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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..d7b82bc --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,4 @@ +*.txt text eol=lf +*.htm text eol=lf +*.html text eol=lf +*.md text eol=lf diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this eBook. - -Title: Tristana - -Author: Benito Pérez Galdós - -Release Date: December 20, 2021 [eBook #66979] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading - Team at https://www.pgdp.net (This ebook was produced from - images generously made available by Biblioteca Digital - Hispánica/Biblioteca Nacional de España.) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TRISTANA *** - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han - convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos. - - * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con - las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. - - * Se convierten los entrecomillados en rayas iniciales de diálogo - donde el texto adopta forma dialogada. Se espacian las restantes - rayas según las convenciones ortotipográficas más recientes. - - * Las páginas en blanco han sido eliminadas. - - - - -TRISTANA - - - - - NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS - POR - B. PÉREZ GALDÓS - - TRISTANA - - 9.000 - - - [Ilustración] - - - MADRID - LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO - Calle del Arenal, núm. 11 - 1922 - - - - - Es propiedad de la hija del - autor. Se considerarán furtivos - todos los ejemplares que no lleven - el sello de este. Queda hecho - el depósito que marca la Ley. - - - Artes Gráficas «PLUS-ULTRA», Zurbano, 68.--MADRID - - - - -TRISTANA - -I - - -En el populoso barrio de Chamberí, más cerca del Depósito de Aguas -que de Cuatro Caminos, vivía, no ha muchos años, un hidalgo de buena -estampa y nombre peregrino; no aposentado en casa solariega, pues por -allí no las hubo nunca, sino en plebeyo cuarto de alquiler, de los -baratitos, con ruidoso vecindario de taberna, merendero, cabrería, y -estrecho patio interior de habitaciones numeradas. La primera vez que -tuve conocimiento del tal personaje y pude observar su catadura militar -de antiguo cuño, algo así como una reminiscencia pictórica de los -tercios viejos de Flandes, dijéronme que se llamaba _D. Lope de Sosa_, -nombre que transciende al polvo de los teatros, o a romance de los que -traen los librillos de retórica; y en efecto, nombrábanle así algunos -amigos maleantes; pero él respondía por D. Lope Garrido. Andando el -tiempo, supe que la partida de bautismo rezaba _D. Juan López Garrido_, -resultando que aquel sonoro _don Lope_ era composición del caballero, -como un precioso afeite aplicado a embellecer la personalidad; y tan -bien caía en su cara enjuta, de líneas firmes y nobles, tan buen -acomodo hacía el nombre con la espigada tiesura del cuerpo, con la -nariz de caballete, con su despejada frente y sus ojos vivísimos, con -el mostacho entrecano y la perilla corta, tiesa y provocativa, que el -sujeto no se podía llamar de otra manera. O había que matarle o decirle -don Lope. - -La edad del buen hidalgo, según la cuenta que hacía cuando de esto se -trataba, era una cifra tan imposible de averiguar como la hora en un -reloj descompuesto, cuyas manecillas se obstinaran en no moverse. Se -había plantado en los cuarenta y nueve, como si el terror instintivo -de los cincuenta le detuviese en aquel temido lindero del medio siglo; -pero ni Dios mismo con todo su poder le podía quitar los cincuenta y -siete, que no por bien conservados eran menos efectivos. Vestía con -toda la pulcritud y esmero que su corta hacienda le permitía, siempre -de chistera bien planchada, buena capa en invierno, en todo tiempo -guantes oscuros, elegante bastón en verano y trajes más propios de -la edad verde que de la madura. Fue D. Lope Garrido, dicho sea para -hacer boca, gran estratégico en lides de amor, y se preciaba de haber -asaltado más torres de virtud y rendido más plazas de honestidad que -pelos tenía en la cabeza. Ya gastado y para poco, no podía desmentir -la pícara afición, y siempre que tropezaba con mujeres bonitas, o -aunque no fueran bonitas, se ponía en facha, y sin mala intención les -dirigía miradas expresivas, que más tenían en verdad de paternales que -de maliciosas, como si con ellas dijera: «¡De buena habéis escapado, -pobrecitas! Agradeced a Dios el no haber nacido veinte años antes. -Precaveos contra los que hoy sean lo que yo fui, aunque, si me apuran, -me atreveré a decir que no hay en estos tiempos quien me iguale. Ya no -salen jóvenes, ni menos galanes, ni hombres que sepan su obligación al -lado de una buena moza.» - -Sin ninguna ocupación profesional, el buen D. Lope, que había gozado -en mejores tiempos de una regular fortuna, y no poseía ya más que un -usufructo en la provincia de Toledo, cobrado a tirones y con mermas -lastimosas, se pasaba la vida en ociosas y placenteras tertulias de -casino, consagrando también metódicamente algunos ratos a visitas de -amigos, a trincas de café, y a otros centros, o más bien rincones, de -esparcimiento, que no hay para qué nombrar ahora. Vivía en lugar tan -excéntrico por la sola razón de la baratura de las casas, que aun con -la gabela del tranvía, salen por muy poco en aquella zona, amén del -despejo, de la ventilación y de los horizontes risueños que allí se -disfrutan. No era ya Garrido trasnochador: se ponía en planta a punto -de las ocho, y en afeitarse y acicalarse, pues cuidaba de su persona -con esmero y lentitudes de hombre de mundo, se pasaban dos horitas. A -la calle hasta la una, hora infalible del almuerzo frugal. Después de -este, calle otra vez, hasta la comida, entre siete y ocho, no menos -sobria que el almuerzo, algunos días con escaseces no bien disimuladas -por las artes de cocina más elementales. Lo que principalmente debe -hacerse constar es que si D. Lope era todo afabilidad y cortesanía -fuera de casa, y en las tertulias cafeteriles o casinescas a que -concurría, en su domicilio sabía hermanar las palabras atentas y -familiares con la autoridad de amo indiscutible. - -Con él vivían dos mujeres, criada la una, señorita en el nombre la -otra, confundiéndose ambas en la cocina y en los rudos menesteres -de la casa, sin distinción de jerarquías, con perfecto y fraternal -compañerismo, determinado más bien por humillación de la señora que -por ínfulas de la criada. Llamábase esta Saturna, alta y seca, de -ojos negros, un poco hombruna, y por su viudez reciente vestía de -luto riguroso. Habiendo perdido a su marido, albañil que se cayó del -andamio en las obras del Banco, pudo colocar a su hijo en el Hospicio, -y se puso a servir, tocándole para estreno la casa de D. Lope, que -no era ciertamente una provincia de los reinos de Jauja. La otra, -que a ciertas horas tomaríais por sirviente y a otras no, pues se -sentaba a la mesa del señor, y le tuteaba con familiar llaneza, era -joven, bonitilla, esbelta, de una blancura casi inverosímil de puro -alabastrina; las mejillas sin color, los negros ojos más notables por -lo vivarachos y luminosos que por lo grandes; las cejas increíbles, -como indicadas en arco con la punta de finísimo pincel; pequeñuela y -roja la boquirrita, de labios un tanto gruesos, orondos, reventando -de sangre, cual si contuvieran toda la que en el rostro faltaba; los -dientes menudos, pedacitos de cuajado cristal; castaño el cabello y no -muy copioso, brillante como torzales de seda, y recogido con gracioso -revoltijo en la coronilla. Pero lo más característico en tan singular -criatura era que parecía toda ella un puro armiño y el espíritu de la -pulcritud, pues ni aun rebajándose a las más groseras faenas domésticas -se manchaba. Sus manos, de una forma perfecta, ¡qué manos!, tenían -misteriosa virtud, como su cuerpo y ropa, para poder decir a las capas -inferiores del mundo físico: _la vostra miseria non mi tange_. Llevaba -en toda su persona la impresión de un aseo intrínseco, elemental, -superior y anterior a cualquier contacto de cosa desaseada o impura. De -trapillo, zorro en mano, el polvo y la basura la respetaban; y cuando -se acicalaba y se ponía su bata morada con rosetones blancos, el moño -arribita, traspasado con horquillas de dorada cabeza, resultaba una -fiel imagen de dama japonesa de alto copete. ¿Pero qué más, si toda -ella parecía de papel, de ese papel plástico, caliente y vivo en que -aquellos inspirados orientales representan lo divino y lo humano, lo -cómico tirando a grave, y lo grave que hace reír? De papel nítido era -su rostro blanco mate, de papel su vestido, de papel sus finísimas, -torneadas, incomparables manos. - -Falta explicar el parentesco de Tristana, que por este nombre respondía -la mozuela bonita, con el gran D. Lope, jefe y señor de aquel cotarro, -al cual no será justo dar el nombre de familia. En el vecindario, -y entre las contadas personas que allí recalaban de visita, o por -fisgonear, versiones había para todos los gustos. Por temporadas -dominaban estas o las otras opiniones sobre punto tan importante; en un -lapso de dos o tres meses se creyó como el Evangelio que la señorita -era sobrina del señorón. Apuntó pronto, generalizándose con rapidez, -la tendencia a conceptuarla hija, y orejas hubo en la vecindad que -la oyeron decir _papá_, como las muñecas que hablan. Sopló un nuevo -vientecillo de opinión, y ya la tenéis legítima y auténtica señora -de Garrido. Pasado algún tiempo, ni rastros quedaban de estas vanas -conjeturas, y Tristana, en opinión del vulgo circunvecino, no era hija, -ni sobrina, ni esposa, ni nada del gran D. Lope; no era nada y lo -era todo, pues le pertenecía como una petaca, un mueble o una prenda -de ropa, sin que nadie se la pudiera disputar; ¡y ella parecía tan -resignada a ser petaca, y siempre petaca...! - - - - -II - - -Resignada en absoluto no, porque más de una vez, en aquel año que -precedió a lo que se va a referir, la linda figurilla de papel sacaba -los pies del plato, queriendo mostrar carácter y conciencia de persona -libre. Ejercía sobre ella su dueño un despotismo que podremos llamar -seductor, imponiéndole su voluntad con firmeza endulzada, a veces -con mimos o carantoñas, y destruyendo en ella toda iniciativa que no -fuera de cosas accesorias y sin importancia. Veintiún años contaba la -joven cuando los anhelos de independencia despertaron en ella con las -reflexiones que embargaban su mente acerca de la extrañísima situación -social en que vivía. Aún conservaba procederes y hábitos de chiquilla -cuando tal situación comenzó; sus ojos no sabían mirar al porvenir, -y si lo miraban, no veían nada. Pero un día se fijó en la sombra que -el presente proyectaba hacia los espacios futuros, y aquella imagen -suya estirada por la distancia, con tan disforme y quebrada silueta, -entretuvo largo tiempo su atención, sugiriéndole pensamientos mil que -la mortificaban y confundían. - -Para la fácil inteligencia de estas inquietudes de Tristana, conviene -hacer toda la luz posible en torno del D. Lope, para que no se le -tenga por mejor ni por más malo de lo que era realmente. Presumía este -sujeto de practicar en toda su pureza dogmática la caballerosidad, o -caballería, que bien podemos llamar sedentaria en contraposición a la -idea de andante o correntona; mas interpretaba las leyes de aquella -religión con criterio excesivamente libre, y de todo ello resultaba -una moral compleja, que no por ser suya dejaba de ser común, fruto -abundante del tiempo en que vivimos; moral que, aunque parecía de su -cosecha, era en rigor concreción en su mente de las ideas flotantes -en la atmósfera metafísica de su época, cual las invisibles bacterias -en la atmósfera física. La caballerosidad de D. Lope, como fenómeno -externo, bien a la vista estaba de todo el mundo: jamás tomó nada que -no fuera suyo, y en cuestiones de intereses llevaba su delicadeza a -extremos quijotescos. Sorteaba su penuria con gallardía, y la encubría -con dignidad, dando pruebas frecuentes de abnegación, y condenando el -apetito de cosas materiales, con acentos de entereza estoica. Para él, -en ningún caso dejaba de ser vil el metal acuñado, ni la alegría que el -cobrarlo produce le redime del desprecio de toda persona bien nacida. -La facilidad con que de sus manos salía, indicaba el tal desprecio -mejor que las retóricas con que vituperaba lo que a su juicio era -motivo de corrupción, y causa de que en la sociedad presente fueran -cada día más escasas las cosechas de caballeros. Respecto a decoro -personal, era tan nimio y de tan quebradiza susceptibilidad, que no -toleraba el agravio más insignificante, ni ambigüedades de palabra que -pudieran llevar en sí sombra de desconsideración. Lances mil tuvo en su -vida, y de tal modo mantenía los fueros de la dignidad, que llegó a ser -código viviente para querellas de honor, y, ya se sabía, en todos los -casos dudosos del intrincado fuero duelístico era consultado el gran -D. Lope, que opinaba y sentenciaba con énfasis sacerdotal, como si se -tratara de un punto teológico o filosófico de la mayor transcendencia. - -El punto de honor era, pues, para Garrido, la cifra y compendio de toda -la ciencia del vivir, y esta se completaba con diferentes negaciones. -Si su desinterés podía considerarse como virtud, no lo era ciertamente -su desprecio del Estado y de la Justicia, como organismos humanos. La -curia le repugnaba; los ínfimos empleados del Fisco, interpuestos entre -las instituciones y el contribuyente con la mano extendida, teníalos -por chusma digna de remar en galeras. Deploraba que en nuestra edad -de más papel que hierro y de tantas fórmulas hueras, no llevasen los -caballeros espada para dar cuenta de tanto gandul impertinente. La -sociedad, a su parecer, había creado diversos mecanismos con el solo -objeto de mantener holgazanes, y de perseguir y desvalijar a la gente -hidalga y bien nacida. - -Con tales ideas, a D. Lope le resultaban muy simpáticos los -contrabandistas y matuteros, y si hubiera podido, habría salido a -su defensa en un aprieto grave. Detestaba la policía encubierta o -uniformada, y cubría de baldón a los carabineros y vigilantes de -consumos, así como a los pasmarotes que llaman de Orden público, y que, -a su parecer, jamás protegen al débil contra el fuerte. Transigía con -la Guardia civil, aunque él, ¡qué demonio! la hubiera organizado de -otra manera, con facultades procesales y ejecutivas, como verdadera -religión de caballería justiciera en caminos y despoblados. Sobre el -Ejército, las ideas de D. Lope picaban en extravagancia. Tal como lo -conocía, no era más que un instrumento político, costoso y tonto por -añadidura, y él opinaba que se le diera una organización religiosa y -militar, como las antiguas órdenes de caballería, con base popular, -servicio obligatorio, jefes hereditarios, vinculación del generalato, -y en fin, un sistema tan complejo y enrevesado que ni él mismo lo -entendía. Respecto a la Iglesia, teníala por una broma pesada, que -los pasados siglos vienen dando a los presentes, y que estos aguantan -por timidez y cortedad de genio. Y no se crea que era irreligioso: al -contrario, su fe superaba a la de muchos que hociquean ante los altares -y andan siempre entre curas. A estos no les podía ver ni escritos el -ingenioso D. Lope, porque no encontraba sitio para ellos en el sistema -pseudo-caballeresco que su desocupado magín se había forjado, y solía -decir: «Los verdaderos sacerdotes somos nosotros, los que regulamos el -honor y la moral, los que combatimos en pro del inocente, los enemigos -de la maldad, de la hipocresía, de la injusticia... y del vil metal.» - -Casos había en la vida de este sujeto que le enaltecían en sumo grado, -y si algún ocioso escribiera su historia, aquellos resplandores de -generosidad y abnegación harían olvidar, hasta cierto punto, las -oscuridades de su carácter y su conducta. De ellos debe hablarse, como -antecedentes o causas que son de lo que luego se referirá. Siempre -fue D. Lope muy amigo de sus amigos, y hombre que se despepitaba por -auxiliar a las personas queridas que se veían en algún compromiso -grave. Servicial hasta el heroísmo, no ponía límites a sus generosos -arranques. Su caballería llegaba en esto hasta la vanidad; y como toda -vanidad se paga, como el lujo de los buenos sentimientos es el más -dispendioso que se conoce, Garrido sufrió considerables quebrantos en -su fortuna. Su muletilla familiar de _dar la camisa por un amigo_ no -era una simple afectación retórica. Si no la camisa, varias veces dio -la mitad de la capa, como San Martín; y últimamente, la prenda de ropa -más útil, como más próxima a la carne, había llegado a correr peligro. - -Un amigo de la infancia, a quien amaba entrañablemente, de nombre D. -Antonio Reluz, compinche de caballerías más o menos correctas, puso -a prueba el furor altruista, que no otra cosa era, del buen D. Lope. -Reluz, al casarse por amor con una joven distinguidísima, apartose -de las ideas y prácticas caballerescas de su amigo, calculando que -no constituían oficio ni daban de comer, y se dedicó a manejar en -buenos negocios el capitalito de su esposa. No le fue mal en los -primeros años. Metiose en la compra y venta de cebada, en contratas -de abastecimientos militares, y otros honrados tráficos, que Garrido -miraba con altivo desprecio. Hacia 1880, cuando ambos habían pasado la -línea de los cincuenta, la estrella de Reluz se eclipsó de súbito, y no -puso la mano en negocio que no resultara de perros. Un socio de mala -fe, un amigo pérfido acabaron de perderle, y el batacazo fue de los -más gordos, hallándose de la noche a la mañana sin blanca, deshonrado y -por añadidura preso... - ---¿Lo ves? --le decía su amigote--, ¿te convences ahora de que ni tú -ni yo servimos para mercachifles? Te lo advertí cuando empezaste, y -no quisiste hacerme caso. No pertenecemos a nuestra época, querido -Antonio; somos demasiado decentes para andar en estos enjuagues, que -allá se quedan para la patulea del siglo. - -Como consuelo, no era de los más eficaces. Reluz le oía sin pestañear, -ni responderle nada, discurriendo cómo y cuándo se pegaría el tirito -con que pensaba poner fin a su horrible sufrimiento. - -Pero Garrido no se hizo esperar, y al punto salió con el supremo -recurso de la camisa. - ---Por salvar tu honra soy yo capaz de dar la... En fin, ya sabes que es -obligación, no favor, pues somos amigos de veras, y lo que yo hago por -ti, lo harías tú por mí. - -Aunque los descubiertos que ponían por los suelos el nombre comercial -de Reluz no eran el oro y el moro, pesaban lo bastante para -resquebrajar el edificio no muy seguro de la fortunilla de D. Lope; el -cual, encastillado en su dogma altruista, hizo la hombrada gorda, y -después de liquidar una casita que conservaba en Toledo, se desprendió -de su colección de cuadros antiguos, si no de primera, bastante -apreciable por los afanes y placeres sin cuento que representaba. - ---No te apures --decía a su triste amigo--. Pecho a la desgracia, y no -des a esto el valor de un acto extraordinariamente meritorio. En estos -tiempos putrefactos se estima como virtud lo que es deber de los más -elementales. Lo que se tiene, se tiene, fíjate bien, en tanto que otro -no lo necesita. Esta es la ley de las relaciones entre los humanos, y -lo demás es fruto del egoísmo y de la metalización de las costumbres. -El dinero no deja de ser vil sino cuando se ofrece a quien tiene la -desgracia de necesitarlo. Yo no tengo hijos. Toma lo que poseo; que un -pedazo de pan no ha de faltarnos.» - -Que Reluz oía estas cosas con emoción profunda, no hay para qué -decirlo. Cierto que no se pegó el tiro ni había para qué; mas lo mismo -fue salir de la cárcel y meterse en su casa, que pillar una calentura -maligna que lo despachó en siete días. Debió de ser de la fuerza del -agradecimiento, y de las emociones terribles de aquella temporada. Dejó -una viudita inconsolable, que por más que se empeñó en seguirle a la -tumba _por muerte natural_, no pudo lograrlo, y una hija de diecinueve -abriles, llamada Tristana. - - - - -III - - -La viuda de Reluz había sido linda antes de los disgustos y trapisondas -de los últimos tiempos. Pero su envejecer no fue tan rápido y patente -que le quitara a D. Lope las ganas de cortejarla, pues si el código -caballeresco de este le prohibía galantear a la mujer de un amigo -vivo, la muerte del amigo le dejaba en franquía para cumplir a su -antojo la ley de amar. Estaba de Dios, no obstante, que por aquella vez -no le saliera bien la cuenta, pues a las primeras chinitas que a la -inconsolable tiró, hubo de observar que no contestaba con buen acuerdo -a nada de lo que se le decía, que aquel cerebro no funcionaba como Dios -manda, y en suma, que a la pobre Josefina Solís le faltaban casi todas -las clavijas que regulan el pensar discreto y el obrar acertado. Dos -manías, entre otras mil, principalmente la trastornaban: la manía de -mudarse de casa y la del aseo. Cada semana, o cada mes por lo menos, -avisaba los carros de mudanzas, que aquel año hicieron buen agosto -paseándole los trastos por cuantas calles y rondas hay en Madrid. -Todas las casas eran magníficas el día de la mudanza, y detestables, -inhospitalarias, horribles ocho días después. En esta se helaba de -frío, en aquella se achicharraba; en una había vecinas escandalosas, -en otra ratones desvergonzados, en todas nostalgia de otra vivienda, -del carro de mudanza, ansia infinita de lo desconocido. - -Quiso D. Lope poner mano en este costoso delirio; pero pronto se -convenció de que era imposible. El tiempo corto que mediaba entre -mudanza y mudanza, empleábalo Josefina en lavar y fregotear cuanto -cogía por delante, movida de escrúpulos nerviosos y de ascos -hondísimos, más potentes que una fuerte impulsión instintiva. No daba -la mano a nadie, temerosa de que le pegasen herpetismo o pústulas -repugnantes. No comía más que huevos, después de lavarles el cascarón, -y recelosa siempre de que la gallina que los puso hubiera picoteado en -cosas impuras. Una mosca la ponía fuera de sí. Despedía las criadas -cada lunes y cada martes por cualquier inocente contravención de sus -extravagantes métodos de limpieza. No le bastaba con deslucir los -muebles a fuerza de agua y estropajo; lavaba también las alfombras, -los colchones de muelles, y hasta el piano, por dentro y por fuera. -Rodeábase de desinfectantes y antisépticos, y hasta en la comida se -advertían tufos de alcanfor. Con decir que lavaba los relojes está -dicho todo. A su hija la zambullía en el baño tres veces al día, y el -gato huyó bufando de la casa, por no hallarse con fuerzas para soportar -los chapuzones que su ama le imponía. - -Con toda el alma lamentaba D. Lope la liquidación cerebral de su amiga, -y echaba de menos a la simpática Josefina de otros tiempos, dama de -trato muy agradable, bastante instruida, y hasta con ciertas puntas y -ribetes de literata de buena ley. A cencerros tapados compuso algunos -versitos, que solo mostraba a los amigos de confianza, y juzgaba -con buen criterio de toda la literatura y literatos contemporáneos. -Por temperamento, por educación y por atavismo, pues tuvo dos tíos -académicos, y otro que fue emigrado en Londres con el duque de Rivas y -Alcalá Galiano, detestaba las modernas tendencias realistas; adoraba el -ideal y la frase noble y decorosa. Creía firmemente que en el gusto hay -aristocracia y pueblo, y no vacilaba en asignarse un lugar de los más -oscuros entre los próceres de las letras. Adoraba el teatro antiguo, -y se sabía de memoria largos parlamentos de _D. Gil de las calzas -verdes_, de _La verdad sospechosa_ y de _El mágico prodigioso_. Tuvo -un hijo, muerto a los doce años, a quien puso el nombre de Lisardo, -como si fuera de la casta de Tirso o Moreto. Su niña debía el nombre de -Tristana a la pasión por aquel arte caballeresco y noble, que creó una -sociedad ideal para servir constantemente de norma o ejemplo a nuestras -realidades groseras y vulgares. - -Pues todos aquellos refinados gustos, que la embellecían añadiendo -encantos mil a sus gracias naturales, desaparecieron sin dejar rastro -en ella. Con la insana manía de las mudanzas y del aseo, Josefina -olvidó toda su edad pasada. Su memoria, como espejo que ha perdido el -azogue, no conservaba ni una idea, ni un nombre, ni una frase de todo -aquel mundo ficticio que tanto amó. Un día quiso D. Lope despertar -los recuerdos de la infeliz señora, y vio la estupidez pintada en su -rostro, como si le hablaran de una existencia anterior a la presente. -No comprendía nada, no se acordaba de cosa alguna, ignoraba quién -podría ser D. Pedro Calderón, y al pronto creyó que era algún casero, -o el dueño de los carros de mudanza. Otro día la sorprendió lavando -las zapatillas, y a su lado tenía, puestos a secar, los álbumes de -retratos. Tristana contemplaba, conteniendo sus lágrimas, aquel cuadro -de desolación, y con expresivos ojos suplicaba al amigo de la casa que -no contrariase a la pobre enferma. Lo peor era que el buen caballero -soportaba con resignación los gastos de aquella familia sin ventura, -los cuales, con el sin fin de mudanzas, el frecuente romper de loza -y deterioro de muebles, iban subiendo hasta las nubes. Aquel diluvio -con jabón les ahogaba a todos. Por fortuna, en uno de los cambios -de domicilio, ya fuese por haber caído en casa nueva, cuyas paredes -chorreaban de humedad, ya porque Josefina usó zapatos recién sometidos -a su sistema de saneamiento, llegó la hora de rendir a Dios el alma. -Una fiebre reumática que la entró a saco, espada en mano, acabó sus -tristes días. Pero la más negra fue que, para pagar médico, botica y -entierro, amén de las cuentas de perfumería y comestibles, tuvo D. -Lope que dar otro tiento a su esquilmado caudal, sacrificando aquella -parte de sus bienes que más amaba, su colección de armas antiguas y -modernas, reunida con tantísimo afán, y con íntimos goces de rebuscador -inteligente. Mosquetes raros y arcabuces roñosos, pistolas, alabardas, -espingardas de moros y rifles de cristianos, espadas de cazoleta y -también petos y espaldares que adornaban la sala del caballero entre -mil vistosos arreos de guerra y caza, formando el conjunto más noble -y austero que imaginarse puede, pasaron a precio vil a manos de -mercachifles. Cuando D. Lope vio salir su precioso arsenal, quedose -atribulado y suspenso, aunque su grande ánimo supo aherrojar la congoja -que del fondo del pecho le brotaba, y poner en su rostro la máscara de -una estoica y digna serenidad. Ya no le quedaba más que su colección de -retratos de hembras hermosas, en los cuales había desde la miniatura -delicada hasta la fotografía moderna en que la verdad suple el arte, -museo que era para su historia de amorosas lides, como los de cañones -y banderas que en otro orden pregonan las grandezas de un reinado -glorioso. Ya no le restaba más que esto, algunas imágenes elocuentes -aunque mudas, que significaban mucho como trofeo, bien poco, ¡ay!, como -especie representativa de vil metal. - -En la hora del morir, Josefina recobró, como suele suceder, parte del -seso que había perdido, y con el seso le revivió momentáneamente su ser -pasado, reconociendo, cual D. Quijote moribundo, los disparates de la -época de su viudez, y abominando de ellos. Volvió sus ojos a Dios, y -aún tuvo tiempo de volverlos también a D. Lope, que presente estaba, y -le encomendó a su hija huérfana, poniéndola bajo su amparo, y el noble -caballero aceptó el encargo con efusión, prometiendo lo que en tan -solemnes casos es de rúbrica. Total: que la viuda de Reluz cerró la -pestaña, mejorando con su pase a mejor vida la de las personas que acá -gemían bajo el despotismo de sus mudanzas y lavatorios; que Tristana -se fue a vivir con D. Lope, y que este... (hay que decirlo, por duro y -lastimoso que sea) a los dos meses de llevársela, aumentó con ella la -lista ya larguísima de sus batallas ganadas a la inocencia. - - - - -IV - - -La conciencia del guerrero de amor arrojaba de sí, como se ha visto, -esplendores de astro incandescente; pero también dejaba ver en -ocasiones arideces horribles de astro apagado y muerto. Era que al -sentido moral del buen caballero le faltaba una pieza importante, cual -órgano que ha sufrido una mutilación y solo funciona con limitaciones o -paradas deplorables. Era que D. Lope, por añejo dogma de su caballería -sedentaria, no admitía crimen ni falta ni responsabilidad en cuestiones -de faldas. Fuera del caso de cortejar a la dama, esposa o manceba de -un amigo íntimo, en amor todo lo tenía por lícito. Los hombres como -él, hijitos mimados de Adán, habían recibido del Cielo una tácita bula -que les dispensaba de toda moral, antes policía del vulgo que ley de -caballeros. Su conciencia, tan sensible en otros puntos, en aquel era -más dura y más muerta que un guijarro, con la diferencia de que este, -herido por la llanta de una carreta, suele despedir alguna chispa, y -la conciencia de D. Lope, en casos de amor, aunque la machacaran las -herraduras del caballo de Santiago, no echaba lumbres. - -Profesaba los principios más erróneos y disolventes, y los reforzaba -con apreciaciones históricas, en las cuales lo ingenioso no quitaba -lo sacrílego. Sostenía que en las relaciones de hombre y mujer no hay -más ley que la anarquía, si la anarquía es ley; que el soberano amor -no debe sujetarse más que a su propio canon intrínseco, y que las -limitaciones externas de su soberanía no sirven más que para desmedrar -la raza, para empobrecer el caudal sanguíneo de la humanidad. Decía, -no sin gracia, que los artículos del Decálogo que tratan de toda la -_pecata minuta_, fueron un pegote añadido por Moisés a la obra de Dios, -obedeciendo a razones puramente políticas; que estas razones de estado -continuaron influyendo en las edades sucesivas, haciendo necesaria -la policía de las pasiones; pero que con el curso de la civilización -perdieron su fuerza lógica, y solo a la rutina y a la pereza humanas se -debe que aún subsistan los efectos después de haber desaparecido las -causas. La derogación de aquellos trasnochados artículos se impone, y -los legisladores deben poner la mano en ella sin andarse en chiquitas. -Bien demuestra esta necesidad la sociedad misma, derogando de hecho -lo que sus directores se empeñan en conservar contra el empuje de las -costumbres y las realidades del vivir. ¡Ah! si el buenazo de Moisés -levantara la cabeza, él y no otro corregiría su obra, reconociendo que -hay tiempos de tiempos. - -Inútil parece advertir que cuantos conocían a Garrido, incluso el que -esto escribe, abominaban y abominan de tales ideas, deplorando con -toda el alma que la conducta del insensato caballero fuese una fiel -aplicación de sus perversas doctrinas. Debe añadirse que a cuantos -estimamos en lo que valen los grandes principios sobre que se asienta -_etcétera, etcétera..._ se nos ponen los pelos de punta solo de pensar -cómo andaría la máquina social si a sus esclarecidos manipulantes les -diese la ventolera de apadrinar los disparates de D. Lope, y derogaran -los articulitos o mandamientos cuya inutilidad este de palabra y obra -proclamaba. Si no hubiera infierno, solo para D. Lope habría que crear -uno, a fin de que en él eternamente purgase sus burlas de la moral, -y sirviese de perenne escarmiento a los muchos que, sin declararse -sectarios suyos, vienen a serlo de hecho en toda la redondez de esta -tierra pecadora. - -Contento estaba el caballero de su adquisición, porque la chica era -linda, despabiladilla, de graciosos ademanes, fresca tez, y seductora -charla. «Dígase lo que se quiera --argüía para su capote, recordando -sus sacrificios por sostener a la madre y salvar de la deshonra al -papá--, bien me la he ganado. ¿No me pidió Josefina que la amparase? -Pues más amparo no cabe. Bien defendida la tengo de todo peligro; que -ahora nadie se atreverá a tocarla al pelo de la ropa.» En los primeros -tiempos, guardaba el galán su tesoro con precauciones exquisitas y -sagaces; temía rebeldías de la niña, sobresaltado por la diferencia -de edad, mayor sin duda de lo que el interno canon de amor dispone. -Temores y desconfianzas le asaltaban; casi casi sentía en la conciencia -algo como un cosquilleo tímido, precursor de remordimiento. Pero esto -duraba poco, y el caballero recobraba su bravía entereza. Por fin, la -acción devastadora del tiempo amortiguó su entusiasmo hasta suavizar -los rigores de su inquieta vigilancia, y llegar a una situación -semejante a la de los matrimonios que han agotado el capitalazo de -las ternezas, y empiezan a gastar, con prudente economía, la rentita -del afecto reposado y un tanto desabrido. Conviene advertir que ni -por un momento se le ocurrió al caballero desposarse con su víctima, -pues aborrecía el matrimonio; teníalo por la más espantosa fórmula de -esclavitud que idearon los poderes de la tierra para meter en un puño a -la pobrecita humanidad. - -Tristana aceptó aquella manera de vivir casi sin darse cuenta de su -gravedad. Su propia inocencia, al paso que le sugería tímidamente -medios defensivos que emplear no supo, le vendaba los ojos, y solo -el tiempo y la continuidad metódica de su deshonra le dieron luz -para medir y apreciar su situación triste. La perjudicó grandemente -su descuidada educación, y acabaron de perderla las hechicerías y -artimañas que sabía emplear el tuno de D. Lope, quien compensaba lo -que los años le iban quitando, con un arte sutilísimo de la palabra, -y finezas galantes de superior temple, de esas que apenas se usan ya, -porque se van muriendo los que usarlas supieron. Ya que no cautivar -el corazón de la joven, supo el maduro galán mover con hábil pulso -resortes de su fantasía, y producir con ellos un estado de pasión -falsificada, que para él, ocasionalmente, a la verdadera se parecía. - -Pasó la señorita de Reluz por aquella prueba tempestuosa, como quien -recorre los períodos de aguda dolencia febril, y en ella tuvo momentos -de corta y pálida felicidad, como sospechas de lo que las venturas -de amor pueden ser. Don Lope le cultivaba con esmero la imaginación, -sembrando en ella ideas que fomentaran la conformidad con semejante -vida; estimulaba la fácil disposición de la joven para idealizar las -cosas, para verlo todo como no es, o como nos conviene o nos gusta que -sea. Lo más particular fue que Tristana, en los primeros tiempos, no -dio importancia al hecho monstruoso de que la edad de su tirano casi -triplicaba la suya. Para expresarlo con la mayor claridad posible, -hay que decir que no vio la desproporción, a causa sin duda de las -consumadas artes del seductor, y de la complicidad pérfida con que la -naturaleza le ayudaba en sus traidoras empresas, concediéndole una -conservación casi milagrosa. Eran sus atractivos personales de tan -superior calidad, que al tiempo le costaba mucho trabajo destruirlos. A -pesar de todo, el artificio, la contrahecha ilusión de amor no podían -durar: un día advirtió D. Lope que había terminado la fascinación -ejercida por él sobre la muchacha infeliz, y en esta, el volver en -sí produjo una terrible impresión de la que había de tardar mucho en -recobrarse. Bruscamente vio en D. Lope al viejo, y agrandaba con su -fantasía la ridícula presunción del anciano que, contraviniendo la ley -de Naturaleza, hace papeles de galán. Y no era D. Lope aún tan viejo -como Tristana lo sentía, ni había desmerecido hasta el punto de que se -le mandara recoger como un trasto inútil. Pero como en la convivencia -íntima, los fueros de la edad se imponen, y no es tan fácil el disimulo -como cuando se gallea fuera de casa, en lugares elegidos y a horas -cómodas, surgían a cada instante mil motivos de desilusión, sin que el -degenerado galanteador, con todo su arte y todo su talento, pudiera -evitarlo. - -Este despertar de Tristana no era más que una fase de la crisis -profunda que hubo de sufrir a los ocho meses próximamente de su -deshonra, y cuando cumplía los veintidós años. Hasta entonces, la -hija de Reluz, atrasadilla en su desarrollo moral, había sido toda -irreflexión y pasividad muñequil, sin ideas propias, viviendo de -las proyecciones del pensar ajeno, y con una docilidad tal en sus -sentimientos, que era muy fácil evocarlos en la forma y con la -intención que se quisiera. Pero vinieron días en que su mente floreció -de improviso, como planta vivaz a la que le llega un buen día de -primavera, y se llenó de ideas, en apretados capullos primero, en -espléndidos ramilletes después. Anhelos indescifrables apuntaron en -su alma. Se sentía inquieta, ambiciosa, sin saber de qué, de algo muy -distante, muy alto que no veían sus ojos por parte alguna; ansiosos -temores la turbaban a veces, a veces risueñas confianzas; veía con -lucidez su situación, y la parte de humanidad que ella representaba -con sus desdichas; notó en sí algo que se le había colado de rondón -por las puertas del alma, orgullo, conciencia de no ser una persona -vulgar; sorprendiose de los rebullicios, cada día más fuertes, de su -inteligencia que le decía: «Aquí estoy. ¿No ves cómo pienso cosas -grandes?» Y a medida que se cambiada en sangre y médula de mujer la -estopa de la muñeca, iba cobrando aborrecimiento y repugnancia a la -miserable vida que llevaba, bajo el poder de D. Lope Garrido. - - - - -V - - -Y entre las mil cosas que aprendió Tristana en aquellos días, sin que -nadie se las enseñara, aprendió también a disimular, a valerse de -las ductilidades de la palabra, a poner en el mecanismo de la vida -esos muelles que la hacen flexible, esos apagadores que ensordecen -el ruido, esas desviaciones hábiles del movimiento rectilíneo, casi -siempre peligroso. Era que D. Lope, sin que ninguno de los dos se diese -cuenta de ello, habíala hecho su discípula, y algunas ideas de las que -con toda lozanía florecieron en la mente de la joven, procedían del -semillero de su amante y por fatalidad maestro. Hallábase Tristana en -esa edad y sazón en que las ideas se pegan, en que ocurren los más -graves contagios del vocabulario personal, de las maneras y hasta del -carácter. - -La señorita y la criada hacían muy buenas migas. Sin la compañía y -los agasajos de Saturna, la vida de Tristana habría sido intolerable. -Charlaban trabajando, y en los descansos charlaban más todavía. Refería -la criada sucesos de su vida, pintándole el mundo y los hombres con -sincero realismo, sin ennegrecer ni poetizar los cuadros; y la -señorita, que apenas tenía pasado que contar, lanzábase a los espacios -del suponer y del presumir, armando castilletes de vida futura como -los juegos constructivos de la infancia con cuatro tejuelos y algunos -montoncitos de tierra. Eran la historia y la poesía asociadas en feliz -maridaje. Saturna enseñaba, la niña de D. Lope creaba, fundando sus -atrevidos ideales en los hechos de la otra. - ---Mira, tú --decía Tristana a la que, más que sirviente, era para ella -una fiel amiga--, no todo lo que este hombre perverso nos enseña es -disparatado, y algo de lo que habla tiene mucho intríngulis... Porque -lo que es talento, no se puede negar que le sobra. ¿No te parece a ti -que lo que dice del matrimonio es la pura razón? Yo... te lo confieso -aunque me riñas, creo como él que eso de encadenarse a otra persona por -toda la vida, es invención del diablo... ¿No lo crees tú? Te reirás -cuando te diga que no quisiera casarme nunca, que me gustaría vivir -siempre libre. Ya, ya sé lo que estás pensando; que me curo en salud, -porque después de lo que me ha pasado con este hombre, y siendo pobre -como soy, nadie querrá cargar conmigo. ¿No es eso mujer, no es eso? - ---Ay, no, señorita, no pensaba tal cosa --replicó la doméstica -prontamente--. Siempre se encuentran unos pantalones para todo, -inclusive para casarse. Yo me casé una vez, y no me pesó; pero no -volveré por agua a la fuente de la Vicaría. Libertad, tiene razón -la señorita, libertad, aunque esta palabra no suena bien en boca de -mujeres. ¿Sabe la señorita cómo llaman a las que sacan los pies del -plato? Pues las llaman, por buen nombre, _libres_. De consiguiente, -si ha de haber un poco de reputación, es preciso que haya dos pocos -de esclavitud. Si tuviéramos oficios y carreras las mujeres, como los -tienen esos bergantes de hombres, anda con Dios. Pero, fíjese, solo -tres carreras pueden seguir las que visten faldas: o casarse, que -carrera es, o el teatro..., vamos, ser cómica, que es buen modo de -vivir, o..., no quiero nombrar lo otro. Figúreselo. - ---Pues mira tú, de estas tres carreras, únicas de la mujer, la -primera me agrada poco, la tercera menos, la de enmedio la seguiría -yo si tuviera facultades; pero me parece que no las tengo... Ya sé, -ya sé que es difícil eso de ser libre... y honrada. ¿Y de qué vive -una mujer no poseyendo rentas? Si nos hicieran médicas, abogadas, -siquiera boticarias o escribanas, ya que no ministras y senadoras, -vamos, podríamos... Pero cosiendo, cosiendo... Calcula las puntadas -que hay que dar para mantener una casa... Cuando pienso lo que será de -mí, me dan ganas de llorar. ¡Ay, pues si yo sirviera para monja, ya -estaba pidiendo plaza en cualquier convento! Pero no valgo, no, para -encerronas de toda la vida. Yo quiero vivir, ver mundo y enterarme de -por qué y para qué nos han traído a esta tierra en que estamos. Yo -quiero vivir y ser libre... Di otra cosa: ¿y no puede una ser pintora, -y ganarse el pan pintando cuadros bonitos? Los cuadros valen muy -caros. Por uno que solo tenía unas montañas allá lejos, con cuatro -árboles secos más acá, y en primer término un charco y dos patitos, -dio mi papá mil pesetas. Conque ya ves. ¿Y no podría una mujer meterse -a escritora y hacer comedias..., libros de rezo, o siquiera fábulas, -Señor? Pues a mí me parece que esto es fácil. Puedes creerme que estas -noches últimas, desvelada y no sabiendo cómo entretener el tiempo, he -inventado no sé cuantos dramas de los que hacen llorar, y piezas de las -que hacen reír, y novelas de muchísimo enredo y pasiones tremendas, y -qué sé yo. Lo malo es que no sé escribir..., quiero decir, con buena -letra, cometo la mar de faltas de Gramática, y hasta de Ortografía. -Pero ideas, lo que llamamos ideas, cree que no me faltan. - ---¡Ay, señorita --dijo Saturna sonriendo y alzando sus admirables ojos -negros de la media que repasaba--, qué engañada vive si piensa que -todo eso puede dar de comer a una señora honesta en libertad! Eso es -para hombres, y aun ellos... ¡vaya, lucido pelo echan los que viven -de cosas de leyenda! Echarán plumas, pero lo que es pelo... Pepe Ruiz, -el hermano de leche de mi difunto, que es un hombre muy sabido en la -materia, como que trabaja en la fundición donde hacen las letras de -plomo para imprimir, nos decía que entre los de pluma todo es hambre y -necesidad, y que aquí no se gana el pan con el sudor de la frente, sino -con el de la lengua; más claro: que solo sacan tajada los políticos, -que se pasan la vida echando discursos. ¿Trabajitos de cabeza?... -¡quítese usted de ahí! ¿Dramas, cuentos y libros para reírse o llorar? -Conversación. Los que los inventan no sacarían ni para un cocido si -no intrigaran con el Gobierno para afanar los destinos. Así anda la -Ministración. - ---Pues yo te digo (_con viveza_) que hasta para eso del Gobierno y -la política me parece a mí que había de servir yo. No te rías. Sé -pronunciar discursos. Es cosa muy fácil. Con leer un poquitín de las -sesiones de Cortes, en seguida te enjareto lo bastante para llenar -medio periódico. - ---¡Vaya por Dios! Para eso hay que ser hombre, señorita. La maldita -enagua estorba para eso, como para montar a caballo. Decía mi difunto -que si él no hubiera sido tan corto de genio, habría llegado a donde -llegan pocos, porque se le ocurrían cosas tan gitanas como las que le -echan a usted Castelar y Cánovas en las Cortes, cosas de salvar al país -verdaderamente; pero el hijo de Dios, siempre que quería desbocarse en -el Círculo de Artesanos, o en los metingues de los _compañeros_, se -sentía un tenazón en el gaznate, y no acertaba con la palabra primera, -que es la más difícil... vamos, que no rompía. Claro, no rompiendo, no -podía ser orador ni político. - ---¡Ay qué tonto! Pues yo rompería, vaya si rompería. (_Con -desaliento._) Es que vivimos sin movimiento, atadas con mil -ligaduras... También se me ocurre que yo podría estudiar lenguas. No -sé más que las raspaduras de francés que me enseñaron en el colegio, -y ya las voy olvidando. ¡Qué gusto hablar inglés, alemán, italiano! -Me parece a mí que si me pusiera, lo aprendería pronto. Me noto... no -sé cómo decírtelo... me noto como si supiera ya un poquitín antes de -saberlo, como si en otra vida hubiera sido yo inglesa o alemana, y me -quedara un dejo... - ---Pues eso de las lenguas --afirmó Saturna, mirando a la señorita con -maternal solicitud--sí que le convenía aprenderlo, porque la que da -lecciones lo gana, y además es un gusto poder entender todo lo que -parlan los extranjeros. Bien podría el amo ponerle un buen profesor. - ---No me nombres a tu amo. No espero nada de él. (_Meditabunda, mirando -la luz._) No sé, no sé cuándo ni cómo concluirá esto; pero de alguna -manera ha de concluir. - -La señorita calló, sumergiéndose en una cavilación sombría. Acosada -por la idea de abandonar la morada de D. Lope, oyó en su mente el -hondo tumulto de Madrid, vio la polvareda de luces que a lo lejos -resplandecía, y se sintió embelesada por el sentimiento de su -independencia. Volviendo de aquella meditación como de un letargo, -suspiró fuerte. ¡Cuán sola estaría en el mundo fuera de la casa de su -pobre y caduco galán! No tenía parientes, y las dos únicas personas a -quienes tal nombre pudiera dar, hallábanse muy lejos: su tío materno -D. Fernando, en Filipinas, el primo Cuesta, en Mallorca, y ninguno -de los dos había mostrado nunca malditas ganas de ampararla. Recordó -también (y a todas estas Saturna la observaba con ojos compasivos) -que las familias que tuvieron visiteo y amistad con su madre, la -miraban ya con prevención y despego, efecto de la endiablada sombra -de don Lope. Contra esto, no obstante, hallaba Tristana en su orgullo -defensa eficaz, y despreciando a quien la ofendía, se daba una de esas -satisfacciones ardientes que fortifican por el momento como el alcohol, -aunque a la larga destruyan. - ---¡Dale! No piense cosas tristes --le dijo Saturna, pasándole la mano -por delante de los ojos, como si ahuyentara una mosca. - - - - -VI - - ---¿Pues en qué quieres que piense, en cosas alegres? Dime dónde están, -dímelo pronto. - -Para amenizar la conversación, Saturna echaba mano prontamente de -cualquier asunto jovial, sacando a relucir anécdotas y chismes de la -gárrula sociedad que las rodeaba. Algunas noches se entretenían en -poner en solfa a D. Lope, el cual, al verse en tan gran decadencia, -desmintió los hábitos espléndidos de toda su vida, volviéndose algo -roñoso. Apremiado por la creciente penuria, regateaba los míseros -gastos de la casa, educándose, ¡a buenas horas!, en la administración -doméstica, tan disconforme con su caballería. Minucioso y cominero, -intervenía en cosas que antes estimaba impropias de su decoro señoril, -y gastaba un genio y unos refunfuños que le desfiguraban más que -los hondos surcos de la cara y el blanquear del cabello. Pues de -estas miserias, de estas prosas trasnochadas de la vida del D. Juan -caído, sacaban las dos hembras materia para reírse y pasar el rato. -Lo gracioso del caso era que, como D. Lope ignoraba en absoluto la -economía doméstica, mientras más se las echaba de financiero y de buen -mayordomo, más fácilmente le engañaba Saturna, consumada maestra en -sisas y otras artimañas de cocinera y compradora. - -Con Tristana fue siempre el caballero todo lo generoso que su pobreza -cada vez mayor le permitía. Iniciada con tristísimos caracteres la -escasez, en el costoso renglón de ropa fue donde primero se sintió el -doloroso recorte de las economías; pero D. Lope sacrificó su presunción -a la de su esclava, sacrificio no flojo en hombre tan devoto admirador -de sí mismo. Llegó día en que la escasez mostró toda la fealdad seca -de su cara de muerte, y ambos quedaron iguales en lo anticuado y -traído de la ropa. La pobre niña se quemaba las cejas, haciendo con -sus trapitos, ayudada de Saturna, mil refundiciones que eran un primor -de habilidad y paciencia. En los fugaces tiempos, que bien podríamos -llamar felices o dorados, Garrido la llevaba al teatro alguna vez; -mas la necesidad, con su cara de hereje, decretó al fin la absoluta -supresión de todo espectáculo público. Los horizontes de la vida se -cerraban y ennegrecían cada día más delante de la señorita de Reluz, -y aquel hogar desapacible, frío de afectos, pobre, vacío en absoluto -de ocupaciones gratas, le abrumaba el espíritu. Porque la casa, en la -cual lucían restos de instalaciones que fueron lujosas, se iba poniendo -de lo más feo y triste que es posible imaginar: todo anunciaba -penuria y decaimiento: nada de lo roto o deteriorado se componía ni -se reparaba. En la salita desconcertada y glacial solo quedaba, entre -trastos feísimos, un bargueño estropeado por las mudanzas, en el cual -tenía D. Lope su archivo galante. En las paredes veíanse los clavos de -donde pendieron las panoplias. En el gabinete observábase hacinamiento -de cosas que debieron de tener hueco en local más grande, y en el -comedor no había más mueble que la mesa y unas sillas cojas con el -cuero desgarrado y sucio. La cama de D. Lope, de madera con columnas -y pabellón airoso, imponía por su corpulencia monumental; pero las -cortinas de damasco azul no podían ya con más desgarrones. El cuarto de -Tristana, inmediato al de su dueño, era lo menos marcado por el sello -del desastre, gracias al exquisito esmero con que ella defendía su -ajuar de la descomposición y de la miseria. - -Y si la casa declaraba, con el expresivo lenguaje de las cosas, la -irremediable decadencia de la caballería sedentaria, la persona del -galán iba siendo rápidamente imagen lastimosa de lo fugaz y vano de -las glorias humanas. El desaliento, la tristeza de su ruina, debían -de influir no poco en el _bajón_ del menesteroso caballero, ahondando -las arrugas de sus sienes más que los años, y más que el ajetreo que -desde los veinte se traía. Su cabello, que a los cuarenta empezó a -blanquear, se había conservado espeso y fuerte; pero ya se le caían -mechones, que él habría repuesto en su sitio si hubiera alguna alquimia -que lo consintiese. La dentadura se le conservaba bien en la parte -más visible; pero sus hasta entonces admirables muelas empezaban a -insubordinarse, negándose a masticar bien, o rompiéndosele en pedazos, -cual si unas a otras se mordieran. El rostro de soldado de Flandes -iba perdiendo sus líneas severas, y el cuerpo no podía conservar su -esbeltez de antaño sin el auxilio de una férrea voluntad. Dentro de -casa la voluntad se rendía, reservando sus esfuerzos para la calle, -paseos y casino. - -Comúnmente, si al entrar de noche encontraba despiertas a las dos -mujeres, echaba un parrafito con ellas, corto con Saturna, a quien -mandaba que se acostara, largo con Tristana. Pero llegó un tiempo en -que casi siempre entraba silencioso y de mal talante, y se metía en su -cuarto, donde la cautiva infeliz tenía que oír y soportar sus clamores -por la tos persistente, por el dolor reumático, o la sofocación del -pecho. Renegaba D. Lope y ponía el grito en el cielo, cual si creyese -que la Naturaleza no tenía ningún derecho a hacerle padecer, o si se -considerara mortal predilecto, relevado de las miserias que afligen -a la humanidad. Y para colmo de desdichas, veíase precisado a dormir -con la cabeza envuelta en un feo pañuelo, y su alcoba apestaba de los -menjurjes que usar solía para el reuma o el romadizo. - -Pero estas menudencias, que herían a D. Lope en lo más vivo de su -presunción, no afectaban a Tristana tanto como las fastidiosas mañas -que iba sacando el pobre señor, pues al derrumbarse tan lastimosamente -en lo físico y en lo moral dio en la flor de tener celos. El que jamás -concedió a ningún nacido los honores de la rivalidad, al sentir en -sí la vejez del león se llenaba de inquietudes, y veía salteadores y -enemigos en su propia sombra. Reconociéndose caduco, el egoísmo le -devoraba, como una lepra senil, y la idea de que la pobre joven le -comparase, aunque solo mentalmente, con soñados ejemplares de belleza -y juventud, le acibaraba la vida. Su buen juicio, la verdad sea dicha, -no le abandonaba enteramente, y en sus ratos lúcidos, que por lo común -eran por la mañana, reconocía toda la importunidad y sinrazón de su -proceder, y procuraba adormecer a la cautiva con palabras de cariño y -confianza. - -Poco duraban estas paces, porque al llegar la noche, cuando el viejo y -la niña se quedaban solos, recobraba el primero su egoísmo semítico, -sometiéndola a interrogatorios humillantes, y una vez, exaltado por -aquel suplicio en que le ponía la desproporción alarmante entre su -flacidez enfermiza y la lozanía de Tristana, llegó a decirle: - ---Si te sorprendo en algún mal paso, te mato, cree que te mato. -Prefiero terminar trágicamente a ser ridículo en mi decadencia. -Encomiéndate a Dios antes de faltarme. Porque yo lo sé, lo sé; para -mí no hay secretos; poseo un saber infinito de estas cosas, y una -experiencia y un olfato... que no es posible pegármela, no, no es -posible. - - - - -VII - - -Algo se asustaba Tristana, sin llegar a sentir terror, ni a creer al -pie de la letra en las fieras amenazas de su dueño, cuyos alardes -de olfato y adivinación estimaba como ardid para dominarla. La -tranquilidad de su conciencia dábale valor contra el tirano, y ni -aun se cuidaba de obedecerle en sus infinitas prohibiciones. Aunque -le había ordenado no salir de paseo con Saturna, se escabullía casi -todas las tardes: pero no iban a Madrid, sino hacia Cuatro Caminos, al -Partidor, al Canalillo o hacia las alturas que dominan el Hipódromo: -paseo de campo, con merienda las más veces, y esparcimiento saludable. -Eran los únicos ratos de su vida en que la pobre esclava podía -dar de lado a su tristeza, y gozaba de ellos con abandono pueril, -permitiéndose correr y saltar, y jugar a las cuatro esquinas con la -chica del tabernero, que solía acompañarla, o alguna otra amiguita -del vecindario. Los domingos, el paseo era de muy distinto carácter. -Saturna tenía a su hijo en el Hospicio, y según costumbre de todas las -madres que se hallan en igual caso, salía a encontrarle en el paseo. - -Comúnmente, al llegar la caterva de chiquillos a un lugar convenido -en las calles nuevas de Chamberí, les dan el rompan-filas, y se ponen -a jugar. Allí les aguardan ya las madres, abuelas o tías (del que las -tiene), con el pañuelito de naranjas, cacahuetes, avellanas, bollos -o mendrugos de pan. Algunos corretean y brincan jugando a la _toña_; -otros se pegan a los grupos de mujeres. Los hay que piden cuartos al -transeúnte, y casi todos rodean a las vendedoras de caramelos largos, -avellanas y piñones. Mucho gustaban a Tristana tales escenas, y ningún -domingo, como hiciera buen tiempo, dejaba de compartir con su sirviente -la grata ocupación de obsequiar al hospicianillo, el cual se llamaba -Saturno, como su madre, y era rechoncho, patizambo, con unos mofletes -encendidos y carnosos que venían a ser como certificación viva del buen -régimen del Establecimiento provincial. La ropa de paño burdo no le -consentía ser muy elegante en sus movimientos, y la gorra con galón no -ajustaba bien a su cabezota, de cabello duro y cerdoso como los pelos -de un cepillo. Su madre y Tristana le encontraban muy salado; pero hay -que confesar que de salado no tenía ni pizca; era, sí, dócil, noblote y -aplicadillo, con aficiones a la tauromaquia callejera. La señorita le -obsequiaba siempre con alguna naranja, y le llevaba además una perra -chica para que comprase cualquier chuchería de su agrado; y por más que -su madre le incitaba al ahorro, sugiriéndole la idea de ir guardando -todo el numerario que obtuviera, jamás pudo conseguir poner diques a su -despilfarro, y cuarto adquirido era cuarto lanzado a la circulación. -Así prosperaba el comercio de molinitos de papel, de banderillas para -torear, y de torrados y bellotas. - -Tras importunas lluvias, trajo el año aquel una apacible quincena de -octubre, con sol picón, cielo despejado, aire quieto; y aunque por -las mañanas amanecía Madrid enfundado de nieblas, y por las noches -la radiación enfriaba considerablemente el suelo, las tardes, de dos -a cinco, eran deliciosas. Los domingos no quedaba bicho viviente en -casa, y todas las vías de Chamberí, los altos de Maudes, las avenidas -del Hipódromo y los cerros de Amaniel, hormigueaban de gente. Por -la carretera no cesaba el presuroso desfile hacia los merenderos de -Tetuán. Un domingo de aquel hermoso octubre, Saturna y Tristana fueron -a esperar a los hospicianos en la calle de Ríos Rosas, que enlaza los -altos de Santa Engracia con la Castellana, y en aquella hermosa vía, -bien asoleada, ancha y recta, que domina un alegre y extenso campo, -fue soltada la doble cuerda de presos. Unos se pegaron a las madres, -que les habían venido siguiendo desde lejos; otros armaron al instante -la indispensable corrida de novillos de puntas, con presidencia, -chiqueros, apartado, callejones, barrera, música del Hospicio, y demás -perfiles. A la sazón pasaron por allí, viniendo de la Castellana, -los sordomudos, en grupos de mudo y ciego, con sus gabanes azules y -galonada gorra. En cada pareja, los ojos del mudo valían al ciego -para poder andar sin tropezones; se entendían por el tacto con tan -endiabladas garatusas, que causaba maravilla verles hablar. Gracias a -la precisión de aquel lenguaje, enteráronse pronto los ciegos de que -allí estaban los hospicianos, mientras los muditos, todos ojos, se -deshacían por echar un par de _verónicas_. ¡Como que para esto maldita -falta les hacía el don de la palabra! En alguna pareja de sordos, -las garatusas eran un movimiento o vibración rapidísima, tan ágil y -flexible como la humana voz. Contrastaban las caras picarescas de los -mudos, en cuyos ojos resplandecía todo el verbo humano, con las caras -aburridas, muertas, de los ciegos, picoteadas atrozmente de viruelas, -vacíos los ojos y cerrados entre cerdosas pestañas, o abiertos, aunque -insensibles a la luz, con pupila de cuajado vidrio. - -Detuviéronse allí, y por un momento reinó la fraternidad entre unos y -otros. Gestos, muecas, cucamonas mil. Los ciegos, no pudiendo tomar -parte en ningún juego, se apartaban desconsolados. Algunos se permitían -sonreír como si vieran, llegando al conocimiento de las cosas por el -velocísimo teclear de los dedos. Tal compasión inspiraban a Tristana -aquellos infelices, que casi casi le hacía daño mirarles. ¡Cuidado -que no ver! No acababan de ser personas: faltábales la facultad de -enterarse, y ¡qué trabajo tener que enterarse de todo pensándolo! - -Apartose Saturno de su mamá para unirse a una partida que, apostada -en sitio conveniente, desvalijaba a los transeúntes, no de dinero, -sino de cerillas. «El fósforo o la vida» era la consigna, y con tal -saqueo reunían los muchachos materia bastante para sus ejercicios -pirotécnicos, o para encender las hogueras de la Inquisición. Fue -Tristana en su busca; antes de aproximarse a los incendiarios, vio a -un hombre que hablaba con el profesor de los sordomudos, y al cruzarse -su mirada con la de aquel sujeto, pues en ambos el verse y el mirarse -fueron una acción sola, sintió una sacudida interna, como suspensión -instantánea del correr de la sangre. - -¿Qué hombre era aquel? Habíale visto antes, sin duda; no recordaba -cuándo ni dónde, allí, o en otra parte; pero aquella fue la primera vez -que al verle sintió sorpresa hondísima, mezclada de turbación, alegría -y miedo. Volviéndole la espalda, habló con Saturno para convencerle -del peligro de jugar con fuego, y oía la voz del desconocido hablando -con picante viveza de cosas que ella no pudo entender. Al mirarle de -nuevo, encontró los ojos de él que la buscaban. Sintió vergüenza, y se -apartó de allí, no sin determinarse a lanzar desde lejos otra miradita, -deseando examinar con ojos de mujer al hombre que tan sin motivo -absorbía su atención, ver si era rubio o moreno, si vestía con gracia, -si tenía aires de persona principal, pues de nada de esto se había -enterado aún. El tal se alejaba: era joven, de buena estatura, vestía -como persona elegante que no está de humor de vestirse, en la cabeza -un livianillo, chafado sin afectación, arrastrando, mal cogido con la -mano derecha, un gabán de verano de mucho uso. Lo llevaba como quien -no estima en nada las prendas de vestir. El traje era gris, la corbata -de lazada hecha a mano con descuido. Todo esto lo observó en un decir -Jesús, y, la verdad, el caballero aquel, o lo que fuese, _le resultaba_ -simpático... muy moreno, con barba corta... Creyó al pronto que llevaba -quevedos... pero no; nada de ojos sobrepuestos; solo los naturales, -que... Tristana no pudo, por la mucha distancia, apreciar cómo eran. - -Desapareció el individuo, persistiendo su imagen en el pensamiento de -la esclava de don Lope, y al día siguiente, esta, de paseo con Saturna, -le volvió a ver. Iba con el mismo traje; pero llevaba puesto el gabán, -y al cuello un pañuelo blanco, porque soplaba un fresco picante. Mirole -con descaro inocente, regocijada de verle, y él la miraba también, -parándose a discreta distancia. «Parece que quiere hablarme --pensaba -la joven--. Y verdaderamente, no sé por qué no me dice lo que tiene -que decirme.» Reíase Saturna de aquel flecheo insípido, y la señorita, -poniéndose colorada, hacía como que se burlaba también. Por la noche -no tuvo sosiego, y sin atreverse a comunicar a Saturna lo que sentía, -se declaraba a sí propia las cosas más graves. «¡Cómo me gusta ese -hombre! No sé qué daría porque se atreviera... No sé quién es, y pienso -en él noche y día. ¿Qué es esto? ¿Estoy yo loca? ¿Significa esto la -desesperación de la prisionera que descubre un agujerito por donde -escaparse? Yo no sé lo que es esto; solo sé que necesito que me hable, -aunque sea por telégrafos, como los sordomudos, o que me escriba. No -me espanta la idea de escribirle yo, o de decirle que sí, antes que él -me pregunte... ¡Qué desvarío! ¿Pero quién será? Podría ser un pillo, -un... No, bien se ve que es una persona que no se parece a las demás -personas. Es solo, único... bien claro está. No hay otro. ¡Y encontrar -yo el único, y ver que este único tiene más miedo que yo, y no se -atreve a decirme que soy su única! No, no, yo le hablo, le hablo... -me acerco, le pregunto qué hora es, cualquier cosa... o le digo, como -los hospicianos, que me haga el favor de una cerillita... ¡Vaya un -disparate! ¡Qué pensaría de mí! Tendríame por una mujer casquivana. No, -no, él es el que debe romper...» - -A la tarde siguiente, ya casi de noche, viniendo señorita y criada en -el tranvía descubierto, ¡él también! Le vieron subir en la Glorieta de -Quevedo: pero como había bastante gente, tuvo que quedarse en pie en -la plataforma delantera. Tristana sentía tal sofocación en su pecho, -que a ratos érale forzoso ponerse en pie para respirar. Un peso enorme -gravitaba sobre sus pulmones, y la idea de que, al bajar del coche, el -desconocido se decidiría a romper el silencio, la llenaba de turbación -y ansiedad. ¿Y qué le iba a contestar ella? Pues señor, no tenía -más remedio que manifestarse muy sorprendida, rechazar, alarmarse, -ofenderse y decir que no y qué sé yo... Esto era lo bonito y decente. -Bajaron, y el caballero incógnito las siguió a honestísima distancia. -No se atrevía la esclava de D. Lope a volver la cabeza, pero Saturna se -encargaba de mirar por las dos. Deteníanse con pretextos rebuscados; -retrocedían como para ver el escaparate de una tienda... y nada. El -galán... mudo como un cartujo. Las dos mujeres, en su desordenado -andar, tropezaron con unos chicos que jugaban en la acera, y uno de -ellos cayó al suelo chillando, mientras los otros corrían hacia las -puertas de las casas alborotando como demonios. Confusión, tumulto -infantil, madres que acuden airadas... Tantas manos quisieron levantar -al muchacho caído, que se cayó otro, y el barullo aumentó. - -Como en esto observara Saturna que su señorita y el galán desconocido -no distaban un palmo el uno del otro, se apartó solapadamente. «Gracias -a Dios --pensó atisbándoles de lejos--; ya pica: hablando están.» ¿Qué -dijo a Tristana el sujeto aquel? No se sabe. Solo consta que Tristana -le contestó a todo que sí, ¡sí, sí!, cada vez más alto, como persona -que, avasallada por un sentimiento más fuerte que su voluntad, pierde -en absoluto el sentido de las conveniencias. Fue su situación semejante -a la del que se está ahogando y ve un madero y a él se agarra, creyendo -encontrar en él su salvación. Es absurdo pedir al náufrago que adopte -posturas decorosas al asirse a la tabla. Voces hondas del instinto de -salvación eran las breves y categóricas respuestas de la niña de D. -Lope, aquel sí pronunciado tres veces con creciente intensidad de -tono, grito de socorro de un alma desesperada... Corta y de provecho -fue la escenita. Cuando Tristana volvió al lado de Saturna, se llevó -una mano a la sien, y temblando le dijo: - ---¡Pero si estoy loca!... Ahora comprendo mi desvarío. No he tenido -tacto, ni malicia, ni dignidad. Me he vendido, Saturna... ¡Qué pensará -de mí! Sin saber lo que hacía..., arrastrada por un vértigo..., a -todo cuanto me dijo le contesté que sí..., ¡pero cómo...!, ¡ay!, no -sabes..., vaciando mi alma por los ojos. Los suyos me quemaban. ¡Y yo -que creía saber algo de estas hipocresías que tanto convienen a una -mujer! Si me creerá tonta..., si pensará que no tengo vergüenza... Es -que yo no podía disimular, ni hacer papeles de señorita tímida. La -verdad se me sale a los labios, y el sentimiento se me desborda..., -quiero ahogarlo, y me ahoga. ¿Es esto estar enamorada? Solo sé que -le quiero con toda mi alma, y así se lo he dado a entender, ¡qué -afrenta!, le quiero sin conocerle, sin saber ni quién es ni cómo se -llama. Yo entiendo que los amores no deben empezar así..., al menos -no es lo corriente, sino que vayan por grados, entre _síes_ y _noes_ -muy habilidosos, con cuquería... Pero yo no puedo ser así, y entrego -el alma cuando ella me dice que quiere entregarse... Saturna, ¿qué -crees? ¿Me tendrá por mujer mala? Aconséjame, dirígeme. Yo no sé de -estas cosas... Espera, escucha: mañana, cuando vuelvas de la compra, le -encontrarás en esa esquina donde nos hablamos, y te dará una cartita -para mí. Por lo que más quieras, por la salud de tu hijo querido, -Saturna, no te niegues a hacerme este favor, que te agradecerá toda mi -vida. Tráeme, por Dios, el papelito, tráemelo, si no quieres que me -muera mañana. - - - - -VIII - - -«Te quise desde que nací...» Esto decía la primera carta...; no, no, -la segunda, que fue precedida de una breve entrevista en la calle, -debajito de un farol, entrevista intervenida con hipócrita severidad -por Saturna, y en la cual los amantes se tutearon sin acuerdo -previo, como si no existiesen, ni existir pudieran, otras formas de -tratamiento. Asombrábase ella del engaño de sus ojos en las primeras -apreciaciones de la persona del desconocido. Cuando se fijó en él, -la tarde aquella de los sordomudos, túvole por un señor así como de -treinta o más años. ¡Qué tonta! ¡Si era un muchacho...! Y su edad -no pasaría seguramente de los veinticinco, solo que tenía un cierto -aire reflexivo y melancólico, más propio de la edad madura que de la -juventud. Ya no dudaba que sus ojos eran como centellas, su color -moreno caldeado del sol, su voz como blanda música que Tristana -no había oído hasta entonces, y que más le halagaba los senos del -cerebro después de escuchada. «Te estoy queriendo, te estoy buscando -desde antes de nacer --decía la tercera carta de ella, empapada en un -espiritualismo delirante--. No formes mala idea de mí si me presento a -ti sin ningún velo, pues el del falso decoro con que el mundo ordena -que se encapuchen nuestros sentimientos, se me deshizo entre las manos -cuando quise ponérmelo. Quiéreme como soy; y si llegara a entender que -mi sinceridad te parecía desenfado o falta de vergüenza, no vacilaría -en quitarme la vida.» - -Y él a ella: «El día en que te descubrí fue el último de un largo -destierro.» - -Ella: «Si algún día encuentras en mí algo que te desagrade, hazme la -caridad de ocultarme tu hallazgo. Eres bueno, y si por cualquier motivo -dejas de quererme o de estimarme, me engañarás, ¿verdad?, haciéndome -creer que soy la misma para ti. Antes de dejar de amarme, dame la -muerte mil veces.» - -Y después de escribir estas cosas, no se venía el mundo abajo. Al -contrario, todo seguía lo mismo en la Tierra y en el Cielo. ¿Pero quién -era él, quién? Horacio Díaz, hijo de español y de austriaca, del país -que llaman _Italia irredenta_; nacido en el mar, navegando los padres -desde Fiume a la Argelia; criado en Orán hasta los cinco años, en -Savannah (Estados Unidos) hasta los nueve, en Shangai (China) hasta los -doce; cuneado por las olas del mar, transportado de un mundo a otro, -víctima inocente de la errante y siempre expatriada existencia de un -padre cónsul. Con tantas idas y venidas, y el fatigoso pasear por el -globo, y la influencia de aquellos endiablados climas, perdió a su -madre a los doce años, y a su padre a los trece, yendo a parar después -a poder de su abuelo paterno, con quien vivió quince años en Alicante, -padeciendo bajo su férreo despotismo más que los infelices galeotes que -movían a fuerza de remo las pesadas naves antiguas. - -Para más noticias, óiganse las que atropelladamente vomitó la boca de -Saturna, más bien secreteadas que dichas: - ---Señorita..., ¡qué cosas! Voy a buscarle, pues quedamos en ello, al -número 5 de la calle esa de más abajo..., y apechugo tan terne con la -dichosa escalerita. Me había dicho que a lo último, a lo último, y yo -mientras veía escalones por delante, para arriba siempre. ¡Qué risa! -Casa nueva; dentro un patio de cuartos domingueros, pisos y más pisos, -y al fin.... Es aquello como un palomar, vecinito de los pararrayos, y -con vistas a las mismas nubes. Yo creí que no llegaba. Por fin, echando -los pulmones, allí me tiene usted. Figúrese un cuarto muy grande, con -un ventanón por donde se cuela toda la luz del cielo, las paredes de -colorado, y en ellas cuadros, bastidores de lienzo, cabezas sin cuerpo, -cuerpos descabezados, talles de mujer con pechos inclusive, hombres -peludos, brazos sin persona, y fisonomías sin orejas, todo con el -mismísimo color de nuestra carne. Créame, tanta cosa desnuda le da a -una vergüenza... Divanes, sillas que parecen antiguas, figuras de yeso -con los ojos sin niña, manos y pies descalzos..., de yeso también... Un -caballete grande, otro más chico, y sobre las sillas o clavadas en la -pared, pinturas cortas, enteras o partidas, vamos al decir, sin acabar, -algunas con su cielito azul, tan al vivo como el cielo de verdad, y -después un pedazo de árbol, un pretil..., tiestos; en otra naranjas y -unos melocotones..., pero muy ricos... En fin, para no cansar, telas -preciosas, y una vestidura de ferretería, de las que se ponían los -guerreros de antes. ¡Qué risa! Y él allí con la carta ya escrita. -Como soy tan curiosona, quise saber si vivía en aquel aposento tan -ventilado, y me dijo que no y que sí, pues... Duerme en casa de una tía -suya, allá por Monteleón; pero todo el día se lo pasa acá, y come en -uno de los merenderos de junto al Depósito. - ---Es pintor; ya lo sé --dijo Tristana, sofocada de puro dichosa--. Eso -que has visto es su estudio, boba. ¡Ay, qué rebonito será! - -Además de cartearse a diario con verdadero ensañamiento, se veían -todas las tardes. Tristana salía con Saturna, y él las aguardaba un -poco más acá de Cuatro Caminos. La criada les dejaba partir solos, con -bastante pachorra y discreción bastante para esperarles todo el tiempo -que emplearan ellos en divagar por las verdes márgenes de la acequia -del Oeste, o por los cerros áridos de Amaniel, costeando el canal del -Lozoya. Él iba de capa, ella de velito y abrigo corto, de bracete, -olvidados del mundo y de sus fatigas y vanidades, viviendo el uno para -el otro y ambos para un yo doble, soñando paso a paso, o sentaditos en -extático grupo. De lo presente hablaban mucho; pero la autobiografía -se infiltraba sin saber cómo en sus charlas dulces y confiadas, todas -amor, idealismo y arrullo, con alguna queja mimosa o petición formulada -de pico a pico por el egoísmo insaciable, que exige promesas de querer -más, más, y a su vez ofrece increíbles aumentos de amor, sin ver el -límite de las cosas humanas. - -En las referencias biográficas era más hablador Horacio que la niña de -D. Lope. Esta, con muchísimas ganas de lucir su sinceridad, sentíase -amordazada por el temor a ciertos puntos negros. Él, en cambio, ardía -en deseos de contar su vida, la más desgraciada y penosa juventud que -cabe imaginar, y por lo mismo que ya era feliz, gozaba en revolver -aquel fondo de tristeza y martirio. Al perder a sus padres, fue -recogido por su abuelo paterno, bajo cuyo poder tiránico padeció y -gimió los años que median entre la adolescencia y la edad viril. -¡Juventud!, casi casi no sabía él lo que esto significaba. Goces -inocentes, travesuras, la frívola inquietud con que el niño ensaya los -actos del hombre, todo esto era letra muerta para él. No ha existido -fiera que a su abuelo pudiese compararse, ni cárcel más horrenda que -aquella pestífera y sucia droguería, en que encerrado le tuvo como unos -quince años, contrariando con terquedad indocta su innata afición a -la pintura, poniéndole los grillos odiosos del cálculo aritmético, y -metiéndole en el magín, a guisa de tapones para contener las ideas, mil -trabajos antipáticos de cuentas, facturas y demonios coronados. Hombre -de temple semejante al de los más crueles tiranos de la antigüedad o -del moderno imperio turco, su abuelo había sido y era el terror de -toda la familia. A disgustos mató a su mujer, y los hijos varones se -expatriaron por no sufrirle. Dos de las hijas se dejaron robar, y las -otras se casaron de mala manera por perder de vista la casa paterna. - -Pues, señor, aquel tigre cogió al pobre Horacito a los trece años, -y como medida preventiva le ataba las piernas a las patas de la -mesa-escritorio, para que no saliese a la tienda, ni se apartara del -trabajo fastidioso que le imponía. Y como le sorprendiera dibujando -monigotes con la pluma, los coscorrones no tenían fin. A todo trance -anhelaba despertar en su nietecillo la afición al comercio, pues todo -aquello de la pintura, y el arte y los pinceles no eran más, a su -juicio, que una manera muy tonta de morirse de hambre. Compañero de -Horacio en estos trabajos y martirios era un dependiente de la casa, -viejo, más calvo que una vejiga de manteca, flaco y de color de ocre, -el cual, a la calladita, por no atreverse a contrariar al amo, de quien -era como un perro fiel, dispensaba cariñosa protección al pequeñuelo, -tapándole las faltas y buscando pretextos para llevarle consigo a -recados y comisiones, a fin de que estirase las piernas y esparciese -el ánimo. El chico era dócil, y de muy endebles recursos contra el -despotismo. Resignábase a sufrir hasta lo indecible antes que poner a -su tirano en el disparadero, y el demonio del hombre se disparaba por -la cosa más insignificante. Sometiose la víctima, y ya no le amarraron -los pies a la mesa, y pudo moverse con cierta libertad en aquel tugurio -antipático, pestilente y oscuro, donde había que encender el mechero -de gas a las cuatro de la tarde. Adaptábase poco a poco a tan horrible -molde, renunciando a ser niño, envejeciéndose a los quince años, -remedando involuntariamente la actitud sufrida y los gestos mecánicos -de Hermógenes, el amarillo y calvo dependiente que, por carecer de -personalidad, hasta de edad carecía. No era joven, ni tampoco viejo. - -En aquella espantosa vida, _pasándose_ de cuerpo y alma, como las -uvas puestas al sol, conservaba Horacio el fuego interior, la pasión -artística, y cuando su abuelo le permitió algunas horas de libertad -los domingos, y le concedió el fuero de persona humana, dándole un -real para sus esparcimientos, ¿qué hacía el chico? procurarse papel -y lápices, y dibujar cuanto veía. Suplicio grande fue para él que -habiendo en la tienda tanta pintura en tubos, pinceles, paletas, y -todo el material de aquel arte que adoraba, no le fuera permitido -utilizarlo. Esperaba y esperaba siempre mejores tiempos, viendo rodar -los monótonos días, iguales siempre a sí mismos, como iguales son los -granos de arena de una clepsidra. Sostúvole la fe en su destino, y -gracias a ella soportaba tan miserable y ruin existencia. - -El feroz abuelo era también avaro, de la escuela del licenciado Cabra, -y daba de comer a su nieto y a Hermógenes lo preciso absolutamente para -vivir, sin refinamientos de cocina que, a su parecer, solo servían para -ensuciar el estómago. No le permitía juntarse con otros chicos, pues -las compañías, aunque no sean enteramente malas, solo sirven hoy para -perderse: están los muchachos tan comidos de vicios como los hombres. -¡Mujeres!... Este ramo del vivir era el que en mayores cuidados al -tirano ponía, y de seguro, si llega a sorprender a su nieto en alguna -debilidad de amor, aunque de las más inocentes, le rompe el espinazo. -No consentía, en suma, que el chico tuviese voluntad, pues la voluntad -de los demás le estorbaba a él como sus propios achaques físicos, y -al sorprender en alguien síntomas de carácter, padecía como si le -doliesen las muelas. Quería que Horacio fuera droguista, que cobrase -afición al _género_, a la contabilidad escrupulosa, a la rectitud -comercial, al manejo de la tienda; deseaba hacer de él un hombre, y -enriquecerle; se encargaría de casarle oportunamente, esto es, de -proporcionarle una madre para los hijos que debía tener; de labrarle un -hogar modesto y ordenado, de reglamentar su existencia hasta la vejez, -y la existencia de sus sucesores. Para llegar a este fin, que D. Felipe -Díaz conceptuaba tan noble como el fin sin fin de salvar el alma, lo -primerito era que Horacio se curase de aquella estúpida chiquillada -de querer representar los objetos por medio de una pasta que se -aplica sobre tabla o tela. ¡Vaya una tontería! ¡Querer reproducir la -Naturaleza, cuando tenemos ahí la Naturaleza misma delante de los ojos! -¿A quien se le ocurre tal disparate? ¿Qué es un cuadro? Una mentira, -como las comedias, una función muda, y por muy bien pintado que un -cielo esté, nunca se puede comparar con el cielo mismo. Los artistas -eran, según él, unos majaderos, locos y falsificadores de las cosas, -y su única utilidad consistía en el gasto que hacían en las tiendas -comprando los enseres del oficio. Eran, además, viles usurpadores de -la facultad divina, e insultaban a Dios queriendo remedarle, creando -fantasmas o figuraciones de cosas, que solo la acción divina puede y -sabe crear, y por tal crimen, el lugar más calentito de los Infiernos -debía ser para ellos. Igualmente despreciaba D. Felipe a los cómicos y -a los poetas; como que se preciaba de no haber leído jamás un verso, ni -visto una función de teatro; y hacía gala también de no haber viajado -nunca, ni en ferrocarril, ni en diligencia, ni en carromato, de no -haberse ausentado de su tienda más que para ir a misa, o para evacuar -algún asunto urgente. - -Pues bien, todo su empeño era reacuñar a su nieto con este durísimo -troquel, y cuando el chico creció y fue hombre, crecieron en el viejo -las ganas de estampar en él sus hábitos y sus rancias manías. Porque -debe decirse que le amaba, sí, ¿a qué negarlo? le había tomado cariño, -un cariño extravagante, como todos sus afectos y su manera de ser. -La voluntad de Horacio, en tanto, fuera de la siempre viva vocación -de la pintura, había llegado a ponerse lacia por la falta de uso. -Últimamente, a escondidas del abuelo, en un cuartucho alto de la casa, -que este le permitió disfrutar, pintaba, y hay algún indicio de que -lo sospechaba el feroz viejo y hacía la vista gorda. Fue la primera -debilidad de su vida, precursora quizás de acontecimientos graves. -Algún cataclismo tenía que sobrevenir, y así fue, en efecto: una -mañana, hallándose D. Felipe en su escritorio revisando unas facturas -inglesas de clorato de potasa y de sulfato de zinc, inclinó la cabeza -sobre el papel, y quedó muerto sin exhalar un ay. El día antes había -cumplido noventa años. - - - - -IX - - -Todo esto, y otras cosas que irán saliendo, se lo contaba Horacio a su -damita, y esta lo escuchaba