boca de su víctima tan absoluta -negativa, se encendió de un modo espantoso la ira de sus protervas -almas. Restituta se quedó lívida, y levantose Don Mauro balbuciendo -palabrotas soeces.</p> - -<p>—¿Cómo es eso? ¡Venir a comer mi pan, venir aquí a lavarse la -sarna, venir aquí después de haber andado por los caminos pidiendo -limosna... y portarse de esa manera!... ¿Pero eres tú una Requejo, o -de qué endiablada casta eres?... Cuidado con la señorita <i>Panza en -trote</i>. Niñita, ¿sabes tú quién soy yo? ¿sabes que tengo cinco dedos -en la mano?... ¿sabes que me llamo Mauro Requejo?... ¿sabes que de mí -no se ríe ninguna piojosa?... ¿sabes que a mí no me pican pulgas de tu -laya?... Tengamos la fiesta en paz... y ten por sabido que has de hacer -lo que yo mando, y nada más.</p> - -<p>Diciendo esto, agarró con su mano de hierro el brazo de la muchacha, -y la sacudió con mucha fuerza. Quiso poner más alto aún el principio -de autoridad, y lanzó a Inés contra la pared, avanzando sobre ella en -actitud rabiosa. Cuando tal vi, pareciome que se me nublaban los ojos, -y sentí saltar mi sangre toda del corazón a la cabeza. Yo estaba en pie -junto a la mesa, y al alcance de mi mano había un cuchillo de punta -afilada. El lector<span class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span> -comprenderá aquella situación terrible, y no es posible que vitupere -mi conducta, si es que tales hechos, hijos de la ciega cólera y la -impremeditación, pueden llamarse conducta. ¿Quién al ver una huérfana -inocente e indefensa, maltratada por el más necio y soez de los -hombres, hubiera podido permanecer en calma? Durante aquella escena de -un segundo, alargué la mano hasta tocar la empuñadura del cuchillo, y -con rápida mirada observé el cuerpo deforme de D. Mauro Requejo; pero -afortunadamente para mí y para todos, este, sin duda aterrado ante la -debilidad de la víctima, se contuvo y no se atrevió a tocarla. En un -movimiento insignificante, en un paso atrás, en una mirada, en una idea -que pasa y huye estriba la perdición de personas honradas, y un grano -de arena hace tropezar nuestro pie, precipitándonos en el abismo del -crimen. Por aquella vez, Dios apartó del camino de mi vida el cadalso o -el presidio.</p> - -<p>Acudieron Lobo y el mancebo a calmar la enconada soberbia de su -amigo. En el semblante del segundo noté una alteración vivísima, y su -piel amarilla se encendió con inusitado enrojecimiento, que yo no sabía -si atribuir a la indignación o a la vergüenza.</p> - -<p>Queriendo Doña Restituta poner fin a una escena que no podía tener -buenas consecuencias, cortó la cuestión diciendo:</p> - -<p>—No te acalores, hermano. Yo la haré entrar en razón. Ya sabes que -es un poco mal criada. Vamos arriba, niña, y ajustaremos cuentas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span>Esta fue la orden -de retirada. Juan de Dios salió de la tienda para irse a su casa, y -Doña Restituta e Inés subieron seguidas por mí, pues también se me dio -la orden de que me acostara. Entraron las dos mujeres en su cuarto y yo -en el mío; mas no pudiendo dominar mi inquietud, y recelando que en el -dormitorio vecino se repetiría entre tía y sobrina la violenta escena -de la trastienda, luego que pasó un rato, salí muy quedamente de mi -escondrijo, y desliceme por el pasillo, conteniendo la respiración para -que no me sintieran. En acecho cerca de la puerta del dormitorio, sentí -la voz de Doña Restituta que decía: «No llores, duérmete. Mi hermano es -una persona muy amable; solo que de pronto... ¡Si él te quiere mucho, -niñita!...» Esta afabilidad de la culebra me sorprendió; mas al punto -comprendí que debía ser puro artificio.</p> - -<p>También llegaban confusamente a mí las voces de D. Mauro y de Lobo, -que habían quedado en la trastienda. Avancé un poco más hasta llegar a -la escalera, y echándome en tierra apliqué el oído.</p> - -<p>—Cuando yo le doy a usted mi palabra de que es así... —decía el -leguleyo—. Inesita fue abandonada y recogida por Doña Juana. Su madre, -que es una de las principales señoras de la Corte, desea encontrarla -y protegerla. Yo poseo los papeles con que se puede identificar la -personalidad de la damisela. De modo que si usted se casa con ella... -Amiguito, la señora Condesa tiene los mejores olivares de Jaén, -las mejores yeguadas de Córdoba, los mejores<span class="pagenum" -id="Page_146">p. 146</span> prados del Jarama, y más de treinta mil -fanegadas de pan en tierra de Olmedo y de Don Benito, sin herederos -directos que se lo disputen a esa barbilinda que hace poco estaba -haciendo pucheros aquí mismo.</p> - -<p>—Pero ya usted la ha visto —dijo D. Mauro, midiendo con grandes -zancadas el piso de la trastienda—. La muchacha es un puerco-espín. -Le hago una caricia y me da una manotada; le digo que la quiero y me -escupe la cara.</p> - -<p>—Amigo D. Mauro —repuso el licenciado—, el sistema que ustedes -siguen no es el más a propósito para hacerse querer de la niña. Ustedes -debían traerla en palmitas, y la están maltratando haciéndola trabajar -hasta que reviente. ¿A quién se le ocurre que una princesita como esta -friegue los platos y lave la ropa? Por este camino aborrecerá a mi -señor D. Mauro como si fuera el Demonio.</p> - -<p>—Pues me parece —dijo mi amo, dándose un golpe en la majestuosa -cerviz—, que el señor licenciado tiene muchísima razón. Eso mismo dije -yo a mi hermana; pero como Restituta es tan ambiciosa, que se dejaría -desollar por un ochavo, ha dado en sacarle el cuero a la infeliz. ¿No -somos ricos? Pues si somos ricos, ¿a qué viene el descajillarse por un -maravedí? Pero con mi hermana no hay quien pueda. ¿Le parece a usted? -Aquí vivimos como en el Hospicio: mi padre se llama hogaza y yo me -muero de hambre, como dijo el otro. Pues digo que ha de ser lo que -yo mando, y mi hermana que se case con Juan de Dios y se lleve<span -class="pagenum" id="Page_147">p. 147</span> lo suyo... y nada más. -Inesita no trabajará, porque si se me muere...</p> - -<p>—Además —dijo Lobo—, procure usted ser amable con ella. Cuide algo -más de lo exterior, y no se le presente con esa facha de mozo de -cordel, porque las niñas son niñas, Sr. Don Mauro, y no se entra en el -templo del Amor sino por la puerta del buen parecer.</p> - -<p>—Eso está muy bien parlado. Si fuera por mí... Yo quiero vestirme -bien; pero esa langostilla de Restituta no me deja, y dice que no me he -de poner el traje bonito más que el día de <i>San Corpus Christi</i>. -Nada, nada, aquí mando yo: me pondré guapote, porque yo... a Dios -gracias, no soy de esos que necesitan afeites y menjurges para parecer -bien, y cuanto me cae encima está que ni pintado. Trataré a Inesita -como ella se merece, y Dios por delante. Antes de un mes la llevo a la -parroquia.</p> - -<p>—Ese es el mejor sistema, Sr. D. Mauro. Con las amenazas, con el -encierro, con las privaciones, con el trabajo excesivo, no conseguirán -ustedes sino que la muchacha les odie y se enamorisque del primer -pelafustán que pase por la calle.</p> - -<p>Así hablaron el comerciante y el leguleyo. Despidiéronse después, -y el segundo salió a la calle por la tienda. Retireme a toda prisa; -pero aunque no hice ruido, Doña Restituta, con su sutilísimo órgano -auditivo, debió sentir no sé si mi aliento o el ligero rumor de un -ladrillo roto que se movió bajo mis pisadas. Esto produjo cierta alarma -en su vigilante espíritu,<span class="pagenum" id="Page_148">p. -148</span> y saliendo al encuentro de su hermano que subía, le dijo:</p> - -<p>—Me parece que he sentido ruido. ¿Tendremos ladroncitos? Anoche -hicieron un robo en la calle Imperial, metiéndose por los tejados. -¿Estaremos seguros?</p> - -<p>Registraron toda la casa, mientras yo, metido entre mis sábanas, -fingía dormir como un talego. Al fin, convencidos de que no había -ladrones, se acostaron.</p> - -<p>Mucho más tarde advertí que Doña Restituta registraba la casa -segunda vez, hasta que todo quedó en silencio. Cerca ya de la madrugada -oí ruido de monedas. Era Doña Restituta contando su dinero. Después la -sentí salir de su cuarto, bajar a la trastienda y de allí al sótano, -donde estuvo más de una hora.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch17"> - <h2 class="nobreak g0">XVII</h2> -</div> - -<p>Al siguiente día D. Mauro se desvivió obsequiando a su sobrina; -pero lo hacía tan ramplonamente, que cada una de sus finezas era una -gansada, y cada movimiento una coz.</p> - -<p>—Restituta —decía—, no quiero que trabaje la muchacha. ¿Óyeslo, -hermana? Inés es mi sobrinita, y todo es para ella. Si hace falta -coser, aquí tengo yo mi dinero para pagar costureras. Sácame el vestido -nuevo, que me lo<span class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span> -quiero poner todos los días, y estar en la tienda con él... y no me -pongas más olla con cabezas de carnero, sino que quiero carne de vaca -para mí y para este angelito de mi sobrina... y lo que es el collar que -tengo apalabrado lo compro hoy mismo... y aquí no manda nadie más que -yo... y voy a traer un fortepiano para que Inés aprenda a tocar... y la -voy a llevar en coche a la Florida... y si entra mañana el nuevo Rey, -como dicen, hemos de ir todos a verle, y yo con mi vestido nuevo y mi -sobrinita agarrada del brazo, ¿<i>no verdá</i>, prenda?</p> - -<p>Restituta quiso protestar contra estos despilfarros; pero amoscose -su hermano, y no hubo más remedio que obedecer, aunque a regañadientes. -Merced a la enérgica resolución del amo de la casa, viose la -trastienda honrada con inusitados y allí nunca vistos platos, aunque -Doña Restituta, firme en su adhesión al antiguo régimen, no probó de -ninguno.</p> - -<p>—Hermana —le decía D. Mauro—, ya estoy de miserias hasta aquí. Nada, -no más trabajar. ¿Ves esta gallina, Inesilla? Pues te la tienes que -comer toda sin dejar ni una tripa, que para eso la he comprado con -mi dinero. Y aquí te tengo un guardapiés de raso verde con eses de -terciopelo amarillo que te has de poner mañana si vamos a ver entrar -al Rey... Y también te pondrás unos zapatos azules y unas mediecitas -encarnadas con rayas negras... y también le tengo echado el ojo a -una escofieta que lo menos lleva catorce varas de cinta de varios -colores... Conque a ponerse guapa... porque lo mando yo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_150">p. 150</span>—Buenas cosas -le estás enseñando a la niña —declaró Doña Restituta, dirigiendo -oblicuamente los ojos a las prendas indicadas, que acababan de traer a -la tienda.</p> - -<p>En efecto, señores: la generosidad de Don Mauro era tan bestial como -su tacañería y salvajismo; así es que su empeño en que Inés se vistiera -con tan chabacano y ridículo traje, fue uno de los mayores tormentos -que padeció la huérfana durante su encierro.</p> - -<p>—Esta tarde —continuó el tío— voy a traer dos ciegos para que -toquen, y puedas bailar cuanto quieras, Inesilla. Deseo que bailes lo -menos tres horas seguidas, y así has de hacerlo, porque yo lo mando... -y aquellos pendientes de a cuarta que están arriba, y son nuestros, -porque no han venido a desempeñarlos, te los pondrás en tus lindas -orejitas.</p> - -<p>—Sí: para ella estaban —dijo con avinagrado gesto Restituta—. ¡Dos -pendientes de filigrana de oro, largos como badajos de campana, y que -pertenecieron a una camarista de la Reina Doña Isabel de Farnesio! -Hermano, tengamos la fiesta en paz.</p> - -<p>—Aquí no manda nadie más que yo —manifestó Requejo, haciendo -retemblar de un puñetazo el cajón que servía de mesa.</p> - -<p>Como es de suponer, Inés se resistió a ponerse los vestidos de -sainete comprados por D. Mauro, lo cual puso de mal humor al buen -comerciante, quien no tuvo sosiego durante todo aquel día, y se quitó -y puso repetidas veces el traje nuevo, jurando que en su casa nadie -mandaba más que él.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span>Al lector habrá -sorprendido una circunstancia, y es que en tres días que llevaba yo de -permanencia en la funesta casa, no pudiese ni una vez tan solo hablar -con Inés. La suspicacia del ama era tan atroz y tan previsora, que -siempre que bajaba del entresuelo a la trastienda, como no fuera en la -hora tristísima de la comida, la dejaba encerrada, guardando la llave -en su profundo bolsillo. Esto me desesperaba, quitándome toda esperanza -de salvar a la pobre huérfana, hasta que un día, resuelto a comunicarme -con ella, aceché la ocasión en que Doña Restituta estaba desplumando -a unos infelices en el despacho de los préstamos, y acercándome a la -puerta del encierro, la llamé muy quedamente. Sentí el roce de su -vestido, y su voz me preguntó:</p> - -<p>—Gabriel, ¿eres tú?</p> - -<p>—Sí, Inesilla de mi corazón. Hablemos un poquito; pero no alces la -voz. Haré mucho ruido con la escoba para que no nos oigan.</p> - -<p>—¿Cómo has venido aquí? Di, Gabrielillo, ¿me sacarás tú?</p> - -<p>—Reina, aunque aquí hubiera cien mil Requejos y ochocientas mil -Restitutas, te sacaría. No llores ni te apures. Pero di, picarona, ¿me -quieres ahora menos que antes?</p> - -<p>—No, Gabriel —me contestó—. Te quiero más, mucho más.</p> - -<p>Hice mucho ruido y di mil besos a la puerta.</p> - -<p>—Toca con tus dedos en la puerta para que yo sienta.</p> - -<p>Inés dio algunos golpecitos en la madera, y después me -interrogó:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span>—¿Tardarás mucho en -sacarme? Escribe a mi tío para que venga por mí.</p> - -<p>—Tu tío no conseguiría nada de estos cafres. Espera y confía en mí. -Chiquilla, hazme el favor de besar la puerta.</p> - -<p>Inés besó la puerta.</p> - -<p>—Yo te sacaré de esta casa, prenda mía, o no soy Gabriel —le dije—. -Haz por no disgustarles. Si te quieren sacar de paseo, no te resistas. -¿Oyes bien? Déjame a mí lo demás. Adiós, que viene la culebra.</p> - -<p>—Adiós, Gabriel. Estoy contenta.</p> - -<p>Ambos besamos la barrera que nos separaba, y el diálogo acabó, -porque consumado en el despacho de los préstamos el asesinato -pecuniario, salieron las víctimas, y tras ellas Doña Restituta, -radiante de ferocidad avariciosa. En su cara se conocía que había hecho -un buen negocio.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch18"> - <h2 class="nobreak g0">XVIII</h2> -</div> - -<p>Aquella noche vino a la tertulia de la trastienda, además del Sr. -de Lobo, Doña Ambrosia de los Linos, tendera de la calle del Príncipe, -a quien mis lectores, si no me engaño, tienen el honor de conocer, -pues algo me parece que figuró en los sucesos que conté anteriormente. -Su difunto esposo había sido compañero de D. Mauro en el cargamento y -arrastre<span class="pagenum" id="Page_153">p. 153</span> de fardos -y mercancías, y desde entonces entre ambas familias quedó establecida -cordial amistad. Reconociome Doña Ambrosia, mas no dijo nada que -pudiese desfavorecerme en el concepto de mis nuevos amos; y cuando se -hubo sentado, operación no muy fácil, dados su volumen y la estrechez -de los asientos, soltó la sin hueso en estos términos:</p> - -<p>—¿Cómo es eso, Restituta; cómo es eso, Don Mauro?... ¿conque no -han ido ustedes a ver la entrada de los franceses? Pues, hijos, les -aseguro que era cosa de ver. ¡Qué majos son, válgame el santo Ángel -de la Guardia!... ¡Pues digo, si da gloria ver tan buenos mozos!... -y son tantos, que parece que no caben en Madrid. Si viera usted, D. -Mauro, unos que andan vestidos al modo de moros, con calzones como los -maragatos, pero hasta el tobillo, y unos turbantes en la cabeza con un -plumacho muy largo. ¡Si vieras, Restituta, qué bigotazos, qué sables, -qué morriones peludos y qué entorchados y cruces! Te digo que se me -cae la baba... Pues a esos de los turbantes creo que los llaman los -<i>zamacucos</i>. También vienen unos que son, según me dijo D. Lino -Paniagua, los <i>tragones de la Guardia imperial</i>, y llevan unas -corazas como espejos. Detrás de todos venía el general que los manda, -y dicen está casado con la hermana de Napoleón... es ese que llaman -el gran Duque de <i>Murraz</i> o no sé qué. Es el mozo más guapo que -he visto... ¡y cómo se sonreía el picarón mirando a los balcones de -la calle de Fuencarral! Yo estaba en casa de las primas, y creo que -se fijó en mí. ¡Ay, hija, qué<span class="pagenum" id="Page_154">p. -154</span> ojazos! Me puse más encarnada... Por ahí andan pidiendo -alojamiento. A mí no me ha tocado ninguno, y lo siento; porque la -verdad, hija, esos señores me gustan.</p> - -<p>—Gracias a Dios que tenemos Rey —dijo D. Mauro—. Y usted, Doña -Ambrosia, ¿ha vendido mucho estos días? Porque lo que es de aquí no ha -salido ni una hilacha.</p> - -<p>—En mi casa ni un botón —contestó la tendera—. ¡Ay, hijito mío! -Ahora, cuando ese saladísimo Rey que tenemos arregle las cosas, hay -esperanzas de hacer algo. ¡Qué tiempos, Restituta, qué tiempos! Pero no -saben ustedes lo mejor: ¿no saben ustedes la gran noticia?</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Que mañana hará su entrada triunfal en Madrid el nuevo Rey de -España, Sr. D. Fernando el Séptimo.</p> - -<p>—Ya lo sabe hoy todo Madrid.</p> - -<p>—Pues no nos quedaremos sin ir a verle: óyelo tú, Restituta; óyelo -tú, Inés —dijo Requejo—. Mañana no se trabaja.</p> - -<p>—Yo, primero me aspan que dejar de ir a verlo —afirmó Doña -Ambrosia—. Los primos han salido esta noche al camino de Aranjuez para -esperarle. ¡Ay, qué alegría, Sr. D. Mauro! ¡Si viviera mi esposo para -verlo! Él que me decía: «Mientras duren este Rey y esta Reina de tres -al cuarto, no tendremos un Gobierno ilustrado.» Mañana va a ser un -día de alegría. Yo tengo un balcón en la calle de Alcalá, y ya hemos -encargado al valenciano media docena de ramos de flores para apedrear a -S. M. cuando pase.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span>—Nada, lo dicho -—apuntó D. Mauro—: si <i>esta</i> no quiere ir, que se quede en la -tienda. Inés me coserá la manga del casaquín que se me rompió ayer -cuando me lo quité... Veremos qué tal sabe Gabriel hacer el coleto... -Por supuesto, Inesilla, si quieres coger uno de esos frascos de agua de -clavel que tienes a mano derecha, puedes hacerlo. Todo es para ti.</p> - -<p>Así siguió la conversación sin ningún incidente notable en lo -sucesivo, por lo cual la omito, pues supongo al lector poco interesado -en conocer la historia de la enfermedad que padeció el esposo de -Doña Ambrosia, trágico acontecimiento que ella refirió. Los únicos -personajes siempre mudos en aquellas tertulias, además de un servidor -de ustedes, eran Inés y el Sr. Juan de Dios, este último por ser hombre -de pocas palabras, como he dicho.</p> - -<p>Llegó el día 24 de marzo, y la cabeza de D. Mauro, peinada por mí, -salió a competir con el sol en brillo y hermosura. Doña Restituta, -que no pudo resistir a las súplicas de su hermano, frotose con una -toalla el apergaminado forro de su cara hasta sacarse lustre, y -después se puso el mismo clásico traje con que por primera vez se -presentó a mis ojos en Aranjuez. Por más que D. Mauro atronó la casa, -no pudo conseguir que Inés se disfrazara con el guardapiés verde, las -medias encarnadas, las azules botas y la escofieta que su vanidoso -tío compró para adornar dignamente a la que consideraba como futura -esposa. Negose la muchacha a ser objeto de una fiesta pública, y al -fin, para decidirla a salir, la permitieron<span class="pagenum" -id="Page_156">p. 156</span> vestirse con su ropa de luto. Luego que los -tres estuvieron apercibidos, encargaron a Juan de Dios el cuidado de la -casa, y Don Mauro me dijo gravemente:</p> - -<p>—Gabriel, hoy es día de descanso. Vente con nosotros: con eso me -enderezarás el rabo del coleto si se me tuerce, y me ayudarás a ponerme -los guantes cuando pase S. M., pues hasta ese momento no quiero meter -mis manos en tal inquisición. ¿Qué te parece? ¿Voy bien? Tira de ese -faldón que está arrugado. Mira, chiquillo, haz el favor de meter -bonitamente tu mano por entre la casaca y la chupa hacia la espalda, y -rascarme en esa paletilla derecha, que no parece sino que se ha juntado -ahí un regimiento de pulgas... Así... así... basta ya.</p> - -<p>Dicho esto, y rascado el asno, tomé mi gorra y salimos. ¡Ay, Dios -mío, cómo estaba esa Puerta del Sol, y esa calle Mayor, y esa calle -de Alcalá! Mis lectores, cualquiera que sea su edad, habrán visto -alguna de las solemnes entradas con que nos obsequia cada pocos años -la historia contemporánea; de modo que para hacerles formar una idea -de aquel gentío, de aquella algazara y de aquel júbilo, me bastará -decirles que lo del 24 de marzo de 1808 no se diferenció de lo visto en -años posteriores sino en la exageración del delirio.</p> - -<p>De los balcones de las casas nobles pendían las ricas colgaduras de -damasco con su ancho escudo y brillantes flecos, prendas vinculadas que -hasta hace poco han lucido, ya marchitas y mermadas como el patrimonio -de sus dueños,<span class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span> -en alguna fiesta del Corpus. Las demás casas se engalanaban con lo -que el entusiasmo de sus inquilinos había encontrado a mano, siendo -considerable la cantidad de piezas de muselineta que un pueblo loco -lanzó al aire de balcón a balcón en aquel memorable día. La multitud -infinita de abanicos con que resguardaban del sol su cara los millares -de damas asomadas a los balcones, ofrecía un aspecto sorprendente; y -cuando la vista recorría panorama tan encantador, causábale cierto -desvanecimiento el incesante ondular de los que se movían dando aire -a sus dueñas. Aquel parlante dije español, en tan inmenso número -reproducido, presentando alternativamente al sol una de sus caras, -ya blanca, ya azul, ya roja, y adornado con lentejuelas de plata y -oro, remedaba el aleteo de millares de pájaros pugnando por levantar -el vuelo. Era un día de marzo de esos que parecen días de junio, -privilegio de la Corte de las Españas, que suele abrasarse en febrero y -helarse en mayo. La Naturaleza sonreía como la Nación.</p> - -<p>El abigarrado gentío que poblaba las calles se componía de todas -las clases de la sociedad, abundando principalmente la manolería -y chispería, hombres y mujeres, viejos y muchachos. Los ancianos -inválidos y gotosos habían dejado el lecho, y sostenidos por sus -nietos abríanse paso. Las viejas santurronas, que durante tantos -años olvidaran todo camino que no fuera el de sus casas a la -cercana iglesia, acudían también, llevadas de la devoción al nuevo -Rey, y felicitándose unas a otras aturdían<span class="pagenum" -id="Page_158">p. 158</span> a los demás con el cotorreo de sus bocas -sin dientes. Los niños no habían asistido a la escuela, ni los -jornaleros al trabajo, ni los frailes al coro, ni los empleados a la -covachuela, ni los mendigos a las puertas de las iglesias, ni las -cigarreras a la Fábrica, ni los profesores de las Vistillas dieron -clase, ni hubo tertulia en las boticas, ni meriendas en la pradera del -Corregidor, ni jaleo en el Rastro, ni colisión de carreteros en la -calle de Toledo.</p> - -<p>La muchedumbre, obligada por su colosal corpulencia a estarse -quieta, se arremolinaba y estremecía como un monstruo atado. -Agrietábase a veces aquella gran masa; pero el surco abierto era -invadido por la corriente: de pronto crecía la aglomeración en un -punto y se aclaraba en otro. El empuje era tremendo, y el retroceso -tan peligroso, que había riesgo de ser hollado por las mil patas -de la bestia. El zumbido con que aquel enjambre manifestaba sus -impresiones, trastornaba el cerebro más fuerte: exclamaciones de -alegría, diálogos entusiastas seguidos de abrazos generosos, gritos de -dolor a consecuencia de los callos aplastados, o de indignación por -cada sombrero que perdía su hechura, se unían a las donosidades de las -majas, que arrojaban cáscaras de naranja sobre los petimetres, y a -los lamentos de los mendigos haraposos y mutilados que, escurriéndose -entre la multitud, aun allí imploraban la caridad enseñando una pierna -leprosa o una mano deforme.</p> - -<p>Nosotros tuvimos que quedarnos en la Puerta del Sol. Una de las -oscilaciones del gentío<span class="pagenum" id="Page_159">p. -159</span> nos llevó hacia la acera que hoy une las calles de Espoz y -Mina y Carretas; otra oscilación nos arrastró hacia la Inclusa, que -estaba entre las calles del Carmen y Preciados; y por último, un nuevo -sacudimiento, haciéndonos pasar por ante Mariblanca, nos encaminó -hacia el Buen Suceso, a cuya verja nos agarramos D. Mauro y yo para no -ser nuevamente arrastrados a merced de aquel oleaje. Yo me alegraba -de que esto sucediera, por si en alguna evolución quedábamos Inés y -yo apartados de los Requejos; pero buen cuidado tenía D. Mauro de no -separarse de su sobrina, y antes le hubiera roto el brazo que soltarla: -tal era la fuerza con que su mano rapaz tenía aprisionados los olivares -de Jaén y las yeguadas de Córdoba.</p> - -<p>Situados donde he dicho, aguardamos la aparición de aquel sol -hespérico, de aquel iris de paz, de aquel Príncipe Fernando, que este -pueblo, a ser pagano, hubiera puesto en la jerarquía de sus dioses más -queridos. En rededor nuestro zumbaban algunas viejas.</p> - -<p>—¡Ay, mi señora Doña Gumersinda! —decía una estantigua—. Dios y mi -patrono San Serapio, ese bendito fraile de la Merced que es abogado -contra los dolores de coyunturas, han querido que yo no mordiera la -tierra sin ver este día.</p> - -<p>—¡Ay, mi señora Doña María Facunda! —contestaba otra—. Desde que -entró en Madrid, al venir de Nápoles, el Sr. D. Carlos III, a quien vi -desde este mismo sitio, no ha habido en Madrid una alegría semejante. -¿Pero usted no llora?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span>—¿Pues no me -ve usted, señora Doña Gumersinda? Bendito sea el Señor, que nos ha -permitido ver este día. Al menos se morirá una con la alegría de que -España sea feliz con ese gran Rey que Dios nos ha dado. ¡Pues pocos -rosarios he rezado yo para que esto sucediera! Al fin la Virgen nos ha -oído, y si nosotras no nos estuviéramos en la iglesia rogando día y -noche, ya podía la Nación esperar sentada su felicidad.</p> - -<p>—¿Pero usted no ha visto al Príncipe, señora Doña María Facunda? -Si es el más rozagante, el más lindo mozo que hay en toda España y -sus Indias. Yo le vi el día de la jura, y me parece que le tengo -delante.</p> - -<p>—No le he visto. Ya sabe usted, señora Doña Gumersinda, que desde -que reñí con aquel oficial de walonas que me quería tanto, allá cuando -echaron a los jesuitas, no he vuelto a mirar a la cara a ningún -hombre.</p> - -<p>—¡Pero oiga usted: dicen que viene; ya está cerca!</p> - -<p>En efecto: se oían las exclamaciones del gentío apelmazado en la -calle de Alcalá, y muchos gritaban:</p> - -<p>—¡Ya viene por la Cibeles! ¡Ya viene por el Carmen Descalzo! ¡Ya -viene por las Baronesas! ¡Ya viene por los Cartujos!</p> - -<p>Una voz conocida me hizo volver la cara. Pacorro Chinitas, el famoso -amolador, cuyas opiniones no habréis olvidado, estaba detrás de mí -disputando acaloradamente con una mujer del pueblo, gruesa, garbosa, de -ojos vivos, lengua expedita y expeditísimas manos.