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(This file was produced from - images generously made available by Biblioteca Digital - Hispánica/Biblioteca Nacional de España.) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ADÁN Y EVA EN EL PARAÍSO *** - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han - convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos. - - * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con - las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. - - * Se han añadido tildes a las mayúsculas y se han modernizado las - transcripciones de los nombres propios. - - * Las páginas en blanco han sido eliminadas. - - - - -ADÁN Y EVA EN EL PARAÍSO - - - - -EÇA DE QUEIROZ - - - - - ADÁN Y EVA - EN EL PARAÍSO - - - [Ilustración] - - - RENACIMIENTO - - MADRID | BUENOS AIRES - SAN MARCOS, 42 | LIBERTAD, 170 - - 1914 - - - - - ES PROPIEDAD - - - IMPRENTA DE JUAN PUEYO. MESONERO ROMANOS, 34, MADRID - - - - -[Ilustración] - -ADÁN Y EVA EN EL PARAÍSO - - -I - -Adán, Padre de los Hombres, fue creado en el día 28 de octubre, a las -dos de la tarde... Afírmalo así, con majestad, en sus _Annales Veteris -et Novis Testamenti_, el muy docto y muy ilustre Usserius, obispo de -Meath, arzobispo de Armagh y canciller mayor de la Sede de San Patricio. - -La Tierra existía desde que se hiciera la Luz, el 23, en la mañana -de todas las mañanas. ¡Mas no era ya aquella Tierra primitiva, -parda y muelle, ensopada en aguas gredosas, ahogada en una niebla -densa, irguiendo, aquí y allí, rígidos troncos de una sola hoja y -de un solo retoño, solitaria, silenciosa, con una vida escondida, -apenas sordamente revelada por las sacudidas de los bichos oscuros, -gelatinosos, sin color y casi sin forma, creciendo en el fondo del -lodo! ¡No! Ahora, durante los días genesíacos, 26 y 27, habíase -completado, abastecido y ataviado, para acoger condignamente al -Predestinado que venía. En el día 28 ya apareció perfecta, _perfecta_, -con las alhajas y provisiones que enumera la Biblia, las hierbas -verdes de espiga madura, los árboles provistos de fruto entre la flor, -todos los peces nadando en los mares resplandecientes, todas las aves -volando por el aire sereno, todos los animales pastando sobre las -colinas lozanas, y los arroyos regando, y el fuego almacenado en el -seno de la piedra, y el cristal y el ónix, y el oro de ley del país de -Hevilath... - -En aquellos tiempos, amigos míos, el Sol aún giraba en torno de la -Tierra. Esta era moza, y hermosa y preferida de Dios. Aquel aún no se -sometiera a la inmovilidad augusta que, entre enfurruñados suspiros -de la Iglesia, le impuso más tarde el maestro Galileo, alargando un -dedo desde el fondo de su pomar, contiguo a los muros del convento de -San Mateo de Florencia; y el Sol, amorosamente, corría alrededor de -la Tierra, como el novio de los _Cantares_ que, en los lascivos días -de la ilusión, sobre el otero de mirra, sin descanso y saltando más -levemente que los gamos de Gaalad, circundaba la Bien Amada, la cubría -con el fulgor de sus ojos, brillando de fecunda impaciencia. Desde esa -alborada del día 28, según el cálculo majestático de Usserius, el Sol, -nuevo, sin manchas, sin arrugas, sin faltas en su cabellera flamante, -envolvió a la Tierra, durante ocho horas, en una continua e insaciable -caricia de calor y de luz. Cuando a la octava hora resplandeció y huyó, -una emoción confusa, hecha de miedo y hecha de gloria, pasó por toda -la Creación, agitando en un temblor los prados y las frondas, erizando -el pelo de las fieras, hinchando el dorso de los montes, apresurando -el borbotar de los manantiales, arrancando un brillo más vivo de los -pórfidos... - -En esto, en una floresta muy cerrada y muy tenebrosa, cierto ser, -desprendiendo lentamente la garra del retoño del árbol en donde -estuviera perchado toda aquella larga mañana de largos siglos, resbaló -por el tronco comido de hiedra, posó las dos patas en el suelo que -el musgo afofaba, se afirmó sobre ellas con esforzada energía, quedó -tieso, y alargó los brazos libres, y dio un paso fuerte, y sintió su -desemejanza de la Animalidad, y concibió el deslumbrado pensamiento -de que _era_, y verdaderamente _fue_. Lo había amparado Dios, y en -aquel instante lo creó. Vivo, de la vida superior, descendido de la -inconsciencia del árbol, Adán se encaminó hacia el Paraíso. - -Era horrible; un pelo crespo y lúcido cubría todo su corpulento, macizo -cuerpo, rareando apenas en torno de los codos, de las rodillas rudas, -donde el cuero aparecía curtido y del color del cobre sucio. Del -achatado, arisco cráneo, surcado de arrugas, rompía una melena rala -y rubia, hinchada sobre las orejas agudas. Entre las romas quijadas, -en la abertura enorme de los labios trompudos, alargados en forma de -hocico, relucían los dientes, afilados poderosamente para rasgar la -fibra y despedazar el hueso. Bajo los arcos sombríamente hondos, que un -pelo hirsuto orlaba, como un zarzal orla el arco de una caverna, los -ojos redondos, de un amarillo de ámbar, movíanse sin cesar, temblaban, -desmesuradamente abiertos de inquietud y de espanto... ¡No, no estaba -nada bello, nuestro Padre venerable, en aquella tarde de otoño, cuando -Jehová le ayudó con cariño a descender de su Árbol! Y, sin embargo, -en esos ojos redondos, de ámbar fino, aun a través del temblor y del -espanto, brillaba una belleza superior, la Energía Inteligente que le -iba dificultosamente llevando, sobre las piernas encorvadas, hacia -fuera del matorral en donde había pasado su mañana de largos siglos, -saltando y gritando por encima de las ramas más altas. - -Ahora bien (si los Compendios de Antropología no nos engañan), los -primeros pasos humanos de Adán no fueron dados, desde luego, con vigor -y confianza, hacia el destino que le esperaba entre los cuatro ríos -del Edén. Entorpecido, envuelto por las influencias de la floresta, -desagarra con trabajo la pata del hojoso suelo de helechos y begonias, -y gustosamente se roza con los pesados racimos de flores que le rocían -el pelo, y acaricia las largas barbas de liquen blanco, pendientes de -los troncos de robles y de teca, en los cuales gozara las dulzuras de -la irresponsabilidad. En el ramaje que tan generosamente le nutriera y -le meciera, a través de tan largas edades, aún coge las bayas jugosas, -los frutos más tiernos. Para transponer los arroyos, que relucen y -susurran por todo el bosque, después de la sazón de las lluvias, aún se -pende de una rama, entrelazada de orquídeas, y se balancea, y salta, -con pesada indolencia. Y hasta sospecho que cuando el viento bramase -por la espesura, cargado con el olor tibio y acre de las hembras -acurrucadas en las cimas, el Padre de los Hombres dilataría cuanto -pudiese las ventanas de la nariz y dejaría salir del peludo pecho un -gruñido ronco y triste. - -Camina... Sus pupilas amarillas, en donde brilla el Querer, sondan, -buscan a través del ramaje, más allá, el mundo que desea y recela, y -del cual percibe ya el sonido violento, como todo hecho de batalla y -de rencor. A medida que la penumbra del follaje clarea, va surgiendo, -dentro de su cráneo bisoño, como una alborada que penetra en una choza, -el sentimiento de las formas diferentes y de la vida diferente que las -anima. Esa comprensión rudimentaria solo trajo turbación y terror a -nuestro Padre venerable. Todas las tradiciones, las más orgullosas, -concuerdan en que Adán, en su entrada inicial por las planicies del -Edén, tembló y gritó como criaturita perdida en romería turbulenta. Y -podemos pensar que, de todas las Formas, ninguna le empavorecía más -que la de esos mismos árboles, en los cuales había vivido, ahora que -los reconocía como seres tan desemejantes de su ser e inmovilizados en -una inercia tan contraria a su Energía. Liberto de la Animalidad, en -camino para su Humanización, el árbol que le había servido de abrigo -natural y dulce, solo le parecía ahora un cautiverio de degradante -tristeza. ¿Todas esas ramas tortuosas, embarazando su marcha, no serían -brazos fuertes que se alargaban para aprehenderlo, empujarlo para -atrás y retenerlo en las cimas frondosas? ¿Ese susurrar de las ramas -de los árboles que le seguía, compuesto del desasosiego irritado de -cada hoja, no era toda la selva, alborozada, reclamando a su secular -morador? Quizá de tan extraño miedo nació la primera lucha del Hombre -con la Naturaleza. Es de creer que, cuando un vástago le rozase, -lo rechazaría con las garras desesperadas. ¡Cuántas veces, en estos -bruscos ímpetus, se desequilibraría, humillando sus manos sobre el -suelo de bosque o roca, otra vez precipitado en la postura bestial, -retrogradando a la inconsciencia, entre el clamor triunfal de la -Floresta! ¡Y luego qué angustioso esfuerzo para erguirse, recuperar -la actitud humana y correr con los peludos brazos despegados de la -tierra bruta, libres para la obra inmensa de su Humanización! Esfuerzo -sublime, en el cual ruge, muerde las raíces aborrecidas, y, ¿quién -sabe?, tal vez levante ya los ojos de ámbar lustroso hacia los cielos, -en donde, confusamente, siente Alguien que le viene protegiendo, y que -en la realidad le levanta. - -De cada una de estas caídas modificantes, nuestro Padre resurge más -humano, más nuestro Padre. Hay ya consciencia, prisa de Racionalidad, -en los resonantes pasos con que se arranca a su limbo arbóreo, -despedazando los embarazos, hendiendo la maleza densa, despertando a -los tapires adormecidos debajo de hongos monstruosos, o espantando a -algún oso joven y perdido que, apoyándose contra un olmo, chupa, medio -borracho, las uvas de aquel abundante otoño. - - * * * * * - -Al fin, Adán, emerge de la Floresta oscura; y sus ojos de ámbar se -cierran vivamente bajo el deslumbramiento en que le envuelve el Edén. - -Al fondo de esa colina, donde se para, resplandecen vastas campiñas (si -las Tradiciones no exageran) con desordenada y sombría abundancia. -Lentamente, a través, corre un río, sembrado de islas, mojando, en -fecundos y explayados remansos, el verdor donde ya tal vez crece la -lenteja y se extiende el arrozal. Rocas de mármol rosado brillan con un -rubor caliente. Por entre bosques de algodoneros, blancos como rizada -espuma, suben oteros cubiertos de magnolias, de un esplendor mucho más -blanco. Del lado de allá, la nieve corona una sierra con un radiante -nimbo de santidad, y escurre, por entre los flancos despedazados, -en finas granjas que refulgen. Otros montes dardean mudas llamas. -Del borde de ásperos declives, penden perdidamente, sobre inmensas -profundidades, palmeras desgreñadas. En las lagunas, la bruma arrastra -la luminosa molicie de sus encajes, y el mar, en los confines del -mundo, chispeando, enciérralo todo, como un aro de oro. - -En este fecundo espacio se alcanza toda la Creación con la fuerza, la -gracia, la bravura vivaz de una mocedad de cinco días, aún caliente de -las manos de su Creador. Profusos rebaños de aurocos de pelambre rubia, -pastan majestuosamente, enterrados en hierbas tan altas que en ellas -desaparece la oveja y su cordero. Temerosos y barbudos uros, peleando -con gigantescos venados, entrechocan sus cuernos y vástagos con el -seco fragor de robles que el viento raja. Un bando de jirafas rodea -una mimosa, de la cual van mordiendo, delicadamente, en los trémulos -brotes, las hojitas más tiernas. A la sombra de los tamarindos, reposan -disformes rinocerontes, bajo el vuelo apresurado de pájaros que les -buscan servicialmente los gusanos. - -Cada arremetida de tigre causa una desbandada furiosa de ancas, y -cuernos, y crines. Una enhiesta palmera dóblase toda al peso de una -culebra que se enrosca en ella. A las veces, entre dos peñascos, -rodeada de una profusa melena, aparece la faz magnífica de un león, que -mira serenamente al sol, a la inmensidad radiante. En el remoto azul, -duermen inmóviles, enormes cóndores, con las alas abiertas, entre el -surco níveo y róseo de las garzas y de los flamencos. En frente a la -colina, en un alto, por medio del matorral, pasa lenta una recua de -mastodontes, con la ruda crin del dorso erizada al viento, y la trompa -meciéndose entre los dientes más curvos que hoces. - -Vetustísimas crónicas describen así el vetustísimo Edén, que era en -las campiñas del Éufrates, quizá en la morena Ceilán, o entre los -cuatro claros ríos que hoy riegan la Hungría, o acaso en estas tierras -benditas, donde nuestra Lisboa calienta su vejez al sol, cansada de -proezas y mares. - -¿Mas quién puede garantir estos bosques y estos bichos, si desde ese -día 25 de octubre, en que estaba inundado el Paraíso de esplendor -otoñal, pasaron, muy breves y muy llenos, sobre el grano de polvo que -viene a ser nuestro mundo, más de siete veces setecientos mil años? Lo -único que parece cierto es que, delante de Adán empavorecido, pasó un -pájaro grandísimo. Un pájaro ceniciento, calvo y pensativo, con las -plumas desaliñadas como los pétalos de un crisantemo, que daba saltitos -pesadamente con una pata, irguiendo en la otra, bien agarrado, un -manojo de hierbas y ramas. ¡Nuestro Padre venerable, con la hosca faz -fruncida, en un esfuerzo doloroso para comprender, quedó pasmado ante -aquel pájaro, que, junto a él, bajo el abrigo de las azaleas en flor, -terminaba muy gravemente la construcción de una cabaña! ¡Sólida y -vistosa cabaña, con su suelo de greda bien alisado, vástagos fuertes de -pino y baya formando estacas y vigas, un seguro techo de hierba seca, -y en la pared, una ventana!... Pero, a pesar de todo, el Padre de los -Hombres, en aquella tarde, aún no comprendió. - -Se encaminó después hacia el largo río, desconfiadamente, sin apartarse -del límite del bosque amparador. - -Lento, olfateando el olor nuevo de los gordos herbívoros de la llanura, -con los puños rijamente cerrados contra el pecho peludo, Adán va -vacilando entre el apetito de aquella resplandeciente Naturaleza y el -terror de los seres nunca vistos que la llenan y atruenan con tan fiera -turbulencia. Dentro de él borbota, no cesa, la naciente sublime, la -sublime naciente de la Energía, que le impele a desentrañar la crasa -brutalidad, y a ensayar, con esfuerzos que son semipenosos, porque son -ya semilúcidos, los Dones que establecerán su supremacía sobre esa -Naturaleza incomprendida y le libertarán de su terror. Así que, en la -sorpresa de todas aquellas inesperadas apariciones del Edén, reses, -pastos, montes nevados, inmensidades radiosas, Adán suelta roncas -exclamaciones, gritos con que desahoga, voces balbucientes, en que -por instinto reproduce otras voces, y gritos, y rumores, y hasta el -llantear de las criaturas, y el estruendo de las aguas despeñadas... -Estos sonidos quedan ya en la oscura memoria de nuestro Padre ligados -a las sensaciones que se los arrancan; de suerte que el aullido -áspero que se le escapa al topar un canguro con su nidada embolsada -en el vientre, de nuevo resonará en sus labios trompudos cuando otros -canguros, huyendo de él, se embreñen en la sombría negra de los -cañaverales. - -Cuenta la Biblia, con su exageración oriental, cándida y simple, que -al entrar Adán en el Edén, distribuyó nombres a todos los animales y a -todas las plantas, definitivamente, eruditamente, como si compusiese -el Léxico de la Creación, entre Buffon, ya con sus puños, y Linneo, ya -con sus lentes. ¡No! Eran apenas gruñidos roncos, mas verdaderamente -augustos, porque todos ellos se fijaban en su conciencia, naciente -como las toscas raíces de esa Palabra por la cual verdaderamente se -humanizó, y llegó a ser después, sobre la tierra, tan sublime y tan -burlesco. - -Con orgullo podemos pensar, que al descender nuestro Padre al borde del -río Edénico, compenetrado de lo que _era_, ¡y cuán diverso de otros -seres!, ya se afirmaba, se individualizaba, y batía en el pecho sonoro, -y rugía soberbiamente: --¡Eheu! ¡Eheu! Luego, alongando los ojos -relucientes por aquella agua que corría perezosamente hacia allá, ya -prueba exteriorizar su espantado sentimiento de los espacios, y murmura -con pensativa codicia: --¡Lhla! ¡Lhla! - - -II - -Calmo, magníficamente fecundo, corría el noble río del Paraíso, por -entre las islas, casi cubiertas bajo el peso del arbolado, todas -fragantes y atronadas por el clamor de las cacatúas. Adán, trotando -pesadamente por la orilla baja, ya siente la atracción de las aguas -disciplinadas que andan y viven, esa atracción que será tan fuerte -en sus hijos, cuando descubran en el río al servidor que sosiega, -abona, riega, muele y acarrea. ¡Pero cuántos terrores especiales le -horripilan aún, haciéndole correr con despavoridos saltos para detrás -de las zarzas y de los chopos! En otras islas, de arena fina y rosada, -reposan pedregosos cocodrilos, achatados sobre el vientre, que palpita -muellemente, abriendo las hondas bocas en la tibia pereza de la tarde, -absorbiendo todo el aire con un perfume de almizcle. Por entre los -cañaverales, colean y refulgen gordas culebras, de cuello erguido, que -miran a Adán con furor, dardeando y silbando. A nuestro Padre, que -nunca las viera, es de creer que habían de figurársele pavorosas las -inmensas tortugas del comienzo del mundo, pastando, con arrastrada -mansedumbre, de la hierba de los prados nuevos. De improviso, una -curiosidad le atrae, y casi resbala en la orilla lodosa, donde el agua -roza y se agita. En la largueza del río explayado, una negra fila de -aurocos, serenamente, con los cuernos altos y la espesa barba flotando, -nada hacia la otra margen, campiña cubierta de rubias mieses, en la -cual tal vez maduran ya las urbanas espigas de centeno y de maíz. -Nuestro Padre venerable mira la fila lenta, mira el río lustroso, -concibe el anublado deseo de atravesar también hacia aquellas lejanías -en que las hierbas rebrillan, arriesga la mano en la corriente, la -cual se la empuja para atrás, como para atraerle e iniciarle. Entonces -gruñe, retira la mano, y sigue, con ásperas patadas, aplastando, -sin percibir siquiera el perfume, las frescas fresas silvestres que -ensangrientan el césped... - -Al cabo de un tiempo detiénese, considerando un bando de aves perchadas -en un peñasco todo cubierto de guano, que acechan, con el pico atento, -hacia abajo, en donde hierven las aguas apretadas. ¿Qué espían las -blancas garzas? Un bando de lindos peces, que rompen contra la -corriente, y saltan, centelleando en la clara espuma. De pronto, en un -desabrido sacudir de alas blancas, una garza, luego otra, hiende el -alto cielo, llevando, atravesado en el pico, un pez que se retuerce -y reluce. Nuestro Padre venerable se rasca el costado. Ante aquella -abundancia del río, su crasa gula también apetece una presa; y lanza la -garza, y coge, en su vuelo sonante, coriáceos insectos que olfatea y -muerde. Aunque nada ciertamente asombró al Primer Hombre como un grueso -tronco de árbol medio podrido, que boyaba, descendía en la corriente, -llevando sentados en una punta, con seguridad y gracia, dos bichos -sedosos, rubios, de hocico experto, y fofas colas vanidosas. Corrió -ansiosamente, enorme y descoyuntado, para seguirlos y observarlos; -sus ojos brillaban como si ya comprendiese la malicia de aquellos dos -bichos, embarcados en un tronco de árbol, y viajando, bajo la suave -frescura de la tarde, en el río del Paraíso. - -Entretanto, el agua que iba orillando hacíase más baja, turbia y -tarda. En su extensión, no verdean islas, ni se mojan los patos en -ella. Allá, ilimitadas casi, fundidas en las neblinas, adivínanse -descampadas soledades, de donde sopla un viento lento y húmedo. Nuestro -Padre venerable enterraba las patas en tierras blandas, a través de -aluviones, de inmundicie silvestre, en la cual, para su intenso horror, -chapoteaban enormes ranas, croando furiosamente. A poco, perdiose -el río en una vasta laguna, oscura y desolada, resto de las grandes -aguas sobre las que flotara el Espíritu de Jehová. Una humana tristeza -oprimió el corazón de nuestro Padre. Del centro de gruesas burbujas, -que se hinchaban en la tranquila lisura del agua triste, constantemente -brotaban horrendas trombas, escurriendo algas verdes, que bufaban -ruidosamente y hundíanse luego, como empujadas por el lodo viscoso. -Cuando aconteció que de entre los altos y negros cañaverales, manchando -la pureza del cielo de la tarde, se elevó, alargándose por encima de -él, una nube estridente de moscardones voraces. Adán huye, atolondrado, -surca arenales pegajosos, rasga el pelo en la aspereza de los cardos -blancos que el viento retuerce, resbala por una vertiente de cascajo y -guijarros, y para en una playa de arena fina. Jadea: sus largas orejas -tiemblan, escuchando hacia en del lado de allá de las dunas, un vasto -rumor que rueda, abate y retumba... Es el mar. ¡Nuestro Padre traspone -las pálidas dunas, y delante de él está el Mar! - - * * * * * - -Entonces fue el pavor supremo. De un salto, batiendo convulsamente los -puños contra el pecho, retrocede hasta en donde tres pinos, muertos -y sin rama, le ofrecen el refugio hereditario. ¿Por qué avanzan así, -hacia él, sin cesar, en una hinchada amenaza, aquellos rollos verdes, -con su crin de espuma, y se arrojan, se despedazan, hierven y babosean -rudamente la arena? El resto de la vasta agua permanece inmóvil, como -muerta, con una gran mancha de sangre que palpita. De seguro que toda -esa sangre cayó de la herida del sol, redonda y bermeja, sangrando -encima, en un cielo dilacerado por hondos golpes ya rojos. Más allá -de la niebla lechosa que cubre las lagunas de los charcos salados, -adonde la marea aún llega y se explaya lejos, un monte flamea y humea. -Y siempre delante de Adán, contra Adán, los verdes rollos de verdes -ondas avanzan, y retumban, y tienden la playa de algas, de conchas, de -gelatinas que albean lívidamente. - -¡Mas he ahí que todo el mar se puebla! Encogido contra el pino, nuestro -Padre venerable vuelve los ojos inquietos y trémulos, aquí y acullá, a -las rocas cubiertas de sargazo, en donde gordísimas focas bamboléanse -majestuosamente; hacia los chorros de agua, que brotan a lo alto, hasta -las nubes rojas y recaen en una lluvia ardiente; a una linda flota de -conchas, inmensas conchas blancas y nacaradas, bogando de bolina, -circundando las peñas, con maniobra elegante... Adán se asombra sin -saber que estas son las Amonites, y que ningún otro hombre, después -de él, verá la lucida y rósea armada singlando en los mares de este -mundo. ¡Él la admira, quizá con la impresión inicial de la belleza de -las cosas, cuando bruscamente, en un temblor de surcos blancos, toda la -maravillosa flota zozobra! Con el mismo salto muelle, las focas caen -en las aguas profundas. Pasa un terror, un terror levantado del mar, -tan intenso que un bando de albatros muy seguro sobre una escarpadura, -bate, con irritados gritos, el vuelo despavorido. - -Nuestro Padre venerable aferra la mano a un vástago de pino, y sonda, -horrorizado, la inmensidad desierta. Y estando así, a lo lejos, bajo -el pálido resplandor del sol que se esconde, lentamente, un inmenso -dorso sale de las aguas, como una larga colina, toda espetada de -negras, agudas astillas de roca. ¡Y avanza! Precediéndolo un tumulto de -burbujas se remolina y revienta; y de entre ellas emerge, por último, -respirando hondamente, una tromba disforme de fauces entreabiertas, -donde centellean y se sumen bancos de peces que sus sorbos vienen -tragando... - -¡Es un monstruo, un pavoroso monstruo marino! Es de suponer que -nuestro Padre, olvidando toda su dignidad humana (aún reciente), trepó -desesperadamente por el pino hasta donde las ramas terminaban. Pero -hasta en aquel abrigo, sus poderosas quijadas temblaban, en un miedo -convulso, ante el horrendo ser surgido de las profundidades. Con un -sonido raspante, despedazando conchas, guijarros y corales, el monstruo -cae en la arena, que cava profundamente, y sobre la cual retesa las -dos patas, más gordas que troncos de teca, con las uñas enrolladas de -algas marinas. De la caverna de sus fauces, a través de los dientes -terríficos, que las algas y musgos verdean, sopla un vaho espeso de -fatiga y de furor, tan fuerte, que hace girar las algas secas y las -conchas ligeras. Entre la corteza pedregosa que le cubre la frente, -negrean dos cuernos cortos y romos. Sus ojos lívidos y vítreos, son -como dos enormes lunas muertas. La inmensa cola dentada arrastra por el -mar distante, y a cada coletazo levanta una tempestad. - -Por estas facciones, poco amables, ya reconocísteis al Ictiosaurio, -el más horrendo de los cetáceos concebidos por Jehová. ¡Era él!, -tal vez el último que duró en las tinieblas oceánicas hasta este -memorable día de 28 de agosto, a fin de que nuestro Padre entreviese -los orígenes de la Vida. Está enfrente de Adán, ligando los tiempos -viejos a los tiempos nuevos, y con las escamas del dorso enfurecidas -muge devastadoramente. Enroscado en el tronco alto, nuestro Padre -venerable aúlla de vivo horror... Y he aquí que, del lado de los -charcos anublados, un silbo hiende los cielos, silbado y lanzado, -como el de un áspero viento en una garganta de serranía. ¿Qué es? -¿Otro monstruo? Sí, el Plesiosaurio. Es también el último Plesiosaurio -que corre del fondo de los pantanos. Y ahora se traba de nuevo para -asombro del primer Hombre (y gusto de los Paleontólogos), el combate -que fue la desolación de los pre-humanos días de la Tierra. Allí -aparece la fabulosa cabeza de Plesio, terminada en pico de ave, pico -de dos brazas, más agudo que el dardo más agudo, erguida sobre un -larguísimo y fino pescuezo, que ondula, arquea, hiere y silba con -pavorosa elegancia. Dos aletas de incomparable rigidez vienen moviendo -su disforme cuerpo, muelle, glutinoso, todo en arrugas, manchado por -una lepra de hongos verdosos. Tan inmenso es así, arrastrándose, con el -pescuezo empinado que, delante de la duna donde se levantan los pinos, -en los cuales se refugia Adán, parece otra duna negra sustentando un -pino solitario. Avanza furiosamente. Y de repente, ármase un horroroso -tumulto de mugidos y silbidos y choques retumbantes y torbellinos de -arena y gruesos mares brotando. Nuestro Padre venerable salta de un -pino a otro, temblando tanto, que con él tiemblan los troncos. Cuando -se arriesga a espiar, en punto en que aumentan los bramidos, solo -percibe en la enrollada masa de los dos monstruos, a través de una -niebla de espuma que los chorros de sangre enrojecen, el pico de Plesio -enterrado en el vientre muelle de Ictio, cuya cola, erguida se retuerce -furiosamente en la palidez de los cielos espantados. ¡Nuestro Padre -venerable esconde otra vez la faz! Un gemido de monstruosa agonía rueda -por la playa. Las pálidas dunas se estremecen, resuenan las cavernas -lúgubres. Sucede luego una paz muy larga, en que el ruido del mar -Océano no es más que un consolado murmurio de alivio. - -Adán espía refugiado entre las ramas... El Plesio retrocediera herido -hacia la tibia cama de un pantano. Sobre la playa yace muerto el Ictio, -como una colina en donde las olas de la tarde se quiebran. - -En esto, nuestro Padre venerable deslízase cautelosamente de su pino -y se acerca al monstruo. La arena, en derredor, está horriblemente -revuelta; y por toda ella, en lentos surcos, en pozas oscuras, humea la -sangre, mal chupada. Tan montañoso es el Ictio, que Adán, irguiendo la -faz asombrada, ni alcanza a ver las púas del monstruo, erizadas a lo -largo de aquel escarpado espinazo, al cual el pico de Plesio arrancó -escamas más pesadas que piedras. Delante de las manos trémulas del -Hombre, están los rasgones del vientre muelle, por donde chorrea la -sangre, y salen las grasas, e inmensas tripas escurren, y penden fibras -desgarradas de carne rosada... Las chatas ventanas de la nariz de -nuestro Padre venerable se alargan y olfatean. - -En toda aquella tarde caminara, desde la Floresta, a través del -Paraíso, chupando bayas, royendo raíces, comiendo los insectos de -cáscara picante. - -Mas ahora el sol penetró en el mar, y Adán tiene hambre, en ese arenal -estéril, donde solo albean cardos que el viento retuerce. ¡Oh, aquella -carne roja, sangrienta, aún viva, que exhala un olor tan fresco y -salino! Sus romas mandíbulas se abren ruidosamente en un bostezo -disgustado y famélico... El Océano oscila, como adormecido... Entonces, -irresistiblemente, Adán entierra en una de las heridas del saurio los -dedos que lame y rechupa, blandos de grasas y sangre. El espanto de -un sabor nuevo inmoviliza al hombre frugal que viene de las hierbas -y de las frutas. Luego, con un salto, arremete contra las montañas de -la abundancia, y arranca una fibra que parte y traga, gruñendo, con -un furor y una prisa, en que hay el gozo y hay el miedo de la primera -carne comida. - - * * * * * - -En habiendo cenado así, tajadas crudas de un monstruo marino, nuestro -Padre venerable siente una gran sed. Los pozos que rebrillan en la -arena son salados. Con los labios empastados de grasa y de sangre, -pesado y triste, bajo el callado crepúsculo, Adán, atraviesa las -dunas, reentra en las tierras, rebuscando desaladamente agua dulce. -En aquellos tiempos de universal humedad, por todo el césped, huía y -murmuraba un arroyo. Al cabo de un tiempo, extendido en una orilla -lodosa, Adán bebió consoladamente, en sorbos profundos, bajo el vuelo -espantado de moscas fosforescentes que se le prendían en la melena. - -Era junto a un bosque de encinas y hayas. La noche, que ya se -adensara, ennegrecía una llanura cubierta de plantas, donde la malva -se recostaba a la menta y el perejil al hongo ligero. En ese fresco -espacio, penetró nuestro Padre venerable, cansado por la marcha y -los espantos de aquella tarde del Paraíso; y apenas se extendiera -en la alfombra olorosa, con la hirsuta faz posada sobre las palmas -unidas, las rodillas encogidas contra el vientre distendido como un -tambor, se sumergió en un sueño como jamás lo había tenido, todo -poblado de sombras movientes, que eran aves construyendo una casa, -patas de insectos tejiendo una tela, dos bichos bogando en las aguas -arrolladoras. - -Cuenta la leyenda que entonces, en torno del Primer Hombre adormecido, -comenzaron a surgir, por entre las matas bajas, hocicos olfateantes, -finas orejas tiesas, ojitos reluciendo como botones de azabache, y -espinazos inquietos que la emoción arqueaba, en tanto que, de las -cumbres de las encinas y de las hayas, en un apagado estremecimiento -de alas, se tendían picos curvos, picos retesos, picos bravíos, picos -pensativos, todos albeando en la claridad tenue de la luna, que subía -por detrás de los montes y bañaba las altas frondas. Después apareció -una hiena, cojeando, maullando con lástima, en el borde del claro. -A través de la campiña trotaron dos lobos flacos, famélicos, con -los verdes ojos encendidos. No tardaron los leones, con las reales -faces erguidas, soberanamente arrugadas, en una profusión de melenas -flotantes. En confusa manada, que llegaba bufando, los cuernos de los -aurocos entrechocaban con impaciencia los retoños palmares de las -renas. Todos los pelos se erizaron cuando el tigre y la pantera negra, -ondulando callada y aterciopeladamente, resbalaran, con las lenguas -pendientes y bermejas como coágulos de sangre. De los valles, de las -sierras, de las rocas, acudían otros, con una prisa tan ansiosa, que -los horrendos caballos primitivos se empinaban por encima de los -canguros y la trompa del hipopótamo, escurriendo algas, empujaba las -ancas lentas del dromedario. Entre las patas y los cascos apiñados -coleaban en alianza el hurón, la lagartija, la comadreja, la culebra -fulgente que engulle a la comadreja, y la alegre mangosta que asesina -a la culebra. Un bando de gacelas tropezaba, lastimándose las piernas -finas contra la costra de los cocodrilos, que subían en fila del borde -de las lagunas, con las bocas preparadas y gimiendo. Toda la planicie -palpitaba, bajo la luna, en el muelle movimiento de dorsos apretados, -del cual se erguía, ora el pescuezo de la jirafa, ora el cuerpo del -boa, como mástiles náufragos balanceados entre olas. Y, en fin, -conmoviendo el suelo, llenando el cielo, con la trompa enrollada entre -los dientes curvos, asomó el rugoso mastodonte. - -Era toda la Animalidad del Paraíso que, sabiendo que el Primer Hombre -hallábase dormido, sin defensa, en un bosque desierto, corría con la -inmensa esperanza de destruirlo y eliminar de la tierra la Fuerza -Inteligente, destinada a someter a la Fuerza Bruta. Sin embargo, en -aquella pavorosa turba que humeaba, se atropellaba al borde del claro, -en donde Adán dormía sobre la menta y la malva, ninguna fiera avanzaba. -Relucían los fieros dientes, fieramente amenazadores; todos los cuernos -acometían; cada garra salida despedazaba con ansia la tierra blanda; -y los picos, desde lo alto de las ramas, atravesaban los hilos de -la luna con picotazos hambrientos... Mas ni ave descendía, ni fiera -avanzaba, porque al lado de Adán velaba una Figura seria y blanca, de -blancas alas cerradas, los cabellos sujetos con un aro de estrellas, el -pecho guardado por una coraza de diamante, y las dos refulgentes manos -apoyadas en el puño de una espada que era de lumbre, y vivía. - -Despuntó la aurora con ardiente pompa, comunicando a la tierra alegre, -a la tierra bravíamente alegre, a la tierra aún sin andrajos, a la -tierra aún sin sepulturas, una alegría superior, más grave, religiosa y -nupcial. Adán despertó; y restregándose los párpados, en la sorpresa de -su despertar humano, sintió sobre el costado un peso dulce y suave. En -aquel terror, que desde los árboles no desamparaba su corazón, saltó, -y con tan ruidoso salto, que por la selva, los mirlos, los ruiseñores, -las currucas, todos los pajaritos de fiesta y de amor, despertaron -y rompieron en un canto de congratulaciones y de esperanzas. Y ¡oh -maravilla! delante de Adán, y como despegado de él, estaba otro ser, -a él semejante, pero más esbelto, suavemente cubierto de un pelo más -sedoso, que lo contemplaba con grandes ojos lustrosos y líquidos. Una -cabellera rubia, de un rubio tostado, caía en espesas ondas hasta sus -caderas redondeadas, en una plenitud armoniosa y fecunda. De entre -los brazos, que cruzara, surgían abundantes y erguidos los dos pechos -de color de madroño, con un vello crespo orlando la mamila, que se -enristraba entumecida. Y rozando, con un rozar lento, con un rozar muy -dulce, las rodillas peladas, todo aquel sedoso y tierno ser ofrecíase -con una sumisión embelesada y lasciva. Era Eva... ¡Eras tú, madre -venerable! - - -III - -Comenzaron entonces para nuestros Padres los días abominables del -Paraíso. - -Su constante y desesperado esfuerzo fue sobrevivir, en medio de una -Naturaleza que, sin cesar y furiosamente, tramaba su destrucción. ¡Adán -y Eva pasaron esos tiempos, que los Poemas semíticos celebran como -inefables, temblando siempre, siempre riñendo y huyendo! La tierra -aún no era una obra perfecta; y la divina Energía, que la andaba -componiendo, incesantemente la enmendaba, con inspiración tan móvil, -que en un lugar cubierto al amanecer por una floresta, de noche, se -espejaba una laguna en donde la Luna, ya doliente, venía a observar -su palidez. ¡Cuántas veces nuestros Padres, reposando en la cuesta de -un otero inocente, entre el serpol y el romero, Adán con el rostro -descansando sobre el muslo de Eva, Eva con dedos ágiles espulgando -el pelo de Adán, fueron sacudidos por la pendiente amena como por un -dorso irritado, y rodaron, confundidos, entre el retumbo, y la llama, -y la humareda, y la ceniza caliente del volcán que improvisara Jehová! -Cuántas noches escaparon, aullando, de alguna abrigada caverna, cuando -ya sobre ella corría un gran mar hinchado que bramaba, se desarrollaba, -y quedaba hirviendo entre las rocas, con negras focas muertas bogando. -O cuando no era el suelo, el suelo seguro, ya social y fertilizado para -las siembras sociables, que de improviso rugía como una fiera, abría -una insondable garganta y tragaba rebaños, prados, nacientes cosechas, -benéficos cedros con todas las tórtolas que se arrullaban en ellos. - -Después eran las lluvias, las largas lluvias Edénicas, cayendo en -chorros clamorosos, durante inundados días, durante torrentosas noches, -tan desmedidamente que del Paraíso, vasto charco barroso, apenas -aparecían las puntas del arbolado sumergido en el agua, y las cumbres -de los montes llenas de bichos transidos que bramaban con el terror de -las aguas sueltas. Entretanto, nuestros Padres, refugiados en alguna -erguida roca, gemían lamentablemente, escurriéndoseles ríos de los -hombros y de los pies, de modo que parecía que el barro nuevo de que -Jehová los hiciera se estaba ya deshaciendo. - -Más terríficos aún eran los estíos. ¡Oh, el incomparable tormento -de las sequías en el Paraíso! Lentos días tristes, tras lentos días -tristes, la inmensa brasa del sol candente coruscaba furiosamente -en un cielo de color de cobre, en que el aire bazo y espeso ardía -y crepitaba. Los montes estallaban agrietados; y las planicies -desaparecían bajo una ennegrecida capa de hilos retorcidos, -enmarañados, rígidos como alambres, que eran los restos de los verdes -pastos. Todo el manchado follaje rodaba en los vientos abrasados, con -rugidor ruido. El lecho de los ríos chupados tenía la rigidez del -hierro fundido. El musgo escurría por las rocas, en manera de una piel -seca que se despega, descubriendo largos huesos. Ardía un bosque cada -noche, hoguera restallante, de leña resequida, escaldando más la -bóveda del horno inclemente. Estaba todo el Edén cubierto de buitres y -cuervos, porque, con tanto animal muerto de hambre y de sed, abundaba -la carne podrida. La poca agua que restaba en el río, movíase apenas, -atascada por la masa hirviente de culebras, ranas, nutrias, tortugas, -refugiadas en aquel último fundamento, lodoso y tibio. Nuestros -Padres venerables, con las magras costillas arqueadas contra el pelo -chamuscado, la lengua pendida y más dura que corcho, erraban de fuente -en fuente, sorbiendo desesperadamente alguna gota que aún brotase, gota -rara, que silbaba al caer sobre las piedras abrasadas... - -Así Adán y Eva huyendo del Fuego, huyendo de la Tierra, huyendo del -Aire, empezaban la vida en el Jardín de las delicias. - -¡En medio de tantos peligros constantes y fragantes, era necesario -comer! ¡Ah! ¡Comer, qué portentosa empresa para nuestros Padres -venerables! Sobre todo, desde que Adán (y después Eva, por Adán -iniciada) habiendo probado los deleites fatales de la carne, ya no -encontraban sabor, ni hartura, ni decencia en los frutos, en las -raíces y en las uvas del tiempo de su Animalidad. Las buenas carnes -no faltaban en el Paraíso, ciertamente. Sería delicioso el salmón -primitivo, mas nadaba alegremente en las aguas rápidas. Sería sabrosa -la becada, o el faisán rutilante, nutridos con los granos que el -Creador considerara buenos, mas volaban por los cielos, en triunfal -seguridad. El conejo, la liebre... ¡qué ligeros huían por el matorral -oloroso!... Nuestro Padre, en esos días cándidos, no poseía el anzuelo -ni la flecha. Por eso, rondaba sin cesar en torno de las lagunas, en -las márgenes del mar en donde casualmente encallaba bogando algún -cetáceo muerto. Esos hallazgos de la abundancia eran raros, y la -triste pareja humana, en sus marchas hambrientas, orillando las aguas, -conquistaba solamente, aquí y allá, en los peñascos o en la arena -revuelta, algún feo cangrejo en cuyo duro caparazón se desgarraban -sus labios. Esas soledades marinas hallábanse también infestadas por -bandos de fieras que, como Adán, esperaban que la marea arrojase los -peces vencidos en borrasca o batalla. ¡Cuántas veces nuestros Padres, -ya con la garra clavada en una tajada de foca o de delfín, huían -desconsoladamente, sintiendo el paso fofo del horrendo cavernario, o el -aliento de los osos blancos, bamboleándose por el blanco arenal, bajo -la blanca indiferencia de la Luna! - -De cierto, su ciencia hereditaria de trepar a los árboles, socorrería -a nuestros Padres en esta conquista de la presa. ¡Cuando acontecía que -bajo el ramaje del árbol, desde donde ellos, solapadamente, espiaban, -veían aparecer algún cabrito suelto, o una tortuga moza y bisoña -arrastrándose hacia la hierba húmeda, tenían banquete seguro! En un -momento, el cabrito quedaba despedazado, toda su sangre chupada en -sorbos convulsos; y Eva, nuestra Madre fuerte, gritando sombríamente, -arrancaba una por una, de entre la concha, las patas de la tortuga... -¡Cuántas veces, de noche, después de ayunos angustiosos, los Elegidos -de la Tierra, veíanse forzados a ahuyentar la hiena, con fuertes -voces, a través de los prados, para robarle un oso fétidamente -baboseado, que eran ya las sobras de un león harto! Sucedían días -peores en que el hambre reducía a nuestros Padres a retrogradarse a -la desagradable frugalidad del tiempo del Árbol; a las hierbas, a los -brotes, a las raíces amargas, ¡conociendo así, entre la abundancia del -Paraíso, la primera forma de la Miseria! - -¡En el transcurso de estos trabajos, no les desamparaba el terror de -las fieras! Porque si Adán y Eva comían los bichos flacos y dóciles, -ellos, al mismo tiempo, eran también una presa apetecida por todos los -brutos superiores. Comerse a Eva, tan redonda y carnosa, fue de seguro -el sueño de muchos tigres en los juncales del Paraíso. ¡Cuánto oso, -ocupado en robar panales de miel en un descarnado tronco de roble, no -se detuvo, y se balanceó, y se lamió el hocico en una gula más fina, al -encontrarse, por detrás del ramaje, en un rebrilleo errante del sol, el -sombrío corpachón de nuestro Padre venerable! Ni el peligro venía solo -de las hordas hambrientas de carnívoros, mas aun de los lentos y hartos -herbívoros, el auroco, el uros, el ciervo-elefante, que alegremente -cornearían y maltratarían a nuestros Padres, por estupidez, desemejanza -de raza y olor, empleo de vida ociosa. Y aumentábanse aún los que -mataban y no podían matárseles, porque Miedo, Hambre y Furor, fueron -las leyes de la vida en el Paraíso. - -Claro está que nuestros Padres eran también feroces, de fuerzas -tremendas, y perfectos en el arte salvador de trepar a las cimas -frondosas. ¡Mas el leopardo saltaba de rama en rama, sin rumor, con -una destreza más segura y felina! La boa llegaba con la cabeza hasta -los vástagos extremos del más levantado cedro para coger los monos, y -bien podía engullirse a Adán, con aquella obtusa incapacidad que las -boas tuvieron siempre para distinguir, bajo la similitud de las formas, -la diversidad de los méritos. ¿De qué valían las garras de Adán, aun -aliadas a las garras de Eva, contra esos pavorosos leones del Jardín de -las delicias que la zoología, todavía hoy horripilada, llama el _Leo -Anticus_? ¿O contra la hiena de las cavernas, tan osada, que en los -primeros días del génesis, los Ángeles, cuando descendían al Paraíso, -caminaban siempre con las alas plegadas, por temor de que ella, -saltando de entre los bambús, no les arrancase las plumas refulgentes? -¿O contra los perros, los horrendos perros del Paraíso, que atacando en -cerradas y ululantes huestes, fueron, en los comienzos del Hombre, los -peores enemigos del Hombre? - -Entre toda esta animalidad adversa, Adán no contaba un aliado; -sus propios parientes, los Antropoides, envidiosos y farsantes, -le apedreaban con enormes cocos. Solo un animal, y formidable, -conservaba por el Hombre una majestuosa y pachorrienta simpatía. -Era el Mastodonte. Mas la anublada inteligencia de nuestro Padre, -en esos días Edénicos, aún no comprendía la bondad, la justicia, el -servicial corazón del paquidermo admirable. Por lo cual, cierto de su -flaqueza y de su aislamiento, vivió durante esos trágicos años, en un -ansiado terror. Tan ansiado y largo, que su miedo, como una continua -ondulación, se perpetuó por toda su descendencia, y es el viejo miedo -de Adán que nos torna inquietos, cuando atravesamos el matorral más -seguro en la soledad crepuscular. - -Y luego consideremos que aún restaban por el Paraíso, entre bichos -de formas racionales, pulidas, ya preparadas para la prosa noble de -Mr. de Buffon, algunos de los grotescos monstruos que deshonraron a -la Creación antes de la madrugada purificadora del 25 de octubre. -Seguramente Jehová evitó a Adán el degradante honor de vivir en -el Paraíso en compañía de ese escandaloso engendro a que los -Paleontologistas, asombrados, dieron el nombre de Iguanodon. En la -víspera del advenimiento del Hombre, Jehová, muy benévolamente, ahogó -todos los Iguanodones en el lodo de un pantano, en un rincón escondido -del Paraíso, donde hoy se extiende Flandres. Pero Adán y Eva aún -conocieron los Pterodáctilos. ¡Oh, los Pterodáctilos!... Cuerpos de -Jacaré, escamosos y emplumados; dos lúgubres, negras, carnudas alas de -murciélago; un pico disparatado, más gordo que el cuerpo, tristemente -caído, erizado de cientos de dientes, finos como los de una sierra. -¡Y no volaba! Descendía con las alas muelles y mudas, y en ellas -arrebujaba la presa como en un paño viscoso y helado para partirla en -pedazos con los estallantes golpes de sus mandíbulas fétidas. Este -funambulesco avechucho enturbiaba el cielo del Paraíso con la misma -abundancia con que los mirlos o las golondrinas cruzan los santos aires -de Portugal. Torturados los días de nuestros Padres venerables, nunca -su pobre corazón se agitaba tanto como cuando del lado de allá de los -montes veníase despeñando con siniestro estridor de alas y picos el -vuelo de los Pterodáctilos. ¿Cómo sobrevivieron nuestros Padres en -este Jardín de las delicias? ¡Indudablemente brilló y trabajó mucho la -espada del Ángel que los guardaba! - - * * * * * - -¡Pues bien, amigos míos! A todos estos furiosos seres debe el hombre su -carrera triunfal. Sin los Saurios, y los Pterodáctilos, y la Hiena de -las cavernas, y el horripilante terror que esparcían, y la necesidad de -tener, contra su ataque, siempre bestial, una defensa siempre racional, -la Tierra permanecería siendo un temeroso Paraíso, en donde erraríamos -todos, desgreñados y desnudos, chupando por las márgenes de los mares, -las grasas crudas de los monstruos naufragados. Al encogido miedo de -Adán débese la supremacía de su descendencia. El bicho perseguidor fue -quien le forzó a subir a las cumbres de la Humanidad. ¡Bien sabedores -de los orígenes se muestran los poetas Mesopotámicos del génesis en -aquellos sutiles versículos en que un animal, y el más peligroso, la -Serpiente, lleva a Adán, por amor de Eva, a coger el fruto del saber! -Si no rugiese en otro tiempo el León de las cavernas, no trabajaría hoy -el Hombre de las ciudades, porque la civilización nació del desesperado -esfuerzo defensivo contra lo Inanimado y lo Inconsciente. Realmente, -la sociedad es la obra de la fiera. Que la Hiena y el Tigre, en el -Paraíso, comenzasen por acariciar lánguidamente el hombro peludo de -Adán con pata amiga, y Adán habríase hecho hermano del Tigre y de la -Hiena, compartiendo con ellos sus chozas, sus presas, sus ocios y sus -gustos bravíos, y la Energía inteligente que le había hecho descender -del Árbol, a seguida se apagaría, dentro de su brutalidad inerte, a la -manera que se apaga el fuego, aun entre ramas secas, si un frío soplo, -viniendo de un agujero oscuro, no lo estimula a vivir para vencer la -frigidez y la oscuridad. - -Y una tarde (como enseñaría el exacto Usserius), saliendo Adán y Eva de -la espesura de un bosque, un oso enorme, el Padre de los Osos, apareció -delante de ellos, irguió las negras patas, abrió la boca sangrienta... -Y estando así, cogido, sin refugio, en la apresurada ansia de defender -a su hembra, el Padre de los Hombres lanzó contra el Padre de los Osos -el cayado en que se apoyaba, un fuerte retoño de teca, arrancado en el -bosque, que terminaba en punta aguda... Y el palo atravesó el corazón -de la fiera. - - * * * * * - -¡Ah! Verdaderamente, desde esa bendita tarde hubo sobre la tierra un -Hombre. - -Ya era un Hombre, y superior, cuando dio un paso espantado y arrancó -el palo del pecho del monstruo extendido, y le miró la punta, que -goteaba sangre, con la frente toda arrugada, en el afán de comprender. -Resplandecieron sus ojos en un deslumbrado triunfo. Adán comprendiera... - -¡Ni se cuidó siquiera de la buena carne del oso! Retornó a la floresta, -y durante toda la tarde, en tanto la luz se arrastró por las frondas, -arrancó ramas a los troncos cautelosamente, diestramente, de modo -que las puntas rompiesen bien afiladas y agudas. ¡Ah! ¡Qué soberbio -estallar de astas por el hondo bosque, a través de la frescura y -de la sombra para la obra de la primera Redención! Selva amable, -que fuiste la primera fábrica, ¡quién supiera en dónde yaces, en tu -secular sepultura, tornada negro carbón!... Cuando salieron del bosque, -humeando de sudor para retraerse a la choza distante, nuestros Padres -venerables se humillaban bajo el peso glorioso de dos grandes haces de -armas. - -Desde entonces no cesan los hechos del Hombre. Los cuervos y los -chacales aún no habían descarnado la osamenta del Padre de los Osos, -y ya nuestro Padre raja una punta de su cayado victorioso; entablilla -en la hendedura uno de esos guijarros afilados y picudos, en los -cuales a las veces se herían sus patas, descendiendo a la orilla de -los ríos, y asegura el fino astillazo en la raja, con las vueltas muy -apretadas de una fibra de enredadera seca. ¡Y he aquí la lanza! Como -esas piedras no abundan, Adán y Eva ensangrientan las garras, tentando -hendir los pedruscos redondos de sílex en astillas cortas de manera que -vengan perfectas, con punta y con filo para rasgar y clavar. Resístese -la piedra, poco deseosa de ayudar al Hombre, al cual, en los días -genesíacos del grande octubre, quisiera suplantar (como cuentan las -prodigiosas crónicas de Backun). Mas de nuevo ilumínase la faz de Adán, -con una idea que la surca, como chispa emanada de la Eterna Sabiduría. -Coge un pedrusco, bate la roca, arranca la astilla... ¡Y he aquí el -martillo! - -Pasado algún tiempo, en otra tarde bendita, costeando una oscura y -bravía colina, avizora, con aquellos ojos que ya rebuscan y comparan, -un guijarro negro, áspero, facetado, sombríamente lúcido. Se asombra -de su peso, y a seguida presiente en él un mazo superior, de decisiva -dureza. ¡Con qué alborozo lo lleva, agarrado contra el pecho, para -romper el sílex rebelde! Adán acudió a la orilla del río, en donde Eva -le esperaba, y martilleó reciamente sobre el pedernal... ¡Oh, espanto! -¡Salta una chispa, refulge, muere! ¡Ambos retroceden, se miran con un -terror casi sagrado! Es una luz, una luz viva, que arrancó él mismo con -sus manos de la roca bruta, semejante a la luz que radia de entre las -nubes. Bate de nuevo, temblando. La chispa brilla, la chispa pasa, y -Adán remira y olfatea el oscuro guijarro. No comprende. Nuestros Padres -venerables, pensativos, con los cabellos al viento, tomaron la vuelta -de la choza acostumbrada, que se halla en la pendiente de un cerro, -junto a una fuente que borbotea entre helechos. - -Pero a solas, Adán, en su retiro, con una curiosidad en donde late una -esperanza, de nuevo entablilla el sílex, grande como una calabaza, -entre los callosos pies, y recomienza a martillear, bajo el aliento de -Eva, que apoyada de bruces, sopla. La chispa salta siempre, y rebrilla -en la sombra, tan refulgente como aquellas luces que ahora palpitan, -miran, desde allá, de las alturas. Pero aquellas luces permanecen, -a través de la negrura del cielo y de la noche, vivas, espiando en -su radiación. Y aquellas estrellitas de piedra, apenas viven, y ya -mueren... ¿Se las llevaría el viento, que se lleva todo, voces, nubes -y hojas? Para huir del viento malévolo que ronda en el monte, nuestro -Padre venerable se alonga hasta el fondo más abrigado de la caverna, -en donde se afofan las capas de heno muy seco, que forman su lecho. -De nuevo hiere la piedra, despidiendo chispa tras chispa, en tanto -Eva, agachada, abriga con las manos aquellos refulgentes y fugitivos -seres. Estando en esto, he aquí que del heno se eleva una columnita de -humo, que aumenta, se enrosca, y a través de la cual, rojea y resalta -una llama... ¡Es el fuego! Nuestros Padres huyen desoladamente de la -caverna, oscurecida por una humareda olorosa, en donde flamean alegres, -rutilantes lenguas, que lamen la roca. Acurrucados en la puerta de la -choza, ambos, tomados del pasmo y terror de su obra, míranse, con los -ojos llorosos por el humo acre; mas a pesar del susto y del espanto, -sienten una nueva dulzura que los penetra y que de seguro viene de -aquella luz y de aquel calor... Ya el humo se escapó de la caverna; -el viento robador se lo llevó. Arrástranse las llamas, inciertas y -azuladas; a poco, solo resta una ceniza mezclada con algunas brasas que -palidece, y se abate hecha carbón: la última chispa corre, se estremece -y pasa. ¡Murió el fuego! Entonces, en el alma naciente de Adán, entra -el dolor de una ruina. Chupa desesperadamente los grandes labios y -gime. ¿Sabrá jamás recomenzar el hecho maravilloso?... Nuestra madre, -ya consoladora, es quien le consuela con sus rudas manos conmovidas, -porque realiza su primera obra sobre la tierra; junta otro montón de -heno seco, coloca encima el sílex redondo, toma el oscuro guijarro, -bate fuertemente, produciendo un chispear de estrellitas, y de nuevo -se inicia el humo y otra vez refulge la llama. ¡Oh, triunfo, he ahí la -hoguera, la hoguera inicial del Paraíso, y no casualmente nacida, sino -encendida por una clara voluntad, que ahora, para todo, y siempre, cada -día y cada mañana, podrá repetir con seguridad la hazaña suprema! - -A nuestra madre venerable pertenece, desde entonces, en la choza, la -dulce y augusta tarea de la Lumbre. Ella la cría, la nutre, ella la -defiende, ella la perpetúa. Como madre deslumbrada, va descubriendo -día por día, en ese resplandeciente hijo de sus cuidados, una virtud -o gracia nuevas. Ahora ya sabe Adán que su fuego espanta a todas las -fieras, y que, al fin, existe en el Paraíso una cueva segura, que es -la suya. No solo segura, sino amable, porque el fuego la alumbra, la -calienta, la alegra y la purifica. Así que cuando Adán, con un haz de -lanzas, desciende a la planicie o se embreña en la selva para cazar, -ya mata con ansia redoblada, a fin de retornar lo más pronto a aquella -seguridad y consolación de la lumbre. ¡Ah, qué dulcemente le penetra, y -le seca en el cabello la frialdad de