con deleite, confirmándose en la creencia -de que el hombre que le había deparado el Cielo era una excepción entre -todos los mortales, y su vida lo más peregrino y anómalo que en clase -de vidas de jóvenes se pudiera encontrar; como que casi parecía vida de -santo, digna de un huequecito en el martirologio. - ---Cogiome aquel suceso --prosiguió Díaz-- a los veintiocho años, con -hábitos de viejo y de niño, pues por un lado la terrible disciplina -de mi abuelo había conservado en mí una inocencia y desconocimiento -del mundo impropios de mi edad, y por otro poseía virtudes propiamente -seniles, inapetencias de lo que apenas conocía, un cansancio, un -tedio que me hicieron tener por hombre entumecido y anquilosado para -siempre... Pues, señor, debo decirte que mi abuelo dejó un bonito -caudal, amasado cuarto a cuarto en aquella tienda asquerosa y mal -oliente. A mí me tocaba una quinta parte; diéronme una casa muy -linda en Villajoyosa, dos finquitas rústicas, y la participación -correspondiente en la droguería, que continúa con la razón social de -_Sobrinos de Felipe Díaz_. Al verme libre, tardé en reponerme del -estupor que mi independencia me produjo; me sentía tan tímido, que al -querer dar algunos pasos por el mundo, me caía, hija de mi alma, me -caía, como el que no sabe andar por no haber ejercitado en mucho tiempo -las piernas. - -»Mi vocación artística, ya desatada de aquel freno maldito, me -salvó, hízome hombre. Sin cuidarme de intervenir en los asuntos de -la testamentaría, levanté el vuelo, y del primer tirón me planté en -Italia, mi ilusión, mi sueño. Yo había llegado a pensar que Italia no -existía, que tanta belleza era mentira, engaño de la mente. Corrí allá, -y... ¡qué había de suceder! Era yo como un seminarista sin vocación a -quien sueltan por esos mundos después de quince años de forzosa virtud. -Ya comprenderás... el contacto de la vida despertó en mí deseos locos -de cobrar todo lo atrasado, de vivir en meses los años que el tiempo -me debía, estafándomelos de una manera indigna, con la complicidad -de aquel viejo maniático. ¿No me entiendes?... Pues en Venecia me -entregué a la disipación, superando con mi conducta a mis propios -instintos, pues no era el niño-viejo tan vicioso como aparentaba serlo -por desquite, por venganza de su sosería y ridiculez pasadas. Llegué -a creer que si no extremaba el libertinaje no era bastante hombre, y -me recreaba mirándome en aquel espejo, inmundo si se quiere, pero en -el cual me veía mucho más airoso de lo que fui en la trastienda de mi -abuelo... Naturalmente, me cansé; claro. En Florencia y Roma, el arte -me curó de aquel afán diabólico, y como mis pruebas estaban hechas, -y ya no me atormentaba la idea de _doctorarme de hombre_, dediqueme -al estudio; copiaba, atacando con brío el natural; pero mientras más -aprendía, mayor suplicio me causaba la deficiencia de mi educación -artística. En el color íbamos bien: lo manejaba fácilmente; pero en el -dibujo, cada día más torpe. ¡Cuánto he padecido, y qué vigilias, qué -afanes día y noche, buscando la línea, luchando con ella y concluyendo -por declararme vencido, para volver en seguida a la espantosa batalla, -con brío, con furor...! - -»¡Qué rabia!... Pero no podía ser de otra manera. Como de niño no -cultivé el dibujo, costábame Dios y ayuda encajar un contorno... Te -diré que en mis tiempos de esclavitud, al trazar números sin fin en -el escritorio de D. Felipe, me entretenía en darles la intención de -formas humanas. A los sietes les imprimía cierto aire jaquetón, como -si rasguease un escorzo de hombre; con los ochos apuntaba un contorno -de seno de mujer, y qué sé yo... los treses me servían para indicar -el perfil de mi abuelo, semejante al pico de una tortuga... Pero este -ejercicio pueril no bastaba. Faltábame el hábito de ver seriamente la -línea y de reproducirla. Trabajé, sudé, renegué... y por fin, algo -aprendí. Un año pasé en Roma entregado en cuerpo y alma al estudio -formal, y aunque tuve también allí mis borracheritas del género de -las de Venecia, fueron más reposadas, y ya no era yo el zangolotino -que llega tarde al festín de la vida, y se come precipitadamente con -atrasado apetito los platos servidos ya, para ponerse al nivel de los -que a su debido tiempo empezaron. - -»De Roma me volví a Alicante, donde mis tíos arreglaron la herencia, -asignándome la parte que quisieron, sin ninguna desavenencia ni regateo -por mi parte, y di mi último adiós a la droguería transformada y -modernizada, para venirme acá, donde tengo una tía que no me la -merezco, más buena que los ángeles, viuda sin hijos, y que me quiere -como a tal, y me cuida y me agasaja. También ella fue víctima del -que tiranizó a toda la familia. Como que solo le pasaba una peseta -diaria, y en todas sus cartas le decía que ahorrase... Apenas llegué -a Madrid, tomé el estudio, y me consagré con alma y vida al trabajo. -Tengo ambición, deseo el aplauso, la gloria, un nombre. Ser cero, no -valer más que el grano que, con otros iguales, forma la multitud, me -entristece. Mientras no me convenzan de lo contrario, creeré que me -ha caído dentro una parte, quizás no grande, pero parte al fin, de -la esencia divina que Dios ha esparcido sobre el montón, caiga donde -cayere. - -»Te diré algo más. Meses antes de descubrirte padecí en este Madrid -unas melancolías... Encontrábame otra vez con mis treinta años echados -a perros, pues aunque conocía un poco la vida, y los placeres de la -mocedad, y saboreaba también el goce estético, faltábame el amor, el -sentimiento de nuestra fusión en otro ser. Entregueme a filosofías -abstrusas, y en la soledad de mi estudio, bregando con la forma -humana, pensaba que el amor no existe más que en la aspiración de -obtenerlo. Volví a mis tristezas amargas de adolescente; en sueños veía -siluetas, vaguedades tentadoras que me hacían señas, labios que me -siseaban. Comprendía entonces las cosas más sutiles; las psicologías -más enrevesadas parecíanme tan claras como las cuatro reglas de la -Aritmética... Te vi al fin; me saliste al encuentro. Te pregunté si -eras tú..., no sé que te dije. Estaba tan turbado, que debiste de -encontrarme ridículo. Pero Dios quiso que supieras ver lo grave y serio -al través de lo tonto. Nuestro romanticismo, nuestra exaltación no nos -parecieron absurdos. Nos sorprendimos con hambre atrasada, el hambre -espiritual, noble y pura que mueve el mundo, y por la cual existimos, y -existirán miles de generaciones después de nosotros. Te reconocí mía, y -me declaraste tuyo. Esto es vivir; lo demás, ¿qué es?» - -Dijo, y Tristana, atontada por aquel espiritualismo, que era como -bocanadas de incienso que su amante arrojaba sobre ella con un -descomunal _botafumeiro_, no supo responderle. Sentía que dentro del -pecho le pataleaba la emoción, como un ser vivo más grande que el -seno que lo contiene, y se desahogaba con risas frenéticas, o con -repentinos y ardientes chorretazos de lágrimas. Ni era posible decir -si aquello era en ambos felicidad o una pena lacerante, porque uno y -otro se sentían como heridos por un aguijón que les llegaba al alma, y -atormentados por el deseo de un más allá. Tristana, particularmente, -era insaciable en el continuo exigir de su pasión. Salía de repente por -el registro de una queja amarguísima, lamentándose de que Horacio no la -quería bastante, que debía quererla más, mucho más; y él concedía sin -esfuerzo el más, siempre más, exigiendo a su vez lo mismo. - -Contemplaban al caer de la tarde el grandioso horizonte de la Sierra, -de un vivo tono de turquesa, con desiguales toques y transparencias, -como si el azul purísimo se derramase sobre cristales de hielo. Las -curvas del suelo desnudo, perdiéndose y arrastrándose como líneas que -quieren remedar un manso oleaje, les repetían aquel _más, siempre -más_, ansia inextinguible de sus corazones sedientos. Algunas tardes, -paseando junto al canalillo del Oeste, ondulada tira de oasis que ciñe -los áridos contornos del terruño madrileño, se recreaban en la placidez -bucólica de aquel vallecito en miniatura. Cantos de gallo, ladridos de -perro, casitas de labor; el remolino de las hojas caídas, que el manso -viento barría suavemente, amontonándolas junto a los troncos; el asno, -que pacía con grave mesura; el ligero temblor de las más altas ramas de -los árboles, que se iban quedando desnudos, todo les causaba embeleso y -maravilla, y se comunicaban las impresiones, dándoselas y quitándoselas -como si fuera una sola impresión que corría de labio a labio y saltaba -de ojos a ojos. - -Regresaban siempre a hora fija, para que ella no tuviese bronca en su -casa, y sin cuidarse de Saturna, que les esperaba, iban del brazo por -el camino de Aceiteros, al anochecer más silencioso y solitario que la -Mala de Francia. Al lado de Occidente, veían el cielo inflamado, rastro -espléndido de la puesta del sol. Sobre aquella faja se destacaban, -como crestería negra de afiladas puntas, los cipreses del cementerio -de San Ildefonso, cortados por tristes pórticos a la griega, que a -media luz parecen más elegantes de lo que son. Pocas habitaciones hay -por allí, y poca o ninguna gente encontraban a tal hora. Casi siempre -veían uno o dos bueyes desuncidos, echados, de esos que por el tamaño -parecen elefantes, hermosos animales de raza de Ávila, comúnmente -negros, con una cornamenta que pone miedo en el ánimo más valeroso; -bestias inofensivas a fuerza de cansancio, y que, cuando las sueltan -del yugo, no se cuidan más que de reposar, mirando con menosprecio al -transeúnte. Tristana se acercaba a ellos hasta poner sus manos en las -astas retorcidas, y se hubiera alegrado de tener algo que echarles de -comer. - ---Desde que te quiero --a su amigo decía--, no tengo miedo a nada, ni a -los toros ni a los ladrones. Me siento valiente hasta el heroísmo, y ni -la serpiente boa ni el león de la selva me harían pestañear. - -Cerca ya del antiguo Depósito de aguas veían los armatostes del Tío -Vivo, rodeados de tenebrosa soledad. Los caballitos de madera, con -las patas estiradas en actitud de correr, parecían encantados. Los -balancines, la montaña rusa, destacaban en medio de la noche sus formas -extravagantes. Como no había nadie por allí, Tristana y Horacio solían -apoderarse durante breves momentos de todos los juguetes grandes con -que se divierte el niño-pueblo... Ellos también eran niños. No lejos -de aquel lugar veían la sombra del Depósito viejo, rodeado de espesas -masas de árboles, y hacia la carretera brillaban luces, las del tranvía -o coches que pasaban, las de algún merendero en que todavía sonaba -rumor pendencioso de parroquianos retrasados. Entre aquellos edificios -de humilde arquitectura, rodeados de banquillos paticojos y de rústicas -mesas, esperábales Saturna, y allí era la separación, algunas noches -tan dolorosa y patética como si Horacio se marchara para el fin del -mundo o Tristana se despidiera para meterse monja. Al fin, al fin, -después de mucho tira y afloja, conseguían despegarse, y cada mitad -se iba por su lado. Aún se miraban de lejos, adivinándose, más que -viéndose, entre las sombras de la noche. - - - - -X - - -Tristana, según su expresión, no temía, después de enamorada, ni al -toro corpulento, ni a la serpiente boa, ni al fiero león del Atlas; -pero tenía miedo de D. Lope, viéndole ya cual monstruo que se dejaba -tamañitas a cuantas fieras y animales dañinos existen en la creación. -Analizando su miedo, la señorita de Reluz creía encontrarlo de tal -calidad, que podía, en un momento dado, convertirse en valor temerario -y ciego. La desavenencia entre cautiva y tirano se acentuaba de día -en día. D. Lope llegó al colmo de la impertinencia, y aunque ella le -ocultaba, de acuerdo con Saturna, las saliditas vespertinas, cuando el -anciano galán le decía con semblante fosco: - ---Tú sales, Tristana, sé que sales; te lo conozco en la cara. - -Si al principio lo negaba la niña, luego asentía con su desdeñoso -silencio. Un día se atrevió a responderle: - ---Bueno, pues salgo, ¿y qué? ¿He de estar encerrada toda mi vida? - -Don Lope desahogaba su enojo con amenazas y juramentos, y luego, entre -airado y burlón, le decía: - ---Porque nada tendrá de particular que, si sales, te acose algún -mequetrefe, de estos _bacillus virgula_ del amor que andan por ahí, -único fruto de esta generación raquítica, y que tú, a fuerza de -oír sandeces, te marees y le hagas caso. Mira, niñita, mira que no -te lo perdono. Si me faltas, que sea con un hombre digno de mí. ¿Y -dónde está ese hombre digno rival de lo presente? En ninguna parte, -¡vive Dios! Cree que no ha nacido... ni nacerá. Así y todo, tú misma -reconocerás que no se me desbanca a mí tan fácilmente... Ven acá: basta -de moñitos. ¡Si creerás que no te quiero ya! ¡Cómo me echarías de menos -si te fueras de mí! No encontrarías más que tipos, de una insipidez -abrumadora... Vaya, hagamos las paces. Perdóname si dudé de ti. No, no, -tú no me engañas. Eres una mujer superior, que conoce el mérito y... - -Con estas cosas, no menos que con sus arranques de mal genio, D. Lope -llegó a inspirar a su cautiva un aborrecimiento sordo y profundo, -que a veces se disfrazaba de menosprecio, a veces de repugnancia. -Horriblemente hastiada de su compañía, contaba los minutos esperando -el momento en que solía echarse a la calle. Causábale espanto la idea -de que cayese enfermo, porque entonces no saldría, ¡Dios bendito!, y -¿qué sería de ella presa, sin poder...? No, no; esto era imposible. -Habría paseíto, aunque D. Lope enfermase o se muriera. Por las noches, -casi siempre fingía Tristana dolor de cabeza para retirarse pronto de -la vista y de las odiadas caricias del don Juan caduco. «Y lo raro -es --decía la niña a solas con su pasión y su conciencia-- que si -este hombre comprendiera que no puedo quererle, si borrase la palabra -amor de nuestras relaciones, y estableciera entre los dos... otro -parentesco, yo le querría, sí señor, le querría, no sé cómo, como se -quiere a un buen amigo, porque él no es malo, fuera de la perversidad -monomaníaca de la persecución de mujeres. Hasta le perdonaría yo el mal -que me ha hecho, mi deshonra, se lo perdonaría de todo corazón, sí, -sí, con tal que me dejase en paz... Dios mío, inspírale que me deje en -paz, y yo le perdonaré, y hasta le tendré cariño, y seré como las hijas -demasiado humildes que parecen criadas, o como las sirvientes leales, -que ven un padre en el amo que les da de comer.» - -Felizmente para Tristana, no solo mejoró la salud de Garrido, -desvaneciéndose con esto los temores de que se quedara en casa por las -tardes, sino que debió de tener algún alivio en sus ahogos pecuniarios, -porque cesaron sus murrias impertinentes, y se le vio en el temple -sosegado en que vivir solía. Saturna, perro viejo y machucho, comunicó -a la señorita sus observaciones sobre este particular. - ---Bien se ve que el amo está en fondos, porque ya no se le ocurre que -yo pueda ensuciarme por un cuarto de escarola, ni se olvida del respeto -que, como caballero, debe a las que llevamos una falda, aunque sea -remendadita. Lo malo es que cuando cobra los atrasos, se los gasta -en una semana, y luego..., adiós caballería, y otra vez ordinario, -cominero y metomentodo. - -Al propio tiempo, volvió D. Lope a poner en el cuidado de su persona -un prolijo esmero señoril, acicalándose como en sus mejores tiempos. -Ambas mujeres dieron gracias a Dios por esta feliz restauración -de costumbres, y aprovechando las ausencias metódicas del tirano, -entregose la niña con toda libertad al inefable goce de sus paseítos -con el hombre que amaba. - -El cual, por variar el escenario y la decoración, llevaba un coche las -más de las tardes, y metiéndose los dos en él, se daban el gustazo de -alejarse de Madrid casi hasta perderlo de vista. Testigos de su dicha -fueron el cerro de Chamartín, las dos torres, que parecen pagodas, -del colegio de los jesuitas, y el pinar misterioso; hoy el camino de -Fuencarral, mañana las sombrías espesuras del Pardo, con su suelo -de hojas metálicas erizadas de picos, las fresnedas que bordean el -Manzanares, las desnudas eminencias de Amaniel, y las hondas cañadas -del Abroñigal. Dejando el coche, paseaban a pie largo trecho por los -linderos de las tierras labradas, y aspiraban con el aire las delicias -de la soledad y plácida quietud, recreándose en cuanto veían, pues -todo les resultaba bonito, fresco y nuevo, sin reparar que el encanto -de las cosas era una proyección de sí mismos. Retrayendo los ojos -hacia la causa de tanta hermosura, que en ellos residía, entregábanse -al inocente juego de su discretismo, que a los no enamorados habría -parecido empalagoso. Sutilizaban los porqués de su cariño, querían -explicar lo inexplicable, descifrar el profundo misterio, y al fin -paraban en lo de siempre, en exigirse y prometerse más amor, en -desafiar la eternidad, dándose garantías de fe inalterable en vidas -sucesivas, en los cercos nebulosos de la inmortalidad, allá donde -habita la perfección y se sacuden las almas el polvo de los mundos en -que penaron. - -Mirando a lo inmediato y positivo, Horacio la incitaba a subir con él -al estudio, demostrándole la comodidad y reserva que aquel local les -ofrecía para pasar juntos la tarde. ¡Flojitas ganas tenía ella de ver -el estudio! Pero tan grande como su deseo era su temor de encariñarse -demasiado con el nido, y sentirse en él tan bien, que no pudiera -abandonarlo. Barruntaba lo que en la vivienda de su ídolo, vecina -de los pararrayos, según Saturna, podría pasarle; es decir, no lo -barruntaba, lo veía tan claro que más no podía ser. Y le asaltaba el -recelo amarguísimo de ser menos amada después de lo que allí sucediera, -como se pierde el interés del jeroglífico después de descifrado; -recelaba también que el caudal de su propio cariño disminuyera, -prodigándose en el grado supremo. - -Como el amor había encendido nuevos focos de luz en su inteligencia, -llenándole de ideas el cerebro, dándole asimismo una gran sutileza -de expresión para traducir al lenguaje los más hondos misterios del -alma, pudo exponer a su amante aquellos recelos con frase tan delicada -y tropos tan exquisitos, que decía cuanto en lo humano cabe, sin -decir nada que al pudor pudiera ofender. Él la comprendía, y como -en todo iban acordes, devolvíale con espiritual ternura los propios -sentimientos. Con todo, no cejaba en su afán de llevarla al estudio. - ---¿Y si nos pesa después? --decía ella--. Temo la felicidad, pues -cuando me siento dichosa, paréceme que el mal me acecha. Créete que en -vez de apurar la felicidad, nos vendría bien ahora algún contratiempo, -una miajita de desgracia. El amor es sacrificio, y para la abnegación -y el dolor debemos estar preparados siempre. Imponme un sacrificio -grande, una obligación penosa, y verás con qué gusto me lanzo a -cumplirla. Suframos un poquitín; seamos buenos... - ---No, lo que es a buenos no hay quien nos gane --decía Horacio con -gracejo--. Nos pasamos ya de angelicales, alma mía. Y eso de imponernos -sufrimientos es música, porque bastantes trae la vida sin que nadie -los busque. Yo también soy pesimista; por eso, cuando veo el bien en -puerta, lo llamo y no lo dejo marcharse, no sea que después, cuando lo -necesite, se empeñe en no venir el muy pícaro... - -Surgía en ambos, con estas y otras cosas, un entusiasmo ardiente; a -las palabras sucedían las ternezas, hasta que un arranque de dignidad -y cordura les ponía de perfecto acuerdo para enfrenar su inquietud -y revestirse de formalidad, engañosa si se quiere, pero que por el -momento les salvaba. Decían cosas graves, pertinentes a la moral; -encomiaban las ventajas de la virtud, y lo hermoso que es quererse -con exquisita y celestial pureza. Como que así es más fino y sutil -el amor, y se graba más en el alma. Con estas dulces imposturas iban -ganando tiempo, y alimentaban su pasión, hoy con anhelos, mañana con -suplicios de Tántalo, exaltándola con lo mismo que parecía destinado a -contenerla, humanizándola con lo que divinizarla debiera, ensanchando -por la margen del espíritu, así como por la de la materia, el cauce por -donde aquel raudal de vida corría. - - - - -XI - - -Por sus pasos contados vinieron las confidencias difíciles, abriéronse -las páginas biográficas que más se resisten a la revelación, porque -afectan a la conciencia y al amor propio. Es ley de amor el inquirir, -y lo es también el revelar. La confesión procede del amor, y por él -son más dolorosas las apreturas de la conciencia. Tristana deseaba -confiar a Horacio los hechos tristes de su vida, y no se conceptuaba -dichosa hasta no efectuarlo. Entreveía o más bien adivinaba el artista -un misterio grave en la existencia de su amada, y si al principio, por -refinada delicadeza, no quiso echar la sonda, llegó día en que los -recelos del hombre y la curiosidad del enamorado pudieron más que sus -finos miramientos. Al conocer a Tristana, creyola Horacio, como algunas -gentes de Chamberí, hija de D. Lope. Pero Saturna, al llevarle la -segunda carta, le dijo: - ---La señorita es casada, y ese D. Lope, que usted cree papá, es su -propio marido inclusive. - -Estupefacción del joven artista; pero el asombro no impidió la -credulidad... Así quedaron las cosas, y por bastantes días persistió -en Horacio la costumbre de ver en su conquista la legítima esposa -del respetable y gallardo caballero, que parecía figura escapada del -_Cuadro de las Lanzas_. Siempre que ante ella le nombraba, decía: «tu -marido acá, tu marido allá...», y ella no se daba maldita prisa en -destruir el error. Pero un día, al fin, palabra tras palabra, pregunta -sobre pregunta, sintiendo invencible repugnancia de la mentira, y -hallándose con fuerzas para cerrar contra ella, Tristana, ahogada de -vergüenza y dolor, se determinó a poner las cosas en su lugar. - ---Te estoy engañando, y no debo ni quiero engañarte. La verdad se me -sale a la boca, y no puedo contenerla más. No estoy casada con mi -marido...; digo, con mi papá..., digo, con ese hombre... Un día y otro -pensaba decírtelo; pero no me salía, hijo, no me salía... Ignoraba, -ignoro aún si lo sientes o te alegras, si valgo más o valgo menos a tus -ojos... Soy una mujer deshonrada, pero soy libre. ¿Qué prefieres...? -¿que sea una casada infiel, o una soltera que ha perdido su honor? De -todas maneras creo que, al decírtelo, me lleno de oprobio... y no sé... -no sé. - -No pudo concluir, y rompiendo en lágrimas amargas, ocultó el rostro en -el pecho de su amigo. Largo rato duró aquel espasmo de sensibilidad. -Ninguno de los dos decía nada. Por fin saltó ella con la preguntita de -cajón: - ---¿Me quieres más o me quieres menos? - ---Te quiero lo mismo... no; más, más, siempre más. - -No se hizo de rogar la niña para referir _a grandes rasgos_ el cómo y -cuándo de su deshonra. Lágrimas sin fin derramó aquella tarde; pero -nada omitió su sinceridad, su noble afán de confesión como medio seguro -de purificarse. - ---Recogiome cuando me quedé huérfana. Él fue, justo es decirlo, muy -generoso con mis padres. Yo le respetaba y le quería; no sospechaba -lo que me iba a pasar. La sorpresa no me permitió resistir. Era yo -entonces un poco más tonta que ahora, y ese hombre maldito me dominaba, -haciendo de mí lo que quería. Antes, mucho antes de conocerte, -abominaba yo de mi flaqueza de ánimo; cuanto más ahora que te conozco. -¡Lo que he llorado, Dios mío!..., ¡las lágrimas que me ha costado el -verme como me veo...! Y cuando te quise, dábanme ganas de matarme, -porque no podía ofrecerte lo que tú te mereces... ¿Qué piensas? ¿Me -quieres menos o me quieres más? Dime que más, siempre más. En rigor de -verdad, debo parecerte ya menos culpable, porque no soy adúltera; no -engaño sino a quien no tiene derecho a tiranizarme. Mi infidelidad no -es tal infidelidad, ¿qué te parece?, sino castigo de su infamia; y este -agravio que de mí recibe se lo tiene bien merecido. - -No pudo menos Horacio de manifestarse más celoso al saber la -ilegitimidad de los lazos que unían a Tristana con D. Lope. - ---No, si no le quiero --dijo ella con énfasis--, ni le he querido -nunca. Para expresarlo todo de una vez, añadiré que desde que te -conocí empecé a sentir hacia él un terrible desvío... Después... ¡Ay, -Jesús, me pasan cosas tan raras...! A veces paréceme que le aborrezco, -que siento hacia él un odio tan grande como el mal que me hizo; a -veces..., todo te lo confieso, todo..., siento hacia él cierto cariño, -como de hija, y me parece que si él me tratara como debe, como un -padre, yo le querría... Porque no es malo, no vayas a creer que es muy -malo, muy malo... No; allí hay de todo: es una combinación monstruosa -de cualidades buenas y de defectos horribles; tiene dos conciencias, -una muy pura y noble para ciertas cosas, otra que es como un lodazal; -y las usa según los casos: se las pone como si fueran camisas. La -conciencia negra y sucia la emplea para todo cuanto al amor se refiere. -¡Ah, no creas!, ha sido muy afortunado en amores. Sus conquistas son -tantas, que no se pueden contar. ¡Si tú supieras...! Aristocracia, -clase media, pueblo..., en todas partes dejó memoria triste, como -D. Juan Tenorio. En palacios y cabañas se coló, y no respetó nada -el muy trasto, ni la virtud, ni la paz doméstica, ni la santísima -religión. Hasta con monjas y beatas ha tenido amores el maldito, y -sus éxitos parecen obra del Demonio. Sus víctimas no tienen número: -maridos y padres burlados; esposas que se han ido al Infierno, o se -irán cuando mueran; hijos... que no se sabe de quién son hijos. En -fin, es hombre muy dañino, porque además tira las armas con gran arte, -y a más de cuatro les ha mandado al otro mundo. En su juventud tuvo -arrogante figura, y hasta hace poco tiempo todavía daba un chasco. Ya -comprenderás que sus conquistas han ido desmereciendo en importancia -según le iban pesando los añitos. A mí me ha tocado ser la última. -Pertenezco a su decadencia... - -Oyó Díaz estas cosas con indignación primero, con asombro después, -y lo único que se le ocurrió decir a su amada fue que debía romper -cuanto antes aquellas nefandas relaciones, a lo que contestó la niña -muy acongojada que era esto más fácil de decir que de practicar, pues -el muy ladino, cuando advertía en ella síntomas de hastío y pruritos -de separación, se las echaba de padre, mostrándose tiránicamente -cariñoso. Con todo, fuerza era dar un gran tirón para arrancarse de -tan ignominiosa y antipática vida. Horacio la incitó a proceder con -firmeza, y a medida que se agigantaba en su mente la figura del D. -Lope, más viva era su resolución de burlar al burlador y de arrancarle -su víctima, la postrera quizás, y sin duda la más preciosa. - -Volvió Tristana a su casa en un estado moral y mental lastimoso, -disparada de los nervios, febril, y dispuesta a consumar cualquier -desatino. Tocábale aquella noche aborrecer a su tirano, y cuando le -vio llegar, risueño y con humor de bromas, entrole tal rabia, que de -buena gana le habría tirado a la cabeza el plato de la sopa. Durante -la comida, D. Lope estuvo decidor, y echaba chafalditas a Saturna, -diciéndole, entre otras cosas: - ---Ya, ya sé que tienes un novio ahí en Tetuán, ese que llaman _Juan y -Medio_ por lo largo que es, el herrador..., ya sabes. Me lo ha dicho -Pepe, el del tranvía. Por eso, a la caída de la tarde andas desatinada -por esos caminos, buscando los rincones oscuros, y no falta una sombra -larga y escueta que se confunda con la tuya. - ---Yo no tengo nada con _Juan y Medio_, señor... Que me pretenda él..., -no sé; podrá ser. Me hacen la rueda otros que valen más..., hasta -señoritos. Pues qué se cree, ¿que solo él tiene quien le quiera? - -Seguía Saturna la broma, mientras Tristana se requemaba interiormente, -y lo poco que comió se le volvía veneno. A D. Lope no le faltaba -apetito aquella noche, y daba cuenta pausadamente de los garbanzos -del cocido como el más pánfilo burgués, del modesto principio, más de -carnero que de vaca, y de las uvas del postre, todo acompañado con -tragos de vino de la taberna próxima, malísimo, que el buen señor bebía -con verdadera resignación, haciendo muecas cada vez que a la boca se lo -llevaba. Terminada la comida, retirose a su cuarto y encendió un puro, -llamando a Tristana para que le hiciese compañía; y estirándose en la -butaca, le dijo estas palabras, que hicieron temblar a la joven: - ---No es solo Saturna la que tiene un idilio nocturno por ahí. Tú -también lo tienes. No, si nadie me ha dicho nada... Pero te lo conozco, -hace días que te lo leo... en la cara, en la voz. - -Tristana palideció. Su blancura de nácar tomó azuladas tintas a la luz -del velón con pantalla que alumbraba el gabinete. Parecía una muerta -hermosísima, y se destacaba sobre el sofá con el violento escorzo -de una figura japonesa, de esas cuya estabilidad no se comprende, -y que parecen cadáveres risueños pegados a un árbol, a una nube, a -incomprensibles fajas decorativas. Puso al fin en su cara exangüe una -sonrisilla forzada, y sobrecogida contestó: - ---Te equivocas..., yo no tengo... - -D. Lope se le imponía de tal modo, y la fascinaba con tan misteriosa -autoridad, que ante él, aun con tantas razones para rebelarse, no sabía -tener ni un respiro de voluntad. - - - - -XII - - ---Lo sé --añadió el D. Juan en decadencia, quitándose las botas -y poniéndose las zapatillas, que Tristana, para disimular la -estupefacción en que había quedado, le trajo de la alcoba cercana--. Yo -soy muy lince en estas cosas, y no ha nacido todavía la persona que me -engañe y se burle de mí. Tristana, tú has encontrado por ahí un idilio; -te lo conozco en tus inquietudes de estos días, en tu manera de mirar, -en el cerco de tus ojos, en mil detalles que a mí no se me escapan. -Soy perro viejo, y sé que toda joven de tu edad, si se echa diariamente -a la calle, tropieza con su idilio. Ello será de una manera o de otra. -A veces se encuentra lo bueno, a veces lo detestable. Ignoro cómo es tu -hallazgo; pero no me lo niegues, por tu vida. - -Tristana volvió a negar con ademanes y con palabras; pero tan mal, tan -mal, que más le valiera callarse. Los penetrantes ojos de D. Lope, -clavados en ella, la sobrecogían, la dominaban, causándole terror y una -dificultad extraordinaria para mentir. Con gran esfuerzo quiso vencer -la fascinación de aquella mirada, y repitió sus denegaciones. - ---Bueno, defiéndete como puedas --prosiguió el caballero--, pero yo -sigo en mis trece. Soy viejo sastre y conozco el paño. Te aviso con -tiempo, Tristana, para que adviertas tu error y retrocedas, porque -a mí no me gustan idilios callejeros, que pienso serán hasta ahora -chiquilladas y juegos inocentes. Porque si fueran otra cosa... - -Echó al decir esto una mirada tan viva y amenazante sobre la pobre -joven, que Tristana se retiró un poco, como si en vez de ser una mirada -fuera una mano la que sobre su rostro venía. - ---Mucho cuidado, niña --dijo el caballero, dando una feroz mordida al -cigarro de estanco (por no poder gastar otros) que fumaba--. Y si tú, -por ligereza o aturdimiento, me pones en berlina y das alas a cualquier -mequetrefe para que me tome a mí por un... No, no dudo que entrarás en -razón. A mí, óyelo bien, nadie en el mundo hasta la hora presente me -ha puesto en ridículo. Todavía no soy tan viejo para soportar ciertos -oprobios, muchacha... Conque no te digo más. En último caso, yo me -revisto de autoridad para apartarte de un extravío, y si otra cosa no -te gusta, me declaro padre, porque como padre tendré que tratarte si -es preciso. Tu mamá te confió a mí para que te amparase, y te amparé, -y decidido estoy a protegerte contra toda clase de asechanzas, y a -defender tu honor... - -Al oír esto, la señorita de Reluz no pudo contenerse, y sintiendo que -le azotaba el alma una racha de ira, venida quién sabe de donde, como -soplo de huracán, se irguió y le dijo: - ---¿Qué hablas ahí de honor? Yo no lo tengo; me lo has quitado tú, me -has perdido. - -Rompió a llorar tan sin consuelo, que D. Lope varió bruscamente de tono -y de expresión. Llegose a ella, soltando el cigarro sobre un velador, -y estrechándole las manos, se las besó, y en la cabeza la besó también -con no afectada ternura. - ---Hija mía, me anonadas juzgándome de una manera tan ejecutiva. Verdad -que... Sí, tienes razón... Pero bien sabes que no puedo mirarte como -a una de tantas, a quienes... No, no es eso. Tristana, sé indulgente -conmigo; tú no eres una víctima; yo no puedo abandonarte, no te -abandonaré nunca, y mientras este triste viejo tenga un pedazo de pan, -será para ti. - ---¡Hipócrita, falso, embustero! --exclamó la esclava sintiéndose fuerte. - ---Bueno, hija, desahógate, dime cuantas picardías quieras (_volviendo -a tomar su cigarro_); pero déjame hacer contigo lo que no he hecho con -mujer alguna, mirarte como un ser querido...; esto es bastante nuevo en -mí..., como un ser de mi propia sangre... ¿Que no lo crees? - ---No, no lo creo. - ---Pues ya te irás enterando. Por de pronto he descubierto que andas -en malos pasos. No me lo niegues, por Dios. Dime que es tontería, -frivolidad, cosa sin importancia; pero no me lo niegues. ¡Pues si yo -quisiera vigilarte...! Pero no, no, el espionaje me parece indigno de -ti y de mí. No hago más que darte un toquecito de atención, decirte que -te veo, que te adivino, que al fin y a la postre nada podrás ocultarme, -porque si me pongo a ello, hasta los pensamientos extraeré de tu magín -para verlos y examinarlos; hasta tus impresiones más escondidas te -sacaré cuando menos lo pienses. Chiquilla, cuidado, vuelve en ti. -No se hablará más de ello si me prometes ser buena y fiel; pero si -me engañas, si vendes mi dignidad por un puñado de ternuras que te -ofrezca cualquier mocoso insípido..., no te asombres de que yo me -defienda. Nadie me ha puesto la ceniza en la frente todavía. - ---Todo es infundado, todo cavilación tuya --dijo Tristana por decir -algo--, yo no he pensado en... - ---Allá veremos --replicó el tirano volviendo a flecharla con su mirada -escrutadora--. Con lo hablado basta. Eres libre para salir y entrar -cuando gustes; pero te advierto que a mí no se me puede engañar... Te -miro como esposa y como hija, según me convenga. Invoco la memoria de -tus padres... - ---¡Mis padres! --exclamó la niña reanimándose--. ¡Si resucitaran y -vieran lo que has hecho con su hija...! - ---Sabe Dios si sola en el mundo, o en otras manos que las mías, tu -suerte habría sido peor --replicó D. Lope, defendiéndose como pudo--. -Lo bueno, lo perfecto, ¿dónde está? Gracias que Dios nos conceda lo -menos malo, y el bien relativo. Yo no pretendo que me veneres como a -un santo; te digo que veas en mí al hombre que te quiere con cuantas -clases de cariño pueden existir, al hombre que a todo trance te -apartará del mal, y... - ---Lo que veo --interrumpió Tristana-- es un egoísmo brutal, monstruoso, -un egoísmo que... - ---El tonillo que tomas --dijo Garrido con acritud-- y la energía con -que me contestas me confirman en lo mismo, chicuela sin seso. Idilio -tenemos, sí. Hay algo fuera de casa que te inspira aborrecimiento de -lo de dentro, y al propio tiempo te sugiere ideas de libertad, de -emancipación. Abajo la caretita. Pues no te suelto, no. Te estimo -demasiado para entregarte a los azares de lo desconocido, y a las -aventuras peligrosas. Eres una inocentona sin juicio. Yo puedo haber -sido para ti un mal padre. Pues mira, ahora se me antoja ser padre -bueno. - -Y adoptando la actitud de nobleza y dignidad que tan bien cuadraba a -su figura, y que con tanto arte usaba cuando le convenía; poniéndosela -y haciéndola crujir, cual armadura de templado acero, le dijo estas -graves palabras: - ---Hija mía, yo no te prohibiré que salgas de casa, porque esa -prohibición es indigna de mí y contraria a mis hábitos. No quiero hacer -el celoso de comedia, ni el tirano doméstico, cuya ridiculez conozco -mejor que nadie. Pero si no te prohibo que salgas, te digo con toda -formalidad que no me agrada verte salir. Eres materialmente libre, y -las limitaciones que deba tener tu libertad, tú misma eres quien debe -señalarlas, mirando a mi decoro y al cariño que te tengo. - -¡Lástima que no hablara en verso para ser perfecta imagen del _padre -noble_ de antigua comedia! Pero la prosa y las zapatillas, que por la -decadencia en que vivía no eran de lo más elegante, destruían en parte -aquel efecto. Causaron impresión a la joven las palabras del estropeado -galán, y se retiró para llorar a solas, allá en la cocina, sobre el -pecho amigo y leal de Saturna; pero no había transcurrido media hora, -cuando don Lope tiró de la campanilla para llamarla. En la manera de -tocar conocía la señorita que la llamaba a ella y no a la criada, y -acudió cediendo a una costumbre puramente mecánica. No, no pedía ni la -flor de malva, ni las bayetas calientes: lo que pedía era la compañía -dulce de la esclava, para entretener su insomnio de libertino averiado, -a quien los años atormentan como espectros acusadores. - -Encontrole paseándose por el cuarto, con un gabán viejo sobre los -hombros, porque su pobreza no le permitía ya el uso de un batín nuevo -y elegante; la cabeza descubierta, pues antes de que ella entrara, se -quitó el gorro con que solía cubrirla por las noches. - -Estaba guapo sin duda, con varonil y avellanada hermosura de _Cuadro de -las Lanzas_. - ---Te he llamado, hija mía --le dijo, echándose en una butaca y sentando -a la esclava sobre sus rodillas--, porque no quería acostarme sin -charlar algo más. Sé que no he de dormir si me acuesto dejándote -disgustada... Conque vamos a ver... cuéntame tu idilio... - ---No tengo ninguna historia que contar --replicó Tristana, rechazando -sus caricias con buen modo, como haciéndose la distraída. - ---Bueno, pues yo lo descubriré. No, no te riño. ¡Si aun portándote mal -conmigo, tengo mucho que agradecerte! Me has querido en mi vejez, me -has dado tu juventud, tu candor; cogí flores en la edad en que no me -correspondía tocar más que abrojos. Reconozco que he sido malo para -ti, y que no debí arrancarte del tallo. Pero no lo puedo remediar; no -me puedo convencer de que soy viejo, porque Dios parece que me pone en -el alma un sentimiento de eterna juventud... ¿Qué dices a esto? ¿Qué -piensas? ¿Te burlas?... Ríete todo lo que quieras; pero no te alejes -de mí. Yo sé que no puedo dorar tu cárcel (_con amargura vivísima_), -porque soy pobre. Es la pobreza también una forma de vejez; pero a esta -me resigno menos que a la otra. El ser pobre me anonada, no por mí, -sino por ti, porque me gustaría rodearte de las comodidades, de las -galas que te corresponden. Mereces vivir como una princesa, y te tengo -aquí como una pobrecita hospiciana... No puedo vestirte como quisiera. -Gracias que tú estás bien de cualquier modo, y en esta estrechez, en -nuestra miseria mal disimulada, siempre, siempre eres y serás perla. - -Con gestos más que con palabras, dio a entender Tristana que le -importaba un bledo la pobreza... - ---¡Ah..., no!; estas cosas se dicen, pero rara vez se sienten. Nos -resignamos porque no hay más remedio; pero la pobreza es cosa muy mala, -hija, y todos, más o menos sinceramente, renegamos de ella. Cree que -mi mayor suplicio es no poder dorarte la jaulita. ¡Y qué bien te la -doraría yo! Porque lo entiendo, cree que lo entiendo. Fui rico; al -menos tenía para vivir solo holgadamente, y hasta con lujo. Tú no te -acordarás, porque eras entonces muy niña, de mi cuarto de soltero en -la calle de Luzón. Josefina te llevó alguna vez, y tú tenías miedo a -las armaduras que adornaban mi sala. ¡Cuántas veces te cogí en brazos, -y te paseé por toda la casa, mostrándote mis pinturas, mis pieles de -león y de tigre, mis panoplias, los retratos de damas hermosas... y tú -sin acabar de perder el miedo! Era un presentimiento, ¿verdad? ¡Quién -nos había de decir entonces que andando los años...! Yo, que todo lo -preveo, tratándose de amores posibles, no preví esto, no se me ocurría. -¡Ay, cuánto he decaído desde entonces! De escalón en escalón he ido -bajando, hasta llegar a esta miseria vergonzosa. Primero tuve que -privarme de mis caballos, de mi coche... dejé el cuarto de la calle -de Luzón, cuando resultaba demasiado costoso para mí. Tomé otro, y -luego, cada pocos años he ido buscándolos más baratos, hasta tener -que refugiarme en este arrabal excéntrico y vulgarote. A cada etapa, -a cada escalón, iba perdiendo algo de las cosas buenas y cómodas que -me rodeaban. Ya me privaba de mi bodega, bien repuesta de exquisitos -vinos; ya de mis tapices flamencos y españoles; después de mis cuadros; -luego de mis armas preciosísimas, y por fin, ya no me quedan más que -cuatro trastos indecentes... Pero no debo quejarme del rigor de Dios, -porque me quedas tú, que vales más que cuantas joyas he perdido. - -Afectada por las nobles expresiones del caballero en decadencia, -Tristana no supo cómo contestarlas, pues no quería ser esquiva con -él, por no parecer ingrata, ni tampoco amable, temerosa de las -consecuencias. No se determinó a pronunciar una sola palabra tierna -que indicase flaqueza de ánimo, porque no ignoraba el partido que el -muy taimado sacaría al instante de tal situación. Por el pensamiento -de Garrido cruzó una idea que no quiso expresar. Le amordazaba la -delicadeza, en la cual era tan extremado, que ni una sola vez, cuando -hablaba de su penuria, sacó a relucir sus sacrificios en pro de la -familia de Tristana. Aquella noche sintió cierta comezón de ajustar -cuentas de gratitud; pero la frase expiró en sus labios, y solo con el -pensamiento le dijo: «No olvides que casi toda mi fortuna la devoraron -tus padres. ¿Y esto no se pesa y se mide también? ¿Ha de ser todo culpa -en mí? ¿No se te ocurre que algo hay que echar en el otro platillo? ¿Es -esa manera justa de pesar, niña, y de juzgar?» - ---Por fin --dijo en alta voz después de una pausa, en la cual juzgó -y pesó la frialdad de su cautiva--, quedamos en que no tienes -maldita gana de contarme tu idilio. Eres tonta. Sin hablar, me -lo estás contando con la repugnancia que tienes de mí, y que no -puedes disimular. Entendido, hija, entendido. (_Poniéndola en pie y -levantándose él también._) No estoy acostumbrado a inspirar asco, -francamente, ni soy hombre que gusta de echar tantos memoriales para -obtener lo que le corresponde. No me estimo en tan poco. ¿Qué pensabas? -¿Que te iba a pedir de rodillas...? Guarda tus encantos juveniles -para algún monigote de estos de ahora, sí, de estos que no podemos -llamar hombres sin acortar la palabra o estirar la persona. Vete a tu -cuartito, y medita sobre lo que hemos hablado. Bien podría suceder que -tu idilio me resultara indiferente... mirándolo yo como un medio fácil -de que aprendieras, por demostración experimental, lo que va de hombre -a hombre... Pero bien podría suceder también que se me indigestara, -y que sin atufarme mucho, porque el caso no lo merece, como quien -aplasta hormigas, te enseñara yo... - -Indignose tanto la niña de aquella amenaza, y hubo de encontrarla tan -insolente, que sintió resurgir de su pecho el odio que en ocasiones -su tirano le inspiraba. Y como las tumultuosas apariciones de aquel -sentimiento le quitaban por ensalmo la cobardía, se sintió fuerte ante -él, y le soltó redonda una valiente respuesta. - ---Pues mejor: no temo nada. Mátame cuando quieras. - -Y D. Lope, al verla salir en tan decidida y arrogante actitud, se llevó -las manos a la cabeza y se dijo: - ---No me teme ya. Ciertos son los toros. - -En tanto, Tristana corrió a la cocina en busca de Saturna, y entre -cuchicheos y lágrimas, le dio sus órdenes, que palabra más o menos eran -así: - ---Mañana, cuando vayas por la cartita, le dices que no traiga coche, -que no salga, que me espere en el estudio, pues allá voy aunque me -muera... Oye; adviértele que despida el modelo, si lo tiene mañana, -y que no reciba a nadie... que esté solo, vamos... Si este hombre me -mata, máteme con razón. - - - - -XIII - - -Y desde aquel día ya no pasearon más. - -Pasearon, sí, en el breve campo del estudio, desde el polo de lo ideal -al de las realidades; recorrieron toda la esfera, desde lo humano a -lo divino, sin poder determinar fácilmente la divisoria entre uno y -otro, pues lo humano les parecía del cielo, y lo divino revestíase -a sus ojos de carne mortal. Cuando su alegre embriaguez permitió a -Tristana enterarse del medio en que pasaba tan dulces horas, una nueva -aspiración se reveló a su espíritu, el arte, hasta entonces simplemente -soñado por ella, ahora visto de cerca y comprendido. Encendieron su -fantasía y embelesaron sus ojos las formas humanas o inanimadas que, -traducidas de la Naturaleza, llenaban el estudio de su amante; y -aunque antes de aquella ocasión había visto cuadros, nunca vio a tan -corta distancia el natural del procedimiento. Y tocaba con su dedito -la fresca pasta, creyendo apreciar mejor así los secretos de la obra -pintada, y sorprenderla en su misteriosa gestación. Después de ver -trabajar a Díaz, se prendó más de aquel arte delicioso, que le parecía -fácil en su procedimiento, y entráronle ganas de probar también su -aptitud. Púsole él en la izquierda mano la paleta, el pincel en la -derecha, y la incitó a copiar un trozo. Al principio, ¡ay!, entre -risotadas y contorsiones, solo pudo cubrir la tela de informes manchas; -pero al segundo día, ¡caramba!, ya consiguió mezclar hábilmente dos -o tres colores y ponerlos en su sitio, y aun fundirlos con cierta -destreza. ¡Qué risa! ¡Si resultaría que también ella era pintora! No -le faltaban, no, disposiciones, porque la mano perdía de hora en hora -su torpeza, y si la mano no le ayudaba, la mente iba muy altanera -por delante, sabiendo _cómo se hacía_, aunque hacerlo no pudiera. -Desalentada ante las dificultades del procedimiento, se impacientaba, y -Horacio reía, diciéndole: - ---Pues ¿qué crees tú, que esto es cosa de juego? - -Quejábase amargamente de no haber tenido a su lado, en tanto tiempo, -personas que supieran ver en ella una aptitud para algo, aplicándola al -estudio de un arte cualquiera. - ---Ahora me parece a mí que si de niña me hubiesen enseñado el dibujo, -hoy sabría yo pintar, y podría ganarme la vida, y ser independiente -con mi honrado trabajo. Pero mi pobre mamá no pensó más que en darme -la educación insubstancial de las niñas que aprenden para llevar un -buen yerno a casa, a saber: un poco de piano, el indispensable barniz -de francés, y qué sé yo..., tonterías. ¡Si aún me hubiesen enseñado -idiomas, para que, al quedarme sola y pobre, pudiera ser profesora -de lenguas...! Luego, este hombre maldito me ha educado para la -ociosidad y para su propio recreo, a la turca verdaderamente, hijo... -Así es que me encuentro inútil de toda inutilidad. Ya ves, la pintura -me encanta; siento vocación, facilidad. ¿Será inmodestia? No, dime -que no; dame bombo, anímame... Pues si con voluntad, paciencia y una -aplicación continua se vencieran las dificultades, yo las vencería, y -sería pintora, y estudiaríamos juntos, y mis cuadros..., ¡muérete de -envidia!, dejarían tamañitos a los tuyos... ¡Ah, no, eso no; tú eres el -rey de los pintores! No, no te enfades; lo eres, porque yo te lo digo. -¡Tengo un instinto...! Yo no sabré hacer las cosas, pero las sé juzgar. - -Estos alientos de artista, estos arranques de mujer superior encantaban -al buen Díaz, el cual, a poco de aquellos íntimos tratos, empezó a -notar que la enamorada joven se iba creciendo a los ojos de él, y le -empequeñecía. En verdad que esto le causaba sorpresa, y casi casi -empezaba a contrariarle, porque había soñado en Tristana la mujer -subordinada al hombre en inteligencia y en voluntad, la esposa que -vive de la savia moral e intelectual del esposo, y que con los ojos y -con el corazón de él ve y siente. Pero resultaba que la niña discurría -por cuenta propia, lanzándose a los espacios libres del pensamiento, y -demostraba las aspiraciones más audaces. - ---Mira, hijo de mi alma --le decía en aquellas divagaciones deliciosas -que les columpiaban desde los transportes del amor a los problemas más -graves de la vida--, yo te quiero con toda mi alma; segura estoy de -no poder vivir sin ti. Toda mujer aspira a casarse con el hombre que -ama: yo no. Según las reglas de la sociedad, estoy ya imposibilitada de -casarme. No podría hacerlo, ni aun contigo, con la frente bien alzada, -pues por muy bueno que conmigo fueras, siempre tendría ante ti cierto -resquemor de haberte dado menos de lo que mereces, y temería que tarde -o temprano, en un momento de mal humor o de cansancio, me dijeras que -habías tenido que cerrar los ojos para ser mi marido... No, no. ¿Será -esto orgullo, o qué será? Yo te quiero y te querré siempre; pero deseo -ser libre. Por eso ambiciono un medio de vivir; cosa difícil, ¿verdad? -Saturna me pone en solfa, y dice que no hay más que tres carreras para -las mujeres: el matrimonio, el teatro y... Ninguna de las tres me hace -gracia. Buscaremos otra. Pero yo pregunto: ¿es locura poseer un arte, -cultivarlo y vivir de él? ¿Tan poco entiendo del mundo, que tengo por -posible lo imposible? Explícamelo tú, que sabes más que yo. - -Y Horacio, apuradísimo, después de muchos rodeos, concluía por hacer -suya la afirmación de Saturna. - ---Pero tú --agregaba-- eres una mujer excepcional, y esa regla no va -contigo. Tú encontrarás la fórmula, tú resolverás quizás el problema -endiablado de la mujer libre... - ---Y honrada, se entiende, porque también te digo que no creo faltar a -la honradez queriéndote, ya vivamos o no juntos... Vas a decirme que he -perdido toda idea de moralidad. - ---No, por Dios. Yo creo... - ---Soy muy mala yo. ¿No lo habías conocido? Confiésame que te has -asustado un poquitín al oírme lo último que te he dicho. Hace tiempo, -mucho tiempo, que sueño con esa libertad honrada; y desde que te -quiero, como se me ha despertado la inteligencia, y me veo sorprendida -por rachas de saber que me entran en el magín, lo mismo que el viento -por una puerta mal cerrada, veo muy claro eso de la honradez libre. -Pienso en esto a todas horas, pensando en ti, y no ceso de echar pestes -contra los que no supieron enseñarme un arte, siquiera un oficio, -porque si me hubieran puesto a ribetear zapatos, a estas horas sería yo -una buena oficiala, y quizás maestra. Pero aún soy joven. ¿No te parece -a ti que soy joven? Veo que pones carita burlona. Eso quiere decir que -soy joven para el amor, pero que tengo los huesos duros para aprender -un arte. Pues mira, me rejuveneceré; me quitaré años; volveré a la -infancia, y mi aplicación suplirá el tiempo perdido. Una voluntad firme -lo vence todo. ¿No lo crees tú así? - -Subyugado por tanta firmeza, Horacio se mostraba más amante cada día, -reforzando el amor con la admiración. Al contacto de la fantasía -exuberante de ella, despertáronse en él poderosas energías de la -mente; el ciclo de sus ideas se agrandó; y comunicándose de uno a -otro el poderoso estímulo de sentir fuerte y pensar hondo, llegaron -a un altísimo grado de tempestuosa embriaguez de los sentidos, con -relámpagos de atrevidas utopias eróticas y sociales. Filosofaban con -peregrino desenfado entre delirantes ternuras y vencidos del cansancio, -divagaban lánguidamente hasta perder el aliento. Callaban las bocas, y -los espíritus seguían aleteando por el espacio. - -En tanto, nada digno de referirse ocurría en las relaciones de -Tristana con su señor, el cual había tomado una actitud observadora y -expectante, mostrándose con ella muy atento, mas no cariñoso. Veíala -entrar tarde algunas noches, y atentamente la observaba; mas no la -reprendía, adivinando que, al menor choque, la esclava sabría mostrar -intenciones de no serlo. Algunas noches charlaron de diversos asuntos, -esquivando D. Lope, con fría táctica, el tratar del idilio; y tal -viveza de espíritu mostraba la niña, de tal modo se transfiguraba su -nacarado rostro de dama japonesa, al reflejar en sus negros ojos la -inteligencia soberana, que D. Lope, refrenando sus ganas de comérsela a -besos, se llenaba de melancolía, diciendo para su sayo: «_Le ha salido_ -talento... Sin duda ama.» - -No pocas veces la sorprendió en el comedor, a horas desusadas, bajo -el foco luminoso de la lámpara colgante, dibujando el contorno de -alguna figura en grabado, o copiando cualquier objeto de los que en la -estancia había. - ---Bien, bien --le dijo a la tercera o cuarta vez que la encontró en -semejante afán--. Adelantas, hija, adelantas. De anteanoche acá, noto -una gran diferencia. - -Y encerrándose en su alcoba con sus melancolías, el pobre galán -decadente exclamaba, dando un puñetazo sobre la mesa: - ---Otro dato. El tal es pintor. - -Pero no quería meterse en averiguaciones directas, por creerlas -ofensivas a su decoro, e impropias de su nunca profanada -caballerosidad. Una tarde, no obstante, en la plataforma del tranvía, -charlando con uno de los cobradores, que era su amigo, le preguntó: - ---Pepe, ¿hay por aquí algún estudio de pintor? - -Precisamente en aquel instante pasaban frente a la calle transversal, -formada por edificios nuevos de pobretería, destacándose entre ellos -una casona de ladrillo al descubierto, grande y de provecho, rematada -en una especie de estufa, como taller de fotógrafo o de artista. - ---Allí --dijo el cobrador-- tenemos al señor de Díaz, retratista al -óleo... - ---¡Ah!, sí, le conozco --replicó D. Lope--. Ese que... - ---Ese que va y viene por mañana y tarde. No duerme aquí. ¡Guapo chico! - ---Sí, ya sé... Moreno, chiquitín. - ---No, es alto. - ---Alto, sí; pero un poco cargado de espaldas. - ---No, garboso. - ---Justo, con melenas... - ---Si lleva el pelo al rape. - ---Se lo habrá cortado ahora. Parece de estos italianos que tocan el -arpa. - ---No sé si toca el arpa. Pero es muy aplicado a los pinceles. A un -compañero nuestro le llevó de modelo para apóstol... Crea usted que le -sacó hablando. - ---Pues yo pensé que pintaba paisajes. - ---También... y caballerías... Flores retrata que parecen vivas; frutas -bien maduras, y codornices muertas. De todo propiamente. Y las mujeres -en cueros que tiene en el estudio le ponen a uno encandilado. - ---¿También niñas desnudas? - ---O a medio vestir, con una tela que tapa y no tapa. Suba y véalo todo, -D. Lope. Es buen chico ese D. Horacio y le recibirá bien. - ---Yo estoy curado de espanto, Pepe. No sé admirar esas hembras -pintadas. Me han gustado siempre más las vivas. Vaya..., con Dios. - - - - -XIV - - -Justo es decir que la serie borrascosa de turcas de amor cogidas -por el espiritual artista en aquella temporada le desviaron de -su noble profesión. Pintaba poco, y siempre sin modelo; empezó a -sentir los remordimientos del trabajador, esa pena que causan los -trozos sin concluir pidiendo hechura y encaje; mas entre el arte y -el amor prefería este, por ser cosa nueva en él, que despertaba las -emociones más dulces de su alma; un mundo recién descubierto, florido, -exuberante, riquísimo, del cual había que tomar posesión, afianzando -sólidamente en él la planta de geógrafo y de conquistador. El arte ya -podía esperar; ya volvería cuando las locas ansias se calmasen; y se -calmarían, tomando el amor un carácter pacífico, más de colonización -reposada que de furibunda conquista. Creía sinceramente el bueno -de Horacio que aquel era el amor de toda su vida, que ninguna otra -mujer podría agradarle ya, ni sustituir en su corazón a la exaltada -y donosa Tristana; y se complacía en suponer que el tiempo iría -templando en ella la fiebre de ideación, pues para esposa o querida -perpetua tal flujo de pensar temerario le parecía excesivo. Esperaba -que su constante cariño y la acción del tiempo rebajarían un poco la -talla imaginativa y razonante de su ídolo, haciéndola más mujer, más -doméstica, más corriente y útil. - -Esto pensaba; mas no lo decía. Una noche que juntos charlaban, mirando -la puesta de sol y saboreando la dulcísima melancolía de una tarde -brumosa, se asustó Díaz de oírla expresarse en estos términos: - ---Es muy particular lo que me pasa: aprendo fácilmente las cosas -difíciles; me apropio las ideas y las reglas de un arte..., hasta de -una ciencia si me apuras; pero no puedo enterarme de las menudencias -prácticas de la vida. Siempre que compro algo, me engañan; no sé -apreciar el valor de las cosas; no tengo ninguna idea de gobierno, ni -de orden, y si Saturna no se entendiera con todo en mi casa, aquello -sería una leonera. Es indudable que cada cual sirve para una cosa; yo -podré servir para muchas, pero para esa está visto que no valgo. Me -parezco a los hombres en que ignoro lo que cuesta una arroba de patatas -y un quintal de carbón. Me lo ha dicho Saturna mil veces, y por un oído -me entra y por otro me sale. ¿Habré nacido para gran señora? Puede que -sí. Comoquiera que sea, me conviene aplicarme, aprender todo eso, y -sin perjuicio de poseer un arte, he de saber criar gallinas y remendar -la ropa. En casa trabajo mucho, pero sin iniciativa. Soy pincha de -Saturna, la ayudo, barro, limpio y fregoteo, eso sí; pero ¡desdichada -casa si yo mandara en ella! Necesito aprenderlo, ¿verdad? El maldito -don Lope ni aun eso se ha cuidado de enseñarme. Nunca he sido para él -más que una circasiana comprada para su recreo, y se ha contentado con -verme bonita, limpia y amable. - -Respondiole el pintor que no se apurara por adquirir el saber -doméstico, pues fácilmente se lo enseñaría la práctica. - ---Eres una niña --agregó-- con muchísimo talento y grandes -disposiciones. Te falta solo el pormenor, el conocimiento menudo que -dan la independencia y la necesidad. - ---Un recelo tengo --dijo Tristana, echándole al cuello los brazos--: -que dejes de quererme por no saber yo lo que se puede comprar con -un duro..., porque temas que te convierta la casa en una escuela de -danzantes. La verdad es que si pinto como tú, o descubro otra profesión -en que pueda lucir y trabajar con fe, ¿cómo nos vamos a arreglar, hijo -de mi vida? Es cosa que espanta. - -Expresó su confusión de una manera tan graciosa, que Horacio no pudo -menos de soltar la risa. - ---No te apures, hija. Ya veremos. Me pondré yo las faldas. ¡Qué remedio -hay! - ---No, no --dijo Tristana, alzando un dedito y marcando con él las -expresiones de un modo muy salado--. Si encuentro mi manera de vivir, -viviré sola. ¡Viva la independencia...!, sin perjuicio de amarte y -de ser siempre tuya. Yo me entiendo: tengo acá mis ideítas. Nada -de matrimonio, para no andar a la greña por aquello de quién tiene -las faldas y quién no. Creo que has de quererme menos si me haces -tu esclava; creo que te querré poco si te meto en un puño. Libertad -honrada es mi tema..., o si quieres, mi dogma. Ya sé que es difícil, -muy difícil, porque la _sociedaz_, como dice Saturna... No acabo de -entenderlo... Pero yo me lanzo al ensayo... ¿Que fracaso? Bueno. Y si -no fracaso, hijito, si me salgo con la mía, ¿qué dirás tú? ¡Ay!, has -de verme en mi casita, sola, queriéndote mucho, eso sí, y trabajando, -trabajando en mi arte para ganarme el pan; tú en la tuya, juntos a -ratos, separados muchas horas, porque... ya ves, eso de estar siempre -juntos, siempre juntos, noche y día, es así, un poco... - ---¡Qué graciosa eres y recuantísimo te quiero! No paso por estar -separado de ti parte del día. Seremos dos en uno, los hermanos -siameses; y si quieres ponerte pantalones, póntelos; si quieres hacer -el marimacho, anda con Dios... Pero ahora se me ocurre una grave -dificultad. ¿Te la digo? - ---Sí, hombre, dila. - ---No, no quiero. Es pronto. - ---¿Cómo pronto? Dímela, o te arranco una oreja. - ---Pues yo... ¿Te acuerdas de lo que hablábamos anoche? - ---Chí. - ---Que no te acuerdas. - ---Que sí, bobillo. ¡Tengo yo una memoria...! Me dijiste que para -completar la ilusión de tu vida deseabas... - ---Dilo. - ---No, dilo tú. - ---Deseabas tener un chiquillín. - ---¡Ay!, no, no; le querría yo tanto, que me moriría de pena si me le -quitaba Dios. Porque se mueren todos (_con exaltación_). ¿No ves pasar -continuamente los carros fúnebres con las cajitas blancas? ¡Me da una -tristeza...! Ni sé para qué permite Dios que vengan al mundo si tan -pronto se los ha de llevar... No, no; niño nacido es niño muerto..., y -el nuestro se moriría también. Más vale que no lo tengamos. Di que no. - ---Digo que sí. Déjalo, tonta. ¿Y por qué se ha de morir? Supón que -vive..., y aquí entra el problema. Puesto que hemos de vivir separados, -cada uno en su casa, independiente yo, libre y honrada tú, cada cual en -su hogar honradísimo y _librísimo_..., digo, libérrimo, ¿en cuál de los -hogares vivirá el angelito? - -Tristana se quedó absorta, mirando las rayas del entarimado. No se -esperaba la temida proposición, y al pronto no encontró manera de -resolverla. De súbito, congestionado su pensamiento con un mundo de -ideas que en tropel lo asaltaron, echose a reír, bien segura de poseer -la verdad, y la expresó en esta forma: - ---Toma, pues conmigo, conmigo..., ¿qué duda puede haber? Si es mío, -mío, ¿con quién ha de estar? - ---Pero como será mío también, como será de los dos... - ---Sí..., pero te diré...; tuyo, porque..., vamos, no lo quiero decir... -Tuyo, sí; pero es más mío que tuyo. Nadie puede dudar que es mío, -porque la Naturaleza de mí propia lo arranca. Lo de tuyo es indudable; -pero... no consta tanto, para el mundo, se entiende... ¡Ay!, no me -hagas hablar así, ni dar estas explicaciones. - ---Al contrario, mejor es explicarlo todo. Nos encontraremos en tal -situación, que yo pueda decir: mío, mío. - ---Más fuerte lo podré decir yo: mío, mío y eternamente mío. - ---Y mío también. - ---Convengo; pero... - ---No hay pero que valga. - ---No me entiendes. Claro es que tuyo... Pero me pertenece más a mí. - ---No, por igual. - ---Calla, hombre; por igual nunca. Bien lo comprendes: podría haber -otros casos en que... Hablo en general. - ---No hablamos sino en particular. - ---Pues en particular te digo que es mío, y que no lo suelto, ¡ea! - ---Es que... veríamos... - ---No hay veríamos que valga. - ---Mío, mío. - ---Tuyo, sí; pero... fíjate bien..., quiero decir que eso de tuyo no es -tan claro en la generalidad de los casos. Luego, la Naturaleza me da -más derechos que a ti... Y se llamará como yo, con mi apellidito nada -más. ¿Para qué tanto ringorrango? - ---Tristana, ¿qué dices? (_incomodándose_). - ---Pero qué, ¿te enojas? Hijo, si tú tienes la culpa. ¿Para qué me...? -No, por Dios, no te enfades. Me vuelvo atrás, me desdigo... - -La nubecilla pasó, y pronto fue todo claridad y luz en el cielo de -aquellas dichas, ligeramente empañado. Pero Díaz quedó un poco triste. -Con sus dulces carantoñas, quiso Tristana disipar aquella fugaz -aprensión, y más mona y hechicera que nunca, le dijo: - ---¡Vaya, que reñir por una cosa tan remota, por lo que quizás no -suceda! Perdóname. No puedo remediarlo. Me salen ideas, como me podrían -salir granos en la cara. ¿Yo que culpa tengo? Cuando menos se piensa, -pienso cosas que no debe una pensar... Pero no hagas caso. Otra -vez, coges un palito y me pegas. Considera esto como una enfermedad -nerviosa o cerebral, que se corrige con unturas de vara de fresno. ¡Qué -tontería, afanarnos por lo que no existe, por lo que no sabemos si -existirá, teniendo un presente tan fácil, tan bonito, para gozar de él! - - - - -XV - - -Bonito, realmente bonito a no poder más era el presente, y Horacio -se extasiaba en él, como si transportado se viera a un rincón de la -eterna gloria. Mas era hombre de carácter grave, educado en la soledad -meditabunda, y por costumbre medía y pesaba todas las cosas, previendo -el desarrollo posible de los sucesos. No era de estos que fácilmente -se embriagan con las alegrías, sin ver el reverso de ellas. Su claro -entendimiento le permitía analizarse con observación segura, examinando -bien su ser inmutable al través de los delirios o tempestades que en -él se iban sucediendo. Lo primero que encontró en aquel análisis fue -la seducción irresistible que la damita japonesa sobre él ejercía, -fenómeno que en él era como una dulce enfermedad, de que no quería en -ningún modo curarse. Consideraba imposible vivir sin sus gracias, sin -sus monerías inenarrables, sin las mil formas fascinadoras que la -divinidad tomaba en ella al humanizarse. Encantábale su modestia cuando -humilde se mostraba, y su orgullo cuando se embravecía. Sus entusiasmos -locos y sus desalientos o tristezas le enamoraban del mismo modo. -Jovial, era deliciosa la niña; enojada, también. Reunía un sin fin de -dotes y cualidades, graves las unas, frívolas y mundanas las otras; a -veces su inteligencia juzgaba de todo con claro sentido, a veces con -desvarío seductor. Sabía ser dulce y amarga, blanda y fresca como el -agua, ardiente como el fuego, vaga y rumorosa como el aire. Inventaba -travesuras donosas, vistiéndose con los trajes de los modelos, e -improvisando monólogos, o comedias en que ella sola hacía dos o tres -personajes; pronunciaba discursos saladísimos; remedaba a su viejo D. -Lope; y en suma, tales talentos y donaires iba sacando, que el buen -Díaz, enamorado como un salvaje, pensaba que su amiguita compendiaba y -resumía todos los dones concedidos a la naturaleza mortal. - -Pues en el ramo, si así puede llamarse, de la ternura, era la señorita -de Reluz igualmente prodigiosa. Sabía expresar su cariño en términos -siempre nuevos; ser dulce sin empalagar, candorosa sin insulsez, -atrevidilla sin asomos de corrupción, con la sinceridad siempre por -delante, como la primera y más visible de sus infinitas gracias. Y -Horacio, viendo además en ella algo que sintomatizaba el precioso -mérito de la constancia, creía que la pasión duraría en ambos tanto -como la vida, y aún más; porque, como creyente sincero, no daba por -extinguidos sus ideales en la oscuridad del morir. - -El arte era el que salía perdiendo con estas pasiones eternas y estos -crecientes ardores. Por las mañanas se entretenía pintando flores o -animales muertos. Llevábanle el almuerzo del merendero del Riojano, -y comía con voracidad, abandonando los restos en cualquier mesilla -del estudio. Este ofrecía un desorden encantador, y la portera, que -intentaba arreglarlo todas las mañanas, aumentaba la confusión y el -desarreglo. Sobre el ancho diván veíanse libros revueltos, una manta -morellana; en el suelo las cajas de color, tiestos, perdices muertas; -sobre las corvas sillas tablas a medio pintar; más libros, carpetas -de estampas; en el cuartito anexo, destinado a lavatorio y a guardar -trastos, más tablitas, el jarro del agua con ramas de arbustos puestas -a refrescar, una bata de Tristana colgada de la percha, y lindos -trajes esparcidos por do quiera; un alquicel árabe, un ropón japonés, -antifaces, quirotecas, chupas y casacas bordadas, pelucas, babuchas de -odalisca y delantales de campesina romana. Máscaras griegas de cartón -y telas de casullas decoraban las paredes, entre retratos y fotografías -mil de caballos, barcos, perros y toros. - -Después de almorzar esperó Díaz una media hora, y como su amada -no pareciera, se impacientó, y para entretenerse se puso a leer a -Leopardi. Sabía con perfección castiza el italiano, que le enseñó su -madre, y aunque en el largo espacio de la tiranía del abuelo se le -olvidaron algunos giros, la raíz de aquel conocimiento vivió siempre en -él, y en Venecia, Roma y Nápoles se adiestró de tal modo que fácilmente -pasaba por italiano en cualquier parte, aun en la misma Italia. Dante -era su única pasión literaria. Repetía, sin olvidar un solo verso, -cantos enteros del _Infierno_ y _Purgatorio_. Dicho se está que, casi -sin proponérselo, dio a su amiguita lecciones del _bel parlare_. -Con su asimilación prodigiosa, Tristana dominó en breves días la -pronunciación, y leyendo a ratos como por juego, y oyéndole leer a él, -a las dos semanas recitaba con admirable entonación de actriz consumada -el pasaje de Francesca, el de Ugolino y otros. - -Pues, a lo que iba: engañaba Horacio el tiempo leyendo al melancólico -poeta de Recanati, y se detenía meditabundo ante aquel profundo -pensamiento: _e discoprendo, solo il nulla s’accresce_, cuando sintió -los pasitos que anhelaba oír; y ya no se acordó de Leopardi, ni se -cuidó de que _il nulla_ creciera o menguara _discoprendo_. - -¡Gracias a Dios! Tristana entró con aquella agilidad infantil que no -cedía ni al cansancio de la interminable escalera, y se fue derecha a -él para abrazarle, cual si hubiera pasado un año sin verle. - ---¡Rico, facha, cielo, pintamonas, qué largo el tiempo de ayer a hoy! -Me moría de ganas de verte... ¿Te has acordado de mí? ¿A que no has -soñado conmigo como yo contigo? Soñé que... no te lo cuento. Quiero -hacerte rabiar. - ---Eres más mala que un tabardillo. Dame esos morros, dámelos o te -estrangulo ahora mismo. - ---¡Sátrapa, corso, gitano! (_cayendo fatigada en el diván_.) No -me engatusas con tu _parlare honesto_... ¡Eh! _sella el labio_... -_Denantes que del sol la crencha rubia_... ¡Jesús mío, cuantísimo -disparate! No hagas caso: estoy loca; tú tienes la culpa. ¡Ay, tengo -que contarte muchas cosas, _carino_! ¡Qué hermoso es el italiano y -qué dulce, qué grato al alma es decir _mio diletto_! Quiero que me lo -enseñes bien, y seré profesora. Pero vamos a nuestro asunto. Ante todo, -respóndeme: ¿_la jazemos_? - -Bien demostraba esta mezcla de lenguaje chocarrero y de palabras -italianas, con otras rarezas de estilo que irán saliendo, que se -hallaban en posesión de ese vocabulario de los amantes, compuesto de -mil formas de lenguaje sugeridas por cualquier anécdota picaresca, -por este o el otro chascarrillo, por la lectura de un pasaje grave -o de algún verso célebre. Con tales accidentes se enriquece el -diccionario familiar de los que viven en comunidad absoluta de ideas -y sentimientos. De un cuento que ella oyó a Saturna, salió aquello de -¿_la jazemos_? manera festiva de expresar sus proyectos de fuga; y de -otro cuentecillo chusco que Horacio sabía, salió el que Tristana no le -llamase nunca por su nombre, sino con el de _señó Juan_, que era un -gitano muy bruto y de muy malas pulgas. Sacando la voz más bronca que -podía, cogíale Tristana de una oreja, diciéndole: - ---_Señó Juan_, ¿me quieres? - -Rara vez la llamaba él por su nombre. Ya era _Beatrice_, ya -_Francesca_, o más bien la Paca de _Rímini_; a veces _Chispa_, o _señá -Restituta_. Estos motes, y los terminachos grotescos o expresiones -líricas que eran el saborete de su apasionada conversación, variaban -cada pocos días, según las anécdotas que iban saliendo. - ---_La jaremos_ cuando tú dispongas, querida Restituta --replicó Díaz--. -¡Si no deseo otra cosa...! ¿Crees tú que puede un hombre estar _de amor -extático_ tanto tiempo?... Vámonos: _para ti la jaca torda, la que, -cual dices tú, los campos borda_... - ---Al extranjero, al extranjero (_palmoteando_). Yo quiero que tú y yo -seamos extranjeros en alguna parte, y que salgamos del bracete sin que -nadie nos conozca. - ---Sí, mi vida. ¡_Quién te verá a ti_...! - ---Entre los _franceses_ (_cantando_) y entre los _ingleses_... Pues -te diré. Ya no puedo resistir más a mi _tirano de Siracusa_. ¿Sabes? -Saturna no le llama sino D. _Lepe_, y así le llamaré yo también. Ha -tomado una actitud patética. Apenas me habla, de lo que me alegro -mucho. Se hace el interesante, esperando que yo me enternezca. -Anoche, verás, estuvo muy amable conmigo, y me contó algunas de sus -aventuras. Piensa sin duda el muy pillo que con tales ejemplos se -engrandece a mis ojos; pero se equivoca. No puedo verle. Hay días en -que me toca mirarle con lástima; días en que me toca aborrecerle, y -anoche le aborrecí, porque en la relación de sus trapisondas, que son -tremendas, tremendísimas, veía yo un plan depravado para encenderme -la imaginación. Es lo más zorro que hay en el mundo. A mí me dieron -ganitas de decirle que no me interesa más aventura que la de mi _señó -Juan_ de mi alma, a quien adoro con todas mis _potencias irracionales_, -como decía el otro. - ---Pues te digo la verdad: me gustaría oírle contar a D. Lope sus -historias galantes. - ---Como bonitas, cree que lo son. ¡Lo de la marquesa del Cabañal es de -lo más chusco...! El marido mismo, más celoso que Otelo, le llevaba... -Pero si me parece que te lo he contado. ¿Pues y cuando robó del -convento de San Pablo en Toledo a la monjita...? El mismo año mató -en duelo al general que se decía esposo de la mujer más virtuosa de -España, y la tal se escapó con D. Lope a Barcelona. Allí tuvo este -siete aventuras en un mes, todas muy novelescas. Debía de ser atrevido -el hombre, muy bien plantado, y muy bravo para todo. - ---Restituta, no te entusiasmes con tu Tenorio arrumbado. - ---Yo no me entusiasmo más que con este pintamonas. ¡Qué mal gusto -tengo! Miren esos ojos... ¡ay qué feos y qué sin gracia! ¿Pues y esa -boca? da asco mirarla; y ese aire tan desgarbado... uf, no sé cómo te -miro. No; si ya me repugnas, quítate de ahí. - ---¡Y tú qué horrible!... con esos dientazos de jabalí, y esa nariz de -remolacha, y ese cuerpo de botijo. ¡Ay, tus dedos son tenazas! - ---Tenazas, sí, tenazas de _jierro_, para arrancarte tira a tira toda tu -piel de burro. ¿Por qué eres así? _¡Gran Dio, morir si giovine!