</p> - -<p>—¡Que en todas partes has de meter camorra,<span class="pagenum" -id="Page_161">p. 161</span> condenada mujer! —decía Chinitas—. Vete -callando, que ya se me sube la mostaza a la nariz.</p> - -<p>—No me da gana de callar —contestó la Primorosa, cruzándose en la -cintura las puntas del pañuelo que le cubría los hombros—. ¿Pues qué, -estamos en misa? Si ese señorito del tupé no se nos quita delante...</p> - -<p>Un petimetre, que olía a jazmín, volvió la compungida cara pidiendo -mil perdones a la emperatriz del Rastro.</p> - -<p>—¡Eh, tío <i>catacaldos</i>! —continuó la Primorosa, tirando por los -faldones al currutaco—. ¡Quítese de ahí, que me estorba!</p> - -<p>—Mujer, deja en paz a ese caballero. Mira que la armo.</p> - -<p>—¡Sopa sin sal, endino! —exclamó la manola, mostrando sus dedos -cuajados de anillos con piedras falsas—. ¡Pos pa qué quiero estas cinco -manos de almirez! ¡Enriten a la Primorosa, y verán lo güeno! ¡Eh... -señor marqués del Barrilete! —añadió dirigiéndose a D. Mauro—, que me -está usted metiendo por los ojos el rabo de su peluquín.</p> - -<p>—Mujer —insistió Chinitas—, que donde quiera que vamos me has de -avergonzar...</p> - -<p>El petimetre se volvió hacia nosotros y dijo, infestándonos con los -perfumes de su ropa:</p> - -<p>—No se puede estar donde hay gente ordinaria.</p> - -<p>—¿Qué es eso de gente ordinaria? —clamó la Primorosa, atropellando -a los que tenía al lado para abalanzarse hacia el almibarado joven—. -Ya... a mí con esas. Pero si es el señor<span class="pagenum" -id="Page_162">p. 162</span> D. Narciso Pluma. Eh, Nicolasa, Bastiana, -Polonia: mira al Sr. de Pluma, al que la otra noche le emprestamos -dos reales pa osequiar a las madasmas que llevó a tu casa... Señor -marquesito de la olla vacía, menos facha y más comenencia con las -señoras, porque yo soy muy reseñorona y muy requeteusía, y sé dar pa el -pelo, y vivan los farolones de Madrid.</p> - -<p>A este punto llegaba, cuando un rumor creciente indicó que el -Príncipe estaba cerca. La Primorosa, con las majas que la seguían, -trató de atravesar el gentío dando codazos y manotadas a derecha e -izquierda.</p> - -<p>—Ea, desapártense toos, que viene el sol del mundo. A un lao, a -un laíto, señores. Bastiana, Nicolasa, quitaos las flores del pelo y -vengan acá, que yo se las daré al lucero de las Españas. Míralo allá: -viene a caballo por la Aduana.</p> - -<p>A fuerza de empujones logró la Primorosa ¡cosa inaudita! despejar -en torno suyo un breve espacio, donde sin obstáculo campeaba. Pero -queriendo avanzar más aún, halló insuperable barrera en la persona de -un <i>majo decente</i> que, con la capa en cuadril y el sombrero sobre -la ceja, rechazaba varonilmente a cuantos intentaban adelantar hacia el -centro de la carrera.</p> - -<p>—¡Cómo! —dijo la maja con centellante ira—. ¿Que no se pasa? ¿Y -quién lo <i>ice</i>?... ¿tú, Pujitos? Anda, y qué güeno me sabe.</p> - -<p>—No se pasa —dijo Pujitos, que se esforzaba en poner a la multitud -en fondo, en filas,<span class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span> -en compañías, en batallones y en brigadas—. Póngase ca una en su -puesto, y no ladrar. Orden, señores... toos en fila. Primorosa, las -mujeres a sus casas, y aquí denguna me levante el chillío.</p> - -<p>—Pujitos de mi corazón —dijo la Primorosa con terrible ironía, -clavando ambas manos en su cintura—. Si te requiero; si he venido por -verte; si aquí vengo a pedirte de rodillas que me dejes pasar, y traigo -un irgumento pa tu cara de peine viejo. ¿Quieres verlo? Pues toma.</p> - -<p>Aún no lo había dicho, cuando rápida, fuerte y destructora como un -ariete romano, la mano derecha de la maja voló en dirección de la cara -de Pujitos, y el carrillo de este resonó con tremendo chasquido. Una -risotada general fue el himno con que los circunstantes celebraron -la desgracia del patriota, el cual, vacilando primero y desplomado -después, fue a caer sobre un fraile, rompiéndole la escofieta a Doña -María Facunda y la escusabaraja a Doña Gumersinda. La multitud hizo un -movimiento: el oleaje corrió de un lado a otro, y Pujitos desapareció -ante nuestra vista como un cuerpo que cae al mar.</p> - -<p>La causa de aquel movimiento de la muchedumbre fue una nueva -irrupción de carne humana en aquel recinto estrecho donde ya había -tanta. Un destacamento de la Guardia Imperial, con Murat a la cabeza, -apareció por la calle del Arenal. Figuraos un pie que se empeña en -entrar en una bota donde ya hay otro pie. El gran Duque de Berg, -petulante y<span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span> vanidoso, -se obstinó en presentarse con sus tropas en la carrera por donde había -de pasar el Rey, lo cual no tenía nada de culpable; pero lo hizo tan -inoportunamente, y sus mamelucos y dragones vejaron de tal modo al -pueblo madrileño, que algunos historiadores hacen datar desde aquella -hora la general antipatía de que los franceses fueron objeto. La -multitud es un río, cuyo nivel no puede subir cuando recibe el caudal -de otro río, y tiene que acomodarse juntando carne con carne y hueso -con hueso, hasta que desaparece la personalidad humana en el informe -conjunto. Esto pasó cuando los franceses penetraron en la estrecha -plaza, y una tempestad de silbidos, reconvenciones e insultos fue la -primera manifestación del pueblo español contra los invasores. Entre -tanto, el desconcierto crecía, la sofocación iba en aumento. D. Mauro -bramó como un toro; Doña Restituta lanzó un gemido desde el fondo -de su angosto pecho... pero la multitud olvidó sus penas, porque ya -estaba cerca, ya venía, ya le veíamos en su caballo blanco, que apenas -podía dar un paso; ya embocaba en la Puerta del Sol; ya se agitaban -los abanicos; llovían ramos de flores; alzábase de la superficie de -aquel inquieto mar un rumor espantoso; cruzaban el aire como pájaros -desbandados millares de gorras, y los brazos convulsos sobresalían de -las cabezas descubiertas; los pañuelos no eran bastante expresivos, y -las capas eran desplegadas como banderas de triunfo.</p> - -<p>Entonces la masa de gente que estaba en<span class="pagenum" -id="Page_165">p. 165</span> torno mío avanzó con irresistible empuje. -Don Mauro y Restituta clavaron las uñas en las mangas del vestido de -Inés, que se les escapaba; pero un jirón de tela se quedó en sus manos, -e Inés en mis brazos. Miré a la derecha, y vi entre una aglomeración de -cabezas el coleto de D. Mauro y el moño de Doña Restituta, que huían -llevados como despojos de naufragio sobre la espuma de aquel alborotado -mar. Estábamos solos.</p> - -<p>Inés y yo nos abrazamos, y el gentío, comprimiéndose después, -estrechaba a Inés contra mí, como si de nuestros dos cuerpos hubiera -querido hacer uno solo.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch19"> - <h2 class="nobreak g0">XIX</h2> -</div> - -<p>—Estamos solos, Inés —le dije—. Ahora podremos hablarnos y -vernos.</p> - -<p>En efecto, estábamos solos. Yo no veía ni Rey, ni pueblo, ni Guardia -Imperial, ni balcones, ni quitasoles, ni abanicos, ni capas, ni gorras, -ni flores, ni nada: yo no veía más que a Inés, e Inés no veía más -que a mí. Aprisionados entre un pueblo inmenso, nos creíamos en un -desierto. Olvidamos que existía un Rey recién coronado, y una nación -alegre, y una ciudad feliz, y una multitud ebria, y no pensamos más -que en nosotros mismos. No oíamos nada: el clamor de la gente, los -vivas, los<span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span> mueras, -las felicitaciones; aquella borrachera de entusiasmo no producía -en nuestros oídos más impresión que el vuelo de un insignificante -insecto.</p> - -<p>—Gracias a Dios que nos han dejado solos —dijo Inés, estrechándose -más contra mí.</p> - -<p>—¡Inés de mi corazón! —exclamé yo—. ¡Cuánto deseaba hablarte! -¡Cuántas cosas tengo que decirte! Tus tíos se han ido y no volverán, y -si vuelven no estaremos aquí. Somos libres: oye lo que voy a decirte. -Estamos fuera de esa maldita casa, Inés mía, y serás feliz, rica y -poderosa; tendrás todo lo que es tuyo.</p> - -<p>—Yo no tengo nada —me contestó.</p> - -<p>—Sí: tú no sabes un cuento que yo te voy a contar; un cuento que sé, -y que me hace feliz y desgraciado al mismo tiempo.</p> - -<p>—¿Qué estás diciendo, loquillo?</p> - -<p>—Que tú no eres lo que pareces. Yo te devolveré a tus padres, que -son muy ricos.</p> - -<p>—¿Padres? ¿Acaso yo tengo padres?</p> - -<p>—Sí: tú no eres hija de Doña Juana. Pero esto te lo explicaré en -otra ocasión. ¡Ah! amiga mía: estoy alegre y estoy triste, porque deseo -que seas feliz, y rica, y señora, y poderosa, y duquesa, y princesa; -pero al mismo tiempo considero que cuando llegues al puesto que te -corresponde, no me has de querer.</p> - -<p>—No entiendo una palabra de lo que dices.</p> - -<p>—Ya veremos. Tú no me querrás. ¿Cómo has de querer a un desgraciado -como yo, sin fortuna, sin educación? Te avergonzarás de mí, que soy -un criado, un infeliz de las calles... Pero ¡ay! no temas, que yo te -llevaré a<span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span> donde debes -estar, y te pondré en tu verdadero puesto, y serás lo que debes ser. -Yo no quiero nada para mí. Dime: ¿me dejarás que sea tu criado y que -viva en tu casa lo mismo que vivo ahora mismo en la de tus condenados -tíos?</p> - -<p>—De veras te digo que pareces un loco, Gabriel. Esto me recuerda -cuando tú decías que ibas a ser Ministro, Generalísimo y Príncipe. Yo -no tengo esas ideas.</p> - -<p>—No es lo mismo, niñita. Aquello era una necedad mía, y esto es -cierto. Ya no volveremos a casa de los Requejos. Huiremos por la calle -de Alcalá cuando se despeje, buscando refugio en Aranjuez, hasta tanto -que yo te lleve a donde debo llevarte. Aunque sé que no lo has de -cumplir, júrame que me querrás siempre.</p> - -<p>—Yo no necesito jurarlo. Prométeme tú no decir disparates —dijo -ella, mientras la presión de la embriagada multitud estrechaba su -cabeza contra mi pecho.</p> - -<p>—No son disparates. Pronto te convencerás de ello; ¿pero me querrás -siempre como me quieres ahora? ¿No te avergonzarás de mí, no me -despreciarás? ¿Seré siempre para ti lo mismo que soy ahora, tu único -amigo, tu salvación y tu amparo?</p> - -<p>—Siempre, siempre.</p> - -<p>Al pronunciar estas palabras, Inés sintió que le cogían un pie.</p> - -<p>Miró ella, miré yo, y vimos que clavaba en el pie sus flacos dedos -una mano correspondiente a un brazo negro, que, extendiéndose<span -class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span> entre las piernas de los -circunstantes, estaba unido al cuerpo de Restituta, quien estiraba el -otro brazo hasta tocar la mano que pertenecía a una de las extremidades -de D. Mauro Requejo, el cual D. Mauro Requejo, colocado como a dos -varas de nosotros, pugnaba por abrirse paso entre piernas de hombre y -faldas de mujer, recibiendo aquí una pisada, allá una coz. Sucedió que -encontrándose los dos hermanos tan separados de nosotros, perdían el -tino buscándonos, y mientras ella se encaramaba anhelando divisar por -algún lado nuestras cabezas, él, a causa de su corpulencia, alcanzó a -distinguir mi gorro.</p> - -<p>Forcejeaban hasta alcanzarnos, cuando Doña Restituta cayó al suelo; -diole D. Mauro la mano, y ella alargó la otra para asir el pie de Inés, -temiendo que en un nuevo vaivén o sacudimiento se le escapara. Nuestro -proyecto de fuga quedó frustrado, y ambos Requejos hicieron presa en -los olivares de Jaén, asiéndoles cada uno por un brazo para estar más -seguros.</p> - -<p>—¡Pobrecita mía! —dijo D. Mauro—. Creímos que te nos perdías. Si no -es por ti, Gabriel, se nos pierde.</p> - -<p>A causa del revolcón quedaron ambos hermanos tan lastimosamente -magullados, que daba compasión verles. Del casaquín de mi amo se habían -hecho dos, sin intervención de ningún sastre, y su hermana veía con -ojos furibundos los flotantes jirones de su vestido negro, rasgado de -arriba abajo.</p> - -<p>—¿Ves? —decía Restituta a su hermano al<span class="pagenum" -id="Page_169">p. 169</span> regresar a la casa—. ¿Ves lo que sacamos -de ir a donde nadie nos llama? Has perdido un guante... ¡lástima de -guante, que costó un dineral en el Rastro! ¿Pues y la casaca? Ya tengo -costura para tres días... ¡Sí, que está barata la seda!... Y tú, niña, -¿has perdido algo? ¡Ay! ¿Dónde está mi pañuelo? ¿Pues y mi pañuelo? ¡Lo -he perdido!... ¡Dios me favorezca!... ¡Jesús mil veces! ¡Y yo que le -eché tres gotas de agua de bergamota!</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch20"> - <h2 class="nobreak g0">XX</h2> -</div> - -<p>Transcurrieron muchos días desde aquel, famoso por la entrada -de nuestro Soberano, sin que se alterara con ningún accidente la -uniformidad de la casa de los Requejos.</p> - -<p>Largo tiempo estuve sin poder hablar con Inés, aunque vivíamos tan -cerca el uno del otro; pero el encierro en que la guardaba Restituta -era cada vez más inaccesible, y la vigilancia llegó a ser un acecho -implacable. Don Mauro estaba furioso algunas veces; otras triste, -y sin duda en su rudeza no dejaba de comprender que era incapaz de -hacerse amar por Inés. Su cólera no podía menos de derivarse de la -conciencia de su brutalidad. Si no hubiera mediado el ambicioso -interés, que era su alma, quizás D. Mauro habría sido naturalmente -afable y hasta cariñoso con la que pasaba<span class="pagenum" -id="Page_170">p. 170</span> por su sobrina; pero la falta de educación, -de delicadeza, de modales y de sentido común le perdía, haciéndole no -solo aborrecible, sino espantoso a los ojos de la misma a quien deseaba -interesar.</p> - -<p>Las dificultades para sacar a Inés del poder de los Requejos -aumentaban de día en día con la suspicaz vigilancia de Restituta; -pero esto no me desanimaba, y firme en mi honrado propósito, procuré -por todos los medios posibles conquistar la benevolencia de los dos -hermanos, fingiendo en mí gustos e inclinaciones iguales a las suyas. -Yo aspiraba a una empresa más difícil que las doce de Hércules: -aspiraba a conquistar el inexpugnable castillo de su confianza, donde -jamás entrara persona alguna.</p> - -<p>Para llegar a este fin, principié fingiéndome mezquino y avaro, -cual si me consumiera, como a ellos, la mísera pasión del ahorro en -su último delirio. Un día, después de haber barrido los pasillos -y cuartos, me ocupaba en reunir el polvo y la tierra, recogiendo -y guardando aquellos ingredientes en un gran cucurucho. Como esta -operación la hacía yo de modo que Doña Restituta me observase, -preguntome un día cuál era mi objeto, y le contesté:</p> - -<p>—Pues qué, señora, ¿se ha de desperdiciar esta substancia -alimenticia?</p> - -<p>—¿Cómo? ¿El polvo y la basura de los ladrillos, con las telarañas -de los techos y el lodo de los zapatos, forman una substancia -alimenticia?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span>—Ya lo creo; y me -asombra que usted no sepa que hay en Madrid un jardinero francés que -compra todo esto para criar unas endemoniadas yerbas farmacéuticas que -han inventado ahora.</p> - -<p>—¿Qué me dices, Gabriel? Pues yo no sabía nada.</p> - -<p>—Pues cuando yo estaba en la casa del señor Duque de Torregorda, la -señora Duquesa vendía esto todas las semanas, y por un paquete así le -daban sus cuatro cuartos como cuatro soles.</p> - -<p>Ella se regocijaba tanto con esto, que cuando yo, después de arrojar -a un muladar el paquete, volvía entregándole los cuatro cuartos de mi -fingida venta, me decía:</p> - -<p>—Eres un chico de disposición, Gabriel; no he conocido otro como -tú.</p> - -<p>También fingía vender los cráneos de carnero que allí se consumían -con frecuencia, los huesos de toda clase de frutas, los pedazos de -papel, los cascos de vidrio, y hasta los pezones de los higos pasados, -diciéndole que un boticario los compraba para hacer cierta droga -venenosa. Cuando llegó el 20 de Abril y me dieron los diez reales de mi -salario, dije a Doña Restituta:</p> - -<p>—Señora, ¿para qué quiero yo todo ese dineral? Puesto que tengo -todas mis necesidades satisfechas y no me falta nada, guárdemelo; y si -algún día salgo de esta bendita casa (lo que ojalá no suceda nunca), -me lo entregará junto. Guardadito quiero que esté como oro en paño, y -primero me dejaré cortar las orejas que consentir en el gasto de un -maravedí.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span>—¡Ay, Gabriel! —me -contestó, rebosando satisfacción—, no he visto nunca un chico como -tú. Bien es verdad que no en vano se pisa esta casa, donde reinan el -orden y la economía. Eres un rapaz de provecho: si sigues trabajando, -a vuelta de diez años tendrás reunidos sesenta duros; y si siempre -persistes en tan buenas ideas, llegarás al fin de tu vida... (pongamos -que vives sesenta años más...) con un capital de trescientos sesenta -duros, que tendrás guardaditos y los enterrarás antes de morirte, para -que ningún heredero holgazán se divierta con tu dinero.</p> - -<p>Con estas y otras artimañas me hacía querer de mis amos, hasta el -punto de que confiaban mucho en mí; pero a pesar de todo, no logré -nunca adquirir la confianza suprema, que consistía para mí en ser -encargado de la custodia de Inés, mientras ellos estaban fuera. ¡Ay! -cuando alguna vez permitían los hados que Doña Restituta se ahuyentara -del hogar doméstico, siempre era depositario de todas las llaves el -impasible, el mecánico, el glacial mancebo.</p> - -<p>Pero he hablado poco de este personaje, cuando en realidad debiera -ocuparme mucho, y urge dar de él completa idea. Juan de Dios era sin -género de duda un excéntrico, pues también en aquella época había -excéntricos. Un hombre que no habla, que ignora lo que es risa, que no -da un paso más de los necesarios para trasladarse al punto donde están -la pieza de tela que ha de vender, la vara con que la ha de medir, y la -hortera en que ha de<span class="pagenum" id="Page_173">p. 173</span> -meter el dinero; un hombre que en todas las ocasiones de la vida parece -una máquina cubierta con la humana piel para remedar mejor nuestra -libre, móvil e impresionable naturaleza, ha de llevar dentro de sí algo -ignorado y excepcional. Sin embargo, al poco tiempo de conocer yo a -Juan de Dios, ocurrió algún percance en el misterioso engranaje de las -piezas de aquel mueble animado.</p> - -<p>Por aquellos días, D. Mauro y Doña Restituta habíanse comunicado -con asombro su extrañeza por las frecuentes distracciones de Juan de -Dios. Juan de Dios, que en veinte años no se equivocara nunca midiendo -o contando, contaba y medía como un mancebillo recién venido de la -Alcarria. Aún había algo más alarmante. Juan de Dios se paseaba por la -tienda sin hacer nada, lo cual era tan extraordinario como el choque de -un planeta con otro; Juan de Dios preguntaba al parroquiano si quería -<i>poplín</i>, <i>cotepalis</i>, <i>organdís</i>, <i>madapolanes</i> -o <i>muselinetas</i>, y en vez de traer lo pedido, daba media vuelta, -rascándose la cabeza; iba a la trastienda, y salía después a preguntar -de nuevo, porque se le había olvidado. Al mismo tiempo Juan de Dios -estaba más amarillo y más flaco, lo cual parecía imposible al que -en sus buenos tiempos le hubiese conocido, y su mirada, siempre -mortecina y tristona, como la llama de un candil que se apaga, indicaba -últimamente una resignación, un dolor que no son susceptibles de -descripción ni pintura.</p> - -<p>Un día salieron los amos, encargándole como de costumbre la custodia -de la casa. Inés,<span class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span> -encerrada en su aposento, habló conmigo como Tisbe al través del -muro, y en mi desesperación, no pudiendo ni verla ni sacarla de allí, -discurrí que convenía explorar el corazón del mancebo, por si era -posible ablandarle para que protegiera nuestra fuga. Bajé a la tienda, -y después que hablamos un poco de cosas indiferentes, dije a Juan de -Dios:</p> - -<p>—¿No es un dolor, Sr. D. Juan, que esa joven se muera de tristeza -en ese cuartucho? ¿Por qué no la dejan suelta por la casa? ¿Acaso es -alguna fiera?</p> - -<p>Advertí en el semblante del mancebo un como estremecimiento o -vislumbre; después pareció que la poca sangre de su cuerpo se le -agolpaba en la frente, y me habló así:</p> - -<p>—Gabriel, tienes razón. ¿Por qué la encierran así, siendo tan buena -y tan humilde?... Ya estará libre... —dijo el hortera, como hablando -consigo mismo.</p> - -<p>Estas palabras despertaron grandemente mi curiosidad, y resolví -hacerle hablar sobre el asunto, fingiendo poco interés por la -huérfana.</p> - -<p>—Verdad es —dije— que como está tan mal criada...</p> - -<p>—¡Mal criada! —exclamó el dependiente con viveza—. Tú sí que eres un -mal criado y un bruto. Cuando la veo tan dulce, tan modesta, tan guapa, -me da lástima que... Aquí la tratan de un modo que da compasión...</p> - -<p>—Pero los amos son muy buenos con ella: la han comprado un vestido, -y D. Mauro quiere que sea su mujer.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span>Al oírlo, Juan de -Dios se inmoló de tal modo, que le tuve miedo.</p> - -<p>—¡Casarse con ella! —exclamó—. No, no; eso no puede ser.</p> - -<p>—Bien es verdad que si la muchacha no quiere, ¿por qué han de -obligarla?</p> - -<p>—Es verdad. No, no la obligarán.</p> - -<p>Comprendí que convenía variar de táctica, demostrando mucho interés -por la prisionera.</p> - -<p>—Pues si ella no quiere —afirmé—, será una obra de caridad sacarla -de aquí.</p> - -<p>—¿Tú crees lo mismo? —me preguntó con ansiedad.</p> - -<p>—Sí. Me da tanta lástima de la pobrecita, que si en mí consistiera, -ya le hubiera abierto las puertas para que volara como un pajarito.</p> - -<p>—Gabriel —me dijo Juan de Dios solemnemente, poniendo su mano sobre -mi brazo—, si tú fueras un chico prudente y discreto, yo te confiaría -un proyectillo.</p> - -<p>No había más remedio que fingir gran indignación contra los -Requejos, y así lo hice, diciendo:</p> - -<p>—¡Pues no he de serlo! A mí puede usted confiarme lo que quiera, -sobre todo si se refiere a esa niña, porque la tengo compasión; y si -mi amo se empeña en maltratarla, no lo podré aguantar, y el mejor -día...</p> - -<p>—Nuestros patronos son muy crueles —dijo él con la gravedad de quien -revela importante secreto.</p> - -<p>—¿Qué dice usted, crueles? Bárbaros y tacaños, que serían capaces de -vender a Cristo por dos maravedís.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span>El semblante de -Juan de Dios expresó cierto entusiasmo. Después de vacilar un momento -entre la seriedad y una sonrisa, se apretó el corazón con ambas manos, -y me dijo:</p> - -<p>—Gabriel, yo estoy enamorado, yo estoy loco.</p> - -<p>—¿De quién? ¿Por quién?</p> - -<p>—No me lo preguntes y adivínalo. A ti solo te lo digo: quiero que -me ayudes. Veo que tienes buenos sentimientos, y que aborreces a los -carceleros de Inés. Pero tú no te has fijado bien en ella. ¿No te -admira su resignación, no te admira su modestia? Y sobre todo, Gabriel, -¿has visto alguna vez mujer más linda? Dime, ¿te ha mirado alguna vez y -no te has vuelto loco?</p> - -<p>Juan de Dios lo parecía al decir estas palabras.</p> - -<p>—Inés es una gran personita —respondí—. Hace usted bien en quererla, -y mucho mejor en sacarla de aquí. ¿Pero no dicen que se casa usted con -Doña Restituta?</p> - -<p>—¿Yo? ¿estás loco?... Antes de ahora he sido tan estúpido que llegué -a creerme capaz de semejante desgracia. Pero ahora... ¿Has conocido -hembra más repugnante que esa?</p> - -<p>—No, no hay otra que la iguale en todo el mundo. Pero hablemos de -Inés, que es lo que a usted le interesa.</p> - -<p>—Sí, hablemos. ¡Ay! No sabes qué desahogo siento al confiarte este -secreto. Yo necesitaba decírselo a alguien para no desesperarme. Desde -que Inés entró en esta casa, experimenté una sensación desconocida. Yo -había dicho<span class="pagenum" id="Page_177">p. 177</span> muchas -veces: «tanto como oigo hablar del amor, y yo no sé lo que es...» -Pero ya sé lo que es... ¡Ay! he pasado toda mi vida trabajando como -una bestia. Hace veinte años tuve algo con una mujer que vivía en mi -casa; pero aquello no pasó de tres días. Yo nací en Francia, de padres -españoles; me crié en un convento, y cuando salí de él a los veinte -años, estaba muy persuadido de que las mujeres todas eran el Demonio, -pues así me lo decían los frailes del convento de Guetaria. Así es -que cuando pasaba alguna cerca de mí, yo bajaba los ojos, cuidando -de no mirarla. Siempre he sido melancólico y... no sé por qué me han -disgustado las mujeres... Nunca voy a bailes ni a tertulias, y con tan -uniforme vida me he vuelto tan tristón, que me aburro de mí mismo. -Los domingos echo un paseo allá por los Melancólicos, y esto un año y -otro, hasta que ahora... te contaré punto por punto. Cuando llegó Inés -aquí, me pareció que no era como las mujeres que yo he visto siempre; -quedeme asombrado contemplándola, y hasta se me figuró que la había -visto en alguna parte: ¿dónde? ¡qué sé yo! sin duda dentro de mí mismo. -Todo aquel día pensé en ella, y al día siguiente, que era domingo, me -fui, después de oír misa, a mi paseo de los Melancólicos. Allí di mil -vueltas, figurándome que hablaba con ella, y fueron tantas las cosas -que le dije, que de seguro no cabrían en este libro grande. Pasó algún -tiempo: Inés no me había mirado nunca, hasta que una noche... estábamos -comiendo; yo fui a coger un plato, y como<span class="pagenum" -id="Page_178">p. 178</span> me temblaba la mano, le dejé caer al suelo -y se rompió. Restituta se puso a dar gritos, y D. Mauro me dijo no sé -qué barbaridades. Entonces Inés alzó los ojos y me miró.</p> - -<p>Cuando esto decía, Juan de Dios mostraba la incomparable -satisfacción del amante que ha recibido favor muy lisonjero de su -dama.</p> - -<p>—Pues ánimo —le dije—: la madamita es linda y buena. Sáquela usted -de aquí.</p> - -<p>—¡Que si la saco! ¿Pues no he de sacarla? —exclamó con decisión—. -Resuelto estoy a ello. Pero necesito hablarle, Gabriel; necesito -decirle lo que siento por ella. ¿Me corresponderá? ¿Crees tú que me -corresponderá?</p> - -<p>—Pero, tonto, si quiere usted hablarle, ¿qué más tiene que ir a su -cuarto y entrar? ¿Los amos no le dejan las llaves?</p> - -<p>—Varias veces he intentado hablar con ella; he subido la escalera, -he llegado junto a la puerta, y al fin me he vuelto sin valor para -decirle: «Inés, ¿oye usted una palabra?»</p> - -<p>—Pues de esa manera no consigue usted nada —le contesté—. ¡Ah! Vea -usted lo que me ocurre en este instante. Yo me pinto solo para esas -comisiones. Me da usted la llave, abro, entro y le digo que usted -la quiere y discurre el modo de sacarla de aquí. ¿Qué le parece mi -invención?</p> - -<p>—Te equivocas si crees que tengo la llave de su cuarto. Todas me las -dejan menos esa.</p> - -<p>—Entonces todo está perdido.</p> - -<p>—No, porque voy a que un cerrajero me haga una por un modelo -de cera, enteramente igual. Por de pronto, ya que te ofreces a -servirme,<span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span> mira lo -que he pensado. Aquí tengo un ramito de violetas que he comprado esta -mañana. Se lo llevas, arrojándolo dentro por el tragaluz que está sobre -la puerta, y le dices: «esto le manda a usted una persona que la ama», -pero sin mentarla quién es. Luego, otro día que los amos salgan, le -llevas una carta que estoy escribiendo en mi casa, y que tiene ya ocho -pliegos de papel, con una letra como el sol. ¿Lo harás así?