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-The Project Gutenberg eBook of El paraíso perdido, by John Milton
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: El paraíso perdido
-
-Author: John Milton
-
-Translator: Cayetano Rosell
-
-Illustrator: Gustave Doré
-
-Release Date: January 3, 2022 [eBook #67092]
-
-Language: Spanish
-
-Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading
- Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from
- images generously made available by The Internet
- Archive/Universidad de Sevilla.)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PARAÍSO PERDIDO ***
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
- convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos.
-
- * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
-
- * Se han desplazado muy ligeramente algunas ilustraciones para que no
- interrumpan un párrafo.
-
- * Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final
- del libro.
-
- * Las páginas en blanco han sido eliminadas.
-
-
-
-
- EL
- PARAÍSO PERDIDO
- POR
- JOHN MILTON
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
- EL
- PARAÍSO PERDIDO
-
- POR
- JOHN MILTON,
-
- SEGÚN EL TEXTO DE LAS EDICIONES MÁS AUTORIZADAS
-
- NUEVA TRADUCCIÓN DEL INGLÉS, ANOTADA Y PRECEDIDA DE LA VIDA DEL AUTOR
- por
- DON CAYETANO ROSELL,
-
- ILUSTRADA POR
- GUSTAVO DORÉ
-
- CON CINCUENTA MAGNÍFICAS LÁMINAS GRABADAS SOBRE BOJ
-
-
- BARCELONA
- ----
- MONTANER Y SIMÓN, EDITORES
- CALLE DE CASANOVA, NÚMERO 8
- 1873.
-
-
-
-
- Esta traducción es propiedad de los editores, quienes perseguirán
- ante la ley a quien intentare reimprimirla.
-
- Se reservan también los mismos derechos respecto a la ilustración que
- acompaña a la obra, por ser únicos propietarios de ella en España.
-
-
-
-
- VIDA DE JUAN MILTON
- POR
- ROBERTO VAUGHAN
-
-
-En los principios del reinado de Isabel vivía en Holton, pueblo de
-Oxfordshire, o cerca de él, uno de los mejores hacendados que se
-llamaba Milton. Parece que un antecesor suyo fue hombre de cierta
-posición entre las personas visibles de aquella tierra, pero que
-habiendo abrazado la causa de los vencidos en las guerras de las Rosas,
-se vio reducido a muy triste condición. El Milton de que hemos hablado
-envió, sin embargo, a su hijo Juan Milton a educarse en Oxford. El
-padre se adhirió al partido vencedor antes de la Reforma: el hijo,
-mientras estaba estudiando en Christchurch, renunció a la fe de sus
-mayores y se hizo protestante; por lo cual su padre le desheredó, y
-rompió con él abiertamente.
-
-Pero aunque el joven Milton quedó realmente por este motivo,
-abandonado, no parece que se desanimara, pues vemos que dejando a
-Oxford algunos años después, figura en Londres, donde se colocó en
-casa de un escribano, o curial como decimos ahora, con el propósito
-de obtener un oficio público. Casose por los años de 1600, y si damos
-crédito a Philips, nieto de este ciudadano ya establecido, su mujer
-fue «de la familia de los Castons, originaria del país de Gales;» y
-siendo esto así, Juan Milton el poeta, como fruto de este matrimonio,
-debió llevar lo mismo que Shakespeare, algo de sangre céltica en
-sus venas, y en su ardiente temperamento algo también del fogoso y
-emprendedor carácter de un pueblo a quien describe «como una antigua y
-altiva raza,» de cuyas añejas e interesantes ficciones estuvo siempre
-prendado. Pero Antonio Wood dice, refiriéndose a Aubrey, que conoció
-aquella familia, que la madre del poeta fue «Sara, de la antigua casa
-de los Bradshaws.» Nosotros, sin embargo, nos inclinamos a creer que
-aunque Philips no sea, digámoslo así, testigo tan abonado como Aubrey,
-no había de haberse equivocado en punto tan peculiar a la historia
-de la familia, sobre todo habiéndose propuesto escribir la vida de
-Milton. Mistress Philips, hermana del poeta, indudablemente debía saber
-cómo se llamaba su madre cuando soltera. Posible es, no obstante, que
-tanto Philips como Aubrey tengan razón. La abuela de Milton por parte
-de madre pudo muy bien llamarse Bradshaws, y estar casada con Caston;
-y siendo así, la relación de los Miltons con los Bradshaws no era
-quimérica. Además es muy difícil que ni Philips ni Aubrey hubieran
-tan positivamente afirmado lo que aseguran, sin bastantes pruebas,
-y en este punto no tenemos necesidad de suponer lo que ellos dan
-como cierto. Philips, como realista que fue siempre, no se cuidaría
-de realzar mucho el nombre de Bradshaws, y Aubrey participaría, por
-la inversa, del mismo sentimiento. Andando el tiempo después de
-este matrimonio, la casa de los Bradshaws radicó en el Lancashire y
-Cheshire, en cuyos condados no era raro que emparentasen con los Welsh.
-
-De este matrimonio nacieron seis hijos, tres de los cuales murieron
-en la infancia; de los otros que quedaron, fue uno Juan el poeta,
-que nació en Londres, en Bread-Street, el 9 de septiembre de 1608,
-criándose con una hermana algo mayor en edad que él, y con un
-hermano que tenía siete años menos. La residencia de esta familia
-durante los primeros años de Milton fue en el centro de la ciudad,
-siendo Bread-Street una calle que partía de la de Cheapside. La casa
-se distinguía de las demás por la enseña o muestra, del _Águila
-desplegando las alas_, puesta sobre la puerta, distintivo que en
-aquellos tiempos, y sobre todo en las casas de negocios, equivalía a lo
-que los números ahora. Del Bread-Street de las juventudes de Milton no
-queda el menor vestigio; desapareció completamente de resultas de un
-gran incendio en 1666; pero se edificaron nuevas casas en los antiguos
-solares, de manera que la calle quedó la misma; y cuando pasamos por
-ella cerramos los ojos a las actuales construcciones, y nos figuramos
-aquellos altos edificios de madera y yeso, pintados muy primorosamente,
-cuyos pisos bajos, pesados y sombríos, se destinaban a las oficinas, y
-los superiores para habitación de las familias, aun en el caso, que era
-lo más común, de que fuesen ricas.
-
-Dice Milton de su padre, con cierto orgullo que le honra mucho, que
-«era un hombre de la más cabal integridad.» Más adelante añade: «Desde
-mis primeros años y por la infatigable diligencia y cuidado de mi padre
-(a quien Dios tenga en el cielo), me ocupé en el estudio de las lenguas
-y de algunas ciencias, conforme a mi edad, y con varios maestros y
-profesores, así en mi casa como en las escuelas.» Y por último concluye
-diciendo: «Mi padre me destinó cuando era pequeño al estudio de las
-humanidades, y tanto en la escuela de gramática, como en casa, hizo
-que diariamente se me instruyese.» Sabemos también, porque lo afirman
-otros, que Milton el padre fue un hombre de grande instrucción, y no
-solo aficionado a la música, sino excelente compositor. Algunos cantos
-escritos por él se conservan aún entre nuestra música de iglesia, y
-en su tiempo se oía también tararear algunos en bocas de las niñeras.
-Aubrey le califica de «hombre ingenioso,» y su nieto Philips recuerda
-que a pesar de lo enfrascado que estaba en los negocios, sabía hurtar
-algún tiempo para distraerse en aquel entretenimiento. Vivió hasta edad
-muy avanzada, pues contaba al morir ochenta y cuatro años. En cuanto a
-la compañera que le ayudó a sobrellevar los cuidados de la vida, Milton
-escribe que «era una excelente madre, conocida en la vecindad por su
-buena índole y espíritu caritativo.»
-
-El ministro de la parroquia en que estaba comprendida Bread-Street,
-era hombre de alguna distinción entre el clero puritano, y en casa de
-Milton reinaban costumbres que no desdecían del sentimiento religioso;
-sin embargo, no tenemos razón ninguna para suponer que Milton fuese un
-fanático ni hiciese extremada ostentación de las prácticas piadosas.
-El espíritu grave y religioso de que tan evidentes muestras dio en sus
-postreros días, fue característico en él desde sus primeros años; pero
-el puritanismo que pública y privadamente profesaba no tenía nada de
-adusto ni repulsivo. Llevaba siempre el cabello largo, de tal manera,
-que a juzgar por este indicio, más tenía de caballero que de cabeza
-redonda[1]. Era muy dado a la lectura de Shakespeare, que ni en su
-lengua ni en ninguna otra podía darse poesía más acomodada a su genio.
-Pertenecía, en fin, al partido puritano, en cuanto el puritanismo
-representa la religión y la libertad; pero no iba más allá.
-
-Tenemos datos para asegurar que el talento de Milton comenzó a
-desarrollarse muy temprano, pues a la edad de diez años, su familia
-se admiraba ya de que fuese un muchacho tan despierto, y se leían con
-asombro los versos que ya por entonces componía. En aquellos tiempos
-religiosos, nada más natural que el propósito de sus padres de que el
-joven se consagrase a la Iglesia. Milton mismo refiere que tales eran
-las intenciones que se tenían respecto a él, y que por aquel mismo
-rumbo se encaminaba su inclinación; y sin duda con esta mira, fue
-enviado a la escuela de gramática de San Pablo, establecimiento muy
-floreciente entonces, y distante unos cinco minutos de donde vivía.
-Cosa de diez años tendría Milton, cuando de la enseñanza doméstica
-pasó a frecuentar una escuela pública; y el ardor con que se dedicó
-a los estudios en aquellas aulas, él mismo nos lo encarece. Hablando
-de las humanidades, por cuyo estudio su padre le sacó de casa, dice:
-«Con tanto afán las tomé, que desde los doce años no dejaba los libros
-para acostarme antes de media noche, y esta fue la primera causa de mi
-padecimiento de la vista, a cuya debilidad natural se unían frecuentes
-dolores de cabeza; con lo que cada vez más embebecido en el estudio,
-no lo dejaba de la mano, ni en el aula a que asistía, ni con los
-maestros que tenía en casa. Luego que hube aprendido varias lenguas y
-me aficioné algún tanto a las dulzuras de la filosofía, me enviaron a
-Cambridge.» Esto mismo aseguran Aubrey y Philips, hablando de él, y por
-su parte lo confirma Wood. Así pasó Milton de la niñez a la juventud, y
-este tributo de agradecimiento rindió al celo y liberalidad con que su
-padre fomentó sus buenas disposiciones. Copiaremos aquí las siguientes
-palabras que dirigió al mismo autor de sus días en una poesía latina:
-«Cuando por vuestra generosidad saludé la elocuencia de la lengua de
-Rómulo y las delicias del Lacio, y oí las sublimes palabras que salían
-de los labios de Jove, proferidas por los griegos magnilocuentes, me
-_previnisteis_ que añadiese las flores que son ornamento del galo, y el
-habla que los nuevos italianos, introduciendo barbarismos en su idioma,
-sacan de su boca degenerada, y los misterios que pronuncia el profeta
-de Palestina.» ¡Dichoso el joven a quien su padre enriquecía con tales
-conocimientos, y que tan grata memoria conservaba de la casa en que se
-educó!
-
-En su vida escolar Milton parece que fue también muy afortunado. Mr.
-Gill, director a la sazón de la escuela de San Pablo, era un hombre muy
-apto para la profesión del magisterio, y tenía un hijo que por algún
-tiempo estuvo de auxiliar en la escuela y con quien Milton contrajo una
-estrecha amistad. No era seguramente este joven el que Milton hubiera
-elegido por amigo; no tenía la gravedad que requería aquel cargo, y sus
-modales bruscos y desconcertados le perjudicaban a él tanto como a su
-padre; pero teniendo diez años más que Milton, conocía perfectamente
-los clásicos, había publicado versos griegos y latinos y era tan útil
-a los jóvenes estudiantes, que Milton años adelante se vio obligado a
-hablar de él con mucho agradecimiento. Es de suponer que sometiera a
-la experiencia y criterio del que se consideraba como compañero suyo
-alguno de sus ensayos en verso, y que le debiese estímulos y ayuda en
-las dificultades que le ocurrieran.
-
-El 12 de febrero de 1625 entró Milton en el colegio de Cristo, de
-Cambridge, como «pensionado menor,» que era una posición media entre
-los estudiantes «aventajados,» que pagaban más, y los «inferiores»
-que satisfacían menos. Todos recibían la misma educación, pero la
-diferencia de honorarios que pagaban establecía distinción en sus
-respectivos privilegios. Los estudiantes y agregados del colegio de
-Cristo en aquella época venían a ser unos doscientos cincuenta; los
-de la Universidad se acercaban a tres mil. En el colegio de Cristo
-el profesor más notable era José Meade, conocido entre los teólogos
-por su _Clavis Apocalyptica_ y sus estudios en esta materia, y ahora
-más familiar a los que estudian la Historia de Inglaterra, a causa
-de sus cartas llenas de noticias y anécdotas de aquel tiempo. Muchas
-de estas cartas se han impreso poco ha. Meade podía decir con razón:
-«sé muy bien lo que pasa en el mundo;» y afortunadamente para los que
-le trataban, su ingenio natural estaba siempre pronto a comunicarles
-cuanto a fuerza de afanes adquiría. Era, por decirlo así, un periódico
-ambulante en aquel colegio; y si los que estaban en él ignoraban algo
-de lo que acontecía en el parlamento, en la corte o fuera de ella, a
-su poca solicitud debían atribuirlo. Seguros estamos de que Milton
-no incurriría en tal falta. Otro profesor del colegio de Cristo era
-Guillermo Chappell que durante algún tiempo fue maestro de Milton.
-Chappell sabía disputar en latin, según la moda escolástica que privaba
-aún, con mucha sutileza y facilidad; pero en materias eclesiásticas era
-de la escuela de Laud, y no parece que poseía las mejores disposiciones
-para inspirar profundidad e independencia a los entendimientos.
-
-La permanencia de Milton en Cambridge duró por espacio de siete años,
-desde 1625, en que él tenía diez y siete de edad, hasta 1632 en que
-cumplió veinte y tres. Bajo el aspecto de los negocios públicos
-aquellos años fueron memorables. Jacobo I había muerto; Carlos había
-continuado sus luchas con el Parlamento, y determinádose por fin a
-dar el arriesgado paso de gobernar a Inglaterra, sin contar con las
-Asambleas. A la guerra con España se había añadido la de Francia,
-que después de ocasionar una y otra en el país mil trastornos y
-calamidades, tuvieron un éxito desgraciado. El duque de Buckingham
-había caído bajo el puñal de Felton, y el gobierno vino a parar a manos
-de Carlos y Laud. Resonaban ya en los oídos del pueblo los nombres de
-los jefes de los Comunes, los Eliots, los Cokes y los Seldens, y la
-persecución de que eran objeto los hombres de aquella clase excitaba
-donde quiera murmuraciones de toda especie. Los principales de entre
-los parlamentarios circulaban mil pronósticos respecto al estado de los
-negocios, que a la sazón, según decían, no iban tan mal como antes: de
-todos modos no puede recordarse sin satisfacción que aquellos hombres
-consignasen la petición de derechos en nuestro código político, como
-punto que había de hacer época en nuestra historia constitucional.
-
-Los sucesos que en este intervalo ocurrieron en Cambridge, no merecen
-especial mención. La elección de Buckingham para el cargo de Canciller,
-secundando los deseos del rey, produjo en la mitad de la Universidad
-un sentimiento de humillación, y predispuso a la otra a demostraciones
-de adulación que tuvieron no poco de ridículo. Entonces, o poco
-después, se verificó la instalación de Su Gracia con todos los honores
-y oficiosidades que en aquella ocasión parecieron oportunas. Y a
-consecuencia de esto el Rey y la Reina favorecieron a la Universidad
-con su visita, haciéndose alarde entonces de un servilismo de fidelidad
-que no podía engañar a los que veían la realidad de las cosas.
-
-La serie de estudios que se daban cuando Milton estaba en Cambridge,
-constituía un período de transición entre las antiguas formas de
-la Edad media, y lo que con el tiempo se había ido progresando.
-En la enseñanza de las matemáticas, la fama de la Universidad era
-nula, pues hasta unos treinta años después de haber salido Milton
-de ella no hubo cátedra particular de aquella ciencia. Explicábanse
-elementos de geometría, pero se daba el primer lugar a la filología,
-la teología y la filosofía, refiriéndose principalmente esta última
-a la lógica y la metafísica. Dábanse las lecciones por profesores
-de la Universidad, a las que asistían con más o menos asiduidad los
-estudiantes de los diferentes colegios. El cargo de profesor en estos,
-aunque se proveía sistemáticamente, no podía sustituir al de los
-profesores universitarios como en tiempos posteriores. Los estudiantes
-de cada colegio estaban divididos en secciones, y estas dirigidas
-respectivamente por distintos profesores. Tanteábase el mérito
-comparativo de los estudiantes no por medio de los exámenes, como
-se acostumbra ahora, sino en los certámenes que sostenían aquellos
-en latin en la capilla del colegio, y estos certámenes en que iban
-turnando todos, pero no muy a menudo, además de las lecciones que daban
-con el profesor y las que privadamente estudiaban, venían a completar
-la rutina que se observaba en la educación universitaria.
-
-Deberíamos suponer, aunque sin testimonio directo para ello, que
-Milton adquirió crédito en todas las clases con sus profesores, que
-sostuvo con lucimiento los certámenes de la capilla, y que no se
-mostró desidioso en su estudio privado. No tenemos, sin embargo, datos
-auténticos para afirmar nada de esto, pero estamos en libertad de
-presumirlo, además de que para nosotros es de todo punto evidente.
-Su sobrino Philips dice que «por su extraordinaria capacidad y por
-la aplicación que había manifestado en los ejercicios hechos por su
-grado,» era «querido y admirado de toda la Universidad, especialmente
-de sus compañeros y las personas de más talento de su casa.» Aubrey
-afirma que «era un estudiante muy aventajado en la Universidad y
-desempeñaba allí todos los actos con extraordinario aplauso.» Wood
-encarece aún más su alabanza, añadiendo que durante sus estudios, tres
-años antes, y lo mismo en el colegio, «acostumbraba a estarse hasta
-media noche encima de los libros, lo cual fue la primitiva causa de que
-sus ojos comenzasen a cegar;» pues «se dedicaba con infatigable empeño
-al estudio en que tanto aprovechó, y desempeñaba los actos así del
-colegio como los académicos, con admiración de todo el mundo, siendo
-además un joven muy virtuoso y sobrio; bien que muy persuadido de lo
-que era.» En 1642 uno de sus contrincantes le pinta como uno de los que
-más alborotaban la Universidad, de manera que al fin, «fue expulsado de
-ella.» Y a esto replica Milton: «Por esta gratuita mentira, que hubiera
-podido ser creíble en otro tiempo, le doy las gracias, pues me ha dado
-con ella ocasión para mostrarme públicamente y de todo mi corazón
-agradecido a las extraordinarias consideraciones que se me guardaron
-sobre todos mis iguales, y a la benevolencia de todos aquellos hombres
-tan doctos, profesores del colegio en que viví algunos años, los cuales
-al salir de allí, después de tomar dos grados, como era costumbre,
-expresaron de diferentes maneras cuánta mayor satisfacción les hubiera
-cabido en que hubiera continuado allí, así como por diferentes
-cartas suyas llenas de afecto y cariñosos recuerdos, antes de aquel
-tiempo y mucho después, pude convencerme de la singular estimación
-que me profesaban.» Debe tenerse presente que estas declaraciones
-se publicaron a los diez años de dejar a Cambridge, cuando los que
-hubieran podido desmentirlas, si no hubieran sido ciertas, vivían en su
-mayor parte.
-
-Tiempo había de venir en que Milton se hiciera públicamente partidario
-del Parlamento, y abogara por las grandes reformas que se habían
-realizado en la Iglesia y el Estado, sin omitir las universidades; y
-nada entonces más natural que sus adversarios hubieran recordado su
-vida universitaria; y dado este caso que podía servir de móvil para
-promover algún escándalo, no solo lo hubieran promovido muchos, sino
-complacídose en exagerarlo. Así aconteció, que hallándose Milton en
-el segundo año, tuvo una disputa con su profesor Chappell en la cual
-medió el doctor Bainbridge; y el resultado parece fue que se obligó a
-Milton a ausentarse por algún tiempo, o que él mismo creyó conveniente
-hacerlo. Pero no duró mucho esta ausencia: ocurrió al terminar la
-Cuaresma de 1626 y no le ocasionó la pérdida del curso. Al regresar se
-halló con otro profesor llamado Tovey.
-
-Pero estos hechos han servido de fundamento a algunas suposiciones.
-El doctor Johnson, consecuente con el espíritu de su crítica respecto
-a Milton, dice: «Hay motivos para creer que Milton no era mirado en
-su colegio con mucho afecto. Que no obtuvo distinción alguna, está
-probado; mas el despego con que se le trató fue algo más que negativo:
-vergüenza nos da referir lo que tenemos por muy cierto, a saber, que
-Milton era uno de los peores estudiantes de una Universidad en que se
-imponía la pública infamia del castigo corporal.» Para nosotros nada
-más infundado que la primera parte de esta aserción, es decir, que
-Milton fuese mirado con despego por las personas de su colegio; y en
-cuanto a la otra insinuación referente al ominoso castigo que pudo
-imponérsele, es no menos improbable. La única razón aparente que hay
-para semejante imputación, se encuentra en los manuscritos de Aubrey.
-Citando como autoridad a Cristóbal Milton, dice el mismo Aubrey que
-nuestro poeta recibió algunos malos tratos de manos de Chappell; y
-sobre la expresión «malos tratos» se encuentra interlineada la de
-«le pegó azotes.» De dónde se sacase este dato, no se sabe; no cabe
-duda que tanto en Cambridge como en Oxford seguían aplicándose estos
-castigos infamantes; pero con menos frecuencia que en tiempos antiguos,
-y sobre todo a jóvenes mayores de diez y seis años. Pues bien: en la
-primavera de 1626 Milton tenía diez y ocho; así que, examinando el caso
-imparcialmente, antójasenos que esta es una de tantas invenciones como
-se echaron a volar contra el escritor que se atrevió a combatir sin
-miramiento ni reparo alguno las preocupaciones y ruindad de los hombres
-de aquella época[2].
-
-Lo evidente es que la juventud de Milton, sin afectar pureza, rectitud
-ni virtudes de ningún otro género, se distinguió por su gravedad y
-por la castidad de sus costumbres. Pero su gravedad era la que debe
-tener todo hombre, sin mezcla alguna de intolerancia ni de altivez.
-En cuanto a su castidad, no solo fue un hecho, sino hecho nacido del
-convencimiento que aún el hombre más puro estimaría como demasiado
-ideal y místico para profesado en un mundo como el nuestro. En su
-opinión la falta de esta virtud era más reprobable en el hombre que en
-la mujer, porque arguye debilidad de naturaleza en quien debe ser más
-fuerte y ejercer más dominio sobre sus pasiones. En sus versos a Hobson
-manifiesta que a veces tenía sus ratos de buen humor, y en la epístola
-a su amigo Diodati, en la primavera de 1626, confiesa que mientras
-estuvo en Londres iba alguna vez a las funciones de los teatros. En
-tiempos posteriores, como le acusasen algunos de sus émulos porque
-escribía como hombre demasiado familiarizado con los espectáculos
-escénicos, creyó deber replicar en los siguientes términos: «Pero desde
-el momento en que se hacía preciso echar mano de los afeites, del
-peluquín o de la carátula que se ven en las comedias ¿no era extraño
-que en el colegio hubiera tantos teólogos o aspirantes a teólogos,
-que subiesen a las tablas y retorciesen y atormentasen sus miembros
-clericales con todas las livianas posturas y gesticulaciones de los
-polichinelas, bufones y payasos, prostituyendo la dignidad de aquel
-ministerio, tuviésenlo o no lo tuvieran, en presencia de los cortesanos
-y de las damas, de los lacayos y de las doncellas? Allí donde ellos
-representaban tan sin escrúpulo entre los otros estudiantes mozos, yo
-era espectador: se creían galanes, y yo los tenía por locos; ellos se
-divertían así, y yo me reía de ellos; ellos disparataban, y yo pasaba
-un mal rato; y cuando daban en afectar aticismo, ellos embrollaban
-un párrafo, y yo los silbaba sin compasión.» Todo parece que se
-refiere a la gran representación que se dio delante del rey y la reina
-en Cambridge en 1629. La descripción indica la idea que Milton pudo
-adquirir del drama, y nos la da asimismo de los estudiantes del colegio
-de Cristo cuando añade, «con otros estudiantes mozos,» y manifiesta el
-desagrado con que vio aquella disparatada representación, hasta que por
-último no pudo reprimirse y soltó una estrepitosa silba.
-
-En resumen, aunque Milton no ejerció el sacerdocio en la Iglesia
-anglicana, no por eso dejó de considerarse como sacerdote bajo
-cierto aspecto. El sacerdocio a que aspiraba era el de la poesía; la
-inspiración que anhelaba era la que recibieron los antiguos profetas,
-inspiración de que se hacían dignos aun siendo seglares, pero que los
-elevaba al goce de los títulos más sagrados. En su concepto, un poeta
-tan excelente como él esperaba que llegaría a ser, debía tener en
-su carácter algo de divino. El cantor de las Bacanales no era mucho
-que se confundiera con las Bacantes; pero un poeta que se remonta en
-su imaginación a cosas celestiales, no puede vagar por la tierra,
-no puede considerarse como terrestre. El mal inseparable de nuestra
-naturaleza le da aptitud para pintar el mal; pero si ha nacido para
-imprimir en los hombres el sentimiento del bien, debe dirigir el vuelo
-a las sublimes regiones donde el bien impera. En todas las artes los
-sentimientos verdaderamente religiosos proceden de hombres religiosos
-también. El genio desprovisto de santidad puede llegar al arca, mas
-no tocar a ella sin profanarla. Por más que uno se distinga en otros
-géneros, si carece de facultades especiales para este, jamás conseguirá
-éxito alguno. En artes, como en religión, el hombre natural no puede
-tratar de asuntos espirituales.
-
-La doctrina admitida es que los hombres de facultades poéticas o
-artísticas son seres dotados de grande imaginación y sensibilidad,
-y por consiguiente se elevarán o descenderán alternativamente a
-impulsos de su capricho, hallándose aun lo moral y lo religioso sujeto
-a esta ley de su naturaleza, o más bien a esta falta de toda ley.
-La vida de Milton no es la única que prueba semejante inconstancia
-e irregularidad: tan persuadido estaba de este defecto, que a él
-precisamente debió la profunda convicción que toda la vida le sirvió
-de norma. Así es que reflexionando sobre esto, escribía: «He llegado a
-adquirir el convencimiento de que si uno, realizando sus esperanzas,
-consigue escribir con acierto cosas dignas de loa, debe ser por sí un
-verdadero poema, es decir, una composición, un dechado de todo lo mejor
-y más honroso, sin creer que pueda celebrar altos hechos de héroes o
-pueblos famosos, mientras no lleve en sí la experiencia o la práctica
-de todo lo que es loable.»
-
-¿Qué extraño, pues, que un joven como el de Cambridge, que pensaba de
-esta manera, y tan juicioso y firme era en sus propósitos, viviese
-en cierto modo apartado de todos los demás? ¿Por qué hemos de
-maravillarnos si se lamentaba de la ausencia de personas que abrigasen
-estos pensamientos o inclinaciones entre los que se hallaban a su
-lado[3]? Que la antipatía y reserva consiguientes a tal aislamiento
-sean prueba evidente de su altiva condición y excesivo amor propio,
-con razón habrá quien lo presuma. En ciertas situaciones, para hacerse
-enemigos, no se necesita más que infundir la sospecha de que a todos
-juzgamos inferiores; y es indudable que por esta causa Milton debió
-sufrir mucho en los primeros tiempos del colegio. En su aspecto
-debía sin duda haber algo de altivez, aunque fuese una apariencia
-que proviniera de otra causa; su amor propio debía ser grande, pero
-natural, inteligente, el que su inteligencia no le vedaba mostrar, aun
-proponiéndose no ocultarlo. Su superioridad era tan verdadera, que
-hubiera sido en él una afectación fingir que no estaba penetrado de
-ella. Todos saben que por su excelente complexión y la belleza de sus
-facciones, se le dio alguna vez el nombre de «la señorita del colegio
-de Cristo.» Pero tampoco se ignora que era diestro en la espada, y Wood
-afirma que «era de afable semblante, de gallardo y varonil continente,
-y animoso y resuelto en sus palabras.» Siendo muy joven, empezó el
-estudio del hebreo. Las primeras poesías que se conservan de su pluma,
-son una paráfrasis de los salmos 114 y 136. Estos ensayos los hizo,
-según confesión propia, a los quince años. En ellos se advierte un tono
-robusto y vigoroso, como el que caracteriza sus escritos posteriores;
-el que sigue en orden de tiempo pertenece a un año después de su
-llegada a Cambridge. Es una poesía titulada: «A la muerte de un hermoso
-niño.» El niño era un hijo de su hermana; los versos manifiestan grande
-imaginación, y están llenos de conceptos y expresiones de que solo
-es capaz un verdadero poeta. Hallamos a continuación el «Tiempo de
-vacaciones,» que se escribió cosa de un año después, y que es sumamente
-interesante como indicio de la facilidad con que el joven poeta
-aplicaba la lógica escolástica y el artificio propio de aquel asunto.
-El himno que viene luego, se titula: «A la mañana del nacimiento de
-Cristo» y es de muy distinto género; es una exuberante exposición
-propia de tal asunto, y a juicio de Mr. Hallam, el himno más bello
-que tiene la lengua inglesa. Se compuso para la Navidad de 1629.
-Síguense otras composiciones «A la Circuncisión» y «A la Pasión;» pero
-al llegar al octavo verso de esta última, el poeta no pasó adelante,
-y algún tiempo después manifestó la razón que tuvo para hacerlo así:
-«Convencido el autor de que este asunto era muy superior a la edad que
-entonces tenía, y no estando satisfecho de la manera con que lo empezó,
-lo dejó interrumpido aquí.» Los críticos han considerado exacto este
-juicio. Sus diez y seis versos «A Shakespeare» se suponen escritos en
-una hoja en blanco de un ejemplar de las obras del gran dramático,
-ejemplar probablemente de la primera edición en folio. En 1632 los
-hallamos con otros del mismo género al principio de la segunda edición
-de las mismas obras, pero se imprimieron anónimos; la circunstancia,
-sin embargo, de su aparición es interesante, por ser los primeros
-versos de Milton que en concepto nuestro se dieron a la imprenta.
-Otros escribió por el mismo tiempo al oír una «Música solemne.» Son
-enteramente del corte de los de Milton.
-
-La marquesa de Winchester era una señora de extremada hermosura,
-muy querida de todo el mundo por su benevolencia, y respetada por
-sus relevantes dotes. Una inflamación de la cara que le bajó a la
-garganta, acabó repentinamente con ella a la sazón que se hallaba
-en cinta. Fue su muerte muy sentida, y con este motivo escribieron
-versos laudatorios a su memoria Ben Jonson, Devenant y otros ingenios
-muy conocidos. Milton insertó también una composición en su corona
-fúnebre con el título de «Epitafio a la marquesa de Winchester.» De
-esta composición únicamente diremos que el joven poeta del colegio de
-Cristo no pudo en esta ocasión competir con los veteranos del arte,
-concluyendo por añadir el soneto que hizo al entrar en «La edad de los
-veintitrés años,» sus versos «Al tiempo» y los dirigidos «A Hobson,»
-para completar el catálogo de las composiciones inglesas más conocidas
-de Milton durante los siete años que residió en Cambridge.
-
-Pero las latinas que compuso mientras fue estudiante, no deben pasarse
-por alto; y si ninguna de ellas se dio por entonces a la imprenta,
-indudablemente consistió en que eran ejercicios de escuela, más bien
-que primicias de su genio poético.
-
-No debió Milton quedar muy satisfecho de la preparación que recibió en
-Cambridge; pero recuérdese que Gibbon tampoco tuvo que agradecer mucho
-en este concepto a la Universidad de Oxford, un siglo después, y que
-lo mismo puede decirse en nuestros tiempos de un hombre tan eminente
-como el poeta Wordsworth. La verdad es que en los mejores colegios y
-en los tiempos más florecientes, el joven cuya educación no pasa de la
-ayuda que pueden prestarle los profesores, consigue muy poca cosa. Algo
-ciertamente debió Milton a su maestro Tovey, pero más, inmensamente
-más al magisterio de la sociedad y de los libros, que fueron los que
-ejercieron influencia en la voluntaria propensión de su naturaleza.
-Las inclinaciones que se desarrollan en el alma están más o menos en
-armonía con las disposiciones de cada cual. Educar el entendimiento, es
-dar dirección a sus facultades, y donde no hay facultades, mal pueden
-ser dirigidas. Todo talento privilegiado debe estar convencido de esta
-verdad; y así sucedió exactamente con el que había de llegar a ser
-autor del PARAÍSO PERDIDO.
-
-No parece que Milton se apresuró mucho a seguir su vocación.
-Tan indeciso estaba en este punto, aun en el postrer año de su
-permanencia en Cambridge, que un amigo cuyo juicio miraba con alguna
-deferencia, parece que le reconvino por aquella indecisión. En una
-carta esmeradamente escrita, trata de vindicarse a sí mismo. Niega
-que se deje llevar exclusivamente de su amor a la ciencia; y aunque
-no existieran motivos más poderosos, bastaban las «consideraciones
-propias y las de familia,» y «las del honor y la reputación,» para
-tener un eficaz estímulo. Pero el amor de la ciencia, que en sí es
-tan provechoso, puede infundir tal respeto a lo que debe hacerse, que
-predisponga a un hombre a arrostrar la nota de ser el último, antes
-que incurrir en la censura de no haberse preparado suficientemente.
-Copió para su amigo el soneto que había escrito al entrar «en la
-edad de veintitrés años,» como una prueba evidente de que no había
-dejado de pensar en aquel asunto; y el amigo entonces cobró fundadas
-esperanzas de verle adoptar el estado eclesiástico. Milton no manifestó
-en esta ocasión repugnancia alguna a hacerse clérigo, pues no tenía
-necesidad de hacerlo; pero hay razones poderosas para presumir que
-ya entonces sentía escrúpulos en este particular, pues contaba con
-motivos bastantes para justificar su conducta sin entrar en los
-pormenores que Laud y los que le servían de instrumentos se esforzaban
-en presentar como otros tantos crímenes. Diez años después prescindió
-ya de reticencias, pues decía, según hemos visto, que sus padres y
-amigos le destinaban «desde niño» a la Iglesia, y que su inclinación
-le encaminaba a lo mismo «hasta que entrando en años más maduros y
-conociendo la tiranía que se había introducido en la Iglesia,» vio
-claramente «que el que se decidiera a recibir las órdenes, debía
-suscribir a ser esclavo, y además a pronunciar votos, que a no tener
-muy ancha la conciencia, equivaldrían a un perjurio o a la ausencia
-de toda fe.» Creyó pues preferible «guardar un silencio vituperable
-antes que prometer lo que llevaba en sí la violencia y la falsedad.»
-Hablaba por consiguiente de sí como de un hombre «excomulgado por los
-prelados» y a quien en cambio asistía el derecho de criticar lo mismo a
-la Iglesia que a sus pastores.
-
-Tenemos motivos para creer que hubo algunos momentos en que Milton
-pensó dedicarse a las leyes; pero sus escritos en prosa y verso
-antes de dejar a Cambridge, sugirieron a sus amigos la sospecha de
-que su vocación era escribir poesías que le diesen fama; y tal a no
-dudarlo era el sueño de su imaginación cuando se dejaba llevar de
-sus ilusiones. A esta idea fue gradualmente acostumbrando también
-la prudente sagacidad de su padre. Hízole presente la pasión que
-este sentía a la música; y ¿qué mucho que hijo de semejante padre se
-hubiese apasionado por la poesía? Sentía llegar a verse contrariado
-en esperanzas que tan empeñadas tenían sus aficiones, porque en su
-concepto las minas de platas del Perú eran nada comparadas con el don
-de producir versos inmortales. Su padre, hombre generoso y cuerdo, le
-ayudó a realizar este anhelo con que vivía, coadyuvando a satisfacer
-esta necesidad de su naturaleza. En tal estado Milton dejó a Cambridge.
-
-Por aquel tiempo el notario se retiró de su oficio, y se estableció en
-el pueblo de Horton, en Buckinghamshire, con la intención al parecer
-de acabar sus últimos días en aquel retiro. Cómo se condujo con su
-hijo durante los cinco postreros años de su vida, él mismo lo declara
-en pocas palabras. «En la residencia, dice, a donde se retiró para
-pasar su vejez, tuve tranquilidad bastante para ocupar largo tiempo
-en el estudio de los autores griegos y latinos, no sin que algunas
-veces reemplazase el campo por la ciudad, ya con el objeto de comprar
-libros, ya con el de adquirir algunas nociones de matemáticas y
-música, que entonces eran todas mis delicias.» En aquellos cinco años
-escribió Milton su soneto al _Ruiseñor_, el _Allegro_ y _Penseroso_,
-los _Arcades_, el _Comus_ y el _Lycidas_. El _Ruiseñor_ está fundado en
-la credulidad de los campesinos, que suponían, si llegaba a sus oídos
-el canto de aquel pájaro en la primavera, antes que el del cuclillo,
-que era señal de prosperidad en amores. En cuanto al _Allegro_ y
-_Penseroso_, no necesitamos repetir que figuran entre nuestros primeros
-idilios poéticos. Los _Arcades_ es una composición incompleta: la parte
-que falta probablemente estaba en prosa. Harefield, residencia de la
-distinguida condesa viuda de Derby, donde pasaba la acción de aquel
-poema dramático, distaba solo unas cuantas millas de Horton; pero no
-hay razón alguna para suponer que Milton fuese conocido de aquella
-familia; lo probable es que la composición fue escrita a ruegos de su
-amigo el músico Enrique Lawes; por lo menos a una excitación semejante
-no dudamos que se debió el origen del _Comus_, del que hablaremos en
-otra parte.
-
-Durante su permanencia en Horton, fue Milton incorporado a la
-Universidad de Oxford, porque en aquel tiempo la agregación de un
-estudiante a cualquiera Universidad, le daba derecho para trasladarse a
-otra y Oxford estaba más próxima a Horton que Cambridge.
-
-En Horton además, y en aquel mismo intervalo, Milton perdió a su
-excelente madre. «Fue sepultada en el presbiterio de la iglesia
-parroquial, y al lado de su sepultura asistió Milton y derramó tiernas
-lágrimas con su desconsolado padre, su hermana y su hermano, al cubrir
-de tierra el ataúd y dirigir su última mirada a la estrecha mansión en
-que todos hemos de parar, cumplidos que sean nuestros días.»
-
-Al fin también de aquellos cinco años de Horton, fue cuando Eduardo
-King, del colegio de Cristo y amigo de Milton, pereció en el canal
-de San Jorge, suceso que inspiró al poeta el canto con el nombre de
-_Lycidas_. El ilustrado joven cuya vida fenecía así a los veinticinco
-años, se dedicaba a la carrera eclesiástica; y Milton censuraba aquel
-propósito como para indicar claramente el disgusto con que veía el
-estado eclesiástico y la esperanza de su amigo de fijar su porvenir en
-él. Cuando se reimprimió este monólogo en 1645, el autor se atrevió
-a expresar todo su pensamiento, y así puso la siguiente advertencia
-a la cabeza de la composición: «En este canto el autor lamenta a su
-sabio amigo, desgraciadamente ahogado en su travesía de Chester al mar
-de Irlanda, en 1637: _Y con este motivo predice la ruina de nuestro
-corrompido clero, que se hallaba entonces en su apogeo_.» Pero había de
-trascurrir aún algún tiempo hasta que se cumpliera esta profecía.
-
-Dos cartas de Milton tenemos escritas por aquella época a su amigo
-Diodati, que nos ponen hasta cierto punto de manifiesto sus costumbres
-y su vida íntima. Asegura a su amigo que tiene poca destreza
-para escribir cartas, y que otra de las causas que influían en su
-negligencia como corresponsal, era su poca habilidad para alternar
-el trabajo con el descanso porque en su opinión y por lo general, el
-dedicarse a una cosa debía ser dedicarse a ella sin interrupción hasta
-dejarla terminada, o hasta que se pudiera tomar algún reposo natural.
-Que bajo cierto aspecto él no se aventuraría a decir lo que Dios podía
-no haberle concedido, pero que un don por lo menos le había inspirado,
-a saber, un ferviente amor a la belleza y un afanoso anhelo de buscarla
-donde quiera que se encontrase. Que estas eran sus aspiraciones, y que
-si no las había realizado con éxito proporcionado a sus esperanzas, su
-postrer esfuerzo debía ser rendir homenaje a aquellos que habían sido
-más afortunados. Confiesa que con este designio había ido templando
-sus alas volando despacio, pero confiando hacerlo con algún tino. No
-debe, sin embargo, suponerse que careciera de toda mira práctica; lejos
-de eso, tenía intenciones de ocupar algún puesto en un colegio de
-abogados, y añade que tendría mucho gusto en ver allí a sus amigos y en
-pasear con ellos las noches de verano por aquellos alrededores.
-
-No creemos fundada la suposición de que obrase a impulsos de este
-pensamiento; otro fue el que por entonces ocupaba toda su imaginación.
-Sus estudios le habían sugerido mil ilusiones de lo pasado, juntamente
-con los recuerdos de los Alpes, la tierra de los Apeninos y los países
-existentes más allá de estas regiones. ¿Qué cosa más natural que el
-deseo de recorrer aquellos países, visitar sus antiguas ciudades, y
-detenerse ante los maravillosos monumentos que en ellos se conservan?
-La quebrantada salud de su madre le había obligado a aplazar la
-realización de estos deseos; mas la circunstancia de que a poco de
-haber muerto, se casó su hermano Cristóbal y pasó a residir en compañía
-de su padre, parece que le permitió poner por obra aquellos proyectos.
-Eran costosos porque había resuelto viajar como un caballero,
-llevando consigo a su criado. Su cariñoso padre es de suponer que
-contrariase menos aquel propósito que algunos otros; ello es que le
-dio su consentimiento, y que en mayo de 1638, Milton cruzó el canal
-haciendo rumbo a París. Había tenido la precaución de procurarse buenas
-recomendaciones, y una de ellas era la de su distinguido vecino Sir
-Enrique Wotton, preboste de Eton. Este señor se había proporcionado
-recientemente un ejemplar del _Comus_ impreso por Enrique Lawes, que
-le agradó sobremanera. En más de una ocasión había hablado también
-con el autor, y asegurádole que el placer que tenía en tratarle le
-hacía esperar que alguna vez beberían una botella juntos, invitándole
-a «hacer penitencia,» cuando «pudieran reunir cierto número de buenos
-autores.» En una carta del anciano y cumplido preboste, se lee esta
-postdata; «Muy señor mío: os envío esta por medio de mi lacayo, para
-anticiparme a vuestra marcha y deciros lo agradecido que quedo a
-vuestra fina carta, que he recibido, interrumpiendo mis quehaceres,
-que no son pocos, y no queriendo valerme del correo ordinario. En
-cualquiera parte que os establezcáis y de que yo tenga noticia, me
-alegraré, y aprovecharé la ocasión de discurrir con vos sobre algunas
-novedades, a fin de mantener viva una amistad que apenas comenzada, se
-ha interrumpido tan inesperadamente.»
-
-Al llegar a París, una de las personas a quienes Milton iba recomendado
-le proporcionó una amistosa entrevista con Lord Scudamore, el embajador
-inglés; y atendiendo a sus distinguidas prendas personales, el joven
-inglés fue presentado al sabio Hugo Grocio, que estaba entonces de
-embajador de la reina de Suecia en la corte de Francia. Nada sabemos de
-lo que pasó en esta entrevista, sino que Grocio dicen que recibió «muy
-amable su visita,» y que conferenció con él muy prevenido en su favor
-por su buen aspecto, y por los elogios que de él se le habían hecho.
-Pero Grocio estaba a la sazón muy ocupado en el ilusorio proyecto
-de consolidar el protestantismo, uniendo las iglesias episcopales
-de aquella creencia en Inglaterra, Suecia, Dinamarca y Noruega,
-prescindiendo de todos los demás protestantes; y si algo se indicó a
-Milton de tan desvariado proyecto, seguros estamos de que su respuesta
-no sería muy satisfactoria.
-
-Milton permaneció en París solo unos cuantos días; de aquí se dirigió
-a Niza, donde se embarcó para Génova y para Liorna. Desde Liorna se
-encaminó por Pisa a Florencia, y en esta última ciudad se detuvo
-dos meses. Era entonces Florencia, como siglos atrás había sido, el
-emporio de la civilización italiana; casi en cada calle tenía una
-academia o club que se componía de estudiantes, poetas, artistas y
-sabios asociados voluntariamente; y a favor de las recomendaciones
-obtenidas en Inglaterra y París, fácilmente fue Milton admitido en las
-más distinguidas de aquellas sociedades. Para merecer este privilegio,
-era necesario presentar alguna producción de su pluma, y así lo hizo
-llevando algunas de las cosas que había escrito en Cambridge, y otras
-que llevó a cabo con aquel objeto. Hablando correcta y fácilmente el
-latin y el italiano, podía conversar de igual a igual con sus nuevos
-amigos, y estas reuniones parece que le fueron sumamente agradables.
-Cuando generosamente abogaba en tiempos posteriores por la libertad de
-la imprenta, decía: «Pudiera referir lo que he visto y oído en otros
-países sujetos a la tiranía de esta especie de inquisición; países en
-que traté con hombres de gran ciencia, que este honor me dispensaron,
-los cuales me contemplaban feliz por haber nacido en tierra de libertad
-filosófica, como suponían que era Inglaterra, al paso que ellos se
-lamentaban de la servil condición en que vivía la ciencia entre ellos;
-que esto había eclipsado la gloria de los ingenios italianos, y que
-nada se había escrito los últimos años en aquel país, sino bajezas
-y fanfarronadas.» Alternando con personas de esta clase, fue Milton
-presentado y pudo hablar al gran filósofo de la época.» «Allí, dice,
-fue donde hallé y visité al famoso Galileo, ya anciano y preso en la
-Inquisición, por pensar en astronomía de distinto modo que pensaban los
-franciscanos y dominicos, árbitros de la ciencia.» ¡Milton y Galileo
-conversando uno con otro, y Galileo en un estado en que el joven temía
-llegar a verse, privado de la luz, enteramente ciego! Mas por entonces
-Milton gozaba de la vista, del esplendor del cielo de Italia, y cuando
-expiraba el día de las brillantes lumbreras que iluminaban así aquellas
-sabias reuniones y círculos de Florencia, porque es evidente que Milton
-halló ingreso en los últimos, y que su corazón, por más reservado que
-fuese, no podía enteramente librarse de la impresión que el encanto
-de aquellos círculos le causaba. Entre sus composiciones se hallan
-algunas escritas en Florencia, versos compuestos en su alabanza, y que
-si no muestran gran genio en sus autores, manifiestan por lo menos muy
-claramente la extraordinaria admiración que se tributó al de Milton.
-
-Desde Florencia tomó el camino de Roma, dirigiéndose por Siena. En
-Roma contrajo desde luego amistad con Lucas Holstenio, el conservador
-de la Biblioteca del Vaticano, sin casi necesidad de recomendación
-alguna. Holstenio había estudiado tres años en Oxford, hecho que
-explica en parte la cortés acogida que Milton recordaba con tanto
-agradecimiento, pero la cortesía se trocó pronto en admiración, así que
-el bibliotecario descubrió la mucha ciencia de aquel extranjero, y se
-convenció de la superioridad del que iba a juzgar de sus conocimientos.
-Tal importancia le concedió, que hizo llegar sus elogios a oídos del
-cardenal F. Barbarini, pariente y primer ministro del Papa. Pocos
-días después el cardenal daba un gran concierto, y entre otras muchas
-personas, invitó al extranjero que tanto había fascinado a Holstenio;
-con cuya ocasión, dice Milton, el cardenal, saliendo hasta la puerta,
-«no solo me buscó entre toda aquella multitud, sino que cogiéndome de
-la mano, me entró dentro con demostraciones las más honrosas.» Todo
-esto, dijo a su amigo Holstenio, era debido sin duda a sus favores.
-En casa del cardenal probablemente oyó Milton cantar a Leonora,
-notable por su juventud y su belleza, y cuya voz y habilidad le daban
-una celebridad superior a todas. Milton demuestra el entusiasmo que
-sintió al oír a aquella sirena, dado que escribió no menos que tres
-composiciones en alabanza de la cantante. Dos romanos, Juan Salsilo y
-Salvaggi, nombres olvidados ya en nuestro tiempo, pero entonces muy
-conocidos, compusieron en loor de Milton versos llenos de hipérboles
-extravagantes; mas los del primero fueron tan estimados del poeta,
-que al saber más adelante que estaba enfermo, le dirigió una sentida
-composición en versos latinos.
-
-Pasado que hubo dos meses en estudiar los monumentos de la antigua
-Roma, y en este íntimo trato con sus actuales moradores, Milton
-emprendió el viaje a Nápoles. En el camino subió a su carruaje un
-ermitaño, que demostró ser hombre de alguna cultura literaria, y
-habiendo quedado prendado del viajero como antes que a él le había
-sucedido a Holstenio, al llegar a Nápoles vio que un hombre de tanto
-mérito no podía estar en aquella ciudad sin ser presentado a Manso,
-marqués de Villa, personaje de gran consideración en aquel país, y
-Mecenas de los talentos en los demás. Todo el que conozca la triste
-historia de Torcuato Tasso debe estar familiarizado con el nombre de
-Juan Bautista Manso, su constante y generoso amigo. Manso rayaba a la
-sazón en los ochenta años: recibió con mucha finura a Milton, y el
-resultado de esta entrevista lo dice el hecho de haberse constituido
-personalmente en guía del joven estudiante por todos los sitios que
-ofrecían algún interés en Nápoles y sus alrededores. «Yo le merecí,
-dice Milton, todo el tiempo que permanecí allí las más benévolas
-atenciones. Me acompañaba a los diferentes puntos de la ciudad, yendo
-a buscarme al palacio del virrey, y repetidas veces a mi casa para
-visitarme. Al despedirme, me pidió mil perdones, por no haber podido
-dispensarme más atenciones como lo deseaba, a causa de no haber
-disimulado yo mis sentimientos religiosos.» Milton había resuelto al
-salir de su casa no mezclarse para nada en cuestiones religiosas, a
-no ser que otros las provocasen; pero esta precaución parece que no
-fue bastante para preservarle de algunas inconveniencias, a veces
-hasta peligrosas, pues cuando pensaba volver a Roma, le advirtieron
-algunos mercaderes de Nápoles, que por ciertas cartas habían sabido lo
-preparados que estaban contra él los jesuitas ingleses, si otra vez
-se presentaba en aquella ciudad. Pero tenía que volver, y no hubiera
-desistido de su vuelta, porque manejaba bien la espada, y nada tenía
-que temer si se empeñaba un lance de hombre a hombre.
-
-En Nápoles fue donde llegaron a sus oídos graves noticias sobre el
-conflicto que había surgido en Inglaterra entre el soberano y sus
-vasallos. Su deseo era haber ido a Sicilia y después a Grecia, pero
-en virtud de aquellas novedades, escribe: «Consideraba una deshonra
-que mientras mis compatriotas estaban combatiendo en mi país por la
-libertad, yo estuviese viajando por el extranjero por mi gusto, y
-con un objeto puramente intelectual.» Los escoceses habían destruido
-con incontrastable fuerza todas las innovaciones de Laud y del rey.
-Inglaterra experimentaba grande simpatía por lo que Escocia había
-hecho; y si no había comenzado la guerra civil al sur del Tweed,
-los hombres pensadores la veían como inminente. Próximo a dejar a
-Nápoles, Milton dirigió a Manso una epístola en hexámetros latinos y
-en estilo más sublime que cuanto la música de Tasso había inspirado
-a este en su favor. En contestación Manso envió a su amigo dos copas
-ricamente trabajadas, y en ellas dos líneas que formaban una expresiva
-dedicatoria.
-
-«Volví, dice Milton, a Roma, a pesar de lo que se me había dicho.
-Si alguien me preguntó lo que era yo, no se lo oculté, y si alguien
-atacó en la ciudad papal la religión ortodoxa, yo como antes, y por
-espacio de dos meses, la defendí calorosamente.» En Florencia como
-en Roma reanudó Milton relaciones con sus antiguos amigos, y pasado
-aquel tiempo, se dirigió por Bolonia y Ferrara a vivir un mes en
-Venecia. Desde Venecia fue por Verona y Milán, subiendo el monte de
-San Bernardo, a Ginebra, en la cual ciudad permaneció algunas semanas,
-hasta que desandando el camino que había llevado, desde París arribó
-a Inglaterra cuando finalizaba junio, tras una ausencia de «un año y
-tres meses poco más o menos.» Esta breve relación de sus viajes la
-hizo cuando la parte que tomó en los negocios públicos le expuso a mil
-calumnias aventuradas, y por esta razón concluye su resumen con las
-siguientes palabras: «De nuevo pongo por testigo a Dios de que en todos
-aquellos puntos donde multitud de cosas se reputan legales, viví libre
-e incólume de todo libertinaje y vicio, teniendo siempre presente la
-máxima de que por más que me ocultase a los ojos de los hombres, no
-dejarían de verme los ojos de Dios.»
-
-Es digno de observarse que todas las poesías que escribió Milton en
-Italia, así como casi todas sus composiciones de Cambridge, forman
-graves descripciones. En su noble epístola a Manso no hizo misterio
-alguno de la idea de escribir un poema épico, y los versos que le
-dirigían sus amigos de Roma y Florencia, indicaban harto claro que
-alguna expresión se le había deslizado sobre tal propósito, dado que
-no desconfiaban de que su genio acometiese alguna obra de aquella
-naturaleza. En este tiempo, sin embargo, no se le había ocurrido aún
-tomar por asunto de un libro la pérdida del Paraíso: la historia
-del rey Arturo y de los caballeros y damas que llenaban su corte
-caballeresca, fue lo que sugería a su imaginación animados y brillantes
-cuadros.
-
-Cuando volvió Milton a Inglaterra, su padre había dejado la casa de
-Horton y trasladádose con su hijo Cristóbal a Reading. Los gastos
-inevitables en el viaje que había hecho el poeta, no le impidieron
-comprar gran cantidad de libros, de los cuales unos llevó consigo y
-otros llegaron después. En realidad no tenemos motivos en que fundarnos
-para suponer que los recursos con que contaba fueran bastantes para
-asegurarle una modesta independencia. En carrera comercial no pensaba,
-y a la vida profesional estaba poco inclinado. Si su buen padre _pudo_
-sostenerle en términos de que no tuviera que pensar más que en sus
-libros y en sus obras literarias, seguros estamos de que lo haría, y
-parece evidente que en efecto lo hizo.
-
-El primer paso que dio Milton al volver a Londres, fue alquilar parte
-de una casa en St. Bride’s Churchyard. Allí acomodó sus libros y
-volvió de nuevo a sus estudios; era esto a fines de 1639. Pero al año
-siguiente le vemos tomar una «casa con jardín,» es decir, una casa
-aislada con un jardín alrededor en Aldersgate Street, calle que se
-describe como una de las más tranquilas y de las más decentes de los
-arrabales de Londres. Por este tiempo mistress Philips, su hermana,
-quedó viuda y volvió a casarse. Cuando vivía en St. Bride’s Churchyard,
-se encargó del cuidado y educación del hijo más joven, mozo de nueve
-años a la sazón y de grandes esperanzas, y ahora recibió al sobrino
-más pequeño como pupilo. Habiéndose comprometido a dirigir por sí la
-educación de aquellos dos sobrinos, vemos que luego se encargó de
-algunos más, hijos de amigos suyos, de quienes sin duda recibía buenos
-honorarios por sus servicios.
-
-En este punto de la vida de Milton, Johnson da una completa explicación
-sobre el ningún afecto que le profesaba. «No permitáis, escribe, que
-veneremos a Milton; prohibidnos ver con cierta plenitud de satisfacción
-sus grandes promesas y sus pequeños cumplimientos; hombre que se
-apresura a volver a su país porque sus compatriotas pelean por su
-libertad, y cuando llega al lugar de la acción, emplea su patriotismo
-en una casa de pupilos.» Milton nos dice que resolvió dejar en esta
-ocasión «el éxito de los asuntos públicos, primero a Dios y después
-a aquellos a quienes el pueblo había encomendado esta empresa.» Pero
-los escritos de Milton constituyen su biografía; y si Johnson se
-hubiera tomado la molestia de leer sus obras en prosa con el cuidado
-que se merecen, habría fijado su atención en el siguiente pasaje, y
-no hubiera abusado tanto de su humor satírico: «Confiando en la ayuda
-de Dios, el pueblo inglés rechazaba la esclavitud con la más justa de
-las guerras; y aunque yo no reclame parte alguna en la alabanza que le
-es debida, fácilmente puedo defenderme de la imputación (si alguna de
-esta naturaleza se me ha hecho) tanto de timidez como de indolencia.
-Porque si no arrostré las penalidades y riesgos de la guerra, fue
-porque en otra esfera podía con más eficacia, y con no menos peligro
-para mí, servir de algo a mis compatriotas y mostrar un espíritu que
-ni se rendía a la adversidad de la fortuna, ni obraba por vil miedo a
-la calumnia o a la muerte. Desde que en mis primeros años me consagré
-a los estudios más liberales, y me sentí más robusto de entendimiento
-que de cuerpo, siendo extraño a las labores del campo, en que cualquier
-soldado de vigorosa naturaleza me hubiera fácilmente excedido, recurrí
-a las armas que yo podía manejar con más efecto, y comprendí que obraba
-cuerdamente al ejercitar así mis mejores y más poderosas facultades en
-el servicio de mi país y de su honrosa causa.» Cualquiera otra conducta
-que hubiera seguido Milton, le hubiera expuesto a menos calumnias que
-las que arrostraba, siendo un motivo de asombro para él y para todos,
-que después de tantos peligros no rodase su cabeza en un cadalso para
-castigo de su temeridad.
-
-Milton se mudó juntamente con sus libros, a St. Bride’s Churchyard,
-en el otoño de 1639, y de aquí a Aldersgate Street en 1640, y publicó
-su primer folleto contra el Parlamento y la reforma eclesiástica en
-1641. Por espacio de once años siguió Carlos I gobernando a Inglaterra
-sin contar con el Parlamento, y deliberadamente había suspendido las
-leyes que a sí mismo se impuso con su juramento al coronarse, y con
-las solemnes promesas que después hizo de mantenerlas. El fin de todo
-gobierno es proporcionar seguridad a las personas y propiedades, pero
-allí no había seguridad posible. El rey esquilmaba a sus súbditos
-cuanto podía, ejercía en todos los ramos del comercio el monopolio que
-más le agradaba, y detenía, desterraba o encarcelaba a su antojo a
-los tildados de descontentos, fuésenlo o no realmente. Nadie estaba
-seguro, si no alegaba el mérito de la sumisión y del silencio, y
-nadie era dueño de sí, ni aún con semejantes méritos. En los negocios
-eclesiásticos predominaba el sistema romano sostenido por Laud, y la
-única aspiración de sus amigos era suprimir toda oposición y libertad
-de pensamiento, perpetuar la jerarquía más aferrada a los intereses
-clericales, imponer el rezo inglés no solo a los ingleses sino a los
-escoceses, y asimilar el ritual anglicano al romano de tal manera,
-que apenas se advirtiese entre ellos diferencia alguna. Esta era la
-política que con relación a la Iglesia miraba Laud como la mejor y más
-conforme al modo de ver de su soberano.
-
-Pero en 1639 se sublevó la Escocia, reprobando y proscribiendo, en
-uso de sus fueros, este orden de cosas. Llamó el Rey a sus súbditos
-ingleses para que le ayudasen a sofocar aquella rebelión; mas la
-respuesta que le dieron fue que para obtener aquella ayuda, era
-menester anular las leyes que regían, y conceder la libertad que las
-mismas leyes otorgaban para corregir tantos abusos y fomentar los
-intereses de la nación. En 1641 Carlos empleó cuantos recursos creyó
-oportunos, con la esperanza de orillar así aquellas dificultades, pero
-en vano. Congregó una asamblea de pares en York; disolvió el Parlamento
-Corto convocado en la primavera de 1640, y se vio obligado a pasar
-por la reunión de aquel Largo Parlamento tan memorable, en noviembre
-del mismo año. Pero aunque en Escocia se había desenvainado la espada
-contra el gobierno del Rey, ningún golpe le amenazaba aún por parte de
-Inglaterra; y dado que Milton se hubiera resuelto a esgrimir sus armas
-en esta contienda, el partido que hubiera podido tomar durante los tres
-años de su regreso de Italia, era el de emigrar a Escocia, y unirse en
-aquel reino a la bandera de los insurgentes. En Inglaterra, por aquel
-tiempo, la oposición se reducía al principio a meras discusiones, y
-uno y otro partido protestaban contra el pensamiento de emplear otros
-ningunos medios. Baste esto para aquilatar la justicia de las censuras
-que en el tono de mofa que hemos visto se permitió Johnson.
-
-Estando en estos preliminares, tuvo Milton ocasión de comprender hasta
-qué punto influían en los realistas sus preocupaciones y yerros,
-y cuánto importaba ver si se podría encauzar bien a los mismos
-parlamentarios, ya que se estaba en los principios de la contienda;
-lo cual hubiera sido hacedero en el Parlamento, si sus paisanos le
-hubieran enviado a él; pero en aquellas circunstancias el único medio
-de poder prestar algún servicio al Estado era la prensa, y sus enemigos
-se hubieran alegrado mucho de verle comprometido en semejante agresión,
-y echar mano de las groseras armas que la multitud podía manejar tan
-bien o mejor que él mismo.
-
-La obra que Milton dio a luz en 1641 se titulaba: _De la Reforma en
-Inglaterra, y de las causas que la han frustrado hasta ahora. Escrito a
-un Amigo_. El autor había manifestado en su _Lycidas_ que la condición
-de la Iglesia anglicana estaba muy distante de satisfacerle; y véanse
-las elocuentes palabras con que describe el origen y principios de
-la Reforma en el siglo XVI: «Mas para no recargar más el cuadro de
-las iniquidades de la Iglesia, de cómo nacieron y de cómo tomaron
-cuerpo; cuando recuerdo por fin después de tantos siglos de tinieblas,
-en que la negra sombra del error ha ocultado todas las estrellas
-del firmamento de la Iglesia, cómo la brillante y bendita Reforma
-ahuyentó con el divino poder la negra y pesada noche de la ignorancia
-y tiranía anti-cristiana, me parece que un nuevo e indecible júbilo
-debe animar el pecho del que lee u oye, y que el suave placer de ojear
-el Evangelio debe inundar su alma en celestial fragancia. Entonces se
-difundió la Sagrada Biblia hasta los últimos rincones de que la profana
-falsedad y menosprecio la habían arrojado; se abrieron las escuelas; la
-ciencia divina y humana volvieron sus acentos a las lenguas que habían
-enmudecido; los príncipes y ciudades se agolparon al punto bajo la
-nueva bandera de salvación, y los mártires, con la irresistible fuerza
-de su debilidad, quebrantaron el poder de las tinieblas, y triunfaron
-de la fiera rabia del antiguo dragón.» De este lenguaje deducirá el
-lector el fervor y animación de estilo con que está escrito el folleto.
-El impulso que debió nacer de semejante cambio quedó paralizado; y las
-causas fueron varias, entre ellas la injusta preferencia que se dio
-a los obispos, cuya afición a pomposas ostentaciones, consecuencia
-natural de la falsa posición en que se les colocaba, dícese que los
-convirtió en grandes corruptores, en vez de ser, como su título lo
-indica, padres espirituales de la Iglesia.
-
-Esta publicación debió ver la luz a principios de 1641. Fue seguida
-inmediatamente de otra, _La Humilde Manifestación en favor del
-Episcopado_, debida a la pluma de Hall, obispo de Norwich, excitado por
-el arzobispo Laud para tomar parte en esta cuestión. En respuesta al
-obispo apareció de allí a poco una obra con el título de _Smectymnuus_,
-nombre formado por las iniciales de los cinco teólogos puritanos que
-se encargaron de escribirla. Esta contra-réplica puso en un conflicto
-al arzobispo Usler. Milton contestó a la _Institución apostólica del
-Episcopado_, escrita por su excelencia, con dos tratados, el uno sobre
-la _Prelacía episcopal_, y el otro que se decía _Razones del gobierno
-de la Iglesia_. El obispo Hall publicó entonces una defensa de su
-_Manifestación_, a la cual tardaron poco en seguirse las _Advertencias_
-de Milton. Todos estos escritos aparecieron antes de expirar el año
-1641.
-
-Profunda fue sin duda la impresión que produjeron los folletos de
-Milton. En 1642 se dio a luz un volumen titulado: _Modesta Refutación
-contra un Libelo calumnioso y grosero_, el cual se consideró
-generalmente como debido a la pluma del hijo del obispo Hall. A los
-infundados ataques que dirigía esta obra contra el carácter privado de
-Milton, contestó él victoriosamente en su _Apología del Smectymnuus_.
-
-El éxito de las apasionadas controversias sobre este asunto se vio
-primero en la expulsión de los obispos de la Cámara de los Lores, y
-finalmente en la supresión de aquella clase; mas el demostrar hasta
-qué punto contribuyeron los escritos de Milton a este resultado, haría
-preciso detenerse en su análisis, y las condiciones de esta breve
-memoria nos impiden entrar en cuestiones semejantes.
-
-Pasados los borrascosos años de 1641 y 1642, hallamos a Milton en
-sosegada compañía con sus pupilos, o meditando sobre el gran poema que
-tenía pensado, y de que había anticipadamente hablado con pomposos
-anuncios en su _Apología del Smectymnuus_. Recordando los esfuerzos
-que le costó exponer sus opiniones sobre la educación, naturalmente
-tenemos curiosidad de ver cómo las pondría en práctica; mas por
-desgracia los hechos están muy lejos de corresponder a las esperanzas.
-Debemos suponer que bajo la dirección del autor del _Comus_ y del
-_Allegro_ y el _Penseroso_, sus pupilos estarían familiarizados con
-los más acabados y brillantes modelos que podía ofrecer una biblioteca
-clásica. No sucede nada de esto. Los libros que debiéramos hallar
-en primer término, tales como Virgilio, Horacio y Ovidio, ceden el
-puesto a Lucrecio, Manlio y otros prosistas de los inferiores y menos
-inteligibles en materia de lenguaje. No se hable de Tácito, de Livio ni
-de Cicerón. En el curso de autores griegos, no se tropieza con un solo
-trágico, orador ni aún historiador, a excepción de algunos fragmentos
-de Jenofonte. La idea de Milton parecía ser que con adquirir el
-conocimiento de la lengua, la comprensión de sus bellezas vendría por
-sí. Debemos añadir que los discípulos de este único establecimiento
-tenían que aprender hebreo y leerlo, comparándolo con el caldeo y el
-siriaco. No se olvidaban las lenguas modernas; y los domingos, Milton
-acompañaba la lectura del Nuevo Testamento en griego con oportunas
-explicaciones, con ciertas teorías de lectura y con algunas ideas
-respecto a la divinidad.
-
-Johnson pregunta satíricamente, qué grandes hombres produjo aquella
-«admirable academia.» Un preceptor de enseñanza hubiera debido saber
-que el que lo es, ha de aspirar a desenvolver la capacidad, y que donde
-no hay germen alguno de esta capacidad de comprensión, en vano es
-dirigirse a ella. No dudamos que Milton enseñaría muchas cosas que se
-pueden aprender en cualquier libro impreso. Un autor que debía pasar
-por bien informado, dice que puso a sus sobrinos en disposición de
-interpretar los autores latinos a primera vista en el espacio de doce
-meses, y que así como era severo bajo un aspecto, bajo otro se mostraba
-franco y familiar en su conversación con aquellos de cuya educación
-estaba encargado. Su sobrino Philips añade que si sus pupilos hubieran
-recibido sus lecciones «con la penetración y profundidad, el ingenio,
-actividad y sed de saber de que estaba dotado el maestro, hubieran sido
-unos prodigios de talento y ciencia.» Por este último sabemos además
-que Milton tenía en este tiempo amigos personales que se contaban entre
-«los pisaverdes de aquella época,» y que de cuando en cuando se daba a
-bromear con ellos, haciendo fiesta lo mismo para sus pupilos que para
-él.
-
-En algunos de estos «alegres días,» como ellos los llamaban, y en otros
-de alguna más sobriedad, suponemos que Milton hacía lo que hacemos
-todos, convencido a veces de que un hombre no es bien que esté siempre
-solo; pero la vida propiamente de calavera, ni en aquella ocasión
-era compatible con el vivo interés que le inspiraban los asuntos
-públicos, ni con los propósitos que abrigaba de llegar a ser útil y
-servir exclusivamente a su país. En aquellos días residía en Forest
-Hill, unas cuatro millas de Oxford, una familia llamada Powell. Era
-numerosa, y el cabeza de ella, Ricardo Powell, un magistrado que vivía
-con el desahogo de persona muy bien acomodada. Antes de que el padre
-del poeta abandonase a Bread Street, habían existido relaciones y
-negocios de intereses de alguna cuantía entre él y Powell, y en estos
-asuntos pecuniarios tuvo Milton alguna intervención directa y legal. Al
-trasladarse los Milton a Horton, debemos suponer que ambas familias, a
-causa de la mayor proximidad, se tratarían con más frecuencia; mas sea
-de esto lo que fuere, sabemos por el sobrino del poeta, entonces en su
-compañía, que por la pascua de Pentecostés de 1643, «emprendió un viaje
-por el país, cuyo objeto, o no se sabía, o era con alguno más que un
-mero pasatiempo. Ello fue que al cabo de un mes, el que salió soltero
-volvió casado con María, la hija mayor de Ricardo Powell, que entonces
-era juez de paz en Forest Hill, cerca de Shotover, en Oxfordshire.»
-Milton tenía que reclamar un dinero de su cuñado al tiempo de su
-casamiento, y que recibir, creemos que con el importe de su deuda, 1000
-libras por vía de dote; pero ni este ni aquella llegó a cobrar jamás,
-por razones que indicaremos luego.
-
-Entonces se mudó a su nueva casa de Barbican, a la cual llevó a su
-mujer, acompañándola algunos de sus parientes para pasar las fiestas
-de la boda, que duraron algunos días, y a que concurrieron también
-varios amigos de la novia. María Powell es de creer que fuese una
-joven de bella figura y agradable trato, pero ignoramos si tendría
-del mismo modo otras buenas cualidades. A las pocas semanas de su
-llegada a Londres, se recibió una carta invitando a mistress Milton
-a regresar por breve tiempo a su país; ella se mostró dispuesta a
-aceptar la invitación, y probablemente la provocaría. Su esposo no puso
-dificultad en complacerla, pero exigió que no difiriese su regreso
-más allá del día de San Miguel. San Miguel llegó y la perezosa señora
-no parecía; Milton escribió una y otra vez, y ninguna de sus cartas
-mereció respuesta; despachó un propio con este objeto, y parece que se
-le despidió sin hacerle caso. Nuestro poeta era un hombre profundamente
-virtuoso: llegó a lisonjearse con la esperanza de que casado sería
-feliz; pero esta esperanza tardó poco en desvanecerse.
-
-¿A quién debe atribuirse la culpa de semejante desengaño? Los hombres
-dados a la vida pública pueden ser maridos cariñosos, mas por necesidad
-tienen que renunciar a la insistencia no interrumpida de su cariño.
-Las mujeres que se casan con semejantes hombres, deben no solo desear
-que sus maridos sean personas de suposición, sino apechugar con los
-inconvenientes que esto trae; y hay pocas mujeres que transijan así
-consigo mismas. Atendiendo a la vida puramente intelectual a que estaba
-entregado Milton, a su ardiente temperamento y a la energía de voluntad
-que le caracterizaban, preciso es confesar que las probabilidades de
-que hiciese un matrimonio feliz, no eran muy grandes. En favor de
-María Powell puede alegarse que su familia era de realistas; que en su
-casa, generalmente bulliciosa, probablemente reinaría mas animación
-de la acostumbrada por la presencia de los caballeros que en aquel
-tiempo moraban cerca del Rey en Oxford; y que la transición de la vida
-doméstica en casa de su padre, a la que tenía con Milton en Barbican,
-no era para halagarla mucho; pero por otra parte debe considerarse
-que los principios de Milton y la vehemencia con que los profesaba,
-eran tan conocidos, que no podían ignorarse en Forest Hill, siendo
-un error creer que su casa había de ofrecer escenas divertidas, y no
-ocupaciones formales y severas. En la época de este matrimonio, la
-fortuna de los Parlamentarios andaba un tanto decaída; para muchos,
-y especialmente para los partidarios del Rey en Oxford, era más que
-probable que la balanza se inclinase en favor de los realistas, tanto
-que el sobrino de Milton, Philips, supone que esta consideración bastó
-para que la familia tratase de cortar unas relaciones que, según el
-rumbo que tomaban las cosas, podían llegar a serle perjudiciales. Si
-esto era realmente la causa que los movía, no necesitamos decir más
-para encarecer su egoísmo, injusticia y crueldad.
-
-No puede, sin embargo, negarse, a nuestro modo de ver, que tanto Juan
-Milton como María Powell se equivocaron. El desvío de María Powell
-a su nuevo estado, parece que consistió no tanto en su amor a las
-diversiones, dado que su carácter era más flemático que animado, sino
-en su incapacidad para hacerse agradable a un hombre de talento. Podrá
-decirse que Milton hubiera debido considerar este defecto de antemano,
-y abstenerse de contraer tal compromiso, y en este punto la verdad es
-que no dejó de equivocarse. La familia, con todo, trató de persuadirle
-de que semejantes genialidades eran naturales en una joven, mayormente
-tan a los principios, y que poco a poco iría renunciando a ellas. Pero
-cualesquiera que fuesen los defectos que Milton hallase en su mujer,
-estaba resuelto a sufrir las consecuencias del paso que había dado. Él
-no se separó de su esposa: ella fue la que le abandonó, añadiendo al
-abandono el insulto, no solo por su parte, sino por la de sus amigos.
-
-Debemos recordar que Milton vivió lo bastante para casarse con tres
-mujeres. Con la segunda fue completamente feliz; el bello soneto que
-dedicó a su memoria, confirma sin duda esta aserción. Con su tercera
-esposa pasó los diez últimos años de su vida en la más estrecha unión,
-y de esto no tendremos la menor duda al ver el magnánimo proceder
-con que se condujo respecto a María Powell y a sus inconsiderados
-parientes. A medida que se acercaba a su edad media, fue haciéndose
-hombre más activo y de más firme resolución, y en sus últimos
-años abrigó ideas desfavorables a la constancia y bondad de las
-mujeres. Pero por más arraigada que estuviera en él la opinión de la
-superioridad que el sexo más fuerte debe ejercer sobre el más débil, el
-encanto que para él tenía la naturaleza de la mujer, y el homenaje que
-el hombre debe estar dispuesto a rendirla, se ve cuando pinta a Eva,
-a la _Señora del Comus_, y en otros varios de sus escritos. Profesaba
-evidentemente la opinión de Sheridan, que las mujeres son mucho peores
-y mucho mejores que los hombres.
-
-Solo ya, y peor que si hubiera estado solo, Milton empezó a idear
-medios para salir de tan difícil estado. La cuestión se reducía a
-saber si el matrimonio es un lazo indisoluble, excepto en los casos
-limitados por las leyes existentes, y la conclusión que dedujo después
-de mucho estudio y reflexiones, fue que el divorcio podía apoyarse en
-otros fundamentos que los que a la sazón se tenían por tales. En 1644,
-al año siguiente de su matrimonio, dirigió al Parlamento un escrito
-titulado _Doctrina y disciplina del divorcio_. Halló que la opinión que
-había concebido sobre esta materia, estaba autorizada por Martin Bucer
-en una petición dirigida a Eduardo VI, y se contentó con reimprimir
-el juicio de este reformista, añadiendo un prefacio y una conclusión.
-Por este tiempo habían cobrado mucho ascendiente los Presbiterianos,
-y levantaron grandes clamores contra tan nueva doctrina. Intentaron
-que como desmoralizador de la sociedad, fuese citado Juan Milton a la
-barra en la Cámara de los lores; pero sus señorías no tomaron la cosa
-tan a pechos, y el acusado fue honrosamente despedido. En 1645 publicó
-Milton otro tratado sobre el mismo asunto, titulado _Tetrachorden_, que
-era una exposición de los cuatro pasajes principales de la Escritura
-relativos al particular. Otra publicación se dio a luz en el mismo
-sentido con el título de _Colasterion_. Hubo algún escritor anónimo que
-intentó refutar la _Doctrina y disciplina del divorcio_, y la última
-producción de Milton en punto a esta controversia, consistía en una
-réplica a aquella refutación. Nunca se retractó de las opiniones que
-había manifestado, y los que las aceptaron fueron por algunos llamados
-Miltonistas. Lo fundamental de su doctrina era «que por la ley de
-Moisés, además del adulterio, existían otras razones de divorcio, que
-debían tener presentes los magistrados cristianos como providencias
-de justicia, y que no debían contrariarse las palabras de Jesucristo;
-finalmente, que el prohibir absolutamente toda especie de divorcio,
-excepto en los casos previstos por Moisés, era contra la razón de la
-ley. La principal proposición era esta: que siendo la indisposición, la
-ineptitud o la contrariedad de ánimo producidas por causas inmutables
-por su naturaleza, un impedimento, que pueden serlo perpetuo para
-los beneficios más esenciales de la sociedad conyugal, cuales son la
-tranquilidad y la paz, establecen razón más poderosa de divorcio que el
-adulterio, con tal que los cónyuges se separen de mutuo consentimiento.»
-
-Pero no fueron estas las únicas publicaciones que salieron de la
-pluma de Milton durante los dos años en que le vemos separado de su
-mujer. En 1644, a ruegos de su amigo Hartlib, dio a luz su _Tratado
-sobre educación_, que generalmente se ha considerado como una utopía
-sobre este asunto, porque exige una multitud de conocimientos y de
-ilustración en la juventud, que solo pueden adquirirse a fuerza de
-años y de experiencia. Rara vez acontece que los hombres de genio sean
-buenos preceptores: adquieren fácilmente sus conocimientos, las más
-veces por intuición, y dan en la pretensión de medir la capacidad de
-los demás por la suya propia. La lentitud y pasos graduales en que
-realmente consiste la educación, se reservan a los hombres de más
-paciencia y por decirlo así, de inferiores facultades. El genio es
-impetuoso; la rutina igual, lo mismo mañana que hoy, y sabe bien hasta
-dónde se puede ir y dónde conviene detenerse.
-
-Pero el año en que se publicó el _Tratado sobre educación_, fue
-notable por la aparición de una obra de extraordinario mérito, la
-_Areopagítica_ o _Discurso por la libertad de la imprenta, sin
-restricciones_. Dirigió Milton este escrito al Parlamento, que por
-cierto es de los en prosa el más elocuente, y el que consigna más
-verdades de perpetua aplicación y máximas más dignas. Los hombres, dice
-Milton, son virtuosos cuando rechazan el mal por voluntad propia, no
-cuando se apartan de él por necesidad. «Para mí, añade, no es digna
-de alabarse la virtud fugitiva y enclaustrada, jamás combatida ni
-en peligro, que no provoca ni acomete a su adversario, sino que se
-fortalece en aquellos que conquistan la corona inmortal con mil afanes
-y fatigas.»
-
-El Parlamento había promulgado una orden para regularizar la imprenta,
-en que se decía: «Ningún libro, folleto, ni papel, se imprimirá en
-lo sucesivo, que primero no obtenga la aprobación y licencia de los
-designados a este fin, o por lo menos de alguno de ellos.» Milton
-acudió al Parlamento para que examinase de nuevo esta orden, y para
-recordarle que el someter a un autor a la ignorancia o capricho de los
-censores, era invención de tiempos modernos, recomendándole también
-que no diese en la ilusión de suponer que semejante ley bastaría para
-desterrar de la imprenta los malos libros, pues por el contrario
-sostenía que sus efectos podían ser «ante todo desalentar a los
-hombres doctos y ahuyentar la verdad, no solo haciendo inútiles todos
-nuestros conocimientos, sino imposibilitando cuantos descubrimientos
-pudieran hacerse en lo sucesivo tanto en lo civil como en lo
-religioso.» El principio, añade, de poner freno a la imprenta, so
-pretexto de que no debe difundirse el error, no bastaba para acabar
-con la controversia, dado que ningún hombre puede refutar un error sin
-publicar este mismo error para refutarlo. Que no debe castigarse a los
-malos porque se suponga que son capaces de cometer maldades, sino que
-debe esperarse a que estas se cometan, y que lo mismo acontecía con
-los libros. Al discurrir así, Milton deseaba que la licencia absoluta
-de la imprenta fuese un indicio seguro de libertad, mientras las leyes
-concernientes a la traición, a la sedición, a la difamación y a la
-blasfemia no estuviesen más en consonancia con aquel artículo. La
-licencia para imprimir tal como se concedía, era un fútil privilegio,
-si el gobierno se reservaba el poder de castigar aquellas faltas como
-le pluguiese. Al defender Milton que la libertad absoluta de imprenta
-debía hacerse efectiva, debiera haber llevado su reforma a todos
-aquellos vicios que pudieran llamarse colaterales; pero estaba aún muy
-distante el siglo XIX para que se realizase aquella ilusión en nuestra
-historia.
-
-Milton, sin embargo, tenía muchos amigos, que sabedores de sus
-ideas en esta vital cuestión, le instaban para que las publicase,
-y muchos contestaban a sus exageraciones luego que lo ponía por
-obra. La influencia de aquel germen así defendido en el espíritu
-de la legislación, si no era del todo decisiva, no dejaba de ser
-considerable. La acción de los censores durante el Parlamento Largo,
-quedaba entorpecida y limitada por tan ilustradas opiniones; un
-funcionario hubo que renunció tan odioso cargo, y en tiempo de Cromwell
-quedó abolido. Milton defendía y exponía de la siguiente manera sus
-argumentos y amonestaciones: «Yo no he de ocultar ni a mis amigos ni
-a mis enemigos lo que por todas partes se dice, que si volvemos a
-las represiones inquisitoriales y a las licencias, y tenemos miedo
-de nosotros mismos, y sospechamos de los demás hasta el punto de
-asustarnos con cada libro, y temblamos ante cualquier papel antes de
-que sepamos su contenido; si algunos de los que casi se conservan
-mudos, nos prohíben leerlo todo, excepto lo que a ellos les agrade, no
-es fácil adivinar que intentan más una segunda tiranía para la ciencia;
-y en breve quedará fuera de toda duda que los obispos y los clérigos,
-en el nombre y en los hechos son lo mismo para nosotros.» Pero el
-poeta se entusiasma con su teoría como con una visión profética.
-Londres era para él un gran arsenal espiritual, en que se estaban
-forjando armas de todas especies para llegar a aquel gran resultado.
-«Me figuro en mi ignorancia una nación noble y poderosa, que sacude
-el sueño como un hombre vigoroso y rompe sus apretadas ligaduras; se
-me representa como un águila que ensaya su poderosa juventud, y fija
-sin deslumbrarse sus ojos en el ardiente sol del mediodía, avivando
-y purificándose su vista largo tiempo ofuscada en la fuente misma
-del esplendor celeste; mientras el clamoreo de las aves tímidas y
-agrupadas, así como de las que apetecen el crepúsculo, revoloteando
-alrededor y no comprendiendo aquella novedad, predice con sus
-envidiosos gritos un año de disturbios y divisiones.» Nuestros lectores
-interpretarán este discurso, y a fuerza de leerlo y analizarlo,
-adquirirán una impresión exacta del sublime y profético espíritu que en
-él domina.
-
-En 1645 publicó Milton una colección de sus poemas, incluyendo todos
-los sonetos que había escrito en el mismo año. Los nuevos sonetos se
-referían a los clamores que se habían levantado a consecuencia de las
-publicaciones del autor sobre la cuestión del divorcio, así como los
-que llevan el nombre de _Lorenzo_, _Ciriaco Skinner_ y _Enrique Lawes_,
-y los de _Lady Margarita Ley_ y _Una joven virtuosa_. En el prólogo de
-este tomo, Moseley, el editor, dice: «los poemas de Spencer, en estos
-ingleses, están imitados de tal manera, que los aventajan en dulzura.»
-
-La joven en cuya alabanza está escrito uno de los nuevos sonetos,
-suponen que se llamaba miss Davis, a quien Milton, hallándose viudo,
-empezó a dirigirse con ánimo de hacer de ella una segunda esposa.
-Esta joven, que se pinta como muy bella y de una familia respetable,
-parece que dudó antes de contraer semejante vínculo, el cual aunque
-agradable para ella en más de un sentido, no podía menos de exponerla
-a murmuraciones y desdenes sociales. Al propio tiempo se verificó un
-cambio repentino en las circunstancias de Milton, de tal naturaleza,
-que no dejaba lugar a duda alguna: por el verano de 1645 obtuvieron los
-Parlamentarios la victoria decisiva de Naseby; la causa realista quedó
-vencida desde aquel día, y entonces vieron los Powells que la alianza
-con Milton, no solo era una cosa segura, sino ventajosa. El corazón
-de María Powell, que es de presumir anduviese en vacilaciones, con el
-rumor de que su marido solicitaba la mano de otra, no debió quedar muy
-satisfecho de los nuevos acontecimientos.
-
-En este estado se hallaban las cosas, cuando Milton devolvió una visita
-a cierto amigo llamado Blackborough, en St. Martin’s-le-Grand. No era
-Blackborough el único de los amigos de Milton que deseaban dejase a la
-mujer con quien se había reconciliado, y esta visita dio ocasión para
-averiguar si podría tener lugar. Mistress Milton tenía su habitación
-en lo interior de la casa; se presentó repentinamente, se arrojó a los
-pies de su esposo y le rogó con lágrimas y evocando pasados recuerdos,
-que no la diese al olvido. Dícese que Milton vaciló al principio, pero
-cedió por fin; y al declarar que se olvidaba de lo pasado, podemos
-estar ciertos de que así sucedería: nadie por lo menos duda de que la
-reconciliación de Adán y Eva por el poeta, fue una viva reminiscencia
-de los sentimientos que le sugirió esta escena.
-
-Al año siguiente Mr. R. Powell, de Forest Hill, estaba «de guarnición
-en la ciudad de Oxford, cuando ocurrió su rendición.» En el archivo de
-los Papeles de Estado hay un documento firmado por el general Fairfax,
-de 27 de junio de 1646, en que concede a Powell libre salida con sus
-criados, caballos, armas, efectos y todo lo necesario para dirigirse
-a Londres o a otro cualquier punto, según lo creyese indispensable.
-Powell se encaminó con toda su familia a la capital, donde su cuñado, a
-quien tan bajamente habían insultado y desacreditado, los recibió en su
-casa y los hospedó en ella por espacio de algunos meses. Pocas semanas
-después de su llegada, nació el primer hijo de Milton.
-
-El último poema latino de nuestro autor, fue escrito a principios
-de 1647. Era la _Oda a Juan Rouse_, el conservador de la Biblioteca
-Bodleiana. A principios de 1646, murió en su casa el padre de su
-esposa, y doce meses después falleció también su propio padre, que
-durante algunos años permaneció tranquilamente en su compañía. Viéndose
-sucesivamente libre de los individuos que formaban la familia de su
-mujer, y con la muerte de su padre en mayor independencia de acción,
-Milton se mudó a poco, en 1647, desde su espaciosa casa de Barbican
-a otra más pequeña en Holborn. Esta casa de Holborn, dícese que
-tenía accesorias a Lincoln’s Inn Fields, sitio que en aquel tiempo
-correspondía a su nombre más que al presente. En la casa de Holborn
-nació la segunda hija de Milton, María.
-
-En 1648 añadió nueve Salmos a los que ya había traducido. Aquel año
-fue poco favorable a la tranquilidad de estudio de los ingleses que
-estaban identificados con los negocios públicos. El partido del
-Rey quedó derrotado en todas partes. Carlos fue hecho prisionero,
-primero por los escoceses, después por los presbiterianos ingleses y
-últimamente por los independientes. Los independientes, y Cromwell en
-especial, no solo estaban dispuestos a respetar la vida del Rey, sino
-que, a ser posible, deseaban entrar con él en algún acomodamiento;
-pero las dilaciones, intrigas y engaños de su Majestad, además de
-frustrar todo proyecto de aquella especie, indignaron a los hombres que
-hubieran podido servirle, y convencieron al ejército de que su vida
-no sería nunca más que un tejido de conspiraciones contra la vida de
-las personas que se atrevieran a oponerse a su voluntad. ¿Cuáles eran
-las ideas de Milton respecto a los acontecimientos que podían producir
-semejante resultado? ¿Dónde se hallaba cuando Carlos compareció ante
-el Supremo Tribunal de Justicia, y dónde cuando su cabeza, sin corona
-ya, rodó sobre el cadalso? No lo sabemos; lo que sabemos es que en
-su opinión, como en la de sus compatriotas en lo general, la guerra
-empeñada no se había suscitado contra la monarquía. El objeto de la
-lucha había sido establecer la monarquía sobre una base constitucional
-compatible con la libertad; fracasado este intento, la alternativa era
-una república; y cuando esta sobrevino se oía decir a todos: «nosotros
-no hemos traído esto; ello ha venido por sí; y convencidos como estamos
-de que hay una voluntad superior a todo nuestro poder, nos conformamos
-con ella, y en caso necesario demostraremos tener razón suficiente para
-hacerlo así.» Milton era uno de los que explicaban en estos términos su
-conducta.
-
-Muerto el Rey, los Presbiterianos prorrumpieron en grandes gritos
-y fulminaron las más amargas invectivas contra los Independientes,
-como perpetradores responsables de aquella muerte. Milton que hubiera
-perdonado esta inculpación a los antiguos realistas o la gente
-ignorante del pueblo, no podía tolerarla procediendo de aquel partido,
-y por eso pocas semanas después de la muerte del Rey, publicó su
-folleto titulado: _Procedimiento de los Reyes y los Magistrados_, cuyo
-objeto, según parece, era en cuanto se relacionaba con el castigo
-impuesto al Rey, «más bien reconciliar los ánimos con aquel hecho, que
-discutir la legitimidad de la sentencia que se había pronunciado.» El
-argumento sin embargo, va más allá de lo que indican estas palabras,
-pues la proposición se encaminaba a probar «que es legal y en todos
-tiempos se había sostenido que, quien quiera que estuviese en el poder,
-podía residenciar a un tirano o a un rey perverso, y una vez adquirido
-el convencimiento de que lo era, deponerle y condenarle a muerte, si
-los magistrados ordinarios no se resolvían o se negaban a hacerlo.»
-Después quedó demostrado que los Presbiterianos, tan censurados a la
-sazón por haber depuesto al Rey, fueron los que no solo le depusieron
-en el Senado, sino que en el campo alzaron contra él la cuchilla del
-verdugo. La evidencia de los hechos y la irrebatible lógica de esta
-publicación, hirieron profundamente a los Presbiterianos, los cuales
-habían ya denunciado a Milton, y esta vez con mas energía que nunca;
-pero el objeto del escritor fue no tanto granjearse la voluntad de
-aquel partido, como reducirle a silencio exponiendo sus debilidades y
-su falta de sinceridad.
-
-El trabajo de Milton que en el orden de tiempo sigue a este,
-fueron sus _Observaciones sobre los artículos de la paz con los
-irlandeses rebeldes_. Estos artículos redactados por Ormond, el Lord
-lugarteniente, a nombre del Rey, demostraban que Carlos, faltando a sus
-más solemnes compromisos, se preparaba a llevar adelante sus intentos
-con ayuda de los católicos irlandeses, y a favor de cualquiera otra
-circunstancia de que pudiera aprovecharse. Las firmas que acompañaban a
-este pacto se habían puesto trece días antes de que el desdichado Rey
-fuese públicamente ejecutado. «Tal es, dice Milton, los frutos de mis
-estudios privados, que ofrecí gratuitamente a la Iglesia y al Estado,
-y por los que recibí por única recompensa la impunidad, aunque estos
-actos me procuraron la tranquilidad de conciencia y la aprobación de
-los buenos, poniendo en práctica la libertad de discusión de que yo
-era tan partidario. Sin trabajo ni merecimiento alguno lograron otros
-honores y utilidades; pero nadie me vio solicitar cosa alguna para
-mí mismo ni por medio de mis amigos; ni se me halló jamás en actitud
-suplicante a las puertas del Senado, ni haciendo la corte a los
-magnates. Yo acostumbraba a estar retraído en mi casa, donde mis bienes
-propios, parte de los cuales habían sido secuestrados durante las
-revueltas civiles, y parte absorbidos por las opresoras contribuciones
-que había satisfecho, me proporcionaban escasa subsistencia. Cuando
-me veía libre de estas atenciones, y pensaba que pronto gozaría de un
-intervalo de paz no interrumpida, volvía mi pensamiento a una historia
-de mi país que abrazase desde los tiempos primitivos hasta el presente.»
-
-Esta historia inglesa era un asunto muy favorito de Milton, pero no
-llevó su narración más allá de la conquista. Como historia no tiene
-mucha importancia; pero como obra en que Milton revela sus pensamientos
-y su gran inventiva aplicada a una serie dada de sucesos, a pesar
-de estar formada de fragmentos, no deja de ser interesante. Las
-comparaciones que hace entre lo pasado y lo presente, aunque entonces
-parecían inoportunas, son ahora instructivas para nosotros.
-
-Mas había de llegar día en que el hombre que nunca había solicitado
-nada para sí, fuese elevado a una honrosa posición por la desinteresada
-munificencia del Estado. El gobierno invitó a Milton a aceptar la plaza
-de secretario de Lenguas extranjeras. Su último opúsculo había hecho un
-servicio al país, y su competencia y aptitud para el destino vacante,
-eran superiores a las de todos los demás a quienes hubiera podido
-concederse. Era presidente del consejo el gran jurisconsulto Bradshaw,
-y ya hemos visto que el mismo apellido tenía la madre del poeta; así
-que Milton aceptó el destino el 13 de marzo de 1649, y dos días después
-tomó formalmente posesión de él; pero en sus manos de seguro no sería
-una _sine cura_.
-
-A juicio de muchos, fue un gran crimen la ejecución del Rey, y teniendo
-en cuenta sus efectos, fue en verdad un grandísimo error. Por lo
-demás, era un aviso a las testas coronadas para que no abusasen de
-su poder, y cualquiera otro recurso que se hubiera empleado, habría
-ofrecido extraordinarias dificultades. Pero con aquello se había
-herido profundamente el sentimiento de la nación, y en mucho tiempo
-no podía ponerse remedio al mal. En este estado la nueva república
-recibió un gran golpe con la publicación del _Eikon Basilike_, libro
-de devoción que se forjó para presentar al último rey como hombre
-singularmente devoto y santo en todos los actos de su vida privada. A
-pesar de la dificultad de comunicaciones que había entonces, el libro
-se propagó por todo el país, agotándose con sorprendente rapidez una
-edición tras otra. En contestación al _Eikon Basilike_ (La Imagen
-real), Milton dio a luz uno de sus más doctos escritos, con el título
-de los _Iconoclastas_ (Los destructores de Imágenes). El objeto de
-esta publicación era pintar la situación del Parlamento, en oposición
-al Rey, y demostrar la falsedad de las pretensiones que en favor del
-segundo se alegaban. Era otra gran _Demostración_, y no podía menos de
-ser favorable a la república.
-
-Pero la conducta del Parlamento y el ejército para con el Rey no
-pareció tan ofensiva en el extranjero como interiormente. A fines del
-mismo año, Claudio _Saumaise_, más conocido por Salmasio, publicó su
-_Defensio regia pro Carolo Primo ad Carolum Secundum_. El autor de esta
-obra era un erudito de los más distinguidos, que había logrado gran
-celebridad, el cual, a vuelta de sus argumentos, defendía resuelta y
-enfáticamente el derecho divino de los reyes, y apuraba todo su saber
-para probar que los soberanos ninguna responsabilidad contraen con sus
-súbditos, sino únicamente con Dios. Semejantes ideas, poco daño podían
-hacer en Inglaterra, pero realzadas con los abusos que en la república
-se cometían, fácilmente podían extraviar a los extranjeros.
-
-Tal impresión, sin embargo, produjo aquel escrito, que en enero de
-1650 expidió el Consejo una orden para que «Mr. Milton preparase una
-refutación al libro de Salmasio.» Hecha en efecto esta, se mandó
-imprimirla, y se acordó dar gracias al autor; y como la obra de
-Salmasio estaba en latin, en latin también apareció la respuesta,
-llevando el título de _Defensio pro Populo Anglicano_.
-
-Gravemente equivocado estaba Salmasio respecto a lo que acontecía en
-Inglaterra, y por la ligereza y menosprecio con que trataba a las
-personas que tenía por adversarios, incurrió en mil indiscreciones
-que hicieron poco favor al concepto de sabio en que se le tenía.
-Evidentemente nada estaba más lejos de su imaginación, que le saliese
-al encuentro un antagonista como Milton, rival muy sagaz para descubrir
-hasta el menor descuido, y una vez descubierto, nada escrupuloso en
-manifestarlo. Aquel espíritu servil, y la arrogancia e insolencia del
-tono que se empleaba, eran de tal naturaleza, que Milton no sabía cómo
-dirigirse a él en términos que pareciesen dignos. Téngase presente que
-todo el secreto de la oposición consistía en el sarcasmo, el ridículo,
-y los epítetos más ignominiosos que un inglés podía hallar contra su
-adversario; la agilidad y el vigor de la lucha traían a la memoria el
-arte y la impetuosa resolución de un jefe de los antiguos atletas, que
-se ponía a dirigir la lucha; a cada golpe que se asesta, se convence
-uno de que el enemigo que está delante no merece piedad alguna, y sin
-piedad se le tratará. Pero no le cegaba tanto la pasión, que le privase
-de la lógica, ni le impidiera valerse de las armas que le daba su
-ciencia.
-
-La defensa de los derechos de la humanidad contra todo género de
-opresión es siempre justa, y a veces se eleva a una sublimidad que le
-subyuga a uno con su fuerza y magnificencia. Era natural que una lucha
-entre dos gigantes como aquellos, llamase la atención de los sabios y
-de los hombres ilustrados de Europa, porque era espectáculo raro el de
-aquellos dos combatientes, puesto uno enfrente de otro. Algunos dicen
-que Milton acabó con su adversario, el cual no volvió a mostrarse lo
-que antes era, y murió al siguiente año. Otros niegan que fuese así;
-lo cierto es que semejante acometida no podía menos de ocasionar una
-gran lesión[4]. Desde entonces variaron mucho los sentimientos del
-continente, hostiles al Parlamento inglés. La fama de Milton no conoció
-superior sino en la de Cromwell, y el talento de uno y el poder de
-otro se creía que eran los que habían elevado a Inglaterra a su nueva
-posición.
-
-Cuando Milton recibió la orden del Consejo para escribir esta obra,
-su vista, que hacía diez años iba gradualmente debilitándose, en los
-dos últimos se aminoró de una manera alarmante. Los médicos a quienes
-consultó, le previnieron que si se determinaba a emprender aquel
-trabajo, empeoraría su enfermedad hasta el punto de quedar ciego; a lo
-cual respondió con la más tranquila resolución: «¡Pues aunque ciegue!»
-Y cegó, en efecto, como le habían pronosticado; pero en los postreros
-instantes de su vida era un consuelo para él recordar la causa de
-aquellas tinieblas que se habían interpuesto entre sus ojos y el mundo
-visible; diciendo en unos versos: «Ciriaco, en pocos días, estos ojos,
-antes claros, privados de la luz, han perdido su vista. Me preguntas
-qué me consuela de tan gran quebranto: la conciencia, amigo mío, de
-haber perdido mis ojos en el nobilísimo empeño de defender la libertad.»
-
-Ocho años pasaron, y nada más volvió a oírse de la polémica con
-Salmasio; mas no era creíble que la _Defensa del pueblo de Inglaterra_,
-tan celebrada de un extremo a otro de Europa, quedase sin respuesta
-alguna. Varias se dieron, y no excitaron interés; una que se publicó
-anónima, la atribuyó Milton al obispo Bramhall; sin embargo, su autor
-fue un clérigo desconocido llamado Rowland; contra la cual escribió
-Juan Philips, sobrino de Milton, una réplica que revisó el mismo poeta
-antes de publicarse.
-
-Hemos visto que en 1649 se mudó Milton de Barbican a Holborn. Al
-hacerse cargo de su secretaría, pasó a ocupar la habitación que le
-estaba destinada en Whitehall, mas no sabemos por qué motivo, se le
-mandó desalojarla algún tiempo después; y en junio de 1651, tomó una
-linda casa en Petty France, en Westminster, contigua al palacio de lord
-Scudamore, que daba a St. James Park. Aquí siguió viviendo ocho años,
-hasta que vino la Restauración.
-
-Como la pérdida de la vista le sobrevino poco a poco, no es fácil
-determinar con exactitud la época fija en que quedó totalmente ciego.
-Uno de sus adversarios le supone ya en este estado en 1652. No basta
-esto para asegurarlo; pero en la réplica que Milton le dirigió, dice
-lo bastante para dar por acaecida aquella desgracia en el mencionado
-año.
-
-En una carta escrita a un amigo en setiembre de 1654, cuenta que
-por espacio de diez años había ido su vista «debilitándose y
-enturbiándose,» y añade cómo fue perdiéndola, hasta que la luz «se
-trocó en una oscuridad completa, como la que queda al apagarse
-una vela.» «Cuando por la mañana, dice, me ponía a leer, según mi
-costumbre, padecía mucho de los ojos, que me molestaban terriblemente,
-hasta que con el ejercicio corporal adquirían alguna fuerza. Si miraba
-a una luz encendida, la veía cercada de un disco luminoso. Una pequeña
-sombra que me cubría la parte izquierda del ojo izquierdo también, el
-cual comenzó a resentírseme algunos años antes que el otro, me impedía
-ver todo lo que había en aquella dirección. Hasta los objetos que tenía
-enfrente parecían oscurecerse cuando cerraba el ojo derecho, y este fue
-también durante tres años acabándose lentamente, y pocos meses antes
-de perder la vista del todo, no sentí novedad alguna; ahora siento
-como unos densos vapores en la frente y las sienes, que me oprimen y
-pesan sobre los párpados, sobre todo después de comer, a la caída de la
-tarde. Ni debo omitir tampoco que antes de quedar totalmente privado de
-la vista, cuando estaba en la cama y me volvía de uno y otro lado, al
-cerrar los ojos, me salían de ellos ráfagas lucientes; más adelante,
-cuando poco a poco fui dejando de distinguir los objetos, parecía que
-los colores, proporcionalmente turbios y oscuros, saltaban con cierto
-ímpetu y con una especie de zumbido interior.» Pero después de 1652,
-estas postreras llamaradas de la luz que se le apagaba, no volvieron a
-aparecer más.
-
-La única obra en respuesta a su _Defensa del pueblo de Inglaterra_,
-sobre la que Milton decidió al fin no guardar silencio, fue una
-publicación titulada _Regii sanguinis clamor ad Cœlum adversus
-Parricidas Anglicanos_ (Grito que la sangre real levanta al cielo
-contra los parricidas ingleses). El autor de esta obra era un tal Pedro
-Du Moulin, residente en Inglaterra, pero francés de nacimiento. Por
-él mismo sabemos que el manuscrito fue enviado a Salmasio, y que este
-encargó la impresión a uno llamado Moore, en latin «Morus,» escocés,
-que era el director del colegio protestante de Castres, en Languedoc.
-El libro no lleva más nombre que el del impresor, pero la dedicatoria
-a Carlos II está firmada por Moro. Milton llegó a entender que Moro
-había tenido alguna parte en esta obra, y contra él esgrimió la pluma,
-considerándole su autor; y como el escrito en cuestión estaba lleno de
-las más duras apreciaciones sobre su carácter privado, Milton aprovechó
-la ocasión para justificarse de semejantes diatribas, y al propio
-tiempo para decir al mundo cuál era su juicio respecto al carácter de
-los hombres que más participación tenían en el origen y conservación
-de la república inglesa. La importancia biográfica de esta segunda
-_Defensa_ es muy grande; de modo que en este concepto tenemos mucho que
-agradecer a la cándida malignidad de los enemigos de nuestro autor.
-Moro intentó replicar; Milton contestó; a la contra-réplica añadió un
-suplemento; pero la controversia estaba ya agotada.
-
-En 1653 quedó Milton viudo. Dícese que su esposa murió en su último
-destierro. Durante los últimos años, cuando estaba engolfado en
-cuestiones de tanto interés público y atrayéndose la atención de
-Europa, hay motivos para creer que su situación doméstica no era muy
-envidiable. Su esposa le había dejado ciego y con tres hijas, la más
-pequeña de dos años, y la mayor de ocho. Él mismo nos dice que a pesar
-de los servicios que había hecho a la República, había estado muy lejos
-de enriquecerse. Sus rentas consistían en el sueldo de secretario, que
-no llegaba a trescientas libras al año, y en sus recursos propios.
-En 1655 cuando, ciego ya, tuvo que echar mano de un auxiliar para su
-cargo, se le dejó reducido el sueldo a ciento cincuenta libras anuales,
-que se le asignaron como vitalicio. Poco después se nombró a su buen
-amigo Andrés Marvell como sustituto en su empleo oficial, nombramiento
-que parece haberse hecho a indicación suya.
-
-Tales eran sus circunstancias personales cuando contrajo segundo
-matrimonio, y la persona con quien se enlazó fue miss Woodcock, hija
-del capitán Woodcock, de Hackney. Cómo se condujeron los negocios
-domésticos de Milton durante los tres últimos años, no está averiguado;
-pero que quedaron abandonadas las tres hijas, lo cual no hubiera
-sucedido a tener una madre de no más que regular inteligencia, es muy
-verosímil. Con Catalina Woodcock vivió Milton tan feliz como no lo
-había sido hasta entonces, y sus hijas suponemos que empezaron a dar
-señales de aprovechamiento bajo su dirección; pero este rayo de luz que
-entró en casa del poeta debía durar muy poco: quince meses después de
-su matrimonio murió su esposa embarazada, y la criatura no se logró.
-El sentimiento que tuvo siempre Milton por la pérdida de esta virtuosa
-señora, la expresó en un bellísimo soneto.
-
-Ocho años fecundos en acontecimientos habían de pasar, antes de que
-Milton volviera a casarse. El alivio de trabajo que tenía en su cargo
-de secretario, le dejaba algún tiempo más de que disponer; seguía
-ocupándose en la Historia de Inglaterra, y ahora dio principio a los
-apuntes preparatorios para un diccionario latino reformado, y a la
-reunión de materiales para una obra de Teología; mas poco después de
-haber enviudado segunda vez, comenzó a pensar en el asunto de la Caída
-del Hombre para el poema épico que de tiempo atrás meditaba. Según
-su amigo Aubrey, empezó esta grande obra en 1658, mas en esta época
-todavía no se consagraba a ella del todo, sino a ratos. En 1658 publicó
-el manuscrito de la obra de Sir Gualterio Raleigh titulada el _Consejo
-del Gabinete_. En 1659 dio su importante tratado de la _Potestad civil
-de los casos eclesiásticos_, y un vigoroso opúsculo sobre los medios
-de suprimir los _Jornaleros de la Iglesia_. En el mismo año escribió
-también una carta a un amigo, tocante a los trastornos de la República,
-y otra al general Monk en favor de una República libre, exponiendo
-los medios que debían emplearse para asegurarla; pero eran cartas
-confidenciales y breves que no llegaron a imprimirse. El folleto dado
-a luz algunos meses después bajo el título de _Breve_ y _fácil camino
-para establecer una República libre_, era de más importancia y estaba
-dirigido a la nación. En este opúsculo recomendaba con mucho empeño la
-excelencia de una República libre «comparada con los inconvenientes y
-peligros de la restauración monárquica en aquel país.» Otro fragmento
-publicó por entonces en contestación a un sermón altamente realista,
-predicado por un doctor Mateo Griffith, que se decía «Capellán del
-último Rey.» En estos dos escritos protesta Milton con toda su energía
-contra el restablecimiento del gobierno de los Estuardos, y en el
-mismo sentido seguía clamando, cuando los cañones de Dover Castle
-anunciaban el desembarque de Su Majestad Carlos II; pero la nación no
-le oía, y la corte y el pueblo se apresuraban a realizar las fatídicas
-predicciones tantas veces anunciadas por Cromwell, reproducidas por
-Milton al presente. La parte sensata del país estaba cansada de una
-guerra de facciones, del desorden que cada vez introducía más profunda
-perturbación, y anhelaba se realizasen sus esperanzas, fundadas en
-las prudentes y patrióticas intenciones del Rey proscrito. Aquellas
-esperanzas iban a salir fallidas; pero la experiencia vino demasiado
-tarde, y lo hecho ya no podía menos de realizarse.
-
-En los ocho años que precedieron a la Restauración, vivió Milton en su
-aislado domicilio de Petty France, cerca del centro en que se agitaban
-todos aquellos años las ruidosas cuestiones suscitadas entre la Iglesia
-y el Estado. En aquel solía recibir a sus amigos, entre los que nos
-figuramos oír a Ciriaco Skinner discurrir libremente sobre los últimos
-debates del Parlamento o del club, y sobre la marcha de los negocios
-públicos. En el mismo sentido resonaba allí la honrada voz de Andrés
-Marvell, que a veces hacía también ingeniosas y profundas observaciones
-críticas acerca de la poesía y de la literatura en general. Allí es
-de suponer que Roberto Boyle hablase a su ciego amigo de los nuevos
-experimentos filosóficos, pasando de los misterios de la naturaleza a
-las religiosas consideraciones que le inspiraba su supremo Autor. Los
-escritos de Milton prueban las relaciones personales que tenía con los
-hombres más distinguidos del ejército y del Estado, y que estos acudían
-de vez en cuando a visitarle. La admiración que causaba su genio, lo
-mismo que el de Bacon, era mayor entre los extranjeros que entre sus
-compatriotas, y en esa época, después de Cromwell, el inglés que más
-llamaba la atención de los primeros, y a quien manifestaban más deseos
-de conocer, era nuestro autor; por lo que muchos emprendían un viaje y
-se dirigían a su modesta vivienda solo con este objeto.
-
-Pero todo cambió con la Restauración. Milton debió comprender que
-su vida no estaba segura; había terminado su carrera política,
-y no bastaba en lo sucesivo su silencio para preservarle de las
-consecuencias de lo pasado. Abandonó entonces a Petty France y halló
-en Bartolomé Close un asilo y un amigo. A la proclamación se siguió
-su encarcelamiento; pero tenía amigos de influencia deseosos de
-favorecerle, como su cuñado Sir Tomás Clarges, Morrice, secretario de
-Estado y primo del general Monk, Andrés Marvell, que era individuo del
-Parlamento, dos distinguidos realistas, regidores de York, y sobre
-todo Sir Guillermo Davenant. Aun entre sus enemigos había algunos que
-consideraban su pérdida de vista con lástima, y su genio con respeto.
-Hay quien dice que algunos de sus amigos le dieron por muerto, y
-fingieron hacerle exequias fúnebres para frustrar la persecución del
-gobierno que andaba en busca suya; pero semejante recurso hubiera
-parecido sobrado cándido además de no ser creíble que Milton se hubiera
-prestado a semejante farsa. A ser cierta esta especie, los ingenios de
-la corte de Carlos no la hubieran dejado dormir tanto tiempo después
-del suceso.
-
-En junio de 1660 resolvieron los Comunes que los _Iconoclastas_ y su
-_Defensa del Pueblo de Inglaterra_ se quemasen por mano del verdugo, y
-así se verificó en el mes de agosto; pero al mismo tiempo se pronunció
-sentencia de indemnidad, absolviendo de la pena de muerte al autor,
-aunque algunos meses después, no sabemos por qué causa, le hallamos
-bajo la vigilancia del macero del Rey. Sin embargo, en breve fue puesto
-en libertad, castigándole solo a pagar sus alimentos; pago a que
-resistió con su carácter independiente y resuelto, fundándose en que
-era excesivo, y se modificó el tanto antes prefijado.
-
-Al dejar la casa de Bartolomé Close, tomó otra en Holborn, cerca de
-Red Lion Square, de donde a poco se trasladó de nuevo a Jewin Street.
-Aquí publicó una obra sobre los _Accidentes_ y _Gramática de la Lengua
-Latina_, y además los _Aforismos del Estado_ de un manuscrito que
-dejó Sir Gualterio Raleigh. Debemos añadir que en esta casa de Jewin
-Street contrajo Milton su tercer matrimonio, mas no parece que fuese
-con mucha anterioridad a 1664. Su amigo el doctor Paget le recomendó a
-Isabel, hija de Mr. Roberto Minshull de Wistaston, cerca de Nantwich,
-en Cheshire, como mujer que podría contribuir a su felicidad, y se
-verificó este enlace. Tenía entonces Milton cincuenta y seis años,
-y treinta menos su esposa. Su hija mayor contaba diez y ocho, y la
-segunda diez y seis.
-
-Permaneció Milton tanto tiempo sin casarse con la esperanza al parecer
-de que sus hijas adquirieran afición y capacidad para el arreglo de
-la casa, pero estas esperanzas debieron frustrársele. Milton incurrió
-al parecer en la falta de haberse conducido con sus hijas no tan
-dignamente como era de esperar de él; conducta que por una y otra parte
-dejamos al juicio de los lectores.
-
-A mistress Foster, nieta de Milton, se atribuye la declaración de que
-su abuelo, además de la aspereza con que trataba a sus hijas, miraba
-con tal indiferencia su educación, que no quiso que aprendiesen a
-escribir. La mayor no podía leer por cierto impedimento que tenía en
-la lengua, pero las otras dos, y Débora la más joven lo dice así,
-sabían leer en ocho idiomas, entre ellos el griego y el hebreo; pero
-la ocupación de verse obligadas a leer mucho en estas lenguas, o por
-lo menos en una que no sabían traducir, debía ser tan desagradable
-como inútil. El sobrino del poeta, Philips, refiere que luego que las
-jóvenes concluían esta ocupación, iban todas tres fuera de casa «a
-aprender algunas labores curiosas y entretenidas, propias de mujeres,
-especialmente el bordado en plata y oro.» El hecho de que Milton al
-morir dejó cuanto poseía a su esposa, excepto lo que podían reclamar
-sus hijas por la parte de su madre, de la familia de los Powells, ha
-venido a confirmar los desfavorables informes que se tienen en el
-particular.
-
-En cambio debe recordarse que mistress Foster, la nieta del poeta, no
-es enteramente digna de crédito, pues la aserción de que Milton no
-quiso enseñar a sus hijas a escribir, es positivamente falsa, dado que
-Aubrey afirma ser Débora, la más joven, la amanuense de su padre, y que
-aprendió latin y a leer griego, es decir, a traducir una lengua y leer
-otra. Débora además asegura que aunque no fueron a colegio, «aprendían
-en casa con una maestra que se tomó a este fin.» Esto significa que
-estaban bajo la dirección de un aya. A este gasto hay que añadir el
-del aprendizaje del bordado, y la asignación que tuvieron los cuatro
-o cinco años antes de morir su padre, en que dejaron de formar parte
-de la casa. Al fin de ese tiempo, dice él que había «gastado la mayor
-parte de su fortuna en esta atención,» y al mismo tiempo que habían
-sido «descuidadas y poco afectuosas con él;» que «no le cuidaban
-estando ciego, ni hacían nada en obsequio suyo;» que «en lugar de
-servirle de apoyo, que tanto necesitaba, se confabulaban con la criada
-para sisarle en la compra;» que habían inutilizado algunos de sus
-libros, y vendido los demás a las prenderas; y que María, la segunda,
-sabiendo que su padre estaba para casarse, decía que la mejor noticia
-que podrían darle de él era que había muerto.
-
-La nueva mujer de Milton tenía veinte y seis años de edad cuando se
-casó, y Aubrey, que la conoció, la pinta como «una bella persona,
-de carácter bondadoso y dulce.» Por lo que de ella se dice, debemos
-en efecto presumir que se distinguía por sus atractivos personales.
-Sábese que profesó a su marido gran respeto; que los versos que se
-le ocurrían a él de noche, los escribía ella al dictado al siguiente
-día; que procuraba complacerle en todo, y que de hecho probó ser una
-excelente señora. Milton mismo confiesa que era una «amante esposa», y
-su hermano Cristóbal asegura que así como él «se quejaba, aunque sin
-acritud, de que sus hijas le habían tratado con poco cariño, de su
-esposa decía que había sido amable y cuidadosa.» Al dejar para ella la
-propiedad de que podía disponer, que, sin embargo, no le proporcionaba
-más que los medios de una regular subsistencia, daba a entender que
-satisfacía una deuda de gratitud. En el convenio últimamente hecho
-cuando se litigó la herencia, las hijas se contentaron con recibir cien
-libras cada una por su parte; y al mismo tiempo las mil libras que
-seguía debiendo la familia de Powell, reconocidas por personas que se
-obligaban a pagarlas como una deuda legítima, quedaban a las hijas como
-objeto de reclamación. «Philips cuenta» dice Johnson, «que mistress
-Milton persiguió a las hijastras en vida de su marido, y las despojó
-de lo suyo después de muerto;» pero baste decir que Philips nunca dijo
-semejante cosa, ni es la primera vez que la ojeriza de Johnson le
-lleva a incurrir en difamaciones de esta naturaleza. La mejora hecha en
-favor de la viuda, probablemente sugerida por ella misma, es el único
-cargo que puede hacérsele; y por lo que hace a la persecución que se le
-atribuye, Débora bien podía dejar su casa, aun recibiendo buen trato,
-para ser adoptada, como de hecho lo fue, por mistress Merien, mientras
-sus dos hermanas difícilmente hubieran vivido cinco o seis años al lado
-de su madrastra, si tan mal se hubiera conducido con ellas. En todo
-esto, en lo que se dice del proceder de Milton para con sus hijas y su
-primera mujer, no es fácil asegurar en quién estuvo la falta, pero no
-creemos aventurar mucho al decir que si él fue culpable con los demás,
-estos lo fueron en mucho mayor grado para con él.
-
-No siguió viviendo mucho tiempo en Jewin Street; de allí se trasladó,
-por último, a una casa situada en Artillery Walk, que entonces era una
-hermosa calle que salía a Bunhill Fields; pero no había residido mucho
-tiempo en su nueva vivienda, cuando le lanzó de ella la peste, que tan
-terriblemente invadió la metrópoli en 1655; hubo de refugiarse por
-algún tiempo en una casa cualquiera de Chalfont, en Buckinghamshire,
-que había alquilado para él su joven amigo Wood, el Cuáquero. En este
-tiempo concluyó o dejó casi concluido su PARAÍSO PERDIDO.
-
-Las primeras noticias que tenemos de que Milton intentase escribir
-un poema épico, se refieren a la época de su viaje al continente.
-Los elogios que le tributaron en Florencia, indican que algo de este
-propósito manifestó a sus amigos de aquella ciudad. En los versos que
-dirigió a Manso en Nápoles, pocos meses después, explícitamente declara
-su intención, pero el asunto que entonces le ocupaba, era el Rey
-Arturo y el espíritu caballeresco de aquellos tiempos. En su tratado
-del _Gobierno de la Iglesia_, publicado en 1641, vuelve a hablar de
-su proyecto, pero es con referencia también al Rey Arturo. No sabemos
-cuándo o por qué dejó el asunto británico por el bíblico; pero es
-lo cierto que en 1658 había ya variado de resolución, pues algunos
-años antes, Philips y otros amigos habían visto fragmentos del poema,
-especialmente el _Apóstrofe de Satán al Sol_, que apareció después en
-el PARAÍSO PERDIDO. Es por consiguiente de suponer que ocho o diez años
-antes se ocupaba el poeta en este asunto y estaba más o menos resuelto
-a escribirlo, y que unos siete años antes de su publicación, era obra
-que resueltamente traía entre sus manos. La primera forma que pensó dar
-a su obra, sabido es que era la de un drama; los manuscritos de Milton
-en Cambridge, nos dan por anteriores dos planes dramáticos sobre la
-_Caída del Hombre_, trazados de un modo semejante al de los antiguos
-misterios; mas por fortuna abandonó aquella idea, en la cual parece que
-insistió muy poco.
-
-La causa más poderosa que le sugirió tan sublime asunto es probable
-que dependa de los nuevos pensamientos a que se entregó al regresar
-a Inglaterra en 1639. Estando aún en Cambridge, el disgusto con que
-veía el giro dado a los sucesos de la Iglesia anglicana, le apartó del
-propósito de hacerse clérigo. Su _Lycidas_ manifiesta que pensaba así
-cuando estaba escribiendo aquel poema; pero su residencia en Horton
-y su viaje continental comprenden el intervalo que puede decirse más
-brillante de su vida, y si esta le hubiera sonreído después del mismo
-modo, es probable que el poema épico hubiera sido el caballeresco. La
-lucha entre Carlos y el Parlamento, que engendró la guerra civil y las
-graves cuestiones de la libertad civil y religiosa, absorbieron su
-atención, y no solo avivaron el espíritu religioso que descubrió en sus
-primeros años, sino que le arraigaron más en él, y por decirlo así,
-constituyeron sus ulteriores hábitos.
-
-En otra parte hemos dicho que Milton entregó el manuscrito del PARAÍSO
-PERDIDO a Wood en Chalfont, y mencionado también la observación del
-Cuáquero, amigo del poeta, que quien había escrito el PARAÍSO PERDIDO,
-bien podía escribir el _Paraíso recobrado_, en lo cual alude al poema
-conocido después con este nombre. Milton volvió a Londres en 1666,
-probablemente a principios de año. El retraso que experimentó la
-publicación en 1665 por la peste, continuó en setiembre de 1666 por el
-gran incendio de Londres, que paralizó, como no podía menos de suceder,
-toda empresa por parte de los autores y libreros. Pero Milton había
-escrito la mayor parte, si no todo su _Paraíso recobrado_, falto de
-libros en su humilde habitación de Chalfont, así como su gran poema
-entre las incesantes distracciones producidas por la agitación y los
-peligros que combatieron a la República los cinco primeros años de su
-existencia, y entre los temerosos acontecimientos que acompañaron a la
-Restauración; pero desplegando toda su energía y aliento, se introdujo
-en la ciudad donde la peste acababa de hacer tantos estragos sin
-perdonar morada alguna, y donde a consecuencia del incendio, estaban
-sembradas las calles de ruinas y confusión, con el fin de hallar un
-librero bastante animoso para emprender la publicación de un poema
-épico en diez libros.
-
-Halló, sin embargo, Milton el hombre que buscaba en la persona de
-Samuel Simmons; y todo el mundo sabe los términos del convenio que
-se realizó entre el poeta y este editor. Al firmarse el contrato
-recibió el autor cinco libras, y si se vendían los mil trescientos
-ejemplares de la primera edición, recibiría otras cinco. Si de la
-segunda edición se despachaba igual número, percibiría la misma suma, y
-otro tanto de la tercera, en el supuesto de que ninguna edición había
-de pasar de mil quinientos ejemplares; de manera que la venta de más
-de cuatro mil ejemplares no produjo al autor más que veinte libras.
-La primera edición se anunció perfectamente encuadernada y al precio
-de tres chelines. Milton firmó su convenio con Simmons el 27 de abril
-de 1667; el 26 de abril de 1669 recibió las segundas cinco libras,
-habiéndose agotado los mil quinientos ejemplares estipulados de la obra
-en aquellos dos años. La segunda edición no se imprimió hasta 1674,
-en que, como ya Milton no vivía, nada pudo recibir; así que todo lo
-que llegó a sus manos por producto del _Paraíso perdido_ fueron diez
-libras. La segunda edición se vendió en el espacio de cuatro años, y
-al imprimir la tercera en 1681, Simmons entregó a la viuda de Milton
-ocho libras, importe del derecho de autor. Simmons vendió la propiedad
-al librero Brabazon Aylmer en veinticinco libras, y en 1683, pasó de
-Aylmer a Jacobo Tonson en precio mucho mayor. En el transcurso de
-veinte años se publicaron seis ediciones, y se vendieron de siete a
-ocho mil ejemplares. En 1688 apareció una hermosa edición en folio,
-bajo los auspicios del gran jurisconsulto whig, lord Somers, y con
-una lista que excedía de quinientos suscriptores, entre los cuales
-figuraban los hombres más distinguidos por su posición y su fama
-literaria: hechos que hacían más honor al público de aquel tiempo que
-al comercio de librería.
-
-La _Historia de Inglaterra_ de Milton, que tanto le había dado que
-pensar en ocasiones, no se publicó hasta 1670, pero muy mutilada por
-el censor, y, según dicen algunos, con intercalaciones posteriores, so
-pretexto de restablecer los pasajes suprimidos. En 1671 apareció el
-_Paraíso Recobrado_, juntamente con el _Hércules Sansón_. En 1673 el
-poeta dio a luz su tratado de la _Verdadera religión, la herejía, el
-cisma, la tolerancia, y que medios adecuados debían emplearse contra
-la preponderancia del Papado_. Por aquel tiempo, el país estaba cada
-vez más alarmado, y no sin razón, por temor de que ascendiese al trono
-un papista, y por el nuevo ascendiente con que amenazaba el romanismo.
-Milton excitó a todos los protestantes para hacer causa común contra el
-enemigo; en el mismo año reimprimió sus primeras poesías con algunas
-adiciones y correcciones, y su _Tratado sobre educación_; pero en
-la puntuación y en algunos otros pormenores, fue esta edición menos
-esmerada que la primitiva. En 1674, último de su vida, el venerable
-vate publicó sus _Cartas familiares_ en latin; y una traducción,
-también en latin, de la _Declaración de Poles en favor de Juan III_,
-que se dio en el mismo año, se le atribuyó asimismo.
-
-Durante sus últimos años, Milton sufría mucho de la gota, de cuyas
-resultas se dice que murió. El 8 de noviembre, a los sesenta y seis
-años de edad y en su casa de Bunhill Fields, pasó su espíritu a
-mejor vida. Parece que su muerte tuvo lugar sin que la precediesen
-grandes síntomas, pero él hacía mucho que tenía el presentimiento
-de que no estaba lejana y hablaba de ella a su familia con la mayor
-entereza y serenidad, y sin muestra alguna de temor. Sus restos fueron
-sepultados al lado de los de su padre, en el presbiterio de San Gil, de
-Cripplegate. Toland dice que a sus funerales concurrieron «todos los
-hombres ilustrados y todos sus amigos de Londres, además de una gran
-concurrencia del vulgo.»
-
-Era Milton de estatura más bien pequeña que alta. La afeminada belleza
-que le distinguía en su juventud, se convirtió en una regularidad
-varonil de facciones cuando creció en años. Sus retratos manifiestan
-que llevaba partido el pelo en mitad de la frente, con melenas que
-le caían por encima de los hombros; era de color moreno claro, y sus
-ojos pardos, conservándose naturalmente abiertos aun después de haber
-quedado ciego. En la flor de su edad tenía el cuerpo erguido y cierto
-aire de intrepidez. Un clérigo de edad, que le vio en sus últimos años,
-le pinta en una pequeña habitación, sentado en una silla de brazos,
-vestido de negro, pálido aunque no cadavérico, con las manos y los
-dedos hinchados de la gota y untados de greda. Dícese que acostumbraba
-también a estar sentado con un levitón gris de abrigo a la puerta de
-su casa, cerca de Bunhill Fields, en los días de gran calor para tomar
-el fresco, y que allí lo mismo que en la sala, recibía las visitas
-de las personas distinguidas que iban a verle. No contrajo la gota
-por entregarse a una vida regalada, dado que una de sus costumbres
-invariables era la sobriedad. Bebía muy poco vino, y era muy parco en
-la comida. En sus primeros años abusaba mucho de la vista y de la salud
-con el trabajo nocturno; en lo sucesivo empleaba la noche de otro modo,
-acostándose a las nueve y levantándose, en verano a las cuatro, y en
-el invierno a las cinco. Si no podía levantarse a esta hora, hacía
-que alguno le leyese, y así que se levantaba, prestaba atención a la
-lectura de un capítulo de su Biblia hebraica. Seguía estudiando hasta
-el mediodía; después de dar un corto paseo, comía, tocaba un rato el
-órgano, y cantaba, o rogaba a su esposa, que tenía muy buena voz, que
-le acompañase. Volvía luego a sus quehaceres mentales hasta las seis;
-de las seis a las ocho recibía a las visitas; entre ocho y nueve tomaba
-una sopa de aceite y un corto alimento, fumaba una pipa, se bebía un
-vaso de agua, y se retiraba a descansar. Uno de sus biógrafos dice «que
-era de carácter grave, no melancólico, no lo fue por lo menos hasta la
-última parte de su vida, ni displicente, ni moroso, ni atrabiliario,
-sino de ánimo sereno, de ánimo que no descendía a cosas pequeñas.»
-Aubrey, aunque asegura que era satírico, lo cual no puede dudarse que
-lo fue en ocasiones oportunas, más adelante añade «que aun durante sus
-ataques de gota estaba alegre y cantaba.» Por su hija menor sabemos
-también que «su padre era de un trato delicioso, de una conversación
-llena de vida, no solo por lo interesante de los asuntos, sino por su
-natural gracia y finura.» Su vida, que era sencilla y virtuosa, siguió
-siéndolo hasta el fin.
-
-La mayor parte de los biógrafos de Milton se lamentan de que distrajera
-su genio por espacio de veinte años de la poesía, y lo dedicara a
-la política; pero la política que profesaba no era la común; había
-llegado el tiempo crítico en que era preciso resolver si Inglaterra
-había de ser libre o no serlo, patria de una enérgica libertad, o
-triste imitadora de las serviles monarquías del continente. Había
-allí hombres nacidos, no para servirse a sí propios, sino para servir
-a su país y a la humanidad. Semejantes hombres pueden arrostrar mil
-penalidades, y hallar, sin embargo, gusto en la esperanza de que
-cumplen con un deber; pero estos forman comparativamente un número
-muy exiguo, y Milton entre estos pocos, figuraba en primera línea.
-Su poesía hace honor a su genio, y sus servicios como patriota no
-son menos gloriosos a su dignidad moral. Él mismo nos dice que para
-proceder de manera que no tuviera que avergonzarse perpetuamente de sí,
-era indispensable subordinar su amor por la poesía al amor de su país y
-de la libertad. Para usar de su propio concepto, en aquella contienda
-secular únicamente ponía la mano izquierda; la derecha, que era por
-su naturaleza más diestra y vigorosa, hallaba su verdadero empleo en
-cosas más sublimes. Sin embargo, sus escritos políticos, que podían
-considerarse como una excepción, constituían un poderoso impulso bajo
-el aspecto de la libertad general, impulso, que como otros muchos no
-feneció, según comúnmente se cree, al asomar la Restauración. Sin la
-revolución de 1640, difícilmente sabríamos lo que había acontecido
-desde 1688.
-
-Pero nuestro insigne poeta, como se ve en hombres más a propósito que
-él para las cuestiones de estado, mostraba mayor aptitud para destruir
-lo malo, que para producir lo bueno que había de sustituirlo. Según la
-opinión general, Milton era un fervoroso republicano, pero de hecho se
-inclinaba al gobierno ejercido por los más ilustrados y virtuosos; y la
-cuestión de si los más sabios y virtuosos se hallan con preferencia en
-una república, en una oligarquía, en una monarquía, o en todos estos
-sistemas combinados, era cuestión secundaria que solo concernía a la
-relación en que se hallan los medios con los fines. Juzgando de la
-monarquía por lo que casi siempre había sido, o más bien por lo que
-había sido recientemente en su país, no abrigaba esperanza alguna de
-salvación por aquel camino. De aquí la gran dificultad que se originaba
-para averiguar cómo construir la máquina de un gobierno democrático
-de manera, que ofreciese las mayores ventajas posibles y los menores
-inconvenientes anejos a esa misma utilidad.
-
-Nada más distante de su pensamiento que la persuasión de que el
-mejor gobierno fuese el de la muchedumbre. Deseaba que cada pueblo
-fuese una ciudad, y cada ciudad como Florencia o Venecia, dotada de
-grandes poderes legislativos y administrativos; sobre estos hubiera
-establecido, no una cámara de los comunes, sino un gran consejo, de
-carácter permanente y revestido de la autoridad suprema, y para dar
-consistencia a este consejo, dice, hubiera «sido bien reformar y
-perfeccionar las elecciones, no entregándolo todo al tumulto y clamoreo
-de una multitud ignorante, sino concediendo a los más justamente
-notables el nombrar a los que quisieran, y además de este número,
-otros de más selecta procedencia que eligiesen un número menor más
-rigurosamente; hasta que después de purificar y mejorar por tercera
-y cuarta vez la elección, quedasen solamente nombrados los que
-constituyesen el número debido, y resultasen los más dignos por el
-mayor número de votos.»
-
-Inútil es decir que Milton no conocía la naturaleza humana, pero de
-estos principios se deduce que le faltó poco para acertar con las
-tendencias más arraigadas y características del pueblo inglés. Sus
-instituciones, como todas las de carácter natural y propio, se habían
-deducido de su vida social. De ninguna de ellas se había echado mano
-porque únicamente se recomendase por la abstracción de sus teorías
-o porque en el papel parecieran muy acertadas. Todo dimana de las
-exigencias, y todo se adopta con tal que se acomode a estas; pero para
-acomodarlas a la república de Milton, necesitaba la nación olvidarse
-de casi todas las tradiciones, formas y sentimientos de lo pasado, y
-reemplazarlos con un orden de cosas que habían de hacerse, mas no con
-un orden de cosas ya hechas. Exigir una combinación de esta naturaleza
-de un hombre inteligente, era demasiado; mas exigirlo de un pueblo tan
-fiel a sus antiguas costumbres como el inglés, no era en manera alguna
-razonable. Como político, el gran vate proclamaba altas verdades,
-pero la aplicación de estas verdades a las actuales circunstancias,
-pedía un pensamiento y un temperamento más flexible que el que Milton
-podía llevar a la ciencia de la política. Cromwell comprendió que la
-mayoría de la nación, bajo una u otra forma, era realista, y que dejar
-la futura suerte del gobierno al sufragio de la nación, equivalía a
-votar la destrucción de la República. Milton equivocó el concepto de lo
-que la nación _podía_ hacer y lo que _debía_ ejecutar. Cromwell, que
-tenía un gran instinto político, vio lo que la nación _quería_ hacer
-abandonada a sí misma, y procedió con arreglo a este principio.
-
-Por lo que hace a sus creencias religiosas, Milton en lo sustancial no
-se apartaba de las de su tiempo y su país. La fe de su juventud era
-la de un puritano, y aunque su piedad participaba de cierta índole
-libre, resultado natural de su especial inteligencia y modo de ver,
-nunca dejó de participar, en lo importante al menos, del espíritu y
-del carácter puritanos. A su muerte dejó dos obras manuscritas, una
-_Historia de Moscovia_, publicada poco después, y un _Tratado completo
-de Doctrina Cristiana_, que permaneció ignorado hasta que se dio a luz,
-traducido del latin, en el primer tercio del presente siglo. Verdad es
-que hasta los cuarenta años próximamente de edad, Milton fue trinitario
-y calvinista. En punto a la _Trinidad_, su opinión admitía algunas
-modificaciones, pero no hay seguridad de esta circunstancia hasta que
-apareció el PARAÍSO PERDIDO, es decir, cuando se acercaba a los sesenta
-años. En este poema hay algunas expresiones oscuras y desusadas sobre
-las personas que comúnmente se consideran como indistintas, y formando
-una sola en la Divinidad; en la _Doctrina Cristiana_, el Hijo se
-representa como la suprema naturaleza creada, pero creada al fin, y el
-Espíritu Santo, cuando está representado como una persona, se supone
-que es el ser más inmediato al Hijo. Debe, sin embargo, advertirse que
-semejante concepto no afecta en manera alguna a las opiniones de Milton
-sobre otros puntos teológicos; modificó en esto sus creencias, pero en
-todo lo demás las conservó inalterables: siguió creyendo en la caída
-del hombre y en las consecuencias que tuvo respecto al género humano;
-en la Redención de Cristo, en el perdón por medio de su sacrificio,
-en la justificación por su Justicia y en el poder regenerador del
-Espíritu Santo. La Redención, según él, fue concebida por una Trinidad
-de personas, aunque no iguales entre sí, y por una Trinidad de actos,
-bien que estos no se produjeran por personas de la misma naturaleza y
-autoridad.
-
-Los críticos de Milton suelen admirarse de que un drama tan maravilloso
-como el PARAÍSO PERDIDO estuviese fundado en datos tan incompletos como
-los que ofrecen los primeros capítulos del Génesis; pero la verdad
-es que el poeta no halló los materiales de su obra dentro de aquella
-pauta: creía, como muchos aventajados críticos creen aún, que la
-primera parte de la revelación está formalmente expuesta en la última;
-que el PARAÍSO PERDIDO no se funda en el Génesis, sino que como la
-teología del siglo XVII, está únicamente cimentado en la Escritura.
-Hasta algún tiempo después del en que floreció Milton, casi todos los
-cristianos, sinceros creyentes, procedían bajo el mismo espíritu.
-
-Se ha alegado como un grave cargo contra Milton que en sus últimos años
-no se sabe que formase parte de Iglesia alguna, ni profesase una forma
-dada de culto público; pero los que esta acusación propalan parece
-que se olvidan de que Milton sostuvo sus controversias eclesiásticas
-con el gran partido presbiteriano, casi tanto como con la Iglesia de
-Inglaterra; que en sus últimos años la única Iglesia permitida era esta
-última; que el haberse afiliado en un culto cualquiera distinto del de
-esa Iglesia, hubiera equivalido a una violación de la ley y a incurrir
-en la pena de multa y encarcelamiento. Ciertamente que si se hubiera
-concedido libertad de cultos, apenas habría hallado Milton iglesia cuyo
-credo estuviese conforme con el suyo; que concedida semejante libertad,
-dudamos que hubiera aprovechado la ocasión para valerse de ella.
-Hombres religiosos hay que convienen en un culto sin estar afiliados en
-ninguno.
-
-Ya hemos hablado bastante de la crítica del doctor Johnson con respecto
-a Milton. El autor que no tiene escrúpulo en decir a sus lectores que
-cree a Milton capaz de forjar una oración para el _Eikon Basilike_,
-con el objeto de poder, fundado en ella, acriminar mejor al Rey, se
-priva de toda autoridad en cuanto se relaciona con la reputación del
-autor del PARAÍSO PERDIDO. Mr. De Quincey, aun siendo tory y nada
-afecto al puritanismo, ha calificado la conducta de Johnson respecto
-a Milton con frases muy severas, pero que no por eso dejan de ser
-exactas. «Por lo que hace al doctor Johnson, dice, ¿he de perdonarle yo
-por la trivial consideración del perjuicio que le irrogue? El doctor
-Johnson, cuando juzgaba a Milton, obraba con malicia, con falsedad y
-sin pudor alguno. Era hombre muy tentado de la falsedad, y no tenía la
-virtud de resistir a la tentación. Lo que hay es que Johnson ni capaz
-era de comprender a Milton. Johnson tenía su paraíso en las calles de
-Londres, y no tenía para qué hacer caso del que Milton había creado:
-para Milton, la religión y el gobierno eran los grandes intereses de
-la humanidad; para Johnson la religión no tenía más influencia que
-intimidar y rebajar el alma en lugar de sublimarla e infundir en ella
-nobilísimas aspiraciones; y en cuanto a gobierno, los hombres debían
-darse por contentos del que Jorge III tenía la dignación de darles.
-La naturaleza humana pintada por Johnson es una pobre naturaleza,
-pobre para este mundo y pobre para el otro; pintada por Milton tiene
-facultades divinas, y la perfección de que es capaz, y que él reconoce,
-es la profecía de su destino. Muy bien puede el poeta haberse remontado
-tanto a las regiones de lo ideal, que se olvidara de cuanto le rodea;
-pero el moralista que rebaja tanto la actualidad, se priva de la fuerza
-que puede elevarle hasta lo ideal. Johnson puede analizar y considerar
-los seres humanos en su vida mundana como ninguno otro hombre, pero
-seres humanos que puedan alternar con los ángeles, estaba muy lejos de
-concebirlos. Preferible, infinitamente preferible, es soñar con Milton,
-a no tener esperanza alguna como Johnson. Pero ¿qué decimos soñar?
-La fama del poeta es toda una realidad; el mundo celestial en que su
-espíritu penetró, una realidad todavía más grande, y los principios
-que de sus labios oímos son los más nobles que han salido jamás del
-pensamiento humano, y seguirán siéndolo siempre.»
-
-
-
-
-EL PARAÍSO PERDIDO
-
-LIBRO PRIMERO
-
-
-ARGUMENTO
-
- Este primer libro contiene en breves palabras la exposición o asunto
- de todo el Poema: la desobediencia del hombre, y como consecuencia
- de ella, la pérdida del Paraíso donde moraba. Indícase también que
- el primer móvil de su caída fue la Serpiente, o más bien Satanás,
- personificado en ella; el cual, rebelándose contra Dios y atrayendo a
- su partido numerosas legiones de ángeles, fue por disposición divina
- arrojado del cielo y precipitado con toda su hueste en el profundo
- abismo. Terminada esta exposición, el poema prescinde de los demás
- antecedentes, y representa a Satanás con sus ángeles, sumidos ya en
- el infierno, que se describe aquí, no como si estuviese situado en el
- centro del mundo (porque debe suponerse que ni el cielo ni la tierra
- existían aún, y por lo tanto, no podían ser mansión de réprobos),
- sino en un lugar de extrañas tinieblas, llamado más propiamente
- caos. Lanzado allí Satanás, con todos los suyos, en medio de un lago
- ardiente, herido del rayo y anonadado, vuelve por fin en sí como al
- despertar de un sueño, llama al que yace junto a él y es su segundo
- en poder y jerarquía, y ambos discurren sobre su miserable estado.
- Evoca el príncipe infernal a todas sus legiones, hasta entonces tan
- abatidas como él. Levántanse a su voz unas tras otras: su número, su
- orden de batallar y sus principales jefes, cuyos nombres son los de
- los ídolos conocidos después en Canaán y las comarcas circunvecinas.
- En un discurso que Satanás les dirige, los alienta con la esperanza
- de recobrar el cielo, anunciándoles por último la creación de un
- nuevo mundo y de un nuevo ser, conforme a una antigua profecía o
- tradición que se conserva en el cielo, pues era opinión de algunos
- Santos Padres que los ángeles existían mucho tiempo antes que este
- mundo visible. Para averiguar la verdad de esta profecía y lo que en
- su consecuencia debiera hacerse, junta en consejo a los principales.
- Resolución que adoptan. El _Pandemonium_, palacio de Satanás,
- construido de pronto, surge del abismo, y en él tienen su consejo los
- próceres infernales.
-
-Canta, celeste Musa, la primera desobediencia del hombre, y el fruto de
-aquel árbol prohibido, cuyo funesto manjar trajo la muerte al mundo y
-todos nuestros males, con la pérdida del Edén[5], hasta que un Hombre
-más grande reconquistó para nosotros la mansión bienaventurada. En la
-secreta cima del Oreb o del Sinaí[6], tú inspiraste a aquel pastor[7]
-que fue el primero en enseñar a la escogida grey cómo en su principio
-salieron del caos los cielos y la tierra; y si te place más la colina
-de Sión o el arroyo de Siloé[8], que se deslizaba rápido junto al
-oráculo de Dios, allí invocaré tu auxilio en favor de mi osado canto;
-que no con débil vuelo pretendo remontarme sobre el monte Aonio[9], al
-empeñarme en un asunto que ni en prosa ni en verso nadie intentó jamás.
-
-Y tú singularmente ¡oh Espíritu! que prefieres a todos los templos
-un corazón recto y puro, inspírame tu sabiduría. Tú estabas presente
-desde el principio, y desplegando como una paloma tus poderosas alas,
-cubriste el vasto abismo, haciéndole fecundo. Ilumina mi oscuridad;
-realza y alienta mi bajeza, para que desde la altura de este gran
-propósito pueda glorificar a la Providencia eterna, justificando las
-miras de Dios para con los hombres.
-
-Di ante todo, ya que ni la celestial esfera ni la profunda extensión
-del infierno ocultan nada a tu vista, di qué causa movió a nuestros
-primeros padres, tan favorecidos del cielo en su feliz estado, a
-separarse de su Creador e incurrir en la única prohibición que les
-impuso, siendo señores del mundo todo. ¿Quién fue el primero que
-los incitó a su infame rebelión? La infernal Serpiente. Ella con su
-malicia, animada por la envidia y el deseo de venganza, engañó a la
-Madre del género humano. Por su orgullo había sido arrojada del cielo
-con toda su hueste de ángeles rebeldes, y con el auxilio de estos, no
-bastándole eclipsar la gloria de sus próceres, confiaba en igualarse al
-Altísimo, si el Altísimo se le oponía. Para llevar a cabo su ambicioso
-intento contra el trono y la monarquía de Dios, movió en el cielo una
-guerra impía, una lucha temeraria, que le fue inútil. El Todopoderoso
-le arrojó de la etérea bóveda, envuelto en abrasadoras llamas; y con
-horrendo estrépito y ardiendo, cayó en el abismo de perdición, para
-vivir entre diamantinas cadenas y en fuego eterno, él que osó retar con
-sus armas al Omnipotente.
-
-Nueve veces habían recorrido el día y la noche el espacio que miden
-entre los hombres, desde que fue vencido con su espantosa muchedumbre,
-revolcándose en medio del ardiente abismo, aunque conservando su
-inmortalidad. Condenado quedaba empero a mayor despecho, toda vez
-que habían de atormentarle el recuerdo de la felicidad perdida y el
-interminable dolor presente. Dirige en torno funestas miradas, que
-revelan inmensa pena y profunda consternación, no menos que su tenaz
-orgullo y el odio más implacable; y abarcando cuanto a los ojos de
-los ángeles es posible, contempla aquel lugar desierto y sombrío,
-aquel antro horrible, cerrado por todas partes y encendido como un
-gran horno. Pero sus llamas no prestan luz, y las tinieblas ofrecen
-cuanta es bastante para descubrir cuadros de dolor, tristísimas
-regiones, lúgubre oscuridad, donde la paz y el reposo no pueden morar
-jamás, donde no llega ni aun la esperanza, que donde quiera existe.
-Allí no hay más que tormentos sin fin, y un diluvio de fuego alimentado
-por azufre, que arde sin consumirse.
-
-[Ilustración: El Todopoderoso le arrojó de la etérea bóveda...]
-
-Tal es el lugar que la Justicia eterna había preparado para aquellos
-rebeldes; y allí ordenó que estuviera su prisión en las más densas
-tinieblas, tres veces tan apartada de Dios y de la luz del cielo,
-cuanto lo está el centro del universo del más lejano polo. ¡Oh! ¡qué
-diferencia entre esta morada y aquella de donde cayeron!
-
-Presto divisa allí el Arcángel a los compañeros de su ruina, envueltos
-entre las olas y torbellinos de una tempestad de fuego. Revolcábase
-también a su lado uno que era el más poderoso y criminal después de él,
-conocido mucho más tarde en Palestina con el nombre de Belzebú[10]. El
-gran Enemigo, que así era llamado Satán[11] en el cielo, rompiendo el
-hosco silencio, con arrogantes palabras comenzó a decir:
-
-«Si tú eres aquel... pero ¡oh! ¡cuán abatido, cuán otro del que,
-adornado de brillo deslumbrador en los felices reinos de la luz,
-sobrepujaba en esplendidez a millones de espíritus refulgentes!...
-Si tú eres aquel a quien una mutua alianza, un mismo pensamiento y
-resolución, e igual esperanza y audacia para la gloriosa empresa,
-unieron en otro tiempo conmigo, como nos une ahora una misma ruina...
-mira desde qué altura y en qué abismo hemos caído por ser Él mucho más
-prepotente con sus rayos. Pero, ¿quién había conocido hasta entonces
-la fuerza de sus terribles armas? Y a pesar de ellas, a pesar de
-cuanto el Vencedor en su potente cólera pueda hacer aún contra mí,
-ni me arrepiento, ni he decaído, bien que menguada exteriormente mi
-brillantez, del firme ánimo, del desdén supremo, propios del que
-ve su mérito vilipendiado, y que me impulsaron a luchar contra el
-Omnipotente, llevando a la furiosa contienda innumerables fuerzas
-de espíritus armados, que osaron despreciar su dominación. Ellos me
-prefirieron, oponiendo a su poder supremo otro contrario; y venidos a
-dudosa batalla en las llanuras del cielo, hicieron vacilar su trono.
-
-»¿Qué importa perder el campo donde lidiamos? No se ha perdido todo.
-Con esta voluntad inflexible, este deseo de venganza, mi odio
-inmortal, y un valor que no ha de someterse ni cede jamás, ¿cómo he
-de tenerme por subyugado? Ni su cólera ni su fuerza me arrebatarán
-nunca esta gloria: humillarme y pedir gracia, doblada la rodilla, y
-acatar un poder, cuyo ascendiente ha puesto en duda poco ha mi terrible
-brazo, sería una bajeza, una ignominia, más vergonzosa aún que nuestra
-caída. Y pues, según ley del destino, no pueden perecer la fuerza
-de los dioses ni la sustancia empírea, y por la experiencia de este
-gran acontecimiento vemos que nuestras armas no son peores, y que en
-previsión hemos ganado mucho, podremos resolvernos a empeñar con más
-esperanza de éxito, por la astucia o por la fuerza, una guerra eterna
-e irreconciliable contra nuestro gran enemigo triunfante ahora, y que
-en el colmo de su júbilo impera como absoluto ejerciendo en el cielo su
-tiranía.»
-
-Así habló el Ángel apóstata, aunque acongojado por el dolor; así se
-jactaba en alta voz, mas poseído de una desesperación profunda; y de
-este modo le contestó en seguida su arrogante compañero:
-
-«¡Oh príncipe! ¡oh caudillo de tantos tronos, que bajo tu enseña
-condujiste a la guerra a los serafines en orden de batalla, y que
-mostrando tu valor en terribles trances pusiste en peligro al Rey
-perpetuo del cielo, contrastando su soberano poder, débase este a la
-fuerza, al acaso o al destino! Harto bien veo y maldigo el fatal suceso
-de una triste y vergonzosa derrota que nos arrebató el cielo. Todo este
-poderoso ejército se halla en la más horrible postración, y destruido
-hasta el punto que pueden estarlo los dioses y las divinas esencias,
-pues el pensamiento y el espíritu permanecen invencibles, y el vigor
-se restaura pronto, por más que esté amortiguada nuestra gloria, y que
-nuestra dichosa condición haya venido al más miserable estado. Pero ¿y
-si el vencedor (forzoso me es ahora creerle todopoderoso, pues a no
-serlo, no habría conseguido avasallarnos), si el vencedor nos conserva
-todo nuestro espíritu y fortaleza para que mejor podamos sufrir y
-soportar las penas, para aplacar su vengativa cólera, o prestarle un
-servicio más rudo, esclavos del derecho y de la guerra, y donde más
-pueda convenirle, aquí, en el corazón del infierno, trabajando en
-medio del fuego, o sirviéndole de mensajeros en el negro abismo? ¿De
-qué nos servirá entonces conocer que no ha disminuido nuestra fuerza
-ni menoscabádose la eternidad de nuestro ser para sufrir un castigo
-eterno?»
-
-A lo que con estas breves palabras replicó el gran Enemigo:
-
-«Humillado Querubín, vileza es mostrarse débil, bien en las obras,
-bien en el sufrimiento. Ten por seguro que nuestro fin no consistirá
-nunca en hacer bien; el mal será nuestra única delicia, por ser lo
-que contraría la suprema voluntad a que resistimos. Si de nuestro mal
-procura su providencia sacar el bien, debemos esforzarnos en malograr
-su empeño, buscando hasta en el bien los medios de hacer el mal; y esto
-fácilmente podremos conseguirlo, de suerte que alguna vez le enojemos,
-si no me engaño, y nos sea posible torcer sus profundas miras del punto
-a que se dirigen. Pero mira. Irritado el vencedor, ha vuelto a convocar
-en las puertas del cielo a los ministros de su persecución y de su
-venganza. La lluvia de azufre que lanzó contra nosotros la tempestad,
-ha allanado la encrespada ola que desde el precipicio del cielo nos
-recibió al caer; el trueno, en alas de sus enrojecidos relámpagos y con
-su impetuosa furia ha agotado quizás sus rayos, y no brama ya a través
-del insondable abismo. No dejemos escapar la ocasión que nos ofrece el
-descuido o el furor ya saciado de nuestro enemigo. ¿Ves aquella árida
-llanura, abandonada y agreste, cercada de desolación, sin más luz que
-la que debe al pálido y medroso resplandor de estas lívidas llamas?
-Salvémonos allí del embate de estas olas de fuego; reposemos en ella,
-si le es dado ofrecernos algún reposo; y reuniendo nuestras afligidas
-huestes, veamos cómo será posible hostigar en adelante a nuestro
-enemigo, cómo reparar nuestra pérdida, sobreponiéndonos a tan espantosa
-calamidad, y qué ayuda podremos hallar en la esperanza, si no nos
-sugiere algún intento la desesperación.»
-
-Así hablaba Satán a su más cercano compañero, con la cabeza fuera de
-las olas y los ojos centelleantes. De desmesurada anchura y longitud
-las demás partes de su cuerpo, tendido sobre el lago, ocupaba un
-espacio de muchas varas. Era su estatura tan enorme, como la de aquel
-que por su gigantesca corpulencia se designa en las fábulas con el
-nombre de Titán[12], o hijo de la Tierra, el cual hizo la guerra a
-Júpiter, y cual la de Briareo[13] o Tifón[14], cuya caverna se hallaba
-cerca de la antigua Tarso[15]; tan grande como el Leviatán[16],
-monstruo marino a quien Dios hizo el mayor de todos los seres que
-nadan en las corrientes del océano. Duerme tranquilo entre las
-espumosas olas de Noruega, y con frecuencia acaece, según dicen los
-marineros, que el piloto de alguna barca perdida le toma por una isla,
-echa el ancla sobre su escamosa piel y amarra a su costado, mientras
-las tinieblas de la noche cubren el mar, retardando la ansiada aurora.
-No menos enorme y gigantesco yacía el gran Enemigo encadenado en el
-lago abrasador; y nunca hubiera podido levantar su cabeza, si por la
-voluntad y alta permisión del Regulador de los cielos, no hubiera
-quedado en libertad de llevar a cabo sus perversos designios, para que
-con sus repetidos crímenes atrajese sobre sí la condenación al fraguar
-el mal ajeno, y a fin de que en su impotente rabia viese que toda su
-malicia solo había servido para que brillase más en el hombre, a quien
-después sedujo, la infinita bondad, la gracia y la misericordia, y en
-él resaltasen al par su confusión, sus iras y su venganza.
-
-Enderézase de pronto sobre el lago, mostrando su poderoso cuerpo;
-rechaza con ambas manos las llamas, que abren sus agudas puntas, y que
-rodando en forma de olas, dejan ver en el centro un horrendo valle; y
-desplegando entonces las alas, dirige a lo alto su vuelo, y se mece
-sobre el tenebroso aire, no acostumbrado a semejante peso, hasta que
-por fin desciende a una tierra árida, si tierra puede llamarse la
-que está siempre ardiendo con fuego compacto, como el lago con fuego
-líquido. Tal es el aspecto que presentan, cuando por la violencia de un
-torbellino subterráneo se desprende una colina arrancada del Peloro[17]
-o de los costados del mugiente Etna, las combustibles e inflamadas
-entrañas que, preñadas de fuego, se lanzan al espacio por el violento
-choque de los minerales y con el auxilio de los vientos, dejando un
-ardiente vacío envuelto en humo y corrompidos vapores. Semejante era
-la tierra en que puso Satán las plantas de sus pies malditos. Síguele
-Belzebú, su compañero, y ambos se vanaglorian de haber escapado de la
-Estigia por su virtud de dioses, y por haber recobrado sus propias
-fuerzas, no por la condescendencia del Poder supremo.
-
-[Ilustración: Enderézase de pronto sobre el lago, mostrando su
-poderoso cuerpo...]
-
-«¿Es esta la región, dijo entonces el precito Arcángel, este el país,
-el clima y la morada que debemos cambiar por el cielo, y esta tétrica
-oscuridad por la luz celeste? Séalo, pues el que ahora es soberano,
-solo lo que puede disponer y ordenar es lo que contempla justo; lo
-más preferible es lo que más nos aparte de él; que aunque la razón
-nos ha hecho iguales, él se nos ha sobrepuesto por la violencia.
-¡Adiós, campos afortunados, donde reina la alegría perpetuamente!
-¡Salud, mansión de horrores! ¡Salud, mundo infernal! Y tú, profundo
-Averno, recibe a tu nuevo señor, cuyo espíritu no cambiará nunca, ni
-con el tiempo ni en lugar alguno. El espíritu vivo en sí mismo, y en
-sí mismo puede hacer un cielo del infierno, o un infierno del cielo.
-¿Qué importa el lugar donde yo resida, si soy el mismo que era, si
-lo soy todo, aunque inferior a aquel a quien el trueno ha hecho más
-poderoso? Aquí, al menos, seremos libres, pues no ha de haber hecho el
-Omnipotente este sitio para envidiárnoslo, ni querrá, por lo tanto,
-expulsarnos de él; aquí podremos reinar con seguridad, y para mí,
-reinar es ambición digna, aun cuando sea sobre el infierno, porque más
-vale reinar aquí, que servir en el cielo. Pero, ¿dejaremos a nuestros
-fieles amigos, a los partícipes y compañeros de nuestra ruina, yacer
-anonadados en el lago del olvido? ¿No hemos de invitarlos a que
-compartan con nosotros esta triste mansión, o a intentar una vez más
-con nuestras fuerzas reunidas si hay todavía algo que recobrar en el
-cielo, o más que perder en el infierno?»
-
-Así hablaba Satán; y Belzebú le respondió así: «¡Caudillo de los
-ínclitos ejércitos, que por nadie sino por el Todopoderoso podían ser
-vencidos! Si otra vez oyen esa voz, seguro vaticinio de su esperanza
-en medio de sus temores y peligros, esa voz que ha resonado con tanta
-frecuencia en los trances más apurados, ya en el crítico momento del
-combate, o cuando arreciaba la lucha, y que era en todos los conflictos
-la señal indudable de la victoria, recobrarán de pronto nuevo valor y
-vida, aunque ahora giman lánguidos y postrados en el lago de fuego, y
-tan aturdidos y estupefactos como ha poco lo estábamos nosotros. Ni
-esto es de extrañar, habiendo caído desde tan funesta altura.»
-
-No bien había acabado de decir esto, cuando el réprobo príncipe se
-dirigió hacia la orilla. Pesado escudo de etéreo temple, macizo, ancho
-y redondo, pendía de sus espaldas, cubriéndolas con su inmenso disco,
-semejante a la luna, cuya órbita observa por la noche a través de un
-cristal óptico el astrónomo toscano, desde la cima del Fiésole[18] o en
-el valle del Arno, para descubrir nuevas tierras, ríos y montañas en su
-manchada esfera. La lanza de Satán, junto a la cual parecería una caña
-el más alto pino cortado en los montes de Noruega para convertirlo en
-mástil de un gran navío almirante, le ayuda a sostener sus inseguros
-pasos sobre la ardiente arena, pasos muy diferentes de aquellos con
-que recorría la azulada bóveda. Una zona tórrida, rodeada de fuego, le
-martiriza con sus ardores; pero todo lo sufre, hasta que llega por fin
-a la orilla de aquel inflamado mar.
-
-Detiénese allí, y llama a sus legiones, especie de ángeles degenerados,
-que yacen en espeso montón, como las hojas de otoño de que están
-cubiertos los arroyos de Valleumbrosa[19], donde los bosques de Etruria
-forman elevados arcos de ramaje; o como los juncos flotan dispersos por
-el agua, cuando Orión[20], armado de impetuosos vientos, combate las
-costas del mar Rojo; del mar cuyas olas derribaron a Busiris[21] y a la
-caballería de Menfis, que perseguía con pérfido encono a los moradores
-de Goshen[22], los cuales vieron desde la segura orilla cubiertas
-las aguas de enemigas aljabas y ruedas de sus destrozados carros.
-Así esparcidas, desalentadas y abyectas, llenaban el lago aquellas
-legiones, asombradas al contemplar su horrible transformación.
-
-Y Satán alzó su voz, de modo que resonó en todos los ámbitos del
-infierno:
-
-«¡Príncipes, potentados, guerreros, esplendor del cielo, que un día
-fue vuestro, y que habéis perdido! ¡Que tal estupor se haya apoderado
-de unos espíritus eternos! ¿O es que habéis elegido este sitio después
-de las fatigas de la batalla, para dar reposo a vuestro valor, porque
-tan dulce os es dormir aquí como en los valles del cielo? ¿Habéis
-jurado acaso adorar al vencedor en esa actitud humilde? Él os contempla
-ahora, querubines y serafines, revolcándoos en el lago con las armas
-y banderas destrozadas, hasta que sus alados ministros observen desde
-las puertas del cielo su ventajosa posición, y bajen para afrentarnos,
-viéndonos tan amilanados, o para confundirnos con sus rayos en el
-fondo de este abismo. ¡Despertad: levantaos, o permaneced para siempre
-envilecidos!»
-
-Oyéronle, y avergonzados, se levantaron, apoyándose sobre un ala, como
-el centinela que debiendo velar, es sorprendido al dejarse vencer
-del sueño por su severo jefe, y, soñoliento aún, procura parecer
-despierto. No ignoraban cuán desgraciada era su situación, ni dejaban
-de experimentar acerba pena; pero todas aquellas innumerables falanges
-obedecen al punto a la voz de su general.
-
-[Ilustración: Oyéronle, y avergonzados, se levantaron.]
-
-Así como, agitando al aire su poderosa vara el hijo de Amram[23], en
-días aciagos para Egipto, atrajo en alas del viento de oriente la negra
-nube de langostas que, cayendo como la noche sobre el reino del impío
-Faraón, ennegrecieron toda la tierra del Nilo; así en innumerable
-muchedumbre revoloteaban bajo la bóveda del infierno los ángeles
-protervos, cercados de llamas por todas partes, hasta que, levantando
-su lanza el gran caudillo como para señalarles el punto adonde habían
-de dirigir su vuelo, precipitáronse con movimiento uniforme sobre la
-tierra de endurecido azufre, y ocuparon la llanura toda. No salió nunca
-multitud tan grande de entre los hielos del populoso Norte, para cruzar
-el Rin o el Danubio, al arrojarse sus bárbaros hijos como un diluvio
-sobre el mediodía, y extenderse desde las costas de Gibraltar hasta los
-arenales de la Libia.
-
-De cada escuadrón y de cada hueste acuden al punto los guías y
-capitanes adonde se hallaba su supremo jefe. Asemejábanse a los dioses
-por su estatura y sus formas, superiores a las humanas; príncipes
-reales, potestades que en otro tiempo ocupaban sus tronos en el cielo,
-aunque en los anales celestes no se conserve ahora memoria de sus
-nombres, borrados ya, por su rebelión, del libro de la vida. No habían
-adquirido aún denominación propia entre los hijos de Eva; pero cuando
-errantes sobre la tierra, con superior permiso de Dios para probar al
-hombre, corrompieron a la mayor parte del género humano a fuerza de
-imposturas, induciéndole a que abandonara a su Criador, a que venerase
-a los demonios como deidades, y a transformar con frecuencia la gloria
-invisible de Aquel a quien debían el ser en la imagen de un bruto,
-para tributarle brillantes cultos de pomposa adoración y oro; entonces
-fueron conocidos con varios nombres, y en el mundo pagano bajo las
-formas de varios ídolos.
-
-Dime ¡oh Musa! cuáles eran; quién fue el primero, quién el último, que
-sacudió el sueño en aquel lago de fuego para acudir al llamamiento
-de su soberano; cómo los más cercanos a él en dignidad fueron
-presentándose en la desnuda playa, mientras la confusa multitud aún
-permanecía alejada.
-
-Los principales eran aquellos que, saliendo del abismo infernal para
-apoderarse en la tierra de su presa, tuvieron mucho después la audacia
-de fijar su residencia cerca de la de Dios, y sus altares junto al
-suyo; dioses adorados entre las naciones vecinas, que se atrevieron a
-disputar su imperio a Jehová, cuando fulminaba sus rayos desde Sión
-y asentaba su trono entre los querubines. Hasta en el mismo santuario
-llegaron no una vez sola a introducirse; y ¡oh abominación! profanaron
-con un culto maldito las ceremonias sagradas y las fiestas más
-solemnes, y a la luz de la verdad osaron oponerse con sus tinieblas.
-
-Adelántase primero Moloc, rey horrible[24], manchado con la sangre de
-los sacrificios humanos y destilando lágrimas paternales, aunque con
-el estrépito de tambores y timbales no fueran oídos los gritos de los
-hijos arrojados al fuego para ser después ofrecidos al execrable ídolo.
-Los Ammonitas le adoraron en la húmeda llanura de Rabba, en Argob y en
-Basán, hasta las extremas corrientes del Arnón; y no contento con tan
-dilatado imperio, indujo por medio de engaños al sabio Salomón a que
-le erigiera un templo frente al de Dios, en el monte del Oprobio[25],
-consagrándose luego un bosque en el risueño valle de Hinnón[26],
-llamado desde entonces Tophet y negro Gehenna, verdadero emblema del
-infierno.
-
-A Moloc seguía Chamós[27], obsceno numen de los hijos de Moab, desde
-Aroax hasta Nebo y el desierto más meridional de Abarim; en Hesebón
-y Horonaim, reino de Seón, allende el floreciente valle de Sibma,
-tapizado de frondosas vides, y en Elealé, hasta el Asfaltite. Llamábase
-también Péor, cuando en Sittim incitó a los israelitas que bajaban por
-el Nilo a que le hicieran lúbricas oblaciones, que tantas calamidades
-les produjeron. De allí propagó sus lascivas orgías hasta el monte
-del Escándalo, cercano al bosque del homicida Moloc, donde se unieron
-la disolución y el odio, hasta que el piadoso Josías los desterró al
-infierno.
-
-Con estas divinidades llegaron aquellas que desde las orillas del
-antiguo Éufrates hasta la corriente que separa a Egipto de las siriacas
-tierras, son generalmente conocidas con los nombres de Baal y de
-Astarot[28], varón el primero y la segunda hembra, pues los espíritus
-se transforman a su antojo en uno u otro sexo, o se apropian ambos a
-la vez, porque su esencia es sencilla y pura, que no está enlazada ni
-sujeta con músculos ni nervios, ni se apoya en la frágil fuerza de
-los huesos, como nuestra pesada carne, sino que toma la forma que más
-le place, ancha o estrecha, brillante u opaca, y así pueden realizar
-sus ilusiones y satisfacer sus afectos de amor o de odio. Por estas
-divinidades abandonaron a menudo los hijos de Israel a quien les
-daba vida, dejando de frecuentar su altar legítimo para prosternarse
-vilmente ante brutales dioses; y a esto se debió que rendidos sus
-cuellos en lo más recio de las batallas, sirvieran de trofeo a la lanza
-del enemigo más despreciable.
-
-Tras esta turba de divinidades apareció Astoret[29], a quien los
-Fenicios llaman Astarté, reina del cielo, con una media luna por
-corona; a cuya brillante imagen rinden himnos y votos las vírgenes de
-Sidón, a la luz del astro de la noche. Los mismos cantos resonaban en
-Sión, donde se elevaba su templo en el monte de la iniquidad, templo
-que edificó el afeminado rey[30], cuyo corazón, aunque generoso, cedió
-a los halagos de idólatras hermosuras, e inclinó la frente ante su
-infame culto.
-
-En seguida iba Tamuz, cuya herida, que se renueva anualmente, congrega
-en el Líbano a las jóvenes sirias, para dolerse del infortunio del
-dios; las cuales durante todo un día de verano entonan plegarias
-amorosas, mientras el río Adonis, deslizándose mansamente de su nativa
-roca, lleva al mar su purpúrea linfa, que se supone enrojecida con
-la sangre de Tamuz[31], a consecuencia de su anual herida: amorosa
-fábula, que comunicó el mismo ardor a las hijas de Sión, cuyas lascivas
-pasiones condenó Ezequiel bajo el sagrado pórtico, al descubrir en una
-de sus visiones las negras idolatrías de la infiel Judá.
-
-Veíase en pos al que lloró amargamente cuando al pie del arca cautiva
-cayó su grosero ídolo mutilado, cortadas cabeza y manos, en el umbral
-de la puerta de su propio santuario, donde rodaron sus restos con
-mengua de sus adoradores[32]. Dagón es su nombre, monstruo marino que
-tiene de hombre la mitad superior del cuerpo y de pescado la inferior;
-mas a pesar de ello ostentaba un alto templo en Azot, y era temido en
-toda la costa de Palestina, en Gat, en Ascalón y Ascarón, y hasta en
-los límites de la frontera de Gaza.
-
-Seguíase Rimmón, cuya deliciosa morada era la bella Damasco, en las
-fértiles orillas del Abbana y del Farfar, apacibles y cristalinos
-ríos. También este fue osado contra la casa de Dios: por el leproso
-que perdió una vez[33], se ganó un rey, a Acaz[34], su imbécil
-conquistador, a quien apartó del ara del Señor, poniendo en su lugar
-otra al estilo sirio, sobre la cual depositó Acaz sus impías ofrendas,
-adorando a los dioses a quienes había vencido.
-
-Aparecieron después en numerosa cohorte aquellos que bajo nombres
-un día famosos, Osiris, Isis, Orus[35] y su séquito de monstruos y
-supersticiones, abusaron del fanático Egipto y de sus sacerdotes, los
-cuales se forjaron divinidades errantes, encubiertas bajo formas de
-irracionales más bien que de humanas.
-
-Ni se libró Israel de aquel contagio, cuando transformó en oro prestado
-el becerro de Oreb; crimen en que reincidió un rey rebelde en Betel y
-en Dan[36], presentando bajo la apariencia de aquel pesado animal a su
-creador, Jehová, que al pasar una noche por Egipto, aniquiló de un solo
-golpe a sus primogénitos y a sus rumiantes dioses.
-
-El último fue Belial[37]. Nunca cayó del cielo espíritu más impuro ni
-más torpemente inclinado al vicio por el vicio mismo. No se elevó en
-su honor templo alguno ni humeaba ningún altar; pero ¿quién se halla
-con más frecuencia en los templos y los altares, cuando el sacerdote
-reniega de Dios, como renegaron los hijos de Elí, que mancharon la
-casa divina con sus violencias y prostituciones? Reina también en
-los palacios, en las cortes y en las corrompidas ciudades, donde el
-escandaloso estruendo de ultrajes y de improperios se eleva sobre las
-más altas torres; y cuando la noche tiende su manto por las calles, ve
-vagabundear por ellas a los hijos de Belial, repletos de insolencia y
-vino. Testigos las calles de Sodoma y la noche de Gabaa[38], cuando fue
-menester exponer en la puerta hospitalaria a una matrona para evitar
-rapto más odioso.
-
-Estos eran los principales en grado y poderío; los demás sería prolijo
-enumerarlos, aunque muy célebres en lejanas regiones: dioses de Jonia
-a quienes la posteridad de Javán tuvo por tales[39], pero reconocidos
-como posteriores al cielo y a la tierra, padres de todos ellos.
-Titán, primer hijo del cielo, con su numerosa prole y su derecho de
-primogenitura, usurpado por Saturno, más joven que él; del mismo modo a
-este se lo arrebató el poderoso Júpiter, su propio hijo y de Rea, que
-fundó en tal usurpación su imperio. Estos dioses, conocidos primero en
-Creta y en el monte Ida, y después en la nevada cima del frío Olimpo,
-gobernaron en la región media del aire, su más elevado cielo, o en
-las rocas de Delfos, o en Dodona, y en toda la extensión de la tierra
-dórica. Otro huyó con el viejo Saturno por el Adriático a los campos de
-Hesperia, y por el país de los celtas arribó a las más remotas islas.
-
-Todos estos y más llegaron en tropel, pero con los ojos bajos y
-llorosos; aunque, a vueltas de su sombrío ceño, se echaba de ver un
-destello de alegría; que no hallaban a su caudillo desesperado,
-ni ellos se contemplaban aniquilados, en medio de toda aquella
-destrucción. Comunicose su esperanza al dudoso gesto de Satán, y
-recobrando de pronto su acostumbrado orgullo, prorrumpió en recias
-voces, con entereza más simulada que verdadera, y poco a poco reanimó
-el desfallecido aliento de los suyos, disipando sus temores.
-
-De repente ordena que al bélico son de trompetas y clarines se enarbole
-su poderoso estandarte: Azazel, gran querubín, reclama de derecho
-tan envidiable honor y desenvuelve de la luciente asta la bandera
-imperial que, enarbolada y tendida al aire, brilla como un meteoro
-con las perlas y preciosos metales que realzan las armas y trofeos
-de los serafines. Entre tanto resuenan los ecos marciales del sonoro
-bronce, a los que responde el ejército todo con un grito atronador, que
-retumbando en las concavidades del infierno, lleva el espanto más allá
-del imperio del caos y la antigua noche.
-
-De repente aparecen en medio de las tinieblas diez mil banderas que
-ondean en los aires ostentando sus orientales colores, y en derredor
-de ellas un bosque inmenso de lanzas y apiñados cascos. Oprímense
-los escudos en una línea de impenetrable espesor, y a poco comienzan
-a moverse los guerreros, formando una perfecta falange, al compás
-del modo dórico, que resuena en flautas y suaves oboes. Tales eran
-los acentos que inspiraban a los antiguos héroes armados para el
-combate, en vez de furor, una noble calma, un valor sereno, que se
-sobreponía al temor, a la muerte y a la cobardía de la fuga o de una
-vergonzosa retirada; concierto que con sus acordes religiosos bastaba
-a tranquilizar el ánimo turbado, a desterrar la angustia, la duda, el
-temor y el pesar, y a mitigar el sobresalto del corazón así en los
-hombres como en los dioses.
-
-Unidas así sus fuerzas, y con un pensamiento fijo, marchaban
-silenciosos los ángeles caídos al son de los dulces instrumentos,
-que hacían menos dolorosos sus pasos sobre aquel suelo abrasador; y
-cuando hubieron avanzado todos hasta ponerse al alcance de la vista,
-se detuvieron, presentando su horrible frente, de espantosa longitud.
-Brillaban sus armas como las de los antiguos guerreros, y alineados
-con sus escudos y lanzas, esperaban la orden que debía dictarles el
-soberano.
-
-Fija Satán su experta vista en las compactas filas; de una ojeada
-recorre toda la hueste; ve el buen orden de los combatientes, sus
-semblantes, su estatura como la de los dioses, y calcula por último su
-número. Dilátase entonces su corazón lleno de orgullo, y se vanagloría
-al verse tan poderoso, pues desde que fue creado el hombre, no se
-había reunido fuerza tan formidable. A su lado cualquiera otra sería
-tan despreciable como los pigmeos de la India que guerrean con las
-grullas, aun cuando se agregase la raza gigantesca de Flegra[40] con la
-heroica que luchó delante de Tebas y de Ilión[41], donde por una y otra
-parte se mezclaban dioses auxiliares; aunque se uniesen aquellos que
-celebran fábulas y leyendas al hablar del hijo de Utero[42], rodeado
-de caballeros de la Armórica y de Bretaña; aunque se juntaran, en fin,
-todos los que después, cristianos o infieles, lidiaron en Aspromonte o
-Montauban, en Damasco, Marruecos o Trapisonda, o los que Bizerta envió
-desde la playa africana cuando Carlomagno y sus pares fueron derrotados
-en Fuenterrabía[43].
-
-Superior aquel ejército de espíritus a todos los de los mortales,
-observaba a su jefe, que superando a su vez a cuantos le rodeaban por
-su estatura y lo imperioso de su soberbio aspecto, se elevaba como una
-torre. No había perdido aún la primitiva belleza de sus formas, ni
-dejaba de parecer un arcángel destronado, en quien se traslucía aún
-la majestad de su pasada gloria; era comparable con el sol naciente,
-cuando sus rayos atraviesan con dificultad la niebla, o cuando, situado
-a espaldas de la luna, en los sombríos eclipses, difunde un crepúsculo
-funesto, y atormenta a los reyes con el temor que inspiran sus
-revoluciones. Así oscurecido, brillaba más el arcángel que todos sus
-compañeros; pero surcaban su rostro profundas cicatrices causadas por
-el rayo, y en la inquietud que en sus demacradas mejillas y bajo sus
-cejas se retrataba, al par que en su intrepidez e indomable orgullo,
-parecía anhelar el momento de la venganza. Cruel era su mirada, aunque
-en ella se descubrían indicios de remordimiento y de compasión al
-fijarla en sus cómplices, en sus secuaces más bien, tan distintos de
-lo que eran en la mansión bienaventurada, y a la sazón condenados para
-siempre a ser partícipes de su pena: millones de espíritus que por su
-falta se hallaban sometidos a los rigores del cielo, expulsados por su
-rebelión de los resplandores eternos, y que habían mancillado su gloria
-por permanecerle fieles. Asemejábanse a las encinas del bosque o a los
-pinos de la montaña, desnudos de su corteza por el fuego del cielo,
-pero cuyos majestuosos troncos, aunque destrozados, subsisten en pie
-sobre la abrasada tierra.
-
-Prepárase a hablar Satán, y se inclinan de una a otra ala las dobles
-filas de sus guerreros, rodeándole en parte todos sus capitanes, a
-quienes la atención hace enmudecer. Tres veces intenta el Arcángel
-comenzar, y otras tantas, con mengua de su orgullo, brotan de sus ojos
-lágrimas como las que pueden verter los ángeles; pero al fin se abren
-paso las palabras por enmedio de sus suspiros.
-
-«¡Legiones sin cuento de espíritus inmortales! ¡Dioses con quienes
-solo puede igualarse el Omnipotente! No dejó aquel combate de ser
-glorioso, por más que el resultado fuese funesto, como lo atestigua
-este lugar y este terrible cambio sobre el que es odioso discurrir.
-Pero ¿qué espíritu, por previsor que fuera, y por más que tuviera
-profundo conocimiento de lo pasado y de lo presente, habría temido
-que la fuerza unida de tantos dioses, y dioses como estos, llegaría a
-ser rechazada? ¿Quién podría creer, aun después de nuestra derrota,
-que todas estas poderosas legiones, cuyo destierro ha dejado desierto
-el cielo, no volvieran en sí, levantándose a recobrar su primitiva
-morada? En cuanto a mí, todo el celeste ejército es testigo de que
-ni los pareceres al mío contrarios, ni los peligros en que me he
-visto han podido frustrar mis esperanzas; pero Aquel que reinando
-como monarca en el cielo, había estado hasta entonces seguro sobre su
-trono, sostenido por una antigua reputación, por el consentimiento o
-la costumbre, hacía ante nosotros ostentación de su pompa regia, mas
-nos ocultaba su fuerza, con lo que nos alentó a la empresa que ha sido
-causa de nuestra ruina. De hoy más sabemos cuál es su poder y cuál el
-nuestro, de suerte que si no provocamos, tampoco tememos que se nos
-declare una nueva guerra. El mejor partido que nos resta, es fomentar
-algún secreto designio para obtener por astucia o por artificio lo que
-no hemos conseguido por fuerza; para que al fin podamos probarle que
-el que vence por la fuerza, no triunfa sino a medias de su enemigo.
-Puede el espacio producir nuevos mundos; y sobre esto circulaba en el
-cielo ha tiempo un rumor, respecto a que el Omnipotente pensaba crear
-en breve una generación que sus predilectas miradas contemplarían como
-igual a la de los hijos del cielo. Contra ese mundo intentaremos acaso
-nuestra primera agresión, siquiera sea por vía de ensayo; contra ese o
-cualquiera otro, porque este antro infernal no retendrá cautivos para
-siempre a los espíritus celestiales, ni estarán sumidos mucho tiempo en
-las tinieblas del abismo. Tales proyectos, sin embargo, deben madurarse
-en pleno consejo. Ya no queda esperanza de paz, porque, ¿quién pensaría
-en someterse? ¡Guerra pues! ¡Guerra franca o encubierta es lo que
-debemos determinar!»
-
-Dijo, y en muestra de aprobación, levantáronse en alto millones de
-flamígeras espadas, que desenvainaron los poderosos querubines. Su
-repentino fulgor ilumina en torno el Infierno; lanzan los demonios
-gritos de rabia contra el Todopoderoso, y enfurecidos, y empuñando sus
-armas, golpean los escudos con belicoso estruendo, lanzando un reto a
-la bóveda celeste.
-
-Elevábase a poca distancia una colina, cuya horrible cima exhalaba sin
-cesar fuego y columnas de humo, mientras lo restante de la eminencia
-brillaba con una capa lustrosa, señal indudable de que en sus entrañas
-se ocultaba una sustancia metálica, producida por el azufre. Por
-allí en alas del viento se precipita una numerosa falange, semejante
-a las escuadras de peones que, armados de picos y azadas, se esparcen
-por los reales para construir una trinchera o levantar un parapeto.
-Mammón[44] es quien la conduce; Mammón, el menos altivo de los
-espíritus caídos del cielo, pues aun en este sus miradas y pensamientos
-se dirigían siempre hacia abajo, admirando más las riquezas del
-pavimento celestial, donde se pisa el oro, que cuantas cosas divinas
-o sagradas se gozan en la visión beatífica. Por él primero, y guiados
-por sus indicaciones, saquearon los hombres el centro de la tierra, y
-con impías manos arrancaron a su madre las entrañas para apoderarse
-de tesoros que valdría más estuviesen para siempre ocultos. Abrió en
-breve la gente de Mammón una ancha brecha en la montaña, y extrajo de
-sus simas grandes porciones de oro. ¿Por qué hemos de admirarnos de
-que se produzcan las riquezas en el infierno, si sus senos son los
-más a propósito para tan precioso tósigo? Los que aquí se vanaglorian
-de las cosas mortales, y hablan maravillados de Babel y de las obras
-de los reyes de Menfis, sepan que los más célebres monumentos del
-poder y del arte humanos quedarían fácilmente eclipsados junto a los
-que los espíritus réprobos construyen. Ellos fabrican en una hora lo
-que los reyes, con incesantes trabajos e innumerables brazos, pueden
-acabar apenas. Cerca de allí, en la llanura, funden otros con arte
-maravilloso el mineral macizo en inmensos hornillos preparados al
-efecto, por debajo de los cuales pasa una corriente de fuego líquido
-que sale del lago, y separa cada especie, sacando las escorias de entre
-los terrones de oro. Otros, en fin, forman con igual prontitud en la
-tierra diferentes moldes, y por medio de un admirable artificio llenan
-cada uno de aquellos profundos huecos con la materia de los ardientes
-crisoles, del mismo modo que en el órgano, un solo soplo de viento,
-repartido entre varias series de tubos, produce todas sus armonías.
-
-De repente, al compás de una deliciosa música y dulces cantos, brota
-de la tierra como vaporosa llama un edificio inmenso, construido como
-un templo y rodeado de pilastras y columnas dóricas, coronadas por
-un arquitrabe de oro. No faltaban allí cornisas ni frisos con sus
-bajos relieves, y la techumbre era de oro cincelado. Ni Babilonia
-ni la grandiosa Menfis alcanzaron en sus días de gloria semejante
-magnificencia, para honrar a sus dioses, Belo o Serapis, o para
-entronizar a sus reyes, cuando el Egipto y la Asiria rivalizaban en
-riquezas y ostentación.
-
-Queda fija por fin la ascendente mole, ostentando su majestuosa
-altura; y abriéndose de pronto las puertas de bronce, dejan ver
-interiormente su vasto espacio, y toda la extensión de su pavimento
-terso y pulimentado. De la arqueada bóveda penden, por una sutil
-combinación mágica, varias filas de radiantes lámparas y esplendorosos
-fanales que, alimentados por la nafta y el asfalto, difunden la luz
-como los astros de un firmamento. Penetra apresuradamente la multitud
-en aquel recinto, admirándolo todos, y unos ensalzan la obra, y otros
-al arquitecto. Diose a conocer su mano en el cielo por la construcción
-de varias elevadas torres, donde los ángeles que empuñaban cetro tenían
-su residencia y trono de príncipes. El supremo Soberano los elevó a tal
-poder, encargándoles que gobernasen las celestiales milicias, cada cual
-conforme a su jerarquía.
-
-Ni fue el mismo arquitecto desconocido, ni careció de adoradores en la
-antigua Grecia: los hombres de Ausonia[45] le llamaron Múlciber[46].
-Contaba la fábula cómo fue arrojado por la ira de Júpiter, y por encima
-de los cristalinos muros del cielo, rodando todo un día de estío desde
-la mañana al medio día y desde el medio día hasta la noche; y al
-ponerse el sol cayó del zénit, como una estrella volante, en Lemnos,
-isla del mar Egeo. Referíanlo así los hombres y se equivocaban, pues la
-caída de Múlciber con su rebelde hueste, tuvo lugar mucho tiempo antes.
-De nada le valió haber construido elevadas torres en el cielo, ni se
-salvó a pesar de todas sus máquinas, siendo arrojado de cabeza con su
-industriosa horda para que construyera en el infierno.
-
-Entre tanto, los heraldos alados, por orden del soberano poder, con
-imponente aparato y a son de trompetas, proclaman en todo el ejército
-la convocación de un consejo solemne, que debe reunirse inmediatamente
-en el _Pandemonium_, capital de Satán y de sus magnates. Intiman el
-llamamiento a los más dignos por su clase, o por elección en cada
-hueste y legión regular, los cuales acuden al instante en grupos de
-ciento y de mil con su correspondiente séquito. Todas las avenidas
-están ocupadas, obstruidas las puertas, los espaciosos pórticos del
-templo, y sobre todo el inmenso salón, semejante a un campo cerrado,
-donde los bravos campeones acostumbran a cabalgar con todas sus armas
-ante el trono del Sultán, retando a la caballería pagana a un
-combate a muerte o a romper lanzas[47]. Bulle apiñado el enjambre de
-espíritus, así en la tierra como en el aire, agitando sus ruidosas
-alas. Como en la primavera, cuando se halla el sol en Tauro, hacen las
-abejas salir en grupos alrededor de la colmena a su populosa prole, y
-revolotean acá y allá entre las flores húmedas de rocío, o sobre la
-plancha unida, que forma la explanada de su pajiza ciudadela, cubierta
-de reciente néctar, y allí discuten y acuerdan sobre sus negocios de
-Estado; así revoloteaban y se comprimían aquellas numerosas legiones
-aéreas hasta el momento de darse la voz de alerta.
-
-[Ilustración: Intiman el llamamiento a los más dignos por su clase...]
-
-[Ilustración: Así en innumerable muchedumbre revoloteaban bajo la
-bóveda del infierno.]
-
-Pero ¡oh maravilla! los que antes semejaban superar en altura a los
-gigantes, hijos de la Tierra, son ahora menores que los enanos más
-pequeños, amontonándose innumerables en un reducido espacio, parecidos
-a los pigmeos que se encuentran allende las montañas de la India,
-o a los duendes que el rezagado campesino ve o imagina ver en sus
-conciliábulos de media noche, junto al lindero de un bosque o a la
-orilla de una fuente, mientras sobre su cabeza sigue tranquila la luna
-su pálido curso, acercándose más a la tierra, y los locuaces espíritus,
-entregados a sus danzas y juegos, halagan el oído del aldeano, cuyo
-corazón late a la vez de regocijo y miedo[48].
-
-De este modo aquellos espíritus incorpóreos redujeron su inmensa
-estatura a las más diminutas formas, y casi todos se hallaron, aunque
-seguían siendo innumerables, en el salón de aquella corte infernal.
-Pero más allá, interiormente, en sus verdaderas proporciones, y entre
-sí muy semejantes, hallábanse reunidos en un sitio retirado los grandes
-señores seráficos y los querubines; y mil semidioses, sentados en
-sillas de oro, constituían en secreto cónclave un consejo pleno, en que
-después de breve silencio, y leída la convocatoria, comenzó la solemne
-deliberación.
-
-[Ilustración: Sobre un trono de excelsa majestad, muy superior en
-esplendidez...]
-
-
-
-
-LIBRO SEGUNDO
-
-
-ARGUMENTO
-
- Congregado el Consejo, consúltale Satán sobre si deberá aventurarse
- otra batalla para recobrar el cielo: algunos son de este parecer;
- mas no todos opinan lo mismo. Prefieren otro recurso indicado antes
- por Satán, que consiste en averiguar la verdad de aquella profecía
- o tradición del cielo relativa a otro mundo y otra especie de
- criaturas, iguales, o no muy inferiores a los ángeles, y que debían
- crearse por aquel tiempo. Dudan respecto a quién se encargará de
- tan difícil empresa; pero Satán se ofrece a hacer solo el viaje, y
- prorrumpen todos en demostraciones de aplauso y júbilo. Terminado
- así el consejo, retíranse los espíritus por diferentes caminos,
- para dedicarse a ocupaciones diversas, según las aficiones de cada
- cual, y para dar tiempo a que vuelva Satanás. Llega este entre
- tanto a las puertas del infierno, que encuentra cerradas. Refiérese
- quiénes estaban allí para guardarlas, y cómo, abriéndoselas al fin,
- le muestran el gran abismo que hay entre el infierno y el cielo.
- Atraviésalo con gran dificultad, guiado por el Caos, soberano de
- aquel lugar, hasta que llega a la vista del nuevo mundo que buscaba.
-
-En un trono de excelsa majestad, muy superior en esplendidez a todas
-las riquezas de Ormuz y de la India[49], y de las regiones en que el
-suntuoso oriente vierte con opulenta mano sobre sus reyes bárbaros
-perlas y oro[50], encúmbrase Satán, exaltado por sus méritos a tan
-impía eminencia; y aunque la desesperación le ha puesto en dignidad tal
-como no podía esperar, todavía ambiciona mayor altura; y tenaz en su
-inútil guerra contra los cielos, no escarmentado por el desastre, da
-rienda así a su altiva imaginación:
-
-«¡Potestades y dominaciones, númenes celestiales! Pues no hay abismo
-que pueda sujetar en sus antros vigor tan inmortal como el nuestro,
-aunque oprimido y postrado ahora, no doy por perdido el cielo. Después
-de esta humillación, se levantarán las virtudes celestes más gloriosas
-y formidables que antes de su caída, y se asegurarán por sí mismas del
-temor de una segunda catástrofe. Aunque la justicia de mi derecho y
-las leyes constantes del cielo me designaron desde luego como vuestro
-caudillo, lo soy también por vuestra libre elección, y por los méritos
-que haya podido contraer en el consejo o en el combate; de modo que
-nuestra pérdida se ha reparado, en gran parte al menos, dado que
-me coloca en un trono más seguro, no envidiado, y cedido con pleno
-consentimiento. En el cielo, el que más feliz es por su elevación y
-su dignidad, puede excitar la envidia de un inferior cualquiera; pero
-aquí, ¿quién ha de envidiar al que, ocupando el lugar más alto, se
-halla más expuesto, por ser vuestro antemural, a los tiros del Tonante,
-y condenado a sufrir lo más duro de estos tormentos interminables?
-Donde no hay ningún bien que disputar, no puede alzarse en guerra
-facción alguna, pues nadie reclamará, seguramente, el bienestar del
-infierno; nadie tiene escasa participación en la pena actual, para
-codiciar, por espíritu de ambición, otra más grande. Con esta ventaja,
-pues, para nuestra unión, esta fe ciega e indisoluble concordia, que no
-se conocerán mayores en el cielo, venimos ya a reclamar nuestra antigua
-herencia, más seguros de triunfar que si nos lo asegurase el triunfo
-mismo. Pero cuál sea el medio mejor, si la guerra abierta o la guerra
-oculta, ahora lo examinaremos: hable quien se sienta capaz de dar
-consejo.»
-
-Calló Satán, y hallándose inmediato Moloc, rey que empuñaba cetro, se
-puso en pie. Era el más denodado y soberbio de todos los espíritus
-que combatieron en el cielo, y su desesperación le comunicaba ahora
-mayor fiereza. Pretendía ser igual en poderío al Eterno y, antes que
-reputarse inferior prefería dejar de existir, porque sin este cuidado
-nada tenía que le intimidase. Menospreciaba a Dios, y el infierno
-y cuanto hubiese más horroroso que este; y así prorrumpió en los
-siguientes términos:
-
-«¡Guerra abierta! este es mi parecer. No soy experto en ardides, ni
-me glorío de tal. Conspiren los que lo necesiten, mas cuando sea
-necesario, no ahora. ¡Pues qué!, mientras ellos sosegadamente urden
-sus tramas, ¿han de permanecer en pie y armados millones de espíritus
-que, ansiando la señal de desplegar sus alas, yacen aquí expatriados
-del cielo, sin más morada que esta sombría caverna, destierro infame,
-y prisión de un tirano que reina por nuestra apatía? No; prefiramos
-armarnos del furor y las llamas del infierno; abrámonos todos a la
-vez, sobre las elevadas torres del cielo, un camino en que no pueda
-oponernos resistencia, transformando nuestros tormentos en horribles
-armas contra el verdugo; que al estrépito de sus poderosos rayos
-responda nuestro infernal trueno, y vea los relámpagos convertidos en
-negra y horrorosa llama lanzada con igual rabia contra sus ángeles,
-y hasta su mismo trono envuelto entre el azufre del Tártaro y el
-extraño fuego que inventó para atormentarnos. Parecerá acaso difícil
-y escarpado el camino para escalar con seguro vuelo la altura de
-enemigo tan poderoso; pero recuerden los que esto crean, si no están
-aletargados aún con el soñoliento vapor de este lago del olvido, que
-por nuestro propio impulso nos elevamos a nuestra primitiva morada,
-y que el bajar y caer son contra nuestra naturaleza; pues cuando
-últimamente el fiero Enemigo daba sobre nuestra destrozada retaguardia,
-insultándonos y persiguiéndonos a través del abismo, ¿quién no sintió
-cuán pesado era nuestro vuelo al sumirnos en este precipicio? El
-ascender, pues, nos será muy fácil.
-
-»Témese el resultado de provocar a quien es tan fuerte para que
-imagine en su cólera algún recurso que acabe de aniquilarnos, si es
-dable en este lugar mayor anonadamiento; pero ¿qué mal más grande que
-existir aquí privados de todo bien, y condenados a eterna maldición
-en este antro odioso, donde nos abrasa inextinguible fuego, sin
-esperanza de ver el fin, esclavos de sus iras, y a merced del látigo
-inexorable cuando llega la hora de los tormentos[51]? Mayor castigo
-que el presente sería un extremo tal, que feneceríamos. Pues ¿qué
-tememos? ¿Por qué vacilamos en excitar su furor postrero, que siendo
-más violento nos consumirá del todo, reduciendo a la nada nuestra
-existencia? Preferible es esto a vivir miserables perpetuamente. Y si
-nuestra naturaleza es en realidad divina y no puede dejar de serlo, nos
-hallamos en peor condición que si nada fuésemos, y tenemos la prueba
-de que nuestro poder basta para trastornar el cielo, alarmando con
-incesantes asaltos aquel trono fatal, aunque inaccesible; lo cual, ya
-que no victoria, por lo menos será venganza.»
-
-No dijo más; y frunciendo el ceño, brillaron sus ojos en sed de
-inextinguible venganza y tremenda lid peligrosa para todos los seres
-inferiores a los dioses. Del lado opuesto se levantó Belial, en ademán
-más gracioso y menos fiero.
-
-Jamás se vieron privados los cielos de tan hermosa criatura: parecía
-estar predestinado a las dignidades y los grandes hechos, pero todo
-era en él ficción y vanidad, por más que destilase maná su lengua, y
-diera apariencias de cuerdos a los más falsos razonamientos, torciendo
-y frustrando los consejos más acertados. Era de pensamientos humildes,
-ingenioso para el vicio, tímido y lento para toda acción generosa; pero
-sabía halagar los oídos, y con persuasivo acento comenzó así:
-
-«Desde luego ¡oh príncipes! estaría yo por la guerra a muerte, que
-en aborrecimiento no cedo a nadie, si lo que se alega como suprema
-razón para resolvernos a una guerra inmediata, no me disuadiera más,
-y no me pareciese en último resultado de siniestro agüero. El que más
-se distingue como guerrero, desconfiando de su consejo y su propia
-fuerza, funda todo su valor en la desesperación, y prefiere un completo
-aniquilamiento; pero ante todo ¿cómo nos vengaremos? Las torres del
-cielo están llenas de centinelas armados que hacen imposible todo
-acceso, y con frecuencia acampan sus legiones al borde del abismo, o
-con sombrío vuelo exploran por do quiera los reinos de la noche, sin
-temor a sorpresa alguna; y aun cuando nos abriéramos un camino por
-la fuerza, aunque todo el infierno se arrojara tras nosotros para
-oscurecer con sus tinieblas la purísima luz del cielo, permanecería
-nuestro Enemigo incorruptible sobre su incólume trono, y la sustancia
-etérea, libre de toda mancha, rechazaría en breve la agresión,
-sirviendo nuestro fuego para alumbrar su triunfo.
-
-»Una vez repelidos, nuestra última esperanza será el colmo de la
-desesperación. Y ¿hemos de excitar al poderoso Vencedor a que apure su
-cólera y acabe con nosotros? ¿Ha de ser el dejar de existir nuestro
-solo anhelo? ¡Triste remedio! porque ¿quién querría perder, a pesar de
-cuanto padecemos, este ser inteligente, este pensamiento que abarca
-toda la eternidad, para perecer sepultados y perdidos en las profundas
-entrañas de perpetua noche, insensibles a todo y gimiendo en completa
-inercia? Y ¿quién sabe, dado que esto nos conviniera, si nuestro airado
-Enemigo podrá y querrá concedernos semejante muerte? Que pueda es
-dudoso; que no lo consentirá jamás, es seguro. Siendo tan previsor,
-¿cómo ha de resolverse a deponer de pronto su ira, simulando impotencia
-o descuido, para conceder a sus enemigos lo que desean, o aniquilar
-en su cólera a aquellos a quienes preserva su cólera misma a fin de
-castigarlos eternamente?
-
-»¿Por qué, pues, vacilamos? dicen los que aconsejan la guerra: estamos
-condenados, proscritos, destinados a una eterna desgracia. Como quiera
-que procedamos, ¿qué más podemos sufrir, qué castigo habrá mayor que
-este? ¿Tan extremo infortunio es por ventura hallarnos aquí sentados y
-deliberando armados? ¡Ah! cuando huíamos atropelladamente, perseguidos
-y abrasados por el tremendo rayo del cielo, y suplicábamos al abismo
-que nos acogiese, parecíanos este infierno un consuelo para nuestras
-heridas; y cuando nos hallábamos encadenados en el hirviente lago ¿no
-era seguramente peor nuestra situación? ¿Qué sería si se reanimase el
-hálito que encendió aquel funesto fuego, comunicándole una intensidad
-siete veces mayor, y de nuevo nos sumergiese dentro de las llamas,
-o si la interrumpida venganza del Dominador supremo armase otra vez
-su encendida diestra para atormentarnos? ¿Qué, si se abriesen los
-diques de su cólera, y si el firmamento que se extiende sobre el
-infierno vertiera sobre nuestras cabezas el fuego de sus cataratas,
-y cuantos horrores nos amenazaban un día con su espantoso castigo?
-Mientras proyectamos ahora o aconsejamos una gloriosa guerra, quizá
-se está formando abrasadora tempestad, en que nos veremos envueltos,
-y clavados sobre las rocas para ser juguete y presa de furiosos
-torbellinos, o sepultados para siempre y cargados de cadenas en este
-abrasado océano. A solas entonces con nuestros incesantes gemidos, sin
-tregua, ni reposo, ni compasión, durante siglos que no es de esperar
-acaben, ¡cuánto mayor será nuestra desventura! Debo, pues, disuadiros
-de la guerra así franca como encubierta; porque ¿de qué servirán ni
-astucia ni fuerza en semejante empeño? ¿Quién burlará la perspicacia de
-Aquel cuyos ojos lo abarcan todo de una sola mirada? Contemplándonos
-está desde la altura de los cielos, y menosprecia nuestras inútiles
-tentativas, dado que su poder es tan omnipotente para resistir a
-nuestras fuerzas, como para destruir todas nuestras tramas y conatos.
-
-»¿Luego viviremos envilecidos, y aunque hijos del cielo, ultrajados de
-esta suerte y condenados a destierro, y a sufrir en él estas cadenas
-y tormentos? Preferible es en mi juicio a otro mal más grande, pues
-el hado y sus decretos irrevocables nos someten a la voluntad del
-Vencedor. Fuerza tenemos para sufrir lo mismo que para obrar; la
-ley que lo ha ordenado así, no es injusta, y esto hubiéramos debido
-comprender desde el principio, y ser cautos, antes que mover guerra a
-Enemigo tan poderoso, y cuando su resultado era tan incierto.
-
-»Ríome de los que tan audaces y hábiles son en manejar la lanza, y
-cuando esta les falta, se amilanan, y temen que sobrevenga lo que
-saben que ha de sobrevenir: destierro, ignominia, cadenas y castigos,
-sujeción a que los somete su Vencedor. Tal es ahora nuestra suerte, y
-si a ella nos sometiésemos resignados, lograríamos quizá desarmar en
-cierto modo la cólera de nuestro supremo Enemigo; y tal vez hallándonos
-tan lejos de su presencia e inofensivos, se olvidará de nosotros, ya
-satisfecho de su justicia; y si su aliento no le incita, se templará
-el voraz fuego que nos consume; y purificada nuestra esencia, no
-participará de este vapor mefítico, se habituará a él para no sentirlo,
-o finalmente modificada y atemperándose a su intensidad y naturaleza,
-de tal manera se identificará con él que no experimente dolor alguno,
-convirtiéndose los tormentos en placeres y la oscuridad en luz. ¿Por
-qué no hemos de esperar en lo que el interminable curso de los días
-futuros pueda traernos, ni en las alteraciones y cambios en que debemos
-poner nuestra confianza, pues que nuestra suerte actual, si contraria,
-no es del todo infeliz, y si infeliz, no llegará al extremo con tal de
-que no nos hagamos merecedores de mayor desventura nosotros mismos?»
-
-Así Belial, con palabras disfrazadas de razones, aconsejaba un proceder
-indigno, una vil inacción, pero no la paz. Después de él habló Mammón
-de esta suerte:
-
-«Moveremos guerra, si la guerra es el mejor consejo, o para destronar
-al Rey del cielo, o para recobrar nuestros perdidos derechos.
-Destronarle no lo esperemos, mientras el eterno Destino no ceda al
-inconstante Acaso y sea el Caos árbitro de nuestra lucha. Si vana
-es la esperanza de lo uno, no lo será menor la de lo otro; pues de
-no expulsar al supremo Rey del cielo, ¿qué espacio quedará en este
-para nosotros? Demos que calmada su ira, y a condición de someternos
-de nuevo, perdone a todos: ¿con qué ojos le contemplaremos, cuando
-humillados en su presencia hayamos de recibir sus imperiosas órdenes,
-glorificar su majestad murmurando himnos, y violentarnos cantando en
-loor suyo _¡aleluya!_ mientras él, envidiado soberano, hará ostentación
-de su regia pompa, y su altar exhalará perfumes de ambrosía y de
-flores, serviles ofrendas de nuestro culto? Tal será nuestro oficio en
-el cielo, tales nuestros placeres. ¡Oh! ¡cuán dura será una eternidad
-empleada en adorar a quien tanto odiamos!
-
-»Rechacemos pues ese espléndido vasallaje que no es dado obtener por
-fuerza, que aun concedido sería afrentoso, por más que pertenezca
-al cielo, y busquemos nuestro bien en nosotros mismos, viviendo por
-nosotros y para nosotros, libres en estos vastos subterráneos, sin
-depender de voluntad alguna, y prefiriendo tan dura libertad al
-blando yugo de una pomposa servidumbre. Brillará más radiante nuestro
-esplendor si sabemos convertir lo pequeño en grande, lo nocivo en útil,
-la desgracia en prosperidad, y si, do quiera luchando con el mal,
-trocamos en bienestar el dolor por medio del trabajo y de la paciencia.
-
-»¿Por qué temer estos tenebrosos antros? ¿No se envuelve a veces el
-omnipotente Señor del cielo entre negras y espesas nubes sin que
-por eso eclipsen su gloria, y vela su trono con la grandeza de las
-tinieblas de que, encendido en furor, se lanza el pavoroso trueno, de
-modo que se asemeja al infierno el cielo? ¿Imita él nuestra oscuridad,
-y no hemos de poder nosotros cuando nos plazca imitar su luz? No carece
-este ingrato suelo de ocultos tesoros, de diamantes y oro, ni nosotros
-de arte para aprovecharnos de su magnificencia: ¿qué tenemos pues que
-envidiar al cielo? Podrán un tiempo estos mismos suplicios llegar a
-hacerse nuestro elemento; llegar esas penetrantes llamas a sernos
-tan benignas como hoy son crueles, y trocarse nuestra naturaleza en
-la propia de ellas; y esto necesariamente pondrá término a nuestros
-dolores. Todo, pues, nos invita a preferir pacíficos consejos y
-establecer un ordenado régimen, adoptando los remedios que más eficaces
-sean para nuestros presentes males; y en atención a lo que somos y al
-lugar en que nos hallamos, renunciar por completo a todo intento de
-guerra. Este es mi parecer.»
-
-No bien acabó de hablar, se suscitó en la asamblea un rumor semejante
-al que encerrados entre las cóncavas rocas hacen los furiosos vientos,
-cuando después de combatir el mar toda una noche, adormecen con su
-ronca cadencia a los marineros, extenuados de cansancio, pero que
-logran anclar su barca en una bahía pedregosa, pasada la tempestad.
-Resonaban así los murmullos de aprobación dados a Mammón cuando
-finalizó su razonamiento aconsejando la paz, porque cualquiera batalla
-que se empeñase les infundía más espanto que el mismo infierno: tal era
-el estrago que el rayo y la espada de Miguel habían causado en ellos;
-deseando no menos fundar aquel otro imperio, que la política y el largo
-transcurso del tiempo elevarían hasta hacerle competir con el de los
-cielos.
-
-Esto observado por Belzebú, que después de Satán ocupaba el más alto
-puesto, levantose con gravedad, y al levantarse, mostraba bien que era
-una columna de aquel Estado. Grabada llevaba en su frente la meditación
-que requieren los cargos públicos, y en su majestuoso semblante la
-sabiduría de un príncipe, por más que hubiese decaído tanto. Severo
-y enhiesto, ostentaba sus atlánticos hombros, capaces de sostener el
-peso de las más poderosas monarquías; su mirada imponía atención al
-auditorio, que permanecía tranquilo, como la noche, o en la estación
-estival el viento del mediodía. Y arengoles de esta suerte:
-
-«¡Tronos y Potestades imperiales, Virtudes etéreas, celestial Estirpe!
-¿Será que renunciemos a estos títulos, trocándolos por el de príncipes
-del infierno? Sin duda, pues el voto popular se inclina a que
-permanezcamos aquí para fundar un creciente imperio. ¡Oh desvarío!
-¿Podemos ignorar que el Rey del Empíreo nos ha sumido en estos lóbregos
-calabozos, no para preservarnos de su poderoso brazo, ni para vivir
-libres de la alta jurisdicción del cielo, en nueva liga contra su
-trono, sino para mantenernos en la más dura estrechez, aunque alejados
-de él, y bajo el inevitable yugo que reserva a toda esta cautiva
-muchedumbre? Porque habéis de tener por cierto que él imperará como
-primero, como último y único rey, lo mismo en la altura de los cielos
-que en la profundidad del abismo, dado que nuestra rebelión no ha
-mermado parte alguna de su soberanía; pero asentará su imperio en el
-infierno, y nos regirá con cetro de hierro, como rige los cielos con
-cetro de oro.
-
-»¿A qué, pues, deliberamos sobre la paz ni sobre la guerra?
-Resolvímonos por esta, y fuimos vencidos con irreparables pérdidas.
-Nadie ha ofrecido ni puesto condiciones de paz: ¿qué paz ha de
-concederse a los esclavos, más que una dura prisión, y los rigores
-y castigos que arbitrariamente se nos impongan? ¿Qué paz hemos de
-ofrecer sino la que podemos dar, agresiones, odio, invencible aversión
-y tardía venganza, conspirando siempre para hacer menos glorioso su
-triunfo al Vencedor y para acibararle en lo posible la satisfacción que
-en nuestros tormentos experimenta? Ocasión no ha de faltarnos, y no
-necesitaremos emprender peligrosas expediciones para invadir el cielo,
-cuyas altas murallas no temen asedios, ni asaltos, ni celada alguna de
-nuestra parte.
-
-»Empresa más fácil podemos acometer. Una región hay, si no miente
-antigua y profética tradición del cielo, hay un mundo, dichosa mansión
-de un ser nuevo llamado Hombre, que por este tiempo ha debido ser
-creado semejante a nosotros, inferior en poderío y excelencia, pero
-más favorecido del Hacedor supremo. Declaró su voluntad a los demás
-dioses, y quedó cumplida en virtud de un juramento que hizo retemblar
-en torno las bóvedas celestiales. Encaminemos a este fin todos nuestros
-proyectos; sepamos qué seres habitan ese mundo, cuál es su forma, su
-naturaleza, su fuerza o debilidad, cuáles sus dotes, y si contra ellos
-hemos de emplear la astucia o la violencia. Cerrados están los Cielos;
-domina allí su excelso Árbitro en la seguridad de su propia fuerza;
-pero acaso se halle situada esa mansión en los postreros límites de su
-reino; acaso esté confiada su defensa exclusivamente a sus moradores;
-en cuyo caso podemos intentar con fruto un repentino golpe, ya asolando
-aquellos lugares con el fuego de nuestro infierno, ya enseñoreándonos
-de todos como de cosa propia, y expulsando a los débiles que los
-ocupan, como se nos expulsó a nosotros; y cuando no expulsarlos,
-atraerlos a nuestro partido, de modo que su Dios los mire como
-enemigos, y arrepentido de ella, destruya su propia obra. Sería esto
-más que una vulgar venganza; sería amenguar el placer que le ha causado
-nuestra derrota; contrariedad tan ingrata para él cuanto satisfactoria
-para nosotros, porque sus queridos hijos, partícipes de nuestra suerte,
-maldecirán su frágil origen y lo efímero de su dicha. Ved si es para
-intentado proyecto tal, o si debemos permanecer aquí sumidos en las
-tinieblas, y forjándonos a nuestro gusto quiméricas soberanías.»
-
-Tal fue el diabólico consejo de Belzebú, imaginado primeramente y en
-parte propuesto por Satanás; pues ¿de quién sino del autor de todo mal
-podía nacer propósito tan malvado, y la idea de pervertir en su raíz a
-la raza humana, confundiendo la tierra con el infierno en odio de su
-supremo Autor? Pero este mismo odio había de servir para más realzar su
-gloria.
-
-Complació sobremanera a las infernales potencias el audaz proyecto; y
-aprobado que fue por su voto unánime, brillando en los ojos de todos la
-alegría, renovó Belzebú su discurso en estos términos:
-
-«¡Bien habéis calculado, prudentes dioses; digno fin habéis puesto
-a tan prolija consulta! Grande como vosotros es vuestra resolución,
-la cual nos sublimará al más alto punto, acercándonos de nuevo, y
-a despecho de los hados, a nuestras antiguas sedes, desde estos
-profundísimos abismos. A la vista de aquellas espléndidas regiones,
-no lejos de nuestras armas y en una ocasión propicia, quizá logremos
-recobrar el Empíreo, o cuando menos habitar en una templada zona, donde
-no huya de nosotros la hermosa luz de los cielos. Los rayos del fúlgido
-oriente nos librarán de esta oscuridad, y al exhalar su embalsamado
-perfume el aura apacible y pura, cicatrizará acaso las llagas causadas
-por este fuego devorador. Ahora bien: ¿a quién enviaremos en busca de
-esa nueva región? ¿A quién juzgaremos digno de tamaña empresa? ¿Quién
-aventurará sus vacilantes pasos por tan lóbrego, inmenso e insondable
-abismo, y hallará la ignorada senda a través de palpables sombras?
-¿Quién, sin que se rindan sus alas, sostendrá el vuelo aéreo en los
-ilimitados espacios del vacío hasta llegar a la afortunada isla?
-¿Qué arte, qué fuerza le bastará, ni cómo le será posible salvar con
-seguridad los apiñados centinelas y las múltiples falanges de ángeles
-que vigilan en derredor? Necesitará de gran prudencia, y no menos
-nosotros para elegirle, pues en él recaerá todo el peso, todo el éxito
-de nuestras últimas esperanzas.»
-
-Concluye así, siéntase, y los oyentes, con atentos ojos, esperan se
-presente alguno para secundar, contradecir o emprender la peligrosa
-aventura: todos permanecen quietos y mudos, calculando el riesgo en
-la profundidad de su pensamiento, y cada cual descubre asombrado
-su propia desconfianza en el semblante de los demás. Entre los más
-heroicos campeones que combatieron contra el cielo, no se encontraba
-ninguno bastante osado que se ofreciera a emprender por sí tan
-terrible expedición; hasta que Satán, a quien un glorioso renombre
-encumbraba sobre todos sus compañeros, con la altivez de monarca y el
-convencimiento de su gran superioridad, reposadamente les habló así:
-
-«¡Oh celestial progenie, tronos empíreos! Con razón guardamos silencio
-y permanecemos dudosos, aunque no intimidados. Largo y penoso es el
-camino que desde el infierno conduce a la luz; fuerte es nuestra
-prisión; nueve veces nos rodea esta inmensa bóveda de fuego violento y
-destructor, y las encendidas puertas de diamante, que nos oponen tantos
-estorbos, nos vedan salir de aquí. Salvadas una vez estas, se da en el
-profundo vacío de informe noche, que amenaza con la total destrucción
-de su ser al que se sumerja en aquel horroroso abismo. Si se penetra
-por fin en otro mundo cualquiera, o en una región desconocida ¿qué
-quedan más que ignorados peligros y la casi imposibilidad de evadirse?
-No sería yo, sin embargo, digno de este trono, ¡oh espíritus! ni de
-esta imperial soberanía, ornada de tanto esplendor y armada de tal
-poder, si las dificultades o peligros de lo que se propone y juzga
-importante a todos, pudieran retraerme de emprenderlo. ¿Por qué asumir
-la dignidad regia y no rehusar el cetro, si me negase a aceptar en los
-riesgos la parte proporcionada a los honores, la cual se debe al que
-reina con tanta mayor razón cuanto que ocupa más alto grado sobre
-los otros? Id, pues, espíritus poderosos, que aunque caídos, seguís
-siendo el terror del cielo; id a ver si en nuestra morada, mientras nos
-veamos reducidos a ella, hay algo que pueda atenuar nuestra miserable
-suerte y hacer menos odioso el infierno; si existe algún arbitrio o
-algún encanto para suspender, frustrar o mitigar los tormentos de esta
-detestable mansión. No os abandonéis al sueño ante un enemigo que está
-siempre vigilante; y yo entre tanto, lejos de vosotros, y atravesando
-un mundo de sombría desolación, procuraré la libertad de todos. En esta
-empresa no me acompañará nadie.»
-
-Así diciendo, se levantó el monarca, con lo cual prevenía cualquiera
-réplica; su sagacidad le sugería el temor de que animados otros
-jefes con su resolución, fuesen a ofrecer entonces, seguros de una
-negativa, lo que antes los arredraba, pues de este modo llegarían a
-hacerse rivales suyos en la opinión pública, logrando a poca costa la
-gran celebridad que él debía adquirir en cambio de infinitos riesgos.
-Pero aquellos rebeldes temían tanto el empeño como la voz que se lo
-prohibía; abandonaron, como él, su asiento; y el ruido que hicieron
-al levantarse todos a la vez, se asemejaba al de un trueno lejano.
-Inclináronse ante Satán con respetuosa veneración, y le ensalzaron
-como a un dios igual al Altísimo del cielo. Ni dejaron de encarecer
-cuán digno era de alabanza el que por la salvación general despreciaba
-la suya propia, pues aunque espíritus réprobos, no habían perdido
-enteramente su virtud, como los malvados que en la tierra se jactan
-de acciones especiosas fundadas en vanagloria, o de una ambición que
-encubren con cierto color de celo.
-
-Así terminaron sus tristes y dudosos razonamientos, con las esperanzas
-que les infundía caudillo tan incomparable; al modo que adormecidos
-los vientos del Norte, al extenderse desde la cima de las montañas las
-nubes tenebrosas y cubrir la risueña faz del cielo, derraman estas
-sobre los oscuros campos nieve o torrentes de agua; y si el fulgente
-sol envía sus destellos desde el ocaso, como una dulce despedida,
-reviven los campos, renuevan las aves sus gorjeos y prorrumpen las
-ovejas en alegres balidos que resuenan por valles y colinas. ¡Qué
-baldón para la humanidad! Únese el demonio en inalterable concordia
-con su infernal compañero, y entre todos los seres racionales solo los
-hombres se desavienen entre sí, a pesar de la esperanza que debieran
-tener en la divina gracia. Dios proclama la paz, y ellos viven, no
-obstante, dominados por el odio y la enemistad y en perpetua lucha;
-se mueven crueles guerras y devastan la tierra para destruirse unos
-a otros, como si no tuvieran, y en esto deberían cifrar su unión,
-sobrados enemigos en el infierno que día y noche conspiran para su
-ruina.
-
-Disuelto así el consejo, retiráronse ordenadamente los magnates
-infernales. Iba en medio el altivo soberano, que parecía por sí solo
-competidor del cielo, así como en su suprema pompa y majestad, remedo
-de la de Dios, se mostraba temido emperador del Orco. Rodeábale una
-cohorte de serafines de fuego que le conducían entre blasonados
-estandartes y tremendas armas. Mándase pregonar entonces al son de las
-trompetas reales la decisión del gran senado, y volviéndose prontamente
-a los cuatro vientos otros tantos querubines, acercan a sus labios
-los sonoros tubos[52], a cuyas voces responden las de los heraldos.
-Resuenan unas y otras por los más lejanos ámbitos del abismo, y toda
-la hueste del infierno acompaña con atronadores gritos sus fervientes
-aclamaciones.
-
-Ya con mayor sosiego, y en cierto modo reanimada por una esperanza
-tan falaz como presuntuosa, disuélvese toda aquella multitud, y
-cada cual sigue diverso rumbo, conforme a su inclinación o a su
-melancólica incertidumbre, buscando una distracción a sus desesperados
-pensamientos, o donde entretener las enojosas horas hasta el regreso
-de su caudillo. Unos, corriendo en veloz carrera por la llanura, otros
-elevándose en sus alas por los aires, compiten entre sí como en los
-juegos Olímpicos[53] o en los campos Píticos; otros refrenando sus
-fogosos corceles, procuran salvar la meta en sus raudos carros, o
-forman alineados escuadrones. Tal, para escarmiento de las ciudades
-belicosas, se representan simulados combates en la revuelta extensión
-del cielo, creyendo verse en las nubes ejércitos que se precipitan
-a entrar en batalla; y de cada parte se adelantan, lanza en ristre,
-caballeros aéreos, hasta que cierran una con otra ambas legiones y, al
-choque de sus armas, parece arder de uno a otro extremo el horizonte.
-Otros, poseídos de más implacable rabia que Tifeo[54], arrancan
-peñascos y montañas, y se lanzan por los aires cual torbellinos:
-apenas puede el infierno resistir tan violento ímpetu. No de otro modo
-Alcides[55], al volver de Ecalia[56], coronado por la victoria, y al
-sentir la envenenada túnica, desarraigaba a impulsos de su dolor los
-pinos de Tesalia y de la cima del Ete[57], arrojando a Licas[58] al mar
-de Eubea[59]. Más pacíficos otros, retirados a un valle silencioso,
-cantan al compás de sus arpas, con acentos angelicales, su heroica lid
-y la desgracia a que les trajo la suerte de las armas, lamentando que
-el destino triunfe del ánimo denodado por la fuerza o por la fortuna.
-Arrogantes se mostraban en sus loores; pero su armonía (¿cómo no, si
-al fin era de espíritus inmortales?) tenía embebecido al infierno, y
-extática a la muchedumbre que la escuchaba.
-
-Con discursos más dulces todavía, pues la elocuencia deleita el alma y
-la música los sentidos, retraídos algunos otros en un monte solitario,
-se entregan a más sublimes pensamientos y a profundos raciocinios sobre
-la providencia, la presciencia, la voluntad y el destino; por qué es
-inmutable este, y libre la voluntad y absoluta la presciencia; mas
-no hallaban solución alguna, perdidos en tan intrincados laberintos.
-Discuten prolijamente acerca del bien y del mal, la bienaventuranza y
-la última pena, la pasión y la apatía, la gloria y la abyección: todo
-ciencia vana, todo falsa filosofía; y sin embargo, comunicaban seductor
-encanto, aunque pasajero, a su dolor y angustia, infundíanles engañosas
-esperanzas, o fortificaban con pertinaz paciencia, como con acerada
-cota, sus corazones endurecidos.
-
-Hay asimismo algunos que congregados en numerosas bandas, se atreven a
-explorar la dilatada extensión de aquel siniestro mundo, en busca de
-otro clima que pueda ofrecerles mansión más grata. Dirigen a este fin
-su vuelo por cuatro puntos distintos, siguiendo las márgenes de los
-cuatro ríos infernales que vierten sus lúgubres aguas en el inflamado
-lago: la aborrecida Estigia, de donde el odio mortal procede; el negro
-y profundo Aqueronte, con su tristeza; el Cocito, así llamado por los
-lamentos que se oyen en lo interior de sus doloridas ondas, y el feroz
-Flegetón, que en torrentes de fuego exhala su encendida rabia. A larga
-distancia de estos fluye lento y silencioso el Leteo, río del olvido,
-que arrastra su tortuosa corriente, y al que bebe de sus aguas hace
-olvidar al punto su primitivo estado, y con él la alegría y el pesar,
-los placeres y los dolores.
-
-Pasado el Leteo, extiéndese un continente helado, sombrío y temeroso,
-combatido de perpetuas tempestades, huracanes y asolador granizo, que
-no se liquida en la dura tierra sino que amontonándose en grandes
-moles, semeja ruinas de antigua fábrica. Allí, cubierta de nieve y
-hielo, se abre una profunda sima parecida al lago Serbonio, entre
-Damieta y el monte Casio, donde fueron sepultados ejércitos enteros,
-donde la crudeza del aire abrasa, y el frío produce igual efecto que el
-fuego. Allí las furias armadas de garras, cual las harpías, arrastran
-en sazón oportuna a todos aquellos réprobos, que alternativamente
-experimentan la dura transición de crudelísimos contrastes, tanto más
-sensibles, cuanto que se suceden uno a otro. Desde el voraz fuego
-en que yacen, son transportados a una atmósfera glacial, en que se
-extingue su dulce calor etéreo, y en la que permanecen algún tiempo
-inmóviles, ateridos de sus miembros todos, para sufrir después nuevo
-y abrasador tormento. Cruzan yendo y viniendo el estrecho del Leteo,
-y cada vez se aumenta más su suplicio y son mayores sus ansias;
-anhelan tocar con sus labios aquella agua que los incita: una sola
-gota les daría instantáneamente el dulce olvido de todas sus penas
-y desventuras; y ¡con cuánta facilidad, teniéndola tan cerca! Pero
-el destino no lo consiente, y para imposibilitar su deseo, les sale
-al paso Medusa, con su terrible aspecto de Gorgona. El agua huye por
-sí misma de toda boca viviente, como huyó algún día de los sedientos
-labios de Tántalo.
-
-Divagando así perdidas entre mil y mil confusiones, con mortal
-sobresalto y los ojos desencajados, veían por vez primera las
-desbandadas legiones su triste suerte, y no les era dable reposo
-alguno. Salvan oscuros y desiertos valles, regiones donde el dolor
-impera, montañas alpestres de hielo y fuego, rocas, cavernas, lagos,
-pantanos, abismos, tinieblas mortíferas, todo un mundo de destrucción,
-que Dios, maldiciéndole, creó malo, y únicamente bueno para el mal;
-mundo en que toda vida muere, en que toda muerte vive, y en que
-la perversa naturaleza engendra seres monstruosos, prodigiosos,
-abominables, indefinibles, más repugnantes que los que la fábula
-inventó o concibió el temor; Gorgonas, Hidras y Quimeras espantosas.
-
-Entre tanto, Satán, el enemigo de Dios y el Hombre, llena su mente
-de ambiciosas imaginaciones, extiende su raudo vuelo, y explora el
-solitario camino que conduce a las puertas del infierno. Toma unas
-veces la derecha, otras la opuesta mano; ya se desliza con iguales alas
-por la superficie del abismo, ya se eleva cual torre aérea hacia la
-ardiente concavidad del firmamento; y como se descubre en lontananza,
-surcando el mar, y suspendida al parecer de las nubes, una flota que, a
-favor de los vientos del equinoccio, se ha dado a la vela en Bengala o
-en las islas de Ternate y de Tidor[60], de donde los mercaderes extraen
-sus drogas, y por el rumbo que marca el tráfico cruza el inmenso océano
-desde Etiopía hasta el Cabo[61], enderezando las proas al polo a pesar
-de las marejadas y de la noche; tal, contemplado de lejos, parecía el
-alígero explorador.
-
-[Ilustración: Todos los seres imperfectos, verdaderos abortos y
-monstruos...]
-
-[Ilustración: Delante de ellas, a uno y otro lado, estaban sentadas...]
-
-Divísanse por fin las murallas del infierno, que se elevan hasta sus
-horribles bóvedas, y las tres triplicadas puertas, formadas por
-tres planchas de bronce, tres de hierro y tres de diamantina roca,
-todas impenetrables, todas rodeadas de un valladar de inextinguible
-fuego. Delante de ellas, a uno y otro lado, estaban sentadas dos
-formidables figuras; una, de la cabeza a la cintura tenía apariencia
-de mujer, y mujer bellísima, pero su asqueroso cuerpo era el de una
-serpiente armada de aguijón mortal y cubierta de anchos y escamosos
-pliegues. Rodeábanla por la mitad multitud de rabiosos perros que,
-despidiendo de sus anchas fauces de Cerbero incesantes aullidos,
-producían horrendo estrépito. Si alguna vez se veían obligados a
-ocultarse, iban introduciéndose sin dificultad en las entrañas del
-monstruo, donde tenían seguro asilo, e invisibles allí, proseguían
-ladrando. Menos aborrecibles eran los que atormentaban a Scila mientras
-se bañaba en el mar que separa al calabrés de las mugientes costas
-de Trinacria[62]; ni ofrecía tan horrible aspecto el séquito que
-acompañaba a la nocturna maga, cuando, cabalgando por los aires, y
-atraída por el secreto olor de la sangre de algún niño, acudía a los
-bailes de las brujas de la Laponia, y eclipsaba el resplandor de la
-Luna con la fuerza de sus encantos[63].
-
-La otra figura, si darse puede este nombre a lo que no tenía forma
-distinta de miembros, ni articulaciones, o si puede llamarse sustancia
-a lo que se asemejaba a una sombra, que ambas cosas parecía, negra como
-la noche, feroz como diez furias, terrible como el infierno, blandía
-un terrible dardo, y en lo que aparentaba cabeza, tenía algo que
-representaba como una corona real. Al ir a acercársela Satán, levantose
-el monstruo de su asiento, avanzó presuroso hacia él, y el infierno
-retembló con sus pasos. Contemplole con asombro el impávido Enemigo,
-y se admiró, mas sin arredrarse, porque excepto a Dios y su Hijo, ni
-respetaba ni temía a ningún ser creado; y con desdeñosa mirada, se
-anticipó a hablar, diciendo:
-
-«¿De dónde vienes tú? ¿Quién eres, monstruo execrable, que temerario
-y terrible, osas con tu deforme aspecto oponerte a mi paso en estas
-puertas? Resuelto estoy a franquearlas, y ten por seguro que no te
-pediré permiso; retírate, o pagarás cara tu insensatez, hijo del
-infierno, y aprenderás por experiencia a no competir con los espíritus
-celestiales.»
-
-A lo que replicó el espectro encendido en cólera:
-
-«¿Eres tú aquel ángel traidor, el primero que infringió la paz y la
-fe del cielo, respetadas hasta entonces, y el que en su orgullosa
-rebelión arrastró consigo a la tercera parte de los espíritus celestes
-conjurados contra el Altísimo? Tú y ellos, desechados de Dios, ¿no
-estáis condenados por ese crimen a subsistir aquí por toda una
-eternidad envilecidos y entre tormentos? ¿Te cuentas tú entre los
-espíritus del cielo, réprobo del infierno? ¿Y prorrumpes en altiveces
-y arranques de menosprecio aquí, donde impero como soberano, y donde,
-para mayor confusión tuya, soy tu señor y rey? ¡Atrás, fugitivo
-impostor, a tus mazmorras! Y pon nuevas alas a tu ligereza, no sea que
-con un látigo de escorpiones avive tu lentitud, o que al menor impulso
-de este dardo te sientas sobrecogido de extraño horror, y de angustias
-que todavía no has experimentado.»
-
-Dijo así el pálido Terror, y así hablando y amenazando, adquirió un
-aspecto diez veces más repulsivo y espantoso. Por su parte Satán,
-ardiendo en ira, no daba muestras de temor alguno, semejante a
-un ardiente cometa que inflama el espacio ocupado por el enorme
-Serpentario en el cielo ártico, destilando de su hórrida cabellera
-pestilencia y guerras. Dirígense ambos combatientes un golpe mortal a
-la cabeza, contando con que no han de tener que repetirlo sus fatales
-manos, y se provocan con sus miradas; como cuando cargadas con la
-artillería del cielo, avanzan dos nubes lóbregas mugiendo sobre el mar
-Caspio, y se colocan frente a frente, hasta que un soplo de viento
-les da la señal de romper en medio de los aires el cruel combate.
-Contémplanse los esforzados campeones con ojos tan sombríos, que al
-fruncir de sus cejas se oscureció el infierno; que tal era su denuedo;
-pero ni uno ni otro habían de hallar sino una sola vez enemigo más
-temible[64]. Hubieran llevado a cabo inauditos hechos, con terror del
-infierno todo, si la del medio cuerpo de serpiente, que estaba sentada
-junto a la puerta y guardaba la fatal llave, no se hubiera arrojado
-entre los combatientes, lanzando un espantoso grito. «¡Oh padre!
-exclamó, ¿qué intentan tus manos contra tu único hijo? ¿Qué furor ¡oh
-hijo! te impulsa a dirigir tu dardo mortal contra la cabeza de tu
-padre? ¿Sabes a quién obedeces? A Aquel que sentado en su supremo trono
-se ríe de ti, porque eres esclavo suyo, porque ejecutarás débilmente
-cuanto te ordene en su cólera, que él llama justicia; su cólera, que
-algún día os destruirá a los dos.»
-
-Dijo, y a su voz se detuvo el infernal fantasma, y Satán le respondió
-de este modo: «Con tu extraño grito y tus palabras no menos extrañas,
-te has interpuesto aquí de manera, que al suspender su repentino golpe
-mi brazo, no renuncia a poner por obra lo que ha resuelto. Pero antes
-deseo saber de ti quién eres, que reúnes esas dos formas, y por qué
-al encontrarme por vez primera en este valle infernal, me has llamado
-padre, y dices que es hijo mío ese espectro. Ni te conozco, ni he visto
-jamás seres tan detestables como sois ambos.»
-
-«Luego ¿ya me has olvidado? replicó ella. ¿Tan horrible parezco
-ahora a tus ojos, cuando en el cielo me tuviste por tan hermosa? En
-medio y a la vista de todos los serafines coligados contigo en su
-atrevida rebelión contra el Rey del cielo, te sobrecogió de pronto un
-dolor cruel; anublados y desvanecidos tus ojos, se perdieron en las
-tinieblas, mientras que brotando de tu cabeza una tras otra apiñadas
-llamas, se abrió profundamente por el lado izquierdo, y semejante a
-ti en la forma y esplendor, y animada de celestial hermosura, salí de
-ella en figura de diosa armada. Retrocedieron llenos de admiración
-todos los espíritus, y me llamaron Pecado, considerándome como un
-presagio siniestro; pero familiarizados después conmigo, les prendé
-de suerte que mis gracias seductoras rindieron a los que me miraban
-con más desvío. Fuiste el primero tú, que contemplando a menudo en
-mí tu perfecta imagen, te enamoraste de ella, y a solas conmigo
-gozaste los inefables deleites que engendraron en mis entrañas un
-nuevo ser. En tanto estalló la guerra: combatiose en los campos del
-cielo; nuestro poderoso Enemigo alcanzó inmarcesible triunfo (¿qué
-había de acontecer?), y nuestro partido quedó derrotado en todo el
-Empíreo. Cayeron nuestras legiones, precipitadas desde las alturas
-del cielo hasta el fondo de este abismo, y envuelta en su ruina,
-caí yo también. Entonces me fue entregada esta llave poderosa, con
-orden de mantener estas puertas cerradas para siempre, para que nadie
-pueda traspasarlas, si no las abro. Pensativa y sola me senté aquí:
-durome poco el sosiego, pues fecundado por ti mi vientre, y cercano
-ya el trance extremo, experimentó movimientos prodigiosos y dolores
-insoportables. Por fin ese aborrecible vástago que ves, hechura tuya,
-abriéndose paso violentamente, desgarró mis entrañas, y retorciéndose
-estas por el miedo y las convulsiones, quedó toda la parte inferior de
-mi cuerpo desfigurada. Nació ese enemigo mío, nació de mí blandiendo
-su fatal dardo, que lo destruye todo: y yo hui gritando: _¡Muerte!_
-Estremeciose el infierno al oír este horrible nombre, y en lo mas
-hondo de sus cavernas se oyó un suspiro que repetía: _¡Muerte!_ Y yo
-seguía huyendo, y el espectro corría tras mí, aunque al parecer no
-tanto encendido en rabia, cuanto en lujuria; y como más ligero que yo,
-me alcanzó por fin; y sin respeto a mi horror de madre, entre impuros
-y violentos abrazos engendró conmigo en aquel rapto estos monstruos
-ladradores, que lanzando continuos aullidos me acosan como ves, y de
-nuevo los concibo a todas horas, y a todas horas me hacen sentir los
-dolores de su acerbo parto, porque vuelven a entrar en mi seno cuando
-les place, y aullando y royendo mis entrañas, que son su alimento,
-salen de pronto, y me causan tan profundo terror, que no hallo un
-instante de tregua ni reposo.
-
-»Sentada ante mis ojos, y siempre en frente de mí, mi hija y enemiga,
-la horrible Muerte, azuza a esos perros, y ya me hubiera devorado, a
-falta de otra presa, aunque soy su madre, si no supiera que su fin va
-unido al mío, que yo, en tal caso, sería para ella un bocado amargo,
-un letal veneno, porque el destino lo ha dispuesto así. Pero te
-prevengo, padre, que evites la herida de su flecha, y no te lisonjees
-de que te haga invulnerable esa brillante armadura, por más que sea de
-etéreo temple, pues nadie, excepto aquel que reina allá arriba, puede
-despuntar arma tan mortífera.»
-
-Así dijo; y aprovechando el sagaz Enemigo la advertencia, blanda y
-pausadamente repuso:
-
-«Hija querida, pues me reconoces por tu señor y me muestras a mi bello
-hijo (prenda amada de los placeres que gozamos allá en el cielo,
-placeres tan dulces entonces como hoy de triste recuerdo, por la cruel
-desventura en que impensadamente hemos caído), sabe que no vengo como
-enemigo, sino para libertaros de esta sombría y horrible mansión de
-dolor a ti y a él y a toda la hueste de espíritus celestiales que por
-nuestras justas pretensiones quedaron envueltos en nuestra ruina.
-Enviado por ellos, emprendo solo este arriesgado viaje y solo me
-arriesgo por todos. Voy a recorrer con solitarios pasos el insondable
-abismo; en mi errante peregrinación a través del espacio inmenso, voy
-en busca de un lugar cuya existencia se ha predicho, y que a juzgar por
-varias señales, debe haberse creado ya, siendo redondo y vasto. Es una
-mansión deleitosa, situada en los confines del cielo, y donde habitan
-seres de reciente origen, destinados acaso a ocupar nuestros asientos
-vacantes, bien que se los mantenga ahora alejados de ellos por temor de
-que sobrecargados con una poderosa multitud, ocurran en el cielo nuevas
-perturbaciones. A averiguar si esta es la causa, u otra más oculta,
-voy apresuradamente; y una vez sabido el secreto, volveré en breve para
-trasladaros, a ti y a la Muerte, a una morada donde viviréis entre
-placeres, donde discurriréis con libre vuelo, invisibles, y respirando
-los suavísimos vapores de embalsamado ambiente. Allí, para que saciéis
-sin tasa vuestro apetito, todo será presa vuestra.»
-
-Calló Satán, porque los dos monstruos dieron muestras de suma
-satisfacción, y la Muerte gesticuló con espantosa sonrisa al saber
-que aplacaría su hambre regocijándose de la dichosa ocasión que se la
-preparaba; y no menos complacida su proterva madre, prosiguió diciendo:
-
-«Guardo la llave de este abismo infernal, porque tal es mi privilegio
-y el mandato del omnipotente Señor del cielo que me ha prohibido abrir
-estas puertas de diamante. La Muerte está determinada a rechazar
-toda violencia, segura de no ser vencida por ningún poder viviente;
-pero ¿debo yo obedecer las órdenes de un tirano que me odia y que
-me ha sumido en la lobreguez del profundo Tártaro, para desempeñar
-tan detestable oficio, y he de estar yo, hija del cielo, condenada a
-perpetua angustia y pena, y a oír aterrada el incesante clamoreo de mis
-hijos, que se alimentan de mis entrañas? Tú eres mi padre, el autor
-de mi existencia; tú me has dado el ser: ¿a quién pues debo obedecer
-y seguir sino a ti? Llévame pronto a ese nuevo mundo de claridad y
-de ventura, donde en compañía de dioses que gozan tan dulce vida, en
-voluptuosa paz, y sentada a tu derecha, cual conviene a tu hija y
-favorita, reine por toda una eternidad.»
-
-Esto diciendo, sacó de su cintura la llave fatal, triste instrumento
-de todos nuestros males, y arrastrando su monstruoso cuerpo hasta la
-puerta, alzó sin dilación el enorme rastrillo que solo ella podía
-levantar, y que no hubieran movido todas las fuerzas del infierno
-juntas; hizo girar en la cerradura las complicadas guardas de la llave,
-y descorrió fácilmente las barras y cerrojos de hierro macizo y de
-dura piedra. Ábrense de improviso las puertas con impetuosa violencia
-y resonante estrépito, y al rechinar sus goznes produjeron un bronco
-trueno que retumbó en las más profundas concavidades del Averno.
-
-Abrió las puertas; no estaba en su mano cerrarlas, y quedaron abiertas
-para siempre. Eran tan anchas, que desplegadas sus alas y banderas, con
-sus caballos y carros en buen orden, hubiera podido pasar holgadamente
-todo un ejército por ellas; y como la boca de un horno encendido,
-vomitaban rojizas llamas y espeso humo.
-
-De repente aparecen ante los ojos de Satán y los dos espectros los
-secretos del antiguo abismo, sombrío e inmenso océano, sin límites ni
-dimensiones, donde se pierden la extensión, la profundidad, el tiempo
-y el espacio; donde la primitiva Noche y el Caos, progenitores de la
-Naturaleza, viven en eterna discordia, entre el rumor de perpetuas
-guerras, y sostenidos solo por sus perturbaciones. El calor, el
-frío, la humedad y la sequía, terribles campeones, se disputan la
-preferencia, lanzan al combate sus átomos embrionarios los cuales
-agrupados en diversas tribus alrededor de la bandera de sus legiones,
-pesada o ligeramente armados, agudos, redondos, rápidos o lentos,
-pululan en número infinito como las arenas de Barca o del ardiente
-suelo de Cirene[65], y van arrebatados a tomar parte en la lucha de los
-vientos; o a servir de contrapeso a sus raudas alas. El que lleva en
-pos mayor número de átomos, domina por un momento; el Caos impera como
-árbitro; sus mandatos aumentan más el desorden que le da el cetro, y a
-falta de él lo gobierna todo el Acaso como ministro supremo.
-
-En aquel hórrido abismo, cuna de la Naturaleza y tal vez su tumba, que
-no es ni mar, ni tierra, ni aire, ni fuego, sino mezcla de todos estos
-elementos, los cuales confundidos en sus fecundos gérmenes deben luchar
-así perpetuamente, a no ser que el Creador Supremo destine sus impuros
-materiales a la formación de nuevos mundos; en aquel hórrido abismo, al
-borde del infierno, se detuvo el cauteloso Satán, y le contempló algún
-tiempo, reflexionando en su viaje, pues no era un pequeño estrecho el
-que tenía que atravesar. Atruenan sus oídos estrepitosos rumores, no
-menos violentos, comparando cosas grandes con pequeñas, que los de las
-tempestades de Belona cuando pone en juego sus destructoras máquinas
-para arrasar una ciudad fortísima; menor sería el estruendo si se
-desplomase la celeste bóveda, y los elementos desencadenados arrancaran
-de su eje a la tierra inmóvil. Satán despliega por fin sus alas,
-semejantes a dos anchas velas, para emprender su vuelo, y estriba con
-el pie en la tierra, elevándose entre torbellinos de humo.
-
-[Ilustración: Y con cabeza, manos, alas y pies, se sumerge, fluctúa y
-se arrastra.]
-
-Llevado como en un carro de nubes, sigue subiendo audaz por espacio
-de muchas leguas, pero faltándole de pronto el apoyo, encuentra un
-inmenso vacío, y sorprendido y agitando en vano sus alas, cae como un
-plomo a diez mil brazas de profundidad. Aún estaría cayendo, si por una
-desgraciada casualidad no le hubiera lanzado a otras tantas millas
-de altura la fuerte explosión de una tempestuosa nube, impregnada
-de fuego y nitro. Apagose su furor en una sirte esponjosa que no
-era ni mar ni tierra, y Satán, casi sumergido, atravesó el movedizo
-promontorio, tan presto a pie como volando. Tuvo entonces que emplear
-remos y velas; y semejante al grifo que en su alada carrera persigue
-por desiertos, montañas y valles al arimaspo[66], que ha sustraído
-sutilmente el oro confiado a su vigilante guarda, así continúa Satán
-ardorosamente su camino a través de pantanos, precipicios y estrechos,
-de vapores densos o enrarecidos; y con cabeza, manos, alas y pies,
-nada, se sumerge, fluctúa, se arrastra y vuela.
-
-Llega, por fin, a sus oídos con sin igual fragor, un extraño y
-universal clamoreo de sordos sonidos y confusas voces, pero igualmente
-intrépido, se dirige hacia aquel lado para dar con el poder o espíritu
-del profundo abismo que resida allí, y preguntarle en qué punto se
-halla el límite de las tinieblas más próximo a la luz. De repente
-aparece el trono del Caos, desplegándose su negro e inmenso pabellón
-sobre un despeñadero de ruinas. La Noche, cubierta de negro manto, se
-ve asimismo sentada en su trono al lado del Caos; y como anterior a
-todos los seres, comparte con él el cetro. A su lado se hallan Orco y
-Ades, y Demogorgón[67], de terrible renombre; después el Rumor y el
-Acaso, el Tumulto y la Confusión monstruosa, y por último, la Discordia
-con sus mil bocas distintas. Satán se dirige osado al Caos, y le dice:
-
-«Potestades y espíritus de este profundo abismo, Caos y antigua
-Noche: sabed que no vengo aquí como espía, con objeto de explorar o
-sorprender los secretos de vuestro reino; obligado a pasar por este
-sombrío desierto, a través de vuestro vasto imperio, porque me encamino
-hacia la luz, solo, sin guía y casi perdido, busco el rumbo más breve
-para llegar al punto donde vuestras oscuras fronteras se tocan con el
-cielo. Y si algún otro lugar de vuestro dominio ha sido invadido y
-ocupado últimamente por el Rey etéreo, salvando estas profundidades
-allí intentaré llegar. Dirigid mis pasos, que bien encaminados, no será
-escasa la recompensa que logréis en beneficio de vuestros intereses;
-no lo será, si arrojado el usurpador de la región perdida, consigo
-volverla a sus primitivas tinieblas y a vuestro dominio. Este es el
-objeto de mi presente viaje, y enarbolar de nuevo el estandarte de la
-antigua Noche. Para vosotros todas las ventajas; ¡yo me contento solo
-con vengarme!»
-
-Así dijo Satán, y con voz temblorosa y descompuesto semblante le
-contestó el viejo Anarca: «Te conozco, extranjero; tú eres el poderoso
-jefe de los ángeles que últimamente se rebelaron contra el Rey del
-cielo, y que fuiste derrotado. Yo lo vi y lo oí, pues tan numerosa
-milicia no pudo huir en silencio a través del aterrado abismo, yendo
-destrozada, perseguida, y más confundida que la misma confusión,
-mientras las puertas del cielo daban paso a millones de sus huestes
-victoriosas. Yo he venido a residir en mis fronteras, donde todo mi
-poder apenas basta para salvar lo poco que me resta, pues también se
-experimentan aquí vuestras divisiones intestinas, que van mermando los
-antiguos dominios de la Noche; además de que por una parte el infierno,
-donde tenéis vuestras prisiones, se ha dilatado en torno bajo mis
-pies; por otra, ese Paraíso, ese nuevo mundo, están suspendidos sobre
-mi reino y unidos por una cadena de oro al punto del cielo de donde
-cayeron precipitadas vuestras legiones. Si queréis encaminaros hacia
-ese lado, no estáis distante; más cerca os hallaréis del peligro. Id,
-pues; apresurad la marcha; los despojos, la ruina y el exterminio son
-mi alimento.»
-
-No dijo más, ni Satán se detuvo a replicar, sino que gozoso de tener
-próxima una playa en aquel océano, lánzase con nuevo ardor y con nueva
-fuerza por el inmenso espacio, como una pirámide de fuego. Pugnando con
-los desencadenados elementos que le rodean por todas partes, prosigue
-su camino más estrecho, más peligroso que el del navío Argos al cruzar
-el Bósforo, con mayores riesgos que Ulises cuando al evitar por un lado
-a Caribdis, vio amenazada su inexperiencia con otro escollo.
-
-Así avanzaba Satán difícil y penosamente; pero una vez que forzó el
-paso, y más adelante cuando cayó el Hombre (¡extraña novedad!), el
-Pecado y la Muerte, que seguían las huellas del infernal enemigo, pues
-tal fue la voluntad del cielo, abrieron ancho camino por el sombrío
-abismo, cuyo hirviente seno consintió que se echara un puente de
-asombrosa longitud desde el infierno hasta el orbe exterior de este
-frágil globo. Por medio de esta fácil comunicación, van y vienen los
-espíritus perversos, excepto los mortales, para tentar o castigar
-a aquellos a quienes Dios y los santos ángeles guardan por gracia
-particular.
-
-Pero ya, por fin, comienza a sentirse la influencia sagrada de la luz,
-y el alba luminosa envía desde las murallas del cielo un destello al
-tenebroso seno de la oscura Noche. Aquí tienen principio los más
-lejanos límites de la naturaleza; retrocede al Caos y se retira de
-sus defensas como enemigo vencido, con menos estrépito y resistencia,
-mientras Satán, tranquila y holgadamente, se desliza por las apacibles
-hondas, guiado de incierta luz, a la manera de un buque combatido
-por las tempestades, que entra alegremente en el puerto, aunque con
-sus jarcias y velas despedazadas. Parecido al aire, tiende sus alas
-a la inmensidad del vacío, contemplando desde lejos y enajenado el
-empíreo cielo, cuya extensión es tal, que no acierta a distinguir si
-es cuadrada o circular. Descubre las torres de ópalo; las almenas
-de brillantes zafiros donde fue un tiempo su patria; ve también
-junto a la luna, sujeto al extremo de una cadena de oro, aquel mundo
-suspendido[68], igual a una estrella de la más pequeña magnitud; desde
-allí, animado por inicua sed de venganza, maldito él, y en maldita
-hora, aceleró su vuelo.
-
-
-
-
-LIBRO TERCERO
-
-
-ARGUMENTO
-
- Sentado Dios en su trono, ve a Satán, que vuela hacia el mundo
- nuevamente creado, y mostrándole a su Hijo, que reside a su diestra,
- le predice cómo intentará y logrará aquel pervertir al género humano.
- Pone a salvo de toda imputación su justicia y sabiduría, dado que ha
- hecho al Hombre libre y capaz de resistir a las tentaciones de su
- enemigo; y anuncia su designio de perdonarle, atendiendo a que no
- se dejará llevar de su propia perversidad, como Satán, sino de la
- seducción de este. El Hijo glorifica al Padre por su bondad, pero
- Dios declara al propio tiempo que no podrá conceder su gracia al
- Hombre sin que la justicia divina quede satisfecha, porque al atentar
- contra su poder, aspirando a la divinidad, se ha hecho reo de muerte
- con toda su descendencia, y debe morir, a no ser que haya alguien
- capaz de reparar su culpa, sufriendo el castigo de ella. El Hijo de
- Dios se ofrece entonces voluntariamente a rescatar al Hombre; acepta
- el Padre la oferta, ordena su encarnación, y dispone que sea exaltado
- sobre todo cuanto existe en el cielo y en la tierra. Manda luego a
- todos sus ángeles que le adoren; obedécenle ellos, y al compás de
- sus arpas, entonan himnos de gloria en loor del Omnipotente y de su
- Hijo. Entretanto, desciende Satán a la superficie exterior del globo
- terráqueo, y divagando por uno y otro punto, llega a un lugar llamado
- posteriormente el Limbo de la Vanidad. Qué seres y qué cosas se
- dirigen volando hacia el mismo sitio. Acércase después a las puertas
- del cielo, y se describen las gradas por donde se sube a él, así
- como las aguas que corren por encima del firmamento. Pasa Satán a la
- órbita del Sol, y encuentra a Uriel, rector de aquella esfera; pero
- antes toma la forma de un ángel inferior, y pretextando un religioso
- deseo de contemplar el mundo nuevamente creado, y al Hombre colocado
- por Dios en él, procura averiguar cuál es su morada. Indícasela
- Uriel, y Satán dirige a ella su vuelo, deteniéndose primeramente en
- la cima del Nifates.
-
-¡Salve, sagrada luz, hija primogénita del cielo[69] o destello
-inmortal del eterno Ser! ¿Por qué no he de llamarte así, cuando Dios
-es luz, y cuando en inaccesible y perpetua luz tiene su morada, y por
-consiguiente en ti, resplandeciente efluvio de su increada esencia? Y
-si prefieres el nombre de puro raudal del éter, ¿quién dirá cuál es
-tu origen, dado que fuiste antes que el sol, antes que los cielos,
-cubriendo a la voz de Dios, como con un manto, el mundo que salía de
-entre las profundas y tenebrosas ondas, arrancado al vacío informe e
-inconmensurable?
-
-Vuelvo ahora a ti nuevamente con más atrevidas alas, dejando el
-Estigio lago, en cuya negra mansión he permanecido sobrado tiempo.
-Mientras volaba cruzando tenebrosas regiones y menos sombríos ámbitos,
-canté el Caos y la eterna Noche en tonos desconocidos a la cítara de
-Orfeo. Guiado por una musa celestial, osé descender a las profundas
-tinieblas, y remontarme de nuevo, arduo y penoso empeño. Seguro ya,
-vuelvo a ti, siento tu influencia vivificadora; pero tú no iluminas
-estos ojos, que en vano buscan tu penetrante rayo sin descubrir
-claridad alguna: a tal punto ha consumido sus órbitas invencible mal,
-o se hallan cubiertas de espeso velo. Mas alentado por el amor que me
-inspira sagrados cantos, recorro sin cesar los sitios frecuentados
-por las Musas, las claras fuentes, los umbríos bosques, las colinas
-que dora el sol; y a ti sobre todo ¡oh Sión! a ti, y a los floridos
-arroyos que bañan tus santos pies y se deslizan con suave murmullo, me
-dirijo durante la noche. Ni olvido tampoco a aquellos dos, iguales a
-mí en desgracia (¡así los igualara en gloria!), el ciego Tamiris y el
-ciego Meónides[70], ni a los antiguos profetas Tiresias y Fineo[71],
-deleitándome entonces con los pensamientos que inspiran de suyo
-armoniosos metros, como el ave vigilante que canta en la oscura sombra,
-y oculta entre el espeso follaje, hace oír sus nocturnos trinos.
-
-Así con el progreso del año vuelven las estaciones; mas para mí no
-vuelve jamás el día: no veo los dulces albores de la mañana, ni el
-crepúsculo de la tarde, ni la flor de la primavera, ni la rosa del
-estío, ni los rebaños de los prados, ni la faz divina del Hombre.
-Sumido entre tinieblas y eternas nubes, apartado de las gratas
-sendas de la vida humana, no me ofrece el libro cuyo estudio es tan
-interesante, más que una inmensa página en blanco, donde están borradas
-para mí las obras de la naturaleza, y la sabiduría halla cerrada en uno
-de mis sentidos la puerta que más fácil entrada le dejaría.
-
-Brilla, pues, dentro de mí con más esplendor ¡oh celeste luz! Ilumina
-con tus rayos las potencias todas de mi alma; pon ojos en ella;
-purifica y presérvala de las sombras que la envuelven, para que pueda
-ver y narrar cosas invisibles a la vista de los mortales.
-
-Desde las cumbres del puro empíreo, donde ocupando su trono, domina
-sobre las mayores eminencias, inclinó una mirada el omnipotente Padre
-para contemplar a la vez sus obras y las obras de sus criaturas.
-Agrupábanse en torno suyo todas las santidades del cielo, como
-otras tantas estrellas, y se gozaban en su vista con indecible
-bienaventuranza: a su diestra tenía asiento su único Hijo, radiante
-imagen de su gloria. Dirigió su vista a la Tierra, fijándola en
-nuestros dos primeros padres, únicos seres de la especie humana, que
-colocados en un jardín delicioso, saboreaban inmortales frutos de paz
-y amor, inalterable paz, amor sin igual en aquella soledad dichosa.
-Miró después al infierno, y al abismo que le separa del mundo, y vio a
-Satán volando por la tenebrosa atmósfera, en torno de los límites del
-cielo, y hacia la región de la Noche, inclinado a posar sus fatigadas
-alas y su pie impaciente en la árida superficie de este mundo, que le
-parecía un globo sólido y sin firmamento. Dudaba si era océano u aire
-aquel espacio; y observándole Dios con la profunda mirada que penetra
-en el presente, el pasado y el porvenir, dirigió a su Unigénito estas
-proféticas palabras:
-
-«¿Ves, Hijo mío, el furor de que está poseído nuestro adversario? Ni
-la estrechez en que se halla, ni las barreras del infierno, ni las
-cadenas de que está cargado, ni aún el vacío inmenso del abismo bastan
-para contenerle: tanto le ciega la desesperación de una venganza que
-recaerá sobre su rebelde cabeza. Rotos ahora los lazos que le oprimían,
-se acerca al cielo, a la región de la luz, dirigiéndose al mundo
-nuevamente creado, con el intento de destruir por la fuerza al Hombre
-que mora allí, o lo que es peor, pervertirle con algún artificioso
-engaño. Y lo conseguirá; porque atento el Hombre a sus falaces
-lisonjas, y quebrantado fácilmente mi único mandato, la única prueba
-que exijo de su obediencia, caerá no solo él, sino toda su infiel
-progenie.
-
-»¿A quién podrá culpar, a quién más que a sí propio? ¡Ingrato! Le
-concedí cuanto podía anhelar; le inspiré la justicia, la rectitud,
-la fuerza para sostenerse, aunque con la libertad para caer; del
-propio modo creé a todas las potestades y espíritus etéreos, así
-a los que permanecieron fieles, como a los que se rebelaron, pues
-libres fueron los unos para sostenerse, los otros para caer. Sin
-esta libertad, ¿qué prueba sincera hubieran podido dar de verdadera
-obediencia, de constante fe ni de amor, obrando solo por necesidad,
-no voluntariamente? ¿De qué alabanza se hubieran hecho merecedores?