_ - ---Mona, más mona que los Santos Padres, y más hechicera que el Concilio -de Trento y que D. Alfonso el Sabio..., oye una cosa que se me ocurre. -¿Si ahora se abriera esta puerta y apareciera tu D. Lope...? - ---¡Ay!, tú no conoces a _D. Lepe_. _D. Lepe_ no viene aquí, ni por nada -del mundo hace él el celoso de comedia. Creería que su caballerosidad -se llenaba de oprobio. Fuera de la seducción de mujeres más o menos -virtuosas, es todo dignidad. - ---¿Y si entrara yo una noche en tu casa, y él me sorprendiera allí? - ---Entonces, puede que, como medida preventiva, te partiera en dos -pedazos, o convirtiera tu cráneo en hucha para guardar todas las -balitas de su revólver. Con tanta caballerosidad, sabe ser muy bruto -cuando le tocan el punto delicado. Por eso más vale que no vayas. Yo no -sé cómo ha sabido esto; pero ello es que lo sabe. De todo se entera el -maldito, con su sagacidad de perro viejo y su experiencia de maestro en -picardías. Ayer me dijo con retintín: «¿Conque pintorcitos tenemos?» Yo -no le contesté. Ya no le hago caso. El mejor día entra en casa, y el -pájaro voló... _Ahi Pisa, vituperio delle genti._ ¿A dónde nos vamos, -hijo de mi alma? ¿A do me conducirás? (_cantando_.) _La ci darem la -mano_... Sé que no hay congruencia en nada de lo que digo. Las ideas -se me atropellan aquí, disputándose cuál sale primero, como cuando se -agolpa el gentío a la puerta de una iglesia, y se estrujan y se... -Quiéreme, quiéreme mucho, que todo lo demás es música. A veces se me -ocurren ideas tristes; por ejemplo, que seré muy desgraciada, que todos -mis sueños de felicidad se convertirán en humo. Por eso me aferro más -a la idea de conquistar mi independencia, y de arreglármelas con mi -ingenio como pueda. Si es verdad que tengo algún pesquis, ¿por qué no -he de utilizarlo dignamente, como otras explotan la belleza o la gracia? - ---Tu deseo no puede ser más noble --díjole Horacio meditabundo--. Pero -no te afanes, no te aferres tanto a esa aspiración, que podría resultar -impracticable. Entrégate a mí sin reserva. ¡Ser mi compañera de toda la -vida; ayudarme y sostenerme con tu cariño...!, ¿te parece que hay un -oficio mejor, ni arte más hermoso? Hacer feliz a un hombre, que te hará -feliz, ¿qué más? - ---¡Qué más! (_Mirando al suelo._) _Diverse lingue, orribile favelle... -parole di dolore, accenti d’ira_... Ya, ya; la congruencia es la que -no parece... _Señó Juan_, ¿me quieres mucho? Bueno; has dicho: «¿qué -más?» Nada, nada. Me conformo con que no haya más. Te advierto que soy -una calamidad como mujer casera. No doy pie con bola, y te ocasionaré -mil desazones. Y fuera de casa, en todo menester de compras o negocios -menudos de mujer, también soy de oro. ¡Con decirte que no conozco -ninguna calle, ni sé andar sola sin perderme! El otro día no supe ir de -la Puerta del Sol a la calle de Peligros, y recalé allá por la plaza -de la Cebada. No tengo el menor sentido topográfico. El mismo día, al -comprar unas horquillas en el Bazar, di un duro, y no me cuidé de -recoger la vuelta. Cuando me acordé, ya estaba en el tranvía..., por -cierto que me equivoqué y me metí en el del Barrio. De todo esto y de -algo más que observo en mí, deduzco... ¿En qué piensas? ¿Verdad que -nunca querrás a nadie más que a tu _Paquita de Rímini_...? Pues sigo -diciéndote... No, no te lo digo. - ---Dime lo que pensabas (_incomodándose_). He de quitarte esa pícara -costumbre de decir las cosas a medias... - ---Pégame, hombre, pega..., rómpeme una costilla. ¡Tienes un -geniazo...!, _ni del dorado techo... se admira, fabricado... del sabio -moro, en jaspes sustentado._ Tampoco esto tiene congruencia. - ---Maldita. ¿Qué ha de tener? - ---Pues _direte, Inés, la cosa_... Oye. (_Abrazándole._) Lo que he -pensado de mí, estudiándome mucho, porque yo me estudio, ¿sabes?, -es que sirvo, que podré servir para las cosas grandes; pero que -decididamente no sirvo para las pequeñas. - -Lo que Horacio le contestó, perdiose en la oleada de ternezas que vino -después, llenando de vagos rumores la plácida soledad del estudio. - - - - -XVI - - -Como contrapeso moral y físico de la enormísima exaltación de las -tardes, Horacio, al retirarse de noche a su casa, se derrumbaba en -el seno tenebroso de una melancolía sin ideas, o con ideas vagas, -toda languidez y zozobra indefinibles. ¿Qué tenía? No le era fácil -contestarse. Desde los tiempos de su lento martirio en poder del -abuelo, solía padecer fuertes ataques periódicos de _spleen_, que se -le renovaban en todas las circunstancias anormales de su vida. Y no -era que en aquellas horas de recogimiento se hastiara de Tristana, o -tuviese dejos amargos de las dulzuras del día, no; la visión de ella -le acosaba; el recuerdo fresquísimo de sus donaires ponía en continuo -estremecimiento su naturaleza, y antes que buscar un término a tan -abrasadoras emociones, deseaba repetirlas, temeroso de que algún -día pudieran faltarle. Al propio tiempo que consideraba su destino -inseparable del de aquella singular mujer, un terror sordo le rebullía -en el fondo del alma, y por más que procuraba, haciendo trabajar -furiosamente a la imaginación, figurarse el porvenir al lado de -Tristana, no podía conseguirlo. Las aspiraciones de su ídolo a cosas -grandes causábanle asombro; pero al querer seguirla por los caminos que -ella con tenacidad graciosa señalaba, la hechicera figura se le perdía -en un término nebuloso. - -No causaron inquietud a doña Trinidad (que así se llamaba la señora -con quien Horacio vivía) las murrias de su sobrino, hasta que pasado -algún tiempo advirtió en él un aplanamiento sospechoso. Entrábale como -un sopor, conservando los ojos abiertos, y no había medio de sacarle -del cuerpo una palabra. Veíasele inmóvil en un sillón del comedor, sin -prestar la menor atención a la tertulia de dos o tres personas que -amenizaban las tristes noches de doña Trini. Era esta de dulcísimo -carácter, achacosa, aunque no muy vieja, y derrumbada por los pesares -que habían gravitado sobre ella, pues no tuvo tranquilidad hasta que -se quedó sin padre y sin marido. Bendecía la soledad, y debía mucha -gratitud a la muerte. - -De su vida de afanes quedole una debilidad nerviosa, relajación de -los músculos de los párpados. No abría los ojos sino a medias, y esto -con dificultad en ciertos días, o cuando reinaban determinados aires, -llegando a veces al sensible extremo de tener que levantarse el párpado -con los dedos si quería ver bien a una persona. Por añadidura, estaba -muy delicadita del pecho, y en cuanto entraba el invierno se ponía -fatal, ahogada de tos, con horribles frialdades en pies y manos, y todo -se le volvía imaginar defensas contra el frío, en la casa como en su -persona. Adoraba a su sobrino, y por nada del mundo se separaría de él. -Una noche, después de comer, y antes de que llegaran los tertulios, -doña Trini se sentó, hecha un ovillo, frente a la butaca en que Horacio -fumaba, y le dijo: - ---Si no fuera por ti, yo no aguantaría las crudezas de este frío -maldito que me está matando. ¡Y pensar que con irme a tu casa de -Villajoyosa resucitaría! ¿Pero cómo me voy y te dejo aquí solo? -Imposible, imposible. - -Replicole el sobrino que bien podía irse y dejarle, pues nadie se lo -comería. - ---¡Quién sabe, quién sabe si te comerán...! Tú andas también -delicadillo. No me voy; no me separo de ti por nada de este mundo. - -Desde aquella noche empezó una lucha tenaz entre los deseos de -emigración de la señora y la pasividad sedentaria del señorito. -Anhelaba doña Trini largarse; él también quería que se fuera, porque -el clima de Madrid la minaba rápidamente. Habría tenido gusto en -acompañarla; pero ¿cómo, ¡Santo Dios!, si no veía forma humana de -romper su amorosa cadena, ni siquiera de aflojarla? - ---Iré a llevarla a usted --dijo a su tía, buscando una transacción--, y -me volveré en seguida. - ---No, no. - ---Iré después a buscarla a usted, a la entrada de primavera. - ---Tampoco. - -La tenacidad de doña Trini no se fundaba solo en su horror al invierno, -que aquel año vino con espada en mano. Nada sabía concretamente de -los devaneos de Horacio; pero sospechaba que algo anormal y peligroso -ocurría en la vida del joven, y con feliz instinto estimó conveniente -llevársele de Madrid. Alzando la cabeza para mirarle bien, pues aquella -noche funcionaban muy mal los párpados, y abrir no podía más que un -tercio de ojos, le dijo: - ---Pues me parece que en Villajoyosa pintarías como aquí, y aun mejor. -En todas partes hay Naturaleza y natural... Y sobre todo, tontín, allí -te librarás de tanto quebradero de cabeza, y de las angustias que estás -pasando. Te lo dice quien bien te quiere, quien sabe algo de este mundo -traicionero. No hay cosa peor que apegarse a un vicio de querer... -Despréndete de un tirón. Pon tierra por medio. - -Dicho esto, doña Trini dejó caer el párpado, como tronera que se cierra -después de salir el tiro. Horacio nada contestó; pero las ideas de su -tía quedaron en su mente como semillas dispuestas a germinar. Repitió -sus sabias exhortaciones a la siguiente noche la simpática viuda, y a -los dos días ya no le pareció al pintor muy disparatada la idea de -partir, ni vio, como antes, en la separación de su amada, un suceso tan -grave como la rotura del planeta en pedazos mil. De improviso sintió -que del fondo de su naturaleza salía un prurito, una reclamación de -descanso. Su existencia toda pedía tregua, uno de esos paréntesis que -la guerra y el amor suelen solicitar con necesidad imprescindible para -poder seguir peleando y viviendo. - -La primera vez que comunicó a Tristana los deseos de doña Trini, -aquella puso el grito en el Cielo. Él también se indignó; protestaron -ambos contra el importuno viaje, y... _antes morir que consentir -tiranos_. - -Mas otro día, tratando de lo mismo, Tristana pareció conformarse. -Sentía lástima de la pobre viuda. ¡Era tan natural que no quisiera ir -sola...! Horacio afirmó que doña Trini no resistiría en Madrid los -rigores del invierno, ni se determinaba a separarse de su sobrino. -Mostrose la de Reluz más compasiva, y por fin... ¿Sería que también -a ella le pedían el cuerpo y el alma tregua, paréntesis, solución -de continuidad? Ni uno ni otro cedían en su amoroso anhelo; pero la -separación no les asustaba; al contrario, querían probar el desconocido -encanto de alejarse, sabiendo que era por tiempo breve; probar el sabor -de la ausencia, con sus inquietudes, el esperar y recibir cartas, el -desearse recíprocamente, y el contar lo que faltaba para tenerse de -nuevo. - -En resumidas cuentas, que Horacio tomó las de Villadiego. Tierna -fue la despedida: se equivocaron, creyéndose con serenidad bastante -para soportarla, y al fin se hallaban como condenados al patíbulo. -Horacio, la verdad, no se sintió muy pesaroso por el camino; respiraba -con desahogo, como jornalero en sábado por la tarde, después de una -semana de destajo; saboreaba el descanso moral, el placer pálido de -no sentir emociones fuertes. El primer día de Villajoyosa ninguna -novedad ocurrió. Tan conforme el hombre, y muy bien hallado con su -destierro. Pero al segundo día, aquel mar tranquilo de su espíritu -empezó a moverse y picarse con leve ondulación, y luego fue el crecer, -el encresparse. A los cuatro días el hombre no podía vivir de soledad, -de tristeza, de privación. Todo le aburría: la casa, doña Trini, la -parentela. Pidió auxilio al arte, y el arte no le proporcionó más -que desaliento y rabia. El paisaje hermosísimo, el mar azul, las -pintorescas rocas, los silvestres pinos, todo le ponía cara fosca. -La primera carta le consoló en su soledad; no podían faltar en ella -ausencias dulcísimas, ni aquello tan sobado de _nessun maggior -dolore_..., ni los términos del vocabulario formado en las continuas -charlas de amor. Habían convenido en escribirse dos cartitas por -semana, y resultaba carta _todos los días diariamente_, según decía -Tristana. Si las de él ardían, las de ella quemaban. Véase la clase: - -«He pasado un día cruel y una noche de todos los perros de la jauría -de Satanás. ¿Por qué te fuiste?... Hoy estoy más tranquila; oí misa, -recé mucho. He comprendido que no debo quejarme, que hay que poner -frenos al egoísmo. Demasiado bien me ha dado Dios, y no debo ser -exigente. Merezco que me riñas y me pegues, y aunque me quieras un -poco menos (¡no, por Dios!), cuando me aflijo por una ausencia breve y -necesaria... Me mandas que esté tranquila, y lo estoy. _Tu duca_, _tu -maestro_, _tu signore_. Sé que mi _señó Juan_ volverá pronto, que ha de -quererme siempre, y _Paquita de Rímini_ espera confiada, y se resigna -con su _soleá_.» - -De él a ella: - -«Hijita, ¡qué días paso! Hoy quise pintar un burro, y me salió... -algo así como un pellejo de vino con orejas. Estoy de remate; no veo -el color, no veo la línea, no veo más que a mi _Restituta_, que me -encandila los ojos con sus monerías. Día y noche me persigue la imagen -de mi monstrua serrana, con todo el pesquis del Espíritu Santo y toda -la sal del _botiquín_.» - -(_Nota del colector_: Llamaban _botiquín_ al mar por aquel cuento -andaluz del médico de a bordo, que todo lo curaba con agua salada.) - -«... Mi tía no está bien. No puedo abandonarla. Si tal barbaridad -hiciera, tú misma no me la perdonarías. Mi aburrimiento es una horrible -tortura que se le quedó en el tintero a nuestro amigo Alighieri. - -»He vuelto a leer tu carta del jueves, la de las pajaritas, la de -los éxtasis... _inteligenti pauca_. Cuando Dios te echó al mundo, -llevose las manos a la cabeza augusta, arrepentido y pesaroso de haber -gastado en ti todo el ingenio que tenía dispuesto para fabricar cien -generaciones. Haz el favor de no decirme que tú no vales, que eres -un cero. ¡Ceritos a mí! Pues yo te digo, aunque la modestia te salga -a la cara como una aurora boreal, yo te digo, ¡oh _Restituta_!, que -todos los bienes del mundo son una _perra chica_ comparados con lo que -tú vales; y que todas las glorias humanas, soñadas por la ambición y -perseguidas por la fortuna, son un _zapato viejo_ comparadas con la -gloria de ser tu dueño... No me cambio por nadie... No, no, digo mal: -quisiera ser Bismarck para crear un imperio y hacerte a ti emperatriz. -Chiquilla, yo seré tu vasallo humilde; pisotéame, escúpeme, y manda que -me azoten.» - -De ella a él: - -«... Ni en broma me digas que puede mi _señó Juan_ dejar de quererme. -No conoces tú bien a tu _Panchita de Rímini_, que no se asusta de la -muerte, y se siente con valor para _suicidarse a sí misma_ con la -mayor sal del mundo. Yo me mato como quien se bebe un vaso de agua. -¡Qué gusto, qué dulcísimo estímulo de curiosidad! ¡Enterarse de todo -lo que hay por allá!, y verle la cara al _pusuntra_!... ¡Curarse -radicalmente de aquella dudita fastidiosa de _ser o no ser_, como dijo -_Chispecrís_...! En fin, que no me vuelvas a decir eso de quererme un -poquito menos, porque mira tú..., ¡si vieras qué bonita colección de -revólveres tiene mi D. _Lepe_! Y te advierto que lo sé manejar, y que -si me atufo, ¡pim!, me voy a dormir la siesta con el Espíritu Santo...» - -¡Y cuando el tren traía y llevaba todo este cargamento de -sentimentalismo, no se inflamaban los ejes del coche correo, ni se -disparaba la locomotora, como corcel en cuyos ijares aplicaran espuelas -calentadas al rojo! Tantos ardores permanecían latentes en el papelito -en que estaban escritos. - - - - -XVII - - -Tan voluble y extremosa era en sus impresiones la señorita de Reluz, -que fácilmente pasaba del júbilo desenfrenado y epiléptico a una -desesperación lúgubre. He aquí la muestra: - -«_Caro bene, mio diletto_, ¿es verdad que me quieres tanto y que en -tanto me estimas? Pues a mí me da por dudar que sea verdad tanta -belleza. Dime: ¿existes tú o no eres más que un fantasma vano, obra -de la fiebre, de esta ilusión de lo hermoso y de lo grande que me -trastorna? Hazme el favor de echar para acá una carta _fuera de -abono_ o un telegrama que diga: _Existo. Firmado, señó Juan_... Soy -tan feliz, que a veces paréceme que vivo suspendida en el aire, que -mis pies no tocan la tierra, que huelo la eternidad y respiro el -airecillo que sopla más allá del sol. No duermo. ¡Ni qué falta me hace -dormir!... Más quiero pasarme toda la noche pensando que te gusto y -contando los minutos que faltan para ver tu jeta preciosa. No son -tan felices como yo los justos que están en éxtasis a la _verita_ de -la Santísima Trinidad; no lo son, no pueden serlo... Solo un recelo -chiquito y fastidioso, como el grano de tierra que en un ojo se nos -mete y nos hace sufrir tanto, me estorba para la felicidad absoluta. -Y es la sospecha de que todavía no me quieres bastante, que no has -llegado al supremo límite del querer, ¿qué digo límite, si no lo hay?, -al principio del último cielo, pues yo no puedo hartarme de pedir -más, más, siempre más; y no quiero, no quiero sino cosas infinitas, -entérate..., todo infinito, infinitísimo, o nada... ¿Cuántos abrazos -crees que te voy a dar cuando llegues? Ve contando. Pues tantos como -segundos tarde una hormiga en dar la vuelta al globo terráqueo. No; -más, mucho más. Tantos como segundos tarde la hormiga en partir en dos, -con sus patas, la esferita terrestre, dándole vueltas siempre por una -misma línea... Conque saca esa cuenta, tonto.» - -Y otro día: - -«No sé lo que me pasa, no vivo en mí, no puedo vivir de ansiedad, de -temor. Desde ayer no hago más que imaginar desgracias, suponer cosas -tristes: o que tú te mueres, y viene a contármelo D. Lope con cara de -regocijo, o que me muero yo y me meten en aquella caja horrible, y -me echan tierra encima. No, no; no quiero morirme, no me da la gana. -No deseo saber lo de allá, no me interesa. Que me resuciten, que me -vuelvan mi vidita querida. Me espanta mi propia calavera. Que me -devuelvan mi carne fresca y bonita, con todos los besos que tú me has -dado en ella. No quiero ser solo huesos fríos y después polvo. No, esto -es un engaño. Ni me gusta que mi espíritu ande pidiendo hospitalidad -de estrella en estrella, ni que San Pedro, calvo y con cara de malas -pulgas, me dé con la puerta en los hocicos... Pues aunque supiera que -había de entrar allí, no me hablen de muerte; venga mi vidita mortal -y la tierra en que padecí y gocé, en que está mi pícaro _señó Juan_. -No quiero yo alas ni alones, ni andar entre ángeles sosos que tocan -el arpa. Déjenme a mí de arpas y acordeones, y de fulgores celestes. -Venga vida mortal, y salud y amor, y todo lo que deseo. - -»El problema de mi vida me anonada más cuanto más pienso en él. -Quiero ser algo en el mundo, cultivar un arte, vivir de mí misma. -El desaliento me abruma. ¿Será verdad, Dios mío, que pretendo un -imposible? Quiero tener una profesión, y no sirvo para nada, ni sé nada -de cosa alguna. Esto es horrendo. - -»Aspiro a no depender de nadie, ni del hombre que adoro. No quiero ser -su manceba, tipo innoble, la hembra que mantienen algunos individuos -para que les divierta, como un perro de caza; ni tampoco que el hombre -de mis ilusiones se me convierta en marido. No veo la felicidad en el -matrimonio. Quiero, para expresarlo a mi manera, estar casada conmigo -misma, y ser mi propia cabeza de familia. No sabré amar por obligación; -solo en la libertad comprendo mi fe constante y mi adhesión sin -límites. Protesto, me da la gana de protestar contra los hombres, que -se han cogido todo el mundo por suyo, y no nos han dejado a nosotras -más que las veredas estrechitas por donde ellos no saben andar... - -«Estoy cargante, ¿verdad? No hagas caso de mí. ¡Qué locuras!, no sé lo -que pienso, ni lo que escribo; mi cabeza es un nidal de disparates. -¡Pobre de mí! Compadéceme; hazme burla... Manda que me pongan la camisa -de fuerza, y que me encierren en una jaula. Hoy no puedo escribirte -ninguna broma, no está la masa para rosquillas. No sé más que llorar, -y este papel te lleva un _botiquín_ de lágrimas. Dime tú, ¿por qué he -nacido?, ¿por qué no me quedé allá, en el regazo de la señora nada, tan -hermosa, tan tranquila, tan dormilona, tan...?, no sé acabar.» - -En tanto que estas ráfagas tempestuosas cruzaban el largo espacio -entre la villa mediterránea y Madrid, en el espíritu de Horacio se -iniciaba una crisis, obra de la inexorable ley de adaptación, que hubo -de encontrar adecuadas condiciones locales para cumplirse. La suavidad -del clima le embelesaba, y los encantos del paisaje se abrieron paso al -fin, si así puede decirse, por entre las brumas que envolvían su alma. -El Arte se confabuló con la Naturaleza para conquistarle, y habiendo -pintado un día, después de mil tentativas infructuosas, una marina -soberbia, quedó para siempre prendado del mar azul, de las playas -luminosas y del risueño contorno de tierra. Los términos próximos y -lejanos, el pintoresco anfiteatro de la villa, los almendros, los -tipos de labradores y mareantes le inspiraban deseos vivísimos de -transportarlo todo al lienzo; entrole la fiebre del trabajo, y por fin, -el tiempo, antes tan estirado y enojoso, hízosele breve y fugaz; de tal -modo que, al mes de residir en Villajoyosa, las tardes se comían las -mañanas, y las noches se merendaban las tardes, sin que el artista se -acordara de merendar ni de comer. - -Fuera de esto, empezó a sentir las querencias del propietario, esas -atracciones vagas que sujetan al suelo la planta, y el espíritu a -las pequeñeces domésticas. Suya era la hermosa casa en que vivía con -doña Trini: un mes tardó en hacerse cargo de su comodidad y de su -encantadora situación. La huerta poblada de añosos frutales, algunos de -especies rarísimas, todos en buena conservación, suya era también, y el -fresal espeso, la esparraguera y los plantíos de lozanas hortalizas; -suya la acequia que atravesaba caudalosa la huerta y terrenos -colindantes. No lejos de la casa, podía mirar asimismo con ojos de -propietario un grupo de palmeras gallardas, de bíblica hermosura, y un -olivar de austero color, con ejemplares viejos, retorcidos y verrugosos -como los de Getsemaní. Cuando no pintaba, echábase a pasear de largo, -en compañía de gentes sencillas del pueblo, y sus ojos no se cansaban -de contemplar la extensión cerúlea, el siempre admirable _botiquín_, -que a cada instante cambiaba de tono, como inmenso ser vivo, dotado de -infinita impresionabilidad. Las velas latinas que lo moteaban, blancas -a veces, a veces resplandecientes como tejuelos de oro bruñido, añadían -toques picantes a la majestad del grandioso elemento, que algunas -tardes parecía lechoso y dormilón, otras rizado y transparente, -dejando ver, en sus márgenes quietas, cristalinos bancos de esmeralda. - -Lo que observaba Horacio, dicho se está que al punto era comunicado a -Tristana. - -Del mismo a la misma: - -«¡Ay, niña mía, no sabes cuán hermoso es esto! Pero ¿cómo has de -comprenderlo tú, si yo mismo he vivido hasta hace poco ciego a tanta -belleza y poesía? Admiro y amo este rincón del planeta, pensando que -algún día hemos de amarlo y admirarlo juntos. ¡Pero si estás conmigo -aquí, si en mí te llevo, y no dudo que tus ojos ven dentro de los -míos lo que los míos ven...! ¡Ay, _Restitutilla_, cuánto te gustaría -mi casa, _nuestra_ casa, si en ella te vieras! No me satisface, no, -tenerte aquí en espíritu. ¡En espíritu! Retóricas, hija, que llenan -los labios y dejan vacío el corazón. Ven, y verás. Resuélvete a dejar -a ese viejo absurdo, y casémonos ante este altar incomparable, o ante -cualquier otro altarito que el mundo nos designe, y que aceptaremos -para estar bien con él... ¿No sabes? Me he franqueado con mi ilustre -tía. Imposible guardar más tiempo el secreto. Pásmate, chiquilla; no -puso mala cara. Pero aunque la pusiera..., ¿y qué? Le he dicho que te -tengo ley, que no puedo vivir sin ti, y ha soltado la risa. ¡Vaya, -que tomar a broma una cosa tan seria! Pero más vale así... Dime que -te alegra lo que te cuento hoy, y que al leerme te entran ganas de -echar a correr para acá. Dime que has hecho el hatillo, y me lanzo a -buscarte. No sé lo que pensará mi tía de una resolución tan _súpita_. -Que piense lo que quiera. Dime que te gustará esta vida oscura y -deliciosa; que amarás esta paz campestre; que aquí te curarás de las -locas efervescencias que turban tu espíritu, y que anhelas ser una -feliz y robusta villana, ricachona en medio de la sencillez y la -abundancia, teniendo por maridillo al más chiflado de los artistas, al -más espiritual habitante de esta tierra de luz, fecundidad y poesía. - -»_Nota bene._ Tengo un palomar que da la hora, con treinta o más pares. -Me levanto al alba, y mi primera ocupación es abrirles la puerta. Salen -mis amiguitas adoradas, y para saludar al nuevo día, dan unas cuantas -vueltas por el aire, trazando espirales graciosas; después vienen a -comer a mi mano, o en derredor de mí, hablándome con sus arrullos un -lenguaje que siento no poder transmitirte. Convendría que tú lo oyeras -y te enteraras por ti misma.» - - - - -XVIII - - -De Tristana a Horacio: - -«¡Qué entusiasmadito y qué tonto está el _señó Juan_! ¡Y cómo con -las glorias de ese terruño se le van las memorias de este páramo en -que yo vivo! Hasta te olvidas de nuestro vocabulario, y ya no soy la -_Frasquita de Rímini_. Bueno, bueno. Bien quisiera entusiasmarme con -tu _rustiquidad_ (ya sabes que yo invento palabras), _que del oro -y del cetro pone olvido_. Hago lo que me mandas, y te obedezco... -hasta donde pueda. _Bello país debe ser..._ ¡Yo de villana criando -gallinitas, poniéndome cada día más gorda, hecha un animal, y con un -dije que llaman _maridillo_ colgado de la punta de la nariz! ¡Qué -guapota estaré, y tú qué salado, con tus tomates tempranos y tus -naranjas tardías, saliendo a coger langostinos, y pintando burros con -zaragüelles, o personas racionales con albarda..., digo, al revés. Oigo -desde aquí las palomitas, y entiendo sus arrullos. Pregúntales por qué -tengo yo esta ambición loca que no me deja vivir; por qué aspiro a -lo imposible, y aspiraré siempre, hasta que el imposible mismo se me -plante enfrente y me diga: «¿Pero no me ve usted, so...?» Pregúntales -por qué sueño despierta con mi propio ser transportado a otro mundo, -en el cual me veo libre y honrada, queriéndote más que a las señoritas -de mis ojos, y... Basta, basta, _per pietá_. Estoy borracha hoy. Me he -bebido tus cartas de los días anteriores, y las encuentro horriblemente -cargadas de _amílico_. ¡Mixtificador! - -»Noticia fresca. D. Lope, el gran D. Lope, _ante quien muda se postró -la tierra_, anda malucho. El reuma se está encargando de vengar al sin -número de maridillos que burló, y a las vírgenes honestas o esposas -frágiles que inmoló en el ara nefanda de su liviandad. ¡Vaya una -figurilla...! Pues esto no quita que yo le tenga lástima al pobre -D. Juan caído, porque fuera de su poquísima vergüenza en el ramo de -mujeres, es bueno y caballeroso. Ahora que renquea y no sirve para -nada, ha dado en la flor de entenderme, de estimar en algo este afán -mío de aprender una profesión. ¡Pobre D. _Lepe_! Antes se reía de mí; -ahora me aplaude, y se arranca los pelos que le quedan, rabioso por no -haber comprendido antes lo razonable de mi anhelo. - -»Pues verás: haciendo un gran sacrificio, me ha puesto profesor de -inglés, digo, profesora, aunque más bien la creerías del género -masculino o del neutro, una señora alta, huesuda, andariega, con -feísima cara de rosas y leche, y un sombrero que parece una jaula de -pájaros. Llámase doña Malvina, y estuvo en la capilla evangélica, -ejerciendo de _sacerdota protestanta_, hasta que le cortaron los -víveres, y se dedicó a dar lecciones... Pues espérate ahora y sabrás -lo más gordo: dice mi maestra que tengo unas disposiciones terribles, -y se pasma de ver que apenas me ha enseñado las cosas, ya yo me las -sé. Asegura que en seis meses sabré tanto inglés como _Chaskaperas_, -o el propio _Lord Mascaole_. Y al paso que me enseña inglés, me hace -recordar el franchute, y luego le meteremos el diente al alemán. _Give -me a kiss_, pedazo de bruto. Parece mentira que seas tan _iznorante_, -que no entiendas esto. - -»Bonito es el inglés, casi tan bonito como tú, que eres una fresca -rosa de mayo..., si las rosas de mayo fueran negras como mis zapatos. -Pues digo que estoy metida en unos afanes espantosos. Estudio a todas -horas, y devoro los temas. Perdona mi inmodestia; pero no puedo -contenerme: soy un prodigio. Me admiro de encontrarme que sé las cosas, -cuando intento saberlas. Y a propósito, _señó Juan_ naranjero y con -zaragüelles, sácame de esta duda: «_¿Has comprado la pluma de acero del -hijo de la jardinera de tu vecino?_» Tonto, no; lo que has comprado es -_la palmatoria de marfil de la suegra del..._ sultán de Marruecos. - -»Te muerdo una oreja. Expresiones a las palomitas. _To be or nor to -be..._ _All the world a stage._» - -De _señó Juan_ a _señá Restituta_: - -«Cielín mío, miquina, no te hagas tan sabia. Me asustas. De mí sé -decirte que en esta _rustiquidad_ (admitida la nueva palabra) casi me -dan ganas de olvidar lo poquito que sé. ¡Viva la Naturaleza! ¡Abajo la -ciencia! ¡Quisiera acompañarte en tu aborrecimiento de la vida oscura; -_ma non posso_. Mis naranjos están cargados de azahares, para que lo -sepas, ¡rabia, rabiña!, y de frutas de oro. Da gozo verlos. Tengo unas -gallinas que cada vez que ponen huevo, preguntan al cielo, cacareando, -qué razón hay para que no vengas tú a comértelos. Son tan grandes que -parecen tener dentro un elefantito. Las palomas dicen que no quieren -nada con ingleses, ni aun con los que son émulos del gran _Sáspirr_. -Por lo demás, comprenden y practican la libertad honrada, o la honradez -libre. Se me olvidó decirte que tengo tres cabras con cada ubre como el -bombo grande de la lotería. No me compares esta leche con la que venden -en la cabrería de tu casa, con aquellos _lácteos virgíneos candores_ -que tanto asco nos daban. Las cabritas te esperan, inglesilla de tres -al cuarto, para ofrecerte sus _senos turgentes_. Dime otra cosa..., -¿has comido turrón estas Navidades? Yo tengo aquí almendra y avellana -bastantes para empacharte a ti y a toda tu casta. Ven, y te enseñaré -cómo se hace lo de Jijona, lo de Alicante, y el sabrosísimo de yema, -menos dulce que tu alma gitana. ¿Te gusta a ti el cabrito asado? Dígolo -porque si probaras lo de mi tierra, te chuparías el dedo; no, el -_deíto_ ese de San Juan te lo chuparía yo. Ya ves que me acuerdo del -vocabulario. Hoy está revuelto el _botiquín_, porque el Poniente le -hace muchas cosquillas, poniéndole nervioso... - -»Si no te enfadas, ni me llamas prosaico, te diré que como por siete. -Me gustan extraordinariamente las sopas de ajo tostaditas, el bacalao y -el arroz _en sus múltiples aspectos_, los pavipollos y los salmonetes -con piñones. Bebo sin tasa del riquísimo _licor de Engadi_, digo, -de Aspe, y me estoy poniendo gordo, y guapo inclusive, para que te -enamores de mí cuando me veas, y te _extasíes_ delante de mis encantos -o _appas_, como dicen los franceses, y nosotros. ¡Ay, qué _appases_ los -míos! ¿Pues y tú? Haz el favor de no encanijarte con tanto estudio. -Temo que la _señá_ Malvina te contagie de su fealdad seca y hombruna. -No te me vuelvas muy filósofa, no te encarames a las estrellas, porque -a mí me están pesando mucho las carnazas, y no puedo subir a cogerte, -como cogería un limón de mis limoneros... ¿Pero no te da envidia de mi -manera de vivir? ¿A qué esperas? Si no la _jazemos_ ahora, ¿cuándo, -_per Baco_? Vente, vente. Ya estoy arreglando tu habitación, que será -_manífica_, digno estuche de tal joya. Dime que sí, y parto, parto... -(no el de los montes) quiero decir que corro a traerte. _¡Oh, donna di -virtú!_ Aunque te vuelvas más marisabidilla que Minerva, y me hables -en griego para mayor claridad; aunque te sepas de memoria las Falsas -Decretales y la Tabla de logaritmos, te adoraré con toda la fuerza de -mi supina barbarie.» - -De la señorita de Reluz: - -«¡Qué pena, qué ansiedad, qué miedo! No pienso más que cosas malas. No -hago más que bendecir este fuerte constipado que me sirve de pretexto -para poder limpiarme los ojos a cada instante. El llanto me consuela. -Si me preguntas por qué lloro, no sabré responderte. ¡Ah! sí, sí, ya -sé: lloro porque no te veo, porque no sé cuándo te veré. Esta ausencia -me mata. Tengo celos del mar azul, los barquitos, las naranjas, las -palomas, y pienso que todas esas cosas tan bonitas serán Galeotos de -la infidelidad de mi _señó Juan_... Donde hay tanto bueno, ¿no ha de -haber también buenas mozas? Porque con todo mi _marisabidillismo_ (ve -apuntando las palabras que invento), yo me mato si tú me abandonas. -Eres responsable de la tragedia que puede ocurrir, y... - -»Acabo de recibir tu carta. ¡Cuánto me consuela! Me he reído de veras. -Ya se me pararon los _esplines_; ya no lloro; ya soy feliz, tan feliz -que no _sabo_ expresarlo. Pero no me engatusas, no, con tus limoneros -y tus acequias de _undosa corriente_. Yo libre y honrada, te acepto -así, aldeanote y criador de pollos. Tú como eres, yo como _ero_. Eso de -que dos que se aman han de volverse iguales, y han de pensar lo mismo, -no me cabe a mí en la cabeza. ¡El uno para el otro! ¡Dos en uno! ¡Qué -bobadas inventa el egoísmo! ¿A qué esa confusión de los caracteres? -Sea cada cual como Dios le ha hecho, y siendo distintos, se amarán -más. Déjame suelta, no me amarres, no borres mi... ¿lo digo? Estas -palabras tan sabias se me atragantan; pero en fin, la soltaré... mi -_doisingracia_. - -»A propósito. Mi maestra dice que pronto sabré más que ella. La -pronunciación es el caballo de batalla; pero ya me soltaré, no te -apures, que esta lengüecita mía hace todo lo que quiero. Y ahora, -allá van los golpes de incensario que me echo a mí misma. ¡Qué -modesta es la nena! Pues señor, sabrás que domino la Gramática, que -me bebo el Diccionario, que mi memoria es prodigiosa, lo mismo que -mi entendimiento (no, si no lo digo yo; lo dice _la señá_ Malvina.) -Esta no se anda en bromas, y sostiene que conmigo hay que empezar por -el fin. De manos a boca nos hemos _ponido_ a leer a _Don Guillermo_, -al inmenso poeta, _el que más ha creado después de Dios_, como dijo -Séneca..., no, no, Alejandro Dumas. Doña Malvina se sabe de memoria -el Glosario, y conoce al dedillo el texto de todos los dramas y -comedias. Me dio a escoger, y elegí el _Macbeth_, porque aquella -señora de Macbeth me ha sido siempre muy simpática. Es mi amiga... -En fin, que le metimos el diente a la tragedia. Las brujitas me han -_dicido_ que seré reina... y yo me lo creo. Pero en fin, ello es que -estamos traduciendo. ¡Ay, hijo, aquella exclamación de _la señá_ -Macbeth, cuando grita al cielo con toda su alma _unsex me here_, -me hace estremecer, y despierta no sé qué terribles emociones en -lo más profundo de mi naturaleza! Como no perteneces a las _clases -ilustradas_, no entenderás lo que aquello quiere decir, ni yo te lo -explico, porque sería como echar margaritas a... No, eres mi cielo, mi -infierno, mi polo _maznético_, y hacia ti marca siempre tu brújula, tu -chacha querida, tu... _Lady Restitute_.» - -Jueves 14. - -«¡Ay! no te había dicho nada. El gran D. Lope, _terror de -las familias_, está conmigo como un merengue. El reuma sigue -mortificándole, pero siempre tiene para mí palabras de cariño y -dulzura. Ahora le da por llamarme su hija, por recrear su espíritu -(así lo dice) llamándose mi papá, y por figurarse que lo es. _E se -non piangi, ¿de che pianger suoli?_ Se arrepiente de no haberme -comprendido, de no haber cultivado mi inteligencia. Maldice su -abandono... Pero aún es tiempo; aún podremos ganar el terreno perdido. -Porque yo tenga una profesión que me permita ser honradamente libre, -venderá él la camisa, si necesario fuese. Ha empezado por traerme un -carro de libros, pues en casa jamás los hubo. Son de la biblioteca de -su amigo el marqués de Cícero. Excuso decirte que he caído sobre ellos -como lobo hambriento, y a este quiero, a este no quiero, heme dado -unos atracones que ya, ya... ¡Dios mío, cuánto _sabo_! En ocho días -he tragado más páginas que lentejas dan por mil duros. Si vieras mi -cerebrito por dentro, te asustarías. Allí andan las ideas a bofetada -limpia unas con otras... Me sobran muchas, y no sé con _cuálas_ -quedarme... Y lo mismo le hinco el diente a un tomo de historia que a -un tratado de filosofía. ¿A que no sabes tú lo que son las mónadas del -señor de Leibnitz? Tonto, ¿crees que digo _monadas_? Para monadas las -tuyas, dirás, y con razón. Pues si tropiezo con un libro de medicina, -no creas que le hago _fu_. Yo con todo apenco. Quiero saber, saber, -saber. Por cierto que... No, no te lo digo. Otro día será. Es muy -tarde: he velado por escribirte; la _pálida antorcha_ se extingue, bien -mío. Oigo el canto del gallo, _nuncio_ del nuevo día, y ya el plácido -beleño por mis venas se derrama... Vamos, palurdo, confiesa que te ha -hecho gracia lo del beleño... En fin, que estoy rendida, y me voy al -almo lecho... sí, señor, no me vuelvo atrás: almo, almo.» - - - - -XIX - - -De la misma al mismo: - -«Monigote, ¿en qué consiste que cuanto más sé, y sé ya mucho, más te -idolatro?... Ahora que estoy malita y triste, pienso más en ti... -Curiosón, todo lo quieres saber. Lo que tengo no es nada, nada; pero me -molesta. No hablemos de eso... Hay en mi cabeza un barullo tal, que no -sé si esto es cabeza o el manicomio donde están encerrados los grillos -que han perdido la razón grillesca... ¡Un aturdimiento, un pensar y -pensar siempre cosas mil, millones más bien, de cosas bonitas y feas, -grandes y chicas! Lo más raro de cuanto me pasa es que se me ha borrado -tu imagen: no veo claro tu lindo rostro; lo veo así como envuelto en -una niebla, y no puedo precisar las facciones, ni hacerme cargo de -la expresión, de la mirada. ¡Qué rabia!... A veces me parece que la -neblina se despeja... abro mucho los ojitos de la imaginación, y me -digo: «Ahora, ahora le voy a ver.» Pero resulta que veo menos, que te -oscureces más, que te borras completamente, y abur mi _señó Juan_. Te -me vuelves espíritu puro, un ser intangible, un... no sé cómo decirlo. -Cuando considero la pobreza de palabras, me dan ganas de inventar -muchas, a fin de que todo pueda decirse. ¿Serás tú _mi-mito_? - -»Pienso que todo eso que me dices de que estás hecho un ganso es por -burlarte de mí. No, niño, eres un gran artista, y tienes en la mollera -la divina luz; tú darás que hacer a la fama, y asombrarás al mundo -con tu genio maravilloso. Quiero que se diga que Velázquez y Rafael -eran unos pintapuertas comparados contigo. Lo tienen que decir. Tú me -engañas: echándotelas de patán y de huevero y de _naranjista_, trabajas -en silencio, y me preparas la gran sorpresa. ¡No son malos huevos los -que tú empollas! Estás preparando con estudios parciales el gran cuadro -que era tu ilusión y la mía, el _Embarque de los moriscos expulsados_, -para el cual apuntaste ya algunas figuras. Hazlo, por Dios, trabaja en -eso. ¡Asunto histórico, profundamente humano y patético! No vaciles, -y déjate de gallinas y vulgaridades estúpidas. ¡El arte! ¡La gloria, -_señó Juanico_! Es la única rival de quien no tengo celos. Súbete a los -cuernos de la luna, pues bien puedes hacerlo. Si hay otros que regarán -las hortalizas mejor que tú, ¿por qué no intentas lo que nadie como -tú hará? ¿No debe cada cual estar en lo suyo? Pues lo tuyo es eso, el -divino arte, en que tan poco te falta para ser maestro. He dicho.» - -Lunes. - -«¿Te lo digo? No, no te lo digo. Te vas a asustar, creyendo que es -más de lo que es. No, permíteme que no te diga nada. Ya estoy viendo -los morros que me pones por este sistema mío de apuntar y no hacer -fuego, diciendo las cosas con misterio y callándolas sin dejar de -decirlas. Pues entérate, aguza el oído y escucha. ¡Ay, ay, ay! ¿No -oyes cómo se queja tu _Beatricita_? ¿Crees que se queja de amor, que -se arrulla como tus palomas? No, quéjase de dolor físico. ¿Pensarás -que estoy tísica pasada, como la _Dama de las camelias_? No, hijo mío. -Es que D. Lope me ha pegado su reuma. Hombre, no te asustes; D. Lope -no puede pegarme nada, porque... ya sabes... No hay caso. Pero se dan -contagios intencionales. Quiero decir que mi tirano se ha vengado de -mis desdenes, comunicándome por arte gitanesco o de mal de ojo la -endiablada enfermedad que padece. Hace dos días, al levantarme de la -cama, sentí un dolor tan agudo, pero tan agudo, hijo... No quiero -decirte dónde: ya sabes que una señorita, inglesa por añadidura, _miss -Restitute_, no puede nombrar decorosamente, delante de un hombre, otras -partes del cuerpo que la cara y las manos. Pero, en fin, grandísimo -poca vergüenza, yo tengo confianza contigo, y quiero decírtelo claro: -me duele una pierna. ¡Ay, ay, ay! ¿Sabes dónde? Junto a la rodilla, do -existe aquel lunar... ¡Vamos, que si esto no es confianza...! ¿No te -parece cruel lo que hace Dios conmigo? ¡Que a ese perdulario le cargue -de achaques en su vejez, como castigo de una juventud de crímenes -contra la moral, muy santo y muy bueno; pero que a mí, jovenzuela que -empiezo a pecar, que apenas..., y esto con circunstancias atenuantes, -que a mí me aflija, a las primeras de cambio, con tan fiero castigo...! -Ello será todo lo justo que se quiera, pero no lo entiendo. Verdad -que somos unos papanatas. ¡No faltaba más sino que entendiéramos los -designios, etc...! En fin, que los decretos del Altísimo me traen muy -apenada. ¿Qué será esto? ¿No se me quitará pronto? Me desespero a -ratos, y creo que no es Dios, que no es el Altísimo, sino el _Bajísimo_ -quien me ha traído este alifafe. El Demonio es mala persona y quiere -vengarse de mí por lo que le hice rabiar. Poco antes de conocerte, -mi desesperación anduvo en tratos con él; pero te conocí, y le mandé -a freír espárragos. Me salvaste de caer en sus uñas. El maldito -juró vengarse, y ya lo ves. ¡Ay, ay, ay! Tu _Restituta_, tu _Curra -de Rímini_ está cojita. No creas que es broma: no puedo andar... Me -causa terror la idea de que, si estuvieras aquí, no podría yo ir a tu -estudio. Aunque sí, iría, vaya si iría, arrastrándome. ¿Y tú me querrás -cojitranca? ¿No te burlarás de mí? ¿No perderás la ilusión? Dime que -no; dime que esta cojerilla es cosa pasajera. Vente para acá; quiero -verte, me mortifica horriblemente esto de haber perdido la memoria de -tu carátula. Me paso largos ratos de la noche figurándome cómo eres, -sin poder conseguirlo. ¿Y qué hace la niña? Reconstruirte a su manera, -crearte con violencias de la imaginación. Ven pronto, y por el camino -pídele a Dios, como yo se lo pido, que cuando llegues no cojee ya tu -_fenómena_.» - -Martes. - -«¡Albricias, _señó Juan_, hombre rústico y pedestre, destripaterrones, -moro de los dátiles, albricias! Ya no me duele. Hoy no cojeo. ¡Qué -alivio, qué alegrón! D. Lope celebra mi mejoría; pero se me figura a -mí que en su fuero interno (un foro de muchas esquinas) siente que -la esclava no claudique, porque la cojera es como un grillete que la -sujeta más a su malditísima persona... Tu carta me ha hecho reír mucho. -Eso de no ver en mi enfermedad más que una luxación por los brincos -que doy para escalar _de la inmortalidad el alto asiento_, tiene mucha -sal. Lo que me aflige es que persistas en ser tan rebrutísimo y en -apegarte a esas cominerías ramplonas. ¡Que la vida es corta y hay que -gozar de ella! ¡Que el arte y la gloria no valen dos ochavos! No decías -eso cuando nos conocimos, grandísimo tuno. ¡Que en vez de brincar, -debo sentarme con muchísima pachorra en las losas calentitas de la -vida doméstica! ¡Hijo, si no puedo; si cada vez soy menos doméstica! -Mientras más lecciones le da Saturna, más torpe es la niña. Si esto es -una falta grave, ten lástima de mí. - -»¡Qué feliz soy! Primero: me dices tú que vendrás pronto. Segundo: ya -no cojeo. Tercero..., no, lo tercero no te lo digo. Vamos, para que no -te devanes los sesos, allá va. Anoche estuve muy desvelada, y una idea -mariposeaba en torno de mí, hasta que se me metió en la mollera, y -allí se quedó; y hecho su nido, ya me tienes con mi plaga de ideítas -que me están atormentando, y que te comunicaré incontinenti. Sabrás que -ya he resuelto el temido problema. La esfinge de mi destino desplegó -los marmóreos labios, y me dijo que para ser libre y honrada, para -gozar de independencia y vivir de mí misma, debo ser actriz. Y yo he -dicho que sí; lo apruebo, me siento actriz. Hasta ahora dudé de poseer -las facultades del arte escénico; pero ya estoy segura de poseerlas. Me -lo dicen ellas mismas gritando dentro de mí. ¡Representar los afectos, -las pasiones, fingir la vida! ¡Jesús, qué cosa más fácil! ¡Si yo sé -sentir, no solo lo que siento, sino lo que sentiría en los varios casos -de la vida que puedan ocurrir! Con esto, y buena voz, y una figura -que... vamos, no es maleja, tengo todo lo que me basta. - -»Ya, ya veo lo que me dices: que me faltará presencia de ánimo para -soportar la mirada de un público, que me cortaré... Quítate, hombre, -¡qué he de turbarme yo! No tengo vergüenza, dicho sea en el mejor -sentido. Te juro que en este instante me encuentro con alientos para -representar los más difíciles dramas de pasión, las más delicadas -comedias de gracia y coquetería. ¿Qué? ¿Te burlas? ¿No me crees? Pues a -probarlo. Que me saquen a la escena, y verás quién es tu _Restituta_. -Nada, hombre, que ya te convencerás, ya te irás convenciendo. ¿A ti -qué te parece? Ya me figuro que no te gustará, que tendrás celos del -teatro. Eso de que un galán me abrace, eso de que a un actorcillo -cualquiera tenga yo que hacerle mimos y decirle mil ternezas, te -desagrada, ¿verdad? Ni tiene maldita gracia que veinte mil majaderos -se prenden de mí, y me lleven ramos, y se crean autorizados para -declararme la mar de pasiones volcánicas. No, no seas tonto. Yo te -quiero más que a mi vida. Pero hazme el favor de concederme que el arte -escénico es un arte noble, de los pocos que puede cultivar honradamente -una mujer. Concédemelo, bruto, y también que esa profesión me dará -independencia, y que en ella sabré y podré quererte más, siempre más, -sobre todo si te decides a ser grande hombre. Hazme el favor de serlo, -niño, y no te vea yo convertido en un terrateniente vulgar y oscuro. No -me hables a mí de dulces tinieblas. Quiero luz, más luz, siempre más -luz.» - -Sábado. - -«¡Ay, ay, ay! Mi gozo en un pozo. Estarás en ascuas, sin carta mía -desde el martes. ¿Pero no sabes lo que me pasa? Me muero de pena... -¡Coja otra vez, con dolores horribles! He pasado tres días crueles. -La mejoría traidora del martes me engañó. El miércoles, después de -una noche infernal, amanecí en un grito. D. Lope trajo al médico, un -tal Miquis, joven y agradable. ¡Qué vergüenza! No tuve más remedio -que enseñarle mi pierna. Vio el lunarcito, ¡ay, ay, ay!, y me dijo -no sé qué bromas para hacerme reír. Creo que su pronóstico no es muy -tranquilizador, aunque don _Lepe_ asegura lo contrario, sin duda para -animarme. Dios mío, ¿cómo voy a ser actriz con esta cojera maldita? -No puede ser, no puede ser. Estoy loca: no pienso más que horrores. Y -todo ello ¿qué es? Nada; alrededor del lunarcito, una dureza..., y si -me toco, veo las estrellas, lo mismo que si ando. Ese Miquis, que parta -un rayo, me ha mandado no sé qué ungüentos, y una venda sin fin, que -Saturna me arrolla con muchísimo cuidado... ¡Estoy bien, vive Dios! -Tienes a tu _Beatrice_ hecha una cataplasma. Debo de estar feísima, -¡y qué facha!... Te escribo en el sillón, del cual no puedo moverme. -Saturna mantiene el tintero... ¿Y cómo te veo ahora si vienes? No, no -vengas hasta que esto se me quite. Yo le pido a Dios y a la Virgen que -me curen pronto. No he sido tan mala que este castigo merezca. ¿Qué -crimen he cometido? ¿Quererte? ¡Vaya un crimen! Como tengo esta maldita -costumbre de buscar siempre el _perché delle cose_, cavilo que Dios se -ha equivocado con respecto a mí. ¡Jesús, qué blasfemia! No, ¡cuando Él -lo hace...! Sufriremos; venga paciencia, aunque francamente, esto de -no poder ser actriz me vuelve loca y me hace tirar a un lado toda la -paciencia que había podido reunir... ¿Pero y si me curo?... Porque esto -se curará, y no cojearé, o cojearé tan poquito que lo pueda disimular. - -»Vamos, que si ahora no tienes lástima de mí, no sé para cuándo -la guardas. Y si ahora no me quieres más, más, más, mereces que -el _Bajísimo_ te coja por su cuenta y te saque los ojos. ¡Soy tan -desgraciada!... No sé si por la congoja que siento o efecto de la -enfermedad, ello es que todas las ideas se me han escapado, como si -se echaran a volar. Volverán, ¿no crees tú que volverán? Y me pongo a -pensar y digo: pero, Señor, todo lo que leí, todo lo que aprendí en -tantos librotes, ¿dónde está? Debe de andar revoloteando en torno de -mi cabeza, como revolotean los pajaritos alrededor del árbol antes de -acostarse, y ya entrarán, ya entrará todo otra vez. Es que estoy muy -triste, muy desalentada, y la idea de andar con muletas me abruma. No, -yo no quiero ser coja. Antes... - -»Malvina, por distraerme, me propone que la emprendamos con el alemán. -La he mandado a paseo. No quiero alemán, no quiero lenguas, no quiero -más que salud, aunque sea más tonta que un cerrojo. ¿Me querrás tú -cojita? ¡No, si me curaré...! ¡Pues no faltaba más! Si no, sería una -injusticia muy grande, una barbaridad de la Providencia, del Altísimo, -del... no sé qué decir. Me vuelvo loca. Necesito llorar, pasarme todo -el día llorando...; pero estoy rabiosa, y con rabia no puedo llorar. -Tengo odio a todo el género humano, menos a ti. Quisiera que ahorcaran -a doña Malvina, que fusilaran a Saturna, que a D. Lope le azotaran -públicamente, paseándole en un burro, y después le quemaran vivo. Estoy -atroz, no sé lo que pienso, no sé lo que digo...» - - - - -XX - - -Al caer de la tarde, en uno de los últimos días de enero, entró en -su casa D. Lope Garrido, melancólico y taciturno; como hombre sobre -cuyo ánimo pesan gravísimas tristezas y cuidados. En pocos meses, la -vejez había ganado en su persona el terreno que supieron defender la -presunción y el animoso espíritu de sus años maduros; inclinábase -hacia la tierra; su noble semblante tomaba un color terroso y sombrío; -las canas iban prosperando en su cabeza, y para completar la estampa -del decaimiento, hasta en el vestir se marcaba cierta negligencia, -más lastimosa que el _bajón_ de la persona. Y las costumbres no se -quedaban atrás en este cambiazo, porque don Lope apenas salía de noche, -y el día se lo pasaba casi enteramente en casa. Bien se comprendía -el motivo de tanto estrago, porque, habrá que repetirlo, fuera de su -absoluta ceguera moral en cosas de amor, el libertino inservible era -hombre de buenos sentimientos, y no podía ver padecer a las personas -de su intimidad. Cierto que él había deshonrado a Tristana, matándola -para la sociedad y el matrimonio, hollando su fresca juventud; pero lo -cortés no quitaba lo valiente; la quería con entrañable afecto, y se -acongojaba de verla enferma y con pocas esperanzas de pronto remedio. -Era cosa larga, ¡ay!, según dijo Miquis en la primera visita, sin -asegurar que quedase bien, es decir, libre de cojera. - -Entró, pues, D. Lope, y soltando la capa en el recibimiento, se fue -derechito al cuarto de su esclava. ¡Cuán desmejorada la pobrecilla con -la inacción, con la pena moral y física de su dolorosa enfermedad! -Encajada y quieta en un sillón de resortes que su viejo le compró, y -que se extendía para dormir, cuando la necesidad de sueño la agobiaba; -envuelta en un mantón de cuadros, las manos en cruz y la cabeza al -aire, Tristana no era ya ni sombra de sí misma. Su palidez a nada puede -compararse; la pasta de papel de que su lindo rostro parecía formado -era ya de una diafanidad y de una blancura increíbles; sus labios se -habían vuelto morados; la tristeza y el continuo llorar rodeaban sus -ojos de un cerco de transparencias opalinas. - ---¿Qué tal, mona? --le dijo D. Lope acariciándole la barbilla, y -sentándose a su lado--. Mejor, ¿verdad? Me ha dicho Miquis que ahora -vas bien, y que el mucho dolor es señal de mejoría. Claro, ya no tienes -aquel dolor sordo, profundo, ¿verdad? Ahora te duele, te duele de -firme; pero como una desolladura..., eso es. Precisamente es lo que se -quiere: que te duela. La hinchazón va cediendo. Ahora... niña (_sacando -una cajita de farmacia_), vas a tomar esto. No sabe mal: dos pildoritas -cada tres horas. En cuanto al medicamento externo, dice D. Augusto que -sigamos con lo mismo. Conque anímate, que dentro de un mes ya podrás -brincar y hasta bailar unas malagueñas. - ---¡Dentro de un mes! ¡Ay!, yo apuesto a que no. Dices eso por -consolarme. Lo agradezco; pero ¡ay!... Ya no brincaré más. - -El tono de hondísima tristeza con que lo dijo enterneció a D. Lope, -hombre valiente y de mucho corazón para otras cosas; pero que no servía -para nada delante de un enfermo. El dolor físico en persona de su -intimidad le ponía corazón de niño. - ---Ea, no hay que acobardarse. Yo tengo confianza; tenla tú también. -¿Quieres más libros para distraerte? ¿Quieres dibujar? Pide por esa -boca. ¿Tráigote comedias para que vayas estudiando tus papeles? -(_Tristana hacía signos negativos de cabeza._) Bueno, pues te traeré -novelas bonitas, o libros de historia. Ya que has empezado a llenar tu -cabeza de sabiduría, no te quedes a la mitad. A mí me da el corazón que -has de ser una mujer extraordinaria. ¡Y yo tan bruto que no comprendí -desde el principio tus grandes facultades! No me lo perdonaré nunca. - ---Todo perdonado --murmuró Tristana con señales de profundo -aburrimiento. - ---Y ahora, ¿comemos? ¿Tienes ganita? ¿Que no? Pues hija, hay que hacer -un esfuerzo. Ya que no otra cosa, el caldo y la copita de Jerez. ¿Te -chuparías una patita de gallina? ¿Que no? Pues no insisto... Ahora, si -la egregia Saturna quiere darme algún alimento, se lo agradeceré. No -tengo muchas ganas; pero me siento desfallecido, y algo hay que echar -al cuerpo miserable. - -Fuese al comedor, y sin enterarse del contenido de los platos, pues sus -pensamientos le abstraían completamente de todo lo externo, despachó -sopa, un poco de carne y algo más. Con el último bocado entre los -dientes volvió al lado de Tristana. - ---¿Qué tal?..., ¿has tomado el caldito? Bien, me gusta que no hagas -ascos a la comida. Ahora te daré tertulia hasta que te entre sueño. No -salgo, por acompañarte... No, no te lo digo para que me lo agradezcas. -Ya sé que en otros tiempos debí hacerlo y no lo hice. Es tarde, es -tarde ya, y estos mimos resultan algo trasnochados. Pero no hablemos -de eso; no me abochornes... Si te incomodo, me lo dices; si gustas de -estar sola, me voy a mi cuarto. - ---No, no. Estate aquí. Cuando me quedo sola pienso cosas malas. - ---¿Cosas malas, vida mía? No desbarres. Tú no te has hecho cargo de lo -mucho bueno y grande que te reserva tu destino. Un poquillo tarde he -comprendido tu mérito; pero lo comprendo al fin. Reconozco que no soy -digno ni del honor de darte mis consejos; pero te los doy, y tú los -tomas o los dejas, según te acomode. - -No era la primera vez que D. Lope le hablaba en este tono; y la -señorita de Reluz, dicha sea la verdad, le oía gozosa, porque el -marrullero galán sabía herirla en lo más sensible de su ser, adulando -sus gustos y estimulando su soñadora fantasía. Hay que advertir, -además, que algunos días antes de la escena que se refiere, el tirano -dio a su víctima pruebas de increíble tolerancia. Escribía ella sus -cartas sin moverse del sillón, sobre una tabla que para el caso le -había preparado convenientemente Saturna. Una mañana, hallándose la -joven en lo más recio de su ocupación epistolar, entró inesperadamente -don Lope, y como la viese esconder con precipitación papel y tintero, -díjole con bondad risueña: - ---No, no, mocosa, no te prives de escribir tus cartitas. Me voy para no -estorbarte. - -Pasmada oyó Tristana las gallardas expresiones que desmentían en un -punto el carácter receloso y egoísta del viejo galán, y continuó -escribiendo tan tranquila. En tanto, D. _Lepe_, metido en su cuarto, -y a solas con su conciencia, se despachó a su gusto consigo mismo en -esta forma: «No, no puedo hacerla más desgraciada de lo que es... -¡Me da mucha pena, pero mucha pena..., pobrecilla...! Que en esta -última temporada, hallándose sola, aburrida, encontrara por ahí -a un mequetrefe y que este me la trastornara con cuatro palabras -amorosas... Vamos..., pase... No quiero hacer a ese danzante el honor -de preocuparme de él... Bueno, bueno; que se aman, que se han hecho -mil promesas estúpidas... Los jóvenes de hoy no saben enamorar; pero -fácilmente le llenan la cabeza de viento a muchacha tan soñadora y -exaltada como esta. De fijo que le ha ofrecido casarse, y ella se lo -cree... Bien claro está que van y vienen cartitas... ¡Dios mío, las -tonterías que se dirán...! Como si las leyera. Y matrimonio por arriba, -matrimonio por abajo, el estribillo de siempre. Tanta imbecilidad me -movería a risa, si no se tratara de esta niña hechicera, mi último -trofeo, y como el último, el más caro a mi corazón. ¡Vive Dios, que si -estúpidamente me la dejé quitar, ha de volver a mí; no para nada malo, -bien lo sabe Dios, pues ya estoy mandado recoger, sino para tener el -gusto de arrancársela al chisgarabís, quien quiera que sea, que me la -birló, y probar que cuando el gran D. Lope se atufa, nadie puede con -él! La querré como hija, la defenderé contra todos, contra las formas y -especies varias de amor, ya sea con matrimonio, ya sin él... Y ahora, -¡por vida de...!, ahora me da la gana de ser su padre, y de guardarla -para mí solo, para mí solo, pues aún pienso vivir muchos años, y si no -me cuadra retenerla como mujer, la retendré como hija querida; pero que -nadie la toque, ¡vive Dios!, nadie la mire siquiera.» - -El profundo egoísmo que estas ideas entrañaban fue expresado por el -viejo galán con un resoplido de león, accidente muy suyo en los casos -críticos de su vida. Fuese luego junto a Tristana, y con mansedumbre -que parecía surgir de su ánimo sin ningún esfuerzo, le acarició las -mejillas diciéndole: - ---Pobre alma mía, cálmate. Ha llegado la hora de la suprema -indulgencia. Necesitas un padre amoroso y lo tendrás en mí... Sé -que has claudicado moralmente, antes de cojear con tu piernecita... -No, no te apures, no te riño... Mía es la culpa; sí, a mí, solo a -mí, debo echarme los tiempos por ese devaneo tuyo, resultado de mi -abandono, del olvido... Eres joven, bonita. ¿Qué extraño es que cuantos -monigotes te ven en la calle te galanteen? ¿Qué extraño que entre -tantos haya saltado uno, menos malo que los demás, y que te haya caído -en gracia..., y que creas en sus promesas tontas, y te lances con él -a proyectillos de felicidad, que pronto se te vuelven humo...? Ea, -no hablemos más de eso. Te lo perdono... Absolución total. Ya ves... -quiero ser tu padre, y empiezo por... - -Trémula, recelosa de que tales expresiones fueran astuto ardid -para reducirla a confesar su secreto, y sintiendo más que nunca el -misterioso despotismo que D. Lope ejercía sobre ella, la cautiva negó, -balbuciendo excusas; pero el tirano, con increíble condescendencia, -redobló sus ternuras y mimos paternales en estos términos: - ---Es inútil que niegues lo que declara tu turbación. No sé nada, -y lo sé todo. Ignoro y adivino. El corazón de la mujer no tiene -secretos para mí. He visto mucho mundo. Ni te pregunto quién es -el caballerito, ni me importa saberlo. Conozco la historia, que -es de las más viejas, de las más adocenadas y vulgares del humano -repertorio. El tal te habrá vuelto tarumba con esa ilusión cursi del -matrimonio, buena para horteras y gente menuda. Te habrá hablado del -altarito, de las bendiciones, y de la vida chabacana y oscura, con -sopa boba, criaturitas, ovillito de algodón, brasero, camilla y demás -imbecilidades. Y si tú te tragas semejante anzuelo, haz cuenta que -te pierdes, que echas a rodar tu porvenir y le das una bofetada a tu -destino... - ---¡Mi destino! --exclamó Tristana, reanimándose; y sus ojos se llenaron -de luz. - ---Tu destino, sí. Has nacido para algo muy grande, que no podemos -precisar aún. El matrimonio te zambulliría en la vulgaridad. Tú no -puedes ni debes ser de nadie, sino de ti misma. Esa idea tuya de la -honradez libre, consagrada a una profesión noble; esa idea que yo -no supe apreciar antes y que al fin me ha conquistado, demuestra la -profunda lógica de tu vocación, de tu ambición diré, si quieres. -Ambicionas porque vales. Si tu voluntad se dilata, es porque tu -entendimiento no cabe en ti.... ¡Si esto no tiene vuelta de hoja, -niña querida! (_Adoptando el tonillo zumbón._) ¡Vaya que a una mujer -de tu temple salirle con la monserga de las tijeras y el dedalito, -de la echadura de huevos, del amor de la lumbre, y del contigo pan y -cebolla! Mucho cuidado, hija mía, mucho cuidado con esas seducciones -para costureras y señoritas de medio pelo.... Porque te pondrás buena -de la pierna, y serás una actriz tan extraordinaria, que no haya otra -en el mundo. Y si no te cuadra ser comedianta, serás otra cosa, lo que -quieras, lo que se te antoje... Yo no lo sé... tú misma lo ignoras aún; -no sabemos más sino que tienes alas. ¿Hacia dónde volarás? ¡Ah!... si -lo supiéramos, penetraríamos los misterios del destino, y eso no puede -ser. - - - - -XXI - - -«¡Ay, Dios mío --decía Tristana para sí, cruzando las manos y mirando -fijamente a su viejo--, cuánto sabe este maldito! Él es un pillastre -redomado, sin conciencia; pero como saber... ¡vaya si sabe...!» - ---¿Estás conforme con lo que te digo, pichona? --le preguntó D. -_Lepe_, besando sus manos, sin disimular la alegría que le causaba el -sentimiento íntimo de su victoria. - ---Te diré... sí... Yo creo que no sirvo para lo doméstico; vamos, -que no puedo entender... Pero no sé, no sé si las cosas que sueño se -realizarán... - ---¡Ay, yo lo veo tan claro como esta es luz! --replicó Garrido, con -el acento de honrada convicción que sabía tomar en sus fórmulas de -perjurio--. Créeme a mí... Un padre no engaña, y yo, arrepentido del -daño que te hice, quiero ser padre para ti, y nada más que padre. - -Siguieron hablando de lo mismo, y D. Lope, con suma habilidad -estratégica, evolucionó para ganarle al enemigo sus posiciones, y allí -fue el ridiculizar la vida boba, la unión eterna con un ser vulgar y -las prosas de la intimidad matrimoñesca. - -Al propio tiempo que estas ideas lisonjeaban a la señorita, servíanle -de lenitivo en su grave dolencia. Se sintió mejor aquella tarde, y al -quedarse sola con Saturna, antes de que esta la acostara, tuvo momentos -de ideal alborozo, con las ambiciones más despiertas que nunca, y -gozándose en la idea de verlas realizadas. - ---Sí, sí, ¿por qué no he de ser actriz? Si no, seré lo que quiera... -Viviré con holgura decorosa, sin ligarme eternamente a nadie, ni al -hombre que amo y amaré siempre. Le querré más cuanto más libre sea. - -Ayudada de Saturna, se acostó, después que esta le hubo curado con -esmero exquisito la rodilla enferma, renovándole los vendajes. -Intranquila pasó la noche; pero se consolaba con los efluvios de -su imaginación ardorosa, y con la idea de pronto restablecimiento. -Aguardaba con ansia el día para escribir a Horacio, y al amanecer, -antes de que se levantara D. Lope, enjaretó una larga y nerviosa -epístola. - -«Amor mío, paletito mío, _mio diletto_, sigo mal; pero estoy contenta. -Mira tú qué cosa tan rara... ¡Ay, quién me entenderá a mí, si yo misma -no me entiendo! Estoy alegre, sí, y llena de esperanzas, que se me -cuelan en el alma cuando menos las llamo. Dios es bueno y me manda -estas alegrías, sin duda porque me las merezco. Se me antoja que me -curaré, aunque no mejore; pero se me antoja, y basta. Me da por pensar -que se cumplirán mis deseos, que seré actriz del género trágico, -que podré adorarte desde el castillo de mi independencia comiquil. -Nos querremos de castillo a castillo, dueños absolutos de nuestras -respectivas voluntades, tú libre, libre yo, y tan señora como la que -más, con dominios propios, y sin vida común, ni sagrado vínculo, ni -sopas de ajo, ni nada de eso. - -»No me hables a mí del altarito, porque te me empequeñeces tanto que -no te veo de tan chiquitín como te vuelves. Esto será un delirio; pero -nací para delirante crónica, y soy... como la carne de oveja: se me -toma o se me deja. No, dejarme no: te retengo, te amarro, pues mis -locuras necesitan de tu amor para convertirse en razón. Sin ti, me -volvería tonta, que es lo peor que me podría pasar. - -»Y yo no quiero ser tonta, ni que lo seas tú. Yo te engrandezco con -mi imaginación cuando quieres achicarte, y te vuelvo bonito cuando -te empeñas en ponerte feo, abandonando tu arte sublime para cultivar -rábanos y calabazas. No te opongas a mi deseo, no desvanezcas mi -ilusión; te quiero grande hombre, y me saldré con la mía. Lo siento, -lo veo... no puede ser de otra manera. Mi voz interior se entretiene -describiéndome las perfecciones de tu ser... No me niegues que eres -como te sueño. Déjame a mí que te fabrique... no, no es esa la palabra; -que te componga... tampoco... que te reconstruya... tampoco... Déjame -que te piense conforme a mi real gana. Soy feliz así; déjame, déjame.» - -Siguieron a esta carta otras, en que la imaginación de la pobre enferma -se lanzaba sin freno a los espacios de lo ideal, recorriéndolos como -corcel desbocado, buscando el imposible fin de lo infinito, sin sentir -fatiga en su loca y gallarda carrera. - -Véase el género: - -«Mi señor, ¿cómo eres? Mientras más te adoro, más olvido tu -fisonomía; pero te invento otra a mi gusto, según mis ideas, según -las perfecciones de que quiero ver adornada tu sublime persona. -¿Quieres que te hable un poquito de mí? ¡Ay, padezco mucho! Creí que -mejoraba; pero no, no quiere Dios. Él sabrá por qué. Tu bello ideal, -tu Tristanita podrá ser, andando el tiempo, una celebridad; pero yo -te aseguro que no será bailarina... ¡Lo que es eso...! Mi piernecita -se opondría. Y también voy creyendo que no será actriz, por la misma -razón. Estoy furiosa... cada día peor, con sufrimientos horribles. -¡Qué médicos estos! No entienden una palabra del arte de curar... -Nunca creí que en el destino de las personas influyera tanto cosa tan -insignificante como es una pierna, una triste pierna, que solo sirve -para andar. El cerebro, el corazón, creí yo que mandarían siempre; -pero ahora, una estúpida rodilla se ha erigido en tirana, y aquellos -nobles órganos la obedecen... Quiero decir, no la obedecen, ni le -hacen maldito caso; pero sufren un absurdo despotismo, que confío será -pasajero. Es como si se sublevara la soldadesca... Al fin, al fin, la -canalla tendrá que someterse. - -»Y tú, mi rey querido, ¿qué dices? Si no fuera porque tu amor me -sostiene, ya habría yo sucumbido ante la sedición de esta pata que se -me quiere subir a la cabeza. Pero no, no me acobardo, y pienso las -cosas atrevidas que he pensado siempre... no, que pienso más, mucho -más, y subo, subo siempre. Mis aspiraciones son ahora más acentuadas -que nunca; mi ambición, si así quieres llamarla, se desata y brinca -como una loca. Créelo, tú y yo hemos de hacer algo grande en el mundo. -¿No aciertas cómo? Pues yo no puedo explicártelo; pero lo sé. Me -lo dice mi corazón, que todo lo sabe, que no me ha engañado nunca, -ni puede engañarme. Tú mismo no te formas una idea clara de lo que -eres y de lo que vales. ¿Será preciso que yo te descubra a ti mismo? -Mírate en mí, que soy tu espejo, y te verás en el supremo Tabor de la -glorificación artística. Estoy segura de que no te ríes de lo que digo, -como segura estoy de que eres tal y como te pienso, la suma perfección -moral y física. En ti no hay defectos, ni puede haberlos, aunque los -ojos del vulgo los vean. Conócete; haz caso de mí; entrégate sin recelo -a quien te conoce mejor que tú mismo... No puedo seguir... Me duele -horriblemente... ¡Que un hueso, un miserable hueso nos...!» - -Jueves. - -«¡Qué día ayer, y qué noche! Pero no me acobardo. El espíritu se me -crece con los sufrimientos. ¿Creerás una cosa? Anoche, cuando el pícaro -dolor me daba algunos ratitos de descanso, me volvía todo el saber -que leyendo adquirí, y que se me había como desvanecido y evaporado. -Entraban las ideas una tras otra, atropellándose, y la memoria, una -vez que las cogía dentro, ¡zas! cerraba la puerta para no dejarlas -salir. No te asombres; no solo sé todo lo que sabía, si no que sé -más, muchísimo más. Con las ideas de casa, han entrado otras nuevas, -desconocidas. Debo yo de tener un _ideón_, palomo ladrón, que al salir -por esos aires, seduce cuantas ideítas encuentra, y me las trae. Sé -más, mucho más que antes. Lo sé todo... no; esto es mucho decir... Hoy -me he sentido muy aliviada, y me dedico a pensar en ti. ¡Qué bueno -eres! Tu inteligencia no conoce igual; para tu genio artístico no hay -dificultades. Te quiero con más alma que nunca, porque respetas mi -libertad, porque no me amarras a la pata de una silla ni a la pata de -una mesa con el cordel del matrimonio. Mi pasión reclama libertad. Sin -ese campo no podría vivir. Necesito comerme libremente la hierba, que -crecerá más arrancada del suelo por mis dientes. No se hizo para mí el -establo. Necesito la pradera sin término.» - -En sus últimas cartas, ya Tristana olvidaba el vocabulario de que -solían ambos hacer alarde ingenioso en sus íntimas expansiones -habladas o escritas. Ya no volvió a usar el _señó Juan_ ni la _Paca -de Rímini_, ni los terminachos y licencias gramaticales que eran la -sal de su picante estilo. Todo ello se borró de su memoria, como se -fue desvaneciendo la persona misma de Horacio, sustituida por un ser -ideal, obra temeraria de su pensamiento, ser en quien se cifraban -todas las bellezas visibles e invisibles. Su corazón se inflamó en -un cariñazo que bien podría llamarse místico, por lo incorpóreo y -puramente soñado del ser que tales afectos movía. El Horacio nuevo e -intangible parecíase un poco al verdadero, pero nada más que un poco. -De aquel bonito fantasma iba haciendo Tristana la verdad elemental -de su existencia, pues solo vivía para él, sin caer en la cuenta de -que tributaba culto a un Dios de su propia cosecha. Y este culto se -expresaba en cartas centellantes, trazadas con trémula mano, entre -las alternadas excitaciones del insomnio y la fiebre, y que solo por -mecánica costumbre eran dirigidas a Villajoyosa, pues en realidad -debían expedirse por la estafeta del ensueño hacia la estación de los -espacios imaginarios. - -Miércoles. - -«Maestro y señor, mis dolores me llevan a ti, como me llevarían mis -alegrías si algunas tuviera. Dolor y gozo son un mismo impulso para -volar... cuando se tienen alas. En medio de las desgracias con que -me aflige, Dios me hace el inmenso bien de concederme tu amor. ¿Qué -importa el dolor físico? Nada. Lo soportaré con resignación, siempre -que... tú no me duelas. ¡Y no me digan que estás lejos! Yo te traigo -a mi lado, te siento junto a mí y te veo y te toco; tengo bastante -poder de imaginación para suprimir la distancia, y contraer el tiempo -conforme se me antoja.» - -Jueves. - -«Aunque no me lo digas, sé que eres como debes ser. Lo siento en mí. -Tu inteligencia sin par, tu genio artístico, lanzan sus chispazos -dentro de mi propio cerebro. Tu sentimiento elevadísimo del bien, en -mi propio corazón parece que ha hecho su nido... ¡Ay, para que veas la -virtud del espíritu! Cuando pienso mucho en ti, se me quita el dolor. -Eres mi medicina, o al menos un anestésico que mi doctor no entiende. -¡Si vieras...! Miquis se pasma de mi serenidad. Sabe que te adoro; -pero no conoce lo que vales, ni que eres el pedacito más selecto de -la divinidad. Si lo supiera, sería parco en recetar calmantes, menos -activos que la idea de ti... He metido en un puño el dolor porque -necesitaba reposo para escribirte. Con mi fuerza de voluntad, que -es enorme, y con el poder del pensamiento, consigo algunas treguas. -Llévese el Demonio la pierna. Que me la corten. Para nada la necesito. -Tan espiritualmente te amaré con una pierna como con dos..., como sin -ninguna.» - -Viernes. - -«No me hace falta ver los primores de tu arte maravilloso. Me los -figuro como si delante de mis ojos los tuviera. La Naturaleza no -tiene secretos para ti. Más que tu maestra es tu amiga. De sopetón -se introduce en tus obras, sin que tú lo solicites, y tus miradas la -clavan en el lienzo antes que los pinceles. Cuando yo me ponga buena, -haré lo mismo. Me rebulle aquí dentro la seguridad de que lo he de -hacer. Trabajaremos juntos, porque ya no podré ser actriz; voy viendo -que es imposible... ¡Pero lo que es pintora...! No hay quien me lo -quite de la cabeza. Tres o cuatro lecciones tuyas me bastarán para -seguir tus huellas, siempre a distancia, se entiende... ¿Me enseñarás? -Sí, porque tu grandeza de alma corre parejas con tu entendimiento, y -eres el sumo bien, la absoluta bondad, como eres... aunque no quieras -confesarlo, la suprema belleza.» - - - - -XXII - - -El efecto que estas deshilvanadas y sutiles razones hacían en Horacio -fácilmente se comprenderá. Viose convertido en ser ideal, y a cada -carta que recibía, entrábanle dudas acerca de su propia personalidad, -llegando al extremo increíble de preguntarse si era él como era, o -como le pintaba con su indómita pluma la visionaria niña de D. _Lepe_. -Pero su inquietud y confusión no le impidieron ver el peligro tras -ellas oculto, y empezó a creer que _Paquita de Rímini_ más padecía de -la cabeza que de las extremidades. Asaltado de ideas pesimistas, y -lleno de zozobra y cavilaciones, resolvió marchar a Madrid, y ya tenía -dispuesto todo para el viaje, a últimos de febrero, cuando un repentino -ataque de hemoptisis de doña Trinidad le encadenó a Villajoyosa en tan -mala ocasión. - -En los mismos días de esta ocurrencia, pasaban en Madrid y en casa de -D. Lope cosas de extraordinaria gravedad, que deben ser puntualmente -referidas. Tristana empeoró tanto, que nada pudo su fuerza de voluntad -contra el dolor intensísimo, acompañado de fiebre, vómitos y malestar -general. Desesperado y aturdido, sin la presencia de ánimo que requería -el caso, D. Lope creía conjurar el peligro clamando al Cielo, ya con -acento de piedad, ya con amenazas y blasfemias. Su irreflexivo temor -le hacía ver la salvación de la enferma en los cambios de tratamiento: -despedido Miquis, hubo que llamarle otra vez, porque su sucesor era -de los que todo lo curan con sanguijuelas, y esta medicación, si al -principio determinó algún alivio, luego aniquiló las cortas fuerzas de -la paciente. - -Alegrose Tristana de la vuelta de Miquis, porque le inspiraba simpatía -y confianza, levantándole el espíritu con el poder terapéutico de su -afabilidad. Los calmantes enérgicos le devolvieron por algunas horas -cada día la virtud preciosa de consolarse con su propia imaginación, -de olvidar el peligro, pensando en bienes imaginarios y en glorias -remotísimas. Aprovechó los momentos de sedación para escribir algunas -cartas breves, compendiosas, que el mismo D. Lope, sin hacer ya -misterio de su indulgencia, se encargaba de echar al correo. - ---Basta de tapujos, niña mía --le dijo con alardes de confianza -paterna--. Para mí no hay secretos. Y si tus cartitas te consuelan, -yo no te riño, ni me opongo a que las escribas. Nadie te comprende -como yo, y el mismo que tiene la dicha de leer tus garabatos no -está a la altura de ellos, ni merece tanto honor. En fin, ya te -irás convenciendo... Entretanto, muñeca de mi vida, escribe todo lo -que quieras, y si algún día no tuvieras ganas de manejar la pluma, -díctame, y seré tu secretario. Ya ves la importancia que doy a ese -juego infantil... ¡Cosas de chiquillos, que comprendo perfectamente, -porque yo también he tenido veinte años, yo también he sido tonto, y -a cuanta niña me caía por delante la llamaba _mi bello ideal_, y le -ofrecía mi blanquísima mano... - -Terminaba estas bromas con una risita no muy sincera, que inútilmente -quería comunicar a Tristana, y al fin él solo reía sus propios chistes, -disimulando la terrible procesión que por dentro le andaba. - -Augusto Miquis iba tres veces al día, y aún no estaba contento D. Lope, -decidido a emplear todos los recursos de la ciencia médica para sanar -a su muñeca infeliz. En aquel caso no se contentaba con dar la camisa, -pues la piel misma le hubiera parecido corto sacrificio para objeto tan -grande. - ---Si mis recursos se acaban por completo --decía--, lo que no es -imposible al paso que vamos, haré lo que siempre me repugnó, y me -repugna, daré sablazos, me rebajaré a pedir auxilio a mis parientes de -Jaén, que es para mí el colmo de la humillación y de la vergüenza. Mi -dignidad no vale un pito ante la tremenda desgracia que me desgarra -el corazón, este corazón que era de bronce y ahora es pura manteca. -¡Quién me lo había de decir! Nada me afectaba, y los sentimientos de -toda la humanidad me importaban un ardite... Pues ahora, la piernecita -de esta pobre mujer me parece a mí que nos va a traer el desequilibrio -del Universo. Creo que hasta el momento presente no he conocido cuánto -la quiero, ¡pobrecilla! Es el amor de mi vida, y no consiento perderla -por nada de este mundo. A Dios mismo, a la muerte se la disputaré. -Reconozco en mí un egoísmo capaz de mover las montañas, un egoísmo que -no vacilo en llamar santo, porque me lleva a la reforma de mi carácter -y de todo mi ser. Por él abomino de mis aventuras, de mis escándalos; -por él me consagraré, si Dios me concede lo que le pido, al bien y -a la dicha de esta sin par mujer, que no es mujer, sino un ángel de -sabiduría y de gracia. ¡Y yo la tuve en mis manos y no supe entenderla! -Confiesa y declara, Lope amigo, que eres un zote, que solo la vida -instruye, y que la ciencia verdadera no crece sino en los eriales de la -vejez... - -En su trastorno insano, tan pronto volvía los ojos a la medicina como -al charlatanismo. Una mañana le llevó Saturna el cuento de que cierta -curandera, establecida en Tetuán, y cuya fama y prestigio llegaban -por acá hasta Cuatro Caminos y por allá hasta los mismos muros de -Fuencarral, curaba los tumores blancos con la aplicación de las -llamadas _hierbas calleras_. Oírlo D. Lope y mandar que viniera la -que tales prodigios hacía, fue todo uno, y poco le importaba que D. -Augusto pusiese mala cara. Descolgose la comadre con un pronóstico -muy risueño, y aseguró que aquello era cosa de días. Revivió en D. -_Lepe_ la esperanza; hízose cuanto la vieja dispuso; enterose Miquis -aquella misma tarde y no se enojó, dando a entender que el emplasto -de la profesora libre de Tetuán no produciría daño ni provecho a -la enferma. Maldijo D. Lope a todas las charlatanas habidas y por -haber, mandándolas que se fueran con cien mil pares de demonios, y se -restablecieron los planes y estilos de la ciencia. - -Pasó Tristana una noche infernal, con violentos accesos de fiebre, -entrecortados de intensísimo frío en la espalda. Garrido, a quien se -podía ahorcar con un cabello, no tuvo más que ver la cara del doctor, -en su visita matutina, para comprender que el mal entraba en un período -de gravedad crítica, pues aunque el bueno de Augusto sabía disfrazar -ante los enfermos su impresión diagnóstica, aquel día pudo más la -pena que el disimulo. La misma Tristana se le adelantó, diciendo con -aparente serenidad: - ---Comprendido, doctor... Esta... no la cuento. No me importa. La muerte -me gusta; se me está haciendo simpática. Tanto padecer va consumiendo -las ganas de vivir... Hasta anoche, figurábaseme que el vivir es algo -bonito... a veces... Pero ya me encariño con la idea de que lo más -gracioso es morirse..., no sentir dolor... ¡Qué delicia, qué gusto!... - -Echose a llorar, y el bravo D. _Lepe_ necesitó evocar todo su coraje -para no hacer pucheros. - -Después de consolar a la enferma con cuatro mentiras muy bien tramadas, -encerrose Miquis con D. Lope en el cuarto de este, dejándose en la -puerta sus bromas y la máscara de amabilidad caritativa, y le habló con -la solemnidad propia del caso. - ---Amigo D. Lope --dijo, poniendo sus dos manos sobre los hombros del -caballero, que parecía más muerto que vivo--, hemos llegado a lo que -yo me temía. Tristanita muy grave. A un hombre como usted, valiente -y de espíritu sereno, capaz de atemperarse a las circunstancias más -angustiosas de la vida, se le debe hablar con claridad. - ---Sí --murmuró el caballero, haciéndose el valiente, y creyendo que el -cielo se le venía encima, por lo cual, con movimiento instintivo, alzó -las manos como para sostenerlo. - ---Pues sí... La fiebre altísima, el frío en la médula, ¿sabe usted lo -que es? Pues el síntoma infalible de la reabsorción... - ---Ya, ya comprendo... - ---La reabsorción... el envenenamiento de la sangre... la... - ---Sí... y... - ---Nada, amigo mío. Ánimo. No hay más remedio que operar... - ---¡Operar! --exclamó Garrido, en el colmo del aturdimiento--. Cortar... -¿no es eso? ¿Y usted cree...? - ---Puede salvarse, aunque no lo aseguro. - ---¿Y cuándo...? - ---Hoy mismo. No hay que perder tiempo... Una hora que perdamos nos -haría llegar tarde. - -Don Lope fue asaltado de una especie de demencia al oír esto, y dando -saltos como fiera herida, tropezando con los muebles, y golpeándose el -cráneo, pronunció estas incongruentes y desatentadas expresiones: - ---¡Pobre niña...! cortarle la... ¡Oh! mutilarla horriblemente... ¡Y qué -pierna, doctor...! una obra maestra de la Naturaleza... Fidias mismo -la querría para modelar sus estatuas inmortales... ¿Pero qué ciencia -es esa, que no sabe curar sino cortando? ¡Ah! no saben ustedes de la -misa la media... D. Augusto, por la salvación de su alma, invente -usted algún otro recurso. ¡Quitarle una pierna! Si eso se arreglara -cortándome a mi las dos... ahora mismo, aquí están... Ea, empiece -usted... y sin cloroformo. - -Los gritos del buen caballero debieron de oírse en el cuarto de -Tristana, porque entró Saturna, asustadísima, a ver qué demonches le -pasaba a su amo. - ---Vete de aquí, bribona... tú tienes la culpa. Digo, no... ¡Cómo está -mi cabeza!... Vete, Saturna, y dile a la niña que no consentiré se -le corte ni tanto así de pierna, ni de nada. Primero me corto yo la -cabeza... No, no se lo digas... Cállate... Que no se entere... Pero -habrá que decírselo... Yo me encargo... Saturna, mucho cuidado con lo -que hablas... Lárgate, déjanos... - -Y volviéndose al médico, le dijo: - ---Dispénseme, querido Augusto, no sé lo que pienso. Estoy loco... Se -hará todo, todo lo que la facultad disponga... ¿Qué dice usted? ¿Que -hoy mismo...? - ---Sí, cuanto más pronto mejor. Vendrá mi amigo el doctor Ruiz Alonso, -cirujano de punta, y... Veremos. Creo que practicada con felicidad la -amputación, la señorita podrá salvarse. - ---¡Podrá salvarse! De modo que ni aun así es seguro... ¡Ay, doctor, -no me vitupere usted por mi cobardía! No sirvo para estas cosas... Me -vuelvo un chiquillo de diez años. ¡Quién lo había de decir! ¡Yo que he -sabido afrontar sin un fruncimiento de cejas los mayores peligros...! - ---Sr. D. Lope --dijo Miquis con triste acento--, en estas ocasiones -de prueba se ven los puntos que calza nuestra capacidad para el -infortunio. Muchos que se tienen por cobardes resultan animosos, y -otros que se creen gallos salen gallinitas. Usted sabrá ponerse a la -altura de la situación. - ---Y será forzoso prepararla... ¡Dios mío, qué trance! Yo me muero... yo -no sirvo, D. Augusto... - ---¡Pobrecilla! No se lo diremos claramente. La engañaremos. - ---¡Engañarla! No se ha enterado usted todavía de su penetración. - ---En fin, vamos allá, que en estas cosas, señor mío, hay que contar -siempre con alguna circunstancia inesperada y favorable. Es fácil que -ella, si tanta agudeza tiene, lo haya comprendido, y no necesitemos... -El enfermo suele ver muy claro. - - - - -XXIII - - -No se equivocaba el sagaz alumno de Hipócrates. Cuando entraron a ver -a Tristana, esta les recibió con semblante entre risueño y lloroso. Se -reía, y dos gruesos lagrimones corrían por sus mejillas de papel. - ---Ya, ya sé lo que tienen que decirme... No hay que apurarse. Soy -valiente... Si casi me alegro... Y sin casi... porque vale más que me -la corten... Así no sufriré... ¿Qué importa tener una sola pierna? -Digo, como importar... Pero si ya en realidad no la tengo, si no me -sirve para nada...! Fuera con ella, y me pondré buena, y andaré... con -muletas, o como Dios me dé a entender... - ---Hija mía, te quedarás buenísima --dijo don Lope, envalentonándose -al verla tan animosa--. Pues si yo supiera que cortándome las dos -me quedaba sin reuma, hoy mismo... Después de todo, las piernas se -sustituyen por aparatos mecánicos que fabrican los ingleses y alemanes, -y con ellos se anda mejor que con estos maldecidos remos que nos ha -encajado la Naturaleza. - ---En fin --agregó Miquis--, no se asuste la muñeca, que no la haremos -sufrir nada... pero nada... Ni se enterará usted. Y luego se sentirá -muy bien, y dentro de unos cuantos días ya podrá entretenerse en -pintar... - ---Hoy mismo --dijo el viejo, haciendo de tripas corazón, y procurando -tragarse el nudo que en la garganta sentía-- te traigo el caballete, -la caja de colores... Verás, verás qué cuadros tan bonitos nos vas a -pintar. - -Con un cordial apretón de manos se despidió Augusto, anunciándole -su pronta vuelta, sin precisar la hora, y solos Tristana y D. Lope, -estuvieron un ratito sin hablarse. - ---¡Ah! Tengo que escribir --dijo la enferma. - ---¿Podrás, vida mía? Mira que estás muy débil. Díctame, y yo escribiré. - -Al decir esto, llevaba junto a la cama la tabla que servía de mesa, y -la resmilla de papel y el tintero. - ---No... Puedo escribir... Es particular lo que ahora me pasa. Ya no -me duele. Casi no siento nada. ¡Vaya si puedo escribir! Venga... Un -poquito me tiembla el pulso, pero no importa. - -Delante del tirano escribió estas líneas: - -«Allá va una noticia que no sé si es buena o mala. Me la cortan. -¡Pobrecita pierna! Pero ella tiene la culpa... ¿para qué es mala? No sé -si me alegro, porque, en verdad, la tal patita no me sirve para nada. -No sé si lo siento, porque me quitan lo que fue parte de mi persona... -y voy a tener sin ella cuerpo distinto del que tuve... ¿Qué piensas tú? -Verdaderamente, no es cosa de apurarse por una pierna. Tú, que eres -todo espíritu, lo creerás así. Yo también lo creo. Y lo mismo has de -quererme con un remo que con dos. Ahora pienso que habría hecho mal en -dedicarme a la escena. ¡Uf! arte poco noble, que fatiga el cuerpo y -empalaga el alma. ¡La pintura!... eso ya es otra cosa... Me dicen que -no sufriré nada en la... ¿lo digo? en la operación... ¡Ay! hablando -en plata, esto es muy triste, y yo no lo soportaré sino sabiendo que -seré la misma para ti después de la carnicería... ¿Te acuerdas de aquel -grillo que tuvimos, y que cantaba más y mejor después de arrancarle una -de las patitas? Te conozco bien, y sé que no desmereceré nada para -ti... No necesitas asegurármelo para que yo lo crea y lo afirme... -Vamos, ¿a que al fin resulta que estoy alegre?... Sí, porque ya no -padeceré más. Dios me alienta, me dice que saldré bien del lance, y -que después tendré salud y felicidad, y podré quererte todo lo que -se me antoje, y ser pintora, o mujer sabia, y filósofa por todo lo -alto... No, no puedo estar contenta. Quiero encandilarme, y... no me -resulta... Basta por hoy. Aunque sé que me querrás siempre, dímelo para -que conste. Como no puedes engañarme, ni cabe la mentira en un ser que -reúne todas las formas del bien, lo que me digas será mi Evangelio... -Si tú no tuvieras brazos ni piernas, yo te querría lo mismo. Conque...» - -Las últimas líneas apenas se entendían, por el temblor de la escritura. -Al soltar la pluma, cayó la muñeca infeliz en grande abatimiento. Quiso -romper la carta, arrepintiose de ello, y por fin la entregó a D. Lope, -abierta para que le pusiese el sobre y la enviase a su destino. Era la -primera vez que no se cuidaba de defender ni poco ni mucho el secreto -epistolar. Llevose Garrido a su cuarto el papel, y lo leyó despacio, -sorprendido de la serenidad con que la niña trataba de tan grave asunto. - ---Lo que es ahora --dijo al escribir el sobre, y como si hablara con la -persona cuyo nombre trazaba su pluma--, ya no te temo. La perdiste, -la perdiste para siempre, pues esas bobadas del amor eterno, del