</p> - -<p>—Todo lo que usted me mande.</p> - -<p>—¡Ay, Gabriel! Desde que ella está en esta casa, me he vuelto todo -del revés. Pero di: ¿crees tú que Inés me querrá? ¿lo crees tú? ¡Ay! -yo de veras te digo que por verme amado de ella por todo el día de -hoy, consentiría mañana en perder la vida. Te juro que si supiera de -cierto que no me puede querer, moriría. Si Inés me ama, seré tan feliz -que... no sé lo que me pasará. Y tiene que ser, tiene que amarme: -yo me la llevaré a una parte del mundo donde no haya gente, y allí, -solitos los dos, ¿no es verdad que tendrá que quererme? Estoy ahora -averiguando por qué camino se va a una de esas islas desiertas que, -según dicen, hay no sé dónde... La sacaré de aquí, Gabriel; nos iremos -ella y yo, si quiere, bien, y si no, también. Cuando llegue el caso -me creo capaz de todo: de matar al que quiera impedírmelo, de vencer -cuantas dificultades se me opongan, de echarme a cuestas toda la -tierra y beberme todo el mar, si es preciso para mi fin... Gabriel, -¿llevarás a Inés el ramo de violetas? Yo tengo miedo de ir... Cuando -le<span class="pagenum" id="Page_180">p. 180</span> hable una vez, se -me quitará esta turbación... ¿No es verdad?... ¿Crees tú que ella me -amará?</p> - -<p>La pasión de Juan de Dios tenía cierta ferocidad. Junto con -la timidez más ingenua, el corazón de aquel hombre abrigaba una -determinación impetuosa y una energía suficiente para llevar adelante -el más difícil propósito. El secreto confiado causome tanto asombro -como miedo, porque si bien el amor del mancebo podía ser un gran -auxilio para la evasión de Inés, también podía ser obstáculo.</p> - -<p>Pensando en esto me separé de él, para llevar las violetas, sacadas -de un cajón donde guardaba sus plumas: subí y púseme al habla con mi -desgraciada amiga.</p> - -<p>—Inés —le dije, arrojando el ramillete por el tragaluz—, toma esas -flores que he comprado para ti.</p> - -<p>—Gracias —me contestó.</p> - -<p>—Niñita mía —continué—, mételas en tu seno, para que la bruja de tu -tía no las descubra. ¿Las has guardado ya?.</p> - -<p>—En eso estoy —repuso la dulce voz dentro del cuarto—. Vaya, ya -están.</p> - -<p>—Mira, Inesilla, pon la mano sobre tu corazón, y júrame que no has -de querer a nadie, a nadie más que a mí: ni a D. Mauro, ni a Juan de... -quiero decir... a nadie.</p> - -<p>—¿Qué estás ahí hablando?</p> - -<p>—Júramelo. Pronto estarás libre, paloma. Pero cuando seas señora, -rica y condesa, y tengas palacio, y lacayos, y tierras, ¿me olvidarás? -¿Despreciarás al pobre Gabriel? Júrame que no me despreciarás.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span>La prisionera reía -en su cárcel.</p> - -<p>—Vaya, adiós. Ponte frente al agujero de la llave para verte: ¡qué -guapa estás! Adiós: me parece que ahí están tus simpáticos tíos. Sí: ya -siento la voz del buitre de D. Mauro. Adiós.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch21"> - <h2 class="nobreak g0">XXI</h2> -</div> - -<p>Aquella noche nos favorecieron Doña Ambrosia de los Linos y el -licenciado Lobo. La primera se quejó de no haber vendido ni una vara de -cinta en toda la semana.</p> - -<p>—Porque —decía— la gente anda tan azorada con lo que pasa, que nadie -compra, y el dinero que hay se guarda, por temor a que de la noche a la -mañana nos quedemos todos en camisa.</p> - -<p>—Pues aquí nada se ha hecho tampoco —dijo Requejo—; y si ahora no -trajera yo entre ceja y ceja un proyecto para quedarme con la contrata -del abastecimiento de las tropas francesas, puede que tuviéramos que -pedir limosna.</p> - -<p>—¿Y usted va a dar de comer a esa gente? —preguntó con inquietud -Doña Ambrosia—. ¿Por qué no les echa usted veneno para que revienten -todos?</p> - -<p>—¿Pero no era usted —preguntó Lobo— tan amiga del francés, y decía -que si Murat la miró<span class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span> -o no la miró?... Vamos, señora Doña Ambrosia, ¿ha habido algo con ese -caballero?</p> - -<p>—¡Ay! Le juro a usted por mi salvación que no he vuelto a ver a ese -señor, ni ganas. ¡Demonios de franceses! ¿Pues no salen ahora con que -vuelve a ser Rey mi Sr. D. Carlos IV, y que el Príncipe se queda otra -vez Príncipe? Y todo porque así se le antoja al emperadorcillo.</p> - -<p>—¡Bah! —dijo Lobo—. Pues ¿a qué ha ido a Burgos nuestro Rey, sino a -que le reconozca Napoleón?</p> - -<p>—No ha ido a Burgos, sino a Vitoria, y puede ser que a estas horas -me le tengan en Francia cargado de cadenas. ¡Si lo que quiere es -quitarle la corona! Buen chasco nos hemos llevado; pues cuando creímos -que el Sr. de Bonaparte venía a arreglarlo todo, resulta que lo echa a -perder. Parece mentira: deseábamos tanto que vinieran esos señores, y -ahora si se los llevara Patillas con dos mil pares de los suyos, nos -daríamos con un canto en los pechos.</p> - -<p>—No: que se estén aquí los franceses mil años es lo que yo deseo -—dijo Requejo—. Como me quede con la contrata, ¡ay, mi señora Doña -Ambrosia! puede ser que el que está dentro de esta camisa salga de -pobre.</p> - -<p>—Quite usted allá. ¿Ni para qué queremos aquí franceses, ni -<i>zamacucos</i>, ni <i>tragones</i>, ni nada de toda esa canalla, que -no viene aquí más que a comer? Pues ¿qué cree usted? Muertos de hambre -están ellos en su tierra, y harto saben los muy pillastres dónde lo -hay. Si es lo<span class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span> que yo -he dicho siempre. Dicen que si Napoleón tiene esta intención o la otra. -Lo que tiene es hambre, mucha hambre.</p> - -<p>—Yo creo que tenemos franceses por mucho tiempo —afirmó el -licenciado—, porque ahora... Luego que nuestro Rey sea reconocido, -vendrán acá juntos para marchar después sobre Portugal.</p> - -<p>—¡Qué majadería! —exclamó la señora de los Linos—. Aquí nos están -haciendo la gran jugarreta. Esta mañana estuvo en casa a tomarme medida -de unos zapatos el maestro de obra prima, ese que llaman Pujitos. -Díjome que en el Rastro y en las Vistillas todos están muy alarmados, -y que cuando ven un francés le silban y le arrojan cáscaras de frutas; -díjome también que él está furioso, y que así como fue uno de los -principales para derribar a Godoy, será también ahora el primero en -alzarles el gallo a los franceses... ¡Ah! lo que es Pujitos mete miedo, -y es persona que ha de hacer lo que dice.</p> - -<p>—Si me quedo con la contrata, Dios quiera que no se levanten contra -los franceses —dijo Requejo.</p> - -<p>—Si hay levantamiento —afirmó Restituta— y mueren unos cuantos -cientos de docenas, esos menos serán a comer. Siempre son algunas bocas -menos, y la contrata no disminuirá por eso.</p> - -<p>—Has pensado como una doctora —observó D. Mauro—. ¿Pero y si se -van?</p> - -<p>—Se irán cuando nos hayan molido bastante —añadió Doña Ambrosia—. -¡Pues no tienen<span class="pagenum" id="Page_184">p. 184</span> poca -facha esos señores! Van por las calles dando unos taconazos y metiendo -con sus espuelas, sables, carteras, chacós y demás ferretería, más -ruido que una matraca... ¡Y cómo miran a la gente!... Parece que se -quieren comer los niños crudos... Por supuesto, que ya les verá usted -correr el día en que el español diga: «por ahí me pica, y me quiero -rascar.»</p> - -<p>—Eso es música —dijo Lobo—. Deje usted que vuelvan a Madrid el Rey y -el Emperador, y verá cómo todo se arregla. D. Juan de Escóiquiz, que es -amigo mío, y el primer diplomático de toda la Europa, me dijo antes de -irse que son unos bobos los que creen que Napoleón intenta destronar al -Rey de acá. Descuiden ustedes, que, como haya dificultades, mi canónigo -las arreglará todas, que para eso le dio el Señor aquel talentazo que -asusta.</p> - -<p>—Napoleón no viene acá sino con la espada en la mano —continuó -Doña Ambrosia—. El Padre Salmón, de la Orden de la Merced, que estuvo -esta mañana en casa (y por cierto que se llevó media docena de huevos -como puños), me dijo que a él no se le escapa nada, y que tendremos -guerra con los franceses. Napoleón nos está engañando como a unos -dominguillos. Ya ve usted: hace quince días se dijo que venía, y -en Palacio enseñaban las botas y el sombrero que había mandado por -delante. Don Lino Paniagua, que vio aquellas prendas y las tuvo en su -mano, me dijo que las botas eran grandísimas y casi tan altas como -este cuarto. En cuanto al sombrero, dice que era tan grasiento, que un -cochero simón no se le pondría,<span class="pagenum" id="Page_185">p. -185</span> lo cual prueba que este Emperador es un grandísimo gorrino, -con perdón sea dicho.</p> - -<p>—Veinte mil franceses tenemos aquí —dijo D. Mauro con expresión -meditabunda—. ¡Mucho pan, mucho tocino, muchas patatas, mucho pimentón, -mucha sal, mucha berza, han de entrar por veinticinco mil bocas! Y -dicen que traen hambre atrasada.</p> - -<p>—Por supuesto, hermano —dijo Restituta—, el dinerito por -adelantado.</p> - -<p>D. Mauro tomó un papel, y con profunda abstracción hizo cuentas.</p> - -<p>—Y de lo que sobre en el almacén, ¿no se podrá traer lo necesario -para el gasto de la casa? —preguntó la digna hermana—. Porque están -unos tiempos... ¡ay! señora Doña Ambrosia, no se gana nada...</p> - -<p>—Vaya, vaya —dijo Doña Ambrosia—. Poco mal y bien quejado. Más -dinero tienen ustedes que las arcas del Tesoro. Y a propósito, -Restituta, ¿cuándo se casa usted?</p> - -<p>—¡Jesús! ¿Quién piensa ahora en eso? No corre prisa.</p> - -<p>—No pensará lo mismo Juan de Dios. ¿Y usted, Inesita, cuándo se -decide?</p> - -<p>—Ya está decidida —afirmó vivamente Restituta—. La pícara harto -disimula su satisfacción. <i>Este</i> la tiene muy mimosa.</p> - -<p>—Esto está muy bien: una niña bien criada debe hacer ascos al -matrimonio hasta que llegue el momento crítico. Pero, hija, con la -conversación se me ha ido el tiempo: son las diez... Adiós, adiós.</p> - -<p>Fuese Doña Ambrosia; desfiló al poco rato<span class="pagenum" -id="Page_186">p. 186</span> Lobo, y habiendo subido a acostarse las -dos mujeres, quedaron solos en la trastienda el patrono y el mancebo -haciendo las cuentas de la contrata.</p> - -<p>Yo me acosté y dormí profundamente; pero a eso de la media noche, y -cuando, recogido también el amo, reinaban en la casa el sosiego y la -tranquilidad, me desvelaron unos agudos gritos, que al punto reconocí -como procedentes de la exprimida laringe de Restituta.</p> - -<p>—Sin duda hay ladrones en la casa —dije levantándome.</p> - -<p>Restituta llamaba angustiosamente a su hermano, el cual salió con -una tranca, diciendo:</p> - -<p>—¡Dónde están esos pícaros, dónde están, para que sepan si soy -hombre que se deja quitar el fruto de su honradez!</p> - -<p>—No son ladrones —dijo Restituta con voz temblorosa a causa de la -ira—; no son ladrones, sino otra cosa peor.</p> - -<p>—¿Pues qué son, con mil pares de diablos?</p> - -<p>—Es que... —continuó la hermana, dirigiéndose al amo y a mí, que -también había acudido con un palo—. Inesilla... bien decía yo que esa -muchacha nos daría que sentir... es una loca, una mujerzuela, una -trapisondista, una perdida de las calles.</p> - -<p>—A ver... ¿qué ha hecho?</p> - -<p>—Pues yo velaba, ella dormía, y de repente empezó a hablar en -sueños. ¡Ay, no sé cómo no la estrangulé! Primero pronunció algunas -palabras que no pude entender, y después dijo así: «Juro que te querré -siempre;<span class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span> juro que te -querré cuando sea condesa, cuando sea princesa; cuando sea rica, cuando -sea gran señora. Pero yo no quiero ser nada de eso sin ti.» Estuvo -callada un rato, y después siguió diciendo: «¿Cómo no he de quererte? -Tú me arrancarás del poder de estas dos fieras... ¡Ay! adiós: siento la -voz del buitre de mi tío. Adiós...» Después la condenada niña, como si -le parecieran poco estos insultos, llevose las palmas de las manos a su -boquirrita y se dio muchos besos. ¿Qué te parece, hermano? ¡No sé cómo -no la ahogué! Sin poderme contener, arrojeme sobre ella; despertose -despavorida, y al incorporarse se le cayó del pecho este ramo de -violetas.</p> - -<p>Al decir esto, Restituta mostraba en su trémula mano la terrible -prueba del delito. Quedose D. Mauro aturrullado, confuso, y luego, -tomando el ramo y mordiéndolo con rabia, lo arrojó al suelo, donde fue -pisoteado <i>alterno pede</i> por ambos furiosos hermanos.</p> - -<p>—¡Conque dice que soy un buitre! —exclamó él echando chispas—. ¡Un -buitre! ¡Llamar buitre a un caballero como yo! ¡Bonito modo de pagar el -pan que le doy! Ya le enseñaré los dientes a esa chiquilla. Pero ese -ramo, ¿quién le ha dado ese ramo?</p> - -<p>—Pero Mauro...</p> - -<p>—Pero Restituta...</p> - -<p>Y más se confundían los dos cuanto más se irritaban, y crecía su -cólera a medida que aumentaba su aturdimiento, hasta que Requejo, -recogiendo sus luminosas ideas en rápida meditación dijo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_188">p. 188</span>—Tiene amores -con algún mozalbete de las calles. ¿Habrá entrado aquí? Esto es para -volverse loco. Gabriel, Gabriel, ven acá.</p> - -<p>Al punto comprendí que estaba en peligro de hacerme sospechoso -a mis feroces amos; y como en este caso me arrojarían de la casa, -imposibilitando de un modo absoluto la realización de mi proyecto, -hallé prudente el desorientarles con una invención ingeniosa, que -apartara de mí toda sospecha.</p> - -<p>—Señor —dije a mi amo—, estaba esperando a que su merced acabara -de hablar, para decirle alguna cosa que contribuya a descubrir esta -picardía. Pues anoche, cuando salí en busca del cuarterón de higos -pasados, me pareció que vi en la calle a un señorito, el cual señorito -miraba a estos balcones... y después, creyendo él que yo no le veía, -arrojó una cosa...</p> - -<p>—¡Eso, eso fue... el ramo! —exclamó Requejo.</p> - -<p>—Anoche mismo —continué— pensaba decírselo a su merced; pero como -estaba ahí esa señora, y después se quedaron usted y Juan de Dios -haciendo números...</p> - -<p>—¿Y ella se asomó al balcón? —preguntó Restituta.</p> - -<p>—Eso no lo puedo asegurar, porque hacía oscuro y no vi bien. Pero -encárguenme mis amos que esté ojo alerta, y no se me escapará nada. A -fe que si ustedes me dieran la comisión de vigilar a la niña cuando -salen de casa, la niña no se reiría de nosotros.</p> - -<p>—¡Esto no se puede aguantar! —exclamó fieramente D. Mauro—. Vaya, -acuéstense todos,<span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span> que -mañana le leeré yo la cartilla a la señorita.</p> - -<p>Retireme a mi cuarto, y desde mi cama oía al espantoso Requejo -hablando con su hermana.</p> - -<p>—Nada, nada, esta semana me casaré con ella. Si no quiere de grado, -será por fuerza... Estoy furioso, estoy bramando. Mañana sabrá ella si -soy yo Mauro Requejo, o quién soy. La encerraremos en el sótano, sin -darle de comer. ¿Acaso vale ella el mendrugo de pan con que le matamos -el hambre? Le diremos que no probará bocado, ni beberá gota hasta que -no consienta en ser mi mujer... La encerraremos en el sótano, sí, -señor, en el sótano. Y si no quiere, palos y más palos. A fe que no -tengo yo mala mano de almirez... ¡Llamarme buitre esa rapazuela de las -calles!... Estoy furioso... me la comería... Sí: que yo iba a dejarla -escapar con el mozalbete del ramo... Se casará, sí, se casará, y si no, -de aquí no sale sino difunta... ¡Buen genio tengo yo!... Malas brujas -me chupen, si no la caso conmigo mismo... Y si no quiere por blandas, -será por duras: la amarraré a un poste, la azotaré, la abriré en canal -con el cuchillo de abrir las latas de pomada.</p> - -<p>Requejo en aquel instante parecía un demonio escapado del infierno; -y la primera luz de la aurora, entrando difícilmente en la oscura casa, -le encontró despierto aún y vociferando como un insensato.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch22"> - <p><span class="pagenum" id="Page_190">p. 190</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXII</h2> -</div> - -<p>Dicho y hecho: desde la mañana del día siguiente, D. Mauro pareció -dispuesto a llevar adelante su bestial propósito: el de precipitar el -martirio de Inés, <i>casándola consigo mismo</i>, como él decía en -su bárbaro lenguaje. La táctica de amabilidad y de astuta dulzura, -recomendada por el licenciado Lobo, se consideró inútil, siendo -sustituida por un sistema de terror, que ponía en fecundo ejercicio las -facultades todas de Doña Restituta. Antes de partir a la Junta donde -D. Mauro y otros dos comerciantes debían ponerse de acuerdo para la -subasta del abastecimiento, mi amo tuvo el gusto de plantear por sí -mismo el nuevo sistema. Dispuso que Inés no saldría de su cuarto ni -para comer; que los vidrios y maderas de la ventanilla que daba a la -calle de la Sal se cerraran, asegurándolas por dentro con fuertísimos -clavos; que se colocara un centinela de vista dentro de la misma -pieza, cuya misión a nadie podía corresponder más propiamente que a -Restituta.</p> - -<p>Ya no era posible, pues, ni ver a Inés, ni hablarla, ni prevenirla, -porque todo indicaba que aquella tenaz vigilancia no concluiría sino -cuando los Requejos vieran satisfecho su ardiente anhelo de casar a -la muchacha consigo<span class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span> -mismos. Por último, llegaron las vejaciones ejercidas contra Inés hasta -el extremo de notificarle enérgicamente que no vería la luz del sol -sino para ir a casa del señor Vicario a tomar los dichos. La situación -de Inés era, por lo tanto, insostenible, y tan crítica, que me decidí a -intentar resueltamente, y sin esperar más tiempo, su anhelada libertad. -Para hacer algo de provecho, era indispensable utilizar un día en que -ambas fieras, macho y hembra, salieran a la calle a cualquier negocio, -pues pensar en la fuga mientras nuestros carceleros estuviesen en la -casa, era pensar en lo excusado. D. Mauro, ocupado en su contrata, -salía con frecuencia; pero Restituta, imperturbable como esfinge -faraónica, no se movía de la casa, ni del cuarto, ni de la silla. Para -vencer tan formidable dificultad, discurrí a fuerza de cavilaciones el -siguiente medio:</p> - -<p>Mi seductora ama tenía la costumbre, harto lucrativa, de asistir a -todas las almonedas que se anunciaban en el <i>Diario</i>, y hacíalo -con la benemérita intención de pescar muebles, colchones, ropas, -adornos de sala y otros objetos que, adquiridos por poco precio, vendía -después en dos o tres prenderías de la calle de Tudescos, que eran -de su exclusiva pertenencia, aunque no lo pareciese. Hacia el 15 de -Abril tuvo noticia de un ajuar completo de ricos muebles, puestos en -almoneda en una casa de la plazuela de Afligidos. Habíales ella visto -y examinado, y aunque le parecieron de perlas, no los tomó, porque la -dueña, que era viuda de un Consejero de Indias, no se resignaba<span -class="pagenum" id="Page_192">p. 192</span> a entregar su única fortuna -casi de balde. Regatearon: Restituta ofreció una cantidad alzada; mas -no fue posible la avenencia, y volviose aquella a su casa sin aflojar -los cordones de la bolsa, aunque harto se le conocía su desconsuelo -por haber dejado escapar negocio de tal importancia. Pues bien: sobre -aquella almoneda, sobre aquel regateo, sobre este desconsuelo, fundé yo -el edificio de la invención que debía quitarme de delante a mi señora -Doña Restituta por unas cuantas horas.</p> - -<p>Era un domingo, día 1.º de mayo. Salí por la mañana, y dirigiéndome -a mi antigua casa, buscáronme allí una mujer que se encargó de llevar -a Doña Restituta el recado que puntualmente le di. Estaba el ama, a -las cuatro de la tarde, sentada en el cuarto de la costura, cuando -se presentó mi comisionada en la casa, diciendo que la señora de la -plazuela de Afligidos consentía en dar los muebles a la señora de -la calle de la Sal por el precio que esta había tenido el honor de -ofrecer.</p> - -<p>Dio un salto en su asiento Restituta, y al punto su acalorada -imaginación ilusionose con las pingües ganancias que a realizar iba. -Se vistió con aquella ligereza viperina que le era propia, y después -de cerrar el balcón y la puerta de la habitación de Inés, tuvo la -condescendencia incomparable de entregarme la llave de la puerta que -conducía a la escalerilla principal; encargó a Juan de Dios el mayor -cuidado, y salió.</p> - -<p>Cuando la vi partir, respiré con indecible<span class="pagenum" -id="Page_193">p. 193</span> desahogo. Pareciome que huía para siempre, -llevada en alas de demonios vengadores.</p> - -<p>Ya no podía perder un instante, y dije a mi amiga desde fuera:</p> - -<p>—Inesilla, prepárate. Recoge toda tu ropa, y aguarda un momento.</p> - -<p>La única contrariedad consistía ya en que Juan de Dios descubriese -mi intriga, oponiéndose a nuestra fuga; pero yo contaba con la -facilidad que ha existido siempre para cegar por completo a quien ya -tiene ante los ojos la venda del amor. Bajé a la tienda, y ya desde el -primer momento advertí que la fortuna no me era muy favorable, porque -Juan de Dios estaba en conversación con dos militares franceses, y no -era aquella ocasión a propósito para que me diera la llave falsificada -que hacía falta.</p> - -<p>Diré brevemente por qué estaban allí los dos franceses. Un oficial -de Administración militar fue en busca de mi amo para hablarle de -no sé qué particularidades relativas al contrato de abastecimiento; -acompañábale otro que me parecía teniente de la Guardia Imperial, el -cual, entablada conversación con Juan de Dios, habló en incorrecto -español, y dijo que era del país vasco-francés. Como el hortera había -nacido y criádose en el mismo país, al punto se la echaron los dos de -compatriotas, y hubo apretones de manos. El extranjero era un mozo alto -y rubio, de modales corteses y simpática figura.</p> - -<p>—¿No recuerda usted la familia Sajous, en Bayona? —dijo al -mancebo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_194">p. 194</span>—¿Pues no la he de -recordar? Mi padre, Don Blas Arroiz, estuvo de escribiente en casa de -Mr. Hipólito Sajous, en Bayona, y después en casa de otro Sajous, en -Saint-Sever —repuso Juan de Dios.</p> - -<p>—El de Saint-Sever es mi padre —añadió el francés—; pero yo nací en -Puyóo, donde aquel tiene una fábrica de tejidos. Me acuerdo de haber -oído hablar en mi niñez de un administrador guipuzcoano que falleció en -nuestra casa.</p> - -<p>A este tenor continuaron hablando un cuarto de hora, hasta que al -fin, después de mutuas felicitaciones y ofrecimientos, despidiose el -francés, prometiendo volver a visitarnos. Yo estaba tan impaciente, -que necesité disimular mi agitación para que no se me conociera en el -semblante lo que traía entre manos. Sin perder tiempo, porque perderlo -era perderme, dije a Juan de Dios:</p> - -<p>—Vamos, amigo: este es el momento de entregar a la niña la carta -amorosa que usted tiene escrita.</p> - -<p>—Sí, chiquillo: aquí está —repuso mostrándome la epístola, que era -un monumento caligráfico—. ¿Qué te parece este trabajo? ¿Has visto -alguna vez letra como esta? Repara bien esa M y esa H mayúsculas. -¡Qué rasgos tan finos! Y esas letras con que pongo su nombre, ¿qué te -parecen? Tres días de tarea eché en ese nombre divino, que, como el de -Jesús,</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent0">endulza el alma y la lengua</div> - <div class="verse indent0">más que con la miel y azúcar</div> - <div class="verse indent0">con solo sus cinco letras.</div> - </div> -</div> -</div> - -<p><span class="pagenum" id="Page_195">p. 195</span>Este no tiene -más que cuatro; pero ¡qué perfiles! Y toda la carta está lo mismo. No -tiene más que once pliegos; pero me parece que es bastante. Como es la -primera que le escribo, no debo marearla mucho: ¿no te parece?</p> - -<p>—Me parece bien. Dos palabritas bien dichas, y basta por ahora. -Pero lo que importa es llevársela cuanto antes, pues la espera con -impaciencia.</p> - -<p>—¿Cómo que la espera? ¿Pues acaso tú le has dicho algo?</p> - -<p>—No... verá usted... Ella lo habrá adivinado, sin duda. Cuando le di -el ramo, díjele que se lo mandaba una persona de la casa que la quería -mucho y tenía pensado sacarla de aquí: ella lo besó.</p> - -<p>—¡Lo besó! —exclamó el mancebo, tan conmovido, que algunas lágrimas -asomaron a sus ojos—. ¡Lo besó! Es decir, se lo llevó a sus divinos -labios. ¡Ah! Gabriel, ¿crees tú que me corresponderá?</p> - -<p>—No lo creo, sino que lo afirmo —respondí enérgicamente—. Pero venga -la carta. ¡Pues no se va a poner poco contenta!... Ahora caigo en que -me debe usted dar la llave que encargó al cerrajero, para que yo entre -y le suelte la carta en propia mano, porque no está bien visto que una -cosa de tanta importancia se arroje así... pues.</p> - -<p>—No, la llave no te la daré —contestó— porque no necesitas entrar. -Quiero que esté sola, para que se entregue a sus anchas al placer de la -lectura. ¿Conque dices que lo recibió bien?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span>—Pero la llave, la -llave... ¿No me da usted la llave?</p> - -<p>—No, la llave no te la doy. Déjala encerrada, que no faltará quien -la saque pronto. ¡Ay! si me atreviera a ir yo mismo; si a hablarla me -atreviera... Pero no. En la carta le digo mi amor y mis proyectos; le -digo que la sacaré pronto de esta espantosa esclavitud, y que será -mi mujer, mi mujercita, pues nos casaremos en tierras lejanas... -¿Sabes tú por dónde se va a alguna de esas islas desiertas que nos -cuentan?... Iremos; porque has de saber, Gabrielillo, que yo soy rico. -Yo he guardado mis ganancias desde hace veinte años. Lo malo es que -todo lo tengo en poder de los Requejos... pero ya, ya tomaré yo lo -que me pertenezca. Entre esta noche y mañana he de poner por obra mi -plan. ¿Ves esta carta que tengo aquí para mi amo? Pues de esto depende -todo. Cuando él lea esta carta... Pero esto es un secreto... punto en -boca.</p> - -<p>—¿De modo que no me da usted la llave?</p> - -<p>—No. ¿Para qué? No quiero que la veas, no quiero que la hables, -cuando yo no la hablo ni la veo. Al considerar que si entras en su -cuarto te ha de mirar, siento unos celos... ¡Ay! yo me muero, Gabriel; -yo no duermo, ni como, ni bebo. Si no tuviera qué hacer, me estaría -día y noche paseando por los Melancólicos. Esta es mi única delicia: -pensar en ella, representármela en la imaginación, y entablar con ella -unos diálogos que no tienen fin. A cada instante la abrazo y la beso -a mis anchas, la pongo una flor en la cabeza, la llevo en mis<span -class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span> brazos cuando está cansada, -la arrullo, la canto para que se duerma, y la visto por la mañana -cuando despierta.</p> - -<p>—Así es usted feliz; pero si me diera usted la llave, yo le contaría -todo eso.