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-The Project Gutenberg eBook of Tristana, by Benito Pérez Galdós
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: Tristana
-
-Author: Benito Pérez Galdós
-
-Release Date: December 20, 2021 [eBook #66979]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading
- Team at https://www.pgdp.net (This ebook was produced from
- images generously made available by Biblioteca Digital
- Hispánica/Biblioteca Nacional de España.)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TRISTANA ***
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
- convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos.
-
- * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
-
- * Se convierten los entrecomillados en rayas iniciales de diálogo
- donde el texto adopta forma dialogada. Se espacian las restantes
- rayas según las convenciones ortotipográficas más recientes.
-
- * Las páginas en blanco han sido eliminadas.
-
-
-
-
-TRISTANA
-
-
-
-
- NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
- POR
- B. PÉREZ GALDÓS
-
- TRISTANA
-
- 9.000
-
-
- [Ilustración]
-
-
- MADRID
- LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
- Calle del Arenal, núm. 11
- 1922
-
-
-
-
- Es propiedad de la hija del
- autor. Se considerarán furtivos
- todos los ejemplares que no lleven
- el sello de este. Queda hecho
- el depósito que marca la Ley.
-
-
- Artes Gráficas «PLUS-ULTRA», Zurbano, 68.--MADRID
-
-
-
-
-TRISTANA
-
-I
-
-
-En el populoso barrio de Chamberí, más cerca del Depósito de Aguas
-que de Cuatro Caminos, vivía, no ha muchos años, un hidalgo de buena
-estampa y nombre peregrino; no aposentado en casa solariega, pues por
-allí no las hubo nunca, sino en plebeyo cuarto de alquiler, de los
-baratitos, con ruidoso vecindario de taberna, merendero, cabrería, y
-estrecho patio interior de habitaciones numeradas. La primera vez que
-tuve conocimiento del tal personaje y pude observar su catadura militar
-de antiguo cuño, algo así como una reminiscencia pictórica de los
-tercios viejos de Flandes, dijéronme que se llamaba _D. Lope de Sosa_,
-nombre que transciende al polvo de los teatros, o a romance de los que
-traen los librillos de retórica; y en efecto, nombrábanle así algunos
-amigos maleantes; pero él respondía por D. Lope Garrido. Andando el
-tiempo, supe que la partida de bautismo rezaba _D. Juan López Garrido_,
-resultando que aquel sonoro _don Lope_ era composición del caballero,
-como un precioso afeite aplicado a embellecer la personalidad; y tan
-bien caía en su cara enjuta, de líneas firmes y nobles, tan buen
-acomodo hacía el nombre con la espigada tiesura del cuerpo, con la
-nariz de caballete, con su despejada frente y sus ojos vivísimos, con
-el mostacho entrecano y la perilla corta, tiesa y provocativa, que el
-sujeto no se podía llamar de otra manera. O había que matarle o decirle
-don Lope.
-
-La edad del buen hidalgo, según la cuenta que hacía cuando de esto se
-trataba, era una cifra tan imposible de averiguar como la hora en un
-reloj descompuesto, cuyas manecillas se obstinaran en no moverse. Se
-había plantado en los cuarenta y nueve, como si el terror instintivo
-de los cincuenta le detuviese en aquel temido lindero del medio siglo;
-pero ni Dios mismo con todo su poder le podía quitar los cincuenta y
-siete, que no por bien conservados eran menos efectivos. Vestía con
-toda la pulcritud y esmero que su corta hacienda le permitía, siempre
-de chistera bien planchada, buena capa en invierno, en todo tiempo
-guantes oscuros, elegante bastón en verano y trajes más propios de
-la edad verde que de la madura. Fue D. Lope Garrido, dicho sea para
-hacer boca, gran estratégico en lides de amor, y se preciaba de haber
-asaltado más torres de virtud y rendido más plazas de honestidad que
-pelos tenía en la cabeza. Ya gastado y para poco, no podía desmentir
-la pícara afición, y siempre que tropezaba con mujeres bonitas, o
-aunque no fueran bonitas, se ponía en facha, y sin mala intención les
-dirigía miradas expresivas, que más tenían en verdad de paternales que
-de maliciosas, como si con ellas dijera: «¡De buena habéis escapado,
-pobrecitas! Agradeced a Dios el no haber nacido veinte años antes.
-Precaveos contra los que hoy sean lo que yo fui, aunque, si me apuran,
-me atreveré a decir que no hay en estos tiempos quien me iguale. Ya no
-salen jóvenes, ni menos galanes, ni hombres que sepan su obligación al
-lado de una buena moza.»
-
-Sin ninguna ocupación profesional, el buen D. Lope, que había gozado
-en mejores tiempos de una regular fortuna, y no poseía ya más que un
-usufructo en la provincia de Toledo, cobrado a tirones y con mermas
-lastimosas, se pasaba la vida en ociosas y placenteras tertulias de
-casino, consagrando también metódicamente algunos ratos a visitas de
-amigos, a trincas de café, y a otros centros, o más bien rincones, de
-esparcimiento, que no hay para qué nombrar ahora. Vivía en lugar tan
-excéntrico por la sola razón de la baratura de las casas, que aun con
-la gabela del tranvía, salen por muy poco en aquella zona, amén del
-despejo, de la ventilación y de los horizontes risueños que allí se
-disfrutan. No era ya Garrido trasnochador: se ponía en planta a punto
-de las ocho, y en afeitarse y acicalarse, pues cuidaba de su persona
-con esmero y lentitudes de hombre de mundo, se pasaban dos horitas. A
-la calle hasta la una, hora infalible del almuerzo frugal. Después de
-este, calle otra vez, hasta la comida, entre siete y ocho, no menos
-sobria que el almuerzo, algunos días con escaseces no bien disimuladas
-por las artes de cocina más elementales. Lo que principalmente debe
-hacerse constar es que si D. Lope era todo afabilidad y cortesanía
-fuera de casa, y en las tertulias cafeteriles o casinescas a que
-concurría, en su domicilio sabía hermanar las palabras atentas y
-familiares con la autoridad de amo indiscutible.
-
-Con él vivían dos mujeres, criada la una, señorita en el nombre la
-otra, confundiéndose ambas en la cocina y en los rudos menesteres
-de la casa, sin distinción de jerarquías, con perfecto y fraternal
-compañerismo, determinado más bien por humillación de la señora que
-por ínfulas de la criada. Llamábase esta Saturna, alta y seca, de
-ojos negros, un poco hombruna, y por su viudez reciente vestía de
-luto riguroso. Habiendo perdido a su marido, albañil que se cayó del
-andamio en las obras del Banco, pudo colocar a su hijo en el Hospicio,
-y se puso a servir, tocándole para estreno la casa de D. Lope, que
-no era ciertamente una provincia de los reinos de Jauja. La otra,
-que a ciertas horas tomaríais por sirviente y a otras no, pues se
-sentaba a la mesa del señor, y le tuteaba con familiar llaneza, era
-joven, bonitilla, esbelta, de una blancura casi inverosímil de puro
-alabastrina; las mejillas sin color, los negros ojos más notables por
-lo vivarachos y luminosos que por lo grandes; las cejas increíbles,
-como indicadas en arco con la punta de finísimo pincel; pequeñuela y
-roja la boquirrita, de labios un tanto gruesos, orondos, reventando
-de sangre, cual si contuvieran toda la que en el rostro faltaba; los
-dientes menudos, pedacitos de cuajado cristal; castaño el cabello y no
-muy copioso, brillante como torzales de seda, y recogido con gracioso
-revoltijo en la coronilla. Pero lo más característico en tan singular
-criatura era que parecía toda ella un puro armiño y el espíritu de la
-pulcritud, pues ni aun rebajándose a las más groseras faenas domésticas
-se manchaba. Sus manos, de una forma perfecta, ¡qué manos!, tenían
-misteriosa virtud, como su cuerpo y ropa, para poder decir a las capas
-inferiores del mundo físico: _la vostra miseria non mi tange_. Llevaba
-en toda su persona la impresión de un aseo intrínseco, elemental,
-superior y anterior a cualquier contacto de cosa desaseada o impura. De
-trapillo, zorro en mano, el polvo y la basura la respetaban; y cuando
-se acicalaba y se ponía su bata morada con rosetones blancos, el moño
-arribita, traspasado con horquillas de dorada cabeza, resultaba una
-fiel imagen de dama japonesa de alto copete. ¿Pero qué más, si toda
-ella parecía de papel, de ese papel plástico, caliente y vivo en que
-aquellos inspirados orientales representan lo divino y lo humano, lo
-cómico tirando a grave, y lo grave que hace reír? De papel nítido era
-su rostro blanco mate, de papel su vestido, de papel sus finísimas,
-torneadas, incomparables manos.
-
-Falta explicar el parentesco de Tristana, que por este nombre respondía
-la mozuela bonita, con el gran D. Lope, jefe y señor de aquel cotarro,
-al cual no será justo dar el nombre de familia. En el vecindario,
-y entre las contadas personas que allí recalaban de visita, o por
-fisgonear, versiones había para todos los gustos. Por temporadas
-dominaban estas o las otras opiniones sobre punto tan importante; en un
-lapso de dos o tres meses se creyó como el Evangelio que la señorita
-era sobrina del señorón. Apuntó pronto, generalizándose con rapidez,
-la tendencia a conceptuarla hija, y orejas hubo en la vecindad que
-la oyeron decir _papá_, como las muñecas que hablan. Sopló un nuevo
-vientecillo de opinión, y ya la tenéis legítima y auténtica señora
-de Garrido. Pasado algún tiempo, ni rastros quedaban de estas vanas
-conjeturas, y Tristana, en opinión del vulgo circunvecino, no era hija,
-ni sobrina, ni esposa, ni nada del gran D. Lope; no era nada y lo
-era todo, pues le pertenecía como una petaca, un mueble o una prenda
-de ropa, sin que nadie se la pudiera disputar; ¡y ella parecía tan
-resignada a ser petaca, y siempre petaca...!
-
-
-
-
-II
-
-
-Resignada en absoluto no, porque más de una vez, en aquel año que
-precedió a lo que se va a referir, la linda figurilla de papel sacaba
-los pies del plato, queriendo mostrar carácter y conciencia de persona
-libre. Ejercía sobre ella su dueño un despotismo que podremos llamar
-seductor, imponiéndole su voluntad con firmeza endulzada, a veces
-con mimos o carantoñas, y destruyendo en ella toda iniciativa que no
-fuera de cosas accesorias y sin importancia. Veintiún años contaba la
-joven cuando los anhelos de independencia despertaron en ella con las
-reflexiones que embargaban su mente acerca de la extrañísima situación
-social en que vivía. Aún conservaba procederes y hábitos de chiquilla
-cuando tal situación comenzó; sus ojos no sabían mirar al porvenir,
-y si lo miraban, no veían nada. Pero un día se fijó en la sombra que
-el presente proyectaba hacia los espacios futuros, y aquella imagen
-suya estirada por la distancia, con tan disforme y quebrada silueta,
-entretuvo largo tiempo su atención, sugiriéndole pensamientos mil que
-la mortificaban y confundían.
-
-Para la fácil inteligencia de estas inquietudes de Tristana, conviene
-hacer toda la luz posible en torno del D. Lope, para que no se le
-tenga por mejor ni por más malo de lo que era realmente. Presumía este
-sujeto de practicar en toda su pureza dogmática la caballerosidad, o
-caballería, que bien podemos llamar sedentaria en contraposición a la
-idea de andante o correntona; mas interpretaba las leyes de aquella
-religión con criterio excesivamente libre, y de todo ello resultaba
-una moral compleja, que no por ser suya dejaba de ser común, fruto
-abundante del tiempo en que vivimos; moral que, aunque parecía de su
-cosecha, era en rigor concreción en su mente de las ideas flotantes
-en la atmósfera metafísica de su época, cual las invisibles bacterias
-en la atmósfera física. La caballerosidad de D. Lope, como fenómeno
-externo, bien a la vista estaba de todo el mundo: jamás tomó nada que
-no fuera suyo, y en cuestiones de intereses llevaba su delicadeza a
-extremos quijotescos. Sorteaba su penuria con gallardía, y la encubría
-con dignidad, dando pruebas frecuentes de abnegación, y condenando el
-apetito de cosas materiales, con acentos de entereza estoica. Para él,
-en ningún caso dejaba de ser vil el metal acuñado, ni la alegría que el
-cobrarlo produce le redime del desprecio de toda persona bien nacida.
-La facilidad con que de sus manos salía, indicaba el tal desprecio
-mejor que las retóricas con que vituperaba lo que a su juicio era
-motivo de corrupción, y causa de que en la sociedad presente fueran
-cada día más escasas las cosechas de caballeros. Respecto a decoro
-personal, era tan nimio y de tan quebradiza susceptibilidad, que no
-toleraba el agravio más insignificante, ni ambigüedades de palabra que
-pudieran llevar en sí sombra de desconsideración. Lances mil tuvo en su
-vida, y de tal modo mantenía los fueros de la dignidad, que llegó a ser
-código viviente para querellas de honor, y, ya se sabía, en todos los
-casos dudosos del intrincado fuero duelístico era consultado el gran
-D. Lope, que opinaba y sentenciaba con énfasis sacerdotal, como si se
-tratara de un punto teológico o filosófico de la mayor transcendencia.
-
-El punto de honor era, pues, para Garrido, la cifra y compendio de toda
-la ciencia del vivir, y esta se completaba con diferentes negaciones.
-Si su desinterés podía considerarse como virtud, no lo era ciertamente
-su desprecio del Estado y de la Justicia, como organismos humanos. La
-curia le repugnaba; los ínfimos empleados del Fisco, interpuestos entre
-las instituciones y el contribuyente con la mano extendida, teníalos
-por chusma digna de remar en galeras. Deploraba que en nuestra edad
-de más papel que hierro y de tantas fórmulas hueras, no llevasen los
-caballeros espada para dar cuenta de tanto gandul impertinente. La
-sociedad, a su parecer, había creado diversos mecanismos con el solo
-objeto de mantener holgazanes, y de perseguir y desvalijar a la gente
-hidalga y bien nacida.
-
-Con tales ideas, a D. Lope le resultaban muy simpáticos los
-contrabandistas y matuteros, y si hubiera podido, habría salido a
-su defensa en un aprieto grave. Detestaba la policía encubierta o
-uniformada, y cubría de baldón a los carabineros y vigilantes de
-consumos, así como a los pasmarotes que llaman de Orden público, y que,
-a su parecer, jamás protegen al débil contra el fuerte. Transigía con
-la Guardia civil, aunque él, ¡qué demonio! la hubiera organizado de
-otra manera, con facultades procesales y ejecutivas, como verdadera
-religión de caballería justiciera en caminos y despoblados. Sobre el
-Ejército, las ideas de D. Lope picaban en extravagancia. Tal como lo
-conocía, no era más que un instrumento político, costoso y tonto por
-añadidura, y él opinaba que se le diera una organización religiosa y
-militar, como las antiguas órdenes de caballería, con base popular,
-servicio obligatorio, jefes hereditarios, vinculación del generalato,
-y en fin, un sistema tan complejo y enrevesado que ni él mismo lo
-entendía. Respecto a la Iglesia, teníala por una broma pesada, que
-los pasados siglos vienen dando a los presentes, y que estos aguantan
-por timidez y cortedad de genio. Y no se crea que era irreligioso: al
-contrario, su fe superaba a la de muchos que hociquean ante los altares
-y andan siempre entre curas. A estos no les podía ver ni escritos el
-ingenioso D. Lope, porque no encontraba sitio para ellos en el sistema
-pseudo-caballeresco que su desocupado magín se había forjado, y solía
-decir: «Los verdaderos sacerdotes somos nosotros, los que regulamos el
-honor y la moral, los que combatimos en pro del inocente, los enemigos
-de la maldad, de la hipocresía, de la injusticia... y del vil metal.»
-
-Casos había en la vida de este sujeto que le enaltecían en sumo grado,
-y si algún ocioso escribiera su historia, aquellos resplandores de
-generosidad y abnegación harían olvidar, hasta cierto punto, las
-oscuridades de su carácter y su conducta. De ellos debe hablarse, como
-antecedentes o causas que son de lo que luego se referirá. Siempre
-fue D. Lope muy amigo de sus amigos, y hombre que se despepitaba por
-auxiliar a las personas queridas que se veían en algún compromiso
-grave. Servicial hasta el heroísmo, no ponía límites a sus generosos
-arranques. Su caballería llegaba en esto hasta la vanidad; y como toda
-vanidad se paga, como el lujo de los buenos sentimientos es el más
-dispendioso que se conoce, Garrido sufrió considerables quebrantos en
-su fortuna. Su muletilla familiar de _dar la camisa por un amigo_ no
-era una simple afectación retórica. Si no la camisa, varias veces dio
-la mitad de la capa, como San Martín; y últimamente, la prenda de ropa
-más útil, como más próxima a la carne, había llegado a correr peligro.
-
-Un amigo de la infancia, a quien amaba entrañablemente, de nombre D.
-Antonio Reluz, compinche de caballerías más o menos correctas, puso
-a prueba el furor altruista, que no otra cosa era, del buen D. Lope.
-Reluz, al casarse por amor con una joven distinguidísima, apartose
-de las ideas y prácticas caballerescas de su amigo, calculando que
-no constituían oficio ni daban de comer, y se dedicó a manejar en
-buenos negocios el capitalito de su esposa. No le fue mal en los
-primeros años. Metiose en la compra y venta de cebada, en contratas
-de abastecimientos militares, y otros honrados tráficos, que Garrido
-miraba con altivo desprecio. Hacia 1880, cuando ambos habían pasado la
-línea de los cincuenta, la estrella de Reluz se eclipsó de súbito, y no
-puso la mano en negocio que no resultara de perros. Un socio de mala
-fe, un amigo pérfido acabaron de perderle, y el batacazo fue de los
-más gordos, hallándose de la noche a la mañana sin blanca, deshonrado y
-por añadidura preso...
-
---¿Lo ves? --le decía su amigote--, ¿te convences ahora de que ni tú
-ni yo servimos para mercachifles? Te lo advertí cuando empezaste, y
-no quisiste hacerme caso. No pertenecemos a nuestra época, querido
-Antonio; somos demasiado decentes para andar en estos enjuagues, que
-allá se quedan para la patulea del siglo.
-
-Como consuelo, no era de los más eficaces. Reluz le oía sin pestañear,
-ni responderle nada, discurriendo cómo y cuándo se pegaría el tirito
-con que pensaba poner fin a su horrible sufrimiento.
-
-Pero Garrido no se hizo esperar, y al punto salió con el supremo
-recurso de la camisa.
-
---Por salvar tu honra soy yo capaz de dar la... En fin, ya sabes que es
-obligación, no favor, pues somos amigos de veras, y lo que yo hago por
-ti, lo harías tú por mí.
-
-Aunque los descubiertos que ponían por los suelos el nombre comercial
-de Reluz no eran el oro y el moro, pesaban lo bastante para
-resquebrajar el edificio no muy seguro de la fortunilla de D. Lope; el
-cual, encastillado en su dogma altruista, hizo la hombrada gorda, y
-después de liquidar una casita que conservaba en Toledo, se desprendió
-de su colección de cuadros antiguos, si no de primera, bastante
-apreciable por los afanes y placeres sin cuento que representaba.
-
---No te apures --decía a su triste amigo--. Pecho a la desgracia, y no
-des a esto el valor de un acto extraordinariamente meritorio. En estos
-tiempos putrefactos se estima como virtud lo que es deber de los más
-elementales. Lo que se tiene, se tiene, fíjate bien, en tanto que otro
-no lo necesita. Esta es la ley de las relaciones entre los humanos, y
-lo demás es fruto del egoísmo y de la metalización de las costumbres.
-El dinero no deja de ser vil sino cuando se ofrece a quien tiene la
-desgracia de necesitarlo. Yo no tengo hijos. Toma lo que poseo; que un
-pedazo de pan no ha de faltarnos.»
-
-Que Reluz oía estas cosas con emoción profunda, no hay para qué
-decirlo. Cierto que no se pegó el tiro ni había para qué; mas lo mismo
-fue salir de la cárcel y meterse en su casa, que pillar una calentura
-maligna que lo despachó en siete días. Debió de ser de la fuerza del
-agradecimiento, y de las emociones terribles de aquella temporada. Dejó
-una viudita inconsolable, que por más que se empeñó en seguirle a la
-tumba _por muerte natural_, no pudo lograrlo, y una hija de diecinueve
-abriles, llamada Tristana.
-
-
-
-
-III
-
-
-La viuda de Reluz había sido linda antes de los disgustos y trapisondas
-de los últimos tiempos. Pero su envejecer no fue tan rápido y patente
-que le quitara a D. Lope las ganas de cortejarla, pues si el código
-caballeresco de este le prohibía galantear a la mujer de un amigo
-vivo, la muerte del amigo le dejaba en franquía para cumplir a su
-antojo la ley de amar. Estaba de Dios, no obstante, que por aquella vez
-no le saliera bien la cuenta, pues a las primeras chinitas que a la
-inconsolable tiró, hubo de observar que no contestaba con buen acuerdo
-a nada de lo que se le decía, que aquel cerebro no funcionaba como Dios
-manda, y en suma, que a la pobre Josefina Solís le faltaban casi todas
-las clavijas que regulan el pensar discreto y el obrar acertado. Dos
-manías, entre otras mil, principalmente la trastornaban: la manía de
-mudarse de casa y la del aseo. Cada semana, o cada mes por lo menos,
-avisaba los carros de mudanzas, que aquel año hicieron buen agosto
-paseándole los trastos por cuantas calles y rondas hay en Madrid.
-Todas las casas eran magníficas el día de la mudanza, y detestables,
-inhospitalarias, horribles ocho días después. En esta se helaba de
-frío, en aquella se achicharraba; en una había vecinas escandalosas,
-en otra ratones desvergonzados, en todas nostalgia de otra vivienda,
-del carro de mudanza, ansia infinita de lo desconocido.
-
-Quiso D. Lope poner mano en este costoso delirio; pero pronto se
-convenció de que era imposible. El tiempo corto que mediaba entre
-mudanza y mudanza, empleábalo Josefina en lavar y fregotear cuanto
-cogía por delante, movida de escrúpulos nerviosos y de ascos
-hondísimos, más potentes que una fuerte impulsión instintiva. No daba
-la mano a nadie, temerosa de que le pegasen herpetismo o pústulas
-repugnantes. No comía más que huevos, después de lavarles el cascarón,
-y recelosa siempre de que la gallina que los puso hubiera picoteado en
-cosas impuras. Una mosca la ponía fuera de sí. Despedía las criadas
-cada lunes y cada martes por cualquier inocente contravención de sus
-extravagantes métodos de limpieza. No le bastaba con deslucir los
-muebles a fuerza de agua y estropajo; lavaba también las alfombras,
-los colchones de muelles, y hasta el piano, por dentro y por fuera.
-Rodeábase de desinfectantes y antisépticos, y hasta en la comida se
-advertían tufos de alcanfor. Con decir que lavaba los relojes está
-dicho todo. A su hija la zambullía en el baño tres veces al día, y el
-gato huyó bufando de la casa, por no hallarse con fuerzas para soportar
-los chapuzones que su ama le imponía.
-
-Con toda el alma lamentaba D. Lope la liquidación cerebral de su amiga,
-y echaba de menos a la simpática Josefina de otros tiempos, dama de
-trato muy agradable, bastante instruida, y hasta con ciertas puntas y
-ribetes de literata de buena ley. A cencerros tapados compuso algunos
-versitos, que solo mostraba a los amigos de confianza, y juzgaba
-con buen criterio de toda la literatura y literatos contemporáneos.
-Por temperamento, por educación y por atavismo, pues tuvo dos tíos
-académicos, y otro que fue emigrado en Londres con el duque de Rivas y
-Alcalá Galiano, detestaba las modernas tendencias realistas; adoraba el
-ideal y la frase noble y decorosa. Creía firmemente que en el gusto hay
-aristocracia y pueblo, y no vacilaba en asignarse un lugar de los más
-oscuros entre los próceres de las letras. Adoraba el teatro antiguo,
-y se sabía de memoria largos parlamentos de _D. Gil de las calzas
-verdes_, de _La verdad sospechosa_ y de _El mágico prodigioso_. Tuvo
-un hijo, muerto a los doce años, a quien puso el nombre de Lisardo,
-como si fuera de la casta de Tirso o Moreto. Su niña debía el nombre de
-Tristana a la pasión por aquel arte caballeresco y noble, que creó una
-sociedad ideal para servir constantemente de norma o ejemplo a nuestras
-realidades groseras y vulgares.
-
-Pues todos aquellos refinados gustos, que la embellecían añadiendo
-encantos mil a sus gracias naturales, desaparecieron sin dejar rastro
-en ella. Con la insana manía de las mudanzas y del aseo, Josefina
-olvidó toda su edad pasada. Su memoria, como espejo que ha perdido el
-azogue, no conservaba ni una idea, ni un nombre, ni una frase de todo
-aquel mundo ficticio que tanto amó. Un día quiso D. Lope despertar
-los recuerdos de la infeliz señora, y vio la estupidez pintada en su
-rostro, como si le hablaran de una existencia anterior a la presente.
-No comprendía nada, no se acordaba de cosa alguna, ignoraba quién
-podría ser D. Pedro Calderón, y al pronto creyó que era algún casero,
-o el dueño de los carros de mudanza. Otro día la sorprendió lavando
-las zapatillas, y a su lado tenía, puestos a secar, los álbumes de
-retratos. Tristana contemplaba, conteniendo sus lágrimas, aquel cuadro
-de desolación, y con expresivos ojos suplicaba al amigo de la casa que
-no contrariase a la pobre enferma. Lo peor era que el buen caballero
-soportaba con resignación los gastos de aquella familia sin ventura,
-los cuales, con el sin fin de mudanzas, el frecuente romper de loza
-y deterioro de muebles, iban subiendo hasta las nubes. Aquel diluvio
-con jabón les ahogaba a todos. Por fortuna, en uno de los cambios
-de domicilio, ya fuese por haber caído en casa nueva, cuyas paredes
-chorreaban de humedad, ya porque Josefina usó zapatos recién sometidos
-a su sistema de saneamiento, llegó la hora de rendir a Dios el alma.
-Una fiebre reumática que la entró a saco, espada en mano, acabó sus
-tristes días. Pero la más negra fue que, para pagar médico, botica y
-entierro, amén de las cuentas de perfumería y comestibles, tuvo D.
-Lope que dar otro tiento a su esquilmado caudal, sacrificando aquella
-parte de sus bienes que más amaba, su colección de armas antiguas y
-modernas, reunida con tantísimo afán, y con íntimos goces de rebuscador
-inteligente. Mosquetes raros y arcabuces roñosos, pistolas, alabardas,
-espingardas de moros y rifles de cristianos, espadas de cazoleta y
-también petos y espaldares que adornaban la sala del caballero entre
-mil vistosos arreos de guerra y caza, formando el conjunto más noble
-y austero que imaginarse puede, pasaron a precio vil a manos de
-mercachifles. Cuando D. Lope vio salir su precioso arsenal, quedose
-atribulado y suspenso, aunque su grande ánimo supo aherrojar la congoja
-que del fondo del pecho le brotaba, y poner en su rostro la máscara de
-una estoica y digna serenidad. Ya no le quedaba más que su colección de
-retratos de hembras hermosas, en los cuales había desde la miniatura
-delicada hasta la fotografía moderna en que la verdad suple el arte,
-museo que era para su historia de amorosas lides, como los de cañones
-y banderas que en otro orden pregonan las grandezas de un reinado
-glorioso. Ya no le restaba más que esto, algunas imágenes elocuentes
-aunque mudas, que significaban mucho como trofeo, bien poco, ¡ay!, como
-especie representativa de vil metal.
-
-En la hora del morir, Josefina recobró, como suele suceder, parte del
-seso que había perdido, y con el seso le revivió momentáneamente su ser
-pasado, reconociendo, cual D. Quijote moribundo, los disparates de la
-época de su viudez, y abominando de ellos. Volvió sus ojos a Dios, y
-aún tuvo tiempo de volverlos también a D. Lope, que presente estaba, y
-le encomendó a su hija huérfana, poniéndola bajo su amparo, y el noble
-caballero aceptó el encargo con efusión, prometiendo lo que en tan
-solemnes casos es de rúbrica. Total: que la viuda de Reluz cerró la
-pestaña, mejorando con su pase a mejor vida la de las personas que acá
-gemían bajo el despotismo de sus mudanzas y lavatorios; que Tristana
-se fue a vivir con D. Lope, y que este... (hay que decirlo, por duro y
-lastimoso que sea) a los dos meses de llevársela, aumentó con ella la
-lista ya larguísima de sus batallas ganadas a la inocencia.
-
-
-
-
-IV
-
-
-La conciencia del guerrero de amor arrojaba de sí, como se ha visto,
-esplendores de astro incandescente; pero también dejaba ver en
-ocasiones arideces horribles de astro apagado y muerto. Era que al
-sentido moral del buen caballero le faltaba una pieza importante, cual
-órgano que ha sufrido una mutilación y solo funciona con limitaciones o
-paradas deplorables. Era que D. Lope, por añejo dogma de su caballería
-sedentaria, no admitía crimen ni falta ni responsabilidad en cuestiones
-de faldas. Fuera del caso de cortejar a la dama, esposa o manceba de
-un amigo íntimo, en amor todo lo tenía por lícito. Los hombres como
-él, hijitos mimados de Adán, habían recibido del Cielo una tácita bula
-que les dispensaba de toda moral, antes policía del vulgo que ley de
-caballeros. Su conciencia, tan sensible en otros puntos, en aquel era
-más dura y más muerta que un guijarro, con la diferencia de que este,
-herido por la llanta de una carreta, suele despedir alguna chispa, y
-la conciencia de D. Lope, en casos de amor, aunque la machacaran las
-herraduras del caballo de Santiago, no echaba lumbres.
-
-Profesaba los principios más erróneos y disolventes, y los reforzaba
-con apreciaciones históricas, en las cuales lo ingenioso no quitaba
-lo sacrílego. Sostenía que en las relaciones de hombre y mujer no hay
-más ley que la anarquía, si la anarquía es ley; que el soberano amor
-no debe sujetarse más que a su propio canon intrínseco, y que las
-limitaciones externas de su soberanía no sirven más que para desmedrar
-la raza, para empobrecer el caudal sanguíneo de la humanidad. Decía,
-no sin gracia, que los artículos del Decálogo que tratan de toda la
-_pecata minuta_, fueron un pegote añadido por Moisés a la obra de Dios,
-obedeciendo a razones puramente políticas; que estas razones de estado
-continuaron influyendo en las edades sucesivas, haciendo necesaria
-la policía de las pasiones; pero que con el curso de la civilización
-perdieron su fuerza lógica, y solo a la rutina y a la pereza humanas se
-debe que aún subsistan los efectos después de haber desaparecido las
-causas. La derogación de aquellos trasnochados artículos se impone, y
-los legisladores deben poner la mano en ella sin andarse en chiquitas.
-Bien demuestra esta necesidad la sociedad misma, derogando de hecho
-lo que sus directores se empeñan en conservar contra el empuje de las
-costumbres y las realidades del vivir. ¡Ah! si el buenazo de Moisés
-levantara la cabeza, él y no otro corregiría su obra, reconociendo que
-hay tiempos de tiempos.
-
-Inútil parece advertir que cuantos conocían a Garrido, incluso el que
-esto escribe, abominaban y abominan de tales ideas, deplorando con
-toda el alma que la conducta del insensato caballero fuese una fiel
-aplicación de sus perversas doctrinas. Debe añadirse que a cuantos
-estimamos en lo que valen los grandes principios sobre que se asienta
-_etcétera, etcétera..._ se nos ponen los pelos de punta solo de pensar
-cómo andaría la máquina social si a sus esclarecidos manipulantes les
-diese la ventolera de apadrinar los disparates de D. Lope, y derogaran
-los articulitos o mandamientos cuya inutilidad este de palabra y obra
-proclamaba. Si no hubiera infierno, solo para D. Lope habría que crear
-uno, a fin de que en él eternamente purgase sus burlas de la moral,
-y sirviese de perenne escarmiento a los muchos que, sin declararse
-sectarios suyos, vienen a serlo de hecho en toda la redondez de esta
-tierra pecadora.
-
-Contento estaba el caballero de su adquisición, porque la chica era
-linda, despabiladilla, de graciosos ademanes, fresca tez, y seductora
-charla. «Dígase lo que se quiera --argüía para su capote, recordando
-sus sacrificios por sostener a la madre y salvar de la deshonra al
-papá--, bien me la he ganado. ¿No me pidió Josefina que la amparase?
-Pues más amparo no cabe. Bien defendida la tengo de todo peligro; que
-ahora nadie se atreverá a tocarla al pelo de la ropa.» En los primeros
-tiempos, guardaba el galán su tesoro con precauciones exquisitas y
-sagaces; temía rebeldías de la niña, sobresaltado por la diferencia
-de edad, mayor sin duda de lo que el interno canon de amor dispone.
-Temores y desconfianzas le asaltaban; casi casi sentía en la conciencia
-algo como un cosquilleo tímido, precursor de remordimiento. Pero esto
-duraba poco, y el caballero recobraba su bravía entereza. Por fin, la
-acción devastadora del tiempo amortiguó su entusiasmo hasta suavizar
-los rigores de su inquieta vigilancia, y llegar a una situación
-semejante a la de los matrimonios que han agotado el capitalazo de
-las ternezas, y empiezan a gastar, con prudente economía, la rentita
-del afecto reposado y un tanto desabrido. Conviene advertir que ni
-por un momento se le ocurrió al caballero desposarse con su víctima,
-pues aborrecía el matrimonio; teníalo por la más espantosa fórmula de
-esclavitud que idearon los poderes de la tierra para meter en un puño a
-la pobrecita humanidad.
-
-Tristana aceptó aquella manera de vivir casi sin darse cuenta de su
-gravedad. Su propia inocencia, al paso que le sugería tímidamente
-medios defensivos que emplear no supo, le vendaba los ojos, y solo
-el tiempo y la continuidad metódica de su deshonra le dieron luz
-para medir y apreciar su situación triste. La perjudicó grandemente
-su descuidada educación, y acabaron de perderla las hechicerías y
-artimañas que sabía emplear el tuno de D. Lope, quien compensaba lo
-que los años le iban quitando, con un arte sutilísimo de la palabra,
-y finezas galantes de superior temple, de esas que apenas se usan ya,
-porque se van muriendo los que usarlas supieron. Ya que no cautivar
-el corazón de la joven, supo el maduro galán mover con hábil pulso
-resortes de su fantasía, y producir con ellos un estado de pasión
-falsificada, que para él, ocasionalmente, a la verdadera se parecía.
-
-Pasó la señorita de Reluz por aquella prueba tempestuosa, como quien
-recorre los períodos de aguda dolencia febril, y en ella tuvo momentos
-de corta y pálida felicidad, como sospechas de lo que las venturas
-de amor pueden ser. Don Lope le cultivaba con esmero la imaginación,
-sembrando en ella ideas que fomentaran la conformidad con semejante
-vida; estimulaba la fácil disposición de la joven para idealizar las
-cosas, para verlo todo como no es, o como nos conviene o nos gusta que
-sea. Lo más particular fue que Tristana, en los primeros tiempos, no
-dio importancia al hecho monstruoso de que la edad de su tirano casi
-triplicaba la suya. Para expresarlo con la mayor claridad posible,
-hay que decir que no vio la desproporción, a causa sin duda de las
-consumadas artes del seductor, y de la complicidad pérfida con que la
-naturaleza le ayudaba en sus traidoras empresas, concediéndole una
-conservación casi milagrosa. Eran sus atractivos personales de tan
-superior calidad, que al tiempo le costaba mucho trabajo destruirlos. A
-pesar de todo, el artificio, la contrahecha ilusión de amor no podían
-durar: un día advirtió D. Lope que había terminado la fascinación
-ejercida por él sobre la muchacha infeliz, y en esta, el volver en
-sí produjo una terrible impresión de la que había de tardar mucho en
-recobrarse. Bruscamente vio en D. Lope al viejo, y agrandaba con su
-fantasía la ridícula presunción del anciano que, contraviniendo la ley
-de Naturaleza, hace papeles de galán. Y no era D. Lope aún tan viejo
-como Tristana lo sentía, ni había desmerecido hasta el punto de que se
-le mandara recoger como un trasto inútil. Pero como en la convivencia
-íntima, los fueros de la edad se imponen, y no es tan fácil el disimulo
-como cuando se gallea fuera de casa, en lugares elegidos y a horas
-cómodas, surgían a cada instante mil motivos de desilusión, sin que el
-degenerado galanteador, con todo su arte y todo su talento, pudiera
-evitarlo.
-
-Este despertar de Tristana no era más que una fase de la crisis
-profunda que hubo de sufrir a los ocho meses próximamente de su
-deshonra, y cuando cumplía los veintidós años. Hasta entonces, la
-hija de Reluz, atrasadilla en su desarrollo moral, había sido toda
-irreflexión y pasividad muñequil, sin ideas propias, viviendo de
-las proyecciones del pensar ajeno, y con una docilidad tal en sus
-sentimientos, que era muy fácil evocarlos en la forma y con la
-intención que se quisiera. Pero vinieron días en que su mente floreció
-de improviso, como planta vivaz a la que le llega un buen día de
-primavera, y se llenó de ideas, en apretados capullos primero, en
-espléndidos ramilletes después. Anhelos indescifrables apuntaron en
-su alma. Se sentía inquieta, ambiciosa, sin saber de qué, de algo muy
-distante, muy alto que no veían sus ojos por parte alguna; ansiosos
-temores la turbaban a veces, a veces risueñas confianzas; veía con
-lucidez su situación, y la parte de humanidad que ella representaba
-con sus desdichas; notó en sí algo que se le había colado de rondón
-por las puertas del alma, orgullo, conciencia de no ser una persona
-vulgar; sorprendiose de los rebullicios, cada día más fuertes, de su
-inteligencia que le decía: «Aquí estoy. ¿No ves cómo pienso cosas
-grandes?» Y a medida que se cambiada en sangre y médula de mujer la
-estopa de la muñeca, iba cobrando aborrecimiento y repugnancia a la
-miserable vida que llevaba, bajo el poder de D. Lope Garrido.
-
-
-
-
-V
-
-
-Y entre las mil cosas que aprendió Tristana en aquellos días, sin que
-nadie se las enseñara, aprendió también a disimular, a valerse de
-las ductilidades de la palabra, a poner en el mecanismo de la vida
-esos muelles que la hacen flexible, esos apagadores que ensordecen
-el ruido, esas desviaciones hábiles del movimiento rectilíneo, casi
-siempre peligroso. Era que D. Lope, sin que ninguno de los dos se diese
-cuenta de ello, habíala hecho su discípula, y algunas ideas de las que
-con toda lozanía florecieron en la mente de la joven, procedían del
-semillero de su amante y por fatalidad maestro. Hallábase Tristana en
-esa edad y sazón en que las ideas se pegan, en que ocurren los más
-graves contagios del vocabulario personal, de las maneras y hasta del
-carácter.
-
-La señorita y la criada hacían muy buenas migas. Sin la compañía y
-los agasajos de Saturna, la vida de Tristana habría sido intolerable.
-Charlaban trabajando, y en los descansos charlaban más todavía. Refería
-la criada sucesos de su vida, pintándole el mundo y los hombres con
-sincero realismo, sin ennegrecer ni poetizar los cuadros; y la
-señorita, que apenas tenía pasado que contar, lanzábase a los espacios
-del suponer y del presumir, armando castilletes de vida futura como
-los juegos constructivos de la infancia con cuatro tejuelos y algunos
-montoncitos de tierra. Eran la historia y la poesía asociadas en feliz
-maridaje. Saturna enseñaba, la niña de D. Lope creaba, fundando sus
-atrevidos ideales en los hechos de la otra.
-
---Mira, tú --decía Tristana a la que, más que sirviente, era para ella
-una fiel amiga--, no todo lo que este hombre perverso nos enseña es
-disparatado, y algo de lo que habla tiene mucho intríngulis... Porque
-lo que es talento, no se puede negar que le sobra. ¿No te parece a ti
-que lo que dice del matrimonio es la pura razón? Yo... te lo confieso
-aunque me riñas, creo como él que eso de encadenarse a otra persona por
-toda la vida, es invención del diablo... ¿No lo crees tú? Te reirás
-cuando te diga que no quisiera casarme nunca, que me gustaría vivir
-siempre libre. Ya, ya sé lo que estás pensando; que me curo en salud,
-porque después de lo que me ha pasado con este hombre, y siendo pobre
-como soy, nadie querrá cargar conmigo. ¿No es eso mujer, no es eso?
-
---Ay, no, señorita, no pensaba tal cosa --replicó la doméstica
-prontamente--. Siempre se encuentran unos pantalones para todo,
-inclusive para casarse. Yo me casé una vez, y no me pesó; pero no
-volveré por agua a la fuente de la Vicaría. Libertad, tiene razón
-la señorita, libertad, aunque esta palabra no suena bien en boca de
-mujeres. ¿Sabe la señorita cómo llaman a las que sacan los pies del
-plato? Pues las llaman, por buen nombre, _libres_. De consiguiente,
-si ha de haber un poco de reputación, es preciso que haya dos pocos
-de esclavitud. Si tuviéramos oficios y carreras las mujeres, como los
-tienen esos bergantes de hombres, anda con Dios. Pero, fíjese, solo
-tres carreras pueden seguir las que visten faldas: o casarse, que
-carrera es, o el teatro..., vamos, ser cómica, que es buen modo de
-vivir, o..., no quiero nombrar lo otro. Figúreselo.
-
---Pues mira tú, de estas tres carreras, únicas de la mujer, la
-primera me agrada poco, la tercera menos, la de enmedio la seguiría
-yo si tuviera facultades; pero me parece que no las tengo... Ya sé,
-ya sé que es difícil eso de ser libre... y honrada. ¿Y de qué vive
-una mujer no poseyendo rentas? Si nos hicieran médicas, abogadas,
-siquiera boticarias o escribanas, ya que no ministras y senadoras,
-vamos, podríamos... Pero cosiendo, cosiendo... Calcula las puntadas
-que hay que dar para mantener una casa... Cuando pienso lo que será de
-mí, me dan ganas de llorar. ¡Ay, pues si yo sirviera para monja, ya
-estaba pidiendo plaza en cualquier convento! Pero no valgo, no, para
-encerronas de toda la vida. Yo quiero vivir, ver mundo y enterarme de
-por qué y para qué nos han traído a esta tierra en que estamos. Yo
-quiero vivir y ser libre... Di otra cosa: ¿y no puede una ser pintora,
-y ganarse el pan pintando cuadros bonitos? Los cuadros valen muy
-caros. Por uno que solo tenía unas montañas allá lejos, con cuatro
-árboles secos más acá, y en primer término un charco y dos patitos,
-dio mi papá mil pesetas. Conque ya ves. ¿Y no podría una mujer meterse
-a escritora y hacer comedias..., libros de rezo, o siquiera fábulas,
-Señor? Pues a mí me parece que esto es fácil. Puedes creerme que estas
-noches últimas, desvelada y no sabiendo cómo entretener el tiempo, he
-inventado no sé cuantos dramas de los que hacen llorar, y piezas de las
-que hacen reír, y novelas de muchísimo enredo y pasiones tremendas, y
-qué sé yo. Lo malo es que no sé escribir..., quiero decir, con buena
-letra, cometo la mar de faltas de Gramática, y hasta de Ortografía.
-Pero ideas, lo que llamamos ideas, cree que no me faltan.
-
---¡Ay, señorita --dijo Saturna sonriendo y alzando sus admirables ojos
-negros de la media que repasaba--, qué engañada vive si piensa que
-todo eso puede dar de comer a una señora honesta en libertad! Eso es
-para hombres, y aun ellos... ¡vaya, lucido pelo echan los que viven
-de cosas de leyenda! Echarán plumas, pero lo que es pelo... Pepe Ruiz,
-el hermano de leche de mi difunto, que es un hombre muy sabido en la
-materia, como que trabaja en la fundición donde hacen las letras de
-plomo para imprimir, nos decía que entre los de pluma todo es hambre y
-necesidad, y que aquí no se gana el pan con el sudor de la frente, sino
-con el de la lengua; más claro: que solo sacan tajada los políticos,
-que se pasan la vida echando discursos. ¿Trabajitos de cabeza?...
-¡quítese usted de ahí! ¿Dramas, cuentos y libros para reírse o llorar?
-Conversación. Los que los inventan no sacarían ni para un cocido si
-no intrigaran con el Gobierno para afanar los destinos. Así anda la
-Ministración.
-
---Pues yo te digo (_con viveza_) que hasta para eso del Gobierno y
-la política me parece a mí que había de servir yo. No te rías. Sé
-pronunciar discursos. Es cosa muy fácil. Con leer un poquitín de las
-sesiones de Cortes, en seguida te enjareto lo bastante para llenar
-medio periódico.
-
---¡Vaya por Dios! Para eso hay que ser hombre, señorita. La maldita
-enagua estorba para eso, como para montar a caballo. Decía mi difunto
-que si él no hubiera sido tan corto de genio, habría llegado a donde
-llegan pocos, porque se le ocurrían cosas tan gitanas como las que le
-echan a usted Castelar y Cánovas en las Cortes, cosas de salvar al país
-verdaderamente; pero el hijo de Dios, siempre que quería desbocarse en
-el Círculo de Artesanos, o en los metingues de los _compañeros_, se
-sentía un tenazón en el gaznate, y no acertaba con la palabra primera,
-que es la más difícil... vamos, que no rompía. Claro, no rompiendo, no
-podía ser orador ni político.
-
---¡Ay qué tonto! Pues yo rompería, vaya si rompería. (_Con
-desaliento._) Es que vivimos sin movimiento, atadas con mil
-ligaduras... También se me ocurre que yo podría estudiar lenguas. No
-sé más que las raspaduras de francés que me enseñaron en el colegio,
-y ya las voy olvidando. ¡Qué gusto hablar inglés, alemán, italiano!
-Me parece a mí que si me pusiera, lo aprendería pronto. Me noto... no
-sé cómo decírtelo... me noto como si supiera ya un poquitín antes de
-saberlo, como si en otra vida hubiera sido yo inglesa o alemana, y me
-quedara un dejo...
-
---Pues eso de las lenguas --afirmó Saturna, mirando a la señorita con
-maternal solicitud--sí que le convenía aprenderlo, porque la que da
-lecciones lo gana, y además es un gusto poder entender todo lo que
-parlan los extranjeros. Bien podría el amo ponerle un buen profesor.
-
---No me nombres a tu amo. No espero nada de él. (_Meditabunda, mirando
-la luz._) No sé, no sé cuándo ni cómo concluirá esto; pero de alguna
-manera ha de concluir.
-
-La señorita calló, sumergiéndose en una cavilación sombría. Acosada
-por la idea de abandonar la morada de D. Lope, oyó en su mente el
-hondo tumulto de Madrid, vio la polvareda de luces que a lo lejos
-resplandecía, y se sintió embelesada por el sentimiento de su
-independencia. Volviendo de aquella meditación como de un letargo,
-suspiró fuerte. ¡Cuán sola estaría en el mundo fuera de la casa de su
-pobre y caduco galán! No tenía parientes, y las dos únicas personas a
-quienes tal nombre pudiera dar, hallábanse muy lejos: su tío materno
-D. Fernando, en Filipinas, el primo Cuesta, en Mallorca, y ninguno
-de los dos había mostrado nunca malditas ganas de ampararla. Recordó
-también (y a todas estas Saturna la observaba con ojos compasivos)
-que las familias que tuvieron visiteo y amistad con su madre, la
-miraban ya con prevención y despego, efecto de la endiablada sombra
-de don Lope. Contra esto, no obstante, hallaba Tristana en su orgullo
-defensa eficaz, y despreciando a quien la ofendía, se daba una de esas
-satisfacciones ardientes que fortifican por el momento como el alcohol,
-aunque a la larga destruyan.
-
---¡Dale! No piense cosas tristes --le dijo Saturna, pasándole la mano
-por delante de los ojos, como si ahuyentara una mosca.
-
-
-
-
-VI
-
-
---¿Pues en qué quieres que piense, en cosas alegres? Dime dónde están,
-dímelo pronto.
-
-Para amenizar la conversación, Saturna echaba mano prontamente de
-cualquier asunto jovial, sacando a relucir anécdotas y chismes de la
-gárrula sociedad que las rodeaba. Algunas noches se entretenían en
-poner en solfa a D. Lope, el cual, al verse en tan gran decadencia,
-desmintió los hábitos espléndidos de toda su vida, volviéndose algo
-roñoso. Apremiado por la creciente penuria, regateaba los míseros
-gastos de la casa, educándose, ¡a buenas horas!, en la administración
-doméstica, tan disconforme con su caballería. Minucioso y cominero,
-intervenía en cosas que antes estimaba impropias de su decoro señoril,
-y gastaba un genio y unos refunfuños que le desfiguraban más que
-los hondos surcos de la cara y el blanquear del cabello. Pues de
-estas miserias, de estas prosas trasnochadas de la vida del D. Juan
-caído, sacaban las dos hembras materia para reírse y pasar el rato.
-Lo gracioso del caso era que, como D. Lope ignoraba en absoluto la
-economía doméstica, mientras más se las echaba de financiero y de buen
-mayordomo, más fácilmente le engañaba Saturna, consumada maestra en
-sisas y otras artimañas de cocinera y compradora.
-
-Con Tristana fue siempre el caballero todo lo generoso que su pobreza
-cada vez mayor le permitía. Iniciada con tristísimos caracteres la
-escasez, en el costoso renglón de ropa fue donde primero se sintió el
-doloroso recorte de las economías; pero D. Lope sacrificó su presunción
-a la de su esclava, sacrificio no flojo en hombre tan devoto admirador
-de sí mismo. Llegó día en que la escasez mostró toda la fealdad seca
-de su cara de muerte, y ambos quedaron iguales en lo anticuado y
-traído de la ropa. La pobre niña se quemaba las cejas, haciendo con
-sus trapitos, ayudada de Saturna, mil refundiciones que eran un primor
-de habilidad y paciencia. En los fugaces tiempos, que bien podríamos
-llamar felices o dorados, Garrido la llevaba al teatro alguna vez;
-mas la necesidad, con su cara de hereje, decretó al fin la absoluta
-supresión de todo espectáculo público. Los horizontes de la vida se
-cerraban y ennegrecían cada día más delante de la señorita de Reluz,
-y aquel hogar desapacible, frío de afectos, pobre, vacío en absoluto
-de ocupaciones gratas, le abrumaba el espíritu. Porque la casa, en la
-cual lucían restos de instalaciones que fueron lujosas, se iba poniendo
-de lo más feo y triste que es posible imaginar: todo anunciaba
-penuria y decaimiento: nada de lo roto o deteriorado se componía ni
-se reparaba. En la salita desconcertada y glacial solo quedaba, entre
-trastos feísimos, un bargueño estropeado por las mudanzas, en el cual
-tenía D. Lope su archivo galante. En las paredes veíanse los clavos de
-donde pendieron las panoplias. En el gabinete observábase hacinamiento
-de cosas que debieron de tener hueco en local más grande, y en el
-comedor no había más mueble que la mesa y unas sillas cojas con el
-cuero desgarrado y sucio. La cama de D. Lope, de madera con columnas
-y pabellón airoso, imponía por su corpulencia monumental; pero las
-cortinas de damasco azul no podían ya con más desgarrones. El cuarto de
-Tristana, inmediato al de su dueño, era lo menos marcado por el sello
-del desastre, gracias al exquisito esmero con que ella defendía su
-ajuar de la descomposición y de la miseria.
-
-Y si la casa declaraba, con el expresivo lenguaje de las cosas, la
-irremediable decadencia de la caballería sedentaria, la persona del
-galán iba siendo rápidamente imagen lastimosa de lo fugaz y vano de
-las glorias humanas. El desaliento, la tristeza de su ruina, debían
-de influir no poco en el _bajón_ del menesteroso caballero, ahondando
-las arrugas de sus sienes más que los años, y más que el ajetreo que
-desde los veinte se traía. Su cabello, que a los cuarenta empezó a
-blanquear, se había conservado espeso y fuerte; pero ya se le caían
-mechones, que él habría repuesto en su sitio si hubiera alguna alquimia
-que lo consintiese. La dentadura se le conservaba bien en la parte
-más visible; pero sus hasta entonces admirables muelas empezaban a
-insubordinarse, negándose a masticar bien, o rompiéndosele en pedazos,
-cual si unas a otras se mordieran. El rostro de soldado de Flandes
-iba perdiendo sus líneas severas, y el cuerpo no podía conservar su
-esbeltez de antaño sin el auxilio de una férrea voluntad. Dentro de
-casa la voluntad se rendía, reservando sus esfuerzos para la calle,
-paseos y casino.
-
-Comúnmente, si al entrar de noche encontraba despiertas a las dos
-mujeres, echaba un parrafito con ellas, corto con Saturna, a quien
-mandaba que se acostara, largo con Tristana. Pero llegó un tiempo en
-que casi siempre entraba silencioso y de mal talante, y se metía en su
-cuarto, donde la cautiva infeliz tenía que oír y soportar sus clamores
-por la tos persistente, por el dolor reumático, o la sofocación del
-pecho. Renegaba D. Lope y ponía el grito en el cielo, cual si creyese
-que la Naturaleza no tenía ningún derecho a hacerle padecer, o si se
-considerara mortal predilecto, relevado de las miserias que afligen
-a la humanidad. Y para colmo de desdichas, veíase precisado a dormir
-con la cabeza envuelta en un feo pañuelo, y su alcoba apestaba de los
-menjurjes que usar solía para el reuma o el romadizo.
-
-Pero estas menudencias, que herían a D. Lope en lo más vivo de su
-presunción, no afectaban a Tristana tanto como las fastidiosas mañas
-que iba sacando el pobre señor, pues al derrumbarse tan lastimosamente
-en lo físico y en lo moral dio en la flor de tener celos. El que jamás
-concedió a ningún nacido los honores de la rivalidad, al sentir en
-sí la vejez del león se llenaba de inquietudes, y veía salteadores y
-enemigos en su propia sombra. Reconociéndose caduco, el egoísmo le
-devoraba, como una lepra senil, y la idea de que la pobre joven le
-comparase, aunque solo mentalmente, con soñados ejemplares de belleza
-y juventud, le acibaraba la vida. Su buen juicio, la verdad sea dicha,
-no le abandonaba enteramente, y en sus ratos lúcidos, que por lo común
-eran por la mañana, reconocía toda la importunidad y sinrazón de su
-proceder, y procuraba adormecer a la cautiva con palabras de cariño y
-confianza.
-
-Poco duraban estas paces, porque al llegar la noche, cuando el viejo y
-la niña se quedaban solos, recobraba el primero su egoísmo semítico,
-sometiéndola a interrogatorios humillantes, y una vez, exaltado por
-aquel suplicio en que le ponía la desproporción alarmante entre su
-flacidez enfermiza y la lozanía de Tristana, llegó a decirle:
-
---Si te sorprendo en algún mal paso, te mato, cree que te mato.
-Prefiero terminar trágicamente a ser ridículo en mi decadencia.
-Encomiéndate a Dios antes de faltarme. Porque yo lo sé, lo sé; para
-mí no hay secretos; poseo un saber infinito de estas cosas, y una
-experiencia y un olfato... que no es posible pegármela, no, no es
-posible.
-
-
-
-
-VII
-
-
-Algo se asustaba Tristana, sin llegar a sentir terror, ni a creer al
-pie de la letra en las fieras amenazas de su dueño, cuyos alardes
-de olfato y adivinación estimaba como ardid para dominarla. La
-tranquilidad de su conciencia dábale valor contra el tirano, y ni
-aun se cuidaba de obedecerle en sus infinitas prohibiciones. Aunque
-le había ordenado no salir de paseo con Saturna, se escabullía casi
-todas las tardes: pero no iban a Madrid, sino hacia Cuatro Caminos, al
-Partidor, al Canalillo o hacia las alturas que dominan el Hipódromo:
-paseo de campo, con merienda las más veces, y esparcimiento saludable.
-Eran los únicos ratos de su vida en que la pobre esclava podía
-dar de lado a su tristeza, y gozaba de ellos con abandono pueril,
-permitiéndose correr y saltar, y jugar a las cuatro esquinas con la
-chica del tabernero, que solía acompañarla, o alguna otra amiguita
-del vecindario. Los domingos, el paseo era de muy distinto carácter.
-Saturna tenía a su hijo en el Hospicio, y según costumbre de todas las
-madres que se hallan en igual caso, salía a encontrarle en el paseo.
-
-Comúnmente, al llegar la caterva de chiquillos a un lugar convenido
-en las calles nuevas de Chamberí, les dan el rompan-filas, y se ponen
-a jugar. Allí les aguardan ya las madres, abuelas o tías (del que las
-tiene), con el pañuelito de naranjas, cacahuetes, avellanas, bollos
-o mendrugos de pan. Algunos corretean y brincan jugando a la _toña_;
-otros se pegan a los grupos de mujeres. Los hay que piden cuartos al
-transeúnte, y casi todos rodean a las vendedoras de caramelos largos,
-avellanas y piñones. Mucho gustaban a Tristana tales escenas, y ningún
-domingo, como hiciera buen tiempo, dejaba de compartir con su sirviente
-la grata ocupación de obsequiar al hospicianillo, el cual se llamaba
-Saturno, como su madre, y era rechoncho, patizambo, con unos mofletes
-encendidos y carnosos que venían a ser como certificación viva del buen
-régimen del Establecimiento provincial. La ropa de paño burdo no le
-consentía ser muy elegante en sus movimientos, y la gorra con galón no
-ajustaba bien a su cabezota, de cabello duro y cerdoso como los pelos
-de un cepillo. Su madre y Tristana le encontraban muy salado; pero hay
-que confesar que de salado no tenía ni pizca; era, sí, dócil, noblote y
-aplicadillo, con aficiones a la tauromaquia callejera. La señorita le
-obsequiaba siempre con alguna naranja, y le llevaba además una perra
-chica para que comprase cualquier chuchería de su agrado; y por más que
-su madre le incitaba al ahorro, sugiriéndole la idea de ir guardando
-todo el numerario que obtuviera, jamás pudo conseguir poner diques a su
-despilfarro, y cuarto adquirido era cuarto lanzado a la circulación.
-Así prosperaba el comercio de molinitos de papel, de banderillas para
-torear, y de torrados y bellotas.
-
-Tras importunas lluvias, trajo el año aquel una apacible quincena de
-octubre, con sol picón, cielo despejado, aire quieto; y aunque por
-las mañanas amanecía Madrid enfundado de nieblas, y por las noches
-la radiación enfriaba considerablemente el suelo, las tardes, de dos
-a cinco, eran deliciosas. Los domingos no quedaba bicho viviente en
-casa, y todas las vías de Chamberí, los altos de Maudes, las avenidas
-del Hipódromo y los cerros de Amaniel, hormigueaban de gente. Por
-la carretera no cesaba el presuroso desfile hacia los merenderos de
-Tetuán. Un domingo de aquel hermoso octubre, Saturna y Tristana fueron
-a esperar a los hospicianos en la calle de Ríos Rosas, que enlaza los
-altos de Santa Engracia con la Castellana, y en aquella hermosa vía,
-bien asoleada, ancha y recta, que domina un alegre y extenso campo,
-fue soltada la doble cuerda de presos. Unos se pegaron a las madres,
-que les habían venido siguiendo desde lejos; otros armaron al instante
-la indispensable corrida de novillos de puntas, con presidencia,
-chiqueros, apartado, callejones, barrera, música del Hospicio, y demás
-perfiles. A la sazón pasaron por allí, viniendo de la Castellana,
-los sordomudos, en grupos de mudo y ciego, con sus gabanes azules y
-galonada gorra. En cada pareja, los ojos del mudo valían al ciego
-para poder andar sin tropezones; se entendían por el tacto con tan
-endiabladas garatusas, que causaba maravilla verles hablar. Gracias a
-la precisión de aquel lenguaje, enteráronse pronto los ciegos de que
-allí estaban los hospicianos, mientras los muditos, todos ojos, se
-deshacían por echar un par de _verónicas_. ¡Como que para esto maldita
-falta les hacía el don de la palabra! En alguna pareja de sordos,
-las garatusas eran un movimiento o vibración rapidísima, tan ágil y
-flexible como la humana voz. Contrastaban las caras picarescas de los
-mudos, en cuyos ojos resplandecía todo el verbo humano, con las caras
-aburridas, muertas, de los ciegos, picoteadas atrozmente de viruelas,
-vacíos los ojos y cerrados entre cerdosas pestañas, o abiertos, aunque
-insensibles a la luz, con pupila de cuajado vidrio.
-
-Detuviéronse allí, y por un momento reinó la fraternidad entre unos y
-otros. Gestos, muecas, cucamonas mil. Los ciegos, no pudiendo tomar
-parte en ningún juego, se apartaban desconsolados. Algunos se permitían
-sonreír como si vieran, llegando al conocimiento de las cosas por el
-velocísimo teclear de los dedos. Tal compasión inspiraban a Tristana
-aquellos infelices, que casi casi le hacía daño mirarles. ¡Cuidado
-que no ver! No acababan de ser personas: faltábales la facultad de
-enterarse, y ¡qué trabajo tener que enterarse de todo pensándolo!
-
-Apartose Saturno de su mamá para unirse a una partida que, apostada
-en sitio conveniente, desvalijaba a los transeúntes, no de dinero,
-sino de cerillas. «El fósforo o la vida» era la consigna, y con tal
-saqueo reunían los muchachos materia bastante para sus ejercicios
-pirotécnicos, o para encender las hogueras de la Inquisición. Fue
-Tristana en su busca; antes de aproximarse a los incendiarios, vio a
-un hombre que hablaba con el profesor de los sordomudos, y al cruzarse
-su mirada con la de aquel sujeto, pues en ambos el verse y el mirarse
-fueron una acción sola, sintió una sacudida interna, como suspensión
-instantánea del correr de la sangre.
-
-¿Qué hombre era aquel? Habíale visto antes, sin duda; no recordaba
-cuándo ni dónde, allí, o en otra parte; pero aquella fue la primera vez
-que al verle sintió sorpresa hondísima, mezclada de turbación, alegría
-y miedo. Volviéndole la espalda, habló con Saturno para convencerle
-del peligro de jugar con fuego, y oía la voz del desconocido hablando
-con picante viveza de cosas que ella no pudo entender. Al mirarle de
-nuevo, encontró los ojos de él que la buscaban. Sintió vergüenza, y se
-apartó de allí, no sin determinarse a lanzar desde lejos otra miradita,
-deseando examinar con ojos de mujer al hombre que tan sin motivo
-absorbía su atención, ver si era rubio o moreno, si vestía con gracia,
-si tenía aires de persona principal, pues de nada de esto se había
-enterado aún. El tal se alejaba: era joven, de buena estatura, vestía
-como persona elegante que no está de humor de vestirse, en la cabeza
-un livianillo, chafado sin afectación, arrastrando, mal cogido con la
-mano derecha, un gabán de verano de mucho uso. Lo llevaba como quien
-no estima en nada las prendas de vestir. El traje era gris, la corbata
-de lazada hecha a mano con descuido. Todo esto lo observó en un decir
-Jesús, y, la verdad, el caballero aquel, o lo que fuese, _le resultaba_
-simpático... muy moreno, con barba corta... Creyó al pronto que llevaba
-quevedos... pero no; nada de ojos sobrepuestos; solo los naturales,
-que... Tristana no pudo, por la mucha distancia, apreciar cómo eran.
-
-Desapareció el individuo, persistiendo su imagen en el pensamiento de
-la esclava de don Lope, y al día siguiente, esta, de paseo con Saturna,
-le volvió a ver. Iba con el mismo traje; pero llevaba puesto el gabán,
-y al cuello un pañuelo blanco, porque soplaba un fresco picante. Mirole
-con descaro inocente, regocijada de verle, y él la miraba también,
-parándose a discreta distancia. «Parece que quiere hablarme --pensaba
-la joven--. Y verdaderamente, no sé por qué no me dice lo que tiene
-que decirme.» Reíase Saturna de aquel flecheo insípido, y la señorita,
-poniéndose colorada, hacía como que se burlaba también. Por la noche
-no tuvo sosiego, y sin atreverse a comunicar a Saturna lo que sentía,
-se declaraba a sí propia las cosas más graves. «¡Cómo me gusta ese
-hombre! No sé qué daría porque se atreviera... No sé quién es, y pienso
-en él noche y día. ¿Qué es esto? ¿Estoy yo loca? ¿Significa esto la
-desesperación de la prisionera que descubre un agujerito por donde
-escaparse? Yo no sé lo que es esto; solo sé que necesito que me hable,
-aunque sea por telégrafos, como los sordomudos, o que me escriba. No
-me espanta la idea de escribirle yo, o de decirle que sí, antes que él
-me pregunte... ¡Qué desvarío! ¿Pero quién será? Podría ser un pillo,
-un... No, bien se ve que es una persona que no se parece a las demás
-personas. Es solo, único... bien claro está. No hay otro. ¡Y encontrar
-yo el único, y ver que este único tiene más miedo que yo, y no se
-atreve a decirme que soy su única! No, no, yo le hablo, le hablo...
-me acerco, le pregunto qué hora es, cualquier cosa... o le digo, como
-los hospicianos, que me haga el favor de una cerillita... ¡Vaya un
-disparate! ¡Qué pensaría de mí! Tendríame por una mujer casquivana. No,
-no, él es el que debe romper...»
-
-A la tarde siguiente, ya casi de noche, viniendo señorita y criada en
-el tranvía descubierto, ¡él también! Le vieron subir en la Glorieta de
-Quevedo: pero como había bastante gente, tuvo que quedarse en pie en
-la plataforma delantera. Tristana sentía tal sofocación en su pecho,
-que a ratos érale forzoso ponerse en pie para respirar. Un peso enorme
-gravitaba sobre sus pulmones, y la idea de que, al bajar del coche, el
-desconocido se decidiría a romper el silencio, la llenaba de turbación
-y ansiedad. ¿Y qué le iba a contestar ella? Pues señor, no tenía
-más remedio que manifestarse muy sorprendida, rechazar, alarmarse,
-ofenderse y decir que no y qué sé yo... Esto era lo bonito y decente.
-Bajaron, y el caballero incógnito las siguió a honestísima distancia.
-No se atrevía la esclava de D. Lope a volver la cabeza, pero Saturna se
-encargaba de mirar por las dos. Deteníanse con pretextos rebuscados;
-retrocedían como para ver el escaparate de una tienda... y nada. El
-galán... mudo como un cartujo. Las dos mujeres, en su desordenado
-andar, tropezaron con unos chicos que jugaban en la acera, y uno de
-ellos cayó al suelo chillando, mientras los otros corrían hacia las
-puertas de las casas alborotando como demonios. Confusión, tumulto
-infantil, madres que acuden airadas... Tantas manos quisieron levantar
-al muchacho caído, que se cayó otro, y el barullo aumentó.
-
-Como en esto observara Saturna que su señorita y el galán desconocido
-no distaban un palmo el uno del otro, se apartó solapadamente. «Gracias
-a Dios --pensó atisbándoles de lejos--; ya pica: hablando están.» ¿Qué
-dijo a Tristana el sujeto aquel? No se sabe. Solo consta que Tristana
-le contestó a todo que sí, ¡sí, sí!, cada vez más alto, como persona
-que, avasallada por un sentimiento más fuerte que su voluntad, pierde
-en absoluto el sentido de las conveniencias. Fue su situación semejante
-a la del que se está ahogando y ve un madero y a él se agarra, creyendo
-encontrar en él su salvación. Es absurdo pedir al náufrago que adopte
-posturas decorosas al asirse a la tabla. Voces hondas del instinto de
-salvación eran las breves y categóricas respuestas de la niña de D.
-Lope, aquel sí pronunciado tres veces con creciente intensidad de
-tono, grito de socorro de un alma desesperada... Corta y de provecho
-fue la escenita. Cuando Tristana volvió al lado de Saturna, se llevó
-una mano a la sien, y temblando le dijo:
-
---¡Pero si estoy loca!... Ahora comprendo mi desvarío. No he tenido
-tacto, ni malicia, ni dignidad. Me he vendido, Saturna... ¡Qué pensará
-de mí! Sin saber lo que hacía..., arrastrada por un vértigo..., a
-todo cuanto me dijo le contesté que sí..., ¡pero cómo...!, ¡ay!, no
-sabes..., vaciando mi alma por los ojos. Los suyos me quemaban. ¡Y yo
-que creía saber algo de estas hipocresías que tanto convienen a una
-mujer! Si me creerá tonta..., si pensará que no tengo vergüenza... Es
-que yo no podía disimular, ni hacer papeles de señorita tímida. La
-verdad se me sale a los labios, y el sentimiento se me desborda...,
-quiero ahogarlo, y me ahoga. ¿Es esto estar enamorada? Solo sé que
-le quiero con toda mi alma, y así se lo he dado a entender, ¡qué
-afrenta!, le quiero sin conocerle, sin saber ni quién es ni cómo se
-llama. Yo entiendo que los amores no deben empezar así..., al menos
-no es lo corriente, sino que vayan por grados, entre _síes_ y _noes_
-muy habilidosos, con cuquería... Pero yo no puedo ser así, y entrego
-el alma cuando ella me dice que quiere entregarse... Saturna, ¿qué
-crees? ¿Me tendrá por mujer mala? Aconséjame, dirígeme. Yo no sé de
-estas cosas... Espera, escucha: mañana, cuando vuelvas de la compra, le
-encontrarás en esa esquina donde nos hablamos, y te dará una cartita
-para mí. Por lo que más quieras, por la salud de tu hijo querido,
-Saturna, no te niegues a hacerme este favor, que te agradecerá toda mi
-vida. Tráeme, por Dios, el papelito, tráemelo, si no quieres que me
-muera mañana.
-
-
-
-
-VIII
-
-
-«Te quise desde que nací...» Esto decía la primera carta...; no, no,
-la segunda, que fue precedida de una breve entrevista en la calle,
-debajito de un farol, entrevista intervenida con hipócrita severidad
-por Saturna, y en la cual los amantes se tutearon sin acuerdo
-previo, como si no existiesen, ni existir pudieran, otras formas de
-tratamiento. Asombrábase ella del engaño de sus ojos en las primeras
-apreciaciones de la persona del desconocido. Cuando se fijó en él,
-la tarde aquella de los sordomudos, túvole por un señor así como de
-treinta o más años. ¡Qué tonta! ¡Si era un muchacho...! Y su edad
-no pasaría seguramente de los veinticinco, solo que tenía un cierto
-aire reflexivo y melancólico, más propio de la edad madura que de la
-juventud. Ya no dudaba que sus ojos eran como centellas, su color
-moreno caldeado del sol, su voz como blanda música que Tristana
-no había oído hasta entonces, y que más le halagaba los senos del
-cerebro después de escuchada. «Te estoy queriendo, te estoy buscando
-desde antes de nacer --decía la tercera carta de ella, empapada en un
-espiritualismo delirante--. No formes mala idea de mí si me presento a
-ti sin ningún velo, pues el del falso decoro con que el mundo ordena
-que se encapuchen nuestros sentimientos, se me deshizo entre las manos
-cuando quise ponérmelo. Quiéreme como soy; y si llegara a entender que
-mi sinceridad te parecía desenfado o falta de vergüenza, no vacilaría
-en quitarme la vida.»
-
-Y él a ella: «El día en que te descubrí fue el último de un largo
-destierro.»
-
-Ella: «Si algún día encuentras en mí algo que te desagrade, hazme la
-caridad de ocultarme tu hallazgo. Eres bueno, y si por cualquier motivo
-dejas de quererme o de estimarme, me engañarás, ¿verdad?, haciéndome
-creer que soy la misma para ti. Antes de dejar de amarme, dame la
-muerte mil veces.»
-
-Y después de escribir estas cosas, no se venía el mundo abajo. Al
-contrario, todo seguía lo mismo en la Tierra y en el Cielo. ¿Pero quién
-era él, quién? Horacio Díaz, hijo de español y de austriaca, del país
-que llaman _Italia irredenta_; nacido en el mar, navegando los padres
-desde Fiume a la Argelia; criado en Orán hasta los cinco años, en
-Savannah (Estados Unidos) hasta los nueve, en Shangai (China) hasta los
-doce; cuneado por las olas del mar, transportado de un mundo a otro,
-víctima inocente de la errante y siempre expatriada existencia de un
-padre cónsul. Con tantas idas y venidas, y el fatigoso pasear por el
-globo, y la influencia de aquellos endiablados climas, perdió a su
-madre a los doce años, y a su padre a los trece, yendo a parar después
-a poder de su abuelo paterno, con quien vivió quince años en Alicante,
-padeciendo bajo su férreo despotismo más que los infelices galeotes que
-movían a fuerza de remo las pesadas naves antiguas.
-
-Para más noticias, óiganse las que atropelladamente vomitó la boca de
-Saturna, más bien secreteadas que dichas:
-
---Señorita..., ¡qué cosas! Voy a buscarle, pues quedamos en ello, al
-número 5 de la calle esa de más abajo..., y apechugo tan terne con la
-dichosa escalerita. Me había dicho que a lo último, a lo último, y yo
-mientras veía escalones por delante, para arriba siempre. ¡Qué risa!
-Casa nueva; dentro un patio de cuartos domingueros, pisos y más pisos,
-y al fin.... Es aquello como un palomar, vecinito de los pararrayos, y
-con vistas a las mismas nubes. Yo creí que no llegaba. Por fin, echando
-los pulmones, allí me tiene usted. Figúrese un cuarto muy grande, con
-un ventanón por donde se cuela toda la luz del cielo, las paredes de
-colorado, y en ellas cuadros, bastidores de lienzo, cabezas sin cuerpo,
-cuerpos descabezados, talles de mujer con pechos inclusive, hombres
-peludos, brazos sin persona, y fisonomías sin orejas, todo con el
-mismísimo color de nuestra carne. Créame, tanta cosa desnuda le da a
-una vergüenza... Divanes, sillas que parecen antiguas, figuras de yeso
-con los ojos sin niña, manos y pies descalzos..., de yeso también... Un
-caballete grande, otro más chico, y sobre las sillas o clavadas en la
-pared, pinturas cortas, enteras o partidas, vamos al decir, sin acabar,
-algunas con su cielito azul, tan al vivo como el cielo de verdad, y
-después un pedazo de árbol, un pretil..., tiestos; en otra naranjas y
-unos melocotones..., pero muy ricos... En fin, para no cansar, telas
-preciosas, y una vestidura de ferretería, de las que se ponían los
-guerreros de antes. ¡Qué risa! Y él allí con la carta ya escrita.
-Como soy tan curiosona, quise saber si vivía en aquel aposento tan
-ventilado, y me dijo que no y que sí, pues... Duerme en casa de una tía
-suya, allá por Monteleón; pero todo el día se lo pasa acá, y come en
-uno de los merenderos de junto al Depósito.
-
---Es pintor; ya lo sé --dijo Tristana, sofocada de puro dichosa--. Eso
-que has visto es su estudio, boba. ¡Ay, qué rebonito será!
-
-Además de cartearse a diario con verdadero ensañamiento, se veían
-todas las tardes. Tristana salía con Saturna, y él las aguardaba un
-poco más acá de Cuatro Caminos. La criada les dejaba partir solos, con
-bastante pachorra y discreción bastante para esperarles todo el tiempo
-que emplearan ellos en divagar por las verdes márgenes de la acequia
-del Oeste, o por los cerros áridos de Amaniel, costeando el canal del
-Lozoya. Él iba de capa, ella de velito y abrigo corto, de bracete,
-olvidados del mundo y de sus fatigas y vanidades, viviendo el uno para
-el otro y ambos para un yo doble, soñando paso a paso, o sentaditos en
-extático grupo. De lo presente hablaban mucho; pero la autobiografía
-se infiltraba sin saber cómo en sus charlas dulces y confiadas, todas
-amor, idealismo y arrullo, con alguna queja mimosa o petición formulada
-de pico a pico por el egoísmo insaciable, que exige promesas de querer
-más, más, y a su vez ofrece increíbles aumentos de amor, sin ver el
-límite de las cosas humanas.
-
-En las referencias biográficas era más hablador Horacio que la niña de
-D. Lope. Esta, con muchísimas ganas de lucir su sinceridad, sentíase
-amordazada por el temor a ciertos puntos negros. Él, en cambio, ardía
-en deseos de contar su vida, la más desgraciada y penosa juventud que
-cabe imaginar, y por lo mismo que ya era feliz, gozaba en revolver
-aquel fondo de tristeza y martirio. Al perder a sus padres, fue
-recogido por su abuelo paterno, bajo cuyo poder tiránico padeció y
-gimió los años que median entre la adolescencia y la edad viril.
-¡Juventud!, casi casi no sabía él lo que esto significaba. Goces
-inocentes, travesuras, la frívola inquietud con que el niño ensaya los
-actos del hombre, todo esto era letra muerta para él. No ha existido
-fiera que a su abuelo pudiese compararse, ni cárcel más horrenda que
-aquella pestífera y sucia droguería, en que encerrado le tuvo como unos
-quince años, contrariando con terquedad indocta su innata afición a
-la pintura, poniéndole los grillos odiosos del cálculo aritmético, y
-metiéndole en el magín, a guisa de tapones para contener las ideas, mil
-trabajos antipáticos de cuentas, facturas y demonios coronados. Hombre
-de temple semejante al de los más crueles tiranos de la antigüedad o
-del moderno imperio turco, su abuelo había sido y era el terror de
-toda la familia. A disgustos mató a su mujer, y los hijos varones se
-expatriaron por no sufrirle. Dos de las hijas se dejaron robar, y las
-otras se casaron de mala manera por perder de vista la casa paterna.
-
-Pues, señor, aquel tigre cogió al pobre Horacito a los trece años,
-y como medida preventiva le ataba las piernas a las patas de la
-mesa-escritorio, para que no saliese a la tienda, ni se apartara del
-trabajo fastidioso que le imponía. Y como le sorprendiera dibujando
-monigotes con la pluma, los coscorrones no tenían fin. A todo trance
-anhelaba despertar en su nietecillo la afición al comercio, pues todo
-aquello de la pintura, y el arte y los pinceles no eran más, a su
-juicio, que una manera muy tonta de morirse de hambre. Compañero de
-Horacio en estos trabajos y martirios era un dependiente de la casa,
-viejo, más calvo que una vejiga de manteca, flaco y de color de ocre,
-el cual, a la calladita, por no atreverse a contrariar al amo, de quien
-era como un perro fiel, dispensaba cariñosa protección al pequeñuelo,
-tapándole las faltas y buscando pretextos para llevarle consigo a
-recados y comisiones, a fin de que estirase las piernas y esparciese
-el ánimo. El chico era dócil, y de muy endebles recursos contra el
-despotismo. Resignábase a sufrir hasta lo indecible antes que poner a
-su tirano en el disparadero, y el demonio del hombre se disparaba por
-la cosa más insignificante. Sometiose la víctima, y ya no le amarraron
-los pies a la mesa, y pudo moverse con cierta libertad en aquel tugurio
-antipático, pestilente y oscuro, donde había que encender el mechero
-de gas a las cuatro de la tarde. Adaptábase poco a poco a tan horrible
-molde, renunciando a ser niño, envejeciéndose a los quince años,
-remedando involuntariamente la actitud sufrida y los gestos mecánicos
-de Hermógenes, el amarillo y calvo dependiente que, por carecer de
-personalidad, hasta de edad carecía. No era joven, ni tampoco viejo.
-
-En aquella espantosa vida, _pasándose_ de cuerpo y alma, como las
-uvas puestas al sol, conservaba Horacio el fuego interior, la pasión
-artística, y cuando su abuelo le permitió algunas horas de libertad
-los domingos, y le concedió el fuero de persona humana, dándole un
-real para sus esparcimientos, ¿qué hacía el chico? procurarse papel
-y lápices, y dibujar cuanto veía. Suplicio grande fue para él que
-habiendo en la tienda tanta pintura en tubos, pinceles, paletas, y
-todo el material de aquel arte que adoraba, no le fuera permitido
-utilizarlo. Esperaba y esperaba siempre mejores tiempos, viendo rodar
-los monótonos días, iguales siempre a sí mismos, como iguales son los
-granos de arena de una clepsidra. Sostúvole la fe en su destino, y
-gracias a ella soportaba tan miserable y ruin existencia.
-
-El feroz abuelo era también avaro, de la escuela del licenciado Cabra,
-y daba de comer a su nieto y a Hermógenes lo preciso absolutamente para
-vivir, sin refinamientos de cocina que, a su parecer, solo servían para
-ensuciar el estómago. No le permitía juntarse con otros chicos, pues
-las compañías, aunque no sean enteramente malas, solo sirven hoy para
-perderse: están los muchachos tan comidos de vicios como los hombres.
-¡Mujeres!... Este ramo del vivir era el que en mayores cuidados al
-tirano ponía, y de seguro, si llega a sorprender a su nieto en alguna
-debilidad de amor, aunque de las más inocentes, le rompe el espinazo.
-No consentía, en suma, que el chico tuviese voluntad, pues la voluntad
-de los demás le estorbaba a él como sus propios achaques físicos, y
-al sorprender en alguien síntomas de carácter, padecía como si le
-doliesen las muelas. Quería que Horacio fuera droguista, que cobrase
-afición al _género_, a la contabilidad escrupulosa, a la rectitud
-comercial, al manejo de la tienda; deseaba hacer de él un hombre, y
-enriquecerle; se encargaría de casarle oportunamente, esto es, de
-proporcionarle una madre para los hijos que debía tener; de labrarle un
-hogar modesto y ordenado, de reglamentar su existencia hasta la vejez,
-y la existencia de sus sucesores. Para llegar a este fin, que D. Felipe
-Díaz conceptuaba tan noble como el fin sin fin de salvar el alma, lo
-primerito era que Horacio se curase de aquella estúpida chiquillada
-de querer representar los objetos por medio de una pasta que se
-aplica sobre tabla o tela. ¡Vaya una tontería! ¡Querer reproducir la
-Naturaleza, cuando tenemos ahí la Naturaleza misma delante de los ojos!
-¿A quien se le ocurre tal disparate? ¿Qué es un cuadro? Una mentira,
-como las comedias, una función muda, y por muy bien pintado que un
-cielo esté, nunca se puede comparar con el cielo mismo. Los artistas
-eran, según él, unos majaderos, locos y falsificadores de las cosas,
-y su única utilidad consistía en el gasto que hacían en las tiendas
-comprando los enseres del oficio. Eran, además, viles usurpadores de
-la facultad divina, e insultaban a Dios queriendo remedarle, creando
-fantasmas o figuraciones de cosas, que solo la acción divina puede y
-sabe crear, y por tal crimen, el lugar más calentito de los Infiernos
-debía ser para ellos. Igualmente despreciaba D. Felipe a los cómicos y
-a los poetas; como que se preciaba de no haber leído jamás un verso, ni
-visto una función de teatro; y hacía gala también de no haber viajado
-nunca, ni en ferrocarril, ni en diligencia, ni en carromato, de no
-haberse ausentado de su tienda más que para ir a misa, o para evacuar
-algún asunto urgente.
-
-Pues bien, todo su empeño era reacuñar a su nieto con este durísimo
-troquel, y cuando el chico creció y fue hombre, crecieron en el viejo
-las ganas de estampar en él sus hábitos y sus rancias manías. Porque
-debe decirse que le amaba, sí, ¿a qué negarlo? le había tomado cariño,
-un cariño extravagante, como todos sus afectos y su manera de ser.
-La voluntad de Horacio, en tanto, fuera de la siempre viva vocación
-de la pintura, había llegado a ponerse lacia por la falta de uso.
-Últimamente, a escondidas del abuelo, en un cuartucho alto de la casa,
-que este le permitió disfrutar, pintaba, y hay algún indicio de que
-lo sospechaba el feroz viejo y hacía la vista gorda. Fue la primera
-debilidad de su vida, precursora quizás de acontecimientos graves.
-Algún cataclismo tenía que sobrevenir, y así fue, en efecto: una
-mañana, hallándose D. Felipe en su escritorio revisando unas facturas
-inglesas de clorato de potasa y de sulfato de zinc, inclinó la cabeza
-sobre el papel, y quedó muerto sin exhalar un ay. El día antes había
-cumplido noventa años.
-
-
-
-
-IX
-
-
-Todo esto, y otras cosas que irán saliendo, se lo contaba Horacio a su
-damita, y esta lo escuchaba con deleite, confirmándose en la creencia
-de que el hombre que le había deparado el Cielo era una excepción entre
-todos los mortales, y su vida lo más peregrino y anómalo que en clase
-de vidas de jóvenes se pudiera encontrar; como que casi parecía vida de
-santo, digna de un huequecito en el martirologio.
-
---Cogiome aquel suceso --prosiguió Díaz-- a los veintiocho años, con
-hábitos de viejo y de niño, pues por un lado la terrible disciplina
-de mi abuelo había conservado en mí una inocencia y desconocimiento
-del mundo impropios de mi edad, y por otro poseía virtudes propiamente
-seniles, inapetencias de lo que apenas conocía, un cansancio, un
-tedio que me hicieron tener por hombre entumecido y anquilosado para
-siempre... Pues, señor, debo decirte que mi abuelo dejó un bonito
-caudal, amasado cuarto a cuarto en aquella tienda asquerosa y mal
-oliente. A mí me tocaba una quinta parte; diéronme una casa muy
-linda en Villajoyosa, dos finquitas rústicas, y la participación
-correspondiente en la droguería, que continúa con la razón social de
-_Sobrinos de Felipe Díaz_. Al verme libre, tardé en reponerme del
-estupor que mi independencia me produjo; me sentía tan tímido, que al
-querer dar algunos pasos por el mundo, me caía, hija de mi alma, me
-caía, como el que no sabe andar por no haber ejercitado en mucho tiempo
-las piernas.
-
-»Mi vocación artística, ya desatada de aquel freno maldito, me
-salvó, hízome hombre. Sin cuidarme de intervenir en los asuntos de
-la testamentaría, levanté el vuelo, y del primer tirón me planté en
-Italia, mi ilusión, mi sueño. Yo había llegado a pensar que Italia no
-existía, que tanta belleza era mentira, engaño de la mente. Corrí allá,
-y... ¡qué había de suceder! Era yo como un seminarista sin vocación a
-quien sueltan por esos mundos después de quince años de forzosa virtud.