amor -ideal, sin piernas ni brazos, no son más que un hervor insano de la -imaginación. Te he vencido. Triste es mi victoria, pero cierta. Dios -sabe que no me alegro de ella sino descartando el motivo, que es la -mayor pena de mi vida... Ya me pertenece en absoluto hasta que mis días -acaben. ¡Pobre muñeca con alas! Quiso alejarse de mí, quiso volar; pero -no contaba con su destino, que no le permite revoloteos ni correrías; -no contaba con Dios, que me tiene ley... no sé por qué... pues siempre -se pone de mi parte en estas contiendas... Él sabrá la razón... y -cuando se me escapa lo que quiero... me lo trae atadito de pies y -manos. ¡Pobre alma mía, adorable chicuela, la quiero, la querré siempre -como un padre! Ya nadie me la quita, ya no... - -En el fondo de estos sentimientos tristísimos que D. Lope no sacó del -corazón a los labios, palpitaba una satisfacción de amor propio, un -egoísmo elemental y humano de que él mismo no se daba cuenta. «¡Sujeta -para siempre! ¡Ya no más desviaciones de mí!» Repitiendo esta idea, -parecía querer aplazar el contento que de ella se derivaba, pues no era -la ocasión muy propicia para alegrarse de cosa alguna. - -Halló después a la joven bastante alicaída, y empleó para reanimarla, -ya los razonamientos piadosos, ya consideraciones ingeniosísimas acerca -de la inutilidad de nuestras extremidades inferiores. A duras penas -tomó Tristana algún alimento; el buen Garrido no pudo pasar nada. A las -dos entraron Miquis, Ruiz Alonso y un alumno de Medicina, que hacía -de ayudante, pasando a la sala silenciosos y graves. Uno de los tres -llevaba, cuidadosamente envuelto en un paño, el estuche que contenía -las herramientas del oficio. Poco después entró un mozo que llevaba los -frascos llenos de líquidos antisépticos. Recibioles D. Lope como si -recibiera al verdugo cuando va a pedir perdón al condenado a muerte, y -a prepararle para el suplicio. - ---Señores --dijo--, esto es muy triste, muy triste... - -Y no pudo pronunciar una palabra más. Miquis fue al cuarto de la -enferma, y se anunció con donaire: - ---Guapa moza, todavía no hemos venido..., quiero decir... he venido yo -solo. A ver, ¿qué tal? ese pulso... - -Tristana se puso lívida, clavando en el médico una mirada medrosa, -infantil, suplicante. Para tranquilizarla, asegurole Miquis que -confiaba en curarla completa y radicalmente, que su excitación era -precursora de la mejoría franca y segura, y que para calmarla le iba a -dar un poquitín de éter... - ---Nada, hija, basta echar unas gotitas de líquido en un pañuelo, y -olerlo, para conseguir que los pícaros nervios entren en caja. - -Mas no era fácil engañarla. La pobre señorita comprendió las -intenciones de Augusto, y le dijo, esforzándose en sonreír: - ---Es que quiere usted dormirme... Bueno. Me alegro de conocer ese sueño -profundo, con el cual no puede ningún dolor, por muy perro que sea. -¡Qué gusto! ¿Y si no despierto, si me quedo allá...? - ---¡Qué ha de quedarse...! Buenos tontos seríamos... --dijo Augusto, a -punto que entraba D. Lope consternado, medio muerto. - -Y resueltamente se puso a preparar la droga, volviendo la espalda a la -enferma, dejando sobre una cómoda el frasquito del precioso anestésico. -Hizo con su pañuelo una especie de nido chiquitín, en el cual puso los -algodones impregnados de cloroformo, y entretanto se difundió por la -habitación un fuerte olor de manzanas. - ---¡Qué bien huele! --dijo la señorita, cerrando los ojos, como si -rezara mentalmente. - -Y al instante le aplicó Augusto a la nariz el hueco del pañuelo. Al -primer efecto de somnolencia siguió sobresalto, inquietud epiléptica, -convulsiones y una verbosidad desordenada, como de embriaguez -alcohólica. - ---No quiero, no quiero... Ya no me duele... ¿Para qué cortar...? ¡Está -una tocando todas las sonatas de Beethoven, tocándolas tan bien... al -piano, cuando vienen estos tíos indecentes a pellizcarle a una las -piernas...! Pues que sajen, que corten..., y yo sigo tocando. El piano -no tiene secretos para mí... Soy el mismo Beethoven, su corazón, su -cuerpo, aunque las manos sean otras... Que no me quiten también las -manos, porque entonces... Nada, que no me dejo quitar esta mano; la -agarro con la otra para que no me la lleven..., y la otra la agarro -con esta, y así no me llevan ninguna. Miquis, usted no es caballero, -ni lo ha sido nunca, ni sabe tratar con señoras, ni menos con artistas -eminentes... No quiero que venga Horacio y me vea así. Se figurará -cualquier cosa mala... Si estuviera aquí _señó Juan_, no permitiría -esta infamia... Atar a una pobre mujer, ponerle sobre el pecho una -piedra tan grande, tan grande..., y luego llenarle la paleta de ceniza -para que no pueda pintar... ¡Cosa tan extraordinaria! ¡Cómo huelen las -flores que he pintado! Pero si las pinté creyendo pintarlas, ¿cómo es -que ahora me resultan vivas..., vivas? ¡Poder del genio artístico! -He de retocar otra vez el cuadro de las Hilanderas para ver si me -sale un poquitito mejor. La perfección, esa perfección endiablada, -¿dónde está...? Saturna, Saturna..., ven, me ahogo... Este olor de las -flores... No, no, es la pintura, que cuanto más bonita, más venenosa... - -Quedó al fin inmóvil, la boca entreabierta, quieta la pupila... De vez -en cuando lanzaba un quejido como de mimo infantil, tímido esfuerzo -del ser aplastado bajo la losa de aquel sueño brutal. Antes de que -la cloroformización fuera completa, entraron los otros dos sicarios, -que así en su pensamiento les llamaba D. Lope, y en cuanto creyeron -bien preparada a la paciente, colocáronla en un catre con colchoneta, -dispuesto para el caso, y ganando no ya minutos, sino segundos, -pusieron manos en la triste obra. Don Lope trincaba los dientes, y a -ratos, no pudiendo presenciar cuadro tan lastimoso, se marchaba de la -habitación para volver en seguida, avergonzándose de su pusilanimidad. -Vio poner la venda de Esmarch, tira de goma que parece una serpiente. -Empezó luego el corte por el sitio llamado de elección; y cuando -tallaban el colgajo, la piel que ha de servir para formar después el -muñón; cuando a los primeros tajos del diligente bisturí vio D. Lope -la primera sangre, su cobardía trocose en valor estoico, altanero, -incapaz de flaquear; su corazón se volvió de bronce, de pergamino su -cara, y presenció hasta el fin con ánimo entero la cruel operación, -realizada con suma habilidad y presteza por los tres médicos. A la hora -y cuarto de haber empezado a cloroformizar a la paciente, Saturna salía -presurosa de la habitación con un objeto largo y estrecho envuelto en -una sábana. Poco después, bien ligadas las arterias, cosida la piel -del muñón, y hecha la cura antiséptica con esmero prolijo, empezó -el despertar lento y triste de la señorita de Reluz, su nueva vida, -después de aquel simulacro de muerte, su resurrección, dejándose un pie -y dos tercios de pierna en el seno de aquel sepulcro que a manzanas -olía. - - - - -XXIV - - ---¡Ay, todavía me duele! --fueron las primeras palabras que pronunció -al volver del tenebroso abismo. - -Y después, su fisonomía pálida y descompuesta revelaba como un -profundo análisis autopersonal, algo semejante a la intensísima -fuerza de observación que los aprensivos dirigen sobre sus propios -órganos, auscultando su respiración y el correr de la sangre, palpando -mentalmente sus músculos, y acechando el vibrar de sus nervios. Sin -duda la pobre niña concentraba todas las fuerzas de su mente en aquel -vacío de su extremidad inferior, para reponer el miembro perdido, -y conseguía restaurarlo tal como fue antes de la enfermedad, sano, -vigoroso y ágil. Sin gran esfuerzo imaginaba que tenía sus dos piernas, -y que andaba con ellas garbosamente, con aquel pasito ligero que la -llevaba en un periquete al estudio de Horacio. - ---¿Qué tal, mi niña? --le preguntó D. Lope haciéndole caricias. - -Y ella, tocando suavemente los blancos cabellos del galán caduco, le -contestó con gracia: - ---Muy bien... Me siento muy descansadita. Si me dejaran, ahora mismo me -echaría a correr...; digo, a correr no... No estamos para esas bromas. - -Augusto y D. Lope, cuando los otros dos médicos se habían marchado, -diéronle seguridades de completa curación, y se felicitaron del éxito -quirúrgico con un entusiasmo que no podían comunicarle. Pusiéronla -cuidadosamente en su lecho en las mejores condiciones de higiene y -comodidad, y ya no había más que hacer sino esperar los diez o quince -días críticos subsiguientes a la operación. - -Durante este período, no tuvo sosiego el bueno de Garrido, porque -si bien el traumatismo se presentaba en las mejores condiciones, -el abatimiento y postración de la niña eran para causar alarma. No -parecía la misma, y denegaba su propio ser; ni una vez siquiera pensó -en escribir cartas, ni salieron a relucir aquellas aspiraciones o -antojos sublimes de su espíritu siempre inquieto y ambicioso; ni se -le ocurrieron los donaires y travesuras que gastar solía hasta en las -horas más crueles de su enfermedad. Entontecida y aplanada, su genio -superior sufría un eclipse total. Tanta pasividad y mansedumbre, -al principio agradaron a D. Lope; mas no tardó el buen señor en -condolerse de aquella mudanza de carácter. Ni un momento se separaba -de ella, dando ejemplo de paternal solicitud, con extremos cariñosos -que rayaban en mimo. Por fin, al décimo día, Miquis declaró muy -satisfecho que la cicatrización iba perfectamente, y que pronto la -cojita sería dada de alta. Coincidió con esto una resurrección súbita -del espiritualismo de la inválida, que una mañana, como descontenta de -sí misma, dijo a D. Lope: - ---¡Vaya, que tantos días sin escribir! ¡Qué mal me estoy portando...! - ---No te apures, hija mía --replicó con donaire el viejo galán--. Los -seres ideales y perfectos no se enfadan por dejar de recibir una carta, -y se consuelan del olvido paseándose impávidos por las regiones etéreas -donde habitan... Pero si quieres escribir, aquí tienes los trebejos. -Díctame: soy tu secretario. - ---No; escribiré yo misma... O si gustas... escribe tú. Cuatro palabras. - ---A ver; ya estoy pronto --dijo Garrido, pluma en mano y el papel -delante. - ---«Pues como te decía --dictó Tristana--, ya no tengo más que una -piernecita. Estoy mejor. Ya no me duele..., padezco muy poco..., ya...» - ---¿Qué..., no sigues? - ---Mejor será que lo escriba yo. No me salen, no me salen las ideas -dictando. - ---Pues toma... Escribe tú, y despáchate a tu gusto (_dándole la pluma, -y poniéndole delante la tabla con la carpeta y papel_). ¡Qué...! ¿tan -premiosa estás? Y esa inspiración y esos arranques, ¿a dónde diablos se -han ido? - ---¡Qué torpe estoy! No se me ocurre nada. - ---¿Quieres que te dicte yo? Pues oye: «¡Qué bonito eres, qué pillín te -ha hecho Dios, y qué..., qué desabridas son tantas perfecciones!... No, -no me caso contigo ni con ningún serafín terrestre ni celeste...» Pero -¡qué!, ¿te ríes? Adelante. «Pues no me caso... Que esté coja o no lo -esté, eso no te importa a ti. Tengo quien me quiera tal como soy ahora, -y con una sola patita valgo más que antes con las dos. Para que te -vayas enterando, ángel mío...» No, esto de ángel es un poquito cursi... -«Pues, para que te vayas enterando, te diré que tengo alas..., me han -salido alas. Mi papá piensa traerme todos los trebejos de pintura, y -_ainda mais_, me comprará un organito, y me pondrá profesor para que -aprenda a tocar música buena... Ya verás... Comparados conmigo, los -ángeles del cielo serán unos murguistas...» - -Soltaron ambos la risa, y animado D. Lope con su éxito, siguió hiriendo -aquella cuerda, hasta que Tristana hubo de cortar bruscamente la -conversación, diciendo con toda seriedad: - ---No, no; yo escribiré..., yo sola. - -Dejola D. Lope un momento, y escribió la cojita su carta, breve y -sentida. - -«Señor de mi alma: ya Tristana no es lo que fue. ¿Me querrás lo mismo? -El corazón me dice que sí. Yo te veo más lejos aún que antes te veía, -más hermoso, más inspirado, más generoso y bueno. ¿Podré llegar hasta -ti con la patita de palo que creo me pondrán? ¡Qué mona estaré! Adiós. -No vengas. Te adoro lejos, te ensalzo ausente. Eres mi Dios, y como -Dios, invisible. Tu propia grandeza te aparta de mis ojos... Hablo de -los de la cara..., porque con los del espíritu bien claro te veo. Hasta -otro día.» - -Cerró ella misma la carta y le puso el sobre, dándola a Saturna, que, -al tomarla, hizo un mohín de burla. Por la tarde, hallándose solas un -momento, la criada se franqueó en esta forma: - ---Mire, esta mañana no quise decir nada a la señorita por hallarse -presente D. _Lepe_. La carta... aquí la tengo. ¿Para qué echarla al -correo si el D. Horacio está en Madrid? Se la daré en propia mano esta -noche. - -Palideció la inválida al oír esto, y después se le encendió el rostro. -No supo qué decir, ni se le ocurría nada. - ---Te equivocas --dijo al fin--. Habrás visto a alguno que se le parezca. - ---¡Señorita, cómo había de confundir...! ¡Qué cosas tiene! El mismo. -Hablamos más de media hora. Empeñado el hombre en que le contara todo -punto por punto. ¡Ay, si le viera la señorita! Está más negro que un -zapato. Dice que se ha pasado la vida corriendo por montes y mares, -y que aquello es muy precioso..., pero muy precioso... Pues nada; le -conté todo, y el pobrecito... como la quiere a usted tanto, me comía -con los ojos cuando yo le hablaba... Dice que se avistará con D. Lope -para cantarle clarito. - ---¡Cantarle clarito!... ¿Qué? - ---Él lo sabrá. Y está rabiando por ver a la señorita. Es preciso que lo -arreglemos aprovechando una salida del señor... - -Tristana no dijo nada. Un momento después pidió a Saturna que le -llevase un espejo, y mirándose en él, se afligió extremadamente. - ---Pues no está usted tan desfigurada..., vamos. - ---No digas. Parezco la muerte... Estoy horrorosa... (_echándose a -llorar_). No me va a conocer. ¿Pero ves? ¿Qué color es este que tengo? -Parece de papel de estraza. Los ojos son horribles, de tan grandes -como se me han puesto... ¡Y qué boca, santo Dios! Saturna, llévate el -espejo, y no vuelvas a traérmelo aunque te lo pida. - -Contra su deseo, que a la casa le amarraba, D. Lope salía muy a menudo, -movido de la necesidad, que en aquellas tristes circunstancias llenaba -de amargura y afanes su existencia. Los gastos enormes de la enfermedad -de la niña consumieron los míseros restos de su esquilmada fortuna, -y llegaron días, ¡ay!, en que el noble caballero tuvo que violentar -su delicadeza y desmentir su carácter, llamando a la puerta de un -amigo con pretensiones que le parecían ignominiosas. Lo que padeció el -infeliz señor no es para referido. En pocos días quedose como si le -echaran cincuenta años más encima. «¡Quién me lo había de decir..., -Dios mío..., yo..., Lope Garrido, descender a...! ¡Yo, con mi orgullo, -con mi idea puntillosa de la dignidad, rebajarme a pedir ciertos -favores...! Y llegará día en que la insolvencia me ponga en el trance -de solicitar lo que no he de poder restituir... Bien sabe Dios que solo -por sostener a esta pobre niña, y alegrar su existencia, soporto tanta -vergüenza y degradación. Me pegaría un tiro, y en paz. ¡Al otro mundo -con mi alma, al hoyo con mis cansados huesos! Muerte y no vergüenza... -Mas las circunstancias disponen lo contrario: vida sin dignidad... No -lo hubiera creído nunca. Y luego dicen que el carácter... No, no creo -en los caracteres. No hay más que hechos, accidentes. La vida de los -demás es molde de nuestra propia vida y troquel de nuestras acciones.» - -En presencia de la señorita disimulaba el pobre D. _Lepe_ las horribles -amarguras que pasando estaba, y aun se permitía fingir que su situación -era de las más florecientes. No solo le llevó los avíos de pintar, dos -cajas de colores para óleo y acuarela, pinceles, caballete y demás, -sino también el organito o armonium que le había prometido, para que -se distrajese con la música los ratos que la pintura le dejaba libres. -En el piano poseía Tristana la instrucción elemental del colegio, -suficiente para farfullar polkas y valses o alguna pieza fácil. Algo -tarde era ya para adquirir la destreza que solo da un precoz y duro -trabajo; pero con un buen maestro podría vencer las dificultades, y -además el órgano no le exigía digitación muy rápida. Se ilusionó con -la música más que con la pintura, y anhelaba levantarse de la cama -para probar su aptitud. Ya se arreglaría con un solo pie para mover -los pedales. Aguardando con febril impaciencia al profesor anunciado -por D. Lope, oía en su mente las dulces armonías del instrumento, -menos sentidas y hermosas que las que sonaban en lo íntimo de su alma. -Creyose llamada a ser muy pronto una notabilidad, una concertista -de primer orden, y con tal idea se animó, y tuvo algunas horitas de -felicidad. Cuidaba Garrido de estimular su ambiciosa ilusión, y en -tanto, le hacía recordar sus ensayos de dibujo, incitándola a bosquejar -en lienzo o en tabla algún bonito asunto, copiado del natural. - ---Vamos, ¿por qué no te atreves con mi retrato... o con el de Saturna? - -Respondía la inválida que le convendría más adestrar la mano en alguna -copia, y D. Lope prometió traerle buenos estudios de cabeza o paisaje -para que escogiese. - -El pobre señor no escatimaba sacrificio por ser grato a su pobre -cojita, y... al fin, ¡oh caprichos de la mudable suerte!, hallándose -perplejo por no saber cómo procurarse los estudios pictóricos, la -casualidad, el demonio, Saturna, resolvieron de común acuerdo la -dificultad. - ---¡Pero, señor --dijo Saturna--, si tenemos ahí...! No sea bobo, déjeme -y le traigo... - -Y con sus expresivos ojos y su mímica admirable completó el atrevido -pensamiento. - ---Haz lo que quieras, mujer --indicó D. Lope, alzando los hombros--. -Por mí... - -Media hora después entró Saturna de la calle con un rimero de tablas -y bastidores pintados, cabezas, torsos desnudos, apuntes de paisaje, -bodegones, frutas y flores, todo de mano de maestro. - - - - -XXV - - -Impresión honda hizo en la señorita de Reluz la vista de aquellas -pinturas, semblantes amigos que veía después de larga ausencia, y que -le recordaban horas felices. Fueron para ella, en ocasión semejante, -como personas vivas, y no necesitaba forzar su imaginación para verlas -animadas, moviendo los labios y fijando en ella miradas cariñosas. -Mandó a Saturna que colgase los lienzos en la habitación para recrearse -contemplándolos, y se transportaba a los tiempos del estudio y de las -tardes deliciosas en compañía de Horacio. Púsose muy triste, comparando -su presente con el pasado, y al fin rogó a la criada que guardase -aquellos objetos hasta que pudiese acostumbrarse a mirarlos sin tanta -emoción; mas no manifestó sorpresa por la facilidad con que las -pinturas habían pasado del estudio a la casa, ni curiosidad de saber -qué pensaba de ello el suspicaz D. Lope. No quiso la sirviente meterse -en explicaciones, que no se le pedían, y poco después, sobre las doce, -mientras daba de almorzar al amo una mísera tortilla de patatas y un -trozo de carne con representación y honores de chuleta, se aventuró a -decirle cuatro verdades, valida de la confianza que le diera su largo -servicio en la casa. - ---Señor, sepa que el amigo quiere ver a la señorita, y es natural... -Ea, no sea malo, y hágase cargo de las circunstancias. Son jóvenes, y -usted está ya más para padre o para abuelo que para otra cosa. ¿No dice -que tiene el corazón grande? - ---Saturna --replicó D. Lope, golpeando en la mesa con el mango del -cuchillo--, lo tengo más grande que la copa de un pino, más grande que -esta casa, y más grande que el Depósito de Aguas, que ahí enfrente -está. - ---Pues entonces..., pelillos a la mar. Ya no es usted joven, gracias -a Dios; digo..., por desgracia. No sea el perro del hortelano, que -ni come ni deja comer. Si quiere que Dios le perdone todas sus -barrabasadas y picardías, tanto engaño de mujeres y burla de maridos, -hágase cargo de que los jóvenes son jóvenes, y de que el mundo, y la -vida, y las cositas buenas son para los que empiezan a vivir, no para -los que acaban... Con que tenga un... ¿cómo se dice? un rasgo, don -_Lepe_, digo, D. Lope..., y... - -En vez de incomodarse, al infeliz caballero le dio por tomarlo a buenas. - ---¿Conque un rasgo...? Vamos a ver: ¿y de dónde sacas tú que soy yo tan -viejo? ¿Crees que no sirvo ya para nada? Ya quisieran muchas, tú misma, -con tus cincuenta... - ---¡Cincuenta! Quite usted _jierro_, señor. - ---Pongamos treinta... y cinco. - ---Y dos. Ni uno más. ¡Vaya! - ---Pues quédese en lo que quieras. Pues digo que tú misma, si yo -estuviese de humor y te... No, no te ruborices... ¡Si pensarás que -eres un esperpento...! No; arreglándote un poquito, resultarías muy -aceptable. Tienes unos ojos, que ya los quisieran más de cuatro. - ---Señor... vamos... ¿Pero qué... también a mí me quiere camelar? --dijo -la doméstica familiarizándose tanto, que no vaciló en dejar a un lado -de la mesa la fuente vacía de la carne, y sentarse frente a su amo, los -brazos en jarras. - ---No... no estoy ya para diabluras. No temas nada de mí. Me he cortado -la coleta, y ya se acabaron las bromas y las cositas malas. Quiero -tanto a la niña, que desde luego convierto en amor de padre el otro -amor, ya sabes... y soy capaz, por hacerla dichosa, de todos los -rasgos, como tú dices, que... En fin, ¿qué hay?... ¿Ese mequetrefe...? - ---Por Dios, no le llame así. No sea soberbio. Es muy guapo. - ---¿Qué sabes tú lo que son hombres guapos? - ---Quítese allá. Toda mujer sabe de eso. ¡Vaya! Y sin comparar, que -es cosa fea, digo que don Horacio es un buen mozo... mejorando lo -presente. Que usted fue el acabose, por sabido se calla; pero eso pasó. -Mírese al espejo, y verá que ya se le fue la hermosura. No tiene más -remedio que reconocer que el pintorcito... - ---No le he visto nunca... Pero no necesito verle para sostener, como -sostengo, que ya no hay hombres guapos, airosos, atrevidos, que sepan -enamorar. Esa raza se extinguió. Pero en fin, demos de barato que el -pintamonas sea un guapo... relativo. - ---La niña le quiere... No se enfade... la verdad por delante... La -juventud es juventud. - ---Bueno... pues le quiere... Lo que yo te aseguro es que ese muchacho -no hará su felicidad. - ---Dice que no le importa la pata coja. - ---Saturna, ¡que mal conoces la naturaleza humana! Ese hombre no hará -feliz a la niña, repito. ¡Si sabré yo de estas cosas! Y añado más: la -niña no espera su felicidad de semejante tipo... - ---¡Señor...! - ---Para entender estas cosas, Saturna, es menester... entenderlas. -Eres muy dura de mollera, y no ves sino lo que tienes delante de tus -narices. Tristana es mujer de mucho entendimiento, ahí donde la ves, de -una imaginación ardiente... Está enamorada... - ---Eso ya lo sé. - ---No lo sabes. Enamorada de un hombre que no existe, porque no puede -existir, porque si existiera, Saturna, sería Dios, y Dios no se -entretiene en venir al mundo para diversión de las muchachas. Ea, basta -de palique; tráeme el café. - -Corrió Saturna a la cocina, y al volver con el café, permitiose -comentar las últimas ideas expresadas por D. Lope. - ---Señor, lo que yo digo es que se quieren, sea por lo fino, sea por lo -basto, y que el D. Horacio desea verse con la señorita... Viene con -buen fin. - ---Pues que venga. Se irá con mal principio. - ---¡Ay, qué tirano! - ---No es eso... Si no me opongo a que se vean --dijo el caballero -encendiendo un cigarro--. Pero antes conviene que yo mismo hable con -ese sujeto. Ya ves si soy bueno. ¿Y este rasgo...? Hablar con él, sí, y -decirle... ya, ya sabré yo... - ---¿Apostamos a que le espanta? - ---No; le traeré, traerele yo mismo. Saturna, esto se llama un rasgo. -Encárgate de avisarle que me espere en su estudio una de estas -tardes... mañana. Estoy decidido. (_Paseándose inquieto por el -comedor._) Si Tristana quiere verle, no la privaré de ese gusto. Cuanto -antojo tenga la niña, se lo satisfará su amante padre. Le traje los -pinceles, le traje el armonium, y no basta. Hacen falta más juguetes. -Pues venga el hombre, la ilusión, la... Saturna, di ahora que no soy -un héroe, un santo. Con este solo arranque, lavo todas mis culpas, y -merezco que Dios me tenga por suyo. Conque... - ---Le avisaré... Pero no salga con alguna patochada. ¡Vaya, que si le da -por asustar a ese pobre chico...! - ---Se asustará solo de verme. Saturna, soy quien soy... Otra cosa: con -maña vas preparando a la niña... Le dices que yo haré la vista gorda, -que saldré exprofeso una tarde para que él entre, y puedan hablarse, -como una media hora nada más... No conviene más tiempo. Mi dignidad no -lo permite. Pero yo estaré en casa, y... Mira, se abrirá una rendijita -en la puerta para que tú y yo podamos ver cómo se reciben el uno al -otro, y oír lo que charlen. - ---¡Señor...! - ---¿Tú qué sabes...? Haz lo que te mando. - ---Pues haga usted lo que le aconsejo. No hay tiempo que perder. D. -Horacio tiene mucha prisa... - ---¿Prisa?... Esa palabra quiere decir juventud. Bueno, pues esta -misma tarde subiré al estudio. Avísale... anda... y después, cuando -acompañes a la señorita, te dejas caer... ¿entiendes? le dices que -yo ni consiento ni me opongo... o más bien, que tolero y me hago el -desentendido. Ni le dejes comprender que voy al estudio, pues este acto -de inconsecuencia, que desmiente mi carácter, quizás me rebajaría a sus -propios ojos... aunque no... tal vez no... En fin, prepárala, para que -no se afecte cuando vea en su presencia al... bello ideal. - ---No se burle. - ---Si no me burlo. Bello ideal quiere decir... - ---Su tipo... el tipo de una, supongamos... - ---Tú sí que eres tipo (_soltando la risa_). En fin, no se hable más. -La preparas, y yo voy a encararme con el galán joven. - -A la hora convenida, previo el aviso dado por Saturna, dirigiose -D. Lope al estudio, y al subir, no sin cansancio, la interminable -escalera, se decía entre toses broncas y ahogados suspiros: «¡Pero, -Dios mío, qué cosas tan raras estoy haciendo de algún tiempo a esta -parte! A veces me dan ganas de preguntarme: ¿Y es usted aquel D. -Lope...? Nunca creí que llegara el caso de no parecerse uno a sí -mismo... En fin, procuraré no infundir mucho miedo a ese inocente.» - -La primera impresión de ambos fue algo penosa, no sabiendo qué actitud -tomar, vacilando entre la benevolencia y una dignidad que bien podría -llamarse decorativa. Hallábase dispuesto el pintor a tratar a D. Lope -según los aires que este llevase. Después de los saludos y cumplidos -de ordenanza, mostró el anciano galán una cortesía desdeñosa, mirando -al joven como a ser inferior, al cual se dispensa la honra de un trato -pasajero, impuesto por la casualidad. - ---Pues sí, caballero... ya sabe usted la desgracia de la niña. ¡Qué -lástima, ¿verdad? con aquel talento, con aquella gracia...! Es ya mujer -inútil para siempre. Ya comprenderá usted mi pena. La miro como hija, -la amo entrañablemente con cariño puro y desinteresado, y ya que no he -podido conservarle la salud ni librarla de esa tristísima amputación, -quiero alegrar sus días, hacerle placentera la vida, en lo posible, -y dar a su alma todo el recreo que... En fin, su voluble espíritu -necesita juguetes. La pintura no acaba de distraerla... la música tal -vez... Su insaciable afán pide más, siempre más. Yo sabía que usted... - ---De modo, Sr. D. Lope --dijo Horacio con gracejo cortés--, que a mí me -considera usted juguete. - ---No, juguete precisamente no... Pero... Yo soy viejo, como usted ve, -muy práctico en cosas de la vida, en pasiones y afectos, y sé que las -inclinaciones juveniles tienen siempre un cierto airecillo de juego de -muñecas... No hay que tomarlo a mal. Cada cual ve estas cosas según su -edad. El prisma de los veinticinco o de los treinta años descompone los -objetos de un modo gracioso, y les da matices frescos y brillantes. El -cristal mío me presenta las cosas de otro modo. En una palabra: que yo -veo la inclinación de la niña con indulgencia paternal, sí, con esa -indulgencia que siempre nos merece la criatura enfermita, a quien es -forzoso dispensar los antojos y mimos, por extravagantes que sean. - ---Dispénseme, señor mío --dijo Horacio con gravedad, sobreponiéndose -a la fascinación que el mirar penetrante del caballero ejercía sobre -él, encogiéndole el ánimo--, dispénseme. Yo no puedo apreciar con ese -criterio de abuelo chocho la inclinación que Tristana me tiene, y -menos la que por ella siento. - ---Pues por eso no hemos de reñir --replicó Garrido, acentuando más la -urbanidad y el desdén con que le hablaba--. Yo pienso lo que he tenido -el honor de manifestarle; piense usted lo que guste. No sé si usted -rectificará su manera de apreciar estas cosas. Yo soy muy viejo, muy -curtido, y no sé rectificarme a mí propio. Lo que hay es que, dejándole -a usted pensar lo que guste, yo vengo a decirle que, pues desea usted -ver a Tristanita, y Tristanita se alegrará de verle, no me opongo a que -usted honre mi casa; al contrario, tendré una satisfacción en ello. -¿Creía tal vez que yo iba a salir por el registro del padre celoso o -del tirano doméstico? No, señor. No me gustan a mí los tapujos, y menos -en cosa tan inocente como esta visita. No, no es decoroso que ande el -novio buscándome las vueltas para entrar en casa. Usted y yo no ganamos -nada, el uno colándose sin mi permiso, el otro atrancando las puertas -como si hubiera en ello alguna malicia. Sí, Sr. D. Horacio, usted puede -ir, a la hora que yo le designe, se entiende. Y si resultase que habría -que repetir las visitas, porque así conviniera a la paz de mi enferma, -ha de prometerme usted no entrar nunca sin conocimiento mío. - ---Me parece muy bien --afirmó Díaz, que poco a poco se iba dejando -conquistar por la agudeza y pericia mundana del atildado viejo--. Estoy -a sus órdenes. - -Sentía Horacio la superioridad de su interlocutor, y casi... y sin -casi, se alegraba de tratarle, admirando de cerca, por primera vez, un -ejemplar curiosísimo de la fauna social más desarrollada, un carácter -que resultaba legendario, y revestido de cierto matiz poético. La -atracción se fue acentuando con las cosas donosísimas que después dijo -D. Lope pertinentes a la vida galante, a las mujeres y al matrimonio. -En resumidas cuentas, que le fue muy simpático, y se despidieron, -prometiéndole Horacio obedecer sus indicaciones, y fijando para la -tarde siguiente las _vistas_ con la pobre inválida. - - - - -XXVI - - -«¡Qué pedazo de ángel! --decía D. Lope, dejando atrás, con menos calma -que a la subida, el sin fin de peldaños de la escalera del estudio--. -Y parece honrado y decente. No le veo muy aferrado a la infantil manía -del matrimonio, ni me ha dicho nada de bello ideal, ni aquello de -_amarla hasta la muerte_, con patita o sin patita... Nada; que esto -es cosa concluida... Creí encontrar un romántico, con cara de haber -bebido el vinagre de las pasiones contrariadas, y me encuentro un -mocetón de color sano y espíritu sereno, un hombre sesudo, que al fin -y a la postre verá las cosas como las veo yo. Ni se le conoce que esté -enamoradísimo, como debió de estarlo antes, allá qué sé yo cuándo. Más -bien parece confuso, sin saber qué actitud tomar cuando la vea, ni -cómo presentársele... En fin, ¿qué saldrá de esto...? Para mí, es cosa -terminada... terminada... sí señor... cosa muerta, caída, enterrada... -como la pierna.» - -El estupendo notición de la próxima visita de Horacio, inquietó a -Tristana, que aparentando creer cuanto se le decía, abrigaba en su -interior cierta desconfianza de la realidad de aquel suceso, pues -su labor mental de los días que precedieron a la operación habíala -familiarizado con la idea de suponer ausente al bello ideal; y la -hermosura misma de este, y sus raras perfecciones, se representaban en -la mente de la niña como ajadas y desvanecidas por obra y gracia de la -aproximación. Al propio tiempo, el deseo puramente humano y egoísta de -ver al ser querido, de oírle, luchaba en su alma con aquel desenfrenado -idealismo, en virtud del cual, más bien que a buscar la aproximación, -tendía, sin darse cuenta de ello, a evitarla. La distancia venía a -ser como una voluptuosidad de aquel amor sutil, que pugnaba por -desprenderse de toda influencia de los sentidos. - -En tal estado de ánimo, llegó el momento de la entrevista. Fingió -D. Lope que se ausentaba, sin hacer la menor alusión al caso; pero -se quedó en su cuarto, dispuesto a salir si algún accidente hacía -necesaria su presencia. Arreglose Tristana la cabeza, recordando sus -mejores tiempos, y como se había repuesto algo en los últimos días, -resultaba muy bien. No obstante, descontenta y afligida, apartó de sí -el espejo, pues el idealismo no excluía la presunción. Cuando sintió -que entraba Horario, que Saturna le introducía en la sala, palideció, y -a punto estuvo de perder el conocimiento. La poca sangre de sus venas -afluyó al corazón; apenas podía respirar, y una curiosidad más poderosa -que todo sentimiento la embargaba. «Ahora --se decía-- veré cómo es, me -enteraré de su rostro, que se me ha perdido desde hace tiempo, que se -me ha borrado, obligándome a inventar otro para mi uso particular.» - -Por fin, Horacio entró... Sorpresa de Tristana, que en el primer -momento, casi le vio como a un extraño. Fuese derecho a ella con los -brazos abiertos y la acarició tiernamente. Ni uno ni otro pudieron -hablar hasta pasado un breve rato... Y a Tristana le sorprendió el -metal de voz de su antiguo amante, cual si nunca lo hubiera oído. Y -después... ¡qué cara, qué tez, qué color como de bronce, bruñido por el -sol! - ---¡Cuánto has padecido, pobrecita! --dijo Horacio, cuando la emoción -le permitió expresarse con claridad--. ¡Y yo sin poder estar al lado -tuyo! Habría sido un gran consuelo para mí, acompañar a mi _Paquilla de -Rímini_ en aquel trance, sostener su espíritu..., pero ya sabes; mi tía -tan malita! Por poco no lo cuenta la pobre. - ---Sí..., hiciste bien en no venir... ¿Para qué? --repuso Tristana -recobrando al instante su serenidad--. Cuadro tan lastimoso te -habría desgarrado el corazón. En fin, ya pasó; estoy mejor, y me voy -acostumbrando a la idea de no tener más que una patita. - ---¿Qué importa, vida mía? --dijo el pintor, por decir algo. - ---Allá veremos. Aún no he probado a andar con muletas. El primer día he -de pasar mal rato; pero al fin me acostumbraré. ¿Qué remedio tengo...? - ---Todo es cuestión de costumbre. Claro que al principio estarás menos -airosa... Es decir, tú siempre serás airosa... - ---No... cállate. Ese grado de adulación no debe consentirse entre -nosotros. Un poco de galantería, de caridad más bien, pase... - ---Lo que más vale en ti, la gracia, el espíritu, la inteligencia, no -ha sufrido ni puede sufrir menoscabo. Ni el encanto de tu rostro, ni -las proporciones admirables de tu busto... tampoco. - ---Cállate --dijo Tristana con gravedad--. Soy una belleza sentada... ya -para siempre sentada, una mujer de medio cuerpo, un busto y nada más. - ---¿Y te parece poco? Un busto; ¡pero qué hermoso! Luego, tu -inteligencia sin par hará siempre de ti una mujer encantadora... - -Horacio rebuscaba en su mente todas las flores que pueden echarse a una -mujer que no tiene más que una pierna. No le fue difícil encontrarlas, -y una vez arrojadas sobre la infeliz inválida, ya no tenía más que -añadir. Con un poquito de violencia, que casi casi no pudo apreciar él -mismo, añadió lo siguiente: - ---Y yo te quiero, y te querré siempre lo mismo. - ---Eso ya lo sé --replicó ella, afirmándolo por lo mismo que empezaba a -dudarlo. - -Continuó la conversación en los términos más afectuosos, sin llegar al -tono y actitudes de la verdadera confianza. En los primeros momentos, -sintió Tristana una desilusión brusca. Aquel hombre no era el mismo -que, borrado de su memoria por la distancia, había ella reconstruido -laboriosamente con su facultad creadora y plasmante. Parecíale tosca y -ordinaria la figura, la cara sin expresión inteligente, y en cuanto -a las ideas... ¡Ah, las ideas le resultaban de lo más vulgar...! De -los labios del _señó Juan_ no salieron más que las conmiseraciones que -se dan a todo enfermo, revestidas de una forma de tierna amistad. Y -en todo lo que dijo referente a la constancia de su amor, veíase el -artificio trabajosamente edificado por la compasión. - -Entretanto, D. Lope iba y venía sin sosiego por el interior de la casa, -calzado de silenciosas zapatillas, para que no se le sintieran los -pasos, y se aproximaba a la puerta, por si ocurría algo que reclamase -su intervención. Como su dignidad repugnaba el espionaje, no aplicó el -oído a la puerta. Más que por encargo del amo, por inspiración propia -y ganas de fisgoneo, Saturna puso su oreja en el resquicio que abierto -dejó para el caso, y algo pudo pescar de lo que los amantes decían. -Llamándola al pasillo, D. Lope la interrogó con vivo interés: - ---Dime, ¿han hablado algo de matrimonio? - ---Nada he oído que signifique cosa de casarse --dijo Saturna--. Amor, -sí, quererse siempre, y qué sé yo... pero... - ---De sagrado vínculo, ni una palabra. Lo que digo, cosa concluida. Y no -podía suceder de otro modo. ¿Cómo sostener su promesa ante una mujer -que ha de andar con muletas...? La Naturaleza se impone. Es lo que yo -digo... Mucho palique, mucha frase de relumbrón, y ninguna substancia. -Al llegar al terreno de los hechos, desaparece toda la hojarasca y -nada queda... En fin, Saturna, esto va bien y como yo deseo. Veremos -por dónde sale ahora la niña. Sigue, sigue escuchando, a ver si salta -alguna frase de compromiso formal para el porvenir. - -Volvió la diligente criada a su punto de acecho; pero nada sacó en -limpio, porque hablaban muy bajo. Por fin, Horacio propuso a su amada -terminar la visita. - ---Por mi gusto --le dijo--, no me separaría de ti hasta mañana..., -ni mañana tampoco... Pero debo considerar que D. Lope, concediéndome -verte, procede con una generosidad y una alteza de miras que le honra -mucho, y que me obliga a no incurrir en abuso. ¿Te parece que me retire -ya? Como tú quieras. Y confío que no siendo muy largas las visitas, tu -viejo me permitirá repetirlas todos los días. - -Opinó la inválida en conformidad con su amigo, y este se retiró -después de besarla cariñosamente y de reiterarle aquellos afectos que, -aunque no fríos, iban tomando un carácter fraternal. Tristana le vio -partir muy tranquila, y al despedirse fijó para la siguiente tarde la -primera lección de pintura, lo que fue muy del agrado del artista, -quien, al salir de la estancia, sorprendió a D. Lope en el pasillo y -se fue derecho a él, saludándole con profundo respeto. Metiéronse en -el cuarto del galán caduco, y allí charlaron de cosas que a este le -parecieron de singular alcance. - -Por de pronto, ni una palabra soltó el pintor que a proyectos de -matrimonio transcendiera. Manifestó un interés vivísimo por Tristana, -lástima profunda de su estado, y amor por ella en un grado discreto, -discreción interpretada por D. Lope como delicadeza, o más bien -repugnancia de un rompimiento brusco, que habría sido inhumano en la -triste situación de la señorita de Reluz. Por fin, Horacio no tuvo -inconveniente en dar al interés que su amiga le inspiraba un carácter -señaladamente positivista. Como sabía por Saturna las dificultades de -cierto género que agobiaban a D. Lope, se arrancó a proponer a este lo -que en su altanera dignidad no podía el caballero admitir. - ---Porque, mire usted, amigo --le dijo en tono campechano--, yo..., y no -se ofenda de mi oficiosidad..., tengo para con Tristana ciertos deberes -que cumplir. Es huérfana. Cuantos la quieren y la estiman en lo que -vale, obligados están a mirar por ella. No me parece bien que usted -monopolice la excelsa virtud de amparar al desvalido... Si quiere usted -concederme un favor, que le agradeceré toda mi vida, permítame... - ---¿Qué?... Por Dios, caballero Díaz, no me sonroje usted. ¿Cómo -consentir...? - ---Tómelo usted por donde quiera.... ¿Qué quiere decirme?... ¿Que es una -indelicadeza proponer que sean de mi cuenta los gastos de la enfermedad -de Tristana? Pues hace usted mal, muy mal, en pensarlo así. Acéptelo, y -después seremos más amigos. - ---¿Más amigos, caballero Díaz? ¡Más amigos después de probar yo que no -tengo vergüenza! - ---¡Don Lope, por amor de Dios! - ---Don Horacio..., basta. - ---Y en último caso, ¿por qué no se me ha de permitir que regale a mi -amiguita un órgano expresivo de superior calidad, de lo mejor en su -género, que le añada una completa biblioteca musical para órgano, -comprendiendo estudios, piezas fáciles y de concierto, y que, por fin, -corra de mi cuenta el profesor?... - ---Eso... ya... Vea usted como transijo. Se admite el regalo del -instrumento y de los papeles. Lo del profesor, no puede ser, caballero -Díaz. - ---¿Por qué? - ---Porque se regala un objeto como testimonio de afectos presentes o -pasados; pero no sé yo de nadie que obsequie con lecciones de música. - ---Don Lope..., déjese de distingos. - ---A ese paso llegaría usted a proponerme costearle la ropa y a -señalarle alimentos..., y esto, con franqueza, paréceme denigrante para -mí... a menos que usted viniera con propósitos y fines de cierto género. - -Viéndole venir, Horacio quiso dar una vuelta a la conversación. - ---Mis propósitos son que se instruya en un arte en que pueda lucir y -gastar ese caudal inmenso de fluido acumulado en su sistema nervioso, -los tesoros de pasión artística, de noble ambición que llenan su alma. - ---Si no es más que eso, yo me basto y me sobro. No soy rico; pero poseo -lo bastante para abrir a Tristana los caminos por donde puede correr -hacia la gloria una pobre cojita. Yo..., francamente, creí que usted... - -Queriendo obtener una declaración categórica, y viendo que no la -lograba por ataques oblicuos, embistiole de frente: - ---Pues yo creí que usted, al venir aquí, traía el propósito de casarse -con ella. - ---¡Casarme!... ¡Oh!... no --dijo Horacio, desconcertado por el -repentino golpe, pero rehaciéndose al momento--. Tristana es enemiga -irreconciliable del matrimonio. ¿No lo sabía usted? - ---¿Yo?... No. - ---Pues sí: lo detesta. Quizás ve más que todos nosotros; quizás su -mirada perspicua, o cierto instinto de adivinación concedido a las -mujeres superiores, ve la sociedad futura, que nosotros no vemos. - ---Quizás... Estas niñas mimosas y antojadizas suelen tener vista muy -larga. En fin, caballero Díaz, quedamos en que se acepta el obsequio -del organito; pero no lo demás: se agradece, eso sí; pero no se puede -aceptar, porque lo veda el decoro. - ---Y quedamos --dijo Horacio despidiéndose-- que vendré a pintar un -ratito con ella. - ---Un ratito..., cuando la levantemos, porque no ha de pintar en la cama. - ---Justo...; pero en tanto, ¿podré venir...? - ---¡Oh!, sí, a charlar, a distraerla. Cuéntele usted cosas de aquel -hermoso país. - ---¡Ah!, no, no --dijo Horacio frunciendo el ceño--. No le gusta el -campo, ni la jardinería, ni la Naturaleza, ni las aves domésticas, ni -la vida regalada y oscura, que a mí me encantan y me enamoran. Soy yo -muy terrestre, muy práctico, y ella muy soñadora, con unas alas de -extraordinaria fuerza para subirse a los espacios sin fin. - ---Ya, ya... (_estrechándole las manos_). Pues venga usted cuando bien -le cuadre, caballero Díaz. Y sabe que... - -Despidiole en la puerta; se metió después en su cuarto, muy gozoso, -y restregándose las manos, decía para su sayo: «Incompatibilidad de -caracteres..., incompatibilidad absoluta, diferencias irreductibles.» - - - - -XXVII - - -Notó el buen Garrido en su inválida cierta estupefacción después de la -entrevista. Interrogada paternalmente por el astuto viejo, Tristana le -dijo sin rebozo: - ---¡Cuánto ha cambiado ese hombre, pero cuánto! Paréceme que no es el -mismo, y no ceso de representármele como antes era. - ---Y qué, ¿gana o pierde en la transformación? - ---Pierde... al menos hasta ahora. - ---Parece buen sujeto, sí. Y te estima. Me propuso abonar los gastos de -tu enfermedad. Yo lo rechacé... Figúrate... - -A Tristana se le encendió el rostro. - ---No es de estos --añadió D. Lope-- que al dejar de amar a una mujer, -se despiden a la francesa. No, no; paréceme atento y delicado. Te -regala un órgano expresivo de lo mejor, y toda la música que puedas -necesitar. Esto lo acepté: no creí prudente rechazarlo. En fin, el -hombre es bueno, y te tiene lástima; comprende que tu situación social, -después de esa pérdida de la patita, exige que se te mime y se te rodee -de distracciones y cuidados; y él empieza por prestarse, como amigo -sincero y bondadoso, a darte leccioncitas de pintura. - -Tristana no dijo nada, y todo el día estuvo muy triste. Al siguiente, -la entrevista con Horacio fue bastante fría. El pintor se mostró -muy amable; pero sin decir ni una palabra de amor. Introdújose D. -Lope en la habitación cuando menos se pensaba, metiendo su cucharada -en el coloquio, que versó exclusivamente sobre cosas de arte. Como -pinchara después a Horacio para que hablase de los encantos de la vida -en Villajoyosa, el pintor se explayó en aquel tema, que, contra la -creencia de D. Lope, parecía del agrado de Tristana. Con vivo interés -oía esta las descripciones de aquella vida placentera y de los puros -goces de la domesticidad en pleno campo. Sin duda, por efecto de una -metamorfosis verificada en su alma después de la mutilación de su -cuerpo, lo que antes desdeñó era ya para ella como risueña perspectiva -de un mundo nuevo. - -En las visitas que se sucedieron, Horacio rehuía con suma habilidad -toda referencia a la deliciosa vida que era ya su pasión más ardiente. -Mostró también indiferencia del arte, asegurando que la gloria y los -laureles no despertaban entusiasmo en su alma. Y al decir esto, fiel -reproducción de las ideas expresadas en sus cartas de Villajoyosa, -observó que a Tristana no le causaba disgusto. Al contrario, en -ocasiones parecía ser de la misma opinión, y mirar con desdén las -empresas y victorias artísticas, con gran estupor de Horacio, en -cuya memoria subsistían indelebles los exaltados conceptos de la -correspondencia de su amante. - -Por fin, la levantaron, y el estrecho gabinete en que la pobre inválida -pasaba las horas, embutida en un sillón, fue convertido en taller de -pintura. La paciencia y la solicitud con que Horacio hacía de maestro -no son para dichas. Mas sucedió una cosa muy rara, y fue que, no -solo mostraba la señorita poca afición al arte de Apeles, sino que -sus aptitudes, claramente manifestadas meses antes, se oscurecían y -eclipsaban, sin duda por falta de fe. No volvía el pintor de su asombro -recordando la facilidad con que su discípula entendía y manejaba el -color, y asombrados los dos de semejante cambio, concluían por desmayar -y aburrirse, difiriendo las lecciones o haciéndolas muy cortas. A los -tres o cuatro días de estas tentativas apenas pintaban ya; pasaban -las horas charlando; y solía suceder que también la conversación -languidecía, como entre personas que ya se han dicho todo lo que tienen -que decirse, y solo tratan de las cosas corrientes y regulares de la -vida. - -El primer día que probó Tristana las muletas, fueron ocasión de risa y -chacota sus primeros ensayos en tan extraño sistema de locomoción. - ---No hay manera --decía con buena sombra-- de imprimir al paso de -muletas un aire elegante. No, por mucho que yo discurra, no inventaré -un bonito andar con estos palitroques. Siempre seré como las mujeres -lisiadas que piden limosna a la puerta de las iglesias. No me importa. -¡Qué remedio tengo más que conformarme! - -Propúsole Horacio enviarle un carrito de mano para que paseara, y -no acogió mal la niña este ofrecimiento, que se hizo efectivo dos -días después, aunque no se utilizó sino a los tres o cuatro meses de -regalado el vehículo. Lo más triste de todo cuanto allí ocurría era que -Horacio dejó de ser asiduo en sus visitas. La retirada fue tan lenta y -gradual, que apenas se notaba. Empezó por faltar un día, excusándose -con ocupaciones imprescindibles; a la siguiente semana hizo novillos -dos veces, luego tres, cinco..., y por fin, ya no se contaron los días -que faltaba, sino los que iba. No parecía Tristana muy contrariada de -estas faltillas; recibíale siempre afectuosa, y le veía partir sin -aparente disgusto. Jamás le preguntaba el motivo de sus ausencias, ni -menos le reñía por ellas. Otra circunstancia digna de notarse era que -jamás hablaban de lo pasado: uno y otro parecían acordes en dar por -fenecida y rematada definitivamente aquella novela, que sin duda les -resultaba inverosímil y falsa, produciendo efecto semejante al que nos -causan en la edad madura los libros de entretenimiento que nos han -entusiasmado y enloquecido en la juventud. - -Del marasmo espiritual en que se encontraba, salió Tristana casi -bruscamente, como por arte mágico, con las primeras lecciones de -música y de órgano. Fue como una resurrección súbita, con alientos de -vida, de entusiasmo y pasión que confirmaban en su verdadero carácter -a la señorita de Reluz, y que despertaron en ella, con el ardor de -aquel nuevo estudio, maravillosas aptitudes. Era el profesor un -hombre chiquitín, afable, de una paciencia fenomenal, tan práctico en -la enseñanza y tan hábil en la transmisión de su método, que habría -convertido en organista a un sordomudo. Bajo su inteligente dirección, -venció Tristana las primeras dificultades en brevísimo tiempo, con -gran sorpresa y alborozo de cuantos aquel milagro veían. D. Lope -estaba verdaderamente lelo de admiración, y cuando Tristana pulsaba -las teclas, sacando de ellas acordes dulcísimos, el pobre señor se -ponía chocho, como un abuelo que ya no vive más que para mimar a su -descendencia menuda y volverse todo babas ante ella. A las lecciones -de mecanismo, digitación y lectura, añadió pronto el profesor algunas -nociones de armonía, y fue una maravilla ver a la joven asimilarse -estos árduos conocimientos. Diríase que le eran familiares las reglas -antes que se las revelaran; adelantábase a la propia enseñanza, y -lo que aprendía quedaba profundamente grabado en su espíritu. El -minúsculo profesor, hombre muy cristiano, que se pasaba la vida de -coro en coro y de capilla en capilla, tocando en misas solemnes, -funerales y novenas, veía en su discípula un ejemplo del favor de Dios, -una predestinación artística y religiosa. - ---Es un genio esta niña --afirmaba admirándola con efusión -contemplativa--, y a ratos paréceme una santa. - ---¡Santa Cecilia! --exclamaba D. Lope con entusiasmo que le ponía -ronco--, ¡qué hija, qué mujer, qué divinidad! - -No le era fácil a Horacio disimular su emoción oyendo a Tristana -modular en el órgano acordes de carácter litúrgico, en estilo fugado, -escalonando los miembros melódicos con pasmosa habilidad; y trabajillo -le costaba al artista ocultar sus lágrimas, avergonzándose de -verterlas. Cuando la señorita, inflamada por religiosa inspiración, -se engolfaba en su música, convirtiendo el grave instrumento en -lenguaje de su alma, a nadie veía, ni se cuidaba de su reducido y -fervoroso público. El sentimiento, así como el estilo para expresarlo, -absorbíanla por entero; su rostro se transfiguraba, adquiriendo -celestial belleza, su alma se desprendía de todo lo terreno para -mecerse en el seno vaporoso de una idealidad dulcísima. Un día, -el bueno del organista llegó al colmo de la admiración, oyéndola -improvisar con gallardo atrevimiento, y se pasmó de la soltura con -que modulaba, enlazando los tonos, y añadiendo a sus conocimientos -de armonía otros que nadie supo de dónde los había sacado, obra -de un misterioso poder de adivinación, solo concedido a las almas -privilegiadas, para quienes el arte no tiene ningún secreto. Desde -aquel día, el maestro asistió a las lecciones con interés superior al -que la pura enseñanza puede infundir, y puso sus cinco sentidos en -la discípula, educándola como a un hijo único y adorado. El anciano -músico y el anciano galán se extasiaban junto a la inválida, y mientras -el uno le mostraba con paternal amor los arcanos del arte, el otro -dejaba traslucir su acendrada ternura con suspiros y alguna expresión -fervorosa. Concluida la lección, Tristana daba un paseíto por la -estancia, con muletas, y a D. Lope y al otro viejo se les figuraba, -contemplándola, que la propia Santa Cecilia no podía moverse ni andar -de otra manera. - -Por este tiempo, es decir, cuando los adelantos de la joven se marcaron -de un modo tan notable, Horacio volvió a menudear sus visitas, y de -pronto estas escasearon notoriamente. Al llegar el verano, transcurrían -hasta dos semanas sin que el pintor aportara por allí, y cuando iba, -Tristana, por agradarle y entretenerle, le obsequiaba con una sesión -de música; sentábase el artista en lo más oscuro de la estancia para -seguir con abstracción profunda la hermosa salmodia, como en éxtasis, -mirando vagamente a un punto indeterminado del espacio, mientras su -alma divagaba suelta por las regiones en que el ensueño y la realidad -se confunden. Y de tal modo absorbió a Tristana el arte con tanto -anhelo cultivado, que no pensaba ni podía pensar en otra cosa. Cada -día ansiaba más y mejor música. La perfección embargaba su espíritu, -teniéndolo como fascinado. Ignorante de cuanto en el mundo ocurría, su -aislamiento era completo, absoluto. Día hubo en que fue Horacio y se -retiró, sin que ella se enterara de que había estado allí. - -Una tarde, sin que nadie lo hubiese previsto, despidiose el pintor para -Villajoyosa, pues según dijo, su tía, que allá continuaba residiendo, -se hallaba en peligro de muerte. Así era la verdad, y a los tres días -de llegar el sobrino, doña Trini cerró las pesadas compuertas de sus -ojos para no volverlas a abrir más. Poco después, a la entrada de -otoño, cayó Díaz enfermo, aunque no de gravedad. Cruzáronse cartas -amistosas entre él y Tristana, y el mismo D. Lope, las cuales en todo -el año siguiente continuaron yendo y viniendo cada dos, cada tres -semanas, por el mismo camino por donde antes corrían las incendiarias -cartas de _señó Juan_ y de _Paquita de Rímini_. Tristana escribía -las suyas deprisa y corriendo, sin poner en ellas más que frases de -cortés amistad. Por una de esas inspiraciones que llevan al ánimo -un conocimiento profundo y certero de las cosas, la inválida creía -firmemente, como se cree en la luz del sol, que no vería más a Horacio. -Y así era, así fue... Una mañana de noviembre entró D. Lope con cara -grave en el cuarto de la joven, y sin expresar alegría ni pena, como -quien dice la cosa más natural del mundo, le soltó la noticia con este -frío laconismo: - ---¿No sabes?... Nuestro D. Horacio se casa. - - - - -XXVIII - - -Creyó notar el viejo galán que Tristana se desconcertaba al recibir -el jicarazo; pero tan rápidamente y con tanto tesón volvió sobre sí -misma, que no le era fácil a D. _Lepe_ conocer a ciencia cierta el -estado de ánimo de su cautiva, después del acabamiento definitivo -de sus locos amores. Como quien se arroja a un piélago tranquilo, -zambullose la señorita en el _maremagnum_ musical, y allí se pasaba las -horas, ya sumergiéndose en lo profundo, ya saliendo graciosamente a la -superficie, incomunicada realmente con todo lo humano, y procurando -estarlo con algunas ideas propias que aún la atormentaban. A Horacio -no le volvió a mentar, y aunque el pintor no cortó relaciones con -ella, y alguna que otra vez escribía cartas amistosas, Garrido era -el encargado de leerlas y contestarlas. Guardábase bien el viejo de -hablar a la niña del que fue su adorador, y con toda su sagacidad -y experiencia, nunca supo fijamente si la actitud triste y serena -de Tristana ocultaba una desilusión, o el sentimiento de haberse -equivocado profundamente al creerse desilusionada en los días de la -vuelta de Horacio. ¿Pero cómo había de saber esto D. Lope, si ella -misma no lo sabía? - -En las buenas tardes de invierno, salía a la calle en el carrito, -que empujaba Saturna. La ausencia de toda presunción fue uno de los -accidentes más característicos de aquella nueva metamorfosis de la -señorita de Reluz: cuidaba poco de embellecer su persona; ataviábase -sencillamente con mantón y pañuelo de seda en la cabeza; pero no perdió -la costumbre de calzarse bien, y de continuo bregaba con el zapatero -por si ajustaba con más o menos perfección la bota... única. ¡Qué raro -le parecía siempre el no calzarse más que un pie! Transcurrirían los -años sin que acostumbrarse pudiera a no ver en parte alguna la bota y -el zapato del pie derecho. - -Al año de la operación, su rostro había adelgazado tanto, que muchos -que en sus buenos tiempos la trataron apenas la conocían ya, al verla -pasar en el cochecillo. Representaba cuarenta años, cuando apenas tenía -veinticinco. La pierna de palo que le pusieron a los dos meses de -arrancada la de carne y hueso, era de lo más perfecto en su clase; mas -no podía la inválida acostumbrarse a andar con ella, ayudada solo de -un bastón. Prefería las muletas, aunque estas le alzaran los hombros, -destruyendo la gallardía de su cuello y de su busto. Aficionose a -pasar las horas de la tarde en la iglesia, y para facilitar esta -inocente inclinación, mudose D. Lope desde lo alto del paseo de Santa -Engracia al del Obelisco, donde tenían muy a mano cuatro o cinco -templos, modernos y bonitos, y además la parroquia de Chamberí. Y el -cambio de domicilio le vino bien a D. Lope por el lado económico, pues -en el alquiler de la nueva casa ahorraba una corta cantidad, que no -venía mal para otros gastos en tiempos tan calamitosos. Pero lo más -particular fue que la afición de Tristana a la iglesia se comunicó a -su viejo tirano, y sin que este notara la gradación, llegó a pasar -ratos placenteros en las Siervas, en las Reparatrices y en San Fermín, -asistiendo a novenas y manifiestos. Cuando D. Lope notó esta nueva -fase de sus costumbres seniles, ya no se hallaba en condiciones para -poder apreciar lo extraño de tal cambio. Anublose su entendimiento; su -cuerpo envejeció con terrible presteza; arrastraba los pies como un -octogenario, y la cabeza y manos le temblaban. Al fin, el entusiasmo de -Tristana por la paz de la iglesia, por la placidez de las ceremonias -del culto y la comidilla de las beatas llegó a ser tal, que acortaba -las horas dedicadas al arte músico para aumentar las consagradas -a la contemplación religiosa. Tampoco se dio cuenta de esta nueva -metamorfosis, a la que llegó por gradaciones lentas; y si al principio -no había en ella más que pura afición, sin verdadero celo, si sus -visitas a la iglesia eran al principio actos de lo que podría llamarse -_dilettantismo_ piadoso, no tardaron en ser actos de piedad verdadera, -y por etapas insensibles vinieron las prácticas católicas, el oír misa, -la penitencia y comunión. - -Y como el buen D. _Lepe_, no viviendo ya más que para ella y por -ella, reflejaba sus sentimientos, y había llegado a ser plagiario -de sus ideas, resultó que también él se fue metiendo poco a poco en -aquella vida, en la cual su triste vejez hallaba infantiles consuelos. -Alguna vez, volviendo sobre sí en momentos lúcidos, que parecían las -breves interrupciones de un inseguro sueño, se echaba una mirada -interrogativa, diciéndose: - ---¿Pero soy yo de verdad, Lope Garrido, el que hace estas cosas? Es que -estoy lelo... sí, lelo... Murió en mí el hombre... ha ido muriendo en -mí todo el ser, empezando por lo presente, avanzando en el morir hacia -lo pasado; y por fin, ya no queda más que el niño... Sí, soy un niño, y -como tal pienso y vivo. Bien lo veo con el cariño de esa mujer. Yo la -he mimado a ella. Ahora ella me mima... - -En cuanto a Tristana, ¿sería, por ventura, aquella su última -metamorfosis? ¿O quizás tal mudanza era solo exterior, y por dentro -subsistía la unidad pasmosa de su pasión por lo ideal? El ser hermoso -y perfecto que amó, construyéndolo ella misma con materiales tomados -de la realidad, se había desvanecido, es cierto, con la reaparición -de la persona que fue como génesis de aquella creación de la mente; -pero el tipo, en su esencial e intachable belleza, subsistía vivo en -el pensamiento de la joven inválida. Si algo pudo variar esta en la -manera de amarle, no menos varió en su cerebro aquella cifra de todas -las perfecciones. Si antes era un hombre, luego fue Dios, el principio -y fin de cuanto existe. Sentía la joven cierto descanso, consuelo -inefable, pues la contemplación mental del ídolo érale más fácil en la -iglesia que fuera de ella, las formas plásticas del culto le ayudaban -a sentirlo. Fue la mudanza del hombre en Dios tan completa al cabo de -algún tiempo, que Tristana llegó a olvidarse del primer aspecto de -su ideal, y no vio al fin más que el segundo, que era seguramente el -definitivo. - -Tres años habían pasado desde la operación realizada con tanto acierto -por Miquis y su amigo, cuando la señorita de Reluz, sin olvidar -completamente el arte musical, mirábalo ya con desdén, como cosa -inferior y de escasa valía. Las horas de la tarde pasábalas en la -iglesia de las Siervas, en un banco, que por la fijeza y constancia con -que lo ocupaba, parecía pertenecerle. Las muletas, arrimadas a un lado, -le hacían lúgubre compañía. Las hermanitas, al fin, entablaron amistad -con ella, resultando de aquí ciertas familiaridades eclesiásticas: -en algunas funciones solemnes tocaba Tristanita el órgano, con gran -regocijo de las religiosas y de todos los concurrentes. La _señora -coja_ hízose popular entre los que asiduamente asistían a los oficios -mañana y tarde, y los acólitos la consideraban ya como parte integrante -del edificio y aun de la institución. - - - - -XXIX - - -No tuvo la vejez de D. Lope toda la tristeza y soledad que él se -merecía, como término de una vida disipada y viciosa, porque sus -parientes le salvaron de la espantosa miseria que le amenazaba. Sin -el auxilio de sus primas, las señoras de Garrido Godoy, que en Jaén -residían, y sin el generoso desprendimiento de su sobrino carnal el -arcediano de Baeza, D. Primitivo de Acuña, el galán en decadencia -hubiera tenido que pedir limosna o entregar sus nobles huesos a San -Bernardino. Pero aunque las tales señoras, solteronas, histéricas -y anticuadas, muy metidas en la iglesia y de timoratas costumbres, -veían en su egregio pariente un monstruo, más bien un diablo que -andaba suelto por el mundo, la fuerza de la sangre pudo más que la -mala opinión que de él tenían, y de un modo discreto le ampararon -en su pobreza. En cuanto al buen arcediano, en un viaje que hizo a -Madrid trató de obtener de su tío ciertas concesiones del orden moral: -conferenciaron; oyole D. Lope con indignación, partió el clérigo muy -descorazonado, y no se habló más del asunto. Pasado algún tiempo, -cuando se cumplieron cinco años de la enfermedad de Tristana, el -clérigo volvió a la carga en esta forma, ayudado de argumentos en cuya -fuerza persuasiva confiaba. - ---Tío, se ha pasado usted la vida ofendiendo a Dios, y lo más infame, -lo más ignominioso es ese amancebamiento criminal... - ---Pero hijo, si ya... no... - ---No importa; se irán ella y usted al infierno, y de nada les valdrán -sus buenas intenciones de hoy. - -Total, que el buen arcediano quería casarles. ¡Inverosimilitud, -sarcasmo horrible de la vida, tratándose de un hombre de ideas -radicales y disolventes, como D. Lope! - ---Aunque estoy lelo --dijo este empinándose con trabajo sobre las -puntas de los pies--, aunque estoy hecho un mocoso y un bebé... no -tanto, Primitivo, no me hagas tan imbécil. - -Expuso el buen sacerdote sus planes sencillamente. No pedía, sino que -secuestraba. Véase cómo. - ---Las tías --dijo--, que son muy cristianas y temerosas de Dios, le -ofrecen a usted, si entra por el aro y acata los mandamientos de la -ley divina..., ofrecen, repito, cederle en escritura pública las dos -dehesas de Arjonilla, con lo cual no solo podrá vivir holgadamente los -días que el Señor le conceda, sino también dejar a su viuda... - ---¡A mi viuda! - ---Sí; porque las tías, con mucha razón, exigen que usted se case. - -Don Lope soltó la risa. Pero no se reía de la extravagante proposición, -¡ay!, sino de sí mismo... Trato hecho. ¿Cómo rechazar la propuesta, si -aceptándola aseguraba la existencia de Tristana cuando él faltase? - -Trato hecho... ¡Quién lo diría! D. Lope, que en aquellos tiempos había -aprendido a hacer la señal de la cruz sobre su frente y boca, no -cesaba de persignarse. En suma; que se casaron... y cuando salieron -de la iglesia, todavía no estaba D. Lope seguro de haber abjurado y -maldecido su queridísima doctrina del celibato. Contra lo que él creía, -la señorita no tuvo nada que oponer al absurdo proyecto. Lo aceptó -con indiferencia, había llegado a mirar todo lo terrestre con sumo -desdén... Casi no se dio cuenta de que la casaron, de que unas breves -fórmulas hiciéronla legítima esposa de Garrido, encasillándola en un -hueco honroso de la sociedad. No sentía el acto, lo aceptaba, como un -hecho impuesto por el mundo exterior, como el empadronamiento, como la -contribución, como las reglas de policía. - -Y el señor de Garrido, al mejorar de fortuna, tomó una casa mayor en -el mismo paseo del Obelisco, la cual tenía un patio con honores de -huerta. Revivió el anciano galán con el nuevo estado; parecía menos -chocho, menos lelo, y sin saber cómo ni cuándo, próximo al acabamiento -de su vida, sintió que le nacían inclinaciones que nunca tuvo, manías y -querencias de pacífico burgués. Desconocía completamente aquel ardiente -afán que le entró por plantar un arbolito, no parando hasta lograr su -deseo, hasta ver que el plantón arraigaba y se cubría de frescas hojas. -Y el tiempo que la señora pasaba en la iglesia rezando, él, un tanto -desilusionado ya de su afición religiosa, empleábalo en cuidar las -seis gallinas y el arrogante gallo que en el patinillo tenía. ¡Qué -deliciosos instantes! ¡Qué grata emoción... ver si ponían huevo, si -este era grande, y, por fin, preparar la echadura para sacar pollitos, -que al fin salieron, ¡ay!, graciosos, atrevidos y con ánimos para vivir -mucho! Don Lope no cabía en sí de contento, y Tristana participaba de -su alborozo. Por aquellos días, entrole a la cojita una nueva afición: -el arte culinario en su rama importante de repostería. Una maestra muy -hábil enseñole dos o tres tipos de pasteles, y los hacía tan bien, tan -bien, que don Lope, después de catarlos, se chupaba los dedos, y no -cesaba de alabar a Dios. ¿Eran felices uno y otro...? Tal vez. - - -FIN DE LA NOVELA - - -Madrid.--Enero de 1892. - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TRISTANA *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part -of this license, apply to copying and distributing Project -Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm -concept and trademark. 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Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in -accordance with this agreement, and any volunteers associated with the -production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm -electronic works, harmless from all liability, costs and expenses, -including legal fees, that arise directly or indirectly from any of -the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this -or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or -additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any -Defect you cause. - -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm - -Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at -www.gutenberg.org - -Section 3. 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Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without -widespread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine-readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. 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Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our website which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This website includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/old/66979-0.zip b/old/66979-0.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 4aa1cea..0000000 --- a/old/66979-0.zip +++ /dev/null diff --git a/old/66979-h.zip b/old/66979-h.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 0363a14..0000000 --- a/old/66979-h.zip +++ /dev/null diff --git a/old/66979-h/66979-h.htm b/old/66979-h/66979-h.htm deleted file mode 100644 index b1c89bf..0000000 --- a/old/66979-h/66979-h.htm +++ /dev/null @@ -1,6425 +0,0 @@ -<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" - "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> -<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" xml:lang="es" lang="es"> - <head> - <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8" /> - <meta http-equiv="Content-Style-Type" content="text/css" /> - <title> - Tristana, by Benito Pérez Galdós—A Project Gutenberg eBook - </title> - <link rel="coverpage" href="images/cover.jpg" /> - <style type="text/css"> - -.formato { margin: 0 auto; width: 26em; max-width: 26em; font-size: 125%; } -.x-ebookmaker.formato { width: 100%; max-width: 100%; font-size: medium; } - -p { margin: 0; text-align: justify; text-indent: 1.25em; line-height: normal; } - -h1, h2 { text-align: center; font-weight: normal; text-indent: 0; } - -h1 { margin: 0; font-size: 140%; } -h2 { margin: 2em 0 0 0; font-size: 130%; } -h2.nobreak { page-break-before: avoid; } - -.lh200 { line-height: 200%; } - -.mt05 { margin-top: 0.5em; } -.mt1 { margin-top: 1em; } -.mt2 { margin-top: 2em; } -.mt3 { margin-top: 3em; } -.mt4 { margin-top: 4em; } - -.pt05 { padding-top: 0.5em;} -.pt3 { padding-top: 0; } -.x-ebookmaker .pt3 { padding-top: 3em; } -.pt6 { padding-top: 0; } -.x-ebookmaker .pt6 { padding-top: 6em; } - -.fs60 { font-size: 60%; } -.fs75 { font-size: 75%; } -.fs80 { font-size: 80%; } -.fs110 { font-size: 110%; } -.fs120 { font-size: 120%; } -.fs175 { font-size: 175%; } -.fs300 { font-size: 300%; } -.smaller { font-size: smaller; } - -.g0 { letter-spacing: 0.05em; margin-right: -0.05em; } -.g1 { letter-spacing: 0.1em; margin-right: -0.1em; } -.g2 { letter-spacing: 0.2em; margin-right: -0.2em; } - -.ws1 { word-spacing: 0.2em; } -.ws2 { word-spacing: 0.3em; } - -hr { width: 34%; margin-left: 33%; clear: both; } -hr.full { width: 100%; margin: 3em 0; border: medium solid silver; } -hr.chap { width: 20%; margin: 3em 0 3em 40%; } -hr.sep0 { width: 8%; margin: 2em 0 2em 46%; } -hr.tir { width: 8%; margin: 1em 0 1em 46%; } -hr.fil { width: 80%; margin: 0.5em 0 0 10%; } - -.front { padding: 3em 0 0 0; page-break-before: always; } -.front p { margin: 0; text-indent: 0; text-align: left; font-family: sans-serif; font-size: 90%; } -.tit { margin: 3em auto 0 auto; page-break-before: always; } -.tit p { text-indent: 0; text-align: center; } - -div.chapter { page-break-before: always; margin-bottom: 2em; } - -.centra { text-align: center; text-indent: 0; } -.legal { margin: 0 0 0 55%; border-top: thin solid black; - border-bottom: thin solid black; padding: 1em 0; font-size: smaller; } -.legal p { margin: 0; } -.fin { margin-top: 3em; text-indent: 0; text-align: center; word-spacing: 0.2em; - text-transform: lowercase; font-variant: small-caps; font-style: normal; } - -.pagenum { - position: absolute; - left: 92%; - font-size: small; - text-align: right; - font-family: serif; - font-style: normal; - font-weight: normal; - font-variant: normal; - letter-spacing: normal; - color: #B0B0B0; - text-indent: 0; -} - -/* Images */ -.figcenter { text-align: center; page-break-inside: avoid; } -img { vertical-align: middle; } -.thin { border: solid thin black; padding: 0; } -.screenonly { display: block; } - -/* Transcriber's notes */ -.transnote { border: thin solid gray; background-color: #f8f8f8; font-family: sans-serif; - font-size: smaller; margin: 2em 0; padding: 1em 0; } -#tnote ul { list-style-type: inherit; margin: 0 0 0 1.5em; padding: 0 2em 0.5em 1em; } -#tnote li { margin-top: 0.5em; text-align: justify; } -.tnotetit { font-weight: bold; text-align: center; text-indent: 0; margin-bottom: 1em; } - - </style> - </head> - -<body class="formato"> - -<div style='text-align:center; font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of Tristana, by Benito Pérez Galdós</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and -most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions -whatsoever. 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Se espacian las restantes - rayas según las convenciones ortotipográficas más recientes.</li> - - <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li> - </ul> -</div> - - -<div class="screenonly x-ebookmaker-drop"> - <hr class="chap" /> - <div class="figcenter"> - <img class="thin" - style="width: 26em; height: auto;" - src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> -</div> - - -<div class="tit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p> - <h1 class="g2">TRISTANA</h1> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="tit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p> - <p class="ws1">NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS</p> - <p class="fs60 mt05">POR</p> - <p class="fs120 ws1">B. PÉREZ GALDÓS</p> - <hr class="fil" /> - - <p class="fs300 g1 mt1">TRISTANA</p> - - <hr class="sep0" /> - <p class="fs110 g1 mt2">9.000</p> - - <div class="figcenter mt3"> - <img src="images/logo.jpg" - style="width: 5em; height: auto;" - alt="Logotipo del editor" /> - </div> - - <p class="lh200 g2 mt3">MADRID</p> - <p class="fs75 lh200 ws2">LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO</p> - <p class="fs80 lh200">Calle del Arenal, núm. 11</p> - <p class="lh200 g0">1922</p> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt6"> - <div class="legal"> - <p><span class="pagenum" id="Page_4">p. 4</span>Es propiedad de la - hija del autor. Se considerarán furtivos todos los ejemplares que no - lleven el sello de este. Queda hecho el depósito que marca la Ley.</p> - </div> - - <div class="mt4"> - <hr class="fil" /> - <p class="fs75 centra pt05">Artes Gráficas «PLUS-ULTRA», Zurbano, 68.—MADRID</p> - </div> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p> - <p class="centra g0 fs175">TRISTANA</p> - <hr class="tir" /> - <h2 class="nobreak g0">I</h2> -</div> - -<p>En el populoso barrio de Chamberí, más cerca del Depósito de -Aguas que de Cuatro Caminos, vivía, no ha muchos años, un hidalgo de -buena estampa y nombre peregrino; no aposentado en casa solariega, pues -por allí no las hubo nunca, sino en plebeyo cuarto de alquiler, de los -baratitos, con ruidoso vecindario de taberna, merendero, cabrería, -y estrecho patio interior de habitaciones numeradas. La primera vez -que tuve conocimiento del tal personaje y pude observar su catadura -militar de antiguo cuño, algo así como una reminiscencia pictórica de -los tercios viejos de Flandes, dijéronme que se llamaba <i>D. Lope de -Sosa</i>, nombre que transciende al polvo de los teatros, o a romance -de los que traen los librillos de retórica; y en efecto, nombrábanle -así algunos amigos maleantes; pero él respondía por D. Lope Garrido. -Andando el tiempo, supe que la partida de bautismo rezaba <i>D. -Juan López Garrido</i>, resultando que aquel<span class="pagenum" -id="Page_6">p. 6</span> sonoro <i>don Lope</i> era composición -del caballero, como un precioso afeite aplicado a embellecer la -personalidad; y tan bien caía en su cara enjuta, de líneas firmes -y nobles, tan buen acomodo hacía el nombre con la espigada tiesura -del cuerpo, con la nariz de caballete, con su despejada frente y sus -ojos vivísimos, con el mostacho entrecano y la perilla corta, tiesa y -provocativa, que el sujeto no se podía llamar de otra manera. O había -que matarle o decirle don Lope.</p> - -<p>La edad del buen hidalgo, según la cuenta que hacía cuando de esto -se trataba, era una cifra tan imposible de averiguar como la hora en un -reloj descompuesto, cuyas manecillas se obstinaran en no moverse. Se -había plantado en los cuarenta y nueve, como si el terror instintivo -de los cincuenta le detuviese en aquel temido lindero del medio siglo; -pero ni Dios mismo con todo su poder le podía quitar los cincuenta y -siete, que no por bien conservados eran menos efectivos. Vestía con -toda la pulcritud y esmero que su corta hacienda le permitía, siempre -de chistera bien planchada, buena capa en invierno, en todo tiempo -guantes oscuros, elegante bastón en verano y trajes más propios de la -edad verde que de la madura. Fue D. Lope Garrido, dicho sea para hacer -boca, gran estratégico en lides de amor, y se preciaba de haber<span -class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span> asaltado más torres de virtud -y rendido más plazas de honestidad que pelos tenía en la cabeza. Ya -gastado y para poco, no podía desmentir la pícara afición, y siempre -que tropezaba con mujeres bonitas, o aunque no fueran bonitas, se ponía -en facha, y sin mala intención les dirigía miradas expresivas, que más -tenían en verdad de paternales que de maliciosas, como si con ellas -dijera: «¡De buena habéis escapado, pobrecitas! Agradeced a Dios el no -haber nacido veinte años antes. Precaveos contra los que hoy sean lo -que yo fui, aunque, si me apuran, me atreveré a decir que no hay en -estos tiempos quien me iguale. Ya no salen jóvenes, ni menos galanes, -ni hombres que sepan su obligación al lado de una buena moza.»</p> - -<p>Sin ninguna ocupación profesional, el buen D. Lope, que había gozado -en mejores tiempos de una regular fortuna, y no poseía ya más que un -usufructo en la provincia de Toledo, cobrado a tirones y con mermas -lastimosas, se pasaba la vida en ociosas y placenteras tertulias de -casino, consagrando también metódicamente algunos ratos a visitas de -amigos, a trincas de café, y a otros centros, o más bien rincones, -de esparcimiento, que no hay para qué nombrar ahora. Vivía en lugar -tan excéntrico por la sola razón de la baratura de las casas, que -aun con la gabela del tranvía, salen por muy poco en aquella<span -class="pagenum" id="Page_8">p. 8</span> zona, amén del despejo, de la -ventilación y de los horizontes risueños que allí se disfrutan. No -era ya Garrido trasnochador: se ponía en planta a punto de las ocho, -y en afeitarse y acicalarse, pues cuidaba de su persona con esmero y -lentitudes de hombre de mundo, se pasaban dos horitas. A la calle hasta -la una, hora infalible del almuerzo frugal. Después de este, calle -otra vez, hasta la comida, entre siete y ocho, no menos sobria que el -almuerzo, algunos días con escaseces no bien disimuladas por las artes -de cocina más elementales. Lo que principalmente debe hacerse constar -es que si D. Lope era todo afabilidad y cortesanía fuera de casa, y en -las tertulias cafeteriles o casinescas a que concurría, en su domicilio -sabía hermanar las palabras atentas y familiares con la autoridad de -amo indiscutible.</p> - -<p>Con él vivían dos mujeres, criada la una, señorita en el nombre -la otra, confundiéndose ambas en la cocina y en los rudos menesteres -de la casa, sin distinción de jerarquías, con perfecto y fraternal -compañerismo, determinado más bien por humillación de la señora que -por ínfulas de la criada. Llamábase esta Saturna, alta y seca, de ojos -negros, un poco hombruna, y por su viudez reciente vestía de luto -riguroso. Habiendo perdido a su marido, albañil que se cayó del andamio -en las obras del Banco, pudo colocar a su hijo en el Hospicio, y se -puso a servir, tocándole<span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span> -para estreno la casa de D. Lope, que no era ciertamente una provincia -de los reinos de Jauja. La otra, que a ciertas horas tomaríais por -sirviente y a otras no, pues se sentaba a la mesa del señor, y le -tuteaba con familiar llaneza, era joven, bonitilla, esbelta, de una -blancura casi inverosímil de puro alabastrina; las mejillas sin color, -los negros ojos más notables por lo vivarachos y luminosos que por lo -grandes; las cejas increíbles, como indicadas en arco con la punta de -finísimo pincel; pequeñuela y roja la boquirrita, de labios un tanto -gruesos, orondos, reventando de sangre, cual si contuvieran toda la -que en el rostro faltaba; los dientes menudos, pedacitos de cuajado -cristal; castaño el cabello y no muy copioso, brillante como torzales -de seda, y recogido con gracioso revoltijo en la coronilla. Pero lo -más característico en tan singular criatura era que parecía toda ella -un puro armiño y el espíritu de la pulcritud, pues ni aun rebajándose -a las más groseras faenas domésticas se manchaba. Sus manos, de una -forma perfecta, ¡qué manos!, tenían misteriosa virtud, como su cuerpo -y ropa, para poder decir a las capas inferiores del mundo físico: -<i>la vostra miseria non mi tange</i>. Llevaba en toda su persona la -impresión de un aseo intrínseco, elemental, superior y anterior a -cualquier contacto de cosa desaseada o impura. De trapillo, zorro en -mano,<span class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span> el polvo y la -basura la respetaban; y cuando se acicalaba y se ponía su bata morada -con rosetones blancos, el moño arribita, traspasado con horquillas -de dorada cabeza, resultaba una fiel imagen de dama japonesa de alto -copete. ¿Pero qué más, si toda ella parecía de papel, de ese papel -plástico, caliente y vivo en que aquellos inspirados orientales -representan lo divino y lo humano, lo cómico tirando a grave, y lo -grave que hace reír? De papel nítido era su rostro blanco mate, de -papel su vestido, de papel sus finísimas, torneadas, incomparables -manos.