</p> - -<p>—No: yo se lo diré mañana, esta noche quizás —dijo Juan de Dios -con exaltación—. Pues qué, ¿crees tú que soy capaz de consentir un -día más los martirios que padece? Gabriel, a ti te puedo confiar mis -planes. ¡Esta noche, esta noche quedará Inés en libertad! ¿Tú sabes -por dónde se va a alguna isla desierta?... Anda, lleva la carta: se la -arrojas por el tragaluz, ¿entiendes? Pobrecita. ¡Qué dirá cuando vea -que hay quien se interesa por ella, quien la adora, y está dispuesto a -sacrificar vida, hacienda y honor!... Así se lo he dicho esta mañana -al Santísimo Sacramento y a la Virgen María. Todos los días voy a misa -y ruego por ella a Dios y a los santos. Esta mañana, cuando el cura -alzaba el cáliz, le miré y dije: «Santísimo Sacramento de mi alma, yo -amo a Inés. Si quieres que no la ame más que a Ti, dámela. Nunca te he -pedido nada. Con ella seré bueno; sin ella seré... lo que el demonio -quiera.» Anda, Gabriel, llévale de una vez la esquelita.</p> - -<p>A este punto llegábamos, cuando entró Don Mauro con dos amigos. -Diole Juan de Dios la carta de que antes me había hablado con tanto -misterio, y cuando la hubo leído lanzó grandes exclamaciones de -coraje, que a todos los presentes nos infundieron miedo. Al instante -hizo salir a Juan de Dios con una comisión<span class="pagenum" -id="Page_198">p. 198</span> apremiante, y yo me retiré. Aunque el -maniático no había querido entregar la llave, comprendí que no debía -retroceder en mi empresa, y resuelto a todo, pensé en descerrajar la -puerta de la prisión de Inés. Favorecía este proyecto la circunstancia -de estar Requejo en coloquio muy acalorado con sus dos amigos, y además -ignorante de la ausencia de su hermana.</p> - -<p>Pedí auxilio a Dios mentalmente, y después de advertir a Inés para -que estuviese preparada y me ayudase por dentro, cogí un pequeño -barrote de hierro en figura de escoplo, que había en la sala de los -empeños, y comencé la delicada obra. El miedo de hacer ruido me -obligaba a emplear poca fuerza, y la cerradura no cedía. Canté en alta -voz para ahogar todo rumor, y al fin, ayudado por Inés, que empujaba -desde dentro, logré desquiciar una de las hojas, que tuvimos buen -cuidado de sostener para que no viniese al suelo.</p> - -<p>—¡Estás libre, Inés; vámonos! ¡Huyamos sin tardanza! —exclamé con -locura—. Si nos detenemos un instante, estamos perdidos.</p> - -<p>Nos dirigimos a la puerta que conducía a la escalera exterior. -Abrila yo, y salimos. Ya oscurecía. Un hombre bajaba de los pisos -superiores y se juntó a nosotros en la meseta. Advertí que nos miraba -con sorpresa; observele yo a mi vez, y no pude menos de temblar -reconociendo al licenciado Lobo, el cual, extendiendo sus brazos como -para detenernos, preguntó:</p> - -<p>—¿A dónde van ustedes?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span>—¿Y a usted qué -le importa? —dije con rabia, viendo delante de mí obstáculo tan -terrible.</p> - -<p>Después, considerando que contra semejante cernícalo más convenía la -astucia que la fuerza, añadí:</p> - -<p>—Doña Restituta nos ha mandado salir en busca suya. Ha ido en casa -de una amiga...</p> - -<p>—Tú eres un pícaro redomado —me contestó—. ¿A dónde vas con esa -muchacha? Tunantes, ¡os fugáis de esta santa casa! Ya os arreglaré yo. -Adentro pronto, si no queréis ir conmigo a la cárcel de Villa.</p> - -<p>Mi desesperación no tuvo límites, y ahora celebro no haber tenido en -aquel momento un puñal en mi mano, porque de seguro le hubiera partido -el corazón al leguleyo trapisondista.</p> - -<p>—¡Ah! pícaro ladrón, ya te conozco, ya sé quién eres —continuó—. -Esta noche precisamente pensaba venir a ajustarte las cuentas... No te -había conocido, bribonzuelo; pero ya sé qué clase de pájaro eres... Ya -tenía ganas de cogerte entre mis uñas.</p> - -<p>Y efectivamente, me tenía tan cogido que no sé cómo no me desolló el -brazo.</p> - -<p>Inés lloraba. Lobo la asió también por un brazo, y empujándonos -hacia dentro, nos dijo:</p> - -<p>—¡Qué a tiempo llegué, pimpollitos míos!</p> - -<p>Hice un esfuerzo desesperado para desprenderme de sus garras, y me -desprendí. Él entonces alzó el grito, exclamando:</p> - -<p>—¡Que se me escapa ese tuno... ladrones... acudan acá!</p> - -<p>Subió precipitadamente D. Mauro; reuniose<span class="pagenum" -id="Page_200">p. 200</span> en el portal alguna gente, y acertando a -llegar Restituta, poco después me encontraba entre ambos Requejos como -Cristo entre los dos ladrones. Inés, desmayada, era sostenida por el -escribano.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch23"> - <h2 class="nobreak g0">XXIII</h2> -</div> - -<p>—¡Pero si apenas puedo creerlo! —exclamaba mi ama—. ¿Conque la -señorita huía con Gabriel? Tunante, ladroncillo, y cómo nos engañaba -con su carita de Pascua. Ven acá —añadió dándome golpes—. ¿A dónde ibas -con Inesilla, monstruo? ¿Qué te han dado por entregarla, ladrón de -doncellas? A la cárcel, a presidio, pronto, si es que no le desollamos -vivo. Pero di, ¿robabas a Inés?</p> - -<p>—¡Sí, vieja bruja! —respondí con furia—. ¡Me iba con ella!</p> - -<p>—Pues ahora vas a ir por el balcón a la calle —dijo D. Mauro, -clavando en mi cuerpo su poderosa zarpa.</p> - -<p>Francamente, señores, creí que había llegado mi último instante -entre aquellos tres bárbaros, que, cada cual según su estilo peculiar, -me mortificaban a porfía. De todos los golpes y vejaciones que allí -recibí, les aseguro a ustedes que nada me dolía tanto como los -pellizcos de Doña Restituta, cuyos dedos, imitando los furiosos -picotazos de un ave de rapiña, se cebaban allí donde encontraban más -carne.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span>—Y sin duda fuiste -tú quien mandó a aquella maldita mujer para sacarme de la casa, pues -en la plazuela de Afligidos no hay ya rastros de almoneda. Este chico -merece la horca; sí, Sr. de Lobo, la horca.</p> - -<p>—¡Y la muy andrajosa de mi sobrina se marchaba tan contenta! —dijo -Requejo, encerrando de nuevo a Inés en el miserable cuartucho.</p> - -<p>—Si tenemos metido el infierno dentro de la casa —añadió Restituta—. -La horca, sí, señor; la horca, Sr. de Lobo. No tiene usted pizca de -caridad si no se lo dice al señor alcalde de Casa y Corte. ¡Pero cómo -nos engañaba este dragoncillo! Si esto es para morirse uno de rabia.</p> - -<p>El leguleyo tomó entonces la autorizada palabra, y extendiendo sobre -mi cabeza sus brazos en la actitud propia de esa tutelar justicia que -ampara hasta a los criminales, dijo:</p> - -<p>—Moderen ustedes su justa cólera y óiganme un instante. Ya les he -dicho que ahora nos ocupamos celosísimamente de hacer un benemérito -espurgo, descubriendo y desenmascarando a todas las indignas personas -que fueron protegidas por el Príncipe de la Paz; ese monstruo, señora, -ese vil mercader, ese infame favorito... ¡gracias a Dios que está -caído y podemos insultarle sin miedo! Pues como decía, para que la -nación se vea libre de pícaros, a todos los que con él sirvieron les -quitamos ahora sus destinos, si no pagan sus crímenes en la cárcel o en -el destierro. ¡Si vieran ustedes, amigos míos, cómo me estoy luciendo -en<span class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span> estas pesquisas; -si oyeran ustedes los elogios que he merecido de los principales -servidores de la real persona!</p> - -<p>—Pero ¿a qué viene tanta palabrería —dijo impaciente Requejo—, ni -qué tiene eso que ver?...</p> - -<p>—Tiene que ver... —prosiguió el hombre de la Justicia— porque -¿qué dirán mis señores D. Mauro y Doña Restituta cuando sepan que -ese tramposo y embaucador chicuelo aquí presente recibió favores del -Príncipe, y es el mismo Gabrielillo que desde hace quince días estamos -buscando con los hígados en la boca mi compañero y yo?</p> - -<p>Los Requejos macho y hembra se miraron con espanto.</p> - -<p>—Pues oigan ustedes y tiemblen de indignación —prosiguió el -leguleyo—. El día antes de su caída, el Sr. Godoy envió a la secretaría -de Estado un volante mandando que se diese a este joven una plaza en -las oficinas de la Interpretación de lenguas. ¿Qué tal, señores? ¿Y -por qué? dirán ustedes. Porque este joven parece que sabe latín, y -compuso un poema en versos latinos; y algunos de esos alcahuetones que -lo leyeron fueron con el cuento al Príncipe, diciéndole que mi niño era -un portento de sabiduría. ¡Mentiras y más mentiras! Ya se ve: cuando -en la secretaría de Estado recibieron el volante, se escandalizaron, -porque ya había caído el Príncipe de la Paz, y aquellos eminentes -repúblicos, después de poner en la calle a Moratín, esperaron a que se -presentara este prodigio, si no para colocarle, para verle al<span -class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span> menos. Pero yo ando tras -el objeto de que coloquen allí a un primo mío que sabe tres lenguas, -el valenciano, el gallego y el castellano; así es que al punto mi -compañero y yo pusimos una <i>diligencia en busca</i> para tener -antecedentes de esta buena pieza, y hemos conseguido probar: que en -Aranjuez vivía con el curita D. Celestino; otrosí, que todos los días -iban ambos a casa de Godoy; otrosí, que el chico le escribía las cartas -y las traía a Madrid los domingos al Embajador de Francia; otrosí, que -se disfrazaba para entrar en cierta taberna a oír lo que se decía, y -otras muchas bribonadas de que en el supradicho protocolo tengo hecha -detallada mención.</p> - -<p>—¡Jesús, Dios nos ampare! Al santo patrono de la tienda debemos el -haber descubierto a tiempo lo que teníamos en casa —dijo Restituta.</p> - -<p>—Por supuesto, que lo del latín era pura farsa.</p> - -<p>—Pues no hay que andarse con chiquitas —dijo mi amo—, sino -entregarle a la justicia.</p> - -<p>—Eso corre de mi cuenta —repuso Lobo—. Veremos qué responde a los -cargos que se le hacen en la sumaria como cómplice del cura castrense -de Aranjuez. A este no le hemos podido coger, y según las noticias que -hoy recibí, ha desaparecido del Real Sitio. Es seguro que ha venido a -Madrid, y lo que es aquí no se nos escapa.</p> - -<p>—¡Cuidado con el sabandijo que tenía yo en mi casa! —vociferó D. -Mauro, amenazando segunda vez poner fin a mis días—. Sr. de Lobo,<span -class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span> quítemelo, quítemelo usted -de entre las manos, porque acabo con él. Estoy furioso. ¡Qué día, señor -San Antonio de mi alma! ¡Qué día!</p> - -<p>—Yo me encargaré del mocito —dijo Lobo—. Lo único que les pido es -que me lo guarden hasta mañana.</p> - -<p>—¿Hasta mañana?</p> - -<p>—Este bandolero no puede quedar en la casa hasta mañana, no, señor -—observó mi ama.</p> - -<p>—¿No hay lugar seguro donde encerrarle?</p> - -<p>—¡Oh! pierda usted cuidado, que si le guardamos en el sótano estará -como en un sepulcro —dijo Requejo—. Dificililla es la salida, y puedo -irme tranquilo.</p> - -<p>—¿Pero te vas, hermano? ¿A dónde vas de noche?</p> - -<p>—¿A dónde he de ir? ¡Mil pares de demonios! ¿A dónde he de ir -sino a Navalcarnero? ¿No saben ustedes lo que me pasa? ¿No les he -contado?...</p> - -<p>—Nada nos has dicho. Verdad es que con esta trapisonda de la -sobrinita...</p> - -<p>—Pues acabo de recibir una carta en que se me notifica que mi -almacén de Navalcarnero ha sido robado. ¿Ves, hermana? ¡Esto es para -volverse loco! Sí... me escribe D. Roque notificándome el robo, y -diciéndome que acuda allí esta noche misma, si no quiero perderlo -todo.</p> - -<p>—¿Y va usted?</p> - -<p>—Ahora mismo voy a buscar coche. Con que vean ustedes qué desastre. -¡Ay, Restituta! Bien te dije que no dejaras de encender la vela al -santo patrono. ¿Ves? Esto es un castigo.</p> - -<p>—En el Cielo no gustan de despilfarros.<span class="pagenum" -id="Page_205">p. 205</span> ¿Vas allá? ¿Pero me dejas en la casa a este -ladronzuelo?</p> - -<p>—En el sótano, en el sótano: hasta mañana, hasta que mi Sr. de -Lobo disponga de él. ¿No puede hacerse cuenta de que le dejamos en la -sepultura? Solo Dios puede sacarle.</p> - -<p>—¿Pero me quedo sola? ¡Ánimas benditas!</p> - -<p>—Juan de Dios vendrá a eso de las diez. Ya le he dicho que se -quedará en casa esta noche.</p> - -<p>La conferencia terminó aquí, y sin más palabras, me encerraron en -el sótano, a cuyo subterráneo aposentamiento daba entrada una gran -compuerta por bajo el piso de la trastienda. Yo estaba medio aletargado -por la rabia y el despecho de aquella situación terrible. Sentí que -me impulsaban escalera abajo. Don Mauro cerró el escotillón, riendo -con ese gozo felino que da la conciencia de la propia crueldad, y me -encontré entre densas tinieblas. Mi amo había dicho bien al asegurar -que allí estaba como en un sepulcro. Solo Dios podía sacarme.</p> - -<p>Para que se comprenda si ellos tenían confianza en la seguridad de -mi cárcel, baste decir que allí tenían parte de su fortuna en un arca -de hierro. Cuando me encerraban en compañía de su dinero, ¿tendrían mis -amos la convicción de que era imposible la salida?</p> - -<p>Hallábame en una de esas construcciones abovedadas con rosca de -ladrillo, que sirven de fundamento a casi todas las casas de Madrid -antiguas y modernas. Faltos de espacio superficial, los madrileños -han buscado la extensión hasta el cielo y hacia el abismo, de<span -class="pagenum" id="Page_206">p. 206</span> modo que cada albergue es -una torre colocada sobre un pozo. La de mis amos no tenía en su sótano -luces a la calle: la oscuridad era absoluta y el silencio también, -excepto cuando pasaba algún coche. Extendiendo mis brazos a derecha, -a izquierda y hacia arriba, tocaba ásperos ladrillos endurecidos por -un siglo, no tan húmedos como los que describen los novelistas, cuando -el hilo de sus relatos les lleva a alguna mazmorra donde ocurren -maravillosas y nunca vistas aventuras.</p> - -<p>Como he dicho, ni un ruido lejano ni un rayo de luz turbaban la -paz de aquel antro, donde era posible llegar al convencimiento de -no existir, existiendo. Todo un arsenal de herramientas no habría -bastado a proporcionarme escapatoria, y pensar en la fuga habría sido -pensar en lo absurdo. No tenía más consuelo que la resignación, y me -resigné. Estar allí dentro en plena soledad, en plena lobreguez, en -pleno silencio, era como cuando cerramos los ojos encarcelándonos -voluntariamente dentro de esa otra bóveda de nuestro pensamiento. -Acosteme rendido de fatiga en el suelo, y medité. Mi prisión no me -parecía otra cosa que una prolongación de mi cerebro.</p> - -<p>Quise pensar en varias cosas; pero no pude pensar más que en -Dios. Reconociéndome absolutamente incapaz para vencer la desgracia, -comprendí que la voluntad suprema había arrojado sobre mí tan gran -pesadumbre de males, y cruzándome de brazos incliné la cabeza, -esperando que la misma voluntad suprema me descargase de ella. Como -esta esperanza<span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span> -me infundió pronto una fe que hasta entonces en pocas ocasiones -había tenido, creí firmemente que Dios me sacaría de allí, y con -esta creencia empecé a adquirir un reposo moral y físico, precursor -de cierto desvanecimiento parecido al sueño. El de la desgracia se -diferencia mucho al sueño de todos los días; así es que el mío fue, -conforme al angustioso estado de mi alma, un sueño de esos en que -se representa el malestar real que experimentamos en proporciones -informes, estrambóticas, monstruosas.</p> - -<p>Yo percibía vagamente figuras y formas de esas que no pertenecen al -mundo visible, ni a la humanidad, ni a la fauna, ni a la flora, ni al -cielo, ni a la tierra, sino a cierta misteriosa geología, a yacimientos -que contradicen todas las leyes de la estática y la dinámica; percibía -una fantástica y continuada concatenación de colores geométricos que -se enredaban en mi cuerpo como culebras, y en aquella transmutación -de lo físico y lo moral, se verificaba el fenómeno de que un color me -dolía, y un objeto semejante a una espada, a un cangrejo o a un arpa, -pronunciaba palabras incomprensibles. ¿Quién no ha desvariado alguna -vez con este soñar absurdo? Las ideas se mezclan con las visiones, y -estas son aquellas, y aquellas estas. En aquel laberinto, en aquella -aberración, mi pensamiento formulaba sin cesar un silogismo azul, -verde, ahora con picos, después con curvas, más tarde irradiado, luego -concéntrico, en seguida poligonal y dorado, y al fin pequeño como un -punto, para luego ser<span class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span> -grande como el universo. El interminable silogismo era: «La justicia -triunfa siempre: los Requejos son unos pillos; Inés y yo somos personas -honradas. Luego nosotros triunfaremos.»</p> - -<p>Así pasé mucho tiempo en poder de estos demonios del sueño, cuando -percibí una claridad que no irradiaba de los focos de mi imaginación. -¿Estaba dormido o despierto? Híceme esta pregunta, y al punto contesté -que no sabía. La claridad aumentaba, y un chirrido metálico produjo -en mí cierto estremecimiento. Me moví, miré y vi las paredes del -sótano, la bóveda de ladrillo y multitud de cajas llenas y vacías; -a mi izquierda, una puerta que comunicaba con otro departamento -subterráneo; a mi derecha una escalera, por la cual descendía la -claridad que llamaba mi atención. Estaba indudablemente despierto, y -así lo reconocí. Miré a la escalera, y vi dos pies que se trasladaban -lentamente de peldaño a peldaño. La luz de una linterna me deslumbró; -pero en el foco de la repentina claridad distinguí una cara amarilla. -Era la de Juan de Dios; era Juan de Dios en persona.</p> - -<p>Cuando me vio, su espanto fue tan grande, que la linterna con que -se alumbraba estuvo a punto de caer de sus manos. Temblando y mudo, me -miraba como se mira una aparición diabólica o imagen evocada por la -brujería.</p> - -<p>Figuraos la impresión del que entra en un sepulcro no creyendo, como -es natural, encontrar nada vivo, y encuentra un hombre que se mueve y -no parece pertenecer al mundo de los muertos.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch24"> - <p><span class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXIV</h2> -</div> - -<p>Santiguose Juan de Dios, y ya parecía dispuesto a huir como se huye -de las apariciones de ultratumba, cuando le hablé para disipar su -miedo.</p> - -<p>—Juan de Dios, soy yo. ¿No sabía usted que estaba aquí?</p> - -<p>—Gabriel, si lo veo y no lo creo. ¡Jesús, María y José! ¿Cómo has -entrado aquí dentro?</p> - -<p>—¿No sabe usted que me encerró D. Mauro, al sorprenderme en el -momento de arrojar la carta a la señorita Inés? Acababa usted de -salir.</p> - -<p>—¡No había vuelto hasta ahora! ¡Y te encerraron aquí! ¡qué -casualidad! Estoy absorto. Pero dime, ¿la carta...?</p> - -<p>—Ella la tiene. No hay cuidado por eso. Después de habérsela dado, -me entró tentación de hablar con ella. Toqué a la puerta, ¡ay! este -fue el crítico momento en que se apareció Doña Restituta. Puede usted -figurarse lo demás. Gracias a Dios que viene una buena alma para -ponerme en libertad. Dios le ha enviado a usted.</p> - -<p>—Óyeme, Gabrielillo —añadió con más sosiego—. Ya te dije que mi -fortunilla la tengo depositada en poder de los Requejos. Si se la<span -class="pagenum" id="Page_210">p. 210</span> pido de improviso, estoy -seguro de que no me la han de dar. Por consiguiente, yo la tomo. Mira -lo que hay allí.</p> - -<p>Señaló al fondo del sótano contiguo, y vi un arca de hierro. Juan de -Dios prosiguió de este modo:</p> - -<p>—Yo tengo mi conciencia tranquila. No cojo más que lo mío, y -antes moriría que tomar un ochavo más. Eso bien lo sabe el Santísimo -Sacramento, que ya me conoce. Pero si en esta parte estoy tranquilo, -¡ay! ya le he dicho al Santísimo Sacramento que estoy loco de amor y -que me perdone los dos grandes pecados que he cometido hoy.</p> - -<p>—¿Y qué pecados son esos?</p> - -<p>—Trabajo me cuesta el decirlo; pero allá van para empezar desde -ahora a purgarlos con la vergüenza que me causan. Los dos pecados -son: haber escrito una carta falsa a D. Mauro para obligarle a ir a -Navalcarnero, y haber hecho construir por un molde de cera la llave -con que he entrado aquí y la de la caja. La carta estaba perfectamente -falsificada; las llaves no valen menos.</p> - -<p>—¿Conque eso va a toda prisa? ¿Y nuestra chicuela?</p> - -<p>—Esta noche me la llevo. ¡Ah! ya habrá leído la carta. La habrá -leído; sabrá que quiero ponerla en libertad, y su inquietud, su agonía, -su zozobra entre la esperanza y el temor serán inmensas. Dentro de un -rato será mía. ¿Cuento contigo?</p> - -<p>—Para lo que usted quiera. Pues no faltaba más —dije, discurriendo -cuál sería el mejor<span class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span> -modo de burlar a un mismo tiempo a Doña Restituta y a su prometido -esposo.</p> - -<p>—¡Ay! tiemblo todo al pensar que pronto he de sacarla del poder de -estas fieras —dijo Juan de Dios—. La pobrecita me estará esperando -ya. ¿Qué te parece? ¡Ah! he preguntado a varias personas por una isla -desierta, y nadie me ha dado razón. ¿Esas que llaman las Canarias son -desiertas? ¿Sabes tú a dónde caen? Creo que allá por el gran golfo, o -como si dijéramos, entre la China y el Moro. ¿Por dónde se va?</p> - -<p>—De eso sí que no sé palotada —contesté, tratando de dejar a un lado -la geografía—. Pero vamos a ver: ¿cómo piensa usted engañar a Doña -Restituta?</p> - -<p>—Eso no me inquieta. La amarraremos tapándole la boca, pero sin -hacerla daño, porque es una buena mujer, como no sea para criar -sobrinas... y ya ves. Hace veinte años que como el pan de esta casa. -Si no fuera por esta terrible sofocación que me ha entrado... Gabriel, -yo me vuelvo loco; lo que no te sabré decir es si me vuelvo loco de -alegría o de pena.</p> - -<p>—¿Le parece a usted —dije, afectando oficiosidad— que suba pasito a -pasito a ver si Doña Restituta duerme o vela?</p> - -<p>—Bien pensado. Mejor es que te estés en la trastienda de centinela, -y en caso de que sientas ruido en el entresuelo, me avisas al instante. -Yo despacharé eso fácilmente.</p> - -<p>No esperé a que me lo repitiera, y subí. No: Gabriel no -subía, volaba. Mi resolución, prontamente<span class="pagenum" -id="Page_212">p. 212</span> tomada, llevome sin vacilar al cuarto donde -dormía Inés y velaba su feroz tía. Cuando esta sintió mis pasos, cuando -oyó que alguien se acercaba, cuando llegué al cuarto y me puse ante su -vista, su terror no tuvo límites. Como no comprendía la posibilidad -material de mi evasión, y era además mujer supersticiosa, no creyó sino -que yo era el diablo en persona, o al menos hombre protegido por todos -los diablos del infierno. Quedose muda de terror: quiso hablar y no -pudo; quiso gritar y lanzó un aullido congojoso, cual si la apretaran -el cuello. No queriendo yo perder un instante, me arrojé a sus plantas, -exclamando con sofocante precipitación:</p> - -<p>—Señora, ama mía, ama de mi corazón, óigame su merced: soy inocente. -Perdóneme su merced. Quise revelarles a ustedes todo; pero aquellos -hombres no me dejaron. Yo no intenté robar a Inés: quise sacarla -de aquí para impedir que la robara su amante. ¿No sabe usted quién -es? ¡Juan de Dios, Juan de Dios! ¡Ah, señora! ¡y dudaba usted de mi -fidelidad!</p> - -<p>Restituta pasó del terror a la sorpresa, al asombro, al -anonadamiento, a la estupidez.</p> - -<p>—¡Juan de Dios! —exclamó—. ¡Juan de Dios! Mi... No, no puede ser... -tú eres el Demonio. ¡Jesús, María y José! Por la señal de la Santa -Cruz...</p> - -<p>—¿Qué cruz ni cruz? ¿Quiere usted la prueba? Pues tome usted esa -carta que el caballerito me dio para su novia —dije, entregándole la -carta del mancebo.</p> - -<p>Restituta la tomó en sus manos, frías como<span class="pagenum" -id="Page_213">p. 213</span> el mármol y temblorosas; recorrió muy de -prisa sus once pliegos, examinó la firma, y díjome después:</p> - -<p>—¿Estoy soñando? Tú... eres Gabriel... ¡Oh! yo estoy loca... ¡Ese -miserable, a quien hemos dado de comer!...</p> - -<p>—¿Aún lo duda usted? Pues en este momento Juan de Dios está en el -sótano abriendo el arca del dinero.</p> - -<p>No me es posible hacer formar idea del salto que dio Restituta. -Creo que hasta la silla saltó también arrastrada por el espantoso -sacudimiento de los nervios de la hermana del Sr. D. Mauro.</p> - -<p>—Venga usted y lo verá con sus propios ojos —dije, tomándole de la -mano e impeliéndola hacia afuera.</p> - -<p>Restituta me siguió, porque la curiosidad, la rabia, el mismo -terror, la impulsaban tras mí. Tropezó mil veces. Su cuerpo temblaba, -y con frecuencia llevábase las manos a los desgreñados pelos para -arrancarse algunos o para echarlos todos hacia atrás. El extravío de -sus ojos a nada es comparable, y a mí mismo, que ya creía tenerla -vencida, me causaba miedo.</p> - -<p>Llegamos a la boca del escotillón, y allí, mientras hería nuestros -ojos la tenue claridad que del sótano salía, oímos claramente ruido -de monedas. Juan de Dios contaba sus ahorros de veinte años. Cuando -el tímpano de Restituta fue afectado de aquel vibrante sonido, un -estremecimiento nervioso como el producido en la organización humana -por la descarga de poderosas pilas eléctricas, sacudió sus<span -class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span> miembros. Precipitándose -ciegamente por la escalera, exclamó:</p> - -<p>—¡Malvado! ¡Así nos pagas el pan de veinte años!</p> - -<p>Aún no habían llegado los resbaladizos pies de mi ama al quinto -peldaño, cuando la pesada puerta del escotillón cayó, lanzada por mis -manos. No había llave con qué cerrar, porque Juan de Dios la había -quitado; pero al instante puse sobre la puerta una caja de latas de -pomada, y luego dos, y luego cuatro, y después un fardo de tela, y otro -y otro encima. En diez minutos puse sobre la entrada de la que había -sido mi prisión un peso tal, que cuatro hombres fuertes no hubieran -podido levantarlo desde abajo.</p> - -<p>Concluido esto, subí. Inés, despavorida y aterrada, no sabía a qué -santo encomendarse.</p> - -<p>—¡Ya eres libre, Inés! —grité con intensa alegría—. Vístete, vámonos -pronto. No perder un momento: puede venir el amo.</p> - -<p>Vistiose tan precipitadamente que la vi medio desnuda. Pero ni -ella, con el gran azoramiento de la prisa, cayó en la cuenta de que me -estaba mostrando su lindo cuerpo, ni yo me cuidaba más que de ayudarla -a vestir, poniéndole enaguas, medias, zapatos, ligas. Al fin salimos -de la casa y huimos a toda prisa de la calle de la Sal, por temor de -encontrar al licenciado Lobo o a mi amo. Hasta que nos vimos en la -Puerta del Sol, no tomamos aliento, y sintiéndome yo sin fuerzas, nos -sentamos en un escalón junto a Mariblanca. Profundo silencio reinaba -en la plaza: Madrid dormía<span class="pagenum" id="Page_215">p. -215</span> sosegado y tranquilo. Paseé mi vista en derredor, y no vi -más que dos perros que se disputaban un hueso. El chorro de la fuente -alegraba nuestras almas con su parlero rumor.</p> - -<p>—Ya estás libre, condesilla —dije, reclinándome sobre el pecho de -Inés—. Bendito sea Dios que nos ha sacado de allí. No te olvidaré -nunca, horrenda noche de amargura; no te olvidaré nunca, risueña mañana -de este día feliz. Estamos en lunes, día 2 del mes de mayo.