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-The Project Gutenberg eBook of Adán y Eva en el paraíso, by José Maria Eça
-de Queiroz
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
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-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: Adán y Eva en el paraíso
-
-Author: José Maria Eça de Queiroz
-
-Release Date: October 29, 2021 [eBook #66626]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading
- Team at https://www.pgdp.net. (This file was produced from
- images generously made available by Biblioteca Digital
- Hispánica/Biblioteca Nacional de España.)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ADÁN Y EVA EN EL PARAÍSO ***
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
- convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos.
-
- * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
-
- * Se han añadido tildes a las mayúsculas y se han modernizado las
- transcripciones de los nombres propios.
-
- * Las páginas en blanco han sido eliminadas.
-
-
-
-
-ADÁN Y EVA EN EL PARAÍSO
-
-
-
-
-EÇA DE QUEIROZ
-
-
-
-
- ADÁN Y EVA
- EN EL PARAÍSO
-
-
- [Ilustración]
-
-
- RENACIMIENTO
-
- MADRID | BUENOS AIRES
- SAN MARCOS, 42 | LIBERTAD, 170
-
- 1914
-
-
-
-
- ES PROPIEDAD
-
-
- IMPRENTA DE JUAN PUEYO. MESONERO ROMANOS, 34, MADRID
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-ADÁN Y EVA EN EL PARAÍSO
-
-
-I
-
-Adán, Padre de los Hombres, fue creado en el día 28 de octubre, a las
-dos de la tarde... Afírmalo así, con majestad, en sus _Annales Veteris
-et Novis Testamenti_, el muy docto y muy ilustre Usserius, obispo de
-Meath, arzobispo de Armagh y canciller mayor de la Sede de San Patricio.
-
-La Tierra existía desde que se hiciera la Luz, el 23, en la mañana
-de todas las mañanas. ¡Mas no era ya aquella Tierra primitiva,
-parda y muelle, ensopada en aguas gredosas, ahogada en una niebla
-densa, irguiendo, aquí y allí, rígidos troncos de una sola hoja y
-de un solo retoño, solitaria, silenciosa, con una vida escondida,
-apenas sordamente revelada por las sacudidas de los bichos oscuros,
-gelatinosos, sin color y casi sin forma, creciendo en el fondo del
-lodo! ¡No! Ahora, durante los días genesíacos, 26 y 27, habíase
-completado, abastecido y ataviado, para acoger condignamente al
-Predestinado que venía. En el día 28 ya apareció perfecta, _perfecta_,
-con las alhajas y provisiones que enumera la Biblia, las hierbas
-verdes de espiga madura, los árboles provistos de fruto entre la flor,
-todos los peces nadando en los mares resplandecientes, todas las aves
-volando por el aire sereno, todos los animales pastando sobre las
-colinas lozanas, y los arroyos regando, y el fuego almacenado en el
-seno de la piedra, y el cristal y el ónix, y el oro de ley del país de
-Hevilath...
-
-En aquellos tiempos, amigos míos, el Sol aún giraba en torno de la
-Tierra. Esta era moza, y hermosa y preferida de Dios. Aquel aún no se
-sometiera a la inmovilidad augusta que, entre enfurruñados suspiros
-de la Iglesia, le impuso más tarde el maestro Galileo, alargando un
-dedo desde el fondo de su pomar, contiguo a los muros del convento de
-San Mateo de Florencia; y el Sol, amorosamente, corría alrededor de
-la Tierra, como el novio de los _Cantares_ que, en los lascivos días
-de la ilusión, sobre el otero de mirra, sin descanso y saltando más
-levemente que los gamos de Gaalad, circundaba la Bien Amada, la cubría
-con el fulgor de sus ojos, brillando de fecunda impaciencia. Desde esa
-alborada del día 28, según el cálculo majestático de Usserius, el Sol,
-nuevo, sin manchas, sin arrugas, sin faltas en su cabellera flamante,
-envolvió a la Tierra, durante ocho horas, en una continua e insaciable
-caricia de calor y de luz. Cuando a la octava hora resplandeció y huyó,
-una emoción confusa, hecha de miedo y hecha de gloria, pasó por toda
-la Creación, agitando en un temblor los prados y las frondas, erizando
-el pelo de las fieras, hinchando el dorso de los montes, apresurando
-el borbotar de los manantiales, arrancando un brillo más vivo de los
-pórfidos...
-
-En esto, en una floresta muy cerrada y muy tenebrosa, cierto ser,
-desprendiendo lentamente la garra del retoño del árbol en donde
-estuviera perchado toda aquella larga mañana de largos siglos, resbaló
-por el tronco comido de hiedra, posó las dos patas en el suelo que
-el musgo afofaba, se afirmó sobre ellas con esforzada energía, quedó
-tieso, y alargó los brazos libres, y dio un paso fuerte, y sintió su
-desemejanza de la Animalidad, y concibió el deslumbrado pensamiento
-de que _era_, y verdaderamente _fue_. Lo había amparado Dios, y en
-aquel instante lo creó. Vivo, de la vida superior, descendido de la
-inconsciencia del árbol, Adán se encaminó hacia el Paraíso.
-
-Era horrible; un pelo crespo y lúcido cubría todo su corpulento, macizo
-cuerpo, rareando apenas en torno de los codos, de las rodillas rudas,
-donde el cuero aparecía curtido y del color del cobre sucio. Del
-achatado, arisco cráneo, surcado de arrugas, rompía una melena rala
-y rubia, hinchada sobre las orejas agudas. Entre las romas quijadas,
-en la abertura enorme de los labios trompudos, alargados en forma de
-hocico, relucían los dientes, afilados poderosamente para rasgar la
-fibra y despedazar el hueso. Bajo los arcos sombríamente hondos, que un
-pelo hirsuto orlaba, como un zarzal orla el arco de una caverna, los
-ojos redondos, de un amarillo de ámbar, movíanse sin cesar, temblaban,
-desmesuradamente abiertos de inquietud y de espanto... ¡No, no estaba
-nada bello, nuestro Padre venerable, en aquella tarde de otoño, cuando
-Jehová le ayudó con cariño a descender de su Árbol! Y, sin embargo,
-en esos ojos redondos, de ámbar fino, aun a través del temblor y del
-espanto, brillaba una belleza superior, la Energía Inteligente que le
-iba dificultosamente llevando, sobre las piernas encorvadas, hacia
-fuera del matorral en donde había pasado su mañana de largos siglos,
-saltando y gritando por encima de las ramas más altas.
-
-Ahora bien (si los Compendios de Antropología no nos engañan), los
-primeros pasos humanos de Adán no fueron dados, desde luego, con vigor
-y confianza, hacia el destino que le esperaba entre los cuatro ríos
-del Edén. Entorpecido, envuelto por las influencias de la floresta,
-desagarra con trabajo la pata del hojoso suelo de helechos y begonias,
-y gustosamente se roza con los pesados racimos de flores que le rocían
-el pelo, y acaricia las largas barbas de liquen blanco, pendientes de
-los troncos de robles y de teca, en los cuales gozara las dulzuras de
-la irresponsabilidad. En el ramaje que tan generosamente le nutriera y
-le meciera, a través de tan largas edades, aún coge las bayas jugosas,
-los frutos más tiernos. Para transponer los arroyos, que relucen y
-susurran por todo el bosque, después de la sazón de las lluvias, aún se
-pende de una rama, entrelazada de orquídeas, y se balancea, y salta,
-con pesada indolencia. Y hasta sospecho que cuando el viento bramase
-por la espesura, cargado con el olor tibio y acre de las hembras
-acurrucadas en las cimas, el Padre de los Hombres dilataría cuanto
-pudiese las ventanas de la nariz y dejaría salir del peludo pecho un
-gruñido ronco y triste.
-
-Camina... Sus pupilas amarillas, en donde brilla el Querer, sondan,
-buscan a través del ramaje, más allá, el mundo que desea y recela, y
-del cual percibe ya el sonido violento, como todo hecho de batalla y
-de rencor. A medida que la penumbra del follaje clarea, va surgiendo,
-dentro de su cráneo bisoño, como una alborada que penetra en una choza,
-el sentimiento de las formas diferentes y de la vida diferente que las
-anima. Esa comprensión rudimentaria solo trajo turbación y terror a
-nuestro Padre venerable. Todas las tradiciones, las más orgullosas,
-concuerdan en que Adán, en su entrada inicial por las planicies del
-Edén, tembló y gritó como criaturita perdida en romería turbulenta. Y
-podemos pensar que, de todas las Formas, ninguna le empavorecía más
-que la de esos mismos árboles, en los cuales había vivido, ahora que
-los reconocía como seres tan desemejantes de su ser e inmovilizados en
-una inercia tan contraria a su Energía. Liberto de la Animalidad, en
-camino para su Humanización, el árbol que le había servido de abrigo
-natural y dulce, solo le parecía ahora un cautiverio de degradante
-tristeza. ¿Todas esas ramas tortuosas, embarazando su marcha, no serían
-brazos fuertes que se alargaban para aprehenderlo, empujarlo para
-atrás y retenerlo en las cimas frondosas? ¿Ese susurrar de las ramas
-de los árboles que le seguía, compuesto del desasosiego irritado de
-cada hoja, no era toda la selva, alborozada, reclamando a su secular
-morador? Quizá de tan extraño miedo nació la primera lucha del Hombre
-con la Naturaleza. Es de creer que, cuando un vástago le rozase,
-lo rechazaría con las garras desesperadas. ¡Cuántas veces, en estos
-bruscos ímpetus, se desequilibraría, humillando sus manos sobre el
-suelo de bosque o roca, otra vez precipitado en la postura bestial,
-retrogradando a la inconsciencia, entre el clamor triunfal de la
-Floresta! ¡Y luego qué angustioso esfuerzo para erguirse, recuperar
-la actitud humana y correr con los peludos brazos despegados de la
-tierra bruta, libres para la obra inmensa de su Humanización! Esfuerzo
-sublime, en el cual ruge, muerde las raíces aborrecidas, y, ¿quién
-sabe?, tal vez levante ya los ojos de ámbar lustroso hacia los cielos,
-en donde, confusamente, siente Alguien que le viene protegiendo, y que
-en la realidad le levanta.
-
-De cada una de estas caídas modificantes, nuestro Padre resurge más
-humano, más nuestro Padre. Hay ya consciencia, prisa de Racionalidad,
-en los resonantes pasos con que se arranca a su limbo arbóreo,
-despedazando los embarazos, hendiendo la maleza densa, despertando a
-los tapires adormecidos debajo de hongos monstruosos, o espantando a
-algún oso joven y perdido que, apoyándose contra un olmo, chupa, medio
-borracho, las uvas de aquel abundante otoño.
-
- * * * * *
-
-Al fin, Adán, emerge de la Floresta oscura; y sus ojos de ámbar se
-cierran vivamente bajo el deslumbramiento en que le envuelve el Edén.
-
-Al fondo de esa colina, donde se para, resplandecen vastas campiñas (si
-las Tradiciones no exageran) con desordenada y sombría abundancia.
-Lentamente, a través, corre un río, sembrado de islas, mojando, en
-fecundos y explayados remansos, el verdor donde ya tal vez crece la
-lenteja y se extiende el arrozal. Rocas de mármol rosado brillan con un
-rubor caliente. Por entre bosques de algodoneros, blancos como rizada
-espuma, suben oteros cubiertos de magnolias, de un esplendor mucho más
-blanco. Del lado de allá, la nieve corona una sierra con un radiante
-nimbo de santidad, y escurre, por entre los flancos despedazados,
-en finas granjas que refulgen. Otros montes dardean mudas llamas.
-Del borde de ásperos declives, penden perdidamente, sobre inmensas
-profundidades, palmeras desgreñadas. En las lagunas, la bruma arrastra
-la luminosa molicie de sus encajes, y el mar, en los confines del
-mundo, chispeando, enciérralo todo, como un aro de oro.
-
-En este fecundo espacio se alcanza toda la Creación con la fuerza, la
-gracia, la bravura vivaz de una mocedad de cinco días, aún caliente de
-las manos de su Creador. Profusos rebaños de aurocos de pelambre rubia,
-pastan majestuosamente, enterrados en hierbas tan altas que en ellas
-desaparece la oveja y su cordero. Temerosos y barbudos uros, peleando
-con gigantescos venados, entrechocan sus cuernos y vástagos con el
-seco fragor de robles que el viento raja. Un bando de jirafas rodea
-una mimosa, de la cual van mordiendo, delicadamente, en los trémulos
-brotes, las hojitas más tiernas. A la sombra de los tamarindos, reposan
-disformes rinocerontes, bajo el vuelo apresurado de pájaros que les
-buscan servicialmente los gusanos.
-
-Cada arremetida de tigre causa una desbandada furiosa de ancas, y
-cuernos, y crines. Una enhiesta palmera dóblase toda al peso de una
-culebra que se enrosca en ella. A las veces, entre dos peñascos,
-rodeada de una profusa melena, aparece la faz magnífica de un león, que
-mira serenamente al sol, a la inmensidad radiante. En el remoto azul,
-duermen inmóviles, enormes cóndores, con las alas abiertas, entre el
-surco níveo y róseo de las garzas y de los flamencos. En frente a la
-colina, en un alto, por medio del matorral, pasa lenta una recua de
-mastodontes, con la ruda crin del dorso erizada al viento, y la trompa
-meciéndose entre los dientes más curvos que hoces.
-
-Vetustísimas crónicas describen así el vetustísimo Edén, que era en
-las campiñas del Éufrates, quizá en la morena Ceilán, o entre los
-cuatro claros ríos que hoy riegan la Hungría, o acaso en estas tierras
-benditas, donde nuestra Lisboa calienta su vejez al sol, cansada de
-proezas y mares.
-
-¿Mas quién puede garantir estos bosques y estos bichos, si desde ese
-día 25 de octubre, en que estaba inundado el Paraíso de esplendor
-otoñal, pasaron, muy breves y muy llenos, sobre el grano de polvo que
-viene a ser nuestro mundo, más de siete veces setecientos mil años? Lo
-único que parece cierto es que, delante de Adán empavorecido, pasó un
-pájaro grandísimo. Un pájaro ceniciento, calvo y pensativo, con las
-plumas desaliñadas como los pétalos de un crisantemo, que daba saltitos
-pesadamente con una pata, irguiendo en la otra, bien agarrado, un
-manojo de hierbas y ramas. ¡Nuestro Padre venerable, con la hosca faz
-fruncida, en un esfuerzo doloroso para comprender, quedó pasmado ante
-aquel pájaro, que, junto a él, bajo el abrigo de las azaleas en flor,
-terminaba muy gravemente la construcción de una cabaña! ¡Sólida y
-vistosa cabaña, con su suelo de greda bien alisado, vástagos fuertes de
-pino y baya formando estacas y vigas, un seguro techo de hierba seca,
-y en la pared, una ventana!... Pero, a pesar de todo, el Padre de los
-Hombres, en aquella tarde, aún no comprendió.
-
-Se encaminó después hacia el largo río, desconfiadamente, sin apartarse
-del límite del bosque amparador.
-
-Lento, olfateando el olor nuevo de los gordos herbívoros de la llanura,
-con los puños rijamente cerrados contra el pecho peludo, Adán va
-vacilando entre el apetito de aquella resplandeciente Naturaleza y el
-terror de los seres nunca vistos que la llenan y atruenan con tan fiera
-turbulencia. Dentro de él borbota, no cesa, la naciente sublime, la
-sublime naciente de la Energía, que le impele a desentrañar la crasa
-brutalidad, y a ensayar, con esfuerzos que son semipenosos, porque son
-ya semilúcidos, los Dones que establecerán su supremacía sobre esa
-Naturaleza incomprendida y le libertarán de su terror. Así que, en la
-sorpresa de todas aquellas inesperadas apariciones del Edén, reses,
-pastos, montes nevados, inmensidades radiosas, Adán suelta roncas
-exclamaciones, gritos con que desahoga, voces balbucientes, en que
-por instinto reproduce otras voces, y gritos, y rumores, y hasta el
-llantear de las criaturas, y el estruendo de las aguas despeñadas...
-Estos sonidos quedan ya en la oscura memoria de nuestro Padre ligados
-a las sensaciones que se los arrancan; de suerte que el aullido
-áspero que se le escapa al topar un canguro con su nidada embolsada
-en el vientre, de nuevo resonará en sus labios trompudos cuando otros
-canguros, huyendo de él, se embreñen en la sombría negra de los
-cañaverales.
-
-Cuenta la Biblia, con su exageración oriental, cándida y simple, que
-al entrar Adán en el Edén, distribuyó nombres a todos los animales y a
-todas las plantas, definitivamente, eruditamente, como si compusiese
-el Léxico de la Creación, entre Buffon, ya con sus puños, y Linneo, ya
-con sus lentes. ¡No! Eran apenas gruñidos roncos, mas verdaderamente
-augustos, porque todos ellos se fijaban en su conciencia, naciente
-como las toscas raíces de esa Palabra por la cual verdaderamente se
-humanizó, y llegó a ser después, sobre la tierra, tan sublime y tan
-burlesco.
-
-Con orgullo podemos pensar, que al descender nuestro Padre al borde del
-río Edénico, compenetrado de lo que _era_, ¡y cuán diverso de otros
-seres!, ya se afirmaba, se individualizaba, y batía en el pecho sonoro,
-y rugía soberbiamente: --¡Eheu! ¡Eheu! Luego, alongando los ojos
-relucientes por aquella agua que corría perezosamente hacia allá, ya
-prueba exteriorizar su espantado sentimiento de los espacios, y murmura
-con pensativa codicia: --¡Lhla! ¡Lhla!
-
-
-II
-
-Calmo, magníficamente fecundo, corría el noble río del Paraíso, por
-entre las islas, casi cubiertas bajo el peso del arbolado, todas
-fragantes y atronadas por el clamor de las cacatúas. Adán, trotando
-pesadamente por la orilla baja, ya siente la atracción de las aguas
-disciplinadas que andan y viven, esa atracción que será tan fuerte
-en sus hijos, cuando descubran en el río al servidor que sosiega,
-abona, riega, muele y acarrea. ¡Pero cuántos terrores especiales le
-horripilan aún, haciéndole correr con despavoridos saltos para detrás
-de las zarzas y de los chopos! En otras islas, de arena fina y rosada,
-reposan pedregosos cocodrilos, achatados sobre el vientre, que palpita
-muellemente, abriendo las hondas bocas en la tibia pereza de la tarde,
-absorbiendo todo el aire con un perfume de almizcle. Por entre los
-cañaverales, colean y refulgen gordas culebras, de cuello erguido, que
-miran a Adán con furor, dardeando y silbando. A nuestro Padre, que
-nunca las viera, es de creer que habían de figurársele pavorosas las
-inmensas tortugas del comienzo del mundo, pastando, con arrastrada
-mansedumbre, de la hierba de los prados nuevos. De improviso, una
-curiosidad le atrae, y casi resbala en la orilla lodosa, donde el agua
-roza y se agita. En la largueza del río explayado, una negra fila de
-aurocos, serenamente, con los cuernos altos y la espesa barba flotando,
-nada hacia la otra margen, campiña cubierta de rubias mieses, en la
-cual tal vez maduran ya las urbanas espigas de centeno y de maíz.
-Nuestro Padre venerable mira la fila lenta, mira el río lustroso,
-concibe el anublado deseo de atravesar también hacia aquellas lejanías
-en que las hierbas rebrillan, arriesga la mano en la corriente, la
-cual se la empuja para atrás, como para atraerle e iniciarle. Entonces
-gruñe, retira la mano, y sigue, con ásperas patadas, aplastando,
-sin percibir siquiera el perfume, las frescas fresas silvestres que
-ensangrientan el césped...
-
-Al cabo de un tiempo detiénese, considerando un bando de aves perchadas
-en un peñasco todo cubierto de guano, que acechan, con el pico atento,
-hacia abajo, en donde hierven las aguas apretadas. ¿Qué espían las
-blancas garzas? Un bando de lindos peces, que rompen contra la
-corriente, y saltan, centelleando en la clara espuma. De pronto, en un
-desabrido sacudir de alas blancas, una garza, luego otra, hiende el
-alto cielo, llevando, atravesado en el pico, un pez que se retuerce
-y reluce. Nuestro Padre venerable se rasca el costado. Ante aquella
-abundancia del río, su crasa gula también apetece una presa; y lanza la
-garza, y coge, en su vuelo sonante, coriáceos insectos que olfatea y
-muerde. Aunque nada ciertamente asombró al Primer Hombre como un grueso
-tronco de árbol medio podrido, que boyaba, descendía en la corriente,
-llevando sentados en una punta, con seguridad y gracia, dos bichos
-sedosos, rubios, de hocico experto, y fofas colas vanidosas. Corrió
-ansiosamente, enorme y descoyuntado, para seguirlos y observarlos;
-sus ojos brillaban como si ya comprendiese la malicia de aquellos dos
-bichos, embarcados en un tronco de árbol, y viajando, bajo la suave
-frescura de la tarde, en el río del Paraíso.
-
-Entretanto, el agua que iba orillando hacíase más baja, turbia y
-tarda. En su extensión, no verdean islas, ni se mojan los patos en
-ella. Allá, ilimitadas casi, fundidas en las neblinas, adivínanse
-descampadas soledades, de donde sopla un viento lento y húmedo. Nuestro
-Padre venerable enterraba las patas en tierras blandas, a través de
-aluviones, de inmundicie silvestre, en la cual, para su intenso horror,
-chapoteaban enormes ranas, croando furiosamente. A poco, perdiose
-el río en una vasta laguna, oscura y desolada, resto de las grandes
-aguas sobre las que flotara el Espíritu de Jehová. Una humana tristeza
-oprimió el corazón de nuestro Padre. Del centro de gruesas burbujas,
-que se hinchaban en la tranquila lisura del agua triste, constantemente
-brotaban horrendas trombas, escurriendo algas verdes, que bufaban
-ruidosamente y hundíanse luego, como empujadas por el lodo viscoso.
-Cuando aconteció que de entre los altos y negros cañaverales, manchando
-la pureza del cielo de la tarde, se elevó, alargándose por encima de
-él, una nube estridente de moscardones voraces. Adán huye, atolondrado,
-surca arenales pegajosos, rasga el pelo en la aspereza de los cardos
-blancos que el viento retuerce, resbala por una vertiente de cascajo y
-guijarros, y para en una playa de arena fina. Jadea: sus largas orejas
-tiemblan, escuchando hacia en del lado de allá de las dunas, un vasto
-rumor que rueda, abate y retumba... Es el mar. ¡Nuestro Padre traspone
-las pálidas dunas, y delante de él está el Mar!
-
- * * * * *
-
-Entonces fue el pavor supremo. De un salto, batiendo convulsamente los
-puños contra el pecho, retrocede hasta en donde tres pinos, muertos
-y sin rama, le ofrecen el refugio hereditario. ¿Por qué avanzan así,
-hacia él, sin cesar, en una hinchada amenaza, aquellos rollos verdes,
-con su crin de espuma, y se arrojan, se despedazan, hierven y babosean
-rudamente la arena? El resto de la vasta agua permanece inmóvil, como
-muerta, con una gran mancha de sangre que palpita. De seguro que toda
-esa sangre cayó de la herida del sol, redonda y bermeja, sangrando
-encima, en un cielo dilacerado por hondos golpes ya rojos. Más allá
-de la niebla lechosa que cubre las lagunas de los charcos salados,
-adonde la marea aún llega y se explaya lejos, un monte flamea y humea.
-Y siempre delante de Adán, contra Adán, los verdes rollos de verdes
-ondas avanzan, y retumban, y tienden la playa de algas, de conchas, de
-gelatinas que albean lívidamente.
-
-¡Mas he ahí que todo el mar se puebla! Encogido contra el pino, nuestro
-Padre venerable vuelve los ojos inquietos y trémulos, aquí y acullá, a
-las rocas cubiertas de sargazo, en donde gordísimas focas bamboléanse
-majestuosamente; hacia los chorros de agua, que brotan a lo alto, hasta
-las nubes rojas y recaen en una lluvia ardiente; a una linda flota de
-conchas, inmensas conchas blancas y nacaradas, bogando de bolina,
-circundando las peñas, con maniobra elegante... Adán se asombra sin
-saber que estas son las Amonites, y que ningún otro hombre, después
-de él, verá la lucida y rósea armada singlando en los mares de este
-mundo. ¡Él la admira, quizá con la impresión inicial de la belleza de
-las cosas, cuando bruscamente, en un temblor de surcos blancos, toda la
-maravillosa flota zozobra! Con el mismo salto muelle, las focas caen
-en las aguas profundas. Pasa un terror, un terror levantado del mar,
-tan intenso que un bando de albatros muy seguro sobre una escarpadura,
-bate, con irritados gritos, el vuelo despavorido.
-
-Nuestro Padre venerable aferra la mano a un vástago de pino, y sonda,
-horrorizado, la inmensidad desierta. Y estando así, a lo lejos, bajo
-el pálido resplandor del sol que se esconde, lentamente, un inmenso
-dorso sale de las aguas, como una larga colina, toda espetada de
-negras, agudas astillas de roca. ¡Y avanza! Precediéndolo un tumulto de
-burbujas se remolina y revienta; y de entre ellas emerge, por último,
-respirando hondamente, una tromba disforme de fauces entreabiertas,
-donde centellean y se sumen bancos de peces que sus sorbos vienen
-tragando...
-
-¡Es un monstruo, un pavoroso monstruo marino! Es de suponer que
-nuestro Padre, olvidando toda su dignidad humana (aún reciente), trepó
-desesperadamente por el pino hasta donde las ramas terminaban. Pero
-hasta en aquel abrigo, sus poderosas quijadas temblaban, en un miedo
-convulso, ante el horrendo ser surgido de las profundidades. Con un
-sonido raspante, despedazando conchas, guijarros y corales, el monstruo
-cae en la arena, que cava profundamente, y sobre la cual retesa las
-dos patas, más gordas que troncos de teca, con las uñas enrolladas de
-algas marinas. De la caverna de sus fauces, a través de los dientes
-terríficos, que las algas y musgos verdean, sopla un vaho espeso de
-fatiga y de furor, tan fuerte, que hace girar las algas secas y las
-conchas ligeras. Entre la corteza pedregosa que le cubre la frente,
-negrean dos cuernos cortos y romos. Sus ojos lívidos y vítreos, son
-como dos enormes lunas muertas. La inmensa cola dentada arrastra por el
-mar distante, y a cada coletazo levanta una tempestad.
-
-Por estas facciones, poco amables, ya reconocísteis al Ictiosaurio,
-el más horrendo de los cetáceos concebidos por Jehová. ¡Era él!,
-tal vez el último que duró en las tinieblas oceánicas hasta este
-memorable día de 28 de agosto, a fin de que nuestro Padre entreviese
-los orígenes de la Vida. Está enfrente de Adán, ligando los tiempos
-viejos a los tiempos nuevos, y con las escamas del dorso enfurecidas
-muge devastadoramente. Enroscado en el tronco alto, nuestro Padre
-venerable aúlla de vivo horror... Y he aquí que, del lado de los
-charcos anublados, un silbo hiende los cielos, silbado y lanzado,
-como el de un áspero viento en una garganta de serranía. ¿Qué es?
-¿Otro monstruo? Sí, el Plesiosaurio. Es también el último Plesiosaurio
-que corre del fondo de los pantanos. Y ahora se traba de nuevo para
-asombro del primer Hombre (y gusto de los Paleontólogos), el combate
-que fue la desolación de los pre-humanos días de la Tierra. Allí
-aparece la fabulosa cabeza de Plesio, terminada en pico de ave, pico
-de dos brazas, más agudo que el dardo más agudo, erguida sobre un
-larguísimo y fino pescuezo, que ondula, arquea, hiere y silba con
-pavorosa elegancia. Dos aletas de incomparable rigidez vienen moviendo
-su disforme cuerpo, muelle, glutinoso, todo en arrugas, manchado por
-una lepra de hongos verdosos. Tan inmenso es así, arrastrándose, con el
-pescuezo empinado que, delante de la duna donde se levantan los pinos,
-en los cuales se refugia Adán, parece otra duna negra sustentando un
-pino solitario. Avanza furiosamente. Y de repente, ármase un horroroso
-tumulto de mugidos y silbidos y choques retumbantes y torbellinos de
-arena y gruesos mares brotando. Nuestro Padre venerable salta de un
-pino a otro, temblando tanto, que con él tiemblan los troncos. Cuando
-se arriesga a espiar, en punto en que aumentan los bramidos, solo
-percibe en la enrollada masa de los dos monstruos, a través de una
-niebla de espuma que los chorros de sangre enrojecen, el pico de Plesio
-enterrado en el vientre muelle de Ictio, cuya cola, erguida se retuerce
-furiosamente en la palidez de los cielos espantados. ¡Nuestro Padre
-venerable esconde otra vez la faz! Un gemido de monstruosa agonía rueda
-por la playa. Las pálidas dunas se estremecen, resuenan las cavernas
-lúgubres. Sucede luego una paz muy larga, en que el ruido del mar
-Océano no es más que un consolado murmurio de alivio.
-
-Adán espía refugiado entre las ramas... El Plesio retrocediera herido
-hacia la tibia cama de un pantano. Sobre la playa yace muerto el Ictio,
-como una colina en donde las olas de la tarde se quiebran.
-
-En esto, nuestro Padre venerable deslízase cautelosamente de su pino
-y se acerca al monstruo. La arena, en derredor, está horriblemente
-revuelta; y por toda ella, en lentos surcos, en pozas oscuras, humea la
-sangre, mal chupada. Tan montañoso es el Ictio, que Adán, irguiendo la
-faz asombrada, ni alcanza a ver las púas del monstruo, erizadas a lo
-largo de aquel escarpado espinazo, al cual el pico de Plesio arrancó
-escamas más pesadas que piedras. Delante de las manos trémulas del
-Hombre, están los rasgones del vientre muelle, por donde chorrea la
-sangre, y salen las grasas, e inmensas tripas escurren, y penden fibras
-desgarradas de carne rosada... Las chatas ventanas de la nariz de
-nuestro Padre venerable se alargan y olfatean.
-
-En toda aquella tarde caminara, desde la Floresta, a través del
-Paraíso, chupando bayas, royendo raíces, comiendo los insectos de
-cáscara picante.
-
-Mas ahora el sol penetró en el mar, y Adán tiene hambre, en ese arenal
-estéril, donde solo albean cardos que el viento retuerce. ¡Oh, aquella
-carne roja, sangrienta, aún viva, que exhala un olor tan fresco y
-salino! Sus romas mandíbulas se abren ruidosamente en un bostezo
-disgustado y famélico... El Océano oscila, como adormecido... Entonces,
-irresistiblemente, Adán entierra en una de las heridas del saurio los
-dedos que lame y rechupa, blandos de grasas y sangre. El espanto de
-un sabor nuevo inmoviliza al hombre frugal que viene de las hierbas
-y de las frutas. Luego, con un salto, arremete contra las montañas de
-la abundancia, y arranca una fibra que parte y traga, gruñendo, con
-un furor y una prisa, en que hay el gozo y hay el miedo de la primera
-carne comida.
-
- * * * * *
-
-En habiendo cenado así, tajadas crudas de un monstruo marino, nuestro
-Padre venerable siente una gran sed. Los pozos que rebrillan en la
-arena son salados. Con los labios empastados de grasa y de sangre,
-pesado y triste, bajo el callado crepúsculo, Adán, atraviesa las
-dunas, reentra en las tierras, rebuscando desaladamente agua dulce.
-En aquellos tiempos de universal humedad, por todo el césped, huía y
-murmuraba un arroyo. Al cabo de un tiempo, extendido en una orilla
-lodosa, Adán bebió consoladamente, en sorbos profundos, bajo el vuelo
-espantado de moscas fosforescentes que se le prendían en la melena.
-
-Era junto a un bosque de encinas y hayas. La noche, que ya se
-adensara, ennegrecía una llanura cubierta de plantas, donde la malva
-se recostaba a la menta y el perejil al hongo ligero. En ese fresco
-espacio, penetró nuestro Padre venerable, cansado por la marcha y
-los espantos de aquella tarde del Paraíso; y apenas se extendiera
-en la alfombra olorosa, con la hirsuta faz posada sobre las palmas
-unidas, las rodillas encogidas contra el vientre distendido como un
-tambor, se sumergió en un sueño como jamás lo había tenido, todo
-poblado de sombras movientes, que eran aves construyendo una casa,
-patas de insectos tejiendo una tela, dos bichos bogando en las aguas
-arrolladoras.
-
-Cuenta la leyenda que entonces, en torno del Primer Hombre adormecido,
-comenzaron a surgir, por entre las matas bajas, hocicos olfateantes,
-finas orejas tiesas, ojitos reluciendo como botones de azabache, y
-espinazos inquietos que la emoción arqueaba, en tanto que, de las
-cumbres de las encinas y de las hayas, en un apagado estremecimiento
-de alas, se tendían picos curvos, picos retesos, picos bravíos, picos
-pensativos, todos albeando en la claridad tenue de la luna, que subía
-por detrás de los montes y bañaba las altas frondas. Después apareció
-una hiena, cojeando, maullando con lástima, en el borde del claro.
-A través de la campiña trotaron dos lobos flacos, famélicos, con
-los verdes ojos encendidos. No tardaron los leones, con las reales
-faces erguidas, soberanamente arrugadas, en una profusión de melenas
-flotantes. En confusa manada, que llegaba bufando, los cuernos de los
-aurocos entrechocaban con impaciencia los retoños palmares de las
-renas. Todos los pelos se erizaron cuando el tigre y la pantera negra,
-ondulando callada y aterciopeladamente, resbalaran, con las lenguas
-pendientes y bermejas como coágulos de sangre. De los valles, de las
-sierras, de las rocas, acudían otros, con una prisa tan ansiosa, que
-los horrendos caballos primitivos se empinaban por encima de los
-canguros y la trompa del hipopótamo, escurriendo algas, empujaba las
-ancas lentas del dromedario. Entre las patas y los cascos apiñados
-coleaban en alianza el hurón, la lagartija, la comadreja, la culebra
-fulgente que engulle a la comadreja, y la alegre mangosta que asesina
-a la culebra. Un bando de gacelas tropezaba, lastimándose las piernas
-finas contra la costra de los cocodrilos, que subían en fila del borde
-de las lagunas, con las bocas preparadas y gimiendo. Toda la planicie
-palpitaba, bajo la luna, en el muelle movimiento de dorsos apretados,
-del cual se erguía, ora el pescuezo de la jirafa, ora el cuerpo del
-boa, como mástiles náufragos balanceados entre olas. Y, en fin,
-conmoviendo el suelo, llenando el cielo, con la trompa enrollada entre
-los dientes curvos, asomó el rugoso mastodonte.
-
-Era toda la Animalidad del Paraíso que, sabiendo que el Primer Hombre
-hallábase dormido, sin defensa, en un bosque desierto, corría con la
-inmensa esperanza de destruirlo y eliminar de la tierra la Fuerza
-Inteligente, destinada a someter a la Fuerza Bruta. Sin embargo, en
-aquella pavorosa turba que humeaba, se atropellaba al borde del claro,
-en donde Adán dormía sobre la menta y la malva, ninguna fiera avanzaba.
-Relucían los fieros dientes, fieramente amenazadores; todos los cuernos
-acometían; cada garra salida despedazaba con ansia la tierra blanda;
-y los picos, desde lo alto de las ramas, atravesaban los hilos de
-la luna con picotazos hambrientos... Mas ni ave descendía, ni fiera
-avanzaba, porque al lado de Adán velaba una Figura seria y blanca, de
-blancas alas cerradas, los cabellos sujetos con un aro de estrellas, el
-pecho guardado por una coraza de diamante, y las dos refulgentes manos
-apoyadas en el puño de una espada que era de lumbre, y vivía.
-
-Despuntó la aurora con ardiente pompa, comunicando a la tierra alegre,
-a la tierra bravíamente alegre, a la tierra aún sin andrajos, a la
-tierra aún sin sepulturas, una alegría superior, más grave, religiosa y
-nupcial. Adán despertó; y restregándose los párpados, en la sorpresa de
-su despertar humano, sintió sobre el costado un peso dulce y suave. En
-aquel terror, que desde los árboles no desamparaba su corazón, saltó,
-y con tan ruidoso salto, que por la selva, los mirlos, los ruiseñores,
-las currucas, todos los pajaritos de fiesta y de amor, despertaron
-y rompieron en un canto de congratulaciones y de esperanzas. Y ¡oh
-maravilla! delante de Adán, y como despegado de él, estaba otro ser,
-a él semejante, pero más esbelto, suavemente cubierto de un pelo más
-sedoso, que lo contemplaba con grandes ojos lustrosos y líquidos. Una
-cabellera rubia, de un rubio tostado, caía en espesas ondas hasta sus
-caderas redondeadas, en una plenitud armoniosa y fecunda. De entre
-los brazos, que cruzara, surgían abundantes y erguidos los dos pechos
-de color de madroño, con un vello crespo orlando la mamila, que se
-enristraba entumecida. Y rozando, con un rozar lento, con un rozar muy
-dulce, las rodillas peladas, todo aquel sedoso y tierno ser ofrecíase
-con una sumisión embelesada y lasciva. Era Eva... ¡Eras tú, madre
-venerable!
-
-
-III
-
-Comenzaron entonces para nuestros Padres los días abominables del
-Paraíso.
-
-Su constante y desesperado esfuerzo fue sobrevivir, en medio de una
-Naturaleza que, sin cesar y furiosamente, tramaba su destrucción. ¡Adán
-y Eva pasaron esos tiempos, que los Poemas semíticos celebran como
-inefables, temblando siempre, siempre riñendo y huyendo! La tierra
-aún no era una obra perfecta; y la divina Energía, que la andaba
-componiendo, incesantemente la enmendaba, con inspiración tan móvil,
-que en un lugar cubierto al amanecer por una floresta, de noche, se
-espejaba una laguna en donde la Luna, ya doliente, venía a observar
-su palidez. ¡Cuántas veces nuestros Padres, reposando en la cuesta de
-un otero inocente, entre el serpol y el romero, Adán con el rostro
-descansando sobre el muslo de Eva, Eva con dedos ágiles espulgando
-el pelo de Adán, fueron sacudidos por la pendiente amena como por un
-dorso irritado, y rodaron, confundidos, entre el retumbo, y la llama,
-y la humareda, y la ceniza caliente del volcán que improvisara Jehová!