</p> - -<p>Falta explicar el parentesco de Tristana, que por este nombre -respondía la mozuela bonita, con el gran D. Lope, jefe y señor de -aquel cotarro, al cual no será justo dar el nombre de familia. En el -vecindario, y entre las contadas personas que allí recalaban de visita, -o por fisgonear, versiones había para todos los gustos. Por temporadas -dominaban estas o las otras opiniones sobre punto tan importante; en un -lapso de dos o tres meses se creyó como el Evangelio que la señorita -era sobrina del señorón. Apuntó pronto, generalizándose con rapidez, -la tendencia a conceptuarla hija, y orejas hubo en la vecindad que la -oyeron decir <i>papá</i>, como las muñecas que hablan. Sopló un nuevo -vientecillo de opinión, y ya la tenéis legítima y auténtica señora -de Garrido. Pasado algún tiempo, ni rastros<span class="pagenum" -id="Page_11">p. 11</span> quedaban de estas vanas conjeturas, y -Tristana, en opinión del vulgo circunvecino, no era hija, ni sobrina, -ni esposa, ni nada del gran D. Lope; no era nada y lo era todo, pues -le pertenecía como una petaca, un mueble o una prenda de ropa, sin -que nadie se la pudiera disputar; ¡y ella parecía tan resignada a ser -petaca, y siempre petaca...!</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch2"> - <h2 class="nobreak g0">II</h2> -</div> - -<p>Resignada en absoluto no, porque más de una vez, en aquel año que -precedió a lo que se va a referir, la linda figurilla de papel sacaba -los pies del plato, queriendo mostrar carácter y conciencia de persona -libre. Ejercía sobre ella su dueño un despotismo que podremos llamar -seductor, imponiéndole su voluntad con firmeza endulzada, a veces -con mimos o carantoñas, y destruyendo en ella toda iniciativa que no -fuera de cosas accesorias y sin importancia. Veintiún años contaba la -joven cuando los anhelos de independencia despertaron en ella con las -reflexiones que embargaban su mente acerca de la extrañísima situación -social en que vivía. Aún conservaba procederes y hábitos de chiquilla -cuando tal situación comenzó; sus ojos no sabían mirar al porvenir, -y si lo miraban, no veían nada. Pero un día se fijó en la sombra que -el presente proyectaba hacia los espacios futuros, y aquella<span -class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span> imagen suya estirada por -la distancia, con tan disforme y quebrada silueta, entretuvo largo -tiempo su atención, sugiriéndole pensamientos mil que la mortificaban y -confundían.</p> - -<p>Para la fácil inteligencia de estas inquietudes de Tristana, -conviene hacer toda la luz posible en torno del D. Lope, para que no se -le tenga por mejor ni por más malo de lo que era realmente. Presumía -este sujeto de practicar en toda su pureza dogmática la caballerosidad, -o caballería, que bien podemos llamar sedentaria en contraposición a -la idea de andante o correntona; mas interpretaba las leyes de aquella -religión con criterio excesivamente libre, y de todo ello resultaba -una moral compleja, que no por ser suya dejaba de ser común, fruto -abundante del tiempo en que vivimos; moral que, aunque parecía de su -cosecha, era en rigor concreción en su mente de las ideas flotantes -en la atmósfera metafísica de su época, cual las invisibles bacterias -en la atmósfera física. La caballerosidad de D. Lope, como fenómeno -externo, bien a la vista estaba de todo el mundo: jamás tomó nada que -no fuera suyo, y en cuestiones de intereses llevaba su delicadeza a -extremos quijotescos. Sorteaba su penuria con gallardía, y la encubría -con dignidad, dando pruebas frecuentes de abnegación, y condenando el -apetito de cosas materiales, con acentos de entereza estoica. Para -él,<span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span> en ningún caso -dejaba de ser vil el metal acuñado, ni la alegría que el cobrarlo -produce le redime del desprecio de toda persona bien nacida. La -facilidad con que de sus manos salía, indicaba el tal desprecio mejor -que las retóricas con que vituperaba lo que a su juicio era motivo de -corrupción, y causa de que en la sociedad presente fueran cada día -más escasas las cosechas de caballeros. Respecto a decoro personal, -era tan nimio y de tan quebradiza susceptibilidad, que no toleraba el -agravio más insignificante, ni ambigüedades de palabra que pudieran -llevar en sí sombra de desconsideración. Lances mil tuvo en su vida, y -de tal modo mantenía los fueros de la dignidad, que llegó a ser código -viviente para querellas de honor, y, ya se sabía, en todos los casos -dudosos del intrincado fuero duelístico era consultado el gran D. Lope, -que opinaba y sentenciaba con énfasis sacerdotal, como si se tratara de -un punto teológico o filosófico de la mayor transcendencia.</p> - -<p>El punto de honor era, pues, para Garrido, la cifra y compendio -de toda la ciencia del vivir, y esta se completaba con diferentes -negaciones. Si su desinterés podía considerarse como virtud, no -lo era ciertamente su desprecio del Estado y de la Justicia, como -organismos humanos. La curia le repugnaba; los ínfimos empleados del -Fisco, interpuestos entre las instituciones y el<span class="pagenum" -id="Page_14">p. 14</span> contribuyente con la mano extendida, teníalos -por chusma digna de remar en galeras. Deploraba que en nuestra edad -de más papel que hierro y de tantas fórmulas hueras, no llevasen los -caballeros espada para dar cuenta de tanto gandul impertinente. La -sociedad, a su parecer, había creado diversos mecanismos con el solo -objeto de mantener holgazanes, y de perseguir y desvalijar a la gente -hidalga y bien nacida.</p> - -<p>Con tales ideas, a D. Lope le resultaban muy simpáticos los -contrabandistas y matuteros, y si hubiera podido, habría salido a -su defensa en un aprieto grave. Detestaba la policía encubierta o -uniformada, y cubría de baldón a los carabineros y vigilantes de -consumos, así como a los pasmarotes que llaman de Orden público, y que, -a su parecer, jamás protegen al débil contra el fuerte. Transigía con -la Guardia civil, aunque él, ¡qué demonio! la hubiera organizado de -otra manera, con facultades procesales y ejecutivas, como verdadera -religión de caballería justiciera en caminos y despoblados. Sobre el -Ejército, las ideas de D. Lope picaban en extravagancia. Tal como lo -conocía, no era más que un instrumento político, costoso y tonto por -añadidura, y él opinaba que se le diera una organización religiosa y -militar, como las antiguas órdenes de caballería, con base popular, -servicio obligatorio, jefes hereditarios, vinculación del generalato, -y<span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span> en fin, un sistema -tan complejo y enrevesado que ni él mismo lo entendía. Respecto a la -Iglesia, teníala por una broma pesada, que los pasados siglos vienen -dando a los presentes, y que estos aguantan por timidez y cortedad de -genio. Y no se crea que era irreligioso: al contrario, su fe superaba -a la de muchos que hociquean ante los altares y andan siempre entre -curas. A estos no les podía ver ni escritos el ingenioso D. Lope, -porque no encontraba sitio para ellos en el sistema pseudo-caballeresco -que su desocupado magín se había forjado, y solía decir: «Los -verdaderos sacerdotes somos nosotros, los que regulamos el honor y -la moral, los que combatimos en pro del inocente, los enemigos de la -maldad, de la hipocresía, de la injusticia... y del vil metal.»</p> - -<p>Casos había en la vida de este sujeto que le enaltecían en sumo -grado, y si algún ocioso escribiera su historia, aquellos resplandores -de generosidad y abnegación harían olvidar, hasta cierto punto, las -oscuridades de su carácter y su conducta. De ellos debe hablarse, como -antecedentes o causas que son de lo que luego se referirá. Siempre -fue D. Lope muy amigo de sus amigos, y hombre que se despepitaba por -auxiliar a las personas queridas que se veían en algún compromiso -grave. Servicial hasta el heroísmo, no ponía límites a sus generosos -arranques.<span class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> Su -caballería llegaba en esto hasta la vanidad; y como toda vanidad se -paga, como el lujo de los buenos sentimientos es el más dispendioso -que se conoce, Garrido sufrió considerables quebrantos en su fortuna. -Su muletilla familiar de <i>dar la camisa por un amigo</i> no era una -simple afectación retórica. Si no la camisa, varias veces dio la mitad -de la capa, como San Martín; y últimamente, la prenda de ropa más útil, -como más próxima a la carne, había llegado a correr peligro.</p> - -<p>Un amigo de la infancia, a quien amaba entrañablemente, de nombre -D. Antonio Reluz, compinche de caballerías más o menos correctas, puso -a prueba el furor altruista, que no otra cosa era, del buen D. Lope. -Reluz, al casarse por amor con una joven distinguidísima, apartose -de las ideas y prácticas caballerescas de su amigo, calculando que -no constituían oficio ni daban de comer, y se dedicó a manejar en -buenos negocios el capitalito de su esposa. No le fue mal en los -primeros años. Metiose en la compra y venta de cebada, en contratas -de abastecimientos militares, y otros honrados tráficos, que Garrido -miraba con altivo desprecio. Hacia 1880, cuando ambos habían pasado la -línea de los cincuenta, la estrella de Reluz se eclipsó de súbito, y no -puso la mano en negocio que no resultara de perros. Un socio de mala -fe, un<span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span> amigo pérfido -acabaron de perderle, y el batacazo fue de los más gordos, hallándose -de la noche a la mañana sin blanca, deshonrado y por añadidura -preso...</p> - -<p>—¿Lo ves? —le decía su amigote—, ¿te convences ahora de que ni tú -ni yo servimos para mercachifles? Te lo advertí cuando empezaste, y -no quisiste hacerme caso. No pertenecemos a nuestra época, querido -Antonio; somos demasiado decentes para andar en estos enjuagues, que -allá se quedan para la patulea del siglo.</p> - -<p>Como consuelo, no era de los más eficaces. Reluz le oía sin -pestañear, ni responderle nada, discurriendo cómo y cuándo se pegaría -el tirito con que pensaba poner fin a su horrible sufrimiento.</p> - -<p>Pero Garrido no se hizo esperar, y al punto salió con el supremo -recurso de la camisa.</p> - -<p>—Por salvar tu honra soy yo capaz de dar la... En fin, ya sabes que -es obligación, no favor, pues somos amigos de veras, y lo que yo hago -por ti, lo harías tú por mí.</p> - -<p>Aunque los descubiertos que ponían por los suelos el nombre -comercial de Reluz no eran el oro y el moro, pesaban lo bastante para -resquebrajar el edificio no muy seguro de la fortunilla de D. Lope; el -cual, encastillado en su dogma altruista, hizo la hombrada gorda, y -después de liquidar una casita que conservaba en Toledo, se desprendió -de su colección de cuadros antiguos, si no de primera, bastante<span -class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span> apreciable por los afanes y -placeres sin cuento que representaba.</p> - -<p>—No te apures —decía a su triste amigo—. Pecho a la desgracia, y no -des a esto el valor de un acto extraordinariamente meritorio. En estos -tiempos putrefactos se estima como virtud lo que es deber de los más -elementales. Lo que se tiene, se tiene, fíjate bien, en tanto que otro -no lo necesita. Esta es la ley de las relaciones entre los humanos, y -lo demás es fruto del egoísmo y de la metalización de las costumbres. -El dinero no deja de ser vil sino cuando se ofrece a quien tiene la -desgracia de necesitarlo. Yo no tengo hijos. Toma lo que poseo; que un -pedazo de pan no ha de faltarnos.»</p> - -<p>Que Reluz oía estas cosas con emoción profunda, no hay para qué -decirlo. Cierto que no se pegó el tiro ni había para qué; mas lo mismo -fue salir de la cárcel y meterse en su casa, que pillar una calentura -maligna que lo despachó en siete días. Debió de ser de la fuerza del -agradecimiento, y de las emociones terribles de aquella temporada. -Dejó una viudita inconsolable, que por más que se empeñó en seguirle -a la tumba <i>por muerte natural</i>, no pudo lograrlo, y una hija de -diecinueve abriles, llamada Tristana.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_19">p. 19</span></p> - <h2 class="nobreak g0">III</h2> -</div> - -<p>La viuda de Reluz había sido linda antes de los disgustos y -trapisondas de los últimos tiempos. Pero su envejecer no fue tan rápido -y patente que le quitara a D. Lope las ganas de cortejarla, pues si -el código caballeresco de este le prohibía galantear a la mujer de un -amigo vivo, la muerte del amigo le dejaba en franquía para cumplir a -su antojo la ley de amar. Estaba de Dios, no obstante, que por aquella -vez no le saliera bien la cuenta, pues a las primeras chinitas que -a la inconsolable tiró, hubo de observar que no contestaba con buen -acuerdo a nada de lo que se le decía, que aquel cerebro no funcionaba -como Dios manda, y en suma, que a la pobre Josefina Solís le faltaban -casi todas las clavijas que regulan el pensar discreto y el obrar -acertado. Dos manías, entre otras mil, principalmente la trastornaban: -la manía de mudarse de casa y la del aseo. Cada semana, o cada mes -por lo menos, avisaba los carros de mudanzas, que aquel año hicieron -buen agosto paseándole los trastos por cuantas calles y rondas hay -en Madrid. Todas las casas eran magníficas el día de la mudanza, y -detestables, inhospitalarias, horribles ocho días después. En esta -se helaba de frío, en aquella se achicharraba; en una había<span -class="pagenum" id="Page_20">p. 20</span> vecinas escandalosas, en otra -ratones desvergonzados, en todas nostalgia de otra vivienda, del carro -de mudanza, ansia infinita de lo desconocido.</p> - -<p>Quiso D. Lope poner mano en este costoso delirio; pero pronto -se convenció de que era imposible. El tiempo corto que mediaba -entre mudanza y mudanza, empleábalo Josefina en lavar y fregotear -cuanto cogía por delante, movida de escrúpulos nerviosos y de ascos -hondísimos, más potentes que una fuerte impulsión instintiva. No daba -la mano a nadie, temerosa de que le pegasen herpetismo o pústulas -repugnantes. No comía más que huevos, después de lavarles el cascarón, -y recelosa siempre de que la gallina que los puso hubiera picoteado en -cosas impuras. Una mosca la ponía fuera de sí. Despedía las criadas -cada lunes y cada martes por cualquier inocente contravención de sus -extravagantes métodos de limpieza. No le bastaba con deslucir los -muebles a fuerza de agua y estropajo; lavaba también las alfombras, -los colchones de muelles, y hasta el piano, por dentro y por fuera. -Rodeábase de desinfectantes y antisépticos, y hasta en la comida se -advertían tufos de alcanfor. Con decir que lavaba los relojes está -dicho todo. A su hija la zambullía en el baño tres veces al día, y el -gato huyó bufando de la casa, por no hallarse con fuerzas para soportar -los chapuzones que su ama le imponía.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_21">p. 21</span>Con toda el alma -lamentaba D. Lope la liquidación cerebral de su amiga, y echaba de -menos a la simpática Josefina de otros tiempos, dama de trato muy -agradable, bastante instruida, y hasta con ciertas puntas y ribetes -de literata de buena ley. A cencerros tapados compuso algunos -versitos, que solo mostraba a los amigos de confianza, y juzgaba -con buen criterio de toda la literatura y literatos contemporáneos. -Por temperamento, por educación y por atavismo, pues tuvo dos tíos -académicos, y otro que fue emigrado en Londres con el duque de Rivas y -Alcalá Galiano, detestaba las modernas tendencias realistas; adoraba -el ideal y la frase noble y decorosa. Creía firmemente que en el gusto -hay aristocracia y pueblo, y no vacilaba en asignarse un lugar de -los más oscuros entre los próceres de las letras. Adoraba el teatro -antiguo, y se sabía de memoria largos parlamentos de <i>D. Gil de las -calzas verdes</i>, de <i>La verdad sospechosa</i> y de <i>El mágico -prodigioso</i>. Tuvo un hijo, muerto a los doce años, a quien puso el -nombre de Lisardo, como si fuera de la casta de Tirso o Moreto. Su niña -debía el nombre de Tristana a la pasión por aquel arte caballeresco y -noble, que creó una sociedad ideal para servir constantemente de norma -o ejemplo a nuestras realidades groseras y vulgares.</p> - -<p>Pues todos aquellos refinados gustos, que la<span class="pagenum" -id="Page_22">p. 22</span> embellecían añadiendo encantos mil a sus -gracias naturales, desaparecieron sin dejar rastro en ella. Con la -insana manía de las mudanzas y del aseo, Josefina olvidó toda su edad -pasada. Su memoria, como espejo que ha perdido el azogue, no conservaba -ni una idea, ni un nombre, ni una frase de todo aquel mundo ficticio -que tanto amó. Un día quiso D. Lope despertar los recuerdos de la -infeliz señora, y vio la estupidez pintada en su rostro, como si le -hablaran de una existencia anterior a la presente. No comprendía nada, -no se acordaba de cosa alguna, ignoraba quién podría ser D. Pedro -Calderón, y al pronto creyó que era algún casero, o el dueño de los -carros de mudanza. Otro día la sorprendió lavando las zapatillas, y -a su lado tenía, puestos a secar, los álbumes de retratos. Tristana -contemplaba, conteniendo sus lágrimas, aquel cuadro de desolación, y -con expresivos ojos suplicaba al amigo de la casa que no contrariase -a la pobre enferma. Lo peor era que el buen caballero soportaba con -resignación los gastos de aquella familia sin ventura, los cuales, con -el sin fin de mudanzas, el frecuente romper de loza y deterioro de -muebles, iban subiendo hasta las nubes. Aquel diluvio con jabón les -ahogaba a todos. Por fortuna, en uno de los cambios de domicilio, ya -fuese por haber caído en casa nueva, cuyas paredes chorreaban de<span -class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span> humedad, ya porque Josefina -usó zapatos recién sometidos a su sistema de saneamiento, llegó la hora -de rendir a Dios el alma. Una fiebre reumática que la entró a saco, -espada en mano, acabó sus tristes días. Pero la más negra fue que, para -pagar médico, botica y entierro, amén de las cuentas de perfumería y -comestibles, tuvo D. Lope que dar otro tiento a su esquilmado caudal, -sacrificando aquella parte de sus bienes que más amaba, su colección de -armas antiguas y modernas, reunida con tantísimo afán, y con íntimos -goces de rebuscador inteligente. Mosquetes raros y arcabuces roñosos, -pistolas, alabardas, espingardas de moros y rifles de cristianos, -espadas de cazoleta y también petos y espaldares que adornaban la sala -del caballero entre mil vistosos arreos de guerra y caza, formando el -conjunto más noble y austero que imaginarse puede, pasaron a precio -vil a manos de mercachifles. Cuando D. Lope vio salir su precioso -arsenal, quedose atribulado y suspenso, aunque su grande ánimo supo -aherrojar la congoja que del fondo del pecho le brotaba, y poner en su -rostro la máscara de una estoica y digna serenidad. Ya no le quedaba -más que su colección de retratos de hembras hermosas, en los cuales -había desde la miniatura delicada hasta la fotografía moderna en que la -verdad suple el arte, museo que era para su historia de amorosas<span -class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span> lides, como los de cañones -y banderas que en otro orden pregonan las grandezas de un reinado -glorioso. Ya no le restaba más que esto, algunas imágenes elocuentes -aunque mudas, que significaban mucho como trofeo, bien poco, ¡ay!, como -especie representativa de vil metal.</p> - -<p>En la hora del morir, Josefina recobró, como suele suceder, parte -del seso que había perdido, y con el seso le revivió momentáneamente su -ser pasado, reconociendo, cual D. Quijote moribundo, los disparates de -la época de su viudez, y abominando de ellos. Volvió sus ojos a Dios, -y aún tuvo tiempo de volverlos también a D. Lope, que presente estaba, -y le encomendó a su hija huérfana, poniéndola bajo su amparo, y el -noble caballero aceptó el encargo con efusión, prometiendo lo que en -tan solemnes casos es de rúbrica. Total: que la viuda de Reluz cerró la -pestaña, mejorando con su pase a mejor vida la de las personas que acá -gemían bajo el despotismo de sus mudanzas y lavatorios; que Tristana -se fue a vivir con D. Lope, y que este... (hay que decirlo, por duro y -lastimoso que sea) a los dos meses de llevársela, aumentó con ella la -lista ya larguísima de sus batallas ganadas a la inocencia.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch4"> - <p><span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span></p> - <h2 class="nobreak g0">IV</h2> -</div> - -<p>La conciencia del guerrero de amor arrojaba de sí, como se ha -visto, esplendores de astro incandescente; pero también dejaba ver en -ocasiones arideces horribles de astro apagado y muerto. Era que al -sentido moral del buen caballero le faltaba una pieza importante, cual -órgano que ha sufrido una mutilación y solo funciona con limitaciones o -paradas deplorables. Era que D. Lope, por añejo dogma de su caballería -sedentaria, no admitía crimen ni falta ni responsabilidad en cuestiones -de faldas. Fuera del caso de cortejar a la dama, esposa o manceba de -un amigo íntimo, en amor todo lo tenía por lícito. Los hombres como -él, hijitos mimados de Adán, habían recibido del Cielo una tácita bula -que les dispensaba de toda moral, antes policía del vulgo que ley de -caballeros. Su conciencia, tan sensible en otros puntos, en aquel era -más dura y más muerta que un guijarro, con la diferencia de que este, -herido por la llanta de una carreta, suele despedir alguna chispa, y -la conciencia de D. Lope, en casos de amor, aunque la machacaran las -herraduras del caballo de Santiago, no echaba lumbres.</p> - -<p>Profesaba los principios más erróneos y disolventes, y los reforzaba -con apreciaciones históricas,<span class="pagenum" id="Page_26">p. -26</span> en las cuales lo ingenioso no quitaba lo sacrílego. Sostenía -que en las relaciones de hombre y mujer no hay más ley que la anarquía, -si la anarquía es ley; que el soberano amor no debe sujetarse más que -a su propio canon intrínseco, y que las limitaciones externas de su -soberanía no sirven más que para desmedrar la raza, para empobrecer -el caudal sanguíneo de la humanidad. Decía, no sin gracia, que los -artículos del Decálogo que tratan de toda la <i>pecata minuta</i>, -fueron un pegote añadido por Moisés a la obra de Dios, obedeciendo a -razones puramente políticas; que estas razones de estado continuaron -influyendo en las edades sucesivas, haciendo necesaria la policía de -las pasiones; pero que con el curso de la civilización perdieron su -fuerza lógica, y solo a la rutina y a la pereza humanas se debe que -aún subsistan los efectos después de haber desaparecido las causas. -La derogación de aquellos trasnochados artículos se impone, y los -legisladores deben poner la mano en ella sin andarse en chiquitas. -Bien demuestra esta necesidad la sociedad misma, derogando de hecho -lo que sus directores se empeñan en conservar contra el empuje de las -costumbres y las realidades del vivir. ¡Ah! si el buenazo de Moisés -levantara la cabeza, él y no otro corregiría su obra, reconociendo que -hay tiempos de tiempos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span>Inútil parece -advertir que cuantos conocían a Garrido, incluso el que esto escribe, -abominaban y abominan de tales ideas, deplorando con toda el alma -que la conducta del insensato caballero fuese una fiel aplicación de -sus perversas doctrinas. Debe añadirse que a cuantos estimamos en lo -que valen los grandes principios sobre que se asienta <i>etcétera, -etcétera...</i> se nos ponen los pelos de punta solo de pensar cómo -andaría la máquina social si a sus esclarecidos manipulantes les diese -la ventolera de apadrinar los disparates de D. Lope, y derogaran los -articulitos o mandamientos cuya inutilidad este de palabra y obra -proclamaba. Si no hubiera infierno, solo para D. Lope habría que crear -uno, a fin de que en él eternamente purgase sus burlas de la moral, -y sirviese de perenne escarmiento a los muchos que, sin declararse -sectarios suyos, vienen a serlo de hecho en toda la redondez de esta -tierra pecadora.</p> - -<p>Contento estaba el caballero de su adquisición, porque la chica era -linda, despabiladilla, de graciosos ademanes, fresca tez, y seductora -charla. «Dígase lo que se quiera —argüía para su capote, recordando sus -sacrificios por sostener a la madre y salvar de la deshonra al papá—, -bien me la he ganado. ¿No me pidió Josefina que la amparase? Pues -más amparo no cabe. Bien defendida la tengo de<span class="pagenum" -id="Page_28">p. 28</span> todo peligro; que ahora nadie se atreverá a -tocarla al pelo de la ropa.» En los primeros tiempos, guardaba el galán -su tesoro con precauciones exquisitas y sagaces; temía rebeldías de la -niña, sobresaltado por la diferencia de edad, mayor sin duda de lo que -el interno canon de amor dispone. Temores y desconfianzas le asaltaban; -casi casi sentía en la conciencia algo como un cosquilleo tímido, -precursor de remordimiento. Pero esto duraba poco, y el caballero -recobraba su bravía entereza. Por fin, la acción devastadora del tiempo -amortiguó su entusiasmo hasta suavizar los rigores de su inquieta -vigilancia, y llegar a una situación semejante a la de los matrimonios -que han agotado el capitalazo de las ternezas, y empiezan a gastar, con -prudente economía, la rentita del afecto reposado y un tanto desabrido. -Conviene advertir que ni por un momento se le ocurrió al caballero -desposarse con su víctima, pues aborrecía el matrimonio; teníalo por -la más espantosa fórmula de esclavitud que idearon los poderes de la -tierra para meter en un puño a la pobrecita humanidad.</p> - -<p>Tristana aceptó aquella manera de vivir casi sin darse cuenta de -su gravedad. Su propia inocencia, al paso que le sugería tímidamente -medios defensivos que emplear no supo, le vendaba los ojos, y solo -el tiempo y la continuidad<span class="pagenum" id="Page_29">p. -29</span> metódica de su deshonra le dieron luz para medir y apreciar -su situación triste. La perjudicó grandemente su descuidada educación, -y acabaron de perderla las hechicerías y artimañas que sabía emplear -el tuno de D. Lope, quien compensaba lo que los años le iban quitando, -con un arte sutilísimo de la palabra, y finezas galantes de superior -temple, de esas que apenas se usan ya, porque se van muriendo los que -usarlas supieron. Ya que no cautivar el corazón de la joven, supo el -maduro galán mover con hábil pulso resortes de su fantasía, y producir -con ellos un estado de pasión falsificada, que para él, ocasionalmente, -a la verdadera se parecía.</p> - -<p>Pasó la señorita de Reluz por aquella prueba tempestuosa, como quien -recorre los períodos de aguda dolencia febril, y en ella tuvo momentos -de corta y pálida felicidad, como sospechas de lo que las venturas -de amor pueden ser. Don Lope le cultivaba con esmero la imaginación, -sembrando en ella ideas que fomentaran la conformidad con semejante -vida; estimulaba la fácil disposición de la joven para idealizar las -cosas, para verlo todo como no es, o como nos conviene o nos gusta -que sea. Lo más particular fue que Tristana, en los primeros tiempos, -no dio importancia al hecho monstruoso de que la edad de su tirano -casi triplicaba la suya. Para<span class="pagenum" id="Page_30">p. -30</span> expresarlo con la mayor claridad posible, hay que decir que -no vio la desproporción, a causa sin duda de las consumadas artes -del seductor, y de la complicidad pérfida con que la naturaleza le -ayudaba en sus traidoras empresas, concediéndole una conservación casi -milagrosa. Eran sus atractivos personales de tan superior calidad, -que al tiempo le costaba mucho trabajo destruirlos. A pesar de todo, -el artificio, la contrahecha ilusión de amor no podían durar: un día -advirtió D. Lope que había terminado la fascinación ejercida por él -sobre la muchacha infeliz, y en esta, el volver en sí produjo una -terrible impresión de la que había de tardar mucho en recobrarse. -Bruscamente vio en D. Lope al viejo, y agrandaba con su fantasía -la ridícula presunción del anciano que, contraviniendo la ley de -Naturaleza, hace papeles de galán. Y no era D. Lope aún tan viejo como -Tristana lo sentía, ni había desmerecido hasta el punto de que se le -mandara recoger como un trasto inútil. Pero como en la convivencia -íntima, los fueros de la edad se imponen, y no es tan fácil el disimulo -como cuando se gallea fuera de casa, en lugares elegidos y a horas -cómodas, surgían a cada instante mil motivos de desilusión, sin que el -degenerado galanteador, con todo su arte y todo su talento, pudiera -evitarlo.</p> - -<p>Este despertar de Tristana no era más que<span class="pagenum" -id="Page_31">p. 31</span> una fase de la crisis profunda que hubo de -sufrir a los ocho meses próximamente de su deshonra, y cuando cumplía -los veintidós años. Hasta entonces, la hija de Reluz, atrasadilla en -su desarrollo moral, había sido toda irreflexión y pasividad muñequil, -sin ideas propias, viviendo de las proyecciones del pensar ajeno, y con -una docilidad tal en sus sentimientos, que era muy fácil evocarlos en -la forma y con la intención que se quisiera. Pero vinieron días en que -su mente floreció de improviso, como planta vivaz a la que le llega -un buen día de primavera, y se llenó de ideas, en apretados capullos -primero, en espléndidos ramilletes después. Anhelos indescifrables -apuntaron en su alma. Se sentía inquieta, ambiciosa, sin saber de qué, -de algo muy distante, muy alto que no veían sus ojos por parte alguna; -ansiosos temores la turbaban a veces, a veces risueñas confianzas; veía -con lucidez su situación, y la parte de humanidad que ella representaba -con sus desdichas; notó en sí algo que se le había colado de rondón -por las puertas del alma, orgullo, conciencia de no ser una persona -vulgar; sorprendiose de los rebullicios, cada día más fuertes, de su -inteligencia que le decía: «Aquí estoy. ¿No ves cómo pienso cosas -grandes?» Y a medida que se cambiada en sangre y médula de mujer la -estopa de la muñeca, iba cobrando aborrecimiento y repugnancia<span -class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span> a la miserable vida que -llevaba, bajo el poder de D. Lope Garrido.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch5"> - <h2 class="nobreak g0">V</h2> -</div> - -<p>Y entre las mil cosas que aprendió Tristana en aquellos días, sin -que nadie se las enseñara, aprendió también a disimular, a valerse de -las ductilidades de la palabra, a poner en el mecanismo de la vida -esos muelles que la hacen flexible, esos apagadores que ensordecen -el ruido, esas desviaciones hábiles del movimiento rectilíneo, casi -siempre peligroso. Era que D. Lope, sin que ninguno de los dos se diese -cuenta de ello, habíala hecho su discípula, y algunas ideas de las que -con toda lozanía florecieron en la mente de la joven, procedían del -semillero de su amante y por fatalidad maestro. Hallábase Tristana en -esa edad y sazón en que las ideas se pegan, en que ocurren los más -graves contagios del vocabulario personal, de las maneras y hasta del -carácter.</p> - -<p>La señorita y la criada hacían muy buenas migas. Sin la compañía y -los agasajos de Saturna, la vida de Tristana habría sido intolerable. -Charlaban trabajando, y en los descansos charlaban más todavía. Refería -la criada sucesos de su vida, pintándole el mundo y los hombres con -sincero realismo, sin ennegrecer ni poetizar los<span class="pagenum" -id="Page_33">p. 33</span> cuadros; y la señorita, que apenas tenía -pasado que contar, lanzábase a los espacios del suponer y del presumir, -armando castilletes de vida futura como los juegos constructivos de la -infancia con cuatro tejuelos y algunos montoncitos de tierra. Eran la -historia y la poesía asociadas en feliz maridaje. Saturna enseñaba, la -niña de D. Lope creaba, fundando sus atrevidos ideales en los hechos de -la otra.</p> - -<p>—Mira, tú —decía Tristana a la que, más que sirviente, era para ella -una fiel amiga—, no todo lo que este hombre perverso nos enseña es -disparatado, y algo de lo que habla tiene mucho intríngulis... Porque -lo que es talento, no se puede negar que le sobra. ¿No te parece a ti -que lo que dice del matrimonio es la pura razón? Yo... te lo confieso -aunque me riñas, creo como él que eso de encadenarse a otra persona por -toda la vida, es invención del diablo... ¿No lo crees tú? Te reirás -cuando te diga que no quisiera casarme nunca, que me gustaría vivir -siempre libre. Ya, ya sé lo que estás pensando; que me curo en salud, -porque después de lo que me ha pasado con este hombre, y siendo pobre -como soy, nadie querrá cargar conmigo. ¿No es eso mujer, no es eso?</p> - -<p>—Ay, no, señorita, no pensaba tal cosa —replicó la doméstica -prontamente—. Siempre se encuentran unos pantalones para todo, -inclusive<span class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span> para casarse. -Yo me casé una vez, y no me pesó; pero no volveré por agua a la fuente -de la Vicaría. Libertad, tiene razón la señorita, libertad, aunque esta -palabra no suena bien en boca de mujeres. ¿Sabe la señorita cómo llaman -a las que sacan los pies del plato? Pues las llaman, por buen nombre, -<i>libres</i>. De consiguiente, si ha de haber un poco de reputación, -es preciso que haya dos pocos de esclavitud. Si tuviéramos oficios -y carreras las mujeres, como los tienen esos bergantes de hombres, -anda con Dios. Pero, fíjese, solo tres carreras pueden seguir las que -visten faldas: o casarse, que carrera es, o el teatro..., vamos, ser -cómica, que es buen modo de vivir, o..., no quiero nombrar lo otro. -Figúreselo.</p> - -<p>—Pues mira tú, de estas tres carreras, únicas de la mujer, la -primera me agrada poco, la tercera menos, la de enmedio la seguiría -yo si tuviera facultades; pero me parece que no las tengo... Ya sé, -ya sé que es difícil eso de ser libre... y honrada. ¿Y de qué vive -una mujer no poseyendo rentas? Si nos hicieran médicas, abogadas, -siquiera boticarias o escribanas, ya que no ministras y senadoras, -vamos, podríamos... Pero cosiendo, cosiendo... Calcula las puntadas -que hay que dar para mantener una casa... Cuando pienso lo que será de -mí, me dan ganas de llorar. ¡Ay, pues si yo sirviera para monja, ya -estaba<span class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span> pidiendo plaza -en cualquier convento! Pero no valgo, no, para encerronas de toda la -vida. Yo quiero vivir, ver mundo y enterarme de por qué y para qué nos -han traído a esta tierra en que estamos. Yo quiero vivir y ser libre... -Di otra cosa: ¿y no puede una ser pintora, y ganarse el pan pintando -cuadros bonitos? Los cuadros valen muy caros. Por uno que solo tenía -unas montañas allá lejos, con cuatro árboles secos más acá, y en primer -término un charco y dos patitos, dio mi papá mil pesetas. Conque ya -ves. ¿Y no podría una mujer meterse a escritora y hacer comedias..., -libros de rezo, o siquiera fábulas, Señor? Pues a mí me parece que -esto es fácil. Puedes creerme que estas noches últimas, desvelada y no -sabiendo cómo entretener el tiempo, he inventado no sé cuantos dramas -de los que hacen llorar, y piezas de las que hacen reír, y novelas de -muchísimo enredo y pasiones tremendas, y qué sé yo. Lo malo es que no -sé escribir..., quiero decir, con buena letra, cometo la mar de faltas -de Gramática, y hasta de Ortografía. Pero ideas, lo que llamamos ideas, -cree que no me faltan.</p> - -<p>—¡Ay, señorita —dijo Saturna sonriendo y alzando sus admirables -ojos negros de la media que repasaba—, qué engañada vive si piensa que -todo eso puede dar de comer a una señora honesta en libertad! Eso es -para hombres, y aun<span class="pagenum" id="Page_36">p. 36</span> -ellos... ¡vaya, lucido pelo echan los que viven de cosas de leyenda! -Echarán plumas, pero lo que es pelo... Pepe Ruiz, el hermano de leche -de mi difunto, que es un hombre muy sabido en la materia, como que -trabaja en la fundición donde hacen las letras de plomo para imprimir, -nos decía que entre los de pluma todo es hambre y necesidad, y que -aquí no se gana el pan con el sudor de la frente, sino con el de la -lengua; más claro: que solo sacan tajada los políticos, que se pasan -la vida echando discursos. ¿Trabajitos de cabeza?... ¡quítese usted de -ahí! ¿Dramas, cuentos y libros para reírse o llorar? Conversación. Los -que los inventan no sacarían ni para un cocido si no intrigaran con el -Gobierno para afanar los destinos. Así anda la Ministración.</p> - -<p>—Pues yo te digo (<i>con viveza</i>) que hasta para eso del Gobierno -y la política me parece a mí que había de servir yo. No te rías. Sé -pronunciar discursos. Es cosa muy fácil. Con leer un poquitín de las -sesiones de Cortes, en seguida te enjareto lo bastante para llenar -medio periódico.</p> - -<p>—¡Vaya por Dios! Para eso hay que ser hombre, señorita. La maldita -enagua estorba para eso, como para montar a caballo. Decía mi difunto -que si él no hubiera sido tan corto de genio, habría llegado a donde -llegan pocos, porque se le ocurrían cosas tan gitanas como las<span -class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span> que le echan a usted Castelar -y Cánovas en las Cortes, cosas de salvar al país verdaderamente; -pero el hijo de Dios, siempre que quería desbocarse en el Círculo de -Artesanos, o en los metingues de los <i>compañeros</i>, se sentía un -tenazón en el gaznate, y no acertaba con la palabra primera, que es la -más difícil... vamos, que no rompía. Claro, no rompiendo, no podía ser -orador ni político.</p> - -<p>—¡Ay qué tonto! Pues yo rompería, vaya si rompería. (<i>Con -desaliento.</i>) Es que vivimos sin movimiento, atadas con mil -ligaduras... También se me ocurre que yo podría estudiar lenguas. No -sé más que las raspaduras de francés que me enseñaron en el colegio, -y ya las voy olvidando. ¡Qué gusto hablar inglés, alemán, italiano! -Me parece a mí que si me pusiera, lo aprendería pronto. Me noto... no -sé cómo decírtelo... me noto como si supiera ya un poquitín antes de -saberlo, como si en otra vida hubiera sido yo inglesa o alemana, y me -quedara un dejo...</p> - -<p>—Pues eso de las lenguas —afirmó Saturna, mirando a la señorita -con maternal solicitud— sí que le convenía aprenderlo, porque la que -da lecciones lo gana, y además es un gusto poder entender todo lo que -parlan los extranjeros. Bien podría el amo ponerle un buen profesor.</p> - -<p>—No me nombres a tu amo. No espero nada<span class="pagenum" -id="Page_38">p. 38</span> de él. (<i>Meditabunda, mirando la luz.</i>) -No sé, no sé cuándo ni cómo concluirá esto; pero de alguna manera ha de -concluir.</p> - -<p>La señorita calló, sumergiéndose en una cavilación sombría. -Acosada por la idea de abandonar la morada de D. Lope, oyó en su -mente el hondo tumulto de Madrid, vio la polvareda de luces que a lo -lejos resplandecía, y se sintió embelesada por el sentimiento de su -independencia. Volviendo de aquella meditación como de un letargo, -suspiró fuerte. ¡Cuán sola estaría en el mundo fuera de la casa de su -pobre y caduco galán! No tenía parientes, y las dos únicas personas a -quienes tal nombre pudiera dar, hallábanse muy lejos: su tío materno -D. Fernando, en Filipinas, el primo Cuesta, en Mallorca, y ninguno -de los dos había mostrado nunca malditas ganas de ampararla. Recordó -también (y a todas estas Saturna la observaba con ojos compasivos) -que las familias que tuvieron visiteo y amistad con su madre, la -miraban ya con prevención y despego, efecto de la endiablada sombra -de don Lope. Contra esto, no obstante, hallaba Tristana en su orgullo -defensa eficaz, y despreciando a quien la ofendía, se daba una de esas -satisfacciones ardientes que fortifican por el momento como el alcohol, -aunque a la larga destruyan.</p> - -<p>—¡Dale! No piense cosas tristes —le dijo Saturna,<span -class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span> pasándole la mano por delante -de los ojos, como si ahuyentara una mosca.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch6"> - <h2 class="nobreak g0">VI</h2> -</div> - -<p>—¿Pues en qué quieres que piense, en cosas alegres? Dime dónde -están, dímelo pronto.</p> - -<p>Para amenizar la conversación, Saturna echaba mano prontamente de -cualquier asunto jovial, sacando a relucir anécdotas y chismes de la -gárrula sociedad que las rodeaba. Algunas noches se entretenían en -poner en solfa a D. Lope, el cual, al verse en tan gran decadencia, -desmintió los hábitos espléndidos de toda su vida, volviéndose algo -roñoso. Apremiado por la creciente penuria, regateaba los míseros -gastos de la casa, educándose, ¡a buenas horas!, en la administración -doméstica, tan disconforme con su caballería. Minucioso y cominero, -intervenía en cosas que antes estimaba impropias de su decoro señoril, -y gastaba un genio y unos refunfuños que le desfiguraban más que -los hondos surcos de la cara y el blanquear del cabello. Pues de -estas miserias, de estas prosas trasnochadas de la vida del D. Juan -caído, sacaban las dos hembras materia para reírse y pasar el rato. -Lo gracioso del caso era que, como D. Lope ignoraba en absoluto -la economía doméstica, mientras más se las echaba de financiero y -de<span class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span> buen mayordomo, más -fácilmente le engañaba Saturna, consumada maestra en sisas y otras -artimañas de cocinera y compradora.</p> - -<p>Con Tristana fue siempre el caballero todo lo generoso que su -pobreza cada vez mayor le permitía. Iniciada con tristísimos caracteres -la escasez, en el costoso renglón de ropa fue donde primero se -sintió el doloroso recorte de las economías; pero D. Lope sacrificó -su presunción a la de su esclava, sacrificio no flojo en hombre tan -devoto admirador de sí mismo. Llegó día en que la escasez mostró toda -la fealdad seca de su cara de muerte, y ambos quedaron iguales en lo -anticuado y traído de la ropa. La pobre niña se quemaba las cejas, -haciendo con sus trapitos, ayudada de Saturna, mil refundiciones que -eran un primor de habilidad y paciencia. En los fugaces tiempos, que -bien podríamos llamar felices o dorados, Garrido la llevaba al teatro -alguna vez; mas la necesidad, con su cara de hereje, decretó al fin -la absoluta supresión de todo espectáculo público. Los horizontes de -la vida se cerraban y ennegrecían cada día más delante de la señorita -de Reluz, y aquel hogar desapacible, frío de afectos, pobre, vacío en -absoluto de ocupaciones gratas, le abrumaba el espíritu. Porque la -casa, en la cual lucían restos de instalaciones que fueron lujosas, -se iba poniendo de lo más feo y triste que es posible imaginar: todo -anunciaba<span class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span> penuria y -decaimiento: nada de lo roto o deteriorado se componía ni se reparaba. -En la salita desconcertada y glacial solo quedaba, entre trastos -feísimos, un bargueño estropeado por las mudanzas, en el cual tenía D. -Lope su archivo galante. En las paredes veíanse los clavos de donde -pendieron las panoplias. En el gabinete observábase hacinamiento -de cosas que debieron de tener hueco en local más grande, y en el -comedor no había más mueble que la mesa y unas sillas cojas con el -cuero desgarrado y sucio. La cama de D. Lope, de madera con columnas -y pabellón airoso, imponía por su corpulencia monumental; pero las -cortinas de damasco azul no podían ya con más desgarrones. El cuarto de -Tristana, inmediato al de su dueño, era lo menos marcado por el sello -del desastre, gracias al exquisito esmero con que ella defendía su -ajuar de la descomposición y de la miseria.</p> - -<p>Y si la casa declaraba, con el expresivo lenguaje de las cosas, la -irremediable decadencia de la caballería sedentaria, la persona del -galán iba siendo rápidamente imagen lastimosa de lo fugaz y vano de -las glorias humanas. El desaliento, la tristeza de su ruina, debían de -influir no poco en el <i>bajón</i> del menesteroso caballero, ahondando -las arrugas de sus sienes más que los años, y más que el ajetreo que -desde los veinte se traía. Su cabello, que a los cuarenta empezó a -blanquear,<span class="pagenum" id="Page_42">p. 42</span> se había -conservado espeso y fuerte; pero ya se le caían mechones, que él habría -repuesto en su sitio si hubiera alguna alquimia que lo consintiese. -La dentadura se le conservaba bien en la parte más visible; pero sus -hasta entonces admirables muelas empezaban a insubordinarse, negándose -a masticar bien, o rompiéndosele en pedazos, cual si unas a otras se -mordieran. El rostro de soldado de Flandes iba perdiendo sus líneas -severas, y el cuerpo no podía conservar su esbeltez de antaño sin el -auxilio de una férrea voluntad. Dentro de casa la voluntad se rendía, -reservando sus esfuerzos para la calle, paseos y casino.</p> - -<p>Comúnmente, si al entrar de noche encontraba despiertas a las dos -mujeres, echaba un parrafito con ellas, corto con Saturna, a quien -mandaba que se acostara, largo con Tristana. Pero llegó un tiempo en -que casi siempre entraba silencioso y de mal talante, y se metía en su -cuarto, donde la cautiva infeliz tenía que oír y soportar sus clamores -por la tos persistente, por el dolor reumático, o la sofocación del -pecho. Renegaba D. Lope y ponía el grito en el cielo, cual si creyese -que la Naturaleza no tenía ningún derecho a hacerle padecer, o si se -considerara mortal predilecto, relevado de las miserias que afligen a -la humanidad. Y para colmo de desdichas, veíase precisado a dormir con -la cabeza envuelta<span class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span> en -un feo pañuelo, y su alcoba apestaba de los menjurjes que usar solía -para el reuma o el romadizo.</p> - -<p>Pero estas menudencias, que herían a D. Lope en lo más vivo de su -presunción, no afectaban a Tristana tanto como las fastidiosas mañas -que iba sacando el pobre señor, pues al derrumbarse tan lastimosamente -en lo físico y en lo moral dio en la flor de tener celos. El que jamás -concedió a ningún nacido los honores de la rivalidad, al sentir en -sí la vejez del león se llenaba de inquietudes, y veía salteadores y -enemigos en su propia sombra. Reconociéndose caduco, el egoísmo le -devoraba, como una lepra senil, y la idea de que la pobre joven le -comparase, aunque solo mentalmente, con soñados ejemplares de belleza -y juventud, le acibaraba la vida. Su buen juicio, la verdad sea dicha, -no le abandonaba enteramente, y en sus ratos lúcidos, que por lo común -eran por la mañana, reconocía toda la importunidad y sinrazón de su -proceder, y procuraba adormecer a la cautiva con palabras de cariño y -confianza.</p> - -<p>Poco duraban estas paces, porque al llegar la noche, cuando el viejo -y la niña se quedaban solos, recobraba el primero su egoísmo semítico, -sometiéndola a interrogatorios humillantes, y una vez, exaltado por -aquel suplicio en que le ponía la desproporción alarmante entre su -flacidez enfermiza<span class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span> y la -lozanía de Tristana, llegó a decirle:</p> - -<p>—Si te sorprendo en algún mal paso, te mato, cree que te mato. -Prefiero terminar trágicamente a ser ridículo en mi decadencia. -Encomiéndate a Dios antes de faltarme. Porque yo lo sé, lo sé; para -mí no hay secretos; poseo un saber infinito de estas cosas, y una -experiencia y un olfato... que no es posible pegármela, no, no es -posible.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch7"> - <h2 class="nobreak g0">VII</h2> -</div> - -<p>Algo se asustaba Tristana, sin llegar a sentir terror, ni a -creer al pie de la letra en las fieras amenazas de su dueño, cuyos -alardes de olfato y adivinación estimaba como ardid para dominarla. -La tranquilidad de su conciencia dábale valor contra el tirano, y ni -aun se cuidaba de obedecerle en sus infinitas prohibiciones. Aunque -le había ordenado no salir de paseo con Saturna, se escabullía casi -todas las tardes: pero no iban a Madrid, sino hacia Cuatro Caminos, al -Partidor, al Canalillo o hacia las alturas que dominan el Hipódromo: -paseo de campo, con merienda las más veces, y esparcimiento saludable. -Eran los únicos ratos de su vida en que la pobre esclava podía -dar de lado a su tristeza, y gozaba de ellos con abandono pueril, -permitiéndose correr y saltar, y jugar a las cuatro esquinas con -la<span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span> chica del tabernero, -que solía acompañarla, o alguna otra amiguita del vecindario. Los -domingos, el paseo era de muy distinto carácter. Saturna tenía a su -hijo en el Hospicio, y según costumbre de todas las madres que se -hallan en igual caso, salía a encontrarle en el paseo.</p> - -<p>Comúnmente, al llegar la caterva de chiquillos a un lugar convenido -en las calles nuevas de Chamberí, les dan el rompan-filas, y se ponen -a jugar. Allí les aguardan ya las madres, abuelas o tías (del que las -tiene), con el pañuelito de naranjas, cacahuetes, avellanas, bollos o -mendrugos de pan. Algunos corretean y brincan jugando a la <i>toña</i>; -otros se pegan a los grupos de mujeres. Los hay que piden cuartos al -transeúnte, y casi todos rodean a las vendedoras de caramelos largos, -avellanas y piñones. Mucho gustaban a Tristana tales escenas, y ningún -domingo, como hiciera buen tiempo, dejaba de compartir con su sirviente -la grata ocupación de obsequiar al hospicianillo, el cual se llamaba -Saturno, como su madre, y era rechoncho, patizambo, con unos mofletes -encendidos y carnosos que venían a ser como certificación viva del -buen régimen del Establecimiento provincial. La ropa de paño burdo no -le consentía ser muy elegante en sus movimientos, y la gorra con galón -no ajustaba bien a su cabezota, de cabello duro y cerdoso como los -pelos de un cepillo.<span class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span> -Su madre y Tristana le encontraban muy salado; pero hay que confesar -que de salado no tenía ni pizca; era, sí, dócil, noblote y aplicadillo, -con aficiones a la tauromaquia callejera. La señorita le obsequiaba -siempre con alguna naranja, y le llevaba además una perra chica para -que comprase cualquier chuchería de su agrado; y por más que su madre -le incitaba al ahorro, sugiriéndole la idea de ir guardando todo -el numerario que obtuviera, jamás pudo conseguir poner diques a su -despilfarro, y cuarto adquirido era cuarto lanzado a la circulación. -Así prosperaba el comercio de molinitos de papel, de banderillas para -torear, y de torrados y bellotas.</p> - -<p>Tras importunas lluvias, trajo el año aquel una apacible quincena -de octubre, con sol picón, cielo despejado, aire quieto; y aunque por -las mañanas amanecía Madrid enfundado de nieblas, y por las noches -la radiación enfriaba considerablemente el suelo, las tardes, de dos -a cinco, eran deliciosas. Los domingos no quedaba bicho viviente en -casa, y todas las vías de Chamberí, los altos de Maudes, las avenidas -del Hipódromo y los cerros de Amaniel, hormigueaban de gente. Por -la carretera no cesaba el presuroso desfile hacia los merenderos de -Tetuán. Un domingo de aquel hermoso octubre, Saturna y Tristana fueron -a esperar a los hospicianos en la calle de Ríos Rosas, que enlaza los -altos<span class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span> de Santa Engracia -con la Castellana, y en aquella hermosa vía, bien asoleada, ancha y -recta, que domina un alegre y extenso campo, fue soltada la doble -cuerda de presos. Unos se pegaron a las madres, que les habían venido -siguiendo desde lejos; otros armaron al instante la indispensable -corrida de novillos de puntas, con presidencia, chiqueros, apartado, -callejones, barrera, música del Hospicio, y demás perfiles. A la -sazón pasaron por allí, viniendo de la Castellana, los sordomudos, en -grupos de mudo y ciego, con sus gabanes azules y galonada gorra. En -cada pareja, los ojos del mudo valían al ciego para poder andar sin -tropezones; se entendían por el tacto con tan endiabladas garatusas, -que causaba maravilla verles hablar. Gracias a la precisión de aquel -lenguaje, enteráronse pronto los ciegos de que allí estaban los -hospicianos, mientras los muditos, todos ojos, se deshacían por echar -un par de <i>verónicas</i>. ¡Como que para esto maldita falta les -hacía el don de la palabra! En alguna pareja de sordos, las garatusas -eran un movimiento o vibración rapidísima, tan ágil y flexible como -la humana voz. Contrastaban las caras picarescas de los mudos, en -cuyos ojos resplandecía todo el verbo humano, con las caras aburridas, -muertas, de los ciegos, picoteadas atrozmente de viruelas, vacíos los -ojos y cerrados entre cerdosas pestañas, o abiertos, aunque<span -class="pagenum" id="Page_48">p. 48</span> insensibles a la luz, con -pupila de cuajado vidrio.</p> - -<p>Detuviéronse allí, y por un momento reinó la fraternidad entre unos -y otros. Gestos, muecas, cucamonas mil. Los ciegos, no pudiendo tomar -parte en ningún juego, se apartaban desconsolados. Algunos se permitían -sonreír como si vieran, llegando al conocimiento de las cosas por el -velocísimo teclear de los dedos. Tal compasión inspiraban a Tristana -aquellos infelices, que casi casi le hacía daño mirarles. ¡Cuidado -que no ver! No acababan de ser personas: faltábales la facultad de -enterarse, y ¡qué trabajo tener que enterarse de todo pensándolo!</p> - -<p>Apartose Saturno de su mamá para unirse a una partida que, apostada -en sitio conveniente, desvalijaba a los transeúntes, no de dinero, -sino de cerillas. «El fósforo o la vida» era la consigna, y con tal -saqueo reunían los muchachos materia bastante para sus ejercicios -pirotécnicos, o para encender las hogueras de la Inquisición. Fue -Tristana en su busca; antes de aproximarse a los incendiarios, vio a -un hombre que hablaba con el profesor de los sordomudos, y al cruzarse -su mirada con la de aquel sujeto, pues en ambos el verse y el mirarse -fueron una acción sola, sintió una sacudida interna, como suspensión -instantánea del correr de la sangre.</p> - -<p>¿Qué hombre era aquel? Habíale visto antes,<span class="pagenum" -id="Page_49">p. 49</span> sin duda; no recordaba cuándo ni dónde, allí, -o en otra parte; pero aquella fue la primera vez que al verle sintió -sorpresa hondísima, mezclada de turbación, alegría y miedo. Volviéndole -la espalda, habló con Saturno para convencerle del peligro de jugar -con fuego, y oía la voz del desconocido hablando con picante viveza -de cosas que ella no pudo entender. Al mirarle de nuevo, encontró los -ojos de él que la buscaban. Sintió vergüenza, y se apartó de allí, no -sin determinarse a lanzar desde lejos otra miradita, deseando examinar -con ojos de mujer al hombre que tan sin motivo absorbía su atención, -ver si era rubio o moreno, si vestía con gracia, si tenía aires de -persona principal, pues de nada de esto se había enterado aún. El tal -se alejaba: era joven, de buena estatura, vestía como persona elegante -que no está de humor de vestirse, en la cabeza un livianillo, chafado -sin afectación, arrastrando, mal cogido con la mano derecha, un gabán -de verano de mucho uso. Lo llevaba como quien no estima en nada las -prendas de vestir. El traje era gris, la corbata de lazada hecha a mano -con descuido. Todo esto lo observó en un decir Jesús, y, la verdad, -el caballero aquel, o lo que fuese, <i>le resultaba</i> simpático... -muy moreno, con barba corta... Creyó al pronto que llevaba quevedos... -pero no; nada de ojos sobrepuestos; solo los naturales, que... -Tristana<span class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span> no pudo, por -la mucha distancia, apreciar cómo eran.</p> - -<p>Desapareció el individuo, persistiendo su imagen en el pensamiento -de la esclava de don Lope, y al día siguiente, esta, de paseo con -Saturna, le volvió a ver. Iba con el mismo traje; pero llevaba puesto -el gabán, y al cuello un pañuelo blanco, porque soplaba un fresco -picante. Mirole con descaro inocente, regocijada de verle, y él la -miraba también, parándose a discreta distancia. «Parece que quiere -hablarme —pensaba la joven—. Y verdaderamente, no sé por qué no me dice -lo que tiene que decirme.» Reíase Saturna de aquel flecheo insípido, y -la señorita, poniéndose colorada, hacía como que se burlaba también. -Por la noche no tuvo sosiego, y sin atreverse a comunicar a Saturna -lo que sentía, se declaraba a sí propia las cosas más graves. «¡Cómo -me gusta ese hombre! No sé qué daría porque se atreviera... No sé -quién es, y pienso en él noche y día. ¿Qué es esto? ¿Estoy yo loca? -¿Significa esto la desesperación de la prisionera que descubre un -agujerito por donde escaparse? Yo no sé lo que es esto; solo sé que -necesito que me hable, aunque sea por telégrafos, como los sordomudos, -o que me escriba. No me espanta la idea de escribirle yo, o de decirle -que sí, antes que él me pregunte... ¡Qué desvarío! ¿Pero quién será? -Podría ser un pillo, un... No,<span class="pagenum" id="Page_51">p. -51</span> bien se ve que es una persona que no se parece a las demás -personas. Es solo, único... bien claro está. No hay otro. ¡Y encontrar -yo el único, y ver que este único tiene más miedo que yo, y no se -atreve a decirme que soy su única! No, no, yo le hablo, le hablo... -me acerco, le pregunto qué hora es, cualquier cosa... o le digo, como -los hospicianos, que me haga el favor de una cerillita... ¡Vaya un -disparate! ¡Qué pensaría de mí! Tendríame por una mujer casquivana. No, -no, él es el que debe romper...»</p> - -<p>A la tarde siguiente, ya casi de noche, viniendo señorita y criada -en el tranvía descubierto, ¡él también! Le vieron subir en la Glorieta -de Quevedo: pero como había bastante gente, tuvo que quedarse en pie -en la plataforma delantera. Tristana sentía tal sofocación en su -pecho, que a ratos érale forzoso ponerse en pie para respirar. Un peso -enorme gravitaba sobre sus pulmones, y la idea de que, al bajar del -coche, el desconocido se decidiría a romper el silencio, la llenaba -de turbación y ansiedad. ¿Y qué le iba a contestar ella? Pues señor, -no tenía más remedio que manifestarse muy sorprendida, rechazar, -alarmarse, ofenderse y decir que no y qué sé yo... Esto era lo bonito -y decente. Bajaron, y el caballero incógnito las siguió a honestísima -distancia. No se atrevía la esclava de D. Lope a volver la cabeza, pero -Saturna se encargaba<span class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span> -de mirar por las dos. Deteníanse con pretextos rebuscados; retrocedían -como para ver el escaparate de una tienda... y nada. El galán... mudo -como un cartujo. Las dos mujeres, en su desordenado andar, tropezaron -con unos chicos que jugaban en la acera, y uno de ellos cayó al suelo -chillando, mientras los otros corrían hacia las puertas de las casas -alborotando como demonios. Confusión, tumulto infantil, madres que -acuden airadas... Tantas manos quisieron levantar al muchacho caído, -que se cayó otro, y el barullo aumentó.</p> - -<p>Como en esto observara Saturna que su señorita y el galán -desconocido no distaban un palmo el uno del otro, se apartó -solapadamente. «Gracias a Dios —pensó atisbándoles de lejos—; ya pica: -hablando están.» ¿Qué dijo a Tristana el sujeto aquel? No se sabe. Solo -consta que Tristana le contestó a todo que sí, ¡sí, sí!, cada vez más -alto, como persona que, avasallada por un sentimiento más fuerte que -su voluntad, pierde en absoluto el sentido de las conveniencias. Fue -su situación semejante a la del que se está ahogando y ve un madero -y a él se agarra, creyendo encontrar en él su salvación. Es absurdo -pedir al náufrago que adopte posturas decorosas al asirse a la tabla. -Voces hondas del instinto de salvación eran las breves y categóricas -respuestas de la niña de D. Lope, aquel<span class="pagenum" -id="Page_53">p. 53</span> sí pronunciado tres veces con creciente -intensidad de tono, grito de socorro de un alma desesperada... Corta y -de provecho fue la escenita. Cuando Tristana volvió al lado de Saturna, -se llevó una mano a la sien, y temblando le dijo:</p> - -<p>—¡Pero si estoy loca!... Ahora comprendo mi desvarío. No he tenido -tacto, ni malicia, ni dignidad. Me he vendido, Saturna... ¡Qué pensará -de mí! Sin saber lo que hacía..., arrastrada por un vértigo..., a -todo cuanto me dijo le contesté que sí..., ¡pero cómo...!, ¡ay!, no -sabes..., vaciando mi alma por los ojos. Los suyos me quemaban. ¡Y yo -que creía saber algo de estas hipocresías que tanto convienen a una -mujer! Si me creerá tonta..., si pensará que no tengo vergüenza... Es -que yo no podía disimular, ni hacer papeles de señorita tímida. La -verdad se me sale a los labios, y el sentimiento se me desborda..., -quiero ahogarlo, y me ahoga. ¿Es esto estar enamorada? Solo sé que le -quiero con toda mi alma, y así se lo he dado a entender, ¡qué afrenta!, -le quiero sin conocerle, sin saber ni quién es ni cómo se llama. Yo -entiendo que los amores no deben empezar así..., al menos no es lo -corriente, sino que vayan por grados, entre <i>síes</i> y <i>noes</i> -muy habilidosos, con cuquería... Pero yo no puedo ser así, y entrego -el alma cuando ella me dice que quiere entregarse... Saturna, ¿qué -crees? ¿Me tendrá por mujer mala? Aconséjame, dirígeme. Yo<span -class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span> no sé de estas cosas... -Espera, escucha: mañana, cuando vuelvas de la compra, le encontrarás -en esa esquina donde nos hablamos, y te dará una cartita para mí. Por -lo que más quieras, por la salud de tu hijo querido, Saturna, no te -niegues a hacerme este favor, que te agradecerá toda mi vida. Tráeme, -por Dios, el papelito, tráemelo, si no quieres que me muera mañana.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="VIII">VIII</h2> -</div> - -<p>«Te quise desde que nací...» Esto decía la primera carta...; no, -no, la segunda, que fue precedida de una breve entrevista en la -calle, debajito de un farol, entrevista intervenida con hipócrita -severidad por Saturna, y en la cual los amantes se tutearon sin acuerdo -previo, como si no existiesen, ni existir pudieran, otras formas de -tratamiento. Asombrábase ella del engaño de sus ojos en las primeras -apreciaciones de la persona del desconocido. Cuando se fijó en él, -la tarde aquella de los sordomudos, túvole por un señor así como de -treinta o más años. ¡Qué tonta! ¡Si era un muchacho...! Y su edad -no pasaría seguramente de los veinticinco, solo que tenía un cierto -aire reflexivo y melancólico, más propio de la edad madura que de la -juventud. Ya no dudaba que sus ojos eran como centellas, su color -moreno caldeado del sol, su voz<span class="pagenum" id="Page_55">p. -55</span> como blanda música que Tristana no había oído hasta entonces, -y que más le halagaba los senos del cerebro después de escuchada. «Te -estoy queriendo, te estoy buscando desde antes de nacer —decía la -tercera carta de ella, empapada en un espiritualismo delirante—. No -formes mala idea de mí si me presento a ti sin ningún velo, pues el -del falso decoro con que el mundo ordena que se encapuchen nuestros -sentimientos, se me deshizo entre las manos cuando quise ponérmelo. -Quiéreme como soy; y si llegara a entender que mi sinceridad te parecía -desenfado o falta de vergüenza, no vacilaría en quitarme la vida.»</p> - -<p>Y él a ella: «El día en que te descubrí fue el último de un largo -destierro.»</p> - -<p>Ella: «Si algún día encuentras en mí algo que te desagrade, hazme la -caridad de ocultarme tu hallazgo. Eres bueno, y si por cualquier motivo -dejas de quererme o de estimarme, me engañarás, ¿verdad?, haciéndome -creer que soy la misma para ti. Antes de dejar de amarme, dame la -muerte mil veces.»</p> - -<p>Y después de escribir estas cosas, no se venía el mundo abajo. Al -contrario, todo seguía lo mismo en la Tierra y en el Cielo. ¿Pero quién -era él, quién? Horacio Díaz, hijo de español y de austriaca, del país -que llaman <i>Italia irredenta</i>; nacido en el mar, navegando los -padres desde<span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span> Fiume a -la Argelia; criado en Orán hasta los cinco años, en Savannah (Estados -Unidos) hasta los nueve, en Shangai (China) hasta los doce; cuneado por -las olas del mar, transportado de un mundo a otro, víctima inocente -de la errante y siempre expatriada existencia de un padre cónsul. -Con tantas idas y venidas, y el fatigoso pasear por el globo, y la -influencia de aquellos endiablados climas, perdió a su madre a los -doce años, y a su padre a los trece, yendo a parar después a poder de -su abuelo paterno, con quien vivió quince años en Alicante, padeciendo -bajo su férreo despotismo más que los infelices galeotes que movían a -fuerza de remo las pesadas naves antiguas.</p> - -<p>Para más noticias, óiganse las que atropelladamente vomitó la boca -de Saturna, más bien secreteadas que dichas:</p> - -<p>—Señorita..., ¡qué cosas! Voy a buscarle, pues quedamos en ello, -al número 5 de la calle esa de más abajo..., y apechugo tan terne con -la dichosa escalerita. Me había dicho que a lo último, a lo último, -y yo mientras veía escalones por delante, para arriba siempre. ¡Qué -risa! Casa nueva; dentro un patio de cuartos domingueros, pisos y -más pisos, y al fin.... Es aquello como un palomar, vecinito de los -pararrayos, y con vistas a las mismas nubes. Yo creí que no llegaba. -Por fin, echando los pulmones, allí me tiene usted. Figúrese un cuarto -muy grande, con<span class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span> un -ventanón por donde se cuela toda la luz del cielo, las paredes de -colorado, y en ellas cuadros, bastidores de lienzo, cabezas sin cuerpo, -cuerpos descabezados, talles de mujer con pechos inclusive, hombres -peludos, brazos sin persona, y fisonomías sin orejas, todo con el -mismísimo color de nuestra carne. Créame, tanta cosa desnuda le da a -una vergüenza... Divanes, sillas que parecen antiguas, figuras de yeso -con los ojos sin niña, manos y pies descalzos..., de yeso también... Un -caballete grande, otro más chico, y sobre las sillas o clavadas en la -pared, pinturas cortas, enteras o partidas, vamos al decir, sin acabar, -algunas con su cielito azul, tan al vivo como el cielo de verdad, y -después un pedazo de árbol, un pretil..., tiestos; en otra naranjas y -unos melocotones..., pero muy ricos... En fin, para no cansar, telas -preciosas, y una vestidura de ferretería, de las que se ponían los -guerreros de antes. ¡Qué risa! Y él allí con la carta ya escrita. -Como soy tan curiosona, quise saber si vivía en aquel aposento tan -ventilado, y me dijo que no y que sí, pues... Duerme en casa de una tía -suya, allá por Monteleón; pero todo el día se lo pasa acá, y come en -uno de los merenderos de junto al Depósito.</p> - -<p>—Es pintor; ya lo sé —dijo Tristana, sofocada de puro dichosa—. Eso -que has visto es su estudio, boba. ¡Ay, qué rebonito será!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_58">p. 58</span>Además de cartearse a -diario con verdadero ensañamiento, se veían todas las tardes. Tristana -salía con Saturna, y él las aguardaba un poco más acá de Cuatro -Caminos. La criada les dejaba partir solos, con bastante pachorra y -discreción bastante para esperarles todo el tiempo que emplearan ellos -en divagar por las verdes márgenes de la acequia del Oeste, o por los -cerros áridos de Amaniel, costeando el canal del Lozoya. Él iba de -capa, ella de velito y abrigo corto, de bracete, olvidados del mundo y -de sus fatigas y vanidades, viviendo el uno para el otro y ambos para -un yo doble, soñando paso a paso, o sentaditos en extático grupo. De -lo presente hablaban mucho; pero la autobiografía se infiltraba sin -saber cómo en sus charlas dulces y confiadas, todas amor, idealismo y -arrullo, con alguna queja mimosa o petición formulada de pico a pico -por el egoísmo insaciable, que exige promesas de querer más, más, y a -su vez ofrece increíbles aumentos de amor, sin ver el límite de las -cosas humanas.</p> - -<p>En las referencias biográficas era más hablador Horacio que la niña -de D. Lope. Esta, con muchísimas ganas de lucir su sinceridad, sentíase -amordazada por el temor a ciertos puntos negros. Él, en cambio, ardía -en deseos de contar su vida, la más desgraciada y penosa juventud -que cabe imaginar, y por lo mismo que ya era<span class="pagenum" -id="Page_59">p. 59</span> feliz, gozaba en revolver aquel fondo de -tristeza y martirio. Al perder a sus padres, fue recogido por su abuelo -paterno, bajo cuyo poder tiránico padeció y gimió los años que median -entre la adolescencia y la edad viril. ¡Juventud!, casi casi no sabía -él lo que esto significaba. Goces inocentes, travesuras, la frívola -inquietud con que el niño ensaya los actos del hombre, todo esto era -letra muerta para él. No ha existido fiera que a su abuelo pudiese -compararse, ni cárcel más horrenda que aquella pestífera y sucia -droguería, en que encerrado le tuvo como unos quince años, contrariando -con terquedad indocta su innata afición a la pintura, poniéndole los -grillos odiosos del cálculo aritmético, y metiéndole en el magín, a -guisa de tapones para contener las ideas, mil trabajos antipáticos de -cuentas, facturas y demonios coronados. Hombre de temple semejante -al de los más crueles tiranos de la antigüedad o del moderno imperio -turco, su abuelo había sido y era el terror de toda la familia. A -disgustos mató a su mujer, y los hijos varones se expatriaron por no -sufrirle. Dos de las hijas se dejaron robar, y las otras se casaron de -mala manera por perder de vista la casa paterna.</p> - -<p>Pues, señor, aquel tigre cogió al pobre Horacito a los trece -años, y como medida preventiva le ataba las piernas a las patas de -la mesa-escritorio, para que no saliese a la tienda, ni se<span -class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span> apartara del trabajo -fastidioso que le imponía. Y como le sorprendiera dibujando monigotes -con la pluma, los coscorrones no tenían fin. A todo trance anhelaba -despertar en su nietecillo la afición al comercio, pues todo aquello -de la pintura, y el arte y los pinceles no eran más, a su juicio, que -una manera muy tonta de morirse de hambre. Compañero de Horacio en -estos trabajos y martirios era un dependiente de la casa, viejo, más -calvo que una vejiga de manteca, flaco y de color de ocre, el cual, -a la calladita, por no atreverse a contrariar al amo, de quien era -como un perro fiel, dispensaba cariñosa protección al pequeñuelo, -tapándole las faltas y buscando pretextos para llevarle consigo a -recados y comisiones, a fin de que estirase las piernas y esparciese -el ánimo. El chico era dócil, y de muy endebles recursos contra el -despotismo. Resignábase a sufrir hasta lo indecible antes que poner a -su tirano en el disparadero, y el demonio del hombre se disparaba por -la cosa más insignificante. Sometiose la víctima, y ya no le amarraron -los pies a la mesa, y pudo moverse con cierta libertad en aquel -tugurio antipático, pestilente y oscuro, donde había que encender el -mechero de gas a las cuatro de la tarde. Adaptábase poco a poco a tan -horrible molde, renunciando a ser niño, envejeciéndose a los quince -años, remedando involuntariamente la actitud<span class="pagenum" -id="Page_61">p. 61</span> sufrida y los gestos mecánicos de Hermógenes, -el amarillo y calvo dependiente que, por carecer de personalidad, hasta -de edad carecía. No era joven, ni tampoco viejo.</p> - -<p>En aquella espantosa vida, <i>pasándose</i> de cuerpo y alma, -como las uvas puestas al sol, conservaba Horacio el fuego interior, -la pasión artística, y cuando su abuelo le permitió algunas horas -de libertad los domingos, y le concedió el fuero de persona humana, -dándole un real para sus esparcimientos, ¿qué hacía el chico? -procurarse papel y lápices, y dibujar cuanto veía. Suplicio grande fue -para él que habiendo en la tienda tanta pintura en tubos, pinceles, -paletas, y todo el material de aquel arte que adoraba, no le fuera -permitido utilizarlo. Esperaba y esperaba siempre mejores tiempos, -viendo rodar los monótonos días, iguales siempre a sí mismos, como -iguales son los granos de arena de una clepsidra. Sostúvole la fe en su -destino, y gracias a ella soportaba tan miserable y ruin existencia.</p> - -<p>El feroz abuelo era también avaro, de la escuela del licenciado -Cabra, y daba de comer a su nieto y a Hermógenes lo preciso -absolutamente para vivir, sin refinamientos de cocina que, a su -parecer, solo servían para ensuciar el estómago. No le permitía -juntarse con otros chicos, pues las compañías, aunque no sean -enteramente<span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span> malas, -solo sirven hoy para perderse: están los muchachos tan comidos de -vicios como los hombres. ¡Mujeres!... Este ramo del vivir era el -que en mayores cuidados al tirano ponía, y de seguro, si llega a -sorprender a su nieto en alguna debilidad de amor, aunque de las -más inocentes, le rompe el espinazo. No consentía, en suma, que el -chico tuviese voluntad, pues la voluntad de los demás le estorbaba -a él como sus propios achaques físicos, y al sorprender en alguien -síntomas de carácter, padecía como si le doliesen las muelas. Quería -que Horacio fuera droguista, que cobrase afición al <i>género</i>, a -la contabilidad escrupulosa, a la rectitud comercial, al manejo de la -tienda; deseaba hacer de él un hombre, y enriquecerle; se encargaría -de casarle oportunamente, esto es, de proporcionarle una madre para -los hijos que debía tener; de labrarle un hogar modesto y ordenado, -de reglamentar su existencia hasta la vejez, y la existencia de sus -sucesores. Para llegar a este fin, que D. Felipe Díaz conceptuaba -tan noble como el fin sin fin de salvar el alma, lo primerito era -que Horacio se curase de aquella estúpida chiquillada de querer -representar los objetos por medio de una pasta que se aplica sobre -tabla o tela. ¡Vaya una tontería! ¡Querer reproducir la Naturaleza, -cuando tenemos ahí la Naturaleza misma delante de los ojos! ¿A -quien<span class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span> se le ocurre -tal disparate? ¿Qué es un cuadro? Una mentira, como las comedias, -una función muda, y por muy bien pintado que un cielo esté, nunca se -puede comparar con el cielo mismo. Los artistas eran, según él, unos -majaderos, locos y falsificadores de las cosas, y su única utilidad -consistía en el gasto que hacían en las tiendas comprando los enseres -del oficio. Eran, además, viles usurpadores de la facultad divina, e -insultaban a Dios queriendo remedarle, creando fantasmas o figuraciones -de cosas, que solo la acción divina puede y sabe crear, y por tal -crimen, el lugar más calentito de los Infiernos debía ser para ellos. -Igualmente despreciaba D. Felipe a los cómicos y a los poetas; como -que se preciaba de no haber leído jamás un verso, ni visto una función -de teatro; y hacía gala también de no haber viajado nunca, ni en -ferrocarril, ni en diligencia, ni en carromato, de no haberse ausentado -de su tienda más que para ir a misa, o para evacuar algún asunto -urgente.</p> - -<p>Pues bien, todo su empeño era reacuñar a su nieto con este durísimo -troquel, y cuando el chico creció y fue hombre, crecieron en el viejo -las ganas de estampar en él sus hábitos y sus rancias manías. Porque -debe decirse que le amaba, sí, ¿a qué negarlo? le había tomado cariño, -un cariño extravagante, como todos sus afectos y<span class="pagenum" -id="Page_64">p. 64</span> su manera de ser. La voluntad de Horacio, -en tanto, fuera de la siempre viva vocación de la pintura, había -llegado a ponerse lacia por la falta de uso. Últimamente, a escondidas -del abuelo, en un cuartucho alto de la casa, que este le permitió -disfrutar, pintaba, y hay algún indicio de que lo sospechaba el feroz -viejo y hacía la vista gorda. Fue la primera debilidad de su vida, -precursora quizás de acontecimientos graves. Algún cataclismo tenía que -sobrevenir, y así fue, en efecto: una mañana, hallándose D. Felipe en -su escritorio revisando unas facturas inglesas de clorato de potasa y -de sulfato de zinc, inclinó la cabeza sobre el papel, y quedó muerto -sin exhalar un ay. El día antes había cumplido noventa años.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch9"> - <h2 class="nobreak g0">IX</h2> -</div> - -<p>Todo esto, y otras cosas que irán saliendo, se lo contaba Horacio -a su damita, y esta lo escuchaba con deleite, confirmándose en la -creencia de que el hombre que le había deparado el Cielo era una -excepción entre todos los mortales, y su vida lo más peregrino y -anómalo que en clase de vidas de jóvenes se pudiera encontrar; -como que casi parecía vida de santo, digna de un huequecito en el -martirologio.</p> - -<p>—Cogiome aquel suceso —prosiguió Díaz— a los veintiocho años,<span -class="pagenum" id="Page_65">p. 65</span> con hábitos de viejo y de -niño, pues por un lado la terrible disciplina de mi abuelo había -conservado en mí una inocencia y desconocimiento del mundo impropios de -mi edad, y por otro poseía virtudes propiamente seniles, inapetencias -de lo que apenas conocía, un cansancio, un tedio que me hicieron tener -por hombre entumecido y anquilosado para siempre... Pues, señor, debo -decirte que mi abuelo dejó un bonito caudal, amasado cuarto a cuarto -en aquella tienda asquerosa y mal oliente. A mí me tocaba una quinta -parte; diéronme una casa muy linda en Villajoyosa, dos finquitas -rústicas, y la participación correspondiente en la droguería, que -continúa con la razón social de <i>Sobrinos de Felipe Díaz</i>. Al -verme libre, tardé en reponerme del estupor que mi independencia me -produjo; me sentía tan tímido, que al querer dar algunos pasos por el -mundo, me caía, hija de mi alma, me caía, como el que no sabe andar por -no haber ejercitado en mucho tiempo las piernas.</p> - -<p>»Mi vocación artística, ya desatada de aquel freno maldito, me -salvó, hízome hombre. Sin cuidarme de intervenir en los asuntos de -la testamentaría, levanté el vuelo, y del primer tirón me planté en -Italia, mi ilusión, mi sueño. Yo había llegado a pensar que Italia -no existía, que tanta belleza era mentira, engaño de la mente. Corrí -allá, y... ¡qué había de suceder! Era yo<span class="pagenum" -id="Page_66">p. 66</span> como un seminarista sin vocación a quien -sueltan por esos mundos después de quince años de forzosa virtud. Ya -comprenderás... el contacto de la vida despertó en mí deseos locos -de cobrar todo lo atrasado, de vivir en meses los años que el tiempo -me debía, estafándomelos de una manera indigna, con la complicidad -de aquel viejo maniático. ¿No me entiendes?... Pues en Venecia me -entregué a la disipación, superando con mi conducta a mis propios -instintos, pues no era el niño-viejo tan vicioso como aparentaba serlo -por desquite, por venganza de su sosería y ridiculez pasadas. Llegué -a creer que si no extremaba el libertinaje no era bastante hombre, y -me recreaba mirándome en aquel espejo, inmundo si se quiere, pero en -el cual me veía mucho más airoso de lo que fui en la trastienda de mi -abuelo... Naturalmente, me cansé; claro. En Florencia y Roma, el arte -me curó de aquel afán diabólico, y como mis pruebas estaban hechas, y -ya no me atormentaba la idea de <i>doctorarme de hombre</i>, dediqueme -al estudio; copiaba, atacando con brío el natural; pero mientras más -aprendía, mayor suplicio me causaba la deficiencia de mi educación -artística. En el color íbamos bien: lo manejaba fácilmente; pero en el -dibujo, cada día más torpe. ¡Cuánto he padecido, y qué vigilias, qué -afanes día y noche, buscando la línea, luchando con ella y concluyendo -por declararme<span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span> -vencido, para volver en seguida a la espantosa batalla, con brío, con -furor...!