-¿Qué satisfacción había de causarme semejante obediencia, cuando la
-voluntad y la razón (que en la razón también hay albedrío), tan vana
-la una como la otra, privadas ambas de libertad y ambas pasivas,
-cedieran a la necesidad, no a mi precepto?
-
-»Así creados, y conforme al derecho de que disfrutan, no pueden en
-justicia acusar a su Hacedor, ni a su naturaleza, ni a su destino,
-cual si este avasallase su voluntad o dispusiera de ellos por un
-decreto absoluto o una prevención suprema. Ellos mismos han decidido
-su rebelión, no yo; yo la tenía prevista, mas semejante previsión no
-redunda en disculpa suya, que no por haber dejado de preverla hubiera
-sido menos segura. Así pues, sin que los impulse nadie, sin poder
-achacarlo al destino, ni a una predestinación inmutable por parte mía,
-ellos son los que pecan, ellos los autores de su mal, en que caen
-deliberadamente o por su elección. Libres los he formado; libres deben
-permanecer hasta que ellos mismos vengan a esclavizarse, pues de otra
-suerte me sería forzoso cambiar su naturaleza, revocando el supremo
-decreto, inmutable y eterno, por el cual les fue otorgada su libertad.
-Ellos solo son la causa de su caída.
-
-»Los primeros culpables cayeron instigados, tentados por sí mismos,
-y por su propia depravación: el Hombre cae engañado por aquellos
-rebeldes, y por lo mismo obtendrá gracia; los otros no. Por la
-misericordia y la justicia triunfará mi gloria así en el cielo como en
-la tierra: mas la misericordia, desde el principio al fin, será la que
-resplandezca más.»
-
-Mientras hablaba así Dios, se difundía por todo el cielo un aroma
-de perfumada ambrosía que comunicaba a los elegidos espíritus de
-los bienaventurados el inefable gozo de un nuevo júbilo. Mostraba
-el hijo de Dios la expresión de una gloria sin igual; veíase en él
-sustancialmente reproducido su Padre en toda su plenitud; y en su
-rostro aparecían visibles una divina compasión, un amor infinito y una
-inefable gracia, que le movieron a dirigirse a su Padre, diciendo así:
-
-«¡Oh Padre mío! ¡Cuán misericordiosa es la sentencia que como supremo
-juez has pronunciado! ¡Que el Hombre obtendrá perdón! Por ella
-publicarán cielo y tierra tus alabanzas en innumerables himnos y
-sagrados cánticos, que resonando alrededor de tu trono, para siempre
-te bendigan. Pero ¿será que el Hombre perezca al fin? ¿Que la última y
-más amada de tus criaturas, el más joven de tus hijos, sea víctima de
-un engaño, aunque su propia demencia contribuya a él? Lejos de ti rigor
-tanto, lejos de ti, Padre mío, que juzgas, y siempre equitativamente,
-de cuanto has hecho. ¿Conseguirá así sus fines nuestro adversario,
-frustrando los tuyos y sobreponiéndose su malicia, a tus bondades?
-¿Verá satisfecho su orgullo, aunque sujeto a más duras penas, y logrará
-saciar su venganza, arrastrando consigo al infierno, después de haberla
-corrompido, a toda la raza humana? ¿Has de destruir tú mismo tu
-creación, y deshacer por ese enemigo lo que has hecho para tu gloria?
-Pondríanse entonces en duda tu bondad y tu grandeza, y se negarían una
-y otra, sin que fuera posible defenderlas.»
-
-«¡Oh hijo mío, en quien tanto se goza mi alma, le replicó el Sumo
-Hacedor, Hijo de mi seno, mi único Verbo, mi sabiduría, mi más eficaz
-poder! Conformes están tus palabras con mis pensamientos y con lo que
-mi eterno designio ha decretado; no perecerá enteramente el Hombre:
-salvarase el que lo desee, mas no por su voluntad propia, sino por
-mi gracia libremente concedida. Restableceré de nuevo su degenerada
-condición, aunque sujeta por el pecado a impuros y violentos deseos,
-y con mi ayuda podrá otra vez resistir a su mortal enemigo; pero
-esta ayuda ha de servirle para que sepa a qué extremo ha llegado de
-degradación, y para que a mí, exclusivamente a mí, sea deudor de su
-libertad.
-
-»Ya entre todos ellos he escogido a algunos, dignos de mi predilección,
-porque tal ha sido mi voluntad: los demás oirán mi llamamiento, y
-serán con frecuencia amonestados para que, reconociendo su iniquidad,
-se apresuren a aplacar mi indignación y aprovecharse de la gracia con
-que les brindo. Yo iluminaré cuanto sea necesario la ofuscación de sus
-sentidos, y ablandaré sus endurecidos corazones para que puedan orar,
-arrepentirse y prestarme la debida obediencia. A sus ruegos, a su
-arrepentimiento y sumisión, cuando procedan de un ánimo sincero, ni mis
-oídos ni mis ojos permanecerán cerrados; les daré por guía y árbitro
-la conciencia; y si la escuchan y la emplean bien, cada vez alcanzarán
-más luz, y perseverando hasta el fin, tendrán segura su salvación. Pero
-nunca disfrutarán de mi inagotable indulgencia ni de mi gracia los que
-la olviden y menosprecien, sino que se aumentarán en el endurecido su
-dureza y en el ciego su ceguedad para que tropiecen y caigan en mayor
-abismo; y solo a estos excluiré de mi misericordia.
-
-»Resta todavía que hacer: desobediente y rebelde, el Hombre ha
-quebrantado su fe, y pecado contra la alta majestad del cielo; ha
-aspirado a la divinidad y perdídolo así todo, sin reservar nada con que
-expiar su crimen; por lo que amenazado de destrucción, debe perecer
-con toda su posteridad. Preciso es, pues, que él o la justicia dejen
-de existir, a no ser que en su lugar se ofrezca voluntariamente alguno
-capaz de dar completa satisfacción, es decir, muerte por muerte. Ahora
-bien, decidme, celestes potestades: ¿dónde hallar semejante abnegación?
-¿Quién de vosotros, para redimir el crimen del hombre, se hará mortal?
-¿Qué justo salvará al injusto? ¿Existe en todo el cielo tan sublime
-amor?»
-
-A esta pregunta enmudecieron los coros allí presentes, y el cielo
-todo quedó en silencio. No se presentó en favor del Hombre patrono
-ni intercesor alguno, ni menos quien osara atraer sobre su cabeza
-el mortífero castigo, ofreciéndose como precio de aquel rescate; y
-hubiérase perdido toda la especie humana sin tener quien la redimiese,
-entregada por un terrible decreto a la muerte y al infierno, si el
-Hijo de Dios, en quien reside la plenitud del amor divino, no hubiese
-interpuesto de nuevo su poderosa mediación, diciendo:
-
-«Ya, Padre mío, has pronunciado tu sentencia: el Hombre obtendrá
-perdón. Mas este perdón en que está cifrada la mayor eficacia de tu
-bondad, que acude a todas tus criaturas, y a todas llega sin que se
-prevea, ni implore, ni solicite, ¿ha de haberse otorgado en vano?
-¡Feliz el hombre que así lo alcanza, pero que una vez perdido y muerto
-por el pecado, no podrá recurrir a él, en la incapacidad de ofrecer por
-sí holocausto ni expiación alguna!
-
-»Heme aquí, pues: yo me ofrezco por él; yo ofrezco mi vida por la
-suya. Caiga sobre mí tu cólera; mírame como a un hombre. Por su amor
-me separaré de ti, me desposeeré voluntariamente de esta gloria que
-contigo comparto; por él moriré contento. Descargue en mí la Muerte sus
-furores; no permaneceré sumido mucho tiempo en su tenebroso imperio. Tú
-me has concedido vivir por mí propio y perpetuamente; y por ti viviré,
-aunque ahora me someta a la Muerte, y le entregue cuanto haya en mí de
-perecedero.
-
-»Pero una vez satisfecha esta deuda, no me dejarás yacer en el horror
-del sepulcro, ni consentirás que mi alma inmaculada esté para siempre
-sujeta a la corrupción, sino que resucitaré victorioso, subyugando
-a mi vencedor, a quien arrancaré los despojos de que se muestra tan
-envanecido. Será este golpe funesto para la Muerte, que al contemplar
-su humillación, quebrará su letal saeta; y encumbrándome yo por el
-dilatado espacio del aire en medio de mi triunfo, llevaré cautivo
-al infierno a pesar suyo, dejando aherrojadas las potestades de las
-tinieblas. Y tú te deleitarás en este espectáculo, y dirigirás desde el
-cielo una mirada, y sonreirás amorosamente; y con tu ayuda, confundiré
-a todos mis enemigos, como a la Muerte, el postrero de ellos, cuyo
-esqueleto henchirá el sepulcro. Cercado entonces de la muchedumbre
-redimida por mí, tornaré al cielo tras larga ausencia; tornaré, Padre
-mío, a contemplar tu rostro, en que no se descubrirá ya sombra alguna
-de indignación, sino anuncios de ventura y paz; porque dando al olvido
-tu cólera, se gozará en tu reino de inefable júbilo.»
-
-Estas fueron sus últimas palabras. Calló; mas parecía seguir hablando
-con una expresión de dulzura tal, que revelaba su infinito amor
-hacia los mortales, amor que solo era comparable a su obediencia
-filial. Ofrecido a sí propio como víctima, esperaba que el augusto
-Padre manifestase su voluntad. El cielo estaba mudo de asombro, sin
-comprender la significación de aquel misterio ni el fin a que se
-encaminaba; cuando el Omnipotente exclamó así:
-
-«¡Oh tú, en la tierra y en el cielo única prenda de paz para el
-género humano, bastante a aplacar mi cólera, y único objeto de mi
-complacencia! Bien sabes cuán queridas me son todas mis obras, y cuánto
-lo es el Hombre, última de las que han salido de mis manos, pues por
-él te separaré de mi seno y de mi diestra, para salvar, privado de ti
-algún tiempo, a toda esa raza de perdición. Y dado que tú solo puedes
-redimirla, une a la tuya la naturaleza humana, y baja a ser hombre
-entre los hombres de la tierra; hazte carne, cumplido que fuere el
-tiempo, saliendo del seno de una virgen y naciendo milagrosamente. Sé
-padre del género humano en lugar de Adán, aunque hijo de este; y ya
-que en él perecen todos los hombres, de ti, como de una segunda raíz,
-renacerán los que sean dignos de esta gracia, pero sin ti no se salvará
-nadie. El crimen de Adán hace culpables a todos sus hijos; por tu
-mérito, que les será traspasado, quedarán absueltos los que renunciando
-a sus propias acciones, justas o injustas, vivan regenerados en ti,
-recibiendo de ti nueva existencia. El Hombre, pues, como es justo,
-satisfará la pena que debe el Hombre; será juzgado, morirá; y al dejar
-de existir, volverá a levantarse, y con él se levantarán todos sus
-hermanos, redimidos con su preciosa sangre. Así el amor celestial
-vencerá el odio del infierno, entregándose a la muerte y muriendo
-para redimir a tanta costa lo que el odio infernal ha destruido tan
-fácilmente, y lo que destruirá todavía en aquellos que, aun pudiendo,
-no acepten la gracia con que se les brinda.
-
-»Al descender hasta la humana naturaleza, no humillas ni degradas la
-tuya; porque sentado en el trono de Dios, igualándole en grandeza y
-gozando como él de la mayor bienaventuranza, a todo has renunciado
-para preservar a un mundo de su completa ruina; porque tu mérito, más
-bien que tu divino origen, te ha hecho doblemente digno de ser el Hijo
-de Dios, mostrándote antes bueno que grande y poderoso; y porque en
-ti abunda el amor más que el deseo de gloria. Por medio de tu sublime
-humillación, elevarás contigo hasta este trono tu humanidad, y aquí
-encarnado, reinarás a la vez como Dios y como Hombre, como Hijo de Dios
-y del Hombre, quedando consagrado por Rey del universo. Todo este poder
-te concedo: reina perpetuamente, y goza de tu virtud. Imperarás como
-señor supremo, sobre tronos, principados, potestades y dominaciones;
-y todos se prosternarán ante ti en el cielo, en la tierra y en las
-profundidades del infierno. Cuando asociada a tu gloria la corte
-celestial, aparezcas en la cumbre del firmamento; cuando, sirviéndote
-los arcángeles de heraldos, convoquen a las naciones ante tu tribunal
-terrible, y acudan a su voz los vivientes de todas las partes del
-mundo, y los muertos de todas las pasadas edades, y al estrépito
-producido por la ruina de la naturaleza, despierten de su sueño, y
-corran presurosos a oír tu irrevocable fallo, entonces juzgarás en
-presencia de los santos todos, a los hombres y a los ángeles perversos,
-y convencidos de su iniquidad, se humillarán ante tu sentencia, y su
-innumerable multitud llenará el infierno, que quedará para siempre
-cerrado desde aquel día. El mundo se reducirá a cenizas, pero de entre
-ellas saldrán un nuevo cielo y una nueva tierra, que será morada de
-los justos; los cuales, tras largas tribulaciones, conocerán una edad
-de oro, fecunda en grandiosos hechos y embellecida por el placer, el
-triunfo del amor y la hermosura de la verdad. Entonces desceñirás
-tus regias vestiduras, no teniendo para qué empuñar el cetro de tu
-soberanía, porque Dios será todo para todos. Adorad, pues, angélicas
-potestades, al que muere para que se cumplan todas estas maravillas;
-adorad a mi Hijo, y honradle como a mí propio.»
-
-Esto dijo el Todopoderoso, y la innumerable multitud de ángeles
-prorrumpieron en ruidosas aclamaciones, cuya armonía, como producida
-por voces celestiales, era intérprete de su júbilo. Al compás de
-los himnos y _hosannas_ que resonaban por las eternas regiones del
-Empíreo, inclinábanse reverentemente los ángeles ante ambos tronos, y
-en muestra de adoración, cubrieron las gradas con coronas, entretejidas
-de amaranto y oro; de amaranto inmortal, flor que brilló primero junto
-al árbol de la Vida, en el Paraíso, pero que luego, por el pecado del
-hombre, de nuevo se trasladó al cielo, su patria, y allí prospera y
-florece aún, prestando dulce sombra a la fuente de la vida y a las
-márgenes del dichoso río, cuyas ondas de ámbar se deslizan por entre
-las flores del Elíseo.
-
-Con guirnaldas formadas de estas perpetuas flores, entrelazan
-y sostienen los espíritus bienaventurados sus resplandecientes
-cabelleras; de las que desprendiéndose después, se esparcen sobre
-el luciente pavimento, que brilla como un mar de jaspe, matizado de
-celestiales rosas. Cíñenselas los ángeles de nuevo; prepara cada
-cual su arpa de oro, siempre templada, y como un carcaj suspendida a
-su costado; y preludiando una suavísima sinfonía, entonan sagrado
-cántico, que arrebata el alma de entusiasmo. No hay voz allí que
-permanezca silenciosa; no hay voz que niegue el encanto de su melodía:
-tan acorde se ve todo en el cielo.
-
-[Ilustración: Al compás de los himnos y hossanas que resonaban...]
-
-Cantáronte a ti primero ¡oh Padre omnipotente, inmutable, inmortal,
-infinito, que has de reinar por siempre! A ti, creador de todas las
-cosas, fuente de luz, invisible entre los gloriosos fulgores del
-altísimo trono donde te sientas, que aun templando la fuerza de tus
-rayos, y envuelto en la nube que como radiante tabernáculo te rodea,
-dejas ver los bordes de tu manto oscurecidos por tan excesivo brillo.
-El cielo entre tanto aparece deslumbrado, y los más lucientes serafines
-no se acercan a ti sino cubriéndose los ojos con ambas alas.
-
-Ensalzáronte después a ti, que precediste a toda la creación, Hijo
-engendrado, Divina Imagen, en cuya hermosa faz resplandece el Padre
-Omnipotente, para ti visible, sin nube alguna, pero invisible a las
-demás criaturas. En ti el esplendor de su gloria se reproduce impreso;
-y transfundido en ti se anima su inmenso espíritu. Por ti creó el cielo
-de los cielos, y todas las potestades que en él se encierran; por ti
-precipitó en el abismo a las ambiciosas dominaciones. No dejaste aquel
-día vagar al terrible rayo de tu Padre, ni detuviste las ruedas de tu
-flamígero carro, que estremecían la eterna bóveda del cielo al pasar
-sobre los debelados ángeles rebeldes. Tornaste triunfante de aquella
-lid, y tus potestades te exaltaron con inmensas aclamaciones, a ti,
-Hijo único de la omnipotencia de tu Padre, ejecutor de la terrible
-venganza que tomaba en sus enemigos. No así con el Hombre: vencido por
-la malicia de aquellos, no le hiciste blanco de tus rigores, sino que
-le miraste con piedad, ¡oh Padre de gracia y misericordia! Sabedor tu
-amado y único Hijo de que no era tu propósito castigar la fragilidad
-del Hombre, y de la compasión que por él sentías, para apaciguar
-tu cólera, poniendo término a la lucha entre la misericordia y la
-justicia, que revelaba tu semblante, ofreciose Él mismo al sacrificio
-para redimir al Hombre, renunciando a la felicidad de que junto a
-ti gozaba. ¡Oh amor sin ejemplo, amor que no podía nacer sino en el
-espíritu divino! ¡Salve, Hijo de Dios, redentor de la Humanidad!
-¡Tu nombre será de hoy más el sublime asunto de mi canto: mi cítara
-celebrará sin cesar tus alabanzas, al par de las de tu Padre!
-
-En tan gozosos afectos y loores empleaban sus bienhadadas horas los
-ángeles que pueblan la región de las estrellas; mientras Satán,
-descendiendo al sólido y opaco globo de este mundo esférico, comenzaba
-a recorrer la primera convexidad que, envolviendo los orbes luminosos
-inferiores, los separa del Caos y del dominio de la antigua Noche. De
-lejos parecíale un globo aquella convexidad; de cerca un continente
-sin límites, sombrío, estéril y salvaje, triste como una noche sin
-estrellas, y expuesto a las tempestades siempre amenazadoras del Caos,
-que muge a su alrededor: cielo inclemente, excepto por la parte de
-los muros del Empíreo, que aunque lejanos, reflejaban un destello de
-claridad en medio de las tinieblas procelosas.
-
-Recorría el Enemigo a pasos agigantados aquel anchuroso campo,
-semejante al buitre que nacido en el Imaus[72], cuya nevada cima cubre
-el Tártaro vagabundo, abandona la región falta de caza para cebarse en
-la carne de los corderos o cabritillos que pastan en las colinas, y
-dirige después su vuelo hacia las corrientes del Ganges o el Idaspes,
-ríos de la India, bajando de paso a las áridas llanuras de Sericana,
-por donde a favor de la brisa y de las velas, caminan los chinos en
-sus ligeros esquifes de caña. Marchaba así el Enemigo por aquel mar
-de tierra que azotaba el viento, buscando por todas partes su presa;
-marchaba solo, porque en aquel lugar no se encontraba aún ningún ser
-vivo ni muerto; pero más tarde, cuando malogró el pecado las obras de
-los hombres, subieron allí desde la tierra, como un vapor aéreo, las
-vanidades de los mortales, las almas de los que cifran en ellas sus
-quiméricas esperanzas de gloria, de fama duradera o de felicidad, así
-en esta como en la otra vida. Todos aquellos que en la tierra aspiran
-al fruto de una lastimosa superstición o de un desmedido celo, y no
-ambicionan más que las alabanzas de los hombres, encuentran allí
-recompensa proporcionada a sus merecimientos, vana como sus obras.
-Todos los seres imperfectos, verdaderos abortos y monstruos, que salen
-extrañamente amalgamados de manos de la naturaleza, se refugian en
-aquella región desde la tierra, en que se evaporan y vagan inútilmente
-por ella hasta la disolución del mundo; y no residen en la vecina
-luna, como algunos han soñado[73]; pues los argentados campos de este
-astro sirven más bien de morada a otras almas justas, a espíritus que
-participan a la vez de la naturaleza angélica y humana.
-
-[Ilustración: Revolotea todo ello por los espacios ilimitados.]
-
-Desde el antiguo mundo fueron trasladados al principio a aquellas
-tristes regiones los hijos de fementidos enlaces: los gigantes
-que llevaron a cabo inútiles proezas, entonces muy celebradas;
-posteriormente los que edificaron a Babel en la llanura de Sennaar,
-que sin desistir de su frustrado intento, seguirían construyendo nuevas
-torres, si tuviesen medios con que efectuarlo. Uno tras otro llegaron
-luego muchos más, entre ellos Empédocles, que para ser tenido por Dios
-se lanzó voluntariamente a los abismos del Etna; y Cleómbroto[74],
-que para gozar del Elíseo de Platón se sumergió en el mar. Empeño
-interminable sería mencionar a otros, hipócritas o dementes, anacoretas
-y frailes blancos, negros y grises[75], con todos sus embelecos.
-Por allí vagabundean los peregrinos que tan largo viaje arriesgaron
-buscando muerto en el Gólgota al que vive en el cielo; y los que para
-ganar el Paraíso, visten al morir el hábito franciscano o dominico,
-imaginando que este disfraz les allanará la entrada. Cruzan todos
-ellos los siete planetas, las estrellas fijas, la esfera cristalina,
-cuyo balanceo produce la trepidación, objeto de tantas controversias,
-y la esfera que se puso en movimiento antes que ninguna otra[76]. En
-la puerta del cielo, parece aguardarles San Pedro con sus llaves:
-tocan ya en el umbral; y cuando levantan el pie para penetrar en él,
-a impulsos de un furioso viento que en encontradas direcciones los
-combate, son lanzados a diez mil leguas de distancia en la inmensidad
-del aire. ¡Qué de cogullas, tocas y hábitos se ven entonces revueltos
-y despedazados como los que con ellos se cubren, y qué de reliquias,
-escapularios, indulgencias, dispensas, bulas y absoluciones, que
-vienen a ser ludibrio de los vientos! Revolotea todo ello por los
-espacios ilimitados, sobre el mundo, y en el vastísimo limbo llamado
-después _Paraíso de los locos_, que si andando el tiempo fue de pocos
-desconocido, hallábase despoblado entonces y nadie penetraba en él.
-
-Encontró a su paso el infernal Enemigo aquel tenebroso globo, y anduvo
-recorriéndolo largo tiempo, hasta que el resplandor de una escasa luz
-le atrajo hacia el sitio de donde salía. Pudo entonces descubrir a lo
-lejos un magnífico edificio que en anchurosa gradería se alzaba hasta
-la muralla del cielo, y al terminar aquella, una construcción más
-suntuosa aún, semejante a la puerta de regio alcázar, coronada con un
-frontispicio de diamante y oro. Brillantes perlas orientales adornaban
-el pórtico, que ni pincel humano ni modelo alguno acertarían a imitar
-en la tierra; sus escalones eran como aquellos por donde vio Jacob
-subir y bajar a las celestiales cohortes de los ángeles, cuando huyendo
-de Esaú, camino de Padan-Aram, y entregado de noche al sueño en los
-campos de Luza, bajo el estrellado firmamento, exclamó al despertar:
-«¡Esa es la puerta del cielo!»
-
-Cada uno de aquellos escalones contenía un misterio, mas no siempre
-estaba allí fija la escala, que a veces se ocultaba en el cielo y se
-hacía invisible. Fluía por debajo de ella un mar brillante de jaspe y
-de perlas líquidas, que surcaban los que habían subido de la tierra en
-alas de los ángeles, o arrebatados en un carro por corceles de raudo
-fuego. Mostrábase entonces la escala en toda su extensión, ya para
-alucinar al Enemigo con la facilidad de la subida, ya para acrecentarle
-la pena con que había de verse excluido de la mansión bienaventurada.
-
-En frente de aquellas puertas, y precisamente encima de la risueña
-morada del Paraíso, abríase un camino que conducía a la tierra,
-camino mucho más ancho que fue en los venideros tiempos el espacioso
-que llegaba hasta el monte Sión y la Tierra prometida, predilecta
-del Señor. Recorrían incesantemente aquel camino los ángeles que
-comunicaban las órdenes supremas a las dichosas tribus, y el Altísimo
-dirigía miradas bondadosas a las que habitaban desde Paneas, manantial
-de las aguas del Jordán, hasta Bersabé, donde la Tierra Santa confina
-con el Egipto y las playas de la Arabia. Tan vasto era aquel camino,
-que sus límites se perdían en las tinieblas, como las profundidades del
-océano. Desde allí, llegado que hubo al escalón inferior de las gradas
-de oro que conducen a la puerta del cielo, Satán inclinó su vista, y
-quedó maravillado al descubrir repentinamente todo aquel mundo. Como el
-espía que caminando toda la noche por peligrosos y desiertos sitios,
-llega por fin, al despuntar la risueña aurora, a la cumbre de empinada
-altura, y ve de pronto la agradable perspectiva de tierra extraña,
-que con asombro contempla por primera vez, o de metrópoli famosa,
-embellecida con pirámides y brillantes torres que iluminan los dorados
-rayos del sol naciente; así el espíritu maligno quedó embargado de
-asombro, aun con haber visto en otro tiempo las maravillas del cielo;
-mas el aspecto de aquel mundo que tan hermoso parecía, todavía le
-inspiró mayor envidia que admiración.
-
-Dominando desde aquella elevación la inmensa sombra de la noche,
-recorrió con la vista desde el punto oriental de la Libra hasta el
-signo que toma el nombre del animal que condujo a Andrómeda más allá
-del horizonte del mar Atlántico. Vio luego la extensión que media
-entre los dos polos, y sin más detención, dirigió el raudo vuelo hacia
-la primera región del mundo, y fácilmente torció el rumbo a través del
-puro y marmóreo aire, entre innumerables estrellas que brillaban desde
-lejos como astros, pero que de cerca parecían otros tantos mundos;
-y lo serán acaso, o bien islas afortunadas como los jardines de las
-Hespérides, tan celebrados en la antigüedad. Campos de bienandanza,
-bosques y valles floridos, islas tres veces felices, ¿quién tenía la
-dicha de habitaros? Satán no se detuvo a averiguarlo.
-
-Atrae sobre todo sus miradas el áureo sol, resplandeciente como el
-Empíreo, y hacia él dirige su vuelo atravesando el sereno firmamento;
-pero en qué dirección y hasta qué punto se apartó más o menos del
-centro, difícil es discurrirlo: encaminose a la región desde donde el
-fulgente astro comunica su luz a las vulgares constelaciones que se
-mantienen a distancia proporcionada, y que en su sucesiva evolución
-regulan el cómputo de los días, los meses y los años, ya acercándose
-en sus varios movimientos al astro vivificante, ya suspendiéndolos
-en virtud de la influencia de sus magnéticos rayos, que templan con
-dulce calor el universo, y, aunque invisibles, penetran con benigna
-eficacia en todas partes, hasta en lo más profundo de los abismos: tan
-maravillosamente está situado. Detúvose allí el Impío; y acaso ningún
-astrónomo descubrió jamás con el auxilio de su cristal óptico semejante
-mancha en el disco del astro luminoso.
-
-Pareciole aquel lugar a Satanás espléndido sobre todo encarecimiento,
-superior a cuanto como metal o piedra puede existir en la tierra. No
-eran todas sus partes semejantes entre sí, pero en todas penetraba por
-igual una luz radiante, como penetra el fuego el interior del hierro.
-Si eran metales, una parte parecía oro, y la otra plata finísima;
-si piedras, debían componerse de carbunclos o crisólitos, rubíes o
-topacios, semejantes a las doce que brillaban en el pecho de Aarón, o
-a aquella, más imaginada que conocida, que los filósofos de este mundo
-han buscado tanto tiempo inútilmente, aunque con su arte poderoso hayan
-sujetado al volátil Hermes y extraído del mar bajo sus diferentes
-formas al antiguo Proteo, hasta reducirle por medio del alambique a la
-primitiva.
-
-¿Cómo pues maravillarse de que aquellos campos y regiones exhalen
-elixir tan puro, y de que corra el oro potable por los ríos, cuando a
-pesar de la distancia a que se halla de nosotros, a su solo contacto
-produce el sol, incomparable alquimista, en medio de la oscuridad y
-combinando entre sí las sustancias terrestres, riquezas tales, de
-colores tan vivos y de efectos tan extraordinarios?
-
-Lejos de quedar deslumbrado, contempla fijamente Satán todos aquellos
-objetos; ninguno está fuera del alcance de su vista, que como no se
-opone obstáculo ni sombra alguna, el sol lo esclarece todo. Así, cuando
-al medio día lanza este sus rayos verticales desde el ecuador, cayendo
-directamente, en ningún punto de alrededor puede proyectarse la sombra
-de un cuerpo opaco. Aquel aire, puro cual ningún otro, contribuía a
-que la mirada de Satán penetrase hasta los objetos más lejanos, y así
-descubrió claramente un hermoso ángel que estaba en pie, y era el mismo
-que Juan el apóstol percibió en el sol. Aunque vuelto de espaldas,
-no se ocultaba su glorioso aspecto: coronaba su frente una tiara de
-oro formada por los rayos de aquel astro, y su cabellera, no menos
-brillante, ondeaba suelta sobre sus alas. Parecía ocupado en un grave
-cargo, o sumido en meditación profunda, pero el Espíritu impuro se
-llenó de alegría con la esperanza de tener en él un guía que dirigiese
-su vuelo errante hacia el Paraíso terrestre, feliz morada del Hombre,
-donde debía terminar su viaje y principiar nuestra desventura.
-
-Para evitar sin embargo todo peligro o contrariedad, ideó el medio de
-desfigurarse, tomando la forma de un querubín adolescente, si no de
-los de primer orden, tal que llevase pintada en su rostro la inmortal
-juventud del cielo y la hermosura de la gracia en todo su continente;
-que tan diestro era en aquellas artes. Sujetaba una diadema sus
-cabellos, rizados por el aliento del céfiro; sus alas compuestas de
-plumas de varios colores, estaban salpicadas de oro; la túnica recogida
-que le cubría daba mayor desembarazo a sus movimientos, y parecía medir
-sus pasos al compás del tirso de plata en que se apoyaba.
-
-No pudo acercarse sin ser oído, y al sentir el ruido de sus pasos,
-volvió el Ángel su radiante rostro. Reconoció entonces Satán a
-Uriel, uno de los siete arcángeles que en presencia de Dios y como
-más próximos a su trono, son los ejecutores de sus mandatos; son sus
-ojos, que recorren ya los cielos, ya el globo terrestre, llevando
-instantáneamente su palabra así a las regiones acuosas como a las
-secas, así a las tierras como a los mares. Acércase Satán a Uriel, y le
-dice:
-
-«Uriel, pues eres uno de los siete espíritus que asisten ante el
-glorioso y brillante trono del Señor, y el primero que sueles
-interpretar su voluntad suprema, trasmitiéndola al más elevado cielo
-donde la están esperando todas sus criaturas, no dudo que sus soberanos
-decretos te otorguen aquí igual honor, y que por lo mismo, y siendo uno
-de los ojos del Eterno, visitarás con frecuencia el mundo nuevamente
-creado. El ardiente deseo de ver y conocer las admirables obras de
-Dios, y particularmente al Hombre, objeto principal de sus delicias y
-favores, por quien todas esas obras tan maravillosas ha creado, me ha
-inducido a separarme de los coros de querubines y a discurrir solo por
-estos sitios. Dime, pues, hermosísimo serafín, dime en cuál de esos
-orbes esplendorosos tiene el Hombre su residencia fija, o si no la
-tiene, y puede habitar indistintamente en todos ellos. Dime dónde podré
-hallar, dónde contemplar con mudo asombro, o mostrando francamente mi
-admiración, a ese ser a quien el Criador da tantos mundos, derramando
-sobre él tal copia de perfecciones. Así podremos ambos, no solo por
-el hombre, sino por todas las demás cosas, glorificar al universal
-Hacedor, cuya justicia precipitó en lo más profundo del infierno a sus
-rebeldes enemigos, y que para reparar esta pérdida, y para gloria mayor
-suya, ha creado esta dichosa raza. En todo es sabia su providencia.»
-
-Así habló el falso Enemigo, encubriendo su astucia, pues ni hombres
-ni ángeles pueden discernir la hipocresía, vicio invisible en cielo
-y tierra, excepto para Dios, que lo consiente; que aun cuando la
-Sabiduría vigila, la Desconfianza duerme a su puerta, o cede el puesto
-a la Sencillez; y la Bondad no ve mal alguno donde claramente no se
-descubre. Esto fue lo que entonces engañó a Uriel, aunque como director
-del sol, era tenido por el espíritu más perspicaz del cielo; por lo que
-con natural sinceridad contestó así al pérfido impostor:
-
-«Ángel hermoso: tu deseo de conocer las obras de Dios para glorificar
-a su Autor supremo, nada tiene de vituperable, antes la vehemencia
-misma de ese anhelo es de mayor alabanza merecedora, pues desde su
-empírea mansión te trae solo hasta aquí, queriendo asegurarte por tus
-propios ojos de lo que quizá en el cielo se contentan algunos con saber
-de oídas. Maravillosas en verdad son las obras del Altísimo, todas
-dignas de conocerse y recordarse siempre con delicia. Pero ¿cuál de los
-espíritus creados podrá calcular su número o comprender la infinita
-sabiduría que las produjo, aunque sin manifestar lo recóndito de sus
-causas?
-
-»Yo vi cuando a su voz se juntó la informe masa de la materia, embrión
-ya de ese mundo: oyola el caos; la revuelta confusión adquirió forma, y
-la infinita inmensidad se redujo a límites. Pronunció otra palabra, y
-las tinieblas se disiparon; brilló la luz, nació el orden del desorden,
-y al punto se repartieron según su gravedad respectiva los elementos
-corpóreos, la tierra, el agua, el aire y el fuego. Voló a la región
-aérea la quinta esencia del cielo, y animándose según sus diferentes
-disposiciones, y girando a modo de esfera, se convirtió en esas
-innumerables estrellas que estás viendo. Cada cual ocupó distinto lugar
-conforme su movimiento; cada cual sigue su curso; y lo demás circuye
-como una muralla el Universo.
-
-»¿Ves allá abajo aquel globo, uno de cuyos lados brilla con la luz
-reflejada que de aquí recibe? Pues aquella es la Tierra; allí habita el
-Hombre; esta luz es su día, y sin ella cubriría la noche todo el globo
-terrestre, como sucede en el hemisferio opuesto. Pero la proximidad
-de la Luna, que así se llama aquel hermoso planeta que está enfrente,
-le presta oportuno auxilio; describe su círculo mensual, y acabado,
-vuelve a recorrerlo incesantemente en medio del cielo, iluminándose
-su triforme faz con el resplandor que recibe y que a su vez comunica
-a la tierra, y con su pálida influencia ahuyenta la oscuridad de la
-noche. Ese punto adonde señalo, es el Paraíso, mansión de Adán, y la
-sombra que enmedio de él se dilata, su vivienda. No puedes equivocar el
-camino; a mí me incumben otros cuidados.»
-
-Volvió el rostro al decir esto, y Satán se inclinó profundamente
-ante aquel espíritu superior, como es costumbre en el cielo, donde
-nadie rehúsa tributar el respeto y honor debidos; y despidiéndose de
-Uriel, se lanzó a la costa inferior de la tierra desde la Eclíptica.
-Cobrando entonces mayor agilidad con la esperanza de obtener un feliz
-éxito, desciende perpendicularmente, gira como una rueda, atravesando
-la región del Éter, y no se detiene hasta llegar a la cima del
-Nifates[77].
-
-[Ilustración: Se lanzó a la costa inferior de la tierra desde la
-Eclíptica...]
-
-
-
-
-LIBRO CUARTO
-
-
-ARGUMENTO
-
- A la vista ya del Edén, y cercano al lugar en que se propone llevar
- por sí solo a efecto su atrevida resolución contra Dios y el Hombre,
- comienza a dudar Satán, fluctuando entre sus temores, su envidia y
- desesperación. Por último triunfa en él la perversidad, y se acerca
- al Paraíso, cuya situación y aspecto exterior se describe; penetra
- en él; pósase, tomando la forma de un buitre, sobre el árbol de la
- vida, que es el más elevado de cuantos se ven allí, y contempla
- detenidamente el sitio en que se halla. Hácese una pintura de todo
- él, y aparecen Adán y Eva: la admiración que su belleza y su dichoso
- estado producen en Satán, no le retrae de su mal propósito; antes al
- oír cómo discurren entre sí, y al saber que les estaba prohibido, so
- pena de muerte, comer el fruto del árbol de la ciencia, por este lado
- piensa tentarlos, induciéndolos a la desobediencia; y poco después
- se aleja de ellos para averiguar por otros medios algo más respecto
- a su situación. Entre tanto desciende Uriel en un rayo de sol, y
- previene a Gabriel, encargado de guardar la puerta del Paraíso, que
- un espíritu infernal se ha escapado de aquel abismo, y cruzando a
- mediodía por su esfera hacia el Paraíso en figura de ángel bueno,
- acababa de ser descubierto por sus furiosos ademanes en la montaña.
- Gabriel promete que le encontrará antes de rayar el alba. Entrada la
- noche, tratan Adán y Eva de retirarse a descansar. Descripción de su
- gruta. Su oración nocturna. Prepara Gabriel su legión de vigilantes
- para que ronden en torno del Paraíso, y envía dos ángeles vigorosos a
- la gruta de Adán, recelando que el Espíritu maligno intentase hacer
- algún daño a los dos esposos mientras dormían; y con efecto le hallan
- puesto junto al oído de Eva, a quien sugiere su tentación durante el
- sueño. Condúcenle a la fuerza adonde está Gabriel. Interrógale este;
- él contesta con altivez; mas atemorizado por una demostración del
- cielo, huye del Paraíso.
-
-¡Oh! ¡que no se hubiera oído entonces la protectora voz que escuchó
-en el cielo el autor del Apocalipsis, cuando derribado segunda vez el
-Dragón, se levantó furioso para vengarse del Hombre! ¡Ay, desdichados
-habitantes de la tierra! Si nuestros primeros padres hubiesen estado
-prevenidos contra su oculto enemigo, cuando todavía era tiempo, se
-hubieran preservado quizás de sus mortíferas asechanzas; no así ahora,
-que encendido en furor, comenzando por tentar al Hombre para poder
-después acusarle, baja Satán por vez primera a la Tierra, y quiere
-vengarse en su inocente y débil morador de la pérdida de aquella
-batalla que sostuvo, y de la fuga que emprendió al infernal abismo. En
-medio de su audacia e impavidez, no se muestra satisfecho de su raudo
-vuelo, ni halla motivo bastante para envanecerse, sino que próxima a
-estallar su implacable cólera, la siente hervir en su proceloso pecho,
-y cual máquina atronadora, retrocede sobre sí mismo. Asaltan su turbado
-pensamiento el horror y la incertidumbre; sublévase en su interior el
-infierno todo, porque en sí y alrededor de sí, lleva el infierno. Ni
-un solo paso puede dar para alejarse de él, como no se aleja de su ser
-por cambiar de puesto. Despierta su adormecido despecho al grito de su
-conciencia; despierta en él el amargo recuerdo de lo que fue, de lo que
-es, de lo que será, cuando con mayor malicia incurra en mayor castigo.
-A veces fija tristemente su dolorida mirada en el Edén, que tan risueño
-se le manifiesta; a veces en el cielo, y en la esplendidez del sol, que
-brilla a la sazón con toda la pompa del mediodía; y combatido por tan
-encontrados pensamientos, exclama suspirando:
-
-«¡Oh tú, que coronado de suprema gloria, contemplas al igual de Dios
-este nuevo mundo desde tu solitario imperio, tú, ante quien palidecen
-todos los demás astros, a ti te invoco, mas no con voz lisonjera, que
-si pronuncio tu nombre ¡oh Sol! es para decir cuán aborrecidos me son
-tus rayos! Y ¿qué mucho, cuando me traen a la memoria el bien de que
-gocé, yo que me vi encumbrado sobre tu soberana esfera? Perdiéronme
-el orgullo y la más inicua ambición, al mover en el cielo guerra
-contra el monarca sin par que domina en él. ¡Ah! ¿por qué fui tan
-insensato? ¿Debía yo corresponder así a quien me puso en tan sublime
-altura, a quien jamás me echó en cara sus beneficios? ¿Tan dura era su
-servidumbre? ¿Qué menos podía yo hacer que tributarle alabanzas, siendo
-tan merecidas, y mostrarle una gratitud que tan justa era?
-
-»¡Ah, que todas estas bondades fueron en daño mío, y no sirvieron
-más que para dar pábulo a mi malicia! Al verme en tanta supremacía,
-creíme exento de sumisión; creí que dando un paso más, de tal manera me
-sobrepondría a todo, que me hallaría en el mismo instante libre de la
-inmensa deuda que para siempre tenía empeñado mi reconocimiento. Pesada
-es la obligación que aún pagada, nunca se satisface; pero yo olvidaba
-cuanto incesantemente recibía, sin comprender que un pecho agradecido
-no debe por ser deudor, y que continuamente está pagando, porque a la
-vez que contrae la obligación, pone el desquite. ¿Qué violencia, pues,
-tenía que soportar?
-
-»¡Oh, si su poderosa voluntad hubiera hecho de mí un ángel de ínfima
-condición! No habría aún dejado de ser feliz, porque no me hubieran
-desvanecido tanto mis quiméricas esperanzas. Y ¿por qué no? Cualquiera
-otra de las grandes Potestades hubiera aspirado a la misma soberanía,
-y arrastrádome a mí por humilde tras su partido. Sin embargo, ninguno
-de los demás cayeron; todos opusieron resistencia a la tentación,
-armándose por dentro como por fuera. Y ¿no tenías tú la misma voluntad,
-el mismo poder para resistir? Sí que tenías. ¿De quién, pues, te
-quejas? ¿A quién acusas, más que a ese libre amor, don de los cielos,
-que arde igualmente en todos los corazones?
-
-[Ilustración: ¡Ah miserable! ¿Por dónde huiré de aquella cólera sin
-fin?]
-
-»¡Maldecido amor, o maldecido odio, que tanto valen para mí uno como
-otro, dado que es eterna mi desventura! Aunque el maldito eres tú, tú
-mismo, que siendo árbitro de tu voluntad, voluntariamente elegiste
-lo que hoy motiva tu justo arrepentimiento. ¡Ah, miserable! ¿Por
-dónde huiré de aquella cólera sin fin, o de esta también infinita
-desesperación? Todos los caminos me llevan al infierno. Pero ¡si el
-infierno soy yo! ¡Si por profundo que sea su abismo, tengo dentro de
-mí otro más horrible, más implacable, que a todas horas me amenaza con
-devorarme! Comparado con él, este en que padezco me parece un cielo.
-
-»¡Ah! demos tregua al orgullo. ¿No habrá medio de arrepentirse,
-medio de ser perdonado? Lo hay en la sumisión; mas ¿cómo consentirá
-mi altivez que me humille así en presencia de mis inferiores, de
-los mismos a quienes seduje, prometiéndoles que lejos de someterme
-jamás, subyugaría al Omnipotente? ¡Ay de mí! ¡Cuán ajenos están de
-figurarse lo cara que pago mi jactanciosa temeridad, y los tormentos
-que interiormente me aquejan, mientras ellos adoran mi infernal trono!
-Esta diadema, este cetro que tanto me han encumbrado, solo sirven para
-hacer más ignominiosa mi caída; solo en ser más miserable consistirá mi
-supremacía; que no otro será el triunfo de mi ambición.
-
-»Y aún cuando fuera posible mi arrepentimiento, y que perdonado ya,
-pudiera recobrar mi primer estado, ¡qué de elevados designios no
-volvería a sugerirme mi elevación! ¡qué poco tardaría mi hipócrita
-humildad en faltar a sus juramentos, contemplándolos nulos, como
-impuestos por el dolor y arrancados por la violencia! Ni ¿qué sincera
-reconciliación ha de caber donde un odio mortal ha abierto tan profunda
-herida? La reincidencia, por el contrario, me precipitaría en mayor
-abismo; pagaría cara esta breve tregua, a costa de redoblar mis
-tormentos; y como nada de esto se oculta al que me condena, tan lejos
-está él de perdonarme, cuanto yo de solicitar su misericordia. Así que
-ninguna esperanza resta: en lugar de nosotros, expulsados de nuestra
-patria, ha creado al Hombre, en quien tiene puestas sus delicias, y
-para el Hombre este mundo. Renuncio, pues, a la esperanza, y con ella
-al temor, al remordimiento. No hay ya para mí bien posible; tú ¡oh mal!
-serás todo mi bien en lo sucesivo; por ti a lo menos reinaré juntamente
-con el Señor del Cielo, y quizás me quepa por reino la mitad del
-Universo, como el Hombre y ese nuevo mundo lo experimentarán en breve.»
-
-Mientras hablaba así, cruzaban sombrías pasiones por su semblante:
-tres veces lo alteraron la cólera, la envidia y la desesperación, que
-sucesivamente le fueron desfigurando; y a pesar de las apariencias con
-que se disfrazaba, se le hubiera conocido a la simple vista; porque
-jamás empaña nube alguna la radiante faz de los bienaventurados. Pero
-él, que se observó al punto, cambió en tranquilo exterior todos sus
-afectos, y como tan diestro en ardides, que no tenía igual en dar a la
-falsedad el aspecto de la virtud, encubrió la malicia con que preparaba
-su venganza, aunque no lo bastante para engañar a Uriel, que estaba ya
-prevenido. Había el Arcángel seguido atentamente todos sus pasos; le
-había visto en el monte Asirio poseído de una inquietud poco propia de
-los espíritus celestiales, pues creyendo que nadie le veía ni vigilaba,
-en sus furiosas demostraciones y en sus descompuestos ademanes había
-claramente mostrado la exaltación que dominaba su ánimo.
-
-Siguió, pues, su camino, acercándose a los términos del Edén, donde se
-descubre el verde valladar, con que, a semejanza de cerca campestre,
-corona el delicioso Paraíso, próximo ya, la solitaria eminencia de
-una escabrosa colina, y su áspera pendiente rodeada de enmarañados y
-espesos bosques, que la hacen inaccesible. Sobre su cumbre se elevan
-a desmesurada altura multitud de cedros, pinos, abetos y pomposas
-palmeras, vergel agreste, donde el ramaje entrelazado, multiplicando
-las sombras, forma un vistoso y magnífico anfiteatro. Dominando las
-copas de los árboles, alzaba sus verdes muros el Paraíso, desde el cual
-se ofrecía a nuestro común padre la inmensa perspectiva que al pie y
-en torno de sus risueños dominios se dilataba; y sobre los muros, en
-línea circular, se ostentaban los más hermosos árboles, cargados de
-las más exquisitas frutas; y frutas y flores brillaban a la vez con
-los reflejos del oro y de los encendidos colores que las esmaltaban;
-mientras el sol posaba en ellas sus rayos, más complacido que en las
-bellas nubes del ocaso o en el arco que nace de la lluvia, enviada por
-Dios a refrigerar la tierra.
-
-Tan encantador le parecía aquel sitio a Satán. Purificábase doblemente
-el aire a medida que se acercaba a él, hinchéndole el corazón de
-deleite, de aquel gratísimo bienestar con que la primavera ahuyenta
-toda tristeza, como no sea la de la desesperación. Agitando sus
-fragantes alas, esparcían los vientos los perfumes que naturalmente
-atesoran, y revelaban en su murmullo dónde habían adquirido las
-balsámicas esencias que prodigaban; y como el navegante que traspone
-el cabo de Buena-Esperanza, y al dejar atrás a Mozambique, siente
-el dulce halago de los vientos del nordeste, y los aromas de Saba que
-le envía la Arabia feliz desde sus odoríferas riberas, y se complace
-enajenado en caminar más lentamente, para recibir el suave aliento
-que sonriendo exhala de lejos el océano; así aspiraba el pérfido
-Enemigo el delicioso ambiente que iba determinado a emponzoñar, aunque
-gozándose en él más que Asmodeo con el maligno vapor que le alejó,
-enamorado y todo, de la esposa del hijo de Tobías, huyendo a impulsos
-de su venganza desde la Media a Egipto, para quedar allí rigorosamente
-aprisionado.
-
-[Ilustración: Iba, pues, pensativo y lentamente subiendo Satán...]
-
-Iba pues pensativo y lentamente subiendo Satán por la empinada y áspera
-colina, sin hallar camino alguno entre los enmarañados zarzales y
-malezas que estorbaban el paso a hombres y animales. Una sola puerta
-tenía el Paraíso, y miraba a oriente, hacia el lado opuesto; lo cual
-advertido por el príncipe infernal, sin hacer caso de ella y como por
-menosprecio, salvó de un ligero salto el valladar de la colina y su
-mayor altura, y cayó en el fondo interiormente. A la manera que un
-lobo rapaz obligado por el hambre a rastrear una nueva presa, acecha
-los lugares del campo en que los pastores encierran por la noche sus
-ganados, creyéndolos seguros, y salta por encima del redil; cayendo
-en medio del rebaño, o como el ladrón, que para dar con el escondido
-tesoro de un rico ciudadano, preservado de todo asalto bajo dobladas
-puertas, hierros y cerrojos, se desliza furtivamente por las ventanas
-o por las techumbres; tal se introdujo en el campo de Dios aquel
-malvado, como se introdujeron después mercenarios viles en su templo.
-Vuela de allí al árbol de la vida, que estaba en medio y sobresalía
-entre todos los demás, y pósase en él transformado en buitre; y no para
-procurarse nueva vida, sino para idear la muerte de los que vivían; no
-para aprovecharse de la virtud de aquel árbol, sino de su fruto, que no
-abusando de él, era prenda segura de inmortalidad; tan cierto es que
-solo Dios conoce el justo valor del bien presente, y que por el abuso o
-el mal empleo se pervierten las mejores cosas. Inclina luego al suelo
-sus miradas, y contempla las nuevas maravillas, los tesoros con que la
-naturaleza brinda a los sentidos del hombre en aquel estrecho recinto,
-en aquella tierra, que más bien es abreviado cielo.
-
-Jardín de Dios era en efecto el bellísimo Paraíso, puesto al oriente
-de Edén, que se extendía desde Aurán[78] hasta las soberbias torres
-de la gran Seleucia[79], construidas por los reyes griegos, y hasta
-Talasar[80], que sirvió mucho antes de morada a los hijos de Edén.
-En aquel delicioso país estableció Dios su jardín, haciéndole más
-encantador aún, y extrayendo del fértil seno de la tierra los árboles
-más agradables a la vista, al olfato y al paladar, entre los cuales
-sobresalía por su altura el árbol de la vida y ostentaba sus frutos
-de ambrosía y oro vegetal. No lejos se veía el árbol de la ciencia,
-nuestra muerte, de la ciencia del bien, que tan caro nos costó,
-dándonos a conocer el mal.
-
-Al mediodía, y atravesando el Edén, bajaba un anchuroso río, que sin
-torcer su corriente, pasaba, sumergiéndose, por debajo del agreste
-monte, colocado allí por Dios y levantado sobre las raudas ondas
-como término del Paraíso. Incitada de dulce sed la esponjosa tierra,
-absorbía por sus venas las aguas hasta la cumbre, de donde manaba una
-fuente cristalina que esparcía por todas partes multitud de arroyos;
-juntos los cuales, se precipitaban desde una altura, y acrecentando el
-río que salía de su tenebroso cauce, dividíale en cuatro corrientes
-principales, que con diverso rumbo recorrían vastas comarcas,
-celebérrimos imperios, de que no es menester hacer mención. Preferible
-sería pintar, si el arte llegase a tanto, cómo los bullidores arroyos
-que nacían de aquella fuente de zafiro, saltando entre orientales
-perlas y arenas de oro, a la sombra de los árboles que sobre ellos
-se inclinaban, difundían el néctar de sus aguas y acariciaban todas
-aquellas plantas, y nutrían flores dignas del Paraíso; flores que un
-arte sutil no había dispuesto en regulares líneas ni en vistosos ramos;
-la espléndida naturaleza las prodigaba por colinas y valles y llanuras,
-unas abriéndose a los primeros rayos del sol, otras resguardadas en
-impenetrable sombra, para mejor preservarse del resistero del mediodía.
-
-[Ilustración: Mansión campestre y encantadora.]
-
-Tal era aquel delicioso sitio, mansión campestre y encantadora, de
-rico y variado aspecto, de bosques cuyos árboles destilaban balsámicas
-y olorosas gomas, o de los que pendían frutos esmaltados de luciente
-oro, y exquisitos por su sabor; que no en otra parte debió existir
-el jardín de las Hespérides, si su fábula fuese cierta. A trechos se
-descubrían mesetas de verdes prados, con rebaños que pastaban la verde
-yerba, colinas cubiertas de palmeras, valles cuya fertilidad aumentaban
-las corrientes de agua, flores de todos matices, rosas que no conocían
-espinas. Por otro lado grutas umbrías y cavernas de sin igual frescura,
-que ocultaba entre sus pámpanos la risueña vid, cargada de purpúreos
-racimos y trepando a lo alto para lucir su gentil y fecunda gala;
-y al propio tiempo parleras cascadas que de las empinadas cumbres se
-desprendían, esparciendo unas veces y juntando otras sus aguas en
-transparente lago, donde como en un espejo se retrataban, coronadas
-de mirtos, sus ondulantes márgenes. Las aves prorrumpían a una en sus
-gorjeos, y las primaverales brisas, difundiendo la fragancia de los
-campos y los bosques, asociaban sus murmullos al del trémulo ramaje;
-mientras ejercitaba sus danzas festivas Pan, numen universal, rodeado
-de las Gracias y las Horas, y seguido de una perpetua primavera. No era
-tan delicioso el Enna por donde Proserpina iba cogiendo flores, cuando
-ella, flor más hermosa aún, fue arrebatada por el tenebroso Plutón y
-ocasionó a su madre el dolor de buscarla por el mundo todo. Ni era
-tan apacible la floresta de Dafne, junto al Oronte; ni la que bañaba
-la inspiradora fuente de Castalia; ni la isla Nisea, cercada del río
-Tritón, donde el viejo Cam, a quien los gentiles llaman Ammón y los
-de la Libia Júpiter, ocultó a Amaltea y a su sonrosado hijo, el niño
-Baco, de la vista de su madrastra Rea. El mismo monte Amara, en que los
-reyes de Abisinia guardaban a sus hijos, tenido por algunos como el
-verdadero Paraíso, situado en la Etiopía cabe las fuentes del Nilo,
-aquel escarpado monte, puesto entre rocas de alabastro, que no podía
-subirse en todo un día, en manera alguna podía compararse con este
-jardín de Asiria, donde el príncipe infernal vio con desplacer tantos
-placeres juntos y tantas especies de vivientes seres, nuevas para él y
-desconocidas.
-
-Dos de ellos de más noble figura, de cuerpo recto y elevado, recto
-como el de los dioses, ostentando una dignidad natural y una desnudez
-majestuosa, parecían los señores de aquel imperio, y se mostraban
-dignos de serlo. En sus celestiales miradas resplandecía la imagen de
-su Creador, la verdad, la inteligencia, la santidad pura y severa, que
-no excluía la verdadera libertad filial, de que procede la autoridad
-humana. No eran iguales ambos, ni parecían de un mismo sexo: él
-nacido para la reflexión y el valor, ella para la dulzura y la gracia
-seductora; él solo para Dios, ella para Dios y para él. La frente
-hermosa y ancha del uno y su sublime mirada indican su autoridad
-suprema; sus cabellos de color de jacinto, partidos por mitad, caen
-en varoniles bucles sobre sus hombros, pero sin pasar de ellos; la
-cabellera de la otra, de largas hebras doradas, extendida como un velo,
-desciende ondulando hasta su delicado talle, y se recoge en multitud
-de anillos, como se enredan los de las vides, emblema de dependencia,
-impuesta con el más tierno ascendiente, otorgada por ella, recibida
-por él y consagrada con actos de espontánea sumisión, de modesta
-resistencia y de esquivez tan dulce como amorosa. No había entonces en
-ellos parte alguna velada ni secreta; no conocían el falso pudor, ni la
-vergüenza que mancilla las obras de la naturaleza. Infame vergüenza,
-hija del pecado: ¡qué de zozobras causaste a la humanidad con esa
-mentida apariencia de pureza, privándonos de la mayor ventura de la
-vida, la sinceridad del corazón, la paz inmaculada de la inocencia!
-
-Iban así ambos mostrando su desnudez, y como ignorantes del mal, sin
-ocultarse de las miradas de Dios, ni las de los ángeles. Iban asidos
-de las manos, con dos almas las más enamoradas que unió jamás en sus
-vínculos amor: Adán el más bello de los hombres que fueron sus hijos,
-y Eva la más hermosa de las mujeres. Sentáronse en el mullido césped,
-a la sombra de una espesura que exhalaba perfumadas auras, y cerca de
-una cristalina fuente. Habíanse ejercitado en el cultivo de su querido
-jardín cuanto bastaba a hacerles después grata la fresca impresión del
-céfiro y más dulce el reposo, y más refrigerante la satisfacción de la
-sed y el hambre. Sirviéronse de los frutos que eran su comida, frutos
-sabrosísimos que doblándose las ramas les ofrecían, y descansaban
-recostados sobre el blando musgo, tapizado de brillantes flores. De
-la corteza de los frutos que habían gustado, hacían vasos para apagar
-la sed con el agua del arroyo que rebosaba; y no faltaban en aquel
-banquete dulces requiebros ni cariñosas sonrisas, naturales en esposos
-dichosamente unidos por el vínculo nupcial, y que se veían a solas.
-
-Alrededor de ellos jugueteaban todos los animales terrestres, que
-por su ferocidad fueron después perseguidos en bosques y desiertos,
-en montes y cavernas. Allí triscaba el león, meciendo suavemente
-entre sus garras al corderillo: osos, tigres, panteras y leopardos
-retozaban alegres en su presencia. Para divertirlos, desplegaba allí el
-monstruoso elefante todas sus fuerzas, retorciendo a uno y otro lado
-su flexible trompa; deslizábase hacia ellos la lisonjera serpiente,
-enroscando en complicados nudos sus escamas, y dando ya indicios de
-su fatal malicia, no conocida aún; y otros animales yacían sobre la
-yerba, unos que habiendo acabado de pastar fijaban los ojos con mirada
-inmóvil, otros que estaban rumiando y adormecidos; porque ya el sol
-iba declinando y apresurando el fin de su curso hacia las islas del
-océano, y los astros precursores de la noche subían por la ascendente
-escala del cielo; a tiempo que Satán, dominado del mismo asombro que al
-principio, y sin poder apenas recobrar su desfallecida voz, exclamaba
-así:
-
-[Ilustración: De la corteza de los frutos hacían vasos para apagar la
-sed.]
-
-«¡Oh Infierno! ¡Qué triste espectáculo se ofrece ante mis ojos!
-¿Posible es que ocupen nuestro dichoso lugar y tan bienaventurados
-sean esos seres de otra especie, nacidos quizá de la tierra, que
-no son espíritus, y sin embargo tan poco se diferencian de los
-brillantes espíritus celestiales? No puedo contemplarlos sin asombro,
-y aun creo que podría amarlos; tan perfecta es su semejanza con la
-divinidad, y tal gracia ha comunicado a sus formas la mano de que han
-salido. ¡Oh bellísimas criaturas! No podéis figuraros el cambio a que
-estáis ya expuestos, y cuán pronto se trocará en desdicha vuestro
-bienestar; desdicha tanto mayor, cuanto más felices os juzgáis ahora.
-Bienaventurados sois; pero poca defensa tiene vuestra bienaventuranza
-para que dure mucho; y esa mansión sublime, vuestro cielo, no tiene
-toda la fortaleza que necesita un cielo para resistir al enemigo
-que ahora penetra en él. Yo no soy enemigo vuestro, antes bien os
-compadezco al veros así abandonados, y a pesar de la ninguna compasión
-que conmigo se ha tenido. Quiero formar alianza con vosotros, contraer
-una amistad tan íntima y tan estrecha que en lo sucesivo viva yo
-con vosotros, o vosotros viváis conmigo. No os parecerá mi mansión
-tan agradable como este risueño Paraíso, pero la aceptaréis, porque
-al fin es obra de vuestro Hacedor: él me la cedió a mí, y con igual
-generosidad os la cedo yo a vosotros. El infierno abrirá de par en
-par sus puertas para recibiros, y a recibiros saldrán también todos
-sus magnates. No os veréis allí reducidos a tan estrechos límites
-como estos, y tendréis suficiente espacio para vuestra innumerable
-descendencia. Si el lugar no es más delicioso, quejaos del que me
-obliga a tomar venganza de sus ofensas en vosotros, que no me habéis
-ofendido; y aunque vuestra cándida inocencia me inspire piedad, como en
-efecto me inspira, el público bien, que es preferible, y el honor de
-un imperio que, gracias a mi venganza, ensanchará sus límites con la
-conquista de un nuevo mundo, me obligan a hacer lo que de otra suerte,
-aun estando condenado, me repugnaría.»
-
-Así discurría Satán, excusando con la necesidad, que es la razón de los
-tiranos, sus diabólicos proyectos; y descendiendo de la alta cima del
-árbol en que se había colocado, se introduce entre la bulliciosa turba
-de los cuadrúpedos, toma ya una, ya otra de sus formas, según convenía
-mejor a sus designios, observa de cerca su presa sin ser notado, y
-presta atención a sus palabras, y expía sus acciones para averiguar
-cuanto deseaba saber sobre su estado. Tan pronto, como león de fiero
-aspecto, da vueltas alrededor de ellos; o como tigre que descubre
-casualmente orillas de un bosque dos tiernos cervatillos retozando,
-se agacha contra la tierra y luego se levanta, y se mueve inquieto,
-a semejanza del enemigo que busca dónde mejor emboscarse, y por fin
-se lanza sobre ellos para asirlos a la vez, a cada uno con una garra.
-En esto Adán, el primer hombre, dirigiendo la palabra a Eva, la mujer
-primera, hizo que Satán se volviese todo oídos para escuchar aquel
-lenguaje para él tan nuevo.
-
-«¡Oh mi única compañera, que eres parte de mi ser, y el más querido
-de todos cuantos me rodean! ¡Cuán infinitamente bueno es ese nuestro
-Hacedor, que además ha hecho todo este vasto mundo para nosotros, y que
-se muestra tan liberal de sus bondades, como poderoso e infinito en
-su grandeza! Nos ha sacado del polvo y puesto aquí, en medio de tanta
-felicidad, cuando nada merecíamos de su mano, cuando nada podemos hacer
-que él necesite; y en cambio solo un precepto nos impone, solo un deber
-fácil de cumplir: de todos los árboles de este Paraíso, que tan varios
-y deliciosos frutos nos ofrecen, únicamente nos prohíbe gustar del
-árbol de la ciencia, plantado junto al árbol de la vida. Cerca, pues,
-de la vida está la muerte; y que esta sea cosa terrible, no admite
-duda, pues sabes bien como el Señor ha dicho que el fruto de ese árbol
-es la muerte; única prohibición que ha impuesto a nuestra obediencia,
-en medio de tantos dones como nos ha otorgado, y de tan gran poder y
-supremacía como nos concede sobre todas las criaturas que pueblan la
-tierra, los aires y los mares. No nos parezca, por lo tanto, penosa
-semejante privación, teniendo, cual tenemos, libertad para gozar de
-todo lo demás, y para escoger entre tantos y tan varios deleites el
-que prefiramos; y así alabemos al Señor y agradezcámosle sus bondades,
-prosiguiendo en la grata ocupación de podar estos tiernos árboles y
-cultivar estas flores, trabajo que aun cuando fuera más penoso, a tu
-lado sería muy dulce.»
-
-Y Eva le replicó de este modo: «¡Oh tú, de quien soy y para quien he
-sido formada, carne de tu carne, único objeto de mi existencia, que
-eres mi guía y mi superior! Justo y razonable es cuanto has dicho,
-pues debemos al Señor incesantes alabanzas y agradecimiento; y yo más
-particularmente, porque gozo de mayor suma de felicidad al gozarte a
-ti, cuya supremacía es de tal naturaleza, que no hallarás cosa que se
-te iguale. Acuérdome a cada instante de aquel día en que despertando
-del sueño por primera vez me vi reclinada en una umbría sobre las
-flores, admirada de mí, sin saber quién era, ni dónde estaba, ni de
-dónde o cómo había venido. No lejos de allí, de lo interior de una
-gruta, nacía murmurando un arroyuelo, que esparciendo su líquida
-corriente, quedaba después inmóvil, y tan puro como la bóveda del
-cielo. Dirigime a él con toda la irreflexión de mi inexperiencia, y
-me tendí en su verde orilla para contemplar aquel terso y brillante
-lago, que se asemejaba a otro firmamento; mas al inclinarme sobre
-él, vi que de pronto, enfrente de mí y dentro del agua, aparecía una
-figura que también se inclinaba para mirarme. Retrocedí asustada;
-ella retrocedió asimismo; plúgome acercarme de nuevo; plúgole a ella
-acercarse igualmente, y dirigirme también sus miradas con el mismo
-interés y amor. Hasta ahora la hubiera estado contemplando, llevada
-de una vana afición, si no hubiera sonado una voz que me dijo: «Eso
-que ves, eso que estás contemplando, hermosa criatura, eres tú misma;
-como tú aparece y desaparece; pero ven, y te llevaré adonde no sea una
-sombra el ser que anhela gozar de tu vista y de tus dulces brazos, el
-ser cuya imagen eres y de quien gozarás también en inseparable unión.
-Tú le darás una multitud de criaturas parecidas a ti, por lo que serás
-llamada madre de la especie humana.» ¿Qué había yo de hacer sino seguir
-ciegamente al que sin ser visto me atraía de aquella suerte? Di algunos
-pasos y te descubrí, tan bello y esbelto como eres, debajo de un
-plátano, aunque debo confesarte que no me pareció al pronto tu belleza
-tan dulce, tan seductora como la del lago. Traté de huir, pero tú me
-seguiste, gritando: «Vuelve acá, hermosa Eva. ¿De quién huyes? ¿Huyes
-de mí, siendo mía, siendo mi carne, mis propios huesos? Para darte la
-existencia, he cedido una parte de mí mismo; de lo más próximo a mi
-corazón ha salido la sustancia de tu vida; y para tenerte siempre a
-mi lado, dulce consuelo mío, mitad de mi alma, te estoy buscando; que
-sin ti mi ser se vería incompleto.» Y tu cariñosa mano asió la mía, y
-cedí a tu anhelo, y comprendí desde entonces cuánto la gracia varonil
-excede a la de la belleza, cuán superior es la inteligencia a toda otra
-hermosura.»
-
-Así habló nuestra primera madre, y con miradas de casta seducción
-conyugal, y con el más tierno abandono, medio abrazándole se apoyó
-en nuestro primer padre, a quien hizo sentir la leve presión de su
-turgente seno, velado en parte por las rizadas ondas de su áurea
-cabellera. Enajenado él a la vista de tal beldad y de tan dóciles
-encantos, sonreíase henchido de amor, como sonríe Júpiter a Juno cuando
-fecundiza las nubes que siembran las flores de mayo sobre la tierra; y
-selló los labios de Eva con un ósculo purísimo. Apartó Satán la vista
-lleno de envidia; y dirigiéndoles de soslayo una mirada maligna y
-rencorosa, exclamó interiormente así:
-
-«¿Hay espectáculo más odioso e insufrible? ¿Han de gozar encantados
-estos, uno en brazos de otro, de delicias superiores a las del Edén,
-y han de disfrutar tal cúmulo de venturas mientras yo vivo sumido en
-el infierno, donde no existe placer ni amor, sino un violentísimo
-deseo, que no es por cierto el menor de nuestros tormentos, deseo que
-no pueden consumir ni satisfacer tantas penas y martirios? Mas no
-debo echar en olvido lo que he llegado a saber de sus propios labios:
-no pueden disponer de todo a su voluntad; hay aquí un árbol fatal,
-llamado de la ciencia, cuyo fruto se les prohíbe. Estales pues vedada
-la ciencia, lo cual es sospechoso y contrario a la razón. ¿Por qué
-su Señor les envía esa ciencia? ¿Si será un delito el saber, si será
-la muerte? ¿Si toda su existencia se cifrará en su ignorancia, y su
-dicha en esta prueba de obediencia y de fidelidad? ¡Oh! ¡qué bello
-descubrimiento para fraguar su ruina! Encenderé en su ánimo un vivo
-deseo de saber, de infringir ese envidioso mandamiento, inventado sin
-duda para mantener en la humillación a unos seres cuya inteligencia los
-sublimaría al igual de los dioses. Pues bien: aspirando a esta gloria,
-gustarán de ese fruto, y morirán. ¿No es probable que suceda así? Pero
-antes es menester examinar muy prolijamente este jardín, y recorrer
-hasta sus últimos escondrijos. Una casualidad, una dichosa casualidad
-puede conducirme a sitio donde halle, bien orillas de una fuente,
-bien al abrigo de una sombría espesura, alguno de esos espíritus
-celestiales, que me ilustre respecto a lo que me falta averiguar. Vivid
-pues, felices amantes, mientras podáis: gozad durante mi ausencia de
-esos breves placeres, a los que sobrevendrán largas desventuras.»
-
-Acabado de decir esto, se puso en marcha con arrogante y desdeñoso
-paso, aunque con astuta precaución, recorriendo bosques, colinas,
-valles y llanuras. Descendía entre tanto lentamente el Sol hacia el
-punto extremo en que el cielo parece tocar con el mar y con la tierra,
-y sus rayos, extendiéndose hasta el ocaso, reflejaban en la puerta
-Oriental del Paraíso. Era esta una roca de alabastro, que se alzaba
-hasta las nubes y que a larga distancia se descubría, accesible del
-lado de la tierra por medio de una subida que conducía a su alta
-entrada: el resto lo formaba un escapado risco, imposible de superar.
-Entre ambas pilastras de la roca se hallaba sentado Gabriel, caudillo
-de las guardas angelicales, esperando la llegada de la noche; y
-alrededor se ejercitaba en heroicos juegos la joven milicia del cielo
-desarmada, pero conservando a mano sus escudos, yelmos y lanzas,
-pendientes en pabellones y ostentando el brillo deslumbrador de sus
-diamantes y oro. De repente, envuelto en un rayo de sol y atravesando
-la claridad del crepúsculo, aparece Uriel, rápido como una estrella
-que se desliza en otoño durante la noche, cuando henchidos los aires
-de inflamados vapores, muestran al navegante el punto desde donde se
-lanzarán contra él los vientos desencadenados; y apresuradamente empezó
-a decir:
-
-[Ilustración: Con esta promesa, volvió Uriel a su región...]
-
-«Gabriel, pues tienes a tu cargo la guarda y vigilancia de esta mansión
-venturosa, para impedir que nada malo se acerque aquí ni penetre en
-ella, sabe que hoy mismo, en la mitad del día, llegó a mi esfera
-un espíritu, deseoso al parecer de contemplar las maravillas más
-admirables del Omnipotente, y sobre todo al Hombre, última criatura
-hecha a su imagen. Le indiqué el camino que con mayor rapidez podía
-seguir; observé la dirección de su vuelo, y al verle detenerse en la
-montaña que cae al norte del Edén, noté que sus miradas eran poco
-propias del cielo y que había en ellas algo de sombrío. Le seguí con la
-vista, pero le he perdido entre estas espesuras; y temo no sea alguno
-de los espíritus rebeldes, que salido del abismo, venga a suscitar aquí
-nuevas perturbaciones: tú cuidarás de descubrir dónde se oculte.»
-
-Y el alado guerrero le respondió: «No me admira, Uriel, que residiendo
-tú en la brillante esfera del sol, abarques con tu penetrante mirada
-inmensas distancias y profundidades. Nadie puede burlar la vigilancia
-que aquí se ejerce, pasando por esta puerta, sino quien conocidamente
-proceda del cielo; y del mediodía hasta ahora no se ha presentado ser
-alguno celestial. Si otro de diferente naturaleza, como el que tú has
-descrito, ha traspasado estos límites terrestres con algún designio, ya
-conoces cuán difícil es oponer obstáculos materiales a una sustancia
-divina; mas cualquiera que sea la forma con que se encubra ese que
-dices, si se ha introducido dentro del recinto de estos muros, le
-hallaré mañana al rayar el día.»
-
-Con esta promesa volvió Uriel a su región, llevado por el mismo rayo
-luminoso cuyo más elevado extremo le hizo descender con mayor rapidez
-al sol, que en aquella hora llegaba debajo de las Azores, fuese porque
-a impulso de una increíble velocidad hubiera ya terminado su diario
-curso, fuese porque la tierra, girando menos acelerada y abreviando su
-curso hacia el oriente, dejase a aquel astro iluminar con sus purpúreos
-y áureos fulgores las nubes que rodean su trono en el ocaso.
-
-Llegó por fin la tranquila Noche, y el pardo Crepúsculo cubrió el
-mundo con su triste manto. Seguíale el Silencio, y animales y aves se
-retiraban, ellos a sus guaridas, estas a sus nidos, todos enmudeciendo,
-menos el vigilante ruiseñor, que empleaba la noche en ensayar sus
-amorosos e incesantes trinos. ¡Qué encanto tenía el silencio! Poblábase
-de resplandecientes zafiros la bóveda del firmamento; y Héspero,
-caudillo de la estrellada hueste, se distinguía por lo luminoso,
-hasta que apareciendo la luna, reina de pálida majestad, ostentó su
-incomparable brillo, y ahuyentó las tinieblas con su plateada luz.
-
-A este tiempo Adán conversaba así con Eva: «Querida esposa mía: esta
-hora de la noche y los seres todos que se entregan al descanso, nos
-brindan con igual reposo. Para el hombre ha establecido Dios el trabajo
-y el descanso, como la alternativa del día y de la noche; y el rocío
-del sueño, que tan oportunamente hace sentir ahora su dulce peso a
-nuestros ojos, viene a cerrar nuestros párpados. Las demás criaturas
-que durante el día vagan ociosas y sin cuidado, tienen menos necesidad
-de reposo, menos que el hombre, que da ocupación diaria a su cuerpo
-e inteligencia, en lo cual prueba su dignidad, y el galardón con
-que recompensa el cielo sus acciones, porque los otros animales no
-ejercitan así su actividad, ni Dios toma en cuenta lo que ejecutan.
-Mañana, antes que la fresca aurora anuncie en el oriente la proximidad
-del día, deberemos levantarnos, y volver a nuestro agradable trabajo,
-aclarando aquella enramada, y más allá desembarazando las verdes calles
-por donde paseamos al mediodía, pues nos estorba la espesura del
-ramaje que esteriliza todas nuestras faenas, y que requiere más número
-de manos, si ha de atajarse su desmedida exuberancia; al paso que
-debemos también limpiar la tierra de las flores caídas y de las gomas
-que han destilado sobre ella, porque únicamente sirven para afearla
-y obstruirla, impidiéndonos caminar con facilidad. Entre tanto, la
-naturaleza quiere y la noche manda que descansemos.»
-
-A lo cual Eva, hermosísima criatura, respondió: «Dueño mío, de quien
-procedo: lo que tú mandes, obedeceré sumisa; Dios lo ha dispuesto así;
-Dios es mi ley, tú la mía, y en no excederse de ella consiste toda la
-ciencia, todo el mérito de la mujer. Embelésanme tus palabras hasta el
-punto de hacerme olvidar el tiempo, sus mudanzas y el transcurso del
-día, porque contigo todo es igualmente agradable para mí. Agradable es
-el ambiente de la mañana, dulces sus albores y los primeros cánticos
-de las aves; hermoso el sol, cuando en este amenísimo jardín derrama
-sus orientales destellos sobre el césped, los árboles, los frutos, y
-las flores esmaltadas por el rocío; exhala aromas la tierra, fecundada
-por mansas lloviznas, y es encantadora la paz de la tarde, como el
-silencio de la noche, en que solo se oye la voz solemne de su cantor, y
-como la belleza de la luna y todas esas esmeraldas del cielo que forman
-su luminosa corte. Pero ni el fresco ambiente de la mañana, ni los
-primeros cantos de las aves, ni el sol que inunda este jardín ameno, ni
-los céspedes, frutos y flores esmaltadas por el rocío, ni el perfume
-que tras mansa llovizna embalsama la tierra, ni la apacible tarde y la
-deliciosa noche con su cantor solemne, ni el pasear a la luz de la luna
-o a la trémula claridad de las estrellas, nada hay para mí tan dulce
-como tú mismo. Mas ¿por qué esos astros están luciendo toda la noche?
-¿Para quién es ese magnífico espectáculo, si tiene cerrado el sueño
-todos los ojos?»
-
-«Hija de Dios y el Hombre, Eva hermosa, replicó nuestro primer padre;
-esos astros que giran alrededor de la tierra, llevan de una en otra
-región su luz, que ha de alumbrar aun a naciones que todavía no
-existen, y que brilla apareciendo y ocultándose para evitar que la
-noche, envolviéndolo todo en su oscuridad, recobre su antiguo imperio
-y prive de la vida a toda la naturaleza. Y no solo esparcen claridad
-esos templados astros, sino que con su benigno calor diferentemente
-graduado lo vivifican, calientan, templan y mantienen todo, o comunican
-parte de su virtud interior a los demás seres, a todas las producciones
-de la tierra, disponiéndolas a recibir del sol con mayor eficacia
-su cabal acrecentamiento. Y aunque en la profunda noche falte quien
-los contemple, no por eso resplandecen en vano; porque no pienses
-que aun dado que el hombre no existiera, dejaría ese cielo de tener
-admiradores, ni Dios quien le tributase alabanzas; que mientras
-velamos, mientras dormimos, recorren invisibles la tierra millones de
-criaturas espirituales, y día y noche alaban sin cesar y contemplan
-las obras del Creador. ¡Cuántas veces desde la cumbre de la sonora
-montaña o de lo interior de los bosques llegan a nosotros voces
-celestiales a la mitad de la noche, que ya solas, ya respondiéndose
-unas a otras, ensalzan al Omnipotente! Con frecuencia se oyen sus coros
-y nocturnas veladas, y al divino son de los instrumentos que acompañan
-sus melodías, media la noche su espacio, y se elevan al cielo nuestros
-pensamientos.»
-
-Así iban los dos discurriendo, y asidos uno a otro de la mano, entran
-solos en su deliciosa gruta. Era un sitio elegido por el soberano
-Señor, y dispuesto de manera, que nada echase allí de menos el Hombre
-de cuanto pudiera deleitarle. Formaban el laurel y mirto entrelazados
-una tupida bóveda de fuertes y olorosas hojas; el acanto y toda especie
-de arbustos aromáticos, un verde muro por uno y otro lado, que
-adornaban como rico mosaico mil y mil flores brillantes, el iris con
-sus tornasoladas tintas, las rosas y el jazmín, unidas a sus esbeltos
-tallos. Los pies descansaban sobre un lecho de violetas, de azafrán
-y de jacintos, que cubriendo el suelo como vistoso pavimento, hacían
-resaltar sus colores más vivos que los de las piedras más preciosas.
-Ninguna otra criatura, aves, cuadrúpedos ni reptiles, osaba acercarse
-allí: tal era el respeto que inspiraba el Hombre; y jamás se ideó
-mansión tan umbría, sagrada y solitaria que sirviese de templo al dios
-Pan o a Silvano, ni a las Ninfas y Faunos, númenes de las selvas.
-
-Allí, en aquel apartado retiro, entre flores, guirnaldas y perfumadas
-yerbas, se desposó Eva embelleciendo su lecho nupcial por primera
-vez; y los coros celestiales cantaron su himeneo el día en que su
-ángel tutelar la entregó a nuestro primer padre, más ataviada,
-más encantadora en medio de su desnudez que Pandora, en quien los
-dioses apuraron todos sus dones, cuando (¡oh fatal semejanza en la
-desventura!) cuando llevada por Hermes al insensato hijo de Jafet,
-sedujo con sus dulces miradas al género humano para vengarse del que
-había robado el primitivo fuego de Jove.
-
-Llegado pues que hubieron a su umbrosa gruta, se detuvieron ambos, y
-volviendo los ojos al firmamento, adoraron al Dios que hizo la tierra,
-el aire, el cielo que estaban contemplando, el luciente globo de la
-luna y las estrellas que poblaban la azulada bóveda.
-
-«Obra tuya es también la noche, Omnipotente Hacedor, y obra tuya el
-día que acaba de expirar y que hemos empleado en el trabajo que nos
-está prescrito, con la dicha de auxiliarnos y amarnos mutuamente,
-colmo de todos los bienes que nos otorgas. Este delicioso lugar es
-sobrado extenso para nosotros, y su abundancia tal, que no hay quien
-participe de ella, ni quien recoja cuanto su suelo da de sí; pero tú
-has prometido que de nosotros dos nacerá una raza que ha de llenar la
-tierra, y glorificar como nosotros tu infinita bondad, lo mismo cuando
-despertamos a la luz del día, que cuando, como ahora, aspiramos a gozar
-del sueño.»
-
-Estas alabanzas pronunciaron los dos con unánime afecto, sin observar
-otro rito que una pura adoración, que para Dios es el más agradable;
-y enlazadas las manos, entraron en su gruta, y se retiraron a lo más
-apartado de ella. No tuvieron que despojarse del molesto disfraz que
-nosotros vestimos, sino que yaciendo uno al lado de otro, Adán estrechó
-a su hermosa Eva, y esta aceptó los misteriosos deberes que su santo
-vínculo le imponía. Dejemos que austeros hipócritas encarezcan las
-perfecciones de la castidad, el respeto a los lugares sagrados y a la
-inocencia, y que condenen como impuro lo que Dios ha purificado, lo
-que prescribe a unos y lo que concede a la libertad de todos. El Señor
-manda que nos multipliquemos, y ¿quién sino el autor de nuestra ruina,
-el enemigo de Dios y el Hombre, puede obligarnos a lo contrario?
-
-¡Salve, amor conyugal, misteriosa ley, origen verdadero de la vida
-humana, único don propio del Paraíso, en que todas las cosas eran
-comunes! Por ti se ven libres los hombres del adúltero furor que los
-iguala con los brutos; por ti fueron engendrados los dulces afectos
-que el cariño, la fidelidad, la justicia y la pureza establecieron
-por primera vez, y los sagrados vínculos de padre, hijo y hermano.
-¿Cómo he de ver yo en ti nada de criminal ni vituperable, nada que
-sea indigno de la más santa morada, cuando eres fuente perpetua de
-doméstica ventura, tálamo candoroso y casto, en estos como en los
-pasados tiempos, y cuando gozaron de ti los santos y los patriarcas?
-En ti logra amor el acierto de sus doradas flechas; en ti luce su
-inextinguible antorcha y posa sus purpúreas alas; y en ti se ven
-cifrados sus encantos todos, no en las improvisadas caricias, en la
-sonrisa venal de falsas, insípidas e impúdicas mercenarias, ni en
-los cortesanos galanteos, festejos, mascaradas, músicas y bailes con
-que antojadizos amantes hacen gala de una pasión que más bien es
-digna de menosprecio. Estrechamente enlazados sus desnudos miembros,
-duermen ambos esposos al compás de los cantos con que les regalan los
-ruiseñores, y coronados por la lluvia de rosas que les renuevan los
-primeros albores de la mañana. Gozad de ese sueño, felices consortes,
-doblemente venturosos si no aspiráis a mayor ventura, ni a saber más de
-lo que sabéis.
-
-Ya la noche había recorrido la mitad de su órbita sublunar, y el cono
-que su sombra forma llegaba a la mayor altura de la anchurosa bóveda
-celeste; y ya saliendo por la puerta de marfil, a la hora y con las
-armas que acostumbraban, se disponían los querubines a su nocturna
-ronda, desplegando aparato bélico, cuando dijo Gabriel al que más se
-acercaba a él en autoridad: «Llévate en pos, Uziel, la mitad de esa
-legión, y recorre en torno la parte del mediodía con la más cuidadosa
-vigilancia; que la otra mitad se dirija al norte, y dando nosotros la
-vuelta, nos reuniremos en el occidente.» Divídense con la rapidez de la
-llama, unos hacia el lado del escudo, otros hacia el de la lanza[81];
-y llamando el mismo Gabriel a dos ángeles que estaban a su lado y se
-distinguían por su denuedo y sagacidad, les dio la siguiente orden:
-«Id, Ituriel y Zefón, id a recorrer el Edén con toda la presteza que
-os sea posible; no dejéis de explorar rincón alguno, y sobre todo la
-mansión de aquellas dos bellísimas criaturas, que quizás en estos
-momentos están durmiendo, sin recelar de ningún peligro. Esta tarde,
-al declinar el sol, vino un Ángel a participarme que había visto un
-espíritu infernal (¿quién había de sospecharlo?) que escapándose del
-infierno, se encaminaba a este Paraíso, sin duda con algún propósito
-siniestro; y así donde quiera que le halléis, apoderaos de él y traedle
-a mi presencia.»
-
-No dijo más, y se puso delante de su brillante hueste, que eclipsaba
-el resplandor de la luna, mientras los dos ángeles se encaminaban
-directamente al sitio en que podían hallar a su Enemigo; y allí en
-efecto le encontraron bajo la forma de un sapo inmundo, agachado
-junto al oído de Eva. Por medio de esta diabólica astucia, procuraba
-insinuarse en los órganos de su imaginación y sugerirle a su antojo
-mil ilusiones, sueños y devaneos, o inspirándole su ponzoñoso aliento,
-inficionar sus espíritus vitales, nacidos de lo más puro de la sangre,
-como los vapores que exhala arroyuelo cristalino, y suscitar en su
-mente insensatos y desasosegados pensamientos, esperanzas vanas,
-propósitos ambiciosos, deseos inmoderados, henchidos de altivos
-conceptos, que dan origen a la soberbia.
-
-Al descubrirle así Ituriel, tocole ligeramente con el cabo de su lanza.
-No puede la impostura resistir el contacto de un arma celestial, y
-por fuerza tiene que recobrar su propia forma; como le aconteció a
-Satán, que se estremeció todo al verse descubierto y sorprendido; y a
-la manera que prende una chispa en el montón de pólvora acopiada para
-el almacén que se forma al menor indicio de guerra, y encendido el
-negro grano, estalla de repente e inflama el aire, no menos pronto se
-levantó el odioso Enemigo en su natural figura. Dieron un paso atrás
-los ángeles al presentárseles tan súbitamente transformado el terrible
-rey; pero ajenos a todo temor, se acercaron a él, diciéndole: «¿Cuál
-eres tú de los espíritus rebeldes precipitados en el infierno? ¿Cómo te
-has evadido de allí, y por qué estás en acecho, obrando traidoramente,
-junto a la cabeza de los que duermen?»
-
-«¡Ah! ¿no me conocéis? replicó Satán con desdeñoso tono. ¿No sabéis
-quién soy? Pues bien me conocisteis en otro tiempo, cuando en vez de
-igualaros conmigo, reinaba yo allí, adonde no osabais encumbrar el
-vuelo. Desconocerme ahora, vale tanto como desconoceros a vosotros
-mismos, que sois sin duda los últimos de vuestras filas. Y si no
-ignoráis quién soy ¿a qué preguntarlo, comenzando vuestro mensaje tan
-inútilmente como habéis de concluirlo?»
-
-[Ilustración: Los dos ángeles se encaminaban en busca de su enemigo.]
-
-A lo que Zefón, devolviendo desprecio por desprecio, le contestó: «No
-juzgues, espíritu rebelde, que esa forma, en que tan menguado aparece
-tu esplendor, pueda darte a reconocer, pues no brillas ya en el Cielo
-inocente y puro, y estás muy distante de aquella gloria que ostentabas
-cuando eras fiel: ahora llevas impreso el crimen en tu semblante, y en
-la frente la lúgubre oscuridad de tu morada. Pero ven con nosotros, y
-no dudes de que tendrás que dar cuenta al que nos envía, a cuyo cargo
-está la custodia de este lugar inviolable y la incolumidad de esos dos
-seres que están durmiendo.»
-
-De este modo habló el Querubín, y su grave y severa reprensión añadió
-invencible gracia a su juvenil belleza. Quedó confuso Satán; comprendió
-cuán incontrastable es el proceder recto, cuán amable en sí misma la
-virtud, y no pudo menos de dolerse de su pérdida, aunque más se dolió
-todavía de que tan visible fuese la decadencia de su esplendor; y sin
-embargo, no quiso mostrar apocamiento. «Si he de combatir, dijo, será
-como superior contra superior, con el que manda, no con el que es
-mandado, o con todos a la vez; que en esto me cabrá más gloria, o por
-lo menos no perderé tanto.» A lo que con valentía replicó Zefón: «El
-miedo de que estás poseído nos ahorrará de un empeño que el último de
-nosotros bastará a realizar contra ti, perverso, y contra tu impotente
-debilidad.»
-
-Enmudeció el infernal príncipe al oír esto, devorando interiormente su
-rabia, como soberbio corcel, que al sentir el freno, salta irguiendo la
-cabeza y tascando el férreo bocado. Tan inútil le parecía la fuga como
-el combate; embargábale el corazón un temor que procedía de poder más
-alto, cuando nada le había hasta entonces intimidado. Iban acercándose
-al punto del occidente en que, terminada ya su excursión, volvían los
-ángeles y se congregaban para recibir nuevas órdenes; al frente de los
-cuales puesto Gabriel, su caudillo, con voz sonora les dijo así: «Por
-esta parte, amigos, oigo pasos acelerados, y descubro a Ituriel y Zefón
-en medio de la oscuridad. Con ellos viene otro de soberana apariencia,
-pero muy decaído de su brillantez, que por su arrogante ademán parece
-el príncipe del Infierno. Determinado se muestra, según su aspecto, a
-no salir de aquí sin empeñar combate. Preparaos, pues: en su hosco ceño
-trae pintada la provocación.»
-
-No había acabado de decir esto, cuando acercándose los dos ángeles, le
-refieren sucintamente quién es aquel; dónde le habían hallado, cuál era
-su ocupación, y en qué forma y actitud había tratado de ocultarse; y
-dirigiéndole Gabriel una penetrante mirada: «¿Por qué, le preguntó, has
-traspasado los límites a que te ves reducido por tu crimen? ¿Por qué
-vienes a perturbar en su ministerio a los que no se han dejado llevar
-de tu detestable ejemplo, y tienen por lo mismo derecho y facultad para
-impedir tu temerario acceso a estos lugares? ¿No hay más que violar
-la tranquila morada de los que Dios ha establecido aquí y colmado de
-bendiciones?»
-
-Y con sonrisa de menosprecio le respondió Satán: «Gabriel, en el Cielo
-tenías fama de perspicaz, y como tal te contemplaba yo; pero esas
-preguntas me hacen dudar de tu buen acuerdo. ¿Hay alguien que viva
-contento entre suplicios? ¿Hay quién, pudiendo, no anhele evadirse
-del infierno, aunque esté condenado a vivir en él? Por cierto debes
-tener que a estarlo tú, lo desearías, y atropellarías por todo con
-tal de hallar sitio, por lejano que fuese, libre de tanta penalidad,
-donde esperases trocar el dolor en alegría y en presto alivio, y
-los tormentos en bienestar. Esto es lo que aquí busco, y lo que tú,
-que nunca has experimentado males, sino venturas, no acertarías a
-comprender. ¿A qué me pones por delante la voluntad del que nos
-aprisiona? Que refuerce con más seguros reparos sus puertas de hierro,
-si ha de tenernos sumidos en sus lóbregos calabozos. Esto es cuanto
-tengo que responderte: por lo demás, la verdad te han referido: como
-esos te han dicho, me hallaron; lo cual, sin embargo, no implica
-violencia ni exceso alguno.»
-
-A estas palabras dichas en tono desdeñoso, contestó el Ángel guerrero
-no menos intencionadamente: «¡Oh, qué dechado tan cabal de cordura
-se perdió el cielo el día que Satán fue arrojado de él! Fue arrojado
-de él por su insensatez; y llega ahora aquí fugitivo de su prisión
-y abrigando la grave duda de si debe o no tenerse por perspicaz al
-que le califica de temerario en invadir esta región, y traspasar los
-límites de aquella a que está condenado en el infierno: tan natural
-contempla el evadirse de sus tormentos y su castigo. Sigue en tu
-presunción, soberbio, hasta que la cólera que nuevamente suscitas
-con tu fuga descargue en ti siete veces, hasta que el azote que te
-haga volver a tus cadenas persuada a tu gran prudencia de que no hay
-castigo proporcionado a la infinita indignación que semejante culpa
-provoca. Pero ¿por qué vienes solo? ¿Por qué no te siguen tus huestes
-infernales? ¿Son los tormentos más llevaderos para ellos que para ti,
-y por esto no tratan de evitarlos? ¿O es que no cuentas tú con tanto
-valor para resistirlos? Pues, intrépido caudillo, que has sido el
-primero en librarte de tus tormentos: si hubieras manifestado a tus
-secuaces la causa de tu evasión al abandonarlos, seguramente no te
-hubieran dejado venir solo ni fugitivo.»
-
-No pudo ya Satán reprimir su ira y exclamó: «Valor más que nadie tengo,
-ángel insolente, para soportar mis penas. Sobrado sabes que fui yo tu
-más terrible enemigo en aquella lid en que la fulminante furia del
-trueno vino tan presto en auxilio tuyo, en auxilio de tu lanza, que
-por sí no inspiraba temor alguno. Pero tus palabras, tan irreflexivas
-como siempre, muestran la inexperiencia en que estás de lo que debe
-hacer un caudillo fiel a su deber y aleccionado por los malos sucesos
-de su fortuna, que es no exponerlo todo a peligrosos trances, sino
-experimentarlos primero él mismo. Por esto he cruzado yo solo estos
-desiertos espacios, y venido a reconocer este mundo nuevamente creado,
-cuya fama no ha podido menos de llegar hasta los infiernos. Espero
-encontrar aquí morada más venturosa, y establecer en la tierra o en las
-regiones aéreas mis potestades proscritas, aunque para conquista tal
-fuese menester embestir otra vez contra ti y tus bienhadadas legiones;
-que más fácilmente os acomodáis a la servidumbre del Señor entronizado
-en los cielos, a entonar himnos en su alabanza y a incensarle de lejos,
-que a la dureza de los combates.»
-
-Lo cual oído por Gabriel, prosiguió en estos términos: «Decir y
-desdecirse, encarecer primero el mérito de la fuga y desempeñar después
-el oficio de espía, no es propio de un caudillo, sino de un embaucador.
-¿Cómo te atreves a suponerte fiel a tu deber? ¡Que así profanes el
-nombre, el sagrado nombre de tu fidelidad! Y ¿a quién eres fiel? ¿A
-tu rebelde muchedumbre? ¿A ese tropel de réprobos, dignos de ser
-mandados por tan digno jefe? ¿Consistía vuestra disciplina, la fe que
-jurasteis y vuestra obediencia militar en alzaros desleales contra el
-Poder supremo? Y por otra parte, falso hipócrita, que ahora te vendes
-por paladín de la libertad, ¿quién más lisonjero, más humilde y servil
-adorador que lo fuiste tú un día del invencible Rey de los cielos, sin
-duda con la esperanza de destronarle así mejor y empuñar su cetro?
-Pues, oye, y haz lo que te prevengo: sal de aquí, y huye al lugar de
-donde has salido; que si subsistes un momento más en estos sagrados
-confines, arrastrando y cargado de hierros te volveré a tu infernal
-mazmorra, y quedarás enclavado allí, de suerte que no te burles otra
-vez de las fáciles puertas del infierno, ya que tan débiles te parecen.»
-
-Amenazole así; pero Satán le oía con indiferencia, y encendido en nuevo
-furor, repuso: «Cuando sea tu cautivo, querubín orgulloso, háblame de
-cadenas: ahora disponte a sentir el peso de mi poderoso brazo. Jamás
-te abrumó otro tal, ni aún cuando el Soberano celeste cabalgaba sobre
-tus alas, y uncido con otro como tú, acostumbrados al mismo yugo,
-tirábais de su carro triunfal, y andábais por los caminos del cielo
-empedrados de estrellas.»
-
-Mientras esto decía, ardían en enrojecido fuego los angélicos
-escuadrones, y desplegando en circular ala sus falanges, le rodeaban,
-apuntándole con sus lanzas; como cuando en los campos de Ceres, maduras
-para la siega, se mecen las apiñadas espigas, inclinándose a uno y otro
-lado, según de donde se agita el viento; y el labrador las contempla
-con inquietud, temiendo que todos aquellos haces en que cifra su mayor
-logro, no vengan a convertirse en inútil paja.
-
-Alarmado Satán en vista de aquella actitud, hizo sobre sí un esfuerzo
-y dilató sus miembros hasta adquirir las desmedidas proporciones y
-fortaleza del Atlas o el Tenerife. Toca su cabeza en el firmamento,
-y lleva en su casco el Horror por penacho de su cimera; ni carece
-tampoco de armas, dado que empuña una lanza y un escudo. Tremenda
-lid se hubiera suscitado entonces, que no solo el Paraíso, sino la
-celeste bóveda hubiera conmovido en torno, y aun puesto en grave
-conflicto todos los elementos a impulsos de choque tan irresistible, si
-previniendo aquella catástrofe, no hubiera el Omnipotente suspendido
-en el cielo su balanza de oro, que desde entonces vemos brillar entre
-Astrea y el Escorpión. En aquella balanza había pesado Dios todo lo
-creado, la tierra esférica en equilibrio con el aire; y ahora pesa del
-mismo modo los acontecimientos, la suerte de las batallas y de los
-imperios. Puso a la sazón en contrapeso el resultado de la fuga y el
-del combate, y el segundo subió rápidamente hasta dar en el fiel que lo
-señalaba; y entonces dijo Gabriel a su Enemigo:
-
-«Conozco, Satán, tus fuerzas, como tú conoces las mías: ni unas ni
-otras nos pertenecen; Dios nos las ha prestado. ¡Qué insensatez
-jactarnos de lo que han de hacer nuestras armas, cuando no hemos de
-llegar sino a lo que permita el cielo! Tu poder es el que él consiente;
-el mío a la sazón doble, para que yazcas a mis pies, como cieno que
-eres. Y si de ello quieres tener una prueba, mira allá arriba, y leerás
-tu suerte en el celeste signo donde se pesa, donde se muestra cuán
-liviana y débil sería la resistencia.»
-
-Miró en efecto Satán, y vio cuán desfavorable le era el movimiento de
-la balanza. No esperó más; huyó, lanzando denuestos, y en pos de él
-huyeron las nocturnas sombras.
-
-[Ilustración: No esperó más, y huyó lanzando denuestos.]
-
-[Ilustración: Incorporose para fijar mejor su mirada en aquella
-hermosura.]
-
-
-
-
-LIBRO QUINTO
-
-
-ARGUMENTO
-
- Comienza a rayar el día, y Eva refiere a Adán su agitado sueño, que
- él oye con disgusto; pero hace por consolarla, y salen ambos a su
- trabajo cotidiano, dirigiendo antes a Dios su plegaria de la mañana.
- Para que el hombre no pueda alegar disculpa alguna, envía Dios a
- Rafael, que le recuerde su obediencia, que le manifieste el uso que
- ha de hacer de su libertad, la proximidad de su enemigo, quién es
- este y cuál la causa de su enemistad, con todo lo demás que a Adán le
- importa saber. Baja, pues, Rafael al Paraíso; píntase su celestial
- hermosura. Al descubrirle Adán, sale a recibirle, le conduce a su
- albergue, y le regala con las frutas más sabrosas que al efecto ha
- cogido Eva por su mano. Conversan amigablemente entre sí, y Rafael
- desempeña su comisión hablando a Adán de su estado, de la condición
- de su enemigo; y satisfaciendo a sus preguntas, le declara quién
- sea este y lo que le induce a obrar así, empezando su relato por
- la primera rebelión de Satán en el cielo, el origen de ella, cómo
- se retrajo a las partes del Norte con sus legiones, y las incitó a
- rebelarse contra Dios, logrando que le siguiesen todos, excepto el
- serafín Abdiel, que contradice sus razones, y se opone a él, y por
- último le abandona.
-
-Ya la aurora dirigía sus pasos a la región de Levante, dejando en
-el cielo impresas sus sonrosadas huellas, y sembrando la tierra de
-orientales perlas, cuando, como lo tenía de costumbre, despertó Adán,
-cuyo sueño, ligero como el aire, favorecido por una pura digestión y
-por dulces y suaves vapores, fácilmente se disipaba al menor ruido de
-las hojas, de los brumosos arroyuelos, a que da movimiento el alba, y
-de las aves vocingleras que revoloteaban entre los árboles. Pero se
-sorprendió por lo mismo de hallar a Eva adormecida aún, el cabello
-descompuesto y encendidas sus mejillas, como por efecto de un sueño
-desasosegado; e incorporándose medio apoyado sobre su costado, para
-mejor fijar su amorosísima mirada en aquella hermosura que, dormida
-o despierta, así le enajenaba con sus encantos, blandamente estrechó
-su mano; y con una voz tan dulce como la de Céfiro cuando acaricia a
-Flora, murmuró a su oído estas palabras: «Despierta, hermosa, alma mía,
-supremo bien que me otorga el cielo, delicia de mi corazón; despierta:
-mira que alumbra ya la mañana, que la frescura del campo nos está
-llamando, y que desperdiciamos estas primicias del día, y no vemos
-cómo crecen nuestras tiernas plantas, cómo se abren las flores de los
-naranjos, y la mirra destila su licor, y su bálsamo la caña, mientras
-la naturaleza se reviste de sus colores, y la abeja extrae de los
-pétalos sus almibarados jugos.»
-
-Despierta Eva al oír esto, mira con asombro a Adán, y apretándole
-entre sus brazos, dice: «¿Eres tú, consuelo mío, colmo de mi ventura,
-único ser en quien se recrea mi pensamiento? ¡Con qué placer vuelvo
-a verte y vuelvo a gozar del día! Porque has de saber que esta noche
-(noche igual no he pasado hasta ahora) he tenido un sueño, si sueño
-puede llamarse, porque no he pensado en ti, como pienso siempre, ni en
-nuestras faenas últimas, ni en las próximas, sino en ofensas y cuidados
-que hasta esta penosa noche no había sentido mi ánimo; he tenido un
-sueño en que me parecía que, introduciéndose en mi oído, una voz
-afectuosa me invitaba a pasearme. La tomé al pronto por la tuya: «¿Por
-qué duermes, Eva? me decía. Esta es la hora del placer, de la frescura
-y del silencio, silencio solamente interrumpido por el canoro pájaro
-de la noche, que la pasa en vela modulando sus amorosos trinos; esta
-es la hora en que la luna completamente redondeada y en la plenitud de
-su dulce claridad, ahuyenta la sombra que lo encubre todo: inútiles
-encantos, si la vista no goza de ellos. El cielo vela también y tiene
-abiertos sus ojos; ¿sabes para qué? Para contemplarte a ti, prodigio
-de la naturaleza, a ti cuya presencia alegra, y cuya beldad no puede
-menos de embelesar a cuantos la ven.» Me levanté, creyendo que eras tú
-el que me hablabas, mas no te vi; eché a andar deseosa de encontrarte,
-y atravesé, o tal por lo menos me pareció, multitud de caminos, hasta
-que de repente me hallé junto al árbol de la ciencia prohibida, que se
-me representó hermosísimo, más hermoso que durante el día. Mirándole
-estaba maravillada, cuando a su lado noté que había una figura con
-alas, como las que a menudo vemos bajar del cielo; sus húmedos cabellos
-estaban rociados de ambrosía. Contemplaba también el árbol, y exclamó:
-«¡Oh preciosa planta! ¡Que tan cargada te veas de fruto y nadie, ni
-Dios ni hombre, quiera aliviarte de él, ni gustar de su dulzura! ¿Tan
-despreciable es la ciencia? Si no es por envidia, ¿qué otra causa
-puede haber para esta prohibición? Prohíbalo quien quiera, nadie me
-impedirá a mí privarme más tiempo de este placer. De otra suerte ¿por
-qué estás aquí?» Esto dijo, y sin más vacilar, con mano atrevida
-cogió y gustó. Quedé horrorizada al oír estas palabras, y mucho más
-viendo la temeraria acción que las acompañaba; pero él, arrebatado de
-entusiasmo: «¡Oh, divino fruto, siguió diciendo, dulce por extremo, y
-más dulce todavía por ser vedado! Niégasete, sin duda, para que seas
-alimento exclusivo de los dioses, pues si lo fueras de los hombres, los
-convertirías en divinidades. Y ¿por qué no han de aspirar a ser dioses
-los humanos? ¿No se acrecienta el bien a medida que se comunica?
-Lejos de perder en ello su autor, sería objeto de nuevas adoraciones.
-Ven, pues, felicísima criatura, Eva hermosa y angelical: gusta como
-yo de este fruto, que si hoy eres feliz, llegarás doblemente a serlo;
-gusta de él, y serás una nueva deidad entre los dioses, y tu imperio
-no se limitará a la tierra, sino que tendrás por mansión el aire, como
-nosotros, o podrás remontarte por tu propia virtud al cielo, y verás la
-vida que viven los dioses, y tú vivirás como ellos.» Y hablando de esta
-suerte, se acercó a mí, y llevó a mis labios parte del fruto que había
-arrancado. Su dulce y sabrosa fragancia excitó de tal modo mi apetito
-que no pude menos de probarlo; y al punto sentí que nos trasladábamos
-ambos a la región de las nubes, desde donde vi extenderse a mis pies la
-inmensidad de la tierra, magnífico y variado espectáculo; y admirada
-de mi vuelo, me asombré no menos del cambio que había experimentado
-y de la incalculable altura a que me hallaba; cuando repentinamente
-desapareció mi guía, y a mí se me figuró que caía precipitada a la
-tierra y que llegaba a ella adormecida. ¡Con qué júbilo he despertado,
-y visto que todo ha sido la ilusión de un sueño!»
-
-Refirió así Eva el que había tenido durante la noche; y contristado
-Adán al oírlo, la respondió: «Perfecta imagen y amada mitad de mí
-mismo: ese desasosiego que ha agitado esta noche tu mente mientras
-dormías, también ahora me aflige a mí. No sé por qué recelo que ese
-sueño extraordinario traiga algún mal consigo; pero ¿de dónde provendrá
-ese mal? En ti, que tan pura eres, ni sombra de él puede darse; pero
-oye lo que voy a decirte. Hay en el alma varias facultades inferiores,
-sometidas a la Razón como a su soberana. Entre ellas ejerce el
-principal oficio la Imaginación, que de todos los objetos exteriores,
-que perciben los sentidos cuando están despiertos, forma quimeras y
-visiones aéreas, las cuales agrupa o desvanece la Razón, produciendo
-así todo cuanto afirmamos o negamos, todo aquello que distinguimos con
-el nombre de ciencia o de opinión. Cuando la naturaleza se entrega al
-reposo, la Razón se retrae también a su más oculto seno; y acontece
-con frecuencia que aprovechándose la Imaginación de este retraimiento,
-como continuamente está en vela, procura imitarla, forjándose allá
-mil trazas y desvaríos; pero ordenando mal los objetos, especialmente
-durante el sueño, solo produce pensamientos inconexos, y confunde los
-hechos presentes con los pasados y los remotos.
-
-»Así, en este sueño que me refieres, juzgo descubrir cierta semejanza
-con los asuntos de que tratamos en nuestra última conversación, bien
-que revestidos de extraños accidentes; por lo que no debe esto
-causarte sobresalto alguno. Puede introducirse un mal pensamiento
-en el ánimo, tanto del hombre como de los espíritus celestiales,
-indeliberadamente y sin que llegue a contaminarle; y esto me inspira la
-confianza de que ese sueño que tal aversión te ha inspirado mientras
-dormías, no consentirás nunca que despierta se realice. Aleja, pues
-de ti toda tristeza: que no empañe nube alguna la claridad de esos
-ojos, más brillante y serena que la que en su primera sonrisa envía al
-mundo la aurora. Levantémonos, y volvamos nuevamente a nuestras dulces
-faenas, nuestros bosques y fuentes, y al cuidado de las flores que
-entreabren ahora sus cálices, y exhalan los suavísimos aromas que han
-guardado durante la noche, para que te goces mejor en ellos.»
-
-Así consoló Adán a su bella esposa, y ella en efecto quedó consolada;
-pero en medio de su silencio se deslizó de sus ojos una dulce lágrima
-que enjugó con sus cabellos; y al ver que asomaban otras a sus
-cristalinas fuentes, las atajó Adán con un beso, correspondiendo de
-este modo a aquella tímida demostración de un remordimiento que se
-alarmaba con la sola idea de la culpa, sin ser culpable.
-
-Dando pues al olvido sus temores, se apresuraron a salir al campo;
-y apenas traspusieron el umbral de su mansión, a la que servían de
-techumbre espesos y copudos árboles, y se hallaron al aire libre, a
-la luz del día y del sol, que al aparecer en su carro, tocaba con las
-ruedas la superficie del océano, y cuyos rayos impregnados de rocío y
-paralelos a la tierra, doraban la vasta región oriental del Paraíso y
-los fértiles llanos del Edén, se postraron humildemente para adorar a
-su Criador, comenzando la acostumbrada plegaria que todas las mañanas
-le dirigían de varios modos, sin que sus himnos careciesen jamás de
-variedad ni de santo entusiasmo, bien fuesen recitados, bien cantados
-de improviso; pues en sonora prosa o numeroso ritmo fluía de sus labios
-una elocuencia tan natural, que no necesitaba de los dulces acordes del
-arpa ni del laúd; y dieron así principio:
-
-«Estas, Padre del bien, Omnipotente Señor, son tus gloriosas obras.
-Obra es de tus manos esta fábrica del Universo, tan maravillosamente
-bella; y tú mismo ¡cuán admirable eres! Tu inefable grandeza se
-encumbra sobre esos cielos, invisible para nosotros, confusamente
-vislumbrada en tus más pequeñas obras, en las cuales, sin embargo, se
-descubre tu bondad, superior a toda idea, y tu poder divino. Celebradle
-vosotros, que podéis hacerlo más dignamente, espíritus angélicos,
-hijos de la luz; vosotros, que le contempláis de cerca, y que en torno
-de su trono, en la eternidad de un día sin noche, y en concertados
-coros eleváis cánticos de alegría; vosotros, que estáis en el cielo.
-Unid también vuestras alabanzas, criaturas de la tierra, en honor del
-que es principio y postre y centro y ser al propio tiempo infinito.
-Y tú, la más brillante de las estrellas, última que recorres la vía
-nocturna, si no perteneces más bien al alba, precursora del día,
-que con tu fulgente diadema coronas la risueña frente de la mañana:
-ensálzale asimismo en tu luminosa esfera, a la hora apacible en que
-asoma la luz de oriente. Sol, vista y alma de este anchuroso mundo,
-ríndele homenaje como superior a ti, y en tu incesante giro proclama
-sus loores, cuando apareces en el cielo, cuando te ostentas en tu
-apogeo y cuando te ocultas a nuestros ojos. Luna, que acompañas unas
-veces al Sol en su oriente, y otras te apartas de él, huyendo con las
-estrellas fijas en su movible órbita; y vosotros planetas errantes
-en número de cinco, que al compás de armónicos sonidos os movéis en
-misteriosa danza: publicad la gloria de aquel que de las tinieblas
-sacó la luz. Aire y los demás elementos que fuisteis los primeros
-que engendró en su seno Naturaleza: pues vuestra cuádruple virtud
-recorre bajo innumerables formas un círculo perpetuo, e influís e
-inspiráis la vida en todo, que vuestro continuo movimiento sirva para
-tributar al Supremo Hacedor himnos cada vez más nuevos y más variados.
-Y vosotras, nieblas y exhalaciones, que surgís de las montañas o de
-los vaporosos lagos, negras o cenicientas, hasta que el sol dora
-con sus rayos la fimbria de vuestros ropajes: surgid para honrar
-el nombre del magnífico autor del mundo; y ya tapicéis de nubes el
-incoloro espacio del firmamento, o derraméis vuestra fecunda lluvia
-en la sedienta tierra, que en vuestra ascensión o vuestro descenso
-proclaméis siempre sus alabanzas. Alabadle también con manso murmullo o
-rugiendo impetuosamente, oh vientos que sopláis de los cuatro ángulos
-de la tierra; y vosotros, excelsos pinos, árboles y plantas de toda
-especie, inclinad vuestras cabezas y agitad vuestras ramas en señal de
-adoración. Loadle asimismo al son susurrante de vuestras aguas, fuentes
-y líquidos arroyuelos. Unid a las demás vuestras voces, criaturas
-todas vivientes. Aves, que cantando os remontáis hasta las puertas del
-cielo, sublimad su gloria en vuestras melodías y llevada por vuestras
-alas; y los que os deslizáis por entre las olas, y los que vagáis por
-la tierra, ya hollándola majestuosa, ya arrastrando humildemente, sed
-testigos de que mi lengua no enmudece ni por el día ni por la noche, y
-de que mi voz resuena en las colinas, en los valles, en las fuentes y
-en la fresca sombra de las enramadas, que de mí aprenden sus alabanzas.
-¡Bendito seas, Señor del Universo! Que tu bondad, como hasta aquí, nos
-dispense únicamente bienes; y si la noche ha producido o encubierto
-algún mal, ahuyéntalo, como la luz ahuyenta las tinieblas en este
-instante.»
-
-Expresión de su inocencia era plegaria tan fervorosa, terminada la
-cual, recobraron sus ánimos la profunda paz y la acostumbrada calma.
-Apresuráronse a volver a sus faenas campestres de la mañana, por entre
-prados cubiertos de rocío y de flores; y llegaron a un plantel de
-árboles frutales que por su excesivo crecimiento extendían su espeso
-ramaje más de lo conveniente, y necesitaban que una mano experta
-reformase su estéril pompa. Acercan también la vid al olmo para unirlos
-entre sí; la cual, como amante esposa, le ciñe con sus flexibles
-brazos, y le ofrece en dote sus racimos, y embellece con ellos su
-inútil hojarasca.
-
-Viéndolos ocupados de esta suerte el supremo Rey del cielo, se apiadó
-de ellos, y llamando a Rafael, el espíritu amigable que se dignó de
-viajar con Tobías, y favoreció su matrimonio con la doncella siete
-veces casada[82]: «Rafael, le dijo, ya sabes la perturbación que,
-fugándose del infierno y atravesando el tenebroso abismo, ha movido
-Satán en el Paraíso terrestre, y la inquietud que ha causado esta
-noche a los dos humanos que allí viven, proponiéndose con la ruina de
-ellos labrar a la vez la de su descendencia. Ve, pues, allá; emplea
-el resto del día en conversar con Adán, como entre sí conversan los
-amigos. Le encontrarás en un sitio sombrío y retirado que le preserva
-del calor del mediodía, y donde con el alimento y el descanso repara
-las fuerzas gastadas en sus diarias fatigas. Háblale de modo que le
-hagas comprender su dichoso estado; que de su voluntad depende su
-dicha, de su voluntad, que aunque libre, es también mudable, por lo
-que debe andar precavido y desconfiado, no llegue a perderse por
-exceso de confianza en su seguridad. Háblale asimismo de los riesgos
-a que está expuesto, de quién debe recelar, y del Enemigo que, por
-haber sido expulsado poco ha del cielo, procura que los demás se hagan
-también indignos de tal ventura, no empleando a este fin la violencia,
-que le sería perjudicial, sino el engaño y la seducción. Prevenle, en
-suma, de cuanto debe hacer, no sea que delinquiendo voluntariamente,
-alegue después que ha obrado por sorpresa, por falta de consejo y de
-previsión.»
-
-Esto ordenó el Padre Eterno; con lo que dejó enteramente satisfecha
-su justicia. No demoró un punto al alado Ministro el cumplimiento de
-aquel mandato, y de entre la innumerable multitud de serafines en que
-estaba, cubierto por sus grandiosas alas, alzó el rápido vuelo y cruzó
-por en medio del firmamento. Apártanse a uno y otro lado las angélicas
-legiones para abrirle paso a través del camino del Empíreo, hasta
-llegar a las puertas del cielo, las cuales se abren de par en par por
-sí solas, girando sobre sus goznes de oro, que con tan divino arte el
-sabio Autor de todo las había dispuesto. Desde allí, ni nubes ni astro
-alguno se interponen a sus miradas, y ve la tierra, pequeña como en sí
-es y semejante a los demás globos luminosos, y ve el jardín de Dios
-coronado de cedros por encima de las más altas montañas. Así, aunque
-menos distintamente, contempla el observador durante la noche, por
-medio de los cristales de Galileo, tierras y regiones imaginarias en lo
-interior de la luna; y así descubre el piloto como una mancha nebulosa
-al aparecérsele, las islas de Delos y Samos entre las Cícladas.
-
-Prosigue el Ángel bajando con acelerado vuelo, y cruza la inmensidad
-del espacio aéreo, y surca mundos y mundos, seguro de sus fuertes alas,
-ora impelido por los vientos del polo, ora sacudiendo velozmente el
-movible aire; hasta que llegando al límite a que pueden las águilas
-remontarse, mirábanle todas las aves asombradas como al fénix, único
-en su especie, cuando para depositar sus preciosas cenizas en el
-fulgente templo del Sol, encaminaba su vuelo a la egipcia Tebas.
-Descendiendo después sobre la cumbre oriental del Paraíso, recobra
-su aspecto de alado serafín. Seis alas velan sus divinas formas: las
-dos que cubren sus anchos hombros le caen sobre el pecho como un
-magnífico manto real; los dos de en medio ciñen su talle como una
-estrellada zona, y orlan sus riñones y cintura con menudas plumas de
-oro y tornasoles copiados de los del cielo; y las otras dos resguardan
-sus pies, adheridas a sus talones, con plumas esmaltadas del color del
-firmamento. Mostrábase semejante al hijo de Maya, y al sacudir sus
-plumas, llenaba de celestial fragancia el anchuroso espacio que en
-torno le circuía.
-
-Reconociéronle al punto las legiones de ángeles que custodiaban el
-Edén, y le recibieron con el honor debido no solo a su dignidad, sino a
-su misión sublime, porque desde luego adivinaron toda la importancia de
-la que iba a desempeñar. Pasó por delante de sus esplendentes tiendas,
-y entró en el bienaventurado campo, atravesando odoríferas florestas
-de mirra y casia, de nardos y de bálsamos, que sobrepujaban en dulzura
-a todo encarecimiento; porque exuberante allí y risueña como en su
-primavera, la naturaleza, desplegaba todos sus encantos juveniles
-y vertía a manos llenas sus más gratos tesoros en medio de aquel
-silvestre espectáculo, superior a toda perfección artística.
-
-Sentado a la entrada de su fresca gruta, le vio Adán según iba
-adelantándose por en medio de la aromática floresta. Desde su mayor
-elevación, lanzaba directamente el Sol sus encendidos rayos hasta lo
-más profundo de la tierra, calor excesivo para Adán; y Eva estaba en
-lo interior de su albergue, a la hora en que solía, preparando para su
-comida los sabrosos frutos, que con solo ser gustados, eran deleite del
-apetito, y al propio tiempo despertaban la sed del néctar que la leche,
-el jugo de ciertas frutas o los racimos de la vid les suministraban.
-Llamó, pues, Adán a su Esposa, diciendo:
-
-«Ven, Eva, corre, verás un objeto digno de contemplarse: a la parte de
-oriente, entre los árboles, y caminando en esta dirección, viene una
-figura ¡oh, qué radiante! Parece una segunda aurora que brilla en la
-mitad del día. Algún mandato del cielo nos trae quizá, y se dignará de
-ser hoy nuestro huésped. Apresúrate a ofrecerle las mejores provisiones
-que guardes; no escasees prodigalidad alguna, y recíbele con todo el
-honor debido a un mensajero celeste. A nuestros bienhechores debemos
-corresponder con sus propios dones, y mostrarnos liberales de lo que
-tan liberalmente se nos concede, ya que la naturaleza multiplica aquí
-sus inagotables tesoros, y que al desprenderse de ellos para hacerse
-más fecunda, nos enseña a no ser avaros.»
-
-A esto replicó Eva: «Adán mío, a quien Dios ha consagrado como modelo
-de la tierra que animó Él mismo: el cuidado de guardar lo que ha
-de servirnos para alimento, es inútil aquí donde las estaciones se
-encargan de proveernos de todo, a no ser aquellos frutos que mejoran
-reservándose, porque pierden así su humedad superflua. Pero no omitiré
-solicitud alguna, y juntaré de cada planta, de cada árbol, de cada
-sabroso fruto lo que más digno me parezca para agasajar a ese angelical
-huésped, el cual se convencerá de que Dios ha derramado sus beneficios
-en la tierra como en el cielo.»
-
-[Ilustración: A la parte de oriente, entre los árboles, y caminando en
-esta dirección...]
-
-Y sin perder más tiempo, se dispone a proceder con la mayor diligencia
-y a desempeñar sus quehaceres hospitalarios, pensando en cómo escoger
-lo más delicado, lo que más se acomodase al gusto, sin mezclar cosas
-extrañas ni de mal aspecto, sino de una agradable variedad que
-contribuyese a aumentar su agrado. Discurre de un lado a otro, y de
-los más tiernos tallos arranca cuanto la tierra, madre universal,
-produce en la India oriental y en la de occidente, en las orillas del
-Ponto, en las costas de África, o en el país en que reinó Alcínoo[83];
-frutos de toda especie, de dura cáscara, de blanda piel, unos lisos,
-vellosos otros. De ellos hace largo acopio, que amontona con mano
-pródiga; exprime los dorados racimos, que le dan un licor inofensivo y
-grato, y de simientes y dulces almendras que tritura, saca almibarada
-crema. No carece de vasos puros que contengan una y otra bebida; y por
-fin cubre el suelo de rosas y arbustos olorosos, que para serlo no
-habían menester de luego.
-
-Entre tanto se adelanta nuestro primitivo padre a recibir a su divino
-huésped, sin más séquito que sus cabales perfecciones, que constituían
-toda su grandeza, incomparablemente mayor que la enojosa pompa
-que arrastran en pos los príncipes, con tantos corceles ricamente
-enjaezados y tantos palafreneros cuajados de oro, que deslumbran a la
-multitud, dejándola estupefacta. Llegó, pues, Adán a su presencia, y
-no embarazado de temor, sino con la sumisión y afable respeto que a
-su superior naturaleza se debía, profundamente inclinándose, le dijo:
-«Espíritu celestial, pues no es posible que hermosura tanta provenga
-más que del cielo: ya que descendiendo de los supremos tronos, te
-dignas de abandonar por breve tiempo aquellas mansiones venturosas para
-honrar estas otras con tu presencia, haznos a los dos que aquí vivimos,
-a quienes el Soberano del mundo ha otorgado la posesión de morada tan
-espaciosa, haznos la merced de reposar en este umbrío albergue, tomando
-asiento, y gustando los más sazonados frutos de este jardín, hasta que
-ceda el calor del mediodía, y más benigno el sol, vaya declinando.»
-
-Y el Ángel con la mayor dulzura le respondió: «A esto he venido, Adán.
-Tal como has sido creado, y dueño de una mansión como la presente,
-bien puedes invitar aun a los mismos espíritus celestiales a que con
-frecuencia te visiten. Llévame, pues, a ese apartado recinto cubierto
-de sombra; tengo para estar contigo desde esta hora del mediodía
-hasta que comience la noche.» Y se encaminaron ambos a la campestre
-vivienda, que como el asilo de Pomona, se cobijaba entre fragantes
-flores. Allí estaba Eva, sin otra gala ni adorno que ella propia, más
-encantadora que la Ninfa de los bosques y que la más bella de aquellas
-tres diosas que en el monte Ida sostuvieron desnudas la competencia de
-su hermosura; estaba para servir al divino huésped, y no necesitaba
-de otro velo ni defensa que su virtud, sin que ningún pensamiento
-impuro alterase la calma de su semblante. «_¡Salve!_» le dijo el Ángel,
-empleando la santa salutación que después se dirigió a la benditísima
-María, segunda Eva. «¡Salve, madre del género humano! Tu fecundo
-seno dará al mundo más hijos que los frutos con que los árboles del
-Señor colman esa mesa.» La mesa era un alto y espeso césped, cercado
-de asientos de muelle musgo, y sobre su ancha y cuadrada superficie
-se extendían las producciones todas del otoño, aunque allí otoño y
-primavera se daban la mano. Entablaron los comensales su plática
-reposadamente, sin temor de que se les enfriasen los manjares; y
-nuestro padre empezó diciendo: «Plázcate, divino extranjero, gustar de
-estos regalos, que nuestro Hacedor, de quien sin tasa ni medida procede
-todo perfecto bien, ha mandado a la tierra que nos ceda para nuestro
-alimento y nuestro placer; manjares insípidos quizá para naturalezas
-espirituales; mas yo únicamente sé que el Padre celestial alimenta a
-todos.»
-
-A esto replicó el Ángel: «Pues lo que Él (alabado sea perpetuamente),
-lo que Él da al Hombre, que en parte es también espiritual, bien puede
-ser manjar agradable para los espíritus más puros; que la inteligencia
-de estos necesita de alimento como vuestra razón, pues una y otra
-llevan en sí las facultades subalternas de los espíritus, como son
-oír, ver, oler, tocar y gustar; y el gusto depura, digiere y asimila
-las sustancias, convirtiendo las corpóreas en incorpóreas. Ello es
-indudable que todo lo creado ha menester de alimento con que sostenerse
-y repararse: entre los elementos, el más grosero mantiene siempre al
-más puro, la tierra al agua, la tierra y el agua al aire, y el aire
-a los etéreos fuegos, empezando por la luna, que como más vecina a
-la tierra, presenta en su redonda faz esas manchas, que son vapores
-todavía impuros que no se han transformado en sustancias; mas no por
-eso deja la luna de desprender de su húmedo continente alimento para
-otras esferas superiores. El sol, que comunica su luz a todos los
-astros, recibe de ellos sus acuosas exhalaciones y absorbe durante la
-noche el licor del océano. Aunque los árboles de vida que tenemos en el
-cielo nos den frutos de ambrosía, y las vides destilen néctar, y aunque
-al amanecer extraigamos melifluo rocío de entre las hojas, y el suelo
-ofrezca granos de perlas a nuestras plantas, de tal manera ha prodigado
-aquí Dios sus bondades en la variedad de los placeres de que gozáis,
-que bien puede esta mansión compararse con el cielo; y así no creas que
-deje de quedar mi gusto satisfecho.»
-
-[Ilustración: Y el divino mensajero repuso: «Hay, Adán, un Ser
-omnipotente...»]
-
-Sentáronse, pues, y fueron comiendo de las viandas, y el Ángel no
-en la apariencia ni figuradamente, como es común opinión de los
-teólogos, sino con todo el incentivo de un verdadero apetito; así que
-el calor digestivo transformó los manjares en su sustancia angélica,
-y la parte redundante salió a través de la espiritual por medio de
-la traspiración. Ni esto debe causar asombro, cuando por medio del
-carbón ardiente trueca, o cree posible trocar, el empírico alquimista
-la escoria más vil en el oro más puro, cual si saliese de la mina.
-Desnuda Eva, hacía oficios de sirviente, y apuradas las copas, las
-coronaba de nuevo con licores a cual más gratos. ¡Oh inocencia digna
-del Paraíso! Nunca como entonces hubieran tenido disculpa los hijos de
-Dios en enamorarse de la hermosura; pero en aquellos corazones no cabía
-el amor impúdico, ni se comprendían los celos, infierno de los amantes
-ofendidos.
-
-Una vez satisfecha, mas no ahíta, tanto en manjares como en bebidas,
-la necesidad de la naturaleza, concibió de pronto Adán el deseo de
-no perder la ocasión con que tan importante conferencia le brindaba
-para saber qué más había en el mundo superior al suyo, qué seres
-poblaban el cielo, cuya excelencia tanto sobre la suya se distinguía,
-cuyas esplendentes formas eran una emanación de la Divinidad, y cuyo
-envidiable poder en tanto grado excedía al del Hombre; y con respetuosa
-prudencia se insinuó así:
-
-«Veo, conciudadano de Dios, hasta dónde llega tu bondad, por el honor
-que nos has dispensado, dignándote de visitar nuestra humilde morada
-y de probar los frutos de la tierra, que no son manjar digno de los
-ángeles; mas los has aceptado de tal modo, que no parece puedas
-mostrarte más complacido al tomar parte en el celestial banquete; y sin
-embargo, ¡qué comparación cabe!»
-
-Y el divino Mensajero repuso: «Hay, Adán, un Ser omnipotente de quien
-proceden todas las cosas, y en quien refluye todo aquello que no
-viene a estado de depravación. Todo lo creó perfecto en su origen con
-variedad de formas, con diversos grados de sustancia y vida en los
-vivientes; pero todo se completa y espiritualiza y depura a medida
-que más se aproxima a Él o a aquella esfera de acción que a cada
-cosa está designada, hasta que los cuerpos llegan a espíritus en la
-proporción debida a cada especie. Así, de la raíz de una planta nace
-esbelto su verde tallo, y de este las hojas más delicadas, y de las
-hojas, en fin, la flor primorosamente esmaltada, que exhala aromáticas
-esencias. Y así las plantas y los frutos que dan alimento al Hombre,
-siguiendo una escala gradual, se transforman en espíritus vitales, o
-animales o intelectuales, que armonizados entre sí, producen la vida,
-el sentimiento, la imaginación y la inteligencia, de donde el alma
-adquiere la razón: la razón, que constituye su esencia, ya proceda
-discursivamente, ya por medio de la intuición. El discurso suele ser
-más propio de vosotros, los humanos; la intuición, de nosotros, los
-celestiales; diferimos en el grado de razón, mas no en cuanto a su
-naturaleza, que es siempre idéntica. No te admires, pues, de que yo
-haya aceptado los alimentos que Dios ha hecho a propósito para ti,
-porque, como tú en la tuya, los convierto yo en mi sustancia propia.
-Tiempo vendrá quizá en que los hombres lleguen a participar de la
-dignidad angélica, y en que gusten del manjar celestial juzgándolo
-adecuado a su subsistencia; en que vuestros cuerpos, así sustentados,
-se despojen un día de todo lo que no es espiritual, y se remonten
-alados a la región etérea, como nosotros, y puedan habitar libremente
-aquí o en la celestial morada, si dais entonces muestras de ser
-obedientes y conserváis entero, inalterable y fiel el amor que debéis
-al que os ha hecho progenie suya. Entre tanto gozad de cuantos dones
-os concede vuestro dichoso estado; que por ahora en vano aspiraríais a
-más.»
-
-«¡Cuán bien, generoso espíritu y benigno huésped, repuso el patriarca
-de la raza humana, cuán bien nos has trazado el camino que puede
-conducirnos a nuestra enseñanza, y la escala de la naturaleza que
-recorre desde el centro a la circunferencia, y cómo la contemplación de
-las cosas creadas basta para elevarnos de una en otra hasta la majestad
-de su Creador! Pero dime: ¿qué has querido dar a entender con lo de _si
-dais muestras de ser obedientes_? ¿Es posible que no lo seamos, que nos
-olvidemos del amor a Aquel que nos ha sacado del polvo, establecídonos
-aquí y colmádonos de cuantos bienes puede concebir o apetecer el anhelo
-humano?»
-
-Y el Ángel le replicó: «Hijo del Cielo y de la Tierra, escucha. A
-Dios eres deudor de toda tu felicidad, pero el proseguir disfrutando
-de ella, de ti depende, es decir, de tu obediencia, en la cual debes
-mantenerte fiel, porque es la prenda de tu ventura: tenlo presente.
-Dios te ha hecho perfecto, pero no inmutable; te ha hecho bueno, pero
-te deja árbitro de perseverar o no en esta bondad; te ha dotado de un
-albedrío libre por su naturaleza, no sujeto al misterioso hado ni a
-la inflexible necesidad. Por eso el homenaje que exige es voluntario,
-y no forzoso, pues de ser arrancado por la fuerza, ni lo aceptaría,
-ni sería homenaje. ¿Cómo un corazón esclavizado ha de mostrar que
-se somete voluntariamente a su servidumbre, si cohibido por el
-destino, carece de toda elección posible? Nosotros también, y cuantas
-angélicas legiones asisten al trono de Dios, ciframos nuestro estado
-de bienaventuranza, como vosotros el vuestro, en la obediencia; que
-no tenemos otra seguridad. Libremente servimos, porque libremente
-amamos; de nuestra voluntad depende el amar o no, y en ella por
-consiguiente estriba nuestra elevación o nuestra ruina. Por incurrir en
-la desobediencia, cayeron algunos desde los cielos al profundo abismo.
-¡Oh! ¡y qué caída! ¡En qué miserable extremo, y desde qué gloria tan
-sublime!»
-
-A lo cual respondió nuestro primer padre: «Con la mayor atención he
-escuchado tus palabras, divino maestro, y me han deleitado más que los
-armónicos acentos de los vecinos montes cuando repiten por la noche los
-cantos de los querubines. Ni se me oculta que hemos sido creados libres
-tanto para querer como para obrar; y no olvidaremos nunca el amor que
-debemos a nuestro Hacedor y la obediencia a su único mandamiento,
-que tan justo es en efecto, pues así me lo persuade y ha persuadido
-siempre mi reflexión. Pero lo que dices que ha ocurrido en el cielo me
-hace dudar de mí mismo, y me inspira el deseo de oír, si te dignas de
-referirlo, la relación completa del caso, que debe de ser muy extraño
-y digno de escucharse con religioso silencio. Aún tenemos día sobrado;
-que apenas ha llegado el Sol a la mitad de su carrera, y comenzado la
-otra mitad en el ancho círculo del cielo.»
-
-A este ruego de Adán condescendió Rafael después de una breve pausa,
-diciendo: «En arduo empeño me pones, padre de los hombres, arduo
-y triste a la vez; porque ¿cómo representar al sentido humano las
-invisibles hazañas de los espíritus guerreros, y cómo referir sin pena
-la ruina de tantos gloriosos seres, y tan perfectos mientras guardaron
-fidelidad? ¿Cómo, por fin, revelar los secretos de un mundo que quizá
-no es lícito descubrir? Mas por tu bien debe permitirse todo. Pondré
-al alcance de tu comprensión lo que es superior a ella, dando a lo
-espiritual formas corpóreas, por donde mejor se entienda; pues si la
-tierra es una sombra del cielo ¿qué extraño que se asemejen más de lo
-que es posible imaginar las cosas de acá abajo a las celestiales?
-
-»No existía este mundo aún, y reinaba el lóbrego Caos donde hoy giran
-las célicas esferas, donde la tierra se asienta ahora equilibrada
-sobre su centro, cuando un día (porque el tiempo, no obstante la
-eternidad, aplicado al movimiento mide cuanto es capaz de duración
-por medio de lo presente, lo pasado y lo futuro), cuando un día,
-digo, de los que completan el grande año celeste, fueron por mandato
-supremo convocadas todas las angélicas legiones, y acudiendo desde los
-más apartados ámbitos del Empíreo, rodearon el trono del Omnipotente,
-presididas por sus gloriosos capitanes. Enarbolábanse allí mil y mil
-enseñas, banderas y estandartes, que entre las primeras filas y la
-retaguardia ondeaban al aire, sirviendo para distinguir las diferentes
-jerarquías, órdenes y grados, o para ostentar en los blasones de sus
-brillantes campos sagrados recuerdos y memorables hechos de virtud
-y amor. Y cuando acabaron de formar un círculo de inconmensurable
-extensión, incluyéndose una rueda en otra, el Infinito Padre, a cuyo
-lado se sentaba el Hijo en el seno de su bienaventuranza, cual desde
-una montaña de ardiente fuego que no deja ver su cima por la excesiva
-claridad que luce en ella, pronunció estas palabras:
-
-«Oíd todos vosotros, ángeles, hijos de la luz, tronos, dominaciones,
-principados, virtudes y potestades; oíd mi decreto, que ha de ser para
-siempre irrevocable. En este día he engendrado al que declaro mi único
-Hijo, y sobre este santo monte acabo de consagrarle. A mi diestra le
-tengo; vedle. Desde hoy será vuestro superior, pues por mí mismo he
-jurado que todas las rodillas se doblarán en el cielo ante él, y que le
-reconocerán todos por soberano. Vivid unidos, como una sola alma, bajo
-el imperio de este representante de mi grandeza, y sed perpetuamente
-dichosos; que el que le desobedezca, me desobedecerá a mí, romperá los
-vínculos que nos unen, y desde aquel día, apartado de Dios y de su
-visión beatífica, caerá en las más hondas tinieblas, en el profundo
-abismo, donde tiene reservado un lugar que ocupará sin fin y sin
-esperanza de redención.»
-
-»Así habló el Señor Todopoderoso, y todos parecieron acoger dócilmente
-sus palabras, aunque en realidad no todos sentían lo mismo. Aquel
-día, como uno de los más solemnes, se pasó en cánticos y danzas en
-torno del sagrado monte; místicas danzas, que la estrellada esfera de
-los planetas y los astros fijos imita antes que otra alguna en sus
-intrincados, excéntricos y revueltos laberintos, tanto más regulares,
-sin embargo, cuanto mayor es su irregularidad en la apariencia; y de
-sus movimientos procede armonía tan divina y tan dulce en sus mágicos
-acordes, que el mismo Dios los escucha embelesado.
-
-»Acercábase entre tanto la noche (que también nosotros tenemos mañana
-y tarde, no porque nos sean necesarias, sino porque su variedad es más
-agradable), y terminadas las danzas, sentimos el deseo de regalarnos
-con dulcísimos manjares; y puestos en círculos como estábamos,
-aparecieron las mesas llenas de angélicos alimentos, de líquidos rubíes
-y néctar, fruto de las deliciosas vides que cultiva el cielo, rebosando
-en vasos de perlas, diamantes y macizo oro. Recostados sobre flores y
-coronados de guirnaldas comían allí y bebían, y en dulce consorcio se
-henchían de inmortalidad y júbilo, mas sin llegar a hastiarse, porque
-la plenitud es allí el límite del exceso, hallándose en presencia del
-bondadosísimo Señor, que al otorgarles tantos dones a manos llenas
-toma parte en su regocijo. Entre tanto la ambrosía de la noche,
-exhalándose entre nubes desde el alto monte de Dios, fuente de la
-luz como de la sombra, había trocado la faz del fulgente cielo en un
-crepúsculo agradable, pues nunca extiende allí la noche más tenebroso
-velo, y un blando rocío iba adormeciendo todos los ojos, excepto los
-de Dios, siempre vigilantes. Diseminados poco después los ejércitos
-angelicales por la llanura del cielo, mucho más extensa que la de la
-tierra, si aplanase su superficie, que tales son los divinos atrios,
-se dispersaron en legiones y curias, acampando orillas de arroyos
-cristalinos y entre árboles de vida; y bajo innumerables e improvisados
-pabellones, como en otros tantos tabernáculos, gozaban los celestiales
-espíritus del sueño, arrullados por los frescos céfiros; gozaban
-del sueño todos, menos los que durante el transcurso de la noche se
-empleaban en cantar melodiosos himnos alrededor del trono del Señor.
-
-»Pero no velaba con este objeto Satán, que así se llama ahora, porque
-su primitivo nombre no se oye ya en el cielo; Satán, uno de los
-primeros, si no el más distinguido de los arcángeles, grande por su
-poder, su favor y su dignidad, que envidioso del puesto a que el Padre
-Omnipotente elevaba aquel día a su Hijo, proclamándole por Mesías y
-ungiéndole por Rey, no podía reprimir su orgullo, indignado de que así
-se le postergase. Cediendo pues a su malevolencia y a su soberbia, no
-bien, mediada la noche, llegó la hora en que la oscuridad era mayor y
-en que por lo mismo brindaba más al sueño y al recogimiento, determinó
-alejarse con todas sus legiones, dando aquella muestra de menosprecio
-a la supremacía de Dios, de cuyo culto y obediencia se separaba desde
-aquel momento; y despertando al que le seguía en autoridad, llevole
-aparte, y le dijo así:
-
-«¿Tú también, compañero mío, estás durmiendo? ¿Es posible que pueda
-el sueño cerrar tus párpados? ¿No te acuerdas ya de lo que se decretó
-ayer, del decreto que hace tan poco pronunciaron los labios del
-Señor del Cielo? Tú tienes por costumbre no ocultarme ninguno de tus
-pensamientos, como acostumbro yo a confiarte también los míos. Y
-si despiertos tú y yo somos uno mismo ¿por qué el sueño ha de hacer
-que nos desunamos? Ves que se nos imponen nuevas leyes: dictadas
-estas por un poder soberano, pueden producir en nosotros sus vasallos
-nuevos propósitos, nuevos consejos para tratar de eventualidades que
-acaso sobrevendrán; pero no es conveniente discurrir aquí más sobre
-este punto. Congrega a los jefes de los millares de huestes que
-acaudillamos; diles que por superior mandato, antes que la oscura noche
-haya retirado sus sombrías nubes, debo, juntamente con los que tremolan
-sus banderas bajo mis órdenes, encaminarme con apresurado vuelo a las
-regiones que poseemos en el norte, y disponer allí lo necesario para
-recibir dignamente a nuestro rey, el gran Mesías, y ejecutar lo que
-tenga a bien mandarnos, porque en breve aparecerá triunfante en medio
-de todas las jerarquías celestes, a las cuales impondrá sus leyes.»
-
-»Mientras el pérfido Arcángel hablaba así, iba inspirando malignas
-prevenciones en el incauto ánimo de su compañero, que, conforme le
-había prescrito, llamó a la vez, o unos tras otros, a los principales
-a quienes mandaba; indicoles que se le había ordenado trasladar a otro
-punto el gran pendón que los distinguía, antes de que la sombría noche
-abandonase el cielo; y para tomar el tiento a su lealtad, les insinuó
-el motivo de aquella marcha con ciertas vaguedades y reticencias,
-propias para agriar y torcer sus ánimos. Obedecieron todos, como lo
-tenían de costumbre, la señal y superior mandato de su grande adalid,
-que bien merecía el nombre de grande, siendo tanta en el cielo su
-dignidad; seducíales su esplendor, como seduce a los astros que le
-siguen el de la estrella de la mañana, y la impostura de que se había
-valido arrastró en pos de sí a la tercera parte de las celestiales
-huestes.
-
-»Entre tanto los ojos del Eterno, cuya mirada penetra los más
-recónditos designios, descubrieron desde la cima del santo monte,
-alumbrado de noche por las lámparas de oro que arden en su presencia,
-pero sin necesitar de su luz, la rebelión que se preparaba; vieron cómo
-iba cundiendo entre aquellas lucidas cohortes, y la resistencia que su
-innumerable muchedumbre se aprestaba a hacer a su voluntad suprema; y
-sonriendo, dirigió a su único Hijo estas palabras:
-
-«¡Hijo mío, en quien veo resplandecer la plenitud de mi gloria,
-heredero de mi omnipotencia! Pues se va a atentar contra esta,
-impórtanos pensar cómo defenderla, y con qué armas hemos de sostener
-el eterno derecho que poseemos a la divinidad y al imperio de todo
-lo creado. Un enemigo se alza que pretende erigir un trono igual al
-nuestro, allá en las vastas regiones del septentrión; y no contento con
-esto, medita cómo aventurar al trance de una batalla nuestro poder y
-nuestro derecho. Preparémonos pues, y en tan temeroso riesgo armémonos
-prontamente de cuantas fuerzas podamos disponer, empleándolas en
-defendernos, no sea que por desprevenidos caigamos de nuestra sublime
-altura, de nuestro santuario, de la cima de nuestro monte.»
-
-»A lo que con reposado, puro, inefable, y sereno aspecto, radiante de
-divinidad, respondió el Hijo: «Omnipotente Padre, que con razón haces
-desprecio de tus enemigos, y que contemplándote seguro, te burlas de
-sus vanos intentos y de su inútil cuanto tumultuosa audacia: con esto
-acrecentarán mi gloria; su odio redundará en loor mío, cuando vean que
-el soberano poder que se me ha otorgado aniquila todo su orgullo, y
-experimenten la habilidad de mi brazo en subyugar a los que se rebelan;
-y entonces dirán si debo ser considerado como el último de los cielos.»
-
-»Mientras hablaba así el Hijo, caminaba Satán en apresurado vuelo con
-sus secuaces; ejército más innumerable que las estrellas de la noche
-o las matutinas gotas de rocío que, como relucientes perlas, engasta
-el sol en las plantas y las flores. Atraviesan una y otra región, los
-poderosos reinos de los serafines, de las potestades y de los tronos
-en sus triples grados; comparados tus dominios, Adán, con aquellas
-regiones, serían lo que tu jardín con respecto a toda la tierra, a los
-mares todos, al globo entero, desplegado en toda su longitud. De esta
-suerte llegan por fin a las extremas partes del Norte, y Satán a su
-mansión regia fabricada en lo más alto de un monte, que se divisaba a
-lo lejos como una montaña sobrepuesta a otra, con pirámides y torres
-hechas de agramilado diamante y de rocas de oro; que tal era el palacio
-del célebre Lucifer, según en su lenguaje llaman los hombres a esta
-clase de construcciones; pues para afectar mayor igualdad con Dios,
-imitando el nombre de la montaña en que acababa de proclamarse al
-Mesías rey de los cielos, él llamó a la suya Montaña de la Alianza. Y
-convocando en torno de ella a todos sus secuaces con pretexto de que
-así se le ordenaba para consultarlos sobre el ostentoso recibimiento
-que habían de hacer a su Soberano luego que se presentase, y valiéndose
-del arte con que sabía fingir el acento de la verdad, cautivó su
-atención, diciéndoles:
-
-«Tronos, dominaciones, principados, virtudes y potestades, títulos
-magníficos, si no son vanos desde el momento en que por un decreto se
-ha concedido a otro tan gran poder, que nos eclipsa a todos al ser
-consagrado por rey supremo. Él es la causa de la atropellada marcha
-que esta noche hemos traído: él la de que aquí estemos congregados
-de improviso, con el único objeto de acordar cómo más dignamente
-hemos de recibir, y qué honores nuevos hemos de rendir al que viene a
-imponernos un tributo de genuflexión, una humillación servil, que hasta
-ahora no se nos había exigido. Postrarnos ante uno, era demasiado:
-¡cuán duro no debe sernos este doble culto ofrecido no solo al que
-es superior, sino al que se nos dice ahora que es su imagen! Y ¿qué
-acontecería si despertasen nuestros ánimos a mejor acuerdo, y se
-determinasen a sacudir tal yugo? ¿Humillaréis las frentes, y doblaréis
-temblando vuestras rodillas? No tal: creo conoceros bien; y asimismo os
-reconoceréis vosotros como naturales e hijos de este cielo, que antes
-no ha poseído nadie; y si no todos somos iguales, todos somos libres,
-igualmente libres, porque la diferencia de clases y dignidades no se
-opone a la libertad, que, por el contrario, se concilia con ellas.
-¿Quién, pues, ni razonable ni justamente podrá alzarse con la monarquía
-sobre los que de derecho son iguales suyos, si no en poder y esplendor,
-al menos en libertad? ¿Quién se atrevería a dictarnos leyes ni
-mandamientos, cuando por estar exentos de crimen, no necesitamos de ley
-alguna? Y menos debiera atreverse a hacerlo el que no puede ser nuestro
-soberano ni exigir que le adoremos sin vilipendiar la regia dignidad en
-virtud de la cual estamos destinados a gobernar, y no a ser siervos.»
-
-»Escuchaban todos su audaz discurso sin contradecirle, cuando
-levantándose el serafín Abdiel, celosísimo adorador de la Divinidad y
-dócil cual ningún otro a sus mandatos, inflamado en santa indignación,
-atajó así aquel furioso torrente:
-
-«¡Oh blasfemo, insolente y falso! No era de esperar que se oyesen
-semejantes palabras en el cielo, y menos proferidas por ti, ingrato,
-que tan encumbrado te hallas sobre tus iguales. ¿Cómo puede tu
-sacrílega astucia condenar ese justo decreto promulgado y jurado por
-el Señor? Ordena que ante su único Hijo, que por derecho propio empuña
-el cetro regio, doblen todos los que habitan el cielo la rodilla, y
-honrándole como es debido, le confiesen por legítimo Soberano; y ¿esto
-dices que es injusto, porque lo es reducir con leyes a los libres, y lo
-es que uno solo impere sobre sus iguales y obtenga un poder que nadie
-puede heredar después? ¿Pretendes dictar leyes a Dios? ¿Vas a disputar
-sobre los fueros de la libertad con el mismo que te ha hecho lo que
-eres, y que al crear conforme a su voluntad las potestades celestes,
-ha limitado las condiciones de su existencia? Harto experimentada
-tenemos su bondad; harto sabemos con cuánta solicitud procura nuestra
-dicha y nuestra grandeza, y que lejos de empequeñecernos, quiere,
-por el contrario, sublimar nuestro venturoso estado uniéndonos más
-estrechamente bajo una misma cabeza. Y, puesto que, como afirmas, fuera
-injusto que el que es igual reine como monarca sobre sus iguales, ¿osas
-tú, por grande y glorioso que seas, y aunque cifrases en ti solo todo
-el esplendor de las angélicas naturalezas, igualarte a ese unigénito
-Hijo, por quien, como Verbo suyo, el Padre Omnipotente lo creó todo,
-y te creó a ti mismo, y a todos esos espíritus celestes, coronados
-de gloria en diferentes grados y glorificados con los nombres de
-tronos, dominaciones, principados, virtudes y potestades, potestades
-que constituyen nuestra esencia? No nos humillará su reinado, antes
-acrecerá nuestro lustre, porque siendo nuestro príncipe, no podrá menos
-de identificarse con nosotros; sus leyes serán las nuestras, y cuantos
-honores le tributemos vendrán a recaer en nosotros mismos. Desiste
-pues de tu insensato encono; no perviertas a los que te escuchan, y
-apresúrate a calmar la cólera del Padre y la cólera del Hijo; que no es
-difícil obtener el perdón cuando se implora a tiempo.»
-
-»Con este fervor se expresaba el Ángel, mas era inútil su celo, que se
-tenía por extemporáneo, por poco digno y propio de espíritus apocados;
-de lo que lisonjeándose el Apóstata, más ensoberbecido que antes, le
-replicó:
-
-«¿Que fuimos creados, dices, y que como producto de segunda mano, el
-Padre transfirió este cuidado a su Hijo? ¡Idea peregrina y nueva! Bueno
-fuera saber de quién has aprendido esta doctrina. ¿Cuándo se efectuó
-esta creación? ¿Recuerdas tú cuándo saliste de la nada, y cómo te dio
-el ser ese tu Hacedor? Porque nosotros no conocemos tiempo alguno en
-que no hayamos sido lo que somos, ni nada que nos haya precedido.
-Engendrados fuimos por nosotros mismos y elevados por nuestra propia
-virtud vivificadora, cuando llegado el momento fatal, adquirieron
-las cosas su complemento, y nosotros, frutos ya sazonados, tuvimos
-por patria al cielo. Nuestro poder de nosotros únicamente procede, y
-nuestro brazo ejecutará tales empresas, que muestre bien si hay otro
-que se le iguale. Entonces verás si tenemos necesidad de recurrir a
-súplicas, y si rodeamos el trono del Omnipotente como adoradores o como
-agresores. Y ahora lleva, refiere estas nuevas a tu ungido príncipe; y
-apresura el vuelo, antes que un funesto obstáculo te lo impida.»
-
-»Dijo, y aquellas innumerables huestes aplaudieron sus palabras con un
-ronco murmullo, parecido al que en el hondo mar forman las olas; mas no
-por eso perdió su intrepidez el flamígero serafín, pues aunque solo y
-cercado de enemigos, se sintió con sobrado aliento para añadir:
-
-«¡Oh espíritu apartado de Dios, espíritu maldito, contrario a toda
-virtud! Veo inminente tu perdición, y veo a tu desventurada grey,
-envuelta en tus pérfidos amaños, participar a un mismo tiempo de tu
-crimen y tu castigo. No, no te inquiete ya el deseo de sacudir el
-yugo del Divino Mesías; no abrigues más confianza en las leyes de
-la indulgencia: otras serán las que contra ti se lancen, y leyes
-irrevocables. Ese cetro de oro a que pretendes sustraerte, se trocará
-en azote de hierro que quebrante y reduzca a la nada tu inobediencia.
-Seguiré el consejo que me has dado, mas no por temor a tus advertencias
-y amenazas, sino para huir de estas inicuas tiendas, que la inminente
-cólera del Señor abrasará en repentino incendio, sin distinguir de
-inocentes ni de culpables. Teme tú el trueno que va a estallar sobre
-tu cabeza, y el rayo devorador que te consuma. Gimiendo entonces,
-conocerás al que te ha creado, porque no podrás menos de conocer al que
-te aniquile.»
-
-»Estas palabras pronunció el serafín Abdiel, único dechado de fidelidad
-entre aquella multitud de infieles, único que conservaba su fe, su
-amor y su celo, y que se mostraba firme, resuelto, inaccesible a toda
-seducción y a todo temor contra la rebeldía que se fraguaba. Ni el
-número ni el ejemplo fueron poderosos a hacerle abjurar de la verdad,
-ni aun viéndose solo, a que decayera su constante ánimo. Largo trecho
-anduvo entre las legiones, sufriendo los improperios con que al paso
-le zaherían: pero sobreponiéndose a sus insultos y menospreciando sus
-amenazas, abandonó con desdeñosa indiferencia aquellas altivas torres
-que en breve habían de derrumbarse.»
-
-
-
-
-LIBRO SEXTO
-
-
-ARGUMENTO
-
- Prosigue Rafael su narración, y refiere cómo fueron enviados Miguel y
- Gabriel a combatir contra Satán y sus ángeles. Descríbese la primera
- batalla, de resultas de la cual, y a favor de la noche, se retira
- Satán con los suyos; convoca un consejo, e inventa unas máquinas
- infernales, con que en nuevo combate empeñado al siguiente día,
- consigue introducir algún desorden en las legiones de Miguel; pero
- estas, por fin, arrancando de su asiento montes enteros, sepultan
- bajo ellos a las huestes satánicas y sus máquinas. No logran,
- sin embargo, acabar con la rebelión, y al tercer día envía Dios
- al _Mesías_, su Hijo, a quien había reservado la gloria de aquel
- triunfo. Preséntase este en la plenitud del poder que le ha concedido
- su Padre, y ordenando a sus legiones que se mantengan inmóviles a
- sus lados, lánzase con su carro, fulminando rayos, en medio de sus
- enemigos, que incapaces de resistirle, se ven perseguidos hasta
- los postreros atrincheramientos del cielo; abierto el cual, caen
- precipitados con estrepitosa confusión al abismo que de antemano
- estaba preparado para servirles de castigo: con lo que el Mesías
- vuelve victorioso al seno de su Padre.
-
-«Continuó el Ángel intrépido caminando toda la noche, sin que nadie
-le persiguiese, y atravesando los vastos campos del cielo, hasta que
-despertada la Aurora por las Horas que marchan circularmente, abrió con
-sus rosadas manos las puertas de la luz.
-
-»Hay en lo interior de la montaña santa y próxima al trono de Dios, una
-gruta que en perpetua alternativa ocupan la luz y las tinieblas, cuya
-agradable sucesión forma lo que puede llamarse el día y la noche del
-cielo. Auséntase la luz, y por la puerta opuesta entra mansamente la
-oscuridad, hasta que llega el momento de extenderse por los celestes
-ámbitos, bien que su mayor sombra pudiera tenerse aquí meramente por un
-crepúsculo. Ahora se acercaba la mañana circuida del empíreo esplendor
-con que brilla en la región suprema, y la Noche huía ante ella, acosada
-por los rayos que despedía el oriente; cuando a los ojos de Abdiel
-apareció la inmensa llanura cubierta de fúlgidos escuadrones agrupados
-en orden de batalla, de carros, de armas resplandecientes, de fogosos
-bridones que reflejaban su brillo unos en otros: señales todas de
-guerra, pero de guerra que iba a estallar en breve, porque todos sabían
-ya las nuevas que él pensaba comunicarles.
-
-»Introdújose gozoso entre aquellas amigas falanges, que le recibieron
-con júbilo y ruidosas aclamaciones, como al único de tan inmensa
-muchedumbre de criminales que se había preservado de su perdición;
-y conduciéndole al compás de sus aplausos a la santa montaña, le
-presentaron ante el supremo trono, de donde, y de lo interior de una
-nube de oro, salió una voz que pronunció estas dulces palabras:
-
-«Siervo de Dios, has obrado bien; bien has combatido por la más
-noble causa, defendiendo la de la verdad solo contra multitud tanta
-de rebeldes, y haciéndote más temible con tus palabras que lo son
-todos ellos por sus armas. Para dar testimonio de la verdad, has
-menospreciado el baldón universal, más difícil de sobrellevar que todas
-las violencias, cuidando solo de hacerte grato a los ojos de Dios, y
-sin temor a que te calificasen de perverso. Fácil es ya el empeño en
-que vas a verte, auxiliado de toda una hueste amiga, y habiéndote con
-contrarios a cuya presencia volverás con tanta mayor gloria, cuanto
-más te vilipendiaron al separarte de ellos. Someterás por la fuerza a
-los que no quieren admitir la razón por ley, siendo como es tan justa,
-ni al Mesías por soberano, cuando reina por el derecho de sus propios
-méritos. Apréstate, Miguel, príncipe de los ejércitos celestiales,
-y tú, Gabriel, que le igualas en ardor bélico; guiad uno y otro al
-combate mis invencibles legiones; poneos al frente de mis ejércitos
-santos. Que congregados por millares y por millones, lleguen a competir
-en número con los de esa muchedumbre rebelde y falta de Dios. Aprestad
-fuego y armas mortíferas; dad sin temor en ellos; y persiguiéndolos
-hasta la extremidad del Empíreo, arrojadlos de la presencia de Dios, de
-su mansión bienaventurada, al lugar de su tormento, a los abismos del
-Tártaro, que abren ya su inflamado caos para que en él acabe su ruina.»
-
-»Esto dijo la soberana voz, y al punto empezaron las nubes a agolparse
-sobre la montaña, y la espesa humareda con cuyos lóbregos remolinos
-luchaban furiosas llamas, anunciaba la ira que iba a estallar en
-breve. Con estruendo no menos espantoso resonó en la cumbre el
-penetrante acento de la trompeta aérea, que apenas oída de las celestes
-potestades, se agruparon en irresistible masa, moviéndose silenciosas
-aquellas brillantes legiones, al compás de armónicos instrumentos,
-poseídas de heroico ardor, digno de un alto empeño, y siguiendo a los
-inmortales caudillos que defendían la causa de Dios y de su Mesías.
-Marchan con inquebrantable firmeza, sin que basten a desordenar sus
-filas angostos valles, empinadas lomas, bosques ni ríos; que no es el
-suelo obstáculo a sus plantas, y los aires parecen ayudar a su veloz
-ímpetu. Y como cuando las aves de todo género cruzaban sucesivamente el
-aire y posaban su vuelo sobre el Edén, para que a cada cual impusieses
-tú su nombre, así iban atravesando los varios espacios del cielo, y una
-y otra región, diez veces más anchurosas que la tierra toda.
-
-»Por fin, al término del horizonte y a la parte del septentrión, se
-descubrió en todo su extenso ámbito una lengua de fuego, que semejaba
-un ejército en orden de batalla, y a menor distancia un bosque erizado
-de inhiestas lanzas, cubierto de yelmos y escudos varios, en que se
-veían pintados emblemas ostentosos. Eran los escuadrones de Satán,
-que se movían con precipitada furia, imaginándose que aquel día, bien
-por fuerza de armas, bien por sorpresa, habían de enseñorearse de
-la montaña del Eterno, y sentar en su trono al soberbio competidor,
-envidioso de su grandeza. Mas el resultado mostró cuán insensatos y
-vanos eran sus propósitos.
-
-»Extraño nos pareció al principio que unos ángeles moviesen guerra a
-los otros, y que viniesen a descomunal batalla los mismos que asociados
-de continuo en unánime concierto de paz y amor, como hijos de un mismo
-y augusto Padre, entonaban loores al Rey Eterno; pero sonó el grito
-de guerra, y el rumor fragoroso de la lid ahuyentó todo otro pacífico
-pensamiento.
-
-»Descollando sobre todos los suyos y exaltado como un Dios, mostrábase
-el Apóstata en su refulgente carro, aparentando majestad divina,
-cercado de ardientes querubines y escudos de oro. Bajó de su pomposo
-trono, a tiempo que entre una y otra hueste mediaba ya limitado trecho,
-tan limitado como terrible, y que puestas frente a frente, se dilataban
-en formidable línea, prontas a acometerse; mas antes de llegar a este
-trance, adelantose Satán con resueltos e inmensos pasos a su sombría
-vanguardia, alto como una torre, y ciñendo su armadura de diamante y
-oro. No pudo verle Abdiel sin indignación: estaba entre los campeones
-más insignes, determinado a los más valerosos hechos; y alentose a sí
-propio exclamando:
-
-«¡Oh cielo! ¿Que tal semejanza guarde aún con el Altísimo quien no
-conserva ya ni fe ni respeto alguno? ¿Por qué donde falta la virtud,
-no han de faltar asimismo la fuerza y el ardimiento, y por qué el más
-audaz, bien que parezca invencible, no ha de ser también el más débil?
-Confiado en la ayuda del Omnipotente, he de poner a prueba la fuerza
-de ese cuya insensatez y falacia he probado ya, porque justo es que el
-que con la verdad ha triunfado, con las armas triunfe del mismo modo,
-venciendo en ambos combates; que cuando la razón lucha con la fuerza,
-por más que sea empresa ardua y temeraria, la victoria debe estar de
-parte de la razón.»
-
-»Así discurriendo, sale de entre sus compañeros armados, se encuentra
-a pocos pasos con su altivo enemigo, a quien aquella demostración
-enfurece más, y le provoca resueltamente, diciéndole:
-
-«Temerario, aquí te esperamos. ¿Presumías llegar a la eminencia a que
-aspiras sin que nadie se te opusiese? ¿Presumías hallar indefenso el
-trono de Dios, y que lo hubiéramos abandonado temerosos de tu poder o
-aterrados por tus amenazas? ¡Insensato! No conoces cuán vano empeño
-es armarse contra un Señor Todopoderoso, que del más leve grano
-puede a cada momento sacar innumerables ejércitos que destruyan tus
-maquinaciones, y que con solo extender su mano a inconmensurables
-límites lograría sin otro auxilio, al menor impulso, anonadarte a ti
-y confundir en tenebrosos abismos a tus legiones. Ya ves que no todos
-siguen tu ejemplo, y que todavía hay quien abrigue fe y amor en su
-Dios, lo cual no veías cuando en medio de los tuyos, fascinados por
-su error, era yo el único que disentía de todos. Contempla ahora si
-tengo imitadores, y aunque tarde, convéncete de que son pocos los que
-aciertan, y muchos los que desvarían.»
-
-»A quien el protervo Enemigo, lanzando una mirada desdeñosa, contestó
-de este modo: «En mal hora para ti, en buena para mi sed de venganza,
-eres el primero a quien encuentro después que huiste de mi presencia,
-ángel sedicioso. Vienes así a pagar tu merecido, a sufrir el rigor de
-la cólera que has provocado, porque tu lengua fue la primera que por
-espíritu de contradicción se desató en injurias contra la tercera parte
-de los dioses congregados para defender sus derechos, que no cederán a
-nadie por grande que sea su omnipotencia, mientras se sientan animados
-de su virtud divina. Te has adelantado sin duda a tus compañeros,
-ambicioso de obtener alguna ventaja sobre mí, para que este triunfo les
-hiciese confiar en mi vencimiento. He suspendido mi venganza, porque en
-no replicarte parecería que me obligabas a guardar silencio, y porque
-es bien te convenzas de que para mí, libertad y cielo son una misma
-cosa, tratándose de espíritus celestiales, no de los que se avienen
-mejor con la servidumbre, espíritus abyectos, entretenidos en cánticos
-y festines. Estos son los que tú has armado, mercenarios del cielo, que
-siendo esclavos, intentan pelear contra la libertad; pero hoy han de
-ponerse en parangón los hechos de los unos con los de otros.»
-
-[Ilustración: Reciba tu arrogancia estas albricias con que te
-saludo.]
-
-[Ilustración: Levantose horrendo clamoreo, cual nunca se había oído en
-el cielo...]
-
-»Y Abdiel le replicó con entereza estas breves palabras: «¡Apóstata!
-No desistes de tu error, ni te verás libre de él, porque cada vez se
-alejan más tus pasos de la verdad. En vano infamas con el nombre de
-servidumbre el homenaje que prescriben Dios o la Naturaleza, pues Dios
-y Naturaleza mandan que impere el que sea más digno, el superior a
-aquellos a quienes gobierna. Servidumbre es obedecer a un insensato,
-al que se rebela contra quien tanto puede, como es la de los tuyos
-al obedecerte. Ni tú mismo eres libre, sino esclavo de ti propio, y
-nada importa que lleves tu insolencia hasta el punto de escarnecer
-nuestra sumisión. Reina, pues, en los infiernos, que serán tus
-dominios, mientras yo sirvo en el cielo al Señor por siempre bendito,
-y obedezco sus supremos mandatos, como deben todos obedecerlos. Pero
-en el infierno te aguardan, no coronas, sino cadenas; y ya que, según
-has dicho, he venido huyendo hasta aquí, reciba tu arrogancia estas
-albricias con que te saludo.»
-
-»Y al decir esto, había ya descargado un vigoroso golpe, que no
-quedó en amago, sino que cayó de pronto, como una tempestad, sobre
-la orgullosa frente de Satán, el cual, ni con la vista, ni con la
-rapidez del pensamiento, ni menos aún con su broquel pudo repararlo,
-antes le obligó a retroceder diez largos pasos y a doblar una rodilla,
-sosteniéndose apenas en su robusta lanza; al modo que los vientos
-subterráneos o las desbordadas aguas arrancan de su asiento una montaña
-y la dejan medio inclinada con los pinos que cubren su superficie.
-Asombrados, o más bien furiosos, vieron los rebeldes tronos aquella
-humillación del que creían tan invencible; al paso que los nuestros
-prorrumpieron en un grito de alegría, présago de su victoria e indicio
-del anhelo con que ansiaban el combate. Al punto ordena Miguel que
-suene la trompeta del arcángel, y pueblan sus ecos la vasta extensión
-del cielo, y el ejército fiel entona el Hosanna al Omnipotente.
-
-»Mas no se contentaron las huestes contrarias con permanecer en
-inacción, sino que se precipitaron furiosas a la lid. Levantose
-horrendo clamoreo, cual nunca se había oído en el cielo hasta el
-presente, formando asperísima discordancia el choque de las armas y
-las armaduras, y el crujir de los carros de bronce y los ardientes
-ejes de sus ruedas. ¿Quién podrá describir el tremendo choque? Volaban
-las flechas encendidas, silbando horriblemente sobre nuestras cabezas
-y cubriendo ambos ejércitos con una bóveda de fuego, y bajo ella se
-lanzaban uno contra otro con fragoroso ímpetu e inextinguible rabia.
-Tronaba el cielo todo y a haber existido la tierra entonces, se hubiera
-conmovido hasta sus últimos cimientos. Mas ¿qué mucho si de una y
-otra parte batallaban millones de ángeles denodados, de los cuales el
-más débil hubiera bastado por sí solo a conturbar los elementos, y a
-armarse de la fuerza con que prevalecen en sus regiones? ¿Qué poder les
-estaba negado a aquellas falanges innumerables que entre sí luchaban,
-para llevar por donde quiera el espanto y la asolación de la guerra?
-Hubieran trastornado, ya que no destruido, hasta su mansión nativa,
-si el Eterno y omnipotente Rey desde sus altos alcázares del cielo
-no hubiera puesto freno y límites a sus fuerzas. Cada legión de por
-sí equivalía a un numeroso ejército; cada guerrero representaba en
-fuerza una legión; y en tan atroz refriega, el caudillo era soldado, el
-soldado capaz de alzarse a caudillo; que cada cual sabía bien cuándo
-había de avanzar, cuándo mantenerse a pie firme, o cambiar de batalla,
-o abrir y estrechar las temerosas filas, sin que en ninguno cupiese la
-resolución de la fuga o la retirada, ni demostración alguna por donde
-parecer medroso, sino que cada uno confiaba en sí propio, cual si él
-solo dispusiese de la victoria.
-
-»Y ¡qué de hazañas dignas de eterno nombre se consumaron! Por ser
-tantas, no son para referidas. Ocupaba el combate infinito espacio,
-variando en cada momento en multitud de trances; y tan pronto luchaban
-los invictos guerreros en terreno firme, como alzaban el vuelo y se
-acometían suspendidos de los contrastados aires, que semejaban voraz
-hoguera. Mantúvose largo tiempo indecisa la batalla, hasta que Satán,
-que aquel día desplegó una fuerza maravillosa, no hallando quien
-pudiera contrarrestarle, y desbaratando las filas de los serafines,
-revueltos en lo más enconado de la pelea, divisó por fin la espada de
-Miguel que deshacía, segaba escuadrones enteros de un solo golpe.
-
-»Asía el Arcángel su terrible arma con ambas manos, blandiéndola a
-todas partes con incontrastable fuerza: donde asestaba su filo, todo
-era devastación y ruina. Saliole Satán al paso para poner coto a tan
-grande estrago, y se cubrió con el vastísimo círculo de su escudo,
-reforzado hasta por diez láminas de diamante. Al verle el insigne
-Arcángel, suspendió el belicoso empeño, y lleno de júbilo, como quien
-esperaba terminar la guerra con la rota de su Enemigo y encadenarle a
-sus plantas, el rostro encendido y con airado ceño, empezó dirigiéndole
-estas palabras:
-
-«Recréate en el mal de que eres autor, y a que has dado origen con
-tu rebeldía, pues hasta su nombre era en el cielo desconocido, y
-míralo propagarse aquí, gracias a una guerra que si a todos es odiosa
-será funesta para ti y para tus secuaces. ¿Qué has hecho de aquella
-bendita paz de que gozábamos, trocando nuestro estado natural en este
-tan miserable, producido por tu criminal soberbia? Y ¡que así hayas
-contaminado a tantos millones de ángeles, tan puros y fieles en otro
-tiempo, y hoy tan henchidos de envidia y deslealtad! Pero no creas
-turbar la paz de esta mansión dichosa: el cielo te arrojará lejos de
-sus dominios, que como reino que es de bienaventuranza, no tienen
-cabida en él los malévolos ni los perturbadores. Huye, pues, y en pos
-de ti vaya el mal que has abortado; y tú y tus perversas falanges
-sumíos en el infierno, que es vuestra funesta morada; y da allí rienda
-suelta a tus furores, sin aguardar a que mi vengadora espada anticipe
-tu castigo, ni a que más ejecutiva aún la cólera del Señor, apresure
-los horrores de tu suplicio.»
-
-»Y a esto replicó Satán: «No con vanas amenazas pretendas intimidar
-a quien no has podido hacerlo con tus acciones. ¿Quién de los míos
-ha huido de tu presencia? Y si a tus golpes ha caído alguno, ¿no se
-ha recobrado al punto sin darse por vencido? Pues ¿cómo se promete
-tu arrogancia triunfar más fácilmente de mí, y que yo abandone esta
-empresa? No desvaríes, porque no ha de terminar así un empeño que tú
-llamas criminal, y que nosotros contemplamos como glorioso. Venceremos,
-sí, o convertiremos este cielo en el infierno que tú has inventado; y
-si no reinamos aquí, seremos siquiera libres. Esto te digo; y que no
-he de huir de ti, aunque apuradas tus fuerzas, venga en auxilio tuyo
-ese que se apellida Omnipotente. De lejos o de cerca, quiero pelear
-contigo.»
-
-»Ambos enmudecieron; ambos se aprestaron a un combate indescriptible.
-¿Cómo referirlo, ni aun con la lengua de los ángeles? ¿Con qué
-compararlo de lo que conocemos en la tierra? ¿Qué imaginación humana
-podrá encumbrarse hasta las maravillas del poder divino? Porque dioses
-parecían; y en sus movimientos, en su reposo, en figura, en acciones
-y el manejo de sus armas, dignos de conquistar el imperio de todo
-el cielo. Giraban sus fulminantes espadas en el aire, describiendo
-tremendos círculos, y sus escudos, uno enfrente de otro, relumbraban
-como dos grandes soles. Todo permanecía en expectativa, todo embargado
-de espanto. Apartáronse a entrambos lados los ejércitos angélicos,
-dejando libre el espacio en que antes medían sus armas, porque hasta
-la conmoción que los combatientes imprimían al aire era peligrosa.
-Tal (valiéndome de imágenes pequeñas para pintar cosas sublimes),
-tal, una vez trastornada la armonía de la naturaleza y puestas en
-guerra las constelaciones, veríamos dos planetas de siniestro aspecto
-lanzarse uno contra otro, y chocar furiosos en medio del firmamento,
-confundiendo en una sus enemigas esferas.
-
-»Levantaban a la vez ambos campeones sus temibles brazos, cuya fuerza
-era solo comparable a la del Omnipotente, y ambos ideaban asestar un
-golpe que fuese el postrero y pusiera término a la lid. Competían en
-vigor, en destreza y agilidad, mas la espada de Miguel, sacada de la
-armería de Dios, era de tan acerado temple, que nada podía resistir
-a su cortante filo. Paró con ella un furioso tajo de la de Satán,
-rompiéndola en dos partes; y no bastando esto, tirole una estocada, que
-penetrándole en el costado derecho, le abrió una enorme herida. Por
-primera vez sintió Satán el dolor, y comenzó a agitarse en horribles
-contorsiones; que el acero le destrozaba las entrañas; pero su etérea
-contextura no daba lugar a mayor estrago, y se repuso en su ser,
-saliendo de la herida copiosos borbotones de licor purpúreo, de sangre,
-tal como puede animar los espíritus celestiales, que manchó toda su
-armadura, poco ha tan resplandeciente.
-
-»De todas partes acudieron a socorrerle sus más denodados ángeles,
-poniéndose en su defensa, mientras otros le trasladaban en los paveses
-hasta su carro, distante un buen trecho del campo de batalla. En él le
-depositaron, haciendo extremos de dolor y rabia, avergonzados de ver
-que no era tan invencible como creían, postrada su soberbia con tal
-desastre y desvanecida la confianza en que estaban de que su poder era
-igual al poder divino. Sanó empero muy pronto, porque los espíritus, en
-quienes todo es vida, existen por completo en cada una de sus partes,
-no como el frágil hombre en el conjunto de sus entrañas, de su corazón
-o su cabeza, del hígado o los riñones; no pueden morir sin reducirse a
-la nada; no es posible que el líquido de sus tejidos reciba una herida
-mortal, como no es posible que la reciba la fluidez del aire; son
-todo corazón, todo cabeza, y ojos y oídos y sentidos e inteligencia;
-y a medida de su voluntad mudan de miembros, de color, de formas y de
-apariencia, reduciéndose o dilatándose, según conviene mejor a sus
-deseos.
-
-[Ilustración: Por primera vez sintió Satán el dolor.]
-
-[Ilustración: La noche entre tanto comenzó su curso.]
-
-»Llevábanse al propio tiempo a cabo memorables hechos por el lado en
-que combatía Gabriel, el cual con sus brillantes enseñas se entraba
-resueltamente por las espesas legiones que acaudillaba Moloc. En vano
-le perseguía este soberbio príncipe, jurando que había de arrastrarle
-encadenado a las ruedas de su carro, y blasfemando con impía lengua de
-la sacrosanta divinidad de Dios: quedó hendido de un mandoble desde
-la cabeza a la cintura, y lanzando rabiosos ayes, desapareció
-con su destrozada hueste. Otro tanto acaecía en los dos extremos
-de la batalla, donde Uriel y Rafael triunfaban de sus orgullosos
-enemigos Adramalec y Asmodeo, a pesar de sus gigantescas fuerzas y
-sus diamantinas armaduras, viéndose ambos tronos castigados cuando
-más prepotentes se creían, y caídos de su altivez, sin que sus armas
-y defensas los preservaran de huir cubiertos de horribles heridas. Ni
-se mostró Abdiel más remiso en escarmentar a la descreída muchedumbre,
-cayendo a impulsos de sus repetidos golpes Ariel y Arioc y Ramiel, que
-se distinguía por su violenta ferocidad.
-
-»Pudiera referirte las proezas de otros muchos millares de ángeles
-para perpetuar en la tierra la memoria de sus nombres; mas estos
-bienaventurados se contentan con la gloria de que disfrutan en el
-cielo, y no han menester las alabanzas de los hombres. Y en cuanto a
-los adversarios, bien que no les neguemos su poder y esfuerzo bélico,
-ni la fama que ambicionaban, merecedores como se hicieron de la
-maldición que el cielo echó sobre ellos, dejémoslos yacer entre las
-tinieblas del olvido; porque la fuerza que se aparta de la verdad y de
-la justicia no es digna de estimación y loa, sino de reprobación y de
-menosprecio; aspira a la gloria por medio de un vano orgullo, y a la
-reputación valiéndose de la infamia: quede, pues, condenada, a silencio
-eterno.
-
-»Rendidos los principales caudillos, comenzó el combate a declinar,
-multiplicándose los desastres, y comenzaron la derrota y la confusión.
-Veíanse aquellos llanos cubiertos de despojos y armas despedazadas;
-los carros hechos trizas, los conductores y los caballos amontonados y
-envueltos en humo y en vivas llamas. Los pocos que subsistían en pie
-retrocedían azorados y comunicaban su desaliento a los ejércitos de
-Satán, que apenas acertaban a defenderse, que por primera vez sentían
-la debilidad del temor y los dolores del sufrimiento, y que huían
-ignominiosamente, avergonzados de verse reducidos a tal extremo por mal
-de su pecado y su rebeldía. Hasta entonces ignoraban lo que era miedo y
-cobardía y angustia.
-
-»¡En cuán diferente situación se hallaban los santos inviolables!
-¡Cuán firme, cuán entera avanzaba su falange, igual en sus filas,
-indestructible, segura de su victoria! Debía esta ventaja a su
-inocencia, que tan superior la hacía a sus enemigos. No había incurrido
-en el pecado de desobediencia, y se mantenía animosa en la confianza de
-quedar incólume, aun cuando la violencia de la refriega turbase a veces
-el orden de sus legiones.
-
-»La noche entre tanto comenzó su curso, y esparciendo su oscuridad
-por el cielo, dio tregua e impuso silencio al odioso estrépito de la
-guerra. Vencidos y vencedores se guarecieron bajo su tenebroso manto;
-Miguel y sus ángeles permanecieron en el campo de batalla, en torno del
-cual velaban multitud de querubines con antorchas encendidas; en la
-parte más lejana Satán, rodeado de sus rebeldes huestes y oculto entre
-profundas tinieblas; y no pudiendo reposar un punto, luego que entró
-la noche, convocó a consejo a sus potentados, y sin muestra alguna de
-desaliento, les habló así:
-
-«Los peligros que habéis arrostrado, queridos compañeros, la destreza
-de que habéis dado pruebas sin ser vencidos, os hacen merecedores,
-no ya de la libertad, que es galardón mezquino, sino de bienes que
-tenemos en más estima, del honor, el dominio, la gloria y el renombre.
-Todo un día habéis estado sosteniendo un combate dudoso; y lo que en
-un día habéis hecho ¿por qué no poder hacerlo durante una eternidad?
-Ha echado mano el Señor del cielo de cuanto poder disponía contra
-vosotros; de su mismo trono ha sacado las fuerzas que creyó suficientes
-para someteros a su voluntad; pero ¿lo han conseguido? No; y en esto
-debemos hallar la prueba de que no es tan previsor de lo futuro ni tan
-omnisciente como le creíamos. Cierto que la inferioridad de nuestras
-armas nos ha perjudicado en parte y ocasionádonos dolores que antes no
-conocíamos; pero una vez conocidos, los hemos menospreciado. Tenemos
-ya el convencimiento de que nuestra naturaleza empírea no está sujeta
-a trance mortal alguno, de que es imperecedera, pues aun debilitada
-por las heridas, sana muy pronto de ellas, y vuelve a cobrar su vigor
-nativo. A tan leve mal, fácil es aplicar remedio. Con más poderosas
-armas, con instrumentos más impetuosos que para la lid próxima
-dispongamos, mejoraremos de fortuna y empeoraremos la de los enemigos,
-o por lo menos se igualará la disparidad que seguramente no ha puesto
-entre ellos y nosotros la naturaleza. Y si otra causa ignorada les ha
-concedido esa superioridad, pues conservamos enteros nuestros ánimos
-y cabal nuestra inteligencia, veamos e investiguemos los medios de
-descubrirla.»
-
-»Dijo, y se sentó. Próximo a él estaba en la asamblea Nisroc, cabeza de
-los Principados, que había salido del combate acribillado de heridas y
-con las armas abolladas y hechas pedazos. Mostraba gesto sombrío, y le
-respondió:
-
-[Ilustración: Miguel y sus ángeles permanecieron en el campo de
-batalla...]
-
-«Tú que nos libras de nueva servidumbre para procurarnos el pacífico
-goce de los derechos que como dioses nos son debidos, no dejas de
-comprender que siendo tales hemos de lamentar doblemente el vernos
-expuestos a dolorosas heridas, y forzados a pelear con desiguales
-armas contra un enemigo impasible e invulnerable. De esta contrariedad
-necesariamente ha de provenir nuestra ruina; porque ¿de qué nos sirve
-el valor, ni de qué esta fuerza tan vigorosa, si uno y otra ceden
-al dolor, que lo rinde todo y deja desmayado al más poderoso brazo?
-Podríamos muy bien renunciar quizás al goce de todo placer, y no
-prorrumpir en quejas, y vivir tranquilos, que es la más dulce de las
-vidas; pero el dolor es el colmo de la miseria, el peor de los males,
-y cuando se hace excesivo, no hay paciencia que baste a soportarlo. Si
-alguno de nosotros acierta a inventar un arma que produzca dolorosa
-lesión en nuestros enemigos, invulnerables todavía, o una defensa tan
-eficaz como lo es la suya, me prestará un servicio no menos digno de
-gratitud que el que debemos al que nos procura la libertad.»
-
-»A lo que con estudiada compostura respondió Satán: «Pues ese invento
-desconocido aún, y que con razón estimas tan importante para nuestro
-triunfo, lo tengo ya. ¿Quién de nosotros, al contemplar la brillante
-superficie de este mundo celeste en que moramos, de este vastísimo
-continente, ornado de plantas, de frutos, de flores que exhalan
-ambrosía, de perlas y oro, puede ver con indiferencia maravillas
-tantas, y no conocer que nacen allá en lo interior de profundos senos,
-entre negras y crudas masas, de una espuma espirituosa e ígnea, hasta
-que tocadas y vivificadas por un rayo del cielo, se animan de pronto
-y exponen sus encantos a la influencia de la luz? Pues esos mismos
-gérmenes nos ofrecerá el abismo en su natural inercia y provistos de
-una llama infernal; los cuales comprimidos en tubos huecos, redondos y
-prolongados, con solo aplicarles fuego por una de sus extremidades, se
-dilatarán ardiendo, y estallarán por fin con el estruendo del trueno,
-esparciendo entre nuestros enemigos tal estrago, que despedazándolos
-y destruyendo cuanto a su furor traten de oponer, temerán que hemos
-desarmado al Tonante de sus rayos, única arma terrible para nosotros.
-No será larga nuestra faena, y antes que asome el día, veremos
-cumplidos nuestros deseos. ¡Ánimo pues; nada temáis! Considerad que la
-habilidad y la fuerza reunidas no hallan cosa difícil, y menos cosa de
-que desesperar.»
-
-»No bien pronunció estas palabras, reanimáronse los semblantes, y
-se abrieron los corazones a la esperanza. Admiración causó en todos
-semejante invento, extrañando cada cual que no se le hubiese ocurrido
-a él: tan fácil parece una vez descubierto lo que antes de descubrirse
-se hubiera tenido por imposible. Quizá en los futuros siglos, si
-la perversidad de tu raza llega a tanto, no faltará alguno de tus
-descendientes que con ánimo dañino o por sugestión diabólica fragüe una
-máquina parecida, y en castigo de sus crímenes destruya a los hijos de
-los hombres al moverse guerra y atentar mutuamente contra sus vidas.
-
-»Terminado el consejo, aprestáronse los rebeldes a la obra sin más
-tardanza. Nadie opuso reparo alguno, y todos dieron ocupación a
-sus manos. En un momento levantan la superficie del celeste suelo,
-descubren debajo las materias elementales de la naturaleza en su
-primitivo origen, hallan la espuma sulfurosa y nítrica, mezclan
-ambas entre sí, y calcinándolas diestramente, las reducen a negros
-y menudos granos, de que hacen provisión copiosa. Rompen unos las
-ocultas venas de los minerales y de las rocas, que existen en el cielo
-semejantes a las de la tierra, y forjan tubos y balas que llevan
-consigo la destrucción; otros fabrican dardos incendiarios, que abrasan
-instantáneamente cuanto tocan: y antes que se acerque el día, durante
-el secreto de la noche, dan cima a sus trabajos, y con gran previsión
-disponen todo lo necesario a su disimulada empresa.
-
-»Apareció por fin en el oriente del cielo la risueña aurora, y se
-levantaron los ángeles vencedores al toque de la trompeta que los
-llamaba a las armas, formándose en breve las espléndidas falanges,
-que ostentaban el áureo fulgor de sus brillantes cotas. Desde las
-colinas que recibían los primeros rayos del sol, espiaban algunos el
-espacio que en torno se dilataba, mientras, desempeñando otros el
-oficio de exploradores, recorrían ligeramente armados todos los puntos,
-para averiguar a qué distancia se hallaba el enemigo, dónde estaba
-acampado, si había emprendido la fuga, si se ponía en movimiento o se
-conservaba inmóvil y apercibido para el combate. Descubriósele por fin
-ya cercano, que avanzaba a paso lento, pero resueltamente, formando una
-sola y espesa haz y desplegando al viento sus estandartes; a tiempo
-que Zofiel, el más veloz de los alados querubines, retrocedía a toda
-priesa, gritando desde lo alto de los aires: «¡A las armas, guerreros!
-¡A las armas, y a combatir! ¡Ahí tenéis al enemigo! Los que creíamos
-que se habían fugado vienen a evitarnos la molestia de perseguirlos. No
-temáis que por fin se salven. Una nube parece su espesa multitud, y que
-caminan animados de funesta resolución y de confianza. Que cada cual
-ciña su cota de diamante, y ajuste bien su casco y embrace fuertemente
-su ancho escudo para poder manejarlo como convenga, pues a mi juicio no
-va a ser hoy día de menuda lluvia, sino de gran tormenta, que fulminará
-rayos abrasadores.»
-
-[Ilustración: Y cayeron ángeles y arcángeles a millares, revueltos
-entre sí...]
-
-»De esta suerte preparó a los que estaban ya prevenidos; y puestos en
-orden, desembarazados de impedimentos, y viendo tranquilos que se
-acercaba el instante de pelear, se movieron resueltamente. Ya se avista
-el enemigo. Avanzaba con largos y lentos pasos, formando un inmenso
-cuadro, dentro del cual llevaba sus infernales máquinas rodeadas
-de apiñados escuadrones que impedían se descubriese el engaño. Al
-divisarse, se detuvieron los dos ejércitos; mas de repente apareció
-Satán al frente de los suyos, y en altas voces se expresó así:
-
-«¡Vanguardia! ¡A derecha e izquierda! Desplegad de frente, para que
-cuantos nos odian puedan ver cómo ofrecemos paz y buena avenencia,
-y con qué sinceridad de corazón estamos dispuestos a recibirlos
-si aceptan nuestra propuesta y no nos vuelven la espalda por pura
-perversidad, que es lo que sospecho. Pero pongo al cielo por testigo...
-Ya ves ¡oh cielo! con qué lealtad obramos. ¡Ea, pues! Los que al
-efecto estáis destinados, desempeñad vuestro oficio, haced lo que dejo
-indicado, y bien recio para que todos puedan oírlo.»
-
-»Al oír estas palabras falaces y sarcásticas, los que formaban el
-frente se dividieron a derecha e izquierda, retirándose por ambos
-flancos, y descubrieron nuestros ojos un espectáculo no menos nuevo que
-extraño: una triple fila de columnas tendidas sobre ruedas y hechas
-de bronce, de hierro o piedra (que en efecto columnas parecían, o
-más bien troncos huecos de encina u otros árboles, despojados de sus
-ramas y cortados en los montes); pero horadadas en toda su longitud,
-ofrecían sus bocas algo de siniestro, que revelaba insidiosos planes.
-Al lado de cada columna, veíase un serafín, cuya mano blandía una
-pequeña vara que despedía fuego. Esto notábamos, y no sin sorpresa,
-perdiéndonos todos en conjeturas; mas no duró mucho la incertidumbre,
-porque apenas aplicaron ligeramente y todos a la vez las varas a unos
-agujeros imperceptibles de las columnas, iluminó de pronto el cielo
-una explosión de fuego, vomitaron las cavernosas máquinas torrentes de
-humo, y con horrible estruendo, que ensordeció los aires, desgarrando
-sus entrañas, lanzaron la infernal, indigesta masa que contenían, con
-fragorosos truenos y una abrasadora lluvia de ardientes globos. Iban
-asestados contra las filas del ejército vencedor, y era tal su furioso
-ímpetu, que dando en medio de ellas, no pudieron resistir su golpe los
-que se mantenían como firmes rocas, y cayeron ángeles y arcángeles
-a millares, revueltos entre sí y en el mayor desorden. Ni sus armas
-les fueron de provecho alguno; que a no serles mas bien embarazosas,
-fácilmente hubieran podido, como espíritus que eran, condensarse o
-esparcirse, y ponerse en salvo; pero ya solo les quedaba la mengua de
-su derrota y total dispersión, tanto más segura, cuanto más extendían
-sus filas. ¿Qué remedio intentar? Si avanzaban se exponían a ser
-rechazados de nuevo y más vergonzosamente, añadiéndose al desastre el
-mayor ludibrio de los enemigos, que ya se preparaban a descargar sus
-máquinas segunda vez: huir amedrentados, era indigna resolución.
-
-»Veíalos Satán, lleno de regocijo, en aquel trance, y burlándose de
-ellos, decía a los suyos: «¿Qué es eso? ¿Por qué no se acercan más
-nuestros animosos vencedores? ¿Qué se ha hecho del denuedo con que
-acometían? Pues ¿no les ofrecemos recibirlos con los brazos y el
-corazón abiertos (¿puede hacerse más?), y les proponemos términos
-de avenencia, y ellos, cambiando de opinión, toman el portante, y
-nos hacen ridículas contorsiones, como si se propusieran armar una
-danza? Aunque para danzar, creo que se muestran un tanto atolondrados
-y bulliciosos; bien que será la alegría que les han causado nuestros
-pacíficos ofrecimientos; de modo que si se los repetimos, podemos
-prometernos completo éxito[84].»
-
-»Y en tono no menos burlón añadió Belial: «Los términos, caudillo
-nuestro, en que se los hemos hecho, son de tanto peso y tan difíciles
-de entender, y con tan irresistible fuerza de raciocinio los hemos
-expuesto, que no es mucho estén todos esos guerreros algo pensativos
-y desconcertados. No es posible enterarse bien de ellos, sin que le
-ocupen a uno de pies a cabeza; y por lo menos esta ocupación tiene la
-ventaja de indicarnos que no andan muy derechos nuestros enemigos.»
-
-»Con semejantes chanzonetas los denostaban, creyéndose en su
-desvanecimiento superiores a todas las veleidades de la victoria.
-Estimábanse ya con su invención iguales en poderío al Eterno, y se
-burlaban de sus rayos y de sus legiones los breves momentos que duró
-su estrago, que no se prolongaron mucho, porque encendida en ira
-la divina hueste, echó mano de armas que bastasen a desbaratar el
-infernal invento. Y fue así que de pronto (admira el vigor, la fuerza
-maravillosa que Dios ha puesto en sus fieles ángeles) de pronto arrojan
-las armas, vuelan a las alturas, que con mil deliciosos valles alternan
-en el cielo como en la tierra, y raudos cual otros tantos rayos, asen
-de las montañas, las mueven y desarraigan de sus cimientos con todo el
-peso de sus rocas y bosques y torrentes, y cogiéndolas por sus cimas,
-las voltean entre sus manos.
-
-»Hubieras entonces presenciado el asombro y terror que se apoderó
-de los rebeldes, viendo que las montañas, invertida su base, se les
-venían encima, y que bajo ellas quedaban aplastadas con su triple
-fila las maldecidas máquinas, y todas sus esperanzas sepultadas entre
-tan inmensas moles. Sobre ellos al propio tiempo llovían peñascos y
-promontorios enteros, que al caer oscurecían la luz, y entre cuyos
-escombros desaparecían legiones, armas y defensas; y las armas eran ya
-instrumentos de nuevo daño, porque al romperse herían a los que las
-empuñaban, ocasionándoles acerbos dolores e imponderables tormentos; y
-solo se oían desesperados aves y horrorosos gritos, pugnando cada cual
-por librarse de la estrecha prisión que le sujetaba, pues el pecado
-privaba a aquellos espíritus de la sutil fluidez y esencia que poco
-antes constituían su ser.
-
-»Pero los que quedaban ilesos se aprovecharon del ejemplo, y apelando
-al mismo recurso, arrancaron los montes circunvecinos. Comenzaron
-pues a volar por los aires, chocando unos con otros. Jamás pudo
-preverse lucha tan espantosa. ¡Con qué infernal rabia se combatía en
-los estrechos huecos que quedaban, y a pesar del pavor que aquellas
-tinieblas infundían! Las más cruentas guerras comparadas con la
-presente hubieran parecido un mero entretenimiento. El estruendo
-engendraba nueva confusión; la confusión producía mayor frenesí y
-estrago. Amenazaba desquiciarse el cielo; y seguramente se hubiera
-consumado aquel día su ruina, si el Padre Omnipotente, cercado de
-esplendor en el incontrastable trono de su celestial santuario, pesando
-los acontecimientos y previendo aquella iniquidad, no la hubiera
-permitido para realizar sus inescrutables fines de glorificar a su
-consagrado Hijo, vengándole de sus enemigos, y declarar que transfería
-en él su omnipotencia; por lo que, como asesor que era suyo, le dijo
-así:
-
-«Destello de mi gloria. Hijo amado, Hijo en cuya faz aparece
-visible lo invisible que como Dios yo tengo: tu mano, partícipe de
-mi omnipotencia, realizará lo que tengo decretado. Dos días han
-transcurrido, dos días según en el cielo los computamos, desde que
-Miguel y sus Potestades han ido a subyugar a esos rebeldes. Tremendo
-ha sido el combate, como no podía menos de serlo armándose uno contra
-otro semejantes enemigos. Yo los he dejado entregados a sí propios, y
-ya sabes que al crearlos los hice iguales, y que no hay entre ellos
-más desigualdad que la del pecado, bien que esta no se haya hecho
-sensible, porque no he fulminado aún mi condenación; de suerte que
-se perpetuaría esa lucha encarnizada, sin que llegara a decidirse su
-resultado. La guerra fatigosa ha dado ya de sí cuanto puede dar: se
-ha soltado el freno a la más desesperada contienda; se han empleado
-los montes como armas arrojadizas, cosa ingrata para el cielo y
-perjudicial a la naturaleza. Dos días pues han transcurrido: el tercero
-te pertenece a ti, porque a ti lo he destinado. Todo lo he consentido
-para que tuvieses tú la gloria de dar fin a esta cruda guerra, que
-nadie más que tú puede terminar. Yo he infundido en ti tal virtud y
-gracia tan eficaz, que los cielos y el infierno se prosternarán ante
-tu poder incomparable. Tú has de sujetar esa perversa rebelión de
-modo, que todos confiesen ser tú el más digno de entrar en la herencia
-universal, en la herencia que de derecho te corresponde como Rey que
-has recibido la unción sagrada. Ve, pues, tú, poseedor del mayor poder
-de tu poderoso Padre; asciende a mi carro; guía sus rápidas ruedas
-de suerte que hagan temblar el cielo hasta sus cimientos; lleva mis
-armas todas, mi arco, mi irresistible trueno; suspende mi espada de tu
-cintura augusta, para que persiguiendo a esos hijos de las tinieblas,
-los arrojes de todos los límites del cielo a los más hondos abismos; y
-allí podrán menospreciar según les plazca a su Dios, y al Mesías, su
-ungido Rey.»
-
-»Al pronunciar estas palabras, inundó completamente en rayos de luz a
-su Hijo, cuya inefable faz recibió toda la efusión del Padre; y lleno
-de su filial divinidad, le respondió:
-
-«Padre mío, superior a todos los celestes tronos, el primero, el más
-alto, el más santo y el mejor por excelencia: tu designio constante
-es glorificar a tu Hijo, como yo te glorifico también a ti, según es
-justo. Toda mi gloria y grandeza, toda mi felicidad consisten en que
-complaciéndote en mí, veas satisfecha tu voluntad, y yo cifraré en
-cumplirla el colmo de mi ventura. Acepto como dones tuyos tu cetro y
-tu poder, de que haré dejación mucho más complacido cuando vengan los
-tiempos en que todo tú estés en todo y yo en ti para siempre, y en
-mí todos aquellos que te sean amados. Pero yo odio a los que tú odias,
-y puedo armarme de tu terror como me armo de tus misericordias, dado
-que soy tu imagen en todo. Ministro de tu poder, libraré en breve a los
-cielos de esos rebeldes, que caerán precipitados en la lóbrega mansión
-donde los aguardan cadenas, tinieblas y perpetuos remordimientos;
-porque ellos renegaron de la obediencia que te es debida, cuando
-el obedecerte a ti es la felicidad suprema, separados entonces tus
-inmaculados santos de los ángeles impuros, y rodeando tu montaña
-santa, y yo su caudillo, entonaremos sinceros cánticos, himnos de la
-más alta alabanza.»
-
-»Dijo; e inclinándose sobre su cetro, se levantó del asiento de gloria
-que ocupaba a la diestra del Señor, a tiempo que la tercera aurora
-sagrada comenzaba a esparcir por el cielo sus resplandores. De repente,
-y con un ruido semejante al fragor impetuoso del huracán, se lanzó el
-carro de Dios Padre, fulminando espesas llamas. Tenía sus ruedas unas
-dentro de otras, y no se movía por impulso ajeno, sino por el instinto
-de propio espíritu, yendo escoltado por cuatro custodios con aspecto de
-querubines. Cada uno de estos mostraba cuatro rostros maravillosos, y
-sus cuerpos y alas estaban sembrados de innumerables ojos, refulgentes
-como estrellas; ojos que asimismo brillaban en las ruedas, las cuales
-despedían centellas; y sobre sus cabezas se alzaba un firmamento de
-cristal en que se veía un trono de zafiro matizado de purísimo ámbar y
-de los colores del arco iris.
-
-»Cubierto con la celeste armadura del radiante Urim, obra divinamente
-labrada, ocupa el Mesías su carro. A su derecha lleva la Victoria,
-que extiende sus alas de águila, y al costado el arco y el carcaj
-divino lleno de rayos de triples puntas. Envuélvenle en torno airados
-torbellinos de humo, de entre los cuales brotan las llamas de ardientes
-exhalaciones. Diez mil millares de ángeles le acompañan y le rodean
-veinte mil carros de Dios (yo mismo oí contarlos), que anuncian
-desde lejos su llegada. Sublimado sobre el firmamento de cristal y
-sostenido en alas de los querubines, veíasele en su trono de zafiro;
-mas los suyos le descubrieron los primeros, y se sintieron henchidos
-de inefable júbilo al divisar ondeante en los aires y tremolado por
-ángeles el estandarte del Mesías, que era la enseña del cielo. Bajo él
-congregó Miguel al punto sus legiones, extendidas en dos alas, que en
-breve rodearon al supremo caudillo formando un solo cuerpo.
-
-»Ya el divino poder le había preparado el camino del triunfo: a su
-mandato, retiráronse las montañas a su primitivo asiento; oyeron su
-voz, y le obedecieron: el cielo recobró su serena faz: los valles
-y las colinas se cubrieron de nuevas flores. Y vieron todos estos
-prodigios sus desventurados enemigos, y persistieron en su obstinación,
-reuniendo sus huestes para empeñar otro combate. ¡Insensatos, que de
-la desesperación sacaban su confianza! ¡Que tal perversidad quepa en
-ánimos celestiales! Pero ¿hay prodigios que basten a humillar a los
-soberbios, ni fuerza que pueda ablandar sus corazones endurecidos?
-Lo que más debiera convencerlos aumenta su pertinacia: enfurécense
-doblemente al ver la gloria del Unigénito, y su magnificencia despierta
-en ellos mayor envidia. Su única aspiración es adquirir tanta grandeza,
-y vuelven a colocarse en orden de batalla, confiados en triunfar por la
-fuerza o por la astucia, y en vencer finalmente a Dios y su Mesías; y
-cuando no, hundirse para siempre en universal ruina; que no es dado a
-su altivez huir ni retirarse ignominiosamente, sino provocar el postrer
-combate. Por lo que el Hijo de Dios, dirigiendo su voz a uno y otro
-lado, habló así a sus cohortes:
-
-«Permaneced ¡oh santos! en vuestra gloriosa actitud, y vosotros,
-ángeles, continuad armados: hoy descansaréis de vuestras fatigas.
-Habéis probado ya vuestra fidelidad y mostrádoos aceptos a Dios,
-defendiendo su justa causa y ostentando a fuer de invencibles los
-dones que habéis recibido de él. Pero el castigo de esa maldecida grey
-queda reservado a otro brazo, porque la venganza corresponde al Señor
-o a aquel a quien la confía. Lo que hoy ha de suceder no será obra
-que lleven a cabo el número ni la muchedumbre; y si estáis atentos,
-contemplaréis cómo me hago yo ministro de la indignación divina contra
-esos impíos; que no os han ofendido a vosotros, sino a mí, haciéndome
-objeto de su envidia. En mí tienen puesto su encono, porque el sumo
-Hacedor, de quien es el poder y la gloria de este imperio, me ha
-elevado a esta grandeza por efecto de su voluntad; y a mí, por lo
-tanto, me ha encomendado su castigo. Desean que cada cual probemos en
-nueva batalla nuestro poder, ellos contra mí solo, y yo solo contra
-todos ellos; y pues la fuerza es su único recurso, y no ambicionan otro
-timbre ni reconocen mayor virtud, sea la fuerza la que decida.»
-
-»Al acabar de decir esto, revistiose su faz de un aire tan sombrío, que
-infundía terror, y dando rienda suelta a su cólera, se precipitó sobre
-sus enemigos. Cubriéronle al mismo tiempo con sus alas incrustadas de
-estrellas, que hacían más pavorosas las tinieblas de alrededor, los
-cuatro querubines que sostenían su carro. Ya giran las ruedas de este
-con un estruendo parecido al de un torrente o un ejército numeroso, y
-arrebatado de su ardiente ímpetu, y formidable como la noche, vuela
-hacia sus contrarios. Conmovíase a su paso el tranquilo Empíreo de
-uno a otro extremo, y todo retemblaba y vacilaba, excepto el trono
-de Dios. Presto se vio entre ellos, y empuñando en su mano diez mil
-rayos, que arrojó delante de sí, quedaron acribillados de heridas los
-rebeldes. Llenáronse de pavor; perdieron todo aliento, toda esperanza
-de resistencia; cayéronseles las armas de las manos. Alfombra de
-sus plantas fueron los escudos y yelmos y aceradas frentes de todos
-aquellos tronos, potestades y serafines, que derribados ahora de
-su soberbia, hubieran deseado ver otra vez sobre sí el peso de las
-montañas, para no ser blanco de tan implacable encono.
-
-[Ilustración: Por fin abrió el infierno su boca, los tragó a todos y
-volvió a cerrarla.]
-
-»De los ojos de los cuatro querubines y de los innumerables que
-cubrían también las animadas ruedas, salían por todas partes rayos
-abrasadores. Un mismo espíritu los dirigía; cada uno de aquellos ojos
-era un horno encendido que fulminaba fuego contra los malvados, los
-cuales, faltos ya de fuerzas y del vigor que antes los animaba, caían
-vencidos, medrosos, confusos y aniquilados. Y sin embargo, no apuró el
-Hijo de Dios su rigor con ellos, contentándose con desatar a medias el
-trueno de su venganza, dado que no se había propuesto destruirlos, sino
-expulsarlos de la celestial morada; y así les permitió reponerse de su
-postración, y los ahuyentó como un rebaño de tímidas ovejas reunidas
-por el miedo. El terror y las furias los aguijaban; y al llegar a la
-muralla de cristal que formaba los límites del cielo, abriose este de
-par en par, y puso ante su vista la inmensa sima del infinito abismo
-que los aguardaba.
-
-»¡Qué espectáculo tan espantoso! El horror los hizo retroceder,
-pero mayor era aún el que los impelía hacia adelante. Ellos mismos
-iban precipitándose al llegar al borde de la celestial orilla, y la
-maldición eterna los empujaba para más apresurar su ruina. Oyó el
-infierno aquel fragoroso estrépito, como si se derrumbase el cielo del
-cielo mismo, y hubiera huido amedrentado, si el inflexible Destino no
-hubiera ahondado bien sus negros cimientos, ligándolos con cadenas
-indestructibles.
-
-»Nueve días estuvieron cayendo. Rugió trastornado el Caos, y sintió
-diez veces doblada su confusión con el estridente tumulto de aquel
-estrago, que acumuló tantas ruinas y destrozos. Por fin abrió el
-infierno su boca, los tragó a todos, y volvió a cerrarla; el infierno,
-propia morada suya, lugar de dolores y penas, sembrado de inextinguible
-fuego. Y el cielo se regocijó, ya pacificado, y unió de nuevo sus
-muros, reduciéndolos a sus límites.
-
-»Quedando vencedor por sí solo con la expulsión de sus enemigos,
-retiró el Mesías su carro triunfal; y enajenados de júbilo salieron a
-su encuentro todos los santos, que hasta entonces habían contemplado
-silenciosos e inmóviles sus admirables hechos. Marchaban rodeándole con
-ramos de palmas, y cada una de aquellas brillantes jerarquías entonaban
-cánticos de triunfo, cánticos al Rey victorioso, al Hijo, al heredero
-del Padre, al Señor cuyo dominio acataban, al más digno de poseerlo. Al
-compás de estas aclamaciones, atravesó por en medio del cielo hasta el
-palacio y templo de su omnipotente Padre, sublimado sobre su trono, que
-le recibió en el esplendor de su gloria, donde está hoy sentado a su
-diestra, en inmortal bienaventuranza.
-
-»He aquí cómo, asemejando las cosas del cielo a las de la tierra,
-para satisfacer tus deseos, y a fin de que puedas aprovecharte de las
-lecciones de lo pasado, acabo de revelarte lo que en otro caso quizás
-hubiera ignorado para siempre la raza humana: la discordia y guerra que
-se suscitó en los cielos entre las angélicas potestades, y la eterna
-ruina de los que llevados de una desmedida ambición, se asociaron
-con Satán en su rebeldía. Envidioso de tu felicidad, anhela hoy este
-apartarte asimismo de la obediencia a tu Criador, para que desheredado
-como él de tu dichoso estado, vengas a merecer su castigo y caigas en
-su perpetua miseria. Su mayor venganza, su único consuelo sería poder
-ultrajar al Altísimo, haciéndote a ti partícipe de su error y de su
-pena. No des jamás oído a sus tentaciones; prevén esto mismo a tu
-compañera; ten presente el terrible ejemplo que has oído, el castigo
-en que incurren los inobedientes. Ellos hubieran podido ser siempre
-venturosos, y se perdieron. No te olvides de esto, y teme ser contado
-entre los rebeldes.»
-
-
-
-
-LIBRO SÉPTIMO
-
-
-ARGUMENTO
-
- Accediendo a los ruegos de Adán, cuéntale Rafael cómo y por qué fue
- creado este mundo: que habiendo Dios expulsado del cielo a Satán y a
- sus ángeles, declaró que le placía crear otro mundo y otras criaturas
- que habitasen en él; y así envía a su Hijo circundado de gloria y
- acompañado de angélicos coros, para que en el espacio de seis días
- realice la obra de la creación. Al compás de sus himnos celebran los
- ángeles esta nueva maravilla, y la reascensión del Hijo a los cielos.
-
-Desciende del cielo, Urania, si es bien que te invoque con este
-nombre. Siguiendo tu voz divina, me remonto más allá del Olimpo,
-sobreponiéndome al vuelo de las alas del Pegaso. No me contento empero
-con invocar tu nombre: invoco tu inspiración, porque ni tú te cuentas
-entre las nueve Musas, ni moras en la cumbre del antiguo Olimpo. Nacida
-en el cielo, antes que apareciesen los montes, antes que brotaran las
-fuentes de sus manantiales, tú conversabas con tu hermana, la divina
-Sabiduría, y con ella te recreabas, en presencia del Omnipotente Padre,
-que se complacía en oír tus celestiales cánticos. Transportado por ti,
-aunque habitador terrestre, al cielo de los cielos, he respirado el
-aire empíreo que para mí templabas. Sostenme también ahora, y vuélveme
-a mi nativo elemento, no sea que al ímpetu de este desenfrenado bridón
-en que cabalgo, caiga, como Belerofonte[85] un día, bien que él no
-penetrase en región tan alta, y dé conmigo en los campos aleyos, para
-vagar allí desamparado y en completo olvido.
-
-Estoy aún a la mitad de mi canto, pero reducido ya a límites más
-estrechos, cuales son los de una divina y visible esfera. He descendido
-a la tierra, abandonando las regiones allende el polo, y cantaré más
-seguro y con voz humana, sin temor de que enronquezca ni quede muda,
-a pesar de habérseme deparado tan aciagos días. ¡Oh! y ¡qué aciagos,
-viéndome rodeado de dañinas lenguas, de tinieblas, de peligros y de
-soledad! Pero no, no estoy solo, que tú me asistes, cuando por la noche
-cierra mis párpados el sueño, y cuando la mañana ilumina el sonrosado
-oriente. Dirige pues mi canto, sublime Urania; dame un auditorio
-propicio, aunque escaso en número, y aleja al propio tiempo de mí la
-bárbara disonancia de Baco y su turbulento séquito, raza de aquella
-salvaje horda que en el Ródope[86] despedazó al bardo de Tracia[87],
-cuando sin respeto al que era encanto de los bosques y de las rocas,
-ahogó con su feroz griterío los ecos de su voz y de su cítara. No
-pudo Calíope salvar a su hijo, pero tú, Urania, no abandonarás al
-que implora tus favores, porque ella inspiraba vanos sueños, y tú,
-celestial aliento.
-
-Di ¡oh Diosa! lo que sucedió luego que Rafael, el afable arcángel,
-previno a Adán que aleccionado por el ejemplo de los apóstatas del
-cielo, no incurriese en su infidelidad, pues él y su descendencia, a
-quienes se había mandado que no tocasen al árbol prohibido, se verían
-sometidos a igual castigo en el Paraíso, si menospreciaban e infringían
-aquel único precepto, tan fácil de cumplir, en medio de la infinita
-multitud de objetos que se brindaban allí a sus gustos, por extraños
-que fuesen y caprichosos.
-
-Con profunda atención escucharon Adán y su consorte Eva aquel relato,
-y quedaron admirados y profundamente pensativos al oír cosas tan
-grandes y tan extrañas, cosas de que no tenían la menor idea, que en
-el cielo se conociesen odios, y que con semejante confusión anduviesen
-allí mezcladas la guerra y la paz divina; pero el mal había venido a
-recaer por fin como desatado torrente sobre sus autores, privándolos
-para siempre de la bienaventuranza. Disipáronse en Adán las dudas que
-abrigaba su corazón, y nació en él, sin otra intención, el deseo de
-averiguar lo que más inmediatamente le interesaba: cómo se produjeron
-el cielo y la tierra, todo este mundo visible; cuándo y de qué fueron
-creados, y por qué causa; y qué era el Edén y cuanto fuera de él
-existía antes de la época a que alcanzaba su memoria; semejante a aquel
-que ha saciado su sed del todo, y que sigue con la vista al arroyuelo
-que se desliza murmurando, y despierta en él nueva sed con el susurro
-de su corriente. Dirigiose pues a su celeste huésped en estos términos:
-
-«Admirables cosas que no pueden menos de maravillar por lo diferentes
-que son de las de este mundo, nos has revelado, divino intérprete.
-Dios nos ha favorecido enviándote desde el Empíreo para advertirnos a
-tiempo de lo que hubiera podido causar nuestra perdición; riesgo que
-no conocíamos, porque no está al alcance de la inteligencia humana.
-Por ello debemos gratitud eterna a la infinita bondad, recibiendo
-sus avisos con el solemne propósito de cumplir siempre su voluntad
-soberana, único fin con que aquí existimos. Pero ya que para nuestro
-aprovechamiento has tenido la dignación de descubrirnos cosas tan
-superiores a la comprensión terrestre, pero que nos conviene conocer,
-como lo ha dispuesto la suprema sabiduría, ten la bondad asimismo de
-descender más hasta nosotros y de instruirnos en lo que ha de sernos
-no menos útil, diciéndonos cómo se formó ese cielo que vemos a tan
-lejana altura, ornado de los innumerables astros que lo recorren,
-y eso que llena el espacio todo, ese difuso ambiente que abarca la
-órbita de la florida tierra; qué causa movió al Creador, en medio del
-santo reposo de que gozaba por toda una eternidad, a sacar tan tarde
-su obra del Caos, y cómo una vez empezada, se terminó en tan breve
-tiempo. A consentírtelo el Señor, manifiéstanos lo que tanto anhelamos
-averiguar, no para inquirir los secretos de su eterno imperio, sino
-para más glorificar sus obras. Réstale aún a la gran lumbrera del día
-largo espacio de su curso, aunque va declinando ya; pero suspendiéndolo
-al oírte, al oír tu poderosa voz, te prestará atención, y retrasará
-su marcha para escuchar cómo refieres su nacimiento, y cómo el de la
-Naturaleza, al salir por primera vez del oculto abismo; y mientras la
-estrella y el astro de la noche se apresuran para oír tu narración, la
-Noche traerá consigo el silencio; el sueño se pondrá en vela con igual
-intento, o nosotros le ahuyentaremos hasta que termine tu canto, y
-podamos despedirte antes que nos sorprenda el brillo de la mañana.»
-
-Esta súplica hizo Adán a su ilustre huésped; y el Ángel divino le
-contestó con estas dulces palabras: «A tan comedido ruego, justo
-será acceder; pero ¿qué encarecimiento, qué lengua seráfica bastará
-a referir las obras del Omnipotente, ni qué espíritu humano a
-comprenderlas? Lo que sí puedes conseguir, lo que no será negado a tus
-oídos, es aquello que mejor conduzca a glorificar al Hacedor y más
-contribuya a labrar tu felicidad. Yo he recibido del cielo el encargo
-de satisfacer tus deseos, como no pasen de ciertos límites; fuera de
-ellos, no indagues más; no desvaríes con la esperanza de profundizar
-misterios ocultos, que el invisible Rey, único que lo sabe todo, ha
-rodeado de tinieblas tan impenetrables a los que viven en la tierra
-como en el cielo; y harto te queda en todo lo demás que estudiar y que
-conocer. Porque el saber es como el alimento; se requiere no menos
-templanza en la satisfacción del apetito, que en la medida a que debe
-el espíritu ajustarse, pues la excesiva ciencia embaraza con su demasía
-y convierte la sabiduría en locura, como el exceso de alimento se
-trueca en vapor inútil.
-
-»Ahora bien, ten por cierto que apenas cayó Lucifer (a quien se daba
-este nombre porque resplandecía entre los ángeles más que la estrella
-así llamada entre las estrellas), apenas cayó con sus malditas legiones
-en medio del abismo que les estaba preparado, y volvió vencedor
-el augusto Hijo con el séquito de sus Santos, contempló el Eterno
-Omnipotente Padre toda aquella muchedumbre desde su trono, y habló así
-a su Hijo:
-
-«Engañose por fin nuestro envidioso Enemigo, creyendo que todos habían
-de seguirle en su rebeldía, y que con su auxilio nos arrancaría la
-posesión de esta altísima e inaccesible fortaleza, asiento de la
-suprema Divinidad. Perdiole su confianza, y arrastró en su catástrofe
-a muchos que han desaparecido de nuestra presencia; pero veo, sin
-embargo, que la mayor parte han permanecido fieles en su puesto, que
-el cielo está todavía poblado, y que cuenta con suficiente número
-de habitantes para llenar sus reinos, vastísimos como son, y para
-desempeñar los sagrados ministerios y solemnes ritos de este sublime
-templo.
-
-»Mas, para que su soberbia no se lisonjee de haber logrado esta
-ventaja, de haber despoblado el cielo, y locamente presuma del
-detrimento que me ha causado, he de reparar la pérdida, si como tal
-puede considerarse el perderse uno a sí mismo. Crearé al punto otro
-mundo, y de un hombre produciré una raza de hombres innumerable, que
-habitarán allí, no en este reino, hasta que elevándose gradualmente por
-sus méritos, se abran y ganen al fin esta morada, purificados largo
-tiempo por medio de su obediencia. La tierra entonces se convertirá
-en cielo, y el cielo en tierra, porque uno y otra formarán un solo
-imperio donde reinen alegría y unión perpetuas. Entre tanto, celestes
-potestades, gozad de esta mansión con más holgura. Y tú, Verbo mío,
-hijo por mi engendrado, por ti se cumple todo esto: habla, y quedará
-hecho. Contigo envío mi Espíritu, que lo llena todo, contigo mi poder.
-Parte, pues; manda al abismo que forme el cielo y la tierra dentro de
-ciertos límites. El abismo no los tiene, porque Yo soy quien lleno lo
-infinito, y el espacio no está vacío. Y aunque Yo no reconozco límites
-en mí mismo, y reduzco y no llevo a todas partes mi bondad, que es
-libre de obrar o no, ni la necesidad ni el destino influyen nada en mis
-actos: el hado consiste en lo que yo quiero.»
-
-»Estas palabras dijo el Omnipotente, y su Verbo, su filial Divinidad
-las realizó al punto. Los actos de Dios son inmediatos, más rápidos
-que el tiempo y el movimiento, y para hacerlos comprensibles al
-sentido humano, hay que valerse de la sucesión de las palabras, de
-la lentitud con que procede la terrestre inteligencia. Grande fue el
-triunfo, extremado el júbilo del cielo, al anunciarse así la voluntad
-divina. «¡Gloria al Altísimo, decían, y buena voluntad y paz en la
-tierra a los futuros hombres! ¡Gloria a Aquel cuya justicia y vengadora
-cólera ha arrojado a los impíos de su presencia y de la morada de los
-justos! ¡Gloria y alabanza al Señor cuya sabiduría ha hecho del mal
-el bien, y ha destinado a una raza mejor el lugar que ocupaban los
-espíritus malignos, y difundirá su eterna bondad en los mundos y siglos
-venideros!»
-
-»Prorrumpieron en este himno las celestes jerarquías, y apareció el
-Hijo, dispuesto a su grande obra, revestido de la Omnipotencia, ciñendo
-la corona de la Majestad divina. La sabiduría, el amor inmenso, su
-Padre todo reflejaba en él. Asistían en torno de su carro innumerables
-querubines, serafines, potestades, tronos y virtudes, espíritus alados,
-carros asimismo con alas, sacados del arsenal de Dios, donde existen
-millares de siglos ha, entre dos montañas de bronce, preparados para
-los días solemnes; carrozas celestiales, prontas siempre a volar, y que
-ahora se ofrecían espontáneamente, porque estaban animadas de espíritu
-vital, atentas al mandato de su Señor. El cielo abrió de par en par sus
-eternas puertas, que al girar sobre los goznes de oro, produjeron un
-armonioso sonido, para dar paso al Rey de la Gloria, al Verbo poderoso,
-al espíritu creador de nuevos mundos.
-
-»Detuviéronse en el continente del cielo, y desde sus orillas divisaron
-el vastísimo inconmensurable abismo, tempestuoso como un océano,
-lóbrego, horrible, impenetrable, agitado de arriba abajo por furiosos
-vientos y encrespadas olas, que como montañas se elevaban para escalar
-los cielos y confundir el centro con los polos.
-
-«¡Basta, revueltas olas! Y tú, abismo, ¡sosiégate: cesen vuestros
-furores!» exclamó el Verbo creador. Y no se detuvo más: sino que
-arrebatado en alas de los querubines, se remontó a la gloria paterna,
-por en medio del Caos y del mundo que todavía no era, porque el Caos
-oyó su voz. Seguíale su brillante comitiva para presenciar la obra
-de la creación y las maravillas de su poder; y paró de pronto las
-ardientes ruedas de su carro, y tomó en la mano el compás de oro,
-guardado en los eternos tesoros de Dios, para trazar el círculo de
-este universo y cuantas cosas habían de existir en él; y fijando uno
-de sus extremos en el centro y volviendo el otro alrededor de la vasta
-profundidad de las tinieblas: «Aquí, dijo, llegarás, y estos ¡oh mundo!
-serán tus límites.»
-
-»Así creó Dios el cielo y así la tierra, materia informe y vacía.
-Cubrían el abismo profundas tinieblas, pero desplegando sus alas
-paternales sobre las tranquilas aguas el Espíritu de Dios, infundió en
-ellas la virtud y el calor vital a través de la masa fluida, arrojó a
-lo más profundo las negras y frías heces infernales, contrarias a la
-vida; aunó y condensó cuantas cosas se asimilaban entre sí; y apartando
-las demás a diferentes lugares, e introduciendo el aire entre unas y
-otras, apareció la tierra equilibrándose sobre su centro.
-
-«¡Hágase la luz!», dijo y la luz fue hecha. Brotó súbitamente del hondo
-abismo la luz etérea, lo primero de todo, la esencia más pura de las
-cosas, y desde su nativo oriente comenzó a esparcirse por entre las
-sombras aéreas, ciñéndola una nube esférica y radiante, porque el sol
-no existía aún; y en este nebuloso tabernáculo permaneció algún tiempo.
-Vio Dios que la luz era buena, y la separó de las tinieblas por medio
-del hemisferio. Y llamó a la luz _día_, y a las tinieblas _noche_; y
-del espacio que entre uno y otra componen, formó el día primero. El
-cual no pasó sin ser grandemente festejado y cantado por los coros
-angelicales; pues cuando percibieron la primera luz que asomaba por
-oriente, rompiendo las tinieblas, en aquel natalicio del cielo y de
-la tierra, llenaron de vivas y aclamaciones la vasta concavidad del
-universo, y al compás de sus arpas de oro y sus acordados himnos,
-ensalzaron a Dios juntamente con sus obras, proclamándole Creador
-cuando llegó la primera noche y cuando rayó la primera aurora.
-
-»Y dijo Dios en seguida: «Que en medio de las ondas se ponga el
-firmamento, y que divida unas aguas de otras.» Y Dios hizo el
-firmamento, dilatación de un aire fluido, puro, transparente,
-elemental, que se extiende en redondo hasta la mayor convexidad de
-aquel anchísimo orbe, división inmutable y segura, que separa las aguas
-de la región inferior y las superiores. Porque así como la tierra,
-estableció Dios el mundo sobre reposadas aguas, en medio de un vasto
-océano de cristal, y alejó de él la tumultuosa irregularidad del
-Caos, para que el contacto de sus violentas extremidades no alterase
-su estructura. Y dio el nombre de _cielo_ al firmamento; y los coros
-nocturnos y matutinos cantaron el día segundo.
-
-[Ilustración: Así se precipitan una tras otra las olas...]
-
-»La tierra estaba formada, pero sumergida como rudo embrión en el seno
-de las aguas, aún no se descubría. Inundaba toda su superficie el
-grande océano, y no en balde, porque se infiltraba en todo su globo
-un templado y fecundo humor que hacía fermentar y concebir a la madre
-universal, fertilizada por una humedad vivificadora, cuando dijo
-Dios: «Aguas que os derramáis por los cielos, congregaos en un lugar
-y aparezca el continente enjuto.» Y salieron de pronto las enormes
-montañas, que elevando sus cimas hasta las nubes, tocaban con las
-estrellas. Y tanto como sus hinchadas moles subían, tanto se ahuecaban
-y hundían sus cóncavos senos para dejar anchos y profundos lechos
-por donde las aguas se dilatasen. Y por ellos corrían con bulliciosa
-rapidez sus turgentes ondas, como inflamadas gotas que ruedan sobre el
-polvo árido. Unas se elevan cual murallas de cristal, otras saltan por
-encima, formando puntiagudos montes; que tan raudo movimiento imprimió
-el imperioso mandato a sus corrientes. Como en los ejércitos de que ya
-tienes una idea, acuden a sus filas los soldados al oír el llamamiento
-de la trompeta, así se precipitan una tras otra las olas por donde más
-fácil camino encuentran, impetuoso torrente en los despeñaderos, mansas
-y apacibles en las llanuras. Ni les son de obstáculo alguno las rocas o
-las montañas; hallan siempre salida, ya introduciéndose subterráneas,
-ya serpenteando por mil rodeos y abriéndose profundos canales en
-aquellos terrenos cenagosos que fácilmente se descomponían antes que
-Dios les mandase quedar secos y endurecidos, menos los destinados a
-recibir los ríos, que llevan en pos húmedos despojos perpetuamente.
-A la parte árida llamó el mismo Señor _tierra_; al ancho receptáculo
-en que las aguas se acumulaban, _mar_. Y vio que aquello era bueno;
-y dijo: «Que la tierra se vista de verde yerba, de plantas que den
-simiente, y de árboles con frutos de especies varias, que lleven entre
-sí su propia semilla, para reproducirse sobre la tierra.»
-
-»No bien dijo estas palabras, cuando de aquella misma tierra que hasta
-entonces se mostraba rasa, árida, desierta, desagradable, sin ornato
-alguno, brotó delicado césped, con cuyo verdor se atavió toda su
-superficie, luciendo en torno su vistoso esmalte. Viéronse allí las
-plantas con su infinita variedad de hojas, florecer de improviso,
-arrebolarse de mil colores y embalsamar el seno de la madre tierra
-con los aromas dulcísimos que exhalaban. Apenas abrían sus cálices,
-provocaba la floreciente viña con sus apretados racimos; redondeábase
-en sus rastreros tallos la calabaza; mecíanse en sus hazas formadas en
-espesas legiones, las huecas cañas, y el humilde arbusto y la punzante
-zarza enlazaban sus enmarañadas cabelleras. Alzábanse por fin los
-arrogantes árboles, moviéndose acompasadamente y dilatando sus ramas,
-unas cubiertas de copiosos frutos, otras matizadas de flores. Erguíanse
-sobre las colinas gigantescos bosques, y espesas arboledas sobre las
-cañadas, a las márgenes de las fuentes y en las orillas de los ríos.
-¿Qué le faltaba a la tierra para asemejarse al cielo? Bien podían morar
-en ella los dioses, y recorrerla embelesados, y reposar al amor de sus
-umbrías sagradas. Dios no le había enviado aún lluvia que la regase, ni
-formado al Hombre que había de cultivarla; pero de sus nuevas entrañas
-fluía un jugoso vapor que abonaba el suelo y alimentaba las plantas
-antes de que brotasen, y la menuda yerba antes de verdeguear sus
-tallos. Y vio Dios que esto era bueno; y la mañana y la noche renovaron
-los cantos del tercer día.
-
-»Y volvió a hablar el Altísimo: «Que luzcan astros en el espacio de
-los cielos para distinguir los días de las noches, y para que marquen
-las estaciones y los días y el transcurso de los años; y mando que
-su oficio sea servir de luminares en el cielo y de antorchas para la
-tierra.» Y así fue hecho. Y puso Dios dos grandes astros, grandes por
-lo que habían de servir al Hombre, los cuales alternasen, el mayor
-en presidir al día, y el más pequeño a la noche. Y también hizo las
-estrellas, poniéndolas en el firmamento de los cielos, a fin de que
-iluminasen la tierra, y regulasen las vicisitudes de los días y de las
-noches, y diferenciasen la luz de las tinieblas. Y parose a contemplar
-su grande obra, y le pareció bien. Porque el primero de aquellos
-astros fue el sol, cuya inmensa esfera careció en un principio de luz,
-aunque era de sustancia etérea; y luego formó el globo de la luna, y
-las varias magnitudes de las estrellas, y las sembró por el cielo,
-como en un campo. Y tomando una gran parte de luz de su nebuloso
-tabernáculo, la trasladó al orbe solar, que por sus poros recibe y
-aspira el brillante líquido, y que con su fuerza retiene la plenitud de
-sus rayos, siendo a la sazón el gran palacio de la luz. De él, como de
-su manantial, se mantienen los demás astros, depositando aquella misma
-luz en sus urnas de oro, y allí abrillanta sus cuernos el planeta de la
-mañana; mientras ellos iluminados o por reflejo acrecientan el fulgor
-escaso que les es propio, aunque a la vista humana aparezcan tan
-diminutos por la mucha distancia a que los contempla.
-
-[Ilustración: Y dijo el Señor: «Que las aguas produzcan reptiles...»]
-
-»Por vez primera apareció en su oriente el glorioso astro, regulador
-del día, que derramó sus espléndidos rayos por todo el horizonte,
-ufano al verse recorriendo el sublime cielo en toda su longitud, yendo
-precedido de la aurora y de las pléyades, que en festivas danzas
-difundían anticipada su benéfica influencia.
-
-»Menos brillante que él, en la parte opuesta del occidente y a
-igual altura, alzábase la luna, que recibía de lleno su claridad,
-reflejándola como un espejo, no necesitando otra luz en aquella
-posición, y manteniéndose a igual distancia hasta que llegó la noche.
-Asomó entonces por el oriente para dar la vuelta en torno del eje de
-los cielos, y dividió su imperio con mil astros menores, con mil y mil
-estrellas que alumbraban a la vez, tachonando la celeste bóveda; con
-lo que también por vez primera ornaron el hemisferio, ascendiendo y
-declinando sucesivamente, y coronaron con los encantos de la noche y de
-la mañana el cuarto día.
-
-»Y dijo el Señor: «Que las aguas produzcan reptiles, seres vivientes,
-de fecundos gérmenes; y que las aves vuelen sobre la tierra,
-desplegando sus alas en el libre firmamento de los cielos.» Y creó
-las ballenas enormes, y todos los seres que viven y nadan, y producen
-abundantemente las aguas en todas sus especies, y todas las especies
-también de pájaros alados.» Y vio que esto era bueno, y los bendijo
-a todos, diciendo: «Creced y multiplicaos, y llenad las aguas de los
-mares, de los lagos y de los ríos; y vosotras, aves, multiplicaos sobre
-la tierra.» Y por golfos y mares y calas y bahías bullen al punto
-cardúmenes innumerables, millones de peces que con sus aletas y escamas
-relucientes se deslizan entre las verdosas ondas, en muchedumbre tal,
-que forman a veces inmensos bancos en medio del océano. Solitarios o
-en compañía, pacen unos las ovas de que se sustentan, y se pierden
-entre los enmarañados bosques de coral, o serpentean con la velocidad
-de un relámpago, luciendo a la luz del sol sus tornasoladas mallas
-con recamos de oro; otros, reposando tranquilos entre sus conchas de
-nácar, saborean su líquido alimento; otros en fin, cubiertos de fuertes
-armaduras, acechan su presa bajo las rocas. Triscan en tanto sobre la
-tranquila llanura del mar las focas y los combados delfines; otros, de
-prodigioso volumen, moviéndose pesadamente, revuelven el océano como
-una tempestad; mientras el leviatán, mayor que ningún otro viviente,
-tendido como un promontorio sobre aquel abismo, dormita o nada, y se
-asemeja a una flotante playa, sorbiendo y arrojando alternativamente
-todo un mar por sus agallas.
-
-»En las cálidas grutas, en los pantanos y orillas de las aguas salen
-al propio tiempo numerosas bandadas de las infinitas crías encerradas
-en los huevos, que rompiéndose al ser sazón, dan a luz sus desnudas
-avecillas; las cuales tardan poco en vestirse de plumas y en ensayar su
-vuelo, y se remontan a lo más encumbrado del aire, y cantan su triunfo
-desdeñándose de la tierra, que cubren con su sombra como una nube.
-Allí, en la cima de las rocas y de los cedros, labran sus nidos las
-águilas y las cigüeñas. Aves hay que se mecen solas en la región aérea;
-más cautas otras, viajan unidamente, en formación regular y teniendo en
-cuenta las estaciones, y dirigen sus caravanas por encima de los mares
-y de las tierras, prestándose mutua ayuda para facilitar su vuelo.
-Estribando así en los vientos, emprende su viaje anual la prudente
-grulla, moviendo y azotando el aire al pasar con sus pobladas alas.
-Saltando de rama en rama, alegran las arboledas con sus gorjeos los
-pajarillos, y ejercitan sus pintadas alas durante el día; mas no porque
-se acerque la noche deja el ruiseñor su solemne canto, antes la emplea
-toda en exhalar sus sentidos ayes. En los argentados lagos, como en los
-ríos, bañan otros el delicado vello de sus gargantas; el cisne enarca
-su cuello entre las blancas alas majestuosamente tendidas; luce su
-pompa haciendo de sus pies remos, y cuando abandona el húmedo elemento,
-se lanza en medio de la región del aire; al paso que otros caminan
-con pie seguro, como el crestudo gallo que con su clarín anuncia las
-silenciosas horas, y el que se gallardea con su rica cola, sembrada de
-los colores del iris y estrellados ojos. Así las aguas se poblaron de
-peces, y el aire de aves; y la noche y la mañana solemnizaron el quinto
-día.
-
-»El sexto y último de la creación, comenzó al son de las arpas
-nocturnas y matinales; a tiempo que el Señor dijo: «Que la tierra
-produzca las especies de animales vivientes, los que andan en rebaños,
-y los reptiles y las bestias de la tierra, cada uno según su especie.»
-Y obedeció la tierra, y abrió de pronto sus fecundos senos, y dio
-de una vez a luz innumerables criaturas vivientes, perfectas en sus
-formas, y en sus miembros completamente organizadas. Y como de sus
-madrigueras, salieron de las entrañas de la tierra las fieras salvajes,
-y ganaron los bosques, los matorrales, las espesuras y las cavernas,
-estableciéndose y viviendo en parejas entre los árboles; y los ganados
-discurrieron por los campos y verdosas praderas, estos en corto número
-y solitarios, aquellos en grandes baños, brotando todos de
-una vez y pastando juntos. Aquí, de entre el tupido césped nacía la
-terneruela; allí asomaba el flavo león y se asía de sus garras para
-dejar libre el resto de su cuerpo, saltando cual si hubiese roto sus
-ligaduras y sacudiendo su áspera melena; y la onza, el leopardo, el
-tigre, levantaban la tierra, como el topo, escarbando a su alrededor
-y formando montecillos. El ágil ciervo sacaba de debajo del suelo la
-enramada de su cabeza, y Behemot[88], el más voluminoso engendro de la
-tierra, podía apenas desembarazar de la que le cubría su pesada mole.
-Balando y vestidas de sus vellones, despuntaban, a manera de plantas,
-las ovejas; y entre el agua y la tierra se mostraban indecisos el
-caballo acuático y el escamoso cocodrilo.
-
-[Ilustración: Y se asemeja a una flotante playa...]
-
-[Ilustración: En las orillas de las aguas salen bandadas de avecillas.]
-
-[Ilustración: Estableciéndose y viviendo en parejas entre los árboles.]
-
-»Bullía a la vez todo cuanto se arrastra por la tierra, insectos o
-gusanillos, los unos agitando los flexibles abanicos de sus alas
-y decorando sus diminutos contornos con los pomposos blasones del
-estío, esmaltados de oro y de púrpura, de verde y azul; los otros
-prolongando como una línea su estrecho cuerpo, y marcando en la
-tierra su sinuosa huella; y no son estos los seres más pequeños de la
-naturaleza. Algunos, de la especie de las serpientes, prodigiosos por
-su longitud y corpulencia, enroscan sus pliegues anulosos y se añaden
-alas. Es la primera la económica hormiga, próvida de lo futuro, que
-en un pequeñísimo pecho encierra un gran corazón, modelo quizá de la
-perfecta igualdad de algún día, y que logra establecer en común sus
-populares tribus. Aparece en seguida el enjambre de la abeja hembra,
-que alimentando con delicioso manjar a su holgazán esposo, construye
-de cera sus celdillas y deposita la miel en ellas. Los demás son
-innumerables. Conoces la naturaleza de cada uno, los nombres que tú
-mismo les has dado, y no tengo necesidad de repetírtelos. Conoces
-asimismo a la serpiente, el animal más astuto de cuantos se crían en
-los campos, de desmedida longitud a veces, con sus ojos de bronce, y
-la terrible cresta que lleva por cabellera, aunque lejos de serte a ti
-nociva, se somete dócilmente a tu voluntad.
-
-»Mostrábanse ya en la plenitud de su esplendor los cielos y giraban
-movidos por el impulso que les comunicó al principio la mano de su
-gran Motor; ricamente ataviada se sonreía la tierra, contemplándose ya
-perfecta; veíanse poblados el aire, el agua, la tierra, por las aves,
-peces y animales, que volaban, nadaban y caminaban; y sin embargo no
-estaba aún completo el sexto día. Faltaba la obra maestra, el ser para
-quien todo aquello se había creado, la criatura que sin encorvarse, sin
-ser bruto como las demás, dotada de la santidad de la razón, pudiese
-erguir su cuerpo, alzar su frente serena, avasallarlo todo y conocerse
-a sí mismo; pudiese elevarse magnánimo para desde aquí comunicar con
-el cielo sus pensamientos, y lleno de gratitud, reconocer la fuente de
-donde todo su bien emana, y con espíritu devoto, dirigir su corazón,
-su voz y sus miradas, adorando y tributando culto al Supremo Dios, que
-hizo de él la primera de sus obras. Por lo que el Omnipotente y Eterno
-Padre (que ¿dónde deja de estar presente?) habló así a su Hijo, siendo
-oído de todo el mundo:
-
-«Hagamos ahora al Hombre a nuestra imagen y semejanza; y que reine
-sobre los peces del mar y los pájaros del aire, sobre las bestias del
-campo, sobre la tierra, en fin, y los reptiles que se arrastran por el
-suelo.»
-
-»Y esto dicho, te formo a ti, Adán, a ti, Hombre, polvo de la tierra,
-e inspiró en tu aliento el soplo de la vida, y te creó a su propia
-imagen, a imagen del mismo Dios, y quedaste hecho alma viviente. Te
-creó varón, y para perpetuar tu raza, creó hembra a tu compañera. Y
-bendijo al género humano, diciendo: «Creced, multiplicaos y llenad la
-tierra. Dominadla, y extended vuestro dominio sobre los peces del mar y
-los pájaros del aire, y sobre todos los seres vivientes que se mueven
-sobre la tierra, donde quiera que hayan sido creados, pues no se ha
-dado aún nombre a región alguna.» En seguida, como sabes, te trasladó a
-esta deliciosa morada, a este jardín plantado con los árboles de Dios,
-no menos gratos a la vista que al paladar, y liberalmente te concedió
-todos sus sabrosos frutos por alimento. Aquí están reunidos en infinita
-variedad cuantas especies hay de ellos sobre la tierra; pero del
-árbol cuyo fruto lleva en sí el conocimiento del bien y el mal debes
-abstenerte, porque el día que comas de él morirás; la pena que tienes
-impuesta es la muerte. Sé cauto, y enfrena cuidadosamente tu apetito,
-para que no te sorprenda el pecado, ni su negra compañera, la muerte.
-
-»Aquí terminó Dios su obra, y contempló todo lo que había hecho, y
-vio que todo era perfectamente bueno; y así la noche y la mañana
-completaron el sexto día; y el Creador, que cesó en su obra, no
-porque estuviese cansado, regresó a su mansión sublime, al cielo de
-los cielos, a lo más alto, para ver desde allí aquel mundo nuevamente
-creado, aditamento de su imperio, y qué aspecto ofrecía desde su trono,
-y cómo en bondad y en hermosura correspondía todo a su grandiosa idea.
-Y se remontó entre universales aclamaciones, al sonoro compás de
-diez mil arpas que rompieron en angélicas armonías: la tierra y los
-aires las repitieron (y tú las recordarás, pues las escuchaste); los
-cielos y las constelaciones todas se hicieron sus ecos, y los planetas
-detuvieron su curso para oírlas, mientras la brillante pompa seguía
-ascendiendo, extática de júbilo.
-
-«¡Abríos, eternales puertas!» iban cantando: «Cielos, abrid vuestras
-vivientes puertas, y entrará el Creador glorioso, que vuelve, terminada
-ya su obra magnífica, su obra de seis días, ¡el Mundo! Abríos de hoy
-más con frecuencia; que Dios se dignará de visitar a menudo la morada
-de los hombres justos, y se complacerá en ello, y enviará a ella con
-repetidos mensajes a sus alados nuncios, portadores de su suprema
-gracia.»
-
-»Así en su ascensión cantaba el glorioso séquito; y atravesando los
-cielos, que abrían de par en par sus refulgentes puertas, caminaba el
-Creador derechamente a la eterna mansión de Dios: suntuoso y ancho
-camino, en que el polvo es oro y la calzada de estrellas, como las ves
-en la galaxia o vía láctea que descubres por la noche, a la manera de
-una zona tachonada de estrellas.
-
-»Extendíase entonces por la tierra del Edén la noche séptima, pues
-el Sol estaba en su ocaso, y asomaba por oriente el crepúsculo
-precursor de la oscuridad, cuando llegó a la santa montaña, suprema
-cumbre del cielo, trono imperial de la Divinidad, por siempre firme
-e incontrastable, el poderoso Hijo, y tomó asiento con su augusto
-Padre. Él también había asistido invisible, aunque sin moverse (que
-tal es el privilegio de la Omnipotencia) a la ordenada obra, como
-principio y fin de todas las cosas; y reposando del trabajo, bendijo
-y santificó el día séptimo, como quien en él descansaba de todo lo
-hecho; pero no lo santificó en silencio: el arpa cumplió su oficio, y
-no suspendió sus sones; el tubo dulce y solemne, el órgano con todas
-sus armonías, cuantos sonidos salen de la vibrante cuerda o el hilo de
-oro, acordaron sus suaves tonos, acompañados de voces, ya unísonas,
-ya contrapunteadas; y las nubes de incienso que se desprendían de los
-áureos incensarios, velaban la montaña toda. Celebraban la Creación y
-la obra de seis días.
-
-«¡Grandes ¡oh Jehová! son tus obras, y tu poder infinito! ¿Qué
-pensamiento puede comprenderte, ni qué lengua expresar tu grandeza?
-Con más gloria vuelves ahora, que cuando volviste vencedor de los
-ángeles gigantes. Tus truenos aquel día mostraron tu poder; pero hoy
-eres Creador, y el crear es más que destruir lo creado. ¿Quién puede
-igualarse a ti, Omnipotente Rey, ni poner límites a tu imperio?
-Fácilmente debelaste la soberbia de los espíritus apóstatas, y
-aniquilaste su vano empeño: presumieron los impíos amenguar tu fuerza
-y apartar de ti los innumerables adoradores; pero el que intenta
-contrariar tu poder, labra su propia ruina, y solo consigue realzarlo
-más; que con sus mismas armas le castigas, y del exceso del mal haces
-un bien mayor. Testimonio es de todo, ese mundo, recién formado, ese
-otro cielo, no distante de las celestiales puertas, fundado a nuestra
-vista sobre el claro cristal, sobre el transparente mar, de extensión
-casi infinita, poblado de multitud de estrellas, cada una de las cuales
-sea quizás un mundo dispuesto para habitarse, aunque tú solo sepas en
-qué sazón. En medio se halla la mansión de los hombres, la tierra, con
-el océano inferior que la circuye, morada llena de encantos. ¡Dichosos
-una y mil veces los hombres y los hijos de los hombres, a quienes Dios
-tanto ha privilegiado creándolos a su imagen para que habiten en esos
-lugares, le rindan culto, y en recompensa dominen sobre todas sus
-obras, sobre la tierra, la mar y el aire, y multipliquen la raza de
-sus santos y justos adoradores! ¡Mil veces dichosos, si comprenden su
-ventura y perseveran en la virtud!»
-
-»Esto cantaban, resonando por todo el Empíreo las voces de ¡aleluya! Y
-así fue solemnizado el sábado.
-
-»Creo haberte satisfecho ya en lo que deseabas. Sabes cómo empezó este
-mundo, el origen de cuanto en él existe, y lo que desde el principio
-se hizo anterior a tu memoria, para que la posteridad, informada por
-ti, tenga de todo conocimiento. Si más pretendes saber, con tal que no
-exceda a la humana capacidad, manifiéstalo.»
-
-
-
-
-LIBRO OCTAVO
-
-
-ARGUMENTO
-
- Adán hace algunas preguntas sobre los movimientos celestes, a las que
- contesta el Ángel con palabras dudosas, aconsejándole que procure
- informarse de cosas más dignas de saberse. Persuádese de ello Adán;
- pero deseoso de tener a Rafael más tiempo consigo, le refiere todo
- lo que recuerda su memoria desde que fue creado, y cómo entró en
- el Paraíso; su conferencia con Dios respecto a la soledad y a la
- compañía que pudiera convenirle; su primer encuentro y su desposorio
- con Eva; y prosigue discurriendo sobre este punto con el Ángel que
- después de hacerle algunas amonestaciones, regresa al cielo.
-
-Suspendió el Ángel su relato, y tan dulce impresión dejaron sus
-palabras en los oídos de Adán, que por algún tiempo, creyendo estarle
-oyendo todavía, permaneció inmóvil y atento; hasta que por fin, como
-quien de pronto vuelve en sí, le dijo en tono de agradecido:
-
-«¿Cómo podré mostrar el debido reconocimiento ni corresponder a la
-merced que me has dispensado, divino historiador, satisfaciendo
-cumplidamente el anhelo que tenía de instruirme, y llevando tu amistosa
-condescendencia hasta el punto de revelarme cosas que jamás hubiera
-podido adivinar? Con asombro, pero con gran deleite, las he escuchado,
-y atribuyo al Sumo Hacedor toda su gloria, como es debido. Quédanme,
-sin embargo, algunas dudas que únicamente tú puedes resolver; porque
-cuando contemplo esta admirable fábrica, este mundo compuesto de cielo
-y tierra, y calculo su magnitud, la tierra me parece un grano de arena,
-un átomo, comparada con el firmamento y todos sus numerosos astros, y
-que estos recorren espacios incomprensibles, de lo cual son prueba su
-distancia y su breve reaparición diurna. Pero ¿es posible que no tengan
-otro oficio que difundir la luz alrededor de esta opaca tierra, de este
-diminuto globo, formando el día y la noche, y que su vasta carrera
-atienda a objeto tan poco útil? Cuando en esto pienso, me maravillo
-de que la Naturaleza, tan próvida y sabia, incurra en semejantes
-desproporciones; que con tan pródiga mano haya creado y multiplicado
-esos sublimes cuerpos, sin otro fin, al parecer, y que les imponga tan
-incesante revolución, que se repite día por día; mientras la sedentaria
-tierra, que hubiera podido moverse en círculo más estrecho, servida por
-seres más nobles que ella, realiza su destino sin tanta agitación, y
-recibe el calor y la luz como un tributo que le presta el incalculable
-curso de una velocidad que no puede apreciarse, ni hay números que
-puedan expresarla.»
-
-Habló nuestro padre así, y en su aspecto indicaba estar entregado
-a profundas reflexiones; lo cual advertido por Eva, que, aunque un
-tanto apartada, se hallaba allí presente, se levantó de su asiento con
-humilde majestad y con una gracia que inspiraba al que la veía deseos
-de que permaneciese en aquel lugar, y se dirigió a visitar los frutos y
-las flores, para ver cómo prosperaban sus tiernas y pomposas plantas;
-y ellas se abrieron al sentir que se acercaba, y crecieron regocijadas
-al contacto de su hermosa mano. Mas no se retiró disgustada del
-discurso que había escuchado, ni porque su inteligencia fuese inferior
-a tan sublimes cosas, sino por reservarse el placer de que Adán se
-las repitiese, y de ser ella su solo oyente. Prefería oírlas de boca
-de su esposo más que de la del Ángel, y dirigirle a él sus preguntas,
-porque estaba segura de que este añadiría interesantes digresiones, y
-de que sus conyugales caricias allanarían cuantas dificultades se le
-ocurrieran; que de sus labios salía otro encanto tan dulce como el de
-sus palabras. ¡Oh! ¿dónde hallaríamos hoy semejante consorcio, unido
-por el amor y el recíproco respeto? Retirose pues con la dignidad de
-una diosa, y no sin el correspondiente séquito; que en su compañía iban
-las gracias seductoras rodeándola como a una reina, brotando en torno
-y de todos los ojos destellos del deseo que de continuo incitaba a
-contemplarla.
-
-A las dudas propuestas por Adán, respondió Rafael con ingenua
-benevolencia: «No censuro tu anhelo de saber, que el cielo es como el
-libro de Dios abierto ante tus ojos, en el cual puedes leer sus obras
-maravillosas y aprender a distinguir estaciones, horas, días, meses
-y años. Que sea el cielo el que se mueve, o la tierra, te importa
-poco, con tal que tus cálculos sean exactos; lo demás, sabiamente
-ha hecho el supremo Artífice en encubrirlo tanto al hombre como al
-ángel, no divulgando secretos que son para admirados más bien que para
-escudriñarse. A los que gustan de desvanecerse en conjeturas, deja Dios
-que se pierdan en fútiles cuestiones sobre la máquina de los cielos,
-quizá para burlarse de sus vanas sutilezas; y cuando pretendan estudiar
-el cielo y someter a cálculo las estrellas ¡qué no inventarán para
-ajustarlo todo a una forma! Construyendo unas veces y destruyendo
-otras, se esforzarán en salvar las apariencias, y rodearán la esfera
-de curvas concéntricas y excéntricas, con sus ciclos y epiciclos y
-sus orbes colocados unos dentro de otros. Esto he colegido yo de tus
-razonamientos, y en esto te seguirán tus descendientes. Supones que los
-cuerpos mayores y más luminosos no pueden estar subordinados a los más
-pequeños y opacos, ni los cielos girar en tan inmenso espacio, mientras
-la tierra, tranquilamente asentada, es la única que goza de su tributo;
-mas considera, en primer lugar, que ni la magnitud ni la lucidez son
-indicios de excelencia, porque, si bien en comparación del cielo, es la
-tierra tan pequeña y no ostenta fulgor alguno, puede poseer riquezas de
-más cuantía y más preciadas que el Sol, el cual brilla, pero estéril,
-y cuya virtud es tan ineficaz para él cuanto fructuosa para la tierra.
-Ella es la primera que recibe sus rayos, que de otra suerte serían
-inútiles, la que se alimenta de su vigor; y todas esas espléndidas
-luminarias no se han hecho para la tierra, sino para ti, morador
-terrestre. En cuanto a la vasta redondez del cielo, sobrado alto
-proclama la magnificencia del Hacedor, que ensanchó tanto su recinto
-para que el Hombre comprenda que no habita en mansión propia, edificio
-por demás anchuroso para él, del cual solo ocupa una pequeña parte y el
-resto está destinado a usos que únicamente el Señor conoce. La rapidez
-de esos círculos, por más que sean innumerables, debes atribuirla a
-su Omnipotencia, que añade a sus sustancias corpóreas una actividad
-casi espiritual. ¿Qué te diré yo de la velocidad con que camino? Partí
-del cielo en que Dios reside al rayar el alba, y antes de mediodía he
-llegado al Edén, salvando una distancia que no hay guarismos conocidos
-con que se indique. Discurro de este modo, admitiendo el movimiento
-de los cielos, para mostrarte cuán débiles son los fundamentos de tus
-dudas; pero no lo afirmo, aunque desde la tierra en que vives parezca
-así. Dios ha puesto los cielos tan distantes de la tierra, para que
-no penetre en sus vías el sentido humano, y para que si los ojos
-terrestres pretenden alzarse tanto, se pierdan en inútiles esfuerzos
-por aquellas altas regiones.
-
-»Mas ¿y si el sol es el centro del Universo, y otros astros incitados
-por su fuerza atractiva y la suya propia, giran en torno de él
-describiendo varios círculos? Seis de ellos te lo hacen ver en su curso
-errante, elevándose unas veces, descendiendo otras, adelantándose,
-retrocediendo o permaneciendo inmóviles. ¿Y si el séptimo de esos
-planetas, la tierra, que aparece estable, participase a la vez de tres
-movimientos imperceptibles, que por otra parte debieran atribuirse
-a diferentes esferas obrando en sentido contrario y cruzándose
-oblicuamente? O eximes de semejante faena al Sol, o supones inalterable
-a ese veloz rombo, que no ves de día ni de noche, que haces superior
-a todas las estrellas y semejante a una rueda que gira sin cesar;
-creencia de que puedes prescindir, si la tierra, industriosa de suyo,
-busca el día encaminándose al oriente, y si por la parte privada de
-los rayos del sol halla la noche, reflejando la claridad de la luz en
-su hemisferio opuesto. Y ¿qué diremos si esa misma luz enviada por
-la tierra a través de la atmósfera transparente, fuese como la de un
-astro para el globo terrestre de la luna, que la iluminase de día, y a
-su vez fuese iluminada por ella durante la noche? La influencia sería
-totalmente recíproca siendo cierto que la luna contenga campos y aun
-habitantes: las manchas que ves en ella semejan nubes; las nubes pueden
-resolverse en lluvia, y esta producir en su jugoso suelo frutos que den
-alimento a los seres allí nacidos. Un día quizás descubrirás nuevos
-soles que lleven en pos sus lunas, y se transmitan su luz masculina y
-femenina; sexos ambos que animan el universo, y que pueden difundir
-la vida en cada uno de los orbes donde residen. Que esparcidos por el
-vasto imperio de la naturaleza, privados de seres vivientes, yermos y
-desiertos, estén limitados estos cuerpos a ostentar su luz, y apenas
-envíen un destello de ella a los demás orbes, atraídos desde tan lejos
-hacia la región habitable, que recibe de los mismos su esplendor,
-será asunto de eterna controversia. Pero que estas opiniones sean o
-no fundadas; que el sol, predominante en los cielos, influya sobre la
-tierra, o la tierra sobre el sol; que él dé en el oriente principio
-a su inflamado curso, o ella emprenda su silencioso camino desde el
-occidente, adelantando lenta sus inofensivos pasos, y gire sobre su
-fácil eje, conduciéndote sin sentir con su apacible aire; ideas son
-con que no debes atormentar tu pensamiento: deja estos secretos a la
-sabiduría de Dios; pon tu celo en servirle y en temerle. Que disponga
-Él de sus criaturas, donde quiera que estén, según le plazca; y tú goza
-de los bienes que te ha otorgado, de este Paraíso y tu hermosa Eva.
-El Cielo está muy sobre ti para que puedas averiguar lo que acaece en
-él. Sé humilde en tu ciencia; cuida solamente de ti y de lo que te
-concierne; no sueñes en otros mundos, ni en las criaturas que puedan
-morar en ellos, o en su estado, condición y clase; y conténtate con
-cuanto te ha sido revelado, no solo respecto a la tierra, sino al más
-elevado cielo.»
-
-A lo que, aclaradas ya sus dudas, respondió Adán: «Me has satisfecho
-plenamente ¡oh pura inteligencia del Cielo, benigno Ángel! Me has
-librado de incertidumbres, mostrándome el camino más llano de la
-vida, y enseñándome a no acibarar las dulzuras de mi existencia, que
-Dios ha preservado de angustiosos cuidados y pesares, siempre que
-nosotros renunciemos a quiméricos pensamientos y nociones vanas. Pero
-el espíritu o la imaginación propenden a lanzarse libres de todo freno
-en errores interminables, hasta que desengañados o aleccionados por la
-experiencia, se persuaden de que no consiste el verdadero saber en el
-profundo conocimiento de cosas inútiles, abstractas e incomprensibles,
-sino el de todo aquello que está a nuestros alcances y de que hacemos
-uso todos los días de nuestra vida: lo demás es humo, vanidad, locura,
-que hace impracticable, que frustra lo que más debe interesarnos, y
-que empeña más y más nuestra ansiosa solicitud. Descendamos pues de
-la altura en que nos hallábamos, y tratemos de asuntos más humildes y
-provechosos; así tendré ocasión de acertar a dirigirte preguntas que no
-te parezcan inoportunas, y a que te dignarás replicar benévolamente,
-favoreciéndome como hasta ahora.
-
-»Te he oído referir todo lo que es anterior a mis recuerdos; permíteme
-que a mi vez te refiera yo mi historia, que tal vez te sea desconocida.