-Ya comprenderás... el contacto de la vida despertó en mí deseos locos
-de cobrar todo lo atrasado, de vivir en meses los años que el tiempo
-me debía, estafándomelos de una manera indigna, con la complicidad
-de aquel viejo maniático. ¿No me entiendes?... Pues en Venecia me
-entregué a la disipación, superando con mi conducta a mis propios
-instintos, pues no era el niño-viejo tan vicioso como aparentaba serlo
-por desquite, por venganza de su sosería y ridiculez pasadas. Llegué
-a creer que si no extremaba el libertinaje no era bastante hombre, y
-me recreaba mirándome en aquel espejo, inmundo si se quiere, pero en
-el cual me veía mucho más airoso de lo que fui en la trastienda de mi
-abuelo... Naturalmente, me cansé; claro. En Florencia y Roma, el arte
-me curó de aquel afán diabólico, y como mis pruebas estaban hechas,
-y ya no me atormentaba la idea de _doctorarme de hombre_, dediqueme
-al estudio; copiaba, atacando con brío el natural; pero mientras más
-aprendía, mayor suplicio me causaba la deficiencia de mi educación
-artística. En el color íbamos bien: lo manejaba fácilmente; pero en el
-dibujo, cada día más torpe. ¡Cuánto he padecido, y qué vigilias, qué
-afanes día y noche, buscando la línea, luchando con ella y concluyendo
-por declararme vencido, para volver en seguida a la espantosa batalla,
-con brío, con furor...!
-
-»¡Qué rabia!... Pero no podía ser de otra manera. Como de niño no
-cultivé el dibujo, costábame Dios y ayuda encajar un contorno... Te
-diré que en mis tiempos de esclavitud, al trazar números sin fin en
-el escritorio de D. Felipe, me entretenía en darles la intención de
-formas humanas. A los sietes les imprimía cierto aire jaquetón, como
-si rasguease un escorzo de hombre; con los ochos apuntaba un contorno
-de seno de mujer, y qué sé yo... los treses me servían para indicar
-el perfil de mi abuelo, semejante al pico de una tortuga... Pero este
-ejercicio pueril no bastaba. Faltábame el hábito de ver seriamente la
-línea y de reproducirla. Trabajé, sudé, renegué... y por fin, algo
-aprendí. Un año pasé en Roma entregado en cuerpo y alma al estudio
-formal, y aunque tuve también allí mis borracheritas del género de
-las de Venecia, fueron más reposadas, y ya no era yo el zangolotino
-que llega tarde al festín de la vida, y se come precipitadamente con
-atrasado apetito los platos servidos ya, para ponerse al nivel de los
-que a su debido tiempo empezaron.
-
-»De Roma me volví a Alicante, donde mis tíos arreglaron la herencia,
-asignándome la parte que quisieron, sin ninguna desavenencia ni regateo
-por mi parte, y di mi último adiós a la droguería transformada y
-modernizada, para venirme acá, donde tengo una tía que no me la
-merezco, más buena que los ángeles, viuda sin hijos, y que me quiere
-como a tal, y me cuida y me agasaja. También ella fue víctima del
-que tiranizó a toda la familia. Como que solo le pasaba una peseta
-diaria, y en todas sus cartas le decía que ahorrase... Apenas llegué
-a Madrid, tomé el estudio, y me consagré con alma y vida al trabajo.
-Tengo ambición, deseo el aplauso, la gloria, un nombre. Ser cero, no
-valer más que el grano que, con otros iguales, forma la multitud, me
-entristece. Mientras no me convenzan de lo contrario, creeré que me
-ha caído dentro una parte, quizás no grande, pero parte al fin, de
-la esencia divina que Dios ha esparcido sobre el montón, caiga donde
-cayere.
-
-»Te diré algo más. Meses antes de descubrirte padecí en este Madrid
-unas melancolías... Encontrábame otra vez con mis treinta años echados
-a perros, pues aunque conocía un poco la vida, y los placeres de la
-mocedad, y saboreaba también el goce estético, faltábame el amor, el
-sentimiento de nuestra fusión en otro ser. Entregueme a filosofías
-abstrusas, y en la soledad de mi estudio, bregando con la forma
-humana, pensaba que el amor no existe más que en la aspiración de
-obtenerlo. Volví a mis tristezas amargas de adolescente; en sueños veía
-siluetas, vaguedades tentadoras que me hacían señas, labios que me
-siseaban. Comprendía entonces las cosas más sutiles; las psicologías
-más enrevesadas parecíanme tan claras como las cuatro reglas de la
-Aritmética... Te vi al fin; me saliste al encuentro. Te pregunté si
-eras tú..., no sé que te dije. Estaba tan turbado, que debiste de
-encontrarme ridículo. Pero Dios quiso que supieras ver lo grave y serio
-al través de lo tonto. Nuestro romanticismo, nuestra exaltación no nos
-parecieron absurdos. Nos sorprendimos con hambre atrasada, el hambre
-espiritual, noble y pura que mueve el mundo, y por la cual existimos, y
-existirán miles de generaciones después de nosotros. Te reconocí mía, y
-me declaraste tuyo. Esto es vivir; lo demás, ¿qué es?»
-
-Dijo, y Tristana, atontada por aquel espiritualismo, que era como
-bocanadas de incienso que su amante arrojaba sobre ella con un
-descomunal _botafumeiro_, no supo responderle. Sentía que dentro del
-pecho le pataleaba la emoción, como un ser vivo más grande que el
-seno que lo contiene, y se desahogaba con risas frenéticas, o con
-repentinos y ardientes chorretazos de lágrimas. Ni era posible decir
-si aquello era en ambos felicidad o una pena lacerante, porque uno y
-otro se sentían como heridos por un aguijón que les llegaba al alma, y
-atormentados por el deseo de un más allá. Tristana, particularmente,
-era insaciable en el continuo exigir de su pasión. Salía de repente por
-el registro de una queja amarguísima, lamentándose de que Horacio no la
-quería bastante, que debía quererla más, mucho más; y él concedía sin
-esfuerzo el más, siempre más, exigiendo a su vez lo mismo.
-
-Contemplaban al caer de la tarde el grandioso horizonte de la Sierra,
-de un vivo tono de turquesa, con desiguales toques y transparencias,
-como si el azul purísimo se derramase sobre cristales de hielo. Las
-curvas del suelo desnudo, perdiéndose y arrastrándose como líneas que
-quieren remedar un manso oleaje, les repetían aquel _más, siempre
-más_, ansia inextinguible de sus corazones sedientos. Algunas tardes,
-paseando junto al canalillo del Oeste, ondulada tira de oasis que ciñe
-los áridos contornos del terruño madrileño, se recreaban en la placidez
-bucólica de aquel vallecito en miniatura. Cantos de gallo, ladridos de
-perro, casitas de labor; el remolino de las hojas caídas, que el manso
-viento barría suavemente, amontonándolas junto a los troncos; el asno,
-que pacía con grave mesura; el ligero temblor de las más altas ramas de
-los árboles, que se iban quedando desnudos, todo les causaba embeleso y
-maravilla, y se comunicaban las impresiones, dándoselas y quitándoselas
-como si fuera una sola impresión que corría de labio a labio y saltaba
-de ojos a ojos.
-
-Regresaban siempre a hora fija, para que ella no tuviese bronca en su
-casa, y sin cuidarse de Saturna, que les esperaba, iban del brazo por
-el camino de Aceiteros, al anochecer más silencioso y solitario que la
-Mala de Francia. Al lado de Occidente, veían el cielo inflamado, rastro
-espléndido de la puesta del sol. Sobre aquella faja se destacaban,
-como crestería negra de afiladas puntas, los cipreses del cementerio
-de San Ildefonso, cortados por tristes pórticos a la griega, que a
-media luz parecen más elegantes de lo que son. Pocas habitaciones hay
-por allí, y poca o ninguna gente encontraban a tal hora. Casi siempre
-veían uno o dos bueyes desuncidos, echados, de esos que por el tamaño
-parecen elefantes, hermosos animales de raza de Ávila, comúnmente
-negros, con una cornamenta que pone miedo en el ánimo más valeroso;
-bestias inofensivas a fuerza de cansancio, y que, cuando las sueltan
-del yugo, no se cuidan más que de reposar, mirando con menosprecio al
-transeúnte. Tristana se acercaba a ellos hasta poner sus manos en las
-astas retorcidas, y se hubiera alegrado de tener algo que echarles de
-comer.
-
---Desde que te quiero --a su amigo decía--, no tengo miedo a nada, ni a
-los toros ni a los ladrones. Me siento valiente hasta el heroísmo, y ni
-la serpiente boa ni el león de la selva me harían pestañear.
-
-Cerca ya del antiguo Depósito de aguas veían los armatostes del Tío
-Vivo, rodeados de tenebrosa soledad. Los caballitos de madera, con
-las patas estiradas en actitud de correr, parecían encantados. Los
-balancines, la montaña rusa, destacaban en medio de la noche sus formas
-extravagantes. Como no había nadie por allí, Tristana y Horacio solían
-apoderarse durante breves momentos de todos los juguetes grandes con
-que se divierte el niño-pueblo... Ellos también eran niños. No lejos
-de aquel lugar veían la sombra del Depósito viejo, rodeado de espesas
-masas de árboles, y hacia la carretera brillaban luces, las del tranvía
-o coches que pasaban, las de algún merendero en que todavía sonaba
-rumor pendencioso de parroquianos retrasados. Entre aquellos edificios
-de humilde arquitectura, rodeados de banquillos paticojos y de rústicas
-mesas, esperábales Saturna, y allí era la separación, algunas noches
-tan dolorosa y patética como si Horacio se marchara para el fin del
-mundo o Tristana se despidiera para meterse monja. Al fin, al fin,
-después de mucho tira y afloja, conseguían despegarse, y cada mitad
-se iba por su lado. Aún se miraban de lejos, adivinándose, más que
-viéndose, entre las sombras de la noche.
-
-
-
-
-X
-
-
-Tristana, según su expresión, no temía, después de enamorada, ni al
-toro corpulento, ni a la serpiente boa, ni al fiero león del Atlas;
-pero tenía miedo de D. Lope, viéndole ya cual monstruo que se dejaba
-tamañitas a cuantas fieras y animales dañinos existen en la creación.
-Analizando su miedo, la señorita de Reluz creía encontrarlo de tal
-calidad, que podía, en un momento dado, convertirse en valor temerario
-y ciego. La desavenencia entre cautiva y tirano se acentuaba de día
-en día. D. Lope llegó al colmo de la impertinencia, y aunque ella le
-ocultaba, de acuerdo con Saturna, las saliditas vespertinas, cuando el
-anciano galán le decía con semblante fosco:
-
---Tú sales, Tristana, sé que sales; te lo conozco en la cara.
-
-Si al principio lo negaba la niña, luego asentía con su desdeñoso
-silencio. Un día se atrevió a responderle:
-
---Bueno, pues salgo, ¿y qué? ¿He de estar encerrada toda mi vida?
-
-Don Lope desahogaba su enojo con amenazas y juramentos, y luego, entre
-airado y burlón, le decía:
-
---Porque nada tendrá de particular que, si sales, te acose algún
-mequetrefe, de estos _bacillus virgula_ del amor que andan por ahí,
-único fruto de esta generación raquítica, y que tú, a fuerza de
-oír sandeces, te marees y le hagas caso. Mira, niñita, mira que no
-te lo perdono. Si me faltas, que sea con un hombre digno de mí. ¿Y
-dónde está ese hombre digno rival de lo presente? En ninguna parte,
-¡vive Dios! Cree que no ha nacido... ni nacerá. Así y todo, tú misma
-reconocerás que no se me desbanca a mí tan fácilmente... Ven acá: basta
-de moñitos. ¡Si creerás que no te quiero ya! ¡Cómo me echarías de menos
-si te fueras de mí! No encontrarías más que tipos, de una insipidez
-abrumadora... Vaya, hagamos las paces. Perdóname si dudé de ti. No, no,
-tú no me engañas. Eres una mujer superior, que conoce el mérito y...
-
-Con estas cosas, no menos que con sus arranques de mal genio, D. Lope
-llegó a inspirar a su cautiva un aborrecimiento sordo y profundo,
-que a veces se disfrazaba de menosprecio, a veces de repugnancia.
-Horriblemente hastiada de su compañía, contaba los minutos esperando
-el momento en que solía echarse a la calle. Causábale espanto la idea
-de que cayese enfermo, porque entonces no saldría, ¡Dios bendito!, y
-¿qué sería de ella presa, sin poder...? No, no; esto era imposible.
-Habría paseíto, aunque D. Lope enfermase o se muriera. Por las noches,
-casi siempre fingía Tristana dolor de cabeza para retirarse pronto de
-la vista y de las odiadas caricias del don Juan caduco. «Y lo raro
-es --decía la niña a solas con su pasión y su conciencia-- que si
-este hombre comprendiera que no puedo quererle, si borrase la palabra
-amor de nuestras relaciones, y estableciera entre los dos... otro
-parentesco, yo le querría, sí señor, le querría, no sé cómo, como se
-quiere a un buen amigo, porque él no es malo, fuera de la perversidad
-monomaníaca de la persecución de mujeres. Hasta le perdonaría yo el mal
-que me ha hecho, mi deshonra, se lo perdonaría de todo corazón, sí,
-sí, con tal que me dejase en paz... Dios mío, inspírale que me deje en
-paz, y yo le perdonaré, y hasta le tendré cariño, y seré como las hijas
-demasiado humildes que parecen criadas, o como las sirvientes leales,
-que ven un padre en el amo que les da de comer.»
-
-Felizmente para Tristana, no solo mejoró la salud de Garrido,
-desvaneciéndose con esto los temores de que se quedara en casa por las
-tardes, sino que debió de tener algún alivio en sus ahogos pecuniarios,
-porque cesaron sus murrias impertinentes, y se le vio en el temple
-sosegado en que vivir solía. Saturna, perro viejo y machucho, comunicó
-a la señorita sus observaciones sobre este particular.
-
---Bien se ve que el amo está en fondos, porque ya no se le ocurre que
-yo pueda ensuciarme por un cuarto de escarola, ni se olvida del respeto
-que, como caballero, debe a las que llevamos una falda, aunque sea
-remendadita. Lo malo es que cuando cobra los atrasos, se los gasta
-en una semana, y luego..., adiós caballería, y otra vez ordinario,
-cominero y metomentodo.
-
-Al propio tiempo, volvió D. Lope a poner en el cuidado de su persona
-un prolijo esmero señoril, acicalándose como en sus mejores tiempos.
-Ambas mujeres dieron gracias a Dios por esta feliz restauración
-de costumbres, y aprovechando las ausencias metódicas del tirano,
-entregose la niña con toda libertad al inefable goce de sus paseítos
-con el hombre que amaba.
-
-El cual, por variar el escenario y la decoración, llevaba un coche las
-más de las tardes, y metiéndose los dos en él, se daban el gustazo de
-alejarse de Madrid casi hasta perderlo de vista. Testigos de su dicha
-fueron el cerro de Chamartín, las dos torres, que parecen pagodas,
-del colegio de los jesuitas, y el pinar misterioso; hoy el camino de
-Fuencarral, mañana las sombrías espesuras del Pardo, con su suelo
-de hojas metálicas erizadas de picos, las fresnedas que bordean el
-Manzanares, las desnudas eminencias de Amaniel, y las hondas cañadas
-del Abroñigal. Dejando el coche, paseaban a pie largo trecho por los
-linderos de las tierras labradas, y aspiraban con el aire las delicias
-de la soledad y plácida quietud, recreándose en cuanto veían, pues
-todo les resultaba bonito, fresco y nuevo, sin reparar que el encanto
-de las cosas era una proyección de sí mismos. Retrayendo los ojos
-hacia la causa de tanta hermosura, que en ellos residía, entregábanse
-al inocente juego de su discretismo, que a los no enamorados habría
-parecido empalagoso. Sutilizaban los porqués de su cariño, querían
-explicar lo inexplicable, descifrar el profundo misterio, y al fin
-paraban en lo de siempre, en exigirse y prometerse más amor, en
-desafiar la eternidad, dándose garantías de fe inalterable en vidas
-sucesivas, en los cercos nebulosos de la inmortalidad, allá donde
-habita la perfección y se sacuden las almas el polvo de los mundos en
-que penaron.
-
-Mirando a lo inmediato y positivo, Horacio la incitaba a subir con él
-al estudio, demostrándole la comodidad y reserva que aquel local les
-ofrecía para pasar juntos la tarde. ¡Flojitas ganas tenía ella de ver
-el estudio! Pero tan grande como su deseo era su temor de encariñarse
-demasiado con el nido, y sentirse en él tan bien, que no pudiera
-abandonarlo. Barruntaba lo que en la vivienda de su ídolo, vecina
-de los pararrayos, según Saturna, podría pasarle; es decir, no lo
-barruntaba, lo veía tan claro que más no podía ser. Y le asaltaba el
-recelo amarguísimo de ser menos amada después de lo que allí sucediera,
-como se pierde el interés del jeroglífico después de descifrado;
-recelaba también que el caudal de su propio cariño disminuyera,
-prodigándose en el grado supremo.
-
-Como el amor había encendido nuevos focos de luz en su inteligencia,
-llenándole de ideas el cerebro, dándole asimismo una gran sutileza
-de expresión para traducir al lenguaje los más hondos misterios del
-alma, pudo exponer a su amante aquellos recelos con frase tan delicada
-y tropos tan exquisitos, que decía cuanto en lo humano cabe, sin
-decir nada que al pudor pudiera ofender. Él la comprendía, y como
-en todo iban acordes, devolvíale con espiritual ternura los propios
-sentimientos. Con todo, no cejaba en su afán de llevarla al estudio.
-
---¿Y si nos pesa después? --decía ella--. Temo la felicidad, pues
-cuando me siento dichosa, paréceme que el mal me acecha. Créete que en
-vez de apurar la felicidad, nos vendría bien ahora algún contratiempo,
-una miajita de desgracia. El amor es sacrificio, y para la abnegación
-y el dolor debemos estar preparados siempre. Imponme un sacrificio
-grande, una obligación penosa, y verás con qué gusto me lanzo a
-cumplirla. Suframos un poquitín; seamos buenos...
-
---No, lo que es a buenos no hay quien nos gane --decía Horacio con
-gracejo--. Nos pasamos ya de angelicales, alma mía. Y eso de imponernos
-sufrimientos es música, porque bastantes trae la vida sin que nadie
-los busque. Yo también soy pesimista; por eso, cuando veo el bien en
-puerta, lo llamo y no lo dejo marcharse, no sea que después, cuando lo
-necesite, se empeñe en no venir el muy pícaro...
-
-Surgía en ambos, con estas y otras cosas, un entusiasmo ardiente; a
-las palabras sucedían las ternezas, hasta que un arranque de dignidad
-y cordura les ponía de perfecto acuerdo para enfrenar su inquietud
-y revestirse de formalidad, engañosa si se quiere, pero que por el
-momento les salvaba. Decían cosas graves, pertinentes a la moral;
-encomiaban las ventajas de la virtud, y lo hermoso que es quererse
-con exquisita y celestial pureza. Como que así es más fino y sutil
-el amor, y se graba más en el alma. Con estas dulces imposturas iban
-ganando tiempo, y alimentaban su pasión, hoy con anhelos, mañana con
-suplicios de Tántalo, exaltándola con lo mismo que parecía destinado a
-contenerla, humanizándola con lo que divinizarla debiera, ensanchando
-por la margen del espíritu, así como por la de la materia, el cauce por
-donde aquel raudal de vida corría.
-
-
-
-
-XI
-
-
-Por sus pasos contados vinieron las confidencias difíciles, abriéronse
-las páginas biográficas que más se resisten a la revelación, porque
-afectan a la conciencia y al amor propio. Es ley de amor el inquirir,
-y lo es también el revelar. La confesión procede del amor, y por él
-son más dolorosas las apreturas de la conciencia. Tristana deseaba
-confiar a Horacio los hechos tristes de su vida, y no se conceptuaba
-dichosa hasta no efectuarlo. Entreveía o más bien adivinaba el artista
-un misterio grave en la existencia de su amada, y si al principio, por
-refinada delicadeza, no quiso echar la sonda, llegó día en que los
-recelos del hombre y la curiosidad del enamorado pudieron más que sus
-finos miramientos. Al conocer a Tristana, creyola Horacio, como algunas
-gentes de Chamberí, hija de D. Lope. Pero Saturna, al llevarle la
-segunda carta, le dijo:
-
---La señorita es casada, y ese D. Lope, que usted cree papá, es su
-propio marido inclusive.
-
-Estupefacción del joven artista; pero el asombro no impidió la
-credulidad... Así quedaron las cosas, y por bastantes días persistió
-en Horacio la costumbre de ver en su conquista la legítima esposa
-del respetable y gallardo caballero, que parecía figura escapada del
-_Cuadro de las Lanzas_. Siempre que ante ella le nombraba, decía: «tu
-marido acá, tu marido allá...», y ella no se daba maldita prisa en
-destruir el error. Pero un día, al fin, palabra tras palabra, pregunta
-sobre pregunta, sintiendo invencible repugnancia de la mentira, y
-hallándose con fuerzas para cerrar contra ella, Tristana, ahogada de
-vergüenza y dolor, se determinó a poner las cosas en su lugar.
-
---Te estoy engañando, y no debo ni quiero engañarte. La verdad se me
-sale a la boca, y no puedo contenerla más. No estoy casada con mi
-marido...; digo, con mi papá..., digo, con ese hombre... Un día y otro
-pensaba decírtelo; pero no me salía, hijo, no me salía... Ignoraba,
-ignoro aún si lo sientes o te alegras, si valgo más o valgo menos a tus
-ojos... Soy una mujer deshonrada, pero soy libre. ¿Qué prefieres...?
-¿que sea una casada infiel, o una soltera que ha perdido su honor? De
-todas maneras creo que, al decírtelo, me lleno de oprobio... y no sé...
-no sé.
-
-No pudo concluir, y rompiendo en lágrimas amargas, ocultó el rostro en
-el pecho de su amigo. Largo rato duró aquel espasmo de sensibilidad.
-Ninguno de los dos decía nada. Por fin saltó ella con la preguntita de
-cajón:
-
---¿Me quieres más o me quieres menos?
-
---Te quiero lo mismo... no; más, más, siempre más.
-
-No se hizo de rogar la niña para referir _a grandes rasgos_ el cómo y
-cuándo de su deshonra. Lágrimas sin fin derramó aquella tarde; pero
-nada omitió su sinceridad, su noble afán de confesión como medio seguro
-de purificarse.
-
---Recogiome cuando me quedé huérfana. Él fue, justo es decirlo, muy
-generoso con mis padres. Yo le respetaba y le quería; no sospechaba
-lo que me iba a pasar. La sorpresa no me permitió resistir. Era yo
-entonces un poco más tonta que ahora, y ese hombre maldito me dominaba,
-haciendo de mí lo que quería. Antes, mucho antes de conocerte,
-abominaba yo de mi flaqueza de ánimo; cuanto más ahora que te conozco.
-¡Lo que he llorado, Dios mío!..., ¡las lágrimas que me ha costado el
-verme como me veo...! Y cuando te quise, dábanme ganas de matarme,
-porque no podía ofrecerte lo que tú te mereces... ¿Qué piensas? ¿Me
-quieres menos o me quieres más? Dime que más, siempre más. En rigor de
-verdad, debo parecerte ya menos culpable, porque no soy adúltera; no
-engaño sino a quien no tiene derecho a tiranizarme. Mi infidelidad no
-es tal infidelidad, ¿qué te parece?, sino castigo de su infamia; y este
-agravio que de mí recibe se lo tiene bien merecido.
-
-No pudo menos Horacio de manifestarse más celoso al saber la
-ilegitimidad de los lazos que unían a Tristana con D. Lope.
-
---No, si no le quiero --dijo ella con énfasis--, ni le he querido
-nunca. Para expresarlo todo de una vez, añadiré que desde que te
-conocí empecé a sentir hacia él un terrible desvío... Después... ¡Ay,
-Jesús, me pasan cosas tan raras...! A veces paréceme que le aborrezco,
-que siento hacia él un odio tan grande como el mal que me hizo; a
-veces..., todo te lo confieso, todo..., siento hacia él cierto cariño,
-como de hija, y me parece que si él me tratara como debe, como un
-padre, yo le querría... Porque no es malo, no vayas a creer que es muy
-malo, muy malo... No; allí hay de todo: es una combinación monstruosa
-de cualidades buenas y de defectos horribles; tiene dos conciencias,
-una muy pura y noble para ciertas cosas, otra que es como un lodazal;
-y las usa según los casos: se las pone como si fueran camisas. La
-conciencia negra y sucia la emplea para todo cuanto al amor se refiere.
-¡Ah, no creas!, ha sido muy afortunado en amores. Sus conquistas son
-tantas, que no se pueden contar. ¡Si tú supieras...! Aristocracia,
-clase media, pueblo..., en todas partes dejó memoria triste, como
-D. Juan Tenorio. En palacios y cabañas se coló, y no respetó nada
-el muy trasto, ni la virtud, ni la paz doméstica, ni la santísima
-religión. Hasta con monjas y beatas ha tenido amores el maldito, y
-sus éxitos parecen obra del Demonio. Sus víctimas no tienen número:
-maridos y padres burlados; esposas que se han ido al Infierno, o se
-irán cuando mueran; hijos... que no se sabe de quién son hijos. En
-fin, es hombre muy dañino, porque además tira las armas con gran arte,
-y a más de cuatro les ha mandado al otro mundo. En su juventud tuvo
-arrogante figura, y hasta hace poco tiempo todavía daba un chasco. Ya
-comprenderás que sus conquistas han ido desmereciendo en importancia
-según le iban pesando los añitos. A mí me ha tocado ser la última.
-Pertenezco a su decadencia...
-
-Oyó Díaz estas cosas con indignación primero, con asombro después,
-y lo único que se le ocurrió decir a su amada fue que debía romper
-cuanto antes aquellas nefandas relaciones, a lo que contestó la niña
-muy acongojada que era esto más fácil de decir que de practicar, pues
-el muy ladino, cuando advertía en ella síntomas de hastío y pruritos
-de separación, se las echaba de padre, mostrándose tiránicamente
-cariñoso. Con todo, fuerza era dar un gran tirón para arrancarse de
-tan ignominiosa y antipática vida. Horacio la incitó a proceder con
-firmeza, y a medida que se agigantaba en su mente la figura del D.
-Lope, más viva era su resolución de burlar al burlador y de arrancarle
-su víctima, la postrera quizás, y sin duda la más preciosa.
-
-Volvió Tristana a su casa en un estado moral y mental lastimoso,
-disparada de los nervios, febril, y dispuesta a consumar cualquier
-desatino. Tocábale aquella noche aborrecer a su tirano, y cuando le
-vio llegar, risueño y con humor de bromas, entrole tal rabia, que de
-buena gana le habría tirado a la cabeza el plato de la sopa. Durante
-la comida, D. Lope estuvo decidor, y echaba chafalditas a Saturna,
-diciéndole, entre otras cosas:
-
---Ya, ya sé que tienes un novio ahí en Tetuán, ese que llaman _Juan y
-Medio_ por lo largo que es, el herrador..., ya sabes. Me lo ha dicho
-Pepe, el del tranvía. Por eso, a la caída de la tarde andas desatinada
-por esos caminos, buscando los rincones oscuros, y no falta una sombra
-larga y escueta que se confunda con la tuya.
-
---Yo no tengo nada con _Juan y Medio_, señor... Que me pretenda él...,
-no sé; podrá ser. Me hacen la rueda otros que valen más..., hasta
-señoritos. Pues qué se cree, ¿que solo él tiene quien le quiera?
-
-Seguía Saturna la broma, mientras Tristana se requemaba interiormente,
-y lo poco que comió se le volvía veneno. A D. Lope no le faltaba
-apetito aquella noche, y daba cuenta pausadamente de los garbanzos
-del cocido como el más pánfilo burgués, del modesto principio, más de
-carnero que de vaca, y de las uvas del postre, todo acompañado con
-tragos de vino de la taberna próxima, malísimo, que el buen señor bebía
-con verdadera resignación, haciendo muecas cada vez que a la boca se lo
-llevaba. Terminada la comida, retirose a su cuarto y encendió un puro,
-llamando a Tristana para que le hiciese compañía; y estirándose en la
-butaca, le dijo estas palabras, que hicieron temblar a la joven:
-
---No es solo Saturna la que tiene un idilio nocturno por ahí. Tú
-también lo tienes. No, si nadie me ha dicho nada... Pero te lo conozco,
-hace días que te lo leo... en la cara, en la voz.
-
-Tristana palideció. Su blancura de nácar tomó azuladas tintas a la luz
-del velón con pantalla que alumbraba el gabinete. Parecía una muerta
-hermosísima, y se destacaba sobre el sofá con el violento escorzo
-de una figura japonesa, de esas cuya estabilidad no se comprende,
-y que parecen cadáveres risueños pegados a un árbol, a una nube, a
-incomprensibles fajas decorativas. Puso al fin en su cara exangüe una
-sonrisilla forzada, y sobrecogida contestó:
-
---Te equivocas..., yo no tengo...
-
-D. Lope se le imponía de tal modo, y la fascinaba con tan misteriosa
-autoridad, que ante él, aun con tantas razones para rebelarse, no sabía
-tener ni un respiro de voluntad.
-
-
-
-
-XII
-
-
---Lo sé --añadió el D. Juan en decadencia, quitándose las botas
-y poniéndose las zapatillas, que Tristana, para disimular la
-estupefacción en que había quedado, le trajo de la alcoba cercana--. Yo
-soy muy lince en estas cosas, y no ha nacido todavía la persona que me
-engañe y se burle de mí. Tristana, tú has encontrado por ahí un idilio;
-te lo conozco en tus inquietudes de estos días, en tu manera de mirar,
-en el cerco de tus ojos, en mil detalles que a mí no se me escapan.
-Soy perro viejo, y sé que toda joven de tu edad, si se echa diariamente
-a la calle, tropieza con su idilio. Ello será de una manera o de otra.
-A veces se encuentra lo bueno, a veces lo detestable. Ignoro cómo es tu
-hallazgo; pero no me lo niegues, por tu vida.
-
-Tristana volvió a negar con ademanes y con palabras; pero tan mal, tan
-mal, que más le valiera callarse. Los penetrantes ojos de D. Lope,
-clavados en ella, la sobrecogían, la dominaban, causándole terror y una
-dificultad extraordinaria para mentir. Con gran esfuerzo quiso vencer
-la fascinación de aquella mirada, y repitió sus denegaciones.
-
---Bueno, defiéndete como puedas --prosiguió el caballero--, pero yo
-sigo en mis trece. Soy viejo sastre y conozco el paño. Te aviso con
-tiempo, Tristana, para que adviertas tu error y retrocedas, porque
-a mí no me gustan idilios callejeros, que pienso serán hasta ahora
-chiquilladas y juegos inocentes. Porque si fueran otra cosa...
-
-Echó al decir esto una mirada tan viva y amenazante sobre la pobre
-joven, que Tristana se retiró un poco, como si en vez de ser una mirada
-fuera una mano la que sobre su rostro venía.
-
---Mucho cuidado, niña --dijo el caballero, dando una feroz mordida al
-cigarro de estanco (por no poder gastar otros) que fumaba--. Y si tú,
-por ligereza o aturdimiento, me pones en berlina y das alas a cualquier
-mequetrefe para que me tome a mí por un... No, no dudo que entrarás en
-razón. A mí, óyelo bien, nadie en el mundo hasta la hora presente me
-ha puesto en ridículo. Todavía no soy tan viejo para soportar ciertos
-oprobios, muchacha... Conque no te digo más. En último caso, yo me
-revisto de autoridad para apartarte de un extravío, y si otra cosa no
-te gusta, me declaro padre, porque como padre tendré que tratarte si
-es preciso. Tu mamá te confió a mí para que te amparase, y te amparé,
-y decidido estoy a protegerte contra toda clase de asechanzas, y a
-defender tu honor...
-
-Al oír esto, la señorita de Reluz no pudo contenerse, y sintiendo que
-le azotaba el alma una racha de ira, venida quién sabe de donde, como
-soplo de huracán, se irguió y le dijo:
-
---¿Qué hablas ahí de honor? Yo no lo tengo; me lo has quitado tú, me
-has perdido.
-
-Rompió a llorar tan sin consuelo, que D. Lope varió bruscamente de tono
-y de expresión. Llegose a ella, soltando el cigarro sobre un velador,
-y estrechándole las manos, se las besó, y en la cabeza la besó también
-con no afectada ternura.
-
---Hija mía, me anonadas juzgándome de una manera tan ejecutiva. Verdad
-que... Sí, tienes razón... Pero bien sabes que no puedo mirarte como
-a una de tantas, a quienes... No, no es eso. Tristana, sé indulgente
-conmigo; tú no eres una víctima; yo no puedo abandonarte, no te
-abandonaré nunca, y mientras este triste viejo tenga un pedazo de pan,
-será para ti.
-
---¡Hipócrita, falso, embustero! --exclamó la esclava sintiéndose fuerte.
-
---Bueno, hija, desahógate, dime cuantas picardías quieras (_volviendo
-a tomar su cigarro_); pero déjame hacer contigo lo que no he hecho con
-mujer alguna, mirarte como un ser querido...; esto es bastante nuevo en
-mí..., como un ser de mi propia sangre... ¿Que no lo crees?
-
---No, no lo creo.
-
---Pues ya te irás enterando. Por de pronto he descubierto que andas
-en malos pasos. No me lo niegues, por Dios. Dime que es tontería,
-frivolidad, cosa sin importancia; pero no me lo niegues. ¡Pues si yo
-quisiera vigilarte...! Pero no, no, el espionaje me parece indigno de
-ti y de mí. No hago más que darte un toquecito de atención, decirte que
-te veo, que te adivino, que al fin y a la postre nada podrás ocultarme,
-porque si me pongo a ello, hasta los pensamientos extraeré de tu magín
-para verlos y examinarlos; hasta tus impresiones más escondidas te
-sacaré cuando menos lo pienses. Chiquilla, cuidado, vuelve en ti.
-No se hablará más de ello si me prometes ser buena y fiel; pero si
-me engañas, si vendes mi dignidad por un puñado de ternuras que te
-ofrezca cualquier mocoso insípido..., no te asombres de que yo me
-defienda. Nadie me ha puesto la ceniza en la frente todavía.
-
---Todo es infundado, todo cavilación tuya --dijo Tristana por decir
-algo--, yo no he pensado en...
-
---Allá veremos --replicó el tirano volviendo a flecharla con su mirada
-escrutadora--. Con lo hablado basta. Eres libre para salir y entrar
-cuando gustes; pero te advierto que a mí no se me puede engañar... Te
-miro como esposa y como hija, según me convenga. Invoco la memoria de
-tus padres...
-
---¡Mis padres! --exclamó la niña reanimándose--. ¡Si resucitaran y
-vieran lo que has hecho con su hija...!
-
---Sabe Dios si sola en el mundo, o en otras manos que las mías, tu
-suerte habría sido peor --replicó D. Lope, defendiéndose como pudo--.
-Lo bueno, lo perfecto, ¿dónde está? Gracias que Dios nos conceda lo
-menos malo, y el bien relativo. Yo no pretendo que me veneres como a
-un santo; te digo que veas en mí al hombre que te quiere con cuantas
-clases de cariño pueden existir, al hombre que a todo trance te
-apartará del mal, y...
-
---Lo que veo --interrumpió Tristana-- es un egoísmo brutal, monstruoso,
-un egoísmo que...
-
---El tonillo que tomas --dijo Garrido con acritud-- y la energía con
-que me contestas me confirman en lo mismo, chicuela sin seso. Idilio
-tenemos, sí. Hay algo fuera de casa que te inspira aborrecimiento de
-lo de dentro, y al propio tiempo te sugiere ideas de libertad, de
-emancipación. Abajo la caretita. Pues no te suelto, no. Te estimo
-demasiado para entregarte a los azares de lo desconocido, y a las
-aventuras peligrosas. Eres una inocentona sin juicio. Yo puedo haber
-sido para ti un mal padre. Pues mira, ahora se me antoja ser padre
-bueno.
-
-Y adoptando la actitud de nobleza y dignidad que tan bien cuadraba a
-su figura, y que con tanto arte usaba cuando le convenía; poniéndosela
-y haciéndola crujir, cual armadura de templado acero, le dijo estas
-graves palabras:
-
---Hija mía, yo no te prohibiré que salgas de casa, porque esa
-prohibición es indigna de mí y contraria a mis hábitos. No quiero hacer
-el celoso de comedia, ni el tirano doméstico, cuya ridiculez conozco
-mejor que nadie. Pero si no te prohibo que salgas, te digo con toda
-formalidad que no me agrada verte salir. Eres materialmente libre, y
-las limitaciones que deba tener tu libertad, tú misma eres quien debe
-señalarlas, mirando a mi decoro y al cariño que te tengo.
-
-¡Lástima que no hablara en verso para ser perfecta imagen del _padre
-noble_ de antigua comedia! Pero la prosa y las zapatillas, que por la
-decadencia en que vivía no eran de lo más elegante, destruían en parte
-aquel efecto. Causaron impresión a la joven las palabras del estropeado
-galán, y se retiró para llorar a solas, allá en la cocina, sobre el
-pecho amigo y leal de Saturna; pero no había transcurrido media hora,
-cuando don Lope tiró de la campanilla para llamarla. En la manera de
-tocar conocía la señorita que la llamaba a ella y no a la criada, y
-acudió cediendo a una costumbre puramente mecánica. No, no pedía ni la
-flor de malva, ni las bayetas calientes: lo que pedía era la compañía
-dulce de la esclava, para entretener su insomnio de libertino averiado,
-a quien los años atormentan como espectros acusadores.
-
-Encontrole paseándose por el cuarto, con un gabán viejo sobre los
-hombros, porque su pobreza no le permitía ya el uso de un batín nuevo
-y elegante; la cabeza descubierta, pues antes de que ella entrara, se
-quitó el gorro con que solía cubrirla por las noches.
-
-Estaba guapo sin duda, con varonil y avellanada hermosura de _Cuadro de
-las Lanzas_.
-
---Te he llamado, hija mía --le dijo, echándose en una butaca y sentando
-a la esclava sobre sus rodillas--, porque no quería acostarme sin
-charlar algo más. Sé que no he de dormir si me acuesto dejándote
-disgustada... Conque vamos a ver... cuéntame tu idilio...
-
---No tengo ninguna historia que contar --replicó Tristana, rechazando
-sus caricias con buen modo, como haciéndose la distraída.
-
---Bueno, pues yo lo descubriré. No, no te riño. ¡Si aun portándote mal
-conmigo, tengo mucho que agradecerte! Me has querido en mi vejez, me
-has dado tu juventud, tu candor; cogí flores en la edad en que no me
-correspondía tocar más que abrojos. Reconozco que he sido malo para
-ti, y que no debí arrancarte del tallo. Pero no lo puedo remediar; no
-me puedo convencer de que soy viejo, porque Dios parece que me pone en
-el alma un sentimiento de eterna juventud... ¿Qué dices a esto? ¿Qué
-piensas? ¿Te burlas?... Ríete todo lo que quieras; pero no te alejes
-de mí. Yo sé que no puedo dorar tu cárcel (_con amargura vivísima_),
-porque soy pobre. Es la pobreza también una forma de vejez; pero a esta
-me resigno menos que a la otra. El ser pobre me anonada, no por mí,
-sino por ti, porque me gustaría rodearte de las comodidades, de las
-galas que te corresponden. Mereces vivir como una princesa, y te tengo
-aquí como una pobrecita hospiciana... No puedo vestirte como quisiera.
-Gracias que tú estás bien de cualquier modo, y en esta estrechez, en
-nuestra miseria mal disimulada, siempre, siempre eres y serás perla.
-
-Con gestos más que con palabras, dio a entender Tristana que le
-importaba un bledo la pobreza...
-
---¡Ah..., no!; estas cosas se dicen, pero rara vez se sienten. Nos
-resignamos porque no hay más remedio; pero la pobreza es cosa muy mala,
-hija, y todos, más o menos sinceramente, renegamos de ella. Cree que
-mi mayor suplicio es no poder dorarte la jaulita. ¡Y qué bien te la
-doraría yo! Porque lo entiendo, cree que lo entiendo. Fui rico; al
-menos tenía para vivir solo holgadamente, y hasta con lujo. Tú no te
-acordarás, porque eras entonces muy niña, de mi cuarto de soltero en
-la calle de Luzón. Josefina te llevó alguna vez, y tú tenías miedo a
-las armaduras que adornaban mi sala. ¡Cuántas veces te cogí en brazos,
-y te paseé por toda la casa, mostrándote mis pinturas, mis pieles de
-león y de tigre, mis panoplias, los retratos de damas hermosas... y tú
-sin acabar de perder el miedo! Era un presentimiento, ¿verdad? ¡Quién
-nos había de decir entonces que andando los años...! Yo, que todo lo
-preveo, tratándose de amores posibles, no preví esto, no se me ocurría.
-¡Ay, cuánto he decaído desde entonces! De escalón en escalón he ido
-bajando, hasta llegar a esta miseria vergonzosa. Primero tuve que
-privarme de mis caballos, de mi coche... dejé el cuarto de la calle
-de Luzón, cuando resultaba demasiado costoso para mí. Tomé otro, y
-luego, cada pocos años he ido buscándolos más baratos, hasta tener
-que refugiarme en este arrabal excéntrico y vulgarote. A cada etapa,
-a cada escalón, iba perdiendo algo de las cosas buenas y cómodas que
-me rodeaban. Ya me privaba de mi bodega, bien repuesta de exquisitos
-vinos; ya de mis tapices flamencos y españoles; después de mis cuadros;
-luego de mis armas preciosísimas, y por fin, ya no me quedan más que
-cuatro trastos indecentes... Pero no debo quejarme del rigor de Dios,
-porque me quedas tú, que vales más que cuantas joyas he perdido.
-
-Afectada por las nobles expresiones del caballero en decadencia,
-Tristana no supo cómo contestarlas, pues no quería ser esquiva con
-él, por no parecer ingrata, ni tampoco amable, temerosa de las
-consecuencias. No se determinó a pronunciar una sola palabra tierna
-que indicase flaqueza de ánimo, porque no ignoraba el partido que el
-muy taimado sacaría al instante de tal situación. Por el pensamiento
-de Garrido cruzó una idea que no quiso expresar. Le amordazaba la
-delicadeza, en la cual era tan extremado, que ni una sola vez, cuando
-hablaba de su penuria, sacó a relucir sus sacrificios en pro de la
-familia de Tristana. Aquella noche sintió cierta comezón de ajustar
-cuentas de gratitud; pero la frase expiró en sus labios, y solo con el
-pensamiento le dijo: «No olvides que casi toda mi fortuna la devoraron
-tus padres. ¿Y esto no se pesa y se mide también? ¿Ha de ser todo culpa
-en mí? ¿No se te ocurre que algo hay que echar en el otro platillo? ¿Es
-esa manera justa de pesar, niña, y de juzgar?»
-
---Por fin --dijo en alta voz después de una pausa, en la cual juzgó
-y pesó la frialdad de su cautiva--, quedamos en que no tienes
-maldita gana de contarme tu idilio. Eres tonta. Sin hablar, me
-lo estás contando con la repugnancia que tienes de mí, y que no
-puedes disimular. Entendido, hija, entendido. (_Poniéndola en pie y
-levantándose él también._) No estoy acostumbrado a inspirar asco,
-francamente, ni soy hombre que gusta de echar tantos memoriales para
-obtener lo que le corresponde. No me estimo en tan poco. ¿Qué pensabas?
-¿Que te iba a pedir de rodillas...? Guarda tus encantos juveniles
-para algún monigote de estos de ahora, sí, de estos que no podemos
-llamar hombres sin acortar la palabra o estirar la persona. Vete a tu
-cuartito, y medita sobre lo que hemos hablado. Bien podría suceder que
-tu idilio me resultara indiferente... mirándolo yo como un medio fácil
-de que aprendieras, por demostración experimental, lo que va de hombre
-a hombre... Pero bien podría suceder también que se me indigestara,
-y que sin atufarme mucho, porque el caso no lo merece, como quien
-aplasta hormigas, te enseñara yo...
-
-Indignose tanto la niña de aquella amenaza, y hubo de encontrarla tan
-insolente, que sintió resurgir de su pecho el odio que en ocasiones
-su tirano le inspiraba. Y como las tumultuosas apariciones de aquel
-sentimiento le quitaban por ensalmo la cobardía, se sintió fuerte ante
-él, y le soltó redonda una valiente respuesta.
-
---Pues mejor: no temo nada. Mátame cuando quieras.
-
-Y D. Lope, al verla salir en tan decidida y arrogante actitud, se llevó
-las manos a la cabeza y se dijo:
-
---No me teme ya. Ciertos son los toros.
-
-En tanto, Tristana corrió a la cocina en busca de Saturna, y entre
-cuchicheos y lágrimas, le dio sus órdenes, que palabra más o menos eran
-así:
-
---Mañana, cuando vayas por la cartita, le dices que no traiga coche,
-que no salga, que me espere en el estudio, pues allá voy aunque me
-muera... Oye; adviértele que despida el modelo, si lo tiene mañana,
-y que no reciba a nadie... que esté solo, vamos... Si este hombre me
-mata, máteme con razón.
-
-
-
-
-XIII
-
-
-Y desde aquel día ya no pasearon más.
-
-Pasearon, sí, en el breve campo del estudio, desde el polo de lo ideal
-al de las realidades; recorrieron toda la esfera, desde lo humano a
-lo divino, sin poder determinar fácilmente la divisoria entre uno y
-otro, pues lo humano les parecía del cielo, y lo divino revestíase
-a sus ojos de carne mortal. Cuando su alegre embriaguez permitió a
-Tristana enterarse del medio en que pasaba tan dulces horas, una nueva
-aspiración se reveló a su espíritu, el arte, hasta entonces simplemente
-soñado por ella, ahora visto de cerca y comprendido. Encendieron su
-fantasía y embelesaron sus ojos las formas humanas o inanimadas que,
-traducidas de la Naturaleza, llenaban el estudio de su amante; y
-aunque antes de aquella ocasión había visto cuadros, nunca vio a tan
-corta distancia el natural del procedimiento. Y tocaba con su dedito
-la fresca pasta, creyendo apreciar mejor así los secretos de la obra
-pintada, y sorprenderla en su misteriosa gestación. Después de ver
-trabajar a Díaz, se prendó más de aquel arte delicioso, que le parecía
-fácil en su procedimiento, y entráronle ganas de probar también su
-aptitud. Púsole él en la izquierda mano la paleta, el pincel en la
-derecha, y la incitó a copiar un trozo. Al principio, ¡ay!, entre
-risotadas y contorsiones, solo pudo cubrir la tela de informes manchas;
-pero al segundo día, ¡caramba!, ya consiguió mezclar hábilmente dos
-o tres colores y ponerlos en su sitio, y aun fundirlos con cierta
-destreza. ¡Qué risa! ¡Si resultaría que también ella era pintora! No
-le faltaban, no, disposiciones, porque la mano perdía de hora en hora
-su torpeza, y si la mano no le ayudaba, la mente iba muy altanera
-por delante, sabiendo _cómo se hacía_, aunque hacerlo no pudiera.
-Desalentada ante las dificultades del procedimiento, se impacientaba, y
-Horacio reía, diciéndole:
-
---Pues ¿qué crees tú, que esto es cosa de juego?
-
-Quejábase amargamente de no haber tenido a su lado, en tanto tiempo,
-personas que supieran ver en ella una aptitud para algo, aplicándola al
-estudio de un arte cualquiera.
-
---Ahora me parece a mí que si de niña me hubiesen enseñado el dibujo,
-hoy sabría yo pintar, y podría ganarme la vida, y ser independiente
-con mi honrado trabajo. Pero mi pobre mamá no pensó más que en darme
-la educación insubstancial de las niñas que aprenden para llevar un
-buen yerno a casa, a saber: un poco de piano, el indispensable barniz
-de francés, y qué sé yo..., tonterías. ¡Si aún me hubiesen enseñado
-idiomas, para que, al quedarme sola y pobre, pudiera ser profesora
-de lenguas...! Luego, este hombre maldito me ha educado para la
-ociosidad y para su propio recreo, a la turca verdaderamente, hijo...
-Así es que me encuentro inútil de toda inutilidad. Ya ves, la pintura
-me encanta; siento vocación, facilidad. ¿Será inmodestia? No, dime
-que no; dame bombo, anímame... Pues si con voluntad, paciencia y una
-aplicación continua se vencieran las dificultades, yo las vencería, y
-sería pintora, y estudiaríamos juntos, y mis cuadros..., ¡muérete de
-envidia!, dejarían tamañitos a los tuyos... ¡Ah, no, eso no; tú eres el
-rey de los pintores! No, no te enfades; lo eres, porque yo te lo digo.
-¡Tengo un instinto...! Yo no sabré hacer las cosas, pero las sé juzgar.
-
-Estos alientos de artista, estos arranques de mujer superior encantaban
-al buen Díaz, el cual, a poco de aquellos íntimos tratos, empezó a
-notar que la enamorada joven se iba creciendo a los ojos de él, y le
-empequeñecía. En verdad que esto le causaba sorpresa, y casi casi
-empezaba a contrariarle, porque había soñado en Tristana la mujer
-subordinada al hombre en inteligencia y en voluntad, la esposa que
-vive de la savia moral e intelectual del esposo, y que con los ojos y
-con el corazón de él ve y siente. Pero resultaba que la niña discurría
-por cuenta propia, lanzándose a los espacios libres del pensamiento, y
-demostraba las aspiraciones más audaces.
-
---Mira, hijo de mi alma --le decía en aquellas divagaciones deliciosas
-que les columpiaban desde los transportes del amor a los problemas más
-graves de la vida--, yo te quiero con toda mi alma; segura estoy de
-no poder vivir sin ti. Toda mujer aspira a casarse con el hombre que
-ama: yo no. Según las reglas de la sociedad, estoy ya imposibilitada de
-casarme. No podría hacerlo, ni aun contigo, con la frente bien alzada,
-pues por muy bueno que conmigo fueras, siempre tendría ante ti cierto
-resquemor de haberte dado menos de lo que mereces, y temería que tarde
-o temprano, en un momento de mal humor o de cansancio, me dijeras que
-habías tenido que cerrar los ojos para ser mi marido... No, no. ¿Será
-esto orgullo, o qué será? Yo te quiero y te querré siempre; pero deseo
-ser libre. Por eso ambiciono un medio de vivir; cosa difícil, ¿verdad?
-Saturna me pone en solfa, y dice que no hay más que tres carreras para
-las mujeres: el matrimonio, el teatro y... Ninguna de las tres me hace
-gracia. Buscaremos otra. Pero yo pregunto: ¿es locura poseer un arte,
-cultivarlo y vivir de él? ¿Tan poco entiendo del mundo, que tengo por
-posible lo imposible? Explícamelo tú, que sabes más que yo.
-
-Y Horacio, apuradísimo, después de muchos rodeos, concluía por hacer
-suya la afirmación de Saturna.
-
---Pero tú --agregaba-- eres una mujer excepcional, y esa regla no va
-contigo. Tú encontrarás la fórmula, tú resolverás quizás el problema
-endiablado de la mujer libre...
-
---Y honrada, se entiende, porque también te digo que no creo faltar a
-la honradez queriéndote, ya vivamos o no juntos... Vas a decirme que he
-perdido toda idea de moralidad.
-
---No, por Dios. Yo creo...
-
---Soy muy mala yo. ¿No lo habías conocido? Confiésame que te has
-asustado un poquitín al oírme lo último que te he dicho. Hace tiempo,
-mucho tiempo, que sueño con esa libertad honrada; y desde que te
-quiero, como se me ha despertado la inteligencia, y me veo sorprendida
-por rachas de saber que me entran en el magín, lo mismo que el viento
-por una puerta mal cerrada, veo muy claro eso de la honradez libre.
-Pienso en esto a todas horas, pensando en ti, y no ceso de echar pestes
-contra los que no supieron enseñarme un arte, siquiera un oficio,
-porque si me hubieran puesto a ribetear zapatos, a estas horas sería yo
-una buena oficiala, y quizás maestra. Pero aún soy joven. ¿No te parece
-a ti que soy joven? Veo que pones carita burlona. Eso quiere decir que
-soy joven para el amor, pero que tengo los huesos duros para aprender
-un arte. Pues mira, me rejuveneceré; me quitaré años; volveré a la
-infancia, y mi aplicación suplirá el tiempo perdido. Una voluntad firme
-lo vence todo. ¿No lo crees tú así?
-
-Subyugado por tanta firmeza, Horacio se mostraba más amante cada día,
-reforzando el amor con la admiración. Al contacto de la fantasía
-exuberante de ella, despertáronse en él poderosas energías de la
-mente; el ciclo de sus ideas se agrandó; y comunicándose de uno a
-otro el poderoso estímulo de sentir fuerte y pensar hondo, llegaron
-a un altísimo grado de tempestuosa embriaguez de los sentidos, con
-relámpagos de atrevidas utopias eróticas y sociales. Filosofaban con
-peregrino desenfado entre delirantes ternuras y vencidos del cansancio,
-divagaban lánguidamente hasta perder el aliento. Callaban las bocas, y
-los espíritus seguían aleteando por el espacio.
-
-En tanto, nada digno de referirse ocurría en las relaciones de
-Tristana con su señor, el cual había tomado una actitud observadora y
-expectante, mostrándose con ella muy atento, mas no cariñoso. Veíala
-entrar tarde algunas noches, y atentamente la observaba; mas no la
-reprendía, adivinando que, al menor choque, la esclava sabría mostrar
-intenciones de no serlo. Algunas noches charlaron de diversos asuntos,
-esquivando D. Lope, con fría táctica, el tratar del idilio; y tal
-viveza de espíritu mostraba la niña, de tal modo se transfiguraba su
-nacarado rostro de dama japonesa, al reflejar en sus negros ojos la
-inteligencia soberana, que D. Lope, refrenando sus ganas de comérsela a
-besos, se llenaba de melancolía, diciendo para su sayo: «_Le ha salido_
-talento... Sin duda ama.»
-
-No pocas veces la sorprendió en el comedor, a horas desusadas, bajo
-el foco luminoso de la lámpara colgante, dibujando el contorno de
-alguna figura en grabado, o copiando cualquier objeto de los que en la
-estancia había.
-
---Bien, bien --le dijo a la tercera o cuarta vez que la encontró en
-semejante afán--. Adelantas, hija, adelantas. De anteanoche acá, noto
-una gran diferencia.
-
-Y encerrándose en su alcoba con sus melancolías, el pobre galán
-decadente exclamaba, dando un puñetazo sobre la mesa:
-
---Otro dato. El tal es pintor.
-
-Pero no quería meterse en averiguaciones directas, por creerlas
-ofensivas a su decoro, e impropias de su nunca profanada
-caballerosidad. Una tarde, no obstante, en la plataforma del tranvía,
-charlando con uno de los cobradores, que era su amigo, le preguntó:
-
---Pepe, ¿hay por aquí algún estudio de pintor?
-
-Precisamente en aquel instante pasaban frente a la calle transversal,
-formada por edificios nuevos de pobretería, destacándose entre ellos
-una casona de ladrillo al descubierto, grande y de provecho, rematada
-en una especie de estufa, como taller de fotógrafo o de artista.
-
---Allí --dijo el cobrador-- tenemos al señor de Díaz, retratista al
-óleo...
-
---¡Ah!, sí, le conozco --replicó D. Lope--. Ese que...
-
---Ese que va y viene por mañana y tarde. No duerme aquí. ¡Guapo chico!
-
---Sí, ya sé... Moreno, chiquitín.
-
---No, es alto.
-
---Alto, sí; pero un poco cargado de espaldas.
-
---No, garboso.
-
---Justo, con melenas...
-
---Si lleva el pelo al rape.
-
---Se lo habrá cortado ahora. Parece de estos italianos que tocan el
-arpa.
-
---No sé si toca el arpa. Pero es muy aplicado a los pinceles. A un
-compañero nuestro le llevó de modelo para apóstol... Crea usted que le
-sacó hablando.
-
---Pues yo pensé que pintaba paisajes.
-
---También... y caballerías... Flores retrata que parecen vivas; frutas
-bien maduras, y codornices muertas. De todo propiamente. Y las mujeres
-en cueros que tiene en el estudio le ponen a uno encandilado.
-
---¿También niñas desnudas?
-
---O a medio vestir, con una tela que tapa y no tapa. Suba y véalo todo,
-D. Lope. Es buen chico ese D. Horacio y le recibirá bien.
-
---Yo estoy curado de espanto, Pepe. No sé admirar esas hembras
-pintadas. Me han gustado siempre más las vivas. Vaya..., con Dios.
-
-
-
-
-XIV
-
-
-Justo es decir que la serie borrascosa de turcas de amor cogidas
-por el espiritual artista en aquella temporada le desviaron de
-su noble profesión. Pintaba poco, y siempre sin modelo; empezó a
-sentir los remordimientos del trabajador, esa pena que causan los
-trozos sin concluir pidiendo hechura y encaje; mas entre el arte y
-el amor prefería este, por ser cosa nueva en él, que despertaba las
-emociones más dulces de su alma; un mundo recién descubierto, florido,
-exuberante, riquísimo, del cual había que tomar posesión, afianzando
-sólidamente en él la planta de geógrafo y de conquistador. El arte ya
-podía esperar; ya volvería cuando las locas ansias se calmasen; y se
-calmarían, tomando el amor un carácter pacífico, más de colonización
-reposada que de furibunda conquista. Creía sinceramente el bueno
-de Horacio que aquel era el amor de toda su vida, que ninguna otra
-mujer podría agradarle ya, ni sustituir en su corazón a la exaltada
-y donosa Tristana; y se complacía en suponer que el tiempo iría
-templando en ella la fiebre de ideación, pues para esposa o querida
-perpetua tal flujo de pensar temerario le parecía excesivo. Esperaba
-que su constante cariño y la acción del tiempo rebajarían un poco la
-talla imaginativa y razonante de su ídolo, haciéndola más mujer, más
-doméstica, más corriente y útil.
-
-Esto pensaba; mas no lo decía. Una noche que juntos charlaban, mirando
-la puesta de sol y saboreando la dulcísima melancolía de una tarde
-brumosa, se asustó Díaz de oírla expresarse en estos términos:
-
---Es muy particular lo que me pasa: aprendo fácilmente las cosas
-difíciles; me apropio las ideas y las reglas de un arte..., hasta de
-una ciencia si me apuras; pero no puedo enterarme de las menudencias
-prácticas de la vida. Siempre que compro algo, me engañan; no sé
-apreciar el valor de las cosas; no tengo ninguna idea de gobierno, ni
-de orden, y si Saturna no se entendiera con todo en mi casa, aquello
-sería una leonera. Es indudable que cada cual sirve para una cosa; yo
-podré servir para muchas, pero para esa está visto que no valgo. Me
-parezco a los hombres en que ignoro lo que cuesta una arroba de patatas
-y un quintal de carbón. Me lo ha dicho Saturna mil veces, y por un oído
-me entra y por otro me sale. ¿Habré nacido para gran señora? Puede que
-sí. Comoquiera que sea, me conviene aplicarme, aprender todo eso, y
-sin perjuicio de poseer un arte, he de saber criar gallinas y remendar
-la ropa. En casa trabajo mucho, pero sin iniciativa. Soy pincha de
-Saturna, la ayudo, barro, limpio y fregoteo, eso sí; pero ¡desdichada
-casa si yo mandara en ella! Necesito aprenderlo, ¿verdad? El maldito
-don Lope ni aun eso se ha cuidado de enseñarme. Nunca he sido para él
-más que una circasiana comprada para su recreo, y se ha contentado con
-verme bonita, limpia y amable.
-
-Respondiole el pintor que no se apurara por adquirir el saber
-doméstico, pues fácilmente se lo enseñaría la práctica.
-
---Eres una niña --agregó-- con muchísimo talento y grandes
-disposiciones. Te falta solo el pormenor, el conocimiento menudo que
-dan la independencia y la necesidad.
-
---Un recelo tengo --dijo Tristana, echándole al cuello los brazos--:
-que dejes de quererme por no saber yo lo que se puede comprar con
-un duro..., porque temas que te convierta la casa en una escuela de
-danzantes. La verdad es que si pinto como tú, o descubro otra profesión
-en que pueda lucir y trabajar con fe, ¿cómo nos vamos a arreglar, hijo
-de mi vida? Es cosa que espanta.
-
-Expresó su confusión de una manera tan graciosa, que Horacio no pudo
-menos de soltar la risa.
-
---No te apures, hija. Ya veremos. Me pondré yo las faldas. ¡Qué remedio
-hay!
-
---No, no --dijo Tristana, alzando un dedito y marcando con él las
-expresiones de un modo muy salado--. Si encuentro mi manera de vivir,
-viviré sola. ¡Viva la independencia...!, sin perjuicio de amarte y
-de ser siempre tuya. Yo me entiendo: tengo acá mis ideítas. Nada
-de matrimonio, para no andar a la greña por aquello de quién tiene
-las faldas y quién no. Creo que has de quererme menos si me haces
-tu esclava; creo que te querré poco si te meto en un puño. Libertad
-honrada es mi tema..., o si quieres, mi dogma. Ya sé que es difícil,
-muy difícil, porque la _sociedaz_, como dice Saturna... No acabo de
-entenderlo... Pero yo me lanzo al ensayo... ¿Que fracaso? Bueno. Y si
-no fracaso, hijito, si me salgo con la mía, ¿qué dirás tú? ¡Ay!, has
-de verme en mi casita, sola, queriéndote mucho, eso sí, y trabajando,
-trabajando en mi arte para ganarme el pan; tú en la tuya, juntos a
-ratos, separados muchas horas, porque... ya ves, eso de estar siempre
-juntos, siempre juntos, noche y día, es así, un poco...
-
---¡Qué graciosa eres y recuantísimo te quiero! No paso por estar
-separado de ti parte del día. Seremos dos en uno, los hermanos
-siameses; y si quieres ponerte pantalones, póntelos; si quieres hacer
-el marimacho, anda con Dios... Pero ahora se me ocurre una grave
-dificultad. ¿Te la digo?
-
---Sí, hombre, dila.
-
---No, no quiero. Es pronto.
-
---¿Cómo pronto? Dímela, o te arranco una oreja.
-
---Pues yo... ¿Te acuerdas de lo que hablábamos anoche?
-
---Chí.
-
---Que no te acuerdas.
-
---Que sí, bobillo. ¡Tengo yo una memoria...! Me dijiste que para
-completar la ilusión de tu vida deseabas...
-
---Dilo.
-
---No, dilo tú.
-
---Deseabas tener un chiquillín.
-
---¡Ay!, no, no; le querría yo tanto, que me moriría de pena si me le
-quitaba Dios. Porque se mueren todos (_con exaltación_). ¿No ves pasar
-continuamente los carros fúnebres con las cajitas blancas? ¡Me da una
-tristeza...! Ni sé para qué permite Dios que vengan al mundo si tan
-pronto se los ha de llevar... No, no; niño nacido es niño muerto..., y
-el nuestro se moriría también. Más vale que no lo tengamos. Di que no.
-
---Digo que sí. Déjalo, tonta. ¿Y por qué se ha de morir? Supón que
-vive..., y aquí entra el problema. Puesto que hemos de vivir separados,
-cada uno en su casa, independiente yo, libre y honrada tú, cada cual en
-su hogar honradísimo y _librísimo_..., digo, libérrimo, ¿en cuál de los
-hogares vivirá el angelito?
-
-Tristana se quedó absorta, mirando las rayas del entarimado. No se
-esperaba la temida proposición, y al pronto no encontró manera de
-resolverla. De súbito, congestionado su pensamiento con un mundo de
-ideas que en tropel lo asaltaron, echose a reír, bien segura de poseer
-la verdad, y la expresó en esta forma:
-
---Toma, pues conmigo, conmigo..., ¿qué duda puede haber? Si es mío,
-mío, ¿con quién ha de estar?
-
---Pero como será mío también, como será de los dos...
-
---Sí..., pero te diré...; tuyo, porque..., vamos, no lo quiero decir...
-Tuyo, sí; pero es más mío que tuyo. Nadie puede dudar que es mío,
-porque la Naturaleza de mí propia lo arranca. Lo de tuyo es indudable;
-pero... no consta tanto, para el mundo, se entiende... ¡Ay!, no me
-hagas hablar así, ni dar estas explicaciones.
-
---Al contrario, mejor es explicarlo todo. Nos encontraremos en tal
-situación, que yo pueda decir: mío, mío.
-
---Más fuerte lo podré decir yo: mío, mío y eternamente mío.
-
---Y mío también.
-
---Convengo; pero...
-
---No hay pero que valga.
-
---No me entiendes. Claro es que tuyo... Pero me pertenece más a mí.
-
---No, por igual.
-
---Calla, hombre; por igual nunca. Bien lo comprendes: podría haber
-otros casos en que... Hablo en general.
-
---No hablamos sino en particular.
-
---Pues en particular te digo que es mío, y que no lo suelto, ¡ea!
-
---Es que... veríamos...
-
---No hay veríamos que valga.
-
---Mío, mío.
-
---Tuyo, sí; pero... fíjate bien..., quiero decir que eso de tuyo no es
-tan claro en la generalidad de los casos. Luego, la Naturaleza me da
-más derechos que a ti... Y se llamará como yo, con mi apellidito nada
-más. ¿Para qué tanto ringorrango?
-
---Tristana, ¿qué dices? (_incomodándose_).
-
---Pero qué, ¿te enojas? Hijo, si tú tienes la culpa. ¿Para qué me...?
-No, por Dios, no te enfades. Me vuelvo atrás, me desdigo...
-
-La nubecilla pasó, y pronto fue todo claridad y luz en el cielo de
-aquellas dichas, ligeramente empañado. Pero Díaz quedó un poco triste.
-Con sus dulces carantoñas, quiso Tristana disipar aquella fugaz
-aprensión, y más mona y hechicera que nunca, le dijo:
-
---¡Vaya, que reñir por una cosa tan remota, por lo que quizás no
-suceda! Perdóname. No puedo remediarlo. Me salen ideas, como me podrían
-salir granos en la cara. ¿Yo que culpa tengo? Cuando menos se piensa,
-pienso cosas que no debe una pensar... Pero no hagas caso. Otra
-vez, coges un palito y me pegas. Considera esto como una enfermedad
-nerviosa o cerebral, que se corrige con unturas de vara de fresno. ¡Qué
-tontería, afanarnos por lo que no existe, por lo que no sabemos si
-existirá, teniendo un presente tan fácil, tan bonito, para gozar de él!
-
-
-
-
-XV
-
-
-Bonito, realmente bonito a no poder más era el presente, y Horacio
-se extasiaba en él, como si transportado se viera a un rincón de la
-eterna gloria. Mas era hombre de carácter grave, educado en la soledad
-meditabunda, y por costumbre medía y pesaba todas las cosas, previendo
-el desarrollo posible de los sucesos. No era de estos que fácilmente
-se embriagan con las alegrías, sin ver el reverso de ellas. Su claro
-entendimiento le permitía analizarse con observación segura, examinando
-bien su ser inmutable al través de los delirios o tempestades que en
-él se iban sucediendo. Lo primero que encontró en aquel análisis fue
-la seducción irresistible que la damita japonesa sobre él ejercía,
-fenómeno que en él era como una dulce enfermedad, de que no quería en
-ningún modo curarse. Consideraba imposible vivir sin sus gracias, sin
-sus monerías inenarrables, sin las mil formas fascinadoras que la
-divinidad tomaba en ella al humanizarse. Encantábale su modestia cuando
-humilde se mostraba, y su orgullo cuando se embravecía. Sus entusiasmos
-locos y sus desalientos o tristezas le enamoraban del mismo modo.
-Jovial, era deliciosa la niña; enojada, también. Reunía un sin fin de
-dotes y cualidades, graves las unas, frívolas y mundanas las otras; a
-veces su inteligencia juzgaba de todo con claro sentido, a veces con
-desvarío seductor. Sabía ser dulce y amarga, blanda y fresca como el
-agua, ardiente como el fuego, vaga y rumorosa como el aire. Inventaba
-travesuras donosas, vistiéndose con los trajes de los modelos, e
-improvisando monólogos, o comedias en que ella sola hacía dos o tres
-personajes; pronunciaba discursos saladísimos; remedaba a su viejo D.
-Lope; y en suma, tales talentos y donaires iba sacando, que el buen
-Díaz, enamorado como un salvaje, pensaba que su amiguita compendiaba y
-resumía todos los dones concedidos a la naturaleza mortal.
-
-Pues en el ramo, si así puede llamarse, de la ternura, era la señorita
-de Reluz igualmente prodigiosa. Sabía expresar su cariño en términos
-siempre nuevos; ser dulce sin empalagar, candorosa sin insulsez,
-atrevidilla sin asomos de corrupción, con la sinceridad siempre por
-delante, como la primera y más visible de sus infinitas gracias. Y
-Horacio, viendo además en ella algo que sintomatizaba el precioso
-mérito de la constancia, creía que la pasión duraría en ambos tanto
-como la vida, y aún más; porque, como creyente sincero, no daba por
-extinguidos sus ideales en la oscuridad del morir.
-
-El arte era el que salía perdiendo con estas pasiones eternas y estos
-crecientes ardores. Por las mañanas se entretenía pintando flores o
-animales muertos. Llevábanle el almuerzo del merendero del Riojano,
-y comía con voracidad, abandonando los restos en cualquier mesilla
-del estudio. Este ofrecía un desorden encantador, y la portera, que
-intentaba arreglarlo todas las mañanas, aumentaba la confusión y el
-desarreglo. Sobre el ancho diván veíanse libros revueltos, una manta
-morellana; en el suelo las cajas de color, tiestos, perdices muertas;
-sobre las corvas sillas tablas a medio pintar; más libros, carpetas
-de estampas; en el cuartito anexo, destinado a lavatorio y a guardar
-trastos, más tablitas, el jarro del agua con ramas de arbustos puestas
-a refrescar, una bata de Tristana colgada de la percha, y lindos
-trajes esparcidos por do quiera; un alquicel árabe, un ropón japonés,
-antifaces, quirotecas, chupas y casacas bordadas, pelucas, babuchas de
-odalisca y delantales de campesina romana. Máscaras griegas de cartón
-y telas de casullas decoraban las paredes, entre retratos y fotografías
-mil de caballos, barcos, perros y toros.
-
-Después de almorzar esperó Díaz una media hora, y como su amada
-no pareciera, se impacientó, y para entretenerse se puso a leer a
-Leopardi. Sabía con perfección castiza el italiano, que le enseñó su
-madre, y aunque en el largo espacio de la tiranía del abuelo se le
-olvidaron algunos giros, la raíz de aquel conocimiento vivió siempre en
-él, y en Venecia, Roma y Nápoles se adiestró de tal modo que fácilmente
-pasaba por italiano en cualquier parte, aun en la misma Italia. Dante
-era su única pasión literaria. Repetía, sin olvidar un solo verso,
-cantos enteros del _Infierno_ y _Purgatorio_. Dicho se está que, casi
-sin proponérselo, dio a su amiguita lecciones del _bel parlare_.
-Con su asimilación prodigiosa, Tristana dominó en breves días la
-pronunciación, y leyendo a ratos como por juego, y oyéndole leer a él,
-a las dos semanas recitaba con admirable entonación de actriz consumada
-el pasaje de Francesca, el de Ugolino y otros.
-
-Pues, a lo que iba: engañaba Horacio el tiempo leyendo al melancólico
-poeta de Recanati, y se detenía meditabundo ante aquel profundo
-pensamiento: _e discoprendo, solo il nulla s’accresce_, cuando sintió
-los pasitos que anhelaba oír; y ya no se acordó de Leopardi, ni se
-cuidó de que _il nulla_ creciera o menguara _discoprendo_.
-
-¡Gracias a Dios! Tristana entró con aquella agilidad infantil que no
-cedía ni al cansancio de la interminable escalera, y se fue derecha a
-él para abrazarle, cual si hubiera pasado un año sin verle.
-
---¡Rico, facha, cielo, pintamonas, qué largo el tiempo de ayer a hoy!
-Me moría de ganas de verte... ¿Te has acordado de mí? ¿A que no has
-soñado conmigo como yo contigo? Soñé que... no te lo cuento. Quiero
-hacerte rabiar.
-
---Eres más mala que un tabardillo. Dame esos morros, dámelos o te
-estrangulo ahora mismo.
-
---¡Sátrapa, corso, gitano! (_cayendo fatigada en el diván_.) No
-me engatusas con tu _parlare honesto_... ¡Eh! _sella el labio_...
-_Denantes que del sol la crencha rubia_... ¡Jesús mío, cuantísimo
-disparate! No hagas caso: estoy loca; tú tienes la culpa. ¡Ay, tengo
-que contarte muchas cosas, _carino_! ¡Qué hermoso es el italiano y
-qué dulce, qué grato al alma es decir _mio diletto_! Quiero que me lo
-enseñes bien, y seré profesora. Pero vamos a nuestro asunto. Ante todo,
-respóndeme: ¿_la jazemos_?
-
-Bien demostraba esta mezcla de lenguaje chocarrero y de palabras
-italianas, con otras rarezas de estilo que irán saliendo, que se
-hallaban en posesión de ese vocabulario de los amantes, compuesto de
-mil formas de lenguaje sugeridas por cualquier anécdota picaresca,
-por este o el otro chascarrillo, por la lectura de un pasaje grave
-o de algún verso célebre. Con tales accidentes se enriquece el
-diccionario familiar de los que viven en comunidad absoluta de ideas
-y sentimientos. De un cuento que ella oyó a Saturna, salió aquello de
-¿_la jazemos_? manera festiva de expresar sus proyectos de fuga; y de
-otro cuentecillo chusco que Horacio sabía, salió el que Tristana no le
-llamase nunca por su nombre, sino con el de _señó Juan_, que era un
-gitano muy bruto y de muy malas pulgas. Sacando la voz más bronca que
-podía, cogíale Tristana de una oreja, diciéndole:
-
---_Señó Juan_, ¿me quieres?
-
-Rara vez la llamaba él por su nombre. Ya era _Beatrice_, ya
-_Francesca_, o más bien la Paca de _Rímini_; a veces _Chispa_, o _señá
-Restituta_. Estos motes, y los terminachos grotescos o expresiones
-líricas que eran el saborete de su apasionada conversación, variaban
-cada pocos días, según las anécdotas que iban saliendo.
-
---_La jaremos_ cuando tú dispongas, querida Restituta --replicó Díaz--.
-¡Si no deseo otra cosa...! ¿Crees tú que puede un hombre estar _de amor
-extático_ tanto tiempo?... Vámonos: _para ti la jaca torda, la que,
-cual dices tú, los campos borda_...
-
---Al extranjero, al extranjero (_palmoteando_). Yo quiero que tú y yo
-seamos extranjeros en alguna parte, y que salgamos del bracete sin que
-nadie nos conozca.
-
---Sí, mi vida. ¡_Quién te verá a ti_...!
-
---Entre los _franceses_ (_cantando_) y entre los _ingleses_... Pues
-te diré. Ya no puedo resistir más a mi _tirano de Siracusa_. ¿Sabes?
-Saturna no le llama sino D. _Lepe_, y así le llamaré yo también. Ha
-tomado una actitud patética. Apenas me habla, de lo que me alegro
-mucho. Se hace el interesante, esperando que yo me enternezca.
-Anoche, verás, estuvo muy amable conmigo, y me contó algunas de sus
-aventuras. Piensa sin duda el muy pillo que con tales ejemplos se
-engrandece a mis ojos; pero se equivoca. No puedo verle. Hay días en
-que me toca mirarle con lástima; días en que me toca aborrecerle, y
-anoche le aborrecí, porque en la relación de sus trapisondas, que son
-tremendas, tremendísimas, veía yo un plan depravado para encenderme
-la imaginación. Es lo más zorro que hay en el mundo. A mí me dieron
-ganitas de decirle que no me interesa más aventura que la de mi _señó
-Juan_ de mi alma, a quien adoro con todas mis _potencias irracionales_,
-como decía el otro.
-
---Pues te digo la verdad: me gustaría oírle contar a D. Lope sus
-historias galantes.
-
---Como bonitas, cree que lo son. ¡Lo de la marquesa del Cabañal es de
-lo más chusco...! El marido mismo, más celoso que Otelo, le llevaba...
-Pero si me parece que te lo he contado. ¿Pues y cuando robó del
-convento de San Pablo en Toledo a la monjita...? El mismo año mató
-en duelo al general que se decía esposo de la mujer más virtuosa de
-España, y la tal se escapó con D. Lope a Barcelona. Allí tuvo este
-siete aventuras en un mes, todas muy novelescas. Debía de ser atrevido
-el hombre, muy bien plantado, y muy bravo para todo.
-
---Restituta, no te entusiasmes con tu Tenorio arrumbado.
-
---Yo no me entusiasmo más que con este pintamonas. ¡Qué mal gusto
-tengo! Miren esos ojos... ¡ay qué feos y qué sin gracia! ¿Pues y esa
-boca? da asco mirarla; y ese aire tan desgarbado... uf, no sé cómo te
-miro. No; si ya me repugnas, quítate de ahí.
-
---¡Y tú qué horrible!... con esos dientazos de jabalí, y esa nariz de
-remolacha, y ese cuerpo de botijo. ¡Ay, tus dedos son tenazas!
-
---Tenazas, sí, tenazas de _jierro_, para arrancarte tira a tira toda tu
-piel de burro. ¿Por qué eres así? _¡Gran Dio, morir si giovine!_
-
---Mona, más mona que los Santos Padres, y más hechicera que el Concilio
-de Trento y que D. Alfonso el Sabio..., oye una cosa que se me ocurre.
-¿Si ahora se abriera esta puerta y apareciera tu D. Lope...?
-
---¡Ay!, tú no conoces a _D. Lepe_. _D. Lepe_ no viene aquí, ni por nada
-del mundo hace él el celoso de comedia. Creería que su caballerosidad
-se llenaba de oprobio. Fuera de la seducción de mujeres más o menos
-virtuosas, es todo dignidad.
-
---¿Y si entrara yo una noche en tu casa, y él me sorprendiera allí?
-
---Entonces, puede que, como medida preventiva, te partiera en dos
-pedazos, o convirtiera tu cráneo en hucha para guardar todas las
-balitas de su revólver. Con tanta caballerosidad, sabe ser muy bruto
-cuando le tocan el punto delicado. Por eso más vale que no vayas. Yo no
-sé cómo ha sabido esto; pero ello es que lo sabe. De todo se entera el
-maldito, con su sagacidad de perro viejo y su experiencia de maestro en
-picardías. Ayer me dijo con retintín: «¿Conque pintorcitos tenemos?» Yo
-no le contesté. Ya no le hago caso. El mejor día entra en casa, y el
-pájaro voló... _Ahi Pisa, vituperio delle genti._ ¿A dónde nos vamos,
-hijo de mi alma? ¿A do me conducirás? (_cantando_.) _La ci darem la
-mano_... Sé que no hay congruencia en nada de lo que digo. Las ideas
-se me atropellan aquí, disputándose cuál sale primero, como cuando se
-agolpa el gentío a la puerta de una iglesia, y se estrujan y se...
-Quiéreme, quiéreme mucho, que todo lo demás es música. A veces se me
-ocurren ideas tristes; por ejemplo, que seré muy desgraciada, que todos
-mis sueños de felicidad se convertirán en humo. Por eso me aferro más
-a la idea de conquistar mi independencia, y de arreglármelas con mi
-ingenio como pueda. Si es verdad que tengo algún pesquis, ¿por qué no
-he de utilizarlo dignamente, como otras explotan la belleza o la gracia?
-
---Tu deseo no puede ser más noble --díjole Horacio meditabundo--. Pero
-no te afanes, no te aferres tanto a esa aspiración, que podría resultar
-impracticable. Entrégate a mí sin reserva. ¡Ser mi compañera de toda la
-vida; ayudarme y sostenerme con tu cariño...!, ¿te parece que hay un
-oficio mejor, ni arte más hermoso? Hacer feliz a un hombre, que te hará
-feliz, ¿qué más?
-
---¡Qué más! (_Mirando al suelo._) _Diverse lingue, orribile favelle...
-parole di dolore, accenti d’ira_... Ya, ya; la congruencia es la que
-no parece... _Señó Juan_, ¿me quieres mucho? Bueno; has dicho: «¿qué
-más?» Nada, nada. Me conformo con que no haya más. Te advierto que soy
-una calamidad como mujer casera. No doy pie con bola, y te ocasionaré
-mil desazones. Y fuera de casa, en todo menester de compras o negocios
-menudos de mujer, también soy de oro. ¡Con decirte que no conozco
-ninguna calle, ni sé andar sola sin perderme! El otro día no supe ir de
-la Puerta del Sol a la calle de Peligros, y recalé allá por la plaza
-de la Cebada. No tengo el menor sentido topográfico. El mismo día, al
-comprar unas horquillas en el Bazar, di un duro, y no me cuidé de
-recoger la vuelta. Cuando me acordé, ya estaba en el tranvía..., por
-cierto que me equivoqué y me metí en el del Barrio. De todo esto y de
-algo más que observo en mí, deduzco... ¿En qué piensas? ¿Verdad que
-nunca querrás a nadie más que a tu _Paquita de Rímini_...? Pues sigo
-diciéndote... No, no te lo digo.
-
---Dime lo que pensabas (_incomodándose_). He de quitarte esa pícara
-costumbre de decir las cosas a medias...
-
---Pégame, hombre, pega..., rómpeme una costilla. ¡Tienes un
-geniazo...!, _ni del dorado techo... se admira, fabricado... del sabio
-moro, en jaspes sustentado._ Tampoco esto tiene congruencia.
-
---Maldita. ¿Qué ha de tener?
-
---Pues _direte, Inés, la cosa_... Oye. (_Abrazándole._) Lo que he
-pensado de mí, estudiándome mucho, porque yo me estudio, ¿sabes?,
-es que sirvo, que podré servir para las cosas grandes; pero que
-decididamente no sirvo para las pequeñas.
-
-Lo que Horacio le contestó, perdiose en la oleada de ternezas que vino
-después, llenando de vagos rumores la plácida soledad del estudio.
-
-
-
-
-XVI
-
-
-Como contrapeso moral y físico de la enormísima exaltación de las
-tardes, Horacio, al retirarse de noche a su casa, se derrumbaba en
-el seno tenebroso de una melancolía sin ideas, o con ideas vagas,
-toda languidez y zozobra indefinibles. ¿Qué tenía? No le era fácil
-contestarse. Desde los tiempos de su lento martirio en poder del
-abuelo, solía padecer fuertes ataques periódicos de _spleen_, que se
-le renovaban en todas las circunstancias anormales de su vida. Y no
-era que en aquellas horas de recogimiento se hastiara de Tristana, o
-tuviese dejos amargos de las dulzuras del día, no; la visión de ella
-le acosaba; el recuerdo fresquísimo de sus donaires ponía en continuo
-estremecimiento su naturaleza, y antes que buscar un término a tan
-abrasadoras emociones, deseaba repetirlas, temeroso de que algún
-día pudieran faltarle. Al propio tiempo que consideraba su destino
-inseparable del de aquella singular mujer, un terror sordo le rebullía
-en el fondo del alma, y por más que procuraba, haciendo trabajar
-furiosamente a la imaginación, figurarse el porvenir al lado de
-Tristana, no podía conseguirlo. Las aspiraciones de su ídolo a cosas
-grandes causábanle asombro; pero al querer seguirla por los caminos que
-ella con tenacidad graciosa señalaba, la hechicera figura se le perdía
-en un término nebuloso.
-
-No causaron inquietud a doña Trinidad (que así se llamaba la señora
-con quien Horacio vivía) las murrias de su sobrino, hasta que pasado
-algún tiempo advirtió en él un aplanamiento sospechoso. Entrábale como
-un sopor, conservando los ojos abiertos, y no había medio de sacarle
-del cuerpo una palabra. Veíasele inmóvil en un sillón del comedor, sin
-prestar la menor atención a la tertulia de dos o tres personas que
-amenizaban las tristes noches de doña Trini. Era esta de dulcísimo
-carácter, achacosa, aunque no muy vieja, y derrumbada por los pesares
-que habían gravitado sobre ella, pues no tuvo tranquilidad hasta que
-se quedó sin padre y sin marido. Bendecía la soledad, y debía mucha
-gratitud a la muerte.
-
-De su vida de afanes quedole una debilidad nerviosa, relajación de
-los músculos de los párpados. No abría los ojos sino a medias, y esto
-con dificultad en ciertos días, o cuando reinaban determinados aires,
-llegando a veces al sensible extremo de tener que levantarse el párpado
-con los dedos si quería ver bien a una persona. Por añadidura, estaba
-muy delicadita del pecho, y en cuanto entraba el invierno se ponía
-fatal, ahogada de tos, con horribles frialdades en pies y manos, y todo
-se le volvía imaginar defensas contra el frío, en la casa como en su
-persona. Adoraba a su sobrino, y por nada del mundo se separaría de él.
-Una noche, después de comer, y antes de que llegaran los tertulios,
-doña Trini se sentó, hecha un ovillo, frente a la butaca en que Horacio
-fumaba, y le dijo:
-
---Si no fuera por ti, yo no aguantaría las crudezas de este frío
-maldito que me está matando. ¡Y pensar que con irme a tu casa de
-Villajoyosa resucitaría! ¿Pero cómo me voy y te dejo aquí solo?
-Imposible, imposible.
-
-Replicole el sobrino que bien podía irse y dejarle, pues nadie se lo
-comería.
-
---¡Quién sabe, quién sabe si te comerán...! Tú andas también
-delicadillo. No me voy; no me separo de ti por nada de este mundo.
-
-Desde aquella noche empezó una lucha tenaz entre los deseos de
-emigración de la señora y la pasividad sedentaria del señorito.
-Anhelaba doña Trini largarse; él también quería que se fuera, porque
-el clima de Madrid la minaba rápidamente. Habría tenido gusto en
-acompañarla; pero ¿cómo, ¡Santo Dios!, si no veía forma humana de
-romper su amorosa cadena, ni siquiera de aflojarla?
-
---Iré a llevarla a usted --dijo a su tía, buscando una transacción--, y
-me volveré en seguida.
-
---No, no.
-
---Iré después a buscarla a usted, a la entrada de primavera.
-
---Tampoco.
-
-La tenacidad de doña Trini no se fundaba solo en su horror al invierno,
-que aquel año vino con espada en mano. Nada sabía concretamente de
-los devaneos de Horacio; pero sospechaba que algo anormal y peligroso
-ocurría en la vida del joven, y con feliz instinto estimó conveniente
-llevársele de Madrid. Alzando la cabeza para mirarle bien, pues aquella
-noche funcionaban muy mal los párpados, y abrir no podía más que un
-tercio de ojos, le dijo:
-
---Pues me parece que en Villajoyosa pintarías como aquí, y aun mejor.