</p> - -<p>»¡Qué rabia!... Pero no podía ser de otra manera. Como de niño no -cultivé el dibujo, costábame Dios y ayuda encajar un contorno... Te -diré que en mis tiempos de esclavitud, al trazar números sin fin en -el escritorio de D. Felipe, me entretenía en darles la intención de -formas humanas. A los sietes les imprimía cierto aire jaquetón, como -si rasguease un escorzo de hombre; con los ochos apuntaba un contorno -de seno de mujer, y qué sé yo... los treses me servían para indicar -el perfil de mi abuelo, semejante al pico de una tortuga... Pero este -ejercicio pueril no bastaba. Faltábame el hábito de ver seriamente la -línea y de reproducirla. Trabajé, sudé, renegué... y por fin, algo -aprendí. Un año pasé en Roma entregado en cuerpo y alma al estudio -formal, y aunque tuve también allí mis borracheritas del género de -las de Venecia, fueron más reposadas, y ya no era yo el zangolotino -que llega tarde al festín de la vida, y se come precipitadamente con -atrasado apetito los platos servidos ya, para ponerse al nivel de los -que a su debido tiempo empezaron.</p> - -<p>»De Roma me volví a Alicante, donde mis tíos arreglaron la herencia, -asignándome la parte que quisieron, sin ninguna desavenencia ni -regateo por mi parte, y di mi último adiós a la<span class="pagenum" -id="Page_68">p. 68</span> droguería transformada y modernizada, para -venirme acá, donde tengo una tía que no me la merezco, más buena -que los ángeles, viuda sin hijos, y que me quiere como a tal, y me -cuida y me agasaja. También ella fue víctima del que tiranizó a toda -la familia. Como que solo le pasaba una peseta diaria, y en todas -sus cartas le decía que ahorrase... Apenas llegué a Madrid, tomé el -estudio, y me consagré con alma y vida al trabajo. Tengo ambición, -deseo el aplauso, la gloria, un nombre. Ser cero, no valer más que -el grano que, con otros iguales, forma la multitud, me entristece. -Mientras no me convenzan de lo contrario, creeré que me ha caído dentro -una parte, quizás no grande, pero parte al fin, de la esencia divina -que Dios ha esparcido sobre el montón, caiga donde cayere.</p> - -<p>»Te diré algo más. Meses antes de descubrirte padecí en este Madrid -unas melancolías... Encontrábame otra vez con mis treinta años echados -a perros, pues aunque conocía un poco la vida, y los placeres de la -mocedad, y saboreaba también el goce estético, faltábame el amor, el -sentimiento de nuestra fusión en otro ser. Entregueme a filosofías -abstrusas, y en la soledad de mi estudio, bregando con la forma humana, -pensaba que el amor no existe más que en la aspiración de obtenerlo. -Volví a mis tristezas amargas de adolescente; en sueños veía siluetas, -vaguedades<span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span> tentadoras -que me hacían señas, labios que me siseaban. Comprendía entonces -las cosas más sutiles; las psicologías más enrevesadas parecíanme -tan claras como las cuatro reglas de la Aritmética... Te vi al fin; -me saliste al encuentro. Te pregunté si eras tú..., no sé que te -dije. Estaba tan turbado, que debiste de encontrarme ridículo. Pero -Dios quiso que supieras ver lo grave y serio al través de lo tonto. -Nuestro romanticismo, nuestra exaltación no nos parecieron absurdos. -Nos sorprendimos con hambre atrasada, el hambre espiritual, noble y -pura que mueve el mundo, y por la cual existimos, y existirán miles -de generaciones después de nosotros. Te reconocí mía, y me declaraste -tuyo. Esto es vivir; lo demás, ¿qué es?»</p> - -<p>Dijo, y Tristana, atontada por aquel espiritualismo, que era -como bocanadas de incienso que su amante arrojaba sobre ella con un -descomunal <i>botafumeiro</i>, no supo responderle. Sentía que dentro -del pecho le pataleaba la emoción, como un ser vivo más grande que -el seno que lo contiene, y se desahogaba con risas frenéticas, o -con repentinos y ardientes chorretazos de lágrimas. Ni era posible -decir si aquello era en ambos felicidad o una pena lacerante, porque -uno y otro se sentían como heridos por un aguijón que les llegaba -al alma, y atormentados por el deseo de un más allá. Tristana, -particularmente,<span class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span> era -insaciable en el continuo exigir de su pasión. Salía de repente por el -registro de una queja amarguísima, lamentándose de que Horacio no la -quería bastante, que debía quererla más, mucho más; y él concedía sin -esfuerzo el más, siempre más, exigiendo a su vez lo mismo.</p> - -<p>Contemplaban al caer de la tarde el grandioso horizonte de -la Sierra, de un vivo tono de turquesa, con desiguales toques y -transparencias, como si el azul purísimo se derramase sobre cristales -de hielo. Las curvas del suelo desnudo, perdiéndose y arrastrándose -como líneas que quieren remedar un manso oleaje, les repetían aquel -<i>más, siempre más</i>, ansia inextinguible de sus corazones -sedientos. Algunas tardes, paseando junto al canalillo del Oeste, -ondulada tira de oasis que ciñe los áridos contornos del terruño -madrileño, se recreaban en la placidez bucólica de aquel vallecito en -miniatura. Cantos de gallo, ladridos de perro, casitas de labor; el -remolino de las hojas caídas, que el manso viento barría suavemente, -amontonándolas junto a los troncos; el asno, que pacía con grave -mesura; el ligero temblor de las más altas ramas de los árboles, que -se iban quedando desnudos, todo les causaba embeleso y maravilla, y se -comunicaban las impresiones, dándoselas y quitándoselas como si fuera -una sola impresión que corría de labio a labio y saltaba de ojos a -ojos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span>Regresaban siempre -a hora fija, para que ella no tuviese bronca en su casa, y sin -cuidarse de Saturna, que les esperaba, iban del brazo por el camino -de Aceiteros, al anochecer más silencioso y solitario que la Mala -de Francia. Al lado de Occidente, veían el cielo inflamado, rastro -espléndido de la puesta del sol. Sobre aquella faja se destacaban, -como crestería negra de afiladas puntas, los cipreses del cementerio -de San Ildefonso, cortados por tristes pórticos a la griega, que a -media luz parecen más elegantes de lo que son. Pocas habitaciones hay -por allí, y poca o ninguna gente encontraban a tal hora. Casi siempre -veían uno o dos bueyes desuncidos, echados, de esos que por el tamaño -parecen elefantes, hermosos animales de raza de Ávila, comúnmente -negros, con una cornamenta que pone miedo en el ánimo más valeroso; -bestias inofensivas a fuerza de cansancio, y que, cuando las sueltan -del yugo, no se cuidan más que de reposar, mirando con menosprecio al -transeúnte. Tristana se acercaba a ellos hasta poner sus manos en las -astas retorcidas, y se hubiera alegrado de tener algo que echarles de -comer.</p> - -<p>—Desde que te quiero —a su amigo decía—, no tengo miedo a nada, ni a -los toros ni a los ladrones. Me siento valiente hasta el heroísmo, y ni -la serpiente boa ni el león de la selva me harían pestañear.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span>Cerca ya del antiguo -Depósito de aguas veían los armatostes del Tío Vivo, rodeados de -tenebrosa soledad. Los caballitos de madera, con las patas estiradas -en actitud de correr, parecían encantados. Los balancines, la montaña -rusa, destacaban en medio de la noche sus formas extravagantes. Como -no había nadie por allí, Tristana y Horacio solían apoderarse durante -breves momentos de todos los juguetes grandes con que se divierte el -niño-pueblo... Ellos también eran niños. No lejos de aquel lugar veían -la sombra del Depósito viejo, rodeado de espesas masas de árboles, -y hacia la carretera brillaban luces, las del tranvía o coches que -pasaban, las de algún merendero en que todavía sonaba rumor pendencioso -de parroquianos retrasados. Entre aquellos edificios de humilde -arquitectura, rodeados de banquillos paticojos y de rústicas mesas, -esperábales Saturna, y allí era la separación, algunas noches tan -dolorosa y patética como si Horacio se marchara para el fin del mundo o -Tristana se despidiera para meterse monja. Al fin, al fin, después de -mucho tira y afloja, conseguían despegarse, y cada mitad se iba por su -lado. Aún se miraban de lejos, adivinándose, más que viéndose, entre -las sombras de la noche.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch10"> - <p><span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span></p> - <h2 class="nobreak g0">X</h2> -</div> - -<p>Tristana, según su expresión, no temía, después de enamorada, ni al -toro corpulento, ni a la serpiente boa, ni al fiero león del Atlas; -pero tenía miedo de D. Lope, viéndole ya cual monstruo que se dejaba -tamañitas a cuantas fieras y animales dañinos existen en la creación. -Analizando su miedo, la señorita de Reluz creía encontrarlo de tal -calidad, que podía, en un momento dado, convertirse en valor temerario -y ciego. La desavenencia entre cautiva y tirano se acentuaba de día -en día. D. Lope llegó al colmo de la impertinencia, y aunque ella le -ocultaba, de acuerdo con Saturna, las saliditas vespertinas, cuando el -anciano galán le decía con semblante fosco:</p> - -<p>—Tú sales, Tristana, sé que sales; te lo conozco en la cara.</p> - -<p>Si al principio lo negaba la niña, luego asentía con su desdeñoso -silencio. Un día se atrevió a responderle:</p> - -<p>—Bueno, pues salgo, ¿y qué? ¿He de estar encerrada toda mi vida?</p> - -<p>Don Lope desahogaba su enojo con amenazas y juramentos, y luego, -entre airado y burlón, le decía:</p> - -<p>—Porque nada tendrá de particular que, si sales, te acose algún -mequetrefe, de estos <i>bacillus virgula</i> del amor que andan por -ahí, único fruto de esta generación raquítica, y que tú, a<span -class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span> fuerza de oír sandeces, te -marees y le hagas caso. Mira, niñita, mira que no te lo perdono. Si me -faltas, que sea con un hombre digno de mí. ¿Y dónde está ese hombre -digno rival de lo presente? En ninguna parte, ¡vive Dios! Cree que no -ha nacido... ni nacerá. Así y todo, tú misma reconocerás que no se me -desbanca a mí tan fácilmente... Ven acá: basta de moñitos. ¡Si creerás -que no te quiero ya! ¡Cómo me echarías de menos si te fueras de mí! -No encontrarías más que tipos, de una insipidez abrumadora... Vaya, -hagamos las paces. Perdóname si dudé de ti. No, no, tú no me engañas. -Eres una mujer superior, que conoce el mérito y...</p> - -<p>Con estas cosas, no menos que con sus arranques de mal genio, D. -Lope llegó a inspirar a su cautiva un aborrecimiento sordo y profundo, -que a veces se disfrazaba de menosprecio, a veces de repugnancia. -Horriblemente hastiada de su compañía, contaba los minutos esperando -el momento en que solía echarse a la calle. Causábale espanto la idea -de que cayese enfermo, porque entonces no saldría, ¡Dios bendito!, y -¿qué sería de ella presa, sin poder...? No, no; esto era imposible. -Habría paseíto, aunque D. Lope enfermase o se muriera. Por las noches, -casi siempre fingía Tristana dolor de cabeza para retirarse pronto de -la vista y de las odiadas caricias del don Juan caduco. «Y lo raro es -—decía la niña a solas<span class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span> -con su pasión y su conciencia— que si este hombre comprendiera que no -puedo quererle, si borrase la palabra amor de nuestras relaciones, y -estableciera entre los dos... otro parentesco, yo le querría, sí señor, -le querría, no sé cómo, como se quiere a un buen amigo, porque él no -es malo, fuera de la perversidad monomaníaca de la persecución de -mujeres. Hasta le perdonaría yo el mal que me ha hecho, mi deshonra, se -lo perdonaría de todo corazón, sí, sí, con tal que me dejase en paz... -Dios mío, inspírale que me deje en paz, y yo le perdonaré, y hasta le -tendré cariño, y seré como las hijas demasiado humildes que parecen -criadas, o como las sirvientes leales, que ven un padre en el amo que -les da de comer.»</p> - -<p>Felizmente para Tristana, no solo mejoró la salud de Garrido, -desvaneciéndose con esto los temores de que se quedara en casa por las -tardes, sino que debió de tener algún alivio en sus ahogos pecuniarios, -porque cesaron sus murrias impertinentes, y se le vio en el temple -sosegado en que vivir solía. Saturna, perro viejo y machucho, comunicó -a la señorita sus observaciones sobre este particular.</p> - -<p>—Bien se ve que el amo está en fondos, porque ya no se le ocurre -que yo pueda ensuciarme por un cuarto de escarola, ni se olvida del -respeto que, como caballero, debe a las que llevamos una falda, aunque -sea<span class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span> remendadita. Lo -malo es que cuando cobra los atrasos, se los gasta en una semana, -y luego..., adiós caballería, y otra vez ordinario, cominero y -metomentodo.</p> - -<p>Al propio tiempo, volvió D. Lope a poner en el cuidado de su persona -un prolijo esmero señoril, acicalándose como en sus mejores tiempos. -Ambas mujeres dieron gracias a Dios por esta feliz restauración -de costumbres, y aprovechando las ausencias metódicas del tirano, -entregose la niña con toda libertad al inefable goce de sus paseítos -con el hombre que amaba.</p> - -<p>El cual, por variar el escenario y la decoración, llevaba un -coche las más de las tardes, y metiéndose los dos en él, se daban el -gustazo de alejarse de Madrid casi hasta perderlo de vista. Testigos -de su dicha fueron el cerro de Chamartín, las dos torres, que parecen -pagodas, del colegio de los jesuitas, y el pinar misterioso; hoy el -camino de Fuencarral, mañana las sombrías espesuras del Pardo, con su -suelo de hojas metálicas erizadas de picos, las fresnedas que bordean -el Manzanares, las desnudas eminencias de Amaniel, y las hondas -cañadas del Abroñigal. Dejando el coche, paseaban a pie largo trecho -por los linderos de las tierras labradas, y aspiraban con el aire las -delicias de la soledad y plácida quietud, recreándose en cuanto veían, -pues todo les resultaba bonito, fresco y nuevo, sin reparar que<span -class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span> el encanto de las cosas era -una proyección de sí mismos. Retrayendo los ojos hacia la causa de -tanta hermosura, que en ellos residía, entregábanse al inocente juego -de su discretismo, que a los no enamorados habría parecido empalagoso. -Sutilizaban los porqués de su cariño, querían explicar lo inexplicable, -descifrar el profundo misterio, y al fin paraban en lo de siempre, -en exigirse y prometerse más amor, en desafiar la eternidad, dándose -garantías de fe inalterable en vidas sucesivas, en los cercos nebulosos -de la inmortalidad, allá donde habita la perfección y se sacuden las -almas el polvo de los mundos en que penaron.</p> - -<p>Mirando a lo inmediato y positivo, Horacio la incitaba a subir -con él al estudio, demostrándole la comodidad y reserva que aquel -local les ofrecía para pasar juntos la tarde. ¡Flojitas ganas tenía -ella de ver el estudio! Pero tan grande como su deseo era su temor de -encariñarse demasiado con el nido, y sentirse en él tan bien, que no -pudiera abandonarlo. Barruntaba lo que en la vivienda de su ídolo, -vecina de los pararrayos, según Saturna, podría pasarle; es decir, no -lo barruntaba, lo veía tan claro que más no podía ser. Y le asaltaba el -recelo amarguísimo de ser menos amada después de lo que allí sucediera, -como se pierde el interés del jeroglífico después de descifrado; -recelaba también que el<span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span> -caudal de su propio cariño disminuyera, prodigándose en el grado -supremo.</p> - -<p>Como el amor había encendido nuevos focos de luz en su inteligencia, -llenándole de ideas el cerebro, dándole asimismo una gran sutileza -de expresión para traducir al lenguaje los más hondos misterios del -alma, pudo exponer a su amante aquellos recelos con frase tan delicada -y tropos tan exquisitos, que decía cuanto en lo humano cabe, sin -decir nada que al pudor pudiera ofender. Él la comprendía, y como -en todo iban acordes, devolvíale con espiritual ternura los propios -sentimientos. Con todo, no cejaba en su afán de llevarla al estudio.</p> - -<p>—¿Y si nos pesa después? —decía ella—. Temo la felicidad, pues -cuando me siento dichosa, paréceme que el mal me acecha. Créete que en -vez de apurar la felicidad, nos vendría bien ahora algún contratiempo, -una miajita de desgracia. El amor es sacrificio, y para la abnegación -y el dolor debemos estar preparados siempre. Imponme un sacrificio -grande, una obligación penosa, y verás con qué gusto me lanzo a -cumplirla. Suframos un poquitín; seamos buenos...</p> - -<p>—No, lo que es a buenos no hay quien nos gane —decía Horacio con -gracejo—. Nos pasamos ya de angelicales, alma mía. Y eso de imponernos -sufrimientos es música, porque bastantes trae la vida sin que nadie -los busque. Yo<span class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span> también -soy pesimista; por eso, cuando veo el bien en puerta, lo llamo y no lo -dejo marcharse, no sea que después, cuando lo necesite, se empeñe en no -venir el muy pícaro...</p> - -<p>Surgía en ambos, con estas y otras cosas, un entusiasmo ardiente; a -las palabras sucedían las ternezas, hasta que un arranque de dignidad -y cordura les ponía de perfecto acuerdo para enfrenar su inquietud -y revestirse de formalidad, engañosa si se quiere, pero que por el -momento les salvaba. Decían cosas graves, pertinentes a la moral; -encomiaban las ventajas de la virtud, y lo hermoso que es quererse -con exquisita y celestial pureza. Como que así es más fino y sutil -el amor, y se graba más en el alma. Con estas dulces imposturas iban -ganando tiempo, y alimentaban su pasión, hoy con anhelos, mañana con -suplicios de Tántalo, exaltándola con lo mismo que parecía destinado a -contenerla, humanizándola con lo que divinizarla debiera, ensanchando -por la margen del espíritu, así como por la de la materia, el cauce por -donde aquel raudal de vida corría.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch11"> - <h2 class="nobreak g0">XI</h2> -</div> - -<p>Por sus pasos contados vinieron las confidencias difíciles, -abriéronse las páginas biográficas que más se resisten a la revelación, -porque afectan<span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span> a la -conciencia y al amor propio. Es ley de amor el inquirir, y lo es -también el revelar. La confesión procede del amor, y por él son más -dolorosas las apreturas de la conciencia. Tristana deseaba confiar a -Horacio los hechos tristes de su vida, y no se conceptuaba dichosa -hasta no efectuarlo. Entreveía o más bien adivinaba el artista un -misterio grave en la existencia de su amada, y si al principio, por -refinada delicadeza, no quiso echar la sonda, llegó día en que los -recelos del hombre y la curiosidad del enamorado pudieron más que sus -finos miramientos. Al conocer a Tristana, creyola Horacio, como algunas -gentes de Chamberí, hija de D. Lope. Pero Saturna, al llevarle la -segunda carta, le dijo:</p> - -<p>—La señorita es casada, y ese D. Lope, que usted cree papá, es su -propio marido inclusive.</p> - -<p>Estupefacción del joven artista; pero el asombro no impidió la -credulidad... Así quedaron las cosas, y por bastantes días persistió -en Horacio la costumbre de ver en su conquista la legítima esposa -del respetable y gallardo caballero, que parecía figura escapada del -<i>Cuadro de las Lanzas</i>. Siempre que ante ella le nombraba, decía: -«tu marido acá, tu marido allá...», y ella no se daba maldita prisa en -destruir el error. Pero un día, al fin, palabra tras palabra, pregunta -sobre pregunta, sintiendo invencible repugnancia de la mentira, y -hallándose con fuerzas para cerrar contra ella, Tristana, ahogada<span -class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span> de vergüenza y dolor, se -determinó a poner las cosas en su lugar.</p> - -<p>—Te estoy engañando, y no debo ni quiero engañarte. La verdad se -me sale a la boca, y no puedo contenerla más. No estoy casada con mi -marido...; digo, con mi papá..., digo, con ese hombre... Un día y otro -pensaba decírtelo; pero no me salía, hijo, no me salía... Ignoraba, -ignoro aún si lo sientes o te alegras, si valgo más o valgo menos a tus -ojos... Soy una mujer deshonrada, pero soy libre. ¿Qué prefieres...? -¿que sea una casada infiel, o una soltera que ha perdido su honor? De -todas maneras creo que, al decírtelo, me lleno de oprobio... y no sé... -no sé.</p> - -<p>No pudo concluir, y rompiendo en lágrimas amargas, ocultó el rostro -en el pecho de su amigo. Largo rato duró aquel espasmo de sensibilidad. -Ninguno de los dos decía nada. Por fin saltó ella con la preguntita de -cajón:</p> - -<p>—¿Me quieres más o me quieres menos?</p> - -<p>—Te quiero lo mismo... no; más, más, siempre más.</p> - -<p>No se hizo de rogar la niña para referir <i>a grandes rasgos</i> el -cómo y cuándo de su deshonra. Lágrimas sin fin derramó aquella tarde; -pero nada omitió su sinceridad, su noble afán de confesión como medio -seguro de purificarse.</p> - -<p>—Recogiome cuando me quedé huérfana. Él fue, justo es decirlo, muy -generoso con mis padres. Yo le<span class="pagenum" id="Page_82">p. -82</span> respetaba y le quería; no sospechaba lo que me iba a pasar. -La sorpresa no me permitió resistir. Era yo entonces un poco más tonta -que ahora, y ese hombre maldito me dominaba, haciendo de mí lo que -quería. Antes, mucho antes de conocerte, abominaba yo de mi flaqueza -de ánimo; cuanto más ahora que te conozco. ¡Lo que he llorado, Dios -mío!..., ¡las lágrimas que me ha costado el verme como me veo...! Y -cuando te quise, dábanme ganas de matarme, porque no podía ofrecerte -lo que tú te mereces... ¿Qué piensas? ¿Me quieres menos o me quieres -más? Dime que más, siempre más. En rigor de verdad, debo parecerte ya -menos culpable, porque no soy adúltera; no engaño sino a quien no tiene -derecho a tiranizarme. Mi infidelidad no es tal infidelidad, ¿qué te -parece?, sino castigo de su infamia; y este agravio que de mí recibe se -lo tiene bien merecido.</p> - -<p>No pudo menos Horacio de manifestarse más celoso al saber la -ilegitimidad de los lazos que unían a Tristana con D. Lope.</p> - -<p>—No, si no le quiero —dijo ella con énfasis—, ni le he querido -nunca. Para expresarlo todo de una vez, añadiré que desde que te -conocí empecé a sentir hacia él un terrible desvío... Después... ¡Ay, -Jesús, me pasan cosas tan raras...! A veces paréceme que le aborrezco, -que siento hacia él un odio tan grande como el mal que me hizo; a -veces...,<span class="pagenum" id="Page_83">p. 83</span> todo te lo -confieso, todo..., siento hacia él cierto cariño, como de hija, y me -parece que si él me tratara como debe, como un padre, yo le querría... -Porque no es malo, no vayas a creer que es muy malo, muy malo... No; -allí hay de todo: es una combinación monstruosa de cualidades buenas -y de defectos horribles; tiene dos conciencias, una muy pura y noble -para ciertas cosas, otra que es como un lodazal; y las usa según los -casos: se las pone como si fueran camisas. La conciencia negra y sucia -la emplea para todo cuanto al amor se refiere. ¡Ah, no creas!, ha sido -muy afortunado en amores. Sus conquistas son tantas, que no se pueden -contar. ¡Si tú supieras...! Aristocracia, clase media, pueblo..., en -todas partes dejó memoria triste, como D. Juan Tenorio. En palacios -y cabañas se coló, y no respetó nada el muy trasto, ni la virtud, ni -la paz doméstica, ni la santísima religión. Hasta con monjas y beatas -ha tenido amores el maldito, y sus éxitos parecen obra del Demonio. -Sus víctimas no tienen número: maridos y padres burlados; esposas que -se han ido al Infierno, o se irán cuando mueran; hijos... que no se -sabe de quién son hijos. En fin, es hombre muy dañino, porque además -tira las armas con gran arte, y a más de cuatro les ha mandado al -otro mundo. En su juventud tuvo arrogante figura, y hasta hace poco -tiempo todavía daba un chasco. Ya comprenderás<span class="pagenum" -id="Page_84">p. 84</span> que sus conquistas han ido desmereciendo en -importancia según le iban pesando los añitos. A mí me ha tocado ser la -última. Pertenezco a su decadencia...</p> - -<p>Oyó Díaz estas cosas con indignación primero, con asombro después, -y lo único que se le ocurrió decir a su amada fue que debía romper -cuanto antes aquellas nefandas relaciones, a lo que contestó la niña -muy acongojada que era esto más fácil de decir que de practicar, pues -el muy ladino, cuando advertía en ella síntomas de hastío y pruritos -de separación, se las echaba de padre, mostrándose tiránicamente -cariñoso. Con todo, fuerza era dar un gran tirón para arrancarse de -tan ignominiosa y antipática vida. Horacio la incitó a proceder con -firmeza, y a medida que se agigantaba en su mente la figura del D. -Lope, más viva era su resolución de burlar al burlador y de arrancarle -su víctima, la postrera quizás, y sin duda la más preciosa.</p> - -<p>Volvió Tristana a su casa en un estado moral y mental lastimoso, -disparada de los nervios, febril, y dispuesta a consumar cualquier -desatino. Tocábale aquella noche aborrecer a su tirano, y cuando le -vio llegar, risueño y con humor de bromas, entrole tal rabia, que de -buena gana le habría tirado a la cabeza el plato de la sopa. Durante -la comida, D. Lope estuvo decidor, y echaba chafalditas a Saturna, -diciéndole, entre otras<span class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span> -cosas:</p> - -<p>—Ya, ya sé que tienes un novio ahí en Tetuán, ese que llaman <i>Juan -y Medio</i> por lo largo que es, el herrador..., ya sabes. Me lo ha -dicho Pepe, el del tranvía. Por eso, a la caída de la tarde andas -desatinada por esos caminos, buscando los rincones oscuros, y no falta -una sombra larga y escueta que se confunda con la tuya.</p> - -<p>—Yo no tengo nada con <i>Juan y Medio</i>, señor... Que me pretenda -él..., no sé; podrá ser. Me hacen la rueda otros que valen más..., -hasta señoritos. Pues qué se cree, ¿que solo él tiene quien le -quiera?</p> - -<p>Seguía Saturna la broma, mientras Tristana se requemaba -interiormente, y lo poco que comió se le volvía veneno. A D. Lope -no le faltaba apetito aquella noche, y daba cuenta pausadamente de -los garbanzos del cocido como el más pánfilo burgués, del modesto -principio, más de carnero que de vaca, y de las uvas del postre, todo -acompañado con tragos de vino de la taberna próxima, malísimo, que el -buen señor bebía con verdadera resignación, haciendo muecas cada vez -que a la boca se lo llevaba. Terminada la comida, retirose a su cuarto -y encendió un puro, llamando a Tristana para que le hiciese compañía; y -estirándose en la butaca, le dijo estas palabras, que hicieron temblar -a la joven:</p> - -<p>—No es solo Saturna la que tiene un idilio nocturno<span -class="pagenum" id="Page_86">p. 86</span> por ahí. Tú también lo -tienes. No, si nadie me ha dicho nada... Pero te lo conozco, hace días -que te lo leo... en la cara, en la voz.</p> - -<p>Tristana palideció. Su blancura de nácar tomó azuladas tintas a -la luz del velón con pantalla que alumbraba el gabinete. Parecía una -muerta hermosísima, y se destacaba sobre el sofá con el violento -escorzo de una figura japonesa, de esas cuya estabilidad no se -comprende, y que parecen cadáveres risueños pegados a un árbol, a una -nube, a incomprensibles fajas decorativas. Puso al fin en su cara -exangüe una sonrisilla forzada, y sobrecogida contestó:</p> - -<p>—Te equivocas..., yo no tengo...</p> - -<p>D. Lope se le imponía de tal modo, y la fascinaba con tan misteriosa -autoridad, que ante él, aun con tantas razones para rebelarse, no sabía -tener ni un respiro de voluntad.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch12"> - <h2 class="nobreak g0">XII</h2> -</div> - -<p>—Lo sé —añadió el D. Juan en decadencia, quitándose las botas -y poniéndose las zapatillas, que Tristana, para disimular la -estupefacción en que había quedado, le trajo de la alcoba cercana—. Yo -soy muy lince en estas cosas, y no ha nacido todavía la persona que me -engañe y se burle de mí. Tristana, tú has encontrado por ahí un idilio; -te lo conozco en tus inquietudes de estos días, en tu manera de mirar, -en el cerco de<span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span> tus -ojos, en mil detalles que a mí no se me escapan. Soy perro viejo, y sé -que toda joven de tu edad, si se echa diariamente a la calle, tropieza -con su idilio. Ello será de una manera o de otra. A veces se encuentra -lo bueno, a veces lo detestable. Ignoro cómo es tu hallazgo; pero no me -lo niegues, por tu vida.</p> - -<p>Tristana volvió a negar con ademanes y con palabras; pero tan mal, -tan mal, que más le valiera callarse. Los penetrantes ojos de D. Lope, -clavados en ella, la sobrecogían, la dominaban, causándole terror y una -dificultad extraordinaria para mentir. Con gran esfuerzo quiso vencer -la fascinación de aquella mirada, y repitió sus denegaciones.</p> - -<p>—Bueno, defiéndete como puedas —prosiguió el caballero—, pero yo -sigo en mis trece. Soy viejo sastre y conozco el paño. Te aviso con -tiempo, Tristana, para que adviertas tu error y retrocedas, porque -a mí no me gustan idilios callejeros, que pienso serán hasta ahora -chiquilladas y juegos inocentes. Porque si fueran otra cosa...</p> - -<p>Echó al decir esto una mirada tan viva y amenazante sobre la pobre -joven, que Tristana se retiró un poco, como si en vez de ser una mirada -fuera una mano la que sobre su rostro venía.</p> - -<p>—Mucho cuidado, niña —dijo el caballero, dando una feroz mordida -al cigarro de estanco (por<span class="pagenum" id="Page_88">p. -88</span> no poder gastar otros) que fumaba—. Y si tú, por ligereza o -aturdimiento, me pones en berlina y das alas a cualquier mequetrefe -para que me tome a mí por un... No, no dudo que entrarás en razón. A -mí, óyelo bien, nadie en el mundo hasta la hora presente me ha puesto -en ridículo. Todavía no soy tan viejo para soportar ciertos oprobios, -muchacha... Conque no te digo más. En último caso, yo me revisto de -autoridad para apartarte de un extravío, y si otra cosa no te gusta, -me declaro padre, porque como padre tendré que tratarte si es preciso. -Tu mamá te confió a mí para que te amparase, y te amparé, y decidido -estoy a protegerte contra toda clase de asechanzas, y a defender tu -honor...</p> - -<p>Al oír esto, la señorita de Reluz no pudo contenerse, y sintiendo -que le azotaba el alma una racha de ira, venida quién sabe de donde, -como soplo de huracán, se irguió y le dijo:</p> - -<p>—¿Qué hablas ahí de honor? Yo no lo tengo; me lo has quitado tú, me -has perdido.</p> - -<p>Rompió a llorar tan sin consuelo, que D. Lope varió bruscamente -de tono y de expresión. Llegose a ella, soltando el cigarro sobre un -velador, y estrechándole las manos, se las besó, y en la cabeza la besó -también con no afectada ternura.</p> - -<p>—Hija mía, me anonadas juzgándome de una manera tan ejecutiva. -Verdad que... Sí, tienes razón... Pero bien sabes que no puedo -mirarte<span class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span> como a una de -tantas, a quienes... No, no es eso. Tristana, sé indulgente conmigo; tú -no eres una víctima; yo no puedo abandonarte, no te abandonaré nunca, y -mientras este triste viejo tenga un pedazo de pan, será para ti.</p> - -<p>—¡Hipócrita, falso, embustero! —exclamó la esclava sintiéndose -fuerte.</p> - -<p>—Bueno, hija, desahógate, dime cuantas picardías quieras -(<i>volviendo a tomar su cigarro</i>); pero déjame hacer contigo lo que -no he hecho con mujer alguna, mirarte como un ser querido...; esto es -bastante nuevo en mí..., como un ser de mi propia sangre... ¿Que no lo -crees?</p> - -<p>—No, no lo creo.</p> - -<p>—Pues ya te irás enterando. Por de pronto he descubierto que andas -en malos pasos. No me lo niegues, por Dios. Dime que es tontería, -frivolidad, cosa sin importancia; pero no me lo niegues. ¡Pues si yo -quisiera vigilarte...! Pero no, no, el espionaje me parece indigno de -ti y de mí. No hago más que darte un toquecito de atención, decirte que -te veo, que te adivino, que al fin y a la postre nada podrás ocultarme, -porque si me pongo a ello, hasta los pensamientos extraeré de tu magín -para verlos y examinarlos; hasta tus impresiones más escondidas te -sacaré cuando menos lo pienses. Chiquilla, cuidado, vuelve en ti. No -se hablará más de ello si me prometes ser buena y fiel; pero si me -engañas,<span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span> si vendes mi -dignidad por un puñado de ternuras que te ofrezca cualquier mocoso -insípido..., no te asombres de que yo me defienda. Nadie me ha puesto -la ceniza en la frente todavía.</p> - -<p>—Todo es infundado, todo cavilación tuya —dijo Tristana por decir -algo—, yo no he pensado en...</p> - -<p>—Allá veremos —replicó el tirano volviendo a flecharla con su mirada -escrutadora—. Con lo hablado basta. Eres libre para salir y entrar -cuando gustes; pero te advierto que a mí no se me puede engañar... Te -miro como esposa y como hija, según me convenga. Invoco la memoria de -tus padres...</p> - -<p>—¡Mis padres! —exclamó la niña reanimándose—. ¡Si resucitaran y -vieran lo que has hecho con su hija...!</p> - -<p>—Sabe Dios si sola en el mundo, o en otras manos que las mías, tu -suerte habría sido peor —replicó D. Lope, defendiéndose como pudo—. -Lo bueno, lo perfecto, ¿dónde está? Gracias que Dios nos conceda lo -menos malo, y el bien relativo. Yo no pretendo que me veneres como a -un santo; te digo que veas en mí al hombre que te quiere con cuantas -clases de cariño pueden existir, al hombre que a todo trance te -apartará del mal, y...</p> - -<p>—Lo que veo —interrumpió Tristana— es un egoísmo brutal, monstruoso, -un egoísmo que...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span>—El tonillo que -tomas —dijo Garrido con acritud— y la energía con que me contestas -me confirman en lo mismo, chicuela sin seso. Idilio tenemos, sí. Hay -algo fuera de casa que te inspira aborrecimiento de lo de dentro, y al -propio tiempo te sugiere ideas de libertad, de emancipación. Abajo la -caretita. Pues no te suelto, no. Te estimo demasiado para entregarte a -los azares de lo desconocido, y a las aventuras peligrosas. Eres una -inocentona sin juicio. Yo puedo haber sido para ti un mal padre. Pues -mira, ahora se me antoja ser padre bueno.</p> - -<p>Y adoptando la actitud de nobleza y dignidad que tan bien cuadraba a -su figura, y que con tanto arte usaba cuando le convenía; poniéndosela -y haciéndola crujir, cual armadura de templado acero, le dijo estas -graves palabras:</p> - -<p>—Hija mía, yo no te prohibiré que salgas de casa, porque esa -prohibición es indigna de mí y contraria a mis hábitos. No quiero hacer -el celoso de comedia, ni el tirano doméstico, cuya ridiculez conozco -mejor que nadie. Pero si no te prohibo que salgas, te digo con toda -formalidad que no me agrada verte salir. Eres materialmente libre, y -las limitaciones que deba tener tu libertad, tú misma eres quien debe -señalarlas, mirando a mi decoro y al cariño que te tengo.</p> - -<p>¡Lástima que no hablara en verso para ser perfecta imagen del -<i>padre noble</i> de antigua comedia!<span class="pagenum" -id="Page_92">p. 92</span> Pero la prosa y las zapatillas, que por la -decadencia en que vivía no eran de lo más elegante, destruían en parte -aquel efecto. Causaron impresión a la joven las palabras del estropeado -galán, y se retiró para llorar a solas, allá en la cocina, sobre el -pecho amigo y leal de Saturna; pero no había transcurrido media hora, -cuando don Lope tiró de la campanilla para llamarla. En la manera de -tocar conocía la señorita que la llamaba a ella y no a la criada, y -acudió cediendo a una costumbre puramente mecánica. No, no pedía ni la -flor de malva, ni las bayetas calientes: lo que pedía era la compañía -dulce de la esclava, para entretener su insomnio de libertino averiado, -a quien los años atormentan como espectros acusadores.</p> - -<p>Encontrole paseándose por el cuarto, con un gabán viejo sobre los -hombros, porque su pobreza no le permitía ya el uso de un batín nuevo -y elegante; la cabeza descubierta, pues antes de que ella entrara, se -quitó el gorro con que solía cubrirla por las noches.</p> - -<p>Estaba guapo sin duda, con varonil y avellanada hermosura de -<i>Cuadro de las Lanzas</i>.</p> - -<p>—Te he llamado, hija mía —le dijo, echándose en una butaca -y sentando a la esclava sobre sus rodillas—, porque no quería -acostarme sin charlar algo más. Sé que no he de dormir si me<span -class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span> acuesto dejándote -disgustada... Conque vamos a ver... cuéntame tu idilio...</p> - -<p>—No tengo ninguna historia que contar —replicó Tristana, rechazando -sus caricias con buen modo, como haciéndose la distraída.</p> - -<p>—Bueno, pues yo lo descubriré. No, no te riño. ¡Si aun portándote -mal conmigo, tengo mucho que agradecerte! Me has querido en mi vejez, -me has dado tu juventud, tu candor; cogí flores en la edad en que no -me correspondía tocar más que abrojos. Reconozco que he sido malo para -ti, y que no debí arrancarte del tallo. Pero no lo puedo remediar; no -me puedo convencer de que soy viejo, porque Dios parece que me pone en -el alma un sentimiento de eterna juventud... ¿Qué dices a esto? ¿Qué -piensas? ¿Te burlas?... Ríete todo lo que quieras; pero no te alejes de -mí. Yo sé que no puedo dorar tu cárcel (<i>con amargura vivísima</i>), -porque soy pobre. Es la pobreza también una forma de vejez; pero a esta -me resigno menos que a la otra. El ser pobre me anonada, no por mí, -sino por ti, porque me gustaría rodearte de las comodidades, de las -galas que te corresponden. Mereces vivir como una princesa, y te tengo -aquí como una pobrecita hospiciana... No puedo vestirte como quisiera. -Gracias que tú estás bien de cualquier modo, y en esta estrechez, -en nuestra miseria mal disimulada, siempre, siempre eres y serás -perla.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span>Con gestos más que -con palabras, dio a entender Tristana que le importaba un bledo la -pobreza...</p> - -<p>—¡Ah..., no!; estas cosas se dicen, pero rara vez se sienten. Nos -resignamos porque no hay más remedio; pero la pobreza es cosa muy mala, -hija, y todos, más o menos sinceramente, renegamos de ella. Cree que -mi mayor suplicio es no poder dorarte la jaulita. ¡Y qué bien te la -doraría yo! Porque lo entiendo, cree que lo entiendo. Fui rico; al -menos tenía para vivir solo holgadamente, y hasta con lujo. Tú no te -acordarás, porque eras entonces muy niña, de mi cuarto de soltero en -la calle de Luzón. Josefina te llevó alguna vez, y tú tenías miedo a -las armaduras que adornaban mi sala. ¡Cuántas veces te cogí en brazos, -y te paseé por toda la casa, mostrándote mis pinturas, mis pieles de -león y de tigre, mis panoplias, los retratos de damas hermosas... y tú -sin acabar de perder el miedo! Era un presentimiento, ¿verdad? ¡Quién -nos había de decir entonces que andando los años...! Yo, que todo lo -preveo, tratándose de amores posibles, no preví esto, no se me ocurría. -¡Ay, cuánto he decaído desde entonces! De escalón en escalón he ido -bajando, hasta llegar a esta miseria vergonzosa. Primero tuve que -privarme de mis caballos, de mi coche... dejé el cuarto de la calle de -Luzón, cuando resultaba demasiado<span class="pagenum" id="Page_95">p. -95</span> costoso para mí. Tomé otro, y luego, cada pocos años he ido -buscándolos más baratos, hasta tener que refugiarme en este arrabal -excéntrico y vulgarote. A cada etapa, a cada escalón, iba perdiendo -algo de las cosas buenas y cómodas que me rodeaban. Ya me privaba de mi -bodega, bien repuesta de exquisitos vinos; ya de mis tapices flamencos -y españoles; después de mis cuadros; luego de mis armas preciosísimas, -y por fin, ya no me quedan más que cuatro trastos indecentes... Pero no -debo quejarme del rigor de Dios, porque me quedas tú, que vales más que -cuantas joyas he perdido.</p> - -<p>Afectada por las nobles expresiones del caballero en decadencia, -Tristana no supo cómo contestarlas, pues no quería ser esquiva con -él, por no parecer ingrata, ni tampoco amable, temerosa de las -consecuencias. No se determinó a pronunciar una sola palabra tierna -que indicase flaqueza de ánimo, porque no ignoraba el partido que el -muy taimado sacaría al instante de tal situación. Por el pensamiento -de Garrido cruzó una idea que no quiso expresar. Le amordazaba la -delicadeza, en la cual era tan extremado, que ni una sola vez, cuando -hablaba de su penuria, sacó a relucir sus sacrificios en pro de la -familia de Tristana. Aquella noche sintió cierta comezón de ajustar -cuentas de gratitud; pero la frase expiró en sus labios, y solo con el -pensamiento le dijo:<span class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span> -«No olvides que casi toda mi fortuna la devoraron tus padres. ¿Y esto -no se pesa y se mide también? ¿Ha de ser todo culpa en mí? ¿No se te -ocurre que algo hay que echar en el otro platillo? ¿Es esa manera justa -de pesar, niña, y de juzgar?»</p> - -<p>—Por fin —dijo en alta voz después de una pausa, en la cual juzgó y -pesó la frialdad de su cautiva—, quedamos en que no tienes maldita gana -de contarme tu idilio. Eres tonta. Sin hablar, me lo estás contando con -la repugnancia que tienes de mí, y que no puedes disimular. Entendido, -hija, entendido. (<i>Poniéndola en pie y levantándose él también.</i>) -No estoy acostumbrado a inspirar asco, francamente, ni soy hombre que -gusta de echar tantos memoriales para obtener lo que le corresponde. -No me estimo en tan poco. ¿Qué pensabas? ¿Que te iba a pedir de -rodillas...? Guarda tus encantos juveniles para algún monigote de -estos de ahora, sí, de estos que no podemos llamar hombres sin acortar -la palabra o estirar la persona. Vete a tu cuartito, y medita sobre -lo que hemos hablado. Bien podría suceder que tu idilio me resultara -indiferente... mirándolo yo como un medio fácil de que aprendieras, por -demostración experimental, lo que va de hombre a hombre... Pero bien -podría suceder también que se me indigestara, y que sin atufarme mucho, -porque el caso no lo<span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span> -merece, como quien aplasta hormigas, te enseñara yo...</p> - -<p>Indignose tanto la niña de aquella amenaza, y hubo de encontrarla -tan insolente, que sintió resurgir de su pecho el odio que en ocasiones -su tirano le inspiraba. Y como las tumultuosas apariciones de aquel -sentimiento le quitaban por ensalmo la cobardía, se sintió fuerte ante -él, y le soltó redonda una valiente respuesta.</p> - -<p>—Pues mejor: no temo nada. Mátame cuando quieras.</p> - -<p>Y D. Lope, al verla salir en tan decidida y arrogante actitud, se -llevó las manos a la cabeza y se dijo:</p> - -<p>—No me teme ya. Ciertos son los toros.</p> - -<p>En tanto, Tristana corrió a la cocina en busca de Saturna, y entre -cuchicheos y lágrimas, le dio sus órdenes, que palabra más o menos eran -así:</p> - -<p>—Mañana, cuando vayas por la cartita, le dices que no traiga coche, -que no salga, que me espere en el estudio, pues allá voy aunque me -muera... Oye; adviértele que despida el modelo, si lo tiene mañana, -y que no reciba a nadie... que esté solo, vamos... Si este hombre me -mata, máteme con razón.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch13"> - <h2 class="nobreak g0">XIII</h2> -</div> - -<p>Y desde aquel día ya no pasearon más.</p> - -<p>Pasearon, sí, en el breve campo del estudio,<span class="pagenum" -id="Page_98">p. 98</span> desde el polo de lo ideal al de las -realidades; recorrieron toda la esfera, desde lo humano a lo divino, -sin poder determinar fácilmente la divisoria entre uno y otro, pues -lo humano les parecía del cielo, y lo divino revestíase a sus ojos de -carne mortal. Cuando su alegre embriaguez permitió a Tristana enterarse -del medio en que pasaba tan dulces horas, una nueva aspiración se -reveló a su espíritu, el arte, hasta entonces simplemente soñado por -ella, ahora visto de cerca y comprendido. Encendieron su fantasía y -embelesaron sus ojos las formas humanas o inanimadas que, traducidas -de la Naturaleza, llenaban el estudio de su amante; y aunque antes de -aquella ocasión había visto cuadros, nunca vio a tan corta distancia -el natural del procedimiento. Y tocaba con su dedito la fresca -pasta, creyendo apreciar mejor así los secretos de la obra pintada, -y sorprenderla en su misteriosa gestación. Después de ver trabajar a -Díaz, se prendó más de aquel arte delicioso, que le parecía fácil en -su procedimiento, y entráronle ganas de probar también su aptitud. -Púsole él en la izquierda mano la paleta, el pincel en la derecha, -y la incitó a copiar un trozo. Al principio, ¡ay!, entre risotadas -y contorsiones, solo pudo cubrir la tela de informes manchas; -pero al segundo día, ¡caramba!, ya consiguió mezclar hábilmente -dos o tres colores y ponerlos en su sitio, y aun fundirlos<span -class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span> con cierta destreza. ¡Qué -risa! ¡Si resultaría que también ella era pintora! No le faltaban, no, -disposiciones, porque la mano perdía de hora en hora su torpeza, y si -la mano no le ayudaba, la mente iba muy altanera por delante, sabiendo -<i>cómo se hacía</i>, aunque hacerlo no pudiera. Desalentada ante -las dificultades del procedimiento, se impacientaba, y Horacio reía, -diciéndole:</p> - -<p>—Pues ¿qué crees tú, que esto es cosa de juego?</p> - -<p>Quejábase amargamente de no haber tenido a su lado, en tanto tiempo, -personas que supieran ver en ella una aptitud para algo, aplicándola al -estudio de un arte cualquiera.</p> - -<p>—Ahora me parece a mí que si de niña me hubiesen enseñado el dibujo, -hoy sabría yo pintar, y podría ganarme la vida, y ser independiente -con mi honrado trabajo. Pero mi pobre mamá no pensó más que en darme -la educación insubstancial de las niñas que aprenden para llevar un -buen yerno a casa, a saber: un poco de piano, el indispensable barniz -de francés, y qué sé yo..., tonterías. ¡Si aún me hubiesen enseñado -idiomas, para que, al quedarme sola y pobre, pudiera ser profesora de -lenguas...! Luego, este hombre maldito me ha educado para la ociosidad -y para su propio recreo, a la turca verdaderamente, hijo... Así es que -me encuentro inútil de toda inutilidad. Ya ves, la pintura me encanta; -siento vocación, facilidad.<span class="pagenum" id="Page_100">p. -100</span> ¿Será inmodestia? No, dime que no; dame bombo, anímame... -Pues si con voluntad, paciencia y una aplicación continua se vencieran -las dificultades, yo las vencería, y sería pintora, y estudiaríamos -juntos, y mis cuadros..., ¡muérete de envidia!, dejarían tamañitos a -los tuyos... ¡Ah, no, eso no; tú eres el rey de los pintores! No, no te -enfades; lo eres, porque yo te lo digo. ¡Tengo un instinto...! Yo no -sabré hacer las cosas, pero las sé juzgar.</p> - -<p>Estos alientos de artista, estos arranques de mujer superior -encantaban al buen Díaz, el cual, a poco de aquellos íntimos tratos, -empezó a notar que la enamorada joven se iba creciendo a los ojos de -él, y le empequeñecía. En verdad que esto le causaba sorpresa, y casi -casi empezaba a contrariarle, porque había soñado en Tristana la mujer -subordinada al hombre en inteligencia y en voluntad, la esposa que -vive de la savia moral e intelectual del esposo, y que con los ojos y -con el corazón de él ve y siente. Pero resultaba que la niña discurría -por cuenta propia, lanzándose a los espacios libres del pensamiento, y -demostraba las aspiraciones más audaces.</p> - -<p>—Mira, hijo de mi alma —le decía en aquellas divagaciones deliciosas -que les columpiaban desde los transportes del amor a los problemas más -graves de la vida—, yo te quiero con toda mi alma; segura estoy de no -poder vivir sin ti.<span class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span> -Toda mujer aspira a casarse con el hombre que ama: yo no. Según las -reglas de la sociedad, estoy ya imposibilitada de casarme. No podría -hacerlo, ni aun contigo, con la frente bien alzada, pues por muy bueno -que conmigo fueras, siempre tendría ante ti cierto resquemor de haberte -dado menos de lo que mereces, y temería que tarde o temprano, en un -momento de mal humor o de cansancio, me dijeras que habías tenido que -cerrar los ojos para ser mi marido... No, no. ¿Será esto orgullo, o -qué será? Yo te quiero y te querré siempre; pero deseo ser libre. -Por eso ambiciono un medio de vivir; cosa difícil, ¿verdad? Saturna -me pone en solfa, y dice que no hay más que tres carreras para las -mujeres: el matrimonio, el teatro y... Ninguna de las tres me hace -gracia. Buscaremos otra. Pero yo pregunto: ¿es locura poseer un arte, -cultivarlo y vivir de él? ¿Tan poco entiendo del mundo, que tengo por -posible lo imposible? Explícamelo tú, que sabes más que yo.</p> - -<p>Y Horacio, apuradísimo, después de muchos rodeos, concluía por hacer -suya la afirmación de Saturna.</p> - -<p>—Pero tú —agregaba— eres una mujer excepcional, y esa regla no va -contigo. Tú encontrarás la fórmula, tú resolverás quizás el problema -endiablado de la mujer libre...</p> - -<p>—Y honrada, se entiende, porque también te<span class="pagenum" -id="Page_102">p. 102</span> digo que no creo faltar a la honradez -queriéndote, ya vivamos o no juntos... Vas a decirme que he perdido -toda idea de moralidad.</p> - -<p>—No, por Dios. Yo creo...</p> - -<p>—Soy muy mala yo. ¿No lo habías conocido? Confiésame que te has -asustado un poquitín al oírme lo último que te he dicho. Hace tiempo, -mucho tiempo, que sueño con esa libertad honrada; y desde que te -quiero, como se me ha despertado la inteligencia, y me veo sorprendida -por rachas de saber que me entran en el magín, lo mismo que el viento -por una puerta mal cerrada, veo muy claro eso de la honradez libre. -Pienso en esto a todas horas, pensando en ti, y no ceso de echar pestes -contra los que no supieron enseñarme un arte, siquiera un oficio, -porque si me hubieran puesto a ribetear zapatos, a estas horas sería yo -una buena oficiala, y quizás maestra. Pero aún soy joven. ¿No te parece -a ti que soy joven? Veo que pones carita burlona. Eso quiere decir que -soy joven para el amor, pero que tengo los huesos duros para aprender -un arte. Pues mira, me rejuveneceré; me quitaré años; volveré a la -infancia, y mi aplicación suplirá el tiempo perdido. Una voluntad firme -lo vence todo. ¿No lo crees tú así?</p> - -<p>Subyugado por tanta firmeza, Horacio se mostraba más amante -cada día, reforzando el amor con la admiración. Al contacto de la -fantasía<span class="pagenum" id="Page_103">p. 103</span> exuberante -de ella, despertáronse en él poderosas energías de la mente; el ciclo -de sus ideas se agrandó; y comunicándose de uno a otro el poderoso -estímulo de sentir fuerte y pensar hondo, llegaron a un altísimo grado -de tempestuosa embriaguez de los sentidos, con relámpagos de atrevidas -utopias eróticas y sociales. Filosofaban con peregrino desenfado entre -delirantes ternuras y vencidos del cansancio, divagaban lánguidamente -hasta perder el aliento. Callaban las bocas, y los espíritus seguían -aleteando por el espacio.</p> - -<p>En tanto, nada digno de referirse ocurría en las relaciones de -Tristana con su señor, el cual había tomado una actitud observadora y -expectante, mostrándose con ella muy atento, mas no cariñoso. Veíala -entrar tarde algunas noches, y atentamente la observaba; mas no la -reprendía, adivinando que, al menor choque, la esclava sabría mostrar -intenciones de no serlo. Algunas noches charlaron de diversos asuntos, -esquivando D. Lope, con fría táctica, el tratar del idilio; y tal -viveza de espíritu mostraba la niña, de tal modo se transfiguraba su -nacarado rostro de dama japonesa, al reflejar en sus negros ojos la -inteligencia soberana, que D. Lope, refrenando sus ganas de comérsela -a besos, se llenaba de melancolía, diciendo para su sayo: «<i>Le ha -salido</i> talento... Sin duda ama.»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span>No pocas veces la -sorprendió en el comedor, a horas desusadas, bajo el foco luminoso de -la lámpara colgante, dibujando el contorno de alguna figura en grabado, -o copiando cualquier objeto de los que en la estancia había.</p> - -<p>—Bien, bien —le dijo a la tercera o cuarta vez que la encontró en -semejante afán—. Adelantas, hija, adelantas. De anteanoche acá, noto -una gran diferencia.</p> - -<p>Y encerrándose en su alcoba con sus melancolías, el pobre galán -decadente exclamaba, dando un puñetazo sobre la mesa:</p> - -<p>—Otro dato. El tal es pintor.</p> - -<p>Pero no quería meterse en averiguaciones directas, por -creerlas ofensivas a su decoro, e impropias de su nunca profanada -caballerosidad. Una tarde, no obstante, en la plataforma del tranvía, -charlando con uno de los cobradores, que era su amigo, le preguntó:</p> - -<p>—Pepe, ¿hay por aquí algún estudio de pintor?</p> - -<p>Precisamente en aquel instante pasaban frente a la calle -transversal, formada por edificios nuevos de pobretería, destacándose -entre ellos una casona de ladrillo al descubierto, grande y de -provecho, rematada en una especie de estufa, como taller de fotógrafo o -de artista.</p> - -<p>—Allí —dijo el cobrador— tenemos al señor de Díaz, retratista al -óleo...</p> - -<p>—¡Ah!, sí, le conozco —replicó D. Lope—. Ese que...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_105">p. 105</span>—Ese que va y viene -por mañana y tarde. No duerme aquí. ¡Guapo chico!</p> - -<p>—Sí, ya sé... Moreno, chiquitín.</p> - -<p>—No, es alto.</p> - -<p>—Alto, sí; pero un poco cargado de espaldas.</p> - -<p>—No, garboso.</p> - -<p>—Justo, con melenas...</p> - -<p>—Si lleva el pelo al rape.</p> - -<p>—Se lo habrá cortado ahora. Parece de estos italianos que tocan el -arpa.</p> - -<p>—No sé si toca el arpa. Pero es muy aplicado a los pinceles. A un -compañero nuestro le llevó de modelo para apóstol... Crea usted que le -sacó hablando.</p> - -<p>—Pues yo pensé que pintaba paisajes.</p> - -<p>—También... y caballerías... Flores retrata que parecen vivas; -frutas bien maduras, y codornices muertas. De todo propiamente. -Y las mujeres en cueros que tiene en el estudio le ponen a uno -encandilado.</p> - -<p>—¿También niñas desnudas?</p> - -<p>—O a medio vestir, con una tela que tapa y no tapa. Suba y véalo -todo, D. Lope. Es buen chico ese D. Horacio y le recibirá bien.</p> - -<p>—Yo estoy curado de espanto, Pepe. No sé admirar esas hembras -pintadas. Me han gustado siempre más las vivas. Vaya..., con Dios.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch14"> - <p><span class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XIV</h2> -</div> - -<p>Justo es decir que la serie borrascosa de turcas de amor cogidas -por el espiritual artista en aquella temporada le desviaron de -su noble profesión. Pintaba poco, y siempre sin modelo; empezó a -sentir los remordimientos del trabajador, esa pena que causan los -trozos sin concluir pidiendo hechura y encaje; mas entre el arte y -el amor prefería este, por ser cosa nueva en él, que despertaba las -emociones más dulces de su alma; un mundo recién descubierto, florido, -exuberante, riquísimo, del cual había que tomar posesión, afianzando -sólidamente en él la planta de geógrafo y de conquistador. El arte ya -podía esperar; ya volvería cuando las locas ansias se calmasen; y se -calmarían, tomando el amor un carácter pacífico, más de colonización -reposada que de furibunda conquista. Creía sinceramente el bueno -de Horacio que aquel era el amor de toda su vida, que ninguna otra -mujer podría agradarle ya, ni sustituir en su corazón a la exaltada -y donosa Tristana; y se complacía en suponer que el tiempo iría -templando en ella la fiebre de ideación, pues para esposa o querida -perpetua tal flujo de pensar temerario le parecía excesivo. Esperaba -que su constante cariño y la acción del tiempo rebajarían un poco la -talla imaginativa<span class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span> -y razonante de su ídolo, haciéndola más mujer, más doméstica, más -corriente y útil.</p> - -<p>Esto pensaba; mas no lo decía. Una noche que juntos charlaban, -mirando la puesta de sol y saboreando la dulcísima melancolía de una -tarde brumosa, se asustó Díaz de oírla expresarse en estos términos:</p> - -<p>—Es muy particular lo que me pasa: aprendo fácilmente las cosas -difíciles; me apropio las ideas y las reglas de un arte..., hasta de -una ciencia si me apuras; pero no puedo enterarme de las menudencias -prácticas de la vida. Siempre que compro algo, me engañan; no sé -apreciar el valor de las cosas; no tengo ninguna idea de gobierno, ni -de orden, y si Saturna no se entendiera con todo en mi casa, aquello -sería una leonera. Es indudable que cada cual sirve para una cosa; yo -podré servir para muchas, pero para esa está visto que no valgo. Me -parezco a los hombres en que ignoro lo que cuesta una arroba de patatas -y un quintal de carbón. Me lo ha dicho Saturna mil veces, y por un oído -me entra y por otro me sale. ¿Habré nacido para gran señora? Puede que -sí. Comoquiera que sea, me conviene aplicarme, aprender todo eso, y -sin perjuicio de poseer un arte, he de saber criar gallinas y remendar -la ropa. En casa trabajo mucho, pero sin iniciativa. Soy pincha de -Saturna, la ayudo, barro, limpio y fregoteo, eso sí; pero ¡desdichada -casa si yo mandara en ella!<span class="pagenum" id="Page_108">p. -108</span> Necesito aprenderlo, ¿verdad? El maldito don Lope ni aun -eso se ha cuidado de enseñarme. Nunca he sido para él más que una -circasiana comprada para su recreo, y se ha contentado con verme -bonita, limpia y amable.</p> - -<p>Respondiole el pintor que no se apurara por adquirir el saber -doméstico, pues fácilmente se lo enseñaría la práctica.</p> - -<p>—Eres una niña —agregó— con muchísimo talento y grandes -disposiciones. Te falta solo el pormenor, el conocimiento menudo que -dan la independencia y la necesidad.</p> - -<p>—Un recelo tengo —dijo Tristana, echándole al cuello los brazos—: -que dejes de quererme por no saber yo lo que se puede comprar con -un duro..., porque temas que te convierta la casa en una escuela de -danzantes. La verdad es que si pinto como tú, o descubro otra profesión -en que pueda lucir y trabajar con fe, ¿cómo nos vamos a arreglar, hijo -de mi vida? Es cosa que espanta.</p> - -<p>Expresó su confusión de una manera tan graciosa, que Horacio no pudo -menos de soltar la risa.</p> - -<p>—No te apures, hija. Ya veremos. Me pondré yo las faldas. ¡Qué -remedio hay!</p> - -<p>—No, no —dijo Tristana, alzando un dedito y marcando con él -las expresiones de un modo muy salado—. Si encuentro mi manera de -vivir,<span class="pagenum" id="Page_109">p. 109</span> viviré sola. -¡Viva la independencia...!, sin perjuicio de amarte y de ser siempre -tuya. Yo me entiendo: tengo acá mis ideítas. Nada de matrimonio, para -no andar a la greña por aquello de quién tiene las faldas y quién no. -Creo que has de quererme menos si me haces tu esclava; creo que te -querré poco si te meto en un puño. Libertad honrada es mi tema..., o -si quieres, mi dogma. Ya sé que es difícil, muy difícil, porque la -<i>sociedaz</i>, como dice Saturna... No acabo de entenderlo... Pero yo -me lanzo al ensayo... ¿Que fracaso? Bueno. Y si no fracaso, hijito, si -me salgo con la mía, ¿qué dirás tú? ¡Ay!, has de verme en mi casita, -sola, queriéndote mucho, eso sí, y trabajando, trabajando en mi arte -para ganarme el pan; tú en la tuya, juntos a ratos, separados muchas -horas, porque... ya ves, eso de estar siempre juntos, siempre juntos, -noche y día, es así, un poco...</p> - -<p>—¡Qué graciosa eres y recuantísimo te quiero! No paso por estar -separado de ti parte del día. Seremos dos en uno, los hermanos -siameses; y si quieres ponerte pantalones, póntelos; si quieres hacer -el marimacho, anda con Dios... Pero ahora se me ocurre una grave -dificultad. ¿Te la digo?</p> - -<p>—Sí, hombre, dila.</p> - -<p>—No, no quiero. Es pronto.</p> - -<p>—¿Cómo pronto? Dímela, o te arranco una oreja.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span>—Pues yo... ¿Te -acuerdas de lo que hablábamos anoche?</p> - -<p>—Chí.</p> - -<p>—Que no te acuerdas.</p> - -<p>—Que sí, bobillo. ¡Tengo yo una memoria...! Me dijiste que para -completar la ilusión de tu vida deseabas...</p> - -<p>—Dilo.</p> - -<p>—No, dilo tú.</p> - -<p>—Deseabas tener un chiquillín.</p> - -<p>—¡Ay!, no, no; le querría yo tanto, que me moriría de pena si me le -quitaba Dios. Porque se mueren todos (<i>con exaltación</i>). ¿No ves -pasar continuamente los carros fúnebres con las cajitas blancas? ¡Me da -una tristeza...! Ni sé para qué permite Dios que vengan al mundo si tan -pronto se los ha de llevar... No, no; niño nacido es niño muerto..., -y el nuestro se moriría también. Más vale que no lo tengamos. Di que -no.</p> - -<p>—Digo que sí. Déjalo, tonta. ¿Y por qué se ha de morir? Supón que -vive..., y aquí entra el problema. Puesto que hemos de vivir separados, -cada uno en su casa, independiente yo, libre y honrada tú, cada cual en -su hogar honradísimo y <i>librísimo</i>..., digo, libérrimo, ¿en cuál -de los hogares vivirá el angelito?</p> - -<p>Tristana se quedó absorta, mirando las rayas del entarimado. No se -esperaba la temida proposición,<span class="pagenum" id="Page_111">p. -111</span> y al pronto no encontró manera de resolverla. De súbito, -congestionado su pensamiento con un mundo de ideas que en tropel lo -asaltaron, echose a reír, bien segura de poseer la verdad, y la expresó -en esta forma:</p> - -<p>—Toma, pues conmigo, conmigo..., ¿qué duda puede haber? Si es mío, -mío, ¿con quién ha de estar?</p> - -<p>—Pero como será mío también, como será de los dos...</p> - -<p>—Sí..., pero te diré...; tuyo, porque..., vamos, no lo quiero -decir... Tuyo, sí; pero es más mío que tuyo. Nadie puede dudar que -es mío, porque la Naturaleza de mí propia lo arranca. Lo de tuyo es -indudable; pero... no consta tanto, para el mundo, se entiende... ¡Ay!, -no me hagas hablar así, ni dar estas explicaciones.</p> - -<p>—Al contrario, mejor es explicarlo todo. Nos encontraremos en tal -situación, que yo pueda decir: mío, mío.</p> - -<p>—Más fuerte lo podré decir yo: mío, mío y eternamente mío.</p> - -<p>—Y mío también.</p> - -<p>—Convengo; pero...</p> - -<p>—No hay pero que valga.</p> - -<p>—No me entiendes. Claro es que tuyo... Pero me pertenece más a -mí.</p> - -<p>—No, por igual.</p> - -<p>—Calla, hombre; por igual nunca. Bien lo<span class="pagenum" -id="Page_112">p. 112</span> comprendes: podría haber otros casos en -que... Hablo en general.</p> - -<p>—No hablamos sino en particular.</p> - -<p>—Pues en particular te digo que es mío, y que no lo suelto, ¡ea!</p> - -<p>—Es que... veríamos...</p> - -<p>—No hay veríamos que valga.</p> - -<p>—Mío, mío.</p> - -<p>—Tuyo, sí; pero... fíjate bien..., quiero decir que eso de tuyo no -es tan claro en la generalidad de los casos. Luego, la Naturaleza me da -más derechos que a ti... Y se llamará como yo, con mi apellidito nada -más. ¿Para qué tanto ringorrango?</p> - -<p>—Tristana, ¿qué dices? (<i>incomodándose</i>).</p> - -<p>—Pero qué, ¿te enojas? Hijo, si tú tienes la culpa. ¿Para qué me...? -No, por Dios, no te enfades. Me vuelvo atrás, me desdigo...</p> - -<p>La nubecilla pasó, y pronto fue todo claridad y luz en el cielo -de aquellas dichas, ligeramente empañado. Pero Díaz quedó un poco -triste. Con sus dulces carantoñas, quiso Tristana disipar aquella fugaz -aprensión, y más mona y hechicera que nunca, le dijo:</p> - -<p>—¡Vaya, que reñir por una cosa tan remota, por lo que quizás no -suceda! Perdóname. No puedo remediarlo. Me salen ideas, como me podrían -salir granos en la cara. ¿Yo que culpa tengo? Cuando menos se piensa, -pienso cosas que<span class="pagenum" id="Page_113">p. 113</span> no -debe una pensar... Pero no hagas caso. Otra vez, coges un palito y me -pegas. Considera esto como una enfermedad nerviosa o cerebral, que se -corrige con unturas de vara de fresno. ¡Qué tontería, afanarnos por lo -que no existe, por lo que no sabemos si existirá, teniendo un presente -tan fácil, tan bonito, para gozar de él!</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch15"> - <h2 class="nobreak g0">XV</h2> -</div> - -<p>Bonito, realmente bonito a no poder más era el presente, y Horacio -se extasiaba en él, como si transportado se viera a un rincón de la -eterna gloria. Mas era hombre de carácter grave, educado en la soledad -meditabunda, y por costumbre medía y pesaba todas las cosas, previendo -el desarrollo posible de los sucesos. No era de estos que fácilmente -se embriagan con las alegrías, sin ver el reverso de ellas. Su claro -entendimiento le permitía analizarse con observación segura, examinando -bien su ser inmutable al través de los delirios o tempestades que en -él se iban sucediendo. Lo primero que encontró en aquel análisis fue -la seducción irresistible que la damita japonesa sobre él ejercía, -fenómeno que en él era como una dulce enfermedad, de que no quería -en ningún modo curarse. Consideraba imposible vivir sin sus gracias, -sin sus monerías inenarrables, sin las mil formas fascinadoras<span -class="pagenum" id="Page_114">p. 114</span> que la divinidad tomaba -en ella al humanizarse. Encantábale su modestia cuando humilde se -mostraba, y su orgullo cuando se embravecía. Sus entusiasmos locos -y sus desalientos o tristezas le enamoraban del mismo modo. Jovial, -era deliciosa la niña; enojada, también. Reunía un sin fin de dotes -y cualidades, graves las unas, frívolas y mundanas las otras; a -veces su inteligencia juzgaba de todo con claro sentido, a veces con -desvarío seductor. Sabía ser dulce y amarga, blanda y fresca como el -agua, ardiente como el fuego, vaga y rumorosa como el aire. Inventaba -travesuras donosas, vistiéndose con los trajes de los modelos, e -improvisando monólogos, o comedias en que ella sola hacía dos o tres -personajes; pronunciaba discursos saladísimos; remedaba a su viejo D. -Lope; y en suma, tales talentos y donaires iba sacando, que el buen -Díaz, enamorado como un salvaje, pensaba que su amiguita compendiaba y -resumía todos los dones concedidos a la naturaleza mortal.</p> - -<p>Pues en el ramo, si así puede llamarse, de la ternura, era la -señorita de Reluz igualmente prodigiosa. Sabía expresar su cariño -en términos siempre nuevos; ser dulce sin empalagar, candorosa sin -insulsez, atrevidilla sin asomos de corrupción, con la sinceridad -siempre por delante, como la primera y más visible de sus infinitas -gracias. Y Horacio, viendo además en ella<span class="pagenum" -id="Page_115">p. 115</span> algo que sintomatizaba el precioso mérito -de la constancia, creía que la pasión duraría en ambos tanto como la -vida, y aún más; porque, como creyente sincero, no daba por extinguidos -sus ideales en la oscuridad del morir.</p> - -<p>El arte era el que salía perdiendo con estas pasiones eternas y -estos crecientes ardores. Por las mañanas se entretenía pintando flores -o animales muertos. Llevábanle el almuerzo del merendero del Riojano, -y comía con voracidad, abandonando los restos en cualquier mesilla -del estudio. Este ofrecía un desorden encantador, y la portera, que -intentaba arreglarlo todas las mañanas, aumentaba la confusión y el -desarreglo. Sobre el ancho diván veíanse libros revueltos, una manta -morellana; en el suelo las cajas de color, tiestos, perdices muertas; -sobre las corvas sillas tablas a medio pintar; más libros, carpetas -de estampas; en el cuartito anexo, destinado a lavatorio y a guardar -trastos, más tablitas, el jarro del agua con ramas de arbustos puestas -a refrescar, una bata de Tristana colgada de la percha, y lindos -trajes esparcidos por do quiera; un alquicel árabe, un ropón japonés, -antifaces, quirotecas, chupas y casacas bordadas, pelucas, babuchas de -odalisca y delantales de campesina romana. Máscaras griegas de cartón -y telas de casullas decoraban las paredes, entre retratos y fotografías -mil de caballos, barcos, perros y toros.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span>Después de -almorzar esperó Díaz una media hora, y como su amada no pareciera, se -impacientó, y para entretenerse se puso a leer a Leopardi. Sabía con -perfección castiza el italiano, que le enseñó su madre, y aunque en el -largo espacio de la tiranía del abuelo se le olvidaron algunos giros, -la raíz de aquel conocimiento vivió siempre en él, y en Venecia, Roma -y Nápoles se adiestró de tal modo que fácilmente pasaba por italiano -en cualquier parte, aun en la misma Italia. Dante era su única pasión -literaria. Repetía, sin olvidar un solo verso, cantos enteros del -<i>Infierno</i> y <i>Purgatorio</i>. Dicho se está que, casi sin -proponérselo, dio a su amiguita lecciones del <i>bel parlare</i>. -Con su asimilación prodigiosa, Tristana dominó en breves días la -pronunciación, y leyendo a ratos como por juego, y oyéndole leer a él, -a las dos semanas recitaba con admirable entonación de actriz consumada -el pasaje de Francesca, el de Ugolino y otros.</p> - -<p>Pues, a lo que iba: engañaba Horacio el tiempo leyendo al -melancólico poeta de Recanati, y se detenía meditabundo ante aquel -profundo pensamiento: <i>e discoprendo, solo il nulla s’accresce</i>, -cuando sintió los pasitos que anhelaba oír; y ya no se acordó de -Leopardi, ni se cuidó de que <i>il nulla</i> creciera o menguara -<i>discoprendo</i>.</p> - -<p>¡Gracias a Dios! Tristana entró con aquella agilidad infantil que -no cedía ni al cansancio de<span class="pagenum" id="Page_117">p. -117</span> la interminable escalera, y se fue derecha a él para -abrazarle, cual si hubiera pasado un año sin verle.</p> - -<p>—¡Rico, facha, cielo, pintamonas, qué largo el tiempo de ayer a hoy! -Me moría de ganas de verte... ¿Te has acordado de mí? ¿A que no has -soñado conmigo como yo contigo? Soñé que... no te lo cuento. Quiero -hacerte rabiar.</p> - -<p>—Eres más mala que un tabardillo. Dame esos morros, dámelos o te -estrangulo ahora mismo.</p> - -<p>—¡Sátrapa, corso, gitano! (<i>cayendo fatigada en el diván</i>.) -No me engatusas con tu <i>parlare honesto</i>... ¡Eh! <i>sella el -labio</i>... <i>Denantes que del sol la crencha rubia</i>... ¡Jesús -mío, cuantísimo disparate! No hagas caso: estoy loca; tú tienes la -culpa. ¡Ay, tengo que contarte muchas cosas, <i>carino</i>! ¡Qué -hermoso es el italiano y qué dulce, qué grato al alma es decir <i>mio -diletto</i>! Quiero que me lo enseñes bien, y seré profesora. Pero -vamos a nuestro asunto. Ante todo, respóndeme: ¿<i>la jazemos</i>?</p> - -<p>Bien demostraba esta mezcla de lenguaje chocarrero y de palabras -italianas, con otras rarezas de estilo que irán saliendo, que se -hallaban en posesión de ese vocabulario de los amantes, compuesto de -mil formas de lenguaje sugeridas por cualquier anécdota picaresca, por -este o el otro chascarrillo, por la lectura de un pasaje grave<span -class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span> o de algún verso célebre. -Con tales accidentes se enriquece el diccionario familiar de los que -viven en comunidad absoluta de ideas y sentimientos. De un cuento que -ella oyó a Saturna, salió aquello de ¿<i>la jazemos</i>? manera festiva -de expresar sus proyectos de fuga; y de otro cuentecillo chusco que -Horacio sabía, salió el que Tristana no le llamase nunca por su nombre, -sino con el de <i>señó Juan</i>, que era un gitano muy bruto y de muy -malas pulgas. Sacando la voz más bronca que podía, cogíale Tristana de -una oreja, diciéndole:</p> - -<p>—<i>Señó Juan</i>, ¿me quieres?</p> - -<p>Rara vez la llamaba él por su nombre. Ya era <i>Beatrice</i>, -ya <i>Francesca</i>, o más bien la Paca de <i>Rímini</i>; a veces -<i>Chispa</i>, o <i>señá Restituta</i>. Estos motes, y los terminachos -grotescos o expresiones líricas que eran el saborete de su apasionada -conversación, variaban cada pocos días, según las anécdotas que iban -saliendo.</p> - -<p>—<i>La jaremos</i> cuando tú dispongas, querida Restituta —replicó -Díaz—. ¡Si no deseo otra cosa...! ¿Crees tú que puede un hombre estar -<i>de amor extático</i> tanto tiempo?... Vámonos: <i>para ti la jaca -torda, la que, cual dices tú, los campos borda</i>...</p> - -<p>—Al extranjero, al extranjero (<i>palmoteando</i>). Yo quiero que tú -y yo seamos extranjeros en alguna parte, y que salgamos del bracete sin -que nadie nos conozca.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span>—Sí, mi vida. -¡<i>Quién te verá a ti</i>...!</p> - -<p>—Entre los <i>franceses</i> (<i>cantando</i>) y entre los -<i>ingleses</i>... Pues te diré. Ya no puedo resistir más a mi -<i>tirano de Siracusa</i>. ¿Sabes? Saturna no le llama sino D. -<i>Lepe</i>, y así le llamaré yo también. Ha tomado una actitud -patética. Apenas me habla, de lo que me alegro mucho. Se hace el -interesante, esperando que yo me enternezca. Anoche, verás, estuvo muy -amable conmigo, y me contó algunas de sus aventuras. Piensa sin duda -el muy pillo que con tales ejemplos se engrandece a mis ojos; pero se -equivoca. No puedo verle. Hay días en que me toca mirarle con lástima; -días en que me toca aborrecerle, y anoche le aborrecí, porque en la -relación de sus trapisondas, que son tremendas, tremendísimas, veía yo -un plan depravado para encenderme la imaginación. Es lo más zorro que -hay en el mundo. A mí me dieron ganitas de decirle que no me interesa -más aventura que la de mi <i>señó Juan</i> de mi alma, a quien adoro -con todas mis <i>potencias irracionales</i>, como decía el otro.</p> - -<p>—Pues te digo la verdad: me gustaría oírle contar a D. Lope sus -historias galantes.</p> - -<p>—Como bonitas, cree que lo son. ¡Lo de la marquesa del Cabañal es de -lo más chusco...! El marido mismo, más celoso que Otelo, le llevaba... -Pero si me parece que te lo he contado. ¿Pues y cuando robó del -convento de San Pablo<span class="pagenum" id="Page_120">p. 120</span> -en Toledo a la monjita...? El mismo año mató en duelo al general que se -decía esposo de la mujer más virtuosa de España, y la tal se escapó con -D. Lope a Barcelona. Allí tuvo este siete aventuras en un mes, todas -muy novelescas. Debía de ser atrevido el hombre, muy bien plantado, y -muy bravo para todo.</p> - -<p>—Restituta, no te entusiasmes con tu Tenorio arrumbado.</p> - -<p>—Yo no me entusiasmo más que con este pintamonas. ¡Qué mal gusto -tengo! Miren esos ojos... ¡ay qué feos y qué sin gracia! ¿Pues y esa -boca? da asco mirarla; y ese aire tan desgarbado... uf, no sé cómo te -miro. No; si ya me repugnas, quítate de ahí.</p> - -<p>—¡Y tú qué horrible!... con esos dientazos de jabalí, y esa nariz de -remolacha, y ese cuerpo de botijo. ¡Ay, tus dedos son tenazas!</p> - -<p>—Tenazas, sí, tenazas de <i>jierro</i>, para arrancarte tira a -tira toda tu piel de burro. ¿Por qué eres así? <i>¡Gran Dio, morir si -giovine!</i></p> - -<p>—Mona, más mona que los Santos Padres, y más hechicera que el -Concilio de Trento y que D. Alfonso el Sabio..., oye una cosa que se me -ocurre. ¿Si ahora se abriera esta puerta y apareciera tu D. Lope...?</p> - -<p>—¡Ay!, tú no conoces a <i>D. Lepe</i>. <i>D. Lepe</i> no viene -aquí, ni por nada del mundo hace él el celoso de comedia. Creería que -su caballerosidad<span class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span> -se llenaba de oprobio. Fuera de la seducción de mujeres más o menos -virtuosas, es todo dignidad.</p> - -<p>—¿Y si entrara yo una noche en tu casa, y él me sorprendiera -allí?</p> - -<p>—Entonces, puede que, como medida preventiva, te partiera en dos -pedazos, o convirtiera tu cráneo en hucha para guardar todas las -balitas de su revólver. Con tanta caballerosidad, sabe ser muy bruto -cuando le tocan el punto delicado. Por eso más vale que no vayas. Yo no -sé cómo ha sabido esto; pero ello es que lo sabe. De todo se entera el -maldito, con su sagacidad de perro viejo y su experiencia de maestro en -picardías. Ayer me dijo con retintín: «¿Conque pintorcitos tenemos?» -Yo no le contesté. Ya no le hago caso. El mejor día entra en casa, y -el pájaro voló... <i>Ahi Pisa, vituperio delle genti.</i> ¿A dónde -nos vamos, hijo de mi alma? ¿A do me conducirás? (<i>cantando</i>.) -<i>La ci darem la mano</i>... Sé que no hay congruencia en nada de -lo que digo. Las ideas se me atropellan aquí, disputándose cuál sale -primero, como cuando se agolpa el gentío a la puerta de una iglesia, -y se estrujan y se... Quiéreme, quiéreme mucho, que todo lo demás es -música. A veces se me ocurren ideas tristes; por ejemplo, que seré -muy desgraciada, que todos mis sueños de felicidad se convertirán -en humo. Por eso me aferro más a la idea de<span class="pagenum" -id="Page_122">p. 122</span> conquistar mi independencia, y de -arreglármelas con mi ingenio como pueda. Si es verdad que tengo algún -pesquis, ¿por qué no he de utilizarlo dignamente, como otras explotan -la belleza o la gracia?</p> - -<p>—Tu deseo no puede ser más noble —díjole Horacio meditabundo—. Pero -no te afanes, no te aferres tanto a esa aspiración, que podría resultar -impracticable. Entrégate a mí sin reserva. ¡Ser mi compañera de toda la -vida; ayudarme y sostenerme con tu cariño...!, ¿te parece que hay un -oficio mejor, ni arte más hermoso? Hacer feliz a un hombre, que te hará -feliz, ¿qué más?</p> - -<p>—¡Qué más! (<i>Mirando al suelo.</i>) <i>Diverse lingue, orribile -favelle... parole di dolore, accenti d’ira</i>... Ya, ya; la -congruencia es la que no parece... <i>Señó Juan</i>, ¿me quieres -mucho? Bueno; has dicho: «¿qué más?» Nada, nada. Me conformo con que -no haya más. Te advierto que soy una calamidad como mujer casera. No -doy pie con bola, y te ocasionaré mil desazones. Y fuera de casa, en -todo menester de compras o negocios menudos de mujer, también soy de -oro. ¡Con decirte que no conozco ninguna calle, ni sé andar sola sin -perderme! El otro día no supe ir de la Puerta del Sol a la calle de -Peligros, y recalé allá por la plaza de la Cebada. No tengo el menor -sentido topográfico. El mismo día, al comprar unas horquillas en el -Bazar, di un duro,<span class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span> -y no me cuidé de recoger la vuelta. Cuando me acordé, ya estaba en el -tranvía..., por cierto que me equivoqué y me metí en el del Barrio. -De todo esto y de algo más que observo en mí, deduzco... ¿En qué -piensas? ¿Verdad que nunca querrás a nadie más que a tu <i>Paquita de -Rímini</i>...? Pues sigo diciéndote... No, no te lo digo.</p> - -<p>—Dime lo que pensabas (<i>incomodándose</i>). He de quitarte esa -pícara costumbre de decir las cosas a medias...</p> - -<p>—Pégame, hombre, pega..., rómpeme una costilla. ¡Tienes un -geniazo...!, <i>ni del dorado techo... se admira, fabricado... -del sabio moro, en jaspes sustentado.</i> Tampoco esto tiene -congruencia.</p> - -<p>—Maldita. ¿Qué ha de tener?</p> - -<p>—Pues <i>direte, Inés, la cosa</i>... Oye. (<i>Abrazándole.</i>) -Lo que he pensado de mí, estudiándome mucho, porque yo me estudio, -¿sabes?, es que sirvo, que podré servir para las cosas grandes; pero -que decididamente no sirvo para las pequeñas.</p> - -<p>Lo que Horacio le contestó, perdiose en la oleada de ternezas -que vino después, llenando de vagos rumores la plácida soledad del -estudio.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch16"> - <p><span class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XVI</h2> -</div> - -<p>Como contrapeso moral y físico de la enormísima exaltación de las -tardes, Horacio, al retirarse de noche a su casa, se derrumbaba en -el seno tenebroso de una melancolía sin ideas, o con ideas vagas, -toda languidez y zozobra indefinibles. ¿Qué tenía? No le era fácil -contestarse. Desde los tiempos de su lento martirio en poder del -abuelo, solía padecer fuertes ataques periódicos de <i>spleen</i>, -que se le renovaban en todas las circunstancias anormales de su -vida. Y no era que en aquellas horas de recogimiento se hastiara de -Tristana, o tuviese dejos amargos de las dulzuras del día, no; la -visión de ella le acosaba; el recuerdo fresquísimo de sus donaires -ponía en continuo estremecimiento su naturaleza, y antes que buscar -un término a tan abrasadoras emociones, deseaba repetirlas, temeroso -de que algún día pudieran faltarle. Al propio tiempo que consideraba -su destino inseparable del de aquella singular mujer, un terror sordo -le rebullía en el fondo del alma, y por más que procuraba, haciendo -trabajar furiosamente a la imaginación, figurarse el porvenir al lado -de Tristana, no podía conseguirlo. Las aspiraciones de su ídolo a cosas -grandes causábanle asombro; pero al querer seguirla por los caminos que -ella con tenacidad<span class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span> -graciosa señalaba, la hechicera figura se le perdía en un término -nebuloso.