-El día no declina aún, y aprovecharé, como ves, lo que resta en
-idear algún recurso con que entretenerte, invitándote a que oigas
-mi narración. Sería una insensatez el creer que no he de merecerte
-respuesta alguna, porque mientras estoy a tu lado, me parece hallarme
-en el cielo. Tus palabras son a mis oídos más dulces que grato es el
-fruto de la palmera para aplacar el hambre y la sed, a la hora de la
-comida, después del trabajo; que aquel, aunque sabroso, al fin llega
-a cansar y produce hartura; pero tus palabras, dictadas por la divina
-gracia, jamás hastían.»
-
-Y le contestó Rafael con celestial agrado: «Tampoco tus labios, padre
-de los hombres, carecen de gracia, ni tu lengua de elocuencia. Dios
-te ha prodigado interior y exteriormente sus dones, haciéndote imagen
-suya, y bien hablando, bien permaneciendo en silencio, muestras esa
-gentileza y bella disposición que acompaña a todas tus palabras y
-movimientos. En el cielo te consideramos como nuestro compañero de
-servicio en la tierra, y nos complacemos en observar las miras de Dios
-con respecto al Hombre, porque vemos cuánto te ha honrado, igualándote
-en el amor con que nos mira a nosotros. Di, pues, cuanto te plazca.
-Sucedió que aquel día estaba yo ausente, ocupado en un viaje arduo
-y penoso para hacer una larga excursión a las puertas del infierno.
-Iba una legión numerosa, según se nos había mandado, con el fin de
-vigilar todos los pasos e impedir que saliesen espías de los enemigos
-mientras el Señor estaba en su obra, no fuese que indignado de tal
-temeridad, destruyese lo que había creado; pues bien que nada pudiesen
-ellos intentar sin su consentimiento, quiso, como supremo monarca,
-enviarnos a cumplir sus altos mandatos y probar la prontitud de nuestra
-obediencia. Llegamos en breve; encontramos cerradas y fuertemente
-barreadas las pavorosas puertas; pero antes de aproximarnos, oímos
-dentro un rumor que en nada se parecía a los armónicos sones de los
-cánticos ni las danzas, sino a los gritos de los tormentos, de las
-lamentaciones y de la furiosa rabia. Volvímonos alegres a las colinas
-limítrofes de la luz antes que anocheciese el sábado, así como se nos
-había ordenado. Pero comienza ya tu relato, el cual escucharé con el
-mismo gusto que tú has escuchado el mío.»
-
-Esto dijo el divino Nuncio; y prosiguió así nuestro primer padre:
-«Difícil le es al Hombre decir cómo empezó su vida, porque ¿quién
-conoce su verdadero origen? Pero el deseo de seguir conversando
-contigo me animará a hacerlo. Cual si nuevamente despertase del más
-profundo sueño, me hallé muellemente recostado sobre la florida yerba;
-y cubierto de un balsámico sudor, que tardaron poco en enjugar los
-rayos del Sol, absorbí aquellos húmedos vapores. Volví en seguida
-hacia el cielo mis ojos asombrados, y estuve un rato contemplando
-el espacioso firmamento; hasta que levantándome de pronto por un
-movimiento instintivo, salté como esforzándome en llegar a él, y me
-hallé derecho sobre mis pies, que me sostenían. Alrededor vi colinas y
-valles, umbrosos bosques, llanuras bañadas de sol, líquidos arroyuelos
-que murmurando se deslizaban, y por do quiera criaturas que vivían y se
-movían, que andaban o volaban, y aves que gorjeaban entre el ramaje.
-Todo se mostraba risueño, y mi corazón estaba inundado en fragancia y
-en alegría.
-
-»Reparé entonces en mí mismo, examiné todos mis miembros, di
-algunos pasos, y me determiné a correr, valiéndome de mis sueltas
-articulaciones, e impelido por la vigorosa fuerza que en mí sentía;
-pero ¿quién era yo, dónde estaba, por qué existía? De nada tenía
-noticia. Probé a hablar, y hablé sin dificultad, prestándose a ello mi
-lengua, y poniendo nombre a cuanto veía; y exclamé: «¡Oh Sol, claridad
-hermosa, y tú, Tierra, que recibes su luz y que tan lozana te ostentas
-y tan risueña: montes y valles, ríos, bosques y llanuras: y vosotros
-los que gozáis de vida y de movimiento, bellísimas criaturas! Decidme,
-decidme, si lo sabéis, de dónde procedo y cómo me encuentro aquí. No
-procedo de mí mismo, sino seguramente de un gran Hacedor, tan grande
-por su bondad como por su poder. Decidme cómo he de conocerle, cómo
-podré adorarle, pues por él gozo de movimiento y vida, y me siento más
-feliz de lo que yo mismo puedo comprender.»
-
-»Y mientras hablaba así, me encaminé sin saber adónde, lejos del sitio
-donde por vez primera respiré el aire y contemplé esa encantadora luz;
-y como nadie me respondiese, me senté pensativo en un verde y sombrío
-ribazo, bordado todo de flores. Por primera vez también me asaltó el
-delicioso sueño, que con dulce opresión y sin alarmarme embargó mis
-sentidos, bien que temí volver a la insensibilidad de mi primer estado,
-y disolverme repentinamente. Mas en el mismo punto se apoderó de mi
-mente un sueño, cuya agradable representación vino a hacerme creer que
-gozaba aún de mi ser, que vivía aún; y figuróseme que llegaba allí
-alguien de divino aspecto, y que me decía: «Adán, tu mansión te llama;
-levántate, Hombre, destinado a ser el primer padre de innumerables
-hombres. Vengo, llamado por ti, para conducirte al delicioso jardín
-donde tienes dispuesta tu morada.» Esto diciendo, me asió de la mano,
-y deslizando por el aire sin dar paso alguno, me transportó por encima
-de los campos y de las aguas a una selvosa montaña, cuya cima era una
-llanura, ancho recinto cercado de hermosísimos árboles, de calles y de
-bosques; que de cuanto hasta entonces había visto en la tierra, nada
-apenas me parecía tan agradable. Los frutos que en extremada abundancia
-pendían de cada árbol, incitaban primero a los ojos y encendían después
-el apetito en deseo de cogerlos y de gustarlos; y en esto desperté, y
-vi que era realidad lo que con tal viveza el sueño me había pintado. De
-nuevo hubiera emprendido mi carrera, a no habérseme aparecido entre los
-árboles la divina presencia del que en aquel lugar me servía de guía;
-y lleno de júbilo, pero con respetuoso temor, me prosterné ante sus
-plantas para adorarle.
-
-»Hízome levantar, y con la mayor dulzura me dijo: «Yo soy el mismo que
-buscas, el autor de cuanto ves encima, debajo y alrededor de ti. Te
-hago dueño de este Paraíso; tenle por tuyo para cultivarle, guardarle
-y sustentarte de sus frutos. De todos los árboles que en este jardín
-crecen, come libremente y con corazón alegre; no padezcas necesidad;
-pero del que lleva en sí el conocimiento del bien y del mal, que
-he plantado en medio del jardín, junto al árbol de la vida, y para
-prueba de tu obediencia y fidelidad (no olvides jamás este precepto),
-guárdate de gustar, y evita sus funestas consecuencias. Sabe que el
-día que comas de él y quebrantes el único mandato que te impongo,
-morirás infaliblemente, serás mortal desde entonces, perderás tu
-presente felicidad, y expulsado de aquí, irás a un mundo de desdichas y
-penalidades.»
-
-»El severo tono con que pronunció esta rigurosa prohibición resuena aún
-con terrible eco en mis oídos, dado que está en mi mano no incurrir en
-semejante pena; mas en seguida cobró su risueño aspecto, y prosiguió
-hablándome en estos afectuosos términos: «No solo este encantador
-recinto, sino la tierra toda te doy a ti y a tu descendencia. Poseedla
-como dueños, con todo lo que vive en ella, en el agua y en el aire,
-animales, peces y aves; en testimonio de lo cual, he ahí a los pájaros
-y cuadrúpedos según la especie de cada uno: te los presento para que
-les impongas sus nombres, y para que con la más sumisa obediencia te
-rindan homenaje; y lo propio has de entender de los peces, que residen
-dentro del agua, y no comparecen aquí porque no pueden abandonar
-su elemento ni respirar este aire, sutil para ellos en demasía.» Y
-mientras así se expresaba, fueron de dos en dos acercándose a mí las
-aves y los animales, postrándoseme estos con mansos halagos, y aquellas
-descendiendo, sostenidas en sus alas. Íbales dando nombre a medida
-que pasaban, e instruyéndome en su naturaleza, que de tal penetración
-me había dotado Dios en aquel momento; pero en ninguna de aquellas
-criaturas hallaba lo que parecía aún faltarme; y así me atreví a
-preguntar a la celeste visión:
-
-«Y a ti ¿cómo te llamaré? Porque tú eres superior a todos estos,
-superior al Hombre, a todo lo que es más que el Hombre, y a cuanto
-pudiera yo nombrar. ¿Cómo podré adorarte, autor de este Universo y de
-todo lo que es un bien para el Hombre, cuya felicidad has labrado tan
-sin medida, disponiéndolo todo para este fin? Pero nadie participa
-conmigo de tan gran ventura. ¿Qué dicha hay en la soledad? ¿Qué goce es
-el que se disfruta a solas? Y aún gozando así de todo ¿cómo puede uno
-satisfacerse?»
-
-»La presuntuosa resolución con que dijo esto sugirió a mi celeste
-visión una sonrisa que realzó su majestad; y añadió: «¿Qué entiendes
-por soledad? ¿No están la tierra y el aire poblados de criaturas
-vivientes, que dóciles a tu voluntad, se muestran contentos con tu
-presencia? ¿No comprendes su lenguaje y sus instintos? También alcanzan
-ellos una inteligencia y una razón que no son de despreciar. Recréate
-con ellos, trátalos como soberano dueño de un vasto imperio.»
-
-»Estas palabras del universal Señor me parecieron un mandato; y en tono
-suplicante, como quien demanda indulgencia, repuse: «¡Que no te ofendan
-mis palabras, Señor Omnipotente y Hacedor mío! ¡Préstame benignos
-oídos! ¿No te has dignado hacerme aquí tu representante, y disponer
-que sean inferiores a mí todas estas criaturas? Pues ¿qué sociedad,
-qué armonía, qué verdadero placer puede ser común a los que no se
-consideran entre sí iguales? No hay mutualidad de afecto, si no se da y
-se recibe en la proporción debida, porque en la desigualdad que eleva a
-unos y rebaja a otros, no puede existir perfecto acuerdo y se establece
-pronto recíproco desvío. Hablo de la sociedad tal como yo la desearía,
-en que los placeres razonables han de ser comunes, y no pueden serlo en
-el consorcio del bruto con el hombre. Cada cual busca solaz en los de
-su especie, como el león en la compañía de la leona, y por eso tú mismo
-los has unido en parejas; que no solo es imposible que se entiendan el
-pájaro y la fiera, o el pez y el ave, mas ni siquiera el simio con el
-buey, y menos el hombre con el bruto, por ser esto lo más difícil.»
-
-A lo cual, sin manifestar desagrado, respondió el Todopoderoso: «Veo,
-Adán, que quieres procurarte una felicidad perfecta y pura en la
-elección de tus asociados, y que no hallarás placer, con encontrarte
-rodeado de tantos goces, viéndote solitario. ¿Qué juzgas de mí y de
-mi actual estado? ¿Crees que yo soy completamente feliz o no? Solo
-estoy toda una eternidad; no reconozco segundo ni semejante, y mucho
-menos igual: ¿con quién, pues, he de comunicarme, sino con los que
-son hechura mía; inferiores a mí, e infinitamente inferiores a lo que
-respecto a ti son las demás criaturas?»
-
-»A esta pregunta respondí humildemente: «Soberano del mundo, para
-concebir la alteza o profundidad de tus eternos designios ¡qué limitado
-es el alcance humano! Tú eres perfecto por ti mismo, y en ti no cabe
-la menor falta. No es así el Hombre, que se perfecciona gradualmente
-con el deseo de asociarse a sus semejantes para hacer más llevaderos
-o mejorar sus defectos. Ni en ti hay la necesidad de reproducirte,
-siendo infinito como eres y, aunque uno, cabal en número. El número es
-lo que manifiesta en el Hombre su imperfección individual, y así debe
-producir el semejante de su semejante, y para multiplicar su imagen,
-imperfecta en la unidad, necesita de un amor mutuo, de una compañía
-querida; pero tú, aunque solo en tu recóndito alcázar, no has menester
-mejor acompañamiento que tú mismo; no buscas otra sociedad; y si tal
-quisieses, sublimarías a una de tus criaturas hasta unirla o ponerla
-en comunicación contigo, hasta divinizarla; mientras que yo no puedo
-levantar al que se arrastra por la tierra para conversar con él, ni
-hallar en su trato complacencia alguna.»
-
-»Alentado por su bondad, hablele así, valiéndome del permiso que me
-otorgaba; Él acogió mi indicación, replicando con su graciosa y divina
-voz: «Me he complacido hasta ahora en probarte, Adán, y advierto que no
-solo conoces a los animales, pues has dado a cada cual adecuado nombre,
-sino que te conoces a ti mismo. Bien descubres el libre espíritu que en
-tu interior he puesto, la imagen mía, que no he concedido a los brutos,
-por lo cual no puedes igualarte a ellos. Razón tienes en considerar
-extraña su sociedad, y piensa siempre del mismo modo. Antes de oírte,
-sabía que no era conveniente al hombre la soledad; mas la compañía que
-entonces viste no es la que te destino; te la mostré únicamente para
-probar si juzgabas bien de tu conveniencia y de lo que es justo. Lo que
-ahora te presentaré ha de agradarte seguramente; será una semejanza
-tuya, un sostén a propósito para ti, un segundo tú, exactamente igual a
-lo que anhela tu corazón.»
-
-»Calló al decir esto, o yo no le oí decir más, porque rendida mi
-naturaleza terrestre a aquella virtud divina, que por tanto tiempo me
-había tenido remontado a la excelsa altura de su celestial coloquio,
-como deslumbrado y oprimido por una fuerza que embarga los sentidos,
-no pudiendo vencer mi languidez, recurrí al alivio del sueño, y este
-acudió al instante, traído en mi auxilio por la naturaleza, y cerró mis
-párpados, pero dejó clara mi vista interior, la luz de mi fantasía; y
-arrebatado, como en un éxtasis, me pareció percibir, aunque dormido, el
-mismo glorioso ser que había tenido despierto ante mis ojos; y vi que
-descendía hasta mí, y que me abría el costado izquierdo y sacaba de él
-una costilla teñida toda en sangre del corazón, principio y savia de la
-existencia. La herida era profunda, mas de repente se cubrió de carne
-nueva y quedó sanada.
-
-»Dispuso la visión creadora y modeló la costilla con sus manos, y de
-ellas salió una criatura semejante al Hombre, pero de diferente sexo,
-y tan en extremo hermosa, que cuanto en el mundo me había parecido
-bello, dejé de verlo tal desde aquel instante, o más bien lo contemplé
-cifrado en ella y en el encanto de sus ojos; los cuales llenaron mi
-corazón de un suave deleite que antes no había sentido, y esparcieron
-en todo cuanto la rodeaba el espíritu del amor y el más delicioso
-anhelo. A poco desapareció, privándome de su luz, y desperté, y corrí
-en su busca, resuelto a hallarla, o a lamentar su pérdida para siempre
-y renunciar a toda otra felicidad. Y cuando menor era mi esperanza,
-hela nuevamente a corto trecho de allí, conforme se me había en el
-sueño aparecido, revestida de todas las seducciones que tierra y cielo
-podían juntar para hacer su beldad más interesante. Llegose a mí
-llevada por su creador celestial, que aunque invisible, con su voz la
-dirigía, habiéndola impuesto ya en los deberes de la santidad nupcial y
-en los ritos del matrimonio. La gracia acompañaba sus pasos, el cielo
-reverberaba en sus ojos, y la dignidad y el amor presidían todos sus
-movimientos. Enajenado de júbilo, no pude menos de exclamar así:
-
-«Esta vez colmas mis deseos. Cumpliste ya tu promesa, bondadoso Señor,
-dispensador de todos los bienes, y de este en especial, el mayor don
-que has podido hacerme. ¿Cómo no me lo envidias? Ya veo el hueso de mis
-huesos, la carne de mi carne: en ella me veo a mí. Mujer es su nombre;
-del Hombre ha sido sacada; y por esta causa el Hombre dejará a su padre
-y a su madre para unirse con su mujer; y ambos serán una misma carne,
-un mismo corazón y una sola alma.»
-
-»Ella me oyó; y aunque impulsada hacia mí por una fuerza divina, la
-inocencia, el pudor virginal, su virtud, la conciencia de su dignidad,
-que ha de ser requerida antes que conquistada, que no es fácil ni
-espontánea, sino retraída y cauta, para que su incentivo sea mayor, en
-suma, la naturaleza, bien que exenta de todo pensamiento pecaminoso,
-tan poderosamente obró en ella, que al verme se retiró. Yo la seguí;
-ella, poseída del sentimiento del honor, con majestuosa condescendencia
-aprobó la demostración de mi solicitud; y la conduje al lecho nupcial,
-arrebolado su rostro con el carmín de la aurora. Los cielos todos, las
-favorables constelaciones marcaron aquella hora con su más benigna
-influencia; congratulose la tierra; estremeciéronse de gozo sus
-colinas; las aves gorjearon alborozadas, y el fresco ambiente y los
-bullidores céfiros difundieron la nueva entre los bosques, derramando
-sus alas las rosas y perfumes que habían libado en las aromáticas
-florestas; hasta que la enamorada avecilla de la noche cantó aquel
-himeneo, y dio priesa a la estrella de la tarde para que iluminando la
-cima de su colina, encendiese la nupcial antorcha.
-
-»Te he dicho pues lo que pasó por mí: mi historia te hará ver la
-felicidad terrestre de que disfruto. Confieso que todo me causa placer
-aquí, pero un placer que, anhelado o involuntario, ni excita en mí
-cambio alguno, ni produce mayor deseo, como me sucede con la delicada
-sensación que comunican a mi paladar, a mi vista y a mi olfato los
-frutos, las plantas y las flores, y lo agradables que me son el paseo y
-el melodioso cántico de las aves. Enajenado con cuanto veo, enajenado
-con cuanto toco, nada es, sin embargo, comparable con la pasión que
-experimenté por primera vez. ¡Qué conmoción tan extraña! En todos
-los demás goces me reconozco superior, dueño de mí mismo; en este
-solamente, en el poder fascinador que sobre mí ejerce el encanto de
-la belleza, cedo a la debilidad; y bien porque mi naturaleza no sea
-bastante fuerte para oponer resistencia a su seducción, bien porque
-en la merma de mi costado haya perdido más de lo necesario, es lo
-cierto que esa belleza tiene en sí demasiados atractivos, siendo en
-su exterioridad tan perfecta, aunque interiormente no lo sea tanto.
-No se me oculta que, atendido el fin primordial de la Naturaleza, la
-excelencia del espíritu y de las facultades internas, es evidente su
-inferioridad, y que aun considerada en sus formas, se asemeja menos
-a la imagen del Creador que nos hizo a entrambos, y no corresponde
-al sello de predominio que llevamos sobre las demás criaturas; pero
-cuando contemplo de cerca su beldad, me parece tan seductora, tan
-acabada en sí misma, que su menor deseo, su menor palabra juzgo que
-es lo más cuerdo, lo más virtuoso, lo más discreto y lo mejor que
-ocurrirse puede. La ciencia más sublime se da ante ella por vencida;
-el mejor razonamiento al lado del suyo queda desconcertado y acaba por
-parecerme un desvarío; síguenla ciegamente la autoridad y la razón,
-como si hubiera sido ella formada la primera, y no después que yo, y
-accidentalmente: en suma, y para decirlo de una vez, en ella moran y
-ejercen su supremo imperio la majestad del alma y la nobleza, que la
-rodean con la aureola del respeto, como custodios angelicales.»
-
-A esto con severo semblante replicó el Ángel: «No acuses a la
-Naturaleza, que ha hecho cuanto en su mano estaba. Haz tú lo propio,
-y no desconfíes de la sabiduría, que no ha de abandonarte mientras tú
-no te apartes de ella en el momento de necesitarla más, y mientras no
-des exagerada importancia a lo que la merece menos, como por ti mismo
-lo puedes ver: porque ¿qué es lo que tanto admiras? ¿qué lo que de
-tal modo te enajena? La belleza es sin duda digna de tu afecto, de tu
-respeto y de tu amor, mas no de rendimiento tan absoluto. Compárate con
-ella, y estímate en lo que vales, que a veces nada es tan provechoso
-como esa estimación de sí mismo bien entendida y puesta en sus justos
-y razonables límites. Cuanto más procures conocerte a ti, más se
-persuadirá ella de tu superioridad, y menos se sobrepondrán a la
-realidad las apariencias. Dios la hizo seductora para que te inspirase
-mayor agrado, y al propio tiempo majestuosa para que la honrases con tu
-amor, que si no procede con cordura, tardará poco ella en comprenderlo.
-Pero cuando el deleite de los sentidos, que sirve para la propagación
-de la especie, absorbe todos los demás placeres, debe reflexionarse
-que ese mismo deleite se ha concedido a los irracionales, los cuales
-no participarían de él si fuese digno de avasallar el alma humana y
-de que preponderase en ella esta pasión. Sigue amando los encantos,
-la ternura, la discreción que hallas en tu compañera; ámala en este
-sentido, pero no con pasión, porque no consiste en ella el verdadero
-amor. El amor purifica el pensamiento y engrandece el corazón; lleva
-a la razón por guía; préciase de juicioso; sirve de escala para
-remontarse hasta el amor celeste, y no se mancha con el deleite de la
-carne: por esto no ha sido sacada tu compañera de entre las bestias
-irracionales.»
-
-Al oír esto, repuso Adán medio avergonzado: «No es su extrema belleza,
-aun siendo tan seductora, ni el deseo de la procreación, común a todos
-los seres (pues tengo más alta idea del lecho nupcial, que miro con
-misterioso respeto), lo que me enamora en ella, sino la gracia impresa
-en todas sus acciones, los mil y mil donaires con que acompaña cuanto
-dice y cuanto hace, y su amorosa y dulce condescendencia; señales
-evidentes todas de la unión que reina en nuestras almas hasta hacer
-una sola de ambas, y de la armonía en que vivimos los dos esposos,
-más agradable que la del más armonioso son a nuestros oídos. No es
-esto lo que me subyuga (nada te oculto de lo que pasa en mí); no estoy
-ofuscado, porque mis sentidos perciben los objetos conforme a su
-variedad y a la influencia que ejerce cada uno; me conservo libre para
-dar la preferencia a lo mejor y para decidirme por lo que prefiero. Tú
-no me vedas que ame; al contrario, me dices que el amor nos sublima al
-cielo, y que es quien allá nos encamina y guía. Pues bien: permíteme
-que te pregunte ahora: ¿no aman los espíritus celestiales? Y ¿cómo
-expresan su amor? ¿Contemplándose únicamente, o por medio de una
-irradiación mutua, o de un contacto bien sea virtual, bien inmediato?»
-
-A lo que con celestial semblante, que animaba el sonrosado carmín
-propio del amor, contestó sonriendo el Ángel: «Bástete saber que somos
-felices, y que sin amor no hay felicidad. Ese puro, aunque corpóreo
-deleite de que disfrutas, porque tú has sido creado puro, nosotros lo
-gozamos en sumo grado; no hallamos embarazo alguno en las partes de
-nuestro cuerpo. Si los espíritus se acercan, se confunden totalmente,
-más que el aire con el aire, aunándose la pureza de sus esencias, y
-no viéndose en la precisión de juntar la carne con la carne, y el
-alma con el alma. Y ya no puedo retrasarme más: el sol se aleja,
-trasponiendo el Cabo Verde de la tierra y las islas Hespérides[89], que
-es la señal de mi partida. Persevera en el bien, sé feliz, y ama; ama
-sobre todo a Aquel que cifra el amor en la obediencia, y no olvides su
-mandamiento. Cuida que la pasión no extravíe tu juicio, ni te induzca
-a hacer nada de lo que repugna a una voluntad libre. En tu mano tienes
-tu felicidad o desgracia y la de tus hijos; y así procede con gran
-cautela. En tu perseverancia nos complaceremos no solo yo, sino todos
-los bienaventurados. Mantente firme; que de conservarte en tu actual
-estado o para siempre perderlo, tú eres exclusivamente árbitro y
-responsable; y pues Dios te ha hecho perfecto cuanto es menester para
-que no necesites de ayuda extraña, rechaza toda tentación que te aleje
-de tu obediencia.»
-
-Levantose el Ángel al decir esto, y Adán le despidió mostrándole su
-gratitud en estos términos: «Pues ya es forzosa tu ausencia, ve en paz,
-huésped celestial, divino nuncio de Aquel cuya soberana bondad adoro.
-¡Cuán complaciente, cuán amoroso has estado para conmigo! El honor que
-me has dispensado te agradecerá siempre mi memoria. Sigue siendo el
-protector y amigo del género humano, y visítame con frecuencia.»
-
-Y de esta suerte se separaron en la umbría floresta, el Ángel volviendo
-al cielo, y Adán entrándose en su morada.
-
-[Ilustración: Y de esta suerte se separaron en la umbría floresta...]
-
-
-
-
-LIBRO NONO
-
-
-ARGUMENTO
-
- Después de explorar Satán la tierra con la más maligna intención,
- vuelve de noche al Paraíso, introduciéndose en forma de vapor acuoso
- en el cuerpo de la Serpiente que yacía dormida. Salen Adán y Eva
- al amanecer para continuar su trabajo, el cual propone Eva que se
- divida, dirigiéndose cada cual a distinto punto; mas Adán no lo
- aprueba, alegando el peligro que podían correr, y temeroso de que
- el enemigo contra quien ya estaban prevenidos, no sedujese a Eva
- al hallarla sola. Picada ella de que no la creyese bastante cuerda
- o bastante fuerte, insiste en que se separen, deseando además dar
- pruebas de su firmeza. Cede por fin Adán; la Serpiente halla sola
- a su Esposa; acércase cautamente; empieza por contemplarla; le
- dirige la palabra, y con lisonjeros encarecimientos la declara muy
- superior a todas las demás criaturas. Admirada Eva de oír hablar a
- la Serpiente le pregunta cómo ha adquirido aquella facultad humana,
- y la inteligencia de que carecía antes; la Serpiente responde que
- habiendo probado el fruto de cierto árbol que allí existía, ha
- adquirido a un mismo tiempo la palabra y la razón, de que hasta
- entonces no había gozado. Ruégale Eva que la conduzca adonde está
- el árbol, y al verlo reconoce que es el de la ciencia prohibida;
- pero más alentada ya la Serpiente, la induce con mil instancias y
- artificios a que pruebe el fruto, y hallándolo de un sabor delicioso,
- reflexiona un momento si debe o no participárselo a Adán; pero al
- cabo va a presentárselo, y le refiere lo que la ha decidido a comer
- de él. Queda al pronto consternado Adán; pero considerando que su
- Esposa está perdida, resuelve, llevado de su vehemente amor, perecer
- con ella, y atenuando su falta, come también del mismo fruto. Efectos
- que ambos experimentan. Procuran encubrir su desnudez, y acaban por
- reconvenirse y acusarse mutuamente.
-
-Cesen ya las pláticas que Dios o un ángel, huésped del Hombre,
-sostenían familiarmente con él, como con un amigo, dignándose de
-sentarse a su lado, de compartir con él su campestre mesa y de
-permitirle discurrir sencillamente sin mostrarse con él severo. Una
-trágica catástrofe sucederá a esta escena: insensata desconfianza,
-monstruosa infidelidad, desobediencia y rebelión por parte del Hombre;
-por parte de Dios, de tal manera olvidado, desvío y profundo disgusto,
-indignación, justísimo rigor y terrible sentencia, que trajo sobre
-el mundo un cúmulo de males, el pecado y la muerte que le acompaña,
-y la miseria precursora de la muerte: enojoso empeño, pero asunto
-no menos sublime y más heroico que la cólera del inexorable Aquiles
-persiguiendo a su enemigo tres veces fugitivo alrededor de las murallas
-de Troya[90], y que el furor de Turno al verse privado de Lavinia, su
-prometida esposa[91], y la ira de Neptuno[92] y de Juno, tan pertinaz
-contra los griegos y contra el hijo de Citerea. Y no me será difícil
-remontar mi canto a tal altura, si logro el auxilio de mi celeste
-protectora, que sin ser llamada acude a mí todas las noches, y me dicta
-entre sueños o me inspira fáciles rimas en que yo no había pensado.
-
-Largo tiempo ha que por vez primera elegí este asunto para un canto
-heroico, pero comencé ya tarde. La naturaleza no me ha dado facilidad
-para pintar guerras que hasta aquí se han contemplado como el único
-argumento para la poesía heroica: ¡sublime aspiración realzar a fuerza
-de largos y repugnantes desastres, hazañas de fabulosos caballeros en
-batallas también supuestas, y no consagrar un solo canto a la verdadera
-fortaleza, a la paciencia y heroicidad de los mártires; describir
-evoluciones y juegos, vistosas empalizadas, escudos relumbrantes de
-empresas y blasones, bridones encubertados, arneses bordados de oro,
-y arrogantes jinetes entrando en las justas y en los torneos; y luego
-la suntuosidad de los banquetes, servidos en magníficos salones por
-numerosos pajes y escuderos; primores artificiosos y rutinarios, que
-no pueden dar justo y heroico renombre ni al autor ni a su poema! Pero
-a mí, que no he puesto mi arte ni mi estudio en estas cosas, se me
-ofrece argumento más sublime, bastante por sí solo a granjearme alta
-reputación, a no ser que la tardanza del tiempo, el hielo del clima o
-el de mis años entorpezcan mis ya rendidas alas; y no podría menos de
-suceder así, si esta obra fuese exclusivamente mía, y no del nocturno
-numen que sugiere sus cantos a mis oídos.
-
-Hundíase el Sol en el océano, y con él desaparecía la estrella de
-Héspero, cuyo oficio es llevar el crepúsculo a la tierra, sirviendo
-de medianera entre el día y la noche. Del uno al otro extremo del
-hemisferio extendía esta su velo en torno del horizonte, a tiempo que
-Satán, a quien Gabriel había intimidado con sus amenazas y expulsado
-del Edén, más diestro ahora en su falacia y malignidad, y más ansioso
-de la perdición del Hombre, a pesar de que se exponía él también a
-mayor castigo, sin temor alguno resolvió penetrar de nuevo en aquellas
-regiones. Era de noche cuando emprendió el vuelo; a la mitad de ella
-había acabado de dar la vuelta a la tierra, porque evitaba el día,
-desde que Uriel, que regulaba el movimiento del Sol, le descubrió al
-entrar en el Edén y previno contra sus intentos a los querubines que
-lo guardaban. Así expulsado y poseído de mortal angustia, siete noches
-consecutivas anduvo rodando entre las tinieblas: tres veces recorrió
-la línea equinoccial, y cuatro, atravesando los coluros, cruzó por el
-carro de la noche de polo a polo. A la octava noche volvió al
-Paraíso[93], y en la parte opuesta a la que guardaban los querubines,
-descubrió una entrada furtiva, que ellos no conocían.
-
-[Ilustración: ¡Oh Tierra! Cuán semejante eres al cielo...]
-
-[Ilustración: En el río se hundió Satán y volvió a salir.]
-
-Había allí un lugar (ya no existe, y de esta novedad no fue causa el
-tiempo, sino el pecado), donde el Tigris se precipita en una profunda
-sima al pie del Paraíso, refluyendo parte de sus aguas hasta formar
-una fuente junto al árbol de la vida. En aquel precipicio se arrojó
-Satán, arrastrado por el río, y entre el salto que sus aguas daban
-subió al jardín, envuelto en su densa niebla. Allí buscó un sitio donde
-ocultarse. Había recorrido mares y tierras del Edén al Ponto Euxino
-y la laguna Meótides, y más allá de las riberas del Obi, y descendió
-al polo Antártico, cruzando al occidente, desde el Orontes al océano
-que se ve atajado por el istmo de Darién, y luego a las regiones
-bañadas por el Ganges y por el Indo[94]. Al escudriñar así toda la
-tierra con minucioso examen y contemplar con profunda atención todas
-las criaturas, para elegir la que mejor se prestase a sus intentos,
-halló que la más astuta era la serpiente, y después de prolijas dudas
-y reflexiones, se convenció de que en ninguna como en ella podría
-injertar su insidioso espíritu, y en ninguna encubrir mejor sus
-siniestros odios a la más penetrante vista; porque en la falsedad de
-la serpiente no había ardid que pareciese impropio, ni cabía sospechar
-de su natural sutileza y malignidad, al paso que en los demás animales
-cualquier acto superior a su rudo instinto hubiera podido parecer
-influencia y sugestión diabólica. Esta fue al cabo su resolución; pero
-tales y tan desesperados combates traía en su interior, que prorrumpió
-en doloridos ayes, discurriendo así:
-
-«¡Oh Tierra! ¡Cuán semejante eres al Cielo, por no decir superior y
-morada más digna de los dioses, dado que has sido producto de una
-segunda creación, con la cual se perfeccionó la antigua! Porque
-¿hubiera Dios, después de hacer una obra perfecta, creado otra peor?
-¡Oh terrestre cielo, alrededor del cual giran otros, que brillan
-únicamente para comunicarte sus resplandores! Solo para ti existen, al
-parecer, uno y otro astro, y en ti concentran los preciosos destellos
-de su sagrada influencia. Así como en el cielo Dios es el centro que
-se difunde por donde quiera, así lo eres tú también con respecto a
-los demás orbes que tienes por tributarios. En ti, que no en ellos,
-aparecen todas las virtudes conocidas que producen las yerbas y las
-plantas, y la estirpe más noble de los seres animados de vida gradual
-que crecen, sienten y raciocinan, dones todos cifrados en el Hombre.
-¡Con qué placer, si de algún placer fuese yo capaz, recorrería tus
-campos, contemplando esa deliciosa alternativa de colinas y valles,
-ríos, bosques y llanuras; tan pronto tierras, tan pronto mares; aquí
-una ribera al pie de una selva, allá enormes rocas y grutas y cavernas!
-Pero ninguno de esos lugares me ofrece mansión ni asilo, y cuanto
-mayores son los encantos que me rodean, más grande es el tormento que
-llevo dentro de mí, como si fuese yo el odioso objeto de sentimientos
-tan encontrados. Toda dulzura se convierte para mí en veneno, y hasta
-en el cielo mi suerte sería tristísima. Y no es que yo quiera vivir
-aquí, ni aun en el cielo, de no imperar en él como soberano; porque no
-es la esperanza de llegar a condición menos miserable la que me anima
-ahora, sino el deseo de hacer a otros tan desdichados como lo soy yo,
-aunque redunde en mayor desventura mía; que lo que únicamente halaga mi
-desasosegado anhelar es la destrucción. Si en efecto, logro destruir, o
-que él propio labre su total perdición, al hombre para quien todo esto
-se ha creado, todo ello le acompañará en su ruina, como identificado
-que está con su prosperidad o su infortunio. ¡Sea con su infortunio!
-¡Perezca cuanto aquí existe! De todas las potestades infernales, yo
-seré el único a quien quepa la gloria de haber aniquilado en un día lo
-que Él, el que se llama Omnipotente, ha empleado en crear seis días
-y seis noches sin interrupción; y ¿quién sabe cuánto tiempo empleara
-antes en concebirlo? Quizá no tuvo tal pensamiento hasta que yo, en
-una sola noche, libré de oprobiosa servidumbre casi a la mitad de los
-que llevan el nombre de ángeles, reduciendo en proporción la multitud
-de sus adoradores. En venganza de esto, sin duda, y para reponer sus
-legiones así mermadas, fuese por haber desmerecido de aquella antigua
-virtud que poseyó al crear los ángeles, si fueron creación suya, fuese
-para humillarnos más, determinó suplir nuestra falta con un ser formado
-de tierra, elevándole desde tan vil extracción hasta el punto de
-concederle nuestra dignidad celeste. Como lo resolvió, lo llevó a cabo;
-y formó al Hombre, y para él labró todo este magnífico mundo, y le dio
-por mansión la tierra, proclamándole rey de ella; y ¡oh indignidad!
-puso a su servicio las alas de los serafines, y por custodios suyos
-espíritus de fuego, obligados a desempeñar este terrestre ministerio.
-
-[Ilustración: Pronto la encontró profundamente dormida y enroscada.]
-
-»Temeroso de su vigilancia, y con el fin de eludirla, me he envuelto en
-los nebulosos vapores de la noche, y deslizádome cautelosamente entre
-estos matorrales, buscando una serpiente adormecida para introducirme
-entre sus escamas, y ocultarme y ocultar mis tenebrosos planes. ¡Oh
-indigna degradación! ¡Yo, que he lidiado contra los dioses queriendo
-sublimarme sobre todos ellos, verme obligado ahora a transformarme en
-un reptil, a identificarme con su asqueroso cieno, y embrutecer así la
-pura esencia que aspiraba al más excelso grado de la divinidad! Pero ¿a
-qué extremo no son capaces de descender la ambición y la venganza? El
-ambicioso, para lograr su fin, debe rebajarse tanto como ha pretendido
-elevar sus miras, y por encumbrado que esté, humillarse hasta los más
-viles empleos. La venganza, tan dulce a primera vista ¡qué amarga es
-al fin, pues que recae en el vengativo! Pero no importa: recaiga en
-mí, con tal que descargue el golpe donde le asesto; y ya que no puede
-alcanzar al que está más alto, hiera al menos al que provoca más
-inmediatamente mi envidia, a ese nuevo favorito del cielo, al Hombre,
-formado de barro, hijo del despecho, a quien, para mayor afrenta
-nuestra, sacó su Hacedor del lodo. No haya más: a ese ensañamiento se
-responderá con la misma saña.»
-
-Esto dijo; y rastreando por entre la maleza, ya húmeda, ya árida, en
-forma de negro vapor, prosiguió su nocturna excursión por los sitios
-donde más fácilmente diera con la serpiente, hasta que la descubrió
-adormecida, enroscada en la multitud de sus complicados pliegues, y en
-medio su cabeza, llena de astutas maquinaciones. No estaba oculta en
-la siniestra sombra de horrible caverna, sino durmiendo tranquila, ni
-temerosa, ni terrible, sobre la espesa yerba. Introdújose el demonio
-por su boca, y apoderándose de su brutal instinto, de su corazón, de su
-cabeza, impregnó en todo su ser su activa inteligencia, mas sin turbar
-su sueño, y esperando la llegada de la mañana.
-
-Cuando la sagrada luz comenzó a alborar en el Edén sobre las húmedas
-flores, y a exhalar estas su matinal incienso, cuando todos los seres
-que respiran elevan al Criador su silencioso homenaje desde el grande
-altar de la tierra con el aroma que le es tan grato, salieron de su
-mansión nuestros primeros padres, y unieron la plegaria de sus labios
-al coro de las criaturas que carecían de voz; y terminada su oración,
-recreándose unos instantes con la dulzura del ambiente que el aire les
-enviaba, acordaron el medio de adelantar en sus incesantes trabajos,
-los cuales requerían mucho más de lo que ellos dos podían hacer en tan
-vasto terreno; y así ocurriósele a Eva decir a su esposo:
-
-«Adán, no debemos aflojar en el cultivo de este jardín, sino cuidar
-de sus plantas, yerbas y flores que es la agradable tarea que se nos
-ha impuesto; pero hasta que vengan más brazos en nuestra ayuda, la
-obra será menor que el trabajo, y cada vez más desproporcionada a la
-exuberancia con que crece todo. Las ramas que podamos por superfluas,
-que enderezamos o sujetamos durante el día, en una o dos noches brotan
-de nuevo y frustran todos nuestros afanes. Quisiera, pues, que para
-remediarlo, me dieses algún consejo, u oye el que de pronto se ocurre a
-mi imaginación. Dividamos nuestro trabajo: elige tú el sitio que mejor
-te parezca, o dedícate a lo que más urgente contemples, ya cubriendo de
-madreselva esta enramada, ya dirigiendo la yedra a las plantas con que
-deba unirse, mientras yo, alejándome por aquel lado, iré enderezando
-los tallos de las rosas mezcladas con los mirtos, en lo cual me ocuparé
-hasta el mediodía. Porque si seguimos como hasta aquí, trabajando
-siempre uno al lado de otro ¿cómo hemos de evitar, viéndonos juntos,
-que la distracción de una mirada, de una sonrisa, de la conversación a
-que da lugar un objeto nuevo, interrumpa nuestra ocupación a cada paso,
-y la haga cundir tan poco, que aunque comenzada muy de mañana, esté sin
-terminar a la hora de la comida?»
-
-A lo que con cariñosas palabras replicó Adán: «¡Eva mía, mi única
-compañera, de todas las criaturas vivientes la que más amo, sin
-comparación alguna! Bueno es tu intento; acertadamente discurres sobre
-lo que debemos hacer para el mejor desempeño de la tarea que nos ha
-impuesto el Señor aquí; y no puedo menos de alabar tu celo, porque nada
-más recomendable en la mujer que el estudio que pone en sus quehaceres
-y en procurar que su esposo trabaje también con fruto. Pero el mandato
-de Dios no es tan riguroso que nos vede el descanso indispensable, ora
-se invierta en alimentar el cuerpo, o en pláticas sabrosas, que son el
-alimento del espíritu, o en la dulce distracción de una mirada, de una
-sonrisa, placeres concedidos a nuestra razón y negados a los brutos,
-porque son la expresión de nuestro amor que no debe considerarse como
-el fin menos noble de nuestra vida; así que, no nos ha destinado Dios
-a un trabajo penoso, sino al que puede proporcionarnos aquel gusto
-que es inseparable de la razón. Unidas nuestras manos, no dudes que
-dejarán fácilmente expeditas las enramadas y veredas que frecuentamos
-en nuestros paseos, hasta que dentro de poco tengamos otros brazos más
-jóvenes que nos ayuden. Si, después de todo, te molesta el conversar
-tanto conmigo, consentiré en ausentarme por breve tiempo, que la
-soledad es a veces la compañía más agradable, y una separación, aunque
-corta, hace más dulce el placer de volver a verse. Un recelo, sin
-embargo, me trae inquieto, el riesgo que puedes correr lejos de mí;
-porque ya sabes lo que se nos ha advertido; sabes que envidioso de
-nuestra felicidad y desesperando de la suya, un enemigo perverso está
-acechándonos para consumar nuestra perdición y mengua, y que vigila, no
-lejos de aquí tal vez, ansioso de realizar su anhelo, y aprovechar la
-ventaja de tenernos separados. Mientras estemos juntos, no se atreverá
-a acercarse, dado que en caso necesario, fácilmente nos podremos
-prestar auxilio, bien intente apartarnos de nuestra obediencia a Dios,
-bien perturbar nuestro conyugal amor, que de todas nuestras venturas,
-es quizá la que más envidia. Sea pues este su intento, sea que abrigue
-otro más funesto, no te alejes de quien te ha dado la vida, de quien te
-ampara y protege aún. La mujer que se ve amenazada de algún peligro o
-de algún menoscabo en su honra, halla su segura confianza en el esposo
-que la defiende, y se hace participante de todas sus desgracias y
-sinsabores.»
-
-Eva, con inocente dignidad, mas con severa dulzura, propia de quien
-ama y se siente contrariada, prosiguió así: «¡Hijo del cielo y de la
-tierra, Señor de la tierra toda! Bien sé que tenemos un enemigo que
-solicita nuestra ruina. Ya me has informado de esto, y lo he oído
-además de boca del Ángel, al despedirse, desde una sombría estancia en
-que me oculté, regresando precisamente a la caída de la tarde, cuando
-se cierran los cálices de las flores. Pero ¡sospechar de mi fidelidad
-para con Dios y para contigo, solo porque un enemigo intenta ponerla
-a prueba! Nunca supuse en ti semejante duda. ¿Por qué temer tanto su
-violencia, si, inaccesibles a la muerte y a las penalidades, hemos
-al cabo de preservarnos de ellas, y aun rechazarlas cuando necesario
-fuere? Y si lo que verdaderamente temes es su astucia, ¿qué recelo
-tienes de que venza ni seduzca mi inquebrantable fidelidad ni mi amor
-sincero? ¿Cómo han podido albergarse en tu corazón tales sentimientos?
-¿Cómo pensar tan desfavorablemente de la que tanto amas?
-
-A lo cual, tratando de persuadirla, contestó Adán así:
-
-«Hija de Dios y el Hombre, inmortal Eva, porque tal eres, pura de todo
-pecado y mancha: si pretendo persuadirte a que no te alejes de mi
-vista, no es por desconfianza que de ti tenga, sino para evitar las
-asechanzas con que nos persigue nuestro enemigo, porque el seductor,
-aunque trabaje en vano, siempre deja alguna mancha en aquel a quien
-solicita, dando a entender que su entereza no es tal que pueda resistir
-a la tentación. Tú misma te enojarías y mostrarías tu indignación
-contra semejante ultraje, aunque resultase sin efecto; y así no
-interpretes mal el deseo que tengo de preservarte a ti sola de esta
-ofensa, pues contra los dos a la vez, bien que su audacia sea grande,
-no la dirigiría; y si a tanto se atreviese, a mí me acometería primero.
-Ni son para menospreciadas su astucia y perversidad, que poderosas
-deben ser cuando logró seducir a los ángeles. No juzgues, pues, inútil
-mi auxilio. Al influjo de tus miradas, crecerán en mí todas las
-virtudes; tu presencia me inspirará más cordura, más previsión, más
-fuerza, si fuese preciso recurrir a esta, porque la humillación de
-verme ante ti vencido redoblaría mi vigor al más indecible extremo.
-¿Por qué mi presencia no ha de producir en ti un sentimiento igual, ni
-qué testigo mejor de esta prueba de entereza a que estás resuelta, y
-del triunfo de tu virtud?»
-
-Celoso de lo que tanto le interesaba, expresaba así Adán su conyugal
-amor; pero atribuyéndolo Eva a desconfianza de su firmeza, le replicó
-de nuevo, dulcificando su voz: «Si nuestro estado es tal que hemos de
-vivir incesantemente estrechados por un enemigo violento o pérfido, y
-si estando separados no hemos de ser cada cual bastante a defendernos
-¿qué tranquilidad nos espera en medio de tan continuo sobresalto? El
-castigo no puede preceder al pecado: al tentarnos ese enemigo, nos
-ultraja ciertamente poniendo en duda nuestra integridad, pero de la
-duda no resulta infamia para nosotros, sino descrédito para él. ¿Por
-qué, pues, temerle y huirle tanto? Doble honor será, por el contrario,
-para nosotros desbaratar sus maquinaciones, y granjearnos así nuestra
-paz interior, y juntamente el favor del cielo, testigo de nuestra
-resistencia. ¿Será bien culpar a nuestro sabio Creador de habernos
-hecho felices tan a medias, que ni juntos ni separados contemos con
-seguridad alguna? Poco apetecible sería ventura semejante; y de estar
-expuestos a un peligro como este no merece nuestro Edén tal nombre.»
-
-A lo que con mayor vehemencia contradijo Adán en estos términos:
-«Mujer, Dios lo hizo todo perfecto, que así lo dispuso su voluntad.
-Nada salió imperfecto ni defectuoso de sus manos creadoras, y mucho
-menos el hombre y cuanto puede asegurar su felicidad, preservándole
-de toda fuerza exterior, pues aunque lleva consigo el peligro, lleva
-también los medios de evitarlo. Contra su voluntad ningún mal puede
-inferírsele, y esta voluntad es libre, como lo es cuanto obedece a la
-razón. Esta razón, por otra parte, obra con rectitud, pero Dios la
-manda que esté siempre vigilante y sobre sí, para que no dejándose
-deslumbrar por una engañosa apariencia de bien, se incline al error,
-y extravíe a la voluntad de manera, que esta incurra en lo que Dios
-expresamente tiene prohibido. No es pues la desconfianza, sino la
-ternura del amor la que nos prescribe a mí que vele por ti, y a ti que
-veles por mí igualmente. A vueltas de toda nuestra firmeza posible
-es que nos perdamos, porque no es imposible que, cegándonos nuestro
-enemigo con engaños artificiosos, se olvide la razón de la vigilancia a
-que está obligada, y nos induzca en inadvertido yerro. No te expongas a
-la tentación; vale más evitarla, lo cual más fácilmente conseguirás si
-no te apartas de mí; pero el peligro viene sin ser buscado. Pretendes
-dar pruebas de tu constancia; dalas antes de tu obediencia. ¿Quién
-testificará de tu triunfo, si no ha presenciado nadie tu combate? Pero
-si presumes que en el imprevisto trance saldremos más airosos de lo que
-parece estando unidos, ya vas advertida; aléjate, porque permanecer
-aquí a la fuerza sería tanto como estar ausente. Aléjate con tu nativa
-inocencia, y cobra fuerzas de tu virtud; empléala toda; y pues Dios ha
-hecho con respecto a ti lo que debía, haz tú también lo que debes.»
-
-A estas razones del patriarca del género humano, insistió Eva en
-replicar; y aunque sumisa, dijo por fin: «Iré, pues, con tu permiso, y
-sobre todo alentada por la razón que has indicado últimamente; que en
-un trance imprevisto, quizá nos hallaríamos menos preparados estando
-juntos. Iré ya más animosa, y sin el recelo de que tan fiero enemigo
-comience desde luego su agresión por la parte más débil; y si tal
-intentase, sería doblemente vergonzoso su vencimiento.»
-
-Y diciendo esto, retiró suavemente su mano de entre las de su esposo,
-y como una ninfa de las selvas, o dríada, o del séquito de Diana, se
-encaminó con ligera planta hacia el bosque, sobrepujando en gentileza
-y gracia a la misma diosa de Delos, bien que no fuese como ella armada
-de arco ni flechas, sino de instrumentos apropiados al cultivo de
-los jardines, no pulidos aún por el arte ni por la acción del fuego,
-y tales como los ángeles se los habían suministrado. Asemejábase en
-su atavío a Pales o Pomona, a Pomona huyendo de Vertumno, y a Ceres,
-virgen aún, antes de tener fruto de Júpiter en Proserpina. Veíala Adán
-alejarse, contemplándola encantado, y fija su ardiente mirada en ella;
-hubiera, sin embargo, preferido tenerla a su lado. Una y otra vez la
-advirtió que regresase en breve, y otras tantas prometió ella volver a
-su morada al acercarse el mediodía, para disponer lo conveniente a la
-comida de aquella hora, y entregarse luego al reposo.
-
-¡Oh desdichada Eva! ¡Qué amargo desengaño, qué humillación te espera
-antes de tu imaginado regreso! ¡Oh infame crimen! Desde este momento no
-hallarás ya en el Paraíso ni dulces manjares ni grata tranquilidad. Un
-lazo te está aguardando oculto entre esas risueñas flores y entre esas
-sombras, donde el odio infernal se prepara a interceptarte el camino y
-arrebatarte tu inocencia, tu ventura y tu fidelidad.
-
-Y era así, que desde los primeros albores de la mañana había salido
-el Enemigo de su escondrijo, disfrazado bajo la apariencia de una
-serpiente, y con la esperanza más que probable de hallar a los dos
-únicos representantes del género humano, que en realidad equivalían a
-todo este, y eran el anhelado objeto de su venganza. Recorre florestas
-y descampados, todos los lugares en que el ramaje forma alguna espesura
-y ofrece sitios más deliciosos y retirados; los busca en las márgenes
-de las fuentes y en la frescura de los arroyos y las umbrías, pero
-desea sobre todo hallar a Eva separada de su esposo, aunque no abrigaba
-la menor esperanza de conseguir tanta ventura; cuando de pronto,
-realizándose una y otra, la descubre completamente sola, velada por
-una fragante nube. Divisábasela a medias, entre el espeso valladar de
-encendidas rosas que en torno la rodeaban, ocupándose en enderezar los
-delgados tallos de las flores, que aunque ostentaban en toda su viveza
-brillantes colores de púrpura y azul matizados de oro, se inclinaban
-lánguidas bajo su peso; y ella las sostenía graciosamente enlazándolas
-con mirtos, descuidada a la sazón de sí misma, flor más delicada y
-bella que todas las otras, necesitada también de su natural apoyo, del
-cual estaba tan lejos, cuanto cercana la tempestad que le amenazaba.
-Allí, a poca distancia, por entre las sombrías calles que formaban
-los más empinados árboles, los cedros, los pinos y las palmeras,
-la acechaba la Serpiente, ya acercándose resueltamente a ella, ya
-ocultándose y volviendo a aparecer, resguardada por la frondosidad del
-ramaje y las flores que había Eva plantado por su propia mano: pensil
-más encantador que los fabulosos jardines del resucitado Adonis, o
-los del famoso Alcínoo, huésped del hijo del viejo Laertes, y más
-delicioso que los no fingidos, sino verdaderos, donde el rey, sabio por
-excelencia, se solazaba con la bella esposa que debía al Egipto.
-
-Admirado contemplaba Satán aquel lugar, y mucho más la persona de Eva.
-Hallábase como el que encerrado largo tiempo en una ciudad populosa,
-cuyas apiñadas chimeneas y fétidos vapores vician el aire, sale una
-mañana de estío a respirar ambiente más puro en una granja campestre,
-halagado por el olor de las mieses, de las eras y de los establos, y
-por el aspecto y bullicio de los campos; y si por dicha acierta a pasar
-una beldad virginal, graciosa como una ninfa, todo lo que le rodea
-adquiere por ella mayor encanto, como si en sus ojos se cifrase todo
-aquello que le enajena. Este mismo placer experimentó la Serpiente al
-contemplar aquel florido vergel, dulce retiro de Eva en medio de la
-soledad de la mañana. Su celestial belleza es la de un ángel, aunque
-más delicada, como de mujer al fin; su graciosa inocencia, cada ademán
-y hasta el menor de sus movimientos desconciertan la infernal malicia,
-y como que la arrebatan algo de la feroz intención que antes la
-animaba. Así permaneció el malvado unos momentos enajenado del mal que
-era su esencia y estúpidamente entregado al bien que por entonces le
-libraba de su enemistad y perfidia, de su odio, de su envidia y de su
-venganza; mas el fuego del infierno que interiormente le abrasaba, como
-le hubiera abrasado aun en el cielo, le sacó en breve de su delicioso
-éxtasis, atormentándole tanto más, cuanto mayor era la felicidad que
-allí se respiraba, y de que él estaba privado para siempre; lo que,
-renovándose su furioso encono, y entregándose de nuevo a su perversa
-intención, se complacía en discurrir así:
-
-«¿Adónde me llevas, pensamiento? ¿Qué dulce impulso es este con que
-me enajenas, hasta el punto de hacerme olvidar el fin con que aquí he
-venido? No ha sido el amor, sino el odio; no la esperanza de trocar
-el Infierno en Paraíso, ni la de gozar de ningún placer, sino la de
-destruir todo goce, excepto el que consiste en la destrucción, pues
-los demás son para mí extraños. No he de malograr, pues, la ocasión
-que ahora me sonríe. Encuentro sola a la mujer, que será dócil a mis
-sugestiones; mis ojos, de tanta penetración dotados, no alcanzan a
-ver a su esposo, de cuya superior inteligencia es bien que me recate,
-porque su fuerza, su altivo denuedo y sus heroicos miembros, aunque
-formados de deleznable tierra, le hacen un competidor temible. Él
-además es invulnerable, y yo no; que a tal bajeza me ha traído el
-infierno, y tanto me han hecho mis dolores desmerecer de lo que era
-en el cielo. Y ¡qué hermosa, qué divina creación es la mujer! ¡Cuán
-digna es del amor de los dioses, y cuán poco terrible, por más que sean
-terribles el amor y la hermosura cuando no son objeto de un odio más
-poderoso aún, doblemente poderoso si sabe encubrirse con la máscara
-del amor! Esto, que ha de perderla, voy a intentar ahora.»
-
-Y con esta resolución, el enemigo del género humano, introducido en
-el cuerpo de la serpiente (¡fatal consorcio!), se dirigió hacia Eva,
-no arrastrando por tierra y enroscándose en sí misma, como después
-lo hizo, sino enhiesta sobre su cola, base circular de múltiples
-anillos que se elevaban unos sobre otros, y que creciendo cada vez
-más, formaban con sus escamosos pliegues un confuso laberinto.
-Erguía su cabeza coronada por una cresta; brillaban sus ojos como
-dos carbunclos; y alzando entre espirales círculos su cuello con mil
-vistosos cambiantes de verde y oro, mecíase el resto de su cuerpo sobre
-la yerba. Nada más bello y gracioso que su figura. Jamás se conocieron
-serpientes tan seductoras, ni las que en Iliria transformaron a
-Hermione y Cadmo[95], ni aquella en que se convirtió el dios adorado en
-Epidauro[96], ni las que dieron su forma a Júpiter Ammón o a Júpiter
-Capitolino, unida la una a Olimpia, la otra a la que fue madre de
-Escipión[97], gloria de Roma.
-
-Moviose primero torcidamente, como el que acercándose a otro por
-temor de importunarle, se vale de rodeos; como el diestro piloto que
-al llegar con su nave a la corriente de un río o a la proximidad
-de un promontorio, inclina a un lado y otro el timón y cambia las
-vidas según el viento. Así variaba la Serpiente de dirección, y con
-sus tortuosas posturas y estudiados ademanes procuraba atraerse las
-miradas de Eva; pero distraída esta en su quehacer, aunque oía el
-movimiento de las hojas, no prestaba atención al ruido, acostumbrada
-como estaba al jugueteo que por el campo traían en su presencia todos
-los animales, más dóciles a su mandato que a la voz de Circe su rebaño
-transfigurado[98].
-
-Más confiada ya la Serpiente, púsose delante de ella, sin esperar a
-que la llamase, y quedó inmóvil de admiración; inclinó repetidas veces
-su prominente cresta y su esmaltado y brillante cuello con sumisión
-cariñosa, lamiendo la tierra en que había fijado Eva su planta, hasta
-que tantas mudas demostraciones consiguieron por fin su efecto; y
-satisfecho Satán de haber llamado su atención, valiéndose de la lengua
-de la serpiente, o por un mero impulso del aire en que iba envuelta su
-voz, comenzó con insinuante astucia a tentarla así:
-
-«No te maravilles de mí, reina del universo, cuando tú eres aquí la
-única maravilla. No me rechacen con desdén esos ojos, que son todo
-un cielo de dulzura, ni te ofendas de que yo me acerque a ti y no
-me sacie de contemplarte, que yo solo soy, yo solo el que no se ha
-dejado intimidar por tu majestuoso aspecto, más majestuoso ahora en
-la soledad. ¡Oh imagen la más perfecta de tu perfecto Hacedor! Todos
-los seres vivientes se recrean en ti, gloríanse de ser tuyos y adoran
-enajenados tu celestial hermosura, cuyo poder es mayor a medida
-que es objeto de admiración más universal. Y ¡estar encerrada aquí
-en este recinto agreste, en medio de salvajes brutos, incapaces de
-contemplarte, incapaces de apreciar todo lo bella que eres, a excepción
-de un hombre que te acompaña! Y ¿por qué ha de ser uno solo, cuando
-merecerías ser tenida por diosa entre los dioses, y adorada y servida
-por multitud de ángeles que a todas horas te rodeasen?»
-
-Con tan lisonjeras palabras dio principio a su discurso el Tentador, y
-halló desde luego cabida en Eva; que aunque en extremo admirada de oír
-su voz, manifestó su asombro diciendo así:
-
-«¿Qué es esto? ¡El lenguaje del hombre y el pensamiento humano
-expresados por la lengua de un bruto! Creía yo que a lo menos del
-primero estaban privados los irracionales, habiéndolos Dios creado
-mudos e incapaces de articular todo sonido; en cuanto al segundo, ya
-abrigaba yo dudas al notar que hay mucho de discernimiento en sus
-miradas y en sus acciones. No ignoraba que tú, Serpiente, eres el más
-sagaz de todos los animales campestres, mas no sabía que estuvieses
-dotada del habla humana. Repite, pues, este milagro, y dime cómo siendo
-muda, has podido adquirir la palabra, y cómo de todas las criaturas que
-diariamente se ofrecen a mi vista, eres la que conmigo te muestras más
-afectuosa. Esto deseo saber; que bien lo merece semejante maravilla.»
-
-«¡Reina de este hermoso mundo, contestó el pérfido seductor,
-encantadora Eva! Fácil me es hacer lo que ordenas, y justo que en todo
-seas obedecida. Era yo al principio como los demás animales que pacen
-la yerba que van pisando; eran mis instintos tan viles y terrestres
-como mi alimento, y fuera de este o de la diferencia de sexo, nada
-sabía discernir, ninguna cosa más alta se me alcanzaba. Pero vagando
-acaso un día por el campo, acerté a descubrir a lo lejos un hermosísimo
-árbol, cargado de frutos, que resaltaban extraordinariamente por sus
-colores de carmín y oro. Acerqueme para mejor contemplarlo, y sentí
-que de sus ramas salía un delicioso perfume que excitaba el apetito,
-más sabroso al olfato que el olor del más dulce hinojo, o el de las
-ubres de la oveja y la cabra, llenas, a la caída de la tarde, de
-leche que no han mamado aún el cordero ni el cabritillo, distraídos
-en su retozo. Con la impaciencia de satisfacer el ansia que en mí se
-despertó, resolví gustar aquel bello fruto; estimulábanme el hambre y
-la sed, poderosos incentivos, a comer una de aquellas manzanas cuyo
-aroma me incitaba tanto. Enrosqué mi cuerpo alrededor del musgoso
-tronco, pues para alcanzar a sus ramas desde la tierra, es menester tu
-elevada estatura, o la de Adán. Viéronme con envidia, poseídos de igual
-deseo, los animales que me rodeaban, imposibilitados de hacer lo mismo;
-y llegado que hube a la mitad del árbol, del que tan cercana pendía
-la seductora abundancia de aquella fruta, arranqué, comí hasta la
-saciedad, y experimenté un placer que jamás había hallado ni en las más
-gustosas plantas ni en las más cristalinas fuentes. Satisfecho por fin,
-experimenté en mí un extraño cambio; iluminó la razón mis facultades
-interiores; tardé poco en adquirir el habla, aunque conservando esta
-misma forma; y desde entonces se elevó mi pensamiento a profundas y
-sublimes meditaciones, y mi espíritu fue capaz de considerar todo lo
-que hay visible en el cielo, en la tierra y en el aire, todo lo bueno
-y lo bello que en el mundo existe. Pero todo lo bueno y lo bello está
-cifrado en tu divina imagen, junto todo en el celestial destello de tu
-hermosura, a la cual nada hay que pueda igualarse ni compararse. Ella
-es la que, aun a riesgo de serte importuno, me ha obligado a venir aquí
-para contemplar y adorar a la que con tan justo derecho está proclamada
-como soberana de las criaturas y señora del universo.»
-
-Así habló la Serpiente poseída del maligno espíritu; y doblemente
-admirada y sin cautela alguna. Eva le replicó así: «Serpiente, tus
-excesivas alabanzas me hacen dudar de la virtud de ese fruto que has
-sido la primera en probar; mas dime: ¿dónde crece ese árbol? ¿Está muy
-lejos de aquí? ¡Hay tantos y tan diferentes árboles puestos por Dios
-en el Paraíso, que nos son todavía desconocidos! Con tal abundancia se
-brindan a nuestra elección, que existen multitud de frutas a que no
-hemos tocado aún, y que penden incorruptibles de sus ramas hasta que
-nazcan otros hombres que se aprovechen de ellas, y otras manos que nos
-ayuden a aligerar a la naturaleza de tanta fecundidad.»
-
-Lo cual oído por la astuta Serpiente, se apresuró, llena de júbilo, a
-responder: «El camino, gran señora, es fácil y nada largo. Al otro lado
-de una calle de mirtos, en una plazoleta y junto a una fuente, pasado
-un bosquecillo de balsámica mirra, lo encontraremos; por lo que si
-aceptas mi compañía, te conduciré en seguida.» «Condúceme», dijo Eva. Y
-sin más tardanza se aprestó a hacerlo la Serpiente, arrastrándose con
-tal rapidez, que su encorvado cuerpo parecía derecho: tan pronta estaba
-para la maldad. Incítala la esperanza, y brilla su cresta de alegría;
-como el fuego errante, formado de untuosos vapores, que condensa la
-noche y sostiene el frío, que con el movimiento produce llama, y que
-animado, según dicen, por un espíritu maligno, girando y despidiendo
-falaces fuegos, engaña y extravía al caminante nocturno, llevándole por
-bosques y pantanos, hasta que tal vez le precipita en un lago, donde
-se ahoga privado de todo auxilio. Así brillaba el traidor enemigo,
-conduciendo engañoso a Eva, nuestra crédula madre, hacia el árbol
-prohibido, origen de todos nuestros males; la cual, así que le vio,
-dijo a su guía:
-
-«Serpiente, hubiéramos podido ahorrarnos de venir hasta aquí,
-diligencia para mí infructuosa, bien que sea tal la abundancia de estos
-frutos. Admirable es sin duda, y si tales efectos producen, guarda su
-virtud para ti, que nosotros no podemos gustar de ellos, ni tocar a ese
-árbol. Dios nos lo ha prohibido, único mandamiento que ha salido de sus
-labios; por lo demás, vivimos siendo ley de nosotros mismos: nuestra
-ley es nuestra razón.»
-
-«¿Eso dices? replicó astutamente el Seductor. ¡Dios ha mandado que no
-comáis de todos los frutos de estos árboles, y os ha hecho señores de
-cuanto hay en la tierra y en los aires!»
-
-Y Eva, que todavía no había pecado, contestó: «Podemos comer de los
-frutos que llevan todos los árboles de este jardín, pero del que da
-ese hermoso árbol plantado en medio del Paraíso, ha dicho Dios: «No
-comeréis, ni llegaréis a él, porque será vuestra muerte.»
-
-Y apenas oyó el Seductor esta breve respuesta, fingiendo gran celo y
-amor por el Hombre y profunda indignación por el agravio que se le
-hacía, apeló a un nuevo recurso, y como luchando con el sentimiento que
-le agitaba, tomó al fin una actitud tranquila y el aire estudiado de
-quien se preparaba a tratar de un asunto grave. Como cuando en Atenas
-o en la libre Roma, en tiempo en que florecía aquella elocuencia que
-no ha vuelto a oírse, se presentaba un orador famoso, encargado de una
-gran causa, y concentrándose en sí mismo, cautivaba antes de hablar
-con sus movimientos y gestos al auditorio, y otras veces, para no
-entretenerse en el exordio, prorrumpía desde luego en altos conceptos,
-arrebatado por la fuerza de su razón o de la justicia; no de otro modo
-irguiéndose, agitándose y levantándose a su mayor altura, con toda la
-vehemencia de su pasión, exclamó el falso Tentador:
-
-«¡Oh sagrada y sabia planta, dispensadora de la sabiduría y madre de
-la ciencia! En mí siento ya la eficacia de tu poder, que ilumina mi
-mente, y no solo me permite discernir las cosas en sus primeras causas,
-sino los medios de que se valen los agentes superiores, a pesar de
-su profunda sabiduría. Y tú, reina de este universo, no creas en esa
-terrible amenaza de muerte, que seguramente no se realizará. ¿Quién ha
-de haceros morir? ¿El fruto de ese árbol, cuando con él se adquiere
-la vida de la ciencia? ¿El que ha fulminado esa amenaza? Pues, ¿no
-me veis a mí, a mí que he tocado y gustado ese fruto que se os veda?
-Y no solamente vivo, sino que gozo de una vida más perfecta que la
-que el destino me había otorgado, gracias al propósito que formé de
-sobreponerme a mi condición. ¿Ha de cerrarse para el Hombre el camino
-que tienen abierto los irracionales? ¿Ha de encenderse la ira de Dios
-por tan pequeña falta? ¿No aplaudirá más bien vuestro intrépido valor,
-al ver que ni el temor de la muerte que os pone delante, sea la muerte
-lo que quiera, os retrae de un empeño que puede proporcionaros vida más
-venturosa, el conocimiento del bien y el mal? ¡El bien! ¿Hay nada más
-justo? ¡El mal! Pues si el mal existe, ¿por qué no conocerlo, y así
-se evitará mejor? Dios no puede castigaros siendo justo, y si no es
-justo, no es Dios, y dejando de ser Dios, no hay para qué temerle ni
-obedecerle. El mismo temor de la muerte debe induciros a no temerla.
-Y ¿por qué os ha impuesto esa prohibición sino para intimidaros, para
-manteneros en vuestra baja servidumbre, en vuestra ignorancia, y que
-no dejéis de ser sus adoradores? Sabe bien que el día en que comáis
-de ese fruto, vuestros ojos, que tan claros parecen ahora, y que,
-sin embargo, están rodeados de oscuridad, se abrirán completamente
-a la luz, y seréis lo que son los dioses, y comprenderéis el bien y
-el mal, como lo comprenden ellos. Llegaréis a ser dioses, como yo he
-llegado a ser hombre, que hombre soy interiormente, pues tal es la
-proporción establecida: el bruto pasa a ser hombre, y el hombre Dios.
-Quizá la muerte consista en esto, en trocar la naturaleza humana por
-la divina; y si con tal trueque se os amenaza, y es lo peor que puede
-aconteceros, el morir ¿no es apetecible? ¿Qué dignidad es la de los
-dioses, que el Hombre no puede aspirar a ella, ni aún participando del
-alimento divino? Han existido primero, y de esta ventaja se prevalen
-para hacernos creer que todo procede de ellos, lo cual es muy dudoso
-al ver esta bellísima tierra caldeada por el sol, tan fecunda de todo,
-mientras ellos nada producen. Si ellos lo han hecho todo ¿por qué han
-puesto en este árbol la ciencia del bien y del mal, para que quien
-quiera que guste de sus frutos obtenga a pesar suyo la sabiduría? Y al
-adquirir esta ¿en qué puede el Hombre ofender a Dios, ni en qué vuestro
-saber perjudicar al suyo? Y si todo depende de él ¿cómo este árbol
-produce una cosa contraria a su voluntad? ¿Será su móvil la envidia?
-pero ¿cabe esta pasión en ánimos celestiales? Estas, estas razones y
-otras muchas os inducen a no privaros de tan precioso fruto. Arráncale,
-pues, diosa humana, y come de él sin recelo alguno.»
-
-Concluyó así su razonamiento, y sus pérfidas sugestiones hallaron
-fácil acogida en el corazón de la incauta Eva. Tenía sus ojos fijos en
-aquellos frutos, cuyo aspecto era por sí solo harto tentador; resonaba
-en sus oídos el eco de aquel lenguaje que a ella le parecía tan
-persuasivo, tan convincente por su razón y por su verdad. Acercábase
-por otra parte la hora del mediodía, y despertaba en ella un apetito
-tanto mayor, cuanto más incitativa era la fragancia de aquella fruta,
-que un irresistible deseo estimulaba a su vista a coger y saborear;
-pero se detuvo un momento, haciéndose a sí propia estas reflexiones:
-
-«Grandes son sin duda tus virtudes ¡oh el más excelente de los frutos!
-y aunque vedado al Hombre, digno de la mayor admiración, cuando por
-tanto tiempo menospreciado, es tu primer efecto dar elocuencia a un
-mudo y hacer que una lengua incapaz de hablar prorrumpa de este modo en
-tus alabanzas; alabanzas que no omitió ni aún el mismo por quien nos
-estás prohibido, en el hecho de llamarte árbol de la ciencia del bien y
-del mal. Védanos que te probemos, pero su mandato te hace doblemente
-apetecible, porque manifiesta el bien que de ti resulta y la necesidad
-que tenemos de él. El bien que no se conoce, no es tal bien, y el
-poseer lo que no se aprecia es como si no se poseyese. En suma ¿qué
-nos prohíbe? El saber, es decir, nuestro bien; nos prohíbe adquirir la
-sabiduría; pero semejante prohibición no puede obligarnos a nosotros.
-Y si la muerte ha de venir después a esclavizarnos ¿de qué nos sirve
-esa libertad concedida a nuestra naturaleza? El día que comamos de
-ese fruto es el de nuestra perdición; ¡moriremos! Pero ¿ha muerto la
-serpiente? ¿No ha comido de él, y sin embargo vive, y conoce, y habla,
-y discurre, y raciocina, cuando antes estaba privada de razón? ¿O es
-que la muerte se ha inventado solo para nosotros, y que se nos niega el
-alimento intelectual concedido a los irracionales? Pues si únicamente
-se concede a estos ¿cómo el primero que ha gustado de él, lejos de
-mostrarse avaro de tal bien, lo ofrece tan espontáneamente, sin interés
-alguno, por amistad hacia el Hombre, ajeno a toda especulación y
-engaño? ¿Qué tengo, pues, que temer, o más bien, por qué abrigo temor
-alguno en la ignorancia en que estoy del bien y el mal, de Dios y de
-la muerte, de la ley y del castigo? Remedio da para todo este divino
-fruto, tan hermoso a la vista, tan grato al paladar, con su virtud de
-infundir la ciencia. ¿Quién me impide cogerlo, y alimentar con él mi
-cuerpo y mi espíritu a la vez?»
-
-¡En mal hora discurrió así; que acabando de decir esto, alargó su
-temeraria mano, cogió el fruto, y comió de él! En el mismo momento la
-tierra se sintió herida; la naturaleza toda, estremecida hasta en sus
-últimos cimientos y exhalando un quejido de cada una de sus obras,
-anunció con dolorosas angustias que todo se había perdido. Ocultose
-el perverso reptil en la espesura del bosque, y pudo hacerlo sin que
-lo advirtiese Eva, que totalmente entregada a la satisfacción de su
-apetito, a nada más atendía. No había, al parecer, experimentado hasta
-entonces placer igual en ningún otro fruto, fuese que realmente lo
-sintiera así, o que en la ilusión de la ciencia que iba a adquirir se
-lo imaginara. No se apartaba de su pensamiento la idea de su divinidad;
-devoraba el fruto con ansioso afán, sin conocer que comía su muerte. Y
-luego que se hubo saciado, cual si estuviese exaltada de embriaguez,
-dando rienda a su júbilo, lo expresó así:
-
-[Ilustración: Ocultose el perverso reptil en la espesura del bosque...]
-
-«¡Oh árbol soberano, en quien tan alta virtud reside, el más precioso
-de todos los del Paraíso! ¡Que siendo tu bendito fruto la sabiduría,
-haya estado hasta hoy oscurecido, menospreciado, pendiente de ti y
-creado sin utilidad alguna! Todos los días, al venir la aurora, te
-visitaré y aligeraré tus ramas del fértil peso de que están cargadas,
-y con que brindas a todos tan liberalmente; hasta que, alimentada por
-ti, adquiera suficiente caudal de ciencia para igualarme a los dioses,
-a esos dioses dotados del conocimiento de todo, y que envidian a los
-demás lo que ellos no pueden concederles; que si fuesen suyos los
-dones que tú das, seguramente no brillarías aquí. Y ¡cuán reconocida
-¡oh experiencia! no debo estarte desde que eres mi mejor guía! Por no
-seguirte, he estado hasta hoy sumida en la ignorancia; mas ya me abres
-el camino de la ciencia y me introduces en el asilo más recóndito en
-que se oculta. Yo quizá estoy oculta también: el cielo está tan alto,
-que desde su remota esfera no se perciben distintamente las cosas
-de acá abajo, y tal vez distraído en otros cuidados nuestro gran
-Legislador, confía su continua vigilancia a los ministros que le rodean.
-
-»Pero ¿cómo compareceré ahora yo en presencia de Adán? ¿Le daré
-conocimiento de la mudanza que hay en mí, le haré partícipe de
-toda mi felicidad, o me reservaré la ciencia que he adquirido sin
-comunicársela? Esto postrero añadirá a mi sexo lo que le falta,
-acrecentará su amor, y me hará igual a él, y acaso superior, que
-sin duda es preferible; porque mientras sea inferior ¿qué libertad
-disfruto? Esto es lo que conviene. Mas ¿y si me ha visto Dios? ¿Y si
-me aguarda la muerte? ¡Quedar privada de la existencia! ¡Adán entonces
-se uniría a otra Eva, y faltando yo, sería feliz con ella! De solo
-pensarlo me siento ya morir. ¡No: llevaré a cabo mi resolución! Adán
-me acompañará en la prosperidad o en el infortunio. Le amo con tal
-ternura, que arrostraré con él todas las muertes, porque vivir sin él
-no sería vida.»
-
-Y diciendo esto, se apartó del árbol para alejarse, pero antes hizo una
-profunda reverencia al poderoso ser que residía en él y le infundía la
-savia de la ciencia, de que manaba el néctar, alimento de los dioses.
-
-Adán, en tanto que impaciente esperaba su vuelta, de las más selectas
-flores había tejido una guirnalda para adornar los cabellos de la que
-merecía ver coronadas sus tareas campestres, como cuando los labradores
-ofrecen una corona a la reina de sus sembrados. Recreábase en mil
-alegres pensamientos y en el placer con que volvería a verla después de
-tan larga ausencia, y sin embargo, algo de funesto presentía a veces su
-corazón en los desiguales latidos con que palpitaba; y así se adelantó
-a aguardarla, siguiendo el camino que había tomado al separarse de
-él. Conducía este al árbol de la ciencia, y la encontró a poco de
-haberle ella dejado. Vio que llevaba en la mano una rama llena de
-hermosos frutos, cubiertos de brillante vello y que difundían en torno
-la fragancia de la ambrosía. Apresurose Eva a llegar; antes de hablar,
-expresaba en el rostro su disculpa y la defensa de su tardanza, y con
-las cariñosas palabras de que sabía usar, le dijo de esta manera:
-
-«Adán ¿has extrañado mi larga ausencia? ¡Cuánto te he echado de menos!
-y separada de ti ¡qué lento me ha parecido el tiempo! Agonía de amor
-semejante, no la he experimentado nunca, ni la experimentaré otra vez,
-porque no volveré a exponer mi inexperiencia y temeridad al tormento
-que he sentido en estar lejos de ti; pero el motivo ha sido tal, que te
-admirarás de oírlo.
-
-»Este árbol no es, como nos habían dicho, peligroso por sus frutos, ni
-son estos origen de males desconocidos: todo lo contrario; producen
-un divino efecto, abren los ojos a una nueva luz, y convierten en
-dioses a los que los prueban, como he tenido ocasión de verlo. La
-sabia serpiente no está sometida al precepto que nosotros, o no se ha
-sometido a él: ha comido de este fruto, y en vez de hallar la muerte,
-que a nosotros nos amenaza, ha adquirido desde luego el habla humana,
-el discurso humano, y raciocina que es un asombro. Sus persuasiones me
-han convencido de suerte, que yo también he comido, y he experimentado
-cuán verdaderos son los efectos: se han abierto mis ojos, cerrados
-antes; se ha engrandecido mi espíritu, ensanchado mi corazón, y yo
-elevádome a la divinidad; divinidad que anhelo principalmente para ti,
-y que sin ti no apetecería; porque la ventura, si tú no participas de
-ella, no me haría a mí venturosa, y el disfrutarla sin ti engendraría
-en mí hastío y aborrecimiento. Gusta pues de este fruto, para que
-permanezcamos los dos unidos, y sea igual nuestra suerte, igual nuestro
-gozo y nuestro amor igual. Si no lo haces, nuestra condición no será
-la misma; nos veremos separados, y aunque yo renuncie por ti a la
-divinidad, quizá sea tan tarde, que el destino no lo consienta ya.»
-
-Con tan lisonjeras expresiones refería Eva lo acaecido, pero en
-sus mejillas se notaba cierto tinte de rubor. Adán, por su parte,
-al oír tan funesta declaración, quedó sorprendido y anonadado;
-helósele la sangre en las venas, y corrió por todos sus miembros un
-estremecimiento. Sus manos privadas de acción dejaron caer la guirnalda
-que tenía preparada para Eva, cuyas flores, esparcidas por el suelo, se
-marchitaron. Permaneció algún tiempo confuso y mudo, hasta que por fin
-rompió el silencio, empezando por decirse a sí mismo:
-
-«¡Oh hermoso ser, obra la más acabada y perfecta de la creación,
-criatura en quien Dios apuró para deleite de los ojos y el pensamiento
-cuanto hay de santo y divino, de bueno, de afectuoso y de encantador!
-¡Que así te hayas perdido! ¡Que en un instante te veas en tan
-miserable estado, postrada, envilecida y condenada a muerte! ¿Cómo
-has podido resolverte a infringir tan estrecho mandamiento, y a tocar
-con sacrílega mano el fruto prohibido? Algún falaz artificio de un
-enemigo a quien no conocías te ha seducido y causado tu perdición y
-la mía, porque yo estoy resuelto a morir contigo. Privado de ti ¿cómo
-he de vivir? ¿Cómo renunciar a tu dulce compañía, al amor que tan
-estrechamente nos une, ni sobrevivirte en la soledad de estos salvajes
-bosques? Porque aunque Dios crease otra Eva, producida nuevamente de mi
-costado, jamás te apartarías tú de mi corazón. No, no: la naturaleza
-me encadena a ti con indisoluble lazo. ¡Eres la carne de mi carne, el
-hueso de mis huesos, y en la prosperidad como en el infortunio, mi
-suerte será siempre la tuya!»
-
-Y profiriendo estas palabras, como quien recobrado de un profundo
-desmayo, y después de luchar con mil opuestos pensamientos, se somete a
-lo que le parece irremediable, así con tranquilo ánimo se volvió a Eva
-añadiendo:
-
-«¡Qué acción tan temeraria has cometido, irreflexiva Eva, y qué peligro
-tan grande has arrostrado, no solo al poner tus ojos en el fruto
-prohibido, prohibido tan terminantemente, sino lo que es mucho más, en
-gustar de él cuando nos estaba vedado hasta tocarlo! Pero ¿quién puede
-anular lo pasado, y no hacer lo que ya se ha hecho? Ni Dios con todo su
-poder, ni aun el mismo Hado. Quizá no morirás por esto: quizá tu acción
-sea menos vituperable, por haber gustado antes y profanado ese fruto
-la serpiente, haciéndolo común a los demás y privándole de su carácter
-sagrado. Y si para ella no ha sido mortal, sino que vive, y vive,
-según dices, adquiriendo la vida del Hombre, indicio es muy favorable
-para nosotros, que con este alimento podemos obtener una superioridad
-proporcionada a nuestra naturaleza, que necesariamente será de dioses,
-de ángeles o de semidioses. Ni me resuelvo yo a creer que Dios, sabio
-Creador, aunque nos haya amenazado con la muerte, quiera destruirnos
-tan pronto, siendo sus criaturas predilectas y habiéndonos elevado
-a tanta dignidad sobre todas sus demás obras: las cuales después
-de haber sido hechas para nosotros perecerían, porque dependen de
-nuestra, suerte. ¿Ha de ponerse Dios en contradicción consigo mismo,
-deshaciendo hoy lo que ayer hizo, y perdiendo el fruto de sus trabajos?
-¿Puede concebirse, aunque en su mano esté repetir su obra, que así
-quiera aniquilarnos? Daría lugar al triunfo de su adversario, y a que
-dijese este: «Efímera es la condición de los que más han merecido el
-favor divino. ¿Quién está seguro de disfrutarlo largo tiempo? Primero
-me destruyó a mí; ahora a la raza humana; ¿a quién le tocará luego?»
-Ocasión que no debe darse nunca a un enemigo para que así se mofe. Mi
-suerte, pues, está identificada con la tuya; la misma sentencia ha
-de alcanzar a ambos: si muero contigo, será para mí la muerte como
-la vida. Tan fuertes son los lazos con que la Naturaleza ha unido
-los sentimientos de mi corazón a mi existencia propia: mi existencia
-eres tú, porque mío es cuanto tú eres: nuestra condición no puede ser
-distinta; los dos somos uno solo, una sola carne: perderte a ti, será
-tanto como perderme yo a mí mismo.»
-
-Y a este razonamiento, respondió así Eva: «¡Oh prueba insigne de un
-extremado amor, testimonio ilustre, y sublime ejemplo, que me obliga
-a imitarte! Destituida de tu perfección ¿cómo he de lograrlo, Adán?
-Yo, que me envanezco de haber salido de tu costado, ¿cómo no he de
-regocijarme al oírte hablar así de nuestra unión, y al ver que formamos
-ambos un solo corazón, un alma sola? Bien lo muestras en este día, al
-declarar que antes que la muerte, o cosa más temible que la muerte
-pueda separarnos, estás resuelto, llevado de tu entrañable amor, a
-seguirme en mi falta, y aun en mi crimen, si crimen hay en gustar
-de este hermoso fruto, cuya virtud (pues el bien procede siempre
-del bien, sea directa, sea accidentalmente) me ha suministrado esta
-preciosa prueba de tu amor, que sin ella, quizá no hubiera llegado
-a manifestárseme tan inmenso. Y si yo hubiera creído que la muerte
-con que se nos amenaza había de ser la consecuencia de mi temerario
-intento, yo sola hubiera arrostrado este castigo, sin tratar de
-exponerte a él; porque antes morir abandonada, que obligarte a una
-acción contraria a tu sosiego, sobre todo después de la completa
-seguridad que tengo de un cariño tan verdadero, tan profundo, tan
-incomparable. Yo siento en mí efectos muy distintos; no la muerte,
-sino una vida más grande, una vista más perspicaz, otras esperanzas,
-otros goces y un deleite tal, que cuantos placeres han halagado hasta
-ahora mis sentidos me parecen insípidos y hasta ingratos. Come, pues,
-siguiendo mi ejemplo, Adán, sin reparo alguno, y da al viento esos
-mortales temores.»
-
-Estas palabras acompañó con un estrecho abrazo, e inundados sus ojos
-en lágrimas de alegría. No podía ser mayor su satisfacción, viéndose
-objeto de un amor que arrostraba por ella la divina cólera o la muerte;
-y en recompensa (porque a complacencia tal era lo que correspondía)
-presentó con pródiga mano a Adán los apetitosos frutos pendientes de
-su rama, que él no tuvo escrúpulo en comer contra lo que su razón
-le sugería, porque no obraba ofuscado, sino seducido por una mujer
-encantadora.
-
-La tierra temblaba en tanto, alterada hasta en sus más profundos senos,
-como acometida de un nuevo vértigo, y la Naturaleza prorrumpió en un
-segundo gemido. Oscureciose el firmamento; rugió sordamente el trueno,
-y el cielo vertió algunas tristes lágrimas al consumarse aquel pecado
-que en su origen llevaba ya la muerte; mas nada de esto advirtió Adán,
-embebecido en saborear el funesto fruto. Ni Eva temió reincidir en su
-atrevimiento, doblemente animada por la complicidad de su compañero;
-así que embriagados ambos como con un vino nuevo, se entregaron al más
-frenético regocijo, imaginándose sentir ya en sus pechos el aliento
-de la divinidad, que los levantaba sobre la despreciable tierra. Pero
-aquel fruto engañoso comenzó a despertar en ellos por vez primera
-otros afectos, encendiéndolos en lúbricos deseos: Adán miró a Eva con
-lascivos ojos; ella le correspondió con voluptuoso agrado, y en ambos
-prendió el fuego de la lujuria. Él empezó a provocarla así:
-
-«Ahora descubro, Eva, de cuán delicado gusto, de qué gentileza
-estás dotada, que no es pequeña parte de la sabiduría, pues ahora
-distinguimos de sabores, y tenemos un buen juez en el paladar. Pero a
-ti es debida toda la gloria que me has proporcionado en semejante día.
-¡Oh! ¡qué de placeres hemos perdido, absteniéndonos de este delicioso
-fruto! Hasta hoy no sabíamos lo que es verdadero gusto; y si tal
-deleite tienen en sí las cosas que se nos prohíben, debiéramos desear
-que la prohibición se extendiera a diez árboles en vez de uno. Ven,
-pues; gocemos, ya que es nuestro tanto bien, del inefable placer que
-este nuevo alimento nos promete. Jamás, desde que te vi por primera
-vez y me desposé contigo, me ha parecido tu hermosura ornada de tanto
-encanto, ni he sentido deseos tan vehementes de gozar de tu belleza,
-que me enamora como nunca: influencia sin duda de la virtud de ese
-árbol.»
-
-Añadió a estas palabras acciones y miradas que indicaban la impaciencia
-de su amor. No era menor la de Eva, cuyos ojos despedían el fuego que
-la devoraba. Asiola él de la mano, y sin resistencia alguna la condujo
-a un verde ribazo cubierto por una espesa enramada que daba sombra
-a un lecho de flores, pensamientos, violetas, gamones y jacintos, el
-más fresco y muelle regazo de la tierra. Apuraron allí sin tasa sus
-amorosas ansias y delicias, sellando su mutuo crimen y desquitándose
-de su pecado, hasta que vencidos por el estupor del sueño, hubieron de
-renunciar a sus voluptuosos goces.
-
-Luego que fue perdiendo aquel falso fruto la virtud con que sus suaves
-y penetrantes aromas habían embriagado sus espíritus y pervertido
-sus más íntimas facultades, desvaneciéndose el impuro letargo de un
-sueño que les había representado al vivo la enormidad de su falta,
-se levantaron desasosegados, se miraron uno a otro, y vieron cuán
-distinto se ofrecía todo a sus ojos, y cuán oscura niebla cubría sus
-corazones. Había huido de ellos la inocencia, que los preservaba del
-conocimiento del mal, ocultándoselo como con un velo; la confianza
-sincera, la rectitud natural y el honor, lejos ya de su lado, dejaban
-expuesta su desnudez a la criminal vergüenza que los cubría; pero
-al que la vergüenza cubre con su máscara, le descubre más. Como el
-valeroso Danita[99], el hercúleo Sansón, que al desasirse de los
-torpes brazos de la filistea Dalila, despertó ya privado de su fuerza,
-volvieron ellos en sí destituidos de todas sus virtudes; y confusos y
-silenciosos, permanecieron sentados, contemplándose largo tiempo, sin
-atreverse a proferir palabra; hasta que Adán, aunque tan abatido como
-Eva, prorrumpió al fin en sentidas quejas, diciendo:
-
-«¡Oh Eva! ¡En mal hora diste oídos a aquel falso reptil, que nunca
-hubiera aprendido a remedar la voz humana! Veraz habría sido en
-pronosticar nuestra desgracia, no en prometernos una mentida elevación,
-porque si se han abierto nuestros ojos, y sabemos discernir ya lo bueno
-de lo malo, hemos perdido el bien, y solo nos queda el mal. ¡Funesto
-fruto de la ciencia, si consiste en conocer esto, en dejarnos así
-desnudos, privados de nuestro honor, de la inocencia, de la fe y de la
-pureza, que eran nuestro mejor ornato, ahora manchadas y envilecidas!
-En nuestros rostros aparecen evidentes las huellas de la insensata
-concupiscencia, origen de nuestros males y nuestra vergüenza, que es el
-mayor de todos; que en cuanto a la pérdida del bien, no debe quedarte
-la menor duda. Y ¿cómo osaré yo ahora ponerme en presencia de Dios o
-de los ángeles, a quienes veía antes con tanto júbilo y enajenamiento?
-Sus celestiales figuras anonadarán con su irresistible esplendor esta
-materia terrestre. ¡Oh! ¡Si pudiera ocultar mi salvaje existencia en
-la soledad, en el más oscuro rincón, al abrigo de árboles gigantescos,
-impenetrables a la luz del sol y de los astros, y entre las tinieblas
-de una oscuridad más profunda que la de la noche! ¡Encubridme vosotros,
-pinos; tapadme ¡oh cedros! con vuestras innumerables ramas, donde
-jamás vuelva a ser visto! Pero, no: en tan miserable estado, pensemos
-qué arbitrio será el mejor por de pronto para ocultar uno a los ojos
-de otro lo que nos causa mayor vergüenza, lo que más repugnante es a
-nuestra vista. Busquemos un árbol cuyas anchas y flexibles hojas unidas
-entre sí y rodeadas a nuestra cintura, nos preserven de esta vergüenza,
-que en lo sucesivo ha de acompañarnos siempre, para que no nos dé
-continuamente en rostro con nuestra impureza.»
-
-[Ilustración: Y no solo acudieron las lágrimas a sus ojos...]
-
-Y practicando el consejo, internáronse ambos en lo más espeso del
-bosque, y eligieron al efecto la higuera; mas no la que nosotros
-apreciamos con este nombre y por su celebrado fruto, sino la conocida
-hoy entre los indios, en la costa de Malabar, o en el Decán, de ramas
-tan anchas y dilatadas, que colgando hasta el suelo y prendiendo en él,
-como hijas que crecen alrededor de su madre, forman pilares, bóvedas
-y muros, dentro de los cuales resuena el eco; donde el pastor indio,
-huyendo del sol, busca la fresca sombra, y por entre los claros del
-ramaje vigila a su ganado mientras está pastando[100].
-
-Cogieron aquellas hojas, anchas como el escudo de una amazona, y con
-el arte que ya sabían, las juntaron y ciñeron a sus riñones: inútil
-precaución, si así querían ocultar su crimen y librarse de la vergüenza
-que los acosaba. ¡Oh! ¡cuán menguado reparo, en comparación de su
-primitiva y gloriosa desnudez! Tales halló en los últimos tiempos Colón
-a los americanos, cubiertos con una faja de plumas, desnudo lo restante
-del cuerpo, y viviendo como salvajes en sus islas y entre los bosques
-de sus playas.
-
-Así disfrazados, y creyendo encubrir así parte de su vergüenza, mas
-no por eso más tranquilos ni consolados interiormente, se sentaron
-para desahogarse en llanto; y no solo acudieron las lágrimas a sus
-ojos, sino que se desencadenó una tempestad furiosa en el fondo de sus
-corazones; lucha de violentos afectos, de ira, odios, desconfianzas,
-sospechas y discordias, todos perturbando a la vez lo más íntimo de sus
-ánimos, en otro tiempo morada pacífica y apacible, y al presente llena
-de agitaciones y sobresalto. No les servía ya de guía la inteligencia,
-ni la voluntad se prestaba a sus persuasiones; eran esclavos del
-apetito sensual, que usurpándoles, a pesar de su inferioridad, la
-soberanía de la razón, se alzaba con su dominio. En este estado de
-excitación, torva la mirada y temblorosa la voz, dirigió de nuevo Adán
-la palabra a Eva:
-
-«¡Oh! ¡Si hubieras dado oído a mis palabras, y permanecido a mi lado
-como te lo rogué, en la infausta hora que te asaltó el necio afán de
-vagar por esos campos, sugerido no sé por quién! Éramos hasta entonces
-dichosos; no nos veíamos, como ahora, imposibilitados de todo bien,
-infamados, desnudos, miserables... Que de hoy más nadie pretenda con
-frívolos pretextos poner a prueba su fidelidad: quien con tal empeño
-solicita verse en semejante trance, muy expuesto está a perecer en él.»
-
-Y sentida Eva de esta reconvención, le replicó: «¿Qué severidad de
-lenguaje estás empleando, Adán? ¿A mi insensatez, o al capricho de
-vagar por esos campos, como dices, atribuyes nuestro infortunio? ¿Quién
-sabe lo que hubiera acontecido aun estando tú presente, y lo que
-hubieras tú mismo hecho? Aquí, de igual suerte que allí, no hubieras
-sospechado la falacia de la Serpiente, al oírla hablar como hablaba,
-mucho más no mediando entre nosotros y ella motivo alguno de enemistad,
-ni temor de que quisiese hacerme mal, o idease cómo perdernos. ¡Que
-no debía separarme de tu lado! ¡Bueno sería yacer siempre inerte
-como una costilla inanimada! Siendo así, ¿por qué tú, que eres mi
-superior, no me prohibiste terminantemente el alejarme, dado que me
-exponía al riesgo que encareces tanto? Lejos de contrariarme, no
-opusiste dificultad; no lo permitiste y lo aprobaste, despidiéndote
-de mí cariñosamente. Si te hubieras mantenido firme y resuelto en tu
-negativa, ni yo hubiera faltado a mi deber, ni tú ahora serias mi
-cómplice.»
-
-Adán, irritado por vez primera: «¡Eva ingrata! exclamó: ¿Este es tu
-amor? ¿Así correspondes al mío, que has visto inalterable cuando tú
-estabas perdida, y yo a salvo aún? ¿No he podido yo vivir y gozar de
-inmortal ventura, sin arrostrar contigo la muerte voluntariamente? ¿Y
-me acusas de ser la causa de tu culpa, y crees que no fui bastante
-severo en lo que te permití? ¿Qué más podía yo hacer? Te advertí, te
-aconsejé, te predije el riesgo a que te exponías, y que un enemigo
-oculto estaba acechando para tender sus lazos. Llevar más allá mi celo,
-hubiera sido violentarte, y emplear la violencia contra el que es
-libre, es un proceder indigno. La confianza es la que te ha cegado,
-la seguridad que abrigabas o de que no corrías peligro alguno, o de
-que saldrías triunfante de cualquier empeño. Acaso yo erré también
-cuando admirando más de lo justo lo que me parecía en ti tan perfecto,
-imaginé que ningún mal se atrevería a llegar hasta ti. Bien pago mi
-error ahora, que se ha convertido en crimen. ¿Y tú eres mi acusadora?
-Este castigo merece quien por confiar demasiado en la excelencia de
-la mujer, la deja ejercer imperio; que contrariada, romperá el freno,
-y entregada a su albedrío, cuando algún daño le sobrevenga, su primer
-impulso será acusar al hombro de débil e indulgente.»
-
-Así pasaban infructuosamente el tiempo en mutuas reconvenciones;
-ninguno de los dos se culpaba a sí propio, pareciendo interminables sus
-estériles altercados.
-
-
-
-
-LIBRO DÉCIMO
-
-
-ARGUMENTO
-
- Sabida la desobediencia del Hombre, abandonan los ángeles custodios
- el Paraíso, y vuelven al cielo para justificar su vigilancia, de la
- cual se muestra Dios satisfecho, declarando que no han podido evitar
- la entrada de Satanás en aquel lugar. Envía en seguida a su Hijo
- para que juzgue a los culpables, el cual lo verifica, y pronuncia
- la debida sentencia. Compadecido de ellos, cubre su desnudez, y
- asciende de nuevo al cielo. El Pecado y la Muerte, que hasta entonces
- habían permanecido a la puerta del infierno, presintiendo por una
- maravillosa simpatía el triunfo de Satanás en aquel mundo nuevo,
- y el pecado cometido por el Hombre, resuelven no estar más tiempo
- confinados en aquel lugar, sino seguir a Satanás, su señor, a la
- morada del Hombre; y para facilitar el tránsito desde el infierno al
- mundo, abren un ancho camino o un elevado puente sobre el Caos, según
- el designio primeramente concebido por Satanás; y cuando se disponen
- a dirigirse a la tierra, se encuentran con él, que envanecido de su
- triunfo, vuelve al infierno. Congratúlanse mutuamente. Llega Satanás
- al Pandemonio, y en plena asamblea refiere pomposamente el triunfo
- que ha conseguido sobre el Hombre; pero en vez de aplausos, oye
- solo un silbido universal de su auditorio, convertido como él en
- serpientes, conforme a la sentencia dada en el Paraíso. Engañados
- por la apariencia del árbol prohibido que se ofrece a su vista,
- quieren todos ellos probar el fruto, y no comen más que polvo y
- amarga ceniza. Resolución que forman el Pecado y la Muerte. Dios
- predice la completa victoria de su Hijo, y la regeneración de todas
- las cosas, pero ordena a sus ángeles que hagan algunas alteraciones
- en los cielos y en los elementos. Convencido Adán cada vez más de su
- degradada condición, se lamenta tristemente, y rechaza los consuelos
- de Eva; mas ella insiste, y por fin logra tranquilizarle. Creyendo
- evitar la maldición que ha de caer sobre su posteridad, propone
- varios medios violentos que desaprueba Adán, porque esperando en la
- promesa que se les había hecho de que la raza humana se vengaría
- de la Serpiente, la exhorta a intentar por medio de la oración y
- el arrepentimiento la reconciliación con el Señor tan justamente
- ofendido.
-
-Súpose al punto en el cielo el acto de odio y desesperación consumado
-por Satán en el Paraíso, y cómo, disfrazado de serpiente, había
-seducido a Eva, y esta a su marido, para comer el funesto fruto, pues
-¿qué cosa puede ocultarse a la vigilancia de Dios, que lo ve todo,
-ni engañar su previsión, que a todo alcanza? Sabio y justo el Señor
-en cuanto dispone, no había impedido a Satán que tentase el ánimo
-del Hombre, a quien dotó de suficiente fuerza y entera libertad para
-descubrir y rechazar las astucias de un enemigo o de un falso amigo.
-Que bien conocían nuestros primeros padres, y no debieron olvidar
-jamás, la suprema prohibición de no tocar a aquel fruto, por más que a
-ello les incitaran, pues por desobedecer este mandato, incurrieron en
-tal pena (¿qué menor podían esperarla?); y su crimen, por suponer otros
-varios, bien merecía tan triste suerte.
-
-Silenciosos y compadecidos del Hombre, se apresuraron a ascender desde
-el Paraíso al Cielo los ángeles custodios. De aquel suceso colegían
-lo desventurado que iba a ser, y se maravillaban de la sutileza de un
-enemigo que así les había ocultado sus furtivos pasos.
-
-Luego que tan funestas nuevas llegaron a las puertas del cielo desde
-la tierra, contristaron a cuantos las oyeron. Pintose esta vez en
-los semblantes celestiales cierta sombría tristeza, que, mezclada
-con un sentimiento de piedad, no bastaba, sin embargo, a turbar su
-bienaventuranza. Rodearon los etéreos moradores a los recién llegados
-en innumerable multitud, para oír y saber todo lo acaecido: y ellos
-se dirigieron al punto hacia el supremo trono, como responsables del
-hecho, a fin de alegar justos descargos en favor de su extremada
-vigilancia, que fácilmente podían probar; cuando el omnipotente y
-eterno Padre, desde lo interior de su misteriosa nube, y entre truenos,
-hizo así resonar su voz:
-
-«Ángeles aquí reunidos, y vosotros, Potestades que volvéis de vuestra
-infructuosa misión, no os aflijáis ni turbéis por esas novedades
-de la tierra, que aun con el más sincero celo, no habéis podido
-precaver: ya os predije no ha mucho tiempo lo que acaba de suceder,
-cuando por primera vez, salido del infierno, el Tentador atravesó el
-abismo. Entonces os anuncié que prevalecerían sus intentos; que en
-breve realizaría su odiosa empresa; que el Hombre sería seducido y se
-perdería, dando oídos a la lisonja, y crédito a la impostura contra su
-Hacedor. Ninguno de mis decretos han concurrido a la necesidad de su
-caída; no he comunicado el más leve impulso al albedrío de su voluntad,
-que siempre he dejado libre y puesta en el fiel de su balanza. Pero
-al fin ha caído. ¿Qué resta hacer más que dictar la mortal sentencia
-que su transgresión merece, la muerte a que queda sujeto desde este
-día? Presume que la amenaza será vana e ilusoria, porque no ha sentido
-ya el golpe inmediatamente como temía; pero en breve verá que el
-aplazamiento no es perdón, lo cual experimentará hoy mismo. No ha de
-quedar burlada mi justicia, como lo ha quedado mi bondad. Pero ¿a quién
-enviaré por juez? ¿A quién, sino a ti, Hijo mío, que en mi lugar riges
-el universo, a ti que ejerces, trasmitido por mí, todo juicio en los
-cielos, en la tierra y en los infiernos? Con esto se persuadirán de que
-procuro conciliar la misericordia con la justicia al enviarte a ti,
-amigo del Hombre, mediador suyo, designado para servirle de rescate y
-ser voluntariamente su Redentor, como estás destinado a convertirte en
-hombre y a ser juez de su humillación.»
-
-Así habló el Padre; e inclinando a la derecha el esplendor de su
-gloria, inundó al Hijo con los rayos de su clara divinidad. Él reflejó
-toda la refulgente majestad de su Padre y respondió con inefable
-dulzura de este modo:
-
-«Eterno Padre: tuyo es el mandato, mío el obedecer tu suprema voluntad
-en el cielo como en la tierra, porque tú te complaces en mí, que soy
-siempre tu Hijo por extremo amado. Voy a juzgar en la tierra a los que
-te han desobedecido; pero tú sabes que cualquiera que sea la sentencia,
-sobre mí recaerá el mayor castigo cuando se hayan cumplido los tiempos;
-que ante ti me impuse este sacrificio, y no estoy arrepentido de él,
-porque así tendré el derecho de mitigar la pena, que ha de refluir en
-mí. Templaré de tal modo la justicia con la misericordia, que realzadas
-así una y otra, ambas queden satisfechas, y tú desagraviado. Y no
-he menester para esto de séquito ni aparato alguno: en este juicio
-solo han de intervenir el juez y los dos culpables; el tercero está
-condenado por ausente con más rigor; está convicto de su crimen y de
-su rebeldía a todas las leyes; que en la serpiente no ha podido obrar
-convicción alguna.»
-
-Pronunciadas estas palabras, se levantó de su radiante trono, con todo
-el esplendor de su gloria colateral, y rodeándole los Tronos, las
-Potestades, los Principados y las Dominaciones, le acompañaron hasta
-las celestiales puertas, desde donde se descubre la perspectiva del
-Edén y de sus confines todos. Rápidamente hizo su descenso, que no hay
-tiempo que mida la velocidad de los dioses, por más que vuele en alas
-de los más raudos minutos. Inclinándose a su ocaso, alejábase ya el sol
-del mediodía, y esparcíanse por la tierra a su hora acostumbrada los
-blandos céfiros, anunciando la proximidad de la húmeda noche; cuando
-más tranquilo aún, en medio de su indignación, se acercaba el que como
-juez e intercesor a un tiempo iba a sentenciar al Hombre. Oyeron los
-culpables la voz de Dios, que al declinar de la tarde resonaba por el
-Paraíso llevada a sus oídos por el hálito de los vientos; oyéronla, y
-Hombre y Mujer huyeron de su presencia, ocultándose entre los árboles
-más sombríos; pero Dios se acercó, y llamó en alta voz a Adán.
-
-«¿Dónde estás Adán, que no vienes alegre, como acostumbrabas a
-recibirme así que me veías de lejos? Me disgusta que te ausentes de
-aquí, y que te entretengas en la soledad, cuando un solícito deber te
-hacía presentarte antes sin ser buscado. ¿Vengo Yo con menos esplendor?
-¿Qué novedad te tiene ausente? ¿Qué causa tu detención? Ven al punto.»
-
-[Ilustración: Oyeron los culpables la voz de Dios, y hombre y mujer
-huyeron...]
-
-Presentose, y Eva con él, pero más medrosa, a pesar de haber delinquido
-primero, y ambos confusos y desconcertados. No brillaba ya en sus
-miradas el amor ni para con Dios, ni el del uno al otro; no se revelaba
-en sus semblantes sino el crimen, la vergüenza, la turbación, el
-despecho, la ira, la obstinación, el odio y la hipocresía. Pero al fin,
-después de muchas vacilaciones, respondió Adán:
-
-«Os vi en el jardín, pero atemorizado a vuestra voz, como estaba
-desnudo, me oculté.»
-
-Y el divino Juez, sin reconvenirle, contestó: «Pues muchas veces has
-oído mi voz, que no te infundía temor, antes bien te regocijaba. ¿Cómo
-es que ahora te causa espanto? ¡Que estás desnudo! Y ¿quién te lo ha
-hecho advertir? ¿Has comido acaso el fruto del árbol que te prohibí
-gustases?»
-
-A lo que, acosado de remordimientos, replicó Adán: «¡Oh cielo! ¡En qué
-trance tan penoso me veo hoy ante mi Juez! O echo sobre mí todo el
-delito, o tengo que acusar a la que es como yo mismo, a la compañera
-de mi existencia, cuya falta, dado que no ha querido ofenderme a mí,
-debiera yo encubrir, y no dar lugar con mis quejas a su castigo. Pero
-no puedo menos de sucumbir a la dura necesidad, a un imperioso deber,
-para que no recaigan en mí el pecado y la pena a un tiempo, que para
-mí solo, serían insoportables. Ni ¿de qué me serviría obrar de otro
-modo, si está patente a tus ojos cuanto tratara yo de ocultarte? Esta
-mujer, a quien tú creaste para descanso mío, que me concediste como el
-más completo de tus dones, tan buena, tan hermosa, tan encantadora, tan
-divina, de quien yo no recelaba mal alguno, que en cuanto hacía parecía
-llevar la justificación de su proceder, me dio a comer del fruto
-vedado, y comí.»
-
-Y el Supremo Señor repuso: «¿Era tu Dios, para que así la obedecieses
-antes que a mí? ¿Fue creada para ser tu guía, ni superior, ni aún igual
-a ti, que así has abdicado en ella de tu dignidad de hombre, y de la
-superioridad que respecto a ella debías tener? De ti la formó Dios y
-para ti, que realmente la aventajas en todo género de excelencias y
-perfecciones; porque si bien está adornada de belleza y encantos que la
-hacen amable y digna de tu amor, no por eso había de avasallarte; que
-sus cualidades son para obedecer, no para ejercer el mando. Este a ti
-te correspondía, si tú hubieras sabido conducirte.»
-
-Y en seguida se volvió a Eva solo para preguntarla: «Y tú, dime, mujer,
-¿qué has hecho?»
-
-Anonadada por la vergüenza, sin poder ocultar su crimen, y no
-atreviéndose a hablar apenas delante de su Juez, llena de confusión,
-respondió Eva: «Me engañó la serpiente, me engañó, y comí.»
-
-Lo cual oído por el Señor, procedió sin más dilación a sentenciar a
-la serpiente a quien se acusaba, bien que fuese un bruto, incapaz
-de achacar el crimen a quien le había hecho instrumento de él, e
-infamádole apartándole del fin de su creación; de manera que con razón
-fue maldito, como pervertido en su naturaleza. No le importaba entonces
-saber más al Hombre, ni supo más, porque esto no aminoraba su delito;
-y así Dios fulminó su sentencia contra Satán, el primero que había
-delinquido, aunque en términos misteriosos, que juzgó ser los que
-convenían, haciendo recaer su maldición sobre la serpiente: «Pues tal
-maldad has cometido, maldita seas entre todos los animales que pueblan
-la tierra. Caminarás arrastrando sobre tu vientre; comerás polvo todos
-los días de tu vida. Interpondré la enemistad entre ti y la mujer,
-entre su generación y la tuya. Su planta quebrantará tu cabeza, y tú
-morderás su planta.»
-
-Así habló el oráculo, y así se verificó cuando Jesús, hijo de María,
-segunda Eva, vio a Satán, príncipe del aire, caer del cielo, como un
-relámpago; y cuando levantándose de su sepulcro, despojó de su poder
-a aquellos principados y potestades, y triunfó de ellos con excelsa
-pompa; y luego en su ascensión brillante, llevose cautivo por los aires
-el cautiverio, el imperio mismo de Satán, usurpado por tanto tiempo;
-de Satán, a quien por fin pondrá bajo nuestros pies el que aquel día
-predijo su fatal quebranto.
-
-Y dirigiéndose a la Mujer, pronunció así su sentencia: «Yo multiplicaré
-tus angustias cuando conciba tu seno, y parirás tus hijos entre
-dolores, y quedarás sometida a la voluntad de tu marido, y él te
-dominará.»
-
-Y últimamente condenó a Adán en estos términos: «Por haber escuchado
-las palabras de tu mujer, y comido del árbol que te había vedado,
-diciendo: “De ese árbol no comerás”, la tierra será maldita a causa de
-tu pecado; sacarás tu alimento de ella con penoso afán durante tu vida;
-te producirá por sí cardos y espinas; comerás yerbas de los campos, y
-ganarás el pan con el sudor de tu rostro, hasta que vuelvas al seno de
-la tierra de que has de saber saliste; porque polvo eres, y en polvo te
-volverás.»
-
-Así juzgó Dios al Hombre, siendo a la vez su Juez y su Salvador, y en
-aquel instante apartó de él el golpe mortal que en el mismo día le
-amenazaba; y viéndole desnudo, expuesto a la inclemencia del aire,
-que había de sufrir grandes alteraciones, se compadeció de él, y no se
-desdeñó de hacer desde entonces oficios de sirviente suyo, como cuando
-lavó los pies de los que le servían; y desde luego, con el amor de
-un padre de familia, cubrió su desnudez con pieles de animales, unos
-muertos, otros que, como la culebra, se despojaban de la suya por otra
-nueva. No se desdeñó tampoco de vestir a sus enemigos; que no solo
-cubrió de pieles su desnudez exterior, sino que echó sobre la interior,
-aún más ignominiosa, el manto de su justicia, defendiéndolos de las
-miradas de su Padre. Y con rápida ascensión volvió a su bendito seno, y
-a la plenitud de su gloria, como estaba antes, y refiriole cuanto había
-pasado con el Hombre, aunque su Padre nada ignoraba, y aplacó su cólera
-por medio de su amorosa intercesión.
-
-Entre tanto, y cuando en la tierra no se había delinquido aún, ni
-pronunciádose la terrible sentencia, estaban sentados el Pecado y la
-Muerte dentro de las puertas del infierno, y uno frontero a otro.
-Hallábanse abiertas las puertas, y de lo interior salían llamas
-devoradoras que se extendían por el Caos. Habíalas franqueado el Pecado
-para dar paso a Satán; y ahora decía a la Muerte:
-
-«¿Qué hacemos aquí, hija mía, ociosos y contemplándonos uno a otro,
-mientras Satán, nuestro gran autor, triunfa en otros mundos y nos
-procura mansión más venturosa para nosotros, querido linaje suyo?
-Ni es posible que haya dejado de salir airoso de su empresa, pues
-de otra suerte, ya hubiera vuelto aquí acosado por el furor de su
-perseguidores, porque ningún sitio más a propósito que este para su
-castigo ni para vengarse de él. Yo siento en mí una nueva fuerza, como
-si me nacieran alas, y que me esperan dominios más extensos fuera de
-estos abismos; siéntome atraído, sea por simpatía, sea por cierta
-fuerza connatural, poderosa para unir entre sí a larga distancia con
-secretos vínculos y por las más ignoradas vías, cosas que se asemejan.
-Tú, sombra inseparable mía, debes seguirme, porque no hay poder que
-pueda divorciar a la Muerte del Pecado; y por si la dificultad de
-salvar este ciego e insondable abismo entorpece el regreso de nuestro
-padre, acometamos una atrevida empresa, que no es superior a tu fuerza
-ni a la mía; echemos un puente desde el infierno a ese nuevo mundo
-en que impera Satán ahora: monumento que nos granjeará alto concepto
-entre toda la infernal hueste, pues facilitará su salida de aquí en sus
-marchas y transmigraciones, donde quiera que la suerte los encamine. Ni
-puedo yo equivocarme en el plan que trace, dado que tan certera es la
-atracción, el instinto que me dirige.»
-
-A lo que contestó el descarnado Esqueleto: «Ve adonde el Hado y tu
-irresistible impulsión te lleven; yo no he de quedarme atrás ni errar
-el camino, teniéndote a ti por guía. ¡Qué olor a carne y a innumerables
-víctimas percibo! ¡Cómo saboreo ya el gusto de muerte, que exhala
-cuanto en ese mundo vive! No dejaré de ayudar al intento que te
-propones; cuenta con mi cooperación.»
-
-Y al decir esto, aspiraba con deleite el olor de la mortal
-descomposición que se efectuaba en la tierra. Como cuando una bandada
-de carnívoras aves acuden afanosas desde larguísimas distancias la
-víspera de un combate al campo en que se establecen dos ejércitos
-enemigos, llevadas por el olor de los cadáveres vivientes que una
-sangrienta batalla ha de entregar a la muerte el siguiente día; así el
-repugnante monstruo venteaba su presa, alzando la cóncava nariz para
-llenarla de infestado aire y olfatear desde más lejos. Atravesando las
-puertas del infierno, lanzáronse ambos en la inmensidad y confusión
-del sombrío Caos, siguiendo distintas direcciones; y haciendo uso de
-su poder, que era muy grande, se posaron sobre las aguas y juntaron en
-una masa cuanto en ellas había de sólido o glutinoso, revolviéndolo
-hacia arriba y hacia abajo, como en proceloso mar, cada cual por su
-lado, hasta arrojarlo junto a la boca del infierno: no de otro modo
-que dos vientos polares, cayendo encontrados sobre el mar Cronio,[101]
-aglomeran las montañas de hielo que forman hacia el oriente y más allá
-de Petzora[102] el camino que debe conducir a las opulentas costas del
-Catay[103].
-
-Valiéndose la Muerte de su pesada, dura y fría maza, como de un
-tridente, golpeó la amontonada tierra, dejándola tan firme como la
-isla de Delos[104], flotante en otro tiempo, y endureció la materia
-restante con su mirada, cual si tuviese la propiedad de la de la
-Gorgona. Trabaron con betún del Asfaltite la ya trazada vía, ancha como
-las puertas y profunda como los cimientos del infierno; y levantando
-sobre el espumoso abismo, en figura de elevados arcos una inmensa
-mole, fabricaron un puente de prodigiosa longitud, que se apoyaba en
-la inmóvil muralla de este mundo, abierto y entregado ya a la muerte,
-y que daba paso ancho, llano, fácil y seguro a los abismos infernales.
-Si las cosas grandes pueden compararse con las pequeñas, así Jerjes
-salió de Susa con ánimo de subyugar la Grecia, y desde el palacio
-de Memnón se encaminó al mar, y echando un puente sobre el Helesponto,
-juntó a Europa con el Asia, y azotó con repetidos golpes las indignadas
-olas[105].
-
-[Ilustración: Volvió al sitio en que los dos cónyuges discurrían sobre
-su suerte.]
-
-Prosiguieron, pues, la fábrica de su puente con maravilloso arte[106],
-extendiendo una larga cadena de rocas sobre el perturbado abismo, y
-siguiendo la huella de Satán, hasta el punto mismo en que, parando su
-vuelo, se vio libre del Caos y puso su planta en la árida superficie
-de este mundo esférico; y con diamantinos clavos y cadenas aseguraron
-(¡oh funesta seguridad!) su perdurable obra. Y divididos por breve
-trecho, vieron los confines del Cielo Empíreo y de este mundo, dejando
-a la izquierda el infierno separado por su anchuroso abismo, con los
-diferentes caminos que guiaban a cada una de aquellas tres regiones.
-Tomaron sin vacilar el de la tierra, y dirigieron sus primeros pasos al
-Paraíso.
-
-En breve descubrieron a Satán bajo la forma de un luminoso ángel, que
-se remontaba al zénit entre el Centauro y el Escorpión, mientras el
-Sol se levantaba en Aries. Iba así disfrazado, mas no bastaba disfraz
-alguno para que los hijos desconociesen a su padre. Después de haber
-seducido a Eva, se alejó, sin ser percibido, por el bosque; cambió
-de figura para mejor observar los efectos de su crimen; vio que Eva
-insistía en él, y que, aunque exenta de malicia, había logrado lo
-mismo de su esposo; observó la vergüenza que les obligaba a cubrirse
-de un velo inútil; pero al descender el Hijo de Dios a juzgarlos,
-huyó aterrado, no porque esperase librarse del castigo, sino para
-diferirlo algún tiempo más. Temía el malvado el que desde luego pudiera
-imponerle la divina cólera; mas no sucediendo así, volvió por la noche
-al sitio en que sentados los desventurados cónyuges discurrían sobre
-su triste suerte. A vueltas de sus quejas, oyó su propia sentencia,
-y al saber que no se ejecutaría inmediatamente, sino pasado algún
-tiempo, voló henchido de júbilo al infierno con aquellas nuevas. Al
-llegar a la entrada del Caos, junto al extremo del nuevo y admirable
-puente, encontró de improviso a sus amados hijos, que le buscaban,
-y los recibió con grande alegría, la cual se acrecentó al ver la
-estupenda fábrica. Largo rato le duró el asombro, hasta que su digno y
-encantador hijo, el Pecado, rompió el silencio en estos términos:
-
-«¡Oh Padre! Tuya es esta magnífica obra, tuyo este trofeo, que
-contemplas cual si no se te debiese a ti. Tú eres su autor, su primer
-arquitecto; porque no bien adivinó mi corazón (que por una secreta
-armonía se mueve a compás del tuyo, como unidos ambos en íntimo
-consorcio) no bien adivinó que habías triunfado en la tierra, de lo
-cual me dan ahora tus ojos evidente indicio, cuando, a pesar de los
-mundos que nos separaban, me sentí atraído hacia ti, juntamente con
-esta, hija tuya también, que tal es la fatal unión en que los tres
-vivimos. No podía ya el infierno tenernos más tiempo sujetos en su
-recinto, ni su lóbrego e intransitable seno impedirnos que siguiésemos
-tus gloriosas huellas. De cautivos que hasta ahora hemos estado en lo
-interior del Orco, nos has sacado a la libertad, y dádonos fuerza para
-llegar hasta aquí y echar sobre el tenebroso abismo este enorme puente.
-Todo este mundo es ya tuyo. Tu valor ha conseguido lo que tus manos no
-habían logrado ejecutar, y tu previsión ganado con creces cuanto con la
-guerra habías perdido. Ya estás vengado del desastre que en el cielo
-experimentamos. Aquí reinas ya como monarca; que allí no podías serlo.
-Que domine el otro donde la victoria le concedió su imperio, mas que
-renuncie a este mundo, de que su propia sentencia le ha desposeído,
-y que de hoy más entre contigo a la parte en la universal soberanía,
-cuyos límites los formará el Empíreo, siendo ahora suyo el mundo
-cuadrado, y el mundo circular tuyo[107]. Que se atreva ahora contigo,
-que tan peligroso eres para su trono.»
-
-A lo que placentero repuso el príncipe de las tinieblas: «Hija
-querida, y tú, que eres a la vez hijo y nieto mío: bien demostráis
-ahora que sois de la estirpe de Satán, nombre de que me glorío, por
-ser el antagonista del Omnipotente Rey de los Cielos; bien merecéis
-mi gratitud y la del infierno todo, pues con triunfador empeño habéis
-erigido este monumento triunfal cabe las puertas del mismo cielo,
-y hecho mía vuestra gloriosa empresa. Habéis convertido el cielo
-y este mundo en un solo imperio, en un imperio y un continente de
-fácil comunicación; y así, mientras que a través de las tinieblas y
-a favor del nuevo camino que habéis abierto, desciendo a dar cuenta
-a los campeones que siguen mis banderas de todos estos triunfos y a
-celebrarlos en su compañía, cruzad vosotros esos innumerables orbes,
-vuestros ya todos, y encaminaos al Paraíso. Fijad en él vuestra
-mansión, vuestro venturoso reino; ejerced vuestro dominio sobre la
-tierra, sobre los aires, y especialmente sobre el Hombre, único señor
-de tan vasto imperio. Hacedle desde luego vuestro esclavo, hasta que
-por fin acabéis con su existencia. Yo delego en vosotros mis poderes, y
-os nombro mis representantes en la tierra con toda la autoridad que de
-mí procede. De vuestras fuerzas ahora unidas depende la conservación de
-este nuevo imperio, que gracias a mí, el Pecado entrega a la Muerte. Si
-juntos lográis vencer, ningún detrimento en su bien tendrá ya que temer
-el infierno. Id, pues, y desplegad todo vuestro poder.»
-
-Despidiolos así; y ellos, atravesando velozmente la región de los
-astros, fueron por todas partes derramando su veneno. Emponzoñadas
-las estrellas, perdieron su lucidez, y hasta los planetas se vieron
-totalmente eclipsados. Satán, que tomó otro rumbo, se dirigió por
-la nueva vía a las puertas del infierno. Gemía el Caos sintiéndose
-aprisionado y hendido por uno y otro lado, y al rebotar de sus olas,
-golpeaba la maciza fábrica, en la que no hacían mella alguna sus
-furores. Entró en su retiro el príncipe de las tinieblas, hallando
-las puertas de par en par, sin nadie que las guardase, y todo en la
-más tétrica soledad, porque los que estaban allí para custodiarlas,
-abandonando su puesto, habían levantado su vuelo a más alta esfera,
-y los demás retirádose al interior, al abrigo de los muros del
-Pandemonio, ciudad y magnífica residencia de Lucifer, que así se
-llamaba aludiendo a la brillante estrella comparable con Satanás.
-Vigilaban allí en continua guardia las legiones, mientras los próceres
-celebraban un consejo ansiosos de saber qué causa podría diferir el
-regreso de su soberano; por lo demás, observaban fielmente las órdenes
-que al partir les había dictado. A la manera que el Tártaro se retira
-de Astracán[108] a sus nevadas llanuras, huyendo de los rusos, sus
-enemigos, o que el Sofí bactriano[109] retrocede ante la enseña de
-la turquesca media luna, llevando la devastación hasta más allá del
-reino de Aladule[110] y se refugia en la ciudad de Tauris o en la
-de Casbin[111]; veíanse las huestes recién lanzadas del cielo dejar
-desiertas las inmensas regiones que forman los límites infernales,
-y acogerse con cuidadosa vigilancia a los muros de su metrópolis,
-aguardando de hora en hora a su aventurero caudillo, que había partido
-en busca de ignorados mundos. Llegó; atravesó por en medio de ellas sin
-darse a conocer, bajo la apariencia de un ángel de ínfimo orden entre
-la milicia plebeya, y penetrando invisible en el regio salón plutónico,
-ocupó su elevado trono, suntuosamente erigido en el extremo opuesto
-bajo un dosel de riquísimo brocado. Sentose un instante; dirigió en
-torno una mirada, todavía encubierto, hasta que de repente, como
-saliendo de una nube, apareció su fúlgido semblante, con todo el brillo
-de una estrella, o más esplendoroso aún, y rodeado de aquella gloriosa
-aureola, pero solo aparente, que le era permitido ostentar después de
-su caída. Admirados de tan súbito fulgor los moradores de la Estigia,
-vuelven los rostros, y descubren a su anhelado caudillo, que estaba
-ya entre ellos: con lo que prorrumpieron en ruidosas aclamaciones.
-Levantáronse apresuradamente de su tenebroso estrado los próceres del
-consejo, y con general alegría se acercaron a felicitarle. Impúsoles
-silencio con la mano, y se captó su atención diciendo:
-
-«Tronos, Dominaciones, Principados, Virtudes y Potestades, títulos
-de que os declaro nuevamente en posesión, a más de que de derecho
-os corresponden: el feliz éxito de mi empresa ha sobrepujado a mis
-esperanzas. Aquí vuelvo para sacaros triunfantes de esta sentina
-infernal, abominable, maldita, asilo de la miseria y prisión de
-nuestro tirano. Ya poseéis como señores un espacioso mundo, apenas
-inferior al cielo en que nacisteis, mundo que os he conquistado con mi
-esfuerzo, a costa de indecibles riesgos. Sería largo empeño referiros
-todo lo que hecho, lo que he sufrido, los obstáculos que he hallado
-en mi viaje por esos inmensos abismos en que nada hay real, y en que
-la más horrible confusión domina. Sobre ellos han labrado el Pecado
-y la Muerte un ancho camino para facilitar vuestra gloriosa marcha;
-pero ¡qué de penalidades me ha costado esa vía por nadie transitada
-aún, viéndome obligado a luchar con un insondable vacío, y sumergirme
-en el seno de la Noche primitiva y del fiero Caos! Celosos ambos
-de sus secretos, se oponían a mi extraño viaje, y con espantosos
-bramidos protestaban de mi audacia ante el supremo Hado. Llegué por
-fin a ese mundo nuevamente creado, cuya fama tanto se ha celebrado
-en el cielo. ¡Oh! ¡qué fábrica tan maravillosa y tan perfecta! Allí
-tenía situado su paraíso el Hombre, que era feliz a consecuencia de
-nuestro destierro. Ya no lo es: mi astucia le ha seducido, le ha
-divorciado de su Creador, y lo que más debe admiraros, valiéndome para
-esto no más que de una manzana; de cuya ofensa en castigo (cosa es que
-os moverá a risa), Dios ha condenado a su querido Hombre, y juntamente
-con él a todo el mundo, a ser víctimas del Pecado y de la Muerte, es
-decir, de nosotros, que hemos adquirido este poder sin esfuerzo, ni
-peligro, ni contratiempo alguno. Allí vamos a trasladarnos, allí nos
-estableceremos, y mandaremos en el Hombre como mandaba él en todas las
-cosas. Verdad es que también Dios me ha condenado a mí, o más bien
-que a mí, a la serpiente, en cuyo cuerpo me introduje para engañar al
-Hombre: la parte que a mí me alcanza de esa sentencia es la enemistad
-que ha de mediar entre mí y el género humano. Yo morderé sus plantas,
-y su descendencia hollará mi cabeza, aunque ignoro cuándo; pero en
-cambio de la adquisición de un mundo ¿quién teme tan leve pena, ni
-otra más rigurosa? Ya sabéis, pues, lo que hecho; ¿qué os resta a
-vosotros hacer, ¡oh dioses!, más que lanzaros a la posesión de bien tan
-incomparable?»
-
-[Ilustración: Aguardando de hora en hora a su aventurero caudillo...]
-
-[Ilustración: Horrible fue la silba que se desató por todos los
-ámbitos del salón...]
-
-Así dio fin a su arenga, y permaneció algún tiempo inmóvil, esperando
-que atronasen sus oídos universales aclamaciones y aplausos
-estrepitosos; mas en su lugar, solo resonaron siniestros silbidos,
-lanzados por todas partes, de aquellas innumerables lenguas, que era
-demostración harto clara de público menosprecio. Maravillose de esto,
-mas no le duró mucho el asombro, que mayor era el que de sí mismo
-concibió al sentir que su rostro se adelgazaba prolongándose, que los
-brazos se lo adherían a las costillas, que sus piernas se enlazaban una
-a otra, hasta que faltándole el apoyo, cayó convertido en monstruosa
-serpiente, arrastrándose sobre su vientre, y luchando consigo en vano,
-porque un poder superior le sujetaba, condenándole a tomar la figura
-en que había pecado, y según la sentencia que se le había impuesto.
-Quiso hablar; y su arponada lengua solo acertó a contestar con silbidos
-a todas las demás lenguas, arponadas como la suya; que todos cual
-él, quedaron transformados en serpientes, dado que eran cómplices de
-su inicuo crimen. Horrible fue la silba que se desató por todos los
-ámbitos del salón: arrastrábanse por él un enjambre de monstruos,
-revueltos entre sí colas con cabezas, escorpiones, áspides, crueles
-anfisbenas, cornudas cerastes, hidras, temibles élopes y dipsas[112];
-que nunca se multiplicaron muchedumbre tan grande de serpientes ni en
-la tierra empapada con la sangre de la Gorgona, ni en las playas de la
-isla Ofiusa[113].
-
-En medio de todos sobresalía Satán por su magnitud de enorme dragón,
-más grande que el inmenso Pitón, engendrado por el Sol en el cieno del
-valle Pitio, de suerte que aún así conservaba su superioridad sobre
-los demás. Todos le siguieron atropelladamente hasta la llanura en
-que estaba el rebelde ejército precito, formado en orden de batalla y
-con el sublime anhelo de ver llegar en son de triunfo a su glorioso
-adalid; y vieron en efecto ¡qué espectáculo tan inesperado! un tropel
-de asquerosísimas serpientes. El horror que al principio sintieron
-acabó por trocarse en no menos horrible simpatía, porque ellos también
-se convirtieron en aquello mismo que a su vista se presentaba,
-cayéndoseles de las manos armas, lanzas y broqueles, dando en tierra
-con sus cuerpos, prorrumpiendo en agudos silbos y desapareciendo bajo
-aquella forma de que habían sido contagiados; que a crimen igual,
-correspondía también igual castigo. Así el aplauso con que contaban se
-volvió atronadora silba, y el triunfo en ignominia que lanzaban sobre
-sí por sus propias bocas.
-
-No lejos de allí se extendía un bosque, nacido en el momento de su
-metamorfosis, y que el Supremo Señor había dispuesto para más agravar
-su pena, cuyos árboles se veían cargados de hermosos frutos parecidos
-a aquellos del Paraíso con que el enemigo infernal había seducido
-a Eva. En aquella extraña novedad se fijaron sus ávidas miradas,
-figurándose que en vez del árbol vedado, se les ofrecían otros
-muchos que aumentasen sus tormentos y su vergüenza; pero devorados
-por una sed ardiente y por una hambre rabiosa que Dios les envió a
-fin de incitarlos más, no pudieron resistir, y enredándose unos en
-otros, se precipitaron y encaramaron a los árboles, formando madejas
-más enmarañadas que las de los cabellos de Megera. Abalanzáronse
-ansiosamente a los frutos, bellísimos a la vista, tan bellos como los
-que se producían orillas del bituminoso lago en que ardió Sodoma;
-frutos que no engañaban el tacto, pero sí el gusto, y de que procuraron
-saciarse para satisfacer el hambre; mas en vez de manjar sabroso,
-comían solo amarga ceniza, que arrojaban al punto de sus contrariadas
-bocas entre repugnantes náuseas. Apretados del hambre y de la sed,
-renovaban frecuentemente su embestida, y siempre experimentaban el
-mismo sabor asqueroso que les desquiciaba las quijadas, llenas de
-hollín y ceniza, cayendo repetidas veces en el propio engaño, mientras
-el Hombre, de quien habían triunfado, solo una había incurrido en
-su error. Así permanecieron largo tiempo devorados por el hambre y
-atormentados por la incesante furia de los silbidos, hasta que les fue
-dado recobrar su perdida forma; y así quedaron condenados a sufrir
-todos los años por cierto número de días aquella misma humillación, en
-pena del orgullo y regocijo que habían sentido al seducir al Hombre.
-Ellos, sin embargo, difundieron entre los paganos una tradición,
-inventando la fábula de una serpiente, que llamaron Ofión, la cual
-juntamente con Eurínome[114] (quizás la dominadora Eva) se alzó en
-un principio con el imperio del alto Olimpo, de donde fueron ambos
-expulsados por Saturno y Rea[115] antes que naciese Júpiter Dicteo[116].
-
-Entre tanto llegaba al Paraíso la infernal pareja, y ¡ojalá no
-hubiese llegado! El Pecado, que primero influía allí con su poder y
-posteriormente con su acción, ahora se establecía corporalmente para
-residir en él como constante habitador. Seguíale en pos y paso a paso
-la Muerte, que no cabalgaba aún en su pálido caballo; a la cual se
-dirigió el Pecado, diciendo:
-
-«Segundo fruto de Satán, Muerte, que has de avasallarlo todo: ¿qué
-juzgas ahora de nuestro imperio? Con penosa dificultad hemos llegado a
-él; pero ¿no es preferible a aquel umbral tenebroso del infierno dónde
-estábamos sentados, siempre vigilando, siempre ignorados y envilecidos,
-y tú medio extenuado de hambre?»
-
-Y el Monstruo nacido del Pecado le respondió así: «A mí, víctima de un
-hambre eterna, tanto me da el Infierno, como el Cielo o el Paraíso.
-Allí me encontraré mejor donde más tenga que devorar; y esto, aunque
-tanta abundancia ofrece, paréceme sobrado pequeño para llenar este
-estómago y este anchuroso cuerpo.»
-
-A lo cual repuso el incestuoso Padre: «Pues desde luego puedes
-alimentarte de todas esas yerbas, frutos y flores, y no perdonar ni una
-bestia, ni un pescado, ni un ave, que no es pasto poco apetitoso, y
-saciarte de cuantas cosas ha de destruir la segur del Tiempo, hasta que
-apoderado yo del Hombre y de su raza, pervierta sus pensamientos, sus
-miradas, sus palabras y sus acciones, y le prepare para ser tu postrera
-y más agradable presa.»
-
-Dicho esto, se separaron, tomando cada cual diverso camino, ambos
-con el propósito de destruir y hacer perecedero todo lo criado, y de
-disponerlo a la devastación que tarde o temprano había de verificarse;
-viendo lo cual el Omnipotente, desde el sublime trono que ocupa rodeado
-de sus Santos, habló así a todas aquellas esplendorosas jerarquías:
-
-«Ved con qué rabia se apresuran esos monstruos[117] del infierno a
-perturbar y destruir ese nuevo mundo que Yo he creado tan bello y tan
-perfecto; y que se mantendría en el mismo estado, si la insensatez del
-Hombre no hubiera dado entrada en él a esas destructoras furias que
-me califican de demente; y esto suponen el príncipe del Infierno y
-sus secuaces, porque cuando les concedo tan llano acceso a ese lugar
-celestial y consiento que se enseñoreen de él, piensan que condesciendo
-con las miras de tan menguados enemigos, y se lisonjean de que mi
-pasión me ciega en términos de abandonarlo todo y entregar el universo
-a su desconcierto. No conocen esos abortos del infierno que me he
-valido de ellos y los mantengo esclavizados allí, para que absorban
-toda la escoria e inmundicia con que la impura desobediencia del Hombre
-ha manchado lo que tan inmaculado era en su origen, hasta que rebosando
-y ahítos de ese letal veneno, llegue un día en que tu victorioso brazo,
-dulcísimo Hijo mío, hunda para siempre en el Caos al Pecado y a la
-Muerte con su voraz sepulcro, y quede cerrada la boca del infierno, y
-sus mandíbulas ociosas. Regenerados entonces el cielo y la tierra, se
-purificarán para santificar lo que no podrá ya mancillarse nunca; pero
-entre tanto la maldición que he pronunciado tiene que cumplirse.»
-
-Dijo; y resonando como las olas del mar, prorrumpieron los celestiales
-coros en cánticos de _aleluya_; y entre innumerables himnos repetían:
-«Justos son tus designios, justos tus decretos en cuanto obras. ¿Quién
-puede destruirte?» Y celebraban después al Hijo, Redentor del género
-humano, por quien los siglos verán nacer o descender de los cielos un
-nuevo cielo, una nueva tierra.
-
-[Ilustración: Dicho esto, se separaron, tomando cada cual diverso
-camino...]
-
-Esto cantaban; y el Creador llamó por su nombre a sus principales
-Ángeles, y les encargó de diferentes ministerios, conforme la actual
-sazón de las cosas lo requería. El primero fue el Sol, a quien
-prescribió que alterase su movimiento y enviase su luz a la tierra
-haciendo que alternasen en ella el calor y el frío, hasta el punto
-de ser casi intolerables ambos; que llevase del norte al decrépito
-invierno, y del mediodía los rigores del abrasado solsticio. A la
-pálida luna le ordenaron también su curso; a los otros cinco planetas
-su movimiento y sus varios aspectos, el sextil, el cuadrado, el
-trino y el opuesto[118], todos ellos tan nocivos y tan funestos en
-su conjunción; enseñando a las estrellas fijas a ejercer asimismo
-su maligna influencia y suscitar tempestades, ya al ascender cuando
-el Sol, ya al declinar con él. A los vientos señalaron sus lugares
-respectivos, y cuándo enfurecidos debían introducir la confusión en
-el aire, en el mar y a lo largo de sus playas; al trueno, en fin, el
-tiempo en que había de aterrar los tenebrosos palacios aéreos con su
-hórrido estampido.
-
-Dicen algunos que el Señor mandó a los ángeles apartar más de dos
-veces diez grados los polos de la tierra del eje del Sol, y que no
-sin gran trabajo pudieron poner oblicuo aquel globo central. Otros
-pretenden que se ordenó al Sol llevar sus riendas a igual distancia
-de la línea equinoccial por uno y otro lado, pasando por el Tauro,
-las siete Hermanas Atlánticas y los Gemelos de Esparta, subiendo
-hasta el trópico de Cáncer, y bajando después por Leo, Virgo y Libra
-hasta Capricornio, para proporcionar en su curso a cada clima la
-variedad de las estaciones. De otra suerte, ornada la tierra de flores
-inmarcesibles, hubiera gozado de una perpetua primavera, y de igual
-duración en los días y las noches, excepto en los puntos situados
-más allá de los círculos polares, donde hubiera brillado el día sin
-noche alguna, mientras que el Sol, para resarcirlos de su alejamiento,
-girando visible siempre a sus ojos en torno del horizonte, no les
-hubiera dejado conocer el oriente ni el ocaso, ni se hubieran visto
-envueltos en nieve el yerto Estotiland[119] y los países australes que
-se extienden más allá del de Magallanes.
-
-Al presenciar la desobediencia de nuestros primeros padres, el Sol
-retrocedió en su curso, como en el festín de Atreo[120]: ¿quién sabe
-si antes de su pecado se hubiera, visto la tierra expuesta, cual hoy,
-al penetrante frío y a los rigorosísimos calores? Estas vicisitudes de
-los cielos produjeron, aunque lentamente, iguales efectos en los mares
-y en la tierra: la influencia de los astros esparció por todas partes
-vapores, nieblas, ardientes emanaciones, corruptas y pestilenciales;
-desde el norte de Norumbeca[121] y las playas de Samoyeda[122],
-rompiendo sus prisiones de bronce, y lanzándose armados de hielo, nieve
-y granizo, de huracanes y torbellinos, los furiosos Bóreas y Cecias,
-Argeste y Tracias arrasan las selvas y trastornan los mares; saliendo
-de Sierra Leona con encontrado ímpetu el Áfrico y el Noto, impelen
-las negras nubes preñadas de truenos; y a través de ellos, no menos
-airados, se precipitan de levante a occidente el Euro y el Céfiro con
-sus fragorosos colaterales el Siroco y el Libequio[123]. Empezó pues la
-desolación por las cosas inanimadas. La discordia, hija del Pecado, fue
-la primera que introdujo la muerte entre los irracionales por medio de
-una feroz antipatía, y se encendió la guerra entre bruto y bruto, entre
-ave y ave, entre pescado y pescado, devorándose unos a otros, olvidados
-de su pasto y perdido el temor al Hombre, de quien huían, o a quien con
-gesto amenazador veían pasar, clavando en él aviesas miradas.
-
-Así tuvieron exteriormente principio nuestros males, que Adán pudo ya
-presenciar en parte, aunque acongojado por la pena, se ocultó en la más
-retirada oscuridad; pero otros mayores sentía dentro de sí; y en la
-lucha que traía con sus pasiones, procuraba desahogarse, exclamando:
-
-«¡Qué desventura la mía, después de tanta felicidad! ¡Este fin ha
-tenido para mí ese nuevo y glorioso mundo! ¡Y yo, que era la gloria de
-su gloria, y que gozaba de tal bienaventuranza, ahora me veo maldito!
-¡Que tenga que huir de la presencia de Dios, cuando su vista era en
-otro tiempo mi mayor delicia! Y ¡si al menos fuera este el término de
-mis males! Merecidos los tengo, y justo es que pague lo que merezco;
-pero no sucederá así, que cuanto coma, cuanto beba, cuanto proceda de
-mí, solo servirá para perpetuar mi maldición. ¡Oh! Aquellas palabras
-que antes tanto me deleitaban, aquel _creced y multiplicaos_ equivaldrá
-para mí a una sentencia de muerte. Porque ¿qué puedo yo multiplicar
-más que la maldición que llevo sobre mi cabeza? Y de los que en las
-futuras edades sean mis sucesores ¿quién al considerar los males
-que de mí heredan, no execrará mi memoria?: «¡Maldito seas, impuro
-progenitor! ¡Agradecidos debemos estarte, Adán!» Y sus gracias serán
-otras tantas imprecaciones. A la maldición, pues, que sobre mí llevo,
-deberán agregarse las que por una violenta reacción me alcancen, que
-hallarán en mí su centro, y aunque estén en su esfera, me abrumarán
-con su pesadumbre. ¡Oh malogradas dulzuras del Paraíso! ¡Cuán caras me
-costáis, adquiridas a precio de tantos males!
-
-»Pero después de todo, ¿te exigí yo, Creador Omnipotente, que me
-convirtieses de tierra en Hombre? ¿Te solicité para que me sacases
-de las tinieblas, o para que me colocases en este jardín delicioso?
-Pues si mi voluntad no tuvo parte en mi existencia, lo justo y
-equitativo sería que me restituyeses a la nada, mayormente cuando mi
-deseo es resignar y devolver todo lo que he recibido, y cuando es
-tal mi incapacidad para cumplir con las duras condiciones que se me
-han impuesto a fin de conservar un bien que no he pretendido. ¿No
-es suficiente pena la pérdida de este bien? ¿Por qué has de añadir
-el sentimiento de una desventura eterna? Es pues inexplicable tu
-justicia, aunque a decir verdad, demasiado tarde para prorrumpir en
-estas quejas. Hubiera debido rehusar tales condiciones, en el momento
-en que se me propusieron; pero ¡desdichado! si las aceptaste ¿cómo
-quieres gozar del bien y cuestionar sobre ellas? Dices que Dios te ha
-creado sin tu consentimiento: y si un hijo desobediente, a quien tú
-reconvinieses, te replicara: «Y ¿por qué me has dado la existencia
-cuando yo no te la pedía?» ¿aceptarías tú el menosprecio que hacía de
-ti y su insolente disculpa? No fue ciertamente creado por tu elección,
-sino por una necesidad de la naturaleza. Dios te creó por su voluntad
-y con el fin de que le sirvieses; la recompensa que te otorgaba era
-una pura gracia; tu castigo el que a su justicia plugo imponerte. Pues
-bien: sometido estoy; su sentencia es equitativa. Polvo soy, y en
-polvo he de convertirme. ¡Oh felicidad, cuando quiera que acontezca!
-Mas ¿por qué esta dilación en ejecutar la pena el mismo día que se ha
-dictado? ¿Por qué he de sobrevivirme? ¿Por qué ha de burlarse de mí
-amenazándome con la muerte, y reservándome un castigo perpetuo? ¡Con
-qué placer cumpliría yo mi sentencia de muerte y me trocaría en tierra
-insensible, descansando en ella como en el seno de mi madre! Hallaría
-allí mi reposo, y dormiría tranquilo; no atronaría más mis oídos
-aquella tremenda voz; no abrigaría el temor de mayor desdicha, ni me
-atormentaría esta expectativa cruel de mi posteridad. Pero una duda me
-asalta aún. ¿Si será que no muera del todo, y que este puro aliento
-vital, este espíritu del Hombre, que Dios le ha inspirado, no llegue a
-perecer con el barro de su cuerpo? Y entonces ¿quién sabe si yaceré
-en el sepulcro, o en otro lugar no menos terrible, y si mi muerte será
-todavía una especie de vida? ¡Horrible idea, si fuese cierta! Pero
-¿cómo ha de serlo? Si lo que en mí pecó fue ese hálito vital, eso que
-vive y ha pecado será lo que haya de morir; pero verdaderamente el
-cuerpo no tiene parte en la vida ni en el pecado. Todo, pues, morirá en
-mí; resuélvase así esta duda, quedando tranquilo, dado que no llega a
-tanto el alcance humano.
-
-»Y porque el Señor sea infinito en todo ¿ha de serlo también en sus
-rigores? Aun cuando así sea, el Hombre no lo es, y por lo tanto ha
-de ser mortal, pues de otra suerte, ¿cómo Dios ha de hacer objeto de
-su cólera infinita al Hombre, cuyo fin es la muerte? ¿Ha de ser esta
-inmortal? Sería una contradicción tan extraña, que no es posible en el
-mismo Dios, porque argüiría, no poder, sino debilidad. Y por satisfacer
-su ira, al castigar al Hombre ¿había de llevar lo finito hasta lo
-infinito, pretendiendo saciar un rigor que nunca se saciaría? Valdría
-esto tanto como hacer extensiva su sentencia hasta más allá del polvo,
-de la nada, y de las leyes de la Naturaleza, la cual mide las causas
-por la energía de la acción que imprimen, no por el círculo de su
-propia esfera. Mas si la muerte no acabase de un golpe con todo lo que
-es sentir, como suponía yo, y fuese desde ahora para siempre un mal
-interminable, mal que empiezo a experimentar en mí, fuera de mí y por
-toda una eternidad... ¡oh desdichado! Vuelve a espantarme este temor,
-y de nuevo combate con tempestuosos vértigos mi indefensa fantasía.
-Sí: la muerte y yo somos incorpóreos: no solo a mí, sino a toda mi
-posteridad alcanza la maldición. ¡Envidiable patrimonio os lego, hijos
-míos! ¡Oh! ¡Si me fuese dado consumirlo todo, y no dejaros la menor
-parte! ¡Cómo me bendeciríais por esta pérdida, en vez de maldecirme
-ahora! Mas ¿por qué ha de condenarse a todo el género humano, siendo
-inocente, por la falta de un solo Hombre? ¡Inocente! ¿Lo es, cuando de
-mí nada puede salir que no sea corrupción, y espíritu y voluntad tan
-depravados, que no solamente estén dispuestos a hacer, sino a desear
-lo que yo he hecho? ¿Qué descargo han de ofrecer cuando comparezcan
-ante el Señor? Después de todo, yo no puedo menos de absolverlos: todo
-este laberinto de vanos subterfugios y razonamientos en que me pierdo,
-me trae otra vez a mi convicción. El primero y el último a quien debe
-acriminarse, soy yo, solo yo, raíz y origen de toda corrupción, y
-sobre mí debe recaer todo el castigo. ¡Ojalá que así sea! ¡Insensato
-anhelo! ¿Podrías tú soportar esta carga, más pesada que la tierra,
-más pesada que el mundo todo, aun cuando te ayudase a sobrellevarla
-aquella Mujer infame? De suerte que lo que deseas y lo que temes te da
-el mismo resultado; viene a destruir todas tus esperanzas de consuelo,
-y a demostrarte que eres un miserable, sin ejemplo en lo pasado ni en
-lo futuro, comparable solo a Satán en el crimen y en el castigo. ¡Oh
-conciencia! ¡En qué abismo de sobresaltos y horrores me has sumergido!
-¡No encuentro camino alguno que me ponga a salvo, y de un precipicio
-doy en otro más insondable!»
-
-De este modo se lamentaba Adán consigo mismo, en medio de la soledad
-de la noche. No era ya esta, como antes de la caída del Hombre,
-templada, agradable y serena, sino húmeda, nebulosa y encapotada,
-que representaba doblemente terribles los objetos a la conciencia
-del criminal. Tendido en tierra, en la yerta tierra, maldecía mil
-veces la hora en que fue criado, y mil veces también acusaba a la
-muerte de lenta, desde que sabía que era la consecuencia de su culpa.
-«Muerte ¿por qué no vienes, decía, con triplicado rigor a acabar
-conmigo? ¿Faltará la verdad a su promesa, y no se apresurará a ser
-justa la Divina Justicia? No acude la Muerte a mi llamamiento, y la
-Justicia Divina no acelera sus tardíos pasos, a pesar de mis súplicas
-y clamores. Bosques, fuentes, colinas, valles y arboledas: un eco de
-mi voz bastaba otro tiempo para que vuestros sombríos recintos me
-respondiesen. ¡De cuán diferente modo entonces resonabais!»
-
-Al verle tan afligido la triste Eva, desde el sitio en que su pena la
-tenía postrada, se acercó a él, y procuró con dulces palabras calmar
-su arrebatada furia; mas Adán la rechazó con aspereza, diciendo:
-«¡Apártate de mí, malvada serpiente, que este nombre es el que te
-conviene como cómplice suya, no menos falsa y odiosa que ella! Nada
-más te falta que su figura y color para descubrir tu traidora índole,
-para que en lo sucesivo se guarden de ti todas las criaturas y no se
-dejen deslumbrar de tu celestial apariencia, que oculta la malicia
-del infierno. ¡Ah, que sin ti yo hubiera seguido siendo dichoso, a no
-haber tu soberbia e inquieta vanidad despreciado mis consejos cuando
-mayor era el peligro y empeñádote en no creerme! Anhelabas ser vista
-del Demonio; te prometías vencerle; te engañó y se burló de ti, y yo
-engañado a mi vez, permitiendo que te alejaras de mi lado, creyéndote
-prudente, constante, experta y prevenida contra todo género de
-asechanzas, no conocí que tu virtud, lejos de verdadera, era aparente,
-y que la naturaleza te formó de una costilla corva, torcida, según veo
-ahora, hacia el lado siniestro mío, de que saliste. ¡Si al menos me
-hubiera visto privado de ella, porque sobraba entre las restantes![124]
-
-»¡Oh! ¿Por qué Dios, sabio Hacedor, que pobló los altos cielos de
-espíritus varoniles, introdujo en la tierra este ser nuevo, este bello
-defecto de la naturaleza, y no llenó el mundo de hombres, como lo está
-el cielo de ángeles, sin necesidad de mujer alguna? ¿Por qué no halló
-otro medio de perpetuar la raza humana? No hubiera dado lugar a esta
-desventura ni a las muchas que de ella han de originarse; que la tierra
-experimentará innumerables males por los artificios de la mujer y por
-la íntima unión con su sexo; pues o no hallará el hombre ninguna que
-le convenga, sino la que más desdichas y desaciertos le ocasione, o
-la que desee le pagará en ingratitudes, entregándose a otro peor que
-él, y si le ama, se verá contrariada por sus padres, o el logro de su
-mejor elección resultará tardío, y cuando quede unido con el vínculo
-que anhelaba, lo estará a una pérfida enemiga que solo le proporcione
-aborrecimiento y mengua; de donde infinitas calamidades para la vida
-humana, y disturbios sin cuento, en lugar de la paz doméstica.»
-
-Nada más dijo Adán, y se apartó de ella; pero sin mostrarse Eva
-ofendida, bañado el rostro en lágrimas que sin cesar corrían por sus
-mejillas, y suelto y desgreñado el cabello, postrose humilde a sus
-pies, y abrazada a ellos, imploró perdón exclamando:
-
-«No así me abandones Adán: el cielo es testigo del sincero amor
-y respeto que te profesa mi corazón, y de que te he ofendido
-involuntariamente, por efecto de mi desdicha y del engaño que padecí.
-Apiádate de mis ruegos; abrazada estoy a tus rodillas; no me prives
-de lo único que es mi vida, de tus miradas, de tu protección, de tus
-consejos; que en el colmo de desventura en que me veo, no cuento con
-otra fuerza ni con otro apoyo. Si tú me abandonas, ¿de quién he de
-esperar auxilio, ni dónde podré vivir? El tiempo que nos dure la vida,
-que quizá sean breves momentos, haya al menos paz entre nosotros.
-Partícipes ambos de esta común afrenta, unámonos también en el odio
-contra el enemigo que nos ha impuesto nuestra sentencia, contra esa
-cruel serpiente. ¡No me hagas objeto de tu aborrecimiento por una
-desgracia tan imprevista, cuando ya es segura mi perdición y cuando
-soy más miserable que tú mismo! Los dos hemos pecado, tú solo contra
-Dios, y yo contra Dios y contra ti. Volveré al lugar en que fui
-condenada; desde allí importunaré al cielo con mis lamentos; le rogaré
-que aparte de ti el castigo, y que caiga sobre mí sola, sobre mí,
-¡única causa de todos tus males, objeto único de su cólera!»
-
-No la dejaron proseguir sus sollozos; permaneció inmóvil en su humilde
-actitud, hasta que el perdón que demandaba por una falta así confesada
-y de que estaba tan arrepentida, movió a compasión a su esposo, el
-cual sintió al punto inclinarse su corazón hacia la que ha poco era su
-vida, su mayor delicia, y ahora estaba a sus pies sumisa y acongojada;
-bellísima criatura, que imploraba la indulgencia, el consejo, la ayuda
-del mismo a quien había desagradado. Él, como quien se encuentra
-desarmado, no teniendo en qué emplear su cólera, la levantó y consoló
-con estas afectuosas palabras:
-
-«¡Imprudente! ¡Conque otra vez, como antes, vuelves a desear lo que no
-conoces, a desear que el castigo caiga sobre ti sola! ¡Ah! ¿sufrirás
-el que se te imponga, puesto que no eres capaz de sobrellevar la ira
-de que has experimentado no más que una pequeña parte, y que tan
-insoportable te parece hasta mi disgusto? Si mis ruegos alcanzasen
-a atenuar el rigor de lo que está ya decretado, yo me apresuraría a
-adelantarme a ti yendo a aquel lugar, y levantando cuanto me fuera
-posible la voz para que cayese toda la maldición sobre mi frente,
-para que fuese perdonada la fragilidad de tu débil sexo, que me
-estaba confiado y de que cuidé tan mal. Pero levanta: no disputemos
-más; no nos acriminemos uno a otro, que harto acriminados estamos ya.
-Procuremos, con el auxilio de un mutuo amor y ayudándonos uno a otro,
-aligerar el peso de la desgracia que nos abruma, porque el día de
-nuestra muerte que se nos ha anunciado, o mi previsión es falsa, o no
-llegará tan pronto, sino que será un mal lento, un morir prolongado,
-que haga mayor nuestra pena, y que trascienda a toda nuestra raza. ¡Oh
-raza desventurada!»
-
-Y Eva, para inspirarle ánimo, replicó: «Sé, Adán, por una triste
-experiencia, cuán ineficaces son mis palabras para contigo, y cuán
-destituidas las juzgas de razón. ¡Oh, y si lo acaecido poco ha no las
-hubiera hecho además funestas! Sin embargo, a pesar de mi indignidad,
-alentada por ti, restablecida nuevamente en tu gracia y en la esperanza
-de recobrar tu amor, único consuelo de mi alma, que viva o muera, no
-quiero ocultarte los pensamientos que la inquietud de mi ánimo me
-suscita, y que pueden aliviar nuestros males o darles fin. Violentos
-y tristes son, pero tolerables, dada la extremidad en que nos vemos,
-y sobre todo están más en nuestra mano. Si tanto nos angustia la pena
-de nuestros descendientes, condenados a una maldición infalible,
-víctimas al fin de la Muerte (que, en efecto, terrible es ser causa de
-la infelicidad ajena, de la infelicidad de nuestros propios hijos, y
-lanzar de nuestro propio seno a ese maldito mundo una desdichada raza,
-para que después de una vida de tormentos sea presa de tan repugnante
-monstruo) de ti depende, ya que aún no se halla en su estado de
-concepción, evitar que esa raza no bendecida llegue a ser engendrada.
-Sin hijos estás; sin hijos puedes quedarte. Así la Muerte será burlada,
-y habrá de saciar en nosotros dos su ansia devoradora. Pero si crees
-que es duro y dificultoso hablándose, mirándose, amándose, renunciar
-al sagrado débito del amor, a las dulzuras de los abrazos nupciales,
-y ahogar sin esperanza alguna el deseo, teniendo a la vista un objeto
-que arde en el mismo anhelo, tormento no menos irresistible que el que
-causa nuestros temores, entonces, para librarnos a nosotros y librar
-al propio tiempo a los nuestros del mal que nos amenaza, tomemos más
-pronta resolución y entreguémonos a la Muerte; y si no damos con
-ella, hagamos en nosotros su oficio con nuestras manos. ¿A qué seguir
-viviendo con un temor que no promete más término que la Muerte, cuando
-podemos abreviar el plazo de nuestros días, y destruyéndonos, anticipar
-nuestra destrucción?»
-
-Esto dijo, o añadió otras palabras que indicaban bien su desesperación;
-y tanto había discurrido sobre la muerte, que llevaba impresa su
-palidez en el semblante. No así Adán; que poco convencido de su
-consejo, y entregado con solícito afán a otras esperanzas, contestó a
-Eva:
-
-«El menosprecio que haces de la vida y del placer parece indicar que
-hay en ti algo más sublime y excelente que lo que con tal indignación
-rechazas; pero desde el momento en que recurres a la destrucción
-de tu existencia, tú misma desmientes semejante indicio, porque
-manifiestas, no desprecio, sino angustia y pena por la pérdida de una
-vida y un placer que prefieres a todos los demás bienes. Engáñaste
-si deseas la muerte como término de tus males, creyendo evadirte así
-de la pena a que estás condenada, porque Dios no se ha armado tan
-vigorosamente de su vengadora ira para que se frustre; más temería
-yo que esa muerte anticipada no nos preservase del castigo que nos
-aguarda, y que semejante obstinación empeñase al Altísimo en perpetuar
-la muerte en nuestra vida. Adoptemos pues resolución más eficaz: yo
-creo acertar con ella reflexionando atentamente en aquella profecía
-de nuestra sentencia: _Tu raza hollará la cabeza de la serpiente_;
-lo cual sería bien fútil reparación, si como presumo, no aludiese a
-nuestro enemigo Satán, que se valió de este engaño contra nosotros.
-Hollar su cabeza sería en efecto nuestra mejor venganza, que sin duda
-malograríamos dándonos nosotros mismos la muerte, o resolviéndonos
-a hacer estériles nuestros días, como propones; con lo que nuestro
-enemigo se libraría del castigo que se le ha impuesto, y nosotros solo
-conseguiríamos doblar el nuestro. Renunciemos pues a toda violencia
-contra nosotros mismos, o a una infecundidad voluntaria que nos
-privaría de toda esperanza y no argüiría en nosotros más que rencor,
-orgullo, impaciencia, despecho y rebeldía contra Dios, que tan justo
-es imponiéndonos este yugo. Recuerda con qué benignidad y agrado nos
-escuchó, y cómo pronunció su sentencia sin cólera alguna, sin hacernos
-reconvenciones. Temíamos una disolución inmediata, y pensábamos que
-la amenaza y la muerte tendrían lugar en el mismo día; y ¿a qué se ha
-reducido? A anunciarnos, a ti lo penoso que ha de serte llevar en tu
-seno y dar a luz el fruto de tus entrañas, pena que se compensará con
-la alegría de verte reproducida, y a mí la maldición, que de rechazo
-alcanza a la tierra, de que ganaré mi sustento trabajando; ¡como si
-fuese esto tan gran desgracia! Mayor lo sería la ociosidad; porque al
-fin viviré de mi trabajo; y para que el frío y el calor se nos hiciesen
-más soportables, sus próvidos cuidados atendieron a nuestra necesidad
-sin que lo solicitásemos, y mientras nos juzgaba, se compadecía de
-nosotros, indignos de su protección, y sus manos nos proporcionaban
-con qué vestirnos. Pues si le dirigimos nuestras súplicas, ¿cómo ha
-de cerrar el oído a ellas, ni negar su corazón a la piedad? ¿Cómo
-dejará de enseñarnos por qué medios hemos de evitar la inclemencia
-de las estaciones, la lluvia, el hielo, la nieve y el granizo? Ya el
-cielo con demudada faz empieza a amenazar desde esa montaña con todas
-estas contrariedades, y los vientos con su soplo húmedo y destructor
-arrancan el follaje de esos hermosos y copudos árboles. Esto nos
-obliga a procurarnos mejor auxilio, y algún calor más con que templar
-nuestros ateridos miembros; y antes que al astro del día reemplace
-la frialdad de la noche, veamos cómo reflejando juntos sus rayos,
-pueden inflamar la materia seca, o cómo por el frote de dos cuerpos
-llega a encenderse el aire; a la manera de las nubes, que luchando
-entre sí hace poco, e impelidas por el aire, con su violento choque
-han engendrado el rayo y precipitándose este con su sesga llama, ha
-prendido en la resinosa corteza del pino y del abeto, y esparcido
-en derredor un calor agradable, que puede suplir al sol. Dios nos
-instruirá en el uso que hemos de hacer de ese fuego, y en todo lo demás
-que sirva de alivio o preservativo a los males que nuestras culpas han
-producido; y nos enseñará a orar e implorar su gracia. Auxiliados y
-alentados por Él, no tendremos que temer las incomodidades de la vida,
-hasta que nos convirtamos por fin en el polvo, última y natural morada
-nuestra. ¿Qué cosa podemos hacer mejor que volver al lugar en que hemos
-sido juzgados, postrarnos devotamente ante Él, confesar con humildad
-nuestras culpas, y pedirle perdón, regando el suelo con nuestras
-lágrimas, y exhalando profundos sollozos salidos de nuestros contritos
-corazones, en señal de sincero arrepentimiento y abnegación completa?
-Mitigará su rigor sin duda y dará al olvido su desagrado; pues cuando
-más indignado y justiciero parecía ¿no brillaba en sus tranquilas
-miradas el afecto, la gracia y la compasión?»
-
-Así habló nuestro arrepentido padre, y Eva no manifestaba menores
-remordimientos. Encamináronse sin más tardanza al lugar en que habían
-sido juzgados, y se prosternaron reverentemente en su presencia. Allí
-confesaron con humildad sus culpas, imploraron perdón, bañaron con sus
-lágrimas la tierra, y prorrumpieron en profundos sollozos con corazones
-contritos, en señal de sincero arrepentimiento y de la más completa
-sumisión.
-
-
-
-
-LIBRO UNDÉCIMO
-
-
-ARGUMENTO
-
- Trasmite el Hijo de Dios a su Padre las súplicas de los dos esposos,
- ya arrepentidos de su culpa, e intercede por ellos. Acepta Dios
- sus ruegos, pero declara que no pueden permanecer más tiempo en
- el Paraíso, y envía a Miguel con algunos querubines para que los
- expulsen de aquella mansión, y sobre todo para que revele a Adán los
- acontecimientos futuros. Llega Miguel a la tierra. Adán muestra a Eva
- ciertos signos siniestros; observa la llegada de Miguel, y le sale al
- encuentro. Anúnciale el Ángel su partida. Desconsuelo de Eva; Adán
- suplica, y acaba por obedecer. Condúcele el Ángel a la cima de una
- alta colina, y en una visión le representa lo que ha de suceder hasta
- el Diluvio.
-
-En esta humilde actitud permanecieron arrepentidos y orando, porque
-descendiendo del trono de Dios misericordioso la gracia justificante,
-arrancó el endurecimiento de sus corazones, y puso en ellos una
-nueva carne regeneradora, que prorrumpía en ayes inexplicables, y
-que inspirada por el espíritu de la oración, se remontaba al cielo
-con vuelo más veloz que el de la elocuencia más sublime. No era, sin
-embargo, su aspecto de míseros suplicantes, ni parecía su ruego de
-menos interés que el de aquellos vetustos cónyuges de las antiguas
-fábulas, menos antiguas, sin embargo, que esta historia, Deucalión y
-la casta Pirra[125], cuando para reponer la anegada raza humana, se
-prosternaban devotos ante el santuario de Temis.
-
-Remontáronse al cielo las súplicas de Adán y Eva, sin que los
-envidiosos vientos las apartaran o privaran de su camino; penetraron
-por las celestes puertas, como espirituales que eran[126]; y
-cubriéndolas el gran Intercesor con la nube de incienso que humeaba
-ante el altar de oro, llegaron ante el trono del Padre, donde las
-presentó el Hijo radiante de júbilo, dando principio a su intercesión
-en estos términos:
-
-«Mira, Padre mío, los primeros frutos que en la tierra ha producido
-la gracia con que has animado al Hombre; los sollozos y ruegos que
-envueltos entre incienso te ofrezco en este incensario de oro, como
-sacerdote que soy tuyo; frutos cuya semilla echaste en el corazón de
-Adán a la par que el arrepentimiento, y de más grato sabor que los que
-sus manos cultivaban, que los que hubieran producido todos los árboles
-del Paraíso antes de quedar privado aquel de su inocencia. Presta
-ahora oído a sus súplicas, y atiende, aunque mudos, a sus suspiros; y
-pues ignora, al dirigirte su oración, de qué palabras ha de valerse,
-permíteme ser su intérprete, ya que soy su abogado y su víctima
-expiatoria. Refunde en mí sus obras buenas o malas, que mis méritos
-perfeccionarán las primeras, y con mi muerte redimiré las otras.
-Acéptame a mí, y recibe de esos desgraciados, cual si fuese mío, el
-anhelo de paz para la raza humana. Que por lo menos viva, reconciliado
-contigo el Hombre, los tristes días que le has concedido, hasta que la
-muerte a que está condenado, y que yo pido que se difiera, no que se
-revoque, le conduzca a mejor vida, en que todos los redimidos por mí
-participen de esta paz y bienaventuranza, identificados conmigo, como
-yo lo estoy contigo.»
-
-A quien el Padre, no velado por nube alguna, respondió sereno:
-
-«Todas tus peticiones acepto, amado Hijo, que todas eran otros
-tantos decretos míos; pero permanecer más tiempo en el Paraíso, no
-lo consiente la ley que he impuesto a la naturaleza. Esos puros e
-inmortales elementos extraños a toda combinación grosera, a toda mezcla
-inarmónica e impura, rechazan al Hombre, manchado ahora, y se apartan
-de él como de materia corrompida, para que según su nueva naturaleza
-se procure un alimento mortal y más propio de la disolución a que le
-ha traído su pecado, a consecuencia del cual se pervirtió desde luego
-todo, y se corrompió lo que de suyo era incorruptible. Creé al Hombre
-dotándole de dos dones perfectísimos, la felicidad y la inmortalidad:
-pero el insensato perdió la una, y la otra solo serviría para perpetuar
-sus males; por lo que recurrí a la muerte. La muerte, pues, viene a
-ser su postrer remedio, y después de una vida meritoria a fuerza de
-penosas tribulaciones, purificada por la fe y por los actos de la misma
-fe, resucitará el día de la renovación del justo a una nueva vida,
-elevándose triunfante al renovarse los cielos y la tierra. Convoquemos
-ahora el sínodo de todos los bienaventurados en los vastos términos
-del cielo. No quiero ocultarles mis juicios, sino que vean cómo procedo
-con el género humano, pues que vieron cómo procedí con los ángeles
-rebeldes; y así, aunque se conservan firmes, se afirmarán todavía más
-en su fidelidad.»
-
-Calló, y a la señal que hizo el Hijo al brillante ministro que
-esperaba sus órdenes, este tocó su trompeta, la misma quizá que se
-oyó después en el Oreb cuando descendía Dios, y quizás también la
-misma que volverá a oírse en el juicio universal. Oyose al punto la
-voz del Ángel en todas las regiones, y desde sus venturosas moradas
-cubiertas de amaranto, desde sus fuentes y manantiales de vida, desde
-todos los puntos en que reposaban en un goce común, se apresuraron los
-hijos de la luz a acudir al supremo llamamiento; y todos ocuparon sus
-sedes, hasta que desde lo alto de su encumbrado trono manifestó así su
-soberana voluntad el Omnipotente:
-
-«Hijos míos: el Hombre se ha hecho semejante a uno de nosotros y
-conocedor del bien y el mal desde que probó el fruto prohibido, pero
-ese conocimiento se limita al bien que ha perdido y al mal que se ha
-procurado. ¡Qué dichoso sería si se hubiera contentado con conocer el
-bien por sí mismo, y no tener del mal la menor idea! Al presente se
-aflige, se arrepiente y ora contrito; yo dirijo sus movimientos; pero
-más que estos movimientos conozco cuán variable y vano es su corazón
-entregado a sí mismo. Recelando pues que más adelante vuelva a llegar
-con mano aun más osada al árbol de la vida, y coma su fruto, y viva
-perpetuamente, o crea por lo menos que su vida ha de ser interminable,
-he resuelto sacarle del Paraíso y conducirle a lugar más a propósito,
-donde labre la tierra de que fue extraído.
-
-»Miguel, tú quedas encargado de mi mandato. Elige de entre los
-querubines, flamígeros guerreros que llevar contigo, no sea que en
-favor del Hombre o para asaltar la mansión que queda deshabitada,
-introduzca el Enemigo alguna nueva perturbación. Apresúrate, pues, y
-expulsa del divino Edén a los esposos pecadores; lanza a los profanos
-de aquel santo lugar, y anúnciales a ellos y a toda su descendencia su
-perpetuo destierro. Mas para que puedan soportar el peso de su rigorosa
-sentencia, una vez que se muestran humildes y que lloran compungidos
-su falta, que el terror no los amilane. Si obedecen resignados tu
-intimación, no des lugar a que partan desconsolados; revela a Adán lo
-que sucederá en los tiempos futuros, conforme a las advertencias que yo
-te inspire, y mezcla a tus palabras los consuelos de mi nueva alianza
-con la regenerada estirpe de la Mujer; de modo que se despidan tristes,
-pero tranquilos. Para defender la parte del Edén que más fácil entrada
-ofrece, pon por la parte de oriente una guardia de querubines; vibra a
-larga distancia la llama de una espada que infunda espanto a todo el
-que trate de aproximarse, y cierra enteramente el paso hacia el árbol
-de la vida, no sea que convertido el Paraíso en guarida de espíritus
-malévolos, inficionen todos aquellos árboles, y vuelvan a seducir al
-Hombre con sus usurpados frutos.»
-
-Apenas dejó de hablar, se preparó a descender prontamente el poderoso
-Ángel, y con él la esplendente legión de los vigilantes querubines.
-Semejante a un doble Jano, cada uno tenía cuatro rostros; cada cual
-llevaba cubierto el cuerpo de ojos, más numerosos que los de Argos,
-y vigilantes hasta el punto de no dejarse adormecer ni por la flauta
-arcadia, ni por el caramillo pastoril o la soporífera varilla de
-Hermes[127].
-
-Despertaba al propio tiempo Leucotea[128] para alegrar de nuevo al
-mundo con su sagrada luz, y embalsamaba con un fresco rocío la tierra,
-cuando Adán y nuestra primera madre Eva concluían sus oraciones,
-y hallaban en sí una fuerza que procedía del cielo. De su misma
-desesperación sacaban cierta esperanza, cierta tranquilidad que no
-alejaba, sin embargo, todos sus temores; y Adán repetía así a Eva sus
-benévolos consuelos:
-
-«Eva, fácilmente admite la fe que todo el bien que disfrutamos procede
-del cielo; pero que de nosotros ascienda al cielo algo que prevalezca
-para con el espíritu de un Dios que es el colmo de toda dicha, o que
-baste a captarse su voluntad, no parece igualmente creíble; y con todo,
-esta ferviente oración, estos anhelantes suspiros que nacen de nuestro
-pecho, llegan hasta el trono del Señor; y desde el momento en que
-con mis ruegos he procurado aplacar su ofendida divinidad, y postrado
-ante ella he humillado mi corazón, paréceme que, propicio y afable,
-inclina hacia mí su oído, y hasta llego a persuadirme de que me oye con
-favorable disposición. Ello es que mi ánimo recobra su calma, y que
-acude a mi memoria aquella promesa de que tu raza hollará la cabeza de
-nuestro enemigo; promesa que no había vuelto a recordar en medio de mi
-turbación, y que ahora me infunde la esperanza de que ha pasado ya la
-amargura de la muerte, y de que seguiremos viviendo. Regocíjate, pues,
-Eva, con razón apellidada madre del género humano, madre de cuanto
-vive, pues que por ti vivirá el Hombre, y para el Hombre vivirá todo.»
-
-Pero con rostro afectuoso a la vez y triste, le replicó así Eva: «No
-es digna de ese glorioso título una pecadora, que destinada a ser tu
-ayuda, se convirtió en tu asechanza: improperios, aversión y toda
-especie de oprobio es lo que merezco; y sin embargo, la misericordia de
-mi Juez es infinita. Yo, que he dado la muerte a todos, vengo a ser por
-su gracia fuente de vida; y tú, generoso a tu vez también, me juzgas
-digna de tan alto título, cuando lo soy únicamente de otro. Pero ya el
-campo nos llama al trabajo, que ahora ha de costarnos sudor, después de
-una noche de insomnio. Mas ¿no ves? Mira cómo la mañana indiferente a
-nuestro cansancio vuelve a emprender risueña su rosada vía. Marchemos,
-pues: no me apartaré más de tu lado, cualquiera que sea el sitio a que
-nos conduzca nuestra cotidiana faena, que ha de sernos penosa en lo
-sucesivo, pues ha de durar lo que dure el día; bien que si permanecemos
-aquí ¿qué trabajo ha de parecernos duro en medio de estos bellos
-pensiles? Vivamos en ellos, y viviremos contentos, aunque hayamos
-descendido tanto de nuestro estado.»
-
-Así discurría, a medida de sus deseos, profundamente humillada Eva;
-mas otra era la decisión del Hado, y la Naturaleza tardó poco en
-manifestarla por medio de las aves, de los brutos y del aire, porque
-este eclipsó de repente el purpúreo brillo de la mañana. A su vista el
-ave de Júpiter, desde lo más alto de su vuelo, cayó sobre dos pájaros
-de bellísima pluma a quien perseguía, y el animal que reina en los
-bosques, y que por primera vez se hizo entonces cazador, bajando de
-una colina, se lanzó contra un ciervo y su compañera, la más hermosa
-pareja de aquellos montes. Huían hacia la puerta oriental del Paraíso;
-observábalo Adán, y siguiéndolos con sus miradas, dijo conmovido a Eva:
-
-«¡Ay, Eva! Algún próximo contratiempo nos amenaza, cuando por medio
-de esos mudos indicios de la Naturaleza, nos presagia el cielo sus
-designios, o cuando menos nos da a entender que confiamos demasiado en
-la remisión de nuestro castigo, porque nuestra muerte se ha diferido
-algunos días. ¿Quién sabe lo que durarán, ni lo que hasta entonces será
-nuestra existencia, ni si lo más que averiguaremos es que somos polvo,
-que polvo volveremos a ser, y que acabaremos? ¿A qué, si no, ponernos
-delante de ese doble espectáculo, esa súbita persecución en el aire y
-en la tierra, ambas en la misma dirección y en el mismo instante? ¿Por
-qué esa oscuridad del lado de oriente antes de mediar el día, y ese
-fulgor matutino, más vivo que el de la aurora, que ostenta aquella nube
-hacia el occidente, esparciendo destellos por el firmamento azul, y
-descendiendo lentamente cual si trajese una misión del cielo?»
-
-Y no era ofuscación suya; que de aquella parte, reflejando en el
-Paraíso un resplandor marmóreo y posándose sobre una colina, anunciaba
-una aparición gloriosa, de que no hubiera dudado Adán, si el humano
-temor no hubiera puesto en sus ojos sombras. No aparecieron más
-esplendentes los ángeles cuando se mostraron a Jacob en Mahanain,
-viéndose cubierto el campo con las tiendas de sus fúlgidas
-cohortes[129]; ni cuando en Dothan se descubrió flamígera montaña hecha
-un campo de fuego y amenazando al monarca sirio, que para sorprender
-a un solo hombre y obrando como asesino, suscitó una guerra, sin
-proclamarla[130].
-
-Señaló el príncipe de las celestes jerarquías los puestos que habían
-de ocupar sus brillantes potestades para apoderarse del jardín, y él
-se adelantó solo, buscando el sitio en que se había refugiado Adán.
-No se le ocultó a este, y mientras se acercaba el supremo mensajero,
-dijo a su esposa: «Disponte ya, Eva, a alguna gran novedad que quizá ha
-de cambiar nuestra suerte, o imponernos nuevas leyes a que tendremos
-de someternos, porque veo a lo lejos descender de la fulminante nube
-que envuelve la colina un guerrero de la legión celeste, y según su
-apariencia, no de los inferiores. Será algún gran Potentado, alguno de
-los supremos Tronos; que tal es la majestad que le rodea. No me inspira
-temor por su terrible aspecto, ni tiene la benigna dulzura de Rafael,
-que tanta confianza infunde, sino una presencia tan solemne como
-sublime; y para no ofenderle, retírate tú; yo con la mayor reverencia
-le saldré al encuentro.»
-
-[Ilustración: Las cohortes angélicas descendían al Paraíso.]
-
-Y apenas dijo esto, se le acercó el Arcángel apresuradamente, no en su
-figura celestial, sino ataviado como un hombre que ha de entenderse con
-otro hombre. Sobre sus resplandecientes armas flotaba una veste marcial
-de púrpura, más viva de color que la Melibea[131], o que la grana de
-Sarra[132] con que en los tiempos de treguas se ornaban los reyes y
-antiguos héroes. Isis tejió sus matices; su estrellado yelmo con la
-visera alzada dejaba ver un rostro en las primicias de la virilidad
-que acaba de salir de la juventud; a un lado, como un radiante zodíaco
-llevaba pendiente la espada, terrible espanto de Satanás, y en su
-mano empuñaba la lanza. Adán se inclinó profundamente; el Arcángel se
-mantuvo erguido, y con majestuosa dignidad le dio así cuenta de su
-mensaje:
-
-«Adán, el supremo mandato del cielo no ha menester exordios: baste
-decirte que tus ruegos han sido oídos, y que la muerte a que estabas
-sentenciado desde el momento de tu transgresión retrasará su
-golpe los largos días que te están concedidos para dar lugar a tu
-arrepentimiento, y a que borres tu criminal acción con tus buenas
-obras. Entonces tal vez, desenojado tu Señor, te redimirá enteramente
-de la instancia con que la muerte te reclama; pero no te es permitido
-morar más tiempo en el Paraíso, y yo he venido para sacarte de él y
-enviarte fuera del Edén a labrar la tierra de que fuiste formado, y a
-cuyo seno es bien que vuelvas.»
-
-No dijo más; porque al oír Adán estas palabras, sintió sobrecogido su
-corazón y embargados sus sentidos por el hielo del más acerbo dolor;
-mas Eva, que aunque oculta, todo lo había escuchado, se denunció a sí
-misma, prorrumpiendo en gritos y agudos lamentos:
-
-«¡Oh inesperado golpe, más terrible que el de la muerte! ¡Salir de
-este dulce Paraíso, dejar mi suelo natal y estos dichosos y umbríos
-vergeles, morada digna de dioses! ¡Y yo que esperaba subsistir aquí
-tranquila en medio de mi tristeza, hasta que llegase el día mortífero
-para ambos! Flores amadas que no hallaré en ningún otro clima, las
-primeras a quienes visitaba por la mañana, las últimas de quienes
-por la tarde me despedía; flores que tanto cuidaba mi cariñosa mano
-desde que os abríais, y a todas las cuales he dado nombre: ¿quién os
-enderezará hacia el Sol ahora, y os ordenará por tribus, y os regará
-con la ambrosía de estos puros manantiales? Y tú, por fin, nupcial
-gruta, que yo me complacía en embellecer con cuanto puede ser agradable
-a la vista y al olfato: ¿cómo me alejaré de ti para andar vagando por
-un mundo inferior, que comparado con este será salvaje y sombrío? ¿Cómo
-vivir de un aire menos puro, acostumbrada a estos frutos inmortales?»
-
-Al oír esto el Ángel, la interrumpió dulcemente: «No así te lamentes,
-Eva; renuncia con resignación a lo que justamente has perdido; no te
-apasiones con tanta vehemencia de lo que no es tuyo. Al salir de aquí,
-no vas sola; va contigo tu esposo, a quien estás obligada a seguir,
-porque donde él habite será tu tierra natal.»
-
-Entonces Adán, volviendo en sí de su repentino e inerte anonadamiento
-y recobrando el ánimo, dirigió a Miguel estas humildes palabras:
-«Espíritu celestial, bien seas uno de los Tronos, bien lleves el
-nombre de superior entre ellos, porque tu majestad puede ser propia
-de un príncipe que impera sobre otros príncipes: bondadosamente nos
-has comunicado tu mensaje, que a hacerlo de otro modo, no hubiéramos
-resistido a tan duro golpe; mas todo el dolor, todo el abatimiento y
-desesperación que puede resistir nuestra flaqueza, en tus palabras
-están cifrados al anunciarnos el destierro de esta feliz morada, que
-era nuestro dulce asilo, el único consuelo a que nuestras almas estaban
-acostumbradas. Cualquiera otro lugar nos parecerá inhospitalario y
-yermo; nos desconocerá a nosotros y será para nosotros desconocido.
-¡Ah! Si a fuerza de incesantes ruegos lograse apiadar la voluntad de
-Aquel que lo puede todo, no cesaría un momento de importunarle con
-continuos clamores; pero pedirle lo que se opone a su absoluto decreto,
-sería tan inútil como querer contrarrestar con nuestro hálito la
-fuerza del viento, que rechaza sofocante sobre nosotros al exhalarlo.
-Me someto, pues, a su soberano mandato: solo me aflige la idea de que
-al partir de aquí, no volveré a ver su rostro, no contaré más con su
-bendito auxilio. Aquí hubiera yo recorrido de uno en otro, adorándolos,
-todos los sitios en que se dignó consolarme con su divina presencia;
-y hubiera dicho a mis hijos: «En este monte se me apareció; bajo este
-árbol se me hizo visible; entre estos pinos oí su voz; aquí, orillas de
-esta fuente, conversé con Él.» En muestra de reconocimiento, le hubiera
-erigido altares de césped, y hubiera acumulado lustrosas piedras de los
-arroyos en memoria y monumento para las futuras edades, y derramado
-sobre ellas el dulce perfume de odoríferas gomas, de los frutos y
-de las flores. Pero en ese otro ínfimo mundo ¿dónde hallaré sus
-brillantes apariciones, ni siquiera señal de la huella de sus plantas?
-Porque, aunque yo huya de su cólera, una vez recobrada la vida, y
-prolongada su duración y legada a la posteridad que se me promete, no
-me queda otro consuelo que alcanzar a ver los destellos últimos de su
-gloria y adorar de lejos los más leves vestigios de sus pasos.»
-
-«No ignoras, Adán, le replicó Miguel con afectuoso semblante, que suyo
-es el cielo, suya la tierra toda, no esta roca solamente; que llena
-con su presencia la tierra, el mar, el aire, todo cuanto vive alentado
-por el calor de su virtual omnipotencia. Te ha concedido el dominio
-de la tierra toda para que la poseas y la gobiernes, don que no debes
-menospreciar; y así, no creas que su presencia está reducida a los
-estrechos límites del Paraíso o del Edén. Este hubiera sido quizá la
-cabeza de tu imperio, de donde hubieran salido todas las generaciones,
-y adonde hubieran vuelto también de todos los confines de la tierra
-para ensalzarte y reverenciarte a ti, su ilustre progenitor; pero
-tú has perdido esta preeminencia, decayendo hasta el punto de tener
-que morar en el mismo suelo que tus hijos. No dudes, pues, de que
-tan presente como aquí, está Dios en los valles y en las llanuras,
-de que le hallarás en todas partes, y de que por donde quiera te
-seguirán las pruebas de su presencia, y te verás circuido de su bondad
-y paternal amor, de su verdadera imagen y de las divinas huellas de
-sus pasos. Y para que puedas creer y asegurarte en esto antes que de
-aquí salgas, has de saber que soy enviado para revelarte lo que en
-los futuros siglos te acontecerá a ti y acontecerá a tu descendencia.
-Prepárate a presenciar bienes y males, la pugna que se empeñará entre
-la divina gracia y la perversidad del hombre. Así aprenderás la
-verdadera resignación, y a moderar la alegría con el temor y un piadoso
-recogimiento, de modo que te mantengas igualmente sereno en la fortuna
-y en la adversidad, para que puedas arrostrar más a salvo los trances
-de la vida, y disponerte mejor al de la muerte cuando sobreviniere.
-Sube ahora conmigo a esta eminencia; deja aquí a Eva, a quien ya he
-tranquilizado, entregada al sueño, mientras tú, despierto, contemplas
-el porvenir, como en otro tiempo dormías tú también, cuando ella vino a
-la vida.»
-
-A cuyas palabras agradecido, contestó Adán: «Sube en buen hora, que yo
-te seguiré como a seguro guía por el camino que me conduzcas; sumiso
-estoy a la voluntad del cielo en medio de mi castigo. Opondré dócil
-pecho a todos los males, y me armaré para hacerme superior a todos los
-sufrimientos y conseguir desde luego la tranquilidad, por medio del
-trabajo, si así puedo merecerla.»
-
-Y ascendieron ambos a la visión divina. Era aquella montaña la más alta
-del Paraíso, y desde su cima se descubría claramente el hemisferio
-de la tierra, que se dilataba hasta donde podía alcanzar la vista.
-No era más elevada ni en torno se extendía más la montaña a donde
-por diferente causa llevó el Tentador, hallándose en el desierto,
-al segundo Adán, para mostrarle todos los reinos de la tierra y las
-grandezas de cada uno.
-
-Desde allí pudo contemplar en su propio asiento las ciudades de antigua
-o reciente fama, las que eran cabeza de los más insignes imperios,
-desde los muros destinados a Cambalu, silla de Can del Caita, y desde
-Samarcanda, orillas del Oxo y trono de Temir, hasta Pekín, donde
-reinan los reyes de la China[133]. De aquí corrió su vista hasta
-Agra y Lahor, propias del gran Mogol, y hasta el Quersoneso Áureo,
-o hacia Ecbatana la de Persia, después Hispahan, o a Moscú, donde es
-soberano el Zar de Rusia, y a Bizancio, dominada por el Sultán, que
-nació en el Turquestán. Pudo luego fijar sus ojos en el reino de Nego
-y su puerto más lejano, Erecco, y los pequeños estados marítimos de
-Montbaza, Quiloa, Melinde y Sofala, que algunos creen Ofir, hasta los
-reinos de Congo y Angola, más al mediodía; y trasladándose del río
-Níger al monte Atlas, los imperios de Almanzor, de Fez, de Sus, de
-Marruecos, de Argel, y Tremecén. Y desde allí contempló a Europa, y el
-lugar en que Roma había de dominar al mundo. Y allá en su imaginación
-quizá descubrió también la opulenta Méjico, imperio de Moctezuma, y el
-del Cuzco en el Perú, espléndido trono de Atabalipa, y la Guyana, no
-despojada aún, a cuya principal ciudad llamaron El Dorado los hijos de
-Gerión.
-
-Mas para disponerle a representaciones más sublimes, Miguel levantó
-de los ojos de Adán el velo que había puesto sobre ellos el falso
-fruto de que se prometió vista más perspicaz; y luego le purificó el
-nervio visual con eufrasia y ruda[134] porque tenía mucho que ver,
-y le introdujo en él tres gotas de agua sacadas de la fuente de la
-vida. La virtud de aquellas yerbas penetró de tal manera hasta lo
-íntimo de la vista intelectual, que precisado Adán a cerrar los ojos,
-quedó enajenado, cayendo todos sus espíritus en un éxtasis; por lo
-que el bello Ángel le asió de la mano y le hizo al punto volver en sí
-diciéndole:
-
-«Adán, abre ahora los ojos, y contempla en primer lugar los efectos que
-tu crimen original ha producido en algunos de los que nacerán de ti;
-los cuales, sin embargo, no han tocado jamás al árbol prohibido, ni
-conspirado con la serpiente, ni delinquido con tu pecado[135]; pero,
-a pesar de ello, de ese mismo pecado heredan la corrupción que ha de
-precipitarnos en acciones más violentas.»
-
-Abrió los ojos Adán, y vio un campo que, labrado en parte, estaba lleno
-de haces de paja recién segada; el resto quedaba para pasto y rediles
-de los ganados. En medio, como marcando un límite, se alzaba un altar
-rústico, hecho de yerba, al cual llegaba de pronto un segador sudoroso,
-que depositaba en él las primicias de sus frutos, espigas verdes aún y
-tostados haces, pero revueltos, y según más a mano los había hallado.
-Inmediato a él se veía un pastor en actitud más humilde, cargado
-con los recentales más escogidos y mejores de su rebaño, y después
-de sacrificarlos, extendía las entrañas y la grasa sobre la leña ya
-preparada, rociándolas con incienso y practicando todos los demás ritos
-debidos. De repente bajó del cielo un fuego propicio sobre su ofrenda,
-y la consumió con presta llama, esparciendo alrededor un grato aroma;
-pero la ofrenda del otro no se consumió, porque no era sincera; lo cual
-le encendió en ira, y según estaba hablando con el pastor, le lanzó en
-medio del pecho una piedra que le dejó sin vida. Cayó, y cubierto de
-mortal palidez, exhaló el alma entre torrentes de sangre. Sobrecogido
-con aquel espectáculo el corazón de Adán, exclamó:
-
-«Maestro mío: ¿Por qué ha sucedido tan gran desdicha a ese hombre
-humilde, que tan bien ha hecho su sacrificio? ¿Este premio reciben la
-piedad y una devoción tan pura?»
-
-Y Miguel le respondió conmovido: «Esos dos son hermanos, Adán, y
-nacerán de ti. El injusto ha matado al justo, por envidia de que
-el cielo haya aceptado la ofrenda de su hermano; pero esa acción
-sanguinaria será vengada, y como tan meritoria la fe del otro, no
-quedará sin recompensa, aunque le ves morir aquí cubierto de polvo y
-sangre.»
-
-«¡Ay! dijo nuestro padre. ¡Por esa acción y por esa causa! ¿Conque lo
-que he visto es la muerte? ¡Y por este medio volveré yo a la tierra
-nativa! ¡Oh espectáculo terrible, que no puede contemplarse sin
-repugnancia y asombro, ni considerarse sin horror, ni sentirse sin
-espanto!»
-
-A lo que contestó Miguel: «Ya has visto en el hombre la primera forma
-de la muerte; pero ¡cuán varias son las que toma, y cuántos los caminos
-que conducen a su hórrida caverna, y todos ellos tristes! Es, sin
-embargo, más vaporosa para los sentidos a la entrada que interiormente.
-Unos, como acabas de ver, morirán por un golpe violento, otros por
-el fuego, el agua y el hambre, y muchos por la intemperancia en los
-manjares y en las bebidas. Ella propagará por la tierra crueles
-enfermedades, que en monstruosa multitud se ofrecerán a tu vista, para
-que comprendas cuántas miserias ha acarreado a la Humanidad el liviano
-apetito de Eva.»
-
-Al punto apareció a su vista una mansión triste, repugnante, sombría,
-parecida a un lazareto, en la cual se veían amontonados gran número de
-pacientes, porque allí se juntaban todas las enfermedades, el horroroso
-espasmo, los agudos tormentos, el agonizante desmayo del corazón, toda
-especie de fiebres, las convulsiones, las epilepsias, los rigurosos
-catarros, la piedra intestina y las úlceras, los cólicos rabiosos, el
-infernal frenesí, la siniestra melancolía, la lunática demencia, la
-lánguida atrofia, con el marasmo, la hidropesía y la peste devastadora,
-y las dropsias, el asma y el reuma que destroza la trabazón de los
-miembros. Las toses eran crueles, amarguísimos los suspiros; la
-desesperación corría de lecho en lecho acosando a los enfermos, y
-sobre ellos blandía su dardo la muerte triunfante, pero retardando sus
-golpes, a pesar de que a todas horas la invocaban con afán como el
-supremo bien y la última esperanza.
-
-¿Quién, ni aun el corazón más endurecido, hubiera contemplado con ojos
-enjutos espectáculo tan tremendo? A Adán no le era posible, y lloró,
-a pesar de no haber nacido de mujer; predominó la compasión en lo más
-perfecto del Hombre, y por algún tiempo se entregó al llanto, aunque
-acudiendo a su mente más graves pensamientos, moderó su exceso, y así
-que recobró la palabra, volvió a sus exclamaciones:
-
-«¡Oh miserable especie humana! ¡A qué degradación has llegado! ¡Qué
-condición tan infeliz te está reservada! Más te valiera no haber
-nacido. ¿Por qué se nos ha impuesto? Si el que la recibe la conociese
-¿cómo había de aceptar semejante oferta, y no rechazarla desde luego,
-prefiriendo quedar en un pacífico olvido? ¿Es posible que siendo
-el Hombre imagen de Dios, y habiendo sido formado tan bueno, tan
-preeminente, aunque después se haya hecho criminal, tenga que pasar por
-sufrimientos tan terribles a la vista, y al ánimo tan intolerables?
-¿Por qué, conservando aún el Hombre parte de la semejanza divina, no
-había de estar libre de semejantes imperfecciones, preservándole de
-ellas el mismo respeto que se debe a la imagen de su Creador?»
-
-«La imagen de su Creador, replicó Miguel, se apartó de ellos desde
-el momento en que se envilecieron al entregarse a sus apetitos
-desordenados; desde aquel punto se trocaron en la imagen de aquel a
-quien servían, del vicio brutal que indujo a pecar, sobre todo a Eva, y
-que los rebajó hasta el punto de hacerlos dignos de su castigo. Porque
-no es la imagen de Dios la que han afeado, sino la suya propia, y si
-alguien ha desvanecido esta semejanza, han sido ellos; y al convertir
-las saludables leyes de la pura naturaleza en horribles enfermedades,
-ellos se imponen un castigo justo, por no haber respetado la imagen de
-Dios que llevaban en sí mismos.»
-
-«Reconozco esa justicia, dijo Adán, y me someto a ella; pero ¿no
-hay otro medio menos doloroso que estos, para llegar a la muerte y
-confundirnos con nuestro originario polvo?»
-
-«Uno hay, respondió Miguel, que consiste en observar la regla de _No
-excederse_, de guardar templanza en lo que se come y bebe, procurándose
-el alimento preciso, no los deleites de la glotonería; con lo que
-pasarán multitud de años sobre tu cabeza. Así podrás vivir, hasta
-que, como el fruto maduro, vuelvas al seno de tu madre; y no serás
-arrancado violentamente, sino que te desprenderás con facilidad cuando
-estés sazonado para la muerte, es decir, en tu ancianidad; y entonces
-sobreviviendo a tu juventud y a tu robustez, se convertirá en débil
-y caduca y encanecerá tu belleza; y torpes ya tus sentidos, quedarán
-yertos para el gusto que ahora sientes en los placeres; y en lugar de
-ese espíritu juvenil, confiado y vivaz, se inyectará en tu sangre un
-humor melancólico, frío y estéril, que amenguará tu vigor y acabará por
-consumir todo el bálsamo de tu vida.»
-
-A lo que repuso nuestro primer padre:
-
-«Pues bien: no esquivaré ya la muerte; no deseo prolongar mucho
-la vida; dispuesto estoy, por el contrario, a dejar cuan dulce y
-fácilmente me sea posible esta pesada carga, que debo tener sobre mí
-hasta que llegue el día designado para librarme de ella; y esperaré
-tranquilamente mi disolución.»
-
-Y añadió Miguel: «No ames ni aborrezcas la vida, pero mientras te
-dure, esfuérzate en vivir bien. Si será larga o breve, el cielo ha de
-decidirlo. Y ahora prepárate a presenciar otro espectáculo.»
-
-Miró, y vio una espaciosa llanura llena de tiendas de varios colores:
-junto a unas pastaban rebaños de ganados; de otras salían voces de
-instrumentos que por sus acordes melodías indicaban ser órganos y
-arpas; y se descubría el que movía las teclas y pulsaba las cuerdas,
-cuya ligera mano recorría todos los sonidos desde el más bajo al más
-alto, produciendo resonantes fugas. En otro lado estaba un hombre
-trabajando en una fragua con dos pedazos de hierro y cobre que había
-derretido, y encontrado antes, ya porque un incendio casual abrasando
-algún bosque en cualquier montaña o valle, y penetrando por las venas
-de la tierra, hubiese arrojado el ardiente metal por la boca de una
-concavidad, ya porque algún torrente hubiese expelido aquellas materias
-de las profundidades en que se hallaban. Con solo derramar el líquido
-en unos moldes que tenía ya preparados, forjó primero sus propias
-herramientas, y luego las que podían servir para liquidar o labrar los
-metales mismos.
-
-Después de estos, aunque no a mucha distancia, bajaron a la llanura
-desde la cima de los altos montes en que moraban, otros hombres de
-diferente raza. Indicaban en su apariencia ser hombres justos, que
-ponían su estudio en adorar sinceramente a Dios, en contemplar sus
-obras manifiestas, y en cuidarse de todo aquello que puede proporcionar
-a los hombres libertad y paz. Y no habían discurrido largo tiempo por
-la llanura cuando de pronto salen de las tiendas un tropel de mujeres
-bellísimas, ricamente ataviadas de joyas y galas seductoras, cantando
-al compás de las arpas dulces y amorosos cánticos y tejiendo vistosas
-danzas[136]. Aquellos hombres, que permanecían graves, las miraron,
-fijaron en ellas sus ojos sin temor alguno, hasta que prendidos por
-fin en sus halagüeñas redes, cedieron a su encanto, y cada cual eligió
-la que le agradaba más; y en amantes coloquios se entretuvieron,
-hasta que apareció, precursora del amor, la estrella de la noche; y
-ardiendo entonces en fuego que los devoraba, encendieron las antorchas
-nupciales, y mandaron que se invocase al himeneo, que por primera vez
-se invocó en los ritos del matrimonio; y las tiendas todas resonaron en
-fiestas y ruidosas músicas.
-
-Aquellos inefables coloquios y deleitosos arrobamientos del amor y
-de la juventud, que no malograban un solo instante, aquellos cantos
-y lazos de flores y dulcísimas armonías, de tal modo interesaban el
-corazón de Adán, de suyo inclinado al placer, irresistible propensión
-de la naturaleza, que exclamó así:
-
-«Verdaderamente me has abierto los ojos ¡oh tú el primero de los
-ángeles benditos! Más grata me parece esta visión, y más esperanzas
-de pacíficos días me ofrece, que las dos pasadas. En ellas todo era
-estrago y muerte y tormentos aún más terribles; en esta la naturaleza
-parece realizar todos sus designios.»
-
-«No juzgues, le advirtió Miguel, que lo más placentero es lo mejor por
-más que parezca satisfacer a la naturaleza, y menos debes juzgarlo tú,
-creado para fin más noble, más santo y puro, y más conforme con la
-divinidad. Esas tiendas que tan agradables te parecen, son el albergue
-de la perversidad, y en ellas habitará la raza de aquel que mató a su
-hermano. Parecen cultivar con afán las artes que embellecen la vida,
-de las que son raros inventores, pero se olvidan de su Creador, cuyo
-espíritu los ilumina, y no reconocen ninguno de sus beneficios. Nacerá
-de ellos, sin embargo, una generación hermosa, porque esa turba de
-mujeres tan bellas que acabas de ver, diosas en la apariencia, amables,
-alegres, encantadoras, carecen de la bondad que consiste en la honra
-doméstica, el principal timbre de una mujer. Destinadas y aderezadas
-solo a los apetitos lascivos, servirán no más que para cantar y danzar
-y lucir galas y ejercitar la lengua y flechar los ojos; y esa sobria
-raza de hombres cuyas vidas religiosas les hacían dignos del título
-de hijos de Dios, sacrificarán bajamente toda su virtud, toda su fama
-a las seducciones y sonrisas de esas bellas ateas. Ahora nadan en
-placeres; nadarán luego en un profundo abismo; y ríen, pero en breve el
-mundo se convertirá para ellos en un mundo de lágrimas.»
-
-Frustrada con esto la breve alegría de Adán: «¡Qué lástima y qué
-vergüenza, exclamó, que los que con tan buenos auspicios entran en
-la vida, tan fácilmente se aparten de su sendero, tomando otros
-extraviados, o desfallezcan a la mitad del camino! Y lo que veo es que
-siempre los males del hombre tienen un mismo origen, todos provienen de
-la mujer.»
-
-«Provienen, repuso el Ángel, de la afeminada flaqueza del hombre, que
-debería conservar más cuerdamente su dignidad, ya que ha recibido dones
-tan superiores. Pero vas a ser testigo de otra escena.»
-
-Miró, y descubrió un vasto país que delante de él se dilataba, ocupado
-por pueblos y edificios rurales, y más lejos por ciudades populosas,
-con sus puertas y fuertes torres, y una muchedumbre armada, en cuyos
-feroces semblantes se retrataba la guerra, gigantes de inmensos cuerpos
-y osados en sus empresas. Unos blandían sus armas, otros aguijaban a
-sus fogosos bridones, y así jinetes como infantes, ya diseminados,
-ya en orden de batalla, no desempeñaban allí un ministerio ocioso.
-Apostados en un camino los escogidos para este fin, acopiaban forraje
-y recogían gran número de hermosos bueyes y no menos hermosas vacas,
-que arrebataban a sus suculentos pastos, y rebaños enteros de lanudas
-ovejas y balantes corderillos, rico botín de todos aquellos llanos:
-apenas si lograban escapar con vida los pastores, que pedían socorro
-a gritos. De repente se traba un sangriento combate: chocan entre sí
-con cruel furia los escuadrones, y en el sitio mismo en que poco antes
-pacían los ganados, yacen multitud de cadáveres y armas destrozadas,
-y la tierra sangrienta se trueca en un desierto. Acampados otros,
-asedian una población fuerte, y la hostilizan con baterías, con
-minas, con escalas, mientras los sitiados se defienden desde lo alto
-de las murallas, con flechas, jabalinas, piedras y ardiente azufre:
-horrible mortandad y gigantescas proezas por ambos lados. Más allá
-los heraldos con sus cetros llaman a consejo en las puertas de la
-ciudad, y al punto se reúnen varios hombres de cabellos blancos y
-grave aspecto, mezclándose con los guerreros; hácense oír arengas
-elocuentes, pero suscítase de pronto una oposición facciosa, hasta que
-por fin se levanta un personaje de mediana edad[137], distinguido por
-su prudencia, que discurre largamente sobre el derecho y la sinrazón,
-la justicia, la religión, la verdad, la paz y el juicio de Dios.
-Vitupéranle mozos y viejos, y hubieran puesto sus manos violentamente
-en él, a no bajar una nube que le arrebató, desapareciendo a los ojos
-de aquella multitud. De esta suerte procedían allí la violencia, la
-tiranía, la ley de la fuerza, y no era dable sosiego alguno en aquella
-tierra.
-
-Lloraba Adán amargamente, y volviéndose a su guía le preguntó
-sollozando: «¿Qué gente es esa, ministros de la Muerte, no hombres,
-que así se la dan a sus semejantes, y que multiplican diez mil veces
-el homicidio de su hermano? Porque hermanos suyos son esos a quienes
-degüellan, hombres que asesinan a otros hombres. Y ese justo que a
-pesar de su virtud hubiera perecido, a no haberle salvado el cielo,
-¿quién era?»
-
-«Esos, replicó Miguel, son los resultados de los torpes matrimonios
-que has visto. Desde el punto en que se unen el bien y el mal, que
-recíprocamente se aborrecen, la imprudencia de tal unión produce
-monstruosos engendros de cuerpo y alma. Tales serán esos gigantes,
-hombres de encumbrada fama, porque en semejantes tiempos solo se
-admirará la fuerza, que se llamará valor y virtud heroica. Vencer en
-las batallas, subyugar naciones, volver uno cargado de los despojos de
-infinitas víctimas inmoladas, se considerará como el más sublime grado
-de la gloria humana; que todo esto se hará por la gloria del triunfo,
-para alcanzar el nombre de grandes conquistadores, bienhechores de
-la humanidad, dioses, hijos de los dioses, cuando más bien debieran
-llamarse destructores y plagas de la especie humana. Así se adquirirá
-en la tierra fama y nombradía, y el verdadero mérito se dará al olvido.
-Ese, que ha de ser el séptimo de tus descendientes, único justo de esa
-generación perversa, ya has visto que le odiaban por eso mismo, y cuán
-expuesto estuvo entre tantos enemigos, porque se atrevió a ser el único
-virtuoso, y a anunciarles la ingrata verdad de que Dios rodeado de sus
-santos vendría a juzgarlos. Pero el Señor omnipotente le ocultó en una
-nube de perfumes, y sus alados corceles le arrebataron, como has visto,
-y Dios le ha recibido en su seno para que goce con él de la salvación
-en el reino de la bienaventuranza, exento de toda muerte; lo cual te
-dará a entender el premio reservado para los buenos y el castigo que
-a los demás aguarda; y en prueba de ello, dirige allí tus miradas y
-considera bien lo que vas a ver.»
-
-Y en efecto miró, y vio que todo había variado de aspecto. La boca de
-bronce de la guerra había cesado de rugir; todo a la sazón respiraba
-contento y júbilo, lujuria y disolución; todo era fiestas y danzas,
-matrimonios o prostituciones, según mejor parecía, raptos o adulterios,
-y por donde quiera que pasaba una mujer hermosa, arrastraba tras sí a
-los hombres. De las copas del deleite salían las discordias civiles.
-Por último llegó un venerable patriarca, y se mostró indignado de sus
-vicios, protestando contra su conducta. Frecuentaba sus reuniones
-en que solo veía triunfos y fiestas, y les predicaba conversión y
-arrepentimiento, como a almas que gemían encarceladas y en breve habían
-de sufrir una sentencia terrible. Todo fue en vano; y cuando sintió que
-se acercaba la hora, renunció a sus consejos, y mudó lejos de allí sus
-tiendas.
-
-En seguida, cortando altos troncos de la montaña, comenzó a construir
-una nave de extraordinarias dimensiones; calculó los codos que había
-de tener en longitud, en anchura y elevación; cubriola en derredor de
-betún; abrió una puerta en uno de sus costados, la llenó de abundantes
-provisiones para hombres y animales, y ¡oh singular prodigio! de
-cada especie de animales, aves y pequeños insectos, entraron en ella
-a setenas y a pares[138], obedeciendo al precepto que se les había
-impuesto, y los últimos de todos el padre, sus tres hijos y sus cuatro
-mujeres; después de lo cual cerró Dios la puerta.
-
-[Ilustración: Cortando altos troncos de la montaña, comenzó a
-construir una nave...]
-
-[Ilustración: Las olas habían sepultado ya las demás viviendas...]
-
-Al propio tiempo se levantó el viento del mediodía, y desplegando
-sus inmensas y negras alas, acumuló las nubes que se extendían bajo
-del cielo, las cuales se aumentaron con todos los vapores, con todas
-las húmedas y sombrías exhalaciones que inmediatamente les enviaron
-las montañas. Cerrose el denso firmamento como con una lóbrega
-techumbre, y se desgajó una impetuosa lluvia, que prosiguió cayendo
-hasta que la tierra se ocultó a la vista. Sobrenadaba el bajel en
-medio de las aguas y con su enristrada proa se abría seguro paso; las
-olas habían sepultado ya las demás viviendas, que con todas sus pompas
-rodaban por el profundo abismo; el mar inundaba al mar, dejándole
-sin términos y sin playas, y en los palacios que tal magnificencia
-ostentaban antes, se guarecían y propagaban los monstruos marinos. De
-todo el género humano ha poco tan numeroso, no quedaba más que lo que
-iba nadando en aquella frágil embarcación.
-
-¡Qué pena sentiste entonces, Adán, al ver el fin de tu descendencia,
-fin tan triste, y al considerar tan completa despoblación! Tú también
-te hallaste sumido en otro diluvio de lágrimas y pesares, anegado y
-ahogado como tus hijos, hasta que blandamente sostenido por el Ángel,
-pudiste permanecer en pie, bien que inconsolable, como un padre que
-llora a sus hijos, muertos todos a un tiempo ante sus ojos; tanto, que
-apenas te quedó fuerza para manifestar así tu dolor al Ángel:
-
-«¡Oh visiones en mal hora tenidas! Más dichoso hubiera vivido ignorante
-del porvenir. Hubiera yo solo participado de tantos males; que la carga
-diaria se lleva difícilmente. Estas penas que se reparten en varios
-siglos y que caen de una vez sobre mí, mi previsión las anticipa, y me
-atormentan con la idea de lo que han de ser antes de que existan. Que
-ningún hombre pretenda jamás averiguar la suerte que le ha de caber a
-él y a sus hijos en lo futuro: adquirirá la seguridad de males que su
-previsión no podrá evitar, y que solo temerlos serán para él no menos
-insoportables que si realmente le aconteciesen. Pero ya de esto no debo
-cuidarme: inútil es en el hombre esa prevención, dado que los pocos que
-sobrevivan perecerán al cabo, de hambrientos y acongojados, a fuerza de
-vagar por esos líquidos desiertos. ¡Insensato! Llegué a esperar, al ver
-que la violencia y la guerra desaparecían de la tierra, que todo sería
-ventura, y que la paz vendría a coronar a la raza humana con largos
-días de prosperidad; pero ¡qué grande fue mi error! Ahora conozco que
-tanto como corrompe la paz, devasta la guerra. ¿Por qué ha de ser así?
-Explícamelo, mensajero celestial, y dime si la raza humana perecerá
-aquí.»
-
-Y Miguel replicó de nuevo: «Esos que ha poco has visto tan triunfantes
-y tan viciosamente opulentos, son los mismos que viste al principio
-llevar a cabo eminentes hechos y grandes proezas, pero sin el mérito de
-la verdadera virtud. Los cuales, después de haber vertido torrentes de
-sangre, trocado en ruinas las naciones que han sometido y granjeádose
-por tanto en el mundo fama, insignes títulos y grandes riquezas, han
-cifrado su bienestar en los placeres, la molicie, la ociosidad, la
-crápula y la concupiscencia, hasta que sus torpezas y su soberbia,
-de la intimidad en que con él vivían y de su pacífica situación, han
-extraído sus hostiles hechos. De la propia suerte, los vencidos y los
-esclavizados por la guerra han perdido, al tiempo que su libertad, toda
-virtud y el temor de Dios; y aunque con fingida piedad le imploren
-en el trance de las batallas, no los ayudará el Señor contra los
-invasores. Tibios así en su celo, procurarán en lo sucesivo vivir
-tranquilos, licenciosa y mundanalmente, poseyendo lo que les dejen
-gozar sus dueños, porque la tierra producirá siempre más que lo que la
-templanza exija. Todo, pues, degenerará, llegará a pervertirse todo;
-yacerán en el olvido la justicia, la moderación, la verdad, la fe. Un
-solo hombre quedará exceptuado, único hijo de la luz en un siglo de
-tinieblas, bueno a pesar de los malos ejemplos, de las seducciones,
-de las costumbres y de un mundo perverso; que superior al temor de
-los vituperios, de los sarcasmos y de las violencias, los amonestará
-para que se aparten de sus inicuas vías; que abrirá ante sus pasos
-las sendas de la rectitud, mucho más seguras y pacíficas; que les
-anunciará la cólera que amenaza a su impenitencia, y se apartará de
-ellos porque la escarnecen; Dios le contemplará como el único justo
-entre los vivientes; y él, obediente a su mandato, construirá esa arca
-maravillosa que has visto, para librarse en ella él y su familia de un
-mundo condenado a universal naufragio.
-
-»No bien, acompañado de los hombres y animales elegidos para transmitir
-la vida, entre y se guarezca en el arca, cuando instantáneamente se
-abrirán todas las cataratas del cielo, que noche y día derramarán
-torrentes de agua sobre la tierra; saldrán de madre las fuentes más
-profundas; reventará el océano, cubriendo todas sus playas, hasta que
-la inundación sobrepuje a los más encumbrados montes. Este del Paraíso,
-impelido por la fuerza de las olas y asaltado a la vez por los dos
-brazos de la corriente, perderá su asiento, y despojado de toda su
-pompa, arrastrados sus árboles por las aguas, se precipitará por el
-gran río[139] hasta la boca del golfo, donde se detendrá convertido en
-isla salada y árida, refugio de focas, orcas y gaviotas de graznido
-desapacible. Todo lo cual te enseñará que Dios no vincula en lugar
-alguno la santidad, si no va con los hombres que lo frecuentan o en él
-habitan. Y ahora presta atención a lo que sigue.»
-
-Miró, y vio el arca nadando sobre el agua, que a la sazón iba
-descendiendo, porque las nubes se alejaban empujadas por el viento
-sutil del norte, cuyo duro soplo rizaba la líquida superficie a medida
-que decrecía. Un sol radiante reflejaba en las cristalinas ondas, y
-como tras larga sed, se saciaba en ellas ansioso de su frescura; y
-en breve toda aquella inundación, formando un tranquilo lago, fue
-disminuyendo y estrechándose más y más, y se retiró por fin al profundo
-abismo, que había ya abierto sus diques, a tiempo que el cielo cerró
-sus cataratas[140].
-
-Ya no sobrenada el arca, sino que parece afirmada en tierra, y fija en
-la cima de alguna alta montaña; y ya se descubrían como otras tantas
-rocas las cumbres de las colinas. Las rápidas corrientes sepultan
-rugiendo sus airadas olas en el mar que se retira. Sale un cuervo
-volando del arca; tras él, un mensajero más seguro, una paloma enviada
-primera y segunda vez en busca de un árbol verde o de terreno donde
-pudiera asentar sus ligeros pies. Vuelve al segundo viaje, trayendo
-en el pico una rama de olivo, señal de paz; y al punto aparece seca
-la tierra; y baja del arca el venerable anciano con toda su familia;
-y levantando sus manos y sus piadosos ojos al cielo en muestra de
-gratitud, ve sobre su cabeza una nube de rocío, y en medio de ella un
-arco formado con tres brillantes fajas de varios colores, que indicaba
-la paz de Dios y una era de nueva alianza: con lo que el corazón de
-Adán, antes tan triste, se regocijó sobremanera, y expresó su júbilo en
-estos términos:
-
-«¡Oh tú, que puedes representar como presentes las cosas futuras,
-celestial maestro! Ya con este último espectáculo me reanimo, seguro
-como estoy de que vivirá el Hombre, y de que subsistirán con sus razas
-todas las criaturas. Al presente me lamento menos de la destrucción de
-todo un mundo de hijos criminales, cuanto me regocijo de haber hallado
-un solo hombre tan perfecto y tan justo, que Dios se haya dignado de
-hacerle principio de otro mundo, y de dar su cólera al olvido. Mas
-dime: ¿qué significan esas fajas de color que se enarcan en el cielo,
-como si el ceño de Dios se hubiese ya apaciguado? ¿Sirven, como una
-margen florida para detener la fluctuación de esa acuátil nube, por
-temor de que vuelva a disolverse y anegue otra vez la tierra?»
-
-Y le respondió el Arcángel: «Has acertado en tu conjetura, que Dios
-ha tenido la benevolencia de redimir sus iras, aunque tan arrepentido
-estaba últimamente de haber criado al Hombre capaz de depravación.
-Sintiose apesadumbrado cuando al inclinar al mundo su mirada, vio llena
-la tierra toda de violencias, y que la carne corrompía sus obras.
-Pero excluidos aquellos impíos, tal gracia ha merecido a sus ojos un
-hombre justo, que se ha apiadado, y no eliminará de la tierra a la raza
-humana. Consiente en no aniquilar ya el mundo con un nuevo diluvio,
-en no permitir que el mar traspase sus límites, ni la lluvia sumerja
-a hombres y animales. Siempre que tienda una nube sobre la tierra,
-desplegará su arco y seguirán su invariable curso el día y la noche,
-la estación de la siembra y de la cosecha, del calor y de los blancos
-hielos, hasta que el fuego purifique todas las cosas nuevas, y así el
-cielo como la tierra, donde ha de morar el justo.»
-
-
-
-
-LIBRO DUODÉCIMO
-
-
-ARGUMENTO
-
- Prosiguió el Ángel Miguel refiriendo lo que acontecerá después del
- Diluvio. Al hacer mención de Abraham, recorre sucesivamente la
- escala de los siglos hasta venir a explicar quién será el fruto
- nacido de la Mujer que se había prometido a Adán y Eva, culpables
- ya; su encarnación, muerte, resurrección y ascensión; y el estado
- de la Iglesia hasta su segunda venida. Completamente satisfecho
- Adán y tranquilizado con aquellos anuncios y promesas, baja de la
- montaña con Miguel. Despierta a Eva, que había estado durmiendo todo
- aquel tiempo, y cuyos agradables sueños la habían predispuesto a la
- tranquilidad de ánimo y a la obediencia. Miguel, llevándolos de la
- mano, los conduce a ambos fuera del Paraíso, y fulmina su ardiente
- espada, mientras los querubines se colocan en sus respectivos puestos
- según les había ordenado.
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-Como el viajero que precisado a caminar de priesa interrumpe, sin
-embargo, su marcha al mediodía, suspendió aquí el Arcángel su
-narración, quedando entre el mundo destruido y el mundo restaurado, por
-si Adán quería además discurrir sobre lo que había oído; pero a poco,
-valiéndose de una sencilla transición, prosiguió de nuevo, diciendo:
-
-«Has visto, pues, el principio y el fin de un mundo; has visto renacer
-al Hombre de un tronco; y aún tienes más que ver, pero conozco que
-tu vista mortal se debilita: estos objetos divinos no pueden menos
-de deslumbrar y fatigar los sentidos humanos. Lo que ha de acontecer
-después es mejor que te lo refiera; y así oye, y estame atento.
-
-»Mientras esta segunda generación de hombres se reduzca a corto número,
-y mientras en sus ánimos subsista el recuerdo de la terrible sentencia
-que se dictó, vivirán temerosos de Dios, procederán justa y rectamente
-y se multiplicarán en breve. La tierra, cultivada por ellos, les dará
-colmadas cosechas de trigo, vino y aceite; sacrificarán a menudo lo más
-selecto de sus rebaños, el toro, el cabrito, el cordero, prodigando
-con afectuosa mano sus libaciones; e instituyendo fiestas sagradas,
-transcurrirán sus días en inocente júbilo, en paz segura, divididos
-en tribus y familias bajo el mando de paternal autoridad, hasta que
-se levante un hombre altivo y ambicioso, que enemigo de igualdad tan
-bella y de tan feliz estado, se arrogue un injusto dominio sobre sus
-hermanos, y ahuyente de la tierra toda concordia, toda ley natural.
-Empleará sus armas, y no contra las fieras, sino contra los hombres,
-en guerras y hostiles asechanzas, y cuantos se nieguen a obedecer su
-tirano imperio; y por esto se apellidará el gran cazador, a despecho
-del Señor[141]; a despecho también del cielo, pretenderá derivar del
-mismo su transmitida soberanía, y su nombre equivaldrá al de rebelión,
-aunque acuse de rebeldes a los demás.
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-»Acompañado o seguido de una multitud tan ambiciosa como él y no menos
-propensa a la tiranía, marchando desde el Edén hacia el occidente,
-encontrarán una llanura, donde de las entrañas de la tierra, verdadera
-boca del infierno, brotará un betún negro e hirviente, y con él y con
-ladrillos labrados al intento, procurarán fabricar una ciudad y una
-torre, cuya cúspide llegue al cielo, con lo que logren eternizar su
-nombre, no sea que diseminados alguna vez por extrañas tierras, su
-memoria se dé al olvido[142], aunque por lo demás no se cuiden de que
-sea buena o mala esta memoria. Pero Dios, que sin ser visto desciende
-muchas veces a visitar a los hombres, y entra en sus moradas para
-investigar sus obras, fijó en ellos sus miradas y bajó a aquella ciudad
-antes de que su torre ocultase las torres del cielo; y burlándose
-de ellos, puso en sus lenguas espíritus diversos que alterando por
-completo su nativo idioma, lo convirtieron en un ruido disonante de
-palabras desconocidas. Suscitose de pronto un confuso y estrepitoso
-clamoreo entre los constructores; llamábanse unos a otros, pero
-nadie se entendía, de suerte que redoblando sus gritos, enfurecidos
-y creyéndose mutuamente injuriados, trabaron entre sí descomunal
-pelea. ¡Oh! ¡qué de risas produjo en el cielo aquel espectáculo, con
-su extraño azoramiento y su horrenda vocería! Cayó así en ridículo
-y concluyó la soberbia fábrica, que por esta causa fue llamada
-_Confusión_[143].
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-Viendo lo cual Adán, exclamó con paternal enojo: «¡Hijo execrable, que
-así aspira a avasallar a sus hermanos, apoderándose de una autoridad
-usurpada, que no ha concedido Dios! Solo nos ha dado dominio absoluto
-sobre las bestias, los peces y las aves; este derecho tenemos, debido a
-su bondad; pero no ha hecho al hombre señor de los demás hombres, sino
-que reservándose este título para sí, dejó a la humanidad libre de toda
-servidumbre humana. Y ese usurpador no se contenta con someter a su
-orgullo al hombre, porque con su torre pretende asaltar y desafiar al
-cielo. ¡Miserable! ¿Qué alimentos pensará transportar allá arriba para
-atender a su subsistencia y a la de su temerario ejército, cuando el
-aire sutil que reina sobre las nubes seque sus groseras entrañas, y le
-prive de respiración, ya que no esté privado de sustento?»
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-A lo que contestó Miguel: «Con razón te indignas contra ese mal hijo
-que tal perturbación produce en la tranquila existencia humana,
-empeñándose en subyugar la libertad, hija de la razón; pero no olvides,
-sin embargo, que desde tu culpa original, la verdadera libertad se
-ha perdido, la libertad gemela de la recta razón, y por consiguiente
-partícipe con ella de su mismo ser. Una vez oscurecida u olvidada en
-el hombre la razón, nacen en él los deseos inmoderados, las pasiones
-violentas, que le privan del imperio que sobre él ejerce aquella, y
-de libre que era, le reducen a esclavitud. Por lo mismo, desde el
-momento en que consiente que un poder ominoso avasalle el albedrío de
-su razón, Dios le impone el justo castigo de someterle exteriormente a
-violentos opresores, que por lo común tiranizan con no menos injusticia
-su libertad externa; y es bien que exista la tiranía, aunque no por
-eso sea el tirano disculpable. A veces las naciones decaerán de la
-virtud, que es la razón, de tal manera, que no la iniquidad, sino la
-justicia, o la maldición que sobre ellas caiga, las privará de su
-libertad externa y aun de la que interiormente disfruten. Testigo el
-hijo irrespetuoso de aquel que fabricó el arca, que a consecuencia de
-la afrenta con que infamó a su padre, oyó fulminar contra su viciosa
-raza esta maldición terrible: _Serás esclavo de los esclavos_.
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-»Caerá, pues, este último mundo, como el primero, de un mal en otro
-peor, hasta que cansado Dios de tantas maldades, retire su presencia
-de entre los hombres y aparte de ellos sus santas miradas, resuelto a
-abandonarlos en sus caminos de perdición, y a elegir entre todas las
-naciones una sola que sea la que le invoque, una nación que proceda del
-único hombre fiel, el cual more de la parte acá del Éufrates, aunque
-haya sido criado en el seno de la idolatría[144].
-
-»¿Podrás creer que esos hombres sean estúpidos hasta el punto de
-abandonar al Dios vivo, aun en vida del patriarca preservado del
-diluvio, y de adorar las obras salidas de sus propias manos, los leños
-y las piedras, como si fueran dioses? Pues a pesar de esto, el Altísimo
-Señor se dignará, por medio de una visión, alejar a ese hombre de la
-casa de su padre, de entre los suyos y del culto de sus falsos dioses,
-enviándole a una tierra que le mostrará; y hará que sea principio de
-una nación poderosa, a la cual colmará de bendiciones, de suerte que
-todas las demás naciones de su raza lleguen a ser igualmente benditas.
-Y ese hombre obedece al punto; no conoce la tierra adonde va, pero
-abriga una fe ciega. Yo estoy viéndole, aunque tú no puedas verle;
-veo la fe con que deja sus dioses, sus amigos, su suelo natal, la
-ciudad Ur de Caldea[145], pasando el vado para ir a Harán, y llevando
-en pos un séquito embarazoso de ganados y de sirvientes. No camina
-pobre, mas confía todas sus riquezas a Dios, que le llama a una tierra
-desconocida; y llega a Canaán, donde descubre sus tiendas colocadas
-alrededor de Siquén y en la llanura próxima a Moreh; y allí se le
-promete para su descendencia la donación de toda aquella tierra, desde
-Hamath, por la parte del norte, hasta el Desierto, a la del mediodía
-(distingo los lugares por sus nombres, aunque estos nombres no existan
-ya), y desde el monte Hermón hasta el anchuroso mar occidental. A este
-lado Hermón; en el otro el mar. Mira en perspectiva estos puntos según
-los voy mencionando: en la costa el monte Carmelo; aquí la corriente
-del Jordán con los manantiales que la alimentan[146], verdadero límite
-hacia el oriente; pero sus hijos se establecerán en Senir, en aquella
-larga cadena de colinas. Considera bien esto, que todas las naciones de
-la tierra serán benditas en la descendencia de ese hombre, y que en su
-descendencia está incluido tu gran Libertador, el destinado a hollar
-la cabeza de la Serpiente; lo cual en breve te será más claramente
-revelado.
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-»Este bendito patriarca, que a su tiempo tendrá el nombre de fiel
-Abraham[147], dejará un hijo, y este hijo un nieto, igual a él en fe,
-en sabiduría y en fama, el cual acompañado de sus doce hijos partirá
-de Canaán para una tierra más adelante llamada Egipto, fertilizada y
-dividida por el río Nilo. Mira por dónde corre este, y cómo desagua
-en el mar por medio de siete bocas. Invitado por el más joven de sus
-hijos, viene a residir en esta tierra en tiempo de carestía. Ilústrase
-este hijo por sus hechos, que le elevan a ser el segundo en el imperio
-de los Faraones, y muere allí dejando una posteridad que muy pronto
-llega a ser una nación; la cual, creciendo de día en día, se hace
-sospechosa a uno de los reyes sucesivos, y este procura atajar el
-incremento de aquella gente extraña tan numerosa, convirtiéndola de
-huéspedes en esclavos, y en vez de hospitalidad dando muerte a todos
-los hijos varones; pero por último nacen dos hermanos, llamados Moisés
-y Aarón, enviados por Dios para redimir a su pueblo de la esclavitud,
-que regresan llenos de gloria y de despojos a la tierra de promisión.
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-»Ya antes de esto el pérfido tirano, que renegaba de su Dios y
-menospreciaba su mensaje, ha de verse amenazado de señales y anuncios
-terribles: los ríos se teñirán de sangre, aunque no lleven ninguna;
-invadirán su palacio las ranas, los piojos y las moscas, y lo inundarán
-todo, y plagarán toda aquella tierra; sus ganados morirán de morriña
-y peste; su cuerpo y los cuerpos de todos sus súbditos se cubrirán de
-úlceras y tumores. Mezclado el trueno con el granizo y el granizo con
-el rayo, despedazarán el cielo de Egipto, devorando la tierra por donde
-pasen; y lo que no devoren de yerbas, frutos o granos, quedará envuelto
-en una negra nube de langostas, que formando un inmenso enjambre,
-consumirán hasta el más pequeño resto de verdura. Veránse sumidos en
-tinieblas todos sus reinos, tinieblas palpables que suprimirán tres
-días; y finalmente, en una misma noche y de un solo golpe morirán todos
-los recién nacidos de Egipto. Traspasado de diez heridas el dragón del
-río[148], consentirá entonces en la partida de sus huéspedes, y con
-frecuencia humillará su empedernido corazón; mas como el hielo que se
-endurece de nuevo después de la blandura, sintiéndose poseído de mayor
-ira, perseguirá a los que ya había dejado libres, y el mar le tragará
-con su hueste, dejando pasar a los viajeros a pie enjuto, entre dos
-muros cristalinos; y la vara de Moisés tendrá separadas las olas hasta
-que el pueblo del Señor llegue a su segura playa.
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-»Tal es el milagroso poder que Dios concederá a su profeta; y Dios
-estará presente en su Ángel, que caminará delante de ellos en una nube
-y en una columna de fuego, de día en la nube, de noche en la columna,
-para guiarlos en su camino o ponerse a sus espaldas cuando los persiga
-el obstinado rey. Y los perseguirá en efecto, toda una noche; pero se
-interpondrá la oscuridad para defenderlos hasta que se aproxime el
-alba; y entonces Dios, dirigiendo sus miradas a través de la columna y
-de la nube, confundirá a las impías legiones y hará polvo las ruedas
-de sus carros, y por su mandato segunda vez tenderá Moisés su poderosa
-vara sobre la mar, y la mar obediente a ella, volverá sus olas sobre
-los ordenados escuadrones y dejará allí sepultados a sus guerreros.
-En salvo ya el pueblo escogido, camina desde la playa a Canaán,
-atravesando el áspero Desierto, pero no directamente, por temor de
-que alarmados los Canaanitas, no susciten una guerra que amedrente a
-gente inexperta en ella, y el miedo la obligue a retroceder a Egipto,
-prefiriendo la vida menguada de la esclavitud; porque para los nobles
-como para los que no lo son, la vida más dulce es la más extraña a las
-armas, cuando no se acude a ellas por un impulso de desesperación.
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-»La permanencia en el Desierto les será además provechosa, dado que
-podrán fundar un gobierno, y entre sus doce tribus elegir un gran
-senado que ejerza su autoridad conforme a ordenadas leyes. Descenderá
-Dios al monte Sinaí, cuya nebulosa cima le recibirá temblando, y desde
-allí entre truenos y relámpagos y estruendoso tañido de trompetas
-les dictará sus leyes, unas referentes a la justicia civil, otras a
-los ritos religiosos de los sacrificios, anunciándoles por medio de
-imágenes y sombras al que está destinado a hollar la cabeza de la
-Serpiente y el modo con que proveerá a la salvación del género humano.
-Pero la voz de Dios es temerosa al oído humano, y así le pedirán que
-les manifieste su voluntad por boca de Moisés, poniendo término a su
-temor; y Dios accederá a su ruego, una vez persuadidos de que no podrán
-acercarse a Él sin mediador, sublime oficio que desempeña Moisés ahora
-en figura, para introducir otro gran mediador cuyo tiempo predecirá;
-y todos los profetas cantarán sucesivamente el advenimiento del gran
-Mesías.
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-[Ilustración: Le pedirán que les manifieste su voluntad por boca de
-Moisés.]
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-»Establecidos estos ritos y estas leyes, de tal manera se mostrará Dios
-complaciente con los hombres dóciles a su voluntad, que se dignará de
-poner su tabernáculo en medio de ellos para que el Único Santo habite
-entre los mortales. Al tenor de lo que ha prescrito, se fabrica un
-santuario de cedro, cubierto de oro, y dentro de él un arca en que se
-conservan los testimonios y recuerdos de su alianza; encima se eleva
-el trono de la misericordia, resguardado por las alas de dos fulgentes
-querubines. Arden delante de este trono siete lámparas que, como en
-un zodíaco, representan las antorchas celestiales; y sobre la tienda
-permanecerá de día una nube, de noche un flamígero destello, excepto
-los días en que las tribus estén caminando; las cuales conducidas por
-el Ángel del Señor, llegarán por fin a la tierra prometida a Abraham y
-su descendencia.
-
-»Sería muy prolijo referirte todo lo demás, el número de batallas
-empeñadas, de reyes destronados, de reinos que han de conquistarse;
-cómo el Sol quedará inmóvil todo un día en el cielo, retrasándose
-el acostumbrado curso de la noche, y esto a la voz de un hombre que
-gritará: “¡Oh Sol! Párate sobre el Gibeón, y tú, Luna, en el valle
-de Ajalón hasta que Israel haya vencido”; que así se llamará el
-tercer hijo de Abraham, hijo de Isaac, nombre que se trasmitirá a su
-posteridad vencedora de los pueblos de Canaán.»
-
-Al llegar aquí le interrumpió Adán diciendo: «¡Oh mensajero del cielo,
-luz de mis tinieblas! ¡Qué de cosas favorables me has revelado, sobre
-todo en lo que concierne a Abraham y su descendencia! Por primera vez
-siento ahora verdaderamente abiertos mis ojos, y menos angustiado mi
-corazón: hasta el presente todos mis pensamientos eran vacilaciones
-respecto a la suerte que me estaba reservada, y no solo a mí, sino a
-todo el género humano; pero ya veo el día en que serán bendecidas todas
-las naciones; merced que yo no merezco por haber buscado la ciencia
-prohibida por medios también ilícitos. No acabo de comprender, sin
-embargo, por qué se imponen tantas y tan diversas leyes a aquellos
-entre quienes se dignará Dios de residir en la tierra. Esta multitud de
-leyes supone igual multitud de culpas. ¿Cómo Dios puede habitar entre
-tales hombres?»
-
-Respondiole Miguel: «No dudes que entre ellos reinará el pecado, que
-has engendrado tú. La ley se les impone únicamente para evidenciar su
-natural perversidad, que sin cesar está incitando al pecado a rebelarse
-contra aquella; y cuando vean que dicha ley puede poner de manifiesto
-el pecado, y no borrarlo, excepto por débiles apariencias de expiación,
-como la sangre de toro o de macho cabrío, deducirán que para satisfacer
-la deuda del Hombre es menester sangre más preciosa, la del justo por
-el injusto, a fin de que en esta justicia que ha de imputárseles por
-la fe, puedan hallar su justificación para con Dios y la paz de su
-conciencia, que no bastarían a procurar todas las ceremonias de la
-ley, cuya parte moral no puede cumplir el Hombre, y no cumpliéndola,
-no puede vivir. La ley pues parece imperfecta y únicamente dictada con
-el objeto de someter a los hombres en la plenitud de los tiempos a una
-alianza más íntima, y disciplinados ya, hacerlos pasar de las figuras
-aparentes a la realidad, de la carne al espíritu, de la imposición de
-una ley estrecha a que libremente acepten una amplia gracia, del temor
-servil al respeto filial, y de las obras de la ley a las obras de la
-fe. Así que no será Moisés, aunque tan amado del Señor, pero solo
-ministro de la ley, quien conduzca a su pueblo a Canaán[149], sino
-Josué, llamado Jesús por los gentiles[150] y encargado con este nombre
-de ser quien debele a la Serpiente y conduzca con toda seguridad al
-Hombre, completamente perdido en los desiertos del mundo, al eterno
-descanso del Paraíso.
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-»Entre tanto, establecidos aquellos en el Canaán terrestre morarán
-y prosperarán allí por largo tiempo; mas cuando sus pecados lleguen
-a perturbar el sosiego público, provocarán a Dios a que les suscite
-nuevos enemigos, de los cuales se verán libres luego que den muestras
-de arrepentimiento; y esta libertad les procurarán primero los jueces,
-y después los reyes. El segundo de estos, célebre por su piedad y sus
-gloriosos hechos, obtendrá la irrevocable promesa de que su regio trono
-ha de subsistir perpetuamente; todas las profecías referirán también
-que del real tronco de David, nombre propio de este rey, procederá un
-Hijo, nacido de la Mujer, el mismo que se te ha predicho, predicho
-igualmente a Abraham, como aquel en quien tendrán su esperanza todas
-las naciones, predicho a los reyes y que será el postrero de estos,
-porque su reino no tendrá fin.
-
-»Pero a Él ha de preceder una larga sucesión de reyes. El primero,
-hijo de David, famoso por sus riquezas y sabiduría, colocará en un
-suntuoso templo, rodeada de una nube, el arca del Señor, que hasta
-entonces habrá andado vagando con sus tiendas. De los demás que han
-de seguirle, unos se contarán en el número de los buenos, otros en el
-de los malos reyes. Los malos formarán más larga serie, y sus torpes
-idolatrías y todos sus otros crímenes, añadidos a la perversidad del
-pueblo, de tal manera irritarán a Dios, que se apartará de ellos, y
-abandonará su tierra, sus habitaciones, su templo, su santa arca y sus
-reliquias más sagradas a la befa y rapacidad de la ciudad cuyos muros
-has visto[151] entregados a la confusión, de donde le vino el nombre
-de Babilonia. Allí los dejará en cautiverio por espacio de sesenta
-años, y por fin los sacará de él, recordando su misericordia y la
-alianza jurada a David, inalterable como los días del cielo. Vueltos
-de Babilonia por disposición de los reyes sus señores, que Dios les
-inspirará, reedificarán ante todo la casa del mismo Dios, y vivirán
-algún tiempo moderada y regularmente, hasta que creciendo en opulencia
-y número degeneren en facciosos. Las primeras discordias nacerán de los
-sacerdotes, hombres que consagrados a los altares, deberían no pensar
-más que en la paz; sus rencillas llegarán hasta profanar el mismo
-templo, acabando por arrebatar el cetro, sin hacer caso de ninguno
-de los hijos de David, y por último lo perderán, y pasará a manos de
-extranjeros, para que el verdadero ungido, el Mesías, nazca privado de
-sus derechos.
-
-»Nace este rey, sin embargo, y una estrella hasta entonces oculta en
-los cielos, anuncia su venida y sirve de guía a los sabios de Oriente
-que le buscan para ofrecerle incienso, mirra y oro. Un ángel, nuncio
-de paz, enseña el lugar de su nacimiento a unos sencillos pastores que
-velaban durante la noche, los cuales acuden transportados de júbilo,
-y oyen los coros de innumerables ángeles que entonan cantos al recién
-nacido. Su madre es una Virgen; su padre el Altísimo Omnipotente.
-Subirá al trono hereditario, y se extenderá su reino a los confines
-más apartados de la tierra, como su gloria a todos los ámbitos de los
-cielos.»
-
-Calló Miguel, al notar en el semblante de Adán una alegría tan viva,
-que asemejándose al dolor, le hacía verter abundoso llanto y no poder
-proferir una palabra; mas al fin pronunció las siguientes:
-
-«¡Oh profeta de faustas nuevas! Has colmado mis mayores esperanzas.
-Claramente comprendo ahora lo que en mis más profundas meditaciones
-buscaba en vano: por qué el que con tanta ansia esperamos, debe
-llamarse fruto de la Mujer. ¡Salve, virgen Madre, que tan encumbrada
-estás en el amor del cielo! Sin embargo, de mi carne nacerás, y de
-tu vientre nacerá el Hijo de Dios Altísimo. Así se unirá Dios con
-el Hombre. Forzoso es que la Serpiente aguarde con mortal angustia
-el quebrantamiento de su cabeza. Mas dime: ¿dónde y cuándo será el
-combate? ¿qué golpe herirá la planta del vencedor?»
-
-«No te figures, respondió Miguel, que el combate vaya a ser un
-duelo, ni que se produzcan realmente las heridas en la planta o en
-la cabeza: el Hijo no une la humanidad a la divinidad para postrar
-con más fuerza a tu enemigo; ni quedará así aniquilado Satán, cuando
-un escarmiento más terrible, su caída del cielo, no le imposibilitó
-para hacerte a ti una mortal herida. El Mesías, tu Salvador, no te
-curará destruyendo a Satán, sino destruyendo en ti y en tu raza las
-obras de este, lo cual no puede efectuarse sino perfeccionando lo que
-a ti te falta, la obediencia a la ley de Dios, impuesta bajo pena de
-muerte y padeciendo esta muerte que ha merecido tu desobediencia y
-la de aquellos que de ti desciendan. Solo así puede satisfacerse la
-Suprema Justicia. Él cumplirá exactamente la ley de Dios por obediencia
-y por amor, aunque solo el amor baste al cumplimiento de esta ley.
-Sufrirá tu castigo exponiéndose en la carne a una vida perseguida
-y a una abominable muerte. Prometerá la vida a los que crean en su
-redención y en que por medio de la fe se les imputará su obediencia
-y los méritos para salvarse, no por sus propias obras, aunque se
-ajusten a la ley. Vivirá en la tierra odiado, blasfemado, prendido por
-fuerza, juzgado y condenado a muerte, infamado, maldito, enclavado
-en la cruz por su propia nación, y muerto por haber dispensado la
-vida. Pero en su cruz quedarán clavados tus enemigos; con Él serán
-crucificados el castigo que se te ha impuesto, y los pecados de todo
-el género humano, y ningún daño experimentarán después los que confien
-plenamente en su satisfacción. Así morirá, pero resucitando en breve.
-La muerte no tendrá sobre Él poder muy duradero, pues antes de que
-vuelva a lucir la tercera aurora, le verán los astros de la mañana
-alzarse de su sepulcro, puro como la naciente luz; y entonces quedará
-satisfecho el rescate que redime al Hombre de la muerte, y su muerte
-salvará al Hombre, siempre que no menosprecie una vida así ofrecida,
-y que contraiga el mérito de la fe acompañada de buenas obras. Este
-divino acto anula tu sentencia, la muerte que hubieras debido sufrir,
-envuelto como estabas en el pecado y eliminado para siempre de la
-vida; este acto quebrantará la cabeza de Satán y rendirá su fuerza,
-una vez derrotados el pecado y la muerte, sus dos principales armas,
-cuyo aguijón se clavará más hondamente en su cabeza que la herida que
-haga la muerte temporal en la planta del vencedor o de sus rescatados;
-porque esta muerte es como un sueño de que dulcemente se despierta para
-pasar a la vida de la inmortalidad.
-
-»Después de su resurrección solo se detendrá en la tierra el tiempo
-preciso para aparecerse alguna vez a sus discípulos, hombres que
-durante su vida le siguieron siempre; y a ellos les encargará que
-anuncien a las naciones lo que de Él y de la salvación humana han
-aprendido, bautizando en agua corriente a los que crean, señal que
-purgándolos de la mancha del pecado para la pureza de su vida, los
-preparará también en espíritu, si fuere menester, para una muerte
-semejante a la del Redentor. Enseñarán por consiguiente a todas las
-naciones, porque desde aquel día predicarán la salvación no solo a los
-hijos nacidos del seno de Abraham, sino a los que profesen la fe de
-Abraham, cualquiera que sea el lugar del mundo donde se hallen; y así
-en su raza serán bendecidas todas las naciones.
-
-»En seguida ascenderá el Salvador al cielo de los cielos, llevando
-en pos la victoria, triunfante de sus enemigos y de los tuyos; en su
-ascensión sorprenderá a la Serpiente, como príncipe que es del aire,
-y arrastrándola encadenada por todo su imperio, la dejará por último
-confundida. Entrará luego en su gloria, y recobrará su trono a la
-derecha de Dios, magníficamente exaltado sobre todas las dignidades del
-cielo; desde donde, cuando ese mundo esté preparado para su disolución,
-volverá en toda su gloria y majestad a juzgar a los vivos y a los
-muertos; juzgará a los muertos apartados de la fe, y recompensará a
-los fieles, recibiéndolos en su bienaventuranza, así en el cielo como
-en la tierra, porque toda la tierra será entonces Paraíso, lugar más
-bienhadado que este Edén, y días aquellos venturosísimos.»
-
-Así habló el arcángel Miguel; suspendió su discurso, como si
-sobreviniera el gran período del mundo; y nuestro primer padre, lleno
-de júbilo y admiración, exclamó: «¡Oh bondad infinita, bondad inmensa,
-que hasta del mal haces nacer todo este bien, trocando en bienes los
-males, maravilla más grande que la de la creación, al salir la luz
-de las tinieblas! Cercado me veo ahora de incertidumbres: no sé si
-arrepentirme del pecado en que he incurrido y a que he dado ocasión, o
-si más bien regocijarme, porque de él ha resultado mayor bien, gloria
-más grande a Dios, a los hombres más benévola protección del cielo,
-y que a la cólera haya sustituido la gracia. Pero dime: si nuestro
-Libertador torna a los cielos, ¿qué será de ese escaso número de
-fieles, abandonados en medio de ese rebaño impío, de tantos enemigos de
-la verdad? ¿Quién guiará a su pueblo, quién le defenderá? ¿No serán sus
-discípulos víctimas de más sañudo rigor que el que con Él han empleado?»
-
-«Seguro puedes estar, replicó el Ángel, de que así ha de suceder; pero
-desde el cielo enviará a los suyos un consolador, el prometido de su
-Padre, su espíritu, que residirá en ellos y grabará en sus corazones
-la ley de la fe por medio del amor para guiarlos con toda verdad; y
-les infundirá amor espiritual con que puedan resistir las tentaciones
-de Satán y despuntar sus envenenados dardos. Nada de lo que pueda
-intentar el hombre contra ellos los intimidará, ni aún la misma muerte,
-pues recibirán en sus interiores consuelos la compensación de todas
-sus crueldades. Su inquebrantable firmeza desarmará a menudo a sus más
-tenaces perseguidores, porque el Espíritu comunicado primero a los
-apóstoles que han de predicar a las naciones el Evangelio, y después
-a cuantos reciban la gracia del bautismo, infundirá en aquellos el
-portentoso don de hablar todas las lenguas y de renovar todos los
-milagros que antes de ellos hizo su Maestro; y así en cada nación
-persuadirán a una inmensa muchedumbre a oír embelesada las nuevas
-venidas del cielo; y finalmente cumplido su ministerio y terminada
-gloriosamente su carrera, morirán dejando escritas su historia y su
-doctrina.
-
-»Pero, según lo habían predicho, en lugar de ellos, sucederán los lobos
-a los pastores; lobos crueles, que emplearán los sagrados misterios del
-cielo en saciar su vil ansia de ambición y lucro, y que corromperán con
-supersticiones y falsas tradiciones la verdad, que solo se conserva
-en las puras palabras de la Escritura, y solo es comprensible para el
-espíritu. Entonces procurarán valerse de nombres, dignidades y títulos,
-y unir el poder secular a estos, aunque fingiendo que únicamente
-aspiran al espiritual, con lo que se apropiarán el espíritu de Dios,
-prometido y otorgado por igual a todos los creyentes. A favor de tal
-ficción impondrán leyes espirituales por medio del poder humano a cada
-conciencia; leyes que nadie hallará escritas en los libros santos, ni
-entre las que el Espíritu grabó tan profundamente en los corazones.
-¿Qué pretenden, pues, más que violentar el espíritu de la Gracia, y
-esclavizar a su compañera la libertad? ¿Qué otra cosa que destruir los
-templos vivos edificados por la fe, por su propia fe, y no por ninguna
-extraña? Porque ¿quién puede ser infalible en la tierra, obrando contra
-la fe y contra la conciencia? Muchos se gloriarán de serlo, y de esta
-variedad nacerá una rigurosa persecución contra los perseverantes
-adoradores en espíritu y en verdad. El resto, que será el mayor número,
-creerán cumplir con la religión apelando a demostraciones exteriores
-y a especiosas formalidades. Hostigada por los dardos de la calumnia,
-huirá la verdad, y se hallará rara vez la práctica de la fe. De esta
-suerte el mundo llegará a ser funesto para los buenos, halagüeño para
-los malos, y se sentirá abrumado bajo su propia pesadumbre, hasta que
-luzca el día de descanso para el justo, de venganza para el malvado,
-que será el del advenimiento del Defensor que recientemente se te
-ha prometido, fruto de una Mujer, vagamente anunciado, y a quien no
-puedes ya menos de conocer como tu Salvador y tu Soberano. Cercado de
-brillantes nubes, se revelará, por fin, en el cielo, partícipe de la
-gloria de su Padre, y vendrá a aniquilar a Satán con todo su perverso
-mundo; y de esta masa candente, purificada por el fuego, sacará nuevos
-cielos, una nueva tierra, y creará siglos interminables, fundados en la
-justicia, en la paz y en el amor, que darán frutos de colmado bien y
-perpetua felicidad.»
-
-Terminó con estas palabras, y Adán también, añadiendo: «¡Cuán pronto
-celestial profeta, has recorrido este mundo transitorio y la serie de
-los tiempos hasta que lleguen a fijarse estables! Más allá todo es un
-abismo, todo una eternidad, cuyo fin no puede alcanzar la vista. Saldré
-de aquí perfectamente instruido y en paz con mis pensamientos; llevo
-cuanto puede contener este pequeño vaso, y mi locura fue aspirar a
-llenarlo más. Sé para en adelante que lo mejor es obedecer solamente a
-Dios; amarle y temerle a un tiempo; proceder cual si estuviese siempre
-delante de Él; no desconfiar jamás de su Providencia; entregarse
-del todo a Él, que misericordioso en todas sus obras, hace que el
-bien triunfe del mal, y convierte las cosas más pequeñas, en las más
-grandes, y anonada con el impulso que se cree más ineficaz los mayores
-poderes de la tierra, y toda la ciencia mundana con la más humilde
-sencillez. Sé que el que padece por la verdad adquiere valor bastante
-para lograr el supremo triunfo, y que para el fiel, la muerte no es más
-que la puerta de la vida. Esto he aprendido con el ejemplo de Aquel a
-quien reconozco ya como mi Redentor siempre mi bendito.»
-
-Y el Ángel por última vez repuso: «Pues sabiendo esto has llegado
-a la cumbre de la sabiduría, y no esperes alcanzarla mayor, aunque
-conocieses todas las estrellas por su nombre, y todos los poderes
-etéreos, y los secretos del abismo, y las obras todas de la Naturaleza,
-y las de Dios en el cielo, en el aire, en la tierra y en los mares;
-aunque disfrutases de todas las riquezas de este mundo y lo redujeses
-todo a tu solo imperio. Añade a tu saber acciones que sean dignas de
-él; añade la fe, la virtud, la paciencia y la templanza; añade el amor,
-que algún día será llamado caridad, y que es el alma de todo lo demás;
-y entonces sentirás menos abandonar este Paraíso, porque dentro de ti
-hallarás otro mucho más venturoso y bello.
-
-»Pero bajemos ya de esta altura de contemplación, que ha llegado la
-hora precisa en que es fuerza partir de aquí, y esos vigilantes que
-ves, colocados por mí en aquel collado, aguardan para marcharse.
-Flamígera espada, signo de proscripción, vibra furiosamente delante de
-ellos: no podemos permanecer más tiempo. Ve: despierta a Eva: también
-la he tranquilizado a ella con agradables sueños, nuncios consoladores,
-y predispuesto su ánimo a una sumisa resignación. En ocasión oportuna,
-tú la harás partícipe de cuanto has oído, y principalmente de lo que
-le conviene a su fe saber, de la gran redención que su descendencia,
-la descendencia de la Mujer, traerá a todo el género humano, para que
-podáis vivir, ya que serán largos vuestros días, unidos en una sola fe,
-bien que tristes, y no sin causa, al recordar los males pasados, pero
-contentos, sin embargo, considerando vuestro dichoso fin.»
-
-Dijo, y bajaron ambos de la colina; y apenas se vio al pie de ella,
-corrió Adán al lecho en que había dejado a Eva durmiendo, y la encontró
-despierta, y oyó que le recibía con estas palabras, nada melancólicas
-por cierto:
-
-«Ya sé de dónde vienes y adónde has ido, porque Dios también nos asiste
-cuando estamos dormidos, y en los sueños se aprende algo, y los que
-me ha sugerido han sido muy agradables y predíchome grandes bienes,
-apenas abrumada de pesar y con el corazón tan angustiado, cerré los
-ojos. Sé tú ahora mi guía; no me detendré un momento: ir contigo, vale
-tanto como permanecer aquí; quedarme sin ti, sería alejarme contra mi
-voluntad, porque tú eres para mí cuanto existe bajo el cielo, y contigo
-estaré en todos los lugares, contigo, a quien mi crimen voluntario
-expulsa de esta mansión. Al salir de aquí llevo, sin embargo, el
-consuelo que más puede tranquilizarme: que aunque por mí se ha perdido
-todo, y aunque no merezco favor tan grande, de mí nacerá la
-prometida estirpe por quien todo ha de restaurarse.»
-
-[Ilustración: Arrasáronseles en lágrimas los ojos.]
-
-Así habló nuestra madre Eva; Adán la escuchaba complacido, pero nada
-le respondió, porque a su lado estaba el Arcángel. De la otra colina,
-donde estaban colocados, con paso majestuoso descendían los querubines;
-deslizábanse al andar como fúlgidos meteoros, cual la niebla de la
-tarde, que levantándose del río, pasa rozando la superficie de los
-pantanos, y avanza presurosa hurtando el suelo a las pisadas del
-labrador, que regresa a su alquería. Levantada delante de ellos,
-fulguraba la espada del Señor, despidiendo airados resplandores,
-como un cometa, y su ardiente fuego y los vapores que exhalaba iban
-acalorando el templado clima del Paraíso, cual el adusto aire de la
-Libia. El Ángel entonces, asiendo de las manos a nuestros padres, y
-apresurando sus lentos pasos, los condujo directamente a la puerta
-oriental, y desde ella con la misma prontitud hasta el pie de la roca,
-donde se extendía la llanura inferior, y desapareció.
-
-Volvieron ellos la vista atrás, y descubrieron toda la parte oriental
-del Paraíso, venturosa morada suya en otro tiempo, que ondulaba al
-trémulo movimiento de la fulminante espada, y agrupadas a la puerta
-figuras de terrible aspecto y relumbrantes armas. Como era natural,
-arrasáronseles en lágrimas los ojos, que se enjugaron pronto. Delante
-tenían todo un mundo, donde podían elegir el lugar que más les
-pluguiera para su reposo, y por guía la Providencia; y estrechándose
-uno a otro la mano, prosiguieron por enmedio del Edén su solitario
-camino con lentos e inciertos pasos.
-
-
-
-
- JUICIOS CRÍTICOS
- SOBRE EL
- PARAÍSO PERDIDO
- DE
- MILTON
-
-
-DE RICHARDSON
-
-Si algún libro ha habido jamás verdaderamente poético, es decir, lleno
-de poesía, es el PARAÍSO PERDIDO. ¡Qué afluencia de hechos deducidos
-de una fuente histórica tan escasa! ¡Qué de mundos inventados! ¡Qué
-naturaleza tan bella nos presenta ante los sentidos! En ningún otro
-poema se pintan las cosas divinas más sublime ni divinamente; en
-ninguno se da tan grandiosa idea de la naturaleza, tal como salió de
-las manos de Dios, con todo su encanto virginal, su gloria y su pureza;
-y en cuanto a la raza humana, ¿qué Homero hay que la presente más
-gigantesca, más robusta ni más valiente? ¿Qué pinturas o estatuas de
-los grandes maestros pueden sugerirnos un concepto tan exacto de su
-gentileza y superioridad? Todas estas grandezas brillan en aquel poema
-de la manera más perfecta e interesante. El ánimo del lector se siente
-predispuesto a gozar, y embargado por el placer, admira, y se embelesa,
-y cede a cuantas impresiones quiere el poeta producir en él. En este
-poema se halla la fuente de todo conocimiento, de toda religión y de
-toda virtud, dado que infunde en el alma una paz inefable, un dulce
-consuelo y una alegría íntima luego que se penetra uno del verdadero
-sentido del escritor, y presta dócil atención a sus armoniosos cantos.