-En todas partes hay Naturaleza y natural... Y sobre todo, tontín, allí
-te librarás de tanto quebradero de cabeza, y de las angustias que estás
-pasando. Te lo dice quien bien te quiere, quien sabe algo de este mundo
-traicionero. No hay cosa peor que apegarse a un vicio de querer...
-Despréndete de un tirón. Pon tierra por medio.
-
-Dicho esto, doña Trini dejó caer el párpado, como tronera que se cierra
-después de salir el tiro. Horacio nada contestó; pero las ideas de su
-tía quedaron en su mente como semillas dispuestas a germinar. Repitió
-sus sabias exhortaciones a la siguiente noche la simpática viuda, y a
-los dos días ya no le pareció al pintor muy disparatada la idea de
-partir, ni vio, como antes, en la separación de su amada, un suceso tan
-grave como la rotura del planeta en pedazos mil. De improviso sintió
-que del fondo de su naturaleza salía un prurito, una reclamación de
-descanso. Su existencia toda pedía tregua, uno de esos paréntesis que
-la guerra y el amor suelen solicitar con necesidad imprescindible para
-poder seguir peleando y viviendo.
-
-La primera vez que comunicó a Tristana los deseos de doña Trini,
-aquella puso el grito en el Cielo. Él también se indignó; protestaron
-ambos contra el importuno viaje, y... _antes morir que consentir
-tiranos_.
-
-Mas otro día, tratando de lo mismo, Tristana pareció conformarse.
-Sentía lástima de la pobre viuda. ¡Era tan natural que no quisiera ir
-sola...! Horacio afirmó que doña Trini no resistiría en Madrid los
-rigores del invierno, ni se determinaba a separarse de su sobrino.
-Mostrose la de Reluz más compasiva, y por fin... ¿Sería que también
-a ella le pedían el cuerpo y el alma tregua, paréntesis, solución
-de continuidad? Ni uno ni otro cedían en su amoroso anhelo; pero la
-separación no les asustaba; al contrario, querían probar el desconocido
-encanto de alejarse, sabiendo que era por tiempo breve; probar el sabor
-de la ausencia, con sus inquietudes, el esperar y recibir cartas, el
-desearse recíprocamente, y el contar lo que faltaba para tenerse de
-nuevo.
-
-En resumidas cuentas, que Horacio tomó las de Villadiego. Tierna
-fue la despedida: se equivocaron, creyéndose con serenidad bastante
-para soportarla, y al fin se hallaban como condenados al patíbulo.
-Horacio, la verdad, no se sintió muy pesaroso por el camino; respiraba
-con desahogo, como jornalero en sábado por la tarde, después de una
-semana de destajo; saboreaba el descanso moral, el placer pálido de
-no sentir emociones fuertes. El primer día de Villajoyosa ninguna
-novedad ocurrió. Tan conforme el hombre, y muy bien hallado con su
-destierro. Pero al segundo día, aquel mar tranquilo de su espíritu
-empezó a moverse y picarse con leve ondulación, y luego fue el crecer,
-el encresparse. A los cuatro días el hombre no podía vivir de soledad,
-de tristeza, de privación. Todo le aburría: la casa, doña Trini, la
-parentela. Pidió auxilio al arte, y el arte no le proporcionó más
-que desaliento y rabia. El paisaje hermosísimo, el mar azul, las
-pintorescas rocas, los silvestres pinos, todo le ponía cara fosca.
-La primera carta le consoló en su soledad; no podían faltar en ella
-ausencias dulcísimas, ni aquello tan sobado de _nessun maggior
-dolore_..., ni los términos del vocabulario formado en las continuas
-charlas de amor. Habían convenido en escribirse dos cartitas por
-semana, y resultaba carta _todos los días diariamente_, según decía
-Tristana. Si las de él ardían, las de ella quemaban. Véase la clase:
-
-«He pasado un día cruel y una noche de todos los perros de la jauría
-de Satanás. ¿Por qué te fuiste?... Hoy estoy más tranquila; oí misa,
-recé mucho. He comprendido que no debo quejarme, que hay que poner
-frenos al egoísmo. Demasiado bien me ha dado Dios, y no debo ser
-exigente. Merezco que me riñas y me pegues, y aunque me quieras un
-poco menos (¡no, por Dios!), cuando me aflijo por una ausencia breve y
-necesaria... Me mandas que esté tranquila, y lo estoy. _Tu duca_, _tu
-maestro_, _tu signore_. Sé que mi _señó Juan_ volverá pronto, que ha de
-quererme siempre, y _Paquita de Rímini_ espera confiada, y se resigna
-con su _soleá_.»
-
-De él a ella:
-
-«Hijita, ¡qué días paso! Hoy quise pintar un burro, y me salió...
-algo así como un pellejo de vino con orejas. Estoy de remate; no veo
-el color, no veo la línea, no veo más que a mi _Restituta_, que me
-encandila los ojos con sus monerías. Día y noche me persigue la imagen
-de mi monstrua serrana, con todo el pesquis del Espíritu Santo y toda
-la sal del _botiquín_.»
-
-(_Nota del colector_: Llamaban _botiquín_ al mar por aquel cuento
-andaluz del médico de a bordo, que todo lo curaba con agua salada.)
-
-«... Mi tía no está bien. No puedo abandonarla. Si tal barbaridad
-hiciera, tú misma no me la perdonarías. Mi aburrimiento es una horrible
-tortura que se le quedó en el tintero a nuestro amigo Alighieri.
-
-»He vuelto a leer tu carta del jueves, la de las pajaritas, la de
-los éxtasis... _inteligenti pauca_. Cuando Dios te echó al mundo,
-llevose las manos a la cabeza augusta, arrepentido y pesaroso de haber
-gastado en ti todo el ingenio que tenía dispuesto para fabricar cien
-generaciones. Haz el favor de no decirme que tú no vales, que eres
-un cero. ¡Ceritos a mí! Pues yo te digo, aunque la modestia te salga
-a la cara como una aurora boreal, yo te digo, ¡oh _Restituta_!, que
-todos los bienes del mundo son una _perra chica_ comparados con lo que
-tú vales; y que todas las glorias humanas, soñadas por la ambición y
-perseguidas por la fortuna, son un _zapato viejo_ comparadas con la
-gloria de ser tu dueño... No me cambio por nadie... No, no, digo mal:
-quisiera ser Bismarck para crear un imperio y hacerte a ti emperatriz.
-Chiquilla, yo seré tu vasallo humilde; pisotéame, escúpeme, y manda que
-me azoten.»
-
-De ella a él:
-
-«... Ni en broma me digas que puede mi _señó Juan_ dejar de quererme.
-No conoces tú bien a tu _Panchita de Rímini_, que no se asusta de la
-muerte, y se siente con valor para _suicidarse a sí misma_ con la
-mayor sal del mundo. Yo me mato como quien se bebe un vaso de agua.
-¡Qué gusto, qué dulcísimo estímulo de curiosidad! ¡Enterarse de todo
-lo que hay por allá!, y verle la cara al _pusuntra_!... ¡Curarse
-radicalmente de aquella dudita fastidiosa de _ser o no ser_, como dijo
-_Chispecrís_...! En fin, que no me vuelvas a decir eso de quererme un
-poquito menos, porque mira tú..., ¡si vieras qué bonita colección de
-revólveres tiene mi D. _Lepe_! Y te advierto que lo sé manejar, y que
-si me atufo, ¡pim!, me voy a dormir la siesta con el Espíritu Santo...»
-
-¡Y cuando el tren traía y llevaba todo este cargamento de
-sentimentalismo, no se inflamaban los ejes del coche correo, ni se
-disparaba la locomotora, como corcel en cuyos ijares aplicaran espuelas
-calentadas al rojo! Tantos ardores permanecían latentes en el papelito
-en que estaban escritos.
-
-
-
-
-XVII
-
-
-Tan voluble y extremosa era en sus impresiones la señorita de Reluz,
-que fácilmente pasaba del júbilo desenfrenado y epiléptico a una
-desesperación lúgubre. He aquí la muestra:
-
-«_Caro bene, mio diletto_, ¿es verdad que me quieres tanto y que en
-tanto me estimas? Pues a mí me da por dudar que sea verdad tanta
-belleza. Dime: ¿existes tú o no eres más que un fantasma vano, obra
-de la fiebre, de esta ilusión de lo hermoso y de lo grande que me
-trastorna? Hazme el favor de echar para acá una carta _fuera de
-abono_ o un telegrama que diga: _Existo. Firmado, señó Juan_... Soy
-tan feliz, que a veces paréceme que vivo suspendida en el aire, que
-mis pies no tocan la tierra, que huelo la eternidad y respiro el
-airecillo que sopla más allá del sol. No duermo. ¡Ni qué falta me hace
-dormir!... Más quiero pasarme toda la noche pensando que te gusto y
-contando los minutos que faltan para ver tu jeta preciosa. No son
-tan felices como yo los justos que están en éxtasis a la _verita_ de
-la Santísima Trinidad; no lo son, no pueden serlo... Solo un recelo
-chiquito y fastidioso, como el grano de tierra que en un ojo se nos
-mete y nos hace sufrir tanto, me estorba para la felicidad absoluta.
-Y es la sospecha de que todavía no me quieres bastante, que no has
-llegado al supremo límite del querer, ¿qué digo límite, si no lo hay?,
-al principio del último cielo, pues yo no puedo hartarme de pedir
-más, más, siempre más; y no quiero, no quiero sino cosas infinitas,
-entérate..., todo infinito, infinitísimo, o nada... ¿Cuántos abrazos
-crees que te voy a dar cuando llegues? Ve contando. Pues tantos como
-segundos tarde una hormiga en dar la vuelta al globo terráqueo. No;
-más, mucho más. Tantos como segundos tarde la hormiga en partir en dos,
-con sus patas, la esferita terrestre, dándole vueltas siempre por una
-misma línea... Conque saca esa cuenta, tonto.»
-
-Y otro día:
-
-«No sé lo que me pasa, no vivo en mí, no puedo vivir de ansiedad, de
-temor. Desde ayer no hago más que imaginar desgracias, suponer cosas
-tristes: o que tú te mueres, y viene a contármelo D. Lope con cara de
-regocijo, o que me muero yo y me meten en aquella caja horrible, y
-me echan tierra encima. No, no; no quiero morirme, no me da la gana.
-No deseo saber lo de allá, no me interesa. Que me resuciten, que me
-vuelvan mi vidita querida. Me espanta mi propia calavera. Que me
-devuelvan mi carne fresca y bonita, con todos los besos que tú me has
-dado en ella. No quiero ser solo huesos fríos y después polvo. No, esto
-es un engaño. Ni me gusta que mi espíritu ande pidiendo hospitalidad
-de estrella en estrella, ni que San Pedro, calvo y con cara de malas
-pulgas, me dé con la puerta en los hocicos... Pues aunque supiera que
-había de entrar allí, no me hablen de muerte; venga mi vidita mortal
-y la tierra en que padecí y gocé, en que está mi pícaro _señó Juan_.
-No quiero yo alas ni alones, ni andar entre ángeles sosos que tocan
-el arpa. Déjenme a mí de arpas y acordeones, y de fulgores celestes.
-Venga vida mortal, y salud y amor, y todo lo que deseo.
-
-»El problema de mi vida me anonada más cuanto más pienso en él.
-Quiero ser algo en el mundo, cultivar un arte, vivir de mí misma.
-El desaliento me abruma. ¿Será verdad, Dios mío, que pretendo un
-imposible? Quiero tener una profesión, y no sirvo para nada, ni sé nada
-de cosa alguna. Esto es horrendo.
-
-»Aspiro a no depender de nadie, ni del hombre que adoro. No quiero ser
-su manceba, tipo innoble, la hembra que mantienen algunos individuos
-para que les divierta, como un perro de caza; ni tampoco que el hombre
-de mis ilusiones se me convierta en marido. No veo la felicidad en el
-matrimonio. Quiero, para expresarlo a mi manera, estar casada conmigo
-misma, y ser mi propia cabeza de familia. No sabré amar por obligación;
-solo en la libertad comprendo mi fe constante y mi adhesión sin
-límites. Protesto, me da la gana de protestar contra los hombres, que
-se han cogido todo el mundo por suyo, y no nos han dejado a nosotras
-más que las veredas estrechitas por donde ellos no saben andar...
-
-«Estoy cargante, ¿verdad? No hagas caso de mí. ¡Qué locuras!, no sé lo
-que pienso, ni lo que escribo; mi cabeza es un nidal de disparates.
-¡Pobre de mí! Compadéceme; hazme burla... Manda que me pongan la camisa
-de fuerza, y que me encierren en una jaula. Hoy no puedo escribirte
-ninguna broma, no está la masa para rosquillas. No sé más que llorar,
-y este papel te lleva un _botiquín_ de lágrimas. Dime tú, ¿por qué he
-nacido?, ¿por qué no me quedé allá, en el regazo de la señora nada, tan
-hermosa, tan tranquila, tan dormilona, tan...?, no sé acabar.»
-
-En tanto que estas ráfagas tempestuosas cruzaban el largo espacio
-entre la villa mediterránea y Madrid, en el espíritu de Horacio se
-iniciaba una crisis, obra de la inexorable ley de adaptación, que hubo
-de encontrar adecuadas condiciones locales para cumplirse. La suavidad
-del clima le embelesaba, y los encantos del paisaje se abrieron paso al
-fin, si así puede decirse, por entre las brumas que envolvían su alma.
-El Arte se confabuló con la Naturaleza para conquistarle, y habiendo
-pintado un día, después de mil tentativas infructuosas, una marina
-soberbia, quedó para siempre prendado del mar azul, de las playas
-luminosas y del risueño contorno de tierra. Los términos próximos y
-lejanos, el pintoresco anfiteatro de la villa, los almendros, los
-tipos de labradores y mareantes le inspiraban deseos vivísimos de
-transportarlo todo al lienzo; entrole la fiebre del trabajo, y por fin,
-el tiempo, antes tan estirado y enojoso, hízosele breve y fugaz; de tal
-modo que, al mes de residir en Villajoyosa, las tardes se comían las
-mañanas, y las noches se merendaban las tardes, sin que el artista se
-acordara de merendar ni de comer.
-
-Fuera de esto, empezó a sentir las querencias del propietario, esas
-atracciones vagas que sujetan al suelo la planta, y el espíritu a
-las pequeñeces domésticas. Suya era la hermosa casa en que vivía con
-doña Trini: un mes tardó en hacerse cargo de su comodidad y de su
-encantadora situación. La huerta poblada de añosos frutales, algunos de
-especies rarísimas, todos en buena conservación, suya era también, y el
-fresal espeso, la esparraguera y los plantíos de lozanas hortalizas;
-suya la acequia que atravesaba caudalosa la huerta y terrenos
-colindantes. No lejos de la casa, podía mirar asimismo con ojos de
-propietario un grupo de palmeras gallardas, de bíblica hermosura, y un
-olivar de austero color, con ejemplares viejos, retorcidos y verrugosos
-como los de Getsemaní. Cuando no pintaba, echábase a pasear de largo,
-en compañía de gentes sencillas del pueblo, y sus ojos no se cansaban
-de contemplar la extensión cerúlea, el siempre admirable _botiquín_,
-que a cada instante cambiaba de tono, como inmenso ser vivo, dotado de
-infinita impresionabilidad. Las velas latinas que lo moteaban, blancas
-a veces, a veces resplandecientes como tejuelos de oro bruñido, añadían
-toques picantes a la majestad del grandioso elemento, que algunas
-tardes parecía lechoso y dormilón, otras rizado y transparente,
-dejando ver, en sus márgenes quietas, cristalinos bancos de esmeralda.
-
-Lo que observaba Horacio, dicho se está que al punto era comunicado a
-Tristana.
-
-Del mismo a la misma:
-
-«¡Ay, niña mía, no sabes cuán hermoso es esto! Pero ¿cómo has de
-comprenderlo tú, si yo mismo he vivido hasta hace poco ciego a tanta
-belleza y poesía? Admiro y amo este rincón del planeta, pensando que
-algún día hemos de amarlo y admirarlo juntos. ¡Pero si estás conmigo
-aquí, si en mí te llevo, y no dudo que tus ojos ven dentro de los
-míos lo que los míos ven...! ¡Ay, _Restitutilla_, cuánto te gustaría
-mi casa, _nuestra_ casa, si en ella te vieras! No me satisface, no,
-tenerte aquí en espíritu. ¡En espíritu! Retóricas, hija, que llenan
-los labios y dejan vacío el corazón. Ven, y verás. Resuélvete a dejar
-a ese viejo absurdo, y casémonos ante este altar incomparable, o ante
-cualquier otro altarito que el mundo nos designe, y que aceptaremos
-para estar bien con él... ¿No sabes? Me he franqueado con mi ilustre
-tía. Imposible guardar más tiempo el secreto. Pásmate, chiquilla; no
-puso mala cara. Pero aunque la pusiera..., ¿y qué? Le he dicho que te
-tengo ley, que no puedo vivir sin ti, y ha soltado la risa. ¡Vaya,
-que tomar a broma una cosa tan seria! Pero más vale así... Dime que
-te alegra lo que te cuento hoy, y que al leerme te entran ganas de
-echar a correr para acá. Dime que has hecho el hatillo, y me lanzo a
-buscarte. No sé lo que pensará mi tía de una resolución tan _súpita_.
-Que piense lo que quiera. Dime que te gustará esta vida oscura y
-deliciosa; que amarás esta paz campestre; que aquí te curarás de las
-locas efervescencias que turban tu espíritu, y que anhelas ser una
-feliz y robusta villana, ricachona en medio de la sencillez y la
-abundancia, teniendo por maridillo al más chiflado de los artistas, al
-más espiritual habitante de esta tierra de luz, fecundidad y poesía.
-
-»_Nota bene._ Tengo un palomar que da la hora, con treinta o más pares.
-Me levanto al alba, y mi primera ocupación es abrirles la puerta. Salen
-mis amiguitas adoradas, y para saludar al nuevo día, dan unas cuantas
-vueltas por el aire, trazando espirales graciosas; después vienen a
-comer a mi mano, o en derredor de mí, hablándome con sus arrullos un
-lenguaje que siento no poder transmitirte. Convendría que tú lo oyeras
-y te enteraras por ti misma.»
-
-
-
-
-XVIII
-
-
-De Tristana a Horacio:
-
-«¡Qué entusiasmadito y qué tonto está el _señó Juan_! ¡Y cómo con
-las glorias de ese terruño se le van las memorias de este páramo en
-que yo vivo! Hasta te olvidas de nuestro vocabulario, y ya no soy la
-_Frasquita de Rímini_. Bueno, bueno. Bien quisiera entusiasmarme con
-tu _rustiquidad_ (ya sabes que yo invento palabras), _que del oro
-y del cetro pone olvido_. Hago lo que me mandas, y te obedezco...
-hasta donde pueda. _Bello país debe ser..._ ¡Yo de villana criando
-gallinitas, poniéndome cada día más gorda, hecha un animal, y con un
-dije que llaman _maridillo_ colgado de la punta de la nariz! ¡Qué
-guapota estaré, y tú qué salado, con tus tomates tempranos y tus
-naranjas tardías, saliendo a coger langostinos, y pintando burros con
-zaragüelles, o personas racionales con albarda..., digo, al revés. Oigo
-desde aquí las palomitas, y entiendo sus arrullos. Pregúntales por qué
-tengo yo esta ambición loca que no me deja vivir; por qué aspiro a
-lo imposible, y aspiraré siempre, hasta que el imposible mismo se me
-plante enfrente y me diga: «¿Pero no me ve usted, so...?» Pregúntales
-por qué sueño despierta con mi propio ser transportado a otro mundo,
-en el cual me veo libre y honrada, queriéndote más que a las señoritas
-de mis ojos, y... Basta, basta, _per pietá_. Estoy borracha hoy. Me he
-bebido tus cartas de los días anteriores, y las encuentro horriblemente
-cargadas de _amílico_. ¡Mixtificador!
-
-»Noticia fresca. D. Lope, el gran D. Lope, _ante quien muda se postró
-la tierra_, anda malucho. El reuma se está encargando de vengar al sin
-número de maridillos que burló, y a las vírgenes honestas o esposas
-frágiles que inmoló en el ara nefanda de su liviandad. ¡Vaya una
-figurilla...! Pues esto no quita que yo le tenga lástima al pobre
-D. Juan caído, porque fuera de su poquísima vergüenza en el ramo de
-mujeres, es bueno y caballeroso. Ahora que renquea y no sirve para
-nada, ha dado en la flor de entenderme, de estimar en algo este afán
-mío de aprender una profesión. ¡Pobre D. _Lepe_! Antes se reía de mí;
-ahora me aplaude, y se arranca los pelos que le quedan, rabioso por no
-haber comprendido antes lo razonable de mi anhelo.
-
-»Pues verás: haciendo un gran sacrificio, me ha puesto profesor de
-inglés, digo, profesora, aunque más bien la creerías del género
-masculino o del neutro, una señora alta, huesuda, andariega, con
-feísima cara de rosas y leche, y un sombrero que parece una jaula de
-pájaros. Llámase doña Malvina, y estuvo en la capilla evangélica,
-ejerciendo de _sacerdota protestanta_, hasta que le cortaron los
-víveres, y se dedicó a dar lecciones... Pues espérate ahora y sabrás
-lo más gordo: dice mi maestra que tengo unas disposiciones terribles,
-y se pasma de ver que apenas me ha enseñado las cosas, ya yo me las
-sé. Asegura que en seis meses sabré tanto inglés como _Chaskaperas_,
-o el propio _Lord Mascaole_. Y al paso que me enseña inglés, me hace
-recordar el franchute, y luego le meteremos el diente al alemán. _Give
-me a kiss_, pedazo de bruto. Parece mentira que seas tan _iznorante_,
-que no entiendas esto.
-
-»Bonito es el inglés, casi tan bonito como tú, que eres una fresca
-rosa de mayo..., si las rosas de mayo fueran negras como mis zapatos.
-Pues digo que estoy metida en unos afanes espantosos. Estudio a todas
-horas, y devoro los temas. Perdona mi inmodestia; pero no puedo
-contenerme: soy un prodigio. Me admiro de encontrarme que sé las cosas,
-cuando intento saberlas. Y a propósito, _señó Juan_ naranjero y con
-zaragüelles, sácame de esta duda: «_¿Has comprado la pluma de acero del
-hijo de la jardinera de tu vecino?_» Tonto, no; lo que has comprado es
-_la palmatoria de marfil de la suegra del..._ sultán de Marruecos.
-
-»Te muerdo una oreja. Expresiones a las palomitas. _To be or nor to
-be..._ _All the world a stage._»
-
-De _señó Juan_ a _señá Restituta_:
-
-«Cielín mío, miquina, no te hagas tan sabia. Me asustas. De mí sé
-decirte que en esta _rustiquidad_ (admitida la nueva palabra) casi me
-dan ganas de olvidar lo poquito que sé. ¡Viva la Naturaleza! ¡Abajo la
-ciencia! ¡Quisiera acompañarte en tu aborrecimiento de la vida oscura;
-_ma non posso_. Mis naranjos están cargados de azahares, para que lo
-sepas, ¡rabia, rabiña!, y de frutas de oro. Da gozo verlos. Tengo unas
-gallinas que cada vez que ponen huevo, preguntan al cielo, cacareando,
-qué razón hay para que no vengas tú a comértelos. Son tan grandes que
-parecen tener dentro un elefantito. Las palomas dicen que no quieren
-nada con ingleses, ni aun con los que son émulos del gran _Sáspirr_.
-Por lo demás, comprenden y practican la libertad honrada, o la honradez
-libre. Se me olvidó decirte que tengo tres cabras con cada ubre como el
-bombo grande de la lotería. No me compares esta leche con la que venden
-en la cabrería de tu casa, con aquellos _lácteos virgíneos candores_
-que tanto asco nos daban. Las cabritas te esperan, inglesilla de tres
-al cuarto, para ofrecerte sus _senos turgentes_. Dime otra cosa...,
-¿has comido turrón estas Navidades? Yo tengo aquí almendra y avellana
-bastantes para empacharte a ti y a toda tu casta. Ven, y te enseñaré
-cómo se hace lo de Jijona, lo de Alicante, y el sabrosísimo de yema,
-menos dulce que tu alma gitana. ¿Te gusta a ti el cabrito asado? Dígolo
-porque si probaras lo de mi tierra, te chuparías el dedo; no, el
-_deíto_ ese de San Juan te lo chuparía yo. Ya ves que me acuerdo del
-vocabulario. Hoy está revuelto el _botiquín_, porque el Poniente le
-hace muchas cosquillas, poniéndole nervioso...
-
-»Si no te enfadas, ni me llamas prosaico, te diré que como por siete.
-Me gustan extraordinariamente las sopas de ajo tostaditas, el bacalao y
-el arroz _en sus múltiples aspectos_, los pavipollos y los salmonetes
-con piñones. Bebo sin tasa del riquísimo _licor de Engadi_, digo,
-de Aspe, y me estoy poniendo gordo, y guapo inclusive, para que te
-enamores de mí cuando me veas, y te _extasíes_ delante de mis encantos
-o _appas_, como dicen los franceses, y nosotros. ¡Ay, qué _appases_ los
-míos! ¿Pues y tú? Haz el favor de no encanijarte con tanto estudio.
-Temo que la _señá_ Malvina te contagie de su fealdad seca y hombruna.
-No te me vuelvas muy filósofa, no te encarames a las estrellas, porque
-a mí me están pesando mucho las carnazas, y no puedo subir a cogerte,
-como cogería un limón de mis limoneros... ¿Pero no te da envidia de mi
-manera de vivir? ¿A qué esperas? Si no la _jazemos_ ahora, ¿cuándo,
-_per Baco_? Vente, vente. Ya estoy arreglando tu habitación, que será
-_manífica_, digno estuche de tal joya. Dime que sí, y parto, parto...
-(no el de los montes) quiero decir que corro a traerte. _¡Oh, donna di
-virtú!_ Aunque te vuelvas más marisabidilla que Minerva, y me hables
-en griego para mayor claridad; aunque te sepas de memoria las Falsas
-Decretales y la Tabla de logaritmos, te adoraré con toda la fuerza de
-mi supina barbarie.»
-
-De la señorita de Reluz:
-
-«¡Qué pena, qué ansiedad, qué miedo! No pienso más que cosas malas. No
-hago más que bendecir este fuerte constipado que me sirve de pretexto
-para poder limpiarme los ojos a cada instante. El llanto me consuela.
-Si me preguntas por qué lloro, no sabré responderte. ¡Ah! sí, sí, ya
-sé: lloro porque no te veo, porque no sé cuándo te veré. Esta ausencia
-me mata. Tengo celos del mar azul, los barquitos, las naranjas, las
-palomas, y pienso que todas esas cosas tan bonitas serán Galeotos de
-la infidelidad de mi _señó Juan_... Donde hay tanto bueno, ¿no ha de
-haber también buenas mozas? Porque con todo mi _marisabidillismo_ (ve
-apuntando las palabras que invento), yo me mato si tú me abandonas.
-Eres responsable de la tragedia que puede ocurrir, y...
-
-»Acabo de recibir tu carta. ¡Cuánto me consuela! Me he reído de veras.
-Ya se me pararon los _esplines_; ya no lloro; ya soy feliz, tan feliz
-que no _sabo_ expresarlo. Pero no me engatusas, no, con tus limoneros
-y tus acequias de _undosa corriente_. Yo libre y honrada, te acepto
-así, aldeanote y criador de pollos. Tú como eres, yo como _ero_. Eso de
-que dos que se aman han de volverse iguales, y han de pensar lo mismo,
-no me cabe a mí en la cabeza. ¡El uno para el otro! ¡Dos en uno! ¡Qué
-bobadas inventa el egoísmo! ¿A qué esa confusión de los caracteres?
-Sea cada cual como Dios le ha hecho, y siendo distintos, se amarán
-más. Déjame suelta, no me amarres, no borres mi... ¿lo digo? Estas
-palabras tan sabias se me atragantan; pero en fin, la soltaré... mi
-_doisingracia_.
-
-»A propósito. Mi maestra dice que pronto sabré más que ella. La
-pronunciación es el caballo de batalla; pero ya me soltaré, no te
-apures, que esta lengüecita mía hace todo lo que quiero. Y ahora,
-allá van los golpes de incensario que me echo a mí misma. ¡Qué
-modesta es la nena! Pues señor, sabrás que domino la Gramática, que
-me bebo el Diccionario, que mi memoria es prodigiosa, lo mismo que
-mi entendimiento (no, si no lo digo yo; lo dice _la señá_ Malvina.)
-Esta no se anda en bromas, y sostiene que conmigo hay que empezar por
-el fin. De manos a boca nos hemos _ponido_ a leer a _Don Guillermo_,
-al inmenso poeta, _el que más ha creado después de Dios_, como dijo
-Séneca..., no, no, Alejandro Dumas. Doña Malvina se sabe de memoria
-el Glosario, y conoce al dedillo el texto de todos los dramas y
-comedias. Me dio a escoger, y elegí el _Macbeth_, porque aquella
-señora de Macbeth me ha sido siempre muy simpática. Es mi amiga...
-En fin, que le metimos el diente a la tragedia. Las brujitas me han
-_dicido_ que seré reina... y yo me lo creo. Pero en fin, ello es que
-estamos traduciendo. ¡Ay, hijo, aquella exclamación de _la señá_
-Macbeth, cuando grita al cielo con toda su alma _unsex me here_,
-me hace estremecer, y despierta no sé qué terribles emociones en
-lo más profundo de mi naturaleza! Como no perteneces a las _clases
-ilustradas_, no entenderás lo que aquello quiere decir, ni yo te lo
-explico, porque sería como echar margaritas a... No, eres mi cielo, mi
-infierno, mi polo _maznético_, y hacia ti marca siempre tu brújula, tu
-chacha querida, tu... _Lady Restitute_.»
-
-Jueves 14.
-
-«¡Ay! no te había dicho nada. El gran D. Lope, _terror de
-las familias_, está conmigo como un merengue. El reuma sigue
-mortificándole, pero siempre tiene para mí palabras de cariño y
-dulzura. Ahora le da por llamarme su hija, por recrear su espíritu
-(así lo dice) llamándose mi papá, y por figurarse que lo es. _E se
-non piangi, ¿de che pianger suoli?_ Se arrepiente de no haberme
-comprendido, de no haber cultivado mi inteligencia. Maldice su
-abandono... Pero aún es tiempo; aún podremos ganar el terreno perdido.
-Porque yo tenga una profesión que me permita ser honradamente libre,
-venderá él la camisa, si necesario fuese. Ha empezado por traerme un
-carro de libros, pues en casa jamás los hubo. Son de la biblioteca de
-su amigo el marqués de Cícero. Excuso decirte que he caído sobre ellos
-como lobo hambriento, y a este quiero, a este no quiero, heme dado
-unos atracones que ya, ya... ¡Dios mío, cuánto _sabo_! En ocho días
-he tragado más páginas que lentejas dan por mil duros. Si vieras mi
-cerebrito por dentro, te asustarías. Allí andan las ideas a bofetada
-limpia unas con otras... Me sobran muchas, y no sé con _cuálas_
-quedarme... Y lo mismo le hinco el diente a un tomo de historia que a
-un tratado de filosofía. ¿A que no sabes tú lo que son las mónadas del
-señor de Leibnitz? Tonto, ¿crees que digo _monadas_? Para monadas las
-tuyas, dirás, y con razón. Pues si tropiezo con un libro de medicina,
-no creas que le hago _fu_. Yo con todo apenco. Quiero saber, saber,
-saber. Por cierto que... No, no te lo digo. Otro día será. Es muy
-tarde: he velado por escribirte; la _pálida antorcha_ se extingue, bien
-mío. Oigo el canto del gallo, _nuncio_ del nuevo día, y ya el plácido
-beleño por mis venas se derrama... Vamos, palurdo, confiesa que te ha
-hecho gracia lo del beleño... En fin, que estoy rendida, y me voy al
-almo lecho... sí, señor, no me vuelvo atrás: almo, almo.»
-
-
-
-
-XIX
-
-
-De la misma al mismo:
-
-«Monigote, ¿en qué consiste que cuanto más sé, y sé ya mucho, más te
-idolatro?... Ahora que estoy malita y triste, pienso más en ti...
-Curiosón, todo lo quieres saber. Lo que tengo no es nada, nada; pero me
-molesta. No hablemos de eso... Hay en mi cabeza un barullo tal, que no
-sé si esto es cabeza o el manicomio donde están encerrados los grillos
-que han perdido la razón grillesca... ¡Un aturdimiento, un pensar y
-pensar siempre cosas mil, millones más bien, de cosas bonitas y feas,
-grandes y chicas! Lo más raro de cuanto me pasa es que se me ha borrado
-tu imagen: no veo claro tu lindo rostro; lo veo así como envuelto en
-una niebla, y no puedo precisar las facciones, ni hacerme cargo de
-la expresión, de la mirada. ¡Qué rabia!... A veces me parece que la
-neblina se despeja... abro mucho los ojitos de la imaginación, y me
-digo: «Ahora, ahora le voy a ver.» Pero resulta que veo menos, que te
-oscureces más, que te borras completamente, y abur mi _señó Juan_. Te
-me vuelves espíritu puro, un ser intangible, un... no sé cómo decirlo.
-Cuando considero la pobreza de palabras, me dan ganas de inventar
-muchas, a fin de que todo pueda decirse. ¿Serás tú _mi-mito_?
-
-»Pienso que todo eso que me dices de que estás hecho un ganso es por
-burlarte de mí. No, niño, eres un gran artista, y tienes en la mollera
-la divina luz; tú darás que hacer a la fama, y asombrarás al mundo
-con tu genio maravilloso. Quiero que se diga que Velázquez y Rafael
-eran unos pintapuertas comparados contigo. Lo tienen que decir. Tú me
-engañas: echándotelas de patán y de huevero y de _naranjista_, trabajas
-en silencio, y me preparas la gran sorpresa. ¡No son malos huevos los
-que tú empollas! Estás preparando con estudios parciales el gran cuadro
-que era tu ilusión y la mía, el _Embarque de los moriscos expulsados_,
-para el cual apuntaste ya algunas figuras. Hazlo, por Dios, trabaja en
-eso. ¡Asunto histórico, profundamente humano y patético! No vaciles,
-y déjate de gallinas y vulgaridades estúpidas. ¡El arte! ¡La gloria,
-_señó Juanico_! Es la única rival de quien no tengo celos. Súbete a los
-cuernos de la luna, pues bien puedes hacerlo. Si hay otros que regarán
-las hortalizas mejor que tú, ¿por qué no intentas lo que nadie como
-tú hará? ¿No debe cada cual estar en lo suyo? Pues lo tuyo es eso, el
-divino arte, en que tan poco te falta para ser maestro. He dicho.»
-
-Lunes.
-
-«¿Te lo digo? No, no te lo digo. Te vas a asustar, creyendo que es
-más de lo que es. No, permíteme que no te diga nada. Ya estoy viendo
-los morros que me pones por este sistema mío de apuntar y no hacer
-fuego, diciendo las cosas con misterio y callándolas sin dejar de
-decirlas. Pues entérate, aguza el oído y escucha. ¡Ay, ay, ay! ¿No
-oyes cómo se queja tu _Beatricita_? ¿Crees que se queja de amor, que
-se arrulla como tus palomas? No, quéjase de dolor físico. ¿Pensarás
-que estoy tísica pasada, como la _Dama de las camelias_? No, hijo mío.
-Es que D. Lope me ha pegado su reuma. Hombre, no te asustes; D. Lope
-no puede pegarme nada, porque... ya sabes... No hay caso. Pero se dan
-contagios intencionales. Quiero decir que mi tirano se ha vengado de
-mis desdenes, comunicándome por arte gitanesco o de mal de ojo la
-endiablada enfermedad que padece. Hace dos días, al levantarme de la
-cama, sentí un dolor tan agudo, pero tan agudo, hijo... No quiero
-decirte dónde: ya sabes que una señorita, inglesa por añadidura, _miss
-Restitute_, no puede nombrar decorosamente, delante de un hombre, otras
-partes del cuerpo que la cara y las manos. Pero, en fin, grandísimo
-poca vergüenza, yo tengo confianza contigo, y quiero decírtelo claro:
-me duele una pierna. ¡Ay, ay, ay! ¿Sabes dónde? Junto a la rodilla, do
-existe aquel lunar... ¡Vamos, que si esto no es confianza...! ¿No te
-parece cruel lo que hace Dios conmigo? ¡Que a ese perdulario le cargue
-de achaques en su vejez, como castigo de una juventud de crímenes
-contra la moral, muy santo y muy bueno; pero que a mí, jovenzuela que
-empiezo a pecar, que apenas..., y esto con circunstancias atenuantes,
-que a mí me aflija, a las primeras de cambio, con tan fiero castigo...!
-Ello será todo lo justo que se quiera, pero no lo entiendo. Verdad
-que somos unos papanatas. ¡No faltaba más sino que entendiéramos los
-designios, etc...! En fin, que los decretos del Altísimo me traen muy
-apenada. ¿Qué será esto? ¿No se me quitará pronto? Me desespero a
-ratos, y creo que no es Dios, que no es el Altísimo, sino el _Bajísimo_
-quien me ha traído este alifafe. El Demonio es mala persona y quiere
-vengarse de mí por lo que le hice rabiar. Poco antes de conocerte,
-mi desesperación anduvo en tratos con él; pero te conocí, y le mandé
-a freír espárragos. Me salvaste de caer en sus uñas. El maldito
-juró vengarse, y ya lo ves. ¡Ay, ay, ay! Tu _Restituta_, tu _Curra
-de Rímini_ está cojita. No creas que es broma: no puedo andar... Me
-causa terror la idea de que, si estuvieras aquí, no podría yo ir a tu
-estudio. Aunque sí, iría, vaya si iría, arrastrándome. ¿Y tú me querrás
-cojitranca? ¿No te burlarás de mí? ¿No perderás la ilusión? Dime que
-no; dime que esta cojerilla es cosa pasajera. Vente para acá; quiero
-verte, me mortifica horriblemente esto de haber perdido la memoria de
-tu carátula. Me paso largos ratos de la noche figurándome cómo eres,
-sin poder conseguirlo. ¿Y qué hace la niña? Reconstruirte a su manera,
-crearte con violencias de la imaginación. Ven pronto, y por el camino
-pídele a Dios, como yo se lo pido, que cuando llegues no cojee ya tu
-_fenómena_.»
-
-Martes.
-
-«¡Albricias, _señó Juan_, hombre rústico y pedestre, destripaterrones,
-moro de los dátiles, albricias! Ya no me duele. Hoy no cojeo. ¡Qué
-alivio, qué alegrón! D. Lope celebra mi mejoría; pero se me figura a
-mí que en su fuero interno (un foro de muchas esquinas) siente que
-la esclava no claudique, porque la cojera es como un grillete que la
-sujeta más a su malditísima persona... Tu carta me ha hecho reír mucho.
-Eso de no ver en mi enfermedad más que una luxación por los brincos
-que doy para escalar _de la inmortalidad el alto asiento_, tiene mucha
-sal. Lo que me aflige es que persistas en ser tan rebrutísimo y en
-apegarte a esas cominerías ramplonas. ¡Que la vida es corta y hay que
-gozar de ella! ¡Que el arte y la gloria no valen dos ochavos! No decías
-eso cuando nos conocimos, grandísimo tuno. ¡Que en vez de brincar,
-debo sentarme con muchísima pachorra en las losas calentitas de la
-vida doméstica! ¡Hijo, si no puedo; si cada vez soy menos doméstica!
-Mientras más lecciones le da Saturna, más torpe es la niña. Si esto es
-una falta grave, ten lástima de mí.
-
-»¡Qué feliz soy! Primero: me dices tú que vendrás pronto. Segundo: ya
-no cojeo. Tercero..., no, lo tercero no te lo digo. Vamos, para que no
-te devanes los sesos, allá va. Anoche estuve muy desvelada, y una idea
-mariposeaba en torno de mí, hasta que se me metió en la mollera, y
-allí se quedó; y hecho su nido, ya me tienes con mi plaga de ideítas
-que me están atormentando, y que te comunicaré incontinenti. Sabrás que
-ya he resuelto el temido problema. La esfinge de mi destino desplegó
-los marmóreos labios, y me dijo que para ser libre y honrada, para
-gozar de independencia y vivir de mí misma, debo ser actriz. Y yo he
-dicho que sí; lo apruebo, me siento actriz. Hasta ahora dudé de poseer
-las facultades del arte escénico; pero ya estoy segura de poseerlas. Me
-lo dicen ellas mismas gritando dentro de mí. ¡Representar los afectos,
-las pasiones, fingir la vida! ¡Jesús, qué cosa más fácil! ¡Si yo sé
-sentir, no solo lo que siento, sino lo que sentiría en los varios casos
-de la vida que puedan ocurrir! Con esto, y buena voz, y una figura
-que... vamos, no es maleja, tengo todo lo que me basta.
-
-»Ya, ya veo lo que me dices: que me faltará presencia de ánimo para
-soportar la mirada de un público, que me cortaré... Quítate, hombre,
-¡qué he de turbarme yo! No tengo vergüenza, dicho sea en el mejor
-sentido. Te juro que en este instante me encuentro con alientos para
-representar los más difíciles dramas de pasión, las más delicadas
-comedias de gracia y coquetería. ¿Qué? ¿Te burlas? ¿No me crees? Pues a
-probarlo. Que me saquen a la escena, y verás quién es tu _Restituta_.
-Nada, hombre, que ya te convencerás, ya te irás convenciendo. ¿A ti
-qué te parece? Ya me figuro que no te gustará, que tendrás celos del
-teatro. Eso de que un galán me abrace, eso de que a un actorcillo
-cualquiera tenga yo que hacerle mimos y decirle mil ternezas, te
-desagrada, ¿verdad? Ni tiene maldita gracia que veinte mil majaderos
-se prenden de mí, y me lleven ramos, y se crean autorizados para
-declararme la mar de pasiones volcánicas. No, no seas tonto. Yo te
-quiero más que a mi vida. Pero hazme el favor de concederme que el arte
-escénico es un arte noble, de los pocos que puede cultivar honradamente
-una mujer. Concédemelo, bruto, y también que esa profesión me dará
-independencia, y que en ella sabré y podré quererte más, siempre más,
-sobre todo si te decides a ser grande hombre. Hazme el favor de serlo,
-niño, y no te vea yo convertido en un terrateniente vulgar y oscuro. No
-me hables a mí de dulces tinieblas. Quiero luz, más luz, siempre más
-luz.»
-
-Sábado.
-
-«¡Ay, ay, ay! Mi gozo en un pozo. Estarás en ascuas, sin carta mía
-desde el martes. ¿Pero no sabes lo que me pasa? Me muero de pena...
-¡Coja otra vez, con dolores horribles! He pasado tres días crueles.
-La mejoría traidora del martes me engañó. El miércoles, después de
-una noche infernal, amanecí en un grito. D. Lope trajo al médico, un
-tal Miquis, joven y agradable. ¡Qué vergüenza! No tuve más remedio
-que enseñarle mi pierna. Vio el lunarcito, ¡ay, ay, ay!, y me dijo
-no sé qué bromas para hacerme reír. Creo que su pronóstico no es muy
-tranquilizador, aunque don _Lepe_ asegura lo contrario, sin duda para
-animarme. Dios mío, ¿cómo voy a ser actriz con esta cojera maldita?
-No puede ser, no puede ser. Estoy loca: no pienso más que horrores. Y
-todo ello ¿qué es? Nada; alrededor del lunarcito, una dureza..., y si
-me toco, veo las estrellas, lo mismo que si ando. Ese Miquis, que parta
-un rayo, me ha mandado no sé qué ungüentos, y una venda sin fin, que
-Saturna me arrolla con muchísimo cuidado... ¡Estoy bien, vive Dios!
-Tienes a tu _Beatrice_ hecha una cataplasma. Debo de estar feísima,
-¡y qué facha!... Te escribo en el sillón, del cual no puedo moverme.
-Saturna mantiene el tintero... ¿Y cómo te veo ahora si vienes? No, no
-vengas hasta que esto se me quite. Yo le pido a Dios y a la Virgen que
-me curen pronto. No he sido tan mala que este castigo merezca. ¿Qué
-crimen he cometido? ¿Quererte? ¡Vaya un crimen! Como tengo esta maldita
-costumbre de buscar siempre el _perché delle cose_, cavilo que Dios se
-ha equivocado con respecto a mí. ¡Jesús, qué blasfemia! No, ¡cuando Él
-lo hace...! Sufriremos; venga paciencia, aunque francamente, esto de
-no poder ser actriz me vuelve loca y me hace tirar a un lado toda la
-paciencia que había podido reunir... ¿Pero y si me curo?... Porque esto
-se curará, y no cojearé, o cojearé tan poquito que lo pueda disimular.
-
-»Vamos, que si ahora no tienes lástima de mí, no sé para cuándo
-la guardas. Y si ahora no me quieres más, más, más, mereces que
-el _Bajísimo_ te coja por su cuenta y te saque los ojos. ¡Soy tan
-desgraciada!... No sé si por la congoja que siento o efecto de la
-enfermedad, ello es que todas las ideas se me han escapado, como si
-se echaran a volar. Volverán, ¿no crees tú que volverán? Y me pongo a
-pensar y digo: pero, Señor, todo lo que leí, todo lo que aprendí en
-tantos librotes, ¿dónde está? Debe de andar revoloteando en torno de
-mi cabeza, como revolotean los pajaritos alrededor del árbol antes de
-acostarse, y ya entrarán, ya entrará todo otra vez. Es que estoy muy
-triste, muy desalentada, y la idea de andar con muletas me abruma. No,
-yo no quiero ser coja. Antes...
-
-»Malvina, por distraerme, me propone que la emprendamos con el alemán.
-La he mandado a paseo. No quiero alemán, no quiero lenguas, no quiero
-más que salud, aunque sea más tonta que un cerrojo. ¿Me querrás tú
-cojita? ¡No, si me curaré...! ¡Pues no faltaba más! Si no, sería una
-injusticia muy grande, una barbaridad de la Providencia, del Altísimo,
-del... no sé qué decir. Me vuelvo loca. Necesito llorar, pasarme todo
-el día llorando...; pero estoy rabiosa, y con rabia no puedo llorar.
-Tengo odio a todo el género humano, menos a ti. Quisiera que ahorcaran
-a doña Malvina, que fusilaran a Saturna, que a D. Lope le azotaran
-públicamente, paseándole en un burro, y después le quemaran vivo. Estoy
-atroz, no sé lo que pienso, no sé lo que digo...»
-
-
-
-
-XX
-
-
-Al caer de la tarde, en uno de los últimos días de enero, entró en
-su casa D. Lope Garrido, melancólico y taciturno; como hombre sobre
-cuyo ánimo pesan gravísimas tristezas y cuidados. En pocos meses, la
-vejez había ganado en su persona el terreno que supieron defender la
-presunción y el animoso espíritu de sus años maduros; inclinábase
-hacia la tierra; su noble semblante tomaba un color terroso y sombrío;
-las canas iban prosperando en su cabeza, y para completar la estampa
-del decaimiento, hasta en el vestir se marcaba cierta negligencia,
-más lastimosa que el _bajón_ de la persona. Y las costumbres no se
-quedaban atrás en este cambiazo, porque don Lope apenas salía de noche,
-y el día se lo pasaba casi enteramente en casa. Bien se comprendía
-el motivo de tanto estrago, porque, habrá que repetirlo, fuera de su
-absoluta ceguera moral en cosas de amor, el libertino inservible era
-hombre de buenos sentimientos, y no podía ver padecer a las personas
-de su intimidad. Cierto que él había deshonrado a Tristana, matándola
-para la sociedad y el matrimonio, hollando su fresca juventud; pero lo
-cortés no quitaba lo valiente; la quería con entrañable afecto, y se
-acongojaba de verla enferma y con pocas esperanzas de pronto remedio.
-Era cosa larga, ¡ay!, según dijo Miquis en la primera visita, sin
-asegurar que quedase bien, es decir, libre de cojera.
-
-Entró, pues, D. Lope, y soltando la capa en el recibimiento, se fue
-derechito al cuarto de su esclava. ¡Cuán desmejorada la pobrecilla con
-la inacción, con la pena moral y física de su dolorosa enfermedad!
-Encajada y quieta en un sillón de resortes que su viejo le compró, y
-que se extendía para dormir, cuando la necesidad de sueño la agobiaba;
-envuelta en un mantón de cuadros, las manos en cruz y la cabeza al
-aire, Tristana no era ya ni sombra de sí misma. Su palidez a nada puede
-compararse; la pasta de papel de que su lindo rostro parecía formado
-era ya de una diafanidad y de una blancura increíbles; sus labios se
-habían vuelto morados; la tristeza y el continuo llorar rodeaban sus
-ojos de un cerco de transparencias opalinas.
-
---¿Qué tal, mona? --le dijo D. Lope acariciándole la barbilla, y
-sentándose a su lado--. Mejor, ¿verdad? Me ha dicho Miquis que ahora
-vas bien, y que el mucho dolor es señal de mejoría. Claro, ya no tienes
-aquel dolor sordo, profundo, ¿verdad? Ahora te duele, te duele de
-firme; pero como una desolladura..., eso es. Precisamente es lo que se
-quiere: que te duela. La hinchazón va cediendo. Ahora... niña (_sacando
-una cajita de farmacia_), vas a tomar esto. No sabe mal: dos pildoritas
-cada tres horas. En cuanto al medicamento externo, dice D. Augusto que
-sigamos con lo mismo. Conque anímate, que dentro de un mes ya podrás
-brincar y hasta bailar unas malagueñas.
-
---¡Dentro de un mes! ¡Ay!, yo apuesto a que no. Dices eso por
-consolarme. Lo agradezco; pero ¡ay!... Ya no brincaré más.
-
-El tono de hondísima tristeza con que lo dijo enterneció a D. Lope,
-hombre valiente y de mucho corazón para otras cosas; pero que no servía
-para nada delante de un enfermo. El dolor físico en persona de su
-intimidad le ponía corazón de niño.
-
---Ea, no hay que acobardarse. Yo tengo confianza; tenla tú también.
-¿Quieres más libros para distraerte? ¿Quieres dibujar? Pide por esa
-boca. ¿Tráigote comedias para que vayas estudiando tus papeles?
-(_Tristana hacía signos negativos de cabeza._) Bueno, pues te traeré
-novelas bonitas, o libros de historia. Ya que has empezado a llenar tu
-cabeza de sabiduría, no te quedes a la mitad. A mí me da el corazón que
-has de ser una mujer extraordinaria. ¡Y yo tan bruto que no comprendí
-desde el principio tus grandes facultades! No me lo perdonaré nunca.
-
---Todo perdonado --murmuró Tristana con señales de profundo
-aburrimiento.
-
---Y ahora, ¿comemos? ¿Tienes ganita? ¿Que no? Pues hija, hay que hacer
-un esfuerzo. Ya que no otra cosa, el caldo y la copita de Jerez. ¿Te
-chuparías una patita de gallina? ¿Que no? Pues no insisto... Ahora, si
-la egregia Saturna quiere darme algún alimento, se lo agradeceré. No
-tengo muchas ganas; pero me siento desfallecido, y algo hay que echar
-al cuerpo miserable.
-
-Fuese al comedor, y sin enterarse del contenido de los platos, pues sus
-pensamientos le abstraían completamente de todo lo externo, despachó
-sopa, un poco de carne y algo más. Con el último bocado entre los
-dientes volvió al lado de Tristana.
-
---¿Qué tal?..., ¿has tomado el caldito? Bien, me gusta que no hagas
-ascos a la comida. Ahora te daré tertulia hasta que te entre sueño. No
-salgo, por acompañarte... No, no te lo digo para que me lo agradezcas.
-Ya sé que en otros tiempos debí hacerlo y no lo hice. Es tarde, es
-tarde ya, y estos mimos resultan algo trasnochados. Pero no hablemos
-de eso; no me abochornes... Si te incomodo, me lo dices; si gustas de
-estar sola, me voy a mi cuarto.
-
---No, no. Estate aquí. Cuando me quedo sola pienso cosas malas.
-
---¿Cosas malas, vida mía? No desbarres. Tú no te has hecho cargo de lo
-mucho bueno y grande que te reserva tu destino. Un poquillo tarde he
-comprendido tu mérito; pero lo comprendo al fin. Reconozco que no soy
-digno ni del honor de darte mis consejos; pero te los doy, y tú los
-tomas o los dejas, según te acomode.
-
-No era la primera vez que D. Lope le hablaba en este tono; y la
-señorita de Reluz, dicha sea la verdad, le oía gozosa, porque el
-marrullero galán sabía herirla en lo más sensible de su ser, adulando
-sus gustos y estimulando su soñadora fantasía. Hay que advertir,
-además, que algunos días antes de la escena que se refiere, el tirano
-dio a su víctima pruebas de increíble tolerancia. Escribía ella sus
-cartas sin moverse del sillón, sobre una tabla que para el caso le
-había preparado convenientemente Saturna. Una mañana, hallándose la
-joven en lo más recio de su ocupación epistolar, entró inesperadamente
-don Lope, y como la viese esconder con precipitación papel y tintero,
-díjole con bondad risueña:
-
---No, no, mocosa, no te prives de escribir tus cartitas. Me voy para no
-estorbarte.
-
-Pasmada oyó Tristana las gallardas expresiones que desmentían en un
-punto el carácter receloso y egoísta del viejo galán, y continuó
-escribiendo tan tranquila. En tanto, D. _Lepe_, metido en su cuarto,
-y a solas con su conciencia, se despachó a su gusto consigo mismo en
-esta forma: «No, no puedo hacerla más desgraciada de lo que es...
-¡Me da mucha pena, pero mucha pena..., pobrecilla...! Que en esta
-última temporada, hallándose sola, aburrida, encontrara por ahí
-a un mequetrefe y que este me la trastornara con cuatro palabras
-amorosas... Vamos..., pase... No quiero hacer a ese danzante el honor
-de preocuparme de él... Bueno, bueno; que se aman, que se han hecho
-mil promesas estúpidas... Los jóvenes de hoy no saben enamorar; pero
-fácilmente le llenan la cabeza de viento a muchacha tan soñadora y
-exaltada como esta. De fijo que le ha ofrecido casarse, y ella se lo
-cree... Bien claro está que van y vienen cartitas... ¡Dios mío, las
-tonterías que se dirán...! Como si las leyera. Y matrimonio por arriba,
-matrimonio por abajo, el estribillo de siempre. Tanta imbecilidad me
-movería a risa, si no se tratara de esta niña hechicera, mi último
-trofeo, y como el último, el más caro a mi corazón. ¡Vive Dios, que si
-estúpidamente me la dejé quitar, ha de volver a mí; no para nada malo,
-bien lo sabe Dios, pues ya estoy mandado recoger, sino para tener el
-gusto de arrancársela al chisgarabís, quien quiera que sea, que me la
-birló, y probar que cuando el gran D. Lope se atufa, nadie puede con
-él! La querré como hija, la defenderé contra todos, contra las formas y
-especies varias de amor, ya sea con matrimonio, ya sin él... Y ahora,
-¡por vida de...!, ahora me da la gana de ser su padre, y de guardarla
-para mí solo, para mí solo, pues aún pienso vivir muchos años, y si no
-me cuadra retenerla como mujer, la retendré como hija querida; pero que
-nadie la toque, ¡vive Dios!, nadie la mire siquiera.»
-
-El profundo egoísmo que estas ideas entrañaban fue expresado por el
-viejo galán con un resoplido de león, accidente muy suyo en los casos
-críticos de su vida. Fuese luego junto a Tristana, y con mansedumbre
-que parecía surgir de su ánimo sin ningún esfuerzo, le acarició las
-mejillas diciéndole:
-
---Pobre alma mía, cálmate. Ha llegado la hora de la suprema
-indulgencia. Necesitas un padre amoroso y lo tendrás en mí... Sé
-que has claudicado moralmente, antes de cojear con tu piernecita...
-No, no te apures, no te riño... Mía es la culpa; sí, a mí, solo a
-mí, debo echarme los tiempos por ese devaneo tuyo, resultado de mi
-abandono, del olvido... Eres joven, bonita. ¿Qué extraño es que cuantos
-monigotes te ven en la calle te galanteen? ¿Qué extraño que entre
-tantos haya saltado uno, menos malo que los demás, y que te haya caído
-en gracia..., y que creas en sus promesas tontas, y te lances con él
-a proyectillos de felicidad, que pronto se te vuelven humo...? Ea,
-no hablemos más de eso. Te lo perdono... Absolución total. Ya ves...
-quiero ser tu padre, y empiezo por...
-
-Trémula, recelosa de que tales expresiones fueran astuto ardid
-para reducirla a confesar su secreto, y sintiendo más que nunca el
-misterioso despotismo que D. Lope ejercía sobre ella, la cautiva negó,
-balbuciendo excusas; pero el tirano, con increíble condescendencia,
-redobló sus ternuras y mimos paternales en estos términos:
-
---Es inútil que niegues lo que declara tu turbación. No sé nada,
-y lo sé todo. Ignoro y adivino. El corazón de la mujer no tiene
-secretos para mí. He visto mucho mundo. Ni te pregunto quién es
-el caballerito, ni me importa saberlo. Conozco la historia, que
-es de las más viejas, de las más adocenadas y vulgares del humano
-repertorio. El tal te habrá vuelto tarumba con esa ilusión cursi del
-matrimonio, buena para horteras y gente menuda. Te habrá hablado del
-altarito, de las bendiciones, y de la vida chabacana y oscura, con
-sopa boba, criaturitas, ovillito de algodón, brasero, camilla y demás
-imbecilidades. Y si tú te tragas semejante anzuelo, haz cuenta que
-te pierdes, que echas a rodar tu porvenir y le das una bofetada a tu
-destino...
-
---¡Mi destino! --exclamó Tristana, reanimándose; y sus ojos se llenaron
-de luz.
-
---Tu destino, sí. Has nacido para algo muy grande, que no podemos
-precisar aún. El matrimonio te zambulliría en la vulgaridad. Tú no
-puedes ni debes ser de nadie, sino de ti misma. Esa idea tuya de la
-honradez libre, consagrada a una profesión noble; esa idea que yo
-no supe apreciar antes y que al fin me ha conquistado, demuestra la
-profunda lógica de tu vocación, de tu ambición diré, si quieres.
-Ambicionas porque vales. Si tu voluntad se dilata, es porque tu
-entendimiento no cabe en ti.... ¡Si esto no tiene vuelta de hoja,
-niña querida! (_Adoptando el tonillo zumbón._) ¡Vaya que a una mujer
-de tu temple salirle con la monserga de las tijeras y el dedalito,
-de la echadura de huevos, del amor de la lumbre, y del contigo pan y
-cebolla! Mucho cuidado, hija mía, mucho cuidado con esas seducciones
-para costureras y señoritas de medio pelo.... Porque te pondrás buena
-de la pierna, y serás una actriz tan extraordinaria, que no haya otra
-en el mundo. Y si no te cuadra ser comedianta, serás otra cosa, lo que
-quieras, lo que se te antoje... Yo no lo sé... tú misma lo ignoras aún;
-no sabemos más sino que tienes alas. ¿Hacia dónde volarás? ¡Ah!... si
-lo supiéramos, penetraríamos los misterios del destino, y eso no puede
-ser.
-
-
-
-
-XXI
-
-
-«¡Ay, Dios mío --decía Tristana para sí, cruzando las manos y mirando
-fijamente a su viejo--, cuánto sabe este maldito! Él es un pillastre
-redomado, sin conciencia; pero como saber... ¡vaya si sabe...!»
-
---¿Estás conforme con lo que te digo, pichona? --le preguntó D.
-_Lepe_, besando sus manos, sin disimular la alegría que le causaba el
-sentimiento íntimo de su victoria.
-
---Te diré... sí... Yo creo que no sirvo para lo doméstico; vamos,
-que no puedo entender... Pero no sé, no sé si las cosas que sueño se
-realizarán...
-
---¡Ay, yo lo veo tan claro como esta es luz! --replicó Garrido, con
-el acento de honrada convicción que sabía tomar en sus fórmulas de
-perjurio--. Créeme a mí... Un padre no engaña, y yo, arrepentido del
-daño que te hice, quiero ser padre para ti, y nada más que padre.
-
-Siguieron hablando de lo mismo, y D. Lope, con suma habilidad
-estratégica, evolucionó para ganarle al enemigo sus posiciones, y allí
-fue el ridiculizar la vida boba, la unión eterna con un ser vulgar y
-las prosas de la intimidad matrimoñesca.
-
-Al propio tiempo que estas ideas lisonjeaban a la señorita, servíanle
-de lenitivo en su grave dolencia. Se sintió mejor aquella tarde, y al
-quedarse sola con Saturna, antes de que esta la acostara, tuvo momentos
-de ideal alborozo, con las ambiciones más despiertas que nunca, y
-gozándose en la idea de verlas realizadas.
-
---Sí, sí, ¿por qué no he de ser actriz? Si no, seré lo que quiera...
-Viviré con holgura decorosa, sin ligarme eternamente a nadie, ni al
-hombre que amo y amaré siempre. Le querré más cuanto más libre sea.
-
-Ayudada de Saturna, se acostó, después que esta le hubo curado con
-esmero exquisito la rodilla enferma, renovándole los vendajes.
-Intranquila pasó la noche; pero se consolaba con los efluvios de
-su imaginación ardorosa, y con la idea de pronto restablecimiento.
-Aguardaba con ansia el día para escribir a Horacio, y al amanecer,
-antes de que se levantara D. Lope, enjaretó una larga y nerviosa
-epístola.
-
-«Amor mío, paletito mío, _mio diletto_, sigo mal; pero estoy contenta.
-Mira tú qué cosa tan rara... ¡Ay, quién me entenderá a mí, si yo misma
-no me entiendo! Estoy alegre, sí, y llena de esperanzas, que se me
-cuelan en el alma cuando menos las llamo. Dios es bueno y me manda
-estas alegrías, sin duda porque me las merezco. Se me antoja que me
-curaré, aunque no mejore; pero se me antoja, y basta. Me da por pensar
-que se cumplirán mis deseos, que seré actriz del género trágico,
-que podré adorarte desde el castillo de mi independencia comiquil.
-Nos querremos de castillo a castillo, dueños absolutos de nuestras
-respectivas voluntades, tú libre, libre yo, y tan señora como la que
-más, con dominios propios, y sin vida común, ni sagrado vínculo, ni
-sopas de ajo, ni nada de eso.
-
-»No me hables a mí del altarito, porque te me empequeñeces tanto que
-no te veo de tan chiquitín como te vuelves. Esto será un delirio; pero
-nací para delirante crónica, y soy... como la carne de oveja: se me
-toma o se me deja. No, dejarme no: te retengo, te amarro, pues mis
-locuras necesitan de tu amor para convertirse en razón. Sin ti, me
-volvería tonta, que es lo peor que me podría pasar.
-
-»Y yo no quiero ser tonta, ni que lo seas tú. Yo te engrandezco con
-mi imaginación cuando quieres achicarte, y te vuelvo bonito cuando
-te empeñas en ponerte feo, abandonando tu arte sublime para cultivar
-rábanos y calabazas. No te opongas a mi deseo, no desvanezcas mi
-ilusión; te quiero grande hombre, y me saldré con la mía. Lo siento,
-lo veo... no puede ser de otra manera. Mi voz interior se entretiene
-describiéndome las perfecciones de tu ser... No me niegues que eres
-como te sueño. Déjame a mí que te fabrique... no, no es esa la palabra;
-que te componga... tampoco... que te reconstruya... tampoco... Déjame
-que te piense conforme a mi real gana. Soy feliz así; déjame, déjame.»
-
-Siguieron a esta carta otras, en que la imaginación de la pobre enferma
-se lanzaba sin freno a los espacios de lo ideal, recorriéndolos como
-corcel desbocado, buscando el imposible fin de lo infinito, sin sentir
-fatiga en su loca y gallarda carrera.
-
-Véase el género:
-
-«Mi señor, ¿cómo eres? Mientras más te adoro, más olvido tu
-fisonomía; pero te invento otra a mi gusto, según mis ideas, según
-las perfecciones de que quiero ver adornada tu sublime persona.
-¿Quieres que te hable un poquito de mí? ¡Ay, padezco mucho! Creí que
-mejoraba; pero no, no quiere Dios. Él sabrá por qué. Tu bello ideal,
-tu Tristanita podrá ser, andando el tiempo, una celebridad; pero yo
-te aseguro que no será bailarina... ¡Lo que es eso...! Mi piernecita
-se opondría. Y también voy creyendo que no será actriz, por la misma
-razón. Estoy furiosa... cada día peor, con sufrimientos horribles.
-¡Qué médicos estos! No entienden una palabra del arte de curar...
-Nunca creí que en el destino de las personas influyera tanto cosa tan
-insignificante como es una pierna, una triste pierna, que solo sirve
-para andar. El cerebro, el corazón, creí yo que mandarían siempre;
-pero ahora, una estúpida rodilla se ha erigido en tirana, y aquellos
-nobles órganos la obedecen... Quiero decir, no la obedecen, ni le
-hacen maldito caso; pero sufren un absurdo despotismo, que confío será
-pasajero. Es como si se sublevara la soldadesca... Al fin, al fin, la
-canalla tendrá que someterse.
-
-»Y tú, mi rey querido, ¿qué dices? Si no fuera porque tu amor me
-sostiene, ya habría yo sucumbido ante la sedición de esta pata que se
-me quiere subir a la cabeza. Pero no, no me acobardo, y pienso las
-cosas atrevidas que he pensado siempre... no, que pienso más, mucho
-más, y subo, subo siempre. Mis aspiraciones son ahora más acentuadas
-que nunca; mi ambición, si así quieres llamarla, se desata y brinca
-como una loca. Créelo, tú y yo hemos de hacer algo grande en el mundo.
-¿No aciertas cómo? Pues yo no puedo explicártelo; pero lo sé. Me
-lo dice mi corazón, que todo lo sabe, que no me ha engañado nunca,
-ni puede engañarme. Tú mismo no te formas una idea clara de lo que
-eres y de lo que vales. ¿Será preciso que yo te descubra a ti mismo?
-Mírate en mí, que soy tu espejo, y te verás en el supremo Tabor de la
-glorificación artística. Estoy segura de que no te ríes de lo que digo,
-como segura estoy de que eres tal y como te pienso, la suma perfección
-moral y física. En ti no hay defectos, ni puede haberlos, aunque los
-ojos del vulgo los vean. Conócete; haz caso de mí; entrégate sin recelo
-a quien te conoce mejor que tú mismo... No puedo seguir... Me duele
-horriblemente... ¡Que un hueso, un miserable hueso nos...!»
-
-Jueves.
-
-«¡Qué día ayer, y qué noche! Pero no me acobardo. El espíritu se me
-crece con los sufrimientos. ¿Creerás una cosa? Anoche, cuando el pícaro
-dolor me daba algunos ratitos de descanso, me volvía todo el saber
-que leyendo adquirí, y que se me había como desvanecido y evaporado.
-Entraban las ideas una tras otra, atropellándose, y la memoria, una
-vez que las cogía dentro, ¡zas! cerraba la puerta para no dejarlas
-salir. No te asombres; no solo sé todo lo que sabía, si no que sé
-más, muchísimo más. Con las ideas de casa, han entrado otras nuevas,
-desconocidas. Debo yo de tener un _ideón_, palomo ladrón, que al salir
-por esos aires, seduce cuantas ideítas encuentra, y me las trae. Sé
-más, mucho más que antes. Lo sé todo... no; esto es mucho decir... Hoy
-me he sentido muy aliviada, y me dedico a pensar en ti. ¡Qué bueno
-eres! Tu inteligencia no conoce igual; para tu genio artístico no hay
-dificultades. Te quiero con más alma que nunca, porque respetas mi
-libertad, porque no me amarras a la pata de una silla ni a la pata de
-una mesa con el cordel del matrimonio. Mi pasión reclama libertad. Sin
-ese campo no podría vivir. Necesito comerme libremente la hierba, que
-crecerá más arrancada del suelo por mis dientes. No se hizo para mí el
-establo. Necesito la pradera sin término.»
-
-En sus últimas cartas, ya Tristana olvidaba el vocabulario de que
-solían ambos hacer alarde ingenioso en sus íntimas expansiones
-habladas o escritas. Ya no volvió a usar el _señó Juan_ ni la _Paca
-de Rímini_, ni los terminachos y licencias gramaticales que eran la
-sal de su picante estilo. Todo ello se borró de su memoria, como se
-fue desvaneciendo la persona misma de Horacio, sustituida por un ser
-ideal, obra temeraria de su pensamiento, ser en quien se cifraban
-todas las bellezas visibles e invisibles. Su corazón se inflamó en
-un cariñazo que bien podría llamarse místico, por lo incorpóreo y
-puramente soñado del ser que tales afectos movía. El Horacio nuevo e
-intangible parecíase un poco al verdadero, pero nada más que un poco.
-De aquel bonito fantasma iba haciendo Tristana la verdad elemental
-de su existencia, pues solo vivía para él, sin caer en la cuenta de
-que tributaba culto a un Dios de su propia cosecha. Y este culto se
-expresaba en cartas centellantes, trazadas con trémula mano, entre
-las alternadas excitaciones del insomnio y la fiebre, y que solo por
-mecánica costumbre eran dirigidas a Villajoyosa, pues en realidad
-debían expedirse por la estafeta del ensueño hacia la estación de los
-espacios imaginarios.
-
-Miércoles.
-
-«Maestro y señor, mis dolores me llevan a ti, como me llevarían mis
-alegrías si algunas tuviera. Dolor y gozo son un mismo impulso para
-volar... cuando se tienen alas. En medio de las desgracias con que
-me aflige, Dios me hace el inmenso bien de concederme tu amor. ¿Qué
-importa el dolor físico? Nada. Lo soportaré con resignación, siempre
-que... tú no me duelas. ¡Y no me digan que estás lejos! Yo te traigo
-a mi lado, te siento junto a mí y te veo y te toco; tengo bastante
-poder de imaginación para suprimir la distancia, y contraer el tiempo
-conforme se me antoja.»
-
-Jueves.
-
-«Aunque no me lo digas, sé que eres como debes ser. Lo siento en mí.
-Tu inteligencia sin par, tu genio artístico, lanzan sus chispazos
-dentro de mi propio cerebro. Tu sentimiento elevadísimo del bien, en
-mi propio corazón parece que ha hecho su nido... ¡Ay, para que veas la
-virtud del espíritu! Cuando pienso mucho en ti, se me quita el dolor.
-Eres mi medicina, o al menos un anestésico que mi doctor no entiende.
-¡Si vieras...! Miquis se pasma de mi serenidad. Sabe que te adoro;
-pero no conoce lo que vales, ni que eres el pedacito más selecto de
-la divinidad. Si lo supiera, sería parco en recetar calmantes, menos
-activos que la idea de ti... He metido en un puño el dolor porque
-necesitaba reposo para escribirte. Con mi fuerza de voluntad, que
-es enorme, y con el poder del pensamiento, consigo algunas treguas.
-Llévese el Demonio la pierna. Que me la corten. Para nada la necesito.
-Tan espiritualmente te amaré con una pierna como con dos..., como sin
-ninguna.»
-
-Viernes.
-
-«No me hace falta ver los primores de tu arte maravilloso. Me los
-figuro como si delante de mis ojos los tuviera. La Naturaleza no
-tiene secretos para ti. Más que tu maestra es tu amiga. De sopetón
-se introduce en tus obras, sin que tú lo solicites, y tus miradas la
-clavan en el lienzo antes que los pinceles. Cuando yo me ponga buena,
-haré lo mismo. Me rebulle aquí dentro la seguridad de que lo he de
-hacer. Trabajaremos juntos, porque ya no podré ser actriz; voy viendo
-que es imposible... ¡Pero lo que es pintora...! No hay quien me lo
-quite de la cabeza. Tres o cuatro lecciones tuyas me bastarán para
-seguir tus huellas, siempre a distancia, se entiende... ¿Me enseñarás?
-Sí, porque tu grandeza de alma corre parejas con tu entendimiento, y
-eres el sumo bien, la absoluta bondad, como eres... aunque no quieras
-confesarlo, la suprema belleza.»
-
-
-
-
-XXII
-
-
-El efecto que estas deshilvanadas y sutiles razones hacían en Horacio
-fácilmente se comprenderá. Viose convertido en ser ideal, y a cada
-carta que recibía, entrábanle dudas acerca de su propia personalidad,
-llegando al extremo increíble de preguntarse si era él como era, o
-como le pintaba con su indómita pluma la visionaria niña de D. _Lepe_.
-Pero su inquietud y confusión no le impidieron ver el peligro tras
-ellas oculto, y empezó a creer que _Paquita de Rímini_ más padecía de
-la cabeza que de las extremidades. Asaltado de ideas pesimistas, y
-lleno de zozobra y cavilaciones, resolvió marchar a Madrid, y ya tenía
-dispuesto todo para el viaje, a últimos de febrero, cuando un repentino
-ataque de hemoptisis de doña Trinidad le encadenó a Villajoyosa en tan
-mala ocasión.
-
-En los mismos días de esta ocurrencia, pasaban en Madrid y en casa de
-D. Lope cosas de extraordinaria gravedad, que deben ser puntualmente
-referidas. Tristana empeoró tanto, que nada pudo su fuerza de voluntad
-contra el dolor intensísimo, acompañado de fiebre, vómitos y malestar
-general. Desesperado y aturdido, sin la presencia de ánimo que requería
-el caso, D. Lope creía conjurar el peligro clamando al Cielo, ya con
-acento de piedad, ya con amenazas y blasfemias. Su irreflexivo temor
-le hacía ver la salvación de la enferma en los cambios de tratamiento:
-despedido Miquis, hubo que llamarle otra vez, porque su sucesor era
-de los que todo lo curan con sanguijuelas, y esta medicación, si al
-principio determinó algún alivio, luego aniquiló las cortas fuerzas de
-la paciente.
-
-Alegrose Tristana de la vuelta de Miquis, porque le inspiraba simpatía
-y confianza, levantándole el espíritu con el poder terapéutico de su
-afabilidad. Los calmantes enérgicos le devolvieron por algunas horas
-cada día la virtud preciosa de consolarse con su propia imaginación,
-de olvidar el peligro, pensando en bienes imaginarios y en glorias
-remotísimas. Aprovechó los momentos de sedación para escribir algunas
-cartas breves, compendiosas, que el mismo D. Lope, sin hacer ya
-misterio de su indulgencia, se encargaba de echar al correo.
-
---Basta de tapujos, niña mía --le dijo con alardes de confianza
-paterna--. Para mí no hay secretos. Y si tus cartitas te consuelan,
-yo no te riño, ni me opongo a que las escribas. Nadie te comprende
-como yo, y el mismo que tiene la dicha de leer tus garabatos no
-está a la altura de ellos, ni merece tanto honor. En fin, ya te
-irás convenciendo... Entretanto, muñeca de mi vida, escribe todo lo
-que quieras, y si algún día no tuvieras ganas de manejar la pluma,
-díctame, y seré tu secretario. Ya ves la importancia que doy a ese
-juego infantil... ¡Cosas de chiquillos, que comprendo perfectamente,
-porque yo también he tenido veinte años, yo también he sido tonto, y
-a cuanta niña me caía por delante la llamaba _mi bello ideal_, y le
-ofrecía mi blanquísima mano...
-
-Terminaba estas bromas con una risita no muy sincera, que inútilmente
-quería comunicar a Tristana, y al fin él solo reía sus propios chistes,
-disimulando la terrible procesión que por dentro le andaba.
-
-Augusto Miquis iba tres veces al día, y aún no estaba contento D. Lope,
-decidido a emplear todos los recursos de la ciencia médica para sanar
-a su muñeca infeliz. En aquel caso no se contentaba con dar la camisa,
-pues la piel misma le hubiera parecido corto sacrificio para objeto tan
-grande.
-
---Si mis recursos se acaban por completo --decía--, lo que no es
-imposible al paso que vamos, haré lo que siempre me repugnó, y me
-repugna, daré sablazos, me rebajaré a pedir auxilio a mis parientes de
-Jaén, que es para mí el colmo de la humillación y de la vergüenza. Mi
-dignidad no vale un pito ante la tremenda desgracia que me desgarra
-el corazón, este corazón que era de bronce y ahora es pura manteca.
-¡Quién me lo había de decir! Nada me afectaba, y los sentimientos de
-toda la humanidad me importaban un ardite... Pues ahora, la piernecita
-de esta pobre mujer me parece a mí que nos va a traer el desequilibrio
-del Universo. Creo que hasta el momento presente no he conocido cuánto
-la quiero, ¡pobrecilla! Es el amor de mi vida, y no consiento perderla
-por nada de este mundo. A Dios mismo, a la muerte se la disputaré.
-Reconozco en mí un egoísmo capaz de mover las montañas, un egoísmo que
-no vacilo en llamar santo, porque me lleva a la reforma de mi carácter
-y de todo mi ser. Por él abomino de mis aventuras, de mis escándalos;
-por él me consagraré, si Dios me concede lo que le pido, al bien y
-a la dicha de esta sin par mujer, que no es mujer, sino un ángel de
-sabiduría y de gracia. ¡Y yo la tuve en mis manos y no supe entenderla!
-Confiesa y declara, Lope amigo, que eres un zote, que solo la vida
-instruye, y que la ciencia verdadera no crece sino en los eriales de la
-vejez...
-
-En su trastorno insano, tan pronto volvía los ojos a la medicina como
-al charlatanismo. Una mañana le llevó Saturna el cuento de que cierta
-curandera, establecida en Tetuán, y cuya fama y prestigio llegaban
-por acá hasta Cuatro Caminos y por allá hasta los mismos muros de
-Fuencarral, curaba los tumores blancos con la aplicación de las
-llamadas _hierbas calleras_. Oírlo D. Lope y mandar que viniera la
-que tales prodigios hacía, fue todo uno, y poco le importaba que D.
-Augusto pusiese mala cara. Descolgose la comadre con un pronóstico
-muy risueño, y aseguró que aquello era cosa de días. Revivió en D.
-_Lepe_ la esperanza; hízose cuanto la vieja dispuso; enterose Miquis
-aquella misma tarde y no se enojó, dando a entender que el emplasto
-de la profesora libre de Tetuán no produciría daño ni provecho a
-la enferma. Maldijo D. Lope a todas las charlatanas habidas y por
-haber, mandándolas que se fueran con cien mil pares de demonios, y se
-restablecieron los planes y estilos de la ciencia.
-
-Pasó Tristana una noche infernal, con violentos accesos de fiebre,
-entrecortados de intensísimo frío en la espalda. Garrido, a quien se
-podía ahorcar con un cabello, no tuvo más que ver la cara del doctor,
-en su visita matutina, para comprender que el mal entraba en un período
-de gravedad crítica, pues aunque el bueno de Augusto sabía disfrazar
-ante los enfermos su impresión diagnóstica, aquel día pudo más la
-pena que el disimulo. La misma Tristana se le adelantó, diciendo con
-aparente serenidad:
-
---Comprendido, doctor... Esta... no la cuento. No me importa. La muerte
-me gusta; se me está haciendo simpática. Tanto padecer va consumiendo
-las ganas de vivir... Hasta anoche, figurábaseme que el vivir es algo
-bonito... a veces... Pero ya me encariño con la idea de que lo más
-gracioso es morirse..., no sentir dolor... ¡Qué delicia, qué gusto!...
-
-Echose a llorar, y el bravo D. _Lepe_ necesitó evocar todo su coraje
-para no hacer pucheros.
-
-Después de consolar a la enferma con cuatro mentiras muy bien tramadas,
-encerrose Miquis con D. Lope en el cuarto de este, dejándose en la
-puerta sus bromas y la máscara de amabilidad caritativa, y le habló con
-la solemnidad propia del caso.
-
---Amigo D. Lope --dijo, poniendo sus dos manos sobre los hombros del
-caballero, que parecía más muerto que vivo--, hemos llegado a lo que
-yo me temía. Tristanita muy grave. A un hombre como usted, valiente
-y de espíritu sereno, capaz de atemperarse a las circunstancias más
-angustiosas de la vida, se le debe hablar con claridad.
-
---Sí --murmuró el caballero, haciéndose el valiente, y creyendo que el
-cielo se le venía encima, por lo cual, con movimiento instintivo, alzó
-las manos como para sostenerlo.
-
---Pues sí... La fiebre altísima, el frío en la médula, ¿sabe usted lo
-que es? Pues el síntoma infalible de la reabsorción...
-
---Ya, ya comprendo...
-
---La reabsorción... el envenenamiento de la sangre... la...
-
---Sí... y...
-
---Nada, amigo mío. Ánimo. No hay más remedio que operar...
-
---¡Operar! --exclamó Garrido, en el colmo del aturdimiento--. Cortar...
-¿no es eso? ¿Y usted cree...?
-
---Puede salvarse, aunque no lo aseguro.
-
---¿Y cuándo...?
-
---Hoy mismo. No hay que perder tiempo... Una hora que perdamos nos
-haría llegar tarde.
-
-Don Lope fue asaltado de una especie de demencia al oír esto, y dando
-saltos como fiera herida, tropezando con los muebles, y golpeándose el
-cráneo, pronunció estas incongruentes y desatentadas expresiones:
-
---¡Pobre niña...! cortarle la... ¡Oh! mutilarla horriblemente... ¡Y qué
-pierna, doctor...! una obra maestra de la Naturaleza... Fidias mismo
-la querría para modelar sus estatuas inmortales... ¿Pero qué ciencia
-es esa, que no sabe curar sino cortando? ¡Ah! no saben ustedes de la
-misa la media... D. Augusto, por la salvación de su alma, invente
-usted algún otro recurso. ¡Quitarle una pierna! Si eso se arreglara
-cortándome a mi las dos... ahora mismo, aquí están... Ea, empiece
-usted... y sin cloroformo.
-
-Los gritos del buen caballero debieron de oírse en el cuarto de
-Tristana, porque entró Saturna, asustadísima, a ver qué demonches le
-pasaba a su amo.
-
---Vete de aquí, bribona... tú tienes la culpa. Digo, no... ¡Cómo está
-mi cabeza!... Vete, Saturna, y dile a la niña que no consentiré se
-le corte ni tanto así de pierna, ni de nada. Primero me corto yo la
-cabeza... No, no se lo digas... Cállate... Que no se entere... Pero
-habrá que decírselo... Yo me encargo... Saturna, mucho cuidado con lo
-que hablas... Lárgate, déjanos...
-
-Y volviéndose al médico, le dijo:
-
---Dispénseme, querido Augusto, no sé lo que pienso. Estoy loco... Se
-hará todo, todo lo que la facultad disponga... ¿Qué dice usted? ¿Que
-hoy mismo...?
-
---Sí, cuanto más pronto mejor. Vendrá mi amigo el doctor Ruiz Alonso,
-cirujano de punta, y... Veremos. Creo que practicada con felicidad la
-amputación, la señorita podrá salvarse.
-
---¡Podrá salvarse! De modo que ni aun así es seguro... ¡Ay, doctor,
-no me vitupere usted por mi cobardía! No sirvo para estas cosas... Me
-vuelvo un chiquillo de diez años. ¡Quién lo había de decir! ¡Yo que he
-sabido afrontar sin un fruncimiento de cejas los mayores peligros...!
-
---Sr. D. Lope --dijo Miquis con triste acento--, en estas ocasiones
-de prueba se ven los puntos que calza nuestra capacidad para el
-infortunio. Muchos que se tienen por cobardes resultan animosos, y
-otros que se creen gallos salen gallinitas. Usted sabrá ponerse a la
-altura de la situación.
-
---Y será forzoso prepararla... ¡Dios mío, qué trance! Yo me muero... yo
-no sirvo, D. Augusto...
-
---¡Pobrecilla! No se lo diremos claramente. La engañaremos.
-
---¡Engañarla! No se ha enterado usted todavía de su penetración.
-
---En fin, vamos allá, que en estas cosas, señor mío, hay que contar
-siempre con alguna circunstancia inesperada y favorable. Es fácil que
-ella, si tanta agudeza tiene, lo haya comprendido, y no necesitemos...
-El enfermo suele ver muy claro.
-
-
-
-
-XXIII
-
-
-No se equivocaba el sagaz alumno de Hipócrates. Cuando entraron a ver
-a Tristana, esta les recibió con semblante entre risueño y lloroso. Se
-reía, y dos gruesos lagrimones corrían por sus mejillas de papel.
-
---Ya, ya sé lo que tienen que decirme... No hay que apurarse. Soy
-valiente... Si casi me alegro... Y sin casi... porque vale más que me
-la corten... Así no sufriré... ¿Qué importa tener una sola pierna?
-Digo, como importar... Pero si ya en realidad no la tengo, si no me
-sirve para nada...! Fuera con ella, y me pondré buena, y andaré... con
-muletas, o como Dios me dé a entender...
-
---Hija mía, te quedarás buenísima --dijo don Lope, envalentonándose
-al verla tan animosa--. Pues si yo supiera que cortándome las dos
-me quedaba sin reuma, hoy mismo... Después de todo, las piernas se
-sustituyen por aparatos mecánicos que fabrican los ingleses y alemanes,
-y con ellos se anda mejor que con estos maldecidos remos que nos ha
-encajado la Naturaleza.
-
---En fin --agregó Miquis--, no se asuste la muñeca, que no la haremos
-sufrir nada... pero nada... Ni se enterará usted. Y luego se sentirá
-muy bien, y dentro de unos cuantos días ya podrá entretenerse en
-pintar...
-
---Hoy mismo --dijo el viejo, haciendo de tripas corazón, y procurando
-tragarse el nudo que en la garganta sentía-- te traigo el caballete,
-la caja de colores... Verás, verás qué cuadros tan bonitos nos vas a
-pintar.
-
-Con un cordial apretón de manos se despidió Augusto, anunciándole
-su pronta vuelta, sin precisar la hora, y solos Tristana y D. Lope,
-estuvieron un ratito sin hablarse.
-
---¡Ah! Tengo que escribir --dijo la enferma.
-
---¿Podrás, vida mía? Mira que estás muy débil. Díctame, y yo escribiré.
-
-Al decir esto, llevaba junto a la cama la tabla que servía de mesa, y
-la resmilla de papel y el tintero.
-
---No... Puedo escribir... Es particular lo que ahora me pasa. Ya no
-me duele. Casi no siento nada. ¡Vaya si puedo escribir! Venga... Un
-poquito me tiembla el pulso, pero no importa.