las matas, y dora como un sol los -peñascos de su choza! Y, además, le cautiva los ojos, y lo exalta, y lo -guía en un soñar fecundo, en que inspiradamente se le aparecen formas -de flechas, martillos con mango, gruesos cuervos que pescan los peces, -astillas dentadas que sierran el palo... ¡A su fuerte hembra debe Adán -esta hora creadora! - -¡Y cuánto no le debe la Humanidad! Recordemos, hermanos, que nuestra -Madre, con aquella adivinación superior que más tarde la tornó -Profetisa y Sibila, no vaciló, cuando la serpiente le dijo, coleando -entre las Rosas: «¡Come del fruto del saber, que tus ojos se abrirán, y -serás como los Dioses sabios!» Adán se habría engullido la serpiente, -bocado más suculento. Es de creer que no tendría mucha fe en frutos -que comunican la Divinidad y Sapiencia, quien, como él, tanta fruta -comiera en los árboles, y se conservaba ignorante y bestial como el -oso y el auroco. En cambio, Eva, con la sublime credulidad que siempre -en el mundo opera las transformaciones sublimes, a seguida se comió la -manzana, la cáscara y la pepita. ¡Y persuadiendo a Adán a que tomase -parte del transcendente fruto, muy dulce y enredosamente le convenció -del provecho, de la felicidad, de la gloria y de la fuerza que da -el saber! Esta alegoría de los poetas del génesis, nos revela, con -espléndida sutileza, la inmensa obra de Eva, en los años dolorosos -del Paraíso. Solo por ella continúa Dios la Creación superior, la del -Reino espiritual, la que desarrolla sobre la tierra el lar, la familia, -la tribu, la ciudad. ¡Eva es quien cimenta y bate las grandes piedras -angulares en la construcción de la Humanidad! - -¡Si no, ved! Cuando el bravío cazador retráese a la caverna, derrengado -bajo el peso de la caza muerta, oliendo toda a selva y a sangre, y -a fiera, él es seguramente el que desuella la res, y la corta en -pedazos, descarna los huesos (que ávidamente guarda bajo el muslo, -y reserva para su ración porque contienen la molleja preciosa), mas -Eva junta esa piel, cuidadosamente, con las otras pieles almacenadas; -esconde los huesos partidos, porque sus astillas agudas clavan y -agujerean, y en una fresca cavidad de roca guarda la carne que sobró. -Al cabo de un tiempo, una de esas abundantes tajadas olvídase, caída -cerca de la hoguera perpetua. Extiéndese la lumbre, y lame lentamente -la carne por el lado más gordo, hasta que un olor, desconocido y -sabroso, agasaja y alarga las rudas ventanas de la nariz de nuestra -Madre venerable. ¿De dónde viene el gustoso aroma? Del fuego, en el -cual la tajada de venado o de liebre está entre ascuas y rechina. -Entonces Eva, inspirada y grave, empuja la carne para la brasa viva; -y espera, arrodillada, hasta que la espeta con la punta de un hueso, -la retira de la llama ruidosa, y se la come, en sombrío silencio. Sus -ojos brillantes anuncian otra conquista. ¡Y con la misma prisa amorosa -con que ofreciera a Adán la manzana, le presenta ahora aquella carne -tan diferente, que él huele desconfiado y después devora a dentelladas -abiertas, roncando de gozo! ¡Y he aquí, cómo por medio de este pedazo -de gamo asado, nuestros Padres suben victoriosamente otro escalón de la -Humanidad! - -El agua todavía la beben en el manantial vecino, entre los helechos, -con la faz sumergida en la vena clara. Después de beber, Adán, -arrimado a su enorme lanza, mira a lo lejos el discurrir lento del -río, los montes coronados de nieve o de fuego, el sol sobre el mar, -pensando, con arrastrado pensar, si en esas tierras que se extienden -y se esconden más allá, la presa será más cierta y las selvas menos -cerradas. Eva retorna luego a la caverna, para entregarse, sin -descanso, a una tarea que la encanta. Enovillada en el suelo, toda -atenta bajo la melena crespa, nuestra Madre hace, con un huesecito -agudo, finos agujeros en la orla de una piel, y luego en la orla -de otra piel. Tan embebida se halla en su labor, que no siente a -Adán entrar y revolver en sus armas, mientras une las dos pieles -sobrepuestas, pasando a través de los agujeros una delgada fibra de -algas, que secan delante del fuego. Adán considera con desdén ese -trabajo menudo que no aumenta fuerza a su fuerza. ¡El bruto Padre no -presiente aún que aquellas pieles cosidas serán el resguardo de su -cuerpo, la armazón de su tienda, el saco de su ropa, el odre de su agua -y el tambor en que bata cuando sea un guerrero, y la página en que -escriba cuando sea un Profeta! - -Otros gustos y modos de Eva también le irritan; y a las veces, con -una inhumanidad que ya es toda humana, nuestro Padre agarra por los -cabellos a su hembra y la derriba y la pisa bajo la pata callosa; un -furor así, le tomó una tarde, viendo, en el regazo de Eva, sentada -delante de la hoguera, un cachorrito flojo y renco, que ella, con -cariño y paciencia, enseñaba a chupar en una fibra de carne fresca. Al -borde de la fuente descubriera el cachorrito perdido y gañendo, y muy -mansamente lo recogiera, lo calentara, lo alimentara, con una sensación -que le era dulce, y le abría en la espesa boca, aún mal sabedora de -sonreír, una sonrisa de maternidad. Nuestro Padre venerable, con las -pupilas relucientes, lanza la garra y pretende devorar al cachorro que -entrara en su choza. Mas Eva defiende al animalito, que tiembla y la -lame. ¡El primer sentimiento de caridad, informe como la primera flor -que brotó de las algas, aparece en la tierra! Con las cortas y gangosas -voces que eran el habla de nuestros Padres, Eva intenta acaso afianzar -que será útil la amistad de un bicho en la caverna del hombre... Adán -chúpase el labio trompudo. Después, en silencio, mansamente, corre los -dedos por el lomo blando del cachorrito encogido. ¡En la Historia, este -es un momento espantoso! ¡He aquí que el Hombre domestica al Animal! De -ese cachorro agasajado en el Paraíso, nacerá el perro amigo, por él la -alianza con el caballo, después el dominio sobre la oveja. El rebaño -crecerá; el pastor lo llevará; el perro fiel lo guardará. Junto a la -lumbre, Eva prepara los pueblos errantes que pastorearán los ganados. - -Después, en aquellas largas mañanas en que el bravío Adán cazaba, Eva, -errando por los valles y los montes, cogía conchas, huevos de aves, -curiosas raíces, semillas, por el gusto de acumular, de abastecer su -choza de nuevas riquezas, que escondía en las hendeduras de la roca. - -Sucedió que un puñado de esas semillas cayera, por entre sus dedos, -sobre la tierra húmeda y negra, cuando se recogía por el borde de la -fuente. Brotó una puntita verde; después creció una vara; más tarde, -maduró una espiga. Sus granos son gustosos. Eva, pensativa, entierra -otras semillas con la esperanza de crear en torno de su lar, en un -pedazo de su terreno, altas hierbas que frutezcan y le traigan el grano -endulzado y tierno... - -¡Y he ahí la siembra! Del fondo del Paraíso, nuestra Madre hace -posibles los pueblos estables que labrarán la tierra. - - * * * * * - -Entretanto, bien podemos suponer que nació Abel, y, unos detrás de -otros, deslízanse los días en el Paraíso, más seguros y fáciles. -Lentamente vanse apagando los volcanes. Las rocas ya no se despeñan -con fragor sobre la inocente abundancia de los valles. Discurren -tan amansadas las aguas, que en su transparencia se miran, con -demora y cuidado, las nubes y las ramas de los olmos. Raras veces un -Pterodáctilo macula, con el escándalo de su pico y de sus alas, los -cielos, en donde el sol alterna con la bruma, y los estíos se franjan -de lluvias ligeras. En esta tranquilidad que se establece hay como -una sumisión consciente. El Mundo presiente y acepta la supremacía -del hombre. Ya no arde la floresta con la ligereza del rastrojo, -sabiendo que muy pronto el Hombre le pedirá la estaca, la madera, el -remo, el palo. En las gargantas de la Sierra, el viento se disciplina -blandamente, y ensaya los soplos regulares con que trabajará la piedra -del molino. El mar ahogó sus monstruos, y estira el dorso preparado, -que le ha de cortar la quilla. La tierra hace estable su suelo, para -cuando llegue el arado y la semilla. Y todos los metales se alinean en -filón, y se disponen alegremente para el fuego que les ha de dar forma -y belleza. - -Por la tarde, Adán toma la vuelta de la choza contento, con caza -abundante. El hogar flamea y alumbra la faz de nuestro Padre, que el -esfuerzo de la vida embelleció, en donde ya los labios se adelgazan, -y la cabeza se llenó con el lento pensar, y los ojos sosiegan, con un -brillo más seguro. El cordero, espetado en un palo, se asa y gotea en -las brasas. Posan en el suelo cortezas de coco llenas de agua clara -de la fuente. Una piel de oso tornó blando el lecho de los helechos. -Otra piel, colgada, abriga la boca de la caverna. En un rincón, que es -el almacén, están los montones de sílex y el martillo, y en otro, que -es el arsenal, están las lanzas y los huesos. Eva tuerce los hilos de -una lana de cabra. Sobre un montón de hojas, junto a la lumbre, duerme -Abel, muy gordo, todo desnudo, con un pelo más ralo en una carnecilla -más blanca. Participando del montón de hojas y del mismo calor, vela -el perro, ya crecido, con el mirar amable y el hocico entre las patas. -¡Y Adán (¡Oh, extraña tarea!) muy absorto, intenta grabar, con la -punta de una piedra, sobre un ancho hueso, los cuernos, el dorso y las -piernas estiradas de un ciervo corriendo!... Estalla la leña. Todas -las estrellas del cielo están presentes. Dios, pensativo, contempla el -crecer de la Humanidad. - - * * * * * - -Y ahora que encendí, en la noche estrellada del Paraíso, con vástagos -bien secos del Árbol de la Ciencia, este verídico lar, consentid que os -deje, ¡oh Padres venerables! - -Ya no temo que la Tierra inestable os aplaste, o que las fieras -superiores os devoren, o que, apagada, a la manera de una lámpara -imperfecta, la Energía que os traje de la Floresta, os retrogradéis -a vuestro Árbol ¡Ya sois irremediablemente humanos, y, mañana por -mañana, progresaréis, con tan poderoso arrojo, para la perfección del -Cuerpo y esplendor de la Razón, que en breve, dentro de unas centenas -de millares de cortos años, Eva será la hermosa Helena, y Adán será el -inmenso Aristóteles! - -¡Mas no sé si os felicite, oh Padres venerables! Otros hermanos -vuestros quedaron en la espesura de los árboles, y su vida es dulce. -El orangután despierta todas las mañanas entre sus sábanas de hojas, -sobre el fofo colchón de musgo que él, con cuidado, acamó por encima -de un catre de ramas olorosas. Lánguidamente, sin recelos, desperézase -en la molicie del musgo, escuchando las límpidas arias de los pájaros, -gozando los hilos del sol que se enmarañan por entre el encaje de -las hojas y lamiendo en el pelo de sus brazos el orvallo azucarado. -Después de rascarse y refregarse bien, sube con pachorra al árbol -dilecto, que eligió entre todos los del bosque por su frescura y -por la elasticidad balanceadora de su ramaje. Desde allí, habiendo -respirado la brisa cargada de aromas, salta, con rápidos brincos, a -través de las siempre fáciles, siempre hartas despensas del bosque, en -donde almuerza bananas, mangos, guayaba y todos los delicados frutos -que le tornan tan sano y ajeno a males como los árboles en los cuales -los cogió. Recorre luego sociablemente las calles y las callejuelas -parleras de la espesura; cabriolea con diestros amigos en amables -juegos de fuerza y ligereza; galantea a las orangutanas gentiles que -le buscan, y, suspendidas con él de un columpio florido, se balancean -charlando; trota, entre alegres bandos, por la margen de las aguas -claras, o, sentado en la punta de una rama, escucha a algún viejo y -facundo chimpancé contar divertidas historias de caza, de viajes, de -amores y de mofas a las fieras pesadas que circulan por el césped y -no pueden trepar; se recoge temprano a su árbol y, extendido en la -hojosa red, se abandona blandamente a la delicia de soñar, en un sueño -despierto, semejante a nuestras Metafísicas y a nuestras Epopeyas, -sino que, rodando todo sobre sensaciones reales, es, al contrario de -nuestros inciertos sueños, un sueño hecho todo de certeza. Lentamente, -la Floresta se calla; la sombra adénsase entre los troncos, y el -orangután, dichoso, retorna a su catre de musgo y se adormece en la -inmensa paz de Dios, de Dios, al cual nunca se cansó en comentar, -ni siquiera en negar, y que todavía derrama sobre él, con imparcial -cariño, los bienes enteros de su misericordia. - -De esta manera ocupó su día el orangután en los árboles. En tanto, -¿cómo gastó el suyo, en las ciudades, el Hombre, primo del orangután? -¡Sufriendo, por tener los dones superiores que faltan al orangután! -¡Sufriendo, por arrastrar consigo, irrevocablemente, ese mal incurable -que es su alma! Sufriendo, porque nuestro Padre Adán, en el terrible -día 23 de octubre, después de avizorar y olfatear el Paraíso, no -osó declarar reverentemente al Señor: «¡Muchas gracias, oh mi dulce -Creador; da el gobierno de la Tierra a quien mejor eligieres, al -elefante o al canguro, que yo por mí, un poco más avisado, vuelvo ya -para mi árbol!...» - -Mas, en fin, ya que nuestro Padre venerable no tuvo la prevención o -la abnegación de declinar la grande supremacía, continuemos reinando -sobre la creación y siendo sublimes... Sobre todo, continuemos usando, -insaciablemente, del don mejor que Dios nos concedió entre todos los -dones, el más puro, el único genuinamente grande: el don de amarle, -pues que no nos concedió también el don de comprenderle. Y no olvidemos -que Él ya nos enseñó, a través de voces levantadas en Galilea y bajo -los mangles de Veluvana, y en los valles severos de Yen-Chou, que la -mejor manera de amarle es que unos a otros nos amemos, y que amemos -toda su obra, hasta el gusano, y la roca dura, y la raíz venenosa, -y hasta esos vastos seres que no parecen necesitar de nuestro amor, -esos Soles, esos Mundos, esas diseminadas Nebulosas que, inicialmente -encerradas, como nosotros, en la mano de Dios, y hechas de nuestra -sustancia, ni nos aman, ni tal vez nos conocen. - - - - -[Ilustración] - -UN POETA LÍRICO - - -Aquí está, sencillamente, sin frases y adornos, la triste historia del -poeta Korriscosso. De todos los poetas líricos de que tengo noticia, -este es, ciertamente, el más infeliz. Le conocí en Londres, en el hotel -de Charing-Cross, en un amanecer helado de diciembre. Había yo llegado -del Continente, desfallecido por dos horas de Canal de la Mancha... -¡Ah, qué mar! Y eso que era solo una brisa fresca del Noroeste; mas -allí, en la cubierta, por debajo de una capa de hule, con la cual un -marino me había cubierto como se cubre un cuerpo muerto, fustigado por -la nieve y por las olas, oprimido por aquella tiniebla tumultuosa que -el barco iba rompiendo a estruendos y encontrones, parecíame un tifón -de los mares de la China... - -Apenas entré en el hotel, helado y aún mal despierto, corrí a la vasta -chimenea del _hall_ y allí quedé saturándome de aquella paz caliente -en que estaba la sala adormecida, con los ojos beatíficamente puestos -en la buena brasa escarlata. Y estando así fue cuando vi aquella -figura flaca y larga, ya de frac y corbata blanca, que del otro lado -de la chimenea, en pie, con la taciturna tristeza de una cigüeña -pensativa, miraba también los carbones ardientes, con una servilleta -debajo del brazo. Mas el portero había cogido mi equipaje y fue a -inscribirme en el _bureau_. La tenedora de libros, tiesa y rubia, con -un perfil anticuado de medalla usada, dejó su crochet al lado de su -taza de té, acarició con un gesto dulce sus dos bandos rubios, escribió -correctamente mi nombre, con el dedo meñique erecto, haciendo rebrillar -un diamante, y ya me encaminaba hacia la amplia escalera, cuando la -figura magra y fatal se dobló en un ángulo, murmurándome en un inglés -silabeado: - ---Ya está servido el desayuno de las siete... - -Yo no quería el desayuno de las siete, y me fui a dormir. - -Más tarde, ya reposado, fresco del baño, cuando descendí al restorán -para el _lunch_, a seguida eché de ver, plantado melancólicamente al -pie de la ancha ventana, al individuo flaco y triste. La sala estaba -desierta, con una luz parda; las chimeneas bramaban; del lado de fuera -de los ventanales, en el silencio de domingo, en las calles mudas, -la nieve caía sin cesar de un cielo amarillento y empañado. Yo veía -apenas la espalda del hombre; mas advertíase en su línea magra y un -poco doblada una expresión tan evidente de desaliento, que me interesé -por aquella figura. El cabello largo, de tenor, caído sobre el cuello -del frac, era, manifiestamente, de un meridional, y toda su flacura -friolenta se encogía ante el aspecto de aquellos tejados cubiertos de -nieve, en la sensación de aquel silencio lívido... Le llamé. Cuando se -volvió, su fisonomía, que apenas entreviera la víspera, impresionome: -era una cara larga y triste, muy morena, de nariz judaica, y una barba -corta y rizada, una barba de Cristo en estampa romántica; la cabeza era -de estas que, en buena literatura, se llama, creo yo, _frente_; era -larga y lustrosa. Tenía el mirar hundido y vago, con una indecisión de -sueño nadando en un fluido enternecido... ¡Y qué magrez! Andando, el -calzón corto torcíase en torno de la canilla, como arrugas de bandera -alrededor del asta; el frac tenía dobleces de amplia túnica; los dos -faldones, agudos y largos, eran desgraciadamente grotescos. Recibió la -orden de mi almuerzo sin mirarme, con un tedio resignado; arrastrose -hasta el _comptoir_ en donde el _maître d’hôtel_ leía la _Biblia_, se -pasó la mano por la cabeza con un gesto errante y doliente, y díjole -con una voz sorda: - ---Número 307. Dos chuletas. Té... - -El _maître d’hôtel_ alargó la _Biblia_, inscribió el menú, y yo me -acomodé en la mesa y abrí el volumen de Tennyson que trajera para -almorzar conmigo --porque creo que les dije que era domingo, día sin -periódicos y sin pan fresco. Afuera continuaba nevando sobre la ciudad -muda. En una mesa distante, un viejo color de ladrillo, y de cabello y -de barbas blancas, que acababa de almorzar, dormitaba, con las manos -descansando en el vientre, la boca abierta, y unas gafas en lo más -avanzado de la nariz. El único rumor que venía de la calle era una -voz gimiente que la nieve sofocaba más, una voz mendicante que en la -esquina contigua garganteaba un salmo... Un domingo de Londres. - -El magro fue quien me trajo el almuerzo: apenas se aproximó, comprendí -en seguida que aquel volumen de Tennyson en mis manos, le había -interesado e impresionado; fue un mirar rápido, golosamente pasado -por la página abierta, un estremecimiento casi imperceptible, emoción -fugitiva de cierto, porque después de haber dejado el servicio, giró -sobre los tacones y fue a plantarse, melancólicamente, junto a la -ventana, con los ojos tristes, perdidos en la nieve triste. Yo atribuí -aquel movimiento curioso al esplendor de la encuadernación del volumen, -que eran _Los Idilios del Rey_, en marroquín negro, con el escudo de -armas de Lançarote del Lago, el pelícano de oro sobre un mar de sinople. - -A la noche partí en el expreso para Escocia, y aún no había pasado -York, adormecido en su gravedad episcopal, cuando ya me olvidara del -criado novelesco del restorán de Charing-Cross: mas de allí a un mes, -al volver a Londres, entrando en el restorán, y reviendo aquella figura -lenta y fatal atravesar con un plato de _roast-beef_ en una de las -manos y en la otra un _pudding_ de batata, sentí renacer el antiguo -interés. Y en esa misma noche, tuve la singular felicidad de saber su -nombre y de entrever un fragmento de su pasado. Era ya tarde, y yo -volvía de _Covent-Garden_, cuando en el _hall_ del hotel encontré, -majestuoso y próspero, a mi amigo Bracolletti. - -¿No conocen a Bracolletti? Su presencia es formidable; tiene la -amplitud panzuda, la densa barba negra, la lentitud, el ceremonial -de un pachá gordo; mas esta poderosa gravedad turca está amenizada -en Bracolletti, por la sonrisa y por el mirar. ¡Qué mirar! Un mirar -dulce, que me hace recordar el de los animales de la Siria: es el -mismo enternecimiento. Parece errar en su fluido suave la religiosidad -afable de las razas que dan los Mesías... ¡Y la sonrisa! La sonrisa de -Bracolletti es la más completa, la más perfecta, la más rica de las -expresiones humanas; hay finura, inocencia, bondad, abandono, dulce -ironía, persuasión en aquellos dos labios que se abren y dejan brillar -un esmalte de dientes de virgen... ¡Ah, pero también esta sonrisa en la -fortuna de Bracolletti! - -Moralmente, Bracolletti es un hábil. Nació en Esmirna, de padres -griegos; es todo lo que revela; por lo demás, cuando se le pregunta por -su pasado, el buen griego bambolea un momento la cabeza, esconde bajo -los párpados cerrados con inocencia sus ojos mahometanos, desabrocha la -sonrisa de una dulzura capaz de tentar a las abejas, y murmura, como -anegado en bondad y en enternecimiento: - ---_¡Eh! ¡mon Dieu!... ¡Eh! ¡mon Dieu!..._ - -Nada más. Parece, sin embargo, que viajó, porque conoce el Perú, la -Crimea, el Cabo de Buena Esperanza, los países exóticos, tan bien como -_Regent-Street_: mas es evidente para todos que su existencia no fue -tejida como la de los vulgares aventureros de Levante, de oro y estopa, -de esplendores y mezquindades; es un gordo, y, por tanto, un prudente: -su magnífico solitario nunca dejó de brillarle en el dedo: ningún -frío le sorprendió jamás sin un abrigo de pieles de dos mil francos; y -ni una sola semana deja de ganar, en el _Fraternal Club_, del cual es -miembro querido, sus diez libras al whist. Es un fuerte. - -Tiene una debilidad. Es singularmente goloso de niñitas de doce a -catorce años: le gustan flacuchas, muy rubias y que hablen mal. -Colecciónalas como pajaritos en jaula, metiéndoles la papilla en el -pico, oyéndolas parlotear todo baboso, animándolas a que le roben los -_shillings_ del bolsillo, gozando el desenvolvimiento de los vicios en -aquellas flores, poniéndoles al alcance las botellas de _gin_ para que -los angelitos se emborrachen; y cuando alguna, excitada por el alcohol, -con el cabello al aire y el rostro encendido, le injuria, le arranca -los pelos, babea obscenidades, el buen Bracolletti, hundido en el sofá, -con las manos beatíficamente cruzadas sobre la panza, el mirar ahogado -en éxtasis, murmura en su italiano de la costa siria: - ---¡_Piccolina_! ¡_Gentilleta_! - ---¡Querido Bracolletti! - -Realmente le abracé con placer, en esa noche, en Charing-Cross; y como -no nos veíamos desde hacía tiempo, fuimos a cenar juntos al restorán. -Allí estaba el criado triste, en su _comptoir_, curvado sobre el -_Journal des Débats_. Apenas apareció Bracolletti con su majestad -de obeso, el hombre le extendió silenciosamente la mano: fue un -_shake-hands_ solemne, enternecido y sincero. - -¡Santo Dios, eran amigos! Arrastré a Bracolletti hasta el fondo de la -sala, y vibrando de curiosidad, le interrogué con avidez. Quería, lo -primero, el nombre del hombre. - ---Llámase Korriscosso --díjome Bracolletti, grave. - -Luego quise saber su historia. Pero Bracolletti, como los dioses de -Ática, que en sus embarazos recogíanse a sus nubes, él también se -refugió en su vaga reticencia. - ---_¡Eh, mon Dieu! ¡Eh, mon Dieu!..._ - ---No, no, Bracolletti. Veamos. Quiero saber la historia... Aquella faz -fatal y byroniana debe tener una historia... - -Entonces Bracolletti tomó todo el aire cándido que le permiten su -panza y sus barbas, y me confesó, dejando caer las palabras a gotas, -que entrambos habían viajado juntos en Bulgaria y en Montenegro... -Korriscosso fue su secretario... Buena letra... Tiempos difíciles... -_¡Eh, mon Dieu!..._ - ---¿De dónde es? - -Bracolletti respondió sin vacilar, bajando la voz, con un gesto lleno -de desconsideración: - ---Es un griego de Atenas. - -Todo mi interés sumiose como el agua que la arena absorbe. Cuando se -ha viajado por Oriente, con escalas en Levante, adquiérese fácilmente -el hábito, tal vez injusto, de sospechar del griego: ante los primeros -que se ven, sobre todo teniendo una educación universitaria y clásica, -se enciende un poco el entusiasmo, piénsase en Alcibiades y en -Platón, en las glorias de una raza estética y libre, y perfílanse -en la imaginación las líneas augustas del Partenón. Pero después de -haberlos frecuentado en las mesas redondas y en las cubiertas de las -_Messageries_, y principalmente, luego de haber escuchado la leyenda -de bellaquería que han ido dejando desde Esmirna hasta Túnez, los -demás que se tropiezan, provocan apenas estos movimientos: abotonar -rápidamente la chaqueta, cruzar con todas las fuerzas los brazos -sobre la cadena del reloj, y aguzar el intelecto para rechazar la -_escroquerie_. La causa de esta funesta reputación es que la gente -griega que emigra para las escalas de Levante, es una plebe torpe, -parte pirata y parte servil, bando de rapiña astuto y perverso. De que -supe que Korriscosso era griego, me acordé a seguida que, en mi última -estancia en Charing-Cross, me desapareciera del cuarto mi bello volumen -de Tennyson, y recordé el mirar de gula y de rapiña que Korriscosso -clavaba en él... ¡Era un bandido! - -Mientras cenamos, no se habló nada de Korriscosso. Servíanos otro -criado rubio, honesto y sano. El lúgubre Korriscosso no se movió del -_comptoir_, abismado en el _Journal des Débats_. - -Yendo de retirada a mi cuarto, en esa misma noche, me perdí... El -hotel estaba atestado, y a mí me habían dado acomodo en aquellos -altos de Charing-Cross, una complicación de corredores, escaleras, -rincones, ángulos, en donde es casi necesario derrotero y brújula. -Con el candelero en la mano, penetré en un pasadizo por el cual -corría una bocanada de aire tibio de callejuela mal aireada. Allí las -puertas no tenían números; unos pequeños cartones pegados, en los que -se hallaban nombres inscritos: _John Smith_, _Charlie_, _Willie_... -Eran evidentemente las habitaciones de los criados. De una puerta -abierta, salía la claridad de un mechero de gas: me adelanté, y vi a -Korriscosso, de frac todavía, sentado ante una mesa llena de papeles, -con la cabeza descansando sobre la mano, escribiendo: - ---¿Me puede indicar el camino para el 508? --balbucí. - -Volviose para mí, con un mirar atontado; parecía resurgir de muy lejos, -de otro universo; restregábase los párpados, repitiendo: - ---¿Quinientos ocho? ¿Quinientos ocho? - -¡Entonces fue cuando avisté sobre la mesa, entre papeles, cuellos -sucios y un rosario, mi volumen de Tennyson! El bandido vio también mi -mirada, y acusose a seguida con un enrojecimiento que le inundó la faz -chupada; mi primer movimiento fue el de no reconocer el libro; y como -era un movimiento bueno, obedeciendo de contado a la moral superior -del maestro Talleyrand, lo reprimí, y apuntando al volumen con un dedo -severo, un dedo de Providencia irritada, díjele: - ---Es mi Tennyson... - -No sé qué respuesta tartamudeó, porque yo, apiadado, poseído también -del interés que me daba aquella figura picaresca de griego sentimental, -añadí en un tono reparado de perdón y de justificación: - ---¡Gran poeta! ¿verdad? ¿Qué le pareció? Estoy seguro que le -entusiasmó... - -Korriscosso se abochornó más; y no era, sin embargo, el despecho -humillado de salteador sorprendido lo que delataba, sino la vergüenza -de ver su inteligencia y su gusto poético adivinados, y de tener puesto -el frac usado de criado de restorán. No respondió; mas las páginas del -volumen que yo abrí, respondieron por él: la blancura de las márgenes -desaparecía bajo una red de comentarios escritos con lápiz: _¡Sublime! -¡Grandioso! ¡Divino!_ palabras anotadas con una letra convulsiva, con -un temblor de mano agitada por una sensibilidad vibrante. - -En tanto, Korriscosso permanecía en pie, respetuoso, culpado, con la -cabeza baja y el lazo de la corbata blanca huyendo hacia la nuca. -¡Pobre Korriscosso! Compadecime de aquella actitud, revelando todo -un pasado sin suerte, tantas tristezas de dependencia... Recordé que -nada impresiona tanto a hombre de Levante como un gesto de drama y de -teatro: le extendí las dos manos en un movimiento a la manera de Talma, -y le dije: - ---Yo también soy poeta... - -Esta frase extraordinaria parecería grotesca e imprudente a un hombre -del Norte; el levantino vio al punto en ella la expansión de un alma -hermana. Porque, ¿no os lo dije?; lo que Korriscosso estaba escribiendo -en una hoja de papel eran estrofas, era una oda. - -Al cabo de unos minutos, con la puerta cerrada, Korriscosso contábame -su historia, o más bien, fragmentos, anécdotas deshermanadas de su -biografía. Es tan triste, que la condenso. De otra parte, había en su -narración lagunas de años; y yo no puedo reconstituir con lógica y -seguimiento la historia de este sentimental. Todo es vago y sospechoso. -Efectivamente, nació en Atenas; parece que su padre era cargador en -el Pireo. A los diez y ocho años Korriscosso servía de criado a un -médico, y en los intervalos del servicio frecuentaba la Universidad de -Atenas: estas cosas son corrientes _là-bas_, como él decía. Licenciose -en leyes; esto le habilitó más tarde, en tiempos difíciles, para ser -intérprete de hotel. De esa época datan sus primeras elegías en un -semanario lírico intitulado _Ecos del Ática_. La literatura condújole -directamente a la política y a las ambiciones parlamentarias. Una -pasión, una crisis patética, un mando brutal, amenazas de muerte, -fuérzanle a expatriarse. Viajó por Bulgaria, fue en Salónica empleado -en una sucursal del _Banco Otomano_, remitió endechas dolorosas a un -periódico de la provincia, _La Trompeta de Argólida_. Aquí hay una de -esas lagunas, un agujero negro en su historia. Reaparece en Atenas, con -ropa nueva, liberal y diputado. - -Este período de gloria fue breve, mas suficiente para ponerle en -evidencia; su palabra colorida, poética, recamada de imágenes -ingeniosas y brillantes, encantó a Atenas; tenía el secreto de hacer -florecer, como él decía, los terrenos más áridos; de una discusión -acerca del impuesto o de los caminos públicos, hacía saltar églogas de -Teócrito. En Atenas, esta clase de talento lleva al poder: Korriscosso -estaba indicado para dirigir una alta administración del Estado; y -entonces sucedió que el ministerio, y con él la mayoría, de la cual -Korriscosso era el tenor querido, cayeron, sumiéronse, sin lógica -constitucional, en uno de esos súbitos derrumbamientos políticos tan -comunes en Grecia, en que los Gobiernos se vienen a tierra, como las -casas en Atenas, sin motivo. Falta de base, decrepitud de materiales -y de individualidades... Todo tiende hacia el polvo en un suelo de -ruinas... Nueva laguna, nuevo chapuzón oscuro en la historia de -Korriscosso... - -Vuelta a la superficie, miembro de un club republicano de Atenas. -Pide en un periódico la emancipación de Polonia, y que se gobierne a -Grecia por un concilio de genios. Entonces publica sus _Suspiros de -Tracia_. Tiene otra novela de corazón... En fin, y esto me lo dijo -sin explicaciones, se le obliga a refugiarse en Inglaterra. Luego -de ensayar en Londres varias posiciones, colócase en el restorán de -Charing-Cross. - ---Es un puerto de abrigo --le dije estrechándole la mano. - -Sonrió con amargura. De cierto, un puerto de abrigo y ventajoso. Y -bien alimentado; las propinas son razonables; tiene un viejo colchón -de muelles, mas las delicadezas de su alma a cada momento hiérenselas -dolorosamente. - -¡Días atribulados, días crucificados los de aquel poeta lírico, forzado -a distribuir en una sala a burgueses ordenados y glotones chuletas -y vasos de cerveza! No es la dependencia lo que le aflige; su alma -de griego no es particularmente ávida de libertad: bástale que el -patrón sea cortés. Como él mismo me dijo, le es grato reconocer que -los clientes de Charing-Cross nunca le piden la mostaza o el queso -sin decir _if you please_; y cuando salen, al enfrentarse con él, -llévanse dos dedos al ala del sombrero; esto satisface la dignidad de -Korriscosso. - -Lo que más le tortura es el contacto constante con el alimento. ¡Si -por lo menos fuese tenedor de libros de un banquero, primer dependiente -de un almacén de sedas!... En eso hay una sombra de poesía --los -millones que se revuelven, las flotas mercantes, la fuerza brutal del -oro; o disponer ricamente los bordados, los cortes de seda, hacer -correr la luz en las ondulaciones del _moiré_, dar al terciopelo las -molicies de la línea y de la arruga... Pero en un restorán, ¿cómo -se puede ejercer el gusto, la originalidad artística, el instinto -del color, del efecto, del drama, partiendo trozos de _roast-beef_ o -de jamón de York?... Luego que, como él dijo, dar de comer, proveer -alimentos, es servir exclusivamente a la barriga, a las tripas, la baja -necesidad material; en el restorán, el vientre es Dios; el alma queda -fuera, como el sombrero que se cuelga en la percha o a la manera del -paquete de periódicos que se dejó en el bolsillo del abrigo. - -¡Y las convivencias, y la falta de conversación! ¡Nunca se volvieron -hacia él sino para pedirle salchichón o sardinas de Nantes! Nunca -poder abrir sus labios, de los cuales pendía el parlamento de Atenas, -sino para preguntar: «¿Más pan? ¿más carne?» Esta privación de -elocuencia érale dolorosa. - -El servicio, además, impedíale el trabajo. Korriscosso compone de -memoria: cuatro paseos por el cuarto, un tirón al cabello, y le sale -la oda armoniosa y dulce... mas la interrupción glotona de la voz del -cliente pidiendo nutrición, es fatal para esta manera de trabajar. -A las veces, arrimado a una ventana, con la servilleta en el brazo, -Korriscosso está haciendo una elegía: es todo lunar, ropajes blancos -de vírgenes pálidas, horizontes celestes, flores de alma dolorida... Es -feliz; se ha remontado a los cielos poéticos, a las planicies azuladas -en donde los sueños acampan, galopando de estrella en estrella... De -improviso, una gruesa voz hambrienta brama desde un rincón: - ---¡Bistec con patatas! - -¡Ay, las aladas fantasías baten el vuelo como palomas despavoridas! Y -allí va el infeliz Korriscosso precipitado de las cumbres ideales, con -los hombros doblados y las faldas del frac balanceando, a preguntar con -la sonrisa lívida: - ---¿Pasado o medio crudo? - -¡Ah, es un amargo destino! - ---¿Y por qué no deja este cubil, este templo del vientre? --le pregunté. - -Abatió su bella cabeza de poeta, y díjome la razón que le prende; me -la dijo casi llorando en mis brazos, con el nudo de la corbata en el -cuello: Korriscosso ama. - -Ama a una Fanny, criada de todo el servicio en Charing-Cross. Ámala -desde el primer día en que entró en el hotel; la amó en el momento -de verla lavando las escaleras de piedra, con los brazos rollizos -desnudos, y los cabellos rubios, de este rubio que entontece a los -meridionales; cabellos ricos, de un tono de cobre, de un tono de oro -mate, torciéndose en una trenza de diosa. Y luego el matiz del rostro, -una _carnation_ de inglesa de Yorkshire, leche y rosas... - -¡Lo que ha sufrido Korriscosso! ¡Todo su dolor exhálase en odas que -pone en limpio el domingo, día de reposo y día del Señor! Me las -leyó. ¡Y yo vi en ellas de qué manera puede perturbar la pasión a un -ser nervioso; qué ferocidad de lenguaje, qué lances de desesperación, -qué gritos de alma dilacerada arrojados desde allí, de aquellos altos -de Charing-Cross, hacia la mudez del cielo gris! Es que Korriscosso -tiene celos. La desgraciada Fanny ignora aquel poeta a su lado, -aquel delicado, aquel sentimental, y ama a un _policeman_. Ama a un -_policeman_, un coloso, una montaña de carne erizada de una selva de -barbas, con el pecho como el flanco de un acorazado, con piernas como -fortalezas normandas. Este Polifemo, como le llama Korriscosso, hace -ordinariamente el servicio en el Strand, y la pobre Fanny pasa todo el -día acechándole desde los altos de Charing-Cross. - -Sus economías las gasta en cuartillos de _gin_, de _brandy_, de -ginebra, que a la noche le lleva en frasquitos debajo del delantal; -le mantiene fiel por el alcohol; el monstruo, plantado enormemente -en una esquina, recibe en silencio el frasco, vacíalo de un trago en -las fauces tenebrosas, eructa, pasa la mano peluda por la barba de -hércules, y sigue taciturnamente sin un _gracias_, sin un _te amo_, -batiendo el enlosado con la bastedad de sus suelas sonoras. La pobre -Fanny babea de admiración... Tal vez en este instante, en la otra -esquina, el magro Korriscosso, figurando en la neblina el delgado -relieve de un poste telegráfico, solloce con la cara magra entre las -manos transparentes. - -¡Pobre Korriscosso! ¡Si por lo menos la pudiese conmover!... ¡Pero -qué! Despréciale el cuerpo de tísico triste, y el alma no se la -comprende... No es que Fanny sea inaccesible a sentimientos ardientes, -expresados en estilo melodioso. Pero Korriscosso solo puede escribir -sus elegías en su lengua materna... Y Fanny no comprende griego... ¡Y -Korriscosso es un grande hombre, pero solo en griego! - -Cuando tomé la vuelta de mi cuarto, quedaba sollozando sobre el catre. -Le he visto otras veces, al pasar por Londres. Está más magro, más -fatal, más consumido por los celos, más curvado cuando se mueve por el -restorán con la fuente de _roast-beef_, más exaltado en su lirismo... -Siempre que me sirve le doy un _shilling_ de propina, y luego, al -marcharme, le aprieto sinceramente la mano. - - - - -[Ilustración] - -EN EL MOLINO - - -Doña María de la Piedad era considerada en toda la villa como «una -señora modelo». El viejo Nunes, administrador del correo, siempre que -se hablaba de ella, decía, acariciando con autoridad los cuatro pelos -de la calva: - ---¡Es una santa! ¡Es lo que es! - -La villa tenía casi orgullo de su belleza delicada y distinta; era -una rubia, de perfil fino, piel ebúrnea y ojos oscuros de un tono de -violeta, al que las largas pestañas oscurecían más el brillo sombrío -y dulce. Vivía al fin de la carretera, en una casa azul de tres -fachadas; y era, para la gente que a las tardes iba de paseo al molino, -un encanto siempre nuevo verla por detrás de la vidriera, entre las -cortinas, curvada sobre su costura, vestida de negro, recogida y seria. -Salía pocas veces. El marido, más viejo que ella, era un inválido, -que se pasaba la vida en la cama, inutilizado por una enfermedad de -la espina dorsal; hacía años que no descendía a la calle; veíanlo a -las veces también a la ventana mustio y renco, agarrado al bastón, -encogido en la _robe-de-chambre_, con una faz macilenta, la barba -descuidada y con un gorrito de seda enterrado melancólicamente hasta -la nuca. Los hijos, dos niñitas y un rapaz, eran también enfermos y -crecían poco a poco y con dificultad, llenos de tumores en las orejas, -llorones y tristes. Interiormente, la casa parecía lúgubre. Andábase en -puntillas, porque el señor, en la excitación nerviosa que le daban los -insomnios, irritábase con el menor rumor; había sobre las cómodas algún -frasco de la botica, alguna escudilla con harina de linaza; las mismas -flores con que ella, en su arreglo y en su gusto de frescura, adornaba -las mesas, mustiábanse en seguida en aquel aire sofocado de fiebre, -nunca renovado por causa de las corrientes de aire; y daba una inmensa -tristeza el ver siempre a alguno de los pequeños, o con un emplasto -sobre la oreja, o en un rincón del sofá, arrebujado en cobertores, con -una amarillez de hospital. - -Desde los veinte años, María de la Piedad vivía así. Hasta de soltera, -en casa de los padres, había sido triste su existencia. La madre era -una criatura desagradable y aceda; el padre, metido en tabernas y salas -de juego, ya viejo, siempre borracho, los días que aparecía en casa -pasábalos en la cocina, en un silencio sombrío, fumando y salivando -sobre las cenizas. Todas las semanas aporreaba a la mujer. Así que -cuando Juan Coutinho pidió a María, ella, a pesar de saber que estaba -enfermo ya, aceptó sin vacilación, casi con reconocimiento, para salvar -a la casa arruinada de un embargo, no oír más los gritos de la madre, -que la hacían temblar, rezar, arriba, en su cuarto, donde la lluvia -entraba por el tejado. - -No amaba al marido, claro; y en la villa lamentábase que aquel lindo -rostro de Virgen María, aquella figura de hada, fuese a pertenecer a -Juanito Coutinho, que desde rapaz fuera siempre baldado. Coutinho, por -muerte del padre, quedara rico; y ella, acostumbrada por fin a aquel -marido regañón, que pasaba el día arrastrándose sombríamente de la -sala a la alcoba, habríase resignado, en su naturaleza de enfermera -y de consoladora, si los hijos, por lo menos, hubieran nacido sanos -y robustos. Mas aquella familia, que ya venía con la sangre viciada, -aquellas existencias vacilantes, que después parecían pudrírseles en -las manos, a pesar de sus inquietos cuidados, apesadumbrábanla. A las -veces, sola ante la costura, corríanle lágrimas por la cara; una -fatiga de vivir invadíala como una neblina que le oscureciera el alma. - -Mas si el marido de dentro llamaba desesperado, o uno de los pequeños -lloriqueaba, limpiábase los ojos y aparecía con su linda faz tranquila, -y con alguna palabra consoladora, componiendo la almohada a uno, yendo -a animar al otro, feliz en ser buena. Toda su ambición consistía en -ver su pequeño mundo bien tratado y bien acariciado. Desde que se -casó, nunca había tenido una curiosidad, un deseo, un capricho; nada -le interesaba en el mundo sino las horas de las medicinas y el sueño -de sus enfermos. Todo esfuerzo le era fácil cuando se trataba de -contentarles; a pesar de flaca, paseaba horas enteras llevando en -el cuello al pequeñín, que era el más impertinente, con las heridas -que hacían de sus pobres labiecillos una costra oscura; durante los -insomnios del marido tampoco dormía; los pasaba sentada al pie de la -cama, hablando, leyéndole vidas de santos, porque el pobre baldado -iba cayendo en devoción. De mañana estaba un poco más pálida, pero -correcta en su vestido negro, fresca, con las trenzas lustrosas, -poniéndose bonita para ir a dar las sopas de leche a los pequeñines. -Su única distracción era, a la tarde, sentarse a la ventana con su -costura, teniendo a los chiquillos en torno, aniñados en el suelo, -jugando tristemente. El paisaje que veía desde la ventana era tan -monótono como su vida; debajo, la carretera; después, una ondulación -de campos, una tierra flaca, plantada aquí y acullá de olivos, e -irguiéndose al fondo una colina triste y desnuda, sin una casa, un -árbol, una columna de humo de una chimenea que pusiese en aquella -soledad de terreno pobre una nota humana y viva. Viéndola así tan -resignada y tan sujeta, algunas señoras de la villa afirmaban que era -beata; pero nadie la había visto en la iglesia, a no ser el domingo, -con el chico mayor por la mano, todo pálido en su vestido de terciopelo -azul. Su devoción, en efecto, limitábase a esta misa todas las semanas. -Ocupábala mucho su casa para dejarse invadir por las preocupaciones del -cielo; en aquel deber de buena madre, cumplido con amor, hallaba una -satisfacción suficiente a su sensibilidad; no necesitaba adorar santos -o enternecerse con Jesús. Pensaba instintivamente que toda afección -excesiva dedicada al Padre del Cielo, sería una disminución cruel en -su cuidado de enfermera; su manera de rezar era velar a los hijos; y -aquel pobre marido clavado en una cama, dependiendo de ella, teniéndole -solo a ella, parecíale con más derecho a su favor que el otro, clavado -en una cruz, que tenía toda una humanidad pronta para amarle. Además, -nunca tuviera estos sentimentalismos de alma triste que llevan a la -devoción. El largo hábito de dirigir una casa de enfermos, de ser ella -el centro, la fuerza, el amparo de aquellos inválidos, hiciéronla -tierna, pero práctica; y por esta razón era ella la que administraba -ahora la casa del marido con un buen sentido que la afección dirigía -y una solicitud de madre prevenida. Tales ocupaciones bastaban para -entretenerle el día; el marido, de otra parte, detestaba las visitas, -el aspecto de las caras saludables, las conmiseraciones de ceremonia; -pasábanse meses sin que en casa de María de la Piedad se oyese otra voz -extraña a la familia, a no ser la del doctor Abilio --que la adoraba, y -que decía de ella con los ojos espantados: - ---¡Es un hada! ¡Es un hada!... - - * * * * * - -Grande fue la excitación en la casa, cuando Juan Coutinho recibió -una carta de su primo Adrián, anunciándole que en dos o tres semanas -iba a llegar a la villa. Adrián era un hombre célebre, y el marido -de María de la Piedad tenía en aquel pariente un orgullo enfático. -Suscribiérase a un periódico de Lisboa, solo para ver su nombre en -las noticias locales y en la crítica. Adrián era novelista; su último -libro, _Magdalena_, un estudio de mujer, de un análisis delicado y -sutil, consagráralo como un maestro. Su fama, que llegara hasta la -villa, en una confusión de leyenda, presentábale como una personalidad -interesante, un héroe de Lisboa, amado de las aristócratas, impetuoso y -brillante, destinado a una alta situación en el Estado. Mas realmente -en la villa habíase hecho, sobre todo, notable por ser primo de Juan -Coutinho. - -Doña María de la Piedad quedó aterrada con el anuncio de esta -visita. Veía ya su casa en confusión con la presencia del huésped -extraordinario. Después la necesidad de hacer más _toilette_, de -alterar la hora de comer, de conversar con un literato y ¡tantos otros -esfuerzos crueles!... La invasión brusca de aquel mundano con sus -maletas, el humo de su cigarro, su alegría de sano, en la paz triste de -su hospital, dábale la impresión pavorosa de una profanación. De modo -que para ella fue un alivio, casi un reconocimiento, que Adrián, al -llegar, muy simplemente se instalase en la antigua hospedería del tío -Andrés, al otro extremo de la villa. Juan Coutinho escandalizose; tenía -ya el cuarto del huésped preparado, con sábanas de encaje, una colcha -de damasco, plata sobre la cómoda, y queríalo todo para él, para el -primo, el hombre célebre, el grande autor... Adrián negose. - ---Yo tengo mis hábitos, ustedes tienen los suyos... No nos contrariemos -¿eh?... Lo que hago es venir a comer aquí. Ni estoy mal tampoco en casa -del tío Andrés... Desde la ventana veo un molino y una represa, que son -un cuadrito delicioso. Y quedamos tan amigos, ¿no es verdad? - -María de la Piedad mirábale asombrada; ¡aquel héroe, aquel fascinador -por quien lloraban las mujeres, aquel poeta que los periódicos -glorificaban, era un hombre extremamente simple, mucho menos -complicado, menos espectacular que el hijo del cobrador! No era hermoso -siquiera. Con el sombrero blanco echado sobre una faz llena y barbuda, -la levita de franela cayendo a lo largo de un cuerpo robusto y pequeño, -sus zapatos enormes, parecíale uno de esos cazadores de aldea que, -a las veces, encontraba, cuando de mes para mes iba a visitar las -propiedades del otro lado del río. Además de eso, no hacía frases; la -primera vez que vino a comer habló apenas, con grande naturalidad, de -sus negocios. Viniera por ellos. La única tierra que no estaba devorada -o abominablemente hipotecada, de lo que le correspondiera de la fortuna -de su padre, era la Curgosa, una hacienda cerca de la villa, que -estaba muy mal arrendada... Deseaba venderla. ¡Mas eso parecíale a él -tan difícil, como hacer la _Iliada_!... Sinceramente lamentaba ver al -primo allí, inútil sobre la cama, sin poderle ayudar en esos pasos que -era menester dar con los compradores. Así que tuvo una grande alegría -cuando Juan Coutinho le declaró que su mujer era una administradora de -primer orden, y hábil en estas cuestiones, como un antiguo rábula. - ---Ella va contigo a ver la hacienda, habla con Telles, y arréglate todo -eso... Y en cuestión de precio, déjala a ella... - ---¡Qué superioridad, prima! --exclamó Adrián maravillado--. ¡Un ángel -que entiende de cifras! - -Por primera vez en su vida, enrojeció María de la Piedad con la palabra -de un hombre. Prestose en seguida a ser la procuradora del primo... - -Al otro día fueron a ver la hacienda. Como estaba cerca, y era un día -de marzo fresco y claro, partieron a pie. Intimidada al principio por -aquella compañía de un león, la pobre señora caminaba junto a él con -el aire de un pájaro asustado; porque, a pesar de ser tan sencillo, -había en su figura, enérgica y musculosa, en el timbre duro de su voz, -en sus ojos pequeños y lúcidos, alguna cosa de fuerte, de dominante, -que la embarazaba. Prendiérasele a la orla de su vestido un vástago -de zarza, y como él se inclinara para desprenderlo delicadamente, el -contacto de aquella mano blanca y fina de artista en el volante de su -saya, incomodola mucho. Apresuraba el paso para llegar pronto a la -hacienda, avivar el negocio con Telles, y retornar inmediatamente a -refugiarse, como en su elemento propio, en el aire sofocado y triste de -un hospital. Pero la carretera extendíase blanca y larga, bajo el sol -tibio, y la conversación de Adrián fuérala lentamente acostumbrando a -su presencia. El primo parecía desolado de la tristeza de aquella casa. -Diole algunos buenos consejos; lo que los pequeños necesitaban era -aire, sol, otra vida distinta de aquel sofocamiento de la alcoba... - -También ella lo juzgaba así; pero, ¿qué? El pobre Juan, siempre que -se le hablaba de ir a pasar una temporada a la quinta, afligíase -terriblemente; tenía horror a los grandes aires y a los grandes -horizontes; la fuerte naturaleza hacíale casi desmayarse; hiciérase un -ser artificial, oculto entre los cortinones de la cama... - -Compadeciola entonces. De seguro podría haber alguna satisfacción en un -deber tan santamente cumplido... Mas, en fin, ella debía tener momentos -en que desease algo más que aquellas cuatro paredes, impregnadas del -hálito de la enfermedad... - ---¿Qué he de desear más? --dijo ella. - -Callose Adrián; pareciole absurdo suponer que desease, por ejemplo, el -Chiado o el teatro de la Trinidad... Pensaba en otros apetitos, en las -ambiciones del corazón insatisfecho... Mas esto pareciole tan delicado, -tan grave de decir a aquella criatura virginal y seria, que habló del -paisaje. - ---¿Ya vio el molino? --preguntole ella. - ---Tengo ganas de verlo; si me lo quisieras ir a enseñar, prima. - ---Hoy es tarde. - -Combináronse para ir a visitar ese rincón de verdura, que era el idilio -de la villa. - -La larga plática con Telles, en la hacienda, creó una aproximación -mayor entre Adrián y María de la Piedad. Aquella venta, que había -discutido con una astucia de aldeana, ponía entre ellos como un interés -común. Al volver, hablábanse ya con menos reserva. Y es que había -en las maneras del primo una atracción que, a su pesar, la llevaba -a revelarse, a darle su confianza; nunca hablara tanto con nadie; -a nadie jamás dejara ver tanto de la melancolía oculta que erraba -constantemente en su alma. Por otra parte, sus quejas eran sobre el -mismo dolor: la tristeza de su vida, las enfermedades, tantos cuidados -graves... Y atraíale hacia él una simpatía, como un indefinido deseo de -tenerle siempre presente, desde que se hacía de tal manera depositario -de sus tristezas. - -Adrián volvió para su casa, impresionado, interesado por aquella -criatura tan triste y tan dulce, que se destacaba sobre el mundo de -mujeres que hasta allí había conocido, como un suave perfil de ángel -gótico entre fisonomías de mesa redonda. Concordaba todo en ella -deliciosamente: el oro del cabello, la dulzura de la voz, la modestia -en la melancolía, la casta línea, haciendo un ser delicado y distinto, -al cual ese mismo pequeño espíritu burgués, cierto fondo rústico de -aldeana y una leve vulgaridad de hábitos dábanle mayor encanto; era un -ángel que vivía en un villorrio grosero, atado por muchos lados a las -trivialidades del sitio; pero bastaría un soplo para hacerlo remontar -al cielo natural, a las puras cimas de la sentimentalidad... - -Hallaba absurdo e infame enamorar a la prima... Mas involuntariamente -pensaba en el delicioso placer de hacer latir aquel corazón, que no -estaba deformado por el corsé, y de poner al fin sus labios en un -rostro donde no hubiese polvos de arroz... Inducíale sobre todo el -pensar que podría recorrer todo Portugal, sin encontrar ni aquella -línea del cuerpo, ni aquella virginidad, distinta de alma adormecida... -Ocasión como aquella no volvería. - -El paseo al molino fue encantador. Era un rincón de la naturaleza, -digno de Corot, especialmente a la hora del medio día, en que ellos -habían ido, con la frescura del verdor, la sombra recogida de los -grandes árboles y toda suerte de murmurios de agua corriente, huyendo, -reluciendo entre los musgos y las piedras, elevando y esparciendo en -el aire el frío del follaje, del césped, por donde corrían cantando. -El molino hallábase en un hondo pintoresco, con su vieja edificación -de piedra secular, su rueda enorme, casi podrida, cubierta de hierbas, -inmóvil, sobre la helada limpidez del agua oscura. Adrián hallábalo -digno de una escena de novela, o mejor, de la morada de una hada. -María de la Piedad no decía nada, hallando extraordinaria aquella -admiración por el molino abandonado del tío Costa. Como ella venía un -poco cansada, sentáronse en una escalera de piedra descoyuntada, que -tenía sumergidos en el agua de la presa los últimos peldaños, y allí -permanecieron un momento callados, en el encanto de aquella frescura -murmuradora, oyendo a las aves piar en las ramas. Adrián veíala de -perfil, un poco curvada, agujereando con la punta de la sombrilla -las hierbas bravas que invadían la escalera. Estaba deliciosa así, -tan blanca, tan rubia, de una línea tan pura sobre el fondo azul del -aire; el sombrero era de mal gusto, el vestido anticuado, pero él -hasta hallaba en eso una picante ingenuidad. El silencio de los campos -aislábalos en derredor, e, insensiblemente, Adrián comenzó a hablarle -bajo. Compadecíala otra vez, por la melancolía de su existencia en -aquella triste villa, por su destino de enfermera... Escuchábale ella -con los ojos bajos, pasmada de verse allí, tan a solas con aquel hombre -tan robusto, toda recelosa y hallando un delicioso sabor a su recelo... -Hubo un momento en que él habló del encanto de quedar allí para -siempre, en la villa. - ---¿Quedar aquí? ¿Para qué? --preguntole sonriendo. - ---¿Para qué? Para esto, para estar siempre cerca de usted... - -Cubriose de rubor y se le escapó la sombrilla de las manos. Recelando -haberla ofendido, Adrián añadió luego, riendo: - ---¿Pues no sería delicioso?... Yo podía arrendar este molino, hacerme -molinero... Usted me daría su parroquia... - -Hízola reír; estaba más linda cuando reía; brillaba todo en ella: los -dientes, la piel, el color del cabello. Adrián continuó bromeando con -su plan de hacerse molinero y de ir por la carretera detrás de un -burro, cargado de sacos de harina. - ---Y yo vengo a ayudarle, primo --dijo, animada por su propia risa, por -la alegría de aquel hombre que tenía a su lado. - ---¿Viene? --exclamó él--. Júrole que me hago molinero. ¡Qué paraíso -los dos aquí, en el molino, ganando alegremente nuestra vida y oyendo -cantar a estos mirlos! - -Enrojeció otra vez María y retrocedió como si en efecto tratase ya de -arrebatarla para el molino. Mas Adrián ahora, inflamado por aquella -idea, pintábale con su palabra colorida una vida novelesca, de una -felicidad idílica, en aquel escondrijo de verdura. De mañana, a pie, -muy temprano, para el trabajo; después, el almuerzo, en el césped, a la -orilla del agua; y de noche, sus buenas charlas allí sentados, a la -claridad de las estrellas o bajo la sombra cálida de los negros cielos -de verano... - -Y de repente, sin que ella se resistiese, prendiola en los brazos y -besola sobre los labios, en un solo beso profundo e interminable. -María había quedado contra su pecho, blanca, como muerta; dos lágrimas -corríanle a lo largo de la faz. Tan dolorosa y flaca estaba, que Adrián -la soltó; alzose ella, cogió la sombrilla y quedó delante de él, con el -labio temblando: - ---Está mal hecho... está mal hecho... - -Él estaba también tan perturbado, que la dejó descender hacia el -camino; a poco, seguían entrambos, callados, hacia la villa. Ya en la -hospedería, pensó: - ---¡Fui un loco! - -Mas en el fondo sentíase contento de su generosidad. De noche fue a su -casa y encontrola con el pequeñín en el cuello, lavándole en agua de -malvas unas heridas que tenía en la pierna. Pareciole odioso entonces -distraer a aquella mujer de sus enfermos. Además, que un momento como -aquel del molino no volvería. Quedar allí, en aquel rincón odioso de -provincia, desmoralizando en frío a una buena madre, sería absurdo... -La venta de la finca estaba concluida. Por lo cual, apareció al día -siguiente, por la tarde, a decirle adiós; partía a la anochecida en -la diligencia. Encontrola en la sala ante la acostumbrada ventana, -con la chiquillada enferma, acurrucada contra sus sayas. Oyole decir -que partía sin que se le mudase el color, sin palpitarle el pecho... -Adrián hallole la palma de la mano tan fría como un mármol. Al salir -él, María de la Piedad quedó vuelta para la ventana, escondiendo la -cara de los pequeños, mirando abstractamente al paisaje que oscurecía, -cayéndole las lágrimas cuatro a cuatro sobre la costura... - -Amábalo. Desde los primeros días, su figura, resuelta y fuerte, sus -ojos lúcidos, toda la virilidad de su persona, habíansele apoderado -de la imaginación. No era su talento, ni su celebridad en Lisboa, ni -las mujeres que le habían amado lo que la encantaba; eso para ella -aparecíasele vago y poco comprensible; lo que la fascinaba era aquella -seriedad, aquel aire honrado y sano, aquella robustez de vida, aquella -voz tan grave y tan rica; adivinaba, más allá de su existencia ligada a -un inválido, otras posibles existencias, en las cuales no se ve siempre -delante de los ojos una capa flaca y moribunda, en que las noches no se -pasan esperando las horas de los remedios... Había sido como una ráfaga -de aire impregnado de todas las fuerzas vivas de la Naturaleza que -atravesara súbitamente su alcoba ahogada; respiráralo deliciosamente... -Habíale oído, además, hablar de aquel modo, mostrándose tan bueno, -tan serio, tan delicado; a la fuerza de su cuerpo, que admiraba, -juntábase ahora un corazón tierno, de una ternura varonil y fuerte, -para cautivarla... Invadiola este amor latente, apoderose de ella -una noche en que se le ofreció esta idea, esta visión: _¡Si fuese mi -marido!