-
-Al leer la ILÍADA o la ENEIDA hallamos una colección de bellísimos
-cuadros, lo mismo que al leer el PARAÍSO PERDIDO; pero para ejecutar
-los primeros hay, hablando en el lenguaje profesional, muchos Rafaeles,
-Corregios, Guidos, etc., al paso que las pinturas de Milton son más
-grandes y sublimes, más divinas e interesantes que las de Homero
-y Virgilio y cualquier otro poeta, o para decirlo de una vez, muy
-superiores a las de todos los poetas antiguos y modernos.
-
-
-DE NEWTON
-
-No hay página del PARAÍSO PERDIDO en que el autor no dé muestras de ser
-un crítico eminente y un apasionado admirador de la Sagrada Escritura.
-De esta ha tomado infinitamente más que de Homero, de Virgilio y
-de todos los demás libros. En la Escritura tiene su fundamento no
-solo la acción principal, sino todos los episodios. La Escritura, no
-solo le ha suministrado los más nobles conceptos, sino engrandecido
-sus pensamientos y sublimado su imaginación; y al propio tiempo ha
-enriquecido sobremanera su lenguaje, dando a la dicción cierta majestad
-solemne, y sugiriéndole las más apropiadas y felices expresiones.
-Aprendan pues los lectores con este ejemplo a leer devotamente las
-Sagradas Escrituras. Si alguno hay que se atreva a ridiculizarlas o
-mirarlas con indiferencia, lo menos que puede decirse de él es que
-dista mucho de comprender el gusto y el genio de Milton; porque el que
-verdaderamente tenga uno y otro, estamos seguros de que estimará este
-poema como la más excelente de todas las composiciones modernas, y la
-Escritura como el mejor de todos los libros antiguos.
-
-
-DE JOHNSON
-
-Voy ahora a examinar el PARAÍSO PERDIDO, poema que con relación a su
-objeto bien puede ocupar el lugar más preferente, y con respecto a la
-ejecución, el segundo entre las producciones del ingenio humano.
-
-Es opinión común a todos los críticos que el autor de un poema épico
-debe considerarse como el genio más privilegiado, porque requiere
-un conjunto de facultades de las cuales basta solamente alguna para
-otras composiciones. La poesía es el arte de unir lo agradable y lo
-verdadero, excitando a la imaginación como un poderoso auxiliar de
-la inteligencia. La poesía épica aspira a enseñar las verdades más
-importantes por medio de preceptos agradables, y para ello refiere los
-grandes hechos del modo que más interés produzcan. La historia debe
-suministrar al escritor los datos de la narración, datos que aprovecha
-y realza con arte superior, que vivifica con dramática energía y que
-reviste con útiles recuerdos y reflexiones; la moral le prescribe
-límites exactos, considerando bajo diferentes puntos de vista la
-virtud y el vicio; de la política y la práctica de la vida aprende a
-discernir los caracteres y a describir las pasiones, cada una de por
-sí o combinadas unas con otras; y la fisiología le ayuda a su vez con
-mil recursos e imágenes. Para levantar con todos estos materiales un
-edificio poético, se requiere una imaginación capaz de pintar a la
-naturaleza y de inventar lo que no existe; y nadie puede llamarse poeta
-si no posee todas las riquezas del lenguaje y distingue todos los
-primores de la frase o el colorido que resulta de ella, y sabe acordar
-los diferentes sonidos con las infinitas variedades de la modulación
-métrica.
-
-Bossu es de opinión que el primer propósito del poeta debe ser hallar
-una _moral_ que ilustre y realice después por medio de su fábula. Este
-parece haber sido el único fin de Milton, pues así como en otros poemas
-la moral es una consecuencia o un mero incidente, solo en Milton es una
-cosa esencial e intrínseca. Su objeto fue el más útil y el más difícil
-de todos, _justificar los designios de Dios respecto al hombre_;
-mostrar lo razonable de la religión y la necesidad de obedecer los
-preceptos divinos.
-
-Para cumplir con este objeto era menester una fábula, una narración
-dispuesta con tal arte, que excitase el más vivo interés y la más
-grata sorpresa en el ánimo de los demás, y en esta parte de su obra
-preciso es confesar que Milton ha llegado a donde cualquier otro
-poeta. En su historia de la caída del hombre ha comprendido los
-sucesos que precedieron a este acontecimiento y los que sobrevinieron
-posteriormente; y con tal oportunidad introdujo todo el sistema
-de la teología, que no hay parte alguna de su obra que no aparezca
-necesaria en tal concepto. Apenas hay pasaje ni digresión alguna que no
-contribuya al desarrollo y progreso de la acción principal.
-
-El asunto de un poema épico naturalmente tiene que ser un hecho de
-grande importancia: pues bien; Milton no trata de la destrucción de una
-ciudad, del establecimiento de una colonia, ni de la fundación de un
-imperio; su asunto es la suerte del mundo, las revoluciones del cielo
-y de la tierra, la rebelión contra el Ser Supremo suscitada por las
-criaturas más sublimes entre todos los seres creados; la derrota de sus
-huestes y el castigo de su crimen; la creación de una nueva raza de
-criaturas racionales; su ventura e inocencia original; la pérdida de su
-inmortalidad y la restauración de su paz y de su esperanza.
-
-En la realización de los grandes sucesos solo pueden intervenir
-personas de elevada dignidad. Ante la grandeza desplegada en el poema
-de Milton, cualquiera otra desaparece; sus más débiles agentes son los
-seres humanos más dignos y más nobles, los primitivos padres de la
-humanidad, con cuyas acciones coincide la acción hasta de los mismos
-elementos, de cuya rectitud o de cuya extraviada voluntad dependen el
-estado de la naturaleza terrestre y la condición de todos los futuros
-habitantes del globo.
-
-De los demás agentes del poema, los principales son tales que sería
-irreverente nombrarlos en ocasión menos importante; poderes de ínfima
-condición a quienes solo el freno del Omnipotente puede impedir la
-facultad de crear y de envolver los vastos límites del espacio en
-ruina y en confusión. Explicar los motivos y acciones de seres tan
-superiores de manera que la razón humana pueda comprenderlo y la humana
-imaginación representárselo es la empresa que este eminente poeta se
-propuso y que llevó a cabo.
-
-En el examen de un poema épico entra por mucho el estudio de los
-caracteres que en él se emplean, y los que en el Paraíso perdido
-admiten este examen son los ángeles y el hombre, los ángeles buenos, y
-más, el hombre en su estado de inocencia y en su pecado.
-
-Respecto a los ángeles, la virtud de Rafael es afable y benigna,
-condescendiente y francamente comunicativa; la de Miguel es majestuosa
-y sublime, y como es de suponer, celosa en cuanto corresponde a la
-dignidad de su propia naturaleza. Abdiel y Gabriel aparecen solo
-casualmente y obran como lo requiere su respectiva situación; la
-fidelidad solitaria de Abdiel está pintada afectuosamente.
-
-Los caracteres de los ángeles malos son muy diversos. A Satán, como
-observa Addison, se atribuyen sentimientos propios del _ser más
-sublime_ y _más perverso_. Clarke ha censurado a Milton por las
-impías blasfemias que a veces pone en boca de Satán; «porque hay
-pensamientos, dice con mucha razón, que no puede justificar ninguna
-índole ni carácter, dado que no se atrevería a expresarlos ningún
-hombre virtuoso, aun cuando se le pasasen por la imaginación.» Hacer
-hablar a Satán como un rebelde sin usar de expresiones que pudieran
-ofender la delicadeza del lector, era una de las mayores dificultades
-con que tenía que luchar Milton, y no puedo menos de añadir que supo
-salir perfectamente airoso de ella. En las arengas de Satán hay pocas
-cosas que puedan ofender los oídos del hombre más timorato. El lenguaje
-de la rebelión no puede ser nunca el mismo que el de la obediencia.
-La malignidad de Satán se deja llevar siempre de su altanería y
-obstinación, pero sus expresiones, por lo común, son generales y
-ofensivas en cuanto nacen de un corazón perverso.
-
-Los demás caudillos de la rebelión celeste están diestramente dados
-a conocer en los libros 1.º y 2.º, y el feroz carácter de Moloc es
-siempre consecuente, lo mismo batallando que aconsejando.
-
-Adán y Eva están durante su inocencia dotados de sentimientos que
-solo las almas puras pueden comprender y expresar; su amor es pura
-benevolencia y mutua veneración; se procuran el alimento sin ansia
-alguna y se muestran diligentes sin fatigarse. En sus oraciones al
-Criador apenas hay más que la efusión del asombro y de la gratitud.
-Disfrutan y no se les ocurre averiguar más; son inocentes y no abrigan
-temor alguno.
-
-Pero con el pecado empiezan la desconfianza y las desavenencias, las
-acusaciones recíprocas y el empeño de disculparse; se miran ya uno a
-otro con prevención y temen que el Criador vengue la injuria que le han
-hecho; pero por fin vuelven en sí para implorar su perdón, va labrando
-en ellos el arrepentimiento y acaban postrándose en ademán de súplica.
-Adán, sin embargo, aparece siempre superior antes y después de la caída.
-
-Acerca de lo _verosímil_ y _maravilloso_, dos condiciones del poema
-épico vulgar que sugieren a los críticos profundas consideraciones,
-el PARAÍSO PERDIDO no da lugar a muchas. Contiene la historia de un
-milagro, el de la creación y la redención; ensalza el poder y la
-misericordia del Ser Supremo, y así lo verosímil resulta maravilloso
-y lo maravilloso verosímil. Lo esencial en una narración es que sea
-verdadera, y como en la verdad no hay elección posible, supuesto que
-es necesaria, está sobre todos los cánones y reglas. En las partes
-accesorias y eventuales, puede, como en todo lo humano, hacerse algunas
-excepciones. Mas lo verdaderamente importante se apoya en inmóviles
-fundamentos.
-
-Ha observado muy oportunamente Addison, que este poema por la
-naturaleza de su asunto lleva a todos los demás la ventaja de interesar
-universal y perpetuamente: todo el género humano de todos tiempos ha de
-tener la misma conexión con Adán y Eva, y cada hombre ha de participar
-del bien y el mal que se hace extensivo a todos.
-
-En lo tocante a la máquina con que se da a entender la oportuna
-intervención de un poder sobrenatural, otro asunto inagotable de
-observaciones críticas, nada hay que hablar aquí porque cuanto sucede
-es bajo la inmediata y visible dirección del cielo; pero de todas
-suertes, de tal manera está observada esta regla, que no hay acción ni
-parte de ella que llegue a realizarse por otros medios.
-
-En punto a episodios hallo únicamente dos, la relación de Rafael
-sobre la guerra del cielo y el discurso profético de Miguel sobre las
-vicisitudes que ha de experimentar el mundo. Ambos están estrechamente
-unidos con la acción principal; el uno era necesario para la
-instrucción de Adán, y el otro para su consuelo.
-
-Tampoco puede hacerse objeción alguna tocante a complemento o
-integridad del plan, pues cumple distinta y claramente con lo que
-Aristóteles exige, el principio, el medio y el fin. Quizá no hay
-poema de la extensión de este de que pueda suprimirse menos sin que
-resulte una verdadera mutilación. No hay en él juegos, funerales, ni
-la prolija descripción de ningún escudo; de las breves digresiones que
-se hallan al principio de los libros tercero, séptimo y noveno pudiera
-indudablemente prescindirse; pero ¿quién se atrevería a suprimir tan
-bellas superfluidades? ¿quién no desearía que el autor de la ILÍADA
-hubiese deleitado a los siglos venideros con un tanto de conocimiento
-de sí mismo? Tal vez no habrá pasaje alguno leído tan frecuentemente y
-con tanta atención como estos trozos que pudieran llamarse extrínsecos;
-y si el fin de la poesía es deleitar, lo que tanto embelesa a todos no
-puede tenerse por antipoético.
-
-Las cuestiones de si la acción del poema es estrictamente una, de si
-el mismo poema merece propiamente llamarse _heroico_, y de quién por
-último es el héroe, solo pueden ocurrirse a lectores que deducen el
-fundamento de su criterio más bien de los libros que de la razón.
-Verdad es que Milton califica solamente de _Poema_ el PARAÍSO PERDIDO,
-pero también le llama en otra parte _Canto heroico_. Indigna la
-petulancia e inconveniencia de Dryden que niega el heroísmo de Adán
-porque al fin resulta vencido; pero no hay razón alguna para suponer
-que el héroe no pueda ser desgraciado, y eso aún con la práctica
-establecida, desde que muy bien pueden no andar juntos el triunfo y el
-merecimiento. Catón es el héroe de Lucano; pero la autoridad de Lucano
-no bastaría a Quintiliano a darle la razón; y sin embargo, aún dada la
-necesidad del triunfo, puede decirse que el seductor de Adán al cabo
-se vio humillado, y Adán reintegrado en la gracia de su Hacedor, y por
-tanto, seguro de recobrar su dignidad humana.
-
-Después del plan y artificio del poema, deben considerarse como partes
-que lo componen los afectos y la dicción.
-
-Los afectos, como expresión de las acciones o pintura de los
-caracteres, en su mayor parte guardan siempre la precisión más rigurosa.
-
-Rara vez se tropieza con trozos brillantes que contengan lecciones
-morales o reglas de prudencia, pues es tan original la forma de este
-poema, que así como nada humano admite hasta que ocurre la catástrofe,
-tampoco puede tratarse en él del procedimiento humano. Su fin es elevar
-el pensamiento sobre los cuidados o entretenimientos terrestres. El
-elogio de la fortaleza con que Abdiel mantuvo su valerosa y singular
-virtud contra el menosprecio que de él hacía su enemiga muchedumbre,
-a todos los tiempos puede acomodarse; y la severidad con que Rafael
-reprende a Adán cuando quiere enterarse de los movimientos de los
-planetas y la respuesta que da el mismo Adán, seguramente pueden
-oponerse a cuantas reglas prácticas han dado hasta ahora todos los
-poetas.
-
-Los pensamientos que van sucesivamente eslabonándose son tales, que
-únicamente pueden ocurrirse a una imaginación en el más alto grado de
-entusiasmo y energía, excitada además por un estudio incesante y un
-inmenso espíritu de investigación. El ardoroso vigor de Milton puede
-decirse que sublima su gran saber y que impregna su obra en el espíritu
-de la ciencia que se sobrepone a todo lo que es terreno y vulgar.
-
-Consideraba la creación en cuanto ella abarca, y así sus descripciones
-son siempre magníficas y propias de un hombre sabio. Había acostumbrado
-su imaginación a salvar cuantos obstáculos se le opusiesen, y sus
-conceptos por lo tanto son siempre grandiosos. Lo sublime es la
-cualidad característica de su poema. Desciende a veces a la elegancia;
-su elemento, sin embargo, es la grandeza. Puede a veces revestirse
-de alguna forma graciosa, pero su natural actitud es la elevación
-gigantesca. Agrada cuando es menester agradar, aunque su recurso
-favorito es producir admiración.
-
-Parece saber acomodarse bien a la índole de su genio y conocer las
-cualidades de que la naturaleza le había pródigamente dotado más que a
-otro cualquiera; la facultad de abarcar la inmensidad, de realzar la
-esplendidez, de acrecentar lo terrible, de oscurecer más lo sombrío y
-aumentar lo que de suyo es pavoroso; y así eligió un asunto sobre el
-que no era posible extenderse mucho y en que podía darse vuelo a la
-imaginación sin incurrir en la extravagancia.
-
-Ni los fenómenos de la naturaleza, ni los acaecimientos de la vida
-satisfacían bastantemente el anhelo con que buscaba cuanto era grande.
-El pintar las cosas como son en sí requiere una atención minuciosa y es
-propio de la memoria más bien que de la fantasía. Milton se complacía
-en explayarse por las vastas regiones de lo posible, porque la realidad
-era campo sobrado estrecho para su inteligencia. Empleó sus facultades
-en nuevos descubrimientos dentro de mundos en que solo puede campear
-la imaginación, embelesándose en hallar nuevos modos de existencia, en
-atribuir sentimientos y acciones a los seres superiores, en referir las
-discusiones que se tenían en la asamblea del infierno o en acompañar a
-los coros celestiales.
-
-Pero no podía permanecer siempre en extraños mundos: tenía a lo mejor
-que descender a la tierra y hablar de cosas visibles y conocidas; y
-cuando no podía remontarse a lo maravilloso en alas de su talento, se
-complacía en dar muestras de su asombrosa fecundidad.
-
-Cualquiera que sea el asunto de que trate no deja de poner en él su
-imaginación; pero sus imágenes y las descripciones de las escenas o
-fenómenos de la naturaleza no las toma siempre de formas originales,
-ni las presenta con la naturalidad, fuerza y energía de la observación
-inmediata; veía la naturaleza, según la expresión de Dryden, a través
-de la _perspectiva de los libros_ y en muchas ocasiones tenía que
-llamar a la erudición en su ayuda. El jardín del Edén le trae a la
-memoria el valle del _Enna_ donde Proserpina se entretenía en coger
-flores. Satán se abre camino por entre procelosos elementos, como
-_Argos_ por entre las rocas _Cianeas_, o como Ulises entre los dos
-vagíos _sicilianos_ cuando huía de _Caribdis_ sesgando su nave. Con
-razón se le han criticado las alusiones mitológicas de que se vale y
-cuya inutilidad no siempre llega a comprender; pero es indudable que
-contribuyen a amenizar la narración y a excitar alternativamente la
-memoria y la imaginación.
-
-Sus símiles son en más número y más varios que los de todos sus
-predecesores, y no se reduce a los límites de una comparación rigurosa,
-pues precisamente su gran recurso es la amplificación, dando una gran
-extensión, cuando la oportunidad lo requiere así, a la imagen más
-secundaria. Así, al comparar el escudo de Satán con el disco de la
-luna, lleva su imaginación hasta el descubrimiento del telescopio que
-dio lugar a tan maravillosas revelaciones.
-
-En cuanto a los sentimientos morales no es mucho encarecer su elogio
-asegurando que deja muy atrás en ellos a todos los demás poetas,
-porque esta superioridad la debía a lo familiarizado que estaba con
-la Sagrada Escritura. Los antiguos poetas épicos, como no conocían la
-luz de la revelación, eran poco hábiles en la enseñanza de la virtud;
-sus principales caracteres tenían grandeza pero no eran simpáticos; el
-lector puede deducir de ellos los más grandes ejemplos de fortaleza
-activa y pasiva, y a veces hasta de prudencia, pero rara vez podrá
-aprender principios de justicia y mucho menos máximas de piedad.
-
-Para los escritores italianos puede decirse que son vanas todas las
-ventajas del espíritu cristiano. Conocida es la depravación de Ariosto;
-y aunque la JERUSALÉN LIBERTADA puede considerarse como un asunto
-sagrado, el poeta ha escatimado más de lo justo la instrucción moral.
-
-En Milton, por el contrario, cada verso revela la santidad del
-pensamiento y la pureza de las costumbres, menos en aquellos casos
-en que el transcurso de la narración exige la introducción de los
-espíritus rebeldes; y aún estos se ven obligados a confesar su
-sumisión a Dios de tal manera que inspiran reverencia y dan pábulo al
-sentimiento religioso.
-
-En los seres humanos hay dos diferentes, pero ambos son padres de toda
-la especie, venerables antes de perder su dignidad e inocencia, e
-interesantes aun después de perdida por su sumisión y arrepentimiento.
-En su primitivo estado se ven animados de un afecto tierno sin
-debilidad y de una piedad sublime sin presunción. Caen en el pecado y
-manifiestan desde luego lo desigual que es su fragilidad y cuán presto
-se rompe su armonía, cuánto debilita el pecado su confianza en el favor
-divino, y que solo por la penitencia y la oración pueden esperar la
-remisión de su culpa. El estado de perfecta inocencia solo puede llegar
-a concebirse, si es posible no obstante concebirlo dada nuestra actual
-miseria; pero los sentimientos y culto propios de un ser abyecto y
-culpable, todos podemos profesarlos, porque podemos practicarlos todos.
-
-Nuestro poeta es siempre grande en cualquiera ocasión que se le
-contemple. En su primitivo estado nuestros progenitores conversaban
-con los ángeles; aún envilecidos por su insensatez y por el pecado, no
-se ofrecían en su humillación bajo el aspecto de meros suplicantes, y
-cuando vemos que sus ruegos han sido oídos, volvemos a contemplarlos
-con el mismo respeto que antes.
-
-Como hasta que incurrieron Adán y Eva en su culpa no entraron en el
-mundo las pasiones humanas, el poeta tenía pocas ocasiones de mostrarse
-patético, pero aun de esas pocas supo aprovecharse bien. Describe con
-exactitud y expresa con energía un afecto peculiar de la naturaleza
-racional, el sobresalto que se apodera de la conciencia después del
-delito, y el horror con que el culpable espera los efectos de la
-indignación divina. Mas para ponerse en juego las pasiones, solo una
-ocasión se ofrece, y la cualidad que más sobresale en este poema es el
-sublime, el sublime empleado con ingeniosa variedad, unas veces en las
-descripciones, otras en los razonamientos.
-
-De errores y defectos adolece, como toda obra humana, el PARAÍSO
-PERDIDO: la crítica imparcial no puede prescindir de ellos; sin
-embargo, así como para encarecer el mérito de Milton, no hemos
-prodigado mucho las citas, que si fuéramos a enumerar sus bellezas
-serían interminables, tampoco debemos detenernos en recargar demasiado
-las censuras; porque ¿qué inglés llevaría a bien la reproducción de uno
-y otro pasaje que, al propio tiempo que rebajasen el crédito de Milton,
-amenguarían hasta cierto punto la gloria de su nación?
-
-Renunciemos, por consiguiente, al sistema de notar la frecuente
-impropiedad de las voces, como lo ha hecho Bentley, más competente
-acaso en la gramática que en la poesía, aunque atribuyendo a veces
-aquella a la intervención de un corrector en quien hubo de fiarse el
-autor a causa de su falta de vista; suposición temeraria y vana, si la
-creía verdadera, y pérfida y vergonzosa, si, como se asegura, él mismo
-confesaba privadamente que la tenía por falsa.
-
-El asunto del PARAÍSO PERDIDO tiene el inconveniente de no referirse a
-acciones ni a vicisitudes humanas. El Hombre y la Mujer se ven allí en
-un estado enteramente desconocido para los individuos de su especie;
-el lector no encuentra situación alguna análoga a las de su vida, ni
-condición comparable con la suya por más que esfuerce su imaginación
-para colocarse en ella: de modo que ni una ni otra pueden excitar su
-natural curiosidad ni su simpatía.
-
-Todos sentimos los efectos de la desobediencia de Adán; pecamos como
-Adán todos, y como él lamentamos nuestras culpas; en los ángeles caídos
-tenemos otros tantos enemigos encubiertos e infatigables, y en los
-espíritus bienaventurados celosos amigos y protectores: esperamos
-llegar a participar de la redención del género humano, y estamos
-tan interesados en la descripción del cielo y del infierno, como
-que nuestra morada futura ha de ser la mansión de las penas o de la
-bienaventuranza.
-
-Pero estas verdades son demasiado importantes para que nos parezcan
-nuevas: se nos han enseñado desde la infancia; ocupan cuando estamos
-a solas nuestro pensamiento; dan asunto a nuestras conversaciones
-familiares, y habitualmente tienen grande influencia en los actos de
-nuestra vida; pero no siendo nuevas, no pueden ejercer emoción alguna
-extraordinaria en nuestro espíritu, porque lo que de antemano sabemos,
-no es menester estudiarlo, ni lo que no es inesperado para nosotros,
-puede en manera alguna sorprendernos.
-
-Así que de las ideas que nos sugieren estas imponentes escenas, unas
-veces nos abstraemos con respeto, excepto cuando se nos ocurren por
-medio de la asociación, y otras nos alejamos con horror o únicamente
-las admitimos como saludable escarmiento, como contrapeso de nuestros
-intereses y pasiones; y semejantes imágenes más bien entorpecen que
-avivan el vuelo de nuestra imaginación.
-
-El deleite y el terror son sin duda las verdaderas fuentes de la
-poesía, mas el deleite poético ha de ser tal que la imaginación
-humana por lo menos lo conciba, y el terror poético no ha de llegar
-a tal punto, que la fuerza y la fortaleza humanas sean incapaces de
-dominarlo. El bien y el mal de la Eternidad son cosas demasiado graves
-para la sutileza del entendimiento; este necesita considerarlos con
-cierta frialdad pasiva, dado que se contenta con una fe tranquila y una
-adoración humilde.
-
-Y, sin embargo, las verdades conocidas pueden tomar diferente aspecto y
-llegar al ánimo por una nueva representación de imágenes intermedias.
-Esto lo intentó Milton, y lo consiguió por la fecundidad y vigor
-que tan peculiares eran de su ingenio; y el que considere los pocos
-recursos fundamentales que la Escritura le suministraba, seguramente se
-maravillará de la inmensa extensión a que los llevó y de la variedad
-con que supo utilizarlos, teniendo que renunciar a ciertas licencias de
-ficción por el religioso respeto que se debía.
-
-Nadie ha sabido valerse mejor de las fuerzas unidas del estudio y del
-genio, de la claridad de juicio necesaria para no verse embarazado
-entre tal cúmulo de materiales, ni de imaginación más a propósito para
-disponerlos y combinarlos. Era además incomparable su acierto en sacar
-recursos de la naturaleza, de la historia, de las fábulas antiguas
-y de las ciencias modernas, siempre que por alguno de estos medios
-podía ilustrar o embellecer sus pensamientos, que a su mucho caudal de
-erudición añadía los tesoros del estudio y la prodigalidad con que los
-ostentaba su fantasía.
-
-Por esto ha dicho alguno de sus admiradores, empleando una hipérbole
-extravagante, que en el PARAÍSO PERDIDO tenemos un libro de ciencia
-universal. Y sin embargo, no es esto cierto: no hay medio de suplir
-a lo que de suyo es insuficiente, y siempre hallaremos un vacío en
-la falta de interés humano. El PARAÍSO PERDIDO es uno de esos libros
-que asombran al lector, pero que una vez cerrados, no suelen volverse
-a abrir. Se cree uno obligado a conocerlo, mas no halla deleite en
-él; leemos a Milton para instruirnos; le cerramos fatigados y como
-rendidos, y volvemos la vista a otra parte para distraernos; nos
-alejamos del maestro, y vamos en busca de nuestros amigos.
-
-Otro inconveniente del asunto elegido por Milton es que requiere la
-descripción de cosas que no pueden describirse, los actos de los
-espíritus. No se le ocultaba que lo inmaterial no es susceptible de
-imágenes, y que no podía presentar a los ángeles sino como instrumentos
-de acción, por lo cual les atribuyó forma y materia. Esto, como
-necesidad al cabo, era defendible, y hubiera ganado mucho su plan no
-poniendo lo inmaterial a la vista del lector, sino interesándole más
-con el artificio de ocultárselo y obligarle a que lo dedujese él mismo
-de sus pensamientos. Pero desgraciadamente confundió lo poético con
-lo filosófico: sus personajes infernales y celestiales unas veces son
-espíritus puros, y cuerpos animados otras. Cuando Satán, armado con
-su lanza, recorre la abrasada tierra, es figura corporal; cuando al
-tender su vuelo entre el infierno y el nuevo mundo, se ve en peligro de
-perderse en el vacío, y halla un apoyo en los vapores que se desprenden
-de la profundidad, tampoco puede dudarse de que es corpóreo; cuando
-anima el cuerpo del reptil, parece ser un espíritu que se infiltra
-según le place en la materia; cuando se levanta erguido como un coloso,
-tiene por lo menos una forma determinada; y cuando es conducido a
-la presencia de Gabriel con su espada y con su escudo, bien hubiera
-podido ocultar estas armas dentro de la serpiente, por más que fuesen
-materiales las de que para combatir se servían los ángeles.
-
-Los vulgares habitantes del _Pandemonium_, que eran espíritus
-incorpóreos, a pesar de ocupar tan vasta extensión y de su infinito
-número, se veían reducidos a un limitado espacio; y en la batalla,
-cuando quedan aplastados por las montañas, las armas se les introducen
-por los cuerpos, y sus padecimientos son mayores porque con el
-pecado su sustancia se ha dilatado más y héchose más sensible. Esto
-acontecía a ángeles incorruptibles, cuyas armas contribuían a su mayor
-derrota, pues sin ellas, como espíritus que eran, hubieran salido
-ilesos, contrayéndose o desapareciendo; y aun como espíritus, serían
-espirituales a medias, porque la contracción y el movimiento son
-propiedades de la materia; pero sin el embarazo de la armadura nada
-hubiera quedado de ellos, y hubiera recibido los golpes la materia que
-los cubría. Cuando Uriel desciende en un rayo de Sol, es corpóreo, y
-corpóreo también Satán cuando teme que Adán pruebe en él su esforzado
-aliento.
-
-La mezcla de espíritu y materia que resulta en la narración de la
-guerra celeste es una verdadera incongruencia, y el libro que a ella se
-refiere, es a mi juicio el favorito de los estudiantes, y el que más
-pronto olvidan según van adquiriendo gusto y conocimientos.
-
-Después de la intervención de los agentes inmateriales, sobre que no
-debe insistirse más, entra la de los personajes alegóricos, que no
-tienen existencia real. El poner en relieve las causas por medio de
-estos otros agentes, el atribuir una forma dada a las ideas abstractas
-y comunicarles animación y vida, ha sido siempre privilegio de la
-poesía; pero la mayor parte de esos seres ideales luego que representan
-su papel natural, no vuelven a figurar. Así la Fama cuenta proezas, y
-la Victoria corona a un general o sigue tal estandarte, pero ni una
-ni otra pueden hacer más: darles una existencia real o atribuirles
-una intervención material, es despojarlos de su carácter alegórico, o
-atormentar al entendimiento para que suponga efectos irrealizables. En
-el _Prometeo_ de Esquilo vemos la _Violencia_ y la _Fuerza_ y en el
-_Alcestes_ de Eurípides la _Muerte_ que se presentan en la escena y
-toman parte en la acción como personas del drama; pero no hay ejemplo
-alguno que pueda justificar un absurdo.
-
-La Muerte y el Pecado, alegorías de Milton, seguramente son
-personificaciones falsas. El Pecado es la madre de la Muerte y puede
-muy bien ser portero del Infierno; pero cuando detienen en su viaje
-a Satán, viaje que se describe como verdadero, y cuando la Muerte le
-provoca a combate, no es ya posible la alegoría. Que el Pecado y la
-Muerte hubiesen mostrado el camino del Infierno, nada tenía de extraño;
-lo inverosímil es que allanen el camino construyendo un puente, porque
-los obstáculos que encuentra Satán se pintan como reales y materiales,
-y el puente no puede ser más que imaginado. El Infierno, morada de los
-espíritus rebeldes, se localiza tan puntualmente como la mansión del
-Hombre. Está situado en cierta región lejana del espacio, separado de
-aquellas donde reinan la armonía y el orden por medio del inmenso vacío
-que llena el Caos; pero el Pecado y la Muerte levantan una enorme mole
-de rocas amasadas con asfalto; obra demasiado sólida para arquitectos
-tan ideales.
-
-Esta desmañada alegoría es, a mi juicio, uno de los mayores defectos
-del poema, defecto que no tiene disculpa, porque consiste en la opinión
-que el autor se había formado de la belleza de su obra.
-
-También en cuanto a la narración en sí, hay algo en qué reparar. Satán
-es conducido en el Paraíso con sobrada lentitud a la presencia de
-Gabriel, y se le deja ir muy tranquilamente. La creación del Hombre se
-supone una consecuencia del vacío que había quedado en el Cielo por la
-expulsión de los ángeles rebeldes, y Satán hace mención de ella como de
-un rumor que corría por el cielo antes de su caída.
-
-Difícil era en verdad hallar sentimientos que correspondiesen al
-estado de la inocencia, y sin embargo, de vez en cuando algunos suelen
-anticiparse. El discurso que Adán se forja entre sueños no parece
-muy propio de un ser nuevamente creado. Tampoco hallo gran propiedad
-en su respuesta al Ángel cuando este le reprende por la curiosidad
-que muestra: es el razonamiento de un hombre que conversa con otros
-hombres. Hubieran podido omitirse algunas nociones filosóficas, y
-sobre todo de falsa filosofía; así como que en una comparación hable,
-el Ángel del tímido ciervo, cuando el ciervo no era todavía tímido, y
-antes de que Adán pudiera comprender la comparación.
-
-Observa Dryden que en medio de su sublimidad, Milton peca de hinchado
-a veces; lo cual quiere decir que adolece de desigualdad. En toda obra
-hay una parte que necesariamente depende de las demás: un palacio no
-puede estar sin galerías, ni se da un poema sin transiciones. Por demás
-sería exigir que el ingenio esté siempre a la misma altura, como si
-pretendiéramos que el sol se mantenga constantemente en el mediodía. En
-las grandes obras hay cierta alternativa de partes luminosas y opacas,
-como en el mundo se suceden el día y la noche. Después de recorrer
-los ámbitos del cielo, no debe parecer mal que descienda Milton a
-contemplar la tierra; porque ¿qué otro autor se ha remontado nunca a
-tanta altura, ni ha sabido sostener su vuelo por tanto tiempo?
-
-Tan empapado estaba en los poetas italianos, que con mucha frecuencia
-se valía de ellos; y como todos aprendemos algo de los demás, su afán
-por imitar la ligereza de Ariosto le sugirió la malhadada imitación del
-_Paraíso de los Locos_; invención que no carece en sí de mérito, pero
-demasiado ridícula para ingerida donde se halla.
-
-Sus juegos de palabras, de que abusa en demasía, sus equivocaciones,
-que Bentley procura disculpar con el ejemplo de los antiguos; y
-el empleo innecesario que con tan poco gusto hace del tecnicismo
-artístico, no hay para qué detenerse a mencionarlos, porque fácilmente
-se advierten y han sido generalmente censurados, además de que guardan
-tan pequeña proporción con el conjunto, que apenas llaman la atención
-de los críticos.
-
-Tales son los defectos del admirable poema del PARAÍSO PERDIDO. El
-que pretenda valerse de ellos para que sirvan de contrapeso a sus
-innumerables bellezas, no mostrará tanta imparcialidad ni celo,
-como ruindad y escasez de juicio, y merecerá, no que se le censure
-por su cándida intención, sino que se le compadezca por su falta de
-sensibilidad.
-
-
-DE BLAIR
-
-Milton se trazó a sí mismo un rumbo nuevo y extraordinario en la
-poesía. Apenas abrimos su PARAÍSO PERDIDO nos sentimos trasladados
-a un mundo invisible, y rodeados de seres tan pronto celestes
-como infernales. Los ángeles y demonios no son la máquina, sino
-los principales actores de su poema; y lo que en otra composición
-cualquiera sería maravilloso, en esta se reduce a un curso natural de
-acontecimientos. Un asunto tan ajeno a los intereses de este mundo
-puede dar fundamento a los aficionados a discusiones materiales, para
-dudar de si el PARAÍSO PERDIDO debe propiamente contarse entre los
-poemas épicos. Califíquese como quiera, es uno de los más sublimes
-esfuerzos del genio poético, y en condiciones tan características del
-poema épico como la majestad y la sublimidad, igual al más excelente
-que merezca esta denominación.
-
-Hasta qué punto anduvo acertado el autor en la elección de su
-argumento, es muy cuestionable: desde luego puede decirse que ofrece
-grandes dificultades. A ser de índole más humana y menos teológica,
-más en conexión con las vicisitudes de la vida, con la manifestación
-de los caracteres y las pasiones de los hombres, quizá sería este
-poema, al menos para la generalidad de los lectores, más agradable e
-interesante. Pero el asunto se acomodaba perfectamente a la sublime
-grandeza de su talento; solo él podía ponerse a su altura; y al llevar
-a cabo tan arduo empeño, mostró una fuerza tal de imaginación y de
-invención, que verdaderamente es maravillosa. Admira, en efecto, que de
-la escasa materia que la Sagrada Escritura le ofrecía, sacase una obra
-tan completa y tan regular en todas sus partes, y acumulase en su poema
-tantos y tan variados incidentes. Hay en él trozos áridos e ingratos;
-ocasiones hay en que el autor, más que poeta, parece un metafísico o un
-teólogo; pero el conjunto de la composición es interesante; sorprende
-y embelesa la imaginación, y seduce y conmueve más, a medida que se
-adelanta en su lectura, lo cual seguramente prueba gran mérito en una
-composición épica. La artificiosa variedad de objetos, y la escena que
-colocada tan pronto en la tierra, como en el infierno o en el cielo, no
-llega a hacerse monótona, producen, juntamente con la unidad de plan,
-un todo tan armónico como perfecto. ¡Qué dulce, qué tranquilamente
-respiramos con Adán y Eva en el Paraíso! ¡Con qué atención seguimos a
-Satán en su empresa, con qué ansiedad presenciamos el combate de los
-ángeles en el cielo! La inocencia, la pureza, la ternura de nuestros
-primeros padres al lado del orgullo y ambición de Satán, ofrecen un
-bello contraste que domina en todo el poema: únicamente la conclusión
-es demasiado trágica para un poema épico.
-
-La naturaleza del asunto no admite gran desarrollo en los caracteres;
-pero tales como se pintan, se sostienen y hacen muy agradables por
-su propiedad. Satán, en particular, es una figura gigantesca, y el
-carácter mejor trazado de todo el poema. Milton no le representa
-conforme a la idea que tenemos de un espíritu infernal, sino que
-se propuso darle cierta apariencia humana, es decir, mixta, y no
-enteramente exenta de buenas cualidades. Es valeroso y fiel para con
-los suyos; en medio de su impiedad siente algunos remordimientos; hasta
-se muestra algo compadecido de nuestros primeros padres, y se disculpa
-del daño que les ocasiona con la necesidad de su situación. Obra por
-ambición y despecho, más bien que por natural malicia: en una palabra,
-no es peor que muchos conspiradores o jefes de partido de los que
-figuran en la historia. Los diferentes caracteres de Belzebú, Moloc y
-Belial, están pintados de mano maestra en las elocuentes arengas que
-pronuncian en el libro segundo. En cuanto a los ángeles buenos, aunque
-no carecen de dignidad y propiedad, tienen un colorido más uniforme
-que los espíritus infernales, a pesar de que la nobleza de Miguel, la
-afable condición de Rafael y la inquebrantable fidelidad de Abdiel,
-constituyen diferencias muy características. El empeño de presentar a
-Dios en el esplendor de su omnipotencia y de referir los diálogos que
-median entre el Padre y el Hijo, era demasiado grave y difícil, y fue
-en el que, como debía presumirse, quedó más deslucido nuestro poeta.
-Pero los caracteres verdaderamente humanos, la inocencia y amor de
-nuestros primeros padres, están pintados con sumo acierto y delicadeza.
-En algunos de sus diálogos con Rafael y Eva, Adán se muestra sobrado
-discreto y culto, atendida su situación; en Eva se advierte más verdad:
-su gracia, su modestia y su fragilidad son exactamente las de la mujer.
-
-La cualidad más relevante y grande de Milton, es la sublimidad. En ella
-quizá sobrepuja a Homero, y en cuanto a Virgilio y los demás poetas
-posteriores a él, no cabe duda alguna respecto a su inferioridad.
-Los dos libros, primero y segundo del PARAÍSO PERDIDO son una no
-interrumpida muestra del género sublime. La vista del infierno y sus
-debeladas huestes, la apariencia y aspecto de Satán, el consejo de los
-caudillos infernales y el caos donde se lanza Satán para arribar a las
-playas de este mundo, forman otros tantos pensamientos sublimes que no
-ha concebido jamás la fantasía de ningún poeta. Ni carece tampoco de
-grandeza el sexto libro, particularmente en la aparición del Mesías,
-sin que por eso deje de haber en él algo de censurable y aun de
-indisculpable, como los sarcasmos de los demonios al ver los efectos
-de la artillería. La sublimidad de Milton es de diferente género que
-la de Homero; la de Homero es por lo general brillante e impetuosa; la
-de Milton más grandiosa y reposada; Homero nos entusiasma y arrastra;
-Milton nos deslumbra y arrastra más; el uno es más sublime en la
-descripción de los hechos; el otro en la de los objetos de suyo grandes
-y maravillosos.
-
-Pero aunque Milton se distinga realmente tanto por su sublimidad,
-hay muchas bellezas, muchos cuadros dulces y deliciosos en toda su
-obra. Las escenas que pasan en el Paraíso están llenas de imágenes
-risueñas y encantadoras; sus descripciones son hijas de una fecundísima
-imaginación, y en los símiles se muestra casi siempre muy feliz, aunque
-alguna vez pequen de impropiedad, y pocas y muy raras sean o triviales
-o de mal gusto. En lo general nos ofrece imágenes tomadas de objetos
-sublimes o bellos, y si de algún defecto se resienten es de aludir a
-menudo a conocimientos científicos o a las fábulas de la antigüedad. La
-última parte del PARAÍSO PERDIDO preciso es confesar que decae algún
-tanto: parece que el genio de Milton participa del desfallecimiento
-de nuestros primeros padres. Rasgos, sin embargo, muy bellos del
-género trágico se hallan en los postreros libros, como el remordimiento
-y contrición de los dos culpables; y afectos conmovedores, como su
-despedida al Paraíso, cuando se ven obligados a abandonarlo. El último
-episodio del Ángel, que refiere a Adán la suerte de su posteridad,
-está felizmente ideado, aunque a trechos sea algún tanto lánguida la
-ejecución.
-
-El lenguaje y versificación de Milton son de primer orden. Su estilo
-es altamente majestuoso y apropiado al asunto. El verso suelto es
-armonioso y vario, y ofrece el más perfecto ejemplo de la elevación
-que es capaz de alcanzar nuestra lengua en la poesía. No se sucede
-acompasadamente como el verso francés, en alterna, regular y uniforme
-melodía, que frecuentemente fatiga el oído, sino que es dulce, fluido
-y muchas veces enérgico, vario en su cadencia y mezclado con algunos
-sonidos desacordes, como conviene al vigor y libertad de la composición
-épica. De vez en cuando se tropieza con alguno prosaico y descuidado,
-pero en obra tan larga, y en lo general tan armoniosa, bien pueden
-perdonarse tan pequeñas faltas.
-
-En suma, es el PARAÍSO PERDIDO un poema que abunda en perfecciones de
-todo género, y que con razón ha dado a su autor una fama no inferior a
-la de ningún otro poeta, a pesar de que tengamos que reconocer en él
-algunos lunares; que es propiedad de todos los grandes genios no ser
-siempre uniformes ni correctos. Da Milton con frecuencia en la teología
-y la metafísica; suele ser duro en su lenguaje; suele usar de voces
-técnicas y hacer gala de su erudición; pero muchos de sus defectos
-deben atribuirse a la época en que vivió. La fuerza y seguridad que
-ostentaba su genio, estaba, a nivel de lo más grande que se conoce; y
-si a veces se muestra inferior a sí mismo, otras se eleva sobre todos
-los poetas del antiguo y del nuevo mundo.
-
-
-DE LORD OXFORD
-
-Si el Rafael, el Satán y el Adán de Milton tienen tanta dignidad como
-el Apolo de Belvedere, su Eva ostenta toda la gracia de la Venus de
-Médicis, y su descripción del Edén el colorido de Albano. Su ternura
-inspira siempre ideas tan graciosas como las Madonas de Guido, y
-las tres gracias pueden denominarse el ALLEGRO, el PENSEROSO y
-COMUS. Rebosaba su alma en poesía, en sentimiento y en entusiasmo, y
-aprovechaba todas estas cualidades estudiando los mejores modelos. Así
-preparado, dio rienda suelta a su genio, que era demasiado impetuoso
-y sublime para dejarse aprisionar por el mecanismo de la rima, que si
-alguna vez le embarazaba para expresar todo lo que sentía, con más
-frecuencia le obligaba a añadir trivialidades que contribuían a que
-cobrase mayor aliento.
-
-
-DE HAYLEY
-
-El entusiasmo era la cualidad predominante en la imaginación de Milton.
-En política le había llevado a ser crédulo con sobrada generosidad, y
-a veces demasiado rigorosamente decidido; pero en poesía le exaltaba
-a un grado tal de sublimidad, que nadie ha podido excederle en ella,
-ni es probable que llegue nadie a sobrepujarle; pues aunque en todas
-las artes haya sin duda grados de perfección a que ningún mortal ha
-llegado aún, se requiere tal conjunto de dotes, unas dependientes de
-la naturaleza, otras de la fortuna, en un grande artista de cualquier
-género que sea, que el mundo no tiene motivo alguno para esperar
-producciones de un genio poético superior al del PARAÍSO PERDIDO. En él
-se ve la vigorosa y aguda originalidad de concepción que caracterizaba
-la inteligencia de Milton, y le hacía merecedor del más alto concepto;
-y así no solamente es digno nuestro autor de aplauso por haber
-ensanchado y ennoblecido la esfera de la poesía épica, sino de otro
-título mayor a nuestra gratitud, el de fundador del nuevo y encantador
-arte inglés, que tanta gloria ha dado a nuestro país.
-
-Con justo encomio, pues, y con las más sinceras y felices expresiones
-han rendido un tributo de admiración a Milton, el elegante historiador
-de nuestra moderna jardinería lord Oxford, y los dos consumados poetas
-de Francia y de Inglaterra, De Lille y Mason, al celebrar su mérito y
-proclamarle como el benéfico genio que ha granjeado al mundo la más
-joven y amable de las artes.
-
- * * * * *
-
-No sería justo ni honroso para el mérito de un poeta como Milton
-terminar las precedentes observaciones sobre su inmortal obra, sin
-observar que el libro sexto ha sido quizá juzgado con excesiva
-severidad. En la brillante y animada crítica que de él ha hecho
-Johnson, lo ha calificado como muy a propósito para ser «el favorito
-de los estudiantes.» Pero Mr. Hayley elocuentemente replica que «hasta
-la imaginación puede menospreciar una lógica austera, creyéndola
-facultad estudiantil, pero a los que gozan aun con sus desvaríos,
-lícito les es complacerse en su deleite. Ningún lector de verdadero
-instinto poético se ha fijado jamás en el sexto libro sin sentir
-una especie de embeleso, que bien puede condenar un ceñudo lógico,
-pero que nada perdería en llegar a participar de él.» Tampoco puede
-decirse del PARAÍSO PERDIDO que «se cree uno obligado a conocerlo, mas
-no halla deleite en él;» ni que «leemos a Milton para instruirnos,
-le cerramos fatigados y como rendidos, y volvemos la vista a otra
-parte para distraernos.» No hay tal: prestemos atención a su canto,
-y tal vez experimentaremos la misma sensación que nuestro padre Adán
-cuando después de oír la revelación del Ángel, quedó tan embebecido y
-suspenso, que por algún tiempo le estuvo atento, creyendo que seguía
-hablándole, y que todavía llegaban sus palabras a sus oídos.
-
-
-
-
- EL
- PARAÍSO RECOBRADO[152]
-
- TRADUCIDO POR
- ENRIQUE LEOPOLDO DE VERNEUILL
-
- LIBRO PRIMERO
-
-
-ARGUMENTO
-
- El asunto de esto libro comienza por la invocación al Espíritu
- Santo. El poema representa en primer lugar a Juan bautizando en el
- Jordán: llega Jesús, que recibe a su vez las aguas del bautismo; y
- es reconocido como Hijo de Dios, no solo por la bajada del Espíritu
- Santo, sino también por una voz del cielo. Al ver esto Satán, que se
- halla presente, remóntase al momento a las regiones etéreas, donde
- reuniendo a sus infernales consejeros, les manifiesta sus temores
- de que Jesús sea aquella semilla de la mujer, destinada a aniquilar
- todo su poderío. Al propio tiempo les indica la urgente necesidad
- de averiguar la certeza del hecho, intentando, por medio de lazos y
- engaños, combatir y exterminar al Hombre de quien tanto deben temer.
- Satán se brinda a acometer por sí solo tamaña empresa, y aceptado
- su ofrecimiento, se pone en marcha para llevar a cabo su cometido.
- Dios, entre tanto, rodeado de su corte celestial, anuncia que ha
- resuelto someter a su Hijo a las tentaciones de Satán; pero predice
- que el tentador sufrirá la más completa derrota, lo cual celebran los
- ángeles, entonando un himno de triunfo. Jesús es conducido por el
- Espíritu al desierto, cuando pensaba en el principio de su elevada
- misión de Salvador de la humanidad: sumido en sus meditaciones,
- refiere, en un soliloquio, cuán divinos y generosos impulsos había
- experimentado desde su más tierna juventud, y cómo su madre,
- María, al observar en él tales disposiciones, le dio a conocer las
- circunstancias de su nacimiento, revelándole que era nada menos
- que el Hijo de Dios. Indica luego lo que sus propios estudios y
- reflexiones le habían sugerido en confirmación de esta gran verdad,
- fundándose particularmente en el reciente testimonio que acababa de
- recibir en el Jordán. Nuestro Señor pasa cuarenta días ayunando en el
- desierto, donde las fieras se humillan a su presencia, mostrándose
- inofensivas. Satán aparece después bajo la forma de un anciano
- campesino, y entabla conversación con nuestro Señor; manifiéstale
- su extrañeza por verle solo en tan peligroso sitio, y al propio
- tiempo aparenta recordar que él es la persona reconocida en el Jordán
- como Hijo de Dios. Jesús contesta lacónicamente: Satán le replica,
- enumerando las dificultades que ofrece vivir en el desierto; y
- excítale a manifestar su divino poder, si es realmente Hijo de Dios,
- trasformando algunas piedras en pan. Jesús reprueba su proceder,
- y le dice que ya sabe quién es. Satán se da entonces a conocer, y
- procura disculpar su conducta con una artificiosa defensa; pero
- nuestro Señor le reprende severamente, refutando todos los puntos
- de su justificación. Satán, con aparente humildad, intenta todavía
- sincerarse; finge admirar a Jesús por su virtud, y le pide permiso
- para conversar con él en otra ocasión, a lo cual contesta el Señor
- que obre según el permiso del Cielo. Desaparece entonces Satán, y
- termina el libro con una breve descripción de la noche en el desierto.
-
-Yo, que en otro tiempo canté el feliz jardín, perdido por la
-desobediencia de un hombre, voy a cantar ahora el Paraíso, recobrado
-para la humanidad entera por la firme obediencia de aquel que a rudas
-pruebas sometido por todo género de tentaciones, humilló al tentador,
-frustrando sus asechanzas, y convirtió en Edén el salvaje desierto.
-
-¡Oh tú! celeste Espíritu, que al glorioso eremita condujiste al
-desierto, futuro campo de su victoria, para combatir al Enemigo; y le
-llamaste a ti cuando hubo dado irrecusables pruebas de ser el Hijo
-de Dios: inspírame como solías hacerlo, que sin ti enmudeciera mi
-improvisado canto. Condúceme a las alturas o a los profundos abismos
-del universo todo; préstenme apoyo tus favorables alas, para que pueda
-referir actos en alto grado heroicos, que aunque secretos y relegados
-al olvido durante tantos siglos, no menos dignos son de haberse cantado
-ha mucho tiempo.
-
-Ya el gran Precursor, con voz más imponente que el sonido de la
-trompeta, proclamaba el arrepentimiento, anunciando que el reino de
-los cielos estaba al alcance de todos cuantos recibieran el bautismo:
-poseídos de religioso temor, los habitantes de las comarcas vecinas
-acudían en tropel para ser bautizados; y con ellos llegó desde Nazaret
-a las orillas del Jordán, aquel que pasaba por hijo de José. Oscuro se
-presentaba entonces, desconocido y sin llamar la atención de nadie;
-pero avisado San Juan Bautista, por conducto divino, reconociole al
-punto como superior, más digno que él de alabanzas; y hasta hubiera
-querido resignar en sus manos su santo ministerio. No tardó en
-confirmarse este testimonio: entreabriose la celeste bóveda sobre el
-que acababa de ser bautizado, y descendió el Espíritu en figura de
-paloma; mientras que la voz del Padre proclamaba desde el empíreo
-que aquel era su muy amado Hijo. Oídas fueron estas palabras por el
-Enemigo, que vagando todavía por la tierra, no debía ser el último en
-acudir a tan famosa reunión; y consternado al escuchar la voz divina,
-contempló unos momentos con asombro al hombre glorificado a quien se
-acababa de dar tan augusto título. Poseído entonces de envidia y de
-rabia, emprende su vuelo a través de los aires, sin detenerse hasta
-llegar a su imperio; convoca a consejo a todos sus poderosos próceres,
-sombrío consistorio rodeado por diez capas de negras y espesas nubes;
-y una vez en medio de ellos, con miradas de temor y abatimiento,
-dirígeles estas palabras:
-
-«¡Oh antiguas potestades del aire y de este inmenso mundo! (pues
-pláceme mucho más hablaros del aire, nuestra primitiva conquista, que
-recordar el infierno, nuestra odiosa morada); bien sabéis cuántos
-siglos hace, para nosotros como los años de los hombres, que hemos
-poseído este universo, gobernando a nuestro antojo los asuntos de la
-tierra, desde que Adán y su fácil consorte Eva, engañados por mí,
-perdieron el Paraíso. Con temor esperaba yo, no obstante, la hora en
-que la semilla de Eva asestaría contra mi cabeza este golpe fatal.
-Tardía es la ejecución de los decretos del cielo, pues el más largo
-período es corto para él; y ahora, demasiado pronto para nosotros,
-por la sucesión de las horas ha llegado el temido momento en que
-debemos sufrir las consecuencias de la remota amenaza. Preciso es
-ante todo parar el golpe, si es que podemos, so pena de ver derrocado
-todo nuestro poderío, perdida nuestra independencia, y el derecho de
-residir en este hermoso imperio del aire y de la tierra, conquistado
-por nosotros. Malas noticias os traigo: de mujer ha nacido últimamente
-el vástago destinado a combatirnos. Fundado motivo nos dio ya su
-nacimiento para abrigar temores; pero ahora, llegado a la flor de la
-juventud, dotado de todas las virtudes, de gracia y de sabiduría, para
-llevar a cabo las más altas misiones, redobla justamente mi recelo.
-Un gran profeta, que a guisa de heraldo le precede, a fin de anunciar
-su llegada, llama a todo el mundo; y pretende lavar los pecados en
-el consagrado río, para preparar a sus neófitos, así purificados, a
-recibir a ese hombre sin mancha, o más bien, a honrarle como a su Rey.
-Todos acuden, y él mismo, entre ellos, fue bautizado, no con el fin de
-purificarse más, sino para recibir el testimonio del Cielo, y que no
-puedan dudar ya las naciones de su divino carácter. Yo vi al profeta
-acogerle con respeto; vi que al salir del agua, abría el cielo por cima
-de las nubes sus puertas de cristal; inmaculada paloma bajó entonces
-sobre su cabeza; y oí la voz soberana pronunciar desde el Empíreo estas
-palabras: «Ese es mi Hijo muy amado, con quien estoy complacido.»
-Vemos, pues, que su madre es mortal; pero su Padre ocupa el trono del
-cielo; y ¿qué no hará para favorecer a su único Hijo? Conocémosle ya, y
-harto comprendimos su fuerza cuando su terrible trueno nos lanzó a las
-profundidades. Averiguar debemos quién es Aquel, pues hombre parece por
-todas sus facciones, aunque resplandezcan en su rostro los rayos de la
-gloria de su Padre. Ya lo veis; el peligro es inminente y no permite
-que entremos en largas discusiones: debemos oponerle al punto un grave
-obstáculo (no por la fuerza, sino por una refinada astucia, por una
-trama bien urdida), antes que a la cabeza de las naciones aparezca como
-su rey, su jefe, el dueño supremo de la tierra. En otro tiempo, cuando
-nadie se atrevía, yo solo acometí la arriesgada empresa que tenía por
-objeto descubrir el paradero de Adán y perderle; y entonces llevé a
-cabo felizmente mi ardua misión. El viaje que debo emprender hoy os
-menos peligroso; y hallado ya una vez el buen camino, de esperar es que
-el éxito me favorezca de nuevo.»
-
-Calló Satán, y sus palabras, honda sorpresa causaron en el infernal
-concurso, abatido y consternado por tan infaustas nuevas; mas no era
-ya tiempo de discurrir sobre su despecho y sus temores. Unánimes
-todos, confiaron la dirección de tan delicada empresa, a su gran
-dictador, cuyo primer ataque contra la humanidad había contribuido tan
-poderosamente a la pérdida de Adán; y que desde las profundas bóvedas
-de las cavernas infernales condujo a sus cómplices a la región de la
-luz, donde eran gobernadores, potentados, monarcas, y hasta dioses de
-muchos grandes reinos y vastas provincias.
-
-Así el Enemigo, escudado con todas las astucias de la serpiente, dirige
-sus ligeros pasos a las orillas del Jordán, donde quizás encuentre al
-Mesías nuevamente anunciado, a este hombre de los hombres, reconocido
-como Hijo de Dios. Contra él debe poner en juego todos sus ardides y
-medios de seducción, a fin de subvertir al que, según sospecha, ha
-sido enviado a la tierra para poner fin al reinado de que tanto tiempo
-disfrutara. Inútiles fueron sus esfuerzos, pues muy por el contrario,
-contribuyó a realizar el designio concebido, preordenado y decretado
-por el Altísimo, que en medio de su corte celestial dirigió a Gabriel
-con benevolencia las siguientes palabras:
-
-«Ya verás hoy claramente, Gabriel, tú y todos los ángeles que en
-asuntos humanos se interesan, cómo comienzo a realizar lo predicho en
-aquel solemne mensaje, que en otro tiempo te di para la casta virgen
-de Galilea, anunciándola que daría a luz un hijo de gran renombre, el
-cual debía llamarse Hijo de Dios. Entonces la dijiste para disipar sus
-dudas de que tales cosas sucediesen, que el Espíritu Santo bajaría
-sobre ella, y que la virtud del Altísimo la protegería con su sombra.
-A ese hijo, adulto ahora, es al que voy a exponer a las asechanzas
-de Satán, para demostrar que es digno de su divino nacimiento y de
-tan gloriosa predicción. Que le tiente; y al efecto, que ponga en
-juego todos sus más sutiles artificios, ya que entre la turba de sus
-cómplices se jacta y vanagloría de su refinada astucia. Debió haber
-aprendido, sin embargo, a ser menos arrogante desde que fracasaron sus
-tentativas contra Job, cuya firme perseverancia se sobrepuso a cuantos
-males inventar pudiera su cruel malicia. Ahora sabrá que puedo producir
-un hombre, de mujer nacido, mucho más capaz de resistir a todas sus
-tentaciones y a su inmensa fuerza, y de precipitarle nuevamente en el
-infierno, recobrando así por conquista lo que el primer hombre perdió,
-por la astucia sorprendido. Pero ante todo me propongo ejercitarle en
-el desierto; allí hará sus primeras pruebas para prepararse a la gran
-lucha que él solo ha de empeñar, antes de enviarle a vencer, con su
-propia humildad y penosos sufrimientos, al pecado y a la muerte, estos
-dos grandes enemigos. Su debilidad triunfará de la fuerza de Satán,
-y del mundo entero, y de esta masa de carne pecadora; para que sepan
-todos los ángeles y celestes potestades, y comprenda después la raza
-humana, de qué excelsa virtud he dotado a este hombre perfecto, por su
-mérito llamado mi Hijo, para alcanzar la salvación de todos los hijos
-de los hombres.»
-
-Así habló el Padre Eterno, y toda la celeste corte enmudeció de
-admiración un instante, prorrumpiendo en armoniosos himnos; formáronse
-celestiales danzas alrededor del trono, y entonaron los coros el
-siguiente cántico:
-
-«Victoria por el Hijo de Dios, que ahora empeña su grandioso vuelo para
-vencer las astucias infernales, no con las armas sino con la sabiduría.
-El Padre conoce al Hijo, y por eso expone sin temor su virtud filial,
-aunque no probada todavía, contra todo lo que pueda tentar, seducir,
-halagar o atemorizar. ¡Con ella frustrará todas las estratagemas del
-infierno, inutilizando sus diabólicas maquinaciones!»
-
-Así resonaban en el cielo los himnos y cánticos de la corte celestial.
-
-Entre tanto el Hijo de Dios, que algunos días antes había pasado a
-vivir a Bathabara, donde Juan confería el bautismo, meditaba y buscaba
-en su espíritu la mejor manera de acometer la grandiosa misión de
-Salvador de la humanidad, ideando de qué modo daría principio al
-divino ministerio para el cual ya estaba preparado. Paseándose un día
-solo, fue conducido por el Espíritu, e impelido por sus profundas
-meditaciones, a una soledad apartada de toda huella humana, y la más a
-propósito para reflexionar. Sucediéndose sus pensamientos, y un paso
-tras otro, penetró al fin en el salvaje desierto, que se extendía en
-la frontera; y allí, rodeado por do quier de ásperas sombras y peladas
-rocas, prosiguió de este modo sus santas meditaciones:
-
-«¡Oh, qué cúmulo de pensamientos se agolpan a la vez a mi espíritu
-cuando considero lo que siento en mi interior, y al escuchar lo que a
-mis oídos llega desde fuera, tan poco conforme todo con mi presente
-estado! Siendo todavía un niño, ningún juego de la infancia tenía
-encanto para mí; todo mi espíritu se fijaba seriamente en aprender
-y saber, a fin de practicar luego cuanto pudiese contribuir al bien
-público. Creíame yo nacido para este fin, para propagar toda verdad,
-para promover toda acción loable; y por eso leí la ley de Dios en
-mis infantiles años; y me pareció tan admirable, que constituía
-todas mis delicias. Así logré adquirir tal sabiduría, que antes de
-cumplir los doce años, en la época de nuestra gran fiesta, habiendo
-entrado en el templo para oír a los doctores de la ley y proponerles
-cuestiones que pudieran ilustrar mis conocimientos o los suyos, fui
-de todos admirado. Empero, no era esto todo a lo que yo aspiraba;
-ardía en deseos de llevar a cabo sublimes actos, hechos heroicos:
-unas veces ideaba librar a Israel del romano yugo, y otras domeñar y
-reprimir en toda la tierra la violencia brutal y el orgullo de los
-tiranos poderosos, hasta que la verdad fuese libre y se restableciera
-la equidad. Sin embargo, pareciome más humano, y más glorioso a la
-vez, conquistar primero con benévolas palabras los corazones bien
-dispuestos; y hacer por la persuasión lo que se consigue con el temor.
-Resolví, en fin, dirigir y enseñar a las almas extraviadas, a las que
-no pecan voluntariamente, sino por ignorancia; y someter tan solo a las
-rebeldes. Pronto se apercibió mi madre de que alimentaba tales ideas,
-pues harto se traducían de vez en cuando por mis palabras; y regocijada
-interiormente, llamome aparte y me dijo: “Nobles son tus pensamientos,
-hijo mío; pero debes conservarlos y procurar su desarrollo hasta que
-alcancen esa sublimidad a que pueden elevarlos la santa virtud y el
-mérito, por grande que sea el modelo que tienes en el Altísimo. Imita
-a tu incomparable Maestro, practicando actos superiores a los de todo
-hombre, pues sábelo, no eres hijo de ningún mortal, por más que las
-gentes te crean de oscuro nacimiento. Tu Padre es el Rey eterno, que
-gobierna todo el cielo y la tierra, los ángeles y los humanos. Un
-enviado de Dios predijo tu nacimiento, anunciando que serias concebido
-en mí, aunque virgen; pronosticó también que serias poderoso, que
-ocuparías el trono de David, y que tu reino no tendría fin. Cuando
-tú naciste, los pastores que en los campos de Belén guardaban por la
-noche sus ganados, oyeron un cántico glorioso de los ángeles, el cual
-les anunciaba que acababa de nacer el Mesías, indicándoles dónde le
-podrían ver. Entonces fueron a buscarte, conducidos hacia el establo
-donde reposabas, pues en la posada no se había encontrado sitio mejor.
-Una estrella que apareció en el cielo, jamás vista antes, guió hasta
-aquí desde el oriente a unos hombres sabios, que vinieron a rendirte
-homenaje, ofreciéndote incienso, mirra y oro. Por su brillante luz
-conducidos, hallaron el lugar donde naciste, asegurando que era tu
-estrella la que acababa de aparecer en el cielo, y que por ella habían
-sabido el nacimiento del Rey de Israel. El justo Simeón y la profetisa
-Ana, por una visión advertidos, fueron al templo para verte; y ante el
-altar y los sacerdotes dijeron cosas semejantes, que oyeron todos los
-que allí se hallaban.”
-
-»Enterado de estos pormenores por boca de mi madre, volví a leer de
-nuevo la ley y los profetas, buscando cuanto se había escrito respecto
-al Mesías, de lo cual solo conocían una parte nuestros escribas. Pronto
-comprendí que yo era aquel de quien hablaban, y principalmente, que
-debía seguir mi carrera, sufriendo rudas pruebas, y aun la muerte,
-antes de serme lícito alcanzar el reino prometido o conseguir la
-redención de la humanidad, cuyos pecados todos debían recaer sobre mi
-cabeza. No obstante, sin desanimarme ni abatirme, esperaba la hora
-prefijada, cuando se presentó el Bautista (de quien había oído hablar
-con frecuencia, aunque no le conocía); y él era el destinado a servir
-de precursor al Mesías, preparándole el camino. Como todos los demás,
-presenteme para que me bautizara, pues le creía enviado del cielo;
-pero reconociome al punto (por revelación divina), y en alta voz
-proclamome por aquel de quien era precursor. Rehusó primero conferirme
-el bautismo, porque yo era muy superior a él, y a duras penas consintió
-por fin en ello. Mas al salir de la corriente purificadora, abrió
-el cielo sus eternas puertas; sobre mí bajó el Espíritu en forma de
-paloma; y por último, para completar el testimonio, oí distintamente
-la voz de mi Padre, que desde el cielo me llamó su muy amado Hijo,
-con quien solo estaba complacido. Por esto comprendí que el momento
-de obrar era llegado; que ya no debía vivir oscuro, sino comenzar mi
-obra abiertamente, de la manera más conforme con la autoridad del cielo
-recibida. Y ahora me siento conducido a este desierto por no sé qué
-poderosa fuerza; ignoro con qué objeto; pero acaso no lo deba conocer,
-que Dios me revela cuanto saber me importa.»
-
-Así habló nuestra estrella matutina, que entonces despuntaba: y mirando
-en torno suyo, solo vio Jesús por todas partes un árido desierto,
-oscurecido ya por densas sombras. Como no había observado el camino que
-a tal paraje conducía, difícil era volver, pues ninguna humana huella
-lo indicaba. Y sin embargo, sentíase impelido siempre; pero embargado
-el espíritu con tales pensamientos sobre su pasado y su porvenir, que
-debía parecerle preferible aquella soledad a la reunión más escogida.
-Cuarenta días enteros estuvo en aquel lugar, recorriendo unas veces
-las colinas, y otras algún umbrío valle; descansaba de noche bajo una
-añosa encina o corpulento cedro, para preservarse del rocío, o bien
-se retiraba a una caverna, lo cual no nos ha sido revelado. En todo
-aquel tiempo no probó alimento humano, ni le acosaron los tormentos del
-hambre. Las fieras, entre las cuales vivía, se amansaban a su vista,
-sin causarle daño alguno, ni durante su sueño ni cuando despierto
-estaba; la terrible serpiente y el nocivo gusano huían de su presencia;
-el león y el tigre feroz mirábanle desde lejos. Al fin llegó la hora, y
-el Hijo de Dios tuvo hambre.
-
-Entonces vio acercarse a un hombre de avanzada edad, vestido con traje
-de campesino: parecía ir en busca de alguna oveja descarriada, y al
-paso recogía varias ramas secas, que podrían servirle para calentarse
-en un día de invierno, cuando los vientos soplan con fuerza, al
-entrar mojado en su morada. Después de contemplar a Jesús con ojos de
-curiosidad, dirigiole estas palabras:
-
-«Señor, ¿qué enojoso accidente te ha conducido a este lugar, tan
-apartado de la senda o el camino que siguen los demás hombres en
-numerosa caravana? De los que aquí se aventuran, no hay uno solo
-que vuelva y que no deje los huesos, después de haber sufrido los
-tormentos del hambre y de la sed. Te pregunto esto, y más me admiro,
-porque me parece reconocer en ti al hombre a quien nuestro profeta,
-que bautiza, en las orillas del Jordán, recibió en otro tiempo tan
-respetuosamente, llamándole Hijo de Dios. Yo lo vi y lo oí, pues
-nosotros, los habitantes de este desierto, obligados a veces por la
-necesidad, debemos ir a la ciudad o los pueblos vecinos, de los cuales
-dista de aquí mucho el más cercano. De esta suerte sabemos cuánto de
-nuevo ocurre, satisfaciendo nuestra curiosidad: también la lama llega
-hasta nosotros.»
-
-A lo que contestó el Hijo de Dios: «El que aquí me condujo, de aquí me
-sacará; no busco yo otro guía.»
-
-«Acaso pueda hacerlo por milagro, replicó el campesino, pues no veo
-cómo sería posible de otro modo. Las raíces y los troncos son aquí
-nuestro único alimento; capaces de soportar la sed más que el camello,
-muy lejos vamos a buscar el agua, que ya nacimos a la fatiga y la
-miseria acostumbrados. Pero si el Hijo de Dios eres, convierte, en pan
-esas duras piedras; así te salvarás tú mismo y nos aliviarás con este
-alimento, del que rara voz prueban los míseros como nosotros.»
-
-Calló Satán; y el Hijo de Dios repuso: «¿Piensas tú que el pan sea
-tan necesario? ¿No está escrito (pues reconozco en ti otro del que
-aparentas ser) que el hombre no vive de pan solo, sino de cada palabra
-salida de la boca de Dios, cuyo maná sirvió aquí de alimento a nuestros
-padres? Cuarenta días estuvo Moisés en la montaña sin comer ni beber,
-y durante otros tantos recorrió Elías este árido desierto sin tomar
-alimento alguno; yo hago ahora lo mismo. ¿Por qué tratas, pues, de
-inspirarme recelo, si sabes ya quién soy, como yo sé quién eres?»
-
-El gran Enemigo, deponiendo entonces todo disimulo, contestó así: «Es
-verdad: yo soy aquel desdichado espíritu, que aliado con millones de
-seres, les excitó a una rebelión temeraria; y que no habiendo sabido
-conservar mi dichoso estado, fui precipitado con ellos desde la morada
-feliz al abismo sin fondo. Sin embargo, no quedé tan rigurosamente
-confinado en aquel lugar horrible, que no me fuera permitido abandonar
-a menudo mi dolorosa prisión, para disfrutar alrededor de este globo
-de amplia libertad, o cruzar los aires; y hasta fue tolerada mi
-presencia algunas veces en el cielo de los cielos. Yo me introduje
-entre los hijos de Dios, cuando el Eterno expuso a mis golpes a Job
-el Husiano, para probarle y enaltecer su elevado mérito. Más tarde,
-cuando propuso a todos sus ángeles atraer a un lazo al orgulloso rey
-Achab, a fin de que cayera en Ramoth, viéndoles vacilar, encargueme
-yo del cometido; y llené de mentiras las lenguas de todos aquellos
-aduladores profetas, para arrastrarlos a su pérdida, según tenía
-encargo de hacerlo, porque yo hago lo que Dios me manda. Aunque haya
-decaído mucho mi primitivo esplendor, perdiendo el amor del Eterno, no
-por eso estoy privado de la facultad de amar, de contemplar, al menos,
-y admirar lo que veo de excelente en el bien, de bello y virtuoso,
-pues de otra suerte, habría perdido todo sentimiento. ¿Qué más puedo
-desear que verle y acercarme a ti, sabiendo que has sido declarado Hijo
-de Dios, y escuchar atentamente tus sabias palabras, considerando tus
-divinas obras? Créenme generalmente los hombres peligroso enemigo de la
-humanidad: ¿por qué había de serlo? Ellos no me hicieron jamás ni daño
-ni violencia; no por ellos perdí cuanto he perdido; más bien gané por
-ellos lo ganado; y con ellos habito estas regiones del mundo, ya que no
-sea su soberano. Con frecuencia les presto mi ayuda y les anuncio las
-cosas venideras, por presagios, signos, respuestas, oráculos, prodigios
-o sueños, a fin de que puedan regir su futura conducta. Dicen que la
-envidia, me impele a obrar de tal modo, para tener compañeros en mi
-desgracia y miseria: en un principio pudo ser así; pero acostumbrado a
-sufrir ha mucho tiempo, sé ahora por experiencia que los padecimientos
-de los otros no disminuyen la amargura ni alivian en modo alguno el
-peso de cada cual. ¡Triste consuelo sería pues para mí ver a los demás
-asociados a mi suerte! Lo que más me aflige (¿y cómo no había de ser
-así?) es que el hombre, el hombre caído se redimirá, pero nunca yo.»
-
-A lo cual contestó nuestro Salvador con severo acento: «Merecida tienes
-tu pena, pues desde el principio fuiste tejedor de mentiras, y mentirás
-hasta el fin. Te jactas de haber logrado escapar del infierno, y de que
-te se haya permitido penetrar en el cielo de los cielos: cierto es que
-entraste, aunque como el pobre y mísero cautivo que vuelve al lugar
-donde antes se sentaba entre los que primero brillan por su esplendor.
-Pero ahora, depuesto, rechazado, despojado, despreciado, envilecido,
-e indigno de compasión, solo ofreces el aspecto de una ruina, y eres
-objeto de irrisión para todos los habitantes del cielo. La mansión
-feliz no te proporciona dicha ni alegría, antes bien acrecienta tu
-tormento, representándole las perdidas bendiciones, que ya no puedes
-compartir en el infierno, como tampoco antes en el cielo. Pero, dices
-que eres obediente a las órdenes del Rey de los cielos: ¿pretendes
-por ventura atribuir a obediencia lo que el temor te arranca, o lo
-que ejecutas por el gusto de hacer daño? ¿Qué, sino tu malicia, te
-ha impelido a juzgar mal del virtuoso Job, agobiándole después con
-toda clase de aflicciones? Sin embargo, su paciencia triunfó. El otro
-servicio que alegas, por ti mismo elegido, se redujo a mentir por
-cuatrocientas bocas, pues la mentira es lo que le sustenta, es tu
-único alimento. No obstante, aspiras a la verdad; a ti son debidos
-todos los oráculos; mas ¿qué verdades han anunciado entre las
-naciones? Tu arte ha consistido en mezclar algo cierto con lo falso
-para propagar más mentiras. Pero ¿cuáles han sido tus respuestas?
-Solamente palabras oscuras y ambiguas, engañosas por su doble sentido,
-que rara vez comprendieron los que te preguntaban; y lo que no se
-comprende ignorado queda. ¿Cuándo el que entró en tu santuario, a fin
-de consultarte, volvió más sabio o instruido, para evitar o buscar lo
-que más le interesaba? ¿Cuál no cayó más pronto en el lazo fatal? Dios
-ha entregado justamente las naciones a tus engaños, desde que se dieron
-a la idolatría; pero cuando se propone anunciarlas su providencia, de
-ellas desconocida, ¿de dónde recibes la verdad sino de Él o de aquellos
-de sus ángeles, que presiden todas las provincias y que, desdeñando
-acercarse a tus templos, te prescriben como al último de todos, lo que
-debes decir a tus adoradores? Tú, temblando de pavor, o cual parásito
-servil, obedeces primero, y después te vanaglorias de haber anunciado
-la verdad; pero esta gloria te será muy pronto arrebatada; y no
-podrás seguir engañando a los Gentiles con tus oráculos, porque estos
-enmudecerán siempre. Ya no irán a consultarte a Delfos, ni a ninguna
-otra parte, haciendo sacrificios y pomposas ceremonias, pues al fin,
-todo sería inútil, porque permanecerás mudo. Dios ha enviado ahora su
-oráculo vivo al mundo, para dar a conocer su última voluntad; y quiere
-que habite en lo sucesivo en las almas piadosas su espíritu de verdad,
-oráculo espiritual que revela toda la que al hombre conocer importa.»
-
-Así habló nuestro Salvador; pero el astuto Enemigo, aunque poseído
-interiormente de rabia y despecho, disimuló, y contestole con dulzura
-en estos términos: «Severo has sido en tu reprimenda, y con dureza
-censuras los actos a que me ha impelido mi desdicha, y no la voluntad.
-¿Dónde podrías encontrar fácilmente un mísero que no se sienta
-impulsado a menudo a separarse de la verdad, si le ofrece alguna
-ventaja mentir, negar, fingir, lisonjear o abjurar? Pero tú eres
-superior a mí; tú eres Señor; de ti puedo y debo sufrir con sumisión
-reprensiones o censuras, congratulándome de salir librado a tan poca
-costa. Escabrosas son las sendas de la verdad, y penoso recorrerlas;
-pero es dulce anunciarla, agradable el oírla; es melodiosa como el
-caramillo campestre o el canto de los pastores. ¿Qué extraño, pues,
-que me complazca en oír las máximas por tu labio pronunciadas? Los más
-de los hombres admiran la virtud, sin ser capaces de seguir su senda:
-permíteme, pues, oírte, ya que he venido donde otros no llegan, y que
-procure al menos conversar contigo, aunque sin esperanza de igualarte.
-Tu Padre, que es santo, sabio y puro, tolera que el sacerdote hipócrita
-o ateo huelle su sagrada mansión, y ejerza su ministerio cerca del
-altar, poniendo sus manos sobre las cosas santas, y elevándole preces
-y oraciones. Hasta se ha dignado prestar su voz a Balaam, el profeta
-réprobo: no me prohíbas, pues, acercarme a ti.»
-
-«Aunque conozco tu objeto, contestó el Salvador, ni deseo que vengas
-aquí, ni te lo prohíbo: obra según el permiso que del cielo recibas:
-nada más puedes hacer.»
-
-Calló el Salvador, e inclinándose Satán, con sombrío disimulo,
-desapareció evaporándose, en el aire ligero. Entonces la noche comenzó
-a extender sus densas sombras sobre el desierto, cubriéndole al fin con
-sus tenebrosas alas: las aves descansaban en sus nidos de arcilla, y
-las fieras salían en busca de una presa.
-
-
-
-
-LIBRO SEGUNDO
-
-
-ARGUMENTO
-
- Inquietos los discípulos de Jesús por su prolongada ausencia,
- discurren entre sí acerca de ella. También María da rienda suelta a
- su maternal ansiedad, evocando con este motivo el recuerdo de muchas
- circunstancias referentes al nacimiento y temprana vida de su Hijo.
- Satán se presenta otra vez ante sus infernales consejeros, dales
- cuenta del mal éxito de su primera tentativa contra nuestro Señor, y
- les pide consejo y auxilio. Belial propone tentar a Jesús por medio
- de las mujeres; pero Satán le reprende por su disolución, acusándole
- de todo el libertinaje de este género, atribuido por los poetas a
- los dioses; y rechaza su proposición, por no ofrecer en modo alguno
- probabilidades de éxito. Después indica otros medios de tentación,
- particularmente el de aprovecharse de la circunstancia de estar
- padeciendo hambre nuestro Señor; y formando una legión de espíritus
- escogidos, marcha con ellos a continuar su obra. Jesús sufre los
- tormentos del hambre en el desierto. Llega la noche; descríbese cómo
- la pasa nuestro Salvador. Avanza la mañana: Satán reaparece ante el
- Mesías, y después de manifestar su extrañeza por verle tan abandonado
- en el desierto, donde otros habían sido alimentados milagrosamente,
- le tienta con un suntuoso y espléndido banquete. Jesús rechaza
- la oferta y aquel se desvanece. Viendo Satán que no puede vencer
- a nuestro Señor por el apetito, le tienta de nuevo ofreciéndole
- riquezas como medio de alcanzar poderío. Jesús rehúsa también,
- citando muchos casos en que personas pobres y virtuosas llevaron
- a cabo nobles acciones; demuestra al propio tiempo el peligro que
- llevan consigo las riquezas, y los cuidados y disgustos inseparables
- del fausto y del poder.
-
-Entre tanto, los discípulos recientemente bautizados, que aún
-permanecían en el Jordán con su precursor; que habían visto al que
-acababa de ser proclamado Mesías de una manera tan expresa, y declarado
-Hijo de Dios, y que creyeron en aquella autoridad superior, con la cual
-habían conversado y vivido (me refiero a Andrés y Simón, tan ilustres
-más tarde, así como otros no citados en la Sagrada Escritura), echando
-de menos la presencia de Aquel cuya llegada les causara tal regocijo
-(tan tardío como prontamente desvanecido), comenzaban a dudar, y
-dudaron aún muchos días. Cuanto más se prolongaba la ausencia, más
-aumentaba la incertidumbre: imaginábanse algunas veces que el Mesías
-solo habría sido mostrado al mundo para volver por cierto tiempo
-al lado de Dios, como Moisés en la montaña, donde permaneció mucho
-tiempo; y como el gran Tesbita, que se elevó al cielo llevado en
-ruedas de fuego para volver un día. He aquí por qué, así como los
-jóvenes profetas buscaron entonces cuidadosamente a Elías, creyéndole
-perdido, así los discípulos recorrieron los lugares inmediatos a
-Bathabara, Jericó, la ciudad de las palmas, Æsón, la antigua Salem,
-Machœros, y todas las ciudades y aldeas construidas en las márgenes
-del ancho lago de Genezaret o en la Perea; pero todas sus pesquisas
-fueron inútiles. Entonces, en la orilla del Jordán, cerca de una
-pequeña bahía donde los vientos juguetean susurrando entre las cañas
-y los mimbres, unos sencillos pescadores (no se les designaba entonces
-con más pomposo nombre) en humilde cabaña reunidos, lamentábanse de su
-inesperada pérdida, y así exhalaban sus quejas:
-
-«¡Ay! ¡en qué triste abatimiento hemos vuelto a caer después de
-las halagüeñas esperanzas que habíamos concebido! Nuestros ojos
-contemplaron al Mesías, cuya venida era cierta, y que tanto tiempo
-esperaron nuestros padres; hemos oído sus palabras, admirando su
-sabiduría llena de gracia y de verdad. «Y ahora, ahora es seguro que
-la redención está próxima, y que el reino de Israel será recobrado.»
-Así nos regocijábamos; pero nuestra alegría se ha trocado bien pronto
-en incertidumbre y en nuevo asombro. ¿Dónde habrá ido? ¿Qué accidente
-ha sido la causa de que desaparezca de entre nosotros? ¿Se quiere
-retirar acaso después de haberse dejado ver, aplazando de esta suerte
-la realización de nuestra esperanza? Dios de Israel, envíanos a tu
-Mesías, que ya es la hora llegada: mira a los reyes de la tierra,
-cual oprimen a tus elegidos, hasta qué punto se ha elevado su injusto
-poderío, y cómo, escudados con él, ningún temor les infunde ya tu
-brazo. Levántate para ostentar tu gloria, y libra a tu pueblo del
-ominoso yugo. Mas, aguardemos; hasta ahora ha cumplido su promesa
-enviándonos su Cristo; nos lo ha revelado por su gran profeta,
-designándole y mostrándole en público, y con él hemos conversado.
-Alegrémonos, pues, y deponiendo todos nuestros temores confiemos en
-su providencia; no nos faltará; no le llamará a sí; no se burlará de
-nosotros privándonos de la bendita presencia de Aquel cuya llegada
-nos había regocijado, y pronto veremos al objeto de nuestro anhelo y
-alegría.»
-
-Así es como, después de exhalar sus quejas, recobraron la esperanza de
-encontrar al que habían hallado ya sin buscarle. En cuanto a su madre,
-María, cuando vio que los otros volvían del bautismo sin su hijo, a
-quien no habían dejado tampoco en las orillas del Jordán; y que no
-se tenía noticia alguna de su paradero, aunque su corazón estuviese
-tan tranquilo como puro, su inquietud y temores maternales tomaron
-incremento, despertándose en su espíritu algunas tristes reflexiones,
-que entre suspiros así se traducían:
-
-«¡Oh! ¿de qué me sirve ahora el alto honor de haber concebido de Dios?
-¿De qué esa salutación, ese insigne favor de haber sido bendecida entre
-todas las mujeres, puesto que no son menores mis penas, y me depara la
-suerte aflicciones mucho más profundas que las de otras mujeres, por
-causa del fruto que he llevado? Vio la luz en un momento en que apenas
-se pudo encontrar un abrigo para preservarle a él y a mí del frío;
-nuestro asilo fue un establo, y un pesebre le sirvió de cuna. Pronto
-nos vimos obligados a huir a Egipto, hasta que murió el rey asesino,
-que quería su vida, y que inundó de sangre infantil las calles de
-Bethleem. Desde Egipto regresamos a nuestra morada de Nazaret, donde
-vivimos muchos años. Su vida tranquila y contemplativa se deslizaba en
-el retiro doméstico, sin que pudiera inspirar sospechas a ningún rey;
-pero hoy, que ha llegado a la edad viril, siendo reconocido, según
-dicen, por Juan Bautista, y declarado públicamente Hijo de Dios por la
-voz de su Padre, ¿podré esperar un gran cambio en su favor? No, pero
-sí una pena, como lo ha predicho el anciano Simeón, pues según él, mi
-hijo será causa de que muchos caigan en Israel, encumbrándose otros; y
-en apoyo de este pronóstico, anunciome que una espada me traspasaría
-el corazón. ¡Tal es la suerte que me ha sido deparada; mi gloria me
-impone muchas penalidades! A lo que parece, afligida puedo estar y
-ser bendita al mismo tiempo; no me quejaré ni murmuraré tampoco. Pero
-¿dónde se detiene ahora? Sin duda está oculto para llevar a cabo algún
-gran designio. Cuando apenas contaba doce años, se perdió; mas al
-encontrarle, reconocí al punto que no se podía extraviar, y que se
-ocupaba en los asuntos de su Padre. Reflexioné sobre el sentido de sus
-palabras, y luego le comprendí muy bien. Su ausencia se prolonga mucho
-más esta vez, porque medita en el retiro algún gran proyecto; pero
-acostumbrada estoy a esperarle con paciencia; mi corazón ha sido desde
-hace largo tiempo como un depósito de importantes cosas, de palabras
-recogidas, de pronósticos y de acontecimientos extraordinarios.»
-
-Así María, reflexionando a menudo, y repasando en su memoria cuanto
-había sucedido de notable desde que se le dirigió la primera
-salutación, esperaba el cumplimiento con dulce humildad. Su Hijo,
-entretanto, recorría solo el salvaje desierto; pero alimentado con las
-más santas meditaciones: bajó en él mismo el espíritu, y de pronto le
-fue revelada toda su grande obra futura: vio cómo debía comenzar, el
-mejor medio de llenar el objeto de su venida a la tierra, y su elevada
-misión. En cuanto a Satán, después de insinuar hábilmente que volvería
-pronto, dejó a Jesús y trasladose rápidamente a las regiones medias
-del aire condensado, donde todos sus próceres celebraban consejo. Una
-vez allí, sin aire jactancioso ni alegría, con señales de inquietud, y
-pálido el semblante, habloles de este modo:
-
-«Príncipes, antiguos hijos del cielo, tronos etéreos, ahora espíritus
-de demonios, a cada uno de los cuales han sido asignados los elementos
-de su reino, y que debierais llamaros con más justicia poderes del
-fuego, del aire, del agua y de la tierra (¡así pudiéramos conservar
-estas humildes residencias sin nuevas perturbaciones!). Sabed que
-contra nosotros acaba de levantarse un enemigo que nos amenaza nada
-menos que con expulsarnos al infierno. Según lo proyecté, y revestido
-de los poderes que me disteis por vuestro voto unánime, le he hallado,
-le he visto y sondeado; pero encuentro una resistencia muy distinta de
-la que me opuso Adán, el primer hombre. Aunque este no sucumbió sino
-por las seducciones de su mujer, es inferior por mucho al enemigo de
-que os hablo, pues si bien hombre por parte de madre, le ha dotado el
-cielo de superiores dones, de una perfección absoluta, de una gracia
-divina y de una fuerza de espíritu capaz de las más grandes acciones.
-Por eso vuelvo ahora, temeroso de que el recuerdo de mi triunfo cerca
-de Eva, en el Paraíso, os indujese equivocadamente a contar por seguro
-igual éxito en este caso. Antes bien, os invito a todos a prepararos
-para secundarme con mano firme o con vuestro consejo, a fin de que yo,
-que hasta el día no he hallado en parte alguna quien me iguale, no sea
-completamente vencido.»
-
-Así habló la vieja Serpiente para expresar sus dudas, y por todas
-partes fueron acogidas sus palabras con aclamaciones, que le aseguraban
-eficacísimo auxilio, cuando en medio de todos se levantó Belial, el
-más disoluto de los espíritus que cayeron; el más sensual, y después
-de Asmodeo, el más carnal de los demonios, quien emitió de este modo
-su parecer y consejo: «Poned ante su vista y a su paso la más hermosa
-de las hijas de los hombres; muchas hay en cada país, cuya belleza
-aventaja a la del firmamento, más semejantes a diosas que a mortales
-criaturas, graciosas, discretas, hábiles en amorosas lides, de lenguaje
-seductor y persuasivo; que a una virginal majestad saben reunir
-la más dulce ternura; pero cuya aproximación es peligrosa, porque
-saben retirarse hábilmente, arrebatando en pos de sí los corazones,
-prendidos en amorosas redes. Semejantes seres tienen poder suficiente
-para dulcificar y domeñar los caracteres más rígidos, para desarrugar
-el entrecejo de los más graves, enervar, seducir con esperanzas
-voluptuosas, engañar inspirando crédulos deseos, y conducir a su
-antojo los más viriles y resueltos corazones, como el imán atrae al más
-duro hierro. Las mujeres, cuando no otra cosa, ganaron el corazón del
-más sabio de los hombres, de Salomón, induciéndole a erigir templos,
-donde adoró los dioses de aquellas.»
-
-A lo cual contestó Satán al punto de este modo: «Belial, inicuamente
-juzgas a los demás por ti mismo, porque ya desde un principio te
-prendaste de amor por las mujeres, admirando sus formas, su color, sus
-graciosos atractivos; y creer que no hay ninguno a quien no seduzcan
-semejantes dijes. Antes del diluvio, tú y los de tu temible hueste,
-llamados todos falsamente hijos de Dios, recorristeis la tierra,
-fijando vuestras impúdicas miradas en las hijas de los hombres; os
-unisteis a ellas, y disteis nacimiento a una poderosa raza. ¿No
-hemos visto, o por lo menos oído decir, cómo tiendes tus lazos en
-los salones y palacios de los reyes, lo mismo que en los bosques y
-arboledas, a orillas de la musgosa fuente, en el valle o en el verde
-prado, para engañar a algunas raras bellezas? Calisto, Climene, Dafne,
-Semele, Antíope, Amimones, Syrinx, y otras muchas que sería muy largo
-enumerar, fueron víctimas de tus persecuciones. Tú las engañaste,
-tomando la forma de algunos héroes adorados, tales como Apolo, Neptuno,
-Júpiter, Pan, Sátiro, Fauno o Silvano; pero estas lides no agradan
-a todos. ¡Cuántos no habrá, entre los hijos de los hombres, que han
-desdeñado con ligera sonrisa la belleza y sus incentivos; y que
-supieron rechazar fácilmente sus ataques, fijando sus pensamientos
-en objetos más nobles! Acuérdate de aquel joven conquistador que
-vino de Pella[153]; ya sabes con qué indiferencia miró a todas las
-hermosuras del Oriente, pasando entre ellas sin fijar su atención;
-recuerda también a aquel que recibió su nombre del África en la flor
-de su juventud y supo respetar a la hermosa doncella íbera[154]. En
-cuanto a Salomón, vivió entre el fausto y la abundancia, colmado de
-gloria y de riquezas, sin aspirar a mayor dicha que la de disfrutar
-de su elevada posición; por ello estuvo expuesto a las seducciones de
-las mujeres. Pero aquel con quien tenemos que habérnoslas es mucho
-más sabio que Salomón, de un espíritu más elevado; y está dispuesto a
-realizar cumplidamente las más grandes empresas. ¿Qué mujer quieres
-encontrar, aunque fuese la maravilla y gloria de esta generación, en
-la que él se dignase fijar una mirada de deseo? Aun cuando, segura
-de sí misma, cual otra reina adorada en el trono de la hermosura, se
-presentase revestida de todos los atractivos propios para enamorar,
-así como Venus, que con su ceñidor ganó el corazón de Júpiter, según
-cuentan las fábulas, una sola señal de su frente majestuosa, en la
-que parece resplandecer la virtud, avergonzaría a esa pobre criatura,
-disipando todos sus encantos. Abatiría su orgullo o le transformaría en
-respetuoso temor. La belleza no inspira admiración sino a los espíritus
-débiles, que por ella se dejan cautivar; cesa de admirarla, y todas
-sus galas caen, convirtiéndose en trivial juguete; queda de pronto
-confundida a la primera mirada de desdén. Por lo tanto, con medios más
-enérgicos debemos combatir su firmeza; con otros de más ostentación;
-con las dignidades, los honores, la gloria y el favor popular, esos
-escollos donde han naufragado a menudo los más grandes hombres. O
-bien convendría despertar en él los deseos que pueden satisfacerse
-legítimamente, sin violar las leyes de la naturaleza. Yo sé que ahora
-le atormenta el hambre en un vasto desierto, donde no es posible
-encontrar alimento alguno: lo demás corre de mi cuenta, pues no dejaré
-de aprovechar toda ventaja, poniendo a prueba su firmeza tantas veces
-como necesario fuere.»
-
-Calló Satán; y las ruidosas aclamaciones con que fueron acogidas sus
-palabras, hiciéronle comprender que merecían la aprobación general.
-Sin detenerse un punto, formó una escogida hueste de espíritus, sus
-rivales en astucia, a fin de tenerlos a mano, dispuestos a presentarse
-a la primera señal, si se ofrecía una ocasión de hacer entrar en escena
-a diversos personajes. Cada uno de aquellos espíritus sabía su papel;
-y con ellos emprende Satán su vuelo hacia el desierto, donde noche
-tras noche, después de cuarenta días, aún ayunaba el Hijo de Dios.
-Padeciendo entonces hambre, por primera vez, decíase a sí mismo:
-
-«¿Cuándo acabará esto? Por espacio de cuarenta días he recorrido este
-desierto laberinto sin probar ningún alimento y sin sentir apetito
-alguno: ni atribuyo a virtud semejante privación, ni como sufrimiento
-la considero; si la naturaleza no lo necesita, o si la protección de
-Dios alimenta el cuerpo debilitado sin el auxilio de aquella, ¿qué
-mérito tiene el ayuno? Pero ahora me aqueja el hambre, lo cual indica
-que la naturaleza reclama lo que ha de menester. Sin embargo, Dios
-puede satisfacer esta necesidad de otro modo, aunque persista el
-hambre; y si esta me acosa sin perjudicar al cuerpo, por contento me
-daré, sin temer daño alguno de su aguijón. Sin cuidado estoy si me
-alimentan mejores pensamientos, porque alimentándome así, y a pesar del
-hambre, cumpliré mejor aún la voluntad de mi Padre.»
-
-Era la hora de la noche cuando el Hijo de Dios se hablaba de este modo
-durante su silencioso paseo, yendo después a buscar reposo bajo la
-hospitalaria bóveda que formaban unos árboles estrechamente enlazados
-por sus copas. Allí se durmió, y tuvo unos sueños tales como suelen
-acosar a aquel a quien aqueja el hambre; es decir, que soñó manjares
-y bebidas, dulce alivio de la naturaleza. Parecíale hallarse junto al
-arroyo de Cherith, y que veía a los cuervos de duro pico llevar a Elías
-su alimento por mañana y tarde, respetándolo a pesar de su natural
-voracidad. Vio también cómo el profeta había huido al desierto, donde
-se durmió bajo un enebro; cómo al despertar encontró su cena preparada
-sobre las brasas; y cómo fue invitado por el ángel para levantarse
-y comer, y comió por segunda vez después de haber descansado. Las
-fuerzas que cobró así le sostuvieron por espacio de cuarenta días:
-unas veces participaba Jesús del alimento de Elías, y otras, imitando
-al huésped de Daniel, probaba sus legumbres. Así pasó la noche: la
-alondra, mensajera del día, abandonó entonces su nido, remontándose
-por los aires para esperar la salida de la aurora y saludarla con su
-alegre canto. Tan ligeramente como ella, nuestro Salvador abandonó su
-lecho de césped, reconociendo al punto que todo había sido un sueño;
-en ayunas se había entregado al reposo y en ayunas se levantaba.
-Entonces se encaminó a una colina a fin de examinar desde su elevada
-cumbre el país vecino, para ver si divisaba alguna cabaña, algún redil
-de ovejas o un ganado; pero no descubrió ninguna choza, ni rebaño ni
-redil; solo divisó en el fondo de un valle un delicioso bosquecillo,
-donde gorjeaban ruidosamente las aves cantoras. Hacia allí enderezó su
-paso, con intención de reposar por la tarde, cobijándose a la sombra
-de aquellas vastas bóvedas de verdura, bajo las cuales se paseó,
-recorriendo las sombrías alamedas abiertas en medio de los solitarios
-bosques. Parecía el conjunto obra de la naturaleza misma, pues esta
-enseña al arte; y una mirada supersticiosa habría creído ver allí el
-asilo de las ninfas y dioses de la selva. Dirigía Jesús una mirada en
-torno suyo, cuando de pronto se presentó un hombre a su vista. No era
-un rústico, como la vez primera, antes por el contrario, vestía un
-traje más aliñado, como el de un habitante de la ciudad, o de un hombre
-que ha vivido en la corte o en los palacios. Dirigiose al Hijo de Dios,
-y con expresivo decir, hablole en estos términos:
-
-«En uso del permiso concedido, vuelvo a presentarme respetuosamente;
-pero admírame ahora mucho más que el Hijo de Dios habite tanto tiempo
-esta salvaje soledad, falto de todo recurso, padeciendo hambre, como
-bien me consta. Otros personajes de cierta nota, según la historia
-refiere, hollaron también este desierto: la criada fugitiva[155],
-expulsada con su hijo de la casa de su amo, encontró aquí alivio,
-merced a un ángel protector: toda la raza de Israel hubiera perecido
-aquí de hambre, si Dios no hubiese hecho caer el maná del cielo; y
-aquel audaz profeta, natural de Tebas[156], al vagar por estos lugares
-fue alimentado dos veces por una voz que le invitaba a comer. Durante
-cuarenta días, nadie se ha cuidado de ti; has sido olvidado todo este
-tiempo y aún más.»
-
-A lo cual contestó Jesús: «¿Qué deduces de aquí? Todos ellos tuvieron
-necesidad de comer; pero yo, según ves, no la experimento.» «¿Cómo
-es, entonces, que te aqueja el hambre? replicó Satán; dime, ¿si te
-presentasen ahora alimento, no querrías comer?» «Eso sería según quien
-me lo ofreciera,» contestó Jesús. «¿Y por qué dependería tu negativa de
-esta causa? repuso el sutil enemigo. ¿No tienes tú derecho sobre todas
-las cosas creadas? ¿No te deben todas las criaturas con justo título,
-obediencia y vasallaje, estando obligadas a poner a tu disposición
-todas sus fuerzas, sin esperar tus órdenes? No hablo yo de las viandas
-impuras, según la ley, ofrecidas a los ídolos, y que el joven Daniel
-pudo rehusar; ni de las servidas por un enemigo; mas cuando aqueja
-la necesidad, ¿quién repara en escrúpulos? Mira, avergonzada la
-naturaleza, o mejor dicho, turbada por que hayas padecido hambre, ha
-elegido entre todos los elementos sus más selectas provisiones a fin de
-regalarte cual conviene, a ti que eres su Señor: dígnate solo sentarte
-y comer.»
-
-Y lo que decía no era un sueño, pues apenas acabó de hablar, levantando
-nuestro Salvador la vista, vio en un ancho espacio, bajo la inmensa
-bóveda del follaje, una mesa ricamente servida, a la usanza regia,
-cubierta de platos, de los manjares más exquisitos y sabrosos, de caza
-de pelo y pluma, preparada en forma de pastel, hecha en el asador o
-cocida con ámbar gris. Veíanse también toda clase de peces de mar y
-de río, o cogidos en algún arroyo de suave murmullo; ostras y conchas
-de las especies más buscadas, por las cuales se había agotado el
-lago Lucrino, el Ponto y la costa de África. ¡Ah! ¡cuán vulgar era,
-comparada con todos estos delicados manjares, aquella manzana cruda
-que tentó a Eva! Y más allá, junto a un rico aparador cargado de vinos
-de agradable fragancia, manteníanse en buen orden jóvenes servidores
-de esbelto talle, ricamente vestidos y de más frescos colores que los
-de Ganimedes o de Hilas. A corta distancia, debajo de los árboles,
-formaban vistosas danzas, o permanecían graves, las Náyades y las
-ninfas del cortejo de Diana; llevaban frutos y flores en cuernos de
-la abundancia; Hespérides más bellas aún que las representadas en las
-fábulas, o las que encontraron en los solitarios bosques los caballeros
-de Logres o de Lyons, Lancelot, Peleas o Pellinore[157]. Y entre
-tanto, oíanse armoniosas melodías producidas por instrumentos de cuerda
-o por dulces flautas; y de un lado y otro revoloteaban ligeros céfiros,
-de cuyas alas se desprendían los más suaves perfumes de la Arabia o de
-las más lozanas flores. Tal era el conjunto de aquel espléndido festín;
-y el Tentador repitió su invitación de esta suerte:
-
-«¿Por qué el Hijo de Dios vacila en sentarse y comer? Estos no son
-frutos prohibidos; ninguna ley veda el tocar a estas puras viandas; el
-hecho de probarlas no supone el conocimiento del mal, sino que preserva
-la vida, aniquila al enemigo, al hambre, proporcionando un placer
-que restaura agradablemente las fuerzas del cuerpo. Todos estos que
-ves, espíritus son del aire, de los bosques y de las fuentes, dóciles
-servidores tuyos que han venido a rendirte pleito homenaje y reconocer
-en ti a su Señor. ¿Por qué tardas, pues, Hijo de Dios? Siéntate y come.»
-
-A esto contestó Jesús con mesura y moderación: «¿No dices que tengo
-derecho sobre todas las cosas? ¿Y quién se opone a que haga uso de él?
-¿Debo recibir acaso como donativo lo que me pertenece? Puedo mandar
-dónde y cuándo lo juzgue oportuno; a mi antojo puedo, no lo dudes, y
-tan pronto como tú, disponer que me pongan una mesa en este desierto, y
-llamar a las rápidas legiones de ángeles coronados de gloria, para que
-me sirvan y me presenten la copa. ¿Por qué te has de anticipar a mis
-deseos con esa oficiosidad inútil, puesto que no ha de ser aceptada? ¿Y
-qué tienes tú que ver con mi hambre? Yo desprecio tus pomposos goces, y
-por artificios tengo tus especiosas dádivas.»
-
-Desconcertado Satán, replicó: «Ya ves, sin embargo, que también
-yo tengo poder para dar. Si por él le ofrezco voluntariamente lo
-que hubiera podido conceder a quien se me antojase, y si prefiero
-satisfacer con oportunidad en este sitio tu aparente necesidad,
-¿por qué no has de aceptar mis servicios? Pero veo que cuanto pueda
-hacer u ofrecer es sospechoso; otros dispondrán sin vacilar de todas
-estas cosas, que con trabajo se habían ido a recoger muy lejos.»
-Al pronunciar estas palabras, mesa y manjares se desvanecieron
-completamente, y se oyó un rumor semejante al producido por las alas y
-las garras de las harpías. El importuno Tentador se quedó solo y con
-las siguientes palabras continuó su pérfida obra:
-
-«El hambre, que doma a todos los seres, no te ocasiona dolor alguno,
-y por consiguiente no te impresiona; además de esto, tu sobriedad
-es invencible, pues no permites al apetito ejercer influencia en tu
-voluntad. Todo tu corazón aspira a elevados designios, a grandes
-acciones; pero ¿de qué manera las llevarás a cabo? Las grandes empresas
-requieren poderosos medios: desconocido, sin amigos, y de oscuro
-nacimiento, pasas por hijo de un carpintero; te has criado en la
-pobreza y la estrechez en tu morada, y estás perdido en este desierto,
-sufriendo hambre. ¿Por qué camino, o por qué esperanza aspiras tú a la
-grandeza? ¿En qué autoridad te apoyas? ¿Qué sectarios, qué partidarios
-puedes ganar? ¿Piensas por ventura que la inconstante multitud siga tus
-pasos más tiempo del que tú podrás alimentarla a tus expensas? Con el
-dinero se adquieren honores y amigos y se conquistan reinos. ¿Qué, sino
-el oro, encumbró a Antipater, el Idumeo, y colocó a su hijo Herodes en
-el trono de Judea, ese trono que te pertenece, permitiéndole adquirir
-poderosos amigos? Si quieres, pues, llegar a grandes cosas, comienza
-por reunir riquezas y bienes, y acumular tesoros, lo cual no te será
-difícil si mis consejos sigues. Las riquezas son mías; en mi mano está
-la fortuna; aquellos a quienes favorezco, prosperan y se enriquecen muy
-pronto; mientras que la virtud, el valor y la sabiduría quedan sumidos
-en la indigencia.»
-
-A cuyas palabras contestó Jesús sin impacientarse: «Sin embargo,
-la riqueza, sin estas tres virtudes, es impotente para alcanzar el
-predominio, o conservarle cuando se adquiere. Testigos de ello son
-aquellos antiguos imperios de la tierra, que se aniquilaron en el
-apogeo de su prosperidad, al paso que los hombres dotados de esas
-virtudes, aun sumidos en la mayor pobreza, se distinguieron a menudo
-por los más grandiosos hechos. Tales fueron Gedeón, Jefté, y aquel
-joven pastor, cuya raza ocupó tantos siglos el trono de Judea, y que
-debe subir a él de nuevo para reinar sin fin en Israel. Entre los
-paganos (pues no ignoro los hechos dignos de memoria que se han llevado
-a cabo en el mundo), ¿no te acuerdas de Quinto Fabricio, de Curcio y
-de Régulo[158]? Yo estimo los nombres de esos varones que a pesar de
-su pobreza, pudieron hacer grandes cosas y despreciar las riquezas,
-aún siendo estas ofrecidas por mano de los reyes. ¿Y por qué he de
-ser incapaz, a despecho de mi indigencia, de llevar a cabo lo que
-ellos han hecho, y acaso más? No ensalces, pues, las riquezas, objeto
-del afán de los necios, embarazosas para el sabio, cuando no un lazo
-más propio para debilitar la virtud y aniquilar su energía, que para
-impelerla a hacer lo que merece aprecio. ¿Qué mucho si rechazo las
-riquezas y los reinos con semejante aversión? No porque una corona,
-que aunque resplandeciente de oro solo es tejido de espinas, no lleve
-consigo peligros, tribulaciones, cuidados y noches de insomnio para el
-que ostenta la diadema real, cuando sobre sus hombros carga el peso de
-todos, pues tal es el deber de un rey; su honor, su virtud, su mérito
-y principal gloria consisten en llevar ese peso para bien del pueblo.
-No obstante, el que reina en sí mismo, el que gobierna los deseos, los
-temores y las pasiones, es aún más rey; esto es lo que alcanza todo
-hombre sabio y virtuoso; y el que no lo consigue, mal hace en aspirar
-a regir las ciudades de los hombres o de las multitudes turbulentas,
-mientras reina la anarquía en su corazón o alimenta mezquinas pasiones
-que le esclavizan. Conducir a las naciones por la recta senda con
-saludables doctrinas, llevarlas del error a la verdad, e inducirlas a
-rendir a Dios un culto noble y puro, es todavía más digno de un rey.
-He aquí lo que eleva el alma, lo que gobierna al hombre interiormente,
-esto es, en la más noble parte de nosotros mismos. Ese otro poder que
-solo sobre el cuerpo domina, y por la fuerza a menudo, no puede servir
-de verdadera satisfacción al hombre generoso que así reina. Además,
-siempre se consideró como acción más noble y gloriosa dar un reino
-que usurparlo, y como mucho más magnánimo renunciar a una corona que
-aceptarla. Las riquezas son, pues, superfluas, tanto por sí mismas como
-para el objeto que, según pretendes, deben buscarse, para adquirir un
-cetro, que con frecuencia vale más rehusar.»
-
-
-
-
-LIBRO TERCERO
-
-
-ARGUMENTO
-
- Pronunciando un discurso por demás lisonjero y encomiástico, Satán
- procura despertar en Jesús la ambición de gloria; al efecto cita
- algunos ejemplos de conquistas realizadas, y de actos heroicos
- llevados a cabo por varios hombres en un remoto período. Nuestro
- Señor contesta demostrando la vanidad de la gloria mundana, y los
- impropios medios con que se alcanza generalmente, poniéndola en
- parangón con la que se adquiere por la resignación religiosa y la
- virtuosa sabiduría, personificadas en Job. Satán justifica el amor a
- la gloria por el ejemplo de Dios mismo, que la requiere de todas sus
- criaturas. Jesús patentiza la falacia de este argumento, probando
- que, como la bondad es el verdadero terreno donde se alcanza la
- gloria para el gran Criador de todas las cosas, los hombres pecadores
- no tienen de ningún modo derecho a ella. Satán excita entonces a
- nuestro Señor a reclamar su derecho al trono de David; dícele que
- siendo el reino de Judea en aquella época una provincia romana, no
- podría apoderarse de él sin grandes esfuerzos por su parte; y le
- insta a que se apresure a reinar. Jesús le contesta, que así esta
- como todas las cosas, debe realizarse a su tiempo debido; y después
- de indicar algo acerca de sus propios padecimientos, pregunta a Satán
- por qué se muestra tan solícito por el encumbramiento de aquel cuya
- elevación tiene por objeto la derrota de su enemigo. Satán replica,
- que como su situación es tan desesperada, poco puede ya temer; y que
- debiendo ser igualmente castigado por su falta, prefería reinase
- Aquel de cuya aparente benevolencia podía esperar más bien alguna
- intervención en su favor. El Enemigo prosigue con sus primeras
- instigaciones; y suponiendo que la marcada repugnancia de Jesús a
- engrandecerse podría ser debida a no conocer el mundo ni sus glorias,
- condúcele a la cima de una alta montaña. Desde allí le muestra la
- mayor parte de los reinos del Asia, llamando particularmente su
- atención sobre ciertos extraordinarios preparativos guerreros de los
- Partos para resistirse a las incursiones de los Escitas. Manifiesta
- después a nuestro Señor, que le enseña aquello expresamente a fin de
- que pueda ver cuán necesario es el empleo de las armas para conservar
- los reinos, así como para someterlos en su origen; aconséjale
- considere cuán imposible era defender a Judea contra dos vecinos
- tan poderosos como los Romanos y los Partos, y cuán necesario sería
- aliarse con uno u otro de ellos. Al propio tiempo le recomienda
- la alianza de los segundos, comprometiéndose a proporcionársela;
- asegúrale que por este medio podrá defender su poderío de todo
- cuanto intentaren contra él Roma o César; que le es dado extender su
- gloria por do quiera, y especialmente realizar lo que era necesario
- sobre todo para que el trono de Judea fuese en realidad el de David,
- es decir, libertar y restablecer las diez tribus, que aún estaban
- cautivas. Jesús después de hacer algunas ligeras observaciones
- acerca de la vanidad de los aparatos guerreros y de la debilidad
- del brazo humano, añade, que cuando llegue la hora de ocupar el
- trono que le está destinado, no vacilará un momento. Admírase luego
- del extraordinario interés que manifiesta Satán por la libertad de
- los Israelitas, de quienes había sido siempre al parecer enemigo,
- y declara que su esclavitud es la consecuencia de su idolatría;
- pero que en una época futura podría ser del agrado de Dios volver a
- llamarlos y restituirles su independencia y país natal.
-
-Así habló el Hijo de Dios, y Satán enmudeció algunos instantes sin
-saber qué decir ni replicar, confuso y convencido de la debilidad de
-sus argumentos y de la falacia de su discurso; pero al fin, apelando a
-todas sus astucias de serpiente, contestó con estas aduladoras palabras:
-
-«Ya veo que sabes cuanto se debe saber, que dices lo que mejor puedes
-decir, que haces lo que mejor puedes hacer. Tus actos concuerdan
-con tus palabras, y estas expresan los levantados sentimientos de
-tu noble corazón, imagen perfecta de la bondad, de la sabiduría,
-de la justicia. Si los reyes y las naciones llegasen a consultarte,
-tus respuestas serían el oráculo de Urim y de Tumim, esas preciosas
-piedras proféticas que brillaban en el pecho de Aarón, o infalibles
-como las palabras de los antiguos veedores. Y si fueras buscado para
-tomar parte en las empresas que exigen las leyes de la guerra, tu hábil
-conducta sería tal, que el mundo entero no podría imitar tus proezas
-ni resistirte en batalla, aunque reducido fuera el número de tus
-contendientes. ¿Por qué, pues, ocultas estas divinas virtudes, haciendo
-una vida retirada, más oscura todavía en este inmenso desierto? ¿Por
-qué privar al mundo todo de la admiración que merecen tus obras, y a
-ti mismo del renombre y de la gloria, única recompensa que estimula a
-las más grandes empresas, llama de los espíritus más elevados, de esos
-espíritus etéreos, los más puros y tranquilos, que desprecian todos los
-demás placeres, que miran como fango todos los tesoros y beneficios,
-todos los honores y poderes, aspirando solo a los más eminentes? Tú has
-llegado a la edad viril, y hasta pasas de ella; a esta edad, el hijo
-de Felipe el Macedonio había conquistado ya el Asia, haciéndose dueño
-del trono de Ciro; el joven Escipión había humillado el orgullo de los
-cartagineses, y el joven Pompeyo sometido al rey del Ponto, alcanzando
-la victoria. No obstante, los años y el juicio, madurado por ellos,
-no suelen extinguir la sed de gloria; al contrario se acrecienta con
-la edad. El gran Julio, que ahora excita la admiración del mundo, más
-ardía en deseos de gloria cuanto más avanzaba en años, y lloró el haber
-vivido tanto tiempo oscuro e ignorado. Mas aún no es para ti demasiado
-tarde.»
-
-A lo cual contestó con calma nuestro Salvador: «Todos tus argumentos
-no me decidirán a buscar riquezas por amor al imperio, ni a que aspire
-al trono por el afán de gloria. ¿Qué es esta sino el resplandor de la
-fama, las alabanzas de un pueblo? ¿Y son estas siempre sinceras? ¿Qué
-es el pueblo sino una multitud confusa, una muchedumbre revuelta, que
-ensalza cosas vulgares y que, a decir verdad, apenas son dignas de
-elogio? Los hombres alaban y admiran lo que no conocen, y sin saber a
-quién, dejándose guiar unos por otros. ¿Y qué satisfacción puede causar
-verse ensalzado por semejantes jueces, ser tema de sus discursos y
-recibir aplauso de aquellos a quienes sería glorioso despreciar? ¿No
-sería singularmente feliz la suerte del que osare hacerlo así? Reducido
-es entre aquellos el número de los sabios e ilustrados, y muy escasos
-los que contribuyen a la gloria. Cuando Dios dirige sus miradas a la
-tierra, observando con satisfacción al hombre justo, y le da a conocer
-en el cielo a todos sus ángeles, que celebran sus alabanzas con sincero
-aplauso, entonces es cuando aquel alcanza la verdadera gloria, la
-verdadera celebridad. Esto es lo que hizo con Job, cuando para propagar
-su fama en el cielo y la tierra te preguntó, según puedes recordar para
-vergüenza tuya: «¿Has visto a mi servidor Job?» Aquel hombre, célebre
-en el cielo, era mucho menos conocido en la tierra, donde la gloria es
-una falsa gloria, atribuida a causas poco dignas y a hombres que no
-merecen nombradía alguna. Engáñanse aquellos que consideran como título
-de gloria extender a lo lejos sus conquistas, asolar vastos países,
-alcanzar brillantes victorias y tomar por asalto opulentas ciudades.
-¿Qué hacen esos pretendidos héroes sino robar, devastar, saquear,
-incendiar, matar y reducir a la esclavitud pacíficas naciones,
-pueblos vecinos o lejanos, mucho más dignos de la libertad que sus
-conquistadores, quienes solo dejan ruinas por do quiera que pasan,
-destruyendo las obras de una paz floreciente? Entonces, henchidos
-de orgullo, se hacen adorar como dioses; quieren que se les llame
-libertadores, grandes bienhechores de la humanidad; desean que se
-les rinda culto en los templos, y se les ofrezcan sacrificios por sus
-sacerdotes. El uno es hijo de Júpiter, el otro de Marte, hasta que la
-Muerte, el verdadero conquistador, viene a demostrar que apenas son
-hombres que se han dejado embrutecer por groseros vicios, y que hallan
-en una muerte violenta o vergonzosa su digna recompensa. Si algo bueno
-hubiese en la gloria podríase alcanzar por medios muy distintos, sin
-ambición, sin guerra, sin violencia; con obras pacíficas, una eminente
-sabiduría, paciencia y templanza. Haré otra vez mención de aquel hombre
-que, sufriendo resignadamente los males con que le agobiaste, se hizo
-célebre en un país muy lejano y en época muy remota. ¿Quién pronuncia
-hoy el nombre de Job sin elogiarle? Y al pobre Sócrates, ¿quién podría
-disputarle después el primer lugar en la memoria de los hombres? Por
-su enseñanza y por lo que sufrió para propagarla, arrostrando una
-muerte injusta para que prevaleciese la verdad, alcanzó una nombradía
-que iguala hoy a la de los más orgullosos conquistadores. Sin embargo,
-si es preciso hacer alguna cosa para alcanzar fama y gloria, necesario
-es también sufrir: si para obtener alguna celebridad libró el joven
-africano del feroz cartaginés a su devastado país, su hazaña no fue
-ensalzada, o por lo menos, no gozó él de gran crédito, ni recibió por
-toda recompensa más que alabanzas. ¿Buscaría yo la gloria como la
-buscan los hombres vanos, sin merecerla muchas veces? No busco yo la
-mía, sino la de Aquel que me ha enviado, y por aquí demuestro de dónde
-vengo.»
-
-A lo cual repuso el tentador murmurando: «No hagas tan poco aprecio de
-la gloria, que entonces te parecerías poco a tu glorioso Padre, pues él
-también la busca, y para su gloria ha hecho todas las cosas, y ordena
-y gobierna el universo. No contento con ser glorificado en el cielo
-por todos sus ángeles, quiere serlo también por los hombres, por todos
-los hombres, buenos o malos, sabios o ignorantes, sin diferencias, sin
-excepción. Además de todos los sacrificios, de todas las ofrendas,
-gloria necesita y gloria recibe indistintamente de todas las naciones,
-de los hebreos, de los griegos o de los bárbaros, sin admitir excusa
-alguna. A nosotros mismos, que somos sus enemigos declarados, nos exige
-que le glorifiquemos.»
-
-«Y no sin razón, replicó Jesús con fervor, puesto que su palabra creó
-todas las cosas, no principalmente para su gloria como primer objeto,
-sino para manifestar su bondad y hacer partícipes a todas las almas
-de la felicidad de que son susceptibles. ¿No es lo menos que puede
-esperar de sus criaturas la gloria y la bendición, es decir, el más
-ligero agradecimiento, la más fácil y natural de las recompensas, de
-parte de aquellos seres que nada pueden ofrecerle en cambio, y que
-no haciéndolo, solo le pagarían probablemente con el desprecio, la
-rebelión y la maledicencia? ¡Cruel recompensa, extraño reconocimiento
-por tanto bien, por tan gran beneficio! Pero ¿por qué el hombre
-habría de buscar la gloria, cuando nada tiene suyo, cuando nada debe
-esperar sino condena, ignominia y baldón; cuando después de haber sido
-colmado de tantos beneficios, corresponde solo con la infidelidad, la
-ingratitud y la falsía, privándose a sí mismo de todo verdadero bien? Y
-como si esto no bastase, revindica para sí, por un sacrilegio, lo que
-no pertenece en justicia sino a Dios solo; pero tal es la bondad, tal
-la misericordia divina, que si alguno intenta alcanzar mayor gloria
-para el Eterno, le hace obtener entonces la gloria verdadera.»
-
-Así habló el Hijo de Dios, y de nuevo Satán permaneció sin hallar
-contestación: reconocíase culpable de su propio pecado, pues por
-su insaciable sed de gloria lo había perdido todo; pero bien pronto
-recurrió a otro argumento.
-
-«Piensa como quieras de la gloria, dijo; poco importa que la juzgues
-digna o indigna de ser buscada; pero tú has nacido para reinar, tú
-has sido destinado a sentarte en el trono de tu antecesor David, que
-te corresponde por parte de madre. Aunque tu derecho dependa ahora de
-una mano poderosa que no quiere compartirlo, fácil sería posesionarle
-por las armas. Verdad es que la Judea y toda la tierra prometida,
-reducidas a provincias bajo el yugo de los romanos, obedecen a Tiberio;
-pero este país no está siempre gobernado con templanza. Con frecuencia
-se han violado su templo y sus leyes; se le han inferido sangrientos
-ultrajes; se han cometido abominaciones, como lo hizo en otro tiempo
-Antíoco. ¿Piensas, por ventura, reconquistar tu derecho permaneciendo
-en la inacción o en el retiro? No lo hizo así Macabeo: verdad es
-que se retiró al desierto, pero con armas, y de esta suerte venció
-varias veces a un poderoso rey. Con mano fuerte, y aunque sacerdote,
-obtuvo la corona para su familia, y usurpó el trono de David, él, que
-en otro tiempo se contentaba con la colina de Modén y los arrabales
-contiguos. Si un reino no basta para tentarte, muévante al menos el
-celo y el deber, que no deben permanecer ociosos, sino estar alerta
-para aprovechar una ocasión, contribuyendo ellos mismos a que llegue
-el momento favorable. Muestra, pues, tu celo, por la casa de tu Padre;
-cumple con tu deber librando a tu país del yugo de los paganos, que esa
-es la mejor manera de realizar, de verificar las antiguas profecías que
-anunciaron tu reinado sin fin, ese reinado tanto más feliz cuanto antes
-comience. Reina, pues ¿qué ventaja te ofrece aplazar tu reinado?»
-
-Nuestro Salvador contestó en estos términos: «Todas las cosas deben
-realizarse a su debido tiempo, y tiempo hay para que se verifiquen
-todas. Si el espíritu profético habló de mi reinado, si ha dicho que
-debe ser sin fin, también el Padre ha decretado, en sus inescrutables
-designios, cuándo ha de comenzar, Él, que es el dueño de todos los
-tiempos y las estaciones. Si ha decretado que he de vivir antes en
-oscura condición, en medio de la adversidad, sufriendo tribulaciones,
-injurias, insultos, desprecios y burlas; que debo estar expuesto a los
-lazos y la violencia; que he de sufrir, practicar el ayuno, esperar
-tranquilamente, sin inquietud ni desconfianza, para saber lo que puedo
-soportar y cómo sabré obedecer, ¿no debo conformarme con su voluntad?
-Quien mejor sabe sufrir, mejor sabe obrar; mejor reina el que primero
-ha sabido obedecer, justa prueba a que debo someterme antes de obtener
-un poder que no debe cambiar ni concluir. Pero ¿qué te importa a ti
-el momento en que ha de comenzar mi reinado sin fin? ¿Por qué te
-muestras tan solícito? ¿A qué vienen tus preguntas? ¿No sabes acaso que
-mi elevación será la señal de tu caída, y mi triunfo la causa de tu
-exterminio?»
-
-El Tentador, aunque atormentado interiormente, replicó así: «Suceda
-esto cuando quiera, yo he perdido toda esperanza de obtener gracia,
-y siendo así, ¿qué cosa peor puedo temer? Aquel que ha perdido la
-esperanza no debe conocer el temor; si mi suerte pudiese agravarse,
-la expectativa de una desgracia mayor me atormentaría más que el mal
-mismo. Yo quiero apurarle hasta el fin, porque este es mi puesto, mi
-refugio, mi último reposo; y esperaré así el término, mi objeto final.
-Mi error viene de mí mismo, mi delito es hijo de mi propio impulso;
-cualquiera que mi falta fuere, ha sido condenada por sí misma, y
-en todo caso será castigada, bien reines o no. Cierto que hubiera
-confiado desde luego en tu continente lleno de dulzura, esperando por
-ese aspecto pacífico y esa mirada serena que tu reinado debía más bien
-aligerar que agravar mi pena, que sería como un intermediario entre
-la cólera de tu Padre y yo (la cual temo mucho más que el fuego del
-infierno), que sería una especie de fresca sombra, una nube de verano.
-Si estoy, pues, impaciente por conocer esa desgracia extrema que me
-amenaza, ¿por qué avanzas con tan lento paso hacia un porvenir mejor,
-hacia lo que debe poner el colmo a tu felicidad y a la del mundo entero
-cuando reines, tú, que eres el más digno del trono? Acaso aplazas,
-sumido en profundas meditaciones, la ejecución de tan importante y
-arriesgada empresa; y esto no sería de extrañar, pues aunque reúnas en
-tu persona cuantas perfecciones caben en el hombre, todo aquello de que
-la naturaleza humana es susceptible, como has vivido hasta ahora en el
-retiro, deslizándose en tu morada la mayor parte de tu existencia, sin
-visitar apenas las ciudades de Galilea, ni residir en Jerusalén sino
-algunos días al año, ¿qué observaciones podías haber hecho? Todavía
-no has visto el mundo, ni mucho menos su gloria, los imperios, los
-monarcas y sus brillantes cortes, la mejor escuela de la experiencia
-para dar a conocer los más rápidos y seguros medios de realizar grandes
-empresas. El hombre más sabio, si carece de práctica, será siempre
-medroso y tímido, semejante a aquel joven novicio, que buscando burras
-encontró un reino[159]; irresoluto y circunspecto, en fuerza de su
-reserva, prívale esta de todo su valor. Pero yo quiero conducirte a
-un lugar donde acabarás bien pronto tu aprendizaje, donde verás ante
-tus ojos las monarquías de la tierra, su pompa y magnificencia; y esto
-bastará para imponerte, a ti que eres tan apto para saberlo todo, en
-los secretos y misterios de la monarquía, a fin de que sepas cómo se
-debe combatir el poderío de los príncipes.»
-
-Así diciendo (tal era la fuerza que se le concedió entonces), llevó
-al Hijo de Dios a la cima de una elevada montaña: en su verdosa falda
-extendíase una vasta llanura, formando inmenso circuito, y desde allí
-ofrecíase a la vista un admirable panorama. Por los lados deslizábanse
-dos ríos, uno de los cuales serpenteaba entre los campos; mientras
-que el otro se alejaba rápidamente a través de hermosas praderas,
-bañadas por numerosos riachuelos, cuyas aguas recogía para llevarlas
-al mar. El país era fértil en trigo, vino y aceite; y cubrían el llano
-y las colinas abundantes pastos, poblados de rebaños. Veíanse grandes
-ciudades rodeadas de altas torres, que bien pudieran ser residencia de
-poderosos monarcas, y tan inmensa era la perspectiva, que se divisaban
-acá y allá las estériles landas del árido y abrasado desierto. A esta
-alta montaña fue donde el Tentador trasladó a Jesús, dirigiéndole allí
-de nuevo la palabra en estos términos:
-
-«Rápida ha sido nuestra carrera; pasando sobre las colinas y los
-valles, los bosques, los campos y los ríos, los templos y las torres,
-hemos atajado muchas leguas. Desde aquí contemplas la Asiria y las
-antiguas fronteras de su imperio; ves el Aras y el mar Caspio; por este
-lado, a la extremidad del oriente, corre el Indus, por el occidente el
-Éufrates; y con frecuencia fueron traspasados estos límites. Al sur se
-divisa el golfo Pérsico y la Arabia, desierto intransitable: he aquí
-a Nínive, en cuyo amurallado recinto se podría viajar durante varios
-días; edificada por Nino, es el asiento de esa primera monarquía de la
-edad de oro, y fue residencia de Salmanasar[160] cuyo triunfo llora
-todavía Israel en su prolongado cautiverio. He ahí a Babilonia, la
-maravilla de las naciones, tan antigua como Nínive; pero reedificada
-por aquel[161] que dos veces hizo cautiva a la Judea y a toda la casa
-de tu padre David, asolando a Jerusalén, hasta que Ciro llegó para
-libertar a los hebreos. A ese lado ves Persépolis, la ciudad que él
-fundó; más lejos Bactres, Ecbatana, que se ostenta en toda su extensión
-y Hecatómpilos, con sus cien puertas; aquí está Susa, a orillas del
-Idaspes, ese río de color de ámbar, de cuyas aguas solo pueden beber
-los reyes; y la gran Seleucia, más célebre aún, construida por los
-Macedonios o los Partos. Nísibe, Artaxates, Teredón y Ctesifonte[162],
-se ofrecen también a tus miradas; todo este país, conquistado por
-los libertinos príncipes de Antioquía, se halla actualmente bajo el
-dominio de los Partos, que conducidos por el gran Arsaces, fundador de
-este imperio, se apoderaron de él hace varios siglos. Este momento es
-el más oportuno para darte una idea de su inmenso poderío, porque el
-rey de los Partos acaba de reunir en Ctesifón todas sus huestes para
-marchar contra los Escitas, cuyas bárbaras incursiones han asolado la
-Sogdiana; y se apresura a prestar auxilio a esta provincia. A pesar de
-la distancia, puedes ver sus numerosas tropas, su aspecto marcial, los
-arcos de acero y las agudas flechas de esos guerreros, tan temibles
-en la fuga como en la persecución; todos son jinetes, porque la lucha
-a caballo es aquella en que más se distinguen. Mira cuán belicoso
-ardimiento demuestran en esa revista, cómo se forman sus filas en
-cuadro, en ángulo, en media luna, o se desplegan en alas.»
-
-Jesús miró, y por las puertas de la ciudad vio salir innumerable
-multitud de guerreros, brillantes con sus cotas de malla y ornamentos
-militares; sus caballos, aunque cubiertos de acero, no son menos ágiles
-y vigorosos, y encabritándose avanzan con sus jinetes, flor y nata
-de las provincias que se extienden de un extremo a otro del imperio.
-Vienen los unos de Aracosia, de Candahar y de la Margiana; los otros
-de las montañas de Hircania o del Cáucaso, de los profundos valles de
-la Iberia, de Atropatis, de las vecinas llanuras de Adiabene y Media,
-y del sur de Susiana, hasta el puerto de Balsara. Veíaseles alinearse
-en orden de batalla, girar rápidamente, y huyendo al parecer, lanzar
-tras sí una terrible granizada de agudos dardos a la cara de sus
-perseguidores, a los cuales vencían por esta maniobra. El campo estaba
-cubierto de armaduras, que despedían el sombrío fulgor del hierro; no
-faltaban allí numerosos escuadrones, y en cada ala guerreros armados
-de punta en blanco para combatir de cerca; ni carros, ni elefantes,
-que llevaban torres cuajadas de arqueros; ni peones en gran número,
-provistos de azadas y hachas, para allanar las alturas, abrir paso por
-los bosques, cegar los valles, levantar trincheras, o echar puentes
-sobre los ríos orgullosos, como para someterles al yugo. Detrás de
-ellos iban mulos, camellos, dromedarios, y furgones cargados de
-instrumentos de guerra; jamás se habían visto tantas fuerzas reunidas
-ni tan vasto campamento. Cuando Agricán, con todos sus aliados del
-norte, sitió a Albraca, la ciudad de Galafrón, según cuentan los
-romanos, a fin de conquistar la mano de Angélica, la más hermosa
-de las mujeres e hija de aquel príncipe, solicitada en matrimonio
-por muchos valerosos caballeros, por los dos Paynim, y los pares de
-Carlomagno, su ejército no era más brillante ni más numerosos sus
-guerreros[163]. El gran Enemigo, lisonjeándose de que aquel espectáculo
-había producido gran impresión en nuestro Salvador, dirigiole de nuevo
-la palabra en estos términos:
-
-«Para que reconozcas que no es mi ánimo comprometer tu virtud, y que no
-omito medio alguno a fin de que tu seguridad repose en sólidas bases,
-escucha y sabrás con qué objeto te he conducido aquí, mostrándote
-tan hermoso espectáculo. Aunque tu reino haya sido anunciado por los
-profetas o por los ángeles, si no tratas de conquistar ese trono, como
-lo hizo tu padre David, nunca reinarás; en todas las cosas y sobre
-todos los hombres, la predicción supone medios de éxito, y si no se
-hace uso de ellos, la profecía se revoca. Pero supongamos que tomas
-posesión del trono de David con el libre consentimiento de todos, sin
-oposición alguna por parte de los Hebreos o de los Samaritanos: ¿cómo
-podrías abrigar la esperanza de disfrutarle largo tiempo, tranquilo y
-seguro, hallándote entre dos enemigos cual los Partos y los Romanos?
-Por esto debes obtener el apoyo de uno de los dos; yo te aconsejaría
-comenzar por los primeros, que son los vecinos más cercanos, y que
-demostraron en otro tiempo ser capaces de asolar tu país, haciendo
-cautivos a sus antiguos reyes Antígono y el viejo Hircano. De mi
-cuenta corre poner a los Partos a tu disposición, por el medio que tú
-elijas, bien por conquista o alianza, pues solo con su apoyo recobrarás
-el poder, sin el cual no puedes ocupar realmente el trono de David,
-como su legítimo sucesor. De este modo conseguirás la libertad de tus
-hermanos, de esas diez tribus cuya posteridad conserva todavía aquel
-pueblo en su territorio. Entre los Medos andan también dispersos diez
-hijos de Jacob y dos de José, perdidos lejos de Israel y esclavizados,
-como lo estuvieron en otro tiempo sus padres en la tierra de Egipto.
-El ofrecimiento que te hago te proporciona ocasión de alcanzar su
-libertad; si así lo haces, y les devuelves su herencia, entonces, y
-solo entonces, reinarás cubierto de gloria en el trono de David, desde
-el Egipto al Éufrates, y aún más allá, sin que nada debas ya temer de
-Roma ni de César.»
-
-A lo cual contestó nuestro Salvador sin inmutarse: «Me has hecho ver
-una grande y vana ostentación del poder mundano, frágiles armas, y un
-pomposo aparato guerrero, tan largo de preparar como fácil de destruir:
-me has comunicado secretos de alta política, hábiles proyectos sobre
-enemigos, alianzas y batallas, plausibles todos a los ojos del mundo;
-pero que no tienen para mí ningún valor. Dices que debo poner en juego
-todos los medios, porque si no quedará sin efecto la predicción y me
-veré privado del trono. Mi hora, según antes te dije, no ha llegado
-aún, y debieras desear que estuviese lejana todavía. Cuando haya
-sonado, no creas que me verás vacilar en dar principio a mi obra, sin
-recurrir a tus máximas políticas, ni hacer uso de ese incómodo aparato
-guerrero que me has mostrado, más propio para demostrar la debilidad
-humana que su fuerza. Alegas que es preciso liberte a mis hermanos,
-según les llamas, los Israelitas de las diez tribus, si aspiro a reinar
-como el heredero legítimo de David, y a extender su dominio sobre
-todos los hijos de Israel. Pero dime, ¿de qué proviene ese celo por su
-independencia? ¿Por qué no mostraste el mismo por Israel, David, o su
-trono, en vez de excitarle por orgullo a que hiciese el recuento de
-su pueblo, lo cual costó la vida a setenta mil hombres en tres días
-de epidemia[164]? ¡Tal fue entonces tu celo por Israel; y ese es el
-que afectas hoy por mí! En cuanto a esas tribus cautivas, ellas mismas
-labraron su desgracia, pues abandonaron a Dios para adorar el becerro
-de oro, los ídolos de Egipto, Baal y Astarot, y los de todos los
-pueblos vecinos. Además de esto imitaron sus crímenes, que excedían en
-perversidad a los de otros pueblos paganos; no habiendo implorado con
-arrepentimiento al Dios de sus padres, murieron impenitentes, dejando
-una raza que se les asemeja, que no se distingue de los Gentiles sino
-por una vana circuncisión, y que rinde a Dios un culto confundiéndole
-con los ídolos. ¿Cómo he de pensar en devolver su independencia a esas
-tribus, que una vez libres volverían sin vacilar, sin humillarse, sin
-arrepentimiento y sin conversión, a buscar sus dioses de Betel y de
-Dan, como un antiguo patrimonio? No; que sigan esclavizadas por sus
-enemigos, puesto que adoran ídolos con su Dios. Sin embargo, es posible
-que al fin (Dios sabe cuándo), acordándose de Abraham, se inclinen a un
-arrepentimiento sincero por alguna vocación milagrosa; y que se abran
-paso a través de la multitud de Asirios, cuando se dirijan alegres
-y presurosos a su país natal, así como en otro tiempo cruzaron sus
-padres el mar Rojo y el Jordán al encaminarse a la tierra prometida. Yo
-abandono su porvenir a la Providencia.»
-
-Así habló el verdadero Rey de Israel, contestando con dulzura al
-Enemigo, de un modo que burlaba todos sus artificios, como sucede
-siempre cuando con la verdad se combate la falsía.
-
-
-
-
-LIBRO CUARTO
-
-
-ARGUMENTO
-
- Persistiendo Satán en tentar a nuestro Señor, muéstrale la imperial
- ciudad de Roma en el apogeo de su pompa y esplendor, como potencia
- que pudiera preferir a la de los Partos; y dice que con la mayor
- facilidad podría expulsar a Tiberio, devolver a los romanos su
- independencia y hacerse dueño, no solo del imperio, sino también
- de todo el mundo, incluso el trono de David. El Salvador contesta,
- manifestando su desprecio por el poder y las grandezas mundanas;
- censura la pompa, la vanidad y el libertinaje de los romanos;
- demuestra cuán poco merecen recobrar la libertad que habían perdido
- por su mala conducta; y termina refiriéndose a la grandeza de su
- propio reinado futuro. Desesperado Satán, y para encarecer el valor
- de sus dones, declara que únicamente los otorgará a condición de
- que Jesús se prosterne ante él y le rinda culto. Nuestro Señor
- manifiesta su indignación con firmeza, aunque moderadamente, al
- escuchar proposición semejante; y reprende con severidad al Tentador,
- diciéndole que está condenado para siempre. Humillado Satán,
- intenta justificarse; apela después a otro género de tentación,
- y proponiendo a Jesús el premio de la sabiduría y del talento,
- muéstrale el celebrado templo de la antigua literatura, Atenas, sus
- escuelas, los ilustres maestros y sus discípulos, haciendo al propio
- tiempo un encomiástico panegírico de los músicos Griegos, poetas,
- oradores y filósofos de las diferentes sectas. Jesús le contesta
- demostrando la vanidad e insuficiencia de la decantada filosofía
- gentílica, y manifiesta preferir a la música, poesía, elocuencia y
- didáctica poética de los Griegos, la de los inspirados escritores
- Hebreos. Irritado Satán al ver defraudadas todas sus tentativas,
- censura la inconsideración de nuestro Salvador en rechazar sus
- ofertas; y prediciéndole los padecimientos que debe sufrir,
- después de ridiculizar su esperado reino, condúcele de nuevo al
- desierto, dejándole allí. Llega la noche: el Enemigo hace estallar
- una espantosa tormenta, procurando, además, alarmar a Jesús con
- tremendos sueños y terribles espectros, que sin embargo no causan
- impresión alguna en el Salvador. Una hermosa y serena mañana sucede
- a los horrores de la noche: Satán se presenta de nuevo a Jesús, y
- refiriéndose particularmente a la tempestad de la víspera, toma
- motivo una vez más para ultrajarle, enumerando las penalidades que
- debe sufrir. Nuestro Señor se limita a reprenderle; y entonces, en el
- colmo de la desesperación, el Enemigo confiesa que había vigilado con
- frecuencia a Jesús desde su nacimiento, expresamente para descubrir
- si era el verdadero Mesías; y que coligiendo que probablemente lo
- sería, por lo acontecido en el Jordán, habíale seguido desde entonces
- más asiduamente, con la esperanza de alcanzar alguna ventaja sobre
- él, lo cual probaría hasta la evidencia que no era en realidad la
- Divina Persona destinada a ser su «fatal enemigo». Reconoce que hasta
- entonces ha sido completamente derrotado; pero que está resuelto
- a someterle a una prueba más. Así diciendo, le conduce al templo
- de Jerusalén, y colocándole en la punta de la más elevada torre,
- le intima a que pruebe su divinidad, bien sosteniéndose allí, o
- precipitándose sin sufrir daño alguno. Asombrado Satán, y confundido
- al ver que Jesús permanecía inmóvil, cae de pronto, y reaparece
- entre sus infernales cómplices, a quiénes da cuenta del mal éxito de
- su empresa. Los ángeles, entretanto, conducen a nuestro Señor a un
- hermoso valle, y mientras le sirven celestiales manjares celebran su
- victoria con un himno de triunfo.
-
-Perplejo y turbado por el mal éxito de su tentativa, el Enemigo
-permanecía inmóvil, sin que su artificioso espíritu le dictase
-contestación alguna, después de haber sido descubierto su engaño, y
-tantas veces defraudadas sus esperanzas. Aquella persuasiva retórica
-que dulcificaba su lenguaje, cuando tan fácilmente sedujo a Eva,
-parecía faltarle entonces y haber perdido toda su fuerza. Bien es
-verdad que Eva no era más que Eva. El que había dominado a esta con
-su gran superioridad, veíase a su vez burlado y sorprendido, por no
-haber sabido apreciar mejor de antemano la fuerza que trataba de
-combatir y la suya propia. Semejante al hombre que, habiendo sido
-considerado antes como sin igual por su destreza, se ve eclipsado en
-la ocasión en que menos lo esperaba, y que a fin de salvar su honor,
-y contra todas las probabilidades de triunfo, quiere aún medirse con
-quien le ha vencido, sin poder confesar su derrota, aunque aumente con
-esto su bochorno; o cual otro enjambre de moscas, que en la época de
-la vendimia se lanza sobre el lagar de dónde corre el dulce líquido
-y vuelve después mosconeando; o tal, en fin, como las olas que se
-levantan contra la dura roca, y aunque se estrellan todas, repiten sus
-acometidas inútilmente, resolviéndose en espuma o vapor; así Satán,
-después de recibir negativa sobre negativa y de verse reducido a un
-humillante silencio, no cede sin embargo; y aunque desesperando del
-éxito, renueva sus vanas tentativas.
-
-Para ello transportó a nuestro Salvador a la vertiente occidental de
-aquella elevada montaña, desde donde se podía ver otra llanura bastante
-larga; pero no muy ancha, bañada por el mar del mediodía, y terminada
-en el lado del norte por una cadena paralela de colinas, que protegían
-los productos de la tierra y las moradas de los hombres, de los fríos
-vientos del septentrión. En el centro deslizábase un río en cuyas dos
-orillas se elevaba una imperial ciudad, con torres y templos, que se
-destacaban orgullosamente sobre siete pequeñas colinas ornadas de
-palacios, pórticos, teatros, baños, acueductos, estatuas, trofeos,
-arcos de triunfo, jardines y bosquecillos. Aquel espectáculo se
-desplegaba a los ojos de Jesús a pesar de las altas montañas que debían
-ocultarle (por qué extraño paralaje, o ilusión óptica, multiplicada a
-través de los aires o por los cristales de un telescopio, averígüelo el
-curioso lector); y el Tentador rompió el silencio con estas palabras:
-
-«La ciudad que ves no es otra sino la opulenta y gloriosa Roma, la
-reina del mundo, cuya fama se extiende a lejanos países, y que se ha
-enriquecido con los despojos de las naciones. Ahí ves el soberbio
-Capitolio, que domina sobre todos los demás edificios desde lo alto
-de la roca Tarpeya, esa ciudadela inexpugnable; allí está el monte
-Palatino, palacio imperial, vasto recinto, edificio soberbio, obra
-maestra de los arquitectos más ilustres, que brilla a lo lejos por sus
-doradas almenas, sus torres, sus terrados y esplendentes pirámides.
-No lejos de él, elévanse magníficos palacios, semejantes más bien a
-las moradas de los dioses; y he dispuesto mi aéreo microscopio de tal
-manera, que puedas ver por dentro, y exteriormente, sus columnas y
-bóvedas, ricamente cinceladas por mano de los más célebres artistas,
-labradas en cedro, mármol, marfil y oro. Dirige ahora tus miradas del
-lado de las puertas, y verás qué multitud entra y sale: son pretores,
-procónsules, que vienen de sus provincias o vuelven a ellas; visten
-la toga bordada de púrpura, y van acompañados de los lictores, que
-ostentan la segur, insignia de su dignidad; de cohortes, legiones
-y brillantes jinetes. Aquellos que pasan por la vía Apia o la vía
-Emiliana, y visten diverso traje, son embajadores que llegan de remotos
-países: vienen los unos de las últimas regiones australes, de Siena,
-de Meroé, de la isla de Philæ, cubierta de sombra por ambos lados; o
-más al occidente, del reino de Baco[165], hasta el lago de Libia. Otros
-son enviados por los reyes de Asia y por el de los Partos; llegan de
-la India, del Quersoneso de Oro[166] y de la isla de Trapobana[167],
-situada más allá de aquel país; su cutis es bronceado, y cubren sus
-cabezas turbantes de blanca seda; otros proceden de la Galia, de
-Bretaña, de Gades, del país de los Germanos, del de los Escitas y de
-los Sármatas, que habitan desde más allá del norte del Danubio hasta
-el Quersoneso Táurico[168]. Todas esas naciones, sometidas actualmente
-a Roma, prestan obediencia a su poderoso emperador, que por sus
-vastos dominios, sus riquezas y poderío, su civilización, su progreso
-en las artes y el valor guerrero de sus súbditos, pudiera ser a tus
-ojos preferible al rey de los Partos. Exceptuando estos dos imperios,
-todos los demás pueblos son bárbaros, apenas dignos de fijar en ellos
-la atención, pues obedecen a príncipes poco poderosos, que se hallan
-demasiado lejos; al mostrarte esos dos grandes imperios, te enseño
-todos los reinos de la tierra y toda su gloria. El emperador romano no
-tiene hijo alguno; es de edad avanzada, viejo y libertino[169]. Se ha
-retirado de Roma para vivir en Caprea, pequeña isla, aunque de difícil
-acceso, situada cerca de las orillas de la Campania, donde se propone
-entregarse secretamente a sus desenfrenadas pasiones. Confiando a un
-perverso favorito los asuntos públicos, aún cuando de él sospeche,
-aborrece a todo el mundo y es de todos aborrecido. ¡Cuán fácil te
-sería, dotado como estás de regias virtudes, dándote a conocer, e
-inaugurando tu carrera con grandiosas hazañas, expulsar a ese monstruo
-de su trono, convertido ahora en inmundo lupanar, y sustituirle en el
-solio, librando de su vergonzoso yugo a un pueblo triunfante! Y con
-mi apoyo te es dado conseguirlo, pues yo tengo el poder de hacerlo,
-y te lo cedo a ti. Aspira, pues, al imperio del mundo entero; aspira
-a cuanto hay de más elevado, que si no lo alcanzas con el supremo
-dominio, no llegarás a sentarte en el trono de David, ni permanecerás
-en él largo tiempo, por mucho que hayan dicho los profetas.»
-
-El Hijo de Dios le contestó con calma: «Toda esa grandeza y majestuoso
-aparato de riquezas y lujo, que llaman magnificencia, lo mismo que esa
-ostentación guerrera que antes me mostraste, no seducen mis miradas
-ni mucho menos mi corazón. También hubieras podido hablarme de sus
-banquetes suntuosos, de sus espléndidos festines, de sus desenfrenadas
-orgías, de sus mesas de madera de limonero o de mármol del Atlas,
-pues yo también he oído, o acaso leído algo de esto; de sus vinos de
-Setía, de Cales, de Falerno, de Quíos y de Creta; de sus copas de oro
-y de cristal, bañadas en mirra, guarnecidas de piedras preciosas y
-engastadas en perlas; detalles todos interesantes para cualquiera a
-quien acosare el hambre o la sed. Elogias además a esos embajadores,
-enviados por naciones lejanas o vecinas: ¡qué honor, pero también,
-qué fastidio! ¡Qué enojosa pérdida de tiempo el sentarse en un trono
-para escuchar tantas vanas y mentidas lisonjas, tantas alabanzas
-extravagantes! Después me hablas del Emperador, a quien se podría
-vencer fácilmente, y cuya derrota me cubriría de gloria; dices que
-debo expulsar a ese monstruo cruel; pero ¿no sería necesario hacerlo
-al propio tiempo con el demonio que lo ha convertido en tal? Sírvale
-su conciencia de verdugo: no he sido yo enviado para destronarle, ni
-tampoco para libertar a ese pueblo, victorioso en otro tiempo, vil y
-humillado ahora, que merecido tiene su servilismo; que antes justo,
-frugal, humilde y moderado, conquistó gloriosamente, pero gobernó mal
-las naciones sometidas a su yugo, despojando a las provincias para
-satisfacer su sed de rapiña o sus dispendiosos placeres. Esos romanos,
-poseídos primero de la ambición del triunfo, orgullosa e insultante
-pompa; y feroces luego por haberse acostumbrado a ver correr en sus
-circos la sangre de las fieras que luchan entre sí, así como la de los
-hombres expuestos a sus ataques, han llegado a ser con sus riquezas
-apasionados por el lujo, y siempre más insaciables y afeminados por los
-espectáculos que diariamente presencian. ¿Qué hombre sabio y valeroso
-intentaría libertar a ese pueblo degenerado, que se ha esclavizado él
-mismo? ¿Quién podría convertir en hombres libres a los que son serviles
-de por sí? Sábelo pues; cuando llegue la hora de sentarme en el trono
-de David, mi reinado será como un árbol cuyo ramaje se extendiese sobre
-toda la tierra, para cubrirla con su sombra, o bien como la piedra que
-haría pedazos todas las monarquías existentes en el mundo. Y mi reinado
-no tendrá fin: medios se encontrarán para ello; pero no te corresponde
-a ti saber cuáles son estos, ni tampoco revelártelo debo.»
-
-A lo cual contestó el Tentador con descaro: «Veo en qué poco estimas
-todas mis ofertas, y cómo las rechazas por ser yo quien te las
-hace. Nada es de tu agrado; te muestras por demás receloso, y con
-tus exagerados escrúpulos, te limitas a contradecirme. Sin embargo,
-quiero que sepas en cuánto estimo los ofrecimientos que te hago, y
-qué lejos está de mí apreciar en poco las ventajas de que te quiero
-hacer partícipe. Todo cuanto abarca tu mirada, todos esos reinos del
-mundo, yo te los doy (que a mí me los han dado y yo los cedo a quien
-me place); no es ninguna bagatela; pero te impongo una condición
-indispensable. Es preciso que te prosternes y me rindas adoración como
-a tu superior y tu dueño (fácil te es hacerlo), reconociendo que todo
-lo has recibido de mí. ¿No es esto lo menos que merece tan considerable
-donativo?»
-
-Nuestro Salvador contestó con acento desdeñoso: «Jamás me agradó tu
-lenguaje, y mucho menos tus ofrecimientos; ahora desprecio tanto estos
-como aquel, ya que has osado exponer en tan abominables términos tu
-impía condición. Pero sufriré con paciencia, hasta que expire el plazo
-durante el cual te será permitido obrar contra mí. Escrito está en el
-primer mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios y le servirás a él solo;»
-¿y te atreves a proponer a su Hijo que te rinda culto, a ti, maldito,
-doblemente maldito ahora por esta pretensión, más impía y osada que
-la que tuviste con Eva? No se hará esperar tu expiación. Dices que
-te dieron los reinos del mundo; di más bien que te los abandonaron y
-que los usurpaste; ningún otro donativo podrías hacer. Y aun cuando
-te los hubiesen dado, ¿de quién los habrías recibido sino del Rey de
-los reyes, del Dios supremo, dueño de todas las cosas? Y si te los ha
-dado ¡con qué generosa gratitud le pagas! Pero hace ya mucho tiempo
-que la gratitud se ha extinguido en ti. ¿Tan falto estás de temor, o
-tan desvergonzado eres que osas ofrecérmelos a mí, al Hijo de Dios,
-ofrecerme lo que me pertenece, bajo la infame condición de prosternarme
-y adorarte como a Dios? ¡Atrás! ¡aléjate de mí! Ahora es cuando te
-manifiestas evidentemente como el mal personificado, como Satán,
-maldito para siempre.»
-
-Confuso y poseído de temor, replicó el Enemigo: «No te muestres tan
-gravemente ofendido, Hijo de Dios, pues también los ángeles y los
-hombres son hijos de Dios, y yo he querido asegurarme de que llevas ese
-título por ser superior a ellos. Por esto te propuse que me rindieses
-el homenaje que recibo de los ángeles y de los hombres; de esos
-tetrarcas que presiden el fuego, el aire, el agua y la tierra, así como
-también de las naciones que habitan en toda la superficie del globo. A
-mí me invocan como al dios de este mundo y de aquel que está debajo;
-y más que a ningún otro, impórtame asegurarme si tú eres Aquel cuya
-llegada, según las profecías, debe serme tan fatal. La prueba no te ha
-perjudicado en modo alguno; más bien has alcanzado honor y aprecio, al
-paso que yo no gano nada, y hasta debo renunciar a lo que me proponía
-obtener. Dejemos, pues, los reinos de este mundo, puesto que son
-transitorios; no te hablaré más de ellos; adquiérelos o no, según te
-plazca, que eso a ti solo te concierne.
-
-»Parece que tú aspiras a alguna cosa más noble que a una corona
-mundana: prefieres entregarte a la meditación y a las sabias
-discusiones, según lo indicaba ya aquel rasgo de tu infancia, cuando
-escapaste de la vista de tu madre para ir solo al templo, donde te
-hallaron en medio de los más graves doctores, discutiendo sobre
-puntos y cuestiones relativas a la cátedra de Moisés; enseñando pero
-no enseñado. La infancia anuncia al hombre, como la mañana anuncia
-el día: sé ilustre, pues, por tu saber; y así como tu imperio debe
-extenderse sobre todo el mundo, extiéndase también tu espíritu sobre
-el universo entero y en todo cuanto contiene. No está comprendida toda
-la ciencia en la ley de Moisés, en el Pentateuco y en los escritos de
-los profetas; también los Gentiles, guiados por la luz natural, saben,
-escriben y enseñan cosas dignas de admirarse; y tú debes conferenciar
-con los Gentiles, dirigiéndoles por la persuasión según tus miras. Sin
-conocer su sabiduría, ¿cómo quieres conversar con ellos, o que ellos se
-entiendan contigo? ¿Cómo has de discutir, cómo refutar sus idolismos,
-sus tradiciones y paradojas? Con sus propias armas se debe combatir su
-error. Antes de abandonar esta despejada montaña, mira otra vez por la
-parte del occidente, y mucho más cerca, hacia el mediodía, verás en la
-ribera del mar Egeo una ciudad con magníficos edificios, donde el aire
-es puro y el terreno llano. Es Atenas, el ojo de Grecia, la madre de
-las artes y de la elocuencia, la patria o mansión hospitalaria de los
-sabios célebres, que encuentran en su agradable retiro, en la ciudad o
-los arrabales, paseos cubiertos de sombra, para entregarse al estudio.
-He ahí el olivar de Academo, el asilo de Platón, donde el ruiseñor deja
-oír todo el verano las rápidas y variadas notas de su canto. Allí está
-el monte Himeto, cuyas flores atraen a la industriosa abeja, que con su
-ligero zumbido invita a las meditaciones graves; y más allá se desliza
-el Ilisos con sus ondas de suave murmullo. Dentro de la ciudad puedes
-ver las escuelas de los antiguos sabios: el Liceo, dónde enseñaba
-aquel[170] que preparó al gran Alejandro para subyugar al mundo; y poco
-más lejos el Pórtico, ornado de pinturas. En esa ciudad podrás estudiar
-la secreta influencia de la armonía, por medio de tonos y números
-indicados con la voz o con la mano[171]; las distintas medidas de los
-versos que tal encanto comunican a las odas líricas de los poetas
-eolios y dorios, y a los cantos muy superiores de aquel que a todos les
-inspiró, del ciego Melesígenes, llamado más tarde Homero, cuyos poemas
-se atribuyó Febo. En la misma fuente fue donde los graves y sublimes
-trágicos adquirieron los profundos conocimientos, que comunicaban luego
-con sus coros y sus yámbicos, esos excelentes preceptos de prudencia
-moral, que acogidos con gusto en forma de breves sentencias, recuerdan
-al hombre las leyes del destino, la inconstancia de la fortuna, las
-vicisitudes de la vida humana, ofreciendo a su vista el espectáculo de
-los actos más nobles, y el cuadro fiel de las grandes pasiones. Allí
-es dónde podrías formarte sobre el modelo de esos célebres oradores
-antiguos, cuya irresistible elocuencia dirigía a su antojo a la
-arrogante democracia, abría los arsenales y fulminaba sus rayos por
-encima de Grecia, hasta Macedonia y el trono de Artajerjes. Presta
-también oído a las lecciones de esa filosofía que bajó del cielo a la
-modesta morada de Sócrates. He ahí donde habitaba aquel a quien el
-bien inspirado oráculo declaró el más sabio de los hombres, y de cuya
-boca brotaron aquellos raudales de dulce elocuencia que iban a bañar
-todas las escuelas de los académicos antiguos y modernos, así como
-las de los Peripatéticos, de los Epicúreos y de los severos Estoicos.
-Estudia sus doctrinas en esos lugares, o si lo prefieres, en tu humilde
-morada, hasta que el tiempo madure tu edad para soportar el peso de un
-reino; sus preceptos te convertirán en un cumplido príncipe, que sabrá
-reinar en sí mismo, y cuya sabiduría resaltará más a la cabeza de un
-imperio.»
-
-Nuestro Salvador contestó con estas sabias palabras: «No creas que
-conozco estas cosas, o más bien, cree que las ignoro; y sin embargo,
-no dejo de saber lo que debo. El que recibe sus luces del cielo, de
-la fuente misma de la luz, no necesita otras doctrinas, por más que
-las reconozca como verdaderas; pero las de que tú hablas son falsas,
-son casi ensueños, conjeturas, ficciones que no se fundan en ninguna
-base sólida. El primero y más sabio de todos esos doctores confesó no
-saber más que su ignorancia; su primer discípulo se dejó llevar por
-las fábulas y las ideas seductoras; una tercera escuela dudó de todas
-las cosas, hasta del buen sentido; otros fundaron la felicidad en la
-virtud; pero acompañada esta de riquezas, de larga vida, del placer de
-los sentidos, y sin inquietudes ni zozobras. Por último, el Estoico,
-poseído de su filosófico orgullo, al que llama virtud; con su sabio,
-hombre virtuoso, perfecto en sí, que todo lo posee, lo mismo que Dios,
-causa vergüenza muchas veces cuando lejos de preferir la virtud, no
-teme al Señor ni al hombre; lo desprecia todo, riquezas y placeres,
-penas y tormentos, la muerte y la vida, jactándose de renunciar a
-esta cuando quiera, o de perderla a su antojo. Pero toda esa enojosa
-prosodia se reduce a una vana jactancia o a sutiles subterfugios
-para eludir la convicción. ¡Ah! ¿qué pueden enseñar ellos, y cómo no
-han de engañarse, si no conociéndose a sí propios, y mucho menos a
-Dios, no saben cómo tuvo principio el mundo, y cómo cayó el hombre,
-degenerado por sí mismo, sin depender más que de la gracia? Hablan
-mucho del alma; pero todo cuanto dicen está plagado de errores: buscan
-la virtud en sí mismos; se atribuyen toda la gloria para no cedérsela
-a Dios; y designan más bien al Eterno con los nombres vulgares de
-fortuna y destino, cual si fuese un ser extraño a los asuntos de los
-mortales. Así pues, aquel que busca la verdad en esos doctores, no
-la encuentra, o bien, juguete de una ilusión, que es mucho peor aún,
-solo ve una falsa imagen, un vano fantasma. En cuanto a lo demás, los
-sabios han dicho que un excesivo número de libros es origen de fatigas
-y confusión; el que los lee continuamente, sin analizar su contenido
-con un juicio igual o superior (¿y a qué buscar en otra parte lo que
-lleva en sí?), continúa siempre en la duda y falto de principios fijos.
-Está versado, sí, en la ciencia de los libros; pero siendo su juicio
-superficial, nada maduro, o poseído de preocupaciones, recoge bagatelas
-o frivolidades, cual si fueran pensamientos escogidos, aunque no
-valen lo que una esponja; pareciéndose a esos niños que van cogiendo
-piedrecillas por la ribera. Y si yo quisiera distraer mis horas de
-ocio con la música o la poesía, ¿dónde mejor que en nuestro idioma
-nativo podría encontrar tan grato solaz? Toda nuestra ley, toda nuestra
-historia, están llenas de himnos; los salmos se han compuesto con mucho
-arte; los cánticos y las arpas, tan agradables a los oídos de nuestros
-vencedores en Babilonia, revelan que la Grecia es más bien la que tomó
-de nosotros estas artes; pero las ha imitado mal, consagrándolas a
-celebrar con pompa los vicios de sus divinidades y los suyos propios,
-así en fábulas como en odas y cantos, donde representa a sus ridículos
-dioses, perdiendo ella misma todo decoro. Suprime en esos poemas los
-epítetos pomposos, semejantes al espeso afeite que cubre las mejillas
-de una cortesana, y todo lo demás se desvanece, sin dejar placer ni
-provecho. Indignos serían de compararse con los cánticos de Sión, que
-tanto agradan a todos aquellos cuyo gusto es puro, esos cánticos en
-los que se celebra noblemente a Dios, al santo de los santos, así como
-a sus hombres (divinamente inspirados, y no por ti). Solo exceptúo
-los poemas en que se pinta la virtud moral por la luz natural, aún no
-perdida del todo entre los hombres. Ensalzas a sus oradores cual si
-hubiesen llegado al apogeo de la elocuencia; son seguramente hábiles
-políticos, amantes de su patria, a lo que parece; pero distan mucho
-de igualar a nuestros profetas, porque a estos les ilumina la luz
-celeste, y con su estilo, tan majestuoso y natural, enseñan mucho mejor
-que todos los oradores de Grecia y Roma, las verdaderas reglas para
-gobernar las ciudades. En sus escritos se enseña, clara y fácilmente,
-la manera de hacer a una nación dichosa y conservar su felicidad;
-lo que arruina los reinos y destruye las ciudades; y estos son, con
-nuestra ley, los preceptos más propios para formar un monarca.»
-
-Así habló el Hijo de Dios; pero Satán, apurado hasta el extremo (pues
-había agotado todos sus artificios), contestó a nuestro Salvador con
-enojado tono:
-
-«Puesto que ni las riquezas ni los honores, ni las armas ni las
-artes, ni el trono ni el imperio, tienen para ti atractivo alguno;
-puesto que todo cuanto te propongo para alcanzar prez y gloria, con
-la vida contemplativa o activa, es rechazado por ti, ¿qué haces en
-este mundo? El desierto es lo que más te conviene: allí te encontré y
-allí te volveré a dejar; pero acuérdate de lo que te voy a predecir.
-Bien pronto tendrás motivos de arrepentirte por haber rechazado así,
-con tanto escrúpulo y prudencia, el auxilio que te ofrecía, y con el
-cual hubieras ocupado pronto y fácilmente el trono de David, o el
-trono del mundo entero. Ahora estás en la edad viril; llegado es ya el
-tiempo y la hora en que mejor pueden realizarse las profecías que a
-ti se refieren. Pero si yo sé leer alguna cosa en el cielo, o si este
-anuncia algo acerca del destino, por lo que me permiten descifrar las
-inmensas estrellas que se hallan en conjunción, veo que te amenazan
-penalidades y fatigas, la oposición y el odio, el escarnio, las
-censuras, los ultrajes, la violencia, los golpes, y por último una
-muerte cruel. Cierto que estos signos anuncian para ti un reino; mas
-no puedo discernir si real o alegórico, ni tampoco cuándo; eterno será
-seguramente, y sin principio ni fin, pues ninguna fecha precisa me
-dirige en el estrellado círculo.»
-
-Así diciendo, apoderose del Hijo de Dios (pues sabía que aún no se le
-había retirado su poder), y le volvió a llevar al desierto, donde le
-dejó, aparentando luego que desaparecía. Entonces comenzó a reinar la
-oscuridad, declinó el día y sucediole la noche, su tenebrosa hija,
-ser impalpable que roba la luz en ausencia de aquel. Nuestro Salvador
-tranquilo y sin irritación alguna después de su excursión aérea,
-aunque rendido de fatiga, de hambre y de sed, se dispuso a buscar
-reposo en cualquiera parte, debajo de algún árbol, cuyas entrelazadas
-ramas pudiesen preservarle del rocío y la humedad de la noche. Empero,
-aquel abrigo y aquel descanso no le proporcionaron el menor alivio,
-pues el Tentador vigilaba a su cabecera, y no tardó en turbar su
-reposo con medrosos sueños. Después comenzó a rugir el trueno de los
-trópicos y el de los polos; las nubes, entreabiertas por todas partes,
-lanzaron torrentes de lluvia mezclada con relámpagos, pareciendo que
-el agua y el fuego conspiraban a la destrucción; rugían los vientos
-en los profundos antros, y precipitándose luego desde los cuatro
-puntos cardinales, barrieron el trastornado desierto; los esbeltos
-pinos, a pesar de sus profundas raíces, y las más robustas encinas,
-inclinaban sus agitadas copas, doblegándose al embate del huracán, o
-caían tronchados en el acto. Ya no tenías abrigo ¡oh paciente Hijo de
-Dios! pero continuabas firme e inalterable. Y no se limitaron a esto
-las causas de terror: espíritus infernales y espantosas furias te
-cercaron por do quier; aullaban los unos, rugían las otras, gritaban
-los demás, dirigiendo contra ti sus inflamados dardos; mientras que
-tú, sin palidecer, conservabas un aspecto tranquilo y la paz de la
-inocencia. Así pasó aquella noche horrible, hasta que por fin llegó una
-serena mañana a iluminar con su dulce luz los pasos del peregrino; la
-radiante aurora hizo enmudecer al trueno, disipó las nubes, apaciguó
-los vientos, y ahuyentó a los hediondos fantasmas, que el Enemigo había
-evocado para dominar al Hijo de Dios por el terror.
-
-Ya el sol, con sus más poderosos rayos, había regocijado la faz de la
-tierra, secando las gotas que humedecían árboles y plantas. Las aves,
-al verse rodeadas de más frescura y verdor después de tan horrible y
-tempestuosa noche, lanzaban al aire sus más dulces trinos entre los
-bosquecillos y el ramaje, como saludando la vuelta de la mañana. Sin
-embargo, en medio de aquella alegría y de tan risueña naturaleza, y a
-pesar del trastorno causado, el príncipe de las tinieblas no estaba
-ausente; hasta quiso parecer satisfecho de tan agradable escena, y
-se presentó al Salvador. Empero, no había proyectado ninguna nueva
-trama, pues de todas se había valido; desesperando alcanzar buen éxito,
-proponíase más bien inferir el último ultraje para desahogar su rabia
-y su despecho por haber sido tantas veces rechazado. Encontró a Jesús
-paseándose en una colina descubierta, sombreada al norte y al oeste
-por un espeso bosque; salió de él en su acostumbrada forma, y con tono
-indiferente dirigió al Salvador estas palabras:
-
-«Hijo de Dios, hermosa mañana se presenta después de tan horrible
-noche: he oído el estrépito de la tormenta; la tierra y el cielo
-parecían confundirse; pero yo estaba lejos, y estas sacudidas que los
-mortales temen como peligrosas para los cimientos de la celeste bóveda,
-o los inferiores de la tierra, son para el universo tan ligeras, tan
-inofensivas, si no saludables, como un estornudo para el cuerpo del
-hombre, sin contar que duran poco tiempo. No obstante, así como son
-nocivas para los hombres, los animales y las plantas, allí donde se
-producen; y así como causan destrozos y trastornos, lo mismo que
-las sediciones en los asuntos de los hombres, así también presagian
-y anuncian desgracias para aquellos sobre cuya cabeza, estallan,
-pareciendo amenazarles. La tormenta se ha desencadenado principalmente
-en este desierto para ti, porque tú eres el único humano que aquí
-habita. ¿No te dije que tendrás motivo de arrepentirte si dejas escapar
-el momento favorable que se te ofrece con mi auxilio, para posesionarte
-del trono destinado para ti; y que si lo abandonas todo al capricho
-de la suerte, persistiendo en seguir tu marcha para obtener el solio
-de David, sin saber cuándo, puesto que no está indicado en ninguna
-parte el tiempo y la manera, tendrías algún sentimiento? Seguramente
-llegarás a ocupar el puesto para que estás destinado, pues los ángeles
-lo anunciaron así; aunque sin decir nada de la época y los medios. Para
-que una acción sea del todo buena, no basta que esté conforme con el
-deber; es preciso también que se haga oportunamente; y por lo tanto,
-si no te atienes a esto, ten por seguro que te asaltarán, según te
-lo predije, peligros sin cuento, desgracias y penalidades, antes que
-logres empuñar el cetro de Israel. De ello te ha podido advertir, como
-signo precursor e infalible, lo ocurrido en la pasada noche, que te ha
-rodeado de tantos horrores, de tantos prodigios, y durante la cual has
-oído tantas voces amenazadoras.»
-
-Así habló Satán, mientras que el Hijo de Dios continuaba su camino sin
-detenerse: pero contestole con estas breves palabras:
-
-«No he sufrido más molestia que el mojarme un poco: esos terrores de
-que hablas no me han causado pena alguna; jamás creí que pudiesen
-producir sino un ruido incómodo, que no pasaría de amenazas. Lo que
-puedan hacer como presagios o signos de mal agüero, yo lo desprecio,
-pues todo se reduce a falsos prodigios, que no proceden de Dios, sino
-de ti. Sabiendo que debo reinar a despecho de todos los obstáculos que
-suscitar pudieras, me importunas al ofrecerme apoyo y auxilio, con el
-objeto de que, si yo lo aceptase, pareciera, cuando menos, que tú me
-has conferido todo el poder. ¡Espíritu ambicioso, tú quisieras ser
-considerado como mi Dios; y levantas tempestades por haberte dado una
-negativa, imaginándote que podrías atemorizarme a tu antojo! Desiste,
-pues, que tus designios son conocidos, y en vano te cansas; no me
-molestes más inútilmente.»
-
-A lo que contestó el Enemigo, henchido de rabia: «Pues bien, escucha,
-hijo de David, nacido de una virgen, porque aún dudo que seas el Hijo
-de Dios. Yo oí decir que todos los profetas habían predicho la llegada
-del Mesías; con los primeros supe al fin tu nacimiento, anunciado por
-Gabriel y por los cantos que entonaron los ángeles en las llanuras de
-Bethleem, celebrándote como el Salvador recién nacido la noche en que
-viste la luz. Desde aquel momento, y aunque te criabas en tu retiro,
-rara vez he dejado de observarte en tu niñez, en tu infancia, en tu
-juventud y en tu edad viril, hasta el día en que, habiéndome dirigido
-con toda la multitud a las orillas del Jordán para acercarme a Juan
-Bautista (aunque no con el objeto de ser bautizado), oí que una voz
-celeste te proclamaba como el Hijo querido de Dios. Entonces juzgué
-que eras digno de que te observase más de cerca, de que te examinara
-más atentamente a fin de averiguar en qué grado y en qué sentido se
-te llamaba Hijo de Dios, título que puede entenderse de varios modos.
-Yo también soy, o era hijo de Dios, y si lo fui, aún lo soy, luego
-el parentesco subsiste. Todos los hombres son hijos de Dios; pero
-yo juzgué que habías sido declarado tal en un sentido más elevado;
-por consiguiente, vigilé tus pasos desde aquel momento, y te seguí
-hasta esta soledad, donde por las conjeturas más fundadas, deduje
-que tú debes ser mi fatal enemigo. Tengo, pues, plausibles razones
-para procurar conocer de antemano a mi adversario, saber quién y
-qué es; a qué punto llega su sabiduría y su poder, y cuáles son sus
-designios, procurando vencerle u obtener de él cuanto pueda por medio
-de conferencias o acuerdos, una tregua o una alianza; y he hallado
-aquí una ocasión favorable para ponerte a prueba, para escudriñarte.
-Confieso que te has mostrado endurecido contra toda tentación, firme
-como diamantina roca o como el centro del mundo; que has llegado a
-la mayor superioridad que alcanzar pudiera un simple mortal, tan
-sabio como virtuoso; pero nada más, pues ya se han visto hombres que
-despreciaron honores, riquezas, el trono y la gloria, y aún se verán
-otros. Por lo tanto, a fin de asegurarme que eres más que un hombre,
-digno de ser proclamado Hijo de Dios, por una voz celeste, debo apelar
-ahora a otra clase de prueba.»
-
-Al pronunciar estas palabras, arrebató al Salvador, y sin tener las
-alas de un hipogrifo, llevole a través de los aires por encima del
-desierto y la llanura, hasta que vieron debajo de ellos la hermosa
-Jerusalén, la Ciudad Santa, con sus altas torres y su glorioso
-templo, más elevado aún, cuya cúpula parece desde lejos una montaña
-de alabastro cubierta de doradas espirales. Allí, en la flecha más
-alta, fue donde Satán colocó a Jesús, dirigiéndole en tono de burla
-estas palabras: «Tente aquí derecho, si quieres, pues se necesita
-alguna destreza para mantener el equilibrio; te he traído a la casa
-de tu padre, eligiendo en ella el sitio más alto, que es también el
-mejor. Manifiéstame ahora tu origen, ya que no manteniéndote firme,
-precipitándote al menos, pues bien puedes hacerlo sin temor, si eres
-en efecto el Hijo de Dios, toda vez que está escrito: «Mandará a
-sus ángeles que velen sobre ti, y te llevarán en brazos para que no
-tropiece tu pie contra ninguna piedra.»
-
-A lo cual contestó Jesús: «También está escrito que no tentarás al
-Señor, tu Dios.» Y así diciendo, permaneció tranquilo e inmóvil;
-pero Satán, mudo de asombro, cayó en el acto. Así como el hijo de la
-Tierra, Anteo (para comparar las cosas pequeñas con las grandes),
-cuando combatió en Irasa contra el hijo de Júpiter, aunque derribado
-con frecuencia, levantábase siempre, recibiendo de la tierra, su madre,
-nuevas fuerzas; y fortificado por su caída, empeñaba la lucha con nuevo
-vigor, hasta que al fin, arrebatado del suelo y ahogado en el aire cayó
-muerto[172]; así el orgulloso Tentador, después de ser vencido muchas
-veces, y al renovar sus ataques, cayó, dominado por su soberbia, del
-sitio donde se había colocado para ver la caída de su vencedor. Así
-también aquel monstruo de Tebas, que proponía su enigma y devoraba a
-quien no lo adivinase, poseído de pena y despecho cuando fue por fin
-explicado y comprendido, se precipitó de cabeza desde lo alto de la
-roca Ismeniana[173]. De igual suerte, herido de terror y angustia,
-el Enemigo cayó, y arrastrado hacia la muchedumbre de sus secuaces,
-que entonces deliberaban (prometiéndose alegremente un seguro éxito),
-presentose entre ellos anunciándoles el triste resultado de su empresa,
-la ruina, la desolación y el espanto, por haber osado con tanta
-arrogancia tentar al Hijo de Dios. Así cayó Satán; y de improviso,
-semejante a un globo ardiente, una cohorte de ángeles pasó cerca de
-allí a vuelo tendido, con toda la rapidez posible. Recibieron al Señor
-en medio de ellos, y sosteniéndole sobre el blando tapiz formado por
-sus plumas, transportáronle a través de un cielo sereno; después le
-depositaron sobre el banco de césped de un florido valle, y pusieron
-delante de él una mesa cubierta de celestiales manjares, de los frutos
-divinos de la ambrosía y del licor inmortal que producen el árbol y la
-fuente de la vida. Bien pronto le repusieron de sus fatigas y repararon
-sus fuerzas, si es que el hambre o la sed las habían debilitado; y
-mientras comía, los coros de ángeles celebraban con celestiales himnos
-su victoria sobre la tentación y el orgulloso Tentador.
-
-«Fiel imagen de tu Padre, bien ocupes tu trono en el seno de la
-bendición, y reflejes la primitiva luz, o ya te halles alejado del
-cielo, revestido de envoltura carnal y en forma humana, recorriendo
-el desierto; cualquiera que sea el lugar que habites, tu figura, tu
-condición o tu carrera, siempre te presentas como el Hijo de Dios,
-dotado de una fuerza divina contra el agresor del trono de tu Padre
-y el raptor del Paraíso. En tiempos muy remotos, tú le venciste y
-precipitaste del cielo con todo su ejército; hoy has vengado la derrota
-de Adán, y al triunfar de la tentación, has recobrado el perdido
-Paraíso, inutilizando la fraudulenta conquista del Enemigo. No volverá
-este a sentar de nuevo su planta en el feliz jardín para tentar a los
-habitantes; sus tramas se han frustrado, pues aunque se haya destruido
-aquella morada de terrenal bendición, se ha fundado ahora un Paraíso
-más hermoso para Adán y su raza elegida, que como Salvador has venido a
-restablecer aquí bajo, y donde vivirán seguros cuando llegue el tiempo,
-sin que deban temer a la tentación ni al Tentador. En cuanto a ti,
-serpiente infernal, ya no reinarás más tiempo: encerrada en una nube,
-lo mismo que un astro de otoño o un relámpago, caerás del cielo hollada
-bajo los pies del Hijo de Dios. He aquí tu castigo, antes que sientas
-tu herida (que no será la última ni la más grave), por la derrota que
-acabas de sufrir, y que no te valdrá ningún triunfo; en todas las
-puertas del infierno, Abaddón maldice tu temeraria empresa. Aprende a
-temblar en lo sucesivo ante el Hijo de Dios, que aunque desarmado, le
-expulsará a ti y a todas tus legiones, por el terror que te inspirará
-su voz, de todos tus infernales antros. Emprenderán la fuga aullando, e
-implorarán la gracia de ocultarse en una pocilga, por temor de que les
-mande precipitarse en el abismo, donde encadenados, serían sometidos al
-tormento antes de llegar su hora. ¡Salve Hijo del Altísimo, heredero de
-ambos mundos, vencedor de Satán! Comienza ahora tu gloriosa carrera, y
-da principio a tu obra de salvar a la humanidad.»
-
-Así glorificaron con sus cánticos al Hijo de Dios, nuestro buen
-Salvador, celebrando su gloria; y recobradas las fuerzas con los
-celestiales manjares, púsose en camino alegremente para volver al hogar
-doméstico a reunirse con su madre.
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
- PÁGINAS.
-
- Vida de Juan Milton. I
-
-
- EL PARAÍSO PERDIDO
-
- Libro primero. 5
-
- Libro segundo. 25
-
- Libro tercero. 49
-
- Libro cuarto. 65
-
- Libro quinto. 87
-
- Libro sexto. 107
-
- Libro séptimo. 127
-
- Libro octavo. 141
-
- Libro noveno. 155
-
- Libro décimo. 182
-
- Libro undécimo. 207
-
- Libro duodécimo. 229
-
- Juicios críticos sobre el PARAÍSO PERDIDO. 245
-
-
- EL PARAÍSO RECOBRADO
-
- Libro primero. 259
-
- Libro segundo. 267
-
- Libro tercero. 275
-
- Libro cuarto. 283
-
-
-
-
-PAUTA
-
-PARA LA COLOCACIÓN DE LAS LÁMINAS
-
-
- PÁGINAS
-
- El Todopoderoso le arrojó de la etérea bóveda. 6
-
- Enderézase de pronto sobre el lago, mostrando su poderoso cuerpo. 10
-
- Oyéronle, y avergonzados, se levantaron. 12
-
- Intiman el llamamiento a los más dignos por su clase. 22
-
- Así en innumerable muchedumbre revoloteaban bajo la bóveda del
- infierno. 23
-
- Sobre un trono de excelsa majestad, muy superior en esplendidez. 25
-
- Todos los seres imperfectos, verdaderos abortos y monstruos. 38
-
- Delante de ellas, a uno y otro lado, estaban sentadas. 39
-
- Y con cabeza, manos, alas y pies, se sumerge, fluctúa y se
- arrastra. 45
-
- Al compás de los himnos y hossanas que resonaban. 56
-
- Revolotea todo ello por los espacios ilimitados. 59
-
- Se lanzó a la costa inferior de la tierra desde la Eclíptica. 64
-
- ¡Ah miserable! ¿Por dónde huiré de aquella cólera sin fin? 67
-
- Iba, pues, pensativo y lentamente subiendo Satán. 69
-
- Mansión campestre y encantadora. 70
-
- De la corteza de los frutos hacían vasos para apagar la sed. 72
-
- Con esta promesa, volvió Uriel a su región. 77
-
- Los dos ángeles se encaminaban en busca de su enemigo. 82
-
- No esperó más, y huyó lanzando denuestos. 86
-
- Incorporose para fijar mejor su mirada en aquella hermosura. 87
-
- A la parte de oriente, entre los árboles y caminando en esta
- dirección. 94
-
- Y el divino mensajero repuso: «Hay, Adán, un Ser omnipotente». 97
-
- Reciba tu arrogancia estas albricias con que te saludo. 111
-
- Levantose horrendo clamoreo, cual nunca se había oído en el cielo. 111
-
- Por primera vez sintió Satán el dolor. 114
-
- La noche entre tanto comenzó su curso. 115
-
- Miguel y sus ángeles permanecieron en el campo de batalla. 116
-
- Y cayeron ángeles y arcángeles a millares, revueltos entre sí. 119
-
- Por fin abrió el infierno su boca, los tragó a todos y volvió a
- cerrarla. 125
-
- Así se precipitan una tras otra las olas. 133
-
- Y dijo el Señor: «Que las aguas produzcan reptiles». 135
-
- Y se asemeja a una flotante playa. 136
-
- En las orillas de las aguas salen bandadas de avecillas. 136
-
- Estableciéndose y viviendo en parejas entre los árboles. 136
-
- Y de esta suerte se separaron en la umbría floresta. 154
-
- ¡Oh Tierra! Cuán semejante eres al cielo. 157
-
- En el río se hundió Satán y volvió a salir. 157
-
- Pronto la encontró profundamente dormida y enroscada. 159
-
- Ocultose el perverso reptil en la espesura del bosque. 172
-
- Y no solo acudieron las lágrimas a sus ojos. 179
-
- Oyeron los culpables la voz de Dios, y hombre y mujer huyeron. 184
-
- Volvió al sitio en que los dos cónyuges discurrían sobre su
- suerte. 189
-
- Aguardando de hora en hora a su aventurero caudillo. 192
-
- Horrible fue la silba que se desató por todos los ámbitos del
- salón. 193
-
- Dicho esto, se separaron, tomando cada cual diverso camino. 196
-
- Las cohortes angélicas descendían al Paraíso. 212
-
- Cortando altos troncos de la montaña, comenzó a construir una
- nave. 224
-
- Las olas habían sepultado ya las demás viviendas. 225
-
- Le pedirán que les manifieste su voluntad por boca de Moisés. 235
-
- Arrasáronseles en lágrimas los ojos. 243
-
-
-
-
-NOTAS
-
-
-[1] Así se llamaba a los puritanos.
-
-[2] El doctor Johnson, que se complacía en divulgar esta calumnia
-contra Milton, así como algunos otros, suponía que Milton no pudo
-olvidar jamás aquel ultraje, y que indirectamente lo confesó en una de
-sus poesías latinas, cuando, hablando de Cambridge y declarando que no
-le lisonjeaba la idea de volver a ver aquella Universidad, escribía:
-
- «_Nec duri libet usque minas preferre magistris,_
- _Cæteraque ingenio non subeunda meo._»
-
-Este último verso lo traduce el malicioso crítico así: «y otras cosas
-insufribles para un hombre de mi temple.» Pero _ingenio_ lo que aquí
-expresa propiamente es la constitución _intelectual_, al paso que la
-degradación que impone el castigo personal afecta a la constitución
-moral. Milton alude aquí a los enojosos certámenes del aula, que tan
-repugnantes eran a la delicadeza de su genio poético.
-
-[3] Por esto escribía a los dos años de residir en el colegio:
-«Verdaderamente, según he podido averiguar, apenas habrá aquí uno
-o dos, entre tantos como somos, que no tengan cierta tintura de
-teología, y que ignorando la filología, lo mismo que la filosofía, no
-se contenten con parecer un poco teólogos, lo bastante para hilvanar un
-breve sermón, o llenarlo de retazos de otra cualquiera cosa.» _Carta
-a Alejandro Gill. Julio 2 de 1628._ Este disgusto de los hombres y de
-las cosas no era para granjearse muchos amigos; pero de que opinase así
-¿quién ha de maravillarse?
-
-[4] Salmasio dejó en respuesta a la de Milton, una obra manuscrita que
-se imprimió en la época del mayor fervor de la Restauración, ocho años
-después de su muerte. Su extraordinaria virulencia revela la profunda
-herida que había recibido; pero el libro llamó poco la atención.
-
-[5] Quiere decir del Paraíso, que como veremos más adelante, formaba
-parte del Edén.
-
-[6] El Oreb y el Sinaí formaban una sola montaña con dos eminencias
-distintas, de las cuales la más alta era el Sinaí.
-
-[7] Moisés, que guardaba los ganados de su cuñado Jethro.
-
-[8] Era un riachuelo que pasaba cerca del templo de Jerusalén.
-
-[9] Monte de Beocia, que como todos los demás de este país, estaba
-consagrado a Apolo y las Musas.
-
-[10] _Beelzebub_, el príncipe de los demonios, inmediato en dignidad a
-Satanás o Satán, que era el soberano.
-
-[11] _Satán_ quiere decir _enemigo_, el Enemigo por antonomasia, así de
-Dios como de los hombres.
-
-[12] Hijo del Cielo y de la Tierra, hermano de Saturno, padre de los
-Titanes o Gigantes que hicieron guerra a los dioses.
-
-[13] Llamado también Egeón; dícese que tenía cien brazos.
-
-[14] Tifón o Tifeo, que nació de Titán y de la Tierra.
-
-[15] Ciudad de Cilicia, de la cual hablan Píndaro y Pomponio Mela.
-
-[16] Este _Leviatán_, según Job, era el cocodrilo, y Milton parece que
-lo confirma después atribuyéndole escamas; pero por lo que añade, y
-porque en los mares de Noruega no existen cocodrilos, es de suponer que
-más bien alude a la ballena, a la cual conviene la apariencia de isla y
-la anécdota que refiere.
-
-[17] El Peloro era uno de los tres grandes promontorios de Sicilia, que
-ahora se llama Cabo del Faro (_Capo di Faro_) y está poco distante del
-monte Etna.
-
-[18] Pueblo de Toscana, próximo a Florencia.
-
-[19] Es este un valle muy celebrado por su antiguo monasterio y por su
-pintoresca situación, y se halla situado a unas diez y ocho millas de
-Florencia.
-
-[20] Constelación que se representa bajo la figura de un hombre armado,
-y que se supone ser anuncio de tempestades.
-
-[21] Algunos escritores dan este nombre a Faraón.
-
-[22] Región de Egipto, próxima a la Palestina, donde habitaban los
-israelitas.
-
-[23] Moisés. V. _Exodus_, X, 13, 14, 15.
-
-[24] Moloc era el inmediato en dignidad a Satán y Belzebú. Su nombre
-quiere decir _rey_, y a este se añadía la calificación de _horrible_,
-por los sacrificios humanos que se le hacían. Era un ídolo de bronce;
-representábanle sentado, ciñendo corona, con la cabeza de becerro y
-los brazos extendidos, en ademán de recibir en ellos a las miserables
-víctimas que se le sacrificaban. Adorábanle los Ammonitas en Rabbá o
-Rabat, su capital, llamada la _ciudad de las aguas_, y como añade el
-texto, en los países que se extendían hasta el río Arnón, límite de
-aquellos dominios por la parte del mediodía.
-
-[25] Así se llamaba el monte de las Olivas (_I Regum_, XI, 7).
-
-[26] _Jeremías_, VIII, 31. _Hinnón_ o _Tophet_, del hebreo _Toph_,
-tambor o atabal, por los instrumentos ruidosos que tocaban para que no
-se oyesen los gritos de los niños que sacrificaban a aquel ídolo.
-
-[27] _Moloc_ y _Chamós_ solían figurar juntos, como una transición
-natural del dios de los ammonitas al de los moabitas. San Jerónimo
-y otros expositores creen que _Chamós_ y _Baal-Péor_ eran uno mismo
-con diferentes nombres, y hasta suponen la identidad de ambos con el
-_Príapo_ de los gentiles, al cual alude nuestro autor en lo de _obsceno
-numen_ de los hijos de Moab.
-
-[28] La Escritura los cita juntos con frecuencia. Con estos nombres se
-conocían generalmente los dioses y diosas de Siria y Palestina. Parece
-que significaban el sol y el astro que presidía los cielos.
-
-[29] La Luna, a quien los fenicios tributaban culto, y llamaban reina
-del cielo.
-
-[30] Salomón.
-
-[31] Tamuz, como si dijera Adonis, dios de los sirios, el cual
-suponían que moría y resucitaba todos los años.
-
-[32] I. _Sam._ V, 4.
-
-[33] El siriaco Naaman, que fue curado de la lepra por Eliseo, y que
-en agradecimiento se propuso no ofrecer en adelante ni incienso ni
-sacrificio a ningún otro dios más que al Señor.
-
-[34] Acaz o Ahaz, habiéndose hecho dueño de Damasco, ayudado por el rey
-de Asiria, vio un altar del que envió un modelo o copia a Jerusalén
-para que por él hiciesen otro, y a su regreso a aquella ciudad
-sacrificó sobre él y se entregó del todo a la idolatría.
-
-[35] Osiris e Isis se cree probable que fuesen en su origen
-representaciones del Sol y de la Luna. Orus se decía hijo de
-ambos. Estos y otros dioses de los egipcios eran adorados bajo las
-_monstruosas formas_ de toros, perros, gatos, etc., y la causa de
-esta superstición se derivaba de la fábula tradicional de que cuando
-asaltaron el cielo los gigantes, se amedrentaron los dioses de tal
-manera que huyeron a Egipto encubriéndose bajo formas de varios
-animales; a lo cual, agradecidos los egipcios, comenzaron a tributar
-culto a los dioses en las figuras que habían tomado.
-
-[36] Jeroboam, a quien hicieron rey los israelitas rebelados contra
-Roboam.
-
-[37] Como el primero era Moloc, este por su fiereza, y Belial por lo
-torpe y por lo medroso.
-
-[38] _Judices_, XIX, 25.
-
-[39] Supónese que Javán, cuarto hijo de Jafet, se estableció en la
-parte sudoeste del Asia menor; que sus descendientes fueron los jonios
-y griegos, y sus principales dioses el cielo y la tierra. Los que de
-estos dos últimos nacieron, empezando por Titán, lo declara el texto a
-continuación.
-
-[40] Valle de Tesalia en que los Gigantes pelearon contra los Dioses.
-
-[41] En la guerra entre los hijos de Edipo en Tebas, y entre los
-griegos y troyanos en Ilión (Troya) se vieron los héroes ayudados por
-los dioses, y por esta razón se llama a los segundos _auxiliares_.
-
-[42] El rey Arturo, cuyas proezas intentó alguna vez celebrar Milton en
-un poema épico.
-
-[43] Nombres y alusiones tomadas de los romances y libros
-caballerescos, a que fue el mismo Milton muy aficionado en su juventud.
-
-[44] Nombre al parecer siriaco, que significa _riquezas_; y en efecto,
-algunos suponen dios de ellas a Mammón, como los gentiles a su Pluto.
-
-[45] Italia.
-
-[46] Era conocido también con los nombres de _Hefestos_ y _Vulcano_.
-
-[47] Aquí indica el autor las dos especies de combates que se
-verificaban en las antiguas estacadas o campos cerrados de la Edad
-media, la justa y el duelo a muerte.
-
-[48] Alusión a las supersticiosas creencias en duendes y brujas que tan
-comunes eran en todas partes, y a quienes se atribuía grande influencia
-sobre la Luna.
-
-[49] Se refiere a las piedras preciosas procedentes de la India, y cuyo
-principal emporio se hallaba en Ormuz, isla del golfo Pérsico.
-
-[50] Era costumbre y ceremonia en Oriente, cuando se coronaban sus
-reyes, echar polvos de oro y perlas sobre sus cabezas.
-
-[51] Supone aquí Milton que los tormentos de los condenados no son
-continuos, sino que tienen algunas intermisiones.
-
-[52] _The sounding alchemy_, la sonante alquimia, dice el original;
-pero la _alquimia_ se toma aquí por la mezcla de todos los metales.
-
-[53] Los juegos Olímpicos, en parte descritos en el texto, habían
-degenerado en costumbre desde los primitivos tiempos de Grecia, y se
-celebraban cada cuatro años. A este espacio de tiempo se daba el nombre
-de olimpiada en la cronología griega.
-
-[54] Gigante, que fue herido por el rayo de Júpiter.
-
-[55] Nombre con que se designaba a Hércules.
-
-[56] Ciudad de la Beocia, donde estaba el palacio de Eurito. Destruyola
-Hércules, porque habiéndole Eurito ofrecido su hija, rehusaba dársela.
-
-[57] Monte entre la Tesalia y la Macedonia, donde murió y fue sepultado
-Hércules.
-
-[58] Siervo de Deyanira, a quien Hércules arrojó al mar, y fue
-convertido en peña, por haber llevado a aquel héroe la túnica teñida
-con la sangre del centauro Neso.
-
-[59] Isla del Archipiélago, así llamada.
-
-[60] Dos de las islas Molucas.
-
-[61] Claro es que alude al de Buena Esperanza.
-
-[62] Como si dijera: que separa a la Calabria de Sicilia. La historia
-de Scila puede verse en el libro XIV de las _Metamorfosis_ de Ovidio.
-
-[63] Creíase en otro tiempo que la magia ejercía grande influencia
-sobre la luna. Lo demás que aquí indica el autor pertenece también a la
-época en que se daba por segura la existencia de las brujas.
-
-[64] Alúdese a Jesucristo.
-
-[65] Desiertos del Egipto, cubiertos de menuda arena, que los vientos
-agitan sin cesar arriba y abajo, de suerte que tan pronto se ven los
-valles convertidos en alturas, como las alturas en valles.
-
-[66] El natural de la Sarmacia asiática en Moscovia. Supónese que los
-arimaspos, semejantes a los cíclopes, tienen solo un ojo en la frente,
-y que pelean con los grifos.
-
-[67] _Orco_, Pluto; _Ades_, lugar tenebroso; _Demogorgón_, deidad cuyo
-solo nombre producía terribles efectos, por lo que no se atrevían a
-pronunciarlo. Milton personifica aquí las ideas que sugiere el Caos.
-
-[68] Este mundo no era la tierra, que todavía no estaba al alcance
-de su vista, sino el creado nuevamente, el Cielo, la Tierra y el
-Firmamento de estrellas fijas, en comparación del cual, la Tierra era
-un mero punto.
-
-[69] El lector recordará que Milton era ciego cuando componía su
-Paraíso perdido; la literatura no tiene nada tan sublime y conmovedor
-como la sentida queja que sale del corazón del inspirado vate.
-
-[70] Tamiris era un poeta de la Tracia, citado por Homero; Meónides era
-un nombre que se dio al mismo Homero, tomado del de su padre, que se
-llamaba Meón.
-
-[71] El primero fue rey de Tebas y el segundo de la Arcadia, célebres
-ambos en la antigüedad porque profetizaron en verso cuando quedaron
-ciegos.
-
-[72] Montañas del Himalaya.
-
-[73] Alusión al Ariosto, en su _Orlando furioso_. La ficción,
-en efecto, es más propia de un poema caballeresco, que de uno
-verdaderamente épico.
-
-[74] Joven griego, tan apasionado de la doctrina de Platón acerca de la
-inmortalidad, que se arrojó al mar con la esperanza de conseguirla.
-
-[75] Los Carmelitas, los Dominicos y los Franciscanos.
-
-[76] Reminiscencias de la antigua astronomía, adoptada por Ptolomeo.
-Los _siete planetas_ son el sistema planetario o solar; las _estrellas
-fijas_, el firmamento; la _esfera cristalina_, el cielo, claro como
-el cristal, al que los secuaces de Ptolomeo atribuyen un movimiento
-de trepidación que explica la irregularidad con que se mueven algunas
-estrellas; y la esfera superior o primer motor (_primum mobile_)
-primera que adquiere movimiento y lo comunica a las esferas inferiores.
-
-[77] Montaña de la Armenia cerca de la cual coloca Milton el Paraíso.
-
-[78] Ciudad de Mesopotamia, próxima al río Éufrates.
-
-[79] Seleucia, ciudad edificada por Seleuco, uno de los sucesores de
-Alejandro el Grande, sobre el Tigris.
-
-[80] Provincia y ciudad de los hijos de Edén, colocada por Ptolomeo en
-Babilonia, sobre el Tigris y el Éufrates.
-
-[81] Esto es, a derecha e izquierda, según observa Hume, citando el
-texto de Tito Livio: _Declinare ad hastam vel ad scutum_.
-
-[82] Sara, cuya historia es bien conocida.
-
-[83] El país es la isla de Grecia, en el mar Jónico (golfo de Venecia),
-llamada un tiempo Feacia, después Corcira, y últimamente Corfú.
-
-[84] Los críticos desaprueban estas grotescas baladronadas de Satán,
-y las no menos extravagantes que se ponen en boca de Belial a
-continuación. Impropias son, en electo, del lugar, de la ocasión y de
-los personajes; pero _aliquando bonus dormitat Homerus_.
-
-[85] Belerofonte, hijo de Glauco, rey de Corintia, o de Neptuno, que
-habiendo vencido a la Quimera en el caballo Pegaso, quiso con este
-subir al cielo, y Júpiter le despeñó en castigo de su temeridad;
-después de lo cual anduvo errante por los campos aleyos o de Alé, en la
-Licia.
-
-[86] Monte de Tracia.
-
-[87] Orfeo, hijo de Apolo, o de Mercurio, según otros, y de Calíope.
-
-[88] Del Behemot y el Leviatán se habla en el libro de _Job_. El
-primero parece ser el elefante y el segundo la ballena.
-
-[89] Es decir, aproximándose al occidente.
-
-[90] Asunto de la _Ilíada_, de Homero.
-
-[91] Alude a la _Eneida_, de Virgilio.
-
-[92] La _Odisea_, el otro poema de Homero.
-
-[93] Para los que no comprendan claramente estos conceptos, diremos su
-sentido. Satán gastó tres días en dar vuelta a la Tierra desde oriente
-a ocaso; cuatro en atravesar de Norte a mediodía; y después de emplear
-en esto una semana, a la octava noche se introdujo a hurtadillas en el
-Paraíso.
-
-[94] Aquí describe el autor la excursión de Satán geográficamente, como
-lo ha hecho antes en lenguaje astronómico.
-
-[95] Cadmo y su esposa Hermione, fundadores de Tebas, en Beocia,
-la cual abandonaron después de varias vicisitudes, se dirigieron a
-Iliria y fueron convertidos en serpientes, por haber dado muerte a una
-consagrada a Marte, según dice Ovidio. En el texto de Milton han notado
-algunos críticos cierta anfibología, porque de su construcción no se
-deduce bien si Cadmo y Hermione fueron convertidos en serpientes, o las
-serpientes se trocaron en aquellas dos personas:
-
- ... _not those that in Illyria chang’d_
- _Hermione and Cadmus_.
-
-Pero en castellano se salva este inconveniente, pues la preposición _a_
-distingue bien el acusativo del nominativo.
-
-[96] Esculapio, dios de la Medicina, que en efecto recibía culto en
-Epidauro, y que habiendo ido a Roma en tiempo de una peste, tomó la
-figura de una serpiente, como lo refiere la historia en el libro 11.º
-de Tito Livio, y Ovidio en el libro 15.º de sus _Metamorfosis_, «_In
-serpente Deus_», y bajo la forma de tal siguió siendo adorado en Roma.
-
-[97] Júpiter Ammón y Júpiter Capitolino, el Júpiter Libio y el Romano,
-este último llamado así por su templo del Capitolio en Roma; el
-primero, supuesto padre de Alejandro el Grande, que le hubo de su madre
-Olimpias bajo la forma de una serpiente; el segundo, que se convirtió
-en otra al hacerse padre, según refería la fábula, de Escipión el
-Africano, que tanta gloria supo adquirir para sí y para su patria.
-
-[98] Alude a los hombres convertidos en fieras por la encantadora Circe.
-
-[99] Llama a Sansón _danita_, porque era de la tribu de _Dan_.
-
-[100] Por la descripción que hace Milton de la _higuera_, tal como
-se conoce entre los indios, y con la advertencia de que no es la que
-nosotros distinguimos con este nombre, dicen los comentadores que alude
-al _plátano_ o al nopal, y alegan con tal motivo citas y descripciones
-de autores y viajeros antiguos y modernos que convienen en un todo con
-la idea que sugiere la lectura del texto.
-
-[101] El mar Glacial, conforme a estas palabras de Plinio (_Nat. Hist._
-lib. 4, cap. 16): «A Thule unius diei navigatione mare _concretum_ a
-nonnullis _Cronium_ apellatur.»
-
-[102] La parte de la Moscovia que caía más a la del nordeste.
-
-[103] El Catay, tan célebre en las crónicas y relaciones de la Edad
-media, situado en Asia y al norte de la China.
-
-[104] Sabido es que en esta isla del Archipiélago se decía que nació
-Apolo.
-
-[105] Este símil, de que se vale Milton, es tan exacto como oportuno.
-Salió Jerjes, dice, de _Susa_, residencia de los monarcas persas,
-llamada _Memnonia_ por Herodoto, y echando un puente sobre el
-_Helesponto_, el estrecho de Constantinopla, que divide a Europa del
-Asia, para dar paso a su ejército, incurrió en la insensatez de mandar
-azotar al mar porque había echado a pique algunas de sus embarcaciones.
-
-[106] Con arte _pontifical_, dice aquí el autor, jugando ridículamente
-del vocablo, porque _pontifex_ viene de _pons_ y _facere_, y según
-Varrón, _quia sublicius pons a_ pontificibus _factus est primum, et
-restitutus sæpe_. Y si, como otros creen, alude aquí al poder papal, la
-ocurrencia es todavía de peor gusto.
-
-[107] Sigue aquí el poeta la opinión de Gasendo y otros, que afirman
-ser el Empíreo o Cielo de los Cielos cuadrado, así como el mundo es
-circular.
-
-[108] Astracán, de los dominios del Zar, era en otro tiempo un reino de
-Tartaria, con su capital del mismo nombre, cerca de la embocadura del
-Volga, cuando entra en el mar Caspio.
-
-[109] El emperador de Persia se llamaba también de _Bactria_, por ser
-una de la mayores y más ricas provincias de aquella región.
-
-[110] La Armenia mayor, dicha _Aladule_ por su último rey, de este
-nombre, muerto por Selim I en su retirada al _Tauris_ o Ecbatana.
-
-[111] _Casbin_, populosa ciudad también de Persia, corte de aquellos
-monarcas después de la pérdida de Tauris.
-
-[112] Nombres dados en diferentes regiones y por diversos autores a
-varias especies de culebras o serpientes más o menos conocidas.
-
-[113] _Ofiusa_, pequeña isla del Mediterráneo, llamada así por los
-griegos, y por los latinos _Colubraria_.
-
-[114] Ninfa, hija de Océano y de Tétis, esposa de Orcamo, rey de
-Asiria, y madre de Leucotoe. Llama a Eva dominadora, porque pretendió
-ser superior a su marido, elevarse a la condición de diosa.
-
-[115] Rea, Ops, como la llama Milton, o Cibeles, hermana de la Tierra,
-hija del Cielo y Vesta y esposa de Saturno, o hija del Cielo y de la
-Tierra, según otros, y hermana y mujer de Saturno.
-
-[116] Sobrenombre de Júpiter, por el monte Dicta, y de Creta o Candia,
-donde fue criado. Yerran a nuestro juicio los que interpretan este
-pasaje diciendo «antes que Dicta viese nacer a Júpiter.»
-
-[117] Perros, dice el autor, no monstruos; mas aun cuando sea homérica,
-no nos parece la expresión muy del gusto de nuestro tiempo.
-
-[118] El autor incurre aquí en los desvaríos de la jerga astrológica
-que tan común era en aquella época, y sacrifica la grandeza del asunto
-y de la expresión al prurito de ostentar una erudición enfática y
-ridícula.
-
-[119] El Estotiland es un país de la América del Norte situado hacia el
-polo Ártico y la bahía de Hudson. El Estrecho de Magallanes sabido es
-que se halla en la América meridional.
-
-[120] De Tiestes, dice el autor, pero Tiestes no hizo más que acudir al
-banquete que le ofreció su hermano Atreo, cuando para vengarse de su
-incestuoso crimen, le dio a comer la carne de los hijos que aquel había
-tenido en su esposa Europa; y el sol retrocedió al ver espectáculo tan
-horrible. En el mismo sentido activo, aun cuando es pasivo, decimos hoy
-_la espada de Damocles_.
-
-[121] Norumbeca, territorio de la América del Norte.
-
-[122] La Samoyeda estaba situada al nordeste de Moscovia, en el Mar
-Glacial.
-
-[123] Todos estos nombres de vientos, antiguos unos, modernos otros,
-tan pronto latinos como italianos, no prueban en el épico inglés
-más que el intemperante deseo de dar a conocer su instrucción,
-prescindiendo de todo género de defectos e inconvenientes.
-
-[124] Creen algunos autores que Adán tenía _trece_ costillas en el lado
-izquierdo, sobrándole una del número prefijado, de la cual fue formada
-Eva; y a esta opinión sin duda alude Milton.
-
-[125] Sabida es la fábula de Deucalión, el Noé de la mitología, que
-habiéndose salvado del Diluvio en una nave que le llevó al monte
-Parnaso, juntamente con su esposa Pirra, instaron con tales ruegos
-al oráculo de Temis, que para que no pereciese la raza humana, se
-les mandó que arrojasen piedras por detrás de ellos, las cuales a
-medida que iban cayendo, se convertían en hombres y mujeres. Censuran
-algunos críticos a Milton por las frecuentes alusiones que hace a la
-mitología pagana; pero otros le defienden observando que las emplea
-meramente como símiles y como recurso y ornato poéticos, que en su
-tiempo constituían una especie de tradición clásica de que no era dable
-prescindir, y un lenguaje convencional admitido por todo el mundo.
-
-[126] Esta es la idea del poeta, que expresa artificiosamente con
-la palabra _dimensionless_, esto es, sin dimensiones, incorpóreas,
-inmateriales.
-
-[127] La traducción de este pasaje, tan recargado de figuras como se
-ve, necesita algunas explicaciones. La imagen de Jano, a quien, para
-denotar su gran previsión y sabiduría, se representaba con dos caras,
-una que miraba a lo pasado y otra a lo futuro, da una idea exacta de
-los querubines, que tenían cuatro. Argos, el pastor de los cien ojos,
-encargado de vigilar a Ío, convertida en vaca, cedió al encanto de la
-música de Mercurio, que consiguió dormirle completamente, al son de
-su zampoña o flauta. Hermes es el mismo Mercurio, y su varilla mágica
-o soporífera (_opiate_), como dice el original, significa su célebre
-caduceo. Toda esta acumulación de símiles y metáforas se reduce a
-encarecer lo imposible que era burlar la vigilancia de los querubines,
-que tenían el cuerpo cubierto de ojos, _more wakeful than to drouse_,
-más despiertos que para ser adormecidos: expresión censurada como en
-extremo vulgar por algún crítico, que la ridiculiza diciendo: esto es
-lo mismo que poner, demasiado habladores para ser mudos, o demasiado
-blancos para ser negros; sin reparar en que el sentido de la frase no
-termina en lo de ser adormecidos, sino que tiene el complemento en la
-idea que sigue: no dejarse adormecer _ni por la flauta arcadia, ni por
-el caramillo_, etc.
-
-[128] _Leucothea_, Diosa blanca, en griego, _Matuta_, en latin; de
-donde procede el adjetivo _matutina_, la primera luz que anuncia la
-aurora. Era la del último día que veían nuestros padres en el Paraíso.
-
-[129] El sueño y la escala de Jacob.
-
-[130] Alude a la guerra que movió el rey de Siria al de Israel por la
-revelación del profeta Eliseo, de que habla el _Libro de los Reyes_ en
-el cap. IV.
-
-[131] Era Melibea una ciudad de Tesalia, famosa por el pescado que se
-cogía en sus aguas, llamado _ostrum_, con el cual se teñía la púrpura
-más selecta.
-
-[132] La grana o púrpura de Sarra, que también se decía de Tiro, debía
-su nombre fenicio, al pez llamado _Sar_ o _Sarra_, procedente de
-aquellos mares y cuya sangre daba el hermoso color purpúreo.
-
-[133] No estará de más recorrer con Adán los diferentes puntos que
-el Arcángel le va indicando, hasta abarcar ambos hemisferios, el del
-Antiguo y el del Nuevo mundo, porque, a favor de algunas aclaraciones,
-se comprenderá mejor la especie de itinerario que sigue Milton. Empieza
-por la región más antigua, el Asia, «por su parte septentrional,
-_Cambalu, residencia del Can_, y capital del Catai, provincia de
-Tartaria; por _Samarcanda, orillas del Oxo_, la ciudad principal de
-la Tartaria Zagataya, cerca del río Oxis, _trono de Temir_, patria y
-corto del gran Tamorlán. Del norte, pasa al oriente y mediodía de la
-misma región, a Paquín o _Pekín, residencia de los reyes de la China_,
-capital de esta región, que era la de los antiguos Sinas, mencionados
-por Ptolomeo. _De aquí pasa a Agra y Lahor_, las dos ciudades más
-notables del imperio del gran Mogol; al _Quersoneso Áureo_, es decir
-a Malaca, el promontorio más meridional de las Indias orientales;
-a la _Ecbatana de Persia_, su capital primitiva, o _Hispahan_, que
-lo fue posteriormente; a la ciudad _donde impera el zar ruso_, el
-zar de Moscovia, _Moscú_, metrópoli que era de todas las Rusias; y
-donde ejerce su soberanía el _Sultán de Bizancio_, el gran señor de
-Constantinopla, antes llamada Bizancio, hija del Turquestán, porque
-de esta provincia de Tartaria procedían los turcos: puntos todos
-pertenecientes al Asia, como que formaban la parte más importante de
-sus territorios.
-
-Trasládase después al África, y _aparecen ante su vista el imperio
-de Nego_, la Etiopía superior o tierra de Abisinia, sometida a un
-soberano, llamado en la lengua de aquel país _Nego_ o rey, y por los
-europeos el preste Juan, _hasta su puerto más distante, Ereco_, Ercoco
-o Erquico en el mar Rojo, fronterizo por el nordeste del imperio de
-Abisinia, y _los pequeños estados marítimos_, los reinos menores de la
-costa meridional. _Montbaza_, _Quiloa_ y _Melinde_, próximos todos al
-Zanguebar, dilatada región de la Etiopía inferior, al este del mar de
-la India, colonia de los portugueses, y _Sofala, creída Ofir_, otro
-reino y ciudad del mismo mar, que Purchas y otros equivocaron con Ofir,
-de donde Salomón sacaba el oro, _hasta el reino del Congo_, que era
-asimismo un reino de la Etiopía inferior, en la costa occidental, como
-otros se hallaban en la oriental, y _Angola más hacia el sur_, otro
-país al mediodía del Congo. _Y desde aquí, desde el Níger_, que divide
-la Nigricia en dos partes, _al monte Atlas_, en lo más occidental
-de África, _a los reinos de Almanzor_, es decir, _a Fez_ y _Sus_,
-_Marruecos_, _Argel_ y _Tremecén_, todos ellos de Berbería.
-
-De África pasa a Europa, y al lugar donde _Roma había de dominar al
-mundo_; sobre la cual se detiene menos por ser más conocida.
-
-_Vio también en su imaginación_ --y no podía verla de otro modo, porque
-América estaba en la parte opuesta del globo--, _la opulenta Méjico_,
-en la América del norte, _imperio de Moctezuma_ y conquista de Hernán
-Cortés, y _Cuzco en el Perú_, de la América meridional, _espléndido
-trono de Atabalipa_, a quien Pizarro arrebató su cetro, _y la Guyana
-no despojada aún_, que pertenecía también a la América del sur, y
-que todavía no había sido invadida ni conquistada, _a cuya principal
-ciudad_, llamada Manhoa, dieron _los hijos de Gerión_, es decir los
-españoles de Gerión, antiguo rey de España, el nombre de _El Dorado_ o
-ciudad del oro, por la abundancia que allí había de este precioso metal.
-
-Y así fue recorriendo Milton las cuatro partes del globo, descubiertas
-y por descubrir, entreteniéndose en una digresión que será más o menos
-oportuna, pero que indudablemente es un gran alarde de erudición, y no
-carece de poesía.
-
-[134] La _eufrasia_ tenía la virtud de aclarar la vista, y así se llama
-también en inglés _eyebright_ (aclara ojos); la _ruda_ se usaba en los
-exorcismos; por lo que Shakespeare (_Rich. II_. A. 3.º Esc. 4.ª) le da
-el nombre de _yerba de gracia_ (herb of grace).
-
-[135] Ni _pecado con tu pecado_, dice aquí Milton, conservando su sabor
-bíblico a la frase.
-
-[136] Las alusiones encubiertas bajo esta alegoría son fáciles de
-interpretar. _Después de estos_, es decir de los descendientes del
-hermano menor, _aunque no a mucha distancia_, porque Caín había sido
-desterrado a un país no lejano de aquel, _bajaron a la llanura_,
-donde vivían los Cainitas, _desde la cima de los altos montes en que
-moraban_, los montes próximos al Paraíso, _otros hombres de diferente
-raza_, la familia de Seth, completamente distinta de la de Caín.
-_Indicaban en su apariencia ser hombres justos, que ponían su estudio
-en adorar sinceramente a Dios._ De ellos hace mención la Escritura,
-atribuyéndoles el culto del verdadero Dios; y Josefo y otros escritores
-dicen que eran dados a los estudios de la filosofía natural, y
-especialmente de la astronomía; pero de su bajada a la llanura y de su
-corrupción y trato con las hijas de Caín, los que más hablan son los
-escritores orientales, y especialmente los _Anales_ de Eutiquio, de los
-que parece que tomó Milton estas ideas.
-
-[137] Refiérese el autor a Enoch, cuyo tránsito se verificó a los 365
-años, edad que entonces se reputaba como mediana.
-
-[138] Conforme al texto del _Génesis_, cap. VII: «_Ex omnibus
-animantibus mundis tolle septena et septena, masculinum et feminam: de
-animantibus vero inmundis duo et duo, masculum et feminam._»
-
-[139] El gran río es el Tigris o el Éufrates, y el golfo es el golfo
-Pérsico. Ambos ríos eran del Edén, y el Éufrates en particular se llama
-en la Escritura _gran río_. Gen. XV, 18.
-
-[140] _Ventanas_, dice aquí Milton, conforme el texto bíblico; y si
-antes las ha llamado _cataratas_, según la expresión común, es porque
-este nombre se encuentra en varias versiones, y principalmente en la
-Vulgata. Génesis, VII, 11.
-
-[141] _Before the Lord_, ante el Señor, en presencia del Señor dice el
-original; pero se ha interpretado muy diversamente esta expresión por
-los comentadores. Unos creen que significa _contra_ el Señor; otros
-_bajo_ el Señor, es decir dependiente de su poder, idea que se repite
-después más claramente; y otros, por fin, en el sentido que se ve hemos
-dado a nuestra versión.
-
-[142] A propósito de la torre de Babel, un autor moderno, que goza de
-grande autoridad como crítico y erudito, se expresa así: «La tradición
-más generalmente admitida entre los Caldeos, de conformidad con la
-Biblia, situaba la célebre torre en las inmediaciones de Babilonia
-(en las llanuras de Sennaar o de la Caldea), y veía sus restos en la
-gran pirámide de siete cuerpos de Borsippa. Hace algunos años que se
-encontró y tradujo una inscripción del rey Nabucodonosor, el cual se
-gloría en ella de haberla reparado y acabado en honor de uno de sus
-dioses. La llama «torre de siete pisos, mansión eterna, templo de las
-siete lumbreras de la tierra (los siete planetas) que consagra el más
-antiguo recuerdo de Borsippa, construida por el primer rey el cual no
-pudo llevarla a su conclusión.» Y añade el mismo Nabucodonosor: «_Los
-hombres la habían abandonado desde los días del diluvio, hablando_
-(profiriendo sus palabras) _desordenadamente_. El temblor de tierra y
-el trueno deshicieron el ladrillo crudo y quebraron el ladrillo cocido
-de sus revestimientos; el ladrillo cocido de sus muros se derruyó
-formando colinas.» El descubrimiento de esta inscripción permite
-reconocer las ruinas, gigantescas aún, del monumento que en tiempo de
-Nabucodonosor se consideraba como la torre de Babel, entre los restos
-que se conservan alrededor del espacio que ocupó la antigua Babilonia.
-Es la misma que los habitantes del país llaman actualmente Birs-Nimrud,
-«torre de Nemrod,» y que se levanta como una montaña en medio de la
-llanura. La descripción que hace Nabucodonosor del estado en que se
-hallaba cuando la reparó, conviene perfectamente con el aspecto que
-presenta ahora. No es más que un enorme y confuso montón de ladrillos
-o adobes secados al calor del sol y que al desmoronarse han quedado
-formando colinas.» (_Manual de Historia antigua de Oriente_, por
-Lenormant. París: 1869. Quinta edición Tom. I, pág. 35.)
-
-[143] _Babel_ en hebreo significa _confusión_.
-
-[144] Así como Terah, padre de Abraham, era idólatra, es de presumir
-que Abraham fuese criado en la religión de su padre, aunque
-posteriormente renunciase a ella, y que según todas las probabilidades,
-convirtiese también a su mismo padre, pues este se trasladó con Abraham
-a Harán, donde murió al cabo.
-
-[145] _Ur_, ciudad de Caldea, el país de Abraham y de Terah. Caldea,
-provincia de Asia, al oriente del Éufrates y al poniente del Tigris. El
-río Éufrates era vadeable, y Milton creía que Harán caía hacia su parte
-occidental; otros afirman que era un lugar al presente desconocido,
-fuera ya de la Mesopotamia, en la Siria de Sobach y camino de la tierra
-de Canaán.
-
-[146] Usa aquí Milton del adjetivo _double founted_ aplicado al Jordán,
-porque se dice que está formado por varios manantiales y torrentes, por
-dos en especial, y que su nombre se compone de _Jor_ y _Dan_, que así
-se llaman dos fuentes poco distantes de él.
-
-[147] _Nec ultra vocabitur nomen tuum_ Abram, _sed apellaberis_
-Abraham; «y no será en lo sucesivo tu nombre _Abram_ sino que te
-llamarás _Abraham_.» (Gen. XVII, 5.) Abram significa alto padre, padre
-excelso; y Abraham es una especie de aumentativo, equivalente a padre
-de muchas naciones.
-
-[148] En el _dragón del río_ parece que se alude a Faraón, imitando a
-_Ezequiel_, XXIX, 3.
-
-[149] Moisés murió en el monte Nebo, tierra de Moab, con la esperanza
-de llegar a la de Promisión, mas no logró posesionar de ella a los
-israelitas; este honor le cupo a Josué.
-
-[150] Los griegos traducían el nombre hebraico de _Joshua_ por _Jesús_,
-y así se ve en la versión de los Setenta. Lo mismo acontece alguna vez
-en el Nuevo Testamento. Joshua o Jesús quiere decir Salvador.
-
-[151] No había visto Adán tales muros, pues el Arcángel se los pintó
-en profecía, refiriéndose a cosas que habían de suceder mucho después;
-pero no debe tomarse la expresión literalmente. _Has visto_ quiere
-decir aquí, _has oído_ como fueron entregados, etc.
-
-[152] Creemos que nuestros suscriptores nos agradecerán que les
-ofrezcamos la traducción de este breve Poema de J. Milton, como el más
-digno complemento del PARAÍSO PERDIDO.--(_N. de los E._)
-
-[153] Ciudad de Macedonia en la que nació Alejandro el Grande, el cual
-no hizo aprecio de las mujeres hasta pocos años antes de su muerte.
-
-[154] Escipión el Africano. Habiéndole presentado sus soldados una
-doncella de extraordinaria belleza después de la toma de Cartago, mandó
-llamar a su amante, príncipe celtíbero, y se la entregó, sin haber
-pensado en ofender su honor.
-
-[155] Agar e Ismael.
-
-[156] El profeta Elías, a quien por dos veces ofreció manjares el ángel
-del Señor en el desierto de Horeb, a dónde se había retirado huyendo
-del rey Acab.
-
-[157] Héroes fabulosos de las leyendas caballerescas de la edad media.
-
-[158] Nobles romanos que adquirieron una justa celebridad por haber
-sacrificado voluntariamente su vida en pro de su patria.
-
-[159] Este joven fue Saúl, el cual, buscando unas pollinas de su padre,
-encontró a Samuel, y oyó de los labios de este profeta que sería rey de
-Israel.
-
-[160] Rey de Siria, que subyugó la Samaria y puso término al reino de
-Israel llevándose cautivo al pueblo hebreo y a su rey.
-
-[161] Nabucodonosor, rey de Babilonia y de Nínive.
-
-[162] Antiguas y florecientes ciudades de la Siria, la Media y la
-Persia, regiones que más tarde formaron parte del gran imperio de los
-Seléucidas, a quienes califica el poeta de libertinos a causa de sus
-vicios, y cuya capital era Antioquía.
-
-[163] A este fabuloso sitio se alude con frecuencia en el poema
-_Orlando furioso_, de Ariosto.
-
-[164] Habiendo mandado David verificar un censo de la población de
-Israel, llevado de un sentimiento de vanidad, irritose el Señor, y a
-fin de castigarle, diole a escoger entre el hambre, la persecución
-de sus enemigos o la peste. David eligió esta última, y en tres días
-perecieron setenta mil personas.
-
-[165] Egipto.
-
-[166] La actual península de Malaca, en el Asia oriental.
-
-[167] La isla de Ceilán.
-
-[168] La península de Crimea.
-
-[169] Era este Tiberio Claudio Nerón, que a la sazón contaba unos 74
-años.
-
-[170] El filósofo Aristóteles.
-
-[171] Alude a una opinión de Pitágoras, según el cual, los números eran
-el principio de todas las cosas, y al mismo tiempo sus elementos y
-causas eficientes.
-
-[172] Anteo fue un gigante, hijo de Neptuno y de la Tierra. Habitaba
-una gruta en Libia, y obligaba a todo pasajero a luchar con él;
-mientras tocaba la tierra, su madre le daba siempre fuerzas y vencía;
-pero provocado Hércules al combate por el gigante, y advirtiendo el
-encanto que hacía a Anteo invencible, le estrechó entre sus brazos, y
-le ahogó levantándolo del suelo.
-
-[173] La Esfinge, que era un monstruo fabuloso, estaba en el camino
-de Delfos a Tebas, y proponía a los caminantes enigmas para que los
-resolviesen; los que no los acertaban eran arrojados al mar; Edipo
-logró hallar el sentido del enigma, y entonces la Esfinge, vencida, se
-precipitó en las ondas.
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-
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-
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-and official page at www.gutenberg.org/contact
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- </head>
-
-<body class="formato">
-<div lang='en' xml:lang='en'>
-<p style='text-align:center; font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of <span lang='es' xml:lang='es'>El paraíso perdido</span>, by John Milton</p>
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
-at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you
-are not located in the United States, you will have to check the laws of the
-country where you are located before using this eBook.
-</div>
-</div>
-
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: <span lang='es' xml:lang='es'>El paraíso perdido</span></p>
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: John Milton</p>
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Translator: Cayetano Rosell</p>
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Illustrator: Gustave Doré</p>
-<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Release Date: January 3, 2022 [eBook #67092]</p>
-<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Language: Spanish</p>
- <p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em; text-align:left'>Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive/Universidad de Sevilla.)</p>
-<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>EL PARAÍSO PERDIDO</span> ***</div>
-
-<div class="front">
- <hr class="full" />
- <p><a href="#ToC">Índice</a></p>
- <p><a href="#Notas">Notas</a></p>
- <p><a href="#LoI">Lista de láminas</a></p>
- <h1 class="faux">El Paraíso perdido</h1>
-</div>
-
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
- <ul>
- <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li>
-
- <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li>
-
- <li>Se han desplazado muy ligeramente algunas ilustraciones para que no
- interrumpan un párrafo.</li>
-
- <li>Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final
- del libro.</li>
-
- <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li>
- </ul>
-</div>
-
-
-<div class="screenonly x-ebookmaker-drop">
- <hr class="chap" />
- <div class="figcenter">
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- src="images/cover.jpg"
- alt="Cubierta del libro" />
- </div>
-</div>
-
-
-<div class="tit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p class="smaller">EL</p>
- <p class="fs150 g1 ws1">PARAÍSO PERDIDO</p>
- <p class="fs60">POR</p>
- <p class="g2 ws2">JOHN MILTON</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-
-<div class="chapter">
- <div class="figcenter">
- <img style="width: 8em; height: auto;"
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- alt="Logotipo del impresor" />
- </div>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter">
- <div class="figcenter">
- <img class="thin"
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- alt="Portada del libro" />
- </div>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="tit">
- <p class="fs110 g0">EL</p>
- <p class="fs250 ws1 mt05">PARAÍSO PERDIDO</p>
- <p class="smaller mt1">POR</p>
- <p class="fs150 g1 ws1 mt05">JOHN MILTON,</p>
- <p class="smaller ws1 mt15">SEGÚN EL TEXTO DE LAS EDICIONES MÁS AUTORIZADAS</p>
- <p class="fs60 ws1 mt1">NUEVA TRADUCCIÓN DEL INGLÉS, ANOTADA Y PRECEDIDA DE LA VIDA DEL AUTOR</p>
- <p class="fs60 mt1">por</p>
- <p class="fs120 ws1 mt05">DON CAYETANO ROSELL,</p>
- <p class="fs60 g1 ws1 mt1">ILUSTRADA POR</p>
- <p class="fs110 negr ws1 mt05">GUSTAVO DORÉ</p>
- <p class="fs60 ws1 mt1">CON CINCUENTA MAGNÍFICAS LÁMINAS GRABADAS SOBRE BOJ</p>
- <hr class="tir" />
-
- <p class="g0 mt3">BARCELONA</p>
- <p>——</p>
- <p class="fs110 lh150 ws1">MONTANER Y SIMÓN, EDITORES</p>
- <p class="fs60 lh150 ws1">CALLE DE CASANOVA, NÚMERO 8</p>
- <p class="smaller negr lh150">1873.</p>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt6">
- <hr class="tir" />
- <div class="legal">
- <p>Esta traducción es propiedad de los editores, quienes perseguirán
- ante la ley a quien intentare reimprimirla.</p>
-
- <p>Se reservan también los mismos derechos respecto a la ilustración
- que acompaña a la obra, por ser únicos propietarios de ella en
- España.</p>
- </div>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch0">
- <p><span class="pagenum" id="Page_i">p. <span class="smcap">i</span></span></p>
- <h2 class="vida">VIDA DE JUAN MILTON</h2>
- <p class="centra fs60 mt15">POR</p>
- <p class="centra fs110 g0 ws1 mt1">ROBERTO VAUGHAN</p>
-</div>
-
-<p>En los principios del reinado de Isabel vivía en Holton, pueblo
-de Oxfordshire, o cerca de él, uno de los mejores hacendados que se
-llamaba Milton. Parece que un antecesor suyo fue hombre de cierta
-posición entre las personas visibles de aquella tierra, pero que
-habiendo abrazado la causa de los vencidos en las guerras de las Rosas,
-se vio reducido a muy triste condición. El Milton de que hemos hablado
-envió, sin embargo, a su hijo Juan Milton a educarse en Oxford. El
-padre se adhirió al partido vencedor antes de la Reforma: el hijo,
-mientras estaba estudiando en Christchurch, renunció a la fe de sus
-mayores y se hizo protestante; por lo cual su padre le desheredó, y
-rompió con él abiertamente.</p>
-
-
-<p>Pero aunque el joven Milton quedó realmente por este motivo,
-abandonado, no parece que se desanimara, pues vemos que dejando a
-Oxford algunos años después, figura en Londres, donde se colocó en
-casa de un escribano, o curial como decimos ahora, con el propósito
-de obtener un oficio público. Casose por los años de 1600, y si damos
-crédito a Philips, nieto de este ciudadano ya establecido, su mujer
-fue «de la familia de los Castons, originaria del país de Gales;» y
-siendo esto así, Juan Milton el poeta, como fruto de este matrimonio,
-debió llevar lo mismo que Shakespeare, algo de sangre céltica en
-sus venas, y en su ardiente temperamento algo también del fogoso y
-emprendedor carácter de un pueblo a quien describe «como una antigua y
-altiva raza,» de cuyas añejas e interesantes ficciones estuvo siempre
-prendado. Pero Antonio Wood dice, refiriéndose a Aubrey, que conoció
-aquella familia, que la madre del poeta fue<span class="pagenum"
-id="Page_ii">p. <span class="smcap">ii</span></span> «Sara, de la
-antigua casa de los Bradshaws.» Nosotros, sin embargo, nos inclinamos
-a creer que aunque Philips no sea, digámoslo así, testigo tan abonado
-como Aubrey, no había de haberse equivocado en punto tan peculiar a la
-historia de la familia, sobre todo habiéndose propuesto escribir la
-vida de Milton. Mistress Philips, hermana del poeta, indudablemente
-debía saber cómo se llamaba su madre cuando soltera. Posible es, no
-obstante, que tanto Philips como Aubrey tengan razón. La abuela de
-Milton por parte de madre pudo muy bien llamarse Bradshaws, y estar
-casada con Caston; y siendo así, la relación de los Miltons con los
-Bradshaws no era quimérica. Además es muy difícil que ni Philips
-ni Aubrey hubieran tan positivamente afirmado lo que aseguran, sin
-bastantes pruebas, y en este punto no tenemos necesidad de suponer lo
-que ellos dan como cierto. Philips, como realista que fue siempre,
-no se cuidaría de realzar mucho el nombre de Bradshaws, y Aubrey
-participaría, por la inversa, del mismo sentimiento. Andando el tiempo
-después de este matrimonio, la casa de los Bradshaws radicó en el
-Lancashire y Cheshire, en cuyos condados no era raro que emparentasen
-con los Welsh.</p>
-
-<p>De este matrimonio nacieron seis hijos, tres de los cuales
-murieron en la infancia; de los otros que quedaron, fue uno Juan el
-poeta, que nació en Londres, en Bread-Street, el 9 de septiembre de
-1608, criándose con una hermana algo mayor en edad que él, y con un
-hermano que tenía siete años menos. La residencia de esta familia
-durante los primeros años de Milton fue en el centro de la ciudad,
-siendo Bread-Street una calle que partía de la de Cheapside. La casa
-se distinguía de las demás por la enseña o muestra, del <i>Águila
-desplegando las alas</i>, puesta sobre la puerta, distintivo que en
-aquellos tiempos, y sobre todo en las casas de negocios, equivalía a lo
-que los números ahora. Del Bread-Street de las juventudes de Milton no
-queda el menor vestigio; desapareció completamente de resultas de un
-gran incendio en 1666; pero se edificaron nuevas casas en los antiguos
-solares, de manera que la calle quedó la misma; y cuando pasamos por
-ella cerramos los ojos a las actuales construcciones, y nos figuramos
-aquellos altos edificios de madera y yeso, pintados muy primorosamente,
-cuyos pisos bajos, pesados y sombríos, se destinaban a las oficinas, y
-los superiores para habitación de las familias, aun en el caso, que era
-lo más común, de que fuesen ricas.</p>
-
-<p>Dice Milton de su padre, con cierto orgullo que le honra
-mucho, que «era<span class="pagenum" id="Page_iii">p. <span
-class="smcap">iii</span></span> un hombre de la más cabal integridad.»
-Más adelante añade: «Desde mis primeros años y por la infatigable
-diligencia y cuidado de mi padre (a quien Dios tenga en el cielo), me
-ocupé en el estudio de las lenguas y de algunas ciencias, conforme a
-mi edad, y con varios maestros y profesores, así en mi casa como en
-las escuelas.» Y por último concluye diciendo: «Mi padre me destinó
-cuando era pequeño al estudio de las humanidades, y tanto en la escuela
-de gramática, como en casa, hizo que diariamente se me instruyese.»
-Sabemos también, porque lo afirman otros, que Milton el padre fue un
-hombre de grande instrucción, y no solo aficionado a la música, sino
-excelente compositor. Algunos cantos escritos por él se conservan
-aún entre nuestra música de iglesia, y en su tiempo se oía también
-tararear algunos en bocas de las niñeras. Aubrey le califica de «hombre
-ingenioso,» y su nieto Philips recuerda que a pesar de lo enfrascado
-que estaba en los negocios, sabía hurtar algún tiempo para distraerse
-en aquel entretenimiento. Vivió hasta edad muy avanzada, pues contaba
-al morir ochenta y cuatro años. En cuanto a la compañera que le ayudó
-a sobrellevar los cuidados de la vida, Milton escribe que «era una
-excelente madre, conocida en la vecindad por su buena índole y espíritu
-caritativo.»</p>
-
-<p>El ministro de la parroquia en que estaba comprendida Bread-Street,
-era hombre de alguna distinción entre el clero puritano, y en casa de
-Milton reinaban costumbres que no desdecían del sentimiento religioso;
-sin embargo, no tenemos razón ninguna para suponer que Milton fuese un
-fanático ni hiciese extremada ostentación de las prácticas piadosas.
-El espíritu grave y religioso de que tan evidentes muestras dio en sus
-postreros días, fue característico en él desde sus primeros años; pero
-el puritanismo que pública y privadamente profesaba no tenía nada de
-adusto ni repulsivo. Llevaba siempre el cabello largo, de tal manera,
-que a juzgar por este indicio, más tenía de caballero que de cabeza
-redonda<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a>.
-Era muy dado a la lectura de Shakespeare, que ni en su lengua ni en
-ninguna otra podía darse poesía más acomodada a su genio. Pertenecía,
-en fin, al partido puritano, en cuanto el puritanismo representa la
-religión y la libertad; pero no iba más allá.</p>
-
-<p>Tenemos datos para asegurar que el talento de Milton comenzó a
-desarrollarse muy temprano, pues a la edad de diez años, su familia
-se admiraba ya de que fuese un muchacho tan despierto, y se leían con
-asombro los versos que ya<span class="pagenum" id="Page_iv">p. <span
-class="smcap">iv</span></span> por entonces componía. En aquellos
-tiempos religiosos, nada más natural que el propósito de sus padres
-de que el joven se consagrase a la Iglesia. Milton mismo refiere que
-tales eran las intenciones que se tenían respecto a él, y que por aquel
-mismo rumbo se encaminaba su inclinación; y sin duda con esta mira, fue
-enviado a la escuela de gramática de San Pablo, establecimiento muy
-floreciente entonces, y distante unos cinco minutos de donde vivía.
-Cosa de diez años tendría Milton, cuando de la enseñanza doméstica
-pasó a frecuentar una escuela pública; y el ardor con que se dedicó
-a los estudios en aquellas aulas, él mismo nos lo encarece. Hablando
-de las humanidades, por cuyo estudio su padre le sacó de casa, dice:
-«Con tanto afán las tomé, que desde los doce años no dejaba los libros
-para acostarme antes de media noche, y esta fue la primera causa de mi
-padecimiento de la vista, a cuya debilidad natural se unían frecuentes
-dolores de cabeza; con lo que cada vez más embebecido en el estudio,
-no lo dejaba de la mano, ni en el aula a que asistía, ni con los
-maestros que tenía en casa. Luego que hube aprendido varias lenguas y
-me aficioné algún tanto a las dulzuras de la filosofía, me enviaron a
-Cambridge.» Esto mismo aseguran Aubrey y Philips, hablando de él, y por
-su parte lo confirma Wood. Así pasó Milton de la niñez a la juventud, y
-este tributo de agradecimiento rindió al celo y liberalidad con que su
-padre fomentó sus buenas disposiciones. Copiaremos aquí las siguientes
-palabras que dirigió al mismo autor de sus días en una poesía latina:
-«Cuando por vuestra generosidad saludé la elocuencia de la lengua de
-Rómulo y las delicias del Lacio, y oí las sublimes palabras que salían
-de los labios de Jove, proferidas por los griegos magnilocuentes, me
-<i>previnisteis</i> que añadiese las flores que son ornamento del galo,
-y el habla que los nuevos italianos, introduciendo barbarismos en su
-idioma, sacan de su boca degenerada, y los misterios que pronuncia el
-profeta de Palestina.» ¡Dichoso el joven a quien su padre enriquecía
-con tales conocimientos, y que tan grata memoria conservaba de la casa
-en que se educó!</p>
-
-<p>En su vida escolar Milton parece que fue también muy afortunado.
-Mr. Gill, director a la sazón de la escuela de San Pablo, era un
-hombre muy apto para la profesión del magisterio, y tenía un hijo que
-por algún tiempo estuvo de auxiliar en la escuela y con quien Milton
-contrajo una estrecha amistad. No era seguramente este joven el que
-Milton hubiera elegido por amigo; no tenía la gravedad que requería
-aquel cargo, y sus modales bruscos y desconcertados le perjudicaban a
-él tanto como a su padre; pero teniendo diez años más que Milton,<span
-class="pagenum" id="Page_v">p. <span class="smcap">v</span></span>
-conocía perfectamente los clásicos, había publicado versos griegos
-y latinos y era tan útil a los jóvenes estudiantes, que Milton años
-adelante se vio obligado a hablar de él con mucho agradecimiento.
-Es de suponer que sometiera a la experiencia y criterio del que se
-consideraba como compañero suyo alguno de sus ensayos en verso, y que
-le debiese estímulos y ayuda en las dificultades que le ocurrieran.</p>
-
-<p>El 12 de febrero de 1625 entró Milton en el colegio de Cristo, de
-Cambridge, como «pensionado menor,» que era una posición media entre
-los estudiantes «aventajados,» que pagaban más, y los «inferiores»
-que satisfacían menos. Todos recibían la misma educación, pero la
-diferencia de honorarios que pagaban establecía distinción en sus
-respectivos privilegios. Los estudiantes y agregados del colegio de
-Cristo en aquella época venían a ser unos doscientos cincuenta; los
-de la Universidad se acercaban a tres mil. En el colegio de Cristo el
-profesor más notable era José Meade, conocido entre los teólogos por
-su <i>Clavis Apocalyptica</i> y sus estudios en esta materia, y ahora
-más familiar a los que estudian la Historia de Inglaterra, a causa
-de sus cartas llenas de noticias y anécdotas de aquel tiempo. Muchas
-de estas cartas se han impreso poco ha. Meade podía decir con razón:
-«sé muy bien lo que pasa en el mundo;» y afortunadamente para los que
-le trataban, su ingenio natural estaba siempre pronto a comunicarles
-cuanto a fuerza de afanes adquiría. Era, por decirlo así, un periódico
-ambulante en aquel colegio; y si los que estaban en él ignoraban algo
-de lo que acontecía en el parlamento, en la corte o fuera de ella, a
-su poca solicitud debían atribuirlo. Seguros estamos de que Milton
-no incurriría en tal falta. Otro profesor del colegio de Cristo era
-Guillermo Chappell que durante algún tiempo fue maestro de Milton.
-Chappell sabía disputar en latin, según la moda escolástica que privaba
-aún, con mucha sutileza y facilidad; pero en materias eclesiásticas era
-de la escuela de Laud, y no parece que poseía las mejores disposiciones
-para inspirar profundidad e independencia a los entendimientos.</p>
-
-<p>La permanencia de Milton en Cambridge duró por espacio de siete
-años, desde 1625, en que él tenía diez y siete de edad, hasta 1632 en
-que cumplió veinte y tres. Bajo el aspecto de los negocios públicos
-aquellos años fueron memorables. Jacobo I había muerto; Carlos había
-continuado sus luchas con el Parlamento, y determinádose por fin
-a dar el arriesgado paso de gobernar a Inglaterra, sin contar con
-las Asambleas. A la guerra con España se había añadido la de<span
-class="pagenum" id="Page_vi">p. <span class="smcap">vi</span></span>
-Francia, que después de ocasionar una y otra en el país mil trastornos
-y calamidades, tuvieron un éxito desgraciado. El duque de Buckingham
-había caído bajo el puñal de Felton, y el gobierno vino a parar a manos
-de Carlos y Laud. Resonaban ya en los oídos del pueblo los nombres de
-los jefes de los Comunes, los Eliots, los Cokes y los Seldens, y la
-persecución de que eran objeto los hombres de aquella clase excitaba
-donde quiera murmuraciones de toda especie. Los principales de entre
-los parlamentarios circulaban mil pronósticos respecto al estado de los
-negocios, que a la sazón, según decían, no iban tan mal como antes: de
-todos modos no puede recordarse sin satisfacción que aquellos hombres
-consignasen la petición de derechos en nuestro código político, como
-punto que había de hacer época en nuestra historia constitucional.</p>
-
-<p>Los sucesos que en este intervalo ocurrieron en Cambridge, no
-merecen especial mención. La elección de Buckingham para el cargo de
-Canciller, secundando los deseos del rey, produjo en la mitad de la
-Universidad un sentimiento de humillación, y predispuso a la otra a
-demostraciones de adulación que tuvieron no poco de ridículo. Entonces,
-o poco después, se verificó la instalación de Su Gracia con todos los
-honores y oficiosidades que en aquella ocasión parecieron oportunas. Y
-a consecuencia de esto el Rey y la Reina favorecieron a la Universidad
-con su visita, haciéndose alarde entonces de un servilismo de fidelidad
-que no podía engañar a los que veían la realidad de las cosas.</p>
-
-<p>La serie de estudios que se daban cuando Milton estaba en Cambridge,
-constituía un período de transición entre las antiguas formas de
-la Edad media, y lo que con el tiempo se había ido progresando.
-En la enseñanza de las matemáticas, la fama de la Universidad era
-nula, pues hasta unos treinta años después de haber salido Milton
-de ella no hubo cátedra particular de aquella ciencia. Explicábanse
-elementos de geometría, pero se daba el primer lugar a la filología,
-la teología y la filosofía, refiriéndose principalmente esta última
-a la lógica y la metafísica. Dábanse las lecciones por profesores
-de la Universidad, a las que asistían con más o menos asiduidad los
-estudiantes de los diferentes colegios. El cargo de profesor en
-estos, aunque se proveía sistemáticamente, no podía sustituir al
-de los profesores universitarios como en tiempos posteriores. Los
-estudiantes de cada colegio estaban divididos en secciones, y estas
-dirigidas respectivamente por distintos profesores. Tanteábase el
-mérito comparativo de los estudiantes no por medio de los exámenes,
-como se acostumbra ahora,<span class="pagenum" id="Page_vii">p. <span
-class="smcap">vii</span></span> sino en los certámenes que sostenían
-aquellos en latin en la capilla del colegio, y estos certámenes en que
-iban turnando todos, pero no muy a menudo, además de las lecciones
-que daban con el profesor y las que privadamente estudiaban, venían a
-completar la rutina que se observaba en la educación universitaria.</p>
-
-<p>Deberíamos suponer, aunque sin testimonio directo para ello, que
-Milton adquirió crédito en todas las clases con sus profesores, que
-sostuvo con lucimiento los certámenes de la capilla, y que no se
-mostró desidioso en su estudio privado. No tenemos, sin embargo, datos
-auténticos para afirmar nada de esto, pero estamos en libertad de
-presumirlo, además de que para nosotros es de todo punto evidente.
-Su sobrino Philips dice que «por su extraordinaria capacidad y por
-la aplicación que había manifestado en los ejercicios hechos por su
-grado,» era «querido y admirado de toda la Universidad, especialmente
-de sus compañeros y las personas de más talento de su casa.» Aubrey
-afirma que «era un estudiante muy aventajado en la Universidad y
-desempeñaba allí todos los actos con extraordinario aplauso.» Wood
-encarece aún más su alabanza, añadiendo que durante sus estudios, tres
-años antes, y lo mismo en el colegio, «acostumbraba a estarse hasta
-media noche encima de los libros, lo cual fue la primitiva causa de que
-sus ojos comenzasen a cegar;» pues «se dedicaba con infatigable empeño
-al estudio en que tanto aprovechó, y desempeñaba los actos así del
-colegio como los académicos, con admiración de todo el mundo, siendo
-además un joven muy virtuoso y sobrio; bien que muy persuadido de lo
-que era.» En 1642 uno de sus contrincantes le pinta como uno de los que
-más alborotaban la Universidad, de manera que al fin, «fue expulsado de
-ella.» Y a esto replica Milton: «Por esta gratuita mentira, que hubiera
-podido ser creíble en otro tiempo, le doy las gracias, pues me ha dado
-con ella ocasión para mostrarme públicamente y de todo mi corazón
-agradecido a las extraordinarias consideraciones que se me guardaron
-sobre todos mis iguales, y a la benevolencia de todos aquellos hombres
-tan doctos, profesores del colegio en que viví algunos años, los cuales
-al salir de allí, después de tomar dos grados, como era costumbre,
-expresaron de diferentes maneras cuánta mayor satisfacción les hubiera
-cabido en que hubiera continuado allí, así como por diferentes
-cartas suyas llenas de afecto y cariñosos recuerdos, antes de aquel
-tiempo y mucho después, pude convencerme de la singular estimación
-que me profesaban.» Debe tenerse presente que estas declaraciones
-se publicaron a los<span class="pagenum" id="Page_viii">p. <span
-class="smcap">viii</span></span> diez años de dejar a Cambridge, cuando
-los que hubieran podido desmentirlas, si no hubieran sido ciertas,
-vivían en su mayor parte.</p>
-
-<p>Tiempo había de venir en que Milton se hiciera públicamente
-partidario del Parlamento, y abogara por las grandes reformas que
-se habían realizado en la Iglesia y el Estado, sin omitir las
-universidades; y nada entonces más natural que sus adversarios hubieran
-recordado su vida universitaria; y dado este caso que podía servir de
-móvil para promover algún escándalo, no solo lo hubieran promovido
-muchos, sino complacídose en exagerarlo. Así aconteció, que hallándose
-Milton en el segundo año, tuvo una disputa con su profesor Chappell en
-la cual medió el doctor Bainbridge; y el resultado parece fue que se
-obligó a Milton a ausentarse por algún tiempo, o que él mismo creyó
-conveniente hacerlo. Pero no duró mucho esta ausencia: ocurrió al
-terminar la Cuaresma de 1626 y no le ocasionó la pérdida del curso. Al
-regresar se halló con otro profesor llamado Tovey.</p>
-
-<p>Pero estos hechos han servido de fundamento a algunas suposiciones.
-El doctor Johnson, consecuente con el espíritu de su crítica respecto
-a Milton, dice: «Hay motivos para creer que Milton no era mirado en
-su colegio con mucho afecto. Que no obtuvo distinción alguna, está
-probado; mas el despego con que se le trató fue algo más que negativo:
-vergüenza nos da referir lo que tenemos por muy cierto, a saber, que
-Milton era uno de los peores estudiantes de una Universidad en que se
-imponía la pública infamia del castigo corporal.» Para nosotros nada
-más infundado que la primera parte de esta aserción, es decir, que
-Milton fuese mirado con despego por las personas de su colegio; y en
-cuanto a la otra insinuación referente al ominoso castigo que pudo
-imponérsele, es no menos improbable. La única razón aparente que hay
-para semejante imputación, se encuentra en los manuscritos de Aubrey.
-Citando como autoridad a Cristóbal Milton, dice el mismo Aubrey que
-nuestro poeta recibió algunos malos tratos de manos de Chappell; y
-sobre la expresión «malos tratos» se encuentra interlineada la de
-«le pegó azotes.» De dónde se sacase este dato, no se sabe; no cabe
-duda que tanto en Cambridge como en Oxford seguían aplicándose estos
-castigos infamantes; pero con menos frecuencia que en tiempos antiguos,
-y sobre todo a jóvenes mayores de diez y seis años. Pues bien: en la
-primavera de 1626 Milton tenía diez y ocho; así que, examinando el
-caso imparcialmente, antójasenos que esta es una de tantas invenciones
-como se echaron a volar contra el escritor que<span class="pagenum"
-id="Page_ix">p. <span class="smcap">ix</span></span> se atrevió a
-combatir sin miramiento ni reparo alguno las preocupaciones y ruindad
-de los hombres de aquella época<a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2"
-class="fnanchor">[2]</a>.</p>
-
-<p>Lo evidente es que la juventud de Milton, sin afectar pureza,
-rectitud ni virtudes de ningún otro género, se distinguió por su
-gravedad y por la castidad de sus costumbres. Pero su gravedad era
-la que debe tener todo hombre, sin mezcla alguna de intolerancia
-ni de altivez. En cuanto a su castidad, no solo fue un hecho, sino
-hecho nacido del convencimiento que aún el hombre más puro estimaría
-como demasiado ideal y místico para profesado en un mundo como el
-nuestro. En su opinión la falta de esta virtud era más reprobable en
-el hombre que en la mujer, porque arguye debilidad de naturaleza en
-quien debe ser más fuerte y ejercer más dominio sobre sus pasiones.
-En sus versos a Hobson manifiesta que a veces tenía sus ratos de buen
-humor, y en la epístola a su amigo Diodati, en la primavera de 1626,
-confiesa que mientras estuvo en Londres iba alguna vez a las funciones
-de los teatros. En tiempos posteriores, como le acusasen algunos de
-sus émulos porque escribía como hombre demasiado familiarizado con
-los espectáculos escénicos, creyó deber replicar en los siguientes
-términos: «Pero desde el momento en que se hacía preciso echar mano de
-los afeites, del peluquín o de la carátula que se ven en las comedias
-¿no era extraño que en el colegio hubiera tantos teólogos o aspirantes
-a teólogos, que subiesen a las tablas y retorciesen y atormentasen sus
-miembros clericales con todas las livianas posturas y gesticulaciones
-de los polichinelas, bufones y payasos, prostituyendo la dignidad de
-aquel ministerio, tuviésenlo o no lo tuvieran, en presencia de los
-cortesanos y de las damas, de los lacayos y de las doncellas? Allí
-donde ellos representaban tan sin escrúpulo entre los otros estudiantes
-mozos, yo era espectador: se creían galanes, y yo los tenía por locos;
-ellos se divertían así, y yo me reía de ellos; ellos disparataban,
-y yo pasaba un mal rato; y cuando daban en afectar aticismo, ellos
-embrollaban un párrafo, y yo los silbaba sin compasión.» Todo<span
-class="pagenum" id="Page_x">p. <span class="smcap">x</span></span>
-parece que se refiere a la gran representación que se dio delante del
-rey y la reina en Cambridge en 1629. La descripción indica la idea que
-Milton pudo adquirir del drama, y nos la da asimismo de los estudiantes
-del colegio de Cristo cuando añade, «con otros estudiantes mozos,» y
-manifiesta el desagrado con que vio aquella disparatada representación,
-hasta que por último no pudo reprimirse y soltó una estrepitosa
-silba.</p>
-
-<p>En resumen, aunque Milton no ejerció el sacerdocio en la Iglesia
-anglicana, no por eso dejó de considerarse como sacerdote bajo
-cierto aspecto. El sacerdocio a que aspiraba era el de la poesía; la
-inspiración que anhelaba era la que recibieron los antiguos profetas,
-inspiración de que se hacían dignos aun siendo seglares, pero que los
-elevaba al goce de los títulos más sagrados. En su concepto, un poeta
-tan excelente como él esperaba que llegaría a ser, debía tener en
-su carácter algo de divino. El cantor de las Bacanales no era mucho
-que se confundiera con las Bacantes; pero un poeta que se remonta en
-su imaginación a cosas celestiales, no puede vagar por la tierra,
-no puede considerarse como terrestre. El mal inseparable de nuestra
-naturaleza le da aptitud para pintar el mal; pero si ha nacido para
-imprimir en los hombres el sentimiento del bien, debe dirigir el vuelo
-a las sublimes regiones donde el bien impera. En todas las artes los
-sentimientos verdaderamente religiosos proceden de hombres religiosos
-también. El genio desprovisto de santidad puede llegar al arca, mas
-no tocar a ella sin profanarla. Por más que uno se distinga en otros
-géneros, si carece de facultades especiales para este, jamás conseguirá
-éxito alguno. En artes, como en religión, el hombre natural no puede
-tratar de asuntos espirituales.</p>
-
-<p>La doctrina admitida es que los hombres de facultades poéticas o
-artísticas son seres dotados de grande imaginación y sensibilidad,
-y por consiguiente se elevarán o descenderán alternativamente a
-impulsos de su capricho, hallándose aun lo moral y lo religioso sujeto
-a esta ley de su naturaleza, o más bien a esta falta de toda ley.
-La vida de Milton no es la única que prueba semejante inconstancia
-e irregularidad: tan persuadido estaba de este defecto, que a él
-precisamente debió la profunda convicción que toda la vida le sirvió
-de norma. Así es que reflexionando sobre esto, escribía: «He llegado a
-adquirir el convencimiento de que si uno, realizando sus esperanzas,
-consigue escribir con acierto cosas dignas de loa, debe ser por sí un
-verdadero poema, es decir, una composición, un dechado de todo lo mejor
-y más honroso, sin creer que pueda celebrar altos<span class="pagenum"
-id="Page_xi">p. <span class="smcap">xi</span></span> hechos de héroes o
-pueblos famosos, mientras no lleve en sí la experiencia o la práctica
-de todo lo que es loable.»</p>
-
-<p>¿Qué extraño, pues, que un joven como el de Cambridge, que pensaba
-de esta manera, y tan juicioso y firme era en sus propósitos, viviese
-en cierto modo apartado de todos los demás? ¿Por qué hemos de
-maravillarnos si se lamentaba de la ausencia de personas que abrigasen
-estos pensamientos o inclinaciones entre los que se hallaban a su
-lado<a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3" class="fnanchor">[3]</a>?
-Que la antipatía y reserva consiguientes a tal aislamiento sean prueba
-evidente de su altiva condición y excesivo amor propio, con razón
-habrá quien lo presuma. En ciertas situaciones, para hacerse enemigos,
-no se necesita más que infundir la sospecha de que a todos juzgamos
-inferiores; y es indudable que por esta causa Milton debió sufrir mucho
-en los primeros tiempos del colegio. En su aspecto debía sin duda haber
-algo de altivez, aunque fuese una apariencia que proviniera de otra
-causa; su amor propio debía ser grande, pero natural, inteligente,
-el que su inteligencia no le vedaba mostrar, aun proponiéndose no
-ocultarlo. Su superioridad era tan verdadera, que hubiera sido en él
-una afectación fingir que no estaba penetrado de ella. Todos saben
-que por su excelente complexión y la belleza de sus facciones, se le
-dio alguna vez el nombre de «la señorita del colegio de Cristo.» Pero
-tampoco se ignora que era diestro en la espada, y Wood afirma que
-«era de afable semblante, de gallardo y varonil continente, y animoso
-y resuelto en sus palabras.» Siendo muy joven, empezó el estudio del
-hebreo. Las primeras poesías que se conservan de su pluma, son una
-paráfrasis de los salmos 114 y 136. Estos ensayos los hizo, según
-confesión propia, a los quince años. En ellos se advierte un tono
-robusto y vigoroso, como el que caracteriza sus escritos posteriores;
-el que sigue en orden de tiempo pertenece a un año después de su
-llegada a Cambridge. Es una poesía titulada: «A la muerte de un hermoso
-niño.» El niño era un hijo de su hermana; los versos manifiestan
-grande imaginación, y están llenos de conceptos y expresiones de que
-solo es capaz un verdadero poeta. Hallamos a continuación el «Tiempo
-de vacaciones,» que se escribió cosa de un año después, y que es
-sumamente interesante como indicio de la facilidad con que el<span
-class="pagenum" id="Page_xii">p. <span class="smcap">xii</span></span>
-joven poeta aplicaba la lógica escolástica y el artificio propio de
-aquel asunto. El himno que viene luego, se titula: «A la mañana del
-nacimiento de Cristo» y es de muy distinto género; es una exuberante
-exposición propia de tal asunto, y a juicio de Mr. Hallam, el himno más
-bello que tiene la lengua inglesa. Se compuso para la Navidad de 1629.