-
-Delante del tirano escribió estas líneas:
-
-«Allá va una noticia que no sé si es buena o mala. Me la cortan.
-¡Pobrecita pierna! Pero ella tiene la culpa... ¿para qué es mala? No sé
-si me alegro, porque, en verdad, la tal patita no me sirve para nada.
-No sé si lo siento, porque me quitan lo que fue parte de mi persona...
-y voy a tener sin ella cuerpo distinto del que tuve... ¿Qué piensas tú?
-Verdaderamente, no es cosa de apurarse por una pierna. Tú, que eres
-todo espíritu, lo creerás así. Yo también lo creo. Y lo mismo has de
-quererme con un remo que con dos. Ahora pienso que habría hecho mal en
-dedicarme a la escena. ¡Uf! arte poco noble, que fatiga el cuerpo y
-empalaga el alma. ¡La pintura!... eso ya es otra cosa... Me dicen que
-no sufriré nada en la... ¿lo digo? en la operación... ¡Ay! hablando
-en plata, esto es muy triste, y yo no lo soportaré sino sabiendo que
-seré la misma para ti después de la carnicería... ¿Te acuerdas de aquel
-grillo que tuvimos, y que cantaba más y mejor después de arrancarle una
-de las patitas? Te conozco bien, y sé que no desmereceré nada para
-ti... No necesitas asegurármelo para que yo lo crea y lo afirme...
-Vamos, ¿a que al fin resulta que estoy alegre?... Sí, porque ya no
-padeceré más. Dios me alienta, me dice que saldré bien del lance, y
-que después tendré salud y felicidad, y podré quererte todo lo que
-se me antoje, y ser pintora, o mujer sabia, y filósofa por todo lo
-alto... No, no puedo estar contenta. Quiero encandilarme, y... no me
-resulta... Basta por hoy. Aunque sé que me querrás siempre, dímelo para
-que conste. Como no puedes engañarme, ni cabe la mentira en un ser que
-reúne todas las formas del bien, lo que me digas será mi Evangelio...
-Si tú no tuvieras brazos ni piernas, yo te querría lo mismo. Conque...»
-
-Las últimas líneas apenas se entendían, por el temblor de la escritura.
-Al soltar la pluma, cayó la muñeca infeliz en grande abatimiento. Quiso
-romper la carta, arrepintiose de ello, y por fin la entregó a D. Lope,
-abierta para que le pusiese el sobre y la enviase a su destino. Era la
-primera vez que no se cuidaba de defender ni poco ni mucho el secreto
-epistolar. Llevose Garrido a su cuarto el papel, y lo leyó despacio,
-sorprendido de la serenidad con que la niña trataba de tan grave asunto.
-
---Lo que es ahora --dijo al escribir el sobre, y como si hablara con la
-persona cuyo nombre trazaba su pluma--, ya no te temo. La perdiste,
-la perdiste para siempre, pues esas bobadas del amor eterno, del amor
-ideal, sin piernas ni brazos, no son más que un hervor insano de la
-imaginación. Te he vencido. Triste es mi victoria, pero cierta. Dios
-sabe que no me alegro de ella sino descartando el motivo, que es la
-mayor pena de mi vida... Ya me pertenece en absoluto hasta que mis días
-acaben. ¡Pobre muñeca con alas! Quiso alejarse de mí, quiso volar; pero
-no contaba con su destino, que no le permite revoloteos ni correrías;
-no contaba con Dios, que me tiene ley... no sé por qué... pues siempre
-se pone de mi parte en estas contiendas... Él sabrá la razón... y
-cuando se me escapa lo que quiero... me lo trae atadito de pies y
-manos. ¡Pobre alma mía, adorable chicuela, la quiero, la querré siempre
-como un padre! Ya nadie me la quita, ya no...
-
-En el fondo de estos sentimientos tristísimos que D. Lope no sacó del
-corazón a los labios, palpitaba una satisfacción de amor propio, un
-egoísmo elemental y humano de que él mismo no se daba cuenta. «¡Sujeta
-para siempre! ¡Ya no más desviaciones de mí!» Repitiendo esta idea,
-parecía querer aplazar el contento que de ella se derivaba, pues no era
-la ocasión muy propicia para alegrarse de cosa alguna.
-
-Halló después a la joven bastante alicaída, y empleó para reanimarla,
-ya los razonamientos piadosos, ya consideraciones ingeniosísimas acerca
-de la inutilidad de nuestras extremidades inferiores. A duras penas
-tomó Tristana algún alimento; el buen Garrido no pudo pasar nada. A las
-dos entraron Miquis, Ruiz Alonso y un alumno de Medicina, que hacía
-de ayudante, pasando a la sala silenciosos y graves. Uno de los tres
-llevaba, cuidadosamente envuelto en un paño, el estuche que contenía
-las herramientas del oficio. Poco después entró un mozo que llevaba los
-frascos llenos de líquidos antisépticos. Recibioles D. Lope como si
-recibiera al verdugo cuando va a pedir perdón al condenado a muerte, y
-a prepararle para el suplicio.
-
---Señores --dijo--, esto es muy triste, muy triste...
-
-Y no pudo pronunciar una palabra más. Miquis fue al cuarto de la
-enferma, y se anunció con donaire:
-
---Guapa moza, todavía no hemos venido..., quiero decir... he venido yo
-solo. A ver, ¿qué tal? ese pulso...
-
-Tristana se puso lívida, clavando en el médico una mirada medrosa,
-infantil, suplicante. Para tranquilizarla, asegurole Miquis que
-confiaba en curarla completa y radicalmente, que su excitación era
-precursora de la mejoría franca y segura, y que para calmarla le iba a
-dar un poquitín de éter...
-
---Nada, hija, basta echar unas gotitas de líquido en un pañuelo, y
-olerlo, para conseguir que los pícaros nervios entren en caja.
-
-Mas no era fácil engañarla. La pobre señorita comprendió las
-intenciones de Augusto, y le dijo, esforzándose en sonreír:
-
---Es que quiere usted dormirme... Bueno. Me alegro de conocer ese sueño
-profundo, con el cual no puede ningún dolor, por muy perro que sea.
-¡Qué gusto! ¿Y si no despierto, si me quedo allá...?
-
---¡Qué ha de quedarse...! Buenos tontos seríamos... --dijo Augusto, a
-punto que entraba D. Lope consternado, medio muerto.
-
-Y resueltamente se puso a preparar la droga, volviendo la espalda a la
-enferma, dejando sobre una cómoda el frasquito del precioso anestésico.
-Hizo con su pañuelo una especie de nido chiquitín, en el cual puso los
-algodones impregnados de cloroformo, y entretanto se difundió por la
-habitación un fuerte olor de manzanas.
-
---¡Qué bien huele! --dijo la señorita, cerrando los ojos, como si
-rezara mentalmente.
-
-Y al instante le aplicó Augusto a la nariz el hueco del pañuelo. Al
-primer efecto de somnolencia siguió sobresalto, inquietud epiléptica,
-convulsiones y una verbosidad desordenada, como de embriaguez
-alcohólica.
-
---No quiero, no quiero... Ya no me duele... ¿Para qué cortar...? ¡Está
-una tocando todas las sonatas de Beethoven, tocándolas tan bien... al
-piano, cuando vienen estos tíos indecentes a pellizcarle a una las
-piernas...! Pues que sajen, que corten..., y yo sigo tocando. El piano
-no tiene secretos para mí... Soy el mismo Beethoven, su corazón, su
-cuerpo, aunque las manos sean otras... Que no me quiten también las
-manos, porque entonces... Nada, que no me dejo quitar esta mano; la
-agarro con la otra para que no me la lleven..., y la otra la agarro
-con esta, y así no me llevan ninguna. Miquis, usted no es caballero,
-ni lo ha sido nunca, ni sabe tratar con señoras, ni menos con artistas
-eminentes... No quiero que venga Horacio y me vea así. Se figurará
-cualquier cosa mala... Si estuviera aquí _señó Juan_, no permitiría
-esta infamia... Atar a una pobre mujer, ponerle sobre el pecho una
-piedra tan grande, tan grande..., y luego llenarle la paleta de ceniza
-para que no pueda pintar... ¡Cosa tan extraordinaria! ¡Cómo huelen las
-flores que he pintado! Pero si las pinté creyendo pintarlas, ¿cómo es
-que ahora me resultan vivas..., vivas? ¡Poder del genio artístico!
-He de retocar otra vez el cuadro de las Hilanderas para ver si me
-sale un poquitito mejor. La perfección, esa perfección endiablada,
-¿dónde está...? Saturna, Saturna..., ven, me ahogo... Este olor de las
-flores... No, no, es la pintura, que cuanto más bonita, más venenosa...
-
-Quedó al fin inmóvil, la boca entreabierta, quieta la pupila... De vez
-en cuando lanzaba un quejido como de mimo infantil, tímido esfuerzo
-del ser aplastado bajo la losa de aquel sueño brutal. Antes de que
-la cloroformización fuera completa, entraron los otros dos sicarios,
-que así en su pensamiento les llamaba D. Lope, y en cuanto creyeron
-bien preparada a la paciente, colocáronla en un catre con colchoneta,
-dispuesto para el caso, y ganando no ya minutos, sino segundos,
-pusieron manos en la triste obra. Don Lope trincaba los dientes, y a
-ratos, no pudiendo presenciar cuadro tan lastimoso, se marchaba de la
-habitación para volver en seguida, avergonzándose de su pusilanimidad.
-Vio poner la venda de Esmarch, tira de goma que parece una serpiente.
-Empezó luego el corte por el sitio llamado de elección; y cuando
-tallaban el colgajo, la piel que ha de servir para formar después el
-muñón; cuando a los primeros tajos del diligente bisturí vio D. Lope
-la primera sangre, su cobardía trocose en valor estoico, altanero,
-incapaz de flaquear; su corazón se volvió de bronce, de pergamino su
-cara, y presenció hasta el fin con ánimo entero la cruel operación,
-realizada con suma habilidad y presteza por los tres médicos. A la hora
-y cuarto de haber empezado a cloroformizar a la paciente, Saturna salía
-presurosa de la habitación con un objeto largo y estrecho envuelto en
-una sábana. Poco después, bien ligadas las arterias, cosida la piel
-del muñón, y hecha la cura antiséptica con esmero prolijo, empezó
-el despertar lento y triste de la señorita de Reluz, su nueva vida,
-después de aquel simulacro de muerte, su resurrección, dejándose un pie
-y dos tercios de pierna en el seno de aquel sepulcro que a manzanas
-olía.
-
-
-
-
-XXIV
-
-
---¡Ay, todavía me duele! --fueron las primeras palabras que pronunció
-al volver del tenebroso abismo.
-
-Y después, su fisonomía pálida y descompuesta revelaba como un
-profundo análisis autopersonal, algo semejante a la intensísima
-fuerza de observación que los aprensivos dirigen sobre sus propios
-órganos, auscultando su respiración y el correr de la sangre, palpando
-mentalmente sus músculos, y acechando el vibrar de sus nervios. Sin
-duda la pobre niña concentraba todas las fuerzas de su mente en aquel
-vacío de su extremidad inferior, para reponer el miembro perdido,
-y conseguía restaurarlo tal como fue antes de la enfermedad, sano,
-vigoroso y ágil. Sin gran esfuerzo imaginaba que tenía sus dos piernas,
-y que andaba con ellas garbosamente, con aquel pasito ligero que la
-llevaba en un periquete al estudio de Horacio.
-
---¿Qué tal, mi niña? --le preguntó D. Lope haciéndole caricias.
-
-Y ella, tocando suavemente los blancos cabellos del galán caduco, le
-contestó con gracia:
-
---Muy bien... Me siento muy descansadita. Si me dejaran, ahora mismo me
-echaría a correr...; digo, a correr no... No estamos para esas bromas.
-
-Augusto y D. Lope, cuando los otros dos médicos se habían marchado,
-diéronle seguridades de completa curación, y se felicitaron del éxito
-quirúrgico con un entusiasmo que no podían comunicarle. Pusiéronla
-cuidadosamente en su lecho en las mejores condiciones de higiene y
-comodidad, y ya no había más que hacer sino esperar los diez o quince
-días críticos subsiguientes a la operación.
-
-Durante este período, no tuvo sosiego el bueno de Garrido, porque
-si bien el traumatismo se presentaba en las mejores condiciones,
-el abatimiento y postración de la niña eran para causar alarma. No
-parecía la misma, y denegaba su propio ser; ni una vez siquiera pensó
-en escribir cartas, ni salieron a relucir aquellas aspiraciones o
-antojos sublimes de su espíritu siempre inquieto y ambicioso; ni se
-le ocurrieron los donaires y travesuras que gastar solía hasta en las
-horas más crueles de su enfermedad. Entontecida y aplanada, su genio
-superior sufría un eclipse total. Tanta pasividad y mansedumbre,
-al principio agradaron a D. Lope; mas no tardó el buen señor en
-condolerse de aquella mudanza de carácter. Ni un momento se separaba
-de ella, dando ejemplo de paternal solicitud, con extremos cariñosos
-que rayaban en mimo. Por fin, al décimo día, Miquis declaró muy
-satisfecho que la cicatrización iba perfectamente, y que pronto la
-cojita sería dada de alta. Coincidió con esto una resurrección súbita
-del espiritualismo de la inválida, que una mañana, como descontenta de
-sí misma, dijo a D. Lope:
-
---¡Vaya, que tantos días sin escribir! ¡Qué mal me estoy portando...!
-
---No te apures, hija mía --replicó con donaire el viejo galán--. Los
-seres ideales y perfectos no se enfadan por dejar de recibir una carta,
-y se consuelan del olvido paseándose impávidos por las regiones etéreas
-donde habitan... Pero si quieres escribir, aquí tienes los trebejos.
-Díctame: soy tu secretario.
-
---No; escribiré yo misma... O si gustas... escribe tú. Cuatro palabras.
-
---A ver; ya estoy pronto --dijo Garrido, pluma en mano y el papel
-delante.
-
---«Pues como te decía --dictó Tristana--, ya no tengo más que una
-piernecita. Estoy mejor. Ya no me duele..., padezco muy poco..., ya...»
-
---¿Qué..., no sigues?
-
---Mejor será que lo escriba yo. No me salen, no me salen las ideas
-dictando.
-
---Pues toma... Escribe tú, y despáchate a tu gusto (_dándole la pluma,
-y poniéndole delante la tabla con la carpeta y papel_). ¡Qué...! ¿tan
-premiosa estás? Y esa inspiración y esos arranques, ¿a dónde diablos se
-han ido?
-
---¡Qué torpe estoy! No se me ocurre nada.
-
---¿Quieres que te dicte yo? Pues oye: «¡Qué bonito eres, qué pillín te
-ha hecho Dios, y qué..., qué desabridas son tantas perfecciones!... No,
-no me caso contigo ni con ningún serafín terrestre ni celeste...» Pero
-¡qué!, ¿te ríes? Adelante. «Pues no me caso... Que esté coja o no lo
-esté, eso no te importa a ti. Tengo quien me quiera tal como soy ahora,
-y con una sola patita valgo más que antes con las dos. Para que te
-vayas enterando, ángel mío...» No, esto de ángel es un poquito cursi...
-«Pues, para que te vayas enterando, te diré que tengo alas..., me han
-salido alas. Mi papá piensa traerme todos los trebejos de pintura, y
-_ainda mais_, me comprará un organito, y me pondrá profesor para que
-aprenda a tocar música buena... Ya verás... Comparados conmigo, los
-ángeles del cielo serán unos murguistas...»
-
-Soltaron ambos la risa, y animado D. Lope con su éxito, siguió hiriendo
-aquella cuerda, hasta que Tristana hubo de cortar bruscamente la
-conversación, diciendo con toda seriedad:
-
---No, no; yo escribiré..., yo sola.
-
-Dejola D. Lope un momento, y escribió la cojita su carta, breve y
-sentida.
-
-«Señor de mi alma: ya Tristana no es lo que fue. ¿Me querrás lo mismo?
-El corazón me dice que sí. Yo te veo más lejos aún que antes te veía,
-más hermoso, más inspirado, más generoso y bueno. ¿Podré llegar hasta
-ti con la patita de palo que creo me pondrán? ¡Qué mona estaré! Adiós.
-No vengas. Te adoro lejos, te ensalzo ausente. Eres mi Dios, y como
-Dios, invisible. Tu propia grandeza te aparta de mis ojos... Hablo de
-los de la cara..., porque con los del espíritu bien claro te veo. Hasta
-otro día.»
-
-Cerró ella misma la carta y le puso el sobre, dándola a Saturna, que,
-al tomarla, hizo un mohín de burla. Por la tarde, hallándose solas un
-momento, la criada se franqueó en esta forma:
-
---Mire, esta mañana no quise decir nada a la señorita por hallarse
-presente D. _Lepe_. La carta... aquí la tengo. ¿Para qué echarla al
-correo si el D. Horacio está en Madrid? Se la daré en propia mano esta
-noche.
-
-Palideció la inválida al oír esto, y después se le encendió el rostro.
-No supo qué decir, ni se le ocurría nada.
-
---Te equivocas --dijo al fin--. Habrás visto a alguno que se le parezca.
-
---¡Señorita, cómo había de confundir...! ¡Qué cosas tiene! El mismo.
-Hablamos más de media hora. Empeñado el hombre en que le contara todo
-punto por punto. ¡Ay, si le viera la señorita! Está más negro que un
-zapato. Dice que se ha pasado la vida corriendo por montes y mares,
-y que aquello es muy precioso..., pero muy precioso... Pues nada; le
-conté todo, y el pobrecito... como la quiere a usted tanto, me comía
-con los ojos cuando yo le hablaba... Dice que se avistará con D. Lope
-para cantarle clarito.
-
---¡Cantarle clarito!... ¿Qué?
-
---Él lo sabrá. Y está rabiando por ver a la señorita. Es preciso que lo
-arreglemos aprovechando una salida del señor...
-
-Tristana no dijo nada. Un momento después pidió a Saturna que le
-llevase un espejo, y mirándose en él, se afligió extremadamente.
-
---Pues no está usted tan desfigurada..., vamos.
-
---No digas. Parezco la muerte... Estoy horrorosa... (_echándose a
-llorar_). No me va a conocer. ¿Pero ves? ¿Qué color es este que tengo?
-Parece de papel de estraza. Los ojos son horribles, de tan grandes
-como se me han puesto... ¡Y qué boca, santo Dios! Saturna, llévate el
-espejo, y no vuelvas a traérmelo aunque te lo pida.
-
-Contra su deseo, que a la casa le amarraba, D. Lope salía muy a menudo,
-movido de la necesidad, que en aquellas tristes circunstancias llenaba
-de amargura y afanes su existencia. Los gastos enormes de la enfermedad
-de la niña consumieron los míseros restos de su esquilmada fortuna,
-y llegaron días, ¡ay!, en que el noble caballero tuvo que violentar
-su delicadeza y desmentir su carácter, llamando a la puerta de un
-amigo con pretensiones que le parecían ignominiosas. Lo que padeció el
-infeliz señor no es para referido. En pocos días quedose como si le
-echaran cincuenta años más encima. «¡Quién me lo había de decir...,
-Dios mío..., yo..., Lope Garrido, descender a...! ¡Yo, con mi orgullo,
-con mi idea puntillosa de la dignidad, rebajarme a pedir ciertos
-favores...! Y llegará día en que la insolvencia me ponga en el trance
-de solicitar lo que no he de poder restituir... Bien sabe Dios que solo
-por sostener a esta pobre niña, y alegrar su existencia, soporto tanta
-vergüenza y degradación. Me pegaría un tiro, y en paz. ¡Al otro mundo
-con mi alma, al hoyo con mis cansados huesos! Muerte y no vergüenza...
-Mas las circunstancias disponen lo contrario: vida sin dignidad... No
-lo hubiera creído nunca. Y luego dicen que el carácter... No, no creo
-en los caracteres. No hay más que hechos, accidentes. La vida de los
-demás es molde de nuestra propia vida y troquel de nuestras acciones.»
-
-En presencia de la señorita disimulaba el pobre D. _Lepe_ las horribles
-amarguras que pasando estaba, y aun se permitía fingir que su situación
-era de las más florecientes. No solo le llevó los avíos de pintar, dos
-cajas de colores para óleo y acuarela, pinceles, caballete y demás,
-sino también el organito o armonium que le había prometido, para que
-se distrajese con la música los ratos que la pintura le dejaba libres.
-En el piano poseía Tristana la instrucción elemental del colegio,
-suficiente para farfullar polkas y valses o alguna pieza fácil. Algo
-tarde era ya para adquirir la destreza que solo da un precoz y duro
-trabajo; pero con un buen maestro podría vencer las dificultades, y
-además el órgano no le exigía digitación muy rápida. Se ilusionó con
-la música más que con la pintura, y anhelaba levantarse de la cama
-para probar su aptitud. Ya se arreglaría con un solo pie para mover
-los pedales. Aguardando con febril impaciencia al profesor anunciado
-por D. Lope, oía en su mente las dulces armonías del instrumento,
-menos sentidas y hermosas que las que sonaban en lo íntimo de su alma.
-Creyose llamada a ser muy pronto una notabilidad, una concertista
-de primer orden, y con tal idea se animó, y tuvo algunas horitas de
-felicidad. Cuidaba Garrido de estimular su ambiciosa ilusión, y en
-tanto, le hacía recordar sus ensayos de dibujo, incitándola a bosquejar
-en lienzo o en tabla algún bonito asunto, copiado del natural.
-
---Vamos, ¿por qué no te atreves con mi retrato... o con el de Saturna?
-
-Respondía la inválida que le convendría más adestrar la mano en alguna
-copia, y D. Lope prometió traerle buenos estudios de cabeza o paisaje
-para que escogiese.
-
-El pobre señor no escatimaba sacrificio por ser grato a su pobre
-cojita, y... al fin, ¡oh caprichos de la mudable suerte!, hallándose
-perplejo por no saber cómo procurarse los estudios pictóricos, la
-casualidad, el demonio, Saturna, resolvieron de común acuerdo la
-dificultad.
-
---¡Pero, señor --dijo Saturna--, si tenemos ahí...! No sea bobo, déjeme
-y le traigo...
-
-Y con sus expresivos ojos y su mímica admirable completó el atrevido
-pensamiento.
-
---Haz lo que quieras, mujer --indicó D. Lope, alzando los hombros--.
-Por mí...
-
-Media hora después entró Saturna de la calle con un rimero de tablas
-y bastidores pintados, cabezas, torsos desnudos, apuntes de paisaje,
-bodegones, frutas y flores, todo de mano de maestro.
-
-
-
-
-XXV
-
-
-Impresión honda hizo en la señorita de Reluz la vista de aquellas
-pinturas, semblantes amigos que veía después de larga ausencia, y que
-le recordaban horas felices. Fueron para ella, en ocasión semejante,
-como personas vivas, y no necesitaba forzar su imaginación para verlas
-animadas, moviendo los labios y fijando en ella miradas cariñosas.
-Mandó a Saturna que colgase los lienzos en la habitación para recrearse
-contemplándolos, y se transportaba a los tiempos del estudio y de las
-tardes deliciosas en compañía de Horacio. Púsose muy triste, comparando
-su presente con el pasado, y al fin rogó a la criada que guardase
-aquellos objetos hasta que pudiese acostumbrarse a mirarlos sin tanta
-emoción; mas no manifestó sorpresa por la facilidad con que las
-pinturas habían pasado del estudio a la casa, ni curiosidad de saber
-qué pensaba de ello el suspicaz D. Lope. No quiso la sirviente meterse
-en explicaciones, que no se le pedían, y poco después, sobre las doce,
-mientras daba de almorzar al amo una mísera tortilla de patatas y un
-trozo de carne con representación y honores de chuleta, se aventuró a
-decirle cuatro verdades, valida de la confianza que le diera su largo
-servicio en la casa.
-
---Señor, sepa que el amigo quiere ver a la señorita, y es natural...
-Ea, no sea malo, y hágase cargo de las circunstancias. Son jóvenes, y
-usted está ya más para padre o para abuelo que para otra cosa. ¿No dice
-que tiene el corazón grande?
-
---Saturna --replicó D. Lope, golpeando en la mesa con el mango del
-cuchillo--, lo tengo más grande que la copa de un pino, más grande que
-esta casa, y más grande que el Depósito de Aguas, que ahí enfrente
-está.
-
---Pues entonces..., pelillos a la mar. Ya no es usted joven, gracias
-a Dios; digo..., por desgracia. No sea el perro del hortelano, que
-ni come ni deja comer. Si quiere que Dios le perdone todas sus
-barrabasadas y picardías, tanto engaño de mujeres y burla de maridos,
-hágase cargo de que los jóvenes son jóvenes, y de que el mundo, y la
-vida, y las cositas buenas son para los que empiezan a vivir, no para
-los que acaban... Con que tenga un... ¿cómo se dice? un rasgo, don
-_Lepe_, digo, D. Lope..., y...
-
-En vez de incomodarse, al infeliz caballero le dio por tomarlo a buenas.
-
---¿Conque un rasgo...? Vamos a ver: ¿y de dónde sacas tú que soy yo tan
-viejo? ¿Crees que no sirvo ya para nada? Ya quisieran muchas, tú misma,
-con tus cincuenta...
-
---¡Cincuenta! Quite usted _jierro_, señor.
-
---Pongamos treinta... y cinco.
-
---Y dos. Ni uno más. ¡Vaya!
-
---Pues quédese en lo que quieras. Pues digo que tú misma, si yo
-estuviese de humor y te... No, no te ruborices... ¡Si pensarás que
-eres un esperpento...! No; arreglándote un poquito, resultarías muy
-aceptable. Tienes unos ojos, que ya los quisieran más de cuatro.
-
---Señor... vamos... ¿Pero qué... también a mí me quiere camelar? --dijo
-la doméstica familiarizándose tanto, que no vaciló en dejar a un lado
-de la mesa la fuente vacía de la carne, y sentarse frente a su amo, los
-brazos en jarras.
-
---No... no estoy ya para diabluras. No temas nada de mí. Me he cortado
-la coleta, y ya se acabaron las bromas y las cositas malas. Quiero
-tanto a la niña, que desde luego convierto en amor de padre el otro
-amor, ya sabes... y soy capaz, por hacerla dichosa, de todos los
-rasgos, como tú dices, que... En fin, ¿qué hay?... ¿Ese mequetrefe...?
-
---Por Dios, no le llame así. No sea soberbio. Es muy guapo.
-
---¿Qué sabes tú lo que son hombres guapos?
-
---Quítese allá. Toda mujer sabe de eso. ¡Vaya! Y sin comparar, que
-es cosa fea, digo que don Horacio es un buen mozo... mejorando lo
-presente. Que usted fue el acabose, por sabido se calla; pero eso pasó.
-Mírese al espejo, y verá que ya se le fue la hermosura. No tiene más
-remedio que reconocer que el pintorcito...
-
---No le he visto nunca... Pero no necesito verle para sostener, como
-sostengo, que ya no hay hombres guapos, airosos, atrevidos, que sepan
-enamorar. Esa raza se extinguió. Pero en fin, demos de barato que el
-pintamonas sea un guapo... relativo.
-
---La niña le quiere... No se enfade... la verdad por delante... La
-juventud es juventud.
-
---Bueno... pues le quiere... Lo que yo te aseguro es que ese muchacho
-no hará su felicidad.
-
---Dice que no le importa la pata coja.
-
---Saturna, ¡que mal conoces la naturaleza humana! Ese hombre no hará
-feliz a la niña, repito. ¡Si sabré yo de estas cosas! Y añado más: la
-niña no espera su felicidad de semejante tipo...
-
---¡Señor...!
-
---Para entender estas cosas, Saturna, es menester... entenderlas.
-Eres muy dura de mollera, y no ves sino lo que tienes delante de tus
-narices. Tristana es mujer de mucho entendimiento, ahí donde la ves, de
-una imaginación ardiente... Está enamorada...
-
---Eso ya lo sé.
-
---No lo sabes. Enamorada de un hombre que no existe, porque no puede
-existir, porque si existiera, Saturna, sería Dios, y Dios no se
-entretiene en venir al mundo para diversión de las muchachas. Ea, basta
-de palique; tráeme el café.
-
-Corrió Saturna a la cocina, y al volver con el café, permitiose
-comentar las últimas ideas expresadas por D. Lope.
-
---Señor, lo que yo digo es que se quieren, sea por lo fino, sea por lo
-basto, y que el D. Horacio desea verse con la señorita... Viene con
-buen fin.
-
---Pues que venga. Se irá con mal principio.
-
---¡Ay, qué tirano!
-
---No es eso... Si no me opongo a que se vean --dijo el caballero
-encendiendo un cigarro--. Pero antes conviene que yo mismo hable con
-ese sujeto. Ya ves si soy bueno. ¿Y este rasgo...? Hablar con él, sí, y
-decirle... ya, ya sabré yo...
-
---¿Apostamos a que le espanta?
-
---No; le traeré, traerele yo mismo. Saturna, esto se llama un rasgo.
-Encárgate de avisarle que me espere en su estudio una de estas
-tardes... mañana. Estoy decidido. (_Paseándose inquieto por el
-comedor._) Si Tristana quiere verle, no la privaré de ese gusto. Cuanto
-antojo tenga la niña, se lo satisfará su amante padre. Le traje los
-pinceles, le traje el armonium, y no basta. Hacen falta más juguetes.
-Pues venga el hombre, la ilusión, la... Saturna, di ahora que no soy
-un héroe, un santo. Con este solo arranque, lavo todas mis culpas, y
-merezco que Dios me tenga por suyo. Conque...
-
---Le avisaré... Pero no salga con alguna patochada. ¡Vaya, que si le da
-por asustar a ese pobre chico...!
-
---Se asustará solo de verme. Saturna, soy quien soy... Otra cosa: con
-maña vas preparando a la niña... Le dices que yo haré la vista gorda,
-que saldré exprofeso una tarde para que él entre, y puedan hablarse,
-como una media hora nada más... No conviene más tiempo. Mi dignidad no
-lo permite. Pero yo estaré en casa, y... Mira, se abrirá una rendijita
-en la puerta para que tú y yo podamos ver cómo se reciben el uno al
-otro, y oír lo que charlen.
-
---¡Señor...!
-
---¿Tú qué sabes...? Haz lo que te mando.
-
---Pues haga usted lo que le aconsejo. No hay tiempo que perder. D.
-Horacio tiene mucha prisa...
-
---¿Prisa?... Esa palabra quiere decir juventud. Bueno, pues esta
-misma tarde subiré al estudio. Avísale... anda... y después, cuando
-acompañes a la señorita, te dejas caer... ¿entiendes? le dices que
-yo ni consiento ni me opongo... o más bien, que tolero y me hago el
-desentendido. Ni le dejes comprender que voy al estudio, pues este acto
-de inconsecuencia, que desmiente mi carácter, quizás me rebajaría a sus
-propios ojos... aunque no... tal vez no... En fin, prepárala, para que
-no se afecte cuando vea en su presencia al... bello ideal.
-
---No se burle.
-
---Si no me burlo. Bello ideal quiere decir...
-
---Su tipo... el tipo de una, supongamos...
-
---Tú sí que eres tipo (_soltando la risa_). En fin, no se hable más.
-La preparas, y yo voy a encararme con el galán joven.
-
-A la hora convenida, previo el aviso dado por Saturna, dirigiose
-D. Lope al estudio, y al subir, no sin cansancio, la interminable
-escalera, se decía entre toses broncas y ahogados suspiros: «¡Pero,
-Dios mío, qué cosas tan raras estoy haciendo de algún tiempo a esta
-parte! A veces me dan ganas de preguntarme: ¿Y es usted aquel D.
-Lope...? Nunca creí que llegara el caso de no parecerse uno a sí
-mismo... En fin, procuraré no infundir mucho miedo a ese inocente.»
-
-La primera impresión de ambos fue algo penosa, no sabiendo qué actitud
-tomar, vacilando entre la benevolencia y una dignidad que bien podría
-llamarse decorativa. Hallábase dispuesto el pintor a tratar a D. Lope
-según los aires que este llevase. Después de los saludos y cumplidos
-de ordenanza, mostró el anciano galán una cortesía desdeñosa, mirando
-al joven como a ser inferior, al cual se dispensa la honra de un trato
-pasajero, impuesto por la casualidad.
-
---Pues sí, caballero... ya sabe usted la desgracia de la niña. ¡Qué
-lástima, ¿verdad? con aquel talento, con aquella gracia...! Es ya mujer
-inútil para siempre. Ya comprenderá usted mi pena. La miro como hija,
-la amo entrañablemente con cariño puro y desinteresado, y ya que no he
-podido conservarle la salud ni librarla de esa tristísima amputación,
-quiero alegrar sus días, hacerle placentera la vida, en lo posible,
-y dar a su alma todo el recreo que... En fin, su voluble espíritu
-necesita juguetes. La pintura no acaba de distraerla... la música tal
-vez... Su insaciable afán pide más, siempre más. Yo sabía que usted...
-
---De modo, Sr. D. Lope --dijo Horacio con gracejo cortés--, que a mí me
-considera usted juguete.
-
---No, juguete precisamente no... Pero... Yo soy viejo, como usted ve,
-muy práctico en cosas de la vida, en pasiones y afectos, y sé que las
-inclinaciones juveniles tienen siempre un cierto airecillo de juego de
-muñecas... No hay que tomarlo a mal. Cada cual ve estas cosas según su
-edad. El prisma de los veinticinco o de los treinta años descompone los
-objetos de un modo gracioso, y les da matices frescos y brillantes. El
-cristal mío me presenta las cosas de otro modo. En una palabra: que yo
-veo la inclinación de la niña con indulgencia paternal, sí, con esa
-indulgencia que siempre nos merece la criatura enfermita, a quien es
-forzoso dispensar los antojos y mimos, por extravagantes que sean.
-
---Dispénseme, señor mío --dijo Horacio con gravedad, sobreponiéndose
-a la fascinación que el mirar penetrante del caballero ejercía sobre
-él, encogiéndole el ánimo--, dispénseme. Yo no puedo apreciar con ese
-criterio de abuelo chocho la inclinación que Tristana me tiene, y
-menos la que por ella siento.
-
---Pues por eso no hemos de reñir --replicó Garrido, acentuando más la
-urbanidad y el desdén con que le hablaba--. Yo pienso lo que he tenido
-el honor de manifestarle; piense usted lo que guste. No sé si usted
-rectificará su manera de apreciar estas cosas. Yo soy muy viejo, muy
-curtido, y no sé rectificarme a mí propio. Lo que hay es que, dejándole
-a usted pensar lo que guste, yo vengo a decirle que, pues desea usted
-ver a Tristanita, y Tristanita se alegrará de verle, no me opongo a que
-usted honre mi casa; al contrario, tendré una satisfacción en ello.
-¿Creía tal vez que yo iba a salir por el registro del padre celoso o
-del tirano doméstico? No, señor. No me gustan a mí los tapujos, y menos
-en cosa tan inocente como esta visita. No, no es decoroso que ande el
-novio buscándome las vueltas para entrar en casa. Usted y yo no ganamos
-nada, el uno colándose sin mi permiso, el otro atrancando las puertas
-como si hubiera en ello alguna malicia. Sí, Sr. D. Horacio, usted puede
-ir, a la hora que yo le designe, se entiende. Y si resultase que habría
-que repetir las visitas, porque así conviniera a la paz de mi enferma,
-ha de prometerme usted no entrar nunca sin conocimiento mío.
-
---Me parece muy bien --afirmó Díaz, que poco a poco se iba dejando
-conquistar por la agudeza y pericia mundana del atildado viejo--. Estoy
-a sus órdenes.
-
-Sentía Horacio la superioridad de su interlocutor, y casi... y sin
-casi, se alegraba de tratarle, admirando de cerca, por primera vez, un
-ejemplar curiosísimo de la fauna social más desarrollada, un carácter
-que resultaba legendario, y revestido de cierto matiz poético. La
-atracción se fue acentuando con las cosas donosísimas que después dijo
-D. Lope pertinentes a la vida galante, a las mujeres y al matrimonio.
-En resumidas cuentas, que le fue muy simpático, y se despidieron,
-prometiéndole Horacio obedecer sus indicaciones, y fijando para la
-tarde siguiente las _vistas_ con la pobre inválida.
-
-
-
-
-XXVI
-
-
-«¡Qué pedazo de ángel! --decía D. Lope, dejando atrás, con menos calma
-que a la subida, el sin fin de peldaños de la escalera del estudio--.
-Y parece honrado y decente. No le veo muy aferrado a la infantil manía
-del matrimonio, ni me ha dicho nada de bello ideal, ni aquello de
-_amarla hasta la muerte_, con patita o sin patita... Nada; que esto
-es cosa concluida... Creí encontrar un romántico, con cara de haber
-bebido el vinagre de las pasiones contrariadas, y me encuentro un
-mocetón de color sano y espíritu sereno, un hombre sesudo, que al fin
-y a la postre verá las cosas como las veo yo. Ni se le conoce que esté
-enamoradísimo, como debió de estarlo antes, allá qué sé yo cuándo. Más
-bien parece confuso, sin saber qué actitud tomar cuando la vea, ni
-cómo presentársele... En fin, ¿qué saldrá de esto...? Para mí, es cosa
-terminada... terminada... sí señor... cosa muerta, caída, enterrada...
-como la pierna.»
-
-El estupendo notición de la próxima visita de Horacio, inquietó a
-Tristana, que aparentando creer cuanto se le decía, abrigaba en su
-interior cierta desconfianza de la realidad de aquel suceso, pues
-su labor mental de los días que precedieron a la operación habíala
-familiarizado con la idea de suponer ausente al bello ideal; y la
-hermosura misma de este, y sus raras perfecciones, se representaban en
-la mente de la niña como ajadas y desvanecidas por obra y gracia de la
-aproximación. Al propio tiempo, el deseo puramente humano y egoísta de
-ver al ser querido, de oírle, luchaba en su alma con aquel desenfrenado
-idealismo, en virtud del cual, más bien que a buscar la aproximación,
-tendía, sin darse cuenta de ello, a evitarla. La distancia venía a
-ser como una voluptuosidad de aquel amor sutil, que pugnaba por
-desprenderse de toda influencia de los sentidos.
-
-En tal estado de ánimo, llegó el momento de la entrevista. Fingió
-D. Lope que se ausentaba, sin hacer la menor alusión al caso; pero
-se quedó en su cuarto, dispuesto a salir si algún accidente hacía
-necesaria su presencia. Arreglose Tristana la cabeza, recordando sus
-mejores tiempos, y como se había repuesto algo en los últimos días,
-resultaba muy bien. No obstante, descontenta y afligida, apartó de sí
-el espejo, pues el idealismo no excluía la presunción. Cuando sintió
-que entraba Horario, que Saturna le introducía en la sala, palideció, y
-a punto estuvo de perder el conocimiento. La poca sangre de sus venas
-afluyó al corazón; apenas podía respirar, y una curiosidad más poderosa
-que todo sentimiento la embargaba. «Ahora --se decía-- veré cómo es, me
-enteraré de su rostro, que se me ha perdido desde hace tiempo, que se
-me ha borrado, obligándome a inventar otro para mi uso particular.»
-
-Por fin, Horacio entró... Sorpresa de Tristana, que en el primer
-momento, casi le vio como a un extraño. Fuese derecho a ella con los
-brazos abiertos y la acarició tiernamente. Ni uno ni otro pudieron
-hablar hasta pasado un breve rato... Y a Tristana le sorprendió el
-metal de voz de su antiguo amante, cual si nunca lo hubiera oído. Y
-después... ¡qué cara, qué tez, qué color como de bronce, bruñido por el
-sol!
-
---¡Cuánto has padecido, pobrecita! --dijo Horacio, cuando la emoción
-le permitió expresarse con claridad--. ¡Y yo sin poder estar al lado
-tuyo! Habría sido un gran consuelo para mí, acompañar a mi _Paquilla de
-Rímini_ en aquel trance, sostener su espíritu..., pero ya sabes; mi tía
-tan malita! Por poco no lo cuenta la pobre.
-
---Sí..., hiciste bien en no venir... ¿Para qué? --repuso Tristana
-recobrando al instante su serenidad--. Cuadro tan lastimoso te
-habría desgarrado el corazón. En fin, ya pasó; estoy mejor, y me voy
-acostumbrando a la idea de no tener más que una patita.
-
---¿Qué importa, vida mía? --dijo el pintor, por decir algo.
-
---Allá veremos. Aún no he probado a andar con muletas. El primer día he
-de pasar mal rato; pero al fin me acostumbraré. ¿Qué remedio tengo...?
-
---Todo es cuestión de costumbre. Claro que al principio estarás menos
-airosa... Es decir, tú siempre serás airosa...
-
---No... cállate. Ese grado de adulación no debe consentirse entre
-nosotros. Un poco de galantería, de caridad más bien, pase...
-
---Lo que más vale en ti, la gracia, el espíritu, la inteligencia, no
-ha sufrido ni puede sufrir menoscabo. Ni el encanto de tu rostro, ni
-las proporciones admirables de tu busto... tampoco.
-
---Cállate --dijo Tristana con gravedad--. Soy una belleza sentada... ya
-para siempre sentada, una mujer de medio cuerpo, un busto y nada más.
-
---¿Y te parece poco? Un busto; ¡pero qué hermoso! Luego, tu
-inteligencia sin par hará siempre de ti una mujer encantadora...
-
-Horacio rebuscaba en su mente todas las flores que pueden echarse a una
-mujer que no tiene más que una pierna. No le fue difícil encontrarlas,
-y una vez arrojadas sobre la infeliz inválida, ya no tenía más que
-añadir. Con un poquito de violencia, que casi casi no pudo apreciar él
-mismo, añadió lo siguiente:
-
---Y yo te quiero, y te querré siempre lo mismo.
-
---Eso ya lo sé --replicó ella, afirmándolo por lo mismo que empezaba a
-dudarlo.
-
-Continuó la conversación en los términos más afectuosos, sin llegar al
-tono y actitudes de la verdadera confianza. En los primeros momentos,
-sintió Tristana una desilusión brusca. Aquel hombre no era el mismo
-que, borrado de su memoria por la distancia, había ella reconstruido
-laboriosamente con su facultad creadora y plasmante. Parecíale tosca y
-ordinaria la figura, la cara sin expresión inteligente, y en cuanto
-a las ideas... ¡Ah, las ideas le resultaban de lo más vulgar...! De
-los labios del _señó Juan_ no salieron más que las conmiseraciones que
-se dan a todo enfermo, revestidas de una forma de tierna amistad. Y
-en todo lo que dijo referente a la constancia de su amor, veíase el
-artificio trabajosamente edificado por la compasión.
-
-Entretanto, D. Lope iba y venía sin sosiego por el interior de la casa,
-calzado de silenciosas zapatillas, para que no se le sintieran los
-pasos, y se aproximaba a la puerta, por si ocurría algo que reclamase
-su intervención. Como su dignidad repugnaba el espionaje, no aplicó el
-oído a la puerta. Más que por encargo del amo, por inspiración propia
-y ganas de fisgoneo, Saturna puso su oreja en el resquicio que abierto
-dejó para el caso, y algo pudo pescar de lo que los amantes decían.
-Llamándola al pasillo, D. Lope la interrogó con vivo interés:
-
---Dime, ¿han hablado algo de matrimonio?
-
---Nada he oído que signifique cosa de casarse --dijo Saturna--. Amor,
-sí, quererse siempre, y qué sé yo... pero...
-
---De sagrado vínculo, ni una palabra. Lo que digo, cosa concluida. Y no
-podía suceder de otro modo. ¿Cómo sostener su promesa ante una mujer
-que ha de andar con muletas...? La Naturaleza se impone. Es lo que yo
-digo... Mucho palique, mucha frase de relumbrón, y ninguna substancia.
-Al llegar al terreno de los hechos, desaparece toda la hojarasca y
-nada queda... En fin, Saturna, esto va bien y como yo deseo. Veremos
-por dónde sale ahora la niña. Sigue, sigue escuchando, a ver si salta
-alguna frase de compromiso formal para el porvenir.
-
-Volvió la diligente criada a su punto de acecho; pero nada sacó en
-limpio, porque hablaban muy bajo. Por fin, Horacio propuso a su amada
-terminar la visita.
-
---Por mi gusto --le dijo--, no me separaría de ti hasta mañana...,
-ni mañana tampoco... Pero debo considerar que D. Lope, concediéndome
-verte, procede con una generosidad y una alteza de miras que le honra
-mucho, y que me obliga a no incurrir en abuso. ¿Te parece que me retire
-ya? Como tú quieras. Y confío que no siendo muy largas las visitas, tu
-viejo me permitirá repetirlas todos los días.
-
-Opinó la inválida en conformidad con su amigo, y este se retiró
-después de besarla cariñosamente y de reiterarle aquellos afectos que,
-aunque no fríos, iban tomando un carácter fraternal. Tristana le vio
-partir muy tranquila, y al despedirse fijó para la siguiente tarde la
-primera lección de pintura, lo que fue muy del agrado del artista,
-quien, al salir de la estancia, sorprendió a D. Lope en el pasillo y
-se fue derecho a él, saludándole con profundo respeto. Metiéronse en
-el cuarto del galán caduco, y allí charlaron de cosas que a este le
-parecieron de singular alcance.
-
-Por de pronto, ni una palabra soltó el pintor que a proyectos de
-matrimonio transcendiera. Manifestó un interés vivísimo por Tristana,
-lástima profunda de su estado, y amor por ella en un grado discreto,
-discreción interpretada por D. Lope como delicadeza, o más bien
-repugnancia de un rompimiento brusco, que habría sido inhumano en la
-triste situación de la señorita de Reluz. Por fin, Horacio no tuvo
-inconveniente en dar al interés que su amiga le inspiraba un carácter
-señaladamente positivista. Como sabía por Saturna las dificultades de
-cierto género que agobiaban a D. Lope, se arrancó a proponer a este lo
-que en su altanera dignidad no podía el caballero admitir.
-
---Porque, mire usted, amigo --le dijo en tono campechano--, yo..., y no
-se ofenda de mi oficiosidad..., tengo para con Tristana ciertos deberes
-que cumplir. Es huérfana. Cuantos la quieren y la estiman en lo que
-vale, obligados están a mirar por ella. No me parece bien que usted
-monopolice la excelsa virtud de amparar al desvalido... Si quiere usted
-concederme un favor, que le agradeceré toda mi vida, permítame...
-
---¿Qué?... Por Dios, caballero Díaz, no me sonroje usted. ¿Cómo
-consentir...?
-
---Tómelo usted por donde quiera.... ¿Qué quiere decirme?... ¿Que es una
-indelicadeza proponer que sean de mi cuenta los gastos de la enfermedad
-de Tristana? Pues hace usted mal, muy mal, en pensarlo así. Acéptelo, y
-después seremos más amigos.
-
---¿Más amigos, caballero Díaz? ¡Más amigos después de probar yo que no
-tengo vergüenza!
-
---¡Don Lope, por amor de Dios!
-
---Don Horacio..., basta.
-
---Y en último caso, ¿por qué no se me ha de permitir que regale a mi
-amiguita un órgano expresivo de superior calidad, de lo mejor en su
-género, que le añada una completa biblioteca musical para órgano,
-comprendiendo estudios, piezas fáciles y de concierto, y que, por fin,
-corra de mi cuenta el profesor?...
-
---Eso... ya... Vea usted como transijo. Se admite el regalo del
-instrumento y de los papeles. Lo del profesor, no puede ser, caballero
-Díaz.
-
---¿Por qué?
-
---Porque se regala un objeto como testimonio de afectos presentes o
-pasados; pero no sé yo de nadie que obsequie con lecciones de música.
-
---Don Lope..., déjese de distingos.
-
---A ese paso llegaría usted a proponerme costearle la ropa y a
-señalarle alimentos..., y esto, con franqueza, paréceme denigrante para
-mí... a menos que usted viniera con propósitos y fines de cierto género.
-
-Viéndole venir, Horacio quiso dar una vuelta a la conversación.
-
---Mis propósitos son que se instruya en un arte en que pueda lucir y
-gastar ese caudal inmenso de fluido acumulado en su sistema nervioso,
-los tesoros de pasión artística, de noble ambición que llenan su alma.
-
---Si no es más que eso, yo me basto y me sobro. No soy rico; pero poseo
-lo bastante para abrir a Tristana los caminos por donde puede correr
-hacia la gloria una pobre cojita. Yo..., francamente, creí que usted...
-
-Queriendo obtener una declaración categórica, y viendo que no la
-lograba por ataques oblicuos, embistiole de frente:
-
---Pues yo creí que usted, al venir aquí, traía el propósito de casarse
-con ella.
-
---¡Casarme!... ¡Oh!... no --dijo Horacio, desconcertado por el
-repentino golpe, pero rehaciéndose al momento--. Tristana es enemiga
-irreconciliable del matrimonio. ¿No lo sabía usted?
-
---¿Yo?... No.
-
---Pues sí: lo detesta. Quizás ve más que todos nosotros; quizás su
-mirada perspicua, o cierto instinto de adivinación concedido a las
-mujeres superiores, ve la sociedad futura, que nosotros no vemos.
-
---Quizás... Estas niñas mimosas y antojadizas suelen tener vista muy
-larga. En fin, caballero Díaz, quedamos en que se acepta el obsequio
-del organito; pero no lo demás: se agradece, eso sí; pero no se puede
-aceptar, porque lo veda el decoro.
-
---Y quedamos --dijo Horacio despidiéndose-- que vendré a pintar un
-ratito con ella.
-
---Un ratito..., cuando la levantemos, porque no ha de pintar en la cama.
-
---Justo...; pero en tanto, ¿podré venir...?
-
---¡Oh!, sí, a charlar, a distraerla. Cuéntele usted cosas de aquel
-hermoso país.
-
---¡Ah!, no, no --dijo Horacio frunciendo el ceño--. No le gusta el
-campo, ni la jardinería, ni la Naturaleza, ni las aves domésticas, ni
-la vida regalada y oscura, que a mí me encantan y me enamoran. Soy yo
-muy terrestre, muy práctico, y ella muy soñadora, con unas alas de
-extraordinaria fuerza para subirse a los espacios sin fin.
-
---Ya, ya... (_estrechándole las manos_). Pues venga usted cuando bien
-le cuadre, caballero Díaz. Y sabe que...
-
-Despidiole en la puerta; se metió después en su cuarto, muy gozoso,
-y restregándose las manos, decía para su sayo: «Incompatibilidad de
-caracteres..., incompatibilidad absoluta, diferencias irreductibles.»
-
-
-
-
-XXVII
-
-
-Notó el buen Garrido en su inválida cierta estupefacción después de la
-entrevista. Interrogada paternalmente por el astuto viejo, Tristana le
-dijo sin rebozo:
-
---¡Cuánto ha cambiado ese hombre, pero cuánto! Paréceme que no es el
-mismo, y no ceso de representármele como antes era.
-
---Y qué, ¿gana o pierde en la transformación?
-
---Pierde... al menos hasta ahora.
-
---Parece buen sujeto, sí. Y te estima. Me propuso abonar los gastos de
-tu enfermedad. Yo lo rechacé... Figúrate...
-
-A Tristana se le encendió el rostro.
-
---No es de estos --añadió D. Lope-- que al dejar de amar a una mujer,
-se despiden a la francesa. No, no; paréceme atento y delicado. Te
-regala un órgano expresivo de lo mejor, y toda la música que puedas
-necesitar. Esto lo acepté: no creí prudente rechazarlo. En fin, el
-hombre es bueno, y te tiene lástima; comprende que tu situación social,
-después de esa pérdida de la patita, exige que se te mime y se te rodee
-de distracciones y cuidados; y él empieza por prestarse, como amigo
-sincero y bondadoso, a darte leccioncitas de pintura.
-
-Tristana no dijo nada, y todo el día estuvo muy triste. Al siguiente,
-la entrevista con Horacio fue bastante fría. El pintor se mostró
-muy amable; pero sin decir ni una palabra de amor. Introdújose D.
-Lope en la habitación cuando menos se pensaba, metiendo su cucharada
-en el coloquio, que versó exclusivamente sobre cosas de arte. Como
-pinchara después a Horacio para que hablase de los encantos de la vida
-en Villajoyosa, el pintor se explayó en aquel tema, que, contra la
-creencia de D. Lope, parecía del agrado de Tristana. Con vivo interés
-oía esta las descripciones de aquella vida placentera y de los puros
-goces de la domesticidad en pleno campo. Sin duda, por efecto de una
-metamorfosis verificada en su alma después de la mutilación de su
-cuerpo, lo que antes desdeñó era ya para ella como risueña perspectiva
-de un mundo nuevo.
-
-En las visitas que se sucedieron, Horacio rehuía con suma habilidad
-toda referencia a la deliciosa vida que era ya su pasión más ardiente.
-Mostró también indiferencia del arte, asegurando que la gloria y los
-laureles no despertaban entusiasmo en su alma. Y al decir esto, fiel
-reproducción de las ideas expresadas en sus cartas de Villajoyosa,
-observó que a Tristana no le causaba disgusto. Al contrario, en
-ocasiones parecía ser de la misma opinión, y mirar con desdén las
-empresas y victorias artísticas, con gran estupor de Horacio, en
-cuya memoria subsistían indelebles los exaltados conceptos de la
-correspondencia de su amante.
-
-Por fin, la levantaron, y el estrecho gabinete en que la pobre inválida
-pasaba las horas, embutida en un sillón, fue convertido en taller de
-pintura. La paciencia y la solicitud con que Horacio hacía de maestro
-no son para dichas. Mas sucedió una cosa muy rara, y fue que, no
-solo mostraba la señorita poca afición al arte de Apeles, sino que
-sus aptitudes, claramente manifestadas meses antes, se oscurecían y
-eclipsaban, sin duda por falta de fe. No volvía el pintor de su asombro
-recordando la facilidad con que su discípula entendía y manejaba el
-color, y asombrados los dos de semejante cambio, concluían por desmayar
-y aburrirse, difiriendo las lecciones o haciéndolas muy cortas. A los
-tres o cuatro días de estas tentativas apenas pintaban ya; pasaban
-las horas charlando; y solía suceder que también la conversación
-languidecía, como entre personas que ya se han dicho todo lo que tienen
-que decirse, y solo tratan de las cosas corrientes y regulares de la
-vida.
-
-El primer día que probó Tristana las muletas, fueron ocasión de risa y
-chacota sus primeros ensayos en tan extraño sistema de locomoción.
-
---No hay manera --decía con buena sombra-- de imprimir al paso de
-muletas un aire elegante. No, por mucho que yo discurra, no inventaré
-un bonito andar con estos palitroques. Siempre seré como las mujeres
-lisiadas que piden limosna a la puerta de las iglesias. No me importa.
-¡Qué remedio tengo más que conformarme!
-
-Propúsole Horacio enviarle un carrito de mano para que paseara, y
-no acogió mal la niña este ofrecimiento, que se hizo efectivo dos
-días después, aunque no se utilizó sino a los tres o cuatro meses de
-regalado el vehículo. Lo más triste de todo cuanto allí ocurría era que
-Horacio dejó de ser asiduo en sus visitas. La retirada fue tan lenta y
-gradual, que apenas se notaba. Empezó por faltar un día, excusándose
-con ocupaciones imprescindibles; a la siguiente semana hizo novillos
-dos veces, luego tres, cinco..., y por fin, ya no se contaron los días
-que faltaba, sino los que iba. No parecía Tristana muy contrariada de
-estas faltillas; recibíale siempre afectuosa, y le veía partir sin
-aparente disgusto. Jamás le preguntaba el motivo de sus ausencias, ni
-menos le reñía por ellas. Otra circunstancia digna de notarse era que
-jamás hablaban de lo pasado: uno y otro parecían acordes en dar por
-fenecida y rematada definitivamente aquella novela, que sin duda les
-resultaba inverosímil y falsa, produciendo efecto semejante al que nos
-causan en la edad madura los libros de entretenimiento que nos han
-entusiasmado y enloquecido en la juventud.
-
-Del marasmo espiritual en que se encontraba, salió Tristana casi
-bruscamente, como por arte mágico, con las primeras lecciones de
-música y de órgano. Fue como una resurrección súbita, con alientos de
-vida, de entusiasmo y pasión que confirmaban en su verdadero carácter
-a la señorita de Reluz, y que despertaron en ella, con el ardor de
-aquel nuevo estudio, maravillosas aptitudes. Era el profesor un
-hombre chiquitín, afable, de una paciencia fenomenal, tan práctico en
-la enseñanza y tan hábil en la transmisión de su método, que habría
-convertido en organista a un sordomudo. Bajo su inteligente dirección,
-venció Tristana las primeras dificultades en brevísimo tiempo, con
-gran sorpresa y alborozo de cuantos aquel milagro veían. D. Lope
-estaba verdaderamente lelo de admiración, y cuando Tristana pulsaba
-las teclas, sacando de ellas acordes dulcísimos, el pobre señor se
-ponía chocho, como un abuelo que ya no vive más que para mimar a su
-descendencia menuda y volverse todo babas ante ella. A las lecciones
-de mecanismo, digitación y lectura, añadió pronto el profesor algunas
-nociones de armonía, y fue una maravilla ver a la joven asimilarse
-estos árduos conocimientos. Diríase que le eran familiares las reglas
-antes que se las revelaran; adelantábase a la propia enseñanza, y
-lo que aprendía quedaba profundamente grabado en su espíritu. El
-minúsculo profesor, hombre muy cristiano, que se pasaba la vida de
-coro en coro y de capilla en capilla, tocando en misas solemnes,
-funerales y novenas, veía en su discípula un ejemplo del favor de Dios,
-una predestinación artística y religiosa.
-
---Es un genio esta niña --afirmaba admirándola con efusión
-contemplativa--, y a ratos paréceme una santa.
-
---¡Santa Cecilia! --exclamaba D. Lope con entusiasmo que le ponía
-ronco--, ¡qué hija, qué mujer, qué divinidad!
-
-No le era fácil a Horacio disimular su emoción oyendo a Tristana
-modular en el órgano acordes de carácter litúrgico, en estilo fugado,
-escalonando los miembros melódicos con pasmosa habilidad; y trabajillo
-le costaba al artista ocultar sus lágrimas, avergonzándose de
-verterlas. Cuando la señorita, inflamada por religiosa inspiración,
-se engolfaba en su música, convirtiendo el grave instrumento en
-lenguaje de su alma, a nadie veía, ni se cuidaba de su reducido y
-fervoroso público. El sentimiento, así como el estilo para expresarlo,
-absorbíanla por entero; su rostro se transfiguraba, adquiriendo
-celestial belleza, su alma se desprendía de todo lo terreno para
-mecerse en el seno vaporoso de una idealidad dulcísima. Un día,
-el bueno del organista llegó al colmo de la admiración, oyéndola
-improvisar con gallardo atrevimiento, y se pasmó de la soltura con
-que modulaba, enlazando los tonos, y añadiendo a sus conocimientos
-de armonía otros que nadie supo de dónde los había sacado, obra
-de un misterioso poder de adivinación, solo concedido a las almas
-privilegiadas, para quienes el arte no tiene ningún secreto. Desde
-aquel día, el maestro asistió a las lecciones con interés superior al
-que la pura enseñanza puede infundir, y puso sus cinco sentidos en
-la discípula, educándola como a un hijo único y adorado. El anciano
-músico y el anciano galán se extasiaban junto a la inválida, y mientras
-el uno le mostraba con paternal amor los arcanos del arte, el otro
-dejaba traslucir su acendrada ternura con suspiros y alguna expresión
-fervorosa. Concluida la lección, Tristana daba un paseíto por la
-estancia, con muletas, y a D. Lope y al otro viejo se les figuraba,
-contemplándola, que la propia Santa Cecilia no podía moverse ni andar
-de otra manera.
-
-Por este tiempo, es decir, cuando los adelantos de la joven se marcaron
-de un modo tan notable, Horacio volvió a menudear sus visitas, y de
-pronto estas escasearon notoriamente. Al llegar el verano, transcurrían
-hasta dos semanas sin que el pintor aportara por allí, y cuando iba,
-Tristana, por agradarle y entretenerle, le obsequiaba con una sesión
-de música; sentábase el artista en lo más oscuro de la estancia para
-seguir con abstracción profunda la hermosa salmodia, como en éxtasis,
-mirando vagamente a un punto indeterminado del espacio, mientras su
-alma divagaba suelta por las regiones en que el ensueño y la realidad
-se confunden. Y de tal modo absorbió a Tristana el arte con tanto
-anhelo cultivado, que no pensaba ni podía pensar en otra cosa. Cada
-día ansiaba más y mejor música. La perfección embargaba su espíritu,
-teniéndolo como fascinado. Ignorante de cuanto en el mundo ocurría, su
-aislamiento era completo, absoluto. Día hubo en que fue Horacio y se
-retiró, sin que ella se enterara de que había estado allí.
-
-Una tarde, sin que nadie lo hubiese previsto, despidiose el pintor para
-Villajoyosa, pues según dijo, su tía, que allá continuaba residiendo,
-se hallaba en peligro de muerte. Así era la verdad, y a los tres días
-de llegar el sobrino, doña Trini cerró las pesadas compuertas de sus
-ojos para no volverlas a abrir más. Poco después, a la entrada de
-otoño, cayó Díaz enfermo, aunque no de gravedad. Cruzáronse cartas
-amistosas entre él y Tristana, y el mismo D. Lope, las cuales en todo
-el año siguiente continuaron yendo y viniendo cada dos, cada tres
-semanas, por el mismo camino por donde antes corrían las incendiarias
-cartas de _señó Juan_ y de _Paquita de Rímini_. Tristana escribía
-las suyas deprisa y corriendo, sin poner en ellas más que frases de
-cortés amistad. Por una de esas inspiraciones que llevan al ánimo
-un conocimiento profundo y certero de las cosas, la inválida creía
-firmemente, como se cree en la luz del sol, que no vería más a Horacio.
-Y así era, así fue... Una mañana de noviembre entró D. Lope con cara
-grave en el cuarto de la joven, y sin expresar alegría ni pena, como
-quien dice la cosa más natural del mundo, le soltó la noticia con este
-frío laconismo:
-
---¿No sabes?... Nuestro D. Horacio se casa.
-
-
-
-
-XXVIII
-
-
-Creyó notar el viejo galán que Tristana se desconcertaba al recibir
-el jicarazo; pero tan rápidamente y con tanto tesón volvió sobre sí
-misma, que no le era fácil a D. _Lepe_ conocer a ciencia cierta el
-estado de ánimo de su cautiva, después del acabamiento definitivo
-de sus locos amores. Como quien se arroja a un piélago tranquilo,
-zambullose la señorita en el _maremagnum_ musical, y allí se pasaba las
-horas, ya sumergiéndose en lo profundo, ya saliendo graciosamente a la
-superficie, incomunicada realmente con todo lo humano, y procurando
-estarlo con algunas ideas propias que aún la atormentaban. A Horacio
-no le volvió a mentar, y aunque el pintor no cortó relaciones con
-ella, y alguna que otra vez escribía cartas amistosas, Garrido era
-el encargado de leerlas y contestarlas. Guardábase bien el viejo de
-hablar a la niña del que fue su adorador, y con toda su sagacidad
-y experiencia, nunca supo fijamente si la actitud triste y serena
-de Tristana ocultaba una desilusión, o el sentimiento de haberse
-equivocado profundamente al creerse desilusionada en los días de la
-vuelta de Horacio. ¿Pero cómo había de saber esto D. Lope, si ella
-misma no lo sabía?
-
-En las buenas tardes de invierno, salía a la calle en el carrito,
-que empujaba Saturna. La ausencia de toda presunción fue uno de los
-accidentes más característicos de aquella nueva metamorfosis de la
-señorita de Reluz: cuidaba poco de embellecer su persona; ataviábase
-sencillamente con mantón y pañuelo de seda en la cabeza; pero no perdió
-la costumbre de calzarse bien, y de continuo bregaba con el zapatero
-por si ajustaba con más o menos perfección la bota... única. ¡Qué raro
-le parecía siempre el no calzarse más que un pie! Transcurrirían los
-años sin que acostumbrarse pudiera a no ver en parte alguna la bota y
-el zapato del pie derecho.
-
-Al año de la operación, su rostro había adelgazado tanto, que muchos
-que en sus buenos tiempos la trataron apenas la conocían ya, al verla
-pasar en el cochecillo. Representaba cuarenta años, cuando apenas tenía
-veinticinco. La pierna de palo que le pusieron a los dos meses de
-arrancada la de carne y hueso, era de lo más perfecto en su clase; mas
-no podía la inválida acostumbrarse a andar con ella, ayudada solo de
-un bastón. Prefería las muletas, aunque estas le alzaran los hombros,
-destruyendo la gallardía de su cuello y de su busto. Aficionose a
-pasar las horas de la tarde en la iglesia, y para facilitar esta
-inocente inclinación, mudose D. Lope desde lo alto del paseo de Santa
-Engracia al del Obelisco, donde tenían muy a mano cuatro o cinco
-templos, modernos y bonitos, y además la parroquia de Chamberí. Y el
-cambio de domicilio le vino bien a D. Lope por el lado económico, pues
-en el alquiler de la nueva casa ahorraba una corta cantidad, que no
-venía mal para otros gastos en tiempos tan calamitosos. Pero lo más
-particular fue que la afición de Tristana a la iglesia se comunicó a
-su viejo tirano, y sin que este notara la gradación, llegó a pasar
-ratos placenteros en las Siervas, en las Reparatrices y en San Fermín,
-asistiendo a novenas y manifiestos. Cuando D. Lope notó esta nueva
-fase de sus costumbres seniles, ya no se hallaba en condiciones para
-poder apreciar lo extraño de tal cambio. Anublose su entendimiento; su
-cuerpo envejeció con terrible presteza; arrastraba los pies como un
-octogenario, y la cabeza y manos le temblaban. Al fin, el entusiasmo de
-Tristana por la paz de la iglesia, por la placidez de las ceremonias
-del culto y la comidilla de las beatas llegó a ser tal, que acortaba
-las horas dedicadas al arte músico para aumentar las consagradas
-a la contemplación religiosa. Tampoco se dio cuenta de esta nueva
-metamorfosis, a la que llegó por gradaciones lentas; y si al principio
-no había en ella más que pura afición, sin verdadero celo, si sus
-visitas a la iglesia eran al principio actos de lo que podría llamarse
-_dilettantismo_ piadoso, no tardaron en ser actos de piedad verdadera,
-y por etapas insensibles vinieron las prácticas católicas, el oír misa,
-la penitencia y comunión.
-
-Y como el buen D. _Lepe_, no viviendo ya más que para ella y por
-ella, reflejaba sus sentimientos, y había llegado a ser plagiario
-de sus ideas, resultó que también él se fue metiendo poco a poco en
-aquella vida, en la cual su triste vejez hallaba infantiles consuelos.
-Alguna vez, volviendo sobre sí en momentos lúcidos, que parecían las
-breves interrupciones de un inseguro sueño, se echaba una mirada
-interrogativa, diciéndose:
-
---¿Pero soy yo de verdad, Lope Garrido, el que hace estas cosas? Es que
-estoy lelo... sí, lelo... Murió en mí el hombre... ha ido muriendo en
-mí todo el ser, empezando por lo presente, avanzando en el morir hacia
-lo pasado; y por fin, ya no queda más que el niño... Sí, soy un niño, y
-como tal pienso y vivo. Bien lo veo con el cariño de esa mujer. Yo la
-he mimado a ella. Ahora ella me mima...
-
-En cuanto a Tristana, ¿sería, por ventura, aquella su última
-metamorfosis? ¿O quizás tal mudanza era solo exterior, y por dentro
-subsistía la unidad pasmosa de su pasión por lo ideal? El ser hermoso
-y perfecto que amó, construyéndolo ella misma con materiales tomados
-de la realidad, se había desvanecido, es cierto, con la reaparición
-de la persona que fue como génesis de aquella creación de la mente;
-pero el tipo, en su esencial e intachable belleza, subsistía vivo en
-el pensamiento de la joven inválida. Si algo pudo variar esta en la
-manera de amarle, no menos varió en su cerebro aquella cifra de todas
-las perfecciones. Si antes era un hombre, luego fue Dios, el principio
-y fin de cuanto existe. Sentía la joven cierto descanso, consuelo
-inefable, pues la contemplación mental del ídolo érale más fácil en la
-iglesia que fuera de ella, las formas plásticas del culto le ayudaban
-a sentirlo. Fue la mudanza del hombre en Dios tan completa al cabo de
-algún tiempo, que Tristana llegó a olvidarse del primer aspecto de
-su ideal, y no vio al fin más que el segundo, que era seguramente el
-definitivo.
-
-Tres años habían pasado desde la operación realizada con tanto acierto
-por Miquis y su amigo, cuando la señorita de Reluz, sin olvidar
-completamente el arte musical, mirábalo ya con desdén, como cosa
-inferior y de escasa valía. Las horas de la tarde pasábalas en la
-iglesia de las Siervas, en un banco, que por la fijeza y constancia con
-que lo ocupaba, parecía pertenecerle. Las muletas, arrimadas a un lado,
-le hacían lúgubre compañía. Las hermanitas, al fin, entablaron amistad
-con ella, resultando de aquí ciertas familiaridades eclesiásticas:
-en algunas funciones solemnes tocaba Tristanita el órgano, con gran
-regocijo de las religiosas y de todos los concurrentes. La _señora
-coja_ hízose popular entre los que asiduamente asistían a los oficios
-mañana y tarde, y los acólitos la consideraban ya como parte integrante
-del edificio y aun de la institución.
-
-
-
-
-XXIX
-
-
-No tuvo la vejez de D. Lope toda la tristeza y soledad que él se
-merecía, como término de una vida disipada y viciosa, porque sus
-parientes le salvaron de la espantosa miseria que le amenazaba. Sin
-el auxilio de sus primas, las señoras de Garrido Godoy, que en Jaén
-residían, y sin el generoso desprendimiento de su sobrino carnal el
-arcediano de Baeza, D. Primitivo de Acuña, el galán en decadencia
-hubiera tenido que pedir limosna o entregar sus nobles huesos a San
-Bernardino. Pero aunque las tales señoras, solteronas, histéricas
-y anticuadas, muy metidas en la iglesia y de timoratas costumbres,
-veían en su egregio pariente un monstruo, más bien un diablo que
-andaba suelto por el mundo, la fuerza de la sangre pudo más que la
-mala opinión que de él tenían, y de un modo discreto le ampararon
-en su pobreza. En cuanto al buen arcediano, en un viaje que hizo a
-Madrid trató de obtener de su tío ciertas concesiones del orden moral:
-conferenciaron; oyole D. Lope con indignación, partió el clérigo muy
-descorazonado, y no se habló más del asunto. Pasado algún tiempo,
-cuando se cumplieron cinco años de la enfermedad de Tristana, el
-clérigo volvió a la carga en esta forma, ayudado de argumentos en cuya
-fuerza persuasiva confiaba.
-
---Tío, se ha pasado usted la vida ofendiendo a Dios, y lo más infame,
-lo más ignominioso es ese amancebamiento criminal...
-
---Pero hijo, si ya... no...
-
---No importa; se irán ella y usted al infierno, y de nada les valdrán
-sus buenas intenciones de hoy.
-
-Total, que el buen arcediano quería casarles. ¡Inverosimilitud,
-sarcasmo horrible de la vida, tratándose de un hombre de ideas
-radicales y disolventes, como D. Lope!
-
---Aunque estoy lelo --dijo este empinándose con trabajo sobre las
-puntas de los pies--, aunque estoy hecho un mocoso y un bebé... no
-tanto, Primitivo, no me hagas tan imbécil.
-
-Expuso el buen sacerdote sus planes sencillamente. No pedía, sino que
-secuestraba. Véase cómo.
-
---Las tías --dijo--, que son muy cristianas y temerosas de Dios, le
-ofrecen a usted, si entra por el aro y acata los mandamientos de la
-ley divina..., ofrecen, repito, cederle en escritura pública las dos
-dehesas de Arjonilla, con lo cual no solo podrá vivir holgadamente los
-días que el Señor le conceda, sino también dejar a su viuda...
-
---¡A mi viuda!
-
---Sí; porque las tías, con mucha razón, exigen que usted se case.
-
-Don Lope soltó la risa. Pero no se reía de la extravagante proposición,
-¡ay!, sino de sí mismo... Trato hecho. ¿Cómo rechazar la propuesta, si
-aceptándola aseguraba la existencia de Tristana cuando él faltase?
-
-Trato hecho... ¡Quién lo diría! D. Lope, que en aquellos tiempos había
-aprendido a hacer la señal de la cruz sobre su frente y boca, no
-cesaba de persignarse. En suma; que se casaron... y cuando salieron
-de la iglesia, todavía no estaba D. Lope seguro de haber abjurado y
-maldecido su queridísima doctrina del celibato. Contra lo que él creía,
-la señorita no tuvo nada que oponer al absurdo proyecto. Lo aceptó
-con indiferencia, había llegado a mirar todo lo terrestre con sumo
-desdén... Casi no se dio cuenta de que la casaron, de que unas breves
-fórmulas hiciéronla legítima esposa de Garrido, encasillándola en un
-hueco honroso de la sociedad. No sentía el acto, lo aceptaba, como un
-hecho impuesto por el mundo exterior, como el empadronamiento, como la
-contribución, como las reglas de policía.
-
-Y el señor de Garrido, al mejorar de fortuna, tomó una casa mayor en
-el mismo paseo del Obelisco, la cual tenía un patio con honores de
-huerta. Revivió el anciano galán con el nuevo estado; parecía menos
-chocho, menos lelo, y sin saber cómo ni cuándo, próximo al acabamiento
-de su vida, sintió que le nacían inclinaciones que nunca tuvo, manías y
-querencias de pacífico burgués. Desconocía completamente aquel ardiente
-afán que le entró por plantar un arbolito, no parando hasta lograr su
-deseo, hasta ver que el plantón arraigaba y se cubría de frescas hojas.
-Y el tiempo que la señora pasaba en la iglesia rezando, él, un tanto
-desilusionado ya de su afición religiosa, empleábalo en cuidar las
-seis gallinas y el arrogante gallo que en el patinillo tenía. ¡Qué
-deliciosos instantes! ¡Qué grata emoción... ver si ponían huevo, si
-este era grande, y, por fin, preparar la echadura para sacar pollitos,
-que al fin salieron, ¡ay!, graciosos, atrevidos y con ánimos para vivir
-mucho! Don Lope no cabía en sí de contento, y Tristana participaba de
-su alborozo. Por aquellos días, entrole a la cojita una nueva afición:
-el arte culinario en su rama importante de repostería. Una maestra muy
-hábil enseñole dos o tres tipos de pasteles, y los hacía tan bien, tan
-bien, que don Lope, después de catarlos, se chupaba los dedos, y no
-cesaba de alabar a Dios. ¿Eran felices uno y otro...? Tal vez.
-
-
-FIN DE LA NOVELA
-
-
-Madrid.--Enero de 1892.
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TRISTANA ***
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- Tristana, by Benito Pérez Galdós&mdash;A Project Gutenberg eBook
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-<div style='text-align:center; font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of Tristana, by Benito Pérez Galdós</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
-at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you
-are not located in the United States, you will have to check the laws of the
-country where you are located before using this eBook.
-</div>
-
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: Tristana</p>
-
-<div style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: Benito Pérez Galdós</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>Release Date: December 20, 2021 [eBook #66979]</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>Language: Spanish</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>Character set encoding: UTF-8</div>
-
-<div style='display:block; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This ebook was produced from images generously made available by Biblioteca Digital Hispánica/Biblioteca Nacional de España.)</div>
-
-<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TRISTANA ***</div>
-
-<div class="front">
- <hr class="full" />
-</div>
-
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
- <ul>
- <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li>
-
- <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li>
-
- <li>Se convierten los entrecomillados en rayas iniciales de diálogo
- donde el texto adopta forma dialogada. Se espacian las restantes
- rayas según las convenciones ortotipográficas más recientes.</li>
-
- <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li>
- </ul>
-</div>
-
-
-<div class="screenonly x-ebookmaker-drop">
- <hr class="chap" />
- <div class="figcenter">
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-</div>
-
-
-<div class="tit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p>
- <h1 class="g2">TRISTANA</h1>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="tit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p>
- <p class="ws1">NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS</p>
- <p class="fs60 mt05">POR</p>
- <p class="fs120 ws1">B. PÉREZ GALDÓS</p>
- <hr class="fil" />
-
- <p class="fs300 g1 mt1">TRISTANA</p>
-
- <hr class="sep0" />
- <p class="fs110 g1 mt2">9.000</p>
-
- <div class="figcenter mt3">
- <img src="images/logo.jpg"
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- alt="Logotipo del editor" />
- </div>
-
- <p class="lh200 g2 mt3">MADRID</p>
- <p class="fs75 lh200 ws2">LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO</p>
- <p class="fs80 lh200">Calle del Arenal, núm. 11</p>
- <p class="lh200 g0">1922</p>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt6">
- <div class="legal">
- <p><span class="pagenum" id="Page_4">p. 4</span>Es propiedad de la
- hija del autor. Se considerarán furtivos todos los ejemplares que no
- lleven el sello de este. Queda hecho el depósito que marca la Ley.</p>
- </div>
-
- <div class="mt4">
- <hr class="fil" />
- <p class="fs75 centra pt05">Artes Gráficas «PLUS-ULTRA», Zurbano, 68.—MADRID</p>
- </div>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p>
- <p class="centra g0 fs175">TRISTANA</p>
- <hr class="tir" />
- <h2 class="nobreak g0">I</h2>
-</div>
-
-<p>En el populoso barrio de Chamberí, más cerca del Depósito de
-Aguas que de Cuatro Caminos, vivía, no ha muchos años, un hidalgo de
-buena estampa y nombre peregrino; no aposentado en casa solariega, pues
-por allí no las hubo nunca, sino en plebeyo cuarto de alquiler, de los
-baratitos, con ruidoso vecindario de taberna, merendero, cabrería,
-y estrecho patio interior de habitaciones numeradas. La primera vez
-que tuve conocimiento del tal personaje y pude observar su catadura
-militar de antiguo cuño, algo así como una reminiscencia pictórica de
-los tercios viejos de Flandes, dijéronme que se llamaba <i>D. Lope de
-Sosa</i>, nombre que transciende al polvo de los teatros, o a romance
-de los que traen los librillos de retórica; y en efecto, nombrábanle
-así algunos amigos maleantes; pero él respondía por D. Lope Garrido.
-Andando el tiempo, supe que la partida de bautismo rezaba <i>D.
-Juan López Garrido</i>, resultando que aquel<span class="pagenum"
-id="Page_6">p. 6</span> sonoro <i>don Lope</i> era composición
-del caballero, como un precioso afeite aplicado a embellecer la
-personalidad; y tan bien caía en su cara enjuta, de líneas firmes
-y nobles, tan buen acomodo hacía el nombre con la espigada tiesura
-del cuerpo, con la nariz de caballete, con su despejada frente y sus
-ojos vivísimos, con el mostacho entrecano y la perilla corta, tiesa y
-provocativa, que el sujeto no se podía llamar de otra manera. O había
-que matarle o decirle don Lope.</p>
-
-<p>La edad del buen hidalgo, según la cuenta que hacía cuando de esto
-se trataba, era una cifra tan imposible de averiguar como la hora en un
-reloj descompuesto, cuyas manecillas se obstinaran en no moverse. Se
-había plantado en los cuarenta y nueve, como si el terror instintivo
-de los cincuenta le detuviese en aquel temido lindero del medio siglo;
-pero ni Dios mismo con todo su poder le podía quitar los cincuenta y
-siete, que no por bien conservados eran menos efectivos. Vestía con
-toda la pulcritud y esmero que su corta hacienda le permitía, siempre
-de chistera bien planchada, buena capa en invierno, en todo tiempo
-guantes oscuros, elegante bastón en verano y trajes más propios de la
-edad verde que de la madura. Fue D. Lope Garrido, dicho sea para hacer
-boca, gran estratégico en lides de amor, y se preciaba de haber<span
-class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span> asaltado más torres de virtud
-y rendido más plazas de honestidad que pelos tenía en la cabeza. Ya
-gastado y para poco, no podía desmentir la pícara afición, y siempre
-que tropezaba con mujeres bonitas, o aunque no fueran bonitas, se ponía
-en facha, y sin mala intención les dirigía miradas expresivas, que más
-tenían en verdad de paternales que de maliciosas, como si con ellas
-dijera: «¡De buena habéis escapado, pobrecitas! Agradeced a Dios el no
-haber nacido veinte años antes. Precaveos contra los que hoy sean lo
-que yo fui, aunque, si me apuran, me atreveré a decir que no hay en
-estos tiempos quien me iguale. Ya no salen jóvenes, ni menos galanes,
-ni hombres que sepan su obligación al lado de una buena moza.»</p>
-
-<p>Sin ninguna ocupación profesional, el buen D. Lope, que había gozado
-en mejores tiempos de una regular fortuna, y no poseía ya más que un
-usufructo en la provincia de Toledo, cobrado a tirones y con mermas
-lastimosas, se pasaba la vida en ociosas y placenteras tertulias de
-casino, consagrando también metódicamente algunos ratos a visitas de
-amigos, a trincas de café, y a otros centros, o más bien rincones,
-de esparcimiento, que no hay para qué nombrar ahora. Vivía en lugar
-tan excéntrico por la sola razón de la baratura de las casas, que
-aun con la gabela del tranvía, salen por muy poco en aquella<span
-class="pagenum" id="Page_8">p. 8</span> zona, amén del despejo, de la
-ventilación y de los horizontes risueños que allí se disfrutan. No
-era ya Garrido trasnochador: se ponía en planta a punto de las ocho,
-y en afeitarse y acicalarse, pues cuidaba de su persona con esmero y
-lentitudes de hombre de mundo, se pasaban dos horitas. A la calle hasta
-la una, hora infalible del almuerzo frugal. Después de este, calle
-otra vez, hasta la comida, entre siete y ocho, no menos sobria que el
-almuerzo, algunos días con escaseces no bien disimuladas por las artes
-de cocina más elementales. Lo que principalmente debe hacerse constar
-es que si D. Lope era todo afabilidad y cortesanía fuera de casa, y en
-las tertulias cafeteriles o casinescas a que concurría, en su domicilio
-sabía hermanar las palabras atentas y familiares con la autoridad de
-amo indiscutible.</p>
-
-<p>Con él vivían dos mujeres, criada la una, señorita en el nombre
-la otra, confundiéndose ambas en la cocina y en los rudos menesteres
-de la casa, sin distinción de jerarquías, con perfecto y fraternal
-compañerismo, determinado más bien por humillación de la señora que
-por ínfulas de la criada. Llamábase esta Saturna, alta y seca, de ojos
-negros, un poco hombruna, y por su viudez reciente vestía de luto
-riguroso. Habiendo perdido a su marido, albañil que se cayó del andamio
-en las obras del Banco, pudo colocar a su hijo en el Hospicio, y se
-puso a servir, tocándole<span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span>
-para estreno la casa de D. Lope, que no era ciertamente una provincia
-de los reinos de Jauja. La otra, que a ciertas horas tomaríais por
-sirviente y a otras no, pues se sentaba a la mesa del señor, y le
-tuteaba con familiar llaneza, era joven, bonitilla, esbelta, de una
-blancura casi inverosímil de puro alabastrina; las mejillas sin color,
-los negros ojos más notables por lo vivarachos y luminosos que por lo
-grandes; las cejas increíbles, como indicadas en arco con la punta de
-finísimo pincel; pequeñuela y roja la boquirrita, de labios un tanto
-gruesos, orondos, reventando de sangre, cual si contuvieran toda la
-que en el rostro faltaba; los dientes menudos, pedacitos de cuajado
-cristal; castaño el cabello y no muy copioso, brillante como torzales
-de seda, y recogido con gracioso revoltijo en la coronilla. Pero lo
-más característico en tan singular criatura era que parecía toda ella
-un puro armiño y el espíritu de la pulcritud, pues ni aun rebajándose
-a las más groseras faenas domésticas se manchaba. Sus manos, de una
-forma perfecta, ¡qué manos!, tenían misteriosa virtud, como su cuerpo
-y ropa, para poder decir a las capas inferiores del mundo físico:
-<i>la vostra miseria non mi tange</i>. Llevaba en toda su persona la
-impresión de un aseo intrínseco, elemental, superior y anterior a
-cualquier contacto de cosa desaseada o impura. De trapillo, zorro en
-mano,<span class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span> el polvo y la
-basura la respetaban; y cuando se acicalaba y se ponía su bata morada
-con rosetones blancos, el moño arribita, traspasado con horquillas
-de dorada cabeza, resultaba una fiel imagen de dama japonesa de alto
-copete. ¿Pero qué más, si toda ella parecía de papel, de ese papel
-plástico, caliente y vivo en que aquellos inspirados orientales
-representan lo divino y lo humano, lo cómico tirando a grave, y lo
-grave que hace reír? De papel nítido era su rostro blanco mate, de
-papel su vestido, de papel sus finísimas, torneadas, incomparables
-manos.</p>
-
-<p>Falta explicar el parentesco de Tristana, que por este nombre
-respondía la mozuela bonita, con el gran D. Lope, jefe y señor de
-aquel cotarro, al cual no será justo dar el nombre de familia. En el
-vecindario, y entre las contadas personas que allí recalaban de visita,
-o por fisgonear, versiones había para todos los gustos. Por temporadas
-dominaban estas o las otras opiniones sobre punto tan importante; en un
-lapso de dos o tres meses se creyó como el Evangelio que la señorita
-era sobrina del señorón. Apuntó pronto, generalizándose con rapidez,
-la tendencia a conceptuarla hija, y orejas hubo en la vecindad que la
-oyeron decir <i>papá</i>, como las muñecas que hablan. Sopló un nuevo
-vientecillo de opinión, y ya la tenéis legítima y auténtica señora
-de Garrido. Pasado algún tiempo, ni rastros<span class="pagenum"
-id="Page_11">p. 11</span> quedaban de estas vanas conjeturas, y
-Tristana, en opinión del vulgo circunvecino, no era hija, ni sobrina,
-ni esposa, ni nada del gran D. Lope; no era nada y lo era todo, pues
-le pertenecía como una petaca, un mueble o una prenda de ropa, sin
-que nadie se la pudiera disputar; ¡y ella parecía tan resignada a ser
-petaca, y siempre petaca...!</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch2">
- <h2 class="nobreak g0">II</h2>
-</div>
-
-<p>Resignada en absoluto no, porque más de una vez, en aquel año que
-precedió a lo que se va a referir, la linda figurilla de papel sacaba
-los pies del plato, queriendo mostrar carácter y conciencia de persona
-libre. Ejercía sobre ella su dueño un despotismo que podremos llamar
-seductor, imponiéndole su voluntad con firmeza endulzada, a veces
-con mimos o carantoñas, y destruyendo en ella toda iniciativa que no
-fuera de cosas accesorias y sin importancia. Veintiún años contaba la
-joven cuando los anhelos de independencia despertaron en ella con las
-reflexiones que embargaban su mente acerca de la extrañísima situación
-social en que vivía. Aún conservaba procederes y hábitos de chiquilla
-cuando tal situación comenzó; sus ojos no sabían mirar al porvenir,
-y si lo miraban, no veían nada. Pero un día se fijó en la sombra que
-el presente proyectaba hacia los espacios futuros, y aquella<span
-class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span> imagen suya estirada por
-la distancia, con tan disforme y quebrada silueta, entretuvo largo
-tiempo su atención, sugiriéndole pensamientos mil que la mortificaban y
-confundían.</p>
-
-<p>Para la fácil inteligencia de estas inquietudes de Tristana,
-conviene hacer toda la luz posible en torno del D. Lope, para que no se
-le tenga por mejor ni por más malo de lo que era realmente. Presumía
-este sujeto de practicar en toda su pureza dogmática la caballerosidad,
-o caballería, que bien podemos llamar sedentaria en contraposición a
-la idea de andante o correntona; mas interpretaba las leyes de aquella
-religión con criterio excesivamente libre, y de todo ello resultaba
-una moral compleja, que no por ser suya dejaba de ser común, fruto
-abundante del tiempo en que vivimos; moral que, aunque parecía de su
-cosecha, era en rigor concreción en su mente de las ideas flotantes
-en la atmósfera metafísica de su época, cual las invisibles bacterias
-en la atmósfera física. La caballerosidad de D. Lope, como fenómeno
-externo, bien a la vista estaba de todo el mundo: jamás tomó nada que
-no fuera suyo, y en cuestiones de intereses llevaba su delicadeza a
-extremos quijotescos. Sorteaba su penuria con gallardía, y la encubría
-con dignidad, dando pruebas frecuentes de abnegación, y condenando el
-apetito de cosas materiales, con acentos de entereza estoica. Para
-él,<span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span> en ningún caso
-dejaba de ser vil el metal acuñado, ni la alegría que el cobrarlo
-produce le redime del desprecio de toda persona bien nacida. La
-facilidad con que de sus manos salía, indicaba el tal desprecio mejor
-que las retóricas con que vituperaba lo que a su juicio era motivo de
-corrupción, y causa de que en la sociedad presente fueran cada día
-más escasas las cosechas de caballeros. Respecto a decoro personal,
-era tan nimio y de tan quebradiza susceptibilidad, que no toleraba el
-agravio más insignificante, ni ambigüedades de palabra que pudieran
-llevar en sí sombra de desconsideración. Lances mil tuvo en su vida, y
-de tal modo mantenía los fueros de la dignidad, que llegó a ser código
-viviente para querellas de honor, y, ya se sabía, en todos los casos
-dudosos del intrincado fuero duelístico era consultado el gran D. Lope,
-que opinaba y sentenciaba con énfasis sacerdotal, como si se tratara de
-un punto teológico o filosófico de la mayor transcendencia.</p>
-
-<p>El punto de honor era, pues, para Garrido, la cifra y compendio
-de toda la ciencia del vivir, y esta se completaba con diferentes
-negaciones. Si su desinterés podía considerarse como virtud, no
-lo era ciertamente su desprecio del Estado y de la Justicia, como
-organismos humanos. La curia le repugnaba; los ínfimos empleados del
-Fisco, interpuestos entre las instituciones y el<span class="pagenum"
-id="Page_14">p. 14</span> contribuyente con la mano extendida, teníalos
-por chusma digna de remar en galeras. Deploraba que en nuestra edad
-de más papel que hierro y de tantas fórmulas hueras, no llevasen los
-caballeros espada para dar cuenta de tanto gandul impertinente. La
-sociedad, a su parecer, había creado diversos mecanismos con el solo
-objeto de mantener holgazanes, y de perseguir y desvalijar a la gente
-hidalga y bien nacida.</p>
-
-<p>Con tales ideas, a D. Lope le resultaban muy simpáticos los
-contrabandistas y matuteros, y si hubiera podido, habría salido a
-su defensa en un aprieto grave. Detestaba la policía encubierta o
-uniformada, y cubría de baldón a los carabineros y vigilantes de
-consumos, así como a los pasmarotes que llaman de Orden público, y que,
-a su parecer, jamás protegen al débil contra el fuerte. Transigía con
-la Guardia civil, aunque él, ¡qué demonio! la hubiera organizado de
-otra manera, con facultades procesales y ejecutivas, como verdadera
-religión de caballería justiciera en caminos y despoblados. Sobre el
-Ejército, las ideas de D. Lope picaban en extravagancia. Tal como lo
-conocía, no era más que un instrumento político, costoso y tonto por
-añadidura, y él opinaba que se le diera una organización religiosa y
-militar, como las antiguas órdenes de caballería, con base popular,
-servicio obligatorio, jefes hereditarios, vinculación del generalato,
-y<span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span> en fin, un sistema
-tan complejo y enrevesado que ni él mismo lo entendía. Respecto a la
-Iglesia, teníala por una broma pesada, que los pasados siglos vienen
-dando a los presentes, y que estos aguantan por timidez y cortedad de
-genio. Y no se crea que era irreligioso: al contrario, su fe superaba
-a la de muchos que hociquean ante los altares y andan siempre entre
-curas. A estos no les podía ver ni escritos el ingenioso D. Lope,
-porque no encontraba sitio para ellos en el sistema pseudo-caballeresco
-que su desocupado magín se había forjado, y solía decir: «Los
-verdaderos sacerdotes somos nosotros, los que regulamos el honor y
-la moral, los que combatimos en pro del inocente, los enemigos de la
-maldad, de la hipocresía, de la injusticia... y del vil metal.»</p>
-
-<p>Casos había en la vida de este sujeto que le enaltecían en sumo
-grado, y si algún ocioso escribiera su historia, aquellos resplandores
-de generosidad y abnegación harían olvidar, hasta cierto punto, las
-oscuridades de su carácter y su conducta. De ellos debe hablarse, como
-antecedentes o causas que son de lo que luego se referirá. Siempre
-fue D. Lope muy amigo de sus amigos, y hombre que se despepitaba por
-auxiliar a las personas queridas que se veían en algún compromiso
-grave. Servicial hasta el heroísmo, no ponía límites a sus generosos
-arranques.<span class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> Su
-caballería llegaba en esto hasta la vanidad; y como toda vanidad se
-paga, como el lujo de los buenos sentimientos es el más dispendioso
-que se conoce, Garrido sufrió considerables quebrantos en su fortuna.