_ Estremeciose toda, apretó desesperadamente los brazos contra -el pecho, como confundiéndose con su imagen evocada, prendiéndose a -ella, refugiándose en su fuerza... Después, como le había dado aquel -beso en el molino. - -¡Y partiera! - - * * * * * - -Comenzó entonces para María de la Piedad una existencia de abandonada. -De repente, todo en torno de ella --la enfermedad del marido, achaques -de los hijos, tristezas de sus días, la costura-- le pareció lúgubre. -Sus deberes, ahora que no ponía en ellos el alma entera, éranle -pesados como fardos injustos. Represéntasele su vida como desgracia -excepcional; no se rebelaba aún; mas tenía de esos abatimientos, de -esas súbitas fatigas de todo su ser, en que caía sobre la silla, con -los brazos pendientes, murmurando: - ---¿Cuándo se acabará esto? - -Refugiábase entonces en aquel amor como en una compensación deliciosa. -Juzgándolo puro, todo del alma, dejábase penetrar de él y de su -lenta influencia. Adrián tornárase en su imaginación como un ser de -proporciones extraordinarias, todo lo que es fuerte y es bello y da -razón a la vida. No quiso que nada de lo que era de él o venía de él, -le fuese ajeno. Leyó todos sus libros, sobre todo, aquella _Magdalena_ -que también amara, y muriera de un abandono. Estas lecturas calmábanla, -dábanle como una vaga satisfacción al deseo. Llorando los dolores de -las heroínas de novela, parecía sentir alivio en los suyos. - -Lentamente esta necesidad de llenar la imaginación con estos -lances de amor, apoderose de ella. Un devorar constante de novelas -durante meses. Iba así creando en su espíritu un mundo artificial -e idealizado. Hacíasele odiosa la realidad, sobre todo bajo aquel -aspecto de su casa, donde encontraba siempre agarrado a sus sayas un -ser enfermo. Vinieron las primeras revueltas. Tornose impaciente y -áspera. No soportaba que la arrancasen a los episodios sentimentales de -su libro para ir a ayudar a volverse en la cama al marido y sentirle -el mal aliento. Llegaron a causarle asco las botellas de medicina, -los emplastos, las heridas de los pequeños que tenía que lavar. -Comenzó a leer versos. Pasaba horas sola, en un profundo mutismo, a la -ventana, teniendo bajo su mirar de virgen rubia toda la rebelión de -una apasionada. Creía en los amantes que escalan los balcones entre el -canto de los ruiseñores y quería ser amada así, poseída en el misterio -de una noche romántica. - -Poco a poco, su amor desprendiose de la imagen de Adrián, alargose, -extendiose a un ser vago que estaba hecho de todo lo que la encantara -en los héroes de novela: era un ente medio príncipe y medio facineroso, -que tenía, sobre todo, fuerza. Esto era lo que quería, lo que admiraba, -lo que ansiaba en las noches cálidas en que no podía dormir: dos brazos -fuertes como acero que la apretasen en un abrazo mortal; dos labios de -fuego que en un beso le chupasen el alma. Estaba histérica. - -A las veces, al pie del lecho del marido, viendo delante de ella a -aquel cuerpo de tísico, en una inmovilidad de tullido, sentía un odio -torpe, un deseo de apresurarle la muerte... - -Y, en medio de esta excitación mórbida del temperamento irritado, -acometíanla súbitas flaquezas; sustos de ave que posa, un grito al oír -batir una puerta; una palidez de desmayo en habiendo en la sala flores -muy olorosas... De noche, asfixiábase: abría la ventana; mas el cálido -aire, el tibio hálito de la tierra caliente del sol, henchíanla de un -intenso deseo, de una ansia voluptuosa cortada de visión de llanto. La -santa tornábase Venus. - -El romanticismo mórbido había penetrado tanto en ella, y desmoralizara -tan profundamente, que llegó el momento en que bastaría que un hombre -la tocase, para que a seguida se echara en sus brazos. Fue lo que -le sucedió con el primero que la enamoró, de ahí a dos años. Era el -practicante de la farmacia. - -Por causa de él, escandalizó toda la villa. Y ahora, deja la casa en -el mayor desorden, los hijos sucios, en harapos, sin comer hasta las -mil y quinientas; el marido, gimiendo, abandonado en su alcoba, toda -la trapallada de los emplastos por encima de las sillas, todo en un -torpe desamparo, para andar detrás del hombre, un tunante odioso, de -cara gordiflona, anteojo negro con gruesa cinta pasada por detrás de -la oreja y bonete de seda puesto coquetamente. Viene de noche a las -entrevistas con chinelas de orillo; huele a sudor: y pídele dinero -prestado, para sustentar a una Juana, obesa criatura, a quien llaman en -la villa _la bola de unto_. - - - - -[Ilustración] - -CIVILIZACIÓN - - -I - -Yo poseo preciosamente un amigo (su nombre es Jacinto), que nació en -un palacio, con cuarenta mil duros de renta en pingües tierras de pan, -aceite y ganado. - -Desde la infancia, durante la cual, su madre, señora gorda y crédula -de Tras-os-Montes, repartía, para retener las Hadas Benéficas, hinojo -y ámbar, Jacinto fue siempre más resistente y sano que un pino de las -dunas. Un lindo río, murmurador y transparente, con un lecho muy liso -de arena muy blanca, reflejando apenas pedazos lustrosos de un cielo -de verano o ramajes siempre verdes y de buen aroma, no ofrecería, a -aquel que lo descendiese en una barca llena de almohadas y de champagne -helado, más dulzuras y facilidades de lo que la vida ofrecía a mi -camarada Jacinto. No tuvo sarampión ni tuvo lombrices. Nunca padeció, -ni aun en la edad en que se leen Balzac y Musset, los tormentos de la -sensibilidad. En sus amistades fue siempre tan feliz como el clásico -Orestes. Del amor solo experimentara la miel --esa miel que el amor -invariablemente concede a quien lo practica, como las abejas, con -ligereza y movilidad--. Ambición, sintiera solamente la de comprender -bien las ideas generales, y la «punta de su intelecto» (como dice el -viejo cronista medioeval), no estaba aún roma ni herrumbrosa... y, sin -embargo, desde los veintiocho años, Jacinto ya se venía impregnando de -Schopenhauer, del Eclesiastés, de otros Pesimistas menores, y tres, -cuatro veces por día, bostezaba, con un bostezo hondo y lento, pasando -los dedos finos sobre la faz, como si en ella solo palpase palidez y -ruina. ¿Por qué? - -Era él, de todos los hombres que conocí, el más complejamente -civilizado --o antes aquel que se nutriera de la más vasta suma de -civilización material, ornamental e intelectual. En ese palacio ---(floridamente llamado el _Jazminero_), que su padre, también Jacinto, -construyera sobre una honesta casa del siglo XVII, solada de pino -y blanqueada de cal--, existía, creo yo, todo cuanto para bien del -espíritu o de la materia, los hombres han creado, a través de la -incertidumbre y del dolor, desde que abandonaran el valle feliz de -Septa-Sindu, la Tierra de las Aguas Fáciles, el dulce país Aryano. La -biblioteca --que en dos salas amplias y claras, como plazas, llenaba -las paredes, enteramente, desde las alfombras de Caranania hasta el -techo del cual, alternadamente, a través de cristales, el sol y la -electricidad vertían una luz estudiosa y calma-- contenía veinticinco -mil volúmenes, instalados en ébano, magníficamente revestidos de -marroquín escarlata. Solo sistemas filosóficos (y con justa prudencia, -para ahorrar espacio, el bibliotecario apenas coleccionara los que -irreconciliablemente se contradicen) había ¡mil ochocientos diez y -siete! - -Una tarde que yo deseaba copiar un dictamen de Adam Smith, recorrí, -buscando a este economista, a lo largo de los estantes, ¡ocho metros de -economía política! Así se hallaba formidablemente abastecido mi amigo -Jacinto de todas las obras esenciales de la inteligencia --y de la -estupidez. El único inconveniente de este monumental almacén del saber -era que todo aquel que allí penetraba, adormecíase inevitablemente, -por causa de las poltronas, que provistas de finas planchas móviles -para sustentar el libro, el cigarro, el lápiz de las notas, la taza de -café, ofrecían aún una combinación oscilante y flácida de almohadas, en -donde el cuerpo encontraba luego, para mal del espíritu, la dulzura, la -profundidad y la paz estirada de un lecho. - -Al fondo, y como un altar mayor, era el gabinete de trabajo de Jacinto. -Su sillón, grave y abacial, de cuero, con blasones, databa del siglo -XIV, y en torno de él pendían numerosos tubos acústicos que, sobre -los revestimientos de seda color de musgo y color de hiedra, parecían -serpientes adormecidas y suspensas en un viejo muro de quinta. Nunca -recuerdo sin asombro su mesa, recubierta toda de sagaces y sutiles -instrumentos para cortar papel, numerar páginas, pegar sellos, afilar -lápices, raspar enmiendas, imprimir fechas, derretir lacres, atar -documentos, coleccionar cuentas. Unos de níquel, otros de acero, -rebrillantes y fríos, todos eran de un manejo laborioso y lento: -algunos, con los muelles rígidos, las puntas vivas, cortaban y -herían: y en las largas hojas de papel Whatman en que él escribía, -y que costaban tres pesetas, yo, a las veces sorprendí gotas de -sangre de mi amigo. Pero todos los consideraba indispensables para -componer sus cartas (Jacinto no componía obras), así como los treinta -y cinco diccionarios, y los manuales, y las enciclopedias, y las -guías, llenando un estante aislado, fino, en forma de torre, que -silenciosamente giraba sobre su pedestal, y que yo denominara el -Farol. Lo que, a pesar de todo, más completamente imprimía a aquel -gabinete un portentoso carácter de civilización eran los grandes -aparatos facilitadores del pensamiento --la máquina de escribir, -los autocopistas, el telégrafo Morse, el fonógrafo, el teléfono, el -teatrófono, otros aún, todos con metales lúcidos, todos con largos -hilos. Constantemente sonidos cortos y secos vibraban en el aire tibio, -de aquel santuario. ¡Tic, tic, tic! ¡Dlín, dlín, dlín! ¡Crac, crac, -crac! ¡Trrre, trrre!... Era mi amigo comunicando. ¡Todos esos hilos -zambullíanse en fuerzas universales, transmitían fuerzas universales, -las cuales, no siempre, desgraciadamente, se conservaban domadas y -disciplinadas! Jacinto había recogido en el fonógrafo la voz del -consejero Pinto Porto, una voz oracular y rotunda, en el momento de -exclamar con respeto, con autoridad: - ---«_¡Maravillosa invención! ¿Quién no admirará los progresos de este -siglo?_» - -Pues en una dulce noche de San Juan, mi supercivilizado amigo, deseando -que unas señoras parientes de Pinto Porto (las amables Gouveias), -admirasen el fonógrafo, hizo romper de la bocina del aparato, que -parecía una trompa, la conocida voz rotunda y oracular: - ---_¿Quién no admirará los progresos de este siglo?_ - -Mas, inhábil o brusco, ciertamente desconcertó alguna rueda -vital --porque, de repente, el fonógrafo comienza a repetir, sin -descontinuación, interminablemente, con una sonoridad cada vez más -rotunda, la sentencia del consejero: - ---_¿Quién no admirará los progresos de este siglo?_ - -De balde, Jacinto, pálido, con los dedos trémulos, torturaba el -aparato. La exclamación recomenzaba, sonaba, oracular y majestuosa: - ---_¿Quién no admirará los progresos de este siglo?_ - -Enfadados, lo llevamos para una sala distante, pesadamente revestida de -tapices de Arraz. ¡En vano! La voz de Pinto Porto allí estaba, entre -los tapices de Arraz, implacable y rotunda: - ---_¿Quién no admirará los progresos de este siglo?_ - -Furiosos, enterramos una almohada en la boca del fonógrafo; tiramos por -encima mantas, cobertores espesos, para sofocar la voz abominable. ¡En -vano! Bajo la mordaza, bajo las gruesas lanas, la vez ronqueaba, sorda, -mas oracular: - ---_¿Quién no admirará los progresos de este siglo?_ - -Las amables Gouveias habían huido, apretando desesperadamente los -chales sobre la cabeza. Hasta a la cocina, en donde nos refugiamos, la -voz descendía, estrangulada y dificultosa: - ---_¿Quién no admirará los progresos de este siglo?_ - -Huimos empavorecidos a la calle. Era de madrugada. De vuelta de las -fuentes, un fresco bando de rapazas, con brazados de flores, pasaba -cantando: - - Todas las hierbas son benditas - En mañana de San Juan... - -Jacinto, respirando el aire matinal, limpiábase las gotas lentas del -sudor. Recogímonos al _Jazminero_, con el sol ya alto, ya caliente. -Muy en silencio abrimos las puertas, como con recelo de despertar -a alguien. ¡Horror! Luego de la antecámara, percibimos sonidos -estrangulados, gangosos: «_admirará... progresos... siglo..._» ¡Un -electricista tuvo que enmudecer al fin aquel fonógrafo horrendo! - -Más apacible (para mí) de lo que ese gabinete, temerosamente repleto -de civilización, era el comedor, por su arreglo comprensible, fácil e -íntimo. En la mesa solo cabían seis amigos, que Jacinto escogía con -cierto buen criterio, en la literatura, en el arte y en la metafísica; -los cuales, entre los tapices de Arraz, representando colinas, pomares -y puertos del Ática, llenos de clasicismo y de luz, renovaban allí -repetidamente banquetes que, por su intelectualidad, recordaban los -de Platón. Cada golpe de tenedor se cruzaba con un pensamiento o con -palabras diestramente arregladas en forma de tal. - -A cada cubierto correspondían seis tenedores, todos con formas -desemejantes y taimadas: uno para las ostras, otro para el pescado, -otro para las carnes, otro para las legumbres, otro para la fruta, -otro para el queso. Las copas, por la diversidad de los contornos y -de los colores, hacían, sobre el mantel más reluciente que esmalte, -como ramilletes silvestres desparramados por encima de la nieve. Pero -Jacinto y sus filósofos, recordando lo que el experimentado Salomón -enseña sobre las ruinas y amarguras del vino, bebían apenas en tres -gotas de agua una gota de Bordeaux (Chateaubriand, 1860). Así lo -recomendaban Hesíodo en su _Nereu_, y Diocles en sus _Abejas_. De aguas -había siempre en el _Jazminero_ un lujo redundante: aguas heladas, -aguas carbonatadas, aguas esterilizadas, aguas gaseadas, aguas de -sales, aguas minerales, en botellas serias, con tratados terapéuticos -impresos en el rótulo... El cocinero, maestro Sardao, era de aquellos -que Anaxágoras equiparaba a los Retóricos, a los oradores, a todos los -que saben el arte divino de «temperar y servir la Idea». En Síbaris, -ciudad del Vivir Excelente, los magistrados habrían votado al maestro -Sardao, por las fiestas de Juno Lacina, la corona de hojas de oro y la -túnica milesia, que se debía a los bienhechores cívicos. Su sopa de -alcachofa y huevas de carpa; sus filetes de venado, macerados en viejo -Madeira con _purée_ de nueces; sus moras heladas en éter; otros manjares -aún, numerosos y profundos (y los únicos que toleraba mi Jacinto), -eran obras de un artista, superior por la abundancia de las ideas -nuevas, y juntaban siempre la raridad del sabor a la magnificencia -de la forma. Tal plato de ese maestro incomparable parecía, por la -ornamentación, por la gracia florida de las labores, por el convenio de -los coloridos frescos y cantantes, una joya esmaltada por el cincel de -Cellini o Meurice. ¡Cuántas tardes no deseé yo fotografiar aquellas -composiciones de excelente fantasía, antes que el trinchante las -derribase! Y esta superfinidad del comer condecía deliciosamente con la -del servir. Sobre una alfombra, más fofa y muelle que el musgo de la -floresta de Brocelandia, deslizábanse, como sombras vestidas de blanco, -cinco criados y un paje negro, a la manera vistosa del siglo XVIII. -Las fuentes (de plata) subían de la cocina y de la repostería por dos -ascensores: uno para los manjares calientes, forrado de tubos en donde -hervía el agua, y otro, más lento, para los manjares fríos, forrado de -cinc, amoníaco y sal, y ambos escondidos entre flores, tan densas y -frescas que figurábasenos como si hasta la sopa saliese humeando de los -románticos jardines de Armida. Me acuerdo perfectamente de un domingo -de mayo en que, comiendo con Jacinto un obispo, el erudito obispo -de Corazín, se atascó el pescado en el medio del ascensor, siendo -necesario que acudiesen albañiles con palancas para extraerlo. - - -II - -En las tardes en que había «banquete de Platón» (que así denominábamos -esas fiestas de truchas e ideas generales), yo, vecino e íntimo, -aparecía al declinar el sol, y subía familiarmente a las habitaciones -de nuestro Jacinto, en donde le hallaba siempre incierto entre sus -levitas, porque las usaba alternadamente, de seda, de paño, de franelas -Jaegher y de _foulard_ de las Indias. El cuarto respiraba el frescor -y aroma del jardín por dos vastas ventanas, obliteradas magníficamente -(aparte de las cortinas de seda muelle Luis XV), de una vidriera -interior de cristal entero, de un toldo arrollado en el cimacio, de -un estor de seda floja, de gasas que se fruncían y se enroscaban -como nubes y de una celosía móvil de gradería morisca. Todos estos -resguardos (sabia invención de Holland y C.ª, de Londres), servían -para resguardar la luz y el aire --según los avisos de termómetros, -barómetros e higrómetros, montados en ébano, y a los cuales un -meteorologista (Cunha Guedes) todas las semanas venía a verificar la -precisión. - -Entre estas dos ventanas destacaba la mesa de toilette, una mesa -enorme, de vidrio, toda de vidrio, con el fin de hacerla impenetrable -a los microbios, y cubierta de todos esos utensilios de aseo y aliño -que el hombre del siglo XIX necesita en una capital para no desentonar -en el conjunto suntuario de la civilización. Cuando nuestro Jacinto, -arrastrando sus ingeniosas chinelas de pellico y seda, se acercaba -a esta ara, yo, bien repantigado en un diván, abría con indolencia -una Revista, ordinariamente la _Revista Electropática_, o la de -las _Indagaciones Físicas_. Jacinto comenzaba... Cada uno de esos -utensilios de acero, de marfil, de plata, imponían a mi amigo, por la -influencia omnipoderosa que las cosas ejercen sobre el dueño (_sunt -tyrannia rerum_) el deber de utilizarlo con aptitud y deferencia. - -Así que las operaciones del alindamiento de Jacinto presentaban la -prolijidad, reverente e insuprimible, de los ritos de un sacrificio. - -Comenzaba por el cabello... Con un cepillo chato, redondo y duro -acamaba el cabello, liso y rubio, en lo alto, a los lados de la raya; -con un cepillo estrecho y recurvo, a la manera del alfanje de un persa, -ondeaba el cabello sobre la oreja; con un cepillo cóncavo, en forma de -teja, empastaba el cabello, por detrás, sobre la nuca... Respiraba y -sonreía. Después, con un cepillo de largas cerdas, fijaba el bigote; -con un cepillo leve y flácido incurvaba las cejas; con un cepillo hecho -de pluma regularizaba las pestañas. Y de esta manera Jacinto permanecía -delante del espejo, pasando pelos sobre su pelo, unos catorce minutos. - -Peinado y cansado, iba a purificar las manos. Dos criados, al fondo, -maniobraban con pericia y vigor los aparatos del lavatorio, que era -apenas un resumen de la maquinaria monumental de la sala de baño. Allí, -sobre el mármol verde y róseo del lavabo, había dos duchas (caliente y -fría) para la cabeza; cuatro chorros, graduados desde _cero hasta cien -grados_; el vaporizador de perfumes; la fuente de agua esterilizada -(para los dientes); el surtidor para la barba, y otras espitas que -rebrillaban y botones de ébano que, apenas rozados, desencadenaban la -marejada y el estridor de torrentes en los Alpes... Para mojarme los -dedos, yo nunca me acerqué a aquel lavabo sin terror, escarmentado de -la tarde amarga de enero, en que bruscamente desoldada la espita, el -chorro de agua a _cien_ grados reventó, silbando y humeando, furioso, -devastador... Huimos todos, despavoridos. Atronó un clamor _El -Jazminero_. El viejo Grillo, escudero que había sido de Jacinto padre, -quedó cubierto de ampollas en la cara, en las manos fieles. - -Cuando Jacinto acababa de enjugarse laboriosamente en toallas de felpa, -de lino, de cuerda entrenzada (para restablecer la circulación), de -seda blanda (para lustrar la piel), bostezaba, con un bostezo hueco y -lento. - -Era este bostezo, perpetuo y vago, lo que nos inquietaba a nosotros, -sus amigos y filósofos. ¿Qué faltaba a este hombre excelente? Tenía -su inalterable salud de pino bravo, crecido en las dunas; una luz -de inteligencia, propia a todo luminar, firme y clara, sin temblor; -cuarenta magníficos miles de duros de renta; todas las simpatías de una -ciudad chasqueadora y escéptica; una vida barrida de sombras, más libre -y lisa que un cielo de verano... Y todavía bostezaba constantemente; -palpaba en la faz, con los dedos finos, la palidez y las arrugas. ¡A -los treinta años Jacinto andaba encorvado, como bajo un peso injusto! -Y por la morosidad desconsolada de toda su acción, parecía ligado, -desde los dedos hasta la voluntad, por las mallas apretadas de una -red que no se veía y que lo trababa. Era doloroso testimoniar el -hastío con que para apuntar una dirección tomaba su lápiz pneumático, -su pluma eléctrica, o para llamar al cochero echaba mano del tubo -telefónico... En este mover lento del brazo magro, en los pliegues -que le arrugaban la nariz, en sus silencios largos y postrados, se -sentía el grito constante que le iba por el alma: «¡Qué pesadez! ¡Qué -pesadez!» Claramente la vida era para Jacinto un cansancio, o por -laboriosa y difícil, o por desinteresante y hueca. Por eso mi pobre -amigo procuraba constantemente sumar a ella nuevos intereses, nuevas -facilidades. Dos inventores, hombres de mucho celo y pesquisa, estaban -encargados, uno en Inglaterra, otro en América, de darle noticia y -ofrecerle todos los inventos, los más menudos, que concurriesen a -perfeccionar la confortabilidad del _Jazminero_. Además, él propio se -correspondía con Edison. Y, por el lado del pensamiento, Jacinto no -cesaba, asimismo, de buscar intereses y emociones que le reconciliasen -con la vida, penetrando, a cata de esas emociones y de esos intereses, -por las veredas más desviadas del saber, a punto de devorar, desde -enero a marzo, setenta y siete volúmenes sobre _la evolución de las -ideas morales entre las razas negroides_. ¡Ah! ¡Nunca hombre de este -siglo batalló más esforzadamente contra el enfado _de vivir_! - -¡De balde! ¡Hasta de exploraciones tan cautivantes como esa, a través -de la moral de les negroides, Jacinto regresaba más mustio, con -bostezos más hondos! - -Entonces era cuando se refugiaba intensamente en la lectura de -Schopenhauer y del Eclesiastés. ¿Por qué? Sin duda, porque entrambos -pesimistas lo confirmaban en las conclusiones que él sacaba de una -experiencia paciente y rigurosa: «que todo es vanidad o dolor, que -cuanto más se sabe más se pena, y que haber sido rey de Jerusalén y -obtenido los goces todos en la vida, solo lleva a mayor amargura...» -¿Mas por qué rodara así a tan oscura desilusión el saludable, rico, -sereno e intelectual Jacinto? El viejo escudero Grillo pretendía que -«¡S. E. sufría de hartura!» - - -III - -Justamente después de ese invierno, durante el cual se embreñara en la -moral de los negroides e instalara la luz eléctrica en los arbolados -del jardín, sucedió que Jacinto tuvo la necesidad moral ineludible de -partir para el Norte, a su viejo solar de Torges. Jacinto no conocía -Torges. Se preparó durante siete semanas para esa jornada agreste. La -quinta queda en las sierras y la ruda casa solariega, en donde aún -resta una torre del siglo XV, hallábase ocupada hacía treinta años -por los caseros, buena gente de trabajo, que comía el caldo entre la -humareda del lar y extendía el trigo a secar en las salas señoriales. - -Jacinto, en los comienzos de marzo, escribió cuidadosamente a su -procurador Souza, que habitaba la aldea de Torges, ordenándole que -compusiese los tejados, encalase los muros, envidriase las ventanas; -después mandó expedir, por medios de rápida conducción, en cajones -que trasponían con trabajo los portones del _Jazminero_, todos los -confortes necesarios a dos semanas de montaña, camas de plumas, -poltronas, divanes, lámparas de Carcel, bañeras de níquel, tubos -acústicos para llamar a los criados, alfombras persas para ablandar -los suelos; uno de los cocheros partió con un coupé, una victoria, un -break, mulas y cascabeles. - -Al cabo de un tiempo, fue el cocinero con la batería, la botillería, -la heladora, una gran cantidad de trufas, cajas profundas de aguas -minerales. Desde el amanecer, en los anchos patios del palacio, se -clavaba, se martillaba, como en la construcción de una ciudad. El -bagaje, desfilando, recordaba una página de Herodoto al narrar la -invasión persa. Jacinto enmagreció con los cuidados de aquel Éxodo. -Por fin partimos en una mañana de junio, con Grillo y treinta y siete -maletas. - -Yo acompañaba a Jacinto, en mi camino para Guiães, donde vive una tía -mía, a una legua larga de Torges; íbamos en un vagón reservado, entre -vastas almohadas, con perdices y champán en un cesto. A mitad de la -jornada debíamos cambiar de tren, en esa estación que tiene un nombre -sonoro en _olla_, y un tan suave y cándido jardín de rosales blancos. -Era domingo de inmensa polvareda y sol, y encontramos allí, llenando el -andén estrecho, todo un pueblo festivo que venía de la romería de San -Gregorio de la Sierra. - -Para realizar aquel trasbordo, en tarde de fiesta, el horario solo -nos concedía tres minutos avaros. El otro tren ya esperaba, junto al -cobertizo, impaciente y silbando. Una campana badajeaba con furor. Y -sin casi atender a las lindas mozas que allí se bamboneaban, en bandos, -encendidas, con pañuelos flameantes, el seno vasto cubierto de oro, -y la imagen del santo espetada en el sombrero, corrimos, empujamos, -saltamos para el otro vagón, ya reservado, marcado por un cartón con -las iniciales de Jacinto. Inmediatamente el tren rodó. ¡Entonces pensé -en nuestro Grillo, en las treinta y siete maletas! Apoyado de bruces -en la portezuela pude ver aún junto al ángulo de la estación, bajo los -eucaliptos, un montón de equipaje y hombres de gorra galoneada que -delante de él braceaban desesperados. - -Murmuré, recayendo en las almohadas: - ---¡Qué servicio! - -Jacinto, en un rincón, sin abrir los ojos, suspiró: - ---¡Qué pesadez! - -Durante una hora deslizámonos lentamente entre trigales y viñedos; -y aún el sol batía en las vidrieras, caliente y polvoriento, cuando -llegamos a la estación de Gondín, en donde el procurador de Jacinto, -el excelente Souza, debía esperarnos con caballos que nos llevaran por -la sierra, hasta el solar de Torges. Detrás del jardín de la estación, -todo florido también de rosas y margaritas, Jacinto reconoció en -seguida sus carruajes aún empaquetados en lona. - -Pero cuando nos apeamos en el pequeño andén blanco y fresco, solo -hallamos en torno nuestro soledad y silencio... ¡Ni procurador, ni -caballos! El jefe de la estación, a quien yo pregunté con ansiedad «si -no apareciera por allí el señor Souza, si no conocía al señor Souza», -sacó afablemente su gorra galoneada. Era un mozo gordo y redondo, con -colores de manzana camuesa, que traía bajo el brazo un libro de versos. -«¡Conocía perfectamente al señor Souza!» ¡Tres semanas antes jugara con -él a la manilla! ¡Esta tarde, sin embargo, infelizmente, no había visto -al señor Souza! El tren desapareciera por detrás de las altas rocas -que allí penden sobre el río. Un cargador hacía un cigarro, silbando. -Cerca de la valla del jardín, una vieja, toda de negro, dormitaba -agachada en el suelo, delante de una cesta de huevos. ¿Y nuestro -Grillo y nuestro equipaje?... El jefe encogió risueñamente los hombros -rollizos. Todos nuestros bienes habían encallado, de seguro, en aquella -estación de rosales blancos que tiene un nombre sonoro en _olla_. Y -allí estábamos nosotros, perdidos en la sierra agreste, sin procurador, -sin caballos, sin Grillo, sin maletas. - -¿Para qué referir menudamente el lance lamentable? Próximo a la -estación, en una quebrada de la sierra, había un casal forero a la -quinta, en donde conseguimos, para llevarnos y guiarnos a Torges, -una yegua lazarina, un jumento blanco, un rapaz y un podenco. Y allí -comenzamos a trepar, desazonadamente, esos caminos agrestes, los -mismos, quizá, por donde iban y venían, de monte a río, los Jacintos -del siglo XV. Pasado un trémulo puente de madera que atraviesa un -riachuelo todo quebrado por peñas (y donde abunda la trucha adorable), -nuestros males olvidáronsenos ante la inesperada, incomprensible -belleza de aquella bendita sierra. El divino artista que está en los -cielos compusiera, ciertamente, ese monte en una de sus mañanas de más -solemne y bucólica inspiración. - -La grandeza era tanta como la gracia... Decir los valles fofos de -verdura, los bosques casi sacros, los pomares olorosos y en flor, -la frescura de las aguas cantantes, las ermitas blanqueando en los -altos, las rocas musgosas, el aire de una dulzura de paraíso, toda la -majestad y toda la lindeza, no es para mí, hombre de pequeño arte. Ni -creo que fuese para el maestro Horacio. ¿Quién puede decir la belleza -de las cosas, tan simple e indecible? Jacinto, delante, en la yegua -torda, murmuraba: - ---¡Ah, qué belleza! - -Yo atrás, en el burro, con las piernas sueltas, murmuraba: - ---¡Ah, qué belleza! - -Los expertos regatos reían, saltando de roca en roca; finos ramos de -arbustos floridos rozaban nuestras caras, con familiaridad y cariño; -durante largo tiempo, un mirlo nos siguió de chopo para castaño, -silbando nuestros loores. - -Tierra bien acogedora y amable... ¡Ah, qué belleza! - -Entre _ahs_ maravillados llegamos a una avenida de hayas, que nos -pareció clásica y noble. Dando un nuevo vergajazo al burro y a la -yegua, el rapaz, con su podenco al lado, gritó: «¡Ya estamos!» - -Y al fondo de las hayas había, en efecto, un portal de quinta, al -cual un escudo de armas de vieja piedra, roída de musgo, señoreaba -grandemente. Dentro ya, los perros ladraban con furor. Y apenas Jacinto -y yo, atrás de él, en el burro de Sancho, traspusimos el dintel -solariego, corrió, hacia nosotros, desde lo alto de la escalera, un -hombre blanco, rapado como un clérigo, sin cuello, sin chaqueta, que -erguía para el aire, en un gran asombro, los brazos desolados. Era el -casero, Zé Braz. Y en aquel punto, allí, en las piedras del patio, -entre el latir de los perros, brotó una tumultuosa historia, que el -pobre Braz balbuceaba, aturdido, y que llenaba la faz de Jacinto de -lividez y de cólera. El casero no esperaba a S. E. Nadie esperaba a S. -E. (Él decía _su inselencia_). - -El procurador, el señor Souza, estaba en la frontera desde mayo, -atendiendo a la madre que había recibido una coz de una mula. Por -fuerza había habido engaño, cartas perdidas... Porque el señor Souza no -contaba con S. E... hasta septiembre, para la vendimia. En casa ninguna -obra comenzara y, desgraciadamente para S. E., los tejados aún estaban -sin tejas, y las ventanas sin vidrios... - -Crucé los brazos, tomado de un justo espanto. ¿Pero los cajones, esos -cajones remitidos a Torges, con tanta prudencia, en abril, repletos -de colchones, de regalos, de civilización?... El casero, vago, sin -comprender, desencajaba los ojos menudos en donde ya bailaban lágrimas. -¿Los cajones? Nada llegara, nada apareciera. Y en su perturbación, -Zé Braz buscaba entre las arcadas del patio, en los bolsillos de -los pantalones... ¿Los cajones? ¡No, no tenía los cajones! En esto, -acercose gravemente el cochero de Jacinto (que había traído los -caballos y los carruajes). Ese era un hombre civilizado, y acusó de -todo al gobierno. Ya cuando él servía al señor vizconde de S. Francisco -habíanse perdido, por abandono del gobierno, de la ciudad a la sierra, -dos cajas de vino viejo de Madeira y ropa blanca de señora. Por lo -cual, él, escarmentado, sin confianza en la nación, no abandonara los -carruajes, y era todo lo que restaba a S. E.: el break, la victoria, el -coupé y los cascabeles. Solo que, en aquella ruda montaña, no había -carreteras por donde pudiesen rodar. Y como para subirlos hasta la -quinta eran necesarios grandes carros de bueyes, los dejara allá abajo, -en la estación, quietos, empaquetados en lona... - -Jacinto quedó plantado delante de mí, con las manos en los bolsillos: - ---¿Y ahora? - -Nada restaba sino recogernos, cenar el caldo del tío Zé Braz, y dormir -en las pajas que los hados nos concediesen. Subimos. La escalera noble -conducía a un gran balcón, todo cubierto en alpendre, aumentando la -fachada del caserón y ornado, entre sus gruesos pilares de granito, con -cajones llenos de tierra, en que florecían claveles. Cogí un clavel. -Entramos. ¡Y mi pobre Jacinto contempló, en fin, las salas de su solar! -Eran enormes, con las altas paredes revocadas de cal que el tiempo -y el abandono habían ennegrecido, y vacías, desoladamente desnudas, -ofreciendo apenas como vestigio de habitación y de vida, por los -rincones, algún montón de cestos o algún haz de azadas. En los techos -remotos de encina negra albeaban manchas, que era el cielo ya pálido -del fin de la tarde, sorprendido a través de los agujeros del tejado. -No quedaba una vidriera. A las veces, bajo nuestros pasos, una tabla -podrida crujía y cedía. - -Hicimos alto, al cabo, en la última, la más vasta, donde había dos -arcas inmensas para guardar el grano; y allí depusimos melancólicamente -lo que nos quedara de las treinta y siete maletas: los abrigos de -viaje, un bastón y un _Diario de la Tarde_. A través de las ventanas -desvidriadas, por donde se avistaban copas de arbolados y las -sierras azules de allende el río, el aire entraba montesino y amplio, -circulando plenamente como en un terrado, con aromas de pinar bravío. Y -allá, de lo hondo de los valles, subía desgarrada y triste, una voz de -pastora cantando. Jacinto balbució: - ---¡Es honoroso! - -Yo murmuré: - ---¡Es campestre! - - -IV - -Zé Braz, en tanto, con las manos en la cabeza, desapareciera a ordenar -la cena para _sus inselencias_. El pobre Jacinto, desalentado por el -desastre, sin resistencia contra aquel brusco desaparecimiento de toda -la civilización, cayó pesadamente sobre el poyo de una ventana, y -desde allí miraba a los montes. Y yo, a quien aquellos aires serranos -y el cantar del pastor sabían bien, terminé por descender a la cocina, -conducido por el cochero, a través de escaleras y callejones, en donde -la oscuridad venía menos del crepúsculo que de densas telas de araña. - -La cocina era una espesa masa de tonos y formas negras, color de -hollín, en la cual refulgía al fondo, sobre el suelo de tierra, una -hoguera roja que lamía gruesas ollas de hierro, y se perdía en humareda -por la reja escasa que en lo alto colaba la luz. Un bando alborozado -y parlero de mujeres desplumaba pollos, batía huevos, limpiaba arroz -con santo fervor... Del centro de ellas, el buen casero, atontado, -embistió para mí, jurando que «la cena de _sus inselencias_ no se -demoraba un credo». Y como yo le interrogara a propósito de las camas, -el digno Braz tuvo un murmurio vago y tímido sobre «jergoncitos en el -suelo». - ---Es bastante, señor Zé Braz --acudí yo para consolarle. - ---¡Pues así Dios sea servido! --suspiró el hombre excelente, que -atravesaba en esa hora el trance más amargo de su vida serrana. - -Eché a andar hacia arriba con estas consoladoras nuevas de cena y cama, -y encontré aún a mi Jacinto en el poyo de la ventana, embebiéndose todo -de la dulce paz crepuscular, que lenta y calladamente se establecía -sobre valle y monte. En el alto ya temblaba una estrella, Vesper -diamantina, que es todo lo que en este cielo cristiano resta del -esplendor corporal de Venus. Jacinto nunca considerara bien aquella -estrella, ni había asistido a este majestuoso y dulce adormecer de -las cosas. Ese ennegrecimiento de montes y arbolados, casales claros -fundiéndose en la sombra, un toque durmiente de campana que venía por -las quebradas, el cuchichear de las aguas entre los prados, eran para -él como iniciaciones. Yo estaba enfrente, en el otro poyo. Y lo sentí -suspirar como un hombre que al fin descansa. - -En esta contemplación nos encontró Zé Braz, con el dulce aviso de que -estaba en la mesa la _ceniña_. Era, en la otra sala, más desnuda, más -negra. Y allí, mi supercivilizado Jacinto reculó con un pavor genuino. -En la mesa de pino, recubierta con una toalla, arrimada a la pared -sórdida, una vela de sebo medio derretida en un candelero de latón, -alumbraba dos platos de loza amarilla, ladeados por cucharas de palo -y por tenedores de hierro. Los vasos, de vidrio grueso y empañados, -conservaban el tono rojo del vino que por ellos pasara en hartos -años de hartas vendimias. El platillo de barro con las aceitunas, -deleitaría, por su sencillez ática, el corazón de Diógenes. En el ancho -pan de maíz estaba clavado un cuchillo... ¡Pobre Jacinto! - -Mas al fin se sentó resignado, y mucho tiempo pensativamente refregó -con su pañuelo el tenedor negro y la cuchara de palo. Después, mudo, -desconfiado, probó un trago corto de caldo, que era de gallina y olía -muy bien. Probó, y levantó hacia mí, su compañero y amigo, unos ojos -largos que lucían sorprendidos. Volvió a sorber una cucharada de caldo, -más llena, más lenta... Y sonrió, murmurando con espanto: - ---¡Está bueno! - -Estaba realmente bueno; tenía hígado y mollejas; su perfume enternecía. -Yo lo ataqué tres veces con energía, pero fue Jacinto el que raspó la -sopera. Luego, separando el pan y separando la vela, el buen Zé Braz -puso en la mesa una fuente vidriada, que desbordaba de arroz con habas. -A pesar de que la haba (que los griegos llamaran _ciboria_) pertenecía -a las épocas superiores de la civilización, y promovía tanto la -sapiencia que había en Sicio, en Galacia, un templo dedicado a Minerva -Ciboriana, Jacinto siempre detestara las habas. Probó, sin embargo, -una cucharada, tímido. De nuevo sus ojos, alargados por el asombro, -buscaron los míos. Otra cucharada, otra concentración... Y he ahí que -mi dificilísimo amigo exclama: - ---¡Está óptimo! - -¿Eran los aires picantes de la sierra? ¿Era el arte delicioso de -aquellas mujeres, que, abajo, removían las ollas, cantando el _Viva mi -bien_? No sé; mas los loores de Jacinto a cada plato fueron ganando en -amplitud y firmeza. Y delante del pollo amarillo, asado en el espeto de -palo, terminó por gritar: - ---¡Está divino! - -Nada, sin embargo, le entusiasmó como el vino, el vino cayendo de -alto, de la gruesa colodra verde, un vino gustoso, penetrante, vivo, -caliente, que tenía en sí más alma que mucho poema o libro santo. -Viéndole poner a la luz de sebo el vaso rudo, orlado de espuma, yo -recordaba el día geórgico en que Virgilio, en casa de Horacio, bajo -la enramada, cantaba el fresco pajizo de la Rética. Y Jacinto, con un -color que yo nunca le había visto en su palidez schopenhaurica, susurró -luego el dulce verso: - - _Rethica quo te carmina dicat._ - -¿Quién dignamente te cantara, vino de aquellas sierras? - -Así comimos deliciosamente, bajo los auspicios de Zé Braz. Y después -volvimos para las alegrías únicas de la casa, para las ventanas -desvidriadas, a contemplar silenciosamente un suntuoso cielo de -verano, tan lleno de estrellas que todo él parecía una densa polvareda -de oro vivo, suspensa, inmóvil, por encima de los montes negros. -Como yo observé a Jacinto, en la ciudad nunca se miran los astros -por causa de los faroles, que los ofuscan; y por eso nunca podemos -entrar en una completa comunión con el Universo. El hombre, en las -capitales, pertenece a su casa o, si lo impelen fuertes tendencias -de sociabilidad, a su barrio. Todo lo aísla y lo separa de la -restante naturaleza: las casas obstructoras de seis pisos, el humo -de las chimeneas, el rodar moroso y grueso de los ómnibus, la trama -encarceladora de la vida humana... ¡Pero qué diferencia en la cima -de un monte, como Torges! Ahí todas esas bellas estrellas miran para -nosotros de cerca, rebrillando, a la manera de ojos conscientes; unas -fijamente, con sublime indiferencia; otras, ansiosamente, con una luz -que palpita, una luz que llama, como si tentasen revelar sus secretos o -comprender los nuestros... - -Es imposible no sentir una solidaridad perfecta entre esos inmensos -mundos y nuestros pobres cuerpos. Todos somos obra de la misma -voluntad. Todos vivimos de la acción de esa voluntad inmanente. - -Todos, por tanto, desde los Uranos hasta los Jacintos, constituimos -modos diversos de un ser único, y a través de sus transformaciones -sumamos una misma unidad. No hay idea más consoladora que esta: que yo, -y tú, y aquel monte, y el sol que ahora se esconde, somos moléculas -del mismo Todo, gobernadas por la misma Ley, rodando para el mismo -Fin. Desde luego se sumen las responsabilidades torturantes del -individualismo. ¿Qué somos nosotros? Formas sin fuerza, que una Fuerza -impele. ¡Hay un descanso delicioso en esta certeza, aunque fugitiva, de -que se es el grano de polvo irresponsable y pasivo que va llevado en el -viento, o la gota perdida en el torrente! Jacinto concordaba, sumido en -la sombra. Ni él ni yo sabíamos los nombres de esos astros admirables. -¡Yo, por causa de la maciza e indesbastable ignorancia de bachiller, -con que salí del vientre de Coimbra, mi madre espiritual; Jacinto, -porque en su poderosa biblioteca tenía _trescientos diez y ocho_ -tratados sobre astronomía! ¿Pero qué nos importaba, de otra parte, que -aquel astro de allí se llamase Sirio y aquel otro Aldebarán? ¿Qué les -importaba a ellos que uno de nosotros fuese José y el otro Jacinto? -Éramos formas transitorias del mismo ser eterno, y en nosotros había -el mismo Dios. Y si ellos también así lo comprendían, estábamos allí -nosotros, en la ventana de un caserón serrano; ellos, en un maravilloso -infinito, ejecutando un acto sacrosanto, un perfecto acto de gracia, -que era sentir conscientemente nuestra unidad y realizar, durante un -instante, en la consciencia, nuestra divinización. - -De esta suerte filosofábamos cuando Zé Braz, con un candil en la mano, -vino a decir que «estaban preparadas las camas de _sus inselencias_...» -De la idealidad descendimos gustosamente a la realidad; ¿y qué vimos -entonces, nosotros, los hermanos de los astros? En dos salas tenebrosas -y cóncavas, dos jergones, tirados en el suelo, en un rincón, con dos -colchas de algodón; a la cabecera un candelero de latón, posado sobre -un banco; y a los pies, como lavatorio, un barreño barnizado encima de -una silla de madera. - -En silencio, mi supercivilizado amigo palpó su jergón y sintió en él la -rigidez del granito. ¡Después, corriendo por la cara decaída los dedos -mustios, consideró que, perdidas sus maletas, no tenía ni zapatillas -ni camisón! De nuevo Zé Braz hizo de Providencia, trayendo al pobre -Jacinto, para que desahogase los pies, unos tremendos zuecos de madera, -y para que cubriese el cuerpo, dulcemente educado en Síbaris, una -camisa de la casera, enorme, de estopa, más áspera que estameña de -penitente, y con volantes crespos y duros, como labores en madera. Para -consolarle recordé que Platón cuando componía el _Banquete_; Jenofonte, -cuando mandaba los Diez Mil, dormían en peores catres. Las camas -austeras hacen las fuertes almas; solo vestido de estameña se penetra -en el Paraíso. - ---¿Tiene usted --murmuró mi amigo, desatento y seco-- alguna cosa que -yo pueda leer?... ¡No puedo dormirme sin leer! - -Yo tenía únicamente el número del _Diario de la Tarde_, que rasgué por -el medio, y repartí con él fraternalmente. ¡Y quien no vio entonces a -Jacinto, señor de Torges, agazapado en el borde del jergón, junto de la -vela que goteaba sobre el banco, con los pies desnudos, ocultos en los -gruesos zuecos, recorriendo en la mitad del _Diario de la Tarde_, con -los ojos confusos, los anuncios de los barcos, no puede saber lo que es -una vigorosa y real imagen del desaliento! - -Así lo dejé, y de allí a poco, extendido asimismo en mi jergón, -también espartano, subía, a través de un sueño jovial y erudito, al -planeta Venus, donde encontraba, entre los olmos y los cipreses, en un -vergel, a Platón y Zé Braz, en alta camaradería intelectual, bebiendo -el vino de Rética por los vasos de Torges. Emprendimos los tres -bruscamente una controversia sobre el siglo XIX. A lo lejos, por entre -una floresta de rosales más altos que encinas, albeaban los mármoles -de una ciudad y resonaban cantos sacros. No recuerdo lo que Jenofonte -sustentó acerca de la civilización y del fonógrafo. De repente, todo se -turbó por negras nubes, a través de las cuales yo distinguía a Jacinto, -huyendo en un burro que impelía furiosamente con los tacones, con una -vardasca, con gritos, en la dirección del _Jazminero_. - - -V - -Muy temprano, de madrugada, sin rumor, para no despertar a Jacinto que, -con las manos sobre el pecho, dormía plácidamente, partí para Guiães. -Y durante tres quietas semanas, en aquella villa donde se conservan -los hábitos y las ideas del tiempo del rey don Dinís, no supe de mi -desconsolado amigo, que de cierto había huido de sus techos agujereados -y reentrara en la civilización. Después, en una abrasada mañana de -agosto, desciendo de Guiães, tomo de nuevo la avenida de las hayas y -llego al portalón solariego de Torges, entre el furioso latir de los -perros. La mujer de Zé Braz apareció alborozada a la puerta de la -bodega. Y su nueva fue que el señor don Jacinto (en Torges, mi amigo -tenía don) andaba allá abajo, con Souza, en los campos de Freixomil. - ---¿Entonces, aún anda por aquí el señor don Jacinto? - -¡_Su inselencia_ aún estaba en Torges, y _su inselencia_ quedaba para -la vendimia!... Justamente reparaba en que las ventanas del solar -tenían vidrieras nuevas; y a un lado del patio posaban baldes de cal; -una escalera de albañil quedara arrimada contra la baranda, y en un -cajón abierto, aún lleno de paja de embalar, dormían dos gatos. - ---¿Y Grillo, apareció? - ---El señor Grillo está en el pomar, a la sombra. - ---Bien; ¿y las maletas? - ---El señor don Jacinto ya tiene su saquiño de cuero... - ---¡Loado sea Dios! Jacinto estaba, en fin, provisto de civilización. -Subí contento. En la sala noble, donde el suelo fuera recompuesto y -fregado, encontré una mesa cubierta de hule, aparadores de pino con -loza blanca, de Barcelos, y sillas de paja, orillando las paredes muy -encaladas, que daban una frescura de capilla nueva. Al lado, en otra -sala, también de brillante blancura, había el conforto inesperado de -tres sillones de paja de Madeira, con brazos largos y almohadones de -algodón; sobre la mesa de pino, el papel, el candelero de aceite, las -plumas de pato espetadas en un tintero de fraile, parecían preparadas -para un estudio calmo y dichoso de humanidades; y en la pared, -suspendido por dos clavos, un estante contenía cuatro o cinco libros, -hojeados y usados: _Don Quijote_, un Virgilio, una Historia de Roma, -las Crónicas de Froissart. La pieza contigua era ciertamente el cuarto -de don Jacinto, un cuarto claro y casto de estudiante, con un catre de -hierro, un lavabo de hierro, la ropa colgada en perchas toscas. Todo -resplandecía de aseo y orden. Las maderas de los ventanales, cerradas, -defendían del sol de agosto, que escaldaba fuera los balcones de -piedra. Del suelo, rociado de agua, subía una frescura consoladora. En -un viejo vaso azul un ramo de claveles alegraba y perfumaba. No había -un rumor. Torges dormía en el esplendor de la siesta. Y envuelto en -aquel reposo de convento remoto, terminé por extenderme en un sillón de -paja junto a la mesa, abrí lánguidamente el Virgilio, y murmuré: - - _Fortunate Jacinthe!, tu inter arva nota_ - _et fontes sacros frigus captatis opacum._ - -Ya casi irreverentemente adormeciera sobre el divino bucolista, -cuando me despertó un grito amigo. Era Jacinto. E inmediatamente le -comparé a una planta medio mustia y decolorada en la oscuridad, que -había sido profusamente regada y reviviera en pleno sol. No andaba -encorvado. Sobre su palidez de supercivilizado, el aire de la sierra o -la reconciliación con la vida habíanle dado un tono moreno y fuerte, -que le virilizaba soberbiamente. De los ojos, que en la ciudad le había -conocido, siempre crepusculares, saltaba ahora un brillo de mediodía, -decidido y dilatado, que entraba francamente en la belleza de las -cosas. Ya no pasaba las manos mustias sobre la faz; batía con ellas -fuertemente en el muslo. ¡Qué sé yo! Era una reencarnación. Y todo lo -que me contó, pisando alegremente con los zapatos blancos el suelo, fue -que, al cabo de tres días, en Torges, se sintiera como serenado, mandó -comprar un colchón blando, reunió cinco libros nunca leídos, y allí -estaba... - ---¿Para todo el verano? - ---¡Para siempre! Y ahora, hombre de las ciudades, ven a almorzar unas -truchas que yo pesqué, y comprende al fin lo que es el cielo. - -Las truchas eran, en efecto, celestes. Apareció también una ensalada de -coliflor y vainas, y un vino blanco de Azães... ¿Quién condignamente os -cantara, manjares y bebidas de aquellas sierras? - -A la tarde, paseamos por los caminos, costeando la vasta quinta, que -va de valles a montes. Jacinto parábase a contemplar con cariño los -altos maizales. Con la mano abierta y fuerte batía en el tronco de los -castaños, como en las espaldas de amigos recuperados. Todo hilo de -agua, toda colina de hierba, todo pie de viña le ocupaba como vidas -filiales por las cuales fuese responsable. Conocía ciertos mirlos que -cantaban en ciertos chopos. Exclamaba enternecido: - ---¡Qué encanto, la flor de trébol! - -A la noche, después de un cabrito asado en el horno, al que el -maestro Horacio habría dedicado una Oda (tal vez un Carmen Heroico), -conversamos sobre el destino y la vida. Yo cité, con discreta malicia, -a Schopenhauer y al Eclesiastés... Jacinto levantó los hombros, con -seguro desdén. Su confianza en esos dos sombríos explicadores de la -vida desapareciera, e irremediablemente, para no volver más, como una -niebla que el sol esparce. ¡Tremenda tontería!, afirmar que la vida -se compone meramente de una larga ilusión, y levantar un aparatoso -sistema sobre un punto especial y estrecho de la vida, dejando fuera -del sistema toda la vida restante, como una contradicción permanente -y soberbia. Era como si él, Jacinto, señalando una ortiga, crecida en -aquel patio, declarase triunfalmente: «¡Aquí está una ortiga! Toda la -quinta de Torges, de consiguiente, es una masa de ortigas». ¡Bastaría -que el huésped alzase los ojos, para ver los trigales, los pomares y -los viñedos! - -Luego que, de esos dos ilustres pesimistas, uno, el alemán, ¡qué -conocía de la vida, de esa vida de que había hecho, con doctoral -majestad, una teoría definitiva y doliente! ¡Todo lo que puede conocer -quien, como este genial farsante, viviera cincuenta años en una lúgubre -hospedería de provincia, levantando apenas los ojos del libro para -conversar, en la mesa redonda, con los oficiales de la guarnición! Y el -otro, el israelita, el hombre de los _Cantares_, el muy pedantesco rey -de Jerusalén, solo descubre que la vida es una ilusión a los setenta y -cinco años, cuando el poder se le escapa de las manos trémulas, y su -serrallo de trescientas concubinas, se torna ridículamente superfluo a -su osamenta rígida. Uno dogmatiza fúnebremente sobre lo que no sabe, y -el otro, sobre lo que no puede. Mas que se dé a ese buen Schopenhauer -una vida tan completa y llena como la de César, ¿y a dónde iría a parar -su schopenhaurismo?; que se restituya a ese sultán, ensuciado de -literatura, que tanto edificó y profesoró en Jerusalén, su virilidad, -¿y en dónde está el Eclesiastés? Y por otra parte, ¿qué importa -bendecir o maldecir la vida? Afortunada o dolorosa, fecunda o varia, -es vida. Locos aquellos que, para atravesarla, se embozan desde luego -en pesados velos de tristeza y desilusión, de suerte que en su camino -todo les sea negrura, no solo las leguas realmente oscuras, mas también -aquellas en que brilla un sol amable. En la tierra todo vive --y solo -el hombre siente el dolor y la desilusión de la vida. Y tanto más se -siente, cuanto más alarga y acumula la obra de esa inteligencia que lo -hace hombre, y que lo separa del resto de la naturaleza, impensante -e inerte. En el máximum de la civilización, experimenta el máximum -de tedio. Así que la sabiduría está en retroceder hasta ese honesto -mínimum de civilización, que consiste en tener un techo de choza, un -pedazo de tierra, y el grano para sembrar en ella. En resumen, para -recuperar la felicidad, es necesario regresar al Paraíso, y quedarse -allá, quieto, con su hoja de parra, enteramente desguarnecido de -civilización, contemplando al cordero dando saltos entre el tomillo, y -sin procurar, ni con el deseo, el ¡árbol funesto de la Ciencia! ¡Dixi! - -Escuchaba, asombrado, a este Jacinto novísimo. Era verdaderamente una -resurrección, en el magnífico estilo de Lázaro. Al _surge et ambula_ -que le habían susurrado las aguas y los bosques de Torges, erguíase del -fondo de la cueva del Pesimismo, desembarazábase de sus americanas de -Poole, _et ambulabat_, y comenzaba a ser dichoso. Yendo de retirada -a mi cuarto, en aquellas horas honestas que convienen al campo y -al optimismo, tomé entre las mías la mano ya firme de mi amigo, y -pensando que al fin había alcanzado la verdadera realeza, le grité mis -parabienes a la manera del moralista de Tibur: - ---_¡Vive et regna, fortunate Jacinthe!