-Cuántas noches escaparon, aullando, de alguna abrigada caverna, cuando
-ya sobre ella corría un gran mar hinchado que bramaba, se desarrollaba,
-y quedaba hirviendo entre las rocas, con negras focas muertas bogando.
-O cuando no era el suelo, el suelo seguro, ya social y fertilizado para
-las siembras sociables, que de improviso rugía como una fiera, abría
-una insondable garganta y tragaba rebaños, prados, nacientes cosechas,
-benéficos cedros con todas las tórtolas que se arrullaban en ellos.
-
-Después eran las lluvias, las largas lluvias Edénicas, cayendo en
-chorros clamorosos, durante inundados días, durante torrentosas noches,
-tan desmedidamente que del Paraíso, vasto charco barroso, apenas
-aparecían las puntas del arbolado sumergido en el agua, y las cumbres
-de los montes llenas de bichos transidos que bramaban con el terror de
-las aguas sueltas. Entretanto, nuestros Padres, refugiados en alguna
-erguida roca, gemían lamentablemente, escurriéndoseles ríos de los
-hombros y de los pies, de modo que parecía que el barro nuevo de que
-Jehová los hiciera se estaba ya deshaciendo.
-
-Más terríficos aún eran los estíos. ¡Oh, el incomparable tormento
-de las sequías en el Paraíso! Lentos días tristes, tras lentos días
-tristes, la inmensa brasa del sol candente coruscaba furiosamente
-en un cielo de color de cobre, en que el aire bazo y espeso ardía
-y crepitaba. Los montes estallaban agrietados; y las planicies
-desaparecían bajo una ennegrecida capa de hilos retorcidos,
-enmarañados, rígidos como alambres, que eran los restos de los verdes
-pastos. Todo el manchado follaje rodaba en los vientos abrasados, con
-rugidor ruido. El lecho de los ríos chupados tenía la rigidez del
-hierro fundido. El musgo escurría por las rocas, en manera de una piel
-seca que se despega, descubriendo largos huesos. Ardía un bosque cada
-noche, hoguera restallante, de leña resequida, escaldando más la
-bóveda del horno inclemente. Estaba todo el Edén cubierto de buitres y
-cuervos, porque, con tanto animal muerto de hambre y de sed, abundaba
-la carne podrida. La poca agua que restaba en el río, movíase apenas,
-atascada por la masa hirviente de culebras, ranas, nutrias, tortugas,
-refugiadas en aquel último fundamento, lodoso y tibio. Nuestros
-Padres venerables, con las magras costillas arqueadas contra el pelo
-chamuscado, la lengua pendida y más dura que corcho, erraban de fuente
-en fuente, sorbiendo desesperadamente alguna gota que aún brotase, gota
-rara, que silbaba al caer sobre las piedras abrasadas...
-
-Así Adán y Eva huyendo del Fuego, huyendo de la Tierra, huyendo del
-Aire, empezaban la vida en el Jardín de las delicias.
-
-¡En medio de tantos peligros constantes y fragantes, era necesario
-comer! ¡Ah! ¡Comer, qué portentosa empresa para nuestros Padres
-venerables! Sobre todo, desde que Adán (y después Eva, por Adán
-iniciada) habiendo probado los deleites fatales de la carne, ya no
-encontraban sabor, ni hartura, ni decencia en los frutos, en las
-raíces y en las uvas del tiempo de su Animalidad. Las buenas carnes
-no faltaban en el Paraíso, ciertamente. Sería delicioso el salmón
-primitivo, mas nadaba alegremente en las aguas rápidas. Sería sabrosa
-la becada, o el faisán rutilante, nutridos con los granos que el
-Creador considerara buenos, mas volaban por los cielos, en triunfal
-seguridad. El conejo, la liebre... ¡qué ligeros huían por el matorral
-oloroso!... Nuestro Padre, en esos días cándidos, no poseía el anzuelo
-ni la flecha. Por eso, rondaba sin cesar en torno de las lagunas, en
-las márgenes del mar en donde casualmente encallaba bogando algún
-cetáceo muerto. Esos hallazgos de la abundancia eran raros, y la
-triste pareja humana, en sus marchas hambrientas, orillando las aguas,
-conquistaba solamente, aquí y allá, en los peñascos o en la arena
-revuelta, algún feo cangrejo en cuyo duro caparazón se desgarraban
-sus labios. Esas soledades marinas hallábanse también infestadas por
-bandos de fieras que, como Adán, esperaban que la marea arrojase los
-peces vencidos en borrasca o batalla. ¡Cuántas veces nuestros Padres,
-ya con la garra clavada en una tajada de foca o de delfín, huían
-desconsoladamente, sintiendo el paso fofo del horrendo cavernario, o el
-aliento de los osos blancos, bamboleándose por el blanco arenal, bajo
-la blanca indiferencia de la Luna!
-
-De cierto, su ciencia hereditaria de trepar a los árboles, socorrería
-a nuestros Padres en esta conquista de la presa. ¡Cuando acontecía que
-bajo el ramaje del árbol, desde donde ellos, solapadamente, espiaban,
-veían aparecer algún cabrito suelto, o una tortuga moza y bisoña
-arrastrándose hacia la hierba húmeda, tenían banquete seguro! En un
-momento, el cabrito quedaba despedazado, toda su sangre chupada en
-sorbos convulsos; y Eva, nuestra Madre fuerte, gritando sombríamente,
-arrancaba una por una, de entre la concha, las patas de la tortuga...
-¡Cuántas veces, de noche, después de ayunos angustiosos, los Elegidos
-de la Tierra, veíanse forzados a ahuyentar la hiena, con fuertes
-voces, a través de los prados, para robarle un oso fétidamente
-baboseado, que eran ya las sobras de un león harto! Sucedían días
-peores en que el hambre reducía a nuestros Padres a retrogradarse a
-la desagradable frugalidad del tiempo del Árbol; a las hierbas, a los
-brotes, a las raíces amargas, ¡conociendo así, entre la abundancia del
-Paraíso, la primera forma de la Miseria!
-
-¡En el transcurso de estos trabajos, no les desamparaba el terror de
-las fieras! Porque si Adán y Eva comían los bichos flacos y dóciles,
-ellos, al mismo tiempo, eran también una presa apetecida por todos los
-brutos superiores. Comerse a Eva, tan redonda y carnosa, fue de seguro
-el sueño de muchos tigres en los juncales del Paraíso. ¡Cuánto oso,
-ocupado en robar panales de miel en un descarnado tronco de roble, no
-se detuvo, y se balanceó, y se lamió el hocico en una gula más fina, al
-encontrarse, por detrás del ramaje, en un rebrilleo errante del sol, el
-sombrío corpachón de nuestro Padre venerable! Ni el peligro venía solo
-de las hordas hambrientas de carnívoros, mas aun de los lentos y hartos
-herbívoros, el auroco, el uros, el ciervo-elefante, que alegremente
-cornearían y maltratarían a nuestros Padres, por estupidez, desemejanza
-de raza y olor, empleo de vida ociosa. Y aumentábanse aún los que
-mataban y no podían matárseles, porque Miedo, Hambre y Furor, fueron
-las leyes de la vida en el Paraíso.
-
-Claro está que nuestros Padres eran también feroces, de fuerzas
-tremendas, y perfectos en el arte salvador de trepar a las cimas
-frondosas. ¡Mas el leopardo saltaba de rama en rama, sin rumor, con
-una destreza más segura y felina! La boa llegaba con la cabeza hasta
-los vástagos extremos del más levantado cedro para coger los monos, y
-bien podía engullirse a Adán, con aquella obtusa incapacidad que las
-boas tuvieron siempre para distinguir, bajo la similitud de las formas,
-la diversidad de los méritos. ¿De qué valían las garras de Adán, aun
-aliadas a las garras de Eva, contra esos pavorosos leones del Jardín de
-las delicias que la zoología, todavía hoy horripilada, llama el _Leo
-Anticus_? ¿O contra la hiena de las cavernas, tan osada, que en los
-primeros días del génesis, los Ángeles, cuando descendían al Paraíso,
-caminaban siempre con las alas plegadas, por temor de que ella,
-saltando de entre los bambús, no les arrancase las plumas refulgentes?
-¿O contra los perros, los horrendos perros del Paraíso, que atacando en
-cerradas y ululantes huestes, fueron, en los comienzos del Hombre, los
-peores enemigos del Hombre?
-
-Entre toda esta animalidad adversa, Adán no contaba un aliado;
-sus propios parientes, los Antropoides, envidiosos y farsantes,
-le apedreaban con enormes cocos. Solo un animal, y formidable,
-conservaba por el Hombre una majestuosa y pachorrienta simpatía.
-Era el Mastodonte. Mas la anublada inteligencia de nuestro Padre,
-en esos días Edénicos, aún no comprendía la bondad, la justicia, el
-servicial corazón del paquidermo admirable. Por lo cual, cierto de su
-flaqueza y de su aislamiento, vivió durante esos trágicos años, en un
-ansiado terror. Tan ansiado y largo, que su miedo, como una continua
-ondulación, se perpetuó por toda su descendencia, y es el viejo miedo
-de Adán que nos torna inquietos, cuando atravesamos el matorral más
-seguro en la soledad crepuscular.
-
-Y luego consideremos que aún restaban por el Paraíso, entre bichos
-de formas racionales, pulidas, ya preparadas para la prosa noble de
-Mr. de Buffon, algunos de los grotescos monstruos que deshonraron a
-la Creación antes de la madrugada purificadora del 25 de octubre.
-Seguramente Jehová evitó a Adán el degradante honor de vivir en
-el Paraíso en compañía de ese escandaloso engendro a que los
-Paleontologistas, asombrados, dieron el nombre de Iguanodon. En la
-víspera del advenimiento del Hombre, Jehová, muy benévolamente, ahogó
-todos los Iguanodones en el lodo de un pantano, en un rincón escondido
-del Paraíso, donde hoy se extiende Flandres. Pero Adán y Eva aún
-conocieron los Pterodáctilos. ¡Oh, los Pterodáctilos!... Cuerpos de
-Jacaré, escamosos y emplumados; dos lúgubres, negras, carnudas alas de
-murciélago; un pico disparatado, más gordo que el cuerpo, tristemente
-caído, erizado de cientos de dientes, finos como los de una sierra.
-¡Y no volaba! Descendía con las alas muelles y mudas, y en ellas
-arrebujaba la presa como en un paño viscoso y helado para partirla en
-pedazos con los estallantes golpes de sus mandíbulas fétidas. Este
-funambulesco avechucho enturbiaba el cielo del Paraíso con la misma
-abundancia con que los mirlos o las golondrinas cruzan los santos aires
-de Portugal. Torturados los días de nuestros Padres venerables, nunca
-su pobre corazón se agitaba tanto como cuando del lado de allá de los
-montes veníase despeñando con siniestro estridor de alas y picos el
-vuelo de los Pterodáctilos. ¿Cómo sobrevivieron nuestros Padres en
-este Jardín de las delicias? ¡Indudablemente brilló y trabajó mucho la
-espada del Ángel que los guardaba!
-
- * * * * *
-
-¡Pues bien, amigos míos! A todos estos furiosos seres debe el hombre su
-carrera triunfal. Sin los Saurios, y los Pterodáctilos, y la Hiena de
-las cavernas, y el horripilante terror que esparcían, y la necesidad de
-tener, contra su ataque, siempre bestial, una defensa siempre racional,
-la Tierra permanecería siendo un temeroso Paraíso, en donde erraríamos
-todos, desgreñados y desnudos, chupando por las márgenes de los mares,
-las grasas crudas de los monstruos naufragados. Al encogido miedo de
-Adán débese la supremacía de su descendencia. El bicho perseguidor fue
-quien le forzó a subir a las cumbres de la Humanidad. ¡Bien sabedores
-de los orígenes se muestran los poetas Mesopotámicos del génesis en
-aquellos sutiles versículos en que un animal, y el más peligroso, la
-Serpiente, lleva a Adán, por amor de Eva, a coger el fruto del saber!
-Si no rugiese en otro tiempo el León de las cavernas, no trabajaría hoy
-el Hombre de las ciudades, porque la civilización nació del desesperado
-esfuerzo defensivo contra lo Inanimado y lo Inconsciente. Realmente,
-la sociedad es la obra de la fiera. Que la Hiena y el Tigre, en el
-Paraíso, comenzasen por acariciar lánguidamente el hombro peludo de
-Adán con pata amiga, y Adán habríase hecho hermano del Tigre y de la
-Hiena, compartiendo con ellos sus chozas, sus presas, sus ocios y sus
-gustos bravíos, y la Energía inteligente que le había hecho descender
-del Árbol, a seguida se apagaría, dentro de su brutalidad inerte, a la
-manera que se apaga el fuego, aun entre ramas secas, si un frío soplo,
-viniendo de un agujero oscuro, no lo estimula a vivir para vencer la
-frigidez y la oscuridad.
-
-Y una tarde (como enseñaría el exacto Usserius), saliendo Adán y Eva de
-la espesura de un bosque, un oso enorme, el Padre de los Osos, apareció
-delante de ellos, irguió las negras patas, abrió la boca sangrienta...
-Y estando así, cogido, sin refugio, en la apresurada ansia de defender
-a su hembra, el Padre de los Hombres lanzó contra el Padre de los Osos
-el cayado en que se apoyaba, un fuerte retoño de teca, arrancado en el
-bosque, que terminaba en punta aguda... Y el palo atravesó el corazón
-de la fiera.
-
- * * * * *
-
-¡Ah! Verdaderamente, desde esa bendita tarde hubo sobre la tierra un
-Hombre.
-
-Ya era un Hombre, y superior, cuando dio un paso espantado y arrancó
-el palo del pecho del monstruo extendido, y le miró la punta, que
-goteaba sangre, con la frente toda arrugada, en el afán de comprender.
-Resplandecieron sus ojos en un deslumbrado triunfo. Adán comprendiera...
-
-¡Ni se cuidó siquiera de la buena carne del oso! Retornó a la floresta,
-y durante toda la tarde, en tanto la luz se arrastró por las frondas,
-arrancó ramas a los troncos cautelosamente, diestramente, de modo
-que las puntas rompiesen bien afiladas y agudas. ¡Ah! ¡Qué soberbio
-estallar de astas por el hondo bosque, a través de la frescura y
-de la sombra para la obra de la primera Redención! Selva amable,
-que fuiste la primera fábrica, ¡quién supiera en dónde yaces, en tu
-secular sepultura, tornada negro carbón!... Cuando salieron del bosque,
-humeando de sudor para retraerse a la choza distante, nuestros Padres
-venerables se humillaban bajo el peso glorioso de dos grandes haces de
-armas.
-
-Desde entonces no cesan los hechos del Hombre. Los cuervos y los
-chacales aún no habían descarnado la osamenta del Padre de los Osos,
-y ya nuestro Padre raja una punta de su cayado victorioso; entablilla
-en la hendedura uno de esos guijarros afilados y picudos, en los
-cuales a las veces se herían sus patas, descendiendo a la orilla de
-los ríos, y asegura el fino astillazo en la raja, con las vueltas muy
-apretadas de una fibra de enredadera seca. ¡Y he aquí la lanza! Como
-esas piedras no abundan, Adán y Eva ensangrientan las garras, tentando
-hendir los pedruscos redondos de sílex en astillas cortas de manera que
-vengan perfectas, con punta y con filo para rasgar y clavar. Resístese
-la piedra, poco deseosa de ayudar al Hombre, al cual, en los días
-genesíacos del grande octubre, quisiera suplantar (como cuentan las
-prodigiosas crónicas de Backun). Mas de nuevo ilumínase la faz de Adán,
-con una idea que la surca, como chispa emanada de la Eterna Sabiduría.
-Coge un pedrusco, bate la roca, arranca la astilla... ¡Y he aquí el
-martillo!
-
-Pasado algún tiempo, en otra tarde bendita, costeando una oscura y
-bravía colina, avizora, con aquellos ojos que ya rebuscan y comparan,
-un guijarro negro, áspero, facetado, sombríamente lúcido. Se asombra
-de su peso, y a seguida presiente en él un mazo superior, de decisiva
-dureza. ¡Con qué alborozo lo lleva, agarrado contra el pecho, para
-romper el sílex rebelde! Adán acudió a la orilla del río, en donde Eva
-le esperaba, y martilleó reciamente sobre el pedernal... ¡Oh, espanto!
-¡Salta una chispa, refulge, muere! ¡Ambos retroceden, se miran con un
-terror casi sagrado! Es una luz, una luz viva, que arrancó él mismo con
-sus manos de la roca bruta, semejante a la luz que radia de entre las
-nubes. Bate de nuevo, temblando. La chispa brilla, la chispa pasa, y
-Adán remira y olfatea el oscuro guijarro. No comprende. Nuestros Padres
-venerables, pensativos, con los cabellos al viento, tomaron la vuelta
-de la choza acostumbrada, que se halla en la pendiente de un cerro,
-junto a una fuente que borbotea entre helechos.
-
-Pero a solas, Adán, en su retiro, con una curiosidad en donde late una
-esperanza, de nuevo entablilla el sílex, grande como una calabaza,
-entre los callosos pies, y recomienza a martillear, bajo el aliento de
-Eva, que apoyada de bruces, sopla. La chispa salta siempre, y rebrilla
-en la sombra, tan refulgente como aquellas luces que ahora palpitan,
-miran, desde allá, de las alturas. Pero aquellas luces permanecen,
-a través de la negrura del cielo y de la noche, vivas, espiando en
-su radiación. Y aquellas estrellitas de piedra, apenas viven, y ya
-mueren... ¿Se las llevaría el viento, que se lleva todo, voces, nubes
-y hojas? Para huir del viento malévolo que ronda en el monte, nuestro
-Padre venerable se alonga hasta el fondo más abrigado de la caverna,
-en donde se afofan las capas de heno muy seco, que forman su lecho.
-De nuevo hiere la piedra, despidiendo chispa tras chispa, en tanto
-Eva, agachada, abriga con las manos aquellos refulgentes y fugitivos
-seres. Estando en esto, he aquí que del heno se eleva una columnita de
-humo, que aumenta, se enrosca, y a través de la cual, rojea y resalta
-una llama... ¡Es el fuego! Nuestros Padres huyen desoladamente de la
-caverna, oscurecida por una humareda olorosa, en donde flamean alegres,
-rutilantes lenguas, que lamen la roca. Acurrucados en la puerta de la
-choza, ambos, tomados del pasmo y terror de su obra, míranse, con los
-ojos llorosos por el humo acre; mas a pesar del susto y del espanto,
-sienten una nueva dulzura que los penetra y que de seguro viene de
-aquella luz y de aquel calor... Ya el humo se escapó de la caverna;
-el viento robador se lo llevó. Arrástranse las llamas, inciertas y
-azuladas; a poco, solo resta una ceniza mezclada con algunas brasas que
-palidece, y se abate hecha carbón: la última chispa corre, se estremece
-y pasa. ¡Murió el fuego! Entonces, en el alma naciente de Adán, entra
-el dolor de una ruina. Chupa desesperadamente los grandes labios y
-gime. ¿Sabrá jamás recomenzar el hecho maravilloso?... Nuestra madre,
-ya consoladora, es quien le consuela con sus rudas manos conmovidas,
-porque realiza su primera obra sobre la tierra; junta otro montón de
-heno seco, coloca encima el sílex redondo, toma el oscuro guijarro,
-bate fuertemente, produciendo un chispear de estrellitas, y de nuevo
-se inicia el humo y otra vez refulge la llama. ¡Oh, triunfo, he ahí la
-hoguera, la hoguera inicial del Paraíso, y no casualmente nacida, sino
-encendida por una clara voluntad, que ahora, para todo, y siempre, cada
-día y cada mañana, podrá repetir con seguridad la hazaña suprema!
-
-A nuestra madre venerable pertenece, desde entonces, en la choza, la
-dulce y augusta tarea de la Lumbre. Ella la cría, la nutre, ella la
-defiende, ella la perpetúa. Como madre deslumbrada, va descubriendo
-día por día, en ese resplandeciente hijo de sus cuidados, una virtud
-o gracia nuevas. Ahora ya sabe Adán que su fuego espanta a todas las
-fieras, y que, al fin, existe en el Paraíso una cueva segura, que es
-la suya. No solo segura, sino amable, porque el fuego la alumbra, la
-calienta, la alegra y la purifica. Así que cuando Adán, con un haz de
-lanzas, desciende a la planicie o se embreña en la selva para cazar,
-ya mata con ansia redoblada, a fin de retornar lo más pronto a aquella
-seguridad y consolación de la lumbre. ¡Ah, qué dulcemente le penetra, y
-le seca en el cabello la frialdad de las matas, y dora como un sol los
-peñascos de su choza! Y, además, le cautiva los ojos, y lo exalta, y lo
-guía en un soñar fecundo, en que inspiradamente se le aparecen formas
-de flechas, martillos con mango, gruesos cuervos que pescan los peces,
-astillas dentadas que sierran el palo... ¡A su fuerte hembra debe Adán
-esta hora creadora!
-
-¡Y cuánto no le debe la Humanidad! Recordemos, hermanos, que nuestra
-Madre, con aquella adivinación superior que más tarde la tornó
-Profetisa y Sibila, no vaciló, cuando la serpiente le dijo, coleando
-entre las Rosas: «¡Come del fruto del saber, que tus ojos se abrirán, y
-serás como los Dioses sabios!» Adán se habría engullido la serpiente,
-bocado más suculento. Es de creer que no tendría mucha fe en frutos
-que comunican la Divinidad y Sapiencia, quien, como él, tanta fruta
-comiera en los árboles, y se conservaba ignorante y bestial como el
-oso y el auroco. En cambio, Eva, con la sublime credulidad que siempre
-en el mundo opera las transformaciones sublimes, a seguida se comió la
-manzana, la cáscara y la pepita. ¡Y persuadiendo a Adán a que tomase
-parte del transcendente fruto, muy dulce y enredosamente le convenció
-del provecho, de la felicidad, de la gloria y de la fuerza que da
-el saber! Esta alegoría de los poetas del génesis, nos revela, con
-espléndida sutileza, la inmensa obra de Eva, en los años dolorosos
-del Paraíso. Solo por ella continúa Dios la Creación superior, la del
-Reino espiritual, la que desarrolla sobre la tierra el lar, la familia,
-la tribu, la ciudad. ¡Eva es quien cimenta y bate las grandes piedras
-angulares en la construcción de la Humanidad!
-
-¡Si no, ved! Cuando el bravío cazador retráese a la caverna, derrengado
-bajo el peso de la caza muerta, oliendo toda a selva y a sangre, y
-a fiera, él es seguramente el que desuella la res, y la corta en
-pedazos, descarna los huesos (que ávidamente guarda bajo el muslo,
-y reserva para su ración porque contienen la molleja preciosa), mas
-Eva junta esa piel, cuidadosamente, con las otras pieles almacenadas;
-esconde los huesos partidos, porque sus astillas agudas clavan y
-agujerean, y en una fresca cavidad de roca guarda la carne que sobró.
-Al cabo de un tiempo, una de esas abundantes tajadas olvídase, caída
-cerca de la hoguera perpetua. Extiéndese la lumbre, y lame lentamente
-la carne por el lado más gordo, hasta que un olor, desconocido y
-sabroso, agasaja y alarga las rudas ventanas de la nariz de nuestra
-Madre venerable. ¿De dónde viene el gustoso aroma? Del fuego, en el
-cual la tajada de venado o de liebre está entre ascuas y rechina.
-Entonces Eva, inspirada y grave, empuja la carne para la brasa viva;
-y espera, arrodillada, hasta que la espeta con la punta de un hueso,
-la retira de la llama ruidosa, y se la come, en sombrío silencio. Sus
-ojos brillantes anuncian otra conquista. ¡Y con la misma prisa amorosa
-con que ofreciera a Adán la manzana, le presenta ahora aquella carne
-tan diferente, que él huele desconfiado y después devora a dentelladas
-abiertas, roncando de gozo! ¡Y he aquí, cómo por medio de este pedazo
-de gamo asado, nuestros Padres suben victoriosamente otro escalón de la
-Humanidad!
-
-El agua todavía la beben en el manantial vecino, entre los helechos,
-con la faz sumergida en la vena clara. Después de beber, Adán,
-arrimado a su enorme lanza, mira a lo lejos el discurrir lento del
-río, los montes coronados de nieve o de fuego, el sol sobre el mar,
-pensando, con arrastrado pensar, si en esas tierras que se extienden
-y se esconden más allá, la presa será más cierta y las selvas menos
-cerradas. Eva retorna luego a la caverna, para entregarse, sin
-descanso, a una tarea que la encanta. Enovillada en el suelo, toda
-atenta bajo la melena crespa, nuestra Madre hace, con un huesecito
-agudo, finos agujeros en la orla de una piel, y luego en la orla
-de otra piel. Tan embebida se halla en su labor, que no siente a
-Adán entrar y revolver en sus armas, mientras une las dos pieles
-sobrepuestas, pasando a través de los agujeros una delgada fibra de
-algas, que secan delante del fuego. Adán considera con desdén ese
-trabajo menudo que no aumenta fuerza a su fuerza. ¡El bruto Padre no
-presiente aún que aquellas pieles cosidas serán el resguardo de su
-cuerpo, la armazón de su tienda, el saco de su ropa, el odre de su agua
-y el tambor en que bata cuando sea un guerrero, y la página en que
-escriba cuando sea un Profeta!
-
-Otros gustos y modos de Eva también le irritan; y a las veces, con
-una inhumanidad que ya es toda humana, nuestro Padre agarra por los
-cabellos a su hembra y la derriba y la pisa bajo la pata callosa; un
-furor así, le tomó una tarde, viendo, en el regazo de Eva, sentada
-delante de la hoguera, un cachorrito flojo y renco, que ella, con
-cariño y paciencia, enseñaba a chupar en una fibra de carne fresca. Al
-borde de la fuente descubriera el cachorrito perdido y gañendo, y muy
-mansamente lo recogiera, lo calentara, lo alimentara, con una sensación
-que le era dulce, y le abría en la espesa boca, aún mal sabedora de
-sonreír, una sonrisa de maternidad. Nuestro Padre venerable, con las
-pupilas relucientes, lanza la garra y pretende devorar al cachorro que
-entrara en su choza. Mas Eva defiende al animalito, que tiembla y la
-lame. ¡El primer sentimiento de caridad, informe como la primera flor
-que brotó de las algas, aparece en la tierra! Con las cortas y gangosas
-voces que eran el habla de nuestros Padres, Eva intenta acaso afianzar
-que será útil la amistad de un bicho en la caverna del hombre... Adán
-chúpase el labio trompudo. Después, en silencio, mansamente, corre los
-dedos por el lomo blando del cachorrito encogido. ¡En la Historia, este
-es un momento espantoso! ¡He aquí que el Hombre domestica al Animal! De
-ese cachorro agasajado en el Paraíso, nacerá el perro amigo, por él la
-alianza con el caballo, después el dominio sobre la oveja. El rebaño
-crecerá; el pastor lo llevará; el perro fiel lo guardará. Junto a la
-lumbre, Eva prepara los pueblos errantes que pastorearán los ganados.
-
-Después, en aquellas largas mañanas en que el bravío Adán cazaba, Eva,
-errando por los valles y los montes, cogía conchas, huevos de aves,
-curiosas raíces, semillas, por el gusto de acumular, de abastecer su
-choza de nuevas riquezas, que escondía en las hendeduras de la roca.
-
-Sucedió que un puñado de esas semillas cayera, por entre sus dedos,
-sobre la tierra húmeda y negra, cuando se recogía por el borde de la
-fuente. Brotó una puntita verde; después creció una vara; más tarde,
-maduró una espiga. Sus granos son gustosos. Eva, pensativa, entierra
-otras semillas con la esperanza de crear en torno de su lar, en un
-pedazo de su terreno, altas hierbas que frutezcan y le traigan el grano
-endulzado y tierno...
-
-¡Y he ahí la siembra! Del fondo del Paraíso, nuestra Madre hace
-posibles los pueblos estables que labrarán la tierra.
-
- * * * * *
-
-Entretanto, bien podemos suponer que nació Abel, y, unos detrás de
-otros, deslízanse los días en el Paraíso, más seguros y fáciles.
-Lentamente vanse apagando los volcanes. Las rocas ya no se despeñan
-con fragor sobre la inocente abundancia de los valles. Discurren
-tan amansadas las aguas, que en su transparencia se miran, con
-demora y cuidado, las nubes y las ramas de los olmos. Raras veces un
-Pterodáctilo macula, con el escándalo de su pico y de sus alas, los
-cielos, en donde el sol alterna con la bruma, y los estíos se franjan
-de lluvias ligeras. En esta tranquilidad que se establece hay como
-una sumisión consciente. El Mundo presiente y acepta la supremacía
-del hombre. Ya no arde la floresta con la ligereza del rastrojo,
-sabiendo que muy pronto el Hombre le pedirá la estaca, la madera, el
-remo, el palo. En las gargantas de la Sierra, el viento se disciplina
-blandamente, y ensaya los soplos regulares con que trabajará la piedra
-del molino. El mar ahogó sus monstruos, y estira el dorso preparado,
-que le ha de cortar la quilla. La tierra hace estable su suelo, para
-cuando llegue el arado y la semilla. Y todos los metales se alinean en
-filón, y se disponen alegremente para el fuego que les ha de dar forma
-y belleza.
-
-Por la tarde, Adán toma la vuelta de la choza contento, con caza
-abundante. El hogar flamea y alumbra la faz de nuestro Padre, que el
-esfuerzo de la vida embelleció, en donde ya los labios se adelgazan,
-y la cabeza se llenó con el lento pensar, y los ojos sosiegan, con un
-brillo más seguro. El cordero, espetado en un palo, se asa y gotea en
-las brasas. Posan en el suelo cortezas de coco llenas de agua clara
-de la fuente. Una piel de oso tornó blando el lecho de los helechos.
-Otra piel, colgada, abriga la boca de la caverna. En un rincón, que es
-el almacén, están los montones de sílex y el martillo, y en otro, que
-es el arsenal, están las lanzas y los huesos. Eva tuerce los hilos de
-una lana de cabra. Sobre un montón de hojas, junto a la lumbre, duerme
-Abel, muy gordo, todo desnudo, con un pelo más ralo en una carnecilla
-más blanca. Participando del montón de hojas y del mismo calor, vela
-el perro, ya crecido, con el mirar amable y el hocico entre las patas.
-¡Y Adán (¡Oh, extraña tarea!) muy absorto, intenta grabar, con la
-punta de una piedra, sobre un ancho hueso, los cuernos, el dorso y las
-piernas estiradas de un ciervo corriendo!... Estalla la leña. Todas
-las estrellas del cielo están presentes. Dios, pensativo, contempla el
-crecer de la Humanidad.
-
- * * * * *
-
-Y ahora que encendí, en la noche estrellada del Paraíso, con vástagos
-bien secos del Árbol de la Ciencia, este verídico lar, consentid que os
-deje, ¡oh Padres venerables!
-
-Ya no temo que la Tierra inestable os aplaste, o que las fieras
-superiores os devoren, o que, apagada, a la manera de una lámpara
-imperfecta, la Energía que os traje de la Floresta, os retrogradéis
-a vuestro Árbol ¡Ya sois irremediablemente humanos, y, mañana por
-mañana, progresaréis, con tan poderoso arrojo, para la perfección del
-Cuerpo y esplendor de la Razón, que en breve, dentro de unas centenas
-de millares de cortos años, Eva será la hermosa Helena, y Adán será el
-inmenso Aristóteles!
-
-¡Mas no sé si os felicite, oh Padres venerables! Otros hermanos
-vuestros quedaron en la espesura de los árboles, y su vida es dulce.
-El orangután despierta todas las mañanas entre sus sábanas de hojas,
-sobre el fofo colchón de musgo que él, con cuidado, acamó por encima
-de un catre de ramas olorosas. Lánguidamente, sin recelos, desperézase
-en la molicie del musgo, escuchando las límpidas arias de los pájaros,
-gozando los hilos del sol que se enmarañan por entre el encaje de
-las hojas y lamiendo en el pelo de sus brazos el orvallo azucarado.
-Después de rascarse y refregarse bien, sube con pachorra al árbol
-dilecto, que eligió entre todos los del bosque por su frescura y
-por la elasticidad balanceadora de su ramaje. Desde allí, habiendo
-respirado la brisa cargada de aromas, salta, con rápidos brincos, a
-través de las siempre fáciles, siempre hartas despensas del bosque, en
-donde almuerza bananas, mangos, guayaba y todos los delicados frutos
-que le tornan tan sano y ajeno a males como los árboles en los cuales
-los cogió. Recorre luego sociablemente las calles y las callejuelas
-parleras de la espesura; cabriolea con diestros amigos en amables
-juegos de fuerza y ligereza; galantea a las orangutanas gentiles que
-le buscan, y, suspendidas con él de un columpio florido, se balancean
-charlando; trota, entre alegres bandos, por la margen de las aguas
-claras, o, sentado en la punta de una rama, escucha a algún viejo y
-facundo chimpancé contar divertidas historias de caza, de viajes, de
-amores y de mofas a las fieras pesadas que circulan por el césped y
-no pueden trepar; se recoge temprano a su árbol y, extendido en la
-hojosa red, se abandona blandamente a la delicia de soñar, en un sueño
-despierto, semejante a nuestras Metafísicas y a nuestras Epopeyas,
-sino que, rodando todo sobre sensaciones reales, es, al contrario de
-nuestros inciertos sueños, un sueño hecho todo de certeza. Lentamente,
-la Floresta se calla; la sombra adénsase entre los troncos, y el
-orangután, dichoso, retorna a su catre de musgo y se adormece en la
-inmensa paz de Dios, de Dios, al cual nunca se cansó en comentar,
-ni siquiera en negar, y que todavía derrama sobre él, con imparcial
-cariño, los bienes enteros de su misericordia.
-
-De esta manera ocupó su día el orangután en los árboles. En tanto,
-¿cómo gastó el suyo, en las ciudades, el Hombre, primo del orangután?
-¡Sufriendo, por tener los dones superiores que faltan al orangután!
-¡Sufriendo, por arrastrar consigo, irrevocablemente, ese mal incurable
-que es su alma! Sufriendo, porque nuestro Padre Adán, en el terrible
-día 23 de octubre, después de avizorar y olfatear el Paraíso, no
-osó declarar reverentemente al Señor: «¡Muchas gracias, oh mi dulce
-Creador; da el gobierno de la Tierra a quien mejor eligieres, al
-elefante o al canguro, que yo por mí, un poco más avisado, vuelvo ya
-para mi árbol!...»
-
-Mas, en fin, ya que nuestro Padre venerable no tuvo la prevención o
-la abnegación de declinar la grande supremacía, continuemos reinando
-sobre la creación y siendo sublimes... Sobre todo, continuemos usando,
-insaciablemente, del don mejor que Dios nos concedió entre todos los
-dones, el más puro, el único genuinamente grande: el don de amarle,
-pues que no nos concedió también el don de comprenderle. Y no olvidemos
-que Él ya nos enseñó, a través de voces levantadas en Galilea y bajo
-los mangles de Veluvana, y en los valles severos de Yen-Chou, que la
-mejor manera de amarle es que unos a otros nos amemos, y que amemos
-toda su obra, hasta el gusano, y la roca dura, y la raíz venenosa,
-y hasta esos vastos seres que no parecen necesitar de nuestro amor,
-esos Soles, esos Mundos, esas diseminadas Nebulosas que, inicialmente
-encerradas, como nosotros, en la mano de Dios, y hechas de nuestra
-sustancia, ni nos aman, ni tal vez nos conocen.
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-UN POETA LÍRICO
-
-
-Aquí está, sencillamente, sin frases y adornos, la triste historia del
-poeta Korriscosso. De todos los poetas líricos de que tengo noticia,
-este es, ciertamente, el más infeliz. Le conocí en Londres, en el hotel
-de Charing-Cross, en un amanecer helado de diciembre. Había yo llegado
-del Continente, desfallecido por dos horas de Canal de la Mancha...
-¡Ah, qué mar! Y eso que era solo una brisa fresca del Noroeste; mas
-allí, en la cubierta, por debajo de una capa de hule, con la cual un
-marino me había cubierto como se cubre un cuerpo muerto, fustigado por
-la nieve y por las olas, oprimido por aquella tiniebla tumultuosa que
-el barco iba rompiendo a estruendos y encontrones, parecíame un tifón
-de los mares de la China...
-
-Apenas entré en el hotel, helado y aún mal despierto, corrí a la vasta
-chimenea del _hall_ y allí quedé saturándome de aquella paz caliente
-en que estaba la sala adormecida, con los ojos beatíficamente puestos
-en la buena brasa escarlata. Y estando así fue cuando vi aquella
-figura flaca y larga, ya de frac y corbata blanca, que del otro lado
-de la chimenea, en pie, con la taciturna tristeza de una cigüeña
-pensativa, miraba también los carbones ardientes, con una servilleta
-debajo del brazo. Mas el portero había cogido mi equipaje y fue a
-inscribirme en el _bureau_. La tenedora de libros, tiesa y rubia, con
-un perfil anticuado de medalla usada, dejó su crochet al lado de su
-taza de té, acarició con un gesto dulce sus dos bandos rubios, escribió
-correctamente mi nombre, con el dedo meñique erecto, haciendo rebrillar
-un diamante, y ya me encaminaba hacia la amplia escalera, cuando la
-figura magra y fatal se dobló en un ángulo, murmurándome en un inglés
-silabeado:
-
---Ya está servido el desayuno de las siete...
-
-Yo no quería el desayuno de las siete, y me fui a dormir.