-Su muletilla familiar de <i>dar la camisa por un amigo</i> no era una
-simple afectación retórica. Si no la camisa, varias veces dio la mitad
-de la capa, como San Martín; y últimamente, la prenda de ropa más útil,
-como más próxima a la carne, había llegado a correr peligro.</p>
-
-<p>Un amigo de la infancia, a quien amaba entrañablemente, de nombre
-D. Antonio Reluz, compinche de caballerías más o menos correctas, puso
-a prueba el furor altruista, que no otra cosa era, del buen D. Lope.
-Reluz, al casarse por amor con una joven distinguidísima, apartose
-de las ideas y prácticas caballerescas de su amigo, calculando que
-no constituían oficio ni daban de comer, y se dedicó a manejar en
-buenos negocios el capitalito de su esposa. No le fue mal en los
-primeros años. Metiose en la compra y venta de cebada, en contratas
-de abastecimientos militares, y otros honrados tráficos, que Garrido
-miraba con altivo desprecio. Hacia 1880, cuando ambos habían pasado la
-línea de los cincuenta, la estrella de Reluz se eclipsó de súbito, y no
-puso la mano en negocio que no resultara de perros. Un socio de mala
-fe, un<span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span> amigo pérfido
-acabaron de perderle, y el batacazo fue de los más gordos, hallándose
-de la noche a la mañana sin blanca, deshonrado y por añadidura
-preso...</p>
-
-<p>—¿Lo ves? —le decía su amigote—, ¿te convences ahora de que ni tú
-ni yo servimos para mercachifles? Te lo advertí cuando empezaste, y
-no quisiste hacerme caso. No pertenecemos a nuestra época, querido
-Antonio; somos demasiado decentes para andar en estos enjuagues, que
-allá se quedan para la patulea del siglo.</p>
-
-<p>Como consuelo, no era de los más eficaces. Reluz le oía sin
-pestañear, ni responderle nada, discurriendo cómo y cuándo se pegaría
-el tirito con que pensaba poner fin a su horrible sufrimiento.</p>
-
-<p>Pero Garrido no se hizo esperar, y al punto salió con el supremo
-recurso de la camisa.</p>
-
-<p>—Por salvar tu honra soy yo capaz de dar la... En fin, ya sabes que
-es obligación, no favor, pues somos amigos de veras, y lo que yo hago
-por ti, lo harías tú por mí.</p>
-
-<p>Aunque los descubiertos que ponían por los suelos el nombre
-comercial de Reluz no eran el oro y el moro, pesaban lo bastante para
-resquebrajar el edificio no muy seguro de la fortunilla de D. Lope; el
-cual, encastillado en su dogma altruista, hizo la hombrada gorda, y
-después de liquidar una casita que conservaba en Toledo, se desprendió
-de su colección de cuadros antiguos, si no de primera, bastante<span
-class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span> apreciable por los afanes y
-placeres sin cuento que representaba.</p>
-
-<p>—No te apures —decía a su triste amigo—. Pecho a la desgracia, y no
-des a esto el valor de un acto extraordinariamente meritorio. En estos
-tiempos putrefactos se estima como virtud lo que es deber de los más
-elementales. Lo que se tiene, se tiene, fíjate bien, en tanto que otro
-no lo necesita. Esta es la ley de las relaciones entre los humanos, y
-lo demás es fruto del egoísmo y de la metalización de las costumbres.
-El dinero no deja de ser vil sino cuando se ofrece a quien tiene la
-desgracia de necesitarlo. Yo no tengo hijos. Toma lo que poseo; que un
-pedazo de pan no ha de faltarnos.»</p>
-
-<p>Que Reluz oía estas cosas con emoción profunda, no hay para qué
-decirlo. Cierto que no se pegó el tiro ni había para qué; mas lo mismo
-fue salir de la cárcel y meterse en su casa, que pillar una calentura
-maligna que lo despachó en siete días. Debió de ser de la fuerza del
-agradecimiento, y de las emociones terribles de aquella temporada.
-Dejó una viudita inconsolable, que por más que se empeñó en seguirle
-a la tumba <i>por muerte natural</i>, no pudo lograrlo, y una hija de
-diecinueve abriles, llamada Tristana.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_19">p. 19</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">III</h2>
-</div>
-
-<p>La viuda de Reluz había sido linda antes de los disgustos y
-trapisondas de los últimos tiempos. Pero su envejecer no fue tan rápido
-y patente que le quitara a D. Lope las ganas de cortejarla, pues si
-el código caballeresco de este le prohibía galantear a la mujer de un
-amigo vivo, la muerte del amigo le dejaba en franquía para cumplir a
-su antojo la ley de amar. Estaba de Dios, no obstante, que por aquella
-vez no le saliera bien la cuenta, pues a las primeras chinitas que
-a la inconsolable tiró, hubo de observar que no contestaba con buen
-acuerdo a nada de lo que se le decía, que aquel cerebro no funcionaba
-como Dios manda, y en suma, que a la pobre Josefina Solís le faltaban
-casi todas las clavijas que regulan el pensar discreto y el obrar
-acertado. Dos manías, entre otras mil, principalmente la trastornaban:
-la manía de mudarse de casa y la del aseo. Cada semana, o cada mes
-por lo menos, avisaba los carros de mudanzas, que aquel año hicieron
-buen agosto paseándole los trastos por cuantas calles y rondas hay
-en Madrid. Todas las casas eran magníficas el día de la mudanza, y
-detestables, inhospitalarias, horribles ocho días después. En esta
-se helaba de frío, en aquella se achicharraba; en una había<span
-class="pagenum" id="Page_20">p. 20</span> vecinas escandalosas, en otra
-ratones desvergonzados, en todas nostalgia de otra vivienda, del carro
-de mudanza, ansia infinita de lo desconocido.</p>
-
-<p>Quiso D. Lope poner mano en este costoso delirio; pero pronto
-se convenció de que era imposible. El tiempo corto que mediaba
-entre mudanza y mudanza, empleábalo Josefina en lavar y fregotear
-cuanto cogía por delante, movida de escrúpulos nerviosos y de ascos
-hondísimos, más potentes que una fuerte impulsión instintiva. No daba
-la mano a nadie, temerosa de que le pegasen herpetismo o pústulas
-repugnantes. No comía más que huevos, después de lavarles el cascarón,
-y recelosa siempre de que la gallina que los puso hubiera picoteado en
-cosas impuras. Una mosca la ponía fuera de sí. Despedía las criadas
-cada lunes y cada martes por cualquier inocente contravención de sus
-extravagantes métodos de limpieza. No le bastaba con deslucir los
-muebles a fuerza de agua y estropajo; lavaba también las alfombras,
-los colchones de muelles, y hasta el piano, por dentro y por fuera.
-Rodeábase de desinfectantes y antisépticos, y hasta en la comida se
-advertían tufos de alcanfor. Con decir que lavaba los relojes está
-dicho todo. A su hija la zambullía en el baño tres veces al día, y el
-gato huyó bufando de la casa, por no hallarse con fuerzas para soportar
-los chapuzones que su ama le imponía.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_21">p. 21</span>Con toda el alma
-lamentaba D. Lope la liquidación cerebral de su amiga, y echaba de
-menos a la simpática Josefina de otros tiempos, dama de trato muy
-agradable, bastante instruida, y hasta con ciertas puntas y ribetes
-de literata de buena ley. A cencerros tapados compuso algunos
-versitos, que solo mostraba a los amigos de confianza, y juzgaba
-con buen criterio de toda la literatura y literatos contemporáneos.
-Por temperamento, por educación y por atavismo, pues tuvo dos tíos
-académicos, y otro que fue emigrado en Londres con el duque de Rivas y
-Alcalá Galiano, detestaba las modernas tendencias realistas; adoraba
-el ideal y la frase noble y decorosa. Creía firmemente que en el gusto
-hay aristocracia y pueblo, y no vacilaba en asignarse un lugar de
-los más oscuros entre los próceres de las letras. Adoraba el teatro
-antiguo, y se sabía de memoria largos parlamentos de <i>D. Gil de las
-calzas verdes</i>, de <i>La verdad sospechosa</i> y de <i>El mágico
-prodigioso</i>. Tuvo un hijo, muerto a los doce años, a quien puso el
-nombre de Lisardo, como si fuera de la casta de Tirso o Moreto. Su niña
-debía el nombre de Tristana a la pasión por aquel arte caballeresco y
-noble, que creó una sociedad ideal para servir constantemente de norma
-o ejemplo a nuestras realidades groseras y vulgares.</p>
-
-<p>Pues todos aquellos refinados gustos, que la<span class="pagenum"
-id="Page_22">p. 22</span> embellecían añadiendo encantos mil a sus
-gracias naturales, desaparecieron sin dejar rastro en ella. Con la
-insana manía de las mudanzas y del aseo, Josefina olvidó toda su edad
-pasada. Su memoria, como espejo que ha perdido el azogue, no conservaba
-ni una idea, ni un nombre, ni una frase de todo aquel mundo ficticio
-que tanto amó. Un día quiso D. Lope despertar los recuerdos de la
-infeliz señora, y vio la estupidez pintada en su rostro, como si le
-hablaran de una existencia anterior a la presente. No comprendía nada,
-no se acordaba de cosa alguna, ignoraba quién podría ser D. Pedro
-Calderón, y al pronto creyó que era algún casero, o el dueño de los
-carros de mudanza. Otro día la sorprendió lavando las zapatillas, y
-a su lado tenía, puestos a secar, los álbumes de retratos. Tristana
-contemplaba, conteniendo sus lágrimas, aquel cuadro de desolación, y
-con expresivos ojos suplicaba al amigo de la casa que no contrariase
-a la pobre enferma. Lo peor era que el buen caballero soportaba con
-resignación los gastos de aquella familia sin ventura, los cuales, con
-el sin fin de mudanzas, el frecuente romper de loza y deterioro de
-muebles, iban subiendo hasta las nubes. Aquel diluvio con jabón les
-ahogaba a todos. Por fortuna, en uno de los cambios de domicilio, ya
-fuese por haber caído en casa nueva, cuyas paredes chorreaban de<span
-class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span> humedad, ya porque Josefina
-usó zapatos recién sometidos a su sistema de saneamiento, llegó la hora
-de rendir a Dios el alma. Una fiebre reumática que la entró a saco,
-espada en mano, acabó sus tristes días. Pero la más negra fue que, para
-pagar médico, botica y entierro, amén de las cuentas de perfumería y
-comestibles, tuvo D. Lope que dar otro tiento a su esquilmado caudal,
-sacrificando aquella parte de sus bienes que más amaba, su colección de
-armas antiguas y modernas, reunida con tantísimo afán, y con íntimos
-goces de rebuscador inteligente. Mosquetes raros y arcabuces roñosos,
-pistolas, alabardas, espingardas de moros y rifles de cristianos,
-espadas de cazoleta y también petos y espaldares que adornaban la sala
-del caballero entre mil vistosos arreos de guerra y caza, formando el
-conjunto más noble y austero que imaginarse puede, pasaron a precio
-vil a manos de mercachifles. Cuando D. Lope vio salir su precioso
-arsenal, quedose atribulado y suspenso, aunque su grande ánimo supo
-aherrojar la congoja que del fondo del pecho le brotaba, y poner en su
-rostro la máscara de una estoica y digna serenidad. Ya no le quedaba
-más que su colección de retratos de hembras hermosas, en los cuales
-había desde la miniatura delicada hasta la fotografía moderna en que la
-verdad suple el arte, museo que era para su historia de amorosas<span
-class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span> lides, como los de cañones
-y banderas que en otro orden pregonan las grandezas de un reinado
-glorioso. Ya no le restaba más que esto, algunas imágenes elocuentes
-aunque mudas, que significaban mucho como trofeo, bien poco, ¡ay!, como
-especie representativa de vil metal.</p>
-
-<p>En la hora del morir, Josefina recobró, como suele suceder, parte
-del seso que había perdido, y con el seso le revivió momentáneamente su
-ser pasado, reconociendo, cual D. Quijote moribundo, los disparates de
-la época de su viudez, y abominando de ellos. Volvió sus ojos a Dios,
-y aún tuvo tiempo de volverlos también a D. Lope, que presente estaba,
-y le encomendó a su hija huérfana, poniéndola bajo su amparo, y el
-noble caballero aceptó el encargo con efusión, prometiendo lo que en
-tan solemnes casos es de rúbrica. Total: que la viuda de Reluz cerró la
-pestaña, mejorando con su pase a mejor vida la de las personas que acá
-gemían bajo el despotismo de sus mudanzas y lavatorios; que Tristana
-se fue a vivir con D. Lope, y que este... (hay que decirlo, por duro y
-lastimoso que sea) a los dos meses de llevársela, aumentó con ella la
-lista ya larguísima de sus batallas ganadas a la inocencia.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch4">
- <p><span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">IV</h2>
-</div>
-
-<p>La conciencia del guerrero de amor arrojaba de sí, como se ha
-visto, esplendores de astro incandescente; pero también dejaba ver en
-ocasiones arideces horribles de astro apagado y muerto. Era que al
-sentido moral del buen caballero le faltaba una pieza importante, cual
-órgano que ha sufrido una mutilación y solo funciona con limitaciones o
-paradas deplorables. Era que D. Lope, por añejo dogma de su caballería
-sedentaria, no admitía crimen ni falta ni responsabilidad en cuestiones
-de faldas. Fuera del caso de cortejar a la dama, esposa o manceba de
-un amigo íntimo, en amor todo lo tenía por lícito. Los hombres como
-él, hijitos mimados de Adán, habían recibido del Cielo una tácita bula
-que les dispensaba de toda moral, antes policía del vulgo que ley de
-caballeros. Su conciencia, tan sensible en otros puntos, en aquel era
-más dura y más muerta que un guijarro, con la diferencia de que este,
-herido por la llanta de una carreta, suele despedir alguna chispa, y
-la conciencia de D. Lope, en casos de amor, aunque la machacaran las
-herraduras del caballo de Santiago, no echaba lumbres.</p>
-
-<p>Profesaba los principios más erróneos y disolventes, y los reforzaba
-con apreciaciones históricas,<span class="pagenum" id="Page_26">p.
-26</span> en las cuales lo ingenioso no quitaba lo sacrílego. Sostenía
-que en las relaciones de hombre y mujer no hay más ley que la anarquía,
-si la anarquía es ley; que el soberano amor no debe sujetarse más que
-a su propio canon intrínseco, y que las limitaciones externas de su
-soberanía no sirven más que para desmedrar la raza, para empobrecer
-el caudal sanguíneo de la humanidad. Decía, no sin gracia, que los
-artículos del Decálogo que tratan de toda la <i>pecata minuta</i>,
-fueron un pegote añadido por Moisés a la obra de Dios, obedeciendo a
-razones puramente políticas; que estas razones de estado continuaron
-influyendo en las edades sucesivas, haciendo necesaria la policía de
-las pasiones; pero que con el curso de la civilización perdieron su
-fuerza lógica, y solo a la rutina y a la pereza humanas se debe que
-aún subsistan los efectos después de haber desaparecido las causas.
-La derogación de aquellos trasnochados artículos se impone, y los
-legisladores deben poner la mano en ella sin andarse en chiquitas.
-Bien demuestra esta necesidad la sociedad misma, derogando de hecho
-lo que sus directores se empeñan en conservar contra el empuje de las
-costumbres y las realidades del vivir. ¡Ah! si el buenazo de Moisés
-levantara la cabeza, él y no otro corregiría su obra, reconociendo que
-hay tiempos de tiempos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span>Inútil parece
-advertir que cuantos conocían a Garrido, incluso el que esto escribe,
-abominaban y abominan de tales ideas, deplorando con toda el alma
-que la conducta del insensato caballero fuese una fiel aplicación de
-sus perversas doctrinas. Debe añadirse que a cuantos estimamos en lo
-que valen los grandes principios sobre que se asienta <i>etcétera,
-etcétera...</i> se nos ponen los pelos de punta solo de pensar cómo
-andaría la máquina social si a sus esclarecidos manipulantes les diese
-la ventolera de apadrinar los disparates de D. Lope, y derogaran los
-articulitos o mandamientos cuya inutilidad este de palabra y obra
-proclamaba. Si no hubiera infierno, solo para D. Lope habría que crear
-uno, a fin de que en él eternamente purgase sus burlas de la moral,
-y sirviese de perenne escarmiento a los muchos que, sin declararse
-sectarios suyos, vienen a serlo de hecho en toda la redondez de esta
-tierra pecadora.</p>
-
-<p>Contento estaba el caballero de su adquisición, porque la chica era
-linda, despabiladilla, de graciosos ademanes, fresca tez, y seductora
-charla. «Dígase lo que se quiera —argüía para su capote, recordando sus
-sacrificios por sostener a la madre y salvar de la deshonra al papá—,
-bien me la he ganado. ¿No me pidió Josefina que la amparase? Pues
-más amparo no cabe. Bien defendida la tengo de<span class="pagenum"
-id="Page_28">p. 28</span> todo peligro; que ahora nadie se atreverá a
-tocarla al pelo de la ropa.» En los primeros tiempos, guardaba el galán
-su tesoro con precauciones exquisitas y sagaces; temía rebeldías de la
-niña, sobresaltado por la diferencia de edad, mayor sin duda de lo que
-el interno canon de amor dispone. Temores y desconfianzas le asaltaban;
-casi casi sentía en la conciencia algo como un cosquilleo tímido,
-precursor de remordimiento. Pero esto duraba poco, y el caballero
-recobraba su bravía entereza. Por fin, la acción devastadora del tiempo
-amortiguó su entusiasmo hasta suavizar los rigores de su inquieta
-vigilancia, y llegar a una situación semejante a la de los matrimonios
-que han agotado el capitalazo de las ternezas, y empiezan a gastar, con
-prudente economía, la rentita del afecto reposado y un tanto desabrido.
-Conviene advertir que ni por un momento se le ocurrió al caballero
-desposarse con su víctima, pues aborrecía el matrimonio; teníalo por
-la más espantosa fórmula de esclavitud que idearon los poderes de la
-tierra para meter en un puño a la pobrecita humanidad.</p>
-
-<p>Tristana aceptó aquella manera de vivir casi sin darse cuenta de
-su gravedad. Su propia inocencia, al paso que le sugería tímidamente
-medios defensivos que emplear no supo, le vendaba los ojos, y solo
-el tiempo y la continuidad<span class="pagenum" id="Page_29">p.
-29</span> metódica de su deshonra le dieron luz para medir y apreciar
-su situación triste. La perjudicó grandemente su descuidada educación,
-y acabaron de perderla las hechicerías y artimañas que sabía emplear
-el tuno de D. Lope, quien compensaba lo que los años le iban quitando,
-con un arte sutilísimo de la palabra, y finezas galantes de superior
-temple, de esas que apenas se usan ya, porque se van muriendo los que
-usarlas supieron. Ya que no cautivar el corazón de la joven, supo el
-maduro galán mover con hábil pulso resortes de su fantasía, y producir
-con ellos un estado de pasión falsificada, que para él, ocasionalmente,
-a la verdadera se parecía.</p>
-
-<p>Pasó la señorita de Reluz por aquella prueba tempestuosa, como quien
-recorre los períodos de aguda dolencia febril, y en ella tuvo momentos
-de corta y pálida felicidad, como sospechas de lo que las venturas
-de amor pueden ser. Don Lope le cultivaba con esmero la imaginación,
-sembrando en ella ideas que fomentaran la conformidad con semejante
-vida; estimulaba la fácil disposición de la joven para idealizar las
-cosas, para verlo todo como no es, o como nos conviene o nos gusta
-que sea. Lo más particular fue que Tristana, en los primeros tiempos,
-no dio importancia al hecho monstruoso de que la edad de su tirano
-casi triplicaba la suya. Para<span class="pagenum" id="Page_30">p.
-30</span> expresarlo con la mayor claridad posible, hay que decir que
-no vio la desproporción, a causa sin duda de las consumadas artes
-del seductor, y de la complicidad pérfida con que la naturaleza le
-ayudaba en sus traidoras empresas, concediéndole una conservación casi
-milagrosa. Eran sus atractivos personales de tan superior calidad,
-que al tiempo le costaba mucho trabajo destruirlos. A pesar de todo,
-el artificio, la contrahecha ilusión de amor no podían durar: un día
-advirtió D. Lope que había terminado la fascinación ejercida por él
-sobre la muchacha infeliz, y en esta, el volver en sí produjo una
-terrible impresión de la que había de tardar mucho en recobrarse.
-Bruscamente vio en D. Lope al viejo, y agrandaba con su fantasía
-la ridícula presunción del anciano que, contraviniendo la ley de
-Naturaleza, hace papeles de galán. Y no era D. Lope aún tan viejo como
-Tristana lo sentía, ni había desmerecido hasta el punto de que se le
-mandara recoger como un trasto inútil. Pero como en la convivencia
-íntima, los fueros de la edad se imponen, y no es tan fácil el disimulo
-como cuando se gallea fuera de casa, en lugares elegidos y a horas
-cómodas, surgían a cada instante mil motivos de desilusión, sin que el
-degenerado galanteador, con todo su arte y todo su talento, pudiera
-evitarlo.</p>
-
-<p>Este despertar de Tristana no era más que<span class="pagenum"
-id="Page_31">p. 31</span> una fase de la crisis profunda que hubo de
-sufrir a los ocho meses próximamente de su deshonra, y cuando cumplía
-los veintidós años. Hasta entonces, la hija de Reluz, atrasadilla en
-su desarrollo moral, había sido toda irreflexión y pasividad muñequil,
-sin ideas propias, viviendo de las proyecciones del pensar ajeno, y con
-una docilidad tal en sus sentimientos, que era muy fácil evocarlos en
-la forma y con la intención que se quisiera. Pero vinieron días en que
-su mente floreció de improviso, como planta vivaz a la que le llega
-un buen día de primavera, y se llenó de ideas, en apretados capullos
-primero, en espléndidos ramilletes después. Anhelos indescifrables
-apuntaron en su alma. Se sentía inquieta, ambiciosa, sin saber de qué,
-de algo muy distante, muy alto que no veían sus ojos por parte alguna;
-ansiosos temores la turbaban a veces, a veces risueñas confianzas; veía
-con lucidez su situación, y la parte de humanidad que ella representaba
-con sus desdichas; notó en sí algo que se le había colado de rondón
-por las puertas del alma, orgullo, conciencia de no ser una persona
-vulgar; sorprendiose de los rebullicios, cada día más fuertes, de su
-inteligencia que le decía: «Aquí estoy. ¿No ves cómo pienso cosas
-grandes?» Y a medida que se cambiada en sangre y médula de mujer la
-estopa de la muñeca, iba cobrando aborrecimiento y repugnancia<span
-class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span> a la miserable vida que
-llevaba, bajo el poder de D. Lope Garrido.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch5">
- <h2 class="nobreak g0">V</h2>
-</div>
-
-<p>Y entre las mil cosas que aprendió Tristana en aquellos días, sin
-que nadie se las enseñara, aprendió también a disimular, a valerse de
-las ductilidades de la palabra, a poner en el mecanismo de la vida
-esos muelles que la hacen flexible, esos apagadores que ensordecen
-el ruido, esas desviaciones hábiles del movimiento rectilíneo, casi
-siempre peligroso. Era que D. Lope, sin que ninguno de los dos se diese
-cuenta de ello, habíala hecho su discípula, y algunas ideas de las que
-con toda lozanía florecieron en la mente de la joven, procedían del
-semillero de su amante y por fatalidad maestro. Hallábase Tristana en
-esa edad y sazón en que las ideas se pegan, en que ocurren los más
-graves contagios del vocabulario personal, de las maneras y hasta del
-carácter.</p>
-
-<p>La señorita y la criada hacían muy buenas migas. Sin la compañía y
-los agasajos de Saturna, la vida de Tristana habría sido intolerable.
-Charlaban trabajando, y en los descansos charlaban más todavía. Refería
-la criada sucesos de su vida, pintándole el mundo y los hombres con
-sincero realismo, sin ennegrecer ni poetizar los<span class="pagenum"
-id="Page_33">p. 33</span> cuadros; y la señorita, que apenas tenía
-pasado que contar, lanzábase a los espacios del suponer y del presumir,
-armando castilletes de vida futura como los juegos constructivos de la
-infancia con cuatro tejuelos y algunos montoncitos de tierra. Eran la
-historia y la poesía asociadas en feliz maridaje. Saturna enseñaba, la
-niña de D. Lope creaba, fundando sus atrevidos ideales en los hechos de
-la otra.</p>
-
-<p>—Mira, tú —decía Tristana a la que, más que sirviente, era para ella
-una fiel amiga—, no todo lo que este hombre perverso nos enseña es
-disparatado, y algo de lo que habla tiene mucho intríngulis... Porque
-lo que es talento, no se puede negar que le sobra. ¿No te parece a ti
-que lo que dice del matrimonio es la pura razón? Yo... te lo confieso
-aunque me riñas, creo como él que eso de encadenarse a otra persona por
-toda la vida, es invención del diablo... ¿No lo crees tú? Te reirás
-cuando te diga que no quisiera casarme nunca, que me gustaría vivir
-siempre libre. Ya, ya sé lo que estás pensando; que me curo en salud,
-porque después de lo que me ha pasado con este hombre, y siendo pobre
-como soy, nadie querrá cargar conmigo. ¿No es eso mujer, no es eso?</p>
-
-<p>—Ay, no, señorita, no pensaba tal cosa —replicó la doméstica
-prontamente—. Siempre se encuentran unos pantalones para todo,
-inclusive<span class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span> para casarse.
-Yo me casé una vez, y no me pesó; pero no volveré por agua a la fuente
-de la Vicaría. Libertad, tiene razón la señorita, libertad, aunque esta
-palabra no suena bien en boca de mujeres. ¿Sabe la señorita cómo llaman
-a las que sacan los pies del plato? Pues las llaman, por buen nombre,
-<i>libres</i>. De consiguiente, si ha de haber un poco de reputación,
-es preciso que haya dos pocos de esclavitud. Si tuviéramos oficios
-y carreras las mujeres, como los tienen esos bergantes de hombres,
-anda con Dios. Pero, fíjese, solo tres carreras pueden seguir las que
-visten faldas: o casarse, que carrera es, o el teatro..., vamos, ser
-cómica, que es buen modo de vivir, o..., no quiero nombrar lo otro.
-Figúreselo.</p>
-
-<p>—Pues mira tú, de estas tres carreras, únicas de la mujer, la
-primera me agrada poco, la tercera menos, la de enmedio la seguiría
-yo si tuviera facultades; pero me parece que no las tengo... Ya sé,
-ya sé que es difícil eso de ser libre... y honrada. ¿Y de qué vive
-una mujer no poseyendo rentas? Si nos hicieran médicas, abogadas,
-siquiera boticarias o escribanas, ya que no ministras y senadoras,
-vamos, podríamos... Pero cosiendo, cosiendo... Calcula las puntadas
-que hay que dar para mantener una casa... Cuando pienso lo que será de
-mí, me dan ganas de llorar. ¡Ay, pues si yo sirviera para monja, ya
-estaba<span class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span> pidiendo plaza
-en cualquier convento! Pero no valgo, no, para encerronas de toda la
-vida. Yo quiero vivir, ver mundo y enterarme de por qué y para qué nos
-han traído a esta tierra en que estamos. Yo quiero vivir y ser libre...
-Di otra cosa: ¿y no puede una ser pintora, y ganarse el pan pintando
-cuadros bonitos? Los cuadros valen muy caros. Por uno que solo tenía
-unas montañas allá lejos, con cuatro árboles secos más acá, y en primer
-término un charco y dos patitos, dio mi papá mil pesetas. Conque ya
-ves. ¿Y no podría una mujer meterse a escritora y hacer comedias...,
-libros de rezo, o siquiera fábulas, Señor? Pues a mí me parece que
-esto es fácil. Puedes creerme que estas noches últimas, desvelada y no
-sabiendo cómo entretener el tiempo, he inventado no sé cuantos dramas
-de los que hacen llorar, y piezas de las que hacen reír, y novelas de
-muchísimo enredo y pasiones tremendas, y qué sé yo. Lo malo es que no
-sé escribir..., quiero decir, con buena letra, cometo la mar de faltas
-de Gramática, y hasta de Ortografía. Pero ideas, lo que llamamos ideas,
-cree que no me faltan.</p>
-
-<p>—¡Ay, señorita —dijo Saturna sonriendo y alzando sus admirables
-ojos negros de la media que repasaba—, qué engañada vive si piensa que
-todo eso puede dar de comer a una señora honesta en libertad! Eso es
-para hombres, y aun<span class="pagenum" id="Page_36">p. 36</span>
-ellos... ¡vaya, lucido pelo echan los que viven de cosas de leyenda!
-Echarán plumas, pero lo que es pelo... Pepe Ruiz, el hermano de leche
-de mi difunto, que es un hombre muy sabido en la materia, como que
-trabaja en la fundición donde hacen las letras de plomo para imprimir,
-nos decía que entre los de pluma todo es hambre y necesidad, y que
-aquí no se gana el pan con el sudor de la frente, sino con el de la
-lengua; más claro: que solo sacan tajada los políticos, que se pasan
-la vida echando discursos. ¿Trabajitos de cabeza?... ¡quítese usted de
-ahí! ¿Dramas, cuentos y libros para reírse o llorar? Conversación. Los
-que los inventan no sacarían ni para un cocido si no intrigaran con el
-Gobierno para afanar los destinos. Así anda la Ministración.</p>
-
-<p>—Pues yo te digo (<i>con viveza</i>) que hasta para eso del Gobierno
-y la política me parece a mí que había de servir yo. No te rías. Sé
-pronunciar discursos. Es cosa muy fácil. Con leer un poquitín de las
-sesiones de Cortes, en seguida te enjareto lo bastante para llenar
-medio periódico.</p>
-
-<p>—¡Vaya por Dios! Para eso hay que ser hombre, señorita. La maldita
-enagua estorba para eso, como para montar a caballo. Decía mi difunto
-que si él no hubiera sido tan corto de genio, habría llegado a donde
-llegan pocos, porque se le ocurrían cosas tan gitanas como las<span
-class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span> que le echan a usted Castelar
-y Cánovas en las Cortes, cosas de salvar al país verdaderamente;
-pero el hijo de Dios, siempre que quería desbocarse en el Círculo de
-Artesanos, o en los metingues de los <i>compañeros</i>, se sentía un
-tenazón en el gaznate, y no acertaba con la palabra primera, que es la
-más difícil... vamos, que no rompía. Claro, no rompiendo, no podía ser
-orador ni político.</p>
-
-<p>—¡Ay qué tonto! Pues yo rompería, vaya si rompería. (<i>Con
-desaliento.</i>) Es que vivimos sin movimiento, atadas con mil
-ligaduras... También se me ocurre que yo podría estudiar lenguas. No
-sé más que las raspaduras de francés que me enseñaron en el colegio,
-y ya las voy olvidando. ¡Qué gusto hablar inglés, alemán, italiano!
-Me parece a mí que si me pusiera, lo aprendería pronto. Me noto... no
-sé cómo decírtelo... me noto como si supiera ya un poquitín antes de
-saberlo, como si en otra vida hubiera sido yo inglesa o alemana, y me
-quedara un dejo...</p>
-
-<p>—Pues eso de las lenguas —afirmó Saturna, mirando a la señorita
-con maternal solicitud— sí que le convenía aprenderlo, porque la que
-da lecciones lo gana, y además es un gusto poder entender todo lo que
-parlan los extranjeros. Bien podría el amo ponerle un buen profesor.</p>
-
-<p>—No me nombres a tu amo. No espero nada<span class="pagenum"
-id="Page_38">p. 38</span> de él. (<i>Meditabunda, mirando la luz.</i>)
-No sé, no sé cuándo ni cómo concluirá esto; pero de alguna manera ha de
-concluir.</p>
-
-<p>La señorita calló, sumergiéndose en una cavilación sombría.
-Acosada por la idea de abandonar la morada de D. Lope, oyó en su
-mente el hondo tumulto de Madrid, vio la polvareda de luces que a lo
-lejos resplandecía, y se sintió embelesada por el sentimiento de su
-independencia. Volviendo de aquella meditación como de un letargo,
-suspiró fuerte. ¡Cuán sola estaría en el mundo fuera de la casa de su
-pobre y caduco galán! No tenía parientes, y las dos únicas personas a
-quienes tal nombre pudiera dar, hallábanse muy lejos: su tío materno
-D. Fernando, en Filipinas, el primo Cuesta, en Mallorca, y ninguno
-de los dos había mostrado nunca malditas ganas de ampararla. Recordó
-también (y a todas estas Saturna la observaba con ojos compasivos)
-que las familias que tuvieron visiteo y amistad con su madre, la
-miraban ya con prevención y despego, efecto de la endiablada sombra
-de don Lope. Contra esto, no obstante, hallaba Tristana en su orgullo
-defensa eficaz, y despreciando a quien la ofendía, se daba una de esas
-satisfacciones ardientes que fortifican por el momento como el alcohol,
-aunque a la larga destruyan.</p>
-
-<p>—¡Dale! No piense cosas tristes —le dijo Saturna,<span
-class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span> pasándole la mano por delante
-de los ojos, como si ahuyentara una mosca.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch6">
- <h2 class="nobreak g0">VI</h2>
-</div>
-
-<p>—¿Pues en qué quieres que piense, en cosas alegres? Dime dónde
-están, dímelo pronto.</p>
-
-<p>Para amenizar la conversación, Saturna echaba mano prontamente de
-cualquier asunto jovial, sacando a relucir anécdotas y chismes de la
-gárrula sociedad que las rodeaba. Algunas noches se entretenían en
-poner en solfa a D. Lope, el cual, al verse en tan gran decadencia,
-desmintió los hábitos espléndidos de toda su vida, volviéndose algo
-roñoso. Apremiado por la creciente penuria, regateaba los míseros
-gastos de la casa, educándose, ¡a buenas horas!, en la administración
-doméstica, tan disconforme con su caballería. Minucioso y cominero,
-intervenía en cosas que antes estimaba impropias de su decoro señoril,
-y gastaba un genio y unos refunfuños que le desfiguraban más que
-los hondos surcos de la cara y el blanquear del cabello. Pues de
-estas miserias, de estas prosas trasnochadas de la vida del D. Juan
-caído, sacaban las dos hembras materia para reírse y pasar el rato.
-Lo gracioso del caso era que, como D. Lope ignoraba en absoluto
-la economía doméstica, mientras más se las echaba de financiero y
-de<span class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span> buen mayordomo, más
-fácilmente le engañaba Saturna, consumada maestra en sisas y otras
-artimañas de cocinera y compradora.</p>
-
-<p>Con Tristana fue siempre el caballero todo lo generoso que su
-pobreza cada vez mayor le permitía. Iniciada con tristísimos caracteres
-la escasez, en el costoso renglón de ropa fue donde primero se
-sintió el doloroso recorte de las economías; pero D. Lope sacrificó
-su presunción a la de su esclava, sacrificio no flojo en hombre tan
-devoto admirador de sí mismo. Llegó día en que la escasez mostró toda
-la fealdad seca de su cara de muerte, y ambos quedaron iguales en lo
-anticuado y traído de la ropa. La pobre niña se quemaba las cejas,
-haciendo con sus trapitos, ayudada de Saturna, mil refundiciones que
-eran un primor de habilidad y paciencia. En los fugaces tiempos, que
-bien podríamos llamar felices o dorados, Garrido la llevaba al teatro
-alguna vez; mas la necesidad, con su cara de hereje, decretó al fin
-la absoluta supresión de todo espectáculo público. Los horizontes de
-la vida se cerraban y ennegrecían cada día más delante de la señorita
-de Reluz, y aquel hogar desapacible, frío de afectos, pobre, vacío en
-absoluto de ocupaciones gratas, le abrumaba el espíritu. Porque la
-casa, en la cual lucían restos de instalaciones que fueron lujosas,
-se iba poniendo de lo más feo y triste que es posible imaginar: todo
-anunciaba<span class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span> penuria y
-decaimiento: nada de lo roto o deteriorado se componía ni se reparaba.
-En la salita desconcertada y glacial solo quedaba, entre trastos
-feísimos, un bargueño estropeado por las mudanzas, en el cual tenía D.
-Lope su archivo galante. En las paredes veíanse los clavos de donde
-pendieron las panoplias. En el gabinete observábase hacinamiento
-de cosas que debieron de tener hueco en local más grande, y en el
-comedor no había más mueble que la mesa y unas sillas cojas con el
-cuero desgarrado y sucio. La cama de D. Lope, de madera con columnas
-y pabellón airoso, imponía por su corpulencia monumental; pero las
-cortinas de damasco azul no podían ya con más desgarrones. El cuarto de
-Tristana, inmediato al de su dueño, era lo menos marcado por el sello
-del desastre, gracias al exquisito esmero con que ella defendía su
-ajuar de la descomposición y de la miseria.</p>
-
-<p>Y si la casa declaraba, con el expresivo lenguaje de las cosas, la
-irremediable decadencia de la caballería sedentaria, la persona del
-galán iba siendo rápidamente imagen lastimosa de lo fugaz y vano de
-las glorias humanas. El desaliento, la tristeza de su ruina, debían de
-influir no poco en el <i>bajón</i> del menesteroso caballero, ahondando
-las arrugas de sus sienes más que los años, y más que el ajetreo que
-desde los veinte se traía. Su cabello, que a los cuarenta empezó a
-blanquear,<span class="pagenum" id="Page_42">p. 42</span> se había
-conservado espeso y fuerte; pero ya se le caían mechones, que él habría
-repuesto en su sitio si hubiera alguna alquimia que lo consintiese.
-La dentadura se le conservaba bien en la parte más visible; pero sus
-hasta entonces admirables muelas empezaban a insubordinarse, negándose
-a masticar bien, o rompiéndosele en pedazos, cual si unas a otras se
-mordieran. El rostro de soldado de Flandes iba perdiendo sus líneas
-severas, y el cuerpo no podía conservar su esbeltez de antaño sin el
-auxilio de una férrea voluntad. Dentro de casa la voluntad se rendía,
-reservando sus esfuerzos para la calle, paseos y casino.</p>
-
-<p>Comúnmente, si al entrar de noche encontraba despiertas a las dos
-mujeres, echaba un parrafito con ellas, corto con Saturna, a quien
-mandaba que se acostara, largo con Tristana. Pero llegó un tiempo en
-que casi siempre entraba silencioso y de mal talante, y se metía en su
-cuarto, donde la cautiva infeliz tenía que oír y soportar sus clamores
-por la tos persistente, por el dolor reumático, o la sofocación del
-pecho. Renegaba D. Lope y ponía el grito en el cielo, cual si creyese
-que la Naturaleza no tenía ningún derecho a hacerle padecer, o si se
-considerara mortal predilecto, relevado de las miserias que afligen a
-la humanidad. Y para colmo de desdichas, veíase precisado a dormir con
-la cabeza envuelta<span class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span> en
-un feo pañuelo, y su alcoba apestaba de los menjurjes que usar solía
-para el reuma o el romadizo.</p>
-
-<p>Pero estas menudencias, que herían a D. Lope en lo más vivo de su
-presunción, no afectaban a Tristana tanto como las fastidiosas mañas
-que iba sacando el pobre señor, pues al derrumbarse tan lastimosamente
-en lo físico y en lo moral dio en la flor de tener celos. El que jamás
-concedió a ningún nacido los honores de la rivalidad, al sentir en
-sí la vejez del león se llenaba de inquietudes, y veía salteadores y
-enemigos en su propia sombra. Reconociéndose caduco, el egoísmo le
-devoraba, como una lepra senil, y la idea de que la pobre joven le
-comparase, aunque solo mentalmente, con soñados ejemplares de belleza
-y juventud, le acibaraba la vida. Su buen juicio, la verdad sea dicha,
-no le abandonaba enteramente, y en sus ratos lúcidos, que por lo común
-eran por la mañana, reconocía toda la importunidad y sinrazón de su
-proceder, y procuraba adormecer a la cautiva con palabras de cariño y
-confianza.</p>
-
-<p>Poco duraban estas paces, porque al llegar la noche, cuando el viejo
-y la niña se quedaban solos, recobraba el primero su egoísmo semítico,
-sometiéndola a interrogatorios humillantes, y una vez, exaltado por
-aquel suplicio en que le ponía la desproporción alarmante entre su
-flacidez enfermiza<span class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span> y la
-lozanía de Tristana, llegó a decirle:</p>
-
-<p>—Si te sorprendo en algún mal paso, te mato, cree que te mato.
-Prefiero terminar trágicamente a ser ridículo en mi decadencia.
-Encomiéndate a Dios antes de faltarme. Porque yo lo sé, lo sé; para
-mí no hay secretos; poseo un saber infinito de estas cosas, y una
-experiencia y un olfato... que no es posible pegármela, no, no es
-posible.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch7">
- <h2 class="nobreak g0">VII</h2>
-</div>
-
-<p>Algo se asustaba Tristana, sin llegar a sentir terror, ni a
-creer al pie de la letra en las fieras amenazas de su dueño, cuyos
-alardes de olfato y adivinación estimaba como ardid para dominarla.
-La tranquilidad de su conciencia dábale valor contra el tirano, y ni
-aun se cuidaba de obedecerle en sus infinitas prohibiciones. Aunque
-le había ordenado no salir de paseo con Saturna, se escabullía casi
-todas las tardes: pero no iban a Madrid, sino hacia Cuatro Caminos, al
-Partidor, al Canalillo o hacia las alturas que dominan el Hipódromo:
-paseo de campo, con merienda las más veces, y esparcimiento saludable.
-Eran los únicos ratos de su vida en que la pobre esclava podía
-dar de lado a su tristeza, y gozaba de ellos con abandono pueril,
-permitiéndose correr y saltar, y jugar a las cuatro esquinas con
-la<span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span> chica del tabernero,
-que solía acompañarla, o alguna otra amiguita del vecindario. Los
-domingos, el paseo era de muy distinto carácter. Saturna tenía a su
-hijo en el Hospicio, y según costumbre de todas las madres que se
-hallan en igual caso, salía a encontrarle en el paseo.</p>
-
-<p>Comúnmente, al llegar la caterva de chiquillos a un lugar convenido
-en las calles nuevas de Chamberí, les dan el rompan-filas, y se ponen
-a jugar. Allí les aguardan ya las madres, abuelas o tías (del que las
-tiene), con el pañuelito de naranjas, cacahuetes, avellanas, bollos o
-mendrugos de pan. Algunos corretean y brincan jugando a la <i>toña</i>;
-otros se pegan a los grupos de mujeres. Los hay que piden cuartos al
-transeúnte, y casi todos rodean a las vendedoras de caramelos largos,
-avellanas y piñones. Mucho gustaban a Tristana tales escenas, y ningún
-domingo, como hiciera buen tiempo, dejaba de compartir con su sirviente
-la grata ocupación de obsequiar al hospicianillo, el cual se llamaba
-Saturno, como su madre, y era rechoncho, patizambo, con unos mofletes
-encendidos y carnosos que venían a ser como certificación viva del
-buen régimen del Establecimiento provincial. La ropa de paño burdo no
-le consentía ser muy elegante en sus movimientos, y la gorra con galón
-no ajustaba bien a su cabezota, de cabello duro y cerdoso como los
-pelos de un cepillo.<span class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span>
-Su madre y Tristana le encontraban muy salado; pero hay que confesar
-que de salado no tenía ni pizca; era, sí, dócil, noblote y aplicadillo,
-con aficiones a la tauromaquia callejera. La señorita le obsequiaba
-siempre con alguna naranja, y le llevaba además una perra chica para
-que comprase cualquier chuchería de su agrado; y por más que su madre
-le incitaba al ahorro, sugiriéndole la idea de ir guardando todo
-el numerario que obtuviera, jamás pudo conseguir poner diques a su
-despilfarro, y cuarto adquirido era cuarto lanzado a la circulación.
-Así prosperaba el comercio de molinitos de papel, de banderillas para
-torear, y de torrados y bellotas.</p>
-
-<p>Tras importunas lluvias, trajo el año aquel una apacible quincena
-de octubre, con sol picón, cielo despejado, aire quieto; y aunque por
-las mañanas amanecía Madrid enfundado de nieblas, y por las noches
-la radiación enfriaba considerablemente el suelo, las tardes, de dos
-a cinco, eran deliciosas. Los domingos no quedaba bicho viviente en
-casa, y todas las vías de Chamberí, los altos de Maudes, las avenidas
-del Hipódromo y los cerros de Amaniel, hormigueaban de gente. Por
-la carretera no cesaba el presuroso desfile hacia los merenderos de
-Tetuán. Un domingo de aquel hermoso octubre, Saturna y Tristana fueron
-a esperar a los hospicianos en la calle de Ríos Rosas, que enlaza los
-altos<span class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span> de Santa Engracia
-con la Castellana, y en aquella hermosa vía, bien asoleada, ancha y
-recta, que domina un alegre y extenso campo, fue soltada la doble
-cuerda de presos. Unos se pegaron a las madres, que les habían venido
-siguiendo desde lejos; otros armaron al instante la indispensable
-corrida de novillos de puntas, con presidencia, chiqueros, apartado,
-callejones, barrera, música del Hospicio, y demás perfiles. A la
-sazón pasaron por allí, viniendo de la Castellana, los sordomudos, en
-grupos de mudo y ciego, con sus gabanes azules y galonada gorra. En
-cada pareja, los ojos del mudo valían al ciego para poder andar sin
-tropezones; se entendían por el tacto con tan endiabladas garatusas,
-que causaba maravilla verles hablar. Gracias a la precisión de aquel
-lenguaje, enteráronse pronto los ciegos de que allí estaban los
-hospicianos, mientras los muditos, todos ojos, se deshacían por echar
-un par de <i>verónicas</i>. ¡Como que para esto maldita falta les
-hacía el don de la palabra! En alguna pareja de sordos, las garatusas
-eran un movimiento o vibración rapidísima, tan ágil y flexible como
-la humana voz. Contrastaban las caras picarescas de los mudos, en
-cuyos ojos resplandecía todo el verbo humano, con las caras aburridas,
-muertas, de los ciegos, picoteadas atrozmente de viruelas, vacíos los
-ojos y cerrados entre cerdosas pestañas, o abiertos, aunque<span
-class="pagenum" id="Page_48">p. 48</span> insensibles a la luz, con
-pupila de cuajado vidrio.</p>
-
-<p>Detuviéronse allí, y por un momento reinó la fraternidad entre unos
-y otros. Gestos, muecas, cucamonas mil. Los ciegos, no pudiendo tomar
-parte en ningún juego, se apartaban desconsolados. Algunos se permitían
-sonreír como si vieran, llegando al conocimiento de las cosas por el
-velocísimo teclear de los dedos. Tal compasión inspiraban a Tristana
-aquellos infelices, que casi casi le hacía daño mirarles. ¡Cuidado
-que no ver! No acababan de ser personas: faltábales la facultad de
-enterarse, y ¡qué trabajo tener que enterarse de todo pensándolo!</p>
-
-<p>Apartose Saturno de su mamá para unirse a una partida que, apostada
-en sitio conveniente, desvalijaba a los transeúntes, no de dinero,
-sino de cerillas. «El fósforo o la vida» era la consigna, y con tal
-saqueo reunían los muchachos materia bastante para sus ejercicios
-pirotécnicos, o para encender las hogueras de la Inquisición. Fue
-Tristana en su busca; antes de aproximarse a los incendiarios, vio a
-un hombre que hablaba con el profesor de los sordomudos, y al cruzarse
-su mirada con la de aquel sujeto, pues en ambos el verse y el mirarse
-fueron una acción sola, sintió una sacudida interna, como suspensión
-instantánea del correr de la sangre.</p>
-
-<p>¿Qué hombre era aquel? Habíale visto antes,<span class="pagenum"
-id="Page_49">p. 49</span> sin duda; no recordaba cuándo ni dónde, allí,
-o en otra parte; pero aquella fue la primera vez que al verle sintió
-sorpresa hondísima, mezclada de turbación, alegría y miedo. Volviéndole
-la espalda, habló con Saturno para convencerle del peligro de jugar
-con fuego, y oía la voz del desconocido hablando con picante viveza
-de cosas que ella no pudo entender. Al mirarle de nuevo, encontró los
-ojos de él que la buscaban. Sintió vergüenza, y se apartó de allí, no
-sin determinarse a lanzar desde lejos otra miradita, deseando examinar
-con ojos de mujer al hombre que tan sin motivo absorbía su atención,
-ver si era rubio o moreno, si vestía con gracia, si tenía aires de
-persona principal, pues de nada de esto se había enterado aún. El tal
-se alejaba: era joven, de buena estatura, vestía como persona elegante
-que no está de humor de vestirse, en la cabeza un livianillo, chafado
-sin afectación, arrastrando, mal cogido con la mano derecha, un gabán
-de verano de mucho uso. Lo llevaba como quien no estima en nada las
-prendas de vestir. El traje era gris, la corbata de lazada hecha a mano
-con descuido. Todo esto lo observó en un decir Jesús, y, la verdad,
-el caballero aquel, o lo que fuese, <i>le resultaba</i> simpático...
-muy moreno, con barba corta... Creyó al pronto que llevaba quevedos...
-pero no; nada de ojos sobrepuestos; solo los naturales, que...
-Tristana<span class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span> no pudo, por
-la mucha distancia, apreciar cómo eran.</p>
-
-<p>Desapareció el individuo, persistiendo su imagen en el pensamiento
-de la esclava de don Lope, y al día siguiente, esta, de paseo con
-Saturna, le volvió a ver. Iba con el mismo traje; pero llevaba puesto
-el gabán, y al cuello un pañuelo blanco, porque soplaba un fresco
-picante. Mirole con descaro inocente, regocijada de verle, y él la
-miraba también, parándose a discreta distancia. «Parece que quiere
-hablarme —pensaba la joven—. Y verdaderamente, no sé por qué no me dice
-lo que tiene que decirme.» Reíase Saturna de aquel flecheo insípido, y
-la señorita, poniéndose colorada, hacía como que se burlaba también.
-Por la noche no tuvo sosiego, y sin atreverse a comunicar a Saturna
-lo que sentía, se declaraba a sí propia las cosas más graves. «¡Cómo
-me gusta ese hombre! No sé qué daría porque se atreviera... No sé
-quién es, y pienso en él noche y día. ¿Qué es esto? ¿Estoy yo loca?
-¿Significa esto la desesperación de la prisionera que descubre un
-agujerito por donde escaparse? Yo no sé lo que es esto; solo sé que
-necesito que me hable, aunque sea por telégrafos, como los sordomudos,
-o que me escriba. No me espanta la idea de escribirle yo, o de decirle
-que sí, antes que él me pregunte... ¡Qué desvarío! ¿Pero quién será?
-Podría ser un pillo, un... No,<span class="pagenum" id="Page_51">p.
-51</span> bien se ve que es una persona que no se parece a las demás
-personas. Es solo, único... bien claro está. No hay otro. ¡Y encontrar
-yo el único, y ver que este único tiene más miedo que yo, y no se
-atreve a decirme que soy su única! No, no, yo le hablo, le hablo...
-me acerco, le pregunto qué hora es, cualquier cosa... o le digo, como
-los hospicianos, que me haga el favor de una cerillita... ¡Vaya un
-disparate! ¡Qué pensaría de mí! Tendríame por una mujer casquivana. No,
-no, él es el que debe romper...»</p>
-
-<p>A la tarde siguiente, ya casi de noche, viniendo señorita y criada
-en el tranvía descubierto, ¡él también! Le vieron subir en la Glorieta
-de Quevedo: pero como había bastante gente, tuvo que quedarse en pie
-en la plataforma delantera. Tristana sentía tal sofocación en su
-pecho, que a ratos érale forzoso ponerse en pie para respirar. Un peso
-enorme gravitaba sobre sus pulmones, y la idea de que, al bajar del
-coche, el desconocido se decidiría a romper el silencio, la llenaba
-de turbación y ansiedad. ¿Y qué le iba a contestar ella? Pues señor,
-no tenía más remedio que manifestarse muy sorprendida, rechazar,
-alarmarse, ofenderse y decir que no y qué sé yo... Esto era lo bonito
-y decente. Bajaron, y el caballero incógnito las siguió a honestísima
-distancia. No se atrevía la esclava de D. Lope a volver la cabeza, pero
-Saturna se encargaba<span class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span>
-de mirar por las dos. Deteníanse con pretextos rebuscados; retrocedían
-como para ver el escaparate de una tienda... y nada. El galán... mudo
-como un cartujo. Las dos mujeres, en su desordenado andar, tropezaron
-con unos chicos que jugaban en la acera, y uno de ellos cayó al suelo
-chillando, mientras los otros corrían hacia las puertas de las casas
-alborotando como demonios. Confusión, tumulto infantil, madres que
-acuden airadas... Tantas manos quisieron levantar al muchacho caído,
-que se cayó otro, y el barullo aumentó.</p>
-
-<p>Como en esto observara Saturna que su señorita y el galán
-desconocido no distaban un palmo el uno del otro, se apartó
-solapadamente. «Gracias a Dios —pensó atisbándoles de lejos—; ya pica:
-hablando están.» ¿Qué dijo a Tristana el sujeto aquel? No se sabe. Solo
-consta que Tristana le contestó a todo que sí, ¡sí, sí!, cada vez más
-alto, como persona que, avasallada por un sentimiento más fuerte que
-su voluntad, pierde en absoluto el sentido de las conveniencias. Fue
-su situación semejante a la del que se está ahogando y ve un madero
-y a él se agarra, creyendo encontrar en él su salvación. Es absurdo
-pedir al náufrago que adopte posturas decorosas al asirse a la tabla.
-Voces hondas del instinto de salvación eran las breves y categóricas
-respuestas de la niña de D. Lope, aquel<span class="pagenum"
-id="Page_53">p. 53</span> sí pronunciado tres veces con creciente
-intensidad de tono, grito de socorro de un alma desesperada... Corta y
-de provecho fue la escenita. Cuando Tristana volvió al lado de Saturna,
-se llevó una mano a la sien, y temblando le dijo:</p>
-
-<p>—¡Pero si estoy loca!... Ahora comprendo mi desvarío. No he tenido
-tacto, ni malicia, ni dignidad. Me he vendido, Saturna... ¡Qué pensará
-de mí! Sin saber lo que hacía..., arrastrada por un vértigo..., a
-todo cuanto me dijo le contesté que sí..., ¡pero cómo...!, ¡ay!, no
-sabes..., vaciando mi alma por los ojos. Los suyos me quemaban. ¡Y yo
-que creía saber algo de estas hipocresías que tanto convienen a una
-mujer! Si me creerá tonta..., si pensará que no tengo vergüenza... Es
-que yo no podía disimular, ni hacer papeles de señorita tímida. La
-verdad se me sale a los labios, y el sentimiento se me desborda...,
-quiero ahogarlo, y me ahoga. ¿Es esto estar enamorada? Solo sé que le
-quiero con toda mi alma, y así se lo he dado a entender, ¡qué afrenta!,
-le quiero sin conocerle, sin saber ni quién es ni cómo se llama. Yo
-entiendo que los amores no deben empezar así..., al menos no es lo
-corriente, sino que vayan por grados, entre <i>síes</i> y <i>noes</i>
-muy habilidosos, con cuquería... Pero yo no puedo ser así, y entrego
-el alma cuando ella me dice que quiere entregarse... Saturna, ¿qué
-crees? ¿Me tendrá por mujer mala? Aconséjame, dirígeme. Yo<span
-class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span> no sé de estas cosas...
-Espera, escucha: mañana, cuando vuelvas de la compra, le encontrarás
-en esa esquina donde nos hablamos, y te dará una cartita para mí. Por
-lo que más quieras, por la salud de tu hijo querido, Saturna, no te
-niegues a hacerme este favor, que te agradecerá toda mi vida. Tráeme,
-por Dios, el papelito, tráemelo, si no quieres que me muera mañana.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h2 class="nobreak" id="VIII">VIII</h2>
-</div>
-
-<p>«Te quise desde que nací...» Esto decía la primera carta...; no,
-no, la segunda, que fue precedida de una breve entrevista en la
-calle, debajito de un farol, entrevista intervenida con hipócrita
-severidad por Saturna, y en la cual los amantes se tutearon sin acuerdo
-previo, como si no existiesen, ni existir pudieran, otras formas de
-tratamiento. Asombrábase ella del engaño de sus ojos en las primeras
-apreciaciones de la persona del desconocido. Cuando se fijó en él,
-la tarde aquella de los sordomudos, túvole por un señor así como de
-treinta o más años. ¡Qué tonta! ¡Si era un muchacho...! Y su edad
-no pasaría seguramente de los veinticinco, solo que tenía un cierto
-aire reflexivo y melancólico, más propio de la edad madura que de la
-juventud. Ya no dudaba que sus ojos eran como centellas, su color
-moreno caldeado del sol, su voz<span class="pagenum" id="Page_55">p.
-55</span> como blanda música que Tristana no había oído hasta entonces,
-y que más le halagaba los senos del cerebro después de escuchada. «Te
-estoy queriendo, te estoy buscando desde antes de nacer —decía la
-tercera carta de ella, empapada en un espiritualismo delirante—. No
-formes mala idea de mí si me presento a ti sin ningún velo, pues el
-del falso decoro con que el mundo ordena que se encapuchen nuestros
-sentimientos, se me deshizo entre las manos cuando quise ponérmelo.
-Quiéreme como soy; y si llegara a entender que mi sinceridad te parecía
-desenfado o falta de vergüenza, no vacilaría en quitarme la vida.»</p>
-
-<p>Y él a ella: «El día en que te descubrí fue el último de un largo
-destierro.»</p>
-
-<p>Ella: «Si algún día encuentras en mí algo que te desagrade, hazme la
-caridad de ocultarme tu hallazgo. Eres bueno, y si por cualquier motivo
-dejas de quererme o de estimarme, me engañarás, ¿verdad?, haciéndome
-creer que soy la misma para ti. Antes de dejar de amarme, dame la
-muerte mil veces.»</p>
-
-<p>Y después de escribir estas cosas, no se venía el mundo abajo. Al
-contrario, todo seguía lo mismo en la Tierra y en el Cielo. ¿Pero quién
-era él, quién? Horacio Díaz, hijo de español y de austriaca, del país
-que llaman <i>Italia irredenta</i>; nacido en el mar, navegando los
-padres desde<span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span> Fiume a
-la Argelia; criado en Orán hasta los cinco años, en Savannah (Estados
-Unidos) hasta los nueve, en Shangai (China) hasta los doce; cuneado por
-las olas del mar, transportado de un mundo a otro, víctima inocente
-de la errante y siempre expatriada existencia de un padre cónsul.
-Con tantas idas y venidas, y el fatigoso pasear por el globo, y la
-influencia de aquellos endiablados climas, perdió a su madre a los
-doce años, y a su padre a los trece, yendo a parar después a poder de
-su abuelo paterno, con quien vivió quince años en Alicante, padeciendo
-bajo su férreo despotismo más que los infelices galeotes que movían a
-fuerza de remo las pesadas naves antiguas.</p>
-
-<p>Para más noticias, óiganse las que atropelladamente vomitó la boca
-de Saturna, más bien secreteadas que dichas:</p>
-
-<p>—Señorita..., ¡qué cosas! Voy a buscarle, pues quedamos en ello,
-al número 5 de la calle esa de más abajo..., y apechugo tan terne con
-la dichosa escalerita. Me había dicho que a lo último, a lo último,
-y yo mientras veía escalones por delante, para arriba siempre. ¡Qué
-risa! Casa nueva; dentro un patio de cuartos domingueros, pisos y
-más pisos, y al fin.... Es aquello como un palomar, vecinito de los
-pararrayos, y con vistas a las mismas nubes. Yo creí que no llegaba.
-Por fin, echando los pulmones, allí me tiene usted. Figúrese un cuarto
-muy grande, con<span class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span> un
-ventanón por donde se cuela toda la luz del cielo, las paredes de
-colorado, y en ellas cuadros, bastidores de lienzo, cabezas sin cuerpo,
-cuerpos descabezados, talles de mujer con pechos inclusive, hombres
-peludos, brazos sin persona, y fisonomías sin orejas, todo con el
-mismísimo color de nuestra carne. Créame, tanta cosa desnuda le da a
-una vergüenza... Divanes, sillas que parecen antiguas, figuras de yeso
-con los ojos sin niña, manos y pies descalzos..., de yeso también... Un
-caballete grande, otro más chico, y sobre las sillas o clavadas en la
-pared, pinturas cortas, enteras o partidas, vamos al decir, sin acabar,
-algunas con su cielito azul, tan al vivo como el cielo de verdad, y
-después un pedazo de árbol, un pretil..., tiestos; en otra naranjas y
-unos melocotones..., pero muy ricos... En fin, para no cansar, telas
-preciosas, y una vestidura de ferretería, de las que se ponían los
-guerreros de antes. ¡Qué risa! Y él allí con la carta ya escrita.
-Como soy tan curiosona, quise saber si vivía en aquel aposento tan
-ventilado, y me dijo que no y que sí, pues... Duerme en casa de una tía
-suya, allá por Monteleón; pero todo el día se lo pasa acá, y come en
-uno de los merenderos de junto al Depósito.</p>
-
-<p>—Es pintor; ya lo sé —dijo Tristana, sofocada de puro dichosa—. Eso
-que has visto es su estudio, boba. ¡Ay, qué rebonito será!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_58">p. 58</span>Además de cartearse a
-diario con verdadero ensañamiento, se veían todas las tardes. Tristana
-salía con Saturna, y él las aguardaba un poco más acá de Cuatro
-Caminos. La criada les dejaba partir solos, con bastante pachorra y
-discreción bastante para esperarles todo el tiempo que emplearan ellos
-en divagar por las verdes márgenes de la acequia del Oeste, o por los
-cerros áridos de Amaniel, costeando el canal del Lozoya. Él iba de
-capa, ella de velito y abrigo corto, de bracete, olvidados del mundo y
-de sus fatigas y vanidades, viviendo el uno para el otro y ambos para
-un yo doble, soñando paso a paso, o sentaditos en extático grupo. De
-lo presente hablaban mucho; pero la autobiografía se infiltraba sin
-saber cómo en sus charlas dulces y confiadas, todas amor, idealismo y
-arrullo, con alguna queja mimosa o petición formulada de pico a pico
-por el egoísmo insaciable, que exige promesas de querer más, más, y a
-su vez ofrece increíbles aumentos de amor, sin ver el límite de las
-cosas humanas.</p>
-
-<p>En las referencias biográficas era más hablador Horacio que la niña
-de D. Lope. Esta, con muchísimas ganas de lucir su sinceridad, sentíase
-amordazada por el temor a ciertos puntos negros. Él, en cambio, ardía
-en deseos de contar su vida, la más desgraciada y penosa juventud
-que cabe imaginar, y por lo mismo que ya era<span class="pagenum"
-id="Page_59">p. 59</span> feliz, gozaba en revolver aquel fondo de
-tristeza y martirio. Al perder a sus padres, fue recogido por su abuelo
-paterno, bajo cuyo poder tiránico padeció y gimió los años que median
-entre la adolescencia y la edad viril. ¡Juventud!, casi casi no sabía
-él lo que esto significaba. Goces inocentes, travesuras, la frívola
-inquietud con que el niño ensaya los actos del hombre, todo esto era
-letra muerta para él. No ha existido fiera que a su abuelo pudiese
-compararse, ni cárcel más horrenda que aquella pestífera y sucia
-droguería, en que encerrado le tuvo como unos quince años, contrariando
-con terquedad indocta su innata afición a la pintura, poniéndole los
-grillos odiosos del cálculo aritmético, y metiéndole en el magín, a
-guisa de tapones para contener las ideas, mil trabajos antipáticos de
-cuentas, facturas y demonios coronados. Hombre de temple semejante
-al de los más crueles tiranos de la antigüedad o del moderno imperio
-turco, su abuelo había sido y era el terror de toda la familia. A
-disgustos mató a su mujer, y los hijos varones se expatriaron por no
-sufrirle. Dos de las hijas se dejaron robar, y las otras se casaron de
-mala manera por perder de vista la casa paterna.</p>
-
-<p>Pues, señor, aquel tigre cogió al pobre Horacito a los trece
-años, y como medida preventiva le ataba las piernas a las patas de
-la mesa-escritorio, para que no saliese a la tienda, ni se<span
-class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span> apartara del trabajo
-fastidioso que le imponía. Y como le sorprendiera dibujando monigotes
-con la pluma, los coscorrones no tenían fin. A todo trance anhelaba
-despertar en su nietecillo la afición al comercio, pues todo aquello
-de la pintura, y el arte y los pinceles no eran más, a su juicio, que
-una manera muy tonta de morirse de hambre. Compañero de Horacio en
-estos trabajos y martirios era un dependiente de la casa, viejo, más
-calvo que una vejiga de manteca, flaco y de color de ocre, el cual,
-a la calladita, por no atreverse a contrariar al amo, de quien era
-como un perro fiel, dispensaba cariñosa protección al pequeñuelo,
-tapándole las faltas y buscando pretextos para llevarle consigo a
-recados y comisiones, a fin de que estirase las piernas y esparciese
-el ánimo. El chico era dócil, y de muy endebles recursos contra el
-despotismo. Resignábase a sufrir hasta lo indecible antes que poner a
-su tirano en el disparadero, y el demonio del hombre se disparaba por
-la cosa más insignificante. Sometiose la víctima, y ya no le amarraron
-los pies a la mesa, y pudo moverse con cierta libertad en aquel
-tugurio antipático, pestilente y oscuro, donde había que encender el
-mechero de gas a las cuatro de la tarde. Adaptábase poco a poco a tan
-horrible molde, renunciando a ser niño, envejeciéndose a los quince
-años, remedando involuntariamente la actitud<span class="pagenum"
-id="Page_61">p. 61</span> sufrida y los gestos mecánicos de Hermógenes,
-el amarillo y calvo dependiente que, por carecer de personalidad, hasta
-de edad carecía. No era joven, ni tampoco viejo.</p>
-
-<p>En aquella espantosa vida, <i>pasándose</i> de cuerpo y alma,
-como las uvas puestas al sol, conservaba Horacio el fuego interior,
-la pasión artística, y cuando su abuelo le permitió algunas horas
-de libertad los domingos, y le concedió el fuero de persona humana,
-dándole un real para sus esparcimientos, ¿qué hacía el chico?
-procurarse papel y lápices, y dibujar cuanto veía. Suplicio grande fue
-para él que habiendo en la tienda tanta pintura en tubos, pinceles,
-paletas, y todo el material de aquel arte que adoraba, no le fuera
-permitido utilizarlo. Esperaba y esperaba siempre mejores tiempos,
-viendo rodar los monótonos días, iguales siempre a sí mismos, como
-iguales son los granos de arena de una clepsidra. Sostúvole la fe en su
-destino, y gracias a ella soportaba tan miserable y ruin existencia.</p>
-
-<p>El feroz abuelo era también avaro, de la escuela del licenciado
-Cabra, y daba de comer a su nieto y a Hermógenes lo preciso
-absolutamente para vivir, sin refinamientos de cocina que, a su
-parecer, solo servían para ensuciar el estómago. No le permitía
-juntarse con otros chicos, pues las compañías, aunque no sean
-enteramente<span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span> malas,
-solo sirven hoy para perderse: están los muchachos tan comidos de
-vicios como los hombres. ¡Mujeres!... Este ramo del vivir era el
-que en mayores cuidados al tirano ponía, y de seguro, si llega a
-sorprender a su nieto en alguna debilidad de amor, aunque de las
-más inocentes, le rompe el espinazo. No consentía, en suma, que el
-chico tuviese voluntad, pues la voluntad de los demás le estorbaba
-a él como sus propios achaques físicos, y al sorprender en alguien
-síntomas de carácter, padecía como si le doliesen las muelas. Quería
-que Horacio fuera droguista, que cobrase afición al <i>género</i>, a
-la contabilidad escrupulosa, a la rectitud comercial, al manejo de la
-tienda; deseaba hacer de él un hombre, y enriquecerle; se encargaría
-de casarle oportunamente, esto es, de proporcionarle una madre para
-los hijos que debía tener; de labrarle un hogar modesto y ordenado,
-de reglamentar su existencia hasta la vejez, y la existencia de sus
-sucesores. Para llegar a este fin, que D. Felipe Díaz conceptuaba
-tan noble como el fin sin fin de salvar el alma, lo primerito era
-que Horacio se curase de aquella estúpida chiquillada de querer
-representar los objetos por medio de una pasta que se aplica sobre
-tabla o tela. ¡Vaya una tontería! ¡Querer reproducir la Naturaleza,
-cuando tenemos ahí la Naturaleza misma delante de los ojos! ¿A
-quien<span class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span> se le ocurre
-tal disparate? ¿Qué es un cuadro? Una mentira, como las comedias,
-una función muda, y por muy bien pintado que un cielo esté, nunca se
-puede comparar con el cielo mismo. Los artistas eran, según él, unos
-majaderos, locos y falsificadores de las cosas, y su única utilidad
-consistía en el gasto que hacían en las tiendas comprando los enseres
-del oficio. Eran, además, viles usurpadores de la facultad divina, e
-insultaban a Dios queriendo remedarle, creando fantasmas o figuraciones
-de cosas, que solo la acción divina puede y sabe crear, y por tal
-crimen, el lugar más calentito de los Infiernos debía ser para ellos.
-Igualmente despreciaba D. Felipe a los cómicos y a los poetas; como
-que se preciaba de no haber leído jamás un verso, ni visto una función
-de teatro; y hacía gala también de no haber viajado nunca, ni en
-ferrocarril, ni en diligencia, ni en carromato, de no haberse ausentado
-de su tienda más que para ir a misa, o para evacuar algún asunto
-urgente.</p>
-
-<p>Pues bien, todo su empeño era reacuñar a su nieto con este durísimo
-troquel, y cuando el chico creció y fue hombre, crecieron en el viejo
-las ganas de estampar en él sus hábitos y sus rancias manías. Porque
-debe decirse que le amaba, sí, ¿a qué negarlo? le había tomado cariño,
-un cariño extravagante, como todos sus afectos y<span class="pagenum"
-id="Page_64">p. 64</span> su manera de ser. La voluntad de Horacio,
-en tanto, fuera de la siempre viva vocación de la pintura, había
-llegado a ponerse lacia por la falta de uso. Últimamente, a escondidas
-del abuelo, en un cuartucho alto de la casa, que este le permitió
-disfrutar, pintaba, y hay algún indicio de que lo sospechaba el feroz
-viejo y hacía la vista gorda. Fue la primera debilidad de su vida,
-precursora quizás de acontecimientos graves. Algún cataclismo tenía que
-sobrevenir, y así fue, en efecto: una mañana, hallándose D. Felipe en
-su escritorio revisando unas facturas inglesas de clorato de potasa y
-de sulfato de zinc, inclinó la cabeza sobre el papel, y quedó muerto
-sin exhalar un ay. El día antes había cumplido noventa años.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch9">
- <h2 class="nobreak g0">IX</h2>
-</div>
-
-<p>Todo esto, y otras cosas que irán saliendo, se lo contaba Horacio
-a su damita, y esta lo escuchaba con deleite, confirmándose en la
-creencia de que el hombre que le había deparado el Cielo era una
-excepción entre todos los mortales, y su vida lo más peregrino y
-anómalo que en clase de vidas de jóvenes se pudiera encontrar;
-como que casi parecía vida de santo, digna de un huequecito en el
-martirologio.</p>
-
-<p>—Cogiome aquel suceso —prosiguió Díaz— a los veintiocho años,<span
-class="pagenum" id="Page_65">p. 65</span> con hábitos de viejo y de
-niño, pues por un lado la terrible disciplina de mi abuelo había
-conservado en mí una inocencia y desconocimiento del mundo impropios de
-mi edad, y por otro poseía virtudes propiamente seniles, inapetencias
-de lo que apenas conocía, un cansancio, un tedio que me hicieron tener
-por hombre entumecido y anquilosado para siempre... Pues, señor, debo
-decirte que mi abuelo dejó un bonito caudal, amasado cuarto a cuarto
-en aquella tienda asquerosa y mal oliente. A mí me tocaba una quinta
-parte; diéronme una casa muy linda en Villajoyosa, dos finquitas
-rústicas, y la participación correspondiente en la droguería, que
-continúa con la razón social de <i>Sobrinos de Felipe Díaz</i>. Al
-verme libre, tardé en reponerme del estupor que mi independencia me
-produjo; me sentía tan tímido, que al querer dar algunos pasos por el
-mundo, me caía, hija de mi alma, me caía, como el que no sabe andar por
-no haber ejercitado en mucho tiempo las piernas.</p>
-
-<p>»Mi vocación artística, ya desatada de aquel freno maldito, me
-salvó, hízome hombre. Sin cuidarme de intervenir en los asuntos de
-la testamentaría, levanté el vuelo, y del primer tirón me planté en
-Italia, mi ilusión, mi sueño. Yo había llegado a pensar que Italia
-no existía, que tanta belleza era mentira, engaño de la mente. Corrí
-allá, y... ¡qué había de suceder! Era yo<span class="pagenum"
-id="Page_66">p. 66</span> como un seminarista sin vocación a quien
-sueltan por esos mundos después de quince años de forzosa virtud. Ya
-comprenderás... el contacto de la vida despertó en mí deseos locos
-de cobrar todo lo atrasado, de vivir en meses los años que el tiempo
-me debía, estafándomelos de una manera indigna, con la complicidad
-de aquel viejo maniático. ¿No me entiendes?... Pues en Venecia me
-entregué a la disipación, superando con mi conducta a mis propios
-instintos, pues no era el niño-viejo tan vicioso como aparentaba serlo
-por desquite, por venganza de su sosería y ridiculez pasadas. Llegué
-a creer que si no extremaba el libertinaje no era bastante hombre, y
-me recreaba mirándome en aquel espejo, inmundo si se quiere, pero en
-el cual me veía mucho más airoso de lo que fui en la trastienda de mi
-abuelo... Naturalmente, me cansé; claro. En Florencia y Roma, el arte
-me curó de aquel afán diabólico, y como mis pruebas estaban hechas, y
-ya no me atormentaba la idea de <i>doctorarme de hombre</i>, dediqueme
-al estudio; copiaba, atacando con brío el natural; pero mientras más
-aprendía, mayor suplicio me causaba la deficiencia de mi educación
-artística. En el color íbamos bien: lo manejaba fácilmente; pero en el
-dibujo, cada día más torpe. ¡Cuánto he padecido, y qué vigilias, qué
-afanes día y noche, buscando la línea, luchando con ella y concluyendo
-por declararme<span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span>
-vencido, para volver en seguida a la espantosa batalla, con brío, con
-furor...!</p>
-
-<p>»¡Qué rabia!... Pero no podía ser de otra manera. Como de niño no
-cultivé el dibujo, costábame Dios y ayuda encajar un contorno... Te
-diré que en mis tiempos de esclavitud, al trazar números sin fin en
-el escritorio de D. Felipe, me entretenía en darles la intención de
-formas humanas. A los sietes les imprimía cierto aire jaquetón, como
-si rasguease un escorzo de hombre; con los ochos apuntaba un contorno
-de seno de mujer, y qué sé yo... los treses me servían para indicar
-el perfil de mi abuelo, semejante al pico de una tortuga... Pero este
-ejercicio pueril no bastaba. Faltábame el hábito de ver seriamente la
-línea y de reproducirla. Trabajé, sudé, renegué... y por fin, algo
-aprendí. Un año pasé en Roma entregado en cuerpo y alma al estudio
-formal, y aunque tuve también allí mis borracheritas del género de
-las de Venecia, fueron más reposadas, y ya no era yo el zangolotino
-que llega tarde al festín de la vida, y se come precipitadamente con
-atrasado apetito los platos servidos ya, para ponerse al nivel de los
-que a su debido tiempo empezaron.</p>
-
-<p>»De Roma me volví a Alicante, donde mis tíos arreglaron la herencia,
-asignándome la parte que quisieron, sin ninguna desavenencia ni
-regateo por mi parte, y di mi último adiós a la<span class="pagenum"
-id="Page_68">p. 68</span> droguería transformada y modernizada, para
-venirme acá, donde tengo una tía que no me la merezco, más buena
-que los ángeles, viuda sin hijos, y que me quiere como a tal, y me
-cuida y me agasaja. También ella fue víctima del que tiranizó a toda
-la familia. Como que solo le pasaba una peseta diaria, y en todas
-sus cartas le decía que ahorrase... Apenas llegué a Madrid, tomé el
-estudio, y me consagré con alma y vida al trabajo. Tengo ambición,
-deseo el aplauso, la gloria, un nombre. Ser cero, no valer más que
-el grano que, con otros iguales, forma la multitud, me entristece.
-Mientras no me convenzan de lo contrario, creeré que me ha caído dentro
-una parte, quizás no grande, pero parte al fin, de la esencia divina
-que Dios ha esparcido sobre el montón, caiga donde cayere.</p>
-
-<p>»Te diré algo más. Meses antes de descubrirte padecí en este Madrid
-unas melancolías... Encontrábame otra vez con mis treinta años echados
-a perros, pues aunque conocía un poco la vida, y los placeres de la
-mocedad, y saboreaba también el goce estético, faltábame el amor, el
-sentimiento de nuestra fusión en otro ser. Entregueme a filosofías
-abstrusas, y en la soledad de mi estudio, bregando con la forma humana,
-pensaba que el amor no existe más que en la aspiración de obtenerlo.
-Volví a mis tristezas amargas de adolescente; en sueños veía siluetas,
-vaguedades<span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span> tentadoras
-que me hacían señas, labios que me siseaban. Comprendía entonces
-las cosas más sutiles; las psicologías más enrevesadas parecíanme
-tan claras como las cuatro reglas de la Aritmética... Te vi al fin;
-me saliste al encuentro. Te pregunté si eras tú..., no sé que te
-dije. Estaba tan turbado, que debiste de encontrarme ridículo. Pero
-Dios quiso que supieras ver lo grave y serio al través de lo tonto.
-Nuestro romanticismo, nuestra exaltación no nos parecieron absurdos.