_ - -De ahí a poco, a través de la puerta abierta que nos separaba, sentí -una carcajada fresca, moza, genuina y consolada. Era Jacinto que leía -el _Don Quijote_. ¡Oh, bienaventurado Jacinto! ¡Conservaba el agudo -poder de criticar, y recuperaba el don divino de reír! - - * * * * * - -Cuatro años van pasados. Jacinto aún habita Torges. Las paredes de su -solar continúan bien encaladas, mas desnudas. - -Por el invierno pónese un gabán de lana y enciende un brasero. Para -llamar a Grillo o a la moza, bate las manos, como hacía Catón. En sus -deliciosos vagares, ya leyó la _Iliada_. No se afeita. En los caminos -silvestres, párase y habla con las criaturas. Todos los casales de la -sierra le bendicen. Oigo que se va a casar con una fuerte, sana y bella -rapaza de Guiães. ¡De seguro crecerá allí una tribu, que será grata al -señor! - -Como él, recientemente, me pidiera libros de su librería (una _Vida de -Buda_, una _Historia de Grecia_ y las obras de San Francisco de Sales), -fui, después de estos cuatro años, al _Jazminero_ desierto. ¡Cada paso -mío sobre los fofas alfombras de Caranania sonaba triste como en un -cementerio. Todos los brocados estaban arrugados, resquebrajados. Por -las paredes pendían, como ojos fuera de órbitas, los botones eléctricos -de los timbres y de las luces; y había vagos hilos de alambre, -sueltos, enroscados, donde la araña regalada y reinando tejiera telas -espesas. En la librería, todo el vasto saber de los siglos yacía en -una inmensa mudez, debajo de una inmensa polvareda. Sobre los lomos -de los sistemas filosóficos blanqueaba el moho; vorazmente la polilla -devastara las Historias Universales; erraba allí un olor blando de -literatura podrida; y yo partí, con el pañuelo en la nariz, seguro de -que en aquellos veinte mil volúmenes no restaba una verdad viva! Quise -lavarme las manos, manchadas por el contacto con estos detritos de -conocimientos humanos. Mas los maravillosos aparatos del lavatorio, de -la sala de baño, herrumbrosos, tenaces, desoldados, no echaban una gota -de agua; y, como llovía en esa tarde de abril, tuve que salir al balcón -y pedir al cielo que me lavase. - -Al bajar, penetré en el gabinete de trabajo de Jacinto, y tropecé en un -montón negro de herrajes, ruedas, láminas, campanillas, tornillos... -Entreabrí la ventana, y reconocí el teléfono, el teatrófono, el -fonógrafo, otros aparatos, caídos de sus soportes, sórdidos, deshechos, -bajo el polvo de los años. Empujé con el pie esta basura del ingenio -humano. La máquina de escribir, descubierta, con los agujeros negros -marcando las letras desarraigadas, era como una boca desdentada. El -telégrafo parecía aplastado, enredado en sus tripas de alambre. En -la trompa del fonógrafo, torcida, para siempre muda, revolvíanse -cucarachas. Así yacían, tan lamentables y grotescas, aquellas geniales -invenciones, que yo salí riendo, como de una enorme facecia, de aquel -super-civilizado palacio. - -La lluvia de abril cesara; los tejados remotos de la ciudad negreaban -sobre un poniente de carmesí y oro. Y, a través de las calles más -frescas, iba yo pensando que este nuestro magnífico siglo XIX se -semejaría, un día, a aquel _Jazminero_ abandonado, y que otros hombres, -con una certeza más pura de lo que es la Vida y la Felicidad, darán, -como yo, con el pie en la basura de la super-civilización, y, como yo, -reirán alegremente de la gran ilusión que quedará, inútil y cubierta de -herrumbre. - -De seguro que, a aquella ahora, Jacinto, en el balcón, en Torges, sin -fonógrafo y sin teléfono, reentrado en la simplicidad, veía, bajo la -paz lenta de la tarde, al temblar de la primera estrella, recogerse a -la boyada entre el canto de los boyeros. - - - - -[Ilustración] - -EL TESORO - - -I - -Los tres hermanos de Medranhos, Ruy, Guannes y Rostabal, eran entonces, -en todo el Reino de las Asturias, los hidalgos más hambrientos y los -más remendados. - -En los Pazos de Medranhos, a que el viento de la sierra llevara vidrios -y teja, pasaban ellos las tardes de ese invierno, enovillados en sus -abrigos de camelote, batiendo las suelas rotas sobre las losas de la -cocina, delante del vasto lar negro, en donde desde ya mucho antes no -estallaba fuego, ni hervía nada en el puchero de hierro. Al oscurecer -devoraban una corteza de pan negro, refregada con ajo. Luego, sin -candil, a través del patio, hundiendo la nieve, iban a dormir a la -cuadra, para aprovechar el calor de las tres yeguas leprosas que, tan -famélicas como ellos, roían las tablas del pesebre. La miseria hiciera -a estos señores más bravíos que lobos. - -Un día, en primavera, en una silenciosa mañana de domingo, yendo los -tres por el bosque de Roquelanes acechando pisadas de caza y cogiendo -hongos entre los robles, en tanto las tres yeguas pastaban la hierba -nueva de abril, los hermanos de Medranhos encontraron, por detrás de -una mata de espinos, en una cueva de roca, un viejo cofre de hierro. -Como si lo resguardase una torre segura, conservaba sus tres llaves -en sus tres cerraduras; sobre la tapa, mal descifrable, a través del -herrumbre, corría un dístico en letras árabes. ¡Y dentro, hasta los -bordes, estaba lleno de doblones de oro! - -En el terror y esplendor de la emoción, los tres señores quedaron -más lívidos que cirios. Después, zambullendo furiosamente las manos -en el oro, rompieron a reír, con unas risotadas tan sonoras, que las -hojas tiernas de los olmos, en torno, temblaban... Retrocedieron, -bruscamente se encararon, con los ojos flameando, en una desconfianza -tan desabrida, que Guannes y Rostabal palparon en los cintos los mangos -de las grandes facas. Entonces Ruy, que era gordo y rubio y el más -avisado, levantó los brazos, como un árbitro, y comenzó por decidir que -el tesoro, o viniese de Dios o del demonio, pertenecía a los tres, y -entre ellos se repartiría rígidamente, pesándose el oro en balanzas. -Mas ¿cómo podrían llevar a Medranhos, hasta la cima de la sierra, -aquel cofre tan lleno? No era conveniente que salieran con su bien -del bosque antes que anocheciese. Así que él entendía que el hermano -Guannes, como más leve, debía partir trotando hacia la vecina villa de -Retortilho, con el oro necesario en la bolsa, a fin de comprar tres -alforjas de cuero, tres maquilas de cebada, tres empanadas de carne -y tres botellas de vino. El vino y la carne eran para ellos, que no -comían desde la víspera; la cebada, para las yeguas. Rehechos, señores -y cabalgaduras, esconderían el oro en las alforjas y subirían camino de -Medranhos, bajo la seguridad de la noche sin luna. - ---¡Bien tramado! --gritó Rostabal, hombre más alto que un pino, de -larga melena, y con una barba que le caía desde los ojos rayados de -sangre hasta la hebilla del cinturón. - -Mas Guannes no se apartaba del cofre, desconfiado, arrugando entre los -dedos la negra piel de grulla de su pescuezo, y al fin, brutalmente: - ---¡Hermanos! El cofre tiene tres llaves... ¡Yo quiero cerrar mi -cerradura y llevar mi llave! - ---¡También yo quiero la mía, mil rayos! --rugió a seguida Rostabal. - -Ruy sonrió. ¡Cierto, cierto! A cada dueño del oro pertenecía una de -las llaves que lo guardaban. Y uno por uno, en silencio, agachado ante -el cofre, cerró su cerradura con fuerza. Guannes, serenado, saltó en -la yegua, y metiose por la vereda de los olmos, camino de Retortilho, -echando a los ramos su cántica acostumbrada y doliente: - - ¡Olé! ¡Olé! - Sale la cruz de la iglesia, - vestida de negro luto... - - -II - -En un prado, enfrente de la mata que encubría el tesoro (y que los -tres habían devastado a cuchilladas), un hilo de agua, brotando entre -rocas, caía sobre una vasta piedra excavada, en donde hacía como un -estanque, claro y quieto, antes de escurrirse hacia el césped; y al -lado, en la sombra de una haya, yacía un viejo pilar de granito, -tumbado y musgoso. Allí vinieron a sentarse Ruy y Rostabal, con sus -tremendos espadones entre las rodillas. Las dos yeguas pastaban la -fresca hierba, pintarrajeada de amapolas y botones de oro. Por entre el -ramaje volaba un mirlo silbando. Un olor errante de violetas endulzaba -el aire luminoso. Rostabal, mirando al sol, bostezó con hambre. - -En esto, Ruy, que sacara el sombrero y le arreglaba las viejas plumas -rojas, comenzó a considerar, en su manso y avisado lenguaje, que -Guannes, aquella mañana, no había querido bajar con ellos al bosque -de Roquelanes. ¡Así era la suerte ruin! Porque si Guannes se hubiese -quedado en Medranhos, ellos, los dos, habrían descubierto el cofre, y -solo entre los dos se partiría el oro. ¡Qué pena! Tanto más, que la -parte de Guannes sería en seguida disipada, con rufianes, a los dados, -por las tabernas. - ---¡Ah, Rostabal, Rostabal! Si Guannes, viniendo por aquí solito, -hubiese hallado este oro, no partiría con nosotros, Rostabal. - -El otro murmuró sordamente y con furor, dando un tirón a las barbas -negras: - ---¡No, mil rayos! Guannes es un avaro. ¡Cuando el año pasado le ganó -los cien ducados al espadero de Fresno, no me quiso prestar tres para -comprar un jubón nuevo! ¿No te acuerdas? - ---¿Ves tú? --gritó Ruy, resplandeciendo. - -Entrambos se habían levantado del pilar de granito, como llevados por -la misma idea, que los deslumbraba. A través de sus largos pasos, las -altas hierbas silbaban. - ---¿Y para qué? --proseguía Ruy--. ¿Para qué le sirve a él todo el oro -que nos lleva? ¿No le oyes, de noche, cómo tose? ¡Alrededor de la paja -en que duerme, todo el suelo está lleno de sangre, que saliva! ¡Hasta -las otras nieves no dura, Rostabal! Mas hasta allá habrá disipado los -buenos doblones que debían ser nuestros, para levantar la casa, y para -que tu puedas tener jinetes, y armas, y trajes nobles, y tu tercio de -solariegos, como compete a quien es, como tú, el más viejo de los de -Medranhos... - ---Pues que muera, y muera hoy --gritó Rostabal. - ---¿Quieres? - -Vivamente, Ruy tomó de un brazo al hermano y le apuntó hacia la vereda -de olmos, por donde Guannes partiera cantando. - ---Más adelante, al fin del camino, hay un sitio bueno, en los zarzales; -y has de ser tú, Rostabal, que eres el más fuerte y el más diestro. Un -golpe de punta por la espalda. Y hasta es justicia de Dios que seas tú, -que muchas veces, en las tabernas, sin ningún pudor, Guannes te trataba -de _cerdo_ y de torpe, por no saber leer ni contar. - ---¡Malvado! - ---¡Ven! - -Fueron. Emboscáronse por detrás de un zarzal, que dominaba el atajo, -estrecho y pedregoso como un lecho de torrente. Rostabal, asomado -en la zanja, tenía ya la espada desnuda. Un viento leve remolinó en -la pendiente las hojas de los álamos, y sintieron el repique de las -campanas de Retortilho. Ruy, mesándose la barba, calculaba las horas -por el sol, que ya se inclinaba hacia las sierras. Pasó un bando de -cuervos graznando sobre ellos. Rostabal, que les había seguido el -vuelo, recomenzó a bostezar con hambre, pensando en las empanadas y en -el vino que el otro traía en las alforjas. - -¡En fin! ¡Alerta! En la vereda oíase la cántica doliente y ronca, -lanzada a las ramas: - - ¡Olé! ¡Olé! - Sale la cruz de la iglesia, - toda vestida de negro... - -Ruy murmuró: - ---¡En el costado! ¡Así que pase! - -El trote de la yegua batió el cascajo; una pluma en un sombrero rojeó -por sobre la punta de las selvas. Rostabal rompió de entre la zarza -por una brecha, tiró el brazo, la larga espada, --y toda la hoja se -embebió muellemente en el costado de Guannes, cuando al rumor, de -improviso, se volvió en la silla. Cayó de lado, con un sordo quejido, -sobre las piedras. Ya Ruy se abalanzaba a los frenos de la yegua; -Rostabal, cayendo sobre Guannes, que suspiraba aún, de nuevo le enterró -la espada, agarrada por la hoja como un puñal, en el pecho y en la -garganta. - ---¡La llave! --gritó Ruy. - -Arrancada la llave del cofre al pecho del muerto, ambos echaron a -andar por la vereda. Rostabal delante, huyendo, con la pluma del -sombrero quebrada y torcida, la espada, aún desnuda, apretada bajo -al brazo, todo encogido, horripilado con el sabor de la sangre que -le saltara a la boca; Ruy, atrás, tirando desesperadamente de las -bridas de la yegua, que con las patas hincadas en el suelo pedregoso, -mostrando la larga dentadura amarilla, no quería dejar a su amo allí -estirado, abandonado, a lo largo de las sebes. - -Tuvo necesidad de picarle las ancas con la punta de la espada, y de -ir corriendo detrás de ella con la espada en alto, como si fuese -persiguiendo a un moro, hasta que desembocó en el prado, donde el sol -ya no doraba las hojas. Rostabal arrojó a la hierba el sombrero y la -espada, y de bruces sobre la losa excavada en estanque, con las mangas -arremangadas, lavábase ruidosamente la cara y las barbas. - -La yegua recomenzó a pastar, cargada con las nuevas alforjas que -Guannes comprara en Retortilho. De la más larga, abarrotada, -desbordaban los cuellos de dos botellas. En esto, Ruy sacó, lentamente, -del cinto su larga navaja. Sin un rumor en la espesa hierba, deslizose -hasta Rostabal, que resoplaba con las largas barbas chorreando. Y -serenamente, como si clavase una estaca en un bancal, le enterró toda -la hoja en el largo dorso doblado, certera sobre el corazón. - -Rostabal cayó sobre el estanque, sin un gemido, con la cara en el agua, -los largos cabellos flotando en el agua. Su vieja escarcela de cuero -quedara sujeta debajo del muslo. Para sacar de dentro de ella la -tercera llave del cofre, Ruy levantó el cuerpo, y un chorro de sangre -más espesa corrió, escurrió por el borde del estanque, humeando. - - -III - -¡Ya eran de él, solo de él, las tres llaves del cofre!... Y Ruy, -alargando los brazos, respiró deliciosamente. ¡Apenas la noche -descendiese, con el oro metido en las alforjas, guiando la reata de -yeguas por los atajos de la sierra, subiría a Medranhos y enterraría en -la bodega su tesoro! Y después, cuando allá en la fuente, y allá junto -a los zarzales, solo quedasen, bajo las nieves de diciembre, algunos -huesos sin nombre, él sería el magnífico señor de Medranhos, y en la -nueva capilla del solar renacido mandaría decir ricas misas por sus dos -hermanos muertos... ¿Muertos cómo? Como deben morir los de Medranhos: -¡peleando contra el Turco! - -Abrió las tres cerraduras, cogió un puñado de doblones, que hizo sonar -sobre las piedras. ¡Qué puro oro, de fino quilate! Después fue a -examinar la capacidad de las alforjas, y, encontrando las dos botellas -de vino y un gordo capón asado, sintió inmensa hambre. Desde la víspera -solo había comido un pedacito de pescado seco. ¡Cuánto tiempo que no -probaba capón! ¡Con qué delicia se sentó en el césped, con las piernas -abiertas, y entre ellas el ave amarilla y el vino color de ámbar! -¡Ah! Guannes había sido excelente mayordomo; ni se le olvidaron -las aceitunas. Mas, ¿por qué trajera solo dos botellas para tres -convidados? Rasgó un ala del capón; devoraba a grandes dentelladas. -Caía la tarde, pensativa y dulce, con nubecitas de color de rosa. -Allá, en la vereda, un bando de cuervos graznaba. Las yeguas, hartas, -dormitaban con el hocico pendido. Cantaba la fuente, lavando al muerto. - -Ruy alzó a la luz la botella de vino. Con aquel color viejo y caliente, -no habría costado menos de tres maravedises. Y poniendo el cuello a la -boca, bebió en sorbos lentos, que le hacían ondular el peludo pescuezo. -¡Oh, vino bendito, que tan prontamente hacía olvidar la sangre! Tiró la -botella vacía; destapó otra. Mas, como era avisado, no bebió, porque -la jornada a la sierra, con el tesoro, requería firmeza y acierto. -Descansando, tendido sobre el codo, pensaba en Medranhos cubierto de -teja nueva, en las altas llamas de la chimenea en noches de nieve, y en -su lecho con brocados, en donde tendría siempre mujeres... - -De repente, tomado de una gran ansiedad, sintió prisa de cargar las -alforjas. Ya se adensaba la sombra entre los árboles. Trajo una de las -yeguas para junto del cofre, levantó la tapa, tomó un puñado de oro... -Mas osciló, soltando los doblones, que resonaron en el suelo, y llevó -las dos manos afligidas al pecho. ¿Qué es, don Ruy? ¡Rayos de Dios! Era -un fuego, un fuego vivo que se le encendiera dentro y le subía hasta -la garganta. Rasgose el jubón y echó a andar con pasos inciertos, y -encorvado, con la lengua pendiente, limpiándose las gruesas gotas de -un sudor horrendo que le helaba como nieve. ¡Oh, Virgen Madre! ¡Otra -vez el fuego, más fuerte, que ascendía, le roía! Gritó: - ---¡Socorro! ¡Alguien! ¡Guannes! ¡Rostabal! - -Sus brazos torcidos movíanse en el aire desesperadamente. Y la llama, -dentro, subía; sentía los huesos estallando, como las maderas de una -casa ardiendo. - -Renqueó hasta la fuente para apagar aquella llama; tropezó con -Rostabal, y, con la rodilla apoyada en el muerto, arañando la roca, -entre gritos, buscaba el hilo de agua que recibía sobre los ojos, por -los cabellos. Pero el agua lo quemaba más, como si fuese un metal -derretido. Volviose, cayó encima de la hierba, que arrancaba a puñados, -y que mordía, mordiendo los dedos para chuparles la frescura. Levantose -aún con una baba densa que se le escurría por las barbas; y de repente, -abriendo pavorosamente los ojos, como si comprendiese, en fin, la -traición, todo el horror: - ---¡Es veneno! - -¡Oh! ¡Don Ruy, el avisado, era veneno! Porque Guannes, no bien llegara -a Retortilho, antes de comprar las alforjas, corrió cantando a una -callejuela, que hay detrás de la catedral, a comprar al viejo droguista -judío el veneno que, mezclado al vino, le haría a él, a él solamente, -dueño de todo el tesoro. - -Anocheció. Dos cuervos de entre el bando que graznaba, ya se habían -posado sobre el cuerpo de Guannes. La fuente, cantando, lavaba al otro -muerto. - -Medio enterrada en la hierba negra, toda la cara de Ruy volviérase -negra. Una estrellita lucía en el cielo. - -El tesoro aún está allí, en el bosque de Roquelanes. - - - - -[Ilustración] - -FRAY GENEBRO - - -I - -En aquel tiempo aún vivía en su soledad de las montañas de la Umbría el -divino Francisco de Asís, y ya por toda Italia se loaba la santidad de -fray Genebro, su amigo y su discípulo. - -Fray Genebro, en verdad, completaba la perfección en todas las -virtudes evangélicas. Por la abundancia y perpetuidad de la Oración, -arrancaba de su alma las raíces más menudas del pecado y tornábala -limpia y cándida como uno de esos celestes jardines en que el suelo -anda regado por el Señor, y en donde solo pueden brotar azucenas. Su -penitencia durante veinte años de claustro fue tan dura y alta, que ya -no temía al Tentador; y ahora, solo con sacudir la manga del hábito, -rechazaba las tentaciones, las más pavorosas o las más deliciosas, -como si fuesen apenas moscas importunas. Benéfica y universal a la -manera de un orvallo de verano, su caridad no se derramaba únicamente -sobre las miserias del pobre; más sobre las melancolías del rico. En -su humildísima humildad no se consideraba ni el igual de un gusano. -Los bravíos barones cuyas negras torres asombraban a Italia, acogíanle -reverentemente y curvaban la cabeza ante este franciscano descalzo y -mal remendado que les diseñaba la mansedumbre. En Roma, en San Juan -de Letrán, el Papa Honorio besó las heridas de cadenas que le habían -quedado en los pulsos del año en que en la Mourama por amor de los -esclavos, padeciera esclavitud. Y como en esas edades los ángeles aún -viajaban por la tierra con las alas escondidas, arrimados a un bordón, -muchas veces, trillando un viejo camino pagano o atravesando una selva, -encontrábase un mozo de inefable hermosura que le sonreía y murmuraba: - ---¡Buenos días, hermano Genebro! - -Un día, yendo este admirable mendicante de Spoleto para Terni, y viendo -en el azul y en el sol de la mañana, sobre una colina cubierta de -encinas, las ruinas del castillo de Otofrid, pensó en su amigo Egidio, -antiguo novicio como él en el convento de Santa María de los Ángeles, -que se retiró a aquel desierto para avecinarse más de Dios, y allí -habitaba una cabaña de rastrojos, junto a las murallas derrocadas, -cantando y regando las lechugas de su huerto, porque su virtud era -amena. Y como ya habían pasado más de tres años desde que visitara -al buen Egidio, dejó el camino, pasó, abajo, en el valle, sobre las -piedras, el riachuelo que huía por entre los laureles en flor, y -comenzó a subir lentamente la frondosa colina. - -Después de la polvareda y ardor del camino de Spoleto, era dulce -la larga sombra de los castaños y el césped que le refrescaba los -doloridos pies. A la mitad de la cuesta, en una roca en donde se -embrollaban zarzas, susurraba y lucía un hilo de agua. Extendido al -lado, en las hierbas húmedas, dormía, resonando consoladamente, un -hombre que de cierto guardaba cerdos por allí, porque vestía un grueso -zurrón de cuero y traía pendiente del cinto una bocina de porquero. -El buen fraile bebió ligero, ahuyentó los moscardones que zumbaban -sobre la ruda cara adormecida y continuó trepando por la colina con -su alforja y su cayado, agradeciendo al Señor aquella agua, aquella -sombra, aquella frescura, tantos bienes inesperados. Pronto pudo echar -de ver, en efecto, el rebaño de puercos diseminados bajo las frondas, -roncando y hozando las raíces: unos, magros y agudos, de cerdas -duras; otros, redondos, con el hocico corto ahogado en gordura, y los -lechones, corriendo en torno a las tetas de las madres, lúcidos y color -de rosa. - -Fray Genebro pensó en los lobos y lamentó el sueño del pastor -descuidado. Al fin del matorral comenzaba la roca donde los restos del -castillo lombardo se erguían, revestidos de hiedra, conservando aún -alguna saetera agujereada sobre el cielo, o, en una esquina de torre, -un caño que, extendiendo el cuello de dragón, acechaba por medio de las -selvas bravas. - -La cabaña del ermitaño, tejada de choza que unos pedazos de piedra -aseguraban, apenas se percibía entre aquellos oscuros granitos, por la -huerta que enfrente verdeaba, con sus tajos de col y estacas de habas -entre espliego oloroso. Egidio no andaría muy lejos, porque sobre -el muro de piedra suelta quedara su cántaro, su podón y su azada. -Dulcemente, para no importunarle por si a aquella hora de siesta -estuviese recogido y orando, fray Genebro empujó la puerta de tablas -viejas, que no tenía cerrojo para ser más hospitalaria: - ---¡Hermano Egidio! - -Del fondo de la ruda choza, que más parecía cueva de algún bicho, vino -un lento gemido: - ---¿Quién me llama? Aquí, en este rincón, ¡en este rincón de muerte!... -De muerte, ¡hermano! - -Fray Genebro acudió, y encontró al buen ermitaño estirado en un monte -de hojas secas, encogido entre harapos, y tan delgado, que su cara, en -otro tiempo harta y rosada, era como un pedacito de viejo pergamino muy -arrugado, perdido entre los rizos de las barbas blancas. Con infinita -caridad y dulzura le abrazó: - ---¿Y ha cuánto tiempo, ha cuánto tiempo en este abandono, hermano -Egidio? - -¡Loado Dios, desde la víspera! Aún en la víspera, a la tarde, después -de mirar por última vez para el sol y para su huerto, viniera a -extenderse en aquel rincón, para acabar... Mas hacía meses que le había -tomado un cansancio, que ni le permitía asegurar la cántara llena al -volver de la fuente. - ---Y decidme, hermano Egidio, pues que el Señor me trajo, ¿qué puedo yo -hacer por vuestro cuerpo? Por el cuerpo, digo; que por el alma bastante -tenéis hecho en la virtud de esta soledad. - -Gimiendo, arrebañando para el pecho las hojas secas en que yacía, como -si fueren pliegues de una sábana, el pobre ermitaño murmuró: - ---Mi buen fray Genebro, no sé si es pecado; mas toda esta noche, en -verdad, os confieso, me apeteció comer un pedazo de carne, un pedazo de -puerco asado... ¿Será pecado? - -Fray Genebro, con su inmensa misericordia, le tranquilizó. ¿Pecado? No, -ciertamente. Aquel que por tortura recusa a su cuerpo un contentamiento -honesto, desagrada al Señor. ¿No ordenaba Él a sus discípulos que -comieran las buenas cosas de la tierra? El cuerpo es siervo; y está en -la voluntad divina que sus fuerzas sean sustentadas para que preste -al espíritu, su amo, bueno y leal servicio. Cuando fray Silvestre, -ya enfermito, sintió aquel largo deseo de uvas moscateles, el buen -Francisco de Asís le condujo a la viña, y por sus manos le cogió los -mejores racimos, después de bendecirlos, para que fuesen más jugosas y -más dulces... - ---¿Es un pedazo de puerco asado lo que apetecéis? --exclamó -risueñamente el buen fray Genebro, acariciando las manos transparentes -del ermitaño--. Pues, sosegad, hermano querido, que ya sé cómo os voy a -contentar. - -E inmediatamente, con los ojos relucientes de caridad y de amor, -tomó el afilado podón que había visto sobre el muro del huerto. -Recogiendo las mangas del hábito, y más ligero que un gamo, ya que -era aquel un servicio del Señor, encaminose por la colina hasta los -densos castañales donde encontrara el rebaño de puercos. Y en llegando -allí, andando subrepticiamente, por entre los troncos, sorprendió -un lechoncito abandonado que hozaba en las bellotas, se echó sobre -él y, en tanto le sofocaba el hocico y los gritos, descepó, con dos -golpes certeros de podón, la pierna por donde lo agarrara. Después, -con las manos salpicadas de sangre, la pierna de puerco bien alta y -goteando sangre, dejando la res jadeando en una poza de sangre, el -piadoso hombre trepó la colina, corrió a la cabaña, gritó hacia dentro -alegremente: - ---Hermano Egidio, la pieza de carne ya el Señor la dio; y yo, en santa -María de los Ángeles, era buen cocinero. - -En el huerto del ermitaño arrancó una estaca de las habas, que con -el podón sangriento, apuntó en espeto. Entre dos piedras, encendió -una hoguera. Con celoso cariño asó la pierna de puerco. Era tanta su -caridad, que para dar a Egidio todos los gustos anticipados de aquel -banquete raro en tierra de mortificación, anunciaba con voces festivas -y de buena promesa: - ---¡Ya se va dorando el porquiño, hermano Egidio! ¡La piel se va -tostando, santo! - -Y por fin entró en la choza, triunfalmente, con el asado que humeaba -y exhalaba, cercado de frescas hojas de lechuga. Tiernamente ayudó a -sentar al viejo, que temblaba y se babeaba de gula. Apartole de las -pobres mejillas maceradas los cabellos que el sudor de la flaqueza -empastara. Y, para que el buen Egidio no se vejase con su voracidad y -tan carnal apetito, afirmábale en cuanto le partía las fibras gordas, -que también él hubiese comido regaladamente de aquel excelente puerco, -si no hubiera almorzado de sobra en la _Locanda de los Tres Caminos_. - ---Mas ni bocado me podría entrar ahora, hermano; ¡me papé una gallina -entera! ¡Y después una fritada de huevos! ¡Y un cuartillo de vino -blanco! - -El santo hombre mentía santamente, porque desde la madrugada no había -probado más que un magro caldo de hierbas, recibido por limosna en la -cancela de una granja. - -Harto, consolado, Egidio dio un suspiro, y recayó en su lecho de hoja -seca. ¡Qué bien le hiciera, qué bien le hiciera! ¡El Señor, en su -justicia, pagase a su hermano Genebro aquel pedazo de puerco! Hasta -sentía el alma más fuerte para emprender la temerosa jornada... Y el -ermitaño con las manos alzadas, Genebro arrodillado, ambos loaron, -ardientemente, al Señor, que a toda necesidad solitaria, manda de allá -lejos el socorro. - -Entonces, habiendo cubierto a Egidio con un pedazo de manta y puesto a -su lado la cántara llena de agua fresca, y tapado, contra el aire de la -tarde, la luz de la cabaña, fray Genebro, inclinado sobre él, murmuró: - ---Mi buen hermano, vos no podéis quedar en este abandono... Yo voy -llevado por obra de Jesús, que no admite tardanza, mas pasaré por el -convento de Sambricena y daré recado para que venga un novicio y os -cuide con amor en vuestro trance. ¡Dios os vele entretanto, hermano! -¡Dios os sosiegue y os ampare con su mano derecha! - -Mas Egidio cerrara los ojos; no se movió, o porque adormeciera, o -porque su espíritu, habiendo pagado aquel último salario al cuerpo, -como a un buen servidor, para siempre partiera, terminada su obra en -la tierra. Fray Genebro bendijo al viejo, tomó su bordón y descendió -a la colina de las grandes encinas. Bajo la fronda, hacia los lados -donde andaba el rebaño, la bocina del porquero resonaba ahora en un -toque de alarma y de furor. De cierto despertara; descubriera el lechón -mutilado. Apurando el paso, fray Genebro pensaba cuán magnánimo es el -Señor en permitir que el hombre, hecho a su imagen augusta, reciba tan -fácil consuelo de una pierna de cerdo asada entre dos piedras. - -Retomó el camino, marchando para Terni. Desde ese día fue prodigiosa la -actividad de su virtud. A través de toda Italia, sin descanso, predicó -el Evangelio Eterno, endulzando la aspereza de los ricos, alargando la -esperanza de los pobres. Su inmenso amor iba aún más allá de los que -sufren, hasta a aquellos que pecan, ofreciendo un alivio a cada dolor, -extendiendo un perdón a cada culpa; y con la misma caridad con que -trataba los leprosos, convertía a los bandidos. Durante las invernadas -y la nieve, innumerables veces daba a los mendigos su túnica, sus -alpargatas; los abades de los monasterios ricos, las damas devotas -vestíanle de nuevo, para evitar el escándalo de su desnudez a su paso -por las ciudades; pero él, sin demora, en la primera esquina, ante -cualquier desarrapado, desvestíase otra vez sonriendo. Para redimir -siervos que sufrían bajo un amo fiero, penetraba en las iglesias y -arrancaba del altar los candelabros de plata, afirmando, jovialmente, -que más grato le era a Dios un alma liberta que una vela encendida. - -Cercado de viudas, de criaturas famélicas, invadía las panaderías, las -carnicerías, hasta las tiendas de cambio, y reclamaba imperiosamente -en nombre de Dios la parte de los desheredados. Sufrir, sentir la -humillación, eran para él las únicas alegrías completas: nada le -deleitaba más que llegar de noche, mojado, hambriento, tiritando, a -una opulenta abadía feudal, y ser repelido de la portería como un -mal vagabundo; solo entonces, agachado en un rincón, lleno de lodo, -masticando un puñado de hierbas crudas, reconocíase verdaderamente -hermano de Jesús, que ni siquiera había tenido, como tienen los bichos -del monte, un cubil para abrigarse. Cuando en una ocasión en Perusa las -cofradías salieron a su encuentro, con festivas banderas, al repique -de las campanas, él echó a correr hacia un monte de estiércol, en -donde se revolcó y se ensució todo para que de aquellos que venían -a engrandecerle, solo pudiera recibir compasión y escarnio. En los -claustros, en los descampados, en medio de las multitudes, durante las -lides más pesadas, oraba constantemente, no por obligación, sino porque -en la plegaria encontraba un deleite adorable. Deleite mayor, sin -embargo, era para el franciscano, enseñar y servir. - -Así, largos años, erró entre los hombres, vertiendo su corazón como -el agua de un río, ofreciendo sus brazos como incansables palancas; y -tan pronto, en una desierta ladera, aliviaba a una pobre vieja de su -carga de leña, como en una ciudad revuelta, donde reluciesen armas, -adelantábase con el pecho abierto, y amansaba las discordias. - -En fin, una tarde, en víspera de Pascua, hallándose sentado, -descansando en los escalones de Santa María de los Ángeles, vio de -repente, en el aire liso y blanco, una vasta mano luminosa que sobre él -se abría y chispeaba. Pensativo, murmuró: - ---He ahí la mano de Dios, su mano derecha, que se extiende para -acogerme o para repelerme. - -Dio luego a un pobre, que allí rezaba el Ave María, con su alforja -debajo de las rodillas, todo lo que en el mundo le restaba, que era -un volumen del Evangelio, muy usado y manchado de sus lágrimas. El -Domingo, en la iglesia, al alzar la hostia, se desmayó; sintiendo -entonces que iba a terminar su jornada terrestre, quiso que le llevasen -para un corral y le acostaran sobre una camada de cenizas. - -En santa obediencia al guardián del convento, consintió que le -limpiasen de sus trapos, le vistiesen un hábito nuevo; mas con los -ojos inundados de ternura, imploró que le enterrasen en un sepulcro -prestado, como fuera el de Jesús, su señor. - -Y, suspirando, solo se quejaba de no sufrir: - ---Oh, Señor, que tanto sufrió, ¿por qué no me manda a mí el -padecimiento bendito? - -Al amanecer pidió que abriesen el portón del corral. - -Contempló el cielo, que clareaba, escuchó las golondrinas que, en la -frescura y silencio, comenzaban a cantar sobre el borde del tejado, -y, sonriendo, recordó una mañana, así de silenciosa y fresca, en que, -andando con Francisco de Asís a la orilla del lado de Perusa, el -maestro incomparable detuviérase ante un árbol lleno de pájaros, y -paternalmente les recomendara que loasen siempre al Señor. «¡Hermanos -míos, hermanos pajaritos, cantad bien a vuestro Creador, que os dio -ese árbol para que en él habitéis, y toda esta limpia agua para en -ella beber, y esas plumas bien calientes para abrigaros vosotros, y -vuestros hijitos!» Luego, besando humildemente la manga del monje que -lo amparaba, Fray Genebro murió. - - -II - -A seguida que cerró sus ojos carnales, un Grande Ángel penetró -diáfanamente en el corral y tomó en los brazos el alma de Fray Genebro. -Durante un momento, en la fina luz de la madrugada, deslizose por sobre -el frontero prado, tan levemente, que ni rozaba las puntas rociadas del -alto césped. Después, abriendo las alas, radiantes y níveas, traspuso -en un vuelo sereno, las nubes, los astros, todo el cielo que los -hombres conocen. - -Anidada en sus brazos, como en la dulzura de una cuna, el alma de -Genebro conservaba la forma del cuerpo que sobre la tierra quedara; -aún la cubría el hábito franciscano, con un resto de polvo de ceniza -en los rudos pliegues, y con un mirar nuevo, que ahora todo traspasaba -y todo comprendía, contemplaba, en un deslumbramiento, aquella -región en que el Ángel luciera alto, más allá de los universos -transitorios y de todos los rumores siderales. Era un espacio sin -límite, sin contorno y sin color. Por encima comenzaba una claridad, -subiendo desparramada a la manera de una aurora cada vez más blanca -y más luciente y más radiante, hasta que resplandecía en un fulgor -tan sublime, que en ella un sol corruscante sería como una mancha -pardusca. Y por abajo extendíase una sombra cada vez más deslucida, más -oscura, más cenicienta, hasta que formaba como un espeso crepúsculo -de profunda, insondable tristeza. Entre esa refulgencia ascendente y -la oscuridad inferior, permaneciera el Ángel inmóvil, esperando, con -las alas cerradas. También el alma de Genebro sentía perfectamente que -estaba allí, esperando, entre el Purgatorio y el Paraíso. En esto, -súbitamente, en las alturas, aparecieron los dos inmensos platos de -una balanza; uno que rebrillaba como diamante y estaba reservado a -sus Buenas Obras; otro, más negro que el carbón, para recibir el -peso de sus Obras Malas. En los brazos del Ángel, el alma de Genebro -estremeciose... El plato diamantino comenzó a descender lentamente. -¡Oh, contentamiento y gloria! Cargado con sus Buenas Obras, descendía, -calmo y majestuoso, esparciendo claridad. Tan pesado venía, que sus -gruesas cuerdas rechinaban, crujían, y entre ellas, formando como una -montaña de nieve, resaltaban magníficamente sus virtudes evangélicas. -Allí aparecían las incontables limosnas que sembrara en el mundo, ahora -desabotonadas en blancas flores, llenas de aroma y de luz. - -Su humildad era una cumbre, aureolada por un resplandor. Y cada una de -sus penitencias centelleaba más límpidamente que cristales purísimos. -Su perenne oración subía y enroscábase en torno de las cuerdas, a la -manera de una deslumbrante niebla de oro. - -Sereno, con la majestad de un astro, el plato de las Buenas Obras -paró, finalmente, con su carga preciosa. El otro, allá arriba, no se -movía, negro, del color del carbón; inútil, olvidado, vacío. Ya de las -profundidades, sonoros bandos de Serafines volaban, balanceando palmas -verdes. El pobre franciscano iba a entrar triunfalmente en el Paraíso, -y aquella era la milicia divina que le acompañaría cantando. Un temblor -de alegría pasó en la luz del Paraíso, que un santo nuevo enriquecía, -y el alma de Genebro pregustó las delicias de la Bienaventuranza. ¡Y -estando así, súbitamente, en lo alto, el plato negro osciló como a -un peso inesperado que sobre él cayese! Comenzó a descender, duro, -temeroso, haciendo una sombra doliente a través de la celestial -claridad. ¡Qué mala acción de Genebro traía tan menuda que ni se dejaba -ver, tan pesada que forzaba el plato luminoso a subir, remontarse -ligeramente, como si la montaña de las Buenas Acciones que en él -transbordaban, fuesen un humo mentiroso! ¡Oh, dolor! ¡Oh, desesperanza! - -Retrocedían los Serafines con las alas temblantes. En el alma de Fray -Genebro corrió un calofrío inmenso de terror. El negro plato descendía, -firme, inexorable, con las cuerdas tirantes, y en la región que se -hallaba bajo los pies del Ángel, cenicienta, de inconsolable tristeza, -una masa de sombra, muellemente y sin rumor, palpitó, creció, rodó, -como la onda de una marea devoradora. - -El plato, más triste que la noche, detuviérase, parara en pavoroso -equilibrio con el plato que rebrillaba. Y los Serafines, Genebro, el -Ángel que le trajera, descubrieron, en el fondo de aquel plato que -inutilizaba a un Santo, un cerdo, un pobre lechoncillo con una pierna -bárbaramente mutilada, revolcándose, al morir, en una poza de sangre... -¡El animal mutilado pesaba tanto en la balanza de la justicia como la -montaña luminosa de perfectas virtudes! - -En aquel punto, de las alturas surgió una vasta mano, abriendo los -dedos que chispeaban. Era la mano de Dios, su mano derecha, que ya se -le apareciera a Genebro en la escalera de Santa María de los Ángeles, -y que ahora supremamente se extendía para acogerle o para repelerle. -Toda la luz y toda la sombra, desde el Paraíso fulgente al Purgatorio -crepuscular, se contrajeran en un recogimiento de indecible amor y -terror. En la extática mudez, la vasta mano, a través de las alturas, -lanzó un gesto que repelía... y el Ángel, bajando la faz compadecida, -alargó los brazos y dejó caer el alma de Fray Genebro en la oscuridad -del Purgatorio. - - - - -[Ilustración] - -SINGULARIDADES DE UNA SEÑORITA RUBIA - - -I - -Comenzó por decirme que su caso era natural, y que se llamaba Macario. - -Debo contar que conocí a este hombre en un hospedaje del Miño. Era -alto y grueso; tenía una calva larga, lúcida y lisa, con pelos raros y -finos que se le erizaban en derredor; y sus ojos negros, con la piel -en torno arrugada y amarillenta, y ojeras papudas, tenían una singular -claridad y rectitud, por detrás de sus anteojos redondos con aros de -concha. Tenía la barba rapada, el mentón saliente y resuelto. Traía una -corbata de raso negro, apretada por detrás con una hebilla; una levita -larga color de piñón, con las mangas estrechas y justas y bocamangas -de veludillo. Por la larga abertura de su chaleco de seda, en donde -relucía una cadena antigua, asomaban los blandos pliegues de una camisa -bordada. - -Era esto en septiembre; ya anochecía más pronto, con una frialdad fina -y seca y una oscuridad espantosa. Yo me había apeado de la diligencia, -fatigado, hambriento, arrebozado en un cobertor de listas escarlata. - -Venía de atravesar la sierra y sus perspectivas pardas y desiertas. -Eran las ocho de la noche. El cielo estaba pesado y sucio. Y, o fuese -un cierto adormecimiento cerebral producido por el rodar monótono de -la diligencia, o la influencia del paisaje escarpado y árido, bajo -el cóncavo silencio nocturno, o la opresión de la electricidad, que -henchía las alturas, el hecho es que yo --que soy naturalmente positivo -y realista-- había venido tiranizado por la imaginación y por las -quimeras. Existe, en el fondo de cada uno de nosotros, por fríamente -educados que seamos, un resto de misticismo; y basta, a las veces, un -paisaje lúgubre, el viejo muro de un cementerio, un yermo ascético, -las emolientes blancuras de un lunar, para que ese fondo místico, -suba, se alargue como una neblina, llene el alma, la sensación y la -idea, y quede así el más matemático o el más crítico, tan triste, tan -visionario, tan idealista, como un viejo monje poeta. - -A mí, lo que me lanzó en la quimera y en el sueño, fue el aspecto -del monasterio de Rastello, que yo había visto, a la claridad suave -y otoñal de la tarde, en su dulce colina. Mientras iba anocheciendo, -y la diligencia rodaba continuamente al trote flaco de sus magros -caballos blancos, y el cochero, con el capuchón del gabán enterrado en -la cabeza, rumiaba su pipa, yo me puse, elegíacamente, ridículamente, a -considerar la esterilidad de la vida; y deseaba ser un monje, estar en -un tranquilo convento, entre arbolados, o en la murmuradora concavidad -de un valle, y en tanto el agua canta sonoramente en las tazas de -piedra, leer la _Imitación_, y oyendo a los ruiseñores en los laureles, -tener saudades del cielo. No se puede ser más estúpido. - -Pero yo sentía así, y atribuyo a esta disposición visionaria la falta -de espíritu --la sensación-- que me hizo la historia de aquel hombre de -las bocamangas de veludillo. - -Mi curiosidad comenzó durante la cena, cuando yo deshacía el pecho -de una gallina ahogada en arroz blanco, con rebanadas escarlata de -salchichón, y la criada, gorda y llena de pecas, hacía espumar el vino -verde en la copa, dejándolo caer de alto de una colodra vidriada. El -hombre estaba enfrente de mí, comiendo tranquilamente su jalea: le -pregunté, con la boca llena, y mi servilleta de lino de Guimarães -suspendida en los dedos, si él era de Villa Real. - ---Vivo allí hace muchos años --respondió. - ---Tierra de mujeres bonitas, según me consta --dije. - -El hombre se calló. - ---¿Eh? --torné. - -El hombre arrebujose en un silencio completo. Hasta entonces estuviera -alegre, riendo dilatadamente, locuaz y lleno de simplicidad; y de -pronto inmovilizó su fina sonrisa. - -Comprendí que había tocado la carne viva de un recuerdo. De seguro -había un _mujer_ en el destino de aquel viejo. Ahí estaba su melodrama -o su farsa, porque inconscientemente me determiné en la idea de que el -_hecho_, el _caso_ de aquel hombre, tendría que ser grotesco y exhalar -escarnio. - -Así que le dije: - ---A mí me han asegurado que las mujeres de Villa Real son las más -bonitas del Norte. Para ojos negros, Guimarães; para cuerpos, San -Alejo; para cabellos, los Arcos; allí es en donde se ven los cabellos -claros color de trigo. - -El hombre seguía callado, comiendo, con los ojos bajos. - ---Para cinturas finas, Viana; para buenos cutis, Amarante; y para todo -esto, Villa Real. Yo tengo un amigo que se vino a casar a Villa Real. -Tal vez le conozca. Peixoto, uno alto, de barba rubia, bachiller. - ---Peixoto, sí --murmuró, mirándome gravemente. - ---Vino a casarse a Villa Real, como antiguamente se iban a casar a -Andalucía --cuestión de arreglar la fina flor de la perfección--. A su -salud. - -Evidentemente le molestaba, porque se levantó, fue a la ventana con un -paso pesado, y entonces reparé en sus gruesos zapatos de cachemir con -suela fuerte y cordones de cuero. Y salió. - -Cuando pedí mi candelero, la criada trájome un velón de latón lustroso -y antiguo, y dijo: - ---El señor está con otro. El número 3. En los hospedajes del Miño, a -las veces, cada cuarto es un dormitorio independiente. - ---Bien --dije yo. - ---El número 3 era en el fondo del corredor. A las puertas de los -lados, los huéspedes habían puesto su calzado para limpiar: veíanse -unas gruesas botas de montar, enfangadas, con espuelas de correa; -los zapatos blancos de un cazador; botas de propietario, de altas -cañas bermejas; las botas de un cura, altas, con su borla de seda; -los botines de becerro de un estudiante; y en una de las puertas, el -número 15, había unas botinas de mujer, de raso, pequeñitas y finas, y -al lado, las botinitas de un niño, todas rotas y gastadas, y sus cañas -de paño forradas de pieles caíanle para los lados, con los cordones -desatados. Todos dormían. Frente al número 3, estaban los zapatos de -cachemir con correas; y cuando abrí la puerta vi al hombre de las -bocamangas de veludillo que amarraba en la cabeza un pañuelo de seda; -tenía una chaqueta corta de ramajes, unas medias de lana, gruesas y -altas, y los pies metidos en unas chinelas de orillo. - ---No repare usted --me dijo. - ---Libertad completa --y para establecer la intimidad, me saqué la -chaqueta. - -No diré los motivos, por los cuales de allí a poco, ya acostado, me -relató su historia. Hay un proverbio eslavo de Galicia, que dice: «lo -que no cuentas a tu mujer, lo que no cuentas a tu amigo, cuéntaselo -a un extraño en el hospedaje». Mas él tuvo rabias inesperadas y -dominantes en el ínterin de su larga y sentida confidencia. Fue a -propósito de mi amigo Peixoto, que se había ido a casar a Villa Real. -¡Le vi llorar, a aquel viejo de casi sesenta años! Tal vez la historia -se juzgue trivial; a mí, que en esa noche estaba nervioso y sensible, -me pareció terrorífica; mas cuéntola apenas como un accidente singular -de la vida amorosa... - -Comenzó, pues, por decirme, que su caso era natural, y que se llamaba -Macario. - -Le pregunté yo entonces si era de una familia que yo conociera, que -tenía el apellido de _Macario_; y como él me respondiese que era -primo de esos tales, aventuré a seguida una idea muy simpática de -su carácter, porque los Macarios eran una antigua familia, casi una -dinastía de comerciantes, que mantenían con una severidad religiosa -su vieja tradición de honra y de escrúpulo. Díjome Macario que en ese -tiempo, en 1823 o 33, en su mocedad, su tío Francisco tenía en Lisboa, -un almacén de paños, y que él era uno de los dependientes. Al cabo de -un tiempo, el tío compenetrábase de ciertos instintos inteligentes y -del talento práctico y aritmético de Macario, y le dio el escritorio. -Macario tornose su tenedor de libros. - -Díjome que siendo naturalmente linfático, y tímido, su vida tenía en -ese tiempo una gran concentración. Un trabajo escrupuloso y fiel, -algunas raras meriendas en el campo, un esmero distinto en el traje -y en la ropa blanca, era todo el interés de su vida. La existencia -en aquel entonces era casera y estrecha. Una gran simplicidad social -aclaraba las costumbres; los espíritus eran más ingenuos, los -sentimientos menos complicados. - -Comer alegremente en una huerta, bajo los parrales, viendo correr el -agua de las riegas, llorar con los melodramas que rugían entre los -bastidores del Salitre, alumbrados con cera, eran contentamientos que -bastaban a la burguesía cautelosa. Demás de eso, los tiempos eran -confusos y revolucionarios; y nada torna al hombre recogido, amigo del -hogar, simple y fácilmente feliz, como la guerra. La paz, dando vagar a -la imaginación, causa las impaciencias del deseo. - -A los veintidós años, Macario, como le decía una vieja tía que fuera -querida del magistrado Curvo Semedo, aún no había _sentido a Venus_. - -Mas por ese tiempo vino a morar enfrente del almacén de los Macarios, -en un tercer piso, una mujer de cuarenta años, vestida de luto, con una -piel blanca y descolorida, el busto bien hecho y un aspecto deseable. -Macario tenía su pupitre en el primer piso, encima del almacén, al -borde de un balcón, y desde allí vio una mañana a aquella mujer -con el cabello negro suelto y ensortijado, una blusa blanca y los -brazos desnudos, llegarse al antepecho de una ventana para sacudir un -vestido. Macario fijó en ella su mirada, y sin más intención, díjose -mentalmente que aquella mujer, a los veinte años debía haber sido una -persona cautivante y llena de dominio; porque sus cabellos, violentos -y ásperos, las cejas espesas, el labio fuerte, el perfil aquilino y -firme, revelaban un temperamento activo e imaginaciones apasionadas. -En tanto, continuó serenamente alineando sus cifras. Mas por la noche, -estaba fumando, sentado a la vera de la ventana de su cuarto, que -abría sobre el patio; era una noche de julio y la atmósfera, eléctrica -y amorosa; el violín de un vecino gemía una _jácara_ morisca de un -melodrama que entonces sensibilizaba; el cuarto hallábase sumido en -una penumbra dulce y llena de misterio, y Macario, que calzaba unas -chinelas, de improviso se acordó de aquellos cabellos negros y fuertes -y de aquellos brazos que tenían el color de los mármoles pálidos; -desperezose, bamboleó mórbidamente la cabeza por el respaldo del sillón -de mimbre, como los gatos sensibles, que se estregan, y decidió, -bostezando, que su vida era monótona. Y al otro día, aún impresionado, -sentose ante su pupitre con la ventana abierta y mirando a la casa -frontera en donde vivían aquellos largos cabellos, comenzó a recortar -lentamente su pluma de madera. No se asomó nadie al balcón de antepecho -con persianas verdes. Macario estaba hastiado, pesado, y el trabajo -fue lento. ¡Pareciole que había en la calle un sol alegre y que en los -campos las sombras debían ser mimosas y que se hallaría bien viendo -el palpitar de las mariposas blancas en las madreselvas! Cuando cerró -el pupitre, sintió que se abrían las maderas de los ventanales de -enfrente: eran de seguro los cabellos negros. Aparecieron unos cabellos -rubios. ¡Oh! Macario salió a seguida, descaradamente al balcón, -afilando un lápiz. Era una señorita de unos veinte años, fina, fresca, -rubia como una viñeta inglesa; la blancura de la piel tenía algo de -la transparencia de las viejas porcelanas, y había en su perfil una -línea pura como de una medalla antigua. Los viejos poetas pintorescos -habríanla llamado paloma, armiño, nieve y oro. - -Macario se dijo: - ---Es hija. - -La otra vestía de luto, y esta, la rubia, traía un vestido de muselina -con lunares azules, una pañoleta de Cambray cruzada sobre el pecho, las -mangas con encajes, y todo era aseado, mozo, fresco, flexible y tierno. - -Por entonces Macario era rubio, con la barba corta, el pelo rizado, y -su figura debía tener aquel aire seco y nervioso que después del siglo -XVIII y de la revolución, fue tan vulgar en las razas plebeyas. - -La señorita rubia reparó naturalmente en Macario y naturalmente cerró -las maderas, corriendo por detrás una cortina de muselina bordada. -Estas pequeñas cortinas datan de Goethe y tienen en la vida amorosa un -interesante destino: revelan. Levantarles una punta y espiar, fruncirla -suavemente, revela un fin; correrla, sujetar en ella una flor, -agitarla, haciendo sentir que por dentro un rostro atento se mueve y -espera, son viejas maneras con que en la realidad y en el arte comienza -la novela. La cortina irguiose despacito y el rostro rubio avizoró. - -Macario no me contó por palpitaciones la historia minuciosa de su -corazón. Dijo sencillamente que de allí a cinco días _estaba loco por -ella_. Su trabajo tornose luego perezoso e infiel, y su bella letra -cursiva inglesa, firme y larga, adquirió curvas, ganchos, rabos, en -donde estaba toda la novela impaciente de sus nervios. No la podía ver -por la mañana; el sol mordiente de julio batía y abrasaba la ventana. -Solo por la tarde se fruncía la cortina, se abrían las maderas, y -ella, extendiendo una almohadilla en el borde del antepecho, venía -a acodarse, mimosa y fresca, con un abanico en la mano. Abanico que -preocupó a Macario: era chinés, redondo, de seda blanca, con dragones -escarlata bordados a pluma, una armazón de pluma azul, fina y trémula -como un plumón, y su cabo de marfil, del cual pendían dos borlas de -hilo de oro, tenía incrustaciones de nácar a la manera persa. - -Un abanico magnífico y, en aquel tiempo, inesperado, en las manos -plebeyas de una señorita vestida de muselina. Mas como ella era rubia y -la madre tan meridional, Macario, con esa intuición interpretativa de -los enamorados, respondió a su curiosidad: _será hija de un inglés_. -El inglés va a la China, a Persia, a Ormuz, a Australia y viene lleno -de aquellas joyas de los lujos exóticos, y ni Macario sabía por qué -le preocupaba así aquel abanico de mandarina: mas según él me dijo, -_aquello le agradó_. - -Transcurriera una semana, cuando un día Macario vio, desde su mesa, que -la rubia salía con la madre, porque se acostumbrara a considerar madre -a aquella magnífica señora magníficamente pálida y vestida de luto. - -Macario fue a la ventana y las vio atravesar la calle y entrar en el -almacén. ¡En su almacén! Descendió corriendo, trémulo, impaciente, -apasionado y con palpitaciones. Ya estaban apoyadas en el mostrador, -y un dependiente desdoblábales cachemires negros. Esto conmovió a -Macario; él mismo me lo dijo: - ---Porque, en fin, querido, no era natural que ellas fuesen a comprar -cachemires negros. - -No; ellas no usaban _amazonas_; no querrían ciertamente tapizar -sillas con cachemir negro: no había hombres en su casa; de suerte, -que aquella venida al almacén era un medio delicado para verle de -cerca y hablarle, y tenía todo el encanto penetrante de una mentira -sentimental. Yo advertí a Macario que, siendo así, él debía extrañar -aquel movimiento amoroso, porque denotaba una complicidad equívoca -en la madre. Él me confesó que _ni pensaba en tal_. Lo que hizo fue -acercarse al mostrador y decir estúpidamente: - ---Sí, señor; van bien servidas: este cachemir no encoge. - -La rubia irguió hacia él su mirar azul, y Macario quedó como si se -sintiese envuelto en la dulzura de un cielo. - -Y cuando iba a decirle una palabra reveladora y vehemente, apareció en -el fondo del almacén el tío Francisco, con su larga levita color de -piñón y botones amarillos. Como era singular y desusado hallarse al -señor tenedor de libros vendiendo en el mostrador, y el tío Francisco, -con su crítica estrecha y célibe, podía escandalizarse, Macario comenzó -a subir lentamente la escalera en caracol que llevaba al escritorio, y -aún oyó la voz delicada de la rubia decir blandamente: - ---Ahora querría ver telas de la India. - -El dependiente fue a buscar un pequeño paquete de aquellas telas, -apiladas y apretadas con una tira de papel dorado. - -Macario, que había adivinado en aquella visita una revelación de amor, -casi una _declaración_, estuvo todo el día entregado a las amargas -impaciencias de la pasión. - -Anduvo distraído, absorto, pueril; no dio la menor atención al -escritorio; comió callado, sin escuchar al tío Francisco, que exaltaba -las albóndigas; apenas reparó en su sueldo, que le fue satisfecho en -plata, a las tres, y no entendió bien las recomendaciones del tío y la -preocupación de los dependientes sobre la desaparición de un paquete de -pañuelos de la India. - ---Es la costumbre de dejar entrar pobres en el almacén --había dicho -el tío Francisco, en su laconismo majestuoso--. Son doce duros de -pañuelos. Lance a mi cuenta. - -En tanto, Macario rumiaba secretamente una carta; mas sucedió que al -otro día, estando él en el balcón, la madre, la de los cabellos negros, -vino a apoyarse en el antepecho, y en ese momento pasaba por la calle -un muchacho amigo de Macario, que al ver a aquella señora se paró y -le sacó, con una cortesía risueña, su sombrero de paja. Macario quedó -radiante. Aquella noche buscó a su amigo, y, brutalmente, sin medias -tintas: - ---¿Quién es aquella mujer que saludaste hoy frente al almacén? - ---Es la Villaça. Bella mujer. - ---¿Y la hija? - ---¡La hija! - ---Sí; una rubia clara, con un abanico chinés. - ---¡Ah! sí. Es hija. - ---Es lo que yo decía. - ---¿Sí? ¿Y qué? - ---Es bonita. - ---¡Es bonita! - ---Es gente de bien, ¿eh? - ---Sí; gente de bien. - ---Está bien. ¿Tú las conoces mucho? - ---Las conozco. Mucho, no. Las encontraba antes en casa de doña Claudia. - ---Bien; oye. - -Y Macario, contando la historia de su corazón despertado y exigente, y -hablando del amor con las exaltaciones de entonces, pidiole, como la -gloria de su vida, que _hallase un medio de encajarlo allí_. No era -difícil. Las Villaças acostumbraban ir los sábados a casa de un notario -muy rico, en la calle de los Calafates; eran reuniones sencillas y -pacatas, en donde se cantaban motetes con música de clavicordio, se -glosaban motes y había juegos de prendas del tiempo de la señora doña -María I, y a las nueve, la criada servía horchata. Bien. El primer -sábado, Macario, de casaca azul, calzas de Nankin con presillas de -metal, corbata de raso rojo, curvábase delante de la esposa del -notario, la señora doña María de la Gracia, persona seca y ahilada, -con un vestido bordado a matiz, una nariz corva, un enorme anteojo de -concha y una pluma de _marabout_ en sus cabellos grises. En un rincón -de la sala, entre un _frou-frou_ de vestidos enormes, estaba la pequeña -Villaça, la rubia, vestida de blanco, sencilla, fresca, con su aire -de grabado en color. La madre, la soberbia mujer pálida, cuchicheaba -con un magistrado de figura apoplética. El notario era hombre letrado, -latinista y amigo de las musas; escribía en un periódico de entonces, -_La alcoba de las damas_, porque era, sobre todo, galante, y él mismo -se intitulaba, en una oda pintoresca, _mozo escudero de Venus_. Así, -sus reuniones eran ocupadas por las bellas artes, y en esa noche, -un poeta del tiempo debía leer un poemita intitulado _¡Elmira, o la -venganza del veneciano!