-
-Más tarde, ya reposado, fresco del baño, cuando descendí al restorán
-para el _lunch_, a seguida eché de ver, plantado melancólicamente al
-pie de la ancha ventana, al individuo flaco y triste. La sala estaba
-desierta, con una luz parda; las chimeneas bramaban; del lado de fuera
-de los ventanales, en el silencio de domingo, en las calles mudas,
-la nieve caía sin cesar de un cielo amarillento y empañado. Yo veía
-apenas la espalda del hombre; mas advertíase en su línea magra y un
-poco doblada una expresión tan evidente de desaliento, que me interesé
-por aquella figura. El cabello largo, de tenor, caído sobre el cuello
-del frac, era, manifiestamente, de un meridional, y toda su flacura
-friolenta se encogía ante el aspecto de aquellos tejados cubiertos de
-nieve, en la sensación de aquel silencio lívido... Le llamé. Cuando se
-volvió, su fisonomía, que apenas entreviera la víspera, impresionome:
-era una cara larga y triste, muy morena, de nariz judaica, y una barba
-corta y rizada, una barba de Cristo en estampa romántica; la cabeza era
-de estas que, en buena literatura, se llama, creo yo, _frente_; era
-larga y lustrosa. Tenía el mirar hundido y vago, con una indecisión de
-sueño nadando en un fluido enternecido... ¡Y qué magrez! Andando, el
-calzón corto torcíase en torno de la canilla, como arrugas de bandera
-alrededor del asta; el frac tenía dobleces de amplia túnica; los dos
-faldones, agudos y largos, eran desgraciadamente grotescos. Recibió la
-orden de mi almuerzo sin mirarme, con un tedio resignado; arrastrose
-hasta el _comptoir_ en donde el _maître d’hôtel_ leía la _Biblia_, se
-pasó la mano por la cabeza con un gesto errante y doliente, y díjole
-con una voz sorda:
-
---Número 307. Dos chuletas. Té...
-
-El _maître d’hôtel_ alargó la _Biblia_, inscribió el menú, y yo me
-acomodé en la mesa y abrí el volumen de Tennyson que trajera para
-almorzar conmigo --porque creo que les dije que era domingo, día sin
-periódicos y sin pan fresco. Afuera continuaba nevando sobre la ciudad
-muda. En una mesa distante, un viejo color de ladrillo, y de cabello y
-de barbas blancas, que acababa de almorzar, dormitaba, con las manos
-descansando en el vientre, la boca abierta, y unas gafas en lo más
-avanzado de la nariz. El único rumor que venía de la calle era una
-voz gimiente que la nieve sofocaba más, una voz mendicante que en la
-esquina contigua garganteaba un salmo... Un domingo de Londres.
-
-El magro fue quien me trajo el almuerzo: apenas se aproximó, comprendí
-en seguida que aquel volumen de Tennyson en mis manos, le había
-interesado e impresionado; fue un mirar rápido, golosamente pasado
-por la página abierta, un estremecimiento casi imperceptible, emoción
-fugitiva de cierto, porque después de haber dejado el servicio, giró
-sobre los tacones y fue a plantarse, melancólicamente, junto a la
-ventana, con los ojos tristes, perdidos en la nieve triste. Yo atribuí
-aquel movimiento curioso al esplendor de la encuadernación del volumen,
-que eran _Los Idilios del Rey_, en marroquín negro, con el escudo de
-armas de Lançarote del Lago, el pelícano de oro sobre un mar de sinople.
-
-A la noche partí en el expreso para Escocia, y aún no había pasado
-York, adormecido en su gravedad episcopal, cuando ya me olvidara del
-criado novelesco del restorán de Charing-Cross: mas de allí a un mes,
-al volver a Londres, entrando en el restorán, y reviendo aquella figura
-lenta y fatal atravesar con un plato de _roast-beef_ en una de las
-manos y en la otra un _pudding_ de batata, sentí renacer el antiguo
-interés. Y en esa misma noche, tuve la singular felicidad de saber su
-nombre y de entrever un fragmento de su pasado. Era ya tarde, y yo
-volvía de _Covent-Garden_, cuando en el _hall_ del hotel encontré,
-majestuoso y próspero, a mi amigo Bracolletti.
-
-¿No conocen a Bracolletti? Su presencia es formidable; tiene la
-amplitud panzuda, la densa barba negra, la lentitud, el ceremonial
-de un pachá gordo; mas esta poderosa gravedad turca está amenizada
-en Bracolletti, por la sonrisa y por el mirar. ¡Qué mirar! Un mirar
-dulce, que me hace recordar el de los animales de la Siria: es el
-mismo enternecimiento. Parece errar en su fluido suave la religiosidad
-afable de las razas que dan los Mesías... ¡Y la sonrisa! La sonrisa de
-Bracolletti es la más completa, la más perfecta, la más rica de las
-expresiones humanas; hay finura, inocencia, bondad, abandono, dulce
-ironía, persuasión en aquellos dos labios que se abren y dejan brillar
-un esmalte de dientes de virgen... ¡Ah, pero también esta sonrisa en la
-fortuna de Bracolletti!
-
-Moralmente, Bracolletti es un hábil. Nació en Esmirna, de padres
-griegos; es todo lo que revela; por lo demás, cuando se le pregunta por
-su pasado, el buen griego bambolea un momento la cabeza, esconde bajo
-los párpados cerrados con inocencia sus ojos mahometanos, desabrocha la
-sonrisa de una dulzura capaz de tentar a las abejas, y murmura, como
-anegado en bondad y en enternecimiento:
-
---_¡Eh! ¡mon Dieu!... ¡Eh! ¡mon Dieu!..._
-
-Nada más. Parece, sin embargo, que viajó, porque conoce el Perú, la
-Crimea, el Cabo de Buena Esperanza, los países exóticos, tan bien como
-_Regent-Street_: mas es evidente para todos que su existencia no fue
-tejida como la de los vulgares aventureros de Levante, de oro y estopa,
-de esplendores y mezquindades; es un gordo, y, por tanto, un prudente:
-su magnífico solitario nunca dejó de brillarle en el dedo: ningún
-frío le sorprendió jamás sin un abrigo de pieles de dos mil francos; y
-ni una sola semana deja de ganar, en el _Fraternal Club_, del cual es
-miembro querido, sus diez libras al whist. Es un fuerte.
-
-Tiene una debilidad. Es singularmente goloso de niñitas de doce a
-catorce años: le gustan flacuchas, muy rubias y que hablen mal.
-Colecciónalas como pajaritos en jaula, metiéndoles la papilla en el
-pico, oyéndolas parlotear todo baboso, animándolas a que le roben los
-_shillings_ del bolsillo, gozando el desenvolvimiento de los vicios en
-aquellas flores, poniéndoles al alcance las botellas de _gin_ para que
-los angelitos se emborrachen; y cuando alguna, excitada por el alcohol,
-con el cabello al aire y el rostro encendido, le injuria, le arranca
-los pelos, babea obscenidades, el buen Bracolletti, hundido en el sofá,
-con las manos beatíficamente cruzadas sobre la panza, el mirar ahogado
-en éxtasis, murmura en su italiano de la costa siria:
-
---¡_Piccolina_! ¡_Gentilleta_!
-
---¡Querido Bracolletti!
-
-Realmente le abracé con placer, en esa noche, en Charing-Cross; y como
-no nos veíamos desde hacía tiempo, fuimos a cenar juntos al restorán.
-Allí estaba el criado triste, en su _comptoir_, curvado sobre el
-_Journal des Débats_. Apenas apareció Bracolletti con su majestad
-de obeso, el hombre le extendió silenciosamente la mano: fue un
-_shake-hands_ solemne, enternecido y sincero.
-
-¡Santo Dios, eran amigos! Arrastré a Bracolletti hasta el fondo de la
-sala, y vibrando de curiosidad, le interrogué con avidez. Quería, lo
-primero, el nombre del hombre.
-
---Llámase Korriscosso --díjome Bracolletti, grave.
-
-Luego quise saber su historia. Pero Bracolletti, como los dioses de
-Ática, que en sus embarazos recogíanse a sus nubes, él también se
-refugió en su vaga reticencia.
-
---_¡Eh, mon Dieu! ¡Eh, mon Dieu!..._
-
---No, no, Bracolletti. Veamos. Quiero saber la historia... Aquella faz
-fatal y byroniana debe tener una historia...
-
-Entonces Bracolletti tomó todo el aire cándido que le permiten su
-panza y sus barbas, y me confesó, dejando caer las palabras a gotas,
-que entrambos habían viajado juntos en Bulgaria y en Montenegro...
-Korriscosso fue su secretario... Buena letra... Tiempos difíciles...
-_¡Eh, mon Dieu!..._
-
---¿De dónde es?
-
-Bracolletti respondió sin vacilar, bajando la voz, con un gesto lleno
-de desconsideración:
-
---Es un griego de Atenas.
-
-Todo mi interés sumiose como el agua que la arena absorbe. Cuando se
-ha viajado por Oriente, con escalas en Levante, adquiérese fácilmente
-el hábito, tal vez injusto, de sospechar del griego: ante los primeros
-que se ven, sobre todo teniendo una educación universitaria y clásica,
-se enciende un poco el entusiasmo, piénsase en Alcibiades y en
-Platón, en las glorias de una raza estética y libre, y perfílanse
-en la imaginación las líneas augustas del Partenón. Pero después de
-haberlos frecuentado en las mesas redondas y en las cubiertas de las
-_Messageries_, y principalmente, luego de haber escuchado la leyenda
-de bellaquería que han ido dejando desde Esmirna hasta Túnez, los
-demás que se tropiezan, provocan apenas estos movimientos: abotonar
-rápidamente la chaqueta, cruzar con todas las fuerzas los brazos
-sobre la cadena del reloj, y aguzar el intelecto para rechazar la
-_escroquerie_. La causa de esta funesta reputación es que la gente
-griega que emigra para las escalas de Levante, es una plebe torpe,
-parte pirata y parte servil, bando de rapiña astuto y perverso. De que
-supe que Korriscosso era griego, me acordé a seguida que, en mi última
-estancia en Charing-Cross, me desapareciera del cuarto mi bello volumen
-de Tennyson, y recordé el mirar de gula y de rapiña que Korriscosso
-clavaba en él... ¡Era un bandido!
-
-Mientras cenamos, no se habló nada de Korriscosso. Servíanos otro
-criado rubio, honesto y sano. El lúgubre Korriscosso no se movió del
-_comptoir_, abismado en el _Journal des Débats_.
-
-Yendo de retirada a mi cuarto, en esa misma noche, me perdí... El
-hotel estaba atestado, y a mí me habían dado acomodo en aquellos
-altos de Charing-Cross, una complicación de corredores, escaleras,
-rincones, ángulos, en donde es casi necesario derrotero y brújula.
-Con el candelero en la mano, penetré en un pasadizo por el cual
-corría una bocanada de aire tibio de callejuela mal aireada. Allí las
-puertas no tenían números; unos pequeños cartones pegados, en los que
-se hallaban nombres inscritos: _John Smith_, _Charlie_, _Willie_...
-Eran evidentemente las habitaciones de los criados. De una puerta
-abierta, salía la claridad de un mechero de gas: me adelanté, y vi a
-Korriscosso, de frac todavía, sentado ante una mesa llena de papeles,
-con la cabeza descansando sobre la mano, escribiendo:
-
---¿Me puede indicar el camino para el 508? --balbucí.
-
-Volviose para mí, con un mirar atontado; parecía resurgir de muy lejos,
-de otro universo; restregábase los párpados, repitiendo:
-
---¿Quinientos ocho? ¿Quinientos ocho?
-
-¡Entonces fue cuando avisté sobre la mesa, entre papeles, cuellos
-sucios y un rosario, mi volumen de Tennyson! El bandido vio también mi
-mirada, y acusose a seguida con un enrojecimiento que le inundó la faz
-chupada; mi primer movimiento fue el de no reconocer el libro; y como
-era un movimiento bueno, obedeciendo de contado a la moral superior
-del maestro Talleyrand, lo reprimí, y apuntando al volumen con un dedo
-severo, un dedo de Providencia irritada, díjele:
-
---Es mi Tennyson...
-
-No sé qué respuesta tartamudeó, porque yo, apiadado, poseído también
-del interés que me daba aquella figura picaresca de griego sentimental,
-añadí en un tono reparado de perdón y de justificación:
-
---¡Gran poeta! ¿verdad? ¿Qué le pareció? Estoy seguro que le
-entusiasmó...
-
-Korriscosso se abochornó más; y no era, sin embargo, el despecho
-humillado de salteador sorprendido lo que delataba, sino la vergüenza
-de ver su inteligencia y su gusto poético adivinados, y de tener puesto
-el frac usado de criado de restorán. No respondió; mas las páginas del
-volumen que yo abrí, respondieron por él: la blancura de las márgenes
-desaparecía bajo una red de comentarios escritos con lápiz: _¡Sublime!
-¡Grandioso! ¡Divino!_ palabras anotadas con una letra convulsiva, con
-un temblor de mano agitada por una sensibilidad vibrante.
-
-En tanto, Korriscosso permanecía en pie, respetuoso, culpado, con la
-cabeza baja y el lazo de la corbata blanca huyendo hacia la nuca.
-¡Pobre Korriscosso! Compadecime de aquella actitud, revelando todo
-un pasado sin suerte, tantas tristezas de dependencia... Recordé que
-nada impresiona tanto a hombre de Levante como un gesto de drama y de
-teatro: le extendí las dos manos en un movimiento a la manera de Talma,
-y le dije:
-
---Yo también soy poeta...
-
-Esta frase extraordinaria parecería grotesca e imprudente a un hombre
-del Norte; el levantino vio al punto en ella la expansión de un alma
-hermana. Porque, ¿no os lo dije?; lo que Korriscosso estaba escribiendo
-en una hoja de papel eran estrofas, era una oda.
-
-Al cabo de unos minutos, con la puerta cerrada, Korriscosso contábame
-su historia, o más bien, fragmentos, anécdotas deshermanadas de su
-biografía. Es tan triste, que la condenso. De otra parte, había en su
-narración lagunas de años; y yo no puedo reconstituir con lógica y
-seguimiento la historia de este sentimental. Todo es vago y sospechoso.
-Efectivamente, nació en Atenas; parece que su padre era cargador en
-el Pireo. A los diez y ocho años Korriscosso servía de criado a un
-médico, y en los intervalos del servicio frecuentaba la Universidad de
-Atenas: estas cosas son corrientes _là-bas_, como él decía. Licenciose
-en leyes; esto le habilitó más tarde, en tiempos difíciles, para ser
-intérprete de hotel. De esa época datan sus primeras elegías en un
-semanario lírico intitulado _Ecos del Ática_. La literatura condújole
-directamente a la política y a las ambiciones parlamentarias. Una
-pasión, una crisis patética, un mando brutal, amenazas de muerte,
-fuérzanle a expatriarse. Viajó por Bulgaria, fue en Salónica empleado
-en una sucursal del _Banco Otomano_, remitió endechas dolorosas a un
-periódico de la provincia, _La Trompeta de Argólida_. Aquí hay una de
-esas lagunas, un agujero negro en su historia. Reaparece en Atenas, con
-ropa nueva, liberal y diputado.
-
-Este período de gloria fue breve, mas suficiente para ponerle en
-evidencia; su palabra colorida, poética, recamada de imágenes
-ingeniosas y brillantes, encantó a Atenas; tenía el secreto de hacer
-florecer, como él decía, los terrenos más áridos; de una discusión
-acerca del impuesto o de los caminos públicos, hacía saltar églogas de
-Teócrito. En Atenas, esta clase de talento lleva al poder: Korriscosso
-estaba indicado para dirigir una alta administración del Estado; y
-entonces sucedió que el ministerio, y con él la mayoría, de la cual
-Korriscosso era el tenor querido, cayeron, sumiéronse, sin lógica
-constitucional, en uno de esos súbitos derrumbamientos políticos tan
-comunes en Grecia, en que los Gobiernos se vienen a tierra, como las
-casas en Atenas, sin motivo. Falta de base, decrepitud de materiales
-y de individualidades... Todo tiende hacia el polvo en un suelo de
-ruinas... Nueva laguna, nuevo chapuzón oscuro en la historia de
-Korriscosso...
-
-Vuelta a la superficie, miembro de un club republicano de Atenas.
-Pide en un periódico la emancipación de Polonia, y que se gobierne a
-Grecia por un concilio de genios. Entonces publica sus _Suspiros de
-Tracia_. Tiene otra novela de corazón... En fin, y esto me lo dijo
-sin explicaciones, se le obliga a refugiarse en Inglaterra. Luego
-de ensayar en Londres varias posiciones, colócase en el restorán de
-Charing-Cross.
-
---Es un puerto de abrigo --le dije estrechándole la mano.
-
-Sonrió con amargura. De cierto, un puerto de abrigo y ventajoso. Y
-bien alimentado; las propinas son razonables; tiene un viejo colchón
-de muelles, mas las delicadezas de su alma a cada momento hiérenselas
-dolorosamente.
-
-¡Días atribulados, días crucificados los de aquel poeta lírico, forzado
-a distribuir en una sala a burgueses ordenados y glotones chuletas
-y vasos de cerveza! No es la dependencia lo que le aflige; su alma
-de griego no es particularmente ávida de libertad: bástale que el
-patrón sea cortés. Como él mismo me dijo, le es grato reconocer que
-los clientes de Charing-Cross nunca le piden la mostaza o el queso
-sin decir _if you please_; y cuando salen, al enfrentarse con él,
-llévanse dos dedos al ala del sombrero; esto satisface la dignidad de
-Korriscosso.
-
-Lo que más le tortura es el contacto constante con el alimento. ¡Si
-por lo menos fuese tenedor de libros de un banquero, primer dependiente
-de un almacén de sedas!... En eso hay una sombra de poesía --los
-millones que se revuelven, las flotas mercantes, la fuerza brutal del
-oro; o disponer ricamente los bordados, los cortes de seda, hacer
-correr la luz en las ondulaciones del _moiré_, dar al terciopelo las
-molicies de la línea y de la arruga... Pero en un restorán, ¿cómo
-se puede ejercer el gusto, la originalidad artística, el instinto
-del color, del efecto, del drama, partiendo trozos de _roast-beef_ o
-de jamón de York?... Luego que, como él dijo, dar de comer, proveer
-alimentos, es servir exclusivamente a la barriga, a las tripas, la baja
-necesidad material; en el restorán, el vientre es Dios; el alma queda
-fuera, como el sombrero que se cuelga en la percha o a la manera del
-paquete de periódicos que se dejó en el bolsillo del abrigo.
-
-¡Y las convivencias, y la falta de conversación! ¡Nunca se volvieron
-hacia él sino para pedirle salchichón o sardinas de Nantes! Nunca
-poder abrir sus labios, de los cuales pendía el parlamento de Atenas,
-sino para preguntar: «¿Más pan? ¿más carne?» Esta privación de
-elocuencia érale dolorosa.
-
-El servicio, además, impedíale el trabajo. Korriscosso compone de
-memoria: cuatro paseos por el cuarto, un tirón al cabello, y le sale
-la oda armoniosa y dulce... mas la interrupción glotona de la voz del
-cliente pidiendo nutrición, es fatal para esta manera de trabajar.
-A las veces, arrimado a una ventana, con la servilleta en el brazo,
-Korriscosso está haciendo una elegía: es todo lunar, ropajes blancos
-de vírgenes pálidas, horizontes celestes, flores de alma dolorida... Es
-feliz; se ha remontado a los cielos poéticos, a las planicies azuladas
-en donde los sueños acampan, galopando de estrella en estrella... De
-improviso, una gruesa voz hambrienta brama desde un rincón:
-
---¡Bistec con patatas!
-
-¡Ay, las aladas fantasías baten el vuelo como palomas despavoridas! Y
-allí va el infeliz Korriscosso precipitado de las cumbres ideales, con
-los hombros doblados y las faldas del frac balanceando, a preguntar con
-la sonrisa lívida:
-
---¿Pasado o medio crudo?
-
-¡Ah, es un amargo destino!
-
---¿Y por qué no deja este cubil, este templo del vientre? --le pregunté.
-
-Abatió su bella cabeza de poeta, y díjome la razón que le prende; me
-la dijo casi llorando en mis brazos, con el nudo de la corbata en el
-cuello: Korriscosso ama.
-
-Ama a una Fanny, criada de todo el servicio en Charing-Cross. Ámala
-desde el primer día en que entró en el hotel; la amó en el momento
-de verla lavando las escaleras de piedra, con los brazos rollizos
-desnudos, y los cabellos rubios, de este rubio que entontece a los
-meridionales; cabellos ricos, de un tono de cobre, de un tono de oro
-mate, torciéndose en una trenza de diosa. Y luego el matiz del rostro,
-una _carnation_ de inglesa de Yorkshire, leche y rosas...
-
-¡Lo que ha sufrido Korriscosso! ¡Todo su dolor exhálase en odas que
-pone en limpio el domingo, día de reposo y día del Señor! Me las
-leyó. ¡Y yo vi en ellas de qué manera puede perturbar la pasión a un
-ser nervioso; qué ferocidad de lenguaje, qué lances de desesperación,
-qué gritos de alma dilacerada arrojados desde allí, de aquellos altos
-de Charing-Cross, hacia la mudez del cielo gris! Es que Korriscosso
-tiene celos. La desgraciada Fanny ignora aquel poeta a su lado,
-aquel delicado, aquel sentimental, y ama a un _policeman_. Ama a un
-_policeman_, un coloso, una montaña de carne erizada de una selva de
-barbas, con el pecho como el flanco de un acorazado, con piernas como
-fortalezas normandas. Este Polifemo, como le llama Korriscosso, hace
-ordinariamente el servicio en el Strand, y la pobre Fanny pasa todo el
-día acechándole desde los altos de Charing-Cross.
-
-Sus economías las gasta en cuartillos de _gin_, de _brandy_, de
-ginebra, que a la noche le lleva en frasquitos debajo del delantal;
-le mantiene fiel por el alcohol; el monstruo, plantado enormemente
-en una esquina, recibe en silencio el frasco, vacíalo de un trago en
-las fauces tenebrosas, eructa, pasa la mano peluda por la barba de
-hércules, y sigue taciturnamente sin un _gracias_, sin un _te amo_,
-batiendo el enlosado con la bastedad de sus suelas sonoras. La pobre
-Fanny babea de admiración... Tal vez en este instante, en la otra
-esquina, el magro Korriscosso, figurando en la neblina el delgado
-relieve de un poste telegráfico, solloce con la cara magra entre las
-manos transparentes.
-
-¡Pobre Korriscosso! ¡Si por lo menos la pudiese conmover!... ¡Pero
-qué! Despréciale el cuerpo de tísico triste, y el alma no se la
-comprende... No es que Fanny sea inaccesible a sentimientos ardientes,
-expresados en estilo melodioso. Pero Korriscosso solo puede escribir
-sus elegías en su lengua materna... Y Fanny no comprende griego... ¡Y
-Korriscosso es un grande hombre, pero solo en griego!
-
-Cuando tomé la vuelta de mi cuarto, quedaba sollozando sobre el catre.
-Le he visto otras veces, al pasar por Londres. Está más magro, más
-fatal, más consumido por los celos, más curvado cuando se mueve por el
-restorán con la fuente de _roast-beef_, más exaltado en su lirismo...
-Siempre que me sirve le doy un _shilling_ de propina, y luego, al
-marcharme, le aprieto sinceramente la mano.
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-EN EL MOLINO
-
-
-Doña María de la Piedad era considerada en toda la villa como «una
-señora modelo». El viejo Nunes, administrador del correo, siempre que
-se hablaba de ella, decía, acariciando con autoridad los cuatro pelos
-de la calva:
-
---¡Es una santa! ¡Es lo que es!
-
-La villa tenía casi orgullo de su belleza delicada y distinta; era
-una rubia, de perfil fino, piel ebúrnea y ojos oscuros de un tono de
-violeta, al que las largas pestañas oscurecían más el brillo sombrío
-y dulce. Vivía al fin de la carretera, en una casa azul de tres
-fachadas; y era, para la gente que a las tardes iba de paseo al molino,
-un encanto siempre nuevo verla por detrás de la vidriera, entre las
-cortinas, curvada sobre su costura, vestida de negro, recogida y seria.
-Salía pocas veces. El marido, más viejo que ella, era un inválido,
-que se pasaba la vida en la cama, inutilizado por una enfermedad de
-la espina dorsal; hacía años que no descendía a la calle; veíanlo a
-las veces también a la ventana mustio y renco, agarrado al bastón,
-encogido en la _robe-de-chambre_, con una faz macilenta, la barba
-descuidada y con un gorrito de seda enterrado melancólicamente hasta
-la nuca. Los hijos, dos niñitas y un rapaz, eran también enfermos y
-crecían poco a poco y con dificultad, llenos de tumores en las orejas,
-llorones y tristes. Interiormente, la casa parecía lúgubre. Andábase en
-puntillas, porque el señor, en la excitación nerviosa que le daban los
-insomnios, irritábase con el menor rumor; había sobre las cómodas algún
-frasco de la botica, alguna escudilla con harina de linaza; las mismas
-flores con que ella, en su arreglo y en su gusto de frescura, adornaba
-las mesas, mustiábanse en seguida en aquel aire sofocado de fiebre,
-nunca renovado por causa de las corrientes de aire; y daba una inmensa
-tristeza el ver siempre a alguno de los pequeños, o con un emplasto
-sobre la oreja, o en un rincón del sofá, arrebujado en cobertores, con
-una amarillez de hospital.
-
-Desde los veinte años, María de la Piedad vivía así. Hasta de soltera,
-en casa de los padres, había sido triste su existencia. La madre era
-una criatura desagradable y aceda; el padre, metido en tabernas y salas
-de juego, ya viejo, siempre borracho, los días que aparecía en casa
-pasábalos en la cocina, en un silencio sombrío, fumando y salivando
-sobre las cenizas. Todas las semanas aporreaba a la mujer. Así que
-cuando Juan Coutinho pidió a María, ella, a pesar de saber que estaba
-enfermo ya, aceptó sin vacilación, casi con reconocimiento, para salvar
-a la casa arruinada de un embargo, no oír más los gritos de la madre,
-que la hacían temblar, rezar, arriba, en su cuarto, donde la lluvia
-entraba por el tejado.
-
-No amaba al marido, claro; y en la villa lamentábase que aquel lindo
-rostro de Virgen María, aquella figura de hada, fuese a pertenecer a
-Juanito Coutinho, que desde rapaz fuera siempre baldado. Coutinho, por
-muerte del padre, quedara rico; y ella, acostumbrada por fin a aquel
-marido regañón, que pasaba el día arrastrándose sombríamente de la
-sala a la alcoba, habríase resignado, en su naturaleza de enfermera
-y de consoladora, si los hijos, por lo menos, hubieran nacido sanos
-y robustos. Mas aquella familia, que ya venía con la sangre viciada,
-aquellas existencias vacilantes, que después parecían pudrírseles en
-las manos, a pesar de sus inquietos cuidados, apesadumbrábanla. A las
-veces, sola ante la costura, corríanle lágrimas por la cara; una
-fatiga de vivir invadíala como una neblina que le oscureciera el alma.
-
-Mas si el marido de dentro llamaba desesperado, o uno de los pequeños
-lloriqueaba, limpiábase los ojos y aparecía con su linda faz tranquila,
-y con alguna palabra consoladora, componiendo la almohada a uno, yendo
-a animar al otro, feliz en ser buena. Toda su ambición consistía en
-ver su pequeño mundo bien tratado y bien acariciado. Desde que se
-casó, nunca había tenido una curiosidad, un deseo, un capricho; nada
-le interesaba en el mundo sino las horas de las medicinas y el sueño
-de sus enfermos. Todo esfuerzo le era fácil cuando se trataba de
-contentarles; a pesar de flaca, paseaba horas enteras llevando en
-el cuello al pequeñín, que era el más impertinente, con las heridas
-que hacían de sus pobres labiecillos una costra oscura; durante los
-insomnios del marido tampoco dormía; los pasaba sentada al pie de la
-cama, hablando, leyéndole vidas de santos, porque el pobre baldado
-iba cayendo en devoción. De mañana estaba un poco más pálida, pero
-correcta en su vestido negro, fresca, con las trenzas lustrosas,
-poniéndose bonita para ir a dar las sopas de leche a los pequeñines.
-Su única distracción era, a la tarde, sentarse a la ventana con su
-costura, teniendo a los chiquillos en torno, aniñados en el suelo,
-jugando tristemente. El paisaje que veía desde la ventana era tan
-monótono como su vida; debajo, la carretera; después, una ondulación
-de campos, una tierra flaca, plantada aquí y acullá de olivos, e
-irguiéndose al fondo una colina triste y desnuda, sin una casa, un
-árbol, una columna de humo de una chimenea que pusiese en aquella
-soledad de terreno pobre una nota humana y viva. Viéndola así tan
-resignada y tan sujeta, algunas señoras de la villa afirmaban que era
-beata; pero nadie la había visto en la iglesia, a no ser el domingo,
-con el chico mayor por la mano, todo pálido en su vestido de terciopelo
-azul. Su devoción, en efecto, limitábase a esta misa todas las semanas.
-Ocupábala mucho su casa para dejarse invadir por las preocupaciones del
-cielo; en aquel deber de buena madre, cumplido con amor, hallaba una
-satisfacción suficiente a su sensibilidad; no necesitaba adorar santos
-o enternecerse con Jesús. Pensaba instintivamente que toda afección
-excesiva dedicada al Padre del Cielo, sería una disminución cruel en
-su cuidado de enfermera; su manera de rezar era velar a los hijos; y
-aquel pobre marido clavado en una cama, dependiendo de ella, teniéndole
-solo a ella, parecíale con más derecho a su favor que el otro, clavado
-en una cruz, que tenía toda una humanidad pronta para amarle. Además,
-nunca tuviera estos sentimentalismos de alma triste que llevan a la
-devoción. El largo hábito de dirigir una casa de enfermos, de ser ella
-el centro, la fuerza, el amparo de aquellos inválidos, hiciéronla
-tierna, pero práctica; y por esta razón era ella la que administraba
-ahora la casa del marido con un buen sentido que la afección dirigía
-y una solicitud de madre prevenida. Tales ocupaciones bastaban para
-entretenerle el día; el marido, de otra parte, detestaba las visitas,
-el aspecto de las caras saludables, las conmiseraciones de ceremonia;
-pasábanse meses sin que en casa de María de la Piedad se oyese otra voz
-extraña a la familia, a no ser la del doctor Abilio --que la adoraba, y
-que decía de ella con los ojos espantados:
-
---¡Es un hada! ¡Es un hada!...
-
- * * * * *
-
-Grande fue la excitación en la casa, cuando Juan Coutinho recibió
-una carta de su primo Adrián, anunciándole que en dos o tres semanas
-iba a llegar a la villa. Adrián era un hombre célebre, y el marido
-de María de la Piedad tenía en aquel pariente un orgullo enfático.
-Suscribiérase a un periódico de Lisboa, solo para ver su nombre en
-las noticias locales y en la crítica. Adrián era novelista; su último
-libro, _Magdalena_, un estudio de mujer, de un análisis delicado y
-sutil, consagráralo como un maestro. Su fama, que llegara hasta la
-villa, en una confusión de leyenda, presentábale como una personalidad
-interesante, un héroe de Lisboa, amado de las aristócratas, impetuoso y
-brillante, destinado a una alta situación en el Estado. Mas realmente
-en la villa habíase hecho, sobre todo, notable por ser primo de Juan
-Coutinho.
-
-Doña María de la Piedad quedó aterrada con el anuncio de esta
-visita. Veía ya su casa en confusión con la presencia del huésped
-extraordinario. Después la necesidad de hacer más _toilette_, de
-alterar la hora de comer, de conversar con un literato y ¡tantos otros
-esfuerzos crueles!... La invasión brusca de aquel mundano con sus
-maletas, el humo de su cigarro, su alegría de sano, en la paz triste de
-su hospital, dábale la impresión pavorosa de una profanación. De modo
-que para ella fue un alivio, casi un reconocimiento, que Adrián, al
-llegar, muy simplemente se instalase en la antigua hospedería del tío
-Andrés, al otro extremo de la villa. Juan Coutinho escandalizose; tenía
-ya el cuarto del huésped preparado, con sábanas de encaje, una colcha
-de damasco, plata sobre la cómoda, y queríalo todo para él, para el
-primo, el hombre célebre, el grande autor... Adrián negose.
-
---Yo tengo mis hábitos, ustedes tienen los suyos... No nos contrariemos
-¿eh?... Lo que hago es venir a comer aquí. Ni estoy mal tampoco en casa
-del tío Andrés... Desde la ventana veo un molino y una represa, que son
-un cuadrito delicioso. Y quedamos tan amigos, ¿no es verdad?
-
-María de la Piedad mirábale asombrada; ¡aquel héroe, aquel fascinador
-por quien lloraban las mujeres, aquel poeta que los periódicos
-glorificaban, era un hombre extremamente simple, mucho menos
-complicado, menos espectacular que el hijo del cobrador! No era hermoso
-siquiera. Con el sombrero blanco echado sobre una faz llena y barbuda,
-la levita de franela cayendo a lo largo de un cuerpo robusto y pequeño,
-sus zapatos enormes, parecíale uno de esos cazadores de aldea que,
-a las veces, encontraba, cuando de mes para mes iba a visitar las
-propiedades del otro lado del río. Además de eso, no hacía frases; la
-primera vez que vino a comer habló apenas, con grande naturalidad, de
-sus negocios. Viniera por ellos. La única tierra que no estaba devorada
-o abominablemente hipotecada, de lo que le correspondiera de la fortuna
-de su padre, era la Curgosa, una hacienda cerca de la villa, que
-estaba muy mal arrendada... Deseaba venderla. ¡Mas eso parecíale a él
-tan difícil, como hacer la _Iliada_!... Sinceramente lamentaba ver al
-primo allí, inútil sobre la cama, sin poderle ayudar en esos pasos que
-era menester dar con los compradores. Así que tuvo una grande alegría
-cuando Juan Coutinho le declaró que su mujer era una administradora de
-primer orden, y hábil en estas cuestiones, como un antiguo rábula.
-
---Ella va contigo a ver la hacienda, habla con Telles, y arréglate todo
-eso... Y en cuestión de precio, déjala a ella...
-
---¡Qué superioridad, prima! --exclamó Adrián maravillado--. ¡Un ángel
-que entiende de cifras!
-
-Por primera vez en su vida, enrojeció María de la Piedad con la palabra
-de un hombre. Prestose en seguida a ser la procuradora del primo...
-
-Al otro día fueron a ver la hacienda. Como estaba cerca, y era un día
-de marzo fresco y claro, partieron a pie. Intimidada al principio por
-aquella compañía de un león, la pobre señora caminaba junto a él con
-el aire de un pájaro asustado; porque, a pesar de ser tan sencillo,
-había en su figura, enérgica y musculosa, en el timbre duro de su voz,
-en sus ojos pequeños y lúcidos, alguna cosa de fuerte, de dominante,
-que la embarazaba. Prendiérasele a la orla de su vestido un vástago
-de zarza, y como él se inclinara para desprenderlo delicadamente, el
-contacto de aquella mano blanca y fina de artista en el volante de su
-saya, incomodola mucho. Apresuraba el paso para llegar pronto a la
-hacienda, avivar el negocio con Telles, y retornar inmediatamente a
-refugiarse, como en su elemento propio, en el aire sofocado y triste de
-un hospital. Pero la carretera extendíase blanca y larga, bajo el sol
-tibio, y la conversación de Adrián fuérala lentamente acostumbrando a
-su presencia. El primo parecía desolado de la tristeza de aquella casa.
-Diole algunos buenos consejos; lo que los pequeños necesitaban era
-aire, sol, otra vida distinta de aquel sofocamiento de la alcoba...
-
-También ella lo juzgaba así; pero, ¿qué? El pobre Juan, siempre que
-se le hablaba de ir a pasar una temporada a la quinta, afligíase
-terriblemente; tenía horror a los grandes aires y a los grandes
-horizontes; la fuerte naturaleza hacíale casi desmayarse; hiciérase un
-ser artificial, oculto entre los cortinones de la cama...
-
-Compadeciola entonces. De seguro podría haber alguna satisfacción en un
-deber tan santamente cumplido... Mas, en fin, ella debía tener momentos
-en que desease algo más que aquellas cuatro paredes, impregnadas del
-hálito de la enfermedad...
-
---¿Qué he de desear más? --dijo ella.
-
-Callose Adrián; pareciole absurdo suponer que desease, por ejemplo, el
-Chiado o el teatro de la Trinidad... Pensaba en otros apetitos, en las
-ambiciones del corazón insatisfecho... Mas esto pareciole tan delicado,
-tan grave de decir a aquella criatura virginal y seria, que habló del
-paisaje.
-
---¿Ya vio el molino? --preguntole ella.
-
---Tengo ganas de verlo; si me lo quisieras ir a enseñar, prima.
-
---Hoy es tarde.
-
-Combináronse para ir a visitar ese rincón de verdura, que era el idilio
-de la villa.
-
-La larga plática con Telles, en la hacienda, creó una aproximación
-mayor entre Adrián y María de la Piedad. Aquella venta, que había
-discutido con una astucia de aldeana, ponía entre ellos como un interés
-común. Al volver, hablábanse ya con menos reserva. Y es que había
-en las maneras del primo una atracción que, a su pesar, la llevaba
-a revelarse, a darle su confianza; nunca hablara tanto con nadie;
-a nadie jamás dejara ver tanto de la melancolía oculta que erraba
-constantemente en su alma. Por otra parte, sus quejas eran sobre el
-mismo dolor: la tristeza de su vida, las enfermedades, tantos cuidados
-graves... Y atraíale hacia él una simpatía, como un indefinido deseo de
-tenerle siempre presente, desde que se hacía de tal manera depositario
-de sus tristezas.
-
-Adrián volvió para su casa, impresionado, interesado por aquella
-criatura tan triste y tan dulce, que se destacaba sobre el mundo de
-mujeres que hasta allí había conocido, como un suave perfil de ángel
-gótico entre fisonomías de mesa redonda. Concordaba todo en ella
-deliciosamente: el oro del cabello, la dulzura de la voz, la modestia
-en la melancolía, la casta línea, haciendo un ser delicado y distinto,
-al cual ese mismo pequeño espíritu burgués, cierto fondo rústico de
-aldeana y una leve vulgaridad de hábitos dábanle mayor encanto; era un
-ángel que vivía en un villorrio grosero, atado por muchos lados a las
-trivialidades del sitio; pero bastaría un soplo para hacerlo remontar
-al cielo natural, a las puras cimas de la sentimentalidad...