-Nos sorprendimos con hambre atrasada, el hambre espiritual, noble y
-pura que mueve el mundo, y por la cual existimos, y existirán miles
-de generaciones después de nosotros. Te reconocí mía, y me declaraste
-tuyo. Esto es vivir; lo demás, ¿qué es?»</p>
-
-<p>Dijo, y Tristana, atontada por aquel espiritualismo, que era
-como bocanadas de incienso que su amante arrojaba sobre ella con un
-descomunal <i>botafumeiro</i>, no supo responderle. Sentía que dentro
-del pecho le pataleaba la emoción, como un ser vivo más grande que
-el seno que lo contiene, y se desahogaba con risas frenéticas, o
-con repentinos y ardientes chorretazos de lágrimas. Ni era posible
-decir si aquello era en ambos felicidad o una pena lacerante, porque
-uno y otro se sentían como heridos por un aguijón que les llegaba
-al alma, y atormentados por el deseo de un más allá. Tristana,
-particularmente,<span class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span> era
-insaciable en el continuo exigir de su pasión. Salía de repente por el
-registro de una queja amarguísima, lamentándose de que Horacio no la
-quería bastante, que debía quererla más, mucho más; y él concedía sin
-esfuerzo el más, siempre más, exigiendo a su vez lo mismo.</p>
-
-<p>Contemplaban al caer de la tarde el grandioso horizonte de
-la Sierra, de un vivo tono de turquesa, con desiguales toques y
-transparencias, como si el azul purísimo se derramase sobre cristales
-de hielo. Las curvas del suelo desnudo, perdiéndose y arrastrándose
-como líneas que quieren remedar un manso oleaje, les repetían aquel
-<i>más, siempre más</i>, ansia inextinguible de sus corazones
-sedientos. Algunas tardes, paseando junto al canalillo del Oeste,
-ondulada tira de oasis que ciñe los áridos contornos del terruño
-madrileño, se recreaban en la placidez bucólica de aquel vallecito en
-miniatura. Cantos de gallo, ladridos de perro, casitas de labor; el
-remolino de las hojas caídas, que el manso viento barría suavemente,
-amontonándolas junto a los troncos; el asno, que pacía con grave
-mesura; el ligero temblor de las más altas ramas de los árboles, que
-se iban quedando desnudos, todo les causaba embeleso y maravilla, y se
-comunicaban las impresiones, dándoselas y quitándoselas como si fuera
-una sola impresión que corría de labio a labio y saltaba de ojos a
-ojos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span>Regresaban siempre
-a hora fija, para que ella no tuviese bronca en su casa, y sin
-cuidarse de Saturna, que les esperaba, iban del brazo por el camino
-de Aceiteros, al anochecer más silencioso y solitario que la Mala
-de Francia. Al lado de Occidente, veían el cielo inflamado, rastro
-espléndido de la puesta del sol. Sobre aquella faja se destacaban,
-como crestería negra de afiladas puntas, los cipreses del cementerio
-de San Ildefonso, cortados por tristes pórticos a la griega, que a
-media luz parecen más elegantes de lo que son. Pocas habitaciones hay
-por allí, y poca o ninguna gente encontraban a tal hora. Casi siempre
-veían uno o dos bueyes desuncidos, echados, de esos que por el tamaño
-parecen elefantes, hermosos animales de raza de Ávila, comúnmente
-negros, con una cornamenta que pone miedo en el ánimo más valeroso;
-bestias inofensivas a fuerza de cansancio, y que, cuando las sueltan
-del yugo, no se cuidan más que de reposar, mirando con menosprecio al
-transeúnte. Tristana se acercaba a ellos hasta poner sus manos en las
-astas retorcidas, y se hubiera alegrado de tener algo que echarles de
-comer.</p>
-
-<p>—Desde que te quiero —a su amigo decía—, no tengo miedo a nada, ni a
-los toros ni a los ladrones. Me siento valiente hasta el heroísmo, y ni
-la serpiente boa ni el león de la selva me harían pestañear.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span>Cerca ya del antiguo
-Depósito de aguas veían los armatostes del Tío Vivo, rodeados de
-tenebrosa soledad. Los caballitos de madera, con las patas estiradas
-en actitud de correr, parecían encantados. Los balancines, la montaña
-rusa, destacaban en medio de la noche sus formas extravagantes. Como
-no había nadie por allí, Tristana y Horacio solían apoderarse durante
-breves momentos de todos los juguetes grandes con que se divierte el
-niño-pueblo... Ellos también eran niños. No lejos de aquel lugar veían
-la sombra del Depósito viejo, rodeado de espesas masas de árboles,
-y hacia la carretera brillaban luces, las del tranvía o coches que
-pasaban, las de algún merendero en que todavía sonaba rumor pendencioso
-de parroquianos retrasados. Entre aquellos edificios de humilde
-arquitectura, rodeados de banquillos paticojos y de rústicas mesas,
-esperábales Saturna, y allí era la separación, algunas noches tan
-dolorosa y patética como si Horacio se marchara para el fin del mundo o
-Tristana se despidiera para meterse monja. Al fin, al fin, después de
-mucho tira y afloja, conseguían despegarse, y cada mitad se iba por su
-lado. Aún se miraban de lejos, adivinándose, más que viéndose, entre
-las sombras de la noche.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch10">
- <p><span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">X</h2>
-</div>
-
-<p>Tristana, según su expresión, no temía, después de enamorada, ni al
-toro corpulento, ni a la serpiente boa, ni al fiero león del Atlas;
-pero tenía miedo de D. Lope, viéndole ya cual monstruo que se dejaba
-tamañitas a cuantas fieras y animales dañinos existen en la creación.
-Analizando su miedo, la señorita de Reluz creía encontrarlo de tal
-calidad, que podía, en un momento dado, convertirse en valor temerario
-y ciego. La desavenencia entre cautiva y tirano se acentuaba de día
-en día. D. Lope llegó al colmo de la impertinencia, y aunque ella le
-ocultaba, de acuerdo con Saturna, las saliditas vespertinas, cuando el
-anciano galán le decía con semblante fosco:</p>
-
-<p>—Tú sales, Tristana, sé que sales; te lo conozco en la cara.</p>
-
-<p>Si al principio lo negaba la niña, luego asentía con su desdeñoso
-silencio. Un día se atrevió a responderle:</p>
-
-<p>—Bueno, pues salgo, ¿y qué? ¿He de estar encerrada toda mi vida?</p>
-
-<p>Don Lope desahogaba su enojo con amenazas y juramentos, y luego,
-entre airado y burlón, le decía:</p>
-
-<p>—Porque nada tendrá de particular que, si sales, te acose algún
-mequetrefe, de estos <i>bacillus virgula</i> del amor que andan por
-ahí, único fruto de esta generación raquítica, y que tú, a<span
-class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span> fuerza de oír sandeces, te
-marees y le hagas caso. Mira, niñita, mira que no te lo perdono. Si me
-faltas, que sea con un hombre digno de mí. ¿Y dónde está ese hombre
-digno rival de lo presente? En ninguna parte, ¡vive Dios! Cree que no
-ha nacido... ni nacerá. Así y todo, tú misma reconocerás que no se me
-desbanca a mí tan fácilmente... Ven acá: basta de moñitos. ¡Si creerás
-que no te quiero ya! ¡Cómo me echarías de menos si te fueras de mí!
-No encontrarías más que tipos, de una insipidez abrumadora... Vaya,
-hagamos las paces. Perdóname si dudé de ti. No, no, tú no me engañas.
-Eres una mujer superior, que conoce el mérito y...</p>
-
-<p>Con estas cosas, no menos que con sus arranques de mal genio, D.
-Lope llegó a inspirar a su cautiva un aborrecimiento sordo y profundo,
-que a veces se disfrazaba de menosprecio, a veces de repugnancia.
-Horriblemente hastiada de su compañía, contaba los minutos esperando
-el momento en que solía echarse a la calle. Causábale espanto la idea
-de que cayese enfermo, porque entonces no saldría, ¡Dios bendito!, y
-¿qué sería de ella presa, sin poder...? No, no; esto era imposible.
-Habría paseíto, aunque D. Lope enfermase o se muriera. Por las noches,
-casi siempre fingía Tristana dolor de cabeza para retirarse pronto de
-la vista y de las odiadas caricias del don Juan caduco. «Y lo raro es
-—decía la niña a solas<span class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span>
-con su pasión y su conciencia— que si este hombre comprendiera que no
-puedo quererle, si borrase la palabra amor de nuestras relaciones, y
-estableciera entre los dos... otro parentesco, yo le querría, sí señor,
-le querría, no sé cómo, como se quiere a un buen amigo, porque él no
-es malo, fuera de la perversidad monomaníaca de la persecución de
-mujeres. Hasta le perdonaría yo el mal que me ha hecho, mi deshonra, se
-lo perdonaría de todo corazón, sí, sí, con tal que me dejase en paz...
-Dios mío, inspírale que me deje en paz, y yo le perdonaré, y hasta le
-tendré cariño, y seré como las hijas demasiado humildes que parecen
-criadas, o como las sirvientes leales, que ven un padre en el amo que
-les da de comer.»</p>
-
-<p>Felizmente para Tristana, no solo mejoró la salud de Garrido,
-desvaneciéndose con esto los temores de que se quedara en casa por las
-tardes, sino que debió de tener algún alivio en sus ahogos pecuniarios,
-porque cesaron sus murrias impertinentes, y se le vio en el temple
-sosegado en que vivir solía. Saturna, perro viejo y machucho, comunicó
-a la señorita sus observaciones sobre este particular.</p>
-
-<p>—Bien se ve que el amo está en fondos, porque ya no se le ocurre
-que yo pueda ensuciarme por un cuarto de escarola, ni se olvida del
-respeto que, como caballero, debe a las que llevamos una falda, aunque
-sea<span class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span> remendadita. Lo
-malo es que cuando cobra los atrasos, se los gasta en una semana,
-y luego..., adiós caballería, y otra vez ordinario, cominero y
-metomentodo.</p>
-
-<p>Al propio tiempo, volvió D. Lope a poner en el cuidado de su persona
-un prolijo esmero señoril, acicalándose como en sus mejores tiempos.
-Ambas mujeres dieron gracias a Dios por esta feliz restauración
-de costumbres, y aprovechando las ausencias metódicas del tirano,
-entregose la niña con toda libertad al inefable goce de sus paseítos
-con el hombre que amaba.</p>
-
-<p>El cual, por variar el escenario y la decoración, llevaba un
-coche las más de las tardes, y metiéndose los dos en él, se daban el
-gustazo de alejarse de Madrid casi hasta perderlo de vista. Testigos
-de su dicha fueron el cerro de Chamartín, las dos torres, que parecen
-pagodas, del colegio de los jesuitas, y el pinar misterioso; hoy el
-camino de Fuencarral, mañana las sombrías espesuras del Pardo, con su
-suelo de hojas metálicas erizadas de picos, las fresnedas que bordean
-el Manzanares, las desnudas eminencias de Amaniel, y las hondas
-cañadas del Abroñigal. Dejando el coche, paseaban a pie largo trecho
-por los linderos de las tierras labradas, y aspiraban con el aire las
-delicias de la soledad y plácida quietud, recreándose en cuanto veían,
-pues todo les resultaba bonito, fresco y nuevo, sin reparar que<span
-class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span> el encanto de las cosas era
-una proyección de sí mismos. Retrayendo los ojos hacia la causa de
-tanta hermosura, que en ellos residía, entregábanse al inocente juego
-de su discretismo, que a los no enamorados habría parecido empalagoso.
-Sutilizaban los porqués de su cariño, querían explicar lo inexplicable,
-descifrar el profundo misterio, y al fin paraban en lo de siempre,
-en exigirse y prometerse más amor, en desafiar la eternidad, dándose
-garantías de fe inalterable en vidas sucesivas, en los cercos nebulosos
-de la inmortalidad, allá donde habita la perfección y se sacuden las
-almas el polvo de los mundos en que penaron.</p>
-
-<p>Mirando a lo inmediato y positivo, Horacio la incitaba a subir
-con él al estudio, demostrándole la comodidad y reserva que aquel
-local les ofrecía para pasar juntos la tarde. ¡Flojitas ganas tenía
-ella de ver el estudio! Pero tan grande como su deseo era su temor de
-encariñarse demasiado con el nido, y sentirse en él tan bien, que no
-pudiera abandonarlo. Barruntaba lo que en la vivienda de su ídolo,
-vecina de los pararrayos, según Saturna, podría pasarle; es decir, no
-lo barruntaba, lo veía tan claro que más no podía ser. Y le asaltaba el
-recelo amarguísimo de ser menos amada después de lo que allí sucediera,
-como se pierde el interés del jeroglífico después de descifrado;
-recelaba también que el<span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span>
-caudal de su propio cariño disminuyera, prodigándose en el grado
-supremo.</p>
-
-<p>Como el amor había encendido nuevos focos de luz en su inteligencia,
-llenándole de ideas el cerebro, dándole asimismo una gran sutileza
-de expresión para traducir al lenguaje los más hondos misterios del
-alma, pudo exponer a su amante aquellos recelos con frase tan delicada
-y tropos tan exquisitos, que decía cuanto en lo humano cabe, sin
-decir nada que al pudor pudiera ofender. Él la comprendía, y como
-en todo iban acordes, devolvíale con espiritual ternura los propios
-sentimientos. Con todo, no cejaba en su afán de llevarla al estudio.</p>
-
-<p>—¿Y si nos pesa después? —decía ella—. Temo la felicidad, pues
-cuando me siento dichosa, paréceme que el mal me acecha. Créete que en
-vez de apurar la felicidad, nos vendría bien ahora algún contratiempo,
-una miajita de desgracia. El amor es sacrificio, y para la abnegación
-y el dolor debemos estar preparados siempre. Imponme un sacrificio
-grande, una obligación penosa, y verás con qué gusto me lanzo a
-cumplirla. Suframos un poquitín; seamos buenos...</p>
-
-<p>—No, lo que es a buenos no hay quien nos gane —decía Horacio con
-gracejo—. Nos pasamos ya de angelicales, alma mía. Y eso de imponernos
-sufrimientos es música, porque bastantes trae la vida sin que nadie
-los busque. Yo<span class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span> también
-soy pesimista; por eso, cuando veo el bien en puerta, lo llamo y no lo
-dejo marcharse, no sea que después, cuando lo necesite, se empeñe en no
-venir el muy pícaro...</p>
-
-<p>Surgía en ambos, con estas y otras cosas, un entusiasmo ardiente; a
-las palabras sucedían las ternezas, hasta que un arranque de dignidad
-y cordura les ponía de perfecto acuerdo para enfrenar su inquietud
-y revestirse de formalidad, engañosa si se quiere, pero que por el
-momento les salvaba. Decían cosas graves, pertinentes a la moral;
-encomiaban las ventajas de la virtud, y lo hermoso que es quererse
-con exquisita y celestial pureza. Como que así es más fino y sutil
-el amor, y se graba más en el alma. Con estas dulces imposturas iban
-ganando tiempo, y alimentaban su pasión, hoy con anhelos, mañana con
-suplicios de Tántalo, exaltándola con lo mismo que parecía destinado a
-contenerla, humanizándola con lo que divinizarla debiera, ensanchando
-por la margen del espíritu, así como por la de la materia, el cauce por
-donde aquel raudal de vida corría.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch11">
- <h2 class="nobreak g0">XI</h2>
-</div>
-
-<p>Por sus pasos contados vinieron las confidencias difíciles,
-abriéronse las páginas biográficas que más se resisten a la revelación,
-porque afectan<span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span> a la
-conciencia y al amor propio. Es ley de amor el inquirir, y lo es
-también el revelar. La confesión procede del amor, y por él son más
-dolorosas las apreturas de la conciencia. Tristana deseaba confiar a
-Horacio los hechos tristes de su vida, y no se conceptuaba dichosa
-hasta no efectuarlo. Entreveía o más bien adivinaba el artista un
-misterio grave en la existencia de su amada, y si al principio, por
-refinada delicadeza, no quiso echar la sonda, llegó día en que los
-recelos del hombre y la curiosidad del enamorado pudieron más que sus
-finos miramientos. Al conocer a Tristana, creyola Horacio, como algunas
-gentes de Chamberí, hija de D. Lope. Pero Saturna, al llevarle la
-segunda carta, le dijo:</p>
-
-<p>—La señorita es casada, y ese D. Lope, que usted cree papá, es su
-propio marido inclusive.</p>
-
-<p>Estupefacción del joven artista; pero el asombro no impidió la
-credulidad... Así quedaron las cosas, y por bastantes días persistió
-en Horacio la costumbre de ver en su conquista la legítima esposa
-del respetable y gallardo caballero, que parecía figura escapada del
-<i>Cuadro de las Lanzas</i>. Siempre que ante ella le nombraba, decía:
-«tu marido acá, tu marido allá...», y ella no se daba maldita prisa en
-destruir el error. Pero un día, al fin, palabra tras palabra, pregunta
-sobre pregunta, sintiendo invencible repugnancia de la mentira, y
-hallándose con fuerzas para cerrar contra ella, Tristana, ahogada<span
-class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span> de vergüenza y dolor, se
-determinó a poner las cosas en su lugar.</p>
-
-<p>—Te estoy engañando, y no debo ni quiero engañarte. La verdad se
-me sale a la boca, y no puedo contenerla más. No estoy casada con mi
-marido...; digo, con mi papá..., digo, con ese hombre... Un día y otro
-pensaba decírtelo; pero no me salía, hijo, no me salía... Ignoraba,
-ignoro aún si lo sientes o te alegras, si valgo más o valgo menos a tus
-ojos... Soy una mujer deshonrada, pero soy libre. ¿Qué prefieres...?
-¿que sea una casada infiel, o una soltera que ha perdido su honor? De
-todas maneras creo que, al decírtelo, me lleno de oprobio... y no sé...
-no sé.</p>
-
-<p>No pudo concluir, y rompiendo en lágrimas amargas, ocultó el rostro
-en el pecho de su amigo. Largo rato duró aquel espasmo de sensibilidad.
-Ninguno de los dos decía nada. Por fin saltó ella con la preguntita de
-cajón:</p>
-
-<p>—¿Me quieres más o me quieres menos?</p>
-
-<p>—Te quiero lo mismo... no; más, más, siempre más.</p>
-
-<p>No se hizo de rogar la niña para referir <i>a grandes rasgos</i> el
-cómo y cuándo de su deshonra. Lágrimas sin fin derramó aquella tarde;
-pero nada omitió su sinceridad, su noble afán de confesión como medio
-seguro de purificarse.</p>
-
-<p>—Recogiome cuando me quedé huérfana. Él fue, justo es decirlo, muy
-generoso con mis padres. Yo le<span class="pagenum" id="Page_82">p.
-82</span> respetaba y le quería; no sospechaba lo que me iba a pasar.
-La sorpresa no me permitió resistir. Era yo entonces un poco más tonta
-que ahora, y ese hombre maldito me dominaba, haciendo de mí lo que
-quería. Antes, mucho antes de conocerte, abominaba yo de mi flaqueza
-de ánimo; cuanto más ahora que te conozco. ¡Lo que he llorado, Dios
-mío!..., ¡las lágrimas que me ha costado el verme como me veo...! Y
-cuando te quise, dábanme ganas de matarme, porque no podía ofrecerte
-lo que tú te mereces... ¿Qué piensas? ¿Me quieres menos o me quieres
-más? Dime que más, siempre más. En rigor de verdad, debo parecerte ya
-menos culpable, porque no soy adúltera; no engaño sino a quien no tiene
-derecho a tiranizarme. Mi infidelidad no es tal infidelidad, ¿qué te
-parece?, sino castigo de su infamia; y este agravio que de mí recibe se
-lo tiene bien merecido.</p>
-
-<p>No pudo menos Horacio de manifestarse más celoso al saber la
-ilegitimidad de los lazos que unían a Tristana con D. Lope.</p>
-
-<p>—No, si no le quiero —dijo ella con énfasis—, ni le he querido
-nunca. Para expresarlo todo de una vez, añadiré que desde que te
-conocí empecé a sentir hacia él un terrible desvío... Después... ¡Ay,
-Jesús, me pasan cosas tan raras...! A veces paréceme que le aborrezco,
-que siento hacia él un odio tan grande como el mal que me hizo; a
-veces...,<span class="pagenum" id="Page_83">p. 83</span> todo te lo
-confieso, todo..., siento hacia él cierto cariño, como de hija, y me
-parece que si él me tratara como debe, como un padre, yo le querría...
-Porque no es malo, no vayas a creer que es muy malo, muy malo... No;
-allí hay de todo: es una combinación monstruosa de cualidades buenas
-y de defectos horribles; tiene dos conciencias, una muy pura y noble
-para ciertas cosas, otra que es como un lodazal; y las usa según los
-casos: se las pone como si fueran camisas. La conciencia negra y sucia
-la emplea para todo cuanto al amor se refiere. ¡Ah, no creas!, ha sido
-muy afortunado en amores. Sus conquistas son tantas, que no se pueden
-contar. ¡Si tú supieras...! Aristocracia, clase media, pueblo..., en
-todas partes dejó memoria triste, como D. Juan Tenorio. En palacios
-y cabañas se coló, y no respetó nada el muy trasto, ni la virtud, ni
-la paz doméstica, ni la santísima religión. Hasta con monjas y beatas
-ha tenido amores el maldito, y sus éxitos parecen obra del Demonio.
-Sus víctimas no tienen número: maridos y padres burlados; esposas que
-se han ido al Infierno, o se irán cuando mueran; hijos... que no se
-sabe de quién son hijos. En fin, es hombre muy dañino, porque además
-tira las armas con gran arte, y a más de cuatro les ha mandado al
-otro mundo. En su juventud tuvo arrogante figura, y hasta hace poco
-tiempo todavía daba un chasco. Ya comprenderás<span class="pagenum"
-id="Page_84">p. 84</span> que sus conquistas han ido desmereciendo en
-importancia según le iban pesando los añitos. A mí me ha tocado ser la
-última. Pertenezco a su decadencia...</p>
-
-<p>Oyó Díaz estas cosas con indignación primero, con asombro después,
-y lo único que se le ocurrió decir a su amada fue que debía romper
-cuanto antes aquellas nefandas relaciones, a lo que contestó la niña
-muy acongojada que era esto más fácil de decir que de practicar, pues
-el muy ladino, cuando advertía en ella síntomas de hastío y pruritos
-de separación, se las echaba de padre, mostrándose tiránicamente
-cariñoso. Con todo, fuerza era dar un gran tirón para arrancarse de
-tan ignominiosa y antipática vida. Horacio la incitó a proceder con
-firmeza, y a medida que se agigantaba en su mente la figura del D.
-Lope, más viva era su resolución de burlar al burlador y de arrancarle
-su víctima, la postrera quizás, y sin duda la más preciosa.</p>
-
-<p>Volvió Tristana a su casa en un estado moral y mental lastimoso,
-disparada de los nervios, febril, y dispuesta a consumar cualquier
-desatino. Tocábale aquella noche aborrecer a su tirano, y cuando le
-vio llegar, risueño y con humor de bromas, entrole tal rabia, que de
-buena gana le habría tirado a la cabeza el plato de la sopa. Durante
-la comida, D. Lope estuvo decidor, y echaba chafalditas a Saturna,
-diciéndole, entre otras<span class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span>
-cosas:</p>
-
-<p>—Ya, ya sé que tienes un novio ahí en Tetuán, ese que llaman <i>Juan
-y Medio</i> por lo largo que es, el herrador..., ya sabes. Me lo ha
-dicho Pepe, el del tranvía. Por eso, a la caída de la tarde andas
-desatinada por esos caminos, buscando los rincones oscuros, y no falta
-una sombra larga y escueta que se confunda con la tuya.</p>
-
-<p>—Yo no tengo nada con <i>Juan y Medio</i>, señor... Que me pretenda
-él..., no sé; podrá ser. Me hacen la rueda otros que valen más...,
-hasta señoritos. Pues qué se cree, ¿que solo él tiene quien le
-quiera?</p>
-
-<p>Seguía Saturna la broma, mientras Tristana se requemaba
-interiormente, y lo poco que comió se le volvía veneno. A D. Lope
-no le faltaba apetito aquella noche, y daba cuenta pausadamente de
-los garbanzos del cocido como el más pánfilo burgués, del modesto
-principio, más de carnero que de vaca, y de las uvas del postre, todo
-acompañado con tragos de vino de la taberna próxima, malísimo, que el
-buen señor bebía con verdadera resignación, haciendo muecas cada vez
-que a la boca se lo llevaba. Terminada la comida, retirose a su cuarto
-y encendió un puro, llamando a Tristana para que le hiciese compañía; y
-estirándose en la butaca, le dijo estas palabras, que hicieron temblar
-a la joven:</p>
-
-<p>—No es solo Saturna la que tiene un idilio nocturno<span
-class="pagenum" id="Page_86">p. 86</span> por ahí. Tú también lo
-tienes. No, si nadie me ha dicho nada... Pero te lo conozco, hace días
-que te lo leo... en la cara, en la voz.</p>
-
-<p>Tristana palideció. Su blancura de nácar tomó azuladas tintas a
-la luz del velón con pantalla que alumbraba el gabinete. Parecía una
-muerta hermosísima, y se destacaba sobre el sofá con el violento
-escorzo de una figura japonesa, de esas cuya estabilidad no se
-comprende, y que parecen cadáveres risueños pegados a un árbol, a una
-nube, a incomprensibles fajas decorativas. Puso al fin en su cara
-exangüe una sonrisilla forzada, y sobrecogida contestó:</p>
-
-<p>—Te equivocas..., yo no tengo...</p>
-
-<p>D. Lope se le imponía de tal modo, y la fascinaba con tan misteriosa
-autoridad, que ante él, aun con tantas razones para rebelarse, no sabía
-tener ni un respiro de voluntad.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch12">
- <h2 class="nobreak g0">XII</h2>
-</div>
-
-<p>—Lo sé —añadió el D. Juan en decadencia, quitándose las botas
-y poniéndose las zapatillas, que Tristana, para disimular la
-estupefacción en que había quedado, le trajo de la alcoba cercana—. Yo
-soy muy lince en estas cosas, y no ha nacido todavía la persona que me
-engañe y se burle de mí. Tristana, tú has encontrado por ahí un idilio;
-te lo conozco en tus inquietudes de estos días, en tu manera de mirar,
-en el cerco de<span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span> tus
-ojos, en mil detalles que a mí no se me escapan. Soy perro viejo, y sé
-que toda joven de tu edad, si se echa diariamente a la calle, tropieza
-con su idilio. Ello será de una manera o de otra. A veces se encuentra
-lo bueno, a veces lo detestable. Ignoro cómo es tu hallazgo; pero no me
-lo niegues, por tu vida.</p>
-
-<p>Tristana volvió a negar con ademanes y con palabras; pero tan mal,
-tan mal, que más le valiera callarse. Los penetrantes ojos de D. Lope,
-clavados en ella, la sobrecogían, la dominaban, causándole terror y una
-dificultad extraordinaria para mentir. Con gran esfuerzo quiso vencer
-la fascinación de aquella mirada, y repitió sus denegaciones.</p>
-
-<p>—Bueno, defiéndete como puedas —prosiguió el caballero—, pero yo
-sigo en mis trece. Soy viejo sastre y conozco el paño. Te aviso con
-tiempo, Tristana, para que adviertas tu error y retrocedas, porque
-a mí no me gustan idilios callejeros, que pienso serán hasta ahora
-chiquilladas y juegos inocentes. Porque si fueran otra cosa...</p>
-
-<p>Echó al decir esto una mirada tan viva y amenazante sobre la pobre
-joven, que Tristana se retiró un poco, como si en vez de ser una mirada
-fuera una mano la que sobre su rostro venía.</p>
-
-<p>—Mucho cuidado, niña —dijo el caballero, dando una feroz mordida
-al cigarro de estanco (por<span class="pagenum" id="Page_88">p.
-88</span> no poder gastar otros) que fumaba—. Y si tú, por ligereza o
-aturdimiento, me pones en berlina y das alas a cualquier mequetrefe
-para que me tome a mí por un... No, no dudo que entrarás en razón. A
-mí, óyelo bien, nadie en el mundo hasta la hora presente me ha puesto
-en ridículo. Todavía no soy tan viejo para soportar ciertos oprobios,
-muchacha... Conque no te digo más. En último caso, yo me revisto de
-autoridad para apartarte de un extravío, y si otra cosa no te gusta,
-me declaro padre, porque como padre tendré que tratarte si es preciso.
-Tu mamá te confió a mí para que te amparase, y te amparé, y decidido
-estoy a protegerte contra toda clase de asechanzas, y a defender tu
-honor...</p>
-
-<p>Al oír esto, la señorita de Reluz no pudo contenerse, y sintiendo
-que le azotaba el alma una racha de ira, venida quién sabe de donde,
-como soplo de huracán, se irguió y le dijo:</p>
-
-<p>—¿Qué hablas ahí de honor? Yo no lo tengo; me lo has quitado tú, me
-has perdido.</p>
-
-<p>Rompió a llorar tan sin consuelo, que D. Lope varió bruscamente
-de tono y de expresión. Llegose a ella, soltando el cigarro sobre un
-velador, y estrechándole las manos, se las besó, y en la cabeza la besó
-también con no afectada ternura.</p>
-
-<p>—Hija mía, me anonadas juzgándome de una manera tan ejecutiva.
-Verdad que... Sí, tienes razón... Pero bien sabes que no puedo
-mirarte<span class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span> como a una de
-tantas, a quienes... No, no es eso. Tristana, sé indulgente conmigo; tú
-no eres una víctima; yo no puedo abandonarte, no te abandonaré nunca, y
-mientras este triste viejo tenga un pedazo de pan, será para ti.</p>
-
-<p>—¡Hipócrita, falso, embustero! —exclamó la esclava sintiéndose
-fuerte.</p>
-
-<p>—Bueno, hija, desahógate, dime cuantas picardías quieras
-(<i>volviendo a tomar su cigarro</i>); pero déjame hacer contigo lo que
-no he hecho con mujer alguna, mirarte como un ser querido...; esto es
-bastante nuevo en mí..., como un ser de mi propia sangre... ¿Que no lo
-crees?</p>
-
-<p>—No, no lo creo.</p>
-
-<p>—Pues ya te irás enterando. Por de pronto he descubierto que andas
-en malos pasos. No me lo niegues, por Dios. Dime que es tontería,
-frivolidad, cosa sin importancia; pero no me lo niegues. ¡Pues si yo
-quisiera vigilarte...! Pero no, no, el espionaje me parece indigno de
-ti y de mí. No hago más que darte un toquecito de atención, decirte que
-te veo, que te adivino, que al fin y a la postre nada podrás ocultarme,
-porque si me pongo a ello, hasta los pensamientos extraeré de tu magín
-para verlos y examinarlos; hasta tus impresiones más escondidas te
-sacaré cuando menos lo pienses. Chiquilla, cuidado, vuelve en ti. No
-se hablará más de ello si me prometes ser buena y fiel; pero si me
-engañas,<span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span> si vendes mi
-dignidad por un puñado de ternuras que te ofrezca cualquier mocoso
-insípido..., no te asombres de que yo me defienda. Nadie me ha puesto
-la ceniza en la frente todavía.</p>
-
-<p>—Todo es infundado, todo cavilación tuya —dijo Tristana por decir
-algo—, yo no he pensado en...</p>
-
-<p>—Allá veremos —replicó el tirano volviendo a flecharla con su mirada
-escrutadora—. Con lo hablado basta. Eres libre para salir y entrar
-cuando gustes; pero te advierto que a mí no se me puede engañar... Te
-miro como esposa y como hija, según me convenga. Invoco la memoria de
-tus padres...</p>
-
-<p>—¡Mis padres! —exclamó la niña reanimándose—. ¡Si resucitaran y
-vieran lo que has hecho con su hija...!</p>
-
-<p>—Sabe Dios si sola en el mundo, o en otras manos que las mías, tu
-suerte habría sido peor —replicó D. Lope, defendiéndose como pudo—.
-Lo bueno, lo perfecto, ¿dónde está? Gracias que Dios nos conceda lo
-menos malo, y el bien relativo. Yo no pretendo que me veneres como a
-un santo; te digo que veas en mí al hombre que te quiere con cuantas
-clases de cariño pueden existir, al hombre que a todo trance te
-apartará del mal, y...</p>
-
-<p>—Lo que veo —interrumpió Tristana— es un egoísmo brutal, monstruoso,
-un egoísmo que...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span>—El tonillo que
-tomas —dijo Garrido con acritud— y la energía con que me contestas
-me confirman en lo mismo, chicuela sin seso. Idilio tenemos, sí. Hay
-algo fuera de casa que te inspira aborrecimiento de lo de dentro, y al
-propio tiempo te sugiere ideas de libertad, de emancipación. Abajo la
-caretita. Pues no te suelto, no. Te estimo demasiado para entregarte a
-los azares de lo desconocido, y a las aventuras peligrosas. Eres una
-inocentona sin juicio. Yo puedo haber sido para ti un mal padre. Pues
-mira, ahora se me antoja ser padre bueno.</p>
-
-<p>Y adoptando la actitud de nobleza y dignidad que tan bien cuadraba a
-su figura, y que con tanto arte usaba cuando le convenía; poniéndosela
-y haciéndola crujir, cual armadura de templado acero, le dijo estas
-graves palabras:</p>
-
-<p>—Hija mía, yo no te prohibiré que salgas de casa, porque esa
-prohibición es indigna de mí y contraria a mis hábitos. No quiero hacer
-el celoso de comedia, ni el tirano doméstico, cuya ridiculez conozco
-mejor que nadie. Pero si no te prohibo que salgas, te digo con toda
-formalidad que no me agrada verte salir. Eres materialmente libre, y
-las limitaciones que deba tener tu libertad, tú misma eres quien debe
-señalarlas, mirando a mi decoro y al cariño que te tengo.</p>
-
-<p>¡Lástima que no hablara en verso para ser perfecta imagen del
-<i>padre noble</i> de antigua comedia!<span class="pagenum"
-id="Page_92">p. 92</span> Pero la prosa y las zapatillas, que por la
-decadencia en que vivía no eran de lo más elegante, destruían en parte
-aquel efecto. Causaron impresión a la joven las palabras del estropeado
-galán, y se retiró para llorar a solas, allá en la cocina, sobre el
-pecho amigo y leal de Saturna; pero no había transcurrido media hora,
-cuando don Lope tiró de la campanilla para llamarla. En la manera de
-tocar conocía la señorita que la llamaba a ella y no a la criada, y
-acudió cediendo a una costumbre puramente mecánica. No, no pedía ni la
-flor de malva, ni las bayetas calientes: lo que pedía era la compañía
-dulce de la esclava, para entretener su insomnio de libertino averiado,
-a quien los años atormentan como espectros acusadores.</p>
-
-<p>Encontrole paseándose por el cuarto, con un gabán viejo sobre los
-hombros, porque su pobreza no le permitía ya el uso de un batín nuevo
-y elegante; la cabeza descubierta, pues antes de que ella entrara, se
-quitó el gorro con que solía cubrirla por las noches.</p>
-
-<p>Estaba guapo sin duda, con varonil y avellanada hermosura de
-<i>Cuadro de las Lanzas</i>.</p>
-
-<p>—Te he llamado, hija mía —le dijo, echándose en una butaca
-y sentando a la esclava sobre sus rodillas—, porque no quería
-acostarme sin charlar algo más. Sé que no he de dormir si me<span
-class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span> acuesto dejándote
-disgustada... Conque vamos a ver... cuéntame tu idilio...</p>
-
-<p>—No tengo ninguna historia que contar —replicó Tristana, rechazando
-sus caricias con buen modo, como haciéndose la distraída.</p>
-
-<p>—Bueno, pues yo lo descubriré. No, no te riño. ¡Si aun portándote
-mal conmigo, tengo mucho que agradecerte! Me has querido en mi vejez,
-me has dado tu juventud, tu candor; cogí flores en la edad en que no
-me correspondía tocar más que abrojos. Reconozco que he sido malo para
-ti, y que no debí arrancarte del tallo. Pero no lo puedo remediar; no
-me puedo convencer de que soy viejo, porque Dios parece que me pone en
-el alma un sentimiento de eterna juventud... ¿Qué dices a esto? ¿Qué
-piensas? ¿Te burlas?... Ríete todo lo que quieras; pero no te alejes de
-mí. Yo sé que no puedo dorar tu cárcel (<i>con amargura vivísima</i>),
-porque soy pobre. Es la pobreza también una forma de vejez; pero a esta
-me resigno menos que a la otra. El ser pobre me anonada, no por mí,
-sino por ti, porque me gustaría rodearte de las comodidades, de las
-galas que te corresponden. Mereces vivir como una princesa, y te tengo
-aquí como una pobrecita hospiciana... No puedo vestirte como quisiera.
-Gracias que tú estás bien de cualquier modo, y en esta estrechez,
-en nuestra miseria mal disimulada, siempre, siempre eres y serás
-perla.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span>Con gestos más que
-con palabras, dio a entender Tristana que le importaba un bledo la
-pobreza...</p>
-
-<p>—¡Ah..., no!; estas cosas se dicen, pero rara vez se sienten. Nos
-resignamos porque no hay más remedio; pero la pobreza es cosa muy mala,
-hija, y todos, más o menos sinceramente, renegamos de ella. Cree que
-mi mayor suplicio es no poder dorarte la jaulita. ¡Y qué bien te la
-doraría yo! Porque lo entiendo, cree que lo entiendo. Fui rico; al
-menos tenía para vivir solo holgadamente, y hasta con lujo. Tú no te
-acordarás, porque eras entonces muy niña, de mi cuarto de soltero en
-la calle de Luzón. Josefina te llevó alguna vez, y tú tenías miedo a
-las armaduras que adornaban mi sala. ¡Cuántas veces te cogí en brazos,
-y te paseé por toda la casa, mostrándote mis pinturas, mis pieles de
-león y de tigre, mis panoplias, los retratos de damas hermosas... y tú
-sin acabar de perder el miedo! Era un presentimiento, ¿verdad? ¡Quién
-nos había de decir entonces que andando los años...! Yo, que todo lo
-preveo, tratándose de amores posibles, no preví esto, no se me ocurría.
-¡Ay, cuánto he decaído desde entonces! De escalón en escalón he ido
-bajando, hasta llegar a esta miseria vergonzosa. Primero tuve que
-privarme de mis caballos, de mi coche... dejé el cuarto de la calle de
-Luzón, cuando resultaba demasiado<span class="pagenum" id="Page_95">p.
-95</span> costoso para mí. Tomé otro, y luego, cada pocos años he ido
-buscándolos más baratos, hasta tener que refugiarme en este arrabal
-excéntrico y vulgarote. A cada etapa, a cada escalón, iba perdiendo
-algo de las cosas buenas y cómodas que me rodeaban. Ya me privaba de mi
-bodega, bien repuesta de exquisitos vinos; ya de mis tapices flamencos
-y españoles; después de mis cuadros; luego de mis armas preciosísimas,
-y por fin, ya no me quedan más que cuatro trastos indecentes... Pero no
-debo quejarme del rigor de Dios, porque me quedas tú, que vales más que
-cuantas joyas he perdido.</p>
-
-<p>Afectada por las nobles expresiones del caballero en decadencia,
-Tristana no supo cómo contestarlas, pues no quería ser esquiva con
-él, por no parecer ingrata, ni tampoco amable, temerosa de las
-consecuencias. No se determinó a pronunciar una sola palabra tierna
-que indicase flaqueza de ánimo, porque no ignoraba el partido que el
-muy taimado sacaría al instante de tal situación. Por el pensamiento
-de Garrido cruzó una idea que no quiso expresar. Le amordazaba la
-delicadeza, en la cual era tan extremado, que ni una sola vez, cuando
-hablaba de su penuria, sacó a relucir sus sacrificios en pro de la
-familia de Tristana. Aquella noche sintió cierta comezón de ajustar
-cuentas de gratitud; pero la frase expiró en sus labios, y solo con el
-pensamiento le dijo:<span class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span>
-«No olvides que casi toda mi fortuna la devoraron tus padres. ¿Y esto
-no se pesa y se mide también? ¿Ha de ser todo culpa en mí? ¿No se te
-ocurre que algo hay que echar en el otro platillo? ¿Es esa manera justa
-de pesar, niña, y de juzgar?»</p>
-
-<p>—Por fin —dijo en alta voz después de una pausa, en la cual juzgó y
-pesó la frialdad de su cautiva—, quedamos en que no tienes maldita gana
-de contarme tu idilio. Eres tonta. Sin hablar, me lo estás contando con
-la repugnancia que tienes de mí, y que no puedes disimular. Entendido,
-hija, entendido. (<i>Poniéndola en pie y levantándose él también.</i>)
-No estoy acostumbrado a inspirar asco, francamente, ni soy hombre que
-gusta de echar tantos memoriales para obtener lo que le corresponde.
-No me estimo en tan poco. ¿Qué pensabas? ¿Que te iba a pedir de
-rodillas...? Guarda tus encantos juveniles para algún monigote de
-estos de ahora, sí, de estos que no podemos llamar hombres sin acortar
-la palabra o estirar la persona. Vete a tu cuartito, y medita sobre
-lo que hemos hablado. Bien podría suceder que tu idilio me resultara
-indiferente... mirándolo yo como un medio fácil de que aprendieras, por
-demostración experimental, lo que va de hombre a hombre... Pero bien
-podría suceder también que se me indigestara, y que sin atufarme mucho,
-porque el caso no lo<span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span>
-merece, como quien aplasta hormigas, te enseñara yo...</p>
-
-<p>Indignose tanto la niña de aquella amenaza, y hubo de encontrarla
-tan insolente, que sintió resurgir de su pecho el odio que en ocasiones
-su tirano le inspiraba. Y como las tumultuosas apariciones de aquel
-sentimiento le quitaban por ensalmo la cobardía, se sintió fuerte ante
-él, y le soltó redonda una valiente respuesta.</p>
-
-<p>—Pues mejor: no temo nada. Mátame cuando quieras.</p>
-
-<p>Y D. Lope, al verla salir en tan decidida y arrogante actitud, se
-llevó las manos a la cabeza y se dijo:</p>
-
-<p>—No me teme ya. Ciertos son los toros.</p>
-
-<p>En tanto, Tristana corrió a la cocina en busca de Saturna, y entre
-cuchicheos y lágrimas, le dio sus órdenes, que palabra más o menos eran
-así:</p>
-
-<p>—Mañana, cuando vayas por la cartita, le dices que no traiga coche,
-que no salga, que me espere en el estudio, pues allá voy aunque me
-muera... Oye; adviértele que despida el modelo, si lo tiene mañana,
-y que no reciba a nadie... que esté solo, vamos... Si este hombre me
-mata, máteme con razón.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch13">
- <h2 class="nobreak g0">XIII</h2>
-</div>
-
-<p>Y desde aquel día ya no pasearon más.</p>
-
-<p>Pasearon, sí, en el breve campo del estudio,<span class="pagenum"
-id="Page_98">p. 98</span> desde el polo de lo ideal al de las
-realidades; recorrieron toda la esfera, desde lo humano a lo divino,
-sin poder determinar fácilmente la divisoria entre uno y otro, pues
-lo humano les parecía del cielo, y lo divino revestíase a sus ojos de
-carne mortal. Cuando su alegre embriaguez permitió a Tristana enterarse
-del medio en que pasaba tan dulces horas, una nueva aspiración se
-reveló a su espíritu, el arte, hasta entonces simplemente soñado por
-ella, ahora visto de cerca y comprendido. Encendieron su fantasía y
-embelesaron sus ojos las formas humanas o inanimadas que, traducidas
-de la Naturaleza, llenaban el estudio de su amante; y aunque antes de
-aquella ocasión había visto cuadros, nunca vio a tan corta distancia
-el natural del procedimiento. Y tocaba con su dedito la fresca
-pasta, creyendo apreciar mejor así los secretos de la obra pintada,
-y sorprenderla en su misteriosa gestación. Después de ver trabajar a
-Díaz, se prendó más de aquel arte delicioso, que le parecía fácil en
-su procedimiento, y entráronle ganas de probar también su aptitud.
-Púsole él en la izquierda mano la paleta, el pincel en la derecha,
-y la incitó a copiar un trozo. Al principio, ¡ay!, entre risotadas
-y contorsiones, solo pudo cubrir la tela de informes manchas;
-pero al segundo día, ¡caramba!, ya consiguió mezclar hábilmente
-dos o tres colores y ponerlos en su sitio, y aun fundirlos<span
-class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span> con cierta destreza. ¡Qué
-risa! ¡Si resultaría que también ella era pintora! No le faltaban, no,
-disposiciones, porque la mano perdía de hora en hora su torpeza, y si
-la mano no le ayudaba, la mente iba muy altanera por delante, sabiendo
-<i>cómo se hacía</i>, aunque hacerlo no pudiera. Desalentada ante
-las dificultades del procedimiento, se impacientaba, y Horacio reía,
-diciéndole:</p>
-
-<p>—Pues ¿qué crees tú, que esto es cosa de juego?</p>
-
-<p>Quejábase amargamente de no haber tenido a su lado, en tanto tiempo,
-personas que supieran ver en ella una aptitud para algo, aplicándola al
-estudio de un arte cualquiera.</p>
-
-<p>—Ahora me parece a mí que si de niña me hubiesen enseñado el dibujo,
-hoy sabría yo pintar, y podría ganarme la vida, y ser independiente
-con mi honrado trabajo. Pero mi pobre mamá no pensó más que en darme
-la educación insubstancial de las niñas que aprenden para llevar un
-buen yerno a casa, a saber: un poco de piano, el indispensable barniz
-de francés, y qué sé yo..., tonterías. ¡Si aún me hubiesen enseñado
-idiomas, para que, al quedarme sola y pobre, pudiera ser profesora de
-lenguas...! Luego, este hombre maldito me ha educado para la ociosidad
-y para su propio recreo, a la turca verdaderamente, hijo... Así es que
-me encuentro inútil de toda inutilidad. Ya ves, la pintura me encanta;
-siento vocación, facilidad.<span class="pagenum" id="Page_100">p.
-100</span> ¿Será inmodestia? No, dime que no; dame bombo, anímame...
-Pues si con voluntad, paciencia y una aplicación continua se vencieran
-las dificultades, yo las vencería, y sería pintora, y estudiaríamos
-juntos, y mis cuadros..., ¡muérete de envidia!, dejarían tamañitos a
-los tuyos... ¡Ah, no, eso no; tú eres el rey de los pintores! No, no te
-enfades; lo eres, porque yo te lo digo. ¡Tengo un instinto...! Yo no
-sabré hacer las cosas, pero las sé juzgar.</p>
-
-<p>Estos alientos de artista, estos arranques de mujer superior
-encantaban al buen Díaz, el cual, a poco de aquellos íntimos tratos,
-empezó a notar que la enamorada joven se iba creciendo a los ojos de
-él, y le empequeñecía. En verdad que esto le causaba sorpresa, y casi
-casi empezaba a contrariarle, porque había soñado en Tristana la mujer
-subordinada al hombre en inteligencia y en voluntad, la esposa que
-vive de la savia moral e intelectual del esposo, y que con los ojos y
-con el corazón de él ve y siente. Pero resultaba que la niña discurría
-por cuenta propia, lanzándose a los espacios libres del pensamiento, y
-demostraba las aspiraciones más audaces.</p>
-
-<p>—Mira, hijo de mi alma —le decía en aquellas divagaciones deliciosas
-que les columpiaban desde los transportes del amor a los problemas más
-graves de la vida—, yo te quiero con toda mi alma; segura estoy de no
-poder vivir sin ti.<span class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span>
-Toda mujer aspira a casarse con el hombre que ama: yo no. Según las
-reglas de la sociedad, estoy ya imposibilitada de casarme. No podría
-hacerlo, ni aun contigo, con la frente bien alzada, pues por muy bueno
-que conmigo fueras, siempre tendría ante ti cierto resquemor de haberte
-dado menos de lo que mereces, y temería que tarde o temprano, en un
-momento de mal humor o de cansancio, me dijeras que habías tenido que
-cerrar los ojos para ser mi marido... No, no. ¿Será esto orgullo, o
-qué será? Yo te quiero y te querré siempre; pero deseo ser libre.
-Por eso ambiciono un medio de vivir; cosa difícil, ¿verdad? Saturna
-me pone en solfa, y dice que no hay más que tres carreras para las
-mujeres: el matrimonio, el teatro y... Ninguna de las tres me hace
-gracia. Buscaremos otra. Pero yo pregunto: ¿es locura poseer un arte,
-cultivarlo y vivir de él? ¿Tan poco entiendo del mundo, que tengo por
-posible lo imposible? Explícamelo tú, que sabes más que yo.</p>
-
-<p>Y Horacio, apuradísimo, después de muchos rodeos, concluía por hacer
-suya la afirmación de Saturna.</p>
-
-<p>—Pero tú —agregaba— eres una mujer excepcional, y esa regla no va
-contigo. Tú encontrarás la fórmula, tú resolverás quizás el problema
-endiablado de la mujer libre...</p>
-
-<p>—Y honrada, se entiende, porque también te<span class="pagenum"
-id="Page_102">p. 102</span> digo que no creo faltar a la honradez
-queriéndote, ya vivamos o no juntos... Vas a decirme que he perdido
-toda idea de moralidad.</p>
-
-<p>—No, por Dios. Yo creo...</p>
-
-<p>—Soy muy mala yo. ¿No lo habías conocido? Confiésame que te has
-asustado un poquitín al oírme lo último que te he dicho. Hace tiempo,
-mucho tiempo, que sueño con esa libertad honrada; y desde que te
-quiero, como se me ha despertado la inteligencia, y me veo sorprendida
-por rachas de saber que me entran en el magín, lo mismo que el viento
-por una puerta mal cerrada, veo muy claro eso de la honradez libre.
-Pienso en esto a todas horas, pensando en ti, y no ceso de echar pestes
-contra los que no supieron enseñarme un arte, siquiera un oficio,
-porque si me hubieran puesto a ribetear zapatos, a estas horas sería yo
-una buena oficiala, y quizás maestra. Pero aún soy joven. ¿No te parece
-a ti que soy joven? Veo que pones carita burlona. Eso quiere decir que
-soy joven para el amor, pero que tengo los huesos duros para aprender
-un arte. Pues mira, me rejuveneceré; me quitaré años; volveré a la
-infancia, y mi aplicación suplirá el tiempo perdido. Una voluntad firme
-lo vence todo. ¿No lo crees tú así?</p>
-
-<p>Subyugado por tanta firmeza, Horacio se mostraba más amante
-cada día, reforzando el amor con la admiración. Al contacto de la
-fantasía<span class="pagenum" id="Page_103">p. 103</span> exuberante
-de ella, despertáronse en él poderosas energías de la mente; el ciclo
-de sus ideas se agrandó; y comunicándose de uno a otro el poderoso
-estímulo de sentir fuerte y pensar hondo, llegaron a un altísimo grado
-de tempestuosa embriaguez de los sentidos, con relámpagos de atrevidas
-utopias eróticas y sociales. Filosofaban con peregrino desenfado entre
-delirantes ternuras y vencidos del cansancio, divagaban lánguidamente
-hasta perder el aliento. Callaban las bocas, y los espíritus seguían
-aleteando por el espacio.</p>
-
-<p>En tanto, nada digno de referirse ocurría en las relaciones de
-Tristana con su señor, el cual había tomado una actitud observadora y
-expectante, mostrándose con ella muy atento, mas no cariñoso. Veíala
-entrar tarde algunas noches, y atentamente la observaba; mas no la
-reprendía, adivinando que, al menor choque, la esclava sabría mostrar
-intenciones de no serlo. Algunas noches charlaron de diversos asuntos,
-esquivando D. Lope, con fría táctica, el tratar del idilio; y tal
-viveza de espíritu mostraba la niña, de tal modo se transfiguraba su
-nacarado rostro de dama japonesa, al reflejar en sus negros ojos la
-inteligencia soberana, que D. Lope, refrenando sus ganas de comérsela
-a besos, se llenaba de melancolía, diciendo para su sayo: «<i>Le ha
-salido</i> talento... Sin duda ama.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span>No pocas veces la
-sorprendió en el comedor, a horas desusadas, bajo el foco luminoso de
-la lámpara colgante, dibujando el contorno de alguna figura en grabado,
-o copiando cualquier objeto de los que en la estancia había.</p>
-
-<p>—Bien, bien —le dijo a la tercera o cuarta vez que la encontró en
-semejante afán—. Adelantas, hija, adelantas. De anteanoche acá, noto
-una gran diferencia.</p>
-
-<p>Y encerrándose en su alcoba con sus melancolías, el pobre galán
-decadente exclamaba, dando un puñetazo sobre la mesa:</p>
-
-<p>—Otro dato. El tal es pintor.</p>
-
-<p>Pero no quería meterse en averiguaciones directas, por
-creerlas ofensivas a su decoro, e impropias de su nunca profanada
-caballerosidad. Una tarde, no obstante, en la plataforma del tranvía,
-charlando con uno de los cobradores, que era su amigo, le preguntó:</p>
-
-<p>—Pepe, ¿hay por aquí algún estudio de pintor?</p>
-
-<p>Precisamente en aquel instante pasaban frente a la calle
-transversal, formada por edificios nuevos de pobretería, destacándose
-entre ellos una casona de ladrillo al descubierto, grande y de
-provecho, rematada en una especie de estufa, como taller de fotógrafo o
-de artista.</p>
-
-<p>—Allí —dijo el cobrador— tenemos al señor de Díaz, retratista al
-óleo...</p>
-
-<p>—¡Ah!, sí, le conozco —replicó D. Lope—. Ese que...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_105">p. 105</span>—Ese que va y viene
-por mañana y tarde. No duerme aquí. ¡Guapo chico!</p>
-
-<p>—Sí, ya sé... Moreno, chiquitín.</p>
-
-<p>—No, es alto.</p>
-
-<p>—Alto, sí; pero un poco cargado de espaldas.</p>
-
-<p>—No, garboso.</p>
-
-<p>—Justo, con melenas...</p>
-
-<p>—Si lleva el pelo al rape.</p>
-
-<p>—Se lo habrá cortado ahora. Parece de estos italianos que tocan el
-arpa.</p>
-
-<p>—No sé si toca el arpa. Pero es muy aplicado a los pinceles. A un
-compañero nuestro le llevó de modelo para apóstol... Crea usted que le
-sacó hablando.</p>
-
-<p>—Pues yo pensé que pintaba paisajes.</p>
-
-<p>—También... y caballerías... Flores retrata que parecen vivas;
-frutas bien maduras, y codornices muertas. De todo propiamente.
-Y las mujeres en cueros que tiene en el estudio le ponen a uno
-encandilado.</p>
-
-<p>—¿También niñas desnudas?</p>
-
-<p>—O a medio vestir, con una tela que tapa y no tapa. Suba y véalo
-todo, D. Lope. Es buen chico ese D. Horacio y le recibirá bien.</p>
-
-<p>—Yo estoy curado de espanto, Pepe. No sé admirar esas hembras
-pintadas. Me han gustado siempre más las vivas. Vaya..., con Dios.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch14">
- <p><span class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XIV</h2>
-</div>
-
-<p>Justo es decir que la serie borrascosa de turcas de amor cogidas
-por el espiritual artista en aquella temporada le desviaron de
-su noble profesión. Pintaba poco, y siempre sin modelo; empezó a
-sentir los remordimientos del trabajador, esa pena que causan los
-trozos sin concluir pidiendo hechura y encaje; mas entre el arte y
-el amor prefería este, por ser cosa nueva en él, que despertaba las
-emociones más dulces de su alma; un mundo recién descubierto, florido,
-exuberante, riquísimo, del cual había que tomar posesión, afianzando
-sólidamente en él la planta de geógrafo y de conquistador. El arte ya
-podía esperar; ya volvería cuando las locas ansias se calmasen; y se
-calmarían, tomando el amor un carácter pacífico, más de colonización
-reposada que de furibunda conquista. Creía sinceramente el bueno
-de Horacio que aquel era el amor de toda su vida, que ninguna otra
-mujer podría agradarle ya, ni sustituir en su corazón a la exaltada
-y donosa Tristana; y se complacía en suponer que el tiempo iría
-templando en ella la fiebre de ideación, pues para esposa o querida
-perpetua tal flujo de pensar temerario le parecía excesivo. Esperaba
-que su constante cariño y la acción del tiempo rebajarían un poco la
-talla imaginativa<span class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span>
-y razonante de su ídolo, haciéndola más mujer, más doméstica, más
-corriente y útil.</p>
-
-<p>Esto pensaba; mas no lo decía. Una noche que juntos charlaban,
-mirando la puesta de sol y saboreando la dulcísima melancolía de una
-tarde brumosa, se asustó Díaz de oírla expresarse en estos términos:</p>
-
-<p>—Es muy particular lo que me pasa: aprendo fácilmente las cosas
-difíciles; me apropio las ideas y las reglas de un arte..., hasta de
-una ciencia si me apuras; pero no puedo enterarme de las menudencias
-prácticas de la vida. Siempre que compro algo, me engañan; no sé
-apreciar el valor de las cosas; no tengo ninguna idea de gobierno, ni
-de orden, y si Saturna no se entendiera con todo en mi casa, aquello
-sería una leonera. Es indudable que cada cual sirve para una cosa; yo
-podré servir para muchas, pero para esa está visto que no valgo. Me
-parezco a los hombres en que ignoro lo que cuesta una arroba de patatas
-y un quintal de carbón. Me lo ha dicho Saturna mil veces, y por un oído
-me entra y por otro me sale. ¿Habré nacido para gran señora? Puede que
-sí. Comoquiera que sea, me conviene aplicarme, aprender todo eso, y
-sin perjuicio de poseer un arte, he de saber criar gallinas y remendar
-la ropa. En casa trabajo mucho, pero sin iniciativa. Soy pincha de
-Saturna, la ayudo, barro, limpio y fregoteo, eso sí; pero ¡desdichada
-casa si yo mandara en ella!<span class="pagenum" id="Page_108">p.
-108</span> Necesito aprenderlo, ¿verdad? El maldito don Lope ni aun
-eso se ha cuidado de enseñarme. Nunca he sido para él más que una
-circasiana comprada para su recreo, y se ha contentado con verme
-bonita, limpia y amable.</p>
-
-<p>Respondiole el pintor que no se apurara por adquirir el saber
-doméstico, pues fácilmente se lo enseñaría la práctica.</p>
-
-<p>—Eres una niña —agregó— con muchísimo talento y grandes
-disposiciones. Te falta solo el pormenor, el conocimiento menudo que
-dan la independencia y la necesidad.</p>
-
-<p>—Un recelo tengo —dijo Tristana, echándole al cuello los brazos—:
-que dejes de quererme por no saber yo lo que se puede comprar con
-un duro..., porque temas que te convierta la casa en una escuela de
-danzantes. La verdad es que si pinto como tú, o descubro otra profesión
-en que pueda lucir y trabajar con fe, ¿cómo nos vamos a arreglar, hijo
-de mi vida? Es cosa que espanta.</p>
-
-<p>Expresó su confusión de una manera tan graciosa, que Horacio no pudo
-menos de soltar la risa.</p>
-
-<p>—No te apures, hija. Ya veremos. Me pondré yo las faldas. ¡Qué
-remedio hay!</p>
-
-<p>—No, no —dijo Tristana, alzando un dedito y marcando con él
-las expresiones de un modo muy salado—. Si encuentro mi manera de
-vivir,<span class="pagenum" id="Page_109">p. 109</span> viviré sola.
-¡Viva la independencia...!, sin perjuicio de amarte y de ser siempre
-tuya. Yo me entiendo: tengo acá mis ideítas. Nada de matrimonio, para
-no andar a la greña por aquello de quién tiene las faldas y quién no.
-Creo que has de quererme menos si me haces tu esclava; creo que te
-querré poco si te meto en un puño. Libertad honrada es mi tema..., o
-si quieres, mi dogma. Ya sé que es difícil, muy difícil, porque la
-<i>sociedaz</i>, como dice Saturna... No acabo de entenderlo... Pero yo
-me lanzo al ensayo... ¿Que fracaso? Bueno. Y si no fracaso, hijito, si
-me salgo con la mía, ¿qué dirás tú? ¡Ay!, has de verme en mi casita,
-sola, queriéndote mucho, eso sí, y trabajando, trabajando en mi arte
-para ganarme el pan; tú en la tuya, juntos a ratos, separados muchas
-horas, porque... ya ves, eso de estar siempre juntos, siempre juntos,
-noche y día, es así, un poco...</p>
-
-<p>—¡Qué graciosa eres y recuantísimo te quiero! No paso por estar
-separado de ti parte del día. Seremos dos en uno, los hermanos
-siameses; y si quieres ponerte pantalones, póntelos; si quieres hacer
-el marimacho, anda con Dios... Pero ahora se me ocurre una grave
-dificultad. ¿Te la digo?</p>
-
-<p>—Sí, hombre, dila.</p>
-
-<p>—No, no quiero. Es pronto.</p>
-
-<p>—¿Cómo pronto? Dímela, o te arranco una oreja.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span>—Pues yo... ¿Te
-acuerdas de lo que hablábamos anoche?</p>
-
-<p>—Chí.</p>
-
-<p>—Que no te acuerdas.</p>
-
-<p>—Que sí, bobillo. ¡Tengo yo una memoria...! Me dijiste que para
-completar la ilusión de tu vida deseabas...</p>
-
-<p>—Dilo.</p>
-
-<p>—No, dilo tú.</p>
-
-<p>—Deseabas tener un chiquillín.</p>
-
-<p>—¡Ay!, no, no; le querría yo tanto, que me moriría de pena si me le
-quitaba Dios. Porque se mueren todos (<i>con exaltación</i>). ¿No ves
-pasar continuamente los carros fúnebres con las cajitas blancas? ¡Me da
-una tristeza...! Ni sé para qué permite Dios que vengan al mundo si tan
-pronto se los ha de llevar... No, no; niño nacido es niño muerto...,
-y el nuestro se moriría también. Más vale que no lo tengamos. Di que
-no.</p>
-
-<p>—Digo que sí. Déjalo, tonta. ¿Y por qué se ha de morir? Supón que
-vive..., y aquí entra el problema. Puesto que hemos de vivir separados,
-cada uno en su casa, independiente yo, libre y honrada tú, cada cual en
-su hogar honradísimo y <i>librísimo</i>..., digo, libérrimo, ¿en cuál
-de los hogares vivirá el angelito?</p>
-
-<p>Tristana se quedó absorta, mirando las rayas del entarimado. No se
-esperaba la temida proposición,<span class="pagenum" id="Page_111">p.
-111</span> y al pronto no encontró manera de resolverla. De súbito,
-congestionado su pensamiento con un mundo de ideas que en tropel lo
-asaltaron, echose a reír, bien segura de poseer la verdad, y la expresó
-en esta forma:</p>
-
-<p>—Toma, pues conmigo, conmigo..., ¿qué duda puede haber? Si es mío,
-mío, ¿con quién ha de estar?</p>
-
-<p>—Pero como será mío también, como será de los dos...</p>
-
-<p>—Sí..., pero te diré...; tuyo, porque..., vamos, no lo quiero
-decir... Tuyo, sí; pero es más mío que tuyo. Nadie puede dudar que
-es mío, porque la Naturaleza de mí propia lo arranca. Lo de tuyo es
-indudable; pero... no consta tanto, para el mundo, se entiende... ¡Ay!,
-no me hagas hablar así, ni dar estas explicaciones.</p>
-
-<p>—Al contrario, mejor es explicarlo todo. Nos encontraremos en tal
-situación, que yo pueda decir: mío, mío.</p>
-
-<p>—Más fuerte lo podré decir yo: mío, mío y eternamente mío.</p>
-
-<p>—Y mío también.</p>
-
-<p>—Convengo; pero...</p>
-
-<p>—No hay pero que valga.</p>
-
-<p>—No me entiendes. Claro es que tuyo... Pero me pertenece más a
-mí.</p>
-
-<p>—No, por igual.</p>
-
-<p>—Calla, hombre; por igual nunca. Bien lo<span class="pagenum"
-id="Page_112">p. 112</span> comprendes: podría haber otros casos en
-que... Hablo en general.</p>
-
-<p>—No hablamos sino en particular.</p>
-
-<p>—Pues en particular te digo que es mío, y que no lo suelto, ¡ea!</p>
-
-<p>—Es que... veríamos...</p>
-
-<p>—No hay veríamos que valga.</p>
-
-<p>—Mío, mío.</p>
-
-<p>—Tuyo, sí; pero... fíjate bien..., quiero decir que eso de tuyo no
-es tan claro en la generalidad de los casos. Luego, la Naturaleza me da
-más derechos que a ti... Y se llamará como yo, con mi apellidito nada
-más. ¿Para qué tanto ringorrango?</p>
-
-<p>—Tristana, ¿qué dices? (<i>incomodándose</i>).</p>
-
-<p>—Pero qué, ¿te enojas? Hijo, si tú tienes la culpa. ¿Para qué me...?
-No, por Dios, no te enfades. Me vuelvo atrás, me desdigo...</p>
-
-<p>La nubecilla pasó, y pronto fue todo claridad y luz en el cielo
-de aquellas dichas, ligeramente empañado. Pero Díaz quedó un poco
-triste. Con sus dulces carantoñas, quiso Tristana disipar aquella fugaz
-aprensión, y más mona y hechicera que nunca, le dijo:</p>
-
-<p>—¡Vaya, que reñir por una cosa tan remota, por lo que quizás no
-suceda! Perdóname. No puedo remediarlo. Me salen ideas, como me podrían
-salir granos en la cara. ¿Yo que culpa tengo? Cuando menos se piensa,
-pienso cosas que<span class="pagenum" id="Page_113">p. 113</span> no
-debe una pensar... Pero no hagas caso. Otra vez, coges un palito y me
-pegas. Considera esto como una enfermedad nerviosa o cerebral, que se
-corrige con unturas de vara de fresno. ¡Qué tontería, afanarnos por lo
-que no existe, por lo que no sabemos si existirá, teniendo un presente
-tan fácil, tan bonito, para gozar de él!</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch15">
- <h2 class="nobreak g0">XV</h2>
-</div>
-
-<p>Bonito, realmente bonito a no poder más era el presente, y Horacio
-se extasiaba en él, como si transportado se viera a un rincón de la
-eterna gloria. Mas era hombre de carácter grave, educado en la soledad
-meditabunda, y por costumbre medía y pesaba todas las cosas, previendo
-el desarrollo posible de los sucesos. No era de estos que fácilmente
-se embriagan con las alegrías, sin ver el reverso de ellas. Su claro
-entendimiento le permitía analizarse con observación segura, examinando
-bien su ser inmutable al través de los delirios o tempestades que en
-él se iban sucediendo. Lo primero que encontró en aquel análisis fue
-la seducción irresistible que la damita japonesa sobre él ejercía,
-fenómeno que en él era como una dulce enfermedad, de que no quería
-en ningún modo curarse. Consideraba imposible vivir sin sus gracias,
-sin sus monerías inenarrables, sin las mil formas fascinadoras<span
-class="pagenum" id="Page_114">p. 114</span> que la divinidad tomaba
-en ella al humanizarse. Encantábale su modestia cuando humilde se
-mostraba, y su orgullo cuando se embravecía. Sus entusiasmos locos
-y sus desalientos o tristezas le enamoraban del mismo modo. Jovial,
-era deliciosa la niña; enojada, también. Reunía un sin fin de dotes
-y cualidades, graves las unas, frívolas y mundanas las otras; a
-veces su inteligencia juzgaba de todo con claro sentido, a veces con
-desvarío seductor. Sabía ser dulce y amarga, blanda y fresca como el
-agua, ardiente como el fuego, vaga y rumorosa como el aire. Inventaba
-travesuras donosas, vistiéndose con los trajes de los modelos, e
-improvisando monólogos, o comedias en que ella sola hacía dos o tres
-personajes; pronunciaba discursos saladísimos; remedaba a su viejo D.
-Lope; y en suma, tales talentos y donaires iba sacando, que el buen
-Díaz, enamorado como un salvaje, pensaba que su amiguita compendiaba y
-resumía todos los dones concedidos a la naturaleza mortal.</p>
-
-<p>Pues en el ramo, si así puede llamarse, de la ternura, era la
-señorita de Reluz igualmente prodigiosa. Sabía expresar su cariño
-en términos siempre nuevos; ser dulce sin empalagar, candorosa sin
-insulsez, atrevidilla sin asomos de corrupción, con la sinceridad
-siempre por delante, como la primera y más visible de sus infinitas
-gracias. Y Horacio, viendo además en ella<span class="pagenum"
-id="Page_115">p. 115</span> algo que sintomatizaba el precioso mérito
-de la constancia, creía que la pasión duraría en ambos tanto como la
-vida, y aún más; porque, como creyente sincero, no daba por extinguidos
-sus ideales en la oscuridad del morir.</p>
-
-<p>El arte era el que salía perdiendo con estas pasiones eternas y
-estos crecientes ardores. Por las mañanas se entretenía pintando flores
-o animales muertos. Llevábanle el almuerzo del merendero del Riojano,
-y comía con voracidad, abandonando los restos en cualquier mesilla
-del estudio. Este ofrecía un desorden encantador, y la portera, que
-intentaba arreglarlo todas las mañanas, aumentaba la confusión y el
-desarreglo. Sobre el ancho diván veíanse libros revueltos, una manta
-morellana; en el suelo las cajas de color, tiestos, perdices muertas;
-sobre las corvas sillas tablas a medio pintar; más libros, carpetas
-de estampas; en el cuartito anexo, destinado a lavatorio y a guardar
-trastos, más tablitas, el jarro del agua con ramas de arbustos puestas
-a refrescar, una bata de Tristana colgada de la percha, y lindos
-trajes esparcidos por do quiera; un alquicel árabe, un ropón japonés,
-antifaces, quirotecas, chupas y casacas bordadas, pelucas, babuchas de
-odalisca y delantales de campesina romana. Máscaras griegas de cartón
-y telas de casullas decoraban las paredes, entre retratos y fotografías
-mil de caballos, barcos, perros y toros.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span>Después de
-almorzar esperó Díaz una media hora, y como su amada no pareciera, se
-impacientó, y para entretenerse se puso a leer a Leopardi. Sabía con
-perfección castiza el italiano, que le enseñó su madre, y aunque en el
-largo espacio de la tiranía del abuelo se le olvidaron algunos giros,
-la raíz de aquel conocimiento vivió siempre en él, y en Venecia, Roma
-y Nápoles se adiestró de tal modo que fácilmente pasaba por italiano
-en cualquier parte, aun en la misma Italia. Dante era su única pasión
-literaria. Repetía, sin olvidar un solo verso, cantos enteros del
-<i>Infierno</i> y <i>Purgatorio</i>. Dicho se está que, casi sin
-proponérselo, dio a su amiguita lecciones del <i>bel parlare</i>.
-Con su asimilación prodigiosa, Tristana dominó en breves días la
-pronunciación, y leyendo a ratos como por juego, y oyéndole leer a él,
-a las dos semanas recitaba con admirable entonación de actriz consumada
-el pasaje de Francesca, el de Ugolino y otros.</p>
-
-<p>Pues, a lo que iba: engañaba Horacio el tiempo leyendo al
-melancólico poeta de Recanati, y se detenía meditabundo ante aquel
-profundo pensamiento: <i>e discoprendo, solo il nulla s’accresce</i>,
-cuando sintió los pasitos que anhelaba oír; y ya no se acordó de
-Leopardi, ni se cuidó de que <i>il nulla</i> creciera o menguara
-<i>discoprendo</i>.</p>
-
-<p>¡Gracias a Dios! Tristana entró con aquella agilidad infantil que
-no cedía ni al cansancio de<span class="pagenum" id="Page_117">p.
-117</span> la interminable escalera, y se fue derecha a él para
-abrazarle, cual si hubiera pasado un año sin verle.</p>
-
-<p>—¡Rico, facha, cielo, pintamonas, qué largo el tiempo de ayer a hoy!
-Me moría de ganas de verte... ¿Te has acordado de mí? ¿A que no has
-soñado conmigo como yo contigo? Soñé que... no te lo cuento. Quiero
-hacerte rabiar.</p>
-
-<p>—Eres más mala que un tabardillo. Dame esos morros, dámelos o te
-estrangulo ahora mismo.</p>
-
-<p>—¡Sátrapa, corso, gitano! (<i>cayendo fatigada en el diván</i>.)
-No me engatusas con tu <i>parlare honesto</i>... ¡Eh! <i>sella el
-labio</i>... <i>Denantes que del sol la crencha rubia</i>... ¡Jesús
-mío, cuantísimo disparate! No hagas caso: estoy loca; tú tienes la
-culpa. ¡Ay, tengo que contarte muchas cosas, <i>carino</i>! ¡Qué
-hermoso es el italiano y qué dulce, qué grato al alma es decir <i>mio
-diletto</i>! Quiero que me lo enseñes bien, y seré profesora. Pero
-vamos a nuestro asunto. Ante todo, respóndeme: ¿<i>la jazemos</i>?</p>
-
-<p>Bien demostraba esta mezcla de lenguaje chocarrero y de palabras
-italianas, con otras rarezas de estilo que irán saliendo, que se
-hallaban en posesión de ese vocabulario de los amantes, compuesto de
-mil formas de lenguaje sugeridas por cualquier anécdota picaresca, por
-este o el otro chascarrillo, por la lectura de un pasaje grave<span
-class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span> o de algún verso célebre.
-Con tales accidentes se enriquece el diccionario familiar de los que
-viven en comunidad absoluta de ideas y sentimientos. De un cuento que
-ella oyó a Saturna, salió aquello de ¿<i>la jazemos</i>? manera festiva
-de expresar sus proyectos de fuga; y de otro cuentecillo chusco que
-Horacio sabía, salió el que Tristana no le llamase nunca por su nombre,
-sino con el de <i>señó Juan</i>, que era un gitano muy bruto y de muy
-malas pulgas. Sacando la voz más bronca que podía, cogíale Tristana de
-una oreja, diciéndole:</p>
-
-<p>—<i>Señó Juan</i>, ¿me quieres?</p>
-
-<p>Rara vez la llamaba él por su nombre. Ya era <i>Beatrice</i>,
-ya <i>Francesca</i>, o más bien la Paca de <i>Rímini</i>; a veces
-<i>Chispa</i>, o <i>señá Restituta</i>. Estos motes, y los terminachos
-grotescos o expresiones líricas que eran el saborete de su apasionada
-conversación, variaban cada pocos días, según las anécdotas que iban
-saliendo.</p>
-
-<p>—<i>La jaremos</i> cuando tú dispongas, querida Restituta —replicó
-Díaz—. ¡Si no deseo otra cosa...! ¿Crees tú que puede un hombre estar
-<i>de amor extático</i> tanto tiempo?... Vámonos: <i>para ti la jaca
-torda, la que, cual dices tú, los campos borda</i>...</p>
-
-<p>—Al extranjero, al extranjero (<i>palmoteando</i>). Yo quiero que tú
-y yo seamos extranjeros en alguna parte, y que salgamos del bracete sin
-que nadie nos conozca.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span>—Sí, mi vida.
-¡<i>Quién te verá a ti</i>...!</p>
-
-<p>—Entre los <i>franceses</i> (<i>cantando</i>) y entre los
-<i>ingleses</i>... Pues te diré. Ya no puedo resistir más a mi
-<i>tirano de Siracusa</i>. ¿Sabes? Saturna no le llama sino D.
-<i>Lepe</i>, y así le llamaré yo también. Ha tomado una actitud
-patética. Apenas me habla, de lo que me alegro mucho. Se hace el
-interesante, esperando que yo me enternezca. Anoche, verás, estuvo muy
-amable conmigo, y me contó algunas de sus aventuras. Piensa sin duda
-el muy pillo que con tales ejemplos se engrandece a mis ojos; pero se
-equivoca. No puedo verle. Hay días en que me toca mirarle con lástima;
-días en que me toca aborrecerle, y anoche le aborrecí, porque en la
-relación de sus trapisondas, que son tremendas, tremendísimas, veía yo
-un plan depravado para encenderme la imaginación. Es lo más zorro que
-hay en el mundo. A mí me dieron ganitas de decirle que no me interesa
-más aventura que la de mi <i>señó Juan</i> de mi alma, a quien adoro
-con todas mis <i>potencias irracionales</i>, como decía el otro.</p>
-
-<p>—Pues te digo la verdad: me gustaría oírle contar a D. Lope sus
-historias galantes.</p>
-
-<p>—Como bonitas, cree que lo son. ¡Lo de la marquesa del Cabañal es de
-lo más chusco...! El marido mismo, más celoso que Otelo, le llevaba...
-Pero si me parece que te lo he contado. ¿Pues y cuando robó del
-convento de San Pablo<span class="pagenum" id="Page_120">p. 120</span>
-en Toledo a la monjita...? El mismo año mató en duelo al general que se
-decía esposo de la mujer más virtuosa de España, y la tal se escapó con
-D. Lope a Barcelona. Allí tuvo este siete aventuras en un mes, todas
-muy novelescas. Debía de ser atrevido el hombre, muy bien plantado, y
-muy bravo para todo.</p>
-
-<p>—Restituta, no te entusiasmes con tu Tenorio arrumbado.</p>
-
-<p>—Yo no me entusiasmo más que con este pintamonas. ¡Qué mal gusto
-tengo! Miren esos ojos... ¡ay qué feos y qué sin gracia! ¿Pues y esa
-boca? da asco mirarla; y ese aire tan desgarbado... uf, no sé cómo te
-miro. No; si ya me repugnas, quítate de ahí.</p>
-
-<p>—¡Y tú qué horrible!... con esos dientazos de jabalí, y esa nariz de
-remolacha, y ese cuerpo de botijo. ¡Ay, tus dedos son tenazas!</p>
-
-<p>—Tenazas, sí, tenazas de <i>jierro</i>, para arrancarte tira a
-tira toda tu piel de burro. ¿Por qué eres así? <i>¡Gran Dio, morir si
-giovine!</i></p>
-
-<p>—Mona, más mona que los Santos Padres, y más hechicera que el
-Concilio de Trento y que D. Alfonso el Sabio..., oye una cosa que se me
-ocurre. ¿Si ahora se abriera esta puerta y apareciera tu D. Lope...?</p>
-
-<p>—¡Ay!, tú no conoces a <i>D. Lepe</i>. <i>D. Lepe</i> no viene
-aquí, ni por nada del mundo hace él el celoso de comedia. Creería que
-su caballerosidad<span class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span>
-se llenaba de oprobio. Fuera de la seducción de mujeres más o menos
-virtuosas, es todo dignidad.</p>
-
-<p>—¿Y si entrara yo una noche en tu casa, y él me sorprendiera
-allí?</p>
-
-<p>—Entonces, puede que, como medida preventiva, te partiera en dos
-pedazos, o convirtiera tu cráneo en hucha para guardar todas las
-balitas de su revólver. Con tanta caballerosidad, sabe ser muy bruto
-cuando le tocan el punto delicado. Por eso más vale que no vayas. Yo no
-sé cómo ha sabido esto; pero ello es que lo sabe. De todo se entera el
-maldito, con su sagacidad de perro viejo y su experiencia de maestro en
-picardías. Ayer me dijo con retintín: «¿Conque pintorcitos tenemos?»
-Yo no le contesté. Ya no le hago caso. El mejor día entra en casa, y
-el pájaro voló... <i>Ahi Pisa, vituperio delle genti.</i> ¿A dónde
-nos vamos, hijo de mi alma? ¿A do me conducirás? (<i>cantando</i>.)
-<i>La ci darem la mano</i>... Sé que no hay congruencia en nada de
-lo que digo. Las ideas se me atropellan aquí, disputándose cuál sale
-primero, como cuando se agolpa el gentío a la puerta de una iglesia,
-y se estrujan y se... Quiéreme, quiéreme mucho, que todo lo demás es
-música. A veces se me ocurren ideas tristes; por ejemplo, que seré
-muy desgraciada, que todos mis sueños de felicidad se convertirán
-en humo. Por eso me aferro más a la idea de<span class="pagenum"
-id="Page_122">p. 122</span> conquistar mi independencia, y de
-arreglármelas con mi ingenio como pueda. Si es verdad que tengo algún
-pesquis, ¿por qué no he de utilizarlo dignamente, como otras explotan
-la belleza o la gracia?</p>
-
-<p>—Tu deseo no puede ser más noble —díjole Horacio meditabundo—. Pero
-no te afanes, no te aferres tanto a esa aspiración, que podría resultar
-impracticable. Entrégate a mí sin reserva. ¡Ser mi compañera de toda la
-vida; ayudarme y sostenerme con tu cariño...!, ¿te parece que hay un
-oficio mejor, ni arte más hermoso? Hacer feliz a un hombre, que te hará
-feliz, ¿qué más?</p>
-
-<p>—¡Qué más! (<i>Mirando al suelo.</i>) <i>Diverse lingue, orribile
-favelle... parole di dolore, accenti d’ira</i>... Ya, ya; la
-congruencia es la que no parece... <i>Señó Juan</i>, ¿me quieres
-mucho? Bueno; has dicho: «¿qué más?» Nada, nada. Me conformo con que
-no haya más. Te advierto que soy una calamidad como mujer casera. No
-doy pie con bola, y te ocasionaré mil desazones. Y fuera de casa, en
-todo menester de compras o negocios menudos de mujer, también soy de
-oro. ¡Con decirte que no conozco ninguna calle, ni sé andar sola sin
-perderme! El otro día no supe ir de la Puerta del Sol a la calle de
-Peligros, y recalé allá por la plaza de la Cebada. No tengo el menor
-sentido topográfico. El mismo día, al comprar unas horquillas en el
-Bazar, di un duro,<span class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span>
-y no me cuidé de recoger la vuelta. Cuando me acordé, ya estaba en el
-tranvía..., por cierto que me equivoqué y me metí en el del Barrio.
-De todo esto y de algo más que observo en mí, deduzco... ¿En qué
-piensas? ¿Verdad que nunca querrás a nadie más que a tu <i>Paquita de
-Rímini</i>...? Pues sigo diciéndote... No, no te lo digo.</p>
-
-<p>—Dime lo que pensabas (<i>incomodándose</i>). He de quitarte esa
-pícara costumbre de decir las cosas a medias...</p>
-
-<p>—Pégame, hombre, pega..., rómpeme una costilla. ¡Tienes un
-geniazo...!, <i>ni del dorado techo... se admira, fabricado...
-del sabio moro, en jaspes sustentado.</i> Tampoco esto tiene
-congruencia.</p>
-
-<p>—Maldita. ¿Qué ha de tener?</p>
-
-<p>—Pues <i>direte, Inés, la cosa</i>... Oye. (<i>Abrazándole.</i>)
-Lo que he pensado de mí, estudiándome mucho, porque yo me estudio,
-¿sabes?, es que sirvo, que podré servir para las cosas grandes; pero
-que decididamente no sirvo para las pequeñas.</p>
-
-<p>Lo que Horacio le contestó, perdiose en la oleada de ternezas
-que vino después, llenando de vagos rumores la plácida soledad del
-estudio.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch16">
- <p><span class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XVI</h2>
-</div>
-
-<p>Como contrapeso moral y físico de la enormísima exaltación de las
-tardes, Horacio, al retirarse de noche a su casa, se derrumbaba en
-el seno tenebroso de una melancolía sin ideas, o con ideas vagas,
-toda languidez y zozobra indefinibles. ¿Qué tenía? No le era fácil
-contestarse. Desde los tiempos de su lento martirio en poder del
-abuelo, solía padecer fuertes ataques periódicos de <i>spleen</i>,
-que se le renovaban en todas las circunstancias anormales de su
-vida. Y no era que en aquellas horas de recogimiento se hastiara de
-Tristana, o tuviese dejos amargos de las dulzuras del día, no; la
-visión de ella le acosaba; el recuerdo fresquísimo de sus donaires
-ponía en continuo estremecimiento su naturaleza, y antes que buscar
-un término a tan abrasadoras emociones, deseaba repetirlas, temeroso
-de que algún día pudieran faltarle. Al propio tiempo que consideraba
-su destino inseparable del de aquella singular mujer, un terror sordo
-le rebullía en el fondo del alma, y por más que procuraba, haciendo
-trabajar furiosamente a la imaginación, figurarse el porvenir al lado
-de Tristana, no podía conseguirlo. Las aspiraciones de su ídolo a cosas
-grandes causábanle asombro; pero al querer seguirla por los caminos que
-ella con tenacidad<span class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span>
-graciosa señalaba, la hechicera figura se le perdía en un término
-nebuloso.</p>
-
-<p>No causaron inquietud a doña Trinidad (que así se llamaba la señora
-con quien Horacio vivía) las murrias de su sobrino, hasta que pasado
-algún tiempo advirtió en él un aplanamiento sospechoso. Entrábale como
-un sopor, conservando los ojos abiertos, y no había medio de sacarle
-del cuerpo una palabra. Veíasele inmóvil en un sillón del comedor, sin
-prestar la menor atención a la tertulia de dos o tres personas que
-amenizaban las tristes noches de doña Trini. Era esta de dulcísimo
-carácter, achacosa, aunque no muy vieja, y derrumbada por los pesares
-que habían gravitado sobre ella, pues no tuvo tranquilidad hasta que
-se quedó sin padre y sin marido. Bendecía la soledad, y debía mucha
-gratitud a la muerte.</p>
-
-<p>De su vida de afanes quedole una debilidad nerviosa, relajación
-de los músculos de los párpados. No abría los ojos sino a medias, y
-esto con dificultad en ciertos días, o cuando reinaban determinados
-aires, llegando a veces al sensible extremo de tener que levantarse el
-párpado con los dedos si quería ver bien a una persona. Por añadidura,
-estaba muy delicadita del pecho, y en cuanto entraba el invierno se
-ponía fatal, ahogada de tos, con horribles frialdades en pies y manos,
-y todo se le volvía imaginar defensas contra<span class="pagenum"
-id="Page_126">p. 126</span> el frío, en la casa como en su persona.
-Adoraba a su sobrino, y por nada del mundo se separaría de él. Una
-noche, después de comer, y antes de que llegaran los tertulios, doña
-Trini se sentó, hecha un ovillo, frente a la butaca en que Horacio
-fumaba, y le dijo:</p>
-
-<p>—Si no fuera por ti, yo no aguantaría las crudezas de este frío
-maldito que me está matando. ¡Y pensar que con irme a tu casa de
-Villajoyosa resucitaría! ¿Pero cómo me voy y te dejo aquí solo?
-Imposible, imposible.</p>
-
-<p>Replicole el sobrino que bien podía irse y dejarle, pues nadie se lo
-comería.</p>
-
-<p>—¡Quién sabe, quién sabe si te comerán...! Tú andas también
-delicadillo. No me voy; no me separo de ti por nada de este mundo.</p>
-
-<p>Desde aquella noche empezó una lucha tenaz entre los deseos de
-emigración de la señora y la pasividad sedentaria del señorito.
-Anhelaba doña Trini largarse; él también quería que se fuera, porque
-el clima de Madrid la minaba rápidamente. Habría tenido gusto en
-acompañarla; pero ¿cómo, ¡Santo Dios!, si no veía forma humana de
-romper su amorosa cadena, ni siquiera de aflojarla?</p>
-
-<p>—Iré a llevarla a usted —dijo a su tía, buscando una transacción—, y
-me volveré en seguida.</p>
-
-<p>—No, no.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span>—Iré después a
-buscarla a usted, a la entrada de primavera.</p>
-
-<p>—Tampoco.</p>
-
-<p>La tenacidad de doña Trini no se fundaba solo en su horror
-al invierno, que aquel año vino con espada en mano. Nada sabía
-concretamente de los devaneos de Horacio; pero sospechaba que algo
-anormal y peligroso ocurría en la vida del joven, y con feliz instinto
-estimó conveniente llevársele de Madrid. Alzando la cabeza para mirarle
-bien, pues aquella noche funcionaban muy mal los párpados, y abrir no
-podía más que un tercio de ojos, le dijo:</p>
-
-<p>—Pues me parece que en Villajoyosa pintarías como aquí, y aun mejor.
-En todas partes hay Naturaleza y natural... Y sobre todo, tontín, allí
-te librarás de tanto quebradero de cabeza, y de las angustias que estás
-pasando. Te lo dice quien bien te quiere, quien sabe algo de este mundo
-traicionero. No hay cosa peor que apegarse a un vicio de querer...