_... - -Comenzaban entonces a aparecer las primeras audacias románticas. -Las revoluciones de Grecia principiaban a atraer a los espíritus -románticos y salidos de la mitología hacia los países maravillosos de -Oriente. Por dondequiera se hablaba del pachá de Janina. La poesía -apoderábase vorazmente de este mundo nuevo y virginal de minaretes, -serrallos, sultanas color de ámbar, piratas del Archipiélago y salas -tapizadas, llenas de perfume del áloe, en donde pachás decrépitos -acarician leones. De suerte que la curiosidad era grande; y cuando el -poeta apareció con los cabellos largos, la nariz aquilina y fatal, el -pescuezo embarazado en la alta gola de su frac a la Restauración y un -canuto de lata en la mano, Macario fue el único que no experimentó -sensación alguna, porque estaba todo embebecido hablando con la niña de -Villaça. Decíale afablemente: - ---¿Y entonces, el otro día, le gustó el cachemir? - ---Mucho --dijo ella en voz baja. - -Desde ese momento, envolvioles un destino nupcial. - -Entretanto, en el amplio salón, pasábase la noche espiritualmente. -Macario no me pudo dar todos los pormenores históricos y -característicos de aquella asamblea. Recordaba apenas que un corregidor -de Leiria recitaba el _Madrigal a Lidia_; leíalo de pie, con una lupa -redonda aplicada sobre el papel, la pierna derecha adelantada, la -mano en la abertura del chaleco blanco de gola alta. Y a la redonda, -formando círculo, las damas, con vestidos de ramazón, cubiertas de -plumas, las mangas estrechas terminadas en vuelos fofos de encaje, -mitones de seda negra llenos del centelleo de los anillos, tenían -sonrisas tiernas, cuchicheos, dulces murmuraciones, risitas y un blando -palpitar de abanicos recamados de lentejuelas. - ---¡Muy bonito --decían--, muy bonito! - ---Y el corregidor, desviando el lente, cumplimentaba sonriendo y -veíasele un diente podrido. - -Luego, la preciosa doña Jerónima de la Piedad y Sande, sentándose con -maneras conmovidas ante el clavicordio, cantó con su voz gangosa la -antigua aria de Lully: - - ¡Oh, Ricardo!; ¡oh, mi rey! - El mundo te abandona, - -lo que obligó al terrible Gaudencio, demócrata del 20 y admirador de -Robespierre, a murmurar rencorosamente junto a Macario: - ---¡Reyes!... ¡Víboras! - -Después, el canónigo Saavedra cantó una romanza de Pernambuco, muy -usada en el tiempo del señor Don Juan VI: _lindas mozas, lindas mozas_. - -Así fue corriendo la noche, literaria, pachorrienta, erudita, -requintada y toda llena de musas. - -Ocho días después, Macario era recibido en casa de la Villaça, en un -domingo. Convidáralo la madre, diciéndole: - ---Espero que el vecino honre aquella choza. - -El magistrado apoplético, que estaba al lado, exclamó: - ---¿Choza? Diga alcázar, hermosa dama. - -En esta noche hallábanse allí el amigo del sombrero de paja, un viejo -caballero de Malta, renco, estúpido y sordo, un beneficiado de la -catedral, ilustre por su voz de tiple, y las hermanas Hilarias, de -las cuales, la más vieja, habiendo asistido, como aya de una señora -de la casa de la Mina, a la torada de Salvatierra, en que murió el -conde de los Arcos, nunca dejaba de narrar los pintorescos episodios -de aquella tarde; la figura del conde de los Arcos, de cara rapada y -una cinta de raso escarlata en la coleta; el soneto que un magro poeta, -parásito de la casa de Vimioso, recitó cuando el conde entró, haciendo -ladear su caballo negro, enjaezado a la española, con una gualdrapa -en donde figuraban sus armas labradas en plata; el tumbo que en ese -momento dio un fraile de San Francisco desde las gradas más altas, y -la hilaridad de la corte, que hasta la condesa de Pavolide se llevaba -las manos a los costados; después, el rey, el señor Don José I, vestido -de terciopelo escarlata, recamado de oro, acodado en el borde de su -palco y haciendo girar entre dos dedos su caja de rapé guarnecida, y -por detrás, inmóviles, el médico Lourenço y el fraile, su confesor; -después, el rico aspecto de la plaza llena de gente de Salvatierra, -mayorales, frailes, lacayos y el grito que hubo, cuando Don José I -entró: ¡Viva el rey, nuestro señor! Y el pueblo se arrodilló y el rey -habíase sentado, y comía dulces que le ofreció un criado, en una bolsa -de terciopelo. - -Luego, la muerte del conde de los Arcos, los desmayos, y hasta el rey, -todo inclinado, batiendo con la mano en el antepecho, gritando en la -confusión; y el capellán de la casa de los Arcos, que había salido -corriendo desaladamente a buscar la extremaunción. Ella, Hilaria, -quedara aterrada de pavor; sentía los mugidos de los bueyes, gritos -agudos de mujeres, los aullidos de los flatos, y viera entonces a un -viejo, todo vestido de terciopelo negro, con la fina espada en la mano, -debatirse entre hidalgos y damas que lo sujetaban, y querer tirarse a -la plaza, bramando de rabia. «Es el padre del conde», explicaban en -torno. Ella desmayárase en los brazos de un padre de la Congregación. -Al volver en sí, hallose junto a la plaza; a la puerta estaba la -berlina real, con los postillones emplumados, los machos llenos de -cascabeles, y, al frente, los batidores a caballo; veíase allá dentro -al rey, escondido en el fondo, pálido, sorbiendo febrilmente rapé, -todo encogido, con el confesor, y par a par, con una de las manos -apoyadas en el alto bastón, hombrachón, fuerte, el aspecto melancólico, -el marqués de Pombal hablaba despacito e íntimamente, gesticulando -con el lente. Los batidores picaron, resonaron los estallidos de los -postillones, y la berlina partió al galope, mientras el pueblo gritaba: -¡Viva el rey, nuestro señor! ¡Y la campana de la capilla del palacio -tocaba a difuntos! Era una honra que concedía el rey a la casa de los -Arcos. - -En el punto en que doña Hilaria acabó de contar, suspirando, estas -desgracias pasadas, comenzose a jugar. Macario no recordaba lo que se -había jugado en esa noche radiosa, lo cual parece singular. Solo se -acordaba de que había quedado al lado de la pequeña de Villaça (que se -llamaba Luisa), que reparara mucho en su fina piel rosada, embebida -en luz, y en la dulce y amorosa pequeñez de su mano con las uñas más -pulidas que el marfil de Dieppe. Se acordaba también de un accidente -excéntrico, que le había hecho determinarse, desde ese día, a sentir -una gran hostilidad al clero de la catedral. Macario estaba sentado -a la mesa, y a su lado Luisa, la cual habíase vuelto hacia él, con -una de las manos sosteniendo su fina cabecita rubia y amorosa, y la -otra descansando en el regazo. El beneficiado sentárase enfrente, -con su bonete negro, sus anteojos en la punta aguda de la nariz, el -tono azulado de la fuerte barba rapada, y sus dos grandes orejas, -complicadas y llenas de pelo, separadas del cráneo como dos postigos -abiertos. En esto, como era necesario al final del juego pagar unos -tantos al caballero de Malta, que cayera al lado del beneficiado, -Macario sacó del bolsillo una moneda y en tanto el caballero, todo -curvado y bizqueando un ojo, hacía la suma de los tantos en el dorso de -un as, Macario conversaba con Luisa, haciendo girar sobre el paño verde -su moneda de oro, como un bolillo o un peón. Era una moneda nueva que -relucía, chispeaba, rodando, y hería la vista como una bola de nieve -iluminada. Luisa sonreía viéndola girar, girar, y le parecía a Macario -que todo el cielo, la pureza, la bondad de las flores y la castidad de -las estrellas estaban en aquella clara sonrisa distraída, espiritual, -arcangélica, con que ella seguía el giro fulgurante de la moneda nueva -de oro. De repente, la pieza, corriendo hasta el borde de la mesa, cayó -hacia el lado del regazo de Luisa y desapareció sin que se oyese en el -suelo de madera su sonido metálico. El beneficiado inclinose en seguida -cortésmente; Macario apartó la silla, mirando por debajo de la mesa; la -Villaça madre alumbró con un candelabro, y Luisa irguiose y sacudió con -un levísimo golpe su vestido de muselina. La moneda no pareció. - ---¡Es célebre! --dijo el amigo del sombrero de paja--, yo no la oí -sonar en el suelo. - ---¡Ni yo, ni yo! --dijeron. - -El beneficiado, curvado, buscaba tenazmente, y la Hilaria más joven, -murmuraba el responso de San Antonio. - ---Pues la casa no tiene agujeros --decía la Villaça, madre. - ---¡Desaparecer así! --refunfuñaba el beneficiado. - -Macario exhalábase en exclamaciones desinteresadas: - ---¡Por el amor de Dios! ¡No busquen más! ¡Qué más da! ¡Mañana parecerá! -¡Tengan la bondad! ¡Háganme el favor! ¡Doña Luisa! ¡Por el amor de -Dios! ¡No vale nada! - -Pero mentalmente estableció que hubiera una sustracción, y se la -atribuyó al beneficiado. La pieza rodara, seguramente hasta junto -de él, sin ruido: pusiérale encima su vasto zapato eclesiástico y -tachuelado; y, después, en el movimiento brusco y corto que había -hecho, aprehendiérala vilmente. Cuando salieron, el beneficiado, -todo embozado en su amplia capa de camelote, decía a Macario por la -escalera: - ---¿Mire usted que la desaparición de la moneda, eh? ¡Qué broma! - ---¿Le parece a usted, señor beneficiado? --dijo Macario, deteniéndose, -pasmado de la impudencia. - ---¿Que si me parece? ¡Si le parece! ¡Una moneda de oro! ¡Solo si usted -las siembra!... ¡Porra! ¡Yo me volvía loco! - -Macario sintió tedio de aquella astucia fría. No le respondió. El -beneficiado, añadió: - ---¡Mande allá mañana por la mañana, hombre! ¡Qué diablo!... ¡Dios me -perdone! ¡Qué diablo! Una moneda no se pierde así. ¡Qué mala suerte, eh! - -Macario sentía ganas de pegarle. Estando en esto fue cuando Macario me -dijo con su voz singularmente sensible: - ---En fin, amigo mío, para abreviar razones, resolví casarme con ella. - ---¿Y la moneda? - ---¡No pensé más en eso! ¡Iba a pensar yo entonces en la moneda! -¡Resolví casarme con ella! - - -II - -Macario me contó lo que le determinara más precisamente en aquella -resolución profunda y perpetua. Fue un beso. Mas ese suceso, casto -y sencillo, yo lo callo, porque el único testigo fue una imagen en -estampa de la Virgen, que estaba colgada en su cuadrito de madera, -en la sala oscura que abría a la escalera... Un beso fugitivo, -superficial, efímero. Y bastó eso a su espíritu recto y severo para -obligarlo a tomarla como esposa, y darle una fe inmutable y la posesión -de su vida. Tales fueron sus esponsales. Aquella simpática sombra de -las ventanas vecinas tórnase para él un destino, el fin moral de su -vida, y toda la idea dominante de su trabajo. Esta historia toma, desde -luego, un alto carácter de santidad y de tristeza. - -Macario me habló largamente del carácter y de la figura del tío -Francisco: su aventajada estatura, sus lentes de oro, su barba -grisácea, en collar, por debajo del mentón, un tic nervioso que -tenía en una ventana de la nariz, la dureza de su voz, su austera -y majestuosa tranquilidad, sus principios antiguos, autoritarios y -tiránicos, y la brevedad telegráfica de sus palabras. - -Cuando Macario le dijo una mañana, durante el almuerzo, brutalmente, -sin transiciones emolientes: «Pídole permiso para casarme», el tío -Francisco, que echaba azúcar en su café, quedó callado, revolviendo -con la cucharilla, despacio, majestuoso y terrible; y cuando acabó de -sorber los restos del platillo, con gran ruido, sacó del cuello la -servilleta, la dobló, afiló con el cuchillo un mondadientes, se lo puso -en la boca y salió: mas a la puerta del comedor paró, y volviéndose -hacia Macario, que estaba en pie, junto a la mesa, dijo secamente: - ---No. - ---¡Perdón, tío Francisco! - ---No. - ---Mas oiga, tío Francisco... - ---No. - -Macario sintiose poseído de una gran cólera. - ---En ese caso, lo hago sin permiso. - ---Despedido de casa. - ---Saldré. No lo dude. - ---Hoy. - ---Hoy. - -El tío Francisco iba a cerrar la puerta, mas volviéndose: - ---¡Oye! --dijo a Macario, que estaba exasperado, apoplético, arañando -en los cristales de la ventana. - -Macario volviose con una esperanza. - ---Deme de ahí la caja del rapé --dijo el tío Francisco. - -¡Habíasele olvidado la caja! Así que estaba perturbado. - ---Tío Francisco... --comenzó Macario. - ---Basta. Estamos a 12. Recibirá usted el sueldo del mes entero. - -Las educaciones antiguas producían estas situaciones insensatas. Era -brutal e idiota. Macario me afirmó que era así. - -Y por la tarde, hallábase Macario en el cuarto de un hospedaje en la -plaza de la Figueira, con seis monedas de oro, un baúl de ropa blanca -y su pasión. Estaba tranquilo; sin embargo, sentía su destino lleno -de apuros. Tenía relaciones y amistades en el comercio. Conocíasele -ventajosamente: la nitidez de su trabajo, su honra tradicional, el -nombre de la familia, su tacto comercial, su bella letra cursiva, -inglesa, abríanle de par en par, respetuosamente, todas las puertas -de los escritorios. Al otro día fue a ver alegremente al negociante -Falleiro, antigua relación comercial de su casa. - ---Con mucho gusto, amigo mío --me dijo--. ¡Quién me lo diera aquí! Mas -si lo recibo, quedo mal con su tío, mi viejo amigo de veinte años. Me -lo declaró categóricamente. Ya ve usted. Fuerza mayor. Yo lo siento; -pero... - -Todos los que Macario visitó, confiado en relaciones sólidas, recelaban -_quedar mal con su tío, viejo amigo de veinte años_. - -Y todos lo _sentían; pero_... - -Entonces dirigiose Macario a negociantes nuevos, extraños a su casa y -a su familia, y sobre todo a los extranjeros: esperaba encontrar gente -libre de la amistad de veinte años del tío. Para esos, Macario era -desconocido, y asimismo desconocidos su dignidad y su hábil trabajo. -Si tomaban informes, sabían que había sido despedido repentinamente de -casa de su tío, por causa de una señorita rubia, vestida de muselina. -Esta circunstancia restaba a Macario la simpatía. El comercio evita -el tenedor de libros sentimental. De suerte, que Macario comenzó a -sentirse en un momento agudo. Pretendiendo, pidiendo, rebuscando, -pasaba el tiempo, sorbiendo, poco a poco, sus seis monedas. - -Se mudó a un hospedaje barato, y continuó olfateando. Mas como fuera -siempre de temperamento recogido, no había creado amigos. De modo que -se encontraba desamparado y solitario, y la vida aparecíasele como un -descampado. - -Las monedas terminaron. Macario entró, paso a paso, en la antigua -tradición de la miseria, la cual tiene solemnidades fatales y -establecidas; comenzó por empeñar; después, vendió. Reloj, anillos, -levita azul, cadena, paletó de alamares, todo fue yendo poco a poco, -rebujado debajo del chal, a una vieja seca y llena de asma. - -Entretanto, veía a Luisa, de noche, en la salita oscura que daba a la -escalera; una lamparilla ardía encima de la mesa. Era feliz allí, en -aquella penumbra, sentado castamente al lado de Luisa, en un rincón de -un viejo canapé de paja. No la veía de día, porque traía ya la ropa -usada, las botas torcidas, y no le gustaba mostrar a la fresca Luisa, -tan mimosa en su cambray aseado, su miseria remendada; allí, a aquella -luz tenue, exhalaba su gran pasión y escondía su traje decadente. - -Era muy singular el temperamento de Luisa, según me dijo Macario. -Tenía el carácter rubio como el cabello, si es cierto que el rubio -es un color lánguido y deslucido: hablaba poco, sonreía siempre con -sus blancos dientecillos; decía a todo _¿sí?_; era muy simple, casi -indiferente, llena de transigencias. - -Seguramente amaba a Macario, mas con todo el amor que podía dar su -naturaleza débil, agotada, nula. Era como un copo de lino, hilábase -como se quería; y, a las veces, en aquellos encuentros nocturnos, tenía -sueño. - -Un día, Macario la encontró excitada: estaba impaciente, el chal -arrebozado de cualquier manera, mirando siempre hacia la puerta -interior. - ---¿Te vio mamá? --dijo ella. - -Contole que la madre desconfiaba, impertinente y áspera, y que de -seguro presentía aquel proyecto nupcial, tramado como una conjuración. - ---¿Por qué no vienes a pedir mi mano? - ---¡Pero, hija, si yo no puedo! No tengo acomodo ninguno. Espera. Un mes -acaso. Tengo ahora un negocio en buen camino. Nos moriríamos de hambre. - -Luisa callose, torciendo la punta del chal, con los ojos bajos. - ---Por lo menos --dijo ella-- hasta que yo no te haga seña desde la -ventana, no subas más, ¿sí? - -Macario rompió a llorar; los sollozos estallaban violentos y -desesperados. - ---¡Chist! --decíale Luisa--. ¡No llores alto!... - -Macario me contó la noche que pasó, por las calles, al acaso, rumiando -febrilmente su dolor, bajo el frío de enero, en su levita corta. - -No durmió, y luego, por la mañana, al otro día, entró como una ráfaga -en el cuarto del tío Francisco y díjole brutalmente, secamente: - ---Es todo lo que tengo --y mostrábale unas perras--. Ropa, estoy sin -ella. Vendí todo; dentro de poco tendré hambre. - -El tío Francisco, que se estaba afeitando junto a la ventana, con el -pañuelo de la India amarrado en la cabeza, volviose, y poniéndose los -lentes, le miró: - ---Su pupitre allí está. Quede --y añadió, con un gesto decisivo-- -soltero. - ---¡Tío Francisco, óigame!... - ---Soltero, he dicho --continuó el tío Francisco, mientras suavizaba la -navaja en el asentador. - ---No puedo. - ---¡Entonces, a la calle! - -Macario obedeció aturdido. Llegó a su casa, acostose, lloró y se quedó -dormido. Cuando salió, al anochecer, no tenía resolución, ni idea. -Estaba como una esponja saturada. Dejábase ir. - -De repente, una voz gritó desde dentro de una tienda: - ---¡Eh! ¡Pchs! ¡Oiga! - -Era el amigo del sombrero de paja; abrió los brazos ampliamente: - ---¡Qué diablo! ¡Toda la mañana te anduve buscando! - -Y le contó que había llegado de la provincia, supiera su crisis y le -traía un desenlace. - ---¿Quieres? - ---Todo. - -Una casa comercial necesitaba un hombre hábil, resuelto y duro, para ir -con una comisión difícil y de grandes ganancias, a Cabo Verde. - ---¡Dispuesto! --dijo Macario--. ¡Pronto! Mañana. - -Y fue corriendo a escribir a Luisa, pidiéndola una despedida, un -último encuentro, aquel en que a los brazos desolados y vehementes -cuesta tanto desenlazarse. Fue. Encontrola toda arrebujada en su chal, -tiritando de frío. Macario lloró. Ella, con su pasiva y rubia dulzura, -díjole: - ---Haces bien. Tal vez te hagas rico. - -Y al otro día, Macario partió. - -Conoció las jornadas trabajosas en los mares enemigos, el mareo -monótono en un camarote ahogado, las duras costumbres de las colonias, -la brutalidad tiránica de los hacendados ricos, el peso de los fardos -humillantes, las dilaceraciones de la ausencia, los viajes al interior -de las tierras negras y la melancolía de las caravanas que orillan en -violentas noches, durante días y días, los tranquilos ríos, de donde se -exhala la muerte. - -Volvió. - -Y a seguida, en la misma tarde, la vio, a ella, Luisa, clara, fresca, -reposada, serena, acodada al antepecho del balcón, con su abanico -chinés. Y al otro día, ávidamente, fue a pedírsela a la madre. Macario -había hecho un gran negocio, y la Villaça madre abriole sus brazos -amigos llena de exclamaciones. El casamiento acordose para dentro de un -año. - ---¿Por qué? --pregunté yo a Macario. - -Y me explicó que las ganancias de Cabo Verde no podían constituir un -capital definitivo; eran apenas un capital de habilitación. Traía de -Cabo Verde elementos de poderosos negocios; durante un año, trabajaría -sin descanso, y al final, podría, sosegadamente, crear una familia. - -Trabajó de firme: puso en aquel trabajo la fuerza creadora de su -pasión. Levantábase de madrugada, comía de prisa, hablaba muy poco. A -la tardecita iba a visitar a Luisa. Después, volvía impacientemente al -trabajo, como un avaro a su cofre. - -Estaba grueso, fuerte, duro, fiero; con el mismo ímpetu servíase de -las ideas y de los músculos; vivía en una tempestad de cifras. A las -veces, Luisa, al pasar, entraba en su almacén: aquel posar de ave -fugitiva dábale alegría, fe, confortamiento para todo un mes totalmente -trabajado. - -Por entonces el amigo del sombrero de paja vino a pedir a Macario que -fuese su fiador por una gran cantidad que pidiera para establecer un -bazar de quincalla en grande. Macario, que estaba en el vigor de su -crédito, accedió con alegría. El amigo del sombrero de paja es quien -le había facilitado el negocio providencial de Cabo Verde. En aquella -sazón faltaban dos meses para la boda. Macario sentía, en ciertos -momentos, subírsele al rostro los febriles rubores de la esperanza. -Ya comenzara a tratar de las proclamas. Estando en esto, un día, el -amigo del sombrero de paja desaparece con la mujer de un alférez. Su -establecimiento estaba en los comienzos. Era una aventura muy confusa. -Nunca se pudo precisar nítidamente aquel embrollo doloroso. Lo positivo -era que Macario le fiara; Macario debía reembolsar. Cuando lo supo, -empalideció, y dijo sencillamente: - ---¡Liquido y pago! - -Y cuando liquidó, quedó otra vez pobre. Como el desastre tuviera una -gran publicidad y su honra estaba santificada en la opinión, al punto -la casa Peres y Compañía, que lo mandara a Cabo Verde, le propuso otro -viaje y otros negocios. - ---¡Volver a Cabo Verde otra vez! - ---¡Hace otra vez fortuna, hombre! ¡Usted es el diablo! --dijo el señor -Eleuterio Peres. - -En viéndose así, solo y pobre, Macario estalló en llanto. ¡Todo estaba -perdido, acabado, extinto! ¡Era necesario recomenzar pacientemente -la vida, volver a las largas miserias de Cabo Verde, tornar a las -pasadas desesperanzas, sudar los antiguos sudores! ¿Y Luisa? Macario -le escribió. Luego rasgó la carta. Fue a casa de ella: las ventanas -tenían luz; subió hasta el primer piso, mas allí le tomó una gran -aflicción, una cobardía de revelar el desastre, el pavor trémulo de -una separación, el terror de que ella se negase, rehusase, vacilara... -¿Querría ella esperar más? No se atrevió a hablar, a explicar, a pedir; -descendió las escaleras. Era de noche. Anduvo a la ventura por las -calles; había un sereno y silencioso lunar. Iba sin saber adónde; de -pronto oyó, por dentro de una ventana iluminada, un violín que tocaba -la _xácara mourisca_. Acordose del tiempo en que conociera a Luisa, del -dulce sol claro que había entonces, y del vestido de ella, de muselina, -con lunares azules. Era en la calle en donde estaban los almacenes del -tío. Fue caminando. Púsose a mirar su antigua casa. La ventana del -escritorio estaba cerrada. Desde allí, ¡cuántas veces viera a Luisa -y el blando movimiento de su abanico chinés! Pero una ventana, en el -segundo piso, tenía luz; era el cuarto del tío. Macario fue a observar -desde más lejos; dentro, por detrás de las ventanas, estaba arrimada -una figura: era el tío Francisco. Vínole una saudade de todo su pasado -simple, retirado, plácido. Recordaba su cuarto, y la vieja cartera con -cerradura de plata, y la miniatura de su madre, que pendía encima de -la barra de la cama; el comedor y su viejo aparador de madera negra, y -el jarro del agua, cuya asa era una serpiente irritada... Decidiose, e -impelido por un instinto, llamó a la puerta. Llamó otra vez. Sintió -abrir la ventana y preguntar al tío: - ---¿Quién es? - ---Soy yo, tío Francisco; soy yo. Vengo a decirle adiós. - -Cerrose la ventana, y a poco se abrió la puerta con un gran ruido de -cerrojos. El tío Francisco tenía un candelero de aceite en la mano. -Macario le halló flaco, más viejo. Besole la mano. - ---Suba --dijo el tío. - -Macario iba callado, cosido al pasamano. - -En llegando al cuarto, el tío Francisco posó el candelero sobre una -larga mesa de palosanto, y en pie, con las manos en los bolsillos, -esperó. - -Macario permanecía callado, mesándose la barba. - ---¿Qué quiere? --gritole el tío. - ---Venía a decirle adiós. Vuelvo para Cabo Verde. - ---Buen viaje. - -Y el tío Francisco, volviéndole la espalda, fue a redoblar con los -dedos en la vidriera. - -Macario quedó inmóvil; dio dos pasos en el cuarto, todo irritado, y se -dispuso a salir. - ---¿Adónde va, estúpido? --le gritó el tío. - ---Me voy. - ---¡Siéntese ahí! - -Y el tío Francisco continuó, dando grandes pasos por la habitación: - ---¡Su amigo de usted es un canalla! ¡Bazar de quincalla! ¡No está mal! -Usted es un hombre de bien. Estúpido, pero hombre de bien. ¡Siéntese -allí! ¡Siéntese! ¡Su amigo es un canalla! ¡Usted es un hombre de bien! -¡Fue a Cabo Verde, ya lo sé! ¡Pagó todo! ¡Es natural! ¡También lo sé! -Mañana hágame el favor de ir a sentarse a su pupitre, allá abajo. Mande -que le pongan asiento nuevo al sillón. Haga el favor de poner en las -facturas: «Macario & Sobrino.» Y cásese. ¡Cásese, y que le aproveche! -Tome dinero. Usted precisa ropa blanca y mobiliario. Tome dinero, y -póngalo en mi cuenta. Su cama está hecha. - -Macario, aturdido, radioso, con las lágrimas en los ojos, quería -abrazarlo: - ---Bueno, bueno. ¡Adiós! - -Macario iba a salir. - ---¡Oh, burro! ¿pues quiere irse de su casa? - -Yendo a un pequeño armario, trajo jalea, un platillo de dulce, una -botella antigua de Oporto, y bizcochos. - ---¡Coma! - -Y sentándose junto a él y volviendo a llamarle estúpido, corríale una -lágrima por entre las arrugas de la piel. - -De suerte que la boda fue decidida para de allí a un mes, y Luisa -comenzó a disponer su equipo. - -Macario estaba entonces en la plenitud del amor y de la alegría. - -Veía el fin de su vida, lleno, completo, feliz. Pasaba casi todo el -tiempo en casa de la novia, y un día, acompañándola en sus compras por -las tiendas, quiso hacerle un pequeño regalo. La madre quedárase en -casa de una modista, en un primer piso de la calle del Oro, y ellos -habían bajado alegremente, riendo, a la tienda de un platero que había -abajo, en la misma casa. - -Era un día de invierno, claro, fino, frío, con un gran cielo azul -turquí, profundo, luminoso, consolador. - ---¡Qué lindo día! --dijo Macario. - -Y con la novia del brazo, caminó un poco a lo largo del paseo. - ---¡Muy lindo! --dijo ella--. Mas pueden reparar: nosotros solos... - ---Deja. ¡Se va tan bien así!... - ---No, no. - -Y Luisa lo arrastró blandamente hacia la tienda del platero. No había -más que un dependiente, moreno, de cabello hirsuto. Macario díjole: - ---Quería ver sortijas. - ---Con piedras --dijo Luisa--. Lo más bonito. - ---Sí, con piedras --dijo Macario--. Amatista, granate... En fin, lo -mejor. - -Luisa iba examinando los estuches forrados de terciopelo azul, en los -cuales relucían las gruesas pulseras guarnecidas, las cadenas, los -collares de camafeos, las sortijas, las finas alianzas, frágiles como -el amor, y todo el centelleo de la pesada orfebrería. - ---Mira, Luisa --dijo Macario. - -El dependiente había esparcido en la otra extremidad del mostrador, -encima del cristal de la vitrina, una gran cantidad de anillos de oro, -con piedras, labrados, esmaltados; y Luisa, tomándolos y dejándolos con -las puntas de los dedos, iba apartándolos y diciendo: - ---Es feo... Es pesado... Es largo... - ---Mira este --le dijo Macario. - -Era un anillo con unas perlas. - ---Es bonito --respondió ella--. ¡Es muy lindo! - ---Deja ver si te sirve --añadió Macario. - -Y tomándole la mano, metiole el anillo despacito, dulcemente, en el -dedo, mientras ella reía con sus blancos dientecitos finos, todos -esmaltados. - ---Es muy grande --dijo Macario--. ¡Qué pena! - ---Puede reducirse, si usted quiere. Se deja a la medida. Mañana está -listo. - ---Buena idea --dijo Macario--; sí, señor. Porque es muy bonito, -¿no es verdad? Las perlas muy iguales, muy claras. ¡Muy bonito! ¿Y -estos pendientes? --preguntó, yendo al fin del mostrador, al otro -escaparate--. ¿Estos pendientes con una concha? - ---Diez monedas, dijo el dependiente. - -Entre tanto, Luisa continuaba examinando los anillos, probándoselos en -todos los dedos, revolviendo aquel delicado mostrador, resplandeciente -y precioso. - -Mas de improviso, el dependiente se pone muy pálido y mira a Luisa, que -va llevando distraídamente la mano por la cara. - ---Bien --dice Macario aproximándose--; entonces, mañana tendremos el -anillo. ¿A qué hora? - -El dependiente no respondió y comenzó a mirar fijamente a Macario. - ---¿A qué hora? - ---Al mediodía. - -Iban a salir. Luisa traía un vestido de lana azul que arrastraba -un poco, dando una ondulación melodiosa a su paso, y sus manos, -pequeñitas, estaban ocultas en un manguito blanco. - ---¡Perdón! --dijo de repente el joyero. - -Volviose Macario. - ---El señor no ha pagado... - -Macario le miró gravemente: - ---Naturalmente. Mañana vengo a buscar el anillo y pago. - ---¡Perdón! --insistió el dependiente--. Mas el otro... - ---¿Cuál? --exclamó Macario con una voz sorprendida, avanzando hacia el -mostrador. - ---Esa señora sabe --afirmó--. Esa señora sabe... - -Macario sacó la cartera lentamente. - ---Perdón, si hay una cuenta antigua... - -El dependiente abrió el mostrador, y con un aspecto resuelto: - ---Nada, mi querido señor; es de ahora. Es un anillo con dos brillantes -que lleva esa señora. - ---¡Yo! --dijo Luisa en voz baja, toda enrojecida. - ---¿Qué es? ¿Qué está diciendo? - -Macario, pálido, con los dientes cerrados, contraído, miraba al joyero -coléricamente. - -Este dijo entonces: - ---Esa señora cogió de ahí un anillo. - -Macario quedó inmóvil, encarándolo. - ---Un anillo con dos brillantes --continuó el muchacho--. Lo vi -perfectamente. - -El dependiente estaba tan excitado, que su voz tartamudeaba, prendíase -espesamente. - ---Esa señora no sé quién es. Pero cogió el anillo. Lo cogió de allí... - -Macario, maquinalmente, lo agarró por un brazo, y volviéndose a Luisa, -con la palabra sofocada, corriéndole el sudor por la frente, lívido: - ---Luisa, di... - -Se le cortó la voz. - ---Yo... --balbució ella, trémula, asombrada, pálida, descompuesta. Dejó -caer el manguito en el suelo. - -Macario vino hacia ella, agarrola un pulso, mirándola; su aspecto era -tan resuelto y tan imperioso, que ella metió la mano en el bolso, -bruscamente empavorecida, y mostrando la sortija: - ---¡No me haga daño! --suplicó, encogiéndose toda. - -Macario quedó con los brazos caídos, el aire abstracto, los labios -blancos; mas de repente, dando un tirón a la levita, recuperándose, -dijo al joyero: - ---Tiene razón. Era distracción... ¡Es natural! Esta señora se había -olvidado. Es la sortija. Sí, señor, evidentemente... Tiene la bondad. -Toma hija, toma. Deja estar, que la envuelva. ¿Cuánto cuesta? - -Abrió la cartera y pagó. - -Después recogió el manguito, lo sacudió blandamente, limpió los labios -con el pañuelo, dio el brazo a Luisa, y diciendo al joyero: disculpe, -disculpe, la arrastró inerte, pasiva, aterrada, semi-muerta. - -Echaron a andar por la calle, que el sol iluminaba intensamente; los -coches cruzábanse, rodando; figuras risueñas paseaban conversando; los -pregones subían con gritos alegres; un caballero con calzón de ante -hacía cabriolar a su caballo, adornado de rosetas; y la calle estaba -llena, ruidosa, viva, feliz y cubierta de sol. - -Macario iba maquinalmente, como en el fondo de un sueño. Detúvose en -una esquina. Tenía el brazo de Luisa colgado del suyo, y veíale la mano -pendiente, su linda mano de cera, con sus venas dulcemente azuladas, -los dedos finos y amorosos; era la mano derecha, ¡y aquella mano era -la de su novia! Instintivamente leyó el cartel que anunciaba para la -noche: _Palafox en Zaragoza_. - -En esto, soltando el brazo de Luisa, díjole en voz baja: - ---Vete. - ---¡Oye! --rogó ella, con la cabeza toda inclinada. - ---Vete. --Y con la voz asfixiada y terrible--: Vete. Mira que llamo. Te -mando al Aljube. Vete. - ---¡Mas oye! - ---Vete. Hizo un gesto con el puño cerrado. - ---¡Por el amor de Dios, no me pegues aquí! --dijo ella sofocada. - ---Vete. Pueden vernos. No llores. Mira que viene gente. ¡Vete! Y -acercándose más a ella, murmuró: - ---¡Eres una ladrona! - -Volviose de espaldas y echó a andar, despacio, rayando el suelo con el -bastón. - -Cuando había dado algunos pasos, volvió de pronto; aún vio entre los -bultos su vestido azul. - -Y habiendo partido en aquella misma tarde para la provincia, no volvió -a saber más de aquella señorita rubia. - - - - -[Ilustración] - -LA NODRIZA - - -Una vez, era un rey, mozo y valiente, señor de un reino abundante en -ciudades y mesnadas, que partió a batallar por tierras distantes, -dejando triste y solitaria a su reina y a un hijito, que aún vivía en -la cuna, envuelto entre pañales. - -La luna llena que le viera marchar, llevado en su sueño de conquista -y de fama, comenzaba a menguar, cuando uno de sus caballeros apareció -con las armas rotas, negro de sangre seca y del polvo de los caminos, -trayendo la amarga nueva de una batalla perdida y de la muerte del rey, -traspasado por siete lanzas entre la flor de su nobleza, a la orilla de -un gran río. - -La reina lloró magníficamente al rey. Lloró desoladamente al esposo, -que era bello y alegre. Mas, sobre todo, lloró ansiosamente al padre -que así dejaba al hijito desamparado, en medio de tantos enemigos de su -frágil vida y del reino que sería suyo, sin un brazo que lo defendiese, -fuerte por la fuerza y fuerte por el amor. - -El más temible de estos enemigos, era su tío, hermano bastardo del rey, -hombre depravado y bravío, consumido por groseros apetitos, que solo -deseaba la realeza por causa de sus tesoros, y que habitaba hacía años -en un castillo sobre los montes, con una horda de rebeldes, a la manera -de un lobo que, de atalaya en su choza, espera la presa. ¡Ah, la presa -ahora era aquella criaturita, rey de mamá, señor de tantas provincias, -y que dormía en su cuna con su cascabel de oro apretado en la mano! - -A su lado, dormía otro niño en otra cuna. Este era un esclavito, hijo -de la bella y robusta esclava que amamantaba al príncipe. Los dos -habían nacido en la misma noche de verano. Criábalos el mismo pecho. -Cuando la reina, antes de irse a dormir, iba a besar al principito, -que tenía el cabello rubio y fino, besaba también, por amor de él, -al esclavito, que tenía el cabello negro y crespo. Los ojos de ambos -relucían como piedras preciosas. Solamente, la cuna de uno era -magnífica y de marfil entre brocados, y la del otro pobre y de varilla. - -La leal esclava, para los dos tenía igual cariño, porque si uno era su -hijo, el otro había de ser su rey. - -Por haber nacido en aquella casa real, tenía la pasión, la religión de -sus señores. Nadie lloró más sentidamente que ella la muerte de su rey, -a la orilla del gran río. Pertenecía, además, a una raza que cree que -la vida de la tierra se continúa en el cielo. De cierto que el rey, su -amo, ya estaría ahora reinando en otro reino, más allá de las nubes, -abundante también en mesnadas y ciudades. Su caballo de batalla, sus -armas, sus soldados, sus pajes, habían subido con él a las alturas. -También ella, por su turno, llegaría el día en que se remontase en un -rayo de luz a habitar el palacio de su señor, y a hilar de nuevo el -hilo de sus túnicas, y a encender otra vez el pebetero de sus perfumes: -sería en el cielo como fuera en la tierra, y feliz en su servidumbre. - -¡También ella temblaba por su principito! ¡Cuántas veces, teniéndole -colgado del pecho, pensaba en su fragilidad, en su larga infancia, -en los lentos años que correrían antes que fuese por lo menos del -tamaño de una espada, y en aquel tío cruel, de rostro más oscuro que -la noche y corazón más oscuro que la faz, hambriento del trono, y -acechando por encima de su roquedo, entre los alfanjes de su horda! -¡Pobre principito de su alma! Mas si su hijo lloriqueaba al lado, hacia -él era adonde corrían sus brazos con un ardor más feliz. Ese, en su -indigencia, nada tenía que temer de la vida. Desgracias, asaltos de la -mala suerte, nunca podrían dejarle más desnudo de las glorias y bienes -del mundo de lo que ya lo estaba allí en su cuna, bajo el pedazo de -lino blanco que resguardaba su desnudez. En verdad, la existencia era -para él más preciosa y digna de ser conservada que la de su príncipe, -porque ninguno de los duros cuidados con que ella ennegrece el alma -de los señores, rozaría siquiera su alma libre y sencilla de esclavo. -Y, como si le amase más por aquella dichosa humildad, cubría su gordo -cuerpecito de besos largos y devoradores, besos que hacía ligeros sobre -las manos de su príncipe. - -Entretanto, un gran temor llenaba el palacio, en donde ahora reinaba -una mujer entre mujeres. El bastardo, el hombre de rapiña, que erraba -por la cumbre de las sierras, descendiera con su horda a la llanura, e -iba dejando, a través de casales y aldeas felices, un surco de matanza -y de ruinas. Aseguráronse las puertas de la ciudad con cadenas más -fuertes. En la atalayas ardían luces más altas. Pero a la defensa -faltaba disciplina viril. Una rueca no gobierna como una espada. Toda -la nobleza fiel pereciera en la grande batalla. La desventurada reina -apenas sabía sino correr a cada instante a la cuna de su hijo a llorar -sobre él su flaqueza de viuda. Solo el ama leal parecía segura, como -si los brazos en que estrechaba a su príncipe fuesen murallas de una -ciudadela que ninguna audacia pudiera trasponer. - -Una noche, noche de silencio y de oscuridad, yendo desnuda ya para -acostarse en su catre, entre sus dos pequeños, adivinó, más que -sintió, un corto rumor de hierro y de disputa, lejos, a la entrada -de los jardines reales. Envolviéndose deprisa en un manto, y echando -les cabellos para atrás, escuchó ansiosamente. En el sitio enarenado, -entre los jazmines, oíanse pasos pesados y rudos. Después se percibió -un gemido, un cuerpo cayendo blandamente sobre losas, como un fardo. -Descorrió violentamente la cortina. Y allá, al fondo de la galería, -avistó hombres, un resplandor de linternas, brillar de armas... Al -momento lo comprendió todo; el palacio sorprendido, el bastardo cruel -que venía a robar, a matar a su príncipe. Y, rápidamente, sin vacilar, -sin dudar ni un segundo, arrebató al príncipe de su cuna de marfil, -lo metió en la pobre cuna de rejilla, y sacando a su hijo de la cama -servil, entre besos desesperados, acostole en la cuna real, que cubrió -con un brocado. - -De repente, un hombre enorme, de faz iracunda, con un manto negro sobre -la cota de malla, surgió a la puerta de la cámara, entre otros, que -erguían linternas. Miró, corrió a la cuna de marfil en donde lucían los -brocados, arrancó de debajo la criatura, como se arranca una bolsa de -oro, y apagando sus gritos con el manto, echó a correr furiosamente. - -El príncipe dormía en su nueva cuna. El ama quedara inmóvil, en el -silencio y en la oscuridad. - -Gritos de alarma atronaron a seguida el palacio. Por las ventanas pasó -el largo flamear de las antorchas. Resonaban los patios con el batir -de las armas. Casi desnuda, desgreñada, la reina invadió la cámara, -cercada de las ayas, llamando a gritos por su hijo. Al ver la cuna de -marfil, con las ropas desarregladas, vacía, cayó al suelo, llorando, -despedazada. En esto, callada, muy lenta, muy pálida, el ama descubrió -la pobre cuna de rejilla... Allí estaba el príncipe, quieto, dormidito, -en un sueño que le hacía sonreír y le iluminaba toda la carita entre -sus cabellos de oro. Cayó la madre sobre la cuna, con un suspiro, como -cae un cuerpo muerto. - -Y en este punto un nuevo clamor conmovió la galería de mármol. Era -el capitán de la guardia, su gente fiel. Había, sin embargo, en sus -clamores, más tristeza que triunfo. ¡Muriera el bastardo! Cogido, al -huir, entre el palacio y la ciudadela, aplastado por la fuerte legión -de arqueros, sucumbieron, él y veinte de su horda. Su cuerpo estaba -allí, con flechas en el flanco, en un charco de sangre. ¡Mas, ay, dolor -sin nombre! ¡El cuerpecillo tierno del príncipe allí estaba también, -envuelto en un manto, ya frío, rojo todavía de las manos feroces que -lo habían estrangulado! Comunicaban así tumultuosamente los hombres -de armas la nueva cruel, cuando la reina, deslumbrada, con lágrimas y -risas, irguió en los brazos para mostrárselo, al príncipe, que había -despertado. - -Fue un espanto, una aclamación. ¿Quién lo salvara? ¿Quién?... ¡Allí -estaba, junto a la cuna de marfil vacía, muda y tiesa, la que lo -salvara! ¡Sierva sublimemente leal! Había sido ella quien, para -conservar la vida a su príncipe, condenara a muerte a su hijo... -Entonces, solo entonces, la madre dichosa, emergiendo de su alegría -extática, abrazó apasionadamente a la madre dolorosa y la llamó hermana -de su corazón... Y de entre aquella multitud que se apretaba en la -galería vino una nueva, ardiente aclamación, con súplicas de que fuese -magníficamente recompensada la sierva admirable que salvara al rey y al -reino. - -¿Y cómo? ¿Qué bolsas de oro pueden pagar un hijo? Un viejo de noble -casta propuso que fuese llevada al tesoro real y escogiese de entre sus -riquezas, que eran como las mayores de los mayores tesoros de la India, -todas las que apeteciese su deseo. - -La reina tomó de la mano a la sierva. Y sin que su cara de mármol -perdiese la rigidez, con un andar de muerta, como en un sueño, se -dejó conducir hasta la Cámara de los Tesoros. Señores, ayas, hombres -de armas, seguíanla con un respeto tan enternecido, que apenas se oía -el rozar de las sandalias en las losas. Las espesas puertas del tesoro -giraron lentamente. Y cuando un siervo abrió las ventanas, la luz de -la madrugada, ya clara y rósea, entrando por los enrejados de hierro, -inflamó un maravilloso y centelleante incendio de oro y pedrerías. - -Del suelo de piedra, hasta las bóvedas sombrías, por toda la cámara, -relucían, resplandecían, refulgían los escudos de oro, las armas -incrustadas, los montones de diamantes, las pilas de monedas, los -largos hilos de perlas, todas las riquezas de aquel reino, acumuladas -por cien reyes durante veinte siglos. Un _¡ah!_, lento y maravillado -pasó sobre la turba enmudecida. Siguió un silencio ansioso. En el -centro de la cámara, envuelta en la refulgencia preciosa, el ama no se -movía... Apenas sus ojos, brillantes y secos, se habían erguido para -aquel cielo que, más allá de las rejas, teñíase de rosa y de oro. Era -allí, en ese cielo fresco de madrugada, en donde ahora estaba su hijo. -¡Estaba allí, y ya el sol se levantaba, y era tarde, y aquella criatura -lloraría, buscando su pecho!... El ama sonrió y extendió la mano. -Seguían todos, sin respirar, aquel lento mover de su mano abierta. ¿Qué -joya maravillosa, qué hilo de diamantes, qué puñado de rubíes iba a -escoger? - -El ama alargó la mano hacia un escabel próximo, y de entre un montón de -armas cogió un puñal. Era un puñal de un viejo rey, todo guarnecido de -esmeraldas, que valía una provincia. - -Agarró el puñal, y apretándolo fuertemente en la mano, apuntando para -el cielo, hacia el cual subían los primeros rayos del sol, se encaró -con la reina y con la multitud, y gritó: - ---Salvé a mi príncipe, y ahora... voy a dar de mamar a mi hijo. - -Y se clavó el puñal en el corazón. - - - - -[Ilustración] - -EL DIFUNTO - - -I - -En el año 1474, tan abundante en mercedes divinas para toda la -cristiandad, reinando en Castilla el rey Enrique IV, vino a habitar en -la ciudad de Segovia, en donde había heredado huertos y moradas, un -joven caballero, de limpio linaje y gentil parecer, que se llamaba don -Ruy de Cárdenas. - -Su casa, legado de un tío, arcediano y maestro en cánones, quedaba al -lado y en la sombra silenciosa de la iglesia de Nuestra Señora del -Pilar; y enfrente, más allá del atrio, donde cantaban los tres chorros -de un chafariz antiguo, erguíase el oscuro palacio de don Alonso de -Lara, hidalgo de riquezas dilatadas y maneras sombrías, que ya en la -madurez de la edad, todo grisáceo, desposárase con una joven citada en -Castilla por su blancura, por sus cabellos del color de la aurora y por -su cuello de garza real. Don Ruy había sido apadrinado, al nacer, por -Nuestra Señora del Pilar, de quien siempre se conservó devoto y fiel -servidor; aunque siendo de sangre brava y alegre, gustábanle las armas, -la caza, los salones galantes, y por veces, las noches ruidosas de -taberna con dados y pellejos de vino. Por amor, y por las facilidades -de la santa vecindad, adquiriera la piadosa costumbre, desde su llegada -a Segovia, de visitar todas las mañanas a su celestial madrina y de -pedirla, a medio de tres _Avemarías_, la bendición y la gracia. - -Al oscurecer, después de alguna ruda correría por campo y monte con -los lebreles y el halcón, aún volvía, a la hora de las Vísperas, para -murmurar dulcemente una Salve. - -Y todos los domingos compraba en el atrio, a una ramilletera morisca, -algún atado de junquillos o claveles o rosas silvestres, que esparcía -con ternura y cuidado galantes enfrente del altar de la Virgen. - -A esa venerada iglesia del Pilar venía también cada domingo doña -Leonor, la tan citada y hermosa mujer del señor de Lara, acompañada por -un aya triste, de ojos más abiertos y duros que los de una lechuza, -y por dos fuertes lacayos que la envolvían y guardaban como unas -torres. Tan celoso era el señor don Alonso, que solo por habérselo -ordenado severamente el confesor y con miedo de ofender a la Virgen, -su vecina, permitía esta visita fugitiva, cuyos pasos y demora espiaba -impacientemente entre las rejas de una celosía. Toda la semana se -la pasaba doña Leonor en la cárcel del enrejado solar de granito -negro, no teniendo para recrearse y respirar, aun en las ardorosas -calmas del estío, más que un fondo de jardín verdinegro, cercado de -tan altos muros, que apenas se alcanzaba a ver, emergiendo de ellos, -allá y acullá, alguna punta de triste ciprés. Mas esa corta visita a -Nuestra Señora del Pilar bastó para que don Ruy se enamorase de ella -locamente, en la mañana de mayo en que la vio de rodillas ante el -altar, envuelta en un haz de rayos de sol, aureolada por sus cabellos -de oro, con las largas pestañas pendidas sobre el libro de las Horas y -el rosario cayendo de entre sus finos dedos, toda ella fina, blanca, -de una blancura de lirio abierto en la sombra, más blanca entre los -negros encajes y las sedas negras que alrededor de su cuerpo, lleno de -gracia, quebrábanse en arrugas sobre las losas de la capilla, viejas -lápidas de sepultura sin fecha. Cuando después de un momento de éxtasis -y de delicioso pasmo se arrodilló, fue menos por la Virgen del Pilar, -su celestial madrina, que por aquella aparición mortal, de quien no -conocía el nombre ni la vida, y por la cual daría vida y nombre si ella -se rindiese por precio tan incierto. - -Balbuciendo como una plegaria ingrata las tres _Avemarías_ de -costumbre, echó mano al sombrero, descendió levemente la nave sonora -y quedose en el portal, aguardándola, confundido con los mendigos -lazarientos que se calentaban al sol. Y cuando al cabo de un tiempo, -en que don Ruy sintió en el corazón un desusado latir de ansiedad y -miedo, doña Leonor pasó y se detuvo, mojando los dedos en la pila del -agua bendita, sus ojos, bajo el velo caído, no se irguieron frente a -él ni tímidos ni desatentos. Con el aya de ojos muy abiertos pegada -a sus vestidos, entre los dos lacayos como protegida por dos torres, -atravesó el atrio, piedra por piedra, gozando, seguramente, como una -recluida, del aire y el sol que la inundaban. Y fue un espanto para don -Ruy cuando la vio penetrar en la sombría arcada de gruesos pilares y -desaparecer por una puertecilla de servicio cubierta de herrajes. ¡Era, -pues, doña Leonor, la linda y noble señora de don Alonso de Lara!... - -Entonces comenzaron siete penosos días, que él gastó en un poyo de -su ventana, considerando aquella negra puerta, cubierta de herrajes, -como si fuera la del Paraíso y por ella tuviese que salir un ángel -para anunciarle la Bienaventuranza eterna. Hasta que llegó el esperado -domingo: y pasando él por el atrio a la hora de Prima, cuando repicaban -las campanas, con la ofrenda de un manojo de claveles amarillos para su -madrina, cruzó doña Leonor, que salía de entre los pilares de la oscura -arcada, blanca, dulce y pensativa, al modo que sale la luna de entre -las nubes. Los claveles casi se le cayeron en aquel alborozo, en que el -pecho se le arqueó con la violencia del mar y el alma toda le huyó en -tumulto a través de los ojos con que la devoraba. También ella levantó -los suyos hacia don Ruy; pero unos ojos reposados, serenos, en que no -lucía curiosidad ni acaso conciencia de estarse trocando con otros tan -encendidos y ennegrecidos por el deseo. - -El caballero no entró en la iglesia, quizá por el piadoso recelo de -no prestar a su celestial madrina la atención que de seguro había de -robarle aquella mujer que era solo humana, mas dueña ya de su corazón y -en él divinizada. - -Esperó ávidamente a la puerta entre los mendigos, secando los claveles -con el ardor de las manos trémulas, pensando cuánto se demoraba el -rosario que doña Leonor rezaba. Aún no descendía ella por la nave y -ya don Ruy advertía dentro del alma el dulce rugir de la seda que -arrastraba por las losas. Pasó la blanca señora, y la misma mirada -distraída que echó sobre los mendigos y por el atrio, dejó correr sobre -él, o porque no comprendiese a aquel joven que de repente se tornaba -tan pálido, o porque no le diferenciaba aún de las cosas y de las -formas indiferentes. - -Don Ruy partió, conteniendo un hondo suspiro, y en su cuarto puso -devotamente ante la imagen de la Virgen las flores que no le ofreciera -en la iglesia ante su altar. Toda su vida se volvió entonces una larga -queja por sentir tan fría e inhumana a la mujer, única entre las -mujeres, que prendiera y tornara serio su corazón ligero y errante. -Con una esperanza, en la que entreveía el desengaño, comenzó a rondar -los altos muros del jardín, y otras veces, embozado en la capa, con -el hombro contra una esquina, quedábase contemplando lentas horas -las rejas de las celosías, gruesas y negras como las de una cárcel. -Los muros no se abrían, de las rejas no salía siquiera un rastro de -luz prometedor. Todo el solar era como un sepulcro. Para desahogarse -compuso en largas veladas, sobre pergaminos, trovas dulces y gimentes, -que no le consolaban. Delante del altar de la Virgen, sobre las mismas -losas en que la había visto arrodillada, doblaba él las rodillas y -quedaba, sin palabras de oración, en una añoranza amarga y dulce, -esperando que su corazón serenase bajo la influencia de Aquella que -todo lo consuela y serena; pero siempre se erguía más desdichado, -teniendo apenas la sensación de cuán frías y rígidas eran las piedras -sobre que se arrodillara. El mundo todo solo le parecía contener -rigidez y frialdad. - -Otras claras mañanas de domingo encontró a doña Leonor; y siempre -sus ojos permanecían descuidados, o cuando se cruzaban con los suyos -era tan sencillamente, tan limpios de toda emoción, que don Ruy los -prefiriera ofendidos y brillando de ira o desviados con soberbio -desdén. Cierto que doña Leonor ya le conocía; pero así conocía también -a la vendedora morisca recogida delante de su cesto al borde de la -fuente, o a los pobres que se calentaban al sol ante el portal de la -iglesia. Ni don Ruy podía pensar que fuese inhumana y fría. Era apenas -soberanamente remota, como una estrella que en las alturas gira y -refulge, sin saber que abajo, en un mundo que ella no distingue, ojos -que no sospecha la contemplan, la adoran y la entregan el gobierno de -su ventura y de su suerte. - -Entonces don Ruy pensó: - ---Ella no quiere, yo no puedo; fue un sueño que debe terminar. ¡Nuestra -Señora nos tenga a ambos de su mano! - -Y como era un caballero discreto, desde que la reconoció así, -imperturbable en su indiferencia, no la buscó más, ni siquiera volvió -a levantar los ojos para los hierros de sus rejas, y hasta ni penetraba -en la iglesia de Nuestra Señora cuando, casualmente, desde el portal, -la veía arrodillada, con su cabeza, tan llena de oro y de gracia, -pendida sobre el libro de oración. - - -II - -La vieja aya, de ojos más abiertos y duros que los de una lechuza, -no tardó en contar al señor de Lara que, un mozo audaz, de gentil -parecer, nuevo morador en las viejas casas del arcediano, se atravesaba -constantemente en el atrio y apostábase delante de la iglesia para -tirar del corazón por los ojos a la señora doña Leonor. Bien lo sabía -ya el celoso hidalgo, porque cuando desde su ventana espiaba como -un halcón los pasos de doña Leonor camino de la iglesia, observara -las vueltas, las esperas y las miradas dardeantes de aquel mozo -galanteador, y se tiraba de las barbas con rabia. Desde entonces, a la -verdad, su más intensa preocupación era odiar a don Ruy, el impudente -sobrino del sacerdote que osaba levantar sus bajos deseos hasta la -alta señora de Lara. Constantemente le tenía vigilado por un criado y -conocía sus pasos, y sus descansos, y los amigos con quienes holgaba y -cazaba, y hasta quien le cortaba sus jubones, y hasta quien le pulía -la espada, y cada hora de su vivir. Y aún vigilaba más a doña Leonor; -todos sus movimientos, sus modos más fugitivos, sus silencios, la -plática con las ayas, las distracciones sobre el bordado, el gesto -soñador sobre los árboles del jardín, y el aire y el color con que -volvía de la iglesia... Pero tan serena en el sosiego de su corazón se -mostraba la señora, que ni el celoso más imaginador de culpas podría -hallar manchas en aquella pura nieve. Redoblose entonces el rencor de -don Alonso contra el señor de Cárdenas por haber apetecido aquella -pureza y aquellos cabellos color de sol claro, y aquel cuello de garza -real, que eran solo suyos, para espléndido gusto de su vida. Y cuando -paseaba por la triste galería del solar, sonora y abovedada, enfundado -en su zamarra orlada de pieles, con el pico de la barba grisácea echada -hacia delante, la cabellera crespa, erizada para atrás, y los puños -cerrados, iba siempre removiendo la misma hiel. - ---Tentó contra su virtud y contra mi honra... ¡Culpado por dos delitos, -merece dos muertes! - -Mas a su furor se mezcló el terror cuando supo que don Ruy ya no -esperaba en el atrio a doña Leonor, ni rondaba amorosamente las tapias -del palacio, ni penetraba en la iglesia mientras ella la visitaba; y -que tan enteramente refugiábase de su vista, que una mañana, hallándose -cerca de la arcada y habiendo sentido cómo se abría la puerta por la -cual la señora iba a aparecer, quedose vuelto de espaldas, sin moverse, -riendo con un caballero gordo que le leía un pergamino. ¡Tan bien -afectada indiferencia solo servía (pensó don Alonso) para esconder -alguna intención dañina! ¿Qué tramaba el diestro engañador? Todo se -exacerbó en el desabrido hidalgo: celos, rencor, vigilancia, a pesar de -su edad fea y grisácea. En el sosiego de doña Leonor, sospechó maña y -fingimiento; e inmediatamente quedaron prohibidas las visitas a Nuestra -Señora del Pilar. - -En las mañanas de domingo corría él a la iglesia para rezar el rosario -y llevar las disculpas de la esposa --_¡que no puede venir_ (murmuraba -curvado delante del altar) _por lo que sabéis, Virgen purísima!