</p> - -<p>Un rato permanecí en aquella postura, porque estaba rendido de -cansancio. El día se acercaba; se sentían los lejanos y vagos rumores, -desperezos de la indolente ciudad que despierta. Por oriente, hacia el -fin de la calle de Alcalá, se veía el resplandor de la aurora, y cuando -nos retirábamos, Inés y yo nos detuvimos un instante a contemplar el -cielo, que por aquella parte se teñía de un vivo color de sangre.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch25"> - <h2 class="nobreak g0">XXV</h2> -</div> - -<p>Al entrar en mi casa, donde yo pensaba descansar un rato con Inés, -antes de emprender la fuga, encontramos al buen D. Celestino, que -habiendo llegado la noche anterior, creyó conveniente albergarse en -mi humilde posada, antes que en otra cualquiera de las de la Corte. -Ya le había yo informado por escrito de la<span class="pagenum" -id="Page_216">p. 216</span> verdadera situación en casa de los -Requejos, por lo cual guardose de poner los pies en la famosa tienda. -Él y nosotros nos alegramos mucho de vernos juntos, y apenas teníamos -tiempo para preguntarnos nuestras mutuas desgracias, pues ya habrán -comprendido ustedes que las del bondadoso sacerdote no eran menores que -las nuestras.</p> - -<p>—Pero, hijos míos —nos dijo—, Dios nos ha de proteger. ¿Cómo es -posible que los malvados triunfen fácilmente de los rectos de corazón? -Vosotros huís de la perversidad de aquellos dos hermanos, y yo también -huyo, yo también vengo aquí ocultando mi nombre honrado, porque me -persiguen como a un criminal.</p> - -<p>Al decir esto, el buen anciano derramó algunas lágrimas, y nosotros, -para consolarle, le animábamos presentándole el espectáculo de nuestra -alegría, y contábamos entre risas y chistes las extravagancias y -tacañerías de los tíos de Inés.</p> - -<p>—Dios nos ayudará —continuó el cura—. Veamos ahora cómo salimos de -Madrid. ¡Oh qué persecución tan horrorosa! Me acusan de que fui amigo -del Príncipe de la Paz. Ya lo creo que fui amigo de S. A. No solo -amigo, sino aun creo que pariente. No puedes figurarte los líos que -me han armado, Gabrielillo... y también te acusan a ti... ¿Has visto -qué pícaros?... Que si escribíamos cartas... que si tú las llevabas... -Verdad es que yo fui varias veces al palacio de S. A. para aconsejarle -lo que me parecía conveniente para el bien de la nación; pero nunca le -dije nada, porque con<span class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span> -esta mi cortedad de genio... En resumen, hijo, sabiendo que me iban a -prender, me puse en camino callandito, y pienso presentarme al señor -Patriarca para que disponga de mí. Pero oíd lo mejor. ¿Creeréis que ese -tunante de Santurrias es quien más sañudamente me ha perseguido, dando -testimonios falsos de mi conducta? Nada, nada; es cierto lo que yo dije -en aquel sermón: ¿te acuerdas, Gabriel? Dije que la ingratitud es el -más feo monstruo que existe sobre la tierra. <i>Vilissima et turpissima -hydra.</i> ¡Quién lo había de pensar!</p> - -<p>—Ahora pensemos, señor cura, cómo nos las vamos a componer para -salir de este laberinto. ¿A dónde vamos? ¿Qué recursos tenemos?</p> - -<p>—Hijo mío, Dios no ha de desampararnos. Confiemos en Él, y entre -tanto oye un proyecto que esta madrugada me ha ocurrido. Hace ocho -días estaba en Aranjuez la señora Marquesa de ***, persona discreta, -temerosa de Dios, y de tan buen corazón, que remedia cuantas -necesidades llegan a su noticia. Visitome ella varias veces, la visité -yo también, y según me decía, mi trato le era sumamente agradable. -Esto lo diría por urbanidad. Me preguntaba mucho por Inés, mostrando -grandísimos deseos de conocerla, y cuando por última vez la vi, -suplicome encarecidamente que si alguna vez pasaba a la Corte, no -dejase de acudir a su casa, en compañía de mi sobrina. Esto me lo -repitió muchas veces, y su empeño por ver a la sobrinilla me ha llamado -mucho la atención.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span>—También a mí -—repuse—. Conozco a la señora Marquesa, en cuyo palacio representé -cierto papel de traidor, de que no quisiera acordarme. Era en la misma -casa donde ustedes vivían.</p> - -<p>—Pero la señora Marquesa no vive ahora allí, pues durante la -primavera se traslada a la casa de su hermano, allá por la Cuesta de la -Vega, en un palacio que tiene muy amenos jardines y espacioso horizonte -hacia la parte del Manzanares. Allí encontraremos hoy a esa insigne -señora, honor de la hispana grandeza. ¿Por qué no acudir a ella? Me ha -dicho infinitas veces que desea servirme, tanto a mí como a mi sobrina, -y que espera con ansia el momento en que yo quiera usar de su poder y -valimiento para cualquier asunto.</p> - -<p>—En esa señora nos manda Dios un comisionado para salir de este -apuro —dije yo, sintiéndome con mayores ánimos—. Le contaremos lo que -nos pasa, comprenderá con cuánta injusticia se nos persigue, y cuando -vea a Inés... ¡Ay! se me figura que el empeño de la Marquesa en ver a -Inés no es simple curiosidad. En fin, visitarémosla hoy mismo, y Dios -dirá.</p> - -<p>—Temo salir a la calle.</p> - -<p>—Yo también; pero es preciso salir: no es cosa de que andemos por -los tejados. Si quiere usted, iré yo ahora mismo a casa de la señora -Marquesa, que ya me conoce, y diciéndole que voy de parte de usted, -le pintaré la situación en que nos encontramos, hablándole también de -Inesilla, que es, sin duda, lo que le interesa más.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span>—Me parece bien; ¿y -si te ven?</p> - -<p>—Iré por calles extraviadas, y en caso de apuro, no me faltan -piernas con que perderme de vista.</p> - -<p>Yo estaba dominado por vivísima excitación, y cuando adoptaba un -plan, cada segundo que transcurría sin ponerlo por obra, parecíame un -siglo. No me era posible entregarme al reposo sin dar aquel paso en un -camino que me parecía conducir a lugar seguro en nuestro desgraciado -aislamiento. Inés no podía descansar tampoco, y su espíritu, no -repuesto del azoramiento y zozobra de la madrugada anterior, era -impresionado fuertemente por cuanto veía. Asomábase a la ventana que -caía hacia la calle de San José, frente al Parque de Artillería, y como -la vivienda era piso principal bajando del cielo, se veía el gran patio -interior de aquel establecimiento de guerra, con los cañones y demás -pertrechos, puestos en ordenadas filas a un lado y otro.</p> - -<p>—Esto que ves es el Parque de Artillería, niña —le dijo D. -Celestino—. ¿Ves? En aquellos grandes edificios se alojan los -artilleros. Mira, salen algunos con un carro para ir a casa del -abastecedor en busca de las provisiones.</p> - -<p>—¿Y esas montañitas tan bonitas, formadas por cosas negras y -redondas, iguales todas y puestas con mucho orden? —preguntó Inés sin -dar tregua a su admiración.</p> - -<p>—Esas son balas, chicuela —repuso el clérigo—. Los hombres han -inventado esos juguetes para matarse unos a otros.</p> - -<p>—Esas balas se meten en los cañones que<span class="pagenum" -id="Page_220">p. 220</span> están allí junto —dije yo, queriendo -mostrar mi erudición—, y poniendo también pólvora y un cartucho, se -dispara y es muy bonito. Hace un ruido, chiquilla, que se vuelve uno -loco. ¡Si vieras cómo me lucí en el combate de Trafalgar! ¡Si tú me -hubieras visto!... Lo menos maté mil ingleses.</p> - -<p>—¡Quiten para allá... ay, ay! —exclamó con miedo D. Celestino—. Solo -de pensar que eso se dispara, me pongo a temblar.</p> - -<p>Y se retiraron de la ventana. Yo aconsejé a Inés que descansara, -y salí a la calle después que D. Celestino, echándome algunas -bendiciones, rezó un <i>pater noster</i> por mi seguridad y buena -suerte en la comisión que iba a desempeñar.</p> - -<p>Alejándome todo lo posible del centro de la Villa, llegué a la -plazuela de Palacio, donde me detuvo un obstáculo casi insuperable: -un gran gentío que, bajando de las calles del Viento, de Rebeque, del -Factor, de Noblejas y de las plazuelas de San Gil y del Tufo, invadía -toda la calle Nueva y parte de la plazuela de la Armería. Pensando que -sería probable encontrar entre tanta gente al licenciado Lobo, procuré -abrirme paso hasta rebasar tan molesta compañía; pero esto era punto -menos que imposible, porque me encontraba envuelto, arrastrado por -aquel inmenso oleaje humano, contra el cual era difícil luchar.</p> - -<p>Tan abstraído estaba yo en mis propios asuntos, que durante algún -tiempo no discurrí sobre la causa de aquella tan grande y ruidosa -reunión de gente, ni sobre lo que pedía,<span class="pagenum" -id="Page_221">p. 221</span> porque indudablemente pedía o manifestaba -desear alguna cosa. Después de recibir algunos porrazos y tropezar -repetidas veces, me detuve arrimado al muro de Palacio, y pregunté a -los que me rodeaban:</p> - -<p>—¿Pero qué quiere toda esa gente?</p> - -<p>—Es que se van, se los llevan —me dijo un chispero—, y eso no lo -hemos de consentir.</p> - -<p>El lector comprenderá que no importándome gran cosa que se fueran -o dejaran de irse los que lo tuvieran por conveniente, intenté seguir -mi camino. Poco había adelantado, cuando me sentí cogido por un brazo. -Estremecime de terror, creyendo hallarme nuevamente en las garras del -licenciado; pero no se asusten ustedes: era Pacorro Chinitas.</p> - -<p>—¿Conque parece que se los llevan? —me dijo.</p> - -<p>—¿A los Infantes? Eso dicen; pero te aseguro, Chinitas, que me tiene -sin cuidado.</p> - -<p>—Pues a mí, no. Hasta aquí llegó la cosa, hasta aquí nos aguantamos, -y de aquí no ha de pasar. Tú eres un chiquillo y no piensas más que en -jugar, y por eso no te importa.</p> - -<p>—Francamente, Chinitas, yo tengo que ocuparme demasiado en lo que a -mí me pasa.</p> - -<p>—Tú no eres español —me dijo el amolador con gravedad.</p> - -<p>—Sí que lo soy.</p> - -<p>—Pues entonces no tienes corazón, ni eres hombre para nada.</p> - -<p>—Sí que soy hombre y tengo corazón para lo que sea preciso.</p> - -<p>—Pues entonces, ¿qué haces ahí como un<span class="pagenum" -id="Page_222">p. 222</span> marmolillo? ¿No tienes armas? Coge una -piedra y rómpele la cabeza al primer francés que se te ponga por -delante.</p> - -<p>—Han pasado sin duda cosas que yo no sé, porque he estado muchos -días sin salir a la calle.</p> - -<p>—No, no ha pasado nada todavía; pero pasará. ¡Ah! Gabrielillo, lo -que yo te decía ha salido cierto. Todos se han equivocado, menos el -amolador. Todos se han ido y nos han dejado solos con los franceses. -Ya no tenemos Rey, ni más Gobierno que esos cuatro carcamales de la -Junta.</p> - -<p>Yo me encogí de hombros, no comprendiendo por qué estábamos sin Rey -y sin más Gobierno que los cuatro carcamales de la Junta.</p> - -<p>—Gabriel —me dijo mi amigo, pasado un rato—, ¿te gusta que te manden -los franceses, y que con su lengua, que no entiendes, te digan «haz -esto o haz lo otro», y que se entren en tu casa, y que te hagan ser -soldado de Napoleón, y que España no sea España, vamos al decir, que -nosotros no seamos como nos da la gana de ser, sino como el Emperador -quiera que seamos?</p> - -<p>—¿Qué me ha de gustar? Pero eso es pura fantasía tuya. ¿Los -franceses son los que nos mandan? ¡Quiá! Nuestro Rey, cualquiera que -sea, no lo consentiría.</p> - -<p>—No tenemos Rey.</p> - -<p>—¿Pero no habrá en la familia otro que se ponga la corona?</p> - -<p>—Se llevan todos los Infantes.</p> - -<p>—Pero habrá Grandes de España y señores<span class="pagenum" -id="Page_223">p. 223</span> de muchas campanillas, y Generales y -Ministros que les digan a esos franceses: «Señores, hasta aquí llegó. -Ni un paso más.»</p> - -<p>—Los señores de muchas campanillas se han ido a Bayona, y allí andan -a la greña por saber si obedecen al padre o al hijo.</p> - -<p>—Pero aquí tenemos tropas que no consentirán...</p> - -<p>—El Rey les ha mandado que sean amigos de los franceses y que les -dejen hacer.</p> - -<p>—Pero son españoles, y tal vez no obedezcan esa barbaridad; porque -dime: si los franceses nos quieren mandar, ¿es posible que un español -de los que vistan uniforme lo consienta?</p> - -<p>—El soldado español no puede ver al francés; pero son uno por cada -veinte. Poquito a poquito se han ido entrando, entrando, y ahora, -Gabriel, esta baldosa en que ponemos los pies es tierra del Emperador -Napoleón.</p> - -<p>—¡Oh, Chinitas! Me haces temblar de cólera. Eso no se puede -aguantar, no, señor. Si las cosas van como dices, tú y todos los demás -españoles que tengan vergüenza cogerán un arma, y entonces...</p> - -<p>—No tenemos armas.</p> - -<p>—Entonces, Chinitas, ¿qué remedio hay? Yo creo que si todos, todos, -todos dicen: «vamos a ellos», los franceses tendrán que retirarse.</p> - -<p>—Napoleón ha vencido a todas las naciones.</p> - -<p>—Pues entonces echémonos a llorar y metámonos en nuestras casas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_224">p. 224</span>—¡Llorar! —exclamó -el amolador, cerrando los puños—. Si todos pensaran como yo... No se -puede decir lo que sucederá; pero... Mira: yo soy hombre de paz; pero -cuando veo que estos condenados franceses se van metiendo callandito en -España, diciendo que somos amigos; cuando veo que se llevan engañado -al Rey; cuando les veo por esas calles echando facha y bebiéndose el -mundo de un sorbo; cuando pienso que ellos están muy creídos de que nos -han metido en un puño por los siglos de los siglos, me dan ganas... no -de llorar, sino de matar, pongo el caso, pues... quiero decir que si -un francés pasa y me toca con su codo en el pelo de la ropa, levanto -la mano... mejor dicho, abro la boca y me lo como. Y cuidado que un -francés me enseñó el oficio que tengo. El francés me gusta; pero allá -en su tierra.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch26"> - <h2 class="nobreak g0">XXVI</h2> -</div> - -<p>Durante nuestra conversación, advertí que la multitud aumentaba, -apretándose más. Componíanla personas de ambos sexos y de todas las -clases de la sociedad, espontáneamente reunidas por uno de esos -llamamientos morales, íntimos, misteriosos, informulados, que no -parten de ninguna voz oficial, y resuenan de improviso en los oídos -de un pueblo entero, hablándole el balbuciente lenguaje de<span -class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span> la inspiración. La campana -de ese rebato glorioso no suena sino cuando son muchos los corazones -dispuestos a palpitar en concordancia con su anhelante ritmo, y raras -veces presenta la historia ejemplos como aquel, porque el sentimiento -patrio no hace milagros sino cuando es una condensación colosal, una -unidad sin discrepancias de ningún género, y, por lo tanto, una fuerza -irresistible y superior a cuantos obstáculos pueden oponerle los -recursos materiales, el genio militar y la muchedumbre de enemigos. -El más poderoso genio de la guerra es la conciencia nacional, y la -disciplina que da más cohesión, el patriotismo.</p> - -<p>Estas reflexiones se me ocurren ahora recordando aquellos sucesos. -Entonces, y en la famosa mañana de que me ocupo, no estaba mi ánimo -para consideraciones de tal índole, mucho menos en presencia de un -conflicto popular que de minuto en minuto tomaba proporciones graves. -La ansiedad crecía por momentos: en los semblantes había, más que ira, -la tristeza profunda que precede a las grandes resoluciones, y mientras -algunas mujeres proferían gritos lastimosos, oí a muchos hombres -discutiendo en voz baja planes de no sé qué inverosímil lucha.</p> - -<p>El primer movimiento hostil del pueblo reunido fue rodear a un -oficial francés que a la sazón atravesó por la plaza de la Armería. -Bien pronto se unió a aquel otro oficial español, que acudía como -en auxilio del primero. Contra ambos se dirigió el furor de hombres -y<span class="pagenum" id="Page_226">p. 226</span> mujeres, siendo -estas las que con más denuedo les hostilizaban; pero al poco rato una -pequeña fuerza francesa puso fin al incidente. Como avanzaba la mañana, -no quise ya perder más tiempo, y traté de seguir mi camino; mas no -había pasado aún el arco de la Armería, cuando sentí un ruido que me -pareció cureñas en acelerado rodar por calles inmediatas.</p> - -<p>—¡Que viene la artillería! —clamaron algunos.</p> - -<p>Pero lejos de determinar la presencia de los artilleros una -dispersión general, casi toda la multitud corría hacia la calle -Nueva<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a>. -La curiosidad pudo en mí más que el deseo de llegar pronto al fin de -mi viaje, y corrí allá también; pero una detonación espantosa heló la -sangre en mis venas, y vi caer no lejos de mí algunas personas, heridas -por la metralla. Aquel fue uno de los cuadros más terribles que he -presenciado en mi vida. La ira estalló en boca del pueblo de un modo -tan formidable, que causaba tanto espanto como la artillería enemiga. -Ataque tan imprevisto y tan rudo había aterrado a muchos, que huían -con pavor, y al mismo tiempo acaloraba la ira de otros, que parecían -dispuestos a arrojarse sobre los artilleros; mas en aquel choque -entre los fugitivos y los sorprendidos, entre los que rugían como -fieras y los que se lamentaban heridos o moribundos bajo las pisadas -de la multitud, predominó al fin el movimiento de dispersión, y<span -class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span> corrieron todos hacia -la calle Mayor. No se oían más voces que «armas, armas, armas.» Los -que no vociferaban en las calles, vociferaban en los balcones, y si un -momento antes la mitad de los madrileños eran simplemente curiosos, -después de la aparición de la artillería todos fueron actores. Cada -cual corría a su casa, a la ajena o a la más cercana en busca de un -arma, y no encontrándola, echaba mano de cualquier herramienta. Todo -servía, con tal que sirviera para matar.</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a> Hoy de -Bailén.</p> - -</div> - -<p>El resultado era asombroso. Yo no sé de dónde salía tanta gente -armada. Cualquiera habría creído en la existencia de una conjuración -silenciosamente preparada; pero el arsenal de aquella guerra imprevista -y sin plan, movida por la inspiración de cada uno, estaba en las -cocinas, en los bodegones, en los almacenes al por menor, en las salas -y tiendas de armas, en las posadas y en las herrerías.</p> - -<p>La calle Mayor y las contiguas ofrecían el aspecto de un hervidero -de rabia imposible de describir por medio del lenguaje. El que no lo -vio, renuncie a tener idea de semejante levantamiento. Después me -dijeron que entre nueve y once todas las calles de Madrid presentaban -el mismo aspecto; habíase propagado la insurrección como se propaga la -llama en el bosque seco azotado por impetuosos vientos.</p> - -<p>En el Pretil de los Consejos, por San Justo y por la plazuela de -la Villa, la irrupción de gente armada viniendo de los barrios bajos -era considerable; mas por donde vi aparecer después mayor número de -hombres y mujeres, y<span class="pagenum" id="Page_228">p. 228</span> -hasta enjambres de chicos y algunos viejos, fue por la Plaza Mayor -y los portales llamados de Bringas. Hacia la esquina de la calle de -Milaneses, frente a la Cava de San Miguel, presencié el primer choque -del pueblo con los invasores, porque habiendo aparecido como una -veintena de franceses que acudían a incorporarse a sus regimientos, -fueron atacados de improviso por una cuadrilla de mujeres, ayudadas -por media docena de hombres. Aquella lucha no se parecía a ninguna -peripecia de los combates ordinarios, pues consistía en reunirse -súbitamente, envolviéndose y atacándose sin reparar en el número ni en -la fuerza del contrario.</p> - -<p>Los extranjeros se defendían con su certera puntería y sus buenas -armas; pero no contaban con la multitud de brazos que les ceñían -por detrás y por delante, como rejos de un inmenso pulpo; ni con el -incansable pinchar de millares de herramientas, esgrimidas contra ellos -con un desorden y una multiplicidad semejante al de un ametrallamiento -a mano; ni con la espantosa centuplicación de pequeñas fuerzas que, sin -matar, imposibilitaban la defensa. Algunas veces esta superioridad de -los madrileños era tan grande, que no podía menos de ser generosa; pues -cuando los enemigos aparecían en número escaso, se abría para ellos un -portal o tienda donde quedaban a salvo, y muchos de los que se alojaban -en las casas de aquella calle debieron la vida a la tenacidad con que -sus patronos les impidieron la salida.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span>No se salvaron -tres de a caballo que corrían a todo escape hacia la Puerta del Sol. -Se les hicieron varios disparos; pero irritados ellos, cargaron sobre -un grupo apostado en la esquina del callejón de la Chamberga, y bien -pronto viéronse envueltos por el paisanaje. De un fuerte sablazo, el -más audaz de los tres abrió la cabeza a una infeliz maja en el instante -en que daba a su marido el fusil recién cargado, y la imprecación de -la furiosa mujer al caer herida al suelo, espoleó el coraje de los -hombres. La lucha se trabó entonces cuerpo a cuerpo y a arma blanca.</p> - -<p>Entre tanto yo corrí hacia la Puerta del Sol buscando lugar más -seguro, y en los portales de Pretineros encontré a Chinitas. La -Primorosa salió del grupo cercano, exclamando con frenesí:</p> - -<p>—¡Han matado a Bastiana! Más de veinte hombres hay aquí, y denguno -vale un rial. Canallas, ¿para qué os ponéis bragas si tenéis almas de -pitiminí?</p> - -<p>—Mujer —dijo Chinitas, cargando su escopeta—, quítate de en medio. -Las mujeres aquí no sirven más que de estorbo.</p> - -<p>—¡Cobardón, calzonazos, corazón de albondiguilla! —gritó la -Primorosa, pugnando por arrancar el arma a su marido—. Con el aire -que hago moviéndome, mato yo más franceses que tú con un cañón de a -ocho.</p> - -<p>Entonces uno de los de a caballo se lanzó al galope hacia nosotros -blandiendo su sable.</p> - -<p>—¡Menegilda! ¿Tienes navaja? —dijo la esposa de Chinitas con -desesperación.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_230">p. 230</span>—Tengo tres: la de -cortar, la de picar y el cuchillo grande.</p> - -<p>—¡Aquí estamos, espanta-cuervos! —bramó la maja, tomando de manos de -su amiga un cuchillo carnicero, cuya sola vista causaba espanto.</p> - -<p>El coracero clavó las espuelas a su corcel, y despreciando los -tiros, se arrojó sobre el grupo. Yo vi las patas del corpulento animal -sobre los hombros de la Primorosa; pero esta, agachándose más ligera -que el rayo, hundió su cuchillo en el pecho del caballo. Con la -violenta caída, el jinete quedó indefenso, y mientras la cabalgadura -expiraba con horrible pataleo, el soldado proseguía el combate, ayudado -por otros cuatro que a la sazón llegaron.</p> - -<p>Chinitas, herido en la frente y con una oreja menos, se había -retirado como a unas diez varas más allá, y cargaba un fusil en el -callejón del Triunfo, mientras la Primorosa le envolvía un pañuelo en -la cabeza, diciéndole:</p> - -<p>—¡Si te moverás al fin! No parece sino que tienes en cada pata las -pesas del reloj del Buen Suceso.</p> - -<p>El amolador se volvió hacia mí y me dijo:</p> - -<p>—Gabrielillo, ¿qué haces con ese fusil? ¿Lo tienes en la mano para -escarbarte los dientes?</p> - -<p>En efecto: yo tenía en mis manos un fusil, sin que hasta aquel -instante me hubiese dado cuenta de ello. ¿Me lo habían dado? ¿Lo -tomé yo? Lo más probable es que lo recogí maquinalmente, hallándome -cercano al lugar de la lucha, y cuando caía sin duda de manos de -algún combatiente herido; pero mi turbación y<span class="pagenum" -id="Page_231">p. 231</span> estupor eran tan grandes ante aquella -escena, que ni aun acertaba a hacerme cargo de lo que entre las manos -tenía.</p> - -<p>—¿Pa qué está aquí esa lombriz? —dijo la Primorosa, encarándose -conmigo y dándome en el hombro una fuerte manotada—. Descosío: coge ese -fusil con más garbo. ¿Tienes en la mano un cirio de procesión?</p> - -<p>—Vamos: aquí no hay nada que hacer —afirmó Chinitas, encaminándose -con sus compañeros hacia la Puerta del Sol.</p> - -<p>Echeme el fusil al hombro y les seguí. La Primorosa seguía -burlándose de mi poca aptitud para el manejo de las armas de fuego.</p> - -<p>—¿Se acabaron los franceses? —dijo una maja, mirando a todos lados—. -¿Se han acabado?</p> - -<p>—No hemos dejado uno pa simiente de rábanos —contestó la Primorosa—. -¡Viva España y el Rey Fernando!</p> - -<p>En efecto: no se veía ningún francés en toda la calle Mayor; pero -no distábamos mucho de las gradas de San Felipe, cuando sentimos -ruido de tambores, después ruido de cornetas, después pisadas de -caballos, después estruendo de cureñas rodando con precipitación. El -drama no había empezado todavía realmente. Nos detuvimos, y advertí -que los paisanos se miraban unos a otros, consultándose mudamente -sobre la importancia de las fuerzas ya cercanas. Aquellos infelices -madrileños habían sostenido una lucha terrible con los soldados que -encontraron al paso, y no contaban con las formidables divisiones y -cuerpos de ejército que se acampaban en las cercanías de Madrid.<span -class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span> No habían medido los -alcances y las consecuencias de su calaverada, ni aunque los midieran, -habrían retrocedido en aquel movimiento impremeditado y sublime que les -impulsó a rechazar fuerzas tan superiores.</p> - -<p>Había llegado el momento de que los paisanos de la calle Mayor -pudieran contar el número de armas que apuntaban a sus pechos, porque -por la calle de la Montera apareció un cuerpo de ejército, por la de -Carretas otro y por la Carrera de San Jerónimo el tercero, que era el -más formidable.</p> - -<p>—¿Son muchos? —preguntó la Primorosa.</p> - -<p>—Muchísimos, y también vienen por esta calle. Allá por Platerías se -siente ruido de tambores.</p> - -<p>Frente a nosotros y a nuestra espalda teníamos a los infantes, a los -jinetes y a los artilleros de Austerlitz. Viéndoles, la Primorosa reía; -pero yo... no puedo menos de confesarlo... yo temblaba.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch27"> - <h2 class="nobreak g0">XXVII</h2> -</div> - -<p>Llegar los cuerpos de ejército a la Puerta del Sol y comenzar la -embestida, fueron sucesos ocurridos en un mismo instante. Yo creo que -los franceses, a pesar de su superioridad numérica y material, estaban -más aturdidos que los españoles; así es que en vez de comenzar<span -class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span> poniendo en juego la -caballería, hicieron uso de la metralla desde los primeros momentos.</p> - -<p>La lucha, mejor dicho, la carnicería era espantosa en la Puerta del -Sol. Cuando cesó el fuego y comenzaron a funcionar los caballos, la -guardia polaca, llamada <i>noble</i>, y los famosos mamelucos cayeron a -sablazos sobre el pueblo, siendo los ocupadores de la calle Mayor los -que alcanzamos la peor parte, porque por uno y otro flanco nos atacaban -los feroces jinetes. El peligro no me impedía observar quién estaba en -torno mío, y así puedo decir que sostenían mi valor vacilante, además -de la Primorosa, un señor grave y bien vestido que parecía aristócrata, -y dos honradísimos tenderos de la misma calle, a quienes yo de antiguo -conocía.