-
-Hallaba absurdo e infame enamorar a la prima... Mas involuntariamente
-pensaba en el delicioso placer de hacer latir aquel corazón, que no
-estaba deformado por el corsé, y de poner al fin sus labios en un
-rostro donde no hubiese polvos de arroz... Inducíale sobre todo el
-pensar que podría recorrer todo Portugal, sin encontrar ni aquella
-línea del cuerpo, ni aquella virginidad, distinta de alma adormecida...
-Ocasión como aquella no volvería.
-
-El paseo al molino fue encantador. Era un rincón de la naturaleza,
-digno de Corot, especialmente a la hora del medio día, en que ellos
-habían ido, con la frescura del verdor, la sombra recogida de los
-grandes árboles y toda suerte de murmurios de agua corriente, huyendo,
-reluciendo entre los musgos y las piedras, elevando y esparciendo en
-el aire el frío del follaje, del césped, por donde corrían cantando.
-El molino hallábase en un hondo pintoresco, con su vieja edificación
-de piedra secular, su rueda enorme, casi podrida, cubierta de hierbas,
-inmóvil, sobre la helada limpidez del agua oscura. Adrián hallábalo
-digno de una escena de novela, o mejor, de la morada de una hada.
-María de la Piedad no decía nada, hallando extraordinaria aquella
-admiración por el molino abandonado del tío Costa. Como ella venía un
-poco cansada, sentáronse en una escalera de piedra descoyuntada, que
-tenía sumergidos en el agua de la presa los últimos peldaños, y allí
-permanecieron un momento callados, en el encanto de aquella frescura
-murmuradora, oyendo a las aves piar en las ramas. Adrián veíala de
-perfil, un poco curvada, agujereando con la punta de la sombrilla
-las hierbas bravas que invadían la escalera. Estaba deliciosa así,
-tan blanca, tan rubia, de una línea tan pura sobre el fondo azul del
-aire; el sombrero era de mal gusto, el vestido anticuado, pero él
-hasta hallaba en eso una picante ingenuidad. El silencio de los campos
-aislábalos en derredor, e, insensiblemente, Adrián comenzó a hablarle
-bajo. Compadecíala otra vez, por la melancolía de su existencia en
-aquella triste villa, por su destino de enfermera... Escuchábale ella
-con los ojos bajos, pasmada de verse allí, tan a solas con aquel hombre
-tan robusto, toda recelosa y hallando un delicioso sabor a su recelo...
-Hubo un momento en que él habló del encanto de quedar allí para
-siempre, en la villa.
-
---¿Quedar aquí? ¿Para qué? --preguntole sonriendo.
-
---¿Para qué? Para esto, para estar siempre cerca de usted...
-
-Cubriose de rubor y se le escapó la sombrilla de las manos. Recelando
-haberla ofendido, Adrián añadió luego, riendo:
-
---¿Pues no sería delicioso?... Yo podía arrendar este molino, hacerme
-molinero... Usted me daría su parroquia...
-
-Hízola reír; estaba más linda cuando reía; brillaba todo en ella: los
-dientes, la piel, el color del cabello. Adrián continuó bromeando con
-su plan de hacerse molinero y de ir por la carretera detrás de un
-burro, cargado de sacos de harina.
-
---Y yo vengo a ayudarle, primo --dijo, animada por su propia risa, por
-la alegría de aquel hombre que tenía a su lado.
-
---¿Viene? --exclamó él--. Júrole que me hago molinero. ¡Qué paraíso
-los dos aquí, en el molino, ganando alegremente nuestra vida y oyendo
-cantar a estos mirlos!
-
-Enrojeció otra vez María y retrocedió como si en efecto tratase ya de
-arrebatarla para el molino. Mas Adrián ahora, inflamado por aquella
-idea, pintábale con su palabra colorida una vida novelesca, de una
-felicidad idílica, en aquel escondrijo de verdura. De mañana, a pie,
-muy temprano, para el trabajo; después, el almuerzo, en el césped, a la
-orilla del agua; y de noche, sus buenas charlas allí sentados, a la
-claridad de las estrellas o bajo la sombra cálida de los negros cielos
-de verano...
-
-Y de repente, sin que ella se resistiese, prendiola en los brazos y
-besola sobre los labios, en un solo beso profundo e interminable.
-María había quedado contra su pecho, blanca, como muerta; dos lágrimas
-corríanle a lo largo de la faz. Tan dolorosa y flaca estaba, que Adrián
-la soltó; alzose ella, cogió la sombrilla y quedó delante de él, con el
-labio temblando:
-
---Está mal hecho... está mal hecho...
-
-Él estaba también tan perturbado, que la dejó descender hacia el
-camino; a poco, seguían entrambos, callados, hacia la villa. Ya en la
-hospedería, pensó:
-
---¡Fui un loco!
-
-Mas en el fondo sentíase contento de su generosidad. De noche fue a su
-casa y encontrola con el pequeñín en el cuello, lavándole en agua de
-malvas unas heridas que tenía en la pierna. Pareciole odioso entonces
-distraer a aquella mujer de sus enfermos. Además, que un momento como
-aquel del molino no volvería. Quedar allí, en aquel rincón odioso de
-provincia, desmoralizando en frío a una buena madre, sería absurdo...
-La venta de la finca estaba concluida. Por lo cual, apareció al día
-siguiente, por la tarde, a decirle adiós; partía a la anochecida en
-la diligencia. Encontrola en la sala ante la acostumbrada ventana,
-con la chiquillada enferma, acurrucada contra sus sayas. Oyole decir
-que partía sin que se le mudase el color, sin palpitarle el pecho...
-Adrián hallole la palma de la mano tan fría como un mármol. Al salir
-él, María de la Piedad quedó vuelta para la ventana, escondiendo la
-cara de los pequeños, mirando abstractamente al paisaje que oscurecía,
-cayéndole las lágrimas cuatro a cuatro sobre la costura...
-
-Amábalo. Desde los primeros días, su figura, resuelta y fuerte, sus
-ojos lúcidos, toda la virilidad de su persona, habíansele apoderado
-de la imaginación. No era su talento, ni su celebridad en Lisboa, ni
-las mujeres que le habían amado lo que la encantaba; eso para ella
-aparecíasele vago y poco comprensible; lo que la fascinaba era aquella
-seriedad, aquel aire honrado y sano, aquella robustez de vida, aquella
-voz tan grave y tan rica; adivinaba, más allá de su existencia ligada a
-un inválido, otras posibles existencias, en las cuales no se ve siempre
-delante de los ojos una capa flaca y moribunda, en que las noches no se
-pasan esperando las horas de los remedios... Había sido como una ráfaga
-de aire impregnado de todas las fuerzas vivas de la Naturaleza que
-atravesara súbitamente su alcoba ahogada; respiráralo deliciosamente...
-Habíale oído, además, hablar de aquel modo, mostrándose tan bueno,
-tan serio, tan delicado; a la fuerza de su cuerpo, que admiraba,
-juntábase ahora un corazón tierno, de una ternura varonil y fuerte,
-para cautivarla... Invadiola este amor latente, apoderose de ella
-una noche en que se le ofreció esta idea, esta visión: _¡Si fuese mi
-marido!_ Estremeciose toda, apretó desesperadamente los brazos contra
-el pecho, como confundiéndose con su imagen evocada, prendiéndose a
-ella, refugiándose en su fuerza... Después, como le había dado aquel
-beso en el molino.
-
-¡Y partiera!
-
- * * * * *
-
-Comenzó entonces para María de la Piedad una existencia de abandonada.
-De repente, todo en torno de ella --la enfermedad del marido, achaques
-de los hijos, tristezas de sus días, la costura-- le pareció lúgubre.
-Sus deberes, ahora que no ponía en ellos el alma entera, éranle
-pesados como fardos injustos. Represéntasele su vida como desgracia
-excepcional; no se rebelaba aún; mas tenía de esos abatimientos, de
-esas súbitas fatigas de todo su ser, en que caía sobre la silla, con
-los brazos pendientes, murmurando:
-
---¿Cuándo se acabará esto?
-
-Refugiábase entonces en aquel amor como en una compensación deliciosa.
-Juzgándolo puro, todo del alma, dejábase penetrar de él y de su
-lenta influencia. Adrián tornárase en su imaginación como un ser de
-proporciones extraordinarias, todo lo que es fuerte y es bello y da
-razón a la vida. No quiso que nada de lo que era de él o venía de él,
-le fuese ajeno. Leyó todos sus libros, sobre todo, aquella _Magdalena_
-que también amara, y muriera de un abandono. Estas lecturas calmábanla,
-dábanle como una vaga satisfacción al deseo. Llorando los dolores de
-las heroínas de novela, parecía sentir alivio en los suyos.
-
-Lentamente esta necesidad de llenar la imaginación con estos
-lances de amor, apoderose de ella. Un devorar constante de novelas
-durante meses. Iba así creando en su espíritu un mundo artificial
-e idealizado. Hacíasele odiosa la realidad, sobre todo bajo aquel
-aspecto de su casa, donde encontraba siempre agarrado a sus sayas un
-ser enfermo. Vinieron las primeras revueltas. Tornose impaciente y
-áspera. No soportaba que la arrancasen a los episodios sentimentales de
-su libro para ir a ayudar a volverse en la cama al marido y sentirle
-el mal aliento. Llegaron a causarle asco las botellas de medicina,
-los emplastos, las heridas de los pequeños que tenía que lavar.
-Comenzó a leer versos. Pasaba horas sola, en un profundo mutismo, a la
-ventana, teniendo bajo su mirar de virgen rubia toda la rebelión de
-una apasionada. Creía en los amantes que escalan los balcones entre el
-canto de los ruiseñores y quería ser amada así, poseída en el misterio
-de una noche romántica.
-
-Poco a poco, su amor desprendiose de la imagen de Adrián, alargose,
-extendiose a un ser vago que estaba hecho de todo lo que la encantara
-en los héroes de novela: era un ente medio príncipe y medio facineroso,
-que tenía, sobre todo, fuerza. Esto era lo que quería, lo que admiraba,
-lo que ansiaba en las noches cálidas en que no podía dormir: dos brazos
-fuertes como acero que la apretasen en un abrazo mortal; dos labios de
-fuego que en un beso le chupasen el alma. Estaba histérica.
-
-A las veces, al pie del lecho del marido, viendo delante de ella a
-aquel cuerpo de tísico, en una inmovilidad de tullido, sentía un odio
-torpe, un deseo de apresurarle la muerte...
-
-Y, en medio de esta excitación mórbida del temperamento irritado,
-acometíanla súbitas flaquezas; sustos de ave que posa, un grito al oír
-batir una puerta; una palidez de desmayo en habiendo en la sala flores
-muy olorosas... De noche, asfixiábase: abría la ventana; mas el cálido
-aire, el tibio hálito de la tierra caliente del sol, henchíanla de un
-intenso deseo, de una ansia voluptuosa cortada de visión de llanto. La
-santa tornábase Venus.
-
-El romanticismo mórbido había penetrado tanto en ella, y desmoralizara
-tan profundamente, que llegó el momento en que bastaría que un hombre
-la tocase, para que a seguida se echara en sus brazos. Fue lo que
-le sucedió con el primero que la enamoró, de ahí a dos años. Era el
-practicante de la farmacia.
-
-Por causa de él, escandalizó toda la villa. Y ahora, deja la casa en
-el mayor desorden, los hijos sucios, en harapos, sin comer hasta las
-mil y quinientas; el marido, gimiendo, abandonado en su alcoba, toda
-la trapallada de los emplastos por encima de las sillas, todo en un
-torpe desamparo, para andar detrás del hombre, un tunante odioso, de
-cara gordiflona, anteojo negro con gruesa cinta pasada por detrás de
-la oreja y bonete de seda puesto coquetamente. Viene de noche a las
-entrevistas con chinelas de orillo; huele a sudor: y pídele dinero
-prestado, para sustentar a una Juana, obesa criatura, a quien llaman en
-la villa _la bola de unto_.
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-CIVILIZACIÓN
-
-
-I
-
-Yo poseo preciosamente un amigo (su nombre es Jacinto), que nació en
-un palacio, con cuarenta mil duros de renta en pingües tierras de pan,
-aceite y ganado.
-
-Desde la infancia, durante la cual, su madre, señora gorda y crédula
-de Tras-os-Montes, repartía, para retener las Hadas Benéficas, hinojo
-y ámbar, Jacinto fue siempre más resistente y sano que un pino de las
-dunas. Un lindo río, murmurador y transparente, con un lecho muy liso
-de arena muy blanca, reflejando apenas pedazos lustrosos de un cielo
-de verano o ramajes siempre verdes y de buen aroma, no ofrecería, a
-aquel que lo descendiese en una barca llena de almohadas y de champagne
-helado, más dulzuras y facilidades de lo que la vida ofrecía a mi
-camarada Jacinto. No tuvo sarampión ni tuvo lombrices. Nunca padeció,
-ni aun en la edad en que se leen Balzac y Musset, los tormentos de la
-sensibilidad. En sus amistades fue siempre tan feliz como el clásico
-Orestes. Del amor solo experimentara la miel --esa miel que el amor
-invariablemente concede a quien lo practica, como las abejas, con
-ligereza y movilidad--. Ambición, sintiera solamente la de comprender
-bien las ideas generales, y la «punta de su intelecto» (como dice el
-viejo cronista medioeval), no estaba aún roma ni herrumbrosa... y, sin
-embargo, desde los veintiocho años, Jacinto ya se venía impregnando de
-Schopenhauer, del Eclesiastés, de otros Pesimistas menores, y tres,
-cuatro veces por día, bostezaba, con un bostezo hondo y lento, pasando
-los dedos finos sobre la faz, como si en ella solo palpase palidez y
-ruina. ¿Por qué?
-
-Era él, de todos los hombres que conocí, el más complejamente
-civilizado --o antes aquel que se nutriera de la más vasta suma de
-civilización material, ornamental e intelectual. En ese palacio
---(floridamente llamado el _Jazminero_), que su padre, también Jacinto,
-construyera sobre una honesta casa del siglo XVII, solada de pino
-y blanqueada de cal--, existía, creo yo, todo cuanto para bien del
-espíritu o de la materia, los hombres han creado, a través de la
-incertidumbre y del dolor, desde que abandonaran el valle feliz de
-Septa-Sindu, la Tierra de las Aguas Fáciles, el dulce país Aryano. La
-biblioteca --que en dos salas amplias y claras, como plazas, llenaba
-las paredes, enteramente, desde las alfombras de Caranania hasta el
-techo del cual, alternadamente, a través de cristales, el sol y la
-electricidad vertían una luz estudiosa y calma-- contenía veinticinco
-mil volúmenes, instalados en ébano, magníficamente revestidos de
-marroquín escarlata. Solo sistemas filosóficos (y con justa prudencia,
-para ahorrar espacio, el bibliotecario apenas coleccionara los que
-irreconciliablemente se contradicen) había ¡mil ochocientos diez y
-siete!
-
-Una tarde que yo deseaba copiar un dictamen de Adam Smith, recorrí,
-buscando a este economista, a lo largo de los estantes, ¡ocho metros de
-economía política! Así se hallaba formidablemente abastecido mi amigo
-Jacinto de todas las obras esenciales de la inteligencia --y de la
-estupidez. El único inconveniente de este monumental almacén del saber
-era que todo aquel que allí penetraba, adormecíase inevitablemente,
-por causa de las poltronas, que provistas de finas planchas móviles
-para sustentar el libro, el cigarro, el lápiz de las notas, la taza de
-café, ofrecían aún una combinación oscilante y flácida de almohadas, en
-donde el cuerpo encontraba luego, para mal del espíritu, la dulzura, la
-profundidad y la paz estirada de un lecho.
-
-Al fondo, y como un altar mayor, era el gabinete de trabajo de Jacinto.
-Su sillón, grave y abacial, de cuero, con blasones, databa del siglo
-XIV, y en torno de él pendían numerosos tubos acústicos que, sobre
-los revestimientos de seda color de musgo y color de hiedra, parecían
-serpientes adormecidas y suspensas en un viejo muro de quinta. Nunca
-recuerdo sin asombro su mesa, recubierta toda de sagaces y sutiles
-instrumentos para cortar papel, numerar páginas, pegar sellos, afilar
-lápices, raspar enmiendas, imprimir fechas, derretir lacres, atar
-documentos, coleccionar cuentas. Unos de níquel, otros de acero,
-rebrillantes y fríos, todos eran de un manejo laborioso y lento:
-algunos, con los muelles rígidos, las puntas vivas, cortaban y
-herían: y en las largas hojas de papel Whatman en que él escribía,
-y que costaban tres pesetas, yo, a las veces sorprendí gotas de
-sangre de mi amigo. Pero todos los consideraba indispensables para
-componer sus cartas (Jacinto no componía obras), así como los treinta
-y cinco diccionarios, y los manuales, y las enciclopedias, y las
-guías, llenando un estante aislado, fino, en forma de torre, que
-silenciosamente giraba sobre su pedestal, y que yo denominara el
-Farol. Lo que, a pesar de todo, más completamente imprimía a aquel
-gabinete un portentoso carácter de civilización eran los grandes
-aparatos facilitadores del pensamiento --la máquina de escribir,
-los autocopistas, el telégrafo Morse, el fonógrafo, el teléfono, el
-teatrófono, otros aún, todos con metales lúcidos, todos con largos
-hilos. Constantemente sonidos cortos y secos vibraban en el aire tibio,
-de aquel santuario. ¡Tic, tic, tic! ¡Dlín, dlín, dlín! ¡Crac, crac,
-crac! ¡Trrre, trrre!... Era mi amigo comunicando. ¡Todos esos hilos
-zambullíanse en fuerzas universales, transmitían fuerzas universales,
-las cuales, no siempre, desgraciadamente, se conservaban domadas y
-disciplinadas! Jacinto había recogido en el fonógrafo la voz del
-consejero Pinto Porto, una voz oracular y rotunda, en el momento de
-exclamar con respeto, con autoridad:
-
---«_¡Maravillosa invención! ¿Quién no admirará los progresos de este
-siglo?_»
-
-Pues en una dulce noche de San Juan, mi supercivilizado amigo, deseando
-que unas señoras parientes de Pinto Porto (las amables Gouveias),
-admirasen el fonógrafo, hizo romper de la bocina del aparato, que
-parecía una trompa, la conocida voz rotunda y oracular:
-
---_¿Quién no admirará los progresos de este siglo?_
-
-Mas, inhábil o brusco, ciertamente desconcertó alguna rueda
-vital --porque, de repente, el fonógrafo comienza a repetir, sin
-descontinuación, interminablemente, con una sonoridad cada vez más
-rotunda, la sentencia del consejero:
-
---_¿Quién no admirará los progresos de este siglo?_
-
-De balde, Jacinto, pálido, con los dedos trémulos, torturaba el
-aparato. La exclamación recomenzaba, sonaba, oracular y majestuosa:
-
---_¿Quién no admirará los progresos de este siglo?_
-
-Enfadados, lo llevamos para una sala distante, pesadamente revestida de
-tapices de Arraz. ¡En vano! La voz de Pinto Porto allí estaba, entre
-los tapices de Arraz, implacable y rotunda:
-
---_¿Quién no admirará los progresos de este siglo?_
-
-Furiosos, enterramos una almohada en la boca del fonógrafo; tiramos por
-encima mantas, cobertores espesos, para sofocar la voz abominable. ¡En
-vano! Bajo la mordaza, bajo las gruesas lanas, la vez ronqueaba, sorda,
-mas oracular:
-
---_¿Quién no admirará los progresos de este siglo?_
-
-Las amables Gouveias habían huido, apretando desesperadamente los
-chales sobre la cabeza. Hasta a la cocina, en donde nos refugiamos, la
-voz descendía, estrangulada y dificultosa:
-
---_¿Quién no admirará los progresos de este siglo?_
-
-Huimos empavorecidos a la calle. Era de madrugada. De vuelta de las
-fuentes, un fresco bando de rapazas, con brazados de flores, pasaba
-cantando:
-
- Todas las hierbas son benditas
- En mañana de San Juan...
-
-Jacinto, respirando el aire matinal, limpiábase las gotas lentas del
-sudor. Recogímonos al _Jazminero_, con el sol ya alto, ya caliente.
-Muy en silencio abrimos las puertas, como con recelo de despertar
-a alguien. ¡Horror! Luego de la antecámara, percibimos sonidos
-estrangulados, gangosos: «_admirará... progresos... siglo..._» ¡Un
-electricista tuvo que enmudecer al fin aquel fonógrafo horrendo!
-
-Más apacible (para mí) de lo que ese gabinete, temerosamente repleto
-de civilización, era el comedor, por su arreglo comprensible, fácil e
-íntimo. En la mesa solo cabían seis amigos, que Jacinto escogía con
-cierto buen criterio, en la literatura, en el arte y en la metafísica;
-los cuales, entre los tapices de Arraz, representando colinas, pomares
-y puertos del Ática, llenos de clasicismo y de luz, renovaban allí
-repetidamente banquetes que, por su intelectualidad, recordaban los
-de Platón. Cada golpe de tenedor se cruzaba con un pensamiento o con
-palabras diestramente arregladas en forma de tal.
-
-A cada cubierto correspondían seis tenedores, todos con formas
-desemejantes y taimadas: uno para las ostras, otro para el pescado,
-otro para las carnes, otro para las legumbres, otro para la fruta,
-otro para el queso. Las copas, por la diversidad de los contornos y
-de los colores, hacían, sobre el mantel más reluciente que esmalte,
-como ramilletes silvestres desparramados por encima de la nieve. Pero
-Jacinto y sus filósofos, recordando lo que el experimentado Salomón
-enseña sobre las ruinas y amarguras del vino, bebían apenas en tres
-gotas de agua una gota de Bordeaux (Chateaubriand, 1860). Así lo
-recomendaban Hesíodo en su _Nereu_, y Diocles en sus _Abejas_. De aguas
-había siempre en el _Jazminero_ un lujo redundante: aguas heladas,
-aguas carbonatadas, aguas esterilizadas, aguas gaseadas, aguas de
-sales, aguas minerales, en botellas serias, con tratados terapéuticos
-impresos en el rótulo... El cocinero, maestro Sardao, era de aquellos
-que Anaxágoras equiparaba a los Retóricos, a los oradores, a todos los
-que saben el arte divino de «temperar y servir la Idea». En Síbaris,
-ciudad del Vivir Excelente, los magistrados habrían votado al maestro
-Sardao, por las fiestas de Juno Lacina, la corona de hojas de oro y la
-túnica milesia, que se debía a los bienhechores cívicos. Su sopa de
-alcachofa y huevas de carpa; sus filetes de venado, macerados en viejo
-Madeira con _purée_ de nueces; sus moras heladas en éter; otros manjares
-aún, numerosos y profundos (y los únicos que toleraba mi Jacinto),
-eran obras de un artista, superior por la abundancia de las ideas
-nuevas, y juntaban siempre la raridad del sabor a la magnificencia
-de la forma. Tal plato de ese maestro incomparable parecía, por la
-ornamentación, por la gracia florida de las labores, por el convenio de
-los coloridos frescos y cantantes, una joya esmaltada por el cincel de
-Cellini o Meurice. ¡Cuántas tardes no deseé yo fotografiar aquellas
-composiciones de excelente fantasía, antes que el trinchante las
-derribase! Y esta superfinidad del comer condecía deliciosamente con la
-del servir. Sobre una alfombra, más fofa y muelle que el musgo de la
-floresta de Brocelandia, deslizábanse, como sombras vestidas de blanco,
-cinco criados y un paje negro, a la manera vistosa del siglo XVIII.
-Las fuentes (de plata) subían de la cocina y de la repostería por dos
-ascensores: uno para los manjares calientes, forrado de tubos en donde
-hervía el agua, y otro, más lento, para los manjares fríos, forrado de
-cinc, amoníaco y sal, y ambos escondidos entre flores, tan densas y
-frescas que figurábasenos como si hasta la sopa saliese humeando de los
-románticos jardines de Armida. Me acuerdo perfectamente de un domingo
-de mayo en que, comiendo con Jacinto un obispo, el erudito obispo
-de Corazín, se atascó el pescado en el medio del ascensor, siendo
-necesario que acudiesen albañiles con palancas para extraerlo.
-
-
-II
-
-En las tardes en que había «banquete de Platón» (que así denominábamos
-esas fiestas de truchas e ideas generales), yo, vecino e íntimo,
-aparecía al declinar el sol, y subía familiarmente a las habitaciones
-de nuestro Jacinto, en donde le hallaba siempre incierto entre sus
-levitas, porque las usaba alternadamente, de seda, de paño, de franelas
-Jaegher y de _foulard_ de las Indias. El cuarto respiraba el frescor
-y aroma del jardín por dos vastas ventanas, obliteradas magníficamente
-(aparte de las cortinas de seda muelle Luis XV), de una vidriera
-interior de cristal entero, de un toldo arrollado en el cimacio, de
-un estor de seda floja, de gasas que se fruncían y se enroscaban
-como nubes y de una celosía móvil de gradería morisca. Todos estos
-resguardos (sabia invención de Holland y C.ª, de Londres), servían
-para resguardar la luz y el aire --según los avisos de termómetros,
-barómetros e higrómetros, montados en ébano, y a los cuales un
-meteorologista (Cunha Guedes) todas las semanas venía a verificar la
-precisión.
-
-Entre estas dos ventanas destacaba la mesa de toilette, una mesa
-enorme, de vidrio, toda de vidrio, con el fin de hacerla impenetrable
-a los microbios, y cubierta de todos esos utensilios de aseo y aliño
-que el hombre del siglo XIX necesita en una capital para no desentonar
-en el conjunto suntuario de la civilización. Cuando nuestro Jacinto,
-arrastrando sus ingeniosas chinelas de pellico y seda, se acercaba
-a esta ara, yo, bien repantigado en un diván, abría con indolencia
-una Revista, ordinariamente la _Revista Electropática_, o la de
-las _Indagaciones Físicas_. Jacinto comenzaba... Cada uno de esos
-utensilios de acero, de marfil, de plata, imponían a mi amigo, por la
-influencia omnipoderosa que las cosas ejercen sobre el dueño (_sunt
-tyrannia rerum_) el deber de utilizarlo con aptitud y deferencia.
-
-Así que las operaciones del alindamiento de Jacinto presentaban la
-prolijidad, reverente e insuprimible, de los ritos de un sacrificio.
-
-Comenzaba por el cabello... Con un cepillo chato, redondo y duro
-acamaba el cabello, liso y rubio, en lo alto, a los lados de la raya;
-con un cepillo estrecho y recurvo, a la manera del alfanje de un persa,
-ondeaba el cabello sobre la oreja; con un cepillo cóncavo, en forma de
-teja, empastaba el cabello, por detrás, sobre la nuca... Respiraba y
-sonreía. Después, con un cepillo de largas cerdas, fijaba el bigote;
-con un cepillo leve y flácido incurvaba las cejas; con un cepillo hecho
-de pluma regularizaba las pestañas. Y de esta manera Jacinto permanecía
-delante del espejo, pasando pelos sobre su pelo, unos catorce minutos.
-
-Peinado y cansado, iba a purificar las manos. Dos criados, al fondo,
-maniobraban con pericia y vigor los aparatos del lavatorio, que era
-apenas un resumen de la maquinaria monumental de la sala de baño. Allí,
-sobre el mármol verde y róseo del lavabo, había dos duchas (caliente y
-fría) para la cabeza; cuatro chorros, graduados desde _cero hasta cien
-grados_; el vaporizador de perfumes; la fuente de agua esterilizada
-(para los dientes); el surtidor para la barba, y otras espitas que
-rebrillaban y botones de ébano que, apenas rozados, desencadenaban la
-marejada y el estridor de torrentes en los Alpes... Para mojarme los
-dedos, yo nunca me acerqué a aquel lavabo sin terror, escarmentado de
-la tarde amarga de enero, en que bruscamente desoldada la espita, el
-chorro de agua a _cien_ grados reventó, silbando y humeando, furioso,
-devastador... Huimos todos, despavoridos. Atronó un clamor _El
-Jazminero_. El viejo Grillo, escudero que había sido de Jacinto padre,
-quedó cubierto de ampollas en la cara, en las manos fieles.
-
-Cuando Jacinto acababa de enjugarse laboriosamente en toallas de felpa,
-de lino, de cuerda entrenzada (para restablecer la circulación), de
-seda blanda (para lustrar la piel), bostezaba, con un bostezo hueco y
-lento.
-
-Era este bostezo, perpetuo y vago, lo que nos inquietaba a nosotros,
-sus amigos y filósofos. ¿Qué faltaba a este hombre excelente? Tenía
-su inalterable salud de pino bravo, crecido en las dunas; una luz
-de inteligencia, propia a todo luminar, firme y clara, sin temblor;
-cuarenta magníficos miles de duros de renta; todas las simpatías de una
-ciudad chasqueadora y escéptica; una vida barrida de sombras, más libre
-y lisa que un cielo de verano... Y todavía bostezaba constantemente;
-palpaba en la faz, con los dedos finos, la palidez y las arrugas. ¡A
-los treinta años Jacinto andaba encorvado, como bajo un peso injusto!
-Y por la morosidad desconsolada de toda su acción, parecía ligado,
-desde los dedos hasta la voluntad, por las mallas apretadas de una
-red que no se veía y que lo trababa. Era doloroso testimoniar el
-hastío con que para apuntar una dirección tomaba su lápiz pneumático,
-su pluma eléctrica, o para llamar al cochero echaba mano del tubo
-telefónico... En este mover lento del brazo magro, en los pliegues
-que le arrugaban la nariz, en sus silencios largos y postrados, se
-sentía el grito constante que le iba por el alma: «¡Qué pesadez! ¡Qué
-pesadez!» Claramente la vida era para Jacinto un cansancio, o por
-laboriosa y difícil, o por desinteresante y hueca. Por eso mi pobre
-amigo procuraba constantemente sumar a ella nuevos intereses, nuevas
-facilidades. Dos inventores, hombres de mucho celo y pesquisa, estaban
-encargados, uno en Inglaterra, otro en América, de darle noticia y
-ofrecerle todos los inventos, los más menudos, que concurriesen a
-perfeccionar la confortabilidad del _Jazminero_. Además, él propio se
-correspondía con Edison. Y, por el lado del pensamiento, Jacinto no
-cesaba, asimismo, de buscar intereses y emociones que le reconciliasen
-con la vida, penetrando, a cata de esas emociones y de esos intereses,
-por las veredas más desviadas del saber, a punto de devorar, desde
-enero a marzo, setenta y siete volúmenes sobre _la evolución de las
-ideas morales entre las razas negroides_. ¡Ah! ¡Nunca hombre de este
-siglo batalló más esforzadamente contra el enfado _de vivir_!
-
-¡De balde! ¡Hasta de exploraciones tan cautivantes como esa, a través
-de la moral de les negroides, Jacinto regresaba más mustio, con
-bostezos más hondos!
-
-Entonces era cuando se refugiaba intensamente en la lectura de
-Schopenhauer y del Eclesiastés. ¿Por qué? Sin duda, porque entrambos
-pesimistas lo confirmaban en las conclusiones que él sacaba de una
-experiencia paciente y rigurosa: «que todo es vanidad o dolor, que
-cuanto más se sabe más se pena, y que haber sido rey de Jerusalén y
-obtenido los goces todos en la vida, solo lleva a mayor amargura...»
-¿Mas por qué rodara así a tan oscura desilusión el saludable, rico,
-sereno e intelectual Jacinto? El viejo escudero Grillo pretendía que
-«¡S. E. sufría de hartura!»
-
-
-III
-
-Justamente después de ese invierno, durante el cual se embreñara en la
-moral de los negroides e instalara la luz eléctrica en los arbolados
-del jardín, sucedió que Jacinto tuvo la necesidad moral ineludible de
-partir para el Norte, a su viejo solar de Torges. Jacinto no conocía
-Torges. Se preparó durante siete semanas para esa jornada agreste. La
-quinta queda en las sierras y la ruda casa solariega, en donde aún
-resta una torre del siglo XV, hallábase ocupada hacía treinta años
-por los caseros, buena gente de trabajo, que comía el caldo entre la
-humareda del lar y extendía el trigo a secar en las salas señoriales.
-
-Jacinto, en los comienzos de marzo, escribió cuidadosamente a su
-procurador Souza, que habitaba la aldea de Torges, ordenándole que
-compusiese los tejados, encalase los muros, envidriase las ventanas;
-después mandó expedir, por medios de rápida conducción, en cajones
-que trasponían con trabajo los portones del _Jazminero_, todos los
-confortes necesarios a dos semanas de montaña, camas de plumas,
-poltronas, divanes, lámparas de Carcel, bañeras de níquel, tubos
-acústicos para llamar a los criados, alfombras persas para ablandar
-los suelos; uno de los cocheros partió con un coupé, una victoria, un
-break, mulas y cascabeles.
-
-Al cabo de un tiempo, fue el cocinero con la batería, la botillería,
-la heladora, una gran cantidad de trufas, cajas profundas de aguas
-minerales. Desde el amanecer, en los anchos patios del palacio, se
-clavaba, se martillaba, como en la construcción de una ciudad. El
-bagaje, desfilando, recordaba una página de Herodoto al narrar la
-invasión persa. Jacinto enmagreció con los cuidados de aquel Éxodo.
-Por fin partimos en una mañana de junio, con Grillo y treinta y siete
-maletas.
-
-Yo acompañaba a Jacinto, en mi camino para Guiães, donde vive una tía
-mía, a una legua larga de Torges; íbamos en un vagón reservado, entre
-vastas almohadas, con perdices y champán en un cesto. A mitad de la
-jornada debíamos cambiar de tren, en esa estación que tiene un nombre
-sonoro en _olla_, y un tan suave y cándido jardín de rosales blancos.
-Era domingo de inmensa polvareda y sol, y encontramos allí, llenando el
-andén estrecho, todo un pueblo festivo que venía de la romería de San
-Gregorio de la Sierra.
-
-Para realizar aquel trasbordo, en tarde de fiesta, el horario solo
-nos concedía tres minutos avaros. El otro tren ya esperaba, junto al
-cobertizo, impaciente y silbando. Una campana badajeaba con furor. Y
-sin casi atender a las lindas mozas que allí se bamboneaban, en bandos,
-encendidas, con pañuelos flameantes, el seno vasto cubierto de oro,
-y la imagen del santo espetada en el sombrero, corrimos, empujamos,
-saltamos para el otro vagón, ya reservado, marcado por un cartón con
-las iniciales de Jacinto. Inmediatamente el tren rodó. ¡Entonces pensé
-en nuestro Grillo, en las treinta y siete maletas! Apoyado de bruces
-en la portezuela pude ver aún junto al ángulo de la estación, bajo los
-eucaliptos, un montón de equipaje y hombres de gorra galoneada que
-delante de él braceaban desesperados.
-
-Murmuré, recayendo en las almohadas:
-
---¡Qué servicio!
-
-Jacinto, en un rincón, sin abrir los ojos, suspiró:
-
---¡Qué pesadez!
-
-Durante una hora deslizámonos lentamente entre trigales y viñedos;
-y aún el sol batía en las vidrieras, caliente y polvoriento, cuando
-llegamos a la estación de Gondín, en donde el procurador de Jacinto,
-el excelente Souza, debía esperarnos con caballos que nos llevaran por
-la sierra, hasta el solar de Torges. Detrás del jardín de la estación,
-todo florido también de rosas y margaritas, Jacinto reconoció en
-seguida sus carruajes aún empaquetados en lona.
-
-Pero cuando nos apeamos en el pequeño andén blanco y fresco, solo
-hallamos en torno nuestro soledad y silencio... ¡Ni procurador, ni
-caballos! El jefe de la estación, a quien yo pregunté con ansiedad «si
-no apareciera por allí el señor Souza, si no conocía al señor Souza»,
-sacó afablemente su gorra galoneada. Era un mozo gordo y redondo, con
-colores de manzana camuesa, que traía bajo el brazo un libro de versos.
-«¡Conocía perfectamente al señor Souza!» ¡Tres semanas antes jugara con
-él a la manilla! ¡Esta tarde, sin embargo, infelizmente, no había visto
-al señor Souza! El tren desapareciera por detrás de las altas rocas
-que allí penden sobre el río. Un cargador hacía un cigarro, silbando.
-Cerca de la valla del jardín, una vieja, toda de negro, dormitaba
-agachada en el suelo, delante de una cesta de huevos. ¿Y nuestro
-Grillo y nuestro equipaje?... El jefe encogió risueñamente los hombros
-rollizos. Todos nuestros bienes habían encallado, de seguro, en aquella
-estación de rosales blancos que tiene un nombre sonoro en _olla_. Y
-allí estábamos nosotros, perdidos en la sierra agreste, sin procurador,
-sin caballos, sin Grillo, sin maletas.
-
-¿Para qué referir menudamente el lance lamentable? Próximo a la
-estación, en una quebrada de la sierra, había un casal forero a la
-quinta, en donde conseguimos, para llevarnos y guiarnos a Torges,
-una yegua lazarina, un jumento blanco, un rapaz y un podenco. Y allí
-comenzamos a trepar, desazonadamente, esos caminos agrestes, los
-mismos, quizá, por donde iban y venían, de monte a río, los Jacintos
-del siglo XV. Pasado un trémulo puente de madera que atraviesa un
-riachuelo todo quebrado por peñas (y donde abunda la trucha adorable),
-nuestros males olvidáronsenos ante la inesperada, incomprensible
-belleza de aquella bendita sierra. El divino artista que está en los
-cielos compusiera, ciertamente, ese monte en una de sus mañanas de más
-solemne y bucólica inspiración.
-
-La grandeza era tanta como la gracia... Decir los valles fofos de
-verdura, los bosques casi sacros, los pomares olorosos y en flor,
-la frescura de las aguas cantantes, las ermitas blanqueando en los
-altos, las rocas musgosas, el aire de una dulzura de paraíso, toda la
-majestad y toda la lindeza, no es para mí, hombre de pequeño arte. Ni
-creo que fuese para el maestro Horacio. ¿Quién puede decir la belleza
-de las cosas, tan simple e indecible? Jacinto, delante, en la yegua
-torda, murmuraba:
-
---¡Ah, qué belleza!
-
-Yo atrás, en el burro, con las piernas sueltas, murmuraba:
-
---¡Ah, qué belleza!