_--. -Cuidadosamente visitó y reforzó todos los negros cerrojos de las -puertas de su solar. - -De noche soltaba dos mastines en las sombras del jardín murado. - -A la cabecera del vasto lecho, junto a la mesa en donde quedaba la -lámpara, un relicario y un vaso de vino caliente con canela y clavo -para retemperar sus fuerzas, lucía siempre una gran espada desnuda. A -pesar de tantas seguridades no dormía, y a cada instante se levantaba -sobresaltado de entre las almohadas, agarrando a doña Leonor con mano -brutal y ansiosa, que le oprimía el cuello para rugir muy bajo, preso -de terribles ansias: «¡Di que me quieres solo a mí!» Después, en cuanto -amanecía, iba a espiar, como un halcón, las ventanas de don Ruy. Nunca -le echaba la vista encima; ahora, ni a la puerta de la iglesia, en -las horas de misa, ni recogiéndose del campo, a caballo, al toque del -Avemaría. - -Y por verle así, lejos de los sitios y giros acostumbrados, más lo -sospechaba dentro del corazón de doña Leonor. - -En fin, una noche, después de recorrer mil veces el pavimento de la -galería, removiendo sordamente odios y desconfianzas, gritó por el -intendente y ordenó que se preparasen las ropas y cabalgaduras. -¡Temprano, de madrugada, partiría con la señora doña Leonor, para -su heredad de Cabril, a dos leguas de Segovia! La partida no fue -de madrugada, como huida de avariento que va a esconder su tesoro; -realizose con todo aparato y demora, quedando la litera delante de -la arcada largas horas, con las cortinas abiertas, entretanto un -caballerizo paseaba por el atrio la mula blanca del hidalgo, enjaezada -a la morisca, y del lado del jardín la recua de machos, cargados de -baúles, presos a las argollas, bajo el sol y la mosca, aturdían la -ciudad con el tintinear de los cascabeles. Así supo don Ruy la jornada -del señor de Lara, y así lo supo toda la ciudad. - -Fue un gran contento para doña Leonor la noticia del viaje; gustaba -ella de Cabril, de sus sotos y pomares, de los jardines, para donde -abrían rasgadamente, sin rejas ni gradas, las ventanas de sus claros -aposentos; allí, por lo menos, tenía aire y sol y plantas que regar, -un vivero de pájaros y tantas y tantas calles de árboles que la -significaban casi la libertad. Luego, que esperaba que en el campo se -aligerasen aquellos cuidados que traían, durante los últimos tiempos, -tan arrugado y taciturno a su marido y señor. - -Mas no logró esta esperanza, porque al cabo de una semana aún no se -desvaneciera la faz de don Alonso, ni de seguro había frescura de -arbolado, susurro de agua corriente o espesos aromas de rosales en flor -que calmasen agitación tan amarga y honda. Como en Segovia, en esotra -galería abovedada, paseaba sin descanso, enterrado en su zamarra, el -pico de la barba echado hacia delante, la melena erizada para atrás y -un terrible rictus en los labios, como si meditase maldades, gozando -de antemano su sabor acre y picante. Y todo el interés de su vida -concentrárase en un criado que galopaba de continuo entre Segovia y -Cabril y que esperaba a las veces en el comienzo de la aldea, junto al -crucero, atento para escuchar al hombre que se desmontaba, sofocado, -para contarle las nuevas recogidas. - -Una noche en que doña Leonor, en su cuarto, rezaba el trisagio con -las ayas, a la luz de un hachón de cera, el señor de Lara entró -pausadamente, trayendo en la mano una hoja de pergamino y una pluma -enterrada en el tintero de hueso. Con rudo acento despidió a las ayas, -que le temían como a un lobo. Y empujando un escabel, volviéndose a -doña Leonor, con cara tranquila, como si apenas viniese a tratar con -ella de cosas fáciles y naturales: - ---Señora --dijo--, quiero que me escribáis una carta que me conviene -mucho escribir... - -Tan fácil era a la sumisión, que, sin otro reparo o curiosidad, luego -de ir a colgar en la barra de la cama el rosario con que rezara, se -acomodó sobre el escabel, y aplicando sus dedos finos para que la letra -fuese esmerada y clara, trazó la primera línea que el señor de Lara -le dictó: «Caballero.» Mas cuando le dictó la siguiente, y de un modo -amargo, doña Leonor arrojó la pluma como si le escaldase las manos y, -apartándose de la mesa, gritó con aflicción: - ---Señor, ¿a quién le conviene que yo escriba semejantes falsedades? - -En un brusco movimiento de furor, el señor de Lara echó mano al cinto -y, poniéndole el puñal junto a la cara, rugió sordamente: - ---¡O escribís lo que os mando, porque a mí me conviene, o por Dios, que -os vuelco el corazón!... - -Más blanca que la cera de la vela que los alumbraba, con la carne -sobrecogida ante aquel hierro brillante, en un terror supremo y que -todo aceptaba, doña Leonor murmuró: - ---¡Por la Virgen María, no me hagáis mal!... No os irritéis, señor, que -yo vivo para serviros. Mandad, que yo escribiré. - -Entonces, con los puños cerrados en el borde de la mesa, en donde -dejara el puñal, estrechando a la frágil y desdichada mujer con una -mirada que la amenazaba, el señor de Lara dictó una carta que decía, -una vez conclusa, en letra trémula e incierta: - -«Caballero: Muy mal me habéis comprendido, o mal pagáis el amor que -os tengo y que no os pude nunca, en Segovia, mostrar claramente... -Ahora estoy aquí, en Cabril, ardiendo por veros, y si vuestro deseo -corresponde al mío, bien fácilmente lo podéis realizar, puesto que mi -marido se halla ausente de la heredad. Venid esta noche; entrad por la -puerta del jardín del lado del camino, pasando el estanque, hasta la -terraza. Allí veréis una escalera apoyada en una ventana, que es la de -mi cuarto, en donde seréis dulcemente agasajado por quien con tanta -ansia os espera...» - ---Ahora, señora, firmad con vuestro nombre, que es lo que más importa. - -Doña Leonor trazó muy despacito su nombre, con la faz tan roja como si -la desnudasen delante de una multitud. - ---Y ahora --ordenó el marido sordamente--, dirigidla a don Ruy de -Cárdenas. - -Osó levantar los ojos ante la sorpresa que le causaba aquel nombre -desconocido. - ---¡Pronto!... ¡A don Ruy de Cárdenas! --gritó el hombre sombrío. - -Don Alonso metió el pergamino en el cinto, junto al puñal, ya -envainado, y salió en silencio, con la barba tiesa, apagando el rumor -de los pasos en las losas del corredor. - -Quedó doña Leonor sobre el escabel, las manos cansadas y caídas en el -regazo, en un infinito espanto, la mirada perdida en la oscuridad de -la noche silenciosa. ¡Menos oscura le parecía la muerte que esa oscura -aventura en que la habían envuelto! ¿Quién era ese don Ruy de Cárdenas, -de quien nunca oyera hablar, que no había tropezado en su vida, tan -quieta, tan poco poblada de hombres y de recuerdos? Él, seguramente, la -conocería, la habría seguido, cuando menos con los ojos, pues que era -cosa natural y bien ligada recibir una carta de ella de tanta pasión y -promesas tantas. - -¿Y así, un hombre, joven acaso, bien nacido, tal vez gentil, penetraba -en su destino, bruscamente, traído por la mano de su esposo? ¡Y lo -hacía de una manera tan íntima, que ya se le abrían de noche las -puertas del jardín y se le colocaba una escalera para que subiese a -su cuarto!... Y era su marido el que abría la puerta y colocaba la -escalera... ¿Para qué? - -Entonces, de repente, doña Leonor comprendió la verdad, la vergonzosa -verdad, que la arrancó un grito de angustia. ¡Era una celada! ¡El señor -de Lara atraía a Cabril, a ese don Ruy, con una promesa magnífica, para -apoderarse de él y matarlo, indefenso y solitario! Y ella, su amor, su -cuerpo, eran las promesas que se hacían brillar ante los ojos seducidos -del pobre galán. ¡Su marido usaba de su belleza y de su lecho, como red -de oro en que debía caer aquella presa enloquecida! ¿Dónde habría mayor -ofensa? ¡Y cuánta imprudencia! ¡Bien podía ese don Ruy de Cárdenas -desconfiar, no acceder a convite semejante, y después, mostrar por -Segovia, triunfador y gozoso, aquella carta en que se le hacía oferta -del lecho y del cuerpo de la mujer de don Alonso de Lara! ¡Pero, no; -el desventurado correría a Cabril, para morir, y morir miserablemente, -en el negro silencio de la noche, sin sacerdote ni sacramentos, con el -alma encharcada en el pecado de amor! Para morir, de seguro, porque -jamás el señor de Lara consentiría que viviese el hombre portador de -aquella carta. ¡De modo que, aquel joven, moría de amor por ella, y por -un amor que, sin haberle valido nunca un gusto, le llevaba a seguida a -la muerte! De amor por ella, puesto que el odio del señor de Lara, odio -que con tanta deslealtad y villanía se cebaba solo pudo nacer de celos, -que le nublaban los más puros deberes de cristiano y caballero. Sin -duda sorprendiera miradas, paseos, intenciones de ese señor don Ruy, -poco cauteloso como bien enamorado. - -Pero, ¿cómo? ¿cuándo? Confusamente se acordaba de aquel joven, que un -domingo la cruzara en el atrio, esperándola luego en el portal de la -iglesia, con un manojo de claveles en la mano... ¿Sería ese? Era de -noble parecer, pálido, con grandes ojos negros y ardientes... Ella -pasara, indiferente... Los claveles que retenía en la mano eran rojos y -amarillos... ¿A quién se los llevaba?... ¡Ah, si lo pudiese avisar, muy -temprano, de madrugada! - -¿Cómo, si no habría en Cabril criado o aya de quien fiarse? ¡Pero iba a -dejar que una espada innoble volcase aquel corazón, que venía lleno de -ella, palpitando por ella, todo lleno de sus esperanzas! - -¡Oh, la ardiente correría de don Ruy, de Segovia a Cabril, con la -promesa del jardín abierto, de la escalera apoyada en la ventana, -bajo la desnudez y protección de la noche! ¿Mandaría el señor de Lara -colocar la escalera en la ventana? - -Sí, de seguro, para matar con mayor facilidad al pobre, dulce e -inocente mozo, cuando subiese confiado, con las manos embarazadas y la -espada durmiendo en la vaina... ¡De modo que, en la noche siguiente, -frente a su lecho, estaría abierta la ventana, y habría una escalera -erguida contra el muro, esperando a un hombre! Su marido, emboscado en -la sombra del cuarto, mataría a ese hombre... - -¿Y si el señor de Lara lo esperase fuera de los muros de la quinta, -para asaltarlo brutalmente en algún sendero, y, o por menos diestro, -o por menos fuerte, en lucha de armas, cayese él traspasado, sin que -el otro conociese a quién mataba? Y ella, allí, en su cuarto, sin -saber nada, con las puertas abiertas y la escalera erguida; y el -hombre aquel asomado a la ventana, en la sombra de la noche tibia, -mientras el marido, que debía defenderla, quedaba muerto en el fondo -de una barranquera... ¿Qué hacer, Virgen Santísima? ¡Oh, rechazaría -soberbiamente al imprudente! Pero, ¿y el espanto de él y la cólera de -su deseo engañado? «¡Me habéis llamado, señora!» Y allí traía, sobre -el corazón, una carta con su firma. ¿Cómo le podría contar la terrible -emboscada y el engaño? - -¡Era tan largo de explicar, en aquel silencio y solitud de la noche, -mientras sus ojos, húmedos y negros, la estuviesen suplicando y -traspasando!... ¡Desgraciada de ella si el señor de Lara muriese y la -dejara sola, sin defensa, en aquel caserón abierto! ¡Cuán desgraciada -también si aquel joven, llamado por ella, que la amaba y que por ese -amor venía corriendo deslumbrante, encontrase la muerte en el sitio -de su ilusión, y muerto, en pleno pecado, rodase para la eterna -desesperación...! - -Tendría unos veinticinco años si era aquel joven airoso y pálido, con -un jubón de terciopelo rojo y un ramo de claveles negros, que estaba a -la puerta de la iglesia, en Segovia... - -Saltaron las lágrimas de los cansados ojos de doña Leonor. Y doblando -las rodillas, el alma puesta en los cielos, donde la luna se comenzaba -a levantar, murmuró con una infinita amargura: - ---¡Oh, Virgen del Pilar, Señora mía; vela por los dos, por todos -nosotros!... - - -III - -Entraba don Ruy en el fresco patio de su casa, cuando de un banco de -piedra, en la sombra, irguiose un mozo de campo, que sacó del zurrón -una carta y se la entregó, murmurando: - ---Señor, daos prisa en leer, que tengo que volverme a Cabril... - -Don Ruy abrió el pergamino, y en el deslumbramiento que le causó lo -batió contra el pecho, como para enterrarlo en el corazón. - -El mozo de campo insistió, preso de gran inquietud: - ---¡Pronto, señor, pronto! No necesitáis responder. Basta que me deis -una señal de haber recibido el recado. - -Don Ruy arrancó uno de los guantes y se lo entregó. Y ya corría el -criado en la punta de las leves alpargatas, cuando, con un grito, le -detuvo don Ruy. - ---Escucha. ¿Qué camino llevas tú para ir a Cabril? - ---El más corto y solitario para gente atrevida, que es por el Cerro de -los Ahorcados. - ---Bien. - -Subió don Ruy... - -Siempre lo amara, pues, desde la mañana bendita en que sus ojos se -habían cruzado en el portal de Nuestra Señora. Mientras él rondaba -aquellos muros del jardín, maldiciendo una frialdad que le parecía más -fría que la de los fríos muros, ya ella le había dado su alma, y llena -de constancia, con amorosa sagacidad, reprimiendo el menor suspiro, -adormeciendo desconfianzas, preparaba la noche radiante en que le daría -también su cuerpo. - -¡Tanta firmeza, un ingenio tan fino en las cosas del amor, aún se la -tornaban más bella y más apetecida! - -Subió don Ruy las escaleras de piedra, y llegado a su aposento, sin -quitarse siquiera el sombrero, leyó de nuevo aquel pergamino, en que -doña Leonor le llamaba de noche a su cuarto, para poseerla enteramente. -Y no le maravilló la oferta, después de tan constante e imperturbable -indiferencia; antes bien, percibió un amor astuto, por ser fuerte, que -con gran paciencia se esconde ante los estorbos y peligros, y fríamente -prepara su hora de gozo, mejor y más deliciosa por hallarse tan bien -dispuesta. - -¡Con qué impaciencia miraba entonces el sol, tan perezoso aquella -tarde en descender tras los montes! Sin reposo, en su cuarto, con las -ventanas cerradas para mejor concentrar su felicidad, preparábase -amorosamente para la triunfal jornada: las finas ropas con encajes, un -jubón de terciopelo negro, esencias perfumadas. Dos veces descendió a -las caballerizas para asegurarse de que su caballo estaba dispuesto. -Sobre el suelo dobló y volvió a doblar la hoja de la espada que -llevaría al cinto... Pero su mayor cuidado era el camino de Cabril, a -pesar de conocerlo bien, y la aldea apiñada en torno del monasterio -franciscano, y el viejo puente romano con su Calvario y la honda -torrentera que conduce a la heredad de don Alonso. Aun en aquel -invierno había cazado por allí, yendo de montería con dos amigos de -Astorga, y pensara al contemplar la torre de los Lara: «He ahí la torre -de la ingrata». ¡Cómo se engañaba! - -Las noches eran de luna; saldría de Segovia calladamente, por la -puerta de San Mauro... Un galope corto lo ponía en el Cerro de los -Ahorcados... También conocía ese sitio de tristeza y pavor, con sus -cuatro pilares de piedra, en los que se ahorcaba a los criminales, -dejando luego sus cuerpos, balanceados por el aire y secos por el sol, -hasta que se pudriesen las cuerdas y cayeran los esqueletos, blancos y -limpios de carne por el pico de los cuervos. Tras del cerro estaba la -laguna de las Dueñas. La última vez que la había pasado fue en el día -del Apóstol San Matías, cuando el corregidor y las cofradías de la Paz -y Caridad, en solemne procesión, iban a dar sagrada sepultura a los -huesos recogidos en el suelo. Después, el camino corría liso y derecho -hasta Cabril. - -Así meditaba don Ruy la jornada venturosa, mientras caía la tarde. -Cuando oscureció, y en torno de las torres de la iglesia, comenzaron -a girar los murciélagos, y en las esquinas del atrio encendiéronse -los nichos de las Ánimas, el valiente caballero sintió un miedo -extraño, el miedo de aquella felicidad que se acercaba y que le parecía -sobrenatural. ¿Era, pues, cierto que esa mujer de divina hermosura, -famosa en Castilla y más inaccesible que un astro, sería suya, toda -suya, en el silencio y seguridad de una alcoba, dentro de breves -instantes, cuando aún no se hubiesen apagado delante de los retablos -de las Ánimas aquellas luces devotas? ¿Qué había hecho él para lograr -tanto bien? Pisara losas de un atrio, buscando con los ojos otros ojos, -que no se erguían desatentos o indiferentes... Entonces, sin dolor, -abandonó su esperanza... Y he aquí que, de repente, aquellos ojos -distraídos lo buscan, aquellos brazos cerrados se le abren, largos -y desnudos, y con el cuerpo y con el alma aquella mujer le grita: -«¡Oh mal avisado, que no me entendiste! ¡Ven! ¡Quien te desanimó, te -pertenece!» ¿Dónde hubo jamás igual ventura? ¡Tan alta, tan rara era, -que, de seguro, tras de ella, si no yerra la ley humana, debía caminar -la desventura! Y de fijo que caminaba; ¡pues cuánta desventura en saber -que después de aquella felicidad, cuando de madrugada, saliendo de los -divinos brazos, se retirase a Segovia, su Leonor, el bien sublime de su -vida, tan inesperadamente adquirido por un instante, recaería de nuevo -bajo el poder de otro amo! - -¡Qué importaba! ¡Viniesen después dolores y celos! - -¡Aquella noche era espléndidamente suya; todo el mundo una apariencia -vana, y la única realidad ese cuarto de Cabril, mal alumbrado, donde -ella le esperaría con los cabellos sueltos! Bajó deprisa la escalera y -se acomodó sobre el caballo. Después, por prudencia, atravesó el atrio -lentamente, con el sombrero bien levantado de la cara, como en un paseo -natural, dando a entender que buscaba fuera de los muros el fresco -de la noche. Nada le inquietó hasta la puerta de San Mauro. Allí un -mendigo, agachado en la oscuridad de un arco, tocando monótonamente -su zanfoña, pidió a la Virgen y a todos los santos que llevasen a -aquel gentil caballero en su dulce y santa guarda. Parárase don Ruy -para alargarle una limosna, cuando recordó que aquella tarde no había -pasado por la iglesia, a la hora de Vísperas, para recoger la celestial -bendición de su madrina. De un salto apeose del caballo porque, -justamente, cerca del viejo arco relucía una lámpara alumbrando un -retablo. Era una imagen de la Virgen con el pecho atravesado por siete -espadas. Arrodillose don Ruy, dejando el sombrero sobre las losas, -y con las manos erguidas, celosamente, rezó una Salve. La claridad -amarilla de la luz envolvía el rostro de la Virgen que, sin sentir -el dolor de los siete aceros, o como si ellos solo le proporcionasen -inefables gozos, sonreía con los labios abiertos. Mientras rezaba, en -el convento de Santo Domingo, comenzaron a tocar a agonía. Entre la -sombra negra del arco, cesando la sonata en la zanfoña, el mendigo -murmuró: «¡Un fraile se está muriendo!» Don Ruy dijo un Avemaría por el -fraile. La Virgen de las siete espadas sonreía dulcemente --¡el toque -de agonía no era, pues, de mal presagio!--. Don Ruy montó de nuevo en -el caballo, y partió alegremente. - -Más allá de la puerta de San Mauro, después de los hornos de los -Olleros, el camino seguía triste y negro entre las piteras. Tras de las -colinas, al fondo de la planicie oscura, subía la primera claridad, -amarilla y lánguida de la luna llena, próxima a aparecer. Y don Ruy -marchaba al paso, recelando llegar a Cabril con tiempo de sobra, antes -que las ayas y los criados terminasen el rosario y la velada. ¿Por -qué no le marcaba doña Leonor la hora, en aquella carta tan clara y -tan pensada?... Su imaginación entonces corría adelante, rompía por -el jardín de Cabril, escalaba aladamente la escalera prometida, y él -corría también detrás en una carrera violenta, hasta levantar las -piedras del camino mal unido. Después sofrenaba el caballo jadeante. -¡Era temprano, muy temprano! Y retomaba el paso lento, sintiendo el -corazón contra el pecho, como ave presa que bate en los hierros de una -jaula. - -Así llegó al crucero, donde el camino se divide en dos, más juntos -que las puntas de una horquilla, ambos cortando a través del vasto -pinar. Descubierto delante de la imagen del crucificado, don Ruy tuvo -un instante de angustia, pues no recordaba cuál de los dos conducía al -Cerro de los Ahorcados. Ya se aventuraba por el más sombrío, cuando, de -entre los pinos silenciosos, una luz surgió, bailando en la oscuridad. -Era una vieja cubierta de harapos, con las largas melenas sueltas, -doblada sobre un cayado y llevando un candil. - ---¿Adónde va este camino? --gritó Ruy. - -La vieja puso la luz en alto para mirar al caballero. - ---A Jarama. - -Y luz y vieja inmediatamente se sumieron, fundidas en la sombra, como -si de allí hubiesen surgido solo para avisar al galán del yerro del -camino... Volviérase rápidamente, y, rodeando el calvario, galopó -por la otra carretera hasta avistar, sobre la claridad del cielo, -los pilares negros y los negros maderos del Cerro de los Ahorcados. -Entonces detúvose, derecho en los estribos. En un ribazo alto, seco, -sin hierba ni brezo, ligados por un muro bajo, todo carcomido, -levantábanse negros, enormes, sobre la amarillez de la luna, los -cuatro pilares de granito, semejantes a los cuatro ángulos de una casa -deshecha. Sobre los pilares posábanse cuatro gruesos travesaños, de los -cuales pendían cuatro ahorcados, negros y rígidos, en el aire parado y -mudo. Todo en torno parecía tan muerto como ellos. - -Enormes aves de rapiña dormían encaramadas sobre los maderos. Más allá -brillaba lívidamente el agua muerta de la laguna de las Dueñas. Iba la -luna grande y llena por el cielo. - -Don Ruy murmuró el Padre Nuestro, debido por todo cristiano a aquellas -almas culpadas. Y después impelió al caballo y pasaba, cuando, en el -inmenso silencio y en la inmensa soledad, resonó una voz, una voz que -le llamaba, suplicante y lenta: - ---¡Caballero, deteneos; venid acá!... - -Don Ruy cogió bruscamente las riendas y, erguido sobre los estribos, -recorrió con los ojos espantados todo el siniestro yermo. Veíase el -cerro áspero, el agua brillante y muda, los maderos, los muertos. -Pensó que fuera ilusión de la noche u osadía de algún demonio errante. -Y serenamente picó el caballo, sin sobresalto, ni temor, como en una -calle de la ciudad. Pero, detrás, tornó a surgir la voz, que le llamaba -urgentemente, ansiosa, casi aflictiva: - ---¡Caballero, esperad; no os vayáis, volved, llegad aquí! - -De nuevo don Ruy parose, y vuelto sobre la silla, se encaró con los -cuatro cuerpos pendientes de los maderos. ¡Allí sonaba la voz que, -siendo humana, solo podía salir de forma humana! Uno de esos ahorcados, -pues, era el que le había llamado con tanta prisa y ansia. - -¿Restaría en alguno, por maravillosa merced de Dios, aliento y vida? ¿O -sería que, por mayor maravilla, uno de esos esqueletos medio podridos -le detenía para transmitirle avisos de ultratumba?... Que la voz -partiese de un cuerpo vivo o de un cuerpo muerto, era cobardía huir -pavorosamente, sin atender a lo que se le demandaba. - -Dirigió el animal para dentro del cerro, y parando, derecho y -tranquilo, con la mano en el costado, después de mirar uno por uno los -cuatro cuerpos suspensos, gritó: - ---¿Cuál de vosotros, hombres ahorcados, osó llamar por don Ruy de -Cárdenas? - -En esto, aquel que volvía la espalda a la luna llena, respondió desde -lo alto de la cuerda, natural y tranquilamente, como quien habla desde -la ventana a la calle: - ---Señor, fui yo. - -Don Ruy hizo avanzar el caballo hasta colocarse enfrente de él. No le -distinguía la faz, enterrada en el pecho, escondida por largas y negras -melenas sueltas. Solo percibió que tenía libres y desamarradas las -manos y los pies, estos resecos y del color del betún. - ---¿Qué me quieres? - -El ahorcado, suspirando, murmuró: - ---Señor, hacedme la gran merced de cortar esta cuerda en que estoy -colgado. - -Don Ruy arrancó la espada, y con un solo golpe certero cortó la cuerda. - -Con un siniestro sonido de huesos entrechocados el cuerpo cayó en -el suelo, en el cual quedó un momento estirado cuan largo era; -pero inmediatamente se enderezó sobre los pies, mal seguros y aún -durmientes, y levantó para don Ruy su faz muerta, que era una calavera -con la piel más amarilla que la luna que la envolvía; los ojos estaban -faltos de brillo y movimiento, los labios se le fruncían en una sonrisa -empedernida. De entre los dientes blancos asomaba la punta de una -lengua tan negra como el carbón. - -Don Ruy no mostró terror ni asco. Y envainando serenamente la espada: - ---¿Tú estás vivo o muerto? --preguntó. - -El hombre encogió los hombros con lentitud: - ---Señor, no sé... ¿Quién sabe lo que es la vida? ¿Quién sabe lo que es -la muerte?... - ---Pero ¿qué quieres de mí? - -El ahorcado, con los largos dedos descarnados, alargó el nudo de la -cuerda, que aún le lazaba el cuello, y declaró serena y firmemente: - ---Señor, tengo que acompañaros a Cabril, adonde vais. - -El caballero estremeciose con tan fuerte asombro, soltando las bridas, -que el caballo se empinó, como asombrado también. - ---¿Conmigo a Cabril?... - -El hombre curvó el espinazo, en el que se distinguían todos los -huesos, más agudos que los dientes de una sierra, a través de un largo -rasgón de la camisa de estameña: - ---Señor --suplicó--, no me lo neguéis. ¡Tengo que recibir un gran -salario si os hago este gran servicio! - -Don Ruy pensó de pronto que bien podía ser aquella alguna traza -formidable del demonio. Y clavando sus ojos brillantes en la faz muerta -que se le ofrecía ansiosa, en espera del consentimiento, hizo una lenta -y larga Señal de la Cruz. - -El ahorcado dobló las rodillas con asustada reverencia: - ---Señor ¿para qué me probáis con esa señal? Solo por ella alcanzamos -remisión, y yo solo de ella espero misericordia. - -Entonces don Ruy pensó que si ese hombre no era mandado por el demonio, -bien podía ser mandado por Dios. Y luego, devotamente, con un gesto -sumiso en que todo lo entregaba al cielo, consintió, aceptó el pavoroso -acompañamiento. - ---¡Ven conmigo, pues, a Cabril, si Dios te manda! Pero yo nada te -preguntaré ni tú me preguntes nada. - -Encaminó el caballo a la carretera, toda alumbrada por la luna. El -ahorcado seguía a su lado con pasos tan ligeros, que hasta cuando -don Ruy galopaba, conservábase cerca del estribo, como llevado por -un viento mudo. A las veces, para respirar más libremente, aflojaba -el nudo de la cuerda que le enroscaba el pescuezo. Y cuando pasaban -entre sebes donde erraba el aroma de las flores silvestres, el hombre -murmuraba con infinito alivio y dulzura: - ---¡Qué gusto da correr! - -Don Ruy iba poseído de asombro, con un tormentoso cuidado. - -Comprendía, desde luego, que se trataba de un cadáver, reanimado por -Dios para un extraño y encubierto servicio. Pero, ¿por qué le daba -Dios tan horrible compañero? ¿Para protegerle? ¿Para impedir que doña -Leonor, amada del cielo, por su piedad, cayese en culpa mortal? ¿Y para -tan divina incumbencia de tan alta merced, no tenía el Señor ángeles en -el cielo, antes que echar mano de un supliciado?... - -¡Ah, con qué gusto volvería riendas para Segovia de no mediar la -galante lealtad del caballero, el orgullo de no retroceder jamás, y -la sumisión a las órdenes de Dios, que sentía inmediatamente sobre su -espíritu!... - -Desde un alto de la carretera, de repente, avistaron Cabril, las torres -del convento franciscano albeando al lunar, los casales dormidos entre -las huertas. Silenciosamente, sin que un perro ladrase detrás de las -cancelas o por cima de los muros, descendieron el viejo puente romano. -Delante del Calvario, el ahorcado cayó de rodillas sobre las losas, -irguió los lívidos huesos de las manos y quedó rezando un largo rato, -entre profundos suspiros. Después, al entrar en el barranco, bebió -mucho tiempo y consoladamente en una fuente que corría y cantaba bajo -las frondas de un salgueiro. Como el barranco era angosto, encaminose -delante del caballero, todo curvado, con los brazos cruzados -fuertemente sobre el pecho, sin un rumor. - -La luna reteníase en lo más alto del cielo. Don Ruy consideraba con -amargura aquel disco, lleno y lustroso, que esparcía tanta y tan -indiscreta claridad sobre el misterio que le llevaba a Cabril. ¡Ah, -cómo se estragaba la noche, que debía ser divina! Una enorme luna -surgía de entre los montes para alumbrarlo todo. Un ahorcado descendía -del suplicio para seguirle y entrar en lo íntimo de su secreto. Así lo -ordenaba Dios. ¡Mas qué tristeza llegar a la dulce puerta prometida con -tal intruso a su lado, bajo aquel cielo de claridad tan viva! - -De improviso, el ahorcado detúvose, levantando el brazo, del cual -pendía la manga en harapos. Era el fin del barranco, que desembocaba -en camino más amplio y largo, y delante de ellos blanqueaba el muro de -la finca de don Alonso, que tenía allí un mirador, con barandilla de -piedra, todo revestido de begonias. - ---Señor --murmuró el ahorcado, sujetando con respeto el estribo de don -Ruy--, a pocos pasos de este mirador está la puerta por donde debéis -penetrar en el jardín. Conviene que dejéis aquí el caballo, atado a un -árbol, si es seguro y fiel. En la empresa en que nos hallamos, ya es de -más el rumor de nuestros pies... - -Don Ruy apeose en silencio y prendió el caballo, que tenía por fiel y -seguro, al tronco de un álamo seco. - -Y tan sumiso se tornaba a aquel compañero impuesto por Dios, que sin -otro reparo le fue siguiendo por la orilla del muro que la luna -alumbraba. - -Con pausada cautela, en la punta de los pies desnudos, avanzaba ahora -el ahorcado, vigilando el alto del muro, sondando en la negrura de la -sebe, parándose a escuchar rumores, que solo para él eran perceptibles, -porque nunca don Ruy conociera noche más hondamente adormecida y muda. - -Y el espanto, en quien debía ser indiferente a los peligros humanos, -fue adueñándose también del valeroso caballero, que sacó el puñal de -la vaina, y con la capa arrollada al brazo, marchaba a la defensiva, -atenta y escudriñadora la mirada, como en un camino de emboscada -y lucha. Así llegaron a una puertecita, que el ahorcado empujó, -abriéndose sin quejido de los goznes. Penetraron en una calle bordeada -de espesos bojes hasta llegar a un estanque lleno de agua, donde -flotaban hojas de nenúfares, y que toscos bancos de piedra circundaban, -cubiertos por la rama de arbustos en flor. - ---¡Por allí! --murmuró el ahorcado, extendiendo el brazo descarnado. - -Señalaba una avenida que densos y viejos árboles abovedaban y -oscurecían. Por ella se metieron, como sombras en la sombra, el -ahorcado delante, don Ruy siguiéndole muy sutilmente, sin rozar una -rama, malpisando la arena. Un leve hilo de agua susurraba en el césped. -Por los troncos subían rosales trepadores, que desprendían dulce aroma. -El corazón de don Ruy recomenzó a batir con una esperanza de amor. - ---¡Chist! --hizo el ahorcado. - -Y don Ruy casi tropezó con el siniestro hombre estancado, con los -brazos abiertos, como las trancas de una cancilla. - -Delante de ellos, cuatro pasos de escalera de piedra subían a una -terraza, en la cual la claridad era amplia y libre. Agachados, treparon -los escalones, y al fondo de un jardín sin árboles, todo en cuarteles -de flores bien recortados, orlados de boj corto, avistaron un lado de -la casa, batido por la luna llena. En el centro, entre las ventanas -cerradas, un balcón de piedra, conservaba de par en par abiertas las -maderas de los ventanales. El cuarto dentro, apagado, era como un -agujero de tiniebla en la claridad de la fachada, que bañaba el lunar. -Y, arrimada contra el balcón, estaba una escalera con los tramos de -cuerda. - -El ahorcado empujó a don Ruy para la oscuridad de la avenida. Y allí, -con un gesto preciso, dominando al caballero, exclamó: - ---¡Señor, ahora conviene que me deis la capa y el sombrero! Quedaos -aquí, en la oscuridad de estos árboles. Voy a subir la escalera para -observar lo que pasa dentro de aquel cuarto... Si es lo que deseáis, -aquí volveré, y que Dios os haga muy feliz... - -¡Don Ruy echose atrás con el horror de que tal criatura subiese a la -ventana! Luego murmuró sordamente: - ---¡No, por Dios! - -Pero la mano del ahorcado, lívida en la oscuridad, bruscamente le -arrancó el sombrero de la cabeza y la capa de entre los brazos. Y se -cubría, se embozaba, murmurando en una súplica ansiosa: - ---¡No me lo neguéis, señor, que por haceros este servicio ganaré una -gran merced! - -Y subió de nuevo los escalones; estaba en la larga y alumbrada terraza. - -Don Ruy subió, atontado, y espió. ¡Oh maravilla! Era él, don Ruy, de -la cabeza a los pies, en la figura y en el modo, aquel hombre que, por -entre los cuarteles y el boj cortado, avanzaba, airoso y leve, con la -mano en la cintura, la faz erguida risueñamente hacia la ventana, la -larga pluma escarlata del sombrero balanceándose triunfal. El hombre -avanzaba bajo la claridad espléndida. El cuarto amoroso aguardaba -abierto y negro. ¡El hombre hallábase al pie de la escalera; desembozó -la capa y asentó el pie en el primer tramo! --«¡Oh, allá va, ya sube -el maldito!»-- rugió don Ruy. El ahorcado subía. Ya la alta figura, -que era él, el propio don Ruy, estaba a mitad de la escalera, toda -negra contra la blanca pared. Detúvose... ¡No, no; subía, llegaba, -posaba la rodilla cautelosa sobre el borde de baranda! Mirábalo don -Ruy desesperadamente con los ojos, con el alma, con todo su ser. Y -he ahí que, de repente, del cuarto negro surge un negro bulto, una -furiosa voz: «¡Villano, villano!» Y una lámina de daga brilla y cae, y -otra vez se levanta y brilla y vuelve a caer, y aún refulge y torna a -hundirse... Como un fardo, de lo alto de la escalera, pesadamente, el -ahorcado cae sobre la tierra muelle. Vidrieras y ventanas se cierran a -seguida, con fragor. Y no hubo más, sino el silencio, la oscuridad y la -luna alta y redonda en el cielo de verano. - -Al comprender don Ruy la traición, desenvainó la espada, ganando la -oscuridad de la avenida, cuando, ¡oh milagro!, corriendo por la terraza -aparece el ahorcado, que le agarra por la manga y le grita: - ---¡A caballo, señor, volando; que el encuentro no era de amor, sino de -muerte!... - -Ambos descienden a toda prisa la avenida, costean el estanque bajo -el refugio de los arbustos en flor, métense por la calle estrecha -orlada de tejos, abren la puerta y, de pronto, páranse, sofocados, en -la carretera, donde la luna, más refulgente, más llena, simulaba la -claridad del sol. - -¡Y entonces, solo entonces, don Ruy descubrió que el ahorcado -conservaba clavada en el pecho, hasta los pomos, la daga, cuya punta le -salía por la espalda, lúcida y limpia!... Pero ya el pavoroso hombre le -empujaba nuevamente: - ---¡A caballo, señor, volando; que aún tenemos encima la traición! - -Horrorizado, con un ansia de terminar aventura tan llena de espanto -y de milagro, don Ruy cogió las riendas y comenzó a cabalgar -sufridamente. Y luego, con gran prisa, el ahorcado saltó también a -grupas del caballo fiel. Encogiose el buen caballero al sentir en sus -espaldas el roce de aquel cuerpo muerto, desprendido de un patíbulo, -atravesado por una daga. ¡Con qué desesperación galopó entonces por -la carretera interminable! Y don Ruy a cada momento sentía un frío -mayor que le helaba los hombros, como si llevase sobre ellos un enorme -costal de nieve. Al pasar por el crucero, murmuró: «¡Valedme, señor!» Y -más allá, estremeciose de repente, con el quimérico miedo de que tan -fúnebre camarada le fuese acompañando para siempre, y se tornase su -destino galopar a través del mundo, en una noche eterna, llevando un -muerto a grupas de su caballo... Y no se contuvo, gritó para atrás, en -el viento de la carrera que los zahería: - ---¿En dónde queréis que os deje? - -El ahorcado, acercando tanto el cuerpo a don Ruy, que le tocó con el -pomo de la daga, repuso: - ---¡Señor, conviene que me dejéis en el cerro! - -Dulce e infinito alivio para el buen caballero, pues el cerro estaba -cerca, y ya se distinguían en la claridad desmayada los pilares y los -travesaños negros. A poco detuvo el caballo, que temblaba blanco de -espuma. - -El ahorcado, sin rumor, descendió de la silla, asegurando, como -buen servicial, el estribo de don Ruy. Y con la calavera erguida, -y la lengua negra pendiente entre los dientes blancos, murmuró una -respetuosa súplica: - ---¡Hacedme ahora el gran servicio de volverme a colgar otra vez! - -Don Ruy estremeciose de horror. - ---¡Por Dios! ¿Que os ahorque yo? - -El hombre suspiró, abriendo los brazos, en un triste ademán: - ---¡Señor, por voluntad de Dios es, y por voluntad de Aquella que le es -más grata a Dios! - -Resignado, sumiso a los mandatos de lo Alto, apeose don Ruy y comenzó a -seguir al hombre, que caminaba hacia el cerro pensativamente, doblando -el dorso, del cual salía, clavada y limpia, la punta de la daga. -Paráronse ante el suplicio vacío. En torno de los otros pendían los -otros tres esqueletos. El silencio era más triste y hondo que los otros -silencios de la tierra. El agua de la laguna ennegreciérase. La luna -descendía rápida y desfallecía. - -Don Ruy examinó el madero en donde quedaba el pedazo de cuerda cortada -con la espada. - ---¿Cómo queréis que os cuelgue? --exclamó--. No llego con la mano al -otro pedazo de cuerda; yo solo no basto para izaros. - ---Señor --respondió el hombre--, ahí, al lado, debe de haber un -rollo de cuerda. Una punta me la ataréis a este nudo que tengo en el -pescuezo; la otra punta la echaréis por encima del madero, y, tirando -después, fuerte como sois, conseguiremos nuestro objeto. - -Curvados ambos con pasos lentos, buscaron el rollo de cuerda. Lo -encontró el ahorcado, y él mismo lo desenrolló... Entonces don Ruy -descalzose los guantes. Y enseñado por él (que tan bien lo aprendiera -del verdugo), ató una punta al lazo que el hombre conservaba en el -pescuezo, y tiró con fuerza la otra, que ondeó en el aire, pasó sobre -el madero y quedó pendiente cerca del suelo. Y el robusto caballero, -afianzando los pies, retesando los brazos, tiró de la cuerda e izó el -hombre hasta dejarlo suspenso, negro, en el aire, como un ahorcado -natural, entre los demás ahorcados. - ---¿Estás bien así? - -Lenta y sumisa vino la voz del muerto: - ---Señor, estoy como debo. - -Don Ruy, entonces, enrolló la cuerda al pilar de piedra. Y el -sombrero en la mano, limpiándose con la otra el sudor que le corría a -cántaros, contempló a su siniestro y milagroso compañero. Estaba ya -rígido como antes, con la faz pendiente bajo las melenas caídas, los -pies enderezados, todo carcomido como un viejo tronco. En el pecho -conservaba la daga clavada. Por cima, dos cuervos dormían quietos. - ---Y ahora, ¿qué más quieres? --preguntó don Ruy comenzando a ponerse -los guantes. - -Desde lo alto, el ahorcado murmuró: - ---¡Señor, con toda el alma os ruego que, al llegar a Segovia, le -contéis el suceso a Nuestra Señora del Pilar, vuestra madrina, que de -ella espero gran merced para mi salvación eterna por este servicio, -que, por su mandato, os hizo mi cuerpo! - -Todo lo comprendió don Ruy de Cárdenas entonces, y arrodillándose -devotamente sobre el suelo de dolor y muerte, rezó una larga oración -por aquel buen ahorcado. - -Después galopó para Segovia. Clareaba la mañana cuando traspasó la -puerta de San Mauro. Sonaban las campanas en el aire claro. Y entrando -en la iglesia de Nuestra Señora del Pilar, aun en el desaliño de su -terrible jornada, don Ruy, ante el altar, narró a su celestial madrina -la ruin tentación que le llevara a Cabril, el socorro que del cielo -había recibido, y con lágrimas de arrepentimiento y gratitud, juró que -nunca más pondría deseo en donde hubiese pecado, ni en su corazón daría -entrada a pensamiento que viniese del Mundo y del Mal. - - -IV - -A esa hora, en Cabril, don Alonso de Lara, con los ojos abiertos de -pasmo y de terror, escudriñaba todas las calles, cuarteles y sombras de -su jardín. - -Cuando al amanecer, luego de abierta la puerta de la cámara en que -había encerrado a doña Leonor, descendió sutilmente al jardín y no -encontró debajo del balcón, pegando a la escalera, como deliciosamente -se prometía, el cuerpo de don Ruy de Cárdenas, tuvo por cierto que el -odiado hombre, al caer, aún con un hilo débil de vida, se arrastraría -sangrando, con el intento de alcanzar el caballo y escapar de Cabril... - -Mas con aquella recia daga que por tres veces enterrara en su pecho, -y que en el pecho había dejado, no se arrastraría el villano muchos -metros, y en algún sitio de aquellos debía de yacer estirado y frío. -Rebuscó entonces cada calle, cada sombra, cada macizo de arbustos. Y ---¡caso maravilloso!