</p> - -<p>No causaron inquietud a doña Trinidad (que así se llamaba la señora -con quien Horacio vivía) las murrias de su sobrino, hasta que pasado -algún tiempo advirtió en él un aplanamiento sospechoso. Entrábale como -un sopor, conservando los ojos abiertos, y no había medio de sacarle -del cuerpo una palabra. Veíasele inmóvil en un sillón del comedor, sin -prestar la menor atención a la tertulia de dos o tres personas que -amenizaban las tristes noches de doña Trini. Era esta de dulcísimo -carácter, achacosa, aunque no muy vieja, y derrumbada por los pesares -que habían gravitado sobre ella, pues no tuvo tranquilidad hasta que -se quedó sin padre y sin marido. Bendecía la soledad, y debía mucha -gratitud a la muerte.</p> - -<p>De su vida de afanes quedole una debilidad nerviosa, relajación -de los músculos de los párpados. No abría los ojos sino a medias, y -esto con dificultad en ciertos días, o cuando reinaban determinados -aires, llegando a veces al sensible extremo de tener que levantarse el -párpado con los dedos si quería ver bien a una persona. Por añadidura, -estaba muy delicadita del pecho, y en cuanto entraba el invierno se -ponía fatal, ahogada de tos, con horribles frialdades en pies y manos, -y todo se le volvía imaginar defensas contra<span class="pagenum" -id="Page_126">p. 126</span> el frío, en la casa como en su persona. -Adoraba a su sobrino, y por nada del mundo se separaría de él. Una -noche, después de comer, y antes de que llegaran los tertulios, doña -Trini se sentó, hecha un ovillo, frente a la butaca en que Horacio -fumaba, y le dijo:</p> - -<p>—Si no fuera por ti, yo no aguantaría las crudezas de este frío -maldito que me está matando. ¡Y pensar que con irme a tu casa de -Villajoyosa resucitaría! ¿Pero cómo me voy y te dejo aquí solo? -Imposible, imposible.</p> - -<p>Replicole el sobrino que bien podía irse y dejarle, pues nadie se lo -comería.</p> - -<p>—¡Quién sabe, quién sabe si te comerán...! Tú andas también -delicadillo. No me voy; no me separo de ti por nada de este mundo.</p> - -<p>Desde aquella noche empezó una lucha tenaz entre los deseos de -emigración de la señora y la pasividad sedentaria del señorito. -Anhelaba doña Trini largarse; él también quería que se fuera, porque -el clima de Madrid la minaba rápidamente. Habría tenido gusto en -acompañarla; pero ¿cómo, ¡Santo Dios!, si no veía forma humana de -romper su amorosa cadena, ni siquiera de aflojarla?</p> - -<p>—Iré a llevarla a usted —dijo a su tía, buscando una transacción—, y -me volveré en seguida.</p> - -<p>—No, no.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span>—Iré después a -buscarla a usted, a la entrada de primavera.</p> - -<p>—Tampoco.</p> - -<p>La tenacidad de doña Trini no se fundaba solo en su horror -al invierno, que aquel año vino con espada en mano. Nada sabía -concretamente de los devaneos de Horacio; pero sospechaba que algo -anormal y peligroso ocurría en la vida del joven, y con feliz instinto -estimó conveniente llevársele de Madrid. Alzando la cabeza para mirarle -bien, pues aquella noche funcionaban muy mal los párpados, y abrir no -podía más que un tercio de ojos, le dijo:</p> - -<p>—Pues me parece que en Villajoyosa pintarías como aquí, y aun mejor. -En todas partes hay Naturaleza y natural... Y sobre todo, tontín, allí -te librarás de tanto quebradero de cabeza, y de las angustias que estás -pasando. Te lo dice quien bien te quiere, quien sabe algo de este mundo -traicionero. No hay cosa peor que apegarse a un vicio de querer... -Despréndete de un tirón. Pon tierra por medio.</p> - -<p>Dicho esto, doña Trini dejó caer el párpado, como tronera que -se cierra después de salir el tiro. Horacio nada contestó; pero -las ideas de su tía quedaron en su mente como semillas dispuestas -a germinar. Repitió sus sabias exhortaciones a la siguiente noche -la simpática viuda, y a los dos días ya no le pareció al pintor muy -disparatada<span class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span> la idea -de partir, ni vio, como antes, en la separación de su amada, un suceso -tan grave como la rotura del planeta en pedazos mil. De improviso -sintió que del fondo de su naturaleza salía un prurito, una reclamación -de descanso. Su existencia toda pedía tregua, uno de esos paréntesis -que la guerra y el amor suelen solicitar con necesidad imprescindible -para poder seguir peleando y viviendo.</p> - -<p>La primera vez que comunicó a Tristana los deseos de doña Trini, -aquella puso el grito en el Cielo. Él también se indignó; protestaron -ambos contra el importuno viaje, y... <i>antes morir que consentir -tiranos</i>.</p> - -<p>Mas otro día, tratando de lo mismo, Tristana pareció conformarse. -Sentía lástima de la pobre viuda. ¡Era tan natural que no quisiera ir -sola...! Horacio afirmó que doña Trini no resistiría en Madrid los -rigores del invierno, ni se determinaba a separarse de su sobrino. -Mostrose la de Reluz más compasiva, y por fin... ¿Sería que también -a ella le pedían el cuerpo y el alma tregua, paréntesis, solución -de continuidad? Ni uno ni otro cedían en su amoroso anhelo; pero la -separación no les asustaba; al contrario, querían probar el desconocido -encanto de alejarse, sabiendo que era por tiempo breve; probar el sabor -de la ausencia, con sus inquietudes, el esperar y recibir cartas, -el desearse recíprocamente,<span class="pagenum" id="Page_129">p. -129</span> y el contar lo que faltaba para tenerse de nuevo.</p> - -<p>En resumidas cuentas, que Horacio tomó las de Villadiego. Tierna -fue la despedida: se equivocaron, creyéndose con serenidad bastante -para soportarla, y al fin se hallaban como condenados al patíbulo. -Horacio, la verdad, no se sintió muy pesaroso por el camino; respiraba -con desahogo, como jornalero en sábado por la tarde, después de una -semana de destajo; saboreaba el descanso moral, el placer pálido de -no sentir emociones fuertes. El primer día de Villajoyosa ninguna -novedad ocurrió. Tan conforme el hombre, y muy bien hallado con su -destierro. Pero al segundo día, aquel mar tranquilo de su espíritu -empezó a moverse y picarse con leve ondulación, y luego fue el crecer, -el encresparse. A los cuatro días el hombre no podía vivir de soledad, -de tristeza, de privación. Todo le aburría: la casa, doña Trini, la -parentela. Pidió auxilio al arte, y el arte no le proporcionó más -que desaliento y rabia. El paisaje hermosísimo, el mar azul, las -pintorescas rocas, los silvestres pinos, todo le ponía cara fosca. -La primera carta le consoló en su soledad; no podían faltar en ella -ausencias dulcísimas, ni aquello tan sobado de <i>nessun maggior -dolore</i>..., ni los términos del vocabulario formado en las continuas -charlas de amor. Habían convenido en escribirse dos cartitas por -semana,<span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span> y resultaba -carta <i>todos los días diariamente</i>, según decía Tristana. Si las -de él ardían, las de ella quemaban. Véase la clase:</p> - -<p class="mt1">«He pasado un día cruel y una noche de todos los -perros de la jauría de Satanás. ¿Por qué te fuiste?... Hoy estoy más -tranquila; oí misa, recé mucho. He comprendido que no debo quejarme, -que hay que poner frenos al egoísmo. Demasiado bien me ha dado Dios, -y no debo ser exigente. Merezco que me riñas y me pegues, y aunque -me quieras un poco menos (¡no, por Dios!), cuando me aflijo por una -ausencia breve y necesaria... Me mandas que esté tranquila, y lo estoy. -<i>Tu duca</i>, <i>tu maestro</i>, <i>tu signore</i>. Sé que mi <i>señó -Juan</i> volverá pronto, que ha de quererme siempre, y <i>Paquita de -Rímini</i> espera confiada, y se resigna con su <i>soleá</i>.»</p> - -<p class="mt1">De él a ella:</p> - -<p class="mt1">«Hijita, ¡qué días paso! Hoy quise pintar un burro, y me -salió... algo así como un pellejo de vino con orejas. Estoy de remate; -no veo el color, no veo la línea, no veo más que a mi <i>Restituta</i>, -que me encandila los ojos con sus monerías. Día y noche me persigue la -imagen de mi monstrua serrana, con todo el pesquis del Espíritu Santo y -toda la sal del <i>botiquín</i>.»</p> - -<p>(<i>Nota del colector</i>: Llamaban <i>botiquín</i> al mar por aquel -cuento andaluz del médico de a bordo, que todo lo curaba con agua -salada.)</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span>«... Mi tía no está -bien. No puedo abandonarla. Si tal barbaridad hiciera, tú misma no me -la perdonarías. Mi aburrimiento es una horrible tortura que se le quedó -en el tintero a nuestro amigo Alighieri.</p> - -<p>»He vuelto a leer tu carta del jueves, la de las pajaritas, la de -los éxtasis... <i>inteligenti pauca</i>. Cuando Dios te echó al mundo, -llevose las manos a la cabeza augusta, arrepentido y pesaroso de haber -gastado en ti todo el ingenio que tenía dispuesto para fabricar cien -generaciones. Haz el favor de no decirme que tú no vales, que eres un -cero. ¡Ceritos a mí! Pues yo te digo, aunque la modestia te salga a la -cara como una aurora boreal, yo te digo, ¡oh <i>Restituta</i>!, que -todos los bienes del mundo son una <i>perra chica</i> comparados con lo -que tú vales; y que todas las glorias humanas, soñadas por la ambición -y perseguidas por la fortuna, son un <i>zapato viejo</i> comparadas -con la gloria de ser tu dueño... No me cambio por nadie... No, no, -digo mal: quisiera ser Bismarck para crear un imperio y hacerte a ti -emperatriz. Chiquilla, yo seré tu vasallo humilde; pisotéame, escúpeme, -y manda que me azoten.»</p> - -<p class="mt1">De ella a él:</p> - -<p class="mt1">«... Ni en broma me digas que puede mi <i>señó Juan</i> -dejar de quererme. No conoces tú bien a tu <i>Panchita de Rímini</i>, -que no se asusta de la<span class="pagenum" id="Page_132">p. -132</span> muerte, y se siente con valor para <i>suicidarse a sí -misma</i> con la mayor sal del mundo. Yo me mato como quien se bebe -un vaso de agua. ¡Qué gusto, qué dulcísimo estímulo de curiosidad! -¡Enterarse de todo lo que hay por allá!, y verle la cara al -<i>pusuntra</i>!... ¡Curarse radicalmente de aquella dudita fastidiosa -de <i>ser o no ser</i>, como dijo <i>Chispecrís</i>...! En fin, que no -me vuelvas a decir eso de quererme un poquito menos, porque mira tú..., -¡si vieras qué bonita colección de revólveres tiene mi D. <i>Lepe</i>! -Y te advierto que lo sé manejar, y que si me atufo, ¡pim!, me voy a -dormir la siesta con el Espíritu Santo...»</p> - -<p>¡Y cuando el tren traía y llevaba todo este cargamento de -sentimentalismo, no se inflamaban los ejes del coche correo, ni se -disparaba la locomotora, como corcel en cuyos ijares aplicaran espuelas -calentadas al rojo! Tantos ardores permanecían latentes en el papelito -en que estaban escritos.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch17"> - <h2 class="nobreak g0">XVII</h2> -</div> - -<p>Tan voluble y extremosa era en sus impresiones la señorita de Reluz, -que fácilmente pasaba del júbilo desenfrenado y epiléptico a una -desesperación lúgubre. He aquí la muestra:</p> - -<p class="mt1">«<i>Caro bene, mio diletto</i>, ¿es verdad que me -quieres tanto y que en tanto me estimas? Pues a<span class="pagenum" -id="Page_133">p. 133</span> mí me da por dudar que sea verdad tanta -belleza. Dime: ¿existes tú o no eres más que un fantasma vano, obra -de la fiebre, de esta ilusión de lo hermoso y de lo grande que me -trastorna? Hazme el favor de echar para acá una carta <i>fuera de -abono</i> o un telegrama que diga: <i>Existo. Firmado, señó Juan</i>... -Soy tan feliz, que a veces paréceme que vivo suspendida en el aire, -que mis pies no tocan la tierra, que huelo la eternidad y respiro el -airecillo que sopla más allá del sol. No duermo. ¡Ni qué falta me hace -dormir!... Más quiero pasarme toda la noche pensando que te gusto y -contando los minutos que faltan para ver tu jeta preciosa. No son tan -felices como yo los justos que están en éxtasis a la <i>verita</i> de -la Santísima Trinidad; no lo son, no pueden serlo... Solo un recelo -chiquito y fastidioso, como el grano de tierra que en un ojo se nos -mete y nos hace sufrir tanto, me estorba para la felicidad absoluta. -Y es la sospecha de que todavía no me quieres bastante, que no has -llegado al supremo límite del querer, ¿qué digo límite, si no lo hay?, -al principio del último cielo, pues yo no puedo hartarme de pedir -más, más, siempre más; y no quiero, no quiero sino cosas infinitas, -entérate..., todo infinito, infinitísimo, o nada... ¿Cuántos abrazos -crees que te voy a dar cuando llegues? Ve contando. Pues tantos como -segundos tarde una hormiga en dar la vuelta al<span class="pagenum" -id="Page_134">p. 134</span> globo terráqueo. No; más, mucho más. Tantos -como segundos tarde la hormiga en partir en dos, con sus patas, la -esferita terrestre, dándole vueltas siempre por una misma línea... -Conque saca esa cuenta, tonto.»</p> - -<p class="mt1">Y otro día:</p> - -<p class="mt1">«No sé lo que me pasa, no vivo en mí, no puedo vivir de -ansiedad, de temor. Desde ayer no hago más que imaginar desgracias, -suponer cosas tristes: o que tú te mueres, y viene a contármelo D. Lope -con cara de regocijo, o que me muero yo y me meten en aquella caja -horrible, y me echan tierra encima. No, no; no quiero morirme, no me da -la gana. No deseo saber lo de allá, no me interesa. Que me resuciten, -que me vuelvan mi vidita querida. Me espanta mi propia calavera. Que me -devuelvan mi carne fresca y bonita, con todos los besos que tú me has -dado en ella. No quiero ser solo huesos fríos y después polvo. No, esto -es un engaño. Ni me gusta que mi espíritu ande pidiendo hospitalidad -de estrella en estrella, ni que San Pedro, calvo y con cara de malas -pulgas, me dé con la puerta en los hocicos... Pues aunque supiera que -había de entrar allí, no me hablen de muerte; venga mi vidita mortal y -la tierra en que padecí y gocé, en que está mi pícaro <i>señó Juan</i>. -No quiero yo alas ni alones, ni andar entre ángeles sosos que tocan -el arpa. Déjenme a mí de arpas y acordeones, y<span class="pagenum" -id="Page_135">p. 135</span> de fulgores celestes. Venga vida mortal, y -salud y amor, y todo lo que deseo.</p> - -<p>»El problema de mi vida me anonada más cuanto más pienso en él. -Quiero ser algo en el mundo, cultivar un arte, vivir de mí misma. -El desaliento me abruma. ¿Será verdad, Dios mío, que pretendo un -imposible? Quiero tener una profesión, y no sirvo para nada, ni sé nada -de cosa alguna. Esto es horrendo.</p> - -<p>»Aspiro a no depender de nadie, ni del hombre que adoro. No -quiero ser su manceba, tipo innoble, la hembra que mantienen algunos -individuos para que les divierta, como un perro de caza; ni tampoco -que el hombre de mis ilusiones se me convierta en marido. No veo la -felicidad en el matrimonio. Quiero, para expresarlo a mi manera, estar -casada conmigo misma, y ser mi propia cabeza de familia. No sabré amar -por obligación; solo en la libertad comprendo mi fe constante y mi -adhesión sin límites. Protesto, me da la gana de protestar contra los -hombres, que se han cogido todo el mundo por suyo, y no nos han dejado -a nosotras más que las veredas estrechitas por donde ellos no saben -andar...</p> - -<p>«Estoy cargante, ¿verdad? No hagas caso de mí. ¡Qué locuras!, no sé -lo que pienso, ni lo que escribo; mi cabeza es un nidal de disparates. -¡Pobre de mí! Compadéceme; hazme burla... Manda que me pongan la camisa -de fuerza, y que me<span class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span> -encierren en una jaula. Hoy no puedo escribirte ninguna broma, no está -la masa para rosquillas. No sé más que llorar, y este papel te lleva -un <i>botiquín</i> de lágrimas. Dime tú, ¿por qué he nacido?, ¿por qué -no me quedé allá, en el regazo de la señora nada, tan hermosa, tan -tranquila, tan dormilona, tan...?, no sé acabar.»</p> - -<p class="mt1">En tanto que estas ráfagas tempestuosas cruzaban el -largo espacio entre la villa mediterránea y Madrid, en el espíritu -de Horacio se iniciaba una crisis, obra de la inexorable ley de -adaptación, que hubo de encontrar adecuadas condiciones locales para -cumplirse. La suavidad del clima le embelesaba, y los encantos del -paisaje se abrieron paso al fin, si así puede decirse, por entre las -brumas que envolvían su alma. El Arte se confabuló con la Naturaleza -para conquistarle, y habiendo pintado un día, después de mil tentativas -infructuosas, una marina soberbia, quedó para siempre prendado del mar -azul, de las playas luminosas y del risueño contorno de tierra. Los -términos próximos y lejanos, el pintoresco anfiteatro de la villa, los -almendros, los tipos de labradores y mareantes le inspiraban deseos -vivísimos de transportarlo todo al lienzo; entrole la fiebre del -trabajo, y por fin, el tiempo, antes tan estirado y enojoso, hízosele -breve y fugaz; de tal modo que, al mes de residir en Villajoyosa, -las tardes se comían las mañanas, y las noches<span class="pagenum" -id="Page_137">p. 137</span> se merendaban las tardes, sin que el -artista se acordara de merendar ni de comer.</p> - -<p>Fuera de esto, empezó a sentir las querencias del propietario, -esas atracciones vagas que sujetan al suelo la planta, y el espíritu -a las pequeñeces domésticas. Suya era la hermosa casa en que vivía -con doña Trini: un mes tardó en hacerse cargo de su comodidad y de su -encantadora situación. La huerta poblada de añosos frutales, algunos de -especies rarísimas, todos en buena conservación, suya era también, y el -fresal espeso, la esparraguera y los plantíos de lozanas hortalizas; -suya la acequia que atravesaba caudalosa la huerta y terrenos -colindantes. No lejos de la casa, podía mirar asimismo con ojos de -propietario un grupo de palmeras gallardas, de bíblica hermosura, -y un olivar de austero color, con ejemplares viejos, retorcidos y -verrugosos como los de Getsemaní. Cuando no pintaba, echábase a pasear -de largo, en compañía de gentes sencillas del pueblo, y sus ojos no -se cansaban de contemplar la extensión cerúlea, el siempre admirable -<i>botiquín</i>, que a cada instante cambiaba de tono, como inmenso -ser vivo, dotado de infinita impresionabilidad. Las velas latinas que -lo moteaban, blancas a veces, a veces resplandecientes como tejuelos -de oro bruñido, añadían toques picantes a la majestad del grandioso -elemento, que algunas tardes parecía lechoso y dormilón,<span -class="pagenum" id="Page_138">p. 138</span> otras rizado y -transparente, dejando ver, en sus márgenes quietas, cristalinos bancos -de esmeralda.</p> - -<p>Lo que observaba Horacio, dicho se está que al punto era comunicado -a Tristana.</p> - -<p>Del mismo a la misma:</p> - -<p class="mt1">«¡Ay, niña mía, no sabes cuán hermoso es esto! Pero -¿cómo has de comprenderlo tú, si yo mismo he vivido hasta hace poco -ciego a tanta belleza y poesía? Admiro y amo este rincón del planeta, -pensando que algún día hemos de amarlo y admirarlo juntos. ¡Pero si -estás conmigo aquí, si en mí te llevo, y no dudo que tus ojos ven -dentro de los míos lo que los míos ven...! ¡Ay, <i>Restitutilla</i>, -cuánto te gustaría mi casa, <i>nuestra</i> casa, si en ella te -vieras! No me satisface, no, tenerte aquí en espíritu. ¡En espíritu! -Retóricas, hija, que llenan los labios y dejan vacío el corazón. Ven, -y verás. Resuélvete a dejar a ese viejo absurdo, y casémonos ante este -altar incomparable, o ante cualquier otro altarito que el mundo nos -designe, y que aceptaremos para estar bien con él... ¿No sabes? Me he -franqueado con mi ilustre tía. Imposible guardar más tiempo el secreto. -Pásmate, chiquilla; no puso mala cara. Pero aunque la pusiera..., ¿y -qué? Le he dicho que te tengo ley, que no puedo vivir sin ti, y ha -soltado la risa. ¡Vaya, que tomar a broma una cosa tan seria! Pero -más vale así... Dime que te<span class="pagenum" id="Page_139">p. -139</span> alegra lo que te cuento hoy, y que al leerme te entran -ganas de echar a correr para acá. Dime que has hecho el hatillo, y me -lanzo a buscarte. No sé lo que pensará mi tía de una resolución tan -<i>súpita</i>. Que piense lo que quiera. Dime que te gustará esta vida -oscura y deliciosa; que amarás esta paz campestre; que aquí te curarás -de las locas efervescencias que turban tu espíritu, y que anhelas ser -una feliz y robusta villana, ricachona en medio de la sencillez y la -abundancia, teniendo por maridillo al más chiflado de los artistas, al -más espiritual habitante de esta tierra de luz, fecundidad y poesía.</p> - -<p>»<i>Nota bene.</i> Tengo un palomar que da la hora, con treinta o -más pares. Me levanto al alba, y mi primera ocupación es abrirles la -puerta. Salen mis amiguitas adoradas, y para saludar al nuevo día, dan -unas cuantas vueltas por el aire, trazando espirales graciosas; después -vienen a comer a mi mano, o en derredor de mí, hablándome con sus -arrullos un lenguaje que siento no poder transmitirte. Convendría que -tú lo oyeras y te enteraras por ti misma.»</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch18"> - <h2 class="nobreak g0">XVIII</h2> -</div> - -<p>De Tristana a Horacio:</p> - -<p class="mt1">«¡Qué entusiasmadito y qué tonto está el <i>señó -Juan</i>! ¡Y cómo con las glorias de ese terruño se<span -class="pagenum" id="Page_140">p. 140</span> le van las memorias de -este páramo en que yo vivo! Hasta te olvidas de nuestro vocabulario, y -ya no soy la <i>Frasquita de Rímini</i>. Bueno, bueno. Bien quisiera -entusiasmarme con tu <i>rustiquidad</i> (ya sabes que yo invento -palabras), <i>que del oro y del cetro pone olvido</i>. Hago lo que -me mandas, y te obedezco... hasta donde pueda. <i>Bello país debe -ser...</i> ¡Yo de villana criando gallinitas, poniéndome cada día más -gorda, hecha un animal, y con un dije que llaman <i>maridillo</i> -colgado de la punta de la nariz! ¡Qué guapota estaré, y tú qué salado, -con tus tomates tempranos y tus naranjas tardías, saliendo a coger -langostinos, y pintando burros con zaragüelles, o personas racionales -con albarda..., digo, al revés. Oigo desde aquí las palomitas, y -entiendo sus arrullos. Pregúntales por qué tengo yo esta ambición -loca que no me deja vivir; por qué aspiro a lo imposible, y aspiraré -siempre, hasta que el imposible mismo se me plante enfrente y me diga: -«¿Pero no me ve usted, so...?» Pregúntales por qué sueño despierta con -mi propio ser transportado a otro mundo, en el cual me veo libre y -honrada, queriéndote más que a las señoritas de mis ojos, y... Basta, -basta, <i>per pietá</i>. Estoy borracha hoy. Me he bebido tus cartas -de los días anteriores, y las encuentro horriblemente cargadas de -<i>amílico</i>. ¡Mixtificador!</p> - -<p>»Noticia fresca. D. Lope, el gran D. Lope, <i>ante<span -class="pagenum" id="Page_141">p. 141</span> quien muda se postró -la tierra</i>, anda malucho. El reuma se está encargando de vengar -al sin número de maridillos que burló, y a las vírgenes honestas o -esposas frágiles que inmoló en el ara nefanda de su liviandad. ¡Vaya -una figurilla...! Pues esto no quita que yo le tenga lástima al pobre -D. Juan caído, porque fuera de su poquísima vergüenza en el ramo de -mujeres, es bueno y caballeroso. Ahora que renquea y no sirve para -nada, ha dado en la flor de entenderme, de estimar en algo este afán -mío de aprender una profesión. ¡Pobre D. <i>Lepe</i>! Antes se reía de -mí; ahora me aplaude, y se arranca los pelos que le quedan, rabioso por -no haber comprendido antes lo razonable de mi anhelo.</p> - -<p>»Pues verás: haciendo un gran sacrificio, me ha puesto profesor -de inglés, digo, profesora, aunque más bien la creerías del género -masculino o del neutro, una señora alta, huesuda, andariega, con -feísima cara de rosas y leche, y un sombrero que parece una jaula de -pájaros. Llámase doña Malvina, y estuvo en la capilla evangélica, -ejerciendo de <i>sacerdota protestanta</i>, hasta que le cortaron -los víveres, y se dedicó a dar lecciones... Pues espérate ahora y -sabrás lo más gordo: dice mi maestra que tengo unas disposiciones -terribles, y se pasma de ver que apenas me ha enseñado las cosas, ya -yo me las sé. Asegura que en seis meses sabré tanto inglés como<span -class="pagenum" id="Page_142">p. 142</span> <i>Chaskaperas</i>, o -el propio <i>Lord Mascaole</i>. Y al paso que me enseña inglés, me -hace recordar el franchute, y luego le meteremos el diente al alemán. -<i>Give me a kiss</i>, pedazo de bruto. Parece mentira que seas tan -<i>iznorante</i>, que no entiendas esto.</p> - -<p>»Bonito es el inglés, casi tan bonito como tú, que eres una fresca -rosa de mayo..., si las rosas de mayo fueran negras como mis zapatos. -Pues digo que estoy metida en unos afanes espantosos. Estudio a todas -horas, y devoro los temas. Perdona mi inmodestia; pero no puedo -contenerme: soy un prodigio. Me admiro de encontrarme que sé las cosas, -cuando intento saberlas. Y a propósito, <i>señó Juan</i> naranjero y -con zaragüelles, sácame de esta duda: «<i>¿Has comprado la pluma de -acero del hijo de la jardinera de tu vecino?</i>» Tonto, no; lo que has -comprado es <i>la palmatoria de marfil de la suegra del...</i> sultán -de Marruecos.</p> - -<p>»Te muerdo una oreja. Expresiones a las palomitas. <i>To be or nor -to be...</i> <i>All the world a stage.</i>»</p> - -<p class="mt1">De <i>señó Juan</i> a <i>señá Restituta</i>:</p> - -<p class="mt1">«Cielín mío, miquina, no te hagas tan sabia. Me -asustas. De mí sé decirte que en esta <i>rustiquidad</i> (admitida -la nueva palabra) casi me dan ganas de olvidar lo poquito que sé. -¡Viva la Naturaleza! ¡Abajo la ciencia! ¡Quisiera acompañarte -en tu aborrecimiento de la vida oscura;<span class="pagenum" -id="Page_143">p. 143</span> <i>ma non posso</i>. Mis naranjos están -cargados de azahares, para que lo sepas, ¡rabia, rabiña!, y de frutas -de oro. Da gozo verlos. Tengo unas gallinas que cada vez que ponen -huevo, preguntan al cielo, cacareando, qué razón hay para que no -vengas tú a comértelos. Son tan grandes que parecen tener dentro un -elefantito. Las palomas dicen que no quieren nada con ingleses, ni -aun con los que son émulos del gran <i>Sáspirr</i>. Por lo demás, -comprenden y practican la libertad honrada, o la honradez libre. Se -me olvidó decirte que tengo tres cabras con cada ubre como el bombo -grande de la lotería. No me compares esta leche con la que venden en -la cabrería de tu casa, con aquellos <i>lácteos virgíneos candores</i> -que tanto asco nos daban. Las cabritas te esperan, inglesilla de -tres al cuarto, para ofrecerte sus <i>senos turgentes</i>. Dime otra -cosa..., ¿has comido turrón estas Navidades? Yo tengo aquí almendra y -avellana bastantes para empacharte a ti y a toda tu casta. Ven, y te -enseñaré cómo se hace lo de Jijona, lo de Alicante, y el sabrosísimo -de yema, menos dulce que tu alma gitana. ¿Te gusta a ti el cabrito -asado? Dígolo porque si probaras lo de mi tierra, te chuparías el dedo; -no, el <i>deíto</i> ese de San Juan te lo chuparía yo. Ya ves que me -acuerdo del vocabulario. Hoy está revuelto el <i>botiquín</i>, porque -el Poniente le hace muchas cosquillas, poniéndole nervioso...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span>»Si no te -enfadas, ni me llamas prosaico, te diré que como por siete. Me gustan -extraordinariamente las sopas de ajo tostaditas, el bacalao y el arroz -<i>en sus múltiples aspectos</i>, los pavipollos y los salmonetes con -piñones. Bebo sin tasa del riquísimo <i>licor de Engadi</i>, digo, -de Aspe, y me estoy poniendo gordo, y guapo inclusive, para que te -enamores de mí cuando me veas, y te <i>extasíes</i> delante de mis -encantos o <i>appas</i>, como dicen los franceses, y nosotros. ¡Ay, qué -<i>appases</i> los míos! ¿Pues y tú? Haz el favor de no encanijarte -con tanto estudio. Temo que la <i>señá</i> Malvina te contagie de su -fealdad seca y hombruna. No te me vuelvas muy filósofa, no te encarames -a las estrellas, porque a mí me están pesando mucho las carnazas, y -no puedo subir a cogerte, como cogería un limón de mis limoneros... -¿Pero no te da envidia de mi manera de vivir? ¿A qué esperas? Si no -la <i>jazemos</i> ahora, ¿cuándo, <i>per Baco</i>? Vente, vente. Ya -estoy arreglando tu habitación, que será <i>manífica</i>, digno estuche -de tal joya. Dime que sí, y parto, parto... (no el de los montes) -quiero decir que corro a traerte. <i>¡Oh, donna di virtú!</i> Aunque -te vuelvas más marisabidilla que Minerva, y me hables en griego para -mayor claridad; aunque te sepas de memoria las Falsas Decretales y -la Tabla de logaritmos, te adoraré con toda la fuerza de mi supina -barbarie.»</p> - -<p class="mt1"><span class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span>De la -señorita de Reluz:</p> - -<p class="mt1">«¡Qué pena, qué ansiedad, qué miedo! No pienso más -que cosas malas. No hago más que bendecir este fuerte constipado que -me sirve de pretexto para poder limpiarme los ojos a cada instante. -El llanto me consuela. Si me preguntas por qué lloro, no sabré -responderte. ¡Ah! sí, sí, ya sé: lloro porque no te veo, porque no sé -cuándo te veré. Esta ausencia me mata. Tengo celos del mar azul, los -barquitos, las naranjas, las palomas, y pienso que todas esas cosas -tan bonitas serán Galeotos de la infidelidad de mi <i>señó Juan</i>... -Donde hay tanto bueno, ¿no ha de haber también buenas mozas? Porque -con todo mi <i>marisabidillismo</i> (ve apuntando las palabras que -invento), yo me mato si tú me abandonas. Eres responsable de la -tragedia que puede ocurrir, y...</p> - -<p>»Acabo de recibir tu carta. ¡Cuánto me consuela! Me he reído de -veras. Ya se me pararon los <i>esplines</i>; ya no lloro; ya soy -feliz, tan feliz que no <i>sabo</i> expresarlo. Pero no me engatusas, -no, con tus limoneros y tus acequias de <i>undosa corriente</i>. Yo -libre y honrada, te acepto así, aldeanote y criador de pollos. Tú como -eres, yo como <i>ero</i>. Eso de que dos que se aman han de volverse -iguales, y han de pensar lo mismo, no me cabe a mí en la cabeza. ¡El -uno para el otro! ¡Dos en uno! ¡Qué bobadas inventa el egoísmo!<span -class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span> ¿A qué esa confusión de los -caracteres? Sea cada cual como Dios le ha hecho, y siendo distintos, -se amarán más. Déjame suelta, no me amarres, no borres mi... ¿lo digo? -Estas palabras tan sabias se me atragantan; pero en fin, la soltaré... -mi <i>doisingracia</i>.</p> - -<p>»A propósito. Mi maestra dice que pronto sabré más que ella. La -pronunciación es el caballo de batalla; pero ya me soltaré, no te -apures, que esta lengüecita mía hace todo lo que quiero. Y ahora, -allá van los golpes de incensario que me echo a mí misma. ¡Qué -modesta es la nena! Pues señor, sabrás que domino la Gramática, que -me bebo el Diccionario, que mi memoria es prodigiosa, lo mismo que mi -entendimiento (no, si no lo digo yo; lo dice <i>la señá</i> Malvina.) -Esta no se anda en bromas, y sostiene que conmigo hay que empezar -por el fin. De manos a boca nos hemos <i>ponido</i> a leer a <i>Don -Guillermo</i>, al inmenso poeta, <i>el que más ha creado después de -Dios</i>, como dijo Séneca..., no, no, Alejandro Dumas. Doña Malvina -se sabe de memoria el Glosario, y conoce al dedillo el texto de todos -los dramas y comedias. Me dio a escoger, y elegí el <i>Macbeth</i>, -porque aquella señora de Macbeth me ha sido siempre muy simpática. -Es mi amiga... En fin, que le metimos el diente a la tragedia. Las -brujitas me han <i>dicido</i> que seré reina... y yo me lo creo. Pero -en fin, ello es que estamos<span class="pagenum" id="Page_147">p. -147</span> traduciendo. ¡Ay, hijo, aquella exclamación de <i>la -señá</i> Macbeth, cuando grita al cielo con toda su alma <i>unsex me -here</i>, me hace estremecer, y despierta no sé qué terribles emociones -en lo más profundo de mi naturaleza! Como no perteneces a las <i>clases -ilustradas</i>, no entenderás lo que aquello quiere decir, ni yo te lo -explico, porque sería como echar margaritas a... No, eres mi cielo, -mi infierno, mi polo <i>maznético</i>, y hacia ti marca siempre tu -brújula, tu chacha querida, tu... <i>Lady Restitute</i>.»</p> - -<p class="mt1">Jueves 14.</p> - -<p class="mt1">«¡Ay! no te había dicho nada. El gran D. Lope, <i>terror -de las familias</i>, está conmigo como un merengue. El reuma sigue -mortificándole, pero siempre tiene para mí palabras de cariño y -dulzura. Ahora le da por llamarme su hija, por recrear su espíritu -(así lo dice) llamándose mi papá, y por figurarse que lo es. <i>E se -non piangi, ¿de che pianger suoli?</i> Se arrepiente de no haberme -comprendido, de no haber cultivado mi inteligencia. Maldice su -abandono... Pero aún es tiempo; aún podremos ganar el terreno perdido. -Porque yo tenga una profesión que me permita ser honradamente libre, -venderá él la camisa, si necesario fuese. Ha empezado por traerme un -carro de libros, pues en casa jamás los hubo. Son de la biblioteca -de su amigo el marqués de Cícero. Excuso decirte que he caído sobre -ellos como<span class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span> lobo -hambriento, y a este quiero, a este no quiero, heme dado unos atracones -que ya, ya... ¡Dios mío, cuánto <i>sabo</i>! En ocho días he tragado -más páginas que lentejas dan por mil duros. Si vieras mi cerebrito por -dentro, te asustarías. Allí andan las ideas a bofetada limpia unas -con otras... Me sobran muchas, y no sé con <i>cuálas</i> quedarme... -Y lo mismo le hinco el diente a un tomo de historia que a un tratado -de filosofía. ¿A que no sabes tú lo que son las mónadas del señor de -Leibnitz? Tonto, ¿crees que digo <i>monadas</i>? Para monadas las -tuyas, dirás, y con razón. Pues si tropiezo con un libro de medicina, -no creas que le hago <i>fu</i>. Yo con todo apenco. Quiero saber, -saber, saber. Por cierto que... No, no te lo digo. Otro día será. Es -muy tarde: he velado por escribirte; la <i>pálida antorcha</i> se -extingue, bien mío. Oigo el canto del gallo, <i>nuncio</i> del nuevo -día, y ya el plácido beleño por mis venas se derrama... Vamos, palurdo, -confiesa que te ha hecho gracia lo del beleño... En fin, que estoy -rendida, y me voy al almo lecho... sí, señor, no me vuelvo atrás: almo, -almo.»</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch19"> - <h2 class="nobreak g0">XIX</h2> -</div> - -<p>De la misma al mismo:</p> - -<p class="mt1">«Monigote, ¿en qué consiste que cuanto más sé, y -sé ya mucho, más te idolatro?... Ahora que<span class="pagenum" -id="Page_149">p. 149</span> estoy malita y triste, pienso más en ti... -Curiosón, todo lo quieres saber. Lo que tengo no es nada, nada; pero -me molesta. No hablemos de eso... Hay en mi cabeza un barullo tal, -que no sé si esto es cabeza o el manicomio donde están encerrados los -grillos que han perdido la razón grillesca... ¡Un aturdimiento, un -pensar y pensar siempre cosas mil, millones más bien, de cosas bonitas -y feas, grandes y chicas! Lo más raro de cuanto me pasa es que se me -ha borrado tu imagen: no veo claro tu lindo rostro; lo veo así como -envuelto en una niebla, y no puedo precisar las facciones, ni hacerme -cargo de la expresión, de la mirada. ¡Qué rabia!... A veces me parece -que la neblina se despeja... abro mucho los ojitos de la imaginación, -y me digo: «Ahora, ahora le voy a ver.» Pero resulta que veo menos, -que te oscureces más, que te borras completamente, y abur mi <i>señó -Juan</i>. Te me vuelves espíritu puro, un ser intangible, un... no -sé cómo decirlo. Cuando considero la pobreza de palabras, me dan -ganas de inventar muchas, a fin de que todo pueda decirse. ¿Serás tú -<i>mi-mito</i>?</p> - -<p>»Pienso que todo eso que me dices de que estás hecho un ganso es -por burlarte de mí. No, niño, eres un gran artista, y tienes en la -mollera la divina luz; tú darás que hacer a la fama, y asombrarás al -mundo con tu genio maravilloso. Quiero que se diga que Velázquez y -Rafael eran<span class="pagenum" id="Page_150">p. 150</span> unos -pintapuertas comparados contigo. Lo tienen que decir. Tú me engañas: -echándotelas de patán y de huevero y de <i>naranjista</i>, trabajas en -silencio, y me preparas la gran sorpresa. ¡No son malos huevos los que -tú empollas! Estás preparando con estudios parciales el gran cuadro que -era tu ilusión y la mía, el <i>Embarque de los moriscos expulsados</i>, -para el cual apuntaste ya algunas figuras. Hazlo, por Dios, trabaja en -eso. ¡Asunto histórico, profundamente humano y patético! No vaciles, -y déjate de gallinas y vulgaridades estúpidas. ¡El arte! ¡La gloria, -<i>señó Juanico</i>! Es la única rival de quien no tengo celos. Súbete -a los cuernos de la luna, pues bien puedes hacerlo. Si hay otros que -regarán las hortalizas mejor que tú, ¿por qué no intentas lo que nadie -como tú hará? ¿No debe cada cual estar en lo suyo? Pues lo tuyo es -eso, el divino arte, en que tan poco te falta para ser maestro. He -dicho.»</p> - -<p class="mt1">Lunes.</p> - -<p class="mt1">«¿Te lo digo? No, no te lo digo. Te vas a asustar, -creyendo que es más de lo que es. No, permíteme que no te diga nada. Ya -estoy viendo los morros que me pones por este sistema mío de apuntar -y no hacer fuego, diciendo las cosas con misterio y callándolas sin -dejar de decirlas. Pues entérate, aguza el oído y escucha. ¡Ay, ay, -ay! ¿No oyes cómo se queja tu <i>Beatricita</i>?<span class="pagenum" -id="Page_151">p. 151</span> ¿Crees que se queja de amor, que se arrulla -como tus palomas? No, quéjase de dolor físico. ¿Pensarás que estoy -tísica pasada, como la <i>Dama de las camelias</i>? No, hijo mío. Es -que D. Lope me ha pegado su reuma. Hombre, no te asustes; D. Lope no -puede pegarme nada, porque... ya sabes... No hay caso. Pero se dan -contagios intencionales. Quiero decir que mi tirano se ha vengado de -mis desdenes, comunicándome por arte gitanesco o de mal de ojo la -endiablada enfermedad que padece. Hace dos días, al levantarme de la -cama, sentí un dolor tan agudo, pero tan agudo, hijo... No quiero -decirte dónde: ya sabes que una señorita, inglesa por añadidura, -<i>miss Restitute</i>, no puede nombrar decorosamente, delante de un -hombre, otras partes del cuerpo que la cara y las manos. Pero, en -fin, grandísimo poca vergüenza, yo tengo confianza contigo, y quiero -decírtelo claro: me duele una pierna. ¡Ay, ay, ay! ¿Sabes dónde? -Junto a la rodilla, do existe aquel lunar... ¡Vamos, que si esto no -es confianza...! ¿No te parece cruel lo que hace Dios conmigo? ¡Que -a ese perdulario le cargue de achaques en su vejez, como castigo de -una juventud de crímenes contra la moral, muy santo y muy bueno; -pero que a mí, jovenzuela que empiezo a pecar, que apenas..., y esto -con circunstancias atenuantes, que a mí me aflija, a las primeras -de cambio, con tan fiero castigo...! Ello<span class="pagenum" -id="Page_152">p. 152</span> será todo lo justo que se quiera, pero no -lo entiendo. Verdad que somos unos papanatas. ¡No faltaba más sino -que entendiéramos los designios, etc...! En fin, que los decretos -del Altísimo me traen muy apenada. ¿Qué será esto? ¿No se me quitará -pronto? Me desespero a ratos, y creo que no es Dios, que no es el -Altísimo, sino el <i>Bajísimo</i> quien me ha traído este alifafe. El -Demonio es mala persona y quiere vengarse de mí por lo que le hice -rabiar. Poco antes de conocerte, mi desesperación anduvo en tratos -con él; pero te conocí, y le mandé a freír espárragos. Me salvaste de -caer en sus uñas. El maldito juró vengarse, y ya lo ves. ¡Ay, ay, ay! -Tu <i>Restituta</i>, tu <i>Curra de Rímini</i> está cojita. No creas -que es broma: no puedo andar... Me causa terror la idea de que, si -estuvieras aquí, no podría yo ir a tu estudio. Aunque sí, iría, vaya si -iría, arrastrándome. ¿Y tú me querrás cojitranca? ¿No te burlarás de -mí? ¿No perderás la ilusión? Dime que no; dime que esta cojerilla es -cosa pasajera. Vente para acá; quiero verte, me mortifica horriblemente -esto de haber perdido la memoria de tu carátula. Me paso largos ratos -de la noche figurándome cómo eres, sin poder conseguirlo. ¿Y qué hace -la niña? Reconstruirte a su manera, crearte con violencias de la -imaginación. Ven pronto, y por el camino pídele a Dios, como yo se lo -pido, que cuando llegues no cojee ya tu <i>fenómena</i>.»</p> - -<p class="mt1"><span class="pagenum" id="Page_153">p. -153</span>Martes.</p> - -<p class="mt1">«¡Albricias, <i>señó Juan</i>, hombre rústico y -pedestre, destripaterrones, moro de los dátiles, albricias! Ya no me -duele. Hoy no cojeo. ¡Qué alivio, qué alegrón! D. Lope celebra mi -mejoría; pero se me figura a mí que en su fuero interno (un foro de -muchas esquinas) siente que la esclava no claudique, porque la cojera -es como un grillete que la sujeta más a su malditísima persona... Tu -carta me ha hecho reír mucho. Eso de no ver en mi enfermedad más que -una luxación por los brincos que doy para escalar <i>de la inmortalidad -el alto asiento</i>, tiene mucha sal. Lo que me aflige es que persistas -en ser tan rebrutísimo y en apegarte a esas cominerías ramplonas. ¡Que -la vida es corta y hay que gozar de ella! ¡Que el arte y la gloria no -valen dos ochavos! No decías eso cuando nos conocimos, grandísimo tuno. -¡Que en vez de brincar, debo sentarme con muchísima pachorra en las -losas calentitas de la vida doméstica! ¡Hijo, si no puedo; si cada vez -soy menos doméstica! Mientras más lecciones le da Saturna, más torpe es -la niña. Si esto es una falta grave, ten lástima de mí.</p> - -<p>»¡Qué feliz soy! Primero: me dices tú que vendrás pronto. Segundo: -ya no cojeo. Tercero..., no, lo tercero no te lo digo. Vamos, para -que no te devanes los sesos, allá va. Anoche estuve muy desvelada, -y una idea mariposeaba en<span class="pagenum" id="Page_154">p. -154</span> torno de mí, hasta que se me metió en la mollera, y allí se -quedó; y hecho su nido, ya me tienes con mi plaga de ideítas que me -están atormentando, y que te comunicaré incontinenti. Sabrás que ya -he resuelto el temido problema. La esfinge de mi destino desplegó los -marmóreos labios, y me dijo que para ser libre y honrada, para gozar -de independencia y vivir de mí misma, debo ser actriz. Y yo he dicho -que sí; lo apruebo, me siento actriz. Hasta ahora dudé de poseer las -facultades del arte escénico; pero ya estoy segura de poseerlas. Me lo -dicen ellas mismas gritando dentro de mí. ¡Representar los afectos, las -pasiones, fingir la vida! ¡Jesús, qué cosa más fácil! ¡Si yo sé sentir, -no solo lo que siento, sino lo que sentiría en los varios casos de la -vida que puedan ocurrir! Con esto, y buena voz, y una figura que... -vamos, no es maleja, tengo todo lo que me basta.</p> - -<p>»Ya, ya veo lo que me dices: que me faltará presencia de ánimo para -soportar la mirada de un público, que me cortaré... Quítate, hombre, -¡qué he de turbarme yo! No tengo vergüenza, dicho sea en el mejor -sentido. Te juro que en este instante me encuentro con alientos para -representar los más difíciles dramas de pasión, las más delicadas -comedias de gracia y coquetería. ¿Qué? ¿Te burlas? ¿No me crees? -Pues a probarlo. Que me saquen a la escena, y verás quién<span -class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span> es tu <i>Restituta</i>. -Nada, hombre, que ya te convencerás, ya te irás convenciendo. ¿A ti -qué te parece? Ya me figuro que no te gustará, que tendrás celos del -teatro. Eso de que un galán me abrace, eso de que a un actorcillo -cualquiera tenga yo que hacerle mimos y decirle mil ternezas, te -desagrada, ¿verdad? Ni tiene maldita gracia que veinte mil majaderos -se prenden de mí, y me lleven ramos, y se crean autorizados para -declararme la mar de pasiones volcánicas. No, no seas tonto. Yo te -quiero más que a mi vida. Pero hazme el favor de concederme que el arte -escénico es un arte noble, de los pocos que puede cultivar honradamente -una mujer. Concédemelo, bruto, y también que esa profesión me dará -independencia, y que en ella sabré y podré quererte más, siempre más, -sobre todo si te decides a ser grande hombre. Hazme el favor de serlo, -niño, y no te vea yo convertido en un terrateniente vulgar y oscuro. No -me hables a mí de dulces tinieblas. Quiero luz, más luz, siempre más -luz.»</p> - -<p class="mt1">Sábado.</p> - -<p class="mt1">«¡Ay, ay, ay! Mi gozo en un pozo. Estarás en ascuas, -sin carta mía desde el martes. ¿Pero no sabes lo que me pasa? Me muero -de pena... ¡Coja otra vez, con dolores horribles! He pasado tres días -crueles. La mejoría traidora del martes me engañó. El miércoles, -después de una noche infernal, amanecí en un grito. D. Lope trajo -al médico,<span class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span> un tal -Miquis, joven y agradable. ¡Qué vergüenza! No tuve más remedio que -enseñarle mi pierna. Vio el lunarcito, ¡ay, ay, ay!, y me dijo no -sé qué bromas para hacerme reír. Creo que su pronóstico no es muy -tranquilizador, aunque don <i>Lepe</i> asegura lo contrario, sin -duda para animarme. Dios mío, ¿cómo voy a ser actriz con esta cojera -maldita? No puede ser, no puede ser. Estoy loca: no pienso más que -horrores. Y todo ello ¿qué es? Nada; alrededor del lunarcito, una -dureza..., y si me toco, veo las estrellas, lo mismo que si ando. Ese -Miquis, que parta un rayo, me ha mandado no sé qué ungüentos, y una -venda sin fin, que Saturna me arrolla con muchísimo cuidado... ¡Estoy -bien, vive Dios! Tienes a tu <i>Beatrice</i> hecha una cataplasma. -Debo de estar feísima, ¡y qué facha!... Te escribo en el sillón, del -cual no puedo moverme. Saturna mantiene el tintero... ¿Y cómo te veo -ahora si vienes? No, no vengas hasta que esto se me quite. Yo le pido -a Dios y a la Virgen que me curen pronto. No he sido tan mala que este -castigo merezca. ¿Qué crimen he cometido? ¿Quererte? ¡Vaya un crimen! -Como tengo esta maldita costumbre de buscar siempre el <i>perché -delle cose</i>, cavilo que Dios se ha equivocado con respecto a mí. -¡Jesús, qué blasfemia! No, ¡cuando Él lo hace...! Sufriremos; venga -paciencia, aunque francamente, esto de no poder ser actriz me vuelve -loca y me<span class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span> hace tirar -a un lado toda la paciencia que había podido reunir... ¿Pero y si me -curo?... Porque esto se curará, y no cojearé, o cojearé tan poquito que -lo pueda disimular.</p> - -<p>»Vamos, que si ahora no tienes lástima de mí, no sé para cuándo -la guardas. Y si ahora no me quieres más, más, más, mereces que el -<i>Bajísimo</i> te coja por su cuenta y te saque los ojos. ¡Soy tan -desgraciada!... No sé si por la congoja que siento o efecto de la -enfermedad, ello es que todas las ideas se me han escapado, como si -se echaran a volar. Volverán, ¿no crees tú que volverán? Y me pongo a -pensar y digo: pero, Señor, todo lo que leí, todo lo que aprendí en -tantos librotes, ¿dónde está? Debe de andar revoloteando en torno de -mi cabeza, como revolotean los pajaritos alrededor del árbol antes de -acostarse, y ya entrarán, ya entrará todo otra vez. Es que estoy muy -triste, muy desalentada, y la idea de andar con muletas me abruma. No, -yo no quiero ser coja. Antes...</p> - -<p>»Malvina, por distraerme, me propone que la emprendamos con el -alemán. La he mandado a paseo. No quiero alemán, no quiero lenguas, -no quiero más que salud, aunque sea más tonta que un cerrojo. ¿Me -querrás tú cojita? ¡No, si me curaré...! ¡Pues no faltaba más! Si no, -sería una injusticia muy grande, una barbaridad de la Providencia, -del Altísimo, del... no sé qué decir. Me<span class="pagenum" -id="Page_158">p. 158</span> vuelvo loca. Necesito llorar, pasarme todo -el día llorando...; pero estoy rabiosa, y con rabia no puedo llorar. -Tengo odio a todo el género humano, menos a ti. Quisiera que ahorcaran -a doña Malvina, que fusilaran a Saturna, que a D. Lope le azotaran -públicamente, paseándole en un burro, y después le quemaran vivo. Estoy -atroz, no sé lo que pienso, no sé lo que digo...»</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch20"> - <h2 class="nobreak g0">XX</h2> -</div> - -<p>Al caer de la tarde, en uno de los últimos días de enero, entró en -su casa D. Lope Garrido, melancólico y taciturno; como hombre sobre -cuyo ánimo pesan gravísimas tristezas y cuidados. En pocos meses, la -vejez había ganado en su persona el terreno que supieron defender la -presunción y el animoso espíritu de sus años maduros; inclinábase hacia -la tierra; su noble semblante tomaba un color terroso y sombrío; las -canas iban prosperando en su cabeza, y para completar la estampa del -decaimiento, hasta en el vestir se marcaba cierta negligencia, más -lastimosa que el <i>bajón</i> de la persona. Y las costumbres no se -quedaban atrás en este cambiazo, porque don Lope apenas salía de noche, -y el día se lo pasaba casi enteramente en casa. Bien se comprendía -el motivo de tanto estrago, porque, habrá que repetirlo, fuera de -su absoluta ceguera moral en<span class="pagenum" id="Page_159">p. -159</span> cosas de amor, el libertino inservible era hombre de buenos -sentimientos, y no podía ver padecer a las personas de su intimidad. -Cierto que él había deshonrado a Tristana, matándola para la sociedad y -el matrimonio, hollando su fresca juventud; pero lo cortés no quitaba -lo valiente; la quería con entrañable afecto, y se acongojaba de verla -enferma y con pocas esperanzas de pronto remedio. Era cosa larga, ¡ay!, -según dijo Miquis en la primera visita, sin asegurar que quedase bien, -es decir, libre de cojera.</p> - -<p>Entró, pues, D. Lope, y soltando la capa en el recibimiento, se fue -derechito al cuarto de su esclava. ¡Cuán desmejorada la pobrecilla con -la inacción, con la pena moral y física de su dolorosa enfermedad! -Encajada y quieta en un sillón de resortes que su viejo le compró, y -que se extendía para dormir, cuando la necesidad de sueño la agobiaba; -envuelta en un mantón de cuadros, las manos en cruz y la cabeza al -aire, Tristana no era ya ni sombra de sí misma. Su palidez a nada puede -compararse; la pasta de papel de que su lindo rostro parecía formado -era ya de una diafanidad y de una blancura increíbles; sus labios se -habían vuelto morados; la tristeza y el continuo llorar rodeaban sus -ojos de un cerco de transparencias opalinas.</p> - -<p>—¿Qué tal, mona? —le dijo D. Lope acariciándole la barbilla, y -sentándose a su lado—. Mejor,<span class="pagenum" id="Page_160">p. -160</span> ¿verdad? Me ha dicho Miquis que ahora vas bien, y que el -mucho dolor es señal de mejoría. Claro, ya no tienes aquel dolor sordo, -profundo, ¿verdad? Ahora te duele, te duele de firme; pero como una -desolladura..., eso es. Precisamente es lo que se quiere: que te duela. -La hinchazón va cediendo. Ahora... niña (<i>sacando una cajita de -farmacia</i>), vas a tomar esto. No sabe mal: dos pildoritas cada tres -horas. En cuanto al medicamento externo, dice D. Augusto que sigamos -con lo mismo. Conque anímate, que dentro de un mes ya podrás brincar y -hasta bailar unas malagueñas.</p> - -<p>—¡Dentro de un mes! ¡Ay!, yo apuesto a que no. Dices eso por -consolarme. Lo agradezco; pero ¡ay!... Ya no brincaré más.</p> - -<p>El tono de hondísima tristeza con que lo dijo enterneció a D. Lope, -hombre valiente y de mucho corazón para otras cosas; pero que no servía -para nada delante de un enfermo. El dolor físico en persona de su -intimidad le ponía corazón de niño.</p> - -<p>—Ea, no hay que acobardarse. Yo tengo confianza; tenla tú también. -¿Quieres más libros para distraerte? ¿Quieres dibujar? Pide por esa -boca. ¿Tráigote comedias para que vayas estudiando tus papeles? -(<i>Tristana hacía signos negativos de cabeza.</i>) Bueno, pues te -traeré novelas bonitas, o libros de historia. Ya que has empezado<span -class="pagenum" id="Page_161">p. 161</span> a llenar tu cabeza de -sabiduría, no te quedes a la mitad. A mí me da el corazón que has de -ser una mujer extraordinaria. ¡Y yo tan bruto que no comprendí desde el -principio tus grandes facultades! No me lo perdonaré nunca.</p> - -<p>—Todo perdonado —murmuró Tristana con señales de profundo -aburrimiento.</p> - -<p>—Y ahora, ¿comemos? ¿Tienes ganita? ¿Que no? Pues hija, hay que -hacer un esfuerzo. Ya que no otra cosa, el caldo y la copita de Jerez. -¿Te chuparías una patita de gallina? ¿Que no? Pues no insisto... Ahora, -si la egregia Saturna quiere darme algún alimento, se lo agradeceré. No -tengo muchas ganas; pero me siento desfallecido, y algo hay que echar -al cuerpo miserable.</p> - -<p>Fuese al comedor, y sin enterarse del contenido de los platos, -pues sus pensamientos le abstraían completamente de todo lo externo, -despachó sopa, un poco de carne y algo más. Con el último bocado entre -los dientes volvió al lado de Tristana.</p> - -<p>—¿Qué tal?..., ¿has tomado el caldito? Bien, me gusta que no hagas -ascos a la comida. Ahora te daré tertulia hasta que te entre sueño. No -salgo, por acompañarte... No, no te lo digo para que me lo agradezcas. -Ya sé que en otros tiempos debí hacerlo y no lo hice. Es tarde, es -tarde ya, y estos mimos resultan algo trasnochados. Pero no hablemos -de eso; no me<span class="pagenum" id="Page_162">p. 162</span> -abochornes... Si te incomodo, me lo dices; si gustas de estar sola, me -voy a mi cuarto.</p> - -<p>—No, no. Estate aquí. Cuando me quedo sola pienso cosas malas.</p> - -<p>—¿Cosas malas, vida mía? No desbarres. Tú no te has hecho cargo de -lo mucho bueno y grande que te reserva tu destino. Un poquillo tarde -he comprendido tu mérito; pero lo comprendo al fin. Reconozco que no -soy digno ni del honor de darte mis consejos; pero te los doy, y tú los -tomas o los dejas, según te acomode.</p> - -<p>No era la primera vez que D. Lope le hablaba en este tono; y la -señorita de Reluz, dicha sea la verdad, le oía gozosa, porque el -marrullero galán sabía herirla en lo más sensible de su ser, adulando -sus gustos y estimulando su soñadora fantasía. Hay que advertir, -además, que algunos días antes de la escena que se refiere, el tirano -dio a su víctima pruebas de increíble tolerancia. Escribía ella sus -cartas sin moverse del sillón, sobre una tabla que para el caso le -había preparado convenientemente Saturna. Una mañana, hallándose la -joven en lo más recio de su ocupación epistolar, entró inesperadamente -don Lope, y como la viese esconder con precipitación papel y tintero, -díjole con bondad risueña:</p> - -<p>—No, no, mocosa, no te prives de escribir tus cartitas. Me voy para -no estorbarte.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span>Pasmada oyó -Tristana las gallardas expresiones que desmentían en un punto el -carácter receloso y egoísta del viejo galán, y continuó escribiendo tan -tranquila. En tanto, D. <i>Lepe</i>, metido en su cuarto, y a solas -con su conciencia, se despachó a su gusto consigo mismo en esta forma: -«No, no puedo hacerla más desgraciada de lo que es... ¡Me da mucha -pena, pero mucha pena..., pobrecilla...! Que en esta última temporada, -hallándose sola, aburrida, encontrara por ahí a un mequetrefe y que -este me la trastornara con cuatro palabras amorosas... Vamos..., -pase... No quiero hacer a ese danzante el honor de preocuparme de él... -Bueno, bueno; que se aman, que se han hecho mil promesas estúpidas... -Los jóvenes de hoy no saben enamorar; pero fácilmente le llenan la -cabeza de viento a muchacha tan soñadora y exaltada como esta. De fijo -que le ha ofrecido casarse, y ella se lo cree... Bien claro está que -van y vienen cartitas... ¡Dios mío, las tonterías que se dirán...! -Como si las leyera. Y matrimonio por arriba, matrimonio por abajo, el -estribillo de siempre. Tanta imbecilidad me movería a risa, si no se -tratara de esta niña hechicera, mi último trofeo, y como el último, -el más caro a mi corazón. ¡Vive Dios, que si estúpidamente me la dejé -quitar, ha de volver a mí; no para nada malo, bien lo sabe Dios, pues -ya estoy mandado recoger, sino para tener el<span class="pagenum" -id="Page_164">p. 164</span> gusto de arrancársela al chisgarabís, -quien quiera que sea, que me la birló, y probar que cuando el gran D. -Lope se atufa, nadie puede con él! La querré como hija, la defenderé -contra todos, contra las formas y especies varias de amor, ya sea con -matrimonio, ya sin él... Y ahora, ¡por vida de...!, ahora me da la gana -de ser su padre, y de guardarla para mí solo, para mí solo, pues aún -pienso vivir muchos años, y si no me cuadra retenerla como mujer, la -retendré como hija querida; pero que nadie la toque, ¡vive Dios!, nadie -la mire siquiera.»</p> - -<p>El profundo egoísmo que estas ideas entrañaban fue expresado por el -viejo galán con un resoplido de león, accidente muy suyo en los casos -críticos de su vida. Fuese luego junto a Tristana, y con mansedumbre -que parecía surgir de su ánimo sin ningún esfuerzo, le acarició las -mejillas diciéndole:</p> - -<p>—Pobre alma mía, cálmate. Ha llegado la hora de la suprema -indulgencia. Necesitas un padre amoroso y lo tendrás en mí... Sé que -has claudicado moralmente, antes de cojear con tu piernecita... No, no -te apures, no te riño... Mía es la culpa; sí, a mí, solo a mí, debo -echarme los tiempos por ese devaneo tuyo, resultado de mi abandono, del -olvido... Eres joven, bonita. ¿Qué extraño es que cuantos monigotes -te ven en la calle te galanteen? ¿Qué extraño que entre tantos haya -saltado uno, menos malo que<span class="pagenum" id="Page_165">p. -165</span> los demás, y que te haya caído en gracia..., y que creas en -sus promesas tontas, y te lances con él a proyectillos de felicidad, -que pronto se te vuelven humo...? Ea, no hablemos más de eso. Te lo -perdono... Absolución total. Ya ves... quiero ser tu padre, y empiezo -por...</p> - -<p>Trémula, recelosa de que tales expresiones fueran astuto ardid -para reducirla a confesar su secreto, y sintiendo más que nunca el -misterioso despotismo que D. Lope ejercía sobre ella, la cautiva negó, -balbuciendo excusas; pero el tirano, con increíble condescendencia, -redobló sus ternuras y mimos paternales en estos términos:</p> - -<p>—Es inútil que niegues lo que declara tu turbación. No sé nada, -y lo sé todo. Ignoro y adivino. El corazón de la mujer no tiene -secretos para mí. He visto mucho mundo. Ni te pregunto quién es -el caballerito, ni me importa saberlo. Conozco la historia, que -es de las más viejas, de las más adocenadas y vulgares del humano -repertorio. El tal te habrá vuelto tarumba con esa ilusión cursi del -matrimonio, buena para horteras y gente menuda. Te habrá hablado del -altarito, de las bendiciones, y de la vida chabacana y oscura, con -sopa boba, criaturitas, ovillito de algodón, brasero, camilla y demás -imbecilidades. Y si tú te tragas semejante anzuelo, haz cuenta que -te pierdes, que echas a rodar tu porvenir y le das una bofetada a tu -destino...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span>—¡Mi destino! -—exclamó Tristana, reanimándose; y sus ojos se llenaron de luz.</p> - -<p>—Tu destino, sí. Has nacido para algo muy grande, que no podemos -precisar aún. El matrimonio te zambulliría en la vulgaridad. Tú no -puedes ni debes ser de nadie, sino de ti misma. Esa idea tuya de la -honradez libre, consagrada a una profesión noble; esa idea que yo -no supe apreciar antes y que al fin me ha conquistado, demuestra la -profunda lógica de tu vocación, de tu ambición diré, si quieres. -Ambicionas porque vales. Si tu voluntad se dilata, es porque tu -entendimiento no cabe en ti.... ¡Si esto no tiene vuelta de hoja, niña -querida! (<i>Adoptando el tonillo zumbón.</i>) ¡Vaya que a una mujer -de tu temple salirle con la monserga de las tijeras y el dedalito, -de la echadura de huevos, del amor de la lumbre, y del contigo pan y -cebolla! Mucho cuidado, hija mía, mucho cuidado con esas seducciones -para costureras y señoritas de medio pelo.... Porque te pondrás buena -de la pierna, y serás una actriz tan extraordinaria, que no haya otra -en el mundo. Y si no te cuadra ser comedianta, serás otra cosa, lo que -quieras, lo que se te antoje... Yo no lo sé... tú misma lo ignoras aún; -no sabemos más sino que tienes alas. ¿Hacia dónde volarás? ¡Ah!... si -lo supiéramos, penetraríamos los misterios del destino, y eso no puede -ser.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch21"> - <p><span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXI</h2> -</div> - -<p>«¡Ay, Dios mío —decía Tristana para sí, cruzando las manos y mirando -fijamente a su viejo—, cuánto sabe este maldito! Él es un pillastre -redomado, sin conciencia; pero como saber... ¡vaya si sabe...!»</p> - -<p>—¿Estás conforme con lo que te digo, pichona? —le preguntó D. -<i>Lepe</i>, besando sus manos, sin disimular la alegría que le causaba -el sentimiento íntimo de su victoria.</p> - -<p>—Te diré... sí... Yo creo que no sirvo para lo doméstico; vamos, -que no puedo entender... Pero no sé, no sé si las cosas que sueño se -realizarán...</p> - -<p>—¡Ay, yo lo veo tan claro como esta es luz! —replicó Garrido, con -el acento de honrada convicción que sabía tomar en sus fórmulas de -perjurio—. Créeme a mí... Un padre no engaña, y yo, arrepentido del -daño que te hice, quiero ser padre para ti, y nada más que padre.</p> - -<p>Siguieron hablando de lo mismo, y D. Lope, con suma habilidad -estratégica, evolucionó para ganarle al enemigo sus posiciones, y allí -fue el ridiculizar la vida boba, la unión eterna con un ser vulgar y -las prosas de la intimidad matrimoñesca.</p> - -<p>Al propio tiempo que estas ideas lisonjeaban<span class="pagenum" -id="Page_168">p. 168</span> a la señorita, servíanle de lenitivo en -su grave dolencia. Se sintió mejor aquella tarde, y al quedarse sola -con Saturna, antes de que esta la acostara, tuvo momentos de ideal -alborozo, con las ambiciones más despiertas que nunca, y gozándose en -la idea de verlas realizadas.</p> - -<p>—Sí, sí, ¿por qué no he de ser actriz? Si no, seré lo que quiera... -Viviré con holgura decorosa, sin ligarme eternamente a nadie, ni al -hombre que amo y amaré siempre. Le querré más cuanto más libre sea.</p> - -<p>Ayudada de Saturna, se acostó, después que esta le hubo curado -con esmero exquisito la rodilla enferma, renovándole los vendajes. -Intranquila pasó la noche; pero se consolaba con los efluvios de -su imaginación ardorosa, y con la idea de pronto restablecimiento. -Aguardaba con ansia el día para escribir a Horacio, y al amanecer, -antes de que se levantara D. Lope, enjaretó una larga y nerviosa -epístola.</p> - -<p class="mt1">«Amor mío, paletito mío, <i>mio diletto</i>, sigo -mal; pero estoy contenta. Mira tú qué cosa tan rara... ¡Ay, quién me -entenderá a mí, si yo misma no me entiendo! Estoy alegre, sí, y llena -de esperanzas, que se me cuelan en el alma cuando menos las llamo. Dios -es bueno y me manda estas alegrías, sin duda porque me las merezco. Se -me antoja que me curaré, aunque no mejore; pero se me antoja, y basta. -Me da por pensar que<span class="pagenum" id="Page_169">p. 169</span> -se cumplirán mis deseos, que seré actriz del género trágico, que podré -adorarte desde el castillo de mi independencia comiquil. Nos querremos -de castillo a castillo, dueños absolutos de nuestras respectivas -voluntades, tú libre, libre yo, y tan señora como la que más, con -dominios propios, y sin vida común, ni sagrado vínculo, ni sopas de -ajo, ni nada de eso.</p> - -<p>»No me hables a mí del altarito, porque te me empequeñeces tanto -que no te veo de tan chiquitín como te vuelves. Esto será un delirio; -pero nací para delirante crónica, y soy... como la carne de oveja: se -me toma o se me deja. No, dejarme no: te retengo, te amarro, pues mis -locuras necesitan de tu amor para convertirse en razón. Sin ti, me -volvería tonta, que es lo peor que me podría pasar.</p> - -<p>»Y yo no quiero ser tonta, ni que lo seas tú. Yo te engrandezco con -mi imaginación cuando quieres achicarte, y te vuelvo bonito cuando -te empeñas en ponerte feo, abandonando tu arte sublime para cultivar -rábanos y calabazas. No te opongas a mi deseo, no desvanezcas mi -ilusión; te quiero grande hombre, y me saldré con la mía. Lo siento, -lo veo... no puede ser de otra manera. Mi voz interior se entretiene -describiéndome las perfecciones de tu ser... No me niegues que eres -como te sueño. Déjame a mí que te fabrique... no, no es esa la palabra; -que te componga...<span class="pagenum" id="Page_170">p. 170</span> -tampoco... que te reconstruya... tampoco... Déjame que te piense -conforme a mi real gana. Soy feliz así; déjame, déjame.»</p> - -<p class="mt1">Siguieron a esta carta otras, en que la imaginación -de la pobre enferma se lanzaba sin freno a los espacios de lo ideal, -recorriéndolos como corcel desbocado, buscando el imposible fin de lo -infinito, sin sentir fatiga en su loca y gallarda carrera.</p> - -<p>Véase el género:</p> - -<p class="mt1">«Mi señor, ¿cómo eres? Mientras más te adoro, más -olvido tu fisonomía; pero te invento otra a mi gusto, según mis ideas, -según las perfecciones de que quiero ver adornada tu sublime persona. -¿Quieres que te hable un poquito de mí? ¡Ay, padezco mucho! Creí que -mejoraba; pero no, no quiere Dios. Él sabrá por qué. Tu bello ideal, -tu Tristanita podrá ser, andando el tiempo, una celebridad; pero yo -te aseguro que no será bailarina... ¡Lo que es eso...! Mi piernecita -se opondría. Y también voy creyendo que no será actriz, por la misma -razón. Estoy furiosa... cada día peor, con sufrimientos horribles. -¡Qué médicos estos! No entienden una palabra del arte de curar... -Nunca creí que en el destino de las personas influyera tanto cosa tan -insignificante como es una pierna, una triste pierna, que solo sirve -para andar. El cerebro, el corazón, creí yo que mandarían siempre; -pero ahora, una<span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span> -estúpida rodilla se ha erigido en tirana, y aquellos nobles órganos la -obedecen... Quiero decir, no la obedecen, ni le hacen maldito caso; -pero sufren un absurdo despotismo, que confío será pasajero. Es como -si se sublevara la soldadesca... Al fin, al fin, la canalla tendrá que -someterse.</p> - -<p>»Y tú, mi rey querido, ¿qué dices? Si no fuera porque tu amor me -sostiene, ya habría yo sucumbido ante la sedición de esta pata que se -me quiere subir a la cabeza. Pero no, no me acobardo, y pienso las -cosas atrevidas que he pensado siempre... no, que pienso más, mucho -más, y subo, subo siempre. Mis aspiraciones son ahora más acentuadas -que nunca; mi ambición, si así quieres llamarla, se desata y brinca -como una loca. Créelo, tú y yo hemos de hacer algo grande en el -mundo. ¿No aciertas cómo? Pues yo no puedo explicártelo; pero lo -sé. Me lo dice mi corazón, que todo lo sabe, que no me ha engañado -nunca, ni puede engañarme. Tú mismo no te formas una idea clara de -lo que eres y de lo que vales. ¿Será preciso que yo te descubra a -ti mismo? Mírate en mí, que soy tu espejo, y te verás en el supremo -Tabor de la glorificación artística. Estoy segura de que no te ríes -de lo que digo, como segura estoy de que eres tal y como te pienso, -la suma perfección moral y física. En ti no hay defectos, ni puede -haberlos,<span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span> aunque los -ojos del vulgo los vean. Conócete; haz caso de mí; entrégate sin recelo -a quien te conoce mejor que tú mismo... No puedo seguir... Me duele -horriblemente... ¡Que un hueso, un miserable hueso nos...!»</p> - -<p class="mt1">Jueves.</p> - -<p class="mt1">«¡Qué día ayer, y qué noche! Pero no me acobardo. El -espíritu se me crece con los sufrimientos. ¿Creerás una cosa? Anoche, -cuando el pícaro dolor me daba algunos ratitos de descanso, me volvía -todo el saber que leyendo adquirí, y que se me había como desvanecido -y evaporado. Entraban las ideas una tras otra, atropellándose, y la -memoria, una vez que las cogía dentro, ¡zas! cerraba la puerta para -no dejarlas salir. No te asombres; no solo sé todo lo que sabía, si -no que sé más, muchísimo más. Con las ideas de casa, han entrado -otras nuevas, desconocidas. Debo yo de tener un <i>ideón</i>, palomo -ladrón, que al salir por esos aires, seduce cuantas ideítas encuentra, -y me las trae. Sé más, mucho más que antes. Lo sé todo... no; esto es -mucho decir... Hoy me he sentido muy aliviada, y me dedico a pensar en -ti. ¡Qué bueno eres! Tu inteligencia no conoce igual; para tu genio -artístico no hay dificultades. Te quiero con más alma que nunca, porque -respetas mi libertad, porque no me amarras a la pata de una silla ni a -la pata de una mesa con el cordel del matrimonio.<span class="pagenum" -id="Page_173">p. 173</span> Mi pasión reclama libertad. Sin ese campo -no podría vivir. Necesito comerme libremente la hierba, que crecerá más -arrancada del suelo por mis dientes. No se hizo para mí el establo. -Necesito la pradera sin término.»</p> - -<p class="mt1">En sus últimas cartas, ya Tristana olvidaba el -vocabulario de que solían ambos hacer alarde ingenioso en sus íntimas -expansiones habladas o escritas. Ya no volvió a usar el <i>señó -Juan</i> ni la <i>Paca de Rímini</i>, ni los terminachos y licencias -gramaticales que eran la sal de su picante estilo. Todo ello se borró -de su memoria, como se fue desvaneciendo la persona misma de Horacio, -sustituida por un ser ideal, obra temeraria de su pensamiento, ser en -quien se cifraban todas las bellezas visibles e invisibles. Su corazón -se inflamó en un cariñazo que bien podría llamarse místico, por lo -incorpóreo y puramente soñado del ser que tales afectos movía. El -Horacio nuevo e intangible parecíase un poco al verdadero, pero nada -más que un poco. De aquel bonito fantasma iba haciendo Tristana la -verdad elemental de su existencia, pues solo vivía para él, sin caer -en la cuenta de que tributaba culto a un Dios de su propia cosecha. Y -este culto se expresaba en cartas centellantes, trazadas con trémula -mano, entre las alternadas excitaciones del insomnio y la fiebre, y -que solo por mecánica costumbre eran dirigidas a Villajoyosa, pues -en<span class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span> realidad debían -expedirse por la estafeta del ensueño hacia la estación de los espacios -imaginarios.</p> - -<p class="mt1">Miércoles.</p> - -<p class="mt1">«Maestro y señor, mis dolores me llevan a ti, como me -llevarían mis alegrías si algunas tuviera. Dolor y gozo son un mismo -impulso para volar... cuando se tienen alas. En medio de las desgracias -con que me aflige, Dios me hace el inmenso bien de concederme tu amor. -¿Qué importa el dolor físico? Nada. Lo soportaré con resignación, -siempre que... tú no me duelas. ¡Y no me digan que estás lejos! Yo -te traigo a mi lado, te siento junto a mí y te veo y te toco; tengo -bastante poder de imaginación para suprimir la distancia, y contraer el -tiempo conforme se me antoja.»</p> - -<p class="mt1">Jueves.</p> - -<p class="mt1">«Aunque no me lo digas, sé que eres como debes ser. Lo -siento en mí. Tu inteligencia sin par, tu genio artístico, lanzan sus -chispazos dentro de mi propio cerebro. Tu sentimiento elevadísimo del -bien, en mi propio corazón parece que ha hecho su nido... ¡Ay, para que -veas la virtud del espíritu! Cuando pienso mucho en ti, se me quita -el dolor. Eres mi medicina, o al menos un anestésico que mi doctor -no entiende. ¡Si vieras...! Miquis se pasma de mi serenidad. Sabe -que te adoro; pero no conoce lo que vales, ni<span class="pagenum" -id="Page_175">p. 175</span> que eres el pedacito más selecto de la -divinidad. Si lo supiera, sería parco en recetar calmantes, menos -activos que la idea de ti... He metido en un puño el dolor porque -necesitaba reposo para escribirte. Con mi fuerza de voluntad, que -es enorme, y con el poder del pensamiento, consigo algunas treguas. -Llévese el Demonio la pierna. Que me la corten. Para nada la necesito. -Tan espiritualmente te amaré con una pierna como con dos..., como sin -ninguna.»</p> - -<p class="mt1">Viernes.</p> - -<p class="mt1">«No me hace falta ver los primores de tu arte -maravilloso. Me los figuro como si delante de mis ojos los tuviera. La -Naturaleza no tiene secretos para ti. Más que tu maestra es tu amiga. -De sopetón se introduce en tus obras, sin que tú lo solicites, y tus -miradas la clavan en el lienzo antes que los pinceles. Cuando yo me -ponga buena, haré lo mismo. Me rebulle aquí dentro la seguridad de que -lo he de hacer. Trabajaremos juntos, porque ya no podré ser actriz; voy -viendo que es imposible... ¡Pero lo que es pintora...! No hay quien me -lo quite de la cabeza. Tres o cuatro lecciones tuyas me bastarán para -seguir tus huellas, siempre a distancia, se entiende... ¿Me enseñarás? -Sí, porque tu grandeza de alma corre parejas con tu entendimiento, y -eres el sumo bien, la absoluta bondad, como eres... aunque no quieras -confesarlo, la suprema belleza.»</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch22"> - <p><span class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXII</h2> -</div> - -<p>El efecto que estas deshilvanadas y sutiles razones hacían en -Horacio fácilmente se comprenderá. Viose convertido en ser ideal, -y a cada carta que recibía, entrábanle dudas acerca de su propia -personalidad, llegando al extremo increíble de preguntarse si era él -como era, o como le pintaba con su indómita pluma la visionaria niña -de D. <i>Lepe</i>. Pero su inquietud y confusión no le impidieron -ver el peligro tras ellas oculto, y empezó a creer que <i>Paquita de -Rímini</i> más padecía de la cabeza que de las extremidades. Asaltado -de ideas pesimistas, y lleno de zozobra y cavilaciones, resolvió -marchar a Madrid, y ya tenía dispuesto todo para el viaje, a últimos de -febrero, cuando un repentino ataque de hemoptisis de doña Trinidad le -encadenó a Villajoyosa en tan mala ocasión.</p> - -<p>En los mismos días de esta ocurrencia, pasaban en Madrid y en casa -de D. Lope cosas de extraordinaria gravedad, que deben ser puntualmente -referidas. Tristana empeoró tanto, que nada pudo su fuerza de voluntad -contra el dolor intensísimo, acompañado de fiebre, vómitos y malestar -general. Desesperado y aturdido, sin la presencia de ánimo que requería -el caso, D. Lope creía conjurar el peligro clamando al Cielo, ya<span -class="pagenum" id="Page_177">p. 177</span> con acento de piedad, -ya con amenazas y blasfemias. Su irreflexivo temor le hacía ver la -salvación de la enferma en los cambios de tratamiento: despedido -Miquis, hubo que llamarle otra vez, porque su sucesor era de los que -todo lo curan con sanguijuelas, y esta medicación, si al principio -determinó algún alivio, luego aniquiló las cortas fuerzas de la -paciente.</p> - -<p>Alegrose Tristana de la vuelta de Miquis, porque le inspiraba -simpatía y confianza, levantándole el espíritu con el poder terapéutico -de su afabilidad. Los calmantes enérgicos le devolvieron por algunas -horas cada día la virtud preciosa de consolarse con su propia -imaginación, de olvidar el peligro, pensando en bienes imaginarios y en -glorias remotísimas. Aprovechó los momentos de sedación para escribir -algunas cartas breves, compendiosas, que el mismo D. Lope, sin hacer ya -misterio de su indulgencia, se encargaba de echar al correo.</p> - -<p>—Basta de tapujos, niña mía —le dijo con alardes de confianza -paterna—. Para mí no hay secretos. Y si tus cartitas te consuelan, -yo no te riño, ni me opongo a que las escribas. Nadie te comprende -como yo, y el mismo que tiene la dicha de leer tus garabatos no está -a la altura de ellos, ni merece tanto honor. En fin, ya te irás -convenciendo... Entretanto, muñeca de mi vida, escribe todo lo que -quieras, y si algún día no tuvieras ganas de manejar la pluma,<span -class="pagenum" id="Page_178">p. 178</span> díctame, y seré tu -secretario. Ya ves la importancia que doy a ese juego infantil... -¡Cosas de chiquillos, que comprendo perfectamente, porque yo también -he tenido veinte años, yo también he sido tonto, y a cuanta niña me -caía por delante la llamaba <i>mi bello ideal</i>, y le ofrecía mi -blanquísima mano...</p> - -<p>Terminaba estas bromas con una risita no muy sincera, que -inútilmente quería comunicar a Tristana, y al fin él solo reía sus -propios chistes, disimulando la terrible procesión que por dentro le -andaba.</p> - -<p>Augusto Miquis iba tres veces al día, y aún no estaba contento D. -Lope, decidido a emplear todos los recursos de la ciencia médica para -sanar a su muñeca infeliz. En aquel caso no se contentaba con dar la -camisa, pues la piel misma le hubiera parecido corto sacrificio para -objeto tan grande.</p> - -<p>—Si mis recursos se acaban por completo —decía—, lo que no es -imposible al paso que vamos, haré lo que siempre me repugnó, y me -repugna, daré sablazos, me rebajaré a pedir auxilio a mis parientes de -Jaén, que es para mí el colmo de la humillación y de la vergüenza. Mi -dignidad no vale un pito ante la tremenda desgracia que me desgarra el -corazón, este corazón que era de bronce y ahora es pura manteca. ¡Quién -me lo había de decir! Nada me afectaba, y los sentimientos de toda la -humanidad me importaban un ardite... Pues ahora, la piernecita de<span -class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span> esta pobre mujer me parece -a mí que nos va a traer el desequilibrio del Universo. Creo que hasta -el momento presente no he conocido cuánto la quiero, ¡pobrecilla! Es el -amor de mi vida, y no consiento perderla por nada de este mundo. A Dios -mismo, a la muerte se la disputaré. Reconozco en mí un egoísmo capaz de -mover las montañas, un egoísmo que no vacilo en llamar santo, porque -me lleva a la reforma de mi carácter y de todo mi ser. Por él abomino -de mis aventuras, de mis escándalos; por él me consagraré, si Dios me -concede lo que le pido, al bien y a la dicha de esta sin par mujer, -que no es mujer, sino un ángel de sabiduría y de gracia. ¡Y yo la tuve -en mis manos y no supe entenderla! Confiesa y declara, Lope amigo, que -eres un zote, que solo la vida instruye, y que la ciencia verdadera no -crece sino en los eriales de la vejez...</p> - -<p>En su trastorno insano, tan pronto volvía los ojos a la medicina -como al charlatanismo. Una mañana le llevó Saturna el cuento de que -cierta curandera, establecida en Tetuán, y cuya fama y prestigio -llegaban por acá hasta Cuatro Caminos y por allá hasta los mismos muros -de Fuencarral, curaba los tumores blancos con la aplicación de las -llamadas <i>hierbas calleras</i>. Oírlo D. Lope y mandar que viniera -la que tales prodigios hacía, fue todo uno, y poco le importaba que D. -Augusto pusiese mala cara. Descolgose la comadre<span class="pagenum" -id="Page_180">p. 180</span> con un pronóstico muy risueño, y aseguró -que aquello era cosa de días. Revivió en D. <i>Lepe</i> la esperanza; -hízose cuanto la vieja dispuso; enterose Miquis aquella misma tarde y -no se enojó, dando a entender que el emplasto de la profesora libre -de Tetuán no produciría daño ni provecho a la enferma. Maldijo D. -Lope a todas las charlatanas habidas y por haber, mandándolas que se -fueran con cien mil pares de demonios, y se restablecieron los planes y -estilos de la ciencia.</p> - -<p>Pasó Tristana una noche infernal, con violentos accesos de fiebre, -entrecortados de intensísimo frío en la espalda. Garrido, a quien se -podía ahorcar con un cabello, no tuvo más que ver la cara del doctor, -en su visita matutina, para comprender que el mal entraba en un período -de gravedad crítica, pues aunque el bueno de Augusto sabía disfrazar -ante los enfermos su impresión diagnóstica, aquel día pudo más la -pena que el disimulo. La misma Tristana se le adelantó, diciendo con -aparente serenidad:</p> - -<p>—Comprendido, doctor... Esta... no la cuento. No me importa. La -muerte me gusta; se me está haciendo simpática. Tanto padecer va -consumiendo las ganas de vivir... Hasta anoche, figurábaseme que el -vivir es algo bonito... a veces... Pero ya me encariño con la idea de -que lo más gracioso es morirse..., no sentir dolor... ¡Qué delicia, qué -gusto!...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span>Echose a llorar, y -el bravo D. <i>Lepe</i> necesitó evocar todo su coraje para no hacer -pucheros.</p> - -<p>Después de consolar a la enferma con cuatro mentiras muy bien -tramadas, encerrose Miquis con D. Lope en el cuarto de este, dejándose -en la puerta sus bromas y la máscara de amabilidad caritativa, y le -habló con la solemnidad propia del caso.</p> - -<p>—Amigo D. Lope —dijo, poniendo sus dos manos sobre los hombros del -caballero, que parecía más muerto que vivo—, hemos llegado a lo que -yo me temía. Tristanita muy grave. A un hombre como usted, valiente -y de espíritu sereno, capaz de atemperarse a las circunstancias más -angustiosas de la vida, se le debe hablar con claridad.</p> - -<p>—Sí —murmuró el caballero, haciéndose el valiente, y creyendo que el -cielo se le venía encima, por lo cual, con movimiento instintivo, alzó -las manos como para sostenerlo.</p> - -<p>—Pues sí... La fiebre altísima, el frío en la médula, ¿sabe usted lo -que es? Pues el síntoma infalible de la reabsorción...</p> - -<p>—Ya, ya comprendo...