-
-Los expertos regatos reían, saltando de roca en roca; finos ramos de
-arbustos floridos rozaban nuestras caras, con familiaridad y cariño;
-durante largo tiempo, un mirlo nos siguió de chopo para castaño,
-silbando nuestros loores.
-
-Tierra bien acogedora y amable... ¡Ah, qué belleza!
-
-Entre _ahs_ maravillados llegamos a una avenida de hayas, que nos
-pareció clásica y noble. Dando un nuevo vergajazo al burro y a la
-yegua, el rapaz, con su podenco al lado, gritó: «¡Ya estamos!»
-
-Y al fondo de las hayas había, en efecto, un portal de quinta, al
-cual un escudo de armas de vieja piedra, roída de musgo, señoreaba
-grandemente. Dentro ya, los perros ladraban con furor. Y apenas Jacinto
-y yo, atrás de él, en el burro de Sancho, traspusimos el dintel
-solariego, corrió, hacia nosotros, desde lo alto de la escalera, un
-hombre blanco, rapado como un clérigo, sin cuello, sin chaqueta, que
-erguía para el aire, en un gran asombro, los brazos desolados. Era el
-casero, Zé Braz. Y en aquel punto, allí, en las piedras del patio,
-entre el latir de los perros, brotó una tumultuosa historia, que el
-pobre Braz balbuceaba, aturdido, y que llenaba la faz de Jacinto de
-lividez y de cólera. El casero no esperaba a S. E. Nadie esperaba a S.
-E. (Él decía _su inselencia_).
-
-El procurador, el señor Souza, estaba en la frontera desde mayo,
-atendiendo a la madre que había recibido una coz de una mula. Por
-fuerza había habido engaño, cartas perdidas... Porque el señor Souza no
-contaba con S. E... hasta septiembre, para la vendimia. En casa ninguna
-obra comenzara y, desgraciadamente para S. E., los tejados aún estaban
-sin tejas, y las ventanas sin vidrios...
-
-Crucé los brazos, tomado de un justo espanto. ¿Pero los cajones, esos
-cajones remitidos a Torges, con tanta prudencia, en abril, repletos
-de colchones, de regalos, de civilización?... El casero, vago, sin
-comprender, desencajaba los ojos menudos en donde ya bailaban lágrimas.
-¿Los cajones? Nada llegara, nada apareciera. Y en su perturbación,
-Zé Braz buscaba entre las arcadas del patio, en los bolsillos de
-los pantalones... ¿Los cajones? ¡No, no tenía los cajones! En esto,
-acercose gravemente el cochero de Jacinto (que había traído los
-caballos y los carruajes). Ese era un hombre civilizado, y acusó de
-todo al gobierno. Ya cuando él servía al señor vizconde de S. Francisco
-habíanse perdido, por abandono del gobierno, de la ciudad a la sierra,
-dos cajas de vino viejo de Madeira y ropa blanca de señora. Por lo
-cual, él, escarmentado, sin confianza en la nación, no abandonara los
-carruajes, y era todo lo que restaba a S. E.: el break, la victoria, el
-coupé y los cascabeles. Solo que, en aquella ruda montaña, no había
-carreteras por donde pudiesen rodar. Y como para subirlos hasta la
-quinta eran necesarios grandes carros de bueyes, los dejara allá abajo,
-en la estación, quietos, empaquetados en lona...
-
-Jacinto quedó plantado delante de mí, con las manos en los bolsillos:
-
---¿Y ahora?
-
-Nada restaba sino recogernos, cenar el caldo del tío Zé Braz, y dormir
-en las pajas que los hados nos concediesen. Subimos. La escalera noble
-conducía a un gran balcón, todo cubierto en alpendre, aumentando la
-fachada del caserón y ornado, entre sus gruesos pilares de granito, con
-cajones llenos de tierra, en que florecían claveles. Cogí un clavel.
-Entramos. ¡Y mi pobre Jacinto contempló, en fin, las salas de su solar!
-Eran enormes, con las altas paredes revocadas de cal que el tiempo
-y el abandono habían ennegrecido, y vacías, desoladamente desnudas,
-ofreciendo apenas como vestigio de habitación y de vida, por los
-rincones, algún montón de cestos o algún haz de azadas. En los techos
-remotos de encina negra albeaban manchas, que era el cielo ya pálido
-del fin de la tarde, sorprendido a través de los agujeros del tejado.
-No quedaba una vidriera. A las veces, bajo nuestros pasos, una tabla
-podrida crujía y cedía.
-
-Hicimos alto, al cabo, en la última, la más vasta, donde había dos
-arcas inmensas para guardar el grano; y allí depusimos melancólicamente
-lo que nos quedara de las treinta y siete maletas: los abrigos de
-viaje, un bastón y un _Diario de la Tarde_. A través de las ventanas
-desvidriadas, por donde se avistaban copas de arbolados y las
-sierras azules de allende el río, el aire entraba montesino y amplio,
-circulando plenamente como en un terrado, con aromas de pinar bravío. Y
-allá, de lo hondo de los valles, subía desgarrada y triste, una voz de
-pastora cantando. Jacinto balbució:
-
---¡Es honoroso!
-
-Yo murmuré:
-
---¡Es campestre!
-
-
-IV
-
-Zé Braz, en tanto, con las manos en la cabeza, desapareciera a ordenar
-la cena para _sus inselencias_. El pobre Jacinto, desalentado por el
-desastre, sin resistencia contra aquel brusco desaparecimiento de toda
-la civilización, cayó pesadamente sobre el poyo de una ventana, y
-desde allí miraba a los montes. Y yo, a quien aquellos aires serranos
-y el cantar del pastor sabían bien, terminé por descender a la cocina,
-conducido por el cochero, a través de escaleras y callejones, en donde
-la oscuridad venía menos del crepúsculo que de densas telas de araña.
-
-La cocina era una espesa masa de tonos y formas negras, color de
-hollín, en la cual refulgía al fondo, sobre el suelo de tierra, una
-hoguera roja que lamía gruesas ollas de hierro, y se perdía en humareda
-por la reja escasa que en lo alto colaba la luz. Un bando alborozado
-y parlero de mujeres desplumaba pollos, batía huevos, limpiaba arroz
-con santo fervor... Del centro de ellas, el buen casero, atontado,
-embistió para mí, jurando que «la cena de _sus inselencias_ no se
-demoraba un credo». Y como yo le interrogara a propósito de las camas,
-el digno Braz tuvo un murmurio vago y tímido sobre «jergoncitos en el
-suelo».
-
---Es bastante, señor Zé Braz --acudí yo para consolarle.
-
---¡Pues así Dios sea servido! --suspiró el hombre excelente, que
-atravesaba en esa hora el trance más amargo de su vida serrana.
-
-Eché a andar hacia arriba con estas consoladoras nuevas de cena y cama,
-y encontré aún a mi Jacinto en el poyo de la ventana, embebiéndose todo
-de la dulce paz crepuscular, que lenta y calladamente se establecía
-sobre valle y monte. En el alto ya temblaba una estrella, Vesper
-diamantina, que es todo lo que en este cielo cristiano resta del
-esplendor corporal de Venus. Jacinto nunca considerara bien aquella
-estrella, ni había asistido a este majestuoso y dulce adormecer de
-las cosas. Ese ennegrecimiento de montes y arbolados, casales claros
-fundiéndose en la sombra, un toque durmiente de campana que venía por
-las quebradas, el cuchichear de las aguas entre los prados, eran para
-él como iniciaciones. Yo estaba enfrente, en el otro poyo. Y lo sentí
-suspirar como un hombre que al fin descansa.
-
-En esta contemplación nos encontró Zé Braz, con el dulce aviso de que
-estaba en la mesa la _ceniña_. Era, en la otra sala, más desnuda, más
-negra. Y allí, mi supercivilizado Jacinto reculó con un pavor genuino.
-En la mesa de pino, recubierta con una toalla, arrimada a la pared
-sórdida, una vela de sebo medio derretida en un candelero de latón,
-alumbraba dos platos de loza amarilla, ladeados por cucharas de palo
-y por tenedores de hierro. Los vasos, de vidrio grueso y empañados,
-conservaban el tono rojo del vino que por ellos pasara en hartos
-años de hartas vendimias. El platillo de barro con las aceitunas,
-deleitaría, por su sencillez ática, el corazón de Diógenes. En el ancho
-pan de maíz estaba clavado un cuchillo... ¡Pobre Jacinto!
-
-Mas al fin se sentó resignado, y mucho tiempo pensativamente refregó
-con su pañuelo el tenedor negro y la cuchara de palo. Después, mudo,
-desconfiado, probó un trago corto de caldo, que era de gallina y olía
-muy bien. Probó, y levantó hacia mí, su compañero y amigo, unos ojos
-largos que lucían sorprendidos. Volvió a sorber una cucharada de caldo,
-más llena, más lenta... Y sonrió, murmurando con espanto:
-
---¡Está bueno!
-
-Estaba realmente bueno; tenía hígado y mollejas; su perfume enternecía.
-Yo lo ataqué tres veces con energía, pero fue Jacinto el que raspó la
-sopera. Luego, separando el pan y separando la vela, el buen Zé Braz
-puso en la mesa una fuente vidriada, que desbordaba de arroz con habas.
-A pesar de que la haba (que los griegos llamaran _ciboria_) pertenecía
-a las épocas superiores de la civilización, y promovía tanto la
-sapiencia que había en Sicio, en Galacia, un templo dedicado a Minerva
-Ciboriana, Jacinto siempre detestara las habas. Probó, sin embargo,
-una cucharada, tímido. De nuevo sus ojos, alargados por el asombro,
-buscaron los míos. Otra cucharada, otra concentración... Y he ahí que
-mi dificilísimo amigo exclama:
-
---¡Está óptimo!
-
-¿Eran los aires picantes de la sierra? ¿Era el arte delicioso de
-aquellas mujeres, que, abajo, removían las ollas, cantando el _Viva mi
-bien_? No sé; mas los loores de Jacinto a cada plato fueron ganando en
-amplitud y firmeza. Y delante del pollo amarillo, asado en el espeto de
-palo, terminó por gritar:
-
---¡Está divino!
-
-Nada, sin embargo, le entusiasmó como el vino, el vino cayendo de
-alto, de la gruesa colodra verde, un vino gustoso, penetrante, vivo,
-caliente, que tenía en sí más alma que mucho poema o libro santo.
-Viéndole poner a la luz de sebo el vaso rudo, orlado de espuma, yo
-recordaba el día geórgico en que Virgilio, en casa de Horacio, bajo
-la enramada, cantaba el fresco pajizo de la Rética. Y Jacinto, con un
-color que yo nunca le había visto en su palidez schopenhaurica, susurró
-luego el dulce verso:
-
- _Rethica quo te carmina dicat._
-
-¿Quién dignamente te cantara, vino de aquellas sierras?
-
-Así comimos deliciosamente, bajo los auspicios de Zé Braz. Y después
-volvimos para las alegrías únicas de la casa, para las ventanas
-desvidriadas, a contemplar silenciosamente un suntuoso cielo de
-verano, tan lleno de estrellas que todo él parecía una densa polvareda
-de oro vivo, suspensa, inmóvil, por encima de los montes negros.
-Como yo observé a Jacinto, en la ciudad nunca se miran los astros
-por causa de los faroles, que los ofuscan; y por eso nunca podemos
-entrar en una completa comunión con el Universo. El hombre, en las
-capitales, pertenece a su casa o, si lo impelen fuertes tendencias
-de sociabilidad, a su barrio. Todo lo aísla y lo separa de la
-restante naturaleza: las casas obstructoras de seis pisos, el humo
-de las chimeneas, el rodar moroso y grueso de los ómnibus, la trama
-encarceladora de la vida humana... ¡Pero qué diferencia en la cima
-de un monte, como Torges! Ahí todas esas bellas estrellas miran para
-nosotros de cerca, rebrillando, a la manera de ojos conscientes; unas
-fijamente, con sublime indiferencia; otras, ansiosamente, con una luz
-que palpita, una luz que llama, como si tentasen revelar sus secretos o
-comprender los nuestros...
-
-Es imposible no sentir una solidaridad perfecta entre esos inmensos
-mundos y nuestros pobres cuerpos. Todos somos obra de la misma
-voluntad. Todos vivimos de la acción de esa voluntad inmanente.
-
-Todos, por tanto, desde los Uranos hasta los Jacintos, constituimos
-modos diversos de un ser único, y a través de sus transformaciones
-sumamos una misma unidad. No hay idea más consoladora que esta: que yo,
-y tú, y aquel monte, y el sol que ahora se esconde, somos moléculas
-del mismo Todo, gobernadas por la misma Ley, rodando para el mismo
-Fin. Desde luego se sumen las responsabilidades torturantes del
-individualismo. ¿Qué somos nosotros? Formas sin fuerza, que una Fuerza
-impele. ¡Hay un descanso delicioso en esta certeza, aunque fugitiva, de
-que se es el grano de polvo irresponsable y pasivo que va llevado en el
-viento, o la gota perdida en el torrente! Jacinto concordaba, sumido en
-la sombra. Ni él ni yo sabíamos los nombres de esos astros admirables.
-¡Yo, por causa de la maciza e indesbastable ignorancia de bachiller,
-con que salí del vientre de Coimbra, mi madre espiritual; Jacinto,
-porque en su poderosa biblioteca tenía _trescientos diez y ocho_
-tratados sobre astronomía! ¿Pero qué nos importaba, de otra parte, que
-aquel astro de allí se llamase Sirio y aquel otro Aldebarán? ¿Qué les
-importaba a ellos que uno de nosotros fuese José y el otro Jacinto?
-Éramos formas transitorias del mismo ser eterno, y en nosotros había
-el mismo Dios. Y si ellos también así lo comprendían, estábamos allí
-nosotros, en la ventana de un caserón serrano; ellos, en un maravilloso
-infinito, ejecutando un acto sacrosanto, un perfecto acto de gracia,
-que era sentir conscientemente nuestra unidad y realizar, durante un
-instante, en la consciencia, nuestra divinización.
-
-De esta suerte filosofábamos cuando Zé Braz, con un candil en la mano,
-vino a decir que «estaban preparadas las camas de _sus inselencias_...»
-De la idealidad descendimos gustosamente a la realidad; ¿y qué vimos
-entonces, nosotros, los hermanos de los astros? En dos salas tenebrosas
-y cóncavas, dos jergones, tirados en el suelo, en un rincón, con dos
-colchas de algodón; a la cabecera un candelero de latón, posado sobre
-un banco; y a los pies, como lavatorio, un barreño barnizado encima de
-una silla de madera.
-
-En silencio, mi supercivilizado amigo palpó su jergón y sintió en él la
-rigidez del granito. ¡Después, corriendo por la cara decaída los dedos
-mustios, consideró que, perdidas sus maletas, no tenía ni zapatillas
-ni camisón! De nuevo Zé Braz hizo de Providencia, trayendo al pobre
-Jacinto, para que desahogase los pies, unos tremendos zuecos de madera,
-y para que cubriese el cuerpo, dulcemente educado en Síbaris, una
-camisa de la casera, enorme, de estopa, más áspera que estameña de
-penitente, y con volantes crespos y duros, como labores en madera. Para
-consolarle recordé que Platón cuando componía el _Banquete_; Jenofonte,
-cuando mandaba los Diez Mil, dormían en peores catres. Las camas
-austeras hacen las fuertes almas; solo vestido de estameña se penetra
-en el Paraíso.
-
---¿Tiene usted --murmuró mi amigo, desatento y seco-- alguna cosa que
-yo pueda leer?... ¡No puedo dormirme sin leer!
-
-Yo tenía únicamente el número del _Diario de la Tarde_, que rasgué por
-el medio, y repartí con él fraternalmente. ¡Y quien no vio entonces a
-Jacinto, señor de Torges, agazapado en el borde del jergón, junto de la
-vela que goteaba sobre el banco, con los pies desnudos, ocultos en los
-gruesos zuecos, recorriendo en la mitad del _Diario de la Tarde_, con
-los ojos confusos, los anuncios de los barcos, no puede saber lo que es
-una vigorosa y real imagen del desaliento!
-
-Así lo dejé, y de allí a poco, extendido asimismo en mi jergón,
-también espartano, subía, a través de un sueño jovial y erudito, al
-planeta Venus, donde encontraba, entre los olmos y los cipreses, en un
-vergel, a Platón y Zé Braz, en alta camaradería intelectual, bebiendo
-el vino de Rética por los vasos de Torges. Emprendimos los tres
-bruscamente una controversia sobre el siglo XIX. A lo lejos, por entre
-una floresta de rosales más altos que encinas, albeaban los mármoles
-de una ciudad y resonaban cantos sacros. No recuerdo lo que Jenofonte
-sustentó acerca de la civilización y del fonógrafo. De repente, todo se
-turbó por negras nubes, a través de las cuales yo distinguía a Jacinto,
-huyendo en un burro que impelía furiosamente con los tacones, con una
-vardasca, con gritos, en la dirección del _Jazminero_.
-
-
-V
-
-Muy temprano, de madrugada, sin rumor, para no despertar a Jacinto que,
-con las manos sobre el pecho, dormía plácidamente, partí para Guiães.
-Y durante tres quietas semanas, en aquella villa donde se conservan
-los hábitos y las ideas del tiempo del rey don Dinís, no supe de mi
-desconsolado amigo, que de cierto había huido de sus techos agujereados
-y reentrara en la civilización. Después, en una abrasada mañana de
-agosto, desciendo de Guiães, tomo de nuevo la avenida de las hayas y
-llego al portalón solariego de Torges, entre el furioso latir de los
-perros. La mujer de Zé Braz apareció alborozada a la puerta de la
-bodega. Y su nueva fue que el señor don Jacinto (en Torges, mi amigo
-tenía don) andaba allá abajo, con Souza, en los campos de Freixomil.
-
---¿Entonces, aún anda por aquí el señor don Jacinto?
-
-¡_Su inselencia_ aún estaba en Torges, y _su inselencia_ quedaba para
-la vendimia!... Justamente reparaba en que las ventanas del solar
-tenían vidrieras nuevas; y a un lado del patio posaban baldes de cal;
-una escalera de albañil quedara arrimada contra la baranda, y en un
-cajón abierto, aún lleno de paja de embalar, dormían dos gatos.
-
---¿Y Grillo, apareció?
-
---El señor Grillo está en el pomar, a la sombra.
-
---Bien; ¿y las maletas?
-
---El señor don Jacinto ya tiene su saquiño de cuero...
-
---¡Loado sea Dios! Jacinto estaba, en fin, provisto de civilización.
-Subí contento. En la sala noble, donde el suelo fuera recompuesto y
-fregado, encontré una mesa cubierta de hule, aparadores de pino con
-loza blanca, de Barcelos, y sillas de paja, orillando las paredes muy
-encaladas, que daban una frescura de capilla nueva. Al lado, en otra
-sala, también de brillante blancura, había el conforto inesperado de
-tres sillones de paja de Madeira, con brazos largos y almohadones de
-algodón; sobre la mesa de pino, el papel, el candelero de aceite, las
-plumas de pato espetadas en un tintero de fraile, parecían preparadas
-para un estudio calmo y dichoso de humanidades; y en la pared,
-suspendido por dos clavos, un estante contenía cuatro o cinco libros,
-hojeados y usados: _Don Quijote_, un Virgilio, una Historia de Roma,
-las Crónicas de Froissart. La pieza contigua era ciertamente el cuarto
-de don Jacinto, un cuarto claro y casto de estudiante, con un catre de
-hierro, un lavabo de hierro, la ropa colgada en perchas toscas. Todo
-resplandecía de aseo y orden. Las maderas de los ventanales, cerradas,
-defendían del sol de agosto, que escaldaba fuera los balcones de
-piedra. Del suelo, rociado de agua, subía una frescura consoladora. En
-un viejo vaso azul un ramo de claveles alegraba y perfumaba. No había
-un rumor. Torges dormía en el esplendor de la siesta. Y envuelto en
-aquel reposo de convento remoto, terminé por extenderme en un sillón de
-paja junto a la mesa, abrí lánguidamente el Virgilio, y murmuré:
-
- _Fortunate Jacinthe!, tu inter arva nota_
- _et fontes sacros frigus captatis opacum._
-
-Ya casi irreverentemente adormeciera sobre el divino bucolista,
-cuando me despertó un grito amigo. Era Jacinto. E inmediatamente le
-comparé a una planta medio mustia y decolorada en la oscuridad, que
-había sido profusamente regada y reviviera en pleno sol. No andaba
-encorvado. Sobre su palidez de supercivilizado, el aire de la sierra o
-la reconciliación con la vida habíanle dado un tono moreno y fuerte,
-que le virilizaba soberbiamente. De los ojos, que en la ciudad le había
-conocido, siempre crepusculares, saltaba ahora un brillo de mediodía,
-decidido y dilatado, que entraba francamente en la belleza de las
-cosas. Ya no pasaba las manos mustias sobre la faz; batía con ellas
-fuertemente en el muslo. ¡Qué sé yo! Era una reencarnación. Y todo lo
-que me contó, pisando alegremente con los zapatos blancos el suelo, fue
-que, al cabo de tres días, en Torges, se sintiera como serenado, mandó
-comprar un colchón blando, reunió cinco libros nunca leídos, y allí
-estaba...
-
---¿Para todo el verano?
-
---¡Para siempre! Y ahora, hombre de las ciudades, ven a almorzar unas
-truchas que yo pesqué, y comprende al fin lo que es el cielo.
-
-Las truchas eran, en efecto, celestes. Apareció también una ensalada de
-coliflor y vainas, y un vino blanco de Azães... ¿Quién condignamente os
-cantara, manjares y bebidas de aquellas sierras?
-
-A la tarde, paseamos por los caminos, costeando la vasta quinta, que
-va de valles a montes. Jacinto parábase a contemplar con cariño los
-altos maizales. Con la mano abierta y fuerte batía en el tronco de los
-castaños, como en las espaldas de amigos recuperados. Todo hilo de
-agua, toda colina de hierba, todo pie de viña le ocupaba como vidas
-filiales por las cuales fuese responsable. Conocía ciertos mirlos que
-cantaban en ciertos chopos. Exclamaba enternecido:
-
---¡Qué encanto, la flor de trébol!
-
-A la noche, después de un cabrito asado en el horno, al que el
-maestro Horacio habría dedicado una Oda (tal vez un Carmen Heroico),
-conversamos sobre el destino y la vida. Yo cité, con discreta malicia,
-a Schopenhauer y al Eclesiastés... Jacinto levantó los hombros, con
-seguro desdén. Su confianza en esos dos sombríos explicadores de la
-vida desapareciera, e irremediablemente, para no volver más, como una
-niebla que el sol esparce. ¡Tremenda tontería!, afirmar que la vida
-se compone meramente de una larga ilusión, y levantar un aparatoso
-sistema sobre un punto especial y estrecho de la vida, dejando fuera
-del sistema toda la vida restante, como una contradicción permanente
-y soberbia. Era como si él, Jacinto, señalando una ortiga, crecida en
-aquel patio, declarase triunfalmente: «¡Aquí está una ortiga! Toda la
-quinta de Torges, de consiguiente, es una masa de ortigas». ¡Bastaría
-que el huésped alzase los ojos, para ver los trigales, los pomares y
-los viñedos!
-
-Luego que, de esos dos ilustres pesimistas, uno, el alemán, ¡qué
-conocía de la vida, de esa vida de que había hecho, con doctoral
-majestad, una teoría definitiva y doliente! ¡Todo lo que puede conocer
-quien, como este genial farsante, viviera cincuenta años en una lúgubre
-hospedería de provincia, levantando apenas los ojos del libro para
-conversar, en la mesa redonda, con los oficiales de la guarnición! Y el
-otro, el israelita, el hombre de los _Cantares_, el muy pedantesco rey
-de Jerusalén, solo descubre que la vida es una ilusión a los setenta y
-cinco años, cuando el poder se le escapa de las manos trémulas, y su
-serrallo de trescientas concubinas, se torna ridículamente superfluo a
-su osamenta rígida. Uno dogmatiza fúnebremente sobre lo que no sabe, y
-el otro, sobre lo que no puede. Mas que se dé a ese buen Schopenhauer
-una vida tan completa y llena como la de César, ¿y a dónde iría a parar
-su schopenhaurismo?; que se restituya a ese sultán, ensuciado de
-literatura, que tanto edificó y profesoró en Jerusalén, su virilidad,
-¿y en dónde está el Eclesiastés? Y por otra parte, ¿qué importa
-bendecir o maldecir la vida? Afortunada o dolorosa, fecunda o varia,
-es vida. Locos aquellos que, para atravesarla, se embozan desde luego
-en pesados velos de tristeza y desilusión, de suerte que en su camino
-todo les sea negrura, no solo las leguas realmente oscuras, mas también
-aquellas en que brilla un sol amable. En la tierra todo vive --y solo
-el hombre siente el dolor y la desilusión de la vida. Y tanto más se
-siente, cuanto más alarga y acumula la obra de esa inteligencia que lo
-hace hombre, y que lo separa del resto de la naturaleza, impensante
-e inerte. En el máximum de la civilización, experimenta el máximum
-de tedio. Así que la sabiduría está en retroceder hasta ese honesto
-mínimum de civilización, que consiste en tener un techo de choza, un
-pedazo de tierra, y el grano para sembrar en ella. En resumen, para
-recuperar la felicidad, es necesario regresar al Paraíso, y quedarse
-allá, quieto, con su hoja de parra, enteramente desguarnecido de
-civilización, contemplando al cordero dando saltos entre el tomillo, y
-sin procurar, ni con el deseo, el ¡árbol funesto de la Ciencia! ¡Dixi!
-
-Escuchaba, asombrado, a este Jacinto novísimo. Era verdaderamente una
-resurrección, en el magnífico estilo de Lázaro. Al _surge et ambula_
-que le habían susurrado las aguas y los bosques de Torges, erguíase del
-fondo de la cueva del Pesimismo, desembarazábase de sus americanas de
-Poole, _et ambulabat_, y comenzaba a ser dichoso. Yendo de retirada
-a mi cuarto, en aquellas horas honestas que convienen al campo y
-al optimismo, tomé entre las mías la mano ya firme de mi amigo, y
-pensando que al fin había alcanzado la verdadera realeza, le grité mis
-parabienes a la manera del moralista de Tibur:
-
---_¡Vive et regna, fortunate Jacinthe!_
-
-De ahí a poco, a través de la puerta abierta que nos separaba, sentí
-una carcajada fresca, moza, genuina y consolada. Era Jacinto que leía
-el _Don Quijote_. ¡Oh, bienaventurado Jacinto! ¡Conservaba el agudo
-poder de criticar, y recuperaba el don divino de reír!
-
- * * * * *
-
-Cuatro años van pasados. Jacinto aún habita Torges. Las paredes de su
-solar continúan bien encaladas, mas desnudas.
-
-Por el invierno pónese un gabán de lana y enciende un brasero. Para
-llamar a Grillo o a la moza, bate las manos, como hacía Catón. En sus
-deliciosos vagares, ya leyó la _Iliada_. No se afeita. En los caminos
-silvestres, párase y habla con las criaturas. Todos los casales de la
-sierra le bendicen. Oigo que se va a casar con una fuerte, sana y bella
-rapaza de Guiães. ¡De seguro crecerá allí una tribu, que será grata al
-señor!
-
-Como él, recientemente, me pidiera libros de su librería (una _Vida de
-Buda_, una _Historia de Grecia_ y las obras de San Francisco de Sales),
-fui, después de estos cuatro años, al _Jazminero_ desierto. ¡Cada paso
-mío sobre los fofas alfombras de Caranania sonaba triste como en un
-cementerio. Todos los brocados estaban arrugados, resquebrajados. Por
-las paredes pendían, como ojos fuera de órbitas, los botones eléctricos
-de los timbres y de las luces; y había vagos hilos de alambre,
-sueltos, enroscados, donde la araña regalada y reinando tejiera telas
-espesas. En la librería, todo el vasto saber de los siglos yacía en
-una inmensa mudez, debajo de una inmensa polvareda. Sobre los lomos
-de los sistemas filosóficos blanqueaba el moho; vorazmente la polilla
-devastara las Historias Universales; erraba allí un olor blando de
-literatura podrida; y yo partí, con el pañuelo en la nariz, seguro de
-que en aquellos veinte mil volúmenes no restaba una verdad viva! Quise
-lavarme las manos, manchadas por el contacto con estos detritos de
-conocimientos humanos. Mas los maravillosos aparatos del lavatorio, de
-la sala de baño, herrumbrosos, tenaces, desoldados, no echaban una gota
-de agua; y, como llovía en esa tarde de abril, tuve que salir al balcón
-y pedir al cielo que me lavase.
-
-Al bajar, penetré en el gabinete de trabajo de Jacinto, y tropecé en un
-montón negro de herrajes, ruedas, láminas, campanillas, tornillos...
-Entreabrí la ventana, y reconocí el teléfono, el teatrófono, el
-fonógrafo, otros aparatos, caídos de sus soportes, sórdidos, deshechos,
-bajo el polvo de los años. Empujé con el pie esta basura del ingenio
-humano. La máquina de escribir, descubierta, con los agujeros negros
-marcando las letras desarraigadas, era como una boca desdentada. El
-telégrafo parecía aplastado, enredado en sus tripas de alambre. En
-la trompa del fonógrafo, torcida, para siempre muda, revolvíanse
-cucarachas. Así yacían, tan lamentables y grotescas, aquellas geniales
-invenciones, que yo salí riendo, como de una enorme facecia, de aquel
-super-civilizado palacio.
-
-La lluvia de abril cesara; los tejados remotos de la ciudad negreaban
-sobre un poniente de carmesí y oro. Y, a través de las calles más
-frescas, iba yo pensando que este nuestro magnífico siglo XIX se
-semejaría, un día, a aquel _Jazminero_ abandonado, y que otros hombres,
-con una certeza más pura de lo que es la Vida y la Felicidad, darán,
-como yo, con el pie en la basura de la super-civilización, y, como yo,
-reirán alegremente de la gran ilusión que quedará, inútil y cubierta de
-herrumbre.
-
-De seguro que, a aquella ahora, Jacinto, en el balcón, en Torges, sin
-fonógrafo y sin teléfono, reentrado en la simplicidad, veía, bajo la
-paz lenta de la tarde, al temblar de la primera estrella, recogerse a
-la boyada entre el canto de los boyeros.
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-EL TESORO
-
-
-I
-
-Los tres hermanos de Medranhos, Ruy, Guannes y Rostabal, eran entonces,
-en todo el Reino de las Asturias, los hidalgos más hambrientos y los
-más remendados.
-
-En los Pazos de Medranhos, a que el viento de la sierra llevara vidrios
-y teja, pasaban ellos las tardes de ese invierno, enovillados en sus
-abrigos de camelote, batiendo las suelas rotas sobre las losas de la
-cocina, delante del vasto lar negro, en donde desde ya mucho antes no
-estallaba fuego, ni hervía nada en el puchero de hierro. Al oscurecer
-devoraban una corteza de pan negro, refregada con ajo. Luego, sin
-candil, a través del patio, hundiendo la nieve, iban a dormir a la
-cuadra, para aprovechar el calor de las tres yeguas leprosas que, tan
-famélicas como ellos, roían las tablas del pesebre. La miseria hiciera
-a estos señores más bravíos que lobos.
-
-Un día, en primavera, en una silenciosa mañana de domingo, yendo los
-tres por el bosque de Roquelanes acechando pisadas de caza y cogiendo
-hongos entre los robles, en tanto las tres yeguas pastaban la hierba
-nueva de abril, los hermanos de Medranhos encontraron, por detrás de
-una mata de espinos, en una cueva de roca, un viejo cofre de hierro.
-Como si lo resguardase una torre segura, conservaba sus tres llaves
-en sus tres cerraduras; sobre la tapa, mal descifrable, a través del
-herrumbre, corría un dístico en letras árabes. ¡Y dentro, hasta los
-bordes, estaba lleno de doblones de oro!
-
-En el terror y esplendor de la emoción, los tres señores quedaron
-más lívidos que cirios. Después, zambullendo furiosamente las manos
-en el oro, rompieron a reír, con unas risotadas tan sonoras, que las
-hojas tiernas de los olmos, en torno, temblaban... Retrocedieron,
-bruscamente se encararon, con los ojos flameando, en una desconfianza
-tan desabrida, que Guannes y Rostabal palparon en los cintos los mangos
-de las grandes facas. Entonces Ruy, que era gordo y rubio y el más
-avisado, levantó los brazos, como un árbitro, y comenzó por decidir que
-el tesoro, o viniese de Dios o del demonio, pertenecía a los tres, y
-entre ellos se repartiría rígidamente, pesándose el oro en balanzas.
-Mas ¿cómo podrían llevar a Medranhos, hasta la cima de la sierra,
-aquel cofre tan lleno? No era conveniente que salieran con su bien
-del bosque antes que anocheciese. Así que él entendía que el hermano
-Guannes, como más leve, debía partir trotando hacia la vecina villa de
-Retortilho, con el oro necesario en la bolsa, a fin de comprar tres
-alforjas de cuero, tres maquilas de cebada, tres empanadas de carne
-y tres botellas de vino. El vino y la carne eran para ellos, que no
-comían desde la víspera; la cebada, para las yeguas. Rehechos, señores
-y cabalgaduras, esconderían el oro en las alforjas y subirían camino de
-Medranhos, bajo la seguridad de la noche sin luna.
-
---¡Bien tramado! --gritó Rostabal, hombre más alto que un pino, de
-larga melena, y con una barba que le caía desde los ojos rayados de
-sangre hasta la hebilla del cinturón.
-
-Mas Guannes no se apartaba del cofre, desconfiado, arrugando entre los
-dedos la negra piel de grulla de su pescuezo, y al fin, brutalmente:
-
---¡Hermanos! El cofre tiene tres llaves... ¡Yo quiero cerrar mi
-cerradura y llevar mi llave!
-
---¡También yo quiero la mía, mil rayos! --rugió a seguida Rostabal.
-
-Ruy sonrió. ¡Cierto, cierto! A cada dueño del oro pertenecía una de
-las llaves que lo guardaban. Y uno por uno, en silencio, agachado ante
-el cofre, cerró su cerradura con fuerza. Guannes, serenado, saltó en
-la yegua, y metiose por la vereda de los olmos, camino de Retortilho,
-echando a los ramos su cántica acostumbrada y doliente:
-
- ¡Olé! ¡Olé!
- Sale la cruz de la iglesia,
- vestida de negro luto...
-
-
-II
-
-En un prado, enfrente de la mata que encubría el tesoro (y que los
-tres habían devastado a cuchilladas), un hilo de agua, brotando entre
-rocas, caía sobre una vasta piedra excavada, en donde hacía como un
-estanque, claro y quieto, antes de escurrirse hacia el césped; y al
-lado, en la sombra de una haya, yacía un viejo pilar de granito,
-tumbado y musgoso. Allí vinieron a sentarse Ruy y Rostabal, con sus
-tremendos espadones entre las rodillas. Las dos yeguas pastaban la
-fresca hierba, pintarrajeada de amapolas y botones de oro. Por entre el
-ramaje volaba un mirlo silbando. Un olor errante de violetas endulzaba
-el aire luminoso. Rostabal, mirando al sol, bostezó con hambre.
-
-En esto, Ruy, que sacara el sombrero y le arreglaba las viejas plumas
-rojas, comenzó a considerar, en su manso y avisado lenguaje, que
-Guannes, aquella mañana, no había querido bajar con ellos al bosque
-de Roquelanes. ¡Así era la suerte ruin! Porque si Guannes se hubiese
-quedado en Medranhos, ellos, los dos, habrían descubierto el cofre, y
-solo entre los dos se partiría el oro. ¡Qué pena! Tanto más, que la
-parte de Guannes sería en seguida disipada, con rufianes, a los dados,
-por las tabernas.
-
---¡Ah, Rostabal, Rostabal! Si Guannes, viniendo por aquí solito,
-hubiese hallado este oro, no partiría con nosotros, Rostabal.
-
-El otro murmuró sordamente y con furor, dando un tirón a las barbas
-negras:
-
---¡No, mil rayos! Guannes es un avaro. ¡Cuando el año pasado le ganó
-los cien ducados al espadero de Fresno, no me quiso prestar tres para
-comprar un jubón nuevo! ¿No te acuerdas?
-
---¿Ves tú? --gritó Ruy, resplandeciendo.
-
-Entrambos se habían levantado del pilar de granito, como llevados por
-la misma idea, que los deslumbraba. A través de sus largos pasos, las
-altas hierbas silbaban.
-
---¿Y para qué? --proseguía Ruy--. ¿Para qué le sirve a él todo el oro
-que nos lleva? ¿No le oyes, de noche, cómo tose? ¡Alrededor de la paja
-en que duerme, todo el suelo está lleno de sangre, que saliva! ¡Hasta
-las otras nieves no dura, Rostabal! Mas hasta allá habrá disipado los
-buenos doblones que debían ser nuestros, para levantar la casa, y para
-que tu puedas tener jinetes, y armas, y trajes nobles, y tu tercio de
-solariegos, como compete a quien es, como tú, el más viejo de los de
-Medranhos...
-
---Pues que muera, y muera hoy --gritó Rostabal.
-
---¿Quieres?
-
-Vivamente, Ruy tomó de un brazo al hermano y le apuntó hacia la vereda
-de olmos, por donde Guannes partiera cantando.
-
---Más adelante, al fin del camino, hay un sitio bueno, en los zarzales;
-y has de ser tú, Rostabal, que eres el más fuerte y el más diestro. Un
-golpe de punta por la espalda. Y hasta es justicia de Dios que seas tú,
-que muchas veces, en las tabernas, sin ningún pudor, Guannes te trataba
-de _cerdo_ y de torpe, por no saber leer ni contar.
-
---¡Malvado!
-
---¡Ven!
-
-Fueron. Emboscáronse por detrás de un zarzal, que dominaba el atajo,
-estrecho y pedregoso como un lecho de torrente. Rostabal, asomado
-en la zanja, tenía ya la espada desnuda. Un viento leve remolinó en
-la pendiente las hojas de los álamos, y sintieron el repique de las
-campanas de Retortilho. Ruy, mesándose la barba, calculaba las horas
-por el sol, que ya se inclinaba hacia las sierras. Pasó un bando de
-cuervos graznando sobre ellos. Rostabal, que les había seguido el
-vuelo, recomenzó a bostezar con hambre, pensando en las empanadas y en
-el vino que el otro traía en las alforjas.