-Síguense otras composiciones «A la Circuncisión» y «A la Pasión;» pero
-al llegar al octavo verso de esta última, el poeta no pasó adelante,
-y algún tiempo después manifestó la razón que tuvo para hacerlo así:
-«Convencido el autor de que este asunto era muy superior a la edad que
-entonces tenía, y no estando satisfecho de la manera con que lo empezó,
-lo dejó interrumpido aquí.» Los críticos han considerado exacto este
-juicio. Sus diez y seis versos «A Shakespeare» se suponen escritos en
-una hoja en blanco de un ejemplar de las obras del gran dramático,
-ejemplar probablemente de la primera edición en folio. En 1632 los
-hallamos con otros del mismo género al principio de la segunda edición
-de las mismas obras, pero se imprimieron anónimos; la circunstancia,
-sin embargo, de su aparición es interesante, por ser los primeros
-versos de Milton que en concepto nuestro se dieron a la imprenta.
-Otros escribió por el mismo tiempo al oír una «Música solemne.» Son
-enteramente del corte de los de Milton.</p>
-
-<p>La marquesa de Winchester era una señora de extremada hermosura,
-muy querida de todo el mundo por su benevolencia, y respetada por
-sus relevantes dotes. Una inflamación de la cara que le bajó a la
-garganta, acabó repentinamente con ella a la sazón que se hallaba
-en cinta. Fue su muerte muy sentida, y con este motivo escribieron
-versos laudatorios a su memoria Ben Jonson, Devenant y otros ingenios
-muy conocidos. Milton insertó también una composición en su corona
-fúnebre con el título de «Epitafio a la marquesa de Winchester.» De
-esta composición únicamente diremos que el joven poeta del colegio de
-Cristo no pudo en esta ocasión competir con los veteranos del arte,
-concluyendo por añadir el soneto que hizo al entrar en «La edad de los
-veintitrés años,» sus versos «Al tiempo» y los dirigidos «A Hobson,»
-para completar el catálogo de las composiciones inglesas más conocidas
-de Milton durante los siete años que residió en Cambridge.</p>
-
-<p>Pero las latinas que compuso mientras fue estudiante, no deben
-pasarse por alto; y si ninguna de ellas se dio por entonces a la
-imprenta, indudablemente consistió en que eran ejercicios de escuela,
-más bien que primicias de su genio poético.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_xiii">p. <span
-class="smcap">xiii</span></span>No debió Milton quedar muy satisfecho
-de la preparación que recibió en Cambridge; pero recuérdese que Gibbon
-tampoco tuvo que agradecer mucho en este concepto a la Universidad de
-Oxford, un siglo después, y que lo mismo puede decirse en nuestros
-tiempos de un hombre tan eminente como el poeta Wordsworth. La verdad
-es que en los mejores colegios y en los tiempos más florecientes, el
-joven cuya educación no pasa de la ayuda que pueden prestarle los
-profesores, consigue muy poca cosa. Algo ciertamente debió Milton
-a su maestro Tovey, pero más, inmensamente más al magisterio de la
-sociedad y de los libros, que fueron los que ejercieron influencia
-en la voluntaria propensión de su naturaleza. Las inclinaciones
-que se desarrollan en el alma están más o menos en armonía con las
-disposiciones de cada cual. Educar el entendimiento, es dar dirección
-a sus facultades, y donde no hay facultades, mal pueden ser dirigidas.
-Todo talento privilegiado debe estar convencido de esta verdad; y así
-sucedió exactamente con el que había de llegar a ser autor del <span
-class="smcap">Paraíso perdido</span>.</p>
-
-<p>No parece que Milton se apresuró mucho a seguir su vocación.
-Tan indeciso estaba en este punto, aun en el postrer año de su
-permanencia en Cambridge, que un amigo cuyo juicio miraba con alguna
-deferencia, parece que le reconvino por aquella indecisión. En una
-carta esmeradamente escrita, trata de vindicarse a sí mismo. Niega
-que se deje llevar exclusivamente de su amor a la ciencia; y aunque
-no existieran motivos más poderosos, bastaban las «consideraciones
-propias y las de familia,» y «las del honor y la reputación,» para
-tener un eficaz estímulo. Pero el amor de la ciencia, que en sí es
-tan provechoso, puede infundir tal respeto a lo que debe hacerse, que
-predisponga a un hombre a arrostrar la nota de ser el último, antes
-que incurrir en la censura de no haberse preparado suficientemente.
-Copió para su amigo el soneto que había escrito al entrar «en
-la edad de veintitrés años,» como una prueba evidente de que no
-había dejado de pensar en aquel asunto; y el amigo entonces cobró
-fundadas esperanzas de verle adoptar el estado eclesiástico. Milton
-no manifestó en esta ocasión repugnancia alguna a hacerse clérigo,
-pues no tenía necesidad de hacerlo; pero hay razones poderosas para
-presumir que ya entonces sentía escrúpulos en este particular, pues
-contaba con motivos bastantes para justificar su conducta sin entrar
-en los pormenores que Laud y los que le servían de instrumentos se
-esforzaban en presentar como otros tantos crímenes. Diez años después
-prescindió ya de reticencias, pues decía, según hemos visto, que sus
-padres y amigos le destinaban<span class="pagenum" id="Page_xiv">p.
-<span class="smcap">xiv</span></span> «desde niño» a la Iglesia, y
-que su inclinación le encaminaba a lo mismo «hasta que entrando en
-años más maduros y conociendo la tiranía que se había introducido en
-la Iglesia,» vio claramente «que el que se decidiera a recibir las
-órdenes, debía suscribir a ser esclavo, y además a pronunciar votos,
-que a no tener muy ancha la conciencia, equivaldrían a un perjurio o
-a la ausencia de toda fe.» Creyó pues preferible «guardar un silencio
-vituperable antes que prometer lo que llevaba en sí la violencia
-y la falsedad.» Hablaba por consiguiente de sí como de un hombre
-«excomulgado por los prelados» y a quien en cambio asistía el derecho
-de criticar lo mismo a la Iglesia que a sus pastores.</p>
-
-<p>Tenemos motivos para creer que hubo algunos momentos en que Milton
-pensó dedicarse a las leyes; pero sus escritos en prosa y verso
-antes de dejar a Cambridge, sugirieron a sus amigos la sospecha de
-que su vocación era escribir poesías que le diesen fama; y tal a no
-dudarlo era el sueño de su imaginación cuando se dejaba llevar de
-sus ilusiones. A esta idea fue gradualmente acostumbrando también
-la prudente sagacidad de su padre. Hízole presente la pasión que
-este sentía a la música; y ¿qué mucho que hijo de semejante padre se
-hubiese apasionado por la poesía? Sentía llegar a verse contrariado
-en esperanzas que tan empeñadas tenían sus aficiones, porque en
-su concepto las minas de platas del Perú eran nada comparadas con
-el don de producir versos inmortales. Su padre, hombre generoso y
-cuerdo, le ayudó a realizar este anhelo con que vivía, coadyuvando a
-satisfacer esta necesidad de su naturaleza. En tal estado Milton dejó a
-Cambridge.</p>
-
-<p>Por aquel tiempo el notario se retiró de su oficio, y se estableció
-en el pueblo de Horton, en Buckinghamshire, con la intención al
-parecer de acabar sus últimos días en aquel retiro. Cómo se condujo
-con su hijo durante los cinco postreros años de su vida, él mismo
-lo declara en pocas palabras. «En la residencia, dice, a donde se
-retiró para pasar su vejez, tuve tranquilidad bastante para ocupar
-largo tiempo en el estudio de los autores griegos y latinos, no sin
-que algunas veces reemplazase el campo por la ciudad, ya con el
-objeto de comprar libros, ya con el de adquirir algunas nociones
-de matemáticas y música, que entonces eran todas mis delicias.» En
-aquellos cinco años escribió Milton su soneto al <i>Ruiseñor</i>, el
-<i>Allegro</i> y <i>Penseroso</i>, los <i>Arcades</i>, el <i>Comus</i>
-y el <i>Lycidas</i>. El <i>Ruiseñor</i> está fundado en la credulidad
-de los campesinos, que suponían, si llegaba a sus oídos el canto
-de aquel pájaro en la primavera, antes que el del cuclillo,<span
-class="pagenum" id="Page_xv">p. <span class="smcap">xv</span></span>
-que era señal de prosperidad en amores. En cuanto al <i>Allegro</i> y
-<i>Penseroso</i>, no necesitamos repetir que figuran entre nuestros
-primeros idilios poéticos. Los <i>Arcades</i> es una composición
-incompleta: la parte que falta probablemente estaba en prosa.
-Harefield, residencia de la distinguida condesa viuda de Derby, donde
-pasaba la acción de aquel poema dramático, distaba solo unas cuantas
-millas de Horton; pero no hay razón alguna para suponer que Milton
-fuese conocido de aquella familia; lo probable es que la composición
-fue escrita a ruegos de su amigo el músico Enrique Lawes; por lo menos
-a una excitación semejante no dudamos que se debió el origen del
-<i>Comus</i>, del que hablaremos en otra parte.</p>
-
-<p>Durante su permanencia en Horton, fue Milton incorporado a la
-Universidad de Oxford, porque en aquel tiempo la agregación de un
-estudiante a cualquiera Universidad, le daba derecho para trasladarse a
-otra y Oxford estaba más próxima a Horton que Cambridge.</p>
-
-<p>En Horton además, y en aquel mismo intervalo, Milton perdió a
-su excelente madre. «Fue sepultada en el presbiterio de la iglesia
-parroquial, y al lado de su sepultura asistió Milton y derramó tiernas
-lágrimas con su desconsolado padre, su hermana y su hermano, al cubrir
-de tierra el ataúd y dirigir su última mirada a la estrecha mansión en
-que todos hemos de parar, cumplidos que sean nuestros días.»</p>
-
-<p>Al fin también de aquellos cinco años de Horton, fue cuando Eduardo
-King, del colegio de Cristo y amigo de Milton, pereció en el canal
-de San Jorge, suceso que inspiró al poeta el canto con el nombre
-de <i>Lycidas</i>. El ilustrado joven cuya vida fenecía así a los
-veinticinco años, se dedicaba a la carrera eclesiástica; y Milton
-censuraba aquel propósito como para indicar claramente el disgusto con
-que veía el estado eclesiástico y la esperanza de su amigo de fijar su
-porvenir en él. Cuando se reimprimió este monólogo en 1645, el autor
-se atrevió a expresar todo su pensamiento, y así puso la siguiente
-advertencia a la cabeza de la composición: «En este canto el autor
-lamenta a su sabio amigo, desgraciadamente ahogado en su travesía
-de Chester al mar de Irlanda, en 1637: <i>Y con este motivo predice
-la ruina de nuestro corrompido clero, que se hallaba entonces en su
-apogeo</i>.» Pero había de trascurrir aún algún tiempo hasta que se
-cumpliera esta profecía.</p>
-
-<p>Dos cartas de Milton tenemos escritas por aquella época a su
-amigo Diodati, que nos ponen hasta cierto punto de manifiesto sus
-costumbres y su vida íntima.<span class="pagenum" id="Page_xvi">p.
-<span class="smcap">xvi</span></span> Asegura a su amigo que tiene poca
-destreza para escribir cartas, y que otra de las causas que influían en
-su negligencia como corresponsal, era su poca habilidad para alternar
-el trabajo con el descanso porque en su opinión y por lo general, el
-dedicarse a una cosa debía ser dedicarse a ella sin interrupción hasta
-dejarla terminada, o hasta que se pudiera tomar algún reposo natural.
-Que bajo cierto aspecto él no se aventuraría a decir lo que Dios podía
-no haberle concedido, pero que un don por lo menos le había inspirado,
-a saber, un ferviente amor a la belleza y un afanoso anhelo de buscarla
-donde quiera que se encontrase. Que estas eran sus aspiraciones, y que
-si no las había realizado con éxito proporcionado a sus esperanzas, su
-postrer esfuerzo debía ser rendir homenaje a aquellos que habían sido
-más afortunados. Confiesa que con este designio había ido templando
-sus alas volando despacio, pero confiando hacerlo con algún tino. No
-debe, sin embargo, suponerse que careciera de toda mira práctica; lejos
-de eso, tenía intenciones de ocupar algún puesto en un colegio de
-abogados, y añade que tendría mucho gusto en ver allí a sus amigos y en
-pasear con ellos las noches de verano por aquellos alrededores.</p>
-
-<p>No creemos fundada la suposición de que obrase a impulsos de este
-pensamiento; otro fue el que por entonces ocupaba toda su imaginación.
-Sus estudios le habían sugerido mil ilusiones de lo pasado, juntamente
-con los recuerdos de los Alpes, la tierra de los Apeninos y los países
-existentes más allá de estas regiones. ¿Qué cosa más natural que el
-deseo de recorrer aquellos países, visitar sus antiguas ciudades, y
-detenerse ante los maravillosos monumentos que en ellos se conservan?
-La quebrantada salud de su madre le había obligado a aplazar la
-realización de estos deseos; mas la circunstancia de que a poco de
-haber muerto, se casó su hermano Cristóbal y pasó a residir en compañía
-de su padre, parece que le permitió poner por obra aquellos proyectos.
-Eran costosos porque había resuelto viajar como un caballero,
-llevando consigo a su criado. Su cariñoso padre es de suponer que
-contrariase menos aquel propósito que algunos otros; ello es que le
-dio su consentimiento, y que en mayo de 1638, Milton cruzó el canal
-haciendo rumbo a París. Había tenido la precaución de procurarse buenas
-recomendaciones, y una de ellas era la de su distinguido vecino Sir
-Enrique Wotton, preboste de Eton. Este señor se había proporcionado
-recientemente un ejemplar del <i>Comus</i> impreso por Enrique Lawes,
-que le agradó sobremanera. En más de una ocasión había hablado también
-con el autor, y asegurádole que el placer que<span class="pagenum"
-id="Page_xvii">p. <span class="smcap">xvii</span></span> tenía en
-tratarle le hacía esperar que alguna vez beberían una botella juntos,
-invitándole a «hacer penitencia,» cuando «pudieran reunir cierto número
-de buenos autores.» En una carta del anciano y cumplido preboste,
-se lee esta postdata; «Muy señor mío: os envío esta por medio de mi
-lacayo, para anticiparme a vuestra marcha y deciros lo agradecido
-que quedo a vuestra fina carta, que he recibido, interrumpiendo mis
-quehaceres, que no son pocos, y no queriendo valerme del correo
-ordinario. En cualquiera parte que os establezcáis y de que yo tenga
-noticia, me alegraré, y aprovecharé la ocasión de discurrir con vos
-sobre algunas novedades, a fin de mantener viva una amistad que apenas
-comenzada, se ha interrumpido tan inesperadamente.»</p>
-
-<p>Al llegar a París, una de las personas a quienes Milton iba
-recomendado le proporcionó una amistosa entrevista con Lord Scudamore,
-el embajador inglés; y atendiendo a sus distinguidas prendas
-personales, el joven inglés fue presentado al sabio Hugo Grocio, que
-estaba entonces de embajador de la reina de Suecia en la corte de
-Francia. Nada sabemos de lo que pasó en esta entrevista, sino que
-Grocio dicen que recibió «muy amable su visita,» y que conferenció con
-él muy prevenido en su favor por su buen aspecto, y por los elogios que
-de él se le habían hecho. Pero Grocio estaba a la sazón muy ocupado
-en el ilusorio proyecto de consolidar el protestantismo, uniendo
-las iglesias episcopales de aquella creencia en Inglaterra, Suecia,
-Dinamarca y Noruega, prescindiendo de todos los demás protestantes; y
-si algo se indicó a Milton de tan desvariado proyecto, seguros estamos
-de que su respuesta no sería muy satisfactoria.</p>
-
-<p>Milton permaneció en París solo unos cuantos días; de aquí se
-dirigió a Niza, donde se embarcó para Génova y para Liorna. Desde
-Liorna se encaminó por Pisa a Florencia, y en esta última ciudad se
-detuvo dos meses. Era entonces Florencia, como siglos atrás había
-sido, el emporio de la civilización italiana; casi en cada calle tenía
-una academia o club que se componía de estudiantes, poetas, artistas
-y sabios asociados voluntariamente; y a favor de las recomendaciones
-obtenidas en Inglaterra y París, fácilmente fue Milton admitido
-en las más distinguidas de aquellas sociedades. Para merecer este
-privilegio, era necesario presentar alguna producción de su pluma,
-y así lo hizo llevando algunas de las cosas que había escrito en
-Cambridge, y otras que llevó a cabo con aquel objeto. Hablando
-correcta y fácilmente el latin y el italiano, podía conversar de
-igual a igual con sus nuevos amigos, y estas reuniones parece que
-le fueron sumamente<span class="pagenum" id="Page_xviii">p. <span
-class="smcap">xviii</span></span> agradables. Cuando generosamente
-abogaba en tiempos posteriores por la libertad de la imprenta, decía:
-«Pudiera referir lo que he visto y oído en otros países sujetos a
-la tiranía de esta especie de inquisición; países en que traté con
-hombres de gran ciencia, que este honor me dispensaron, los cuales me
-contemplaban feliz por haber nacido en tierra de libertad filosófica,
-como suponían que era Inglaterra, al paso que ellos se lamentaban de la
-servil condición en que vivía la ciencia entre ellos; que esto había
-eclipsado la gloria de los ingenios italianos, y que nada se había
-escrito los últimos años en aquel país, sino bajezas y fanfarronadas.»
-Alternando con personas de esta clase, fue Milton presentado y pudo
-hablar al gran filósofo de la época.» «Allí, dice, fue donde hallé y
-visité al famoso Galileo, ya anciano y preso en la Inquisición, por
-pensar en astronomía de distinto modo que pensaban los franciscanos y
-dominicos, árbitros de la ciencia.» ¡Milton y Galileo conversando uno
-con otro, y Galileo en un estado en que el joven temía llegar a verse,
-privado de la luz, enteramente ciego! Mas por entonces Milton gozaba
-de la vista, del esplendor del cielo de Italia, y cuando expiraba el
-día de las brillantes lumbreras que iluminaban así aquellas sabias
-reuniones y círculos de Florencia, porque es evidente que Milton
-halló ingreso en los últimos, y que su corazón, por más reservado que
-fuese, no podía enteramente librarse de la impresión que el encanto
-de aquellos círculos le causaba. Entre sus composiciones se hallan
-algunas escritas en Florencia, versos compuestos en su alabanza, y que
-si no muestran gran genio en sus autores, manifiestan por lo menos muy
-claramente la extraordinaria admiración que se tributó al de Milton.</p>
-
-<p>Desde Florencia tomó el camino de Roma, dirigiéndose por Siena. En
-Roma contrajo desde luego amistad con Lucas Holstenio, el conservador
-de la Biblioteca del Vaticano, sin casi necesidad de recomendación
-alguna. Holstenio había estudiado tres años en Oxford, hecho que
-explica en parte la cortés acogida que Milton recordaba con tanto
-agradecimiento, pero la cortesía se trocó pronto en admiración, así que
-el bibliotecario descubrió la mucha ciencia de aquel extranjero, y se
-convenció de la superioridad del que iba a juzgar de sus conocimientos.
-Tal importancia le concedió, que hizo llegar sus elogios a oídos del
-cardenal F. Barbarini, pariente y primer ministro del Papa. Pocos
-días después el cardenal daba un gran concierto, y entre otras muchas
-personas, invitó al extranjero que tanto había fascinado a Holstenio;
-con cuya ocasión, dice Milton, el cardenal, saliendo hasta la puerta,
-«no solo me buscó entre toda aquella multitud, sino que<span
-class="pagenum" id="Page_xix">p. <span class="smcap">xix</span></span>
-cogiéndome de la mano, me entró dentro con demostraciones las más
-honrosas.» Todo esto, dijo a su amigo Holstenio, era debido sin
-duda a sus favores. En casa del cardenal probablemente oyó Milton
-cantar a Leonora, notable por su juventud y su belleza, y cuya voz y
-habilidad le daban una celebridad superior a todas. Milton demuestra
-el entusiasmo que sintió al oír a aquella sirena, dado que escribió no
-menos que tres composiciones en alabanza de la cantante. Dos romanos,
-Juan Salsilo y Salvaggi, nombres olvidados ya en nuestro tiempo, pero
-entonces muy conocidos, compusieron en loor de Milton versos llenos de
-hipérboles extravagantes; mas los del primero fueron tan estimados del
-poeta, que al saber más adelante que estaba enfermo, le dirigió una
-sentida composición en versos latinos.</p>
-
-<p>Pasado que hubo dos meses en estudiar los monumentos de la antigua
-Roma, y en este íntimo trato con sus actuales moradores, Milton
-emprendió el viaje a Nápoles. En el camino subió a su carruaje un
-ermitaño, que demostró ser hombre de alguna cultura literaria, y
-habiendo quedado prendado del viajero como antes que a él le había
-sucedido a Holstenio, al llegar a Nápoles vio que un hombre de tanto
-mérito no podía estar en aquella ciudad sin ser presentado a Manso,
-marqués de Villa, personaje de gran consideración en aquel país, y
-Mecenas de los talentos en los demás. Todo el que conozca la triste
-historia de Torcuato Tasso debe estar familiarizado con el nombre de
-Juan Bautista Manso, su constante y generoso amigo. Manso rayaba a la
-sazón en los ochenta años: recibió con mucha finura a Milton, y el
-resultado de esta entrevista lo dice el hecho de haberse constituido
-personalmente en guía del joven estudiante por todos los sitios que
-ofrecían algún interés en Nápoles y sus alrededores. «Yo le merecí,
-dice Milton, todo el tiempo que permanecí allí las más benévolas
-atenciones. Me acompañaba a los diferentes puntos de la ciudad, yendo
-a buscarme al palacio del virrey, y repetidas veces a mi casa para
-visitarme. Al despedirme, me pidió mil perdones, por no haber podido
-dispensarme más atenciones como lo deseaba, a causa de no haber
-disimulado yo mis sentimientos religiosos.» Milton había resuelto al
-salir de su casa no mezclarse para nada en cuestiones religiosas, a
-no ser que otros las provocasen; pero esta precaución parece que no
-fue bastante para preservarle de algunas inconveniencias, a veces
-hasta peligrosas, pues cuando pensaba volver a Roma, le advirtieron
-algunos mercaderes de Nápoles, que por ciertas cartas habían sabido lo
-preparados que estaban contra él los jesuitas<span class="pagenum"
-id="Page_xx">p. <span class="smcap">xx</span></span> ingleses, si
-otra vez se presentaba en aquella ciudad. Pero tenía que volver, y no
-hubiera desistido de su vuelta, porque manejaba bien la espada, y nada
-tenía que temer si se empeñaba un lance de hombre a hombre.</p>
-
-<p>En Nápoles fue donde llegaron a sus oídos graves noticias sobre
-el conflicto que había surgido en Inglaterra entre el soberano y sus
-vasallos. Su deseo era haber ido a Sicilia y después a Grecia, pero
-en virtud de aquellas novedades, escribe: «Consideraba una deshonra
-que mientras mis compatriotas estaban combatiendo en mi país por la
-libertad, yo estuviese viajando por el extranjero por mi gusto, y
-con un objeto puramente intelectual.» Los escoceses habían destruido
-con incontrastable fuerza todas las innovaciones de Laud y del rey.
-Inglaterra experimentaba grande simpatía por lo que Escocia había
-hecho; y si no había comenzado la guerra civil al sur del Tweed,
-los hombres pensadores la veían como inminente. Próximo a dejar a
-Nápoles, Milton dirigió a Manso una epístola en hexámetros latinos y
-en estilo más sublime que cuanto la música de Tasso había inspirado
-a este en su favor. En contestación Manso envió a su amigo dos copas
-ricamente trabajadas, y en ellas dos líneas que formaban una expresiva
-dedicatoria.</p>
-
-<p>«Volví, dice Milton, a Roma, a pesar de lo que se me había dicho.
-Si alguien me preguntó lo que era yo, no se lo oculté, y si alguien
-atacó en la ciudad papal la religión ortodoxa, yo como antes, y por
-espacio de dos meses, la defendí calorosamente.» En Florencia como
-en Roma reanudó Milton relaciones con sus antiguos amigos, y pasado
-aquel tiempo, se dirigió por Bolonia y Ferrara a vivir un mes en
-Venecia. Desde Venecia fue por Verona y Milán, subiendo el monte de
-San Bernardo, a Ginebra, en la cual ciudad permaneció algunas semanas,
-hasta que desandando el camino que había llevado, desde París arribó
-a Inglaterra cuando finalizaba junio, tras una ausencia de «un año y
-tres meses poco más o menos.» Esta breve relación de sus viajes la
-hizo cuando la parte que tomó en los negocios públicos le expuso a mil
-calumnias aventuradas, y por esta razón concluye su resumen con las
-siguientes palabras: «De nuevo pongo por testigo a Dios de que en todos
-aquellos puntos donde multitud de cosas se reputan legales, viví libre
-e incólume de todo libertinaje y vicio, teniendo siempre presente la
-máxima de que por más que me ocultase a los ojos de los hombres, no
-dejarían de verme los ojos de Dios.»</p>
-
-<p>Es digno de observarse que todas las poesías que escribió
-Milton en Italia,<span class="pagenum" id="Page_xxi">p. <span
-class="smcap">xxi</span></span> así como casi todas sus composiciones
-de Cambridge, forman graves descripciones. En su noble epístola a
-Manso no hizo misterio alguno de la idea de escribir un poema épico, y
-los versos que le dirigían sus amigos de Roma y Florencia, indicaban
-harto claro que alguna expresión se le había deslizado sobre tal
-propósito, dado que no desconfiaban de que su genio acometiese alguna
-obra de aquella naturaleza. En este tiempo, sin embargo, no se le había
-ocurrido aún tomar por asunto de un libro la pérdida del Paraíso: la
-historia del rey Arturo y de los caballeros y damas que llenaban su
-corte caballeresca, fue lo que sugería a su imaginación animados y
-brillantes cuadros.</p>
-
-<p>Cuando volvió Milton a Inglaterra, su padre había dejado la casa
-de Horton y trasladádose con su hijo Cristóbal a Reading. Los gastos
-inevitables en el viaje que había hecho el poeta, no le impidieron
-comprar gran cantidad de libros, de los cuales unos llevó consigo y
-otros llegaron después. En realidad no tenemos motivos en que fundarnos
-para suponer que los recursos con que contaba fueran bastantes para
-asegurarle una modesta independencia. En carrera comercial no pensaba,
-y a la vida profesional estaba poco inclinado. Si su buen padre
-<i>pudo</i> sostenerle en términos de que no tuviera que pensar más
-que en sus libros y en sus obras literarias, seguros estamos de que lo
-haría, y parece evidente que en efecto lo hizo.</p>
-
-<p>El primer paso que dio Milton al volver a Londres, fue alquilar
-parte de una casa en St. Bride’s Churchyard. Allí acomodó sus libros
-y volvió de nuevo a sus estudios; era esto a fines de 1639. Pero al
-año siguiente le vemos tomar una «casa con jardín,» es decir, una casa
-aislada con un jardín alrededor en Aldersgate Street, calle que se
-describe como una de las más tranquilas y de las más decentes de los
-arrabales de Londres. Por este tiempo mistress Philips, su hermana,
-quedó viuda y volvió a casarse. Cuando vivía en St. Bride’s Churchyard,
-se encargó del cuidado y educación del hijo más joven, mozo de nueve
-años a la sazón y de grandes esperanzas, y ahora recibió al sobrino
-más pequeño como pupilo. Habiéndose comprometido a dirigir por sí la
-educación de aquellos dos sobrinos, vemos que luego se encargó de
-algunos más, hijos de amigos suyos, de quienes sin duda recibía buenos
-honorarios por sus servicios.</p>
-
-<p>En este punto de la vida de Milton, Johnson da una completa
-explicación sobre el ningún afecto que le profesaba. «No permitáis,
-escribe, que veneremos a Milton; prohibidnos ver con cierta
-plenitud de satisfacción sus grandes promesas<span class="pagenum"
-id="Page_xxii">p. <span class="smcap">xxii</span></span> y sus
-pequeños cumplimientos; hombre que se apresura a volver a su país
-porque sus compatriotas pelean por su libertad, y cuando llega al
-lugar de la acción, emplea su patriotismo en una casa de pupilos.»
-Milton nos dice que resolvió dejar en esta ocasión «el éxito de los
-asuntos públicos, primero a Dios y después a aquellos a quienes el
-pueblo había encomendado esta empresa.» Pero los escritos de Milton
-constituyen su biografía; y si Johnson se hubiera tomado la molestia de
-leer sus obras en prosa con el cuidado que se merecen, habría fijado
-su atención en el siguiente pasaje, y no hubiera abusado tanto de
-su humor satírico: «Confiando en la ayuda de Dios, el pueblo inglés
-rechazaba la esclavitud con la más justa de las guerras; y aunque yo
-no reclame parte alguna en la alabanza que le es debida, fácilmente
-puedo defenderme de la imputación (si alguna de esta naturaleza se me
-ha hecho) tanto de timidez como de indolencia. Porque si no arrostré
-las penalidades y riesgos de la guerra, fue porque en otra esfera podía
-con más eficacia, y con no menos peligro para mí, servir de algo a mis
-compatriotas y mostrar un espíritu que ni se rendía a la adversidad de
-la fortuna, ni obraba por vil miedo a la calumnia o a la muerte. Desde
-que en mis primeros años me consagré a los estudios más liberales, y me
-sentí más robusto de entendimiento que de cuerpo, siendo extraño a las
-labores del campo, en que cualquier soldado de vigorosa naturaleza me
-hubiera fácilmente excedido, recurrí a las armas que yo podía manejar
-con más efecto, y comprendí que obraba cuerdamente al ejercitar así mis
-mejores y más poderosas facultades en el servicio de mi país y de su
-honrosa causa.» Cualquiera otra conducta que hubiera seguido Milton, le
-hubiera expuesto a menos calumnias que las que arrostraba, siendo un
-motivo de asombro para él y para todos, que después de tantos peligros
-no rodase su cabeza en un cadalso para castigo de su temeridad.</p>
-
-<p>Milton se mudó juntamente con sus libros, a St. Bride’s Churchyard,
-en el otoño de 1639, y de aquí a Aldersgate Street en 1640, y publicó
-su primer folleto contra el Parlamento y la reforma eclesiástica en
-1641. Por espacio de once años siguió Carlos I gobernando a Inglaterra
-sin contar con el Parlamento, y deliberadamente había suspendido las
-leyes que a sí mismo se impuso con su juramento al coronarse, y con
-las solemnes promesas que después hizo de mantenerlas. El fin de todo
-gobierno es proporcionar seguridad a las personas y propiedades,
-pero allí no había seguridad posible. El rey esquilmaba a sus
-súbditos cuanto podía, ejercía en todos los ramos del comercio el
-monopolio que más le<span class="pagenum" id="Page_xxiii">p. <span
-class="smcap">xxiii</span></span> agradaba, y detenía, desterraba
-o encarcelaba a su antojo a los tildados de descontentos, fuésenlo
-o no realmente. Nadie estaba seguro, si no alegaba el mérito de la
-sumisión y del silencio, y nadie era dueño de sí, ni aún con semejantes
-méritos. En los negocios eclesiásticos predominaba el sistema romano
-sostenido por Laud, y la única aspiración de sus amigos era suprimir
-toda oposición y libertad de pensamiento, perpetuar la jerarquía más
-aferrada a los intereses clericales, imponer el rezo inglés no solo a
-los ingleses sino a los escoceses, y asimilar el ritual anglicano al
-romano de tal manera, que apenas se advirtiese entre ellos diferencia
-alguna. Esta era la política que con relación a la Iglesia miraba Laud
-como la mejor y más conforme al modo de ver de su soberano.</p>
-
-<p>Pero en 1639 se sublevó la Escocia, reprobando y proscribiendo, en
-uso de sus fueros, este orden de cosas. Llamó el Rey a sus súbditos
-ingleses para que le ayudasen a sofocar aquella rebelión; mas la
-respuesta que le dieron fue que para obtener aquella ayuda, era
-menester anular las leyes que regían, y conceder la libertad que las
-mismas leyes otorgaban para corregir tantos abusos y fomentar los
-intereses de la nación. En 1641 Carlos empleó cuantos recursos creyó
-oportunos, con la esperanza de orillar así aquellas dificultades, pero
-en vano. Congregó una asamblea de pares en York; disolvió el Parlamento
-Corto convocado en la primavera de 1640, y se vio obligado a pasar
-por la reunión de aquel Largo Parlamento tan memorable, en noviembre
-del mismo año. Pero aunque en Escocia se había desenvainado la espada
-contra el gobierno del Rey, ningún golpe le amenazaba aún por parte de
-Inglaterra; y dado que Milton se hubiera resuelto a esgrimir sus armas
-en esta contienda, el partido que hubiera podido tomar durante los tres
-años de su regreso de Italia, era el de emigrar a Escocia, y unirse en
-aquel reino a la bandera de los insurgentes. En Inglaterra, por aquel
-tiempo, la oposición se reducía al principio a meras discusiones, y
-uno y otro partido protestaban contra el pensamiento de emplear otros
-ningunos medios. Baste esto para aquilatar la justicia de las censuras
-que en el tono de mofa que hemos visto se permitió Johnson.</p>
-
-<p>Estando en estos preliminares, tuvo Milton ocasión de comprender
-hasta qué punto influían en los realistas sus preocupaciones y
-yerros, y cuánto importaba ver si se podría encauzar bien a los
-mismos parlamentarios, ya que se estaba en los principios de
-la contienda; lo cual hubiera sido hacedero en el Parlamento,
-si sus paisanos le hubieran enviado a él; pero en aquellas
-circunstancias el único<span class="pagenum" id="Page_xxiv">p. <span
-class="smcap">xxiv</span></span> medio de poder prestar algún servicio
-al Estado era la prensa, y sus enemigos se hubieran alegrado mucho de
-verle comprometido en semejante agresión, y echar mano de las groseras
-armas que la multitud podía manejar tan bien o mejor que él mismo.</p>
-
-<p>La obra que Milton dio a luz en 1641 se titulaba: <i>De la
-Reforma en Inglaterra, y de las causas que la han frustrado hasta
-ahora. Escrito a un Amigo</i>. El autor había manifestado en su
-<i>Lycidas</i> que la condición de la Iglesia anglicana estaba muy
-distante de satisfacerle; y véanse las elocuentes palabras con que
-describe el origen y principios de la Reforma en el siglo <span
-class="asc">XVI</span>: «Mas para no recargar más el cuadro de las
-iniquidades de la Iglesia, de cómo nacieron y de cómo tomaron cuerpo;
-cuando recuerdo por fin después de tantos siglos de tinieblas, en
-que la negra sombra del error ha ocultado todas las estrellas del
-firmamento de la Iglesia, cómo la brillante y bendita Reforma ahuyentó
-con el divino poder la negra y pesada noche de la ignorancia y tiranía
-anti-cristiana, me parece que un nuevo e indecible júbilo debe animar
-el pecho del que lee u oye, y que el suave placer de ojear el Evangelio
-debe inundar su alma en celestial fragancia. Entonces se difundió la
-Sagrada Biblia hasta los últimos rincones de que la profana falsedad y
-menosprecio la habían arrojado; se abrieron las escuelas; la ciencia
-divina y humana volvieron sus acentos a las lenguas que habían
-enmudecido; los príncipes y ciudades se agolparon al punto bajo la
-nueva bandera de salvación, y los mártires, con la irresistible fuerza
-de su debilidad, quebrantaron el poder de las tinieblas, y triunfaron
-de la fiera rabia del antiguo dragón.» De este lenguaje deducirá el
-lector el fervor y animación de estilo con que está escrito el folleto.
-El impulso que debió nacer de semejante cambio quedó paralizado; y las
-causas fueron varias, entre ellas la injusta preferencia que se dio
-a los obispos, cuya afición a pomposas ostentaciones, consecuencia
-natural de la falsa posición en que se les colocaba, dícese que los
-convirtió en grandes corruptores, en vez de ser, como su título lo
-indica, padres espirituales de la Iglesia.</p>
-
-<p>Esta publicación debió ver la luz a principios de 1641. Fue
-seguida inmediatamente de otra, <i>La Humilde Manifestación en favor
-del Episcopado</i>, debida a la pluma de Hall, obispo de Norwich,
-excitado por el arzobispo Laud para tomar parte en esta cuestión. En
-respuesta al obispo apareció de allí a poco una obra con el título de
-<i>Smectymnuus</i>, nombre formado por las iniciales de los cinco<span
-class="pagenum" id="Page_xxv">p. <span class="smcap">xxv</span></span>
-teólogos puritanos que se encargaron de escribirla. Esta
-contra-réplica puso en un conflicto al arzobispo Usler. Milton
-contestó a la <i>Institución apostólica del Episcopado</i>, escrita
-por su excelencia, con dos tratados, el uno sobre la <i>Prelacía
-episcopal</i>, y el otro que se decía <i>Razones del gobierno de
-la Iglesia</i>. El obispo Hall publicó entonces una defensa de
-su <i>Manifestación</i>, a la cual tardaron poco en seguirse las
-<i>Advertencias</i> de Milton. Todos estos escritos aparecieron antes
-de expirar el año 1641.</p>
-
-<p>Profunda fue sin duda la impresión que produjeron los folletos
-de Milton. En 1642 se dio a luz un volumen titulado: <i>Modesta
-Refutación contra un Libelo calumnioso y grosero</i>, el cual se
-consideró generalmente como debido a la pluma del hijo del obispo Hall.
-A los infundados ataques que dirigía esta obra contra el carácter
-privado de Milton, contestó él victoriosamente en su <i>Apología del
-Smectymnuus</i>.</p>
-
-<p>El éxito de las apasionadas controversias sobre este asunto se vio
-primero en la expulsión de los obispos de la Cámara de los Lores, y
-finalmente en la supresión de aquella clase; mas el demostrar hasta
-qué punto contribuyeron los escritos de Milton a este resultado, haría
-preciso detenerse en su análisis, y las condiciones de esta breve
-memoria nos impiden entrar en cuestiones semejantes.</p>
-
-<p>Pasados los borrascosos años de 1641 y 1642, hallamos a Milton
-en sosegada compañía con sus pupilos, o meditando sobre el gran
-poema que tenía pensado, y de que había anticipadamente hablado con
-pomposos anuncios en su <i>Apología del Smectymnuus</i>. Recordando
-los esfuerzos que le costó exponer sus opiniones sobre la educación,
-naturalmente tenemos curiosidad de ver cómo las pondría en práctica;
-mas por desgracia los hechos están muy lejos de corresponder a las
-esperanzas. Debemos suponer que bajo la dirección del autor del
-<i>Comus</i> y del <i>Allegro</i> y el <i>Penseroso</i>, sus pupilos
-estarían familiarizados con los más acabados y brillantes modelos
-que podía ofrecer una biblioteca clásica. No sucede nada de esto.
-Los libros que debiéramos hallar en primer término, tales como
-Virgilio, Horacio y Ovidio, ceden el puesto a Lucrecio, Manlio y
-otros prosistas de los inferiores y menos inteligibles en materia
-de lenguaje. No se hable de Tácito, de Livio ni de Cicerón. En el
-curso de autores griegos, no se tropieza con un solo trágico, orador
-ni aún historiador, a excepción de algunos fragmentos de Jenofonte.
-La idea de Milton parecía ser que con adquirir el conocimiento
-de la lengua, la comprensión de sus bellezas vendría por sí.
-Debemos añadir que los<span class="pagenum" id="Page_xxvi">p.
-<span class="smcap">xxvi</span></span> discípulos de este único
-establecimiento tenían que aprender hebreo y leerlo, comparándolo con
-el caldeo y el siriaco. No se olvidaban las lenguas modernas; y los
-domingos, Milton acompañaba la lectura del Nuevo Testamento en griego
-con oportunas explicaciones, con ciertas teorías de lectura y con
-algunas ideas respecto a la divinidad.</p>
-
-<p>Johnson pregunta satíricamente, qué grandes hombres produjo aquella
-«admirable academia.» Un preceptor de enseñanza hubiera debido saber
-que el que lo es, ha de aspirar a desenvolver la capacidad, y que donde
-no hay germen alguno de esta capacidad de comprensión, en vano es
-dirigirse a ella. No dudamos que Milton enseñaría muchas cosas que se
-pueden aprender en cualquier libro impreso. Un autor que debía pasar
-por bien informado, dice que puso a sus sobrinos en disposición de
-interpretar los autores latinos a primera vista en el espacio de doce
-meses, y que así como era severo bajo un aspecto, bajo otro se mostraba
-franco y familiar en su conversación con aquellos de cuya educación
-estaba encargado. Su sobrino Philips añade que si sus pupilos hubieran
-recibido sus lecciones «con la penetración y profundidad, el ingenio,
-actividad y sed de saber de que estaba dotado el maestro, hubieran sido
-unos prodigios de talento y ciencia.» Por este último sabemos además
-que Milton tenía en este tiempo amigos personales que se contaban entre
-«los pisaverdes de aquella época,» y que de cuando en cuando se daba a
-bromear con ellos, haciendo fiesta lo mismo para sus pupilos que para
-él.</p>
-
-<p>En algunos de estos «alegres días,» como ellos los llamaban, y
-en otros de alguna más sobriedad, suponemos que Milton hacía lo que
-hacemos todos, convencido a veces de que un hombre no es bien que esté
-siempre solo; pero la vida propiamente de calavera, ni en aquella
-ocasión era compatible con el vivo interés que le inspiraban los
-asuntos públicos, ni con los propósitos que abrigaba de llegar a ser
-útil y servir exclusivamente a su país. En aquellos días residía en
-Forest Hill, unas cuatro millas de Oxford, una familia llamada Powell.
-Era numerosa, y el cabeza de ella, Ricardo Powell, un magistrado
-que vivía con el desahogo de persona muy bien acomodada. Antes de
-que el padre del poeta abandonase a Bread Street, habían existido
-relaciones y negocios de intereses de alguna cuantía entre él y
-Powell, y en estos asuntos pecuniarios tuvo Milton alguna intervención
-directa y legal. Al trasladarse los Milton a Horton, debemos suponer
-que ambas familias, a causa de la mayor proximidad, se tratarían
-con más frecuencia;<span class="pagenum" id="Page_xxvii">p. <span
-class="smcap">xxvii</span></span> mas sea de esto lo que fuere, sabemos
-por el sobrino del poeta, entonces en su compañía, que por la pascua de
-Pentecostés de 1643, «emprendió un viaje por el país, cuyo objeto, o no
-se sabía, o era con alguno más que un mero pasatiempo. Ello fue que al
-cabo de un mes, el que salió soltero volvió casado con María, la hija
-mayor de Ricardo Powell, que entonces era juez de paz en Forest Hill,
-cerca de Shotover, en Oxfordshire.» Milton tenía que reclamar un dinero
-de su cuñado al tiempo de su casamiento, y que recibir, creemos que con
-el importe de su deuda, 1000 libras por vía de dote; pero ni este ni
-aquella llegó a cobrar jamás, por razones que indicaremos luego.</p>
-
-<p>Entonces se mudó a su nueva casa de Barbican, a la cual llevó a su
-mujer, acompañándola algunos de sus parientes para pasar las fiestas
-de la boda, que duraron algunos días, y a que concurrieron también
-varios amigos de la novia. María Powell es de creer que fuese una
-joven de bella figura y agradable trato, pero ignoramos si tendría
-del mismo modo otras buenas cualidades. A las pocas semanas de su
-llegada a Londres, se recibió una carta invitando a mistress Milton
-a regresar por breve tiempo a su país; ella se mostró dispuesta a
-aceptar la invitación, y probablemente la provocaría. Su esposo no puso
-dificultad en complacerla, pero exigió que no difiriese su regreso
-más allá del día de San Miguel. San Miguel llegó y la perezosa señora
-no parecía; Milton escribió una y otra vez, y ninguna de sus cartas
-mereció respuesta; despachó un propio con este objeto, y parece que se
-le despidió sin hacerle caso. Nuestro poeta era un hombre profundamente
-virtuoso: llegó a lisonjearse con la esperanza de que casado sería
-feliz; pero esta esperanza tardó poco en desvanecerse.</p>
-
-<p>¿A quién debe atribuirse la culpa de semejante desengaño? Los
-hombres dados a la vida pública pueden ser maridos cariñosos, mas por
-necesidad tienen que renunciar a la insistencia no interrumpida de su
-cariño. Las mujeres que se casan con semejantes hombres, deben no solo
-desear que sus maridos sean personas de suposición, sino apechugar con
-los inconvenientes que esto trae; y hay pocas mujeres que transijan así
-consigo mismas. Atendiendo a la vida puramente intelectual a que estaba
-entregado Milton, a su ardiente temperamento y a la energía de voluntad
-que le caracterizaban, preciso es confesar que las probabilidades de
-que hiciese un matrimonio feliz, no eran muy grandes. En favor de María
-Powell puede alegarse que su familia era de realistas; que en su casa,
-generalmente bulliciosa, probablemente reinaría mas animación de la
-acostumbrada por la presencia<span class="pagenum" id="Page_xxviii">p.
-<span class="smcap">xxviii</span></span> de los caballeros que en aquel
-tiempo moraban cerca del Rey en Oxford; y que la transición de la vida
-doméstica en casa de su padre, a la que tenía con Milton en Barbican,
-no era para halagarla mucho; pero por otra parte debe considerarse
-que los principios de Milton y la vehemencia con que los profesaba,
-eran tan conocidos, que no podían ignorarse en Forest Hill, siendo
-un error creer que su casa había de ofrecer escenas divertidas, y no
-ocupaciones formales y severas. En la época de este matrimonio, la
-fortuna de los Parlamentarios andaba un tanto decaída; para muchos,
-y especialmente para los partidarios del Rey en Oxford, era más que
-probable que la balanza se inclinase en favor de los realistas, tanto
-que el sobrino de Milton, Philips, supone que esta consideración bastó
-para que la familia tratase de cortar unas relaciones que, según el
-rumbo que tomaban las cosas, podían llegar a serle perjudiciales. Si
-esto era realmente la causa que los movía, no necesitamos decir más
-para encarecer su egoísmo, injusticia y crueldad.</p>
-
-<p>No puede, sin embargo, negarse, a nuestro modo de ver, que tanto
-Juan Milton como María Powell se equivocaron. El desvío de María Powell
-a su nuevo estado, parece que consistió no tanto en su amor a las
-diversiones, dado que su carácter era más flemático que animado, sino
-en su incapacidad para hacerse agradable a un hombre de talento. Podrá
-decirse que Milton hubiera debido considerar este defecto de antemano,
-y abstenerse de contraer tal compromiso, y en este punto la verdad es
-que no dejó de equivocarse. La familia, con todo, trató de persuadirle
-de que semejantes genialidades eran naturales en una joven, mayormente
-tan a los principios, y que poco a poco iría renunciando a ellas. Pero
-cualesquiera que fuesen los defectos que Milton hallase en su mujer,
-estaba resuelto a sufrir las consecuencias del paso que había dado.
-Él no se separó de su esposa: ella fue la que le abandonó, añadiendo
-al abandono el insulto, no solo por su parte, sino por la de sus
-amigos.</p>
-
-<p>Debemos recordar que Milton vivió lo bastante para casarse con
-tres mujeres. Con la segunda fue completamente feliz; el bello
-soneto que dedicó a su memoria, confirma sin duda esta aserción.
-Con su tercera esposa pasó los diez últimos años de su vida en la
-más estrecha unión, y de esto no tendremos la menor duda al ver el
-magnánimo proceder con que se condujo respecto a María Powell y a
-sus inconsiderados parientes. A medida que se acercaba a su edad
-media, fue haciéndose hombre más activo y de más firme resolución,
-y en sus últimos años abrigó ideas desfavorables a la constancia y
-bondad de las mujeres.<span class="pagenum" id="Page_xxix">p. <span
-class="smcap">xxix</span></span> Pero por más arraigada que estuviera
-en él la opinión de la superioridad que el sexo más fuerte debe ejercer
-sobre el más débil, el encanto que para él tenía la naturaleza de la
-mujer, y el homenaje que el hombre debe estar dispuesto a rendirla, se
-ve cuando pinta a Eva, a la <i>Señora del Comus</i>, y en otros varios
-de sus escritos. Profesaba evidentemente la opinión de Sheridan, que
-las mujeres son mucho peores y mucho mejores que los hombres.</p>
-
-<p>Solo ya, y peor que si hubiera estado solo, Milton empezó a idear
-medios para salir de tan difícil estado. La cuestión se reducía a saber
-si el matrimonio es un lazo indisoluble, excepto en los casos limitados
-por las leyes existentes, y la conclusión que dedujo después de mucho
-estudio y reflexiones, fue que el divorcio podía apoyarse en otros
-fundamentos que los que a la sazón se tenían por tales. En 1644, al año
-siguiente de su matrimonio, dirigió al Parlamento un escrito titulado
-<i>Doctrina y disciplina del divorcio</i>. Halló que la opinión que
-había concebido sobre esta materia, estaba autorizada por Martin Bucer
-en una petición dirigida a Eduardo VI, y se contentó con reimprimir
-el juicio de este reformista, añadiendo un prefacio y una conclusión.
-Por este tiempo habían cobrado mucho ascendiente los Presbiterianos,
-y levantaron grandes clamores contra tan nueva doctrina. Intentaron
-que como desmoralizador de la sociedad, fuese citado Juan Milton a
-la barra en la Cámara de los lores; pero sus señorías no tomaron
-la cosa tan a pechos, y el acusado fue honrosamente despedido. En
-1645 publicó Milton otro tratado sobre el mismo asunto, titulado
-<i>Tetrachorden</i>, que era una exposición de los cuatro pasajes
-principales de la Escritura relativos al particular. Otra publicación
-se dio a luz en el mismo sentido con el título de <i>Colasterion</i>.
-Hubo algún escritor anónimo que intentó refutar la <i>Doctrina y
-disciplina del divorcio</i>, y la última producción de Milton en punto
-a esta controversia, consistía en una réplica a aquella refutación.
-Nunca se retractó de las opiniones que había manifestado, y los que
-las aceptaron fueron por algunos llamados Miltonistas. Lo fundamental
-de su doctrina era «que por la ley de Moisés, además del adulterio,
-existían otras razones de divorcio, que debían tener presentes los
-magistrados cristianos como providencias de justicia, y que no debían
-contrariarse las palabras de Jesucristo; finalmente, que el prohibir
-absolutamente toda especie de divorcio, excepto en los casos previstos
-por Moisés, era contra la razón de la ley. La principal proposición
-era esta: que siendo la indisposición, la ineptitud o la contrariedad
-de ánimo producidas por causas<span class="pagenum" id="Page_xxx">p.
-<span class="smcap">xxx</span></span> inmutables por su naturaleza,
-un impedimento, que pueden serlo perpetuo para los beneficios más
-esenciales de la sociedad conyugal, cuales son la tranquilidad y la
-paz, establecen razón más poderosa de divorcio que el adulterio, con
-tal que los cónyuges se separen de mutuo consentimiento.»</p>
-
-<p>Pero no fueron estas las únicas publicaciones que salieron de la
-pluma de Milton durante los dos años en que le vemos separado de su
-mujer. En 1644, a ruegos de su amigo Hartlib, dio a luz su <i>Tratado
-sobre educación</i>, que generalmente se ha considerado como una
-utopía sobre este asunto, porque exige una multitud de conocimientos
-y de ilustración en la juventud, que solo pueden adquirirse a fuerza
-de años y de experiencia. Rara vez acontece que los hombres de genio
-sean buenos preceptores: adquieren fácilmente sus conocimientos, las
-más veces por intuición, y dan en la pretensión de medir la capacidad
-de los demás por la suya propia. La lentitud y pasos graduales en que
-realmente consiste la educación, se reservan a los hombres de más
-paciencia y por decirlo así, de inferiores facultades. El genio es
-impetuoso; la rutina igual, lo mismo mañana que hoy, y sabe bien hasta
-dónde se puede ir y dónde conviene detenerse.</p>
-
-<p>Pero el año en que se publicó el <i>Tratado sobre educación</i>,
-fue notable por la aparición de una obra de extraordinario mérito,
-la <i>Areopagítica</i> o <i>Discurso por la libertad de la imprenta,
-sin restricciones</i>. Dirigió Milton este escrito al Parlamento, que
-por cierto es de los en prosa el más elocuente, y el que consigna más
-verdades de perpetua aplicación y máximas más dignas. Los hombres, dice
-Milton, son virtuosos cuando rechazan el mal por voluntad propia, no
-cuando se apartan de él por necesidad. «Para mí, añade, no es digna
-de alabarse la virtud fugitiva y enclaustrada, jamás combatida ni
-en peligro, que no provoca ni acomete a su adversario, sino que se
-fortalece en aquellos que conquistan la corona inmortal con mil afanes
-y fatigas.»</p>
-
-<p>El Parlamento había promulgado una orden para regularizar la
-imprenta, en que se decía: «Ningún libro, folleto, ni papel, se
-imprimirá en lo sucesivo, que primero no obtenga la aprobación y
-licencia de los designados a este fin, o por lo menos de alguno de
-ellos.» Milton acudió al Parlamento para que examinase de nuevo esta
-orden, y para recordarle que el someter a un autor a la ignorancia
-o capricho de los censores, era invención de tiempos modernos,
-recomendándole también que no diese en la ilusión de suponer que
-semejante ley bastaría para desterrar de la imprenta los malos
-libros, pues por el contrario sostenía que sus<span class="pagenum"
-id="Page_xxxi">p. <span class="smcap">xxxi</span></span> efectos
-podían ser «ante todo desalentar a los hombres doctos y ahuyentar la
-verdad, no solo haciendo inútiles todos nuestros conocimientos, sino
-imposibilitando cuantos descubrimientos pudieran hacerse en lo sucesivo
-tanto en lo civil como en lo religioso.» El principio, añade, de poner
-freno a la imprenta, so pretexto de que no debe difundirse el error,
-no bastaba para acabar con la controversia, dado que ningún hombre
-puede refutar un error sin publicar este mismo error para refutarlo.
-Que no debe castigarse a los malos porque se suponga que son capaces
-de cometer maldades, sino que debe esperarse a que estas se cometan,
-y que lo mismo acontecía con los libros. Al discurrir así, Milton
-deseaba que la licencia absoluta de la imprenta fuese un indicio
-seguro de libertad, mientras las leyes concernientes a la traición,
-a la sedición, a la difamación y a la blasfemia no estuviesen más en
-consonancia con aquel artículo. La licencia para imprimir tal como
-se concedía, era un fútil privilegio, si el gobierno se reservaba
-el poder de castigar aquellas faltas como le pluguiese. Al defender
-Milton que la libertad absoluta de imprenta debía hacerse efectiva,
-debiera haber llevado su reforma a todos aquellos vicios que pudieran
-llamarse colaterales; pero estaba aún muy distante el siglo <span
-class="asc">XIX</span> para que se realizase aquella ilusión en
-nuestra historia.</p>
-
-<p>Milton, sin embargo, tenía muchos amigos, que sabedores de sus
-ideas en esta vital cuestión, le instaban para que las publicase,
-y muchos contestaban a sus exageraciones luego que lo ponía por
-obra. La influencia de aquel germen así defendido en el espíritu
-de la legislación, si no era del todo decisiva, no dejaba de ser
-considerable. La acción de los censores durante el Parlamento Largo,
-quedaba entorpecida y limitada por tan ilustradas opiniones; un
-funcionario hubo que renunció tan odioso cargo, y en tiempo de Cromwell
-quedó abolido. Milton defendía y exponía de la siguiente manera sus
-argumentos y amonestaciones: «Yo no he de ocultar ni a mis amigos ni
-a mis enemigos lo que por todas partes se dice, que si volvemos a
-las represiones inquisitoriales y a las licencias, y tenemos miedo
-de nosotros mismos, y sospechamos de los demás hasta el punto de
-asustarnos con cada libro, y temblamos ante cualquier papel antes de
-que sepamos su contenido; si algunos de los que casi se conservan
-mudos, nos prohíben leerlo todo, excepto lo que a ellos les agrade, no
-es fácil adivinar que intentan más una segunda tiranía para la ciencia;
-y en breve quedará fuera de toda duda que los obispos y los clérigos,
-en el nombre y en los hechos son lo mismo para<span class="pagenum"
-id="Page_xxxii">p. <span class="smcap">xxxii</span></span> nosotros.»
-Pero el poeta se entusiasma con su teoría como con una visión
-profética. Londres era para él un gran arsenal espiritual, en que se
-estaban forjando armas de todas especies para llegar a aquel gran
-resultado. «Me figuro en mi ignorancia una nación noble y poderosa,
-que sacude el sueño como un hombre vigoroso y rompe sus apretadas
-ligaduras; se me representa como un águila que ensaya su poderosa
-juventud, y fija sin deslumbrarse sus ojos en el ardiente sol del
-mediodía, avivando y purificándose su vista largo tiempo ofuscada en
-la fuente misma del esplendor celeste; mientras el clamoreo de las
-aves tímidas y agrupadas, así como de las que apetecen el crepúsculo,
-revoloteando alrededor y no comprendiendo aquella novedad, predice
-con sus envidiosos gritos un año de disturbios y divisiones.»
-Nuestros lectores interpretarán este discurso, y a fuerza de leerlo y
-analizarlo, adquirirán una impresión exacta del sublime y profético
-espíritu que en él domina.</p>
-
-<p>En 1645 publicó Milton una colección de sus poemas, incluyendo todos
-los sonetos que había escrito en el mismo año. Los nuevos sonetos se
-referían a los clamores que se habían levantado a consecuencia de
-las publicaciones del autor sobre la cuestión del divorcio, así como
-los que llevan el nombre de <i>Lorenzo</i>, <i>Ciriaco Skinner</i>
-y <i>Enrique Lawes</i>, y los de <i>Lady Margarita Ley</i> y <i>Una
-joven virtuosa</i>. En el prólogo de este tomo, Moseley, el editor,
-dice: «los poemas de Spencer, en estos ingleses, están imitados de tal
-manera, que los aventajan en dulzura.»</p>
-
-<p>La joven en cuya alabanza está escrito uno de los nuevos sonetos,
-suponen que se llamaba miss Davis, a quien Milton, hallándose viudo,
-empezó a dirigirse con ánimo de hacer de ella una segunda esposa.
-Esta joven, que se pinta como muy bella y de una familia respetable,
-parece que dudó antes de contraer semejante vínculo, el cual aunque
-agradable para ella en más de un sentido, no podía menos de exponerla
-a murmuraciones y desdenes sociales. Al propio tiempo se verificó un
-cambio repentino en las circunstancias de Milton, de tal naturaleza,
-que no dejaba lugar a duda alguna: por el verano de 1645 obtuvieron los
-Parlamentarios la victoria decisiva de Naseby; la causa realista quedó
-vencida desde aquel día, y entonces vieron los Powells que la alianza
-con Milton, no solo era una cosa segura, sino ventajosa. El corazón
-de María Powell, que es de presumir anduviese en vacilaciones, con el
-rumor de que su marido solicitaba la mano de otra, no debió quedar muy
-satisfecho de los nuevos acontecimientos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_xxxiii">p. <span
-class="smcap">xxxiii</span></span>En este estado se hallaban las
-cosas, cuando Milton devolvió una visita a cierto amigo llamado
-Blackborough, en St. Martin’s-le-Grand. No era Blackborough el único
-de los amigos de Milton que deseaban dejase a la mujer con quien se
-había reconciliado, y esta visita dio ocasión para averiguar si podría
-tener lugar. Mistress Milton tenía su habitación en lo interior de la
-casa; se presentó repentinamente, se arrojó a los pies de su esposo y
-le rogó con lágrimas y evocando pasados recuerdos, que no la diese al
-olvido. Dícese que Milton vaciló al principio, pero cedió por fin; y al
-declarar que se olvidaba de lo pasado, podemos estar ciertos de que así
-sucedería: nadie por lo menos duda de que la reconciliación de Adán y
-Eva por el poeta, fue una viva reminiscencia de los sentimientos que le
-sugirió esta escena.</p>
-
-<p>Al año siguiente Mr. R. Powell, de Forest Hill, estaba «de
-guarnición en la ciudad de Oxford, cuando ocurrió su rendición.» En
-el archivo de los Papeles de Estado hay un documento firmado por el
-general Fairfax, de 27 de junio de 1646, en que concede a Powell
-libre salida con sus criados, caballos, armas, efectos y todo lo
-necesario para dirigirse a Londres o a otro cualquier punto, según lo
-creyese indispensable. Powell se encaminó con toda su familia a la
-capital, donde su cuñado, a quien tan bajamente habían insultado y
-desacreditado, los recibió en su casa y los hospedó en ella por espacio
-de algunos meses. Pocas semanas después de su llegada, nació el primer
-hijo de Milton.</p>
-
-<p>El último poema latino de nuestro autor, fue escrito a principios de
-1647. Era la <i>Oda a Juan Rouse</i>, el conservador de la Biblioteca
-Bodleiana. A principios de 1646, murió en su casa el padre de su
-esposa, y doce meses después falleció también su propio padre, que
-durante algunos años permaneció tranquilamente en su compañía. Viéndose
-sucesivamente libre de los individuos que formaban la familia de su
-mujer, y con la muerte de su padre en mayor independencia de acción,
-Milton se mudó a poco, en 1647, desde su espaciosa casa de Barbican
-a otra más pequeña en Holborn. Esta casa de Holborn, dícese que
-tenía accesorias a Lincoln’s Inn Fields, sitio que en aquel tiempo
-correspondía a su nombre más que al presente. En la casa de Holborn
-nació la segunda hija de Milton, María.</p>
-
-<p>En 1648 añadió nueve Salmos a los que ya había traducido. Aquel
-año fue poco favorable a la tranquilidad de estudio de los ingleses
-que estaban identificados con los negocios públicos. El partido
-del Rey quedó derrotado en todas partes.<span class="pagenum"
-id="Page_xxxiv">p. <span class="smcap">xxxiv</span></span> Carlos
-fue hecho prisionero, primero por los escoceses, después por los
-presbiterianos ingleses y últimamente por los independientes. Los
-independientes, y Cromwell en especial, no solo estaban dispuestos a
-respetar la vida del Rey, sino que, a ser posible, deseaban entrar con
-él en algún acomodamiento; pero las dilaciones, intrigas y engaños
-de su Majestad, además de frustrar todo proyecto de aquella especie,
-indignaron a los hombres que hubieran podido servirle, y convencieron
-al ejército de que su vida no sería nunca más que un tejido de
-conspiraciones contra la vida de las personas que se atrevieran a
-oponerse a su voluntad. ¿Cuáles eran las ideas de Milton respecto a
-los acontecimientos que podían producir semejante resultado? ¿Dónde se
-hallaba cuando Carlos compareció ante el Supremo Tribunal de Justicia,
-y dónde cuando su cabeza, sin corona ya, rodó sobre el cadalso? No
-lo sabemos; lo que sabemos es que en su opinión, como en la de sus
-compatriotas en lo general, la guerra empeñada no se había suscitado
-contra la monarquía. El objeto de la lucha había sido establecer la
-monarquía sobre una base constitucional compatible con la libertad;
-fracasado este intento, la alternativa era una república; y cuando esta
-sobrevino se oía decir a todos: «nosotros no hemos traído esto; ello
-ha venido por sí; y convencidos como estamos de que hay una voluntad
-superior a todo nuestro poder, nos conformamos con ella, y en caso
-necesario demostraremos tener razón suficiente para hacerlo así.»
-Milton era uno de los que explicaban en estos términos su conducta.</p>
-
-<p>Muerto el Rey, los Presbiterianos prorrumpieron en grandes gritos
-y fulminaron las más amargas invectivas contra los Independientes,
-como perpetradores responsables de aquella muerte. Milton que hubiera
-perdonado esta inculpación a los antiguos realistas o la gente
-ignorante del pueblo, no podía tolerarla procediendo de aquel partido,
-y por eso pocas semanas después de la muerte del Rey, publicó su
-folleto titulado: <i>Procedimiento de los Reyes y los Magistrados</i>,
-cuyo objeto, según parece, era en cuanto se relacionaba con el castigo
-impuesto al Rey, «más bien reconciliar los ánimos con aquel hecho, que
-discutir la legitimidad de la sentencia que se había pronunciado.» El
-argumento sin embargo, va más allá de lo que indican estas palabras,
-pues la proposición se encaminaba a probar «que es legal y en todos
-tiempos se había sostenido que, quien quiera que estuviese en el
-poder, podía residenciar a un tirano o a un rey perverso, y una vez
-adquirido el convencimiento de que lo era, deponerle y condenarle
-a muerte, si los magistrados ordinarios no se resolvían o se
-negaban a hacerlo.» Después<span class="pagenum" id="Page_xxxv">p.
-<span class="smcap">xxxv</span></span> quedó demostrado que los
-Presbiterianos, tan censurados a la sazón por haber depuesto al Rey,
-fueron los que no solo le depusieron en el Senado, sino que en el campo
-alzaron contra él la cuchilla del verdugo. La evidencia de los hechos
-y la irrebatible lógica de esta publicación, hirieron profundamente a
-los Presbiterianos, los cuales habían ya denunciado a Milton, y esta
-vez con mas energía que nunca; pero el objeto del escritor fue no tanto
-granjearse la voluntad de aquel partido, como reducirle a silencio
-exponiendo sus debilidades y su falta de sinceridad.</p>
-
-<p>El trabajo de Milton que en el orden de tiempo sigue a este,
-fueron sus <i>Observaciones sobre los artículos de la paz con los
-irlandeses rebeldes</i>. Estos artículos redactados por Ormond, el Lord
-lugarteniente, a nombre del Rey, demostraban que Carlos, faltando a sus
-más solemnes compromisos, se preparaba a llevar adelante sus intentos
-con ayuda de los católicos irlandeses, y a favor de cualquiera otra
-circunstancia de que pudiera aprovecharse. Las firmas que acompañaban a
-este pacto se habían puesto trece días antes de que el desdichado Rey
-fuese públicamente ejecutado. «Tal es, dice Milton, los frutos de mis
-estudios privados, que ofrecí gratuitamente a la Iglesia y al Estado,
-y por los que recibí por única recompensa la impunidad, aunque estos
-actos me procuraron la tranquilidad de conciencia y la aprobación de
-los buenos, poniendo en práctica la libertad de discusión de que yo
-era tan partidario. Sin trabajo ni merecimiento alguno lograron otros
-honores y utilidades; pero nadie me vio solicitar cosa alguna para
-mí mismo ni por medio de mis amigos; ni se me halló jamás en actitud
-suplicante a las puertas del Senado, ni haciendo la corte a los
-magnates. Yo acostumbraba a estar retraído en mi casa, donde mis bienes
-propios, parte de los cuales habían sido secuestrados durante las
-revueltas civiles, y parte absorbidos por las opresoras contribuciones
-que había satisfecho, me proporcionaban escasa subsistencia. Cuando
-me veía libre de estas atenciones, y pensaba que pronto gozaría de
-un intervalo de paz no interrumpida, volvía mi pensamiento a una
-historia de mi país que abrazase desde los tiempos primitivos hasta el
-presente.»</p>
-
-<p>Esta historia inglesa era un asunto muy favorito de Milton, pero no
-llevó su narración más allá de la conquista. Como historia no tiene
-mucha importancia; pero como obra en que Milton revela sus pensamientos
-y su gran inventiva aplicada a una serie dada de sucesos, a pesar
-de estar formada de fragmentos, no deja de<span class="pagenum"
-id="Page_xxxvi">p. <span class="smcap">xxxvi</span></span> ser
-interesante. Las comparaciones que hace entre lo pasado y lo presente,
-aunque entonces parecían inoportunas, son ahora instructivas para
-nosotros.</p>
-
-<p>Mas había de llegar día en que el hombre que nunca había solicitado
-nada para sí, fuese elevado a una honrosa posición por la desinteresada
-munificencia del Estado. El gobierno invitó a Milton a aceptar la plaza
-de secretario de Lenguas extranjeras. Su último opúsculo había hecho un
-servicio al país, y su competencia y aptitud para el destino vacante,
-eran superiores a las de todos los demás a quienes hubiera podido
-concederse. Era presidente del consejo el gran jurisconsulto Bradshaw,
-y ya hemos visto que el mismo apellido tenía la madre del poeta; así
-que Milton aceptó el destino el 13 de marzo de 1649, y dos días después
-tomó formalmente posesión de él; pero en sus manos de seguro no sería
-una <i>sine cura</i>.</p>
-
-<p>A juicio de muchos, fue un gran crimen la ejecución del Rey, y
-teniendo en cuenta sus efectos, fue en verdad un grandísimo error. Por
-lo demás, era un aviso a las testas coronadas para que no abusasen de
-su poder, y cualquiera otro recurso que se hubiera empleado, habría
-ofrecido extraordinarias dificultades. Pero con aquello se había
-herido profundamente el sentimiento de la nación, y en mucho tiempo
-no podía ponerse remedio al mal. En este estado la nueva república
-recibió un gran golpe con la publicación del <i>Eikon Basilike</i>,
-libro de devoción que se forjó para presentar al último rey como hombre
-singularmente devoto y santo en todos los actos de su vida privada. A
-pesar de la dificultad de comunicaciones que había entonces, el libro
-se propagó por todo el país, agotándose con sorprendente rapidez una
-edición tras otra. En contestación al <i>Eikon Basilike</i> (La Imagen
-real), Milton dio a luz uno de sus más doctos escritos, con el título
-de los <i>Iconoclastas</i> (Los destructores de Imágenes). El objeto de
-esta publicación era pintar la situación del Parlamento, en oposición
-al Rey, y demostrar la falsedad de las pretensiones que en favor del
-segundo se alegaban. Era otra gran <i>Demostración</i>, y no podía
-menos de ser favorable a la república.</p>
-
-<p>Pero la conducta del Parlamento y el ejército para con el Rey no
-pareció tan ofensiva en el extranjero como interiormente. A fines del
-mismo año, Claudio <i>Saumaise</i>, más conocido por Salmasio, publicó
-su <i>Defensio regia pro Carolo Primo ad Carolum Secundum</i>. El autor
-de esta obra era un erudito de los más distinguidos, que había logrado
-gran celebridad, el cual, a vuelta de sus argumentos, defendía resuelta
-y enfáticamente el derecho divino de los reyes, y<span class="pagenum"
-id="Page_xxxvii">p. <span class="smcap">xxxvii</span></span> apuraba
-todo su saber para probar que los soberanos ninguna responsabilidad
-contraen con sus súbditos, sino únicamente con Dios. Semejantes ideas,
-poco daño podían hacer en Inglaterra, pero realzadas con los abusos
-que en la república se cometían, fácilmente podían extraviar a los
-extranjeros.</p>
-
-<p>Tal impresión, sin embargo, produjo aquel escrito, que en enero
-de 1650 expidió el Consejo una orden para que «Mr. Milton preparase
-una refutación al libro de Salmasio.» Hecha en efecto esta, se mandó
-imprimirla, y se acordó dar gracias al autor; y como la obra de
-Salmasio estaba en latin, en latin también apareció la respuesta,
-llevando el título de <i>Defensio pro Populo Anglicano</i>.</p>
-
-<p>Gravemente equivocado estaba Salmasio respecto a lo que acontecía
-en Inglaterra, y por la ligereza y menosprecio con que trataba a las
-personas que tenía por adversarios, incurrió en mil indiscreciones
-que hicieron poco favor al concepto de sabio en que se le tenía.
-Evidentemente nada estaba más lejos de su imaginación, que le saliese
-al encuentro un antagonista como Milton, rival muy sagaz para descubrir
-hasta el menor descuido, y una vez descubierto, nada escrupuloso en
-manifestarlo. Aquel espíritu servil, y la arrogancia e insolencia del
-tono que se empleaba, eran de tal naturaleza, que Milton no sabía cómo
-dirigirse a él en términos que pareciesen dignos. Téngase presente que
-todo el secreto de la oposición consistía en el sarcasmo, el ridículo,
-y los epítetos más ignominiosos que un inglés podía hallar contra su
-adversario; la agilidad y el vigor de la lucha traían a la memoria el
-arte y la impetuosa resolución de un jefe de los antiguos atletas, que
-se ponía a dirigir la lucha; a cada golpe que se asesta, se convence
-uno de que el enemigo que está delante no merece piedad alguna, y sin
-piedad se le tratará. Pero no le cegaba tanto la pasión, que le privase
-de la lógica, ni le impidiera valerse de las armas que le daba su
-ciencia.</p>
-
-<p>La defensa de los derechos de la humanidad contra todo género de
-opresión es siempre justa, y a veces se eleva a una sublimidad que
-le subyuga a uno con su fuerza y magnificencia. Era natural que una
-lucha entre dos gigantes como aquellos, llamase la atención de los
-sabios y de los hombres ilustrados de Europa, porque era espectáculo
-raro el de aquellos dos combatientes, puesto uno enfrente de otro.
-Algunos dicen que Milton acabó con su adversario, el cual no volvió
-a mostrarse lo que antes era, y murió al siguiente año. Otros
-niegan que fuese así; lo cierto es que semejante acometida no podía
-menos de ocasionar<span class="pagenum" id="Page_xxxviii">p. <span
-class="smcap">xxxviii</span></span> una gran lesión<a id="FNanchor_4"
-href="#Footnote_4" class="fnanchor">[4]</a>. Desde entonces variaron
-mucho los sentimientos del continente, hostiles al Parlamento inglés.
-La fama de Milton no conoció superior sino en la de Cromwell, y el
-talento de uno y el poder de otro se creía que eran los que habían
-elevado a Inglaterra a su nueva posición.</p>
-
-<p>Cuando Milton recibió la orden del Consejo para escribir esta obra,
-su vista, que hacía diez años iba gradualmente debilitándose, en los
-dos últimos se aminoró de una manera alarmante. Los médicos a quienes
-consultó, le previnieron que si se determinaba a emprender aquel
-trabajo, empeoraría su enfermedad hasta el punto de quedar ciego;
-a lo cual respondió con la más tranquila resolución: «¡Pues aunque
-ciegue!» Y cegó, en efecto, como le habían pronosticado; pero en los
-postreros instantes de su vida era un consuelo para él recordar la
-causa de aquellas tinieblas que se habían interpuesto entre sus ojos
-y el mundo visible; diciendo en unos versos: «Ciriaco, en pocos días,
-estos ojos, antes claros, privados de la luz, han perdido su vista. Me
-preguntas qué me consuela de tan gran quebranto: la conciencia, amigo
-mío, de haber perdido mis ojos en el nobilísimo empeño de defender la
-libertad.»</p>
-
-<p>Ocho años pasaron, y nada más volvió a oírse de la polémica
-con Salmasio; mas no era creíble que la <i>Defensa del pueblo de
-Inglaterra</i>, tan celebrada de un extremo a otro de Europa, quedase
-sin respuesta alguna. Varias se dieron, y no excitaron interés; una que
-se publicó anónima, la atribuyó Milton al obispo Bramhall; sin embargo,
-su autor fue un clérigo desconocido llamado Rowland; contra la cual
-escribió Juan Philips, sobrino de Milton, una réplica que revisó el
-mismo poeta antes de publicarse.</p>
-
-<p>Hemos visto que en 1649 se mudó Milton de Barbican a Holborn. Al
-hacerse cargo de su secretaría, pasó a ocupar la habitación que le
-estaba destinada en Whitehall, mas no sabemos por qué motivo, se le
-mandó desalojarla algún tiempo después; y en junio de 1651, tomó una
-linda casa en Petty France, en Westminster, contigua al palacio de lord
-Scudamore, que daba a St. James Park. Aquí siguió viviendo ocho años,
-hasta que vino la Restauración.</p>
-
-<p>Como la pérdida de la vista le sobrevino poco a poco, no es fácil
-determinar con exactitud la época fija en que quedó totalmente ciego.
-Uno de sus adversarios le supone ya en este estado en 1652. No basta
-esto para asegurarlo; pero en<span class="pagenum" id="Page_xxxix">p.
-<span class="smcap">xxxix</span></span> la réplica que Milton le
-dirigió, dice lo bastante para dar por acaecida aquella desgracia en el
-mencionado año.</p>
-
-<p>En una carta escrita a un amigo en setiembre de 1654, cuenta
-que por espacio de diez años había ido su vista «debilitándose y
-enturbiándose,» y añade cómo fue perdiéndola, hasta que la luz «se
-trocó en una oscuridad completa, como la que queda al apagarse
-una vela.» «Cuando por la mañana, dice, me ponía a leer, según mi
-costumbre, padecía mucho de los ojos, que me molestaban terriblemente,
-hasta que con el ejercicio corporal adquirían alguna fuerza. Si miraba
-a una luz encendida, la veía cercada de un disco luminoso. Una pequeña
-sombra que me cubría la parte izquierda del ojo izquierdo también, el
-cual comenzó a resentírseme algunos años antes que el otro, me impedía
-ver todo lo que había en aquella dirección. Hasta los objetos que tenía
-enfrente parecían oscurecerse cuando cerraba el ojo derecho, y este fue
-también durante tres años acabándose lentamente, y pocos meses antes
-de perder la vista del todo, no sentí novedad alguna; ahora siento
-como unos densos vapores en la frente y las sienes, que me oprimen y
-pesan sobre los párpados, sobre todo después de comer, a la caída de la
-tarde. Ni debo omitir tampoco que antes de quedar totalmente privado de
-la vista, cuando estaba en la cama y me volvía de uno y otro lado, al
-cerrar los ojos, me salían de ellos ráfagas lucientes; más adelante,
-cuando poco a poco fui dejando de distinguir los objetos, parecía que
-los colores, proporcionalmente turbios y oscuros, saltaban con cierto
-ímpetu y con una especie de zumbido interior.» Pero después de 1652,
-estas postreras llamaradas de la luz que se le apagaba, no volvieron a
-aparecer más.</p>
-
-<p>La única obra en respuesta a su <i>Defensa del pueblo de
-Inglaterra</i>, sobre la que Milton decidió al fin no guardar silencio,
-fue una publicación titulada <i>Regii sanguinis clamor ad Cœlum
-adversus Parricidas Anglicanos</i> (Grito que la sangre real levanta al
-cielo contra los parricidas ingleses). El autor de esta obra era un tal
-Pedro Du Moulin, residente en Inglaterra, pero francés de nacimiento.
-Por él mismo sabemos que el manuscrito fue enviado a Salmasio, y que
-este encargó la impresión a uno llamado Moore, en latin «Morus,»
-escocés, que era el director del colegio protestante de Castres, en
-Languedoc. El libro no lleva más nombre que el del impresor, pero
-la dedicatoria a Carlos II está firmada por Moro. Milton llegó a
-entender que Moro había tenido alguna parte en esta obra, y contra él
-esgrimió la pluma, considerándole su autor; y como el escrito en<span
-class="pagenum" id="Page_xl">p. <span class="smcap">xl</span></span>
-cuestión estaba lleno de las más duras apreciaciones sobre su carácter
-privado, Milton aprovechó la ocasión para justificarse de semejantes
-diatribas, y al propio tiempo para decir al mundo cuál era su juicio
-respecto al carácter de los hombres que más participación tenían en
-el origen y conservación de la república inglesa. La importancia
-biográfica de esta segunda <i>Defensa</i> es muy grande; de modo que en
-este concepto tenemos mucho que agradecer a la cándida malignidad de
-los enemigos de nuestro autor. Moro intentó replicar; Milton contestó;
-a la contra-réplica añadió un suplemento; pero la controversia estaba
-ya agotada.</p>
-
-<p>En 1653 quedó Milton viudo. Dícese que su esposa murió en su
-último destierro. Durante los últimos años, cuando estaba engolfado
-en cuestiones de tanto interés público y atrayéndose la atención de
-Europa, hay motivos para creer que su situación doméstica no era muy
-envidiable. Su esposa le había dejado ciego y con tres hijas, la más
-pequeña de dos años, y la mayor de ocho. Él mismo nos dice que a pesar
-de los servicios que había hecho a la República, había estado muy lejos
-de enriquecerse. Sus rentas consistían en el sueldo de secretario, que
-no llegaba a trescientas libras al año, y en sus recursos propios.
-En 1655 cuando, ciego ya, tuvo que echar mano de un auxiliar para su
-cargo, se le dejó reducido el sueldo a ciento cincuenta libras anuales,
-que se le asignaron como vitalicio. Poco después se nombró a su buen
-amigo Andrés Marvell como sustituto en su empleo oficial, nombramiento
-que parece haberse hecho a indicación suya.</p>
-
-<p>Tales eran sus circunstancias personales cuando contrajo segundo
-matrimonio, y la persona con quien se enlazó fue miss Woodcock, hija
-del capitán Woodcock, de Hackney. Cómo se condujeron los negocios
-domésticos de Milton durante los tres últimos años, no está averiguado;
-pero que quedaron abandonadas las tres hijas, lo cual no hubiera
-sucedido a tener una madre de no más que regular inteligencia, es muy
-verosímil. Con Catalina Woodcock vivió Milton tan feliz como no lo
-había sido hasta entonces, y sus hijas suponemos que empezaron a dar
-señales de aprovechamiento bajo su dirección; pero este rayo de luz que
-entró en casa del poeta debía durar muy poco: quince meses después de
-su matrimonio murió su esposa embarazada, y la criatura no se logró.
-El sentimiento que tuvo siempre Milton por la pérdida de esta virtuosa
-señora, la expresó en un bellísimo soneto.</p>
-
-<p>Ocho años fecundos en acontecimientos habían de pasar, antes de
-que Milton volviera a casarse. El alivio de trabajo que tenía en
-su cargo de secretario, le<span class="pagenum" id="Page_xli">p.
-<span class="smcap">xli</span></span> dejaba algún tiempo más de que
-disponer; seguía ocupándose en la Historia de Inglaterra, y ahora
-dio principio a los apuntes preparatorios para un diccionario latino
-reformado, y a la reunión de materiales para una obra de Teología; mas
-poco después de haber enviudado segunda vez, comenzó a pensar en el
-asunto de la Caída del Hombre para el poema épico que de tiempo atrás
-meditaba. Según su amigo Aubrey, empezó esta grande obra en 1658, mas
-en esta época todavía no se consagraba a ella del todo, sino a ratos.
-En 1658 publicó el manuscrito de la obra de Sir Gualterio Raleigh
-titulada el <i>Consejo del Gabinete</i>. En 1659 dio su importante
-tratado de la <i>Potestad civil de los casos eclesiásticos</i>, y
-un vigoroso opúsculo sobre los medios de suprimir los <i>Jornaleros
-de la Iglesia</i>. En el mismo año escribió también una carta a un
-amigo, tocante a los trastornos de la República, y otra al general
-Monk en favor de una República libre, exponiendo los medios que
-debían emplearse para asegurarla; pero eran cartas confidenciales y
-breves que no llegaron a imprimirse. El folleto dado a luz algunos
-meses después bajo el título de <i>Breve</i> y <i>fácil camino para
-establecer una República libre</i>, era de más importancia y estaba
-dirigido a la nación. En este opúsculo recomendaba con mucho empeño la
-excelencia de una República libre «comparada con los inconvenientes y
-peligros de la restauración monárquica en aquel país.» Otro fragmento
-publicó por entonces en contestación a un sermón altamente realista,
-predicado por un doctor Mateo Griffith, que se decía «Capellán del
-último Rey.» En estos dos escritos protesta Milton con toda su energía
-contra el restablecimiento del gobierno de los Estuardos, y en el
-mismo sentido seguía clamando, cuando los cañones de Dover Castle
-anunciaban el desembarque de Su Majestad Carlos II; pero la nación no
-le oía, y la corte y el pueblo se apresuraban a realizar las fatídicas
-predicciones tantas veces anunciadas por Cromwell, reproducidas por
-Milton al presente. La parte sensata del país estaba cansada de una
-guerra de facciones, del desorden que cada vez introducía más profunda
-perturbación, y anhelaba se realizasen sus esperanzas, fundadas en
-las prudentes y patrióticas intenciones del Rey proscrito. Aquellas
-esperanzas iban a salir fallidas; pero la experiencia vino demasiado
-tarde, y lo hecho ya no podía menos de realizarse.</p>
-
-<p>En los ocho años que precedieron a la Restauración, vivió Milton
-en su aislado domicilio de Petty France, cerca del centro en que
-se agitaban todos aquellos años las ruidosas cuestiones suscitadas
-entre la Iglesia y el Estado. En aquel<span class="pagenum"
-id="Page_xlii">p. <span class="smcap">xlii</span></span> solía recibir
-a sus amigos, entre los que nos figuramos oír a Ciriaco Skinner
-discurrir libremente sobre los últimos debates del Parlamento o
-del club, y sobre la marcha de los negocios públicos. En el mismo
-sentido resonaba allí la honrada voz de Andrés Marvell, que a veces
-hacía también ingeniosas y profundas observaciones críticas acerca
-de la poesía y de la literatura en general. Allí es de suponer que
-Roberto Boyle hablase a su ciego amigo de los nuevos experimentos
-filosóficos, pasando de los misterios de la naturaleza a las religiosas
-consideraciones que le inspiraba su supremo Autor. Los escritos de
-Milton prueban las relaciones personales que tenía con los hombres más
-distinguidos del ejército y del Estado, y que estos acudían de vez en
-cuando a visitarle. La admiración que causaba su genio, lo mismo que el
-de Bacon, era mayor entre los extranjeros que entre sus compatriotas,
-y en esa época, después de Cromwell, el inglés que más llamaba la
-atención de los primeros, y a quien manifestaban más deseos de conocer,
-era nuestro autor; por lo que muchos emprendían un viaje y se dirigían
-a su modesta vivienda solo con este objeto.</p>
-
-<p>Pero todo cambió con la Restauración. Milton debió comprender
-que su vida no estaba segura; había terminado su carrera política,
-y no bastaba en lo sucesivo su silencio para preservarle de las
-consecuencias de lo pasado. Abandonó entonces a Petty France y halló
-en Bartolomé Close un asilo y un amigo. A la proclamación se siguió
-su encarcelamiento; pero tenía amigos de influencia deseosos de
-favorecerle, como su cuñado Sir Tomás Clarges, Morrice, secretario de
-Estado y primo del general Monk, Andrés Marvell, que era individuo del
-Parlamento, dos distinguidos realistas, regidores de York, y sobre
-todo Sir Guillermo Davenant. Aun entre sus enemigos había algunos que
-consideraban su pérdida de vista con lástima, y su genio con respeto.
-Hay quien dice que algunos de sus amigos le dieron por muerto, y
-fingieron hacerle exequias fúnebres para frustrar la persecución del
-gobierno que andaba en busca suya; pero semejante recurso hubiera
-parecido sobrado cándido además de no ser creíble que Milton se hubiera
-prestado a semejante farsa. A ser cierta esta especie, los ingenios de
-la corte de Carlos no la hubieran dejado dormir tanto tiempo después
-del suceso.</p>
-
-<p>En junio de 1660 resolvieron los Comunes que los <i>Iconoclastas</i>
-y su <i>Defensa del Pueblo de Inglaterra</i> se quemasen por mano
-del verdugo, y así se verificó en el mes de agosto; pero al mismo
-tiempo se pronunció sentencia de indemnidad, absolviendo de la pena de
-muerte al autor, aunque algunos meses después,<span class="pagenum"
-id="Page_xliii">p. <span class="smcap">xliii</span></span> no sabemos
-por qué causa, le hallamos bajo la vigilancia del macero del Rey. Sin
-embargo, en breve fue puesto en libertad, castigándole solo a pagar
-sus alimentos; pago a que resistió con su carácter independiente y
-resuelto, fundándose en que era excesivo, y se modificó el tanto antes
-prefijado.</p>
-
-<p>Al dejar la casa de Bartolomé Close, tomó otra en Holborn, cerca de
-Red Lion Square, de donde a poco se trasladó de nuevo a Jewin Street.
-Aquí publicó una obra sobre los <i>Accidentes</i> y <i>Gramática de
-la Lengua Latina</i>, y además los <i>Aforismos del Estado</i> de
-un manuscrito que dejó Sir Gualterio Raleigh. Debemos añadir que en
-esta casa de Jewin Street contrajo Milton su tercer matrimonio, mas
-no parece que fuese con mucha anterioridad a 1664. Su amigo el doctor
-Paget le recomendó a Isabel, hija de Mr. Roberto Minshull de Wistaston,
-cerca de Nantwich, en Cheshire, como mujer que podría contribuir a su
-felicidad, y se verificó este enlace. Tenía entonces Milton cincuenta
-y seis años, y treinta menos su esposa. Su hija mayor contaba diez y
-ocho, y la segunda diez y seis.</p>
-
-<p>Permaneció Milton tanto tiempo sin casarse con la esperanza al
-parecer de que sus hijas adquirieran afición y capacidad para el
-arreglo de la casa, pero estas esperanzas debieron frustrársele. Milton
-incurrió al parecer en la falta de haberse conducido con sus hijas no
-tan dignamente como era de esperar de él; conducta que por una y otra
-parte dejamos al juicio de los lectores.</p>
-
-<p>A mistress Foster, nieta de Milton, se atribuye la declaración de
-que su abuelo, además de la aspereza con que trataba a sus hijas,
-miraba con tal indiferencia su educación, que no quiso que aprendiesen
-a escribir. La mayor no podía leer por cierto impedimento que tenía
-en la lengua, pero las otras dos, y Débora la más joven lo dice así,
-sabían leer en ocho idiomas, entre ellos el griego y el hebreo; pero
-la ocupación de verse obligadas a leer mucho en estas lenguas, o por
-lo menos en una que no sabían traducir, debía ser tan desagradable
-como inútil. El sobrino del poeta, Philips, refiere que luego que las
-jóvenes concluían esta ocupación, iban todas tres fuera de casa «a
-aprender algunas labores curiosas y entretenidas, propias de mujeres,
-especialmente el bordado en plata y oro.» El hecho de que Milton al
-morir dejó cuanto poseía a su esposa, excepto lo que podían reclamar
-sus hijas por la parte de su madre, de la familia de los Powells, ha
-venido a confirmar los desfavorables informes que se tienen en el
-particular.</p>
-
-<p>En cambio debe recordarse que mistress Foster, la nieta del poeta,
-no es enteramente digna de crédito, pues la aserción de que Milton
-no quiso enseñar a sus<span class="pagenum" id="Page_xliv">p. <span
-class="smcap">xliv</span></span> hijas a escribir, es positivamente
-falsa, dado que Aubrey afirma ser Débora, la más joven, la amanuense de
-su padre, y que aprendió latin y a leer griego, es decir, a traducir
-una lengua y leer otra. Débora además asegura que aunque no fueron a
-colegio, «aprendían en casa con una maestra que se tomó a este fin.»
-Esto significa que estaban bajo la dirección de un aya. A este gasto
-hay que añadir el del aprendizaje del bordado, y la asignación que
-tuvieron los cuatro o cinco años antes de morir su padre, en que
-dejaron de formar parte de la casa. Al fin de ese tiempo, dice él
-que había «gastado la mayor parte de su fortuna en esta atención,» y
-al mismo tiempo que habían sido «descuidadas y poco afectuosas con
-él;» que «no le cuidaban estando ciego, ni hacían nada en obsequio
-suyo;» que «en lugar de servirle de apoyo, que tanto necesitaba, se
-confabulaban con la criada para sisarle en la compra;» que habían
-inutilizado algunos de sus libros, y vendido los demás a las prenderas;
-y que María, la segunda, sabiendo que su padre estaba para casarse,
-decía que la mejor noticia que podrían darle de él era que había
-muerto.</p>
-
-<p>La nueva mujer de Milton tenía veinte y seis años de edad cuando
-se casó, y Aubrey, que la conoció, la pinta como «una bella persona,
-de carácter bondadoso y dulce.» Por lo que de ella se dice, debemos
-en efecto presumir que se distinguía por sus atractivos personales.
-Sábese que profesó a su marido gran respeto; que los versos que se
-le ocurrían a él de noche, los escribía ella al dictado al siguiente
-día; que procuraba complacerle en todo, y que de hecho probó ser una
-excelente señora. Milton mismo confiesa que era una «amante esposa», y
-su hermano Cristóbal asegura que así como él «se quejaba, aunque sin
-acritud, de que sus hijas le habían tratado con poco cariño, de su
-esposa decía que había sido amable y cuidadosa.» Al dejar para ella la
-propiedad de que podía disponer, que, sin embargo, no le proporcionaba
-más que los medios de una regular subsistencia, daba a entender que
-satisfacía una deuda de gratitud. En el convenio últimamente hecho
-cuando se litigó la herencia, las hijas se contentaron con recibir cien
-libras cada una por su parte; y al mismo tiempo las mil libras que
-seguía debiendo la familia de Powell, reconocidas por personas que se
-obligaban a pagarlas como una deuda legítima, quedaban a las hijas como
-objeto de reclamación. «Philips cuenta» dice Johnson, «que mistress
-Milton persiguió a las hijastras en vida de su marido, y las despojó
-de lo suyo después de muerto;» pero baste decir que Philips nunca dijo
-semejante cosa, ni es la primera vez que la ojeriza de Johnson<span
-class="pagenum" id="Page_xlv">p. <span class="smcap">xlv</span></span>
-le lleva a incurrir en difamaciones de esta naturaleza. La mejora hecha
-en favor de la viuda, probablemente sugerida por ella misma, es el
-único cargo que puede hacérsele; y por lo que hace a la persecución que
-se le atribuye, Débora bien podía dejar su casa, aun recibiendo buen
-trato, para ser adoptada, como de hecho lo fue, por mistress Merien,
-mientras sus dos hermanas difícilmente hubieran vivido cinco o seis
-años al lado de su madrastra, si tan mal se hubiera conducido con
-ellas. En todo esto, en lo que se dice del proceder de Milton para con
-sus hijas y su primera mujer, no es fácil asegurar en quién estuvo la
-falta, pero no creemos aventurar mucho al decir que si él fue culpable
-con los demás, estos lo fueron en mucho mayor grado para con él.</p>
-
-<p>No siguió viviendo mucho tiempo en Jewin Street; de allí se
-trasladó, por último, a una casa situada en Artillery Walk, que
-entonces era una hermosa calle que salía a Bunhill Fields; pero no
-había residido mucho tiempo en su nueva vivienda, cuando le lanzó de
-ella la peste, que tan terriblemente invadió la metrópoli en 1655; hubo
-de refugiarse por algún tiempo en una casa cualquiera de Chalfont,
-en Buckinghamshire, que había alquilado para él su joven amigo Wood,
-el Cuáquero. En este tiempo concluyó o dejó casi concluido su <span
-class="smcap">Paraíso perdido</span>.</p>
-
-<p>Las primeras noticias que tenemos de que Milton intentase escribir
-un poema épico, se refieren a la época de su viaje al continente.
-Los elogios que le tributaron en Florencia, indican que algo de este
-propósito manifestó a sus amigos de aquella ciudad. En los versos
-que dirigió a Manso en Nápoles, pocos meses después, explícitamente
-declara su intención, pero el asunto que entonces le ocupaba, era
-el Rey Arturo y el espíritu caballeresco de aquellos tiempos. En
-su tratado del <i>Gobierno de la Iglesia</i>, publicado en 1641,
-vuelve a hablar de su proyecto, pero es con referencia también al
-Rey Arturo. No sabemos cuándo o por qué dejó el asunto británico
-por el bíblico; pero es lo cierto que en 1658 había ya variado de
-resolución, pues algunos años antes, Philips y otros amigos habían
-visto fragmentos del poema, especialmente el <i>Apóstrofe de Satán
-al Sol</i>, que apareció después en el <span class="smcap">Paraíso
-perdido</span>. Es por consiguiente de suponer que ocho o diez años
-antes se ocupaba el poeta en este asunto y estaba más o menos resuelto
-a escribirlo, y que unos siete años antes de su publicación, era obra
-que resueltamente traía entre sus manos. La primera forma que pensó
-dar a su obra, sabido es que era la de un drama; los manuscritos de
-Milton en Cambridge, nos<span class="pagenum" id="Page_xlvi">p.
-<span class="smcap">xlvi</span></span> dan por anteriores dos planes
-dramáticos sobre la <i>Caída del Hombre</i>, trazados de un modo
-semejante al de los antiguos misterios; mas por fortuna abandonó
-aquella idea, en la cual parece que insistió muy poco.</p>
-
-<p>La causa más poderosa que le sugirió tan sublime asunto es probable
-que dependa de los nuevos pensamientos a que se entregó al regresar
-a Inglaterra en 1639. Estando aún en Cambridge, el disgusto con que
-veía el giro dado a los sucesos de la Iglesia anglicana, le apartó del
-propósito de hacerse clérigo. Su <i>Lycidas</i> manifiesta que pensaba
-así cuando estaba escribiendo aquel poema; pero su residencia en Horton
-y su viaje continental comprenden el intervalo que puede decirse más
-brillante de su vida, y si esta le hubiera sonreído después del mismo
-modo, es probable que el poema épico hubiera sido el caballeresco. La
-lucha entre Carlos y el Parlamento, que engendró la guerra civil y las
-graves cuestiones de la libertad civil y religiosa, absorbieron su
-atención, y no solo avivaron el espíritu religioso que descubrió en sus
-primeros años, sino que le arraigaron más en él, y por decirlo así,
-constituyeron sus ulteriores hábitos.</p>
-
-<p>En otra parte hemos dicho que Milton entregó el manuscrito del
-<span class="smcap">Paraíso perdido</span> a Wood en Chalfont, y
-mencionado también la observación del Cuáquero, amigo del poeta, que
-quien había escrito el <span class="smcap">Paraíso perdido</span>,
-bien podía escribir el <i>Paraíso recobrado</i>, en lo cual alude al
-poema conocido después con este nombre. Milton volvió a Londres en
-1666, probablemente a principios de año. El retraso que experimentó la
-publicación en 1665 por la peste, continuó en setiembre de 1666 por el
-gran incendio de Londres, que paralizó, como no podía menos de suceder,
-toda empresa por parte de los autores y libreros. Pero Milton había
-escrito la mayor parte, si no todo su <i>Paraíso recobrado</i>, falto
-de libros en su humilde habitación de Chalfont, así como su gran poema
-entre las incesantes distracciones producidas por la agitación y los
-peligros que combatieron a la República los cinco primeros años de su
-existencia, y entre los temerosos acontecimientos que acompañaron a la
-Restauración; pero desplegando toda su energía y aliento, se introdujo
-en la ciudad donde la peste acababa de hacer tantos estragos sin
-perdonar morada alguna, y donde a consecuencia del incendio, estaban
-sembradas las calles de ruinas y confusión, con el fin de hallar un
-librero bastante animoso para emprender la publicación de un poema
-épico en diez libros.</p>
-
-<p>Halló, sin embargo, Milton el hombre que buscaba en la
-persona de Samuel<span class="pagenum" id="Page_xlvii">p. <span
-class="smcap">xlvii</span></span> Simmons; y todo el mundo sabe los
-términos del convenio que se realizó entre el poeta y este editor. Al
-firmarse el contrato recibió el autor cinco libras, y si se vendían
-los mil trescientos ejemplares de la primera edición, recibiría otras
-cinco. Si de la segunda edición se despachaba igual número, percibiría
-la misma suma, y otro tanto de la tercera, en el supuesto de que
-ninguna edición había de pasar de mil quinientos ejemplares; de manera
-que la venta de más de cuatro mil ejemplares no produjo al autor
-más que veinte libras. La primera edición se anunció perfectamente
-encuadernada y al precio de tres chelines. Milton firmó su convenio
-con Simmons el 27 de abril de 1667; el 26 de abril de 1669 recibió
-las segundas cinco libras, habiéndose agotado los mil quinientos
-ejemplares estipulados de la obra en aquellos dos años. La segunda
-edición no se imprimió hasta 1674, en que, como ya Milton no vivía,
-nada pudo recibir; así que todo lo que llegó a sus manos por producto
-del <i>Paraíso perdido</i> fueron diez libras. La segunda edición
-se vendió en el espacio de cuatro años, y al imprimir la tercera en
-1681, Simmons entregó a la viuda de Milton ocho libras, importe del
-derecho de autor. Simmons vendió la propiedad al librero Brabazon
-Aylmer en veinticinco libras, y en 1683, pasó de Aylmer a Jacobo Tonson
-en precio mucho mayor. En el transcurso de veinte años se publicaron
-seis ediciones, y se vendieron de siete a ocho mil ejemplares. En
-1688 apareció una hermosa edición en folio, bajo los auspicios del
-gran jurisconsulto whig, lord Somers, y con una lista que excedía de
-quinientos suscriptores, entre los cuales figuraban los hombres más
-distinguidos por su posición y su fama literaria: hechos que hacían más
-honor al público de aquel tiempo que al comercio de librería.</p>
-
-<p>La <i>Historia de Inglaterra</i> de Milton, que tanto le había
-dado que pensar en ocasiones, no se publicó hasta 1670, pero muy
-mutilada por el censor, y, según dicen algunos, con intercalaciones
-posteriores, so pretexto de restablecer los pasajes suprimidos.
-En 1671 apareció el <i>Paraíso Recobrado</i>, juntamente con el
-<i>Hércules Sansón</i>. En 1673 el poeta dio a luz su tratado de
-la <i>Verdadera religión, la herejía, el cisma, la tolerancia, y
-que medios adecuados debían emplearse contra la preponderancia del
-Papado</i>. Por aquel tiempo, el país estaba cada vez más alarmado, y
-no sin razón, por temor de que ascendiese al trono un papista, y por
-el nuevo ascendiente con que amenazaba el romanismo. Milton excitó a
-todos los protestantes para hacer causa común contra el enemigo; en
-el mismo año reimprimió sus primeras poesías con algunas adiciones
-y correcciones,<span class="pagenum" id="Page_xlviii">p. <span
-class="smcap">xlviii</span></span> y su <i>Tratado sobre educación</i>;
-pero en la puntuación y en algunos otros pormenores, fue esta edición
-menos esmerada que la primitiva. En 1674, último de su vida, el
-venerable vate publicó sus <i>Cartas familiares</i> en latin; y una
-traducción, también en latin, de la <i>Declaración de Poles en favor de
-Juan III</i>, que se dio en el mismo año, se le atribuyó asimismo.</p>
-
-<p>Durante sus últimos años, Milton sufría mucho de la gota, de
-cuyas resultas se dice que murió. El 8 de noviembre, a los sesenta y
-seis años de edad y en su casa de Bunhill Fields, pasó su espíritu a
-mejor vida. Parece que su muerte tuvo lugar sin que la precediesen
-grandes síntomas, pero él hacía mucho que tenía el presentimiento
-de que no estaba lejana y hablaba de ella a su familia con la mayor
-entereza y serenidad, y sin muestra alguna de temor. Sus restos fueron
-sepultados al lado de los de su padre, en el presbiterio de San Gil, de
-Cripplegate. Toland dice que a sus funerales concurrieron «todos los
-hombres ilustrados y todos sus amigos de Londres, además de una gran
-concurrencia del vulgo.»</p>
-
-<p>Era Milton de estatura más bien pequeña que alta. La afeminada
-belleza que le distinguía en su juventud, se convirtió en una
-regularidad varonil de facciones cuando creció en años. Sus retratos
-manifiestan que llevaba partido el pelo en mitad de la frente, con
-melenas que le caían por encima de los hombros; era de color moreno
-claro, y sus ojos pardos, conservándose naturalmente abiertos aun
-después de haber quedado ciego. En la flor de su edad tenía el cuerpo
-erguido y cierto aire de intrepidez. Un clérigo de edad, que le vio
-en sus últimos años, le pinta en una pequeña habitación, sentado en
-una silla de brazos, vestido de negro, pálido aunque no cadavérico,
-con las manos y los dedos hinchados de la gota y untados de greda.
-Dícese que acostumbraba también a estar sentado con un levitón gris de
-abrigo a la puerta de su casa, cerca de Bunhill Fields, en los días de
-gran calor para tomar el fresco, y que allí lo mismo que en la sala,
-recibía las visitas de las personas distinguidas que iban a verle. No
-contrajo la gota por entregarse a una vida regalada, dado que una de
-sus costumbres invariables era la sobriedad. Bebía muy poco vino, y
-era muy parco en la comida. En sus primeros años abusaba mucho de la
-vista y de la salud con el trabajo nocturno; en lo sucesivo empleaba la
-noche de otro modo, acostándose a las nueve y levantándose, en verano
-a las cuatro, y en el invierno a las cinco. Si no podía levantarse a
-esta hora, hacía que alguno le leyese, y así que se levantaba, prestaba
-atención a la lectura de un capítulo de su Biblia hebraica. Seguía
-estudiando hasta el mediodía;<span class="pagenum" id="Page_xlix">p.
-<span class="smcap">xlix</span></span> después de dar un corto paseo,
-comía, tocaba un rato el órgano, y cantaba, o rogaba a su esposa, que
-tenía muy buena voz, que le acompañase. Volvía luego a sus quehaceres
-mentales hasta las seis; de las seis a las ocho recibía a las visitas;
-entre ocho y nueve tomaba una sopa de aceite y un corto alimento,
-fumaba una pipa, se bebía un vaso de agua, y se retiraba a descansar.
-Uno de sus biógrafos dice «que era de carácter grave, no melancólico,
-no lo fue por lo menos hasta la última parte de su vida, ni
-displicente, ni moroso, ni atrabiliario, sino de ánimo sereno, de ánimo
-que no descendía a cosas pequeñas.» Aubrey, aunque asegura que era
-satírico, lo cual no puede dudarse que lo fue en ocasiones oportunas,
-más adelante añade «que aun durante sus ataques de gota estaba alegre
-y cantaba.» Por su hija menor sabemos también que «su padre era de un
-trato delicioso, de una conversación llena de vida, no solo por lo
-interesante de los asuntos, sino por su natural gracia y finura.» Su
-vida, que era sencilla y virtuosa, siguió siéndolo hasta el fin.</p>
-
-<p>La mayor parte de los biógrafos de Milton se lamentan de que
-distrajera su genio por espacio de veinte años de la poesía, y lo
-dedicara a la política; pero la política que profesaba no era la
-común; había llegado el tiempo crítico en que era preciso resolver
-si Inglaterra había de ser libre o no serlo, patria de una enérgica
-libertad, o triste imitadora de las serviles monarquías del continente.
-Había allí hombres nacidos, no para servirse a sí propios, sino para
-servir a su país y a la humanidad. Semejantes hombres pueden arrostrar
-mil penalidades, y hallar, sin embargo, gusto en la esperanza de que
-cumplen con un deber; pero estos forman comparativamente un número
-muy exiguo, y Milton entre estos pocos, figuraba en primera línea.
-Su poesía hace honor a su genio, y sus servicios como patriota no
-son menos gloriosos a su dignidad moral. Él mismo nos dice que para
-proceder de manera que no tuviera que avergonzarse perpetuamente de sí,
-era indispensable subordinar su amor por la poesía al amor de su país y
-de la libertad. Para usar de su propio concepto, en aquella contienda
-secular únicamente ponía la mano izquierda; la derecha, que era por
-su naturaleza más diestra y vigorosa, hallaba su verdadero empleo en
-cosas más sublimes. Sin embargo, sus escritos políticos, que podían
-considerarse como una excepción, constituían un poderoso impulso bajo
-el aspecto de la libertad general, impulso, que como otros muchos no
-feneció, según comúnmente se cree, al asomar la Restauración. Sin la
-revolución de 1640, difícilmente sabríamos lo que había acontecido
-desde 1688.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_l">p. <span
-class="smcap">l</span></span>Pero nuestro insigne poeta, como se ve
-en hombres más a propósito que él para las cuestiones de estado,
-mostraba mayor aptitud para destruir lo malo, que para producir lo
-bueno que había de sustituirlo. Según la opinión general, Milton era un
-fervoroso republicano, pero de hecho se inclinaba al gobierno ejercido
-por los más ilustrados y virtuosos; y la cuestión de si los más
-sabios y virtuosos se hallan con preferencia en una república, en una
-oligarquía, en una monarquía, o en todos estos sistemas combinados, era
-cuestión secundaria que solo concernía a la relación en que se hallan
-los medios con los fines. Juzgando de la monarquía por lo que casi
-siempre había sido, o más bien por lo que había sido recientemente en
-su país, no abrigaba esperanza alguna de salvación por aquel camino. De
-aquí la gran dificultad que se originaba para averiguar cómo construir
-la máquina de un gobierno democrático de manera, que ofreciese las
-mayores ventajas posibles y los menores inconvenientes anejos a esa
-misma utilidad.</p>
-
-<p>Nada más distante de su pensamiento que la persuasión de que el
-mejor gobierno fuese el de la muchedumbre. Deseaba que cada pueblo
-fuese una ciudad, y cada ciudad como Florencia o Venecia, dotada de
-grandes poderes legislativos y administrativos; sobre estos hubiera
-establecido, no una cámara de los comunes, sino un gran consejo, de
-carácter permanente y revestido de la autoridad suprema, y para dar
-consistencia a este consejo, dice, hubiera «sido bien reformar y
-perfeccionar las elecciones, no entregándolo todo al tumulto y clamoreo
-de una multitud ignorante, sino concediendo a los más justamente
-notables el nombrar a los que quisieran, y además de este número,
-otros de más selecta procedencia que eligiesen un número menor más
-rigurosamente; hasta que después de purificar y mejorar por tercera
-y cuarta vez la elección, quedasen solamente nombrados los que
-constituyesen el número debido, y resultasen los más dignos por el
-mayor número de votos.»</p>
-
-<p>Inútil es decir que Milton no conocía la naturaleza humana, pero
-de estos principios se deduce que le faltó poco para acertar con las
-tendencias más arraigadas y características del pueblo inglés. Sus
-instituciones, como todas las de carácter natural y propio, se habían
-deducido de su vida social. De ninguna de ellas se había echado mano
-porque únicamente se recomendase por la abstracción de sus teorías
-o porque en el papel parecieran muy acertadas. Todo dimana de las
-exigencias, y todo se adopta con tal que se acomode a estas; pero
-para acomodarlas a la república de Milton, necesitaba la nación
-olvidarse de casi todas las<span class="pagenum" id="Page_li">p. <span
-class="smcap">li</span></span> tradiciones, formas y sentimientos de lo
-pasado, y reemplazarlos con un orden de cosas que habían de hacerse,
-mas no con un orden de cosas ya hechas. Exigir una combinación de esta
-naturaleza de un hombre inteligente, era demasiado; mas exigirlo de
-un pueblo tan fiel a sus antiguas costumbres como el inglés, no era
-en manera alguna razonable. Como político, el gran vate proclamaba
-altas verdades, pero la aplicación de estas verdades a las actuales
-circunstancias, pedía un pensamiento y un temperamento más flexible
-que el que Milton podía llevar a la ciencia de la política. Cromwell
-comprendió que la mayoría de la nación, bajo una u otra forma, era
-realista, y que dejar la futura suerte del gobierno al sufragio de
-la nación, equivalía a votar la destrucción de la República. Milton
-equivocó el concepto de lo que la nación <i>podía</i> hacer y lo que
-<i>debía</i> ejecutar. Cromwell, que tenía un gran instinto político,
-vio lo que la nación <i>quería</i> hacer abandonada a sí misma, y
-procedió con arreglo a este principio.</p>
-
-<p>Por lo que hace a sus creencias religiosas, Milton en lo sustancial
-no se apartaba de las de su tiempo y su país. La fe de su juventud era
-la de un puritano, y aunque su piedad participaba de cierta índole
-libre, resultado natural de su especial inteligencia y modo de ver,
-nunca dejó de participar, en lo importante al menos, del espíritu y
-del carácter puritanos. A su muerte dejó dos obras manuscritas, una
-<i>Historia de Moscovia</i>, publicada poco después, y un <i>Tratado
-completo de Doctrina Cristiana</i>, que permaneció ignorado hasta que
-se dio a luz, traducido del latin, en el primer tercio del presente
-siglo. Verdad es que hasta los cuarenta años próximamente de edad,
-Milton fue trinitario y calvinista. En punto a la <i>Trinidad</i>,
-su opinión admitía algunas modificaciones, pero no hay seguridad de
-esta circunstancia hasta que apareció el <span class="smcap">Paraíso
-perdido</span>, es decir, cuando se acercaba a los sesenta años. En
-este poema hay algunas expresiones oscuras y desusadas sobre las
-personas que comúnmente se consideran como indistintas, y formando
-una sola en la Divinidad; en la <i>Doctrina Cristiana</i>, el Hijo se
-representa como la suprema naturaleza creada, pero creada al fin, y el
-Espíritu Santo, cuando está representado como una persona, se supone
-que es el ser más inmediato al Hijo. Debe, sin embargo, advertirse
-que semejante concepto no afecta en manera alguna a las opiniones de
-Milton sobre otros puntos teológicos; modificó en esto sus creencias,
-pero en todo lo demás las conservó inalterables: siguió creyendo
-en la caída del hombre y en las consecuencias que tuvo respecto al
-género humano; en la Redención de Cristo, en el perdón por medio<span
-class="pagenum" id="Page_lii">p. <span class="smcap">lii</span></span>
-de su sacrificio, en la justificación por su Justicia y en el poder
-regenerador del Espíritu Santo. La Redención, según él, fue concebida
-por una Trinidad de personas, aunque no iguales entre sí, y por una
-Trinidad de actos, bien que estos no se produjeran por personas de la
-misma naturaleza y autoridad.</p>
-
-<p>Los críticos de Milton suelen admirarse de que un drama tan
-maravilloso como el <span class="smcap">Paraíso perdido</span>
-estuviese fundado en datos tan incompletos como los que ofrecen
-los primeros capítulos del Génesis; pero la verdad es que el poeta
-no halló los materiales de su obra dentro de aquella pauta: creía,
-como muchos aventajados críticos creen aún, que la primera parte de
-la revelación está formalmente expuesta en la última; que el <span
-class="smcap">Paraíso perdido</span> no se funda en el Génesis, sino
-que como la teología del siglo <span class="asc">XVII</span>, está
-únicamente cimentado en la Escritura. Hasta algún tiempo después del
-en que floreció Milton, casi todos los cristianos, sinceros creyentes,
-procedían bajo el mismo espíritu.</p>
-
-<p>Se ha alegado como un grave cargo contra Milton que en sus últimos
-años no se sabe que formase parte de Iglesia alguna, ni profesase una
-forma dada de culto público; pero los que esta acusación propalan
-parece que se olvidan de que Milton sostuvo sus controversias
-eclesiásticas con el gran partido presbiteriano, casi tanto como con
-la Iglesia de Inglaterra; que en sus últimos años la única Iglesia
-permitida era esta última; que el haberse afiliado en un culto
-cualquiera distinto del de esa Iglesia, hubiera equivalido a una
-violación de la ley y a incurrir en la pena de multa y encarcelamiento.
-Ciertamente que si se hubiera concedido libertad de cultos, apenas
-habría hallado Milton iglesia cuyo credo estuviese conforme con el
-suyo; que concedida semejante libertad, dudamos que hubiera aprovechado
-la ocasión para valerse de ella. Hombres religiosos hay que convienen
-en un culto sin estar afiliados en ninguno.</p>
-
-<p>Ya hemos hablado bastante de la crítica del doctor Johnson con
-respecto a Milton. El autor que no tiene escrúpulo en decir a sus
-lectores que cree a Milton capaz de forjar una oración para el
-<i>Eikon Basilike</i>, con el objeto de poder, fundado en ella,
-acriminar mejor al Rey, se priva de toda autoridad en cuanto se
-relaciona con la reputación del autor del <span class="smcap">Paraíso
-perdido</span>. Mr. De Quincey, aun siendo tory y nada afecto al
-puritanismo, ha calificado la conducta de Johnson respecto a Milton
-con frases muy severas, pero que no por eso dejan de ser exactas.
-«Por lo que hace al doctor Johnson, dice, ¿he de perdonarle yo por
-la trivial consideración del perjuicio que le irrogue? El doctor
-Johnson, cuando juzgaba a<span class="pagenum" id="Page_liii">p.
-<span class="smcap">liii</span></span> Milton, obraba con malicia, con
-falsedad y sin pudor alguno. Era hombre muy tentado de la falsedad,
-y no tenía la virtud de resistir a la tentación. Lo que hay es que
-Johnson ni capaz era de comprender a Milton. Johnson tenía su paraíso
-en las calles de Londres, y no tenía para qué hacer caso del que
-Milton había creado: para Milton, la religión y el gobierno eran los
-grandes intereses de la humanidad; para Johnson la religión no tenía
-más influencia que intimidar y rebajar el alma en lugar de sublimarla
-e infundir en ella nobilísimas aspiraciones; y en cuanto a gobierno,
-los hombres debían darse por contentos del que Jorge III tenía la
-dignación de darles. La naturaleza humana pintada por Johnson es una
-pobre naturaleza, pobre para este mundo y pobre para el otro; pintada
-por Milton tiene facultades divinas, y la perfección de que es capaz, y
-que él reconoce, es la profecía de su destino. Muy bien puede el poeta
-haberse remontado tanto a las regiones de lo ideal, que se olvidara de
-cuanto le rodea; pero el moralista que rebaja tanto la actualidad, se
-priva de la fuerza que puede elevarle hasta lo ideal. Johnson puede
-analizar y considerar los seres humanos en su vida mundana como ninguno
-otro hombre, pero seres humanos que puedan alternar con los ángeles,
-estaba muy lejos de concebirlos. Preferible, infinitamente preferible,
-es soñar con Milton, a no tener esperanza alguna como Johnson. Pero
-¿qué decimos soñar? La fama del poeta es toda una realidad; el mundo
-celestial en que su espíritu penetró, una realidad todavía más grande,
-y los principios que de sus labios oímos son los más nobles que han
-salido jamás del pensamiento humano, y seguirán siéndolo siempre.»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch1_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p>
- <h2 class="nobreak fs175 ws1">EL PARAÍSO PERDIDO</h2>
- <hr class="tir" />
- <h3 class="junto">LIBRO PRIMERO</h3>
-</div>
-
-<p class="centra g0">ARGUMENTO</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>Este primer libro contiene en breves palabras la exposición
- o asunto de todo el Poema: la desobediencia del hombre, y como
- consecuencia de ella, la pérdida del Paraíso donde moraba. Indícase
- también que el primer móvil de su caída fue la Serpiente, o más
- bien Satanás, personificado en ella; el cual, rebelándose contra
- Dios y atrayendo a su partido numerosas legiones de ángeles, fue
- por disposición divina arrojado del cielo y precipitado con toda su
- hueste en el profundo abismo. Terminada esta exposición, el poema
- prescinde de los demás antecedentes, y representa a Satanás con sus
- ángeles, sumidos ya en el infierno, que se describe aquí, no como
- si estuviese situado en el centro del mundo (porque debe suponerse
- que ni el cielo ni la tierra existían aún, y por lo tanto, no podían
- ser mansión de réprobos), sino en un lugar de extrañas tinieblas,
- llamado más propiamente caos. Lanzado allí Satanás, con todos los
- suyos, en medio de un lago ardiente, herido del rayo y anonadado,
- vuelve por fin en sí como al despertar de un sueño, llama al que yace
- junto a él y es su segundo en poder y jerarquía, y ambos discurren
- sobre su miserable estado. Evoca el príncipe infernal a todas sus
- legiones, hasta entonces tan abatidas como él. Levántanse a su voz
- unas tras otras: su número, su orden de batallar y sus principales
- jefes, cuyos nombres son los de los ídolos conocidos después en
- Canaán y las comarcas circunvecinas. En un discurso que Satanás
- les dirige, los alienta con la esperanza de recobrar el cielo,
- anunciándoles por último la creación de un nuevo mundo y de un nuevo
- ser, conforme a una antigua profecía o tradición que se conserva en
- el cielo, pues era opinión de algunos Santos Padres que los ángeles
- existían mucho tiempo antes que este mundo visible. Para averiguar la
- verdad de esta profecía y lo que en su consecuencia debiera hacerse,
- junta en consejo a los principales. Resolución que adoptan. El
- <i>Pandemonium</i>, palacio de Satanás, construido de pronto, surge
- del abismo, y en él tienen su consejo los próceres infernales.</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Canta, celeste Musa, la primera desobediencia del hombre, y el fruto
-de aquel árbol prohibido, cuyo funesto manjar trajo la muerte al mundo
-y todos nuestros males, con la pérdida del Edén<a id="FNanchor_5"
-href="#Footnote_5" class="fnanchor">[5]</a>, hasta que un Hombre
-más grande reconquistó para nosotros la mansión bienaventurada.
-En la secreta cima del Oreb o del Sinaí<a id="FNanchor_6"
-href="#Footnote_6" class="fnanchor">[6]</a>, tú inspiraste a aquel
-pastor<a id="FNanchor_7" href="#Footnote_7" class="fnanchor">[7]</a>
-que fue el primero en enseñar a la escogida grey cómo en su principio
-salieron del caos los cielos y la tierra; y si te place más la colina
-de Sión o el arroyo de Siloé<a id="FNanchor_8" href="#Footnote_8"
-class="fnanchor">[8]</a>, que se deslizaba rápido junto al oráculo
-de Dios, allí invocaré tu auxilio en favor de mi osado canto; que no
-con<span class="pagenum" id="Page_6">p. 6</span> débil vuelo pretendo
-remontarme sobre el monte Aonio<a id="FNanchor_9" href="#Footnote_9"
-class="fnanchor">[9]</a>, al empeñarme en un asunto que ni en prosa ni
-en verso nadie intentó jamás.</p>
-
-<p>Y tú singularmente ¡oh Espíritu! que prefieres a todos los templos
-un corazón recto y puro, inspírame tu sabiduría. Tú estabas presente
-desde el principio, y desplegando como una paloma tus poderosas alas,
-cubriste el vasto abismo, haciéndole fecundo. Ilumina mi oscuridad;
-realza y alienta mi bajeza, para que desde la altura de este gran
-propósito pueda glorificar a la Providencia eterna, justificando las
-miras de Dios para con los hombres.</p>
-
-<p>Di ante todo, ya que ni la celestial esfera ni la profunda extensión
-del infierno ocultan nada a tu vista, di qué causa movió a nuestros
-primeros padres, tan favorecidos del cielo en su feliz estado, a
-separarse de su Creador e incurrir en la única prohibición que les
-impuso, siendo señores del mundo todo. ¿Quién fue el primero que
-los incitó a su infame rebelión? La infernal Serpiente. Ella con su
-malicia, animada por la envidia y el deseo de venganza, engañó a la
-Madre del género humano. Por su orgullo había sido arrojada del cielo
-con toda su hueste de ángeles rebeldes, y con el auxilio de estos, no
-bastándole eclipsar la gloria de sus próceres, confiaba en igualarse al
-Altísimo, si el Altísimo se le oponía. Para llevar a cabo su ambicioso
-intento contra el trono y la monarquía de Dios, movió en el cielo una
-guerra impía, una lucha temeraria, que le fue inútil. El Todopoderoso
-le arrojó de la etérea bóveda, envuelto en abrasadoras llamas; y con
-horrendo estrépito y ardiendo, cayó en el abismo de perdición, para
-vivir entre diamantinas cadenas y en fuego eterno, él que osó retar con
-sus armas al Omnipotente.</p>
-
-<p>Nueve veces habían recorrido el día y la noche el espacio que miden
-entre los hombres, desde que fue vencido con su espantosa muchedumbre,
-revolcándose en medio del ardiente abismo, aunque conservando su
-inmortalidad. Condenado quedaba empero a mayor despecho, toda vez
-que habían de atormentarle el recuerdo de la felicidad perdida y el
-interminable dolor presente. Dirige en torno funestas miradas, que
-revelan inmensa pena y profunda consternación, no menos que su tenaz
-orgullo y el odio más implacable; y abarcando cuanto a los ojos de
-los ángeles es posible, contempla aquel lugar desierto y sombrío,
-aquel antro horrible, cerrado por todas partes y encendido como un
-gran horno. Pero sus llamas no <span class="pagenum" id="Page_7">p.
-7</span>prestan luz, y las tinieblas ofrecen cuanta es bastante para
-descubrir cuadros de dolor, tristísimas regiones, lúgubre oscuridad,
-donde la paz y el reposo no pueden morar jamás, donde no llega ni aun
-la esperanza, que donde quiera existe. Allí no hay más que tormentos
-sin fin, y un diluvio de fuego alimentado por azufre, que arde sin
-consumirse.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L01">
- <img class="thin"
- src="images/i_061.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">El Todopoderoso le arrojó de la etérea bóveda...</p>
-</div>
-
-<p>Tal es el lugar que la Justicia eterna había preparado para aquellos
-rebeldes; y allí ordenó que estuviera su prisión en las más densas
-tinieblas, tres veces tan apartada de Dios y de la luz del cielo,
-cuanto lo está el centro del universo del más lejano polo. ¡Oh! ¡qué
-diferencia entre esta morada y aquella de donde cayeron!</p>
-
-<p>Presto divisa allí el Arcángel a los compañeros de su ruina,
-envueltos entre las olas y torbellinos de una tempestad de fuego.
-Revolcábase también a su lado uno que era el más poderoso y
-criminal después de él, conocido mucho más tarde en Palestina
-con el nombre de Belzebú<a id="FNanchor_10" href="#Footnote_10"
-class="fnanchor">[10]</a>. El gran Enemigo, que así era llamado Satán<a
-id="FNanchor_11" href="#Footnote_11" class="fnanchor">[11]</a> en el
-cielo, rompiendo el hosco silencio, con arrogantes palabras comenzó a
-decir:</p>
-
-<p>«Si tú eres aquel... pero ¡oh! ¡cuán abatido, cuán otro del que,
-adornado de brillo deslumbrador en los felices reinos de la luz,
-sobrepujaba en esplendidez a millones de espíritus refulgentes!...
-Si tú eres aquel a quien una mutua alianza, un mismo pensamiento y
-resolución, e igual esperanza y audacia para la gloriosa empresa,
-unieron en otro tiempo conmigo, como nos une ahora una misma ruina...
-mira desde qué altura y en qué abismo hemos caído por ser Él mucho más
-prepotente con sus rayos. Pero, ¿quién había conocido hasta entonces
-la fuerza de sus terribles armas? Y a pesar de ellas, a pesar de
-cuanto el Vencedor en su potente cólera pueda hacer aún contra mí,
-ni me arrepiento, ni he decaído, bien que menguada exteriormente mi
-brillantez, del firme ánimo, del desdén supremo, propios del que
-ve su mérito vilipendiado, y que me impulsaron a luchar contra el
-Omnipotente, llevando a la furiosa contienda innumerables fuerzas
-de espíritus armados, que osaron despreciar su dominación. Ellos me
-prefirieron, oponiendo a su poder supremo otro contrario; y venidos a
-dudosa batalla en las llanuras del cielo, hicieron vacilar su trono.</p>
-
-<p>»¿Qué importa perder el campo donde lidiamos? No se ha perdido
-todo. Con<span class="pagenum" id="Page_8">p. 8</span> esta voluntad
-inflexible, este deseo de venganza, mi odio inmortal, y un valor que no
-ha de someterse ni cede jamás, ¿cómo he de tenerme por subyugado? Ni
-su cólera ni su fuerza me arrebatarán nunca esta gloria: humillarme y
-pedir gracia, doblada la rodilla, y acatar un poder, cuyo ascendiente
-ha puesto en duda poco ha mi terrible brazo, sería una bajeza, una
-ignominia, más vergonzosa aún que nuestra caída. Y pues, según ley del
-destino, no pueden perecer la fuerza de los dioses ni la sustancia
-empírea, y por la experiencia de este gran acontecimiento vemos que
-nuestras armas no son peores, y que en previsión hemos ganado mucho,
-podremos resolvernos a empeñar con más esperanza de éxito, por la
-astucia o por la fuerza, una guerra eterna e irreconciliable contra
-nuestro gran enemigo triunfante ahora, y que en el colmo de su júbilo
-impera como absoluto ejerciendo en el cielo su tiranía.»</p>
-
-<p>Así habló el Ángel apóstata, aunque acongojado por el dolor; así se
-jactaba en alta voz, mas poseído de una desesperación profunda; y de
-este modo le contestó en seguida su arrogante compañero:</p>
-
-<p>«¡Oh príncipe! ¡oh caudillo de tantos tronos, que bajo tu enseña
-condujiste a la guerra a los serafines en orden de batalla, y que
-mostrando tu valor en terribles trances pusiste en peligro al Rey
-perpetuo del cielo, contrastando su soberano poder, débase este a la
-fuerza, al acaso o al destino! Harto bien veo y maldigo el fatal suceso
-de una triste y vergonzosa derrota que nos arrebató el cielo. Todo este
-poderoso ejército se halla en la más horrible postración, y destruido
-hasta el punto que pueden estarlo los dioses y las divinas esencias,
-pues el pensamiento y el espíritu permanecen invencibles, y el vigor
-se restaura pronto, por más que esté amortiguada nuestra gloria, y que
-nuestra dichosa condición haya venido al más miserable estado. Pero ¿y
-si el vencedor (forzoso me es ahora creerle todopoderoso, pues a no
-serlo, no habría conseguido avasallarnos), si el vencedor nos conserva
-todo nuestro espíritu y fortaleza para que mejor podamos sufrir y
-soportar las penas, para aplacar su vengativa cólera, o prestarle un
-servicio más rudo, esclavos del derecho y de la guerra, y donde más
-pueda convenirle, aquí, en el corazón del infierno, trabajando en
-medio del fuego, o sirviéndole de mensajeros en el negro abismo? ¿De
-qué nos servirá entonces conocer que no ha disminuido nuestra fuerza
-ni menoscabádose la eternidad de nuestro ser para sufrir un castigo
-eterno?»</p>
-
-<p>A lo que con estas breves palabras replicó el gran Enemigo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span>«Humillado Querubín,
-vileza es mostrarse débil, bien en las obras, bien en el sufrimiento.
-Ten por seguro que nuestro fin no consistirá nunca en hacer bien; el
-mal será nuestra única delicia, por ser lo que contraría la suprema
-voluntad a que resistimos. Si de nuestro mal procura su providencia
-sacar el bien, debemos esforzarnos en malograr su empeño, buscando
-hasta en el bien los medios de hacer el mal; y esto fácilmente podremos
-conseguirlo, de suerte que alguna vez le enojemos, si no me engaño, y
-nos sea posible torcer sus profundas miras del punto a que se dirigen.
-Pero mira. Irritado el vencedor, ha vuelto a convocar en las puertas
-del cielo a los ministros de su persecución y de su venganza. La
-lluvia de azufre que lanzó contra nosotros la tempestad, ha allanado
-la encrespada ola que desde el precipicio del cielo nos recibió al
-caer; el trueno, en alas de sus enrojecidos relámpagos y con su
-impetuosa furia ha agotado quizás sus rayos, y no brama ya a través
-del insondable abismo. No dejemos escapar la ocasión que nos ofrece el
-descuido o el furor ya saciado de nuestro enemigo. ¿Ves aquella árida
-llanura, abandonada y agreste, cercada de desolación, sin más luz que
-la que debe al pálido y medroso resplandor de estas lívidas llamas?
-Salvémonos allí del embate de estas olas de fuego; reposemos en ella,
-si le es dado ofrecernos algún reposo; y reuniendo nuestras afligidas
-huestes, veamos cómo será posible hostigar en adelante a nuestro
-enemigo, cómo reparar nuestra pérdida, sobreponiéndonos a tan espantosa
-calamidad, y qué ayuda podremos hallar en la esperanza, si no nos
-sugiere algún intento la desesperación.»</p>
-
-<p>Así hablaba Satán a su más cercano compañero, con la cabeza
-fuera de las olas y los ojos centelleantes. De desmesurada anchura
-y longitud las demás partes de su cuerpo, tendido sobre el lago,
-ocupaba un espacio de muchas varas. Era su estatura tan enorme, como
-la de aquel que por su gigantesca corpulencia se designa en las
-fábulas con el nombre de Titán<a id="FNanchor_12" href="#Footnote_12"
-class="fnanchor">[12]</a>, o hijo de la Tierra, el cual hizo la guerra
-a Júpiter, y cual la de Briareo<a id="FNanchor_13" href="#Footnote_13"
-class="fnanchor">[13]</a> o Tifón<a id="FNanchor_14"
-href="#Footnote_14" class="fnanchor">[14]</a>, cuya caverna se hallaba
-cerca de la antigua Tarso<a id="FNanchor_15" href="#Footnote_15"
-class="fnanchor">[15]</a>; tan grande como el Leviatán<a
-id="FNanchor_16" href="#Footnote_16" class="fnanchor">[16]</a>,
-monstruo marino a quien<span class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span>
-Dios hizo el mayor de todos los seres que nadan en las corrientes del
-océano. Duerme tranquilo entre las espumosas olas de Noruega, y con
-frecuencia acaece, según dicen los marineros, que el piloto de alguna
-barca perdida le toma por una isla, echa el ancla sobre su escamosa
-piel y amarra a su costado, mientras las tinieblas de la noche cubren
-el mar, retardando la ansiada aurora. No menos enorme y gigantesco
-yacía el gran Enemigo encadenado en el lago abrasador; y nunca hubiera
-podido levantar su cabeza, si por la voluntad y alta permisión del
-Regulador de los cielos, no hubiera quedado en libertad de llevar a
-cabo sus perversos designios, para que con sus repetidos crímenes
-atrajese sobre sí la condenación al fraguar el mal ajeno, y a fin de
-que en su impotente rabia viese que toda su malicia solo había servido
-para que brillase más en el hombre, a quien después sedujo, la infinita
-bondad, la gracia y la misericordia, y en él resaltasen al par su
-confusión, sus iras y su venganza.</p>
-
-<p>Enderézase de pronto sobre el lago, mostrando su poderoso cuerpo;
-rechaza con ambas manos las llamas, que abren sus agudas puntas, y que
-rodando en forma de olas, dejan ver en el centro un horrendo valle; y
-desplegando entonces las alas, dirige a lo alto su vuelo, y se mece
-sobre el tenebroso aire, no acostumbrado a semejante peso, hasta que
-por fin desciende a una tierra árida, si tierra puede llamarse la
-que está siempre ardiendo con fuego compacto, como el lago con fuego
-líquido. Tal es el aspecto que presentan, cuando por la violencia de un
-torbellino subterráneo se desprende una colina arrancada del Peloro<a
-id="FNanchor_17" href="#Footnote_17" class="fnanchor">[17]</a> o de
-los costados del mugiente Etna, las combustibles e inflamadas entrañas
-que, preñadas de fuego, se lanzan al espacio por el violento choque
-de los minerales y con el auxilio de los vientos, dejando un ardiente
-vacío envuelto en humo y corrompidos vapores. Semejante era la tierra
-en que puso Satán las plantas de sus pies malditos. Síguele Belzebú, su
-compañero, y ambos se vanaglorian de haber escapado de la Estigia por
-su virtud de dioses, y por haber recobrado sus propias fuerzas, no por
-la condescendencia del Poder supremo.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L02">
- <img class="thin"
- src="images/i_067.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Enderézase de pronto sobre el lago, mostrando su poderoso cuerpo...</p>
-</div>
-
-<p>«¿Es esta la región, dijo entonces el precito Arcángel, este
-el país, el clima y la morada que debemos cambiar por el cielo,
-y esta tétrica oscuridad por la luz celeste? Séalo, pues el que
-ahora es soberano, solo lo que puede disponer y ordenar es lo que
-contempla justo; lo más preferible es lo que más nos aparte <span
-class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span>de él; que aunque la razón
-nos ha hecho iguales, él se nos ha sobrepuesto por la violencia.
-¡Adiós, campos afortunados, donde reina la alegría perpetuamente!
-¡Salud, mansión de horrores! ¡Salud, mundo infernal! Y tú, profundo
-Averno, recibe a tu nuevo señor, cuyo espíritu no cambiará nunca, ni
-con el tiempo ni en lugar alguno. El espíritu vivo en sí mismo, y en
-sí mismo puede hacer un cielo del infierno, o un infierno del cielo.
-¿Qué importa el lugar donde yo resida, si soy el mismo que era, si
-lo soy todo, aunque inferior a aquel a quien el trueno ha hecho más
-poderoso? Aquí, al menos, seremos libres, pues no ha de haber hecho el
-Omnipotente este sitio para envidiárnoslo, ni querrá, por lo tanto,
-expulsarnos de él; aquí podremos reinar con seguridad, y para mí,
-reinar es ambición digna, aun cuando sea sobre el infierno, porque más
-vale reinar aquí, que servir en el cielo. Pero, ¿dejaremos a nuestros
-fieles amigos, a los partícipes y compañeros de nuestra ruina, yacer
-anonadados en el lago del olvido? ¿No hemos de invitarlos a que
-compartan con nosotros esta triste mansión, o a intentar una vez más
-con nuestras fuerzas reunidas si hay todavía algo que recobrar en el
-cielo, o más que perder en el infierno?»</p>
-
-<p>Así hablaba Satán; y Belzebú le respondió así: «¡Caudillo de los
-ínclitos ejércitos, que por nadie sino por el Todopoderoso podían ser
-vencidos! Si otra vez oyen esa voz, seguro vaticinio de su esperanza
-en medio de sus temores y peligros, esa voz que ha resonado con tanta
-frecuencia en los trances más apurados, ya en el crítico momento del
-combate, o cuando arreciaba la lucha, y que era en todos los conflictos
-la señal indudable de la victoria, recobrarán de pronto nuevo valor y
-vida, aunque ahora giman lánguidos y postrados en el lago de fuego, y
-tan aturdidos y estupefactos como ha poco lo estábamos nosotros. Ni
-esto es de extrañar, habiendo caído desde tan funesta altura.»</p>
-
-<p>No bien había acabado de decir esto, cuando el réprobo príncipe
-se dirigió hacia la orilla. Pesado escudo de etéreo temple, macizo,
-ancho y redondo, pendía de sus espaldas, cubriéndolas con su inmenso
-disco, semejante a la luna, cuya órbita observa por la noche a través
-de un cristal óptico el astrónomo toscano, desde la cima del Fiésole<a
-id="FNanchor_18" href="#Footnote_18" class="fnanchor">[18]</a> o en
-el valle del Arno, para descubrir nuevas tierras, ríos y montañas en
-su manchada esfera. La lanza de Satán, junto a la cual parecería una
-caña el más alto pino cortado en los montes de Noruega para convertirlo
-en mástil de un gran navío almirante, le ayuda a sostener sus
-inseguros<span class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span> pasos sobre
-la ardiente arena, pasos muy diferentes de aquellos con que recorría la
-azulada bóveda. Una zona tórrida, rodeada de fuego, le martiriza con
-sus ardores; pero todo lo sufre, hasta que llega por fin a la orilla de
-aquel inflamado mar.</p>
-
-<p>Detiénese allí, y llama a sus legiones, especie de ángeles
-degenerados, que yacen en espeso montón, como las hojas de otoño de
-que están cubiertos los arroyos de Valleumbrosa<a id="FNanchor_19"
-href="#Footnote_19" class="fnanchor">[19]</a>, donde los bosques
-de Etruria forman elevados arcos de ramaje; o como los juncos
-flotan dispersos por el agua, cuando Orión<a id="FNanchor_20"
-href="#Footnote_20" class="fnanchor">[20]</a>, armado de impetuosos
-vientos, combate las costas del mar Rojo; del mar cuyas olas
-derribaron a Busiris<a id="FNanchor_21" href="#Footnote_21"
-class="fnanchor">[21]</a> y a la caballería de Menfis, que perseguía
-con pérfido encono a los moradores de Goshen<a id="FNanchor_22"
-href="#Footnote_22" class="fnanchor">[22]</a>, los cuales vieron desde
-la segura orilla cubiertas las aguas de enemigas aljabas y ruedas
-de sus destrozados carros. Así esparcidas, desalentadas y abyectas,
-llenaban el lago aquellas legiones, asombradas al contemplar su
-horrible transformación.</p>
-
-<p>Y Satán alzó su voz, de modo que resonó en todos los ámbitos del
-infierno:</p>
-
-<p>«¡Príncipes, potentados, guerreros, esplendor del cielo, que un día
-fue vuestro, y que habéis perdido! ¡Que tal estupor se haya apoderado
-de unos espíritus eternos! ¿O es que habéis elegido este sitio después
-de las fatigas de la batalla, para dar reposo a vuestro valor, porque
-tan dulce os es dormir aquí como en los valles del cielo? ¿Habéis
-jurado acaso adorar al vencedor en esa actitud humilde? Él os contempla
-ahora, querubines y serafines, revolcándoos en el lago con las armas
-y banderas destrozadas, hasta que sus alados ministros observen desde
-las puertas del cielo su ventajosa posición, y bajen para afrentarnos,
-viéndonos tan amilanados, o para confundirnos con sus rayos en el
-fondo de este abismo. ¡Despertad: levantaos, o permaneced para siempre
-envilecidos!»</p>
-
-<p>Oyéronle, y avergonzados, se levantaron, apoyándose sobre un ala,
-como el centinela que debiendo velar, es sorprendido al dejarse vencer
-del sueño por su severo jefe, y, soñoliento aún, procura parecer
-despierto. No ignoraban cuán desgraciada era su situación, ni dejaban
-de experimentar acerba pena; pero todas aquellas innumerables falanges
-obedecen al punto a la voz de su general.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L03">
- <img class="thin"
- src="images/i_071.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Oyéronle, y avergonzados, se levantaron.</p>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span>Así como, agitando
-al aire su poderosa vara el hijo de Amram<a id="FNanchor_23"
-href="#Footnote_23" class="fnanchor">[23]</a>, en días aciagos
-para Egipto, atrajo en alas del viento de oriente la negra nube de
-langostas que, cayendo como la noche sobre el reino del impío Faraón,
-ennegrecieron toda la tierra del Nilo; así en innumerable muchedumbre
-revoloteaban bajo la bóveda del infierno los ángeles protervos,
-cercados de llamas por todas partes, hasta que, levantando su lanza el
-gran caudillo como para señalarles el punto adonde habían de dirigir
-su vuelo, precipitáronse con movimiento uniforme sobre la tierra de
-endurecido azufre, y ocuparon la llanura toda. No salió nunca multitud
-tan grande de entre los hielos del populoso Norte, para cruzar el Rin
-o el Danubio, al arrojarse sus bárbaros hijos como un diluvio sobre el
-mediodía, y extenderse desde las costas de Gibraltar hasta los arenales
-de la Libia.</p>
-
-<p>De cada escuadrón y de cada hueste acuden al punto los guías y
-capitanes adonde se hallaba su supremo jefe. Asemejábanse a los dioses
-por su estatura y sus formas, superiores a las humanas; príncipes
-reales, potestades que en otro tiempo ocupaban sus tronos en el cielo,
-aunque en los anales celestes no se conserve ahora memoria de sus
-nombres, borrados ya, por su rebelión, del libro de la vida. No habían
-adquirido aún denominación propia entre los hijos de Eva; pero cuando
-errantes sobre la tierra, con superior permiso de Dios para probar al
-hombre, corrompieron a la mayor parte del género humano a fuerza de
-imposturas, induciéndole a que abandonara a su Criador, a que venerase
-a los demonios como deidades, y a transformar con frecuencia la gloria
-invisible de Aquel a quien debían el ser en la imagen de un bruto,
-para tributarle brillantes cultos de pomposa adoración y oro; entonces
-fueron conocidos con varios nombres, y en el mundo pagano bajo las
-formas de varios ídolos.</p>
-
-<p>Dime ¡oh Musa! cuáles eran; quién fue el primero, quién el último,
-que sacudió el sueño en aquel lago de fuego para acudir al llamamiento
-de su soberano; cómo los más cercanos a él en dignidad fueron
-presentándose en la desnuda playa, mientras la confusa multitud aún
-permanecía alejada.</p>
-
-<p>Los principales eran aquellos que, saliendo del abismo infernal para
-apoderarse en la tierra de su presa, tuvieron mucho después la audacia
-de fijar su residencia cerca de la de Dios, y sus altares junto al
-suyo; dioses adorados entre las naciones vecinas, que se atrevieron a
-disputar su imperio a Jehová,<span class="pagenum" id="Page_14">p.
-14</span> cuando fulminaba sus rayos desde Sión y asentaba su trono
-entre los querubines. Hasta en el mismo santuario llegaron no una vez
-sola a introducirse; y ¡oh abominación! profanaron con un culto maldito
-las ceremonias sagradas y las fiestas más solemnes, y a la luz de la
-verdad osaron oponerse con sus tinieblas.</p>
-
-<p>Adelántase primero Moloc, rey horrible<a id="FNanchor_24"
-href="#Footnote_24" class="fnanchor">[24]</a>, manchado con la sangre
-de los sacrificios humanos y destilando lágrimas paternales, aunque con
-el estrépito de tambores y timbales no fueran oídos los gritos de los
-hijos arrojados al fuego para ser después ofrecidos al execrable ídolo.
-Los Ammonitas le adoraron en la húmeda llanura de Rabba, en Argob y
-en Basán, hasta las extremas corrientes del Arnón; y no contento con
-tan dilatado imperio, indujo por medio de engaños al sabio Salomón a
-que le erigiera un templo frente al de Dios, en el monte del Oprobio<a
-id="FNanchor_25" href="#Footnote_25" class="fnanchor">[25]</a>,
-consagrándose luego un bosque en el risueño valle de Hinnón<a
-id="FNanchor_26" href="#Footnote_26" class="fnanchor">[26]</a>,
-llamado desde entonces Tophet y negro Gehenna, verdadero emblema del
-infierno.</p>
-
-<p>A Moloc seguía Chamós<a id="FNanchor_27" href="#Footnote_27"
-class="fnanchor">[27]</a>, obsceno numen de los hijos de Moab, desde
-Aroax hasta Nebo y el desierto más meridional de Abarim; en Hesebón
-y Horonaim, reino de Seón, allende el floreciente valle de Sibma,
-tapizado de frondosas vides, y en Elealé, hasta el Asfaltite. Llamábase
-también Péor, cuando en Sittim incitó a los israelitas que bajaban por
-el Nilo a que le hicieran lúbricas oblaciones, que tantas calamidades
-les produjeron. De allí propagó sus lascivas orgías hasta el monte
-del Escándalo, cercano al bosque del homicida Moloc, donde se unieron
-la disolución y el odio, hasta que el piadoso Josías los desterró al
-infierno.</p>
-
-<p>Con estas divinidades llegaron aquellas que desde las orillas
-del antiguo Éufrates hasta la corriente que separa a Egipto de las
-siriacas tierras, son<span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span>
-generalmente conocidas con los nombres de Baal y de Astarot<a
-id="FNanchor_28" href="#Footnote_28" class="fnanchor">[28]</a>, varón
-el primero y la segunda hembra, pues los espíritus se transforman a
-su antojo en uno u otro sexo, o se apropian ambos a la vez, porque su
-esencia es sencilla y pura, que no está enlazada ni sujeta con músculos
-ni nervios, ni se apoya en la frágil fuerza de los huesos, como
-nuestra pesada carne, sino que toma la forma que más le place, ancha
-o estrecha, brillante u opaca, y así pueden realizar sus ilusiones
-y satisfacer sus afectos de amor o de odio. Por estas divinidades
-abandonaron a menudo los hijos de Israel a quien les daba vida, dejando
-de frecuentar su altar legítimo para prosternarse vilmente ante
-brutales dioses; y a esto se debió que rendidos sus cuellos en lo más
-recio de las batallas, sirvieran de trofeo a la lanza del enemigo más
-despreciable.</p>
-
-<p>Tras esta turba de divinidades apareció Astoret<a id="FNanchor_29"
-href="#Footnote_29" class="fnanchor">[29]</a>, a quien los Fenicios
-llaman Astarté, reina del cielo, con una media luna por corona; a
-cuya brillante imagen rinden himnos y votos las vírgenes de Sidón, a
-la luz del astro de la noche. Los mismos cantos resonaban en Sión,
-donde se elevaba su templo en el monte de la iniquidad, templo que
-edificó el afeminado rey<a id="FNanchor_30" href="#Footnote_30"
-class="fnanchor">[30]</a>, cuyo corazón, aunque generoso, cedió a los
-halagos de idólatras hermosuras, e inclinó la frente ante su infame
-culto.</p>
-
-<p>En seguida iba Tamuz, cuya herida, que se renueva anualmente,
-congrega en el Líbano a las jóvenes sirias, para dolerse del infortunio
-del dios; las cuales durante todo un día de verano entonan plegarias
-amorosas, mientras el río Adonis, deslizándose mansamente de su
-nativa roca, lleva al mar su purpúrea linfa, que se supone enrojecida
-con la sangre de Tamuz<a id="FNanchor_31" href="#Footnote_31"
-class="fnanchor">[31]</a>, a consecuencia de su anual herida: amorosa
-fábula, que comunicó el mismo ardor a las hijas de Sión, cuyas lascivas
-pasiones condenó Ezequiel bajo el sagrado pórtico, al descubrir en una
-de sus visiones las negras idolatrías de la infiel Judá.</p>
-
-<p>Veíase en pos al que lloró amargamente cuando al pie del arca
-cautiva cayó su grosero ídolo mutilado, cortadas cabeza y manos, en el
-umbral de la puerta de su propio santuario, donde rodaron sus restos
-con mengua de sus adoradores<a id="FNanchor_32" href="#Footnote_32"
-class="fnanchor">[32]</a>. Dagón es su nombre, monstruo marino que
-tiene de hombre la mitad superior<span class="pagenum" id="Page_16">p.
-16</span> del cuerpo y de pescado la inferior; mas a pesar de ello
-ostentaba un alto templo en Azot, y era temido en toda la costa de
-Palestina, en Gat, en Ascalón y Ascarón, y hasta en los límites de la
-frontera de Gaza.</p>
-
-<p>Seguíase Rimmón, cuya deliciosa morada era la bella Damasco,
-en las fértiles orillas del Abbana y del Farfar, apacibles y
-cristalinos ríos. También este fue osado contra la casa de Dios: por
-el leproso que perdió una vez<a id="FNanchor_33" href="#Footnote_33"
-class="fnanchor">[33]</a>, se ganó un rey, a Acaz<a id="FNanchor_34"
-href="#Footnote_34" class="fnanchor">[34]</a>, su imbécil conquistador,
-a quien apartó del ara del Señor, poniendo en su lugar otra al estilo
-sirio, sobre la cual depositó Acaz sus impías ofrendas, adorando a los
-dioses a quienes había vencido.</p>
-
-<p>Aparecieron después en numerosa cohorte aquellos que bajo nombres un
-día famosos, Osiris, Isis, Orus<a id="FNanchor_35" href="#Footnote_35"
-class="fnanchor">[35]</a> y su séquito de monstruos y supersticiones,
-abusaron del fanático Egipto y de sus sacerdotes, los cuales se
-forjaron divinidades errantes, encubiertas bajo formas de irracionales
-más bien que de humanas.</p>
-
-<p>Ni se libró Israel de aquel contagio, cuando transformó en
-oro prestado el becerro de Oreb; crimen en que reincidió un rey
-rebelde en Betel y en Dan<a id="FNanchor_36" href="#Footnote_36"
-class="fnanchor">[36]</a>, presentando bajo la apariencia de aquel
-pesado animal a su creador, Jehová, que al pasar una noche por Egipto,
-aniquiló de un solo golpe a sus primogénitos y a sus rumiantes
-dioses.</p>
-
-<p>El último fue Belial<a id="FNanchor_37" href="#Footnote_37"
-class="fnanchor">[37]</a>. Nunca cayó del cielo espíritu más impuro ni
-más torpemente inclinado al vicio por el vicio mismo. No se elevó en
-su honor templo alguno ni humeaba ningún altar; pero ¿quién se halla
-con más frecuencia en los templos y los altares, cuando el sacerdote
-reniega de Dios, como renegaron los hijos de Elí, que mancharon la
-casa divina con sus violencias y prostituciones? Reina también en
-los palacios, en las cortes y en las corrompidas ciudades, donde el
-escandaloso estruendo de ultrajes y de improperios se eleva sobre las
-más altas torres; y cuando la noche tiende su manto por las calles, ve
-vagabundear<span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span> por ellas a
-los hijos de Belial, repletos de insolencia y vino. Testigos las calles
-de Sodoma y la noche de Gabaa<a id="FNanchor_38" href="#Footnote_38"
-class="fnanchor">[38]</a>, cuando fue menester exponer en la puerta
-hospitalaria a una matrona para evitar rapto más odioso.</p>
-
-<p>Estos eran los principales en grado y poderío; los demás sería
-prolijo enumerarlos, aunque muy célebres en lejanas regiones:
-dioses de Jonia a quienes la posteridad de Javán tuvo por tales<a
-id="FNanchor_39" href="#Footnote_39" class="fnanchor">[39]</a>, pero
-reconocidos como posteriores al cielo y a la tierra, padres de todos
-ellos. Titán, primer hijo del cielo, con su numerosa prole y su derecho
-de primogenitura, usurpado por Saturno, más joven que él; del mismo
-modo a este se lo arrebató el poderoso Júpiter, su propio hijo y de
-Rea, que fundó en tal usurpación su imperio. Estos dioses, conocidos
-primero en Creta y en el monte Ida, y después en la nevada cima del
-frío Olimpo, gobernaron en la región media del aire, su más elevado
-cielo, o en las rocas de Delfos, o en Dodona, y en toda la extensión
-de la tierra dórica. Otro huyó con el viejo Saturno por el Adriático a
-los campos de Hesperia, y por el país de los celtas arribó a las más
-remotas islas.</p>
-
-<p>Todos estos y más llegaron en tropel, pero con los ojos bajos
-y llorosos; aunque, a vueltas de su sombrío ceño, se echaba de ver
-un destello de alegría; que no hallaban a su caudillo desesperado,
-ni ellos se contemplaban aniquilados, en medio de toda aquella
-destrucción. Comunicose su esperanza al dudoso gesto de Satán, y
-recobrando de pronto su acostumbrado orgullo, prorrumpió en recias
-voces, con entereza más simulada que verdadera, y poco a poco reanimó
-el desfallecido aliento de los suyos, disipando sus temores.</p>
-
-<p>De repente ordena que al bélico son de trompetas y clarines se
-enarbole su poderoso estandarte: Azazel, gran querubín, reclama de
-derecho tan envidiable honor y desenvuelve de la luciente asta la
-bandera imperial que, enarbolada y tendida al aire, brilla como un
-meteoro con las perlas y preciosos metales que realzan las armas y
-trofeos de los serafines. Entre tanto resuenan los ecos marciales
-del sonoro bronce, a los que responde el ejército todo con un grito
-atronador, que retumbando en las concavidades del infierno, lleva el
-espanto más allá del imperio del caos y la antigua noche.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span>De repente aparecen
-en medio de las tinieblas diez mil banderas que ondean en los aires
-ostentando sus orientales colores, y en derredor de ellas un bosque
-inmenso de lanzas y apiñados cascos. Oprímense los escudos en una línea
-de impenetrable espesor, y a poco comienzan a moverse los guerreros,
-formando una perfecta falange, al compás del modo dórico, que resuena
-en flautas y suaves oboes. Tales eran los acentos que inspiraban a los
-antiguos héroes armados para el combate, en vez de furor, una noble
-calma, un valor sereno, que se sobreponía al temor, a la muerte y a la
-cobardía de la fuga o de una vergonzosa retirada; concierto que con sus
-acordes religiosos bastaba a tranquilizar el ánimo turbado, a desterrar
-la angustia, la duda, el temor y el pesar, y a mitigar el sobresalto
-del corazón así en los hombres como en los dioses.</p>
-
-<p>Unidas así sus fuerzas, y con un pensamiento fijo, marchaban
-silenciosos los ángeles caídos al son de los dulces instrumentos,
-que hacían menos dolorosos sus pasos sobre aquel suelo abrasador; y
-cuando hubieron avanzado todos hasta ponerse al alcance de la vista,
-se detuvieron, presentando su horrible frente, de espantosa longitud.
-Brillaban sus armas como las de los antiguos guerreros, y alineados
-con sus escudos y lanzas, esperaban la orden que debía dictarles el
-soberano.</p>
-
-<p>Fija Satán su experta vista en las compactas filas; de una ojeada
-recorre toda la hueste; ve el buen orden de los combatientes, sus
-semblantes, su estatura como la de los dioses, y calcula por último su
-número. Dilátase entonces su corazón lleno de orgullo, y se vanagloría
-al verse tan poderoso, pues desde que fue creado el hombre, no se había
-reunido fuerza tan formidable. A su lado cualquiera otra sería tan
-despreciable como los pigmeos de la India que guerrean con las grullas,
-aun cuando se agregase la raza gigantesca de Flegra<a id="FNanchor_40"
-href="#Footnote_40" class="fnanchor">[40]</a> con la heroica que luchó
-delante de Tebas y de Ilión<a id="FNanchor_41" href="#Footnote_41"
-class="fnanchor">[41]</a>, donde por una y otra parte se mezclaban
-dioses auxiliares; aunque se uniesen aquellos que celebran
-fábulas y leyendas al hablar del hijo de Utero<a id="FNanchor_42"
-href="#Footnote_42" class="fnanchor">[42]</a>, rodeado de caballeros
-de la Armórica y de Bretaña; aunque se juntaran, en fin, todos los que
-después, cristianos o infieles, lidiaron en Aspromonte o Montauban, en
-Damasco, Marruecos o Trapisonda,<span class="pagenum" id="Page_19">p.
-19</span> o los que Bizerta envió desde la playa africana cuando
-Carlomagno y sus pares fueron derrotados en Fuenterrabía<a
-id="FNanchor_43" href="#Footnote_43" class="fnanchor">[43]</a>.</p>
-
-<p>Superior aquel ejército de espíritus a todos los de los mortales,
-observaba a su jefe, que superando a su vez a cuantos le rodeaban por
-su estatura y lo imperioso de su soberbio aspecto, se elevaba como una
-torre. No había perdido aún la primitiva belleza de sus formas, ni
-dejaba de parecer un arcángel destronado, en quien se traslucía aún
-la majestad de su pasada gloria; era comparable con el sol naciente,
-cuando sus rayos atraviesan con dificultad la niebla, o cuando, situado
-a espaldas de la luna, en los sombríos eclipses, difunde un crepúsculo
-funesto, y atormenta a los reyes con el temor que inspiran sus
-revoluciones. Así oscurecido, brillaba más el arcángel que todos sus
-compañeros; pero surcaban su rostro profundas cicatrices causadas por
-el rayo, y en la inquietud que en sus demacradas mejillas y bajo sus
-cejas se retrataba, al par que en su intrepidez e indomable orgullo,
-parecía anhelar el momento de la venganza. Cruel era su mirada, aunque
-en ella se descubrían indicios de remordimiento y de compasión al
-fijarla en sus cómplices, en sus secuaces más bien, tan distintos de
-lo que eran en la mansión bienaventurada, y a la sazón condenados para
-siempre a ser partícipes de su pena: millones de espíritus que por su
-falta se hallaban sometidos a los rigores del cielo, expulsados por su
-rebelión de los resplandores eternos, y que habían mancillado su gloria
-por permanecerle fieles. Asemejábanse a las encinas del bosque o a los
-pinos de la montaña, desnudos de su corteza por el fuego del cielo,
-pero cuyos majestuosos troncos, aunque destrozados, subsisten en pie
-sobre la abrasada tierra.</p>
-
-<p>Prepárase a hablar Satán, y se inclinan de una a otra ala las dobles
-filas de sus guerreros, rodeándole en parte todos sus capitanes, a
-quienes la atención hace enmudecer. Tres veces intenta el Arcángel
-comenzar, y otras tantas, con mengua de su orgullo, brotan de sus ojos
-lágrimas como las que pueden verter los ángeles; pero al fin se abren
-paso las palabras por enmedio de sus suspiros.</p>
-
-<p>«¡Legiones sin cuento de espíritus inmortales! ¡Dioses con quienes
-solo puede igualarse el Omnipotente! No dejó aquel combate de ser
-glorioso, por más que el resultado fuese funesto, como lo atestigua
-este lugar y este terrible cambio sobre el que es odioso discurrir.
-Pero ¿qué espíritu, por previsor que fuera, y por<span class="pagenum"
-id="Page_20">p. 20</span> más que tuviera profundo conocimiento de lo
-pasado y de lo presente, habría temido que la fuerza unida de tantos
-dioses, y dioses como estos, llegaría a ser rechazada? ¿Quién podría
-creer, aun después de nuestra derrota, que todas estas poderosas
-legiones, cuyo destierro ha dejado desierto el cielo, no volvieran
-en sí, levantándose a recobrar su primitiva morada? En cuanto a mí,
-todo el celeste ejército es testigo de que ni los pareceres al mío
-contrarios, ni los peligros en que me he visto han podido frustrar
-mis esperanzas; pero Aquel que reinando como monarca en el cielo,
-había estado hasta entonces seguro sobre su trono, sostenido por una
-antigua reputación, por el consentimiento o la costumbre, hacía ante
-nosotros ostentación de su pompa regia, mas nos ocultaba su fuerza,
-con lo que nos alentó a la empresa que ha sido causa de nuestra ruina.
-De hoy más sabemos cuál es su poder y cuál el nuestro, de suerte que
-si no provocamos, tampoco tememos que se nos declare una nueva guerra.
-El mejor partido que nos resta, es fomentar algún secreto designio
-para obtener por astucia o por artificio lo que no hemos conseguido
-por fuerza; para que al fin podamos probarle que el que vence por
-la fuerza, no triunfa sino a medias de su enemigo. Puede el espacio
-producir nuevos mundos; y sobre esto circulaba en el cielo ha tiempo
-un rumor, respecto a que el Omnipotente pensaba crear en breve una
-generación que sus predilectas miradas contemplarían como igual a la
-de los hijos del cielo. Contra ese mundo intentaremos acaso nuestra
-primera agresión, siquiera sea por vía de ensayo; contra ese o
-cualquiera otro, porque este antro infernal no retendrá cautivos para
-siempre a los espíritus celestiales, ni estarán sumidos mucho tiempo en
-las tinieblas del abismo. Tales proyectos, sin embargo, deben madurarse
-en pleno consejo. Ya no queda esperanza de paz, porque, ¿quién pensaría
-en someterse? ¡Guerra pues! ¡Guerra franca o encubierta es lo que
-debemos determinar!»</p>
-
-<p>Dijo, y en muestra de aprobación, levantáronse en alto millones de
-flamígeras espadas, que desenvainaron los poderosos querubines. Su
-repentino fulgor ilumina en torno el Infierno; lanzan los demonios
-gritos de rabia contra el Todopoderoso, y enfurecidos, y empuñando sus
-armas, golpean los escudos con belicoso estruendo, lanzando un reto a
-la bóveda celeste.</p>
-
-<p>Elevábase a poca distancia una colina, cuya horrible cima exhalaba
-sin cesar fuego y columnas de humo, mientras lo restante de la
-eminencia brillaba con una capa lustrosa, señal indudable de que
-en sus entrañas se ocultaba una sustancia<span class="pagenum"
-id="Page_21">p. 21</span> metálica, producida por el azufre. Por allí
-en alas del viento se precipita una numerosa falange, semejante a las
-escuadras de peones que, armados de picos y azadas, se esparcen por los
-reales para construir una trinchera o levantar un parapeto. Mammón<a
-id="FNanchor_44" href="#Footnote_44" class="fnanchor">[44]</a> es
-quien la conduce; Mammón, el menos altivo de los espíritus caídos del
-cielo, pues aun en este sus miradas y pensamientos se dirigían siempre
-hacia abajo, admirando más las riquezas del pavimento celestial, donde
-se pisa el oro, que cuantas cosas divinas o sagradas se gozan en la
-visión beatífica. Por él primero, y guiados por sus indicaciones,
-saquearon los hombres el centro de la tierra, y con impías manos
-arrancaron a su madre las entrañas para apoderarse de tesoros que
-valdría más estuviesen para siempre ocultos. Abrió en breve la gente de
-Mammón una ancha brecha en la montaña, y extrajo de sus simas grandes
-porciones de oro. ¿Por qué hemos de admirarnos de que se produzcan las
-riquezas en el infierno, si sus senos son los más a propósito para tan
-precioso tósigo? Los que aquí se vanaglorian de las cosas mortales, y
-hablan maravillados de Babel y de las obras de los reyes de Menfis,
-sepan que los más célebres monumentos del poder y del arte humanos
-quedarían fácilmente eclipsados junto a los que los espíritus réprobos
-construyen. Ellos fabrican en una hora lo que los reyes, con incesantes
-trabajos e innumerables brazos, pueden acabar apenas. Cerca de allí,
-en la llanura, funden otros con arte maravilloso el mineral macizo
-en inmensos hornillos preparados al efecto, por debajo de los cuales
-pasa una corriente de fuego líquido que sale del lago, y separa cada
-especie, sacando las escorias de entre los terrones de oro. Otros, en
-fin, forman con igual prontitud en la tierra diferentes moldes, y por
-medio de un admirable artificio llenan cada uno de aquellos profundos
-huecos con la materia de los ardientes crisoles, del mismo modo que en
-el órgano, un solo soplo de viento, repartido entre varias series de
-tubos, produce todas sus armonías.</p>
-
-<p>De repente, al compás de una deliciosa música y dulces cantos,
-brota de la tierra como vaporosa llama un edificio inmenso, construido
-como un templo y rodeado de pilastras y columnas dóricas, coronadas
-por un arquitrabe de oro. No faltaban allí cornisas ni frisos con sus
-bajos relieves, y la techumbre era de oro cincelado. Ni Babilonia
-ni la grandiosa Menfis alcanzaron en sus días de gloria semejante
-magnificencia, para honrar a sus dioses, Belo o Serapis, o para<span
-class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span> entronizar a sus reyes,
-cuando el Egipto y la Asiria rivalizaban en riquezas y ostentación.</p>
-
-<p>Queda fija por fin la ascendente mole, ostentando su majestuosa
-altura; y abriéndose de pronto las puertas de bronce, dejan ver
-interiormente su vasto espacio, y toda la extensión de su pavimento
-terso y pulimentado. De la arqueada bóveda penden, por una sutil
-combinación mágica, varias filas de radiantes lámparas y esplendorosos
-fanales que, alimentados por la nafta y el asfalto, difunden la luz
-como los astros de un firmamento. Penetra apresuradamente la multitud
-en aquel recinto, admirándolo todos, y unos ensalzan la obra, y otros
-al arquitecto. Diose a conocer su mano en el cielo por la construcción
-de varias elevadas torres, donde los ángeles que empuñaban cetro tenían
-su residencia y trono de príncipes. El supremo Soberano los elevó a tal
-poder, encargándoles que gobernasen las celestiales milicias, cada cual
-conforme a su jerarquía.</p>
-
-<p>Ni fue el mismo arquitecto desconocido, ni careció de adoradores
-en la antigua Grecia: los hombres de Ausonia<a id="FNanchor_45"
-href="#Footnote_45" class="fnanchor">[45]</a> le llamaron Múlciber<a
-id="FNanchor_46" href="#Footnote_46" class="fnanchor">[46]</a>. Contaba
-la fábula cómo fue arrojado por la ira de Júpiter, y por encima de los
-cristalinos muros del cielo, rodando todo un día de estío desde la
-mañana al medio día y desde el medio día hasta la noche; y al ponerse
-el sol cayó del zénit, como una estrella volante, en Lemnos, isla del
-mar Egeo. Referíanlo así los hombres y se equivocaban, pues la caída
-de Múlciber con su rebelde hueste, tuvo lugar mucho tiempo antes. De
-nada le valió haber construido elevadas torres en el cielo, ni se
-salvó a pesar de todas sus máquinas, siendo arrojado de cabeza con su
-industriosa horda para que construyera en el infierno.</p>
-
-<p>Entre tanto, los heraldos alados, por orden del soberano poder, con
-imponente aparato y a son de trompetas, proclaman en todo el ejército
-la convocación de un consejo solemne, que debe reunirse inmediatamente
-en el <i>Pandemonium</i>, capital de Satán y de sus magnates. Intiman
-el llamamiento a los más dignos por su clase, o por elección en cada
-hueste y legión regular, los cuales acuden al instante en grupos de
-ciento y de mil con su correspondiente séquito. Todas las avenidas
-están ocupadas, obstruidas las puertas, los espaciosos pórticos
-del templo, y sobre todo el inmenso salón, semejante a un campo
-cerrado, donde los bravos campeones acostumbran a cabalgar con todas
-sus armas ante el trono <span class="pagenum" id="Page_23">p.
-23</span>del Sultán, retando a la caballería pagana a un combate
-a muerte o a romper lanzas<a id="FNanchor_47" href="#Footnote_47"
-class="fnanchor">[47]</a>. Bulle apiñado el enjambre de espíritus, así
-en la tierra como en el aire, agitando sus ruidosas alas. Como en la
-primavera, cuando se halla el sol en Tauro, hacen las abejas salir en
-grupos alrededor de la colmena a su populosa prole, y revolotean acá
-y allá entre las flores húmedas de rocío, o sobre la plancha unida,
-que forma la explanada de su pajiza ciudadela, cubierta de reciente
-néctar, y allí discuten y acuerdan sobre sus negocios de Estado; así
-revoloteaban y se comprimían aquellas numerosas legiones aéreas hasta
-el momento de darse la voz de alerta.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L04">
- <img class="thin"
- src="images/i_083.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Intiman el llamamiento a los más dignos por su clase...</p>
-</div>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L05">
- <img class="thin"
- src="images/i_086.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Así en innumerable muchedumbre revoloteaban bajo la bóveda del infierno.</p>
-</div>
-
-<p>Pero ¡oh maravilla! los que antes semejaban superar en altura a
-los gigantes, hijos de la Tierra, son ahora menores que los enanos
-más pequeños, amontonándose innumerables en un reducido espacio,
-parecidos a los pigmeos que se encuentran allende las montañas de la
-India, o a los duendes que el rezagado campesino ve o imagina ver en
-sus conciliábulos de media noche, junto al lindero de un bosque o a la
-orilla de una fuente, mientras sobre su cabeza sigue tranquila la luna
-su pálido curso, acercándose más a la tierra, y los locuaces espíritus,
-entregados a sus danzas y juegos, halagan el oído del aldeano,
-cuyo corazón late a la vez de regocijo y miedo<a id="FNanchor_48"
-href="#Footnote_48" class="fnanchor">[48]</a>.</p>
-
-<p>De este modo aquellos espíritus incorpóreos redujeron su inmensa
-estatura a las más diminutas formas, y casi todos se hallaron, aunque
-seguían siendo innumerables, en el salón de aquella corte infernal.
-Pero más allá, interiormente, en sus verdaderas proporciones, y entre
-sí muy semejantes, hallábanse reunidos en un sitio retirado los grandes
-señores seráficos y los querubines; y mil semidioses, sentados en
-sillas de oro, constituían en secreto cónclave un consejo pleno, en que
-después de breve silencio, y leída la convocatoria, comenzó la solemne
-deliberación.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="figcenter mt2" id="L06">
- <img class="thin"
- src="images/i_090.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Sobre un trono de excelsa majestad, muy superior en esplendidez...</p>
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt3 mt3" id="Ch1_2">
- <p><span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span></p>
- <h3 class="junto">LIBRO SEGUNDO</h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra g0">ARGUMENTO</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>Congregado el Consejo, consúltale Satán sobre si deberá
- aventurarse otra batalla para recobrar el cielo: algunos son de
- este parecer; mas no todos opinan lo mismo. Prefieren otro recurso
- indicado antes por Satán, que consiste en averiguar la verdad de
- aquella profecía o tradición del cielo relativa a otro mundo y otra
- especie de criaturas, iguales, o no muy inferiores a los ángeles,
- y que debían crearse por aquel tiempo. Dudan respecto a quién se
- encargará de tan difícil empresa; pero Satán se ofrece a hacer solo
- el viaje, y prorrumpen todos en demostraciones de aplauso y júbilo.
- Terminado así el consejo, retíranse los espíritus por diferentes
- caminos, para dedicarse a ocupaciones diversas, según las aficiones
- de cada cual, y para dar tiempo a que vuelva Satanás. Llega este
- entre tanto a las puertas del infierno, que encuentra cerradas.
- Refiérese quiénes estaban allí para guardarlas, y cómo, abriéndoselas
- al fin, le muestran el gran abismo que hay entre el infierno y el
- cielo. Atraviésalo con gran dificultad, guiado por el Caos, soberano
- de aquel lugar, hasta que llega a la vista del nuevo mundo que
- buscaba.</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>En un trono de excelsa majestad, muy superior en esplendidez
-a todas las riquezas de Ormuz y de la India<a id="FNanchor_49"
-href="#Footnote_49" class="fnanchor">[49]</a>, y de las regiones
-en que el suntuoso oriente vierte con opulenta mano sobre sus
-reyes bárbaros perlas y oro<a id="FNanchor_50" href="#Footnote_50"
-class="fnanchor">[50]</a>, encúmbrase Satán, exaltado por sus méritos a
-tan impía eminencia; y aunque la desesperación le ha puesto en dignidad
-tal como no podía esperar, todavía ambiciona mayor altura; y tenaz en
-su inútil guerra contra los cielos, no escarmentado por el desastre, da
-rienda así a su altiva imaginación:</p>
-
-<p>«¡Potestades y dominaciones, númenes celestiales! Pues no hay
-abismo que pueda sujetar en sus antros vigor tan inmortal como el
-nuestro, aunque oprimido y postrado ahora, no doy por perdido el cielo.
-Después de esta humillación, se levantarán las virtudes celestes más
-gloriosas y formidables que antes de su caída, y se asegurarán por sí
-mismas del temor de una segunda catástrofe. Aunque la justicia de mi
-derecho y las leyes constantes del cielo me designaron desde luego como
-vuestro caudillo, lo soy también por vuestra libre elección, y por los
-méritos que haya podido contraer en el consejo o en el combate; de
-modo que nuestra pérdida se ha reparado, en gran parte al menos,<span
-class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span> dado que me coloca en un
-trono más seguro, no envidiado, y cedido con pleno consentimiento. En
-el cielo, el que más feliz es por su elevación y su dignidad, puede
-excitar la envidia de un inferior cualquiera; pero aquí, ¿quién ha de
-envidiar al que, ocupando el lugar más alto, se halla más expuesto, por
-ser vuestro antemural, a los tiros del Tonante, y condenado a sufrir
-lo más duro de estos tormentos interminables? Donde no hay ningún
-bien que disputar, no puede alzarse en guerra facción alguna, pues
-nadie reclamará, seguramente, el bienestar del infierno; nadie tiene
-escasa participación en la pena actual, para codiciar, por espíritu de
-ambición, otra más grande. Con esta ventaja, pues, para nuestra unión,
-esta fe ciega e indisoluble concordia, que no se conocerán mayores en
-el cielo, venimos ya a reclamar nuestra antigua herencia, más seguros
-de triunfar que si nos lo asegurase el triunfo mismo. Pero cuál sea
-el medio mejor, si la guerra abierta o la guerra oculta, ahora lo
-examinaremos: hable quien se sienta capaz de dar consejo.»</p>
-
-<p>Calló Satán, y hallándose inmediato Moloc, rey que empuñaba cetro,
-se puso en pie. Era el más denodado y soberbio de todos los espíritus
-que combatieron en el cielo, y su desesperación le comunicaba ahora
-mayor fiereza. Pretendía ser igual en poderío al Eterno y, antes que
-reputarse inferior prefería dejar de existir, porque sin este cuidado
-nada tenía que le intimidase. Menospreciaba a Dios, y el infierno
-y cuanto hubiese más horroroso que este; y así prorrumpió en los
-siguientes términos:</p>
-
-<p>«¡Guerra abierta! este es mi parecer. No soy experto en ardides,
-ni me glorío de tal. Conspiren los que lo necesiten, mas cuando sea
-necesario, no ahora. ¡Pues qué!, mientras ellos sosegadamente urden
-sus tramas, ¿han de permanecer en pie y armados millones de espíritus
-que, ansiando la señal de desplegar sus alas, yacen aquí expatriados
-del cielo, sin más morada que esta sombría caverna, destierro infame,
-y prisión de un tirano que reina por nuestra apatía? No; prefiramos
-armarnos del furor y las llamas del infierno; abrámonos todos a la
-vez, sobre las elevadas torres del cielo, un camino en que no pueda
-oponernos resistencia, transformando nuestros tormentos en horribles
-armas contra el verdugo; que al estrépito de sus poderosos rayos
-responda nuestro infernal trueno, y vea los relámpagos convertidos en
-negra y horrorosa llama lanzada con igual rabia contra sus ángeles, y
-hasta su mismo trono envuelto entre el azufre del Tártaro y el extraño
-fuego que inventó para atormentarnos. Parecerá acaso difícil<span
-class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span> y escarpado el camino
-para escalar con seguro vuelo la altura de enemigo tan poderoso;
-pero recuerden los que esto crean, si no están aletargados aún con
-el soñoliento vapor de este lago del olvido, que por nuestro propio
-impulso nos elevamos a nuestra primitiva morada, y que el bajar y
-caer son contra nuestra naturaleza; pues cuando últimamente el fiero
-Enemigo daba sobre nuestra destrozada retaguardia, insultándonos y
-persiguiéndonos a través del abismo, ¿quién no sintió cuán pesado era
-nuestro vuelo al sumirnos en este precipicio? El ascender, pues, nos
-será muy fácil.</p>
-
-<p>»Témese el resultado de provocar a quien es tan fuerte para que
-imagine en su cólera algún recurso que acabe de aniquilarnos, si es
-dable en este lugar mayor anonadamiento; pero ¿qué mal más grande que
-existir aquí privados de todo bien, y condenados a eterna maldición
-en este antro odioso, donde nos abrasa inextinguible fuego, sin
-esperanza de ver el fin, esclavos de sus iras, y a merced del látigo
-inexorable cuando llega la hora de los tormentos<a id="FNanchor_51"
-href="#Footnote_51" class="fnanchor">[51]</a>? Mayor castigo que
-el presente sería un extremo tal, que feneceríamos. Pues ¿qué
-tememos? ¿Por qué vacilamos en excitar su furor postrero, que siendo
-más violento nos consumirá del todo, reduciendo a la nada nuestra
-existencia? Preferible es esto a vivir miserables perpetuamente. Y si
-nuestra naturaleza es en realidad divina y no puede dejar de serlo, nos
-hallamos en peor condición que si nada fuésemos, y tenemos la prueba
-de que nuestro poder basta para trastornar el cielo, alarmando con
-incesantes asaltos aquel trono fatal, aunque inaccesible; lo cual, ya
-que no victoria, por lo menos será venganza.»</p>
-
-<p>No dijo más; y frunciendo el ceño, brillaron sus ojos en sed de
-inextinguible venganza y tremenda lid peligrosa para todos los seres
-inferiores a los dioses. Del lado opuesto se levantó Belial, en ademán
-más gracioso y menos fiero.</p>
-
-<p>Jamás se vieron privados los cielos de tan hermosa criatura: parecía
-estar predestinado a las dignidades y los grandes hechos, pero todo
-era en él ficción y vanidad, por más que destilase maná su lengua, y
-diera apariencias de cuerdos a los más falsos razonamientos, torciendo
-y frustrando los consejos más acertados. Era de pensamientos humildes,
-ingenioso para el vicio, tímido y lento para toda acción generosa; pero
-sabía halagar los oídos, y con persuasivo acento comenzó así:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_28">p. 28</span>«Desde luego ¡oh
-príncipes! estaría yo por la guerra a muerte, que en aborrecimiento no
-cedo a nadie, si lo que se alega como suprema razón para resolvernos
-a una guerra inmediata, no me disuadiera más, y no me pareciese en
-último resultado de siniestro agüero. El que más se distingue como
-guerrero, desconfiando de su consejo y su propia fuerza, funda todo su
-valor en la desesperación, y prefiere un completo aniquilamiento; pero
-ante todo ¿cómo nos vengaremos? Las torres del cielo están llenas de
-centinelas armados que hacen imposible todo acceso, y con frecuencia
-acampan sus legiones al borde del abismo, o con sombrío vuelo exploran
-por do quiera los reinos de la noche, sin temor a sorpresa alguna;
-y aun cuando nos abriéramos un camino por la fuerza, aunque todo el
-infierno se arrojara tras nosotros para oscurecer con sus tinieblas
-la purísima luz del cielo, permanecería nuestro Enemigo incorruptible
-sobre su incólume trono, y la sustancia etérea, libre de toda mancha,
-rechazaría en breve la agresión, sirviendo nuestro fuego para alumbrar
-su triunfo.</p>
-
-<p>»Una vez repelidos, nuestra última esperanza será el colmo de la
-desesperación. Y ¿hemos de excitar al poderoso Vencedor a que apure su
-cólera y acabe con nosotros? ¿Ha de ser el dejar de existir nuestro
-solo anhelo? ¡Triste remedio! porque ¿quién querría perder, a pesar de
-cuanto padecemos, este ser inteligente, este pensamiento que abarca
-toda la eternidad, para perecer sepultados y perdidos en las profundas
-entrañas de perpetua noche, insensibles a todo y gimiendo en completa
-inercia? Y ¿quién sabe, dado que esto nos conviniera, si nuestro airado
-Enemigo podrá y querrá concedernos semejante muerte? Que pueda es
-dudoso; que no lo consentirá jamás, es seguro. Siendo tan previsor,
-¿cómo ha de resolverse a deponer de pronto su ira, simulando impotencia
-o descuido, para conceder a sus enemigos lo que desean, o aniquilar
-en su cólera a aquellos a quienes preserva su cólera misma a fin de
-castigarlos eternamente?</p>
-
-<p>»¿Por qué, pues, vacilamos? dicen los que aconsejan la guerra:
-estamos condenados, proscritos, destinados a una eterna desgracia.
-Como quiera que procedamos, ¿qué más podemos sufrir, qué castigo habrá
-mayor que este? ¿Tan extremo infortunio es por ventura hallarnos aquí
-sentados y deliberando armados? ¡Ah! cuando huíamos atropelladamente,
-perseguidos y abrasados por el tremendo rayo del cielo, y suplicábamos
-al abismo que nos acogiese, parecíanos este infierno un consuelo
-para nuestras heridas; y cuando nos hallábamos encadenados en el
-hirviente lago ¿no era seguramente peor nuestra situación? ¿Qué sería
-si se<span class="pagenum" id="Page_29">p. 29</span> reanimase el
-hálito que encendió aquel funesto fuego, comunicándole una intensidad
-siete veces mayor, y de nuevo nos sumergiese dentro de las llamas,
-o si la interrumpida venganza del Dominador supremo armase otra vez
-su encendida diestra para atormentarnos? ¿Qué, si se abriesen los
-diques de su cólera, y si el firmamento que se extiende sobre el
-infierno vertiera sobre nuestras cabezas el fuego de sus cataratas,
-y cuantos horrores nos amenazaban un día con su espantoso castigo?
-Mientras proyectamos ahora o aconsejamos una gloriosa guerra, quizá
-se está formando abrasadora tempestad, en que nos veremos envueltos,
-y clavados sobre las rocas para ser juguete y presa de furiosos
-torbellinos, o sepultados para siempre y cargados de cadenas en este
-abrasado océano. A solas entonces con nuestros incesantes gemidos,
-sin tregua, ni reposo, ni compasión, durante siglos que no es de
-esperar acaben, ¡cuánto mayor será nuestra desventura! Debo, pues,
-disuadiros de la guerra así franca como encubierta; porque ¿de qué
-servirán ni astucia ni fuerza en semejante empeño? ¿Quién burlará la
-perspicacia de Aquel cuyos ojos lo abarcan todo de una sola mirada?
-Contemplándonos está desde la altura de los cielos, y menosprecia
-nuestras inútiles tentativas, dado que su poder es tan omnipotente para
-resistir a nuestras fuerzas, como para destruir todas nuestras tramas y
-conatos.</p>
-
-<p>»¿Luego viviremos envilecidos, y aunque hijos del cielo, ultrajados
-de esta suerte y condenados a destierro, y a sufrir en él estas
-cadenas y tormentos? Preferible es en mi juicio a otro mal más grande,
-pues el hado y sus decretos irrevocables nos someten a la voluntad
-del Vencedor. Fuerza tenemos para sufrir lo mismo que para obrar; la
-ley que lo ha ordenado así, no es injusta, y esto hubiéramos debido
-comprender desde el principio, y ser cautos, antes que mover guerra a
-Enemigo tan poderoso, y cuando su resultado era tan incierto.</p>
-
-<p>»Ríome de los que tan audaces y hábiles son en manejar la lanza,
-y cuando esta les falta, se amilanan, y temen que sobrevenga lo que
-saben que ha de sobrevenir: destierro, ignominia, cadenas y castigos,
-sujeción a que los somete su Vencedor. Tal es ahora nuestra suerte, y
-si a ella nos sometiésemos resignados, lograríamos quizá desarmar en
-cierto modo la cólera de nuestro supremo Enemigo; y tal vez hallándonos
-tan lejos de su presencia e inofensivos, se olvidará de nosotros, ya
-satisfecho de su justicia; y si su aliento no le incita, se templará
-el voraz fuego que nos consume; y purificada nuestra esencia, no
-participará de este vapor mefítico, se habituará a él para no sentirlo,
-o finalmente<span class="pagenum" id="Page_30">p. 30</span> modificada
-y atemperándose a su intensidad y naturaleza, de tal manera se
-identificará con él que no experimente dolor alguno, convirtiéndose
-los tormentos en placeres y la oscuridad en luz. ¿Por qué no hemos
-de esperar en lo que el interminable curso de los días futuros pueda
-traernos, ni en las alteraciones y cambios en que debemos poner nuestra
-confianza, pues que nuestra suerte actual, si contraria, no es del todo
-infeliz, y si infeliz, no llegará al extremo con tal de que no nos
-hagamos merecedores de mayor desventura nosotros mismos?»</p>
-
-<p>Así Belial, con palabras disfrazadas de razones, aconsejaba un
-proceder indigno, una vil inacción, pero no la paz. Después de él habló
-Mammón de esta suerte:</p>
-
-<p>«Moveremos guerra, si la guerra es el mejor consejo, o para
-destronar al Rey del cielo, o para recobrar nuestros perdidos derechos.
-Destronarle no lo esperemos, mientras el eterno Destino no ceda al
-inconstante Acaso y sea el Caos árbitro de nuestra lucha. Si vana
-es la esperanza de lo uno, no lo será menor la de lo otro; pues de
-no expulsar al supremo Rey del cielo, ¿qué espacio quedará en este
-para nosotros? Demos que calmada su ira, y a condición de someternos
-de nuevo, perdone a todos: ¿con qué ojos le contemplaremos, cuando
-humillados en su presencia hayamos de recibir sus imperiosas órdenes,
-glorificar su majestad murmurando himnos, y violentarnos cantando
-en loor suyo <i>¡aleluya!</i> mientras él, envidiado soberano, hará
-ostentación de su regia pompa, y su altar exhalará perfumes de ambrosía
-y de flores, serviles ofrendas de nuestro culto? Tal será nuestro
-oficio en el cielo, tales nuestros placeres. ¡Oh! ¡cuán dura será una
-eternidad empleada en adorar a quien tanto odiamos!</p>
-
-<p>»Rechacemos pues ese espléndido vasallaje que no es dado obtener
-por fuerza, que aun concedido sería afrentoso, por más que pertenezca
-al cielo, y busquemos nuestro bien en nosotros mismos, viviendo por
-nosotros y para nosotros, libres en estos vastos subterráneos, sin
-depender de voluntad alguna, y prefiriendo tan dura libertad al
-blando yugo de una pomposa servidumbre. Brillará más radiante nuestro
-esplendor si sabemos convertir lo pequeño en grande, lo nocivo en
-útil, la desgracia en prosperidad, y si, do quiera luchando con el
-mal, trocamos en bienestar el dolor por medio del trabajo y de la
-paciencia.</p>
-
-<p>»¿Por qué temer estos tenebrosos antros? ¿No se envuelve a veces
-el omnipotente Señor del cielo entre negras y espesas nubes sin que
-por eso eclipsen su gloria, y vela su trono con la grandeza de las
-tinieblas de que, encendido en<span class="pagenum" id="Page_31">p.
-31</span> furor, se lanza el pavoroso trueno, de modo que se asemeja
-al infierno el cielo? ¿Imita él nuestra oscuridad, y no hemos de poder
-nosotros cuando nos plazca imitar su luz? No carece este ingrato suelo
-de ocultos tesoros, de diamantes y oro, ni nosotros de arte para
-aprovecharnos de su magnificencia: ¿qué tenemos pues que envidiar al
-cielo? Podrán un tiempo estos mismos suplicios llegar a hacerse nuestro
-elemento; llegar esas penetrantes llamas a sernos tan benignas como
-hoy son crueles, y trocarse nuestra naturaleza en la propia de ellas;
-y esto necesariamente pondrá término a nuestros dolores. Todo, pues,
-nos invita a preferir pacíficos consejos y establecer un ordenado
-régimen, adoptando los remedios que más eficaces sean para nuestros
-presentes males; y en atención a lo que somos y al lugar en que nos
-hallamos, renunciar por completo a todo intento de guerra. Este es mi
-parecer.»</p>
-
-<p>No bien acabó de hablar, se suscitó en la asamblea un rumor
-semejante al que encerrados entre las cóncavas rocas hacen los furiosos
-vientos, cuando después de combatir el mar toda una noche, adormecen
-con su ronca cadencia a los marineros, extenuados de cansancio, pero
-que logran anclar su barca en una bahía pedregosa, pasada la tempestad.
-Resonaban así los murmullos de aprobación dados a Mammón cuando
-finalizó su razonamiento aconsejando la paz, porque cualquiera batalla
-que se empeñase les infundía más espanto que el mismo infierno: tal era
-el estrago que el rayo y la espada de Miguel habían causado en ellos;
-deseando no menos fundar aquel otro imperio, que la política y el largo
-transcurso del tiempo elevarían hasta hacerle competir con el de los
-cielos.</p>
-
-<p>Esto observado por Belzebú, que después de Satán ocupaba el más alto
-puesto, levantose con gravedad, y al levantarse, mostraba bien que era
-una columna de aquel Estado. Grabada llevaba en su frente la meditación
-que requieren los cargos públicos, y en su majestuoso semblante la
-sabiduría de un príncipe, por más que hubiese decaído tanto. Severo
-y enhiesto, ostentaba sus atlánticos hombros, capaces de sostener el
-peso de las más poderosas monarquías; su mirada imponía atención al
-auditorio, que permanecía tranquilo, como la noche, o en la estación
-estival el viento del mediodía. Y arengoles de esta suerte:</p>
-
-<p>«¡Tronos y Potestades imperiales, Virtudes etéreas, celestial
-Estirpe! ¿Será que renunciemos a estos títulos, trocándolos por el de
-príncipes del infierno? Sin duda, pues el voto popular se inclina a que
-permanezcamos aquí para fundar<span class="pagenum" id="Page_32">p.
-32</span> un creciente imperio. ¡Oh desvarío! ¿Podemos ignorar que el
-Rey del Empíreo nos ha sumido en estos lóbregos calabozos, no para
-preservarnos de su poderoso brazo, ni para vivir libres de la alta
-jurisdicción del cielo, en nueva liga contra su trono, sino para
-mantenernos en la más dura estrechez, aunque alejados de él, y bajo el
-inevitable yugo que reserva a toda esta cautiva muchedumbre? Porque
-habéis de tener por cierto que él imperará como primero, como último y
-único rey, lo mismo en la altura de los cielos que en la profundidad
-del abismo, dado que nuestra rebelión no ha mermado parte alguna de su
-soberanía; pero asentará su imperio en el infierno, y nos regirá con
-cetro de hierro, como rige los cielos con cetro de oro.</p>
-
-<p>»¿A qué, pues, deliberamos sobre la paz ni sobre la guerra?
-Resolvímonos por esta, y fuimos vencidos con irreparables pérdidas.
-Nadie ha ofrecido ni puesto condiciones de paz: ¿qué paz ha de
-concederse a los esclavos, más que una dura prisión, y los rigores
-y castigos que arbitrariamente se nos impongan? ¿Qué paz hemos de
-ofrecer sino la que podemos dar, agresiones, odio, invencible aversión
-y tardía venganza, conspirando siempre para hacer menos glorioso su
-triunfo al Vencedor y para acibararle en lo posible la satisfacción que
-en nuestros tormentos experimenta? Ocasión no ha de faltarnos, y no
-necesitaremos emprender peligrosas expediciones para invadir el cielo,
-cuyas altas murallas no temen asedios, ni asaltos, ni celada alguna de
-nuestra parte.</p>
-
-<p>»Empresa más fácil podemos acometer. Una región hay, si no miente
-antigua y profética tradición del cielo, hay un mundo, dichosa mansión
-de un ser nuevo llamado Hombre, que por este tiempo ha debido ser
-creado semejante a nosotros, inferior en poderío y excelencia, pero
-más favorecido del Hacedor supremo. Declaró su voluntad a los demás
-dioses, y quedó cumplida en virtud de un juramento que hizo retemblar
-en torno las bóvedas celestiales. Encaminemos a este fin todos nuestros
-proyectos; sepamos qué seres habitan ese mundo, cuál es su forma, su
-naturaleza, su fuerza o debilidad, cuáles sus dotes, y si contra ellos
-hemos de emplear la astucia o la violencia. Cerrados están los Cielos;
-domina allí su excelso Árbitro en la seguridad de su propia fuerza;
-pero acaso se halle situada esa mansión en los postreros límites de su
-reino; acaso esté confiada su defensa exclusivamente a sus moradores;
-en cuyo caso podemos intentar con fruto un repentino golpe, ya asolando
-aquellos lugares con el fuego de nuestro infierno, ya enseñoreándonos
-de todos como de cosa propia, y expulsando a los<span class="pagenum"
-id="Page_33">p. 33</span> débiles que los ocupan, como se nos expulsó a
-nosotros; y cuando no expulsarlos, atraerlos a nuestro partido, de modo
-que su Dios los mire como enemigos, y arrepentido de ella, destruya su
-propia obra. Sería esto más que una vulgar venganza; sería amenguar
-el placer que le ha causado nuestra derrota; contrariedad tan ingrata
-para él cuanto satisfactoria para nosotros, porque sus queridos hijos,
-partícipes de nuestra suerte, maldecirán su frágil origen y lo efímero
-de su dicha. Ved si es para intentado proyecto tal, o si debemos
-permanecer aquí sumidos en las tinieblas, y forjándonos a nuestro gusto
-quiméricas soberanías.»</p>
-
-<p>Tal fue el diabólico consejo de Belzebú, imaginado primeramente y en
-parte propuesto por Satanás; pues ¿de quién sino del autor de todo mal
-podía nacer propósito tan malvado, y la idea de pervertir en su raíz a
-la raza humana, confundiendo la tierra con el infierno en odio de su
-supremo Autor? Pero este mismo odio había de servir para más realzar su
-gloria.</p>
-
-<p>Complació sobremanera a las infernales potencias el audaz proyecto;
-y aprobado que fue por su voto unánime, brillando en los ojos de todos
-la alegría, renovó Belzebú su discurso en estos términos:</p>
-
-<p>«¡Bien habéis calculado, prudentes dioses; digno fin habéis puesto
-a tan prolija consulta! Grande como vosotros es vuestra resolución,
-la cual nos sublimará al más alto punto, acercándonos de nuevo, y
-a despecho de los hados, a nuestras antiguas sedes, desde estos
-profundísimos abismos. A la vista de aquellas espléndidas regiones,
-no lejos de nuestras armas y en una ocasión propicia, quizá logremos
-recobrar el Empíreo, o cuando menos habitar en una templada zona, donde
-no huya de nosotros la hermosa luz de los cielos. Los rayos del fúlgido
-oriente nos librarán de esta oscuridad, y al exhalar su embalsamado
-perfume el aura apacible y pura, cicatrizará acaso las llagas causadas
-por este fuego devorador. Ahora bien: ¿a quién enviaremos en busca de
-esa nueva región? ¿A quién juzgaremos digno de tamaña empresa? ¿Quién
-aventurará sus vacilantes pasos por tan lóbrego, inmenso e insondable
-abismo, y hallará la ignorada senda a través de palpables sombras?
-¿Quién, sin que se rindan sus alas, sostendrá el vuelo aéreo en los
-ilimitados espacios del vacío hasta llegar a la afortunada isla?
-¿Qué arte, qué fuerza le bastará, ni cómo le será posible salvar con
-seguridad los apiñados centinelas y las múltiples falanges de ángeles
-que vigilan en derredor? Necesitará de gran prudencia, y no menos
-nosotros para elegirle, pues en él recaerá todo el peso, todo el éxito
-de nuestras últimas esperanzas.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span>Concluye así,
-siéntase, y los oyentes, con atentos ojos, esperan se presente alguno
-para secundar, contradecir o emprender la peligrosa aventura: todos
-permanecen quietos y mudos, calculando el riesgo en la profundidad de
-su pensamiento, y cada cual descubre asombrado su propia desconfianza
-en el semblante de los demás. Entre los más heroicos campeones que
-combatieron contra el cielo, no se encontraba ninguno bastante osado
-que se ofreciera a emprender por sí tan terrible expedición; hasta
-que Satán, a quien un glorioso renombre encumbraba sobre todos sus
-compañeros, con la altivez de monarca y el convencimiento de su gran
-superioridad, reposadamente les habló así:</p>
-
-<p>«¡Oh celestial progenie, tronos empíreos! Con razón guardamos
-silencio y permanecemos dudosos, aunque no intimidados. Largo y penoso
-es el camino que desde el infierno conduce a la luz; fuerte es nuestra
-prisión; nueve veces nos rodea esta inmensa bóveda de fuego violento y
-destructor, y las encendidas puertas de diamante, que nos oponen tantos
-estorbos, nos vedan salir de aquí. Salvadas una vez estas, se da en el
-profundo vacío de informe noche, que amenaza con la total destrucción
-de su ser al que se sumerja en aquel horroroso abismo. Si se penetra
-por fin en otro mundo cualquiera, o en una región desconocida ¿qué
-quedan más que ignorados peligros y la casi imposibilidad de evadirse?
-No sería yo, sin embargo, digno de este trono, ¡oh espíritus! ni de
-esta imperial soberanía, ornada de tanto esplendor y armada de tal
-poder, si las dificultades o peligros de lo que se propone y juzga
-importante a todos, pudieran retraerme de emprenderlo. ¿Por qué asumir
-la dignidad regia y no rehusar el cetro, si me negase a aceptar en los
-riesgos la parte proporcionada a los honores, la cual se debe al que
-reina con tanta mayor razón cuanto que ocupa más alto grado sobre
-los otros? Id, pues, espíritus poderosos, que aunque caídos, seguís
-siendo el terror del cielo; id a ver si en nuestra morada, mientras nos
-veamos reducidos a ella, hay algo que pueda atenuar nuestra miserable
-suerte y hacer menos odioso el infierno; si existe algún arbitrio o
-algún encanto para suspender, frustrar o mitigar los tormentos de esta
-detestable mansión. No os abandonéis al sueño ante un enemigo que está
-siempre vigilante; y yo entre tanto, lejos de vosotros, y atravesando
-un mundo de sombría desolación, procuraré la libertad de todos. En esta
-empresa no me acompañará nadie.»</p>
-
-<p>Así diciendo, se levantó el monarca, con lo cual prevenía cualquiera
-réplica; su sagacidad le sugería el temor de que animados otros jefes
-con su resolución,<span class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span>
-fuesen a ofrecer entonces, seguros de una negativa, lo que antes los
-arredraba, pues de este modo llegarían a hacerse rivales suyos en
-la opinión pública, logrando a poca costa la gran celebridad que él
-debía adquirir en cambio de infinitos riesgos. Pero aquellos rebeldes
-temían tanto el empeño como la voz que se lo prohibía; abandonaron,
-como él, su asiento; y el ruido que hicieron al levantarse todos a
-la vez, se asemejaba al de un trueno lejano. Inclináronse ante Satán
-con respetuosa veneración, y le ensalzaron como a un dios igual al
-Altísimo del cielo. Ni dejaron de encarecer cuán digno era de alabanza
-el que por la salvación general despreciaba la suya propia, pues aunque
-espíritus réprobos, no habían perdido enteramente su virtud, como los
-malvados que en la tierra se jactan de acciones especiosas fundadas en
-vanagloria, o de una ambición que encubren con cierto color de celo.</p>
-
-<p>Así terminaron sus tristes y dudosos razonamientos, con las
-esperanzas que les infundía caudillo tan incomparable; al modo que
-adormecidos los vientos del Norte, al extenderse desde la cima de
-las montañas las nubes tenebrosas y cubrir la risueña faz del cielo,
-derraman estas sobre los oscuros campos nieve o torrentes de agua;
-y si el fulgente sol envía sus destellos desde el ocaso, como una
-dulce despedida, reviven los campos, renuevan las aves sus gorjeos y
-prorrumpen las ovejas en alegres balidos que resuenan por valles y
-colinas. ¡Qué baldón para la humanidad! Únese el demonio en inalterable
-concordia con su infernal compañero, y entre todos los seres racionales
-solo los hombres se desavienen entre sí, a pesar de la esperanza que
-debieran tener en la divina gracia. Dios proclama la paz, y ellos
-viven, no obstante, dominados por el odio y la enemistad y en perpetua
-lucha; se mueven crueles guerras y devastan la tierra para destruirse
-unos a otros, como si no tuvieran, y en esto deberían cifrar su unión,
-sobrados enemigos en el infierno que día y noche conspiran para su
-ruina.</p>
-
-<p>Disuelto así el consejo, retiráronse ordenadamente los magnates
-infernales. Iba en medio el altivo soberano, que parecía por sí solo
-competidor del cielo, así como en su suprema pompa y majestad, remedo
-de la de Dios, se mostraba temido emperador del Orco. Rodeábale una
-cohorte de serafines de fuego que le conducían entre blasonados
-estandartes y tremendas armas. Mándase pregonar entonces al son de las
-trompetas reales la decisión del gran senado, y volviéndose prontamente
-a los cuatro vientos otros tantos querubines, acercan a sus<span
-class="pagenum" id="Page_36">p. 36</span> labios los sonoros tubos<a
-id="FNanchor_52" href="#Footnote_52" class="fnanchor">[52]</a>, a cuyas
-voces responden las de los heraldos. Resuenan unas y otras por los más
-lejanos ámbitos del abismo, y toda la hueste del infierno acompaña con
-atronadores gritos sus fervientes aclamaciones.</p>
-
-<p>Ya con mayor sosiego, y en cierto modo reanimada por una esperanza
-tan falaz como presuntuosa, disuélvese toda aquella multitud, y
-cada cual sigue diverso rumbo, conforme a su inclinación o a su
-melancólica incertidumbre, buscando una distracción a sus desesperados
-pensamientos, o donde entretener las enojosas horas hasta el regreso
-de su caudillo. Unos, corriendo en veloz carrera por la llanura,
-otros elevándose en sus alas por los aires, compiten entre sí como
-en los juegos Olímpicos<a id="FNanchor_53" href="#Footnote_53"
-class="fnanchor">[53]</a> o en los campos Píticos; otros refrenando
-sus fogosos corceles, procuran salvar la meta en sus raudos carros, o
-forman alineados escuadrones. Tal, para escarmiento de las ciudades
-belicosas, se representan simulados combates en la revuelta extensión
-del cielo, creyendo verse en las nubes ejércitos que se precipitan
-a entrar en batalla; y de cada parte se adelantan, lanza en ristre,
-caballeros aéreos, hasta que cierran una con otra ambas legiones y, al
-choque de sus armas, parece arder de uno a otro extremo el horizonte.
-Otros, poseídos de más implacable rabia que Tifeo<a id="FNanchor_54"
-href="#Footnote_54" class="fnanchor">[54]</a>, arrancan peñascos y
-montañas, y se lanzan por los aires cual torbellinos: apenas puede
-el infierno resistir tan violento ímpetu. No de otro modo Alcides<a
-id="FNanchor_55" href="#Footnote_55" class="fnanchor">[55]</a>,
-al volver de Ecalia<a id="FNanchor_56" href="#Footnote_56"
-class="fnanchor">[56]</a>, coronado por la victoria, y al sentir la
-envenenada túnica, desarraigaba a impulsos de su dolor los pinos de
-Tesalia y de la cima del Ete<a id="FNanchor_57" href="#Footnote_57"
-class="fnanchor">[57]</a>, arrojando a Licas<a id="FNanchor_58"
-href="#Footnote_58" class="fnanchor">[58]</a> al mar de Eubea<a
-id="FNanchor_59" href="#Footnote_59" class="fnanchor">[59]</a>. Más
-pacíficos otros, retirados a un valle silencioso, cantan al compás
-de sus arpas, con acentos angelicales, su heroica lid y la desgracia
-a que les trajo la suerte de las armas, lamentando que el destino
-triunfe del ánimo denodado por la fuerza o por la fortuna. Arrogantes
-se mostraban en sus loores; pero su armonía<span class="pagenum"
-id="Page_37">p. 37</span> (¿cómo no, si al fin era de espíritus
-inmortales?) tenía embebecido al infierno, y extática a la muchedumbre
-que la escuchaba.</p>
-
-<p>Con discursos más dulces todavía, pues la elocuencia deleita el
-alma y la música los sentidos, retraídos algunos otros en un monte
-solitario, se entregan a más sublimes pensamientos y a profundos
-raciocinios sobre la providencia, la presciencia, la voluntad y el
-destino; por qué es inmutable este, y libre la voluntad y absoluta
-la presciencia; mas no hallaban solución alguna, perdidos en tan
-intrincados laberintos. Discuten prolijamente acerca del bien y del
-mal, la bienaventuranza y la última pena, la pasión y la apatía,
-la gloria y la abyección: todo ciencia vana, todo falsa filosofía;
-y sin embargo, comunicaban seductor encanto, aunque pasajero, a su
-dolor y angustia, infundíanles engañosas esperanzas, o fortificaban
-con pertinaz paciencia, como con acerada cota, sus corazones
-endurecidos.</p>
-
-<p>Hay asimismo algunos que congregados en numerosas bandas, se atreven
-a explorar la dilatada extensión de aquel siniestro mundo, en busca de
-otro clima que pueda ofrecerles mansión más grata. Dirigen a este fin
-su vuelo por cuatro puntos distintos, siguiendo las márgenes de los
-cuatro ríos infernales que vierten sus lúgubres aguas en el inflamado
-lago: la aborrecida Estigia, de donde el odio mortal procede; el negro
-y profundo Aqueronte, con su tristeza; el Cocito, así llamado por los
-lamentos que se oyen en lo interior de sus doloridas ondas, y el feroz
-Flegetón, que en torrentes de fuego exhala su encendida rabia. A larga
-distancia de estos fluye lento y silencioso el Leteo, río del olvido,
-que arrastra su tortuosa corriente, y al que bebe de sus aguas hace
-olvidar al punto su primitivo estado, y con él la alegría y el pesar,
-los placeres y los dolores.</p>
-
-<p>Pasado el Leteo, extiéndese un continente helado, sombrío y
-temeroso, combatido de perpetuas tempestades, huracanes y asolador
-granizo, que no se liquida en la dura tierra sino que amontonándose
-en grandes moles, semeja ruinas de antigua fábrica. Allí, cubierta de
-nieve y hielo, se abre una profunda sima parecida al lago Serbonio,
-entre Damieta y el monte Casio, donde fueron sepultados ejércitos
-enteros, donde la crudeza del aire abrasa, y el frío produce igual
-efecto que el fuego. Allí las furias armadas de garras, cual las
-harpías, arrastran en sazón oportuna a todos aquellos réprobos, que
-alternativamente experimentan la dura transición de crudelísimos
-contrastes, tanto más sensibles, cuanto que se suceden uno a otro.
-Desde el voraz fuego en que yacen, son transportados a una<span
-class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span> atmósfera glacial, en que se
-extingue su dulce calor etéreo, y en la que permanecen algún tiempo
-inmóviles, ateridos de sus miembros todos, para sufrir después nuevo
-y abrasador tormento. Cruzan yendo y viniendo el estrecho del Leteo,
-y cada vez se aumenta más su suplicio y son mayores sus ansias;
-anhelan tocar con sus labios aquella agua que los incita: una sola
-gota les daría instantáneamente el dulce olvido de todas sus penas
-y desventuras; y ¡con cuánta facilidad, teniéndola tan cerca! Pero
-el destino no lo consiente, y para imposibilitar su deseo, les sale
-al paso Medusa, con su terrible aspecto de Gorgona. El agua huye por
-sí misma de toda boca viviente, como huyó algún día de los sedientos
-labios de Tántalo.</p>
-
-<p>Divagando así perdidas entre mil y mil confusiones, con mortal
-sobresalto y los ojos desencajados, veían por vez primera las
-desbandadas legiones su triste suerte, y no les era dable reposo
-alguno. Salvan oscuros y desiertos valles, regiones donde el dolor
-impera, montañas alpestres de hielo y fuego, rocas, cavernas, lagos,
-pantanos, abismos, tinieblas mortíferas, todo un mundo de destrucción,
-que Dios, maldiciéndole, creó malo, y únicamente bueno para el mal;
-mundo en que toda vida muere, en que toda muerte vive, y en que
-la perversa naturaleza engendra seres monstruosos, prodigiosos,
-abominables, indefinibles, más repugnantes que los que la fábula
-inventó o concibió el temor; Gorgonas, Hidras y Quimeras espantosas.</p>
-
-<p>Entre tanto, Satán, el enemigo de Dios y el Hombre, llena su mente
-de ambiciosas imaginaciones, extiende su raudo vuelo, y explora el
-solitario camino que conduce a las puertas del infierno. Toma unas
-veces la derecha, otras la opuesta mano; ya se desliza con iguales
-alas por la superficie del abismo, ya se eleva cual torre aérea
-hacia la ardiente concavidad del firmamento; y como se descubre en
-lontananza, surcando el mar, y suspendida al parecer de las nubes, una
-flota que, a favor de los vientos del equinoccio, se ha dado a la vela
-en Bengala o en las islas de Ternate y de Tidor<a id="FNanchor_60"
-href="#Footnote_60" class="fnanchor">[60]</a>, de donde los mercaderes
-extraen sus drogas, y por el rumbo que marca el tráfico cruza el
-inmenso océano desde Etiopía hasta el Cabo<a id="FNanchor_61"
-href="#Footnote_61" class="fnanchor">[61]</a>, enderezando las proas al
-polo a pesar de las marejadas y de la noche; tal, contemplado de lejos,
-parecía el alígero explorador.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L07">
- <img class="thin"
- src="images/i_105.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Todos los seres imperfectos, verdaderos abortos y monstruos...</p>
-</div>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L08">
- <img class="thin"
- src="images/i_108.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Delante de ellas, a uno y otro lado, estaban sentadas...</p>
-</div>
-
-<p>Divísanse por fin las murallas del infierno, que se elevan hasta sus
-horribles <span class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span>bóvedas,
-y las tres triplicadas puertas, formadas por tres planchas de bronce,
-tres de hierro y tres de diamantina roca, todas impenetrables, todas
-rodeadas de un valladar de inextinguible fuego. Delante de ellas, a
-uno y otro lado, estaban sentadas dos formidables figuras; una, de la
-cabeza a la cintura tenía apariencia de mujer, y mujer bellísima, pero
-su asqueroso cuerpo era el de una serpiente armada de aguijón mortal
-y cubierta de anchos y escamosos pliegues. Rodeábanla por la mitad
-multitud de rabiosos perros que, despidiendo de sus anchas fauces de
-Cerbero incesantes aullidos, producían horrendo estrépito. Si alguna
-vez se veían obligados a ocultarse, iban introduciéndose sin dificultad
-en las entrañas del monstruo, donde tenían seguro asilo, e invisibles
-allí, proseguían ladrando. Menos aborrecibles eran los que atormentaban
-a Scila mientras se bañaba en el mar que separa al calabrés de las
-mugientes costas de Trinacria<a id="FNanchor_62" href="#Footnote_62"
-class="fnanchor">[62]</a>; ni ofrecía tan horrible aspecto el
-séquito que acompañaba a la nocturna maga, cuando, cabalgando por
-los aires, y atraída por el secreto olor de la sangre de algún niño,
-acudía a los bailes de las brujas de la Laponia, y eclipsaba el
-resplandor de la Luna con la fuerza de sus encantos<a id="FNanchor_63"
-href="#Footnote_63" class="fnanchor">[63]</a>.</p>
-
-<p>La otra figura, si darse puede este nombre a lo que no tenía forma
-distinta de miembros, ni articulaciones, o si puede llamarse sustancia
-a lo que se asemejaba a una sombra, que ambas cosas parecía, negra como
-la noche, feroz como diez furias, terrible como el infierno, blandía
-un terrible dardo, y en lo que aparentaba cabeza, tenía algo que
-representaba como una corona real. Al ir a acercársela Satán, levantose
-el monstruo de su asiento, avanzó presuroso hacia él, y el infierno
-retembló con sus pasos. Contemplole con asombro el impávido Enemigo,
-y se admiró, mas sin arredrarse, porque excepto a Dios y su Hijo, ni
-respetaba ni temía a ningún ser creado; y con desdeñosa mirada, se
-anticipó a hablar, diciendo:</p>
-
-<p>«¿De dónde vienes tú? ¿Quién eres, monstruo execrable, que temerario
-y terrible, osas con tu deforme aspecto oponerte a mi paso en estas
-puertas? Resuelto estoy a franquearlas, y ten por seguro que no te
-pediré permiso; retírate, o pagarás cara tu insensatez, hijo del
-infierno, y aprenderás por experiencia a no competir con los espíritus
-celestiales.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span>A lo que replicó el
-espectro encendido en cólera:</p>
-
-<p>«¿Eres tú aquel ángel traidor, el primero que infringió la paz y
-la fe del cielo, respetadas hasta entonces, y el que en su orgullosa
-rebelión arrastró consigo a la tercera parte de los espíritus celestes
-conjurados contra el Altísimo? Tú y ellos, desechados de Dios, ¿no
-estáis condenados por ese crimen a subsistir aquí por toda una
-eternidad envilecidos y entre tormentos? ¿Te cuentas tú entre los
-espíritus del cielo, réprobo del infierno? ¿Y prorrumpes en altiveces
-y arranques de menosprecio aquí, donde impero como soberano, y donde,
-para mayor confusión tuya, soy tu señor y rey? ¡Atrás, fugitivo
-impostor, a tus mazmorras! Y pon nuevas alas a tu ligereza, no sea que
-con un látigo de escorpiones avive tu lentitud, o que al menor impulso
-de este dardo te sientas sobrecogido de extraño horror, y de angustias
-que todavía no has experimentado.»</p>
-
-<p>Dijo así el pálido Terror, y así hablando y amenazando, adquirió
-un aspecto diez veces más repulsivo y espantoso. Por su parte
-Satán, ardiendo en ira, no daba muestras de temor alguno, semejante
-a un ardiente cometa que inflama el espacio ocupado por el enorme
-Serpentario en el cielo ártico, destilando de su hórrida cabellera
-pestilencia y guerras. Dirígense ambos combatientes un golpe mortal
-a la cabeza, contando con que no han de tener que repetirlo sus
-fatales manos, y se provocan con sus miradas; como cuando cargadas
-con la artillería del cielo, avanzan dos nubes lóbregas mugiendo
-sobre el mar Caspio, y se colocan frente a frente, hasta que un
-soplo de viento les da la señal de romper en medio de los aires el
-cruel combate. Contémplanse los esforzados campeones con ojos tan
-sombríos, que al fruncir de sus cejas se oscureció el infierno; que
-tal era su denuedo; pero ni uno ni otro habían de hallar sino una
-sola vez enemigo más temible<a id="FNanchor_64" href="#Footnote_64"
-class="fnanchor">[64]</a>. Hubieran llevado a cabo inauditos hechos,
-con terror del infierno todo, si la del medio cuerpo de serpiente,
-que estaba sentada junto a la puerta y guardaba la fatal llave, no se
-hubiera arrojado entre los combatientes, lanzando un espantoso grito.
-«¡Oh padre! exclamó, ¿qué intentan tus manos contra tu único hijo?
-¿Qué furor ¡oh hijo! te impulsa a dirigir tu dardo mortal contra la
-cabeza de tu padre? ¿Sabes a quién obedeces? A Aquel que sentado en su
-supremo trono se ríe de ti, porque eres esclavo suyo, porque ejecutarás
-débilmente cuanto te ordene en su cólera, que él llama justicia; su
-cólera, que algún día os destruirá a los dos.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span>Dijo, y a su voz se
-detuvo el infernal fantasma, y Satán le respondió de este modo: «Con tu
-extraño grito y tus palabras no menos extrañas, te has interpuesto aquí
-de manera, que al suspender su repentino golpe mi brazo, no renuncia
-a poner por obra lo que ha resuelto. Pero antes deseo saber de ti
-quién eres, que reúnes esas dos formas, y por qué al encontrarme por
-vez primera en este valle infernal, me has llamado padre, y dices que
-es hijo mío ese espectro. Ni te conozco, ni he visto jamás seres tan
-detestables como sois ambos.»</p>
-
-<p>«Luego ¿ya me has olvidado? replicó ella. ¿Tan horrible parezco
-ahora a tus ojos, cuando en el cielo me tuviste por tan hermosa? En
-medio y a la vista de todos los serafines coligados contigo en su
-atrevida rebelión contra el Rey del cielo, te sobrecogió de pronto un
-dolor cruel; anublados y desvanecidos tus ojos, se perdieron en las
-tinieblas, mientras que brotando de tu cabeza una tras otra apiñadas
-llamas, se abrió profundamente por el lado izquierdo, y semejante a
-ti en la forma y esplendor, y animada de celestial hermosura, salí de
-ella en figura de diosa armada. Retrocedieron llenos de admiración
-todos los espíritus, y me llamaron Pecado, considerándome como un
-presagio siniestro; pero familiarizados después conmigo, les prendé
-de suerte que mis gracias seductoras rindieron a los que me miraban
-con más desvío. Fuiste el primero tú, que contemplando a menudo en
-mí tu perfecta imagen, te enamoraste de ella, y a solas conmigo
-gozaste los inefables deleites que engendraron en mis entrañas un
-nuevo ser. En tanto estalló la guerra: combatiose en los campos del
-cielo; nuestro poderoso Enemigo alcanzó inmarcesible triunfo (¿qué
-había de acontecer?), y nuestro partido quedó derrotado en todo el
-Empíreo. Cayeron nuestras legiones, precipitadas desde las alturas
-del cielo hasta el fondo de este abismo, y envuelta en su ruina,
-caí yo también. Entonces me fue entregada esta llave poderosa, con
-orden de mantener estas puertas cerradas para siempre, para que nadie
-pueda traspasarlas, si no las abro. Pensativa y sola me senté aquí:
-durome poco el sosiego, pues fecundado por ti mi vientre, y cercano
-ya el trance extremo, experimentó movimientos prodigiosos y dolores
-insoportables. Por fin ese aborrecible vástago que ves, hechura tuya,
-abriéndose paso violentamente, desgarró mis entrañas, y retorciéndose
-estas por el miedo y las convulsiones, quedó toda la parte inferior de
-mi cuerpo desfigurada. Nació ese enemigo mío, nació de mí blandiendo su
-fatal dardo, que lo destruye todo: y yo hui gritando: <i>¡Muerte!</i>
-Estremeciose el infierno al oír este horrible nombre, y en lo mas hondo
-de sus cavernas se<span class="pagenum" id="Page_42">p. 42</span>
-oyó un suspiro que repetía: <i>¡Muerte!</i> Y yo seguía huyendo, y
-el espectro corría tras mí, aunque al parecer no tanto encendido en
-rabia, cuanto en lujuria; y como más ligero que yo, me alcanzó por
-fin; y sin respeto a mi horror de madre, entre impuros y violentos
-abrazos engendró conmigo en aquel rapto estos monstruos ladradores,
-que lanzando continuos aullidos me acosan como ves, y de nuevo los
-concibo a todas horas, y a todas horas me hacen sentir los dolores de
-su acerbo parto, porque vuelven a entrar en mi seno cuando les place, y
-aullando y royendo mis entrañas, que son su alimento, salen de pronto,
-y me causan tan profundo terror, que no hallo un instante de tregua ni
-reposo.</p>
-
-<p>»Sentada ante mis ojos, y siempre en frente de mí, mi hija y
-enemiga, la horrible Muerte, azuza a esos perros, y ya me hubiera
-devorado, a falta de otra presa, aunque soy su madre, si no supiera que
-su fin va unido al mío, que yo, en tal caso, sería para ella un bocado
-amargo, un letal veneno, porque el destino lo ha dispuesto así. Pero te
-prevengo, padre, que evites la herida de su flecha, y no te lisonjees
-de que te haga invulnerable esa brillante armadura, por más que sea de
-etéreo temple, pues nadie, excepto aquel que reina allá arriba, puede
-despuntar arma tan mortífera.»</p>
-
-<p>Así dijo; y aprovechando el sagaz Enemigo la advertencia, blanda y
-pausadamente repuso:</p>
-
-<p>«Hija querida, pues me reconoces por tu señor y me muestras a mi
-bello hijo (prenda amada de los placeres que gozamos allá en el cielo,
-placeres tan dulces entonces como hoy de triste recuerdo, por la cruel
-desventura en que impensadamente hemos caído), sabe que no vengo como
-enemigo, sino para libertaros de esta sombría y horrible mansión de
-dolor a ti y a él y a toda la hueste de espíritus celestiales que por
-nuestras justas pretensiones quedaron envueltos en nuestra ruina.
-Enviado por ellos, emprendo solo este arriesgado viaje y solo me
-arriesgo por todos. Voy a recorrer con solitarios pasos el insondable
-abismo; en mi errante peregrinación a través del espacio inmenso, voy
-en busca de un lugar cuya existencia se ha predicho, y que a juzgar
-por varias señales, debe haberse creado ya, siendo redondo y vasto.
-Es una mansión deleitosa, situada en los confines del cielo, y donde
-habitan seres de reciente origen, destinados acaso a ocupar nuestros
-asientos vacantes, bien que se los mantenga ahora alejados de ellos
-por temor de que sobrecargados con una poderosa multitud, ocurran en
-el cielo nuevas perturbaciones. A averiguar si esta es la causa, u
-otra<span class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span> más oculta, voy
-apresuradamente; y una vez sabido el secreto, volveré en breve para
-trasladaros, a ti y a la Muerte, a una morada donde viviréis entre
-placeres, donde discurriréis con libre vuelo, invisibles, y respirando
-los suavísimos vapores de embalsamado ambiente. Allí, para que saciéis
-sin tasa vuestro apetito, todo será presa vuestra.»</p>
-
-<p>Calló Satán, porque los dos monstruos dieron muestras de suma
-satisfacción, y la Muerte gesticuló con espantosa sonrisa al saber
-que aplacaría su hambre regocijándose de la dichosa ocasión que se
-la preparaba; y no menos complacida su proterva madre, prosiguió
-diciendo:</p>
-
-<p>«Guardo la llave de este abismo infernal, porque tal es mi
-privilegio y el mandato del omnipotente Señor del cielo que me ha
-prohibido abrir estas puertas de diamante. La Muerte está determinada
-a rechazar toda violencia, segura de no ser vencida por ningún poder
-viviente; pero ¿debo yo obedecer las órdenes de un tirano que me odia y
-que me ha sumido en la lobreguez del profundo Tártaro, para desempeñar
-tan detestable oficio, y he de estar yo, hija del cielo, condenada a
-perpetua angustia y pena, y a oír aterrada el incesante clamoreo de mis
-hijos, que se alimentan de mis entrañas? Tú eres mi padre, el autor
-de mi existencia; tú me has dado el ser: ¿a quién pues debo obedecer
-y seguir sino a ti? Llévame pronto a ese nuevo mundo de claridad y
-de ventura, donde en compañía de dioses que gozan tan dulce vida, en
-voluptuosa paz, y sentada a tu derecha, cual conviene a tu hija y
-favorita, reine por toda una eternidad.»</p>
-
-<p>Esto diciendo, sacó de su cintura la llave fatal, triste instrumento
-de todos nuestros males, y arrastrando su monstruoso cuerpo hasta la
-puerta, alzó sin dilación el enorme rastrillo que solo ella podía
-levantar, y que no hubieran movido todas las fuerzas del infierno
-juntas; hizo girar en la cerradura las complicadas guardas de la llave,
-y descorrió fácilmente las barras y cerrojos de hierro macizo y de
-dura piedra. Ábrense de improviso las puertas con impetuosa violencia
-y resonante estrépito, y al rechinar sus goznes produjeron un bronco
-trueno que retumbó en las más profundas concavidades del Averno.</p>
-
-<p>Abrió las puertas; no estaba en su mano cerrarlas, y quedaron
-abiertas para siempre. Eran tan anchas, que desplegadas sus alas y
-banderas, con sus caballos y carros en buen orden, hubiera podido pasar
-holgadamente todo un ejército por ellas; y como la boca de un horno
-encendido, vomitaban rojizas llamas y espeso humo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span>De repente aparecen
-ante los ojos de Satán y los dos espectros los secretos del antiguo
-abismo, sombrío e inmenso océano, sin límites ni dimensiones, donde se
-pierden la extensión, la profundidad, el tiempo y el espacio; donde
-la primitiva Noche y el Caos, progenitores de la Naturaleza, viven en
-eterna discordia, entre el rumor de perpetuas guerras, y sostenidos
-solo por sus perturbaciones. El calor, el frío, la humedad y la sequía,
-terribles campeones, se disputan la preferencia, lanzan al combate
-sus átomos embrionarios los cuales agrupados en diversas tribus
-alrededor de la bandera de sus legiones, pesada o ligeramente armados,
-agudos, redondos, rápidos o lentos, pululan en número infinito como
-las arenas de Barca o del ardiente suelo de Cirene<a id="FNanchor_65"
-href="#Footnote_65" class="fnanchor">[65]</a>, y van arrebatados a
-tomar parte en la lucha de los vientos; o a servir de contrapeso a sus
-raudas alas. El que lleva en pos mayor número de átomos, domina por
-un momento; el Caos impera como árbitro; sus mandatos aumentan más el
-desorden que le da el cetro, y a falta de él lo gobierna todo el Acaso
-como ministro supremo.</p>
-
-<p>En aquel hórrido abismo, cuna de la Naturaleza y tal vez su tumba,
-que no es ni mar, ni tierra, ni aire, ni fuego, sino mezcla de todos
-estos elementos, los cuales confundidos en sus fecundos gérmenes deben
-luchar así perpetuamente, a no ser que el Creador Supremo destine
-sus impuros materiales a la formación de nuevos mundos; en aquel
-hórrido abismo, al borde del infierno, se detuvo el cauteloso Satán,
-y le contempló algún tiempo, reflexionando en su viaje, pues no era
-un pequeño estrecho el que tenía que atravesar. Atruenan sus oídos
-estrepitosos rumores, no menos violentos, comparando cosas grandes
-con pequeñas, que los de las tempestades de Belona cuando pone en
-juego sus destructoras máquinas para arrasar una ciudad fortísima;
-menor sería el estruendo si se desplomase la celeste bóveda, y los
-elementos desencadenados arrancaran de su eje a la tierra inmóvil.
-Satán despliega por fin sus alas, semejantes a dos anchas velas, para
-emprender su vuelo, y estriba con el pie en la tierra, elevándose entre
-torbellinos de humo.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L09">
- <img class="thin"
- src="images/i_116.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Y con cabeza, manos, alas y pies, se sumerge, fluctúa y se arrastra.</p>
-</div>
-
-<p>Llevado como en un carro de nubes, sigue subiendo audaz por espacio
-de muchas leguas, pero faltándole de pronto el apoyo, encuentra un
-inmenso vacío, y sorprendido y agitando en vano sus alas, cae como
-un plomo a diez mil brazas de profundidad. Aún estaría cayendo,
-si por una desgraciada casualidad no le <span class="pagenum"
-id="Page_45">p. 45</span>hubiera lanzado a otras tantas millas de
-altura la fuerte explosión de una tempestuosa nube, impregnada de fuego
-y nitro. Apagose su furor en una sirte esponjosa que no era ni mar ni
-tierra, y Satán, casi sumergido, atravesó el movedizo promontorio, tan
-presto a pie como volando. Tuvo entonces que emplear remos y velas;
-y semejante al grifo que en su alada carrera persigue por desiertos,
-montañas y valles al arimaspo<a id="FNanchor_66" href="#Footnote_66"
-class="fnanchor">[66]</a>, que ha sustraído sutilmente el oro confiado
-a su vigilante guarda, así continúa Satán ardorosamente su camino
-a través de pantanos, precipicios y estrechos, de vapores densos o
-enrarecidos; y con cabeza, manos, alas y pies, nada, se sumerge,
-fluctúa, se arrastra y vuela.</p>
-
-<p>Llega, por fin, a sus oídos con sin igual fragor, un extraño y
-universal clamoreo de sordos sonidos y confusas voces, pero igualmente
-intrépido, se dirige hacia aquel lado para dar con el poder o espíritu
-del profundo abismo que resida allí, y preguntarle en qué punto se
-halla el límite de las tinieblas más próximo a la luz. De repente
-aparece el trono del Caos, desplegándose su negro e inmenso pabellón
-sobre un despeñadero de ruinas. La Noche, cubierta de negro manto,
-se ve asimismo sentada en su trono al lado del Caos; y como anterior
-a todos los seres, comparte con él el cetro. A su lado se hallan
-Orco y Ades, y Demogorgón<a id="FNanchor_67" href="#Footnote_67"
-class="fnanchor">[67]</a>, de terrible renombre; después el Rumor y el
-Acaso, el Tumulto y la Confusión monstruosa, y por último, la Discordia
-con sus mil bocas distintas. Satán se dirige osado al Caos, y le
-dice:</p>
-
-<p>«Potestades y espíritus de este profundo abismo, Caos y antigua
-Noche: sabed que no vengo aquí como espía, con objeto de explorar o
-sorprender los secretos de vuestro reino; obligado a pasar por este
-sombrío desierto, a través de vuestro vasto imperio, porque me encamino
-hacia la luz, solo, sin guía y casi perdido, busco el rumbo más breve
-para llegar al punto donde vuestras oscuras fronteras se tocan con el
-cielo. Y si algún otro lugar de vuestro dominio ha sido invadido y
-ocupado últimamente por el Rey etéreo, salvando estas profundidades
-allí intentaré llegar. Dirigid mis pasos, que bien encaminados,
-no será escasa la recompensa que logréis en beneficio de vuestros
-intereses; no lo será, si arrojado el usurpador de la región perdida,
-consigo volverla a sus primitivas tinieblas y a vuestro dominio. Este
-es el objeto de mi presente viaje, y enarbolar de nuevo el<span
-class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span> estandarte de la antigua
-Noche. Para vosotros todas las ventajas; ¡yo me contento solo con
-vengarme!»</p>
-
-<p>Así dijo Satán, y con voz temblorosa y descompuesto semblante le
-contestó el viejo Anarca: «Te conozco, extranjero; tú eres el poderoso
-jefe de los ángeles que últimamente se rebelaron contra el Rey del
-cielo, y que fuiste derrotado. Yo lo vi y lo oí, pues tan numerosa
-milicia no pudo huir en silencio a través del aterrado abismo, yendo
-destrozada, perseguida, y más confundida que la misma confusión,
-mientras las puertas del cielo daban paso a millones de sus huestes
-victoriosas. Yo he venido a residir en mis fronteras, donde todo mi
-poder apenas basta para salvar lo poco que me resta, pues también se
-experimentan aquí vuestras divisiones intestinas, que van mermando los
-antiguos dominios de la Noche; además de que por una parte el infierno,
-donde tenéis vuestras prisiones, se ha dilatado en torno bajo mis
-pies; por otra, ese Paraíso, ese nuevo mundo, están suspendidos sobre
-mi reino y unidos por una cadena de oro al punto del cielo de donde
-cayeron precipitadas vuestras legiones. Si queréis encaminaros hacia
-ese lado, no estáis distante; más cerca os hallaréis del peligro. Id,
-pues; apresurad la marcha; los despojos, la ruina y el exterminio son
-mi alimento.»</p>
-
-<p>No dijo más, ni Satán se detuvo a replicar, sino que gozoso de tener
-próxima una playa en aquel océano, lánzase con nuevo ardor y con nueva
-fuerza por el inmenso espacio, como una pirámide de fuego. Pugnando con
-los desencadenados elementos que le rodean por todas partes, prosigue
-su camino más estrecho, más peligroso que el del navío Argos al cruzar
-el Bósforo, con mayores riesgos que Ulises cuando al evitar por un lado
-a Caribdis, vio amenazada su inexperiencia con otro escollo.</p>
-
-<p>Así avanzaba Satán difícil y penosamente; pero una vez que forzó
-el paso, y más adelante cuando cayó el Hombre (¡extraña novedad!), el
-Pecado y la Muerte, que seguían las huellas del infernal enemigo, pues
-tal fue la voluntad del cielo, abrieron ancho camino por el sombrío
-abismo, cuyo hirviente seno consintió que se echara un puente de
-asombrosa longitud desde el infierno hasta el orbe exterior de este
-frágil globo. Por medio de esta fácil comunicación, van y vienen los
-espíritus perversos, excepto los mortales, para tentar o castigar
-a aquellos a quienes Dios y los santos ángeles guardan por gracia
-particular.</p>
-
-<p>Pero ya, por fin, comienza a sentirse la influencia sagrada de
-la luz, y el alba luminosa envía desde las murallas del cielo un
-destello al tenebroso seno de la<span class="pagenum" id="Page_47">p.
-47</span> oscura Noche. Aquí tienen principio los más lejanos límites
-de la naturaleza; retrocede al Caos y se retira de sus defensas como
-enemigo vencido, con menos estrépito y resistencia, mientras Satán,
-tranquila y holgadamente, se desliza por las apacibles hondas, guiado
-de incierta luz, a la manera de un buque combatido por las tempestades,
-que entra alegremente en el puerto, aunque con sus jarcias y velas
-despedazadas. Parecido al aire, tiende sus alas a la inmensidad
-del vacío, contemplando desde lejos y enajenado el empíreo cielo,
-cuya extensión es tal, que no acierta a distinguir si es cuadrada o
-circular. Descubre las torres de ópalo; las almenas de brillantes
-zafiros donde fue un tiempo su patria; ve también junto a la luna,
-sujeto al extremo de una cadena de oro, aquel mundo suspendido<a
-id="FNanchor_68" href="#Footnote_68" class="fnanchor">[68]</a>, igual a
-una estrella de la más pequeña magnitud; desde allí, animado por inicua
-sed de venganza, maldito él, y en maldita hora, aceleró su vuelo.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3 mt3" id="Ch1_3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span></p>
- <h3>LIBRO TERCERO</h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra g0">ARGUMENTO</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>Sentado Dios en su trono, ve a Satán, que vuela hacia el mundo
- nuevamente creado, y mostrándole a su Hijo, que reside a su diestra,
- le predice cómo intentará y logrará aquel pervertir al género humano.
- Pone a salvo de toda imputación su justicia y sabiduría, dado que ha
- hecho al Hombre libre y capaz de resistir a las tentaciones de su
- enemigo; y anuncia su designio de perdonarle, atendiendo a que no
- se dejará llevar de su propia perversidad, como Satán, sino de la
- seducción de este. El Hijo glorifica al Padre por su bondad, pero
- Dios declara al propio tiempo que no podrá conceder su gracia al
- Hombre sin que la justicia divina quede satisfecha, porque al atentar
- contra su poder, aspirando a la divinidad, se ha hecho reo de muerte
- con toda su descendencia, y debe morir, a no ser que haya alguien
- capaz de reparar su culpa, sufriendo el castigo de ella. El Hijo de
- Dios se ofrece entonces voluntariamente a rescatar al Hombre; acepta
- el Padre la oferta, ordena su encarnación, y dispone que sea exaltado
- sobre todo cuanto existe en el cielo y en la tierra. Manda luego a
- todos sus ángeles que le adoren; obedécenle ellos, y al compás de
- sus arpas, entonan himnos de gloria en loor del Omnipotente y de su
- Hijo. Entretanto, desciende Satán a la superficie exterior del globo
- terráqueo, y divagando por uno y otro punto, llega a un lugar llamado
- posteriormente el Limbo de la Vanidad. Qué seres y qué cosas se
- dirigen volando hacia el mismo sitio. Acércase después a las puertas
- del cielo, y se describen las gradas por donde se sube a él, así
- como las aguas que corren por encima del firmamento. Pasa Satán a la
- órbita del Sol, y encuentra a Uriel, rector de aquella esfera; pero
- antes toma la forma de un ángel inferior, y pretextando un religioso
- deseo de contemplar el mundo nuevamente creado, y al Hombre colocado
- por Dios en él, procura averiguar cuál es su morada. Indícasela
- Uriel, y Satán dirige a ella su vuelo, deteniéndose primeramente en
- la cima del Nifates.</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>¡Salve, sagrada luz, hija primogénita del cielo<a id="FNanchor_69"
-href="#Footnote_69" class="fnanchor">[69]</a> o destello inmortal
-del eterno Ser! ¿Por qué no he de llamarte así, cuando Dios es
-luz, y cuando en inaccesible y perpetua luz tiene su morada, y por
-consiguiente en ti, resplandeciente efluvio de su increada esencia? Y
-si prefieres el nombre de puro raudal del éter, ¿quién dirá cuál es
-tu origen, dado que fuiste antes que el sol, antes que los cielos,
-cubriendo a la voz de Dios, como con un manto, el mundo que salía de
-entre las profundas y tenebrosas ondas, arrancado al vacío informe e
-inconmensurable?</p>
-
-<p>Vuelvo ahora a ti nuevamente con más atrevidas alas, dejando el
-Estigio lago, en cuya negra mansión he permanecido sobrado tiempo.
-Mientras volaba cruzando tenebrosas regiones y menos sombríos ámbitos,
-canté el Caos y la eterna Noche en tonos desconocidos a la cítara
-de Orfeo. Guiado por una musa<span class="pagenum" id="Page_50">p.
-50</span> celestial, osé descender a las profundas tinieblas, y
-remontarme de nuevo, arduo y penoso empeño. Seguro ya, vuelvo a ti,
-siento tu influencia vivificadora; pero tú no iluminas estos ojos, que
-en vano buscan tu penetrante rayo sin descubrir claridad alguna: a tal
-punto ha consumido sus órbitas invencible mal, o se hallan cubiertas de
-espeso velo. Mas alentado por el amor que me inspira sagrados cantos,
-recorro sin cesar los sitios frecuentados por las Musas, las claras
-fuentes, los umbríos bosques, las colinas que dora el sol; y a ti sobre
-todo ¡oh Sión! a ti, y a los floridos arroyos que bañan tus santos pies
-y se deslizan con suave murmullo, me dirijo durante la noche. Ni olvido
-tampoco a aquellos dos, iguales a mí en desgracia (¡así los igualara
-en gloria!), el ciego Tamiris y el ciego Meónides<a id="FNanchor_70"
-href="#Footnote_70" class="fnanchor">[70]</a>, ni a los antiguos
-profetas Tiresias y Fineo<a id="FNanchor_71" href="#Footnote_71"
-class="fnanchor">[71]</a>, deleitándome entonces con los pensamientos
-que inspiran de suyo armoniosos metros, como el ave vigilante que canta
-en la oscura sombra, y oculta entre el espeso follaje, hace oír sus
-nocturnos trinos.</p>
-
-<p>Así con el progreso del año vuelven las estaciones; mas para mí no
-vuelve jamás el día: no veo los dulces albores de la mañana, ni el
-crepúsculo de la tarde, ni la flor de la primavera, ni la rosa del
-estío, ni los rebaños de los prados, ni la faz divina del Hombre.
-Sumido entre tinieblas y eternas nubes, apartado de las gratas
-sendas de la vida humana, no me ofrece el libro cuyo estudio es tan
-interesante, más que una inmensa página en blanco, donde están borradas
-para mí las obras de la naturaleza, y la sabiduría halla cerrada en uno
-de mis sentidos la puerta que más fácil entrada le dejaría.</p>
-
-<p>Brilla, pues, dentro de mí con más esplendor ¡oh celeste luz!
-Ilumina con tus rayos las potencias todas de mi alma; pon ojos en ella;
-purifica y presérvala de las sombras que la envuelven, para que pueda
-ver y narrar cosas invisibles a la vista de los mortales.</p>
-
-<p>Desde las cumbres del puro empíreo, donde ocupando su trono, domina
-sobre las mayores eminencias, inclinó una mirada el omnipotente Padre
-para contemplar a la vez sus obras y las obras de sus criaturas.
-Agrupábanse en torno suyo todas las santidades del cielo, como
-otras tantas estrellas, y se gozaban en su vista con indecible
-bienaventuranza: a su diestra tenía asiento su único Hijo,<span
-class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span> radiante imagen de su gloria.
-Dirigió su vista a la Tierra, fijándola en nuestros dos primeros
-padres, únicos seres de la especie humana, que colocados en un jardín
-delicioso, saboreaban inmortales frutos de paz y amor, inalterable paz,
-amor sin igual en aquella soledad dichosa. Miró después al infierno,
-y al abismo que le separa del mundo, y vio a Satán volando por la
-tenebrosa atmósfera, en torno de los límites del cielo, y hacia la
-región de la Noche, inclinado a posar sus fatigadas alas y su pie
-impaciente en la árida superficie de este mundo, que le parecía un
-globo sólido y sin firmamento. Dudaba si era océano u aire aquel
-espacio; y observándole Dios con la profunda mirada que penetra en
-el presente, el pasado y el porvenir, dirigió a su Unigénito estas
-proféticas palabras:</p>
-
-<p>«¿Ves, Hijo mío, el furor de que está poseído nuestro adversario?
-Ni la estrechez en que se halla, ni las barreras del infierno, ni las
-cadenas de que está cargado, ni aún el vacío inmenso del abismo bastan
-para contenerle: tanto le ciega la desesperación de una venganza que
-recaerá sobre su rebelde cabeza. Rotos ahora los lazos que le oprimían,
-se acerca al cielo, a la región de la luz, dirigiéndose al mundo
-nuevamente creado, con el intento de destruir por la fuerza al Hombre
-que mora allí, o lo que es peor, pervertirle con algún artificioso
-engaño. Y lo conseguirá; porque atento el Hombre a sus falaces
-lisonjas, y quebrantado fácilmente mi único mandato, la única prueba
-que exijo de su obediencia, caerá no solo él, sino toda su infiel
-progenie.</p>
-
-<p>»¿A quién podrá culpar, a quién más que a sí propio? ¡Ingrato! Le
-concedí cuanto podía anhelar; le inspiré la justicia, la rectitud,
-la fuerza para sostenerse, aunque con la libertad para caer; del
-propio modo creé a todas las potestades y espíritus etéreos, así
-a los que permanecieron fieles, como a los que se rebelaron, pues
-libres fueron los unos para sostenerse, los otros para caer. Sin
-esta libertad, ¿qué prueba sincera hubieran podido dar de verdadera
-obediencia, de constante fe ni de amor, obrando solo por necesidad,
-no voluntariamente? ¿De qué alabanza se hubieran hecho merecedores?
-¿Qué satisfacción había de causarme semejante obediencia, cuando la
-voluntad y la razón (que en la razón también hay albedrío), tan vana
-la una como la otra, privadas ambas de libertad y ambas pasivas,
-cedieran a la necesidad, no a mi precepto?</p>
-
-<p>»Así creados, y conforme al derecho de que disfrutan, no pueden en
-justicia acusar a su Hacedor, ni a su naturaleza, ni a su destino,
-cual si este avasallase su voluntad o dispusiera de ellos por un
-decreto absoluto o una prevención<span class="pagenum" id="Page_52">p.
-52</span> suprema. Ellos mismos han decidido su rebelión, no yo; yo
-la tenía prevista, mas semejante previsión no redunda en disculpa
-suya, que no por haber dejado de preverla hubiera sido menos segura.
-Así pues, sin que los impulse nadie, sin poder achacarlo al destino,
-ni a una predestinación inmutable por parte mía, ellos son los que
-pecan, ellos los autores de su mal, en que caen deliberadamente o por
-su elección. Libres los he formado; libres deben permanecer hasta
-que ellos mismos vengan a esclavizarse, pues de otra suerte me sería
-forzoso cambiar su naturaleza, revocando el supremo decreto, inmutable
-y eterno, por el cual les fue otorgada su libertad. Ellos solo son la
-causa de su caída.</p>
-
-<p>»Los primeros culpables cayeron instigados, tentados por sí mismos,
-y por su propia depravación: el Hombre cae engañado por aquellos
-rebeldes, y por lo mismo obtendrá gracia; los otros no. Por la
-misericordia y la justicia triunfará mi gloria así en el cielo como en
-la tierra: mas la misericordia, desde el principio al fin, será la que
-resplandezca más.»</p>
-
-<p>Mientras hablaba así Dios, se difundía por todo el cielo un aroma
-de perfumada ambrosía que comunicaba a los elegidos espíritus de
-los bienaventurados el inefable gozo de un nuevo júbilo. Mostraba
-el hijo de Dios la expresión de una gloria sin igual; veíase en él
-sustancialmente reproducido su Padre en toda su plenitud; y en su
-rostro aparecían visibles una divina compasión, un amor infinito y
-una inefable gracia, que le movieron a dirigirse a su Padre, diciendo
-así:</p>
-
-<p>«¡Oh Padre mío! ¡Cuán misericordiosa es la sentencia que como
-supremo juez has pronunciado! ¡Que el Hombre obtendrá perdón! Por
-ella publicarán cielo y tierra tus alabanzas en innumerables himnos y
-sagrados cánticos, que resonando alrededor de tu trono, para siempre
-te bendigan. Pero ¿será que el Hombre perezca al fin? ¿Que la última y
-más amada de tus criaturas, el más joven de tus hijos, sea víctima de
-un engaño, aunque su propia demencia contribuya a él? Lejos de ti rigor
-tanto, lejos de ti, Padre mío, que juzgas, y siempre equitativamente,
-de cuanto has hecho. ¿Conseguirá así sus fines nuestro adversario,
-frustrando los tuyos y sobreponiéndose su malicia, a tus bondades?
-¿Verá satisfecho su orgullo, aunque sujeto a más duras penas, y logrará
-saciar su venganza, arrastrando consigo al infierno, después de haberla
-corrompido, a toda la raza humana? ¿Has de destruir tú mismo tu
-creación, y deshacer por ese enemigo lo que has hecho para tu gloria?
-Pondríanse entonces en duda tu bondad y tu grandeza, y se negarían una
-y otra, sin que fuera posible defenderlas.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_53">p. 53</span>«¡Oh hijo mío, en
-quien tanto se goza mi alma, le replicó el Sumo Hacedor, Hijo de mi
-seno, mi único Verbo, mi sabiduría, mi más eficaz poder! Conformes
-están tus palabras con mis pensamientos y con lo que mi eterno designio
-ha decretado; no perecerá enteramente el Hombre: salvarase el que lo
-desee, mas no por su voluntad propia, sino por mi gracia libremente
-concedida. Restableceré de nuevo su degenerada condición, aunque sujeta
-por el pecado a impuros y violentos deseos, y con mi ayuda podrá otra
-vez resistir a su mortal enemigo; pero esta ayuda ha de servirle para
-que sepa a qué extremo ha llegado de degradación, y para que a mí,
-exclusivamente a mí, sea deudor de su libertad.</p>
-
-<p>»Ya entre todos ellos he escogido a algunos, dignos de mi
-predilección, porque tal ha sido mi voluntad: los demás oirán mi
-llamamiento, y serán con frecuencia amonestados para que, reconociendo
-su iniquidad, se apresuren a aplacar mi indignación y aprovecharse de
-la gracia con que les brindo. Yo iluminaré cuanto sea necesario la
-ofuscación de sus sentidos, y ablandaré sus endurecidos corazones para
-que puedan orar, arrepentirse y prestarme la debida obediencia. A sus
-ruegos, a su arrepentimiento y sumisión, cuando procedan de un ánimo
-sincero, ni mis oídos ni mis ojos permanecerán cerrados; les daré por
-guía y árbitro la conciencia; y si la escuchan y la emplean bien, cada
-vez alcanzarán más luz, y perseverando hasta el fin, tendrán segura su
-salvación. Pero nunca disfrutarán de mi inagotable indulgencia ni de
-mi gracia los que la olviden y menosprecien, sino que se aumentarán en
-el endurecido su dureza y en el ciego su ceguedad para que tropiecen y
-caigan en mayor abismo; y solo a estos excluiré de mi misericordia.</p>
-
-<p>»Resta todavía que hacer: desobediente y rebelde, el Hombre ha
-quebrantado su fe, y pecado contra la alta majestad del cielo; ha
-aspirado a la divinidad y perdídolo así todo, sin reservar nada con que
-expiar su crimen; por lo que amenazado de destrucción, debe perecer
-con toda su posteridad. Preciso es, pues, que él o la justicia dejen
-de existir, a no ser que en su lugar se ofrezca voluntariamente alguno
-capaz de dar completa satisfacción, es decir, muerte por muerte. Ahora
-bien, decidme, celestes potestades: ¿dónde hallar semejante abnegación?
-¿Quién de vosotros, para redimir el crimen del hombre, se hará mortal?
-¿Qué justo salvará al injusto? ¿Existe en todo el cielo tan sublime
-amor?»</p>
-
-<p>A esta pregunta enmudecieron los coros allí presentes, y el cielo
-todo quedó en silencio. No se presentó en favor del Hombre patrono ni
-intercesor alguno,<span class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span>
-ni menos quien osara atraer sobre su cabeza el mortífero castigo,
-ofreciéndose como precio de aquel rescate; y hubiérase perdido toda la
-especie humana sin tener quien la redimiese, entregada por un terrible
-decreto a la muerte y al infierno, si el Hijo de Dios, en quien reside
-la plenitud del amor divino, no hubiese interpuesto de nuevo su
-poderosa mediación, diciendo:</p>
-
-<p>«Ya, Padre mío, has pronunciado tu sentencia: el Hombre obtendrá
-perdón. Mas este perdón en que está cifrada la mayor eficacia de tu
-bondad, que acude a todas tus criaturas, y a todas llega sin que se
-prevea, ni implore, ni solicite, ¿ha de haberse otorgado en vano?
-¡Feliz el hombre que así lo alcanza, pero que una vez perdido y muerto
-por el pecado, no podrá recurrir a él, en la incapacidad de ofrecer por
-sí holocausto ni expiación alguna!</p>
-
-<p>»Heme aquí, pues: yo me ofrezco por él; yo ofrezco mi vida por la
-suya. Caiga sobre mí tu cólera; mírame como a un hombre. Por su amor
-me separaré de ti, me desposeeré voluntariamente de esta gloria que
-contigo comparto; por él moriré contento. Descargue en mí la Muerte sus
-furores; no permaneceré sumido mucho tiempo en su tenebroso imperio. Tú
-me has concedido vivir por mí propio y perpetuamente; y por ti viviré,
-aunque ahora me someta a la Muerte, y le entregue cuanto haya en mí de
-perecedero.</p>
-
-<p>»Pero una vez satisfecha esta deuda, no me dejarás yacer en el
-horror del sepulcro, ni consentirás que mi alma inmaculada esté para
-siempre sujeta a la corrupción, sino que resucitaré victorioso,
-subyugando a mi vencedor, a quien arrancaré los despojos de que se
-muestra tan envanecido. Será este golpe funesto para la Muerte, que al
-contemplar su humillación, quebrará su letal saeta; y encumbrándome
-yo por el dilatado espacio del aire en medio de mi triunfo, llevaré
-cautivo al infierno a pesar suyo, dejando aherrojadas las potestades
-de las tinieblas. Y tú te deleitarás en este espectáculo, y dirigirás
-desde el cielo una mirada, y sonreirás amorosamente; y con tu ayuda,
-confundiré a todos mis enemigos, como a la Muerte, el postrero de
-ellos, cuyo esqueleto henchirá el sepulcro. Cercado entonces de la
-muchedumbre redimida por mí, tornaré al cielo tras larga ausencia;
-tornaré, Padre mío, a contemplar tu rostro, en que no se descubrirá
-ya sombra alguna de indignación, sino anuncios de ventura y paz;
-porque dando al olvido tu cólera, se gozará en tu reino de inefable
-júbilo.»</p>
-
-<p>Estas fueron sus últimas palabras. Calló; mas parecía seguir
-hablando con una expresión de dulzura tal, que revelaba su infinito
-amor hacia los mortales,<span class="pagenum" id="Page_55">p.
-55</span> amor que solo era comparable a su obediencia filial. Ofrecido
-a sí propio como víctima, esperaba que el augusto Padre manifestase
-su voluntad. El cielo estaba mudo de asombro, sin comprender la
-significación de aquel misterio ni el fin a que se encaminaba; cuando
-el Omnipotente exclamó así:</p>
-
-<p>«¡Oh tú, en la tierra y en el cielo única prenda de paz para el
-género humano, bastante a aplacar mi cólera, y único objeto de mi
-complacencia! Bien sabes cuán queridas me son todas mis obras, y cuánto
-lo es el Hombre, última de las que han salido de mis manos, pues por
-él te separaré de mi seno y de mi diestra, para salvar, privado de ti
-algún tiempo, a toda esa raza de perdición. Y dado que tú solo puedes
-redimirla, une a la tuya la naturaleza humana, y baja a ser hombre
-entre los hombres de la tierra; hazte carne, cumplido que fuere el
-tiempo, saliendo del seno de una virgen y naciendo milagrosamente. Sé
-padre del género humano en lugar de Adán, aunque hijo de este; y ya
-que en él perecen todos los hombres, de ti, como de una segunda raíz,
-renacerán los que sean dignos de esta gracia, pero sin ti no se salvará
-nadie. El crimen de Adán hace culpables a todos sus hijos; por tu
-mérito, que les será traspasado, quedarán absueltos los que renunciando
-a sus propias acciones, justas o injustas, vivan regenerados en ti,
-recibiendo de ti nueva existencia. El Hombre, pues, como es justo,
-satisfará la pena que debe el Hombre; será juzgado, morirá; y al dejar
-de existir, volverá a levantarse, y con él se levantarán todos sus
-hermanos, redimidos con su preciosa sangre. Así el amor celestial
-vencerá el odio del infierno, entregándose a la muerte y muriendo
-para redimir a tanta costa lo que el odio infernal ha destruido tan
-fácilmente, y lo que destruirá todavía en aquellos que, aun pudiendo,
-no acepten la gracia con que se les brinda.</p>
-
-<p>»Al descender hasta la humana naturaleza, no humillas ni degradas
-la tuya; porque sentado en el trono de Dios, igualándole en grandeza
-y gozando como él de la mayor bienaventuranza, a todo has renunciado
-para preservar a un mundo de su completa ruina; porque tu mérito, más
-bien que tu divino origen, te ha hecho doblemente digno de ser el Hijo
-de Dios, mostrándote antes bueno que grande y poderoso; y porque en
-ti abunda el amor más que el deseo de gloria. Por medio de tu sublime
-humillación, elevarás contigo hasta este trono tu humanidad, y aquí
-encarnado, reinarás a la vez como Dios y como Hombre, como Hijo de
-Dios y del Hombre, quedando consagrado por Rey del universo. Todo este
-poder te concedo: reina perpetuamente, y goza de tu virtud. Imperarás
-como<span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span> señor supremo,
-sobre tronos, principados, potestades y dominaciones; y todos se
-prosternarán ante ti en el cielo, en la tierra y en las profundidades
-del infierno. Cuando asociada a tu gloria la corte celestial, aparezcas
-en la cumbre del firmamento; cuando, sirviéndote los arcángeles de
-heraldos, convoquen a las naciones ante tu tribunal terrible, y acudan
-a su voz los vivientes de todas las partes del mundo, y los muertos
-de todas las pasadas edades, y al estrépito producido por la ruina de
-la naturaleza, despierten de su sueño, y corran presurosos a oír tu
-irrevocable fallo, entonces juzgarás en presencia de los santos todos,
-a los hombres y a los ángeles perversos, y convencidos de su iniquidad,
-se humillarán ante tu sentencia, y su innumerable multitud llenará el
-infierno, que quedará para siempre cerrado desde aquel día. El mundo
-se reducirá a cenizas, pero de entre ellas saldrán un nuevo cielo y
-una nueva tierra, que será morada de los justos; los cuales, tras
-largas tribulaciones, conocerán una edad de oro, fecunda en grandiosos
-hechos y embellecida por el placer, el triunfo del amor y la hermosura
-de la verdad. Entonces desceñirás tus regias vestiduras, no teniendo
-para qué empuñar el cetro de tu soberanía, porque Dios será todo para
-todos. Adorad, pues, angélicas potestades, al que muere para que se
-cumplan todas estas maravillas; adorad a mi Hijo, y honradle como a mí
-propio.»</p>
-
-<p>Esto dijo el Todopoderoso, y la innumerable multitud de ángeles
-prorrumpieron en ruidosas aclamaciones, cuya armonía, como producida
-por voces celestiales, era intérprete de su júbilo. Al compás de los
-himnos y <i>hosannas</i> que resonaban por las eternas regiones del
-Empíreo, inclinábanse reverentemente los ángeles ante ambos tronos, y
-en muestra de adoración, cubrieron las gradas con coronas, entretejidas
-de amaranto y oro; de amaranto inmortal, flor que brilló primero junto
-al árbol de la Vida, en el Paraíso, pero que luego, por el pecado del
-hombre, de nuevo se trasladó al cielo, su patria, y allí prospera y
-florece aún, prestando dulce sombra a la fuente de la vida y a las
-márgenes del dichoso río, cuyas ondas de ámbar se deslizan por entre
-las flores del Elíseo.</p>
-
-<p>Con guirnaldas formadas de estas perpetuas flores, entrelazan
-y sostienen los espíritus bienaventurados sus resplandecientes
-cabelleras; de las que desprendiéndose después, se esparcen sobre
-el luciente pavimento, que brilla como un mar de jaspe, matizado de
-celestiales rosas. Cíñenselas los ángeles de nuevo; prepara cada cual
-su arpa de oro, siempre templada, y como un carcaj suspendida a su
-costado; y preludiando una suavísima sinfonía, entonan sagrado <span
-class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span>cántico, que arrebata el
-alma de entusiasmo. No hay voz allí que permanezca silenciosa; no hay
-voz que niegue el encanto de su melodía: tan acorde se ve todo en el
-cielo.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L010">
- <img class="thin"
- src="images/i_129.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Al compás de los himnos y hossanas que resonaban...</p>
-</div>
-
-<p>Cantáronte a ti primero ¡oh Padre omnipotente, inmutable, inmortal,
-infinito, que has de reinar por siempre! A ti, creador de todas las
-cosas, fuente de luz, invisible entre los gloriosos fulgores del
-altísimo trono donde te sientas, que aun templando la fuerza de tus
-rayos, y envuelto en la nube que como radiante tabernáculo te rodea,
-dejas ver los bordes de tu manto oscurecidos por tan excesivo brillo.