--, ¡no descubría el cuerpo, ni pisadas, ni tierra -que hubiese sido removida, ni siquiera rastro de sangre sobre la -tierra! Y, sin embargo, ¡mano certera y hambrienta de venganza, tres -veces le clavara la daga en el pecho y en el pecho se la dejara! - -¡Y era Ruy de Cárdenas el muerto, que bien lo había conocido desde -el fondo del cuarto donde espiaba, cuando a la claridad de la luna -atravesó la terraza, confiado, ligero, con la mano en la cintura, la -faz risueñamente erguida y la pluma del sombrero balanceándose en -triunfo! ¿Cómo podría suceder una cosa tan rara, un cuerpo mortal -sobreviviendo a un hierro que tres veces le atraviesa el corazón y -en el corazón le queda clavado? ¡Y la mayor rareza era que ni en el -suelo, debajo de la ventana, señalábase el vestigio de aquel cuerpo -fuerte, caído pesadamente como un fardo! ¡Ni una flor machucada; -todas derechas, erguidas, frescas, con leves gotas de rocío sobre -las corolas! Inmóvil de espanto, casi de terror, don Alonso de Lara -detúvose allí, considerando el balcón, midiendo la altura de la -escalera, contemplando con ojos espantados los alhelíes derechos, -frescos, sin un tallo u hoja doblada. Después comenzó a correr -locamente por la terraza, por la avenida, por la calle de los bojes, -todavía con la esperanza de hallar una pisada, un tallo roto, alguna -gota de sangre sobre la finísima arena. - -¡Nada! Todo el jardín ofrecía un desusado arreglo y limpieza, como -si sobre él nunca hubiese pasado el viento que deshoja ni el sol que -mustia. - -Entonces, al atardecer, devorado por la incertidumbre y el misterio, -tomó un caballo y, sin escudero ni caballerizo, partió para Segovia. -Curvado y escondidamente, como un forajido, penetró en su palacio -por la puerta del pomar, y su primer cuidado fue correr la galería -abovedada, desatrancar las maderas de las ventanas y espiar ávidamente -la casa de don Ruy de Cárdenas. Todos los miradores de la vieja morada -del arcediano estaban abiertos, respirando la frescura de la noche; -y a la puerta, sentado en un banco de piedra, un mozo de caballeriza -afinaba perezosamente la bandurria. - -Don Alonso de Lara descendió a su cámara, lívido, pensando que no -acontecía de seguro desgracia en casa donde todas las ventanas se abren -para recibir el fresco, y en la puerta de la calle tocan y se divierten -los mozos. Batió las palmas, pidiendo furiosamente la cena. Y apenas -sentado al extremo de la mesa, en su alta silla de cuero labrado, -mandó llamar al intendente, a quien en seguida ofreció, con extraña -familiaridad, una copa de vino añejo. En tanto el hombre, en pie, bebía -respetuosamente, don Alonso, metiendo los dedos por la maraña de las -barbas y forzando su sombría faz para sacarle una sonrisa, preguntaba -por las nuevas acontecidas en Segovia. Durante los días de su estancia -en Cabril ¿nada espantoso o digno de murmuración había ocurrido en -la ciudad?... El intendente limpió los labios para afirmar que nada -espantoso murmurábase en Segovia, a no ser que la hija del señor don -Gutierre, tan joven y rica heredera, tomaba el hábito de las Carmelitas -Descalzas. Don Alonso insistía mirando vorazmente al intendente. ¿Y no -se trabara una gran lucha, no se encontrara herido en la carretera de -Cabril un caballero joven, muy conocido?... El intendente encogía los -hombros: nada decían por la ciudad de luchas y caballeros heridos. Con -un acento desabrido, don Alonso lo despidió de su presencia. - -Apenas terminada la parca cena, volvió a la galería para espiar de -nuevo las ventanas de don Ruy. Ahora estaban cerradas; en la última de -la esquina percibíase tenue claridad. - -Pasó en vigilia la noche, removiendo incansablemente el mismo espanto. -¿Cómo pudo escapar aquel hombre con una daga atravesada en el corazón? -¿Cómo?... Al amanecer tomó una capa, un largo sombrero, y descendió -al atrio, todo embozado y cubierto, y quedó rondando por delante de -la casa de don Ruy. Las campanas tocaban a maitines. Los mercaderes, -con los jubones mal abotonados, salían a levantar las persianas de las -puertas, a colgar el muestrario. Ya los hortelanos, picando los burros -cargados de costales, lanzaban los pregones anunciando la hortaliza -fresca, y los frailes descalzos, con la alforja al hombro, pedían -limosna y bendecían a las mozas. - -Beatas embozadas, con gruesos rosarios negros, enfilaban golosamente -para la iglesia. Después el pregonero de la ciudad, parado en un -extremo del atrio, tocó una bocina, y con una voz tremenda comenzó a -leer un edicto. - -El señor de Lara parárase junto a la fuente, pasmado, como embebecido -en el canto de los chorros. De repente pensó que aquel edicto, leído -por el pregonero de la ciudad, debíase referir a don Ruy, acaso a su -desaparición... Corrió a la esquina del atrio; pero ya el hombre, con -el papel enrollado, abríase paso, batiendo en las losas con su vara -descomunal. Y cuando se volvió para espiar de nuevo la casa, he aquí -que sus ojos, atónitos, tropiezan a don Ruy, ¡a don Ruy, su víctima, -que venía caminando para la iglesia de Nuestra Señora, ligero, airoso, -la faz risueña y erguida en el fresco aire de la mañana, de jubón -claro, con plumas claras, con una de las manos posada en el cinto, la -otra meneando distraídamente un bastón con borlas de torzal de oro! - -Don Alonso recogiose entonces a su casa con pasos arrastrados y -envejecidos. En lo alto de la escalera de piedra halló a su viejo -capellán, que venía a saludarle y que, penetrando con él en la -antecámara, después de pedir, con reverencia, nuevas de la señora doña -Leonor, le habló de un prodigioso caso que había llenado a la ciudad -de espanto y murmuración. ¡En la víspera, por la tarde, yendo el -corregidor a visitar el Cerro de las Horcas, pues se acercaba la fiesta -de los Santos Apóstoles, descubriera, con mucho pasmo y escándalo, que -uno de las ahorcados tenía una daga clavada en el pecho! ¿Era gracia -de algún pícaro siniestro? ¿Venganza que la muerte no saciara?... ¡Y -para mayor prodigio aún, el cuerpo había sido descolgado del madero, -arrastrado en huerta o jardín (pues que presas a los viejos harapos -se encontraron hojas tiernas) y después nuevamente ahorcado y con una -cuerda nueva!... ¡Así iba la turbulencia de los tiempos, que ni los -muertos se privaban de tamaños ultrajes! - -Don Alonso escuchaba temblando, con el pelo horripilado. -Inmediatamente, con una ansiosa agitación, bramando, tropezando -contra las puertas, quiso partir y convencerse con sus propios ojos -de la fúnebre profanación. En dos mulas enjaezadas de prisa, ambos -salieron para el Cerro de los Ahorcados, él y el capellán, arrastrado y -aturdido. Un gran golpe de vecinos de Segovia, reuniérase en el Cerro, -poseídos todos de un horror maravilloso ante ¡el muerto que fuera -muerto!... Todos se arremolinaron en torno del noble señor de Lara, -que permanecía desmadejado y lívido, mirando al ahorcado y a la daga -que le atravesaba el pecho. Era su daga: ¡fuera él quien había matado -al muerto! - -Galopó empavorecido para Cabril. Y allí se encerró con su secreto, -comenzando a palidecer, a adelgazar, siempre alejado de la señora -doña Leonor, escondido por las calles sombrías del jardín, murmurando -palabras al viento, hasta que en la madrugada de San Juan, una criada, -que volvía de la fuente con su cántaro, lo encontró muerto, bajo el -balcón de piedra, estirado en el suelo, con los dedos clavados en el -bancal de alhelíes, donde parecía haber excavado largamente la tierra, -buscando algo... - - -V - -Para huir de tan lamentables memorias, la señora doña Leonor, heredera -de todos los bienes de la casa de Lara, recogiose a su palacio de -Segovia. Pero como ahora sabía que el señor don Ruy de Cárdenas había -escapado milagrosamente de la emboscada de Cabril, y, como día por -día, acechando por entre las rejas, lo seguía con ojos húmedos, jamás -satisfechos, cuando el caballero cruzaba el atrio para entrar en la -iglesia, no quiso ella, con recelo de las prisas e impaciencia de su -corazón, visitar a la Señora del Pilar mientras durase el luto. Más -tarde, una mañana de domingo, cuando, en vez de crespones negros, -se pudo cubrir de sedas rojas, descendió la escalera de su palacio, -pálida, por efecto de una emoción nueva y divina, pisó las losas del -atrio y traspuso las puertas de la iglesia. Don Ruy de Cárdenas estaba -arrodillado delante del altar, en donde había colocado su votivo ramo -de claveles blancos y amarillos. Al rumor de las finas sedas, irguió -los ojos con una esperanza purísima, hecha de gracia celeste, como si -un ángel le hubiese llamado. Doña Leonor arrodillose, arqueado el pecho -por la impresión, tan pálida y tan feliz, que la cera de las hachas -no era más pálida, ni más felices las golondrinas que batían sus alas -libres por las ojivas de la vieja iglesia. - -Ante ese altar, y de rodillas en esas losas, ambos fueron casados por -el obispo de Segovia, don Martiño, en el otoño del año de gracia de -1475, siendo ya reyes de Castilla Isabel y Fernando, muy poderosos y -muy católicos, por quien Dios operó grandes hechos sobre la tierra y -sobre el mar. - - - - -[Ilustración] - -JOSÉ MATÍAS - - -¡Linda tarde, amigo mío!... Estoy esperando el entierro de José Matías ---del José Matías de Albuquerque, sobrino del vizconde de Garmilde... -Usted lo conoció seguramente: un muchacho airoso, rubio como una -espiga, con un bigote crespo de paladín sobre una boca indecisa de -contemplativo, diestro caballero, de una elegancia sobria y fina. ¡Y -espíritu curioso, muy aficionado a las ideas generales, tan penetrante, -que comprendió mi _Defensa de la Filosofía Hegeliana_! Esta imagen de -José Matías data de 1865; porque la última vez que le encontré, en una -tarde agreste de enero, metido en un portal de la calle de San Benito, -tiritaba dentro de una levita color de miel, roída en los codos, y olía -abominablemente a aguardiente. - -¡Pero usted, en una ocasión en que José Matías detúvose en Coimbra, -volviendo de Oporto, cenó con él en el Pazo del Conde! Hasta recuerdo -que Craveiro, que preparaba las _Ironías y Dolores de Satán_ para -irritar más la disputa entre la Escuela Purista y la Escuela Satánica, -recitó aquel soneto suyo, de tan fúnebre idealismo: _En la jaula de mi -pecho, el corazón..._ Y recuerdo todavía a José Matías, con una gran -corbata de seda negra hinchada entre el cuello de lino blanco, sin -despegar los ojos de las velas de los candeleros, sonriendo pálidamente -a aquel corazón que rugía en su jaula... Era una noche de abril, de -luna llena. Después paseamos en bando, con guitarras, por el Puente y -por el Choupal. Januario cantó ardientemente las endechas románticas de -nuestro tiempo: - - Ayer de tarde, al sol puesto, - contemplabas silenciosa - la corriente caudalosa - que retozaba a tus pies... - -¡Y José Matías, acodado sobre el parapeto del Puente, con el alma y -los ojos perdidos en la luna! --¿Por qué no acompaña usted a este -interesante mozo al cementerio de los Placeres? Tengo un coche de -plaza, con número, como conviene a un profesor de Filosofía... ¿Qué? -¿Por causa de los pantalones claros? ¡Oh, mi caro amigo! De todas las -materializaciones de la simpatía, ninguna más groseramente material -que el casimir negro. ¡Y el hombre que vamos a enterrar era un gran -espiritualista! - -Venía la caja saliendo de la Iglesia... Apenas tres carruajes para -acompañarle. --Mas, realmente, caro amigo, José Matías murió hace seis -años, en su puro esplendor. Ese que llevamos ahí, medio descompuesto, -dentro de cuatro tablas galoneadas de amarillo, es un resto de -borracho sin historia y sin nombre, que el frío de febrero mató en el -vano de un portal. - -¿El sujeto de lentes de oro que va en la berlina?... No sé quién es. -Tal vez un pariente rico, de esos que aparecen en los entierros, con -el parentesco correctamente cubierto de gasa negra, cuando el difunto -ya no importuna ni compromete. El hombre obeso, de caraza amarilla, -que va en la victoria, es Alves _Capao_, que tiene un periódico -donde desgraciadamente la Filosofía no abunda, y que se llama _La -Piada_. ¿Qué relaciones le prendían a Matías?... No sé. Tal vez se -emborrachasen en las mismas tascas; acaso José Matías, últimamente, -colaborase en _La Piada_; quizá debajo de aquella gordura y de aquella -literatura, ambas tan sórdidas, se abrigue un alma compasiva. Este es -nuestro coche... ¿Quiere que baje la ventanilla? ¿Un cigarro?... Yo -traigo fósforos. Pues este José Matías fue un hombre desconsolador -para quien, como yo, en la vida ama la evolución lógica y pretende -que la espiga nazca coherentemente del grano. En Coimbra siempre le -consideramos como un alma escandalosamente banal. Para este juicio -concurría acaso su horrenda corrección. ¡Nunca un rasgón ostentoso en -la sotana, ni, por ventura, un poco de polvo adherido a los zapatos; -jamás un pelo rebelde del cabello o del bigote huyendo de aquel -rígido aliño que nos desolaba! Por otra parte, en nuestra ardiente -generación él fue el único intelectual que no rugió con las miserias de -Polonia; que leyó sin empalidecer ni llorar las _Contemplaciones_; que -permaneció insensible ante la herida de Garibaldi. ¡Y, sin embargo, -no había en ese José Matías ninguna sequedad o dureza o egoísmo o -desafecto! ¡Por el contrario! Un suave camarada, siempre cordial y -mansamente risueño. Toda su imperturbable quietud parecía provenir -de una inmensa superficialidad sentimental. Y era eso de manera que -no fue sin razón que, en viendo a aquel mozo tan suave, tan rubio -y tan ligero, comenzáramos a llamarle _Matías-Corazón de Esquilo_. -Cuando se doctoró, como se le muriera el padre, después la madre, -delicada y linda señora de quien había heredado 50.000 duros, partió -para Lisboa a fin de alegrar la soledad de un tío que le adoraba, el -general vizconde de Garmilde. ¡Usted, sin duda, se acuerda de esa -perfecta estampa de general clásico, siempre de bigotes terríficamente -encerados; las calzas, color de flor de romero desesperadamente -estiradas por las presillas sobre las botas coruscantes, y el látigo, -debajo del brazo, con la punta temblando, ávido de azotar el Mundo! -Guerrero grotesco y deliciosamente bueno... Garmilde moraba entonces -en Arroyos, en una casa antigua de azulejos, con un jardín, donde -cultivaba apasionadamente bancales soberbios de dalias. Ese jardín -subía muy suavemente hasta un muro cubierto de hiedra que lo separaba -de otro jardín, el largo y bello jardín de rosas del consejero Mattos -Miranda, cuya casa, con una aireada terraza entre dos torreoncitos -amarillos, erguíase en la cima del otero y se llamaba la casa de la -«Parreira». Usted conoce (por lo menos, de tradición, como se conoce -Elena de Troya o Inés de Castro) la hermosa Elisa Miranda, Elisa de la -Parreira... Fue la sublime belleza romántica de Lisboa, en los fines -de la Regeneración. Mas, realmente, Lisboa apenas la entreveía por los -cristales de su gran carruaje o en alguna noche de iluminación del -paseo público entre la polvareda y la turba, o en los dos bailes de la -Asamblea del Carmo, de que Mattos Miranda era un director venerado. -Por gusto friolero de provinciana o por pertenecer a aquella seria -burguesía que en esos tiempos, en Lisboa, aún conservaba los antiguos -hábitos severamente encerrados, o por imposición paternal del marido, -ya diabético y con sesenta años, la Diosa raramente emergía de Arroyos -y se mostraba a los mortales. Mas quien la vio, y con facilidad -constante, casi irremediablemente, desde que se instaló en Lisboa, fue -José Matías, porque, yaciendo el palacete del general en la falda de la -colina, a los pies del jardín y de la casa de la Parreira, no podía la -divina Elisa asomarse a una ventana, atravesar la terraza, coger una -rosa entre las calles de boj, sin hacerse deliciosamente visible, tanto -más que en los dos jardines asoleados ningún árbol esparcía la cortina -de su denso ramaje. Usted de seguro tarareó, como todos tarareamos, -aquellos versos gastados, mas inmortales: - - Era en otoño, cuando tu imagen - a la luz de la luna... - -¡Pues, como en esa estrofa, el pobre José Matías, al regresar de la -playa de Ericeira, en octubre, en el otoño, vio a Elisa Miranda una -noche en la terraza, a la luz de la luna! Usted nunca contempló aquel -precioso tipo de encanto lamartiniano. Alta, esbelta, ondulante, digna -de la comparación bíblica de la palmera al viento. Cabellos negros, -lustrosos y ricos, en bandos ondeados. Una carnación de camelia -muy fresca. Ojos negros, líquidos, quebrados, tristes, de largas -pestañas... ¡Ah, amigo mío, hasta un servidor de usted, que ya entonces -anotaba laboriosamente a Hegel, después de encontrarla en una tarde -de lluvia esperando el coche a la puerta de Seixas, la adoró durante -tres exaltados días y le rimó un soneto! No sé si José Matías le -dedicó sonetos. Mas todos sus amigos percibimos de contado el fuerte, -profundo, absoluto amor que concibiera desde la noche de otoño, a -la luz de la luna, aquel corazón, que en Coimbra considerábamos de -_Esquilo_. - -Bien comprenderá usted que hombre tan quieto y comedido no se exhaló -en suspiros públicos. Ya, sin embargo, en tiempo de Aristóteles, -afirmábase que amor y humo no se esconden; y de nuestro hermético -José Matías, el amor comenzó pronto a escapar, como el humo leve de -las rendijas invisibles de una casa cerrada que arde terriblemente. -Recuérdome de una tarde que le visité en Arroyos, después de volver -del Alentejo. Era un domingo de julio. Él iba a comer con una -tía-abuela, una doña Mafalda Noronha, que vivía en Benfica, en la -quinta de los Cedros, donde habitualmente almorzaban también los -domingos Mattos Miranda y la divina Elisa. Creo que solo en esa casa -se encontraban ella y José Matías, sobre todo con las facilidades -que ofrecen pensativas alamedas y retiros de sombra. Las ventanas -del cuarto de José Matías abrían al jardín, y sobre el jardín de los -Mirandas; y cuando entré, él aún se vestía lentamente. ¡Nunca admiré, -amigo mío, faz humana aureolada por felicidad más segura y serena! -Sonreía iluminadamente cuando me abrazó, con una sonrisa que venía -de las profundidades del alma iluminada; sonreía deleitablemente en -tanto yo le conté todos mis disgustos en Alentejo; sonreía después -extáticamente, aludiendo al calor y enrollando un cigarro distraído; y -sonreía siempre, extasiado, mientras escogía en el cajón de la cómoda, -con religioso escrúpulo, una corbata de seda blanca. Y a cada momento, -irresistiblemente, por un hábito ya tan inconsciente como el pestañear, -sus ojos risueños, calmamente enternecidos, volvíanse para las ventanas -cerradas... De suerte que acompañando aquel rayo dichoso, luego -descubrí en la terraza de la casa de la Parreira, a la divina Elisa, -vestida de claro, con un sombrero blanco, paseando perezosamente, -calzándose pensativamente los guantes y acechando también las ventanas -de mi amigo, que un rayo oblicuo del sol ofuscaba de manchas de -oro. José Matías, entretanto, conversaba, antes murmuraba, a través -de la perenne sonrisa, cosas afables y dispersas. Toda su atención -concentrárase delante del espejo, en el alfiler de coral y perla para -clavar en la corbata, en el cuello blanco que abotonaba y ajustaba con -la devoción con que un sacerdote novicio, en la exaltación cándida de -la primera misa, se revistiese de la estola y del amito para acercarse -al altar. ¡Jamás había visto yo a un hombre echar con tan profundo -éxtasis agua de colonia en el pañuelo! Y después de vestirse la levita, -de espetarse una soberbia rosa con inefable emoción, sin retener un -delicioso suspiro, abrió largamente, solemnemente, las ventanas. -_¡Introibo ad altarem Dei!_ Yo permanecí discretamente enterrado en el -sofá. ¡Y, caro amigo, créame, envidié a aquel hombre ante la ventana, -inmóvil, rígido en su adoración sublime, con los ojos y el alma y -todo el ser clavados en la terraza, en la blanca mujer, calzándose -los guantes claros, y tan indiferente al mundo como si el mundo fuese -apenas el ladrillo que ella pisaba y cubría con los pies! - -¡Y este éxtasis, amigo mío, duró diez años, así, espléndido, puro, -distante e inmaterial! No se ría... De cierto se encontraban en la -quinta de doña Mafalda; de seguro escribíanse, y apasionadamente, -echando las cartas por sobre el muro que separaba las dos quintas; -mas nunca por encima de las hiedras de ese muro procuraron la rara -delicia de una conversación robada, o la delicia, aún más perfecta, -de un silencio escondido en la sombra. Y nunca cambiaron un beso... -¡No lo dude! Algún apretón de manos fugitivo y ansioso, bajo las -arboledas de doña Mafalda fue el límite exaltadamente extremo que la -voluntad les marcó al deseo. Usted no comprenderá cómo se mantuvieron -así dos frágiles cuerpos, durante diez años, en tan terrible y mórbido -renunciamiento... Sí; de seguro les faltó para perderse, una hora de -seguridad o una puertecilla en el muro. Luego, que la divina Elisa -vivía realmente en un convento, en el cual cerrojos y celdas eran -formados por los hábitos rígidamente reclusos de Mattos Miranda, -triste y diabético. Pero, en la castidad de este amor, entró mucha -nobleza moral y finura superior de sentimiento. El amor espiritualiza -al hombre, y materializa a la mujer. Esa espiritualización era fácil a -José Matías, que había nacido desvariadamente espiritualista; mas la -humana Elisa encontró también un gozo delicado en esa ideal adoración -de monje, que ni osa rozar con los dedos trémulos y embrollados en el -rosario la túnica de la Virgen sublimada. ¡Él, sí! Él gozó en ese amor -trascendentemente desmaterializado un encanto sobrehumano. Durante diez -años, como el Ruy-Blas del viejo Hugo, caminó, vivo y deslumbrado, -dentro de su sueño radiante, sueño en que Elisa habitó realmente -en lo íntimo de su alma, en una fusión tan absoluta, que se tornó -consubstancial con su ser. ¿Creerá usted que él abandonó el cigarro, -y que no fumaba, ni aun paseando solitariamente a caballo, por los -alrededores de Lisboa, desde que una tarde descubrió en la quinta de -doña Mafalda que el humo perturbaba a Elisa? - -Esta presencia real de la divina criatura en su ser creó en José -Matías modos nuevos, extraños, derivando de la alucinación. Como el -vizconde de Garmilde comía temprano, a la hora vernácula del Portugal -antiguo, José Matías cenaba, después de San Carlos, en aquel delicioso -y saudoso café Central, donde el lenguado parecía frito en el cielo, y -el Collares en el cielo embotellado. Pues nunca cenaba sin candelabros -profusamente encendidos y la mesa cubierta de flores. ¿Por qué? -Porque Elisa también cenaba allí, invisible. De ahí esos silencios -bañados en una sonrisa religiosamente atenta... ¿Por qué? ¡Porque la -estaba siempre escuchando! Recuerdo verle arrancar del cuarto tres -grabados clásicos de Faunos osados y Ninfas rendidas... Elisa, cerníase -idealmente en aquel ambiente, y él purificaba las paredes, que mandó -forrar de sedas claras. El amor arrastra al lujo, sobre todo, un amor -de tan elegante idealismo; y José Matías prodigó con esplendor y lujo -que ella participaba. Decentemente no podía andar con la imagen de -Elisa en un coche de plaza, ni consentir que la augusta imagen rozase -por las sillas de rejilla de la platea de San Carlos. Montó, por tanto, -carruajes de un gusto sobrio y puro; y abonose a un palco en la Ópera, -donde instaló, para ella, una poltrona pontifical, de seda blanca, -bordada con estrellas de oro. - -Aparte de eso, como descubriera la generosidad de Elisa, luego se hizo -congénere y suntuosamente generoso; y nadie existió entonces en Lisboa -que repartiese, con facilidad más risueña, billetes de Banco. Así -disipó, rápidamente, sesenta mil duros, con el amor de aquella mujer a -quien nunca había regalado una flor. - -¿Y, durante ese tiempo, Mattos Miranda? Amigo mío, el buen Mattos -Miranda, no desordenaba ni la perfección, ni la quietud de esta -felicidad. ¿Tan absoluto sería el espiritualismo de José Matías, que -apenas se interesase por el alma de Elisa, indiferente a las sumisiones -de su cuerpo, involucro, inferior y mortal?... No sé. Verdad sea -dicha, aquel digno diabético, tan grave, siempre de bufanda de lana -oscura, con sus barbas grisáceas, sus poderosos lentes de oro, no -sugería ideas inquietadoras de marido ardiente, cuyo ardor, fatal e -involuntariamente, se reparte y abrasa. ¡Todavía nunca comprendí, yo, -Filósofo, aquella consideración, casi cariñosa, de José Matías por -el hombre que, siquiera fuese desinteresadamente, podía por derecho, -por costumbre, contemplar a Elisa desapretándose las cintas de la -enagua!... ¿Habría allí reconocimiento por ser Miranda el que había -descubierto en una remota calle de Setúbal (en donde José Matías -nunca la descubriría) aquella divina mujer, y por mantenerla en -aquella posición, sólidamente nutrida, finamente vestida, transportada -en carruajes de blandos muelles? ¿O recibiera José Matías aquella -acostumbrada confidencia --«no soy tuya, ni de él»--, que tanto -consuela del sacrificio, porque tanto lisonjea el egoísmo?.. No sé, -mas con certeza, aquel magnánimo desdén por la presencia corporal de -Miranda en el templo, donde habitaba su diosa, daba a la felicidad de -José Matías una unidad perfecta, la unidad de un cristal que por todos -los lados rebrilla, igualmente puro, sin arañadura o mancha. Y esta -felicidad, amigo mío, duró diez años... ¡Qué escandaloso lujo para un -mortal! - -Mas un día, la tierra, para José Matías, tembló toda, en un terremoto -de incomparable espanto. En enero o febrero de 1871, Miranda, ya -debilitado por la diabetes, murió de una pulmonía. Por estas mismas -calles, en un pachorriento coche de plaza, acompañé su entierro -numeroso, rico, con ministros, porque Miranda pertenecía a las -Instituciones. Y después, aprovechando el coche, visité a José Matías -en Arroyos, no por curiosidad perversa, ni para llevarle felicitaciones -indecentes, sino para que en aquel lance deslumbrador sintiese a su -lado la fuerza moderadora de la Filosofía... Hallé con él a un amigo -más antiguo y confidencial, aquel brillante Nicolás de la Barca, que -ya acompañé también a este cementerio, donde ahora yacen, debajo de -lápidas, todos aquellos camaradas con quienes levanté castillos en el -aire... Nicolás había llegado de la Vellosa, de su quinta de Santarén, -de madrugada, reclamado por un telegrama de Matías. Cuando entré, un -criado arreglaba dos maletas enormes. José Matías partía en esa noche -para Oporto. Hasta se había puesto ya un traje de viaje, todo negro, -con zapatos de cuero amarillo. Después de sacudirme la mano, mientras -Nicolás removía un grog, continuó vagando por el cuarto, silencioso, -como pasmado, con un modo que no era emoción, ni alegría púdicamente -disfrazada, ni sorpresa de su destino bruscamente sublimado. ¡No! -Si el buen Darwin no nos engaña en su libro de la _Expresión de las -Emociones_, José Matías, en esa tarde, solo sentía y solo expresaba -embarazo. Enfrente, en la casa de la Parreira, todas las ventanas -permanecían cerradas bajo la tristeza de la tarde cenicienta. ¡Y -todavía sorprendí a José Matías lanzando hacia la terraza, rápidamente, -una mirada en que transparentaba inquietud, ansiedad, casi terror! -¿Cómo diré? ¡Aquella parecía la mirada que se dirige a la jaula mal -segura en donde se agita una leona! En un momento en que él entró -en la alcoba, murmuré a Nicolás, por encima del grog: «Matías hace -perfectamente en irse para Oporto...» Nicolás se encogió de hombros: ---«Sí, creyó que era más delicado... Yo aproveché. Solo durante los -meses de luto riguroso...» A las siete acompañamos a nuestro amigo -a la estación de Santa Apolonia. A la vuelta, dentro del coche que -una furiosa lluvia azotaba, filosofamos. Yo sonreía, contento: --«Un -año de luto; después mucha felicidad y muchos hijos... ¡Y un poema -acabado!»... Nicolás acudió, serio: --«Y acabado en una deliciosa -y suculenta prosa. La divina Elisa queda con toda su divinidad y -la fortuna de Miranda, unos diez o doce mil duros de renta... ¡Por -la primera vez en nuestra vida entrambos contemplamos la virtud -recompensada!» - - * * * * * - -¡Mi caro amigo! Pasaron los meses ceremoniales de luto, después -otros, y José Matías no se movió de Oporto. En ese agosto le encontré -instalado fundamentalmente en el hotel Francfort, donde entretenía la -melancolía de los días abrasados, fumando (porque volviera al tabaco), -leyendo novelas de Julio Verne y bebiendo cerveza helada hasta que la -tarde refrescaba y él se vestía, se perfumaba y se florecía para ir a -comer en Foz. - -Y a pesar de acercarse el bendito remate del luto y de la desesperada -espera, no noté en José Matías ni alborozo elegantemente reprimido, ni -revuelta contra la lentitud del tiempo, viejo a las veces tan moroso y -tropezón. ¡Por el contrario! A la sonrisa de radiosa certeza, que en -esos años le iluminara como un nimbo de beatitud, sucedía la seriedad -cargada, toda en sombra y arrugas, de quien se debate en una duda -irresoluble, siempre presente, roedora y dolorosa. ¿Quiere que le -diga? En aquel verano, en el hotel Francfort, siempre me pareció que -José Matías, a cada instante de su vida despierta, bebiendo la fresca -cerveza, calzando los guantes al entrar en el coche que le llevaba a -Foz, angustiosamente preguntaba a su conciencia: «¿Qué he de hacer? -¿Qué he de hacer?» Una mañana, en el almuerzo, me asombro, exclamando -al abrir el periódico, con un asomo de sangre en la cara: «¿Qué? ¿Ya -estamos a 29 de agosto? ¡Santo Dios... ya es fin de agosto!...» - -Volví a Lisboa, amigo mío. Pasó el invierno, muy seco y muy azul. -Trabajé en mis _Orígenes del Utilitarismo_. Un domingo, en Rocío, -cuando ya se vendían claveles en los estancos, avisté dentro de una -berlina a la divina Elisa, con plumas rojas en el sombrero; y en esa -misma semana encontré en el _Diario Ilustrado_ la noticia corta, -casi tímida, del casamiento de la señora doña Elisa Miranda... ¿Con -quién, amigo mío? ¡Con el conocido propietario don Francisco Torres -Nogueira!... - -En oyendo tal, mi amigo cerró el puño, y pegó en el muslo, espantado. -¡También yo cerré los dos puños, mas para levantarlos al cielo, en -donde se juzgan los hechos de la tierra, y clamar furiosamente, a -gritos, contra la falsedad, la inconstancia ondeante y pérfida, toda la -engañadora torpeza de las mujeres, y de aquella especial Elisa, llena -de infamia entre las mujeres! ¡Traicionar aprisa, inconsideradamente, -apenas concluyó el negro luto, a aquel noble, puro, intelectual -Matías!, ¡y su amor de diez años, sumiso y sublime!... - -Y después de apuntar con los puños para el cielo, aún los apretaba -contra la cabeza, gritando: «Mas ¿por qué, por qué?» ¿Por amor? Durante -años ella amara arrobadamente a este hombre, y de un amor que no pudo -desilusionarse ni hartarse, porque permanecía suspenso, inmaterial, -insatisfecho. ¿Por ambición? Torres Nogueira era un ocioso amable -como José Matías, y poseía en viñas hipotecadas los mismos cincuenta -o sesenta mil duros que José Matías acababa de heredar ahora del -tío Garmilde, en tierras excelentes y libres. Entonces, ¿por qué? -¡Ciertamente porque los gruesos bigotes negros de Torres Nogueira -apetecían más a su carne, que el bozo rubio y pensativo de José Matías! -¡Ah, bien enseñara San Juan Crisólogo que la mujer es un montón de -impureza, erguido a la puerta del infierno! - -Pues, amigo mío, cuando yo rugía de este modo, encuéntrome una tarde en -la calle de Alecrín, a Nicolás de la Barca, que salta de la victoria, -me empuja para un portal, y agarrándose excitadamente en mi pobre -brazo, exclama sofocado: - ---«¿Ya sabes? ¡José Matías fue quien se negó! Ella escribiole, estuvo -en Oporto a verle, lloró... ¡Él no consintió ni en verla! ¡No quiso -casarse, no se quiere casar!» Quedé traspasado. --«Y entonces ella...». ---«Despechada, fuertemente cercada por Torres, cansada de la viudez, -con aquellos bellos treinta años en botón, ¡qué diablo! pobrecilla, ¡se -casó!» Levanté los brazos hasta la bóveda del patio: --«¿Pero y ese -sublime amor de José Matías?» Nicolás, su íntimo y confidente, juró con -irrecusable seguridad: --«¡Es el mismo siempre! Infinito, absoluto... -¡Mas no quiere casarse!» - -Los dos nos miramos, y después nos separamos, encogiéndonos entrambos -de hombros, con aquel asombro resignado que conviene a espíritus -prudentes en presencia de la Incognoscible. Mas yo, Filósofo, y, -por tanto, espíritu imprudente, durante toda esa noche agujereé el -acto de José Matías con la punta de una psicología que expresamente -aguzara. Y ya de madrugada, cansado, concluí, como se concluye siempre -en Filosofía, que me encontraba delante de una Causa Primaria, por -consiguiente impenetrable, en donde se quebraría, sin ventaja para él, -para mí o para el mundo, la punta de mi Instrumento. - -La divina Elisa se casó y continuó habitando la Parreira con su Torres -Nogueira, en el conforte y sosiego que ya gozara con su Mattos Miranda. -A mitad de verano, José Matías trasladose de Oporto a Arroyos, al -caserón del tío Garmilde, en el cual reocupó sus antiguas habitaciones, -con los balcones abriendo al jardín, ya florido de dalias, que nadie -cuidaba. Vino agosto, como siempre en Lisboa, silencioso y caliente. -Los domingos José Matías comía con doña Mafalda de Noronha, en Benfica, -solitariamente --porque Torres Nogueira no conocía a aquella venerada -señora de la Quinta de los Cedros. La divina Elisa, con vestidos -claros, paseaba, a la tarde, en el jardín, entre los rosales; de suerte -que la única mudanza, en aquel dulce rincón de Arroyos, parecía ser -Mattos Miranda en un bello sepulcro de los Placeres, todo de mármol --y -Torres Nogueira en el excelente lecho de Elisa. - -Había, sin embargo, una tremenda y dolorosa mudanza --¡la de José -Matías!--. ¿Adivina usted cómo ese desgraciado consumía sus estériles -días? ¡Con los ojos, y la memoria, y el alma y todo el ser clavados -en la terraza, en las ventanas, en los jardines de la Parreira! Solo -que ahora no era con las vidrieras largamente abiertas, en abierto -éxtasis, con la sonrisa de segura beatitud; poníase por detrás de las -cortinas cerradas, a través de una escasa rendija, escondido, acechando -furtivamente los blancos pliegues del vestido blanco, con la faz -devastada por la angustia y por la derrota. ¿Y comprende por qué sufría -así este pobre corazón? Seguramente porque Elisa, desdeñada por sus -brazos cerrados, corriera luego, sin lucha, sin escrúpulos, para otros -brazos, más accesibles y prontos... ¡No, amigo mío! Repare ahora en la -complicada sutileza de esta pasión. ¡José Matías permanecía devotamente -creyente de que Elisa, en lo íntimo de su alma, en ese sagrado fondo -espiritual en donde no entran las imposiciones de las conveniencias, -ni las decisiones de la razón pura, ni los ímpetus del orgullo, ni las -emociones de la carne, le amaba, a él, únicamente a él, y con un amor -que no desapareciera, ni se alterara, floreciente en todo su vigor, -hasta sin ser regado o tratado, a la manera de la antigua Rosa Mística! -¡Lo que le torturaba, amigo mío, lo que le cavara largas arrugas en -cortos meses, era que un hombre, un macho, un bruto, apoderárase de -aquella mujer que era suya! ¡Y que del modo más santo y más socialmente -puro, bajo el patrocinio de la Iglesia y del Estado, lagotease con los -ásperos bigotes negros, hasta hartarse, los divinos labios que él nunca -osara rozar, en la supersticiosa reverencia y casi en el terror de su -divinidad! ¿Cómo le diré?... ¡El sentimiento de este extraordinario -Matías era el de un monje, postrado ante una Imagen de la Virgen, en -trascendental arrobo, entretanto, de improviso, un bestial sacrílego -trepa al altar, y alza obscenamente la túnica de la Imagen! Usted -sonríe... ¿Y entonces, Mattos Miranda? ¡Ah, amigo mío, ese era -diabético, y grave, y obeso, y ya existía instalado en la Parreira, con -su obesidad y su diabetes, cuando él conociera a Elisa y la diera para -siempre vida y corazón. Y Torres Nogueira, rompió brutalmente a través -de su purísimo amor, con sus negros bigotes, y los carnudos brazos, y -el duro arranque de un antiguo picador de toros, y prostituyó a aquella -mujer, a la cual revelara tal vez lo que es un hombre! - -Mas, ¡con todos los demonios!, a esa mujer la despreció cuando ella -ofreciósele en la frescura y en la grandeza de un sentimiento que -ningún desdén aún secara o abatiera. ¿Qué quiere?... ¡Y la espantosa -tortuosidad espiritual de Matías! ¡Al cabo de unos meses olvidara, -positivamente olvidara esa negativa afrentosa, como si fuese un leve -desacuerdo de intereses materiales o sociales, ocurrido meses antes en -el Norte, y al que la distancia y el tiempo disipaban la realidad y la -amargura leve! ¡Y ahora, aquí en Lisboa, con las ventanas de Elisa -delante de sus ventanas y las rosas de los dos jardines exhalando -fragancia en la sombra, el dolor presente, el dolor real, era que él -amara sublimemente a una mujer, colocárala entre las estrellas para que -fuese más pura su adoración, y que un bruto moreno, de bigotes negros, -arrancara a esa mujer de entre las estrellas para arrojarla sobre una -cama! - -Enredado caso, ¿eh, amigo mío? ¡Ah!, mucho filosofé acerca de él, -por deber de filósofo. Y concluí que Matías era un enfermo, atacado -de hiper-espiritualismo, de una inflamación violenta y pútrida del -espiritualismo, que recelaba pavorosamente las materialidades del -casamiento, las chinelas, la piel poco fresca al despertar, un vientre -enorme durante seis meses, las criaturas llorando en la cuna mojada... -Y ahora rugía de furor y tormento, porque cierto materialón, al lado, -se precipitara a aceptar a Elisa en camisón de dormir. ¿Un imbécil?... -¡No, amigo mío! Un ultrarromántico, locamente ajeno a las realidades -fuertes de la vida, que nunca sospechó que chinelas y pañales sucios de -criaturas son cosas de superior belleza en casa en que entre el sol y -haya amor. - -¿Y sabe usted lo que exacerbó más furiosamente este tormento? ¡Que la -pobre Elisa mostraba por él el antiguo amor! ¿Qué le parece? ¡Infernal, -eh!... Por lo menos, si no sentía el antiguo amor intacto en su -esencia, fuerte como entonces y único, conservaba por el pobre Matías -una irresistible curiosidad y repetía los gestos de ese amor... ¡Tal -vez fuere apenas la fatalidad de los jardines vecinos! No sé. Mas -luego, desde septiembre, cuando Torres Nogueira partió para sus viñedos -de Carcavellos a fin de asistir a la vendimia, ella recomenzó, del -borde de la terraza, por sobre las rosas y las dalias abiertas, aquella -dulce remesa de dulces miradas con que durante diez años extasiara el -corazón de José Matías. - -No creo que se trasbordasen cartas por encima del muro del jardín, -como bajo el régimen paternal de Mattos Miranda... El nuevo señor, el -hombre robusto y bigotudo, imponía a la divina Elisa, aun de lejos, de -entre los parrales de Carcavellos, retraimiento y prudencia. Y acalmada -por aquel marido, mozo y fuerte, menos sentiría ahora la necesidad de -algún encuentro discreto en la sombra caliente de la noche, aun cuando -su elegancia moral y el rígido idealismo de José Matías consintiesen -en aprovechar una escalera contra el muro... En lo demás, Elisa era -fundamentalmente honesta, y conservaba el respeto sagrado de su cuerpo, -por sentirlo tan bello y cuidadosamente hecho por Dios, más de lo que -el de su alma. Y ¿quién sabe?... Tal vez la adorable mujer perteneciese -a la bella raza de aquella marquesa italiana, la marquesa Julia de -Malfieri, que conservaba dos amorosos a su dulce servicio, un poeta -para las delicadezas románticas y un cochero para las necesidades -groseras. - -¡En fin, amigo mío, no psicologuemos más sobre esta viva, detrás -del muerto que murió por ella! El hecho fue que Elisa y su amigo -insensiblemente recayeron en la vieja unión ideal a través de los -jardines en flor. En octubre, como Torres Nogueira continuaba -vendimiando en Carcavellos, José Matías, para contemplar la terraza de -la Parreira, ya abría de nuevo las vidrieras, larga y extáticamente. - -Parece que un tan extremo espiritualista, reconquistando la idealidad -del antiguo amor, debía reentrar también en la antigua felicidad -perfecta. Si reinaba en el alma inmortal de Elisa, ¿qué importaba que -otro se ocupase de su cuerpo mortal? ¡Mas no! El pobre mozo sufría -angustiadamente, y para sacudir la pungencia de estos tormentos, -concluyó, un hombre como él, tan sereno, de una tan dulce armonía -de modos, por tornarse un agitado. ¡Ah, amigo mío, qué estrépito de -vida! ¡Desesperadamente, durante un año, removió, aturdió, escandalizó -a Lisboa!... De ese tiempo son algunas de sus extravagancias -legendarias... ¿Conoce la de la cena? ¡Una cena ofrecida a treinta o -cuarenta mujeres de las más torpes y de las más sucias, recogidas por -las negras callejuelas del Barrio Alto y de la Mouraría, que después -mandó montar en burros, y gravemente, melancólicamente, puesto al -frente sobre un gran caballo blanco, con una inmensa fusta, llevó a los -altos de Gracia, para saludar la aparición del sol! - -¡Mas todo ese alarido no le disipó el dolor, y entonces fue, en este -invierno, cuando comenzó a jugar y a beber! Todo el día pasábalo -encerrado en casa (ciertamente por detrás de las vidrieras, ahora que -Torres Nogueira regresara de los viñedos) con ojos y alma clavados en -la terraza fatal; después, a la noche, cuando las ventanas de Elisa -se apagaban, salía en una berlina, siempre la misma, la del _Gago_, -corría a la ruleta del Bravo, después al club del «Caballero», donde -jugaba frenéticamente hasta la tardía hora de cenar, en un gabinete de -restorán, con haces de velas encendidas, y el Collares y el Champagne y -el Cognac corriendo en chorros desesperados. - -¡Esta vida, picoteada por la Furias, duró años, siete años! Todas las -tierras que le dejara el tío Garmilde se fueron, largamente jugadas y -bebidas; y restábale solo el caserón de Arroyos y el dinero prestado -por que lo hipotecara; mas, súbitamente, desapareció de todos los -antros del vino y del juego. - -¡Y supimos que Torres Nogueira estaba muriendo con una anasarca! - -Por ese tiempo, y por causa de un negocio de Nicolás de la Barca que me -telegrafió ansiosamente de su quinta de Santarén (negocio enrevesado, -de una letra), busqué a José Matías, a las diez, en una noche caliente -de abril. El criado, en cuanto me conducía por el corredor mal -alumbrado, ya desadornado de las ricas arcas y tallas de la India del -viejo Garmilde, confesome que S. E. no acabara de comer... ¡Aún me -acuerdo, con un calofrío, de la impresión desolada que me causó el -desgraciado! Hallábase en el cuarto que abría sobre los dos jardines. -Delante de una ventana, que las cortinas de damasco cerraban, la mesa -resplandecía, con dos candeleros, un cesto de rosas blancas y algunas -de las nobles plantas de Garmilde; y al lado, todo extendido en una -poltrona, con el cuello blanco desabotonado, la faz lívida, decaída -sobre el pecho, una copa vacía en la mano inerte, José Matías parecía -adormecido o muerto. - -Cuando le toqué en el hombro, alzó, sobresaltado la cabeza, toda -despeinada: --«¿Qué hora es?» Apenas le grité, en un gesto alegre, para -despertarle, que era tarde, que eran las diez, llenó precipitadamente -la copa de la botella más próxima de vino blanco, y bebió lentamente, -con la mano temblando, temblando... Después, apartando los cabellos -de la cabeza húmeda: --«¿Y entonces, qué hay de nuevo?» Desmayado, -sin comprender, escuchó, como en un sueño, el recado que le mandaba -Nicolás. Por fin, con un suspiro, removió una botella de champagne -dentro del balde en que se helaba, llenó otra copa, murmurando: --«¡Un -calor!... ¡Una sed!» Mas no bebió; arrancó el cuerpo pesado a la -poltrona, y forzó los pasos mal firmes hacia la ventana, a la cual -abrió violentamente las cortinas, después la vidriera... Y quedó tieso, -como cogido por el silencio y oscuro sosiego de la noche estrellada. -¡Yo le espié! En la casa de la Parreira dos ventanas brillaban, -fuertemente iluminadas, abiertas al aire. Y esa claridad viva envolvía -una figura blanca, en los largos pliegues de una bata blanca, parada -al borde de la terraza, como olvidada en una contemplación. ¡Era -Elisa, amigo mío! Por detrás, en el fondo del cuarto claro, el marido -ciertamente quejábase, con la opresión del anasarca. Ella, inmóvil, -reposaba, enviando un dulce mirar, tal vez una sonrisa, a su dulce -amigo. El miserable, fascinado, sin respirar, sorbía el encanto de -aquella visión bienhechora. Y entre ellos se expandía en la molicie -de la noche el aroma de todas las flores de los dos jardines... -Súbitamente Elisa recogiose, llamada por algún gemido o impaciencia del -pobre Torres. Las ventanas se cerraron; toda la luz y vida se sumieron -en la casa de la Parreira. - -Entonces José Matías, con un sollozo despedazado, de punzante tormento, -vaciló, tan ansiadamente agarrose a la cortina que la rasgó, y vino a -caer desamparado en los brazos que le extendí, y en los que lo arrastré -hasta la poltrona, pesadamente, como a un muerto o a un borracho. Mas a -poco, con espanto mío, el extraordinario hombre abre los ojos, sonríe -con una lenta e inerte sonrisa y murmura casi serenamente: --«Es el -calor... ¡Hace un calor! ¿Usted no quiere tomar café?» - -Negueme y partí; en cuanto él, indiferente a mi fuga, extendido en la -poltrona, encendía trémulamente un inmenso cigarro. - - * * * * * - -¡Santo Dios! ¡Ya estamos en Santa Isabel! ¡Cuán de prisa van -arrastrando al pobre José Matías, para el polvo y para el gusano final! -Pues, amigo mío, después de esa curiosa noche, Torres Nogueira murió. -La divina Elisa, durante el nuevo luto, recogiose a la quinta de una -cuñada, también viuda, a la «Corte Moreira», al pie de Beja. Y José -Matías sumiose enteramente, evaporose, sin que me volviesen nuevas de -él, ni aun inciertas, tanto más que el íntimo por quien las conocería, -nuestro brillante Nicolás de la Barca, había partido para la isla de -Madeira, con su último pedazo de pulmón, sin esperanza, por deber -clásico, casi deber social, de tísico. - -Todo ese año también anduve enfundado en mi _Ensayo de los Fenómenos -Afectivos_. Pero un día, en el comienzo del verano, desciendo por la -calle de San Benito, con los ojos levantados, buscando el número 214, -donde se catalogaba la librería del Morgado de Azemel, ¿y a quién -veo en el balcón de una casa nueva y de esquina? ¡A la divina Elisa, -metiendo hojas de lechuga en la jaula de un canario! ¡Y bella, amigo -mío, más llena y más armoniosa, toda madura y suculenta y deseable, a -pesar de haber festejado en Beja sus cuarenta y dos años! Aquella mujer -era de la grande raza de Elena, que, cuarenta años también después -del cerco de Troya, aún deslumbraba a los hombres mortales y a los -Dioses inmortales. Y ¡curioso acaso!, luego, en esa misma tarde, por -Secco, Juan Secco, el de la Biblioteca, que catalogaba la librería del -Morgado, conocí la nueva historia de esta Elena admirable. - -La divina Elisa tenía ahora un amante... Únicamente por no poder, -con su acostumbrada honestidad, poseer un legítimo y tercer marido. -El dichoso mozo que adoraba era, en efecto, casado... Casado en Beja -con una española que, al cabo de un año de ese casamiento y de otros -requiebros, partiera para Sevilla, a pasar devotamente la Semana -Santa, y adormeciérase allá en los brazos de un riquísimo ganadero. El -marido, pacato apuntador de obras públicas, continuara en Beja, donde -también vagamente enseñaba un vago dibujo... Una de sus discípulas -era la hija de la señora de la «Corte Moreira»; y ahí, en la quinta, -mientras tanto él guiaba el esfumino de la niña, Elisa le conoció y le -amó, con una pasión tan inquieta, que arrancándole precipitadamente -a Obras Públicas, le arrastró a Lisboa, ciudad más propicia que Beja -a una felicidad escandalosa, y que se esconde. Juan Secco es de Beja, -donde pasó las Navidades; conocía perfectamente al apuntador, a las -señoras de la «Corte Moreira», y comprendió la novela, cuando desde las -ventanas de ese número 214, donde catalogaba la librería de Azemel, -reconoció a Elisa en el balcón de la esquina, y al apuntador, enfilando -regaladamente el portal, bien vestido, bien calzado, de guantes claros, -con apariencia de ser infinitamente más dichoso en aquellas obras -particulares que en las públicas. - -Desde esa misma ventana del 214 conocí yo también al apuntador. Bello -mozo, sólido, blanco, de barba oscura, en excelentes condiciones de -cantidad (y tal vez de cualidad) para llenar un corazón viudo, y, -por tanto, «vacío», como dice la Biblia. Yo frecuentaba ese número -214, interesado en el catálogo de la librería, porque el Morgado de -Azemel poseía, por el irónico acaso de las herencias, una colección -incomparable de los filósofos del siglo XVIII. Transcurridas semanas, -saliendo de consultar esos libros una noche (Juan Secco trabajaba de -noche), y parándome delante de un portal abierto para encender el -cigarro, descubro a la luz temblante del fósforo, metido en la sombra, -a José Matías. ¡Mas qué José Matías, mi caro amigo! Para examinarle -más detenidamente, encendí otro fósforo. ¡Pobre José Matías! Dejara -crecer la barba, una barba rara, indecisa, sucia, blanda como bello -amarillento; dejara crecer el cabello, que le brotaba en mechones -secos por bajo de un viejo sombrero hueco; mas todo él, en lo demás, -parecía disminuido, menguado dentro de una levita de mezcla ensuciada, -y de unos pantalones negros, de grandes bolsillos, donde escondía -las manos con el gesto tradicional, tan infinitamente triste, de la -miseria ociosa. En la espantada lástima que me dio, apenas balbucí: -«Pero, hombre... ¿y usted... qué se ha hecho de usted?» Y él, con su -mansedumbre pulida, mas secamente, para desembarazarse, y con una voz -que el aguardiente enronqueciera: «Aquí, esperando a un sujeto». No -insistí; seguí. Después, más adelante, parándome, comprobé lo que desde -luego adivinara; que el portal negro quedaba enfrente a la casa nueva y -a los balcones de Elisa. - -¡Pues, amigo mío, tres años vivió José Matías escondido en aquel portal! - - * * * * * - -Era uno de esos patios de la Lisboa antigua, sin portero, siempre -abiertos, siempre sucios, cavernas laterales de la calle, de donde -nadie echa a los escondidos de la miseria o del dolor. Al lado había -una taberna. Infaliblemente, al anochecer, José Matías descendía la -calle de San Benito, colado a los muros, y como una sombra, deslizábase -en la sombra del portal. A esa hora, ya lucían las ventanas de Elisa, -en invierno, empañadas por la niebla fina, en verano, aún abiertas, -aireándose en reposo y en calma. Hacia ellas, inmóvil, con las manos en -los bolsillos, quedábase José Matías en contemplación. Cada media hora, -sutilmente, colábase en la taberna. Vaso de vino, copa de aguardiente, -y muy mansito, recogíase a la negrura del portal, a su éxtasis. -¡Cuando las ventanas de Elisa apagábanse, aun a través de la larga -noche, de las negras noches de invierno, encogido, transido, batiendo -las suelas rotas en el suelo, o sentado al fondo, en las escaleras, -permanecía, inmóviles los ojos turbios en la fachada negra de aquella -casa, donde se la figuraba durmiendo con el otro! - -Al principio, para fumar un cigarro aprisa, trepaba hasta el descanso -desierto, a esconder el fuego que le denunciaría en su escondrijo. -¡Mas después, amigo mío, fumaba incesantemente, apoyado en la -pared, apurando el cigarro con ansia para que la punta rebrillase, -lo alumbrase! ¿Y percibe por qué, amigo mío?... ¡Porque Elisa ya -descubriera que dentro de aquel portal, adorando sumisamente sus -ventanas, con el alma de otro tiempo, estaba su pobre José Matías!... - -¿Y creerá usted, amigo mío, que entonces todas las noches, o por -detrás de la vidriera o asomada en el balcón (con el apuntador dentro, -estirado en el sofá, ya de chinelas, leyendo el _Diario de la Noche_), -ella demorábase a mirar hacia el portal muy quieta, sin otro gesto, -en aquel antiguo y mudo mirar de la terraza por sobre las rosas y -las dalias? José Matías lo percibiera, deslumbrado. ¡Y ahora avivaba -desesperadamente el fuego, como un farol, para guiar en la oscuridad -sus amados ojos, y mostrarla que allí estaba, transido, todo suyo y -fiel! - -De día nunca pasaba por la calle de San Benito. ¿Cómo osaría, con el -chaquetón roto en los codos y las botas torcidas? Porque aquel mozo de -elegancia sobria y fina, cayera en la miseria del andrajo. ¿De dónde -sacaba día por día las tres perras para el vino y para el plato de -bacalao en las tabernas? No sé... ¡Mas loemos a la divina Elisa, amigo -mío! Muy delicadamente, por caminos enredados y astutos, ella, rica, -procurara establecer una pensión en favor de José Matías, mendigo. -Situación picante, ¿eh? ¡La grata señora dando dos mensualidades a -sus dos hombres, el amante del cuerpo y el amante del alma! ¡Pero -él adivinó de dónde procedía la pavorosa limosna, y la rechazó, sin -revuelta, ni alarido de orgullo, hasta con enternecimiento, hasta con -lágrimas en los párpados que el aguardiente inflamara! - -Así que, solo ya de noche muy cerrada, atrevíase a bajar a la calle de -San Benito, y entrar en su portal. ¿Y a que no adivina usted en qué -gastaba el día? ¡Espiando, acechando, siguiendo al apuntador de Obras -Públicas! ¡Sí, amigo mío, una curiosidad insaciable, frenética, atroz, -por aquel hombre, que Elisa escogiera!... Los dos anteriores, Miranda -y Nogueira, habían entrado en la alcoba de Elisa, públicamente, por la -puerta de la Iglesia, y para otros fines humanos a más del amor; para -poseer un lar, tal vez hijos, estabilidad y quietud en la vida. Pero -este era meramente el amante que ella nombrara y mantenía solo para ser -amada; y en esa unión no aparecía otro motivo racional sino que los -dos cuerpos se uniesen. No se hartaba, por tanto, de estudiarlo, en la -figura, en la ropa, en los modos, ansioso por saber bien cómo era ese -hombre, que, para completarse, había preferido Elisa entre la turba de -los hombres. Por decencia, el apuntador moraba en la otra extremidad -de la calle de San Benito, delante del Mercado. Esa parte de la calle, -donde no le sorprenderían, en su miseria, los ojos de Elisa, era el -paradero de José Matías, por la mañana, para mirar, olfatear al hombre, -al retirarse de casa de Elisa, aún caliente del calor de su alcoba. -Después no le abandonaba, siguiéndole cautelosamente, como un ratonero -rastreando de lejos en su rastro. Sospecho que le seguía así, menos -por curiosidad perversa que para persuadirse de si a través de las -tentaciones de Lisboa, terribles para un apuntador de Beja, el hombre -conservaba el cuerpo fiel a Elisa. ¡En servicio de la felicidad de ella ---fiscalizaba al amante de la mujer que amaba! - -¡Exceso furioso de espiritualismo y devoción, amigo mío! El alma -de Elisa era suya y recibía perennemente la adoración perenne; y -ahora quería que el cuerpo de Elisa no fuese menos adorado, ni menos -lealmente, por aquel a quien ella se lo entregara. Mas el apuntador -era sin ningún esfuerzo fiel a una mujer tan hermosa, tan rica, de -medias de seda, de brillantes en las orejas, que lo deslumbraba. ¿Y -quién sabe, amigo mío? Tal vez esta felicidad, tributo carnal a la -divinidad de Elisa, fuese para José Matías la última felicidad que le -concedió la vida. Lo creo así, porque en el invierno pasado encontré al -apuntador, en una mañana de lluvia, comprando camelias a una florista -de la calle del Oro; y en frente, en una esquina, a José Matías, -enflaquecido, andrajoso, que acechaba al hombre, con cariño, casi con -gratitud. Tal vez en esa noche, en el portal, tiritando, batiendo las -suelas encharcadas, con los ojos enternecidos en las oscuras vidrieras, -pensase: --«¡Coitadiña, pobre Elisa! ¡Qué contenta habrá quedado con -esas flores!» - -Esto duró tres años. - -En fin, amigo mío, anteayer, Juan Secco, apareció en mi casa, de -tarde, despavorido: --«¡Llevaron a José Matías en una camilla, para el -hospital, con una congestión en los pulmones!» - -Parece que le encontraron, de madrugada, estirado en los ladrillos, -todo encogido en el chaquetón delgado, jadeando, con la faz cubierta -de muerte, vuelta para los balcones de Elisa. Corrí al hospital. -Muriera... Subí, con el médico de servicio, a la enfermería. Levanté el -paño que lo cubría. En la abertura de la camisa sucia y rota, preso al -pescuezo por un cordón, conservaba un saquito de seda, pulido y sucio -también. Seguramente contenía flores, o cabellos, o un pedazo de encaje -de Elisa, del tiempo del primer encanto y de las tardes de Benfica... -Dije al médico que le conocía, y le pregunté si sufriera: --«¡No! Tuvo -un momento comatoso, después abrió mucho los ojos, exclamó: ¡oh! con -gran espanto, y acabó.» - -¿Era el grito del alma, en el asombro y horror de morir también? ¿O era -el alma triunfando por reconocerse al fin inmortal y libre? Usted no lo -sabe; ni lo supo el divino Platón; ni lo sabrá el último filósofo en la -última tarde del mundo. - -Llegamos al cementerio. Creo que debemos coger las borlas de la caja... -A la verdad, es bien singular ver a este Alves _Capao_, siguiendo tan -sentidamente a nuestro pobre espiritualista... ¡Mas, santo Dios, -mire! Allí, a la espera, a la puerta de la iglesia, aquel sujeto -convencido, de levita, con guardapolvos blanco... ¡Es el apuntador -de Obras públicas! Detrás lleva un grueso ramo de violetas... ¡Elisa -mandó a su amante carnal a acompañar al sepulcro y cubrir de flores a -su amante espiritual! ¡Jamás, en cambio, hubiese pedido a José Matías -que derramase violetas sobre el cadáver del apuntador! ¡Y es que la -Materia, hasta sin comprenderlo, y sin sacar de él su felicidad, -adorará siempre al Espíritu, y siempre a sí propia, a través de los -gozos que de sí recibe, se tratará con brutalidad y desdén! ¡Grande -consuelo, amigo mío! ¡El tal apuntador, con su ramo, para un metafísico -que, como yo, comentó a Spinoza y Malebranche, rehabilitó a Fichte y -probó suficientemente la ilusión de la sensación! Solo por eso valió la -pena de traer a su cueva a este inexplicado José Matías, que era tal -vez mucho más que un hombre o tal vez aún menos que un hombre... En -efecto, hace frío... ¡Mas qué linda tarde! - - - - -[Ilustración] - -LA PERFECCIÓN - - -I - -Sentado en una roca, en la isla de Ogigia, con la barba enterrada entre -las manos, de las cuales desapareciera la aspereza callosa y tiznada -de las armas y de los remos, Ulises, el más sutil de los hombres, -consideraba, con una oscura y pesada tristeza, el mar muy azul, que -mansa y armoniosamente rodaba sobre la arena muy blanca. Una túnica -bordada de flores escarlata cubría, en blandos pliegues, su cuerpo -poderoso, que había engordado. En las correas de las sandalias que -le calzaban los pies suavizados y perfumados de esencias, relucían -esmeraldas de Egipto. Su bastón era un maravilloso cuerno de coral, -rematado en piña de perlas, como los que usan los Dioses marinos. - -La divina isla, con sus roquedos de alabastro, los bosques de cedros y -tuyas odoríficas, las eternas mieses dorando los valles, la frescura -de los rosales revistiendo los oteros suaves, resplandecía, adormecida -en la molicie de la siesta, toda envuelta en mar resplandeciente. Ni -un soplo de los céfiros curiosos que brincan y corren por sobre el -Archipiélago, desordenaba la serenidad del luminoso aire, más dulce -que el vino más dulce, todo repasado por el fino aroma de los prados -de violetas. En el silencio, embebido de calor afable, parecían de una -armonía más fascinadora los murmullos de los arroyos y fuentes, el -arrullar de las palomas volando de los cipreses a los plátanos, y el -lento rodar y romper de la onda mansa sobre la blanda arena. En esta -inefable paz y belleza inmortal, el sutil Ulises, con los ojos perdidos -en las aguas lustrosas, gemía amargamente, revolviendo la quejumbre de -su corazón... - -Siete años, siete inmensos años, iban pasados desde que el rayo -fulgente de Júpiter hendiera su nave de alta proa encarnada, y él, -agarrado al mástil partido, desesperárase en la braveza mugidora de -las espumas sombrías durante nueve días, durante nueve noches, hasta -que boyara en aguas más calmas y viniera a parar en las arenas de -aquella isla, en donde Calipso, la Diosa radiosa, le recogiera y le -amara. Y durante esos inmensos años, ¿de qué modo se había arrastrado -su vida, su grande y fuerte vida, que después de la salida hacia las -murallas fatales de Troya, abandonando entre lágrimas innumerables a su -Penélope, de ojos claros, a su pequeñín Telémaco enfajado en el colo -del ama, fuera siempre tan agitada por peligros, y guerras, y astucias, -y tormentas, y rumbos perdidos?... - -¡Ah, dichosos los Reyes muertos, con hermosas heridas en el blanco -pecho, delante de las puertas de Troya! ¡Felices sus compañeros -tragados por la onda amarga! ¡Feliz él mismo si las lanzas troyanas -le hubiesen traspasado en esa tarde de gran viento y polvo, cuando, -junto a _Faia_, defendía de los ultrajes, con la espada sonora, el -cuerpo muerto de Aquiles! ¡Mas no! ¡Vivía! Y ahora, cada mañana, -al salir sin alegría del trabajoso lecho de Calipso, las Ninfas, -siervas de la Diosa, le bañaban en un agua muy pura, le perfumaban -con lánguidas esencias, le cubrían con una túnica siempre nueva, ora -bordada a sedas finas, ora bordada de oro pálido. Entretanto, sobre la -lustrosa mesa, erguida a la puerta de la gruta, en la sombra de las -enramadas, junto al durmiente susurro de un arroyo diamantino, los -azafates y las fuentes labradas desbordaban de bollos, de frutas, de -tiernas carnes humeando, de peces centelleantes como tramas de plata. -La intendenta venerable helaba los vinos dulces en las cisternas de -bronce, coronadas de rosas. Y él, sentado en un escabel, extendía -las manos para los perfectos manjares, en cuanto al lado, sobre un -trono de marfil, Calipso, esparciendo a través de la túnica nevada la -claridad y el aroma de su cuerpo inmortal, sublimemente serena, con una -sonrisa taciturna, sin tocar en los manjares humanos, bebía en sorbos -delicados ambrosía, el néctar transparente y rubio. Después, empuñando -aquel bastón de