-
-¡En fin! ¡Alerta! En la vereda oíase la cántica doliente y ronca,
-lanzada a las ramas:
-
- ¡Olé! ¡Olé!
- Sale la cruz de la iglesia,
- toda vestida de negro...
-
-Ruy murmuró:
-
---¡En el costado! ¡Así que pase!
-
-El trote de la yegua batió el cascajo; una pluma en un sombrero rojeó
-por sobre la punta de las selvas. Rostabal rompió de entre la zarza
-por una brecha, tiró el brazo, la larga espada, --y toda la hoja se
-embebió muellemente en el costado de Guannes, cuando al rumor, de
-improviso, se volvió en la silla. Cayó de lado, con un sordo quejido,
-sobre las piedras. Ya Ruy se abalanzaba a los frenos de la yegua;
-Rostabal, cayendo sobre Guannes, que suspiraba aún, de nuevo le enterró
-la espada, agarrada por la hoja como un puñal, en el pecho y en la
-garganta.
-
---¡La llave! --gritó Ruy.
-
-Arrancada la llave del cofre al pecho del muerto, ambos echaron a
-andar por la vereda. Rostabal delante, huyendo, con la pluma del
-sombrero quebrada y torcida, la espada, aún desnuda, apretada bajo
-al brazo, todo encogido, horripilado con el sabor de la sangre que
-le saltara a la boca; Ruy, atrás, tirando desesperadamente de las
-bridas de la yegua, que con las patas hincadas en el suelo pedregoso,
-mostrando la larga dentadura amarilla, no quería dejar a su amo allí
-estirado, abandonado, a lo largo de las sebes.
-
-Tuvo necesidad de picarle las ancas con la punta de la espada, y de
-ir corriendo detrás de ella con la espada en alto, como si fuese
-persiguiendo a un moro, hasta que desembocó en el prado, donde el sol
-ya no doraba las hojas. Rostabal arrojó a la hierba el sombrero y la
-espada, y de bruces sobre la losa excavada en estanque, con las mangas
-arremangadas, lavábase ruidosamente la cara y las barbas.
-
-La yegua recomenzó a pastar, cargada con las nuevas alforjas que
-Guannes comprara en Retortilho. De la más larga, abarrotada,
-desbordaban los cuellos de dos botellas. En esto, Ruy sacó, lentamente,
-del cinto su larga navaja. Sin un rumor en la espesa hierba, deslizose
-hasta Rostabal, que resoplaba con las largas barbas chorreando. Y
-serenamente, como si clavase una estaca en un bancal, le enterró toda
-la hoja en el largo dorso doblado, certera sobre el corazón.
-
-Rostabal cayó sobre el estanque, sin un gemido, con la cara en el agua,
-los largos cabellos flotando en el agua. Su vieja escarcela de cuero
-quedara sujeta debajo del muslo. Para sacar de dentro de ella la
-tercera llave del cofre, Ruy levantó el cuerpo, y un chorro de sangre
-más espesa corrió, escurrió por el borde del estanque, humeando.
-
-
-III
-
-¡Ya eran de él, solo de él, las tres llaves del cofre!... Y Ruy,
-alargando los brazos, respiró deliciosamente. ¡Apenas la noche
-descendiese, con el oro metido en las alforjas, guiando la reata de
-yeguas por los atajos de la sierra, subiría a Medranhos y enterraría en
-la bodega su tesoro! Y después, cuando allá en la fuente, y allá junto
-a los zarzales, solo quedasen, bajo las nieves de diciembre, algunos
-huesos sin nombre, él sería el magnífico señor de Medranhos, y en la
-nueva capilla del solar renacido mandaría decir ricas misas por sus dos
-hermanos muertos... ¿Muertos cómo? Como deben morir los de Medranhos:
-¡peleando contra el Turco!
-
-Abrió las tres cerraduras, cogió un puñado de doblones, que hizo sonar
-sobre las piedras. ¡Qué puro oro, de fino quilate! Después fue a
-examinar la capacidad de las alforjas, y, encontrando las dos botellas
-de vino y un gordo capón asado, sintió inmensa hambre. Desde la víspera
-solo había comido un pedacito de pescado seco. ¡Cuánto tiempo que no
-probaba capón! ¡Con qué delicia se sentó en el césped, con las piernas
-abiertas, y entre ellas el ave amarilla y el vino color de ámbar!
-¡Ah! Guannes había sido excelente mayordomo; ni se le olvidaron
-las aceitunas. Mas, ¿por qué trajera solo dos botellas para tres
-convidados? Rasgó un ala del capón; devoraba a grandes dentelladas.
-Caía la tarde, pensativa y dulce, con nubecitas de color de rosa.
-Allá, en la vereda, un bando de cuervos graznaba. Las yeguas, hartas,
-dormitaban con el hocico pendido. Cantaba la fuente, lavando al muerto.
-
-Ruy alzó a la luz la botella de vino. Con aquel color viejo y caliente,
-no habría costado menos de tres maravedises. Y poniendo el cuello a la
-boca, bebió en sorbos lentos, que le hacían ondular el peludo pescuezo.
-¡Oh, vino bendito, que tan prontamente hacía olvidar la sangre! Tiró la
-botella vacía; destapó otra. Mas, como era avisado, no bebió, porque
-la jornada a la sierra, con el tesoro, requería firmeza y acierto.
-Descansando, tendido sobre el codo, pensaba en Medranhos cubierto de
-teja nueva, en las altas llamas de la chimenea en noches de nieve, y en
-su lecho con brocados, en donde tendría siempre mujeres...
-
-De repente, tomado de una gran ansiedad, sintió prisa de cargar las
-alforjas. Ya se adensaba la sombra entre los árboles. Trajo una de las
-yeguas para junto del cofre, levantó la tapa, tomó un puñado de oro...
-Mas osciló, soltando los doblones, que resonaron en el suelo, y llevó
-las dos manos afligidas al pecho. ¿Qué es, don Ruy? ¡Rayos de Dios! Era
-un fuego, un fuego vivo que se le encendiera dentro y le subía hasta
-la garganta. Rasgose el jubón y echó a andar con pasos inciertos, y
-encorvado, con la lengua pendiente, limpiándose las gruesas gotas de
-un sudor horrendo que le helaba como nieve. ¡Oh, Virgen Madre! ¡Otra
-vez el fuego, más fuerte, que ascendía, le roía! Gritó:
-
---¡Socorro! ¡Alguien! ¡Guannes! ¡Rostabal!
-
-Sus brazos torcidos movíanse en el aire desesperadamente. Y la llama,
-dentro, subía; sentía los huesos estallando, como las maderas de una
-casa ardiendo.
-
-Renqueó hasta la fuente para apagar aquella llama; tropezó con
-Rostabal, y, con la rodilla apoyada en el muerto, arañando la roca,
-entre gritos, buscaba el hilo de agua que recibía sobre los ojos, por
-los cabellos. Pero el agua lo quemaba más, como si fuese un metal
-derretido. Volviose, cayó encima de la hierba, que arrancaba a puñados,
-y que mordía, mordiendo los dedos para chuparles la frescura. Levantose
-aún con una baba densa que se le escurría por las barbas; y de repente,
-abriendo pavorosamente los ojos, como si comprendiese, en fin, la
-traición, todo el horror:
-
---¡Es veneno!
-
-¡Oh! ¡Don Ruy, el avisado, era veneno! Porque Guannes, no bien llegara
-a Retortilho, antes de comprar las alforjas, corrió cantando a una
-callejuela, que hay detrás de la catedral, a comprar al viejo droguista
-judío el veneno que, mezclado al vino, le haría a él, a él solamente,
-dueño de todo el tesoro.
-
-Anocheció. Dos cuervos de entre el bando que graznaba, ya se habían
-posado sobre el cuerpo de Guannes. La fuente, cantando, lavaba al otro
-muerto.
-
-Medio enterrada en la hierba negra, toda la cara de Ruy volviérase
-negra. Una estrellita lucía en el cielo.
-
-El tesoro aún está allí, en el bosque de Roquelanes.
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-FRAY GENEBRO
-
-
-I
-
-En aquel tiempo aún vivía en su soledad de las montañas de la Umbría el
-divino Francisco de Asís, y ya por toda Italia se loaba la santidad de
-fray Genebro, su amigo y su discípulo.
-
-Fray Genebro, en verdad, completaba la perfección en todas las
-virtudes evangélicas. Por la abundancia y perpetuidad de la Oración,
-arrancaba de su alma las raíces más menudas del pecado y tornábala
-limpia y cándida como uno de esos celestes jardines en que el suelo
-anda regado por el Señor, y en donde solo pueden brotar azucenas. Su
-penitencia durante veinte años de claustro fue tan dura y alta, que ya
-no temía al Tentador; y ahora, solo con sacudir la manga del hábito,
-rechazaba las tentaciones, las más pavorosas o las más deliciosas,
-como si fuesen apenas moscas importunas. Benéfica y universal a la
-manera de un orvallo de verano, su caridad no se derramaba únicamente
-sobre las miserias del pobre; más sobre las melancolías del rico. En
-su humildísima humildad no se consideraba ni el igual de un gusano.
-Los bravíos barones cuyas negras torres asombraban a Italia, acogíanle
-reverentemente y curvaban la cabeza ante este franciscano descalzo y
-mal remendado que les diseñaba la mansedumbre. En Roma, en San Juan
-de Letrán, el Papa Honorio besó las heridas de cadenas que le habían
-quedado en los pulsos del año en que en la Mourama por amor de los
-esclavos, padeciera esclavitud. Y como en esas edades los ángeles aún
-viajaban por la tierra con las alas escondidas, arrimados a un bordón,
-muchas veces, trillando un viejo camino pagano o atravesando una selva,
-encontrábase un mozo de inefable hermosura que le sonreía y murmuraba:
-
---¡Buenos días, hermano Genebro!
-
-Un día, yendo este admirable mendicante de Spoleto para Terni, y viendo
-en el azul y en el sol de la mañana, sobre una colina cubierta de
-encinas, las ruinas del castillo de Otofrid, pensó en su amigo Egidio,
-antiguo novicio como él en el convento de Santa María de los Ángeles,
-que se retiró a aquel desierto para avecinarse más de Dios, y allí
-habitaba una cabaña de rastrojos, junto a las murallas derrocadas,
-cantando y regando las lechugas de su huerto, porque su virtud era
-amena. Y como ya habían pasado más de tres años desde que visitara
-al buen Egidio, dejó el camino, pasó, abajo, en el valle, sobre las
-piedras, el riachuelo que huía por entre los laureles en flor, y
-comenzó a subir lentamente la frondosa colina.
-
-Después de la polvareda y ardor del camino de Spoleto, era dulce
-la larga sombra de los castaños y el césped que le refrescaba los
-doloridos pies. A la mitad de la cuesta, en una roca en donde se
-embrollaban zarzas, susurraba y lucía un hilo de agua. Extendido al
-lado, en las hierbas húmedas, dormía, resonando consoladamente, un
-hombre que de cierto guardaba cerdos por allí, porque vestía un grueso
-zurrón de cuero y traía pendiente del cinto una bocina de porquero.
-El buen fraile bebió ligero, ahuyentó los moscardones que zumbaban
-sobre la ruda cara adormecida y continuó trepando por la colina con
-su alforja y su cayado, agradeciendo al Señor aquella agua, aquella
-sombra, aquella frescura, tantos bienes inesperados. Pronto pudo echar
-de ver, en efecto, el rebaño de puercos diseminados bajo las frondas,
-roncando y hozando las raíces: unos, magros y agudos, de cerdas
-duras; otros, redondos, con el hocico corto ahogado en gordura, y los
-lechones, corriendo en torno a las tetas de las madres, lúcidos y color
-de rosa.
-
-Fray Genebro pensó en los lobos y lamentó el sueño del pastor
-descuidado. Al fin del matorral comenzaba la roca donde los restos del
-castillo lombardo se erguían, revestidos de hiedra, conservando aún
-alguna saetera agujereada sobre el cielo, o, en una esquina de torre,
-un caño que, extendiendo el cuello de dragón, acechaba por medio de las
-selvas bravas.
-
-La cabaña del ermitaño, tejada de choza que unos pedazos de piedra
-aseguraban, apenas se percibía entre aquellos oscuros granitos, por la
-huerta que enfrente verdeaba, con sus tajos de col y estacas de habas
-entre espliego oloroso. Egidio no andaría muy lejos, porque sobre
-el muro de piedra suelta quedara su cántaro, su podón y su azada.
-Dulcemente, para no importunarle por si a aquella hora de siesta
-estuviese recogido y orando, fray Genebro empujó la puerta de tablas
-viejas, que no tenía cerrojo para ser más hospitalaria:
-
---¡Hermano Egidio!
-
-Del fondo de la ruda choza, que más parecía cueva de algún bicho, vino
-un lento gemido:
-
---¿Quién me llama? Aquí, en este rincón, ¡en este rincón de muerte!...
-De muerte, ¡hermano!
-
-Fray Genebro acudió, y encontró al buen ermitaño estirado en un monte
-de hojas secas, encogido entre harapos, y tan delgado, que su cara, en
-otro tiempo harta y rosada, era como un pedacito de viejo pergamino muy
-arrugado, perdido entre los rizos de las barbas blancas. Con infinita
-caridad y dulzura le abrazó:
-
---¿Y ha cuánto tiempo, ha cuánto tiempo en este abandono, hermano
-Egidio?
-
-¡Loado Dios, desde la víspera! Aún en la víspera, a la tarde, después
-de mirar por última vez para el sol y para su huerto, viniera a
-extenderse en aquel rincón, para acabar... Mas hacía meses que le había
-tomado un cansancio, que ni le permitía asegurar la cántara llena al
-volver de la fuente.
-
---Y decidme, hermano Egidio, pues que el Señor me trajo, ¿qué puedo yo
-hacer por vuestro cuerpo? Por el cuerpo, digo; que por el alma bastante
-tenéis hecho en la virtud de esta soledad.
-
-Gimiendo, arrebañando para el pecho las hojas secas en que yacía, como
-si fueren pliegues de una sábana, el pobre ermitaño murmuró:
-
---Mi buen fray Genebro, no sé si es pecado; mas toda esta noche, en
-verdad, os confieso, me apeteció comer un pedazo de carne, un pedazo de
-puerco asado... ¿Será pecado?
-
-Fray Genebro, con su inmensa misericordia, le tranquilizó. ¿Pecado? No,
-ciertamente. Aquel que por tortura recusa a su cuerpo un contentamiento
-honesto, desagrada al Señor. ¿No ordenaba Él a sus discípulos que
-comieran las buenas cosas de la tierra? El cuerpo es siervo; y está en
-la voluntad divina que sus fuerzas sean sustentadas para que preste
-al espíritu, su amo, bueno y leal servicio. Cuando fray Silvestre,
-ya enfermito, sintió aquel largo deseo de uvas moscateles, el buen
-Francisco de Asís le condujo a la viña, y por sus manos le cogió los
-mejores racimos, después de bendecirlos, para que fuesen más jugosas y
-más dulces...
-
---¿Es un pedazo de puerco asado lo que apetecéis? --exclamó
-risueñamente el buen fray Genebro, acariciando las manos transparentes
-del ermitaño--. Pues, sosegad, hermano querido, que ya sé cómo os voy a
-contentar.
-
-E inmediatamente, con los ojos relucientes de caridad y de amor,
-tomó el afilado podón que había visto sobre el muro del huerto.
-Recogiendo las mangas del hábito, y más ligero que un gamo, ya que
-era aquel un servicio del Señor, encaminose por la colina hasta los
-densos castañales donde encontrara el rebaño de puercos. Y en llegando
-allí, andando subrepticiamente, por entre los troncos, sorprendió
-un lechoncito abandonado que hozaba en las bellotas, se echó sobre
-él y, en tanto le sofocaba el hocico y los gritos, descepó, con dos
-golpes certeros de podón, la pierna por donde lo agarrara. Después,
-con las manos salpicadas de sangre, la pierna de puerco bien alta y
-goteando sangre, dejando la res jadeando en una poza de sangre, el
-piadoso hombre trepó la colina, corrió a la cabaña, gritó hacia dentro
-alegremente:
-
---Hermano Egidio, la pieza de carne ya el Señor la dio; y yo, en santa
-María de los Ángeles, era buen cocinero.
-
-En el huerto del ermitaño arrancó una estaca de las habas, que con
-el podón sangriento, apuntó en espeto. Entre dos piedras, encendió
-una hoguera. Con celoso cariño asó la pierna de puerco. Era tanta su
-caridad, que para dar a Egidio todos los gustos anticipados de aquel
-banquete raro en tierra de mortificación, anunciaba con voces festivas
-y de buena promesa:
-
---¡Ya se va dorando el porquiño, hermano Egidio! ¡La piel se va
-tostando, santo!
-
-Y por fin entró en la choza, triunfalmente, con el asado que humeaba
-y exhalaba, cercado de frescas hojas de lechuga. Tiernamente ayudó a
-sentar al viejo, que temblaba y se babeaba de gula. Apartole de las
-pobres mejillas maceradas los cabellos que el sudor de la flaqueza
-empastara. Y, para que el buen Egidio no se vejase con su voracidad y
-tan carnal apetito, afirmábale en cuanto le partía las fibras gordas,
-que también él hubiese comido regaladamente de aquel excelente puerco,
-si no hubiera almorzado de sobra en la _Locanda de los Tres Caminos_.
-
---Mas ni bocado me podría entrar ahora, hermano; ¡me papé una gallina
-entera! ¡Y después una fritada de huevos! ¡Y un cuartillo de vino
-blanco!
-
-El santo hombre mentía santamente, porque desde la madrugada no había
-probado más que un magro caldo de hierbas, recibido por limosna en la
-cancela de una granja.
-
-Harto, consolado, Egidio dio un suspiro, y recayó en su lecho de hoja
-seca. ¡Qué bien le hiciera, qué bien le hiciera! ¡El Señor, en su
-justicia, pagase a su hermano Genebro aquel pedazo de puerco! Hasta
-sentía el alma más fuerte para emprender la temerosa jornada... Y el
-ermitaño con las manos alzadas, Genebro arrodillado, ambos loaron,
-ardientemente, al Señor, que a toda necesidad solitaria, manda de allá
-lejos el socorro.
-
-Entonces, habiendo cubierto a Egidio con un pedazo de manta y puesto a
-su lado la cántara llena de agua fresca, y tapado, contra el aire de la
-tarde, la luz de la cabaña, fray Genebro, inclinado sobre él, murmuró:
-
---Mi buen hermano, vos no podéis quedar en este abandono... Yo voy
-llevado por obra de Jesús, que no admite tardanza, mas pasaré por el
-convento de Sambricena y daré recado para que venga un novicio y os
-cuide con amor en vuestro trance. ¡Dios os vele entretanto, hermano!
-¡Dios os sosiegue y os ampare con su mano derecha!
-
-Mas Egidio cerrara los ojos; no se movió, o porque adormeciera, o
-porque su espíritu, habiendo pagado aquel último salario al cuerpo,
-como a un buen servidor, para siempre partiera, terminada su obra en
-la tierra. Fray Genebro bendijo al viejo, tomó su bordón y descendió
-a la colina de las grandes encinas. Bajo la fronda, hacia los lados
-donde andaba el rebaño, la bocina del porquero resonaba ahora en un
-toque de alarma y de furor. De cierto despertara; descubriera el lechón
-mutilado. Apurando el paso, fray Genebro pensaba cuán magnánimo es el
-Señor en permitir que el hombre, hecho a su imagen augusta, reciba tan
-fácil consuelo de una pierna de cerdo asada entre dos piedras.
-
-Retomó el camino, marchando para Terni. Desde ese día fue prodigiosa la
-actividad de su virtud. A través de toda Italia, sin descanso, predicó
-el Evangelio Eterno, endulzando la aspereza de los ricos, alargando la
-esperanza de los pobres. Su inmenso amor iba aún más allá de los que
-sufren, hasta a aquellos que pecan, ofreciendo un alivio a cada dolor,
-extendiendo un perdón a cada culpa; y con la misma caridad con que
-trataba los leprosos, convertía a los bandidos. Durante las invernadas
-y la nieve, innumerables veces daba a los mendigos su túnica, sus
-alpargatas; los abades de los monasterios ricos, las damas devotas
-vestíanle de nuevo, para evitar el escándalo de su desnudez a su paso
-por las ciudades; pero él, sin demora, en la primera esquina, ante
-cualquier desarrapado, desvestíase otra vez sonriendo. Para redimir
-siervos que sufrían bajo un amo fiero, penetraba en las iglesias y
-arrancaba del altar los candelabros de plata, afirmando, jovialmente,
-que más grato le era a Dios un alma liberta que una vela encendida.
-
-Cercado de viudas, de criaturas famélicas, invadía las panaderías, las
-carnicerías, hasta las tiendas de cambio, y reclamaba imperiosamente
-en nombre de Dios la parte de los desheredados. Sufrir, sentir la
-humillación, eran para él las únicas alegrías completas: nada le
-deleitaba más que llegar de noche, mojado, hambriento, tiritando, a
-una opulenta abadía feudal, y ser repelido de la portería como un
-mal vagabundo; solo entonces, agachado en un rincón, lleno de lodo,
-masticando un puñado de hierbas crudas, reconocíase verdaderamente
-hermano de Jesús, que ni siquiera había tenido, como tienen los bichos
-del monte, un cubil para abrigarse. Cuando en una ocasión en Perusa las
-cofradías salieron a su encuentro, con festivas banderas, al repique
-de las campanas, él echó a correr hacia un monte de estiércol, en
-donde se revolcó y se ensució todo para que de aquellos que venían
-a engrandecerle, solo pudiera recibir compasión y escarnio. En los
-claustros, en los descampados, en medio de las multitudes, durante las
-lides más pesadas, oraba constantemente, no por obligación, sino porque
-en la plegaria encontraba un deleite adorable. Deleite mayor, sin
-embargo, era para el franciscano, enseñar y servir.
-
-Así, largos años, erró entre los hombres, vertiendo su corazón como
-el agua de un río, ofreciendo sus brazos como incansables palancas; y
-tan pronto, en una desierta ladera, aliviaba a una pobre vieja de su
-carga de leña, como en una ciudad revuelta, donde reluciesen armas,
-adelantábase con el pecho abierto, y amansaba las discordias.
-
-En fin, una tarde, en víspera de Pascua, hallándose sentado,
-descansando en los escalones de Santa María de los Ángeles, vio de
-repente, en el aire liso y blanco, una vasta mano luminosa que sobre él
-se abría y chispeaba. Pensativo, murmuró:
-
---He ahí la mano de Dios, su mano derecha, que se extiende para
-acogerme o para repelerme.
-
-Dio luego a un pobre, que allí rezaba el Ave María, con su alforja
-debajo de las rodillas, todo lo que en el mundo le restaba, que era
-un volumen del Evangelio, muy usado y manchado de sus lágrimas. El
-Domingo, en la iglesia, al alzar la hostia, se desmayó; sintiendo
-entonces que iba a terminar su jornada terrestre, quiso que le llevasen
-para un corral y le acostaran sobre una camada de cenizas.
-
-En santa obediencia al guardián del convento, consintió que le
-limpiasen de sus trapos, le vistiesen un hábito nuevo; mas con los
-ojos inundados de ternura, imploró que le enterrasen en un sepulcro
-prestado, como fuera el de Jesús, su señor.
-
-Y, suspirando, solo se quejaba de no sufrir:
-
---Oh, Señor, que tanto sufrió, ¿por qué no me manda a mí el
-padecimiento bendito?
-
-Al amanecer pidió que abriesen el portón del corral.
-
-Contempló el cielo, que clareaba, escuchó las golondrinas que, en la
-frescura y silencio, comenzaban a cantar sobre el borde del tejado,
-y, sonriendo, recordó una mañana, así de silenciosa y fresca, en que,
-andando con Francisco de Asís a la orilla del lado de Perusa, el
-maestro incomparable detuviérase ante un árbol lleno de pájaros, y
-paternalmente les recomendara que loasen siempre al Señor. «¡Hermanos
-míos, hermanos pajaritos, cantad bien a vuestro Creador, que os dio
-ese árbol para que en él habitéis, y toda esta limpia agua para en
-ella beber, y esas plumas bien calientes para abrigaros vosotros, y
-vuestros hijitos!» Luego, besando humildemente la manga del monje que
-lo amparaba, Fray Genebro murió.
-
-
-II
-
-A seguida que cerró sus ojos carnales, un Grande Ángel penetró
-diáfanamente en el corral y tomó en los brazos el alma de Fray Genebro.
-Durante un momento, en la fina luz de la madrugada, deslizose por sobre
-el frontero prado, tan levemente, que ni rozaba las puntas rociadas del
-alto césped. Después, abriendo las alas, radiantes y níveas, traspuso
-en un vuelo sereno, las nubes, los astros, todo el cielo que los
-hombres conocen.
-
-Anidada en sus brazos, como en la dulzura de una cuna, el alma de
-Genebro conservaba la forma del cuerpo que sobre la tierra quedara;
-aún la cubría el hábito franciscano, con un resto de polvo de ceniza
-en los rudos pliegues, y con un mirar nuevo, que ahora todo traspasaba
-y todo comprendía, contemplaba, en un deslumbramiento, aquella
-región en que el Ángel luciera alto, más allá de los universos
-transitorios y de todos los rumores siderales. Era un espacio sin
-límite, sin contorno y sin color. Por encima comenzaba una claridad,
-subiendo desparramada a la manera de una aurora cada vez más blanca
-y más luciente y más radiante, hasta que resplandecía en un fulgor
-tan sublime, que en ella un sol corruscante sería como una mancha
-pardusca. Y por abajo extendíase una sombra cada vez más deslucida, más
-oscura, más cenicienta, hasta que formaba como un espeso crepúsculo
-de profunda, insondable tristeza. Entre esa refulgencia ascendente y
-la oscuridad inferior, permaneciera el Ángel inmóvil, esperando, con
-las alas cerradas. También el alma de Genebro sentía perfectamente que
-estaba allí, esperando, entre el Purgatorio y el Paraíso. En esto,
-súbitamente, en las alturas, aparecieron los dos inmensos platos de
-una balanza; uno que rebrillaba como diamante y estaba reservado a
-sus Buenas Obras; otro, más negro que el carbón, para recibir el
-peso de sus Obras Malas. En los brazos del Ángel, el alma de Genebro
-estremeciose... El plato diamantino comenzó a descender lentamente.
-¡Oh, contentamiento y gloria! Cargado con sus Buenas Obras, descendía,
-calmo y majestuoso, esparciendo claridad. Tan pesado venía, que sus
-gruesas cuerdas rechinaban, crujían, y entre ellas, formando como una
-montaña de nieve, resaltaban magníficamente sus virtudes evangélicas.
-Allí aparecían las incontables limosnas que sembrara en el mundo, ahora
-desabotonadas en blancas flores, llenas de aroma y de luz.
-
-Su humildad era una cumbre, aureolada por un resplandor. Y cada una de
-sus penitencias centelleaba más límpidamente que cristales purísimos.
-Su perenne oración subía y enroscábase en torno de las cuerdas, a la
-manera de una deslumbrante niebla de oro.
-
-Sereno, con la majestad de un astro, el plato de las Buenas Obras
-paró, finalmente, con su carga preciosa. El otro, allá arriba, no se
-movía, negro, del color del carbón; inútil, olvidado, vacío. Ya de las
-profundidades, sonoros bandos de Serafines volaban, balanceando palmas
-verdes. El pobre franciscano iba a entrar triunfalmente en el Paraíso,
-y aquella era la milicia divina que le acompañaría cantando. Un temblor
-de alegría pasó en la luz del Paraíso, que un santo nuevo enriquecía,
-y el alma de Genebro pregustó las delicias de la Bienaventuranza. ¡Y
-estando así, súbitamente, en lo alto, el plato negro osciló como a
-un peso inesperado que sobre él cayese! Comenzó a descender, duro,
-temeroso, haciendo una sombra doliente a través de la celestial
-claridad. ¡Qué mala acción de Genebro traía tan menuda que ni se dejaba
-ver, tan pesada que forzaba el plato luminoso a subir, remontarse
-ligeramente, como si la montaña de las Buenas Acciones que en él
-transbordaban, fuesen un humo mentiroso! ¡Oh, dolor! ¡Oh, desesperanza!
-
-Retrocedían los Serafines con las alas temblantes. En el alma de Fray
-Genebro corrió un calofrío inmenso de terror. El negro plato descendía,
-firme, inexorable, con las cuerdas tirantes, y en la región que se
-hallaba bajo los pies del Ángel, cenicienta, de inconsolable tristeza,
-una masa de sombra, muellemente y sin rumor, palpitó, creció, rodó,
-como la onda de una marea devoradora.
-
-El plato, más triste que la noche, detuviérase, parara en pavoroso
-equilibrio con el plato que rebrillaba. Y los Serafines, Genebro, el
-Ángel que le trajera, descubrieron, en el fondo de aquel plato que
-inutilizaba a un Santo, un cerdo, un pobre lechoncillo con una pierna
-bárbaramente mutilada, revolcándose, al morir, en una poza de sangre...
-¡El animal mutilado pesaba tanto en la balanza de la justicia como la
-montaña luminosa de perfectas virtudes!
-
-En aquel punto, de las alturas surgió una vasta mano, abriendo los
-dedos que chispeaban. Era la mano de Dios, su mano derecha, que ya se
-le apareciera a Genebro en la escalera de Santa María de los Ángeles,
-y que ahora supremamente se extendía para acogerle o para repelerle.
-Toda la luz y toda la sombra, desde el Paraíso fulgente al Purgatorio
-crepuscular, se contrajeran en un recogimiento de indecible amor y
-terror. En la extática mudez, la vasta mano, a través de las alturas,
-lanzó un gesto que repelía... y el Ángel, bajando la faz compadecida,
-alargó los brazos y dejó caer el alma de Fray Genebro en la oscuridad
-del Purgatorio.
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-SINGULARIDADES DE UNA SEÑORITA RUBIA
-
-
-I
-
-Comenzó por decirme que su caso era natural, y que se llamaba Macario.
-
-Debo contar que conocí a este hombre en un hospedaje del Miño. Era
-alto y grueso; tenía una calva larga, lúcida y lisa, con pelos raros y
-finos que se le erizaban en derredor; y sus ojos negros, con la piel
-en torno arrugada y amarillenta, y ojeras papudas, tenían una singular
-claridad y rectitud, por detrás de sus anteojos redondos con aros de
-concha. Tenía la barba rapada, el mentón saliente y resuelto. Traía una
-corbata de raso negro, apretada por detrás con una hebilla; una levita
-larga color de piñón, con las mangas estrechas y justas y bocamangas
-de veludillo. Por la larga abertura de su chaleco de seda, en donde
-relucía una cadena antigua, asomaban los blandos pliegues de una camisa
-bordada.
-
-Era esto en septiembre; ya anochecía más pronto, con una frialdad fina
-y seca y una oscuridad espantosa. Yo me había apeado de la diligencia,
-fatigado, hambriento, arrebozado en un cobertor de listas escarlata.
-
-Venía de atravesar la sierra y sus perspectivas pardas y desiertas.
-Eran las ocho de la noche. El cielo estaba pesado y sucio. Y, o fuese
-un cierto adormecimiento cerebral producido por el rodar monótono de
-la diligencia, o la influencia del paisaje escarpado y árido, bajo
-el cóncavo silencio nocturno, o la opresión de la electricidad, que
-henchía las alturas, el hecho es que yo --que soy naturalmente positivo
-y realista-- había venido tiranizado por la imaginación y por las
-quimeras. Existe, en el fondo de cada uno de nosotros, por fríamente
-educados que seamos, un resto de misticismo; y basta, a las veces, un
-paisaje lúgubre, el viejo muro de un cementerio, un yermo ascético,
-las emolientes blancuras de un lunar, para que ese fondo místico,
-suba, se alargue como una neblina, llene el alma, la sensación y la
-idea, y quede así el más matemático o el más crítico, tan triste, tan
-visionario, tan idealista, como un viejo monje poeta.
-
-A mí, lo que me lanzó en la quimera y en el sueño, fue el aspecto
-del monasterio de Rastello, que yo había visto, a la claridad suave
-y otoñal de la tarde, en su dulce colina. Mientras iba anocheciendo,
-y la diligencia rodaba continuamente al trote flaco de sus magros
-caballos blancos, y el cochero, con el capuchón del gabán enterrado en
-la cabeza, rumiaba su pipa, yo me puse, elegíacamente, ridículamente, a
-considerar la esterilidad de la vida; y deseaba ser un monje, estar en
-un tranquilo convento, entre arbolados, o en la murmuradora concavidad
-de un valle, y en tanto el agua canta sonoramente en las tazas de
-piedra, leer la _Imitación_, y oyendo a los ruiseñores en los laureles,
-tener saudades del cielo. No se puede ser más estúpido.
-
-Pero yo sentía así, y atribuyo a esta disposición visionaria la falta
-de espíritu --la sensación-- que me hizo la historia de aquel hombre de
-las bocamangas de veludillo.
-
-Mi curiosidad comenzó durante la cena, cuando yo deshacía el pecho
-de una gallina ahogada en arroz blanco, con rebanadas escarlata de
-salchichón, y la criada, gorda y llena de pecas, hacía espumar el vino
-verde en la copa, dejándolo caer de alto de una colodra vidriada. El
-hombre estaba enfrente de mí, comiendo tranquilamente su jalea: le
-pregunté, con la boca llena, y mi servilleta de lino de Guimarães
-suspendida en los dedos, si él era de Villa Real.
-
---Vivo allí hace muchos años --respondió.
-
---Tierra de mujeres bonitas, según me consta --dije.
-
-El hombre se calló.
-
---¿Eh? --torné.
-
-El hombre arrebujose en un silencio completo. Hasta entonces estuviera
-alegre, riendo dilatadamente, locuaz y lleno de simplicidad; y de
-pronto inmovilizó su fina sonrisa.
-
-Comprendí que había tocado la carne viva de un recuerdo. De seguro
-había un _mujer_ en el destino de aquel viejo. Ahí estaba su melodrama
-o su farsa, porque inconscientemente me determiné en la idea de que el
-_hecho_, el _caso_ de aquel hombre, tendría que ser grotesco y exhalar
-escarnio.
-
-Así que le dije:
-
---A mí me han asegurado que las mujeres de Villa Real son las más
-bonitas del Norte. Para ojos negros, Guimarães; para cuerpos, San
-Alejo; para cabellos, los Arcos; allí es en donde se ven los cabellos
-claros color de trigo.
-
-El hombre seguía callado, comiendo, con los ojos bajos.
-
---Para cinturas finas, Viana; para buenos cutis, Amarante; y para todo
-esto, Villa Real. Yo tengo un amigo que se vino a casar a Villa Real.
-Tal vez le conozca. Peixoto, uno alto, de barba rubia, bachiller.
-
---Peixoto, sí --murmuró, mirándome gravemente.
-
---Vino a casarse a Villa Real, como antiguamente se iban a casar a
-Andalucía --cuestión de arreglar la fina flor de la perfección--. A su
-salud.
-
-Evidentemente le molestaba, porque se levantó, fue a la ventana con un
-paso pesado, y entonces reparé en sus gruesos zapatos de cachemir con
-suela fuerte y cordones de cuero. Y salió.
-
-Cuando pedí mi candelero, la criada trájome un velón de latón lustroso
-y antiguo, y dijo:
-
---El señor está con otro. El número 3. En los hospedajes del Miño, a
-las veces, cada cuarto es un dormitorio independiente.
-
---Bien --dije yo.
-
---El número 3 era en el fondo del corredor. A las puertas de los
-lados, los huéspedes habían puesto su calzado para limpiar: veíanse
-unas gruesas botas de montar, enfangadas, con espuelas de correa;
-los zapatos blancos de un cazador; botas de propietario, de altas
-cañas bermejas; las botas de un cura, altas, con su borla de seda;
-los botines de becerro de un estudiante; y en una de las puertas, el
-número 15, había unas botinas de mujer, de raso, pequeñitas y finas, y
-al lado, las botinitas de un niño, todas rotas y gastadas, y sus cañas
-de paño forradas de pieles caíanle para los lados, con los cordones
-desatados. Todos dormían. Frente al número 3, estaban los zapatos de
-cachemir con correas; y cuando abrí la puerta vi al hombre de las
-bocamangas de veludillo que amarraba en la cabeza un pañuelo de seda;
-tenía una chaqueta corta de ramajes, unas medias de lana, gruesas y
-altas, y los pies metidos en unas chinelas de orillo.
-
---No repare usted --me dijo.
-
---Libertad completa --y para establecer la intimidad, me saqué la
-chaqueta.
-
-No diré los motivos, por los cuales de allí a poco, ya acostado, me
-relató su historia. Hay un proverbio eslavo de Galicia, que dice: «lo
-que no cuentas a tu mujer, lo que no cuentas a tu amigo, cuéntaselo
-a un extraño en el hospedaje». Mas él tuvo rabias inesperadas y
-dominantes en el ínterin de su larga y sentida confidencia. Fue a
-propósito de mi amigo Peixoto, que se había ido a casar a Villa Real.
-¡Le vi llorar, a aquel viejo de casi sesenta años! Tal vez la historia
-se juzgue trivial; a mí, que en esa noche estaba nervioso y sensible,
-me pareció terrorífica; mas cuéntola apenas como un accidente singular
-de la vida amorosa...
-
-Comenzó, pues, por decirme, que su caso era natural, y que se llamaba
-Macario.
-
-Le pregunté yo entonces si era de una familia que yo conociera, que
-tenía el apellido de _Macario_; y como él me respondiese que era
-primo de esos tales, aventuré a seguida una idea muy simpática de
-su carácter, porque los Macarios eran una antigua familia, casi una
-dinastía de comerciantes, que mantenían con una severidad religiosa
-su vieja tradición de honra y de escrúpulo. Díjome Macario que en ese
-tiempo, en 1823 o 33, en su mocedad, su tío Francisco tenía en Lisboa,
-un almacén de paños, y que él era uno de los dependientes. Al cabo de
-un tiempo, el tío compenetrábase de ciertos instintos inteligentes y
-del talento práctico y aritmético de Macario, y le dio el escritorio.