-El cielo entre tanto aparece deslumbrado, y los más lucientes serafines
-no se acercan a ti sino cubriéndose los ojos con ambas alas.</p>
-
-<p>Ensalzáronte después a ti, que precediste a toda la creación, Hijo
-engendrado, Divina Imagen, en cuya hermosa faz resplandece el Padre
-Omnipotente, para ti visible, sin nube alguna, pero invisible a las
-demás criaturas. En ti el esplendor de su gloria se reproduce impreso;
-y transfundido en ti se anima su inmenso espíritu. Por ti creó el cielo
-de los cielos, y todas las potestades que en él se encierran; por ti
-precipitó en el abismo a las ambiciosas dominaciones. No dejaste aquel
-día vagar al terrible rayo de tu Padre, ni detuviste las ruedas de tu
-flamígero carro, que estremecían la eterna bóveda del cielo al pasar
-sobre los debelados ángeles rebeldes. Tornaste triunfante de aquella
-lid, y tus potestades te exaltaron con inmensas aclamaciones, a ti,
-Hijo único de la omnipotencia de tu Padre, ejecutor de la terrible
-venganza que tomaba en sus enemigos. No así con el Hombre: vencido por
-la malicia de aquellos, no le hiciste blanco de tus rigores, sino que
-le miraste con piedad, ¡oh Padre de gracia y misericordia! Sabedor tu
-amado y único Hijo de que no era tu propósito castigar la fragilidad
-del Hombre, y de la compasión que por él sentías, para apaciguar
-tu cólera, poniendo término a la lucha entre la misericordia y la
-justicia, que revelaba tu semblante, ofreciose Él mismo al sacrificio
-para redimir al Hombre, renunciando a la felicidad de que junto a
-ti gozaba. ¡Oh amor sin ejemplo, amor que no podía nacer sino en el
-espíritu divino! ¡Salve, Hijo de Dios, redentor de la Humanidad!
-¡Tu nombre será de hoy más el sublime asunto de mi canto: mi cítara
-celebrará sin cesar tus alabanzas, al par de las de tu Padre!</p>
-
-<p>En tan gozosos afectos y loores empleaban sus bienhadadas horas
-los ángeles que pueblan la región de las estrellas; mientras Satán,
-descendiendo al sólido y opaco globo de este mundo esférico, comenzaba
-a recorrer la primera convexidad<span class="pagenum" id="Page_58">p.
-58</span> que, envolviendo los orbes luminosos inferiores, los separa
-del Caos y del dominio de la antigua Noche. De lejos parecíale un
-globo aquella convexidad; de cerca un continente sin límites, sombrío,
-estéril y salvaje, triste como una noche sin estrellas, y expuesto a
-las tempestades siempre amenazadoras del Caos, que muge a su alrededor:
-cielo inclemente, excepto por la parte de los muros del Empíreo, que
-aunque lejanos, reflejaban un destello de claridad en medio de las
-tinieblas procelosas.</p>
-
-<p>Recorría el Enemigo a pasos agigantados aquel anchuroso campo,
-semejante al buitre que nacido en el Imaus<a id="FNanchor_72"
-href="#Footnote_72" class="fnanchor">[72]</a>, cuya nevada cima cubre
-el Tártaro vagabundo, abandona la región falta de caza para cebarse en
-la carne de los corderos o cabritillos que pastan en las colinas, y
-dirige después su vuelo hacia las corrientes del Ganges o el Idaspes,
-ríos de la India, bajando de paso a las áridas llanuras de Sericana,
-por donde a favor de la brisa y de las velas, caminan los chinos en
-sus ligeros esquifes de caña. Marchaba así el Enemigo por aquel mar
-de tierra que azotaba el viento, buscando por todas partes su presa;
-marchaba solo, porque en aquel lugar no se encontraba aún ningún ser
-vivo ni muerto; pero más tarde, cuando malogró el pecado las obras de
-los hombres, subieron allí desde la tierra, como un vapor aéreo, las
-vanidades de los mortales, las almas de los que cifran en ellas sus
-quiméricas esperanzas de gloria, de fama duradera o de felicidad, así
-en esta como en la otra vida. Todos aquellos que en la tierra aspiran
-al fruto de una lastimosa superstición o de un desmedido celo, y no
-ambicionan más que las alabanzas de los hombres, encuentran allí
-recompensa proporcionada a sus merecimientos, vana como sus obras.
-Todos los seres imperfectos, verdaderos abortos y monstruos, que salen
-extrañamente amalgamados de manos de la naturaleza, se refugian en
-aquella región desde la tierra, en que se evaporan y vagan inútilmente
-por ella hasta la disolución del mundo; y no residen en la vecina
-luna, como algunos han soñado<a id="FNanchor_73" href="#Footnote_73"
-class="fnanchor">[73]</a>; pues los argentados campos de este astro
-sirven más bien de morada a otras almas justas, a espíritus que
-participan a la vez de la naturaleza angélica y humana.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L011">
- <img class="thin"
- src="images/i_134.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Revolotea todo ello por los espacios ilimitados.</p>
-</div>
-
-<p>Desde el antiguo mundo fueron trasladados al principio a aquellas
-tristes regiones los hijos de fementidos enlaces: los gigantes
-que llevaron a cabo inútiles proezas, entonces muy celebradas;
-posteriormente los que edificaron a Babel en <span class="pagenum"
-id="Page_59">p. 59</span>la llanura de Sennaar, que sin desistir
-de su frustrado intento, seguirían construyendo nuevas torres, si
-tuviesen medios con que efectuarlo. Uno tras otro llegaron luego muchos
-más, entre ellos Empédocles, que para ser tenido por Dios se lanzó
-voluntariamente a los abismos del Etna; y Cleómbroto<a id="FNanchor_74"
-href="#Footnote_74" class="fnanchor">[74]</a>, que para gozar del
-Elíseo de Platón se sumergió en el mar. Empeño interminable sería
-mencionar a otros, hipócritas o dementes, anacoretas y frailes
-blancos, negros y grises<a id="FNanchor_75" href="#Footnote_75"
-class="fnanchor">[75]</a>, con todos sus embelecos. Por allí
-vagabundean los peregrinos que tan largo viaje arriesgaron buscando
-muerto en el Gólgota al que vive en el cielo; y los que para ganar el
-Paraíso, visten al morir el hábito franciscano o dominico, imaginando
-que este disfraz les allanará la entrada. Cruzan todos ellos los siete
-planetas, las estrellas fijas, la esfera cristalina, cuyo balanceo
-produce la trepidación, objeto de tantas controversias, y la esfera
-que se puso en movimiento antes que ninguna otra<a id="FNanchor_76"
-href="#Footnote_76" class="fnanchor">[76]</a>. En la puerta del cielo,
-parece aguardarles San Pedro con sus llaves: tocan ya en el umbral; y
-cuando levantan el pie para penetrar en él, a impulsos de un furioso
-viento que en encontradas direcciones los combate, son lanzados a diez
-mil leguas de distancia en la inmensidad del aire. ¡Qué de cogullas,
-tocas y hábitos se ven entonces revueltos y despedazados como los que
-con ellos se cubren, y qué de reliquias, escapularios, indulgencias,
-dispensas, bulas y absoluciones, que vienen a ser ludibrio de los
-vientos! Revolotea todo ello por los espacios ilimitados, sobre el
-mundo, y en el vastísimo limbo llamado después <i>Paraíso de los
-locos</i>, que si andando el tiempo fue de pocos desconocido, hallábase
-despoblado entonces y nadie penetraba en él.</p>
-
-<p>Encontró a su paso el infernal Enemigo aquel tenebroso globo, y
-anduvo recorriéndolo largo tiempo, hasta que el resplandor de una
-escasa luz le atrajo hacia el sitio de donde salía. Pudo entonces
-descubrir a lo lejos un magnífico edificio que en anchurosa gradería
-se alzaba hasta la muralla del cielo, y al terminar aquella, una
-construcción más suntuosa aún, semejante a la puerta de regio alcázar,
-coronada con un frontispicio de diamante y oro. Brillantes perlas
-orientales adornaban el pórtico, que ni pincel humano ni modelo alguno
-acertarían a<span class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span> imitar en
-la tierra; sus escalones eran como aquellos por donde vio Jacob subir
-y bajar a las celestiales cohortes de los ángeles, cuando huyendo de
-Esaú, camino de Padan-Aram, y entregado de noche al sueño en los campos
-de Luza, bajo el estrellado firmamento, exclamó al despertar: «¡Esa es
-la puerta del cielo!»</p>
-
-<p>Cada uno de aquellos escalones contenía un misterio, mas no siempre
-estaba allí fija la escala, que a veces se ocultaba en el cielo y se
-hacía invisible. Fluía por debajo de ella un mar brillante de jaspe y
-de perlas líquidas, que surcaban los que habían subido de la tierra
-en alas de los ángeles, o arrebatados en un carro por corceles de
-raudo fuego. Mostrábase entonces la escala en toda su extensión,
-ya para alucinar al Enemigo con la facilidad de la subida, ya para
-acrecentarle la pena con que había de verse excluido de la mansión
-bienaventurada.</p>
-
-<p>En frente de aquellas puertas, y precisamente encima de la risueña
-morada del Paraíso, abríase un camino que conducía a la tierra,
-camino mucho más ancho que fue en los venideros tiempos el espacioso
-que llegaba hasta el monte Sión y la Tierra prometida, predilecta
-del Señor. Recorrían incesantemente aquel camino los ángeles que
-comunicaban las órdenes supremas a las dichosas tribus, y el Altísimo
-dirigía miradas bondadosas a las que habitaban desde Paneas, manantial
-de las aguas del Jordán, hasta Bersabé, donde la Tierra Santa confina
-con el Egipto y las playas de la Arabia. Tan vasto era aquel camino,
-que sus límites se perdían en las tinieblas, como las profundidades del
-océano. Desde allí, llegado que hubo al escalón inferior de las gradas
-de oro que conducen a la puerta del cielo, Satán inclinó su vista, y
-quedó maravillado al descubrir repentinamente todo aquel mundo. Como el
-espía que caminando toda la noche por peligrosos y desiertos sitios,
-llega por fin, al despuntar la risueña aurora, a la cumbre de empinada
-altura, y ve de pronto la agradable perspectiva de tierra extraña,
-que con asombro contempla por primera vez, o de metrópoli famosa,
-embellecida con pirámides y brillantes torres que iluminan los dorados
-rayos del sol naciente; así el espíritu maligno quedó embargado de
-asombro, aun con haber visto en otro tiempo las maravillas del cielo;
-mas el aspecto de aquel mundo que tan hermoso parecía, todavía le
-inspiró mayor envidia que admiración.</p>
-
-<p>Dominando desde aquella elevación la inmensa sombra de la noche,
-recorrió con la vista desde el punto oriental de la Libra hasta el
-signo que toma el nombre del animal que condujo a Andrómeda más allá
-del horizonte del mar Atlántico.<span class="pagenum" id="Page_61">p.
-61</span> Vio luego la extensión que media entre los dos polos, y sin
-más detención, dirigió el raudo vuelo hacia la primera región del
-mundo, y fácilmente torció el rumbo a través del puro y marmóreo aire,
-entre innumerables estrellas que brillaban desde lejos como astros,
-pero que de cerca parecían otros tantos mundos; y lo serán acaso,
-o bien islas afortunadas como los jardines de las Hespérides, tan
-celebrados en la antigüedad. Campos de bienandanza, bosques y valles
-floridos, islas tres veces felices, ¿quién tenía la dicha de habitaros?
-Satán no se detuvo a averiguarlo.</p>
-
-<p>Atrae sobre todo sus miradas el áureo sol, resplandeciente como el
-Empíreo, y hacia él dirige su vuelo atravesando el sereno firmamento;
-pero en qué dirección y hasta qué punto se apartó más o menos del
-centro, difícil es discurrirlo: encaminose a la región desde donde el
-fulgente astro comunica su luz a las vulgares constelaciones que se
-mantienen a distancia proporcionada, y que en su sucesiva evolución
-regulan el cómputo de los días, los meses y los años, ya acercándose
-en sus varios movimientos al astro vivificante, ya suspendiéndolos
-en virtud de la influencia de sus magnéticos rayos, que templan con
-dulce calor el universo, y, aunque invisibles, penetran con benigna
-eficacia en todas partes, hasta en lo más profundo de los abismos: tan
-maravillosamente está situado. Detúvose allí el Impío; y acaso ningún
-astrónomo descubrió jamás con el auxilio de su cristal óptico semejante
-mancha en el disco del astro luminoso.</p>
-
-<p>Pareciole aquel lugar a Satanás espléndido sobre todo
-encarecimiento, superior a cuanto como metal o piedra puede existir en
-la tierra. No eran todas sus partes semejantes entre sí, pero en todas
-penetraba por igual una luz radiante, como penetra el fuego el interior
-del hierro. Si eran metales, una parte parecía oro, y la otra plata
-finísima; si piedras, debían componerse de carbunclos o crisólitos,
-rubíes o topacios, semejantes a las doce que brillaban en el pecho de
-Aarón, o a aquella, más imaginada que conocida, que los filósofos de
-este mundo han buscado tanto tiempo inútilmente, aunque con su arte
-poderoso hayan sujetado al volátil Hermes y extraído del mar bajo sus
-diferentes formas al antiguo Proteo, hasta reducirle por medio del
-alambique a la primitiva.</p>
-
-<p>¿Cómo pues maravillarse de que aquellos campos y regiones exhalen
-elixir tan puro, y de que corra el oro potable por los ríos, cuando a
-pesar de la distancia a que se halla de nosotros, a su solo contacto
-produce el sol, incomparable alquimista, en medio de la oscuridad y
-combinando entre sí las sustancias terrestres, riquezas tales, de
-colores tan vivos y de efectos tan extraordinarios?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span>Lejos de quedar
-deslumbrado, contempla fijamente Satán todos aquellos objetos; ninguno
-está fuera del alcance de su vista, que como no se opone obstáculo ni
-sombra alguna, el sol lo esclarece todo. Así, cuando al medio día lanza
-este sus rayos verticales desde el ecuador, cayendo directamente, en
-ningún punto de alrededor puede proyectarse la sombra de un cuerpo
-opaco. Aquel aire, puro cual ningún otro, contribuía a que la mirada
-de Satán penetrase hasta los objetos más lejanos, y así descubrió
-claramente un hermoso ángel que estaba en pie, y era el mismo que
-Juan el apóstol percibió en el sol. Aunque vuelto de espaldas, no
-se ocultaba su glorioso aspecto: coronaba su frente una tiara de
-oro formada por los rayos de aquel astro, y su cabellera, no menos
-brillante, ondeaba suelta sobre sus alas. Parecía ocupado en un grave
-cargo, o sumido en meditación profunda, pero el Espíritu impuro se
-llenó de alegría con la esperanza de tener en él un guía que dirigiese
-su vuelo errante hacia el Paraíso terrestre, feliz morada del Hombre,
-donde debía terminar su viaje y principiar nuestra desventura.</p>
-
-<p>Para evitar sin embargo todo peligro o contrariedad, ideó el medio
-de desfigurarse, tomando la forma de un querubín adolescente, si no de
-los de primer orden, tal que llevase pintada en su rostro la inmortal
-juventud del cielo y la hermosura de la gracia en todo su continente;
-que tan diestro era en aquellas artes. Sujetaba una diadema sus
-cabellos, rizados por el aliento del céfiro; sus alas compuestas de
-plumas de varios colores, estaban salpicadas de oro; la túnica recogida
-que le cubría daba mayor desembarazo a sus movimientos, y parecía medir
-sus pasos al compás del tirso de plata en que se apoyaba.</p>
-
-<p>No pudo acercarse sin ser oído, y al sentir el ruido de sus
-pasos, volvió el Ángel su radiante rostro. Reconoció entonces Satán
-a Uriel, uno de los siete arcángeles que en presencia de Dios y como
-más próximos a su trono, son los ejecutores de sus mandatos; son sus
-ojos, que recorren ya los cielos, ya el globo terrestre, llevando
-instantáneamente su palabra así a las regiones acuosas como a las
-secas, así a las tierras como a los mares. Acércase Satán a Uriel, y le
-dice:</p>
-
-<p>«Uriel, pues eres uno de los siete espíritus que asisten ante
-el glorioso y brillante trono del Señor, y el primero que sueles
-interpretar su voluntad suprema, trasmitiéndola al más elevado cielo
-donde la están esperando todas sus criaturas, no dudo que sus soberanos
-decretos te otorguen aquí igual honor, y que por lo mismo, y siendo
-uno de los ojos del Eterno, visitarás con frecuencia el mundo<span
-class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span> nuevamente creado. El
-ardiente deseo de ver y conocer las admirables obras de Dios, y
-particularmente al Hombre, objeto principal de sus delicias y favores,
-por quien todas esas obras tan maravillosas ha creado, me ha inducido
-a separarme de los coros de querubines y a discurrir solo por estos
-sitios. Dime, pues, hermosísimo serafín, dime en cuál de esos orbes
-esplendorosos tiene el Hombre su residencia fija, o si no la tiene,
-y puede habitar indistintamente en todos ellos. Dime dónde podré
-hallar, dónde contemplar con mudo asombro, o mostrando francamente mi
-admiración, a ese ser a quien el Criador da tantos mundos, derramando
-sobre él tal copia de perfecciones. Así podremos ambos, no solo por
-el hombre, sino por todas las demás cosas, glorificar al universal
-Hacedor, cuya justicia precipitó en lo más profundo del infierno a sus
-rebeldes enemigos, y que para reparar esta pérdida, y para gloria mayor
-suya, ha creado esta dichosa raza. En todo es sabia su providencia.»</p>
-
-<p>Así habló el falso Enemigo, encubriendo su astucia, pues ni hombres
-ni ángeles pueden discernir la hipocresía, vicio invisible en cielo
-y tierra, excepto para Dios, que lo consiente; que aun cuando la
-Sabiduría vigila, la Desconfianza duerme a su puerta, o cede el puesto
-a la Sencillez; y la Bondad no ve mal alguno donde claramente no se
-descubre. Esto fue lo que entonces engañó a Uriel, aunque como director
-del sol, era tenido por el espíritu más perspicaz del cielo; por lo que
-con natural sinceridad contestó así al pérfido impostor:</p>
-
-<p>«Ángel hermoso: tu deseo de conocer las obras de Dios para
-glorificar a su Autor supremo, nada tiene de vituperable, antes la
-vehemencia misma de ese anhelo es de mayor alabanza merecedora, pues
-desde su empírea mansión te trae solo hasta aquí, queriendo asegurarte
-por tus propios ojos de lo que quizá en el cielo se contentan algunos
-con saber de oídas. Maravillosas en verdad son las obras del Altísimo,
-todas dignas de conocerse y recordarse siempre con delicia. Pero ¿cuál
-de los espíritus creados podrá calcular su número o comprender la
-infinita sabiduría que las produjo, aunque sin manifestar lo recóndito
-de sus causas?</p>
-
-<p>»Yo vi cuando a su voz se juntó la informe masa de la materia,
-embrión ya de ese mundo: oyola el caos; la revuelta confusión adquirió
-forma, y la infinita inmensidad se redujo a límites. Pronunció otra
-palabra, y las tinieblas se disiparon; brilló la luz, nació el orden
-del desorden, y al punto se repartieron según su gravedad respectiva
-los elementos corpóreos, la tierra, el agua, el aire y el fuego.<span
-class="pagenum" id="Page_64">p. 64</span> Voló a la región aérea
-la quinta esencia del cielo, y animándose según sus diferentes
-disposiciones, y girando a modo de esfera, se convirtió en esas
-innumerables estrellas que estás viendo. Cada cual ocupó distinto lugar
-conforme su movimiento; cada cual sigue su curso; y lo demás circuye
-como una muralla el Universo.</p>
-
-<p>»¿Ves allá abajo aquel globo, uno de cuyos lados brilla con la luz
-reflejada que de aquí recibe? Pues aquella es la Tierra; allí habita el
-Hombre; esta luz es su día, y sin ella cubriría la noche todo el globo
-terrestre, como sucede en el hemisferio opuesto. Pero la proximidad
-de la Luna, que así se llama aquel hermoso planeta que está enfrente,
-le presta oportuno auxilio; describe su círculo mensual, y acabado,
-vuelve a recorrerlo incesantemente en medio del cielo, iluminándose
-su triforme faz con el resplandor que recibe y que a su vez comunica
-a la tierra, y con su pálida influencia ahuyenta la oscuridad de la
-noche. Ese punto adonde señalo, es el Paraíso, mansión de Adán, y la
-sombra que enmedio de él se dilata, su vivienda. No puedes equivocar el
-camino; a mí me incumben otros cuidados.»</p>
-
-<p>Volvió el rostro al decir esto, y Satán se inclinó profundamente
-ante aquel espíritu superior, como es costumbre en el cielo, donde
-nadie rehúsa tributar el respeto y honor debidos; y despidiéndose
-de Uriel, se lanzó a la costa inferior de la tierra desde la
-Eclíptica. Cobrando entonces mayor agilidad con la esperanza de
-obtener un feliz éxito, desciende perpendicularmente, gira como
-una rueda, atravesando la región del Éter, y no se detiene hasta
-llegar a la cima del Nifates<a id="FNanchor_77" href="#Footnote_77"
-class="fnanchor">[77]</a>.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L012">
- <img class="thin"
- src="images/i_141.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Se lanzó a la costa inferior de la tierra desde la Eclíptica...</p>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3 mt3" id="Ch1_4">
- <p><span class="pagenum" id="Page_65">p. 65</span></p>
- <h3>LIBRO CUARTO</h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra g0">ARGUMENTO</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>A la vista ya del Edén, y cercano al lugar en que se propone
- llevar por sí solo a efecto su atrevida resolución contra Dios y el
- Hombre, comienza a dudar Satán, fluctuando entre sus temores, su
- envidia y desesperación. Por último triunfa en él la perversidad, y
- se acerca al Paraíso, cuya situación y aspecto exterior se describe;
- penetra en él; pósase, tomando la forma de un buitre, sobre el árbol
- de la vida, que es el más elevado de cuantos se ven allí, y contempla
- detenidamente el sitio en que se halla. Hácese una pintura de todo
- él, y aparecen Adán y Eva: la admiración que su belleza y su dichoso
- estado producen en Satán, no le retrae de su mal propósito; antes al
- oír cómo discurren entre sí, y al saber que les estaba prohibido, so
- pena de muerte, comer el fruto del árbol de la ciencia, por este lado
- piensa tentarlos, induciéndolos a la desobediencia; y poco después
- se aleja de ellos para averiguar por otros medios algo más respecto
- a su situación. Entre tanto desciende Uriel en un rayo de sol, y
- previene a Gabriel, encargado de guardar la puerta del Paraíso, que
- un espíritu infernal se ha escapado de aquel abismo, y cruzando a
- mediodía por su esfera hacia el Paraíso en figura de ángel bueno,
- acababa de ser descubierto por sus furiosos ademanes en la montaña.
- Gabriel promete que le encontrará antes de rayar el alba. Entrada la
- noche, tratan Adán y Eva de retirarse a descansar. Descripción de su
- gruta. Su oración nocturna. Prepara Gabriel su legión de vigilantes
- para que ronden en torno del Paraíso, y envía dos ángeles vigorosos a
- la gruta de Adán, recelando que el Espíritu maligno intentase hacer
- algún daño a los dos esposos mientras dormían; y con efecto le hallan
- puesto junto al oído de Eva, a quien sugiere su tentación durante el
- sueño. Condúcenle a la fuerza adonde está Gabriel. Interrógale este;
- él contesta con altivez; mas atemorizado por una demostración del
- cielo, huye del Paraíso.</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>¡Oh! ¡que no se hubiera oído entonces la protectora voz que escuchó
-en el cielo el autor del Apocalipsis, cuando derribado segunda vez el
-Dragón, se levantó furioso para vengarse del Hombre! ¡Ay, desdichados
-habitantes de la tierra! Si nuestros primeros padres hubiesen estado
-prevenidos contra su oculto enemigo, cuando todavía era tiempo, se
-hubieran preservado quizás de sus mortíferas asechanzas; no así ahora,
-que encendido en furor, comenzando por tentar al Hombre para poder
-después acusarle, baja Satán por vez primera a la Tierra, y quiere
-vengarse en su inocente y débil morador de la pérdida de aquella
-batalla que sostuvo, y de la fuga que emprendió al infernal abismo. En
-medio de su audacia e impavidez, no se muestra satisfecho de su raudo
-vuelo, ni halla motivo bastante para envanecerse, sino que próxima a
-estallar su implacable cólera, la siente hervir en su proceloso pecho,
-y cual máquina atronadora, retrocede sobre sí mismo. Asaltan su turbado
-pensamiento el horror y la incertidumbre; sublévase en su interior
-el infierno todo, porque en sí y alrededor de sí, lleva el infierno.
-Ni<span class="pagenum" id="Page_66">p. 66</span> un solo paso puede
-dar para alejarse de él, como no se aleja de su ser por cambiar de
-puesto. Despierta su adormecido despecho al grito de su conciencia;
-despierta en él el amargo recuerdo de lo que fue, de lo que es, de lo
-que será, cuando con mayor malicia incurra en mayor castigo. A veces
-fija tristemente su dolorida mirada en el Edén, que tan risueño se
-le manifiesta; a veces en el cielo, y en la esplendidez del sol, que
-brilla a la sazón con toda la pompa del mediodía; y combatido por tan
-encontrados pensamientos, exclama suspirando:</p>
-
-<p>«¡Oh tú, que coronado de suprema gloria, contemplas al igual de Dios
-este nuevo mundo desde tu solitario imperio, tú, ante quien palidecen
-todos los demás astros, a ti te invoco, mas no con voz lisonjera, que
-si pronuncio tu nombre ¡oh Sol! es para decir cuán aborrecidos me son
-tus rayos! Y ¿qué mucho, cuando me traen a la memoria el bien de que
-gocé, yo que me vi encumbrado sobre tu soberana esfera? Perdiéronme
-el orgullo y la más inicua ambición, al mover en el cielo guerra
-contra el monarca sin par que domina en él. ¡Ah! ¿por qué fui tan
-insensato? ¿Debía yo corresponder así a quien me puso en tan sublime
-altura, a quien jamás me echó en cara sus beneficios? ¿Tan dura era su
-servidumbre? ¿Qué menos podía yo hacer que tributarle alabanzas, siendo
-tan merecidas, y mostrarle una gratitud que tan justa era?</p>
-
-<p>»¡Ah, que todas estas bondades fueron en daño mío, y no sirvieron
-más que para dar pábulo a mi malicia! Al verme en tanta supremacía,
-creíme exento de sumisión; creí que dando un paso más, de tal manera me
-sobrepondría a todo, que me hallaría en el mismo instante libre de la
-inmensa deuda que para siempre tenía empeñado mi reconocimiento. Pesada
-es la obligación que aún pagada, nunca se satisface; pero yo olvidaba
-cuanto incesantemente recibía, sin comprender que un pecho agradecido
-no debe por ser deudor, y que continuamente está pagando, porque a la
-vez que contrae la obligación, pone el desquite. ¿Qué violencia, pues,
-tenía que soportar?</p>
-
-<p>»¡Oh, si su poderosa voluntad hubiera hecho de mí un ángel de ínfima
-condición! No habría aún dejado de ser feliz, porque no me hubieran
-desvanecido tanto mis quiméricas esperanzas. Y ¿por qué no? Cualquiera
-otra de las grandes Potestades hubiera aspirado a la misma soberanía,
-y arrastrádome a mí por humilde tras su partido. Sin embargo, ninguno
-de los demás cayeron; todos opusieron resistencia a la tentación,
-armándose por dentro como por fuera. Y ¿no tenías tú la misma voluntad,
-el mismo poder para resistir? Sí que tenías. ¿De quién, pues, <span
-class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span>te quejas? ¿A quién acusas,
-más que a ese libre amor, don de los cielos, que arde igualmente en
-todos los corazones?</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L013">
- <img class="thin"
- src="images/i_146.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">¡Ah miserable! ¿Por dónde huiré de aquella cólera sin fin?</p>
-</div>
-
-<p>»¡Maldecido amor, o maldecido odio, que tanto valen para mí uno
-como otro, dado que es eterna mi desventura! Aunque el maldito eres
-tú, tú mismo, que siendo árbitro de tu voluntad, voluntariamente
-elegiste lo que hoy motiva tu justo arrepentimiento. ¡Ah, miserable!
-¿Por dónde huiré de aquella cólera sin fin, o de esta también infinita
-desesperación? Todos los caminos me llevan al infierno. Pero ¡si el
-infierno soy yo! ¡Si por profundo que sea su abismo, tengo dentro de
-mí otro más horrible, más implacable, que a todas horas me amenaza con
-devorarme! Comparado con él, este en que padezco me parece un cielo.</p>
-
-<p>»¡Ah! demos tregua al orgullo. ¿No habrá medio de arrepentirse,
-medio de ser perdonado? Lo hay en la sumisión; mas ¿cómo consentirá
-mi altivez que me humille así en presencia de mis inferiores, de
-los mismos a quienes seduje, prometiéndoles que lejos de someterme
-jamás, subyugaría al Omnipotente? ¡Ay de mí! ¡Cuán ajenos están de
-figurarse lo cara que pago mi jactanciosa temeridad, y los tormentos
-que interiormente me aquejan, mientras ellos adoran mi infernal trono!
-Esta diadema, este cetro que tanto me han encumbrado, solo sirven para
-hacer más ignominiosa mi caída; solo en ser más miserable consistirá mi
-supremacía; que no otro será el triunfo de mi ambición.</p>
-
-<p>»Y aún cuando fuera posible mi arrepentimiento, y que perdonado
-ya, pudiera recobrar mi primer estado, ¡qué de elevados designios no
-volvería a sugerirme mi elevación! ¡qué poco tardaría mi hipócrita
-humildad en faltar a sus juramentos, contemplándolos nulos, como
-impuestos por el dolor y arrancados por la violencia! Ni ¿qué sincera
-reconciliación ha de caber donde un odio mortal ha abierto tan profunda
-herida? La reincidencia, por el contrario, me precipitaría en mayor
-abismo; pagaría cara esta breve tregua, a costa de redoblar mis
-tormentos; y como nada de esto se oculta al que me condena, tan lejos
-está él de perdonarme, cuanto yo de solicitar su misericordia. Así que
-ninguna esperanza resta: en lugar de nosotros, expulsados de nuestra
-patria, ha creado al Hombre, en quien tiene puestas sus delicias, y
-para el Hombre este mundo. Renuncio, pues, a la esperanza, y con ella
-al temor, al remordimiento. No hay ya para mí bien posible; tú ¡oh
-mal! serás todo mi bien en lo sucesivo; por ti a lo menos reinaré
-juntamente con el Señor del Cielo, y quizás me quepa por reino la mitad
-del Universo, como el Hombre y ese nuevo mundo lo experimentarán en
-breve.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span>Mientras hablaba así,
-cruzaban sombrías pasiones por su semblante: tres veces lo alteraron
-la cólera, la envidia y la desesperación, que sucesivamente le fueron
-desfigurando; y a pesar de las apariencias con que se disfrazaba, se
-le hubiera conocido a la simple vista; porque jamás empaña nube alguna
-la radiante faz de los bienaventurados. Pero él, que se observó al
-punto, cambió en tranquilo exterior todos sus afectos, y como tan
-diestro en ardides, que no tenía igual en dar a la falsedad el aspecto
-de la virtud, encubrió la malicia con que preparaba su venganza,
-aunque no lo bastante para engañar a Uriel, que estaba ya prevenido.
-Había el Arcángel seguido atentamente todos sus pasos; le había
-visto en el monte Asirio poseído de una inquietud poco propia de los
-espíritus celestiales, pues creyendo que nadie le veía ni vigilaba,
-en sus furiosas demostraciones y en sus descompuestos ademanes había
-claramente mostrado la exaltación que dominaba su ánimo.</p>
-
-<p>Siguió, pues, su camino, acercándose a los términos del Edén, donde
-se descubre el verde valladar, con que, a semejanza de cerca campestre,
-corona el delicioso Paraíso, próximo ya, la solitaria eminencia de
-una escabrosa colina, y su áspera pendiente rodeada de enmarañados y
-espesos bosques, que la hacen inaccesible. Sobre su cumbre se elevan
-a desmesurada altura multitud de cedros, pinos, abetos y pomposas
-palmeras, vergel agreste, donde el ramaje entrelazado, multiplicando
-las sombras, forma un vistoso y magnífico anfiteatro. Dominando las
-copas de los árboles, alzaba sus verdes muros el Paraíso, desde el cual
-se ofrecía a nuestro común padre la inmensa perspectiva que al pie y
-en torno de sus risueños dominios se dilataba; y sobre los muros, en
-línea circular, se ostentaban los más hermosos árboles, cargados de
-las más exquisitas frutas; y frutas y flores brillaban a la vez con
-los reflejos del oro y de los encendidos colores que las esmaltaban;
-mientras el sol posaba en ellas sus rayos, más complacido que en las
-bellas nubes del ocaso o en el arco que nace de la lluvia, enviada por
-Dios a refrigerar la tierra.</p>
-
-<p>Tan encantador le parecía aquel sitio a Satán. Purificábase
-doblemente el aire a medida que se acercaba a él, hinchéndole el
-corazón de deleite, de aquel gratísimo bienestar con que la primavera
-ahuyenta toda tristeza, como no sea la de la desesperación. Agitando
-sus fragantes alas, esparcían los vientos los perfumes que naturalmente
-atesoran, y revelaban en su murmullo dónde habían adquirido las
-balsámicas esencias que prodigaban; y como el navegante que traspone
-el cabo <span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span>de
-Buena-Esperanza, y al dejar atrás a Mozambique, siente el dulce halago
-de los vientos del nordeste, y los aromas de Saba que le envía la
-Arabia feliz desde sus odoríferas riberas, y se complace enajenado en
-caminar más lentamente, para recibir el suave aliento que sonriendo
-exhala de lejos el océano; así aspiraba el pérfido Enemigo el delicioso
-ambiente que iba determinado a emponzoñar, aunque gozándose en él más
-que Asmodeo con el maligno vapor que le alejó, enamorado y todo, de la
-esposa del hijo de Tobías, huyendo a impulsos de su venganza desde la
-Media a Egipto, para quedar allí rigorosamente aprisionado.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L014">
- <img class="thin"
- src="images/i_150.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Iba, pues, pensativo y lentamente subiendo Satán...</p>
-</div>
-
-<p>Iba pues pensativo y lentamente subiendo Satán por la empinada y
-áspera colina, sin hallar camino alguno entre los enmarañados zarzales
-y malezas que estorbaban el paso a hombres y animales. Una sola puerta
-tenía el Paraíso, y miraba a oriente, hacia el lado opuesto; lo cual
-advertido por el príncipe infernal, sin hacer caso de ella y como por
-menosprecio, salvó de un ligero salto el valladar de la colina y su
-mayor altura, y cayó en el fondo interiormente. A la manera que un
-lobo rapaz obligado por el hambre a rastrear una nueva presa, acecha
-los lugares del campo en que los pastores encierran por la noche sus
-ganados, creyéndolos seguros, y salta por encima del redil; cayendo
-en medio del rebaño, o como el ladrón, que para dar con el escondido
-tesoro de un rico ciudadano, preservado de todo asalto bajo dobladas
-puertas, hierros y cerrojos, se desliza furtivamente por las ventanas
-o por las techumbres; tal se introdujo en el campo de Dios aquel
-malvado, como se introdujeron después mercenarios viles en su templo.
-Vuela de allí al árbol de la vida, que estaba en medio y sobresalía
-entre todos los demás, y pósase en él transformado en buitre; y no para
-procurarse nueva vida, sino para idear la muerte de los que vivían; no
-para aprovecharse de la virtud de aquel árbol, sino de su fruto, que no
-abusando de él, era prenda segura de inmortalidad; tan cierto es que
-solo Dios conoce el justo valor del bien presente, y que por el abuso o
-el mal empleo se pervierten las mejores cosas. Inclina luego al suelo
-sus miradas, y contempla las nuevas maravillas, los tesoros con que la
-naturaleza brinda a los sentidos del hombre en aquel estrecho recinto,
-en aquella tierra, que más bien es abreviado cielo.</p>
-
-<p>Jardín de Dios era en efecto el bellísimo Paraíso, puesto al
-oriente de Edén, que se extendía desde Aurán<a id="FNanchor_78"
-href="#Footnote_78" class="fnanchor">[78]</a> hasta las soberbias
-torres de la gran Seleucia<a id="FNanchor_79" href="#Footnote_79"
-class="fnanchor">[79]</a>,<span class="pagenum" id="Page_70">p.
-70</span> construidas por los reyes griegos, y hasta Talasar<a
-id="FNanchor_80" href="#Footnote_80" class="fnanchor">[80]</a>, que
-sirvió mucho antes de morada a los hijos de Edén. En aquel delicioso
-país estableció Dios su jardín, haciéndole más encantador aún, y
-extrayendo del fértil seno de la tierra los árboles más agradables a
-la vista, al olfato y al paladar, entre los cuales sobresalía por su
-altura el árbol de la vida y ostentaba sus frutos de ambrosía y oro
-vegetal. No lejos se veía el árbol de la ciencia, nuestra muerte, de la
-ciencia del bien, que tan caro nos costó, dándonos a conocer el mal.</p>
-
-<p>Al mediodía, y atravesando el Edén, bajaba un anchuroso río, que
-sin torcer su corriente, pasaba, sumergiéndose, por debajo del agreste
-monte, colocado allí por Dios y levantado sobre las raudas ondas
-como término del Paraíso. Incitada de dulce sed la esponjosa tierra,
-absorbía por sus venas las aguas hasta la cumbre, de donde manaba una
-fuente cristalina que esparcía por todas partes multitud de arroyos;
-juntos los cuales, se precipitaban desde una altura, y acrecentando el
-río que salía de su tenebroso cauce, dividíale en cuatro corrientes
-principales, que con diverso rumbo recorrían vastas comarcas,
-celebérrimos imperios, de que no es menester hacer mención. Preferible
-sería pintar, si el arte llegase a tanto, cómo los bullidores arroyos
-que nacían de aquella fuente de zafiro, saltando entre orientales
-perlas y arenas de oro, a la sombra de los árboles que sobre ellos
-se inclinaban, difundían el néctar de sus aguas y acariciaban todas
-aquellas plantas, y nutrían flores dignas del Paraíso; flores que un
-arte sutil no había dispuesto en regulares líneas ni en vistosos ramos;
-la espléndida naturaleza las prodigaba por colinas y valles y llanuras,
-unas abriéndose a los primeros rayos del sol, otras resguardadas
-en impenetrable sombra, para mejor preservarse del resistero del
-mediodía.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L015">
- <img class="thin"
- src="images/i_153.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Mansión campestre y encantadora.</p>
-</div>
-
-<p>Tal era aquel delicioso sitio, mansión campestre y encantadora, de
-rico y variado aspecto, de bosques cuyos árboles destilaban balsámicas
-y olorosas gomas, o de los que pendían frutos esmaltados de luciente
-oro, y exquisitos por su sabor; que no en otra parte debió existir
-el jardín de las Hespérides, si su fábula fuese cierta. A trechos
-se descubrían mesetas de verdes prados, con rebaños que pastaban la
-verde yerba, colinas cubiertas de palmeras, valles cuya fertilidad
-aumentaban las corrientes de agua, flores de todos matices, rosas que
-no conocían espinas. Por otro lado grutas umbrías y cavernas de sin
-igual frescura, que ocultaba entre sus pámpanos la risueña vid, cargada
-de purpúreos racimos y trepando a lo alto <span class="pagenum"
-id="Page_71">p. 71</span>para lucir su gentil y fecunda gala; y al
-propio tiempo parleras cascadas que de las empinadas cumbres se
-desprendían, esparciendo unas veces y juntando otras sus aguas en
-transparente lago, donde como en un espejo se retrataban, coronadas
-de mirtos, sus ondulantes márgenes. Las aves prorrumpían a una en sus
-gorjeos, y las primaverales brisas, difundiendo la fragancia de los
-campos y los bosques, asociaban sus murmullos al del trémulo ramaje;
-mientras ejercitaba sus danzas festivas Pan, numen universal, rodeado
-de las Gracias y las Horas, y seguido de una perpetua primavera. No era
-tan delicioso el Enna por donde Proserpina iba cogiendo flores, cuando
-ella, flor más hermosa aún, fue arrebatada por el tenebroso Plutón y
-ocasionó a su madre el dolor de buscarla por el mundo todo. Ni era
-tan apacible la floresta de Dafne, junto al Oronte; ni la que bañaba
-la inspiradora fuente de Castalia; ni la isla Nisea, cercada del río
-Tritón, donde el viejo Cam, a quien los gentiles llaman Ammón y los
-de la Libia Júpiter, ocultó a Amaltea y a su sonrosado hijo, el niño
-Baco, de la vista de su madrastra Rea. El mismo monte Amara, en que los
-reyes de Abisinia guardaban a sus hijos, tenido por algunos como el
-verdadero Paraíso, situado en la Etiopía cabe las fuentes del Nilo,
-aquel escarpado monte, puesto entre rocas de alabastro, que no podía
-subirse en todo un día, en manera alguna podía compararse con este
-jardín de Asiria, donde el príncipe infernal vio con desplacer tantos
-placeres juntos y tantas especies de vivientes seres, nuevas para él y
-desconocidas.</p>
-
-<p>Dos de ellos de más noble figura, de cuerpo recto y elevado,
-recto como el de los dioses, ostentando una dignidad natural y una
-desnudez majestuosa, parecían los señores de aquel imperio, y se
-mostraban dignos de serlo. En sus celestiales miradas resplandecía la
-imagen de su Creador, la verdad, la inteligencia, la santidad pura y
-severa, que no excluía la verdadera libertad filial, de que procede
-la autoridad humana. No eran iguales ambos, ni parecían de un mismo
-sexo: él nacido para la reflexión y el valor, ella para la dulzura y
-la gracia seductora; él solo para Dios, ella para Dios y para él. La
-frente hermosa y ancha del uno y su sublime mirada indican su autoridad
-suprema; sus cabellos de color de jacinto, partidos por mitad, caen
-en varoniles bucles sobre sus hombros, pero sin pasar de ellos; la
-cabellera de la otra, de largas hebras doradas, extendida como un velo,
-desciende ondulando hasta su delicado talle, y se recoge en multitud
-de anillos, como se enredan los de las vides, emblema de dependencia,
-impuesta con el más tierno ascendiente, otorgada por ella, recibida
-por él y consagrada con actos de<span class="pagenum" id="Page_72">p.
-72</span> espontánea sumisión, de modesta resistencia y de esquivez
-tan dulce como amorosa. No había entonces en ellos parte alguna velada
-ni secreta; no conocían el falso pudor, ni la vergüenza que mancilla
-las obras de la naturaleza. Infame vergüenza, hija del pecado: ¡qué de
-zozobras causaste a la humanidad con esa mentida apariencia de pureza,
-privándonos de la mayor ventura de la vida, la sinceridad del corazón,
-la paz inmaculada de la inocencia!</p>
-
-<p>Iban así ambos mostrando su desnudez, y como ignorantes del mal, sin
-ocultarse de las miradas de Dios, ni las de los ángeles. Iban asidos
-de las manos, con dos almas las más enamoradas que unió jamás en sus
-vínculos amor: Adán el más bello de los hombres que fueron sus hijos,
-y Eva la más hermosa de las mujeres. Sentáronse en el mullido césped,
-a la sombra de una espesura que exhalaba perfumadas auras, y cerca de
-una cristalina fuente. Habíanse ejercitado en el cultivo de su querido
-jardín cuanto bastaba a hacerles después grata la fresca impresión del
-céfiro y más dulce el reposo, y más refrigerante la satisfacción de la
-sed y el hambre. Sirviéronse de los frutos que eran su comida, frutos
-sabrosísimos que doblándose las ramas les ofrecían, y descansaban
-recostados sobre el blando musgo, tapizado de brillantes flores. De
-la corteza de los frutos que habían gustado, hacían vasos para apagar
-la sed con el agua del arroyo que rebosaba; y no faltaban en aquel
-banquete dulces requiebros ni cariñosas sonrisas, naturales en esposos
-dichosamente unidos por el vínculo nupcial, y que se veían a solas.</p>
-
-<p>Alrededor de ellos jugueteaban todos los animales terrestres, que
-por su ferocidad fueron después perseguidos en bosques y desiertos,
-en montes y cavernas. Allí triscaba el león, meciendo suavemente
-entre sus garras al corderillo: osos, tigres, panteras y leopardos
-retozaban alegres en su presencia. Para divertirlos, desplegaba allí el
-monstruoso elefante todas sus fuerzas, retorciendo a uno y otro lado
-su flexible trompa; deslizábase hacia ellos la lisonjera serpiente,
-enroscando en complicados nudos sus escamas, y dando ya indicios de
-su fatal malicia, no conocida aún; y otros animales yacían sobre la
-yerba, unos que habiendo acabado de pastar fijaban los ojos con mirada
-inmóvil, otros que estaban rumiando y adormecidos; porque ya el sol
-iba declinando y apresurando el fin de su curso hacia las islas del
-océano, y los astros precursores de la noche subían por la ascendente
-escala del cielo; a tiempo que Satán, dominado del mismo asombro que al
-principio, y sin poder apenas recobrar su desfallecida voz, exclamaba
-así:</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L016">
- <img class="thin"
- src="images/i_157.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">De la corteza de los frutos hacían vasos para apagar la sed.</p>
-</div>
-
-<p>«¡Oh Infierno! ¡Qué triste espectáculo se ofrece ante mis ojos!
-¿Posible es <span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span>que
-ocupen nuestro dichoso lugar y tan bienaventurados sean esos seres
-de otra especie, nacidos quizá de la tierra, que no son espíritus,
-y sin embargo tan poco se diferencian de los brillantes espíritus
-celestiales? No puedo contemplarlos sin asombro, y aun creo que podría
-amarlos; tan perfecta es su semejanza con la divinidad, y tal gracia
-ha comunicado a sus formas la mano de que han salido. ¡Oh bellísimas
-criaturas! No podéis figuraros el cambio a que estáis ya expuestos, y
-cuán pronto se trocará en desdicha vuestro bienestar; desdicha tanto
-mayor, cuanto más felices os juzgáis ahora. Bienaventurados sois; pero
-poca defensa tiene vuestra bienaventuranza para que dure mucho; y esa
-mansión sublime, vuestro cielo, no tiene toda la fortaleza que necesita
-un cielo para resistir al enemigo que ahora penetra en él. Yo no soy
-enemigo vuestro, antes bien os compadezco al veros así abandonados, y a
-pesar de la ninguna compasión que conmigo se ha tenido. Quiero formar
-alianza con vosotros, contraer una amistad tan íntima y tan estrecha
-que en lo sucesivo viva yo con vosotros, o vosotros viváis conmigo. No
-os parecerá mi mansión tan agradable como este risueño Paraíso, pero la
-aceptaréis, porque al fin es obra de vuestro Hacedor: él me la cedió
-a mí, y con igual generosidad os la cedo yo a vosotros. El infierno
-abrirá de par en par sus puertas para recibiros, y a recibiros saldrán
-también todos sus magnates. No os veréis allí reducidos a tan estrechos
-límites como estos, y tendréis suficiente espacio para vuestra
-innumerable descendencia. Si el lugar no es más delicioso, quejaos del
-que me obliga a tomar venganza de sus ofensas en vosotros, que no me
-habéis ofendido; y aunque vuestra cándida inocencia me inspire piedad,
-como en efecto me inspira, el público bien, que es preferible, y el
-honor de un imperio que, gracias a mi venganza, ensanchará sus límites
-con la conquista de un nuevo mundo, me obligan a hacer lo que de otra
-suerte, aun estando condenado, me repugnaría.»</p>
-
-<p>Así discurría Satán, excusando con la necesidad, que es la razón de
-los tiranos, sus diabólicos proyectos; y descendiendo de la alta cima
-del árbol en que se había colocado, se introduce entre la bulliciosa
-turba de los cuadrúpedos, toma ya una, ya otra de sus formas, según
-convenía mejor a sus designios, observa de cerca su presa sin ser
-notado, y presta atención a sus palabras, y expía sus acciones para
-averiguar cuanto deseaba saber sobre su estado. Tan pronto, como león
-de fiero aspecto, da vueltas alrededor de ellos; o como tigre que
-descubre casualmente orillas de un bosque dos tiernos cervatillos
-retozando, se agacha<span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span>
-contra la tierra y luego se levanta, y se mueve inquieto, a semejanza
-del enemigo que busca dónde mejor emboscarse, y por fin se lanza sobre
-ellos para asirlos a la vez, a cada uno con una garra. En esto Adán, el
-primer hombre, dirigiendo la palabra a Eva, la mujer primera, hizo que
-Satán se volviese todo oídos para escuchar aquel lenguaje para él tan
-nuevo.</p>
-
-<p>«¡Oh mi única compañera, que eres parte de mi ser, y el más querido
-de todos cuantos me rodean! ¡Cuán infinitamente bueno es ese nuestro
-Hacedor, que además ha hecho todo este vasto mundo para nosotros, y que
-se muestra tan liberal de sus bondades, como poderoso e infinito en
-su grandeza! Nos ha sacado del polvo y puesto aquí, en medio de tanta
-felicidad, cuando nada merecíamos de su mano, cuando nada podemos hacer
-que él necesite; y en cambio solo un precepto nos impone, solo un deber
-fácil de cumplir: de todos los árboles de este Paraíso, que tan varios
-y deliciosos frutos nos ofrecen, únicamente nos prohíbe gustar del
-árbol de la ciencia, plantado junto al árbol de la vida. Cerca, pues,
-de la vida está la muerte; y que esta sea cosa terrible, no admite
-duda, pues sabes bien como el Señor ha dicho que el fruto de ese árbol
-es la muerte; única prohibición que ha impuesto a nuestra obediencia,
-en medio de tantos dones como nos ha otorgado, y de tan gran poder y
-supremacía como nos concede sobre todas las criaturas que pueblan la
-tierra, los aires y los mares. No nos parezca, por lo tanto, penosa
-semejante privación, teniendo, cual tenemos, libertad para gozar de
-todo lo demás, y para escoger entre tantos y tan varios deleites el
-que prefiramos; y así alabemos al Señor y agradezcámosle sus bondades,
-prosiguiendo en la grata ocupación de podar estos tiernos árboles y
-cultivar estas flores, trabajo que aun cuando fuera más penoso, a tu
-lado sería muy dulce.»</p>
-
-<p>Y Eva le replicó de este modo: «¡Oh tú, de quien soy y para quien
-he sido formada, carne de tu carne, único objeto de mi existencia, que
-eres mi guía y mi superior! Justo y razonable es cuanto has dicho,
-pues debemos al Señor incesantes alabanzas y agradecimiento; y yo más
-particularmente, porque gozo de mayor suma de felicidad al gozarte a
-ti, cuya supremacía es de tal naturaleza, que no hallarás cosa que se
-te iguale. Acuérdome a cada instante de aquel día en que despertando
-del sueño por primera vez me vi reclinada en una umbría sobre las
-flores, admirada de mí, sin saber quién era, ni dónde estaba, ni de
-dónde o cómo había venido. No lejos de allí, de lo interior de una
-gruta, nacía murmurando un arroyuelo, que esparciendo su líquida
-corriente, quedaba después<span class="pagenum" id="Page_75">p.
-75</span> inmóvil, y tan puro como la bóveda del cielo. Dirigime a él
-con toda la irreflexión de mi inexperiencia, y me tendí en su verde
-orilla para contemplar aquel terso y brillante lago, que se asemejaba a
-otro firmamento; mas al inclinarme sobre él, vi que de pronto, enfrente
-de mí y dentro del agua, aparecía una figura que también se inclinaba
-para mirarme. Retrocedí asustada; ella retrocedió asimismo; plúgome
-acercarme de nuevo; plúgole a ella acercarse igualmente, y dirigirme
-también sus miradas con el mismo interés y amor. Hasta ahora la hubiera
-estado contemplando, llevada de una vana afición, si no hubiera sonado
-una voz que me dijo: «Eso que ves, eso que estás contemplando, hermosa
-criatura, eres tú misma; como tú aparece y desaparece; pero ven, y te
-llevaré adonde no sea una sombra el ser que anhela gozar de tu vista
-y de tus dulces brazos, el ser cuya imagen eres y de quien gozarás
-también en inseparable unión. Tú le darás una multitud de criaturas
-parecidas a ti, por lo que serás llamada madre de la especie humana.»
-¿Qué había yo de hacer sino seguir ciegamente al que sin ser visto me
-atraía de aquella suerte? Di algunos pasos y te descubrí, tan bello
-y esbelto como eres, debajo de un plátano, aunque debo confesarte
-que no me pareció al pronto tu belleza tan dulce, tan seductora como
-la del lago. Traté de huir, pero tú me seguiste, gritando: «Vuelve
-acá, hermosa Eva. ¿De quién huyes? ¿Huyes de mí, siendo mía, siendo
-mi carne, mis propios huesos? Para darte la existencia, he cedido
-una parte de mí mismo; de lo más próximo a mi corazón ha salido la
-sustancia de tu vida; y para tenerte siempre a mi lado, dulce consuelo
-mío, mitad de mi alma, te estoy buscando; que sin ti mi ser se vería
-incompleto.» Y tu cariñosa mano asió la mía, y cedí a tu anhelo, y
-comprendí desde entonces cuánto la gracia varonil excede a la de la
-belleza, cuán superior es la inteligencia a toda otra hermosura.»</p>
-
-<p>Así habló nuestra primera madre, y con miradas de casta seducción
-conyugal, y con el más tierno abandono, medio abrazándole se apoyó
-en nuestro primer padre, a quien hizo sentir la leve presión de su
-turgente seno, velado en parte por las rizadas ondas de su áurea
-cabellera. Enajenado él a la vista de tal beldad y de tan dóciles
-encantos, sonreíase henchido de amor, como sonríe Júpiter a Juno cuando
-fecundiza las nubes que siembran las flores de mayo sobre la tierra; y
-selló los labios de Eva con un ósculo purísimo. Apartó Satán la vista
-lleno de envidia; y dirigiéndoles de soslayo una mirada maligna y
-rencorosa, exclamó interiormente así:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span>«¿Hay espectáculo
-más odioso e insufrible? ¿Han de gozar encantados estos, uno en brazos
-de otro, de delicias superiores a las del Edén, y han de disfrutar
-tal cúmulo de venturas mientras yo vivo sumido en el infierno, donde
-no existe placer ni amor, sino un violentísimo deseo, que no es por
-cierto el menor de nuestros tormentos, deseo que no pueden consumir ni
-satisfacer tantas penas y martirios? Mas no debo echar en olvido lo
-que he llegado a saber de sus propios labios: no pueden disponer de
-todo a su voluntad; hay aquí un árbol fatal, llamado de la ciencia,
-cuyo fruto se les prohíbe. Estales pues vedada la ciencia, lo cual es
-sospechoso y contrario a la razón. ¿Por qué su Señor les envía esa
-ciencia? ¿Si será un delito el saber, si será la muerte? ¿Si toda su
-existencia se cifrará en su ignorancia, y su dicha en esta prueba de
-obediencia y de fidelidad? ¡Oh! ¡qué bello descubrimiento para fraguar
-su ruina! Encenderé en su ánimo un vivo deseo de saber, de infringir
-ese envidioso mandamiento, inventado sin duda para mantener en la
-humillación a unos seres cuya inteligencia los sublimaría al igual de
-los dioses. Pues bien: aspirando a esta gloria, gustarán de ese fruto,
-y morirán. ¿No es probable que suceda así? Pero antes es menester
-examinar muy prolijamente este jardín, y recorrer hasta sus últimos
-escondrijos. Una casualidad, una dichosa casualidad puede conducirme a
-sitio donde halle, bien orillas de una fuente, bien al abrigo de una
-sombría espesura, alguno de esos espíritus celestiales, que me ilustre
-respecto a lo que me falta averiguar. Vivid pues, felices amantes,
-mientras podáis: gozad durante mi ausencia de esos breves placeres, a
-los que sobrevendrán largas desventuras.»</p>
-
-<p>Acabado de decir esto, se puso en marcha con arrogante y desdeñoso
-paso, aunque con astuta precaución, recorriendo bosques, colinas,
-valles y llanuras. Descendía entre tanto lentamente el Sol hacia el
-punto extremo en que el cielo parece tocar con el mar y con la tierra,
-y sus rayos, extendiéndose hasta el ocaso, reflejaban en la puerta
-Oriental del Paraíso. Era esta una roca de alabastro, que se alzaba
-hasta las nubes y que a larga distancia se descubría, accesible del
-lado de la tierra por medio de una subida que conducía a su alta
-entrada: el resto lo formaba un escapado risco, imposible de superar.
-Entre ambas pilastras de la roca se hallaba sentado Gabriel, caudillo
-de las guardas angelicales, esperando la llegada de la noche; y
-alrededor se ejercitaba en heroicos juegos la joven milicia del cielo
-desarmada, pero conservando a mano sus escudos, yelmos y lanzas,
-pendientes en pabellones y ostentando el brillo deslumbrador de sus
-<span class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span>diamantes y oro. De
-repente, envuelto en un rayo de sol y atravesando la claridad del
-crepúsculo, aparece Uriel, rápido como una estrella que se desliza
-en otoño durante la noche, cuando henchidos los aires de inflamados
-vapores, muestran al navegante el punto desde donde se lanzarán contra
-él los vientos desencadenados; y apresuradamente empezó a decir:</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L017">
- <img class="thin"
- src="images/i_164.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Con esta promesa, volvió Uriel a su región...</p>
-</div>
-
-<p>«Gabriel, pues tienes a tu cargo la guarda y vigilancia de esta
-mansión venturosa, para impedir que nada malo se acerque aquí ni
-penetre en ella, sabe que hoy mismo, en la mitad del día, llegó a mi
-esfera un espíritu, deseoso al parecer de contemplar las maravillas más
-admirables del Omnipotente, y sobre todo al Hombre, última criatura
-hecha a su imagen. Le indiqué el camino que con mayor rapidez podía
-seguir; observé la dirección de su vuelo, y al verle detenerse en la
-montaña que cae al norte del Edén, noté que sus miradas eran poco
-propias del cielo y que había en ellas algo de sombrío. Le seguí con la
-vista, pero le he perdido entre estas espesuras; y temo no sea alguno
-de los espíritus rebeldes, que salido del abismo, venga a suscitar aquí
-nuevas perturbaciones: tú cuidarás de descubrir dónde se oculte.»</p>
-
-<p>Y el alado guerrero le respondió: «No me admira, Uriel, que
-residiendo tú en la brillante esfera del sol, abarques con tu
-penetrante mirada inmensas distancias y profundidades. Nadie puede
-burlar la vigilancia que aquí se ejerce, pasando por esta puerta, sino
-quien conocidamente proceda del cielo; y del mediodía hasta ahora no se
-ha presentado ser alguno celestial. Si otro de diferente naturaleza,
-como el que tú has descrito, ha traspasado estos límites terrestres con
-algún designio, ya conoces cuán difícil es oponer obstáculos materiales
-a una sustancia divina; mas cualquiera que sea la forma con que se
-encubra ese que dices, si se ha introducido dentro del recinto de estos
-muros, le hallaré mañana al rayar el día.»</p>
-
-<p>Con esta promesa volvió Uriel a su región, llevado por el mismo rayo
-luminoso cuyo más elevado extremo le hizo descender con mayor rapidez
-al sol, que en aquella hora llegaba debajo de las Azores, fuese porque
-a impulso de una increíble velocidad hubiera ya terminado su diario
-curso, fuese porque la tierra, girando menos acelerada y abreviando su
-curso hacia el oriente, dejase a aquel astro iluminar con sus purpúreos
-y áureos fulgores las nubes que rodean su trono en el ocaso.</p>
-
-<p>Llegó por fin la tranquila Noche, y el pardo Crepúsculo cubrió el
-mundo<span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span> con su triste
-manto. Seguíale el Silencio, y animales y aves se retiraban, ellos a
-sus guaridas, estas a sus nidos, todos enmudeciendo, menos el vigilante
-ruiseñor, que empleaba la noche en ensayar sus amorosos e incesantes
-trinos. ¡Qué encanto tenía el silencio! Poblábase de resplandecientes
-zafiros la bóveda del firmamento; y Héspero, caudillo de la estrellada
-hueste, se distinguía por lo luminoso, hasta que apareciendo la luna,
-reina de pálida majestad, ostentó su incomparable brillo, y ahuyentó
-las tinieblas con su plateada luz.</p>
-
-<p>A este tiempo Adán conversaba así con Eva: «Querida esposa mía:
-esta hora de la noche y los seres todos que se entregan al descanso,
-nos brindan con igual reposo. Para el hombre ha establecido Dios el
-trabajo y el descanso, como la alternativa del día y de la noche; y
-el rocío del sueño, que tan oportunamente hace sentir ahora su dulce
-peso a nuestros ojos, viene a cerrar nuestros párpados. Las demás
-criaturas que durante el día vagan ociosas y sin cuidado, tienen menos
-necesidad de reposo, menos que el hombre, que da ocupación diaria a su
-cuerpo e inteligencia, en lo cual prueba su dignidad, y el galardón
-con que recompensa el cielo sus acciones, porque los otros animales no
-ejercitan así su actividad, ni Dios toma en cuenta lo que ejecutan.
-Mañana, antes que la fresca aurora anuncie en el oriente la proximidad
-del día, deberemos levantarnos, y volver a nuestro agradable trabajo,
-aclarando aquella enramada, y más allá desembarazando las verdes calles
-por donde paseamos al mediodía, pues nos estorba la espesura del
-ramaje que esteriliza todas nuestras faenas, y que requiere más número
-de manos, si ha de atajarse su desmedida exuberancia; al paso que
-debemos también limpiar la tierra de las flores caídas y de las gomas
-que han destilado sobre ella, porque únicamente sirven para afearla
-y obstruirla, impidiéndonos caminar con facilidad. Entre tanto, la
-naturaleza quiere y la noche manda que descansemos.»</p>
-
-<p>A lo cual Eva, hermosísima criatura, respondió: «Dueño mío, de quien
-procedo: lo que tú mandes, obedeceré sumisa; Dios lo ha dispuesto así;
-Dios es mi ley, tú la mía, y en no excederse de ella consiste toda la
-ciencia, todo el mérito de la mujer. Embelésanme tus palabras hasta el
-punto de hacerme olvidar el tiempo, sus mudanzas y el transcurso del
-día, porque contigo todo es igualmente agradable para mí. Agradable es
-el ambiente de la mañana, dulces sus albores y los primeros cánticos
-de las aves; hermoso el sol, cuando en este amenísimo jardín derrama
-sus orientales destellos sobre el césped, los árboles, los frutos, y
-las flores esmaltadas por el rocío; exhala aromas la tierra, fecundada
-por mansas<span class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span> lloviznas,
-y es encantadora la paz de la tarde, como el silencio de la noche, en
-que solo se oye la voz solemne de su cantor, y como la belleza de la
-luna y todas esas esmeraldas del cielo que forman su luminosa corte.
-Pero ni el fresco ambiente de la mañana, ni los primeros cantos de
-las aves, ni el sol que inunda este jardín ameno, ni los céspedes,
-frutos y flores esmaltadas por el rocío, ni el perfume que tras mansa
-llovizna embalsama la tierra, ni la apacible tarde y la deliciosa
-noche con su cantor solemne, ni el pasear a la luz de la luna o a la
-trémula claridad de las estrellas, nada hay para mí tan dulce como tú
-mismo. Mas ¿por qué esos astros están luciendo toda la noche? ¿Para
-quién es ese magnífico espectáculo, si tiene cerrado el sueño todos los
-ojos?»</p>
-
-<p>«Hija de Dios y el Hombre, Eva hermosa, replicó nuestro primer
-padre; esos astros que giran alrededor de la tierra, llevan de una en
-otra región su luz, que ha de alumbrar aun a naciones que todavía no
-existen, y que brilla apareciendo y ocultándose para evitar que la
-noche, envolviéndolo todo en su oscuridad, recobre su antiguo imperio
-y prive de la vida a toda la naturaleza. Y no solo esparcen claridad
-esos templados astros, sino que con su benigno calor diferentemente
-graduado lo vivifican, calientan, templan y mantienen todo, o comunican
-parte de su virtud interior a los demás seres, a todas las producciones
-de la tierra, disponiéndolas a recibir del sol con mayor eficacia
-su cabal acrecentamiento. Y aunque en la profunda noche falte quien
-los contemple, no por eso resplandecen en vano; porque no pienses
-que aun dado que el hombre no existiera, dejaría ese cielo de tener
-admiradores, ni Dios quien le tributase alabanzas; que mientras
-velamos, mientras dormimos, recorren invisibles la tierra millones de
-criaturas espirituales, y día y noche alaban sin cesar y contemplan
-las obras del Creador. ¡Cuántas veces desde la cumbre de la sonora
-montaña o de lo interior de los bosques llegan a nosotros voces
-celestiales a la mitad de la noche, que ya solas, ya respondiéndose
-unas a otras, ensalzan al Omnipotente! Con frecuencia se oyen sus coros
-y nocturnas veladas, y al divino son de los instrumentos que acompañan
-sus melodías, media la noche su espacio, y se elevan al cielo nuestros
-pensamientos.»</p>
-
-<p>Así iban los dos discurriendo, y asidos uno a otro de la mano,
-entran solos en su deliciosa gruta. Era un sitio elegido por el
-soberano Señor, y dispuesto de manera, que nada echase allí de menos
-el Hombre de cuanto pudiera deleitarle. Formaban el laurel y mirto
-entrelazados una tupida bóveda de fuertes y olorosas hojas; el acanto
-y toda especie de arbustos aromáticos, un verde muro por uno y<span
-class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span> otro lado, que adornaban como
-rico mosaico mil y mil flores brillantes, el iris con sus tornasoladas
-tintas, las rosas y el jazmín, unidas a sus esbeltos tallos. Los pies
-descansaban sobre un lecho de violetas, de azafrán y de jacintos, que
-cubriendo el suelo como vistoso pavimento, hacían resaltar sus colores
-más vivos que los de las piedras más preciosas. Ninguna otra criatura,
-aves, cuadrúpedos ni reptiles, osaba acercarse allí: tal era el respeto
-que inspiraba el Hombre; y jamás se ideó mansión tan umbría, sagrada
-y solitaria que sirviese de templo al dios Pan o a Silvano, ni a las
-Ninfas y Faunos, númenes de las selvas.</p>
-
-<p>Allí, en aquel apartado retiro, entre flores, guirnaldas y
-perfumadas yerbas, se desposó Eva embelleciendo su lecho nupcial por
-primera vez; y los coros celestiales cantaron su himeneo el día en
-que su ángel tutelar la entregó a nuestro primer padre, más ataviada,
-más encantadora en medio de su desnudez que Pandora, en quien los
-dioses apuraron todos sus dones, cuando (¡oh fatal semejanza en la
-desventura!) cuando llevada por Hermes al insensato hijo de Jafet,
-sedujo con sus dulces miradas al género humano para vengarse del que
-había robado el primitivo fuego de Jove.</p>
-
-<p>Llegado pues que hubieron a su umbrosa gruta, se detuvieron ambos, y
-volviendo los ojos al firmamento, adoraron al Dios que hizo la tierra,
-el aire, el cielo que estaban contemplando, el luciente globo de la
-luna y las estrellas que poblaban la azulada bóveda.</p>
-
-<p>«Obra tuya es también la noche, Omnipotente Hacedor, y obra tuya
-el día que acaba de expirar y que hemos empleado en el trabajo que
-nos está prescrito, con la dicha de auxiliarnos y amarnos mutuamente,
-colmo de todos los bienes que nos otorgas. Este delicioso lugar es
-sobrado extenso para nosotros, y su abundancia tal, que no hay quien
-participe de ella, ni quien recoja cuanto su suelo da de sí; pero tú
-has prometido que de nosotros dos nacerá una raza que ha de llenar la
-tierra, y glorificar como nosotros tu infinita bondad, lo mismo cuando
-despertamos a la luz del día, que cuando, como ahora, aspiramos a gozar
-del sueño.»</p>
-
-<p>Estas alabanzas pronunciaron los dos con unánime afecto, sin
-observar otro rito que una pura adoración, que para Dios es el más
-agradable; y enlazadas las manos, entraron en su gruta, y se retiraron
-a lo más apartado de ella. No tuvieron que despojarse del molesto
-disfraz que nosotros vestimos, sino que yaciendo uno al lado de otro,
-Adán estrechó a su hermosa Eva, y esta aceptó los misteriosos deberes
-que su santo vínculo le imponía. Dejemos que austeros hipócritas<span
-class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span> encarezcan las perfecciones
-de la castidad, el respeto a los lugares sagrados y a la inocencia, y
-que condenen como impuro lo que Dios ha purificado, lo que prescribe a
-unos y lo que concede a la libertad de todos. El Señor manda que nos
-multipliquemos, y ¿quién sino el autor de nuestra ruina, el enemigo de
-Dios y el Hombre, puede obligarnos a lo contrario?</p>
-
-<p>¡Salve, amor conyugal, misteriosa ley, origen verdadero de la vida
-humana, único don propio del Paraíso, en que todas las cosas eran
-comunes! Por ti se ven libres los hombres del adúltero furor que los
-iguala con los brutos; por ti fueron engendrados los dulces afectos
-que el cariño, la fidelidad, la justicia y la pureza establecieron
-por primera vez, y los sagrados vínculos de padre, hijo y hermano.
-¿Cómo he de ver yo en ti nada de criminal ni vituperable, nada que
-sea indigno de la más santa morada, cuando eres fuente perpetua de
-doméstica ventura, tálamo candoroso y casto, en estos como en los
-pasados tiempos, y cuando gozaron de ti los santos y los patriarcas?
-En ti logra amor el acierto de sus doradas flechas; en ti luce su
-inextinguible antorcha y posa sus purpúreas alas; y en ti se ven
-cifrados sus encantos todos, no en las improvisadas caricias, en la
-sonrisa venal de falsas, insípidas e impúdicas mercenarias, ni en
-los cortesanos galanteos, festejos, mascaradas, músicas y bailes con
-que antojadizos amantes hacen gala de una pasión que más bien es
-digna de menosprecio. Estrechamente enlazados sus desnudos miembros,
-duermen ambos esposos al compás de los cantos con que les regalan los
-ruiseñores, y coronados por la lluvia de rosas que les renuevan los
-primeros albores de la mañana. Gozad de ese sueño, felices consortes,
-doblemente venturosos si no aspiráis a mayor ventura, ni a saber más de
-lo que sabéis.</p>
-
-<p>Ya la noche había recorrido la mitad de su órbita sublunar, y el
-cono que su sombra forma llegaba a la mayor altura de la anchurosa
-bóveda celeste; y ya saliendo por la puerta de marfil, a la hora y con
-las armas que acostumbraban, se disponían los querubines a su nocturna
-ronda, desplegando aparato bélico, cuando dijo Gabriel al que más se
-acercaba a él en autoridad: «Llévate en pos, Uziel, la mitad de esa
-legión, y recorre en torno la parte del mediodía con la más cuidadosa
-vigilancia; que la otra mitad se dirija al norte, y dando nosotros la
-vuelta, nos reuniremos en el occidente.» Divídense con la rapidez de
-la llama, unos hacia el lado del escudo, otros hacia el de la lanza<a
-id="FNanchor_81" href="#Footnote_81" class="fnanchor">[81]</a>; y
-llamando el mismo Gabriel a dos<span class="pagenum" id="Page_82">p.
-82</span> ángeles que estaban a su lado y se distinguían por su denuedo
-y sagacidad, les dio la siguiente orden: «Id, Ituriel y Zefón, id a
-recorrer el Edén con toda la presteza que os sea posible; no dejéis
-de explorar rincón alguno, y sobre todo la mansión de aquellas dos
-bellísimas criaturas, que quizás en estos momentos están durmiendo,
-sin recelar de ningún peligro. Esta tarde, al declinar el sol, vino un
-Ángel a participarme que había visto un espíritu infernal (¿quién había
-de sospecharlo?) que escapándose del infierno, se encaminaba a este
-Paraíso, sin duda con algún propósito siniestro; y así donde quiera que
-le halléis, apoderaos de él y traedle a mi presencia.»</p>
-
-<p>No dijo más, y se puso delante de su brillante hueste, que eclipsaba
-el resplandor de la luna, mientras los dos ángeles se encaminaban
-directamente al sitio en que podían hallar a su Enemigo; y allí en
-efecto le encontraron bajo la forma de un sapo inmundo, agachado
-junto al oído de Eva. Por medio de esta diabólica astucia, procuraba
-insinuarse en los órganos de su imaginación y sugerirle a su antojo
-mil ilusiones, sueños y devaneos, o inspirándole su ponzoñoso aliento,
-inficionar sus espíritus vitales, nacidos de lo más puro de la sangre,
-como los vapores que exhala arroyuelo cristalino, y suscitar en su
-mente insensatos y desasosegados pensamientos, esperanzas vanas,
-propósitos ambiciosos, deseos inmoderados, henchidos de altivos
-conceptos, que dan origen a la soberbia.</p>
-
-<p>Al descubrirle así Ituriel, tocole ligeramente con el cabo de su
-lanza. No puede la impostura resistir el contacto de un arma celestial,
-y por fuerza tiene que recobrar su propia forma; como le aconteció a
-Satán, que se estremeció todo al verse descubierto y sorprendido; y a
-la manera que prende una chispa en el montón de pólvora acopiada para
-el almacén que se forma al menor indicio de guerra, y encendido el
-negro grano, estalla de repente e inflama el aire, no menos pronto se
-levantó el odioso Enemigo en su natural figura. Dieron un paso atrás
-los ángeles al presentárseles tan súbitamente transformado el terrible
-rey; pero ajenos a todo temor, se acercaron a él, diciéndole: «¿Cuál
-eres tú de los espíritus rebeldes precipitados en el infierno? ¿Cómo te
-has evadido de allí, y por qué estás en acecho, obrando traidoramente,
-junto a la cabeza de los que duermen?»</p>
-
-<p>«¡Ah! ¿no me conocéis? replicó Satán con desdeñoso tono. ¿No sabéis
-quién soy? Pues bien me conocisteis en otro tiempo, cuando en vez de
-igualaros conmigo, reinaba yo allí, adonde no osabais encumbrar el
-vuelo. Desconocerme ahora, vale tanto como desconoceros a vosotros
-mismos, que sois sin duda los últimos <span class="pagenum"
-id="Page_83">p. 83</span>de vuestras filas. Y si no ignoráis quién soy
-¿a qué preguntarlo, comenzando vuestro mensaje tan inútilmente como
-habéis de concluirlo?»</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L018">
- <img class="thin"
- src="images/i_171.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Los dos ángeles se encaminaban en busca de su enemigo.</p>
-</div>
-
-<p>A lo que Zefón, devolviendo desprecio por desprecio, le contestó:
-«No juzgues, espíritu rebelde, que esa forma, en que tan menguado
-aparece tu esplendor, pueda darte a reconocer, pues no brillas ya
-en el Cielo inocente y puro, y estás muy distante de aquella gloria
-que ostentabas cuando eras fiel: ahora llevas impreso el crimen en
-tu semblante, y en la frente la lúgubre oscuridad de tu morada. Pero
-ven con nosotros, y no dudes de que tendrás que dar cuenta al que nos
-envía, a cuyo cargo está la custodia de este lugar inviolable y la
-incolumidad de esos dos seres que están durmiendo.»</p>
-
-<p>De este modo habló el Querubín, y su grave y severa reprensión
-añadió invencible gracia a su juvenil belleza. Quedó confuso Satán;
-comprendió cuán incontrastable es el proceder recto, cuán amable en
-sí misma la virtud, y no pudo menos de dolerse de su pérdida, aunque
-más se dolió todavía de que tan visible fuese la decadencia de su
-esplendor; y sin embargo, no quiso mostrar apocamiento. «Si he de
-combatir, dijo, será como superior contra superior, con el que manda,
-no con el que es mandado, o con todos a la vez; que en esto me cabrá
-más gloria, o por lo menos no perderé tanto.» A lo que con valentía
-replicó Zefón: «El miedo de que estás poseído nos ahorrará de un empeño
-que el último de nosotros bastará a realizar contra ti, perverso, y
-contra tu impotente debilidad.»</p>
-
-<p>Enmudeció el infernal príncipe al oír esto, devorando interiormente
-su rabia, como soberbio corcel, que al sentir el freno, salta irguiendo
-la cabeza y tascando el férreo bocado. Tan inútil le parecía la fuga
-como el combate; embargábale el corazón un temor que procedía de
-poder más alto, cuando nada le había hasta entonces intimidado. Iban
-acercándose al punto del occidente en que, terminada ya su excursión,
-volvían los ángeles y se congregaban para recibir nuevas órdenes; al
-frente de los cuales puesto Gabriel, su caudillo, con voz sonora les
-dijo así: «Por esta parte, amigos, oigo pasos acelerados, y descubro
-a Ituriel y Zefón en medio de la oscuridad. Con ellos viene otro de
-soberana apariencia, pero muy decaído de su brillantez, que por su
-arrogante ademán parece el príncipe del Infierno. Determinado se
-muestra, según su aspecto, a no salir de aquí sin empeñar combate.
-Preparaos, pues: en su hosco ceño trae pintada la provocación.»</p>
-
-<p>No había acabado de decir esto, cuando acercándose los dos ángeles,
-le refieren sucintamente quién es aquel; dónde le habían hallado, cuál
-era su ocupación,<span class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span> y
-en qué forma y actitud había tratado de ocultarse; y dirigiéndole
-Gabriel una penetrante mirada: «¿Por qué, le preguntó, has traspasado
-los límites a que te ves reducido por tu crimen? ¿Por qué vienes a
-perturbar en su ministerio a los que no se han dejado llevar de tu
-detestable ejemplo, y tienen por lo mismo derecho y facultad para
-impedir tu temerario acceso a estos lugares? ¿No hay más que violar
-la tranquila morada de los que Dios ha establecido aquí y colmado de
-bendiciones?»</p>
-
-<p>Y con sonrisa de menosprecio le respondió Satán: «Gabriel, en el
-Cielo tenías fama de perspicaz, y como tal te contemplaba yo; pero esas
-preguntas me hacen dudar de tu buen acuerdo. ¿Hay alguien que viva
-contento entre suplicios? ¿Hay quién, pudiendo, no anhele evadirse
-del infierno, aunque esté condenado a vivir en él? Por cierto debes
-tener que a estarlo tú, lo desearías, y atropellarías por todo con
-tal de hallar sitio, por lejano que fuese, libre de tanta penalidad,
-donde esperases trocar el dolor en alegría y en presto alivio, y
-los tormentos en bienestar. Esto es lo que aquí busco, y lo que tú,
-que nunca has experimentado males, sino venturas, no acertarías a
-comprender. ¿A qué me pones por delante la voluntad del que nos
-aprisiona? Que refuerce con más seguros reparos sus puertas de hierro,
-si ha de tenernos sumidos en sus lóbregos calabozos. Esto es cuanto
-tengo que responderte: por lo demás, la verdad te han referido: como
-esos te han dicho, me hallaron; lo cual, sin embargo, no implica
-violencia ni exceso alguno.»</p>
-
-<p>A estas palabras dichas en tono desdeñoso, contestó el Ángel
-guerrero no menos intencionadamente: «¡Oh, qué dechado tan cabal
-de cordura se perdió el cielo el día que Satán fue arrojado de él!
-Fue arrojado de él por su insensatez; y llega ahora aquí fugitivo
-de su prisión y abrigando la grave duda de si debe o no tenerse por
-perspicaz al que le califica de temerario en invadir esta región, y
-traspasar los límites de aquella a que está condenado en el infierno:
-tan natural contempla el evadirse de sus tormentos y su castigo.
-Sigue en tu presunción, soberbio, hasta que la cólera que nuevamente
-suscitas con tu fuga descargue en ti siete veces, hasta que el azote
-que te haga volver a tus cadenas persuada a tu gran prudencia de que
-no hay castigo proporcionado a la infinita indignación que semejante
-culpa provoca. Pero ¿por qué vienes solo? ¿Por qué no te siguen tus
-huestes infernales? ¿Son los tormentos más llevaderos para ellos que
-para ti, y por esto no tratan de evitarlos? ¿O es que no cuentas tú
-con tanto valor para resistirlos? Pues, intrépido caudillo, que has
-sido el primero en librarte de tus tormentos:<span class="pagenum"
-id="Page_85">p. 85</span> si hubieras manifestado a tus secuaces la
-causa de tu evasión al abandonarlos, seguramente no te hubieran dejado
-venir solo ni fugitivo.»</p>
-
-<p>No pudo ya Satán reprimir su ira y exclamó: «Valor más que nadie
-tengo, ángel insolente, para soportar mis penas. Sobrado sabes que fui
-yo tu más terrible enemigo en aquella lid en que la fulminante furia
-del trueno vino tan presto en auxilio tuyo, en auxilio de tu lanza, que
-por sí no inspiraba temor alguno. Pero tus palabras, tan irreflexivas
-como siempre, muestran la inexperiencia en que estás de lo que debe
-hacer un caudillo fiel a su deber y aleccionado por los malos sucesos
-de su fortuna, que es no exponerlo todo a peligrosos trances, sino
-experimentarlos primero él mismo. Por esto he cruzado yo solo estos
-desiertos espacios, y venido a reconocer este mundo nuevamente creado,
-cuya fama no ha podido menos de llegar hasta los infiernos. Espero
-encontrar aquí morada más venturosa, y establecer en la tierra o en las
-regiones aéreas mis potestades proscritas, aunque para conquista tal
-fuese menester embestir otra vez contra ti y tus bienhadadas legiones;
-que más fácilmente os acomodáis a la servidumbre del Señor entronizado
-en los cielos, a entonar himnos en su alabanza y a incensarle de lejos,
-que a la dureza de los combates.»</p>
-
-<p>Lo cual oído por Gabriel, prosiguió en estos términos: «Decir y
-desdecirse, encarecer primero el mérito de la fuga y desempeñar después
-el oficio de espía, no es propio de un caudillo, sino de un embaucador.
-¿Cómo te atreves a suponerte fiel a tu deber? ¡Que así profanes el
-nombre, el sagrado nombre de tu fidelidad! Y ¿a quién eres fiel? ¿A
-tu rebelde muchedumbre? ¿A ese tropel de réprobos, dignos de ser
-mandados por tan digno jefe? ¿Consistía vuestra disciplina, la fe que
-jurasteis y vuestra obediencia militar en alzaros desleales contra el
-Poder supremo? Y por otra parte, falso hipócrita, que ahora te vendes
-por paladín de la libertad, ¿quién más lisonjero, más humilde y servil
-adorador que lo fuiste tú un día del invencible Rey de los cielos, sin
-duda con la esperanza de destronarle así mejor y empuñar su cetro?
-Pues, oye, y haz lo que te prevengo: sal de aquí, y huye al lugar de
-donde has salido; que si subsistes un momento más en estos sagrados
-confines, arrastrando y cargado de hierros te volveré a tu infernal
-mazmorra, y quedarás enclavado allí, de suerte que no te burles
-otra vez de las fáciles puertas del infierno, ya que tan débiles te
-parecen.»</p>
-
-<p>Amenazole así; pero Satán le oía con indiferencia, y encendido
-en nuevo furor, repuso: «Cuando sea tu cautivo, querubín orgulloso,
-háblame de cadenas:<span class="pagenum" id="Page_86">p. 86</span>
-ahora disponte a sentir el peso de mi poderoso brazo. Jamás te abrumó
-otro tal, ni aún cuando el Soberano celeste cabalgaba sobre tus alas,
-y uncido con otro como tú, acostumbrados al mismo yugo, tirábais de
-su carro triunfal, y andábais por los caminos del cielo empedrados de
-estrellas.»</p>
-
-<p>Mientras esto decía, ardían en enrojecido fuego los angélicos
-escuadrones, y desplegando en circular ala sus falanges, le rodeaban,
-apuntándole con sus lanzas; como cuando en los campos de Ceres, maduras
-para la siega, se mecen las apiñadas espigas, inclinándose a uno y otro
-lado, según de donde se agita el viento; y el labrador las contempla
-con inquietud, temiendo que todos aquellos haces en que cifra su mayor
-logro, no vengan a convertirse en inútil paja.</p>
-
-<p>Alarmado Satán en vista de aquella actitud, hizo sobre sí un
-esfuerzo y dilató sus miembros hasta adquirir las desmedidas
-proporciones y fortaleza del Atlas o el Tenerife. Toca su cabeza
-en el firmamento, y lleva en su casco el Horror por penacho de su
-cimera; ni carece tampoco de armas, dado que empuña una lanza y un
-escudo. Tremenda lid se hubiera suscitado entonces, que no solo el
-Paraíso, sino la celeste bóveda hubiera conmovido en torno, y aun
-puesto en grave conflicto todos los elementos a impulsos de choque
-tan irresistible, si previniendo aquella catástrofe, no hubiera el
-Omnipotente suspendido en el cielo su balanza de oro, que desde
-entonces vemos brillar entre Astrea y el Escorpión. En aquella balanza
-había pesado Dios todo lo creado, la tierra esférica en equilibrio con
-el aire; y ahora pesa del mismo modo los acontecimientos, la suerte
-de las batallas y de los imperios. Puso a la sazón en contrapeso el
-resultado de la fuga y el del combate, y el segundo subió rápidamente
-hasta dar en el fiel que lo señalaba; y entonces dijo Gabriel a su
-Enemigo:</p>
-
-<p>«Conozco, Satán, tus fuerzas, como tú conoces las mías: ni unas
-ni otras nos pertenecen; Dios nos las ha prestado. ¡Qué insensatez
-jactarnos de lo que han de hacer nuestras armas, cuando no hemos de
-llegar sino a lo que permita el cielo! Tu poder es el que él consiente;
-el mío a la sazón doble, para que yazcas a mis pies, como cieno que
-eres. Y si de ello quieres tener una prueba, mira allá arriba, y leerás
-tu suerte en el celeste signo donde se pesa, donde se muestra cuán
-liviana y débil sería la resistencia.»</p>
-
-<p>Miró en efecto Satán, y vio cuán desfavorable le era el movimiento
-de la balanza. No esperó más; huyó, lanzando denuestos, y en pos de él
-huyeron las nocturnas sombras.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L019">
- <img class="thin"
- src="images/i_177.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">No esperó más, y huyó lanzando denuestos.</p>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="figcenter mt2" id="L020">
- <img class="thin"
- src="images/i_180.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Incorporose para fijar mejor su mirada en aquella hermosura.</p>
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt3 mt3" id="Ch1_5">
- <p><span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span></p>
- <h3 class="junto">LIBRO QUINTO</h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra g0">ARGUMENTO</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>Comienza a rayar el día, y Eva refiere a Adán su agitado sueño,
- que él oye con disgusto; pero hace por consolarla, y salen ambos a su
- trabajo cotidiano, dirigiendo antes a Dios su plegaria de la mañana.
- Para que el hombre no pueda alegar disculpa alguna, envía Dios a
- Rafael, que le recuerde su obediencia, que le manifieste el uso que
- ha de hacer de su libertad, la proximidad de su enemigo, quién es
- este y cuál la causa de su enemistad, con todo lo demás que a Adán le
- importa saber. Baja, pues, Rafael al Paraíso; píntase su celestial
- hermosura. Al descubrirle Adán, sale a recibirle, le conduce a su
- albergue, y le regala con las frutas más sabrosas que al efecto ha
- cogido Eva por su mano. Conversan amigablemente entre sí, y Rafael
- desempeña su comisión hablando a Adán de su estado, de la condición
- de su enemigo; y satisfaciendo a sus preguntas, le declara quién
- sea este y lo que le induce a obrar así, empezando su relato por
- la primera rebelión de Satán en el cielo, el origen de ella, cómo
- se retrajo a las partes del Norte con sus legiones, y las incitó a
- rebelarse contra Dios, logrando que le siguiesen todos, excepto el
- serafín Abdiel, que contradice sus razones, y se opone a él, y por
- último le abandona.</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Ya la aurora dirigía sus pasos a la región de Levante, dejando en
-el cielo impresas sus sonrosadas huellas, y sembrando la tierra de
-orientales perlas, cuando, como lo tenía de costumbre, despertó Adán,
-cuyo sueño, ligero como el aire, favorecido por una pura digestión y
-por dulces y suaves vapores, fácilmente se disipaba al menor ruido de
-las hojas, de los brumosos arroyuelos, a que da movimiento el alba, y
-de las aves vocingleras que revoloteaban entre los árboles. Pero se
-sorprendió por lo mismo de hallar a Eva adormecida aún, el cabello
-descompuesto y encendidas sus mejillas, como por efecto de un sueño
-desasosegado; e incorporándose medio apoyado sobre su costado, para
-mejor fijar su amorosísima mirada en aquella hermosura que, dormida
-o despierta, así le enajenaba con sus encantos, blandamente estrechó
-su mano; y con una voz tan dulce como la de Céfiro cuando acaricia a
-Flora, murmuró a su oído estas palabras: «Despierta, hermosa, alma mía,
-supremo bien que me otorga el cielo, delicia de mi corazón; despierta:
-mira que alumbra ya la mañana, que la frescura del campo nos está
-llamando, y que desperdiciamos estas primicias del día, y no vemos
-cómo crecen nuestras tiernas plantas, cómo se abren las flores de los
-naranjos, y la mirra destila su licor, y su bálsamo la caña, mientras
-la naturaleza se reviste de sus colores, y la abeja extrae de los
-pétalos sus almibarados jugos.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span>Despierta Eva al
-oír esto, mira con asombro a Adán, y apretándole entre sus brazos,
-dice: «¿Eres tú, consuelo mío, colmo de mi ventura, único ser en quien
-se recrea mi pensamiento? ¡Con qué placer vuelvo a verte y vuelvo a
-gozar del día! Porque has de saber que esta noche (noche igual no
-he pasado hasta ahora) he tenido un sueño, si sueño puede llamarse,
-porque no he pensado en ti, como pienso siempre, ni en nuestras faenas
-últimas, ni en las próximas, sino en ofensas y cuidados que hasta
-esta penosa noche no había sentido mi ánimo; he tenido un sueño en
-que me parecía que, introduciéndose en mi oído, una voz afectuosa
-me invitaba a pasearme. La tomé al pronto por la tuya: «¿Por qué
-duermes, Eva? me decía. Esta es la hora del placer, de la frescura y
-del silencio, silencio solamente interrumpido por el canoro pájaro de
-la noche, que la pasa en vela modulando sus amorosos trinos; esta es
-la hora en que la luna completamente redondeada y en la plenitud de
-su dulce claridad, ahuyenta la sombra que lo encubre todo: inútiles
-encantos, si la vista no goza de ellos. El cielo vela también y
-tiene abiertos sus ojos; ¿sabes para qué? Para contemplarte a ti,
-prodigio de la naturaleza, a ti cuya presencia alegra, y cuya beldad
-no puede menos de embelesar a cuantos la ven.» Me levanté, creyendo
-que eras tú el que me hablabas, mas no te vi; eché a andar deseosa de
-encontrarte, y atravesé, o tal por lo menos me pareció, multitud de
-caminos, hasta que de repente me hallé junto al árbol de la ciencia
-prohibida, que se me representó hermosísimo, más hermoso que durante
-el día. Mirándole estaba maravillada, cuando a su lado noté que había
-una figura con alas, como las que a menudo vemos bajar del cielo; sus
-húmedos cabellos estaban rociados de ambrosía. Contemplaba también el
-árbol, y exclamó: «¡Oh preciosa planta! ¡Que tan cargada te veas de
-fruto y nadie, ni Dios ni hombre, quiera aliviarte de él, ni gustar
-de su dulzura! ¿Tan despreciable es la ciencia? Si no es por envidia,
-¿qué otra causa puede haber para esta prohibición? Prohíbalo quien
-quiera, nadie me impedirá a mí privarme más tiempo de este placer. De
-otra suerte ¿por qué estás aquí?» Esto dijo, y sin más vacilar, con
-mano atrevida cogió y gustó. Quedé horrorizada al oír estas palabras,
-y mucho más viendo la temeraria acción que las acompañaba; pero él,
-arrebatado de entusiasmo: «¡Oh, divino fruto, siguió diciendo, dulce
-por extremo, y más dulce todavía por ser vedado! Niégasete, sin duda,
-para que seas alimento exclusivo de los dioses, pues si lo fueras de
-los hombres, los convertirías en divinidades. Y ¿por qué no han de
-aspirar a ser dioses los humanos? ¿No se acrecienta el bien a medida
-que<span class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span> se comunica? Lejos
-de perder en ello su autor, sería objeto de nuevas adoraciones. Ven,
-pues, felicísima criatura, Eva hermosa y angelical: gusta como yo de
-este fruto, que si hoy eres feliz, llegarás doblemente a serlo; gusta
-de él, y serás una nueva deidad entre los dioses, y tu imperio no
-se limitará a la tierra, sino que tendrás por mansión el aire, como
-nosotros, o podrás remontarte por tu propia virtud al cielo, y verás la
-vida que viven los dioses, y tú vivirás como ellos.» Y hablando de esta
-suerte, se acercó a mí, y llevó a mis labios parte del fruto que había
-arrancado. Su dulce y sabrosa fragancia excitó de tal modo mi apetito
-que no pude menos de probarlo; y al punto sentí que nos trasladábamos
-ambos a la región de las nubes, desde donde vi extenderse a mis pies la
-inmensidad de la tierra, magnífico y variado espectáculo; y admirada
-de mi vuelo, me asombré no menos del cambio que había experimentado
-y de la incalculable altura a que me hallaba; cuando repentinamente
-desapareció mi guía, y a mí se me figuró que caía precipitada a la
-tierra y que llegaba a ella adormecida. ¡Con qué júbilo he despertado,
-y visto que todo ha sido la ilusión de un sueño!»</p>
-
-<p>Refirió así Eva el que había tenido durante la noche; y contristado
-Adán al oírlo, la respondió: «Perfecta imagen y amada mitad de mí
-mismo: ese desasosiego que ha agitado esta noche tu mente mientras
-dormías, también ahora me aflige a mí. No sé por qué recelo que ese
-sueño extraordinario traiga algún mal consigo; pero ¿de dónde provendrá
-ese mal? En ti, que tan pura eres, ni sombra de él puede darse; pero
-oye lo que voy a decirte. Hay en el alma varias facultades inferiores,
-sometidas a la Razón como a su soberana. Entre ellas ejerce el
-principal oficio la Imaginación, que de todos los objetos exteriores,
-que perciben los sentidos cuando están despiertos, forma quimeras y
-visiones aéreas, las cuales agrupa o desvanece la Razón, produciendo
-así todo cuanto afirmamos o negamos, todo aquello que distinguimos con
-el nombre de ciencia o de opinión. Cuando la naturaleza se entrega al
-reposo, la Razón se retrae también a su más oculto seno; y acontece
-con frecuencia que aprovechándose la Imaginación de este retraimiento,
-como continuamente está en vela, procura imitarla, forjándose allá
-mil trazas y desvaríos; pero ordenando mal los objetos, especialmente
-durante el sueño, solo produce pensamientos inconexos, y confunde los
-hechos presentes con los pasados y los remotos.</p>
-
-<p>»Así, en este sueño que me refieres, juzgo descubrir cierta semejanza
-con los asuntos de que tratamos en nuestra última conversación, bien
-que revestidos de<span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span>
-extraños accidentes; por lo que no debe esto causarte sobresalto
-alguno. Puede introducirse un mal pensamiento en el ánimo, tanto del
-hombre como de los espíritus celestiales, indeliberadamente y sin que
-llegue a contaminarle; y esto me inspira la confianza de que ese sueño
-que tal aversión te ha inspirado mientras dormías, no consentirás nunca
-que despierta se realice. Aleja, pues de ti toda tristeza: que no
-empañe nube alguna la claridad de esos ojos, más brillante y serena que
-la que en su primera sonrisa envía al mundo la aurora. Levantémonos,
-y volvamos nuevamente a nuestras dulces faenas, nuestros bosques y
-fuentes, y al cuidado de las flores que entreabren ahora sus cálices, y
-exhalan los suavísimos aromas que han guardado durante la noche, para
-que te goces mejor en ellos.»</p>
-
-<p>Así consoló Adán a su bella esposa, y ella en efecto quedó
-consolada; pero en medio de su silencio se deslizó de sus ojos una
-dulce lágrima que enjugó con sus cabellos; y al ver que asomaban otras
-a sus cristalinas fuentes, las atajó Adán con un beso, correspondiendo
-de este modo a aquella tímida demostración de un remordimiento que se
-alarmaba con la sola idea de la culpa, sin ser culpable.</p>
-
-<p>Dando pues al olvido sus temores, se apresuraron a salir al campo;
-y apenas traspusieron el umbral de su mansión, a la que servían de
-techumbre espesos y copudos árboles, y se hallaron al aire libre, a
-la luz del día y del sol, que al aparecer en su carro, tocaba con las
-ruedas la superficie del océano, y cuyos rayos impregnados de rocío y
-paralelos a la tierra, doraban la vasta región oriental del Paraíso y
-los fértiles llanos del Edén, se postraron humildemente para adorar a
-su Criador, comenzando la acostumbrada plegaria que todas las mañanas
-le dirigían de varios modos, sin que sus himnos careciesen jamás de
-variedad ni de santo entusiasmo, bien fuesen recitados, bien cantados
-de improviso; pues en sonora prosa o numeroso ritmo fluía de sus labios
-una elocuencia tan natural, que no necesitaba de los dulces acordes del
-arpa ni del laúd; y dieron así principio:</p>
-
-<p>«Estas, Padre del bien, Omnipotente Señor, son tus gloriosas obras.
-Obra es de tus manos esta fábrica del Universo, tan maravillosamente
-bella; y tú mismo ¡cuán admirable eres! Tu inefable grandeza se
-encumbra sobre esos cielos, invisible para nosotros, confusamente
-vislumbrada en tus más pequeñas obras, en las cuales, sin embargo,
-se descubre tu bondad, superior a toda idea, y tu poder divino.
-Celebradle vosotros, que podéis hacerlo más dignamente, espíritus<span
-class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span> angélicos, hijos de la luz;
-vosotros, que le contempláis de cerca, y que en torno de su trono,
-en la eternidad de un día sin noche, y en concertados coros eleváis
-cánticos de alegría; vosotros, que estáis en el cielo. Unid también
-vuestras alabanzas, criaturas de la tierra, en honor del que es
-principio y postre y centro y ser al propio tiempo infinito. Y tú, la
-más brillante de las estrellas, última que recorres la vía nocturna,
-si no perteneces más bien al alba, precursora del día, que con tu
-fulgente diadema coronas la risueña frente de la mañana: ensálzale
-asimismo en tu luminosa esfera, a la hora apacible en que asoma la luz
-de oriente. Sol, vista y alma de este anchuroso mundo, ríndele homenaje
-como superior a ti, y en tu incesante giro proclama sus loores, cuando
-apareces en el cielo, cuando te ostentas en tu apogeo y cuando te
-ocultas a nuestros ojos. Luna, que acompañas unas veces al Sol en su
-oriente, y otras te apartas de él, huyendo con las estrellas fijas en
-su movible órbita; y vosotros planetas errantes en número de cinco,
-que al compás de armónicos sonidos os movéis en misteriosa danza:
-publicad la gloria de aquel que de las tinieblas sacó la luz. Aire y
-los demás elementos que fuisteis los primeros que engendró en su seno
-Naturaleza: pues vuestra cuádruple virtud recorre bajo innumerables
-formas un círculo perpetuo, e influís e inspiráis la vida en todo, que
-vuestro continuo movimiento sirva para tributar al Supremo Hacedor
-himnos cada vez más nuevos y más variados. Y vosotras, nieblas y
-exhalaciones, que surgís de las montañas o de los vaporosos lagos,
-negras o cenicientas, hasta que el sol dora con sus rayos la fimbria
-de vuestros ropajes: surgid para honrar el nombre del magnífico autor
-del mundo; y ya tapicéis de nubes el incoloro espacio del firmamento, o
-derraméis vuestra fecunda lluvia en la sedienta tierra, que en vuestra
-ascensión o vuestro descenso proclaméis siempre sus alabanzas. Alabadle
-también con manso murmullo o rugiendo impetuosamente, oh vientos que
-sopláis de los cuatro ángulos de la tierra; y vosotros, excelsos
-pinos, árboles y plantas de toda especie, inclinad vuestras cabezas y
-agitad vuestras ramas en señal de adoración. Loadle asimismo al son
-susurrante de vuestras aguas, fuentes y líquidos arroyuelos. Unid a las
-demás vuestras voces, criaturas todas vivientes. Aves, que cantando os
-remontáis hasta las puertas del cielo, sublimad su gloria en vuestras
-melodías y llevada por vuestras alas; y los que os deslizáis por entre
-las olas, y los que vagáis por la tierra, ya hollándola majestuosa, ya
-arrastrando humildemente, sed testigos de que mi lengua no enmudece
-ni por el día ni por la noche, y de que<span class="pagenum"
-id="Page_92">p. 92</span> mi voz resuena en las colinas, en los
-valles, en las fuentes y en la fresca sombra de las enramadas, que de
-mí aprenden sus alabanzas. ¡Bendito seas, Señor del Universo! Que tu
-bondad, como hasta aquí, nos dispense únicamente bienes; y si la noche
-ha producido o encubierto algún mal, ahuyéntalo, como la luz ahuyenta
-las tinieblas en este instante.»</p>
-
-<p>Expresión de su inocencia era plegaria tan fervorosa, terminada la
-cual, recobraron sus ánimos la profunda paz y la acostumbrada calma.
-Apresuráronse a volver a sus faenas campestres de la mañana, por entre
-prados cubiertos de rocío y de flores; y llegaron a un plantel de
-árboles frutales que por su excesivo crecimiento extendían su espeso
-ramaje más de lo conveniente, y necesitaban que una mano experta
-reformase su estéril pompa. Acercan también la vid al olmo para unirlos
-entre sí; la cual, como amante esposa, le ciñe con sus flexibles
-brazos, y le ofrece en dote sus racimos, y embellece con ellos su
-inútil hojarasca.</p>
-
-<p>Viéndolos ocupados de esta suerte el supremo Rey del cielo, se
-apiadó de ellos, y llamando a Rafael, el espíritu amigable que
-se dignó de viajar con Tobías, y favoreció su matrimonio con la
-doncella siete veces casada<a id="FNanchor_82" href="#Footnote_82"
-class="fnanchor">[82]</a>: «Rafael, le dijo, ya sabes la perturbación
-que, fugándose del infierno y atravesando el tenebroso abismo, ha
-movido Satán en el Paraíso terrestre, y la inquietud que ha causado
-esta noche a los dos humanos que allí viven, proponiéndose con la
-ruina de ellos labrar a la vez la de su descendencia. Ve, pues, allá;
-emplea el resto del día en conversar con Adán, como entre sí conversan
-los amigos. Le encontrarás en un sitio sombrío y retirado que le
-preserva del calor del mediodía, y donde con el alimento y el descanso
-repara las fuerzas gastadas en sus diarias fatigas. Háblale de modo
-que le hagas comprender su dichoso estado; que de su voluntad depende
-su dicha, de su voluntad, que aunque libre, es también mudable, por
-lo que debe andar precavido y desconfiado, no llegue a perderse por
-exceso de confianza en su seguridad. Háblale asimismo de los riesgos
-a que está expuesto, de quién debe recelar, y del Enemigo que, por
-haber sido expulsado poco ha del cielo, procura que los demás se hagan
-también indignos de tal ventura, no empleando a este fin la violencia,
-que le sería perjudicial, sino el engaño y la seducción. Prevenle, en
-suma, de cuanto debe hacer, no sea que delinquiendo voluntariamente,
-alegue después que ha obrado por sorpresa, por falta de consejo y de
-previsión.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span>Esto ordenó el Padre
-Eterno; con lo que dejó enteramente satisfecha su justicia. No demoró
-un punto al alado Ministro el cumplimiento de aquel mandato, y de
-entre la innumerable multitud de serafines en que estaba, cubierto
-por sus grandiosas alas, alzó el rápido vuelo y cruzó por en medio
-del firmamento. Apártanse a uno y otro lado las angélicas legiones
-para abrirle paso a través del camino del Empíreo, hasta llegar a las
-puertas del cielo, las cuales se abren de par en par por sí solas,
-girando sobre sus goznes de oro, que con tan divino arte el sabio Autor
-de todo las había dispuesto. Desde allí, ni nubes ni astro alguno se
-interponen a sus miradas, y ve la tierra, pequeña como en sí es y
-semejante a los demás globos luminosos, y ve el jardín de Dios coronado
-de cedros por encima de las más altas montañas. Así, aunque menos
-distintamente, contempla el observador durante la noche, por medio de
-los cristales de Galileo, tierras y regiones imaginarias en lo interior
-de la luna; y así descubre el piloto como una mancha nebulosa al
-aparecérsele, las islas de Delos y Samos entre las Cícladas.</p>
-
-<p>Prosigue el Ángel bajando con acelerado vuelo, y cruza la inmensidad
-del espacio aéreo, y surca mundos y mundos, seguro de sus fuertes alas,
-ora impelido por los vientos del polo, ora sacudiendo velozmente el
-movible aire; hasta que llegando al límite a que pueden las águilas
-remontarse, mirábanle todas las aves asombradas como al fénix, único
-en su especie, cuando para depositar sus preciosas cenizas en el
-fulgente templo del Sol, encaminaba su vuelo a la egipcia Tebas.
-Descendiendo después sobre la cumbre oriental del Paraíso, recobra
-su aspecto de alado serafín. Seis alas velan sus divinas formas: las
-dos que cubren sus anchos hombros le caen sobre el pecho como un
-magnífico manto real; los dos de en medio ciñen su talle como una
-estrellada zona, y orlan sus riñones y cintura con menudas plumas de
-oro y tornasoles copiados de los del cielo; y las otras dos resguardan
-sus pies, adheridas a sus talones, con plumas esmaltadas del color del
-firmamento. Mostrábase semejante al hijo de Maya, y al sacudir sus
-plumas, llenaba de celestial fragancia el anchuroso espacio que en
-torno le circuía.</p>
-
-<p>Reconociéronle al punto las legiones de ángeles que custodiaban el
-Edén, y le recibieron con el honor debido no solo a su dignidad, sino a
-su misión sublime, porque desde luego adivinaron toda la importancia de
-la que iba a desempeñar. Pasó por delante de sus esplendentes tiendas,
-y entró en el bienaventurado campo, atravesando odoríferas florestas
-de mirra y casia, de nardos y de bálsamos, que sobrepujaban en dulzura
-a todo encarecimiento; porque<span class="pagenum" id="Page_94">p.
-94</span> exuberante allí y risueña como en su primavera, la
-naturaleza, desplegaba todos sus encantos juveniles y vertía a manos
-llenas sus más gratos tesoros en medio de aquel silvestre espectáculo,
-superior a toda perfección artística.</p>
-
-<p>Sentado a la entrada de su fresca gruta, le vio Adán según iba
-adelantándose por en medio de la aromática floresta. Desde su mayor
-elevación, lanzaba directamente el Sol sus encendidos rayos hasta lo
-más profundo de la tierra, calor excesivo para Adán; y Eva estaba en
-lo interior de su albergue, a la hora en que solía, preparando para su
-comida los sabrosos frutos, que con solo ser gustados, eran deleite del
-apetito, y al propio tiempo despertaban la sed del néctar que la leche,
-el jugo de ciertas frutas o los racimos de la vid les suministraban.
-Llamó, pues, Adán a su Esposa, diciendo:</p>
-
-<p>«Ven, Eva, corre, verás un objeto digno de contemplarse: a la parte
-de oriente, entre los árboles, y caminando en esta dirección, viene una
-figura ¡oh, qué radiante! Parece una segunda aurora que brilla en la
-mitad del día. Algún mandato del cielo nos trae quizá, y se dignará de
-ser hoy nuestro huésped. Apresúrate a ofrecerle las mejores provisiones
-que guardes; no escasees prodigalidad alguna, y recíbele con todo el
-honor debido a un mensajero celeste. A nuestros bienhechores debemos
-corresponder con sus propios dones, y mostrarnos liberales de lo que
-tan liberalmente se nos concede, ya que la naturaleza multiplica aquí
-sus inagotables tesoros, y que al desprenderse de ellos para hacerse
-más fecunda, nos enseña a no ser avaros.»</p>
-
-<p>A esto replicó Eva: «Adán mío, a quien Dios ha consagrado como
-modelo de la tierra que animó Él mismo: el cuidado de guardar lo que
-ha de servirnos para alimento, es inútil aquí donde las estaciones se
-encargan de proveernos de todo, a no ser aquellos frutos que mejoran
-reservándose, porque pierden así su humedad superflua. Pero no omitiré
-solicitud alguna, y juntaré de cada planta, de cada árbol, de cada
-sabroso fruto lo que más digno me parezca para agasajar a ese angelical
-huésped, el cual se convencerá de que Dios ha derramado sus beneficios
-en la tierra como en el cielo.»</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L021">
- <img class="thin"
- src="images/i_189.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">A la parte de oriente, entre los árboles, y caminando en esta dirección...</p>
-</div>
-
-<p>Y sin perder más tiempo, se dispone a proceder con la mayor
-diligencia y a desempeñar sus quehaceres hospitalarios, pensando
-en cómo escoger lo más delicado, lo que más se acomodase al gusto,
-sin mezclar cosas extrañas ni de mal aspecto, sino de una agradable
-variedad que contribuyese a aumentar su agrado. Discurre de un lado
-a otro, y de los más tiernos tallos arranca cuanto la <span
-class="pagenum" id="Page_95">p. 95</span>tierra, madre universal,
-produce en la India oriental y en la de occidente, en las orillas del
-Ponto, en las costas de África, o en el país en que reinó Alcínoo<a
-id="FNanchor_83" href="#Footnote_83" class="fnanchor">[83]</a>; frutos
-de toda especie, de dura cáscara, de blanda piel, unos lisos, vellosos
-otros. De ellos hace largo acopio, que amontona con mano pródiga;
-exprime los dorados racimos, que le dan un licor inofensivo y grato,
-y de simientes y dulces almendras que tritura, saca almibarada crema.
-No carece de vasos puros que contengan una y otra bebida; y por fin
-cubre el suelo de rosas y arbustos olorosos, que para serlo no habían
-menester de luego.</p>
-
-<p>Entre tanto se adelanta nuestro primitivo padre a recibir a su
-divino huésped, sin más séquito que sus cabales perfecciones, que
-constituían toda su grandeza, incomparablemente mayor que la enojosa
-pompa que arrastran en pos los príncipes, con tantos corceles ricamente
-enjaezados y tantos palafreneros cuajados de oro, que deslumbran a la
-multitud, dejándola estupefacta. Llegó, pues, Adán a su presencia, y
-no embarazado de temor, sino con la sumisión y afable respeto que a
-su superior naturaleza se debía, profundamente inclinándose, le dijo:
-«Espíritu celestial, pues no es posible que hermosura tanta provenga
-más que del cielo: ya que descendiendo de los supremos tronos, te
-dignas de abandonar por breve tiempo aquellas mansiones venturosas para
-honrar estas otras con tu presencia, haznos a los dos que aquí vivimos,
-a quienes el Soberano del mundo ha otorgado la posesión de morada tan
-espaciosa, haznos la merced de reposar en este umbrío albergue, tomando
-asiento, y gustando los más sazonados frutos de este jardín, hasta que
-ceda el calor del mediodía, y más benigno el sol, vaya declinando.»</p>
-
-<p>Y el Ángel con la mayor dulzura le respondió: «A esto he venido,
-Adán. Tal como has sido creado, y dueño de una mansión como la
-presente, bien puedes invitar aun a los mismos espíritus celestiales a
-que con frecuencia te visiten. Llévame, pues, a ese apartado recinto
-cubierto de sombra; tengo para estar contigo desde esta hora del
-mediodía hasta que comience la noche.» Y se encaminaron ambos a la
-campestre vivienda, que como el asilo de Pomona, se cobijaba entre
-fragantes flores. Allí estaba Eva, sin otra gala ni adorno que ella
-propia, más encantadora que la Ninfa de los bosques y que la más bella
-de aquellas tres diosas que en el monte Ida sostuvieron desnudas la
-competencia de su hermosura;<span class="pagenum" id="Page_96">p.
-96</span> estaba para servir al divino huésped, y no necesitaba de
-otro velo ni defensa que su virtud, sin que ningún pensamiento impuro
-alterase la calma de su semblante. «<i>¡Salve!</i>» le dijo el Ángel,
-empleando la santa salutación que después se dirigió a la benditísima
-María, segunda Eva. «¡Salve, madre del género humano! Tu fecundo
-seno dará al mundo más hijos que los frutos con que los árboles del
-Señor colman esa mesa.» La mesa era un alto y espeso césped, cercado
-de asientos de muelle musgo, y sobre su ancha y cuadrada superficie
-se extendían las producciones todas del otoño, aunque allí otoño y
-primavera se daban la mano. Entablaron los comensales su plática
-reposadamente, sin temor de que se les enfriasen los manjares; y
-nuestro padre empezó diciendo: «Plázcate, divino extranjero, gustar de
-estos regalos, que nuestro Hacedor, de quien sin tasa ni medida procede
-todo perfecto bien, ha mandado a la tierra que nos ceda para nuestro
-alimento y nuestro placer; manjares insípidos quizá para naturalezas
-espirituales; mas yo únicamente sé que el Padre celestial alimenta a
-todos.»</p>
-
-<p>A esto replicó el Ángel: «Pues lo que Él (alabado sea perpetuamente),
-lo que Él da al Hombre, que en parte es también espiritual, bien puede
-ser manjar agradable para los espíritus más puros; que la inteligencia
-de estos necesita de alimento como vuestra razón, pues una y otra
-llevan en sí las facultades subalternas de los espíritus, como son
-oír, ver, oler, tocar y gustar; y el gusto depura, digiere y asimila
-las sustancias, convirtiendo las corpóreas en incorpóreas. Ello es
-indudable que todo lo creado ha menester de alimento con que sostenerse
-y repararse: entre los elementos, el más grosero mantiene siempre al
-más puro, la tierra al agua, la tierra y el agua al aire, y el aire
-a los etéreos fuegos, empezando por la luna, que como más vecina a
-la tierra, presenta en su redonda faz esas manchas, que son vapores
-todavía impuros que no se han transformado en sustancias; mas no por
-eso deja la luna de desprender de su húmedo continente alimento para
-otras esferas superiores. El sol, que comunica su luz a todos los
-astros, recibe de ellos sus acuosas exhalaciones y absorbe durante la
-noche el licor del océano. Aunque los árboles de vida que tenemos en el
-cielo nos den frutos de ambrosía, y las vides destilen néctar, y aunque
-al amanecer extraigamos melifluo rocío de entre las hojas, y el suelo
-ofrezca granos de perlas a nuestras plantas, de tal manera ha prodigado
-aquí Dios sus bondades en la variedad de los placeres de que gozáis,
-que bien puede esta mansión compararse con el cielo; y así no creas que
-deje de quedar mi gusto satisfecho.»</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L022">
- <img class="thin"
- src="images/i_194.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Y el divino mensajero repuso: «Hay, Adán, un Ser omnipotente...»</p>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span>Sentáronse, pues,
-y fueron comiendo de las viandas, y el Ángel no en la apariencia ni
-figuradamente, como es común opinión de los teólogos, sino con todo
-el incentivo de un verdadero apetito; así que el calor digestivo
-transformó los manjares en su sustancia angélica, y la parte redundante
-salió a través de la espiritual por medio de la traspiración. Ni esto
-debe causar asombro, cuando por medio del carbón ardiente trueca,
-o cree posible trocar, el empírico alquimista la escoria más vil
-en el oro más puro, cual si saliese de la mina. Desnuda Eva, hacía
-oficios de sirviente, y apuradas las copas, las coronaba de nuevo con
-licores a cual más gratos. ¡Oh inocencia digna del Paraíso! Nunca como
-entonces hubieran tenido disculpa los hijos de Dios en enamorarse de la
-hermosura; pero en aquellos corazones no cabía el amor impúdico, ni se
-comprendían los celos, infierno de los amantes ofendidos.</p>
-
-<p>Una vez satisfecha, mas no ahíta, tanto en manjares como en bebidas,
-la necesidad de la naturaleza, concibió de pronto Adán el deseo de
-no perder la ocasión con que tan importante conferencia le brindaba
-para saber qué más había en el mundo superior al suyo, qué seres
-poblaban el cielo, cuya excelencia tanto sobre la suya se distinguía,
-cuyas esplendentes formas eran una emanación de la Divinidad, y cuyo
-envidiable poder en tanto grado excedía al del Hombre; y con respetuosa
-prudencia se insinuó así:</p>
-
-<p>«Veo, conciudadano de Dios, hasta dónde llega tu bondad, por el
-honor que nos has dispensado, dignándote de visitar nuestra humilde
-morada y de probar los frutos de la tierra, que no son manjar digno de
-los ángeles; mas los has aceptado de tal modo, que no parece puedas
-mostrarte más complacido al tomar parte en el celestial banquete; y sin
-embargo, ¡qué comparación cabe!»</p>
-
-<p>Y el divino Mensajero repuso: «Hay, Adán, un Ser omnipotente de
-quien proceden todas las cosas, y en quien refluye todo aquello que
-no viene a estado de depravación. Todo lo creó perfecto en su origen
-con variedad de formas, con diversos grados de sustancia y vida en los
-vivientes; pero todo se completa y espiritualiza y depura a medida que
-más se aproxima a Él o a aquella esfera de acción que a cada cosa está
-designada, hasta que los cuerpos llegan a espíritus en la proporción
-debida a cada especie. Así, de la raíz de una planta nace esbelto su
-verde tallo, y de este las hojas más delicadas, y de las hojas, en
-fin, la flor primorosamente esmaltada, que exhala aromáticas esencias.
-Y así las plantas y los frutos que dan alimento al Hombre, siguiendo
-una escala gradual, se<span class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span>
-transforman en espíritus vitales, o animales o intelectuales, que
-armonizados entre sí, producen la vida, el sentimiento, la imaginación
-y la inteligencia, de donde el alma adquiere la razón: la razón, que
-constituye su esencia, ya proceda discursivamente, ya por medio de la
-intuición. El discurso suele ser más propio de vosotros, los humanos;
-la intuición, de nosotros, los celestiales; diferimos en el grado de
-razón, mas no en cuanto a su naturaleza, que es siempre idéntica. No
-te admires, pues, de que yo haya aceptado los alimentos que Dios ha
-hecho a propósito para ti, porque, como tú en la tuya, los convierto
-yo en mi sustancia propia. Tiempo vendrá quizá en que los hombres
-lleguen a participar de la dignidad angélica, y en que gusten del
-manjar celestial juzgándolo adecuado a su subsistencia; en que vuestros
-cuerpos, así sustentados, se despojen un día de todo lo que no es
-espiritual, y se remonten alados a la región etérea, como nosotros,
-y puedan habitar libremente aquí o en la celestial morada, si dais
-entonces muestras de ser obedientes y conserváis entero, inalterable y
-fiel el amor que debéis al que os ha hecho progenie suya. Entre tanto
-gozad de cuantos dones os concede vuestro dichoso estado; que por ahora
-en vano aspiraríais a más.»</p>
-
-<p>«¡Cuán bien, generoso espíritu y benigno huésped, repuso el
-patriarca de la raza humana, cuán bien nos has trazado el camino que
-puede conducirnos a nuestra enseñanza, y la escala de la naturaleza que
-recorre desde el centro a la circunferencia, y cómo la contemplación
-de las cosas creadas basta para elevarnos de una en otra hasta la
-majestad de su Creador! Pero dime: ¿qué has querido dar a entender con
-lo de <i>si dais muestras de ser obedientes</i>? ¿Es posible que no lo
-seamos, que nos olvidemos del amor a Aquel que nos ha sacado del polvo,
-establecídonos aquí y colmádonos de cuantos bienes puede concebir o
-apetecer el anhelo humano?»</p>
-
-<p>Y el Ángel le replicó: «Hijo del Cielo y de la Tierra, escucha. A
-Dios eres deudor de toda tu felicidad, pero el proseguir disfrutando
-de ella, de ti depende, es decir, de tu obediencia, en la cual debes
-mantenerte fiel, porque es la prenda de tu ventura: tenlo presente.
-Dios te ha hecho perfecto, pero no inmutable; te ha hecho bueno, pero
-te deja árbitro de perseverar o no en esta bondad; te ha dotado de un
-albedrío libre por su naturaleza, no sujeto al misterioso hado ni a la
-inflexible necesidad. Por eso el homenaje que exige es voluntario, y no
-forzoso, pues de ser arrancado por la fuerza, ni lo aceptaría, ni sería
-homenaje. ¿Cómo un corazón esclavizado ha de mostrar que se somete
-voluntariamente a su<span class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span>
-servidumbre, si cohibido por el destino, carece de toda elección
-posible? Nosotros también, y cuantas angélicas legiones asisten al
-trono de Dios, ciframos nuestro estado de bienaventuranza, como
-vosotros el vuestro, en la obediencia; que no tenemos otra seguridad.
-Libremente servimos, porque libremente amamos; de nuestra voluntad
-depende el amar o no, y en ella por consiguiente estriba nuestra
-elevación o nuestra ruina. Por incurrir en la desobediencia, cayeron
-algunos desde los cielos al profundo abismo. ¡Oh! ¡y qué caída! ¡En qué
-miserable extremo, y desde qué gloria tan sublime!»</p>
-
-<p>A lo cual respondió nuestro primer padre: «Con la mayor atención he
-escuchado tus palabras, divino maestro, y me han deleitado más que los
-armónicos acentos de los vecinos montes cuando repiten por la noche los
-cantos de los querubines. Ni se me oculta que hemos sido creados libres
-tanto para querer como para obrar; y no olvidaremos nunca el amor que
-debemos a nuestro Hacedor y la obediencia a su único mandamiento,
-que tan justo es en efecto, pues así me lo persuade y ha persuadido
-siempre mi reflexión. Pero lo que dices que ha ocurrido en el cielo me
-hace dudar de mí mismo, y me inspira el deseo de oír, si te dignas de
-referirlo, la relación completa del caso, que debe de ser muy extraño
-y digno de escucharse con religioso silencio. Aún tenemos día sobrado;
-que apenas ha llegado el Sol a la mitad de su carrera, y comenzado la
-otra mitad en el ancho círculo del cielo.»</p>
-
-<p>A este ruego de Adán condescendió Rafael después de una breve pausa,
-diciendo: «En arduo empeño me pones, padre de los hombres, arduo
-y triste a la vez; porque ¿cómo representar al sentido humano las
-invisibles hazañas de los espíritus guerreros, y cómo referir sin pena
-la ruina de tantos gloriosos seres, y tan perfectos mientras guardaron
-fidelidad? ¿Cómo, por fin, revelar los secretos de un mundo que quizá
-no es lícito descubrir? Mas por tu bien debe permitirse todo. Pondré
-al alcance de tu comprensión lo que es superior a ella, dando a lo
-espiritual formas corpóreas, por donde mejor se entienda; pues si la
-tierra es una sombra del cielo ¿qué extraño que se asemejen más de lo
-que es posible imaginar las cosas de acá abajo a las celestiales?</p>
-
-<p>»No existía este mundo aún, y reinaba el lóbrego Caos donde
-hoy giran las célicas esferas, donde la tierra se asienta ahora
-equilibrada sobre su centro, cuando un día (porque el tiempo, no
-obstante la eternidad, aplicado al movimiento mide cuanto es capaz
-de duración por medio de lo presente, lo pasado y lo futuro),<span
-class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span> cuando un día, digo, de
-los que completan el grande año celeste, fueron por mandato supremo
-convocadas todas las angélicas legiones, y acudiendo desde los más
-apartados ámbitos del Empíreo, rodearon el trono del Omnipotente,
-presididas por sus gloriosos capitanes. Enarbolábanse allí mil y mil
-enseñas, banderas y estandartes, que entre las primeras filas y la
-retaguardia ondeaban al aire, sirviendo para distinguir las diferentes
-jerarquías, órdenes y grados, o para ostentar en los blasones de sus
-brillantes campos sagrados recuerdos y memorables hechos de virtud
-y amor. Y cuando acabaron de formar un círculo de inconmensurable
-extensión, incluyéndose una rueda en otra, el Infinito Padre, a cuyo
-lado se sentaba el Hijo en el seno de su bienaventuranza, cual desde
-una montaña de ardiente fuego que no deja ver su cima por la excesiva
-claridad que luce en ella, pronunció estas palabras:</p>
-
-<p>«Oíd todos vosotros, ángeles, hijos de la luz, tronos, dominaciones,
-principados, virtudes y potestades; oíd mi decreto, que ha de ser para
-siempre irrevocable. En este día he engendrado al que declaro mi único
-Hijo, y sobre este santo monte acabo de consagrarle. A mi diestra le
-tengo; vedle. Desde hoy será vuestro superior, pues por mí mismo he
-jurado que todas las rodillas se doblarán en el cielo ante él, y que le
-reconocerán todos por soberano. Vivid unidos, como una sola alma, bajo
-el imperio de este representante de mi grandeza, y sed perpetuamente
-dichosos; que el que le desobedezca, me desobedecerá a mí, romperá los
-vínculos que nos unen, y desde aquel día, apartado de Dios y de su
-visión beatífica, caerá en las más hondas tinieblas, en el profundo
-abismo, donde tiene reservado un lugar que ocupará sin fin y sin
-esperanza de redención.»</p>
-
-<p>»Así habló el Señor Todopoderoso, y todos parecieron acoger
-dócilmente sus palabras, aunque en realidad no todos sentían lo mismo.
-Aquel día, como uno de los más solemnes, se pasó en cánticos y danzas
-en torno del sagrado monte; místicas danzas, que la estrellada esfera
-de los planetas y los astros fijos imita antes que otra alguna en sus
-intrincados, excéntricos y revueltos laberintos, tanto más regulares,
-sin embargo, cuanto mayor es su irregularidad en la apariencia; y de
-sus movimientos procede armonía tan divina y tan dulce en sus mágicos
-acordes, que el mismo Dios los escucha embelesado.</p>
-
-<p>»Acercábase entre tanto la noche (que también nosotros tenemos
-mañana y tarde, no porque nos sean necesarias, sino porque su
-variedad es más agradable), y terminadas las danzas, sentimos el
-deseo de regalarnos con dulcísimos manjares;<span class="pagenum"
-id="Page_101">p. 101</span> y puestos en círculos como estábamos,
-aparecieron las mesas llenas de angélicos alimentos, de líquidos rubíes
-y néctar, fruto de las deliciosas vides que cultiva el cielo, rebosando
-en vasos de perlas, diamantes y macizo oro. Recostados sobre flores y
-coronados de guirnaldas comían allí y bebían, y en dulce consorcio se
-henchían de inmortalidad y júbilo, mas sin llegar a hastiarse, porque
-la plenitud es allí el límite del exceso, hallándose en presencia del
-bondadosísimo Señor, que al otorgarles tantos dones a manos llenas
-toma parte en su regocijo. Entre tanto la ambrosía de la noche,
-exhalándose entre nubes desde el alto monte de Dios, fuente de la
-luz como de la sombra, había trocado la faz del fulgente cielo en un
-crepúsculo agradable, pues nunca extiende allí la noche más tenebroso
-velo, y un blando rocío iba adormeciendo todos los ojos, excepto los
-de Dios, siempre vigilantes. Diseminados poco después los ejércitos
-angelicales por la llanura del cielo, mucho más extensa que la de la
-tierra, si aplanase su superficie, que tales son los divinos atrios,
-se dispersaron en legiones y curias, acampando orillas de arroyos
-cristalinos y entre árboles de vida; y bajo innumerables e improvisados
-pabellones, como en otros tantos tabernáculos, gozaban los celestiales
-espíritus del sueño, arrullados por los frescos céfiros; gozaban
-del sueño todos, menos los que durante el transcurso de la noche se
-empleaban en cantar melodiosos himnos alrededor del trono del Señor.</p>
-
-<p>»Pero no velaba con este objeto Satán, que así se llama ahora,
-porque su primitivo nombre no se oye ya en el cielo; Satán, uno de los
-primeros, si no el más distinguido de los arcángeles, grande por su
-poder, su favor y su dignidad, que envidioso del puesto a que el Padre
-Omnipotente elevaba aquel día a su Hijo, proclamándole por Mesías y
-ungiéndole por Rey, no podía reprimir su orgullo, indignado de que así
-se le postergase. Cediendo pues a su malevolencia y a su soberbia, no
-bien, mediada la noche, llegó la hora en que la oscuridad era mayor y
-en que por lo mismo brindaba más al sueño y al recogimiento, determinó
-alejarse con todas sus legiones, dando aquella muestra de menosprecio
-a la supremacía de Dios, de cuyo culto y obediencia se separaba desde
-aquel momento; y despertando al que le seguía en autoridad, llevole
-aparte, y le dijo así:</p>
-
-<p>«¿Tú también, compañero mío, estás durmiendo? ¿Es posible que
-pueda el sueño cerrar tus párpados? ¿No te acuerdas ya de lo que se
-decretó ayer, del decreto que hace tan poco pronunciaron los labios del
-Señor del Cielo? Tú tienes por costumbre no ocultarme ninguno de tus
-pensamientos, como acostumbro yo<span class="pagenum" id="Page_102">p.
-102</span> a confiarte también los míos. Y si despiertos tú y yo somos
-uno mismo ¿por qué el sueño ha de hacer que nos desunamos? Ves que
-se nos imponen nuevas leyes: dictadas estas por un poder soberano,
-pueden producir en nosotros sus vasallos nuevos propósitos, nuevos
-consejos para tratar de eventualidades que acaso sobrevendrán; pero
-no es conveniente discurrir aquí más sobre este punto. Congrega a
-los jefes de los millares de huestes que acaudillamos; diles que por
-superior mandato, antes que la oscura noche haya retirado sus sombrías
-nubes, debo, juntamente con los que tremolan sus banderas bajo mis
-órdenes, encaminarme con apresurado vuelo a las regiones que poseemos
-en el norte, y disponer allí lo necesario para recibir dignamente a
-nuestro rey, el gran Mesías, y ejecutar lo que tenga a bien mandarnos,
-porque en breve aparecerá triunfante en medio de todas las jerarquías
-celestes, a las cuales impondrá sus leyes.»</p>
-
-<p>»Mientras el pérfido Arcángel hablaba así, iba inspirando malignas
-prevenciones en el incauto ánimo de su compañero, que, conforme le
-había prescrito, llamó a la vez, o unos tras otros, a los principales
-a quienes mandaba; indicoles que se le había ordenado trasladar a otro
-punto el gran pendón que los distinguía, antes de que la sombría noche
-abandonase el cielo; y para tomar el tiento a su lealtad, les insinuó
-el motivo de aquella marcha con ciertas vaguedades y reticencias,
-propias para agriar y torcer sus ánimos. Obedecieron todos, como lo
-tenían de costumbre, la señal y superior mandato de su grande adalid,
-que bien merecía el nombre de grande, siendo tanta en el cielo su
-dignidad; seducíales su esplendor, como seduce a los astros que le
-siguen el de la estrella de la mañana, y la impostura de que se había
-valido arrastró en pos de sí a la tercera parte de las celestiales
-huestes.</p>
-
-<p>»Entre tanto los ojos del Eterno, cuya mirada penetra los más
-recónditos designios, descubrieron desde la cima del santo monte,
-alumbrado de noche por las lámparas de oro que arden en su presencia,
-pero sin necesitar de su luz, la rebelión que se preparaba; vieron cómo
-iba cundiendo entre aquellas lucidas cohortes, y la resistencia que su
-innumerable muchedumbre se aprestaba a hacer a su voluntad suprema; y
-sonriendo, dirigió a su único Hijo estas palabras:</p>
-
-<p>«¡Hijo mío, en quien veo resplandecer la plenitud de mi gloria,
-heredero de mi omnipotencia! Pues se va a atentar contra esta,
-impórtanos pensar cómo defenderla, y con qué armas hemos de sostener
-el eterno derecho que poseemos a la divinidad y al imperio de todo
-lo creado. Un enemigo se alza que pretende<span class="pagenum"
-id="Page_103">p. 103</span> erigir un trono igual al nuestro, allá en
-las vastas regiones del septentrión; y no contento con esto, medita
-cómo aventurar al trance de una batalla nuestro poder y nuestro
-derecho. Preparémonos pues, y en tan temeroso riesgo armémonos
-prontamente de cuantas fuerzas podamos disponer, empleándolas en
-defendernos, no sea que por desprevenidos caigamos de nuestra sublime
-altura, de nuestro santuario, de la cima de nuestro monte.»</p>
-
-<p>»A lo que con reposado, puro, inefable, y sereno aspecto, radiante
-de divinidad, respondió el Hijo: «Omnipotente Padre, que con razón
-haces desprecio de tus enemigos, y que contemplándote seguro, te burlas
-de sus vanos intentos y de su inútil cuanto tumultuosa audacia: con
-esto acrecentarán mi gloria; su odio redundará en loor mío, cuando vean
-que el soberano poder que se me ha otorgado aniquila todo su orgullo,
-y experimenten la habilidad de mi brazo en subyugar a los que se
-rebelan; y entonces dirán si debo ser considerado como el último de los
-cielos.»</p>
-
-<p>»Mientras hablaba así el Hijo, caminaba Satán en apresurado vuelo
-con sus secuaces; ejército más innumerable que las estrellas de la
-noche o las matutinas gotas de rocío que, como relucientes perlas,
-engasta el sol en las plantas y las flores. Atraviesan una y otra
-región, los poderosos reinos de los serafines, de las potestades y
-de los tronos en sus triples grados; comparados tus dominios, Adán,
-con aquellas regiones, serían lo que tu jardín con respecto a toda
-la tierra, a los mares todos, al globo entero, desplegado en toda su
-longitud. De esta suerte llegan por fin a las extremas partes del
-Norte, y Satán a su mansión regia fabricada en lo más alto de un monte,
-que se divisaba a lo lejos como una montaña sobrepuesta a otra, con
-pirámides y torres hechas de agramilado diamante y de rocas de oro; que
-tal era el palacio del célebre Lucifer, según en su lenguaje llaman
-los hombres a esta clase de construcciones; pues para afectar mayor
-igualdad con Dios, imitando el nombre de la montaña en que acababa de
-proclamarse al Mesías rey de los cielos, él llamó a la suya Montaña
-de la Alianza. Y convocando en torno de ella a todos sus secuaces con
-pretexto de que así se le ordenaba para consultarlos sobre el ostentoso
-recibimiento que habían de hacer a su Soberano luego que se presentase,
-y valiéndose del arte con que sabía fingir el acento de la verdad,
-cautivó su atención, diciéndoles:</p>
-
-<p>«Tronos, dominaciones, principados, virtudes y potestades, títulos
-magníficos, si no son vanos desde el momento en que por un decreto
-se ha concedido a<span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span>
-otro tan gran poder, que nos eclipsa a todos al ser consagrado por rey
-supremo. Él es la causa de la atropellada marcha que esta noche hemos
-traído: él la de que aquí estemos congregados de improviso, con el
-único objeto de acordar cómo más dignamente hemos de recibir, y qué
-honores nuevos hemos de rendir al que viene a imponernos un tributo de
-genuflexión, una humillación servil, que hasta ahora no se nos había
-exigido. Postrarnos ante uno, era demasiado: ¡cuán duro no debe sernos
-este doble culto ofrecido no solo al que es superior, sino al que se
-nos dice ahora que es su imagen! Y ¿qué acontecería si despertasen
-nuestros ánimos a mejor acuerdo, y se determinasen a sacudir tal yugo?
-¿Humillaréis las frentes, y doblaréis temblando vuestras rodillas? No
-tal: creo conoceros bien; y asimismo os reconoceréis vosotros como
-naturales e hijos de este cielo, que antes no ha poseído nadie; y si
-no todos somos iguales, todos somos libres, igualmente libres, porque
-la diferencia de clases y dignidades no se opone a la libertad, que,
-por el contrario, se concilia con ellas. ¿Quién, pues, ni razonable
-ni justamente podrá alzarse con la monarquía sobre los que de derecho
-son iguales suyos, si no en poder y esplendor, al menos en libertad?
-¿Quién se atrevería a dictarnos leyes ni mandamientos, cuando por
-estar exentos de crimen, no necesitamos de ley alguna? Y menos debiera
-atreverse a hacerlo el que no puede ser nuestro soberano ni exigir que
-le adoremos sin vilipendiar la regia dignidad en virtud de la cual
-estamos destinados a gobernar, y no a ser siervos.»</p>
-
-<p>»Escuchaban todos su audaz discurso sin contradecirle, cuando
-levantándose el serafín Abdiel, celosísimo adorador de la Divinidad y
-dócil cual ningún otro a sus mandatos, inflamado en santa indignación,
-atajó así aquel furioso torrente:</p>
-
-<p>«¡Oh blasfemo, insolente y falso! No era de esperar que se oyesen
-semejantes palabras en el cielo, y menos proferidas por ti, ingrato,
-que tan encumbrado te hallas sobre tus iguales. ¿Cómo puede tu
-sacrílega astucia condenar ese justo decreto promulgado y jurado por
-el Señor? Ordena que ante su único Hijo, que por derecho propio empuña
-el cetro regio, doblen todos los que habitan el cielo la rodilla, y
-honrándole como es debido, le confiesen por legítimo Soberano; y ¿esto
-dices que es injusto, porque lo es reducir con leyes a los libres, y lo
-es que uno solo impere sobre sus iguales y obtenga un poder que nadie
-puede heredar después? ¿Pretendes dictar leyes a Dios? ¿Vas a disputar
-sobre los fueros de la libertad con el mismo que te ha hecho lo que
-eres, y que al crear conforme<span class="pagenum" id="Page_105">p.
-105</span> a su voluntad las potestades celestes, ha limitado las
-condiciones de su existencia? Harto experimentada tenemos su bondad;
-harto sabemos con cuánta solicitud procura nuestra dicha y nuestra
-grandeza, y que lejos de empequeñecernos, quiere, por el contrario,
-sublimar nuestro venturoso estado uniéndonos más estrechamente bajo
-una misma cabeza. Y, puesto que, como afirmas, fuera injusto que el
-que es igual reine como monarca sobre sus iguales, ¿osas tú, por
-grande y glorioso que seas, y aunque cifrases en ti solo todo el
-esplendor de las angélicas naturalezas, igualarte a ese unigénito
-Hijo, por quien, como Verbo suyo, el Padre Omnipotente lo creó todo,
-y te creó a ti mismo, y a todos esos espíritus celestes, coronados
-de gloria en diferentes grados y glorificados con los nombres de
-tronos, dominaciones, principados, virtudes y potestades, potestades
-que constituyen nuestra esencia? No nos humillará su reinado, antes
-acrecerá nuestro lustre, porque siendo nuestro príncipe, no podrá menos
-de identificarse con nosotros; sus leyes serán las nuestras, y cuantos
-honores le tributemos vendrán a recaer en nosotros mismos. Desiste
-pues de tu insensato encono; no perviertas a los que te escuchan, y
-apresúrate a calmar la cólera del Padre y la cólera del Hijo; que no es
-difícil obtener el perdón cuando se implora a tiempo.»</p>
-
-<p>»Con este fervor se expresaba el Ángel, mas era inútil su celo,
-que se tenía por extemporáneo, por poco digno y propio de espíritus
-apocados; de lo que lisonjeándose el Apóstata, más ensoberbecido que
-antes, le replicó:</p>
-
-<p>«¿Que fuimos creados, dices, y que como producto de segunda mano, el
-Padre transfirió este cuidado a su Hijo? ¡Idea peregrina y nueva! Bueno
-fuera saber de quién has aprendido esta doctrina. ¿Cuándo se efectuó
-esta creación? ¿Recuerdas tú cuándo saliste de la nada, y cómo te dio
-el ser ese tu Hacedor? Porque nosotros no conocemos tiempo alguno en
-que no hayamos sido lo que somos, ni nada que nos haya precedido.
-Engendrados fuimos por nosotros mismos y elevados por nuestra propia
-virtud vivificadora, cuando llegado el momento fatal, adquirieron
-las cosas su complemento, y nosotros, frutos ya sazonados, tuvimos
-por patria al cielo. Nuestro poder de nosotros únicamente procede, y
-nuestro brazo ejecutará tales empresas, que muestre bien si hay otro
-que se le iguale. Entonces verás si tenemos necesidad de recurrir a
-súplicas, y si rodeamos el trono del Omnipotente como adoradores o como
-agresores. Y ahora lleva, refiere estas nuevas a tu ungido príncipe; y
-apresura el vuelo, antes que un funesto obstáculo te lo impida.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span>»Dijo, y aquellas
-innumerables huestes aplaudieron sus palabras con un ronco murmullo,
-parecido al que en el hondo mar forman las olas; mas no por eso perdió
-su intrepidez el flamígero serafín, pues aunque solo y cercado de
-enemigos, se sintió con sobrado aliento para añadir:</p>
-
-<p>«¡Oh espíritu apartado de Dios, espíritu maldito, contrario a
-toda virtud! Veo inminente tu perdición, y veo a tu desventurada
-grey, envuelta en tus pérfidos amaños, participar a un mismo tiempo
-de tu crimen y tu castigo. No, no te inquiete ya el deseo de sacudir
-el yugo del Divino Mesías; no abrigues más confianza en las leyes
-de la indulgencia: otras serán las que contra ti se lancen, y leyes
-irrevocables. Ese cetro de oro a que pretendes sustraerte, se trocará
-en azote de hierro que quebrante y reduzca a la nada tu inobediencia.
-Seguiré el consejo que me has dado, mas no por temor a tus advertencias
-y amenazas, sino para huir de estas inicuas tiendas, que la inminente
-cólera del Señor abrasará en repentino incendio, sin distinguir de
-inocentes ni de culpables. Teme tú el trueno que va a estallar sobre
-tu cabeza, y el rayo devorador que te consuma. Gimiendo entonces,
-conocerás al que te ha creado, porque no podrás menos de conocer al que
-te aniquile.»</p>
-
-<p>»Estas palabras pronunció el serafín Abdiel, único dechado de
-fidelidad entre aquella multitud de infieles, único que conservaba su
-fe, su amor y su celo, y que se mostraba firme, resuelto, inaccesible a
-toda seducción y a todo temor contra la rebeldía que se fraguaba. Ni el
-número ni el ejemplo fueron poderosos a hacerle abjurar de la verdad,
-ni aun viéndose solo, a que decayera su constante ánimo. Largo trecho
-anduvo entre las legiones, sufriendo los improperios con que al paso
-le zaherían: pero sobreponiéndose a sus insultos y menospreciando sus
-amenazas, abandonó con desdeñosa indiferencia aquellas altivas torres
-que en breve habían de derrumbarse.»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3 mt3" id="Ch1_6">
- <p><span class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span></p>
- <h3>LIBRO SEXTO</h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra g0">ARGUMENTO</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>Prosigue Rafael su narración, y refiere cómo fueron enviados
- Miguel y Gabriel a combatir contra Satán y sus ángeles. Descríbese
- la primera batalla, de resultas de la cual, y a favor de la noche,
- se retira Satán con los suyos; convoca un consejo, e inventa unas
- máquinas infernales, con que en nuevo combate empeñado al siguiente
- día, consigue introducir algún desorden en las legiones de Miguel;
- pero estas, por fin, arrancando de su asiento montes enteros,
- sepultan bajo ellos a las huestes satánicas y sus máquinas. No
- logran, sin embargo, acabar con la rebelión, y al tercer día envía
- Dios al <i>Mesías</i>, su Hijo, a quien había reservado la gloria
- de aquel triunfo. Preséntase este en la plenitud del poder que le
- ha concedido su Padre, y ordenando a sus legiones que se mantengan
- inmóviles a sus lados, lánzase con su carro, fulminando rayos,
- en medio de sus enemigos, que incapaces de resistirle, se ven
- perseguidos hasta los postreros atrincheramientos del cielo; abierto
- el cual, caen precipitados con estrepitosa confusión al abismo que de
- antemano estaba preparado para servirles de castigo: con lo que el
- Mesías vuelve victorioso al seno de su Padre.</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>«Continuó el Ángel intrépido caminando toda la noche, sin que nadie
-le persiguiese, y atravesando los vastos campos del cielo, hasta que
-despertada la Aurora por las Horas que marchan circularmente, abrió con
-sus rosadas manos las puertas de la luz.</p>
-
-<p>»Hay en lo interior de la montaña santa y próxima al trono de Dios,
-una gruta que en perpetua alternativa ocupan la luz y las tinieblas,
-cuya agradable sucesión forma lo que puede llamarse el día y la noche
-del cielo. Auséntase la luz, y por la puerta opuesta entra mansamente
-la oscuridad, hasta que llega el momento de extenderse por los celestes
-ámbitos, bien que su mayor sombra pudiera tenerse aquí meramente por un
-crepúsculo. Ahora se acercaba la mañana circuida del empíreo esplendor
-con que brilla en la región suprema, y la Noche huía ante ella, acosada
-por los rayos que despedía el oriente; cuando a los ojos de Abdiel
-apareció la inmensa llanura cubierta de fúlgidos escuadrones agrupados
-en orden de batalla, de carros, de armas resplandecientes, de fogosos
-bridones que reflejaban su brillo unos en otros: señales todas de
-guerra, pero de guerra que iba a estallar en breve, porque todos sabían
-ya las nuevas que él pensaba comunicarles.</p>
-
-<p>»Introdújose gozoso entre aquellas amigas falanges, que le
-recibieron con<span class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span> júbilo
-y ruidosas aclamaciones, como al único de tan inmensa muchedumbre de
-criminales que se había preservado de su perdición; y conduciéndole
-al compás de sus aplausos a la santa montaña, le presentaron ante el
-supremo trono, de donde, y de lo interior de una nube de oro, salió una
-voz que pronunció estas dulces palabras:</p>
-
-<p>«Siervo de Dios, has obrado bien; bien has combatido por la más
-noble causa, defendiendo la de la verdad solo contra multitud tanta
-de rebeldes, y haciéndote más temible con tus palabras que lo son
-todos ellos por sus armas. Para dar testimonio de la verdad, has
-menospreciado el baldón universal, más difícil de sobrellevar que todas
-las violencias, cuidando solo de hacerte grato a los ojos de Dios, y
-sin temor a que te calificasen de perverso. Fácil es ya el empeño en
-que vas a verte, auxiliado de toda una hueste amiga, y habiéndote con
-contrarios a cuya presencia volverás con tanta mayor gloria, cuanto
-más te vilipendiaron al separarte de ellos. Someterás por la fuerza a
-los que no quieren admitir la razón por ley, siendo como es tan justa,
-ni al Mesías por soberano, cuando reina por el derecho de sus propios
-méritos. Apréstate, Miguel, príncipe de los ejércitos celestiales,
-y tú, Gabriel, que le igualas en ardor bélico; guiad uno y otro al
-combate mis invencibles legiones; poneos al frente de mis ejércitos
-santos. Que congregados por millares y por millones, lleguen a competir
-en número con los de esa muchedumbre rebelde y falta de Dios. Aprestad
-fuego y armas mortíferas; dad sin temor en ellos; y persiguiéndolos
-hasta la extremidad del Empíreo, arrojadlos de la presencia de Dios,
-de su mansión bienaventurada, al lugar de su tormento, a los abismos
-del Tártaro, que abren ya su inflamado caos para que en él acabe su
-ruina.»</p>
-
-<p>»Esto dijo la soberana voz, y al punto empezaron las nubes a
-agolparse sobre la montaña, y la espesa humareda con cuyos lóbregos
-remolinos luchaban furiosas llamas, anunciaba la ira que iba a estallar
-en breve. Con estruendo no menos espantoso resonó en la cumbre el
-penetrante acento de la trompeta aérea, que apenas oída de las celestes
-potestades, se agruparon en irresistible masa, moviéndose silenciosas
-aquellas brillantes legiones, al compás de armónicos instrumentos,
-poseídas de heroico ardor, digno de un alto empeño, y siguiendo a los
-inmortales caudillos que defendían la causa de Dios y de su Mesías.
-Marchan con inquebrantable firmeza, sin que basten a desordenar sus
-filas angostos valles, empinadas lomas, bosques ni ríos; que no es el
-suelo obstáculo a sus plantas, y<span class="pagenum" id="Page_109">p.
-109</span> los aires parecen ayudar a su veloz ímpetu. Y como cuando
-las aves de todo género cruzaban sucesivamente el aire y posaban su
-vuelo sobre el Edén, para que a cada cual impusieses tú su nombre, así
-iban atravesando los varios espacios del cielo, y una y otra región,
-diez veces más anchurosas que la tierra toda.</p>
-
-<p>»Por fin, al término del horizonte y a la parte del septentrión, se
-descubrió en todo su extenso ámbito una lengua de fuego, que semejaba
-un ejército en orden de batalla, y a menor distancia un bosque erizado
-de inhiestas lanzas, cubierto de yelmos y escudos varios, en que se
-veían pintados emblemas ostentosos. Eran los escuadrones de Satán,
-que se movían con precipitada furia, imaginándose que aquel día, bien
-por fuerza de armas, bien por sorpresa, habían de enseñorearse de
-la montaña del Eterno, y sentar en su trono al soberbio competidor,
-envidioso de su grandeza. Mas el resultado mostró cuán insensatos y
-vanos eran sus propósitos.</p>
-
-<p>»Extraño nos pareció al principio que unos ángeles moviesen guerra a
-los otros, y que viniesen a descomunal batalla los mismos que asociados
-de continuo en unánime concierto de paz y amor, como hijos de un mismo
-y augusto Padre, entonaban loores al Rey Eterno; pero sonó el grito
-de guerra, y el rumor fragoroso de la lid ahuyentó todo otro pacífico
-pensamiento.</p>
-
-<p>»Descollando sobre todos los suyos y exaltado como un Dios,
-mostrábase el Apóstata en su refulgente carro, aparentando majestad
-divina, cercado de ardientes querubines y escudos de oro. Bajó de su
-pomposo trono, a tiempo que entre una y otra hueste mediaba ya limitado
-trecho, tan limitado como terrible, y que puestas frente a frente,
-se dilataban en formidable línea, prontas a acometerse; mas antes de
-llegar a este trance, adelantose Satán con resueltos e inmensos pasos
-a su sombría vanguardia, alto como una torre, y ciñendo su armadura
-de diamante y oro. No pudo verle Abdiel sin indignación: estaba entre
-los campeones más insignes, determinado a los más valerosos hechos; y
-alentose a sí propio exclamando:</p>
-
-<p>«¡Oh cielo! ¿Que tal semejanza guarde aún con el Altísimo quien no
-conserva ya ni fe ni respeto alguno? ¿Por qué donde falta la virtud,
-no han de faltar asimismo la fuerza y el ardimiento, y por qué el
-más audaz, bien que parezca invencible, no ha de ser también el más
-débil? Confiado en la ayuda del Omnipotente, he de poner a prueba la
-fuerza de ese cuya insensatez y falacia he probado ya, porque justo
-es que el que con la verdad ha triunfado, con las armas triunfe<span
-class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span> del mismo modo, venciendo
-en ambos combates; que cuando la razón lucha con la fuerza, por más que
-sea empresa ardua y temeraria, la victoria debe estar de parte de la
-razón.»</p>
-
-<p>»Así discurriendo, sale de entre sus compañeros armados, se
-encuentra a pocos pasos con su altivo enemigo, a quien aquella
-demostración enfurece más, y le provoca resueltamente, diciéndole:</p>
-
-<p>«Temerario, aquí te esperamos. ¿Presumías llegar a la eminencia a
-que aspiras sin que nadie se te opusiese? ¿Presumías hallar indefenso
-el trono de Dios, y que lo hubiéramos abandonado temerosos de tu
-poder o aterrados por tus amenazas? ¡Insensato! No conoces cuán vano
-empeño es armarse contra un Señor Todopoderoso, que del más leve grano
-puede a cada momento sacar innumerables ejércitos que destruyan tus
-maquinaciones, y que con solo extender su mano a inconmensurables
-límites lograría sin otro auxilio, al menor impulso, anonadarte a ti
-y confundir en tenebrosos abismos a tus legiones. Ya ves que no todos
-siguen tu ejemplo, y que todavía hay quien abrigue fe y amor en su
-Dios, lo cual no veías cuando en medio de los tuyos, fascinados por
-su error, era yo el único que disentía de todos. Contempla ahora si
-tengo imitadores, y aunque tarde, convéncete de que son pocos los que
-aciertan, y muchos los que desvarían.»</p>
-
-<p>»A quien el protervo Enemigo, lanzando una mirada desdeñosa,
-contestó de este modo: «En mal hora para ti, en buena para mi sed de
-venganza, eres el primero a quien encuentro después que huiste de mi
-presencia, ángel sedicioso. Vienes así a pagar tu merecido, a sufrir el
-rigor de la cólera que has provocado, porque tu lengua fue la primera
-que por espíritu de contradicción se desató en injurias contra la
-tercera parte de los dioses congregados para defender sus derechos,
-que no cederán a nadie por grande que sea su omnipotencia, mientras
-se sientan animados de su virtud divina. Te has adelantado sin duda a
-tus compañeros, ambicioso de obtener alguna ventaja sobre mí, para que
-este triunfo les hiciese confiar en mi vencimiento. He suspendido mi
-venganza, porque en no replicarte parecería que me obligabas a guardar
-silencio, y porque es bien te convenzas de que para mí, libertad y
-cielo son una misma cosa, tratándose de espíritus celestiales, no
-de los que se avienen mejor con la servidumbre, espíritus abyectos,
-entretenidos en cánticos y festines. Estos son los que tú has armado,
-mercenarios del cielo, que siendo esclavos, intentan pelear contra la
-libertad; pero hoy han de ponerse en parangón los hechos de los unos
-con los de otros.»</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L023">
- <img class="thin"
- src="images/i_210.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Reciba tu arrogancia estas albricias con que te saludo.</p>
-</div>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L024">
- <img class="thin"
- src="images/i_212.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Levantose horrendo clamoreo, cual nunca se había oído en el cielo...</p>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span>»Y Abdiel le
-replicó con entereza estas breves palabras: «¡Apóstata! No desistes de
-tu error, ni te verás libre de él, porque cada vez se alejan más tus
-pasos de la verdad. En vano infamas con el nombre de servidumbre el
-homenaje que prescriben Dios o la Naturaleza, pues Dios y Naturaleza
-mandan que impere el que sea más digno, el superior a aquellos a
-quienes gobierna. Servidumbre es obedecer a un insensato, al que se
-rebela contra quien tanto puede, como es la de los tuyos al obedecerte.
-Ni tú mismo eres libre, sino esclavo de ti propio, y nada importa que
-lleves tu insolencia hasta el punto de escarnecer nuestra sumisión.
-Reina, pues, en los infiernos, que serán tus dominios, mientras
-yo sirvo en el cielo al Señor por siempre bendito, y obedezco sus
-supremos mandatos, como deben todos obedecerlos. Pero en el infierno
-te aguardan, no coronas, sino cadenas; y ya que, según has dicho, he
-venido huyendo hasta aquí, reciba tu arrogancia estas albricias con que
-te saludo.»</p>
-
-<p>»Y al decir esto, había ya descargado un vigoroso golpe, que no
-quedó en amago, sino que cayó de pronto, como una tempestad, sobre
-la orgullosa frente de Satán, el cual, ni con la vista, ni con la
-rapidez del pensamiento, ni menos aún con su broquel pudo repararlo,
-antes le obligó a retroceder diez largos pasos y a doblar una rodilla,
-sosteniéndose apenas en su robusta lanza; al modo que los vientos
-subterráneos o las desbordadas aguas arrancan de su asiento una montaña
-y la dejan medio inclinada con los pinos que cubren su superficie.
-Asombrados, o más bien furiosos, vieron los rebeldes tronos aquella
-humillación del que creían tan invencible; al paso que los nuestros
-prorrumpieron en un grito de alegría, présago de su victoria e indicio
-del anhelo con que ansiaban el combate. Al punto ordena Miguel que
-suene la trompeta del arcángel, y pueblan sus ecos la vasta extensión
-del cielo, y el ejército fiel entona el Hosanna al Omnipotente.</p>
-
-<p>»Mas no se contentaron las huestes contrarias con permanecer en
-inacción, sino que se precipitaron furiosas a la lid. Levantose
-horrendo clamoreo, cual nunca se había oído en el cielo hasta el
-presente, formando asperísima discordancia el choque de las armas y
-las armaduras, y el crujir de los carros de bronce y los ardientes
-ejes de sus ruedas. ¿Quién podrá describir el tremendo choque? Volaban
-las flechas encendidas, silbando horriblemente sobre nuestras cabezas
-y cubriendo ambos ejércitos con una bóveda de fuego, y bajo ella se
-lanzaban uno contra otro con fragoroso ímpetu e inextinguible rabia.
-Tronaba el cielo todo y a haber existido la tierra entonces, se hubiera
-conmovido hasta sus últimos<span class="pagenum" id="Page_112">p.
-112</span> cimientos. Mas ¿qué mucho si de una y otra parte batallaban
-millones de ángeles denodados, de los cuales el más débil hubiera
-bastado por sí solo a conturbar los elementos, y a armarse de la fuerza
-con que prevalecen en sus regiones? ¿Qué poder les estaba negado a
-aquellas falanges innumerables que entre sí luchaban, para llevar
-por donde quiera el espanto y la asolación de la guerra? Hubieran
-trastornado, ya que no destruido, hasta su mansión nativa, si el Eterno
-y omnipotente Rey desde sus altos alcázares del cielo no hubiera
-puesto freno y límites a sus fuerzas. Cada legión de por sí equivalía
-a un numeroso ejército; cada guerrero representaba en fuerza una
-legión; y en tan atroz refriega, el caudillo era soldado, el soldado
-capaz de alzarse a caudillo; que cada cual sabía bien cuándo había de
-avanzar, cuándo mantenerse a pie firme, o cambiar de batalla, o abrir y
-estrechar las temerosas filas, sin que en ninguno cupiese la resolución
-de la fuga o la retirada, ni demostración alguna por donde parecer
-medroso, sino que cada uno confiaba en sí propio, cual si él solo
-dispusiese de la victoria.</p>
-
-<p>»Y ¡qué de hazañas dignas de eterno nombre se consumaron! Por ser
-tantas, no son para referidas. Ocupaba el combate infinito espacio,
-variando en cada momento en multitud de trances; y tan pronto luchaban
-los invictos guerreros en terreno firme, como alzaban el vuelo y se
-acometían suspendidos de los contrastados aires, que semejaban voraz
-hoguera. Mantúvose largo tiempo indecisa la batalla, hasta que Satán,
-que aquel día desplegó una fuerza maravillosa, no hallando quien
-pudiera contrarrestarle, y desbaratando las filas de los serafines,
-revueltos en lo más enconado de la pelea, divisó por fin la espada de
-Miguel que deshacía, segaba escuadrones enteros de un solo golpe.</p>
-
-<p>»Asía el Arcángel su terrible arma con ambas manos, blandiéndola a
-todas partes con incontrastable fuerza: donde asestaba su filo, todo
-era devastación y ruina. Saliole Satán al paso para poner coto a tan
-grande estrago, y se cubrió con el vastísimo círculo de su escudo,
-reforzado hasta por diez láminas de diamante. Al verle el insigne
-Arcángel, suspendió el belicoso empeño, y lleno de júbilo, como quien
-esperaba terminar la guerra con la rota de su Enemigo y encadenarle a
-sus plantas, el rostro encendido y con airado ceño, empezó dirigiéndole
-estas palabras:</p>
-
-<p>«Recréate en el mal de que eres autor, y a que has dado origen
-con tu rebeldía, pues hasta su nombre era en el cielo desconocido, y
-míralo propagarse aquí, gracias a una guerra que si a todos es odiosa
-será funesta para ti y para tus<span class="pagenum" id="Page_113">p.
-113</span> secuaces. ¿Qué has hecho de aquella bendita paz de que
-gozábamos, trocando nuestro estado natural en este tan miserable,
-producido por tu criminal soberbia? Y ¡que así hayas contaminado a
-tantos millones de ángeles, tan puros y fieles en otro tiempo, y hoy
-tan henchidos de envidia y deslealtad! Pero no creas turbar la paz
-de esta mansión dichosa: el cielo te arrojará lejos de sus dominios,
-que como reino que es de bienaventuranza, no tienen cabida en él los
-malévolos ni los perturbadores. Huye, pues, y en pos de ti vaya el mal
-que has abortado; y tú y tus perversas falanges sumíos en el infierno,
-que es vuestra funesta morada; y da allí rienda suelta a tus furores,
-sin aguardar a que mi vengadora espada anticipe tu castigo, ni a que
-más ejecutiva aún la cólera del Señor, apresure los horrores de tu
-suplicio.»</p>
-
-<p>»Y a esto replicó Satán: «No con vanas amenazas pretendas intimidar
-a quien no has podido hacerlo con tus acciones. ¿Quién de los míos
-ha huido de tu presencia? Y si a tus golpes ha caído alguno, ¿no se
-ha recobrado al punto sin darse por vencido? Pues ¿cómo se promete
-tu arrogancia triunfar más fácilmente de mí, y que yo abandone esta
-empresa? No desvaríes, porque no ha de terminar así un empeño que tú
-llamas criminal, y que nosotros contemplamos como glorioso. Venceremos,
-sí, o convertiremos este cielo en el infierno que tú has inventado; y
-si no reinamos aquí, seremos siquiera libres. Esto te digo; y que no
-he de huir de ti, aunque apuradas tus fuerzas, venga en auxilio tuyo
-ese que se apellida Omnipotente. De lejos o de cerca, quiero pelear
-contigo.»</p>
-
-<p>»Ambos enmudecieron; ambos se aprestaron a un combate
-indescriptible. ¿Cómo referirlo, ni aun con la lengua de los ángeles?
-¿Con qué compararlo de lo que conocemos en la tierra? ¿Qué imaginación
-humana podrá encumbrarse hasta las maravillas del poder divino? Porque
-dioses parecían; y en sus movimientos, en su reposo, en figura, en
-acciones y el manejo de sus armas, dignos de conquistar el imperio de
-todo el cielo. Giraban sus fulminantes espadas en el aire, describiendo
-tremendos círculos, y sus escudos, uno enfrente de otro, relumbraban
-como dos grandes soles. Todo permanecía en expectativa, todo embargado
-de espanto. Apartáronse a entrambos lados los ejércitos angélicos,
-dejando libre el espacio en que antes medían sus armas, porque hasta
-la conmoción que los combatientes imprimían al aire era peligrosa. Tal
-(valiéndome de imágenes pequeñas para pintar cosas sublimes), tal,
-una vez trastornada la armonía de la naturaleza y puestas en guerra
-las constelaciones, veríamos dos planetas de<span class="pagenum"
-id="Page_114">p. 114</span> siniestro aspecto lanzarse uno contra otro,
-y chocar furiosos en medio del firmamento, confundiendo en una sus
-enemigas esferas.</p>
-
-<p>»Levantaban a la vez ambos campeones sus temibles brazos, cuya
-fuerza era solo comparable a la del Omnipotente, y ambos ideaban
-asestar un golpe que fuese el postrero y pusiera término a la lid.
-Competían en vigor, en destreza y agilidad, mas la espada de Miguel,
-sacada de la armería de Dios, era de tan acerado temple, que nada
-podía resistir a su cortante filo. Paró con ella un furioso tajo de la
-de Satán, rompiéndola en dos partes; y no bastando esto, tirole una
-estocada, que penetrándole en el costado derecho, le abrió una enorme
-herida. Por primera vez sintió Satán el dolor, y comenzó a agitarse en
-horribles contorsiones; que el acero le destrozaba las entrañas; pero
-su etérea contextura no daba lugar a mayor estrago, y se repuso en su
-ser, saliendo de la herida copiosos borbotones de licor purpúreo, de
-sangre, tal como puede animar los espíritus celestiales, que manchó
-toda su armadura, poco ha tan resplandeciente.</p>
-
-<p>»De todas partes acudieron a socorrerle sus más denodados ángeles,
-poniéndose en su defensa, mientras otros le trasladaban en los paveses
-hasta su carro, distante un buen trecho del campo de batalla. En él le
-depositaron, haciendo extremos de dolor y rabia, avergonzados de ver
-que no era tan invencible como creían, postrada su soberbia con tal
-desastre y desvanecida la confianza en que estaban de que su poder era
-igual al poder divino. Sanó empero muy pronto, porque los espíritus, en
-quienes todo es vida, existen por completo en cada una de sus partes,
-no como el frágil hombre en el conjunto de sus entrañas, de su corazón
-o su cabeza, del hígado o los riñones; no pueden morir sin reducirse a
-la nada; no es posible que el líquido de sus tejidos reciba una herida
-mortal, como no es posible que la reciba la fluidez del aire; son
-todo corazón, todo cabeza, y ojos y oídos y sentidos e inteligencia;
-y a medida de su voluntad mudan de miembros, de color, de formas y de
-apariencia, reduciéndose o dilatándose, según conviene mejor a sus
-deseos.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L025">
- <img class="thin"
- src="images/i_217.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Por primera vez sintió Satán el dolor.</p>
-</div>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L026">
- <img class="thin"
- src="images/i_220.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">La noche entre tanto comenzó su curso.</p>
-</div>
-
-<p>»Llevábanse al propio tiempo a cabo memorables hechos por el
-lado en que combatía Gabriel, el cual con sus brillantes enseñas se
-entraba resueltamente por las espesas legiones que acaudillaba Moloc.
-En vano le perseguía este soberbio príncipe, jurando que había de
-arrastrarle encadenado a las ruedas de su carro, y blasfemando con
-impía lengua de la sacrosanta divinidad de Dios: quedó hendido de un
-mandoble desde la cabeza a la cintura, y lanzando rabiosos ayes,
-<span class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span>desapareció
-con su destrozada hueste. Otro tanto acaecía en los dos extremos
-de la batalla, donde Uriel y Rafael triunfaban de sus orgullosos
-enemigos Adramalec y Asmodeo, a pesar de sus gigantescas fuerzas y
-sus diamantinas armaduras, viéndose ambos tronos castigados cuando
-más prepotentes se creían, y caídos de su altivez, sin que sus armas
-y defensas los preservaran de huir cubiertos de horribles heridas. Ni
-se mostró Abdiel más remiso en escarmentar a la descreída muchedumbre,
-cayendo a impulsos de sus repetidos golpes Ariel y Arioc y Ramiel, que
-se distinguía por su violenta ferocidad.</p>
-
-<p>»Pudiera referirte las proezas de otros muchos millares de ángeles
-para perpetuar en la tierra la memoria de sus nombres; mas estos
-bienaventurados se contentan con la gloria de que disfrutan en el
-cielo, y no han menester las alabanzas de los hombres. Y en cuanto a
-los adversarios, bien que no les neguemos su poder y esfuerzo bélico,
-ni la fama que ambicionaban, merecedores como se hicieron de la
-maldición que el cielo echó sobre ellos, dejémoslos yacer entre las
-tinieblas del olvido; porque la fuerza que se aparta de la verdad y de
-la justicia no es digna de estimación y loa, sino de reprobación y de
-menosprecio; aspira a la gloria por medio de un vano orgullo, y a la
-reputación valiéndose de la infamia: quede, pues, condenada, a silencio
-eterno.</p>
-
-<p>»Rendidos los principales caudillos, comenzó el combate a declinar,
-multiplicándose los desastres, y comenzaron la derrota y la confusión.
-Veíanse aquellos llanos cubiertos de despojos y armas despedazadas;
-los carros hechos trizas, los conductores y los caballos amontonados y
-envueltos en humo y en vivas llamas. Los pocos que subsistían en pie
-retrocedían azorados y comunicaban su desaliento a los ejércitos de
-Satán, que apenas acertaban a defenderse, que por primera vez sentían
-la debilidad del temor y los dolores del sufrimiento, y que huían
-ignominiosamente, avergonzados de verse reducidos a tal extremo por mal
-de su pecado y su rebeldía. Hasta entonces ignoraban lo que era miedo y
-cobardía y angustia.</p>
-
-<p>»¡En cuán diferente situación se hallaban los santos inviolables!
-¡Cuán firme, cuán entera avanzaba su falange, igual en sus filas,
-indestructible, segura de su victoria! Debía esta ventaja a su
-inocencia, que tan superior la hacía a sus enemigos. No había incurrido
-en el pecado de desobediencia, y se mantenía animosa en la confianza de
-quedar incólume, aun cuando la violencia de la refriega turbase a veces
-el orden de sus legiones.</p>
-
-<p>»La noche entre tanto comenzó su curso, y esparciendo su oscuridad
-por el<span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span> cielo, dio
-tregua e impuso silencio al odioso estrépito de la guerra. Vencidos
-y vencedores se guarecieron bajo su tenebroso manto; Miguel y sus
-ángeles permanecieron en el campo de batalla, en torno del cual velaban
-multitud de querubines con antorchas encendidas; en la parte más
-lejana Satán, rodeado de sus rebeldes huestes y oculto entre profundas
-tinieblas; y no pudiendo reposar un punto, luego que entró la noche,
-convocó a consejo a sus potentados, y sin muestra alguna de desaliento,
-les habló así:</p>
-
-<p>«Los peligros que habéis arrostrado, queridos compañeros, la
-destreza de que habéis dado pruebas sin ser vencidos, os hacen
-merecedores, no ya de la libertad, que es galardón mezquino, sino de
-bienes que tenemos en más estima, del honor, el dominio, la gloria y
-el renombre. Todo un día habéis estado sosteniendo un combate dudoso;
-y lo que en un día habéis hecho ¿por qué no poder hacerlo durante una
-eternidad? Ha echado mano el Señor del cielo de cuanto poder disponía
-contra vosotros; de su mismo trono ha sacado las fuerzas que creyó
-suficientes para someteros a su voluntad; pero ¿lo han conseguido? No;
-y en esto debemos hallar la prueba de que no es tan previsor de lo
-futuro ni tan omnisciente como le creíamos. Cierto que la inferioridad
-de nuestras armas nos ha perjudicado en parte y ocasionádonos
-dolores que antes no conocíamos; pero una vez conocidos, los hemos
-menospreciado. Tenemos ya el convencimiento de que nuestra naturaleza
-empírea no está sujeta a trance mortal alguno, de que es imperecedera,
-pues aun debilitada por las heridas, sana muy pronto de ellas, y vuelve
-a cobrar su vigor nativo. A tan leve mal, fácil es aplicar remedio.
-Con más poderosas armas, con instrumentos más impetuosos que para la
-lid próxima dispongamos, mejoraremos de fortuna y empeoraremos la de
-los enemigos, o por lo menos se igualará la disparidad que seguramente
-no ha puesto entre ellos y nosotros la naturaleza. Y si otra causa
-ignorada les ha concedido esa superioridad, pues conservamos enteros
-nuestros ánimos y cabal nuestra inteligencia, veamos e investiguemos
-los medios de descubrirla.»</p>
-
-<p>»Dijo, y se sentó. Próximo a él estaba en la asamblea Nisroc, cabeza
-de los Principados, que había salido del combate acribillado de heridas
-y con las armas abolladas y hechas pedazos. Mostraba gesto sombrío, y
-le respondió:</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L027">
- <img class="thin"
- src="images/i_223.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Miguel y sus ángeles permanecieron en el campo de batalla...</p>
-</div>
-
-<p>«Tú que nos libras de nueva servidumbre para procurarnos el pacífico
-goce de los derechos que como dioses nos son debidos, no dejas de
-comprender que siendo tales hemos de lamentar doblemente el vernos
-expuestos a dolorosas <span class="pagenum" id="Page_117">p.
-117</span>heridas, y forzados a pelear con desiguales armas contra un
-enemigo impasible e invulnerable. De esta contrariedad necesariamente
-ha de provenir nuestra ruina; porque ¿de qué nos sirve el valor, ni
-de qué esta fuerza tan vigorosa, si uno y otra ceden al dolor, que lo
-rinde todo y deja desmayado al más poderoso brazo? Podríamos muy bien
-renunciar quizás al goce de todo placer, y no prorrumpir en quejas, y
-vivir tranquilos, que es la más dulce de las vidas; pero el dolor es el
-colmo de la miseria, el peor de los males, y cuando se hace excesivo,
-no hay paciencia que baste a soportarlo. Si alguno de nosotros acierta
-a inventar un arma que produzca dolorosa lesión en nuestros enemigos,
-invulnerables todavía, o una defensa tan eficaz como lo es la suya, me
-prestará un servicio no menos digno de gratitud que el que debemos al
-que nos procura la libertad.»</p>
-
-<p>»A lo que con estudiada compostura respondió Satán: «Pues ese
-invento desconocido aún, y que con razón estimas tan importante para
-nuestro triunfo, lo tengo ya. ¿Quién de nosotros, al contemplar
-la brillante superficie de este mundo celeste en que moramos, de
-este vastísimo continente, ornado de plantas, de frutos, de flores
-que exhalan ambrosía, de perlas y oro, puede ver con indiferencia
-maravillas tantas, y no conocer que nacen allá en lo interior de
-profundos senos, entre negras y crudas masas, de una espuma espirituosa
-e ígnea, hasta que tocadas y vivificadas por un rayo del cielo, se
-animan de pronto y exponen sus encantos a la influencia de la luz?
-Pues esos mismos gérmenes nos ofrecerá el abismo en su natural inercia
-y provistos de una llama infernal; los cuales comprimidos en tubos
-huecos, redondos y prolongados, con solo aplicarles fuego por una de
-sus extremidades, se dilatarán ardiendo, y estallarán por fin con
-el estruendo del trueno, esparciendo entre nuestros enemigos tal
-estrago, que despedazándolos y destruyendo cuanto a su furor traten
-de oponer, temerán que hemos desarmado al Tonante de sus rayos, única
-arma terrible para nosotros. No será larga nuestra faena, y antes que
-asome el día, veremos cumplidos nuestros deseos. ¡Ánimo pues; nada
-temáis! Considerad que la habilidad y la fuerza reunidas no hallan cosa
-difícil, y menos cosa de que desesperar.»</p>
-
-<p>»No bien pronunció estas palabras, reanimáronse los semblantes, y
-se abrieron los corazones a la esperanza. Admiración causó en todos
-semejante invento, extrañando cada cual que no se le hubiese ocurrido
-a él: tan fácil parece una vez descubierto lo que antes de descubrirse
-se hubiera tenido por imposible. Quizá en los futuros siglos, si
-la perversidad de tu raza llega a tanto, no faltará alguno<span
-class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span> de tus descendientes que
-con ánimo dañino o por sugestión diabólica fragüe una máquina parecida,
-y en castigo de sus crímenes destruya a los hijos de los hombres al
-moverse guerra y atentar mutuamente contra sus vidas.</p>
-
-<p>»Terminado el consejo, aprestáronse los rebeldes a la obra sin
-más tardanza. Nadie opuso reparo alguno, y todos dieron ocupación a
-sus manos. En un momento levantan la superficie del celeste suelo,
-descubren debajo las materias elementales de la naturaleza en su
-primitivo origen, hallan la espuma sulfurosa y nítrica, mezclan
-ambas entre sí, y calcinándolas diestramente, las reducen a negros
-y menudos granos, de que hacen provisión copiosa. Rompen unos las
-ocultas venas de los minerales y de las rocas, que existen en el cielo
-semejantes a las de la tierra, y forjan tubos y balas que llevan
-consigo la destrucción; otros fabrican dardos incendiarios, que abrasan
-instantáneamente cuanto tocan: y antes que se acerque el día, durante
-el secreto de la noche, dan cima a sus trabajos, y con gran previsión
-disponen todo lo necesario a su disimulada empresa.</p>
-
-<p>»Apareció por fin en el oriente del cielo la risueña aurora, y se
-levantaron los ángeles vencedores al toque de la trompeta que los
-llamaba a las armas, formándose en breve las espléndidas falanges,
-que ostentaban el áureo fulgor de sus brillantes cotas. Desde las
-colinas que recibían los primeros rayos del sol, espiaban algunos el
-espacio que en torno se dilataba, mientras, desempeñando otros el
-oficio de exploradores, recorrían ligeramente armados todos los puntos,
-para averiguar a qué distancia se hallaba el enemigo, dónde estaba
-acampado, si había emprendido la fuga, si se ponía en movimiento o se
-conservaba inmóvil y apercibido para el combate. Descubriósele por fin
-ya cercano, que avanzaba a paso lento, pero resueltamente, formando una
-sola y espesa haz y desplegando al viento sus estandartes; a tiempo
-que Zofiel, el más veloz de los alados querubines, retrocedía a toda
-priesa, gritando desde lo alto de los aires: «¡A las armas, guerreros!
-¡A las armas, y a combatir! ¡Ahí tenéis al enemigo! Los que creíamos
-que se habían fugado vienen a evitarnos la molestia de perseguirlos. No
-temáis que por fin se salven. Una nube parece su espesa multitud, y que
-caminan animados de funesta resolución y de confianza. Que cada cual
-ciña su cota de diamante, y ajuste bien su casco y embrace fuertemente
-su ancho escudo para poder manejarlo como convenga, pues a mi juicio no
-va a ser hoy día de menuda lluvia, sino de gran tormenta, que fulminará
-rayos abrasadores.»</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L028">
- <img class="thin"
- src="images/i_228.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Y cayeron ángeles y arcángeles a millares, revueltos entre sí...</p>
-</div>
-
-<p>»De esta suerte preparó a los que estaban ya prevenidos; y
-puestos en orden, <span class="pagenum" id="Page_119">p.
-119</span>desembarazados de impedimentos, y viendo tranquilos que se
-acercaba el instante de pelear, se movieron resueltamente. Ya se avista
-el enemigo. Avanzaba con largos y lentos pasos, formando un inmenso
-cuadro, dentro del cual llevaba sus infernales máquinas rodeadas
-de apiñados escuadrones que impedían se descubriese el engaño. Al
-divisarse, se detuvieron los dos ejércitos; mas de repente apareció
-Satán al frente de los suyos, y en altas voces se expresó así:</p>
-
-<p>«¡Vanguardia! ¡A derecha e izquierda! Desplegad de frente, para que
-cuantos nos odian puedan ver cómo ofrecemos paz y buena avenencia,
-y con qué sinceridad de corazón estamos dispuestos a recibirlos
-si aceptan nuestra propuesta y no nos vuelven la espalda por pura
-perversidad, que es lo que sospecho. Pero pongo al cielo por testigo...
-Ya ves ¡oh cielo! con qué lealtad obramos. ¡Ea, pues! Los que al
-efecto estáis destinados, desempeñad vuestro oficio, haced lo que dejo
-indicado, y bien recio para que todos puedan oírlo.»</p>
-
-<p>»Al oír estas palabras falaces y sarcásticas, los que formaban el
-frente se dividieron a derecha e izquierda, retirándose por ambos
-flancos, y descubrieron nuestros ojos un espectáculo no menos nuevo que
-extraño: una triple fila de columnas tendidas sobre ruedas y hechas
-de bronce, de hierro o piedra (que en efecto columnas parecían, o
-más bien troncos huecos de encina u otros árboles, despojados de sus
-ramas y cortados en los montes); pero horadadas en toda su longitud,
-ofrecían sus bocas algo de siniestro, que revelaba insidiosos planes.
-Al lado de cada columna, veíase un serafín, cuya mano blandía una
-pequeña vara que despedía fuego. Esto notábamos, y no sin sorpresa,
-perdiéndonos todos en conjeturas; mas no duró mucho la incertidumbre,
-porque apenas aplicaron ligeramente y todos a la vez las varas a unos
-agujeros imperceptibles de las columnas, iluminó de pronto el cielo
-una explosión de fuego, vomitaron las cavernosas máquinas torrentes de
-humo, y con horrible estruendo, que ensordeció los aires, desgarrando
-sus entrañas, lanzaron la infernal, indigesta masa que contenían, con
-fragorosos truenos y una abrasadora lluvia de ardientes globos. Iban
-asestados contra las filas del ejército vencedor, y era tal su furioso
-ímpetu, que dando en medio de ellas, no pudieron resistir su golpe los
-que se mantenían como firmes rocas, y cayeron ángeles y arcángeles
-a millares, revueltos entre sí y en el mayor desorden. Ni sus armas
-les fueron de provecho alguno; que a no serles mas bien embarazosas,
-fácilmente hubieran podido, como espíritus que eran, condensarse o
-esparcirse, y ponerse en salvo; pero ya solo les quedaba la mengua de
-su<span class="pagenum" id="Page_120">p. 120</span> derrota y total
-dispersión, tanto más segura, cuanto más extendían sus filas. ¿Qué
-remedio intentar? Si avanzaban se exponían a ser rechazados de nuevo y
-más vergonzosamente, añadiéndose al desastre el mayor ludibrio de los
-enemigos, que ya se preparaban a descargar sus máquinas segunda vez:
-huir amedrentados, era indigna resolución.</p>
-
-<p>»Veíalos Satán, lleno de regocijo, en aquel trance, y burlándose
-de ellos, decía a los suyos: «¿Qué es eso? ¿Por qué no se acercan
-más nuestros animosos vencedores? ¿Qué se ha hecho del denuedo con
-que acometían? Pues ¿no les ofrecemos recibirlos con los brazos y el
-corazón abiertos (¿puede hacerse más?), y les proponemos términos
-de avenencia, y ellos, cambiando de opinión, toman el portante, y
-nos hacen ridículas contorsiones, como si se propusieran armar una
-danza? Aunque para danzar, creo que se muestran un tanto atolondrados
-y bulliciosos; bien que será la alegría que les han causado nuestros
-pacíficos ofrecimientos; de modo que si se los repetimos, podemos
-prometernos completo éxito<a id="FNanchor_84" href="#Footnote_84"
-class="fnanchor">[84]</a>.»</p>
-
-<p>»Y en tono no menos burlón añadió Belial: «Los términos, caudillo
-nuestro, en que se los hemos hecho, son de tanto peso y tan difíciles
-de entender, y con tan irresistible fuerza de raciocinio los hemos
-expuesto, que no es mucho estén todos esos guerreros algo pensativos
-y desconcertados. No es posible enterarse bien de ellos, sin que le
-ocupen a uno de pies a cabeza; y por lo menos esta ocupación tiene la
-ventaja de indicarnos que no andan muy derechos nuestros enemigos.»</p>
-
-<p>»Con semejantes chanzonetas los denostaban, creyéndose en su
-desvanecimiento superiores a todas las veleidades de la victoria.
-Estimábanse ya con su invención iguales en poderío al Eterno, y se
-burlaban de sus rayos y de sus legiones los breves momentos que duró
-su estrago, que no se prolongaron mucho, porque encendida en ira
-la divina hueste, echó mano de armas que bastasen a desbaratar el
-infernal invento. Y fue así que de pronto (admira el vigor, la fuerza
-maravillosa que Dios ha puesto en sus fieles ángeles) de pronto arrojan
-las armas, vuelan a las alturas, que con mil deliciosos valles alternan
-en el cielo como en la tierra, y raudos cual otros tantos rayos, asen
-de las montañas, las mueven<span class="pagenum" id="Page_121">p.
-121</span> y desarraigan de sus cimientos con todo el peso de sus rocas
-y bosques y torrentes, y cogiéndolas por sus cimas, las voltean entre
-sus manos.</p>
-
-<p>»Hubieras entonces presenciado el asombro y terror que se apoderó
-de los rebeldes, viendo que las montañas, invertida su base, se les
-venían encima, y que bajo ellas quedaban aplastadas con su triple
-fila las maldecidas máquinas, y todas sus esperanzas sepultadas entre
-tan inmensas moles. Sobre ellos al propio tiempo llovían peñascos y
-promontorios enteros, que al caer oscurecían la luz, y entre cuyos
-escombros desaparecían legiones, armas y defensas; y las armas eran ya
-instrumentos de nuevo daño, porque al romperse herían a los que las
-empuñaban, ocasionándoles acerbos dolores e imponderables tormentos; y
-solo se oían desesperados aves y horrorosos gritos, pugnando cada cual
-por librarse de la estrecha prisión que le sujetaba, pues el pecado
-privaba a aquellos espíritus de la sutil fluidez y esencia que poco
-antes constituían su ser.</p>
-
-<p>»Pero los que quedaban ilesos se aprovecharon del ejemplo, y
-apelando al mismo recurso, arrancaron los montes circunvecinos.
-Comenzaron pues a volar por los aires, chocando unos con otros.
-Jamás pudo preverse lucha tan espantosa. ¡Con qué infernal rabia se
-combatía en los estrechos huecos que quedaban, y a pesar del pavor que
-aquellas tinieblas infundían! Las más cruentas guerras comparadas con
-la presente hubieran parecido un mero entretenimiento. El estruendo
-engendraba nueva confusión; la confusión producía mayor frenesí y
-estrago. Amenazaba desquiciarse el cielo; y seguramente se hubiera
-consumado aquel día su ruina, si el Padre Omnipotente, cercado de
-esplendor en el incontrastable trono de su celestial santuario, pesando
-los acontecimientos y previendo aquella iniquidad, no la hubiera
-permitido para realizar sus inescrutables fines de glorificar a su
-consagrado Hijo, vengándole de sus enemigos, y declarar que transfería
-en él su omnipotencia; por lo que, como asesor que era suyo, le dijo
-así:</p>
-
-<p>«Destello de mi gloria. Hijo amado, Hijo en cuya faz aparece
-visible lo invisible que como Dios yo tengo: tu mano, partícipe de
-mi omnipotencia, realizará lo que tengo decretado. Dos días han
-transcurrido, dos días según en el cielo los computamos, desde que
-Miguel y sus Potestades han ido a subyugar a esos rebeldes. Tremendo
-ha sido el combate, como no podía menos de serlo armándose uno contra
-otro semejantes enemigos. Yo los he dejado entregados a sí propios, y
-ya sabes que al crearlos los hice iguales, y que no hay entre ellos
-más desigualdad que la del pecado, bien que esta no se haya hecho
-sensible, porque no he fulminado<span class="pagenum" id="Page_122">p.
-122</span> aún mi condenación; de suerte que se perpetuaría esa lucha
-encarnizada, sin que llegara a decidirse su resultado. La guerra
-fatigosa ha dado ya de sí cuanto puede dar: se ha soltado el freno a
-la más desesperada contienda; se han empleado los montes como armas
-arrojadizas, cosa ingrata para el cielo y perjudicial a la naturaleza.
-Dos días pues han transcurrido: el tercero te pertenece a ti, porque
-a ti lo he destinado. Todo lo he consentido para que tuvieses tú la
-gloria de dar fin a esta cruda guerra, que nadie más que tú puede
-terminar. Yo he infundido en ti tal virtud y gracia tan eficaz, que los
-cielos y el infierno se prosternarán ante tu poder incomparable. Tú
-has de sujetar esa perversa rebelión de modo, que todos confiesen ser
-tú el más digno de entrar en la herencia universal, en la herencia que
-de derecho te corresponde como Rey que has recibido la unción sagrada.
-Ve, pues, tú, poseedor del mayor poder de tu poderoso Padre; asciende a
-mi carro; guía sus rápidas ruedas de suerte que hagan temblar el cielo
-hasta sus cimientos; lleva mis armas todas, mi arco, mi irresistible
-trueno; suspende mi espada de tu cintura augusta, para que persiguiendo
-a esos hijos de las tinieblas, los arrojes de todos los límites del
-cielo a los más hondos abismos; y allí podrán menospreciar según les
-plazca a su Dios, y al Mesías, su ungido Rey.»</p>
-
-<p>»Al pronunciar estas palabras, inundó completamente en rayos de luz
-a su Hijo, cuya inefable faz recibió toda la efusión del Padre; y lleno
-de su filial divinidad, le respondió:</p>
-
-<p>«Padre mío, superior a todos los celestes tronos, el primero, el más
-alto, el más santo y el mejor por excelencia: tu designio constante
-es glorificar a tu Hijo, como yo te glorifico también a ti, según es
-justo. Toda mi gloria y grandeza, toda mi felicidad consisten en que
-complaciéndote en mí, veas satisfecha tu voluntad, y yo cifraré en
-cumplirla el colmo de mi ventura. Acepto como dones tuyos tu cetro y
-tu poder, de que haré dejación mucho más complacido cuando vengan los
-tiempos en que todo tú estés en todo y yo en ti para siempre, y en
-mí todos aquellos que te sean amados. Pero yo odio a los que tú odias,
-y puedo armarme de tu terror como me armo de tus misericordias, dado
-que soy tu imagen en todo. Ministro de tu poder, libraré en breve a los
-cielos de esos rebeldes, que caerán precipitados en la lóbrega mansión
-donde los aguardan cadenas, tinieblas y perpetuos remordimientos;
-porque ellos renegaron de la obediencia que te es debida, cuando
-el obedecerte a ti es la felicidad suprema, separados entonces tus
-inmaculados<span class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span> santos
-de los ángeles impuros, y rodeando tu montaña santa, y yo su caudillo,
-entonaremos sinceros cánticos, himnos de la más alta alabanza.»</p>
-
-<p>»Dijo; e inclinándose sobre su cetro, se levantó del asiento de
-gloria que ocupaba a la diestra del Señor, a tiempo que la tercera
-aurora sagrada comenzaba a esparcir por el cielo sus resplandores. De
-repente, y con un ruido semejante al fragor impetuoso del huracán, se
-lanzó el carro de Dios Padre, fulminando espesas llamas. Tenía sus
-ruedas unas dentro de otras, y no se movía por impulso ajeno, sino por
-el instinto de propio espíritu, yendo escoltado por cuatro custodios
-con aspecto de querubines. Cada uno de estos mostraba cuatro rostros
-maravillosos, y sus cuerpos y alas estaban sembrados de innumerables
-ojos, refulgentes como estrellas; ojos que asimismo brillaban en las
-ruedas, las cuales despedían centellas; y sobre sus cabezas se alzaba
-un firmamento de cristal en que se veía un trono de zafiro matizado de
-purísimo ámbar y de los colores del arco iris.</p>
-
-<p>»Cubierto con la celeste armadura del radiante Urim, obra
-divinamente labrada, ocupa el Mesías su carro. A su derecha lleva la
-Victoria, que extiende sus alas de águila, y al costado el arco y el
-carcaj divino lleno de rayos de triples puntas. Envuélvenle en torno
-airados torbellinos de humo, de entre los cuales brotan las llamas de
-ardientes exhalaciones. Diez mil millares de ángeles le acompañan y le
-rodean veinte mil carros de Dios (yo mismo oí contarlos), que anuncian
-desde lejos su llegada. Sublimado sobre el firmamento de cristal y
-sostenido en alas de los querubines, veíasele en su trono de zafiro;
-mas los suyos le descubrieron los primeros, y se sintieron henchidos
-de inefable júbilo al divisar ondeante en los aires y tremolado por
-ángeles el estandarte del Mesías, que era la enseña del cielo. Bajo él
-congregó Miguel al punto sus legiones, extendidas en dos alas, que en
-breve rodearon al supremo caudillo formando un solo cuerpo.</p>
-
-<p>»Ya el divino poder le había preparado el camino del triunfo: a
-su mandato, retiráronse las montañas a su primitivo asiento; oyeron
-su voz, y le obedecieron: el cielo recobró su serena faz: los valles
-y las colinas se cubrieron de nuevas flores. Y vieron todos estos
-prodigios sus desventurados enemigos, y persistieron en su obstinación,
-reuniendo sus huestes para empeñar otro combate. ¡Insensatos, que de
-la desesperación sacaban su confianza! ¡Que tal perversidad quepa en
-ánimos celestiales! Pero ¿hay prodigios que basten a humillar a los
-soberbios, ni fuerza que pueda ablandar sus corazones endurecidos?
-Lo que más debiera<span class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span>
-convencerlos aumenta su pertinacia: enfurécense doblemente al ver la
-gloria del Unigénito, y su magnificencia despierta en ellos mayor
-envidia. Su única aspiración es adquirir tanta grandeza, y vuelven a
-colocarse en orden de batalla, confiados en triunfar por la fuerza o
-por la astucia, y en vencer finalmente a Dios y su Mesías; y cuando no,
-hundirse para siempre en universal ruina; que no es dado a su altivez
-huir ni retirarse ignominiosamente, sino provocar el postrer combate.
-Por lo que el Hijo de Dios, dirigiendo su voz a uno y otro lado, habló
-así a sus cohortes:</p>
-
-<p>«Permaneced ¡oh santos! en vuestra gloriosa actitud, y vosotros,
-ángeles, continuad armados: hoy descansaréis de vuestras fatigas.
-Habéis probado ya vuestra fidelidad y mostrádoos aceptos a Dios,
-defendiendo su justa causa y ostentando a fuer de invencibles los
-dones que habéis recibido de él. Pero el castigo de esa maldecida grey
-queda reservado a otro brazo, porque la venganza corresponde al Señor
-o a aquel a quien la confía. Lo que hoy ha de suceder no será obra
-que lleven a cabo el número ni la muchedumbre; y si estáis atentos,
-contemplaréis cómo me hago yo ministro de la indignación divina contra
-esos impíos; que no os han ofendido a vosotros, sino a mí, haciéndome
-objeto de su envidia. En mí tienen puesto su encono, porque el sumo
-Hacedor, de quien es el poder y la gloria de este imperio, me ha
-elevado a esta grandeza por efecto de su voluntad; y a mí, por lo
-tanto, me ha encomendado su castigo. Desean que cada cual probemos en
-nueva batalla nuestro poder, ellos contra mí solo, y yo solo contra
-todos ellos; y pues la fuerza es su único recurso, y no ambicionan otro
-timbre ni reconocen mayor virtud, sea la fuerza la que decida.»</p>
-
-<p>»Al acabar de decir esto, revistiose su faz de un aire tan
-sombrío, que infundía terror, y dando rienda suelta a su cólera, se
-precipitó sobre sus enemigos. Cubriéronle al mismo tiempo con sus
-alas incrustadas de estrellas, que hacían más pavorosas las tinieblas
-de alrededor, los cuatro querubines que sostenían su carro. Ya giran
-las ruedas de este con un estruendo parecido al de un torrente o un
-ejército numeroso, y arrebatado de su ardiente ímpetu, y formidable
-como la noche, vuela hacia sus contrarios. Conmovíase a su paso el
-tranquilo Empíreo de uno a otro extremo, y todo retemblaba y vacilaba,
-excepto el trono de Dios. Presto se vio entre ellos, y empuñando en su
-mano diez mil rayos, que arrojó delante de sí, quedaron acribillados
-de heridas los rebeldes. Llenáronse de pavor; perdieron todo aliento,
-toda esperanza de resistencia; cayéronseles las armas de <span
-class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span>las manos. Alfombra de
-sus plantas fueron los escudos y yelmos y aceradas frentes de todos
-aquellos tronos, potestades y serafines, que derribados ahora de
-su soberbia, hubieran deseado ver otra vez sobre sí el peso de las
-montañas, para no ser blanco de tan implacable encono.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L029">
- <img class="thin"
- src="images/i_236.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Por fin abrió el infierno su boca, los tragó a todos y volvió a cerrarla.</p>
-</div>
-
-<p>»De los ojos de los cuatro querubines y de los innumerables que
-cubrían también las animadas ruedas, salían por todas partes rayos
-abrasadores. Un mismo espíritu los dirigía; cada uno de aquellos ojos
-era un horno encendido que fulminaba fuego contra los malvados, los
-cuales, faltos ya de fuerzas y del vigor que antes los animaba, caían
-vencidos, medrosos, confusos y aniquilados. Y sin embargo, no apuró el
-Hijo de Dios su rigor con ellos, contentándose con desatar a medias el
-trueno de su venganza, dado que no se había propuesto destruirlos, sino
-expulsarlos de la celestial morada; y así les permitió reponerse de su
-postración, y los ahuyentó como un rebaño de tímidas ovejas reunidas
-por el miedo. El terror y las furias los aguijaban; y al llegar a la
-muralla de cristal que formaba los límites del cielo, abriose este de
-par en par, y puso ante su vista la inmensa sima del infinito abismo
-que los aguardaba.</p>
-
-<p>»¡Qué espectáculo tan espantoso! El horror los hizo retroceder,
-pero mayor era aún el que los impelía hacia adelante. Ellos mismos
-iban precipitándose al llegar al borde de la celestial orilla, y la
-maldición eterna los empujaba para más apresurar su ruina. Oyó el
-infierno aquel fragoroso estrépito, como si se derrumbase el cielo del
-cielo mismo, y hubiera huido amedrentado, si el inflexible Destino no
-hubiera ahondado bien sus negros cimientos, ligándolos con cadenas
-indestructibles.</p>
-
-<p>»Nueve días estuvieron cayendo. Rugió trastornado el Caos, y sintió
-diez veces doblada su confusión con el estridente tumulto de aquel
-estrago, que acumuló tantas ruinas y destrozos. Por fin abrió el
-infierno su boca, los tragó a todos, y volvió a cerrarla; el infierno,
-propia morada suya, lugar de dolores y penas, sembrado de inextinguible
-fuego. Y el cielo se regocijó, ya pacificado, y unió de nuevo sus
-muros, reduciéndolos a sus límites.</p>
-
-<p>»Quedando vencedor por sí solo con la expulsión de sus enemigos,
-retiró el Mesías su carro triunfal; y enajenados de júbilo salieron a
-su encuentro todos los santos, que hasta entonces habían contemplado
-silenciosos e inmóviles sus admirables hechos. Marchaban rodeándole con
-ramos de palmas, y cada una de aquellas brillantes jerarquías entonaban
-cánticos de triunfo, cánticos al Rey victorioso,<span class="pagenum"
-id="Page_126">p. 126</span> al Hijo, al heredero del Padre, al Señor
-cuyo dominio acataban, al más digno de poseerlo. Al compás de estas
-aclamaciones, atravesó por en medio del cielo hasta el palacio y templo
-de su omnipotente Padre, sublimado sobre su trono, que le recibió en
-el esplendor de su gloria, donde está hoy sentado a su diestra, en
-inmortal bienaventuranza.</p>
-
-<p>»He aquí cómo, asemejando las cosas del cielo a las de la tierra,
-para satisfacer tus deseos, y a fin de que puedas aprovecharte de las
-lecciones de lo pasado, acabo de revelarte lo que en otro caso quizás
-hubiera ignorado para siempre la raza humana: la discordia y guerra que
-se suscitó en los cielos entre las angélicas potestades, y la eterna
-ruina de los que llevados de una desmedida ambición, se asociaron
-con Satán en su rebeldía. Envidioso de tu felicidad, anhela hoy este
-apartarte asimismo de la obediencia a tu Criador, para que desheredado
-como él de tu dichoso estado, vengas a merecer su castigo y caigas en
-su perpetua miseria. Su mayor venganza, su único consuelo sería poder
-ultrajar al Altísimo, haciéndote a ti partícipe de su error y de su
-pena. No des jamás oído a sus tentaciones; prevén esto mismo a tu
-compañera; ten presente el terrible ejemplo que has oído, el castigo
-en que incurren los inobedientes. Ellos hubieran podido ser siempre
-venturosos, y se perdieron. No te olvides de esto, y teme ser contado
-entre los rebeldes.»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3 mt3" id="Ch1_7">
- <p><span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span></p>
- <h3>LIBRO SÉPTIMO</h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra g0">ARGUMENTO</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>Accediendo a los ruegos de Adán, cuéntale Rafael cómo y por qué
- fue creado este mundo: que habiendo Dios expulsado del cielo a Satán
- y a sus ángeles, declaró que le placía crear otro mundo y otras
- criaturas que habitasen en él; y así envía a su Hijo circundado de
- gloria y acompañado de angélicos coros, para que en el espacio de
- seis días realice la obra de la creación. Al compás de sus himnos
- celebran los ángeles esta nueva maravilla, y la reascensión del Hijo
- a los cielos.</p>
-
-</blockquote>
-
-
-<p>Desciende del cielo, Urania, si es bien que te invoque con este
-nombre. Siguiendo tu voz divina, me remonto más allá del Olimpo,
-sobreponiéndome al vuelo de las alas del Pegaso. No me contento empero
-con invocar tu nombre: invoco tu inspiración, porque ni tú te cuentas
-entre las nueve Musas, ni moras en la cumbre del antiguo Olimpo. Nacida
-en el cielo, antes que apareciesen los montes, antes que brotaran las
-fuentes de sus manantiales, tú conversabas con tu hermana, la divina
-Sabiduría, y con ella te recreabas, en presencia del Omnipotente Padre,
-que se complacía en oír tus celestiales cánticos. Transportado por ti,
-aunque habitador terrestre, al cielo de los cielos, he respirado el
-aire empíreo que para mí templabas. Sostenme también ahora, y vuélveme
-a mi nativo elemento, no sea que al ímpetu de este desenfrenado
-bridón en que cabalgo, caiga, como Belerofonte<a id="FNanchor_85"
-href="#Footnote_85" class="fnanchor">[85]</a> un día, bien que él no
-penetrase en región tan alta, y dé conmigo en los campos aleyos, para
-vagar allí desamparado y en completo olvido.</p>
-
-<p>Estoy aún a la mitad de mi canto, pero reducido ya a límites más
-estrechos, cuales son los de una divina y visible esfera. He descendido
-a la tierra, abandonando las regiones allende el polo, y cantaré
-más seguro y con voz humana, sin temor de que enronquezca ni quede
-muda, a pesar de habérseme deparado tan aciagos días. ¡Oh! y ¡qué
-aciagos, viéndome rodeado de dañinas lenguas, de<span class="pagenum"
-id="Page_128">p. 128</span> tinieblas, de peligros y de soledad! Pero
-no, no estoy solo, que tú me asistes, cuando por la noche cierra mis
-párpados el sueño, y cuando la mañana ilumina el sonrosado oriente.
-Dirige pues mi canto, sublime Urania; dame un auditorio propicio,
-aunque escaso en número, y aleja al propio tiempo de mí la bárbara
-disonancia de Baco y su turbulento séquito, raza de aquella salvaje
-horda que en el Ródope<a id="FNanchor_86" href="#Footnote_86"
-class="fnanchor">[86]</a> despedazó al bardo de Tracia<a
-id="FNanchor_87" href="#Footnote_87" class="fnanchor">[87]</a>, cuando
-sin respeto al que era encanto de los bosques y de las rocas, ahogó con
-su feroz griterío los ecos de su voz y de su cítara. No pudo Calíope
-salvar a su hijo, pero tú, Urania, no abandonarás al que implora tus
-favores, porque ella inspiraba vanos sueños, y tú, celestial aliento.</p>
-
-<p>Di ¡oh Diosa! lo que sucedió luego que Rafael, el afable arcángel,
-previno a Adán que aleccionado por el ejemplo de los apóstatas del
-cielo, no incurriese en su infidelidad, pues él y su descendencia, a
-quienes se había mandado que no tocasen al árbol prohibido, se verían
-sometidos a igual castigo en el Paraíso, si menospreciaban e infringían
-aquel único precepto, tan fácil de cumplir, en medio de la infinita
-multitud de objetos que se brindaban allí a sus gustos, por extraños
-que fuesen y caprichosos.</p>
-
-<p>Con profunda atención escucharon Adán y su consorte Eva aquel
-relato, y quedaron admirados y profundamente pensativos al oír cosas
-tan grandes y tan extrañas, cosas de que no tenían la menor idea,
-que en el cielo se conociesen odios, y que con semejante confusión
-anduviesen allí mezcladas la guerra y la paz divina; pero el mal había
-venido a recaer por fin como desatado torrente sobre sus autores,
-privándolos para siempre de la bienaventuranza. Disipáronse en Adán
-las dudas que abrigaba su corazón, y nació en él, sin otra intención,
-el deseo de averiguar lo que más inmediatamente le interesaba: cómo se
-produjeron el cielo y la tierra, todo este mundo visible; cuándo y de
-qué fueron creados, y por qué causa; y qué era el Edén y cuanto fuera
-de él existía antes de la época a que alcanzaba su memoria; semejante
-a aquel que ha saciado su sed del todo, y que sigue con la vista al
-arroyuelo que se desliza murmurando, y despierta en él nueva sed con el
-susurro de su corriente. Dirigiose pues a su celeste huésped en estos
-términos:</p>
-
-<p>«Admirables cosas que no pueden menos de maravillar por lo
-diferentes que<span class="pagenum" id="Page_129">p. 129</span> son
-de las de este mundo, nos has revelado, divino intérprete. Dios nos ha
-favorecido enviándote desde el Empíreo para advertirnos a tiempo de lo
-que hubiera podido causar nuestra perdición; riesgo que no conocíamos,
-porque no está al alcance de la inteligencia humana. Por ello debemos
-gratitud eterna a la infinita bondad, recibiendo sus avisos con el
-solemne propósito de cumplir siempre su voluntad soberana, único fin
-con que aquí existimos. Pero ya que para nuestro aprovechamiento
-has tenido la dignación de descubrirnos cosas tan superiores a la
-comprensión terrestre, pero que nos conviene conocer, como lo ha
-dispuesto la suprema sabiduría, ten la bondad asimismo de descender más
-hasta nosotros y de instruirnos en lo que ha de sernos no menos útil,
-diciéndonos cómo se formó ese cielo que vemos a tan lejana altura,
-ornado de los innumerables astros que lo recorren, y eso que llena el
-espacio todo, ese difuso ambiente que abarca la órbita de la florida
-tierra; qué causa movió al Creador, en medio del santo reposo de que
-gozaba por toda una eternidad, a sacar tan tarde su obra del Caos, y
-cómo una vez empezada, se terminó en tan breve tiempo. A consentírtelo
-el Señor, manifiéstanos lo que tanto anhelamos averiguar, no para
-inquirir los secretos de su eterno imperio, sino para más glorificar
-sus obras. Réstale aún a la gran lumbrera del día largo espacio de su
-curso, aunque va declinando ya; pero suspendiéndolo al oírte, al oír tu
-poderosa voz, te prestará atención, y retrasará su marcha para escuchar
-cómo refieres su nacimiento, y cómo el de la Naturaleza, al salir por
-primera vez del oculto abismo; y mientras la estrella y el astro de la
-noche se apresuran para oír tu narración, la Noche traerá consigo el
-silencio; el sueño se pondrá en vela con igual intento, o nosotros le
-ahuyentaremos hasta que termine tu canto, y podamos despedirte antes
-que nos sorprenda el brillo de la mañana.»</p>
-
-<p>Esta súplica hizo Adán a su ilustre huésped; y el Ángel divino
-le contestó con estas dulces palabras: «A tan comedido ruego, justo
-será acceder; pero ¿qué encarecimiento, qué lengua seráfica bastará
-a referir las obras del Omnipotente, ni qué espíritu humano a
-comprenderlas? Lo que sí puedes conseguir, lo que no será negado a
-tus oídos, es aquello que mejor conduzca a glorificar al Hacedor y
-más contribuya a labrar tu felicidad. Yo he recibido del cielo el
-encargo de satisfacer tus deseos, como no pasen de ciertos límites;
-fuera de ellos, no indagues más; no desvaríes con la esperanza de
-profundizar misterios ocultos, que el invisible Rey, único que lo sabe
-todo, ha rodeado de tinieblas tan impenetrables<span class="pagenum"
-id="Page_130">p. 130</span> a los que viven en la tierra como en el
-cielo; y harto te queda en todo lo demás que estudiar y que conocer.
-Porque el saber es como el alimento; se requiere no menos templanza en
-la satisfacción del apetito, que en la medida a que debe el espíritu
-ajustarse, pues la excesiva ciencia embaraza con su demasía y convierte
-la sabiduría en locura, como el exceso de alimento se trueca en vapor
-inútil.</p>
-
-<p>»Ahora bien, ten por cierto que apenas cayó Lucifer (a quien se daba
-este nombre porque resplandecía entre los ángeles más que la estrella
-así llamada entre las estrellas), apenas cayó con sus malditas legiones
-en medio del abismo que les estaba preparado, y volvió vencedor
-el augusto Hijo con el séquito de sus Santos, contempló el Eterno
-Omnipotente Padre toda aquella muchedumbre desde su trono, y habló así
-a su Hijo:</p>
-
-<p>«Engañose por fin nuestro envidioso Enemigo, creyendo que todos
-habían de seguirle en su rebeldía, y que con su auxilio nos arrancaría
-la posesión de esta altísima e inaccesible fortaleza, asiento de la
-suprema Divinidad. Perdiole su confianza, y arrastró en su catástrofe
-a muchos que han desaparecido de nuestra presencia; pero veo, sin
-embargo, que la mayor parte han permanecido fieles en su puesto, que
-el cielo está todavía poblado, y que cuenta con suficiente número
-de habitantes para llenar sus reinos, vastísimos como son, y para
-desempeñar los sagrados ministerios y solemnes ritos de este sublime
-templo.</p>
-
-<p>»Mas, para que su soberbia no se lisonjee de haber logrado esta
-ventaja, de haber despoblado el cielo, y locamente presuma del
-detrimento que me ha causado, he de reparar la pérdida, si como tal
-puede considerarse el perderse uno a sí mismo. Crearé al punto otro
-mundo, y de un hombre produciré una raza de hombres innumerable, que
-habitarán allí, no en este reino, hasta que elevándose gradualmente por
-sus méritos, se abran y ganen al fin esta morada, purificados largo
-tiempo por medio de su obediencia. La tierra entonces se convertirá
-en cielo, y el cielo en tierra, porque uno y otra formarán un solo
-imperio donde reinen alegría y unión perpetuas. Entre tanto, celestes
-potestades, gozad de esta mansión con más holgura. Y tú, Verbo mío,
-hijo por mi engendrado, por ti se cumple todo esto: habla, y quedará
-hecho. Contigo envío mi Espíritu, que lo llena todo, contigo mi poder.
-Parte, pues; manda al abismo que forme el cielo y la tierra dentro de
-ciertos límites. El abismo no los tiene, porque Yo soy quien lleno lo
-infinito, y el espacio no está vacío. Y aunque Yo no reconozco límites
-en<span class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span> mí mismo, y
-reduzco y no llevo a todas partes mi bondad, que es libre de obrar o
-no, ni la necesidad ni el destino influyen nada en mis actos: el hado
-consiste en lo que yo quiero.»</p>
-
-<p>»Estas palabras dijo el Omnipotente, y su Verbo, su filial Divinidad
-las realizó al punto. Los actos de Dios son inmediatos, más rápidos
-que el tiempo y el movimiento, y para hacerlos comprensibles al
-sentido humano, hay que valerse de la sucesión de las palabras, de
-la lentitud con que procede la terrestre inteligencia. Grande fue el
-triunfo, extremado el júbilo del cielo, al anunciarse así la voluntad
-divina. «¡Gloria al Altísimo, decían, y buena voluntad y paz en la
-tierra a los futuros hombres! ¡Gloria a Aquel cuya justicia y vengadora
-cólera ha arrojado a los impíos de su presencia y de la morada de los
-justos! ¡Gloria y alabanza al Señor cuya sabiduría ha hecho del mal
-el bien, y ha destinado a una raza mejor el lugar que ocupaban los
-espíritus malignos, y difundirá su eterna bondad en los mundos y siglos
-venideros!»</p>
-
-<p>»Prorrumpieron en este himno las celestes jerarquías, y apareció el
-Hijo, dispuesto a su grande obra, revestido de la Omnipotencia, ciñendo
-la corona de la Majestad divina. La sabiduría, el amor inmenso, su
-Padre todo reflejaba en él. Asistían en torno de su carro innumerables
-querubines, serafines, potestades, tronos y virtudes, espíritus alados,
-carros asimismo con alas, sacados del arsenal de Dios, donde existen
-millares de siglos ha, entre dos montañas de bronce, preparados para
-los días solemnes; carrozas celestiales, prontas siempre a volar, y que
-ahora se ofrecían espontáneamente, porque estaban animadas de espíritu
-vital, atentas al mandato de su Señor. El cielo abrió de par en par sus
-eternas puertas, que al girar sobre los goznes de oro, produjeron un
-armonioso sonido, para dar paso al Rey de la Gloria, al Verbo poderoso,
-al espíritu creador de nuevos mundos.</p>
-
-<p>»Detuviéronse en el continente del cielo, y desde sus orillas
-divisaron el vastísimo inconmensurable abismo, tempestuoso como un
-océano, lóbrego, horrible, impenetrable, agitado de arriba abajo por
-furiosos vientos y encrespadas olas, que como montañas se elevaban para
-escalar los cielos y confundir el centro con los polos.</p>
-
-<p>«¡Basta, revueltas olas! Y tú, abismo, ¡sosiégate: cesen vuestros
-furores!» exclamó el Verbo creador. Y no se detuvo más: sino que
-arrebatado en alas de los querubines, se remontó a la gloria paterna,
-por en medio del Caos y del<span class="pagenum" id="Page_132">p.
-132</span> mundo que todavía no era, porque el Caos oyó su voz.
-Seguíale su brillante comitiva para presenciar la obra de la creación
-y las maravillas de su poder; y paró de pronto las ardientes ruedas
-de su carro, y tomó en la mano el compás de oro, guardado en los
-eternos tesoros de Dios, para trazar el círculo de este universo y
-cuantas cosas habían de existir en él; y fijando uno de sus extremos
-en el centro y volviendo el otro alrededor de la vasta profundidad de
-las tinieblas: «Aquí, dijo, llegarás, y estos ¡oh mundo! serán tus
-límites.»</p>
-
-<p>»Así creó Dios el cielo y así la tierra, materia informe y vacía.
-Cubrían el abismo profundas tinieblas, pero desplegando sus alas
-paternales sobre las tranquilas aguas el Espíritu de Dios, infundió en
-ellas la virtud y el calor vital a través de la masa fluida, arrojó a
-lo más profundo las negras y frías heces infernales, contrarias a la
-vida; aunó y condensó cuantas cosas se asimilaban entre sí; y apartando
-las demás a diferentes lugares, e introduciendo el aire entre unas y
-otras, apareció la tierra equilibrándose sobre su centro.</p>
-
-<p>«¡Hágase la luz!», dijo y la luz fue hecha. Brotó súbitamente del
-hondo abismo la luz etérea, lo primero de todo, la esencia más pura de
-las cosas, y desde su nativo oriente comenzó a esparcirse por entre
-las sombras aéreas, ciñéndola una nube esférica y radiante, porque el
-sol no existía aún; y en este nebuloso tabernáculo permaneció algún
-tiempo. Vio Dios que la luz era buena, y la separó de las tinieblas
-por medio del hemisferio. Y llamó a la luz <i>día</i>, y a las
-tinieblas <i>noche</i>; y del espacio que entre uno y otra componen,
-formó el día primero. El cual no pasó sin ser grandemente festejado
-y cantado por los coros angelicales; pues cuando percibieron la
-primera luz que asomaba por oriente, rompiendo las tinieblas, en aquel
-natalicio del cielo y de la tierra, llenaron de vivas y aclamaciones
-la vasta concavidad del universo, y al compás de sus arpas de oro y
-sus acordados himnos, ensalzaron a Dios juntamente con sus obras,
-proclamándole Creador cuando llegó la primera noche y cuando rayó la
-primera aurora.</p>
-
-<p>»Y dijo Dios en seguida: «Que en medio de las ondas se ponga
-el firmamento, y que divida unas aguas de otras.» Y Dios hizo el
-firmamento, dilatación de un aire fluido, puro, transparente,
-elemental, que se extiende en redondo hasta la mayor convexidad de
-aquel anchísimo orbe, división inmutable y segura, que separa las
-aguas de la región inferior y las superiores. Porque así como la
-tierra, estableció Dios el mundo sobre reposadas aguas, en medio de un
-vasto océano <span class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span>de
-cristal, y alejó de él la tumultuosa irregularidad del Caos, para que
-el contacto de sus violentas extremidades no alterase su estructura. Y
-dio el nombre de <i>cielo</i> al firmamento; y los coros nocturnos y
-matutinos cantaron el día segundo.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L030">
- <img class="thin"
- src="images/i_246.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Así se precipitan una tras otra las olas...</p>
-</div>
-
-<p>»La tierra estaba formada, pero sumergida como rudo embrión en el
-seno de las aguas, aún no se descubría. Inundaba toda su superficie el
-grande océano, y no en balde, porque se infiltraba en todo su globo
-un templado y fecundo humor que hacía fermentar y concebir a la madre
-universal, fertilizada por una humedad vivificadora, cuando dijo
-Dios: «Aguas que os derramáis por los cielos, congregaos en un lugar
-y aparezca el continente enjuto.» Y salieron de pronto las enormes
-montañas, que elevando sus cimas hasta las nubes, tocaban con las
-estrellas. Y tanto como sus hinchadas moles subían, tanto se ahuecaban
-y hundían sus cóncavos senos para dejar anchos y profundos lechos
-por donde las aguas se dilatasen. Y por ellos corrían con bulliciosa
-rapidez sus turgentes ondas, como inflamadas gotas que ruedan sobre el
-polvo árido. Unas se elevan cual murallas de cristal, otras saltan por
-encima, formando puntiagudos montes; que tan raudo movimiento imprimió
-el imperioso mandato a sus corrientes. Como en los ejércitos de que ya
-tienes una idea, acuden a sus filas los soldados al oír el llamamiento
-de la trompeta, así se precipitan una tras otra las olas por donde más
-fácil camino encuentran, impetuoso torrente en los despeñaderos, mansas
-y apacibles en las llanuras. Ni les son de obstáculo alguno las rocas o
-las montañas; hallan siempre salida, ya introduciéndose subterráneas,
-ya serpenteando por mil rodeos y abriéndose profundos canales en
-aquellos terrenos cenagosos que fácilmente se descomponían antes que
-Dios les mandase quedar secos y endurecidos, menos los destinados a
-recibir los ríos, que llevan en pos húmedos despojos perpetuamente. A
-la parte árida llamó el mismo Señor <i>tierra</i>; al ancho receptáculo
-en que las aguas se acumulaban, <i>mar</i>. Y vio que aquello era
-bueno; y dijo: «Que la tierra se vista de verde yerba, de plantas que
-den simiente, y de árboles con frutos de especies varias, que lleven
-entre sí su propia semilla, para reproducirse sobre la tierra.»</p>
-
-<p>»No bien dijo estas palabras, cuando de aquella misma tierra que
-hasta entonces se mostraba rasa, árida, desierta, desagradable, sin
-ornato alguno, brotó delicado césped, con cuyo verdor se atavió toda
-su superficie, luciendo en torno su vistoso esmalte. Viéronse allí
-las plantas con su infinita variedad de hojas,<span class="pagenum"
-id="Page_134">p. 134</span> florecer de improviso, arrebolarse de
-mil colores y embalsamar el seno de la madre tierra con los aromas
-dulcísimos que exhalaban. Apenas abrían sus cálices, provocaba la
-floreciente viña con sus apretados racimos; redondeábase en sus
-rastreros tallos la calabaza; mecíanse en sus hazas formadas en espesas
-legiones, las huecas cañas, y el humilde arbusto y la punzante zarza
-enlazaban sus enmarañadas cabelleras. Alzábanse por fin los arrogantes
-árboles, moviéndose acompasadamente y dilatando sus ramas, unas
-cubiertas de copiosos frutos, otras matizadas de flores. Erguíanse
-sobre las colinas gigantescos bosques, y espesas arboledas sobre las
-cañadas, a las márgenes de las fuentes y en las orillas de los ríos.
-¿Qué le faltaba a la tierra para asemejarse al cielo? Bien podían morar
-en ella los dioses, y recorrerla embelesados, y reposar al amor de sus
-umbrías sagradas. Dios no le había enviado aún lluvia que la regase, ni
-formado al Hombre que había de cultivarla; pero de sus nuevas entrañas
-fluía un jugoso vapor que abonaba el suelo y alimentaba las plantas
-antes de que brotasen, y la menuda yerba antes de verdeguear sus
-tallos. Y vio Dios que esto era bueno; y la mañana y la noche renovaron
-los cantos del tercer día.</p>
-
-<p>»Y volvió a hablar el Altísimo: «Que luzcan astros en el espacio de
-los cielos para distinguir los días de las noches, y para que marquen
-las estaciones y los días y el transcurso de los años; y mando que
-su oficio sea servir de luminares en el cielo y de antorchas para la
-tierra.» Y así fue hecho. Y puso Dios dos grandes astros, grandes por
-lo que habían de servir al Hombre, los cuales alternasen, el mayor
-en presidir al día, y el más pequeño a la noche. Y también hizo las
-estrellas, poniéndolas en el firmamento de los cielos, a fin de que
-iluminasen la tierra, y regulasen las vicisitudes de los días y de las
-noches, y diferenciasen la luz de las tinieblas. Y parose a contemplar
-su grande obra, y le pareció bien. Porque el primero de aquellos
-astros fue el sol, cuya inmensa esfera careció en un principio de luz,
-aunque era de sustancia etérea; y luego formó el globo de la luna, y
-las varias magnitudes de las estrellas, y las sembró por el cielo,
-como en un campo. Y tomando una gran parte de luz de su nebuloso
-tabernáculo, la trasladó al orbe solar, que por sus poros recibe y
-aspira el brillante líquido, y que con su fuerza retiene la plenitud de
-sus rayos, siendo a la sazón el gran palacio de la luz. De él, como de
-su manantial, se mantienen los demás astros, depositando aquella misma
-luz en sus urnas de oro, y allí abrillanta sus cuernos el planeta de la
-mañana; mientras ellos iluminados o por reflejo acrecientan el fulgor
-<span class="pagenum" id="Page_135">p. 135</span>escaso que les es
-propio, aunque a la vista humana aparezcan tan diminutos por la mucha
-distancia a que los contempla.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L031">
- <img class="thin"
- src="images/i_250.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Y dijo el Señor: «Que las aguas produzcan reptiles...»</p>
-</div>
-
-<p>»Por vez primera apareció en su oriente el glorioso astro, regulador
-del día, que derramó sus espléndidos rayos por todo el horizonte,
-ufano al verse recorriendo el sublime cielo en toda su longitud, yendo
-precedido de la aurora y de las pléyades, que en festivas danzas
-difundían anticipada su benéfica influencia.</p>
-
-<p>»Menos brillante que él, en la parte opuesta del occidente y a
-igual altura, alzábase la luna, que recibía de lleno su claridad,
-reflejándola como un espejo, no necesitando otra luz en aquella
-posición, y manteniéndose a igual distancia hasta que llegó la noche.
-Asomó entonces por el oriente para dar la vuelta en torno del eje de
-los cielos, y dividió su imperio con mil astros menores, con mil y mil
-estrellas que alumbraban a la vez, tachonando la celeste bóveda; con
-lo que también por vez primera ornaron el hemisferio, ascendiendo y
-declinando sucesivamente, y coronaron con los encantos de la noche y de
-la mañana el cuarto día.</p>
-
-<p>»Y dijo el Señor: «Que las aguas produzcan reptiles, seres
-vivientes, de fecundos gérmenes; y que las aves vuelen sobre la tierra,
-desplegando sus alas en el libre firmamento de los cielos.» Y creó
-las ballenas enormes, y todos los seres que viven y nadan, y producen
-abundantemente las aguas en todas sus especies, y todas las especies
-también de pájaros alados.» Y vio que esto era bueno, y los bendijo
-a todos, diciendo: «Creced y multiplicaos, y llenad las aguas de los
-mares, de los lagos y de los ríos; y vosotras, aves, multiplicaos sobre
-la tierra.» Y por golfos y mares y calas y bahías bullen al punto
-cardúmenes innumerables, millones de peces que con sus aletas y escamas
-relucientes se deslizan entre las verdosas ondas, en muchedumbre tal,
-que forman a veces inmensos bancos en medio del océano. Solitarios o
-en compañía, pacen unos las ovas de que se sustentan, y se pierden
-entre los enmarañados bosques de coral, o serpentean con la velocidad
-de un relámpago, luciendo a la luz del sol sus tornasoladas mallas
-con recamos de oro; otros, reposando tranquilos entre sus conchas de
-nácar, saborean su líquido alimento; otros en fin, cubiertos de fuertes
-armaduras, acechan su presa bajo las rocas. Triscan en tanto sobre la
-tranquila llanura del mar las focas y los combados delfines; otros, de
-prodigioso volumen, moviéndose pesadamente, revuelven el océano como
-una tempestad; mientras el leviatán, mayor que ningún otro viviente,
-tendido como un promontorio<span class="pagenum" id="Page_136">p.
-136</span> sobre aquel abismo, dormita o nada, y se asemeja a una
-flotante playa, sorbiendo y arrojando alternativamente todo un mar por
-sus agallas.</p>
-
-<p>»En las cálidas grutas, en los pantanos y orillas de las aguas salen
-al propio tiempo numerosas bandadas de las infinitas crías encerradas
-en los huevos, que rompiéndose al ser sazón, dan a luz sus desnudas
-avecillas; las cuales tardan poco en vestirse de plumas y en ensayar su
-vuelo, y se remontan a lo más encumbrado del aire, y cantan su triunfo
-desdeñándose de la tierra, que cubren con su sombra como una nube.
-Allí, en la cima de las rocas y de los cedros, labran sus nidos las
-águilas y las cigüeñas. Aves hay que se mecen solas en la región aérea;
-más cautas otras, viajan unidamente, en formación regular y teniendo en
-cuenta las estaciones, y dirigen sus caravanas por encima de los mares
-y de las tierras, prestándose mutua ayuda para facilitar su vuelo.
-Estribando así en los vientos, emprende su viaje anual la prudente
-grulla, moviendo y azotando el aire al pasar con sus pobladas alas.
-Saltando de rama en rama, alegran las arboledas con sus gorjeos los
-pajarillos, y ejercitan sus pintadas alas durante el día; mas no porque
-se acerque la noche deja el ruiseñor su solemne canto, antes la emplea
-toda en exhalar sus sentidos ayes. En los argentados lagos, como en los
-ríos, bañan otros el delicado vello de sus gargantas; el cisne enarca
-su cuello entre las blancas alas majestuosamente tendidas; luce su
-pompa haciendo de sus pies remos, y cuando abandona el húmedo elemento,
-se lanza en medio de la región del aire; al paso que otros caminan
-con pie seguro, como el crestudo gallo que con su clarín anuncia las
-silenciosas horas, y el que se gallardea con su rica cola, sembrada de
-los colores del iris y estrellados ojos. Así las aguas se poblaron de
-peces, y el aire de aves; y la noche y la mañana solemnizaron el quinto
-día.</p>
-
-<p>»El sexto y último de la creación, comenzó al son de las arpas
-nocturnas y matinales; a tiempo que el Señor dijo: «Que la tierra
-produzca las especies de animales vivientes, los que andan en rebaños,
-y los reptiles y las bestias de la tierra, cada uno según su especie.»
-Y obedeció la tierra, y abrió de pronto sus fecundos senos, y dio
-de una vez a luz innumerables criaturas vivientes, perfectas en
-sus formas, y en sus miembros completamente organizadas. Y como de
-sus madrigueras, salieron de las entrañas de la tierra las fieras
-salvajes, y ganaron los bosques, los matorrales, las espesuras y las
-cavernas, estableciéndose y viviendo en parejas entre los árboles; y
-los ganados discurrieron por los campos y verdosas praderas, estos
-en corto número y solitarios, aquellos en grandes <span
-class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span>baños, brotando todos de
-una vez y pastando juntos. Aquí, de entre el tupido césped nacía la
-terneruela; allí asomaba el flavo león y se asía de sus garras para
-dejar libre el resto de su cuerpo, saltando cual si hubiese roto sus
-ligaduras y sacudiendo su áspera melena; y la onza, el leopardo, el
-tigre, levantaban la tierra, como el topo, escarbando a su alrededor
-y formando montecillos. El ágil ciervo sacaba de debajo del suelo la
-enramada de su cabeza, y Behemot<a id="FNanchor_88" href="#Footnote_88"
-class="fnanchor">[88]</a>, el más voluminoso engendro de la tierra,
-podía apenas desembarazar de la que le cubría su pesada mole. Balando y
-vestidas de sus vellones, despuntaban, a manera de plantas, las ovejas;
-y entre el agua y la tierra se mostraban indecisos el caballo acuático
-y el escamoso cocodrilo.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L032">
- <img class="thin"
- src="images/i_253.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Y se asemeja a una flotante playa...</p>
-</div>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L033">
- <img class="thin"
- src="images/i_255.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">En las orillas de las aguas salen bandadas de avecillas.</p>
-</div>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L034">
- <img class="thin"
- src="images/i_257.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Estableciéndose y viviendo en parejas entre los árboles.</p>
-</div>
-
-<p>»Bullía a la vez todo cuanto se arrastra por la tierra, insectos
-o gusanillos, los unos agitando los flexibles abanicos de sus alas
-y decorando sus diminutos contornos con los pomposos blasones del
-estío, esmaltados de oro y de púrpura, de verde y azul; los otros
-prolongando como una línea su estrecho cuerpo, y marcando en la
-tierra su sinuosa huella; y no son estos los seres más pequeños de la
-naturaleza. Algunos, de la especie de las serpientes, prodigiosos por
-su longitud y corpulencia, enroscan sus pliegues anulosos y se añaden
-alas. Es la primera la económica hormiga, próvida de lo futuro, que
-en un pequeñísimo pecho encierra un gran corazón, modelo quizá de la
-perfecta igualdad de algún día, y que logra establecer en común sus
-populares tribus. Aparece en seguida el enjambre de la abeja hembra,
-que alimentando con delicioso manjar a su holgazán esposo, construye
-de cera sus celdillas y deposita la miel en ellas. Los demás son
-innumerables. Conoces la naturaleza de cada uno, los nombres que tú
-mismo les has dado, y no tengo necesidad de repetírtelos. Conoces
-asimismo a la serpiente, el animal más astuto de cuantos se crían en
-los campos, de desmedida longitud a veces, con sus ojos de bronce, y
-la terrible cresta que lleva por cabellera, aunque lejos de serte a ti
-nociva, se somete dócilmente a tu voluntad.</p>
-
-<p>»Mostrábanse ya en la plenitud de su esplendor los cielos y giraban
-movidos por el impulso que les comunicó al principio la mano de su
-gran Motor; ricamente ataviada se sonreía la tierra, contemplándose
-ya perfecta; veíanse poblados el aire, el agua, la tierra, por las
-aves, peces y animales, que volaban, nadaban y caminaban; y sin
-embargo no estaba aún completo el sexto día.<span class="pagenum"
-id="Page_138">p. 138</span> Faltaba la obra maestra, el ser para quien
-todo aquello se había creado, la criatura que sin encorvarse, sin ser
-bruto como las demás, dotada de la santidad de la razón, pudiese erguir
-su cuerpo, alzar su frente serena, avasallarlo todo y conocerse a sí
-mismo; pudiese elevarse magnánimo para desde aquí comunicar con el
-cielo sus pensamientos, y lleno de gratitud, reconocer la fuente de
-donde todo su bien emana, y con espíritu devoto, dirigir su corazón,
-su voz y sus miradas, adorando y tributando culto al Supremo Dios, que
-hizo de él la primera de sus obras. Por lo que el Omnipotente y Eterno
-Padre (que ¿dónde deja de estar presente?) habló así a su Hijo, siendo
-oído de todo el mundo:</p>
-
-<p>«Hagamos ahora al Hombre a nuestra imagen y semejanza; y que reine
-sobre los peces del mar y los pájaros del aire, sobre las bestias del
-campo, sobre la tierra, en fin, y los reptiles que se arrastran por el
-suelo.»</p>
-
-<p>»Y esto dicho, te formo a ti, Adán, a ti, Hombre, polvo de la
-tierra, e inspiró en tu aliento el soplo de la vida, y te creó a su
-propia imagen, a imagen del mismo Dios, y quedaste hecho alma viviente.
-Te creó varón, y para perpetuar tu raza, creó hembra a tu compañera. Y
-bendijo al género humano, diciendo: «Creced, multiplicaos y llenad la
-tierra. Dominadla, y extended vuestro dominio sobre los peces del mar y
-los pájaros del aire, y sobre todos los seres vivientes que se mueven
-sobre la tierra, donde quiera que hayan sido creados, pues no se ha
-dado aún nombre a región alguna.» En seguida, como sabes, te trasladó
-a esta deliciosa morada, a este jardín plantado con los árboles de
-Dios, no menos gratos a la vista que al paladar, y liberalmente te
-concedió todos sus sabrosos frutos por alimento. Aquí están reunidos en
-infinita variedad cuantas especies hay de ellos sobre la tierra; pero
-del árbol cuyo fruto lleva en sí el conocimiento del bien y el mal
-debes abstenerte, porque el día que comas de él morirás; la pena que
-tienes impuesta es la muerte. Sé cauto, y enfrena cuidadosamente tu
-apetito, para que no te sorprenda el pecado, ni su negra compañera, la
-muerte.</p>
-
-<p>»Aquí terminó Dios su obra, y contempló todo lo que había hecho,
-y vio que todo era perfectamente bueno; y así la noche y la mañana
-completaron el sexto día; y el Creador, que cesó en su obra, no
-porque estuviese cansado, regresó a su mansión sublime, al cielo de
-los cielos, a lo más alto, para ver desde allí aquel mundo nuevamente
-creado, aditamento de su imperio, y qué aspecto ofrecía desde su trono,
-y cómo en bondad y en hermosura correspondía todo a su grandiosa
-idea. Y se remontó entre universales aclamaciones, al sonoro compás
-de<span class="pagenum" id="Page_139">p. 139</span> diez mil arpas
-que rompieron en angélicas armonías: la tierra y los aires las
-repitieron (y tú las recordarás, pues las escuchaste); los cielos y las
-constelaciones todas se hicieron sus ecos, y los planetas detuvieron
-su curso para oírlas, mientras la brillante pompa seguía ascendiendo,
-extática de júbilo.</p>
-
-<p>«¡Abríos, eternales puertas!» iban cantando: «Cielos, abrid vuestras
-vivientes puertas, y entrará el Creador glorioso, que vuelve, terminada
-ya su obra magnífica, su obra de seis días, ¡el Mundo! Abríos de hoy
-más con frecuencia; que Dios se dignará de visitar a menudo la morada
-de los hombres justos, y se complacerá en ello, y enviará a ella con
-repetidos mensajes a sus alados nuncios, portadores de su suprema
-gracia.»</p>
-
-<p>»Así en su ascensión cantaba el glorioso séquito; y atravesando los
-cielos, que abrían de par en par sus refulgentes puertas, caminaba el
-Creador derechamente a la eterna mansión de Dios: suntuoso y ancho
-camino, en que el polvo es oro y la calzada de estrellas, como las ves
-en la galaxia o vía láctea que descubres por la noche, a la manera de
-una zona tachonada de estrellas.</p>
-
-<p>»Extendíase entonces por la tierra del Edén la noche séptima,
-pues el Sol estaba en su ocaso, y asomaba por oriente el crepúsculo
-precursor de la oscuridad, cuando llegó a la santa montaña, suprema
-cumbre del cielo, trono imperial de la Divinidad, por siempre firme
-e incontrastable, el poderoso Hijo, y tomó asiento con su augusto
-Padre. Él también había asistido invisible, aunque sin moverse (que
-tal es el privilegio de la Omnipotencia) a la ordenada obra, como
-principio y fin de todas las cosas; y reposando del trabajo, bendijo
-y santificó el día séptimo, como quien en él descansaba de todo lo
-hecho; pero no lo santificó en silencio: el arpa cumplió su oficio, y
-no suspendió sus sones; el tubo dulce y solemne, el órgano con todas
-sus armonías, cuantos sonidos salen de la vibrante cuerda o el hilo de
-oro, acordaron sus suaves tonos, acompañados de voces, ya unísonas,
-ya contrapunteadas; y las nubes de incienso que se desprendían de los
-áureos incensarios, velaban la montaña toda. Celebraban la Creación y
-la obra de seis días.</p>
-
-<p>«¡Grandes ¡oh Jehová! son tus obras, y tu poder infinito! ¿Qué
-pensamiento puede comprenderte, ni qué lengua expresar tu grandeza?
-Con más gloria vuelves ahora, que cuando volviste vencedor de los
-ángeles gigantes. Tus truenos aquel día mostraron tu poder; pero
-hoy eres Creador, y el crear es más que destruir lo creado. ¿Quién
-puede igualarse a ti, Omnipotente Rey, ni poner límites<span
-class="pagenum" id="Page_140">p. 140</span> a tu imperio? Fácilmente
-debelaste la soberbia de los espíritus apóstatas, y aniquilaste su
-vano empeño: presumieron los impíos amenguar tu fuerza y apartar de ti
-los innumerables adoradores; pero el que intenta contrariar tu poder,
-labra su propia ruina, y solo consigue realzarlo más; que con sus
-mismas armas le castigas, y del exceso del mal haces un bien mayor.
-Testimonio es de todo, ese mundo, recién formado, ese otro cielo, no
-distante de las celestiales puertas, fundado a nuestra vista sobre el
-claro cristal, sobre el transparente mar, de extensión casi infinita,
-poblado de multitud de estrellas, cada una de las cuales sea quizás
-un mundo dispuesto para habitarse, aunque tú solo sepas en qué sazón.
-En medio se halla la mansión de los hombres, la tierra, con el océano
-inferior que la circuye, morada llena de encantos. ¡Dichosos una y mil
-veces los hombres y los hijos de los hombres, a quienes Dios tanto ha
-privilegiado creándolos a su imagen para que habiten en esos lugares,
-le rindan culto, y en recompensa dominen sobre todas sus obras, sobre
-la tierra, la mar y el aire, y multipliquen la raza de sus santos y
-justos adoradores! ¡Mil veces dichosos, si comprenden su ventura y
-perseveran en la virtud!»</p>
-
-<p>»Esto cantaban, resonando por todo el Empíreo las voces de ¡aleluya!
-Y así fue solemnizado el sábado.</p>
-
-<p>»Creo haberte satisfecho ya en lo que deseabas. Sabes cómo empezó
-este mundo, el origen de cuanto en él existe, y lo que desde el
-principio se hizo anterior a tu memoria, para que la posteridad,
-informada por ti, tenga de todo conocimiento. Si más pretendes saber,
-con tal que no exceda a la humana capacidad, manifiéstalo.»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3 mt3" id="Ch1_8">
- <p><span class="pagenum" id="Page_141">p. 141</span></p>
- <h3>LIBRO OCTAVO</h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra g0">ARGUMENTO</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>Adán hace algunas preguntas sobre los movimientos celestes, a
- las que contesta el Ángel con palabras dudosas, aconsejándole que
- procure informarse de cosas más dignas de saberse. Persuádese de ello
- Adán; pero deseoso de tener a Rafael más tiempo consigo, le refiere
- todo lo que recuerda su memoria desde que fue creado, y cómo entró
- en el Paraíso; su conferencia con Dios respecto a la soledad y a la
- compañía que pudiera convenirle; su primer encuentro y su desposorio
- con Eva; y prosigue discurriendo sobre este punto con el Ángel que
- después de hacerle algunas amonestaciones, regresa al cielo.</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Suspendió el Ángel su relato, y tan dulce impresión dejaron sus
-palabras en los oídos de Adán, que por algún tiempo, creyendo estarle
-oyendo todavía, permaneció inmóvil y atento; hasta que por fin, como
-quien de pronto vuelve en sí, le dijo en tono de agradecido:</p>
-
-<p>«¿Cómo podré mostrar el debido reconocimiento ni corresponder a
-la merced que me has dispensado, divino historiador, satisfaciendo
-cumplidamente el anhelo que tenía de instruirme, y llevando tu amistosa
-condescendencia hasta el punto de revelarme cosas que jamás hubiera
-podido adivinar? Con asombro, pero con gran deleite, las he escuchado,
-y atribuyo al Sumo Hacedor toda su gloria, como es debido. Quédanme,
-sin embargo, algunas dudas que únicamente tú puedes resolver; porque
-cuando contemplo esta admirable fábrica, este mundo compuesto de
-cielo y tierra, y calculo su magnitud, la tierra me parece un grano
-de arena, un átomo, comparada con el firmamento y todos sus numerosos
-astros, y que estos recorren espacios incomprensibles, de lo cual son
-prueba su distancia y su breve reaparición diurna. Pero ¿es posible
-que no tengan otro oficio que difundir la luz alrededor de esta opaca
-tierra, de este diminuto globo, formando el día y la noche, y que su
-vasta carrera atienda a objeto tan poco útil? Cuando en esto pienso,
-me maravillo de que la Naturaleza, tan próvida y sabia, incurra en
-semejantes desproporciones; que con tan pródiga mano haya creado y
-multiplicado esos sublimes cuerpos, sin otro fin, al parecer, y que les
-imponga tan<span class="pagenum" id="Page_142">p. 142</span> incesante
-revolución, que se repite día por día; mientras la sedentaria tierra,
-que hubiera podido moverse en círculo más estrecho, servida por seres
-más nobles que ella, realiza su destino sin tanta agitación, y recibe
-el calor y la luz como un tributo que le presta el incalculable curso
-de una velocidad que no puede apreciarse, ni hay números que puedan
-expresarla.»</p>
-
-<p>Habló nuestro padre así, y en su aspecto indicaba estar entregado
-a profundas reflexiones; lo cual advertido por Eva, que, aunque un
-tanto apartada, se hallaba allí presente, se levantó de su asiento con
-humilde majestad y con una gracia que inspiraba al que la veía deseos
-de que permaneciese en aquel lugar, y se dirigió a visitar los frutos y
-las flores, para ver cómo prosperaban sus tiernas y pomposas plantas;
-y ellas se abrieron al sentir que se acercaba, y crecieron regocijadas
-al contacto de su hermosa mano. Mas no se retiró disgustada del
-discurso que había escuchado, ni porque su inteligencia fuese inferior
-a tan sublimes cosas, sino por reservarse el placer de que Adán se
-las repitiese, y de ser ella su solo oyente. Prefería oírlas de boca
-de su esposo más que de la del Ángel, y dirigirle a él sus preguntas,
-porque estaba segura de que este añadiría interesantes digresiones, y
-de que sus conyugales caricias allanarían cuantas dificultades se le
-ocurrieran; que de sus labios salía otro encanto tan dulce como el de
-sus palabras. ¡Oh! ¿dónde hallaríamos hoy semejante consorcio, unido
-por el amor y el recíproco respeto? Retirose pues con la dignidad de
-una diosa, y no sin el correspondiente séquito; que en su compañía iban
-las gracias seductoras rodeándola como a una reina, brotando en torno
-y de todos los ojos destellos del deseo que de continuo incitaba a
-contemplarla.</p>
-
-<p>A las dudas propuestas por Adán, respondió Rafael con ingenua
-benevolencia: «No censuro tu anhelo de saber, que el cielo es como el
-libro de Dios abierto ante tus ojos, en el cual puedes leer sus obras
-maravillosas y aprender a distinguir estaciones, horas, días, meses
-y años. Que sea el cielo el que se mueve, o la tierra, te importa
-poco, con tal que tus cálculos sean exactos; lo demás, sabiamente
-ha hecho el supremo Artífice en encubrirlo tanto al hombre como al
-ángel, no divulgando secretos que son para admirados más bien que
-para escudriñarse. A los que gustan de desvanecerse en conjeturas,
-deja Dios que se pierdan en fútiles cuestiones sobre la máquina de
-los cielos, quizá para burlarse de sus vanas sutilezas; y cuando
-pretendan estudiar el cielo y someter a cálculo las estrellas ¡qué
-no inventarán para ajustarlo todo a una forma! Construyendo unas
-veces y<span class="pagenum" id="Page_143">p. 143</span> destruyendo
-otras, se esforzarán en salvar las apariencias, y rodearán la esfera
-de curvas concéntricas y excéntricas, con sus ciclos y epiciclos y
-sus orbes colocados unos dentro de otros. Esto he colegido yo de tus
-razonamientos, y en esto te seguirán tus descendientes. Supones que los
-cuerpos mayores y más luminosos no pueden estar subordinados a los más
-pequeños y opacos, ni los cielos girar en tan inmenso espacio, mientras
-la tierra, tranquilamente asentada, es la única que goza de su tributo;
-mas considera, en primer lugar, que ni la magnitud ni la lucidez son
-indicios de excelencia, porque, si bien en comparación del cielo, es la
-tierra tan pequeña y no ostenta fulgor alguno, puede poseer riquezas de
-más cuantía y más preciadas que el Sol, el cual brilla, pero estéril,
-y cuya virtud es tan ineficaz para él cuanto fructuosa para la tierra.
-Ella es la primera que recibe sus rayos, que de otra suerte serían
-inútiles, la que se alimenta de su vigor; y todas esas espléndidas
-luminarias no se han hecho para la tierra, sino para ti, morador
-terrestre. En cuanto a la vasta redondez del cielo, sobrado alto
-proclama la magnificencia del Hacedor, que ensanchó tanto su recinto
-para que el Hombre comprenda que no habita en mansión propia, edificio
-por demás anchuroso para él, del cual solo ocupa una pequeña parte y el
-resto está destinado a usos que únicamente el Señor conoce. La rapidez
-de esos círculos, por más que sean innumerables, debes atribuirla a
-su Omnipotencia, que añade a sus sustancias corpóreas una actividad
-casi espiritual. ¿Qué te diré yo de la velocidad con que camino? Partí
-del cielo en que Dios reside al rayar el alba, y antes de mediodía he
-llegado al Edén, salvando una distancia que no hay guarismos conocidos
-con que se indique. Discurro de este modo, admitiendo el movimiento
-de los cielos, para mostrarte cuán débiles son los fundamentos de tus
-dudas; pero no lo afirmo, aunque desde la tierra en que vives parezca
-así. Dios ha puesto los cielos tan distantes de la tierra, para que
-no penetre en sus vías el sentido humano, y para que si los ojos
-terrestres pretenden alzarse tanto, se pierdan en inútiles esfuerzos
-por aquellas altas regiones.</p>
-
-<p>»Mas ¿y si el sol es el centro del Universo, y otros astros
-incitados por su fuerza atractiva y la suya propia, giran en torno
-de él describiendo varios círculos? Seis de ellos te lo hacen ver
-en su curso errante, elevándose unas veces, descendiendo otras,
-adelantándose, retrocediendo o permaneciendo inmóviles. ¿Y si el
-séptimo de esos planetas, la tierra, que aparece estable, participase
-a la vez de tres movimientos imperceptibles, que por otra parte
-debieran atribuirse<span class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span>
-a diferentes esferas obrando en sentido contrario y cruzándose
-oblicuamente? O eximes de semejante faena al Sol, o supones inalterable
-a ese veloz rombo, que no ves de día ni de noche, que haces superior
-a todas las estrellas y semejante a una rueda que gira sin cesar;
-creencia de que puedes prescindir, si la tierra, industriosa de suyo,
-busca el día encaminándose al oriente, y si por la parte privada de
-los rayos del sol halla la noche, reflejando la claridad de la luz en
-su hemisferio opuesto. Y ¿qué diremos si esa misma luz enviada por
-la tierra a través de la atmósfera transparente, fuese como la de un
-astro para el globo terrestre de la luna, que la iluminase de día, y a
-su vez fuese iluminada por ella durante la noche? La influencia sería
-totalmente recíproca siendo cierto que la luna contenga campos y aun
-habitantes: las manchas que ves en ella semejan nubes; las nubes pueden
-resolverse en lluvia, y esta producir en su jugoso suelo frutos que den
-alimento a los seres allí nacidos. Un día quizás descubrirás nuevos
-soles que lleven en pos sus lunas, y se transmitan su luz masculina y
-femenina; sexos ambos que animan el universo, y que pueden difundir
-la vida en cada uno de los orbes donde residen. Que esparcidos por el
-vasto imperio de la naturaleza, privados de seres vivientes, yermos y
-desiertos, estén limitados estos cuerpos a ostentar su luz, y apenas
-envíen un destello de ella a los demás orbes, atraídos desde tan lejos
-hacia la región habitable, que recibe de los mismos su esplendor,
-será asunto de eterna controversia. Pero que estas opiniones sean o
-no fundadas; que el sol, predominante en los cielos, influya sobre la
-tierra, o la tierra sobre el sol; que él dé en el oriente principio
-a su inflamado curso, o ella emprenda su silencioso camino desde el
-occidente, adelantando lenta sus inofensivos pasos, y gire sobre su
-fácil eje, conduciéndote sin sentir con su apacible aire; ideas son
-con que no debes atormentar tu pensamiento: deja estos secretos a la
-sabiduría de Dios; pon tu celo en servirle y en temerle. Que disponga
-Él de sus criaturas, donde quiera que estén, según le plazca; y tú goza
-de los bienes que te ha otorgado, de este Paraíso y tu hermosa Eva.
-El Cielo está muy sobre ti para que puedas averiguar lo que acaece en
-él. Sé humilde en tu ciencia; cuida solamente de ti y de lo que te
-concierne; no sueñes en otros mundos, ni en las criaturas que puedan
-morar en ellos, o en su estado, condición y clase; y conténtate con
-cuanto te ha sido revelado, no solo respecto a la tierra, sino al más
-elevado cielo.»</p>
-
-<p>A lo que, aclaradas ya sus dudas, respondió Adán: «Me has satisfecho
-plenamente<span class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span> ¡oh
-pura inteligencia del Cielo, benigno Ángel! Me has librado de
-incertidumbres, mostrándome el camino más llano de la vida, y
-enseñándome a no acibarar las dulzuras de mi existencia, que Dios ha
-preservado de angustiosos cuidados y pesares, siempre que nosotros
-renunciemos a quiméricos pensamientos y nociones vanas. Pero el
-espíritu o la imaginación propenden a lanzarse libres de todo freno en
-errores interminables, hasta que desengañados o aleccionados por la
-experiencia, se persuaden de que no consiste el verdadero saber en el
-profundo conocimiento de cosas inútiles, abstractas e incomprensibles,
-sino el de todo aquello que está a nuestros alcances y de que hacemos
-uso todos los días de nuestra vida: lo demás es humo, vanidad, locura,
-que hace impracticable, que frustra lo que más debe interesarnos, y
-que empeña más y más nuestra ansiosa solicitud. Descendamos pues de
-la altura en que nos hallábamos, y tratemos de asuntos más humildes y
-provechosos; así tendré ocasión de acertar a dirigirte preguntas que no
-te parezcan inoportunas, y a que te dignarás replicar benévolamente,
-favoreciéndome como hasta ahora.</p>
-
-<p>»Te he oído referir todo lo que es anterior a mis recuerdos;
-permíteme que a mi vez te refiera yo mi historia, que tal vez te sea
-desconocida. El día no declina aún, y aprovecharé, como ves, lo que
-resta en idear algún recurso con que entretenerte, invitándote a
-que oigas mi narración. Sería una insensatez el creer que no he de
-merecerte respuesta alguna, porque mientras estoy a tu lado, me parece
-hallarme en el cielo. Tus palabras son a mis oídos más dulces que grato
-es el fruto de la palmera para aplacar el hambre y la sed, a la hora de
-la comida, después del trabajo; que aquel, aunque sabroso, al fin llega
-a cansar y produce hartura; pero tus palabras, dictadas por la divina
-gracia, jamás hastían.»</p>
-
-<p>Y le contestó Rafael con celestial agrado: «Tampoco tus labios,
-padre de los hombres, carecen de gracia, ni tu lengua de elocuencia.
-Dios te ha prodigado interior y exteriormente sus dones, haciéndote
-imagen suya, y bien hablando, bien permaneciendo en silencio, muestras
-esa gentileza y bella disposición que acompaña a todas tus palabras
-y movimientos. En el cielo te consideramos como nuestro compañero de
-servicio en la tierra, y nos complacemos en observar las miras de Dios
-con respecto al Hombre, porque vemos cuánto te ha honrado, igualándote
-en el amor con que nos mira a nosotros. Di, pues, cuanto te plazca.
-Sucedió que aquel día estaba yo ausente, ocupado en un viaje arduo y
-penoso para hacer una larga excursión a las puertas del infierno. Iba
-una legión<span class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span> numerosa,
-según se nos había mandado, con el fin de vigilar todos los pasos e
-impedir que saliesen espías de los enemigos mientras el Señor estaba
-en su obra, no fuese que indignado de tal temeridad, destruyese lo
-que había creado; pues bien que nada pudiesen ellos intentar sin su
-consentimiento, quiso, como supremo monarca, enviarnos a cumplir sus
-altos mandatos y probar la prontitud de nuestra obediencia. Llegamos
-en breve; encontramos cerradas y fuertemente barreadas las pavorosas
-puertas; pero antes de aproximarnos, oímos dentro un rumor que en nada
-se parecía a los armónicos sones de los cánticos ni las danzas, sino
-a los gritos de los tormentos, de las lamentaciones y de la furiosa
-rabia. Volvímonos alegres a las colinas limítrofes de la luz antes que
-anocheciese el sábado, así como se nos había ordenado. Pero comienza ya
-tu relato, el cual escucharé con el mismo gusto que tú has escuchado el
-mío.»</p>
-
-<p>Esto dijo el divino Nuncio; y prosiguió así nuestro primer padre:
-«Difícil le es al Hombre decir cómo empezó su vida, porque ¿quién
-conoce su verdadero origen? Pero el deseo de seguir conversando
-contigo me animará a hacerlo. Cual si nuevamente despertase del más
-profundo sueño, me hallé muellemente recostado sobre la florida yerba;
-y cubierto de un balsámico sudor, que tardaron poco en enjugar los
-rayos del Sol, absorbí aquellos húmedos vapores. Volví en seguida
-hacia el cielo mis ojos asombrados, y estuve un rato contemplando
-el espacioso firmamento; hasta que levantándome de pronto por un
-movimiento instintivo, salté como esforzándome en llegar a él, y me
-hallé derecho sobre mis pies, que me sostenían. Alrededor vi colinas y
-valles, umbrosos bosques, llanuras bañadas de sol, líquidos arroyuelos
-que murmurando se deslizaban, y por do quiera criaturas que vivían y se
-movían, que andaban o volaban, y aves que gorjeaban entre el ramaje.
-Todo se mostraba risueño, y mi corazón estaba inundado en fragancia y
-en alegría.</p>
-
-<p>»Reparé entonces en mí mismo, examiné todos mis miembros, di
-algunos pasos, y me determiné a correr, valiéndome de mis sueltas
-articulaciones, e impelido por la vigorosa fuerza que en mí sentía;
-pero ¿quién era yo, dónde estaba, por qué existía? De nada tenía
-noticia. Probé a hablar, y hablé sin dificultad, prestándose a ello mi
-lengua, y poniendo nombre a cuanto veía; y exclamé: «¡Oh Sol, claridad
-hermosa, y tú, Tierra, que recibes su luz y que tan lozana te ostentas
-y tan risueña: montes y valles, ríos, bosques y llanuras: y vosotros
-los que gozáis de vida y de movimiento, bellísimas criaturas! Decidme,
-decidme, si lo<span class="pagenum" id="Page_147">p. 147</span>
-sabéis, de dónde procedo y cómo me encuentro aquí. No procedo de mí
-mismo, sino seguramente de un gran Hacedor, tan grande por su bondad
-como por su poder. Decidme cómo he de conocerle, cómo podré adorarle,
-pues por él gozo de movimiento y vida, y me siento más feliz de lo que
-yo mismo puedo comprender.»</p>
-
-<p>»Y mientras hablaba así, me encaminé sin saber adónde, lejos del
-sitio donde por vez primera respiré el aire y contemplé esa encantadora
-luz; y como nadie me respondiese, me senté pensativo en un verde y
-sombrío ribazo, bordado todo de flores. Por primera vez también me
-asaltó el delicioso sueño, que con dulce opresión y sin alarmarme
-embargó mis sentidos, bien que temí volver a la insensibilidad de mi
-primer estado, y disolverme repentinamente. Mas en el mismo punto
-se apoderó de mi mente un sueño, cuya agradable representación
-vino a hacerme creer que gozaba aún de mi ser, que vivía aún; y
-figuróseme que llegaba allí alguien de divino aspecto, y que me decía:
-«Adán, tu mansión te llama; levántate, Hombre, destinado a ser el
-primer padre de innumerables hombres. Vengo, llamado por ti, para
-conducirte al delicioso jardín donde tienes dispuesta tu morada.»