-Despréndete de un tirón. Pon tierra por medio.</p>
-
-<p>Dicho esto, doña Trini dejó caer el párpado, como tronera que
-se cierra después de salir el tiro. Horacio nada contestó; pero
-las ideas de su tía quedaron en su mente como semillas dispuestas
-a germinar. Repitió sus sabias exhortaciones a la siguiente noche
-la simpática viuda, y a los dos días ya no le pareció al pintor muy
-disparatada<span class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span> la idea
-de partir, ni vio, como antes, en la separación de su amada, un suceso
-tan grave como la rotura del planeta en pedazos mil. De improviso
-sintió que del fondo de su naturaleza salía un prurito, una reclamación
-de descanso. Su existencia toda pedía tregua, uno de esos paréntesis
-que la guerra y el amor suelen solicitar con necesidad imprescindible
-para poder seguir peleando y viviendo.</p>
-
-<p>La primera vez que comunicó a Tristana los deseos de doña Trini,
-aquella puso el grito en el Cielo. Él también se indignó; protestaron
-ambos contra el importuno viaje, y... <i>antes morir que consentir
-tiranos</i>.</p>
-
-<p>Mas otro día, tratando de lo mismo, Tristana pareció conformarse.
-Sentía lástima de la pobre viuda. ¡Era tan natural que no quisiera ir
-sola...! Horacio afirmó que doña Trini no resistiría en Madrid los
-rigores del invierno, ni se determinaba a separarse de su sobrino.
-Mostrose la de Reluz más compasiva, y por fin... ¿Sería que también
-a ella le pedían el cuerpo y el alma tregua, paréntesis, solución
-de continuidad? Ni uno ni otro cedían en su amoroso anhelo; pero la
-separación no les asustaba; al contrario, querían probar el desconocido
-encanto de alejarse, sabiendo que era por tiempo breve; probar el sabor
-de la ausencia, con sus inquietudes, el esperar y recibir cartas,
-el desearse recíprocamente,<span class="pagenum" id="Page_129">p.
-129</span> y el contar lo que faltaba para tenerse de nuevo.</p>
-
-<p>En resumidas cuentas, que Horacio tomó las de Villadiego. Tierna
-fue la despedida: se equivocaron, creyéndose con serenidad bastante
-para soportarla, y al fin se hallaban como condenados al patíbulo.
-Horacio, la verdad, no se sintió muy pesaroso por el camino; respiraba
-con desahogo, como jornalero en sábado por la tarde, después de una
-semana de destajo; saboreaba el descanso moral, el placer pálido de
-no sentir emociones fuertes. El primer día de Villajoyosa ninguna
-novedad ocurrió. Tan conforme el hombre, y muy bien hallado con su
-destierro. Pero al segundo día, aquel mar tranquilo de su espíritu
-empezó a moverse y picarse con leve ondulación, y luego fue el crecer,
-el encresparse. A los cuatro días el hombre no podía vivir de soledad,
-de tristeza, de privación. Todo le aburría: la casa, doña Trini, la
-parentela. Pidió auxilio al arte, y el arte no le proporcionó más
-que desaliento y rabia. El paisaje hermosísimo, el mar azul, las
-pintorescas rocas, los silvestres pinos, todo le ponía cara fosca.
-La primera carta le consoló en su soledad; no podían faltar en ella
-ausencias dulcísimas, ni aquello tan sobado de <i>nessun maggior
-dolore</i>..., ni los términos del vocabulario formado en las continuas
-charlas de amor. Habían convenido en escribirse dos cartitas por
-semana,<span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span> y resultaba
-carta <i>todos los días diariamente</i>, según decía Tristana. Si las
-de él ardían, las de ella quemaban. Véase la clase:</p>
-
-<p class="mt1">«He pasado un día cruel y una noche de todos los
-perros de la jauría de Satanás. ¿Por qué te fuiste?... Hoy estoy más
-tranquila; oí misa, recé mucho. He comprendido que no debo quejarme,
-que hay que poner frenos al egoísmo. Demasiado bien me ha dado Dios,
-y no debo ser exigente. Merezco que me riñas y me pegues, y aunque
-me quieras un poco menos (¡no, por Dios!), cuando me aflijo por una
-ausencia breve y necesaria... Me mandas que esté tranquila, y lo estoy.
-<i>Tu duca</i>, <i>tu maestro</i>, <i>tu signore</i>. Sé que mi <i>señó
-Juan</i> volverá pronto, que ha de quererme siempre, y <i>Paquita de
-Rímini</i> espera confiada, y se resigna con su <i>soleá</i>.»</p>
-
-<p class="mt1">De él a ella:</p>
-
-<p class="mt1">«Hijita, ¡qué días paso! Hoy quise pintar un burro, y me
-salió... algo así como un pellejo de vino con orejas. Estoy de remate;
-no veo el color, no veo la línea, no veo más que a mi <i>Restituta</i>,
-que me encandila los ojos con sus monerías. Día y noche me persigue la
-imagen de mi monstrua serrana, con todo el pesquis del Espíritu Santo y
-toda la sal del <i>botiquín</i>.»</p>
-
-<p>(<i>Nota del colector</i>: Llamaban <i>botiquín</i> al mar por aquel
-cuento andaluz del médico de a bordo, que todo lo curaba con agua
-salada.)</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span>«... Mi tía no está
-bien. No puedo abandonarla. Si tal barbaridad hiciera, tú misma no me
-la perdonarías. Mi aburrimiento es una horrible tortura que se le quedó
-en el tintero a nuestro amigo Alighieri.</p>
-
-<p>»He vuelto a leer tu carta del jueves, la de las pajaritas, la de
-los éxtasis... <i>inteligenti pauca</i>. Cuando Dios te echó al mundo,
-llevose las manos a la cabeza augusta, arrepentido y pesaroso de haber
-gastado en ti todo el ingenio que tenía dispuesto para fabricar cien
-generaciones. Haz el favor de no decirme que tú no vales, que eres un
-cero. ¡Ceritos a mí! Pues yo te digo, aunque la modestia te salga a la
-cara como una aurora boreal, yo te digo, ¡oh <i>Restituta</i>!, que
-todos los bienes del mundo son una <i>perra chica</i> comparados con lo
-que tú vales; y que todas las glorias humanas, soñadas por la ambición
-y perseguidas por la fortuna, son un <i>zapato viejo</i> comparadas
-con la gloria de ser tu dueño... No me cambio por nadie... No, no,
-digo mal: quisiera ser Bismarck para crear un imperio y hacerte a ti
-emperatriz. Chiquilla, yo seré tu vasallo humilde; pisotéame, escúpeme,
-y manda que me azoten.»</p>
-
-<p class="mt1">De ella a él:</p>
-
-<p class="mt1">«... Ni en broma me digas que puede mi <i>señó Juan</i>
-dejar de quererme. No conoces tú bien a tu <i>Panchita de Rímini</i>,
-que no se asusta de la<span class="pagenum" id="Page_132">p.
-132</span> muerte, y se siente con valor para <i>suicidarse a sí
-misma</i> con la mayor sal del mundo. Yo me mato como quien se bebe
-un vaso de agua. ¡Qué gusto, qué dulcísimo estímulo de curiosidad!
-¡Enterarse de todo lo que hay por allá!, y verle la cara al
-<i>pusuntra</i>!... ¡Curarse radicalmente de aquella dudita fastidiosa
-de <i>ser o no ser</i>, como dijo <i>Chispecrís</i>...! En fin, que no
-me vuelvas a decir eso de quererme un poquito menos, porque mira tú...,
-¡si vieras qué bonita colección de revólveres tiene mi D. <i>Lepe</i>!
-Y te advierto que lo sé manejar, y que si me atufo, ¡pim!, me voy a
-dormir la siesta con el Espíritu Santo...»</p>
-
-<p>¡Y cuando el tren traía y llevaba todo este cargamento de
-sentimentalismo, no se inflamaban los ejes del coche correo, ni se
-disparaba la locomotora, como corcel en cuyos ijares aplicaran espuelas
-calentadas al rojo! Tantos ardores permanecían latentes en el papelito
-en que estaban escritos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch17">
- <h2 class="nobreak g0">XVII</h2>
-</div>
-
-<p>Tan voluble y extremosa era en sus impresiones la señorita de Reluz,
-que fácilmente pasaba del júbilo desenfrenado y epiléptico a una
-desesperación lúgubre. He aquí la muestra:</p>
-
-<p class="mt1">«<i>Caro bene, mio diletto</i>, ¿es verdad que me
-quieres tanto y que en tanto me estimas? Pues a<span class="pagenum"
-id="Page_133">p. 133</span> mí me da por dudar que sea verdad tanta
-belleza. Dime: ¿existes tú o no eres más que un fantasma vano, obra
-de la fiebre, de esta ilusión de lo hermoso y de lo grande que me
-trastorna? Hazme el favor de echar para acá una carta <i>fuera de
-abono</i> o un telegrama que diga: <i>Existo. Firmado, señó Juan</i>...
-Soy tan feliz, que a veces paréceme que vivo suspendida en el aire,
-que mis pies no tocan la tierra, que huelo la eternidad y respiro el
-airecillo que sopla más allá del sol. No duermo. ¡Ni qué falta me hace
-dormir!... Más quiero pasarme toda la noche pensando que te gusto y
-contando los minutos que faltan para ver tu jeta preciosa. No son tan
-felices como yo los justos que están en éxtasis a la <i>verita</i> de
-la Santísima Trinidad; no lo son, no pueden serlo... Solo un recelo
-chiquito y fastidioso, como el grano de tierra que en un ojo se nos
-mete y nos hace sufrir tanto, me estorba para la felicidad absoluta.
-Y es la sospecha de que todavía no me quieres bastante, que no has
-llegado al supremo límite del querer, ¿qué digo límite, si no lo hay?,
-al principio del último cielo, pues yo no puedo hartarme de pedir
-más, más, siempre más; y no quiero, no quiero sino cosas infinitas,
-entérate..., todo infinito, infinitísimo, o nada... ¿Cuántos abrazos
-crees que te voy a dar cuando llegues? Ve contando. Pues tantos como
-segundos tarde una hormiga en dar la vuelta al<span class="pagenum"
-id="Page_134">p. 134</span> globo terráqueo. No; más, mucho más. Tantos
-como segundos tarde la hormiga en partir en dos, con sus patas, la
-esferita terrestre, dándole vueltas siempre por una misma línea...
-Conque saca esa cuenta, tonto.»</p>
-
-<p class="mt1">Y otro día:</p>
-
-<p class="mt1">«No sé lo que me pasa, no vivo en mí, no puedo vivir de
-ansiedad, de temor. Desde ayer no hago más que imaginar desgracias,
-suponer cosas tristes: o que tú te mueres, y viene a contármelo D. Lope
-con cara de regocijo, o que me muero yo y me meten en aquella caja
-horrible, y me echan tierra encima. No, no; no quiero morirme, no me da
-la gana. No deseo saber lo de allá, no me interesa. Que me resuciten,
-que me vuelvan mi vidita querida. Me espanta mi propia calavera. Que me
-devuelvan mi carne fresca y bonita, con todos los besos que tú me has
-dado en ella. No quiero ser solo huesos fríos y después polvo. No, esto
-es un engaño. Ni me gusta que mi espíritu ande pidiendo hospitalidad
-de estrella en estrella, ni que San Pedro, calvo y con cara de malas
-pulgas, me dé con la puerta en los hocicos... Pues aunque supiera que
-había de entrar allí, no me hablen de muerte; venga mi vidita mortal y
-la tierra en que padecí y gocé, en que está mi pícaro <i>señó Juan</i>.
-No quiero yo alas ni alones, ni andar entre ángeles sosos que tocan
-el arpa. Déjenme a mí de arpas y acordeones, y<span class="pagenum"
-id="Page_135">p. 135</span> de fulgores celestes. Venga vida mortal, y
-salud y amor, y todo lo que deseo.</p>
-
-<p>»El problema de mi vida me anonada más cuanto más pienso en él.
-Quiero ser algo en el mundo, cultivar un arte, vivir de mí misma.
-El desaliento me abruma. ¿Será verdad, Dios mío, que pretendo un
-imposible? Quiero tener una profesión, y no sirvo para nada, ni sé nada
-de cosa alguna. Esto es horrendo.</p>
-
-<p>»Aspiro a no depender de nadie, ni del hombre que adoro. No
-quiero ser su manceba, tipo innoble, la hembra que mantienen algunos
-individuos para que les divierta, como un perro de caza; ni tampoco
-que el hombre de mis ilusiones se me convierta en marido. No veo la
-felicidad en el matrimonio. Quiero, para expresarlo a mi manera, estar
-casada conmigo misma, y ser mi propia cabeza de familia. No sabré amar
-por obligación; solo en la libertad comprendo mi fe constante y mi
-adhesión sin límites. Protesto, me da la gana de protestar contra los
-hombres, que se han cogido todo el mundo por suyo, y no nos han dejado
-a nosotras más que las veredas estrechitas por donde ellos no saben
-andar...</p>
-
-<p>«Estoy cargante, ¿verdad? No hagas caso de mí. ¡Qué locuras!, no sé
-lo que pienso, ni lo que escribo; mi cabeza es un nidal de disparates.
-¡Pobre de mí! Compadéceme; hazme burla... Manda que me pongan la camisa
-de fuerza, y que me<span class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span>
-encierren en una jaula. Hoy no puedo escribirte ninguna broma, no está
-la masa para rosquillas. No sé más que llorar, y este papel te lleva
-un <i>botiquín</i> de lágrimas. Dime tú, ¿por qué he nacido?, ¿por qué
-no me quedé allá, en el regazo de la señora nada, tan hermosa, tan
-tranquila, tan dormilona, tan...?, no sé acabar.»</p>
-
-<p class="mt1">En tanto que estas ráfagas tempestuosas cruzaban el
-largo espacio entre la villa mediterránea y Madrid, en el espíritu
-de Horacio se iniciaba una crisis, obra de la inexorable ley de
-adaptación, que hubo de encontrar adecuadas condiciones locales para
-cumplirse. La suavidad del clima le embelesaba, y los encantos del
-paisaje se abrieron paso al fin, si así puede decirse, por entre las
-brumas que envolvían su alma. El Arte se confabuló con la Naturaleza
-para conquistarle, y habiendo pintado un día, después de mil tentativas
-infructuosas, una marina soberbia, quedó para siempre prendado del mar
-azul, de las playas luminosas y del risueño contorno de tierra. Los
-términos próximos y lejanos, el pintoresco anfiteatro de la villa, los
-almendros, los tipos de labradores y mareantes le inspiraban deseos
-vivísimos de transportarlo todo al lienzo; entrole la fiebre del
-trabajo, y por fin, el tiempo, antes tan estirado y enojoso, hízosele
-breve y fugaz; de tal modo que, al mes de residir en Villajoyosa,
-las tardes se comían las mañanas, y las noches<span class="pagenum"
-id="Page_137">p. 137</span> se merendaban las tardes, sin que el
-artista se acordara de merendar ni de comer.</p>
-
-<p>Fuera de esto, empezó a sentir las querencias del propietario,
-esas atracciones vagas que sujetan al suelo la planta, y el espíritu
-a las pequeñeces domésticas. Suya era la hermosa casa en que vivía
-con doña Trini: un mes tardó en hacerse cargo de su comodidad y de su
-encantadora situación. La huerta poblada de añosos frutales, algunos de
-especies rarísimas, todos en buena conservación, suya era también, y el
-fresal espeso, la esparraguera y los plantíos de lozanas hortalizas;
-suya la acequia que atravesaba caudalosa la huerta y terrenos
-colindantes. No lejos de la casa, podía mirar asimismo con ojos de
-propietario un grupo de palmeras gallardas, de bíblica hermosura,
-y un olivar de austero color, con ejemplares viejos, retorcidos y
-verrugosos como los de Getsemaní. Cuando no pintaba, echábase a pasear
-de largo, en compañía de gentes sencillas del pueblo, y sus ojos no
-se cansaban de contemplar la extensión cerúlea, el siempre admirable
-<i>botiquín</i>, que a cada instante cambiaba de tono, como inmenso
-ser vivo, dotado de infinita impresionabilidad. Las velas latinas que
-lo moteaban, blancas a veces, a veces resplandecientes como tejuelos
-de oro bruñido, añadían toques picantes a la majestad del grandioso
-elemento, que algunas tardes parecía lechoso y dormilón,<span
-class="pagenum" id="Page_138">p. 138</span> otras rizado y
-transparente, dejando ver, en sus márgenes quietas, cristalinos bancos
-de esmeralda.</p>
-
-<p>Lo que observaba Horacio, dicho se está que al punto era comunicado
-a Tristana.</p>
-
-<p>Del mismo a la misma:</p>
-
-<p class="mt1">«¡Ay, niña mía, no sabes cuán hermoso es esto! Pero
-¿cómo has de comprenderlo tú, si yo mismo he vivido hasta hace poco
-ciego a tanta belleza y poesía? Admiro y amo este rincón del planeta,
-pensando que algún día hemos de amarlo y admirarlo juntos. ¡Pero si
-estás conmigo aquí, si en mí te llevo, y no dudo que tus ojos ven
-dentro de los míos lo que los míos ven...! ¡Ay, <i>Restitutilla</i>,
-cuánto te gustaría mi casa, <i>nuestra</i> casa, si en ella te
-vieras! No me satisface, no, tenerte aquí en espíritu. ¡En espíritu!
-Retóricas, hija, que llenan los labios y dejan vacío el corazón. Ven,
-y verás. Resuélvete a dejar a ese viejo absurdo, y casémonos ante este
-altar incomparable, o ante cualquier otro altarito que el mundo nos
-designe, y que aceptaremos para estar bien con él... ¿No sabes? Me he
-franqueado con mi ilustre tía. Imposible guardar más tiempo el secreto.
-Pásmate, chiquilla; no puso mala cara. Pero aunque la pusiera..., ¿y
-qué? Le he dicho que te tengo ley, que no puedo vivir sin ti, y ha
-soltado la risa. ¡Vaya, que tomar a broma una cosa tan seria! Pero
-más vale así... Dime que te<span class="pagenum" id="Page_139">p.
-139</span> alegra lo que te cuento hoy, y que al leerme te entran
-ganas de echar a correr para acá. Dime que has hecho el hatillo, y me
-lanzo a buscarte. No sé lo que pensará mi tía de una resolución tan
-<i>súpita</i>. Que piense lo que quiera. Dime que te gustará esta vida
-oscura y deliciosa; que amarás esta paz campestre; que aquí te curarás
-de las locas efervescencias que turban tu espíritu, y que anhelas ser
-una feliz y robusta villana, ricachona en medio de la sencillez y la
-abundancia, teniendo por maridillo al más chiflado de los artistas, al
-más espiritual habitante de esta tierra de luz, fecundidad y poesía.</p>
-
-<p>»<i>Nota bene.</i> Tengo un palomar que da la hora, con treinta o
-más pares. Me levanto al alba, y mi primera ocupación es abrirles la
-puerta. Salen mis amiguitas adoradas, y para saludar al nuevo día, dan
-unas cuantas vueltas por el aire, trazando espirales graciosas; después
-vienen a comer a mi mano, o en derredor de mí, hablándome con sus
-arrullos un lenguaje que siento no poder transmitirte. Convendría que
-tú lo oyeras y te enteraras por ti misma.»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch18">
- <h2 class="nobreak g0">XVIII</h2>
-</div>
-
-<p>De Tristana a Horacio:</p>
-
-<p class="mt1">«¡Qué entusiasmadito y qué tonto está el <i>señó
-Juan</i>! ¡Y cómo con las glorias de ese terruño se<span
-class="pagenum" id="Page_140">p. 140</span> le van las memorias de
-este páramo en que yo vivo! Hasta te olvidas de nuestro vocabulario, y
-ya no soy la <i>Frasquita de Rímini</i>. Bueno, bueno. Bien quisiera
-entusiasmarme con tu <i>rustiquidad</i> (ya sabes que yo invento
-palabras), <i>que del oro y del cetro pone olvido</i>. Hago lo que
-me mandas, y te obedezco... hasta donde pueda. <i>Bello país debe
-ser...</i> ¡Yo de villana criando gallinitas, poniéndome cada día más
-gorda, hecha un animal, y con un dije que llaman <i>maridillo</i>
-colgado de la punta de la nariz! ¡Qué guapota estaré, y tú qué salado,
-con tus tomates tempranos y tus naranjas tardías, saliendo a coger
-langostinos, y pintando burros con zaragüelles, o personas racionales
-con albarda..., digo, al revés. Oigo desde aquí las palomitas, y
-entiendo sus arrullos. Pregúntales por qué tengo yo esta ambición
-loca que no me deja vivir; por qué aspiro a lo imposible, y aspiraré
-siempre, hasta que el imposible mismo se me plante enfrente y me diga:
-«¿Pero no me ve usted, so...?» Pregúntales por qué sueño despierta con
-mi propio ser transportado a otro mundo, en el cual me veo libre y
-honrada, queriéndote más que a las señoritas de mis ojos, y... Basta,
-basta, <i>per pietá</i>. Estoy borracha hoy. Me he bebido tus cartas
-de los días anteriores, y las encuentro horriblemente cargadas de
-<i>amílico</i>. ¡Mixtificador!</p>
-
-<p>»Noticia fresca. D. Lope, el gran D. Lope, <i>ante<span
-class="pagenum" id="Page_141">p. 141</span> quien muda se postró
-la tierra</i>, anda malucho. El reuma se está encargando de vengar
-al sin número de maridillos que burló, y a las vírgenes honestas o
-esposas frágiles que inmoló en el ara nefanda de su liviandad. ¡Vaya
-una figurilla...! Pues esto no quita que yo le tenga lástima al pobre
-D. Juan caído, porque fuera de su poquísima vergüenza en el ramo de
-mujeres, es bueno y caballeroso. Ahora que renquea y no sirve para
-nada, ha dado en la flor de entenderme, de estimar en algo este afán
-mío de aprender una profesión. ¡Pobre D. <i>Lepe</i>! Antes se reía de
-mí; ahora me aplaude, y se arranca los pelos que le quedan, rabioso por
-no haber comprendido antes lo razonable de mi anhelo.</p>
-
-<p>»Pues verás: haciendo un gran sacrificio, me ha puesto profesor
-de inglés, digo, profesora, aunque más bien la creerías del género
-masculino o del neutro, una señora alta, huesuda, andariega, con
-feísima cara de rosas y leche, y un sombrero que parece una jaula de
-pájaros. Llámase doña Malvina, y estuvo en la capilla evangélica,
-ejerciendo de <i>sacerdota protestanta</i>, hasta que le cortaron
-los víveres, y se dedicó a dar lecciones... Pues espérate ahora y
-sabrás lo más gordo: dice mi maestra que tengo unas disposiciones
-terribles, y se pasma de ver que apenas me ha enseñado las cosas, ya
-yo me las sé. Asegura que en seis meses sabré tanto inglés como<span
-class="pagenum" id="Page_142">p. 142</span> <i>Chaskaperas</i>, o
-el propio <i>Lord Mascaole</i>. Y al paso que me enseña inglés, me
-hace recordar el franchute, y luego le meteremos el diente al alemán.
-<i>Give me a kiss</i>, pedazo de bruto. Parece mentira que seas tan
-<i>iznorante</i>, que no entiendas esto.</p>
-
-<p>»Bonito es el inglés, casi tan bonito como tú, que eres una fresca
-rosa de mayo..., si las rosas de mayo fueran negras como mis zapatos.
-Pues digo que estoy metida en unos afanes espantosos. Estudio a todas
-horas, y devoro los temas. Perdona mi inmodestia; pero no puedo
-contenerme: soy un prodigio. Me admiro de encontrarme que sé las cosas,
-cuando intento saberlas. Y a propósito, <i>señó Juan</i> naranjero y
-con zaragüelles, sácame de esta duda: «<i>¿Has comprado la pluma de
-acero del hijo de la jardinera de tu vecino?</i>» Tonto, no; lo que has
-comprado es <i>la palmatoria de marfil de la suegra del...</i> sultán
-de Marruecos.</p>
-
-<p>»Te muerdo una oreja. Expresiones a las palomitas. <i>To be or nor
-to be...</i> <i>All the world a stage.</i>»</p>
-
-<p class="mt1">De <i>señó Juan</i> a <i>señá Restituta</i>:</p>
-
-<p class="mt1">«Cielín mío, miquina, no te hagas tan sabia. Me
-asustas. De mí sé decirte que en esta <i>rustiquidad</i> (admitida
-la nueva palabra) casi me dan ganas de olvidar lo poquito que sé.
-¡Viva la Naturaleza! ¡Abajo la ciencia! ¡Quisiera acompañarte
-en tu aborrecimiento de la vida oscura;<span class="pagenum"
-id="Page_143">p. 143</span> <i>ma non posso</i>. Mis naranjos están
-cargados de azahares, para que lo sepas, ¡rabia, rabiña!, y de frutas
-de oro. Da gozo verlos. Tengo unas gallinas que cada vez que ponen
-huevo, preguntan al cielo, cacareando, qué razón hay para que no
-vengas tú a comértelos. Son tan grandes que parecen tener dentro un
-elefantito. Las palomas dicen que no quieren nada con ingleses, ni
-aun con los que son émulos del gran <i>Sáspirr</i>. Por lo demás,
-comprenden y practican la libertad honrada, o la honradez libre. Se
-me olvidó decirte que tengo tres cabras con cada ubre como el bombo
-grande de la lotería. No me compares esta leche con la que venden en
-la cabrería de tu casa, con aquellos <i>lácteos virgíneos candores</i>
-que tanto asco nos daban. Las cabritas te esperan, inglesilla de
-tres al cuarto, para ofrecerte sus <i>senos turgentes</i>. Dime otra
-cosa..., ¿has comido turrón estas Navidades? Yo tengo aquí almendra y
-avellana bastantes para empacharte a ti y a toda tu casta. Ven, y te
-enseñaré cómo se hace lo de Jijona, lo de Alicante, y el sabrosísimo
-de yema, menos dulce que tu alma gitana. ¿Te gusta a ti el cabrito
-asado? Dígolo porque si probaras lo de mi tierra, te chuparías el dedo;
-no, el <i>deíto</i> ese de San Juan te lo chuparía yo. Ya ves que me
-acuerdo del vocabulario. Hoy está revuelto el <i>botiquín</i>, porque
-el Poniente le hace muchas cosquillas, poniéndole nervioso...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span>»Si no te
-enfadas, ni me llamas prosaico, te diré que como por siete. Me gustan
-extraordinariamente las sopas de ajo tostaditas, el bacalao y el arroz
-<i>en sus múltiples aspectos</i>, los pavipollos y los salmonetes con
-piñones. Bebo sin tasa del riquísimo <i>licor de Engadi</i>, digo,
-de Aspe, y me estoy poniendo gordo, y guapo inclusive, para que te
-enamores de mí cuando me veas, y te <i>extasíes</i> delante de mis
-encantos o <i>appas</i>, como dicen los franceses, y nosotros. ¡Ay, qué
-<i>appases</i> los míos! ¿Pues y tú? Haz el favor de no encanijarte
-con tanto estudio. Temo que la <i>señá</i> Malvina te contagie de su
-fealdad seca y hombruna. No te me vuelvas muy filósofa, no te encarames
-a las estrellas, porque a mí me están pesando mucho las carnazas, y
-no puedo subir a cogerte, como cogería un limón de mis limoneros...
-¿Pero no te da envidia de mi manera de vivir? ¿A qué esperas? Si no
-la <i>jazemos</i> ahora, ¿cuándo, <i>per Baco</i>? Vente, vente. Ya
-estoy arreglando tu habitación, que será <i>manífica</i>, digno estuche
-de tal joya. Dime que sí, y parto, parto... (no el de los montes)
-quiero decir que corro a traerte. <i>¡Oh, donna di virtú!</i> Aunque
-te vuelvas más marisabidilla que Minerva, y me hables en griego para
-mayor claridad; aunque te sepas de memoria las Falsas Decretales y
-la Tabla de logaritmos, te adoraré con toda la fuerza de mi supina
-barbarie.»</p>
-
-<p class="mt1"><span class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span>De la
-señorita de Reluz:</p>
-
-<p class="mt1">«¡Qué pena, qué ansiedad, qué miedo! No pienso más
-que cosas malas. No hago más que bendecir este fuerte constipado que
-me sirve de pretexto para poder limpiarme los ojos a cada instante.
-El llanto me consuela. Si me preguntas por qué lloro, no sabré
-responderte. ¡Ah! sí, sí, ya sé: lloro porque no te veo, porque no sé
-cuándo te veré. Esta ausencia me mata. Tengo celos del mar azul, los
-barquitos, las naranjas, las palomas, y pienso que todas esas cosas
-tan bonitas serán Galeotos de la infidelidad de mi <i>señó Juan</i>...
-Donde hay tanto bueno, ¿no ha de haber también buenas mozas? Porque
-con todo mi <i>marisabidillismo</i> (ve apuntando las palabras que
-invento), yo me mato si tú me abandonas. Eres responsable de la
-tragedia que puede ocurrir, y...</p>
-
-<p>»Acabo de recibir tu carta. ¡Cuánto me consuela! Me he reído de
-veras. Ya se me pararon los <i>esplines</i>; ya no lloro; ya soy
-feliz, tan feliz que no <i>sabo</i> expresarlo. Pero no me engatusas,
-no, con tus limoneros y tus acequias de <i>undosa corriente</i>. Yo
-libre y honrada, te acepto así, aldeanote y criador de pollos. Tú como
-eres, yo como <i>ero</i>. Eso de que dos que se aman han de volverse
-iguales, y han de pensar lo mismo, no me cabe a mí en la cabeza. ¡El
-uno para el otro! ¡Dos en uno! ¡Qué bobadas inventa el egoísmo!<span
-class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span> ¿A qué esa confusión de los
-caracteres? Sea cada cual como Dios le ha hecho, y siendo distintos,
-se amarán más. Déjame suelta, no me amarres, no borres mi... ¿lo digo?
-Estas palabras tan sabias se me atragantan; pero en fin, la soltaré...
-mi <i>doisingracia</i>.</p>
-
-<p>»A propósito. Mi maestra dice que pronto sabré más que ella. La
-pronunciación es el caballo de batalla; pero ya me soltaré, no te
-apures, que esta lengüecita mía hace todo lo que quiero. Y ahora,
-allá van los golpes de incensario que me echo a mí misma. ¡Qué
-modesta es la nena! Pues señor, sabrás que domino la Gramática, que
-me bebo el Diccionario, que mi memoria es prodigiosa, lo mismo que mi
-entendimiento (no, si no lo digo yo; lo dice <i>la señá</i> Malvina.)
-Esta no se anda en bromas, y sostiene que conmigo hay que empezar
-por el fin. De manos a boca nos hemos <i>ponido</i> a leer a <i>Don
-Guillermo</i>, al inmenso poeta, <i>el que más ha creado después de
-Dios</i>, como dijo Séneca..., no, no, Alejandro Dumas. Doña Malvina
-se sabe de memoria el Glosario, y conoce al dedillo el texto de todos
-los dramas y comedias. Me dio a escoger, y elegí el <i>Macbeth</i>,
-porque aquella señora de Macbeth me ha sido siempre muy simpática.
-Es mi amiga... En fin, que le metimos el diente a la tragedia. Las
-brujitas me han <i>dicido</i> que seré reina... y yo me lo creo. Pero
-en fin, ello es que estamos<span class="pagenum" id="Page_147">p.
-147</span> traduciendo. ¡Ay, hijo, aquella exclamación de <i>la
-señá</i> Macbeth, cuando grita al cielo con toda su alma <i>unsex me
-here</i>, me hace estremecer, y despierta no sé qué terribles emociones
-en lo más profundo de mi naturaleza! Como no perteneces a las <i>clases
-ilustradas</i>, no entenderás lo que aquello quiere decir, ni yo te lo
-explico, porque sería como echar margaritas a... No, eres mi cielo,
-mi infierno, mi polo <i>maznético</i>, y hacia ti marca siempre tu
-brújula, tu chacha querida, tu... <i>Lady Restitute</i>.»</p>
-
-<p class="mt1">Jueves 14.</p>
-
-<p class="mt1">«¡Ay! no te había dicho nada. El gran D. Lope, <i>terror
-de las familias</i>, está conmigo como un merengue. El reuma sigue
-mortificándole, pero siempre tiene para mí palabras de cariño y
-dulzura. Ahora le da por llamarme su hija, por recrear su espíritu
-(así lo dice) llamándose mi papá, y por figurarse que lo es. <i>E se
-non piangi, ¿de che pianger suoli?</i> Se arrepiente de no haberme
-comprendido, de no haber cultivado mi inteligencia. Maldice su
-abandono... Pero aún es tiempo; aún podremos ganar el terreno perdido.
-Porque yo tenga una profesión que me permita ser honradamente libre,
-venderá él la camisa, si necesario fuese. Ha empezado por traerme un
-carro de libros, pues en casa jamás los hubo. Son de la biblioteca
-de su amigo el marqués de Cícero. Excuso decirte que he caído sobre
-ellos como<span class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span> lobo
-hambriento, y a este quiero, a este no quiero, heme dado unos atracones
-que ya, ya... ¡Dios mío, cuánto <i>sabo</i>! En ocho días he tragado
-más páginas que lentejas dan por mil duros. Si vieras mi cerebrito por
-dentro, te asustarías. Allí andan las ideas a bofetada limpia unas
-con otras... Me sobran muchas, y no sé con <i>cuálas</i> quedarme...
-Y lo mismo le hinco el diente a un tomo de historia que a un tratado
-de filosofía. ¿A que no sabes tú lo que son las mónadas del señor de
-Leibnitz? Tonto, ¿crees que digo <i>monadas</i>? Para monadas las
-tuyas, dirás, y con razón. Pues si tropiezo con un libro de medicina,
-no creas que le hago <i>fu</i>. Yo con todo apenco. Quiero saber,
-saber, saber. Por cierto que... No, no te lo digo. Otro día será. Es
-muy tarde: he velado por escribirte; la <i>pálida antorcha</i> se
-extingue, bien mío. Oigo el canto del gallo, <i>nuncio</i> del nuevo
-día, y ya el plácido beleño por mis venas se derrama... Vamos, palurdo,
-confiesa que te ha hecho gracia lo del beleño... En fin, que estoy
-rendida, y me voy al almo lecho... sí, señor, no me vuelvo atrás: almo,
-almo.»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch19">
- <h2 class="nobreak g0">XIX</h2>
-</div>
-
-<p>De la misma al mismo:</p>
-
-<p class="mt1">«Monigote, ¿en qué consiste que cuanto más sé, y
-sé ya mucho, más te idolatro?... Ahora que<span class="pagenum"
-id="Page_149">p. 149</span> estoy malita y triste, pienso más en ti...
-Curiosón, todo lo quieres saber. Lo que tengo no es nada, nada; pero
-me molesta. No hablemos de eso... Hay en mi cabeza un barullo tal,
-que no sé si esto es cabeza o el manicomio donde están encerrados los
-grillos que han perdido la razón grillesca... ¡Un aturdimiento, un
-pensar y pensar siempre cosas mil, millones más bien, de cosas bonitas
-y feas, grandes y chicas! Lo más raro de cuanto me pasa es que se me
-ha borrado tu imagen: no veo claro tu lindo rostro; lo veo así como
-envuelto en una niebla, y no puedo precisar las facciones, ni hacerme
-cargo de la expresión, de la mirada. ¡Qué rabia!... A veces me parece
-que la neblina se despeja... abro mucho los ojitos de la imaginación,
-y me digo: «Ahora, ahora le voy a ver.» Pero resulta que veo menos,
-que te oscureces más, que te borras completamente, y abur mi <i>señó
-Juan</i>. Te me vuelves espíritu puro, un ser intangible, un... no
-sé cómo decirlo. Cuando considero la pobreza de palabras, me dan
-ganas de inventar muchas, a fin de que todo pueda decirse. ¿Serás tú
-<i>mi-mito</i>?</p>
-
-<p>»Pienso que todo eso que me dices de que estás hecho un ganso es
-por burlarte de mí. No, niño, eres un gran artista, y tienes en la
-mollera la divina luz; tú darás que hacer a la fama, y asombrarás al
-mundo con tu genio maravilloso. Quiero que se diga que Velázquez y
-Rafael eran<span class="pagenum" id="Page_150">p. 150</span> unos
-pintapuertas comparados contigo. Lo tienen que decir. Tú me engañas:
-echándotelas de patán y de huevero y de <i>naranjista</i>, trabajas en
-silencio, y me preparas la gran sorpresa. ¡No son malos huevos los que
-tú empollas! Estás preparando con estudios parciales el gran cuadro que
-era tu ilusión y la mía, el <i>Embarque de los moriscos expulsados</i>,
-para el cual apuntaste ya algunas figuras. Hazlo, por Dios, trabaja en
-eso. ¡Asunto histórico, profundamente humano y patético! No vaciles,
-y déjate de gallinas y vulgaridades estúpidas. ¡El arte! ¡La gloria,
-<i>señó Juanico</i>! Es la única rival de quien no tengo celos. Súbete
-a los cuernos de la luna, pues bien puedes hacerlo. Si hay otros que
-regarán las hortalizas mejor que tú, ¿por qué no intentas lo que nadie
-como tú hará? ¿No debe cada cual estar en lo suyo? Pues lo tuyo es
-eso, el divino arte, en que tan poco te falta para ser maestro. He
-dicho.»</p>
-
-<p class="mt1">Lunes.</p>
-
-<p class="mt1">«¿Te lo digo? No, no te lo digo. Te vas a asustar,
-creyendo que es más de lo que es. No, permíteme que no te diga nada. Ya
-estoy viendo los morros que me pones por este sistema mío de apuntar
-y no hacer fuego, diciendo las cosas con misterio y callándolas sin
-dejar de decirlas. Pues entérate, aguza el oído y escucha. ¡Ay, ay,
-ay! ¿No oyes cómo se queja tu <i>Beatricita</i>?<span class="pagenum"
-id="Page_151">p. 151</span> ¿Crees que se queja de amor, que se arrulla
-como tus palomas? No, quéjase de dolor físico. ¿Pensarás que estoy
-tísica pasada, como la <i>Dama de las camelias</i>? No, hijo mío. Es
-que D. Lope me ha pegado su reuma. Hombre, no te asustes; D. Lope no
-puede pegarme nada, porque... ya sabes... No hay caso. Pero se dan
-contagios intencionales. Quiero decir que mi tirano se ha vengado de
-mis desdenes, comunicándome por arte gitanesco o de mal de ojo la
-endiablada enfermedad que padece. Hace dos días, al levantarme de la
-cama, sentí un dolor tan agudo, pero tan agudo, hijo... No quiero
-decirte dónde: ya sabes que una señorita, inglesa por añadidura,
-<i>miss Restitute</i>, no puede nombrar decorosamente, delante de un
-hombre, otras partes del cuerpo que la cara y las manos. Pero, en
-fin, grandísimo poca vergüenza, yo tengo confianza contigo, y quiero
-decírtelo claro: me duele una pierna. ¡Ay, ay, ay! ¿Sabes dónde?
-Junto a la rodilla, do existe aquel lunar... ¡Vamos, que si esto no
-es confianza...! ¿No te parece cruel lo que hace Dios conmigo? ¡Que
-a ese perdulario le cargue de achaques en su vejez, como castigo de
-una juventud de crímenes contra la moral, muy santo y muy bueno;
-pero que a mí, jovenzuela que empiezo a pecar, que apenas..., y esto
-con circunstancias atenuantes, que a mí me aflija, a las primeras
-de cambio, con tan fiero castigo...! Ello<span class="pagenum"
-id="Page_152">p. 152</span> será todo lo justo que se quiera, pero no
-lo entiendo. Verdad que somos unos papanatas. ¡No faltaba más sino
-que entendiéramos los designios, etc...! En fin, que los decretos
-del Altísimo me traen muy apenada. ¿Qué será esto? ¿No se me quitará
-pronto? Me desespero a ratos, y creo que no es Dios, que no es el
-Altísimo, sino el <i>Bajísimo</i> quien me ha traído este alifafe. El
-Demonio es mala persona y quiere vengarse de mí por lo que le hice
-rabiar. Poco antes de conocerte, mi desesperación anduvo en tratos
-con él; pero te conocí, y le mandé a freír espárragos. Me salvaste de
-caer en sus uñas. El maldito juró vengarse, y ya lo ves. ¡Ay, ay, ay!
-Tu <i>Restituta</i>, tu <i>Curra de Rímini</i> está cojita. No creas
-que es broma: no puedo andar... Me causa terror la idea de que, si
-estuvieras aquí, no podría yo ir a tu estudio. Aunque sí, iría, vaya si
-iría, arrastrándome. ¿Y tú me querrás cojitranca? ¿No te burlarás de
-mí? ¿No perderás la ilusión? Dime que no; dime que esta cojerilla es
-cosa pasajera. Vente para acá; quiero verte, me mortifica horriblemente
-esto de haber perdido la memoria de tu carátula. Me paso largos ratos
-de la noche figurándome cómo eres, sin poder conseguirlo. ¿Y qué hace
-la niña? Reconstruirte a su manera, crearte con violencias de la
-imaginación. Ven pronto, y por el camino pídele a Dios, como yo se lo
-pido, que cuando llegues no cojee ya tu <i>fenómena</i>.»</p>
-
-<p class="mt1"><span class="pagenum" id="Page_153">p.
-153</span>Martes.</p>
-
-<p class="mt1">«¡Albricias, <i>señó Juan</i>, hombre rústico y
-pedestre, destripaterrones, moro de los dátiles, albricias! Ya no me
-duele. Hoy no cojeo. ¡Qué alivio, qué alegrón! D. Lope celebra mi
-mejoría; pero se me figura a mí que en su fuero interno (un foro de
-muchas esquinas) siente que la esclava no claudique, porque la cojera
-es como un grillete que la sujeta más a su malditísima persona... Tu
-carta me ha hecho reír mucho. Eso de no ver en mi enfermedad más que
-una luxación por los brincos que doy para escalar <i>de la inmortalidad
-el alto asiento</i>, tiene mucha sal. Lo que me aflige es que persistas
-en ser tan rebrutísimo y en apegarte a esas cominerías ramplonas. ¡Que
-la vida es corta y hay que gozar de ella! ¡Que el arte y la gloria no
-valen dos ochavos! No decías eso cuando nos conocimos, grandísimo tuno.
-¡Que en vez de brincar, debo sentarme con muchísima pachorra en las
-losas calentitas de la vida doméstica! ¡Hijo, si no puedo; si cada vez
-soy menos doméstica! Mientras más lecciones le da Saturna, más torpe es
-la niña. Si esto es una falta grave, ten lástima de mí.</p>
-
-<p>»¡Qué feliz soy! Primero: me dices tú que vendrás pronto. Segundo:
-ya no cojeo. Tercero..., no, lo tercero no te lo digo. Vamos, para
-que no te devanes los sesos, allá va. Anoche estuve muy desvelada,
-y una idea mariposeaba en<span class="pagenum" id="Page_154">p.
-154</span> torno de mí, hasta que se me metió en la mollera, y allí se
-quedó; y hecho su nido, ya me tienes con mi plaga de ideítas que me
-están atormentando, y que te comunicaré incontinenti. Sabrás que ya
-he resuelto el temido problema. La esfinge de mi destino desplegó los
-marmóreos labios, y me dijo que para ser libre y honrada, para gozar
-de independencia y vivir de mí misma, debo ser actriz. Y yo he dicho
-que sí; lo apruebo, me siento actriz. Hasta ahora dudé de poseer las
-facultades del arte escénico; pero ya estoy segura de poseerlas. Me lo
-dicen ellas mismas gritando dentro de mí. ¡Representar los afectos, las
-pasiones, fingir la vida! ¡Jesús, qué cosa más fácil! ¡Si yo sé sentir,
-no solo lo que siento, sino lo que sentiría en los varios casos de la
-vida que puedan ocurrir! Con esto, y buena voz, y una figura que...
-vamos, no es maleja, tengo todo lo que me basta.</p>
-
-<p>»Ya, ya veo lo que me dices: que me faltará presencia de ánimo para
-soportar la mirada de un público, que me cortaré... Quítate, hombre,
-¡qué he de turbarme yo! No tengo vergüenza, dicho sea en el mejor
-sentido. Te juro que en este instante me encuentro con alientos para
-representar los más difíciles dramas de pasión, las más delicadas
-comedias de gracia y coquetería. ¿Qué? ¿Te burlas? ¿No me crees?
-Pues a probarlo. Que me saquen a la escena, y verás quién<span
-class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span> es tu <i>Restituta</i>.
-Nada, hombre, que ya te convencerás, ya te irás convenciendo. ¿A ti
-qué te parece? Ya me figuro que no te gustará, que tendrás celos del
-teatro. Eso de que un galán me abrace, eso de que a un actorcillo
-cualquiera tenga yo que hacerle mimos y decirle mil ternezas, te
-desagrada, ¿verdad? Ni tiene maldita gracia que veinte mil majaderos
-se prenden de mí, y me lleven ramos, y se crean autorizados para
-declararme la mar de pasiones volcánicas. No, no seas tonto. Yo te
-quiero más que a mi vida. Pero hazme el favor de concederme que el arte
-escénico es un arte noble, de los pocos que puede cultivar honradamente
-una mujer. Concédemelo, bruto, y también que esa profesión me dará
-independencia, y que en ella sabré y podré quererte más, siempre más,
-sobre todo si te decides a ser grande hombre. Hazme el favor de serlo,
-niño, y no te vea yo convertido en un terrateniente vulgar y oscuro. No
-me hables a mí de dulces tinieblas. Quiero luz, más luz, siempre más
-luz.»</p>
-
-<p class="mt1">Sábado.</p>
-
-<p class="mt1">«¡Ay, ay, ay! Mi gozo en un pozo. Estarás en ascuas,
-sin carta mía desde el martes. ¿Pero no sabes lo que me pasa? Me muero
-de pena... ¡Coja otra vez, con dolores horribles! He pasado tres días
-crueles. La mejoría traidora del martes me engañó. El miércoles,
-después de una noche infernal, amanecí en un grito. D. Lope trajo
-al médico,<span class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span> un tal
-Miquis, joven y agradable. ¡Qué vergüenza! No tuve más remedio que
-enseñarle mi pierna. Vio el lunarcito, ¡ay, ay, ay!, y me dijo no
-sé qué bromas para hacerme reír. Creo que su pronóstico no es muy
-tranquilizador, aunque don <i>Lepe</i> asegura lo contrario, sin
-duda para animarme. Dios mío, ¿cómo voy a ser actriz con esta cojera
-maldita? No puede ser, no puede ser. Estoy loca: no pienso más que
-horrores. Y todo ello ¿qué es? Nada; alrededor del lunarcito, una
-dureza..., y si me toco, veo las estrellas, lo mismo que si ando. Ese
-Miquis, que parta un rayo, me ha mandado no sé qué ungüentos, y una
-venda sin fin, que Saturna me arrolla con muchísimo cuidado... ¡Estoy
-bien, vive Dios! Tienes a tu <i>Beatrice</i> hecha una cataplasma.
-Debo de estar feísima, ¡y qué facha!... Te escribo en el sillón, del
-cual no puedo moverme. Saturna mantiene el tintero... ¿Y cómo te veo
-ahora si vienes? No, no vengas hasta que esto se me quite. Yo le pido
-a Dios y a la Virgen que me curen pronto. No he sido tan mala que este
-castigo merezca. ¿Qué crimen he cometido? ¿Quererte? ¡Vaya un crimen!
-Como tengo esta maldita costumbre de buscar siempre el <i>perché
-delle cose</i>, cavilo que Dios se ha equivocado con respecto a mí.
-¡Jesús, qué blasfemia! No, ¡cuando Él lo hace...! Sufriremos; venga
-paciencia, aunque francamente, esto de no poder ser actriz me vuelve
-loca y me<span class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span> hace tirar
-a un lado toda la paciencia que había podido reunir... ¿Pero y si me
-curo?... Porque esto se curará, y no cojearé, o cojearé tan poquito que
-lo pueda disimular.</p>
-
-<p>»Vamos, que si ahora no tienes lástima de mí, no sé para cuándo
-la guardas. Y si ahora no me quieres más, más, más, mereces que el
-<i>Bajísimo</i> te coja por su cuenta y te saque los ojos. ¡Soy tan
-desgraciada!... No sé si por la congoja que siento o efecto de la
-enfermedad, ello es que todas las ideas se me han escapado, como si
-se echaran a volar. Volverán, ¿no crees tú que volverán? Y me pongo a
-pensar y digo: pero, Señor, todo lo que leí, todo lo que aprendí en
-tantos librotes, ¿dónde está? Debe de andar revoloteando en torno de
-mi cabeza, como revolotean los pajaritos alrededor del árbol antes de
-acostarse, y ya entrarán, ya entrará todo otra vez. Es que estoy muy
-triste, muy desalentada, y la idea de andar con muletas me abruma. No,
-yo no quiero ser coja. Antes...</p>
-
-<p>»Malvina, por distraerme, me propone que la emprendamos con el
-alemán. La he mandado a paseo. No quiero alemán, no quiero lenguas,
-no quiero más que salud, aunque sea más tonta que un cerrojo. ¿Me
-querrás tú cojita? ¡No, si me curaré...! ¡Pues no faltaba más! Si no,
-sería una injusticia muy grande, una barbaridad de la Providencia,
-del Altísimo, del... no sé qué decir. Me<span class="pagenum"
-id="Page_158">p. 158</span> vuelvo loca. Necesito llorar, pasarme todo
-el día llorando...; pero estoy rabiosa, y con rabia no puedo llorar.
-Tengo odio a todo el género humano, menos a ti. Quisiera que ahorcaran
-a doña Malvina, que fusilaran a Saturna, que a D. Lope le azotaran
-públicamente, paseándole en un burro, y después le quemaran vivo. Estoy
-atroz, no sé lo que pienso, no sé lo que digo...»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch20">
- <h2 class="nobreak g0">XX</h2>
-</div>
-
-<p>Al caer de la tarde, en uno de los últimos días de enero, entró en
-su casa D. Lope Garrido, melancólico y taciturno; como hombre sobre
-cuyo ánimo pesan gravísimas tristezas y cuidados. En pocos meses, la
-vejez había ganado en su persona el terreno que supieron defender la
-presunción y el animoso espíritu de sus años maduros; inclinábase hacia
-la tierra; su noble semblante tomaba un color terroso y sombrío; las
-canas iban prosperando en su cabeza, y para completar la estampa del
-decaimiento, hasta en el vestir se marcaba cierta negligencia, más
-lastimosa que el <i>bajón</i> de la persona. Y las costumbres no se
-quedaban atrás en este cambiazo, porque don Lope apenas salía de noche,
-y el día se lo pasaba casi enteramente en casa. Bien se comprendía
-el motivo de tanto estrago, porque, habrá que repetirlo, fuera de
-su absoluta ceguera moral en<span class="pagenum" id="Page_159">p.
-159</span> cosas de amor, el libertino inservible era hombre de buenos
-sentimientos, y no podía ver padecer a las personas de su intimidad.
-Cierto que él había deshonrado a Tristana, matándola para la sociedad y
-el matrimonio, hollando su fresca juventud; pero lo cortés no quitaba
-lo valiente; la quería con entrañable afecto, y se acongojaba de verla
-enferma y con pocas esperanzas de pronto remedio. Era cosa larga, ¡ay!,
-según dijo Miquis en la primera visita, sin asegurar que quedase bien,
-es decir, libre de cojera.</p>
-
-<p>Entró, pues, D. Lope, y soltando la capa en el recibimiento, se fue
-derechito al cuarto de su esclava. ¡Cuán desmejorada la pobrecilla con
-la inacción, con la pena moral y física de su dolorosa enfermedad!
-Encajada y quieta en un sillón de resortes que su viejo le compró, y
-que se extendía para dormir, cuando la necesidad de sueño la agobiaba;
-envuelta en un mantón de cuadros, las manos en cruz y la cabeza al
-aire, Tristana no era ya ni sombra de sí misma. Su palidez a nada puede
-compararse; la pasta de papel de que su lindo rostro parecía formado
-era ya de una diafanidad y de una blancura increíbles; sus labios se
-habían vuelto morados; la tristeza y el continuo llorar rodeaban sus
-ojos de un cerco de transparencias opalinas.</p>
-
-<p>—¿Qué tal, mona? —le dijo D. Lope acariciándole la barbilla, y
-sentándose a su lado—. Mejor,<span class="pagenum" id="Page_160">p.
-160</span> ¿verdad? Me ha dicho Miquis que ahora vas bien, y que el
-mucho dolor es señal de mejoría. Claro, ya no tienes aquel dolor sordo,
-profundo, ¿verdad? Ahora te duele, te duele de firme; pero como una
-desolladura..., eso es. Precisamente es lo que se quiere: que te duela.
-La hinchazón va cediendo. Ahora... niña (<i>sacando una cajita de
-farmacia</i>), vas a tomar esto. No sabe mal: dos pildoritas cada tres
-horas. En cuanto al medicamento externo, dice D. Augusto que sigamos
-con lo mismo. Conque anímate, que dentro de un mes ya podrás brincar y
-hasta bailar unas malagueñas.</p>
-
-<p>—¡Dentro de un mes! ¡Ay!, yo apuesto a que no. Dices eso por
-consolarme. Lo agradezco; pero ¡ay!... Ya no brincaré más.</p>
-
-<p>El tono de hondísima tristeza con que lo dijo enterneció a D. Lope,
-hombre valiente y de mucho corazón para otras cosas; pero que no servía
-para nada delante de un enfermo. El dolor físico en persona de su
-intimidad le ponía corazón de niño.</p>
-
-<p>—Ea, no hay que acobardarse. Yo tengo confianza; tenla tú también.
-¿Quieres más libros para distraerte? ¿Quieres dibujar? Pide por esa
-boca. ¿Tráigote comedias para que vayas estudiando tus papeles?
-(<i>Tristana hacía signos negativos de cabeza.</i>) Bueno, pues te
-traeré novelas bonitas, o libros de historia. Ya que has empezado<span
-class="pagenum" id="Page_161">p. 161</span> a llenar tu cabeza de
-sabiduría, no te quedes a la mitad. A mí me da el corazón que has de
-ser una mujer extraordinaria. ¡Y yo tan bruto que no comprendí desde el
-principio tus grandes facultades! No me lo perdonaré nunca.</p>
-
-<p>—Todo perdonado —murmuró Tristana con señales de profundo
-aburrimiento.</p>
-
-<p>—Y ahora, ¿comemos? ¿Tienes ganita? ¿Que no? Pues hija, hay que
-hacer un esfuerzo. Ya que no otra cosa, el caldo y la copita de Jerez.
-¿Te chuparías una patita de gallina? ¿Que no? Pues no insisto... Ahora,
-si la egregia Saturna quiere darme algún alimento, se lo agradeceré. No
-tengo muchas ganas; pero me siento desfallecido, y algo hay que echar
-al cuerpo miserable.</p>
-
-<p>Fuese al comedor, y sin enterarse del contenido de los platos,
-pues sus pensamientos le abstraían completamente de todo lo externo,
-despachó sopa, un poco de carne y algo más. Con el último bocado entre
-los dientes volvió al lado de Tristana.</p>
-
-<p>—¿Qué tal?..., ¿has tomado el caldito? Bien, me gusta que no hagas
-ascos a la comida. Ahora te daré tertulia hasta que te entre sueño. No
-salgo, por acompañarte... No, no te lo digo para que me lo agradezcas.
-Ya sé que en otros tiempos debí hacerlo y no lo hice. Es tarde, es
-tarde ya, y estos mimos resultan algo trasnochados. Pero no hablemos
-de eso; no me<span class="pagenum" id="Page_162">p. 162</span>
-abochornes... Si te incomodo, me lo dices; si gustas de estar sola, me
-voy a mi cuarto.</p>
-
-<p>—No, no. Estate aquí. Cuando me quedo sola pienso cosas malas.</p>
-
-<p>—¿Cosas malas, vida mía? No desbarres. Tú no te has hecho cargo de
-lo mucho bueno y grande que te reserva tu destino. Un poquillo tarde
-he comprendido tu mérito; pero lo comprendo al fin. Reconozco que no
-soy digno ni del honor de darte mis consejos; pero te los doy, y tú los
-tomas o los dejas, según te acomode.</p>
-
-<p>No era la primera vez que D. Lope le hablaba en este tono; y la
-señorita de Reluz, dicha sea la verdad, le oía gozosa, porque el
-marrullero galán sabía herirla en lo más sensible de su ser, adulando
-sus gustos y estimulando su soñadora fantasía. Hay que advertir,
-además, que algunos días antes de la escena que se refiere, el tirano
-dio a su víctima pruebas de increíble tolerancia. Escribía ella sus
-cartas sin moverse del sillón, sobre una tabla que para el caso le
-había preparado convenientemente Saturna. Una mañana, hallándose la
-joven en lo más recio de su ocupación epistolar, entró inesperadamente
-don Lope, y como la viese esconder con precipitación papel y tintero,
-díjole con bondad risueña:</p>
-
-<p>—No, no, mocosa, no te prives de escribir tus cartitas. Me voy para
-no estorbarte.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span>Pasmada oyó
-Tristana las gallardas expresiones que desmentían en un punto el
-carácter receloso y egoísta del viejo galán, y continuó escribiendo tan
-tranquila. En tanto, D. <i>Lepe</i>, metido en su cuarto, y a solas
-con su conciencia, se despachó a su gusto consigo mismo en esta forma:
-«No, no puedo hacerla más desgraciada de lo que es... ¡Me da mucha
-pena, pero mucha pena..., pobrecilla...! Que en esta última temporada,
-hallándose sola, aburrida, encontrara por ahí a un mequetrefe y que
-este me la trastornara con cuatro palabras amorosas... Vamos...,
-pase... No quiero hacer a ese danzante el honor de preocuparme de él...
-Bueno, bueno; que se aman, que se han hecho mil promesas estúpidas...
-Los jóvenes de hoy no saben enamorar; pero fácilmente le llenan la
-cabeza de viento a muchacha tan soñadora y exaltada como esta. De fijo
-que le ha ofrecido casarse, y ella se lo cree... Bien claro está que
-van y vienen cartitas... ¡Dios mío, las tonterías que se dirán...!
-Como si las leyera. Y matrimonio por arriba, matrimonio por abajo, el
-estribillo de siempre. Tanta imbecilidad me movería a risa, si no se
-tratara de esta niña hechicera, mi último trofeo, y como el último,
-el más caro a mi corazón. ¡Vive Dios, que si estúpidamente me la dejé
-quitar, ha de volver a mí; no para nada malo, bien lo sabe Dios, pues
-ya estoy mandado recoger, sino para tener el<span class="pagenum"
-id="Page_164">p. 164</span> gusto de arrancársela al chisgarabís,
-quien quiera que sea, que me la birló, y probar que cuando el gran D.
-Lope se atufa, nadie puede con él! La querré como hija, la defenderé
-contra todos, contra las formas y especies varias de amor, ya sea con
-matrimonio, ya sin él... Y ahora, ¡por vida de...!, ahora me da la gana
-de ser su padre, y de guardarla para mí solo, para mí solo, pues aún
-pienso vivir muchos años, y si no me cuadra retenerla como mujer, la
-retendré como hija querida; pero que nadie la toque, ¡vive Dios!, nadie
-la mire siquiera.»</p>
-
-<p>El profundo egoísmo que estas ideas entrañaban fue expresado por el
-viejo galán con un resoplido de león, accidente muy suyo en los casos
-críticos de su vida. Fuese luego junto a Tristana, y con mansedumbre
-que parecía surgir de su ánimo sin ningún esfuerzo, le acarició las
-mejillas diciéndole:</p>
-
-<p>—Pobre alma mía, cálmate. Ha llegado la hora de la suprema
-indulgencia. Necesitas un padre amoroso y lo tendrás en mí... Sé que
-has claudicado moralmente, antes de cojear con tu piernecita... No, no
-te apures, no te riño... Mía es la culpa; sí, a mí, solo a mí, debo
-echarme los tiempos por ese devaneo tuyo, resultado de mi abandono, del
-olvido... Eres joven, bonita. ¿Qué extraño es que cuantos monigotes
-te ven en la calle te galanteen? ¿Qué extraño que entre tantos haya
-saltado uno, menos malo que<span class="pagenum" id="Page_165">p.
-165</span> los demás, y que te haya caído en gracia..., y que creas en
-sus promesas tontas, y te lances con él a proyectillos de felicidad,
-que pronto se te vuelven humo...? Ea, no hablemos más de eso. Te lo
-perdono... Absolución total. Ya ves... quiero ser tu padre, y empiezo
-por...</p>
-
-<p>Trémula, recelosa de que tales expresiones fueran astuto ardid
-para reducirla a confesar su secreto, y sintiendo más que nunca el
-misterioso despotismo que D. Lope ejercía sobre ella, la cautiva negó,
-balbuciendo excusas; pero el tirano, con increíble condescendencia,
-redobló sus ternuras y mimos paternales en estos términos:</p>
-
-<p>—Es inútil que niegues lo que declara tu turbación. No sé nada,
-y lo sé todo. Ignoro y adivino. El corazón de la mujer no tiene
-secretos para mí. He visto mucho mundo. Ni te pregunto quién es
-el caballerito, ni me importa saberlo. Conozco la historia, que
-es de las más viejas, de las más adocenadas y vulgares del humano
-repertorio. El tal te habrá vuelto tarumba con esa ilusión cursi del
-matrimonio, buena para horteras y gente menuda. Te habrá hablado del
-altarito, de las bendiciones, y de la vida chabacana y oscura, con
-sopa boba, criaturitas, ovillito de algodón, brasero, camilla y demás
-imbecilidades. Y si tú te tragas semejante anzuelo, haz cuenta que
-te pierdes, que echas a rodar tu porvenir y le das una bofetada a tu
-destino...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span>—¡Mi destino!
-—exclamó Tristana, reanimándose; y sus ojos se llenaron de luz.</p>
-
-<p>—Tu destino, sí. Has nacido para algo muy grande, que no podemos
-precisar aún. El matrimonio te zambulliría en la vulgaridad. Tú no
-puedes ni debes ser de nadie, sino de ti misma. Esa idea tuya de la
-honradez libre, consagrada a una profesión noble; esa idea que yo
-no supe apreciar antes y que al fin me ha conquistado, demuestra la
-profunda lógica de tu vocación, de tu ambición diré, si quieres.
-Ambicionas porque vales. Si tu voluntad se dilata, es porque tu
-entendimiento no cabe en ti.... ¡Si esto no tiene vuelta de hoja, niña
-querida! (<i>Adoptando el tonillo zumbón.</i>) ¡Vaya que a una mujer
-de tu temple salirle con la monserga de las tijeras y el dedalito,
-de la echadura de huevos, del amor de la lumbre, y del contigo pan y
-cebolla! Mucho cuidado, hija mía, mucho cuidado con esas seducciones
-para costureras y señoritas de medio pelo.... Porque te pondrás buena
-de la pierna, y serás una actriz tan extraordinaria, que no haya otra
-en el mundo. Y si no te cuadra ser comedianta, serás otra cosa, lo que
-quieras, lo que se te antoje... Yo no lo sé... tú misma lo ignoras aún;
-no sabemos más sino que tienes alas. ¿Hacia dónde volarás? ¡Ah!... si
-lo supiéramos, penetraríamos los misterios del destino, y eso no puede
-ser.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch21">
- <p><span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXI</h2>
-</div>
-
-<p>«¡Ay, Dios mío —decía Tristana para sí, cruzando las manos y mirando
-fijamente a su viejo—, cuánto sabe este maldito! Él es un pillastre
-redomado, sin conciencia; pero como saber... ¡vaya si sabe...!»</p>
-
-<p>—¿Estás conforme con lo que te digo, pichona? —le preguntó D.
-<i>Lepe</i>, besando sus manos, sin disimular la alegría que le causaba
-el sentimiento íntimo de su victoria.</p>
-
-<p>—Te diré... sí... Yo creo que no sirvo para lo doméstico; vamos,
-que no puedo entender... Pero no sé, no sé si las cosas que sueño se
-realizarán...</p>
-
-<p>—¡Ay, yo lo veo tan claro como esta es luz! —replicó Garrido, con
-el acento de honrada convicción que sabía tomar en sus fórmulas de
-perjurio—. Créeme a mí... Un padre no engaña, y yo, arrepentido del
-daño que te hice, quiero ser padre para ti, y nada más que padre.</p>
-
-<p>Siguieron hablando de lo mismo, y D. Lope, con suma habilidad
-estratégica, evolucionó para ganarle al enemigo sus posiciones, y allí
-fue el ridiculizar la vida boba, la unión eterna con un ser vulgar y
-las prosas de la intimidad matrimoñesca.</p>
-
-<p>Al propio tiempo que estas ideas lisonjeaban<span class="pagenum"
-id="Page_168">p. 168</span> a la señorita, servíanle de lenitivo en
-su grave dolencia. Se sintió mejor aquella tarde, y al quedarse sola
-con Saturna, antes de que esta la acostara, tuvo momentos de ideal
-alborozo, con las ambiciones más despiertas que nunca, y gozándose en
-la idea de verlas realizadas.</p>
-
-<p>—Sí, sí, ¿por qué no he de ser actriz? Si no, seré lo que quiera...
-Viviré con holgura decorosa, sin ligarme eternamente a nadie, ni al
-hombre que amo y amaré siempre. Le querré más cuanto más libre sea.</p>
-
-<p>Ayudada de Saturna, se acostó, después que esta le hubo curado
-con esmero exquisito la rodilla enferma, renovándole los vendajes.
-Intranquila pasó la noche; pero se consolaba con los efluvios de
-su imaginación ardorosa, y con la idea de pronto restablecimiento.
-Aguardaba con ansia el día para escribir a Horacio, y al amanecer,
-antes de que se levantara D. Lope, enjaretó una larga y nerviosa
-epístola.</p>
-
-<p class="mt1">«Amor mío, paletito mío, <i>mio diletto</i>, sigo
-mal; pero estoy contenta. Mira tú qué cosa tan rara... ¡Ay, quién me
-entenderá a mí, si yo misma no me entiendo! Estoy alegre, sí, y llena
-de esperanzas, que se me cuelan en el alma cuando menos las llamo. Dios
-es bueno y me manda estas alegrías, sin duda porque me las merezco. Se
-me antoja que me curaré, aunque no mejore; pero se me antoja, y basta.
-Me da por pensar que<span class="pagenum" id="Page_169">p. 169</span>
-se cumplirán mis deseos, que seré actriz del género trágico, que podré
-adorarte desde el castillo de mi independencia comiquil. Nos querremos
-de castillo a castillo, dueños absolutos de nuestras respectivas
-voluntades, tú libre, libre yo, y tan señora como la que más, con
-dominios propios, y sin vida común, ni sagrado vínculo, ni sopas de
-ajo, ni nada de eso.</p>
-
-<p>»No me hables a mí del altarito, porque te me empequeñeces tanto
-que no te veo de tan chiquitín como te vuelves. Esto será un delirio;
-pero nací para delirante crónica, y soy... como la carne de oveja: se
-me toma o se me deja. No, dejarme no: te retengo, te amarro, pues mis
-locuras necesitan de tu amor para convertirse en razón. Sin ti, me
-volvería tonta, que es lo peor que me podría pasar.</p>
-
-<p>»Y yo no quiero ser tonta, ni que lo seas tú. Yo te engrandezco con
-mi imaginación cuando quieres achicarte, y te vuelvo bonito cuando
-te empeñas en ponerte feo, abandonando tu arte sublime para cultivar
-rábanos y calabazas. No te opongas a mi deseo, no desvanezcas mi
-ilusión; te quiero grande hombre, y me saldré con la mía. Lo siento,
-lo veo... no puede ser de otra manera. Mi voz interior se entretiene
-describiéndome las perfecciones de tu ser... No me niegues que eres
-como te sueño. Déjame a mí que te fabrique... no, no es esa la palabra;
-que te componga...<span class="pagenum" id="Page_170">p. 170</span>
-tampoco... que te reconstruya... tampoco... Déjame que te piense
-conforme a mi real gana. Soy feliz así; déjame, déjame.»</p>
-
-<p class="mt1">Siguieron a esta carta otras, en que la imaginación
-de la pobre enferma se lanzaba sin freno a los espacios de lo ideal,
-recorriéndolos como corcel desbocado, buscando el imposible fin de lo
-infinito, sin sentir fatiga en su loca y gallarda carrera.</p>
-
-<p>Véase el género:</p>
-
-<p class="mt1">«Mi señor, ¿cómo eres? Mientras más te adoro, más
-olvido tu fisonomía; pero te invento otra a mi gusto, según mis ideas,
-según las perfecciones de que quiero ver adornada tu sublime persona.
-¿Quieres que te hable un poquito de mí? ¡Ay, padezco mucho! Creí que
-mejoraba; pero no, no quiere Dios. Él sabrá por qué. Tu bello ideal,
-tu Tristanita podrá ser, andando el tiempo, una celebridad; pero yo
-te aseguro que no será bailarina... ¡Lo que es eso...! Mi piernecita
-se opondría. Y también voy creyendo que no será actriz, por la misma
-razón. Estoy furiosa... cada día peor, con sufrimientos horribles.
-¡Qué médicos estos! No entienden una palabra del arte de curar...
-Nunca creí que en el destino de las personas influyera tanto cosa tan
-insignificante como es una pierna, una triste pierna, que solo sirve
-para andar. El cerebro, el corazón, creí yo que mandarían siempre;
-pero ahora, una<span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span>
-estúpida rodilla se ha erigido en tirana, y aquellos nobles órganos la
-obedecen... Quiero decir, no la obedecen, ni le hacen maldito caso;
-pero sufren un absurdo despotismo, que confío será pasajero. Es como
-si se sublevara la soldadesca... Al fin, al fin, la canalla tendrá que
-someterse.</p>
-
-<p>»Y tú, mi rey querido, ¿qué dices? Si no fuera porque tu amor me
-sostiene, ya habría yo sucumbido ante la sedición de esta pata que se
-me quiere subir a la cabeza. Pero no, no me acobardo, y pienso las
-cosas atrevidas que he pensado siempre... no, que pienso más, mucho
-más, y subo, subo siempre. Mis aspiraciones son ahora más acentuadas
-que nunca; mi ambición, si así quieres llamarla, se desata y brinca
-como una loca. Créelo, tú y yo hemos de hacer algo grande en el
-mundo. ¿No aciertas cómo? Pues yo no puedo explicártelo; pero lo
-sé. Me lo dice mi corazón, que todo lo sabe, que no me ha engañado
-nunca, ni puede engañarme. Tú mismo no te formas una idea clara de
-lo que eres y de lo que vales. ¿Será preciso que yo te descubra a
-ti mismo? Mírate en mí, que soy tu espejo, y te verás en el supremo
-Tabor de la glorificación artística. Estoy segura de que no te ríes
-de lo que digo, como segura estoy de que eres tal y como te pienso,
-la suma perfección moral y física. En ti no hay defectos, ni puede
-haberlos,<span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span> aunque los
-ojos del vulgo los vean. Conócete; haz caso de mí; entrégate sin recelo
-a quien te conoce mejor que tú mismo... No puedo seguir... Me duele
-horriblemente... ¡Que un hueso, un miserable hueso nos...!»</p>
-
-<p class="mt1">Jueves.</p>
-
-<p class="mt1">«¡Qué día ayer, y qué noche! Pero no me acobardo. El
-espíritu se me crece con los sufrimientos. ¿Creerás una cosa? Anoche,
-cuando el pícaro dolor me daba algunos ratitos de descanso, me volvía
-todo el saber que leyendo adquirí, y que se me había como desvanecido
-y evaporado. Entraban las ideas una tras otra, atropellándose, y la
-memoria, una vez que las cogía dentro, ¡zas! cerraba la puerta para
-no dejarlas salir. No te asombres; no solo sé todo lo que sabía, si
-no que sé más, muchísimo más. Con las ideas de casa, han entrado
-otras nuevas, desconocidas. Debo yo de tener un <i>ideón</i>, palomo
-ladrón, que al salir por esos aires, seduce cuantas ideítas encuentra,
-y me las trae. Sé más, mucho más que antes. Lo sé todo... no; esto es
-mucho decir... Hoy me he sentido muy aliviada, y me dedico a pensar en
-ti. ¡Qué bueno eres! Tu inteligencia no conoce igual; para tu genio
-artístico no hay dificultades. Te quiero con más alma que nunca, porque
-respetas mi libertad, porque no me amarras a la pata de una silla ni a
-la pata de una mesa con el cordel del matrimonio.<span class="pagenum"
-id="Page_173">p. 173</span> Mi pasión reclama libertad. Sin ese campo
-no podría vivir. Necesito comerme libremente la hierba, que crecerá más
-arrancada del suelo por mis dientes. No se hizo para mí el establo.
-Necesito la pradera sin término.»</p>
-
-<p class="mt1">En sus últimas cartas, ya Tristana olvidaba el
-vocabulario de que solían ambos hacer alarde ingenioso en sus íntimas
-expansiones habladas o escritas. Ya no volvió a usar el <i>señó
-Juan</i> ni la <i>Paca de Rímini</i>, ni los terminachos y licencias
-gramaticales que eran la sal de su picante estilo. Todo ello se borró
-de su memoria, como se fue desvaneciendo la persona misma de Horacio,
-sustituida por un ser ideal, obra temeraria de su pensamiento, ser en
-quien se cifraban todas las bellezas visibles e invisibles. Su corazón
-se inflamó en un cariñazo que bien podría llamarse místico, por lo
-incorpóreo y puramente soñado del ser que tales afectos movía. El
-Horacio nuevo e intangible parecíase un poco al verdadero, pero nada
-más que un poco. De aquel bonito fantasma iba haciendo Tristana la
-verdad elemental de su existencia, pues solo vivía para él, sin caer
-en la cuenta de que tributaba culto a un Dios de su propia cosecha. Y
-este culto se expresaba en cartas centellantes, trazadas con trémula
-mano, entre las alternadas excitaciones del insomnio y la fiebre, y
-que solo por mecánica costumbre eran dirigidas a Villajoyosa, pues
-en<span class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span> realidad debían
-expedirse por la estafeta del ensueño hacia la estación de los espacios
-imaginarios.</p>
-
-<p class="mt1">Miércoles.</p>
-
-<p class="mt1">«Maestro y señor, mis dolores me llevan a ti, como me
-llevarían mis alegrías si algunas tuviera. Dolor y gozo son un mismo
-impulso para volar... cuando se tienen alas. En medio de las desgracias
-con que me aflige, Dios me hace el inmenso bien de concederme tu amor.
-¿Qué importa el dolor físico? Nada. Lo soportaré con resignación,
-siempre que... tú no me duelas. ¡Y no me digan que estás lejos! Yo
-te traigo a mi lado, te siento junto a mí y te veo y te toco; tengo
-bastante poder de imaginación para suprimir la distancia, y contraer el
-tiempo conforme se me antoja.»</p>
-
-<p class="mt1">Jueves.</p>
-
-<p class="mt1">«Aunque no me lo digas, sé que eres como debes ser. Lo
-siento en mí. Tu inteligencia sin par, tu genio artístico, lanzan sus
-chispazos dentro de mi propio cerebro. Tu sentimiento elevadísimo del
-bien, en mi propio corazón parece que ha hecho su nido... ¡Ay, para que
-veas la virtud del espíritu! Cuando pienso mucho en ti, se me quita
-el dolor. Eres mi medicina, o al menos un anestésico que mi doctor
-no entiende. ¡Si vieras...! Miquis se pasma de mi serenidad. Sabe
-que te adoro; pero no conoce lo que vales, ni<span class="pagenum"
-id="Page_175">p. 175</span> que eres el pedacito más selecto de la
-divinidad. Si lo supiera, sería parco en recetar calmantes, menos
-activos que la idea de ti... He metido en un puño el dolor porque
-necesitaba reposo para escribirte. Con mi fuerza de voluntad, que
-es enorme, y con el poder del pensamiento, consigo algunas treguas.
-Llévese el Demonio la pierna. Que me la corten. Para nada la necesito.
-Tan espiritualmente te amaré con una pierna como con dos..., como sin
-ninguna.»</p>
-
-<p class="mt1">Viernes.</p>
-
-<p class="mt1">«No me hace falta ver los primores de tu arte
-maravilloso. Me los figuro como si delante de mis ojos los tuviera. La
-Naturaleza no tiene secretos para ti. Más que tu maestra es tu amiga.
-De sopetón se introduce en tus obras, sin que tú lo solicites, y tus
-miradas la clavan en el lienzo antes que los pinceles. Cuando yo me
-ponga buena, haré lo mismo. Me rebulle aquí dentro la seguridad de que
-lo he de hacer. Trabajaremos juntos, porque ya no podré ser actriz; voy
-viendo que es imposible... ¡Pero lo que es pintora...! No hay quien me
-lo quite de la cabeza. Tres o cuatro lecciones tuyas me bastarán para
-seguir tus huellas, siempre a distancia, se entiende... ¿Me enseñarás?
-Sí, porque tu grandeza de alma corre parejas con tu entendimiento, y
-eres el sumo bien, la absoluta bondad, como eres... aunque no quieras
-confesarlo, la suprema belleza.»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch22">
- <p><span class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXII</h2>
-</div>
-
-<p>El efecto que estas deshilvanadas y sutiles razones hacían en
-Horacio fácilmente se comprenderá. Viose convertido en ser ideal,
-y a cada carta que recibía, entrábanle dudas acerca de su propia
-personalidad, llegando al extremo increíble de preguntarse si era él
-como era, o como le pintaba con su indómita pluma la visionaria niña
-de D. <i>Lepe</i>. Pero su inquietud y confusión no le impidieron
-ver el peligro tras ellas oculto, y empezó a creer que <i>Paquita de
-Rímini</i> más padecía de la cabeza que de las extremidades. Asaltado
-de ideas pesimistas, y lleno de zozobra y cavilaciones, resolvió
-marchar a Madrid, y ya tenía dispuesto todo para el viaje, a últimos de
-febrero, cuando un repentino ataque de hemoptisis de doña Trinidad le
-encadenó a Villajoyosa en tan mala ocasión.</p>
-
-<p>En los mismos días de esta ocurrencia, pasaban en Madrid y en casa
-de D. Lope cosas de extraordinaria gravedad, que deben ser puntualmente
-referidas. Tristana empeoró tanto, que nada pudo su fuerza de voluntad
-contra el dolor intensísimo, acompañado de fiebre, vómitos y malestar
-general. Desesperado y aturdido, sin la presencia de ánimo que requería
-el caso, D. Lope creía conjurar el peligro clamando al Cielo, ya<span
-class="pagenum" id="Page_177">p. 177</span> con acento de piedad,
-ya con amenazas y blasfemias. Su irreflexivo temor le hacía ver la
-salvación de la enferma en los cambios de tratamiento: despedido
-Miquis, hubo que llamarle otra vez, porque su sucesor era de los que
-todo lo curan con sanguijuelas, y esta medicación, si al principio
-determinó algún alivio, luego aniquiló las cortas fuerzas de la
-paciente.</p>
-
-<p>Alegrose Tristana de la vuelta de Miquis, porque le inspiraba
-simpatía y confianza, levantándole el espíritu con el poder terapéutico
-de su afabilidad. Los calmantes enérgicos le devolvieron por algunas
-horas cada día la virtud preciosa de consolarse con su propia
-imaginación, de olvidar el peligro, pensando en bienes imaginarios y en
-glorias remotísimas. Aprovechó los momentos de sedación para escribir
-algunas cartas breves, compendiosas, que el mismo D. Lope, sin hacer ya
-misterio de su indulgencia, se encargaba de echar al correo.</p>
-
-<p>—Basta de tapujos, niña mía —le dijo con alardes de confianza
-paterna—. Para mí no hay secretos. Y si tus cartitas te consuelan,
-yo no te riño, ni me opongo a que las escribas. Nadie te comprende
-como yo, y el mismo que tiene la dicha de leer tus garabatos no está
-a la altura de ellos, ni merece tanto honor. En fin, ya te irás
-convenciendo... Entretanto, muñeca de mi vida, escribe todo lo que
-quieras, y si algún día no tuvieras ganas de manejar la pluma,<span
-class="pagenum" id="Page_178">p. 178</span> díctame, y seré tu
-secretario. Ya ves la importancia que doy a ese juego infantil...
-¡Cosas de chiquillos, que comprendo perfectamente, porque yo también
-he tenido veinte años, yo también he sido tonto, y a cuanta niña me
-caía por delante la llamaba <i>mi bello ideal</i>, y le ofrecía mi
-blanquísima mano...</p>
-
-<p>Terminaba estas bromas con una risita no muy sincera, que
-inútilmente quería comunicar a Tristana, y al fin él solo reía sus
-propios chistes, disimulando la terrible procesión que por dentro le
-andaba.</p>
-
-<p>Augusto Miquis iba tres veces al día, y aún no estaba contento D.
-Lope, decidido a emplear todos los recursos de la ciencia médica para
-sanar a su muñeca infeliz. En aquel caso no se contentaba con dar la
-camisa, pues la piel misma le hubiera parecido corto sacrificio para
-objeto tan grande.</p>
-
-<p>—Si mis recursos se acaban por completo —decía—, lo que no es
-imposible al paso que vamos, haré lo que siempre me repugnó, y me
-repugna, daré sablazos, me rebajaré a pedir auxilio a mis parientes de
-Jaén, que es para mí el colmo de la humillación y de la vergüenza. Mi
-dignidad no vale un pito ante la tremenda desgracia que me desgarra el
-corazón, este corazón que era de bronce y ahora es pura manteca. ¡Quién
-me lo había de decir! Nada me afectaba, y los sentimientos de toda la
-humanidad me importaban un ardite... Pues ahora, la piernecita de<span
-class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span> esta pobre mujer me parece
-a mí que nos va a traer el desequilibrio del Universo. Creo que hasta
-el momento presente no he conocido cuánto la quiero, ¡pobrecilla! Es el
-amor de mi vida, y no consiento perderla por nada de este mundo. A Dios
-mismo, a la muerte se la disputaré. Reconozco en mí un egoísmo capaz de
-mover las montañas, un egoísmo que no vacilo en llamar santo, porque
-me lleva a la reforma de mi carácter y de todo mi ser. Por él abomino
-de mis aventuras, de mis escándalos; por él me consagraré, si Dios me
-concede lo que le pido, al bien y a la dicha de esta sin par mujer,
-que no es mujer, sino un ángel de sabiduría y de gracia. ¡Y yo la tuve
-en mis manos y no supe entenderla! Confiesa y declara, Lope amigo, que
-eres un zote, que solo la vida instruye, y que la ciencia verdadera no
-crece sino en los eriales de la vejez...</p>
-
-<p>En su trastorno insano, tan pronto volvía los ojos a la medicina
-como al charlatanismo. Una mañana le llevó Saturna el cuento de que
-cierta curandera, establecida en Tetuán, y cuya fama y prestigio
-llegaban por acá hasta Cuatro Caminos y por allá hasta los mismos muros
-de Fuencarral, curaba los tumores blancos con la aplicación de las
-llamadas <i>hierbas calleras</i>. Oírlo D. Lope y mandar que viniera
-la que tales prodigios hacía, fue todo uno, y poco le importaba que D.
-Augusto pusiese mala cara. Descolgose la comadre<span class="pagenum"
-id="Page_180">p. 180</span> con un pronóstico muy risueño, y aseguró
-que aquello era cosa de días. Revivió en D. <i>Lepe</i> la esperanza;
-hízose cuanto la vieja dispuso; enterose Miquis aquella misma tarde y
-no se enojó, dando a entender que el emplasto de la profesora libre
-de Tetuán no produciría daño ni provecho a la enferma. Maldijo D.
-Lope a todas las charlatanas habidas y por haber, mandándolas que se
-fueran con cien mil pares de demonios, y se restablecieron los planes y
-estilos de la ciencia.</p>
-
-<p>Pasó Tristana una noche infernal, con violentos accesos de fiebre,
-entrecortados de intensísimo frío en la espalda. Garrido, a quien se
-podía ahorcar con un cabello, no tuvo más que ver la cara del doctor,
-en su visita matutina, para comprender que el mal entraba en un período
-de gravedad crítica, pues aunque el bueno de Augusto sabía disfrazar
-ante los enfermos su impresión diagnóstica, aquel día pudo más la
-pena que el disimulo. La misma Tristana se le adelantó, diciendo con
-aparente serenidad:</p>
-
-<p>—Comprendido, doctor... Esta... no la cuento. No me importa. La
-muerte me gusta; se me está haciendo simpática. Tanto padecer va
-consumiendo las ganas de vivir... Hasta anoche, figurábaseme que el
-vivir es algo bonito... a veces... Pero ya me encariño con la idea de
-que lo más gracioso es morirse..., no sentir dolor... ¡Qué delicia, qué
-gusto!...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span>Echose a llorar, y
-el bravo D. <i>Lepe</i> necesitó evocar todo su coraje para no hacer
-pucheros.</p>
-
-<p>Después de consolar a la enferma con cuatro mentiras muy bien
-tramadas, encerrose Miquis con D. Lope en el cuarto de este, dejándose
-en la puerta sus bromas y la máscara de amabilidad caritativa, y le
-habló con la solemnidad propia del caso.</p>
-
-<p>—Amigo D. Lope —dijo, poniendo sus dos manos sobre los hombros del
-caballero, que parecía más muerto que vivo—, hemos llegado a lo que
-yo me temía. Tristanita muy grave. A un hombre como usted, valiente
-y de espíritu sereno, capaz de atemperarse a las circunstancias más
-angustiosas de la vida, se le debe hablar con claridad.</p>
-
-<p>—Sí —murmuró el caballero, haciéndose el valiente, y creyendo que el
-cielo se le venía encima, por lo cual, con movimiento instintivo, alzó
-las manos como para sostenerlo.</p>
-
-<p>—Pues sí... La fiebre altísima, el frío en la médula, ¿sabe usted lo
-que es? Pues el síntoma infalible de la reabsorción...</p>
-
-<p>—Ya, ya comprendo...</p>
-
-<p>—La reabsorción... el envenenamiento de la sangre... la...</p>
-
-<p>—Sí... y...</p>
-
-<p>—Nada, amigo mío. Ánimo. No hay más remedio que operar...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span>—¡Operar! —exclamó
-Garrido, en el colmo del aturdimiento—. Cortar... ¿no es eso? ¿Y usted
-cree...?</p>
-
-<p>—Puede salvarse, aunque no lo aseguro.</p>
-
-<p>—¿Y cuándo...?</p>
-
-<p>—Hoy mismo. No hay que perder tiempo... Una hora que perdamos nos
-haría llegar tarde.</p>
-
-<p>Don Lope fue asaltado de una especie de demencia al oír esto,
-y dando saltos como fiera herida, tropezando con los muebles, y
-golpeándose el cráneo, pronunció estas incongruentes y desatentadas
-expresiones:</p>
-
-<p>—¡Pobre niña...! cortarle la... ¡Oh! mutilarla horriblemente... ¡Y
-qué pierna, doctor...! una obra maestra de la Naturaleza... Fidias
-mismo la querría para modelar sus estatuas inmortales... ¿Pero qué
-ciencia es esa, que no sabe curar sino cortando? ¡Ah! no saben ustedes
-de la misa la media... D. Augusto, por la salvación de su alma, invente
-usted algún otro recurso. ¡Quitarle una pierna! Si eso se arreglara
-cortándome a mi las dos... ahora mismo, aquí están... Ea, empiece
-usted... y sin cloroformo.</p>
-
-<p>Los gritos del buen caballero debieron de oírse en el cuarto de
-Tristana, porque entró Saturna, asustadísima, a ver qué demonches le
-pasaba a su amo.</p>
-
-<p>—Vete de aquí, bribona... tú tienes la culpa.<span class="pagenum"
-id="Page_183">p. 183</span> Digo, no... ¡Cómo está mi cabeza!... Vete,
-Saturna, y dile a la niña que no consentiré se le corte ni tanto así
-de pierna, ni de nada. Primero me corto yo la cabeza... No, no se lo
-digas... Cállate... Que no se entere... Pero habrá que decírselo...