-Macario tornose su tenedor de libros.
-
-Díjome que siendo naturalmente linfático, y tímido, su vida tenía en
-ese tiempo una gran concentración. Un trabajo escrupuloso y fiel,
-algunas raras meriendas en el campo, un esmero distinto en el traje
-y en la ropa blanca, era todo el interés de su vida. La existencia
-en aquel entonces era casera y estrecha. Una gran simplicidad social
-aclaraba las costumbres; los espíritus eran más ingenuos, los
-sentimientos menos complicados.
-
-Comer alegremente en una huerta, bajo los parrales, viendo correr el
-agua de las riegas, llorar con los melodramas que rugían entre los
-bastidores del Salitre, alumbrados con cera, eran contentamientos que
-bastaban a la burguesía cautelosa. Demás de eso, los tiempos eran
-confusos y revolucionarios; y nada torna al hombre recogido, amigo del
-hogar, simple y fácilmente feliz, como la guerra. La paz, dando vagar a
-la imaginación, causa las impaciencias del deseo.
-
-A los veintidós años, Macario, como le decía una vieja tía que fuera
-querida del magistrado Curvo Semedo, aún no había _sentido a Venus_.
-
-Mas por ese tiempo vino a morar enfrente del almacén de los Macarios,
-en un tercer piso, una mujer de cuarenta años, vestida de luto, con una
-piel blanca y descolorida, el busto bien hecho y un aspecto deseable.
-Macario tenía su pupitre en el primer piso, encima del almacén, al
-borde de un balcón, y desde allí vio una mañana a aquella mujer
-con el cabello negro suelto y ensortijado, una blusa blanca y los
-brazos desnudos, llegarse al antepecho de una ventana para sacudir un
-vestido. Macario fijó en ella su mirada, y sin más intención, díjose
-mentalmente que aquella mujer, a los veinte años debía haber sido una
-persona cautivante y llena de dominio; porque sus cabellos, violentos
-y ásperos, las cejas espesas, el labio fuerte, el perfil aquilino y
-firme, revelaban un temperamento activo e imaginaciones apasionadas.
-En tanto, continuó serenamente alineando sus cifras. Mas por la noche,
-estaba fumando, sentado a la vera de la ventana de su cuarto, que
-abría sobre el patio; era una noche de julio y la atmósfera, eléctrica
-y amorosa; el violín de un vecino gemía una _jácara_ morisca de un
-melodrama que entonces sensibilizaba; el cuarto hallábase sumido en
-una penumbra dulce y llena de misterio, y Macario, que calzaba unas
-chinelas, de improviso se acordó de aquellos cabellos negros y fuertes
-y de aquellos brazos que tenían el color de los mármoles pálidos;
-desperezose, bamboleó mórbidamente la cabeza por el respaldo del sillón
-de mimbre, como los gatos sensibles, que se estregan, y decidió,
-bostezando, que su vida era monótona. Y al otro día, aún impresionado,
-sentose ante su pupitre con la ventana abierta y mirando a la casa
-frontera en donde vivían aquellos largos cabellos, comenzó a recortar
-lentamente su pluma de madera. No se asomó nadie al balcón de antepecho
-con persianas verdes. Macario estaba hastiado, pesado, y el trabajo
-fue lento. ¡Pareciole que había en la calle un sol alegre y que en los
-campos las sombras debían ser mimosas y que se hallaría bien viendo
-el palpitar de las mariposas blancas en las madreselvas! Cuando cerró
-el pupitre, sintió que se abrían las maderas de los ventanales de
-enfrente: eran de seguro los cabellos negros. Aparecieron unos cabellos
-rubios. ¡Oh! Macario salió a seguida, descaradamente al balcón,
-afilando un lápiz. Era una señorita de unos veinte años, fina, fresca,
-rubia como una viñeta inglesa; la blancura de la piel tenía algo de
-la transparencia de las viejas porcelanas, y había en su perfil una
-línea pura como de una medalla antigua. Los viejos poetas pintorescos
-habríanla llamado paloma, armiño, nieve y oro.
-
-Macario se dijo:
-
---Es hija.
-
-La otra vestía de luto, y esta, la rubia, traía un vestido de muselina
-con lunares azules, una pañoleta de Cambray cruzada sobre el pecho, las
-mangas con encajes, y todo era aseado, mozo, fresco, flexible y tierno.
-
-Por entonces Macario era rubio, con la barba corta, el pelo rizado, y
-su figura debía tener aquel aire seco y nervioso que después del siglo
-XVIII y de la revolución, fue tan vulgar en las razas plebeyas.
-
-La señorita rubia reparó naturalmente en Macario y naturalmente cerró
-las maderas, corriendo por detrás una cortina de muselina bordada.
-Estas pequeñas cortinas datan de Goethe y tienen en la vida amorosa un
-interesante destino: revelan. Levantarles una punta y espiar, fruncirla
-suavemente, revela un fin; correrla, sujetar en ella una flor,
-agitarla, haciendo sentir que por dentro un rostro atento se mueve y
-espera, son viejas maneras con que en la realidad y en el arte comienza
-la novela. La cortina irguiose despacito y el rostro rubio avizoró.
-
-Macario no me contó por palpitaciones la historia minuciosa de su
-corazón. Dijo sencillamente que de allí a cinco días _estaba loco por
-ella_. Su trabajo tornose luego perezoso e infiel, y su bella letra
-cursiva inglesa, firme y larga, adquirió curvas, ganchos, rabos, en
-donde estaba toda la novela impaciente de sus nervios. No la podía ver
-por la mañana; el sol mordiente de julio batía y abrasaba la ventana.
-Solo por la tarde se fruncía la cortina, se abrían las maderas, y
-ella, extendiendo una almohadilla en el borde del antepecho, venía
-a acodarse, mimosa y fresca, con un abanico en la mano. Abanico que
-preocupó a Macario: era chinés, redondo, de seda blanca, con dragones
-escarlata bordados a pluma, una armazón de pluma azul, fina y trémula
-como un plumón, y su cabo de marfil, del cual pendían dos borlas de
-hilo de oro, tenía incrustaciones de nácar a la manera persa.
-
-Un abanico magnífico y, en aquel tiempo, inesperado, en las manos
-plebeyas de una señorita vestida de muselina. Mas como ella era rubia y
-la madre tan meridional, Macario, con esa intuición interpretativa de
-los enamorados, respondió a su curiosidad: _será hija de un inglés_.
-El inglés va a la China, a Persia, a Ormuz, a Australia y viene lleno
-de aquellas joyas de los lujos exóticos, y ni Macario sabía por qué
-le preocupaba así aquel abanico de mandarina: mas según él me dijo,
-_aquello le agradó_.
-
-Transcurriera una semana, cuando un día Macario vio, desde su mesa, que
-la rubia salía con la madre, porque se acostumbrara a considerar madre
-a aquella magnífica señora magníficamente pálida y vestida de luto.
-
-Macario fue a la ventana y las vio atravesar la calle y entrar en el
-almacén. ¡En su almacén! Descendió corriendo, trémulo, impaciente,
-apasionado y con palpitaciones. Ya estaban apoyadas en el mostrador,
-y un dependiente desdoblábales cachemires negros. Esto conmovió a
-Macario; él mismo me lo dijo:
-
---Porque, en fin, querido, no era natural que ellas fuesen a comprar
-cachemires negros.
-
-No; ellas no usaban _amazonas_; no querrían ciertamente tapizar
-sillas con cachemir negro: no había hombres en su casa; de suerte,
-que aquella venida al almacén era un medio delicado para verle de
-cerca y hablarle, y tenía todo el encanto penetrante de una mentira
-sentimental. Yo advertí a Macario que, siendo así, él debía extrañar
-aquel movimiento amoroso, porque denotaba una complicidad equívoca
-en la madre. Él me confesó que _ni pensaba en tal_. Lo que hizo fue
-acercarse al mostrador y decir estúpidamente:
-
---Sí, señor; van bien servidas: este cachemir no encoge.
-
-La rubia irguió hacia él su mirar azul, y Macario quedó como si se
-sintiese envuelto en la dulzura de un cielo.
-
-Y cuando iba a decirle una palabra reveladora y vehemente, apareció en
-el fondo del almacén el tío Francisco, con su larga levita color de
-piñón y botones amarillos. Como era singular y desusado hallarse al
-señor tenedor de libros vendiendo en el mostrador, y el tío Francisco,
-con su crítica estrecha y célibe, podía escandalizarse, Macario comenzó
-a subir lentamente la escalera en caracol que llevaba al escritorio, y
-aún oyó la voz delicada de la rubia decir blandamente:
-
---Ahora querría ver telas de la India.
-
-El dependiente fue a buscar un pequeño paquete de aquellas telas,
-apiladas y apretadas con una tira de papel dorado.
-
-Macario, que había adivinado en aquella visita una revelación de amor,
-casi una _declaración_, estuvo todo el día entregado a las amargas
-impaciencias de la pasión.
-
-Anduvo distraído, absorto, pueril; no dio la menor atención al
-escritorio; comió callado, sin escuchar al tío Francisco, que exaltaba
-las albóndigas; apenas reparó en su sueldo, que le fue satisfecho en
-plata, a las tres, y no entendió bien las recomendaciones del tío y la
-preocupación de los dependientes sobre la desaparición de un paquete de
-pañuelos de la India.
-
---Es la costumbre de dejar entrar pobres en el almacén --había dicho
-el tío Francisco, en su laconismo majestuoso--. Son doce duros de
-pañuelos. Lance a mi cuenta.
-
-En tanto, Macario rumiaba secretamente una carta; mas sucedió que al
-otro día, estando él en el balcón, la madre, la de los cabellos negros,
-vino a apoyarse en el antepecho, y en ese momento pasaba por la calle
-un muchacho amigo de Macario, que al ver a aquella señora se paró y
-le sacó, con una cortesía risueña, su sombrero de paja. Macario quedó
-radiante. Aquella noche buscó a su amigo, y, brutalmente, sin medias
-tintas:
-
---¿Quién es aquella mujer que saludaste hoy frente al almacén?
-
---Es la Villaça. Bella mujer.
-
---¿Y la hija?
-
---¡La hija!
-
---Sí; una rubia clara, con un abanico chinés.
-
---¡Ah! sí. Es hija.
-
---Es lo que yo decía.
-
---¿Sí? ¿Y qué?
-
---Es bonita.
-
---¡Es bonita!
-
---Es gente de bien, ¿eh?
-
---Sí; gente de bien.
-
---Está bien. ¿Tú las conoces mucho?
-
---Las conozco. Mucho, no. Las encontraba antes en casa de doña Claudia.
-
---Bien; oye.
-
-Y Macario, contando la historia de su corazón despertado y exigente, y
-hablando del amor con las exaltaciones de entonces, pidiole, como la
-gloria de su vida, que _hallase un medio de encajarlo allí_. No era
-difícil. Las Villaças acostumbraban ir los sábados a casa de un notario
-muy rico, en la calle de los Calafates; eran reuniones sencillas y
-pacatas, en donde se cantaban motetes con música de clavicordio, se
-glosaban motes y había juegos de prendas del tiempo de la señora doña
-María I, y a las nueve, la criada servía horchata. Bien. El primer
-sábado, Macario, de casaca azul, calzas de Nankin con presillas de
-metal, corbata de raso rojo, curvábase delante de la esposa del
-notario, la señora doña María de la Gracia, persona seca y ahilada,
-con un vestido bordado a matiz, una nariz corva, un enorme anteojo de
-concha y una pluma de _marabout_ en sus cabellos grises. En un rincón
-de la sala, entre un _frou-frou_ de vestidos enormes, estaba la pequeña
-Villaça, la rubia, vestida de blanco, sencilla, fresca, con su aire
-de grabado en color. La madre, la soberbia mujer pálida, cuchicheaba
-con un magistrado de figura apoplética. El notario era hombre letrado,
-latinista y amigo de las musas; escribía en un periódico de entonces,
-_La alcoba de las damas_, porque era, sobre todo, galante, y él mismo
-se intitulaba, en una oda pintoresca, _mozo escudero de Venus_. Así,
-sus reuniones eran ocupadas por las bellas artes, y en esa noche,
-un poeta del tiempo debía leer un poemita intitulado _¡Elmira, o la
-venganza del veneciano!_...
-
-Comenzaban entonces a aparecer las primeras audacias románticas.
-Las revoluciones de Grecia principiaban a atraer a los espíritus
-románticos y salidos de la mitología hacia los países maravillosos de
-Oriente. Por dondequiera se hablaba del pachá de Janina. La poesía
-apoderábase vorazmente de este mundo nuevo y virginal de minaretes,
-serrallos, sultanas color de ámbar, piratas del Archipiélago y salas
-tapizadas, llenas de perfume del áloe, en donde pachás decrépitos
-acarician leones. De suerte que la curiosidad era grande; y cuando el
-poeta apareció con los cabellos largos, la nariz aquilina y fatal, el
-pescuezo embarazado en la alta gola de su frac a la Restauración y un
-canuto de lata en la mano, Macario fue el único que no experimentó
-sensación alguna, porque estaba todo embebecido hablando con la niña de
-Villaça. Decíale afablemente:
-
---¿Y entonces, el otro día, le gustó el cachemir?
-
---Mucho --dijo ella en voz baja.
-
-Desde ese momento, envolvioles un destino nupcial.
-
-Entretanto, en el amplio salón, pasábase la noche espiritualmente.
-Macario no me pudo dar todos los pormenores históricos y
-característicos de aquella asamblea. Recordaba apenas que un corregidor
-de Leiria recitaba el _Madrigal a Lidia_; leíalo de pie, con una lupa
-redonda aplicada sobre el papel, la pierna derecha adelantada, la
-mano en la abertura del chaleco blanco de gola alta. Y a la redonda,
-formando círculo, las damas, con vestidos de ramazón, cubiertas de
-plumas, las mangas estrechas terminadas en vuelos fofos de encaje,
-mitones de seda negra llenos del centelleo de los anillos, tenían
-sonrisas tiernas, cuchicheos, dulces murmuraciones, risitas y un blando
-palpitar de abanicos recamados de lentejuelas.
-
---¡Muy bonito --decían--, muy bonito!
-
---Y el corregidor, desviando el lente, cumplimentaba sonriendo y
-veíasele un diente podrido.
-
-Luego, la preciosa doña Jerónima de la Piedad y Sande, sentándose con
-maneras conmovidas ante el clavicordio, cantó con su voz gangosa la
-antigua aria de Lully:
-
- ¡Oh, Ricardo!; ¡oh, mi rey!
- El mundo te abandona,
-
-lo que obligó al terrible Gaudencio, demócrata del 20 y admirador de
-Robespierre, a murmurar rencorosamente junto a Macario:
-
---¡Reyes!... ¡Víboras!
-
-Después, el canónigo Saavedra cantó una romanza de Pernambuco, muy
-usada en el tiempo del señor Don Juan VI: _lindas mozas, lindas mozas_.
-
-Así fue corriendo la noche, literaria, pachorrienta, erudita,
-requintada y toda llena de musas.
-
-Ocho días después, Macario era recibido en casa de la Villaça, en un
-domingo. Convidáralo la madre, diciéndole:
-
---Espero que el vecino honre aquella choza.
-
-El magistrado apoplético, que estaba al lado, exclamó:
-
---¿Choza? Diga alcázar, hermosa dama.
-
-En esta noche hallábanse allí el amigo del sombrero de paja, un viejo
-caballero de Malta, renco, estúpido y sordo, un beneficiado de la
-catedral, ilustre por su voz de tiple, y las hermanas Hilarias, de
-las cuales, la más vieja, habiendo asistido, como aya de una señora
-de la casa de la Mina, a la torada de Salvatierra, en que murió el
-conde de los Arcos, nunca dejaba de narrar los pintorescos episodios
-de aquella tarde; la figura del conde de los Arcos, de cara rapada y
-una cinta de raso escarlata en la coleta; el soneto que un magro poeta,
-parásito de la casa de Vimioso, recitó cuando el conde entró, haciendo
-ladear su caballo negro, enjaezado a la española, con una gualdrapa
-en donde figuraban sus armas labradas en plata; el tumbo que en ese
-momento dio un fraile de San Francisco desde las gradas más altas, y
-la hilaridad de la corte, que hasta la condesa de Pavolide se llevaba
-las manos a los costados; después, el rey, el señor Don José I, vestido
-de terciopelo escarlata, recamado de oro, acodado en el borde de su
-palco y haciendo girar entre dos dedos su caja de rapé guarnecida, y
-por detrás, inmóviles, el médico Lourenço y el fraile, su confesor;
-después, el rico aspecto de la plaza llena de gente de Salvatierra,
-mayorales, frailes, lacayos y el grito que hubo, cuando Don José I
-entró: ¡Viva el rey, nuestro señor! Y el pueblo se arrodilló y el rey
-habíase sentado, y comía dulces que le ofreció un criado, en una bolsa
-de terciopelo.
-
-Luego, la muerte del conde de los Arcos, los desmayos, y hasta el rey,
-todo inclinado, batiendo con la mano en el antepecho, gritando en la
-confusión; y el capellán de la casa de los Arcos, que había salido
-corriendo desaladamente a buscar la extremaunción. Ella, Hilaria,
-quedara aterrada de pavor; sentía los mugidos de los bueyes, gritos
-agudos de mujeres, los aullidos de los flatos, y viera entonces a un
-viejo, todo vestido de terciopelo negro, con la fina espada en la mano,
-debatirse entre hidalgos y damas que lo sujetaban, y querer tirarse a
-la plaza, bramando de rabia. «Es el padre del conde», explicaban en
-torno. Ella desmayárase en los brazos de un padre de la Congregación.
-Al volver en sí, hallose junto a la plaza; a la puerta estaba la
-berlina real, con los postillones emplumados, los machos llenos de
-cascabeles, y, al frente, los batidores a caballo; veíase allá dentro
-al rey, escondido en el fondo, pálido, sorbiendo febrilmente rapé,
-todo encogido, con el confesor, y par a par, con una de las manos
-apoyadas en el alto bastón, hombrachón, fuerte, el aspecto melancólico,
-el marqués de Pombal hablaba despacito e íntimamente, gesticulando
-con el lente. Los batidores picaron, resonaron los estallidos de los
-postillones, y la berlina partió al galope, mientras el pueblo gritaba:
-¡Viva el rey, nuestro señor! ¡Y la campana de la capilla del palacio
-tocaba a difuntos! Era una honra que concedía el rey a la casa de los
-Arcos.
-
-En el punto en que doña Hilaria acabó de contar, suspirando, estas
-desgracias pasadas, comenzose a jugar. Macario no recordaba lo que se
-había jugado en esa noche radiosa, lo cual parece singular. Solo se
-acordaba de que había quedado al lado de la pequeña de Villaça (que se
-llamaba Luisa), que reparara mucho en su fina piel rosada, embebida
-en luz, y en la dulce y amorosa pequeñez de su mano con las uñas más
-pulidas que el marfil de Dieppe. Se acordaba también de un accidente
-excéntrico, que le había hecho determinarse, desde ese día, a sentir
-una gran hostilidad al clero de la catedral. Macario estaba sentado
-a la mesa, y a su lado Luisa, la cual habíase vuelto hacia él, con
-una de las manos sosteniendo su fina cabecita rubia y amorosa, y la
-otra descansando en el regazo. El beneficiado sentárase enfrente,
-con su bonete negro, sus anteojos en la punta aguda de la nariz, el
-tono azulado de la fuerte barba rapada, y sus dos grandes orejas,
-complicadas y llenas de pelo, separadas del cráneo como dos postigos
-abiertos. En esto, como era necesario al final del juego pagar unos
-tantos al caballero de Malta, que cayera al lado del beneficiado,
-Macario sacó del bolsillo una moneda y en tanto el caballero, todo
-curvado y bizqueando un ojo, hacía la suma de los tantos en el dorso de
-un as, Macario conversaba con Luisa, haciendo girar sobre el paño verde
-su moneda de oro, como un bolillo o un peón. Era una moneda nueva que
-relucía, chispeaba, rodando, y hería la vista como una bola de nieve
-iluminada. Luisa sonreía viéndola girar, girar, y le parecía a Macario
-que todo el cielo, la pureza, la bondad de las flores y la castidad de
-las estrellas estaban en aquella clara sonrisa distraída, espiritual,
-arcangélica, con que ella seguía el giro fulgurante de la moneda nueva
-de oro. De repente, la pieza, corriendo hasta el borde de la mesa, cayó
-hacia el lado del regazo de Luisa y desapareció sin que se oyese en el
-suelo de madera su sonido metálico. El beneficiado inclinose en seguida
-cortésmente; Macario apartó la silla, mirando por debajo de la mesa; la
-Villaça madre alumbró con un candelabro, y Luisa irguiose y sacudió con
-un levísimo golpe su vestido de muselina. La moneda no pareció.
-
---¡Es célebre! --dijo el amigo del sombrero de paja--, yo no la oí
-sonar en el suelo.
-
---¡Ni yo, ni yo! --dijeron.
-
-El beneficiado, curvado, buscaba tenazmente, y la Hilaria más joven,
-murmuraba el responso de San Antonio.
-
---Pues la casa no tiene agujeros --decía la Villaça, madre.
-
---¡Desaparecer así! --refunfuñaba el beneficiado.
-
-Macario exhalábase en exclamaciones desinteresadas:
-
---¡Por el amor de Dios! ¡No busquen más! ¡Qué más da! ¡Mañana parecerá!
-¡Tengan la bondad! ¡Háganme el favor! ¡Doña Luisa! ¡Por el amor de
-Dios! ¡No vale nada!
-
-Pero mentalmente estableció que hubiera una sustracción, y se la
-atribuyó al beneficiado. La pieza rodara, seguramente hasta junto
-de él, sin ruido: pusiérale encima su vasto zapato eclesiástico y
-tachuelado; y, después, en el movimiento brusco y corto que había
-hecho, aprehendiérala vilmente. Cuando salieron, el beneficiado,
-todo embozado en su amplia capa de camelote, decía a Macario por la
-escalera:
-
---¿Mire usted que la desaparición de la moneda, eh? ¡Qué broma!
-
---¿Le parece a usted, señor beneficiado? --dijo Macario, deteniéndose,
-pasmado de la impudencia.
-
---¿Que si me parece? ¡Si le parece! ¡Una moneda de oro! ¡Solo si usted
-las siembra!... ¡Porra! ¡Yo me volvía loco!
-
-Macario sintió tedio de aquella astucia fría. No le respondió. El
-beneficiado, añadió:
-
---¡Mande allá mañana por la mañana, hombre! ¡Qué diablo!... ¡Dios me
-perdone! ¡Qué diablo! Una moneda no se pierde así. ¡Qué mala suerte, eh!
-
-Macario sentía ganas de pegarle. Estando en esto fue cuando Macario me
-dijo con su voz singularmente sensible:
-
---En fin, amigo mío, para abreviar razones, resolví casarme con ella.
-
---¿Y la moneda?
-
---¡No pensé más en eso! ¡Iba a pensar yo entonces en la moneda!
-¡Resolví casarme con ella!
-
-
-II
-
-Macario me contó lo que le determinara más precisamente en aquella
-resolución profunda y perpetua. Fue un beso. Mas ese suceso, casto
-y sencillo, yo lo callo, porque el único testigo fue una imagen en
-estampa de la Virgen, que estaba colgada en su cuadrito de madera,
-en la sala oscura que abría a la escalera... Un beso fugitivo,
-superficial, efímero. Y bastó eso a su espíritu recto y severo para
-obligarlo a tomarla como esposa, y darle una fe inmutable y la posesión
-de su vida. Tales fueron sus esponsales. Aquella simpática sombra de
-las ventanas vecinas tórnase para él un destino, el fin moral de su
-vida, y toda la idea dominante de su trabajo. Esta historia toma, desde
-luego, un alto carácter de santidad y de tristeza.
-
-Macario me habló largamente del carácter y de la figura del tío
-Francisco: su aventajada estatura, sus lentes de oro, su barba
-grisácea, en collar, por debajo del mentón, un tic nervioso que
-tenía en una ventana de la nariz, la dureza de su voz, su austera
-y majestuosa tranquilidad, sus principios antiguos, autoritarios y
-tiránicos, y la brevedad telegráfica de sus palabras.
-
-Cuando Macario le dijo una mañana, durante el almuerzo, brutalmente,
-sin transiciones emolientes: «Pídole permiso para casarme», el tío
-Francisco, que echaba azúcar en su café, quedó callado, revolviendo
-con la cucharilla, despacio, majestuoso y terrible; y cuando acabó de
-sorber los restos del platillo, con gran ruido, sacó del cuello la
-servilleta, la dobló, afiló con el cuchillo un mondadientes, se lo puso
-en la boca y salió: mas a la puerta del comedor paró, y volviéndose
-hacia Macario, que estaba en pie, junto a la mesa, dijo secamente:
-
---No.
-
---¡Perdón, tío Francisco!
-
---No.
-
---Mas oiga, tío Francisco...
-
---No.
-
-Macario sintiose poseído de una gran cólera.
-
---En ese caso, lo hago sin permiso.
-
---Despedido de casa.
-
---Saldré. No lo dude.
-
---Hoy.
-
---Hoy.
-
-El tío Francisco iba a cerrar la puerta, mas volviéndose:
-
---¡Oye! --dijo a Macario, que estaba exasperado, apoplético, arañando
-en los cristales de la ventana.
-
-Macario volviose con una esperanza.
-
---Deme de ahí la caja del rapé --dijo el tío Francisco.
-
-¡Habíasele olvidado la caja! Así que estaba perturbado.
-
---Tío Francisco... --comenzó Macario.
-
---Basta. Estamos a 12. Recibirá usted el sueldo del mes entero.
-
-Las educaciones antiguas producían estas situaciones insensatas. Era
-brutal e idiota. Macario me afirmó que era así.
-
-Y por la tarde, hallábase Macario en el cuarto de un hospedaje en la
-plaza de la Figueira, con seis monedas de oro, un baúl de ropa blanca
-y su pasión. Estaba tranquilo; sin embargo, sentía su destino lleno
-de apuros. Tenía relaciones y amistades en el comercio. Conocíasele
-ventajosamente: la nitidez de su trabajo, su honra tradicional, el
-nombre de la familia, su tacto comercial, su bella letra cursiva,
-inglesa, abríanle de par en par, respetuosamente, todas las puertas
-de los escritorios. Al otro día fue a ver alegremente al negociante
-Falleiro, antigua relación comercial de su casa.
-
---Con mucho gusto, amigo mío --me dijo--. ¡Quién me lo diera aquí! Mas
-si lo recibo, quedo mal con su tío, mi viejo amigo de veinte años. Me
-lo declaró categóricamente. Ya ve usted. Fuerza mayor. Yo lo siento;
-pero...
-
-Todos los que Macario visitó, confiado en relaciones sólidas, recelaban
-_quedar mal con su tío, viejo amigo de veinte años_.
-
-Y todos lo _sentían; pero_...
-
-Entonces dirigiose Macario a negociantes nuevos, extraños a su casa y
-a su familia, y sobre todo a los extranjeros: esperaba encontrar gente
-libre de la amistad de veinte años del tío. Para esos, Macario era
-desconocido, y asimismo desconocidos su dignidad y su hábil trabajo.
-Si tomaban informes, sabían que había sido despedido repentinamente de
-casa de su tío, por causa de una señorita rubia, vestida de muselina.
-Esta circunstancia restaba a Macario la simpatía. El comercio evita
-el tenedor de libros sentimental. De suerte, que Macario comenzó a
-sentirse en un momento agudo. Pretendiendo, pidiendo, rebuscando,
-pasaba el tiempo, sorbiendo, poco a poco, sus seis monedas.
-
-Se mudó a un hospedaje barato, y continuó olfateando. Mas como fuera
-siempre de temperamento recogido, no había creado amigos. De modo que
-se encontraba desamparado y solitario, y la vida aparecíasele como un
-descampado.
-
-Las monedas terminaron. Macario entró, paso a paso, en la antigua
-tradición de la miseria, la cual tiene solemnidades fatales y
-establecidas; comenzó por empeñar; después, vendió. Reloj, anillos,
-levita azul, cadena, paletó de alamares, todo fue yendo poco a poco,
-rebujado debajo del chal, a una vieja seca y llena de asma.
-
-Entretanto, veía a Luisa, de noche, en la salita oscura que daba a la
-escalera; una lamparilla ardía encima de la mesa. Era feliz allí, en
-aquella penumbra, sentado castamente al lado de Luisa, en un rincón de
-un viejo canapé de paja. No la veía de día, porque traía ya la ropa
-usada, las botas torcidas, y no le gustaba mostrar a la fresca Luisa,
-tan mimosa en su cambray aseado, su miseria remendada; allí, a aquella
-luz tenue, exhalaba su gran pasión y escondía su traje decadente.
-
-Era muy singular el temperamento de Luisa, según me dijo Macario.
-Tenía el carácter rubio como el cabello, si es cierto que el rubio
-es un color lánguido y deslucido: hablaba poco, sonreía siempre con
-sus blancos dientecillos; decía a todo _¿sí?_; era muy simple, casi
-indiferente, llena de transigencias.
-
-Seguramente amaba a Macario, mas con todo el amor que podía dar su
-naturaleza débil, agotada, nula. Era como un copo de lino, hilábase
-como se quería; y, a las veces, en aquellos encuentros nocturnos, tenía
-sueño.
-
-Un día, Macario la encontró excitada: estaba impaciente, el chal
-arrebozado de cualquier manera, mirando siempre hacia la puerta
-interior.
-
---¿Te vio mamá? --dijo ella.
-
-Contole que la madre desconfiaba, impertinente y áspera, y que de
-seguro presentía aquel proyecto nupcial, tramado como una conjuración.
-
---¿Por qué no vienes a pedir mi mano?
-
---¡Pero, hija, si yo no puedo! No tengo acomodo ninguno. Espera. Un mes
-acaso. Tengo ahora un negocio en buen camino. Nos moriríamos de hambre.
-
-Luisa callose, torciendo la punta del chal, con los ojos bajos.
-
---Por lo menos --dijo ella-- hasta que yo no te haga seña desde la
-ventana, no subas más, ¿sí?
-
-Macario rompió a llorar; los sollozos estallaban violentos y
-desesperados.
-
---¡Chist! --decíale Luisa--. ¡No llores alto!...
-
-Macario me contó la noche que pasó, por las calles, al acaso, rumiando
-febrilmente su dolor, bajo el frío de enero, en su levita corta.
-
-No durmió, y luego, por la mañana, al otro día, entró como una ráfaga
-en el cuarto del tío Francisco y díjole brutalmente, secamente:
-
---Es todo lo que tengo --y mostrábale unas perras--. Ropa, estoy sin
-ella. Vendí todo; dentro de poco tendré hambre.
-
-El tío Francisco, que se estaba afeitando junto a la ventana, con el
-pañuelo de la India amarrado en la cabeza, volviose, y poniéndose los
-lentes, le miró:
-
---Su pupitre allí está. Quede --y añadió, con un gesto decisivo--
-soltero.
-
---¡Tío Francisco, óigame!...
-
---Soltero, he dicho --continuó el tío Francisco, mientras suavizaba la
-navaja en el asentador.
-
---No puedo.
-
---¡Entonces, a la calle!
-
-Macario obedeció aturdido. Llegó a su casa, acostose, lloró y se quedó
-dormido. Cuando salió, al anochecer, no tenía resolución, ni idea.
-Estaba como una esponja saturada. Dejábase ir.
-
-De repente, una voz gritó desde dentro de una tienda:
-
---¡Eh! ¡Pchs! ¡Oiga!
-
-Era el amigo del sombrero de paja; abrió los brazos ampliamente:
-
---¡Qué diablo! ¡Toda la mañana te anduve buscando!
-
-Y le contó que había llegado de la provincia, supiera su crisis y le
-traía un desenlace.
-
---¿Quieres?
-
---Todo.
-
-Una casa comercial necesitaba un hombre hábil, resuelto y duro, para ir
-con una comisión difícil y de grandes ganancias, a Cabo Verde.
-
---¡Dispuesto! --dijo Macario--. ¡Pronto! Mañana.
-
-Y fue corriendo a escribir a Luisa, pidiéndola una despedida, un
-último encuentro, aquel en que a los brazos desolados y vehementes
-cuesta tanto desenlazarse. Fue. Encontrola toda arrebujada en su chal,
-tiritando de frío. Macario lloró. Ella, con su pasiva y rubia dulzura,
-díjole:
-
---Haces bien. Tal vez te hagas rico.
-
-Y al otro día, Macario partió.
-
-Conoció las jornadas trabajosas en los mares enemigos, el mareo
-monótono en un camarote ahogado, las duras costumbres de las colonias,
-la brutalidad tiránica de los hacendados ricos, el peso de los fardos
-humillantes, las dilaceraciones de la ausencia, los viajes al interior
-de las tierras negras y la melancolía de las caravanas que orillan en
-violentas noches, durante días y días, los tranquilos ríos, de donde se
-exhala la muerte.
-
-Volvió.
-
-Y a seguida, en la misma tarde, la vio, a ella, Luisa, clara, fresca,
-reposada, serena, acodada al antepecho del balcón, con su abanico
-chinés. Y al otro día, ávidamente, fue a pedírsela a la madre. Macario
-había hecho un gran negocio, y la Villaça madre abriole sus brazos
-amigos llena de exclamaciones. El casamiento acordose para dentro de un
-año.
-
---¿Por qué? --pregunté yo a Macario.
-
-Y me explicó que las ganancias de Cabo Verde no podían constituir un
-capital definitivo; eran apenas un capital de habilitación. Traía de
-Cabo Verde elementos de poderosos negocios; durante un año, trabajaría
-sin descanso, y al final, podría, sosegadamente, crear una familia.
-
-Trabajó de firme: puso en aquel trabajo la fuerza creadora de su
-pasión. Levantábase de madrugada, comía de prisa, hablaba muy poco. A
-la tardecita iba a visitar a Luisa. Después, volvía impacientemente al
-trabajo, como un avaro a su cofre.
-
-Estaba grueso, fuerte, duro, fiero; con el mismo ímpetu servíase de
-las ideas y de los músculos; vivía en una tempestad de cifras. A las
-veces, Luisa, al pasar, entraba en su almacén: aquel posar de ave
-fugitiva dábale alegría, fe, confortamiento para todo un mes totalmente
-trabajado.
-
-Por entonces el amigo del sombrero de paja vino a pedir a Macario que
-fuese su fiador por una gran cantidad que pidiera para establecer un
-bazar de quincalla en grande. Macario, que estaba en el vigor de su
-crédito, accedió con alegría. El amigo del sombrero de paja es quien
-le había facilitado el negocio providencial de Cabo Verde. En aquella
-sazón faltaban dos meses para la boda. Macario sentía, en ciertos
-momentos, subírsele al rostro los febriles rubores de la esperanza.
-Ya comenzara a tratar de las proclamas. Estando en esto, un día, el
-amigo del sombrero de paja desaparece con la mujer de un alférez. Su
-establecimiento estaba en los comienzos. Era una aventura muy confusa.
-Nunca se pudo precisar nítidamente aquel embrollo doloroso. Lo positivo
-era que Macario le fiara; Macario debía reembolsar. Cuando lo supo,
-empalideció, y dijo sencillamente:
-
---¡Liquido y pago!
-
-Y cuando liquidó, quedó otra vez pobre. Como el desastre tuviera una
-gran publicidad y su honra estaba santificada en la opinión, al punto
-la casa Peres y Compañía, que lo mandara a Cabo Verde, le propuso otro
-viaje y otros negocios.
-
---¡Volver a Cabo Verde otra vez!
-
---¡Hace otra vez fortuna, hombre! ¡Usted es el diablo! --dijo el señor
-Eleuterio Peres.
-
-En viéndose así, solo y pobre, Macario estalló en llanto. ¡Todo estaba
-perdido, acabado, extinto! ¡Era necesario recomenzar pacientemente
-la vida, volver a las largas miserias de Cabo Verde, tornar a las
-pasadas desesperanzas, sudar los antiguos sudores! ¿Y Luisa? Macario
-le escribió. Luego rasgó la carta. Fue a casa de ella: las ventanas
-tenían luz; subió hasta el primer piso, mas allí le tomó una gran
-aflicción, una cobardía de revelar el desastre, el pavor trémulo de
-una separación, el terror de que ella se negase, rehusase, vacilara...
-¿Querría ella esperar más? No se atrevió a hablar, a explicar, a pedir;
-descendió las escaleras. Era de noche. Anduvo a la ventura por las
-calles; había un sereno y silencioso lunar. Iba sin saber adónde; de
-pronto oyó, por dentro de una ventana iluminada, un violín que tocaba
-la _xácara mourisca_. Acordose del tiempo en que conociera a Luisa, del
-dulce sol claro que había entonces, y del vestido de ella, de muselina,
-con lunares azules. Era en la calle en donde estaban los almacenes del
-tío. Fue caminando. Púsose a mirar su antigua casa. La ventana del
-escritorio estaba cerrada. Desde allí, ¡cuántas veces viera a Luisa
-y el blando movimiento de su abanico chinés! Pero una ventana, en el
-segundo piso, tenía luz; era el cuarto del tío. Macario fue a observar
-desde más lejos; dentro, por detrás de las ventanas, estaba arrimada
-una figura: era el tío Francisco. Vínole una saudade de todo su pasado
-simple, retirado, plácido. Recordaba su cuarto, y la vieja cartera con
-cerradura de plata, y la miniatura de su madre, que pendía encima de
-la barra de la cama; el comedor y su viejo aparador de madera negra, y
-el jarro del agua, cuya asa era una serpiente irritada... Decidiose, e
-impelido por un instinto, llamó a la puerta. Llamó otra vez. Sintió
-abrir la ventana y preguntar al tío:
-
---¿Quién es?
-
---Soy yo, tío Francisco; soy yo. Vengo a decirle adiós.
-
-Cerrose la ventana, y a poco se abrió la puerta con un gran ruido de
-cerrojos. El tío Francisco tenía un candelero de aceite en la mano.