</p> - -<p>—La reabsorción... el envenenamiento de la sangre... la...</p> - -<p>—Sí... y...</p> - -<p>—Nada, amigo mío. Ánimo. No hay más remedio que operar...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span>—¡Operar! —exclamó -Garrido, en el colmo del aturdimiento—. Cortar... ¿no es eso? ¿Y usted -cree...?</p> - -<p>—Puede salvarse, aunque no lo aseguro.</p> - -<p>—¿Y cuándo...?</p> - -<p>—Hoy mismo. No hay que perder tiempo... Una hora que perdamos nos -haría llegar tarde.</p> - -<p>Don Lope fue asaltado de una especie de demencia al oír esto, -y dando saltos como fiera herida, tropezando con los muebles, y -golpeándose el cráneo, pronunció estas incongruentes y desatentadas -expresiones:</p> - -<p>—¡Pobre niña...! cortarle la... ¡Oh! mutilarla horriblemente... ¡Y -qué pierna, doctor...! una obra maestra de la Naturaleza... Fidias -mismo la querría para modelar sus estatuas inmortales... ¿Pero qué -ciencia es esa, que no sabe curar sino cortando? ¡Ah! no saben ustedes -de la misa la media... D. Augusto, por la salvación de su alma, invente -usted algún otro recurso. ¡Quitarle una pierna! Si eso se arreglara -cortándome a mi las dos... ahora mismo, aquí están... Ea, empiece -usted... y sin cloroformo.</p> - -<p>Los gritos del buen caballero debieron de oírse en el cuarto de -Tristana, porque entró Saturna, asustadísima, a ver qué demonches le -pasaba a su amo.</p> - -<p>—Vete de aquí, bribona... tú tienes la culpa.<span class="pagenum" -id="Page_183">p. 183</span> Digo, no... ¡Cómo está mi cabeza!... Vete, -Saturna, y dile a la niña que no consentiré se le corte ni tanto así -de pierna, ni de nada. Primero me corto yo la cabeza... No, no se lo -digas... Cállate... Que no se entere... Pero habrá que decírselo... -Yo me encargo... Saturna, mucho cuidado con lo que hablas... Lárgate, -déjanos...</p> - -<p>Y volviéndose al médico, le dijo:</p> - -<p>—Dispénseme, querido Augusto, no sé lo que pienso. Estoy loco... Se -hará todo, todo lo que la facultad disponga... ¿Qué dice usted? ¿Que -hoy mismo...?</p> - -<p>—Sí, cuanto más pronto mejor. Vendrá mi amigo el doctor Ruiz Alonso, -cirujano de punta, y... Veremos. Creo que practicada con felicidad la -amputación, la señorita podrá salvarse.</p> - -<p>—¡Podrá salvarse! De modo que ni aun así es seguro... ¡Ay, doctor, -no me vitupere usted por mi cobardía! No sirvo para estas cosas... -Me vuelvo un chiquillo de diez años. ¡Quién lo había de decir! ¡Yo -que he sabido afrontar sin un fruncimiento de cejas los mayores -peligros...!</p> - -<p>—Sr. D. Lope —dijo Miquis con triste acento—, en estas ocasiones -de prueba se ven los puntos que calza nuestra capacidad para el -infortunio. Muchos que se tienen por cobardes resultan animosos, y -otros que se creen gallos salen<span class="pagenum" id="Page_184">p. -184</span> gallinitas. Usted sabrá ponerse a la altura de la -situación.</p> - -<p>—Y será forzoso prepararla... ¡Dios mío, qué trance! Yo me muero... -yo no sirvo, D. Augusto...</p> - -<p>—¡Pobrecilla! No se lo diremos claramente. La engañaremos.</p> - -<p>—¡Engañarla! No se ha enterado usted todavía de su penetración.</p> - -<p>—En fin, vamos allá, que en estas cosas, señor mío, hay que contar -siempre con alguna circunstancia inesperada y favorable. Es fácil que -ella, si tanta agudeza tiene, lo haya comprendido, y no necesitemos... -El enfermo suele ver muy claro.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch23"> - <h2 class="nobreak g0">XXIII</h2> -</div> - -<p>No se equivocaba el sagaz alumno de Hipócrates. Cuando entraron a -ver a Tristana, esta les recibió con semblante entre risueño y lloroso. -Se reía, y dos gruesos lagrimones corrían por sus mejillas de papel.</p> - -<p>—Ya, ya sé lo que tienen que decirme... No hay que apurarse. Soy -valiente... Si casi me alegro... Y sin casi... porque vale más que me -la corten... Así no sufriré... ¿Qué importa tener una sola pierna? -Digo, como importar... Pero si ya en realidad no la tengo, si no me -sirve para<span class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span> nada...! -Fuera con ella, y me pondré buena, y andaré... con muletas, o como Dios -me dé a entender...</p> - -<p>—Hija mía, te quedarás buenísima —dijo don Lope, envalentonándose -al verla tan animosa—. Pues si yo supiera que cortándome las dos -me quedaba sin reuma, hoy mismo... Después de todo, las piernas se -sustituyen por aparatos mecánicos que fabrican los ingleses y alemanes, -y con ellos se anda mejor que con estos maldecidos remos que nos ha -encajado la Naturaleza.</p> - -<p>—En fin —agregó Miquis—, no se asuste la muñeca, que no la haremos -sufrir nada... pero nada... Ni se enterará usted. Y luego se sentirá -muy bien, y dentro de unos cuantos días ya podrá entretenerse en -pintar...</p> - -<p>—Hoy mismo —dijo el viejo, haciendo de tripas corazón, y procurando -tragarse el nudo que en la garganta sentía— te traigo el caballete, -la caja de colores... Verás, verás qué cuadros tan bonitos nos vas a -pintar.</p> - -<p>Con un cordial apretón de manos se despidió Augusto, anunciándole -su pronta vuelta, sin precisar la hora, y solos Tristana y D. Lope, -estuvieron un ratito sin hablarse.</p> - -<p>—¡Ah! Tengo que escribir —dijo la enferma.</p> - -<p>—¿Podrás, vida mía? Mira que estás muy débil. Díctame, y yo -escribiré.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_186">p. 186</span>Al decir esto, -llevaba junto a la cama la tabla que servía de mesa, y la resmilla de -papel y el tintero.</p> - -<p>—No... Puedo escribir... Es particular lo que ahora me pasa. Ya no -me duele. Casi no siento nada. ¡Vaya si puedo escribir! Venga... Un -poquito me tiembla el pulso, pero no importa.</p> - -<p>Delante del tirano escribió estas líneas:</p> - -<p class="mt1">«Allá va una noticia que no sé si es buena o mala. -Me la cortan. ¡Pobrecita pierna! Pero ella tiene la culpa... ¿para -qué es mala? No sé si me alegro, porque, en verdad, la tal patita no -me sirve para nada. No sé si lo siento, porque me quitan lo que fue -parte de mi persona... y voy a tener sin ella cuerpo distinto del que -tuve... ¿Qué piensas tú? Verdaderamente, no es cosa de apurarse por -una pierna. Tú, que eres todo espíritu, lo creerás así. Yo también -lo creo. Y lo mismo has de quererme con un remo que con dos. Ahora -pienso que habría hecho mal en dedicarme a la escena. ¡Uf! arte poco -noble, que fatiga el cuerpo y empalaga el alma. ¡La pintura!... eso -ya es otra cosa... Me dicen que no sufriré nada en la... ¿lo digo? en -la operación... ¡Ay! hablando en plata, esto es muy triste, y yo no -lo soportaré sino sabiendo que seré la misma para ti después de la -carnicería... ¿Te acuerdas de aquel grillo que tuvimos, y que cantaba -más y mejor después de arrancarle una de las patitas? Te conozco -bien,<span class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span> y sé que no -desmereceré nada para ti... No necesitas asegurármelo para que yo lo -crea y lo afirme... Vamos, ¿a que al fin resulta que estoy alegre?... -Sí, porque ya no padeceré más. Dios me alienta, me dice que saldré bien -del lance, y que después tendré salud y felicidad, y podré quererte -todo lo que se me antoje, y ser pintora, o mujer sabia, y filósofa -por todo lo alto... No, no puedo estar contenta. Quiero encandilarme, -y... no me resulta... Basta por hoy. Aunque sé que me querrás siempre, -dímelo para que conste. Como no puedes engañarme, ni cabe la mentira -en un ser que reúne todas las formas del bien, lo que me digas será -mi Evangelio... Si tú no tuvieras brazos ni piernas, yo te querría lo -mismo. Conque...»</p> - -<p class="mt1">Las últimas líneas apenas se entendían, por el temblor -de la escritura. Al soltar la pluma, cayó la muñeca infeliz en grande -abatimiento. Quiso romper la carta, arrepintiose de ello, y por fin la -entregó a D. Lope, abierta para que le pusiese el sobre y la enviase a -su destino. Era la primera vez que no se cuidaba de defender ni poco ni -mucho el secreto epistolar. Llevose Garrido a su cuarto el papel, y lo -leyó despacio, sorprendido de la serenidad con que la niña trataba de -tan grave asunto.</p> - -<p>—Lo que es ahora —dijo al escribir el sobre, y como si hablara -con la persona cuyo nombre<span class="pagenum" id="Page_188">p. -188</span> trazaba su pluma—, ya no te temo. La perdiste, la perdiste -para siempre, pues esas bobadas del amor eterno, del amor ideal, sin -piernas ni brazos, no son más que un hervor insano de la imaginación. -Te he vencido. Triste es mi victoria, pero cierta. Dios sabe que no me -alegro de ella sino descartando el motivo, que es la mayor pena de mi -vida... Ya me pertenece en absoluto hasta que mis días acaben. ¡Pobre -muñeca con alas! Quiso alejarse de mí, quiso volar; pero no contaba con -su destino, que no le permite revoloteos ni correrías; no contaba con -Dios, que me tiene ley... no sé por qué... pues siempre se pone de mi -parte en estas contiendas... Él sabrá la razón... y cuando se me escapa -lo que quiero... me lo trae atadito de pies y manos. ¡Pobre alma mía, -adorable chicuela, la quiero, la querré siempre como un padre! Ya nadie -me la quita, ya no...</p> - -<p>En el fondo de estos sentimientos tristísimos que D. Lope no sacó -del corazón a los labios, palpitaba una satisfacción de amor propio, un -egoísmo elemental y humano de que él mismo no se daba cuenta. «¡Sujeta -para siempre! ¡Ya no más desviaciones de mí!» Repitiendo esta idea, -parecía querer aplazar el contento que de ella se derivaba, pues no era -la ocasión muy propicia para alegrarse de cosa alguna.</p> - -<p>Halló después a la joven bastante alicaída, y<span class="pagenum" -id="Page_189">p. 189</span> empleó para reanimarla, ya los -razonamientos piadosos, ya consideraciones ingeniosísimas acerca de -la inutilidad de nuestras extremidades inferiores. A duras penas tomó -Tristana algún alimento; el buen Garrido no pudo pasar nada. A las -dos entraron Miquis, Ruiz Alonso y un alumno de Medicina, que hacía -de ayudante, pasando a la sala silenciosos y graves. Uno de los tres -llevaba, cuidadosamente envuelto en un paño, el estuche que contenía -las herramientas del oficio. Poco después entró un mozo que llevaba los -frascos llenos de líquidos antisépticos. Recibioles D. Lope como si -recibiera al verdugo cuando va a pedir perdón al condenado a muerte, y -a prepararle para el suplicio.</p> - -<p>—Señores —dijo—, esto es muy triste, muy triste...</p> - -<p>Y no pudo pronunciar una palabra más. Miquis fue al cuarto de la -enferma, y se anunció con donaire:</p> - -<p>—Guapa moza, todavía no hemos venido..., quiero decir... he venido -yo solo. A ver, ¿qué tal? ese pulso...</p> - -<p>Tristana se puso lívida, clavando en el médico una mirada medrosa, -infantil, suplicante. Para tranquilizarla, asegurole Miquis que -confiaba en curarla completa y radicalmente, que su excitación era -precursora de la mejoría franca y segura, y que para calmarla le iba a -dar un poquitín de éter...</p> - -<p>—Nada, hija, basta echar unas gotitas de líquido en un pañuelo, -y olerlo, para conseguir<span class="pagenum" id="Page_190">p. -190</span> que los pícaros nervios entren en caja.</p> - -<p>Mas no era fácil engañarla. La pobre señorita comprendió las -intenciones de Augusto, y le dijo, esforzándose en sonreír:</p> - -<p>—Es que quiere usted dormirme... Bueno. Me alegro de conocer ese -sueño profundo, con el cual no puede ningún dolor, por muy perro que -sea. ¡Qué gusto! ¿Y si no despierto, si me quedo allá...?</p> - -<p>—¡Qué ha de quedarse...! Buenos tontos seríamos... —dijo Augusto, a -punto que entraba D. Lope consternado, medio muerto.</p> - -<p>Y resueltamente se puso a preparar la droga, volviendo la espalda -a la enferma, dejando sobre una cómoda el frasquito del precioso -anestésico. Hizo con su pañuelo una especie de nido chiquitín, en el -cual puso los algodones impregnados de cloroformo, y entretanto se -difundió por la habitación un fuerte olor de manzanas.</p> - -<p>—¡Qué bien huele! —dijo la señorita, cerrando los ojos, como si -rezara mentalmente.</p> - -<p>Y al instante le aplicó Augusto a la nariz el hueco del pañuelo. Al -primer efecto de somnolencia siguió sobresalto, inquietud epiléptica, -convulsiones y una verbosidad desordenada, como de embriaguez -alcohólica.</p> - -<p>—No quiero, no quiero... Ya no me duele... ¿Para qué cortar...? -¡Está una tocando todas las sonatas de Beethoven, tocándolas tan -bien... al piano, cuando vienen estos tíos indecentes a pellizcarle a -una las piernas...! Pues que<span class="pagenum" id="Page_191">p. -191</span> sajen, que corten..., y yo sigo tocando. El piano no tiene -secretos para mí... Soy el mismo Beethoven, su corazón, su cuerpo, -aunque las manos sean otras... Que no me quiten también las manos, -porque entonces... Nada, que no me dejo quitar esta mano; la agarro con -la otra para que no me la lleven..., y la otra la agarro con esta, y -así no me llevan ninguna. Miquis, usted no es caballero, ni lo ha sido -nunca, ni sabe tratar con señoras, ni menos con artistas eminentes... -No quiero que venga Horacio y me vea así. Se figurará cualquier -cosa mala... Si estuviera aquí <i>señó Juan</i>, no permitiría esta -infamia... Atar a una pobre mujer, ponerle sobre el pecho una piedra -tan grande, tan grande..., y luego llenarle la paleta de ceniza para -que no pueda pintar... ¡Cosa tan extraordinaria! ¡Cómo huelen las -flores que he pintado! Pero si las pinté creyendo pintarlas, ¿cómo es -que ahora me resultan vivas..., vivas? ¡Poder del genio artístico! -He de retocar otra vez el cuadro de las Hilanderas para ver si me -sale un poquitito mejor. La perfección, esa perfección endiablada, -¿dónde está...? Saturna, Saturna..., ven, me ahogo... Este olor de -las flores... No, no, es la pintura, que cuanto más bonita, más -venenosa...</p> - -<p>Quedó al fin inmóvil, la boca entreabierta, quieta la pupila... -De vez en cuando lanzaba un quejido como de mimo infantil, tímido -esfuerzo<span class="pagenum" id="Page_192">p. 192</span> del -ser aplastado bajo la losa de aquel sueño brutal. Antes de que la -cloroformización fuera completa, entraron los otros dos sicarios, -que así en su pensamiento les llamaba D. Lope, y en cuanto creyeron -bien preparada a la paciente, colocáronla en un catre con colchoneta, -dispuesto para el caso, y ganando no ya minutos, sino segundos, -pusieron manos en la triste obra. Don Lope trincaba los dientes, y a -ratos, no pudiendo presenciar cuadro tan lastimoso, se marchaba de la -habitación para volver en seguida, avergonzándose de su pusilanimidad. -Vio poner la venda de Esmarch, tira de goma que parece una serpiente. -Empezó luego el corte por el sitio llamado de elección; y cuando -tallaban el colgajo, la piel que ha de servir para formar después el -muñón; cuando a los primeros tajos del diligente bisturí vio D. Lope -la primera sangre, su cobardía trocose en valor estoico, altanero, -incapaz de flaquear; su corazón se volvió de bronce, de pergamino su -cara, y presenció hasta el fin con ánimo entero la cruel operación, -realizada con suma habilidad y presteza por los tres médicos. A la hora -y cuarto de haber empezado a cloroformizar a la paciente, Saturna salía -presurosa de la habitación con un objeto largo y estrecho envuelto -en una sábana. Poco después, bien ligadas las arterias, cosida la -piel del muñón, y hecha la cura antiséptica con esmero prolijo,<span -class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span> empezó el despertar lento -y triste de la señorita de Reluz, su nueva vida, después de aquel -simulacro de muerte, su resurrección, dejándose un pie y dos tercios de -pierna en el seno de aquel sepulcro que a manzanas olía.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch24"> - <h2 class="nobreak g0">XXIV</h2> -</div> - -<p>—¡Ay, todavía me duele! —fueron las primeras palabras que pronunció -al volver del tenebroso abismo.</p> - -<p>Y después, su fisonomía pálida y descompuesta revelaba como un -profundo análisis autopersonal, algo semejante a la intensísima -fuerza de observación que los aprensivos dirigen sobre sus propios -órganos, auscultando su respiración y el correr de la sangre, palpando -mentalmente sus músculos, y acechando el vibrar de sus nervios. Sin -duda la pobre niña concentraba todas las fuerzas de su mente en aquel -vacío de su extremidad inferior, para reponer el miembro perdido, -y conseguía restaurarlo tal como fue antes de la enfermedad, sano, -vigoroso y ágil. Sin gran esfuerzo imaginaba que tenía sus dos piernas, -y que andaba con ellas garbosamente, con aquel pasito ligero que la -llevaba en un periquete al estudio de Horacio.</p> - -<p>—¿Qué tal, mi niña? —le preguntó D. Lope haciéndole caricias.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_194">p. 194</span>Y ella, tocando -suavemente los blancos cabellos del galán caduco, le contestó con -gracia:</p> - -<p>—Muy bien... Me siento muy descansadita. Si me dejaran, ahora mismo -me echaría a correr...; digo, a correr no... No estamos para esas -bromas.</p> - -<p>Augusto y D. Lope, cuando los otros dos médicos se habían marchado, -diéronle seguridades de completa curación, y se felicitaron del éxito -quirúrgico con un entusiasmo que no podían comunicarle. Pusiéronla -cuidadosamente en su lecho en las mejores condiciones de higiene y -comodidad, y ya no había más que hacer sino esperar los diez o quince -días críticos subsiguientes a la operación.</p> - -<p>Durante este período, no tuvo sosiego el bueno de Garrido, porque -si bien el traumatismo se presentaba en las mejores condiciones, -el abatimiento y postración de la niña eran para causar alarma. No -parecía la misma, y denegaba su propio ser; ni una vez siquiera pensó -en escribir cartas, ni salieron a relucir aquellas aspiraciones o -antojos sublimes de su espíritu siempre inquieto y ambicioso; ni se -le ocurrieron los donaires y travesuras que gastar solía hasta en las -horas más crueles de su enfermedad. Entontecida y aplanada, su genio -superior sufría un eclipse total. Tanta pasividad y mansedumbre, -al principio agradaron a D. Lope; mas no tardó el buen<span -class="pagenum" id="Page_195">p. 195</span> señor en condolerse de -aquella mudanza de carácter. Ni un momento se separaba de ella, dando -ejemplo de paternal solicitud, con extremos cariñosos que rayaban en -mimo. Por fin, al décimo día, Miquis declaró muy satisfecho que la -cicatrización iba perfectamente, y que pronto la cojita sería dada de -alta. Coincidió con esto una resurrección súbita del espiritualismo de -la inválida, que una mañana, como descontenta de sí misma, dijo a D. -Lope:</p> - -<p>—¡Vaya, que tantos días sin escribir! ¡Qué mal me estoy -portando...!</p> - -<p>—No te apures, hija mía —replicó con donaire el viejo galán—. Los -seres ideales y perfectos no se enfadan por dejar de recibir una carta, -y se consuelan del olvido paseándose impávidos por las regiones etéreas -donde habitan... Pero si quieres escribir, aquí tienes los trebejos. -Díctame: soy tu secretario.</p> - -<p>—No; escribiré yo misma... O si gustas... escribe tú. Cuatro -palabras.</p> - -<p>—A ver; ya estoy pronto —dijo Garrido, pluma en mano y el papel -delante.</p> - -<p>—«Pues como te decía —dictó Tristana—, ya no tengo más que una -piernecita. Estoy mejor. Ya no me duele..., padezco muy poco..., -ya...»</p> - -<p>—¿Qué..., no sigues?</p> - -<p>—Mejor será que lo escriba yo. No me salen, no me salen las ideas -dictando.</p> - -<p>—Pues toma... Escribe tú, y despáchate a tu<span class="pagenum" -id="Page_196">p. 196</span> gusto (<i>dándole la pluma, y poniéndole -delante la tabla con la carpeta y papel</i>). ¡Qué...! ¿tan premiosa -estás? Y esa inspiración y esos arranques, ¿a dónde diablos se han -ido?</p> - -<p>—¡Qué torpe estoy! No se me ocurre nada.</p> - -<p>—¿Quieres que te dicte yo? Pues oye: «¡Qué bonito eres, qué pillín -te ha hecho Dios, y qué..., qué desabridas son tantas perfecciones!... -No, no me caso contigo ni con ningún serafín terrestre ni celeste...» -Pero ¡qué!, ¿te ríes? Adelante. «Pues no me caso... Que esté coja o -no lo esté, eso no te importa a ti. Tengo quien me quiera tal como -soy ahora, y con una sola patita valgo más que antes con las dos. -Para que te vayas enterando, ángel mío...» No, esto de ángel es un -poquito cursi... «Pues, para que te vayas enterando, te diré que -tengo alas..., me han salido alas. Mi papá piensa traerme todos los -trebejos de pintura, y <i>ainda mais</i>, me comprará un organito, y me -pondrá profesor para que aprenda a tocar música buena... Ya verás... -Comparados conmigo, los ángeles del cielo serán unos murguistas...»</p> - -<p>Soltaron ambos la risa, y animado D. Lope con su éxito, siguió -hiriendo aquella cuerda, hasta que Tristana hubo de cortar bruscamente -la conversación, diciendo con toda seriedad:</p> - -<p>—No, no; yo escribiré..., yo sola.</p> - -<p>Dejola D. Lope un momento, y escribió la cojita su carta, breve y -sentida.</p> - -<p class="mt1"><span class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span>«Señor -de mi alma: ya Tristana no es lo que fue. ¿Me querrás lo mismo? El -corazón me dice que sí. Yo te veo más lejos aún que antes te veía, más -hermoso, más inspirado, más generoso y bueno. ¿Podré llegar hasta ti -con la patita de palo que creo me pondrán? ¡Qué mona estaré! Adiós. No -vengas. Te adoro lejos, te ensalzo ausente. Eres mi Dios, y como Dios, -invisible. Tu propia grandeza te aparta de mis ojos... Hablo de los de -la cara..., porque con los del espíritu bien claro te veo. Hasta otro -día.»</p> - -<p class="mt1">Cerró ella misma la carta y le puso el sobre, dándola -a Saturna, que, al tomarla, hizo un mohín de burla. Por la tarde, -hallándose solas un momento, la criada se franqueó en esta forma:</p> - -<p>—Mire, esta mañana no quise decir nada a la señorita por hallarse -presente D. <i>Lepe</i>. La carta... aquí la tengo. ¿Para qué echarla -al correo si el D. Horacio está en Madrid? Se la daré en propia mano -esta noche.</p> - -<p>Palideció la inválida al oír esto, y después se le encendió el -rostro. No supo qué decir, ni se le ocurría nada.</p> - -<p>—Te equivocas —dijo al fin—. Habrás visto a alguno que se le -parezca.</p> - -<p>—¡Señorita, cómo había de confundir...! ¡Qué cosas tiene! El mismo. -Hablamos más de media hora. Empeñado el hombre en que le contara todo -punto por punto. ¡Ay, si le viera la señorita!<span class="pagenum" -id="Page_198">p. 198</span> Está más negro que un zapato. Dice que -se ha pasado la vida corriendo por montes y mares, y que aquello es -muy precioso..., pero muy precioso... Pues nada; le conté todo, y -el pobrecito... como la quiere a usted tanto, me comía con los ojos -cuando yo le hablaba... Dice que se avistará con D. Lope para cantarle -clarito.</p> - -<p>—¡Cantarle clarito!... ¿Qué?</p> - -<p>—Él lo sabrá. Y está rabiando por ver a la señorita. Es preciso que -lo arreglemos aprovechando una salida del señor...</p> - -<p>Tristana no dijo nada. Un momento después pidió a Saturna que le -llevase un espejo, y mirándose en él, se afligió extremadamente.</p> - -<p>—Pues no está usted tan desfigurada..., vamos.</p> - -<p>—No digas. Parezco la muerte... Estoy horrorosa... (<i>echándose -a llorar</i>). No me va a conocer. ¿Pero ves? ¿Qué color es este que -tengo? Parece de papel de estraza. Los ojos son horribles, de tan -grandes como se me han puesto... ¡Y qué boca, santo Dios! Saturna, -llévate el espejo, y no vuelvas a traérmelo aunque te lo pida.</p> - -<p>Contra su deseo, que a la casa le amarraba, D. Lope salía muy a -menudo, movido de la necesidad, que en aquellas tristes circunstancias -llenaba de amargura y afanes su existencia. Los gastos enormes -de la enfermedad de la niña consumieron los míseros restos de su -esquilmada<span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span> fortuna, -y llegaron días, ¡ay!, en que el noble caballero tuvo que violentar -su delicadeza y desmentir su carácter, llamando a la puerta de un -amigo con pretensiones que le parecían ignominiosas. Lo que padeció el -infeliz señor no es para referido. En pocos días quedose como si le -echaran cincuenta años más encima. «¡Quién me lo había de decir..., -Dios mío..., yo..., Lope Garrido, descender a...! ¡Yo, con mi orgullo, -con mi idea puntillosa de la dignidad, rebajarme a pedir ciertos -favores...! Y llegará día en que la insolvencia me ponga en el trance -de solicitar lo que no he de poder restituir... Bien sabe Dios que solo -por sostener a esta pobre niña, y alegrar su existencia, soporto tanta -vergüenza y degradación. Me pegaría un tiro, y en paz. ¡Al otro mundo -con mi alma, al hoyo con mis cansados huesos! Muerte y no vergüenza... -Mas las circunstancias disponen lo contrario: vida sin dignidad... -No lo hubiera creído nunca. Y luego dicen que el carácter... No, no -creo en los caracteres. No hay más que hechos, accidentes. La vida -de los demás es molde de nuestra propia vida y troquel de nuestras -acciones.»</p> - -<p>En presencia de la señorita disimulaba el pobre D. <i>Lepe</i> las -horribles amarguras que pasando estaba, y aun se permitía fingir que -su situación era de las más florecientes. No solo le llevó los avíos -de pintar, dos cajas de colores para óleo y<span class="pagenum" -id="Page_200">p. 200</span> acuarela, pinceles, caballete y demás, -sino también el organito o armonium que le había prometido, para que -se distrajese con la música los ratos que la pintura le dejaba libres. -En el piano poseía Tristana la instrucción elemental del colegio, -suficiente para farfullar polkas y valses o alguna pieza fácil. Algo -tarde era ya para adquirir la destreza que solo da un precoz y duro -trabajo; pero con un buen maestro podría vencer las dificultades, y -además el órgano no le exigía digitación muy rápida. Se ilusionó con -la música más que con la pintura, y anhelaba levantarse de la cama -para probar su aptitud. Ya se arreglaría con un solo pie para mover -los pedales. Aguardando con febril impaciencia al profesor anunciado -por D. Lope, oía en su mente las dulces armonías del instrumento, -menos sentidas y hermosas que las que sonaban en lo íntimo de su alma. -Creyose llamada a ser muy pronto una notabilidad, una concertista -de primer orden, y con tal idea se animó, y tuvo algunas horitas de -felicidad. Cuidaba Garrido de estimular su ambiciosa ilusión, y en -tanto, le hacía recordar sus ensayos de dibujo, incitándola a bosquejar -en lienzo o en tabla algún bonito asunto, copiado del natural.</p> - -<p>—Vamos, ¿por qué no te atreves con mi retrato... o con el de -Saturna?</p> - -<p>Respondía la inválida que le convendría más adestrar la mano en -alguna copia, y D. Lope prometió traerle buenos<span class="pagenum" -id="Page_201">p. 201</span> estudios de cabeza o paisaje para que -escogiese.</p> - -<p>El pobre señor no escatimaba sacrificio por ser grato a su pobre -cojita, y... al fin, ¡oh caprichos de la mudable suerte!, hallándose -perplejo por no saber cómo procurarse los estudios pictóricos, la -casualidad, el demonio, Saturna, resolvieron de común acuerdo la -dificultad.</p> - -<p>—¡Pero, señor —dijo Saturna—, si tenemos ahí...! No sea bobo, déjeme -y le traigo...</p> - -<p>Y con sus expresivos ojos y su mímica admirable completó el atrevido -pensamiento.</p> - -<p>—Haz lo que quieras, mujer —indicó D. Lope, alzando los hombros—. -Por mí...</p> - -<p>Media hora después entró Saturna de la calle con un rimero de tablas -y bastidores pintados, cabezas, torsos desnudos, apuntes de paisaje, -bodegones, frutas y flores, todo de mano de maestro.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch25"> - <h2 class="nobreak g0">XXV</h2> -</div> - -<p>Impresión honda hizo en la señorita de Reluz la vista de aquellas -pinturas, semblantes amigos que veía después de larga ausencia, y que -le recordaban horas felices. Fueron para ella, en ocasión semejante, -como personas vivas, y no necesitaba forzar su imaginación para -verlas animadas, moviendo los labios y fijando en ella miradas<span -class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span> cariñosas. Mandó a -Saturna que colgase los lienzos en la habitación para recrearse -contemplándolos, y se transportaba a los tiempos del estudio y de las -tardes deliciosas en compañía de Horacio. Púsose muy triste, comparando -su presente con el pasado, y al fin rogó a la criada que guardase -aquellos objetos hasta que pudiese acostumbrarse a mirarlos sin tanta -emoción; mas no manifestó sorpresa por la facilidad con que las -pinturas habían pasado del estudio a la casa, ni curiosidad de saber -qué pensaba de ello el suspicaz D. Lope. No quiso la sirviente meterse -en explicaciones, que no se le pedían, y poco después, sobre las doce, -mientras daba de almorzar al amo una mísera tortilla de patatas y un -trozo de carne con representación y honores de chuleta, se aventuró a -decirle cuatro verdades, valida de la confianza que le diera su largo -servicio en la casa.</p> - -<p>—Señor, sepa que el amigo quiere ver a la señorita, y es natural... -Ea, no sea malo, y hágase cargo de las circunstancias. Son jóvenes, y -usted está ya más para padre o para abuelo que para otra cosa. ¿No dice -que tiene el corazón grande?</p> - -<p>—Saturna —replicó D. Lope, golpeando en la mesa con el mango del -cuchillo—, lo tengo más grande que la copa de un pino, más grande que -esta casa, y más grande que el Depósito de Aguas, que ahí enfrente -está.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span>—Pues entonces..., -pelillos a la mar. Ya no es usted joven, gracias a Dios; digo..., por -desgracia. No sea el perro del hortelano, que ni come ni deja comer. Si -quiere que Dios le perdone todas sus barrabasadas y picardías, tanto -engaño de mujeres y burla de maridos, hágase cargo de que los jóvenes -son jóvenes, y de que el mundo, y la vida, y las cositas buenas son -para los que empiezan a vivir, no para los que acaban... Con que tenga -un... ¿cómo se dice? un rasgo, don <i>Lepe</i>, digo, D. Lope..., -y...</p> - -<p>En vez de incomodarse, al infeliz caballero le dio por tomarlo a -buenas.</p> - -<p>—¿Conque un rasgo...? Vamos a ver: ¿y de dónde sacas tú que soy yo -tan viejo? ¿Crees que no sirvo ya para nada? Ya quisieran muchas, tú -misma, con tus cincuenta...</p> - -<p>—¡Cincuenta! Quite usted <i>jierro</i>, señor.</p> - -<p>—Pongamos treinta... y cinco.</p> - -<p>—Y dos. Ni uno más. ¡Vaya!</p> - -<p>—Pues quédese en lo que quieras. Pues digo que tú misma, si yo -estuviese de humor y te... No, no te ruborices... ¡Si pensarás que -eres un esperpento...! No; arreglándote un poquito, resultarías muy -aceptable. Tienes unos ojos, que ya los quisieran más de cuatro.</p> - -<p>—Señor... vamos... ¿Pero qué... también a mí me quiere camelar? -—dijo la doméstica familiarizándose tanto, que no vaciló en dejar a un -lado<span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span> de la mesa la -fuente vacía de la carne, y sentarse frente a su amo, los brazos en -jarras.</p> - -<p>—No... no estoy ya para diabluras. No temas nada de mí. Me he -cortado la coleta, y ya se acabaron las bromas y las cositas malas. -Quiero tanto a la niña, que desde luego convierto en amor de padre -el otro amor, ya sabes... y soy capaz, por hacerla dichosa, de -todos los rasgos, como tú dices, que... En fin, ¿qué hay?... ¿Ese -mequetrefe...?</p> - -<p>—Por Dios, no le llame así. No sea soberbio. Es muy guapo.</p> - -<p>—¿Qué sabes tú lo que son hombres guapos?</p> - -<p>—Quítese allá. Toda mujer sabe de eso. ¡Vaya! Y sin comparar, que -es cosa fea, digo que don Horacio es un buen mozo... mejorando lo -presente. Que usted fue el acabose, por sabido se calla; pero eso pasó. -Mírese al espejo, y verá que ya se le fue la hermosura. No tiene más -remedio que reconocer que el pintorcito...</p> - -<p>—No le he visto nunca... Pero no necesito verle para sostener, como -sostengo, que ya no hay hombres guapos, airosos, atrevidos, que sepan -enamorar. Esa raza se extinguió. Pero en fin, demos de barato que el -pintamonas sea un guapo... relativo.</p> - -<p>—La niña le quiere... No se enfade... la verdad por delante... La -juventud es juventud.</p> - -<p>—Bueno... pues le quiere... Lo que yo te<span class="pagenum" -id="Page_205">p. 205</span> aseguro es que ese muchacho no hará su -felicidad.</p> - -<p>—Dice que no le importa la pata coja.</p> - -<p>—Saturna, ¡que mal conoces la naturaleza humana! Ese hombre no hará -feliz a la niña, repito. ¡Si sabré yo de estas cosas! Y añado más: la -niña no espera su felicidad de semejante tipo...</p> - -<p>—¡Señor...!</p> - -<p>—Para entender estas cosas, Saturna, es menester... entenderlas. -Eres muy dura de mollera, y no ves sino lo que tienes delante de tus -narices. Tristana es mujer de mucho entendimiento, ahí donde la ves, de -una imaginación ardiente... Está enamorada...</p> - -<p>—Eso ya lo sé.</p> - -<p>—No lo sabes. Enamorada de un hombre que no existe, porque no -puede existir, porque si existiera, Saturna, sería Dios, y Dios no se -entretiene en venir al mundo para diversión de las muchachas. Ea, basta -de palique; tráeme el café.</p> - -<p>Corrió Saturna a la cocina, y al volver con el café, permitiose -comentar las últimas ideas expresadas por D. Lope.</p> - -<p>—Señor, lo que yo digo es que se quieren, sea por lo fino, sea por -lo basto, y que el D. Horacio desea verse con la señorita... Viene con -buen fin.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_206">p. 206</span>—Pues que venga. Se -irá con mal principio.</p> - -<p>—¡Ay, qué tirano!</p> - -<p>—No es eso... Si no me opongo a que se vean —dijo el caballero -encendiendo un cigarro—. Pero antes conviene que yo mismo hable con ese -sujeto. Ya ves si soy bueno. ¿Y este rasgo...? Hablar con él, sí, y -decirle... ya, ya sabré yo...</p> - -<p>—¿Apostamos a que le espanta?</p> - -<p>—No; le traeré, traerele yo mismo. Saturna, esto se llama un -rasgo. Encárgate de avisarle que me espere en su estudio una de estas -tardes... mañana. Estoy decidido. (<i>Paseándose inquieto por el -comedor.</i>) Si Tristana quiere verle, no la privaré de ese gusto. -Cuanto antojo tenga la niña, se lo satisfará su amante padre. Le -traje los pinceles, le traje el armonium, y no basta. Hacen falta más -juguetes. Pues venga el hombre, la ilusión, la... Saturna, di ahora -que no soy un héroe, un santo. Con este solo arranque, lavo todas mis -culpas, y merezco que Dios me tenga por suyo. Conque...</p> - -<p>—Le avisaré... Pero no salga con alguna patochada. ¡Vaya, que si le -da por asustar a ese pobre chico...!</p> - -<p>—Se asustará solo de verme. Saturna, soy quien soy... Otra cosa: con -maña vas preparando a la niña... Le dices que yo haré la vista gorda, -que saldré exprofeso una tarde para que él entre,<span class="pagenum" -id="Page_207">p. 207</span> y puedan hablarse, como una media hora -nada más... No conviene más tiempo. Mi dignidad no lo permite. Pero yo -estaré en casa, y... Mira, se abrirá una rendijita en la puerta para -que tú y yo podamos ver cómo se reciben el uno al otro, y oír lo que -charlen.</p> - -<p>—¡Señor...!</p> - -<p>—¿Tú qué sabes...? Haz lo que te mando.</p> - -<p>—Pues haga usted lo que le aconsejo. No hay tiempo que perder. D. -Horacio tiene mucha prisa...</p> - -<p>—¿Prisa?... Esa palabra quiere decir juventud. Bueno, pues esta -misma tarde subiré al estudio. Avísale... anda... y después, cuando -acompañes a la señorita, te dejas caer... ¿entiendes? le dices que -yo ni consiento ni me opongo... o más bien, que tolero y me hago el -desentendido. Ni le dejes comprender que voy al estudio, pues este acto -de inconsecuencia, que desmiente mi carácter, quizás me rebajaría a sus -propios ojos... aunque no... tal vez no... En fin, prepárala, para que -no se afecte cuando vea en su presencia al... bello ideal.</p> - -<p>—No se burle.</p> - -<p>—Si no me burlo. Bello ideal quiere decir...</p> - -<p>—Su tipo... el tipo de una, supongamos...</p> - -<p>—Tú sí que eres tipo (<i>soltando la risa</i>). En fin,<span -class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span> no se hable más. La -preparas, y yo voy a encararme con el galán joven.</p> - -<p>A la hora convenida, previo el aviso dado por Saturna, dirigiose -D. Lope al estudio, y al subir, no sin cansancio, la interminable -escalera, se decía entre toses broncas y ahogados suspiros: «¡Pero, -Dios mío, qué cosas tan raras estoy haciendo de algún tiempo a esta -parte! A veces me dan ganas de preguntarme: ¿Y es usted aquel D. -Lope...? Nunca creí que llegara el caso de no parecerse uno a sí -mismo... En fin, procuraré no infundir mucho miedo a ese inocente.»</p> - -<p>La primera impresión de ambos fue algo penosa, no sabiendo qué -actitud tomar, vacilando entre la benevolencia y una dignidad que bien -podría llamarse decorativa. Hallábase dispuesto el pintor a tratar a -D. Lope según los aires que este llevase. Después de los saludos y -cumplidos de ordenanza, mostró el anciano galán una cortesía desdeñosa, -mirando al joven como a ser inferior, al cual se dispensa la honra de -un trato pasajero, impuesto por la casualidad.</p> - -<p>—Pues sí, caballero... ya sabe usted la desgracia de la niña. ¡Qué -lástima, ¿verdad? con aquel talento, con aquella gracia...! Es ya mujer -inútil para siempre. Ya comprenderá usted mi pena. La miro como hija, -la amo entrañablemente con cariño puro y desinteresado, y ya que no -he podido conservarle la salud ni librarla de esa tristísima<span -class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span> amputación, quiero alegrar -sus días, hacerle placentera la vida, en lo posible, y dar a su alma -todo el recreo que... En fin, su voluble espíritu necesita juguetes. La -pintura no acaba de distraerla... la música tal vez... Su insaciable -afán pide más, siempre más. Yo sabía que usted...</p> - -<p>—De modo, Sr. D. Lope —dijo Horacio con gracejo cortés—, que a mí me -considera usted juguete.</p> - -<p>—No, juguete precisamente no... Pero... Yo soy viejo, como usted ve, -muy práctico en cosas de la vida, en pasiones y afectos, y sé que las -inclinaciones juveniles tienen siempre un cierto airecillo de juego de -muñecas... No hay que tomarlo a mal. Cada cual ve estas cosas según su -edad. El prisma de los veinticinco o de los treinta años descompone los -objetos de un modo gracioso, y les da matices frescos y brillantes. El -cristal mío me presenta las cosas de otro modo. En una palabra: que yo -veo la inclinación de la niña con indulgencia paternal, sí, con esa -indulgencia que siempre nos merece la criatura enfermita, a quien es -forzoso dispensar los antojos y mimos, por extravagantes que sean.</p> - -<p>—Dispénseme, señor mío —dijo Horacio con gravedad, sobreponiéndose -a la fascinación que el mirar penetrante del caballero ejercía sobre -él, encogiéndole el ánimo—, dispénseme. Yo no puedo apreciar con ese -criterio de abuelo chocho<span class="pagenum" id="Page_210">p. -210</span> la inclinación que Tristana me tiene, y menos la que por -ella siento.</p> - -<p>—Pues por eso no hemos de reñir —replicó Garrido, acentuando más la -urbanidad y el desdén con que le hablaba—. Yo pienso lo que he tenido -el honor de manifestarle; piense usted lo que guste. No sé si usted -rectificará su manera de apreciar estas cosas. Yo soy muy viejo, muy -curtido, y no sé rectificarme a mí propio. Lo que hay es que, dejándole -a usted pensar lo que guste, yo vengo a decirle que, pues desea usted -ver a Tristanita, y Tristanita se alegrará de verle, no me opongo a que -usted honre mi casa; al contrario, tendré una satisfacción en ello. -¿Creía tal vez que yo iba a salir por el registro del padre celoso o -del tirano doméstico? No, señor. No me gustan a mí los tapujos, y menos -en cosa tan inocente como esta visita. No, no es decoroso que ande el -novio buscándome las vueltas para entrar en casa. Usted y yo no ganamos -nada, el uno colándose sin mi permiso, el otro atrancando las puertas -como si hubiera en ello alguna malicia. Sí, Sr. D. Horacio, usted puede -ir, a la hora que yo le designe, se entiende. Y si resultase que habría -que repetir las visitas, porque así conviniera a la paz de mi enferma, -ha de prometerme usted no entrar nunca sin conocimiento mío.</p> - -<p>—Me parece muy bien —afirmó Díaz, que<span class="pagenum" -id="Page_211">p. 211</span> poco a poco se iba dejando conquistar -por la agudeza y pericia mundana del atildado viejo—. Estoy a sus -órdenes.</p> - -<p>Sentía Horacio la superioridad de su interlocutor, y casi... y sin -casi, se alegraba de tratarle, admirando de cerca, por primera vez, un -ejemplar curiosísimo de la fauna social más desarrollada, un carácter -que resultaba legendario, y revestido de cierto matiz poético. La -atracción se fue acentuando con las cosas donosísimas que después dijo -D. Lope pertinentes a la vida galante, a las mujeres y al matrimonio. -En resumidas cuentas, que le fue muy simpático, y se despidieron, -prometiéndole Horacio obedecer sus indicaciones, y fijando para la -tarde siguiente las <i>vistas</i> con la pobre inválida.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch26"> - <h2 class="nobreak g0">XXVI</h2> -</div> - -<p>«¡Qué pedazo de ángel! —decía D. Lope, dejando atrás, con menos -calma que a la subida, el sin fin de peldaños de la escalera del -estudio—. Y parece honrado y decente. No le veo muy aferrado a la -infantil manía del matrimonio, ni me ha dicho nada de bello ideal, -ni aquello de <i>amarla hasta la muerte</i>, con patita o sin -patita... Nada; que esto es cosa concluida... Creí encontrar<span -class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span> un romántico, con cara de -haber bebido el vinagre de las pasiones contrariadas, y me encuentro -un mocetón de color sano y espíritu sereno, un hombre sesudo, que al -fin y a la postre verá las cosas como las veo yo. Ni se le conoce que -esté enamoradísimo, como debió de estarlo antes, allá qué sé yo cuándo. -Más bien parece confuso, sin saber qué actitud tomar cuando la vea, ni -cómo presentársele... En fin, ¿qué saldrá de esto...? Para mí, es cosa -terminada... terminada... sí señor... cosa muerta, caída, enterrada... -como la pierna.»</p> - -<p>El estupendo notición de la próxima visita de Horacio, inquietó a -Tristana, que aparentando creer cuanto se le decía, abrigaba en su -interior cierta desconfianza de la realidad de aquel suceso, pues -su labor mental de los días que precedieron a la operación habíala -familiarizado con la idea de suponer ausente al bello ideal; y la -hermosura misma de este, y sus raras perfecciones, se representaban en -la mente de la niña como ajadas y desvanecidas por obra y gracia de la -aproximación. Al propio tiempo, el deseo puramente humano y egoísta de -ver al ser querido, de oírle, luchaba en su alma con aquel desenfrenado -idealismo, en virtud del cual, más bien que a buscar la aproximación, -tendía, sin darse cuenta de ello, a evitarla. La distancia venía -a ser como una voluptuosidad de aquel amor<span class="pagenum" -id="Page_213">p. 213</span> sutil, que pugnaba por desprenderse de toda -influencia de los sentidos.</p> - -<p>En tal estado de ánimo, llegó el momento de la entrevista. Fingió -D. Lope que se ausentaba, sin hacer la menor alusión al caso; pero -se quedó en su cuarto, dispuesto a salir si algún accidente hacía -necesaria su presencia. Arreglose Tristana la cabeza, recordando sus -mejores tiempos, y como se había repuesto algo en los últimos días, -resultaba muy bien. No obstante, descontenta y afligida, apartó de sí -el espejo, pues el idealismo no excluía la presunción. Cuando sintió -que entraba Horario, que Saturna le introducía en la sala, palideció, y -a punto estuvo de perder el conocimiento. La poca sangre de sus venas -afluyó al corazón; apenas podía respirar, y una curiosidad más poderosa -que todo sentimiento la embargaba. «Ahora —se decía— veré cómo es, me -enteraré de su rostro, que se me ha perdido desde hace tiempo, que se -me ha borrado, obligándome a inventar otro para mi uso particular.»</p> - -<p>Por fin, Horacio entró... Sorpresa de Tristana, que en el primer -momento, casi le vio como a un extraño. Fuese derecho a ella con los -brazos abiertos y la acarició tiernamente. Ni uno ni otro pudieron -hablar hasta pasado un breve rato... Y a Tristana le sorprendió el -metal de voz de su antiguo amante, cual si nunca lo hubiera oído.<span -class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span> Y después... ¡qué cara, qué -tez, qué color como de bronce, bruñido por el sol!</p> - -<p>—¡Cuánto has padecido, pobrecita! —dijo Horacio, cuando la emoción -le permitió expresarse con claridad—. ¡Y yo sin poder estar al lado -tuyo! Habría sido un gran consuelo para mí, acompañar a mi <i>Paquilla -de Rímini</i> en aquel trance, sostener su espíritu..., pero ya sabes; -mi tía tan malita! Por poco no lo cuenta la pobre.</p> - -<p>—Sí..., hiciste bien en no venir... ¿Para qué? —repuso Tristana -recobrando al instante su serenidad—. Cuadro tan lastimoso te habría -desgarrado el corazón. En fin, ya pasó; estoy mejor, y me voy -acostumbrando a la idea de no tener más que una patita.</p> - -<p>—¿Qué importa, vida mía? —dijo el pintor, por decir algo.</p> - -<p>—Allá veremos. Aún no he probado a andar con muletas. El primer -día he de pasar mal rato; pero al fin me acostumbraré. ¿Qué remedio -tengo...?</p> - -<p>—Todo es cuestión de costumbre. Claro que al principio estarás menos -airosa... Es decir, tú siempre serás airosa...</p> - -<p>—No... cállate. Ese grado de adulación no debe consentirse entre -nosotros. Un poco de galantería, de caridad más bien, pase...</p> - -<p>—Lo que más vale en ti, la gracia, el espíritu,<span -class="pagenum" id="Page_215">p. 215</span> la inteligencia, no ha -sufrido ni puede sufrir menoscabo. Ni el encanto de tu rostro, ni las -proporciones admirables de tu busto... tampoco.</p> - -<p>—Cállate —dijo Tristana con gravedad—. Soy una belleza sentada... -ya para siempre sentada, una mujer de medio cuerpo, un busto y nada -más.</p> - -<p>—¿Y te parece poco? Un busto; ¡pero qué hermoso! Luego, tu -inteligencia sin par hará siempre de ti una mujer encantadora...</p> - -<p>Horacio rebuscaba en su mente todas las flores que pueden echarse -a una mujer que no tiene más que una pierna. No le fue difícil -encontrarlas, y una vez arrojadas sobre la infeliz inválida, ya no -tenía más que añadir. Con un poquito de violencia, que casi casi no -pudo apreciar él mismo, añadió lo siguiente:</p> - -<p>—Y yo te quiero, y te querré siempre lo mismo.</p> - -<p>—Eso ya lo sé —replicó ella, afirmándolo por lo mismo que empezaba a -dudarlo.</p> - -<p>Continuó la conversación en los términos más afectuosos, sin -llegar al tono y actitudes de la verdadera confianza. En los primeros -momentos, sintió Tristana una desilusión brusca. Aquel hombre no era -el mismo que, borrado de su memoria por la distancia, había ella -reconstruido laboriosamente con su facultad creadora y plasmante. -Parecíale tosca y ordinaria la figura, la<span class="pagenum" -id="Page_216">p. 216</span> cara sin expresión inteligente, y en cuanto -a las ideas... ¡Ah, las ideas le resultaban de lo más vulgar...! De los -labios del <i>señó Juan</i> no salieron más que las conmiseraciones -que se dan a todo enfermo, revestidas de una forma de tierna amistad. -Y en todo lo que dijo referente a la constancia de su amor, veíase el -artificio trabajosamente edificado por la compasión.</p> - -<p>Entretanto, D. Lope iba y venía sin sosiego por el interior de la -casa, calzado de silenciosas zapatillas, para que no se le sintieran -los pasos, y se aproximaba a la puerta, por si ocurría algo que -reclamase su intervención. Como su dignidad repugnaba el espionaje, -no aplicó el oído a la puerta. Más que por encargo del amo, por -inspiración propia y ganas de fisgoneo, Saturna puso su oreja en el -resquicio que abierto dejó para el caso, y algo pudo pescar de lo que -los amantes decían. Llamándola al pasillo, D. Lope la interrogó con -vivo interés:</p> - -<p>—Dime, ¿han hablado algo de matrimonio?</p> - -<p>—Nada he oído que signifique cosa de casarse —dijo Saturna—. Amor, -sí, quererse siempre, y qué sé yo... pero...</p> - -<p>—De sagrado vínculo, ni una palabra. Lo que digo, cosa concluida. -Y no podía suceder de otro modo. ¿Cómo sostener su promesa ante una -mujer que ha de andar con muletas...? La Naturaleza se impone. Es lo -que yo digo... Mucho<span class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span> -palique, mucha frase de relumbrón, y ninguna substancia. Al llegar al -terreno de los hechos, desaparece toda la hojarasca y nada queda... -En fin, Saturna, esto va bien y como yo deseo. Veremos por dónde sale -ahora la niña. Sigue, sigue escuchando, a ver si salta alguna frase de -compromiso formal para el porvenir.</p> - -<p>Volvió la diligente criada a su punto de acecho; pero nada sacó en -limpio, porque hablaban muy bajo. Por fin, Horacio propuso a su amada -terminar la visita.</p> - -<p>—Por mi gusto —le dijo—, no me separaría de ti hasta mañana..., -ni mañana tampoco... Pero debo considerar que D. Lope, concediéndome -verte, procede con una generosidad y una alteza de miras que le honra -mucho, y que me obliga a no incurrir en abuso. ¿Te parece que me retire -ya? Como tú quieras. Y confío que no siendo muy largas las visitas, tu -viejo me permitirá repetirlas todos los días.</p> - -<p>Opinó la inválida en conformidad con su amigo, y este se retiró -después de besarla cariñosamente y de reiterarle aquellos afectos que, -aunque no fríos, iban tomando un carácter fraternal. Tristana le vio -partir muy tranquila, y al despedirse fijó para la siguiente tarde la -primera lección de pintura, lo que fue muy del agrado del artista, -quien, al salir de la estancia, sorprendió a D. Lope en el pasillo y se -fue derecho a él, saludándole con profundo respeto. Metiéronse<span -class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span> en el cuarto del galán -caduco, y allí charlaron de cosas que a este le parecieron de singular -alcance.</p> - -<p>Por de pronto, ni una palabra soltó el pintor que a proyectos de -matrimonio transcendiera. Manifestó un interés vivísimo por Tristana, -lástima profunda de su estado, y amor por ella en un grado discreto, -discreción interpretada por D. Lope como delicadeza, o más bien -repugnancia de un rompimiento brusco, que habría sido inhumano en la -triste situación de la señorita de Reluz. Por fin, Horacio no tuvo -inconveniente en dar al interés que su amiga le inspiraba un carácter -señaladamente positivista. Como sabía por Saturna las dificultades de -cierto género que agobiaban a D. Lope, se arrancó a proponer a este lo -que en su altanera dignidad no podía el caballero admitir.</p> - -<p>—Porque, mire usted, amigo —le dijo en tono campechano—, yo..., y no -se ofenda de mi oficiosidad..., tengo para con Tristana ciertos deberes -que cumplir. Es huérfana. Cuantos la quieren y la estiman en lo que -vale, obligados están a mirar por ella. No me parece bien que usted -monopolice la excelsa virtud de amparar al desvalido... Si quiere usted -concederme un favor, que le agradeceré toda mi vida, permítame...</p> - -<p>—¿Qué?... Por Dios, caballero Díaz, no me sonroje usted. ¿Cómo -consentir...?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span>—Tómelo usted por -donde quiera.... ¿Qué quiere decirme?... ¿Que es una indelicadeza -proponer que sean de mi cuenta los gastos de la enfermedad de Tristana? -Pues hace usted mal, muy mal, en pensarlo así. Acéptelo, y después -seremos más amigos.</p> - -<p>—¿Más amigos, caballero Díaz? ¡Más amigos después de probar yo que -no tengo vergüenza!</p> - -<p>—¡Don Lope, por amor de Dios!</p> - -<p>—Don Horacio..., basta.</p> - -<p>—Y en último caso, ¿por qué no se me ha de permitir que regale a -mi amiguita un órgano expresivo de superior calidad, de lo mejor en -su género, que le añada una completa biblioteca musical para órgano, -comprendiendo estudios, piezas fáciles y de concierto, y que, por fin, -corra de mi cuenta el profesor?...</p> - -<p>—Eso... ya... Vea usted como transijo. Se admite el regalo del -instrumento y de los papeles. Lo del profesor, no puede ser, caballero -Díaz.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque se regala un objeto como testimonio de afectos presentes -o pasados; pero no sé yo de nadie que obsequie con lecciones de -música.</p> - -<p>—Don Lope..., déjese de distingos.</p> - -<p>—A ese paso llegaría usted a proponerme costearle<span -class="pagenum" id="Page_220">p. 220</span> la ropa y a señalarle -alimentos..., y esto, con franqueza, paréceme denigrante para mí... a -menos que usted viniera con propósitos y fines de cierto género.</p> - -<p>Viéndole venir, Horacio quiso dar una vuelta a la conversación.</p> - -<p>—Mis propósitos son que se instruya en un arte en que pueda lucir y -gastar ese caudal inmenso de fluido acumulado en su sistema nervioso, -los tesoros de pasión artística, de noble ambición que llenan su -alma.</p> - -<p>—Si no es más que eso, yo me basto y me sobro. No soy rico; pero -poseo lo bastante para abrir a Tristana los caminos por donde puede -correr hacia la gloria una pobre cojita. Yo..., francamente, creí que -usted...</p> - -<p>Queriendo obtener una declaración categórica, y viendo que no la -lograba por ataques oblicuos, embistiole de frente:</p> - -<p>—Pues yo creí que usted, al venir aquí, traía el propósito de -casarse con ella.</p> - -<p>—¡Casarme!... ¡Oh!... no —dijo Horacio, desconcertado por el -repentino golpe, pero rehaciéndose al momento—. Tristana es enemiga -irreconciliable del matrimonio. ¿No lo sabía usted?</p> - -<p>—¿Yo?... No.</p> - -<p>—Pues sí: lo detesta. Quizás ve más que todos nosotros; quizás su -mirada perspicua, o cierto instinto de adivinación concedido a las -mujeres<span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span> superiores, -ve la sociedad futura, que nosotros no vemos.</p> - -<p>—Quizás... Estas niñas mimosas y antojadizas suelen tener vista muy -larga. En fin, caballero Díaz, quedamos en que se acepta el obsequio -del organito; pero no lo demás: se agradece, eso sí; pero no se puede -aceptar, porque lo veda el decoro.</p> - -<p>—Y quedamos —dijo Horacio despidiéndose— que vendré a pintar un -ratito con ella.</p> - -<p>—Un ratito..., cuando la levantemos, porque no ha de pintar en la -cama.</p> - -<p>—Justo...; pero en tanto, ¿podré venir...?</p> - -<p>—¡Oh!, sí, a charlar, a distraerla. Cuéntele usted cosas de aquel -hermoso país.</p> - -<p>—¡Ah!, no, no —dijo Horacio frunciendo el ceño—. No le gusta el -campo, ni la jardinería, ni la Naturaleza, ni las aves domésticas, ni -la vida regalada y oscura, que a mí me encantan y me enamoran. Soy yo -muy terrestre, muy práctico, y ella muy soñadora, con unas alas de -extraordinaria fuerza para subirse a los espacios sin fin.</p> - -<p>—Ya, ya... (<i>estrechándole las manos</i>). Pues venga usted cuando -bien le cuadre, caballero Díaz. Y sabe que...</p> - -<p>Despidiole en la puerta; se metió después en su cuarto, muy gozoso, -y restregándose las manos, decía para su sayo: «Incompatibilidad -de caracteres..., incompatibilidad absoluta, diferencias -irreductibles.»</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch27"> - <p><span class="pagenum" id="Page_222">p. 222</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXVII</h2> -</div> - -<p>Notó el buen Garrido en su inválida cierta estupefacción después de -la entrevista. Interrogada paternalmente por el astuto viejo, Tristana -le dijo sin rebozo:</p> - -<p>—¡Cuánto ha cambiado ese hombre, pero cuánto! Paréceme que no es el -mismo, y no ceso de representármele como antes era.</p> - -<p>—Y qué, ¿gana o pierde en la transformación?</p> - -<p>—Pierde... al menos hasta ahora.</p> - -<p>—Parece buen sujeto, sí. Y te estima. Me propuso abonar los gastos -de tu enfermedad. Yo lo rechacé... Figúrate...</p> - -<p>A Tristana se le encendió el rostro.</p> - -<p>—No es de estos —añadió D. Lope— que al dejar de amar a una mujer, -se despiden a la francesa. No, no; paréceme atento y delicado. Te -regala un órgano expresivo de lo mejor, y toda la música que puedas -necesitar. Esto lo acepté: no creí prudente rechazarlo. En fin, el -hombre es bueno, y te tiene lástima; comprende que tu situación social, -después de esa pérdida de la patita, exige que se te mime y se te rodee -de distracciones y cuidados; y él empieza por prestarse, como amigo -sincero y bondadoso, a darte leccioncitas de pintura.</p> - -<p>Tristana no dijo nada, y todo el día estuvo muy triste. Al -siguiente, la entrevista con Horacio<span class="pagenum" -id="Page_223">p. 223</span> fue bastante fría. El pintor se mostró -muy amable; pero sin decir ni una palabra de amor. Introdújose D. -Lope en la habitación cuando menos se pensaba, metiendo su cucharada -en el coloquio, que versó exclusivamente sobre cosas de arte. Como -pinchara después a Horacio para que hablase de los encantos de la vida -en Villajoyosa, el pintor se explayó en aquel tema, que, contra la -creencia de D. Lope, parecía del agrado de Tristana. Con vivo interés -oía esta las descripciones de aquella vida placentera y de los puros -goces de la domesticidad en pleno campo. Sin duda, por efecto de una -metamorfosis verificada en su alma después de la mutilación de su -cuerpo, lo que antes desdeñó era ya para ella como risueña perspectiva -de un mundo nuevo.</p> - -<p>En las visitas que se sucedieron, Horacio rehuía con suma habilidad -toda referencia a la deliciosa vida que era ya su pasión más ardiente. -Mostró también indiferencia del arte, asegurando que la gloria y los -laureles no despertaban entusiasmo en su alma. Y al decir esto, fiel -reproducción de las ideas expresadas en sus cartas de Villajoyosa, -observó que a Tristana no le causaba disgusto. Al contrario, en -ocasiones parecía ser de la misma opinión, y mirar con desdén las -empresas y victorias artísticas, con gran estupor de Horacio, en cuya -memoria subsistían indelebles<span class="pagenum" id="Page_224">p. -224</span> los exaltados conceptos de la correspondencia de su -amante.</p> - -<p>Por fin, la levantaron, y el estrecho gabinete en que la pobre -inválida pasaba las horas, embutida en un sillón, fue convertido en -taller de pintura. La paciencia y la solicitud con que Horacio hacía de -maestro no son para dichas. Mas sucedió una cosa muy rara, y fue que, -no solo mostraba la señorita poca afición al arte de Apeles, sino que -sus aptitudes, claramente manifestadas meses antes, se oscurecían y -eclipsaban, sin duda por falta de fe. No volvía el pintor de su asombro -recordando la facilidad con que su discípula entendía y manejaba el -color, y asombrados los dos de semejante cambio, concluían por desmayar -y aburrirse, difiriendo las lecciones o haciéndolas muy cortas. A los -tres o cuatro días de estas tentativas apenas pintaban ya; pasaban -las horas charlando; y solía suceder que también la conversación -languidecía, como entre personas que ya se han dicho todo lo que tienen -que decirse, y solo tratan de las cosas corrientes y regulares de la -vida.</p> - -<p>El primer día que probó Tristana las muletas, fueron ocasión de risa -y chacota sus primeros ensayos en tan extraño sistema de locomoción.</p> - -<p>—No hay manera —decía con buena sombra— de imprimir al paso de -muletas un aire elegante. No, por mucho que yo discurra, no inventaré -un<span class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span> bonito andar con -estos palitroques. Siempre seré como las mujeres lisiadas que piden -limosna a la puerta de las iglesias. No me importa. ¡Qué remedio tengo -más que conformarme!</p> - -<p>Propúsole Horacio enviarle un carrito de mano para que paseara, -y no acogió mal la niña este ofrecimiento, que se hizo efectivo dos -días después, aunque no se utilizó sino a los tres o cuatro meses de -regalado el vehículo. Lo más triste de todo cuanto allí ocurría era que -Horacio dejó de ser asiduo en sus visitas. La retirada fue tan lenta y -gradual, que apenas se notaba. Empezó por faltar un día, excusándose -con ocupaciones imprescindibles; a la siguiente semana hizo novillos -dos veces, luego tres, cinco..., y por fin, ya no se contaron los días -que faltaba, sino los que iba. No parecía Tristana muy contrariada de -estas faltillas; recibíale siempre afectuosa, y le veía partir sin -aparente disgusto. Jamás le preguntaba el motivo de sus ausencias, ni -menos le reñía por ellas. Otra circunstancia digna de notarse era que -jamás hablaban de lo pasado: uno y otro parecían acordes en dar por -fenecida y rematada definitivamente aquella novela, que sin duda les -resultaba inverosímil y falsa, produciendo efecto semejante al que nos -causan en la edad madura los libros de entretenimiento que nos han -entusiasmado y enloquecido en la juventud.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_226">p. 226</span>Del marasmo -espiritual en que se encontraba, salió Tristana casi bruscamente, como -por arte mágico, con las primeras lecciones de música y de órgano. -Fue como una resurrección súbita, con alientos de vida, de entusiasmo -y pasión que confirmaban en su verdadero carácter a la señorita de -Reluz, y que despertaron en ella, con el ardor de aquel nuevo estudio, -maravillosas aptitudes. Era el profesor un hombre chiquitín, afable, -de una paciencia fenomenal, tan práctico en la enseñanza y tan hábil -en la transmisión de su método, que habría convertido en organista -a un sordomudo. Bajo su inteligente dirección, venció Tristana las -primeras dificultades en brevísimo tiempo, con gran sorpresa y alborozo -de cuantos aquel milagro veían. D. Lope estaba verdaderamente lelo -de admiración, y cuando Tristana pulsaba las teclas, sacando de -ellas acordes dulcísimos, el pobre señor se ponía chocho, como un -abuelo que ya no vive más que para mimar a su descendencia menuda -y volverse todo babas ante ella. A las lecciones de mecanismo, -digitación y lectura, añadió pronto el profesor algunas nociones de -armonía, y fue una maravilla ver a la joven asimilarse estos árduos -conocimientos. Diríase que le eran familiares las reglas antes que se -las revelaran; adelantábase a la propia enseñanza, y lo que aprendía -quedaba profundamente grabado en su espíritu. El minúsculo<span -class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span> profesor, hombre muy -cristiano, que se pasaba la vida de coro en coro y de capilla en -capilla, tocando en misas solemnes, funerales y novenas, veía en su -discípula un ejemplo del favor de Dios, una predestinación artística y -religiosa.</p> - -<p>—Es un genio esta niña —afirmaba admirándola con efusión -contemplativa—, y a ratos paréceme una santa.</p> - -<p>—¡Santa Cecilia! —exclamaba D. Lope con entusiasmo que le ponía -ronco—, ¡qué hija, qué mujer, qué divinidad!</p> - -<p>No le era fácil a Horacio disimular su emoción oyendo a Tristana -modular en el órgano acordes de carácter litúrgico, en estilo fugado, -escalonando los miembros melódicos con pasmosa habilidad; y trabajillo -le costaba al artista ocultar sus lágrimas, avergonzándose de -verterlas. Cuando la señorita, inflamada por religiosa inspiración, -se engolfaba en su música, convirtiendo el grave instrumento en -lenguaje de su alma, a nadie veía, ni se cuidaba de su reducido y -fervoroso público. El sentimiento, así como el estilo para expresarlo, -absorbíanla por entero; su rostro se transfiguraba, adquiriendo -celestial belleza, su alma se desprendía de todo lo terreno para -mecerse en el seno vaporoso de una idealidad dulcísima. Un día, -el bueno del organista llegó al colmo de la admiración, oyéndola -improvisar con gallardo atrevimiento, y se pasmó<span class="pagenum" -id="Page_228">p. 228</span> de la soltura con que modulaba, enlazando -los tonos, y añadiendo a sus conocimientos de armonía otros que -nadie supo de dónde los había sacado, obra de un misterioso poder de -adivinación, solo concedido a las almas privilegiadas, para quienes el -arte no tiene ningún secreto. Desde aquel día, el maestro asistió a las -lecciones con interés superior al que la pura enseñanza puede infundir, -y puso sus cinco sentidos en la discípula, educándola como a un hijo -único y adorado. El anciano músico y el anciano galán se extasiaban -junto a la inválida, y mientras el uno le mostraba con paternal amor -los arcanos del arte, el otro dejaba traslucir su acendrada ternura con -suspiros y alguna expresión fervorosa. Concluida la lección, Tristana -daba un paseíto por la estancia, con muletas, y a D. Lope y al otro -viejo se les figuraba, contemplándola, que la propia Santa Cecilia no -podía moverse ni andar de otra manera.</p> - -<p>Por este tiempo, es decir, cuando los adelantos de la joven se -marcaron de un modo tan notable, Horacio volvió a menudear sus visitas, -y de pronto estas escasearon notoriamente. Al llegar el verano, -transcurrían hasta dos semanas sin que el pintor aportara por allí, -y cuando iba, Tristana, por agradarle y entretenerle, le obsequiaba -con una sesión de música; sentábase el artista en lo más oscuro de la -estancia para seguir<span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span> -con abstracción profunda la hermosa salmodia, como en éxtasis, mirando -vagamente a un punto indeterminado del espacio, mientras su alma -divagaba suelta por las regiones en que el ensueño y la realidad -se confunden. Y de tal modo absorbió a Tristana el arte con tanto -anhelo cultivado, que no pensaba ni podía pensar en otra cosa. Cada -día ansiaba más y mejor música. La perfección embargaba su espíritu, -teniéndolo como fascinado. Ignorante de cuanto en el mundo ocurría, su -aislamiento era completo, absoluto. Día hubo en que fue Horacio y se -retiró, sin que ella se enterara de que había estado allí.</p> - -<p>Una tarde, sin que nadie lo hubiese previsto, despidiose el pintor -para Villajoyosa, pues según dijo, su tía, que allá continuaba -residiendo, se hallaba en peligro de muerte. Así era la verdad, y -a los tres días de llegar el sobrino, doña Trini cerró las pesadas -compuertas de sus ojos para no volverlas a abrir más. Poco después, -a la entrada de otoño, cayó Díaz enfermo, aunque no de gravedad. -Cruzáronse cartas amistosas entre él y Tristana, y el mismo D. Lope, -las cuales en todo el año siguiente continuaron yendo y viniendo cada -dos, cada tres semanas, por el mismo camino por donde antes corrían las -incendiarias cartas de <i>señó Juan</i> y de <i>Paquita de Rímini</i>. -Tristana escribía las suyas deprisa y corriendo,<span class="pagenum" -id="Page_230">p. 230</span> sin poner en ellas más que frases de -cortés amistad. Por una de esas inspiraciones que llevan al ánimo -un conocimiento profundo y certero de las cosas, la inválida creía -firmemente, como se cree en la luz del sol, que no vería más a Horacio. -Y así era, así fue... Una mañana de noviembre entró D. Lope con cara -grave en el cuarto de la joven, y sin expresar alegría ni pena, como -quien dice la cosa más natural del mundo, le soltó la noticia con este -frío laconismo:</p> - -<p>—¿No sabes?... Nuestro D. Horacio se casa.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch28"> - <h2 class="nobreak g0">XXVIII</h2> -</div> - -<p>Creyó notar el viejo galán que Tristana se desconcertaba al recibir -el jicarazo; pero tan rápidamente y con tanto tesón volvió sobre sí -misma, que no le era fácil a D. <i>Lepe</i> conocer a ciencia cierta -el estado de ánimo de su cautiva, después del acabamiento definitivo -de sus locos amores. Como quien se arroja a un piélago tranquilo, -zambullose la señorita en el <i>maremagnum</i> musical, y allí se -pasaba las horas, ya sumergiéndose en lo profundo, ya saliendo -graciosamente a la superficie, incomunicada realmente con todo lo -humano, y procurando estarlo con algunas ideas propias que aún la -atormentaban.<span class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span> A -Horacio no le volvió a mentar, y aunque el pintor no cortó relaciones -con ella, y alguna que otra vez escribía cartas amistosas, Garrido -era el encargado de leerlas y contestarlas. Guardábase bien el viejo -de hablar a la niña del que fue su adorador, y con toda su sagacidad -y experiencia, nunca supo fijamente si la actitud triste y serena -de Tristana ocultaba una desilusión, o el sentimiento de haberse -equivocado profundamente al creerse desilusionada en los días de la -vuelta de Horacio. ¿Pero cómo había de saber esto D. Lope, si ella -misma no lo sabía?</p> - -<p>En las buenas tardes de invierno, salía a la calle en el carrito, -que empujaba Saturna. La ausencia de toda presunción fue uno de los -accidentes más característicos de aquella nueva metamorfosis de la -señorita de Reluz: cuidaba poco de embellecer su persona; ataviábase -sencillamente con mantón y pañuelo de seda en la cabeza; pero no perdió -la costumbre de calzarse bien, y de continuo bregaba con el zapatero -por si ajustaba con más o menos perfección la bota... única. ¡Qué raro -le parecía siempre el no calzarse más que un pie! Transcurrirían los -años sin que acostumbrarse pudiera a no ver en parte alguna la bota y -el zapato del pie derecho.</p> - -<p>Al año de la operación, su rostro había adelgazado tanto, que -muchos que en sus buenos<span class="pagenum" id="Page_232">p. -232</span> tiempos la trataron apenas la conocían ya, al verla pasar -en el cochecillo. Representaba cuarenta años, cuando apenas tenía -veinticinco. La pierna de palo que le pusieron a los dos meses de -arrancada la de carne y hueso, era de lo más perfecto en su clase; mas -no podía la inválida acostumbrarse a andar con ella, ayudada solo de -un bastón. Prefería las muletas, aunque estas le alzaran los hombros, -destruyendo la gallardía de su cuello y de su busto. Aficionose a -pasar las horas de la tarde en la iglesia, y para facilitar esta -inocente inclinación, mudose D. Lope desde lo alto del paseo de Santa -Engracia al del Obelisco, donde tenían muy a mano cuatro o cinco -templos, modernos y bonitos, y además la parroquia de Chamberí. Y el -cambio de domicilio le vino bien a D. Lope por el lado económico, pues -en el alquiler de la nueva casa ahorraba una corta cantidad, que no -venía mal para otros gastos en tiempos tan calamitosos. Pero lo más -particular fue que la afición de Tristana a la iglesia se comunicó a -su viejo tirano, y sin que este notara la gradación, llegó a pasar -ratos placenteros en las Siervas, en las Reparatrices y en San Fermín, -asistiendo a novenas y manifiestos. Cuando D. Lope notó esta nueva -fase de sus costumbres seniles, ya no se hallaba en condiciones para -poder apreciar lo extraño de tal cambio. Anublose su entendimiento; su -cuerpo<span class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span> envejeció con -terrible presteza; arrastraba los pies como un octogenario, y la cabeza -y manos le temblaban. Al fin, el entusiasmo de Tristana por la paz de -la iglesia, por la placidez de las ceremonias del culto y la comidilla -de las beatas llegó a ser tal, que acortaba las horas dedicadas al arte -músico para aumentar las consagradas a la contemplación religiosa. -Tampoco se dio cuenta de esta nueva metamorfosis, a la que llegó por -gradaciones lentas; y si al principio no había en ella más que pura -afición, sin verdadero celo, si sus visitas a la iglesia eran al -principio actos de lo que podría llamarse <i>dilettantismo</i> piadoso, -no tardaron en ser actos de piedad verdadera, y por etapas insensibles -vinieron las prácticas católicas, el oír misa, la penitencia y -comunión.</p> - -<p>Y como el buen D. <i>Lepe</i>, no viviendo ya más que para ella y -por ella, reflejaba sus sentimientos, y había llegado a ser plagiario -de sus ideas, resultó que también él se fue metiendo poco a poco en -aquella vida, en la cual su triste vejez hallaba infantiles consuelos. -Alguna vez, volviendo sobre sí en momentos lúcidos, que parecían las -breves interrupciones de un inseguro sueño, se echaba una mirada -interrogativa, diciéndose:</p> - -<p>—¿Pero soy yo de verdad, Lope Garrido, el que hace estas cosas? Es -que estoy lelo... sí, lelo... Murió en mí el hombre... ha ido muriendo -en<span class="pagenum" id="Page_234">p. 234</span> mí todo el ser, -empezando por lo presente, avanzando en el morir hacia lo pasado; y por -fin, ya no queda más que el niño... Sí, soy un niño, y como tal pienso -y vivo. Bien lo veo con el cariño de esa mujer. Yo la he mimado a ella. -Ahora ella me mima...</p> - -<p>En cuanto a Tristana, ¿sería, por ventura, aquella su última -metamorfosis? ¿O quizás tal mudanza era solo exterior, y por dentro -subsistía la unidad pasmosa de su pasión por lo ideal? El ser hermoso -y perfecto que amó, construyéndolo ella misma con materiales tomados -de la realidad, se había desvanecido, es cierto, con la reaparición -de la persona que fue como génesis de aquella creación de la mente; -pero el tipo, en su esencial e intachable belleza, subsistía vivo en -el pensamiento de la joven inválida. Si algo pudo variar esta en la -manera de amarle, no menos varió en su cerebro aquella cifra de todas -las perfecciones. Si antes era un hombre, luego fue Dios, el principio -y fin de cuanto existe. Sentía la joven cierto descanso, consuelo -inefable, pues la contemplación mental del ídolo érale más fácil en la -iglesia que fuera de ella, las formas plásticas del culto le ayudaban -a sentirlo. Fue la mudanza del hombre en Dios tan completa al cabo de -algún tiempo, que Tristana llegó a olvidarse del primer aspecto de -su ideal, y no vio al fin más que el segundo, que era seguramente el -definitivo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span>Tres años habían -pasado desde la operación realizada con tanto acierto por Miquis y -su amigo, cuando la señorita de Reluz, sin olvidar completamente el -arte musical, mirábalo ya con desdén, como cosa inferior y de escasa -valía. Las horas de la tarde pasábalas en la iglesia de las Siervas, -en un banco, que por la fijeza y constancia con que lo ocupaba, -parecía pertenecerle. Las muletas, arrimadas a un lado, le hacían -lúgubre compañía. Las hermanitas, al fin, entablaron amistad con ella, -resultando de aquí ciertas familiaridades eclesiásticas: en algunas -funciones solemnes tocaba Tristanita el órgano, con gran regocijo de -las religiosas y de todos los concurrentes. La <i>señora coja</i> -hízose popular entre los que asiduamente asistían a los oficios mañana -y tarde, y los acólitos la consideraban ya como parte integrante del -edificio y aun de la institución.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch29"> - <h2 class="nobreak g0">XXIX</h2> -</div> - -<p>No tuvo la vejez de D. Lope toda la tristeza y soledad que él se -merecía, como término de una vida disipada y viciosa, porque sus -parientes le salvaron de la espantosa miseria que le amenazaba. Sin -el auxilio de sus primas, las señoras de Garrido Godoy, que en Jaén -residían, y sin el generoso desprendimiento de su sobrino carnal<span -class="pagenum" id="Page_236">p. 236</span> el arcediano de Baeza, D. -Primitivo de Acuña, el galán en decadencia hubiera tenido que pedir -limosna o entregar sus nobles huesos a San Bernardino. Pero aunque -las tales señoras, solteronas, histéricas y anticuadas, muy metidas -en la iglesia y de timoratas costumbres, veían en su egregio pariente -un monstruo, más bien un diablo que andaba suelto por el mundo, la -fuerza de la sangre pudo más que la mala opinión que de él tenían, -y de un modo discreto le ampararon en su pobreza. En cuanto al buen -arcediano, en un viaje que hizo a Madrid trató de obtener de su tío -ciertas concesiones del orden moral: conferenciaron; oyole D. Lope con -indignación, partió el clérigo muy descorazonado, y no se habló más -del asunto. Pasado algún tiempo, cuando se cumplieron cinco años de la -enfermedad de Tristana, el clérigo volvió a la carga en esta forma, -ayudado de argumentos en cuya fuerza persuasiva confiaba.</p> - -<p>—Tío, se ha pasado usted la vida ofendiendo a Dios, y lo más infame, -lo más ignominioso es ese amancebamiento criminal...</p> - -<p>—Pero hijo, si ya... no...</p> - -<p>—No importa; se irán ella y usted al infierno, y de nada les valdrán -sus buenas intenciones de hoy.</p> - -<p>Total, que el buen arcediano quería casarles. ¡Inverosimilitud, -sarcasmo horrible de la vida,<span class="pagenum" id="Page_237">p. -237</span> tratándose de un hombre de ideas radicales y disolventes, -como D. Lope!</p> - -<p>—Aunque estoy lelo —dijo este empinándose con trabajo sobre las -puntas de los pies—, aunque estoy hecho un mocoso y un bebé... no -tanto, Primitivo, no me hagas tan imbécil.</p> - -<p>Expuso el buen sacerdote sus planes sencillamente. No pedía, sino -que secuestraba. Véase cómo.</p> - -<p>—Las tías —dijo—, que son muy cristianas y temerosas de Dios, le -ofrecen a usted, si entra por el aro y acata los mandamientos de la -ley divina..., ofrecen, repito, cederle en escritura pública las dos -dehesas de Arjonilla, con lo cual no solo podrá vivir holgadamente los -días que el Señor le conceda, sino también dejar a su viuda...</p> - -<p>—¡A mi viuda!</p> - -<p>—Sí; porque las tías, con mucha razón, exigen que usted se case.</p> - -<p>Don Lope soltó la risa. Pero no se reía de la extravagante -proposición, ¡ay!, sino de sí mismo... Trato hecho. ¿Cómo rechazar la -propuesta, si aceptándola aseguraba la existencia de Tristana cuando él -faltase?</p> - -<p>Trato hecho... ¡Quién lo diría! D. Lope, que en aquellos tiempos -había aprendido a hacer la señal de la cruz sobre su frente y boca, no -cesaba de persignarse. En suma; que se casaron... y cuando salieron de -la iglesia, todavía no estaba<span class="pagenum" id="Page_238">p. -238</span> D. Lope seguro de haber abjurado y maldecido su queridísima -doctrina del celibato. Contra lo que él creía, la señorita no tuvo -nada que oponer al absurdo proyecto. Lo aceptó con indiferencia, -había llegado a mirar todo lo terrestre con sumo desdén... Casi no se -dio cuenta de que la casaron, de que unas breves fórmulas hiciéronla -legítima esposa de Garrido, encasillándola en un hueco honroso de la -sociedad. No sentía el acto, lo aceptaba, como un hecho impuesto por el -mundo exterior, como el empadronamiento, como la contribución, como las -reglas de policía.</p> - -<p>Y el señor de Garrido, al mejorar de fortuna, tomó una casa mayor -en el mismo paseo del Obelisco, la cual tenía un patio con honores de -huerta. Revivió el anciano galán con el nuevo estado; parecía menos -chocho, menos lelo, y sin saber cómo ni cuándo, próximo al acabamiento -de su vida, sintió que le nacían inclinaciones que nunca tuvo, manías y -querencias de pacífico burgués. Desconocía completamente aquel ardiente -afán que le entró por plantar un arbolito, no parando hasta lograr su -deseo, hasta ver que el plantón arraigaba y se cubría de frescas hojas. -Y el tiempo que la señora pasaba en la iglesia rezando, él, un tanto -desilusionado ya de su afición religiosa, empleábalo en cuidar las seis -gallinas y el arrogante gallo que en el patinillo<span class="pagenum" -id="Page_239">p. 239</span> tenía. ¡Qué deliciosos instantes! ¡Qué -grata emoción... ver si ponían huevo, si este era grande, y, por fin, -preparar la echadura para sacar pollitos, que al fin salieron, ¡ay!, -graciosos, atrevidos y con ánimos para vivir mucho! Don Lope no cabía -en sí de contento, y Tristana participaba de su alborozo. Por aquellos -días, entrole a la cojita una nueva afición: el arte culinario en su -rama importante de repostería. Una maestra muy hábil enseñole dos o -tres tipos de pasteles, y los hacía tan bien, tan bien, que don Lope, -después de catarlos, se chupaba los dedos, y no cesaba de alabar a -Dios. ¿Eran felices uno y otro...? Tal vez.</p> - - -<p class="fin">FIN DE LA NOVELA</p> - -<p class="smaller mt3">Madrid.—Enero de 1892.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<hr class="full" /> - -<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TRISTANA ***</div> -<div style='text-align:left'> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Updated editions will replace the previous one—the old editions will -be renamed. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. -</div> - -<div style='margin:0.83em 0; font-size:1.1em; text-align:center'>START: FULL LICENSE<br /> -<span style='font-size:smaller'>THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE<br /> -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK</span> -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -To protect the Project Gutenberg™ mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase “Project -Gutenberg”), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg™ License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg™ electronic works -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.A. 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