-Esto diciendo, me asió de la mano, y deslizando por el aire sin dar
-paso alguno, me transportó por encima de los campos y de las aguas
-a una selvosa montaña, cuya cima era una llanura, ancho recinto
-cercado de hermosísimos árboles, de calles y de bosques; que de cuanto
-hasta entonces había visto en la tierra, nada apenas me parecía tan
-agradable. Los frutos que en extremada abundancia pendían de cada
-árbol, incitaban primero a los ojos y encendían después el apetito en
-deseo de cogerlos y de gustarlos; y en esto desperté, y vi que era
-realidad lo que con tal viveza el sueño me había pintado. De nuevo
-hubiera emprendido mi carrera, a no habérseme aparecido entre los
-árboles la divina presencia del que en aquel lugar me servía de guía;
-y lleno de júbilo, pero con respetuoso temor, me prosterné ante sus
-plantas para adorarle.</p>
-
-<p>»Hízome levantar, y con la mayor dulzura me dijo: «Yo soy el mismo
-que buscas, el autor de cuanto ves encima, debajo y alrededor de ti. Te
-hago dueño de este Paraíso; tenle por tuyo para cultivarle, guardarle
-y sustentarte de sus frutos. De todos los árboles que en este jardín
-crecen, come libremente y con corazón alegre; no padezcas necesidad;
-pero del que lleva en sí el conocimiento del bien y del mal, que
-he plantado en medio del jardín, junto al árbol de la vida, y para
-prueba de tu obediencia y fidelidad (no olvides jamás este precepto),
-guárdate<span class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span> de gustar,
-y evita sus funestas consecuencias. Sabe que el día que comas de él y
-quebrantes el único mandato que te impongo, morirás infaliblemente,
-serás mortal desde entonces, perderás tu presente felicidad, y
-expulsado de aquí, irás a un mundo de desdichas y penalidades.»</p>
-
-<p>»El severo tono con que pronunció esta rigurosa prohibición resuena
-aún con terrible eco en mis oídos, dado que está en mi mano no incurrir
-en semejante pena; mas en seguida cobró su risueño aspecto, y prosiguió
-hablándome en estos afectuosos términos: «No solo este encantador
-recinto, sino la tierra toda te doy a ti y a tu descendencia. Poseedla
-como dueños, con todo lo que vive en ella, en el agua y en el aire,
-animales, peces y aves; en testimonio de lo cual, he ahí a los pájaros
-y cuadrúpedos según la especie de cada uno: te los presento para que
-les impongas sus nombres, y para que con la más sumisa obediencia te
-rindan homenaje; y lo propio has de entender de los peces, que residen
-dentro del agua, y no comparecen aquí porque no pueden abandonar
-su elemento ni respirar este aire, sutil para ellos en demasía.» Y
-mientras así se expresaba, fueron de dos en dos acercándose a mí las
-aves y los animales, postrándoseme estos con mansos halagos, y aquellas
-descendiendo, sostenidas en sus alas. Íbales dando nombre a medida
-que pasaban, e instruyéndome en su naturaleza, que de tal penetración
-me había dotado Dios en aquel momento; pero en ninguna de aquellas
-criaturas hallaba lo que parecía aún faltarme; y así me atreví a
-preguntar a la celeste visión:</p>
-
-<p>«Y a ti ¿cómo te llamaré? Porque tú eres superior a todos estos,
-superior al Hombre, a todo lo que es más que el Hombre, y a cuanto
-pudiera yo nombrar. ¿Cómo podré adorarte, autor de este Universo y de
-todo lo que es un bien para el Hombre, cuya felicidad has labrado tan
-sin medida, disponiéndolo todo para este fin? Pero nadie participa
-conmigo de tan gran ventura. ¿Qué dicha hay en la soledad? ¿Qué goce es
-el que se disfruta a solas? Y aún gozando así de todo ¿cómo puede uno
-satisfacerse?»</p>
-
-<p>»La presuntuosa resolución con que dijo esto sugirió a mi celeste
-visión una sonrisa que realzó su majestad; y añadió: «¿Qué entiendes
-por soledad? ¿No están la tierra y el aire poblados de criaturas
-vivientes, que dóciles a tu voluntad, se muestran contentos con tu
-presencia? ¿No comprendes su lenguaje y sus instintos? También alcanzan
-ellos una inteligencia y una razón que no son de despreciar. Recréate
-con ellos, trátalos como soberano dueño de un vasto imperio.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span>»Estas palabras del
-universal Señor me parecieron un mandato; y en tono suplicante, como
-quien demanda indulgencia, repuse: «¡Que no te ofendan mis palabras,
-Señor Omnipotente y Hacedor mío! ¡Préstame benignos oídos! ¿No te has
-dignado hacerme aquí tu representante, y disponer que sean inferiores
-a mí todas estas criaturas? Pues ¿qué sociedad, qué armonía, qué
-verdadero placer puede ser común a los que no se consideran entre sí
-iguales? No hay mutualidad de afecto, si no se da y se recibe en la
-proporción debida, porque en la desigualdad que eleva a unos y rebaja
-a otros, no puede existir perfecto acuerdo y se establece pronto
-recíproco desvío. Hablo de la sociedad tal como yo la desearía, en que
-los placeres razonables han de ser comunes, y no pueden serlo en el
-consorcio del bruto con el hombre. Cada cual busca solaz en los de su
-especie, como el león en la compañía de la leona, y por eso tú mismo
-los has unido en parejas; que no solo es imposible que se entiendan el
-pájaro y la fiera, o el pez y el ave, mas ni siquiera el simio con el
-buey, y menos el hombre con el bruto, por ser esto lo más difícil.»</p>
-
-<p>A lo cual, sin manifestar desagrado, respondió el Todopoderoso:
-«Veo, Adán, que quieres procurarte una felicidad perfecta y pura en la
-elección de tus asociados, y que no hallarás placer, con encontrarte
-rodeado de tantos goces, viéndote solitario. ¿Qué juzgas de mí y de
-mi actual estado? ¿Crees que yo soy completamente feliz o no? Solo
-estoy toda una eternidad; no reconozco segundo ni semejante, y mucho
-menos igual: ¿con quién, pues, he de comunicarme, sino con los que
-son hechura mía; inferiores a mí, e infinitamente inferiores a lo que
-respecto a ti son las demás criaturas?»</p>
-
-<p>»A esta pregunta respondí humildemente: «Soberano del mundo, para
-concebir la alteza o profundidad de tus eternos designios ¡qué limitado
-es el alcance humano! Tú eres perfecto por ti mismo, y en ti no cabe
-la menor falta. No es así el Hombre, que se perfecciona gradualmente
-con el deseo de asociarse a sus semejantes para hacer más llevaderos
-o mejorar sus defectos. Ni en ti hay la necesidad de reproducirte,
-siendo infinito como eres y, aunque uno, cabal en número. El número es
-lo que manifiesta en el Hombre su imperfección individual, y así debe
-producir el semejante de su semejante, y para multiplicar su imagen,
-imperfecta en la unidad, necesita de un amor mutuo, de una compañía
-querida; pero tú, aunque solo en tu recóndito alcázar, no has menester
-mejor acompañamiento que tú mismo; no buscas otra sociedad; y si
-tal quisieses, sublimarías a<span class="pagenum" id="Page_150">p.
-150</span> una de tus criaturas hasta unirla o ponerla en comunicación
-contigo, hasta divinizarla; mientras que yo no puedo levantar al que
-se arrastra por la tierra para conversar con él, ni hallar en su trato
-complacencia alguna.»</p>
-
-<p>»Alentado por su bondad, hablele así, valiéndome del permiso que me
-otorgaba; Él acogió mi indicación, replicando con su graciosa y divina
-voz: «Me he complacido hasta ahora en probarte, Adán, y advierto que no
-solo conoces a los animales, pues has dado a cada cual adecuado nombre,
-sino que te conoces a ti mismo. Bien descubres el libre espíritu que en
-tu interior he puesto, la imagen mía, que no he concedido a los brutos,
-por lo cual no puedes igualarte a ellos. Razón tienes en considerar
-extraña su sociedad, y piensa siempre del mismo modo. Antes de oírte,
-sabía que no era conveniente al hombre la soledad; mas la compañía que
-entonces viste no es la que te destino; te la mostré únicamente para
-probar si juzgabas bien de tu conveniencia y de lo que es justo. Lo que
-ahora te presentaré ha de agradarte seguramente; será una semejanza
-tuya, un sostén a propósito para ti, un segundo tú, exactamente igual a
-lo que anhela tu corazón.»</p>
-
-<p>»Calló al decir esto, o yo no le oí decir más, porque rendida mi
-naturaleza terrestre a aquella virtud divina, que por tanto tiempo me
-había tenido remontado a la excelsa altura de su celestial coloquio,
-como deslumbrado y oprimido por una fuerza que embarga los sentidos,
-no pudiendo vencer mi languidez, recurrí al alivio del sueño, y este
-acudió al instante, traído en mi auxilio por la naturaleza, y cerró mis
-párpados, pero dejó clara mi vista interior, la luz de mi fantasía; y
-arrebatado, como en un éxtasis, me pareció percibir, aunque dormido, el
-mismo glorioso ser que había tenido despierto ante mis ojos; y vi que
-descendía hasta mí, y que me abría el costado izquierdo y sacaba de él
-una costilla teñida toda en sangre del corazón, principio y savia de la
-existencia. La herida era profunda, mas de repente se cubrió de carne
-nueva y quedó sanada.</p>
-
-<p>»Dispuso la visión creadora y modeló la costilla con sus manos, y de
-ellas salió una criatura semejante al Hombre, pero de diferente sexo, y
-tan en extremo hermosa, que cuanto en el mundo me había parecido bello,
-dejé de verlo tal desde aquel instante, o más bien lo contemplé cifrado
-en ella y en el encanto de sus ojos; los cuales llenaron mi corazón
-de un suave deleite que antes no había sentido, y esparcieron en todo
-cuanto la rodeaba el espíritu del amor y el más delicioso anhelo. A
-poco desapareció, privándome de su luz, y desperté, y corrí en<span
-class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span> su busca, resuelto a
-hallarla, o a lamentar su pérdida para siempre y renunciar a toda otra
-felicidad. Y cuando menor era mi esperanza, hela nuevamente a corto
-trecho de allí, conforme se me había en el sueño aparecido, revestida
-de todas las seducciones que tierra y cielo podían juntar para hacer su
-beldad más interesante. Llegose a mí llevada por su creador celestial,
-que aunque invisible, con su voz la dirigía, habiéndola impuesto ya
-en los deberes de la santidad nupcial y en los ritos del matrimonio.
-La gracia acompañaba sus pasos, el cielo reverberaba en sus ojos, y
-la dignidad y el amor presidían todos sus movimientos. Enajenado de
-júbilo, no pude menos de exclamar así:</p>
-
-<p>«Esta vez colmas mis deseos. Cumpliste ya tu promesa, bondadoso
-Señor, dispensador de todos los bienes, y de este en especial, el mayor
-don que has podido hacerme. ¿Cómo no me lo envidias? Ya veo el hueso
-de mis huesos, la carne de mi carne: en ella me veo a mí. Mujer es su
-nombre; del Hombre ha sido sacada; y por esta causa el Hombre dejará a
-su padre y a su madre para unirse con su mujer; y ambos serán una misma
-carne, un mismo corazón y una sola alma.»</p>
-
-<p>»Ella me oyó; y aunque impulsada hacia mí por una fuerza divina, la
-inocencia, el pudor virginal, su virtud, la conciencia de su dignidad,
-que ha de ser requerida antes que conquistada, que no es fácil ni
-espontánea, sino retraída y cauta, para que su incentivo sea mayor, en
-suma, la naturaleza, bien que exenta de todo pensamiento pecaminoso,
-tan poderosamente obró en ella, que al verme se retiró. Yo la seguí;
-ella, poseída del sentimiento del honor, con majestuosa condescendencia
-aprobó la demostración de mi solicitud; y la conduje al lecho nupcial,
-arrebolado su rostro con el carmín de la aurora. Los cielos todos, las
-favorables constelaciones marcaron aquella hora con su más benigna
-influencia; congratulose la tierra; estremeciéronse de gozo sus
-colinas; las aves gorjearon alborozadas, y el fresco ambiente y los
-bullidores céfiros difundieron la nueva entre los bosques, derramando
-sus alas las rosas y perfumes que habían libado en las aromáticas
-florestas; hasta que la enamorada avecilla de la noche cantó aquel
-himeneo, y dio priesa a la estrella de la tarde para que iluminando la
-cima de su colina, encendiese la nupcial antorcha.</p>
-
-<p>»Te he dicho pues lo que pasó por mí: mi historia te hará ver
-la felicidad terrestre de que disfruto. Confieso que todo me causa
-placer aquí, pero un placer que, anhelado o involuntario, ni excita
-en mí cambio alguno, ni produce mayor deseo,<span class="pagenum"
-id="Page_152">p. 152</span> como me sucede con la delicada sensación
-que comunican a mi paladar, a mi vista y a mi olfato los frutos,
-las plantas y las flores, y lo agradables que me son el paseo y el
-melodioso cántico de las aves. Enajenado con cuanto veo, enajenado
-con cuanto toco, nada es, sin embargo, comparable con la pasión que
-experimenté por primera vez. ¡Qué conmoción tan extraña! En todos
-los demás goces me reconozco superior, dueño de mí mismo; en este
-solamente, en el poder fascinador que sobre mí ejerce el encanto de
-la belleza, cedo a la debilidad; y bien porque mi naturaleza no sea
-bastante fuerte para oponer resistencia a su seducción, bien porque
-en la merma de mi costado haya perdido más de lo necesario, es lo
-cierto que esa belleza tiene en sí demasiados atractivos, siendo en
-su exterioridad tan perfecta, aunque interiormente no lo sea tanto.
-No se me oculta que, atendido el fin primordial de la Naturaleza, la
-excelencia del espíritu y de las facultades internas, es evidente su
-inferioridad, y que aun considerada en sus formas, se asemeja menos
-a la imagen del Creador que nos hizo a entrambos, y no corresponde
-al sello de predominio que llevamos sobre las demás criaturas; pero
-cuando contemplo de cerca su beldad, me parece tan seductora, tan
-acabada en sí misma, que su menor deseo, su menor palabra juzgo que
-es lo más cuerdo, lo más virtuoso, lo más discreto y lo mejor que
-ocurrirse puede. La ciencia más sublime se da ante ella por vencida;
-el mejor razonamiento al lado del suyo queda desconcertado y acaba por
-parecerme un desvarío; síguenla ciegamente la autoridad y la razón,
-como si hubiera sido ella formada la primera, y no después que yo, y
-accidentalmente: en suma, y para decirlo de una vez, en ella moran y
-ejercen su supremo imperio la majestad del alma y la nobleza, que la
-rodean con la aureola del respeto, como custodios angelicales.»</p>
-
-<p>A esto con severo semblante replicó el Ángel: «No acuses a la
-Naturaleza, que ha hecho cuanto en su mano estaba. Haz tú lo propio,
-y no desconfíes de la sabiduría, que no ha de abandonarte mientras tú
-no te apartes de ella en el momento de necesitarla más, y mientras no
-des exagerada importancia a lo que la merece menos, como por ti mismo
-lo puedes ver: porque ¿qué es lo que tanto admiras? ¿qué lo que de
-tal modo te enajena? La belleza es sin duda digna de tu afecto, de tu
-respeto y de tu amor, mas no de rendimiento tan absoluto. Compárate con
-ella, y estímate en lo que vales, que a veces nada es tan provechoso
-como esa estimación de sí mismo bien entendida y puesta en sus justos
-y razonables límites. Cuanto más procures conocerte a ti, más se
-persuadirá ella de<span class="pagenum" id="Page_153">p. 153</span> tu
-superioridad, y menos se sobrepondrán a la realidad las apariencias.
-Dios la hizo seductora para que te inspirase mayor agrado, y al propio
-tiempo majestuosa para que la honrases con tu amor, que si no procede
-con cordura, tardará poco ella en comprenderlo. Pero cuando el deleite
-de los sentidos, que sirve para la propagación de la especie, absorbe
-todos los demás placeres, debe reflexionarse que ese mismo deleite se
-ha concedido a los irracionales, los cuales no participarían de él si
-fuese digno de avasallar el alma humana y de que preponderase en ella
-esta pasión. Sigue amando los encantos, la ternura, la discreción que
-hallas en tu compañera; ámala en este sentido, pero no con pasión,
-porque no consiste en ella el verdadero amor. El amor purifica el
-pensamiento y engrandece el corazón; lleva a la razón por guía;
-préciase de juicioso; sirve de escala para remontarse hasta el amor
-celeste, y no se mancha con el deleite de la carne: por esto no ha sido
-sacada tu compañera de entre las bestias irracionales.»</p>
-
-<p>Al oír esto, repuso Adán medio avergonzado: «No es su extrema
-belleza, aun siendo tan seductora, ni el deseo de la procreación,
-común a todos los seres (pues tengo más alta idea del lecho nupcial,
-que miro con misterioso respeto), lo que me enamora en ella, sino
-la gracia impresa en todas sus acciones, los mil y mil donaires
-con que acompaña cuanto dice y cuanto hace, y su amorosa y dulce
-condescendencia; señales evidentes todas de la unión que reina en
-nuestras almas hasta hacer una sola de ambas, y de la armonía en que
-vivimos los dos esposos, más agradable que la del más armonioso son
-a nuestros oídos. No es esto lo que me subyuga (nada te oculto de lo
-que pasa en mí); no estoy ofuscado, porque mis sentidos perciben los
-objetos conforme a su variedad y a la influencia que ejerce cada uno;
-me conservo libre para dar la preferencia a lo mejor y para decidirme
-por lo que prefiero. Tú no me vedas que ame; al contrario, me dices que
-el amor nos sublima al cielo, y que es quien allá nos encamina y guía.
-Pues bien: permíteme que te pregunte ahora: ¿no aman los espíritus
-celestiales? Y ¿cómo expresan su amor? ¿Contemplándose únicamente, o
-por medio de una irradiación mutua, o de un contacto bien sea virtual,
-bien inmediato?»</p>
-
-<p>A lo que con celestial semblante, que animaba el sonrosado carmín
-propio del amor, contestó sonriendo el Ángel: «Bástete saber que somos
-felices, y que sin amor no hay felicidad. Ese puro, aunque corpóreo
-deleite de que disfrutas, porque tú has sido creado puro, nosotros lo
-gozamos en sumo grado; no hallamos embarazo alguno en las partes de
-nuestro cuerpo. Si los espíritus se acercan,<span class="pagenum"
-id="Page_154">p. 154</span> se confunden totalmente, más que el aire
-con el aire, aunándose la pureza de sus esencias, y no viéndose en la
-precisión de juntar la carne con la carne, y el alma con el alma. Y ya
-no puedo retrasarme más: el sol se aleja, trasponiendo el Cabo Verde de
-la tierra y las islas Hespérides<a id="FNanchor_89" href="#Footnote_89"
-class="fnanchor">[89]</a>, que es la señal de mi partida. Persevera
-en el bien, sé feliz, y ama; ama sobre todo a Aquel que cifra el amor
-en la obediencia, y no olvides su mandamiento. Cuida que la pasión no
-extravíe tu juicio, ni te induzca a hacer nada de lo que repugna a
-una voluntad libre. En tu mano tienes tu felicidad o desgracia y la
-de tus hijos; y así procede con gran cautela. En tu perseverancia nos
-complaceremos no solo yo, sino todos los bienaventurados. Mantente
-firme; que de conservarte en tu actual estado o para siempre perderlo,
-tú eres exclusivamente árbitro y responsable; y pues Dios te ha hecho
-perfecto cuanto es menester para que no necesites de ayuda extraña,
-rechaza toda tentación que te aleje de tu obediencia.»</p>
-
-<p>Levantose el Ángel al decir esto, y Adán le despidió mostrándole su
-gratitud en estos términos: «Pues ya es forzosa tu ausencia, ve en paz,
-huésped celestial, divino nuncio de Aquel cuya soberana bondad adoro.
-¡Cuán complaciente, cuán amoroso has estado para conmigo! El honor que
-me has dispensado te agradecerá siempre mi memoria. Sigue siendo el
-protector y amigo del género humano, y visítame con frecuencia.»</p>
-
-<p>Y de esta suerte se separaron en la umbría floresta, el Ángel
-volviendo al cielo, y Adán entrándose en su morada.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L035">
- <img class="thin"
- src="images/i_277.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Y de esta suerte se separaron en la umbría floresta...</p>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3 mt3" id="Ch1_9">
- <p><span class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span></p>
- <h3>LIBRO NONO</h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra g0">ARGUMENTO</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>Después de explorar Satán la tierra con la más maligna intención,
- vuelve de noche al Paraíso, introduciéndose en forma de vapor acuoso
- en el cuerpo de la Serpiente que yacía dormida. Salen Adán y Eva
- al amanecer para continuar su trabajo, el cual propone Eva que se
- divida, dirigiéndose cada cual a distinto punto; mas Adán no lo
- aprueba, alegando el peligro que podían correr, y temeroso de que
- el enemigo contra quien ya estaban prevenidos, no sedujese a Eva
- al hallarla sola. Picada ella de que no la creyese bastante cuerda
- o bastante fuerte, insiste en que se separen, deseando además dar
- pruebas de su firmeza. Cede por fin Adán; la Serpiente halla sola
- a su Esposa; acércase cautamente; empieza por contemplarla; le
- dirige la palabra, y con lisonjeros encarecimientos la declara muy
- superior a todas las demás criaturas. Admirada Eva de oír hablar a
- la Serpiente le pregunta cómo ha adquirido aquella facultad humana,
- y la inteligencia de que carecía antes; la Serpiente responde que
- habiendo probado el fruto de cierto árbol que allí existía, ha
- adquirido a un mismo tiempo la palabra y la razón, de que hasta
- entonces no había gozado. Ruégale Eva que la conduzca adonde está
- el árbol, y al verlo reconoce que es el de la ciencia prohibida;
- pero más alentada ya la Serpiente, la induce con mil instancias y
- artificios a que pruebe el fruto, y hallándolo de un sabor delicioso,
- reflexiona un momento si debe o no participárselo a Adán; pero al
- cabo va a presentárselo, y le refiere lo que la ha decidido a comer
- de él. Queda al pronto consternado Adán; pero considerando que su
- Esposa está perdida, resuelve, llevado de su vehemente amor, perecer
- con ella, y atenuando su falta, come también del mismo fruto. Efectos
- que ambos experimentan. Procuran encubrir su desnudez, y acaban por
- reconvenirse y acusarse mutuamente.</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Cesen ya las pláticas que Dios o un ángel, huésped del Hombre,
-sostenían familiarmente con él, como con un amigo, dignándose de
-sentarse a su lado, de compartir con él su campestre mesa y de
-permitirle discurrir sencillamente sin mostrarse con él severo. Una
-trágica catástrofe sucederá a esta escena: insensata desconfianza,
-monstruosa infidelidad, desobediencia y rebelión por parte del Hombre;
-por parte de Dios, de tal manera olvidado, desvío y profundo disgusto,
-indignación, justísimo rigor y terrible sentencia, que trajo sobre el
-mundo un cúmulo de males, el pecado y la muerte que le acompaña, y la
-miseria precursora de la muerte: enojoso empeño, pero asunto no menos
-sublime y más heroico que la cólera del inexorable Aquiles persiguiendo
-a su enemigo tres veces fugitivo alrededor de las murallas de Troya<a
-id="FNanchor_90" href="#Footnote_90" class="fnanchor">[90]</a>, y que
-el furor de Turno al verse privado de Lavinia, su prometida esposa<a
-id="FNanchor_91" href="#Footnote_91" class="fnanchor">[91]</a>,
-y la ira de Neptuno<a id="FNanchor_92" href="#Footnote_92"
-class="fnanchor">[92]</a> y de Juno, tan<span class="pagenum"
-id="Page_156">p. 156</span> pertinaz contra los griegos y contra el
-hijo de Citerea. Y no me será difícil remontar mi canto a tal altura,
-si logro el auxilio de mi celeste protectora, que sin ser llamada acude
-a mí todas las noches, y me dicta entre sueños o me inspira fáciles
-rimas en que yo no había pensado.</p>
-
-<p>Largo tiempo ha que por vez primera elegí este asunto para un canto
-heroico, pero comencé ya tarde. La naturaleza no me ha dado facilidad
-para pintar guerras que hasta aquí se han contemplado como el único
-argumento para la poesía heroica: ¡sublime aspiración realzar a fuerza
-de largos y repugnantes desastres, hazañas de fabulosos caballeros en
-batallas también supuestas, y no consagrar un solo canto a la verdadera
-fortaleza, a la paciencia y heroicidad de los mártires; describir
-evoluciones y juegos, vistosas empalizadas, escudos relumbrantes de
-empresas y blasones, bridones encubertados, arneses bordados de oro,
-y arrogantes jinetes entrando en las justas y en los torneos; y luego
-la suntuosidad de los banquetes, servidos en magníficos salones por
-numerosos pajes y escuderos; primores artificiosos y rutinarios, que
-no pueden dar justo y heroico renombre ni al autor ni a su poema! Pero
-a mí, que no he puesto mi arte ni mi estudio en estas cosas, se me
-ofrece argumento más sublime, bastante por sí solo a granjearme alta
-reputación, a no ser que la tardanza del tiempo, el hielo del clima o
-el de mis años entorpezcan mis ya rendidas alas; y no podría menos de
-suceder así, si esta obra fuese exclusivamente mía, y no del nocturno
-numen que sugiere sus cantos a mis oídos.</p>
-
-<p>Hundíase el Sol en el océano, y con él desaparecía la estrella de
-Héspero, cuyo oficio es llevar el crepúsculo a la tierra, sirviendo
-de medianera entre el día y la noche. Del uno al otro extremo del
-hemisferio extendía esta su velo en torno del horizonte, a tiempo que
-Satán, a quien Gabriel había intimidado con sus amenazas y expulsado
-del Edén, más diestro ahora en su falacia y malignidad, y más ansioso
-de la perdición del Hombre, a pesar de que se exponía él también a
-mayor castigo, sin temor alguno resolvió penetrar de nuevo en aquellas
-regiones. Era de noche cuando emprendió el vuelo; a la mitad de ella
-había acabado de dar la vuelta a la tierra, porque evitaba el día,
-desde que Uriel, que regulaba el movimiento del Sol, le descubrió al
-entrar en el Edén y previno contra sus intentos a los querubines que
-lo guardaban. Así expulsado y poseído de mortal angustia, siete noches
-consecutivas anduvo rodando entre las tinieblas: tres veces recorrió
-la línea equinoccial, y cuatro, atravesando los coluros, cruzó por el
-carro <span class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span>de la noche
-de polo a polo. A la octava noche volvió al Paraíso<a id="FNanchor_93"
-href="#Footnote_93" class="fnanchor">[93]</a>, y en la parte opuesta
-a la que guardaban los querubines, descubrió una entrada furtiva, que
-ellos no conocían.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L036">
- <img class="thin"
- src="images/i_282.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">¡Oh Tierra! Cuán semejante eres al cielo...</p>
-</div>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L037">
- <img class="thin"
- src="images/i_284.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">En el río se hundió Satán y volvió a salir.</p>
-</div>
-
-<p>Había allí un lugar (ya no existe, y de esta novedad no fue causa
-el tiempo, sino el pecado), donde el Tigris se precipita en una
-profunda sima al pie del Paraíso, refluyendo parte de sus aguas hasta
-formar una fuente junto al árbol de la vida. En aquel precipicio se
-arrojó Satán, arrastrado por el río, y entre el salto que sus aguas
-daban subió al jardín, envuelto en su densa niebla. Allí buscó un
-sitio donde ocultarse. Había recorrido mares y tierras del Edén al
-Ponto Euxino y la laguna Meótides, y más allá de las riberas del
-Obi, y descendió al polo Antártico, cruzando al occidente, desde el
-Orontes al océano que se ve atajado por el istmo de Darién, y luego a
-las regiones bañadas por el Ganges y por el Indo<a id="FNanchor_94"
-href="#Footnote_94" class="fnanchor">[94]</a>. Al escudriñar así toda
-la tierra con minucioso examen y contemplar con profunda atención todas
-las criaturas, para elegir la que mejor se prestase a sus intentos,
-halló que la más astuta era la serpiente, y después de prolijas dudas
-y reflexiones, se convenció de que en ninguna como en ella podría
-injertar su insidioso espíritu, y en ninguna encubrir mejor sus
-siniestros odios a la más penetrante vista; porque en la falsedad de
-la serpiente no había ardid que pareciese impropio, ni cabía sospechar
-de su natural sutileza y malignidad, al paso que en los demás animales
-cualquier acto superior a su rudo instinto hubiera podido parecer
-influencia y sugestión diabólica. Esta fue al cabo su resolución; pero
-tales y tan desesperados combates traía en su interior, que prorrumpió
-en doloridos ayes, discurriendo así:</p>
-
-<p>«¡Oh Tierra! ¡Cuán semejante eres al Cielo, por no decir superior
-y morada más digna de los dioses, dado que has sido producto de una
-segunda creación, con la cual se perfeccionó la antigua! Porque
-¿hubiera Dios, después de hacer una obra perfecta, creado otra peor?
-¡Oh terrestre cielo, alrededor del cual giran otros, que brillan
-únicamente para comunicarte sus resplandores! Solo para ti existen, al
-parecer, uno y otro astro, y en ti concentran los preciosos destellos
-de su sagrada influencia. Así como en el cielo Dios es el centro
-que<span class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span> se difunde por
-donde quiera, así lo eres tú también con respecto a los demás orbes
-que tienes por tributarios. En ti, que no en ellos, aparecen todas las
-virtudes conocidas que producen las yerbas y las plantas, y la estirpe
-más noble de los seres animados de vida gradual que crecen, sienten y
-raciocinan, dones todos cifrados en el Hombre. ¡Con qué placer, si de
-algún placer fuese yo capaz, recorrería tus campos, contemplando esa
-deliciosa alternativa de colinas y valles, ríos, bosques y llanuras;
-tan pronto tierras, tan pronto mares; aquí una ribera al pie de una
-selva, allá enormes rocas y grutas y cavernas! Pero ninguno de esos
-lugares me ofrece mansión ni asilo, y cuanto mayores son los encantos
-que me rodean, más grande es el tormento que llevo dentro de mí, como
-si fuese yo el odioso objeto de sentimientos tan encontrados. Toda
-dulzura se convierte para mí en veneno, y hasta en el cielo mi suerte
-sería tristísima. Y no es que yo quiera vivir aquí, ni aun en el cielo,
-de no imperar en él como soberano; porque no es la esperanza de llegar
-a condición menos miserable la que me anima ahora, sino el deseo de
-hacer a otros tan desdichados como lo soy yo, aunque redunde en mayor
-desventura mía; que lo que únicamente halaga mi desasosegado anhelar
-es la destrucción. Si en efecto, logro destruir, o que él propio labre
-su total perdición, al hombre para quien todo esto se ha creado, todo
-ello le acompañará en su ruina, como identificado que está con su
-prosperidad o su infortunio. ¡Sea con su infortunio! ¡Perezca cuanto
-aquí existe! De todas las potestades infernales, yo seré el único a
-quien quepa la gloria de haber aniquilado en un día lo que Él, el que
-se llama Omnipotente, ha empleado en crear seis días y seis noches sin
-interrupción; y ¿quién sabe cuánto tiempo empleara antes en concebirlo?
-Quizá no tuvo tal pensamiento hasta que yo, en una sola noche, libré
-de oprobiosa servidumbre casi a la mitad de los que llevan el nombre
-de ángeles, reduciendo en proporción la multitud de sus adoradores. En
-venganza de esto, sin duda, y para reponer sus legiones así mermadas,
-fuese por haber desmerecido de aquella antigua virtud que poseyó al
-crear los ángeles, si fueron creación suya, fuese para humillarnos más,
-determinó suplir nuestra falta con un ser formado de tierra, elevándole
-desde tan vil extracción hasta el punto de concederle nuestra dignidad
-celeste. Como lo resolvió, lo llevó a cabo; y formó al Hombre, y para
-él labró todo este magnífico mundo, y le dio por mansión la tierra,
-proclamándole rey de ella; y ¡oh indignidad! puso a su servicio las
-alas de los serafines, y por custodios suyos espíritus de fuego,
-obligados a desempeñar este terrestre ministerio.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L038">
- <img class="thin"
- src="images/i_288.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Pronto la encontró profundamente dormida y enroscada.</p>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_159">p. 159</span>»Temeroso de su
-vigilancia, y con el fin de eludirla, me he envuelto en los nebulosos
-vapores de la noche, y deslizádome cautelosamente entre estos
-matorrales, buscando una serpiente adormecida para introducirme entre
-sus escamas, y ocultarme y ocultar mis tenebrosos planes. ¡Oh indigna
-degradación! ¡Yo, que he lidiado contra los dioses queriendo sublimarme
-sobre todos ellos, verme obligado ahora a transformarme en un reptil, a
-identificarme con su asqueroso cieno, y embrutecer así la pura esencia
-que aspiraba al más excelso grado de la divinidad! Pero ¿a qué extremo
-no son capaces de descender la ambición y la venganza? El ambicioso,
-para lograr su fin, debe rebajarse tanto como ha pretendido elevar
-sus miras, y por encumbrado que esté, humillarse hasta los más viles
-empleos. La venganza, tan dulce a primera vista ¡qué amarga es al fin,
-pues que recae en el vengativo! Pero no importa: recaiga en mí, con tal
-que descargue el golpe donde le asesto; y ya que no puede alcanzar al
-que está más alto, hiera al menos al que provoca más inmediatamente mi
-envidia, a ese nuevo favorito del cielo, al Hombre, formado de barro,
-hijo del despecho, a quien, para mayor afrenta nuestra, sacó su Hacedor
-del lodo. No haya más: a ese ensañamiento se responderá con la misma
-saña.»</p>
-
-<p>Esto dijo; y rastreando por entre la maleza, ya húmeda, ya árida, en
-forma de negro vapor, prosiguió su nocturna excursión por los sitios
-donde más fácilmente diera con la serpiente, hasta que la descubrió
-adormecida, enroscada en la multitud de sus complicados pliegues, y en
-medio su cabeza, llena de astutas maquinaciones. No estaba oculta en
-la siniestra sombra de horrible caverna, sino durmiendo tranquila, ni
-temerosa, ni terrible, sobre la espesa yerba. Introdújose el demonio
-por su boca, y apoderándose de su brutal instinto, de su corazón, de su
-cabeza, impregnó en todo su ser su activa inteligencia, mas sin turbar
-su sueño, y esperando la llegada de la mañana.</p>
-
-<p>Cuando la sagrada luz comenzó a alborar en el Edén sobre las húmedas
-flores, y a exhalar estas su matinal incienso, cuando todos los seres
-que respiran elevan al Criador su silencioso homenaje desde el grande
-altar de la tierra con el aroma que le es tan grato, salieron de su
-mansión nuestros primeros padres, y unieron la plegaria de sus labios
-al coro de las criaturas que carecían de voz; y terminada su oración,
-recreándose unos instantes con la dulzura del ambiente que el aire les
-enviaba, acordaron el medio de adelantar en sus incesantes trabajos,
-los cuales requerían mucho más de lo que ellos<span class="pagenum"
-id="Page_160">p. 160</span> dos podían hacer en tan vasto terreno; y
-así ocurriósele a Eva decir a su esposo:</p>
-
-<p>«Adán, no debemos aflojar en el cultivo de este jardín, sino cuidar
-de sus plantas, yerbas y flores que es la agradable tarea que se nos
-ha impuesto; pero hasta que vengan más brazos en nuestra ayuda, la
-obra será menor que el trabajo, y cada vez más desproporcionada a la
-exuberancia con que crece todo. Las ramas que podamos por superfluas,
-que enderezamos o sujetamos durante el día, en una o dos noches brotan
-de nuevo y frustran todos nuestros afanes. Quisiera, pues, que para
-remediarlo, me dieses algún consejo, u oye el que de pronto se ocurre a
-mi imaginación. Dividamos nuestro trabajo: elige tú el sitio que mejor
-te parezca, o dedícate a lo que más urgente contemples, ya cubriendo de
-madreselva esta enramada, ya dirigiendo la yedra a las plantas con que
-deba unirse, mientras yo, alejándome por aquel lado, iré enderezando
-los tallos de las rosas mezcladas con los mirtos, en lo cual me ocuparé
-hasta el mediodía. Porque si seguimos como hasta aquí, trabajando
-siempre uno al lado de otro ¿cómo hemos de evitar, viéndonos juntos,
-que la distracción de una mirada, de una sonrisa, de la conversación a
-que da lugar un objeto nuevo, interrumpa nuestra ocupación a cada paso,
-y la haga cundir tan poco, que aunque comenzada muy de mañana, esté sin
-terminar a la hora de la comida?»</p>
-
-<p>A lo que con cariñosas palabras replicó Adán: «¡Eva mía, mi única
-compañera, de todas las criaturas vivientes la que más amo, sin
-comparación alguna! Bueno es tu intento; acertadamente discurres sobre
-lo que debemos hacer para el mejor desempeño de la tarea que nos ha
-impuesto el Señor aquí; y no puedo menos de alabar tu celo, porque nada
-más recomendable en la mujer que el estudio que pone en sus quehaceres
-y en procurar que su esposo trabaje también con fruto. Pero el mandato
-de Dios no es tan riguroso que nos vede el descanso indispensable, ora
-se invierta en alimentar el cuerpo, o en pláticas sabrosas, que son el
-alimento del espíritu, o en la dulce distracción de una mirada, de una
-sonrisa, placeres concedidos a nuestra razón y negados a los brutos,
-porque son la expresión de nuestro amor que no debe considerarse como
-el fin menos noble de nuestra vida; así que, no nos ha destinado Dios
-a un trabajo penoso, sino al que puede proporcionarnos aquel gusto
-que es inseparable de la razón. Unidas nuestras manos, no dudes que
-dejarán fácilmente expeditas las enramadas y veredas que frecuentamos
-en nuestros paseos, hasta que dentro de poco tengamos otros<span
-class="pagenum" id="Page_161">p. 161</span> brazos más jóvenes que nos
-ayuden. Si, después de todo, te molesta el conversar tanto conmigo,
-consentiré en ausentarme por breve tiempo, que la soledad es a veces
-la compañía más agradable, y una separación, aunque corta, hace más
-dulce el placer de volver a verse. Un recelo, sin embargo, me trae
-inquieto, el riesgo que puedes correr lejos de mí; porque ya sabes lo
-que se nos ha advertido; sabes que envidioso de nuestra felicidad y
-desesperando de la suya, un enemigo perverso está acechándonos para
-consumar nuestra perdición y mengua, y que vigila, no lejos de aquí tal
-vez, ansioso de realizar su anhelo, y aprovechar la ventaja de tenernos
-separados. Mientras estemos juntos, no se atreverá a acercarse, dado
-que en caso necesario, fácilmente nos podremos prestar auxilio, bien
-intente apartarnos de nuestra obediencia a Dios, bien perturbar nuestro
-conyugal amor, que de todas nuestras venturas, es quizá la que más
-envidia. Sea pues este su intento, sea que abrigue otro más funesto,
-no te alejes de quien te ha dado la vida, de quien te ampara y protege
-aún. La mujer que se ve amenazada de algún peligro o de algún menoscabo
-en su honra, halla su segura confianza en el esposo que la defiende, y
-se hace participante de todas sus desgracias y sinsabores.»</p>
-
-<p>Eva, con inocente dignidad, mas con severa dulzura, propia de quien
-ama y se siente contrariada, prosiguió así: «¡Hijo del cielo y de la
-tierra, Señor de la tierra toda! Bien sé que tenemos un enemigo que
-solicita nuestra ruina. Ya me has informado de esto, y lo he oído
-además de boca del Ángel, al despedirse, desde una sombría estancia en
-que me oculté, regresando precisamente a la caída de la tarde, cuando
-se cierran los cálices de las flores. Pero ¡sospechar de mi fidelidad
-para con Dios y para contigo, solo porque un enemigo intenta ponerla
-a prueba! Nunca supuse en ti semejante duda. ¿Por qué temer tanto su
-violencia, si, inaccesibles a la muerte y a las penalidades, hemos
-al cabo de preservarnos de ellas, y aun rechazarlas cuando necesario
-fuere? Y si lo que verdaderamente temes es su astucia, ¿qué recelo
-tienes de que venza ni seduzca mi inquebrantable fidelidad ni mi amor
-sincero? ¿Cómo han podido albergarse en tu corazón tales sentimientos?
-¿Cómo pensar tan desfavorablemente de la que tanto amas?</p>
-
-<p>A lo cual, tratando de persuadirla, contestó Adán así:</p>
-
-<p>«Hija de Dios y el Hombre, inmortal Eva, porque tal eres, pura de
-todo pecado y mancha: si pretendo persuadirte a que no te alejes de
-mi vista, no es por desconfianza que de ti tenga, sino para evitar
-las asechanzas con que nos<span class="pagenum" id="Page_162">p.
-162</span> persigue nuestro enemigo, porque el seductor, aunque trabaje
-en vano, siempre deja alguna mancha en aquel a quien solicita, dando a
-entender que su entereza no es tal que pueda resistir a la tentación.
-Tú misma te enojarías y mostrarías tu indignación contra semejante
-ultraje, aunque resultase sin efecto; y así no interpretes mal el deseo
-que tengo de preservarte a ti sola de esta ofensa, pues contra los dos
-a la vez, bien que su audacia sea grande, no la dirigiría; y si a tanto
-se atreviese, a mí me acometería primero. Ni son para menospreciadas
-su astucia y perversidad, que poderosas deben ser cuando logró seducir
-a los ángeles. No juzgues, pues, inútil mi auxilio. Al influjo de tus
-miradas, crecerán en mí todas las virtudes; tu presencia me inspirará
-más cordura, más previsión, más fuerza, si fuese preciso recurrir a
-esta, porque la humillación de verme ante ti vencido redoblaría mi
-vigor al más indecible extremo. ¿Por qué mi presencia no ha de producir
-en ti un sentimiento igual, ni qué testigo mejor de esta prueba de
-entereza a que estás resuelta, y del triunfo de tu virtud?»</p>
-
-<p>Celoso de lo que tanto le interesaba, expresaba así Adán su conyugal
-amor; pero atribuyéndolo Eva a desconfianza de su firmeza, le replicó
-de nuevo, dulcificando su voz: «Si nuestro estado es tal que hemos de
-vivir incesantemente estrechados por un enemigo violento o pérfido, y
-si estando separados no hemos de ser cada cual bastante a defendernos
-¿qué tranquilidad nos espera en medio de tan continuo sobresalto? El
-castigo no puede preceder al pecado: al tentarnos ese enemigo, nos
-ultraja ciertamente poniendo en duda nuestra integridad, pero de la
-duda no resulta infamia para nosotros, sino descrédito para él. ¿Por
-qué, pues, temerle y huirle tanto? Doble honor será, por el contrario,
-para nosotros desbaratar sus maquinaciones, y granjearnos así nuestra
-paz interior, y juntamente el favor del cielo, testigo de nuestra
-resistencia. ¿Será bien culpar a nuestro sabio Creador de habernos
-hecho felices tan a medias, que ni juntos ni separados contemos con
-seguridad alguna? Poco apetecible sería ventura semejante; y de estar
-expuestos a un peligro como este no merece nuestro Edén tal nombre.»</p>
-
-<p>A lo que con mayor vehemencia contradijo Adán en estos términos:
-«Mujer, Dios lo hizo todo perfecto, que así lo dispuso su voluntad.
-Nada salió imperfecto ni defectuoso de sus manos creadoras, y mucho
-menos el hombre y cuanto puede asegurar su felicidad, preservándole
-de toda fuerza exterior, pues aunque lleva consigo el peligro, lleva
-también los medios de evitarlo. Contra su<span class="pagenum"
-id="Page_163">p. 163</span> voluntad ningún mal puede inferírsele, y
-esta voluntad es libre, como lo es cuanto obedece a la razón. Esta
-razón, por otra parte, obra con rectitud, pero Dios la manda que esté
-siempre vigilante y sobre sí, para que no dejándose deslumbrar por
-una engañosa apariencia de bien, se incline al error, y extravíe a la
-voluntad de manera, que esta incurra en lo que Dios expresamente tiene
-prohibido. No es pues la desconfianza, sino la ternura del amor la que
-nos prescribe a mí que vele por ti, y a ti que veles por mí igualmente.
-A vueltas de toda nuestra firmeza posible es que nos perdamos,
-porque no es imposible que, cegándonos nuestro enemigo con engaños
-artificiosos, se olvide la razón de la vigilancia a que está obligada,
-y nos induzca en inadvertido yerro. No te expongas a la tentación; vale
-más evitarla, lo cual más fácilmente conseguirás si no te apartas de
-mí; pero el peligro viene sin ser buscado. Pretendes dar pruebas de
-tu constancia; dalas antes de tu obediencia. ¿Quién testificará de tu
-triunfo, si no ha presenciado nadie tu combate? Pero si presumes que
-en el imprevisto trance saldremos más airosos de lo que parece estando
-unidos, ya vas advertida; aléjate, porque permanecer aquí a la fuerza
-sería tanto como estar ausente. Aléjate con tu nativa inocencia, y
-cobra fuerzas de tu virtud; empléala toda; y pues Dios ha hecho con
-respecto a ti lo que debía, haz tú también lo que debes.»</p>
-
-<p>A estas razones del patriarca del género humano, insistió Eva en
-replicar; y aunque sumisa, dijo por fin: «Iré, pues, con tu permiso, y
-sobre todo alentada por la razón que has indicado últimamente; que en
-un trance imprevisto, quizá nos hallaríamos menos preparados estando
-juntos. Iré ya más animosa, y sin el recelo de que tan fiero enemigo
-comience desde luego su agresión por la parte más débil; y si tal
-intentase, sería doblemente vergonzoso su vencimiento.»</p>
-
-<p>Y diciendo esto, retiró suavemente su mano de entre las de su
-esposo, y como una ninfa de las selvas, o dríada, o del séquito de
-Diana, se encaminó con ligera planta hacia el bosque, sobrepujando
-en gentileza y gracia a la misma diosa de Delos, bien que no fuese
-como ella armada de arco ni flechas, sino de instrumentos apropiados
-al cultivo de los jardines, no pulidos aún por el arte ni por la
-acción del fuego, y tales como los ángeles se los habían suministrado.
-Asemejábase en su atavío a Pales o Pomona, a Pomona huyendo de
-Vertumno, y a Ceres, virgen aún, antes de tener fruto de Júpiter en
-Proserpina. Veíala Adán alejarse, contemplándola encantado, y fija
-su ardiente mirada en ella; hubiera, sin embargo, preferido tenerla
-a su lado. Una y otra vez la advirtió que<span class="pagenum"
-id="Page_164">p. 164</span> regresase en breve, y otras tantas prometió
-ella volver a su morada al acercarse el mediodía, para disponer
-lo conveniente a la comida de aquella hora, y entregarse luego al
-reposo.</p>
-
-<p>¡Oh desdichada Eva! ¡Qué amargo desengaño, qué humillación te espera
-antes de tu imaginado regreso! ¡Oh infame crimen! Desde este momento no
-hallarás ya en el Paraíso ni dulces manjares ni grata tranquilidad. Un
-lazo te está aguardando oculto entre esas risueñas flores y entre esas
-sombras, donde el odio infernal se prepara a interceptarte el camino y
-arrebatarte tu inocencia, tu ventura y tu fidelidad.</p>
-
-<p>Y era así, que desde los primeros albores de la mañana había salido
-el Enemigo de su escondrijo, disfrazado bajo la apariencia de una
-serpiente, y con la esperanza más que probable de hallar a los dos
-únicos representantes del género humano, que en realidad equivalían a
-todo este, y eran el anhelado objeto de su venganza. Recorre florestas
-y descampados, todos los lugares en que el ramaje forma alguna espesura
-y ofrece sitios más deliciosos y retirados; los busca en las márgenes
-de las fuentes y en la frescura de los arroyos y las umbrías, pero
-desea sobre todo hallar a Eva separada de su esposo, aunque no abrigaba
-la menor esperanza de conseguir tanta ventura; cuando de pronto,
-realizándose una y otra, la descubre completamente sola, velada por
-una fragante nube. Divisábasela a medias, entre el espeso valladar de
-encendidas rosas que en torno la rodeaban, ocupándose en enderezar los
-delgados tallos de las flores, que aunque ostentaban en toda su viveza
-brillantes colores de púrpura y azul matizados de oro, se inclinaban
-lánguidas bajo su peso; y ella las sostenía graciosamente enlazándolas
-con mirtos, descuidada a la sazón de sí misma, flor más delicada y
-bella que todas las otras, necesitada también de su natural apoyo, del
-cual estaba tan lejos, cuanto cercana la tempestad que le amenazaba.
-Allí, a poca distancia, por entre las sombrías calles que formaban
-los más empinados árboles, los cedros, los pinos y las palmeras,
-la acechaba la Serpiente, ya acercándose resueltamente a ella, ya
-ocultándose y volviendo a aparecer, resguardada por la frondosidad del
-ramaje y las flores que había Eva plantado por su propia mano: pensil
-más encantador que los fabulosos jardines del resucitado Adonis, o
-los del famoso Alcínoo, huésped del hijo del viejo Laertes, y más
-delicioso que los no fingidos, sino verdaderos, donde el rey, sabio por
-excelencia, se solazaba con la bella esposa que debía al Egipto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_165">p. 165</span>Admirado
-contemplaba Satán aquel lugar, y mucho más la persona de Eva. Hallábase
-como el que encerrado largo tiempo en una ciudad populosa, cuyas
-apiñadas chimeneas y fétidos vapores vician el aire, sale una mañana de
-estío a respirar ambiente más puro en una granja campestre, halagado
-por el olor de las mieses, de las eras y de los establos, y por el
-aspecto y bullicio de los campos; y si por dicha acierta a pasar una
-beldad virginal, graciosa como una ninfa, todo lo que le rodea adquiere
-por ella mayor encanto, como si en sus ojos se cifrase todo aquello que
-le enajena. Este mismo placer experimentó la Serpiente al contemplar
-aquel florido vergel, dulce retiro de Eva en medio de la soledad de la
-mañana. Su celestial belleza es la de un ángel, aunque más delicada,
-como de mujer al fin; su graciosa inocencia, cada ademán y hasta el
-menor de sus movimientos desconciertan la infernal malicia, y como
-que la arrebatan algo de la feroz intención que antes la animaba.
-Así permaneció el malvado unos momentos enajenado del mal que era su
-esencia y estúpidamente entregado al bien que por entonces le libraba
-de su enemistad y perfidia, de su odio, de su envidia y de su venganza;
-mas el fuego del infierno que interiormente le abrasaba, como le
-hubiera abrasado aun en el cielo, le sacó en breve de su delicioso
-éxtasis, atormentándole tanto más, cuanto mayor era la felicidad que
-allí se respiraba, y de que él estaba privado para siempre; lo que,
-renovándose su furioso encono, y entregándose de nuevo a su perversa
-intención, se complacía en discurrir así:</p>
-
-<p>«¿Adónde me llevas, pensamiento? ¿Qué dulce impulso es este con que
-me enajenas, hasta el punto de hacerme olvidar el fin con que aquí he
-venido? No ha sido el amor, sino el odio; no la esperanza de trocar
-el Infierno en Paraíso, ni la de gozar de ningún placer, sino la de
-destruir todo goce, excepto el que consiste en la destrucción, pues
-los demás son para mí extraños. No he de malograr, pues, la ocasión
-que ahora me sonríe. Encuentro sola a la mujer, que será dócil a mis
-sugestiones; mis ojos, de tanta penetración dotados, no alcanzan a
-ver a su esposo, de cuya superior inteligencia es bien que me recate,
-porque su fuerza, su altivo denuedo y sus heroicos miembros, aunque
-formados de deleznable tierra, le hacen un competidor temible. Él
-además es invulnerable, y yo no; que a tal bajeza me ha traído el
-infierno, y tanto me han hecho mis dolores desmerecer de lo que era
-en el cielo. Y ¡qué hermosa, qué divina creación es la mujer! ¡Cuán
-digna es del amor de los dioses, y cuán poco terrible, por más que
-sean terribles el amor y la hermosura cuando no son objeto de un odio
-más poderoso aún,<span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span>
-doblemente poderoso si sabe encubrirse con la máscara del amor! Esto,
-que ha de perderla, voy a intentar ahora.»</p>
-
-<p>Y con esta resolución, el enemigo del género humano, introducido en
-el cuerpo de la serpiente (¡fatal consorcio!), se dirigió hacia Eva,
-no arrastrando por tierra y enroscándose en sí misma, como después
-lo hizo, sino enhiesta sobre su cola, base circular de múltiples
-anillos que se elevaban unos sobre otros, y que creciendo cada vez
-más, formaban con sus escamosos pliegues un confuso laberinto.
-Erguía su cabeza coronada por una cresta; brillaban sus ojos como
-dos carbunclos; y alzando entre espirales círculos su cuello con
-mil vistosos cambiantes de verde y oro, mecíase el resto de su
-cuerpo sobre la yerba. Nada más bello y gracioso que su figura.
-Jamás se conocieron serpientes tan seductoras, ni las que en Iliria
-transformaron a Hermione y Cadmo<a id="FNanchor_95" href="#Footnote_95"
-class="fnanchor">[95]</a>, ni aquella en que se convirtió el
-dios adorado en Epidauro<a id="FNanchor_96" href="#Footnote_96"
-class="fnanchor">[96]</a>, ni las que dieron su forma a Júpiter
-Ammón o a Júpiter Capitolino, unida la una a Olimpia, la otra a la
-que fue madre de Escipión<a id="FNanchor_97" href="#Footnote_97"
-class="fnanchor">[97]</a>, gloria de Roma.</p>
-
-<p>Moviose primero torcidamente, como el que acercándose a otro por
-temor de importunarle, se vale de rodeos; como el diestro piloto que
-al llegar con su nave a la corriente de un río o a la proximidad de
-un promontorio, inclina a un lado y otro el timón y cambia las vidas
-según el viento. Así variaba la Serpiente de dirección, y con sus
-tortuosas posturas y estudiados ademanes procuraba atraerse las miradas
-de Eva; pero distraída esta en su quehacer, aunque oía el movimiento
-de las hojas, no prestaba atención al ruido, acostumbrada como
-estaba al jugueteo<span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span>
-que por el campo traían en su presencia todos los animales, más
-dóciles a su mandato que a la voz de Circe su rebaño transfigurado<a
-id="FNanchor_98" href="#Footnote_98" class="fnanchor">[98]</a>.</p>
-
-<p>Más confiada ya la Serpiente, púsose delante de ella, sin esperar a
-que la llamase, y quedó inmóvil de admiración; inclinó repetidas veces
-su prominente cresta y su esmaltado y brillante cuello con sumisión
-cariñosa, lamiendo la tierra en que había fijado Eva su planta, hasta
-que tantas mudas demostraciones consiguieron por fin su efecto; y
-satisfecho Satán de haber llamado su atención, valiéndose de la lengua
-de la serpiente, o por un mero impulso del aire en que iba envuelta su
-voz, comenzó con insinuante astucia a tentarla así:</p>
-
-<p>«No te maravilles de mí, reina del universo, cuando tú eres aquí
-la única maravilla. No me rechacen con desdén esos ojos, que son
-todo un cielo de dulzura, ni te ofendas de que yo me acerque a ti y
-no me sacie de contemplarte, que yo solo soy, yo solo el que no se
-ha dejado intimidar por tu majestuoso aspecto, más majestuoso ahora
-en la soledad. ¡Oh imagen la más perfecta de tu perfecto Hacedor!
-Todos los seres vivientes se recrean en ti, gloríanse de ser tuyos y
-adoran enajenados tu celestial hermosura, cuyo poder es mayor a medida
-que es objeto de admiración más universal. Y ¡estar encerrada aquí
-en este recinto agreste, en medio de salvajes brutos, incapaces de
-contemplarte, incapaces de apreciar todo lo bella que eres, a excepción
-de un hombre que te acompaña! Y ¿por qué ha de ser uno solo, cuando
-merecerías ser tenida por diosa entre los dioses, y adorada y servida
-por multitud de ángeles que a todas horas te rodeasen?»</p>
-
-<p>Con tan lisonjeras palabras dio principio a su discurso el Tentador,
-y halló desde luego cabida en Eva; que aunque en extremo admirada de
-oír su voz, manifestó su asombro diciendo así:</p>
-
-<p>«¿Qué es esto? ¡El lenguaje del hombre y el pensamiento humano
-expresados por la lengua de un bruto! Creía yo que a lo menos del
-primero estaban privados los irracionales, habiéndolos Dios creado
-mudos e incapaces de articular todo sonido; en cuanto al segundo, ya
-abrigaba yo dudas al notar que hay mucho de discernimiento en sus
-miradas y en sus acciones. No ignoraba que tú, Serpiente, eres el más
-sagaz de todos los animales campestres, mas no sabía que estuvieses
-dotada del habla humana. Repite, pues, este milagro, y dime cómo siendo
-muda, has podido adquirir la palabra, y cómo de todas las criaturas
-que diariamente se<span class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span>
-ofrecen a mi vista, eres la que conmigo te muestras más afectuosa. Esto
-deseo saber; que bien lo merece semejante maravilla.»</p>
-
-<p>«¡Reina de este hermoso mundo, contestó el pérfido seductor,
-encantadora Eva! Fácil me es hacer lo que ordenas, y justo que en todo
-seas obedecida. Era yo al principio como los demás animales que pacen
-la yerba que van pisando; eran mis instintos tan viles y terrestres
-como mi alimento, y fuera de este o de la diferencia de sexo, nada
-sabía discernir, ninguna cosa más alta se me alcanzaba. Pero vagando
-acaso un día por el campo, acerté a descubrir a lo lejos un hermosísimo
-árbol, cargado de frutos, que resaltaban extraordinariamente por sus
-colores de carmín y oro. Acerqueme para mejor contemplarlo, y sentí
-que de sus ramas salía un delicioso perfume que excitaba el apetito,
-más sabroso al olfato que el olor del más dulce hinojo, o el de las
-ubres de la oveja y la cabra, llenas, a la caída de la tarde, de
-leche que no han mamado aún el cordero ni el cabritillo, distraídos
-en su retozo. Con la impaciencia de satisfacer el ansia que en mí se
-despertó, resolví gustar aquel bello fruto; estimulábanme el hambre y
-la sed, poderosos incentivos, a comer una de aquellas manzanas cuyo
-aroma me incitaba tanto. Enrosqué mi cuerpo alrededor del musgoso
-tronco, pues para alcanzar a sus ramas desde la tierra, es menester tu
-elevada estatura, o la de Adán. Viéronme con envidia, poseídos de igual
-deseo, los animales que me rodeaban, imposibilitados de hacer lo mismo;
-y llegado que hube a la mitad del árbol, del que tan cercana pendía
-la seductora abundancia de aquella fruta, arranqué, comí hasta la
-saciedad, y experimenté un placer que jamás había hallado ni en las más
-gustosas plantas ni en las más cristalinas fuentes. Satisfecho por fin,
-experimenté en mí un extraño cambio; iluminó la razón mis facultades
-interiores; tardé poco en adquirir el habla, aunque conservando esta
-misma forma; y desde entonces se elevó mi pensamiento a profundas y
-sublimes meditaciones, y mi espíritu fue capaz de considerar todo lo
-que hay visible en el cielo, en la tierra y en el aire, todo lo bueno
-y lo bello que en el mundo existe. Pero todo lo bueno y lo bello está
-cifrado en tu divina imagen, junto todo en el celestial destello de tu
-hermosura, a la cual nada hay que pueda igualarse ni compararse. Ella
-es la que, aun a riesgo de serte importuno, me ha obligado a venir aquí
-para contemplar y adorar a la que con tan justo derecho está proclamada
-como soberana de las criaturas y señora del universo.»</p>
-
-<p>Así habló la Serpiente poseída del maligno espíritu; y doblemente
-admirada<span class="pagenum" id="Page_169">p. 169</span> y sin
-cautela alguna. Eva le replicó así: «Serpiente, tus excesivas alabanzas
-me hacen dudar de la virtud de ese fruto que has sido la primera en
-probar; mas dime: ¿dónde crece ese árbol? ¿Está muy lejos de aquí? ¡Hay
-tantos y tan diferentes árboles puestos por Dios en el Paraíso, que
-nos son todavía desconocidos! Con tal abundancia se brindan a nuestra
-elección, que existen multitud de frutas a que no hemos tocado aún, y
-que penden incorruptibles de sus ramas hasta que nazcan otros hombres
-que se aprovechen de ellas, y otras manos que nos ayuden a aligerar a
-la naturaleza de tanta fecundidad.»</p>
-
-<p>Lo cual oído por la astuta Serpiente, se apresuró, llena de júbilo,
-a responder: «El camino, gran señora, es fácil y nada largo. Al otro
-lado de una calle de mirtos, en una plazoleta y junto a una fuente,
-pasado un bosquecillo de balsámica mirra, lo encontraremos; por lo
-que si aceptas mi compañía, te conduciré en seguida.» «Condúceme»,
-dijo Eva. Y sin más tardanza se aprestó a hacerlo la Serpiente,
-arrastrándose con tal rapidez, que su encorvado cuerpo parecía derecho:
-tan pronta estaba para la maldad. Incítala la esperanza, y brilla su
-cresta de alegría; como el fuego errante, formado de untuosos vapores,
-que condensa la noche y sostiene el frío, que con el movimiento produce
-llama, y que animado, según dicen, por un espíritu maligno, girando y
-despidiendo falaces fuegos, engaña y extravía al caminante nocturno,
-llevándole por bosques y pantanos, hasta que tal vez le precipita en un
-lago, donde se ahoga privado de todo auxilio. Así brillaba el traidor
-enemigo, conduciendo engañoso a Eva, nuestra crédula madre, hacia el
-árbol prohibido, origen de todos nuestros males; la cual, así que le
-vio, dijo a su guía:</p>
-
-<p>«Serpiente, hubiéramos podido ahorrarnos de venir hasta aquí,
-diligencia para mí infructuosa, bien que sea tal la abundancia de estos
-frutos. Admirable es sin duda, y si tales efectos producen, guarda su
-virtud para ti, que nosotros no podemos gustar de ellos, ni tocar a ese
-árbol. Dios nos lo ha prohibido, único mandamiento que ha salido de sus
-labios; por lo demás, vivimos siendo ley de nosotros mismos: nuestra
-ley es nuestra razón.»</p>
-
-<p>«¿Eso dices? replicó astutamente el Seductor. ¡Dios ha mandado que
-no comáis de todos los frutos de estos árboles, y os ha hecho señores
-de cuanto hay en la tierra y en los aires!»</p>
-
-<p>Y Eva, que todavía no había pecado, contestó: «Podemos comer de los
-frutos que llevan todos los árboles de este jardín, pero del que da
-ese hermoso árbol<span class="pagenum" id="Page_170">p. 170</span>
-plantado en medio del Paraíso, ha dicho Dios: «No comeréis, ni
-llegaréis a él, porque será vuestra muerte.»</p>
-
-<p>Y apenas oyó el Seductor esta breve respuesta, fingiendo gran celo
-y amor por el Hombre y profunda indignación por el agravio que se le
-hacía, apeló a un nuevo recurso, y como luchando con el sentimiento que
-le agitaba, tomó al fin una actitud tranquila y el aire estudiado de
-quien se preparaba a tratar de un asunto grave. Como cuando en Atenas
-o en la libre Roma, en tiempo en que florecía aquella elocuencia que
-no ha vuelto a oírse, se presentaba un orador famoso, encargado de una
-gran causa, y concentrándose en sí mismo, cautivaba antes de hablar
-con sus movimientos y gestos al auditorio, y otras veces, para no
-entretenerse en el exordio, prorrumpía desde luego en altos conceptos,
-arrebatado por la fuerza de su razón o de la justicia; no de otro modo
-irguiéndose, agitándose y levantándose a su mayor altura, con toda la
-vehemencia de su pasión, exclamó el falso Tentador:</p>
-
-<p>«¡Oh sagrada y sabia planta, dispensadora de la sabiduría y madre
-de la ciencia! En mí siento ya la eficacia de tu poder, que ilumina
-mi mente, y no solo me permite discernir las cosas en sus primeras
-causas, sino los medios de que se valen los agentes superiores, a
-pesar de su profunda sabiduría. Y tú, reina de este universo, no creas
-en esa terrible amenaza de muerte, que seguramente no se realizará.
-¿Quién ha de haceros morir? ¿El fruto de ese árbol, cuando con él se
-adquiere la vida de la ciencia? ¿El que ha fulminado esa amenaza?
-Pues, ¿no me veis a mí, a mí que he tocado y gustado ese fruto que se
-os veda? Y no solamente vivo, sino que gozo de una vida más perfecta
-que la que el destino me había otorgado, gracias al propósito que
-formé de sobreponerme a mi condición. ¿Ha de cerrarse para el Hombre
-el camino que tienen abierto los irracionales? ¿Ha de encenderse la
-ira de Dios por tan pequeña falta? ¿No aplaudirá más bien vuestro
-intrépido valor, al ver que ni el temor de la muerte que os pone
-delante, sea la muerte lo que quiera, os retrae de un empeño que puede
-proporcionaros vida más venturosa, el conocimiento del bien y el mal?
-¡El bien! ¿Hay nada más justo? ¡El mal! Pues si el mal existe, ¿por
-qué no conocerlo, y así se evitará mejor? Dios no puede castigaros
-siendo justo, y si no es justo, no es Dios, y dejando de ser Dios, no
-hay para qué temerle ni obedecerle. El mismo temor de la muerte debe
-induciros a no temerla. Y ¿por qué os ha impuesto esa prohibición sino
-para intimidaros, para manteneros en vuestra baja servidumbre, en
-vuestra<span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span> ignorancia,
-y que no dejéis de ser sus adoradores? Sabe bien que el día en que
-comáis de ese fruto, vuestros ojos, que tan claros parecen ahora, y
-que, sin embargo, están rodeados de oscuridad, se abrirán completamente
-a la luz, y seréis lo que son los dioses, y comprenderéis el bien y
-el mal, como lo comprenden ellos. Llegaréis a ser dioses, como yo he
-llegado a ser hombre, que hombre soy interiormente, pues tal es la
-proporción establecida: el bruto pasa a ser hombre, y el hombre Dios.
-Quizá la muerte consista en esto, en trocar la naturaleza humana por
-la divina; y si con tal trueque se os amenaza, y es lo peor que puede
-aconteceros, el morir ¿no es apetecible? ¿Qué dignidad es la de los
-dioses, que el Hombre no puede aspirar a ella, ni aún participando del
-alimento divino? Han existido primero, y de esta ventaja se prevalen
-para hacernos creer que todo procede de ellos, lo cual es muy dudoso
-al ver esta bellísima tierra caldeada por el sol, tan fecunda de todo,
-mientras ellos nada producen. Si ellos lo han hecho todo ¿por qué han
-puesto en este árbol la ciencia del bien y del mal, para que quien
-quiera que guste de sus frutos obtenga a pesar suyo la sabiduría? Y al
-adquirir esta ¿en qué puede el Hombre ofender a Dios, ni en qué vuestro
-saber perjudicar al suyo? Y si todo depende de él ¿cómo este árbol
-produce una cosa contraria a su voluntad? ¿Será su móvil la envidia?
-pero ¿cabe esta pasión en ánimos celestiales? Estas, estas razones y
-otras muchas os inducen a no privaros de tan precioso fruto. Arráncale,
-pues, diosa humana, y come de él sin recelo alguno.»</p>
-
-<p>Concluyó así su razonamiento, y sus pérfidas sugestiones hallaron
-fácil acogida en el corazón de la incauta Eva. Tenía sus ojos fijos en
-aquellos frutos, cuyo aspecto era por sí solo harto tentador; resonaba
-en sus oídos el eco de aquel lenguaje que a ella le parecía tan
-persuasivo, tan convincente por su razón y por su verdad. Acercábase
-por otra parte la hora del mediodía, y despertaba en ella un apetito
-tanto mayor, cuanto más incitativa era la fragancia de aquella fruta,
-que un irresistible deseo estimulaba a su vista a coger y saborear;
-pero se detuvo un momento, haciéndose a sí propia estas reflexiones:</p>
-
-<p>«Grandes son sin duda tus virtudes ¡oh el más excelente de los
-frutos! y aunque vedado al Hombre, digno de la mayor admiración, cuando
-por tanto tiempo menospreciado, es tu primer efecto dar elocuencia a un
-mudo y hacer que una lengua incapaz de hablar prorrumpa de este modo
-en tus alabanzas; alabanzas que no omitió ni aún el mismo por quien
-nos estás prohibido, en el hecho de llamarte árbol de la ciencia del
-bien y del mal. Védanos que te probemos, pero su<span class="pagenum"
-id="Page_172">p. 172</span> mandato te hace doblemente apetecible,
-porque manifiesta el bien que de ti resulta y la necesidad que tenemos
-de él. El bien que no se conoce, no es tal bien, y el poseer lo que
-no se aprecia es como si no se poseyese. En suma ¿qué nos prohíbe? El
-saber, es decir, nuestro bien; nos prohíbe adquirir la sabiduría; pero
-semejante prohibición no puede obligarnos a nosotros. Y si la muerte
-ha de venir después a esclavizarnos ¿de qué nos sirve esa libertad
-concedida a nuestra naturaleza? El día que comamos de ese fruto es el
-de nuestra perdición; ¡moriremos! Pero ¿ha muerto la serpiente? ¿No
-ha comido de él, y sin embargo vive, y conoce, y habla, y discurre, y
-raciocina, cuando antes estaba privada de razón? ¿O es que la muerte
-se ha inventado solo para nosotros, y que se nos niega el alimento
-intelectual concedido a los irracionales? Pues si únicamente se concede
-a estos ¿cómo el primero que ha gustado de él, lejos de mostrarse
-avaro de tal bien, lo ofrece tan espontáneamente, sin interés alguno,
-por amistad hacia el Hombre, ajeno a toda especulación y engaño? ¿Qué
-tengo, pues, que temer, o más bien, por qué abrigo temor alguno en la
-ignorancia en que estoy del bien y el mal, de Dios y de la muerte,
-de la ley y del castigo? Remedio da para todo este divino fruto, tan
-hermoso a la vista, tan grato al paladar, con su virtud de infundir la
-ciencia. ¿Quién me impide cogerlo, y alimentar con él mi cuerpo y mi
-espíritu a la vez?»</p>
-
-<p>¡En mal hora discurrió así; que acabando de decir esto, alargó su
-temeraria mano, cogió el fruto, y comió de él! En el mismo momento la
-tierra se sintió herida; la naturaleza toda, estremecida hasta en sus
-últimos cimientos y exhalando un quejido de cada una de sus obras,
-anunció con dolorosas angustias que todo se había perdido. Ocultose
-el perverso reptil en la espesura del bosque, y pudo hacerlo sin que
-lo advirtiese Eva, que totalmente entregada a la satisfacción de su
-apetito, a nada más atendía. No había, al parecer, experimentado hasta
-entonces placer igual en ningún otro fruto, fuese que realmente lo
-sintiera así, o que en la ilusión de la ciencia que iba a adquirir se
-lo imaginara. No se apartaba de su pensamiento la idea de su divinidad;
-devoraba el fruto con ansioso afán, sin conocer que comía su muerte. Y
-luego que se hubo saciado, cual si estuviese exaltada de embriaguez,
-dando rienda a su júbilo, lo expresó así:</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L039">
- <img class="thin"
- src="images/i_303.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Ocultose el perverso reptil en la espesura del bosque...</p>
-</div>
-
-<p>«¡Oh árbol soberano, en quien tan alta virtud reside, el más
-precioso de todos los del Paraíso! ¡Que siendo tu bendito fruto
-la sabiduría, haya estado hasta hoy oscurecido, menospreciado,
-pendiente de ti y creado sin utilidad alguna! <span class="pagenum"
-id="Page_173">p. 173</span>Todos los días, al venir la aurora, te
-visitaré y aligeraré tus ramas del fértil peso de que están cargadas,
-y con que brindas a todos tan liberalmente; hasta que, alimentada por
-ti, adquiera suficiente caudal de ciencia para igualarme a los dioses,
-a esos dioses dotados del conocimiento de todo, y que envidian a los
-demás lo que ellos no pueden concederles; que si fuesen suyos los
-dones que tú das, seguramente no brillarías aquí. Y ¡cuán reconocida
-¡oh experiencia! no debo estarte desde que eres mi mejor guía! Por no
-seguirte, he estado hasta hoy sumida en la ignorancia; mas ya me abres
-el camino de la ciencia y me introduces en el asilo más recóndito
-en que se oculta. Yo quizá estoy oculta también: el cielo está tan
-alto, que desde su remota esfera no se perciben distintamente las
-cosas de acá abajo, y tal vez distraído en otros cuidados nuestro
-gran Legislador, confía su continua vigilancia a los ministros que le
-rodean.</p>
-
-<p>»Pero ¿cómo compareceré ahora yo en presencia de Adán? ¿Le daré
-conocimiento de la mudanza que hay en mí, le haré partícipe de
-toda mi felicidad, o me reservaré la ciencia que he adquirido sin
-comunicársela? Esto postrero añadirá a mi sexo lo que le falta,
-acrecentará su amor, y me hará igual a él, y acaso superior, que
-sin duda es preferible; porque mientras sea inferior ¿qué libertad
-disfruto? Esto es lo que conviene. Mas ¿y si me ha visto Dios? ¿Y si
-me aguarda la muerte? ¡Quedar privada de la existencia! ¡Adán entonces
-se uniría a otra Eva, y faltando yo, sería feliz con ella! De solo
-pensarlo me siento ya morir. ¡No: llevaré a cabo mi resolución! Adán
-me acompañará en la prosperidad o en el infortunio. Le amo con tal
-ternura, que arrostraré con él todas las muertes, porque vivir sin él
-no sería vida.»</p>
-
-<p>Y diciendo esto, se apartó del árbol para alejarse, pero antes hizo
-una profunda reverencia al poderoso ser que residía en él y le infundía
-la savia de la ciencia, de que manaba el néctar, alimento de los
-dioses.</p>
-
-<p>Adán, en tanto que impaciente esperaba su vuelta, de las más
-selectas flores había tejido una guirnalda para adornar los cabellos
-de la que merecía ver coronadas sus tareas campestres, como cuando los
-labradores ofrecen una corona a la reina de sus sembrados. Recreábase
-en mil alegres pensamientos y en el placer con que volvería a verla
-después de tan larga ausencia, y sin embargo, algo de funesto presentía
-a veces su corazón en los desiguales latidos con que palpitaba; y así
-se adelantó a aguardarla, siguiendo el camino que había tomado al
-separarse de él. Conducía este al árbol de la ciencia, y la encontró a
-poco de<span class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span> haberle ella
-dejado. Vio que llevaba en la mano una rama llena de hermosos frutos,
-cubiertos de brillante vello y que difundían en torno la fragancia de
-la ambrosía. Apresurose Eva a llegar; antes de hablar, expresaba en el
-rostro su disculpa y la defensa de su tardanza, y con las cariñosas
-palabras de que sabía usar, le dijo de esta manera:</p>
-
-<p>«Adán ¿has extrañado mi larga ausencia? ¡Cuánto te he echado de
-menos! y separada de ti ¡qué lento me ha parecido el tiempo! Agonía
-de amor semejante, no la he experimentado nunca, ni la experimentaré
-otra vez, porque no volveré a exponer mi inexperiencia y temeridad al
-tormento que he sentido en estar lejos de ti; pero el motivo ha sido
-tal, que te admirarás de oírlo.</p>
-
-<p>»Este árbol no es, como nos habían dicho, peligroso por sus frutos,
-ni son estos origen de males desconocidos: todo lo contrario; producen
-un divino efecto, abren los ojos a una nueva luz, y convierten en
-dioses a los que los prueban, como he tenido ocasión de verlo. La
-sabia serpiente no está sometida al precepto que nosotros, o no se ha
-sometido a él: ha comido de este fruto, y en vez de hallar la muerte,
-que a nosotros nos amenaza, ha adquirido desde luego el habla humana,
-el discurso humano, y raciocina que es un asombro. Sus persuasiones me
-han convencido de suerte, que yo también he comido, y he experimentado
-cuán verdaderos son los efectos: se han abierto mis ojos, cerrados
-antes; se ha engrandecido mi espíritu, ensanchado mi corazón, y yo
-elevádome a la divinidad; divinidad que anhelo principalmente para ti,
-y que sin ti no apetecería; porque la ventura, si tú no participas de
-ella, no me haría a mí venturosa, y el disfrutarla sin ti engendraría
-en mí hastío y aborrecimiento. Gusta pues de este fruto, para que
-permanezcamos los dos unidos, y sea igual nuestra suerte, igual nuestro
-gozo y nuestro amor igual. Si no lo haces, nuestra condición no será
-la misma; nos veremos separados, y aunque yo renuncie por ti a la
-divinidad, quizá sea tan tarde, que el destino no lo consienta ya.»</p>
-
-<p>Con tan lisonjeras expresiones refería Eva lo acaecido, pero en
-sus mejillas se notaba cierto tinte de rubor. Adán, por su parte,
-al oír tan funesta declaración, quedó sorprendido y anonadado;
-helósele la sangre en las venas, y corrió por todos sus miembros un
-estremecimiento. Sus manos privadas de acción dejaron caer la guirnalda
-que tenía preparada para Eva, cuyas flores, esparcidas por el suelo, se
-marchitaron. Permaneció algún tiempo confuso y mudo, hasta que por fin
-rompió el silencio, empezando por decirse a sí mismo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span>«¡Oh hermoso ser,
-obra la más acabada y perfecta de la creación, criatura en quien
-Dios apuró para deleite de los ojos y el pensamiento cuanto hay de
-santo y divino, de bueno, de afectuoso y de encantador! ¡Que así te
-hayas perdido! ¡Que en un instante te veas en tan miserable estado,
-postrada, envilecida y condenada a muerte! ¿Cómo has podido resolverte
-a infringir tan estrecho mandamiento, y a tocar con sacrílega mano
-el fruto prohibido? Algún falaz artificio de un enemigo a quien no
-conocías te ha seducido y causado tu perdición y la mía, porque yo
-estoy resuelto a morir contigo. Privado de ti ¿cómo he de vivir? ¿Cómo
-renunciar a tu dulce compañía, al amor que tan estrechamente nos une,
-ni sobrevivirte en la soledad de estos salvajes bosques? Porque aunque
-Dios crease otra Eva, producida nuevamente de mi costado, jamás te
-apartarías tú de mi corazón. No, no: la naturaleza me encadena a ti con
-indisoluble lazo. ¡Eres la carne de mi carne, el hueso de mis huesos,
-y en la prosperidad como en el infortunio, mi suerte será siempre la
-tuya!»</p>
-
-<p>Y profiriendo estas palabras, como quien recobrado de un profundo
-desmayo, y después de luchar con mil opuestos pensamientos, se somete a
-lo que le parece irremediable, así con tranquilo ánimo se volvió a Eva
-añadiendo:</p>
-
-<p>«¡Qué acción tan temeraria has cometido, irreflexiva Eva, y qué
-peligro tan grande has arrostrado, no solo al poner tus ojos en el
-fruto prohibido, prohibido tan terminantemente, sino lo que es mucho
-más, en gustar de él cuando nos estaba vedado hasta tocarlo! Pero
-¿quién puede anular lo pasado, y no hacer lo que ya se ha hecho? Ni
-Dios con todo su poder, ni aun el mismo Hado. Quizá no morirás por
-esto: quizá tu acción sea menos vituperable, por haber gustado antes
-y profanado ese fruto la serpiente, haciéndolo común a los demás y
-privándole de su carácter sagrado. Y si para ella no ha sido mortal,
-sino que vive, y vive, según dices, adquiriendo la vida del Hombre,
-indicio es muy favorable para nosotros, que con este alimento podemos
-obtener una superioridad proporcionada a nuestra naturaleza, que
-necesariamente será de dioses, de ángeles o de semidioses. Ni me
-resuelvo yo a creer que Dios, sabio Creador, aunque nos haya amenazado
-con la muerte, quiera destruirnos tan pronto, siendo sus criaturas
-predilectas y habiéndonos elevado a tanta dignidad sobre todas sus
-demás obras: las cuales después de haber sido hechas para nosotros
-perecerían, porque dependen de nuestra, suerte. ¿Ha de ponerse Dios
-en contradicción consigo mismo, deshaciendo hoy lo que ayer hizo,
-y perdiendo el fruto de sus trabajos? ¿Puede<span class="pagenum"
-id="Page_176">p. 176</span> concebirse, aunque en su mano esté repetir
-su obra, que así quiera aniquilarnos? Daría lugar al triunfo de su
-adversario, y a que dijese este: «Efímera es la condición de los que
-más han merecido el favor divino. ¿Quién está seguro de disfrutarlo
-largo tiempo? Primero me destruyó a mí; ahora a la raza humana; ¿a
-quién le tocará luego?» Ocasión que no debe darse nunca a un enemigo
-para que así se mofe. Mi suerte, pues, está identificada con la tuya;
-la misma sentencia ha de alcanzar a ambos: si muero contigo, será
-para mí la muerte como la vida. Tan fuertes son los lazos con que la
-Naturaleza ha unido los sentimientos de mi corazón a mi existencia
-propia: mi existencia eres tú, porque mío es cuanto tú eres: nuestra
-condición no puede ser distinta; los dos somos uno solo, una sola
-carne: perderte a ti, será tanto como perderme yo a mí mismo.»</p>
-
-<p>Y a este razonamiento, respondió así Eva: «¡Oh prueba insigne de
-un extremado amor, testimonio ilustre, y sublime ejemplo, que me
-obliga a imitarte! Destituida de tu perfección ¿cómo he de lograrlo,
-Adán? Yo, que me envanezco de haber salido de tu costado, ¿cómo no
-he de regocijarme al oírte hablar así de nuestra unión, y al ver que
-formamos ambos un solo corazón, un alma sola? Bien lo muestras en
-este día, al declarar que antes que la muerte, o cosa más temible que
-la muerte pueda separarnos, estás resuelto, llevado de tu entrañable
-amor, a seguirme en mi falta, y aun en mi crimen, si crimen hay en
-gustar de este hermoso fruto, cuya virtud (pues el bien procede siempre
-del bien, sea directa, sea accidentalmente) me ha suministrado esta
-preciosa prueba de tu amor, que sin ella, quizá no hubiera llegado
-a manifestárseme tan inmenso. Y si yo hubiera creído que la muerte
-con que se nos amenaza había de ser la consecuencia de mi temerario
-intento, yo sola hubiera arrostrado este castigo, sin tratar de
-exponerte a él; porque antes morir abandonada, que obligarte a una
-acción contraria a tu sosiego, sobre todo después de la completa
-seguridad que tengo de un cariño tan verdadero, tan profundo, tan
-incomparable. Yo siento en mí efectos muy distintos; no la muerte,
-sino una vida más grande, una vista más perspicaz, otras esperanzas,
-otros goces y un deleite tal, que cuantos placeres han halagado hasta
-ahora mis sentidos me parecen insípidos y hasta ingratos. Come, pues,
-siguiendo mi ejemplo, Adán, sin reparo alguno, y da al viento esos
-mortales temores.»</p>
-
-<p>Estas palabras acompañó con un estrecho abrazo, e inundados sus
-ojos en<span class="pagenum" id="Page_177">p. 177</span> lágrimas de
-alegría. No podía ser mayor su satisfacción, viéndose objeto de un amor
-que arrostraba por ella la divina cólera o la muerte; y en recompensa
-(porque a complacencia tal era lo que correspondía) presentó con
-pródiga mano a Adán los apetitosos frutos pendientes de su rama, que él
-no tuvo escrúpulo en comer contra lo que su razón le sugería, porque no
-obraba ofuscado, sino seducido por una mujer encantadora.</p>
-
-<p>La tierra temblaba en tanto, alterada hasta en sus más profundos
-senos, como acometida de un nuevo vértigo, y la Naturaleza prorrumpió
-en un segundo gemido. Oscureciose el firmamento; rugió sordamente
-el trueno, y el cielo vertió algunas tristes lágrimas al consumarse
-aquel pecado que en su origen llevaba ya la muerte; mas nada de esto
-advirtió Adán, embebecido en saborear el funesto fruto. Ni Eva temió
-reincidir en su atrevimiento, doblemente animada por la complicidad
-de su compañero; así que embriagados ambos como con un vino nuevo,
-se entregaron al más frenético regocijo, imaginándose sentir ya en
-sus pechos el aliento de la divinidad, que los levantaba sobre la
-despreciable tierra. Pero aquel fruto engañoso comenzó a despertar
-en ellos por vez primera otros afectos, encendiéndolos en lúbricos
-deseos: Adán miró a Eva con lascivos ojos; ella le correspondió con
-voluptuoso agrado, y en ambos prendió el fuego de la lujuria. Él empezó
-a provocarla así:</p>
-
-<p>«Ahora descubro, Eva, de cuán delicado gusto, de qué gentileza
-estás dotada, que no es pequeña parte de la sabiduría, pues ahora
-distinguimos de sabores, y tenemos un buen juez en el paladar. Pero a
-ti es debida toda la gloria que me has proporcionado en semejante día.
-¡Oh! ¡qué de placeres hemos perdido, absteniéndonos de este delicioso
-fruto! Hasta hoy no sabíamos lo que es verdadero gusto; y si tal
-deleite tienen en sí las cosas que se nos prohíben, debiéramos desear
-que la prohibición se extendiera a diez árboles en vez de uno. Ven,
-pues; gocemos, ya que es nuestro tanto bien, del inefable placer que
-este nuevo alimento nos promete. Jamás, desde que te vi por primera
-vez y me desposé contigo, me ha parecido tu hermosura ornada de tanto
-encanto, ni he sentido deseos tan vehementes de gozar de tu belleza,
-que me enamora como nunca: influencia sin duda de la virtud de ese
-árbol.»</p>
-
-<p>Añadió a estas palabras acciones y miradas que indicaban la
-impaciencia de su amor. No era menor la de Eva, cuyos ojos despedían el
-fuego que la devoraba. Asiola él de la mano, y sin resistencia alguna
-la condujo a un verde ribazo<span class="pagenum" id="Page_178">p.
-178</span> cubierto por una espesa enramada que daba sombra a un lecho
-de flores, pensamientos, violetas, gamones y jacintos, el más fresco y
-muelle regazo de la tierra. Apuraron allí sin tasa sus amorosas ansias
-y delicias, sellando su mutuo crimen y desquitándose de su pecado,
-hasta que vencidos por el estupor del sueño, hubieron de renunciar a
-sus voluptuosos goces.</p>
-
-<p>Luego que fue perdiendo aquel falso fruto la virtud con que
-sus suaves y penetrantes aromas habían embriagado sus espíritus y
-pervertido sus más íntimas facultades, desvaneciéndose el impuro
-letargo de un sueño que les había representado al vivo la enormidad
-de su falta, se levantaron desasosegados, se miraron uno a otro, y
-vieron cuán distinto se ofrecía todo a sus ojos, y cuán oscura niebla
-cubría sus corazones. Había huido de ellos la inocencia, que los
-preservaba del conocimiento del mal, ocultándoselo como con un velo;
-la confianza sincera, la rectitud natural y el honor, lejos ya de su
-lado, dejaban expuesta su desnudez a la criminal vergüenza que los
-cubría; pero al que la vergüenza cubre con su máscara, le descubre
-más. Como el valeroso Danita<a id="FNanchor_99" href="#Footnote_99"
-class="fnanchor">[99]</a>, el hercúleo Sansón, que al desasirse de los
-torpes brazos de la filistea Dalila, despertó ya privado de su fuerza,
-volvieron ellos en sí destituidos de todas sus virtudes; y confusos y
-silenciosos, permanecieron sentados, contemplándose largo tiempo, sin
-atreverse a proferir palabra; hasta que Adán, aunque tan abatido como
-Eva, prorrumpió al fin en sentidas quejas, diciendo:</p>
-
-<p>«¡Oh Eva! ¡En mal hora diste oídos a aquel falso reptil, que nunca
-hubiera aprendido a remedar la voz humana! Veraz habría sido en
-pronosticar nuestra desgracia, no en prometernos una mentida elevación,
-porque si se han abierto nuestros ojos, y sabemos discernir ya lo bueno
-de lo malo, hemos perdido el bien, y solo nos queda el mal. ¡Funesto
-fruto de la ciencia, si consiste en conocer esto, en dejarnos así
-desnudos, privados de nuestro honor, de la inocencia, de la fe y de la
-pureza, que eran nuestro mejor ornato, ahora manchadas y envilecidas!
-En nuestros rostros aparecen evidentes las huellas de la insensata
-concupiscencia, origen de nuestros males y nuestra vergüenza, que es el
-mayor de todos; que en cuanto a la pérdida del bien, no debe quedarte
-la menor duda. Y ¿cómo osaré yo ahora ponerme en presencia de Dios o
-de los ángeles, a quienes veía antes con tanto júbilo y enajenamiento?
-Sus celestiales figuras anonadarán con su irresistible esplendor
-esta materia terrestre. ¡Oh! ¡Si pudiera <span class="pagenum"
-id="Page_179">p. 179</span>ocultar mi salvaje existencia en la
-soledad, en el más oscuro rincón, al abrigo de árboles gigantescos,
-impenetrables a la luz del sol y de los astros, y entre las tinieblas
-de una oscuridad más profunda que la de la noche! ¡Encubridme vosotros,
-pinos; tapadme ¡oh cedros! con vuestras innumerables ramas, donde
-jamás vuelva a ser visto! Pero, no: en tan miserable estado, pensemos
-qué arbitrio será el mejor por de pronto para ocultar uno a los ojos
-de otro lo que nos causa mayor vergüenza, lo que más repugnante es a
-nuestra vista. Busquemos un árbol cuyas anchas y flexibles hojas unidas
-entre sí y rodeadas a nuestra cintura, nos preserven de esta vergüenza,
-que en lo sucesivo ha de acompañarnos siempre, para que no nos dé
-continuamente en rostro con nuestra impureza.»</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L040">
- <img class="thin"
- src="images/i_312.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Y no solo acudieron las lágrimas a sus ojos...</p>
-</div>
-
-<p>Y practicando el consejo, internáronse ambos en lo más espeso del
-bosque, y eligieron al efecto la higuera; mas no la que nosotros
-apreciamos con este nombre y por su celebrado fruto, sino la conocida
-hoy entre los indios, en la costa de Malabar, o en el Decán, de ramas
-tan anchas y dilatadas, que colgando hasta el suelo y prendiendo en él,
-como hijas que crecen alrededor de su madre, forman pilares, bóvedas
-y muros, dentro de los cuales resuena el eco; donde el pastor indio,
-huyendo del sol, busca la fresca sombra, y por entre los claros del
-ramaje vigila a su ganado mientras está pastando<a id="FNanchor_100"
-href="#Footnote_100" class="fnanchor">[100]</a>.</p>
-
-<p>Cogieron aquellas hojas, anchas como el escudo de una amazona, y con
-el arte que ya sabían, las juntaron y ciñeron a sus riñones: inútil
-precaución, si así querían ocultar su crimen y librarse de la vergüenza
-que los acosaba. ¡Oh! ¡cuán menguado reparo, en comparación de su
-primitiva y gloriosa desnudez! Tales halló en los últimos tiempos Colón
-a los americanos, cubiertos con una faja de plumas, desnudo lo restante
-del cuerpo, y viviendo como salvajes en sus islas y entre los bosques
-de sus playas.</p>
-
-<p>Así disfrazados, y creyendo encubrir así parte de su vergüenza, mas
-no por eso más tranquilos ni consolados interiormente, se sentaron
-para desahogarse en llanto; y no solo acudieron las lágrimas a sus
-ojos, sino que se desencadenó una tempestad furiosa en el fondo de sus
-corazones; lucha de violentos afectos, de ira, odios, desconfianzas,
-sospechas y discordias, todos perturbando a la vez lo más íntimo de sus
-ánimos, en otro tiempo morada pacífica y apacible, y al presente<span
-class="pagenum" id="Page_180">p. 180</span> llena de agitaciones y
-sobresalto. No les servía ya de guía la inteligencia, ni la voluntad
-se prestaba a sus persuasiones; eran esclavos del apetito sensual, que
-usurpándoles, a pesar de su inferioridad, la soberanía de la razón, se
-alzaba con su dominio. En este estado de excitación, torva la mirada y
-temblorosa la voz, dirigió de nuevo Adán la palabra a Eva:</p>
-
-<p>«¡Oh! ¡Si hubieras dado oído a mis palabras, y permanecido a mi lado
-como te lo rogué, en la infausta hora que te asaltó el necio afán de
-vagar por esos campos, sugerido no sé por quién! Éramos hasta entonces
-dichosos; no nos veíamos, como ahora, imposibilitados de todo bien,
-infamados, desnudos, miserables... Que de hoy más nadie pretenda con
-frívolos pretextos poner a prueba su fidelidad: quien con tal empeño
-solicita verse en semejante trance, muy expuesto está a perecer en
-él.»</p>
-
-<p>Y sentida Eva de esta reconvención, le replicó: «¿Qué severidad
-de lenguaje estás empleando, Adán? ¿A mi insensatez, o al capricho
-de vagar por esos campos, como dices, atribuyes nuestro infortunio?
-¿Quién sabe lo que hubiera acontecido aun estando tú presente, y lo que
-hubieras tú mismo hecho? Aquí, de igual suerte que allí, no hubieras
-sospechado la falacia de la Serpiente, al oírla hablar como hablaba,
-mucho más no mediando entre nosotros y ella motivo alguno de enemistad,
-ni temor de que quisiese hacerme mal, o idease cómo perdernos. ¡Que
-no debía separarme de tu lado! ¡Bueno sería yacer siempre inerte
-como una costilla inanimada! Siendo así, ¿por qué tú, que eres mi
-superior, no me prohibiste terminantemente el alejarme, dado que me
-exponía al riesgo que encareces tanto? Lejos de contrariarme, no
-opusiste dificultad; no lo permitiste y lo aprobaste, despidiéndote
-de mí cariñosamente. Si te hubieras mantenido firme y resuelto en tu
-negativa, ni yo hubiera faltado a mi deber, ni tú ahora serias mi
-cómplice.»</p>
-
-<p>Adán, irritado por vez primera: «¡Eva ingrata! exclamó: ¿Este es
-tu amor? ¿Así correspondes al mío, que has visto inalterable cuando
-tú estabas perdida, y yo a salvo aún? ¿No he podido yo vivir y gozar
-de inmortal ventura, sin arrostrar contigo la muerte voluntariamente?
-¿Y me acusas de ser la causa de tu culpa, y crees que no fui bastante
-severo en lo que te permití? ¿Qué más podía yo hacer? Te advertí, te
-aconsejé, te predije el riesgo a que te exponías, y que un enemigo
-oculto estaba acechando para tender sus lazos. Llevar más allá mi
-celo, hubiera sido violentarte, y emplear la violencia contra el que
-es libre, es<span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span> un
-proceder indigno. La confianza es la que te ha cegado, la seguridad
-que abrigabas o de que no corrías peligro alguno, o de que saldrías
-triunfante de cualquier empeño. Acaso yo erré también cuando admirando
-más de lo justo lo que me parecía en ti tan perfecto, imaginé que
-ningún mal se atrevería a llegar hasta ti. Bien pago mi error ahora,
-que se ha convertido en crimen. ¿Y tú eres mi acusadora? Este castigo
-merece quien por confiar demasiado en la excelencia de la mujer, la
-deja ejercer imperio; que contrariada, romperá el freno, y entregada a
-su albedrío, cuando algún daño le sobrevenga, su primer impulso será
-acusar al hombro de débil e indulgente.»</p>
-
-<p>Así pasaban infructuosamente el tiempo en mutuas reconvenciones;
-ninguno de los dos se culpaba a sí propio, pareciendo interminables sus
-estériles altercados.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3 mt3" id="Ch1_10">
- <p><span class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span></p>
- <h3>LIBRO DÉCIMO</h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra g0">ARGUMENTO</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>Sabida la desobediencia del Hombre, abandonan los ángeles
- custodios el Paraíso, y vuelven al cielo para justificar su
- vigilancia, de la cual se muestra Dios satisfecho, declarando que
- no han podido evitar la entrada de Satanás en aquel lugar. Envía
- en seguida a su Hijo para que juzgue a los culpables, el cual lo
- verifica, y pronuncia la debida sentencia. Compadecido de ellos,
- cubre su desnudez, y asciende de nuevo al cielo. El Pecado y la
- Muerte, que hasta entonces habían permanecido a la puerta del
- infierno, presintiendo por una maravillosa simpatía el triunfo de
- Satanás en aquel mundo nuevo, y el pecado cometido por el Hombre,
- resuelven no estar más tiempo confinados en aquel lugar, sino seguir
- a Satanás, su señor, a la morada del Hombre; y para facilitar
- el tránsito desde el infierno al mundo, abren un ancho camino o
- un elevado puente sobre el Caos, según el designio primeramente
- concebido por Satanás; y cuando se disponen a dirigirse a la tierra,
- se encuentran con él, que envanecido de su triunfo, vuelve al
- infierno. Congratúlanse mutuamente. Llega Satanás al Pandemonio, y
- en plena asamblea refiere pomposamente el triunfo que ha conseguido
- sobre el Hombre; pero en vez de aplausos, oye solo un silbido
- universal de su auditorio, convertido como él en serpientes, conforme
- a la sentencia dada en el Paraíso. Engañados por la apariencia del
- árbol prohibido que se ofrece a su vista, quieren todos ellos probar
- el fruto, y no comen más que polvo y amarga ceniza. Resolución que
- forman el Pecado y la Muerte. Dios predice la completa victoria de su
- Hijo, y la regeneración de todas las cosas, pero ordena a sus ángeles
- que hagan algunas alteraciones en los cielos y en los elementos.
- Convencido Adán cada vez más de su degradada condición, se lamenta
- tristemente, y rechaza los consuelos de Eva; mas ella insiste, y por
- fin logra tranquilizarle. Creyendo evitar la maldición que ha de caer
- sobre su posteridad, propone varios medios violentos que desaprueba
- Adán, porque esperando en la promesa que se les había hecho de que la
- raza humana se vengaría de la Serpiente, la exhorta a intentar por
- medio de la oración y el arrepentimiento la reconciliación con el
- Señor tan justamente ofendido.</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Súpose al punto en el cielo el acto de odio y desesperación
-consumado por Satán en el Paraíso, y cómo, disfrazado de serpiente,
-había seducido a Eva, y esta a su marido, para comer el funesto fruto,
-pues ¿qué cosa puede ocultarse a la vigilancia de Dios, que lo ve todo,
-ni engañar su previsión, que a todo alcanza? Sabio y justo el Señor
-en cuanto dispone, no había impedido a Satán que tentase el ánimo
-del Hombre, a quien dotó de suficiente fuerza y entera libertad para
-descubrir y rechazar las astucias de un enemigo o de un falso amigo.
-Que bien conocían nuestros primeros padres, y no debieron olvidar
-jamás, la suprema prohibición de no tocar a aquel fruto, por más que a
-ello les incitaran, pues por desobedecer este mandato, incurrieron en
-tal pena (¿qué menor podían esperarla?); y su crimen, por suponer otros
-varios, bien merecía tan triste suerte.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span>Silenciosos y
-compadecidos del Hombre, se apresuraron a ascender desde el Paraíso al
-Cielo los ángeles custodios. De aquel suceso colegían lo desventurado
-que iba a ser, y se maravillaban de la sutileza de un enemigo que así
-les había ocultado sus furtivos pasos.</p>
-
-<p>Luego que tan funestas nuevas llegaron a las puertas del cielo
-desde la tierra, contristaron a cuantos las oyeron. Pintose esta vez
-en los semblantes celestiales cierta sombría tristeza, que, mezclada
-con un sentimiento de piedad, no bastaba, sin embargo, a turbar su
-bienaventuranza. Rodearon los etéreos moradores a los recién llegados
-en innumerable multitud, para oír y saber todo lo acaecido: y ellos
-se dirigieron al punto hacia el supremo trono, como responsables del
-hecho, a fin de alegar justos descargos en favor de su extremada
-vigilancia, que fácilmente podían probar; cuando el omnipotente y
-eterno Padre, desde lo interior de su misteriosa nube, y entre truenos,
-hizo así resonar su voz:</p>
-
-<p>«Ángeles aquí reunidos, y vosotros, Potestades que volvéis de
-vuestra infructuosa misión, no os aflijáis ni turbéis por esas
-novedades de la tierra, que aun con el más sincero celo, no habéis
-podido precaver: ya os predije no ha mucho tiempo lo que acaba de
-suceder, cuando por primera vez, salido del infierno, el Tentador
-atravesó el abismo. Entonces os anuncié que prevalecerían sus intentos;
-que en breve realizaría su odiosa empresa; que el Hombre sería seducido
-y se perdería, dando oídos a la lisonja, y crédito a la impostura
-contra su Hacedor. Ninguno de mis decretos han concurrido a la
-necesidad de su caída; no he comunicado el más leve impulso al albedrío
-de su voluntad, que siempre he dejado libre y puesta en el fiel de
-su balanza. Pero al fin ha caído. ¿Qué resta hacer más que dictar la
-mortal sentencia que su transgresión merece, la muerte a que queda
-sujeto desde este día? Presume que la amenaza será vana e ilusoria,
-porque no ha sentido ya el golpe inmediatamente como temía; pero en
-breve verá que el aplazamiento no es perdón, lo cual experimentará
-hoy mismo. No ha de quedar burlada mi justicia, como lo ha quedado mi
-bondad. Pero ¿a quién enviaré por juez? ¿A quién, sino a ti, Hijo mío,
-que en mi lugar riges el universo, a ti que ejerces, trasmitido por mí,
-todo juicio en los cielos, en la tierra y en los infiernos? Con esto se
-persuadirán de que procuro conciliar la misericordia con la justicia al
-enviarte a ti, amigo del Hombre, mediador suyo, designado para servirle
-de rescate y ser voluntariamente su Redentor, como estás destinado a
-convertirte en hombre y a ser juez de su humillación.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_184">p. 184</span>Así habló el Padre;
-e inclinando a la derecha el esplendor de su gloria, inundó al Hijo con
-los rayos de su clara divinidad. Él reflejó toda la refulgente majestad
-de su Padre y respondió con inefable dulzura de este modo:</p>
-
-<p>«Eterno Padre: tuyo es el mandato, mío el obedecer tu suprema
-voluntad en el cielo como en la tierra, porque tú te complaces en
-mí, que soy siempre tu Hijo por extremo amado. Voy a juzgar en la
-tierra a los que te han desobedecido; pero tú sabes que cualquiera que
-sea la sentencia, sobre mí recaerá el mayor castigo cuando se hayan
-cumplido los tiempos; que ante ti me impuse este sacrificio, y no
-estoy arrepentido de él, porque así tendré el derecho de mitigar la
-pena, que ha de refluir en mí. Templaré de tal modo la justicia con la
-misericordia, que realzadas así una y otra, ambas queden satisfechas,
-y tú desagraviado. Y no he menester para esto de séquito ni aparato
-alguno: en este juicio solo han de intervenir el juez y los dos
-culpables; el tercero está condenado por ausente con más rigor; está
-convicto de su crimen y de su rebeldía a todas las leyes; que en la
-serpiente no ha podido obrar convicción alguna.»</p>
-
-<p>Pronunciadas estas palabras, se levantó de su radiante trono, con
-todo el esplendor de su gloria colateral, y rodeándole los Tronos, las
-Potestades, los Principados y las Dominaciones, le acompañaron hasta
-las celestiales puertas, desde donde se descubre la perspectiva del
-Edén y de sus confines todos. Rápidamente hizo su descenso, que no hay
-tiempo que mida la velocidad de los dioses, por más que vuele en alas
-de los más raudos minutos. Inclinándose a su ocaso, alejábase ya el sol
-del mediodía, y esparcíanse por la tierra a su hora acostumbrada los
-blandos céfiros, anunciando la proximidad de la húmeda noche; cuando
-más tranquilo aún, en medio de su indignación, se acercaba el que como
-juez e intercesor a un tiempo iba a sentenciar al Hombre. Oyeron los
-culpables la voz de Dios, que al declinar de la tarde resonaba por el
-Paraíso llevada a sus oídos por el hálito de los vientos; oyéronla, y
-Hombre y Mujer huyeron de su presencia, ocultándose entre los árboles
-más sombríos; pero Dios se acercó, y llamó en alta voz a Adán.</p>
-
-<p>«¿Dónde estás Adán, que no vienes alegre, como acostumbrabas a
-recibirme así que me veías de lejos? Me disgusta que te ausentes de
-aquí, y que te entretengas en la soledad, cuando un solícito deber te
-hacía presentarte antes sin ser buscado. ¿Vengo Yo con menos esplendor?
-¿Qué novedad te tiene ausente? ¿Qué causa tu detención? Ven al
-punto.»</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L041">
- <img class="thin"
- src="images/i_319.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Oyeron los culpables la voz de Dios, y hombre y mujer huyeron...</p>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span>Presentose, y Eva
-con él, pero más medrosa, a pesar de haber delinquido primero, y ambos
-confusos y desconcertados. No brillaba ya en sus miradas el amor ni
-para con Dios, ni el del uno al otro; no se revelaba en sus semblantes
-sino el crimen, la vergüenza, la turbación, el despecho, la ira, la
-obstinación, el odio y la hipocresía. Pero al fin, después de muchas
-vacilaciones, respondió Adán:</p>
-
-<p>«Os vi en el jardín, pero atemorizado a vuestra voz, como estaba
-desnudo, me oculté.»</p>
-
-<p>Y el divino Juez, sin reconvenirle, contestó: «Pues muchas veces has
-oído mi voz, que no te infundía temor, antes bien te regocijaba. ¿Cómo
-es que ahora te causa espanto? ¡Que estás desnudo! Y ¿quién te lo ha
-hecho advertir? ¿Has comido acaso el fruto del árbol que te prohibí
-gustases?»</p>
-
-<p>A lo que, acosado de remordimientos, replicó Adán: «¡Oh cielo! ¡En
-qué trance tan penoso me veo hoy ante mi Juez! O echo sobre mí todo el
-delito, o tengo que acusar a la que es como yo mismo, a la compañera
-de mi existencia, cuya falta, dado que no ha querido ofenderme a mí,
-debiera yo encubrir, y no dar lugar con mis quejas a su castigo. Pero
-no puedo menos de sucumbir a la dura necesidad, a un imperioso deber,
-para que no recaigan en mí el pecado y la pena a un tiempo, que para
-mí solo, serían insoportables. Ni ¿de qué me serviría obrar de otro
-modo, si está patente a tus ojos cuanto tratara yo de ocultarte? Esta
-mujer, a quien tú creaste para descanso mío, que me concediste como el
-más completo de tus dones, tan buena, tan hermosa, tan encantadora, tan
-divina, de quien yo no recelaba mal alguno, que en cuanto hacía parecía
-llevar la justificación de su proceder, me dio a comer del fruto
-vedado, y comí.»</p>
-
-<p>Y el Supremo Señor repuso: «¿Era tu Dios, para que así la
-obedecieses antes que a mí? ¿Fue creada para ser tu guía, ni superior,
-ni aún igual a ti, que así has abdicado en ella de tu dignidad de
-hombre, y de la superioridad que respecto a ella debías tener? De ti
-la formó Dios y para ti, que realmente la aventajas en todo género de
-excelencias y perfecciones; porque si bien está adornada de belleza y
-encantos que la hacen amable y digna de tu amor, no por eso había de
-avasallarte; que sus cualidades son para obedecer, no para ejercer el
-mando. Este a ti te correspondía, si tú hubieras sabido conducirte.»</p>
-
-<p>Y en seguida se volvió a Eva solo para preguntarla: «Y tú, dime,
-mujer, ¿qué has hecho?»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_186">p. 186</span>Anonadada por la
-vergüenza, sin poder ocultar su crimen, y no atreviéndose a hablar
-apenas delante de su Juez, llena de confusión, respondió Eva: «Me
-engañó la serpiente, me engañó, y comí.»</p>
-
-<p>Lo cual oído por el Señor, procedió sin más dilación a sentenciar
-a la serpiente a quien se acusaba, bien que fuese un bruto, incapaz
-de achacar el crimen a quien le había hecho instrumento de él, e
-infamádole apartándole del fin de su creación; de manera que con razón
-fue maldito, como pervertido en su naturaleza. No le importaba entonces
-saber más al Hombre, ni supo más, porque esto no aminoraba su delito;
-y así Dios fulminó su sentencia contra Satán, el primero que había
-delinquido, aunque en términos misteriosos, que juzgó ser los que
-convenían, haciendo recaer su maldición sobre la serpiente: «Pues tal
-maldad has cometido, maldita seas entre todos los animales que pueblan
-la tierra. Caminarás arrastrando sobre tu vientre; comerás polvo todos
-los días de tu vida. Interpondré la enemistad entre ti y la mujer,
-entre su generación y la tuya. Su planta quebrantará tu cabeza, y tú
-morderás su planta.»</p>
-
-<p>Así habló el oráculo, y así se verificó cuando Jesús, hijo de María,
-segunda Eva, vio a Satán, príncipe del aire, caer del cielo, como un
-relámpago; y cuando levantándose de su sepulcro, despojó de su poder
-a aquellos principados y potestades, y triunfó de ellos con excelsa
-pompa; y luego en su ascensión brillante, llevose cautivo por los aires
-el cautiverio, el imperio mismo de Satán, usurpado por tanto tiempo;
-de Satán, a quien por fin pondrá bajo nuestros pies el que aquel día
-predijo su fatal quebranto.</p>
-
-<p>Y dirigiéndose a la Mujer, pronunció así su sentencia: «Yo
-multiplicaré tus angustias cuando conciba tu seno, y parirás tus hijos
-entre dolores, y quedarás sometida a la voluntad de tu marido, y él te
-dominará.»</p>
-
-<p>Y últimamente condenó a Adán en estos términos: «Por haber escuchado
-las palabras de tu mujer, y comido del árbol que te había vedado,
-diciendo: “De ese árbol no comerás”, la tierra será maldita a causa de
-tu pecado; sacarás tu alimento de ella con penoso afán durante tu vida;
-te producirá por sí cardos y espinas; comerás yerbas de los campos, y
-ganarás el pan con el sudor de tu rostro, hasta que vuelvas al seno de
-la tierra de que has de saber saliste; porque polvo eres, y en polvo te
-volverás.»</p>
-
-<p>Así juzgó Dios al Hombre, siendo a la vez su Juez y su Salvador,
-y en aquel instante apartó de él el golpe mortal que en el mismo
-día le amenazaba; y viéndole<span class="pagenum" id="Page_187">p.
-187</span> desnudo, expuesto a la inclemencia del aire, que había de
-sufrir grandes alteraciones, se compadeció de él, y no se desdeñó de
-hacer desde entonces oficios de sirviente suyo, como cuando lavó los
-pies de los que le servían; y desde luego, con el amor de un padre
-de familia, cubrió su desnudez con pieles de animales, unos muertos,
-otros que, como la culebra, se despojaban de la suya por otra nueva.
-No se desdeñó tampoco de vestir a sus enemigos; que no solo cubrió de
-pieles su desnudez exterior, sino que echó sobre la interior, aún más
-ignominiosa, el manto de su justicia, defendiéndolos de las miradas
-de su Padre. Y con rápida ascensión volvió a su bendito seno, y a la
-plenitud de su gloria, como estaba antes, y refiriole cuanto había
-pasado con el Hombre, aunque su Padre nada ignoraba, y aplacó su cólera
-por medio de su amorosa intercesión.</p>
-
-<p>Entre tanto, y cuando en la tierra no se había delinquido aún,
-ni pronunciádose la terrible sentencia, estaban sentados el Pecado
-y la Muerte dentro de las puertas del infierno, y uno frontero a
-otro. Hallábanse abiertas las puertas, y de lo interior salían llamas
-devoradoras que se extendían por el Caos. Habíalas franqueado el Pecado
-para dar paso a Satán; y ahora decía a la Muerte:</p>
-
-<p>«¿Qué hacemos aquí, hija mía, ociosos y contemplándonos uno a
-otro, mientras Satán, nuestro gran autor, triunfa en otros mundos
-y nos procura mansión más venturosa para nosotros, querido linaje
-suyo? Ni es posible que haya dejado de salir airoso de su empresa,
-pues de otra suerte, ya hubiera vuelto aquí acosado por el furor de
-su perseguidores, porque ningún sitio más a propósito que este para
-su castigo ni para vengarse de él. Yo siento en mí una nueva fuerza,
-como si me nacieran alas, y que me esperan dominios más extensos fuera
-de estos abismos; siéntome atraído, sea por simpatía, sea por cierta
-fuerza connatural, poderosa para unir entre sí a larga distancia con
-secretos vínculos y por las más ignoradas vías, cosas que se asemejan.
-Tú, sombra inseparable mía, debes seguirme, porque no hay poder que
-pueda divorciar a la Muerte del Pecado; y por si la dificultad de
-salvar este ciego e insondable abismo entorpece el regreso de nuestro
-padre, acometamos una atrevida empresa, que no es superior a tu fuerza
-ni a la mía; echemos un puente desde el infierno a ese nuevo mundo
-en que impera Satán ahora: monumento que nos granjeará alto concepto
-entre toda la infernal hueste, pues facilitará su salida de aquí en sus
-marchas y transmigraciones, donde quiera que la suerte los encamine. Ni
-puedo yo equivocarme en el plan que trace, dado que tan certera es la
-atracción, el instinto que me dirige.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_188">p. 188</span>A lo que contestó
-el descarnado Esqueleto: «Ve adonde el Hado y tu irresistible impulsión
-te lleven; yo no he de quedarme atrás ni errar el camino, teniéndote
-a ti por guía. ¡Qué olor a carne y a innumerables víctimas percibo!
-¡Cómo saboreo ya el gusto de muerte, que exhala cuanto en ese mundo
-vive! No dejaré de ayudar al intento que te propones; cuenta con mi
-cooperación.»</p>
-
-<p>Y al decir esto, aspiraba con deleite el olor de la mortal
-descomposición que se efectuaba en la tierra. Como cuando una bandada
-de carnívoras aves acuden afanosas desde larguísimas distancias la
-víspera de un combate al campo en que se establecen dos ejércitos
-enemigos, llevadas por el olor de los cadáveres vivientes que una
-sangrienta batalla ha de entregar a la muerte el siguiente día; así el
-repugnante monstruo venteaba su presa, alzando la cóncava nariz para
-llenarla de infestado aire y olfatear desde más lejos. Atravesando las
-puertas del infierno, lanzáronse ambos en la inmensidad y confusión
-del sombrío Caos, siguiendo distintas direcciones; y haciendo uso de
-su poder, que era muy grande, se posaron sobre las aguas y juntaron en
-una masa cuanto en ellas había de sólido o glutinoso, revolviéndolo
-hacia arriba y hacia abajo, como en proceloso mar, cada cual por su
-lado, hasta arrojarlo junto a la boca del infierno: no de otro modo
-que dos vientos polares, cayendo encontrados sobre el mar Cronio,<a
-id="FNanchor_101" href="#Footnote_101" class="fnanchor">[101]</a>
-aglomeran las montañas de hielo que forman hacia el oriente y
-más allá de Petzora<a id="FNanchor_102" href="#Footnote_102"
-class="fnanchor">[102]</a> el camino que debe conducir a las
-opulentas costas del Catay<a id="FNanchor_103" href="#Footnote_103"
-class="fnanchor">[103]</a>.</p>
-
-<p>Valiéndose la Muerte de su pesada, dura y fría maza, como de
-un tridente, golpeó la amontonada tierra, dejándola tan firme
-como la isla de Delos<a id="FNanchor_104" href="#Footnote_104"
-class="fnanchor">[104]</a>, flotante en otro tiempo, y endureció la
-materia restante con su mirada, cual si tuviese la propiedad de la
-de la Gorgona. Trabaron con betún del Asfaltite la ya trazada vía,
-ancha como las puertas y profunda como los cimientos del infierno;
-y levantando sobre el espumoso abismo, en figura de elevados arcos
-una inmensa mole, fabricaron un puente de prodigiosa longitud, que
-se apoyaba en la inmóvil muralla de este mundo, abierto y entregado
-ya a la muerte, y que daba paso ancho, llano, fácil y seguro a los
-abismos infernales. Si las cosas grandes pueden compararse con
-las pequeñas, así Jerjes salió de Susa con ánimo de subyugar la
-Grecia,<span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span> y desde
-el palacio de Memnón se encaminó al mar, y echando un puente sobre
-el Helesponto, juntó a Europa con el Asia, y azotó con repetidos
-golpes las indignadas olas<a id="FNanchor_105" href="#Footnote_105"
-class="fnanchor">[105]</a>.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L042">
- <img class="thin"
- src="images/i_326.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Volvió al sitio en que los dos cónyuges discurrían sobre su suerte.</p>
-</div>
-
-<p>Prosiguieron, pues, la fábrica de su puente con maravilloso arte<a
-id="FNanchor_106" href="#Footnote_106" class="fnanchor">[106]</a>,
-extendiendo una larga cadena de rocas sobre el perturbado abismo, y
-siguiendo la huella de Satán, hasta el punto mismo en que, parando su
-vuelo, se vio libre del Caos y puso su planta en la árida superficie
-de este mundo esférico; y con diamantinos clavos y cadenas aseguraron
-(¡oh funesta seguridad!) su perdurable obra. Y divididos por breve
-trecho, vieron los confines del Cielo Empíreo y de este mundo, dejando
-a la izquierda el infierno separado por su anchuroso abismo, con los
-diferentes caminos que guiaban a cada una de aquellas tres regiones.
-Tomaron sin vacilar el de la tierra, y dirigieron sus primeros pasos al
-Paraíso.</p>
-
-<p>En breve descubrieron a Satán bajo la forma de un luminoso ángel,
-que se remontaba al zénit entre el Centauro y el Escorpión, mientras
-el Sol se levantaba en Aries. Iba así disfrazado, mas no bastaba
-disfraz alguno para que los hijos desconociesen a su padre. Después
-de haber seducido a Eva, se alejó, sin ser percibido, por el bosque;
-cambió de figura para mejor observar los efectos de su crimen; vio que
-Eva insistía en él, y que, aunque exenta de malicia, había logrado lo
-mismo de su esposo; observó la vergüenza que les obligaba a cubrirse
-de un velo inútil; pero al descender el Hijo de Dios a juzgarlos, huyó
-aterrado, no porque esperase librarse del castigo, sino para diferirlo
-algún tiempo más. Temía el malvado el que desde luego pudiera imponerle
-la divina cólera; mas no sucediendo así, volvió por la noche al sitio
-en que sentados los desventurados cónyuges discurrían sobre su triste
-suerte. A vueltas de sus quejas, oyó su propia sentencia, y al saber
-que no se ejecutaría inmediatamente, sino pasado algún tiempo, voló
-henchido de júbilo al infierno con aquellas nuevas. Al llegar a la
-entrada del Caos, junto al extremo del nuevo y admirable puente,
-encontró de improviso a sus amados hijos, que le buscaban, y los
-recibió con grande alegría, la cual se acrecentó al ver la estupenda
-fábrica. Largo rato le duró el asombro, hasta<span class="pagenum"
-id="Page_190">p. 190</span> que su digno y encantador hijo, el Pecado,
-rompió el silencio en estos términos:</p>
-
-<p>«¡Oh Padre! Tuya es esta magnífica obra, tuyo este trofeo, que
-contemplas cual si no se te debiese a ti. Tú eres su autor, su primer
-arquitecto; porque no bien adivinó mi corazón (que por una secreta
-armonía se mueve a compás del tuyo, como unidos ambos en íntimo
-consorcio) no bien adivinó que habías triunfado en la tierra, de lo
-cual me dan ahora tus ojos evidente indicio, cuando, a pesar de los
-mundos que nos separaban, me sentí atraído hacia ti, juntamente con
-esta, hija tuya también, que tal es la fatal unión en que los tres
-vivimos. No podía ya el infierno tenernos más tiempo sujetos en su
-recinto, ni su lóbrego e intransitable seno impedirnos que siguiésemos
-tus gloriosas huellas. De cautivos que hasta ahora hemos estado en
-lo interior del Orco, nos has sacado a la libertad, y dádonos fuerza
-para llegar hasta aquí y echar sobre el tenebroso abismo este enorme
-puente. Todo este mundo es ya tuyo. Tu valor ha conseguido lo que tus
-manos no habían logrado ejecutar, y tu previsión ganado con creces
-cuanto con la guerra habías perdido. Ya estás vengado del desastre
-que en el cielo experimentamos. Aquí reinas ya como monarca; que allí
-no podías serlo. Que domine el otro donde la victoria le concedió su
-imperio, mas que renuncie a este mundo, de que su propia sentencia
-le ha desposeído, y que de hoy más entre contigo a la parte en la
-universal soberanía, cuyos límites los formará el Empíreo, siendo ahora
-suyo el mundo cuadrado, y el mundo circular tuyo<a id="FNanchor_107"
-href="#Footnote_107" class="fnanchor">[107]</a>. Que se atreva ahora
-contigo, que tan peligroso eres para su trono.»</p>
-
-<p>A lo que placentero repuso el príncipe de las tinieblas: «Hija
-querida, y tú, que eres a la vez hijo y nieto mío: bien demostráis
-ahora que sois de la estirpe de Satán, nombre de que me glorío, por
-ser el antagonista del Omnipotente Rey de los Cielos; bien merecéis
-mi gratitud y la del infierno todo, pues con triunfador empeño habéis
-erigido este monumento triunfal cabe las puertas del mismo cielo,
-y hecho mía vuestra gloriosa empresa. Habéis convertido el cielo
-y este mundo en un solo imperio, en un imperio y un continente de
-fácil comunicación; y así, mientras que a través de las tinieblas y
-a favor del nuevo camino que habéis abierto, desciendo a dar cuenta
-a los campeones que siguen mis banderas de todos estos triunfos y a
-celebrarlos en su compañía, cruzad vosotros<span class="pagenum"
-id="Page_191">p. 191</span> esos innumerables orbes, vuestros ya
-todos, y encaminaos al Paraíso. Fijad en él vuestra mansión, vuestro
-venturoso reino; ejerced vuestro dominio sobre la tierra, sobre los
-aires, y especialmente sobre el Hombre, único señor de tan vasto
-imperio. Hacedle desde luego vuestro esclavo, hasta que por fin acabéis
-con su existencia. Yo delego en vosotros mis poderes, y os nombro mis
-representantes en la tierra con toda la autoridad que de mí procede.
-De vuestras fuerzas ahora unidas depende la conservación de este nuevo
-imperio, que gracias a mí, el Pecado entrega a la Muerte. Si juntos
-lográis vencer, ningún detrimento en su bien tendrá ya que temer el
-infierno. Id, pues, y desplegad todo vuestro poder.»</p>
-
-<p>Despidiolos así; y ellos, atravesando velozmente la región de los
-astros, fueron por todas partes derramando su veneno. Emponzoñadas
-las estrellas, perdieron su lucidez, y hasta los planetas se vieron
-totalmente eclipsados. Satán, que tomó otro rumbo, se dirigió por
-la nueva vía a las puertas del infierno. Gemía el Caos sintiéndose
-aprisionado y hendido por uno y otro lado, y al rebotar de sus olas,
-golpeaba la maciza fábrica, en la que no hacían mella alguna sus
-furores. Entró en su retiro el príncipe de las tinieblas, hallando
-las puertas de par en par, sin nadie que las guardase, y todo en la
-más tétrica soledad, porque los que estaban allí para custodiarlas,
-abandonando su puesto, habían levantado su vuelo a más alta esfera,
-y los demás retirádose al interior, al abrigo de los muros del
-Pandemonio, ciudad y magnífica residencia de Lucifer, que así se
-llamaba aludiendo a la brillante estrella comparable con Satanás.
-Vigilaban allí en continua guardia las legiones, mientras los próceres
-celebraban un consejo ansiosos de saber qué causa podría diferir
-el regreso de su soberano; por lo demás, observaban fielmente las
-órdenes que al partir les había dictado. A la manera que el Tártaro
-se retira de Astracán<a id="FNanchor_108" href="#Footnote_108"
-class="fnanchor">[108]</a> a sus nevadas llanuras, huyendo de los
-rusos, sus enemigos, o que el Sofí bactriano<a id="FNanchor_109"
-href="#Footnote_109" class="fnanchor">[109]</a> retrocede ante la
-enseña de la turquesca media luna, llevando la devastación hasta más
-allá del reino de Aladule<a id="FNanchor_110" href="#Footnote_110"
-class="fnanchor">[110]</a> y se refugia en la ciudad de Tauris
-o en la de Casbin<a id="FNanchor_111" href="#Footnote_111"
-class="fnanchor">[111]</a>; veíanse las huestes recién lanzadas
-del cielo dejar desiertas las inmensas regiones que forman los
-límites<span class="pagenum" id="Page_192">p. 192</span> infernales,
-y acogerse con cuidadosa vigilancia a los muros de su metrópolis,
-aguardando de hora en hora a su aventurero caudillo, que había partido
-en busca de ignorados mundos. Llegó; atravesó por en medio de ellas sin
-darse a conocer, bajo la apariencia de un ángel de ínfimo orden entre
-la milicia plebeya, y penetrando invisible en el regio salón plutónico,
-ocupó su elevado trono, suntuosamente erigido en el extremo opuesto
-bajo un dosel de riquísimo brocado. Sentose un instante; dirigió en
-torno una mirada, todavía encubierto, hasta que de repente, como
-saliendo de una nube, apareció su fúlgido semblante, con todo el brillo
-de una estrella, o más esplendoroso aún, y rodeado de aquella gloriosa
-aureola, pero solo aparente, que le era permitido ostentar después de
-su caída. Admirados de tan súbito fulgor los moradores de la Estigia,
-vuelven los rostros, y descubren a su anhelado caudillo, que estaba
-ya entre ellos: con lo que prorrumpieron en ruidosas aclamaciones.
-Levantáronse apresuradamente de su tenebroso estrado los próceres del
-consejo, y con general alegría se acercaron a felicitarle. Impúsoles
-silencio con la mano, y se captó su atención diciendo:</p>
-
-<p>«Tronos, Dominaciones, Principados, Virtudes y Potestades, títulos
-de que os declaro nuevamente en posesión, a más de que de derecho
-os corresponden: el feliz éxito de mi empresa ha sobrepujado a mis
-esperanzas. Aquí vuelvo para sacaros triunfantes de esta sentina
-infernal, abominable, maldita, asilo de la miseria y prisión de nuestro
-tirano. Ya poseéis como señores un espacioso mundo, apenas inferior al
-cielo en que nacisteis, mundo que os he conquistado con mi esfuerzo,
-a costa de indecibles riesgos. Sería largo empeño referiros todo lo
-que hecho, lo que he sufrido, los obstáculos que he hallado en mi
-viaje por esos inmensos abismos en que nada hay real, y en que la más
-horrible confusión domina. Sobre ellos han labrado el Pecado y la
-Muerte un ancho camino para facilitar vuestra gloriosa marcha; pero
-¡qué de penalidades me ha costado esa vía por nadie transitada aún,
-viéndome obligado a luchar con un insondable vacío, y sumergirme en
-el seno de la Noche primitiva y del fiero Caos! Celosos ambos de sus
-secretos, se oponían a mi extraño viaje, y con espantosos bramidos
-protestaban de mi audacia ante el supremo Hado. Llegué por fin a ese
-mundo nuevamente creado, cuya fama tanto se ha celebrado en el cielo.
-¡Oh! ¡qué fábrica tan maravillosa y tan perfecta! Allí tenía situado su
-paraíso el Hombre, que era feliz a consecuencia de nuestro destierro.
-Ya no lo es: mi astucia le <span class="pagenum" id="Page_193">p.
-193</span>ha seducido, le ha divorciado de su Creador, y lo que más
-debe admiraros, valiéndome para esto no más que de una manzana; de cuya
-ofensa en castigo (cosa es que os moverá a risa), Dios ha condenado a
-su querido Hombre, y juntamente con él a todo el mundo, a ser víctimas
-del Pecado y de la Muerte, es decir, de nosotros, que hemos adquirido
-este poder sin esfuerzo, ni peligro, ni contratiempo alguno. Allí vamos
-a trasladarnos, allí nos estableceremos, y mandaremos en el Hombre
-como mandaba él en todas las cosas. Verdad es que también Dios me ha
-condenado a mí, o más bien que a mí, a la serpiente, en cuyo cuerpo me
-introduje para engañar al Hombre: la parte que a mí me alcanza de esa
-sentencia es la enemistad que ha de mediar entre mí y el género humano.
-Yo morderé sus plantas, y su descendencia hollará mi cabeza, aunque
-ignoro cuándo; pero en cambio de la adquisición de un mundo ¿quién teme
-tan leve pena, ni otra más rigurosa? Ya sabéis, pues, lo que hecho;
-¿qué os resta a vosotros hacer, ¡oh dioses!, más que lanzaros a la
-posesión de bien tan incomparable?»</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L043">
- <img class="thin"
- src="images/i_331.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Aguardando de hora en hora a su aventurero caudillo...</p>
-</div>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L044">
- <img class="thin"
- src="images/i_334.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Horrible fue la silba que se desató por todos los ámbitos del salón...</p>
-</div>
-
-<p>Así dio fin a su arenga, y permaneció algún tiempo inmóvil,
-esperando que atronasen sus oídos universales aclamaciones y aplausos
-estrepitosos; mas en su lugar, solo resonaron siniestros silbidos,
-lanzados por todas partes, de aquellas innumerables lenguas, que era
-demostración harto clara de público menosprecio. Maravillose de esto,
-mas no le duró mucho el asombro, que mayor era el que de sí mismo
-concibió al sentir que su rostro se adelgazaba prolongándose, que los
-brazos se lo adherían a las costillas, que sus piernas se enlazaban una
-a otra, hasta que faltándole el apoyo, cayó convertido en monstruosa
-serpiente, arrastrándose sobre su vientre, y luchando consigo en vano,
-porque un poder superior le sujetaba, condenándole a tomar la figura
-en que había pecado, y según la sentencia que se le había impuesto.
-Quiso hablar; y su arponada lengua solo acertó a contestar con silbidos
-a todas las demás lenguas, arponadas como la suya; que todos cual
-él, quedaron transformados en serpientes, dado que eran cómplices de
-su inicuo crimen. Horrible fue la silba que se desató por todos los
-ámbitos del salón: arrastrábanse por él un enjambre de monstruos,
-revueltos entre sí colas con cabezas, escorpiones, áspides, crueles
-anfisbenas, cornudas cerastes, hidras, temibles élopes y dipsas<a
-id="FNanchor_112" href="#Footnote_112" class="fnanchor">[112]</a>;
-que nunca se multiplicaron muchedumbre<span class="pagenum"
-id="Page_194">p. 194</span> tan grande de serpientes ni en la
-tierra empapada con la sangre de la Gorgona, ni en las playas
-de la isla Ofiusa<a id="FNanchor_113" href="#Footnote_113"
-class="fnanchor">[113]</a>.</p>
-
-<p>En medio de todos sobresalía Satán por su magnitud de enorme dragón,
-más grande que el inmenso Pitón, engendrado por el Sol en el cieno del
-valle Pitio, de suerte que aún así conservaba su superioridad sobre
-los demás. Todos le siguieron atropelladamente hasta la llanura en
-que estaba el rebelde ejército precito, formado en orden de batalla y
-con el sublime anhelo de ver llegar en son de triunfo a su glorioso
-adalid; y vieron en efecto ¡qué espectáculo tan inesperado! un tropel
-de asquerosísimas serpientes. El horror que al principio sintieron
-acabó por trocarse en no menos horrible simpatía, porque ellos también
-se convirtieron en aquello mismo que a su vista se presentaba,
-cayéndoseles de las manos armas, lanzas y broqueles, dando en tierra
-con sus cuerpos, prorrumpiendo en agudos silbos y desapareciendo bajo
-aquella forma de que habían sido contagiados; que a crimen igual,
-correspondía también igual castigo. Así el aplauso con que contaban se
-volvió atronadora silba, y el triunfo en ignominia que lanzaban sobre
-sí por sus propias bocas.</p>
-
-<p>No lejos de allí se extendía un bosque, nacido en el momento de
-su metamorfosis, y que el Supremo Señor había dispuesto para más
-agravar su pena, cuyos árboles se veían cargados de hermosos frutos
-parecidos a aquellos del Paraíso con que el enemigo infernal había
-seducido a Eva. En aquella extraña novedad se fijaron sus ávidas
-miradas, figurándose que en vez del árbol vedado, se les ofrecían otros
-muchos que aumentasen sus tormentos y su vergüenza; pero devorados
-por una sed ardiente y por una hambre rabiosa que Dios les envió a
-fin de incitarlos más, no pudieron resistir, y enredándose unos en
-otros, se precipitaron y encaramaron a los árboles, formando madejas
-más enmarañadas que las de los cabellos de Megera. Abalanzáronse
-ansiosamente a los frutos, bellísimos a la vista, tan bellos como los
-que se producían orillas del bituminoso lago en que ardió Sodoma;
-frutos que no engañaban el tacto, pero sí el gusto, y de que procuraron
-saciarse para satisfacer el hambre; mas en vez de manjar sabroso,
-comían solo amarga ceniza, que arrojaban al punto de sus contrariadas
-bocas entre repugnantes náuseas. Apretados del hambre y de la sed,
-renovaban frecuentemente su embestida, y siempre experimentaban
-el mismo sabor asqueroso que les desquiciaba las quijadas, llenas
-de hollín y ceniza, cayendo repetidas veces<span class="pagenum"
-id="Page_195">p. 195</span> en el propio engaño, mientras el Hombre,
-de quien habían triunfado, solo una había incurrido en su error. Así
-permanecieron largo tiempo devorados por el hambre y atormentados por
-la incesante furia de los silbidos, hasta que les fue dado recobrar su
-perdida forma; y así quedaron condenados a sufrir todos los años por
-cierto número de días aquella misma humillación, en pena del orgullo y
-regocijo que habían sentido al seducir al Hombre. Ellos, sin embargo,
-difundieron entre los paganos una tradición, inventando la fábula de
-una serpiente, que llamaron Ofión, la cual juntamente con Eurínome<a
-id="FNanchor_114" href="#Footnote_114" class="fnanchor">[114]</a>
-(quizás la dominadora Eva) se alzó en un principio con el imperio del
-alto Olimpo, de donde fueron ambos expulsados por Saturno y Rea<a
-id="FNanchor_115" href="#Footnote_115" class="fnanchor">[115]</a> antes
-que naciese Júpiter Dicteo<a id="FNanchor_116" href="#Footnote_116"
-class="fnanchor">[116]</a>.</p>
-
-<p>Entre tanto llegaba al Paraíso la infernal pareja, y ¡ojalá no
-hubiese llegado! El Pecado, que primero influía allí con su poder y
-posteriormente con su acción, ahora se establecía corporalmente para
-residir en él como constante habitador. Seguíale en pos y paso a paso
-la Muerte, que no cabalgaba aún en su pálido caballo; a la cual se
-dirigió el Pecado, diciendo:</p>
-
-<p>«Segundo fruto de Satán, Muerte, que has de avasallarlo todo: ¿qué
-juzgas ahora de nuestro imperio? Con penosa dificultad hemos llegado a
-él; pero ¿no es preferible a aquel umbral tenebroso del infierno dónde
-estábamos sentados, siempre vigilando, siempre ignorados y envilecidos,
-y tú medio extenuado de hambre?»</p>
-
-<p>Y el Monstruo nacido del Pecado le respondió así: «A mí, víctima de
-un hambre eterna, tanto me da el Infierno, como el Cielo o el Paraíso.
-Allí me encontraré mejor donde más tenga que devorar; y esto, aunque
-tanta abundancia ofrece, paréceme sobrado pequeño para llenar este
-estómago y este anchuroso cuerpo.»</p>
-
-<p>A lo cual repuso el incestuoso Padre: «Pues desde luego puedes
-alimentarte de todas esas yerbas, frutos y flores, y no perdonar ni una
-bestia, ni un pescado, ni un ave, que no es pasto poco apetitoso, y
-saciarte de cuantas cosas ha de destruir la segur del Tiempo, hasta que
-apoderado yo del Hombre y de su raza, pervierta sus pensamientos, sus
-miradas, sus palabras y sus acciones, y le prepare para ser tu postrera
-y más agradable presa.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span>Dicho esto, se
-separaron, tomando cada cual diverso camino, ambos con el propósito
-de destruir y hacer perecedero todo lo criado, y de disponerlo a la
-devastación que tarde o temprano había de verificarse; viendo lo cual
-el Omnipotente, desde el sublime trono que ocupa rodeado de sus Santos,
-habló así a todas aquellas esplendorosas jerarquías:</p>
-
-<p>«Ved con qué rabia se apresuran esos monstruos<a id="FNanchor_117"
-href="#Footnote_117" class="fnanchor">[117]</a> del infierno a
-perturbar y destruir ese nuevo mundo que Yo he creado tan bello y tan
-perfecto; y que se mantendría en el mismo estado, si la insensatez del
-Hombre no hubiera dado entrada en él a esas destructoras furias que
-me califican de demente; y esto suponen el príncipe del Infierno y
-sus secuaces, porque cuando les concedo tan llano acceso a ese lugar
-celestial y consiento que se enseñoreen de él, piensan que condesciendo
-con las miras de tan menguados enemigos, y se lisonjean de que mi
-pasión me ciega en términos de abandonarlo todo y entregar el universo
-a su desconcierto. No conocen esos abortos del infierno que me he
-valido de ellos y los mantengo esclavizados allí, para que absorban
-toda la escoria e inmundicia con que la impura desobediencia del Hombre
-ha manchado lo que tan inmaculado era en su origen, hasta que rebosando
-y ahítos de ese letal veneno, llegue un día en que tu victorioso brazo,
-dulcísimo Hijo mío, hunda para siempre en el Caos al Pecado y a la
-Muerte con su voraz sepulcro, y quede cerrada la boca del infierno, y
-sus mandíbulas ociosas. Regenerados entonces el cielo y la tierra, se
-purificarán para santificar lo que no podrá ya mancillarse nunca; pero
-entre tanto la maldición que he pronunciado tiene que cumplirse.»</p>
-
-<p>Dijo; y resonando como las olas del mar, prorrumpieron los
-celestiales coros en cánticos de <i>aleluya</i>; y entre innumerables
-himnos repetían: «Justos son tus designios, justos tus decretos en
-cuanto obras. ¿Quién puede destruirte?» Y celebraban después al
-Hijo, Redentor del género humano, por quien los siglos verán nacer o
-descender de los cielos un nuevo cielo, una nueva tierra.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L045">
- <img class="thin"
- src="images/i_339.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Dicho esto, se separaron, tomando cada cual diverso camino...</p>
-</div>
-
-<p>Esto cantaban; y el Creador llamó por su nombre a sus principales
-Ángeles, y les encargó de diferentes ministerios, conforme la actual
-sazón de las cosas lo requería. El primero fue el Sol, a quien
-prescribió que alterase su movimiento y enviase su luz a la tierra
-haciendo que alternasen en ella el calor y el frío, hasta el punto
-de ser casi intolerables ambos; que llevase del norte al decrépito
-invierno,<span class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span> y del
-mediodía los rigores del abrasado solsticio. A la pálida luna le
-ordenaron también su curso; a los otros cinco planetas su movimiento y
-sus varios aspectos, el sextil, el cuadrado, el trino y el opuesto<a
-id="FNanchor_118" href="#Footnote_118" class="fnanchor">[118]</a>,
-todos ellos tan nocivos y tan funestos en su conjunción; enseñando a
-las estrellas fijas a ejercer asimismo su maligna influencia y suscitar
-tempestades, ya al ascender cuando el Sol, ya al declinar con él. A
-los vientos señalaron sus lugares respectivos, y cuándo enfurecidos
-debían introducir la confusión en el aire, en el mar y a lo largo de
-sus playas; al trueno, en fin, el tiempo en que había de aterrar los
-tenebrosos palacios aéreos con su hórrido estampido.</p>
-
-<p>Dicen algunos que el Señor mandó a los ángeles apartar más de dos
-veces diez grados los polos de la tierra del eje del Sol, y que no
-sin gran trabajo pudieron poner oblicuo aquel globo central. Otros
-pretenden que se ordenó al Sol llevar sus riendas a igual distancia
-de la línea equinoccial por uno y otro lado, pasando por el Tauro,
-las siete Hermanas Atlánticas y los Gemelos de Esparta, subiendo
-hasta el trópico de Cáncer, y bajando después por Leo, Virgo y Libra
-hasta Capricornio, para proporcionar en su curso a cada clima la
-variedad de las estaciones. De otra suerte, ornada la tierra de
-flores inmarcesibles, hubiera gozado de una perpetua primavera, y
-de igual duración en los días y las noches, excepto en los puntos
-situados más allá de los círculos polares, donde hubiera brillado el
-día sin noche alguna, mientras que el Sol, para resarcirlos de su
-alejamiento, girando visible siempre a sus ojos en torno del horizonte,
-no les hubiera dejado conocer el oriente ni el ocaso, ni se hubieran
-visto envueltos en nieve el yerto Estotiland<a id="FNanchor_119"
-href="#Footnote_119" class="fnanchor">[119]</a> y los países australes
-que se extienden más allá del de Magallanes.</p>
-
-<p>Al presenciar la desobediencia de nuestros primeros padres, el Sol
-retrocedió en su curso, como en el festín de Atreo<a id="FNanchor_120"
-href="#Footnote_120" class="fnanchor">[120]</a>: ¿quién sabe si
-antes de su pecado se hubiera, visto la tierra expuesta, cual hoy,
-al penetrante frío y a los rigorosísimos calores? Estas vicisitudes
-de los cielos produjeron, aunque lentamente, iguales efectos en
-los mares y en la tierra: la influencia de los astros esparció por
-todas<span class="pagenum" id="Page_198">p. 198</span> partes
-vapores, nieblas, ardientes emanaciones, corruptas y pestilenciales;
-desde el norte de Norumbeca<a id="FNanchor_121" href="#Footnote_121"
-class="fnanchor">[121]</a> y las playas de Samoyeda<a id="FNanchor_122"
-href="#Footnote_122" class="fnanchor">[122]</a>, rompiendo sus
-prisiones de bronce, y lanzándose armados de hielo, nieve y granizo,
-de huracanes y torbellinos, los furiosos Bóreas y Cecias, Argeste y
-Tracias arrasan las selvas y trastornan los mares; saliendo de Sierra
-Leona con encontrado ímpetu el Áfrico y el Noto, impelen las negras
-nubes preñadas de truenos; y a través de ellos, no menos airados,
-se precipitan de levante a occidente el Euro y el Céfiro con sus
-fragorosos colaterales el Siroco y el Libequio<a id="FNanchor_123"
-href="#Footnote_123" class="fnanchor">[123]</a>. Empezó pues la
-desolación por las cosas inanimadas. La discordia, hija del Pecado, fue
-la primera que introdujo la muerte entre los irracionales por medio de
-una feroz antipatía, y se encendió la guerra entre bruto y bruto, entre
-ave y ave, entre pescado y pescado, devorándose unos a otros, olvidados
-de su pasto y perdido el temor al Hombre, de quien huían, o a quien con
-gesto amenazador veían pasar, clavando en él aviesas miradas.</p>
-
-<p>Así tuvieron exteriormente principio nuestros males, que Adán pudo
-ya presenciar en parte, aunque acongojado por la pena, se ocultó en la
-más retirada oscuridad; pero otros mayores sentía dentro de sí; y en la
-lucha que traía con sus pasiones, procuraba desahogarse, exclamando:</p>
-
-<p>«¡Qué desventura la mía, después de tanta felicidad! ¡Este fin
-ha tenido para mí ese nuevo y glorioso mundo! ¡Y yo, que era la
-gloria de su gloria, y que gozaba de tal bienaventuranza, ahora me
-veo maldito! ¡Que tenga que huir de la presencia de Dios, cuando su
-vista era en otro tiempo mi mayor delicia! Y ¡si al menos fuera este
-el término de mis males! Merecidos los tengo, y justo es que pague
-lo que merezco; pero no sucederá así, que cuanto coma, cuanto beba,
-cuanto proceda de mí, solo servirá para perpetuar mi maldición. ¡Oh!
-Aquellas palabras que antes tanto me deleitaban, aquel <i>creced y
-multiplicaos</i> equivaldrá para mí a una sentencia de muerte. Porque
-¿qué puedo yo multiplicar más que la maldición que llevo sobre mi
-cabeza? Y de los que en las futuras edades sean mis sucesores ¿quién
-al considerar los males que de mí heredan, no execrará mi memoria?:
-«¡Maldito seas, impuro progenitor! ¡Agradecidos debemos estarte,<span
-class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span> Adán!» Y sus gracias serán
-otras tantas imprecaciones. A la maldición, pues, que sobre mí llevo,
-deberán agregarse las que por una violenta reacción me alcancen, que
-hallarán en mí su centro, y aunque estén en su esfera, me abrumarán
-con su pesadumbre. ¡Oh malogradas dulzuras del Paraíso! ¡Cuán caras me
-costáis, adquiridas a precio de tantos males!</p>
-
-<p>»Pero después de todo, ¿te exigí yo, Creador Omnipotente, que me
-convirtieses de tierra en Hombre? ¿Te solicité para que me sacases
-de las tinieblas, o para que me colocases en este jardín delicioso?
-Pues si mi voluntad no tuvo parte en mi existencia, lo justo y
-equitativo sería que me restituyeses a la nada, mayormente cuando mi
-deseo es resignar y devolver todo lo que he recibido, y cuando es
-tal mi incapacidad para cumplir con las duras condiciones que se me
-han impuesto a fin de conservar un bien que no he pretendido. ¿No
-es suficiente pena la pérdida de este bien? ¿Por qué has de añadir
-el sentimiento de una desventura eterna? Es pues inexplicable tu
-justicia, aunque a decir verdad, demasiado tarde para prorrumpir en
-estas quejas. Hubiera debido rehusar tales condiciones, en el momento
-en que se me propusieron; pero ¡desdichado! si las aceptaste ¿cómo
-quieres gozar del bien y cuestionar sobre ellas? Dices que Dios te ha
-creado sin tu consentimiento: y si un hijo desobediente, a quien tú
-reconvinieses, te replicara: «Y ¿por qué me has dado la existencia
-cuando yo no te la pedía?» ¿aceptarías tú el menosprecio que hacía de
-ti y su insolente disculpa? No fue ciertamente creado por tu elección,
-sino por una necesidad de la naturaleza. Dios te creó por su voluntad
-y con el fin de que le sirvieses; la recompensa que te otorgaba era
-una pura gracia; tu castigo el que a su justicia plugo imponerte. Pues
-bien: sometido estoy; su sentencia es equitativa. Polvo soy, y en
-polvo he de convertirme. ¡Oh felicidad, cuando quiera que acontezca!
-Mas ¿por qué esta dilación en ejecutar la pena el mismo día que se ha
-dictado? ¿Por qué he de sobrevivirme? ¿Por qué ha de burlarse de mí
-amenazándome con la muerte, y reservándome un castigo perpetuo? ¡Con
-qué placer cumpliría yo mi sentencia de muerte y me trocaría en tierra
-insensible, descansando en ella como en el seno de mi madre! Hallaría
-allí mi reposo, y dormiría tranquilo; no atronaría más mis oídos
-aquella tremenda voz; no abrigaría el temor de mayor desdicha, ni me
-atormentaría esta expectativa cruel de mi posteridad. Pero una duda me
-asalta aún. ¿Si será que no muera del todo, y que este puro aliento
-vital, este espíritu del Hombre, que Dios le ha inspirado, no llegue a
-perecer con<span class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span> el barro
-de su cuerpo? Y entonces ¿quién sabe si yaceré en el sepulcro, o en
-otro lugar no menos terrible, y si mi muerte será todavía una especie
-de vida? ¡Horrible idea, si fuese cierta! Pero ¿cómo ha de serlo? Si
-lo que en mí pecó fue ese hálito vital, eso que vive y ha pecado será
-lo que haya de morir; pero verdaderamente el cuerpo no tiene parte
-en la vida ni en el pecado. Todo, pues, morirá en mí; resuélvase así
-esta duda, quedando tranquilo, dado que no llega a tanto el alcance
-humano.</p>
-
-<p>»Y porque el Señor sea infinito en todo ¿ha de serlo también en
-sus rigores? Aun cuando así sea, el Hombre no lo es, y por lo tanto
-ha de ser mortal, pues de otra suerte, ¿cómo Dios ha de hacer objeto
-de su cólera infinita al Hombre, cuyo fin es la muerte? ¿Ha de ser
-esta inmortal? Sería una contradicción tan extraña, que no es posible
-en el mismo Dios, porque argüiría, no poder, sino debilidad. Y por
-satisfacer su ira, al castigar al Hombre ¿había de llevar lo finito
-hasta lo infinito, pretendiendo saciar un rigor que nunca se saciaría?
-Valdría esto tanto como hacer extensiva su sentencia hasta más allá del
-polvo, de la nada, y de las leyes de la Naturaleza, la cual mide las
-causas por la energía de la acción que imprimen, no por el círculo de
-su propia esfera. Mas si la muerte no acabase de un golpe con todo lo
-que es sentir, como suponía yo, y fuese desde ahora para siempre un mal
-interminable, mal que empiezo a experimentar en mí, fuera de mí y por
-toda una eternidad... ¡oh desdichado! Vuelve a espantarme este temor,
-y de nuevo combate con tempestuosos vértigos mi indefensa fantasía.
-Sí: la muerte y yo somos incorpóreos: no solo a mí, sino a toda mi
-posteridad alcanza la maldición. ¡Envidiable patrimonio os lego, hijos
-míos! ¡Oh! ¡Si me fuese dado consumirlo todo, y no dejaros la menor
-parte! ¡Cómo me bendeciríais por esta pérdida, en vez de maldecirme
-ahora! Mas ¿por qué ha de condenarse a todo el género humano, siendo
-inocente, por la falta de un solo Hombre? ¡Inocente! ¿Lo es, cuando de
-mí nada puede salir que no sea corrupción, y espíritu y voluntad tan
-depravados, que no solamente estén dispuestos a hacer, sino a desear
-lo que yo he hecho? ¿Qué descargo han de ofrecer cuando comparezcan
-ante el Señor? Después de todo, yo no puedo menos de absolverlos: todo
-este laberinto de vanos subterfugios y razonamientos en que me pierdo,
-me trae otra vez a mi convicción. El primero y el último a quien
-debe acriminarse, soy yo, solo yo, raíz y origen de toda corrupción,
-y sobre mí debe recaer todo el castigo. ¡Ojalá que así sea!<span
-class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span> ¡Insensato anhelo! ¿Podrías
-tú soportar esta carga, más pesada que la tierra, más pesada que el
-mundo todo, aun cuando te ayudase a sobrellevarla aquella Mujer infame?
-De suerte que lo que deseas y lo que temes te da el mismo resultado;
-viene a destruir todas tus esperanzas de consuelo, y a demostrarte que
-eres un miserable, sin ejemplo en lo pasado ni en lo futuro, comparable
-solo a Satán en el crimen y en el castigo. ¡Oh conciencia! ¡En qué
-abismo de sobresaltos y horrores me has sumergido! ¡No encuentro
-camino alguno que me ponga a salvo, y de un precipicio doy en otro más
-insondable!»</p>
-
-<p>De este modo se lamentaba Adán consigo mismo, en medio de la soledad
-de la noche. No era ya esta, como antes de la caída del Hombre,
-templada, agradable y serena, sino húmeda, nebulosa y encapotada,
-que representaba doblemente terribles los objetos a la conciencia
-del criminal. Tendido en tierra, en la yerta tierra, maldecía mil
-veces la hora en que fue criado, y mil veces también acusaba a la
-muerte de lenta, desde que sabía que era la consecuencia de su culpa.
-«Muerte ¿por qué no vienes, decía, con triplicado rigor a acabar
-conmigo? ¿Faltará la verdad a su promesa, y no se apresurará a ser
-justa la Divina Justicia? No acude la Muerte a mi llamamiento, y la
-Justicia Divina no acelera sus tardíos pasos, a pesar de mis súplicas
-y clamores. Bosques, fuentes, colinas, valles y arboledas: un eco de
-mi voz bastaba otro tiempo para que vuestros sombríos recintos me
-respondiesen. ¡De cuán diferente modo entonces resonabais!»</p>
-
-<p>Al verle tan afligido la triste Eva, desde el sitio en que su pena
-la tenía postrada, se acercó a él, y procuró con dulces palabras calmar
-su arrebatada furia; mas Adán la rechazó con aspereza, diciendo:
-«¡Apártate de mí, malvada serpiente, que este nombre es el que te
-conviene como cómplice suya, no menos falsa y odiosa que ella! Nada
-más te falta que su figura y color para descubrir tu traidora índole,
-para que en lo sucesivo se guarden de ti todas las criaturas y no se
-dejen deslumbrar de tu celestial apariencia, que oculta la malicia
-del infierno. ¡Ah, que sin ti yo hubiera seguido siendo dichoso, a
-no haber tu soberbia e inquieta vanidad despreciado mis consejos
-cuando mayor era el peligro y empeñádote en no creerme! Anhelabas
-ser vista del Demonio; te prometías vencerle; te engañó y se burló
-de ti, y yo engañado a mi vez, permitiendo que te alejaras de mi
-lado, creyéndote prudente, constante, experta y prevenida contra todo
-género de asechanzas, no conocí que tu virtud, lejos de verdadera,
-era aparente, y que la naturaleza te formó de una costilla corva,
-torcida, según<span class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span> veo
-ahora, hacia el lado siniestro mío, de que saliste. ¡Si al menos me
-hubiera visto privado de ella, porque sobraba entre las restantes!<a
-id="FNanchor_124" href="#Footnote_124" class="fnanchor">[124]</a></p>
-
-<p>»¡Oh! ¿Por qué Dios, sabio Hacedor, que pobló los altos cielos de
-espíritus varoniles, introdujo en la tierra este ser nuevo, este bello
-defecto de la naturaleza, y no llenó el mundo de hombres, como lo está
-el cielo de ángeles, sin necesidad de mujer alguna? ¿Por qué no halló
-otro medio de perpetuar la raza humana? No hubiera dado lugar a esta
-desventura ni a las muchas que de ella han de originarse; que la tierra
-experimentará innumerables males por los artificios de la mujer y por
-la íntima unión con su sexo; pues o no hallará el hombre ninguna que
-le convenga, sino la que más desdichas y desaciertos le ocasione, o
-la que desee le pagará en ingratitudes, entregándose a otro peor que
-él, y si le ama, se verá contrariada por sus padres, o el logro de su
-mejor elección resultará tardío, y cuando quede unido con el vínculo
-que anhelaba, lo estará a una pérfida enemiga que solo le proporcione
-aborrecimiento y mengua; de donde infinitas calamidades para la vida
-humana, y disturbios sin cuento, en lugar de la paz doméstica.»</p>
-
-<p>Nada más dijo Adán, y se apartó de ella; pero sin mostrarse Eva
-ofendida, bañado el rostro en lágrimas que sin cesar corrían por sus
-mejillas, y suelto y desgreñado el cabello, postrose humilde a sus
-pies, y abrazada a ellos, imploró perdón exclamando:</p>
-
-<p>«No así me abandones Adán: el cielo es testigo del sincero
-amor y respeto que te profesa mi corazón, y de que te he ofendido
-involuntariamente, por efecto de mi desdicha y del engaño que padecí.
-Apiádate de mis ruegos; abrazada estoy a tus rodillas; no me prives
-de lo único que es mi vida, de tus miradas, de tu protección, de tus
-consejos; que en el colmo de desventura en que me veo, no cuento
-con otra fuerza ni con otro apoyo. Si tú me abandonas, ¿de quién he
-de esperar auxilio, ni dónde podré vivir? El tiempo que nos dure
-la vida, que quizá sean breves momentos, haya al menos paz entre
-nosotros. Partícipes ambos de esta común afrenta, unámonos también
-en el odio contra el enemigo que nos ha impuesto nuestra sentencia,
-contra esa cruel serpiente. ¡No me hagas objeto de tu aborrecimiento
-por una desgracia tan imprevista, cuando ya es segura mi perdición y
-cuando soy más miserable que tú mismo! Los dos hemos pecado, tú<span
-class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span> solo contra Dios, y yo
-contra Dios y contra ti. Volveré al lugar en que fui condenada; desde
-allí importunaré al cielo con mis lamentos; le rogaré que aparte de ti
-el castigo, y que caiga sobre mí sola, sobre mí, ¡única causa de todos
-tus males, objeto único de su cólera!»</p>
-
-<p>No la dejaron proseguir sus sollozos; permaneció inmóvil en su
-humilde actitud, hasta que el perdón que demandaba por una falta así
-confesada y de que estaba tan arrepentida, movió a compasión a su
-esposo, el cual sintió al punto inclinarse su corazón hacia la que ha
-poco era su vida, su mayor delicia, y ahora estaba a sus pies sumisa
-y acongojada; bellísima criatura, que imploraba la indulgencia, el
-consejo, la ayuda del mismo a quien había desagradado. Él, como quien
-se encuentra desarmado, no teniendo en qué emplear su cólera, la
-levantó y consoló con estas afectuosas palabras:</p>
-
-<p>«¡Imprudente! ¡Conque otra vez, como antes, vuelves a desear lo
-que no conoces, a desear que el castigo caiga sobre ti sola! ¡Ah!
-¿sufrirás el que se te imponga, puesto que no eres capaz de sobrellevar
-la ira de que has experimentado no más que una pequeña parte, y que
-tan insoportable te parece hasta mi disgusto? Si mis ruegos alcanzasen
-a atenuar el rigor de lo que está ya decretado, yo me apresuraría a
-adelantarme a ti yendo a aquel lugar, y levantando cuanto me fuera
-posible la voz para que cayese toda la maldición sobre mi frente,
-para que fuese perdonada la fragilidad de tu débil sexo, que me
-estaba confiado y de que cuidé tan mal. Pero levanta: no disputemos
-más; no nos acriminemos uno a otro, que harto acriminados estamos ya.
-Procuremos, con el auxilio de un mutuo amor y ayudándonos uno a otro,
-aligerar el peso de la desgracia que nos abruma, porque el día de
-nuestra muerte que se nos ha anunciado, o mi previsión es falsa, o no
-llegará tan pronto, sino que será un mal lento, un morir prolongado,
-que haga mayor nuestra pena, y que trascienda a toda nuestra raza. ¡Oh
-raza desventurada!»</p>
-
-<p>Y Eva, para inspirarle ánimo, replicó: «Sé, Adán, por una triste
-experiencia, cuán ineficaces son mis palabras para contigo, y cuán
-destituidas las juzgas de razón. ¡Oh, y si lo acaecido poco ha no las
-hubiera hecho además funestas! Sin embargo, a pesar de mi indignidad,
-alentada por ti, restablecida nuevamente en tu gracia y en la esperanza
-de recobrar tu amor, único consuelo de mi alma, que viva o muera, no
-quiero ocultarte los pensamientos que la inquietud de mi ánimo me
-suscita, y que pueden aliviar nuestros males o darles fin. Violentos
-y<span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span> tristes son,
-pero tolerables, dada la extremidad en que nos vemos, y sobre todo
-están más en nuestra mano. Si tanto nos angustia la pena de nuestros
-descendientes, condenados a una maldición infalible, víctimas al fin
-de la Muerte (que, en efecto, terrible es ser causa de la infelicidad
-ajena, de la infelicidad de nuestros propios hijos, y lanzar de nuestro
-propio seno a ese maldito mundo una desdichada raza, para que después
-de una vida de tormentos sea presa de tan repugnante monstruo) de ti
-depende, ya que aún no se halla en su estado de concepción, evitar
-que esa raza no bendecida llegue a ser engendrada. Sin hijos estás;
-sin hijos puedes quedarte. Así la Muerte será burlada, y habrá de
-saciar en nosotros dos su ansia devoradora. Pero si crees que es duro
-y dificultoso hablándose, mirándose, amándose, renunciar al sagrado
-débito del amor, a las dulzuras de los abrazos nupciales, y ahogar sin
-esperanza alguna el deseo, teniendo a la vista un objeto que arde en el
-mismo anhelo, tormento no menos irresistible que el que causa nuestros
-temores, entonces, para librarnos a nosotros y librar al propio tiempo
-a los nuestros del mal que nos amenaza, tomemos más pronta resolución y
-entreguémonos a la Muerte; y si no damos con ella, hagamos en nosotros
-su oficio con nuestras manos. ¿A qué seguir viviendo con un temor que
-no promete más término que la Muerte, cuando podemos abreviar el plazo
-de nuestros días, y destruyéndonos, anticipar nuestra destrucción?»</p>
-
-<p>Esto dijo, o añadió otras palabras que indicaban bien su
-desesperación; y tanto había discurrido sobre la muerte, que llevaba
-impresa su palidez en el semblante. No así Adán; que poco convencido de
-su consejo, y entregado con solícito afán a otras esperanzas, contestó
-a Eva:</p>
-
-<p>«El menosprecio que haces de la vida y del placer parece indicar que
-hay en ti algo más sublime y excelente que lo que con tal indignación
-rechazas; pero desde el momento en que recurres a la destrucción de tu
-existencia, tú misma desmientes semejante indicio, porque manifiestas,
-no desprecio, sino angustia y pena por la pérdida de una vida y un
-placer que prefieres a todos los demás bienes. Engáñaste si deseas la
-muerte como término de tus males, creyendo evadirte así de la pena
-a que estás condenada, porque Dios no se ha armado tan vigorosamente
-de su vengadora ira para que se frustre; más temería yo que esa
-muerte anticipada no nos preservase del castigo que nos aguarda,
-y que semejante obstinación empeñase al Altísimo en perpetuar la
-muerte en nuestra vida. Adoptemos pues resolución más eficaz: yo creo
-acertar con ella reflexionando<span class="pagenum" id="Page_205">p.
-205</span> atentamente en aquella profecía de nuestra sentencia: <i>Tu
-raza hollará la cabeza de la serpiente</i>; lo cual sería bien fútil
-reparación, si como presumo, no aludiese a nuestro enemigo Satán, que
-se valió de este engaño contra nosotros. Hollar su cabeza sería en
-efecto nuestra mejor venganza, que sin duda malograríamos dándonos
-nosotros mismos la muerte, o resolviéndonos a hacer estériles nuestros
-días, como propones; con lo que nuestro enemigo se libraría del
-castigo que se le ha impuesto, y nosotros solo conseguiríamos doblar
-el nuestro. Renunciemos pues a toda violencia contra nosotros mismos,
-o a una infecundidad voluntaria que nos privaría de toda esperanza y
-no argüiría en nosotros más que rencor, orgullo, impaciencia, despecho
-y rebeldía contra Dios, que tan justo es imponiéndonos este yugo.
-Recuerda con qué benignidad y agrado nos escuchó, y cómo pronunció su
-sentencia sin cólera alguna, sin hacernos reconvenciones. Temíamos una
-disolución inmediata, y pensábamos que la amenaza y la muerte tendrían
-lugar en el mismo día; y ¿a qué se ha reducido? A anunciarnos, a ti lo
-penoso que ha de serte llevar en tu seno y dar a luz el fruto de tus
-entrañas, pena que se compensará con la alegría de verte reproducida, y
-a mí la maldición, que de rechazo alcanza a la tierra, de que ganaré mi
-sustento trabajando; ¡como si fuese esto tan gran desgracia! Mayor lo
-sería la ociosidad; porque al fin viviré de mi trabajo; y para que el
-frío y el calor se nos hiciesen más soportables, sus próvidos cuidados
-atendieron a nuestra necesidad sin que lo solicitásemos, y mientras
-nos juzgaba, se compadecía de nosotros, indignos de su protección, y
-sus manos nos proporcionaban con qué vestirnos. Pues si le dirigimos
-nuestras súplicas, ¿cómo ha de cerrar el oído a ellas, ni negar su
-corazón a la piedad? ¿Cómo dejará de enseñarnos por qué medios hemos
-de evitar la inclemencia de las estaciones, la lluvia, el hielo, la
-nieve y el granizo? Ya el cielo con demudada faz empieza a amenazar
-desde esa montaña con todas estas contrariedades, y los vientos con
-su soplo húmedo y destructor arrancan el follaje de esos hermosos y
-copudos árboles. Esto nos obliga a procurarnos mejor auxilio, y algún
-calor más con que templar nuestros ateridos miembros; y antes que al
-astro del día reemplace la frialdad de la noche, veamos cómo reflejando
-juntos sus rayos, pueden inflamar la materia seca, o cómo por el frote
-de dos cuerpos llega a encenderse el aire; a la manera de las nubes,
-que luchando entre sí hace poco, e impelidas por el aire, con su
-violento choque han engendrado el rayo y precipitándose este con su
-sesga llama, ha prendido en la resinosa corteza<span class="pagenum"
-id="Page_206">p. 206</span> del pino y del abeto, y esparcido en
-derredor un calor agradable, que puede suplir al sol. Dios nos
-instruirá en el uso que hemos de hacer de ese fuego, y en todo lo demás
-que sirva de alivio o preservativo a los males que nuestras culpas han
-producido; y nos enseñará a orar e implorar su gracia. Auxiliados y
-alentados por Él, no tendremos que temer las incomodidades de la vida,
-hasta que nos convirtamos por fin en el polvo, última y natural morada
-nuestra. ¿Qué cosa podemos hacer mejor que volver al lugar en que hemos
-sido juzgados, postrarnos devotamente ante Él, confesar con humildad
-nuestras culpas, y pedirle perdón, regando el suelo con nuestras
-lágrimas, y exhalando profundos sollozos salidos de nuestros contritos
-corazones, en señal de sincero arrepentimiento y abnegación completa?
-Mitigará su rigor sin duda y dará al olvido su desagrado; pues cuando
-más indignado y justiciero parecía ¿no brillaba en sus tranquilas
-miradas el afecto, la gracia y la compasión?»</p>
-
-<p>Así habló nuestro arrepentido padre, y Eva no manifestaba menores
-remordimientos. Encamináronse sin más tardanza al lugar en que habían
-sido juzgados, y se prosternaron reverentemente en su presencia. Allí
-confesaron con humildad sus culpas, imploraron perdón, bañaron con sus
-lágrimas la tierra, y prorrumpieron en profundos sollozos con corazones
-contritos, en señal de sincero arrepentimiento y de la más completa
-sumisión.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3 mt3" id="Ch1_11">
- <p><span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span></p>
- <h3>LIBRO UNDÉCIMO</h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra g0">ARGUMENTO</p>
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-<blockquote>
-
- <p>Trasmite el Hijo de Dios a su Padre las súplicas de los dos
- esposos, ya arrepentidos de su culpa, e intercede por ellos. Acepta
- Dios sus ruegos, pero declara que no pueden permanecer más tiempo
- en el Paraíso, y envía a Miguel con algunos querubines para que los
- expulsen de aquella mansión, y sobre todo para que revele a Adán los
- acontecimientos futuros. Llega Miguel a la tierra. Adán muestra a Eva
- ciertos signos siniestros; observa la llegada de Miguel, y le sale al
- encuentro. Anúnciale el Ángel su partida. Desconsuelo de Eva; Adán
- suplica, y acaba por obedecer. Condúcele el Ángel a la cima de una
- alta colina, y en una visión le representa lo que ha de suceder hasta
- el Diluvio.</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>En esta humilde actitud permanecieron arrepentidos y orando, porque
-descendiendo del trono de Dios misericordioso la gracia justificante,
-arrancó el endurecimiento de sus corazones, y puso en ellos una
-nueva carne regeneradora, que prorrumpía en ayes inexplicables,
-y que inspirada por el espíritu de la oración, se remontaba al
-cielo con vuelo más veloz que el de la elocuencia más sublime. No
-era, sin embargo, su aspecto de míseros suplicantes, ni parecía su
-ruego de menos interés que el de aquellos vetustos cónyuges de las
-antiguas fábulas, menos antiguas, sin embargo, que esta historia,
-Deucalión y la casta Pirra<a id="FNanchor_125" href="#Footnote_125"
-class="fnanchor">[125]</a>, cuando para reponer la anegada raza humana,
-se prosternaban devotos ante el santuario de Temis.</p>
-
-<p>Remontáronse al cielo las súplicas de Adán y Eva, sin que
-los envidiosos vientos las apartaran o privaran de su camino;
-penetraron por las celestes puertas, como espirituales que eran<a
-id="FNanchor_126" href="#Footnote_126" class="fnanchor">[126]</a>;
-y cubriéndolas el gran Intercesor con la nube<span class="pagenum"
-id="Page_208">p. 208</span> de incienso que humeaba ante el altar
-de oro, llegaron ante el trono del Padre, donde las presentó el
-Hijo radiante de júbilo, dando principio a su intercesión en estos
-términos:</p>
-
-<p>«Mira, Padre mío, los primeros frutos que en la tierra ha producido
-la gracia con que has animado al Hombre; los sollozos y ruegos que
-envueltos entre incienso te ofrezco en este incensario de oro, como
-sacerdote que soy tuyo; frutos cuya semilla echaste en el corazón de
-Adán a la par que el arrepentimiento, y de más grato sabor que los que
-sus manos cultivaban, que los que hubieran producido todos los árboles
-del Paraíso antes de quedar privado aquel de su inocencia. Presta
-ahora oído a sus súplicas, y atiende, aunque mudos, a sus suspiros; y
-pues ignora, al dirigirte su oración, de qué palabras ha de valerse,
-permíteme ser su intérprete, ya que soy su abogado y su víctima
-expiatoria. Refunde en mí sus obras buenas o malas, que mis méritos
-perfeccionarán las primeras, y con mi muerte redimiré las otras.
-Acéptame a mí, y recibe de esos desgraciados, cual si fuese mío, el
-anhelo de paz para la raza humana. Que por lo menos viva, reconciliado
-contigo el Hombre, los tristes días que le has concedido, hasta que la
-muerte a que está condenado, y que yo pido que se difiera, no que se
-revoque, le conduzca a mejor vida, en que todos los redimidos por mí
-participen de esta paz y bienaventuranza, identificados conmigo, como
-yo lo estoy contigo.»</p>
-
-<p>A quien el Padre, no velado por nube alguna, respondió sereno:</p>
-
-<p>«Todas tus peticiones acepto, amado Hijo, que todas eran otros
-tantos decretos míos; pero permanecer más tiempo en el Paraíso, no
-lo consiente la ley que he impuesto a la naturaleza. Esos puros e
-inmortales elementos extraños a toda combinación grosera, a toda mezcla
-inarmónica e impura, rechazan al Hombre, manchado ahora, y se apartan
-de él como de materia corrompida, para que según su nueva naturaleza
-se procure un alimento mortal y más propio de la disolución a que le
-ha traído su pecado, a consecuencia del cual se pervirtió desde luego
-todo, y se corrompió lo que de suyo era incorruptible. Creé al Hombre
-dotándole de dos dones perfectísimos, la felicidad y la inmortalidad:
-pero el insensato perdió la una, y la otra solo serviría para perpetuar
-sus males; por lo que recurrí a la muerte. La muerte, pues, viene a
-ser su postrer remedio, y después de una vida meritoria a fuerza de
-penosas tribulaciones, purificada por la fe y por los actos de la
-misma fe, resucitará el día de la renovación del justo a una nueva
-vida, elevándose triunfante al renovarse los cielos y la tierra.
-Convoquemos ahora el<span class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span>
-sínodo de todos los bienaventurados en los vastos términos del cielo.
-No quiero ocultarles mis juicios, sino que vean cómo procedo con el
-género humano, pues que vieron cómo procedí con los ángeles rebeldes;
-y así, aunque se conservan firmes, se afirmarán todavía más en su
-fidelidad.»</p>
-
-<p>Calló, y a la señal que hizo el Hijo al brillante ministro que
-esperaba sus órdenes, este tocó su trompeta, la misma quizá que se
-oyó después en el Oreb cuando descendía Dios, y quizás también la
-misma que volverá a oírse en el juicio universal. Oyose al punto la
-voz del Ángel en todas las regiones, y desde sus venturosas moradas
-cubiertas de amaranto, desde sus fuentes y manantiales de vida, desde
-todos los puntos en que reposaban en un goce común, se apresuraron los
-hijos de la luz a acudir al supremo llamamiento; y todos ocuparon sus
-sedes, hasta que desde lo alto de su encumbrado trono manifestó así su
-soberana voluntad el Omnipotente:</p>
-
-<p>«Hijos míos: el Hombre se ha hecho semejante a uno de nosotros y
-conocedor del bien y el mal desde que probó el fruto prohibido, pero
-ese conocimiento se limita al bien que ha perdido y al mal que se ha
-procurado. ¡Qué dichoso sería si se hubiera contentado con conocer el
-bien por sí mismo, y no tener del mal la menor idea! Al presente se
-aflige, se arrepiente y ora contrito; yo dirijo sus movimientos; pero
-más que estos movimientos conozco cuán variable y vano es su corazón
-entregado a sí mismo. Recelando pues que más adelante vuelva a llegar
-con mano aun más osada al árbol de la vida, y coma su fruto, y viva
-perpetuamente, o crea por lo menos que su vida ha de ser interminable,
-he resuelto sacarle del Paraíso y conducirle a lugar más a propósito,
-donde labre la tierra de que fue extraído.</p>
-
-<p>»Miguel, tú quedas encargado de mi mandato. Elige de entre los
-querubines, flamígeros guerreros que llevar contigo, no sea que en
-favor del Hombre o para asaltar la mansión que queda deshabitada,
-introduzca el Enemigo alguna nueva perturbación. Apresúrate, pues, y
-expulsa del divino Edén a los esposos pecadores; lanza a los profanos
-de aquel santo lugar, y anúnciales a ellos y a toda su descendencia su
-perpetuo destierro. Mas para que puedan soportar el peso de su rigorosa
-sentencia, una vez que se muestran humildes y que lloran compungidos
-su falta, que el terror no los amilane. Si obedecen resignados tu
-intimación, no des lugar a que partan desconsolados; revela a Adán lo
-que sucederá en los tiempos futuros, conforme a las advertencias que
-yo te inspire, y mezcla a tus<span class="pagenum" id="Page_210">p.
-210</span> palabras los consuelos de mi nueva alianza con la regenerada
-estirpe de la Mujer; de modo que se despidan tristes, pero tranquilos.
-Para defender la parte del Edén que más fácil entrada ofrece, pon por
-la parte de oriente una guardia de querubines; vibra a larga distancia
-la llama de una espada que infunda espanto a todo el que trate de
-aproximarse, y cierra enteramente el paso hacia el árbol de la vida,
-no sea que convertido el Paraíso en guarida de espíritus malévolos,
-inficionen todos aquellos árboles, y vuelvan a seducir al Hombre con
-sus usurpados frutos.»</p>
-
-<p>Apenas dejó de hablar, se preparó a descender prontamente el
-poderoso Ángel, y con él la esplendente legión de los vigilantes
-querubines. Semejante a un doble Jano, cada uno tenía cuatro rostros;
-cada cual llevaba cubierto el cuerpo de ojos, más numerosos que
-los de Argos, y vigilantes hasta el punto de no dejarse adormecer
-ni por la flauta arcadia, ni por el caramillo pastoril o la
-soporífera varilla de Hermes<a id="FNanchor_127" href="#Footnote_127"
-class="fnanchor">[127]</a>.</p>
-
-<p>Despertaba al propio tiempo Leucotea<a id="FNanchor_128"
-href="#Footnote_128" class="fnanchor">[128]</a> para alegrar de
-nuevo al mundo con su sagrada luz, y embalsamaba con un fresco rocío
-la tierra, cuando Adán y nuestra primera madre Eva concluían sus
-oraciones, y hallaban en sí una fuerza que procedía del cielo. De su
-misma desesperación sacaban cierta esperanza, cierta tranquilidad que
-no alejaba, sin embargo, todos sus temores; y Adán repetía así a Eva
-sus benévolos consuelos:</p>
-
-<p>«Eva, fácilmente admite la fe que todo el bien que disfrutamos
-procede del cielo; pero que de nosotros ascienda al cielo algo que
-prevalezca para con el espíritu de un Dios que es el colmo de toda
-dicha, o que baste a captarse su voluntad, no parece igualmente
-creíble; y con todo, esta ferviente oración, estos anhelantes suspiros
-que nacen de nuestro pecho, llegan hasta el trono del Señor;<span
-class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span> y desde el momento en que
-con mis ruegos he procurado aplacar su ofendida divinidad, y postrado
-ante ella he humillado mi corazón, paréceme que, propicio y afable,
-inclina hacia mí su oído, y hasta llego a persuadirme de que me oye con
-favorable disposición. Ello es que mi ánimo recobra su calma, y que
-acude a mi memoria aquella promesa de que tu raza hollará la cabeza de
-nuestro enemigo; promesa que no había vuelto a recordar en medio de
-mi turbación, y que ahora me infunde la esperanza de que ha pasado ya
-la amargura de la muerte, y de que seguiremos viviendo. Regocíjate,
-pues, Eva, con razón apellidada madre del género humano, madre de
-cuanto vive, pues que por ti vivirá el Hombre, y para el Hombre vivirá
-todo.»</p>
-
-<p>Pero con rostro afectuoso a la vez y triste, le replicó así Eva:
-«No es digna de ese glorioso título una pecadora, que destinada a ser
-tu ayuda, se convirtió en tu asechanza: improperios, aversión y toda
-especie de oprobio es lo que merezco; y sin embargo, la misericordia de
-mi Juez es infinita. Yo, que he dado la muerte a todos, vengo a ser por
-su gracia fuente de vida; y tú, generoso a tu vez también, me juzgas
-digna de tan alto título, cuando lo soy únicamente de otro. Pero ya el
-campo nos llama al trabajo, que ahora ha de costarnos sudor, después de
-una noche de insomnio. Mas ¿no ves? Mira cómo la mañana indiferente a
-nuestro cansancio vuelve a emprender risueña su rosada vía. Marchemos,
-pues: no me apartaré más de tu lado, cualquiera que sea el sitio a que
-nos conduzca nuestra cotidiana faena, que ha de sernos penosa en lo
-sucesivo, pues ha de durar lo que dure el día; bien que si permanecemos
-aquí ¿qué trabajo ha de parecernos duro en medio de estos bellos
-pensiles? Vivamos en ellos, y viviremos contentos, aunque hayamos
-descendido tanto de nuestro estado.»</p>
-
-<p>Así discurría, a medida de sus deseos, profundamente humillada
-Eva; mas otra era la decisión del Hado, y la Naturaleza tardó poco en
-manifestarla por medio de las aves, de los brutos y del aire, porque
-este eclipsó de repente el purpúreo brillo de la mañana. A su vista el
-ave de Júpiter, desde lo más alto de su vuelo, cayó sobre dos pájaros
-de bellísima pluma a quien perseguía, y el animal que reina en los
-bosques, y que por primera vez se hizo entonces cazador, bajando de
-una colina, se lanzó contra un ciervo y su compañera, la más hermosa
-pareja de aquellos montes. Huían hacia la puerta oriental del Paraíso;
-observábalo Adán, y siguiéndolos con sus miradas, dijo conmovido a
-Eva:</p>
-
-<p>«¡Ay, Eva! Algún próximo contratiempo nos amenaza, cuando por
-medio de<span class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span> esos mudos
-indicios de la Naturaleza, nos presagia el cielo sus designios, o
-cuando menos nos da a entender que confiamos demasiado en la remisión
-de nuestro castigo, porque nuestra muerte se ha diferido algunos días.
-¿Quién sabe lo que durarán, ni lo que hasta entonces será nuestra
-existencia, ni si lo más que averiguaremos es que somos polvo, que
-polvo volveremos a ser, y que acabaremos? ¿A qué, si no, ponernos
-delante de ese doble espectáculo, esa súbita persecución en el aire y
-en la tierra, ambas en la misma dirección y en el mismo instante? ¿Por
-qué esa oscuridad del lado de oriente antes de mediar el día, y ese
-fulgor matutino, más vivo que el de la aurora, que ostenta aquella nube
-hacia el occidente, esparciendo destellos por el firmamento azul, y
-descendiendo lentamente cual si trajese una misión del cielo?»</p>
-
-<p>Y no era ofuscación suya; que de aquella parte, reflejando en el
-Paraíso un resplandor marmóreo y posándose sobre una colina, anunciaba
-una aparición gloriosa, de que no hubiera dudado Adán, si el humano
-temor no hubiera puesto en sus ojos sombras. No aparecieron más
-esplendentes los ángeles cuando se mostraron a Jacob en Mahanain,
-viéndose cubierto el campo con las tiendas de sus fúlgidas cohortes<a
-id="FNanchor_129" href="#Footnote_129" class="fnanchor">[129]</a>;
-ni cuando en Dothan se descubrió flamígera montaña hecha un campo de
-fuego y amenazando al monarca sirio, que para sorprender a un solo
-hombre y obrando como asesino, suscitó una guerra, sin proclamarla<a
-id="FNanchor_130" href="#Footnote_130" class="fnanchor">[130]</a>.</p>
-
-<p>Señaló el príncipe de las celestes jerarquías los puestos que habían
-de ocupar sus brillantes potestades para apoderarse del jardín, y él
-se adelantó solo, buscando el sitio en que se había refugiado Adán.
-No se le ocultó a este, y mientras se acercaba el supremo mensajero,
-dijo a su esposa: «Disponte ya, Eva, a alguna gran novedad que quizá ha
-de cambiar nuestra suerte, o imponernos nuevas leyes a que tendremos
-de someternos, porque veo a lo lejos descender de la fulminante nube
-que envuelve la colina un guerrero de la legión celeste, y según su
-apariencia, no de los inferiores. Será algún gran Potentado, alguno de
-los supremos Tronos; que tal es la majestad que le rodea. No me inspira
-temor por su terrible aspecto, ni tiene la benigna dulzura de Rafael,
-que tanta confianza infunde, sino una presencia tan solemne como
-sublime; y para no ofenderle, retírate tú; yo con la mayor reverencia
-le saldré al encuentro.»</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L046">
- <img class="thin"
- src="images/i_357.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Las cohortes angélicas descendían al Paraíso.</p>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span>Y apenas
-dijo esto, se le acercó el Arcángel apresuradamente, no en su
-figura celestial, sino ataviado como un hombre que ha de entenderse
-con otro hombre. Sobre sus resplandecientes armas flotaba una
-veste marcial de púrpura, más viva de color que la Melibea<a
-id="FNanchor_131" href="#Footnote_131" class="fnanchor">[131]</a>,
-o que la grana de Sarra<a id="FNanchor_132" href="#Footnote_132"
-class="fnanchor">[132]</a> con que en los tiempos de treguas se ornaban
-los reyes y antiguos héroes. Isis tejió sus matices; su estrellado
-yelmo con la visera alzada dejaba ver un rostro en las primicias de
-la virilidad que acaba de salir de la juventud; a un lado, como un
-radiante zodíaco llevaba pendiente la espada, terrible espanto de
-Satanás, y en su mano empuñaba la lanza. Adán se inclinó profundamente;
-el Arcángel se mantuvo erguido, y con majestuosa dignidad le dio así
-cuenta de su mensaje:</p>
-
-<p>«Adán, el supremo mandato del cielo no ha menester exordios:
-baste decirte que tus ruegos han sido oídos, y que la muerte a que
-estabas sentenciado desde el momento de tu transgresión retrasará su
-golpe los largos días que te están concedidos para dar lugar a tu
-arrepentimiento, y a que borres tu criminal acción con tus buenas
-obras. Entonces tal vez, desenojado tu Señor, te redimirá enteramente
-de la instancia con que la muerte te reclama; pero no te es permitido
-morar más tiempo en el Paraíso, y yo he venido para sacarte de él y
-enviarte fuera del Edén a labrar la tierra de que fuiste formado, y a
-cuyo seno es bien que vuelvas.»</p>
-
-<p>No dijo más; porque al oír Adán estas palabras, sintió sobrecogido
-su corazón y embargados sus sentidos por el hielo del más acerbo dolor;
-mas Eva, que aunque oculta, todo lo había escuchado, se denunció a sí
-misma, prorrumpiendo en gritos y agudos lamentos:</p>
-
-<p>«¡Oh inesperado golpe, más terrible que el de la muerte! ¡Salir de
-este dulce Paraíso, dejar mi suelo natal y estos dichosos y umbríos
-vergeles, morada digna de dioses! ¡Y yo que esperaba subsistir aquí
-tranquila en medio de mi tristeza, hasta que llegase el día mortífero
-para ambos! Flores amadas que no hallaré en ningún otro clima, las
-primeras a quienes visitaba por la mañana, las últimas de quienes
-por la tarde me despedía; flores que tanto cuidaba mi cariñosa mano
-desde que os abríais, y a todas las cuales he dado nombre: ¿quién os
-enderezará hacia el Sol ahora, y os ordenará por tribus, y os regará
-con la ambrosía de<span class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span>
-estos puros manantiales? Y tú, por fin, nupcial gruta, que yo me
-complacía en embellecer con cuanto puede ser agradable a la vista y
-al olfato: ¿cómo me alejaré de ti para andar vagando por un mundo
-inferior, que comparado con este será salvaje y sombrío? ¿Cómo vivir de
-un aire menos puro, acostumbrada a estos frutos inmortales?»</p>
-
-<p>Al oír esto el Ángel, la interrumpió dulcemente: «No así te
-lamentes, Eva; renuncia con resignación a lo que justamente has
-perdido; no te apasiones con tanta vehemencia de lo que no es tuyo.
-Al salir de aquí, no vas sola; va contigo tu esposo, a quien estás
-obligada a seguir, porque donde él habite será tu tierra natal.»</p>
-
-<p>Entonces Adán, volviendo en sí de su repentino e inerte
-anonadamiento y recobrando el ánimo, dirigió a Miguel estas humildes
-palabras: «Espíritu celestial, bien seas uno de los Tronos, bien lleves
-el nombre de superior entre ellos, porque tu majestad puede ser propia
-de un príncipe que impera sobre otros príncipes: bondadosamente nos
-has comunicado tu mensaje, que a hacerlo de otro modo, no hubiéramos
-resistido a tan duro golpe; mas todo el dolor, todo el abatimiento y
-desesperación que puede resistir nuestra flaqueza, en tus palabras
-están cifrados al anunciarnos el destierro de esta feliz morada, que
-era nuestro dulce asilo, el único consuelo a que nuestras almas estaban
-acostumbradas. Cualquiera otro lugar nos parecerá inhospitalario y
-yermo; nos desconocerá a nosotros y será para nosotros desconocido.
-¡Ah! Si a fuerza de incesantes ruegos lograse apiadar la voluntad de
-Aquel que lo puede todo, no cesaría un momento de importunarle con
-continuos clamores; pero pedirle lo que se opone a su absoluto decreto,
-sería tan inútil como querer contrarrestar con nuestro hálito la
-fuerza del viento, que rechaza sofocante sobre nosotros al exhalarlo.
-Me someto, pues, a su soberano mandato: solo me aflige la idea de que
-al partir de aquí, no volveré a ver su rostro, no contaré más con su
-bendito auxilio. Aquí hubiera yo recorrido de uno en otro, adorándolos,
-todos los sitios en que se dignó consolarme con su divina presencia;
-y hubiera dicho a mis hijos: «En este monte se me apareció; bajo este
-árbol se me hizo visible; entre estos pinos oí su voz; aquí, orillas de
-esta fuente, conversé con Él.» En muestra de reconocimiento, le hubiera
-erigido altares de césped, y hubiera acumulado lustrosas piedras de los
-arroyos en memoria y monumento para las futuras edades, y derramado
-sobre ellas el dulce perfume de odoríferas gomas, de los frutos y de
-las flores. Pero en<span class="pagenum" id="Page_215">p. 215</span>
-ese otro ínfimo mundo ¿dónde hallaré sus brillantes apariciones, ni
-siquiera señal de la huella de sus plantas? Porque, aunque yo huya
-de su cólera, una vez recobrada la vida, y prolongada su duración y
-legada a la posteridad que se me promete, no me queda otro consuelo que
-alcanzar a ver los destellos últimos de su gloria y adorar de lejos los
-más leves vestigios de sus pasos.»</p>
-
-<p>«No ignoras, Adán, le replicó Miguel con afectuoso semblante, que
-suyo es el cielo, suya la tierra toda, no esta roca solamente; que
-llena con su presencia la tierra, el mar, el aire, todo cuanto vive
-alentado por el calor de su virtual omnipotencia. Te ha concedido el
-dominio de la tierra toda para que la poseas y la gobiernes, don que
-no debes menospreciar; y así, no creas que su presencia está reducida
-a los estrechos límites del Paraíso o del Edén. Este hubiera sido
-quizá la cabeza de tu imperio, de donde hubieran salido todas las
-generaciones, y adonde hubieran vuelto también de todos los confines de
-la tierra para ensalzarte y reverenciarte a ti, su ilustre progenitor;
-pero tú has perdido esta preeminencia, decayendo hasta el punto de
-tener que morar en el mismo suelo que tus hijos. No dudes, pues, de
-que tan presente como aquí, está Dios en los valles y en las llanuras,
-de que le hallarás en todas partes, y de que por donde quiera te
-seguirán las pruebas de su presencia, y te verás circuido de su bondad
-y paternal amor, de su verdadera imagen y de las divinas huellas de
-sus pasos. Y para que puedas creer y asegurarte en esto antes que de
-aquí salgas, has de saber que soy enviado para revelarte lo que en
-los futuros siglos te acontecerá a ti y acontecerá a tu descendencia.
-Prepárate a presenciar bienes y males, la pugna que se empeñará entre
-la divina gracia y la perversidad del hombre. Así aprenderás la
-verdadera resignación, y a moderar la alegría con el temor y un piadoso
-recogimiento, de modo que te mantengas igualmente sereno en la fortuna
-y en la adversidad, para que puedas arrostrar más a salvo los trances
-de la vida, y disponerte mejor al de la muerte cuando sobreviniere.
-Sube ahora conmigo a esta eminencia; deja aquí a Eva, a quien ya he
-tranquilizado, entregada al sueño, mientras tú, despierto, contemplas
-el porvenir, como en otro tiempo dormías tú también, cuando ella vino a
-la vida.»</p>
-
-<p>A cuyas palabras agradecido, contestó Adán: «Sube en buen hora, que
-yo te seguiré como a seguro guía por el camino que me conduzcas; sumiso
-estoy a la voluntad del cielo en medio de mi castigo. Opondré dócil
-pecho a todos los males, y me armaré para hacerme superior a todos
-los sufrimientos y conseguir<span class="pagenum" id="Page_216">p.
-216</span> desde luego la tranquilidad, por medio del trabajo, si así
-puedo merecerla.»</p>
-
-<p>Y ascendieron ambos a la visión divina. Era aquella montaña la más
-alta del Paraíso, y desde su cima se descubría claramente el hemisferio
-de la tierra, que se dilataba hasta donde podía alcanzar la vista.
-No era más elevada ni en torno se extendía más la montaña a donde
-por diferente causa llevó el Tentador, hallándose en el desierto,
-al segundo Adán, para mostrarle todos los reinos de la tierra y las
-grandezas de cada uno.</p>
-
-<p>Desde allí pudo contemplar en su propio asiento las ciudades de
-antigua o reciente fama, las que eran cabeza de los más insignes
-imperios, desde los muros destinados a Cambalu, silla de Can del
-Caita, y desde Samarcanda, orillas del Oxo y trono de Temir, hasta
-Pekín, donde reinan los reyes de la China<a id="FNanchor_133"
-href="#Footnote_133" class="fnanchor">[133]</a>. De aquí corrió
-su vista hasta Agra y Lahor, propias del gran Mogol, y<span
-class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span> hasta el Quersoneso Áureo,
-o hacia Ecbatana la de Persia, después Hispahan, o a Moscú, donde es
-soberano el Zar de Rusia, y a Bizancio, dominada por el Sultán, que
-nació en el Turquestán. Pudo luego fijar sus ojos en el reino de Nego
-y su puerto más lejano, Erecco, y los pequeños estados marítimos de
-Montbaza, Quiloa, Melinde y Sofala, que algunos creen Ofir, hasta los
-reinos de Congo y Angola, más al mediodía; y trasladándose del río
-Níger al monte Atlas, los imperios de Almanzor, de Fez, de Sus, de
-Marruecos, de Argel, y Tremecén. Y desde allí contempló a Europa, y el
-lugar en que Roma había de dominar al mundo. Y allá en su imaginación
-quizá descubrió también la opulenta Méjico, imperio de Moctezuma, y el
-del Cuzco en el Perú, espléndido trono de Atabalipa, y la Guyana, no
-despojada aún, a cuya principal ciudad llamaron El Dorado los hijos de
-Gerión.</p>
-
-<p>Mas para disponerle a representaciones más sublimes, Miguel levantó
-de los ojos de Adán el velo que había puesto sobre ellos el falso fruto
-de que se prometió vista más perspicaz; y luego le purificó el nervio
-visual con eufrasia y ruda<a id="FNanchor_134" href="#Footnote_134"
-class="fnanchor">[134]</a> porque tenía mucho que ver, y le introdujo
-en él tres gotas de agua sacadas de la fuente de la vida. La virtud
-de aquellas yerbas penetró de tal manera hasta lo íntimo de la vista
-intelectual, que precisado Adán a cerrar los ojos, quedó enajenado,
-cayendo todos sus espíritus en un éxtasis; por lo que el bello Ángel le
-asió de la mano y le hizo al punto volver en sí diciéndole:</p>
-
-<p>«Adán, abre ahora los ojos, y contempla en primer lugar los efectos
-que tu crimen original ha producido en algunos de los que nacerán de
-ti; los cuales, sin embargo, no han tocado jamás al árbol prohibido,
-ni conspirado con la serpiente, ni delinquido con tu pecado<a
-id="FNanchor_135" href="#Footnote_135" class="fnanchor">[135]</a>;
-pero, a pesar de ello, de ese mismo pecado heredan la corrupción que ha
-de precipitarnos en acciones más violentas.»</p>
-
-<p>Abrió los ojos Adán, y vio un campo que, labrado en parte, estaba
-lleno de haces de paja recién segada; el resto quedaba para pasto y
-rediles de los ganados. En medio, como marcando un límite, se alzaba
-un altar rústico, hecho de yerba, al cual llegaba de pronto un segador
-sudoroso, que depositaba en él las primicias de sus frutos, espigas
-verdes aún y tostados haces, pero revueltos, y según más a mano los
-había hallado. Inmediato a él se veía un pastor en actitud<span
-class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span> más humilde, cargado
-con los recentales más escogidos y mejores de su rebaño, y después
-de sacrificarlos, extendía las entrañas y la grasa sobre la leña ya
-preparada, rociándolas con incienso y practicando todos los demás ritos
-debidos. De repente bajó del cielo un fuego propicio sobre su ofrenda,
-y la consumió con presta llama, esparciendo alrededor un grato aroma;
-pero la ofrenda del otro no se consumió, porque no era sincera; lo cual
-le encendió en ira, y según estaba hablando con el pastor, le lanzó en
-medio del pecho una piedra que le dejó sin vida. Cayó, y cubierto de
-mortal palidez, exhaló el alma entre torrentes de sangre. Sobrecogido
-con aquel espectáculo el corazón de Adán, exclamó:</p>
-
-<p>«Maestro mío: ¿Por qué ha sucedido tan gran desdicha a ese hombre
-humilde, que tan bien ha hecho su sacrificio? ¿Este premio reciben la
-piedad y una devoción tan pura?»</p>
-
-<p>Y Miguel le respondió conmovido: «Esos dos son hermanos, Adán,
-y nacerán de ti. El injusto ha matado al justo, por envidia de que
-el cielo haya aceptado la ofrenda de su hermano; pero esa acción
-sanguinaria será vengada, y como tan meritoria la fe del otro, no
-quedará sin recompensa, aunque le ves morir aquí cubierto de polvo y
-sangre.»</p>
-
-<p>«¡Ay! dijo nuestro padre. ¡Por esa acción y por esa causa! ¿Conque
-lo que he visto es la muerte? ¡Y por este medio volveré yo a la tierra
-nativa! ¡Oh espectáculo terrible, que no puede contemplarse sin
-repugnancia y asombro, ni considerarse sin horror, ni sentirse sin
-espanto!»</p>
-
-<p>A lo que contestó Miguel: «Ya has visto en el hombre la primera
-forma de la muerte; pero ¡cuán varias son las que toma, y cuántos los
-caminos que conducen a su hórrida caverna, y todos ellos tristes!
-Es, sin embargo, más vaporosa para los sentidos a la entrada que
-interiormente. Unos, como acabas de ver, morirán por un golpe violento,
-otros por el fuego, el agua y el hambre, y muchos por la intemperancia
-en los manjares y en las bebidas. Ella propagará por la tierra crueles
-enfermedades, que en monstruosa multitud se ofrecerán a tu vista, para
-que comprendas cuántas miserias ha acarreado a la Humanidad el liviano
-apetito de Eva.»</p>
-
-<p>Al punto apareció a su vista una mansión triste, repugnante,
-sombría, parecida a un lazareto, en la cual se veían amontonados gran
-número de pacientes, porque allí se juntaban todas las enfermedades,
-el horroroso espasmo, los agudos tormentos, el agonizante desmayo
-del corazón, toda especie de fiebres, las convulsiones,<span
-class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span> las epilepsias, los
-rigurosos catarros, la piedra intestina y las úlceras, los cólicos
-rabiosos, el infernal frenesí, la siniestra melancolía, la lunática
-demencia, la lánguida atrofia, con el marasmo, la hidropesía y la
-peste devastadora, y las dropsias, el asma y el reuma que destroza la
-trabazón de los miembros. Las toses eran crueles, amarguísimos los
-suspiros; la desesperación corría de lecho en lecho acosando a los
-enfermos, y sobre ellos blandía su dardo la muerte triunfante, pero
-retardando sus golpes, a pesar de que a todas horas la invocaban con
-afán como el supremo bien y la última esperanza.</p>
-
-<p>¿Quién, ni aun el corazón más endurecido, hubiera contemplado con
-ojos enjutos espectáculo tan tremendo? A Adán no le era posible, y
-lloró, a pesar de no haber nacido de mujer; predominó la compasión en
-lo más perfecto del Hombre, y por algún tiempo se entregó al llanto,
-aunque acudiendo a su mente más graves pensamientos, moderó su exceso,
-y así que recobró la palabra, volvió a sus exclamaciones:</p>
-
-<p>«¡Oh miserable especie humana! ¡A qué degradación has llegado!
-¡Qué condición tan infeliz te está reservada! Más te valiera no haber
-nacido. ¿Por qué se nos ha impuesto? Si el que la recibe la conociese
-¿cómo había de aceptar semejante oferta, y no rechazarla desde luego,
-prefiriendo quedar en un pacífico olvido? ¿Es posible que siendo
-el Hombre imagen de Dios, y habiendo sido formado tan bueno, tan
-preeminente, aunque después se haya hecho criminal, tenga que pasar por
-sufrimientos tan terribles a la vista, y al ánimo tan intolerables?
-¿Por qué, conservando aún el Hombre parte de la semejanza divina, no
-había de estar libre de semejantes imperfecciones, preservándole de
-ellas el mismo respeto que se debe a la imagen de su Creador?»</p>
-
-<p>«La imagen de su Creador, replicó Miguel, se apartó de ellos
-desde el momento en que se envilecieron al entregarse a sus apetitos
-desordenados; desde aquel punto se trocaron en la imagen de aquel a
-quien servían, del vicio brutal que indujo a pecar, sobre todo a Eva, y
-que los rebajó hasta el punto de hacerlos dignos de su castigo. Porque
-no es la imagen de Dios la que han afeado, sino la suya propia, y si
-alguien ha desvanecido esta semejanza, han sido ellos; y al convertir
-las saludables leyes de la pura naturaleza en horribles enfermedades,
-ellos se imponen un castigo justo, por no haber respetado la imagen de
-Dios que llevaban en sí mismos.»</p>
-
-<p>«Reconozco esa justicia, dijo Adán, y me someto a ella; pero ¿no
-hay otro<span class="pagenum" id="Page_220">p. 220</span> medio menos
-doloroso que estos, para llegar a la muerte y confundirnos con nuestro
-originario polvo?»</p>
-
-<p>«Uno hay, respondió Miguel, que consiste en observar la regla de
-<i>No excederse</i>, de guardar templanza en lo que se come y bebe,
-procurándose el alimento preciso, no los deleites de la glotonería;
-con lo que pasarán multitud de años sobre tu cabeza. Así podrás vivir,
-hasta que, como el fruto maduro, vuelvas al seno de tu madre; y no
-serás arrancado violentamente, sino que te desprenderás con facilidad
-cuando estés sazonado para la muerte, es decir, en tu ancianidad; y
-entonces sobreviviendo a tu juventud y a tu robustez, se convertirá
-en débil y caduca y encanecerá tu belleza; y torpes ya tus sentidos,
-quedarán yertos para el gusto que ahora sientes en los placeres; y en
-lugar de ese espíritu juvenil, confiado y vivaz, se inyectará en tu
-sangre un humor melancólico, frío y estéril, que amenguará tu vigor y
-acabará por consumir todo el bálsamo de tu vida.»</p>
-
-<p>A lo que repuso nuestro primer padre:</p>
-
-<p>«Pues bien: no esquivaré ya la muerte; no deseo prolongar mucho
-la vida; dispuesto estoy, por el contrario, a dejar cuan dulce y
-fácilmente me sea posible esta pesada carga, que debo tener sobre mí
-hasta que llegue el día designado para librarme de ella; y esperaré
-tranquilamente mi disolución.»</p>
-
-<p>Y añadió Miguel: «No ames ni aborrezcas la vida, pero mientras te
-dure, esfuérzate en vivir bien. Si será larga o breve, el cielo ha de
-decidirlo. Y ahora prepárate a presenciar otro espectáculo.»</p>
-
-<p>Miró, y vio una espaciosa llanura llena de tiendas de varios
-colores: junto a unas pastaban rebaños de ganados; de otras salían
-voces de instrumentos que por sus acordes melodías indicaban ser
-órganos y arpas; y se descubría el que movía las teclas y pulsaba las
-cuerdas, cuya ligera mano recorría todos los sonidos desde el más
-bajo al más alto, produciendo resonantes fugas. En otro lado estaba
-un hombre trabajando en una fragua con dos pedazos de hierro y cobre
-que había derretido, y encontrado antes, ya porque un incendio casual
-abrasando algún bosque en cualquier montaña o valle, y penetrando por
-las venas de la tierra, hubiese arrojado el ardiente metal por la boca
-de una concavidad, ya porque algún torrente hubiese expelido aquellas
-materias de las profundidades en que se hallaban. Con solo derramar
-el líquido en unos moldes que tenía ya preparados, forjó primero sus
-propias herramientas, y luego las que podían servir para liquidar o
-labrar los metales mismos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span>Después de estos,
-aunque no a mucha distancia, bajaron a la llanura desde la cima de los
-altos montes en que moraban, otros hombres de diferente raza. Indicaban
-en su apariencia ser hombres justos, que ponían su estudio en adorar
-sinceramente a Dios, en contemplar sus obras manifiestas, y en cuidarse
-de todo aquello que puede proporcionar a los hombres libertad y paz. Y
-no habían discurrido largo tiempo por la llanura cuando de pronto salen
-de las tiendas un tropel de mujeres bellísimas, ricamente ataviadas
-de joyas y galas seductoras, cantando al compás de las arpas dulces
-y amorosos cánticos y tejiendo vistosas danzas<a id="FNanchor_136"
-href="#Footnote_136" class="fnanchor">[136]</a>. Aquellos hombres, que
-permanecían graves, las miraron, fijaron en ellas sus ojos sin temor
-alguno, hasta que prendidos por fin en sus halagüeñas redes, cedieron
-a su encanto, y cada cual eligió la que le agradaba más; y en amantes
-coloquios se entretuvieron, hasta que apareció, precursora del amor, la
-estrella de la noche; y ardiendo entonces en fuego que los devoraba,
-encendieron las antorchas nupciales, y mandaron que se invocase al
-himeneo, que por primera vez se invocó en los ritos del matrimonio; y
-las tiendas todas resonaron en fiestas y ruidosas músicas.</p>
-
-<p>Aquellos inefables coloquios y deleitosos arrobamientos del amor y
-de la juventud, que no malograban un solo instante, aquellos cantos
-y lazos de flores y dulcísimas armonías, de tal modo interesaban el
-corazón de Adán, de suyo inclinado al placer, irresistible propensión
-de la naturaleza, que exclamó así:</p>
-
-<p>«Verdaderamente me has abierto los ojos ¡oh tú el primero de los
-ángeles benditos! Más grata me parece esta visión, y más esperanzas
-de pacíficos días me ofrece, que las dos pasadas. En ellas todo era
-estrago y muerte y tormentos aún más terribles; en esta la naturaleza
-parece realizar todos sus designios.»</p>
-
-<p>«No juzgues, le advirtió Miguel, que lo más placentero es lo mejor
-por más que parezca satisfacer a la naturaleza, y menos debes juzgarlo
-tú, creado para fin más noble, más santo y puro, y más conforme con la
-divinidad. Esas tiendas que tan agradables te parecen, son el albergue
-de la perversidad, y en ellas<span class="pagenum" id="Page_222">p.
-222</span> habitará la raza de aquel que mató a su hermano. Parecen
-cultivar con afán las artes que embellecen la vida, de las que son
-raros inventores, pero se olvidan de su Creador, cuyo espíritu los
-ilumina, y no reconocen ninguno de sus beneficios. Nacerá de ellos,
-sin embargo, una generación hermosa, porque esa turba de mujeres tan
-bellas que acabas de ver, diosas en la apariencia, amables, alegres,
-encantadoras, carecen de la bondad que consiste en la honra doméstica,
-el principal timbre de una mujer. Destinadas y aderezadas solo a los
-apetitos lascivos, servirán no más que para cantar y danzar y lucir
-galas y ejercitar la lengua y flechar los ojos; y esa sobria raza de
-hombres cuyas vidas religiosas les hacían dignos del título de hijos
-de Dios, sacrificarán bajamente toda su virtud, toda su fama a las
-seducciones y sonrisas de esas bellas ateas. Ahora nadan en placeres;
-nadarán luego en un profundo abismo; y ríen, pero en breve el mundo se
-convertirá para ellos en un mundo de lágrimas.»</p>
-
-<p>Frustrada con esto la breve alegría de Adán: «¡Qué lástima y qué
-vergüenza, exclamó, que los que con tan buenos auspicios entran en
-la vida, tan fácilmente se aparten de su sendero, tomando otros
-extraviados, o desfallezcan a la mitad del camino! Y lo que veo es que
-siempre los males del hombre tienen un mismo origen, todos provienen de
-la mujer.»</p>
-
-<p>«Provienen, repuso el Ángel, de la afeminada flaqueza del hombre,
-que debería conservar más cuerdamente su dignidad, ya que ha recibido
-dones tan superiores. Pero vas a ser testigo de otra escena.»</p>
-
-<p>Miró, y descubrió un vasto país que delante de él se dilataba,
-ocupado por pueblos y edificios rurales, y más lejos por ciudades
-populosas, con sus puertas y fuertes torres, y una muchedumbre armada,
-en cuyos feroces semblantes se retrataba la guerra, gigantes de
-inmensos cuerpos y osados en sus empresas. Unos blandían sus armas,
-otros aguijaban a sus fogosos bridones, y así jinetes como infantes,
-ya diseminados, ya en orden de batalla, no desempeñaban allí un
-ministerio ocioso. Apostados en un camino los escogidos para este fin,
-acopiaban forraje y recogían gran número de hermosos bueyes y no menos
-hermosas vacas, que arrebataban a sus suculentos pastos, y rebaños
-enteros de lanudas ovejas y balantes corderillos, rico botín de todos
-aquellos llanos: apenas si lograban escapar con vida los pastores, que
-pedían socorro a gritos. De repente se traba un sangriento combate:
-chocan entre sí con cruel furia los escuadrones, y en el sitio mismo
-en que poco antes pacían los ganados, yacen multitud de cadáveres
-y<span class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span> armas destrozadas,
-y la tierra sangrienta se trueca en un desierto. Acampados otros,
-asedian una población fuerte, y la hostilizan con baterías, con
-minas, con escalas, mientras los sitiados se defienden desde lo alto
-de las murallas, con flechas, jabalinas, piedras y ardiente azufre:
-horrible mortandad y gigantescas proezas por ambos lados. Más allá
-los heraldos con sus cetros llaman a consejo en las puertas de la
-ciudad, y al punto se reúnen varios hombres de cabellos blancos y
-grave aspecto, mezclándose con los guerreros; hácense oír arengas
-elocuentes, pero suscítase de pronto una oposición facciosa, hasta que
-por fin se levanta un personaje de mediana edad<a id="FNanchor_137"
-href="#Footnote_137" class="fnanchor">[137]</a>, distinguido por su
-prudencia, que discurre largamente sobre el derecho y la sinrazón,
-la justicia, la religión, la verdad, la paz y el juicio de Dios.
-Vitupéranle mozos y viejos, y hubieran puesto sus manos violentamente
-en él, a no bajar una nube que le arrebató, desapareciendo a los ojos
-de aquella multitud. De esta suerte procedían allí la violencia, la
-tiranía, la ley de la fuerza, y no era dable sosiego alguno en aquella
-tierra.</p>
-
-<p>Lloraba Adán amargamente, y volviéndose a su guía le preguntó
-sollozando: «¿Qué gente es esa, ministros de la Muerte, no hombres,
-que así se la dan a sus semejantes, y que multiplican diez mil veces
-el homicidio de su hermano? Porque hermanos suyos son esos a quienes
-degüellan, hombres que asesinan a otros hombres. Y ese justo que a
-pesar de su virtud hubiera perecido, a no haberle salvado el cielo,
-¿quién era?»</p>
-
-<p>«Esos, replicó Miguel, son los resultados de los torpes matrimonios
-que has visto. Desde el punto en que se unen el bien y el mal, que
-recíprocamente se aborrecen, la imprudencia de tal unión produce
-monstruosos engendros de cuerpo y alma. Tales serán esos gigantes,
-hombres de encumbrada fama, porque en semejantes tiempos solo se
-admirará la fuerza, que se llamará valor y virtud heroica. Vencer en
-las batallas, subyugar naciones, volver uno cargado de los despojos de
-infinitas víctimas inmoladas, se considerará como el más sublime grado
-de la gloria humana; que todo esto se hará por la gloria del triunfo,
-para alcanzar el nombre de grandes conquistadores, bienhechores de
-la humanidad, dioses, hijos de los dioses, cuando más bien debieran
-llamarse destructores y plagas de la especie humana. Así se adquirirá
-en la tierra fama y nombradía, y el verdadero mérito se dará al
-olvido. Ese, que ha de ser el séptimo de tus descendientes,<span
-class="pagenum" id="Page_224">p. 224</span> único justo de esa
-generación perversa, ya has visto que le odiaban por eso mismo, y cuán
-expuesto estuvo entre tantos enemigos, porque se atrevió a ser el único
-virtuoso, y a anunciarles la ingrata verdad de que Dios rodeado de sus
-santos vendría a juzgarlos. Pero el Señor omnipotente le ocultó en una
-nube de perfumes, y sus alados corceles le arrebataron, como has visto,
-y Dios le ha recibido en su seno para que goce con él de la salvación
-en el reino de la bienaventuranza, exento de toda muerte; lo cual te
-dará a entender el premio reservado para los buenos y el castigo que
-a los demás aguarda; y en prueba de ello, dirige allí tus miradas y
-considera bien lo que vas a ver.»</p>
-
-<p>Y en efecto miró, y vio que todo había variado de aspecto. La boca
-de bronce de la guerra había cesado de rugir; todo a la sazón respiraba
-contento y júbilo, lujuria y disolución; todo era fiestas y danzas,
-matrimonios o prostituciones, según mejor parecía, raptos o adulterios,
-y por donde quiera que pasaba una mujer hermosa, arrastraba tras sí a
-los hombres. De las copas del deleite salían las discordias civiles.
-Por último llegó un venerable patriarca, y se mostró indignado de sus
-vicios, protestando contra su conducta. Frecuentaba sus reuniones
-en que solo veía triunfos y fiestas, y les predicaba conversión y
-arrepentimiento, como a almas que gemían encarceladas y en breve habían
-de sufrir una sentencia terrible. Todo fue en vano; y cuando sintió que
-se acercaba la hora, renunció a sus consejos, y mudó lejos de allí sus
-tiendas.</p>
-
-<p>En seguida, cortando altos troncos de la montaña, comenzó a
-construir una nave de extraordinarias dimensiones; calculó los codos
-que había de tener en longitud, en anchura y elevación; cubriola
-en derredor de betún; abrió una puerta en uno de sus costados, la
-llenó de abundantes provisiones para hombres y animales, y ¡oh
-singular prodigio! de cada especie de animales, aves y pequeños
-insectos, entraron en ella a setenas y a pares<a id="FNanchor_138"
-href="#Footnote_138" class="fnanchor">[138]</a>, obedeciendo al
-precepto que se les había impuesto, y los últimos de todos el padre,
-sus tres hijos y sus cuatro mujeres; después de lo cual cerró Dios la
-puerta.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L047">
- <img class="thin"
- src="images/i_371.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Cortando altos troncos de la montaña, comenzó a construir una nave...</p>
-</div>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L048">
- <img class="thin"
- src="images/i_374.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Las olas habían sepultado ya las demás viviendas...</p>
-</div>
-
-<p>Al propio tiempo se levantó el viento del mediodía, y desplegando
-sus inmensas y negras alas, acumuló las nubes que se extendían bajo
-del cielo, las cuales se aumentaron con todos los vapores, con todas
-las húmedas y sombrías exhalaciones que inmediatamente les enviaron
-las montañas. Cerrose el denso firmamento<span class="pagenum"
-id="Page_225">p. 225</span> como con una lóbrega techumbre, y se
-desgajó una impetuosa lluvia, que prosiguió cayendo hasta que la tierra
-se ocultó a la vista. Sobrenadaba el bajel en medio de las aguas y con
-su enristrada proa se abría seguro paso; las olas habían sepultado ya
-las demás viviendas, que con todas sus pompas rodaban por el profundo
-abismo; el mar inundaba al mar, dejándole sin términos y sin playas, y
-en los palacios que tal magnificencia ostentaban antes, se guarecían
-y propagaban los monstruos marinos. De todo el género humano ha poco
-tan numeroso, no quedaba más que lo que iba nadando en aquella frágil
-embarcación.</p>
-
-<p>¡Qué pena sentiste entonces, Adán, al ver el fin de tu descendencia,
-fin tan triste, y al considerar tan completa despoblación! Tú también
-te hallaste sumido en otro diluvio de lágrimas y pesares, anegado y
-ahogado como tus hijos, hasta que blandamente sostenido por el Ángel,
-pudiste permanecer en pie, bien que inconsolable, como un padre que
-llora a sus hijos, muertos todos a un tiempo ante sus ojos; tanto, que
-apenas te quedó fuerza para manifestar así tu dolor al Ángel:</p>
-
-<p>«¡Oh visiones en mal hora tenidas! Más dichoso hubiera vivido
-ignorante del porvenir. Hubiera yo solo participado de tantos males;
-que la carga diaria se lleva difícilmente. Estas penas que se reparten
-en varios siglos y que caen de una vez sobre mí, mi previsión las
-anticipa, y me atormentan con la idea de lo que han de ser antes de
-que existan. Que ningún hombre pretenda jamás averiguar la suerte que
-le ha de caber a él y a sus hijos en lo futuro: adquirirá la seguridad
-de males que su previsión no podrá evitar, y que solo temerlos serán
-para él no menos insoportables que si realmente le aconteciesen. Pero
-ya de esto no debo cuidarme: inútil es en el hombre esa prevención,
-dado que los pocos que sobrevivan perecerán al cabo, de hambrientos y
-acongojados, a fuerza de vagar por esos líquidos desiertos. ¡Insensato!
-Llegué a esperar, al ver que la violencia y la guerra desaparecían de
-la tierra, que todo sería ventura, y que la paz vendría a coronar a la
-raza humana con largos días de prosperidad; pero ¡qué grande fue mi
-error! Ahora conozco que tanto como corrompe la paz, devasta la guerra.
-¿Por qué ha de ser así? Explícamelo, mensajero celestial, y dime si la
-raza humana perecerá aquí.»</p>
-
-<p>Y Miguel replicó de nuevo: «Esos que ha poco has visto tan
-triunfantes y tan viciosamente opulentos, son los mismos que viste
-al principio llevar a cabo eminentes hechos y grandes proezas, pero
-sin el mérito de la verdadera virtud. Los<span class="pagenum"
-id="Page_226">p. 226</span> cuales, después de haber vertido
-torrentes de sangre, trocado en ruinas las naciones que han sometido
-y granjeádose por tanto en el mundo fama, insignes títulos y grandes
-riquezas, han cifrado su bienestar en los placeres, la molicie, la
-ociosidad, la crápula y la concupiscencia, hasta que sus torpezas y
-su soberbia, de la intimidad en que con él vivían y de su pacífica
-situación, han extraído sus hostiles hechos. De la propia suerte, los
-vencidos y los esclavizados por la guerra han perdido, al tiempo que
-su libertad, toda virtud y el temor de Dios; y aunque con fingida
-piedad le imploren en el trance de las batallas, no los ayudará el
-Señor contra los invasores. Tibios así en su celo, procurarán en lo
-sucesivo vivir tranquilos, licenciosa y mundanalmente, poseyendo lo
-que les dejen gozar sus dueños, porque la tierra producirá siempre
-más que lo que la templanza exija. Todo, pues, degenerará, llegará a
-pervertirse todo; yacerán en el olvido la justicia, la moderación, la
-verdad, la fe. Un solo hombre quedará exceptuado, único hijo de la luz
-en un siglo de tinieblas, bueno a pesar de los malos ejemplos, de las
-seducciones, de las costumbres y de un mundo perverso; que superior
-al temor de los vituperios, de los sarcasmos y de las violencias, los
-amonestará para que se aparten de sus inicuas vías; que abrirá ante sus
-pasos las sendas de la rectitud, mucho más seguras y pacíficas; que
-les anunciará la cólera que amenaza a su impenitencia, y se apartará
-de ellos porque la escarnecen; Dios le contemplará como el único justo
-entre los vivientes; y él, obediente a su mandato, construirá esa arca
-maravillosa que has visto, para librarse en ella él y su familia de un
-mundo condenado a universal naufragio.</p>
-
-<p>»No bien, acompañado de los hombres y animales elegidos para
-transmitir la vida, entre y se guarezca en el arca, cuando
-instantáneamente se abrirán todas las cataratas del cielo, que noche
-y día derramarán torrentes de agua sobre la tierra; saldrán de madre
-las fuentes más profundas; reventará el océano, cubriendo todas sus
-playas, hasta que la inundación sobrepuje a los más encumbrados montes.
-Este del Paraíso, impelido por la fuerza de las olas y asaltado a
-la vez por los dos brazos de la corriente, perderá su asiento, y
-despojado de toda su pompa, arrastrados sus árboles por las aguas, se
-precipitará por el gran río<a id="FNanchor_139" href="#Footnote_139"
-class="fnanchor">[139]</a> hasta la boca del golfo, donde se detendrá
-convertido en isla salada y árida, refugio de focas, orcas y gaviotas
-de graznido desapacible. Todo lo cual te enseñará<span class="pagenum"
-id="Page_227">p. 227</span> que Dios no vincula en lugar alguno la
-santidad, si no va con los hombres que lo frecuentan o en él habitan. Y
-ahora presta atención a lo que sigue.»</p>
-
-<p>Miró, y vio el arca nadando sobre el agua, que a la sazón iba
-descendiendo, porque las nubes se alejaban empujadas por el viento
-sutil del norte, cuyo duro soplo rizaba la líquida superficie a medida
-que decrecía. Un sol radiante reflejaba en las cristalinas ondas,
-y como tras larga sed, se saciaba en ellas ansioso de su frescura;
-y en breve toda aquella inundación, formando un tranquilo lago,
-fue disminuyendo y estrechándose más y más, y se retiró por fin al
-profundo abismo, que había ya abierto sus diques, a tiempo que el
-cielo cerró sus cataratas<a id="FNanchor_140" href="#Footnote_140"
-class="fnanchor">[140]</a>.</p>
-
-<p>Ya no sobrenada el arca, sino que parece afirmada en tierra, y fija
-en la cima de alguna alta montaña; y ya se descubrían como otras tantas
-rocas las cumbres de las colinas. Las rápidas corrientes sepultan
-rugiendo sus airadas olas en el mar que se retira. Sale un cuervo
-volando del arca; tras él, un mensajero más seguro, una paloma enviada
-primera y segunda vez en busca de un árbol verde o de terreno donde
-pudiera asentar sus ligeros pies. Vuelve al segundo viaje, trayendo
-en el pico una rama de olivo, señal de paz; y al punto aparece seca
-la tierra; y baja del arca el venerable anciano con toda su familia;
-y levantando sus manos y sus piadosos ojos al cielo en muestra de
-gratitud, ve sobre su cabeza una nube de rocío, y en medio de ella un
-arco formado con tres brillantes fajas de varios colores, que indicaba
-la paz de Dios y una era de nueva alianza: con lo que el corazón de
-Adán, antes tan triste, se regocijó sobremanera, y expresó su júbilo en
-estos términos:</p>
-
-<p>«¡Oh tú, que puedes representar como presentes las cosas futuras,
-celestial maestro! Ya con este último espectáculo me reanimo, seguro
-como estoy de que vivirá el Hombre, y de que subsistirán con sus razas
-todas las criaturas. Al presente me lamento menos de la destrucción de
-todo un mundo de hijos criminales, cuanto me regocijo de haber hallado
-un solo hombre tan perfecto y tan justo, que Dios se haya dignado de
-hacerle principio de otro mundo, y de dar su cólera al olvido. Mas
-dime: ¿qué significan esas fajas de color que se enarcan en el cielo,
-como si el ceño de Dios se hubiese ya apaciguado? ¿Sirven, como una
-margen florida para detener la fluctuación de esa acuátil nube, por
-temor de que vuelva a disolverse y anegue otra vez la tierra?»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_228">p. 228</span>Y le respondió
-el Arcángel: «Has acertado en tu conjetura, que Dios ha tenido la
-benevolencia de redimir sus iras, aunque tan arrepentido estaba
-últimamente de haber criado al Hombre capaz de depravación. Sintiose
-apesadumbrado cuando al inclinar al mundo su mirada, vio llena la
-tierra toda de violencias, y que la carne corrompía sus obras. Pero
-excluidos aquellos impíos, tal gracia ha merecido a sus ojos un hombre
-justo, que se ha apiadado, y no eliminará de la tierra a la raza
-humana. Consiente en no aniquilar ya el mundo con un nuevo diluvio,
-en no permitir que el mar traspase sus límites, ni la lluvia sumerja
-a hombres y animales. Siempre que tienda una nube sobre la tierra,
-desplegará su arco y seguirán su invariable curso el día y la noche,
-la estación de la siembra y de la cosecha, del calor y de los blancos
-hielos, hasta que el fuego purifique todas las cosas nuevas, y así el
-cielo como la tierra, donde ha de morar el justo.»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3 mt3" id="Ch1_12">
- <p><span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span></p>
- <h3>LIBRO DUODÉCIMO</h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra g0">ARGUMENTO</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>Prosiguió el Ángel Miguel refiriendo lo que acontecerá después
- del Diluvio. Al hacer mención de Abraham, recorre sucesivamente la
- escala de los siglos hasta venir a explicar quién será el fruto
- nacido de la Mujer que se había prometido a Adán y Eva, culpables
- ya; su encarnación, muerte, resurrección y ascensión; y el estado
- de la Iglesia hasta su segunda venida. Completamente satisfecho
- Adán y tranquilizado con aquellos anuncios y promesas, baja de la
- montaña con Miguel. Despierta a Eva, que había estado durmiendo todo
- aquel tiempo, y cuyos agradables sueños la habían predispuesto a la
- tranquilidad de ánimo y a la obediencia. Miguel, llevándolos de la
- mano, los conduce a ambos fuera del Paraíso, y fulmina su ardiente
- espada, mientras los querubines se colocan en sus respectivos puestos
- según les había ordenado.</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Como el viajero que precisado a caminar de priesa interrumpe,
-sin embargo, su marcha al mediodía, suspendió aquí el Arcángel su
-narración, quedando entre el mundo destruido y el mundo restaurado, por
-si Adán quería además discurrir sobre lo que había oído; pero a poco,
-valiéndose de una sencilla transición, prosiguió de nuevo, diciendo:</p>
-
-<p>«Has visto, pues, el principio y el fin de un mundo; has visto
-renacer al Hombre de un tronco; y aún tienes más que ver, pero conozco
-que tu vista mortal se debilita: estos objetos divinos no pueden menos
-de deslumbrar y fatigar los sentidos humanos. Lo que ha de acontecer
-después es mejor que te lo refiera; y así oye, y estame atento.</p>
-
-<p>»Mientras esta segunda generación de hombres se reduzca a corto
-número, y mientras en sus ánimos subsista el recuerdo de la terrible
-sentencia que se dictó, vivirán temerosos de Dios, procederán justa
-y rectamente y se multiplicarán en breve. La tierra, cultivada
-por ellos, les dará colmadas cosechas de trigo, vino y aceite;
-sacrificarán a menudo lo más selecto de sus rebaños, el toro, el
-cabrito, el cordero, prodigando con afectuosa mano sus libaciones;
-e instituyendo fiestas sagradas, transcurrirán sus días en inocente
-júbilo, en paz segura, divididos en tribus y familias bajo el mando de
-paternal autoridad, hasta que se levante un hombre altivo y ambicioso,
-que enemigo de igualdad tan bella y de tan<span class="pagenum"
-id="Page_230">p. 230</span> feliz estado, se arrogue un injusto
-dominio sobre sus hermanos, y ahuyente de la tierra toda concordia,
-toda ley natural. Empleará sus armas, y no contra las fieras, sino
-contra los hombres, en guerras y hostiles asechanzas, y cuantos se
-nieguen a obedecer su tirano imperio; y por esto se apellidará el gran
-cazador, a despecho del Señor<a id="FNanchor_141" href="#Footnote_141"
-class="fnanchor">[141]</a>; a despecho también del cielo, pretenderá
-derivar del mismo su transmitida soberanía, y su nombre equivaldrá al
-de rebelión, aunque acuse de rebeldes a los demás.</p>
-
-<p>»Acompañado o seguido de una multitud tan ambiciosa como él y
-no menos propensa a la tiranía, marchando desde el Edén hacia el
-occidente, encontrarán una llanura, donde de las entrañas de la tierra,
-verdadera boca del infierno, brotará un betún negro e hirviente, y con
-él y con ladrillos labrados al intento, procurarán fabricar una ciudad
-y una torre, cuya cúspide llegue al cielo, con lo que logren eternizar
-su nombre, no sea que diseminados alguna vez por extrañas tierras,
-su memoria se dé al olvido<a id="FNanchor_142" href="#Footnote_142"
-class="fnanchor">[142]</a>, aunque por lo demás no se cuiden de que
-sea buena o mala esta memoria. Pero Dios, que sin ser visto desciende
-muchas veces a visitar a los hombres, y entra en sus moradas para
-investigar sus obras, fijó en ellos sus miradas y bajó a aquella ciudad
-antes de que su torre ocultase las torres del cielo; y burlándose
-de ellos, puso en sus lenguas espíritus diversos que alterando por
-completo su nativo idioma, lo convirtieron en un ruido disonante de
-palabras desconocidas. Suscitose de pronto un confuso y estrepitoso
-clamoreo<span class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span> entre los
-constructores; llamábanse unos a otros, pero nadie se entendía, de
-suerte que redoblando sus gritos, enfurecidos y creyéndose mutuamente
-injuriados, trabaron entre sí descomunal pelea. ¡Oh! ¡qué de risas
-produjo en el cielo aquel espectáculo, con su extraño azoramiento y su
-horrenda vocería! Cayó así en ridículo y concluyó la soberbia fábrica,
-que por esta causa fue llamada <i>Confusión</i><a id="FNanchor_143"
-href="#Footnote_143" class="fnanchor">[143]</a>.</p>
-
-<p>Viendo lo cual Adán, exclamó con paternal enojo: «¡Hijo execrable,
-que así aspira a avasallar a sus hermanos, apoderándose de una
-autoridad usurpada, que no ha concedido Dios! Solo nos ha dado dominio
-absoluto sobre las bestias, los peces y las aves; este derecho tenemos,
-debido a su bondad; pero no ha hecho al hombre señor de los demás
-hombres, sino que reservándose este título para sí, dejó a la humanidad
-libre de toda servidumbre humana. Y ese usurpador no se contenta con
-someter a su orgullo al hombre, porque con su torre pretende asaltar
-y desafiar al cielo. ¡Miserable! ¿Qué alimentos pensará transportar
-allá arriba para atender a su subsistencia y a la de su temerario
-ejército, cuando el aire sutil que reina sobre las nubes seque sus
-groseras entrañas, y le prive de respiración, ya que no esté privado de
-sustento?»</p>
-
-<p>A lo que contestó Miguel: «Con razón te indignas contra ese mal
-hijo que tal perturbación produce en la tranquila existencia humana,
-empeñándose en subyugar la libertad, hija de la razón; pero no olvides,
-sin embargo, que desde tu culpa original, la verdadera libertad se
-ha perdido, la libertad gemela de la recta razón, y por consiguiente
-partícipe con ella de su mismo ser. Una vez oscurecida u olvidada en
-el hombre la razón, nacen en él los deseos inmoderados, las pasiones
-violentas, que le privan del imperio que sobre él ejerce aquella, y
-de libre que era, le reducen a esclavitud. Por lo mismo, desde el
-momento en que consiente que un poder ominoso avasalle el albedrío de
-su razón, Dios le impone el justo castigo de someterle exteriormente a
-violentos opresores, que por lo común tiranizan con no menos injusticia
-su libertad externa; y es bien que exista la tiranía, aunque no por
-eso sea el tirano disculpable. A veces las naciones decaerán de la
-virtud, que es la razón, de tal manera, que no la iniquidad, sino la
-justicia, o la maldición que sobre ellas caiga, las privará de su
-libertad externa y aun de la que interiormente disfruten. Testigo el
-hijo irrespetuoso de aquel que fabricó el arca, que a consecuencia
-de la afrenta con que infamó a su padre, oyó<span class="pagenum"
-id="Page_232">p. 232</span> fulminar contra su viciosa raza esta
-maldición terrible: <i>Serás esclavo de los esclavos</i>.</p>
-
-<p>»Caerá, pues, este último mundo, como el primero, de un mal en otro
-peor, hasta que cansado Dios de tantas maldades, retire su presencia
-de entre los hombres y aparte de ellos sus santas miradas, resuelto a
-abandonarlos en sus caminos de perdición, y a elegir entre todas las
-naciones una sola que sea la que le invoque, una nación que proceda
-del único hombre fiel, el cual more de la parte acá del Éufrates,
-aunque haya sido criado en el seno de la idolatría<a id="FNanchor_144"
-href="#Footnote_144" class="fnanchor">[144]</a>.</p>
-
-<p>»¿Podrás creer que esos hombres sean estúpidos hasta el punto de
-abandonar al Dios vivo, aun en vida del patriarca preservado del
-diluvio, y de adorar las obras salidas de sus propias manos, los
-leños y las piedras, como si fueran dioses? Pues a pesar de esto,
-el Altísimo Señor se dignará, por medio de una visión, alejar a
-ese hombre de la casa de su padre, de entre los suyos y del culto
-de sus falsos dioses, enviándole a una tierra que le mostrará; y
-hará que sea principio de una nación poderosa, a la cual colmará de
-bendiciones, de suerte que todas las demás naciones de su raza lleguen
-a ser igualmente benditas. Y ese hombre obedece al punto; no conoce
-la tierra adonde va, pero abriga una fe ciega. Yo estoy viéndole,
-aunque tú no puedas verle; veo la fe con que deja sus dioses, sus
-amigos, su suelo natal, la ciudad Ur de Caldea<a id="FNanchor_145"
-href="#Footnote_145" class="fnanchor">[145]</a>, pasando el vado para
-ir a Harán, y llevando en pos un séquito embarazoso de ganados y de
-sirvientes. No camina pobre, mas confía todas sus riquezas a Dios, que
-le llama a una tierra desconocida; y llega a Canaán, donde descubre sus
-tiendas colocadas alrededor de Siquén y en la llanura próxima a Moreh;
-y allí se le promete para su descendencia la donación de toda aquella
-tierra, desde Hamath, por la parte del norte, hasta el Desierto, a
-la del mediodía (distingo los lugares por sus nombres, aunque estos
-nombres no existan ya), y desde el monte Hermón hasta el anchuroso mar
-occidental. A este lado Hermón; en el otro el mar. Mira en perspectiva
-estos puntos según los voy mencionando: en la costa el monte Carmelo;
-aquí la<span class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span> corriente
-del Jordán con los manantiales que la alimentan<a id="FNanchor_146"
-href="#Footnote_146" class="fnanchor">[146]</a>, verdadero límite hacia
-el oriente; pero sus hijos se establecerán en Senir, en aquella larga
-cadena de colinas. Considera bien esto, que todas las naciones de la
-tierra serán benditas en la descendencia de ese hombre, y que en su
-descendencia está incluido tu gran Libertador, el destinado a hollar
-la cabeza de la Serpiente; lo cual en breve te será más claramente
-revelado.</p>
-
-<p>»Este bendito patriarca, que a su tiempo tendrá el nombre
-de fiel Abraham<a id="FNanchor_147" href="#Footnote_147"
-class="fnanchor">[147]</a>, dejará un hijo, y este hijo un nieto,
-igual a él en fe, en sabiduría y en fama, el cual acompañado de sus
-doce hijos partirá de Canaán para una tierra más adelante llamada
-Egipto, fertilizada y dividida por el río Nilo. Mira por dónde corre
-este, y cómo desagua en el mar por medio de siete bocas. Invitado por
-el más joven de sus hijos, viene a residir en esta tierra en tiempo
-de carestía. Ilústrase este hijo por sus hechos, que le elevan a ser
-el segundo en el imperio de los Faraones, y muere allí dejando una
-posteridad que muy pronto llega a ser una nación; la cual, creciendo
-de día en día, se hace sospechosa a uno de los reyes sucesivos, y este
-procura atajar el incremento de aquella gente extraña tan numerosa,
-convirtiéndola de huéspedes en esclavos, y en vez de hospitalidad dando
-muerte a todos los hijos varones; pero por último nacen dos hermanos,
-llamados Moisés y Aarón, enviados por Dios para redimir a su pueblo de
-la esclavitud, que regresan llenos de gloria y de despojos a la tierra
-de promisión.</p>
-
-<p>»Ya antes de esto el pérfido tirano, que renegaba de su Dios y
-menospreciaba su mensaje, ha de verse amenazado de señales y anuncios
-terribles: los ríos se teñirán de sangre, aunque no lleven ninguna;
-invadirán su palacio las ranas, los piojos y las moscas, y lo inundarán
-todo, y plagarán toda aquella tierra; sus ganados morirán de morriña
-y peste; su cuerpo y los cuerpos de todos sus súbditos se cubrirán de
-úlceras y tumores. Mezclado el trueno con el granizo y el granizo con
-el rayo, despedazarán el cielo de Egipto, devorando la tierra por donde
-pasen; y lo que no devoren de yerbas, frutos o granos, quedará envuelto
-en una negra nube de langostas, que formando un inmenso enjambre,
-consumirán hasta el más pequeño resto de verdura. Veránse sumidos en
-tinieblas todos sus reinos,<span class="pagenum" id="Page_234">p.
-234</span> tinieblas palpables que suprimirán tres días; y finalmente,
-en una misma noche y de un solo golpe morirán todos los recién
-nacidos de Egipto. Traspasado de diez heridas el dragón del río<a
-id="FNanchor_148" href="#Footnote_148" class="fnanchor">[148]</a>,
-consentirá entonces en la partida de sus huéspedes, y con frecuencia
-humillará su empedernido corazón; mas como el hielo que se endurece
-de nuevo después de la blandura, sintiéndose poseído de mayor ira,
-perseguirá a los que ya había dejado libres, y el mar le tragará con
-su hueste, dejando pasar a los viajeros a pie enjuto, entre dos muros
-cristalinos; y la vara de Moisés tendrá separadas las olas hasta que el
-pueblo del Señor llegue a su segura playa.</p>
-
-<p>»Tal es el milagroso poder que Dios concederá a su profeta; y Dios
-estará presente en su Ángel, que caminará delante de ellos en una nube
-y en una columna de fuego, de día en la nube, de noche en la columna,
-para guiarlos en su camino o ponerse a sus espaldas cuando los persiga
-el obstinado rey. Y los perseguirá en efecto, toda una noche; pero se
-interpondrá la oscuridad para defenderlos hasta que se aproxime el
-alba; y entonces Dios, dirigiendo sus miradas a través de la columna y
-de la nube, confundirá a las impías legiones y hará polvo las ruedas
-de sus carros, y por su mandato segunda vez tenderá Moisés su poderosa
-vara sobre la mar, y la mar obediente a ella, volverá sus olas sobre
-los ordenados escuadrones y dejará allí sepultados a sus guerreros.
-En salvo ya el pueblo escogido, camina desde la playa a Canaán,
-atravesando el áspero Desierto, pero no directamente, por temor de
-que alarmados los Canaanitas, no susciten una guerra que amedrente a
-gente inexperta en ella, y el miedo la obligue a retroceder a Egipto,
-prefiriendo la vida menguada de la esclavitud; porque para los nobles
-como para los que no lo son, la vida más dulce es la más extraña a las
-armas, cuando no se acude a ellas por un impulso de desesperación.</p>
-
-<p>»La permanencia en el Desierto les será además provechosa, dado
-que podrán fundar un gobierno, y entre sus doce tribus elegir un gran
-senado que ejerza su autoridad conforme a ordenadas leyes. Descenderá
-Dios al monte Sinaí, cuya nebulosa cima le recibirá temblando, y desde
-allí entre truenos y relámpagos y estruendoso tañido de trompetas
-les dictará sus leyes, unas referentes a la justicia civil, otras a
-los ritos religiosos de los sacrificios, anunciándoles por medio de
-imágenes y sombras al que está destinado a hollar la cabeza de la
-Serpiente y el modo con que proveerá a la salvación del género humano.
-Pero la voz de Dios es temerosa al oído humano, y así le pedirán
-que les manifieste su <span class="pagenum" id="Page_235">p.
-235</span>voluntad por boca de Moisés, poniendo término a su temor;
-y Dios accederá a su ruego, una vez persuadidos de que no podrán
-acercarse a Él sin mediador, sublime oficio que desempeña Moisés ahora
-en figura, para introducir otro gran mediador cuyo tiempo predecirá;
-y todos los profetas cantarán sucesivamente el advenimiento del gran
-Mesías.</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L049">
- <img class="thin"
- src="images/i_386.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Le pedirán que les manifieste su voluntad por boca de Moisés.</p>
-</div>
-
-<p>»Establecidos estos ritos y estas leyes, de tal manera se mostrará
-Dios complaciente con los hombres dóciles a su voluntad, que se dignará
-de poner su tabernáculo en medio de ellos para que el Único Santo
-habite entre los mortales. Al tenor de lo que ha prescrito, se fabrica
-un santuario de cedro, cubierto de oro, y dentro de él un arca en que
-se conservan los testimonios y recuerdos de su alianza; encima se eleva
-el trono de la misericordia, resguardado por las alas de dos fulgentes
-querubines. Arden delante de este trono siete lámparas que, como en
-un zodíaco, representan las antorchas celestiales; y sobre la tienda
-permanecerá de día una nube, de noche un flamígero destello, excepto
-los días en que las tribus estén caminando; las cuales conducidas por
-el Ángel del Señor, llegarán por fin a la tierra prometida a Abraham y
-su descendencia.</p>
-
-<p>»Sería muy prolijo referirte todo lo demás, el número de batallas
-empeñadas, de reyes destronados, de reinos que han de conquistarse;
-cómo el Sol quedará inmóvil todo un día en el cielo, retrasándose
-el acostumbrado curso de la noche, y esto a la voz de un hombre que
-gritará: “¡Oh Sol! Párate sobre el Gibeón, y tú, Luna, en el valle
-de Ajalón hasta que Israel haya vencido”; que así se llamará el
-tercer hijo de Abraham, hijo de Isaac, nombre que se trasmitirá a su
-posteridad vencedora de los pueblos de Canaán.»</p>
-
-<p>Al llegar aquí le interrumpió Adán diciendo: «¡Oh mensajero del
-cielo, luz de mis tinieblas! ¡Qué de cosas favorables me has revelado,
-sobre todo en lo que concierne a Abraham y su descendencia! Por primera
-vez siento ahora verdaderamente abiertos mis ojos, y menos angustiado
-mi corazón: hasta el presente todos mis pensamientos eran vacilaciones
-respecto a la suerte que me estaba reservada, y no solo a mí, sino a
-todo el género humano; pero ya veo el día en que serán bendecidas todas
-las naciones; merced que yo no merezco por haber buscado la ciencia
-prohibida por medios también ilícitos. No acabo de comprender, sin
-embargo, por qué se imponen tantas y tan diversas leyes a aquellos
-entre quienes se dignará Dios de residir en la tierra. Esta multitud de
-leyes supone igual multitud de culpas. ¿Cómo Dios puede habitar entre
-tales hombres?»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_236">p. 236</span>Respondiole Miguel:
-«No dudes que entre ellos reinará el pecado, que has engendrado tú. La
-ley se les impone únicamente para evidenciar su natural perversidad,
-que sin cesar está incitando al pecado a rebelarse contra aquella; y
-cuando vean que dicha ley puede poner de manifiesto el pecado, y no
-borrarlo, excepto por débiles apariencias de expiación, como la sangre
-de toro o de macho cabrío, deducirán que para satisfacer la deuda del
-Hombre es menester sangre más preciosa, la del justo por el injusto, a
-fin de que en esta justicia que ha de imputárseles por la fe, puedan
-hallar su justificación para con Dios y la paz de su conciencia, que
-no bastarían a procurar todas las ceremonias de la ley, cuya parte
-moral no puede cumplir el Hombre, y no cumpliéndola, no puede vivir.
-La ley pues parece imperfecta y únicamente dictada con el objeto de
-someter a los hombres en la plenitud de los tiempos a una alianza más
-íntima, y disciplinados ya, hacerlos pasar de las figuras aparentes
-a la realidad, de la carne al espíritu, de la imposición de una ley
-estrecha a que libremente acepten una amplia gracia, del temor servil
-al respeto filial, y de las obras de la ley a las obras de la fe. Así
-que no será Moisés, aunque tan amado del Señor, pero solo ministro
-de la ley, quien conduzca a su pueblo a Canaán<a id="FNanchor_149"
-href="#Footnote_149" class="fnanchor">[149]</a>, sino Josué, llamado
-Jesús por los gentiles<a id="FNanchor_150" href="#Footnote_150"
-class="fnanchor">[150]</a> y encargado con este nombre de ser quien
-debele a la Serpiente y conduzca con toda seguridad al Hombre,
-completamente perdido en los desiertos del mundo, al eterno descanso
-del Paraíso.</p>
-
-<p>»Entre tanto, establecidos aquellos en el Canaán terrestre morarán
-y prosperarán allí por largo tiempo; mas cuando sus pecados lleguen
-a perturbar el sosiego público, provocarán a Dios a que les suscite
-nuevos enemigos, de los cuales se verán libres luego que den muestras
-de arrepentimiento; y esta libertad les procurarán primero los jueces,
-y después los reyes. El segundo de estos, célebre por su piedad y sus
-gloriosos hechos, obtendrá la irrevocable promesa de que su regio trono
-ha de subsistir perpetuamente; todas las profecías referirán también
-que del real tronco de David, nombre propio de este rey, procederá un
-Hijo, nacido de la Mujer, el mismo que se te ha predicho, predicho
-igualmente a Abraham, como aquel en quien tendrán su esperanza todas
-las naciones, predicho a los reyes y que será el postrero de estos,
-porque su reino no tendrá fin.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_237">p. 237</span>»Pero a Él ha
-de preceder una larga sucesión de reyes. El primero, hijo de David,
-famoso por sus riquezas y sabiduría, colocará en un suntuoso templo,
-rodeada de una nube, el arca del Señor, que hasta entonces habrá andado
-vagando con sus tiendas. De los demás que han de seguirle, unos se
-contarán en el número de los buenos, otros en el de los malos reyes.
-Los malos formarán más larga serie, y sus torpes idolatrías y todos
-sus otros crímenes, añadidos a la perversidad del pueblo, de tal
-manera irritarán a Dios, que se apartará de ellos, y abandonará su
-tierra, sus habitaciones, su templo, su santa arca y sus reliquias más
-sagradas a la befa y rapacidad de la ciudad cuyos muros has visto<a
-id="FNanchor_151" href="#Footnote_151" class="fnanchor">[151]</a>
-entregados a la confusión, de donde le vino el nombre de Babilonia.
-Allí los dejará en cautiverio por espacio de sesenta años, y por fin
-los sacará de él, recordando su misericordia y la alianza jurada a
-David, inalterable como los días del cielo. Vueltos de Babilonia
-por disposición de los reyes sus señores, que Dios les inspirará,
-reedificarán ante todo la casa del mismo Dios, y vivirán algún tiempo
-moderada y regularmente, hasta que creciendo en opulencia y número
-degeneren en facciosos. Las primeras discordias nacerán de los
-sacerdotes, hombres que consagrados a los altares, deberían no pensar
-más que en la paz; sus rencillas llegarán hasta profanar el mismo
-templo, acabando por arrebatar el cetro, sin hacer caso de ninguno
-de los hijos de David, y por último lo perderán, y pasará a manos de
-extranjeros, para que el verdadero ungido, el Mesías, nazca privado de
-sus derechos.</p>
-
-<p>»Nace este rey, sin embargo, y una estrella hasta entonces oculta en
-los cielos, anuncia su venida y sirve de guía a los sabios de Oriente
-que le buscan para ofrecerle incienso, mirra y oro. Un ángel, nuncio
-de paz, enseña el lugar de su nacimiento a unos sencillos pastores que
-velaban durante la noche, los cuales acuden transportados de júbilo,
-y oyen los coros de innumerables ángeles que entonan cantos al recién
-nacido. Su madre es una Virgen; su padre el Altísimo Omnipotente.
-Subirá al trono hereditario, y se extenderá su reino a los confines
-más apartados de la tierra, como su gloria a todos los ámbitos de los
-cielos.»</p>
-
-<p>Calló Miguel, al notar en el semblante de Adán una alegría tan viva,
-que asemejándose al dolor, le hacía verter abundoso llanto y no poder
-proferir una palabra; mas al fin pronunció las siguientes:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span>«¡Oh profeta
-de faustas nuevas! Has colmado mis mayores esperanzas. Claramente
-comprendo ahora lo que en mis más profundas meditaciones buscaba en
-vano: por qué el que con tanta ansia esperamos, debe llamarse fruto de
-la Mujer. ¡Salve, virgen Madre, que tan encumbrada estás en el amor del
-cielo! Sin embargo, de mi carne nacerás, y de tu vientre nacerá el Hijo
-de Dios Altísimo. Así se unirá Dios con el Hombre. Forzoso es que la
-Serpiente aguarde con mortal angustia el quebrantamiento de su cabeza.
-Mas dime: ¿dónde y cuándo será el combate? ¿qué golpe herirá la planta
-del vencedor?»</p>
-
-<p>«No te figures, respondió Miguel, que el combate vaya a ser un
-duelo, ni que se produzcan realmente las heridas en la planta o en la
-cabeza: el Hijo no une la humanidad a la divinidad para postrar con
-más fuerza a tu enemigo; ni quedará así aniquilado Satán, cuando un
-escarmiento más terrible, su caída del cielo, no le imposibilitó para
-hacerte a ti una mortal herida. El Mesías, tu Salvador, no te curará
-destruyendo a Satán, sino destruyendo en ti y en tu raza las obras de
-este, lo cual no puede efectuarse sino perfeccionando lo que a ti te
-falta, la obediencia a la ley de Dios, impuesta bajo pena de muerte
-y padeciendo esta muerte que ha merecido tu desobediencia y la de
-aquellos que de ti desciendan. Solo así puede satisfacerse la Suprema
-Justicia. Él cumplirá exactamente la ley de Dios por obediencia y por
-amor, aunque solo el amor baste al cumplimiento de esta ley. Sufrirá
-tu castigo exponiéndose en la carne a una vida perseguida y a una
-abominable muerte. Prometerá la vida a los que crean en su redención y
-en que por medio de la fe se les imputará su obediencia y los méritos
-para salvarse, no por sus propias obras, aunque se ajusten a la ley.
-Vivirá en la tierra odiado, blasfemado, prendido por fuerza, juzgado
-y condenado a muerte, infamado, maldito, enclavado en la cruz por su
-propia nación, y muerto por haber dispensado la vida. Pero en su cruz
-quedarán clavados tus enemigos; con Él serán crucificados el castigo
-que se te ha impuesto, y los pecados de todo el género humano, y
-ningún daño experimentarán después los que confien plenamente en su
-satisfacción. Así morirá, pero resucitando en breve. La muerte no
-tendrá sobre Él poder muy duradero, pues antes de que vuelva a lucir
-la tercera aurora, le verán los astros de la mañana alzarse de su
-sepulcro, puro como la naciente luz; y entonces quedará satisfecho
-el rescate que redime al Hombre de la muerte, y su muerte salvará
-al Hombre, siempre que no menosprecie una vida así ofrecida, y que
-contraiga el mérito de la fe acompañada de buenas<span class="pagenum"
-id="Page_239">p. 239</span> obras. Este divino acto anula tu sentencia,
-la muerte que hubieras debido sufrir, envuelto como estabas en el
-pecado y eliminado para siempre de la vida; este acto quebrantará la
-cabeza de Satán y rendirá su fuerza, una vez derrotados el pecado y
-la muerte, sus dos principales armas, cuyo aguijón se clavará más
-hondamente en su cabeza que la herida que haga la muerte temporal en
-la planta del vencedor o de sus rescatados; porque esta muerte es como
-un sueño de que dulcemente se despierta para pasar a la vida de la
-inmortalidad.</p>
-
-<p>»Después de su resurrección solo se detendrá en la tierra el
-tiempo preciso para aparecerse alguna vez a sus discípulos, hombres
-que durante su vida le siguieron siempre; y a ellos les encargará que
-anuncien a las naciones lo que de Él y de la salvación humana han
-aprendido, bautizando en agua corriente a los que crean, señal que
-purgándolos de la mancha del pecado para la pureza de su vida, los
-preparará también en espíritu, si fuere menester, para una muerte
-semejante a la del Redentor. Enseñarán por consiguiente a todas las
-naciones, porque desde aquel día predicarán la salvación no solo a los
-hijos nacidos del seno de Abraham, sino a los que profesen la fe de
-Abraham, cualquiera que sea el lugar del mundo donde se hallen; y así
-en su raza serán bendecidas todas las naciones.</p>
-
-<p>»En seguida ascenderá el Salvador al cielo de los cielos, llevando
-en pos la victoria, triunfante de sus enemigos y de los tuyos; en su
-ascensión sorprenderá a la Serpiente, como príncipe que es del aire,
-y arrastrándola encadenada por todo su imperio, la dejará por último
-confundida. Entrará luego en su gloria, y recobrará su trono a la
-derecha de Dios, magníficamente exaltado sobre todas las dignidades del
-cielo; desde donde, cuando ese mundo esté preparado para su disolución,
-volverá en toda su gloria y majestad a juzgar a los vivos y a los
-muertos; juzgará a los muertos apartados de la fe, y recompensará a
-los fieles, recibiéndolos en su bienaventuranza, así en el cielo como
-en la tierra, porque toda la tierra será entonces Paraíso, lugar más
-bienhadado que este Edén, y días aquellos venturosísimos.»</p>
-
-<p>Así habló el arcángel Miguel; suspendió su discurso, como si
-sobreviniera el gran período del mundo; y nuestro primer padre, lleno
-de júbilo y admiración, exclamó: «¡Oh bondad infinita, bondad inmensa,
-que hasta del mal haces nacer todo este bien, trocando en bienes
-los males, maravilla más grande que la de la creación, al salir la
-luz de las tinieblas! Cercado me veo ahora de incertidumbres:<span
-class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span> no sé si arrepentirme
-del pecado en que he incurrido y a que he dado ocasión, o si más
-bien regocijarme, porque de él ha resultado mayor bien, gloria más
-grande a Dios, a los hombres más benévola protección del cielo, y
-que a la cólera haya sustituido la gracia. Pero dime: si nuestro
-Libertador torna a los cielos, ¿qué será de ese escaso número de
-fieles, abandonados en medio de ese rebaño impío, de tantos enemigos
-de la verdad? ¿Quién guiará a su pueblo, quién le defenderá? ¿No serán
-sus discípulos víctimas de más sañudo rigor que el que con Él han
-empleado?»</p>
-
-<p>«Seguro puedes estar, replicó el Ángel, de que así ha de suceder;
-pero desde el cielo enviará a los suyos un consolador, el prometido
-de su Padre, su espíritu, que residirá en ellos y grabará en sus
-corazones la ley de la fe por medio del amor para guiarlos con toda
-verdad; y les infundirá amor espiritual con que puedan resistir las
-tentaciones de Satán y despuntar sus envenenados dardos. Nada de lo que
-pueda intentar el hombre contra ellos los intimidará, ni aún la misma
-muerte, pues recibirán en sus interiores consuelos la compensación de
-todas sus crueldades. Su inquebrantable firmeza desarmará a menudo a
-sus más tenaces perseguidores, porque el Espíritu comunicado primero
-a los apóstoles que han de predicar a las naciones el Evangelio, y
-después a cuantos reciban la gracia del bautismo, infundirá en aquellos
-el portentoso don de hablar todas las lenguas y de renovar todos los
-milagros que antes de ellos hizo su Maestro; y así en cada nación
-persuadirán a una inmensa muchedumbre a oír embelesada las nuevas
-venidas del cielo; y finalmente cumplido su ministerio y terminada
-gloriosamente su carrera, morirán dejando escritas su historia y su
-doctrina.</p>
-
-<p>»Pero, según lo habían predicho, en lugar de ellos, sucederán
-los lobos a los pastores; lobos crueles, que emplearán los sagrados
-misterios del cielo en saciar su vil ansia de ambición y lucro, y que
-corromperán con supersticiones y falsas tradiciones la verdad, que
-solo se conserva en las puras palabras de la Escritura, y solo es
-comprensible para el espíritu. Entonces procurarán valerse de nombres,
-dignidades y títulos, y unir el poder secular a estos, aunque fingiendo
-que únicamente aspiran al espiritual, con lo que se apropiarán el
-espíritu de Dios, prometido y otorgado por igual a todos los creyentes.