</p> - -<p>Teníamos a mano izquierda el callejón de la Duda, como sitio -estratégico que nos sirviera de parapeto y de camino para la fuga, y -desde allí el señor noble y yo dirigíamos nuestros tiros a los primeros -mamelucos que aparecieron en la calle. Debo advertir que los tiradores -formábamos una especie de retaguardia o reserva, porque los verdaderos -y más aguerridos combatientes eran los que luchaban a arma blanca entre -la caballería. También de los balcones salían muchos tiros de pistola -y gran número de armas arrojadizas, como tiestos, ladrillos, pucheros, -pesas de reloj, etc.</p> - -<p>—Ven acá, Judas Iscariote —exclamó la Primorosa, dirigiendo los -puños hacia un mameluco que hacía estragos en el portal de la<span -class="pagenum" id="Page_234">p. 234</span> casa de Oñate—. ¡Y no hay -quien te meta una libra de pólvora en el cuerpo! ¡Eh, so estantigua! -¿pa qué le sirve ese chisme? Y tú, Piltrafilla, echa fuego por ese -fusil, o te saco los ojos.</p> - -<p>Las imprecaciones de nuestra generala nos obligaban a disparar tiro -tras tiro. Pero aquel fuego mal dirigido no nos valía gran cosa, porque -los mamelucos habían conseguido despejar a golpes gran parte de la -calle, y adelantaban de minuto en minuto.</p> - -<p>—¡A ellos, muchachos! —gritó la maja, adelantándose al encuentro de -una pareja de jinetes, cuyos caballos venían hacia nosotros.</p> - -<p>Nadie podrá imaginar cómo eran aquellos combates parciales. Mientras -desde las ventanas y desde la calle se les hacía fuego, los manolos les -atacaban navaja en mano, y las mujeres clavaban sus dedos en la cabeza -del caballo, o saltaban, asiendo por los brazos al jinete. Este recibía -auxilio, y al instante acudían dos, tres, diez, veinte, que eran -atacados de la misma manera, y se formaba una confusión, una mezcolanza -horrible y sangrienta que no se puede pintar. Los caballos vencían al -fin y avanzaban al galope; y cuando la multitud, encontrándose libre, -se extendía hacia la Puerta del Sol, una lluvia de metralla le cerraba -el paso.</p> - -<p>Perdí de vista a la Primorosa en uno de aquellos espantosos choques; -pero al poco rato la vi reaparecer, lamentándose de haber perdido -su cuchillo, y me arrancó el fusil de las manos con tanta fuerza, -que no pude impedirlo. Quedé desarmado en el mismo momento<span -class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span> en que una fuerte embestida -de los franceses nos hizo recular a la acera de San Felipe el Real. -El anciano noble fue herido junto a mí: quise sostenerle; pero -deslizándose de mis manos, cayó exclamando: «¡Muera Napoleón! ¡Viva -España!»</p> - -<p>Aquel instante fue terrible, porque nos acuchillaron sin piedad; -pero quiso mi buena estrella que, siendo yo de los más cercanos a -la pared, tuviera delante de mí una muralla de carne humana que me -defendía del plomo y del hierro. En cambio, era tan fuertemente -comprimido contra la pared, que casi llegué a creer que moría -aplastado. La masa de gente se replegó por la calle Mayor, y como el -violento retroceso nos obligara a invadir una casa de las que hoy deben -tener la numeración desde el 21 al 25, entramos decididos a continuar -la lucha desde los balcones. No achaquen ustedes a petulancia el que -diga <i>nosotros</i>, pues yo, aunque al principio me vi comprendido -entre los sublevados como al acaso y sin ninguna iniciativa de mi -parte, después el ardor de la refriega, el odio contra los franceses -que se comunicaba de corazón a corazón de un modo pasmoso, me indujeron -a obrar enérgicamente en pro de los míos. Yo creo que en aquella -ocasión memorable hubiérame puesto al nivel de algunos que me rodeaban, -si el recuerdo de Inés y la consideración de que corría algún peligro -no aflojaran mi valor a cada instante.</p> - -<p>Invadiendo la casa, la ocupamos desde el piso bajo a las -buhardillas: por todas las ventanas<span class="pagenum" -id="Page_236">p. 236</span> se hacía fuego, arrojando al mismo tiempo -cuanto la diligente valentía de sus moradores encontraba a mano. En el -piso segundo un padre anciano, sosteniendo a sus dos hijas que medio -desmayadas se abrazaban a sus rodillas, nos decía: «Haced fuego; coged -lo que os convenga. Aquí tenéis pistolas; aquí tenéis mi escopeta de -caza. Arrojad mis muebles por el balcón y perezcamos todos, y húndase -mi casa si bajo sus escombros ha de quedar sepultada esa canalla. ¡Viva -Fernando! ¡Viva España! ¡Muera Napoleón!»</p> - -<p>Estas palabras reanimaban a las dos doncellas, y la menor nos -conducía a una habitación contigua, desde donde podíamos dirigir mejor -el fuego. Pero nos escaseó la pólvora, nos faltó al fin, y al cuarto de -hora de nuestra entrada ya los mamelucos daban violentos golpes en la -puerta.</p> - -<p>—Quemad las puertas y arrojadlas ardiendo a la calle —nos dijo el -anciano—. Ánimo, hijas mías. No lloréis. En este día el llanto es -indigno aun en las mujeres. ¡Viva España! ¿Vosotras sabéis lo que -es España? Pues es nuestra tierra, nuestros hijos, los sepulcros de -nuestros padres, nuestras casas, nuestros reyes, nuestros ejércitos, -nuestra riqueza, nuestra historia, nuestra grandeza, nuestro -nombre, nuestra religión. Pues todo esto nos quieren quitar. ¡Muera -Napoleón!</p> - -<p>Entre tanto los franceses asaltaban la casa, mientras otros de los -suyos cometían atrocidades en la de Oñate.</p> - -<p>—¡Ya entran, nos cogen; estamos perdidos!<span class="pagenum" -id="Page_237">p. 237</span> —exclamamos con terror, sintiendo que los -mamelucos se encarnizaban en los defensores del piso bajo.</p> - -<p>—Subid a la buhardilla —nos dijo el anciano con frenesí—, y saliendo -al tejado, echad por el cañón de la escalera todas las tejas que podáis -levantar. ¿Subirán los caballos de estos monstruos hasta el techo?</p> - -<p>Las dos muchachas, medio muertas de terror, se enlazaban a los -brazos de su padre, rogándole que huyese.</p> - -<p>—¡Huir! —exclamaba el viejo—. No, mil veces no. Enseñemos a esos -bandoleros cómo se defiende el hogar sagrado. Traedme fuego, fuego, y -apresarán nuestras cenizas, no nuestras personas.</p> - -<p>Los mamelucos subían. No había salvación. Yo me acordé de la pobre -Inés, y me sentí más cobarde que nunca. Pero algunos de los nuestros -habíanse en tanto internado en la casa, y con fuerte palanca rompían -el tabique de una de las habitaciones más escondidas. Al ruido acudí -allá velozmente, con la esperanza de encontrar escapatoria, y, en -efecto, vi que habían abierto en la medianería un gran agujero por -donde podía pasarse a la casa inmediata. Nos hablaron de la otra parte, -ofreciéndonos socorro, y nos apresuramos a pasar; pero antes de que -estuviéramos del opuesto lado sentimos a los mamelucos y otros soldados -franceses vociferando en las habitaciones principales: oyose un tiro; -después una de las muchachas lanzó un grito espantoso y desgarrador. Lo -que allí debió ocurrir no es para contado.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span>Cuando pasamos a la -casa contigua, con ánimo de tomar inmediatamente la calle, nos vimos en -una habitación pequeña y algo oscura, donde distinguí dos hombres que -nos miraban con espanto. Yo me aterré también en su presencia, porque -eran el uno el licenciado Lobo y el otro Juan de Dios.</p> - -<p>Habíamos pasado a una casa de la calle de Postas, a la misma en cuyo -cuarto entresuelo había yo vivido hasta el día anterior al servicio -de los Requejos. Estábamos en el piso segundo, vivienda del leguleyo -trapisondista. El terror de este era tan grande, que al vernos dijo:</p> - -<p>—¿Están ahí los franceses? ¿Vienen ya? Huyamos.</p> - -<p>Juan de Dios estaba también tan pálido y alterado, que era difícil -reconocerle.</p> - -<p>—¡Gabriel! —exclamó al verme—. ¡Ah! tunante: ¿qué has hecho de -Inés?</p> - -<p>—¡Los franceses, los franceses! —exclamó Lobo, saliendo a toda prisa -de la habitación y bajando la escalera de cuatro en cuatro peldaños—. -¡Huyamos!</p> - -<p>La esposa del licenciado y sus tres hijas, trémulas de miedo, -corrían de aquí para allí, recogiendo algunos objetos para salir a -la calle. No era ocasión de disputar con Juan de Dios, ni de darnos -mutuamente explicaciones sobre los sucesos de la madrugada anterior: -salimos a todo escape, temiendo que los mamelucos invadieran aquella -casa.</p> - -<p>El mancebo no se separaba de mí, mientras que Lobo, harto ocupado de -su propia seguridad,<span class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span> -se cuidaba de mi presencia tanto como si yo no existiera.</p> - -<p>—¿A dónde vamos? —preguntó una de las niñas al salir—. ¿A la calle -de San Pedro la Nueva, en casa de la primita?</p> - -<p>—¿Estáis locas? ¿Frente al Parque de Monteleón?</p> - -<p>—Allí se están batiendo —dijo Juan de Dios—. Se ha empeñado un -combate terrible, porque la artillería española no quiere soltar el -Parque.</p> - -<p>—¡Dios mío! ¡Corro allá! —exclamé sin poderme contener.</p> - -<p>—¡Perro! —gritó Juan de Dios, asiéndome por un brazo—. ¿Allí la -tienes guardada?</p> - -<p>—Sí, allí está —contesté sin vacilar—. Corramos.</p> - -<p>Juan de Dios y yo partimos como dos insensatos en dirección a mi -casa.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch28"> - <h2 class="nobreak g0">XXVIII</h2> -</div> - -<p>En nuestra carrera no reparábamos en los mil peligros que a cada -paso ofrecían las calles y plazas de Madrid, y andábamos sin cesar, -buscando las vías más apartadas del centro, con tantas vueltas y -rodeos, que empleamos cerca de dos horas para llegar a la puerta de -Fuencarral por los pozos de nieve. Por un largo rato ni yo hablaba a mi -acompañante,<span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span> ni él a -mí tampoco, hasta que al fin Juan de Dios, con voz entrecortada por el -fatigoso aliento, me dijo:</p> - -<p>—¿Pero tú sacaste a Inés para entregármela después, o eres un -tunante ladrón, digno de ser fusilado por los franceses?</p> - -<p>—Sr. Juan de Dios —repuse apretando más el paso—, no es ocasión de -disputar, y vamos más a prisa, porque si los franceses llegan a meterse -en mi casa...</p> - -<p>—¡Cuánto se asustará la pobrecita! Pero di, ¿por qué la sacaste, por -qué me encontré encerrado en el sótano con aquella maldita mujer?... -¡Oh! me falta el aliento; pero no nos detengamos... ¿Inés no se asustó -al verse en tu poder? ¿No te preguntó por mí? ¿No te rogó que me -llevases a su lado? ¡Qué confusión! ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Quién -eres tú? ¿Eres un infame, o un hombre de bien? Ya me darás cuenta y -razón de todo. ¡Ay! cuando me encontré en el sótano con Restituta... -¿Ves este rasguño que tengo en la mano?... Quedeme azorado y mudo de -espanto cuando la vi. ¡Qué desdicha! Creo que fue castigo de Dios -por los pecadillos de que te hablé... Ella me insultaba llamándome -ladrón, y a mí un sudor se me iba y otro se me venía. Luego que -tratamos de salir... La compuerta cerrada... ella parecía una gata -rabiosa. ¿Ves este arañazo que tengo en la cara?... Descansemos un -rato, porque me ahogo. ¿No llegamos nunca a tu casa? ¿Y mi Inés, está -allí? Pero, tunante, modera un poco el paso y dime: ¿Inés me espera? -¿Te mandó en busca mía? ¿Sabe que a mí me debe su libertad?<span -class="pagenum" id="Page_241">p. 241</span> Gabriel, te juro que tengo -la cabeza como una jaula de grillos, y que no sé qué pensar. ¡Cuando -vi entrar a Restituta!... ¿Creerás que no puedo apartar de mi memoria -su repugnante imagen? Lo que dije... aquellos dos pecadillos... Pero -en cuanto Inés esté a mi lado, me confesaré... El Santísimo Sacramento -sabe que mi intención es buena, y que el inmenso, el loco amor que -me domina es causa de todo... ¿Pero no hablas? ¿Estás mudo? ¿Inés me -espera? Dímelo francamente y no me hagas padecer. ¿Está contenta? -¿Está triste? ¿Ella quiso desde luego salir contigo para esperarme -fuera?... ¡Mil demonios! ¿Cuándo llegamos a tu casa? Me aguarda, ¿no -es verdad? Ahora la hablaré cara a cara por primera vez. ¿Sabes que me -da vergüenza?... Pero ella quizás me dirá primero algunas palabras, -dándome pie para que después siga yo hablando como un cotorro. ¿Estás -tú seguro de que leyó mi carta? Pues si la leyó, ya está al corriente -de mi ardiente amor, y en cuanto me vea se arrojará llorando en mis -brazos, dándome gracias por su salvación. ¿No lo crees tú así? ¿Pero -por qué callas? ¿Te has quedado sin lengua? ¿Qué le has dicho tú? ¿Qué -te ha dicho ella? ¿No te habló de aquel pasaje de la carta en que le -decía que mi amor es tan casto como el de los ángeles del Cielo?... -Me faltó decirle que mi corazón es el altar en que la adoro con tanto -fervor como al Dios que hizo para todos el mundo, y para nosotros -una isla desierta, llena de flores y pajaritos muy lindos que canten -día y noche... ¡Ah, Gabriel! ¿Sabes que soy rico? Cogí lo mío,<span -class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span> aunque la condenada me -clavó las uñas para arrebatármelo. ¡Cuánto luchamos! ¡Espantosa noche! -Por fin, ya muy avanzado el día, llega D. Mauro y abre el sótano para -sacarte... Salimos Restituta y yo: ella está medio muerta. Su hermano, -al vernos... ¡Jesús, cómo se pone! Después de insultarnos, nos dice -que tenemos que casarnos el mismo día. Luego, al saber que Inés se ha -fugado contigo, brama como un león, arráncase los cabellos, y después -de amenazar con la muerte a su hermana y a mí, enciende las dos velas -al santo patrono. Yo salgo de la casa sin contestar a nada, y como ya -empiezan los tiros, me refugio en la del licenciado Lobo... Todos están -allí llenos de terror... ¡los franceses, los franceses!... ¡ban, bun! -Golpean un tabique: acudimos; se abre un agujero, y apareces tú... -¿Pero llegaremos al fin? ¡Qué impaciente estará la pobrecita! Cuando -me vea, ella romperá, hablará la primera, ¿no lo crees tú? Si no... yo -estoy seguro de que me quedaré como una estatua. ¡Si se me quitara esta -vergüenza!...</p> - -<p>Yo no contestaba a ninguna de las atropelladas e inconexas razones -de Juan de Dios, pues más que la verbosidad de aquel desgraciado, -ocupaba mi mente la idea de los peligros qué corrían Inés y su tío -en mi casa. Nuestra marcha era sumamente fatigosa: algunas veces, -después de recorrer toda una calle, teníamos que volver atrás huyendo -de los mamelucos; otras veces nos detenía algún grupo, compuesto -en su mayor parte de mujeres y ancianos, que con lamentos y gritos -rodeaban<span class="pagenum" id="Page_243">p. 243</span> un cadáver, -víctima reciente de los invasores; más adelante veíamos desfilar -precipitadamente pelotones de granaderos que hacían retroceder a todo -el mundo; luego el espectáculo de una lucha parcial, tan encarnizada -como las anteriores, era lo que de improviso nos estorbaba el paso.</p> - -<p>En la calle de Fuencarral el gentío era grande, y todos corrían -hacia arriba, como en dirección al Parque. Oíanse fuertes descargas, -que aterraron a mi acompañante, y cuando embocamos a la calle de la -Palma por la casa de Aranda, los gritos de los héroes llegaban hasta -nuestros oídos.</p> - -<p>Era entre doce y una. Dando un gran rodeo pudimos al fin entrar en -la calle de San José, y desde lejos distinguí las altas ventanas de mi -casa entre el denso humo de la pólvora.</p> - -<p>—No podemos subir —dije al mancebo—, a menos que no nos metamos en -medio del fuego.</p> - -<p>—¡En medio del fuego! ¡Qué horror! No: no expongamos la vida. Veo -que también disparan desde los balcones. Escondámonos, Gabriel.</p> - -<p>—No, avancemos. Parece que cesa el fuego.</p> - -<p>—Tienes razón. Ya suenan pocos tiros, y me parece que oigo decir: -«¡Victoria, victoria!»</p> - -<p>—Sí, y el paisanaje se despliega, y vienen algunos hacia acá. ¡Ah! -¿No son franceses aquellos que corren hacia la calle de la Palma? Sí: -¿no ve usted los sombreros de piel?</p> - -<p>—Vamos allá. ¡Qué algazara! Parece que<span class="pagenum" -id="Page_244">p. 244</span> están contentos. Mira cómo agitan las -gorras aquellos que están en el balcón.</p> - -<p>—Inés; allí está Inés, en el balcón de arriba, arriba... Allí está: -mira hacia el Parque, parece que tiene miedo y se retira. También sale -a curiosear D. Celestino. Corramos, y ahora nos será fácil entrar en la -casa.</p> - -<p>Después de una empeñada refriega, el combate había cesado en el -Parque con la derrota y retirada del primer destacamento francés que -fue a atacarlo. Pero si el crédulo paisanaje se entregó al júbilo, -creyendo que aquel triunfo era decisivo, los jefes militares conocieron -que serían bien pronto atacados con más fuerzas, y se preparaban para -la resistencia.</p> - -<p>Pacorro Chinitas, que había sido uno de los que primero acudieron a -aquel sitio, se llegó a mí ponderándome la victoria alcanzada con las -cuatro piezas que Daoiz habían echado a la calle; pero bien pronto él -y los demás se convencieron de que los franceses no habían retrocedido -sino para volver pronto con numerosa artillería. Así fue, en efecto; y -cuando subíamos la escalera de mi casa, sentí el alarmante rumor de la -tropa cercana.</p> - -<p>El mancebo tropezaba a cada peldaño, circunstancia que cualquiera -hubiera atribuido al miedo, y yo atribuí a la emoción. Cuando llegamos -a presencia de Inés y D. Celestino, estos se alegraron en extremo -de verme sano, y ella me señaló una imagen de la Virgen, ante la -cual habían encendido dos velas. Juan de Dios permaneció un rato en -el umbral, medio cuerpo fuera, y dentro el otro medio, con el<span -class="pagenum" id="Page_245">p. 245</span> sombrero en la mano, el -rostro pálido y contraído, la actitud embarazosa, sin atreverse a -hablar ni tampoco a retirarse, mientras que Inés, enteramente ocupada -de mi vuelta, no ponía en él la menor atención.</p> - -<p>—Aquí, Gabriel —me dijo el clérigo—, hemos presenciado escenas de -grande heroísmo. Los franceses han sido rechazados. Por lo visto, -Madrid entero se levanta contra ellos.</p> - -<p>Al decir esto, una detonación terrible hizo estremecer la casa.</p> - -<p>—¡Vuelven los franceses! Ese disparo ha sido de los nuestros, que -siguen decididos a no entregarse. Dios y su santa Madre, y los cuatro -patriarcas y los cuatro doctores nos asistan.</p> - -<p>Juan de Dios continuaba en la puerta, sin que mis dos amigos, -profundamente afectados por el próximo peligro, hicieran caso de su -presencia.</p> - -<p>—¡Va a empezar otra vez! —exclamó Inés, huyendo de la ventana -después de cerrarla—. Yo creí que se había concluido. ¡Cuántos -tiros! ¡Qué gritos! ¿Pues y los cañones? Yo creí que el mundo se -hacía pedazos, y puesta de rodillas no cesaba de rezar. ¡Si vieras, -Gabriel!... Primero sentimos que unos soldados daban recios golpes en -la puerta del Parque. Después vinieron muchos hombres y algunas mujeres -pidiendo armas. Dentro del patio un español, con uniforme verde, -disputó un instante con otro de uniforme azul, y luego se abrazaron, -abriendo en seguida las puertas. ¡Ay! ¡Qué voces, qué gritos! Mi tío se -echó a llorar y dijo también «¡Viva España!» tres veces, aunque<span -class="pagenum" id="Page_246">p. 246</span> yo le suplicaba que callase -para no dar que hablar a la vecindad. Al momento empezaron los tiros de -fusil, y al poco rato los de cañón, que salieron empujados por dos o -tres mujeres... El del uniforme azul mandaba el fuego, y otro del mismo -traje, pero que se distinguía del primero por su mayor estatura, estaba -dentro disponiendo cómo se habían de sacar la pólvora y las balas... -Yo me estremecía al sentir los cañonazos; y si a veces me ocultaba en -la alcoba, poniéndome a rezar, otras podía tanto la curiosidad, que -sin pensar en el peligro me asomaba a la ventana para ver todo... ¡Qué -espanto! Humo, mucho humo, brazos levantados, algunos hombres tendidos -en el suelo y cubiertos de sangre, y por todos lados el resplandor de -esos grandes cuchillos que llevan en los fusiles.</p> - -<p>Una segunda detonación, seguida del estruendo de la fusilería, -nos dejó paralizados de estupor. Inés miró a la Virgen, y el cura, -encarándose solemnemente con la santa imagen, dirigiole así la -palabra:</p> - -<p>—Señora: proteged a vuestros queridos españoles, de quienes fuisteis -reina y ahora sois capitana. Dadles valor contra tantos y tan fieros -enemigos, y haced subir al Cielo a los que mueran en defensa de su -patria querida.</p> - -<p>Quise abrir la ventana; pero Inés se opuso a ello muy acongojada. -Juan de Dios, que al fin traspasó el umbral, se había sentado -tímidamente en el borde de una silla puesta junto a la misma puerta, -donde Inés le reconoció al fin, mejor dicho, advirtió su presencia, -y<span class="pagenum" id="Page_247">p. 247</span> antes que formulara -una pregunta, le dije yo:</p> - -<p>—Es el Sr. Juan de Dios, que ha venido a acompañarme.</p> - -<p>—Yo... yo... —balbució el mancebo en el momento en que la gritería -de la calle apenas permitía oírle—. Gabriel habrá enterado a -usted...</p> - -<p>—El miedo le quita a usted el habla —dijo Inés—. Yo también tengo -mucho miedo. Pero usted tiembla, usted está malo...</p> - -<p>En efecto: Juan de Dios parecía desmayarse, y alargaba sus brazos -hacia la huérfana, que absorta y confundida no sabía si acercarse a -darle auxilio, o si huir con recelo de visitante tan importuno. Tan -excitado estaba yo, que sin parar mientes en lo que junto a mí ocurría, -ni atender al pavor de mi amiga, abrí resueltamente la ventana. -Desde allí pude ver los movimientos de los combatientes, claramente -percibidos, cual si tuviera delante un plano de campaña con figuras -movibles. Funcionaban cuatro piezas: he oído hablar de cinco, dos de a -8 y tres de a 4; pero yo creo que una de ellas no hizo fuego, o solo -trabajó hacia el fin de la lucha. Los artilleros me parece que no -pasaban de veinte; tampoco eran muchos los de infantería, mandados por -Ruiz; pero el número de paisanos no era escaso, ni faltaban algunas -heroicas amazonas de las que poco antes vi en la Puerta del Sol. Un -oficial, de uniforme azul, mandaba las dos piezas colocadas frente a -la calle de San Pedro la Nueva<a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2" -class="fnanchor">[2]</a>. Por cuenta del otro, del mismo uniforme -y graduación,<span class="pagenum" id="Page_248">p. 248</span> -corrían las que enfilaban las calles de San Miguel y de San José<a -id="FNanchor_3" href="#Footnote_3" class="fnanchor">[3]</a>, apuntando -una de ellas hacia la de San Bernardo, pues por allí se esperaban -nuevas fuerzas francesas en auxilio de las que invadían la Palma -Alta y sitios inmediatos a la iglesia de Maravillas. La lucha estaba -reconcentrada entonces en la pequeña calle de San Pedro la Nueva, por -donde atacaron los granaderos imperiales en considerable número. Para -contrarrestar su empuje, los nuestros disparaban las piezas con la -mayor rapidez posible, empleándose en ello lo mismo los artilleros que -los paisanos, y auxiliaba a los cañones la valerosa fusilería que tras -las tapias del Parque, en la puerta y en la calle hacía mortífero, -incesante fuego.</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_2" href="#FNanchor_2" class="label">[2]</a> Hoy del -Dos de Mayo.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_3" href="#FNanchor_3" class="label">[3]</a> Hoy de -Daoiz y Velarde.</p> - -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch29"> - <h2 class="nobreak g0">XXIX</h2> -</div> - -<p>Cuando los franceses trataban de tomar las piezas a la bayoneta, -sin cesar el fuego por nuestra parte, eran recibidos por los paisanos -con una batería de navajas, que causaban pánico y desaliento entre -los héroes de las Pirámides y de Jena, al paso que el arma blanca en -manos de estos aguerridos soldados no hacía gran estrago moral en la -gente española, por ser esta de muy antiguo aficionada a jugar<span -class="pagenum" id="Page_249">p. 249</span> con ella. Los españoles, -al verse de este modo heridos, antes enfurecían que desmayaban. Desde -mi ventana, abierta a la calle de San José, no se veía la inmediata de -San Pedro la Nueva, aunque la casa hacía esquina a las dos; así es que -yo, teniendo siempre a los españoles bajo mis ojos, no distinguía a -los franceses sino cuando intentaban caer sobre las piezas, desafiando -la metralla, el plomo, el acero y hasta las implacables manos de los -defensores del Parque. Esto pasó una vez, y cuando lo vi, pareciome -que todo iba a concluir por el sencillo procedimiento de destrozarse -simultáneamente unos a otros; pero nuestro valiente paisanaje, -sublimado por su propio arrojo y por el ejemplo, la pericia y la -inverosímil constancia de los dos oficiales de Artillería, rechazaba -las bayonetas enemigas, mientras sus navajas hacían estragos, rematando -la obra de los fusiles.</p> - -<p>Cayeron algunos, muchos artilleros, y buen número de paisanos; -pero esto no desalentaba a los madrileños. Al paso que uno de los -oficiales de Artillería hacía uso de su sable con fuerte puño, sin -desatender el cañón, cuya cureña servía de escudo a los paisanos más -resueltos, el otro, acaudillando un pequeño grupo, se arrojaba sobre -la avanzada francesa, destrozándola antes de que tuviera tiempo de -reponerse. Eran aquellos los dos oficiales oscuros y sin historia, -que en un día, en una hora, haciéndose, por inspiración de sus almas -generosas, instrumento de la conciencia nacional, se anticiparon a la -declaración de guerra<span class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span> -por las Juntas y descargaron los primeros golpes de la lucha que empezó -a abatir el más grande poder que se ha señoreado del mundo. Así sus -ignorados nombres alcanzaron la inmortalidad.</p> - -<p>El estruendo de aquella colisión, los gritos de unos y otros, la -heroica embriaguez de los nuestros, y también de los franceses, pues -estos evocaban entre sí sus grandes glorias para salir bien de aquel -empeño, formaban un conjunto terrible, ante el cual no existía el -miedo, ni tampoco era posible resignarse a ser inmóvil espectador. -Causaba rabia, y al mismo tiempo cierto júbilo inexplicable, lo -desigual de las fuerzas, y el espectáculo de la superioridad adquirida -por los débiles a fuerza de constancia. A pesar de que nuestras bajas -eran inmensas, todo parecía anunciar una segunda victoria. Así lo -comprendían, sin duda, los franceses, retirados hacia el fondo de la -calle de San Pedro la Nueva; y viendo que para meter en un puño a -los veinte artilleros, ayudados de paisanos y mujeres, era necesaria -más tropa con refuerzos de todas armas, trajeron más gente, trajeron -un ejército completo, y la división de San Bernardino, mandada por -Lefranc, apareció hacia las Salesas Nuevas con varias piezas de -artillería. Los imperiales daban al Parque, cercado de mezquinas -tapias, las proporciones de una fortaleza, y a la abigarrada pandilla -las proporciones de un pueblo.</p> - -<p>Hubo un momento de silencio, durante el cual no oí más voces que las -de algunas mujeres,<span class="pagenum" id="Page_251">p. 251</span> -entre las cuales reconocí la de la Primorosa, enronquecida por la -fatiga y el perpetuo gritar. Cuando en aquel breve respiro me aparté de -la ventana, vi a Juan de Dios completamente desvanecido. Inés estaba a -su lado presentándole un vaso de agua.