-Yo me encargo... Saturna, mucho cuidado con lo que hablas... Lárgate,
-déjanos...</p>
-
-<p>Y volviéndose al médico, le dijo:</p>
-
-<p>—Dispénseme, querido Augusto, no sé lo que pienso. Estoy loco... Se
-hará todo, todo lo que la facultad disponga... ¿Qué dice usted? ¿Que
-hoy mismo...?</p>
-
-<p>—Sí, cuanto más pronto mejor. Vendrá mi amigo el doctor Ruiz Alonso,
-cirujano de punta, y... Veremos. Creo que practicada con felicidad la
-amputación, la señorita podrá salvarse.</p>
-
-<p>—¡Podrá salvarse! De modo que ni aun así es seguro... ¡Ay, doctor,
-no me vitupere usted por mi cobardía! No sirvo para estas cosas...
-Me vuelvo un chiquillo de diez años. ¡Quién lo había de decir! ¡Yo
-que he sabido afrontar sin un fruncimiento de cejas los mayores
-peligros...!</p>
-
-<p>—Sr. D. Lope —dijo Miquis con triste acento—, en estas ocasiones
-de prueba se ven los puntos que calza nuestra capacidad para el
-infortunio. Muchos que se tienen por cobardes resultan animosos, y
-otros que se creen gallos salen<span class="pagenum" id="Page_184">p.
-184</span> gallinitas. Usted sabrá ponerse a la altura de la
-situación.</p>
-
-<p>—Y será forzoso prepararla... ¡Dios mío, qué trance! Yo me muero...
-yo no sirvo, D. Augusto...</p>
-
-<p>—¡Pobrecilla! No se lo diremos claramente. La engañaremos.</p>
-
-<p>—¡Engañarla! No se ha enterado usted todavía de su penetración.</p>
-
-<p>—En fin, vamos allá, que en estas cosas, señor mío, hay que contar
-siempre con alguna circunstancia inesperada y favorable. Es fácil que
-ella, si tanta agudeza tiene, lo haya comprendido, y no necesitemos...
-El enfermo suele ver muy claro.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch23">
- <h2 class="nobreak g0">XXIII</h2>
-</div>
-
-<p>No se equivocaba el sagaz alumno de Hipócrates. Cuando entraron a
-ver a Tristana, esta les recibió con semblante entre risueño y lloroso.
-Se reía, y dos gruesos lagrimones corrían por sus mejillas de papel.</p>
-
-<p>—Ya, ya sé lo que tienen que decirme... No hay que apurarse. Soy
-valiente... Si casi me alegro... Y sin casi... porque vale más que me
-la corten... Así no sufriré... ¿Qué importa tener una sola pierna?
-Digo, como importar... Pero si ya en realidad no la tengo, si no me
-sirve para<span class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span> nada...!
-Fuera con ella, y me pondré buena, y andaré... con muletas, o como Dios
-me dé a entender...</p>
-
-<p>—Hija mía, te quedarás buenísima —dijo don Lope, envalentonándose
-al verla tan animosa—. Pues si yo supiera que cortándome las dos
-me quedaba sin reuma, hoy mismo... Después de todo, las piernas se
-sustituyen por aparatos mecánicos que fabrican los ingleses y alemanes,
-y con ellos se anda mejor que con estos maldecidos remos que nos ha
-encajado la Naturaleza.</p>
-
-<p>—En fin —agregó Miquis—, no se asuste la muñeca, que no la haremos
-sufrir nada... pero nada... Ni se enterará usted. Y luego se sentirá
-muy bien, y dentro de unos cuantos días ya podrá entretenerse en
-pintar...</p>
-
-<p>—Hoy mismo —dijo el viejo, haciendo de tripas corazón, y procurando
-tragarse el nudo que en la garganta sentía— te traigo el caballete,
-la caja de colores... Verás, verás qué cuadros tan bonitos nos vas a
-pintar.</p>
-
-<p>Con un cordial apretón de manos se despidió Augusto, anunciándole
-su pronta vuelta, sin precisar la hora, y solos Tristana y D. Lope,
-estuvieron un ratito sin hablarse.</p>
-
-<p>—¡Ah! Tengo que escribir —dijo la enferma.</p>
-
-<p>—¿Podrás, vida mía? Mira que estás muy débil. Díctame, y yo
-escribiré.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_186">p. 186</span>Al decir esto,
-llevaba junto a la cama la tabla que servía de mesa, y la resmilla de
-papel y el tintero.</p>
-
-<p>—No... Puedo escribir... Es particular lo que ahora me pasa. Ya no
-me duele. Casi no siento nada. ¡Vaya si puedo escribir! Venga... Un
-poquito me tiembla el pulso, pero no importa.</p>
-
-<p>Delante del tirano escribió estas líneas:</p>
-
-<p class="mt1">«Allá va una noticia que no sé si es buena o mala.
-Me la cortan. ¡Pobrecita pierna! Pero ella tiene la culpa... ¿para
-qué es mala? No sé si me alegro, porque, en verdad, la tal patita no
-me sirve para nada. No sé si lo siento, porque me quitan lo que fue
-parte de mi persona... y voy a tener sin ella cuerpo distinto del que
-tuve... ¿Qué piensas tú? Verdaderamente, no es cosa de apurarse por
-una pierna. Tú, que eres todo espíritu, lo creerás así. Yo también
-lo creo. Y lo mismo has de quererme con un remo que con dos. Ahora
-pienso que habría hecho mal en dedicarme a la escena. ¡Uf! arte poco
-noble, que fatiga el cuerpo y empalaga el alma. ¡La pintura!... eso
-ya es otra cosa... Me dicen que no sufriré nada en la... ¿lo digo? en
-la operación... ¡Ay! hablando en plata, esto es muy triste, y yo no
-lo soportaré sino sabiendo que seré la misma para ti después de la
-carnicería... ¿Te acuerdas de aquel grillo que tuvimos, y que cantaba
-más y mejor después de arrancarle una de las patitas? Te conozco
-bien,<span class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span> y sé que no
-desmereceré nada para ti... No necesitas asegurármelo para que yo lo
-crea y lo afirme... Vamos, ¿a que al fin resulta que estoy alegre?...
-Sí, porque ya no padeceré más. Dios me alienta, me dice que saldré bien
-del lance, y que después tendré salud y felicidad, y podré quererte
-todo lo que se me antoje, y ser pintora, o mujer sabia, y filósofa
-por todo lo alto... No, no puedo estar contenta. Quiero encandilarme,
-y... no me resulta... Basta por hoy. Aunque sé que me querrás siempre,
-dímelo para que conste. Como no puedes engañarme, ni cabe la mentira
-en un ser que reúne todas las formas del bien, lo que me digas será
-mi Evangelio... Si tú no tuvieras brazos ni piernas, yo te querría lo
-mismo. Conque...»</p>
-
-<p class="mt1">Las últimas líneas apenas se entendían, por el temblor
-de la escritura. Al soltar la pluma, cayó la muñeca infeliz en grande
-abatimiento. Quiso romper la carta, arrepintiose de ello, y por fin la
-entregó a D. Lope, abierta para que le pusiese el sobre y la enviase a
-su destino. Era la primera vez que no se cuidaba de defender ni poco ni
-mucho el secreto epistolar. Llevose Garrido a su cuarto el papel, y lo
-leyó despacio, sorprendido de la serenidad con que la niña trataba de
-tan grave asunto.</p>
-
-<p>—Lo que es ahora —dijo al escribir el sobre, y como si hablara
-con la persona cuyo nombre<span class="pagenum" id="Page_188">p.
-188</span> trazaba su pluma—, ya no te temo. La perdiste, la perdiste
-para siempre, pues esas bobadas del amor eterno, del amor ideal, sin
-piernas ni brazos, no son más que un hervor insano de la imaginación.
-Te he vencido. Triste es mi victoria, pero cierta. Dios sabe que no me
-alegro de ella sino descartando el motivo, que es la mayor pena de mi
-vida... Ya me pertenece en absoluto hasta que mis días acaben. ¡Pobre
-muñeca con alas! Quiso alejarse de mí, quiso volar; pero no contaba con
-su destino, que no le permite revoloteos ni correrías; no contaba con
-Dios, que me tiene ley... no sé por qué... pues siempre se pone de mi
-parte en estas contiendas... Él sabrá la razón... y cuando se me escapa
-lo que quiero... me lo trae atadito de pies y manos. ¡Pobre alma mía,
-adorable chicuela, la quiero, la querré siempre como un padre! Ya nadie
-me la quita, ya no...</p>
-
-<p>En el fondo de estos sentimientos tristísimos que D. Lope no sacó
-del corazón a los labios, palpitaba una satisfacción de amor propio, un
-egoísmo elemental y humano de que él mismo no se daba cuenta. «¡Sujeta
-para siempre! ¡Ya no más desviaciones de mí!» Repitiendo esta idea,
-parecía querer aplazar el contento que de ella se derivaba, pues no era
-la ocasión muy propicia para alegrarse de cosa alguna.</p>
-
-<p>Halló después a la joven bastante alicaída, y<span class="pagenum"
-id="Page_189">p. 189</span> empleó para reanimarla, ya los
-razonamientos piadosos, ya consideraciones ingeniosísimas acerca de
-la inutilidad de nuestras extremidades inferiores. A duras penas tomó
-Tristana algún alimento; el buen Garrido no pudo pasar nada. A las
-dos entraron Miquis, Ruiz Alonso y un alumno de Medicina, que hacía
-de ayudante, pasando a la sala silenciosos y graves. Uno de los tres
-llevaba, cuidadosamente envuelto en un paño, el estuche que contenía
-las herramientas del oficio. Poco después entró un mozo que llevaba los
-frascos llenos de líquidos antisépticos. Recibioles D. Lope como si
-recibiera al verdugo cuando va a pedir perdón al condenado a muerte, y
-a prepararle para el suplicio.</p>
-
-<p>—Señores —dijo—, esto es muy triste, muy triste...</p>
-
-<p>Y no pudo pronunciar una palabra más. Miquis fue al cuarto de la
-enferma, y se anunció con donaire:</p>
-
-<p>—Guapa moza, todavía no hemos venido..., quiero decir... he venido
-yo solo. A ver, ¿qué tal? ese pulso...</p>
-
-<p>Tristana se puso lívida, clavando en el médico una mirada medrosa,
-infantil, suplicante. Para tranquilizarla, asegurole Miquis que
-confiaba en curarla completa y radicalmente, que su excitación era
-precursora de la mejoría franca y segura, y que para calmarla le iba a
-dar un poquitín de éter...</p>
-
-<p>—Nada, hija, basta echar unas gotitas de líquido en un pañuelo,
-y olerlo, para conseguir<span class="pagenum" id="Page_190">p.
-190</span> que los pícaros nervios entren en caja.</p>
-
-<p>Mas no era fácil engañarla. La pobre señorita comprendió las
-intenciones de Augusto, y le dijo, esforzándose en sonreír:</p>
-
-<p>—Es que quiere usted dormirme... Bueno. Me alegro de conocer ese
-sueño profundo, con el cual no puede ningún dolor, por muy perro que
-sea. ¡Qué gusto! ¿Y si no despierto, si me quedo allá...?</p>
-
-<p>—¡Qué ha de quedarse...! Buenos tontos seríamos... —dijo Augusto, a
-punto que entraba D. Lope consternado, medio muerto.</p>
-
-<p>Y resueltamente se puso a preparar la droga, volviendo la espalda
-a la enferma, dejando sobre una cómoda el frasquito del precioso
-anestésico. Hizo con su pañuelo una especie de nido chiquitín, en el
-cual puso los algodones impregnados de cloroformo, y entretanto se
-difundió por la habitación un fuerte olor de manzanas.</p>
-
-<p>—¡Qué bien huele! —dijo la señorita, cerrando los ojos, como si
-rezara mentalmente.</p>
-
-<p>Y al instante le aplicó Augusto a la nariz el hueco del pañuelo. Al
-primer efecto de somnolencia siguió sobresalto, inquietud epiléptica,
-convulsiones y una verbosidad desordenada, como de embriaguez
-alcohólica.</p>
-
-<p>—No quiero, no quiero... Ya no me duele... ¿Para qué cortar...?
-¡Está una tocando todas las sonatas de Beethoven, tocándolas tan
-bien... al piano, cuando vienen estos tíos indecentes a pellizcarle a
-una las piernas...! Pues que<span class="pagenum" id="Page_191">p.
-191</span> sajen, que corten..., y yo sigo tocando. El piano no tiene
-secretos para mí... Soy el mismo Beethoven, su corazón, su cuerpo,
-aunque las manos sean otras... Que no me quiten también las manos,
-porque entonces... Nada, que no me dejo quitar esta mano; la agarro con
-la otra para que no me la lleven..., y la otra la agarro con esta, y
-así no me llevan ninguna. Miquis, usted no es caballero, ni lo ha sido
-nunca, ni sabe tratar con señoras, ni menos con artistas eminentes...
-No quiero que venga Horacio y me vea así. Se figurará cualquier
-cosa mala... Si estuviera aquí <i>señó Juan</i>, no permitiría esta
-infamia... Atar a una pobre mujer, ponerle sobre el pecho una piedra
-tan grande, tan grande..., y luego llenarle la paleta de ceniza para
-que no pueda pintar... ¡Cosa tan extraordinaria! ¡Cómo huelen las
-flores que he pintado! Pero si las pinté creyendo pintarlas, ¿cómo es
-que ahora me resultan vivas..., vivas? ¡Poder del genio artístico!
-He de retocar otra vez el cuadro de las Hilanderas para ver si me
-sale un poquitito mejor. La perfección, esa perfección endiablada,
-¿dónde está...? Saturna, Saturna..., ven, me ahogo... Este olor de
-las flores... No, no, es la pintura, que cuanto más bonita, más
-venenosa...</p>
-
-<p>Quedó al fin inmóvil, la boca entreabierta, quieta la pupila...
-De vez en cuando lanzaba un quejido como de mimo infantil, tímido
-esfuerzo<span class="pagenum" id="Page_192">p. 192</span> del
-ser aplastado bajo la losa de aquel sueño brutal. Antes de que la
-cloroformización fuera completa, entraron los otros dos sicarios,
-que así en su pensamiento les llamaba D. Lope, y en cuanto creyeron
-bien preparada a la paciente, colocáronla en un catre con colchoneta,
-dispuesto para el caso, y ganando no ya minutos, sino segundos,
-pusieron manos en la triste obra. Don Lope trincaba los dientes, y a
-ratos, no pudiendo presenciar cuadro tan lastimoso, se marchaba de la
-habitación para volver en seguida, avergonzándose de su pusilanimidad.
-Vio poner la venda de Esmarch, tira de goma que parece una serpiente.
-Empezó luego el corte por el sitio llamado de elección; y cuando
-tallaban el colgajo, la piel que ha de servir para formar después el
-muñón; cuando a los primeros tajos del diligente bisturí vio D. Lope
-la primera sangre, su cobardía trocose en valor estoico, altanero,
-incapaz de flaquear; su corazón se volvió de bronce, de pergamino su
-cara, y presenció hasta el fin con ánimo entero la cruel operación,
-realizada con suma habilidad y presteza por los tres médicos. A la hora
-y cuarto de haber empezado a cloroformizar a la paciente, Saturna salía
-presurosa de la habitación con un objeto largo y estrecho envuelto
-en una sábana. Poco después, bien ligadas las arterias, cosida la
-piel del muñón, y hecha la cura antiséptica con esmero prolijo,<span
-class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span> empezó el despertar lento
-y triste de la señorita de Reluz, su nueva vida, después de aquel
-simulacro de muerte, su resurrección, dejándose un pie y dos tercios de
-pierna en el seno de aquel sepulcro que a manzanas olía.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
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-<div class="chapter pt3" id="Ch24">
- <h2 class="nobreak g0">XXIV</h2>
-</div>
-
-<p>—¡Ay, todavía me duele! —fueron las primeras palabras que pronunció
-al volver del tenebroso abismo.</p>
-
-<p>Y después, su fisonomía pálida y descompuesta revelaba como un
-profundo análisis autopersonal, algo semejante a la intensísima
-fuerza de observación que los aprensivos dirigen sobre sus propios
-órganos, auscultando su respiración y el correr de la sangre, palpando
-mentalmente sus músculos, y acechando el vibrar de sus nervios. Sin
-duda la pobre niña concentraba todas las fuerzas de su mente en aquel
-vacío de su extremidad inferior, para reponer el miembro perdido,
-y conseguía restaurarlo tal como fue antes de la enfermedad, sano,
-vigoroso y ágil. Sin gran esfuerzo imaginaba que tenía sus dos piernas,
-y que andaba con ellas garbosamente, con aquel pasito ligero que la
-llevaba en un periquete al estudio de Horacio.</p>
-
-<p>—¿Qué tal, mi niña? —le preguntó D. Lope haciéndole caricias.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_194">p. 194</span>Y ella, tocando
-suavemente los blancos cabellos del galán caduco, le contestó con
-gracia:</p>
-
-<p>—Muy bien... Me siento muy descansadita. Si me dejaran, ahora mismo
-me echaría a correr...; digo, a correr no... No estamos para esas
-bromas.</p>
-
-<p>Augusto y D. Lope, cuando los otros dos médicos se habían marchado,
-diéronle seguridades de completa curación, y se felicitaron del éxito
-quirúrgico con un entusiasmo que no podían comunicarle. Pusiéronla
-cuidadosamente en su lecho en las mejores condiciones de higiene y
-comodidad, y ya no había más que hacer sino esperar los diez o quince
-días críticos subsiguientes a la operación.</p>
-
-<p>Durante este período, no tuvo sosiego el bueno de Garrido, porque
-si bien el traumatismo se presentaba en las mejores condiciones,
-el abatimiento y postración de la niña eran para causar alarma. No
-parecía la misma, y denegaba su propio ser; ni una vez siquiera pensó
-en escribir cartas, ni salieron a relucir aquellas aspiraciones o
-antojos sublimes de su espíritu siempre inquieto y ambicioso; ni se
-le ocurrieron los donaires y travesuras que gastar solía hasta en las
-horas más crueles de su enfermedad. Entontecida y aplanada, su genio
-superior sufría un eclipse total. Tanta pasividad y mansedumbre,
-al principio agradaron a D. Lope; mas no tardó el buen<span
-class="pagenum" id="Page_195">p. 195</span> señor en condolerse de
-aquella mudanza de carácter. Ni un momento se separaba de ella, dando
-ejemplo de paternal solicitud, con extremos cariñosos que rayaban en
-mimo. Por fin, al décimo día, Miquis declaró muy satisfecho que la
-cicatrización iba perfectamente, y que pronto la cojita sería dada de
-alta. Coincidió con esto una resurrección súbita del espiritualismo de
-la inválida, que una mañana, como descontenta de sí misma, dijo a D.
-Lope:</p>
-
-<p>—¡Vaya, que tantos días sin escribir! ¡Qué mal me estoy
-portando...!</p>
-
-<p>—No te apures, hija mía —replicó con donaire el viejo galán—. Los
-seres ideales y perfectos no se enfadan por dejar de recibir una carta,
-y se consuelan del olvido paseándose impávidos por las regiones etéreas
-donde habitan... Pero si quieres escribir, aquí tienes los trebejos.
-Díctame: soy tu secretario.</p>
-
-<p>—No; escribiré yo misma... O si gustas... escribe tú. Cuatro
-palabras.</p>
-
-<p>—A ver; ya estoy pronto —dijo Garrido, pluma en mano y el papel
-delante.</p>
-
-<p>—«Pues como te decía —dictó Tristana—, ya no tengo más que una
-piernecita. Estoy mejor. Ya no me duele..., padezco muy poco...,
-ya...»</p>
-
-<p>—¿Qué..., no sigues?</p>
-
-<p>—Mejor será que lo escriba yo. No me salen, no me salen las ideas
-dictando.</p>
-
-<p>—Pues toma... Escribe tú, y despáchate a tu<span class="pagenum"
-id="Page_196">p. 196</span> gusto (<i>dándole la pluma, y poniéndole
-delante la tabla con la carpeta y papel</i>). ¡Qué...! ¿tan premiosa
-estás? Y esa inspiración y esos arranques, ¿a dónde diablos se han
-ido?</p>
-
-<p>—¡Qué torpe estoy! No se me ocurre nada.</p>
-
-<p>—¿Quieres que te dicte yo? Pues oye: «¡Qué bonito eres, qué pillín
-te ha hecho Dios, y qué..., qué desabridas son tantas perfecciones!...
-No, no me caso contigo ni con ningún serafín terrestre ni celeste...»
-Pero ¡qué!, ¿te ríes? Adelante. «Pues no me caso... Que esté coja o
-no lo esté, eso no te importa a ti. Tengo quien me quiera tal como
-soy ahora, y con una sola patita valgo más que antes con las dos.
-Para que te vayas enterando, ángel mío...» No, esto de ángel es un
-poquito cursi... «Pues, para que te vayas enterando, te diré que
-tengo alas..., me han salido alas. Mi papá piensa traerme todos los
-trebejos de pintura, y <i>ainda mais</i>, me comprará un organito, y me
-pondrá profesor para que aprenda a tocar música buena... Ya verás...
-Comparados conmigo, los ángeles del cielo serán unos murguistas...»</p>
-
-<p>Soltaron ambos la risa, y animado D. Lope con su éxito, siguió
-hiriendo aquella cuerda, hasta que Tristana hubo de cortar bruscamente
-la conversación, diciendo con toda seriedad:</p>
-
-<p>—No, no; yo escribiré..., yo sola.</p>
-
-<p>Dejola D. Lope un momento, y escribió la cojita su carta, breve y
-sentida.</p>
-
-<p class="mt1"><span class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span>«Señor
-de mi alma: ya Tristana no es lo que fue. ¿Me querrás lo mismo? El
-corazón me dice que sí. Yo te veo más lejos aún que antes te veía, más
-hermoso, más inspirado, más generoso y bueno. ¿Podré llegar hasta ti
-con la patita de palo que creo me pondrán? ¡Qué mona estaré! Adiós. No
-vengas. Te adoro lejos, te ensalzo ausente. Eres mi Dios, y como Dios,
-invisible. Tu propia grandeza te aparta de mis ojos... Hablo de los de
-la cara..., porque con los del espíritu bien claro te veo. Hasta otro
-día.»</p>
-
-<p class="mt1">Cerró ella misma la carta y le puso el sobre, dándola
-a Saturna, que, al tomarla, hizo un mohín de burla. Por la tarde,
-hallándose solas un momento, la criada se franqueó en esta forma:</p>
-
-<p>—Mire, esta mañana no quise decir nada a la señorita por hallarse
-presente D. <i>Lepe</i>. La carta... aquí la tengo. ¿Para qué echarla
-al correo si el D. Horacio está en Madrid? Se la daré en propia mano
-esta noche.</p>
-
-<p>Palideció la inválida al oír esto, y después se le encendió el
-rostro. No supo qué decir, ni se le ocurría nada.</p>
-
-<p>—Te equivocas —dijo al fin—. Habrás visto a alguno que se le
-parezca.</p>
-
-<p>—¡Señorita, cómo había de confundir...! ¡Qué cosas tiene! El mismo.
-Hablamos más de media hora. Empeñado el hombre en que le contara todo
-punto por punto. ¡Ay, si le viera la señorita!<span class="pagenum"
-id="Page_198">p. 198</span> Está más negro que un zapato. Dice que
-se ha pasado la vida corriendo por montes y mares, y que aquello es
-muy precioso..., pero muy precioso... Pues nada; le conté todo, y
-el pobrecito... como la quiere a usted tanto, me comía con los ojos
-cuando yo le hablaba... Dice que se avistará con D. Lope para cantarle
-clarito.</p>
-
-<p>—¡Cantarle clarito!... ¿Qué?</p>
-
-<p>—Él lo sabrá. Y está rabiando por ver a la señorita. Es preciso que
-lo arreglemos aprovechando una salida del señor...</p>
-
-<p>Tristana no dijo nada. Un momento después pidió a Saturna que le
-llevase un espejo, y mirándose en él, se afligió extremadamente.</p>
-
-<p>—Pues no está usted tan desfigurada..., vamos.</p>
-
-<p>—No digas. Parezco la muerte... Estoy horrorosa... (<i>echándose
-a llorar</i>). No me va a conocer. ¿Pero ves? ¿Qué color es este que
-tengo? Parece de papel de estraza. Los ojos son horribles, de tan
-grandes como se me han puesto... ¡Y qué boca, santo Dios! Saturna,
-llévate el espejo, y no vuelvas a traérmelo aunque te lo pida.</p>
-
-<p>Contra su deseo, que a la casa le amarraba, D. Lope salía muy a
-menudo, movido de la necesidad, que en aquellas tristes circunstancias
-llenaba de amargura y afanes su existencia. Los gastos enormes
-de la enfermedad de la niña consumieron los míseros restos de su
-esquilmada<span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span> fortuna,
-y llegaron días, ¡ay!, en que el noble caballero tuvo que violentar
-su delicadeza y desmentir su carácter, llamando a la puerta de un
-amigo con pretensiones que le parecían ignominiosas. Lo que padeció el
-infeliz señor no es para referido. En pocos días quedose como si le
-echaran cincuenta años más encima. «¡Quién me lo había de decir...,
-Dios mío..., yo..., Lope Garrido, descender a...! ¡Yo, con mi orgullo,
-con mi idea puntillosa de la dignidad, rebajarme a pedir ciertos
-favores...! Y llegará día en que la insolvencia me ponga en el trance
-de solicitar lo que no he de poder restituir... Bien sabe Dios que solo
-por sostener a esta pobre niña, y alegrar su existencia, soporto tanta
-vergüenza y degradación. Me pegaría un tiro, y en paz. ¡Al otro mundo
-con mi alma, al hoyo con mis cansados huesos! Muerte y no vergüenza...
-Mas las circunstancias disponen lo contrario: vida sin dignidad...
-No lo hubiera creído nunca. Y luego dicen que el carácter... No, no
-creo en los caracteres. No hay más que hechos, accidentes. La vida
-de los demás es molde de nuestra propia vida y troquel de nuestras
-acciones.»</p>
-
-<p>En presencia de la señorita disimulaba el pobre D. <i>Lepe</i> las
-horribles amarguras que pasando estaba, y aun se permitía fingir que
-su situación era de las más florecientes. No solo le llevó los avíos
-de pintar, dos cajas de colores para óleo y<span class="pagenum"
-id="Page_200">p. 200</span> acuarela, pinceles, caballete y demás,
-sino también el organito o armonium que le había prometido, para que
-se distrajese con la música los ratos que la pintura le dejaba libres.
-En el piano poseía Tristana la instrucción elemental del colegio,
-suficiente para farfullar polkas y valses o alguna pieza fácil. Algo
-tarde era ya para adquirir la destreza que solo da un precoz y duro
-trabajo; pero con un buen maestro podría vencer las dificultades, y
-además el órgano no le exigía digitación muy rápida. Se ilusionó con
-la música más que con la pintura, y anhelaba levantarse de la cama
-para probar su aptitud. Ya se arreglaría con un solo pie para mover
-los pedales. Aguardando con febril impaciencia al profesor anunciado
-por D. Lope, oía en su mente las dulces armonías del instrumento,
-menos sentidas y hermosas que las que sonaban en lo íntimo de su alma.
-Creyose llamada a ser muy pronto una notabilidad, una concertista
-de primer orden, y con tal idea se animó, y tuvo algunas horitas de
-felicidad. Cuidaba Garrido de estimular su ambiciosa ilusión, y en
-tanto, le hacía recordar sus ensayos de dibujo, incitándola a bosquejar
-en lienzo o en tabla algún bonito asunto, copiado del natural.</p>
-
-<p>—Vamos, ¿por qué no te atreves con mi retrato... o con el de
-Saturna?</p>
-
-<p>Respondía la inválida que le convendría más adestrar la mano en
-alguna copia, y D. Lope prometió traerle buenos<span class="pagenum"
-id="Page_201">p. 201</span> estudios de cabeza o paisaje para que
-escogiese.</p>
-
-<p>El pobre señor no escatimaba sacrificio por ser grato a su pobre
-cojita, y... al fin, ¡oh caprichos de la mudable suerte!, hallándose
-perplejo por no saber cómo procurarse los estudios pictóricos, la
-casualidad, el demonio, Saturna, resolvieron de común acuerdo la
-dificultad.</p>
-
-<p>—¡Pero, señor —dijo Saturna—, si tenemos ahí...! No sea bobo, déjeme
-y le traigo...</p>
-
-<p>Y con sus expresivos ojos y su mímica admirable completó el atrevido
-pensamiento.</p>
-
-<p>—Haz lo que quieras, mujer —indicó D. Lope, alzando los hombros—.
-Por mí...</p>
-
-<p>Media hora después entró Saturna de la calle con un rimero de tablas
-y bastidores pintados, cabezas, torsos desnudos, apuntes de paisaje,
-bodegones, frutas y flores, todo de mano de maestro.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch25">
- <h2 class="nobreak g0">XXV</h2>
-</div>
-
-<p>Impresión honda hizo en la señorita de Reluz la vista de aquellas
-pinturas, semblantes amigos que veía después de larga ausencia, y que
-le recordaban horas felices. Fueron para ella, en ocasión semejante,
-como personas vivas, y no necesitaba forzar su imaginación para
-verlas animadas, moviendo los labios y fijando en ella miradas<span
-class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span> cariñosas. Mandó a
-Saturna que colgase los lienzos en la habitación para recrearse
-contemplándolos, y se transportaba a los tiempos del estudio y de las
-tardes deliciosas en compañía de Horacio. Púsose muy triste, comparando
-su presente con el pasado, y al fin rogó a la criada que guardase
-aquellos objetos hasta que pudiese acostumbrarse a mirarlos sin tanta
-emoción; mas no manifestó sorpresa por la facilidad con que las
-pinturas habían pasado del estudio a la casa, ni curiosidad de saber
-qué pensaba de ello el suspicaz D. Lope. No quiso la sirviente meterse
-en explicaciones, que no se le pedían, y poco después, sobre las doce,
-mientras daba de almorzar al amo una mísera tortilla de patatas y un
-trozo de carne con representación y honores de chuleta, se aventuró a
-decirle cuatro verdades, valida de la confianza que le diera su largo
-servicio en la casa.</p>
-
-<p>—Señor, sepa que el amigo quiere ver a la señorita, y es natural...
-Ea, no sea malo, y hágase cargo de las circunstancias. Son jóvenes, y
-usted está ya más para padre o para abuelo que para otra cosa. ¿No dice
-que tiene el corazón grande?</p>
-
-<p>—Saturna —replicó D. Lope, golpeando en la mesa con el mango del
-cuchillo—, lo tengo más grande que la copa de un pino, más grande que
-esta casa, y más grande que el Depósito de Aguas, que ahí enfrente
-está.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span>—Pues entonces...,
-pelillos a la mar. Ya no es usted joven, gracias a Dios; digo..., por
-desgracia. No sea el perro del hortelano, que ni come ni deja comer. Si
-quiere que Dios le perdone todas sus barrabasadas y picardías, tanto
-engaño de mujeres y burla de maridos, hágase cargo de que los jóvenes
-son jóvenes, y de que el mundo, y la vida, y las cositas buenas son
-para los que empiezan a vivir, no para los que acaban... Con que tenga
-un... ¿cómo se dice? un rasgo, don <i>Lepe</i>, digo, D. Lope...,
-y...</p>
-
-<p>En vez de incomodarse, al infeliz caballero le dio por tomarlo a
-buenas.</p>
-
-<p>—¿Conque un rasgo...? Vamos a ver: ¿y de dónde sacas tú que soy yo
-tan viejo? ¿Crees que no sirvo ya para nada? Ya quisieran muchas, tú
-misma, con tus cincuenta...</p>
-
-<p>—¡Cincuenta! Quite usted <i>jierro</i>, señor.</p>
-
-<p>—Pongamos treinta... y cinco.</p>
-
-<p>—Y dos. Ni uno más. ¡Vaya!</p>
-
-<p>—Pues quédese en lo que quieras. Pues digo que tú misma, si yo
-estuviese de humor y te... No, no te ruborices... ¡Si pensarás que
-eres un esperpento...! No; arreglándote un poquito, resultarías muy
-aceptable. Tienes unos ojos, que ya los quisieran más de cuatro.</p>
-
-<p>—Señor... vamos... ¿Pero qué... también a mí me quiere camelar?
-—dijo la doméstica familiarizándose tanto, que no vaciló en dejar a un
-lado<span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span> de la mesa la
-fuente vacía de la carne, y sentarse frente a su amo, los brazos en
-jarras.</p>
-
-<p>—No... no estoy ya para diabluras. No temas nada de mí. Me he
-cortado la coleta, y ya se acabaron las bromas y las cositas malas.
-Quiero tanto a la niña, que desde luego convierto en amor de padre
-el otro amor, ya sabes... y soy capaz, por hacerla dichosa, de
-todos los rasgos, como tú dices, que... En fin, ¿qué hay?... ¿Ese
-mequetrefe...?</p>
-
-<p>—Por Dios, no le llame así. No sea soberbio. Es muy guapo.</p>
-
-<p>—¿Qué sabes tú lo que son hombres guapos?</p>
-
-<p>—Quítese allá. Toda mujer sabe de eso. ¡Vaya! Y sin comparar, que
-es cosa fea, digo que don Horacio es un buen mozo... mejorando lo
-presente. Que usted fue el acabose, por sabido se calla; pero eso pasó.
-Mírese al espejo, y verá que ya se le fue la hermosura. No tiene más
-remedio que reconocer que el pintorcito...</p>
-
-<p>—No le he visto nunca... Pero no necesito verle para sostener, como
-sostengo, que ya no hay hombres guapos, airosos, atrevidos, que sepan
-enamorar. Esa raza se extinguió. Pero en fin, demos de barato que el
-pintamonas sea un guapo... relativo.</p>
-
-<p>—La niña le quiere... No se enfade... la verdad por delante... La
-juventud es juventud.</p>
-
-<p>—Bueno... pues le quiere... Lo que yo te<span class="pagenum"
-id="Page_205">p. 205</span> aseguro es que ese muchacho no hará su
-felicidad.</p>
-
-<p>—Dice que no le importa la pata coja.</p>
-
-<p>—Saturna, ¡que mal conoces la naturaleza humana! Ese hombre no hará
-feliz a la niña, repito. ¡Si sabré yo de estas cosas! Y añado más: la
-niña no espera su felicidad de semejante tipo...</p>
-
-<p>—¡Señor...!</p>
-
-<p>—Para entender estas cosas, Saturna, es menester... entenderlas.
-Eres muy dura de mollera, y no ves sino lo que tienes delante de tus
-narices. Tristana es mujer de mucho entendimiento, ahí donde la ves, de
-una imaginación ardiente... Está enamorada...</p>
-
-<p>—Eso ya lo sé.</p>
-
-<p>—No lo sabes. Enamorada de un hombre que no existe, porque no
-puede existir, porque si existiera, Saturna, sería Dios, y Dios no se
-entretiene en venir al mundo para diversión de las muchachas. Ea, basta
-de palique; tráeme el café.</p>
-
-<p>Corrió Saturna a la cocina, y al volver con el café, permitiose
-comentar las últimas ideas expresadas por D. Lope.</p>
-
-<p>—Señor, lo que yo digo es que se quieren, sea por lo fino, sea por
-lo basto, y que el D. Horacio desea verse con la señorita... Viene con
-buen fin.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_206">p. 206</span>—Pues que venga. Se
-irá con mal principio.</p>
-
-<p>—¡Ay, qué tirano!</p>
-
-<p>—No es eso... Si no me opongo a que se vean —dijo el caballero
-encendiendo un cigarro—. Pero antes conviene que yo mismo hable con ese
-sujeto. Ya ves si soy bueno. ¿Y este rasgo...? Hablar con él, sí, y
-decirle... ya, ya sabré yo...</p>
-
-<p>—¿Apostamos a que le espanta?</p>
-
-<p>—No; le traeré, traerele yo mismo. Saturna, esto se llama un
-rasgo. Encárgate de avisarle que me espere en su estudio una de estas
-tardes... mañana. Estoy decidido. (<i>Paseándose inquieto por el
-comedor.</i>) Si Tristana quiere verle, no la privaré de ese gusto.
-Cuanto antojo tenga la niña, se lo satisfará su amante padre. Le
-traje los pinceles, le traje el armonium, y no basta. Hacen falta más
-juguetes. Pues venga el hombre, la ilusión, la... Saturna, di ahora
-que no soy un héroe, un santo. Con este solo arranque, lavo todas mis
-culpas, y merezco que Dios me tenga por suyo. Conque...</p>
-
-<p>—Le avisaré... Pero no salga con alguna patochada. ¡Vaya, que si le
-da por asustar a ese pobre chico...!</p>
-
-<p>—Se asustará solo de verme. Saturna, soy quien soy... Otra cosa: con
-maña vas preparando a la niña... Le dices que yo haré la vista gorda,
-que saldré exprofeso una tarde para que él entre,<span class="pagenum"
-id="Page_207">p. 207</span> y puedan hablarse, como una media hora
-nada más... No conviene más tiempo. Mi dignidad no lo permite. Pero yo
-estaré en casa, y... Mira, se abrirá una rendijita en la puerta para
-que tú y yo podamos ver cómo se reciben el uno al otro, y oír lo que
-charlen.</p>
-
-<p>—¡Señor...!</p>
-
-<p>—¿Tú qué sabes...? Haz lo que te mando.</p>
-
-<p>—Pues haga usted lo que le aconsejo. No hay tiempo que perder. D.
-Horacio tiene mucha prisa...</p>
-
-<p>—¿Prisa?... Esa palabra quiere decir juventud. Bueno, pues esta
-misma tarde subiré al estudio. Avísale... anda... y después, cuando
-acompañes a la señorita, te dejas caer... ¿entiendes? le dices que
-yo ni consiento ni me opongo... o más bien, que tolero y me hago el
-desentendido. Ni le dejes comprender que voy al estudio, pues este acto
-de inconsecuencia, que desmiente mi carácter, quizás me rebajaría a sus
-propios ojos... aunque no... tal vez no... En fin, prepárala, para que
-no se afecte cuando vea en su presencia al... bello ideal.</p>
-
-<p>—No se burle.</p>
-
-<p>—Si no me burlo. Bello ideal quiere decir...</p>
-
-<p>—Su tipo... el tipo de una, supongamos...</p>
-
-<p>—Tú sí que eres tipo (<i>soltando la risa</i>). En fin,<span
-class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span> no se hable más. La
-preparas, y yo voy a encararme con el galán joven.</p>
-
-<p>A la hora convenida, previo el aviso dado por Saturna, dirigiose
-D. Lope al estudio, y al subir, no sin cansancio, la interminable
-escalera, se decía entre toses broncas y ahogados suspiros: «¡Pero,
-Dios mío, qué cosas tan raras estoy haciendo de algún tiempo a esta
-parte! A veces me dan ganas de preguntarme: ¿Y es usted aquel D.
-Lope...? Nunca creí que llegara el caso de no parecerse uno a sí
-mismo... En fin, procuraré no infundir mucho miedo a ese inocente.»</p>
-
-<p>La primera impresión de ambos fue algo penosa, no sabiendo qué
-actitud tomar, vacilando entre la benevolencia y una dignidad que bien
-podría llamarse decorativa. Hallábase dispuesto el pintor a tratar a
-D. Lope según los aires que este llevase. Después de los saludos y
-cumplidos de ordenanza, mostró el anciano galán una cortesía desdeñosa,
-mirando al joven como a ser inferior, al cual se dispensa la honra de
-un trato pasajero, impuesto por la casualidad.</p>
-
-<p>—Pues sí, caballero... ya sabe usted la desgracia de la niña. ¡Qué
-lástima, ¿verdad? con aquel talento, con aquella gracia...! Es ya mujer
-inútil para siempre. Ya comprenderá usted mi pena. La miro como hija,
-la amo entrañablemente con cariño puro y desinteresado, y ya que no
-he podido conservarle la salud ni librarla de esa tristísima<span
-class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span> amputación, quiero alegrar
-sus días, hacerle placentera la vida, en lo posible, y dar a su alma
-todo el recreo que... En fin, su voluble espíritu necesita juguetes. La
-pintura no acaba de distraerla... la música tal vez... Su insaciable
-afán pide más, siempre más. Yo sabía que usted...</p>
-
-<p>—De modo, Sr. D. Lope —dijo Horacio con gracejo cortés—, que a mí me
-considera usted juguete.</p>
-
-<p>—No, juguete precisamente no... Pero... Yo soy viejo, como usted ve,
-muy práctico en cosas de la vida, en pasiones y afectos, y sé que las
-inclinaciones juveniles tienen siempre un cierto airecillo de juego de
-muñecas... No hay que tomarlo a mal. Cada cual ve estas cosas según su
-edad. El prisma de los veinticinco o de los treinta años descompone los
-objetos de un modo gracioso, y les da matices frescos y brillantes. El
-cristal mío me presenta las cosas de otro modo. En una palabra: que yo
-veo la inclinación de la niña con indulgencia paternal, sí, con esa
-indulgencia que siempre nos merece la criatura enfermita, a quien es
-forzoso dispensar los antojos y mimos, por extravagantes que sean.</p>
-
-<p>—Dispénseme, señor mío —dijo Horacio con gravedad, sobreponiéndose
-a la fascinación que el mirar penetrante del caballero ejercía sobre
-él, encogiéndole el ánimo—, dispénseme. Yo no puedo apreciar con ese
-criterio de abuelo chocho<span class="pagenum" id="Page_210">p.
-210</span> la inclinación que Tristana me tiene, y menos la que por
-ella siento.</p>
-
-<p>—Pues por eso no hemos de reñir —replicó Garrido, acentuando más la
-urbanidad y el desdén con que le hablaba—. Yo pienso lo que he tenido
-el honor de manifestarle; piense usted lo que guste. No sé si usted
-rectificará su manera de apreciar estas cosas. Yo soy muy viejo, muy
-curtido, y no sé rectificarme a mí propio. Lo que hay es que, dejándole
-a usted pensar lo que guste, yo vengo a decirle que, pues desea usted
-ver a Tristanita, y Tristanita se alegrará de verle, no me opongo a que
-usted honre mi casa; al contrario, tendré una satisfacción en ello.
-¿Creía tal vez que yo iba a salir por el registro del padre celoso o
-del tirano doméstico? No, señor. No me gustan a mí los tapujos, y menos
-en cosa tan inocente como esta visita. No, no es decoroso que ande el
-novio buscándome las vueltas para entrar en casa. Usted y yo no ganamos
-nada, el uno colándose sin mi permiso, el otro atrancando las puertas
-como si hubiera en ello alguna malicia. Sí, Sr. D. Horacio, usted puede
-ir, a la hora que yo le designe, se entiende. Y si resultase que habría
-que repetir las visitas, porque así conviniera a la paz de mi enferma,
-ha de prometerme usted no entrar nunca sin conocimiento mío.</p>
-
-<p>—Me parece muy bien —afirmó Díaz, que<span class="pagenum"
-id="Page_211">p. 211</span> poco a poco se iba dejando conquistar
-por la agudeza y pericia mundana del atildado viejo—. Estoy a sus
-órdenes.</p>
-
-<p>Sentía Horacio la superioridad de su interlocutor, y casi... y sin
-casi, se alegraba de tratarle, admirando de cerca, por primera vez, un
-ejemplar curiosísimo de la fauna social más desarrollada, un carácter
-que resultaba legendario, y revestido de cierto matiz poético. La
-atracción se fue acentuando con las cosas donosísimas que después dijo
-D. Lope pertinentes a la vida galante, a las mujeres y al matrimonio.
-En resumidas cuentas, que le fue muy simpático, y se despidieron,
-prometiéndole Horacio obedecer sus indicaciones, y fijando para la
-tarde siguiente las <i>vistas</i> con la pobre inválida.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch26">
- <h2 class="nobreak g0">XXVI</h2>
-</div>
-
-<p>«¡Qué pedazo de ángel! —decía D. Lope, dejando atrás, con menos
-calma que a la subida, el sin fin de peldaños de la escalera del
-estudio—. Y parece honrado y decente. No le veo muy aferrado a la
-infantil manía del matrimonio, ni me ha dicho nada de bello ideal,
-ni aquello de <i>amarla hasta la muerte</i>, con patita o sin
-patita... Nada; que esto es cosa concluida... Creí encontrar<span
-class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span> un romántico, con cara de
-haber bebido el vinagre de las pasiones contrariadas, y me encuentro
-un mocetón de color sano y espíritu sereno, un hombre sesudo, que al
-fin y a la postre verá las cosas como las veo yo. Ni se le conoce que
-esté enamoradísimo, como debió de estarlo antes, allá qué sé yo cuándo.
-Más bien parece confuso, sin saber qué actitud tomar cuando la vea, ni
-cómo presentársele... En fin, ¿qué saldrá de esto...? Para mí, es cosa
-terminada... terminada... sí señor... cosa muerta, caída, enterrada...
-como la pierna.»</p>
-
-<p>El estupendo notición de la próxima visita de Horacio, inquietó a
-Tristana, que aparentando creer cuanto se le decía, abrigaba en su
-interior cierta desconfianza de la realidad de aquel suceso, pues
-su labor mental de los días que precedieron a la operación habíala
-familiarizado con la idea de suponer ausente al bello ideal; y la
-hermosura misma de este, y sus raras perfecciones, se representaban en
-la mente de la niña como ajadas y desvanecidas por obra y gracia de la
-aproximación. Al propio tiempo, el deseo puramente humano y egoísta de
-ver al ser querido, de oírle, luchaba en su alma con aquel desenfrenado
-idealismo, en virtud del cual, más bien que a buscar la aproximación,
-tendía, sin darse cuenta de ello, a evitarla. La distancia venía
-a ser como una voluptuosidad de aquel amor<span class="pagenum"
-id="Page_213">p. 213</span> sutil, que pugnaba por desprenderse de toda
-influencia de los sentidos.</p>
-
-<p>En tal estado de ánimo, llegó el momento de la entrevista. Fingió
-D. Lope que se ausentaba, sin hacer la menor alusión al caso; pero
-se quedó en su cuarto, dispuesto a salir si algún accidente hacía
-necesaria su presencia. Arreglose Tristana la cabeza, recordando sus
-mejores tiempos, y como se había repuesto algo en los últimos días,
-resultaba muy bien. No obstante, descontenta y afligida, apartó de sí
-el espejo, pues el idealismo no excluía la presunción. Cuando sintió
-que entraba Horario, que Saturna le introducía en la sala, palideció, y
-a punto estuvo de perder el conocimiento. La poca sangre de sus venas
-afluyó al corazón; apenas podía respirar, y una curiosidad más poderosa
-que todo sentimiento la embargaba. «Ahora —se decía— veré cómo es, me
-enteraré de su rostro, que se me ha perdido desde hace tiempo, que se
-me ha borrado, obligándome a inventar otro para mi uso particular.»</p>
-
-<p>Por fin, Horacio entró... Sorpresa de Tristana, que en el primer
-momento, casi le vio como a un extraño. Fuese derecho a ella con los
-brazos abiertos y la acarició tiernamente. Ni uno ni otro pudieron
-hablar hasta pasado un breve rato... Y a Tristana le sorprendió el
-metal de voz de su antiguo amante, cual si nunca lo hubiera oído.<span
-class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span> Y después... ¡qué cara, qué
-tez, qué color como de bronce, bruñido por el sol!</p>
-
-<p>—¡Cuánto has padecido, pobrecita! —dijo Horacio, cuando la emoción
-le permitió expresarse con claridad—. ¡Y yo sin poder estar al lado
-tuyo! Habría sido un gran consuelo para mí, acompañar a mi <i>Paquilla
-de Rímini</i> en aquel trance, sostener su espíritu..., pero ya sabes;
-mi tía tan malita! Por poco no lo cuenta la pobre.</p>
-
-<p>—Sí..., hiciste bien en no venir... ¿Para qué? —repuso Tristana
-recobrando al instante su serenidad—. Cuadro tan lastimoso te habría
-desgarrado el corazón. En fin, ya pasó; estoy mejor, y me voy
-acostumbrando a la idea de no tener más que una patita.</p>
-
-<p>—¿Qué importa, vida mía? —dijo el pintor, por decir algo.</p>
-
-<p>—Allá veremos. Aún no he probado a andar con muletas. El primer
-día he de pasar mal rato; pero al fin me acostumbraré. ¿Qué remedio
-tengo...?</p>
-
-<p>—Todo es cuestión de costumbre. Claro que al principio estarás menos
-airosa... Es decir, tú siempre serás airosa...</p>
-
-<p>—No... cállate. Ese grado de adulación no debe consentirse entre
-nosotros. Un poco de galantería, de caridad más bien, pase...</p>
-
-<p>—Lo que más vale en ti, la gracia, el espíritu,<span
-class="pagenum" id="Page_215">p. 215</span> la inteligencia, no ha
-sufrido ni puede sufrir menoscabo. Ni el encanto de tu rostro, ni las
-proporciones admirables de tu busto... tampoco.</p>
-
-<p>—Cállate —dijo Tristana con gravedad—. Soy una belleza sentada...
-ya para siempre sentada, una mujer de medio cuerpo, un busto y nada
-más.</p>
-
-<p>—¿Y te parece poco? Un busto; ¡pero qué hermoso! Luego, tu
-inteligencia sin par hará siempre de ti una mujer encantadora...</p>
-
-<p>Horacio rebuscaba en su mente todas las flores que pueden echarse
-a una mujer que no tiene más que una pierna. No le fue difícil
-encontrarlas, y una vez arrojadas sobre la infeliz inválida, ya no
-tenía más que añadir. Con un poquito de violencia, que casi casi no
-pudo apreciar él mismo, añadió lo siguiente:</p>
-
-<p>—Y yo te quiero, y te querré siempre lo mismo.</p>
-
-<p>—Eso ya lo sé —replicó ella, afirmándolo por lo mismo que empezaba a
-dudarlo.</p>
-
-<p>Continuó la conversación en los términos más afectuosos, sin
-llegar al tono y actitudes de la verdadera confianza. En los primeros
-momentos, sintió Tristana una desilusión brusca. Aquel hombre no era
-el mismo que, borrado de su memoria por la distancia, había ella
-reconstruido laboriosamente con su facultad creadora y plasmante.
-Parecíale tosca y ordinaria la figura, la<span class="pagenum"
-id="Page_216">p. 216</span> cara sin expresión inteligente, y en cuanto
-a las ideas... ¡Ah, las ideas le resultaban de lo más vulgar...! De los
-labios del <i>señó Juan</i> no salieron más que las conmiseraciones
-que se dan a todo enfermo, revestidas de una forma de tierna amistad.
-Y en todo lo que dijo referente a la constancia de su amor, veíase el
-artificio trabajosamente edificado por la compasión.</p>
-
-<p>Entretanto, D. Lope iba y venía sin sosiego por el interior de la
-casa, calzado de silenciosas zapatillas, para que no se le sintieran
-los pasos, y se aproximaba a la puerta, por si ocurría algo que
-reclamase su intervención. Como su dignidad repugnaba el espionaje,
-no aplicó el oído a la puerta. Más que por encargo del amo, por
-inspiración propia y ganas de fisgoneo, Saturna puso su oreja en el
-resquicio que abierto dejó para el caso, y algo pudo pescar de lo que
-los amantes decían. Llamándola al pasillo, D. Lope la interrogó con
-vivo interés:</p>
-
-<p>—Dime, ¿han hablado algo de matrimonio?</p>
-
-<p>—Nada he oído que signifique cosa de casarse —dijo Saturna—. Amor,
-sí, quererse siempre, y qué sé yo... pero...</p>
-
-<p>—De sagrado vínculo, ni una palabra. Lo que digo, cosa concluida.
-Y no podía suceder de otro modo. ¿Cómo sostener su promesa ante una
-mujer que ha de andar con muletas...? La Naturaleza se impone. Es lo
-que yo digo... Mucho<span class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span>
-palique, mucha frase de relumbrón, y ninguna substancia. Al llegar al
-terreno de los hechos, desaparece toda la hojarasca y nada queda...
-En fin, Saturna, esto va bien y como yo deseo. Veremos por dónde sale
-ahora la niña. Sigue, sigue escuchando, a ver si salta alguna frase de
-compromiso formal para el porvenir.</p>
-
-<p>Volvió la diligente criada a su punto de acecho; pero nada sacó en
-limpio, porque hablaban muy bajo. Por fin, Horacio propuso a su amada
-terminar la visita.</p>
-
-<p>—Por mi gusto —le dijo—, no me separaría de ti hasta mañana...,
-ni mañana tampoco... Pero debo considerar que D. Lope, concediéndome
-verte, procede con una generosidad y una alteza de miras que le honra
-mucho, y que me obliga a no incurrir en abuso. ¿Te parece que me retire
-ya? Como tú quieras. Y confío que no siendo muy largas las visitas, tu
-viejo me permitirá repetirlas todos los días.</p>
-
-<p>Opinó la inválida en conformidad con su amigo, y este se retiró
-después de besarla cariñosamente y de reiterarle aquellos afectos que,
-aunque no fríos, iban tomando un carácter fraternal. Tristana le vio
-partir muy tranquila, y al despedirse fijó para la siguiente tarde la
-primera lección de pintura, lo que fue muy del agrado del artista,
-quien, al salir de la estancia, sorprendió a D. Lope en el pasillo y se
-fue derecho a él, saludándole con profundo respeto. Metiéronse<span
-class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span> en el cuarto del galán
-caduco, y allí charlaron de cosas que a este le parecieron de singular
-alcance.</p>
-
-<p>Por de pronto, ni una palabra soltó el pintor que a proyectos de
-matrimonio transcendiera. Manifestó un interés vivísimo por Tristana,
-lástima profunda de su estado, y amor por ella en un grado discreto,
-discreción interpretada por D. Lope como delicadeza, o más bien
-repugnancia de un rompimiento brusco, que habría sido inhumano en la
-triste situación de la señorita de Reluz. Por fin, Horacio no tuvo
-inconveniente en dar al interés que su amiga le inspiraba un carácter
-señaladamente positivista. Como sabía por Saturna las dificultades de
-cierto género que agobiaban a D. Lope, se arrancó a proponer a este lo
-que en su altanera dignidad no podía el caballero admitir.</p>
-
-<p>—Porque, mire usted, amigo —le dijo en tono campechano—, yo..., y no
-se ofenda de mi oficiosidad..., tengo para con Tristana ciertos deberes
-que cumplir. Es huérfana. Cuantos la quieren y la estiman en lo que
-vale, obligados están a mirar por ella. No me parece bien que usted
-monopolice la excelsa virtud de amparar al desvalido... Si quiere usted
-concederme un favor, que le agradeceré toda mi vida, permítame...</p>
-
-<p>—¿Qué?... Por Dios, caballero Díaz, no me sonroje usted. ¿Cómo
-consentir...?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span>—Tómelo usted por
-donde quiera.... ¿Qué quiere decirme?... ¿Que es una indelicadeza
-proponer que sean de mi cuenta los gastos de la enfermedad de Tristana?
-Pues hace usted mal, muy mal, en pensarlo así. Acéptelo, y después
-seremos más amigos.</p>
-
-<p>—¿Más amigos, caballero Díaz? ¡Más amigos después de probar yo que
-no tengo vergüenza!</p>
-
-<p>—¡Don Lope, por amor de Dios!</p>
-
-<p>—Don Horacio..., basta.</p>
-
-<p>—Y en último caso, ¿por qué no se me ha de permitir que regale a
-mi amiguita un órgano expresivo de superior calidad, de lo mejor en
-su género, que le añada una completa biblioteca musical para órgano,
-comprendiendo estudios, piezas fáciles y de concierto, y que, por fin,
-corra de mi cuenta el profesor?...</p>
-
-<p>—Eso... ya... Vea usted como transijo. Se admite el regalo del
-instrumento y de los papeles. Lo del profesor, no puede ser, caballero
-Díaz.</p>
-
-<p>—¿Por qué?</p>
-
-<p>—Porque se regala un objeto como testimonio de afectos presentes
-o pasados; pero no sé yo de nadie que obsequie con lecciones de
-música.</p>
-
-<p>—Don Lope..., déjese de distingos.</p>
-
-<p>—A ese paso llegaría usted a proponerme costearle<span
-class="pagenum" id="Page_220">p. 220</span> la ropa y a señalarle
-alimentos..., y esto, con franqueza, paréceme denigrante para mí... a
-menos que usted viniera con propósitos y fines de cierto género.</p>
-
-<p>Viéndole venir, Horacio quiso dar una vuelta a la conversación.</p>
-
-<p>—Mis propósitos son que se instruya en un arte en que pueda lucir y
-gastar ese caudal inmenso de fluido acumulado en su sistema nervioso,
-los tesoros de pasión artística, de noble ambición que llenan su
-alma.</p>
-
-<p>—Si no es más que eso, yo me basto y me sobro. No soy rico; pero
-poseo lo bastante para abrir a Tristana los caminos por donde puede
-correr hacia la gloria una pobre cojita. Yo..., francamente, creí que
-usted...</p>
-
-<p>Queriendo obtener una declaración categórica, y viendo que no la
-lograba por ataques oblicuos, embistiole de frente:</p>
-
-<p>—Pues yo creí que usted, al venir aquí, traía el propósito de
-casarse con ella.</p>
-
-<p>—¡Casarme!... ¡Oh!... no —dijo Horacio, desconcertado por el
-repentino golpe, pero rehaciéndose al momento—. Tristana es enemiga
-irreconciliable del matrimonio. ¿No lo sabía usted?</p>
-
-<p>—¿Yo?... No.</p>
-
-<p>—Pues sí: lo detesta. Quizás ve más que todos nosotros; quizás su
-mirada perspicua, o cierto instinto de adivinación concedido a las
-mujeres<span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span> superiores,
-ve la sociedad futura, que nosotros no vemos.</p>
-
-<p>—Quizás... Estas niñas mimosas y antojadizas suelen tener vista muy
-larga. En fin, caballero Díaz, quedamos en que se acepta el obsequio
-del organito; pero no lo demás: se agradece, eso sí; pero no se puede
-aceptar, porque lo veda el decoro.</p>
-
-<p>—Y quedamos —dijo Horacio despidiéndose— que vendré a pintar un
-ratito con ella.</p>
-
-<p>—Un ratito..., cuando la levantemos, porque no ha de pintar en la
-cama.</p>
-
-<p>—Justo...; pero en tanto, ¿podré venir...?</p>
-
-<p>—¡Oh!, sí, a charlar, a distraerla. Cuéntele usted cosas de aquel
-hermoso país.</p>
-
-<p>—¡Ah!, no, no —dijo Horacio frunciendo el ceño—. No le gusta el
-campo, ni la jardinería, ni la Naturaleza, ni las aves domésticas, ni
-la vida regalada y oscura, que a mí me encantan y me enamoran. Soy yo
-muy terrestre, muy práctico, y ella muy soñadora, con unas alas de
-extraordinaria fuerza para subirse a los espacios sin fin.</p>
-
-<p>—Ya, ya... (<i>estrechándole las manos</i>). Pues venga usted cuando
-bien le cuadre, caballero Díaz. Y sabe que...</p>
-
-<p>Despidiole en la puerta; se metió después en su cuarto, muy gozoso,
-y restregándose las manos, decía para su sayo: «Incompatibilidad
-de caracteres..., incompatibilidad absoluta, diferencias
-irreductibles.»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch27">
- <p><span class="pagenum" id="Page_222">p. 222</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXVII</h2>
-</div>
-
-<p>Notó el buen Garrido en su inválida cierta estupefacción después de
-la entrevista. Interrogada paternalmente por el astuto viejo, Tristana
-le dijo sin rebozo:</p>
-
-<p>—¡Cuánto ha cambiado ese hombre, pero cuánto! Paréceme que no es el
-mismo, y no ceso de representármele como antes era.</p>
-
-<p>—Y qué, ¿gana o pierde en la transformación?</p>
-
-<p>—Pierde... al menos hasta ahora.</p>
-
-<p>—Parece buen sujeto, sí. Y te estima. Me propuso abonar los gastos
-de tu enfermedad. Yo lo rechacé... Figúrate...</p>
-
-<p>A Tristana se le encendió el rostro.</p>
-
-<p>—No es de estos —añadió D. Lope— que al dejar de amar a una mujer,
-se despiden a la francesa. No, no; paréceme atento y delicado. Te
-regala un órgano expresivo de lo mejor, y toda la música que puedas
-necesitar. Esto lo acepté: no creí prudente rechazarlo. En fin, el
-hombre es bueno, y te tiene lástima; comprende que tu situación social,
-después de esa pérdida de la patita, exige que se te mime y se te rodee
-de distracciones y cuidados; y él empieza por prestarse, como amigo
-sincero y bondadoso, a darte leccioncitas de pintura.</p>
-
-<p>Tristana no dijo nada, y todo el día estuvo muy triste. Al
-siguiente, la entrevista con Horacio<span class="pagenum"
-id="Page_223">p. 223</span> fue bastante fría. El pintor se mostró
-muy amable; pero sin decir ni una palabra de amor. Introdújose D.
-Lope en la habitación cuando menos se pensaba, metiendo su cucharada
-en el coloquio, que versó exclusivamente sobre cosas de arte. Como
-pinchara después a Horacio para que hablase de los encantos de la vida
-en Villajoyosa, el pintor se explayó en aquel tema, que, contra la
-creencia de D. Lope, parecía del agrado de Tristana. Con vivo interés
-oía esta las descripciones de aquella vida placentera y de los puros
-goces de la domesticidad en pleno campo. Sin duda, por efecto de una
-metamorfosis verificada en su alma después de la mutilación de su
-cuerpo, lo que antes desdeñó era ya para ella como risueña perspectiva
-de un mundo nuevo.</p>
-
-<p>En las visitas que se sucedieron, Horacio rehuía con suma habilidad
-toda referencia a la deliciosa vida que era ya su pasión más ardiente.
-Mostró también indiferencia del arte, asegurando que la gloria y los
-laureles no despertaban entusiasmo en su alma. Y al decir esto, fiel
-reproducción de las ideas expresadas en sus cartas de Villajoyosa,
-observó que a Tristana no le causaba disgusto. Al contrario, en
-ocasiones parecía ser de la misma opinión, y mirar con desdén las
-empresas y victorias artísticas, con gran estupor de Horacio, en cuya
-memoria subsistían indelebles<span class="pagenum" id="Page_224">p.
-224</span> los exaltados conceptos de la correspondencia de su
-amante.</p>
-
-<p>Por fin, la levantaron, y el estrecho gabinete en que la pobre
-inválida pasaba las horas, embutida en un sillón, fue convertido en
-taller de pintura. La paciencia y la solicitud con que Horacio hacía de
-maestro no son para dichas. Mas sucedió una cosa muy rara, y fue que,
-no solo mostraba la señorita poca afición al arte de Apeles, sino que
-sus aptitudes, claramente manifestadas meses antes, se oscurecían y
-eclipsaban, sin duda por falta de fe. No volvía el pintor de su asombro
-recordando la facilidad con que su discípula entendía y manejaba el
-color, y asombrados los dos de semejante cambio, concluían por desmayar
-y aburrirse, difiriendo las lecciones o haciéndolas muy cortas. A los
-tres o cuatro días de estas tentativas apenas pintaban ya; pasaban
-las horas charlando; y solía suceder que también la conversación
-languidecía, como entre personas que ya se han dicho todo lo que tienen
-que decirse, y solo tratan de las cosas corrientes y regulares de la
-vida.</p>
-
-<p>El primer día que probó Tristana las muletas, fueron ocasión de risa
-y chacota sus primeros ensayos en tan extraño sistema de locomoción.</p>
-
-<p>—No hay manera —decía con buena sombra— de imprimir al paso de
-muletas un aire elegante. No, por mucho que yo discurra, no inventaré
-un<span class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span> bonito andar con
-estos palitroques. Siempre seré como las mujeres lisiadas que piden
-limosna a la puerta de las iglesias. No me importa. ¡Qué remedio tengo
-más que conformarme!</p>
-
-<p>Propúsole Horacio enviarle un carrito de mano para que paseara,
-y no acogió mal la niña este ofrecimiento, que se hizo efectivo dos
-días después, aunque no se utilizó sino a los tres o cuatro meses de
-regalado el vehículo. Lo más triste de todo cuanto allí ocurría era que
-Horacio dejó de ser asiduo en sus visitas. La retirada fue tan lenta y
-gradual, que apenas se notaba. Empezó por faltar un día, excusándose
-con ocupaciones imprescindibles; a la siguiente semana hizo novillos
-dos veces, luego tres, cinco..., y por fin, ya no se contaron los días
-que faltaba, sino los que iba. No parecía Tristana muy contrariada de
-estas faltillas; recibíale siempre afectuosa, y le veía partir sin
-aparente disgusto. Jamás le preguntaba el motivo de sus ausencias, ni
-menos le reñía por ellas. Otra circunstancia digna de notarse era que
-jamás hablaban de lo pasado: uno y otro parecían acordes en dar por
-fenecida y rematada definitivamente aquella novela, que sin duda les
-resultaba inverosímil y falsa, produciendo efecto semejante al que nos
-causan en la edad madura los libros de entretenimiento que nos han
-entusiasmado y enloquecido en la juventud.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_226">p. 226</span>Del marasmo
-espiritual en que se encontraba, salió Tristana casi bruscamente, como
-por arte mágico, con las primeras lecciones de música y de órgano.
-Fue como una resurrección súbita, con alientos de vida, de entusiasmo
-y pasión que confirmaban en su verdadero carácter a la señorita de
-Reluz, y que despertaron en ella, con el ardor de aquel nuevo estudio,
-maravillosas aptitudes. Era el profesor un hombre chiquitín, afable,
-de una paciencia fenomenal, tan práctico en la enseñanza y tan hábil
-en la transmisión de su método, que habría convertido en organista
-a un sordomudo. Bajo su inteligente dirección, venció Tristana las
-primeras dificultades en brevísimo tiempo, con gran sorpresa y alborozo
-de cuantos aquel milagro veían. D. Lope estaba verdaderamente lelo
-de admiración, y cuando Tristana pulsaba las teclas, sacando de
-ellas acordes dulcísimos, el pobre señor se ponía chocho, como un
-abuelo que ya no vive más que para mimar a su descendencia menuda
-y volverse todo babas ante ella. A las lecciones de mecanismo,
-digitación y lectura, añadió pronto el profesor algunas nociones de
-armonía, y fue una maravilla ver a la joven asimilarse estos árduos
-conocimientos. Diríase que le eran familiares las reglas antes que se
-las revelaran; adelantábase a la propia enseñanza, y lo que aprendía
-quedaba profundamente grabado en su espíritu. El minúsculo<span
-class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span> profesor, hombre muy
-cristiano, que se pasaba la vida de coro en coro y de capilla en
-capilla, tocando en misas solemnes, funerales y novenas, veía en su
-discípula un ejemplo del favor de Dios, una predestinación artística y
-religiosa.</p>
-
-<p>—Es un genio esta niña —afirmaba admirándola con efusión
-contemplativa—, y a ratos paréceme una santa.</p>
-
-<p>—¡Santa Cecilia! —exclamaba D. Lope con entusiasmo que le ponía
-ronco—, ¡qué hija, qué mujer, qué divinidad!</p>
-
-<p>No le era fácil a Horacio disimular su emoción oyendo a Tristana
-modular en el órgano acordes de carácter litúrgico, en estilo fugado,
-escalonando los miembros melódicos con pasmosa habilidad; y trabajillo
-le costaba al artista ocultar sus lágrimas, avergonzándose de
-verterlas. Cuando la señorita, inflamada por religiosa inspiración,
-se engolfaba en su música, convirtiendo el grave instrumento en
-lenguaje de su alma, a nadie veía, ni se cuidaba de su reducido y
-fervoroso público. El sentimiento, así como el estilo para expresarlo,
-absorbíanla por entero; su rostro se transfiguraba, adquiriendo
-celestial belleza, su alma se desprendía de todo lo terreno para
-mecerse en el seno vaporoso de una idealidad dulcísima. Un día,
-el bueno del organista llegó al colmo de la admiración, oyéndola
-improvisar con gallardo atrevimiento, y se pasmó<span class="pagenum"
-id="Page_228">p. 228</span> de la soltura con que modulaba, enlazando
-los tonos, y añadiendo a sus conocimientos de armonía otros que
-nadie supo de dónde los había sacado, obra de un misterioso poder de
-adivinación, solo concedido a las almas privilegiadas, para quienes el
-arte no tiene ningún secreto. Desde aquel día, el maestro asistió a las
-lecciones con interés superior al que la pura enseñanza puede infundir,
-y puso sus cinco sentidos en la discípula, educándola como a un hijo
-único y adorado. El anciano músico y el anciano galán se extasiaban
-junto a la inválida, y mientras el uno le mostraba con paternal amor
-los arcanos del arte, el otro dejaba traslucir su acendrada ternura con
-suspiros y alguna expresión fervorosa. Concluida la lección, Tristana
-daba un paseíto por la estancia, con muletas, y a D. Lope y al otro
-viejo se les figuraba, contemplándola, que la propia Santa Cecilia no
-podía moverse ni andar de otra manera.</p>
-
-<p>Por este tiempo, es decir, cuando los adelantos de la joven se
-marcaron de un modo tan notable, Horacio volvió a menudear sus visitas,
-y de pronto estas escasearon notoriamente. Al llegar el verano,
-transcurrían hasta dos semanas sin que el pintor aportara por allí,
-y cuando iba, Tristana, por agradarle y entretenerle, le obsequiaba
-con una sesión de música; sentábase el artista en lo más oscuro de la
-estancia para seguir<span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span>
-con abstracción profunda la hermosa salmodia, como en éxtasis, mirando
-vagamente a un punto indeterminado del espacio, mientras su alma
-divagaba suelta por las regiones en que el ensueño y la realidad
-se confunden. Y de tal modo absorbió a Tristana el arte con tanto
-anhelo cultivado, que no pensaba ni podía pensar en otra cosa. Cada
-día ansiaba más y mejor música. La perfección embargaba su espíritu,
-teniéndolo como fascinado. Ignorante de cuanto en el mundo ocurría, su
-aislamiento era completo, absoluto. Día hubo en que fue Horacio y se
-retiró, sin que ella se enterara de que había estado allí.</p>
-
-<p>Una tarde, sin que nadie lo hubiese previsto, despidiose el pintor
-para Villajoyosa, pues según dijo, su tía, que allá continuaba
-residiendo, se hallaba en peligro de muerte. Así era la verdad, y
-a los tres días de llegar el sobrino, doña Trini cerró las pesadas
-compuertas de sus ojos para no volverlas a abrir más. Poco después,
-a la entrada de otoño, cayó Díaz enfermo, aunque no de gravedad.
-Cruzáronse cartas amistosas entre él y Tristana, y el mismo D. Lope,
-las cuales en todo el año siguiente continuaron yendo y viniendo cada
-dos, cada tres semanas, por el mismo camino por donde antes corrían las
-incendiarias cartas de <i>señó Juan</i> y de <i>Paquita de Rímini</i>.
-Tristana escribía las suyas deprisa y corriendo,<span class="pagenum"
-id="Page_230">p. 230</span> sin poner en ellas más que frases de
-cortés amistad. Por una de esas inspiraciones que llevan al ánimo
-un conocimiento profundo y certero de las cosas, la inválida creía
-firmemente, como se cree en la luz del sol, que no vería más a Horacio.
-Y así era, así fue... Una mañana de noviembre entró D. Lope con cara
-grave en el cuarto de la joven, y sin expresar alegría ni pena, como
-quien dice la cosa más natural del mundo, le soltó la noticia con este
-frío laconismo:</p>
-
-<p>—¿No sabes?... Nuestro D. Horacio se casa.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch28">
- <h2 class="nobreak g0">XXVIII</h2>
-</div>
-
-<p>Creyó notar el viejo galán que Tristana se desconcertaba al recibir
-el jicarazo; pero tan rápidamente y con tanto tesón volvió sobre sí
-misma, que no le era fácil a D. <i>Lepe</i> conocer a ciencia cierta
-el estado de ánimo de su cautiva, después del acabamiento definitivo
-de sus locos amores. Como quien se arroja a un piélago tranquilo,
-zambullose la señorita en el <i>maremagnum</i> musical, y allí se
-pasaba las horas, ya sumergiéndose en lo profundo, ya saliendo
-graciosamente a la superficie, incomunicada realmente con todo lo
-humano, y procurando estarlo con algunas ideas propias que aún la
-atormentaban.<span class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span> A
-Horacio no le volvió a mentar, y aunque el pintor no cortó relaciones
-con ella, y alguna que otra vez escribía cartas amistosas, Garrido
-era el encargado de leerlas y contestarlas. Guardábase bien el viejo
-de hablar a la niña del que fue su adorador, y con toda su sagacidad
-y experiencia, nunca supo fijamente si la actitud triste y serena
-de Tristana ocultaba una desilusión, o el sentimiento de haberse
-equivocado profundamente al creerse desilusionada en los días de la
-vuelta de Horacio. ¿Pero cómo había de saber esto D. Lope, si ella
-misma no lo sabía?</p>
-
-<p>En las buenas tardes de invierno, salía a la calle en el carrito,
-que empujaba Saturna. La ausencia de toda presunción fue uno de los
-accidentes más característicos de aquella nueva metamorfosis de la
-señorita de Reluz: cuidaba poco de embellecer su persona; ataviábase
-sencillamente con mantón y pañuelo de seda en la cabeza; pero no perdió
-la costumbre de calzarse bien, y de continuo bregaba con el zapatero
-por si ajustaba con más o menos perfección la bota... única. ¡Qué raro
-le parecía siempre el no calzarse más que un pie! Transcurrirían los
-años sin que acostumbrarse pudiera a no ver en parte alguna la bota y
-el zapato del pie derecho.</p>
-
-<p>Al año de la operación, su rostro había adelgazado tanto, que
-muchos que en sus buenos<span class="pagenum" id="Page_232">p.
-232</span> tiempos la trataron apenas la conocían ya, al verla pasar
-en el cochecillo. Representaba cuarenta años, cuando apenas tenía
-veinticinco. La pierna de palo que le pusieron a los dos meses de
-arrancada la de carne y hueso, era de lo más perfecto en su clase; mas
-no podía la inválida acostumbrarse a andar con ella, ayudada solo de
-un bastón. Prefería las muletas, aunque estas le alzaran los hombros,
-destruyendo la gallardía de su cuello y de su busto. Aficionose a
-pasar las horas de la tarde en la iglesia, y para facilitar esta
-inocente inclinación, mudose D. Lope desde lo alto del paseo de Santa
-Engracia al del Obelisco, donde tenían muy a mano cuatro o cinco
-templos, modernos y bonitos, y además la parroquia de Chamberí. Y el
-cambio de domicilio le vino bien a D. Lope por el lado económico, pues
-en el alquiler de la nueva casa ahorraba una corta cantidad, que no
-venía mal para otros gastos en tiempos tan calamitosos. Pero lo más
-particular fue que la afición de Tristana a la iglesia se comunicó a
-su viejo tirano, y sin que este notara la gradación, llegó a pasar
-ratos placenteros en las Siervas, en las Reparatrices y en San Fermín,
-asistiendo a novenas y manifiestos. Cuando D. Lope notó esta nueva
-fase de sus costumbres seniles, ya no se hallaba en condiciones para
-poder apreciar lo extraño de tal cambio. Anublose su entendimiento; su
-cuerpo<span class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span> envejeció con
-terrible presteza; arrastraba los pies como un octogenario, y la cabeza
-y manos le temblaban. Al fin, el entusiasmo de Tristana por la paz de
-la iglesia, por la placidez de las ceremonias del culto y la comidilla
-de las beatas llegó a ser tal, que acortaba las horas dedicadas al arte
-músico para aumentar las consagradas a la contemplación religiosa.
-Tampoco se dio cuenta de esta nueva metamorfosis, a la que llegó por
-gradaciones lentas; y si al principio no había en ella más que pura
-afición, sin verdadero celo, si sus visitas a la iglesia eran al
-principio actos de lo que podría llamarse <i>dilettantismo</i> piadoso,
-no tardaron en ser actos de piedad verdadera, y por etapas insensibles
-vinieron las prácticas católicas, el oír misa, la penitencia y
-comunión.</p>
-
-<p>Y como el buen D. <i>Lepe</i>, no viviendo ya más que para ella y
-por ella, reflejaba sus sentimientos, y había llegado a ser plagiario
-de sus ideas, resultó que también él se fue metiendo poco a poco en
-aquella vida, en la cual su triste vejez hallaba infantiles consuelos.
-Alguna vez, volviendo sobre sí en momentos lúcidos, que parecían las
-breves interrupciones de un inseguro sueño, se echaba una mirada
-interrogativa, diciéndose:</p>
-
-<p>—¿Pero soy yo de verdad, Lope Garrido, el que hace estas cosas? Es
-que estoy lelo... sí, lelo... Murió en mí el hombre... ha ido muriendo
-en<span class="pagenum" id="Page_234">p. 234</span> mí todo el ser,
-empezando por lo presente, avanzando en el morir hacia lo pasado; y por
-fin, ya no queda más que el niño... Sí, soy un niño, y como tal pienso
-y vivo. Bien lo veo con el cariño de esa mujer. Yo la he mimado a ella.
-Ahora ella me mima...</p>
-
-<p>En cuanto a Tristana, ¿sería, por ventura, aquella su última
-metamorfosis? ¿O quizás tal mudanza era solo exterior, y por dentro
-subsistía la unidad pasmosa de su pasión por lo ideal? El ser hermoso
-y perfecto que amó, construyéndolo ella misma con materiales tomados
-de la realidad, se había desvanecido, es cierto, con la reaparición
-de la persona que fue como génesis de aquella creación de la mente;
-pero el tipo, en su esencial e intachable belleza, subsistía vivo en
-el pensamiento de la joven inválida. Si algo pudo variar esta en la
-manera de amarle, no menos varió en su cerebro aquella cifra de todas
-las perfecciones. Si antes era un hombre, luego fue Dios, el principio
-y fin de cuanto existe. Sentía la joven cierto descanso, consuelo
-inefable, pues la contemplación mental del ídolo érale más fácil en la
-iglesia que fuera de ella, las formas plásticas del culto le ayudaban
-a sentirlo. Fue la mudanza del hombre en Dios tan completa al cabo de
-algún tiempo, que Tristana llegó a olvidarse del primer aspecto de
-su ideal, y no vio al fin más que el segundo, que era seguramente el
-definitivo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span>Tres años habían
-pasado desde la operación realizada con tanto acierto por Miquis y
-su amigo, cuando la señorita de Reluz, sin olvidar completamente el
-arte musical, mirábalo ya con desdén, como cosa inferior y de escasa
-valía. Las horas de la tarde pasábalas en la iglesia de las Siervas,
-en un banco, que por la fijeza y constancia con que lo ocupaba,
-parecía pertenecerle. Las muletas, arrimadas a un lado, le hacían
-lúgubre compañía. Las hermanitas, al fin, entablaron amistad con ella,
-resultando de aquí ciertas familiaridades eclesiásticas: en algunas
-funciones solemnes tocaba Tristanita el órgano, con gran regocijo de
-las religiosas y de todos los concurrentes. La <i>señora coja</i>
-hízose popular entre los que asiduamente asistían a los oficios mañana
-y tarde, y los acólitos la consideraban ya como parte integrante del
-edificio y aun de la institución.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch29">
- <h2 class="nobreak g0">XXIX</h2>
-</div>
-
-<p>No tuvo la vejez de D. Lope toda la tristeza y soledad que él se
-merecía, como término de una vida disipada y viciosa, porque sus
-parientes le salvaron de la espantosa miseria que le amenazaba. Sin
-el auxilio de sus primas, las señoras de Garrido Godoy, que en Jaén
-residían, y sin el generoso desprendimiento de su sobrino carnal<span
-class="pagenum" id="Page_236">p. 236</span> el arcediano de Baeza, D.
-Primitivo de Acuña, el galán en decadencia hubiera tenido que pedir
-limosna o entregar sus nobles huesos a San Bernardino. Pero aunque
-las tales señoras, solteronas, histéricas y anticuadas, muy metidas
-en la iglesia y de timoratas costumbres, veían en su egregio pariente
-un monstruo, más bien un diablo que andaba suelto por el mundo, la
-fuerza de la sangre pudo más que la mala opinión que de él tenían,
-y de un modo discreto le ampararon en su pobreza. En cuanto al buen
-arcediano, en un viaje que hizo a Madrid trató de obtener de su tío
-ciertas concesiones del orden moral: conferenciaron; oyole D. Lope con
-indignación, partió el clérigo muy descorazonado, y no se habló más
-del asunto. Pasado algún tiempo, cuando se cumplieron cinco años de la
-enfermedad de Tristana, el clérigo volvió a la carga en esta forma,
-ayudado de argumentos en cuya fuerza persuasiva confiaba.</p>
-
-<p>—Tío, se ha pasado usted la vida ofendiendo a Dios, y lo más infame,
-lo más ignominioso es ese amancebamiento criminal...</p>
-
-<p>—Pero hijo, si ya... no...</p>
-
-<p>—No importa; se irán ella y usted al infierno, y de nada les valdrán
-sus buenas intenciones de hoy.</p>
-
-<p>Total, que el buen arcediano quería casarles. ¡Inverosimilitud,
-sarcasmo horrible de la vida,<span class="pagenum" id="Page_237">p.
-237</span> tratándose de un hombre de ideas radicales y disolventes,
-como D. Lope!</p>
-
-<p>—Aunque estoy lelo —dijo este empinándose con trabajo sobre las
-puntas de los pies—, aunque estoy hecho un mocoso y un bebé... no
-tanto, Primitivo, no me hagas tan imbécil.</p>
-
-<p>Expuso el buen sacerdote sus planes sencillamente. No pedía, sino
-que secuestraba. Véase cómo.</p>
-
-<p>—Las tías —dijo—, que son muy cristianas y temerosas de Dios, le
-ofrecen a usted, si entra por el aro y acata los mandamientos de la
-ley divina..., ofrecen, repito, cederle en escritura pública las dos
-dehesas de Arjonilla, con lo cual no solo podrá vivir holgadamente los
-días que el Señor le conceda, sino también dejar a su viuda...</p>
-
-<p>—¡A mi viuda!</p>
-
-<p>—Sí; porque las tías, con mucha razón, exigen que usted se case.</p>
-
-<p>Don Lope soltó la risa. Pero no se reía de la extravagante
-proposición, ¡ay!, sino de sí mismo... Trato hecho. ¿Cómo rechazar la
-propuesta, si aceptándola aseguraba la existencia de Tristana cuando él
-faltase?</p>
-
-<p>Trato hecho... ¡Quién lo diría! D. Lope, que en aquellos tiempos
-había aprendido a hacer la señal de la cruz sobre su frente y boca, no
-cesaba de persignarse. En suma; que se casaron... y cuando salieron de
-la iglesia, todavía no estaba<span class="pagenum" id="Page_238">p.
-238</span> D. Lope seguro de haber abjurado y maldecido su queridísima
-doctrina del celibato. Contra lo que él creía, la señorita no tuvo
-nada que oponer al absurdo proyecto. Lo aceptó con indiferencia,
-había llegado a mirar todo lo terrestre con sumo desdén... Casi no se
-dio cuenta de que la casaron, de que unas breves fórmulas hiciéronla
-legítima esposa de Garrido, encasillándola en un hueco honroso de la
-sociedad. No sentía el acto, lo aceptaba, como un hecho impuesto por el
-mundo exterior, como el empadronamiento, como la contribución, como las
-reglas de policía.</p>
-
-<p>Y el señor de Garrido, al mejorar de fortuna, tomó una casa mayor
-en el mismo paseo del Obelisco, la cual tenía un patio con honores de
-huerta. Revivió el anciano galán con el nuevo estado; parecía menos
-chocho, menos lelo, y sin saber cómo ni cuándo, próximo al acabamiento
-de su vida, sintió que le nacían inclinaciones que nunca tuvo, manías y
-querencias de pacífico burgués. Desconocía completamente aquel ardiente
-afán que le entró por plantar un arbolito, no parando hasta lograr su
-deseo, hasta ver que el plantón arraigaba y se cubría de frescas hojas.
-Y el tiempo que la señora pasaba en la iglesia rezando, él, un tanto
-desilusionado ya de su afición religiosa, empleábalo en cuidar las seis
-gallinas y el arrogante gallo que en el patinillo<span class="pagenum"
-id="Page_239">p. 239</span> tenía. ¡Qué deliciosos instantes! ¡Qué
-grata emoción... ver si ponían huevo, si este era grande, y, por fin,
-preparar la echadura para sacar pollitos, que al fin salieron, ¡ay!,
-graciosos, atrevidos y con ánimos para vivir mucho! Don Lope no cabía
-en sí de contento, y Tristana participaba de su alborozo. Por aquellos
-días, entrole a la cojita una nueva afición: el arte culinario en su
-rama importante de repostería. Una maestra muy hábil enseñole dos o
-tres tipos de pasteles, y los hacía tan bien, tan bien, que don Lope,
-después de catarlos, se chupaba los dedos, y no cesaba de alabar a
-Dios. ¿Eran felices uno y otro...? Tal vez.</p>
-
-
-<p class="fin">FIN DE LA NOVELA</p>
-
-<p class="smaller mt3">Madrid.—Enero de 1892.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<hr class="full" />
-
-<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TRISTANA ***</div>
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-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg&#8482;
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-</div>
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-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
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-
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-The Foundation&#8217;s business office is located at 809 North 1500 West,
-Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
-to date contact information can be found at the Foundation&#8217;s website
-and official page at www.gutenberg.org/contact
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
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-</div>
-
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-
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-
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