Príncipe-de-Pueblos con que Calipso lo presentara, -recorría sin curiosidad los sabidos caminos de la Isla, tan lisos y -cultivados, que nunca sus sandalias relucientes se maculaban de polvo, -tan penetrados por la inmortalidad de la Diosa, que jamás en ellos -encontrárase flor seca ni flor menos fresca pendiendo en el tallo. -Entonces se sentaba sobre una roca, contemplando aquel mar que también -bañaba a Itaca, allá tan bravío, aquí tan sereno, y pensaba, y gemía, -hasta que las aguas y los caminos cubríanse de sombra y se recogía -a la gruta para dormir, sin deseo, con la diosa que le deseaba... Y -durante estos inmensos años, ¿qué destino envolvería a su Itaca, la -áspera isla de sombríos bosques? ¿Vivían aún los seres amados? ¿Sobre -la fuerte colina, dominando la ensenada de Reinthros y los pinares -de Neus, aún se erguía su palacio, con los bellos pórticos pintados -de bermejo y rojo? ¿Al cabo de tan lentos y vacíos años, sin nuevas, -apagada toda esperanza como una lámpara, desvestiría su Penélope la -túnica pasajera de la viudez, para pasar a los fuertes brazos de otro -esposo fuerte, que ahora manejaba sus lanzas y vendimiaba sus viñas? -¿Y el dulce hijo Telémaco? ¿Reinaría acaso en Itaca, sentado, con el -blanco cetro, sobre el mármol alto del Ágora? Ocioso y rondando -por los patios, ¿humillaría los ojos bajo el imperio duro de un -padrastro? ¿Erraría por ciudades ajenas, mendigando un salario? ¡Ah, -si su existencia, así para siempre arrancada de la mujer, del hijo, -tan dulces a su corazón, pudiese por lo menos emplearla en ilustres -hazañas! Diez años antes también desconocía la suerte de Itaca, y de -los seres preciosos que allá había dejado en soledad y fragilidad; -mas era una empresa heroica la que le llevaba, y día por día, su fama -crecía como un árbol en un promontorio, que llena el cielo y todos los -hombres contemplan. ¡Entonces era la planicie de Troya, y las blancas -tiendas de los griegos a lo largo del mar sonoro! Sin cesar, meditaba -astucias de guerra; con soberbia facundia discurseaba en la Asamblea -de los Reyes; rígidamente ungía los caballos empinados al timón de -los carros; con la lanza en alto, corría entre la gritería y la pelea -contra los Troyanos de altos yelmos, que surgían en golpe resonante de -las puertas Esceas... ¡Oh, y cuando él, Príncipe-de-Pueblos, encogido -bajo harapos de mendigo, con los brazos maculados de llagas postizas, -cojeando y gimiendo, penetrara en los muros de la orgullosa Troya, por -el lado de la _Faia_, para de noche, con incomparable ardid y bravura, -robar el Paladio tutelar de la ciudad! Y cuando, dentro del vientre -del Caballo-de-Palo, en la oscuridad, en el cerco de todos aquellos -guerreros tiesos y cubiertos de hierro, calmaba la impaciencia de los -que sofocaban, y tapaba con la mano la boca de Anticlo, braveando -furioso, al escuchar fuera en la planicie los ultrajes y los escarnios -troyanos, y a todos murmuraba: «¡Calla, calla, que la noche viene y -Troya es nuestra!...» ¡Y después los prodigiosos viajes! ¡El pavoroso -Polifemo, ludibriado con una astucia que maravillara para siempre a las -generaciones! ¡Las maniobras sublimes entre Escila y Caribdis! ¡Las -sirenas, bogando y cantando en torno del mástil, de donde él, amarrado, -rechazábalas con el mudo lenguaje de los ojos, más agudos que dardos! -¡La descensión a los infiernos, jamás concedida a ningún mortal!... -¡Y ahora, hombre de tan rutilantes hechos, yacía en una isla muelle, -eternamente preso, sin amor, por el amor de una Diosa! ¿Cómo podría -huir, rodeado de mar indomable, sin nave ni compañeros para mover los -largos remos? Los Dioses dichosos ciertamente olvidábanse de quien -tanto por ellos combatiera, y siempre piadosamente les votara las -reses debidas, aun a través del fragor y humareda de las ciudadelas -derrumbadas, hasta cuando su proa encallaba en tierra agreste... Y -al héroe, que recibiera de los reyes de Grecia las armas de Aquiles, -cabía por destino amargo engordar en la ociosidad de una isla más -lánguida que una cesta de rosas, y extender las manos afeminadas para -los abundantes manjares, y cuando aguas y caminos cubríanse de sombra, -dormir sin deseo con una Diosa que, sin cesar, le deseaba. - -Así gemía el magnánimo Ulises, al borde del mar lustroso... Y he ahí -que, de repente, un surco de desusado brillo, más rutilantemente blanco -que el de una estrella cayendo, rompió la rutilancia del cielo, desde -las alturas hasta el oloroso soto de tuyas y cedros, que sombreaba -un golfo sereno a Oriente de la Isla. El corazón del héroe latió con -alborozo. Rastro tan refulgente en la refulgencia del día, solo un Dios -lo podía trazar a través del largo Ouranos. ¿Descendiera a la Isla un -Dios? - - -II - -Un Dios descendiera, un grande Dios... Era el Mensajero de los Dioses, -el leve, elocuente Mercurio. Calzado con aquellas sandalias que tienen -dos alas blancas, los cabellos color de vino cubiertos por el casco, -en el cual baten también dos claras alas, levantando en la mano el -Caduceo, hendiera el Éter, rozara la lisura del mar sosegado, pisara -la arena de la Isla, donde sus huellas quedaban rebrillando como -plantillas de oro nuevo. A pesar de recorrer toda la tierra, con los -recados innumerables de los Dioses, el luminoso Mensajero no conocía -aquella isla de Ogigia, y admiró, sonriendo, la belleza de los prados -de violetas tan dulces para el correr y brincar de las Ninfas, y el -armonioso brillar de los riachuelos por entre los altos y lánguidos -lirios. Una viña, sobre puntales de jaspe, cargada de racimos maduros, -conducía, como fresco pórtico salpicado de sol, hasta la entrada -de la gruta, toda de rocas pulidas, de las cuales pendían jazmines -y madreselvas, envueltas en el susurrar de las abejas. Luego vio a -Calipso, la Diosa dichosa, sentada en un trono, hilando en rueca de -oro con huso de oro, la lana hermosa de púrpura marina. Un aro de -esmeraldas prendía sus cabellos muy enrizados y ardientemente rubios. -Bajo la túnica diáfana la mocedad inmortal de su cuerpo brillaba, como -la nieve cuando la aurora la tiñe de rosas en las colinas eternas -pobladas de Dioses. Y mientras torcía el huso, cantaba un trinado y -fino canto, como trémulo hilo de cristal vibrando de la Tierra al -Cielo. Mercurio pensó: «¡Linda isla, y linda Ninfa!» - -De un fuego claro de cedro y tuya subía, muy derecho, un humo delgado -que perfumaba toda la Isla. A la redonda, sentadas en esteras, sobre -el suelo de ágata, las Ninfas, siervas de la Diosa, devanaban las -lanas, bordaban en la seda las flores ligeras, tejían las puras telas -en telares de plata. Todas enrojecieran, con el seno palpitando, al -sentir la presencia del Dios. Y sin detener el huso chispeante, Calipso -reconoció en seguida al Mensajero, ya que todos los Inmortales saben -unos de otros, los nombres, los hechos, y los rostros soberanos, hasta -cuando habitan retiros remotos que el Éter y el Mar separan. - -Mercurio parose, risueño, en su desnudez divina, exhalando el perfume -del Olimpo. Entonces la Diosa alzó hacia él, con compuesta serenidad, -el esplendor largo de sus ojos verdes. - ---¡Oh, Mercurio! ¿Por qué descendiste a mi Isla humilde, tú, venerable -y querido, que yo nunca vi pisar la tierra? Di lo que de mí esperas. -Ya mi abierto corazón me ordena que te contente, si tu deseo cupiese -dentro de mi poder y del Hado... Pero entra, reposa, y que yo te sirva, -como dulce hermana, a la mesa de la hospitalidad. - -Sacó de la cintura la rueca, apartó los rizos sueltos del cabello -radiante, y con sus nacaradas manos colocó sobre la mesa, que las -Ninfas acercaron al fuego aromático, el plato desbordando de Ambrosía y -los cántaros de cristal donde resplandecía el Néctar. - -Mercurio murmuró: «¡Dulce es tu hospitalidad, oh, Diosa!» Colgó el -Caduceo del fresco ramo de un plátano, extendió los dedos relucientes -para la fuente de oro, risueñamente loó la excelencia de aquel Néctar -de la Isla. Y contentada el alma, recostando la cabeza al tronco liso -del plátano que se cubrió de claridad, comenzó con palabras perfectas y -aladas: - ---Preguntaste por qué descendía un Dios a tu morada, ¡oh, Diosa! Y -ciertamente ningún Inmortal recorrería sin motivo, desde el Olimpo -hasta Ogigia, esta desierta inmensidad del mar salado, en que no se -encuentran ciudades de hombres, ni templos cercados de bosques, ni -siquiera un pequeñito santuario de donde suba el aroma del incienso, o -el olor de las carnes votivas, o el murmurio gustoso de las preces... -Mas fue nuestro padre Júpiter, el tempestuoso, quien me mandó con este -recado. Tú has recogido, y retienes por la fuerza inconmensurable de -tu dulzura, al más sutil y desgraciado de todos los Príncipes que -combatieron durante diez años la alta Troya, y después embarcaron -en las naves hondas para volver a la tierra de la Patria. Muchos de -esos consiguieron reentrar en sus ricos lares, cargados de fama, de -despojos, y de historias excelentes para contar. Vientos enemigos, sin -embargo, y un hado más inexorable, arrojaron a esta isla tuya, envuelto -en las sucias espumas, al facundo y astuto Ulises... Pero el destino de -este héroe no es permanecer en la ociosidad inmortal del lecho, lejos -de aquellos que le lloran, y que carecen de su fuerza y mañas divinas. -¡Por eso Júpiter, regulador de la Orden, te ordena, ¡oh, Diosa!, que -sueltes al magnánimo Ulises de tus brazos claros, y le restituyas, con -los presentes dulcemente debidos, a su Itaca amada, y a su Penélope, -que teje y deshace la tela maliciosa, cercada de los Pretendientes -arrogantes, devoradores de sus gordos bueyes, sorbedores de sus frescos -vinos! - -La divina Calipso mordió levemente el labio, y sobre su rostro -luminoso descendió la sombra de las densas pestañas color de jacinto. -Después, con un armonioso suspiro, en que onduló todo su pecho -brillante: - ---¡Ah, Dioses grandes, Dioses dichosos! ¡Sois ásperamente celosos -de las Diosas que, sin esconderse por la espesura o en las cavernas -oscuras de los montes, aman a los hombres elocuentes y fuertes!... -Este, que me envidiáis, llegó a las arenas de mi Isla, desnudo, pisado, -hambriento, preso a una quilla partida, perseguido por todas las iras, -y todas las rachas, y todos los rayos dardeantes de que dispone el -Olimpo. Yo le recogí, le lavé, le nutrí, le amé, guardándole, para -que quedase eternamente al abrigo de las tormentas, del dolor y de la -vejez. ¡Y ahora Júpiter tronador, al cabo de ocho años en que mi dulce -vida enroscose en torno de esa afección, como la vid al olmo, determina -que me separe del compañero que escogiera para mi inmortalidad! -¡Realmente sois crueles, oh Dioses, que constantemente aumentáis la -raza turbulenta de Semidioses durmiendo con las mujeres mortales! -¿Cómo quieres que mande a Ulises a su patria, si no poseo naves, ni -remadores, ni piloto sabedor que le guíe a través de las islas? Mas -¿quién puede resistirse a Júpiter, que junta las nubes? ¡Sea! Y que -el Olimpo ría, obedecido. Enseñaré yo misma al intrépido Ulises a -construir una balsa segura, con que de nuevo corte el dorso verde del -mar... - -Inmediatamente, el Mensajero Mercurio levantose del escabel, clavado -con clavos de oro, retomó su Caduceo, y bebiendo una última taza del -Néctar excelente de la Isla, loó la obediencia de la Diosa: - ---Bien harás, ¡oh, Calipso! Así evitas la cólera del Padre tonante. -¿Quién le resistirá? Su Omnisciencia dirige su Omnipotencia; y -sustenta, como cetro, un árbol que tiene por flor la Orden... Sus -decisiones, clementes o crueles, resultan siempre en armonía. Por -eso su brazo se torna terrífico a los pechos rebeldes. Por tu pronta -sumisión serás hija estimada y gozarás una inmortalidad repleta de -sosiego, sin intrigas y sin sorpresas... - -Ya las alas impacientes de sus sandalias palpitaban, y su cuerpo, -con sublime gracia, balanceábase por sobre los prados y flores que -alfombraban la entrada de la gruta. - ---Además --añadió--, tu Isla, ¡oh Diosa!, hállase en el camino de las -naves osadas que cortan las ondas. Pronto, tal vez, otro héroe robusto, -habiendo ofendido a los inmortales, aportará a tu dulce playa, abrazado -a una quilla... ¡Enciende un faro claro, por la noche, en las rocas -altas! - -Y sonriendo, el Mensajero Divino serenamente elevose, dejando en el -Éter un surco de elegante fulgor, que las Ninfas, olvidando la tarea, -seguían, con los frescos labios entreabiertos y el seno levantado, en -el deseo de aquel inmortal famoso. - -Entonces Calipso, pensativa, echando sobre sus cabellos anillados un -velo de color de azafrán, se encaminó hacia la orilla del mar, a través -de los prados, con una prisa que le ceñía la túnica, a la manera de una -espuma leve, en torno de las piernas redondas y róseas. Tan levemente -pisaba la arena, que el magnánimo Ulises no la sintió deslizarse, -perdido en la contemplación de las aguas lustrosas, con la negra barba -entre las manos, aliviando en gemidos el peso de su corazón. La Diosa -sonrió, con fugitiva y soberana amargura. Después, posando en el vasto -hombro del Héroe sus dedos, tan claros como los de Eos, madre del día: - ---¡No te lamentes más, desgraciado, ni te consumas mirando el mar! Los -Dioses, que me son superiores por la inteligencia y por la voluntad, -determinan que partas, afrontes la inconstancia de los vientos, y pises -de nuevo la tierra de la patria... - -Bruscamente, como el cóndor sobre la presa, el divino Ulises, con la -faz asombrada, saltó de la roca musgosa: - ---¡Oh, Diosa, tú dices!... - -Ella continuó sosegadamente, con los hermosos brazos pendidos, -envueltos en el velo color de azafrán, en cuanto la marea rodaba, más -dulce y cantante, en amoroso respeto de su presencia divina: - ---Bien sabes que no tengo naves de alta proa, ni remadores de duro -pecho, ni piloto amigo de las estrellas que te conduzcan... Mas -ciertamente te confiaré el hacha que fue de mi padre, para que tú -cortes los árboles que yo te señale, y construyas una balsa en que te -embarques... Después proveerela de odres de vino, de comidas perfectas, -impeliéndola con un soplo amigo hacia el mar indomado... - -El cauteloso Ulises retrocediera lentamente, clavando en la Diosa una -dura mirada que la desconfianza ennegrecía. Y levantando la mano, que -temblaba toda, con la ansiedad de su corazón: - ---¡Oh, Diosa, tú abrigas un pensamiento terrible, ya que así me invitas -a afrontar en una balsa las ondas difíciles, donde mal se mantienen -hondas naves! ¡No, Diosa peligrosa, no! ¡Combatí en la grande guerra, -en la cual también combatieron los Dioses, y conozco la malicia -infinita que contiene el corazón de los Inmortales! ¡Si resistí las -sirenas irresistibles, y me escapé con sublimes maniobras de entre -Escila y Caribdis, y vencí a Polifemo con un ardid que eternamente -tornarame ilustre entre los hombres, no fue de cierto, ¡oh, Diosa!, -para que ahora, en la Isla de Ogigia, como pajarito de poca pluma, -en su primer vuelo del nido, caiga en armadijo ligero arreglado con -decires de miel! ¡No, Diosa, no! ¡Solo embarcaré en tu extraordinaria -balsa si jurases, por el juramento terrífico de los Dioses, que no -preparas con esos quietos ojos mi pérdida irreparable! - -Así bramaba en la orilla del mar, con el pecho palpitando, Ulises, el -Héroe prudente... Entonces, la Diosa clemente rio con una cantante y -refulgente risa. Y acercándose al Héroe, corriendo los dedos por sus -espesos cabellos más negros que el pez: - ---¡Oh, maravilloso Ulises --decía--, cuán cierto es que eres el más -falso y mañoso de los hombres, pues que no concibes que exista espíritu -sin maña y sin falsedad! ¡Mi padre ilustre no me engendró con un -corazón de hierro! ¡A pesar de inmortal, comprendo las desventuras -mortales! ¡Solo te aconsejé lo que yo, Diosa, emprendería, si el Hado -me obligase a salir de Ogigia, a través del mar incierto!... - -El divino Ulises apartó lenta y sombríamente la cabeza de la rosada -caricia de los dedos divinos: - ---¡Mas jura... oh, Diosa, jura, para que a mi pecho descienda, como -onda de leche, la sabrosa confianza! - -Calipso alzó el claro brazo al azul en donde los Dioses moran: - ---Por Gaia, y por el Cielo superior, y por las aguas subterráneas del -Estigio, que es la mayor invocación que pueden hacer los Inmortales; -juro, oh, hombre, Príncipe de los hombres, que no preparo tu pérdida, -ni miserias mayores... - -El valiente Ulises respiró largamente. Y arremangando luego las mangas -de la túnica, refregándose las palmas de las manos robustas: - ---¿Dónde está el hacha de tu padre magnífico? ¡Muéstrame los árboles, -oh, Diosa!... ¡El día muere y el trabajo es largo! - ---¡Sosiega, oh, hombre impaciente de males humanos! Los Dioses -superiores en sapiencia ya determinan tu destino... Ven conmigo a -la dulce gruta, a reforzar tu fuerza... Cuando Eos bermeja aparezca -mañana, yo te conduciré a la floresta. - - -III - -Era, en efecto, la hora en que hombres mortales y Dioses inmortales -acércanse a las mesas cubiertas de vajillas, donde les espera la -abundancia, el reposo, el olvido de los cuidados y las amables pláticas -que contentan el alma. Ulises sentose en el escabel de marfil, que -aún conservaba el aroma del cuerpo de Mercurio, y delante de él las -Ninfas, siervas de la Diosa, colocaron los pasteles, las frutas, las -tiernas carnes humeando, los peces brillantes como tramas de plata. -Asentada en un Trono de oro puro, la Diosa recibió de la Intendenta -venerable el plato de Ambrosía, la taza de Néctar. Ambos extendieron -las manos hacia las comidas perfectas de la Tierra y del Cielo. Y luego -que hubieron hecho la ofrenda abundante al Hambre, y a la Sed, la -ilustre Calipso, hundiendo el rostro en los dedos róseos, considerando -pensativamente al Héroe, pronunció estas palabras aladas: - ---¡Oh, Ulises, muy sutil, tú quieres volver a tu morada mortal y -a la tierra de la Patria!... ¡Ah, si conocieras, como yo, cuántos -duros males tienes que sufrir antes de avistar las rocas de Itaca, -quedarías entre mis brazos, animado, bañado, bien nutrido, revestido -de linos finos, sin perder nunca la querida fuerza, ni la agudeza del -entendimiento, ni el calor de la facundia, porque yo te comunicaría mi -inmortalidad!... Mas deseas volver a la esposa mortal, que habita en la -isla áspera, en donde los matorrales son tenebrosos. Y ni siquiera yo -le soy inferior, ni por la belleza, ni por la inteligencia, porque las -mortales brillan ante las Inmortales como lámparas humeantes ante las -estrellas puras... - -El facundo Ulises acarició la barba ruda. Después, levantando el brazo, -como acostumbraba en la Asamblea de los Reyes, a la sombra de las altas -popas, delante de los muros de Troya, dijo: - ---¡Oh, Diosa venerable, no te escandalices! Sé perfectamente que -Penélope te es muy inferior en hermosura, sapiencia y majestad. Tú -serás eternamente bella y moza, mientras los Dioses duraren; y ella, -a la vuelta de pocos años, conocerá la melancolía de las arrugas, de -los cabellos blancos, de los dolores de la decrepitud, y de los pasos -que vacilan apoyados a un palo que tiembla. Su espíritu mortal yerra -a través de la oscuridad y de la duda; tú, bajo esa frente luminosa, -posees las luminosas certezas. ¡Mas, oh Diosa, justamente por lo que -ella tiene de incompleto, de frágil, de grosero y de mortal, yo la amo -y apetezco su compañía congénere! ¡Considera cuán penoso es que, en -esta mesa, día por día, yo coma vorazmente el cordero de los pastos, -y la fruta de los vergeles, en tanto tú a mi lado, por la inefable -superioridad de tu naturaleza, llevas a los labios, con lentitud -soberana, la Ambrosía divina! En ocho años, ¡oh, Diosa! nunca tu faz -iluminose con una alegría; ni de tus verdes ojos rodó una lágrima; -ni tu pie batió, con airada impaciencia; ni quejándote con un dolor -te extendiste en el lecho blando... Así tienes inutilizadas todas -las virtudes de mi corazón, pues que tu divinidad no permite que yo -te congratule, te consuele, te sosiegue, o siquiera que te estregue -el cuerpo dolorido con el jugo de las hierbas benéficas. ¡Considera, -además, que tu inteligencia de Diosa posee todo el saber, alcanza -siempre la verdad, y que durante el largo tiempo que dormí contigo, -nunca gocé la felicidad de enmendarte, de contradecirte, y de sentir -ante la flaqueza del tuyo, la fuerza de mi entendimiento! ¡Oh, Diosa, -tú eres aquel ser terrífico que tiene siempre razón! ¡Considera, de -otro lado, que, como Diosa, conoces todo el pasado y todo el futuro -de los hombres; y que yo no puedo saborear la incomparable delicia -de contarte a la noche, bebiendo vino fresco, mis ilustres hazañas y -mis viajes sublimes! ¡Oh, Diosa, tú eres impecable; y el día en que -yo resbale en una alfombra, o se me rompa una correa de la sandalia, -no puedo gritarte, como los hombres mortales gritan a las esposas -mortales: «¡Fue culpa tuya, mujer!» --alzando, en medio de la cocina, -un alarido cruel! ¡Por eso sufriré, con un espíritu paciente, todos los -males con que los Dioses me asalten en el sombrío mar, para volver a -una humana Penélope que yo mande, y consuele, y reprehenda, y acuse, y -contraríe, y enseñe, y humille, y deslumbre, y por eso ame de un amor -que constantemente se alimenta de estos modos ondeantes, a la manera -que el fuego se nutre de los vientos contrarios! - -Así de este modo, el facundo Ulises desahogábase ante la taza de oro -vacía; y serenamente la Diosa escuchaba, con una sonrisa taciturna, y -las manos inmóviles sobre el regazo, envueltas en la punta del velo. - -Entretanto, Febo Apolo descendía camino del Occidente; y ya de las -ancas de sus cuatro caballos sudados subía y se esparcía por sobre el -mar un vapor rubicundo y dorado. En breve los caminos de la Isla se -cubrieron de sombra. Sobre las pieles preciosas del lecho, al fondo de -la gruta, Ulises, sin deseo, y la Diosa, que le deseaba, gozaron el -dulce amor y después el dulce sueño. - -Temprano, apenas Eos entreabría las puertas del largo Ouranos, la -divina Calipso, que se revistiera con una túnica más blanca que la -nieve del Pindo, y prendiera en los cabellos un velo transparente y -azul como el Éter ligero, salió de la gruta, y trajo al magnánimo -Ulises, ya sentado a la puerta, bajo la enramada, delante de una taza -de vino claro, el hacha poderosa de su padre ilustre, toda de bronce, -con dos filos, y un fuerte cabo de oliva cortado en las faldas del -Olimpo. - -Limpiando rápidamente la dura barba con el revés de la mano, el Héroe -arrebató el hacha venerable: - ---¡Oh, Diosa, ha cuantos años no palpo un arma o una herramienta, yo, -devastador de ciudades y constructor de naves! - -La Diosa sonrió. E iluminada la lisa faz, con palabras aladas: - ---¡Oh, Ulises, vencedor de hombres, si te quedases en esta isla, -yo encomendaría para ti, a Vulcano y a sus forjas del Etna, armas -maravillosas...! - ---¿Qué valen armas sin combate, u hombres que las admiren? Además, -¡oh Diosa! ya batallé mucho, y mi gloria entre las generaciones está -soberbiamente asegurada. Solo aspiro al blando reposo, vigilando mis -ganados, concibiendo sabias leyes para mis pueblos... ¡Sé benévola, oh -Diosa, y muéstrame los árboles fuertes que me conviene cortar! - -La Diosa se encaminó en silencio por un atajo, florecido de altas y -radiosas azucenas, que conducía a la punta de la Isla más cerrada de -matas, del lado de Oriente; y atrás caminaba el intrépido Ulises, con -la lúcida hacha al hombro. Las palomas abandonaban las ramas de los -cedros o las concavidades de las rocas donde bebían, para volar en -torno de la Diosa en un tumulto amoroso. Cuando ella pasaba, subía de -las flores abiertas un aroma más delicado, como de incensarios. El -césped que la orla de su túnica rozaba, reverdecía con un vigor más -fresco, y Ulises, indiferente a los prestigios de la Diosa, impaciente -con la serenidad divina de su andar armonioso, meditaba la balsa, -ansiando llegar al bosque. - -Denso y oscuro lo echó de ver al fin, poblado de encinas, de viejísimas -tecas, de pinos que hacían susurrar las ramas en el alto Éter. De su -borde descendía un arenal al cual ni concha, ni cuerno roto de coral, -ni pálida flor de cardo marino, manchaban la dulzura perfecta. El Mar -refulgía con un brillo zafíreo, en la quietud de la mañana blanca y -colorada. Entre las encinas y las tecas, la Diosa señaló al atento -Ulises los troncos secos, robustecidos por soles innumerables, que -fluctuarían, con ligereza más segura, sobre las aguas traidoras. -Después, acariciando el hombro del Héroe, como otro árbol robusto -también botado a las aguas crueles, recogiose a la gruta; y allí, tomó -la rueca de oro, y todo el día hiló, y cantó... - -Con alborozada y soberbia alegría, Ulises dio con el hacha contra una -vasta encina, que gimió. A poco, toda la Isla retumbaba, en el fragor -de la obra sobrehumana. Las gaviotas, adormecidas en el silencio eterno -de aquellas cimas, batieron el vuelo en largos bandos, espantadas -y chillando. Las fluidas divinidades de los arroyos indolentes, -estremecidas en un fulgente temblor, huían para entre los cañaverales -y las raíces de los alisos. En ese corto día el valiente Ulises, -derribó veinte árboles, robles, pinos, tecas y chopos, a los cuales -descortezó, escuadró y alineó sobre la arena. Su cuello y arqueado -pecho humeaban de sudor, cuando se recogió pesadamente a la gruta para -saciar el hambre y beber la cerveza helada. ¡Nunca le pareciera tan -bello a la Diosa Inmortal, que, sobre el lecho de pieles preciosas, -apenas los caminos cubriéronse de sombra, halló incansable y pronta la -fuerza de aquellos brazos que habían derribado veinte troncos! - -Así, durante tres días, trabajó el Héroe. Y como arrebatada en esa -actividad magnífica que conmovía a la Isla, la Diosa ayudaba a Ulises, -conduciendo desde la gruta hasta la playa, en sus manos delicadas, las -cuerdas y los clavos de bronce. Las Ninfas, por su mandato, abandonando -las tareas suaves, tejían una tela fuerte, para la vela que empujarían -con amor los vientos amables. La Intendenta venerable ya llenaba los -odres de vinos robustos, y preparaba con generosidad los numerosos -víveres para la travesía incierta. En tanto la balsa crecía, con los -troncos bien ligados, y un asiento erguido en el medio, de donde se -empinaba el mástil, desbastado en un pino, más redondo y liso que una -vara de marfil. Todas las tardes la Diosa, sentada en una roca, a -la sombra del bosque, contemplaba al calafate admirable martillando -furiosamente, y cantando, con robusta alegría, una canción de remador. -Y ligeras, en la punta de los pies lúcidos, por entre el arbolado, -las Ninfas, escapando a la tarea, acudían a espiar, con deseosos ojos -fulgurantes, aquella fuerza solitaria, que soberbiamente, en el arenal -solitario, iba irguiendo una nave. - - -IV - -En fin, en el cuarto día, de mañana, Ulises terminó de escuadrar el -timón, que reforzó con tablas de aliso para mejor amparar el embate de -las olas. Después, juntó lastre copioso, con tierra de la Isla inmortal -y pulidas piedras. Sin descanso, con un ansia risueña, amarró a la -verga alta la vela cortada por las Ninfas. Sobre pesados cilindros, -maniobrando con una palanca, empujó la inmensa balsa hasta la espuma de -las ondas, en un esfuerzo sublime, con músculos tan retesos y venas tan -hinchadas, que él mismo parecía hecho de troncos y cuerdas. Una punta -de la balsa cabeceó, levantada en cadencia por la onda armoniosa. Y el -Héroe, levantando los brazos lustrosos de sudor, alabó a los Dioses -Inmortales. - -Entonces, como la obra terminara y la tarde brillaba, propicia a la -partida, la generosa Calipso condujo a Ulises, a través de las violetas -y de las anémonas, hasta la fresca gruta. Por sus divinas manos le bañó -con una concha de nácar, y le perfumó con esencias sobrenaturales, y -le vistió con una túnica hermosa de lana bordada, y colgó sobre sus -hombros un manto impenetrable a las neblinas del mar, y le extendió -sobre la mesa, para que saciase el hambre ruda, las comidas más sanas -y más finas de la Tierra. El Héroe aceptaba los amorosos cuidados, -con paciente magnanimidad. La Diosa, de gestos serenos, sonreía -taciturnamente. - -Calipso luego cogió la mano cabelluda de Ulises, palpando con placer -los callos que le había dejado el hacha; y por la orilla del mar le -condujo a la playa, en donde la marea mansamente lamía los troncos de -la balsa fuerte. Descansaron sobre una roca musgosa. Nunca la Isla -resplandeciera con una belleza tan serena, entre un mar tan azul, -bajo un cielo tan suave. Ni el agua fresca del Pindo bebida en marcha -abrasada, ni el vino dorado que producen las colinas de Quíos, eran más -dulces de sorber que aquel aire repasado de aromas, compuesto por los -Dioses para que una Diosa lo respirase. La frescura imperecedera de los -árboles entrábase en el corazón, casi pedía la caricia de los dedos. -Todos los rumores, los de los arroyos en el césped, el de las olas en -el arenal, el de las aves en las sombras frondosas, ascendían, suave y -finamente fundidos, como las armonías sagradas de un Templo distante. -El esplendor y la gracia de las flores retenían los rayos pasmados -del sol. Tantos eran los frutos en los vergeles, y las espigas en las -mieses, que la Isla parecía ceder, hundida en el Mar, bajo el peso de -su abundancia. - -En esto, la Diosa, al lado del Héroe, suspiró levemente, y murmuró con -una sonrisa alada: - ---¡Oh, magnánimo Ulises, tú ciertamente partes! Llévate el deseo de -volver a ver a la mortal Penélope, y a tu dulce Telémaco, que dejaste -en el regazo del ama cuando Europa corrió contra Asia, y que ahora -ya sustenta en la mano una lanza temida. Siempre de un antiguo amor, -con hondas raíces, brotará más tarde una flor, aunque sea triste. ¡Mas -dime! Si en Itaca no te esperase una esposa tejiendo y destejiendo -la tela, y un hijo ansioso que alarga los ojos incansables hacia el -mar, ¿dejarías tú, ¡oh, hombre prudente!, esta dulzura, esta paz, esta -abundancia y belleza inmortal? - -El Héroe, par a par de la Diosa, extendió el brazo poderoso, como en la -Asamblea de los Reyes, delante de los muros de Troya, cuando sembraba -en las almas la verdad persuasiva: - ---¡Oh, Diosa, no te escandalices! Mas aunque no existiesen, para -llevarme, ni hijo, ni esposa, ni reino, ¡afrontaría alegremente los -mares y la ira de los Dioses! Porque, en verdad, ¡oh, Diosa muy -ilustre!, mi corazón saciado ya no soporta esta paz, esta dulzura y -esta belleza inmortal Considera, ¡oh, Diosa!, que en ocho años nunca -pude echar de ver al follaje de estos árboles amarillear y caer. Jamás -este cielo rutilante cargose de nubes oscuras, ni tuve el contento de -extender, bien abrigado, las manos al dulce fuego, mientras la borrasca -batía en los montes. Todas esas flores que brillan en los tallos -airosos son las mismas, ¡oh, Diosa!, que admiré y respiré en la primera -mañana que me mostraste estos prados perpetuos, ¡y hay lirios que -odio, con un odio amargo, por la impasibilidad de su eterna blancura! -¡Estas gaviotas repiten tan incesantemente, tan implacablemente, su -vuelo armonioso y blanco, que yo ya escondo de ellas la cara, como -otros la ocultan de las negras Harpías! ¡Y, cuántas veces me refugio -en el fondo de la gruta para no escuchar el murmurio siempre lánguido -de esos arroyos siempre transparentes! ¡Considera, oh, Diosa, que en -tu Isla nunca hallé una charca, un tronco podrido, el esqueleto de un -animal muerto y cubierto de moscas zumbadoras! ¡Oh, Diosa, hace ocho -años que estoy privado de ver el trabajo, el esfuerzo, la lucha, el -sufrimiento!... ¡Oh, Diosa, no te escandalices! Ando hambriento por -encontrar un cuerpo vacilando bajo un fardo; dos bueyes humeantes -arrastrando un arado; hombres que se injurien en el paso de un puente; -los brazos suplicantes de una madre que llora; un cojo, sobre su -muleta, mendigando a la puerta de una villa... ¡Diosa, ha ocho años -que no miro para una sepultura!... ¡No puedo más con esta serenidad -sublime! Mi alma toda arde en el deseo de lo que se deforma, y se -ensucia, y se despedaza, y se corrompe... ¡Oh, Diosa inmortal, yo muero -con saudades de muerte! - -Inmóvil, con las manos inmóviles en el regazo, la Diosa escuchó, -con una sonrisa serenamente divina, las furiosas quejas del Héroe -cautivo... En tanto, ya por la colina, las Ninfas, siervas de la Diosa, -descendían, trayendo a la cabeza y amparándolos con el brazo redondo, -los jarros de vino, los sacos de cuero, que la Intendenta venerable -mandaba para abastecer la balsa. En silencio, el Héroe lanzó una tabla -desde la arena hasta a bordo de los altos troncos; y en cuanto sobre -ella pasaban las Ninfas, ligeras, con las pulseras de oro tilintinando -en los pies lúcidos, Ulises atento, contando los sacos y los odres, -gozaba en su noble corazón la abundancia generosa. Amarrados con -cuerdas a las clavijas aquellos fardos excelentes, todas las Ninfas, -lentamente, vinieron a sentarse sobre el arenal en torno de la Diosa, -para contemplar la despedida, el embarque, las maniobras del Héroe -sobre el dorso de las aguas... Entonces, Ulises, dejando traslucir la -cólera en sus ojos, parose, delante de Calipso, y cruzando furiosamente -los valientes brazos: - ---¡Oh, Diosa! ¿Piensas tú en verdad que nada falta para que yo largue -la vela al viento y navegue? ¿Dónde están los ricos presentes que me -debes? Ocho años, ocho duros años, fui el huésped magnífico de tu Isla, -de tu gruta, de tu lecho... Pero no ignoras que los Dioses inmortales -tienen determinado que a los huéspedes, en el momento amigo de la -partida, ofrézcanseles considerables presentes. ¿Dónde están, oh Diosa, -esas riquezas abundantes que me debes por costumbre de la Tierra y ley -del Cielo? - -Sonrió la Diosa, con paciencia sublime. Y con palabras aladas, que -huían en el aire: - ---¡Oh, Ulises, claramente se ve que tú eres el más interesado de los -hombres! Y también el más desconfiado, pues que supones que una Diosa -podía negar los presentes debidos a aquel que amó... Tranquilízate, oh, -sutil Héroe... Los ricos presentes, largos y brillantes, no tardan. - -En efecto, por la colina suave descendían otras Ninfas, ligeras, con -los velos flotando, trayendo en los brazos alhajas lustrosas, que -al sol rutilaban. El magnánimo Ulises extendió las manos, los ojos -devoradores... Y mientras ellas desfilaban sobre la tabla crujiente, -el astuto Héroe contaba, evaluaba en su noble espíritu los escabeles de -marfil, las piezas de telas bordadas, los cántaros de bronce labrado, -los escudos incrustados de piedras... - -Tan rico y bello era el vaso de oro que la última Ninfa sustentaba -en el hombro, que Ulises detúvola, arrebatole el vaso, lo sospesó, y -mirándolo gritó, con soberbia risa estridente: - ---¡En verdad, este oro es bueno! - -Una vez dispuestas y ligadas bajo el largo asiento las preciosas -alhajas, el impaciente Héroe, arrebatando el hacha, cortó la cuerda -que prendía la balsa al tronco de un roble, y saltó para el alto bordo -que la espuma envolvía. Recordose entonces que ni siquiera besara a la -generosa e ilustre Calipso. Rápido, despidiendo el manto, pasó a través -de la espuma, corrió por la arena y dejó un beso sereno en la frente -aureolada de la Diosa. Asegurole ella un instante por el hombro robusto: - ---¡Cuántos males te esperan, oh desgraciado! Antes quedases, para toda -la inmortalidad, en mi Isla perfecta, entre mis brazos perfectos... - -Ulises volviose, con un grito magnífico: - ---¡Oh, Diosa, el irreparable y supremo mal hállase en tu perfección! - -¡Y, a través de la marea, huyó, trepó trabajosamente a la balsa, soltó -la vela, hendió el mar, y partió para los trabajos, para las tormentas, -para las miserias, para la delicia de las cosas imperfectas! - - - - -[Ilustración] - -¡EL SUAVE MILAGRO! - - -En aquel tiempo Jesús aún no se ausentara de Galilea y de las dulces, -luminosas márgenes del lago de Tiberiades; mas la nueva de sus Milagros -penetrara ya hasta Enganim, ciudad rica, de fuertes murallas, entre -olivares y viñedos, en el país de Isacar. - -Una tarde, un hombre de ojos ardientes y deslumbrados pasó por el -fresco valle y anunció que un nuevo Profeta, un Rabí hermoso, recorría -los campos y las aldeas de Galilea, prediciendo la llegada del Reino de -Dios, curando todos los males humanos. Mientras descansaba, sentado al -borde de la _Fuente de los Vergeles_, contó que ese Rabí, en el camino -de Magdala, sanó de la lepra a un siervo de un Decurión Romano solo -con extender sobre él la sombra de sus manos; y que en otra mañana, -atravesando en una barca para la tierra de los Gerasenios, en donde -comenzaba la recolección del bálsamo, resucitó a la hija de Jairo, -hombre docto y considerable que comentaba los libros en la Sinagoga. - -Asombrados todos los que se hallaban en derredor, labradores, pastores -y mujeres trigueñas con el cántaro al hombro, preguntáronle si ese -era, en verdad, el Mesías de la Judea, y si delante de él refulgía la -espada de fuego, y si le acompañaban, caminando como las sombras de dos -torres, las sombras de Gog y de Magog. El hombre, sin beber siquiera de -aquella agua tan fría de que bebiera Josué, recogió el cayado, sacudió -los cabellos y encaminose pensativamente por bajo el Acueducto, luego -sumido en la espesura de los almendros en flor. - -Mas una esperanza deliciosa como el rocío en los meses en que canta la -cigarra, refrescó las almas sencillas; por toda la campiña que verdea -hasta Ascalón, el arado pareció más blando de enterrar, más leve de -mover la piedra del lagar; las criaturas, cogiendo ramos de almendras, -acechaban por los caminos a ver si por allá de la esquina del muro, -o por debajo del sicomoro, surgía una claridad; y, en los bancos de -piedra, a la puerta de la ciudad, los viejos, corriendo los dedos por -los rizos de las barbas, ya no desarrollaban, con tan sapiente certeza, -los antiguos dictámenes. - -Vivía por entonces en Enganim un viejo, llamado Obed, de una familia -pontifical de Samaria, que había sacrificado en las aras del Monte -Ebal, señor de hartos rebaños y de hartas viñas, y con el corazón -tan lleno de orgullo como su granero de trigo. Mas un viento árido y -abrasado, ese viento de desolación que por mandato del Señor sopla -de las torvas tierras de Assur, matara las reses más gordas de sus -manadas, y por los ribazos en donde sus viñas se enroscaban al olmo y -se tendían en airoso enrejado, solo dejara, en torno de los olmos y -pilares desnudos, sarmientos, cepas descarnadas y la parra roída de -áspero herrumbre. Acurrucado Obed en la solera de su puerta, con la -punta del manto sobre la cara, palpaba el polvo, lamentaba la vejez, -rumiaba amargas quejas contra Dios cruel. - -Cuando oyó hablar de ese nuevo Rabí, que alimentaba las multitudes, -amedrentaba a los demonios, enmendaba todas las desventuras, Obed, -hombre leído, que había viajado en Fenicia, pensó a seguida que Jesús -sería uno de esos hechiceros tan frecuentes en Palestina, como Apolonio -o Rabí Ben-Dossa, o Simón el Sutil. También esos, aunque sea en noche -tenebrosa, conversan con las estrellas, para ellos siempre fáciles y -claras en sus secretos: con una simple vara ahuyentan de sobre los -sembrados los moscardones engendrados en los lodos de Egipto, y agarran -entre los dedos las sombras de los árboles, que conducen como benéficos -toldos por encima de las eras, a la hora de la siesta. Acaso Jesús de -Galilea, más joven, de cierto con magias más fogosas, si se le pagase -largamente, haría cesar la mortandad de sus ganados y reverdecería sus -viñedos. Ordenó entonces Obed a sus siervos que partiesen, buscasen por -toda Galilea al Rabí nuevo y con la promesa de dineros o alhajas le -trajesen a Enganim, en el país de Isacar. - -Apretáronse los siervos los cinturones de cuero, y echaron a andar por -el camino de las caravanas, que costeando el Lago, se extiende hasta -Damasco. - -Una tarde, vieron sobre el Poniente, rojo como una granada muy madura, -las finas nieves del monte Hermón. Después, en la frescura de una -suave mañana, el lago de Tiberiades resplandeció delante de ellos, -transparente, cubierto de silencio, más azul que el cielo, orlado de -floridos prados, de densos vergeles, de rocas de pórfido, y de blancos -terraplenes por entre los pomares, bajo el vuelo de las tórtolas. Un -pescador que desamarraba perezosamente su barca de una ensenada de -césped, escuchó, sonriendo, a los siervos: ¿El Rabí de Nazaret? ¡Oh! Ya -en el mes de Ijar, descendiera el Rabí, con sus discípulos, para los -lados adonde el Jordán lleva las aguas. - -Corriendo, los siervos siguieron por las márgenes del río hasta delante -del vado en donde aquel se estira en un largo remanso, y descansa, y -un instante duerme, verde e inmóvil, a la sombra de los tamarindos. -Un hombre de la tribu de los Esenios, vestido de lino blanco, cogía -lentamente hierbas saludables por la orilla del agua, con un blanco -corderillo al cuello. Saludáronle humildemente los siervos, porque el -pueblo ama a aquellos hombres de corazón tan limpio, y claro, y cándido -como sus vestiduras, cada mañana lavadas en estanques purificados. -¿Podía decirles algo del paso del nuevo Rabí de Galilea que, como los -Esenios, enseñaba la dulzura y curaba a las gentes y a los ganados? -El Rabí atravesará el Oasis de Engaddi, y después se adelantara para -allá... --murmuró el Esenio--. --¿Y dónde es _allá_? --Moviendo un -ramo de flores rojas que cogiera, el Esenio señaló las tierras de Alem -Jordán, la planicie de Moab. Los siervos vadearon el río, y en vano -buscaron a Jesús jadeando por los rudos caminos, hasta los peñascos en -que se levanta la siniestra ciudadela de Makaur... En el Pozo de Ya-Kob -reposaba una larga caravana, que conducía a Egipto mirra, especierías -y bálsamos de Gilead; y los camelleros, sacando el agua con los baldes -de cuero, contaron a los siervos de Obed que en Gadara, por la luna -nueva, un maravilloso Rabí, mayor que David o Isaías, arrancó del pecho -de una tejedora siete demonios, y que, a su voz, un hombre degollado -por el salteador Barrabás, se irguió de su sepultura y se volvió a -su huerto. Algo más esperanzados, encamináronse los siervos por la -subida de los Peregrinos hasta Gadara, ciudad de altas torres, y aún -más lejos, hasta las nascientes de Amalha... En esa misma madrugada, -Jesús, seguido por un pueblo que cantaba y sacudía ramos de mimosa, -embarcara en el lago, en un batel de pesca, y navegara a vela con rumbo -a Magdala. Descorazonados de nuevo, los siervos de Obed, atravesaron el -Jordán por el Puente de las Hijas de Jacob. Yendo ya con las sandalias -rotas del largo camino, pisando tierras de la Judea Romana, un día, -cruzáronse con un sombrío fariseo, que retornaba a Efrain, montado en -su mula. Detuvieron, con devota reverencia, al hombre de la Ley. ¿Había -encontrado él, por ventura, a ese nuevo Profeta de Galilea que, como un -Dios paseando en la tierra, esparcía milagros? La corva faz del Fariseo -se oscureció arrugada, y su cólera retumbó como un tambor orgulloso: - ---¡Oh, esclavos paganos! ¡Oh, blasfemos! ¿En dónde oísteis que -existiesen profetas o milagros fuera de Jerusalén? Solo Jehová tiene -fuerza en su templo. De Galilea salen los necios y los impostores... - -Y en viendo a los siervos retroceder ante su puño erguido, el furioso -Doctor, enroscado de dísticos sagrados, apeose de la mula, y con -las piedras del camino, apedreó a los siervos de Obed, vociferando: -_¡Racca! ¡Racca!_ y todos los Anatemas rituales. Los siervos huyeron -para Enganim. El desconsuelo de Obed fue grande, porque sus ganados -morían, sus viñas se secaban, y a pesar de ello, radiantemente, como -una alborada por detrás de las sierras, crecía, consoladora y llena de -divinas promesas, la fama de Jesús de Galilea. - -Por ese tiempo, un Centurión Romano, Publius Septimus, mandaba el -fuerte que domina el valle de Cesarea, hasta la ciudad y el mar. -Hombre áspero, veterano de la campaña de Tiberio contra los Partos, -Publius habíase enriquecido durante la revuelta de Samaria con presas -y saqueos, poseía minas en el Ática, y gozaba, como supremo favor de -los Dioses, la amistad de Flacus, Legado Imperial de la Siria. Mas -un dolor roía su poderosa prosperidad, lo mismo que un gusano roe un -fruto suculento. Su única hija, más amada para él que vida y bienes, -iba enflaqueciendo con un mal sutil y lento, extraño hasta al saber de -los mágicos y esculapios que se mandaran consultar a Sidón y a Tiro. -Blanca y triste como la luna en un cementerio, sin una queja, sonriendo -pálidamente a su padre, adelgazaba, sentada en la alta explanada del -fuerte, bajo un velario, alongando los tristes ojos negros por el azul -del mar de Tiro, por el cual ella navegara, volviendo de Italia, en -una opulenta galera. A las veces, un legionario, a su lado, entre las -almenas, apuntando lentamente a lo alto la flecha, atravesaba una gran -águila, que volaba serena, en el cielo rutilante. La hija de Septimus -seguía un momento el ave, dando vueltas en el aire hasta caer muerta -sobre las rocas; después, con un suspiro, más pálida y más triste, -recomenzaba a mirar para el mar. - -Ello es que como entonces Septimus oyese contar a unos mercaderes de -Corazín, de este admirable Rabí, tan potente sobre los Espíritus, que -sanaba los males tenebrosos del alma, destacó tres decurias de soldados -para que lo buscasen por la Galilea y por todas las ciudades de la -Decápola, hasta la costa y hasta Ascalón. Los soldados dispusieron los -escudos en los sacos de lona, espetaron ramos de oliva en los yelmos, -y ferradas las sandalias apresuradamente, apartáronse, resonando sobre -las losas de basalto del camino romano que desde Cesarea hasta el Lago -corta toda la Tetrarquía de Herodes. De noche, sus armas brillaban en -lo alto de las colinas, por entre la llama ondeante de los hachones -erguidos. De día, invadían los casales, rebuscaban en la espesura -de los pomares, chuzaban con la punta de las lanzas la paja de las -hacinas; en tanto que las mujeres asustadas, acudían para amansarlos, -con bollos de miel, higos nuevos y escudillas llenas de vino, que los -soldados bebían de un trago, sentados a la sombra de los sicomoros. -Corrieron así la Baja Galilea, y del Rabí solo hallaron un surco -luminoso en los corazones. - -Disgustados con las inútiles marchas, desconfiando que los Judíos -les ocultasen al hechicero para que no se aprovecharan los Romanos -del superior hechizo, derramaban su cólera con tumulto, a través de -la piadosa tierra sumisa. Detenían los peregrinos en la entrada de -los puentes, gritando el nombre del Rabí; rasgaban los velos de las -vírgenes, y a la hora en que se llenan los cántaros en las cisternas, -invadían las estrechas calles de los arrabales, penetraban en las -Sinagogas y batían sacrílegamente, con los puños de las espadas en -las _Thebahs_, los Santos Armarios de cedro que contenían los Libros -Sagrados. En las cercanías de Hebrón arrastraron a los Solitarios fuera -de las grutas para arrancarles el nombre del desierto o del palmar -en que se ocultaba el Rabí; y dos mercaderes fenicios, que venían de -Joppé con una carga de malobrato, y a quien nunca llegara el nombre de -Jesús, pagaron por ese delito cien dracmas a cada Decurión. Toda la -gente de los campos, hasta los bravíos pastores de Idumea, que llevan -las blancas reses al Templo, huían empavorecidos hacia las serranías, -apenas lucían, en alguna vuelta del camino, las armas del bando -violento. Desde el borde de las terrazas, las viejas sacudían como -talegos la punta de los cabellos desgreñados, y arrojaban sobre ellos -las malas suertes, invocando la venganza de Elías. Así erraron hasta -Ascalón, sin hallar a Jesús; y retrocedieron a lo largo de la costa, -enterrando las sandalias en la ardiente arena. - -Un amanecer, cerca de Cesarea, marchando por un valle, echaron de ver -sobre un otero un verdinegro bosque de laureles, en donde blanqueaba, -recogidamente, el fino y claro pórtico de un templo. Un viejo, de -largas barbas blancas, coronado de hojas de laurel, vestido con una -túnica de color de azafrán, asiendo una corta lira de tres cuerdas, -esperaba sobre los peldaños de mármol, la aparición del sol. Desde -abajo, los soldados, agitando un ramo de olivo, vociferaban al -Sacerdote. ¿Conocía él a un nuevo Profeta que apareciera en Galilea, -tan diestro en milagros, que resucitaba a los muertos y trocaba el agua -en vino? Alargando los brazos, el sereno viejo exclamó por sobre la -rociada verdura del valle: - ---¡Oh, romanos! ¿Por qué creéis que en Galilea o Judea aparezcan -profetas consumando milagros? ¿Cómo podrá un bárbaro alterar la -Orden instituida por Zeus?... ¡Mágicos y hechiceros son vendedores -ambulantes que murmuran palabras huecas, para arrebatar la propina a -los simples...! Sin el permiso de los Inmortales, ni un retoño seco -puede caer del árbol, ni hoja seca puede ser sacudida en el árbol. No -hay profetas, no hay milagros... ¡Solo Apolo Délfico conoce el secreto -de las cosas! - -Los soldados, entonces, muy despacio, con la cabeza caída, como en una -tarde de derrota, recogiéronse a la fortaleza de Cesarea. Fue grande -el desconsuelo de Septimus, por ver que su hija moría, sin una queja, -mirando el mar de Tiro, siendo así que la fama de Jesús, curador de -lánguidos males, crecía cada vez más consoladora y fresca, como el aire -de la tarde que sopla de Hermón, y a través de los huertos, reanima y -levanta las azucenas pendidas. - -Vivía por ese tiempo, entre Enganim y Cesarea, en una casa arruinada, -sumida en lo más oculto de un cerro, una viuda, mujer más desgraciada -que todas las mujeres de Israel. Su único hijito, todo tullido, había -pasado del magro pecho a que ella le criara, a los harapos del podrido -jergón, en donde ya llevaba siete años gimiendo y consumiéndose. - -A ella también una enfermedad la comprimiera dentro de trapos jamás -mudados, dejándola más oscura y torcida que una cepa arrancada. Creció -la miseria espesamente sobre ambos, como el moho sobre cazos perdidos -en un yermo. En la lámpara de barro colorado secara ya el aceite. No -quedaba grano ni corteza dentro del arca pintada. La cabra, sin pasto, -muriera en el estío. Secó la higuera en el quintal. Tan lejos de -poblado, nunca limosna de pan o miel entraba en la choza. ¡Con hierbas -cogidas en las hendiduras de las rocas, cocidas sin sal, nutríanse -aquellas criaturas de Dios en la Tierra Escogida, en la cual hasta a -las aves maléficas sobraba el sustento! - -Un día apareció un mendigo por allí, entró en la choza, repartió de su -lío con la amargada madre, y sentado en la piedra del lar, rascándose -las heridas de las piernas, contó de esa grande esperanza de los -tristes, de ese Rabí que apareciera en Galilea, que de un pan hacía -siete, y amaba todas las criaturas, y enjugaba todos los llantos, y -prometía a los pobres un grande y luminoso reino, de abundancia mayor -que la corte de Salomón. La mujer escuchaba con ojos hambrientos. -¿Y ese dulce Rabí, esperanza de los tristes, en dónde se encuentra? -El mendigo suspiró. ¡Ah, ese dulce Rabí, cuantos lo deseaban, se -desesperanzaban! Andaba su fama por sobre toda la Judea, como el sol -que hasta por cualquier viejo muro se extiende y se goza; mas para -distinguir la claridad de su rostro, solo aquellos dichosos que elegía -su deseo. Tan rico como es Obed, mandó a sus siervos por toda Galilea -para que le buscasen a Jesús, y con promesas le trajeran a Enganim; tan -soberano, Septimus, destacó a sus soldados hasta la costa del mar, para -que buscasen a Jesús, y por orden suya lo condujeran a Cesarea. - -Errando, pidiendo limosna por tantos caminos, halló a los siervos -de Obed y luego a los legionarios de Septimus. Retornaron todos, -derrotados, con las sandalias rotas, sin haber descubierto en qué -matorral o ciudad, en qué cubil o palacio, se escondía Jesús. - -Caía la tarde. Cogió el mendigo su bordón y descendió por el duro -camino, entre el brezo y las rocas. - -Volviose la madre a su rincón, más curvada, más abandonada. El hijito -entonces, con un murmurio más débil que el rozar de un ala, pidió a -la madre que le trajese a ese Rabí que amaba a los niños, aun a los -más pobres, sanaba los males, aun los más antiguos. La madre apretó su -cabecita desgreñada: - ---¡Oh, hijo!, y ¿cómo quieres que te deje y me meta por los caminos en -busca del Rabí de Galilea? Obed es rico y tiene siervos que en balde -buscaron a Jesús por arenales y colinas, desde Corazín hasta el país de -Moab. Septimus es fuerte, y tiene soldados, y en vano corrieron detrás -de Jesús, desde el Hebrón hasta el mar. ¿Cómo quieres que te deje? -Jesús anda muy lejos y nuestro dolor está con nosotros, dentro de estas -paredes, y dentro de ellas nos prende. Y aunque le encontrase, ¿cómo -convencería yo a Rabí tan deseado, por quien suspiran ricos y fuertes, -para que descendiese a través de ciudades hasta este desierto, para -curar a un tullido tan pobre, sobre jergón tan roto? - -La criatura, con dos largas lágrimas corriéndole por la faz escurrida, -murmuró: - ---¡Oh, madre! Jesús ama a todos los pequeñitos. ¡Y yo soy aún tan -pequeño, y tengo un mal tan pesado! ¡Yo me quería curar! - -Y la madre, sollozando: - ---¡Oh, hijo mío, cómo te voy a dejar! Son largos los caminos de -Galilea, y corta la piedad de los hombres. Tan rota, tan renca, tan -triste, hasta los perros me ladrarían desde la puerta de los casales. -No me atendería nadie. Nadie me enseñaría la morada del dulce Rabí. -¡Oh, hijo! Jesús tal vez muriese... Ni los ricos y los fuertes le -encuentran. Le trajo el cielo, y el cielo se le llevó. Y con él para -siempre murió la esperanza de los tristes. - -Por entre los negros trapos, irguiendo sus pobres manecitas que -temblaban, la criatura murmuró: - ---Madre, yo quiero ver a Jesús... - -En esto, abriendo despacio la puerta y sonriendo, dijo Jesús al niño: - ---Aquí estoy. - - -FIN - - - - -[Ilustración] - -ÍNDICE - - - Páginas. - - Adán y Eva en el Paraíso 5 - - Un poeta lírico 49 - - En el molino 65 - - Civilización 83 - - El tesoro 119 - - Fray Genebro 131 - - Singularidades de una señorita rubia 145 - - La nodriza 181 - - El difunto 189 - - José Matías 231 - - La perfección 263 - - ¡El suave milagro! 289 - - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ADÁN Y EVA EN EL PARAÍSO *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. 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