</p> - -<p>—Este buen hombre —dijo la huérfana— ha perdido el tino. ¡Tan grande -es su pavor! Verdad que la cosa no es para menos. Yo estoy muerta. ¿Se -ha acabado, Gabriel? Ya no se oyen tiros. ¿Ha concluido todo? ¿Quién ha -vencido?</p> - -<p>Un cañonazo resonó estremeciendo la casa. A Inés cayósele el vaso de -las manos, y en el mismo instante entró D. Celestino, que observaba la -lucha desde otra habitación de la casa.</p> - -<p>—Es la artillería francesa —gritaba—. Ahora es ella. Traen más de -doce cañones. ¡Jesús, María y José nos amparen! Van a hacer polvo a -nuestros valientes paisanos. ¡Señor de justicia! ¡Virgen María, santa -patrona de España!</p> - -<p>Juan de Dios abrió sus ojos buscando a Inés con una mirada calmosa y -apagada como la de un enfermo. Ella, en tanto, puesta de rodillas ante -la imagen, derramaba abundantes lágrimas.</p> - -<p>—Los franceses son innumerables —continuó el cura—. Vienen cientos -de miles. En cambio los nuestros son menos cada vez. Muchos han muerto -ya. ¿Podrán resistir los que quedan? ¡Oh! Gabriel, y usted, caballero, -quien quiera que sea, aunque presumo será español: ¿están ustedes en -paz con su conciencia, mientras nuestros hermanos pelean abajo por -la<span class="pagenum" id="Page_252">p. 252</span> patria y por el -Rey? Hijos míos, ánimo: los franceses van a atacar por tercera vez. ¿No -veis cómo se aperciben los nuestros para recibirlos con tanto brío como -antes? ¿No oís los gritos de los que han sobrevivido al último combate? -¿No oís las voces de esa noble juventud? Gabriel; usted, caballero, -quien quiera que sea, ¿habéis visto a las mujeres? ¿Darán lección de -valor esas heroicas hembras a los varones que huyen de la honrosa -lucha?</p> - -<p>Al decir esto, el buen sacerdote, con una alteración que hasta -entonces jamás había yo advertido en él, se asomaba al balcón, -retrocedía con espanto, volvía los ojos a la imagen de la Virgen, luego -a nosotros, y tan pronto hablaba consigo mismo como con los demás.</p> - -<p>—Si yo tuviera quince años, Gabriel —continuó—, si yo tuviera -tu edad... Francamente, hijos míos, yo tengo un miedo horroroso. -En mi vida había visto una guerra, ni oído jamás el estruendo de -los mortíferos cañones; pero lo que es ahora cogería un fusil, sí, -señores, lo cogería... ¿No veis que va escaseando la gente? ¿No veis -cómo los barre la metralla?... Mirad aquellas mujeres que con sus -brazos despedazados empujan uno de nuestros cañones hasta embocarle -en esta calle. Mirad aquel montón de cadáveres del cual sale una mano -increpando con terrible gesto a los enemigos. Parece que hasta los -muertos hablan, lanzando de sus bocas exclamaciones furiosas... ¡Oh! yo -tiemblo, sostenedme; no, dejadme tomar un fusil, lo tomaré yo. Gabriel, -caballero, y tú también, Inés, vamos todos a la calle, a la calle. -¿Oís?<span class="pagenum" id="Page_253">p. 253</span> Aquí llegan las -vociferaciones de los franceses. Su artillería avanza. ¡Ah, perros! -todavía somos suficientes, aunque pocos. ¿Queréis a España? ¿Queréis -este suelo? ¿Queréis nuestras casas, nuestras iglesias, nuestros reyes, -nuestros santos? Pues ahí está, ahí está dentro de esos cañones lo que -queréis. Acercaos. ¡Ah! Aquellos hombres que hacían fuego desde la -tapia han perecido todos. No importa. Cada muerto no significa más sino -que un fusil cambia de mano, porque antes de que pierda el calor de los -dedos heridos que lo sueltan, otros lo agarran... Mirad: el oficial -que los manda parece contrariado; mira hacia el interior del Parque, -y se lleva la mano a la cabeza con ademán de desesperación. Es que -les faltan balas, les falta metralla. Pero ahora sale el otro con una -cesta de piedras de chispa. Cargan con ellas, hacen fuego... ¡Oh! que -vengan, que vengan ahora. ¡Miserables! España tiene todavía piedras en -sus calles para acabar con vosotros... Pero ¡ay! los franceses parece -que están cerca. Mueren muchos de los nuestros. Desde los balcones -se hace mucho fuego; mas esto no basta. Si yo tuviera veinte años... -Si yo tuviera veinte años, tendría el valor que ahora me falta, y me -lanzaría en medio del combate, y a palos, sí, señores, a palos acabaría -con todos esos franceses. Ahora mismo, con mis sesenta años... Gabriel, -¿sabes tú lo que es el deber? ¿Sabes tú lo que es el honor? Pues para -que lo sepas, oye: yo, que soy un viejo inútil; yo, que nunca he visto -un combate; yo, que jamás he disparado un tiro; yo, que en mi vida -he<span class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span> peleado con nadie; -yo, que no puedo ver matar un pollo; yo, que nunca he tenido valor -para ver matar un gusanito; yo, que siempre he tenido miedo a todo; -yo, que ahora tiemblo como una liebre, y a cada tiro que oigo parece -que entrego el alma al Señor, voy a bajar al instante a la calle, no -con armas, porque armas no me corresponden, sino para alentar a esos -valientes, diciéndoles en castellano aquello de <i>¡Dulce et decorum -est pro patria mori!</i></p> - -<p>Estas palabras, dichas con un entusiasmo que el anciano no había -manifestado ante mí sino muy pocas veces, y siempre desde el púlpito, -me enardecieron de tal modo que me avergoncé de reconocerme cobarde -espectador de aquella heroica lucha, sin disparar un tiro ni lanzar una -piedra en defensa de los míos. A no contenerme la presencia de Inés, ni -un instante habría yo permanecido en aquella situación. Después, cuando -vi al buen anciano precipitarse fuera de la casa, dichas sus últimas -palabras, miedo y amor se oscurecieron en mí ante una grande, una -repentina iluminación de entusiasmo, de esas que rarísimas veces, pero -con fuerza poderosa, nos arrastran a las grandes acciones.</p> - -<p>Inés hizo un movimiento como para detenerme; pero sin duda su -admirable buen sentido comprendió cuánto habría desmerecido a mis -propios ojos cediendo a los reclamos de la debilidad, y se contuvo, -ahogando todo sentimiento. Juan de Dios, que al volver de su desmayo -era completamente extraño a la situación en que nos encontrábamos, y no -parecía<span class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span> tener ojos ni -oídos más que para espectáculos y voces de su propia alma, se adelantó -hacia Inés con ademán embarazoso, y le dijo:</p> - -<p>—Pero Gabriel habrá enterado a usted de todo. ¿La he ofendido a -usted en algo? Bien habrá comprendido usted...</p> - -<p>—Este caballero —dijo Inés—, está muerto de miedo, y no se moverá de -aquí. ¿Quiere usted esconderse en la cocina?</p> - -<p>—¡Miedo! ¡Que yo tengo miedo! —exclamó el mancebo con un repentino -arrebato que le puso encendido como la grana—. ¿A dónde vas, -Gabriel?</p> - -<p>—A la calle —respondí saliendo—. A pelear por España. Yo no tengo -miedo.</p> - -<p>—Ni yo, ni yo tampoco —afirmó resuelta, furiosamente Juan de Dios, -corriendo detrás de mí.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch30"> - <h2 class="nobreak g0">XXX</h2> -</div> - -<p>Llegué a la calle en momentos muy críticos. Las dos piezas de -la calle de San Pedro habían perdido gran parte de su gente, y los -cadáveres obstruían el suelo. La colocada hacia Poniente había -de resistir el fuego de la de los franceses, sin más garantía de -superioridad que el heroísmo de D. Pedro Velarde y el auxilio de -los tiros de fusil. Al dar los primeros pasos encontré uno, y me -situé junto a la entrada del Parque, desde donde podía hacer<span -class="pagenum" id="Page_256">p. 256</span> fuego hacia la calle Ancha, -resguardado por el machón de la puerta. Allí se me presentó una cara -conocida, aunque horriblemente desfigurada en la persona de Pacorro -Chinitas, que incorporándose entre un montón de tierra y el cuerpo de -otro infeliz ya moribundo, hablome así con voz desfallecida:</p> - -<p>—Gabriel, yo me acabo; yo no sirvo ya para nada.</p> - -<p>—Ánimo, Chinitas —dije, devolviéndole el fusil que caía de sus -manos—; levántate.</p> - -<p>—¿Levantarme? Ya no tengo piernas. ¿Traes tú pólvora? Dame acá: yo -te cargaré el fusil... Pero me caigo redondo. ¿Ves esta sangre? Pues -es toda mía y de este compañero que ahora se va... Ya expiró... Adiós, -Juancho: tú al menos no verás a los franceses en el Parque.</p> - -<p>Hice fuego repetidas veces: al principio muy torpemente, y después -con algún acierto, procurando siempre dirigir los tiros a algún francés -claramente destacado de los demás. Entre tanto y sin cesar en mi faena -oí la voz del amolador que, apagándose por grados, decía:</p> - -<p>—Adiós, Madrid, ya me encandilo... Gabriel, apunta a la cabeza. -Juancho, que ya estás tieso, allá voy yo también: Dios sea conmigo y me -perdone. Nos quitan el Parque; pero de cada gota de esta sangre saldrá -un hombre con su fusil, hoy, mañana y al otro día. Gabriel, no cargues -tan fuerte, que revienta. Ponte más adentro. Si no tienes navaja, -búscala, porque vendrán a la bayoneta. Toma la mía. Allí está junto a -la pierna que perdí... ¡Ay! ya no veo más que un cielo negro.<span -class="pagenum" id="Page_257">p. 257</span> ¡Qué humo tan negro! ¿De -dónde viene ese humo? Gabriel, cuando esto se acabe, ¿me darás un poco -de agua? ¡Qué ruido tan atroz!... ¿Por qué no traen agua?... ¡Agua, -Señor Dios Poderoso! ¡Ah! ya veo el agua: ahí está. La traen unos -angelitos: es un chorro, una fuente, un río...</p> - -<p>Cuando me aparté de allí, Chinitas ya no existía. La debilidad de -nuestro centro de combate me obligó a unirme a él, como lo hicieron -los demás. Apenas quedaban artilleros, y dos mujeres servían la -pieza principal, apuntada hacia la calle Ancha. Era una de ellas -la Primorosa, a quien vi soplando fuertemente la mecha, próxima a -extinguirse.</p> - -<p>—Mi general —decía a Daoiz—, mientras su merced y yo estemos aquí, -no se perderán las Españas ni sus Indias... Allá va el petardo... Venga -ahora acá el <i>destupidor</i>. ¡Cómo rempuja pa tras este animal -cuando suelta el tiro! ¡Ah! ¿Ya estás aquí, Tripita? —gritó al verme—. -Toca este instrumento y verás lo bueno.</p> - -<p>El combate llegaba a un extremo de desesperación, y la artillería -enemiga avanzó hacia nosotros. Animados por Daoiz, los heroicos -paisanos pudieron rechazar por última vez la infantería francesa, que -en pequeños pelotones se destacaba de la fuerza enemiga.</p> - -<p>—¡Ea! —gritó la Primorosa cuando volvió a comenzar el fuego de -cañón—. Atrás, que yo gasto malas bromas. ¿Vio usted cómo se fueron, -señor general? Solo con mirarles yo con estos recelestiales ojos, les -hice volver pa tras. Van muertos de miedo. ¡Viva España y muera<span -class="pagenum" id="Page_258">p. 258</span> Napoleón!... Chinitas, ¿no -está por ahí Chinitas? Ven acá, cobarde, calzonazos.</p> - -<p>Y cuando los franceses, replegando su infantería, volvieron a -cañonearnos, ella, después de ayudar a cargar la pieza, prosiguió -gritando:</p> - -<p>—Renacuajos, volved acá. Ea, otro paseíto. Sus mercedes quieren -conquistarme a mí, ¿no verdá? Pues aquí me tenéis. Vengan acá: soy la -reina, sí, señores; soy la emperadora del Rastro, y yo acostumbro a -fumar en este cigarro de bronce, porque no las gasto menos. ¿Quieren -ustedes una chupadita? Pos allá va. Desapártense pa que no les salpique -la saliva; si no...</p> - -<p>La heroica mujer calló de improviso, porque la otra maja que -cerca de ella estaba, cayó tan violentamente herida por un casco -de metralla, que de su despedazada cabeza saltaron, salpicándonos, -repugnantes pedazos. La esposa de Chinitas, que también estaba -herida, miró el cuerpo expirante de su amiga. Debo consignar aquí un -hecho transcendental: la Primorosa se puso repentinamente pálida y -repentinamente seria. Tuvo miedo.</p> - -<p>Llegó el instante crítico y terrible. Durante él sentí una mano -que se apoyaba en mi brazo. Al volver los ojos, vi un brazo azul con -charreteras de capitán. Pertenecía a D. Luis Daoiz, que, herido en la -pierna, hacía esfuerzos por no caer al suelo, y se apoyaba en lo que -encontró más cerca. Yo extendí mi brazo alrededor de su cintura, y él, -cerrando los puños, elevándolos convulsamente al cielo, apretando<span -class="pagenum" id="Page_259">p. 259</span> los dientes y mordiendo -después el pomo de su sable, lanzó una imprecación, una blasfemia, que -habría hecho desplomar el firmamento, si lo de arriba obedeciera a las -voces de abajo.</p> - -<p>En seguida se habló de capitulación y cesaron los fuegos. El jefe -de las fuerzas francesas acercose a nosotros, y en vez de tratar -decorosamente de las condiciones de la rendición, habló a Daoiz de la -manera más destemplada y en términos amenazadores y groseros. Nuestro -inmortal artillero pronunció entonces aquellas célebres palabras: <i>Si -fuerais capaz de hablar con vuestro sable, no me trataríais así.</i></p> - -<p>El francés, sin atender a lo que le decía, llamó a los suyos, y en -el mismo instante... Ya no hay narración posible, porque todo acabó. -Los franceses se arrojaron sobre nosotros con empuje formidable. -El primero que cayó fue Daoiz, traspasado el pecho a bayonetazos. -Retrocedimos precipitadamente hacia el interior del Parque todos los -que pudimos, y como aun en aquel trance espantoso quisiera contenernos -D. Pedro Velarde, le mató de un pistoletazo por la espalda un oficial -enemigo. Muchos fueron implacablemente pasados a cuchillo; pero algunos -y yo pudimos escapar, saltando velozmente por entre escombros, hasta -alcanzar las tapias de la parte más honda, y allí nos dispersamos, -huyendo cada cual por donde encontró mejor camino, mientras los -franceses, bramando de ira, indicaban con sus alaridos al aterrado -vecindario que Monteleón había quedado por Bonaparte.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_260">p. 260</span>Difícilmente -salvamos la vida; y no fuimos muchos los que pudimos dar con nuestros -fatigados cuerpos en la huerta de las Salesas Nuevas o en el Quemadero. -Los franceses no se cuidaban de perseguirnos, o por creer que bastaba -con rematar a los más próximos, o porque se sentían con tanto cansancio -como nosotros. Por fortuna, yo no estaba herido sino muy levemente en -la cabeza, y pude ponerme a cubierto en breve tiempo: al poco rato -ya no pensaba más que en volver a mi casa, donde suponía a Inés en -angustiosa incertidumbre por mi ausencia. Cuando traté de regresar, -hallé cerrada la puerta de Santo Domingo, y tuve que andar mucho trecho -buscando el portillo de San Joaquín. Por el camino me dijeron que los -franceses, después de dejar una pequeña guarnición en el Parque, se -habían retirado.</p> - -<p>Dirigime con esta noticia tranquilamente a casa, y al llegar a la -calle de San José, encontré aquel sitio inundado de gente del pueblo, -especialmente de mujeres, que reconocían los cadáveres. La Primorosa -había recogido el cuerpo de Chinitas. Yo vi llevar el cuerpo, vivo aún, -de Daoiz en hombros de cuatro paisanos, y seguido de apiñado gentío. -De Don Pedro Velarde oí que había sido completamente desnudado por -los franceses, y en aquellos instantes sus deudos y amigos estaban -amortajándole para darle sepultura en San Marcos. Los imperiales se -ocupaban en encerrar de nuevo las piezas, y retiraban silenciosamente -sus heridos al interior del Parque;<span class="pagenum" -id="Page_261">p. 261</span> por último, vi una pequeña fuerza de -caballería polaca, estacionada hacia la calle de San Miguel.</p> - -<p>Ya estaba cerca de mi casa, cuando un hombre cruzó a lo lejos la -calle, con tan marcado ademán de locura, que no pude menos de fijar en -él mi atención. Era Juan de Dios, y andaba con pie inseguro de aquí -para allí, como demente o borracho, sin sombrero, el pelo en desorden -sobre la cara, las ropas destrozadas, y la mano derecha envuelta en un -pañuelo manchado de sangre.</p> - -<p>—¡Se la han llevado! —exclamó al verme, agitando sus brazos con -desesperación.</p> - -<p>—¿A quién? —pregunté, adivinando mi nueva desgracia.</p> - -<p>—¡A Inés!... Se la han llevado los franceses; se han llevado también -a aquel infeliz sacerdote.</p> - -<p>La sorpresa y la angustia de tan tremenda nueva dejáronme por un -instante como sin vida.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch31"> - <h2 class="nobreak g0">XXXI</h2> -</div> - -<p>—Una vez que tomaron el Parque —continuó Juan de Dios— entraron -en esa casa de la esquina y en otra de la calle de San Pedro para -prender a todos los que les habían hecho fuego, y sacaron hasta dos -docenas de infelices. ¡Ay, Gabriel, qué consternación! Yo entraba<span -class="pagenum" id="Page_262">p. 262</span> en la taberna para echarme -un poco de agua en la mano... porque sabrás que una bala me llevó -los dos dedos... Entraba en la taberna y vi que sacaban a Inés. La -pobrecita lloraba como un niño, y volvía la vista a todos lados, sin -duda buscándome con sus ojos. Acerqueme, y hablando en francés, rogué -al sargento que la soltase; pero me dieron tan fuerte golpe, que casi -perdí el sentido. ¡Si vieras cómo lloraba el pobre ángel, y cómo miraba -a todos lados, buscándome sin duda!... Yo me vuelvo loco, Gabriel. El -buen eclesiástico subía la escalera cuando le cogieron, y dicen que -llevaba un cuchillo en la mano. Todos los de la casa están presos. Los -franceses dijeron que desde allí les habían tirado una cazuela de agua -hirviendo. Gabriel, si no ponen en libertad a Inés, yo me muero, yo me -mato, yo les diré a los franceses que me maten.</p> - -<p>Al oír esta relación, el vivo dolor arrancó al principio ardientes -lágrimas a mis ojos; pero después fue tanta mi indignación, que -prorrumpí en exclamaciones terribles, y recorrí la calle gritando -como un insensato. Aún dudé: subí a mi casa; encontrela desierta; -supe de boca de algunos vecinos consternados la verdad, conforme a -lo que Juan de Dios había contado, y ciego de ira, con el alma llena -de presentimientos siniestros y de inexplicables angustias, marché -hacia el centro de Madrid, sin saber a dónde me encaminaba, y sin -que me fuera posible discurrir cuál partido sería más conveniente -en tales circunstancias. ¿A quién pedir auxilio, si yo a mi vez era -tan injustamente<span class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span> -perseguido? A ratos me alentaba la esperanza de que los franceses -pusieran en libertad a mis dos amigos. La inocencia de uno y otro, -especialmente de ella, era para mí tan obvia, que sin género de duda -había de ser reconocida por los invasores. Juan de Dios me seguía y -lloraba como una mujer.</p> - -<p>—Por ahí van diciendo —me indicó— que los prisioneros han sido -llevados a la casa de Correos. Vamos allá, Gabriel, y veremos si -conseguimos algo.</p> - -<p>Fuimos al instante a la Puerta del Sol, y en todo su recinto no -oíamos sino quejas y lamentos por el hermano, el padre, el hijo o el -amigo, sin motivo bárbaramente aprisionados. Se decía que en la casa de -Correos funcionaba un Tribunal militar; pero después corrió la voz de -que los individuos de la Junta habían hecho un convenio con Murat para -que todo se arreglara, olvidando el conflicto pasado y perdonándose -respectivamente las imprudencias cometidas. Esto nos alborozó a todos -los presentes, aunque no nos parecía muy tranquilizador ver a la -entrada de las principales calles una pieza de artillería con mecha -encendida. Dieron las cuatro de la tarde, y no se desvanecía nuestra -duda, ni de las puertas de la fatal casa de Correos salía otra gente -que algún oficial de órdenes que a toda prisa partía hacia el Retiro -o la Montaña. Nuestra ansiedad crecía; profunda zozobra invadía los -ánimos, y todos se dispersaban tratando de buscar noticias verídicas en -fuentes autorizadas.</p> - -<p>De pronto oigo decir que alguien va por las<span class="pagenum" -id="Page_264">p. 264</span> calles leyendo un bando. Corremos todos -hacia la del Arenal; pero nos es imposible enterarnos de lo que leen. -Preguntamos y nadie nos responde, porque nadie oye. Retrocedemos -pidiendo informes, y nadie nos los da. Volvemos a mirar la casa de -Correos, tras cuyas paredes están los que nos son queridos, y media -compañía de granaderos con algunos mamelucos dispersan al padre, al -hermano, al hijo, al amante, amenazándoles con la muerte. Nos lanzamos -al fin por las calles, cada cual discurriendo qué influencias pondrá en -juego para salvar a los suyos.</p> - -<p>Juan de Dios y yo nos dirigimos hacia los Caños del Peral, y al -poco rato vimos un pelotón de franceses que conducían maniatados y en -traílla, como a salteadores, a dos ancianos y a un joven de buen porte. -Después de esta fatídica procesión, vimos hacia la calle de los Tintes -otra no menos lúgubre, en que iba una señora joven, un sacerdote, -dos caballeros y un hombre del pueblo en traje como de vendedor de -plazuela. La tercera la encontramos en la calle de Quebrantapiernas, -y se componía de más de veinte personas, pertenecientes a distintas -clases de la sociedad. Aquellos infelices iban mudos y resignados, -guardando el odio en sus corazones, y ya no se oían voces patrióticas -en las calles de la ciudad vencida y aherrojada, porque los invasores -dominábanla toda piedra por piedra, y no había esquina donde no asomase -la boca de un cañón, ni callejuela por la cual no desfilaran pelotones -de fusileros, ni plaza donde no apareciesen,<span class="pagenum" -id="Page_265">p. 265</span> fúnebremente estacionados, fuertes piquetes -de mamelucos, dragones o caballería polaca.</p> - -<p>Repetidas veces vimos que detenían a personas pacíficas y las -registraban, llevándoselas presas por si guardaban acaso algún arma, -aunque fuera navaja para usos comunes. Yo llevaba en el bolsillo la -de Chinitas, y ni aun me ocurrió tirarla: ¡tales eran mi aturdimiento -y abstracción! Pero tuvimos la suerte de que no nos registraran. -Últimamente, y a medida que anochecía, apenas encontrábamos gente por -las calles. No íbamos, no, a la ventura por aquellos desiertos lugares, -pues yo tenía un proyecto que al fin comuniqué a mi acompañante: -pensaba dirigirme a casa de la Marquesa, con viva esperanza de -conseguir de ella poderoso auxilio en mi tribulación. Juan de Dios me -contestó que él por su parte había pensado dirigirse a un amigo, que a -su vez lo era del señor O’Farril, individuo de la Junta. Dicho esto, -convinimos en separarnos, prometiendo acudir de nuevo a la Puerta del -Sol una hora después.</p> - -<p>Fui a casa de la Marquesa, y el portero me dijo que S. E. había -partido dos días antes para Andalucía. Asimismo pregunté por Amaranta; -más tuve el disgusto de saber que Su Excelencia la señora Condesa -estaba también en camino de Andalucía. Desesperado regresé al centro de -Madrid, elevando mis pensamientos a Dios, como el más eficaz amparador -de la inocencia, y traté de penetrar en la casa de Correos. Al poco -rato de estar allí procurándolo<span class="pagenum" id="Page_266">p. -266</span> inútilmente, vi salir a Juan de Dios tan pálido y alterado -que temblé, adivinando nuevas desdichas.</p> - -<p>—¿No está? —pregunté—. ¿Les han puesto en libertad?</p> - -<p>—No —dijo, secando el sudor de su frente—. Todos los presos que -estaban aquí han sido entregados a los franceses. Se los han llevado al -Buen Suceso, al Retiro, no sé a dónde... ¿Pero no conoces el bando? Los -que sean encontrados con armas, <i>serán arcabuceados</i>... Los que se -junten en grupos de más de ocho personas, <i>serán arcabuceados</i>... -Los que hagan daño a un francés, <i>serán arcabuceados</i>... Los que -parezcan agentes de Inglaterra, <i>serán arcabuceados</i>.</p> - -<p>—¿Pero dónde está Inés? —exclamé con exaltación—. ¿Dónde está? -Si esos verdugos son capaces de sacrificar a una niña inocente y a -un pobre anciano, la tierra se abrirá para tragárselos, las piedras -se levantarán solas del suelo para volar contra ellos, el cielo se -desplomará sobre sus cabezas, se encenderá el aire, y el agua que beban -se les tornará veneno; y si esto no sucede, es que no hay Dios ni puede -haberlo. Vamos, amigo: hagamos esta buena obra. ¿Dice usted que están -en el Retiro?</p> - -<p>—O aquí, en el Buen Suceso, o en la Moncloa. Gabriel, yo salvaré a -Inés de la muerte, o me pondré delante de los fusiles de esa canalla -para que me quiten también la vida. Quiero irme al Cielo con ella: -si supiera que sus dulces ojos no me habían de mirar más en<span -class="pagenum" id="Page_267">p. 267</span> la tierra, ahora mismo -dejaría de existir. Gabriel, todo lo que tengo es tuyo si me ayudas a -buscarla; que después que ella y yo nos juntemos, y nos casemos, y nos -vayamos al lugar desierto que he pensado, para nada necesitamos dinero. -Yo tengo esperanza; ¿y tú?</p> - -<p>—Yo también —respondí, pensando en Dios.</p> - -<p>—Pues, hijo, marcha tú al Retiro, que yo entraré en el Buen Suceso, -por la parte del hospital, que allí conozco a uno de los enfermeros. -También conozco a dos oficiales franceses. ¿Podrán hacer algo por ella? -Vamos: las diez. ¡Ay! ¿No oíste una descarga?</p> - -<p>—Sí, hacia abajo; hacia el Prado: se me ha helado la sangre en las -venas. Corro allá. Adiós, y buena suerte. Si no nos encontramos después -aquí, en mi casa.</p> - -<p>Dicho esto, nos separamos a toda prisa, y yo corrí por la Carrera -de San Jerónimo. La noche era oscura, fría y solitaria. En mi camino -encontré tan solo algunos hombres que despavoridos corrían, y a cada -paso lamentos dolorosísimos llegaban a mis oídos. A lo lejos distinguí -las pisadas de las patrullas francesas, y de rato en rato un resplandor -lejano seguido de estruendosa detonación.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch32"> - <p><span class="pagenum" id="Page_268">p. 268</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXXII</h2> -</div> - -<p>Cómo se presentaba en mi alma atribulada aquel espectáculo en -la negra noche, aquellos ruidos pavorosos, no es cosa que puedo yo -referir, ni palabras de ninguna lengua alcanzan a manifestar angustia -tan grande. Llegaba junto al Espíritu Santo, cuando sentí muy cercana -ya una descarga de fusilería. Allá abajo, en la esquina del palacio de -Medinaceli, la rápida luz del fogonazo había iluminado un grupo, mejor -dicho, un montón de personas, en distintas actitudes colocadas, y con -diversos trajes vestidas. Tras de la descarga, oyéronse quejidos de -dolor, imprecaciones que se apagaban al fin en el silencio de la noche. -Después algunas voces, hablando en lengua extranjera, dialogaban entre -sí; se oían las pisadas de los verdugos, cuya marcha en dirección al -fondo del Prado era indicada por los movimientos de unos farolillos de -agonizante luz. A cada rato circulaban tropeles con gentes maniatadas, -y hacia el Retiro se percibía resplandor muy vivo, como de la hoguera -de un vivac.</p> - -<p>Acerqueme al palacio de Medinaceli por la parte del Prado, y allí -vi algunas personas que acudían a reconocer los infelices últimamente -arcabuceados. Reconocilos yo también uno por uno, y observé que algunos -de ellos estaban<span class="pagenum" id="Page_269">p. 269</span> -vivos, aunque ferozmente heridos, y arrastrábanse pidiendo socorro, o -clamaban en voz desgarradora suplicando que se les rematase.