-A favor de tal ficción impondrán leyes espirituales por medio del poder
-humano a cada conciencia; leyes que nadie hallará escritas en los
-libros santos, ni entre las que el Espíritu grabó tan profundamente
-en los corazones. ¿Qué pretenden, pues, más que violentar el<span
-class="pagenum" id="Page_241">p. 241</span> espíritu de la Gracia, y
-esclavizar a su compañera la libertad? ¿Qué otra cosa que destruir los
-templos vivos edificados por la fe, por su propia fe, y no por ninguna
-extraña? Porque ¿quién puede ser infalible en la tierra, obrando contra
-la fe y contra la conciencia? Muchos se gloriarán de serlo, y de esta
-variedad nacerá una rigurosa persecución contra los perseverantes
-adoradores en espíritu y en verdad. El resto, que será el mayor número,
-creerán cumplir con la religión apelando a demostraciones exteriores
-y a especiosas formalidades. Hostigada por los dardos de la calumnia,
-huirá la verdad, y se hallará rara vez la práctica de la fe. De esta
-suerte el mundo llegará a ser funesto para los buenos, halagüeño para
-los malos, y se sentirá abrumado bajo su propia pesadumbre, hasta que
-luzca el día de descanso para el justo, de venganza para el malvado,
-que será el del advenimiento del Defensor que recientemente se te
-ha prometido, fruto de una Mujer, vagamente anunciado, y a quien no
-puedes ya menos de conocer como tu Salvador y tu Soberano. Cercado de
-brillantes nubes, se revelará, por fin, en el cielo, partícipe de la
-gloria de su Padre, y vendrá a aniquilar a Satán con todo su perverso
-mundo; y de esta masa candente, purificada por el fuego, sacará nuevos
-cielos, una nueva tierra, y creará siglos interminables, fundados en la
-justicia, en la paz y en el amor, que darán frutos de colmado bien y
-perpetua felicidad.»</p>
-
-<p>Terminó con estas palabras, y Adán también, añadiendo: «¡Cuán pronto
-celestial profeta, has recorrido este mundo transitorio y la serie de
-los tiempos hasta que lleguen a fijarse estables! Más allá todo es un
-abismo, todo una eternidad, cuyo fin no puede alcanzar la vista. Saldré
-de aquí perfectamente instruido y en paz con mis pensamientos; llevo
-cuanto puede contener este pequeño vaso, y mi locura fue aspirar a
-llenarlo más. Sé para en adelante que lo mejor es obedecer solamente a
-Dios; amarle y temerle a un tiempo; proceder cual si estuviese siempre
-delante de Él; no desconfiar jamás de su Providencia; entregarse
-del todo a Él, que misericordioso en todas sus obras, hace que el
-bien triunfe del mal, y convierte las cosas más pequeñas, en las más
-grandes, y anonada con el impulso que se cree más ineficaz los mayores
-poderes de la tierra, y toda la ciencia mundana con la más humilde
-sencillez. Sé que el que padece por la verdad adquiere valor bastante
-para lograr el supremo triunfo, y que para el fiel, la muerte no es más
-que la puerta de la vida. Esto he aprendido con el ejemplo de Aquel a
-quien reconozco ya como mi Redentor siempre mi bendito.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span>Y el Ángel por
-última vez repuso: «Pues sabiendo esto has llegado a la cumbre de la
-sabiduría, y no esperes alcanzarla mayor, aunque conocieses todas las
-estrellas por su nombre, y todos los poderes etéreos, y los secretos
-del abismo, y las obras todas de la Naturaleza, y las de Dios en el
-cielo, en el aire, en la tierra y en los mares; aunque disfrutases de
-todas las riquezas de este mundo y lo redujeses todo a tu solo imperio.
-Añade a tu saber acciones que sean dignas de él; añade la fe, la
-virtud, la paciencia y la templanza; añade el amor, que algún día será
-llamado caridad, y que es el alma de todo lo demás; y entonces sentirás
-menos abandonar este Paraíso, porque dentro de ti hallarás otro mucho
-más venturoso y bello.</p>
-
-<p>»Pero bajemos ya de esta altura de contemplación, que ha llegado
-la hora precisa en que es fuerza partir de aquí, y esos vigilantes
-que ves, colocados por mí en aquel collado, aguardan para marcharse.
-Flamígera espada, signo de proscripción, vibra furiosamente delante de
-ellos: no podemos permanecer más tiempo. Ve: despierta a Eva: también
-la he tranquilizado a ella con agradables sueños, nuncios consoladores,
-y predispuesto su ánimo a una sumisa resignación. En ocasión oportuna,
-tú la harás partícipe de cuanto has oído, y principalmente de lo que
-le conviene a su fe saber, de la gran redención que su descendencia,
-la descendencia de la Mujer, traerá a todo el género humano, para que
-podáis vivir, ya que serán largos vuestros días, unidos en una sola fe,
-bien que tristes, y no sin causa, al recordar los males pasados, pero
-contentos, sin embargo, considerando vuestro dichoso fin.»</p>
-
-<p>Dijo, y bajaron ambos de la colina; y apenas se vio al pie de ella,
-corrió Adán al lecho en que había dejado a Eva durmiendo, y la encontró
-despierta, y oyó que le recibía con estas palabras, nada melancólicas
-por cierto:</p>
-
-<p>«Ya sé de dónde vienes y adónde has ido, porque Dios también nos
-asiste cuando estamos dormidos, y en los sueños se aprende algo, y los
-que me ha sugerido han sido muy agradables y predíchome grandes bienes,
-apenas abrumada de pesar y con el corazón tan angustiado, cerré los
-ojos. Sé tú ahora mi guía; no me detendré un momento: ir contigo, vale
-tanto como permanecer aquí; quedarme sin ti, sería alejarme contra mi
-voluntad, porque tú eres para mí cuanto existe bajo el cielo, y contigo
-estaré en todos los lugares, contigo, a quien mi crimen voluntario
-expulsa de esta mansión. Al salir de aquí llevo, sin embargo, el
-consuelo que más puede tranquilizarme: que aunque por mí se ha perdido
-todo, <span class="pagenum" id="Page_243">p. 243</span>y aunque no
-merezco favor tan grande, de mí nacerá la prometida estirpe por quien
-todo ha de restaurarse.»</p>
-
-<div class="figcenter mt2" id="L050">
- <img class="thin"
- src="images/i_396.jpg"
- style="width: 100%; height: auto;"
- alt="Grabado" />
- <p class="caption">Arrasáronseles en lágrimas los ojos.</p>
-</div>
-
-<p>Así habló nuestra madre Eva; Adán la escuchaba complacido, pero
-nada le respondió, porque a su lado estaba el Arcángel. De la otra
-colina, donde estaban colocados, con paso majestuoso descendían
-los querubines; deslizábanse al andar como fúlgidos meteoros, cual
-la niebla de la tarde, que levantándose del río, pasa rozando la
-superficie de los pantanos, y avanza presurosa hurtando el suelo a las
-pisadas del labrador, que regresa a su alquería. Levantada delante de
-ellos, fulguraba la espada del Señor, despidiendo airados resplandores,
-como un cometa, y su ardiente fuego y los vapores que exhalaba iban
-acalorando el templado clima del Paraíso, cual el adusto aire de la
-Libia. El Ángel entonces, asiendo de las manos a nuestros padres, y
-apresurando sus lentos pasos, los condujo directamente a la puerta
-oriental, y desde ella con la misma prontitud hasta el pie de la roca,
-donde se extendía la llanura inferior, y desapareció.</p>
-
-<p>Volvieron ellos la vista atrás, y descubrieron toda la parte
-oriental del Paraíso, venturosa morada suya en otro tiempo, que
-ondulaba al trémulo movimiento de la fulminante espada, y agrupadas a
-la puerta figuras de terrible aspecto y relumbrantes armas. Como era
-natural, arrasáronseles en lágrimas los ojos, que se enjugaron pronto.
-Delante tenían todo un mundo, donde podían elegir el lugar que más les
-pluguiera para su reposo, y por guía la Providencia; y estrechándose
-uno a otro la mano, prosiguieron por enmedio del Edén su solitario
-camino con lentos e inciertos pasos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch1_13">
- <p><span class="pagenum" id="Page_245">p. 245</span></p>
- <h3 class="juicios">JUICIOS CRÍTICOS</h3>
- <p class="centra fs60 ws1 mt15">SOBRE EL</p>
- <p class="centra fs200 g0 ws1 mt05">PARAÍSO PERDIDO</p>
- <p class="centra fs60 mt1">DE</p>
- <p class="centra fs150 g0 mt05">MILTON</p>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<div class="smaller">
-
-<h4>DE RICHARDSON</h4>
-
-<p>Si algún libro ha habido jamás verdaderamente poético, es decir,
-lleno de poesía, es el <span class="smcap">Paraíso perdido</span>. ¡Qué
-afluencia de hechos deducidos de una fuente histórica tan escasa! ¡Qué
-de mundos inventados! ¡Qué naturaleza tan bella nos presenta ante los
-sentidos! En ningún otro poema se pintan las cosas divinas más sublime
-ni divinamente; en ninguno se da tan grandiosa idea de la naturaleza,
-tal como salió de las manos de Dios, con todo su encanto virginal, su
-gloria y su pureza; y en cuanto a la raza humana, ¿qué Homero hay que
-la presente más gigantesca, más robusta ni más valiente? ¿Qué pinturas
-o estatuas de los grandes maestros pueden sugerirnos un concepto tan
-exacto de su gentileza y superioridad? Todas estas grandezas brillan
-en aquel poema de la manera más perfecta e interesante. El ánimo del
-lector se siente predispuesto a gozar, y embargado por el placer,
-admira, y se embelesa, y cede a cuantas impresiones quiere el poeta
-producir en él. En este poema se halla la fuente de todo conocimiento,
-de toda religión y de toda virtud, dado que infunde en el alma una paz
-inefable, un dulce consuelo y una alegría íntima luego que se penetra
-uno del verdadero sentido del escritor, y presta dócil atención a sus
-armoniosos cantos.</p>
-
-<p>Al leer la <span class="smcap">Ilíada</span> o la <span
-class="smcap">Eneida</span> hallamos una colección de bellísimos
-cuadros, lo mismo que al leer el <span class="smcap">Paraíso
-perdido</span>; pero para ejecutar los primeros hay, hablando en el
-lenguaje profesional, muchos Rafaeles, Corregios, Guidos, etc., al paso
-que las pinturas de Milton son más grandes y sublimes, más divinas
-e interesantes que las de Homero y Virgilio y cualquier otro poeta,
-o para decirlo de una vez, muy superiores a las de todos los poetas
-antiguos y modernos.</p>
-
-
-<h4>DE NEWTON</h4>
-
-<p>No hay página del <span class="smcap">Paraíso perdido</span> en que
-el autor no dé muestras de ser un crítico eminente y un apasionado
-admirador de la Sagrada Escritura. De esta ha tomado infinitamente
-más que de Homero, de Virgilio y de todos los demás libros. En la
-Escritura tiene su fundamento no solo la acción principal, sino todos
-los episodios. La Escritura, no solo le ha<span class="pagenum"
-id="Page_246">p. 246</span> suministrado los más nobles conceptos,
-sino engrandecido sus pensamientos y sublimado su imaginación; y al
-propio tiempo ha enriquecido sobremanera su lenguaje, dando a la
-dicción cierta majestad solemne, y sugiriéndole las más apropiadas y
-felices expresiones. Aprendan pues los lectores con este ejemplo a leer
-devotamente las Sagradas Escrituras. Si alguno hay que se atreva a
-ridiculizarlas o mirarlas con indiferencia, lo menos que puede decirse
-de él es que dista mucho de comprender el gusto y el genio de Milton;
-porque el que verdaderamente tenga uno y otro, estamos seguros de que
-estimará este poema como la más excelente de todas las composiciones
-modernas, y la Escritura como el mejor de todos los libros antiguos.</p>
-
-
-<h4>DE JOHNSON</h4>
-
-<p>Voy ahora a examinar el <span class="smcap">Paraíso perdido</span>,
-poema que con relación a su objeto bien puede ocupar el lugar más
-preferente, y con respecto a la ejecución, el segundo entre las
-producciones del ingenio humano.</p>
-
-<p>Es opinión común a todos los críticos que el autor de un poema épico
-debe considerarse como el genio más privilegiado, porque requiere
-un conjunto de facultades de las cuales basta solamente alguna para
-otras composiciones. La poesía es el arte de unir lo agradable y lo
-verdadero, excitando a la imaginación como un poderoso auxiliar de
-la inteligencia. La poesía épica aspira a enseñar las verdades más
-importantes por medio de preceptos agradables, y para ello refiere los
-grandes hechos del modo que más interés produzcan. La historia debe
-suministrar al escritor los datos de la narración, datos que aprovecha
-y realza con arte superior, que vivifica con dramática energía y que
-reviste con útiles recuerdos y reflexiones; la moral le prescribe
-límites exactos, considerando bajo diferentes puntos de vista la
-virtud y el vicio; de la política y la práctica de la vida aprende a
-discernir los caracteres y a describir las pasiones, cada una de por
-sí o combinadas unas con otras; y la fisiología le ayuda a su vez con
-mil recursos e imágenes. Para levantar con todos estos materiales un
-edificio poético, se requiere una imaginación capaz de pintar a la
-naturaleza y de inventar lo que no existe; y nadie puede llamarse poeta
-si no posee todas las riquezas del lenguaje y distingue todos los
-primores de la frase o el colorido que resulta de ella, y sabe acordar
-los diferentes sonidos con las infinitas variedades de la modulación
-métrica.</p>
-
-<p>Bossu es de opinión que el primer propósito del poeta debe ser
-hallar una <i>moral</i> que ilustre y realice después por medio de su
-fábula. Este parece haber sido el único fin de Milton, pues así como en
-otros poemas la moral es una consecuencia o un mero incidente, solo en
-Milton es una cosa esencial e intrínseca. Su objeto fue el más útil y
-el más difícil de todos, <i>justificar los designios de Dios respecto
-al hombre</i>; mostrar lo razonable de la religión y la necesidad de
-obedecer los preceptos divinos.</p>
-
-<p>Para cumplir con este objeto era menester una fábula, una narración
-dispuesta con tal arte, que excitase el más vivo interés y la más
-grata sorpresa en el ánimo de los demás, y en esta parte de su obra
-preciso es confesar que Milton ha llegado a donde cualquier otro
-poeta. En su historia de la caída del hombre ha comprendido los
-sucesos que precedieron a este acontecimiento y los que sobrevinieron
-posteriormente; y con tal oportunidad introdujo todo<span
-class="pagenum" id="Page_247">p. 247</span> el sistema de la teología,
-que no hay parte alguna de su obra que no aparezca necesaria en tal
-concepto. Apenas hay pasaje ni digresión alguna que no contribuya al
-desarrollo y progreso de la acción principal.</p>
-
-<p>El asunto de un poema épico naturalmente tiene que ser un hecho de
-grande importancia: pues bien; Milton no trata de la destrucción de una
-ciudad, del establecimiento de una colonia, ni de la fundación de un
-imperio; su asunto es la suerte del mundo, las revoluciones del cielo
-y de la tierra, la rebelión contra el Ser Supremo suscitada por las
-criaturas más sublimes entre todos los seres creados; la derrota de sus
-huestes y el castigo de su crimen; la creación de una nueva raza de
-criaturas racionales; su ventura e inocencia original; la pérdida de su
-inmortalidad y la restauración de su paz y de su esperanza.</p>
-
-<p>En la realización de los grandes sucesos solo pueden intervenir
-personas de elevada dignidad. Ante la grandeza desplegada en el poema
-de Milton, cualquiera otra desaparece; sus más débiles agentes son los
-seres humanos más dignos y más nobles, los primitivos padres de la
-humanidad, con cuyas acciones coincide la acción hasta de los mismos
-elementos, de cuya rectitud o de cuya extraviada voluntad dependen el
-estado de la naturaleza terrestre y la condición de todos los futuros
-habitantes del globo.</p>
-
-<p>De los demás agentes del poema, los principales son tales que sería
-irreverente nombrarlos en ocasión menos importante; poderes de ínfima
-condición a quienes solo el freno del Omnipotente puede impedir la
-facultad de crear y de envolver los vastos límites del espacio en
-ruina y en confusión. Explicar los motivos y acciones de seres tan
-superiores de manera que la razón humana pueda comprenderlo y la humana
-imaginación representárselo es la empresa que este eminente poeta se
-propuso y que llevó a cabo.</p>
-
-<p>En el examen de un poema épico entra por mucho el estudio de los
-caracteres que en él se emplean, y los que en el Paraíso perdido
-admiten este examen son los ángeles y el hombre, los ángeles buenos, y
-más, el hombre en su estado de inocencia y en su pecado.</p>
-
-<p>Respecto a los ángeles, la virtud de Rafael es afable y benigna,
-condescendiente y francamente comunicativa; la de Miguel es majestuosa
-y sublime, y como es de suponer, celosa en cuanto corresponde a la
-dignidad de su propia naturaleza. Abdiel y Gabriel aparecen solo
-casualmente y obran como lo requiere su respectiva situación; la
-fidelidad solitaria de Abdiel está pintada afectuosamente.</p>
-
-<p>Los caracteres de los ángeles malos son muy diversos. A Satán, como
-observa Addison, se atribuyen sentimientos propios del <i>ser más
-sublime</i> y <i>más perverso</i>. Clarke ha censurado a Milton por
-las impías blasfemias que a veces pone en boca de Satán; «porque hay
-pensamientos, dice con mucha razón, que no puede justificar ninguna
-índole ni carácter, dado que no se atrevería a expresarlos ningún
-hombre virtuoso, aun cuando se le pasasen por la imaginación.» Hacer
-hablar a Satán como un rebelde sin usar de expresiones que pudieran
-ofender la delicadeza del lector, era una de las mayores dificultades
-con que tenía que luchar Milton, y no puedo menos de añadir que supo
-salir perfectamente airoso de ella. En las arengas de Satán hay pocas
-cosas que puedan ofender los oídos del hombre más timorato. El lenguaje
-de la rebelión no puede ser nunca el mismo que el de la obediencia.
-La malignidad de Satán se deja llevar siempre de su altanería y
-obstinación, pero sus expresiones, por lo común, son generales y
-ofensivas en cuanto nacen de un corazón perverso.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_248">p. 248</span>Los demás caudillos
-de la rebelión celeste están diestramente dados a conocer en los libros
-1.º y 2.º, y el feroz carácter de Moloc es siempre consecuente, lo
-mismo batallando que aconsejando.</p>
-
-<p>Adán y Eva están durante su inocencia dotados de sentimientos que
-solo las almas puras pueden comprender y expresar; su amor es pura
-benevolencia y mutua veneración; se procuran el alimento sin ansia
-alguna y se muestran diligentes sin fatigarse. En sus oraciones al
-Criador apenas hay más que la efusión del asombro y de la gratitud.
-Disfrutan y no se les ocurre averiguar más; son inocentes y no abrigan
-temor alguno.</p>
-
-<p>Pero con el pecado empiezan la desconfianza y las desavenencias, las
-acusaciones recíprocas y el empeño de disculparse; se miran ya uno a
-otro con prevención y temen que el Criador vengue la injuria que le han
-hecho; pero por fin vuelven en sí para implorar su perdón, va labrando
-en ellos el arrepentimiento y acaban postrándose en ademán de súplica.
-Adán, sin embargo, aparece siempre superior antes y después de la
-caída.</p>
-
-<p>Acerca de lo <i>verosímil</i> y <i>maravilloso</i>, dos condiciones
-del poema épico vulgar que sugieren a los críticos profundas
-consideraciones, el <span class="smcap">Paraíso perdido</span> no da
-lugar a muchas. Contiene la historia de un milagro, el de la creación
-y la redención; ensalza el poder y la misericordia del Ser Supremo, y
-así lo verosímil resulta maravilloso y lo maravilloso verosímil. Lo
-esencial en una narración es que sea verdadera, y como en la verdad no
-hay elección posible, supuesto que es necesaria, está sobre todos los
-cánones y reglas. En las partes accesorias y eventuales, puede, como
-en todo lo humano, hacerse algunas excepciones. Mas lo verdaderamente
-importante se apoya en inmóviles fundamentos.</p>
-
-<p>Ha observado muy oportunamente Addison, que este poema por la
-naturaleza de su asunto lleva a todos los demás la ventaja de interesar
-universal y perpetuamente: todo el género humano de todos tiempos ha de
-tener la misma conexión con Adán y Eva, y cada hombre ha de participar
-del bien y el mal que se hace extensivo a todos.</p>
-
-<p>En lo tocante a la máquina con que se da a entender la oportuna
-intervención de un poder sobrenatural, otro asunto inagotable de
-observaciones críticas, nada hay que hablar aquí porque cuanto sucede
-es bajo la inmediata y visible dirección del cielo; pero de todas
-suertes, de tal manera está observada esta regla, que no hay acción ni
-parte de ella que llegue a realizarse por otros medios.</p>
-
-<p>En punto a episodios hallo únicamente dos, la relación de Rafael
-sobre la guerra del cielo y el discurso profético de Miguel sobre las
-vicisitudes que ha de experimentar el mundo. Ambos están estrechamente
-unidos con la acción principal; el uno era necesario para la
-instrucción de Adán, y el otro para su consuelo.</p>
-
-<p>Tampoco puede hacerse objeción alguna tocante a complemento o
-integridad del plan, pues cumple distinta y claramente con lo que
-Aristóteles exige, el principio, el medio y el fin. Quizá no hay
-poema de la extensión de este de que pueda suprimirse menos sin que
-resulte una verdadera mutilación. No hay en él juegos, funerales, ni
-la prolija descripción de ningún escudo; de las breves digresiones que
-se hallan al principio de los libros tercero, séptimo y noveno pudiera
-indudablemente prescindirse; pero ¿quién se atrevería a suprimir tan
-bellas superfluidades? ¿quién no desearía que el autor de la <span
-class="smcap">Ilíada</span> hubiese deleitado a los siglos venideros
-con un tanto de conocimiento de sí mismo? Tal vez no habrá pasaje
-alguno leído tan frecuentemente<span class="pagenum" id="Page_249">p.
-249</span> y con tanta atención como estos trozos que pudieran llamarse
-extrínsecos; y si el fin de la poesía es deleitar, lo que tanto
-embelesa a todos no puede tenerse por antipoético.</p>
-
-<p>Las cuestiones de si la acción del poema es estrictamente una, de
-si el mismo poema merece propiamente llamarse <i>heroico</i>, y de
-quién por último es el héroe, solo pueden ocurrirse a lectores que
-deducen el fundamento de su criterio más bien de los libros que de la
-razón. Verdad es que Milton califica solamente de <i>Poema</i> el <span
-class="smcap">Paraíso perdido</span>, pero también le llama en otra
-parte <i>Canto heroico</i>. Indigna la petulancia e inconveniencia de
-Dryden que niega el heroísmo de Adán porque al fin resulta vencido;
-pero no hay razón alguna para suponer que el héroe no pueda ser
-desgraciado, y eso aún con la práctica establecida, desde que muy
-bien pueden no andar juntos el triunfo y el merecimiento. Catón es el
-héroe de Lucano; pero la autoridad de Lucano no bastaría a Quintiliano
-a darle la razón; y sin embargo, aún dada la necesidad del triunfo,
-puede decirse que el seductor de Adán al cabo se vio humillado, y Adán
-reintegrado en la gracia de su Hacedor, y por tanto, seguro de recobrar
-su dignidad humana.</p>
-
-<p>Después del plan y artificio del poema, deben considerarse como
-partes que lo componen los afectos y la dicción.</p>
-
-<p>Los afectos, como expresión de las acciones o pintura de los
-caracteres, en su mayor parte guardan siempre la precisión más
-rigurosa.</p>
-
-<p>Rara vez se tropieza con trozos brillantes que contengan lecciones
-morales o reglas de prudencia, pues es tan original la forma de este
-poema, que así como nada humano admite hasta que ocurre la catástrofe,
-tampoco puede tratarse en él del procedimiento humano. Su fin es elevar
-el pensamiento sobre los cuidados o entretenimientos terrestres. El
-elogio de la fortaleza con que Abdiel mantuvo su valerosa y singular
-virtud contra el menosprecio que de él hacía su enemiga muchedumbre,
-a todos los tiempos puede acomodarse; y la severidad con que Rafael
-reprende a Adán cuando quiere enterarse de los movimientos de los
-planetas y la respuesta que da el mismo Adán, seguramente pueden
-oponerse a cuantas reglas prácticas han dado hasta ahora todos los
-poetas.</p>
-
-<p>Los pensamientos que van sucesivamente eslabonándose son tales, que
-únicamente pueden ocurrirse a una imaginación en el más alto grado de
-entusiasmo y energía, excitada además por un estudio incesante y un
-inmenso espíritu de investigación. El ardoroso vigor de Milton puede
-decirse que sublima su gran saber y que impregna su obra en el espíritu
-de la ciencia que se sobrepone a todo lo que es terreno y vulgar.</p>
-
-<p>Consideraba la creación en cuanto ella abarca, y así sus
-descripciones son siempre magníficas y propias de un hombre sabio.
-Había acostumbrado su imaginación a salvar cuantos obstáculos se le
-opusiesen, y sus conceptos por lo tanto son siempre grandiosos. Lo
-sublime es la cualidad característica de su poema. Desciende a veces
-a la elegancia; su elemento, sin embargo, es la grandeza. Puede a
-veces revestirse de alguna forma graciosa, pero su natural actitud es
-la elevación gigantesca. Agrada cuando es menester agradar, aunque su
-recurso favorito es producir admiración.</p>
-
-<p>Parece saber acomodarse bien a la índole de su genio y conocer las
-cualidades de que la naturaleza le había pródigamente dotado más que a
-otro cualquiera; la facultad de abarcar la inmensidad, de realzar la
-esplendidez, de acrecentar lo terrible, de oscurecer más lo sombrío
-y<span class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span> aumentar lo que de
-suyo es pavoroso; y así eligió un asunto sobre el que no era posible
-extenderse mucho y en que podía darse vuelo a la imaginación sin
-incurrir en la extravagancia.</p>
-
-<p>Ni los fenómenos de la naturaleza, ni los acaecimientos de la vida
-satisfacían bastantemente el anhelo con que buscaba cuanto era grande.
-El pintar las cosas como son en sí requiere una atención minuciosa y es
-propio de la memoria más bien que de la fantasía. Milton se complacía
-en explayarse por las vastas regiones de lo posible, porque la realidad
-era campo sobrado estrecho para su inteligencia. Empleó sus facultades
-en nuevos descubrimientos dentro de mundos en que solo puede campear
-la imaginación, embelesándose en hallar nuevos modos de existencia, en
-atribuir sentimientos y acciones a los seres superiores, en referir las
-discusiones que se tenían en la asamblea del infierno o en acompañar a
-los coros celestiales.</p>
-
-<p>Pero no podía permanecer siempre en extraños mundos: tenía a lo
-mejor que descender a la tierra y hablar de cosas visibles y conocidas;
-y cuando no podía remontarse a lo maravilloso en alas de su talento, se
-complacía en dar muestras de su asombrosa fecundidad.</p>
-
-<p>Cualquiera que sea el asunto de que trate no deja de poner en
-él su imaginación; pero sus imágenes y las descripciones de las
-escenas o fenómenos de la naturaleza no las toma siempre de formas
-originales, ni las presenta con la naturalidad, fuerza y energía de
-la observación inmediata; veía la naturaleza, según la expresión de
-Dryden, a través de la <i>perspectiva de los libros</i> y en muchas
-ocasiones tenía que llamar a la erudición en su ayuda. El jardín del
-Edén le trae a la memoria el valle del <i>Enna</i> donde Proserpina se
-entretenía en coger flores. Satán se abre camino por entre procelosos
-elementos, como <i>Argos</i> por entre las rocas <i>Cianeas</i>, o
-como Ulises entre los dos vagíos <i>sicilianos</i> cuando huía de
-<i>Caribdis</i> sesgando su nave. Con razón se le han criticado las
-alusiones mitológicas de que se vale y cuya inutilidad no siempre llega
-a comprender; pero es indudable que contribuyen a amenizar la narración
-y a excitar alternativamente la memoria y la imaginación.</p>
-
-<p>Sus símiles son en más número y más varios que los de todos sus
-predecesores, y no se reduce a los límites de una comparación rigurosa,
-pues precisamente su gran recurso es la amplificación, dando una gran
-extensión, cuando la oportunidad lo requiere así, a la imagen más
-secundaria. Así, al comparar el escudo de Satán con el disco de la
-luna, lleva su imaginación hasta el descubrimiento del telescopio que
-dio lugar a tan maravillosas revelaciones.</p>
-
-<p>En cuanto a los sentimientos morales no es mucho encarecer su elogio
-asegurando que deja muy atrás en ellos a todos los demás poetas,
-porque esta superioridad la debía a lo familiarizado que estaba con
-la Sagrada Escritura. Los antiguos poetas épicos, como no conocían la
-luz de la revelación, eran poco hábiles en la enseñanza de la virtud;
-sus principales caracteres tenían grandeza pero no eran simpáticos; el
-lector puede deducir de ellos los más grandes ejemplos de fortaleza
-activa y pasiva, y a veces hasta de prudencia, pero rara vez podrá
-aprender principios de justicia y mucho menos máximas de piedad.</p>
-
-<p>Para los escritores italianos puede decirse que son vanas todas las
-ventajas del espíritu cristiano. Conocida es la depravación de Ariosto;
-y aunque la <span class="smcap">Jerusalén libertada</span> puede
-considerarse como un asunto sagrado, el poeta ha escatimado más de lo
-justo la instrucción moral.</p>
-
-<p>En Milton, por el contrario, cada verso revela la santidad del
-pensamiento y la pureza de las costumbres, menos en aquellos casos
-en que el transcurso de la narración exige la introducción<span
-class="pagenum" id="Page_251">p. 251</span> de los espíritus
-rebeldes; y aún estos se ven obligados a confesar su sumisión a Dios
-de tal manera que inspiran reverencia y dan pábulo al sentimiento
-religioso.</p>
-
-<p>En los seres humanos hay dos diferentes, pero ambos son padres de
-toda la especie, venerables antes de perder su dignidad e inocencia, e
-interesantes aun después de perdida por su sumisión y arrepentimiento.
-En su primitivo estado se ven animados de un afecto tierno sin
-debilidad y de una piedad sublime sin presunción. Caen en el pecado y
-manifiestan desde luego lo desigual que es su fragilidad y cuán presto
-se rompe su armonía, cuánto debilita el pecado su confianza en el
-favor divino, y que solo por la penitencia y la oración pueden esperar
-la remisión de su culpa. El estado de perfecta inocencia solo puede
-llegar a concebirse, si es posible no obstante concebirlo dada nuestra
-actual miseria; pero los sentimientos y culto propios de un ser abyecto
-y culpable, todos podemos profesarlos, porque podemos practicarlos
-todos.</p>
-
-<p>Nuestro poeta es siempre grande en cualquiera ocasión que se le
-contemple. En su primitivo estado nuestros progenitores conversaban
-con los ángeles; aún envilecidos por su insensatez y por el pecado, no
-se ofrecían en su humillación bajo el aspecto de meros suplicantes, y
-cuando vemos que sus ruegos han sido oídos, volvemos a contemplarlos
-con el mismo respeto que antes.</p>
-
-<p>Como hasta que incurrieron Adán y Eva en su culpa no entraron en el
-mundo las pasiones humanas, el poeta tenía pocas ocasiones de mostrarse
-patético, pero aun de esas pocas supo aprovecharse bien. Describe con
-exactitud y expresa con energía un afecto peculiar de la naturaleza
-racional, el sobresalto que se apodera de la conciencia después del
-delito, y el horror con que el culpable espera los efectos de la
-indignación divina. Mas para ponerse en juego las pasiones, solo una
-ocasión se ofrece, y la cualidad que más sobresale en este poema es el
-sublime, el sublime empleado con ingeniosa variedad, unas veces en las
-descripciones, otras en los razonamientos.</p>
-
-<p>De errores y defectos adolece, como toda obra humana, el <span
-class="smcap">Paraíso perdido</span>: la crítica imparcial no puede
-prescindir de ellos; sin embargo, así como para encarecer el mérito de
-Milton, no hemos prodigado mucho las citas, que si fuéramos a enumerar
-sus bellezas serían interminables, tampoco debemos detenernos en
-recargar demasiado las censuras; porque ¿qué inglés llevaría a bien la
-reproducción de uno y otro pasaje que, al propio tiempo que rebajasen
-el crédito de Milton, amenguarían hasta cierto punto la gloria de su
-nación?</p>
-
-<p>Renunciemos, por consiguiente, al sistema de notar la frecuente
-impropiedad de las voces, como lo ha hecho Bentley, más competente
-acaso en la gramática que en la poesía, aunque atribuyendo a veces
-aquella a la intervención de un corrector en quien hubo de fiarse el
-autor a causa de su falta de vista; suposición temeraria y vana, si la
-creía verdadera, y pérfida y vergonzosa, si, como se asegura, él mismo
-confesaba privadamente que la tenía por falsa.</p>
-
-<p>El asunto del <span class="smcap">Paraíso perdido</span> tiene el
-inconveniente de no referirse a acciones ni a vicisitudes humanas. El
-Hombre y la Mujer se ven allí en un estado enteramente desconocido para
-los individuos de su especie; el lector no encuentra situación alguna
-análoga a las de su vida, ni condición comparable con la suya por más
-que esfuerce su imaginación para colocarse en ella: de modo que ni una
-ni otra pueden excitar su natural curiosidad ni su simpatía.</p>
-
-<p>Todos sentimos los efectos de la desobediencia de Adán; pecamos
-como Adán todos, y como él lamentamos nuestras culpas; en los ángeles
-caídos tenemos otros tantos enemigos encubiertos<span class="pagenum"
-id="Page_252">p. 252</span> e infatigables, y en los espíritus
-bienaventurados celosos amigos y protectores: esperamos llegar a
-participar de la redención del género humano, y estamos tan interesados
-en la descripción del cielo y del infierno, como que nuestra morada
-futura ha de ser la mansión de las penas o de la bienaventuranza.</p>
-
-<p>Pero estas verdades son demasiado importantes para que nos parezcan
-nuevas: se nos han enseñado desde la infancia; ocupan cuando estamos
-a solas nuestro pensamiento; dan asunto a nuestras conversaciones
-familiares, y habitualmente tienen grande influencia en los actos de
-nuestra vida; pero no siendo nuevas, no pueden ejercer emoción alguna
-extraordinaria en nuestro espíritu, porque lo que de antemano sabemos,
-no es menester estudiarlo, ni lo que no es inesperado para nosotros,
-puede en manera alguna sorprendernos.</p>
-
-<p>Así que de las ideas que nos sugieren estas imponentes escenas, unas
-veces nos abstraemos con respeto, excepto cuando se nos ocurren por
-medio de la asociación, y otras nos alejamos con horror o únicamente
-las admitimos como saludable escarmiento, como contrapeso de nuestros
-intereses y pasiones; y semejantes imágenes más bien entorpecen que
-avivan el vuelo de nuestra imaginación.</p>
-
-<p>El deleite y el terror son sin duda las verdaderas fuentes de
-la poesía, mas el deleite poético ha de ser tal que la imaginación
-humana por lo menos lo conciba, y el terror poético no ha de llegar
-a tal punto, que la fuerza y la fortaleza humanas sean incapaces de
-dominarlo. El bien y el mal de la Eternidad son cosas demasiado graves
-para la sutileza del entendimiento; este necesita considerarlos con
-cierta frialdad pasiva, dado que se contenta con una fe tranquila y una
-adoración humilde.</p>
-
-<p>Y, sin embargo, las verdades conocidas pueden tomar diferente
-aspecto y llegar al ánimo por una nueva representación de imágenes
-intermedias. Esto lo intentó Milton, y lo consiguió por la fecundidad
-y vigor que tan peculiares eran de su ingenio; y el que considere
-los pocos recursos fundamentales que la Escritura le suministraba,
-seguramente se maravillará de la inmensa extensión a que los llevó y de
-la variedad con que supo utilizarlos, teniendo que renunciar a ciertas
-licencias de ficción por el religioso respeto que se debía.</p>
-
-<p>Nadie ha sabido valerse mejor de las fuerzas unidas del estudio y
-del genio, de la claridad de juicio necesaria para no verse embarazado
-entre tal cúmulo de materiales, ni de imaginación más a propósito para
-disponerlos y combinarlos. Era además incomparable su acierto en sacar
-recursos de la naturaleza, de la historia, de las fábulas antiguas
-y de las ciencias modernas, siempre que por alguno de estos medios
-podía ilustrar o embellecer sus pensamientos, que a su mucho caudal de
-erudición añadía los tesoros del estudio y la prodigalidad con que los
-ostentaba su fantasía.</p>
-
-<p>Por esto ha dicho alguno de sus admiradores, empleando una hipérbole
-extravagante, que en el <span class="smcap">Paraíso perdido</span>
-tenemos un libro de ciencia universal. Y sin embargo, no es esto
-cierto: no hay medio de suplir a lo que de suyo es insuficiente, y
-siempre hallaremos un vacío en la falta de interés humano. El <span
-class="smcap">Paraíso perdido</span> es uno de esos libros que asombran
-al lector, pero que una vez cerrados, no suelen volverse a abrir. Se
-cree uno obligado a conocerlo, mas no halla deleite en él; leemos a
-Milton para instruirnos; le cerramos fatigados y como rendidos, y
-volvemos la vista a otra parte para distraernos; nos alejamos del
-maestro, y vamos en busca de nuestros amigos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_253">p. 253</span>Otro inconveniente
-del asunto elegido por Milton es que requiere la descripción de cosas
-que no pueden describirse, los actos de los espíritus. No se le
-ocultaba que lo inmaterial no es susceptible de imágenes, y que no
-podía presentar a los ángeles sino como instrumentos de acción, por lo
-cual les atribuyó forma y materia. Esto, como necesidad al cabo, era
-defendible, y hubiera ganado mucho su plan no poniendo lo inmaterial
-a la vista del lector, sino interesándole más con el artificio de
-ocultárselo y obligarle a que lo dedujese él mismo de sus pensamientos.
-Pero desgraciadamente confundió lo poético con lo filosófico: sus
-personajes infernales y celestiales unas veces son espíritus puros, y
-cuerpos animados otras. Cuando Satán, armado con su lanza, recorre la
-abrasada tierra, es figura corporal; cuando al tender su vuelo entre el
-infierno y el nuevo mundo, se ve en peligro de perderse en el vacío,
-y halla un apoyo en los vapores que se desprenden de la profundidad,
-tampoco puede dudarse de que es corpóreo; cuando anima el cuerpo del
-reptil, parece ser un espíritu que se infiltra según le place en la
-materia; cuando se levanta erguido como un coloso, tiene por lo menos
-una forma determinada; y cuando es conducido a la presencia de Gabriel
-con su espada y con su escudo, bien hubiera podido ocultar estas armas
-dentro de la serpiente, por más que fuesen materiales las de que para
-combatir se servían los ángeles.</p>
-
-<p>Los vulgares habitantes del <i>Pandemonium</i>, que eran espíritus
-incorpóreos, a pesar de ocupar tan vasta extensión y de su infinito
-número, se veían reducidos a un limitado espacio; y en la batalla,
-cuando quedan aplastados por las montañas, las armas se les introducen
-por los cuerpos, y sus padecimientos son mayores porque con el
-pecado su sustancia se ha dilatado más y héchose más sensible. Esto
-acontecía a ángeles incorruptibles, cuyas armas contribuían a su mayor
-derrota, pues sin ellas, como espíritus que eran, hubieran salido
-ilesos, contrayéndose o desapareciendo; y aun como espíritus, serían
-espirituales a medias, porque la contracción y el movimiento son
-propiedades de la materia; pero sin el embarazo de la armadura nada
-hubiera quedado de ellos, y hubiera recibido los golpes la materia que
-los cubría. Cuando Uriel desciende en un rayo de Sol, es corpóreo, y
-corpóreo también Satán cuando teme que Adán pruebe en él su esforzado
-aliento.</p>
-
-<p>La mezcla de espíritu y materia que resulta en la narración de la
-guerra celeste es una verdadera incongruencia, y el libro que a ella se
-refiere, es a mi juicio el favorito de los estudiantes, y el que más
-pronto olvidan según van adquiriendo gusto y conocimientos.</p>
-
-<p>Después de la intervención de los agentes inmateriales, sobre que
-no debe insistirse más, entra la de los personajes alegóricos, que no
-tienen existencia real. El poner en relieve las causas por medio de
-estos otros agentes, el atribuir una forma dada a las ideas abstractas
-y comunicarles animación y vida, ha sido siempre privilegio de la
-poesía; pero la mayor parte de esos seres ideales luego que representan
-su papel natural, no vuelven a figurar. Así la Fama cuenta proezas, y
-la Victoria corona a un general o sigue tal estandarte, pero ni una
-ni otra pueden hacer más: darles una existencia real o atribuirles
-una intervención material, es despojarlos de su carácter alegórico, o
-atormentar al entendimiento para que suponga efectos irrealizables.
-En el <i>Prometeo</i> de Esquilo vemos la <i>Violencia</i> y la
-<i>Fuerza</i> y en el <i>Alcestes</i> de Eurípides la <i>Muerte</i> que
-se presentan en la escena y toman parte en la acción como personas del
-drama; pero no hay ejemplo alguno que pueda justificar un absurdo.</p>
-
-<p>La Muerte y el Pecado, alegorías de Milton, seguramente son
-personificaciones falsas. El<span class="pagenum" id="Page_254">p.
-254</span> Pecado es la madre de la Muerte y puede muy bien ser portero
-del Infierno; pero cuando detienen en su viaje a Satán, viaje que se
-describe como verdadero, y cuando la Muerte le provoca a combate, no
-es ya posible la alegoría. Que el Pecado y la Muerte hubiesen mostrado
-el camino del Infierno, nada tenía de extraño; lo inverosímil es que
-allanen el camino construyendo un puente, porque los obstáculos que
-encuentra Satán se pintan como reales y materiales, y el puente no
-puede ser más que imaginado. El Infierno, morada de los espíritus
-rebeldes, se localiza tan puntualmente como la mansión del Hombre.
-Está situado en cierta región lejana del espacio, separado de aquellas
-donde reinan la armonía y el orden por medio del inmenso vacío que
-llena el Caos; pero el Pecado y la Muerte levantan una enorme mole de
-rocas amasadas con asfalto; obra demasiado sólida para arquitectos tan
-ideales.</p>
-
-<p>Esta desmañada alegoría es, a mi juicio, uno de los mayores defectos
-del poema, defecto que no tiene disculpa, porque consiste en la opinión
-que el autor se había formado de la belleza de su obra.</p>
-
-<p>También en cuanto a la narración en sí, hay algo en qué reparar.
-Satán es conducido en el Paraíso con sobrada lentitud a la presencia de
-Gabriel, y se le deja ir muy tranquilamente. La creación del Hombre se
-supone una consecuencia del vacío que había quedado en el Cielo por la
-expulsión de los ángeles rebeldes, y Satán hace mención de ella como de
-un rumor que corría por el cielo antes de su caída.</p>
-
-<p>Difícil era en verdad hallar sentimientos que correspondiesen al
-estado de la inocencia, y sin embargo, de vez en cuando algunos suelen
-anticiparse. El discurso que Adán se forja entre sueños no parece
-muy propio de un ser nuevamente creado. Tampoco hallo gran propiedad
-en su respuesta al Ángel cuando este le reprende por la curiosidad
-que muestra: es el razonamiento de un hombre que conversa con otros
-hombres. Hubieran podido omitirse algunas nociones filosóficas, y
-sobre todo de falsa filosofía; así como que en una comparación hable,
-el Ángel del tímido ciervo, cuando el ciervo no era todavía tímido, y
-antes de que Adán pudiera comprender la comparación.</p>
-
-<p>Observa Dryden que en medio de su sublimidad, Milton peca de
-hinchado a veces; lo cual quiere decir que adolece de desigualdad.
-En toda obra hay una parte que necesariamente depende de las demás:
-un palacio no puede estar sin galerías, ni se da un poema sin
-transiciones. Por demás sería exigir que el ingenio esté siempre
-a la misma altura, como si pretendiéramos que el sol se mantenga
-constantemente en el mediodía. En las grandes obras hay cierta
-alternativa de partes luminosas y opacas, como en el mundo se suceden
-el día y la noche. Después de recorrer los ámbitos del cielo, no debe
-parecer mal que descienda Milton a contemplar la tierra; porque ¿qué
-otro autor se ha remontado nunca a tanta altura, ni ha sabido sostener
-su vuelo por tanto tiempo?</p>
-
-<p>Tan empapado estaba en los poetas italianos, que con mucha
-frecuencia se valía de ellos; y como todos aprendemos algo de los
-demás, su afán por imitar la ligereza de Ariosto le sugirió la
-malhadada imitación del <i>Paraíso de los Locos</i>; invención que no
-carece en sí de mérito, pero demasiado ridícula para ingerida donde se
-halla.</p>
-
-<p>Sus juegos de palabras, de que abusa en demasía, sus equivocaciones,
-que Bentley procura disculpar con el ejemplo de los antiguos; y
-el empleo innecesario que con tan poco gusto hace del tecnicismo
-artístico, no hay para qué detenerse a mencionarlos, porque
-fácilmente<span class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span> se
-advierten y han sido generalmente censurados, además de que guardan tan
-pequeña proporción con el conjunto, que apenas llaman la atención de
-los críticos.</p>
-
-<p>Tales son los defectos del admirable poema del <span
-class="smcap">Paraíso perdido</span>. El que pretenda valerse de ellos
-para que sirvan de contrapeso a sus innumerables bellezas, no mostrará
-tanta imparcialidad ni celo, como ruindad y escasez de juicio, y
-merecerá, no que se le censure por su cándida intención, sino que se le
-compadezca por su falta de sensibilidad.</p>
-
-
-<h4>DE BLAIR</h4>
-
-<p>Milton se trazó a sí mismo un rumbo nuevo y extraordinario en la
-poesía. Apenas abrimos su <span class="smcap">Paraíso perdido</span>
-nos sentimos trasladados a un mundo invisible, y rodeados de seres
-tan pronto celestes como infernales. Los ángeles y demonios no son la
-máquina, sino los principales actores de su poema; y lo que en otra
-composición cualquiera sería maravilloso, en esta se reduce a un curso
-natural de acontecimientos. Un asunto tan ajeno a los intereses de este
-mundo puede dar fundamento a los aficionados a discusiones materiales,
-para dudar de si el <span class="smcap">Paraíso perdido</span> debe
-propiamente contarse entre los poemas épicos. Califíquese como
-quiera, es uno de los más sublimes esfuerzos del genio poético, y en
-condiciones tan características del poema épico como la majestad y la
-sublimidad, igual al más excelente que merezca esta denominación.</p>
-
-<p>Hasta qué punto anduvo acertado el autor en la elección de su
-argumento, es muy cuestionable: desde luego puede decirse que ofrece
-grandes dificultades. A ser de índole más humana y menos teológica,
-más en conexión con las vicisitudes de la vida, con la manifestación
-de los caracteres y las pasiones de los hombres, quizá sería este
-poema, al menos para la generalidad de los lectores, más agradable e
-interesante. Pero el asunto se acomodaba perfectamente a la sublime
-grandeza de su talento; solo él podía ponerse a su altura; y al llevar
-a cabo tan arduo empeño, mostró una fuerza tal de imaginación y de
-invención, que verdaderamente es maravillosa. Admira, en efecto, que de
-la escasa materia que la Sagrada Escritura le ofrecía, sacase una obra
-tan completa y tan regular en todas sus partes, y acumulase en su poema
-tantos y tan variados incidentes. Hay en él trozos áridos e ingratos;
-ocasiones hay en que el autor, más que poeta, parece un metafísico o un
-teólogo; pero el conjunto de la composición es interesante; sorprende
-y embelesa la imaginación, y seduce y conmueve más, a medida que se
-adelanta en su lectura, lo cual seguramente prueba gran mérito en una
-composición épica. La artificiosa variedad de objetos, y la escena que
-colocada tan pronto en la tierra, como en el infierno o en el cielo, no
-llega a hacerse monótona, producen, juntamente con la unidad de plan,
-un todo tan armónico como perfecto. ¡Qué dulce, qué tranquilamente
-respiramos con Adán y Eva en el Paraíso! ¡Con qué atención seguimos a
-Satán en su empresa, con qué ansiedad presenciamos el combate de los
-ángeles en el cielo! La inocencia, la pureza, la ternura de nuestros
-primeros padres al lado del orgullo y ambición de Satán, ofrecen un
-bello contraste que domina en todo el poema: únicamente la conclusión
-es demasiado trágica para un poema épico.</p>
-
-<p>La naturaleza del asunto no admite gran desarrollo en los
-caracteres; pero tales como se pintan, se sostienen y hacen muy
-agradables por su propiedad. Satán, en particular, es una<span
-class="pagenum" id="Page_256">p. 256</span> figura gigantesca, y el
-carácter mejor trazado de todo el poema. Milton no le representa
-conforme a la idea que tenemos de un espíritu infernal, sino que
-se propuso darle cierta apariencia humana, es decir, mixta, y no
-enteramente exenta de buenas cualidades. Es valeroso y fiel para con
-los suyos; en medio de su impiedad siente algunos remordimientos; hasta
-se muestra algo compadecido de nuestros primeros padres, y se disculpa
-del daño que les ocasiona con la necesidad de su situación. Obra por
-ambición y despecho, más bien que por natural malicia: en una palabra,
-no es peor que muchos conspiradores o jefes de partido de los que
-figuran en la historia. Los diferentes caracteres de Belzebú, Moloc y
-Belial, están pintados de mano maestra en las elocuentes arengas que
-pronuncian en el libro segundo. En cuanto a los ángeles buenos, aunque
-no carecen de dignidad y propiedad, tienen un colorido más uniforme
-que los espíritus infernales, a pesar de que la nobleza de Miguel, la
-afable condición de Rafael y la inquebrantable fidelidad de Abdiel,
-constituyen diferencias muy características. El empeño de presentar a
-Dios en el esplendor de su omnipotencia y de referir los diálogos que
-median entre el Padre y el Hijo, era demasiado grave y difícil, y fue
-en el que, como debía presumirse, quedó más deslucido nuestro poeta.
-Pero los caracteres verdaderamente humanos, la inocencia y amor de
-nuestros primeros padres, están pintados con sumo acierto y delicadeza.
-En algunos de sus diálogos con Rafael y Eva, Adán se muestra sobrado
-discreto y culto, atendida su situación; en Eva se advierte más verdad:
-su gracia, su modestia y su fragilidad son exactamente las de la
-mujer.</p>
-
-<p>La cualidad más relevante y grande de Milton, es la sublimidad.
-En ella quizá sobrepuja a Homero, y en cuanto a Virgilio y los
-demás poetas posteriores a él, no cabe duda alguna respecto a
-su inferioridad. Los dos libros, primero y segundo del <span
-class="smcap">Paraíso perdido</span> son una no interrumpida muestra
-del género sublime. La vista del infierno y sus debeladas huestes, la
-apariencia y aspecto de Satán, el consejo de los caudillos infernales y
-el caos donde se lanza Satán para arribar a las playas de este mundo,
-forman otros tantos pensamientos sublimes que no ha concebido jamás
-la fantasía de ningún poeta. Ni carece tampoco de grandeza el sexto
-libro, particularmente en la aparición del Mesías, sin que por eso
-deje de haber en él algo de censurable y aun de indisculpable, como
-los sarcasmos de los demonios al ver los efectos de la artillería.
-La sublimidad de Milton es de diferente género que la de Homero; la
-de Homero es por lo general brillante e impetuosa; la de Milton más
-grandiosa y reposada; Homero nos entusiasma y arrastra; Milton nos
-deslumbra y arrastra más; el uno es más sublime en la descripción
-de los hechos; el otro en la de los objetos de suyo grandes y
-maravillosos.</p>
-
-<p>Pero aunque Milton se distinga realmente tanto por su sublimidad,
-hay muchas bellezas, muchos cuadros dulces y deliciosos en toda su
-obra. Las escenas que pasan en el Paraíso están llenas de imágenes
-risueñas y encantadoras; sus descripciones son hijas de una fecundísima
-imaginación, y en los símiles se muestra casi siempre muy feliz, aunque
-alguna vez pequen de impropiedad, y pocas y muy raras sean o triviales
-o de mal gusto. En lo general nos ofrece imágenes tomadas de objetos
-sublimes o bellos, y si de algún defecto se resienten es de aludir a
-menudo a conocimientos científicos o a las fábulas de la antigüedad. La
-última parte del <span class="smcap">Paraíso perdido</span> preciso es
-confesar que decae algún tanto: parece que el genio de Milton participa
-del desfallecimiento de nuestros primeros padres. Rasgos, sin embargo,
-muy<span class="pagenum" id="Page_257">p. 257</span> bellos del género
-trágico se hallan en los postreros libros, como el remordimiento y
-contrición de los dos culpables; y afectos conmovedores, como su
-despedida al Paraíso, cuando se ven obligados a abandonarlo. El último
-episodio del Ángel, que refiere a Adán la suerte de su posteridad,
-está felizmente ideado, aunque a trechos sea algún tanto lánguida la
-ejecución.</p>
-
-<p>El lenguaje y versificación de Milton son de primer orden. Su estilo
-es altamente majestuoso y apropiado al asunto. El verso suelto es
-armonioso y vario, y ofrece el más perfecto ejemplo de la elevación
-que es capaz de alcanzar nuestra lengua en la poesía. No se sucede
-acompasadamente como el verso francés, en alterna, regular y uniforme
-melodía, que frecuentemente fatiga el oído, sino que es dulce, fluido
-y muchas veces enérgico, vario en su cadencia y mezclado con algunos
-sonidos desacordes, como conviene al vigor y libertad de la composición
-épica. De vez en cuando se tropieza con alguno prosaico y descuidado,
-pero en obra tan larga, y en lo general tan armoniosa, bien pueden
-perdonarse tan pequeñas faltas.</p>
-
-<p>En suma, es el <span class="smcap">Paraíso perdido</span> un poema
-que abunda en perfecciones de todo género, y que con razón ha dado a su
-autor una fama no inferior a la de ningún otro poeta, a pesar de que
-tengamos que reconocer en él algunos lunares; que es propiedad de todos
-los grandes genios no ser siempre uniformes ni correctos. Da Milton
-con frecuencia en la teología y la metafísica; suele ser duro en su
-lenguaje; suele usar de voces técnicas y hacer gala de su erudición;
-pero muchos de sus defectos deben atribuirse a la época en que vivió.
-La fuerza y seguridad que ostentaba su genio, estaba, a nivel de lo
-más grande que se conoce; y si a veces se muestra inferior a sí mismo,
-otras se eleva sobre todos los poetas del antiguo y del nuevo mundo.</p>
-
-
-<h4>DE LORD OXFORD</h4>
-
-<p>Si el Rafael, el Satán y el Adán de Milton tienen tanta dignidad
-como el Apolo de Belvedere, su Eva ostenta toda la gracia de
-la Venus de Médicis, y su descripción del Edén el colorido de
-Albano. Su ternura inspira siempre ideas tan graciosas como las
-Madonas de Guido, y las tres gracias pueden denominarse el <span
-class="smcap">Allegro</span>, el <span class="smcap">Penseroso</span>
-y <span class="smcap">Comus</span>. Rebosaba su alma en poesía, en
-sentimiento y en entusiasmo, y aprovechaba todas estas cualidades
-estudiando los mejores modelos. Así preparado, dio rienda suelta a su
-genio, que era demasiado impetuoso y sublime para dejarse aprisionar
-por el mecanismo de la rima, que si alguna vez le embarazaba para
-expresar todo lo que sentía, con más frecuencia le obligaba a añadir
-trivialidades que contribuían a que cobrase mayor aliento.</p>
-
-
-<h4>DE HAYLEY</h4>
-
-<p>El entusiasmo era la cualidad predominante en la imaginación
-de Milton. En política le había llevado a ser crédulo con sobrada
-generosidad, y a veces demasiado rigorosamente decidido; pero en poesía
-le exaltaba a un grado tal de sublimidad, que nadie ha podido excederle
-en ella, ni es probable que llegue nadie a sobrepujarle; pues aunque
-en todas las<span class="pagenum" id="Page_258">p. 258</span> artes
-haya sin duda grados de perfección a que ningún mortal ha llegado aún,
-se requiere tal conjunto de dotes, unas dependientes de la naturaleza,
-otras de la fortuna, en un grande artista de cualquier género que
-sea, que el mundo no tiene motivo alguno para esperar producciones
-de un genio poético superior al del <span class="smcap">Paraíso
-perdido</span>. En él se ve la vigorosa y aguda originalidad de
-concepción que caracterizaba la inteligencia de Milton, y le hacía
-merecedor del más alto concepto; y así no solamente es digno nuestro
-autor de aplauso por haber ensanchado y ennoblecido la esfera de la
-poesía épica, sino de otro título mayor a nuestra gratitud, el de
-fundador del nuevo y encantador arte inglés, que tanta gloria ha dado a
-nuestro país.</p>
-
-<p>Con justo encomio, pues, y con las más sinceras y felices
-expresiones han rendido un tributo de admiración a Milton, el elegante
-historiador de nuestra moderna jardinería lord Oxford, y los dos
-consumados poetas de Francia y de Inglaterra, De Lille y Mason,
-al celebrar su mérito y proclamarle como el benéfico genio que ha
-granjeado al mundo la más joven y amable de las artes.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>No sería justo ni honroso para el mérito de un poeta como Milton
-terminar las precedentes observaciones sobre su inmortal obra, sin
-observar que el libro sexto ha sido quizá juzgado con excesiva
-severidad. En la brillante y animada crítica que de él ha hecho
-Johnson, lo ha calificado como muy a propósito para ser «el favorito de
-los estudiantes.» Pero Mr. Hayley elocuentemente replica que «hasta la
-imaginación puede menospreciar una lógica austera, creyéndola facultad
-estudiantil, pero a los que gozan aun con sus desvaríos, lícito les
-es complacerse en su deleite. Ningún lector de verdadero instinto
-poético se ha fijado jamás en el sexto libro sin sentir una especie
-de embeleso, que bien puede condenar un ceñudo lógico, pero que nada
-perdería en llegar a participar de él.» Tampoco puede decirse del
-<span class="smcap">Paraíso perdido</span> que «se cree uno obligado a
-conocerlo, mas no halla deleite en él;» ni que «leemos a Milton para
-instruirnos, le cerramos fatigados y como rendidos, y volvemos la
-vista a otra parte para distraernos.» No hay tal: prestemos atención
-a su canto, y tal vez experimentaremos la misma sensación que nuestro
-padre Adán cuando después de oír la revelación del Ángel, quedó tan
-embebecido y suspenso, que por algún tiempo le estuvo atento, creyendo
-que seguía hablándole, y que todavía llegaban sus palabras a sus
-oídos.</p>
-
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch2_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_259">p. 259</span></p>
- <p class="centra">EL</p>
- <h2 class="nobreak fs175 mt05" title="EL PARAÍSO RECOBRADO">PARAÍSO RECOBRADO<a id="FNanchor_152" href="#Footnote_152" class="fnanchor">[152]</a></h2>
- <p class="centra fs60 ws1 mt15">TRADUCIDO POR</p>
- <p class="centra ws1 mt1">ENRIQUE LEOPOLDO DE VERNEUILL</p>
- <hr class="tir" />
- <h3 class="junto">LIBRO PRIMERO</h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra g0">ARGUMENTO</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>El asunto de esto libro comienza por la invocación al Espíritu
- Santo. El poema representa en primer lugar a Juan bautizando en el
- Jordán: llega Jesús, que recibe a su vez las aguas del bautismo; y
- es reconocido como Hijo de Dios, no solo por la bajada del Espíritu
- Santo, sino también por una voz del cielo. Al ver esto Satán, que
- se halla presente, remóntase al momento a las regiones etéreas,
- donde reuniendo a sus infernales consejeros, les manifiesta sus
- temores de que Jesús sea aquella semilla de la mujer, destinada a
- aniquilar todo su poderío. Al propio tiempo les indica la urgente
- necesidad de averiguar la certeza del hecho, intentando, por medio
- de lazos y engaños, combatir y exterminar al Hombre de quien tanto
- deben temer. Satán se brinda a acometer por sí solo tamaña empresa,
- y aceptado su ofrecimiento, se pone en marcha para llevar a cabo su
- cometido. Dios, entre tanto, rodeado de su corte celestial, anuncia
- que ha resuelto someter a su Hijo a las tentaciones de Satán; pero
- predice que el tentador sufrirá la más completa derrota, lo cual
- celebran los ángeles, entonando un himno de triunfo. Jesús es
- conducido por el Espíritu al desierto, cuando pensaba en el principio
- de su elevada misión de Salvador de la humanidad: sumido en sus
- meditaciones, refiere, en un soliloquio, cuán divinos y generosos
- impulsos había experimentado desde su más tierna juventud, y cómo
- su madre, María, al observar en él tales disposiciones, le dio a
- conocer las circunstancias de su nacimiento, revelándole que era
- nada menos que el Hijo de Dios. Indica luego lo que sus propios
- estudios y reflexiones le habían sugerido en confirmación de esta
- gran verdad, fundándose particularmente en el reciente testimonio que
- acababa de recibir en el Jordán. Nuestro Señor pasa cuarenta días
- ayunando en el desierto, donde las fieras se humillan a su presencia,
- mostrándose inofensivas. Satán aparece después bajo la forma de
- un anciano campesino, y entabla conversación con nuestro Señor;
- manifiéstale su extrañeza por verle solo en tan peligroso sitio, y
- al propio tiempo aparenta recordar que él es la persona reconocida
- en el Jordán como Hijo de Dios. Jesús contesta lacónicamente: Satán
- le replica, enumerando las dificultades que ofrece vivir en el
- desierto; y excítale a manifestar su divino poder, si es realmente
- Hijo de Dios, trasformando algunas piedras en pan. Jesús reprueba
- su proceder, y le dice que ya sabe quién es. Satán se da entonces a
- conocer, y procura disculpar su conducta con una artificiosa defensa;
- pero nuestro Señor le reprende severamente, refutando todos los
- puntos de su justificación. Satán, con aparente humildad, intenta
- todavía sincerarse; finge admirar a Jesús por su virtud, y le pide
- permiso para conversar con él en otra ocasión, a lo cual contesta
- el Señor que obre según el permiso del Cielo. Desaparece entonces
- Satán, y termina el libro con una breve descripción de la noche en el
- desierto.</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Yo, que en otro tiempo canté el feliz jardín, perdido por la
-desobediencia de un hombre, voy a cantar ahora el Paraíso, recobrado
-para la humanidad entera por la firme obediencia de aquel que a rudas
-pruebas sometido por todo género de tentaciones, humilló al tentador,
-frustrando sus asechanzas, y convirtió en Edén el salvaje desierto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_260">p. 260</span>¡Oh tú! celeste
-Espíritu, que al glorioso eremita condujiste al desierto, futuro campo
-de su victoria, para combatir al Enemigo; y le llamaste a ti cuando
-hubo dado irrecusables pruebas de ser el Hijo de Dios: inspírame como
-solías hacerlo, que sin ti enmudeciera mi improvisado canto. Condúceme
-a las alturas o a los profundos abismos del universo todo; préstenme
-apoyo tus favorables alas, para que pueda referir actos en alto grado
-heroicos, que aunque secretos y relegados al olvido durante tantos
-siglos, no menos dignos son de haberse cantado ha mucho tiempo.</p>
-
-<p>Ya el gran Precursor, con voz más imponente que el sonido de la
-trompeta, proclamaba el arrepentimiento, anunciando que el reino de
-los cielos estaba al alcance de todos cuantos recibieran el bautismo:
-poseídos de religioso temor, los habitantes de las comarcas vecinas
-acudían en tropel para ser bautizados; y con ellos llegó desde Nazaret
-a las orillas del Jordán, aquel que pasaba por hijo de José. Oscuro se
-presentaba entonces, desconocido y sin llamar la atención de nadie;
-pero avisado San Juan Bautista, por conducto divino, reconociole al
-punto como superior, más digno que él de alabanzas; y hasta hubiera
-querido resignar en sus manos su santo ministerio. No tardó en
-confirmarse este testimonio: entreabriose la celeste bóveda sobre el
-que acababa de ser bautizado, y descendió el Espíritu en figura de
-paloma; mientras que la voz del Padre proclamaba desde el empíreo
-que aquel era su muy amado Hijo. Oídas fueron estas palabras por el
-Enemigo, que vagando todavía por la tierra, no debía ser el último en
-acudir a tan famosa reunión; y consternado al escuchar la voz divina,
-contempló unos momentos con asombro al hombre glorificado a quien se
-acababa de dar tan augusto título. Poseído entonces de envidia y de
-rabia, emprende su vuelo a través de los aires, sin detenerse hasta
-llegar a su imperio; convoca a consejo a todos sus poderosos próceres,
-sombrío consistorio rodeado por diez capas de negras y espesas nubes;
-y una vez en medio de ellos, con miradas de temor y abatimiento,
-dirígeles estas palabras:</p>
-
-<p>«¡Oh antiguas potestades del aire y de este inmenso mundo! (pues
-pláceme mucho más hablaros del aire, nuestra primitiva conquista, que
-recordar el infierno, nuestra odiosa morada); bien sabéis cuántos
-siglos hace, para nosotros como los años de los hombres, que hemos
-poseído este universo, gobernando a nuestro antojo los asuntos de la
-tierra, desde que Adán y su fácil consorte Eva, engañados por mí,
-perdieron el Paraíso. Con temor esperaba yo, no obstante, la hora en
-que la semilla de Eva asestaría contra mi cabeza este golpe fatal.
-Tardía es la ejecución de los decretos del cielo, pues el más largo
-período es corto para él; y ahora, demasiado pronto para nosotros,
-por la sucesión de las horas ha llegado el temido momento en que
-debemos sufrir las consecuencias de la remota amenaza. Preciso es
-ante todo parar el golpe, si es que podemos, so pena de ver derrocado
-todo nuestro poderío, perdida nuestra independencia, y el derecho de
-residir en este hermoso imperio del aire y de la tierra, conquistado
-por nosotros. Malas noticias os traigo: de mujer ha nacido últimamente
-el vástago destinado a combatirnos. Fundado motivo nos dio ya su
-nacimiento para abrigar temores; pero ahora, llegado a la flor de la
-juventud, dotado de todas las virtudes, de gracia y de sabiduría, para
-llevar a cabo las más altas misiones, redobla justamente mi recelo.
-Un gran profeta, que a guisa de heraldo le precede, a fin de anunciar
-su llegada, llama a todo el mundo; y pretende lavar los pecados en
-el consagrado río, para preparar a sus neófitos, así purificados, a
-recibir a ese hombre sin mancha, o más bien, a<span class="pagenum"
-id="Page_261">p. 261</span> honrarle como a su Rey. Todos acuden, y él
-mismo, entre ellos, fue bautizado, no con el fin de purificarse más,
-sino para recibir el testimonio del Cielo, y que no puedan dudar ya las
-naciones de su divino carácter. Yo vi al profeta acogerle con respeto;
-vi que al salir del agua, abría el cielo por cima de las nubes sus
-puertas de cristal; inmaculada paloma bajó entonces sobre su cabeza;
-y oí la voz soberana pronunciar desde el Empíreo estas palabras: «Ese
-es mi Hijo muy amado, con quien estoy complacido.» Vemos, pues, que su
-madre es mortal; pero su Padre ocupa el trono del cielo; y ¿qué no hará
-para favorecer a su único Hijo? Conocémosle ya, y harto comprendimos
-su fuerza cuando su terrible trueno nos lanzó a las profundidades.
-Averiguar debemos quién es Aquel, pues hombre parece por todas sus
-facciones, aunque resplandezcan en su rostro los rayos de la gloria de
-su Padre. Ya lo veis; el peligro es inminente y no permite que entremos
-en largas discusiones: debemos oponerle al punto un grave obstáculo
-(no por la fuerza, sino por una refinada astucia, por una trama bien
-urdida), antes que a la cabeza de las naciones aparezca como su rey,
-su jefe, el dueño supremo de la tierra. En otro tiempo, cuando nadie
-se atrevía, yo solo acometí la arriesgada empresa que tenía por objeto
-descubrir el paradero de Adán y perderle; y entonces llevé a cabo
-felizmente mi ardua misión. El viaje que debo emprender hoy os menos
-peligroso; y hallado ya una vez el buen camino, de esperar es que el
-éxito me favorezca de nuevo.»</p>
-
-<p>Calló Satán, y sus palabras, honda sorpresa causaron en el infernal
-concurso, abatido y consternado por tan infaustas nuevas; mas no era
-ya tiempo de discurrir sobre su despecho y sus temores. Unánimes
-todos, confiaron la dirección de tan delicada empresa, a su gran
-dictador, cuyo primer ataque contra la humanidad había contribuido tan
-poderosamente a la pérdida de Adán; y que desde las profundas bóvedas
-de las cavernas infernales condujo a sus cómplices a la región de la
-luz, donde eran gobernadores, potentados, monarcas, y hasta dioses de
-muchos grandes reinos y vastas provincias.</p>
-
-<p>Así el Enemigo, escudado con todas las astucias de la serpiente,
-dirige sus ligeros pasos a las orillas del Jordán, donde quizás
-encuentre al Mesías nuevamente anunciado, a este hombre de los hombres,
-reconocido como Hijo de Dios. Contra él debe poner en juego todos
-sus ardides y medios de seducción, a fin de subvertir al que, según
-sospecha, ha sido enviado a la tierra para poner fin al reinado de que
-tanto tiempo disfrutara. Inútiles fueron sus esfuerzos, pues muy por el
-contrario, contribuyó a realizar el designio concebido, preordenado y
-decretado por el Altísimo, que en medio de su corte celestial dirigió a
-Gabriel con benevolencia las siguientes palabras:</p>
-
-<p>«Ya verás hoy claramente, Gabriel, tú y todos los ángeles que en
-asuntos humanos se interesan, cómo comienzo a realizar lo predicho
-en aquel solemne mensaje, que en otro tiempo te di para la casta
-virgen de Galilea, anunciándola que daría a luz un hijo de gran
-renombre, el cual debía llamarse Hijo de Dios. Entonces la dijiste
-para disipar sus dudas de que tales cosas sucediesen, que el Espíritu
-Santo bajaría sobre ella, y que la virtud del Altísimo la protegería
-con su sombra. A ese hijo, adulto ahora, es al que voy a exponer a
-las asechanzas de Satán, para demostrar que es digno de su divino
-nacimiento y de tan gloriosa predicción. Que le tiente; y al efecto,
-que ponga en juego todos sus más sutiles artificios, ya que entre la
-turba de sus cómplices se jacta y vanagloría de su refinada astucia.
-Debió haber aprendido, sin embargo, a ser menos arrogante desde que
-fracasaron sus tentativas contra Job, cuya firme<span class="pagenum"
-id="Page_262">p. 262</span> perseverancia se sobrepuso a cuantos males
-inventar pudiera su cruel malicia. Ahora sabrá que puedo producir
-un hombre, de mujer nacido, mucho más capaz de resistir a todas sus
-tentaciones y a su inmensa fuerza, y de precipitarle nuevamente en el
-infierno, recobrando así por conquista lo que el primer hombre perdió,
-por la astucia sorprendido. Pero ante todo me propongo ejercitarle en
-el desierto; allí hará sus primeras pruebas para prepararse a la gran
-lucha que él solo ha de empeñar, antes de enviarle a vencer, con su
-propia humildad y penosos sufrimientos, al pecado y a la muerte, estos
-dos grandes enemigos. Su debilidad triunfará de la fuerza de Satán,
-y del mundo entero, y de esta masa de carne pecadora; para que sepan
-todos los ángeles y celestes potestades, y comprenda después la raza
-humana, de qué excelsa virtud he dotado a este hombre perfecto, por su
-mérito llamado mi Hijo, para alcanzar la salvación de todos los hijos
-de los hombres.»</p>
-
-<p>Así habló el Padre Eterno, y toda la celeste corte enmudeció de
-admiración un instante, prorrumpiendo en armoniosos himnos; formáronse
-celestiales danzas alrededor del trono, y entonaron los coros el
-siguiente cántico:</p>
-
-<p>«Victoria por el Hijo de Dios, que ahora empeña su grandioso
-vuelo para vencer las astucias infernales, no con las armas sino con
-la sabiduría. El Padre conoce al Hijo, y por eso expone sin temor
-su virtud filial, aunque no probada todavía, contra todo lo que
-pueda tentar, seducir, halagar o atemorizar. ¡Con ella frustrará
-todas las estratagemas del infierno, inutilizando sus diabólicas
-maquinaciones!»</p>
-
-<p>Así resonaban en el cielo los himnos y cánticos de la corte
-celestial.</p>
-
-<p>Entre tanto el Hijo de Dios, que algunos días antes había pasado
-a vivir a Bathabara, donde Juan confería el bautismo, meditaba y
-buscaba en su espíritu la mejor manera de acometer la grandiosa misión
-de Salvador de la humanidad, ideando de qué modo daría principio al
-divino ministerio para el cual ya estaba preparado. Paseándose un día
-solo, fue conducido por el Espíritu, e impelido por sus profundas
-meditaciones, a una soledad apartada de toda huella humana, y la más a
-propósito para reflexionar. Sucediéndose sus pensamientos, y un paso
-tras otro, penetró al fin en el salvaje desierto, que se extendía en
-la frontera; y allí, rodeado por do quier de ásperas sombras y peladas
-rocas, prosiguió de este modo sus santas meditaciones:</p>
-
-<p>«¡Oh, qué cúmulo de pensamientos se agolpan a la vez a mi espíritu
-cuando considero lo que siento en mi interior, y al escuchar lo que a
-mis oídos llega desde fuera, tan poco conforme todo con mi presente
-estado! Siendo todavía un niño, ningún juego de la infancia tenía
-encanto para mí; todo mi espíritu se fijaba seriamente en aprender
-y saber, a fin de practicar luego cuanto pudiese contribuir al bien
-público. Creíame yo nacido para este fin, para propagar toda verdad,
-para promover toda acción loable; y por eso leí la ley de Dios en mis
-infantiles años; y me pareció tan admirable, que constituía todas mis
-delicias. Así logré adquirir tal sabiduría, que antes de cumplir los
-doce años, en la época de nuestra gran fiesta, habiendo entrado en el
-templo para oír a los doctores de la ley y proponerles cuestiones que
-pudieran ilustrar mis conocimientos o los suyos, fui de todos admirado.
-Empero, no era esto todo a lo que yo aspiraba; ardía en deseos de
-llevar a cabo sublimes actos, hechos heroicos: unas veces ideaba librar
-a Israel del romano yugo, y otras domeñar y reprimir en toda la tierra
-la violencia brutal y el orgullo de los tiranos poderosos, hasta que
-la verdad fuese libre y se restableciera la equidad. Sin embargo,
-pareciome más humano, y más glorioso a la vez, conquistar<span
-class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span> primero con benévolas
-palabras los corazones bien dispuestos; y hacer por la persuasión lo
-que se consigue con el temor. Resolví, en fin, dirigir y enseñar a
-las almas extraviadas, a las que no pecan voluntariamente, sino por
-ignorancia; y someter tan solo a las rebeldes. Pronto se apercibió
-mi madre de que alimentaba tales ideas, pues harto se traducían de
-vez en cuando por mis palabras; y regocijada interiormente, llamome
-aparte y me dijo: “Nobles son tus pensamientos, hijo mío; pero debes
-conservarlos y procurar su desarrollo hasta que alcancen esa sublimidad
-a que pueden elevarlos la santa virtud y el mérito, por grande que sea
-el modelo que tienes en el Altísimo. Imita a tu incomparable Maestro,
-practicando actos superiores a los de todo hombre, pues sábelo, no
-eres hijo de ningún mortal, por más que las gentes te crean de oscuro
-nacimiento. Tu Padre es el Rey eterno, que gobierna todo el cielo y
-la tierra, los ángeles y los humanos. Un enviado de Dios predijo tu
-nacimiento, anunciando que serias concebido en mí, aunque virgen;
-pronosticó también que serias poderoso, que ocuparías el trono de
-David, y que tu reino no tendría fin. Cuando tú naciste, los pastores
-que en los campos de Belén guardaban por la noche sus ganados, oyeron
-un cántico glorioso de los ángeles, el cual les anunciaba que acababa
-de nacer el Mesías, indicándoles dónde le podrían ver. Entonces fueron
-a buscarte, conducidos hacia el establo donde reposabas, pues en la
-posada no se había encontrado sitio mejor. Una estrella que apareció
-en el cielo, jamás vista antes, guió hasta aquí desde el oriente a
-unos hombres sabios, que vinieron a rendirte homenaje, ofreciéndote
-incienso, mirra y oro. Por su brillante luz conducidos, hallaron el
-lugar donde naciste, asegurando que era tu estrella la que acababa
-de aparecer en el cielo, y que por ella habían sabido el nacimiento
-del Rey de Israel. El justo Simeón y la profetisa Ana, por una visión
-advertidos, fueron al templo para verte; y ante el altar y los
-sacerdotes dijeron cosas semejantes, que oyeron todos los que allí se
-hallaban.”</p>
-
-<p>»Enterado de estos pormenores por boca de mi madre, volví a leer de
-nuevo la ley y los profetas, buscando cuanto se había escrito respecto
-al Mesías, de lo cual solo conocían una parte nuestros escribas. Pronto
-comprendí que yo era aquel de quien hablaban, y principalmente, que
-debía seguir mi carrera, sufriendo rudas pruebas, y aun la muerte,
-antes de serme lícito alcanzar el reino prometido o conseguir la
-redención de la humanidad, cuyos pecados todos debían recaer sobre mi
-cabeza. No obstante, sin desanimarme ni abatirme, esperaba la hora
-prefijada, cuando se presentó el Bautista (de quien había oído hablar
-con frecuencia, aunque no le conocía); y él era el destinado a servir
-de precursor al Mesías, preparándole el camino. Como todos los demás,
-presenteme para que me bautizara, pues le creía enviado del cielo;
-pero reconociome al punto (por revelación divina), y en alta voz
-proclamome por aquel de quien era precursor. Rehusó primero conferirme
-el bautismo, porque yo era muy superior a él, y a duras penas consintió
-por fin en ello. Mas al salir de la corriente purificadora, abrió
-el cielo sus eternas puertas; sobre mí bajó el Espíritu en forma de
-paloma; y por último, para completar el testimonio, oí distintamente
-la voz de mi Padre, que desde el cielo me llamó su muy amado Hijo,
-con quien solo estaba complacido. Por esto comprendí que el momento
-de obrar era llegado; que ya no debía vivir oscuro, sino comenzar mi
-obra abiertamente, de la manera más conforme con la autoridad del cielo
-recibida. Y ahora me siento conducido a este desierto por no sé qué
-poderosa fuerza; ignoro con qué objeto; pero acaso no lo deba conocer,
-que Dios me revela cuanto saber me importa.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_264">p. 264</span>Así habló nuestra
-estrella matutina, que entonces despuntaba: y mirando en torno suyo,
-solo vio Jesús por todas partes un árido desierto, oscurecido ya por
-densas sombras. Como no había observado el camino que a tal paraje
-conducía, difícil era volver, pues ninguna humana huella lo indicaba. Y
-sin embargo, sentíase impelido siempre; pero embargado el espíritu con
-tales pensamientos sobre su pasado y su porvenir, que debía parecerle
-preferible aquella soledad a la reunión más escogida. Cuarenta días
-enteros estuvo en aquel lugar, recorriendo unas veces las colinas, y
-otras algún umbrío valle; descansaba de noche bajo una añosa encina o
-corpulento cedro, para preservarse del rocío, o bien se retiraba a una
-caverna, lo cual no nos ha sido revelado. En todo aquel tiempo no probó
-alimento humano, ni le acosaron los tormentos del hambre. Las fieras,
-entre las cuales vivía, se amansaban a su vista, sin causarle daño
-alguno, ni durante su sueño ni cuando despierto estaba; la terrible
-serpiente y el nocivo gusano huían de su presencia; el león y el tigre
-feroz mirábanle desde lejos. Al fin llegó la hora, y el Hijo de Dios
-tuvo hambre.</p>
-
-<p>Entonces vio acercarse a un hombre de avanzada edad, vestido con
-traje de campesino: parecía ir en busca de alguna oveja descarriada,
-y al paso recogía varias ramas secas, que podrían servirle para
-calentarse en un día de invierno, cuando los vientos soplan con fuerza,
-al entrar mojado en su morada. Después de contemplar a Jesús con ojos
-de curiosidad, dirigiole estas palabras:</p>
-
-<p>«Señor, ¿qué enojoso accidente te ha conducido a este lugar, tan
-apartado de la senda o el camino que siguen los demás hombres en
-numerosa caravana? De los que aquí se aventuran, no hay uno solo
-que vuelva y que no deje los huesos, después de haber sufrido los
-tormentos del hambre y de la sed. Te pregunto esto, y más me admiro,
-porque me parece reconocer en ti al hombre a quien nuestro profeta,
-que bautiza, en las orillas del Jordán, recibió en otro tiempo tan
-respetuosamente, llamándole Hijo de Dios. Yo lo vi y lo oí, pues
-nosotros, los habitantes de este desierto, obligados a veces por la
-necesidad, debemos ir a la ciudad o los pueblos vecinos, de los cuales
-dista de aquí mucho el más cercano. De esta suerte sabemos cuánto de
-nuevo ocurre, satisfaciendo nuestra curiosidad: también la lama llega
-hasta nosotros.»</p>
-
-<p>A lo que contestó el Hijo de Dios: «El que aquí me condujo, de aquí
-me sacará; no busco yo otro guía.»</p>
-
-<p>«Acaso pueda hacerlo por milagro, replicó el campesino, pues no veo
-cómo sería posible de otro modo. Las raíces y los troncos son aquí
-nuestro único alimento; capaces de soportar la sed más que el camello,
-muy lejos vamos a buscar el agua, que ya nacimos a la fatiga y la
-miseria acostumbrados. Pero si el Hijo de Dios eres, convierte, en pan
-esas duras piedras; así te salvarás tú mismo y nos aliviarás con este
-alimento, del que rara voz prueban los míseros como nosotros.»</p>
-
-<p>Calló Satán; y el Hijo de Dios repuso: «¿Piensas tú que el pan sea
-tan necesario? ¿No está escrito (pues reconozco en ti otro del que
-aparentas ser) que el hombre no vive de pan solo, sino de cada palabra
-salida de la boca de Dios, cuyo maná sirvió aquí de alimento a nuestros
-padres? Cuarenta días estuvo Moisés en la montaña sin comer ni beber,
-y durante otros tantos recorrió Elías este árido desierto sin tomar
-alimento alguno; yo hago ahora lo mismo. ¿Por qué tratas, pues, de
-inspirarme recelo, si sabes ya quién soy, como yo sé quién eres?»</p>
-
-<p>El gran Enemigo, deponiendo entonces todo disimulo, contestó así:
-«Es verdad: yo soy<span class="pagenum" id="Page_265">p. 265</span>
-aquel desdichado espíritu, que aliado con millones de seres, les excitó
-a una rebelión temeraria; y que no habiendo sabido conservar mi dichoso
-estado, fui precipitado con ellos desde la morada feliz al abismo sin
-fondo. Sin embargo, no quedé tan rigurosamente confinado en aquel lugar
-horrible, que no me fuera permitido abandonar a menudo mi dolorosa
-prisión, para disfrutar alrededor de este globo de amplia libertad, o
-cruzar los aires; y hasta fue tolerada mi presencia algunas veces en el
-cielo de los cielos. Yo me introduje entre los hijos de Dios, cuando el
-Eterno expuso a mis golpes a Job el Husiano, para probarle y enaltecer
-su elevado mérito. Más tarde, cuando propuso a todos sus ángeles atraer
-a un lazo al orgulloso rey Achab, a fin de que cayera en Ramoth,
-viéndoles vacilar, encargueme yo del cometido; y llené de mentiras las
-lenguas de todos aquellos aduladores profetas, para arrastrarlos a su
-pérdida, según tenía encargo de hacerlo, porque yo hago lo que Dios me
-manda. Aunque haya decaído mucho mi primitivo esplendor, perdiendo el
-amor del Eterno, no por eso estoy privado de la facultad de amar, de
-contemplar, al menos, y admirar lo que veo de excelente en el bien, de
-bello y virtuoso, pues de otra suerte, habría perdido todo sentimiento.
-¿Qué más puedo desear que verle y acercarme a ti, sabiendo que has sido
-declarado Hijo de Dios, y escuchar atentamente tus sabias palabras,
-considerando tus divinas obras? Créenme generalmente los hombres
-peligroso enemigo de la humanidad: ¿por qué había de serlo? Ellos no
-me hicieron jamás ni daño ni violencia; no por ellos perdí cuanto he
-perdido; más bien gané por ellos lo ganado; y con ellos habito estas
-regiones del mundo, ya que no sea su soberano. Con frecuencia les
-presto mi ayuda y les anuncio las cosas venideras, por presagios,
-signos, respuestas, oráculos, prodigios o sueños, a fin de que puedan
-regir su futura conducta. Dicen que la envidia, me impele a obrar
-de tal modo, para tener compañeros en mi desgracia y miseria: en un
-principio pudo ser así; pero acostumbrado a sufrir ha mucho tiempo, sé
-ahora por experiencia que los padecimientos de los otros no disminuyen
-la amargura ni alivian en modo alguno el peso de cada cual. ¡Triste
-consuelo sería pues para mí ver a los demás asociados a mi suerte! Lo
-que más me aflige (¿y cómo no había de ser así?) es que el hombre, el
-hombre caído se redimirá, pero nunca yo.»</p>
-
-<p>A lo cual contestó nuestro Salvador con severo acento: «Merecida
-tienes tu pena, pues desde el principio fuiste tejedor de mentiras,
-y mentirás hasta el fin. Te jactas de haber logrado escapar del
-infierno, y de que te se haya permitido penetrar en el cielo de
-los cielos: cierto es que entraste, aunque como el pobre y mísero
-cautivo que vuelve al lugar donde antes se sentaba entre los que
-primero brillan por su esplendor. Pero ahora, depuesto, rechazado,
-despojado, despreciado, envilecido, e indigno de compasión, solo
-ofreces el aspecto de una ruina, y eres objeto de irrisión para todos
-los habitantes del cielo. La mansión feliz no te proporciona dicha
-ni alegría, antes bien acrecienta tu tormento, representándole las
-perdidas bendiciones, que ya no puedes compartir en el infierno, como
-tampoco antes en el cielo. Pero, dices que eres obediente a las órdenes
-del Rey de los cielos: ¿pretendes por ventura atribuir a obediencia
-lo que el temor te arranca, o lo que ejecutas por el gusto de hacer
-daño? ¿Qué, sino tu malicia, te ha impelido a juzgar mal del virtuoso
-Job, agobiándole después con toda clase de aflicciones? Sin embargo,
-su paciencia triunfó. El otro servicio que alegas, por ti mismo
-elegido, se redujo a mentir por cuatrocientas bocas, pues la mentira
-es lo que le sustenta, es tu único alimento. No obstante, aspiras
-a la verdad; a ti son debidos todos los oráculos; mas ¿qué<span
-class="pagenum" id="Page_266">p. 266</span> verdades han anunciado
-entre las naciones? Tu arte ha consistido en mezclar algo cierto con lo
-falso para propagar más mentiras. Pero ¿cuáles han sido tus respuestas?
-Solamente palabras oscuras y ambiguas, engañosas por su doble sentido,
-que rara vez comprendieron los que te preguntaban; y lo que no se
-comprende ignorado queda. ¿Cuándo el que entró en tu santuario, a fin
-de consultarte, volvió más sabio o instruido, para evitar o buscar lo
-que más le interesaba? ¿Cuál no cayó más pronto en el lazo fatal? Dios
-ha entregado justamente las naciones a tus engaños, desde que se dieron
-a la idolatría; pero cuando se propone anunciarlas su providencia, de
-ellas desconocida, ¿de dónde recibes la verdad sino de Él o de aquellos
-de sus ángeles, que presiden todas las provincias y que, desdeñando
-acercarse a tus templos, te prescriben como al último de todos, lo
-que debes decir a tus adoradores? Tú, temblando de pavor, o cual
-parásito servil, obedeces primero, y después te vanaglorias de haber
-anunciado la verdad; pero esta gloria te será muy pronto arrebatada;
-y no podrás seguir engañando a los Gentiles con tus oráculos, porque
-estos enmudecerán siempre. Ya no irán a consultarte a Delfos, ni a
-ninguna otra parte, haciendo sacrificios y pomposas ceremonias, pues
-al fin, todo sería inútil, porque permanecerás mudo. Dios ha enviado
-ahora su oráculo vivo al mundo, para dar a conocer su última voluntad;
-y quiere que habite en lo sucesivo en las almas piadosas su espíritu
-de verdad, oráculo espiritual que revela toda la que al hombre conocer
-importa.»</p>
-
-<p>Así habló nuestro Salvador; pero el astuto Enemigo, aunque poseído
-interiormente de rabia y despecho, disimuló, y contestole con dulzura
-en estos términos: «Severo has sido en tu reprimenda, y con dureza
-censuras los actos a que me ha impelido mi desdicha, y no la voluntad.
-¿Dónde podrías encontrar fácilmente un mísero que no se sienta
-impulsado a menudo a separarse de la verdad, si le ofrece alguna
-ventaja mentir, negar, fingir, lisonjear o abjurar? Pero tú eres
-superior a mí; tú eres Señor; de ti puedo y debo sufrir con sumisión
-reprensiones o censuras, congratulándome de salir librado a tan poca
-costa. Escabrosas son las sendas de la verdad, y penoso recorrerlas;
-pero es dulce anunciarla, agradable el oírla; es melodiosa como el
-caramillo campestre o el canto de los pastores. ¿Qué extraño, pues,
-que me complazca en oír las máximas por tu labio pronunciadas? Los más
-de los hombres admiran la virtud, sin ser capaces de seguir su senda:
-permíteme, pues, oírte, ya que he venido donde otros no llegan, y que
-procure al menos conversar contigo, aunque sin esperanza de igualarte.
-Tu Padre, que es santo, sabio y puro, tolera que el sacerdote hipócrita
-o ateo huelle su sagrada mansión, y ejerza su ministerio cerca del
-altar, poniendo sus manos sobre las cosas santas, y elevándole preces
-y oraciones. Hasta se ha dignado prestar su voz a Balaam, el profeta
-réprobo: no me prohíbas, pues, acercarme a ti.»</p>
-
-<p>«Aunque conozco tu objeto, contestó el Salvador, ni deseo que vengas
-aquí, ni te lo prohíbo: obra según el permiso que del cielo recibas:
-nada más puedes hacer.»</p>
-
-<p>Calló el Salvador, e inclinándose Satán, con sombrío disimulo,
-desapareció evaporándose, en el aire ligero. Entonces la noche comenzó
-a extender sus densas sombras sobre el desierto, cubriéndole al fin con
-sus tenebrosas alas: las aves descansaban en sus nidos de arcilla, y
-las fieras salían en busca de una presa.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3 mt3" id="Ch2_2">
- <p><span class="pagenum" id="Page_267">p. 267</span></p>
- <h3>LIBRO SEGUNDO</h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra g0">ARGUMENTO</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>Inquietos los discípulos de Jesús por su prolongada ausencia,
- discurren entre sí acerca de ella. También María da rienda suelta a
- su maternal ansiedad, evocando con este motivo el recuerdo de muchas
- circunstancias referentes al nacimiento y temprana vida de su Hijo.
- Satán se presenta otra vez ante sus infernales consejeros, dales
- cuenta del mal éxito de su primera tentativa contra nuestro Señor, y
- les pide consejo y auxilio. Belial propone tentar a Jesús por medio
- de las mujeres; pero Satán le reprende por su disolución, acusándole
- de todo el libertinaje de este género, atribuido por los poetas a
- los dioses; y rechaza su proposición, por no ofrecer en modo alguno
- probabilidades de éxito. Después indica otros medios de tentación,
- particularmente el de aprovecharse de la circunstancia de estar
- padeciendo hambre nuestro Señor; y formando una legión de espíritus
- escogidos, marcha con ellos a continuar su obra. Jesús sufre los
- tormentos del hambre en el desierto. Llega la noche; descríbese cómo
- la pasa nuestro Salvador. Avanza la mañana: Satán reaparece ante el
- Mesías, y después de manifestar su extrañeza por verle tan abandonado
- en el desierto, donde otros habían sido alimentados milagrosamente,
- le tienta con un suntuoso y espléndido banquete. Jesús rechaza
- la oferta y aquel se desvanece. Viendo Satán que no puede vencer
- a nuestro Señor por el apetito, le tienta de nuevo ofreciéndole
- riquezas como medio de alcanzar poderío. Jesús rehúsa también,
- citando muchos casos en que personas pobres y virtuosas llevaron
- a cabo nobles acciones; demuestra al propio tiempo el peligro que
- llevan consigo las riquezas, y los cuidados y disgustos inseparables
- del fausto y del poder.</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Entre tanto, los discípulos recientemente bautizados, que aún
-permanecían en el Jordán con su precursor; que habían visto al que
-acababa de ser proclamado Mesías de una manera tan expresa, y declarado
-Hijo de Dios, y que creyeron en aquella autoridad superior, con la cual
-habían conversado y vivido (me refiero a Andrés y Simón, tan ilustres
-más tarde, así como otros no citados en la Sagrada Escritura), echando
-de menos la presencia de Aquel cuya llegada les causara tal regocijo
-(tan tardío como prontamente desvanecido), comenzaban a dudar, y
-dudaron aún muchos días. Cuanto más se prolongaba la ausencia, más
-aumentaba la incertidumbre: imaginábanse algunas veces que el Mesías
-solo habría sido mostrado al mundo para volver por cierto tiempo
-al lado de Dios, como Moisés en la montaña, donde permaneció mucho
-tiempo; y como el gran Tesbita, que se elevó al cielo llevado en
-ruedas de fuego para volver un día. He aquí por qué, así como los
-jóvenes profetas buscaron entonces cuidadosamente a Elías, creyéndole
-perdido, así los discípulos recorrieron los lugares inmediatos a
-Bathabara, Jericó, la ciudad de las palmas, Æsón, la antigua Salem,
-Machœros, y todas las ciudades y aldeas construidas en las márgenes
-del ancho lago de Genezaret o en la Perea; pero todas sus pesquisas
-fueron inútiles. Entonces, en la orilla del Jordán, cerca de una
-pequeña bahía donde los vientos juguetean susurrando entre las cañas
-y los mimbres, unos sencillos pescadores (no se les designaba entonces
-con más pomposo nombre) en humilde cabaña reunidos, lamentábanse de su
-inesperada pérdida, y así exhalaban sus quejas:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_268">p. 268</span>«¡Ay! ¡en qué
-triste abatimiento hemos vuelto a caer después de las halagüeñas
-esperanzas que habíamos concebido! Nuestros ojos contemplaron al
-Mesías, cuya venida era cierta, y que tanto tiempo esperaron nuestros
-padres; hemos oído sus palabras, admirando su sabiduría llena de
-gracia y de verdad. «Y ahora, ahora es seguro que la redención
-está próxima, y que el reino de Israel será recobrado.» Así nos
-regocijábamos; pero nuestra alegría se ha trocado bien pronto en
-incertidumbre y en nuevo asombro. ¿Dónde habrá ido? ¿Qué accidente ha
-sido la causa de que desaparezca de entre nosotros? ¿Se quiere retirar
-acaso después de haberse dejado ver, aplazando de esta suerte la
-realización de nuestra esperanza? Dios de Israel, envíanos a tu Mesías,
-que ya es la hora llegada: mira a los reyes de la tierra, cual oprimen
-a tus elegidos, hasta qué punto se ha elevado su injusto poderío, y
-cómo, escudados con él, ningún temor les infunde ya tu brazo. Levántate
-para ostentar tu gloria, y libra a tu pueblo del ominoso yugo. Mas,
-aguardemos; hasta ahora ha cumplido su promesa enviándonos su Cristo;
-nos lo ha revelado por su gran profeta, designándole y mostrándole en
-público, y con él hemos conversado. Alegrémonos, pues, y deponiendo
-todos nuestros temores confiemos en su providencia; no nos faltará; no
-le llamará a sí; no se burlará de nosotros privándonos de la bendita
-presencia de Aquel cuya llegada nos había regocijado, y pronto veremos
-al objeto de nuestro anhelo y alegría.»</p>
-
-<p>Así es como, después de exhalar sus quejas, recobraron la esperanza
-de encontrar al que habían hallado ya sin buscarle. En cuanto a su
-madre, María, cuando vio que los otros volvían del bautismo sin su
-hijo, a quien no habían dejado tampoco en las orillas del Jordán; y que
-no se tenía noticia alguna de su paradero, aunque su corazón estuviese
-tan tranquilo como puro, su inquietud y temores maternales tomaron
-incremento, despertándose en su espíritu algunas tristes reflexiones,
-que entre suspiros así se traducían:</p>
-
-<p>«¡Oh! ¿de qué me sirve ahora el alto honor de haber concebido de
-Dios? ¿De qué esa salutación, ese insigne favor de haber sido bendecida
-entre todas las mujeres, puesto que no son menores mis penas, y me
-depara la suerte aflicciones mucho más profundas que las de otras
-mujeres, por causa del fruto que he llevado? Vio la luz en un momento
-en que apenas se pudo encontrar un abrigo para preservarle a él y a mí
-del frío; nuestro asilo fue un establo, y un pesebre le sirvió de cuna.
-Pronto nos vimos obligados a huir a Egipto, hasta que murió el rey
-asesino, que quería su vida, y que inundó de sangre infantil las calles
-de Bethleem. Desde Egipto regresamos a nuestra morada de Nazaret, donde
-vivimos muchos años. Su vida tranquila y contemplativa se deslizaba en
-el retiro doméstico, sin que pudiera inspirar sospechas a ningún rey;
-pero hoy, que ha llegado a la edad viril, siendo reconocido, según
-dicen, por Juan Bautista, y declarado públicamente Hijo de Dios por la
-voz de su Padre, ¿podré esperar un gran cambio en su favor? No, pero
-sí una pena, como lo ha predicho el anciano Simeón, pues según él, mi
-hijo será causa de que muchos caigan en Israel, encumbrándose otros; y
-en apoyo de este pronóstico, anunciome que una espada me traspasaría
-el corazón. ¡Tal es la suerte que me ha sido deparada; mi gloria me
-impone muchas penalidades! A lo que parece, afligida puedo estar y
-ser bendita al mismo tiempo; no me quejaré ni murmuraré tampoco. Pero
-¿dónde se detiene ahora? Sin duda está oculto para llevar a cabo
-algún gran designio. Cuando apenas contaba doce años, se perdió; mas
-al encontrarle, reconocí al punto que no se podía extraviar, y que
-se<span class="pagenum" id="Page_269">p. 269</span> ocupaba en los
-asuntos de su Padre. Reflexioné sobre el sentido de sus palabras, y
-luego le comprendí muy bien. Su ausencia se prolonga mucho más esta
-vez, porque medita en el retiro algún gran proyecto; pero acostumbrada
-estoy a esperarle con paciencia; mi corazón ha sido desde hace largo
-tiempo como un depósito de importantes cosas, de palabras recogidas, de
-pronósticos y de acontecimientos extraordinarios.»</p>
-
-<p>Así María, reflexionando a menudo, y repasando en su memoria
-cuanto había sucedido de notable desde que se le dirigió la primera
-salutación, esperaba el cumplimiento con dulce humildad. Su Hijo,
-entretanto, recorría solo el salvaje desierto; pero alimentado con las
-más santas meditaciones: bajó en él mismo el espíritu, y de pronto le
-fue revelada toda su grande obra futura: vio cómo debía comenzar, el
-mejor medio de llenar el objeto de su venida a la tierra, y su elevada
-misión. En cuanto a Satán, después de insinuar hábilmente que volvería
-pronto, dejó a Jesús y trasladose rápidamente a las regiones medias
-del aire condensado, donde todos sus próceres celebraban consejo. Una
-vez allí, sin aire jactancioso ni alegría, con señales de inquietud, y
-pálido el semblante, habloles de este modo:</p>
-
-<p>«Príncipes, antiguos hijos del cielo, tronos etéreos, ahora
-espíritus de demonios, a cada uno de los cuales han sido asignados
-los elementos de su reino, y que debierais llamaros con más justicia
-poderes del fuego, del aire, del agua y de la tierra (¡así pudiéramos
-conservar estas humildes residencias sin nuevas perturbaciones!). Sabed
-que contra nosotros acaba de levantarse un enemigo que nos amenaza nada
-menos que con expulsarnos al infierno. Según lo proyecté, y revestido
-de los poderes que me disteis por vuestro voto unánime, le he hallado,
-le he visto y sondeado; pero encuentro una resistencia muy distinta de
-la que me opuso Adán, el primer hombre. Aunque este no sucumbió sino
-por las seducciones de su mujer, es inferior por mucho al enemigo de
-que os hablo, pues si bien hombre por parte de madre, le ha dotado el
-cielo de superiores dones, de una perfección absoluta, de una gracia
-divina y de una fuerza de espíritu capaz de las más grandes acciones.
-Por eso vuelvo ahora, temeroso de que el recuerdo de mi triunfo cerca
-de Eva, en el Paraíso, os indujese equivocadamente a contar por seguro
-igual éxito en este caso. Antes bien, os invito a todos a prepararos
-para secundarme con mano firme o con vuestro consejo, a fin de que yo,
-que hasta el día no he hallado en parte alguna quien me iguale, no sea
-completamente vencido.»</p>
-
-<p>Así habló la vieja Serpiente para expresar sus dudas, y por todas
-partes fueron acogidas sus palabras con aclamaciones, que le aseguraban
-eficacísimo auxilio, cuando en medio de todos se levantó Belial, el
-más disoluto de los espíritus que cayeron; el más sensual, y después
-de Asmodeo, el más carnal de los demonios, quien emitió de este modo
-su parecer y consejo: «Poned ante su vista y a su paso la más hermosa
-de las hijas de los hombres; muchas hay en cada país, cuya belleza
-aventaja a la del firmamento, más semejantes a diosas que a mortales
-criaturas, graciosas, discretas, hábiles en amorosas lides, de lenguaje
-seductor y persuasivo; que a una virginal majestad saben reunir
-la más dulce ternura; pero cuya aproximación es peligrosa, porque
-saben retirarse hábilmente, arrebatando en pos de sí los corazones,
-prendidos en amorosas redes. Semejantes seres tienen poder suficiente
-para dulcificar y domeñar los caracteres más rígidos, para desarrugar
-el entrecejo de los más graves, enervar, seducir con esperanzas
-voluptuosas, engañar inspirando crédulos deseos, y conducir a<span
-class="pagenum" id="Page_270">p. 270</span> su antojo los más viriles
-y resueltos corazones, como el imán atrae al más duro hierro. Las
-mujeres, cuando no otra cosa, ganaron el corazón del más sabio de los
-hombres, de Salomón, induciéndole a erigir templos, donde adoró los
-dioses de aquellas.»</p>
-
-<p>A lo cual contestó Satán al punto de este modo: «Belial, inicuamente
-juzgas a los demás por ti mismo, porque ya desde un principio te
-prendaste de amor por las mujeres, admirando sus formas, su color,
-sus graciosos atractivos; y creer que no hay ninguno a quien no
-seduzcan semejantes dijes. Antes del diluvio, tú y los de tu temible
-hueste, llamados todos falsamente hijos de Dios, recorristeis la
-tierra, fijando vuestras impúdicas miradas en las hijas de los
-hombres; os unisteis a ellas, y disteis nacimiento a una poderosa
-raza. ¿No hemos visto, o por lo menos oído decir, cómo tiendes tus
-lazos en los salones y palacios de los reyes, lo mismo que en los
-bosques y arboledas, a orillas de la musgosa fuente, en el valle o
-en el verde prado, para engañar a algunas raras bellezas? Calisto,
-Climene, Dafne, Semele, Antíope, Amimones, Syrinx, y otras muchas
-que sería muy largo enumerar, fueron víctimas de tus persecuciones.
-Tú las engañaste, tomando la forma de algunos héroes adorados, tales
-como Apolo, Neptuno, Júpiter, Pan, Sátiro, Fauno o Silvano; pero
-estas lides no agradan a todos. ¡Cuántos no habrá, entre los hijos de
-los hombres, que han desdeñado con ligera sonrisa la belleza y sus
-incentivos; y que supieron rechazar fácilmente sus ataques, fijando
-sus pensamientos en objetos más nobles! Acuérdate de aquel joven
-conquistador que vino de Pella<a id="FNanchor_153" href="#Footnote_153"
-class="fnanchor">[153]</a>; ya sabes con qué indiferencia miró a
-todas las hermosuras del Oriente, pasando entre ellas sin fijar su
-atención; recuerda también a aquel que recibió su nombre del África en
-la flor de su juventud y supo respetar a la hermosa doncella íbera<a
-id="FNanchor_154" href="#Footnote_154" class="fnanchor">[154]</a>. En
-cuanto a Salomón, vivió entre el fausto y la abundancia, colmado de
-gloria y de riquezas, sin aspirar a mayor dicha que la de disfrutar
-de su elevada posición; por ello estuvo expuesto a las seducciones de
-las mujeres. Pero aquel con quien tenemos que habérnoslas es mucho
-más sabio que Salomón, de un espíritu más elevado; y está dispuesto a
-realizar cumplidamente las más grandes empresas. ¿Qué mujer quieres
-encontrar, aunque fuese la maravilla y gloria de esta generación, en
-la que él se dignase fijar una mirada de deseo? Aun cuando, segura
-de sí misma, cual otra reina adorada en el trono de la hermosura, se
-presentase revestida de todos los atractivos propios para enamorar,
-así como Venus, que con su ceñidor ganó el corazón de Júpiter, según
-cuentan las fábulas, una sola señal de su frente majestuosa, en la
-que parece resplandecer la virtud, avergonzaría a esa pobre criatura,
-disipando todos sus encantos. Abatiría su orgullo o le transformaría en
-respetuoso temor. La belleza no inspira admiración sino a los espíritus
-débiles, que por ella se dejan cautivar; cesa de admirarla, y todas
-sus galas caen, convirtiéndose en trivial juguete; queda de pronto
-confundida a la primera mirada de desdén. Por lo tanto, con medios más
-enérgicos debemos combatir su firmeza; con otros de más ostentación;
-con las dignidades, los honores, la gloria y el favor popular, esos
-escollos donde han naufragado a menudo los más grandes hombres. O
-bien convendría despertar en él los deseos<span class="pagenum"
-id="Page_271">p. 271</span> que pueden satisfacerse legítimamente, sin
-violar las leyes de la naturaleza. Yo sé que ahora le atormenta el
-hambre en un vasto desierto, donde no es posible encontrar alimento
-alguno: lo demás corre de mi cuenta, pues no dejaré de aprovechar toda
-ventaja, poniendo a prueba su firmeza tantas veces como necesario
-fuere.»</p>
-
-<p>Calló Satán; y las ruidosas aclamaciones con que fueron acogidas sus
-palabras, hiciéronle comprender que merecían la aprobación general.
-Sin detenerse un punto, formó una escogida hueste de espíritus, sus
-rivales en astucia, a fin de tenerlos a mano, dispuestos a presentarse
-a la primera señal, si se ofrecía una ocasión de hacer entrar en escena
-a diversos personajes. Cada uno de aquellos espíritus sabía su papel;
-y con ellos emprende Satán su vuelo hacia el desierto, donde noche
-tras noche, después de cuarenta días, aún ayunaba el Hijo de Dios.
-Padeciendo entonces hambre, por primera vez, decíase a sí mismo:</p>
-
-<p>«¿Cuándo acabará esto? Por espacio de cuarenta días he recorrido
-este desierto laberinto sin probar ningún alimento y sin sentir apetito
-alguno: ni atribuyo a virtud semejante privación, ni como sufrimiento
-la considero; si la naturaleza no lo necesita, o si la protección de
-Dios alimenta el cuerpo debilitado sin el auxilio de aquella, ¿qué
-mérito tiene el ayuno? Pero ahora me aqueja el hambre, lo cual indica
-que la naturaleza reclama lo que ha de menester. Sin embargo, Dios
-puede satisfacer esta necesidad de otro modo, aunque persista el
-hambre; y si esta me acosa sin perjudicar al cuerpo, por contento me
-daré, sin temer daño alguno de su aguijón. Sin cuidado estoy si me
-alimentan mejores pensamientos, porque alimentándome así, y a pesar del
-hambre, cumpliré mejor aún la voluntad de mi Padre.»</p>
-
-<p>Era la hora de la noche cuando el Hijo de Dios se hablaba de este
-modo durante su silencioso paseo, yendo después a buscar reposo bajo la
-hospitalaria bóveda que formaban unos árboles estrechamente enlazados
-por sus copas. Allí se durmió, y tuvo unos sueños tales como suelen
-acosar a aquel a quien aqueja el hambre; es decir, que soñó manjares
-y bebidas, dulce alivio de la naturaleza. Parecíale hallarse junto al
-arroyo de Cherith, y que veía a los cuervos de duro pico llevar a Elías
-su alimento por mañana y tarde, respetándolo a pesar de su natural
-voracidad. Vio también cómo el profeta había huido al desierto, donde
-se durmió bajo un enebro; cómo al despertar encontró su cena preparada
-sobre las brasas; y cómo fue invitado por el ángel para levantarse
-y comer, y comió por segunda vez después de haber descansado. Las
-fuerzas que cobró así le sostuvieron por espacio de cuarenta días:
-unas veces participaba Jesús del alimento de Elías, y otras, imitando
-al huésped de Daniel, probaba sus legumbres. Así pasó la noche: la
-alondra, mensajera del día, abandonó entonces su nido, remontándose
-por los aires para esperar la salida de la aurora y saludarla con su
-alegre canto. Tan ligeramente como ella, nuestro Salvador abandonó su
-lecho de césped, reconociendo al punto que todo había sido un sueño;
-en ayunas se había entregado al reposo y en ayunas se levantaba.
-Entonces se encaminó a una colina a fin de examinar desde su elevada
-cumbre el país vecino, para ver si divisaba alguna cabaña, algún redil
-de ovejas o un ganado; pero no descubrió ninguna choza, ni rebaño ni
-redil; solo divisó en el fondo de un valle un delicioso bosquecillo,
-donde gorjeaban ruidosamente las aves cantoras. Hacia allí enderezó su
-paso, con intención de reposar por la tarde, cobijándose a la sombra
-de aquellas vastas bóvedas de verdura, bajo las cuales se paseó,
-recorriendo las sombrías alamedas abiertas en medio de los solitarios
-bosques. Parecía el<span class="pagenum" id="Page_272">p. 272</span>
-conjunto obra de la naturaleza misma, pues esta enseña al arte; y una
-mirada supersticiosa habría creído ver allí el asilo de las ninfas y
-dioses de la selva. Dirigía Jesús una mirada en torno suyo, cuando de
-pronto se presentó un hombre a su vista. No era un rústico, como la vez
-primera, antes por el contrario, vestía un traje más aliñado, como el
-de un habitante de la ciudad, o de un hombre que ha vivido en la corte
-o en los palacios. Dirigiose al Hijo de Dios, y con expresivo decir,
-hablole en estos términos:</p>
-
-<p>«En uso del permiso concedido, vuelvo a presentarme respetuosamente;
-pero admírame ahora mucho más que el Hijo de Dios habite tanto tiempo
-esta salvaje soledad, falto de todo recurso, padeciendo hambre, como
-bien me consta. Otros personajes de cierta nota, según la historia
-refiere, hollaron también este desierto: la criada fugitiva<a
-id="FNanchor_155" href="#Footnote_155" class="fnanchor">[155]</a>,
-expulsada con su hijo de la casa de su amo, encontró aquí alivio,
-merced a un ángel protector: toda la raza de Israel hubiera
-perecido aquí de hambre, si Dios no hubiese hecho caer el maná del
-cielo; y aquel audaz profeta, natural de Tebas<a id="FNanchor_156"
-href="#Footnote_156" class="fnanchor">[156]</a>, al vagar por estos
-lugares fue alimentado dos veces por una voz que le invitaba a comer.
-Durante cuarenta días, nadie se ha cuidado de ti; has sido olvidado
-todo este tiempo y aún más.»</p>
-
-<p>A lo cual contestó Jesús: «¿Qué deduces de aquí? Todos ellos
-tuvieron necesidad de comer; pero yo, según ves, no la experimento.»
-«¿Cómo es, entonces, que te aqueja el hambre? replicó Satán; dime, ¿si
-te presentasen ahora alimento, no querrías comer?» «Eso sería según
-quien me lo ofreciera,» contestó Jesús. «¿Y por qué dependería tu
-negativa de esta causa? repuso el sutil enemigo. ¿No tienes tú derecho
-sobre todas las cosas creadas? ¿No te deben todas las criaturas con
-justo título, obediencia y vasallaje, estando obligadas a poner a
-tu disposición todas sus fuerzas, sin esperar tus órdenes? No hablo
-yo de las viandas impuras, según la ley, ofrecidas a los ídolos, y
-que el joven Daniel pudo rehusar; ni de las servidas por un enemigo;
-mas cuando aqueja la necesidad, ¿quién repara en escrúpulos? Mira,
-avergonzada la naturaleza, o mejor dicho, turbada por que hayas
-padecido hambre, ha elegido entre todos los elementos sus más selectas
-provisiones a fin de regalarte cual conviene, a ti que eres su Señor:
-dígnate solo sentarte y comer.»</p>
-
-<p>Y lo que decía no era un sueño, pues apenas acabó de hablar,
-levantando nuestro Salvador la vista, vio en un ancho espacio, bajo la
-inmensa bóveda del follaje, una mesa ricamente servida, a la usanza
-regia, cubierta de platos, de los manjares más exquisitos y sabrosos,
-de caza de pelo y pluma, preparada en forma de pastel, hecha en el
-asador o cocida con ámbar gris. Veíanse también toda clase de peces de
-mar y de río, o cogidos en algún arroyo de suave murmullo; ostras y
-conchas de las especies más buscadas, por las cuales se había agotado
-el lago Lucrino, el Ponto y la costa de África. ¡Ah! ¡cuán vulgar
-era, comparada con todos estos delicados manjares, aquella manzana
-cruda que tentó a Eva! Y más allá, junto a un rico aparador cargado
-de vinos de agradable fragancia, manteníanse en buen orden jóvenes
-servidores de esbelto talle, ricamente vestidos y de más frescos
-colores que los de Ganimedes o de Hilas. A corta distancia, debajo
-de los árboles, formaban vistosas danzas, o permanecían graves, las
-Náyades y las ninfas del cortejo de Diana; llevaban frutos y flores
-en cuernos de la<span class="pagenum" id="Page_273">p. 273</span>
-abundancia; Hespérides más bellas aún que las representadas en las
-fábulas, o las que encontraron en los solitarios bosques los caballeros
-de Logres o de Lyons, Lancelot, Peleas o Pellinore<a id="FNanchor_157"
-href="#Footnote_157" class="fnanchor">[157]</a>. Y entre tanto, oíanse
-armoniosas melodías producidas por instrumentos de cuerda o por dulces
-flautas; y de un lado y otro revoloteaban ligeros céfiros, de cuyas
-alas se desprendían los más suaves perfumes de la Arabia o de las más
-lozanas flores. Tal era el conjunto de aquel espléndido festín; y el
-Tentador repitió su invitación de esta suerte:</p>
-
-<p>«¿Por qué el Hijo de Dios vacila en sentarse y comer? Estos no son
-frutos prohibidos; ninguna ley veda el tocar a estas puras viandas; el
-hecho de probarlas no supone el conocimiento del mal, sino que preserva
-la vida, aniquila al enemigo, al hambre, proporcionando un placer
-que restaura agradablemente las fuerzas del cuerpo. Todos estos que
-ves, espíritus son del aire, de los bosques y de las fuentes, dóciles
-servidores tuyos que han venido a rendirte pleito homenaje y reconocer
-en ti a su Señor. ¿Por qué tardas, pues, Hijo de Dios? Siéntate y
-come.»</p>
-
-<p>A esto contestó Jesús con mesura y moderación: «¿No dices que tengo
-derecho sobre todas las cosas? ¿Y quién se opone a que haga uso de él?
-¿Debo recibir acaso como donativo lo que me pertenece? Puedo mandar
-dónde y cuándo lo juzgue oportuno; a mi antojo puedo, no lo dudes, y
-tan pronto como tú, disponer que me pongan una mesa en este desierto, y
-llamar a las rápidas legiones de ángeles coronados de gloria, para que
-me sirvan y me presenten la copa. ¿Por qué te has de anticipar a mis
-deseos con esa oficiosidad inútil, puesto que no ha de ser aceptada? ¿Y
-qué tienes tú que ver con mi hambre? Yo desprecio tus pomposos goces, y
-por artificios tengo tus especiosas dádivas.»</p>
-
-<p>Desconcertado Satán, replicó: «Ya ves, sin embargo, que también
-yo tengo poder para dar. Si por él le ofrezco voluntariamente lo
-que hubiera podido conceder a quien se me antojase, y si prefiero
-satisfacer con oportunidad en este sitio tu aparente necesidad,
-¿por qué no has de aceptar mis servicios? Pero veo que cuanto pueda
-hacer u ofrecer es sospechoso; otros dispondrán sin vacilar de todas
-estas cosas, que con trabajo se habían ido a recoger muy lejos.»
-Al pronunciar estas palabras, mesa y manjares se desvanecieron
-completamente, y se oyó un rumor semejante al producido por las alas y
-las garras de las harpías. El importuno Tentador se quedó solo y con
-las siguientes palabras continuó su pérfida obra:</p>
-
-<p>«El hambre, que doma a todos los seres, no te ocasiona dolor alguno,
-y por consiguiente no te impresiona; además de esto, tu sobriedad
-es invencible, pues no permites al apetito ejercer influencia en tu
-voluntad. Todo tu corazón aspira a elevados designios, a grandes
-acciones; pero ¿de qué manera las llevarás a cabo? Las grandes empresas
-requieren poderosos medios: desconocido, sin amigos, y de oscuro
-nacimiento, pasas por hijo de un carpintero; te has criado en la
-pobreza y la estrechez en tu morada, y estás perdido en este desierto,
-sufriendo hambre. ¿Por qué camino, o por qué esperanza aspiras tú a la
-grandeza? ¿En qué autoridad te apoyas? ¿Qué sectarios, qué partidarios
-puedes ganar? ¿Piensas por ventura que la inconstante multitud siga tus
-pasos más tiempo del que tú podrás alimentarla a tus expensas? Con el
-dinero se adquieren honores y amigos y se conquistan reinos. ¿Qué, sino
-el oro, encumbró a Antipater, el Idumeo, y colocó a su hijo Herodes en
-el trono de Judea, ese trono que te pertenece, permitiéndole adquirir
-poderosos amigos? Si<span class="pagenum" id="Page_274">p. 274</span>
-quieres, pues, llegar a grandes cosas, comienza por reunir riquezas y
-bienes, y acumular tesoros, lo cual no te será difícil si mis consejos
-sigues. Las riquezas son mías; en mi mano está la fortuna; aquellos a
-quienes favorezco, prosperan y se enriquecen muy pronto; mientras que
-la virtud, el valor y la sabiduría quedan sumidos en la indigencia.»</p>
-
-<p>A cuyas palabras contestó Jesús sin impacientarse: «Sin embargo,
-la riqueza, sin estas tres virtudes, es impotente para alcanzar el
-predominio, o conservarle cuando se adquiere. Testigos de ello son
-aquellos antiguos imperios de la tierra, que se aniquilaron en el
-apogeo de su prosperidad, al paso que los hombres dotados de esas
-virtudes, aun sumidos en la mayor pobreza, se distinguieron a menudo
-por los más grandiosos hechos. Tales fueron Gedeón, Jefté, y aquel
-joven pastor, cuya raza ocupó tantos siglos el trono de Judea, y
-que debe subir a él de nuevo para reinar sin fin en Israel. Entre
-los paganos (pues no ignoro los hechos dignos de memoria que se han
-llevado a cabo en el mundo), ¿no te acuerdas de Quinto Fabricio,
-de Curcio y de Régulo<a id="FNanchor_158" href="#Footnote_158"
-class="fnanchor">[158]</a>? Yo estimo los nombres de esos varones que
-a pesar de su pobreza, pudieron hacer grandes cosas y despreciar las
-riquezas, aún siendo estas ofrecidas por mano de los reyes. ¿Y por qué
-he de ser incapaz, a despecho de mi indigencia, de llevar a cabo lo que
-ellos han hecho, y acaso más? No ensalces, pues, las riquezas, objeto
-del afán de los necios, embarazosas para el sabio, cuando no un lazo
-más propio para debilitar la virtud y aniquilar su energía, que para
-impelerla a hacer lo que merece aprecio. ¿Qué mucho si rechazo las
-riquezas y los reinos con semejante aversión? No porque una corona,
-que aunque resplandeciente de oro solo es tejido de espinas, no lleve
-consigo peligros, tribulaciones, cuidados y noches de insomnio para el
-que ostenta la diadema real, cuando sobre sus hombros carga el peso de
-todos, pues tal es el deber de un rey; su honor, su virtud, su mérito
-y principal gloria consisten en llevar ese peso para bien del pueblo.
-No obstante, el que reina en sí mismo, el que gobierna los deseos, los
-temores y las pasiones, es aún más rey; esto es lo que alcanza todo
-hombre sabio y virtuoso; y el que no lo consigue, mal hace en aspirar
-a regir las ciudades de los hombres o de las multitudes turbulentas,
-mientras reina la anarquía en su corazón o alimenta mezquinas pasiones
-que le esclavizan. Conducir a las naciones por la recta senda con
-saludables doctrinas, llevarlas del error a la verdad, e inducirlas a
-rendir a Dios un culto noble y puro, es todavía más digno de un rey.
-He aquí lo que eleva el alma, lo que gobierna al hombre interiormente,
-esto es, en la más noble parte de nosotros mismos. Ese otro poder que
-solo sobre el cuerpo domina, y por la fuerza a menudo, no puede servir
-de verdadera satisfacción al hombre generoso que así reina. Además,
-siempre se consideró como acción más noble y gloriosa dar un reino
-que usurparlo, y como mucho más magnánimo renunciar a una corona que
-aceptarla. Las riquezas son, pues, superfluas, tanto por sí mismas como
-para el objeto que, según pretendes, deben buscarse, para adquirir un
-cetro, que con frecuencia vale más rehusar.»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3 mt3" id="Ch2_3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_275">p. 275</span></p>
- <h3>LIBRO TERCERO</h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra g0">ARGUMENTO</p>
-
-<blockquote>
-
-<p>Pronunciando un discurso por demás lisonjero y encomiástico,
-Satán procura despertar en Jesús la ambición de gloria; al efecto
-cita algunos ejemplos de conquistas realizadas, y de actos heroicos
-llevados a cabo por varios hombres en un remoto período. Nuestro Señor
-contesta demostrando la vanidad de la gloria mundana, y los impropios
-medios con que se alcanza generalmente, poniéndola en parangón con la
-que se adquiere por la resignación religiosa y la virtuosa sabiduría,
-personificadas en Job. Satán justifica el amor a la gloria por el
-ejemplo de Dios mismo, que la requiere de todas sus criaturas. Jesús
-patentiza la falacia de este argumento, probando que, como la bondad es
-el verdadero terreno donde se alcanza la gloria para el gran Criador de
-todas las cosas, los hombres pecadores no tienen de ningún modo derecho
-a ella. Satán excita entonces a nuestro Señor a reclamar su derecho al
-trono de David; dícele que siendo el reino de Judea en aquella época
-una provincia romana, no podría apoderarse de él sin grandes esfuerzos
-por su parte; y le insta a que se apresure a reinar. Jesús le contesta,
-que así esta como todas las cosas, debe realizarse a su tiempo debido;
-y después de indicar algo acerca de sus propios padecimientos, pregunta
-a Satán por qué se muestra tan solícito por el encumbramiento de
-aquel cuya elevación tiene por objeto la derrota de su enemigo. Satán
-replica, que como su situación es tan desesperada, poco puede ya
-temer; y que debiendo ser igualmente castigado por su falta, prefería
-reinase Aquel de cuya aparente benevolencia podía esperar más bien
-alguna intervención en su favor. El Enemigo prosigue con sus primeras
-instigaciones; y suponiendo que la marcada repugnancia de Jesús a
-engrandecerse podría ser debida a no conocer el mundo ni sus glorias,
-condúcele a la cima de una alta montaña. Desde allí le muestra la mayor
-parte de los reinos del Asia, llamando particularmente su atención
-sobre ciertos extraordinarios preparativos guerreros de los Partos
-para resistirse a las incursiones de los Escitas. Manifiesta después a
-nuestro Señor, que le enseña aquello expresamente a fin de que pueda
-ver cuán necesario es el empleo de las armas para conservar los reinos,
-así como para someterlos en su origen; aconséjale considere cuán
-imposible era defender a Judea contra dos vecinos tan poderosos como
-los Romanos y los Partos, y cuán necesario sería aliarse con uno u otro
-de ellos. Al propio tiempo le recomienda la alianza de los segundos,
-comprometiéndose a proporcionársela; asegúrale que por este medio
-podrá defender su poderío de todo cuanto intentaren contra él Roma o
-César; que le es dado extender su gloria por do quiera, y especialmente
-realizar lo que era necesario sobre todo para que el trono de Judea
-fuese en realidad el de David, es decir, libertar y restablecer las
-diez tribus, que aún estaban cautivas. Jesús después de hacer algunas
-ligeras observaciones acerca de la vanidad de los aparatos guerreros y
-de la debilidad del brazo humano, añade, que cuando llegue la hora de
-ocupar el trono que le está destinado, no vacilará un momento. Admírase
-luego del extraordinario interés que manifiesta Satán por la libertad
-de los Israelitas, de quienes había sido siempre al parecer enemigo, y
-declara que su esclavitud es la consecuencia de su idolatría; pero que
-en una época futura podría ser del agrado de Dios volver a llamarlos y
-restituirles su independencia y país natal.</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Así habló el Hijo de Dios, y Satán enmudeció algunos instantes sin
-saber qué decir ni replicar, confuso y convencido de la debilidad de
-sus argumentos y de la falacia de su discurso; pero al fin, apelando
-a todas sus astucias de serpiente, contestó con estas aduladoras
-palabras:</p>
-
-<p>«Ya veo que sabes cuanto se debe saber, que dices lo que mejor
-puedes decir, que haces lo que mejor puedes hacer. Tus actos concuerdan
-con tus palabras, y estas expresan los levantados sentimientos de tu
-noble corazón, imagen perfecta de la bondad, de la sabiduría,<span
-class="pagenum" id="Page_276">p. 276</span> de la justicia. Si los
-reyes y las naciones llegasen a consultarte, tus respuestas serían el
-oráculo de Urim y de Tumim, esas preciosas piedras proféticas que
-brillaban en el pecho de Aarón, o infalibles como las palabras de los
-antiguos veedores. Y si fueras buscado para tomar parte en las empresas
-que exigen las leyes de la guerra, tu hábil conducta sería tal, que el
-mundo entero no podría imitar tus proezas ni resistirte en batalla,
-aunque reducido fuera el número de tus contendientes. ¿Por qué, pues,
-ocultas estas divinas virtudes, haciendo una vida retirada, más oscura
-todavía en este inmenso desierto? ¿Por qué privar al mundo todo de la
-admiración que merecen tus obras, y a ti mismo del renombre y de la
-gloria, única recompensa que estimula a las más grandes empresas, llama
-de los espíritus más elevados, de esos espíritus etéreos, los más puros
-y tranquilos, que desprecian todos los demás placeres, que miran como
-fango todos los tesoros y beneficios, todos los honores y poderes,
-aspirando solo a los más eminentes? Tú has llegado a la edad viril, y
-hasta pasas de ella; a esta edad, el hijo de Felipe el Macedonio había
-conquistado ya el Asia, haciéndose dueño del trono de Ciro; el joven
-Escipión había humillado el orgullo de los cartagineses, y el joven
-Pompeyo sometido al rey del Ponto, alcanzando la victoria. No obstante,
-los años y el juicio, madurado por ellos, no suelen extinguir la sed
-de gloria; al contrario se acrecienta con la edad. El gran Julio, que
-ahora excita la admiración del mundo, más ardía en deseos de gloria
-cuanto más avanzaba en años, y lloró el haber vivido tanto tiempo
-oscuro e ignorado. Mas aún no es para ti demasiado tarde.»</p>
-
-<p>A lo cual contestó con calma nuestro Salvador: «Todos tus argumentos
-no me decidirán a buscar riquezas por amor al imperio, ni a que aspire
-al trono por el afán de gloria. ¿Qué es esta sino el resplandor de la
-fama, las alabanzas de un pueblo? ¿Y son estas siempre sinceras? ¿Qué
-es el pueblo sino una multitud confusa, una muchedumbre revuelta, que
-ensalza cosas vulgares y que, a decir verdad, apenas son dignas de
-elogio? Los hombres alaban y admiran lo que no conocen, y sin saber a
-quién, dejándose guiar unos por otros. ¿Y qué satisfacción puede causar
-verse ensalzado por semejantes jueces, ser tema de sus discursos
-y recibir aplauso de aquellos a quienes sería glorioso despreciar?
-¿No sería singularmente feliz la suerte del que osare hacerlo así?
-Reducido es entre aquellos el número de los sabios e ilustrados, y
-muy escasos los que contribuyen a la gloria. Cuando Dios dirige sus
-miradas a la tierra, observando con satisfacción al hombre justo, y
-le da a conocer en el cielo a todos sus ángeles, que celebran sus
-alabanzas con sincero aplauso, entonces es cuando aquel alcanza la
-verdadera gloria, la verdadera celebridad. Esto es lo que hizo con
-Job, cuando para propagar su fama en el cielo y la tierra te preguntó,
-según puedes recordar para vergüenza tuya: «¿Has visto a mi servidor
-Job?» Aquel hombre, célebre en el cielo, era mucho menos conocido en
-la tierra, donde la gloria es una falsa gloria, atribuida a causas
-poco dignas y a hombres que no merecen nombradía alguna. Engáñanse
-aquellos que consideran como título de gloria extender a lo lejos
-sus conquistas, asolar vastos países, alcanzar brillantes victorias
-y tomar por asalto opulentas ciudades. ¿Qué hacen esos pretendidos
-héroes sino robar, devastar, saquear, incendiar, matar y reducir a la
-esclavitud pacíficas naciones, pueblos vecinos o lejanos, mucho más
-dignos de la libertad que sus conquistadores, quienes solo dejan ruinas
-por do quiera que pasan, destruyendo las obras de una paz floreciente?
-Entonces, henchidos de orgullo, se hacen adorar como dioses; quieren
-que se les llame libertadores, grandes bienhechores de la<span
-class="pagenum" id="Page_277">p. 277</span> humanidad; desean que se
-les rinda culto en los templos, y se les ofrezcan sacrificios por sus
-sacerdotes. El uno es hijo de Júpiter, el otro de Marte, hasta que la
-Muerte, el verdadero conquistador, viene a demostrar que apenas son
-hombres que se han dejado embrutecer por groseros vicios, y que hallan
-en una muerte violenta o vergonzosa su digna recompensa. Si algo bueno
-hubiese en la gloria podríase alcanzar por medios muy distintos, sin
-ambición, sin guerra, sin violencia; con obras pacíficas, una eminente
-sabiduría, paciencia y templanza. Haré otra vez mención de aquel hombre
-que, sufriendo resignadamente los males con que le agobiaste, se hizo
-célebre en un país muy lejano y en época muy remota. ¿Quién pronuncia
-hoy el nombre de Job sin elogiarle? Y al pobre Sócrates, ¿quién podría
-disputarle después el primer lugar en la memoria de los hombres? Por
-su enseñanza y por lo que sufrió para propagarla, arrostrando una
-muerte injusta para que prevaleciese la verdad, alcanzó una nombradía
-que iguala hoy a la de los más orgullosos conquistadores. Sin embargo,
-si es preciso hacer alguna cosa para alcanzar fama y gloria, necesario
-es también sufrir: si para obtener alguna celebridad libró el joven
-africano del feroz cartaginés a su devastado país, su hazaña no fue
-ensalzada, o por lo menos, no gozó él de gran crédito, ni recibió por
-toda recompensa más que alabanzas. ¿Buscaría yo la gloria como la
-buscan los hombres vanos, sin merecerla muchas veces? No busco yo la
-mía, sino la de Aquel que me ha enviado, y por aquí demuestro de dónde
-vengo.»</p>
-
-<p>A lo cual repuso el tentador murmurando: «No hagas tan poco aprecio
-de la gloria, que entonces te parecerías poco a tu glorioso Padre,
-pues él también la busca, y para su gloria ha hecho todas las cosas,
-y ordena y gobierna el universo. No contento con ser glorificado
-en el cielo por todos sus ángeles, quiere serlo también por los
-hombres, por todos los hombres, buenos o malos, sabios o ignorantes,
-sin diferencias, sin excepción. Además de todos los sacrificios, de
-todas las ofrendas, gloria necesita y gloria recibe indistintamente de
-todas las naciones, de los hebreos, de los griegos o de los bárbaros,
-sin admitir excusa alguna. A nosotros mismos, que somos sus enemigos
-declarados, nos exige que le glorifiquemos.»</p>
-
-<p>«Y no sin razón, replicó Jesús con fervor, puesto que su palabra
-creó todas las cosas, no principalmente para su gloria como primer
-objeto, sino para manifestar su bondad y hacer partícipes a todas las
-almas de la felicidad de que son susceptibles. ¿No es lo menos que
-puede esperar de sus criaturas la gloria y la bendición, es decir, el
-más ligero agradecimiento, la más fácil y natural de las recompensas,
-de parte de aquellos seres que nada pueden ofrecerle en cambio, y que
-no haciéndolo, solo le pagarían probablemente con el desprecio, la
-rebelión y la maledicencia? ¡Cruel recompensa, extraño reconocimiento
-por tanto bien, por tan gran beneficio! Pero ¿por qué el hombre
-habría de buscar la gloria, cuando nada tiene suyo, cuando nada debe
-esperar sino condena, ignominia y baldón; cuando después de haber sido
-colmado de tantos beneficios, corresponde solo con la infidelidad, la
-ingratitud y la falsía, privándose a sí mismo de todo verdadero bien? Y
-como si esto no bastase, revindica para sí, por un sacrilegio, lo que
-no pertenece en justicia sino a Dios solo; pero tal es la bondad, tal
-la misericordia divina, que si alguno intenta alcanzar mayor gloria
-para el Eterno, le hace obtener entonces la gloria verdadera.»</p>
-
-<p>Así habló el Hijo de Dios, y de nuevo Satán permaneció sin hallar
-contestación: reconocíase<span class="pagenum" id="Page_278">p.
-278</span> culpable de su propio pecado, pues por su insaciable sed
-de gloria lo había perdido todo; pero bien pronto recurrió a otro
-argumento.</p>
-
-<p>«Piensa como quieras de la gloria, dijo; poco importa que la juzgues
-digna o indigna de ser buscada; pero tú has nacido para reinar, tú
-has sido destinado a sentarte en el trono de tu antecesor David, que
-te corresponde por parte de madre. Aunque tu derecho dependa ahora de
-una mano poderosa que no quiere compartirlo, fácil sería posesionarle
-por las armas. Verdad es que la Judea y toda la tierra prometida,
-reducidas a provincias bajo el yugo de los romanos, obedecen a Tiberio;
-pero este país no está siempre gobernado con templanza. Con frecuencia
-se han violado su templo y sus leyes; se le han inferido sangrientos
-ultrajes; se han cometido abominaciones, como lo hizo en otro tiempo
-Antíoco. ¿Piensas, por ventura, reconquistar tu derecho permaneciendo
-en la inacción o en el retiro? No lo hizo así Macabeo: verdad es
-que se retiró al desierto, pero con armas, y de esta suerte venció
-varias veces a un poderoso rey. Con mano fuerte, y aunque sacerdote,
-obtuvo la corona para su familia, y usurpó el trono de David, él, que
-en otro tiempo se contentaba con la colina de Modén y los arrabales
-contiguos. Si un reino no basta para tentarte, muévante al menos el
-celo y el deber, que no deben permanecer ociosos, sino estar alerta
-para aprovechar una ocasión, contribuyendo ellos mismos a que llegue
-el momento favorable. Muestra, pues, tu celo, por la casa de tu Padre;
-cumple con tu deber librando a tu país del yugo de los paganos, que esa
-es la mejor manera de realizar, de verificar las antiguas profecías que
-anunciaron tu reinado sin fin, ese reinado tanto más feliz cuanto antes
-comience. Reina, pues ¿qué ventaja te ofrece aplazar tu reinado?»</p>
-
-<p>Nuestro Salvador contestó en estos términos: «Todas las cosas deben
-realizarse a su debido tiempo, y tiempo hay para que se verifiquen
-todas. Si el espíritu profético habló de mi reinado, si ha dicho que
-debe ser sin fin, también el Padre ha decretado, en sus inescrutables
-designios, cuándo ha de comenzar, Él, que es el dueño de todos los
-tiempos y las estaciones. Si ha decretado que he de vivir antes en
-oscura condición, en medio de la adversidad, sufriendo tribulaciones,
-injurias, insultos, desprecios y burlas; que debo estar expuesto a los
-lazos y la violencia; que he de sufrir, practicar el ayuno, esperar
-tranquilamente, sin inquietud ni desconfianza, para saber lo que puedo
-soportar y cómo sabré obedecer, ¿no debo conformarme con su voluntad?
-Quien mejor sabe sufrir, mejor sabe obrar; mejor reina el que primero
-ha sabido obedecer, justa prueba a que debo someterme antes de obtener
-un poder que no debe cambiar ni concluir. Pero ¿qué te importa a ti
-el momento en que ha de comenzar mi reinado sin fin? ¿Por qué te
-muestras tan solícito? ¿A qué vienen tus preguntas? ¿No sabes acaso que
-mi elevación será la señal de tu caída, y mi triunfo la causa de tu
-exterminio?»</p>
-
-<p>El Tentador, aunque atormentado interiormente, replicó así: «Suceda
-esto cuando quiera, yo he perdido toda esperanza de obtener gracia,
-y siendo así, ¿qué cosa peor puedo temer? Aquel que ha perdido la
-esperanza no debe conocer el temor; si mi suerte pudiese agravarse,
-la expectativa de una desgracia mayor me atormentaría más que el mal
-mismo. Yo quiero apurarle hasta el fin, porque este es mi puesto, mi
-refugio, mi último reposo; y esperaré así el término, mi objeto final.
-Mi error viene de mí mismo, mi delito es hijo de mi propio impulso;
-cualquiera que mi falta fuere, ha sido condenada por sí misma, y en
-todo caso será<span class="pagenum" id="Page_279">p. 279</span>
-castigada, bien reines o no. Cierto que hubiera confiado desde luego
-en tu continente lleno de dulzura, esperando por ese aspecto pacífico
-y esa mirada serena que tu reinado debía más bien aligerar que agravar
-mi pena, que sería como un intermediario entre la cólera de tu Padre
-y yo (la cual temo mucho más que el fuego del infierno), que sería
-una especie de fresca sombra, una nube de verano. Si estoy, pues,
-impaciente por conocer esa desgracia extrema que me amenaza, ¿por qué
-avanzas con tan lento paso hacia un porvenir mejor, hacia lo que debe
-poner el colmo a tu felicidad y a la del mundo entero cuando reines,
-tú, que eres el más digno del trono? Acaso aplazas, sumido en profundas
-meditaciones, la ejecución de tan importante y arriesgada empresa; y
-esto no sería de extrañar, pues aunque reúnas en tu persona cuantas
-perfecciones caben en el hombre, todo aquello de que la naturaleza
-humana es susceptible, como has vivido hasta ahora en el retiro,
-deslizándose en tu morada la mayor parte de tu existencia, sin visitar
-apenas las ciudades de Galilea, ni residir en Jerusalén sino algunos
-días al año, ¿qué observaciones podías haber hecho? Todavía no has
-visto el mundo, ni mucho menos su gloria, los imperios, los monarcas
-y sus brillantes cortes, la mejor escuela de la experiencia para
-dar a conocer los más rápidos y seguros medios de realizar grandes
-empresas. El hombre más sabio, si carece de práctica, será siempre
-medroso y tímido, semejante a aquel joven novicio, que buscando
-burras encontró un reino<a id="FNanchor_159" href="#Footnote_159"
-class="fnanchor">[159]</a>; irresoluto y circunspecto, en fuerza de su
-reserva, prívale esta de todo su valor. Pero yo quiero conducirte a
-un lugar donde acabarás bien pronto tu aprendizaje, donde verás ante
-tus ojos las monarquías de la tierra, su pompa y magnificencia; y esto
-bastará para imponerte, a ti que eres tan apto para saberlo todo, en
-los secretos y misterios de la monarquía, a fin de que sepas cómo se
-debe combatir el poderío de los príncipes.»</p>
-
-<p>Así diciendo (tal era la fuerza que se le concedió entonces), llevó
-al Hijo de Dios a la cima de una elevada montaña: en su verdosa falda
-extendíase una vasta llanura, formando inmenso circuito, y desde allí
-ofrecíase a la vista un admirable panorama. Por los lados deslizábanse
-dos ríos, uno de los cuales serpenteaba entre los campos; mientras
-que el otro se alejaba rápidamente a través de hermosas praderas,
-bañadas por numerosos riachuelos, cuyas aguas recogía para llevarlas
-al mar. El país era fértil en trigo, vino y aceite; y cubrían el llano
-y las colinas abundantes pastos, poblados de rebaños. Veíanse grandes
-ciudades rodeadas de altas torres, que bien pudieran ser residencia de
-poderosos monarcas, y tan inmensa era la perspectiva, que se divisaban
-acá y allá las estériles landas del árido y abrasado desierto. A esta
-alta montaña fue donde el Tentador trasladó a Jesús, dirigiéndole allí
-de nuevo la palabra en estos términos:</p>
-
-<p>«Rápida ha sido nuestra carrera; pasando sobre las colinas y los
-valles, los bosques, los campos y los ríos, los templos y las torres,
-hemos atajado muchas leguas. Desde aquí contemplas la Asiria y las
-antiguas fronteras de su imperio; ves el Aras y el mar Caspio; por este
-lado, a la extremidad del oriente, corre el Indus, por el occidente el
-Éufrates; y con frecuencia fueron traspasados estos límites. Al sur se
-divisa el golfo Pérsico y la Arabia, desierto intransitable: he aquí
-a Nínive, en cuyo amurallado recinto se podría viajar durante varios
-días; edificada por Nino, es el asiento de esa primera monarquía de la
-edad de oro, y fue residencia<span class="pagenum" id="Page_280">p.
-280</span> de Salmanasar<a id="FNanchor_160" href="#Footnote_160"
-class="fnanchor">[160]</a> cuyo triunfo llora todavía Israel en
-su prolongado cautiverio. He ahí a Babilonia, la maravilla de las
-naciones, tan antigua como Nínive; pero reedificada por aquel<a
-id="FNanchor_161" href="#Footnote_161" class="fnanchor">[161]</a>
-que dos veces hizo cautiva a la Judea y a toda la casa de tu padre
-David, asolando a Jerusalén, hasta que Ciro llegó para libertar a los
-hebreos. A ese lado ves Persépolis, la ciudad que él fundó; más lejos
-Bactres, Ecbatana, que se ostenta en toda su extensión y Hecatómpilos,
-con sus cien puertas; aquí está Susa, a orillas del Idaspes, ese río
-de color de ámbar, de cuyas aguas solo pueden beber los reyes; y la
-gran Seleucia, más célebre aún, construida por los Macedonios o los
-Partos. Nísibe, Artaxates, Teredón y Ctesifonte<a id="FNanchor_162"
-href="#Footnote_162" class="fnanchor">[162]</a>, se ofrecen también a
-tus miradas; todo este país, conquistado por los libertinos príncipes
-de Antioquía, se halla actualmente bajo el dominio de los Partos, que
-conducidos por el gran Arsaces, fundador de este imperio, se apoderaron
-de él hace varios siglos. Este momento es el más oportuno para darte
-una idea de su inmenso poderío, porque el rey de los Partos acaba de
-reunir en Ctesifón todas sus huestes para marchar contra los Escitas,
-cuyas bárbaras incursiones han asolado la Sogdiana; y se apresura a
-prestar auxilio a esta provincia. A pesar de la distancia, puedes ver
-sus numerosas tropas, su aspecto marcial, los arcos de acero y las
-agudas flechas de esos guerreros, tan temibles en la fuga como en la
-persecución; todos son jinetes, porque la lucha a caballo es aquella en
-que más se distinguen. Mira cuán belicoso ardimiento demuestran en esa
-revista, cómo se forman sus filas en cuadro, en ángulo, en media luna,
-o se desplegan en alas.»</p>
-
-<p>Jesús miró, y por las puertas de la ciudad vio salir innumerable
-multitud de guerreros, brillantes con sus cotas de malla y ornamentos
-militares; sus caballos, aunque cubiertos de acero, no son menos ágiles
-y vigorosos, y encabritándose avanzan con sus jinetes, flor y nata
-de las provincias que se extienden de un extremo a otro del imperio.
-Vienen los unos de Aracosia, de Candahar y de la Margiana; los otros
-de las montañas de Hircania o del Cáucaso, de los profundos valles
-de la Iberia, de Atropatis, de las vecinas llanuras de Adiabene y
-Media, y del sur de Susiana, hasta el puerto de Balsara. Veíaseles
-alinearse en orden de batalla, girar rápidamente, y huyendo al parecer,
-lanzar tras sí una terrible granizada de agudos dardos a la cara de
-sus perseguidores, a los cuales vencían por esta maniobra. El campo
-estaba cubierto de armaduras, que despedían el sombrío fulgor del
-hierro; no faltaban allí numerosos escuadrones, y en cada ala guerreros
-armados de punta en blanco para combatir de cerca; ni carros, ni
-elefantes, que llevaban torres cuajadas de arqueros; ni peones en
-gran número, provistos de azadas y hachas, para allanar las alturas,
-abrir paso por los bosques, cegar los valles, levantar trincheras,
-o echar puentes sobre los ríos orgullosos, como para someterles al
-yugo. Detrás de ellos iban mulos, camellos, dromedarios, y furgones
-cargados de instrumentos de guerra; jamás se habían visto tantas
-fuerzas reunidas ni tan vasto campamento. Cuando Agricán, con todos
-sus aliados del norte, sitió a Albraca, la ciudad de Galafrón, según
-cuentan los romanos, a fin de conquistar la mano de Angélica, la más
-hermosa<span class="pagenum" id="Page_281">p. 281</span> de las
-mujeres e hija de aquel príncipe, solicitada en matrimonio por muchos
-valerosos caballeros, por los dos Paynim, y los pares de Carlomagno,
-su ejército no era más brillante ni más numerosos sus guerreros<a
-id="FNanchor_163" href="#Footnote_163" class="fnanchor">[163]</a>. El
-gran Enemigo, lisonjeándose de que aquel espectáculo había producido
-gran impresión en nuestro Salvador, dirigiole de nuevo la palabra en
-estos términos:</p>
-
-<p>«Para que reconozcas que no es mi ánimo comprometer tu virtud,
-y que no omito medio alguno a fin de que tu seguridad repose en
-sólidas bases, escucha y sabrás con qué objeto te he conducido
-aquí, mostrándote tan hermoso espectáculo. Aunque tu reino haya
-sido anunciado por los profetas o por los ángeles, si no tratas de
-conquistar ese trono, como lo hizo tu padre David, nunca reinarás;
-en todas las cosas y sobre todos los hombres, la predicción supone
-medios de éxito, y si no se hace uso de ellos, la profecía se revoca.
-Pero supongamos que tomas posesión del trono de David con el libre
-consentimiento de todos, sin oposición alguna por parte de los Hebreos
-o de los Samaritanos: ¿cómo podrías abrigar la esperanza de disfrutarle
-largo tiempo, tranquilo y seguro, hallándote entre dos enemigos cual
-los Partos y los Romanos? Por esto debes obtener el apoyo de uno de los
-dos; yo te aconsejaría comenzar por los primeros, que son los vecinos
-más cercanos, y que demostraron en otro tiempo ser capaces de asolar
-tu país, haciendo cautivos a sus antiguos reyes Antígono y el viejo
-Hircano. De mi cuenta corre poner a los Partos a tu disposición, por
-el medio que tú elijas, bien por conquista o alianza, pues solo con su
-apoyo recobrarás el poder, sin el cual no puedes ocupar realmente el
-trono de David, como su legítimo sucesor. De este modo conseguirás la
-libertad de tus hermanos, de esas diez tribus cuya posteridad conserva
-todavía aquel pueblo en su territorio. Entre los Medos andan también
-dispersos diez hijos de Jacob y dos de José, perdidos lejos de Israel
-y esclavizados, como lo estuvieron en otro tiempo sus padres en la
-tierra de Egipto. El ofrecimiento que te hago te proporciona ocasión
-de alcanzar su libertad; si así lo haces, y les devuelves su herencia,
-entonces, y solo entonces, reinarás cubierto de gloria en el trono de
-David, desde el Egipto al Éufrates, y aún más allá, sin que nada debas
-ya temer de Roma ni de César.»</p>
-
-<p>A lo cual contestó nuestro Salvador sin inmutarse: «Me has hecho ver
-una grande y vana ostentación del poder mundano, frágiles armas, y un
-pomposo aparato guerrero, tan largo de preparar como fácil de destruir:
-me has comunicado secretos de alta política, hábiles proyectos sobre
-enemigos, alianzas y batallas, plausibles todos a los ojos del mundo;
-pero que no tienen para mí ningún valor. Dices que debo poner en juego
-todos los medios, porque si no quedará sin efecto la predicción y me
-veré privado del trono. Mi hora, según antes te dije, no ha llegado
-aún, y debieras desear que estuviese lejana todavía. Cuando haya
-sonado, no creas que me verás vacilar en dar principio a mi obra, sin
-recurrir a tus máximas políticas, ni hacer uso de ese incómodo aparato
-guerrero que me has mostrado, más propio para demostrar la debilidad
-humana que su fuerza. Alegas que es preciso liberte a mis hermanos,
-según les llamas, los Israelitas de las diez tribus, si aspiro a reinar
-como el heredero legítimo de David, y a extender su dominio sobre
-todos los hijos de Israel. Pero dime, ¿de qué proviene ese celo por
-su independencia? ¿Por qué no mostraste el mismo por Israel, David,
-o su trono, en vez<span class="pagenum" id="Page_282">p. 282</span>
-de excitarle por orgullo a que hiciese el recuento de su pueblo, lo
-cual costó la vida a setenta mil hombres en tres días de epidemia<a
-id="FNanchor_164" href="#Footnote_164" class="fnanchor">[164]</a>? ¡Tal
-fue entonces tu celo por Israel; y ese es el que afectas hoy por mí!
-En cuanto a esas tribus cautivas, ellas mismas labraron su desgracia,
-pues abandonaron a Dios para adorar el becerro de oro, los ídolos de
-Egipto, Baal y Astarot, y los de todos los pueblos vecinos. Además de
-esto imitaron sus crímenes, que excedían en perversidad a los de otros
-pueblos paganos; no habiendo implorado con arrepentimiento al Dios de
-sus padres, murieron impenitentes, dejando una raza que se les asemeja,
-que no se distingue de los Gentiles sino por una vana circuncisión,
-y que rinde a Dios un culto confundiéndole con los ídolos. ¿Cómo he
-de pensar en devolver su independencia a esas tribus, que una vez
-libres volverían sin vacilar, sin humillarse, sin arrepentimiento y
-sin conversión, a buscar sus dioses de Betel y de Dan, como un antiguo
-patrimonio? No; que sigan esclavizadas por sus enemigos, puesto que
-adoran ídolos con su Dios. Sin embargo, es posible que al fin (Dios
-sabe cuándo), acordándose de Abraham, se inclinen a un arrepentimiento
-sincero por alguna vocación milagrosa; y que se abran paso a través de
-la multitud de Asirios, cuando se dirijan alegres y presurosos a su
-país natal, así como en otro tiempo cruzaron sus padres el mar Rojo y
-el Jordán al encaminarse a la tierra prometida. Yo abandono su porvenir
-a la Providencia.»</p>
-
-<p>Así habló el verdadero Rey de Israel, contestando con dulzura al
-Enemigo, de un modo que burlaba todos sus artificios, como sucede
-siempre cuando con la verdad se combate la falsía.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3 mt3" id="Ch2_4">
- <p><span class="pagenum" id="Page_283">p. 283</span></p>
- <h3>LIBRO CUARTO</h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra g0">ARGUMENTO</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>Persistiendo Satán en tentar a nuestro Señor, muéstrale la
- imperial ciudad de Roma en el apogeo de su pompa y esplendor,
- como potencia que pudiera preferir a la de los Partos; y dice que
- con la mayor facilidad podría expulsar a Tiberio, devolver a los
- romanos su independencia y hacerse dueño, no solo del imperio,
- sino también de todo el mundo, incluso el trono de David. El
- Salvador contesta, manifestando su desprecio por el poder y las
- grandezas mundanas; censura la pompa, la vanidad y el libertinaje
- de los romanos; demuestra cuán poco merecen recobrar la libertad
- que habían perdido por su mala conducta; y termina refiriéndose
- a la grandeza de su propio reinado futuro. Desesperado Satán, y
- para encarecer el valor de sus dones, declara que únicamente los
- otorgará a condición de que Jesús se prosterne ante él y le rinda
- culto. Nuestro Señor manifiesta su indignación con firmeza, aunque
- moderadamente, al escuchar proposición semejante; y reprende con
- severidad al Tentador, diciéndole que está condenado para siempre.
- Humillado Satán, intenta justificarse; apela después a otro género
- de tentación, y proponiendo a Jesús el premio de la sabiduría y del
- talento, muéstrale el celebrado templo de la antigua literatura,
- Atenas, sus escuelas, los ilustres maestros y sus discípulos,
- haciendo al propio tiempo un encomiástico panegírico de los músicos
- Griegos, poetas, oradores y filósofos de las diferentes sectas.
- Jesús le contesta demostrando la vanidad e insuficiencia de la
- decantada filosofía gentílica, y manifiesta preferir a la música,
- poesía, elocuencia y didáctica poética de los Griegos, la de los
- inspirados escritores Hebreos. Irritado Satán al ver defraudadas
- todas sus tentativas, censura la inconsideración de nuestro Salvador
- en rechazar sus ofertas; y prediciéndole los padecimientos que debe
- sufrir, después de ridiculizar su esperado reino, condúcele de nuevo
- al desierto, dejándole allí. Llega la noche: el Enemigo hace estallar
- una espantosa tormenta, procurando, además, alarmar a Jesús con
- tremendos sueños y terribles espectros, que sin embargo no causan
- impresión alguna en el Salvador. Una hermosa y serena mañana sucede
- a los horrores de la noche: Satán se presenta de nuevo a Jesús, y
- refiriéndose particularmente a la tempestad de la víspera, toma
- motivo una vez más para ultrajarle, enumerando las penalidades que
- debe sufrir. Nuestro Señor se limita a reprenderle; y entonces, en el
- colmo de la desesperación, el Enemigo confiesa que había vigilado con
- frecuencia a Jesús desde su nacimiento, expresamente para descubrir
- si era el verdadero Mesías; y que coligiendo que probablemente lo
- sería, por lo acontecido en el Jordán, habíale seguido desde entonces
- más asiduamente, con la esperanza de alcanzar alguna ventaja sobre
- él, lo cual probaría hasta la evidencia que no era en realidad la
- Divina Persona destinada a ser su «fatal enemigo». Reconoce que hasta
- entonces ha sido completamente derrotado; pero que está resuelto
- a someterle a una prueba más. Así diciendo, le conduce al templo
- de Jerusalén, y colocándole en la punta de la más elevada torre,
- le intima a que pruebe su divinidad, bien sosteniéndose allí, o
- precipitándose sin sufrir daño alguno. Asombrado Satán, y confundido
- al ver que Jesús permanecía inmóvil, cae de pronto, y reaparece
- entre sus infernales cómplices, a quiénes da cuenta del mal éxito de
- su empresa. Los ángeles, entretanto, conducen a nuestro Señor a un
- hermoso valle, y mientras le sirven celestiales manjares celebran su
- victoria con un himno de triunfo.</p>
-
-</blockquote>
-
-
-<p>Perplejo y turbado por el mal éxito de su tentativa, el Enemigo
-permanecía inmóvil, sin que su artificioso espíritu le dictase
-contestación alguna, después de haber sido descubierto su engaño, y
-tantas veces defraudadas sus esperanzas. Aquella persuasiva retórica
-que dulcificaba su lenguaje, cuando tan fácilmente sedujo a Eva,
-parecía faltarle entonces y haber perdido toda su fuerza. Bien es
-verdad que Eva no era más que Eva. El que había dominado a esta con
-su gran superioridad, veíase a su vez burlado y sorprendido, por no
-haber sabido apreciar mejor de antemano la fuerza que trataba de
-combatir y la suya propia. Semejante al hombre que, habiendo sido
-considerado antes como sin igual por su destreza,<span class="pagenum"
-id="Page_284">p. 284</span> se ve eclipsado en la ocasión en que
-menos lo esperaba, y que a fin de salvar su honor, y contra todas las
-probabilidades de triunfo, quiere aún medirse con quien le ha vencido,
-sin poder confesar su derrota, aunque aumente con esto su bochorno;
-o cual otro enjambre de moscas, que en la época de la vendimia se
-lanza sobre el lagar de dónde corre el dulce líquido y vuelve después
-mosconeando; o tal, en fin, como las olas que se levantan contra
-la dura roca, y aunque se estrellan todas, repiten sus acometidas
-inútilmente, resolviéndose en espuma o vapor; así Satán, después de
-recibir negativa sobre negativa y de verse reducido a un humillante
-silencio, no cede sin embargo; y aunque desesperando del éxito, renueva
-sus vanas tentativas.</p>
-
-<p>Para ello transportó a nuestro Salvador a la vertiente occidental
-de aquella elevada montaña, desde donde se podía ver otra llanura
-bastante larga; pero no muy ancha, bañada por el mar del mediodía, y
-terminada en el lado del norte por una cadena paralela de colinas, que
-protegían los productos de la tierra y las moradas de los hombres, de
-los fríos vientos del septentrión. En el centro deslizábase un río en
-cuyas dos orillas se elevaba una imperial ciudad, con torres y templos,
-que se destacaban orgullosamente sobre siete pequeñas colinas ornadas
-de palacios, pórticos, teatros, baños, acueductos, estatuas, trofeos,
-arcos de triunfo, jardines y bosquecillos. Aquel espectáculo se
-desplegaba a los ojos de Jesús a pesar de las altas montañas que debían
-ocultarle (por qué extraño paralaje, o ilusión óptica, multiplicada a
-través de los aires o por los cristales de un telescopio, averígüelo
-el curioso lector); y el Tentador rompió el silencio con estas
-palabras:</p>
-
-<p>«La ciudad que ves no es otra sino la opulenta y gloriosa Roma,
-la reina del mundo, cuya fama se extiende a lejanos países, y que se
-ha enriquecido con los despojos de las naciones. Ahí ves el soberbio
-Capitolio, que domina sobre todos los demás edificios desde lo alto
-de la roca Tarpeya, esa ciudadela inexpugnable; allí está el monte
-Palatino, palacio imperial, vasto recinto, edificio soberbio, obra
-maestra de los arquitectos más ilustres, que brilla a lo lejos por sus
-doradas almenas, sus torres, sus terrados y esplendentes pirámides.
-No lejos de él, elévanse magníficos palacios, semejantes más bien
-a las moradas de los dioses; y he dispuesto mi aéreo microscopio
-de tal manera, que puedas ver por dentro, y exteriormente, sus
-columnas y bóvedas, ricamente cinceladas por mano de los más célebres
-artistas, labradas en cedro, mármol, marfil y oro. Dirige ahora tus
-miradas del lado de las puertas, y verás qué multitud entra y sale:
-son pretores, procónsules, que vienen de sus provincias o vuelven
-a ellas; visten la toga bordada de púrpura, y van acompañados de
-los lictores, que ostentan la segur, insignia de su dignidad; de
-cohortes, legiones y brillantes jinetes. Aquellos que pasan por la
-vía Apia o la vía Emiliana, y visten diverso traje, son embajadores
-que llegan de remotos países: vienen los unos de las últimas regiones
-australes, de Siena, de Meroé, de la isla de Philæ, cubierta de
-sombra por ambos lados; o más al occidente, del reino de Baco<a
-id="FNanchor_165" href="#Footnote_165" class="fnanchor">[165]</a>,
-hasta el lago de Libia. Otros son enviados por los reyes de Asia y
-por el de los Partos; llegan de la India, del Quersoneso de Oro<a
-id="FNanchor_166" href="#Footnote_166" class="fnanchor">[166]</a>
-y de la isla de Trapobana<a id="FNanchor_167" href="#Footnote_167"
-class="fnanchor">[167]</a>, situada más allá de aquel país; su cutis
-es bronceado, y cubren sus cabezas turbantes de<span class="pagenum"
-id="Page_285">p. 285</span> blanca seda; otros proceden de la Galia,
-de Bretaña, de Gades, del país de los Germanos, del de los Escitas
-y de los Sármatas, que habitan desde más allá del norte del Danubio
-hasta el Quersoneso Táurico<a id="FNanchor_168" href="#Footnote_168"
-class="fnanchor">[168]</a>. Todas esas naciones, sometidas actualmente
-a Roma, prestan obediencia a su poderoso emperador, que por sus
-vastos dominios, sus riquezas y poderío, su civilización, su progreso
-en las artes y el valor guerrero de sus súbditos, pudiera ser a tus
-ojos preferible al rey de los Partos. Exceptuando estos dos imperios,
-todos los demás pueblos son bárbaros, apenas dignos de fijar en
-ellos la atención, pues obedecen a príncipes poco poderosos, que se
-hallan demasiado lejos; al mostrarte esos dos grandes imperios, te
-enseño todos los reinos de la tierra y toda su gloria. El emperador
-romano no tiene hijo alguno; es de edad avanzada, viejo y libertino<a
-id="FNanchor_169" href="#Footnote_169" class="fnanchor">[169]</a>.
-Se ha retirado de Roma para vivir en Caprea, pequeña isla, aunque de
-difícil acceso, situada cerca de las orillas de la Campania, donde se
-propone entregarse secretamente a sus desenfrenadas pasiones. Confiando
-a un perverso favorito los asuntos públicos, aún cuando de él sospeche,
-aborrece a todo el mundo y es de todos aborrecido. ¡Cuán fácil te
-sería, dotado como estás de regias virtudes, dándote a conocer, e
-inaugurando tu carrera con grandiosas hazañas, expulsar a ese monstruo
-de su trono, convertido ahora en inmundo lupanar, y sustituirle en el
-solio, librando de su vergonzoso yugo a un pueblo triunfante! Y con
-mi apoyo te es dado conseguirlo, pues yo tengo el poder de hacerlo,
-y te lo cedo a ti. Aspira, pues, al imperio del mundo entero; aspira
-a cuanto hay de más elevado, que si no lo alcanzas con el supremo
-dominio, no llegarás a sentarte en el trono de David, ni permanecerás
-en él largo tiempo, por mucho que hayan dicho los profetas.»</p>
-
-<p>El Hijo de Dios le contestó con calma: «Toda esa grandeza y
-majestuoso aparato de riquezas y lujo, que llaman magnificencia, lo
-mismo que esa ostentación guerrera que antes me mostraste, no seducen
-mis miradas ni mucho menos mi corazón. También hubieras podido hablarme
-de sus banquetes suntuosos, de sus espléndidos festines, de sus
-desenfrenadas orgías, de sus mesas de madera de limonero o de mármol
-del Atlas, pues yo también he oído, o acaso leído algo de esto; de
-sus vinos de Setía, de Cales, de Falerno, de Quíos y de Creta; de sus
-copas de oro y de cristal, bañadas en mirra, guarnecidas de piedras
-preciosas y engastadas en perlas; detalles todos interesantes para
-cualquiera a quien acosare el hambre o la sed. Elogias además a esos
-embajadores, enviados por naciones lejanas o vecinas: ¡qué honor, pero
-también, qué fastidio! ¡Qué enojosa pérdida de tiempo el sentarse en un
-trono para escuchar tantas vanas y mentidas lisonjas, tantas alabanzas
-extravagantes! Después me hablas del Emperador, a quien se podría
-vencer fácilmente, y cuya derrota me cubriría de gloria; dices que
-debo expulsar a ese monstruo cruel; pero ¿no sería necesario hacerlo
-al propio tiempo con el demonio que lo ha convertido en tal? Sírvale
-su conciencia de verdugo: no he sido yo enviado para destronarle, ni
-tampoco para libertar a ese pueblo, victorioso en otro tiempo, vil y
-humillado ahora, que merecido tiene su servilismo; que antes justo,
-frugal, humilde y moderado, conquistó gloriosamente, pero gobernó
-mal las naciones sometidas a su yugo, despojando a las provincias
-para satisfacer su sed de rapiña o sus dispendiosos placeres. Esos
-romanos, poseídos primero de la ambición del triunfo, orgullosa e
-insultante pompa; y feroces luego por haberse acostumbrado a ver
-correr en sus circos la sangre de las fieras que<span class="pagenum"
-id="Page_286">p. 286</span> luchan entre sí, así como la de los
-hombres expuestos a sus ataques, han llegado a ser con sus riquezas
-apasionados por el lujo, y siempre más insaciables y afeminados por los
-espectáculos que diariamente presencian. ¿Qué hombre sabio y valeroso
-intentaría libertar a ese pueblo degenerado, que se ha esclavizado él
-mismo? ¿Quién podría convertir en hombres libres a los que son serviles
-de por sí? Sábelo pues; cuando llegue la hora de sentarme en el trono
-de David, mi reinado será como un árbol cuyo ramaje se extendiese sobre
-toda la tierra, para cubrirla con su sombra, o bien como la piedra que
-haría pedazos todas las monarquías existentes en el mundo. Y mi reinado
-no tendrá fin: medios se encontrarán para ello; pero no te corresponde
-a ti saber cuáles son estos, ni tampoco revelártelo debo.»</p>
-
-<p>A lo cual contestó el Tentador con descaro: «Veo en qué poco
-estimas todas mis ofertas, y cómo las rechazas por ser yo quien te
-las hace. Nada es de tu agrado; te muestras por demás receloso, y con
-tus exagerados escrúpulos, te limitas a contradecirme. Sin embargo,
-quiero que sepas en cuánto estimo los ofrecimientos que te hago, y
-qué lejos está de mí apreciar en poco las ventajas de que te quiero
-hacer partícipe. Todo cuanto abarca tu mirada, todos esos reinos del
-mundo, yo te los doy (que a mí me los han dado y yo los cedo a quien
-me place); no es ninguna bagatela; pero te impongo una condición
-indispensable. Es preciso que te prosternes y me rindas adoración como
-a tu superior y tu dueño (fácil te es hacerlo), reconociendo que todo
-lo has recibido de mí. ¿No es esto lo menos que merece tan considerable
-donativo?»</p>
-
-<p>Nuestro Salvador contestó con acento desdeñoso: «Jamás me agradó tu
-lenguaje, y mucho menos tus ofrecimientos; ahora desprecio tanto estos
-como aquel, ya que has osado exponer en tan abominables términos tu
-impía condición. Pero sufriré con paciencia, hasta que expire el plazo
-durante el cual te será permitido obrar contra mí. Escrito está en el
-primer mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios y le servirás a él solo;»
-¿y te atreves a proponer a su Hijo que te rinda culto, a ti, maldito,
-doblemente maldito ahora por esta pretensión, más impía y osada que
-la que tuviste con Eva? No se hará esperar tu expiación. Dices que
-te dieron los reinos del mundo; di más bien que te los abandonaron y
-que los usurpaste; ningún otro donativo podrías hacer. Y aun cuando
-te los hubiesen dado, ¿de quién los habrías recibido sino del Rey de
-los reyes, del Dios supremo, dueño de todas las cosas? Y si te los ha
-dado ¡con qué generosa gratitud le pagas! Pero hace ya mucho tiempo
-que la gratitud se ha extinguido en ti. ¿Tan falto estás de temor, o
-tan desvergonzado eres que osas ofrecérmelos a mí, al Hijo de Dios,
-ofrecerme lo que me pertenece, bajo la infame condición de prosternarme
-y adorarte como a Dios? ¡Atrás! ¡aléjate de mí! Ahora es cuando te
-manifiestas evidentemente como el mal personificado, como Satán,
-maldito para siempre.»</p>
-
-<p>Confuso y poseído de temor, replicó el Enemigo: «No te muestres
-tan gravemente ofendido, Hijo de Dios, pues también los ángeles y los
-hombres son hijos de Dios, y yo he querido asegurarme de que llevas ese
-título por ser superior a ellos. Por esto te propuse que me rindieses
-el homenaje que recibo de los ángeles y de los hombres; de esos
-tetrarcas que presiden el fuego, el aire, el agua y la tierra, así como
-también de las naciones que habitan en toda la superficie del globo. A
-mí me invocan como al dios de este mundo y de aquel que está debajo;
-y más que a ningún otro, impórtame asegurarme si tú eres Aquel cuya
-llegada, según las profecías, debe serme tan fatal. La prueba no te ha
-perjudicado en modo alguno; más bien has alcanzado honor y aprecio,
-al paso que yo no gano nada, y hasta debo renunciar a lo que me<span
-class="pagenum" id="Page_287">p. 287</span> proponía obtener. Dejemos,
-pues, los reinos de este mundo, puesto que son transitorios; no te
-hablaré más de ellos; adquiérelos o no, según te plazca, que eso a ti
-solo te concierne.</p>
-
-<p>»Parece que tú aspiras a alguna cosa más noble que a una corona
-mundana: prefieres entregarte a la meditación y a las sabias
-discusiones, según lo indicaba ya aquel rasgo de tu infancia, cuando
-escapaste de la vista de tu madre para ir solo al templo, donde te
-hallaron en medio de los más graves doctores, discutiendo sobre
-puntos y cuestiones relativas a la cátedra de Moisés; enseñando pero
-no enseñado. La infancia anuncia al hombre, como la mañana anuncia
-el día: sé ilustre, pues, por tu saber; y así como tu imperio debe
-extenderse sobre todo el mundo, extiéndase también tu espíritu sobre
-el universo entero y en todo cuanto contiene. No está comprendida toda
-la ciencia en la ley de Moisés, en el Pentateuco y en los escritos de
-los profetas; también los Gentiles, guiados por la luz natural, saben,
-escriben y enseñan cosas dignas de admirarse; y tú debes conferenciar
-con los Gentiles, dirigiéndoles por la persuasión según tus miras. Sin
-conocer su sabiduría, ¿cómo quieres conversar con ellos, o que ellos se
-entiendan contigo? ¿Cómo has de discutir, cómo refutar sus idolismos,
-sus tradiciones y paradojas? Con sus propias armas se debe combatir su
-error. Antes de abandonar esta despejada montaña, mira otra vez por
-la parte del occidente, y mucho más cerca, hacia el mediodía, verás
-en la ribera del mar Egeo una ciudad con magníficos edificios, donde
-el aire es puro y el terreno llano. Es Atenas, el ojo de Grecia, la
-madre de las artes y de la elocuencia, la patria o mansión hospitalaria
-de los sabios célebres, que encuentran en su agradable retiro, en la
-ciudad o los arrabales, paseos cubiertos de sombra, para entregarse
-al estudio. He ahí el olivar de Academo, el asilo de Platón, donde el
-ruiseñor deja oír todo el verano las rápidas y variadas notas de su
-canto. Allí está el monte Himeto, cuyas flores atraen a la industriosa
-abeja, que con su ligero zumbido invita a las meditaciones graves;
-y más allá se desliza el Ilisos con sus ondas de suave murmullo.
-Dentro de la ciudad puedes ver las escuelas de los antiguos sabios: el
-Liceo, dónde enseñaba aquel<a id="FNanchor_170" href="#Footnote_170"
-class="fnanchor">[170]</a> que preparó al gran Alejandro para
-subyugar al mundo; y poco más lejos el Pórtico, ornado de pinturas.
-En esa ciudad podrás estudiar la secreta influencia de la armonía,
-por medio de tonos y números indicados con la voz o con la mano<a
-id="FNanchor_171" href="#Footnote_171" class="fnanchor">[171]</a>; las
-distintas medidas de los versos que tal encanto comunican a las odas
-líricas de los poetas eolios y dorios, y a los cantos muy superiores de
-aquel que a todos les inspiró, del ciego Melesígenes, llamado más tarde
-Homero, cuyos poemas se atribuyó Febo. En la misma fuente fue donde los
-graves y sublimes trágicos adquirieron los profundos conocimientos,
-que comunicaban luego con sus coros y sus yámbicos, esos excelentes
-preceptos de prudencia moral, que acogidos con gusto en forma de breves
-sentencias, recuerdan al hombre las leyes del destino, la inconstancia
-de la fortuna, las vicisitudes de la vida humana, ofreciendo a su
-vista el espectáculo de los actos más nobles, y el cuadro fiel de
-las grandes pasiones. Allí es dónde podrías formarte sobre el modelo
-de esos célebres oradores antiguos, cuya irresistible elocuencia
-dirigía a su antojo a la arrogante democracia, abría los arsenales y
-fulminaba sus rayos por encima de Grecia, hasta Macedonia y el trono
-de Artajerjes. Presta también oído a las lecciones de esa filosofía
-que bajó del cielo a la modesta<span class="pagenum" id="Page_288">p.
-288</span> morada de Sócrates. He ahí donde habitaba aquel a quien el
-bien inspirado oráculo declaró el más sabio de los hombres, y de cuya
-boca brotaron aquellos raudales de dulce elocuencia que iban a bañar
-todas las escuelas de los académicos antiguos y modernos, así como
-las de los Peripatéticos, de los Epicúreos y de los severos Estoicos.
-Estudia sus doctrinas en esos lugares, o si lo prefieres, en tu humilde
-morada, hasta que el tiempo madure tu edad para soportar el peso de un
-reino; sus preceptos te convertirán en un cumplido príncipe, que sabrá
-reinar en sí mismo, y cuya sabiduría resaltará más a la cabeza de un
-imperio.»</p>
-
-<p>Nuestro Salvador contestó con estas sabias palabras: «No creas que
-conozco estas cosas, o más bien, cree que las ignoro; y sin embargo,
-no dejo de saber lo que debo. El que recibe sus luces del cielo, de
-la fuente misma de la luz, no necesita otras doctrinas, por más que
-las reconozca como verdaderas; pero las de que tú hablas son falsas,
-son casi ensueños, conjeturas, ficciones que no se fundan en ninguna
-base sólida. El primero y más sabio de todos esos doctores confesó no
-saber más que su ignorancia; su primer discípulo se dejó llevar por
-las fábulas y las ideas seductoras; una tercera escuela dudó de todas
-las cosas, hasta del buen sentido; otros fundaron la felicidad en la
-virtud; pero acompañada esta de riquezas, de larga vida, del placer de
-los sentidos, y sin inquietudes ni zozobras. Por último, el Estoico,
-poseído de su filosófico orgullo, al que llama virtud; con su sabio,
-hombre virtuoso, perfecto en sí, que todo lo posee, lo mismo que Dios,
-causa vergüenza muchas veces cuando lejos de preferir la virtud, no
-teme al Señor ni al hombre; lo desprecia todo, riquezas y placeres,
-penas y tormentos, la muerte y la vida, jactándose de renunciar a
-esta cuando quiera, o de perderla a su antojo. Pero toda esa enojosa
-prosodia se reduce a una vana jactancia o a sutiles subterfugios
-para eludir la convicción. ¡Ah! ¿qué pueden enseñar ellos, y cómo no
-han de engañarse, si no conociéndose a sí propios, y mucho menos a
-Dios, no saben cómo tuvo principio el mundo, y cómo cayó el hombre,
-degenerado por sí mismo, sin depender más que de la gracia? Hablan
-mucho del alma; pero todo cuanto dicen está plagado de errores: buscan
-la virtud en sí mismos; se atribuyen toda la gloria para no cedérsela
-a Dios; y designan más bien al Eterno con los nombres vulgares de
-fortuna y destino, cual si fuese un ser extraño a los asuntos de los
-mortales. Así pues, aquel que busca la verdad en esos doctores, no
-la encuentra, o bien, juguete de una ilusión, que es mucho peor aún,
-solo ve una falsa imagen, un vano fantasma. En cuanto a lo demás, los
-sabios han dicho que un excesivo número de libros es origen de fatigas
-y confusión; el que los lee continuamente, sin analizar su contenido
-con un juicio igual o superior (¿y a qué buscar en otra parte lo que
-lleva en sí?), continúa siempre en la duda y falto de principios fijos.
-Está versado, sí, en la ciencia de los libros; pero siendo su juicio
-superficial, nada maduro, o poseído de preocupaciones, recoge bagatelas
-o frivolidades, cual si fueran pensamientos escogidos, aunque no
-valen lo que una esponja; pareciéndose a esos niños que van cogiendo
-piedrecillas por la ribera. Y si yo quisiera distraer mis horas de
-ocio con la música o la poesía, ¿dónde mejor que en nuestro idioma
-nativo podría encontrar tan grato solaz? Toda nuestra ley, toda nuestra
-historia, están llenas de himnos; los salmos se han compuesto con mucho
-arte; los cánticos y las arpas, tan agradables a los oídos de nuestros
-vencedores en Babilonia, revelan que la Grecia es más bien la que tomó
-de nosotros estas artes; pero las ha imitado mal, consagrándolas a
-celebrar con pompa los vicios de sus divinidades y los suyos propios,
-así en fábulas como en odas y<span class="pagenum" id="Page_289">p.
-289</span> cantos, donde representa a sus ridículos dioses, perdiendo
-ella misma todo decoro. Suprime en esos poemas los epítetos pomposos,
-semejantes al espeso afeite que cubre las mejillas de una cortesana,
-y todo lo demás se desvanece, sin dejar placer ni provecho. Indignos
-serían de compararse con los cánticos de Sión, que tanto agradan a
-todos aquellos cuyo gusto es puro, esos cánticos en los que se celebra
-noblemente a Dios, al santo de los santos, así como a sus hombres
-(divinamente inspirados, y no por ti). Solo exceptúo los poemas en que
-se pinta la virtud moral por la luz natural, aún no perdida del todo
-entre los hombres. Ensalzas a sus oradores cual si hubiesen llegado al
-apogeo de la elocuencia; son seguramente hábiles políticos, amantes de
-su patria, a lo que parece; pero distan mucho de igualar a nuestros
-profetas, porque a estos les ilumina la luz celeste, y con su estilo,
-tan majestuoso y natural, enseñan mucho mejor que todos los oradores de
-Grecia y Roma, las verdaderas reglas para gobernar las ciudades. En sus
-escritos se enseña, clara y fácilmente, la manera de hacer a una nación
-dichosa y conservar su felicidad; lo que arruina los reinos y destruye
-las ciudades; y estos son, con nuestra ley, los preceptos más propios
-para formar un monarca.»</p>
-
-<p>Así habló el Hijo de Dios; pero Satán, apurado hasta el extremo
-(pues había agotado todos sus artificios), contestó a nuestro Salvador
-con enojado tono:</p>
-
-<p>«Puesto que ni las riquezas ni los honores, ni las armas ni las
-artes, ni el trono ni el imperio, tienen para ti atractivo alguno;
-puesto que todo cuanto te propongo para alcanzar prez y gloria, con
-la vida contemplativa o activa, es rechazado por ti, ¿qué haces en
-este mundo? El desierto es lo que más te conviene: allí te encontré y
-allí te volveré a dejar; pero acuérdate de lo que te voy a predecir.
-Bien pronto tendrás motivos de arrepentirte por haber rechazado así,
-con tanto escrúpulo y prudencia, el auxilio que te ofrecía, y con el
-cual hubieras ocupado pronto y fácilmente el trono de David, o el
-trono del mundo entero. Ahora estás en la edad viril; llegado es ya el
-tiempo y la hora en que mejor pueden realizarse las profecías que a
-ti se refieren. Pero si yo sé leer alguna cosa en el cielo, o si este
-anuncia algo acerca del destino, por lo que me permiten descifrar las
-inmensas estrellas que se hallan en conjunción, veo que te amenazan
-penalidades y fatigas, la oposición y el odio, el escarnio, las
-censuras, los ultrajes, la violencia, los golpes, y por último una
-muerte cruel. Cierto que estos signos anuncian para ti un reino; mas
-no puedo discernir si real o alegórico, ni tampoco cuándo; eterno será
-seguramente, y sin principio ni fin, pues ninguna fecha precisa me
-dirige en el estrellado círculo.»</p>
-
-<p>Así diciendo, apoderose del Hijo de Dios (pues sabía que aún no se
-le había retirado su poder), y le volvió a llevar al desierto, donde
-le dejó, aparentando luego que desaparecía. Entonces comenzó a reinar
-la oscuridad, declinó el día y sucediole la noche, su tenebrosa hija,
-ser impalpable que roba la luz en ausencia de aquel. Nuestro Salvador
-tranquilo y sin irritación alguna después de su excursión aérea,
-aunque rendido de fatiga, de hambre y de sed, se dispuso a buscar
-reposo en cualquiera parte, debajo de algún árbol, cuyas entrelazadas
-ramas pudiesen preservarle del rocío y la humedad de la noche. Empero,
-aquel abrigo y aquel descanso no le proporcionaron el menor alivio,
-pues el Tentador vigilaba a su cabecera, y no tardó en turbar su
-reposo con medrosos sueños. Después comenzó a rugir el trueno de los
-trópicos y el de los polos; las nubes, entreabiertas por todas partes,
-lanzaron torrentes de lluvia mezclada con relámpagos, pareciendo que
-el agua y el fuego conspiraban a la destrucción;<span class="pagenum"
-id="Page_290">p. 290</span> rugían los vientos en los profundos antros,
-y precipitándose luego desde los cuatro puntos cardinales, barrieron
-el trastornado desierto; los esbeltos pinos, a pesar de sus profundas
-raíces, y las más robustas encinas, inclinaban sus agitadas copas,
-doblegándose al embate del huracán, o caían tronchados en el acto. Ya
-no tenías abrigo ¡oh paciente Hijo de Dios! pero continuabas firme e
-inalterable. Y no se limitaron a esto las causas de terror: espíritus
-infernales y espantosas furias te cercaron por do quier; aullaban los
-unos, rugían las otras, gritaban los demás, dirigiendo contra ti sus
-inflamados dardos; mientras que tú, sin palidecer, conservabas un
-aspecto tranquilo y la paz de la inocencia. Así pasó aquella noche
-horrible, hasta que por fin llegó una serena mañana a iluminar con su
-dulce luz los pasos del peregrino; la radiante aurora hizo enmudecer
-al trueno, disipó las nubes, apaciguó los vientos, y ahuyentó a los
-hediondos fantasmas, que el Enemigo había evocado para dominar al Hijo
-de Dios por el terror.</p>
-
-<p>Ya el sol, con sus más poderosos rayos, había regocijado la faz
-de la tierra, secando las gotas que humedecían árboles y plantas.
-Las aves, al verse rodeadas de más frescura y verdor después de
-tan horrible y tempestuosa noche, lanzaban al aire sus más dulces
-trinos entre los bosquecillos y el ramaje, como saludando la vuelta
-de la mañana. Sin embargo, en medio de aquella alegría y de tan
-risueña naturaleza, y a pesar del trastorno causado, el príncipe de
-las tinieblas no estaba ausente; hasta quiso parecer satisfecho de
-tan agradable escena, y se presentó al Salvador. Empero, no había
-proyectado ninguna nueva trama, pues de todas se había valido;
-desesperando alcanzar buen éxito, proponíase más bien inferir el último
-ultraje para desahogar su rabia y su despecho por haber sido tantas
-veces rechazado. Encontró a Jesús paseándose en una colina descubierta,
-sombreada al norte y al oeste por un espeso bosque; salió de él en su
-acostumbrada forma, y con tono indiferente dirigió al Salvador estas
-palabras:</p>
-
-<p>«Hijo de Dios, hermosa mañana se presenta después de tan horrible
-noche: he oído el estrépito de la tormenta; la tierra y el cielo
-parecían confundirse; pero yo estaba lejos, y estas sacudidas que los
-mortales temen como peligrosas para los cimientos de la celeste bóveda,
-o los inferiores de la tierra, son para el universo tan ligeras, tan
-inofensivas, si no saludables, como un estornudo para el cuerpo del
-hombre, sin contar que duran poco tiempo. No obstante, así como son
-nocivas para los hombres, los animales y las plantas, allí donde se
-producen; y así como causan destrozos y trastornos, lo mismo que
-las sediciones en los asuntos de los hombres, así también presagian
-y anuncian desgracias para aquellos sobre cuya cabeza, estallan,
-pareciendo amenazarles. La tormenta se ha desencadenado principalmente
-en este desierto para ti, porque tú eres el único humano que aquí
-habita. ¿No te dije que tendrás motivo de arrepentirte si dejas escapar
-el momento favorable que se te ofrece con mi auxilio, para posesionarte
-del trono destinado para ti; y que si lo abandonas todo al capricho
-de la suerte, persistiendo en seguir tu marcha para obtener el solio
-de David, sin saber cuándo, puesto que no está indicado en ninguna
-parte el tiempo y la manera, tendrías algún sentimiento? Seguramente
-llegarás a ocupar el puesto para que estás destinado, pues los ángeles
-lo anunciaron así; aunque sin decir nada de la época y los medios. Para
-que una acción sea del todo buena, no basta que esté conforme con el
-deber; es preciso también que se haga oportunamente; y por lo tanto, si
-no te atienes a esto, ten por seguro que te asaltarán, según te<span
-class="pagenum" id="Page_291">p. 291</span> lo predije, peligros sin
-cuento, desgracias y penalidades, antes que logres empuñar el cetro
-de Israel. De ello te ha podido advertir, como signo precursor e
-infalible, lo ocurrido en la pasada noche, que te ha rodeado de tantos
-horrores, de tantos prodigios, y durante la cual has oído tantas voces
-amenazadoras.»</p>
-
-<p>Así habló Satán, mientras que el Hijo de Dios continuaba su camino
-sin detenerse: pero contestole con estas breves palabras:</p>
-
-<p>«No he sufrido más molestia que el mojarme un poco: esos terrores
-de que hablas no me han causado pena alguna; jamás creí que pudiesen
-producir sino un ruido incómodo, que no pasaría de amenazas. Lo que
-puedan hacer como presagios o signos de mal agüero, yo lo desprecio,
-pues todo se reduce a falsos prodigios, que no proceden de Dios, sino
-de ti. Sabiendo que debo reinar a despecho de todos los obstáculos que
-suscitar pudieras, me importunas al ofrecerme apoyo y auxilio, con el
-objeto de que, si yo lo aceptase, pareciera, cuando menos, que tú me
-has conferido todo el poder. ¡Espíritu ambicioso, tú quisieras ser
-considerado como mi Dios; y levantas tempestades por haberte dado una
-negativa, imaginándote que podrías atemorizarme a tu antojo! Desiste,
-pues, que tus designios son conocidos, y en vano te cansas; no me
-molestes más inútilmente.»</p>
-
-<p>A lo que contestó el Enemigo, henchido de rabia: «Pues bien,
-escucha, hijo de David, nacido de una virgen, porque aún dudo que seas
-el Hijo de Dios. Yo oí decir que todos los profetas habían predicho
-la llegada del Mesías; con los primeros supe al fin tu nacimiento,
-anunciado por Gabriel y por los cantos que entonaron los ángeles en
-las llanuras de Bethleem, celebrándote como el Salvador recién nacido
-la noche en que viste la luz. Desde aquel momento, y aunque te criabas
-en tu retiro, rara vez he dejado de observarte en tu niñez, en tu
-infancia, en tu juventud y en tu edad viril, hasta el día en que,
-habiéndome dirigido con toda la multitud a las orillas del Jordán para
-acercarme a Juan Bautista (aunque no con el objeto de ser bautizado),
-oí que una voz celeste te proclamaba como el Hijo querido de Dios.
-Entonces juzgué que eras digno de que te observase más de cerca, de
-que te examinara más atentamente a fin de averiguar en qué grado y en
-qué sentido se te llamaba Hijo de Dios, título que puede entenderse
-de varios modos. Yo también soy, o era hijo de Dios, y si lo fui, aún
-lo soy, luego el parentesco subsiste. Todos los hombres son hijos de
-Dios; pero yo juzgué que habías sido declarado tal en un sentido más
-elevado; por consiguiente, vigilé tus pasos desde aquel momento, y
-te seguí hasta esta soledad, donde por las conjeturas más fundadas,
-deduje que tú debes ser mi fatal enemigo. Tengo, pues, plausibles
-razones para procurar conocer de antemano a mi adversario, saber quién
-y qué es; a qué punto llega su sabiduría y su poder, y cuáles son sus
-designios, procurando vencerle u obtener de él cuanto pueda por medio
-de conferencias o acuerdos, una tregua o una alianza; y he hallado
-aquí una ocasión favorable para ponerte a prueba, para escudriñarte.
-Confieso que te has mostrado endurecido contra toda tentación, firme
-como diamantina roca o como el centro del mundo; que has llegado a
-la mayor superioridad que alcanzar pudiera un simple mortal, tan
-sabio como virtuoso; pero nada más, pues ya se han visto hombres que
-despreciaron honores, riquezas, el trono y la gloria, y aún se verán
-otros. Por lo tanto, a fin de asegurarme que eres más que un hombre,
-digno de ser proclamado Hijo de Dios, por una voz celeste, debo apelar
-ahora a otra clase de prueba.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_292">p. 292</span>Al pronunciar estas
-palabras, arrebató al Salvador, y sin tener las alas de un hipogrifo,
-llevole a través de los aires por encima del desierto y la llanura,
-hasta que vieron debajo de ellos la hermosa Jerusalén, la Ciudad Santa,
-con sus altas torres y su glorioso templo, más elevado aún, cuya
-cúpula parece desde lejos una montaña de alabastro cubierta de doradas
-espirales. Allí, en la flecha más alta, fue donde Satán colocó a Jesús,
-dirigiéndole en tono de burla estas palabras: «Tente aquí derecho, si
-quieres, pues se necesita alguna destreza para mantener el equilibrio;
-te he traído a la casa de tu padre, eligiendo en ella el sitio más
-alto, que es también el mejor. Manifiéstame ahora tu origen, ya que
-no manteniéndote firme, precipitándote al menos, pues bien puedes
-hacerlo sin temor, si eres en efecto el Hijo de Dios, toda vez que está
-escrito: «Mandará a sus ángeles que velen sobre ti, y te llevarán en
-brazos para que no tropiece tu pie contra ninguna piedra.»</p>
-
-<p>A lo cual contestó Jesús: «También está escrito que no tentarás
-al Señor, tu Dios.» Y así diciendo, permaneció tranquilo e inmóvil;
-pero Satán, mudo de asombro, cayó en el acto. Así como el hijo de la
-Tierra, Anteo (para comparar las cosas pequeñas con las grandes),
-cuando combatió en Irasa contra el hijo de Júpiter, aunque derribado
-con frecuencia, levantábase siempre, recibiendo de la tierra, su
-madre, nuevas fuerzas; y fortificado por su caída, empeñaba la lucha
-con nuevo vigor, hasta que al fin, arrebatado del suelo y ahogado
-en el aire cayó muerto<a id="FNanchor_172" href="#Footnote_172"
-class="fnanchor">[172]</a>; así el orgulloso Tentador, después de ser
-vencido muchas veces, y al renovar sus ataques, cayó, dominado por su
-soberbia, del sitio donde se había colocado para ver la caída de su
-vencedor. Así también aquel monstruo de Tebas, que proponía su enigma
-y devoraba a quien no lo adivinase, poseído de pena y despecho cuando
-fue por fin explicado y comprendido, se precipitó de cabeza desde lo
-alto de la roca Ismeniana<a id="FNanchor_173" href="#Footnote_173"
-class="fnanchor">[173]</a>. De igual suerte, herido de terror y
-angustia, el Enemigo cayó, y arrastrado hacia la muchedumbre de sus
-secuaces, que entonces deliberaban (prometiéndose alegremente un seguro
-éxito), presentose entre ellos anunciándoles el triste resultado de
-su empresa, la ruina, la desolación y el espanto, por haber osado
-con tanta arrogancia tentar al Hijo de Dios. Así cayó Satán; y de
-improviso, semejante a un globo ardiente, una cohorte de ángeles pasó
-cerca de allí a vuelo tendido, con toda la rapidez posible. Recibieron
-al Señor en medio de ellos, y sosteniéndole sobre el blando tapiz
-formado por sus plumas, transportáronle a través de un cielo sereno;
-después le depositaron sobre el banco de césped de un florido valle, y
-pusieron delante de él una mesa cubierta de celestiales manjares, de
-los frutos divinos de la ambrosía y del licor inmortal que producen
-el árbol y la fuente de la vida. Bien pronto le repusieron de sus
-fatigas y repararon sus fuerzas, si es que el hambre o la sed las
-habían debilitado; y mientras comía, los coros de ángeles celebraban
-con celestiales himnos su victoria sobre la tentación y el orgulloso
-Tentador.</p>
-
-<p>«Fiel imagen de tu Padre, bien ocupes tu trono en el seno de la
-bendición, y reflejes la<span class="pagenum" id="Page_293">p.
-293</span> primitiva luz, o ya te halles alejado del cielo, revestido
-de envoltura carnal y en forma humana, recorriendo el desierto;
-cualquiera que sea el lugar que habites, tu figura, tu condición o
-tu carrera, siempre te presentas como el Hijo de Dios, dotado de una
-fuerza divina contra el agresor del trono de tu Padre y el raptor
-del Paraíso. En tiempos muy remotos, tú le venciste y precipitaste
-del cielo con todo su ejército; hoy has vengado la derrota de Adán,
-y al triunfar de la tentación, has recobrado el perdido Paraíso,
-inutilizando la fraudulenta conquista del Enemigo. No volverá este
-a sentar de nuevo su planta en el feliz jardín para tentar a los
-habitantes; sus tramas se han frustrado, pues aunque se haya destruido
-aquella morada de terrenal bendición, se ha fundado ahora un Paraíso
-más hermoso para Adán y su raza elegida, que como Salvador has venido a
-restablecer aquí bajo, y donde vivirán seguros cuando llegue el tiempo,
-sin que deban temer a la tentación ni al Tentador. En cuanto a ti,
-serpiente infernal, ya no reinarás más tiempo: encerrada en una nube,
-lo mismo que un astro de otoño o un relámpago, caerás del cielo hollada
-bajo los pies del Hijo de Dios. He aquí tu castigo, antes que sientas
-tu herida (que no será la última ni la más grave), por la derrota que
-acabas de sufrir, y que no te valdrá ningún triunfo; en todas las
-puertas del infierno, Abaddón maldice tu temeraria empresa. Aprende a
-temblar en lo sucesivo ante el Hijo de Dios, que aunque desarmado, le
-expulsará a ti y a todas tus legiones, por el terror que te inspirará
-su voz, de todos tus infernales antros. Emprenderán la fuga aullando, e
-implorarán la gracia de ocultarse en una pocilga, por temor de que les
-mande precipitarse en el abismo, donde encadenados, serían sometidos al
-tormento antes de llegar su hora. ¡Salve Hijo del Altísimo, heredero de
-ambos mundos, vencedor de Satán! Comienza ahora tu gloriosa carrera, y
-da principio a tu obra de salvar a la humanidad.»</p>
-
-<p>Así glorificaron con sus cánticos al Hijo de Dios, nuestro buen
-Salvador, celebrando su gloria; y recobradas las fuerzas con los
-celestiales manjares, púsose en camino alegremente para volver al hogar
-doméstico a reunirse con su madre.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3 mt3" id="ToC">
- <p><span class="pagenum" id="Page_295">p. 295</span></p>
- <h2 class="nobreak g1">ÍNDICE</h2>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<table class="toc" summary="">
- <tr>
- <td>&#160;</td>
- <td class="tdru"><span class="fs60">PÁGINAS.</span></td>
- </tr>
- <tr>
- <td><a href="#Ch0">Vida de Juan Milton</a>.</td>
- <td class="tdrb asc"><a href="#Page_i">I</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="2" class="tdc pt15"><span class="fs110">EL PARAÍSO PERDIDO</span></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="pt1"><a href="#Ch1_1">Libro primero</a>.</td>
- <td class="tdrb pt1"><a href="#Page_5">5</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td><a href="#Ch1_2">Libro segundo</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_25">25</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td><a href="#Ch1_3">Libro tercero</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_49">49</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td><a href="#Ch1_4">Libro cuarto</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_65">65</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td><a href="#Ch1_5">Libro quinto</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_87">87</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td><a href="#Ch1_6">Libro sexto</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_107">107</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td><a href="#Ch1_7">Libro séptimo</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_127">127</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td><a href="#Ch1_8">Libro octavo</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_141">141</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td><a href="#Ch1_9">Libro noveno</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_155">155</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td><a href="#Ch1_10">Libro décimo</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_182">182</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td><a href="#Ch1_11">Libro undécimo</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_207">207</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td><a href="#Ch1_12">Libro duodécimo</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_229">229</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td><a href="#Ch1_13">Juicios críticos sobre el <span class="smcap">Paraíso perdido</span></a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_245">245</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="2" class="tdc pt15"><span class="fs110">EL PARAÍSO RECOBRADO</span></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="pt1"><a href="#Ch2_1">Libro primero</a>.</td>
- <td class="tdrb pt1"><a href="#Page_259">259</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td><a href="#Ch2_2">Libro segundo</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_267">267</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td><a href="#Ch2_3">Libro tercero</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_275">275</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td><a href="#Ch2_4">Libro cuarto</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_283">283</a></td>
- </tr>
-</table>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3 mt3" id="LoI">
- <p><span class="pagenum" id="Page_296">p. 296</span></p>
- <h2 class="nobreak g1" title="PAUTA para la colocación de las láminas">PAUTA</h2>
- <p class="centra smaller ws1 mt1">PARA LA COLOCACIÓN DE LAS LÁMINAS</p>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<table class="pauta" summary="">
- <tr>
- <td>&#160;</td>
- <td class="tdru"><span class="fs75">PÁGINAS</span></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L01">El Todopoderoso le arrojó de la etérea bóveda</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_6">6</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L02">Enderézase de pronto sobre el lago, mostrando su poderoso cuerpo</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_10">10</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L03">Oyéronle, y avergonzados, se levantaron</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_12">12</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L04">Intiman el llamamiento a los más dignos por su clase</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_22">22</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L05">Así en innumerable muchedumbre revoloteaban bajo la bóveda del infierno</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_23">23</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L06">Sobre un trono de excelsa majestad, muy superior en esplendidez</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_25">25</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L07">Todos los seres imperfectos, verdaderos abortos y monstruos</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_38">38</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L08">Delante de ellas, a uno y otro lado, estaban sentadas</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_39">39</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L09">Y con cabeza, manos, alas y pies, se sumerge, fluctúa y se arrastra</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_45">45</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L010">Al compás de los himnos y hossanas que resonaban</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_56">56</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L011">Revolotea todo ello por los espacios ilimitados</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_59">59</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L012">Se lanzó a la costa inferior de la tierra desde la Eclíptica</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_64">64</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L013">¡Ah miserable! ¿Por dónde huiré de aquella cólera sin fin?</a></td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_67">67</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L014">Iba, pues, pensativo y lentamente subiendo Satán</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_69">69</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L015">Mansión campestre y encantadora</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_70">70</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L016">De la corteza de los frutos hacían vasos para apagar la sed</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_72">72</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L017">Con esta promesa, volvió Uriel a su región</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_77">77</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L018">Los dos ángeles se encaminaban en busca de su enemigo</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_82">82</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L019">No esperó más, y huyó lanzando denuestos</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_86">86</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L020">Incorporose para fijar mejor su mirada en aquella hermosura</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_87">87</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L021">A la parte de oriente, entre los árboles y caminando en esta dirección</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_94">94</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L022">Y el divino mensajero repuso: «Hay, Adán, un Ser omnipotente»</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_97">97</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L023">Reciba tu arrogancia estas albricias con que te saludo</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_111">111</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L024">Levantose horrendo clamoreo, cual nunca se había oído en el cielo</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_111">111</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L025">Por primera vez sintió Satán el dolor</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_114">114</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L026">La noche entre tanto comenzó su curso</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_115">115</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L027">Miguel y sus ángeles permanecieron en el campo de batalla</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_116">116</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L028">Y cayeron ángeles y arcángeles a millares, revueltos entre sí</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_119">119</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L029">Por fin abrió el infierno su boca, los tragó a todos y volvió a cerrarla</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_125">125</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L030">Así se precipitan una tras otra las olas</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_133">133</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L031">Y dijo el Señor: «Que las aguas produzcan reptiles»</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_135">135</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L032">Y se asemeja a una flotante playa</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_136">136</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L033">En las orillas de las aguas salen bandadas de avecillas</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_136">136</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L034">Estableciéndose y viviendo en parejas entre los árboles</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_136">136</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L035">Y de esta suerte se separaron en la umbría floresta</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_154">154</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L036">¡Oh Tierra! Cuán semejante eres al cielo</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_157">157</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L037">En el río se hundió Satán y volvió a salir</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_157">157</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L038">Pronto la encontró profundamente dormida y enroscada</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_159">159</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L039">Ocultose el perverso reptil en la espesura del bosque</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_172">172</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L040">Y no solo acudieron las lágrimas a sus ojos</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_179">179</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L041">Oyeron los culpables la voz de Dios, y hombre y mujer huyeron</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_184">184</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L042">Volvió al sitio en que los dos cónyuges discurrían sobre su suerte</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_189">189</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L043">Aguardando de hora en hora a su aventurero caudillo</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_192">192</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L044">Horrible fue la silba que se desató por todos los ámbitos del salón</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_193">193</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L045">Dicho esto, se separaron, tomando cada cual diverso camino</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_196">196</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L046">Las cohortes angélicas descendían al Paraíso</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_212">212</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L047">Cortando altos troncos de la montaña, comenzó a construir una nave</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_224">224</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L048">Las olas habían sepultado ya las demás viviendas</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_225">225</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L049">Le pedirán que les manifieste su voluntad por boca de Moisés</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_235">235</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#L050">Arrasáronseles en lágrimas los ojos</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_243">243</a></td>
- </tr>
-</table>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3 mt3" id="Notas">
- <h2 class="nobreak g1">NOTAS</h2>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a> Así se
-llamaba a los puritanos.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_2" href="#FNanchor_2" class="label">[2]</a> El
-doctor Johnson, que se complacía en divulgar esta calumnia contra
-Milton, así como algunos otros, suponía que Milton no pudo olvidar
-jamás aquel ultraje, y que indirectamente lo confesó en una de sus
-poesías latinas, cuando, hablando de Cambridge y declarando que no le
-lisonjeaba la idea de volver a ver aquella Universidad, escribía:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0">«<i>Nec duri libet usque minas preferre magistris,</i></div>
- <div class="verse indent0"><i>Cæteraque ingenio non subeunda meo.</i>»</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>Este último verso lo traduce el malicioso crítico así: «y otras
-cosas insufribles para un hombre de mi temple.» Pero <i>ingenio</i> lo
-que aquí expresa propiamente es la constitución <i>intelectual</i>,
-al paso que la degradación que impone el castigo personal afecta a la
-constitución moral. Milton alude aquí a los enojosos certámenes del
-aula, que tan repugnantes eran a la delicadeza de su genio poético.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_3" href="#FNanchor_3" class="label">[3]</a> Por esto
-escribía a los dos años de residir en el colegio: «Verdaderamente,
-según he podido averiguar, apenas habrá aquí uno o dos, entre tantos
-como somos, que no tengan cierta tintura de teología, y que ignorando
-la filología, lo mismo que la filosofía, no se contenten con parecer un
-poco teólogos, lo bastante para hilvanar un breve sermón, o llenarlo
-de retazos de otra cualquiera cosa.» <i>Carta a Alejandro Gill. Julio
-2 de 1628.</i> Este disgusto de los hombres y de las cosas no era
-para granjearse muchos amigos; pero de que opinase así ¿quién ha de
-maravillarse?</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_4" href="#FNanchor_4" class="label">[4]</a> Salmasio
-dejó en respuesta a la de Milton, una obra manuscrita que se imprimió
-en la época del mayor fervor de la Restauración, ocho años después de
-su muerte. Su extraordinaria virulencia revela la profunda herida que
-había recibido; pero el libro llamó poco la atención.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_5" href="#FNanchor_5" class="label">[5]</a> Quiere
-decir del Paraíso, que como veremos más adelante, formaba parte del
-Edén.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_6" href="#FNanchor_6" class="label">[6]</a> El Oreb
-y el Sinaí formaban una sola montaña con dos eminencias distintas, de
-las cuales la más alta era el Sinaí.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_7" href="#FNanchor_7" class="label">[7]</a> Moisés,
-que guardaba los ganados de su cuñado Jethro.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_8" href="#FNanchor_8" class="label">[8]</a> Era un
-riachuelo que pasaba cerca del templo de Jerusalén.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_9" href="#FNanchor_9" class="label">[9]</a> Monte
-de Beocia, que como todos los demás de este país, estaba consagrado a
-Apolo y las Musas.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_10" href="#FNanchor_10" class="label">[10]</a>
-<i>Beelzebub</i>, el príncipe de los demonios, inmediato en dignidad a
-Satanás o Satán, que era el soberano.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_11" href="#FNanchor_11" class="label">[11]</a>
-<i>Satán</i> quiere decir <i>enemigo</i>, el Enemigo por antonomasia,
-así de Dios como de los hombres.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_12" href="#FNanchor_12" class="label">[12]</a> Hijo
-del Cielo y de la Tierra, hermano de Saturno, padre de los Titanes o
-Gigantes que hicieron guerra a los dioses.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_13" href="#FNanchor_13" class="label">[13]</a>
-Llamado también Egeón; dícese que tenía cien brazos.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_14" href="#FNanchor_14" class="label">[14]</a> Tifón
-o Tifeo, que nació de Titán y de la Tierra.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_15" href="#FNanchor_15" class="label">[15]</a>
-Ciudad de Cilicia, de la cual hablan Píndaro y Pomponio Mela.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_16" href="#FNanchor_16" class="label">[16]</a> Este
-<i>Leviatán</i>, según Job, era el cocodrilo, y Milton parece que lo
-confirma después atribuyéndole escamas; pero por lo que añade, y porque
-en los mares de Noruega no existen cocodrilos, es de suponer que más
-bien alude a la ballena, a la cual conviene la apariencia de isla y la
-anécdota que refiere.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_17" href="#FNanchor_17" class="label">[17]</a> El
-Peloro era uno de los tres grandes promontorios de Sicilia, que ahora
-se llama Cabo del Faro (<i>Capo di Faro</i>) y está poco distante del
-monte Etna.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_18" href="#FNanchor_18" class="label">[18]</a>
-Pueblo de Toscana, próximo a Florencia.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_19" href="#FNanchor_19" class="label">[19]</a>
-Es este un valle muy celebrado por su antiguo monasterio y por su
-pintoresca situación, y se halla situado a unas diez y ocho millas de
-Florencia.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_20" href="#FNanchor_20" class="label">[20]</a>
-Constelación que se representa bajo la figura de un hombre armado, y
-que se supone ser anuncio de tempestades.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_21" href="#FNanchor_21" class="label">[21]</a>
-Algunos escritores dan este nombre a Faraón.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_22" href="#FNanchor_22" class="label">[22]</a>
-Región de Egipto, próxima a la Palestina, donde habitaban los
-israelitas.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_23" href="#FNanchor_23" class="label">[23]</a>
-Moisés. V. <i>Exodus</i>, <span class="asc">X</span>, 13, 14, 15.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_24" href="#FNanchor_24" class="label">[24]</a> Moloc
-era el inmediato en dignidad a Satán y Belzebú. Su nombre quiere decir
-<i>rey</i>, y a este se añadía la calificación de <i>horrible</i>,
-por los sacrificios humanos que se le hacían. Era un ídolo de bronce;
-representábanle sentado, ciñendo corona, con la cabeza de becerro y
-los brazos extendidos, en ademán de recibir en ellos a las miserables
-víctimas que se le sacrificaban. Adorábanle los Ammonitas en Rabbá o
-Rabat, su capital, llamada la <i>ciudad de las aguas</i>, y como añade
-el texto, en los países que se extendían hasta el río Arnón, límite de
-aquellos dominios por la parte del mediodía.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_25" href="#FNanchor_25" class="label">[25]</a>
-Así se llamaba el monte de las Olivas (<i>I Regum</i>, <span
-class="asc">XI</span>, 7).</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_26" href="#FNanchor_26" class="label">[26]</a>
-<i>Jeremías</i>, <span class="asc">VIII</span>, 31. <i>Hinnón</i>
-o <i>Tophet</i>, del hebreo <i>Toph</i>, tambor o atabal, por los
-instrumentos ruidosos que tocaban para que no se oyesen los gritos de
-los niños que sacrificaban a aquel ídolo.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_27" href="#FNanchor_27" class="label">[27]</a>
-<i>Moloc</i> y <i>Chamós</i> solían figurar juntos, como una transición
-natural del dios de los ammonitas al de los moabitas. San Jerónimo y
-otros expositores creen que <i>Chamós</i> y <i>Baal-Péor</i> eran uno
-mismo con diferentes nombres, y hasta suponen la identidad de ambos con
-el <i>Príapo</i> de los gentiles, al cual alude nuestro autor en lo de
-<i>obsceno numen</i> de los hijos de Moab.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_28" href="#FNanchor_28" class="label">[28]</a> La
-Escritura los cita juntos con frecuencia. Con estos nombres se conocían
-generalmente los dioses y diosas de Siria y Palestina. Parece que
-significaban el sol y el astro que presidía los cielos.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_29" href="#FNanchor_29" class="label">[29]</a> La
-Luna, a quien los fenicios tributaban culto, y llamaban reina del
-cielo.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_30" href="#FNanchor_30" class="label">[30]</a>
-Salomón.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_31" href="#FNanchor_31" class="label">[31]</a>
-Tamuz, como si dijera Adonis, dios de los sirios, el cual suponían
-que moría y resucitaba todos los años.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_32" href="#FNanchor_32" class="label">[32]</a> I.
-<i>Sam.</i> <span class="asc">V</span>, 4.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_33" href="#FNanchor_33" class="label">[33]</a>
-El siriaco Naaman, que fue curado de la lepra por Eliseo, y que en
-agradecimiento se propuso no ofrecer en adelante ni incienso ni
-sacrificio a ningún otro dios más que al Señor.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_34" href="#FNanchor_34" class="label">[34]</a>
-Acaz o Ahaz, habiéndose hecho dueño de Damasco, ayudado por el rey de
-Asiria, vio un altar del que envió un modelo o copia a Jerusalén para
-que por él hiciesen otro, y a su regreso a aquella ciudad sacrificó
-sobre él y se entregó del todo a la idolatría.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_35" href="#FNanchor_35" class="label">[35]</a>
-Osiris e Isis se cree probable que fuesen en su origen representaciones
-del Sol y de la Luna. Orus se decía hijo de ambos. Estos y otros dioses
-de los egipcios eran adorados bajo las <i>monstruosas formas</i> de
-toros, perros, gatos, etc., y la causa de esta superstición se derivaba
-de la fábula tradicional de que cuando asaltaron el cielo los gigantes,
-se amedrentaron los dioses de tal manera que huyeron a Egipto
-encubriéndose bajo formas de varios animales; a lo cual, agradecidos los
-egipcios, comenzaron a tributar culto a los dioses en las figuras que
-habían tomado.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_36" href="#FNanchor_36" class="label">[36]</a>
-Jeroboam, a quien hicieron rey los israelitas rebelados contra
-Roboam.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_37" href="#FNanchor_37" class="label">[37]</a> Como
-el primero era Moloc, este por su fiereza, y Belial por lo torpe y por
-lo medroso.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_38" href="#FNanchor_38" class="label">[38]</a>
-<i>Judices</i>, <span class="asc">XIX</span>, 25.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_39" href="#FNanchor_39" class="label">[39]</a>
-Supónese que Javán, cuarto hijo de Jafet, se estableció en la parte
-sudoeste del Asia menor; que sus descendientes fueron los jonios y
-griegos, y sus principales dioses el cielo y la tierra. Los que de
-estos dos últimos nacieron, empezando por Titán, lo declara el texto a
-continuación.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_40" href="#FNanchor_40" class="label">[40]</a> Valle
-de Tesalia en que los Gigantes pelearon contra los Dioses.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_41" href="#FNanchor_41" class="label">[41]</a> En
-la guerra entre los hijos de Edipo en Tebas, y entre los griegos y
-troyanos en Ilión (Troya) se vieron los héroes ayudados por los dioses,
-y por esta razón se llama a los segundos <i>auxiliares</i>.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_42" href="#FNanchor_42" class="label">[42]</a> El
-rey Arturo, cuyas proezas intentó alguna vez celebrar Milton en un
-poema épico.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_43" href="#FNanchor_43" class="label">[43]</a>
-Nombres y alusiones tomadas de los romances y libros caballerescos, a
-que fue el mismo Milton muy aficionado en su juventud.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_44" href="#FNanchor_44" class="label">[44]</a>
-Nombre al parecer siriaco, que significa <i>riquezas</i>; y en efecto,
-algunos suponen dios de ellas a Mammón, como los gentiles a su
-Pluto.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_45" href="#FNanchor_45" class="label">[45]</a>
-Italia.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_46" href="#FNanchor_46" class="label">[46]</a>
-Era conocido también con los nombres de <i>Hefestos</i> y
-<i>Vulcano</i>.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_47" href="#FNanchor_47" class="label">[47]</a> Aquí
-indica el autor las dos especies de combates que se verificaban en las
-antiguas estacadas o campos cerrados de la Edad media, la justa y el
-duelo a muerte.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_48" href="#FNanchor_48" class="label">[48]</a>
-Alusión a las supersticiosas creencias en duendes y brujas que tan
-comunes eran en todas partes, y a quienes se atribuía grande influencia
-sobre la Luna.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_49" href="#FNanchor_49" class="label">[49]</a>
-Se refiere a las piedras preciosas procedentes de la India, y cuyo
-principal emporio se hallaba en Ormuz, isla del golfo Pérsico.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_50" href="#FNanchor_50" class="label">[50]</a> Era
-costumbre y ceremonia en Oriente, cuando se coronaban sus reyes, echar
-polvos de oro y perlas sobre sus cabezas.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_51" href="#FNanchor_51" class="label">[51]</a>
-Supone aquí Milton que los tormentos de los condenados no son
-continuos, sino que tienen algunas intermisiones.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_52" href="#FNanchor_52" class="label">[52]</a>
-<i>The sounding alchemy</i>, la sonante alquimia, dice el original;
-pero la <i>alquimia</i> se toma aquí por la mezcla de todos los
-metales.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_53" href="#FNanchor_53" class="label">[53]</a> Los
-juegos Olímpicos, en parte descritos en el texto, habían degenerado en
-costumbre desde los primitivos tiempos de Grecia, y se celebraban cada
-cuatro años. A este espacio de tiempo se daba el nombre de olimpiada en
-la cronología griega.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_54" href="#FNanchor_54" class="label">[54]</a>
-Gigante, que fue herido por el rayo de Júpiter.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_55" href="#FNanchor_55" class="label">[55]</a>
-Nombre con que se designaba a Hércules.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_56" href="#FNanchor_56" class="label">[56]</a>
-Ciudad de la Beocia, donde estaba el palacio de Eurito. Destruyola
-Hércules, porque habiéndole Eurito ofrecido su hija, rehusaba
-dársela.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_57" href="#FNanchor_57" class="label">[57]</a>
-Monte entre la Tesalia y la Macedonia, donde murió y fue sepultado
-Hércules.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_58" href="#FNanchor_58" class="label">[58]</a>
-Siervo de Deyanira, a quien Hércules arrojó al mar, y fue convertido en
-peña, por haber llevado a aquel héroe la túnica teñida con la sangre
-del centauro Neso.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_59" href="#FNanchor_59" class="label">[59]</a> Isla
-del Archipiélago, así llamada.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_60" href="#FNanchor_60" class="label">[60]</a> Dos
-de las islas Molucas.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_61" href="#FNanchor_61" class="label">[61]</a> Claro
-es que alude al de Buena Esperanza.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_62" href="#FNanchor_62" class="label">[62]</a> Como
-si dijera: que separa a la Calabria de Sicilia. La historia de Scila
-puede verse en el libro XIV de las <i>Metamorfosis</i> de Ovidio.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_63" href="#FNanchor_63" class="label">[63]</a>
-Creíase en otro tiempo que la magia ejercía grande influencia sobre la
-luna. Lo demás que aquí indica el autor pertenece también a la época en
-que se daba por segura la existencia de las brujas.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_64" href="#FNanchor_64" class="label">[64]</a>
-Alúdese a Jesucristo.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_65" href="#FNanchor_65" class="label">[65]</a>
-Desiertos del Egipto, cubiertos de menuda arena, que los vientos agitan
-sin cesar arriba y abajo, de suerte que tan pronto se ven los valles
-convertidos en alturas, como las alturas en valles.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_66" href="#FNanchor_66" class="label">[66]</a>
-El natural de la Sarmacia asiática en Moscovia. Supónese que los
-arimaspos, semejantes a los cíclopes, tienen solo un ojo en la frente,
-y que pelean con los grifos.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_67" href="#FNanchor_67" class="label">[67]</a>
-<i>Orco</i>, Pluto; <i>Ades</i>, lugar tenebroso; <i>Demogorgón</i>,
-deidad cuyo solo nombre producía terribles efectos, por lo que no se
-atrevían a pronunciarlo. Milton personifica aquí las ideas que sugiere
-el Caos.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_68" href="#FNanchor_68" class="label">[68]</a>
-Este mundo no era la tierra, que todavía no estaba al alcance de su
-vista, sino el creado nuevamente, el Cielo, la Tierra y el Firmamento
-de estrellas fijas, en comparación del cual, la Tierra era un mero
-punto.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_69" href="#FNanchor_69" class="label">[69]</a>
-El lector recordará que Milton era ciego cuando componía su Paraíso
-perdido; la literatura no tiene nada tan sublime y conmovedor como la
-sentida queja que sale del corazón del inspirado vate.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_70" href="#FNanchor_70" class="label">[70]</a>
-Tamiris era un poeta de la Tracia, citado por Homero; Meónides era
-un nombre que se dio al mismo Homero, tomado del de su padre, que se
-llamaba Meón.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_71" href="#FNanchor_71" class="label">[71]</a> El
-primero fue rey de Tebas y el segundo de la Arcadia, célebres ambos en
-la antigüedad porque profetizaron en verso cuando quedaron ciegos.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_72" href="#FNanchor_72" class="label">[72]</a>
-Montañas del Himalaya.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_73" href="#FNanchor_73" class="label">[73]</a>
-Alusión al Ariosto, en su <i>Orlando furioso</i>. La ficción,
-en efecto, es más propia de un poema caballeresco, que de uno
-verdaderamente épico.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_74" href="#FNanchor_74" class="label">[74]</a>
-Joven griego, tan apasionado de la doctrina de Platón acerca de la
-inmortalidad, que se arrojó al mar con la esperanza de conseguirla.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_75" href="#FNanchor_75" class="label">[75]</a> Los
-Carmelitas, los Dominicos y los Franciscanos.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_76" href="#FNanchor_76" class="label">[76]</a>
-Reminiscencias de la antigua astronomía, adoptada por Ptolomeo.
-Los <i>siete planetas</i> son el sistema planetario o solar; las
-<i>estrellas fijas</i>, el firmamento; la <i>esfera cristalina</i>,
-el cielo, claro como el cristal, al que los secuaces de Ptolomeo
-atribuyen un movimiento de trepidación que explica la irregularidad con
-que se mueven algunas estrellas; y la esfera superior o primer motor
-(<i>primum mobile</i>) primera que adquiere movimiento y lo comunica a
-las esferas inferiores.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_77" href="#FNanchor_77" class="label">[77]</a>
-Montaña de la Armenia cerca de la cual coloca Milton el Paraíso.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_78" href="#FNanchor_78" class="label">[78]</a>
-Ciudad de Mesopotamia, próxima al río Éufrates.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_79" href="#FNanchor_79" class="label">[79]</a>
-Seleucia, ciudad edificada por Seleuco, uno de los sucesores de
-Alejandro el Grande, sobre el Tigris.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_80" href="#FNanchor_80" class="label">[80]</a>
-Provincia y ciudad de los hijos de Edén, colocada por Ptolomeo en
-Babilonia, sobre el Tigris y el Éufrates.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_81" href="#FNanchor_81" class="label">[81]</a> Esto
-es, a derecha e izquierda, según observa Hume, citando el texto de Tito
-Livio: <i>Declinare ad hastam vel ad scutum</i>.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_82" href="#FNanchor_82" class="label">[82]</a> Sara,
-cuya historia es bien conocida.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_83" href="#FNanchor_83" class="label">[83]</a> El
-país es la isla de Grecia, en el mar Jónico (golfo de Venecia), llamada
-un tiempo Feacia, después Corcira, y últimamente Corfú.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_84" href="#FNanchor_84" class="label">[84]</a> Los
-críticos desaprueban estas grotescas baladronadas de Satán, y las no
-menos extravagantes que se ponen en boca de Belial a continuación.
-Impropias son, en electo, del lugar, de la ocasión y de los personajes;
-pero <i>aliquando bonus dormitat Homerus</i>.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_85" href="#FNanchor_85" class="label">[85]</a>
-Belerofonte, hijo de Glauco, rey de Corintia, o de Neptuno, que
-habiendo vencido a la Quimera en el caballo Pegaso, quiso con este
-subir al cielo, y Júpiter le despeñó en castigo de su temeridad;
-después de lo cual anduvo errante por los campos aleyos o de Alé, en la
-Licia.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_86" href="#FNanchor_86" class="label">[86]</a> Monte
-de Tracia.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_87" href="#FNanchor_87" class="label">[87]</a>
-Orfeo, hijo de Apolo, o de Mercurio, según otros, y de Calíope.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_88" href="#FNanchor_88" class="label">[88]</a> Del
-Behemot y el Leviatán se habla en el libro de <i>Job</i>. El primero
-parece ser el elefante y el segundo la ballena.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_89" href="#FNanchor_89" class="label">[89]</a> Es
-decir, aproximándose al occidente.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_90" href="#FNanchor_90" class="label">[90]</a>
-Asunto de la <i>Ilíada</i>, de Homero.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_91" href="#FNanchor_91" class="label">[91]</a> Alude
-a la <i>Eneida</i>, de Virgilio.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_92" href="#FNanchor_92" class="label">[92]</a> La
-<i>Odisea</i>, el otro poema de Homero.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_93" href="#FNanchor_93" class="label">[93]</a> Para
-los que no comprendan claramente estos conceptos, diremos su sentido.
-Satán gastó tres días en dar vuelta a la Tierra desde oriente a ocaso;
-cuatro en atravesar de Norte a mediodía; y después de emplear en
-esto una semana, a la octava noche se introdujo a hurtadillas en el
-Paraíso.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_94" href="#FNanchor_94" class="label">[94]</a> Aquí
-describe el autor la excursión de Satán geográficamente, como lo ha
-hecho antes en lenguaje astronómico.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_95" href="#FNanchor_95" class="label">[95]</a>
-Cadmo y su esposa Hermione, fundadores de Tebas, en Beocia, la cual
-abandonaron después de varias vicisitudes, se dirigieron a Iliria
-y fueron convertidos en serpientes, por haber dado muerte a una
-consagrada a Marte, según dice Ovidio. En el texto de Milton han notado
-algunos críticos cierta anfibología, porque de su construcción no se
-deduce bien si Cadmo y Hermione fueron convertidos en serpientes, o las
-serpientes se trocaron en aquellas dos personas:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0">... <i>not those that in Illyria chang’d</i></div>
- <div class="verse indent0"><i>Hermione and Cadmus</i>.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>Pero en castellano se salva este inconveniente, pues la preposición
-<i>a</i> distingue bien el acusativo del nominativo.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_96" href="#FNanchor_96" class="label">[96]</a>
-Esculapio, dios de la Medicina, que en efecto recibía culto en
-Epidauro, y que habiendo ido a Roma en tiempo de una peste, tomó la
-figura de una serpiente, como lo refiere la historia en el libro 11.º
-de Tito Livio, y Ovidio en el libro 15.º de sus <i>Metamorfosis</i>,
-«<i>In serpente Deus</i>», y bajo la forma de tal siguió siendo adorado
-en Roma.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_97" href="#FNanchor_97" class="label">[97]</a>
-Júpiter Ammón y Júpiter Capitolino, el Júpiter Libio y el Romano, este
-último llamado así por su templo del Capitolio en Roma; el primero,
-supuesto padre de Alejandro el Grande, que le hubo de su madre Olimpias
-bajo la forma de una serpiente; el segundo, que se convirtió en otra al
-hacerse padre, según refería la fábula, de Escipión el Africano, que
-tanta gloria supo adquirir para sí y para su patria.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_98" href="#FNanchor_98" class="label">[98]</a> Alude
-a los hombres convertidos en fieras por la encantadora Circe.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_99" href="#FNanchor_99" class="label">[99]</a> Llama
-a Sansón <i>danita</i>, porque era de la tribu de <i>Dan</i>.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_100" href="#FNanchor_100" class="label">[100]</a>
-Por la descripción que hace Milton de la <i>higuera</i>, tal como se
-conoce entre los indios, y con la advertencia de que no es la que
-nosotros distinguimos con este nombre, dicen los comentadores que
-alude al <i>plátano</i> o al nopal, y alegan con tal motivo citas y
-descripciones de autores y viajeros antiguos y modernos que convienen
-en un todo con la idea que sugiere la lectura del texto.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_101" href="#FNanchor_101" class="label">[101]</a>
-El mar Glacial, conforme a estas palabras de Plinio (<i>Nat.
-Hist.</i> lib. 4, cap. 16): «A Thule unius diei navigatione mare
-<i>concretum</i> a nonnullis <i>Cronium</i> apellatur.»</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_102" href="#FNanchor_102" class="label">[102]</a> La
-parte de la Moscovia que caía más a la del nordeste.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_103" href="#FNanchor_103" class="label">[103]</a>
-El Catay, tan célebre en las crónicas y relaciones de la Edad media,
-situado en Asia y al norte de la China.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_104" href="#FNanchor_104" class="label">[104]</a>
-Sabido es que en esta isla del Archipiélago se decía que nació
-Apolo.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_105" href="#FNanchor_105" class="label">[105]</a>
-Este símil, de que se vale Milton, es tan exacto como oportuno. Salió
-Jerjes, dice, de <i>Susa</i>, residencia de los monarcas persas,
-llamada <i>Memnonia</i> por Herodoto, y echando un puente sobre el
-<i>Helesponto</i>, el estrecho de Constantinopla, que divide a Europa
-del Asia, para dar paso a su ejército, incurrió en la insensatez
-de mandar azotar al mar porque había echado a pique algunas de sus
-embarcaciones.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_106" href="#FNanchor_106" class="label">[106]</a>
-Con arte <i>pontifical</i>, dice aquí el autor, jugando ridículamente
-del vocablo, porque <i>pontifex</i> viene de <i>pons</i> y
-<i>facere</i>, y según Varrón, <i>quia sublicius pons a</i>
-pontificibus <i>factus est primum, et restitutus sæpe</i>. Y si, como
-otros creen, alude aquí al poder papal, la ocurrencia es todavía de
-peor gusto.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_107" href="#FNanchor_107" class="label">[107]</a>
-Sigue aquí el poeta la opinión de Gasendo y otros, que afirman ser
-el Empíreo o Cielo de los Cielos cuadrado, así como el mundo es
-circular.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_108" href="#FNanchor_108" class="label">[108]</a>
-Astracán, de los dominios del Zar, era en otro tiempo un reino de
-Tartaria, con su capital del mismo nombre, cerca de la embocadura del
-Volga, cuando entra en el mar Caspio.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_109" href="#FNanchor_109" class="label">[109]</a> El
-emperador de Persia se llamaba también de <i>Bactria</i>, por ser una
-de la mayores y más ricas provincias de aquella región.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_110" href="#FNanchor_110" class="label">[110]</a> La
-Armenia mayor, dicha <i>Aladule</i> por su último rey, de este nombre,
-muerto por Selim I en su retirada al <i>Tauris</i> o Ecbatana.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_111" href="#FNanchor_111" class="label">[111]</a>
-<i>Casbin</i>, populosa ciudad también de Persia, corte de aquellos
-monarcas después de la pérdida de Tauris.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_112" href="#FNanchor_112" class="label">[112]</a>
-Nombres dados en diferentes regiones y por diversos autores a varias
-especies de culebras o serpientes más o menos conocidas.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_113" href="#FNanchor_113" class="label">[113]</a>
-<i>Ofiusa</i>, pequeña isla del Mediterráneo, llamada así por los
-griegos, y por los latinos <i>Colubraria</i>.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_114" href="#FNanchor_114" class="label">[114]</a>
-Ninfa, hija de Océano y de Tétis, esposa de Orcamo, rey de Asiria,
-y madre de Leucotoe. Llama a Eva dominadora, porque pretendió ser
-superior a su marido, elevarse a la condición de diosa.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_115" href="#FNanchor_115" class="label">[115]</a>
-Rea, Ops, como la llama Milton, o Cibeles, hermana de la Tierra, hija
-del Cielo y Vesta y esposa de Saturno, o hija del Cielo y de la Tierra,
-según otros, y hermana y mujer de Saturno.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_116" href="#FNanchor_116" class="label">[116]</a>
-Sobrenombre de Júpiter, por el monte Dicta, y de Creta o Candia, donde
-fue criado. Yerran a nuestro juicio los que interpretan este pasaje
-diciendo «antes que Dicta viese nacer a Júpiter.»</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_117" href="#FNanchor_117" class="label">[117]</a>
-Perros, dice el autor, no monstruos; mas aun cuando sea homérica, no
-nos parece la expresión muy del gusto de nuestro tiempo.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_118" href="#FNanchor_118" class="label">[118]</a>
-El autor incurre aquí en los desvaríos de la jerga astrológica que tan
-común era en aquella época, y sacrifica la grandeza del asunto y de la
-expresión al prurito de ostentar una erudición enfática y ridícula.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_119" href="#FNanchor_119" class="label">[119]</a>
-El Estotiland es un país de la América del Norte situado hacia el polo
-Ártico y la bahía de Hudson. El Estrecho de Magallanes sabido es que se
-halla en la América meridional.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_120" href="#FNanchor_120" class="label">[120]</a> De
-Tiestes, dice el autor, pero Tiestes no hizo más que acudir al banquete
-que le ofreció su hermano Atreo, cuando para vengarse de su incestuoso
-crimen, le dio a comer la carne de los hijos que aquel había tenido en
-su esposa Europa; y el sol retrocedió al ver espectáculo tan horrible.
-En el mismo sentido activo, aun cuando es pasivo, decimos hoy <i>la
-espada de Damocles</i>.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_121" href="#FNanchor_121" class="label">[121]</a>
-Norumbeca, territorio de la América del Norte.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_122" href="#FNanchor_122" class="label">[122]</a> La
-Samoyeda estaba situada al nordeste de Moscovia, en el Mar Glacial.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_123" href="#FNanchor_123" class="label">[123]</a>
-Todos estos nombres de vientos, antiguos unos, modernos otros, tan
-pronto latinos como italianos, no prueban en el épico inglés más que el
-intemperante deseo de dar a conocer su instrucción, prescindiendo de
-todo género de defectos e inconvenientes.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_124" href="#FNanchor_124" class="label">[124]</a>
-Creen algunos autores que Adán tenía <i>trece</i> costillas en el lado
-izquierdo, sobrándole una del número prefijado, de la cual fue formada
-Eva; y a esta opinión sin duda alude Milton.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_125" href="#FNanchor_125" class="label">[125]</a>
-Sabida es la fábula de Deucalión, el Noé de la mitología, que
-habiéndose salvado del Diluvio en una nave que le llevó al monte
-Parnaso, juntamente con su esposa Pirra, instaron con tales ruegos
-al oráculo de Temis, que para que no pereciese la raza humana, se
-les mandó que arrojasen piedras por detrás de ellos, las cuales a
-medida que iban cayendo, se convertían en hombres y mujeres. Censuran
-algunos críticos a Milton por las frecuentes alusiones que hace a la
-mitología pagana; pero otros le defienden observando que las emplea
-meramente como símiles y como recurso y ornato poéticos, que en su
-tiempo constituían una especie de tradición clásica de que no era dable
-prescindir, y un lenguaje convencional admitido por todo el mundo.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_126" href="#FNanchor_126" class="label">[126]</a>
-Esta es la idea del poeta, que expresa artificiosamente con la
-palabra <i>dimensionless</i>, esto es, sin dimensiones, incorpóreas,
-inmateriales.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_127" href="#FNanchor_127" class="label">[127]</a>
-La traducción de este pasaje, tan recargado de figuras como se ve,
-necesita algunas explicaciones. La imagen de Jano, a quien, para
-denotar su gran previsión y sabiduría, se representaba con dos caras,
-una que miraba a lo pasado y otra a lo futuro, da una idea exacta de
-los querubines, que tenían cuatro. Argos, el pastor de los cien ojos,
-encargado de vigilar a Ío, convertida en vaca, cedió al encanto de
-la música de Mercurio, que consiguió dormirle completamente, al son
-de su zampoña o flauta. Hermes es el mismo Mercurio, y su varilla
-mágica o soporífera (<i>opiate</i>), como dice el original, significa
-su célebre caduceo. Toda esta acumulación de símiles y metáforas se
-reduce a encarecer lo imposible que era burlar la vigilancia de los
-querubines, que tenían el cuerpo cubierto de ojos, <i>more wakeful
-than to drouse</i>, más despiertos que para ser adormecidos: expresión
-censurada como en extremo vulgar por algún crítico, que la ridiculiza
-diciendo: esto es lo mismo que poner, demasiado habladores para ser
-mudos, o demasiado blancos para ser negros; sin reparar en que el
-sentido de la frase no termina en lo de ser adormecidos, sino que tiene
-el complemento en la idea que sigue: no dejarse adormecer <i>ni por la
-flauta arcadia, ni por el caramillo</i>, etc.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_128" href="#FNanchor_128" class="label">[128]</a>
-<i>Leucothea</i>, Diosa blanca, en griego, <i>Matuta</i>, en latin; de
-donde procede el adjetivo <i>matutina</i>, la primera luz que anuncia
-la aurora. Era la del último día que veían nuestros padres en el
-Paraíso.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_129" href="#FNanchor_129" class="label">[129]</a> El
-sueño y la escala de Jacob.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_130" href="#FNanchor_130" class="label">[130]</a>
-Alude a la guerra que movió el rey de Siria al de Israel por la
-revelación del profeta Eliseo, de que habla el <i>Libro de los
-Reyes</i> en el cap. IV.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_131" href="#FNanchor_131" class="label">[131]</a>
-Era Melibea una ciudad de Tesalia, famosa por el pescado que se cogía
-en sus aguas, llamado <i>ostrum</i>, con el cual se teñía la púrpura
-más selecta.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_132" href="#FNanchor_132" class="label">[132]</a>
-La grana o púrpura de Sarra, que también se decía de Tiro, debía su
-nombre fenicio, al pez llamado <i>Sar</i> o <i>Sarra</i>, procedente de
-aquellos mares y cuya sangre daba el hermoso color purpúreo.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_133" href="#FNanchor_133" class="label">[133]</a> No
-estará de más recorrer con Adán los diferentes puntos que el Arcángel
-le va indicando, hasta abarcar ambos hemisferios, el del Antiguo
-y el del Nuevo mundo, porque, a favor de algunas aclaraciones, se
-comprenderá mejor la especie de itinerario que sigue Milton. Empieza
-por la región más antigua, el Asia, «por su parte septentrional,
-<i>Cambalu, residencia del Can</i>, y capital del Catai, provincia de
-Tartaria; por <i>Samarcanda, orillas del Oxo</i>, la ciudad principal
-de la Tartaria Zagataya, cerca del río Oxis, <i>trono de Temir</i>,
-patria y corto del gran Tamorlán. Del norte, pasa al oriente y mediodía
-de la misma región, a Paquín o <i>Pekín, residencia de los reyes de la
-China</i>, capital de esta región, que era la de los antiguos Sinas,
-mencionados por Ptolomeo. <i>De aquí pasa a Agra y Lahor</i>, las dos
-ciudades más notables del imperio del gran Mogol; al <i>Quersoneso
-Áureo</i>, es decir a Malaca, el promontorio más meridional de
-las Indias orientales; a la <i>Ecbatana de Persia</i>, su capital
-primitiva, o <i>Hispahan</i>, que lo fue posteriormente; a la ciudad
-<i>donde impera el zar ruso</i>, el zar de Moscovia, <i>Moscú</i>,
-metrópoli que era de todas las Rusias; y donde ejerce su soberanía
-el <i>Sultán de Bizancio</i>, el gran señor de Constantinopla, antes
-llamada Bizancio, hija del Turquestán, porque de esta provincia de
-Tartaria procedían los turcos: puntos todos pertenecientes al Asia,
-como que formaban la parte más importante de sus territorios.</p>
-
-<p class="ti1">Trasládase después al África, y <i>aparecen ante
-su vista el imperio de Nego</i>, la Etiopía superior o tierra de
-Abisinia, sometida a un soberano, llamado en la lengua de aquel país
-<i>Nego</i> o rey, y por los europeos el preste Juan, <i>hasta su
-puerto más distante, Ereco</i>, Ercoco o Erquico en el mar Rojo,
-fronterizo por el nordeste del imperio de Abisinia, y <i>los pequeños
-estados marítimos</i>, los reinos menores de la costa meridional.
-<i>Montbaza</i>, <i>Quiloa</i> y <i>Melinde</i>, próximos todos al
-Zanguebar, dilatada región de la Etiopía inferior, al este del mar de
-la India, colonia de los portugueses, y <i>Sofala, creída Ofir</i>,
-otro reino y ciudad del mismo mar, que Purchas y otros equivocaron
-con Ofir, de donde Salomón sacaba el oro, <i>hasta el reino del
-Congo</i>, que era asimismo un reino de la Etiopía inferior, en la
-costa occidental, como otros se hallaban en la oriental, y <i>Angola
-más hacia el sur</i>, otro país al mediodía del Congo. <i>Y desde
-aquí, desde el Níger</i>, que divide la Nigricia en dos partes, <i>al
-monte Atlas</i>, en lo más occidental de África, <i>a los reinos de
-Almanzor</i>, es decir, <i>a Fez</i> y <i>Sus</i>, <i>Marruecos</i>,
-<i>Argel</i> y <i>Tremecén</i>, todos ellos de Berbería.</p>
-
-<p class="ti1">De África pasa a Europa, y al lugar donde <i>Roma había
-de dominar al mundo</i>; sobre la cual se detiene menos por ser más
-conocida.</p>
-
-<p class="ti1"><i>Vio también en su imaginación</i> —y no podía verla
-de otro modo, porque América estaba en la parte opuesta del globo—,
-<i>la opulenta Méjico</i>, en la América del norte, <i>imperio de
-Moctezuma</i> y conquista de Hernán Cortés, y <i>Cuzco en el Perú</i>,
-de la América meridional, <i>espléndido trono de Atabalipa</i>, a
-quien Pizarro arrebató su cetro, <i>y la Guyana no despojada aún</i>,
-que pertenecía también a la América del sur, y que todavía no había
-sido invadida ni conquistada, <i>a cuya principal ciudad</i>, llamada
-Manhoa, dieron <i>los hijos de Gerión</i>, es decir los españoles de
-Gerión, antiguo rey de España, el nombre de <i>El Dorado</i> o ciudad
-del oro, por la abundancia que allí había de este precioso metal.</p>
-
-<p class="ti1">Y así fue recorriendo Milton las cuatro partes del
-globo, descubiertas y por descubrir, entreteniéndose en una digresión
-que será más o menos oportuna, pero que indudablemente es un gran
-alarde de erudición, y no carece de poesía.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_134" href="#FNanchor_134" class="label">[134]</a>
-La <i>eufrasia</i> tenía la virtud de aclarar la vista, y así se llama
-también en inglés <i>eyebright</i> (aclara ojos); la <i>ruda</i> se
-usaba en los exorcismos; por lo que Shakespeare (<i>Rich. II</i>.
-A. 3.º Esc. 4.ª) le da el nombre de <i>yerba de gracia</i> (herb of
-grace).</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_135" href="#FNanchor_135" class="label">[135]</a>
-Ni <i>pecado con tu pecado</i>, dice aquí Milton, conservando su sabor
-bíblico a la frase.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_136" href="#FNanchor_136" class="label">[136]</a>
-Las alusiones encubiertas bajo esta alegoría son fáciles de
-interpretar. <i>Después de estos</i>, es decir de los descendientes
-del hermano menor, <i>aunque no a mucha distancia</i>, porque Caín
-había sido desterrado a un país no lejano de aquel, <i>bajaron a la
-llanura</i>, donde vivían los Cainitas, <i>desde la cima de los altos
-montes en que moraban</i>, los montes próximos al Paraíso, <i>otros
-hombres de diferente raza</i>, la familia de Seth, completamente
-distinta de la de Caín. <i>Indicaban en su apariencia ser hombres
-justos, que ponían su estudio en adorar sinceramente a Dios.</i> De
-ellos hace mención la Escritura, atribuyéndoles el culto del verdadero
-Dios; y Josefo y otros escritores dicen que eran dados a los estudios
-de la filosofía natural, y especialmente de la astronomía; pero de su
-bajada a la llanura y de su corrupción y trato con las hijas de Caín,
-los que más hablan son los escritores orientales, y especialmente los
-<i>Anales</i> de Eutiquio, de los que parece que tomó Milton estas
-ideas.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_137" href="#FNanchor_137" class="label">[137]</a>
-Refiérese el autor a Enoch, cuyo tránsito se verificó a los 365 años,
-edad que entonces se reputaba como mediana.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_138" href="#FNanchor_138" class="label">[138]</a>
-Conforme al texto del <i>Génesis</i>, cap. VII: «<i>Ex omnibus
-animantibus mundis tolle septena et septena, masculinum et feminam: de
-animantibus vero inmundis duo et duo, masculum et feminam.</i>»</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_139" href="#FNanchor_139" class="label">[139]</a> El
-gran río es el Tigris o el Éufrates, y el golfo es el golfo Pérsico.
-Ambos ríos eran del Edén, y el Éufrates en particular se llama en la
-Escritura <i>gran río</i>. Gen. XV, 18.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_140" href="#FNanchor_140" class="label">[140]</a>
-<i>Ventanas</i>, dice aquí Milton, conforme el texto bíblico; y si
-antes las ha llamado <i>cataratas</i>, según la expresión común, es
-porque este nombre se encuentra en varias versiones, y principalmente
-en la Vulgata. Génesis, VII, 11.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_141" href="#FNanchor_141" class="label">[141]</a>
-<i>Before the Lord</i>, ante el Señor, en presencia del Señor dice el
-original; pero se ha interpretado muy diversamente esta expresión por
-los comentadores. Unos creen que significa <i>contra</i> el Señor;
-otros <i>bajo</i> el Señor, es decir dependiente de su poder, idea que
-se repite después más claramente; y otros, por fin, en el sentido que
-se ve hemos dado a nuestra versión.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_142" href="#FNanchor_142" class="label">[142]</a> A
-propósito de la torre de Babel, un autor moderno, que goza de grande
-autoridad como crítico y erudito, se expresa así: «La tradición
-más generalmente admitida entre los Caldeos, de conformidad con la
-Biblia, situaba la célebre torre en las inmediaciones de Babilonia
-(en las llanuras de Sennaar o de la Caldea), y veía sus restos en la
-gran pirámide de siete cuerpos de Borsippa. Hace algunos años que se
-encontró y tradujo una inscripción del rey Nabucodonosor, el cual se
-gloría en ella de haberla reparado y acabado en honor de uno de sus
-dioses. La llama «torre de siete pisos, mansión eterna, templo de las
-siete lumbreras de la tierra (los siete planetas) que consagra el más
-antiguo recuerdo de Borsippa, construida por el primer rey el cual no
-pudo llevarla a su conclusión.» Y añade el mismo Nabucodonosor: «<i>Los
-hombres la habían abandonado desde los días del diluvio, hablando</i>
-(profiriendo sus palabras) <i>desordenadamente</i>. El temblor de
-tierra y el trueno deshicieron el ladrillo crudo y quebraron el
-ladrillo cocido de sus revestimientos; el ladrillo cocido de sus muros
-se derruyó formando colinas.» El descubrimiento de esta inscripción
-permite reconocer las ruinas, gigantescas aún, del monumento que en
-tiempo de Nabucodonosor se consideraba como la torre de Babel, entre
-los restos que se conservan alrededor del espacio que ocupó la antigua
-Babilonia. Es la misma que los habitantes del país llaman actualmente
-Birs-Nimrud, «torre de Nemrod,» y que se levanta como una montaña en
-medio de la llanura. La descripción que hace Nabucodonosor del estado
-en que se hallaba cuando la reparó, conviene perfectamente con el
-aspecto que presenta ahora. No es más que un enorme y confuso montón
-de ladrillos o adobes secados al calor del sol y que al desmoronarse
-han quedado formando colinas.» (<i>Manual de Historia antigua de
-Oriente</i>, por Lenormant. París: 1869. Quinta edición Tom. I, pág.
-35.)</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_143" href="#FNanchor_143" class="label">[143]</a>
-<i>Babel</i> en hebreo significa <i>confusión</i>.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_144" href="#FNanchor_144" class="label">[144]</a>
-Así como Terah, padre de Abraham, era idólatra, es de presumir que
-Abraham fuese criado en la religión de su padre, aunque posteriormente
-renunciase a ella, y que según todas las probabilidades, convirtiese
-también a su mismo padre, pues este se trasladó con Abraham a Harán,
-donde murió al cabo.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_145" href="#FNanchor_145" class="label">[145]</a>
-<i>Ur</i>, ciudad de Caldea, el país de Abraham y de Terah. Caldea,
-provincia de Asia, al oriente del Éufrates y al poniente del Tigris. El
-río Éufrates era vadeable, y Milton creía que Harán caía hacia su parte
-occidental; otros afirman que era un lugar al presente desconocido,
-fuera ya de la Mesopotamia, en la Siria de Sobach y camino de la tierra
-de Canaán.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_146" href="#FNanchor_146" class="label">[146]</a>
-Usa aquí Milton del adjetivo <i>double founted</i> aplicado al Jordán,
-porque se dice que está formado por varios manantiales y torrentes, por
-dos en especial, y que su nombre se compone de <i>Jor</i> y <i>Dan</i>,
-que así se llaman dos fuentes poco distantes de él.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_147" href="#FNanchor_147" class="label">[147]</a>
-<i>Nec ultra vocabitur nomen tuum</i> Abram, <i>sed apellaberis</i>
-Abraham; «y no será en lo sucesivo tu nombre <i>Abram</i> sino que te
-llamarás <i>Abraham</i>.» (Gen. XVII, 5.) Abram significa alto padre,
-padre excelso; y Abraham es una especie de aumentativo, equivalente a
-padre de muchas naciones.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_148" href="#FNanchor_148" class="label">[148]</a>
-En el <i>dragón del río</i> parece que se alude a Faraón, imitando a
-<i>Ezequiel</i>, XXIX, 3.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_149" href="#FNanchor_149" class="label">[149]</a>
-Moisés murió en el monte Nebo, tierra de Moab, con la esperanza de
-llegar a la de Promisión, mas no logró posesionar de ella a los
-israelitas; este honor le cupo a Josué.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_150" href="#FNanchor_150" class="label">[150]</a>
-Los griegos traducían el nombre hebraico de <i>Joshua</i> por
-<i>Jesús</i>, y así se ve en la versión de los Setenta. Lo mismo
-acontece alguna vez en el Nuevo Testamento. Joshua o Jesús quiere decir
-Salvador.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_151" href="#FNanchor_151" class="label">[151]</a>
-No había visto Adán tales muros, pues el Arcángel se los pintó en
-profecía, refiriéndose a cosas que habían de suceder mucho después;
-pero no debe tomarse la expresión literalmente. <i>Has visto</i> quiere
-decir aquí, <i>has oído</i> como fueron entregados, etc.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_152" href="#FNanchor_152" class="label">[152]</a>
-Creemos que nuestros suscriptores nos agradecerán que les ofrezcamos
-la traducción de este breve Poema de J. Milton, como el más digno
-complemento del <span class="smcap">Paraíso perdido</span>.—(<i>N. de
-los E.</i>)</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_153" href="#FNanchor_153" class="label">[153]</a>
-Ciudad de Macedonia en la que nació Alejandro el Grande, el cual no
-hizo aprecio de las mujeres hasta pocos años antes de su muerte.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_154" href="#FNanchor_154" class="label">[154]</a>
-Escipión el Africano. Habiéndole presentado sus soldados una doncella
-de extraordinaria belleza después de la toma de Cartago, mandó llamar
-a su amante, príncipe celtíbero, y se la entregó, sin haber pensado en
-ofender su honor.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_155" href="#FNanchor_155" class="label">[155]</a>
-Agar e Ismael.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_156" href="#FNanchor_156" class="label">[156]</a>
-El profeta Elías, a quien por dos veces ofreció manjares el ángel del
-Señor en el desierto de Horeb, a dónde se había retirado huyendo del
-rey Acab.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_157" href="#FNanchor_157" class="label">[157]</a>
-Héroes fabulosos de las leyendas caballerescas de la edad media.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_158" href="#FNanchor_158" class="label">[158]</a>
-Nobles romanos que adquirieron una justa celebridad por haber
-sacrificado voluntariamente su vida en pro de su patria.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_159" href="#FNanchor_159" class="label">[159]</a>
-Este joven fue Saúl, el cual, buscando unas pollinas de su padre,
-encontró a Samuel, y oyó de los labios de este profeta que sería rey de
-Israel.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_160" href="#FNanchor_160" class="label">[160]</a>
-Rey de Siria, que subyugó la Samaria y puso término al reino de Israel
-llevándose cautivo al pueblo hebreo y a su rey.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_161" href="#FNanchor_161" class="label">[161]</a>
-Nabucodonosor, rey de Babilonia y de Nínive.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_162" href="#FNanchor_162" class="label">[162]</a>
-Antiguas y florecientes ciudades de la Siria, la Media y la Persia,
-regiones que más tarde formaron parte del gran imperio de los
-Seléucidas, a quienes califica el poeta de libertinos a causa de sus
-vicios, y cuya capital era Antioquía.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_163" href="#FNanchor_163" class="label">[163]</a>
-A este fabuloso sitio se alude con frecuencia en el poema <i>Orlando
-furioso</i>, de Ariosto.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_164" href="#FNanchor_164" class="label">[164]</a>
-Habiendo mandado David verificar un censo de la población de Israel,
-llevado de un sentimiento de vanidad, irritose el Señor, y a fin
-de castigarle, diole a escoger entre el hambre, la persecución de
-sus enemigos o la peste. David eligió esta última, y en tres días
-perecieron setenta mil personas.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_165" href="#FNanchor_165" class="label">[165]</a>
-Egipto.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_166" href="#FNanchor_166" class="label">[166]</a> La
-actual península de Malaca, en el Asia oriental.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_167" href="#FNanchor_167" class="label">[167]</a> La
-isla de Ceilán.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_168" href="#FNanchor_168" class="label">[168]</a> La
-península de Crimea.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_169" href="#FNanchor_169" class="label">[169]</a>
-Era este Tiberio Claudio Nerón, que a la sazón contaba unos 74 años.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_170" href="#FNanchor_170" class="label">[170]</a> El
-filósofo Aristóteles.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_171" href="#FNanchor_171" class="label">[171]</a>
-Alude a una opinión de Pitágoras, según el cual, los números eran el
-principio de todas las cosas, y al mismo tiempo sus elementos y causas
-eficientes.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_172" href="#FNanchor_172" class="label">[172]</a>
-Anteo fue un gigante, hijo de Neptuno y de la Tierra. Habitaba una
-gruta en Libia, y obligaba a todo pasajero a luchar con él; mientras
-tocaba la tierra, su madre le daba siempre fuerzas y vencía; pero
-provocado Hércules al combate por el gigante, y advirtiendo el encanto
-que hacía a Anteo invencible, le estrechó entre sus brazos, y le ahogó
-levantándolo del suelo.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_173" href="#FNanchor_173" class="label">[173]</a> La
-Esfinge, que era un monstruo fabuloso, estaba en el camino de Delfos a
-Tebas, y proponía a los caminantes enigmas para que los resolviesen;
-los que no los acertaban eran arrojados al mar; Edipo logró hallar el
-sentido del enigma, y entonces la Esfinge, vencida, se precipitó en las
-ondas.</p>
-
-</div>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<hr class="full" />
-
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-<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>EL PARAÍSO PERDIDO</span> ***</div>
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-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg&#8482;
-</div>
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-Project Gutenberg&#8482; is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg&#8482;&#8217;s
-goals and ensuring that the Project Gutenberg&#8482; collection will
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-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg&#8482; and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org.
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation&#8217;s EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state&#8217;s laws.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation&#8217;s business office is located at 809 North 1500 West,
-Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
-to date contact information can be found at the Foundation&#8217;s website
-and official page at www.gutenberg.org/contact
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; depends upon and cannot survive without widespread
-public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
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-visit <a href="https://www.gutenberg.org/donate/">www.gutenberg.org/donate</a>.
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-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
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-any statements concerning tax treatment of donations received from
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-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
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-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 5. General Information About Project Gutenberg&#8482; electronic works
-</div>
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-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg&#8482; concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
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-</div>
-
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-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
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-</div>
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-Most people start at our website which has the main PG search
-facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>.
-</div>
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--- a/old/67092-h/images/i_090.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_105.jpg b/old/67092-h/images/i_105.jpg
deleted file mode 100644
index 5f18e7a..0000000
--- a/old/67092-h/images/i_105.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_108.jpg b/old/67092-h/images/i_108.jpg
deleted file mode 100644
index 071adcf..0000000
--- a/old/67092-h/images/i_108.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_116.jpg b/old/67092-h/images/i_116.jpg
deleted file mode 100644
index 84386ac..0000000
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_129.jpg b/old/67092-h/images/i_129.jpg
deleted file mode 100644
index 21bdb90..0000000
--- a/old/67092-h/images/i_129.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_134.jpg b/old/67092-h/images/i_134.jpg
deleted file mode 100644
index a0b980f..0000000
--- a/old/67092-h/images/i_134.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_141.jpg b/old/67092-h/images/i_141.jpg
deleted file mode 100644
index 5133e91..0000000
--- a/old/67092-h/images/i_141.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_146.jpg b/old/67092-h/images/i_146.jpg
deleted file mode 100644
index 64c61a4..0000000
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_150.jpg b/old/67092-h/images/i_150.jpg
deleted file mode 100644
index 30e1c88..0000000
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_153.jpg b/old/67092-h/images/i_153.jpg
deleted file mode 100644
index 8cb84f8..0000000
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Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_157.jpg b/old/67092-h/images/i_157.jpg
deleted file mode 100644
index 4728d2a..0000000
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_164.jpg b/old/67092-h/images/i_164.jpg
deleted file mode 100644
index 4264500..0000000
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_171.jpg b/old/67092-h/images/i_171.jpg
deleted file mode 100644
index e4f8886..0000000
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_177.jpg b/old/67092-h/images/i_177.jpg
deleted file mode 100644
index 296877f..0000000
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_180.jpg b/old/67092-h/images/i_180.jpg
deleted file mode 100644
index cd91efc..0000000
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Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_189.jpg b/old/67092-h/images/i_189.jpg
deleted file mode 100644
index fb0706f..0000000
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_194.jpg b/old/67092-h/images/i_194.jpg
deleted file mode 100644
index c5473cd..0000000
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_210.jpg b/old/67092-h/images/i_210.jpg
deleted file mode 100644
index cc4e2e4..0000000
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_212.jpg b/old/67092-h/images/i_212.jpg
deleted file mode 100644
index f55b850..0000000
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_217.jpg b/old/67092-h/images/i_217.jpg
deleted file mode 100644
index 9696dfc..0000000
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Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_220.jpg b/old/67092-h/images/i_220.jpg
deleted file mode 100644
index 269dd55..0000000
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_223.jpg b/old/67092-h/images/i_223.jpg
deleted file mode 100644
index 625f935..0000000
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Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_228.jpg b/old/67092-h/images/i_228.jpg
deleted file mode 100644
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_236.jpg b/old/67092-h/images/i_236.jpg
deleted file mode 100644
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Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_246.jpg b/old/67092-h/images/i_246.jpg
deleted file mode 100644
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_284.jpg b/old/67092-h/images/i_284.jpg
deleted file mode 100644
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Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_288.jpg b/old/67092-h/images/i_288.jpg
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Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_303.jpg b/old/67092-h/images/i_303.jpg
deleted file mode 100644
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Binary files differ
diff --git a/old/67092-h/images/i_312.jpg b/old/67092-h/images/i_312.jpg
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