</p> - -<p>Entre todas aquellas víctimas no había más que una mujer, que no -tenía semejanza con Inés, ni encontré tampoco sacerdote alguno. Sin -prestar oídos a las voces de socorro, ni reparar tampoco en el peligro -que cerca de allí se corría, me dirigí hacia el Retiro.</p> - -<p>En la puerta del primer patio me detuvieron los centinelas. Un -oficial se acercó a la entrada.</p> - -<p>—Señor —exclamé juntando las manos y expresando de la manera más -espontánea el vivo dolor que me dominaba—, busco a dos personas de mi -familia que han sido traídas aquí por equivocación. Son inocentes: Inés -no arrojó a la calle ningún caldero de agua hirviendo, ni el pobre -clérigo ha matado a ningún francés. Yo lo aseguro, señor oficial, y el -que dijese lo contrario es un vil mentiroso.</p> - -<p>El oficial, que no entendía, hizo un movimiento para echarme hacia -fuera; pero yo, sin reparar en consideraciones de ninguna clase, me -arrodillé delante de él, y con fuertes gritos proseguí suplicando de -esta manera:</p> - -<p>—Señor oficial, ¿será usted tan inhumano que mande fusilar a dos -personas inofensivas: a una niña de diez y seis años y a un infeliz -viejo de sesenta? No puede ser. Déjeme usted entrar: yo le diré cuáles -son, y usted les mandará poner en libertad. Los pobrecitos no han hecho -nada. Fusílenme a mí, que disparé muchos tiros contra ustedes en la -acción del Parque;<span class="pagenum" id="Page_270">p. 270</span> -pero dejen en libertad a la joven y al sacerdote. Yo entraré, les -sacaremos... Mañana, mañana probaré yo, como esta es noche, que son -inocentes, y si no resultasen tan inocentes como los ángeles del Cielo, -fusíleme usted a mí cien veces. Señor oficial, usted es bueno; usted -no puede ser un verdugo. Esas cruces que tiene en el pecho las habrá -adquirido honrosamente en las grandes batallas que dicen ha ganado -el ejército de Napoleón. Un hombre como usted no puede deshonrarse -asesinando a mujeres inocentes. Yo no lo creo, aunque me lo digan. -Señor oficial, si quieren ustedes vengarse de lo de esta mañana, -maten a todos los hombres de Madrid, mátenme a mí también; pero no a -Inés. ¿Usted no tiene hermanitas jóvenes y lindas? Si usted las viera -amarradas a un palo, a la luz de una linterna, delante de cuatro -soldados con los fusiles en la cara, ¿estaría tan sereno como ahora -está? Déjeme entrar: yo le diré quiénes son los que busco, y entre los -dos haremos esta buena obra, que Dios le tendrá en cuenta cuando se -muera. El corazón me dice que están aquí... entremos, por Dios y por -la Virgen. Aquí está usted en tierra extranjera, y lejos, muy lejos de -los suyos. Cuando recibe cartas de su madre o de sus hermanitas, ¿no le -rebosa el corazón de alegría, no quiere verlas, no quiere volver allá? -Si le dijesen que ahora las estaban poniendo un farol en el pecho para -fusilarlas...</p> - -<p>El estrépito de otra descarga me hizo enmudecer, y la voz expiró -en mi garganta por falta de aliento. A punto estuve de caer sin -sentido;<span class="pagenum" id="Page_271">p. 271</span> pero -haciendo un heroico esfuerzo, volví a suplicar al oficial con voz -ronca y ademán desesperado, pretendiendo que me permitiese la entrada -para ver si algunos de los recién inmolados eran los que yo buscaba. -Sin duda mi ruego, expresado ardientemente y con profundísima verdad, -conmovió al joven oficial, más por la angustia de mis ademanes que -por el sentido de las palabras, extranjeras para él, y apartándose -a un lado me indicó que entrara. Hícelo rápidamente, y recorrí como -un insensato el primer patio y el segundo. En este, que era el de la -Pelota, no había más que franceses; pero en aquel yacían por el suelo -las víctimas aún palpitantes, y no lejos de ellas las que esperaban -la muerte. Vi que las ataban codo con codo, obligándolas a ponerse de -rodillas, unos de espalda, otros de frente. Los más agitaban los brazos -al mismo tiempo que lanzaban imprecaciones y retos a los verdugos; -algunos escondían con horror la cara en el pecho del vecino; otros -lloraban; otros pedían la muerte, y vi uno que, rompiendo con fuertes -sacudidas las ligaduras, se abalanzó hacia los granaderos. Ninguna -fórmula de juicio, ni tampoco preparación espiritual, precedían a -esta abominación: los granaderos hacían fuego una o dos veces, y los -sacrificados se revolvían en charcos de sangre con espantosa agonía.</p> - -<p>Algunos acababan en el acto; pero los más padecían largo martirio -antes de expirar. Hubo muchos que, heridos por las balas en las -extremidades y desangrados, sobrevivieron, después de pasar por -muertos, hasta la mañana<span class="pagenum" id="Page_272">p. -272</span> del día siguiente; los mismos franceses, reconociendo su -mala puntería, les mandaron al hospital. Estos casos no fueron raros: -yo sé de dos o tres a quienes cupo la suerte de vivir después de pasar -por los horrores de una ejecución sangrienta. Un maestro herrero, -comprendido en una de las traíllas del Retiro, dio señales de vida -al día siguiente, y al borde mismo del hoyo en que se le preparaba -sepultura. Lo mismo aconteció a un tendero de la calle de Carretas, -y hasta hace poco tiempo ha existido un individuo, que era entonces -empleado en la imprenta de Sancha, y fue fusilado torpemente dos veces: -una en la Soledad, donde se hizo la primera matanza; después en el -patio del Buen Suceso; desde aquí pudo escapar, arrastrándose entre -cadáveres y regueros de sangre hasta el hospital cercano, donde le -dieron auxilio. Los franceses, aunque a quemarropa, disparaban mal, y -algunos de ellos, preciso es confesarlo, con marcada repugnancia, pues -sin duda conocían el envilecimiento en que habían repentinamente caído -las águilas imperiales.</p> - -<p>Casi sin esperar a que se consumara la sentencia de los que cayeron -ante mí, les examiné a todos. Las linternas, puestas delante de cada -grupo, alumbraban con siniestra luz la escena. Ni entre los inmolados, -ni entre los que aguardaban el sacrificio, vi a Inés y a D. Celestino, -aunque a cada instante me parecía reconocerles en cualquier bulto que -se movía implorando compasión o murmurando una plegaria.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_273">p. 273</span>Recuerdo que en -aquel examen una mano helada cogió la mía, y al inclinarme vi un -hombre desconocido que dijo algunas palabras y expiró. Repetidas veces -pisé los pies y las manos de varios desgraciados; pero en trances tan -terribles, parece que se extingue todo sentimiento compasivo hacia los -extraños, y buscando con anhelo a los nuestros, somos impasibles para -las desgracias ajenas.</p> - -<p>Algunos franceses me dieron el <i>alto</i>, intimándome a que -saliera; y por las palabras que oí, me juzgué en peligro de ser también -comprendido en la traílla; pero a mí no me importaba la muerte, ni -en tal situación hubiera dejado de mirar a un punto donde creyera -distinguir el semblante de mis dos amigos, aunque me arcabucearan cien -veces. Corrí hacia otro extremo del patio, donde sonaban lamentos y -bullicio de gentío, cuando un anciano se acercó a mí tomándome por el -brazo.</p> - -<p>—¿A quién busca usted? —le dije.</p> - -<p>—¡Mi hijo, mi único hijo! —me contestó—. ¿Dónde está? ¿Eres tú mi -hijo? ¿Eres tú mi Juan? ¿Te han fusilado? ¿Has salido de aquel montón -de muertos?</p> - -<p>Comprendí por su mirada y por sus palabras que aquel hombre estaba -loco, y seguí adelante. Otro se llegó a mí y preguntome a su vez que a -quién buscaba. Contele brevemente la historia, y me dijo:</p> - -<p>—Los que fueron presos en el barrio de Maravillas no han venido -aquí ni a la casa de Correos. Están en la Moncloa. Primero los -llevaron a San Bernardino, y a estas horas...<span class="pagenum" -id="Page_274">p. 274</span> Vamos allá. Yo tengo un salvoconducto de un -oficial francés, y podremos salir.</p> - -<p>Salimos, en efecto, y en el Prado aquel hombre corrió desalado -y le perdí de vista. Yo también corrí cuanto me era posible, pues -mis fuerzas, a tan terribles pruebas sometidas por tanto tiempo, -desfallecían ya. No puedo decir qué calles pasé, porque ni miraba a mi -alrededor, ni tenía entonces más ojos que los del alma para ver siempre -dentro de mí mismo el espectáculo de aquella gran tragedia. Solo sé que -corrí sin cesar; solo sé que ninguna voz, ninguna queja que sonasen -cerca de mí me conmovían ni me interesaban; solo sé que mientras más -corría, mayores eran mi debilidad y extenuación, y que al fin, no sé -en qué calle, me detuve apoyándome en la pared cercana, porque mi -cuerpo se caía al suelo y no me era posible dar un paso más. Limpié -el sudor de mi frente; parecíame que se había acabado el aire, y que -el suelo se deslizaba también bajo mis pies, que las casas se hundían -sobre mi cabeza. Recuerdo haber hecho esfuerzos para seguir; pero no -me fue posible, y por un espacio de tiempo que no puedo apreciar, solo -tinieblas me rodearon, acompañadas de absoluto silencio.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch33"> - <p><span class="pagenum" id="Page_275">p. 275</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXXIII</h2> -</div> - -<p>Durante mi desvanecimiento, hijo de la extenuación, traje a la -memoria las arboledas de Aranjuez, con sus millares de pájaros -charlatanes, aquellas tardes sonrosadas, aquellos paseos por los bordes -del Jarama y el espectáculo de la unión de este con el Tajo. Me acordé -de la casa del cura; parecíame ver la parra del patio y los tiestos de -la huerta, y oír los chillidos de la tía Gila, riñendo formalmente con -las gallinas porque sin su permiso se habían salido del corral. Se me -representaba el sonido de las campanas de la iglesia, tocadas por los -cuatro muchachos o por el ingrato padre. La imagen de Inés completaba -todas estas imágenes, y en mi delirio no me parecía que estaba la -desgraciada joven junto a mí, ni tampoco delante, sino dentro de mi -propia persona, como formando parte del ser a quien reconocía como -yo mismo. Nada estorbaba nuestra felicidad, ni nos cuidábamos de lo -porvenir, porque abandonada a su propio ímpetu la corriente de nuestras -almas, se habían juntado al fin Jarama y Tajo, y mezcladas ambas -corrientes cristalinas, cavaban en el ancho cauce de una sola y fácil -existencia.</p> - -<p>Sacome de aquel estado soñoliento un fuerte<span class="pagenum" -id="Page_276">p. 276</span> golpe que me dieron en el cuerpo, y no -tardé en verme rodeado de algunas personas, una de las cuales dijo, -examinándome de cerca: «Está borracho.»</p> - -<p>Creí reconocer la voz del licenciado Lobo, aunque, a decir verdad, -aún hoy no puedo asegurar que fuera él quien tal cosa dijo. Lo que sí -afirmo es que uno de los que me miraban era Juan de Dios.</p> - -<p>—¿Eres tú, Gabriel? —me dijo—. ¿Cómo estás por los suelos? ¡Bonito -modo de buscar a la muchacha! No está en el Retiro ni en el Buen -Suceso. El señor licenciado me ayuda en mis pesquisas, y estamos -seguros de encontrarla, y aun de salvarla.</p> - -<p>Estas palabras las oí confusamente, y después me quedé solo, o -mejor dicho, acompañado de algunos chicuelos que me empujaban de acá -para allá jugando conmigo. No tardé en recobrar, con el completo uso -de mis facultades, la idea perfecta de la terrible situación, solo -olvidada durante un rato de marasmo físico y de turbación mental. Oí -distintamente las dos en un reloj cercano, y observé el sitio en que me -encontraba, el cual no era otro que la plazuela del Barranco, inmediata -a los Caños del Peral. Contemplar mental y retrospectivamente cuanto -había pasado; medir con el pensamiento la distancia que me separaba -de la Montaña, y correr hacia allá, todo pasó en el mismo instante. -Sentíame ágil; la desesperación aligeraba tanto mis pasos, que en -poco tiempo llegué al fin de mi viaje; y en la portalada que daba a -la huerta del Príncipe Pío vi<span class="pagenum" id="Page_277">p. -277</span> tanta gente curiosa, que era difícil acercarse. Yo lo -hice, a pesar de los obstáculos, y habría sido preciso matarme para -hacerme retroceder. Las mujeres allí reunidas daban cuenta de los -desgraciados que habían visto penetrar para no salir más. Desde luego -quise introducirme, e intenté conmover a los centinelas con ruegos, -con llantos, con razones, hasta con amenazas; Pero mis esfuerzos eran -inútiles, y cuanto más clamaba, más enérgicamente me impelían hacia -afuera. Después de forcejear un rato, la desesperación y la rabia me -sugirieron estas palabras que dirigí al centinela:</p> - -<p>—Déjeme entrar. Vengo a que me fusilen.</p> - -<p>El centinela me miró con lástima, y apartome con la culata de su -fusil.</p> - -<p>—¡Tienes lástima de mí —continué— y no la tienes de los que busco! -No, no tengas lástima. Yo quiero entrar. Quiero ser arcabuceado con -ellos.</p> - -<p>Fui nuevamente rechazado; pero de tal modo me dominaba el deseo -de penetrar, y tan terriblemente pesaba sobre mi espíritu aquella -horrorosa incertidumbre, que la vida me parecía precio mezquino para -comprar el ingreso de la funesta puerta, tras la cual agonizaban o se -disponían a la muerte mis dos amigos.</p> - -<p>Desde fuera escuchaba un sordo murmullo, lúgubre concierto de -plegarias dolorosas y de violentas imprecaciones. Tan pronto me -apartaba de la puerta como a ella volvía a suplicar de nuevo, y la -angustia me sugería razones incontestables para cualquiera, menos -para los franceses. Ya golpeaba la pared con mi cabeza.<span -class="pagenum" id="Page_278">p. 278</span> Ya clavábame las uñas en -mi propio cuerpo hasta hacerme sangre; medía con la vista la altura de -la tapia, aspirando a franquearla de un vuelo; iba y venía sin cesar, -insultando a los afligidos circunstantes, y miraba el negro cielo, por -entre cuyos apelmazados celajes creía distinguir, danzando en veloz -carrera, una turba de mofadores demonios.</p> - -<p>Suplicaba otra vez al centinela, diciéndole:</p> - -<p>—¿Por qué no me fusiláis? ¿Por qué no entro, para que me maten con -mis amigos? ¡Asesinos de Madrid! ¿Sabéis para qué quiero yo a vuestro -Emperador? Para esto.</p> - -<p>Y escupía con rabia a los pies de los soldados, que sin duda me -tenían por loco. Luego, concibiendo una idea que me parecía salvadora, -registré ávidamente mis bolsillos, como si en ellos encerrase un -tesoro, y sacando la navaja de Chinitas, que aún conservaba, exclamé -con febril alegría:</p> - -<p>—¡Ah! ¿No veis lo que tengo aquí? Una navaja, un cuchillo aún -manchado de sangre. Con él he matado muchos franceses, y mataría al -mismo Napoleón I. ¿No prendéis a todo el que lleva armas? Pues aquí -estoy. Torpes: habéis cogido a tantos inocentes, y a mí me dejáis -suelto por las calles... ¿No me andábais buscando? Pues aquí estoy. -Ved, ved el cuchillo: aún gotea sangre.</p> - -<p>Tan convincentes razones me valieron el ser aprehendido, y al -fin penetré en la huerta. Apenas había dado algunos pasos hacia las -personas que confusamente distinguía delante de mí, cuando un vivo -gozo inundó mi alma.<span class="pagenum" id="Page_279">p. 279</span> -Inés y D. Celestino estaban allí, ¡pero de qué manera! En el momento -de entrar yo, a ambos les ataban, como eslabones de la humana cadena -que iba a ser entregada al suplicio. Me arrojé en sus brazos, y por un -momento, estrechados con inmenso amor, los tres no fuimos más que uno -solo. Inés empezó a llorar amargamente; mas el clérigo conservaba su -semblante sereno.</p> - -<p>—Desde que le has visto, Inés, has perdido la serenidad —dijo -gravemente—. Ya no estamos en la tierra. Dios aguarda a sus queridos -mártires, y la palma que merecemos nos obliga a rechazar todo -sentimiento que sea de este mando.</p> - -<p>—¡Inés! —exclamé con el dolor más vivo que he sentido en toda mi -vida—. ¡Inés! Después de verte en esta situación, ¿qué puedo hacer sino -morir?</p> - -<p>Y luego, volviéndome a los franceses ebrio de coraje, y sintiéndome -con un valor inmenso, extraordinario, sobrehumano, exclamé:</p> - -<p>—Canallas, cobardes, verdugos, ¿creéis que tengo miedo a la muerte? -Haced fuego de una vez y acabad con nosotros.</p> - -<p>Mi furor no irritaba a los franceses, que hacían los preparativos -del sacrificio con frialdad horripilante. Lleváronme a presencia de -uno, el cual, después de decirme algunas palabras, me envió ante otro, -que al fin decidió de mi suerte. Al poco rato me vi puesto en fila -junto al clérigo, cuya mano estrechó la mía.</p> - -<p>—¿Cuándo te cogieron? ¿Te encontraron algún arma, desgraciado? —me -dijo—. Pero no<span class="pagenum" id="Page_280">p. 280</span> es -esta ocasión de mostrar odio, sino resignación. Vamos a entrar en nueva -y más gloriosa vida. Dios ha querido que nuestra existencia acabe en -este día, y nos ha dado el laurel de mártires por la patria, que todos -no tienen la dicha de alcanzar. Gabriel, eleva tu mente al Cielo. Tú -estás libre de todo pecado, y yo te absuelvo. Hijo mío, este trance -es terrible; pero tras él viene la bienaventuranza eterna. Sigue el -ejemplo de Inés. Y tú, hija mía, la más inocente de todas las víctimas -inmoladas en este día, implora por nosotros si, como creo, llegas la -primera al goce de la eterna dicha.</p> - -<p>Sin atender a las razones de mi amigo, yo me empeñaba en hablar -con Inés, en distraerla de su devoto recogimiento, en pretender que -dirigiera a mí las palabras que a Dios sin duda dirigía, en obligarla -a alzar los ojos y mirarme, pues sin esto yo me sentía incapaz de -contrición.</p> - -<p>Un oficial francés nos pasó una especie de revista, examinándonos -uno a uno.</p> - -<p>—¿Para qué prolongáis nuestro martirio? —exclamé sin poderme -contener, viendo sobre mí la impertinente mirada del francés—. Todos -somos españoles, todos somos españoles; todos hemos luchado contra -vosotros. Por cada vida que ahoguéis en sangre, renacerán otras mil que -al fin acabarán con vosotros, y ninguno de los que estáis aquí verá la -casa en que nació.</p> - -<p>—Gabriel, modérate y perdónales como les perdono yo —me dijo el -cura—. ¿Qué te importa esa gente? ¿Para qué les afeas su pasado, -si<span class="pagenum" id="Page_281">p. 281</span> harto lo verán -en el espejo turbio de su conciencia? ¿Qué importa morir? Hijo mío, -destruirán nuestros cuerpos, pero no nuestra alma inmortal, que Dios -ha de recibir en su seno. Perdónalos; haz lo que yo, que pienso pedir -a Dios por los enemigos del Príncipe de la Paz, mi amigo y hasta -pariente; por Santurrias, por el licenciado Lobo, por los tíos de -Inesilla, y hasta por los franceses que nos quieren quitar nuestra -patria. Mi conciencia está más serena que ese cielo que tenemos sobre -nuestras cabezas, y en cuyo horizonte aparece ya la aurora del nuevo -día. Lo mismo están nuestras almas, Gabriel, y en ellas despuntan ya -los primeros resplandores del día sin fin.</p> - -<p>—Ya amanece —dije mirando a oriente—. Inés: no bajes los ojos, por -Dios, y mírame; estréchate más contra nosotros.</p> - -<p>—Procura serenar tu conciencia, hijo mío —continuó el clérigo—. La -mía está serena. No, no he manchado mis manos con sangre, porque soy -sacerdote; me encontraron un cuchillo, mas no era mío. Yo cumplí mi -deber, que era arengar a aquellos valientes, y si ahora me soltaran -acudiría de pueblo en pueblo repitiendo aquello de <i>Dulce et decorum -est</i> del gran latino. Únicamente me arrepiento de no haber advertido -a tiempo al señor Príncipe. ¡Ah! si él hubiera puesto en la cárcel a -aquellos perdidos... tal vez no habría caído, tal vez no habría sido -Rey Fernando VII, tal vez no habrían venido los franceses... tal vez... -Pero Dios lo ha querido así... Verdad es que si yo hubiera vencido -la cortedad de mi genio... si<span class="pagenum" id="Page_282">p. -282</span> yo hubiera prevenido a Su Alteza, que me quería tanto... -¡Ah! no nos ocupemos ya más que de morir y perdonar. ¡Ah, Gabriel! -Haz lo que yo, y verás con qué tranquilidad recibes la muerte. ¿Ves a -Inés? ¿No parece su cara la de un ángel celeste? ¿No la ves cómo está -tranquila en su recogimiento, y digna y circunspecta sin afectación? -¿No la ves cómo contempla a los franceses sin odio, y suspira -dulcemente, animándonos con su mirada?</p> - -<p>—¡Inés —exclamé yo, sin poder adquirir nunca la serenidad que D. -Celestino me pedía—, tú no debes morir, tú no morirás! Señor oficial, -fusiladnos a todos, fusilad al mundo entero; pero poned en libertad a -esta infeliz muchacha, que nada ha hecho. Así como digo y repito y juro -que he matado yo más de cincuenta franceses, digo y repito y juro que -Inés no arrojó a la calle ningún caldero de agua hirviendo, como han -dicho.</p> - -<p>El francés miró a Inés, y viéndola tan humilde, tan resignada, tan -bella, tan dulcemente triste en su disposición para la muerte, no -pudo menos de mostrarse algo compasivo. D. Celestino, viendo aquella -inclinación favorable, se echó a llorar, y dijo también: «todos -nosotros hemos pecado; pero Inés es inocente.» Las lágrimas del anciano -produjeron en mí trastorno tan vivo, que de improviso, a la tirantez -colérica de mi irritado ánimo, sucedió una expansión tranquila, aunque -penosísima; un reblandecimiento, si así puede decirse, de mi dolor -endurecido.</p> - -<p>—Inés es inocente —exclamé de nuevo—. ¿No<span class="pagenum" -id="Page_283">p. 283</span> veis su semblante, señores oficiales? ¡Ah! -sois unos caballeros muy decentes y muy honrados, y no podéis cometer -la villanía de asesinar a esta niña.</p> - -<p>—Nosotros no valemos para nada —dijo el clérigo con voz -balbuciente—. Mátennos en buen hora, porque somos hombres, y el que -más y el que menos... Pero ella... señores militares... Me parece que -son ustedes unas personas muy finas... pues... ¡Ah! Inés es inocente. -No tienen ustedes conciencia; ¿no tienen en su corazón una voz que les -dice que esa jovencita es inocente?</p> - -<p>El oficial, más inclinado a la compasión, pareció hasta conmovido. -Acercándose, miró a Inés con interés.</p> - -<p>Mas la huérfana se abrazó a nosotros en el momento en que los -granaderos formaron la horrenda fila. Yo miraba todo aquello con ojos -absortos, y sentíame nuevamente aletargado, con algo como enajenación o -delirio en mi cabeza.</p> - -<p>Vi que se acercó otro oficial con una linterna, seguido de dos -hombres, uno de los cuales nos examinó ansiosamente, y al llegar a -Inés, parose y dijo: «Esta.»</p> - -<p>Era Juan de Dios, acompañado del licenciado Lobo y de aquel mismo -oficial francés que varias veces le visitó en nuestra tienda.</p> - -<p>Lo que entonces pasó se me representa siempre en formas vagas, como -las que pasea la mentirosa fiebre ante nuestros ojos cuando estamos -enfermos.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch34"> - <p><span class="pagenum" id="Page_284">p. 284</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXXIV</h2> -</div> - -<p>El oficial recién venido y el que antes nos custodiaba hablaron un -instante con precipitación. El segundo dirigiose en seguida a desatar a -Inés para entregarla a su amigo. ¡Momento inexplicable! Inés no quería -separarse de nosotros, y abrazándonos, se aferraba a la muerte con -sus manos ya libres. Un violento, un irresistible egoísmo, que hundía -sus poderosas raíces hasta lo más profundo de mi ser, se apoderó de -mí. No sé qué íntima fuerza desarrollada de súbito me permitió romper -la ligadura de un brazo, y pude asir fuertemente a Inés, mientras con -angustiosa impaciencia miraba los fusiles del pelotón de granaderos.</p> - -<p>¡Instante terrible, cuyo recuerdo hiela la sangre en las venas y -paraliza el corazón, simulando la muerte! Aunque la infeliz quería -compartir nuestra suerte, la tardía compasión de nuestros asesinos nos -la quitaba. Ella, durante la breve lucha, dijo algo que no sé recordar. -Yo también pronuncié palabras de que hoy no puedo darme cuenta. Pero -nos la quitaron: no olvidé nunca la extraña sensación que experimenté -al perder el calor de sus manos y de su cara. Yo estaba como loco. Pero -la vi claramente cuando se la llevaron, cuando desapareció de entre las -filas, arrastrada, sostenida, cargada por Juan de Dios.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_285">p. 285</span>Y al ver esto -sentí un estruendo horroroso; después un zumbido dentro de la cabeza, -y un hervidero en todo el cuerpo; después un calor intenso, seguido -de penetrante frío; después una sensación inexplicable, como si algo -rozara por toda mi epidermis; después un vapor dentro del pecho que -subía invadiendo mi cabeza, una debilidad incomprensible que me hacía -el efecto de quedarme sin piernas; después una palpitación vivísima -en el corazón, y un súbito detenimiento en el latido de esta víscera; -después la pérdida de toda sensación en el cuerpo, y en el busto, -y en el cuello, y en la boca, la inconsciencia de tener cabeza, la -absoluta reconcentración de todo yo en mi pensamiento; después unas -como ondulaciones concéntricas en mi cerebro, parecidas a las que forma -una piedra cayendo al mar; después un chisporroteo colosal que difundía -por espacios mayores que cielo y tierra juntos la imagen de Inés en -doscientos mil millones de luces... oscuridad profunda, misteriosamente -asociada a un agudísimo dolor en las sienes... un vago reposo, una -extinción rápida, un olvido creciente, invasor, y, por último, nada, -absolutamente nada.</p> - -<p class="smaller mt2">Madrid, julio de 1873.</p> - - -<p class="fin">FIN DE «EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO»</p> - -<hr class="chap" /> - - -<hr class="full" /> - -<div lang='en' xml:lang='en'> -<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO</span> ***</div> -<div style='text-align:left'> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Updated editions will replace the previous one—the old editions will -be renamed. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. -</div> - -<div style='margin:0.83em 0; font-size:1.1em; text-align:center'>START: FULL LICENSE<br /> -<span style='font-size:smaller'>THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE<br /> -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK</span> -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -To protect the Project Gutenberg™ mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase “Project -Gutenberg”), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg™ License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg™ electronic works -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg™ -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or -destroy all copies of Project Gutenberg™ electronic works in your -possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a -Project Gutenberg™ electronic work and you do not agree to be bound -by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the person -or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.B. “Project Gutenberg” is a registered trademark. It may only be -used on or associated in any way with an electronic work by people who -agree to be bound by the terms of this agreement. 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