-Macario le halló flaco, más viejo. Besole la mano.
-
---Suba --dijo el tío.
-
-Macario iba callado, cosido al pasamano.
-
-En llegando al cuarto, el tío Francisco posó el candelero sobre una
-larga mesa de palosanto, y en pie, con las manos en los bolsillos,
-esperó.
-
-Macario permanecía callado, mesándose la barba.
-
---¿Qué quiere? --gritole el tío.
-
---Venía a decirle adiós. Vuelvo para Cabo Verde.
-
---Buen viaje.
-
-Y el tío Francisco, volviéndole la espalda, fue a redoblar con los
-dedos en la vidriera.
-
-Macario quedó inmóvil; dio dos pasos en el cuarto, todo irritado, y se
-dispuso a salir.
-
---¿Adónde va, estúpido? --le gritó el tío.
-
---Me voy.
-
---¡Siéntese ahí!
-
-Y el tío Francisco continuó, dando grandes pasos por la habitación:
-
---¡Su amigo de usted es un canalla! ¡Bazar de quincalla! ¡No está mal!
-Usted es un hombre de bien. Estúpido, pero hombre de bien. ¡Siéntese
-allí! ¡Siéntese! ¡Su amigo es un canalla! ¡Usted es un hombre de bien!
-¡Fue a Cabo Verde, ya lo sé! ¡Pagó todo! ¡Es natural! ¡También lo sé!
-Mañana hágame el favor de ir a sentarse a su pupitre, allá abajo. Mande
-que le pongan asiento nuevo al sillón. Haga el favor de poner en las
-facturas: «Macario & Sobrino.» Y cásese. ¡Cásese, y que le aproveche!
-Tome dinero. Usted precisa ropa blanca y mobiliario. Tome dinero, y
-póngalo en mi cuenta. Su cama está hecha.
-
-Macario, aturdido, radioso, con las lágrimas en los ojos, quería
-abrazarlo:
-
---Bueno, bueno. ¡Adiós!
-
-Macario iba a salir.
-
---¡Oh, burro! ¿pues quiere irse de su casa?
-
-Yendo a un pequeño armario, trajo jalea, un platillo de dulce, una
-botella antigua de Oporto, y bizcochos.
-
---¡Coma!
-
-Y sentándose junto a él y volviendo a llamarle estúpido, corríale una
-lágrima por entre las arrugas de la piel.
-
-De suerte que la boda fue decidida para de allí a un mes, y Luisa
-comenzó a disponer su equipo.
-
-Macario estaba entonces en la plenitud del amor y de la alegría.
-
-Veía el fin de su vida, lleno, completo, feliz. Pasaba casi todo el
-tiempo en casa de la novia, y un día, acompañándola en sus compras por
-las tiendas, quiso hacerle un pequeño regalo. La madre quedárase en
-casa de una modista, en un primer piso de la calle del Oro, y ellos
-habían bajado alegremente, riendo, a la tienda de un platero que había
-abajo, en la misma casa.
-
-Era un día de invierno, claro, fino, frío, con un gran cielo azul
-turquí, profundo, luminoso, consolador.
-
---¡Qué lindo día! --dijo Macario.
-
-Y con la novia del brazo, caminó un poco a lo largo del paseo.
-
---¡Muy lindo! --dijo ella--. Mas pueden reparar: nosotros solos...
-
---Deja. ¡Se va tan bien así!...
-
---No, no.
-
-Y Luisa lo arrastró blandamente hacia la tienda del platero. No había
-más que un dependiente, moreno, de cabello hirsuto. Macario díjole:
-
---Quería ver sortijas.
-
---Con piedras --dijo Luisa--. Lo más bonito.
-
---Sí, con piedras --dijo Macario--. Amatista, granate... En fin, lo
-mejor.
-
-Luisa iba examinando los estuches forrados de terciopelo azul, en los
-cuales relucían las gruesas pulseras guarnecidas, las cadenas, los
-collares de camafeos, las sortijas, las finas alianzas, frágiles como
-el amor, y todo el centelleo de la pesada orfebrería.
-
---Mira, Luisa --dijo Macario.
-
-El dependiente había esparcido en la otra extremidad del mostrador,
-encima del cristal de la vitrina, una gran cantidad de anillos de oro,
-con piedras, labrados, esmaltados; y Luisa, tomándolos y dejándolos con
-las puntas de los dedos, iba apartándolos y diciendo:
-
---Es feo... Es pesado... Es largo...
-
---Mira este --le dijo Macario.
-
-Era un anillo con unas perlas.
-
---Es bonito --respondió ella--. ¡Es muy lindo!
-
---Deja ver si te sirve --añadió Macario.
-
-Y tomándole la mano, metiole el anillo despacito, dulcemente, en el
-dedo, mientras ella reía con sus blancos dientecitos finos, todos
-esmaltados.
-
---Es muy grande --dijo Macario--. ¡Qué pena!
-
---Puede reducirse, si usted quiere. Se deja a la medida. Mañana está
-listo.
-
---Buena idea --dijo Macario--; sí, señor. Porque es muy bonito,
-¿no es verdad? Las perlas muy iguales, muy claras. ¡Muy bonito! ¿Y
-estos pendientes? --preguntó, yendo al fin del mostrador, al otro
-escaparate--. ¿Estos pendientes con una concha?
-
---Diez monedas, dijo el dependiente.
-
-Entre tanto, Luisa continuaba examinando los anillos, probándoselos en
-todos los dedos, revolviendo aquel delicado mostrador, resplandeciente
-y precioso.
-
-Mas de improviso, el dependiente se pone muy pálido y mira a Luisa, que
-va llevando distraídamente la mano por la cara.
-
---Bien --dice Macario aproximándose--; entonces, mañana tendremos el
-anillo. ¿A qué hora?
-
-El dependiente no respondió y comenzó a mirar fijamente a Macario.
-
---¿A qué hora?
-
---Al mediodía.
-
-Iban a salir. Luisa traía un vestido de lana azul que arrastraba
-un poco, dando una ondulación melodiosa a su paso, y sus manos,
-pequeñitas, estaban ocultas en un manguito blanco.
-
---¡Perdón! --dijo de repente el joyero.
-
-Volviose Macario.
-
---El señor no ha pagado...
-
-Macario le miró gravemente:
-
---Naturalmente. Mañana vengo a buscar el anillo y pago.
-
---¡Perdón! --insistió el dependiente--. Mas el otro...
-
---¿Cuál? --exclamó Macario con una voz sorprendida, avanzando hacia el
-mostrador.
-
---Esa señora sabe --afirmó--. Esa señora sabe...
-
-Macario sacó la cartera lentamente.
-
---Perdón, si hay una cuenta antigua...
-
-El dependiente abrió el mostrador, y con un aspecto resuelto:
-
---Nada, mi querido señor; es de ahora. Es un anillo con dos brillantes
-que lleva esa señora.
-
---¡Yo! --dijo Luisa en voz baja, toda enrojecida.
-
---¿Qué es? ¿Qué está diciendo?
-
-Macario, pálido, con los dientes cerrados, contraído, miraba al joyero
-coléricamente.
-
-Este dijo entonces:
-
---Esa señora cogió de ahí un anillo.
-
-Macario quedó inmóvil, encarándolo.
-
---Un anillo con dos brillantes --continuó el muchacho--. Lo vi
-perfectamente.
-
-El dependiente estaba tan excitado, que su voz tartamudeaba, prendíase
-espesamente.
-
---Esa señora no sé quién es. Pero cogió el anillo. Lo cogió de allí...
-
-Macario, maquinalmente, lo agarró por un brazo, y volviéndose a Luisa,
-con la palabra sofocada, corriéndole el sudor por la frente, lívido:
-
---Luisa, di...
-
-Se le cortó la voz.
-
---Yo... --balbució ella, trémula, asombrada, pálida, descompuesta. Dejó
-caer el manguito en el suelo.
-
-Macario vino hacia ella, agarrola un pulso, mirándola; su aspecto era
-tan resuelto y tan imperioso, que ella metió la mano en el bolso,
-bruscamente empavorecida, y mostrando la sortija:
-
---¡No me haga daño! --suplicó, encogiéndose toda.
-
-Macario quedó con los brazos caídos, el aire abstracto, los labios
-blancos; mas de repente, dando un tirón a la levita, recuperándose,
-dijo al joyero:
-
---Tiene razón. Era distracción... ¡Es natural! Esta señora se había
-olvidado. Es la sortija. Sí, señor, evidentemente... Tiene la bondad.
-Toma hija, toma. Deja estar, que la envuelva. ¿Cuánto cuesta?
-
-Abrió la cartera y pagó.
-
-Después recogió el manguito, lo sacudió blandamente, limpió los labios
-con el pañuelo, dio el brazo a Luisa, y diciendo al joyero: disculpe,
-disculpe, la arrastró inerte, pasiva, aterrada, semi-muerta.
-
-Echaron a andar por la calle, que el sol iluminaba intensamente; los
-coches cruzábanse, rodando; figuras risueñas paseaban conversando; los
-pregones subían con gritos alegres; un caballero con calzón de ante
-hacía cabriolar a su caballo, adornado de rosetas; y la calle estaba
-llena, ruidosa, viva, feliz y cubierta de sol.
-
-Macario iba maquinalmente, como en el fondo de un sueño. Detúvose en
-una esquina. Tenía el brazo de Luisa colgado del suyo, y veíale la mano
-pendiente, su linda mano de cera, con sus venas dulcemente azuladas,
-los dedos finos y amorosos; era la mano derecha, ¡y aquella mano era
-la de su novia! Instintivamente leyó el cartel que anunciaba para la
-noche: _Palafox en Zaragoza_.
-
-En esto, soltando el brazo de Luisa, díjole en voz baja:
-
---Vete.
-
---¡Oye! --rogó ella, con la cabeza toda inclinada.
-
---Vete. --Y con la voz asfixiada y terrible--: Vete. Mira que llamo. Te
-mando al Aljube. Vete.
-
---¡Mas oye!
-
---Vete. Hizo un gesto con el puño cerrado.
-
---¡Por el amor de Dios, no me pegues aquí! --dijo ella sofocada.
-
---Vete. Pueden vernos. No llores. Mira que viene gente. ¡Vete! Y
-acercándose más a ella, murmuró:
-
---¡Eres una ladrona!
-
-Volviose de espaldas y echó a andar, despacio, rayando el suelo con el
-bastón.
-
-Cuando había dado algunos pasos, volvió de pronto; aún vio entre los
-bultos su vestido azul.
-
-Y habiendo partido en aquella misma tarde para la provincia, no volvió
-a saber más de aquella señorita rubia.
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-LA NODRIZA
-
-
-Una vez, era un rey, mozo y valiente, señor de un reino abundante en
-ciudades y mesnadas, que partió a batallar por tierras distantes,
-dejando triste y solitaria a su reina y a un hijito, que aún vivía en
-la cuna, envuelto entre pañales.
-
-La luna llena que le viera marchar, llevado en su sueño de conquista
-y de fama, comenzaba a menguar, cuando uno de sus caballeros apareció
-con las armas rotas, negro de sangre seca y del polvo de los caminos,
-trayendo la amarga nueva de una batalla perdida y de la muerte del rey,
-traspasado por siete lanzas entre la flor de su nobleza, a la orilla de
-un gran río.
-
-La reina lloró magníficamente al rey. Lloró desoladamente al esposo,
-que era bello y alegre. Mas, sobre todo, lloró ansiosamente al padre
-que así dejaba al hijito desamparado, en medio de tantos enemigos de su
-frágil vida y del reino que sería suyo, sin un brazo que lo defendiese,
-fuerte por la fuerza y fuerte por el amor.
-
-El más temible de estos enemigos, era su tío, hermano bastardo del rey,
-hombre depravado y bravío, consumido por groseros apetitos, que solo
-deseaba la realeza por causa de sus tesoros, y que habitaba hacía años
-en un castillo sobre los montes, con una horda de rebeldes, a la manera
-de un lobo que, de atalaya en su choza, espera la presa. ¡Ah, la presa
-ahora era aquella criaturita, rey de mamá, señor de tantas provincias,
-y que dormía en su cuna con su cascabel de oro apretado en la mano!
-
-A su lado, dormía otro niño en otra cuna. Este era un esclavito, hijo
-de la bella y robusta esclava que amamantaba al príncipe. Los dos
-habían nacido en la misma noche de verano. Criábalos el mismo pecho.
-Cuando la reina, antes de irse a dormir, iba a besar al principito,
-que tenía el cabello rubio y fino, besaba también, por amor de él,
-al esclavito, que tenía el cabello negro y crespo. Los ojos de ambos
-relucían como piedras preciosas. Solamente, la cuna de uno era
-magnífica y de marfil entre brocados, y la del otro pobre y de varilla.
-
-La leal esclava, para los dos tenía igual cariño, porque si uno era su
-hijo, el otro había de ser su rey.
-
-Por haber nacido en aquella casa real, tenía la pasión, la religión de
-sus señores. Nadie lloró más sentidamente que ella la muerte de su rey,
-a la orilla del gran río. Pertenecía, además, a una raza que cree que
-la vida de la tierra se continúa en el cielo. De cierto que el rey, su
-amo, ya estaría ahora reinando en otro reino, más allá de las nubes,
-abundante también en mesnadas y ciudades. Su caballo de batalla, sus
-armas, sus soldados, sus pajes, habían subido con él a las alturas.
-También ella, por su turno, llegaría el día en que se remontase en un
-rayo de luz a habitar el palacio de su señor, y a hilar de nuevo el
-hilo de sus túnicas, y a encender otra vez el pebetero de sus perfumes:
-sería en el cielo como fuera en la tierra, y feliz en su servidumbre.
-
-¡También ella temblaba por su principito! ¡Cuántas veces, teniéndole
-colgado del pecho, pensaba en su fragilidad, en su larga infancia,
-en los lentos años que correrían antes que fuese por lo menos del
-tamaño de una espada, y en aquel tío cruel, de rostro más oscuro que
-la noche y corazón más oscuro que la faz, hambriento del trono, y
-acechando por encima de su roquedo, entre los alfanjes de su horda!
-¡Pobre principito de su alma! Mas si su hijo lloriqueaba al lado, hacia
-él era adonde corrían sus brazos con un ardor más feliz. Ese, en su
-indigencia, nada tenía que temer de la vida. Desgracias, asaltos de la
-mala suerte, nunca podrían dejarle más desnudo de las glorias y bienes
-del mundo de lo que ya lo estaba allí en su cuna, bajo el pedazo de
-lino blanco que resguardaba su desnudez. En verdad, la existencia era
-para él más preciosa y digna de ser conservada que la de su príncipe,
-porque ninguno de los duros cuidados con que ella ennegrece el alma
-de los señores, rozaría siquiera su alma libre y sencilla de esclavo.
-Y, como si le amase más por aquella dichosa humildad, cubría su gordo
-cuerpecito de besos largos y devoradores, besos que hacía ligeros sobre
-las manos de su príncipe.
-
-Entretanto, un gran temor llenaba el palacio, en donde ahora reinaba
-una mujer entre mujeres. El bastardo, el hombre de rapiña, que erraba
-por la cumbre de las sierras, descendiera con su horda a la llanura, e
-iba dejando, a través de casales y aldeas felices, un surco de matanza
-y de ruinas. Aseguráronse las puertas de la ciudad con cadenas más
-fuertes. En la atalayas ardían luces más altas. Pero a la defensa
-faltaba disciplina viril. Una rueca no gobierna como una espada. Toda
-la nobleza fiel pereciera en la grande batalla. La desventurada reina
-apenas sabía sino correr a cada instante a la cuna de su hijo a llorar
-sobre él su flaqueza de viuda. Solo el ama leal parecía segura, como
-si los brazos en que estrechaba a su príncipe fuesen murallas de una
-ciudadela que ninguna audacia pudiera trasponer.
-
-Una noche, noche de silencio y de oscuridad, yendo desnuda ya para
-acostarse en su catre, entre sus dos pequeños, adivinó, más que
-sintió, un corto rumor de hierro y de disputa, lejos, a la entrada
-de los jardines reales. Envolviéndose deprisa en un manto, y echando
-les cabellos para atrás, escuchó ansiosamente. En el sitio enarenado,
-entre los jazmines, oíanse pasos pesados y rudos. Después se percibió
-un gemido, un cuerpo cayendo blandamente sobre losas, como un fardo.
-Descorrió violentamente la cortina. Y allá, al fondo de la galería,
-avistó hombres, un resplandor de linternas, brillar de armas... Al
-momento lo comprendió todo; el palacio sorprendido, el bastardo cruel
-que venía a robar, a matar a su príncipe. Y, rápidamente, sin vacilar,
-sin dudar ni un segundo, arrebató al príncipe de su cuna de marfil,
-lo metió en la pobre cuna de rejilla, y sacando a su hijo de la cama
-servil, entre besos desesperados, acostole en la cuna real, que cubrió
-con un brocado.
-
-De repente, un hombre enorme, de faz iracunda, con un manto negro sobre
-la cota de malla, surgió a la puerta de la cámara, entre otros, que
-erguían linternas. Miró, corrió a la cuna de marfil en donde lucían los
-brocados, arrancó de debajo la criatura, como se arranca una bolsa de
-oro, y apagando sus gritos con el manto, echó a correr furiosamente.
-
-El príncipe dormía en su nueva cuna. El ama quedara inmóvil, en el
-silencio y en la oscuridad.
-
-Gritos de alarma atronaron a seguida el palacio. Por las ventanas pasó
-el largo flamear de las antorchas. Resonaban los patios con el batir
-de las armas. Casi desnuda, desgreñada, la reina invadió la cámara,
-cercada de las ayas, llamando a gritos por su hijo. Al ver la cuna de
-marfil, con las ropas desarregladas, vacía, cayó al suelo, llorando,
-despedazada. En esto, callada, muy lenta, muy pálida, el ama descubrió
-la pobre cuna de rejilla... Allí estaba el príncipe, quieto, dormidito,
-en un sueño que le hacía sonreír y le iluminaba toda la carita entre
-sus cabellos de oro. Cayó la madre sobre la cuna, con un suspiro, como
-cae un cuerpo muerto.
-
-Y en este punto un nuevo clamor conmovió la galería de mármol. Era
-el capitán de la guardia, su gente fiel. Había, sin embargo, en sus
-clamores, más tristeza que triunfo. ¡Muriera el bastardo! Cogido, al
-huir, entre el palacio y la ciudadela, aplastado por la fuerte legión
-de arqueros, sucumbieron, él y veinte de su horda. Su cuerpo estaba
-allí, con flechas en el flanco, en un charco de sangre. ¡Mas, ay, dolor
-sin nombre! ¡El cuerpecillo tierno del príncipe allí estaba también,
-envuelto en un manto, ya frío, rojo todavía de las manos feroces que
-lo habían estrangulado! Comunicaban así tumultuosamente los hombres
-de armas la nueva cruel, cuando la reina, deslumbrada, con lágrimas y
-risas, irguió en los brazos para mostrárselo, al príncipe, que había
-despertado.
-
-Fue un espanto, una aclamación. ¿Quién lo salvara? ¿Quién?... ¡Allí
-estaba, junto a la cuna de marfil vacía, muda y tiesa, la que lo
-salvara! ¡Sierva sublimemente leal! Había sido ella quien, para
-conservar la vida a su príncipe, condenara a muerte a su hijo...
-Entonces, solo entonces, la madre dichosa, emergiendo de su alegría
-extática, abrazó apasionadamente a la madre dolorosa y la llamó hermana
-de su corazón... Y de entre aquella multitud que se apretaba en la
-galería vino una nueva, ardiente aclamación, con súplicas de que fuese
-magníficamente recompensada la sierva admirable que salvara al rey y al
-reino.
-
-¿Y cómo? ¿Qué bolsas de oro pueden pagar un hijo? Un viejo de noble
-casta propuso que fuese llevada al tesoro real y escogiese de entre sus
-riquezas, que eran como las mayores de los mayores tesoros de la India,
-todas las que apeteciese su deseo.
-
-La reina tomó de la mano a la sierva. Y sin que su cara de mármol
-perdiese la rigidez, con un andar de muerta, como en un sueño, se
-dejó conducir hasta la Cámara de los Tesoros. Señores, ayas, hombres
-de armas, seguíanla con un respeto tan enternecido, que apenas se oía
-el rozar de las sandalias en las losas. Las espesas puertas del tesoro
-giraron lentamente. Y cuando un siervo abrió las ventanas, la luz de
-la madrugada, ya clara y rósea, entrando por los enrejados de hierro,
-inflamó un maravilloso y centelleante incendio de oro y pedrerías.
-
-Del suelo de piedra, hasta las bóvedas sombrías, por toda la cámara,
-relucían, resplandecían, refulgían los escudos de oro, las armas
-incrustadas, los montones de diamantes, las pilas de monedas, los
-largos hilos de perlas, todas las riquezas de aquel reino, acumuladas
-por cien reyes durante veinte siglos. Un _¡ah!_, lento y maravillado
-pasó sobre la turba enmudecida. Siguió un silencio ansioso. En el
-centro de la cámara, envuelta en la refulgencia preciosa, el ama no se
-movía... Apenas sus ojos, brillantes y secos, se habían erguido para
-aquel cielo que, más allá de las rejas, teñíase de rosa y de oro. Era
-allí, en ese cielo fresco de madrugada, en donde ahora estaba su hijo.
-¡Estaba allí, y ya el sol se levantaba, y era tarde, y aquella criatura
-lloraría, buscando su pecho!... El ama sonrió y extendió la mano.
-Seguían todos, sin respirar, aquel lento mover de su mano abierta. ¿Qué
-joya maravillosa, qué hilo de diamantes, qué puñado de rubíes iba a
-escoger?
-
-El ama alargó la mano hacia un escabel próximo, y de entre un montón de
-armas cogió un puñal. Era un puñal de un viejo rey, todo guarnecido de
-esmeraldas, que valía una provincia.
-
-Agarró el puñal, y apretándolo fuertemente en la mano, apuntando para
-el cielo, hacia el cual subían los primeros rayos del sol, se encaró
-con la reina y con la multitud, y gritó:
-
---Salvé a mi príncipe, y ahora... voy a dar de mamar a mi hijo.
-
-Y se clavó el puñal en el corazón.
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-EL DIFUNTO
-
-
-I
-
-En el año 1474, tan abundante en mercedes divinas para toda la
-cristiandad, reinando en Castilla el rey Enrique IV, vino a habitar en
-la ciudad de Segovia, en donde había heredado huertos y moradas, un
-joven caballero, de limpio linaje y gentil parecer, que se llamaba don
-Ruy de Cárdenas.
-
-Su casa, legado de un tío, arcediano y maestro en cánones, quedaba al
-lado y en la sombra silenciosa de la iglesia de Nuestra Señora del
-Pilar; y enfrente, más allá del atrio, donde cantaban los tres chorros
-de un chafariz antiguo, erguíase el oscuro palacio de don Alonso de
-Lara, hidalgo de riquezas dilatadas y maneras sombrías, que ya en la
-madurez de la edad, todo grisáceo, desposárase con una joven citada en
-Castilla por su blancura, por sus cabellos del color de la aurora y por
-su cuello de garza real. Don Ruy había sido apadrinado, al nacer, por
-Nuestra Señora del Pilar, de quien siempre se conservó devoto y fiel
-servidor; aunque siendo de sangre brava y alegre, gustábanle las armas,
-la caza, los salones galantes, y por veces, las noches ruidosas de
-taberna con dados y pellejos de vino. Por amor, y por las facilidades
-de la santa vecindad, adquiriera la piadosa costumbre, desde su llegada
-a Segovia, de visitar todas las mañanas a su celestial madrina y de
-pedirla, a medio de tres _Avemarías_, la bendición y la gracia.
-
-Al oscurecer, después de alguna ruda correría por campo y monte con
-los lebreles y el halcón, aún volvía, a la hora de las Vísperas, para
-murmurar dulcemente una Salve.
-
-Y todos los domingos compraba en el atrio, a una ramilletera morisca,
-algún atado de junquillos o claveles o rosas silvestres, que esparcía
-con ternura y cuidado galantes enfrente del altar de la Virgen.
-
-A esa venerada iglesia del Pilar venía también cada domingo doña
-Leonor, la tan citada y hermosa mujer del señor de Lara, acompañada por
-un aya triste, de ojos más abiertos y duros que los de una lechuza,
-y por dos fuertes lacayos que la envolvían y guardaban como unas
-torres. Tan celoso era el señor don Alonso, que solo por habérselo
-ordenado severamente el confesor y con miedo de ofender a la Virgen,
-su vecina, permitía esta visita fugitiva, cuyos pasos y demora espiaba
-impacientemente entre las rejas de una celosía. Toda la semana se
-la pasaba doña Leonor en la cárcel del enrejado solar de granito
-negro, no teniendo para recrearse y respirar, aun en las ardorosas
-calmas del estío, más que un fondo de jardín verdinegro, cercado de
-tan altos muros, que apenas se alcanzaba a ver, emergiendo de ellos,
-allá y acullá, alguna punta de triste ciprés. Mas esa corta visita a
-Nuestra Señora del Pilar bastó para que don Ruy se enamorase de ella
-locamente, en la mañana de mayo en que la vio de rodillas ante el
-altar, envuelta en un haz de rayos de sol, aureolada por sus cabellos
-de oro, con las largas pestañas pendidas sobre el libro de las Horas y
-el rosario cayendo de entre sus finos dedos, toda ella fina, blanca,
-de una blancura de lirio abierto en la sombra, más blanca entre los
-negros encajes y las sedas negras que alrededor de su cuerpo, lleno de
-gracia, quebrábanse en arrugas sobre las losas de la capilla, viejas
-lápidas de sepultura sin fecha. Cuando después de un momento de éxtasis
-y de delicioso pasmo se arrodilló, fue menos por la Virgen del Pilar,
-su celestial madrina, que por aquella aparición mortal, de quien no
-conocía el nombre ni la vida, y por la cual daría vida y nombre si ella
-se rindiese por precio tan incierto.
-
-Balbuciendo como una plegaria ingrata las tres _Avemarías_ de
-costumbre, echó mano al sombrero, descendió levemente la nave sonora
-y quedose en el portal, aguardándola, confundido con los mendigos
-lazarientos que se calentaban al sol. Y cuando al cabo de un tiempo,
-en que don Ruy sintió en el corazón un desusado latir de ansiedad y
-miedo, doña Leonor pasó y se detuvo, mojando los dedos en la pila del
-agua bendita, sus ojos, bajo el velo caído, no se irguieron frente a
-él ni tímidos ni desatentos. Con el aya de ojos muy abiertos pegada
-a sus vestidos, entre los dos lacayos como protegida por dos torres,
-atravesó el atrio, piedra por piedra, gozando, seguramente, como una
-recluida, del aire y el sol que la inundaban. Y fue un espanto para don
-Ruy cuando la vio penetrar en la sombría arcada de gruesos pilares y
-desaparecer por una puertecilla de servicio cubierta de herrajes. ¡Era,
-pues, doña Leonor, la linda y noble señora de don Alonso de Lara!...
-
-Entonces comenzaron siete penosos días, que él gastó en un poyo de
-su ventana, considerando aquella negra puerta, cubierta de herrajes,
-como si fuera la del Paraíso y por ella tuviese que salir un ángel
-para anunciarle la Bienaventuranza eterna. Hasta que llegó el esperado
-domingo: y pasando él por el atrio a la hora de Prima, cuando repicaban
-las campanas, con la ofrenda de un manojo de claveles amarillos para su
-madrina, cruzó doña Leonor, que salía de entre los pilares de la oscura
-arcada, blanca, dulce y pensativa, al modo que sale la luna de entre
-las nubes. Los claveles casi se le cayeron en aquel alborozo, en que el
-pecho se le arqueó con la violencia del mar y el alma toda le huyó en
-tumulto a través de los ojos con que la devoraba. También ella levantó
-los suyos hacia don Ruy; pero unos ojos reposados, serenos, en que no
-lucía curiosidad ni acaso conciencia de estarse trocando con otros tan
-encendidos y ennegrecidos por el deseo.
-
-El caballero no entró en la iglesia, quizá por el piadoso recelo de
-no prestar a su celestial madrina la atención que de seguro había de
-robarle aquella mujer que era solo humana, mas dueña ya de su corazón y
-en él divinizada.
-
-Esperó ávidamente a la puerta entre los mendigos, secando los claveles
-con el ardor de las manos trémulas, pensando cuánto se demoraba el
-rosario que doña Leonor rezaba. Aún no descendía ella por la nave y
-ya don Ruy advertía dentro del alma el dulce rugir de la seda que
-arrastraba por las losas. Pasó la blanca señora, y la misma mirada
-distraída que echó sobre los mendigos y por el atrio, dejó correr sobre
-él, o porque no comprendiese a aquel joven que de repente se tornaba
-tan pálido, o porque no le diferenciaba aún de las cosas y de las
-formas indiferentes.
-
-Don Ruy partió, conteniendo un hondo suspiro, y en su cuarto puso
-devotamente ante la imagen de la Virgen las flores que no le ofreciera
-en la iglesia ante su altar. Toda su vida se volvió entonces una larga
-queja por sentir tan fría e inhumana a la mujer, única entre las
-mujeres, que prendiera y tornara serio su corazón ligero y errante.
-Con una esperanza, en la que entreveía el desengaño, comenzó a rondar
-los altos muros del jardín, y otras veces, embozado en la capa, con
-el hombro contra una esquina, quedábase contemplando lentas horas
-las rejas de las celosías, gruesas y negras como las de una cárcel.
-Los muros no se abrían, de las rejas no salía siquiera un rastro de
-luz prometedor. Todo el solar era como un sepulcro. Para desahogarse
-compuso en largas veladas, sobre pergaminos, trovas dulces y gimentes,
-que no le consolaban. Delante del altar de la Virgen, sobre las mismas
-losas en que la había visto arrodillada, doblaba él las rodillas y
-quedaba, sin palabras de oración, en una añoranza amarga y dulce,
-esperando que su corazón serenase bajo la influencia de Aquella que
-todo lo consuela y serena; pero siempre se erguía más desdichado,
-teniendo apenas la sensación de cuán frías y rígidas eran las piedras
-sobre que se arrodillara. El mundo todo solo le parecía contener
-rigidez y frialdad.
-
-Otras claras mañanas de domingo encontró a doña Leonor; y siempre
-sus ojos permanecían descuidados, o cuando se cruzaban con los suyos
-era tan sencillamente, tan limpios de toda emoción, que don Ruy los
-prefiriera ofendidos y brillando de ira o desviados con soberbio
-desdén. Cierto que doña Leonor ya le conocía; pero así conocía también
-a la vendedora morisca recogida delante de su cesto al borde de la
-fuente, o a los pobres que se calentaban al sol ante el portal de la
-iglesia. Ni don Ruy podía pensar que fuese inhumana y fría. Era apenas
-soberanamente remota, como una estrella que en las alturas gira y
-refulge, sin saber que abajo, en un mundo que ella no distingue, ojos
-que no sospecha la contemplan, la adoran y la entregan el gobierno de
-su ventura y de su suerte.
-
-Entonces don Ruy pensó:
-
---Ella no quiere, yo no puedo; fue un sueño que debe terminar. ¡Nuestra
-Señora nos tenga a ambos de su mano!
-
-Y como era un caballero discreto, desde que la reconoció así,
-imperturbable en su indiferencia, no la buscó más, ni siquiera volvió
-a levantar los ojos para los hierros de sus rejas, y hasta ni penetraba
-en la iglesia de Nuestra Señora cuando, casualmente, desde el portal,
-la veía arrodillada, con su cabeza, tan llena de oro y de gracia,
-pendida sobre el libro de oración.
-
-
-II
-
-La vieja aya, de ojos más abiertos y duros que los de una lechuza,
-no tardó en contar al señor de Lara que, un mozo audaz, de gentil
-parecer, nuevo morador en las viejas casas del arcediano, se atravesaba
-constantemente en el atrio y apostábase delante de la iglesia para
-tirar del corazón por los ojos a la señora doña Leonor. Bien lo sabía
-ya el celoso hidalgo, porque cuando desde su ventana espiaba como
-un halcón los pasos de doña Leonor camino de la iglesia, observara
-las vueltas, las esperas y las miradas dardeantes de aquel mozo
-galanteador, y se tiraba de las barbas con rabia. Desde entonces, a la
-verdad, su más intensa preocupación era odiar a don Ruy, el impudente
-sobrino del sacerdote que osaba levantar sus bajos deseos hasta la
-alta señora de Lara. Constantemente le tenía vigilado por un criado y
-conocía sus pasos, y sus descansos, y los amigos con quienes holgaba y
-cazaba, y hasta quien le cortaba sus jubones, y hasta quien le pulía
-la espada, y cada hora de su vivir. Y aún vigilaba más a doña Leonor;
-todos sus movimientos, sus modos más fugitivos, sus silencios, la
-plática con las ayas, las distracciones sobre el bordado, el gesto
-soñador sobre los árboles del jardín, y el aire y el color con que
-volvía de la iglesia... Pero tan serena en el sosiego de su corazón se
-mostraba la señora, que ni el celoso más imaginador de culpas podría
-hallar manchas en aquella pura nieve. Redoblose entonces el rencor de
-don Alonso contra el señor de Cárdenas por haber apetecido aquella
-pureza y aquellos cabellos color de sol claro, y aquel cuello de garza
-real, que eran solo suyos, para espléndido gusto de su vida. Y cuando
-paseaba por la triste galería del solar, sonora y abovedada, enfundado
-en su zamarra orlada de pieles, con el pico de la barba grisácea echada
-hacia delante, la cabellera crespa, erizada para atrás, y los puños
-cerrados, iba siempre removiendo la misma hiel.
-
---Tentó contra su virtud y contra mi honra... ¡Culpado por dos delitos,
-merece dos muertes!
-
-Mas a su furor se mezcló el terror cuando supo que don Ruy ya no
-esperaba en el atrio a doña Leonor, ni rondaba amorosamente las tapias
-del palacio, ni penetraba en la iglesia mientras ella la visitaba; y
-que tan enteramente refugiábase de su vista, que una mañana, hallándose
-cerca de la arcada y habiendo sentido cómo se abría la puerta por la
-cual la señora iba a aparecer, quedose vuelto de espaldas, sin moverse,
-riendo con un caballero gordo que le leía un pergamino. ¡Tan bien
-afectada indiferencia solo servía (pensó don Alonso) para esconder
-alguna intención dañina! ¿Qué tramaba el diestro engañador? Todo se
-exacerbó en el desabrido hidalgo: celos, rencor, vigilancia, a pesar de
-su edad fea y grisácea. En el sosiego de doña Leonor, sospechó maña y
-fingimiento; e inmediatamente quedaron prohibidas las visitas a Nuestra
-Señora del Pilar.
-
-En las mañanas de domingo corría él a la iglesia para rezar el rosario
-y llevar las disculpas de la esposa --_¡que no puede venir_ (murmuraba
-curvado delante del altar) _por lo que sabéis, Virgen purísima!_--.
-Cuidadosamente visitó y reforzó todos los negros cerrojos de las
-puertas de su solar.
-
-De noche soltaba dos mastines en las sombras del jardín murado.
-
-A la cabecera del vasto lecho, junto a la mesa en donde quedaba la
-lámpara, un relicario y un vaso de vino caliente con canela y clavo
-para retemperar sus fuerzas, lucía siempre una gran espada desnuda. A
-pesar de tantas seguridades no dormía, y a cada instante se levantaba
-sobresaltado de entre las almohadas, agarrando a doña Leonor con mano
-brutal y ansiosa, que le oprimía el cuello para rugir muy bajo, preso
-de terribles ansias: «¡Di que me quieres solo a mí!» Después, en cuanto
-amanecía, iba a espiar, como un halcón, las ventanas de don Ruy. Nunca
-le echaba la vista encima; ahora, ni a la puerta de la iglesia, en
-las horas de misa, ni recogiéndose del campo, a caballo, al toque del
-Avemaría.
-
-Y por verle así, lejos de los sitios y giros acostumbrados, más lo
-sospechaba dentro del corazón de doña Leonor.
-
-En fin, una noche, después de recorrer mil veces el pavimento de la
-galería, removiendo sordamente odios y desconfianzas, gritó por el
-intendente y ordenó que se preparasen las ropas y cabalgaduras.
-¡Temprano, de madrugada, partiría con la señora doña Leonor, para
-su heredad de Cabril, a dos leguas de Segovia! La partida no fue
-de madrugada, como huida de avariento que va a esconder su tesoro;
-realizose con todo aparato y demora, quedando la litera delante de
-la arcada largas horas, con las cortinas abiertas, entretanto un
-caballerizo paseaba por el atrio la mula blanca del hidalgo, enjaezada
-a la morisca, y del lado del jardín la recua de machos, cargados de
-baúles, presos a las argollas, bajo el sol y la mosca, aturdían la
-ciudad con el tintinear de los cascabeles. Así supo don Ruy la jornada
-del señor de Lara, y así lo supo toda la ciudad.
-
-Fue un gran contento para doña Leonor la noticia del viaje; gustaba
-ella de Cabril, de sus sotos y pomares, de los jardines, para donde
-abrían rasgadamente, sin rejas ni gradas, las ventanas de sus claros
-aposentos; allí, por lo menos, tenía aire y sol y plantas que regar,
-un vivero de pájaros y tantas y tantas calles de árboles que la
-significaban casi la libertad. Luego, que esperaba que en el campo se
-aligerasen aquellos cuidados que traían, durante los últimos tiempos,
-tan arrugado y taciturno a su marido y señor.
-
-Mas no logró esta esperanza, porque al cabo de una semana aún no se
-desvaneciera la faz de don Alonso, ni de seguro había frescura de
-arbolado, susurro de agua corriente o espesos aromas de rosales en flor
-que calmasen agitación tan amarga y honda. Como en Segovia, en esotra
-galería abovedada, paseaba sin descanso, enterrado en su zamarra, el
-pico de la barba echado hacia delante, la melena erizada para atrás y
-un terrible rictus en los labios, como si meditase maldades, gozando
-de antemano su sabor acre y picante. Y todo el interés de su vida
-concentrárase en un criado que galopaba de continuo entre Segovia y
-Cabril y que esperaba a las veces en el comienzo de la aldea, junto al
-crucero, atento para escuchar al hombre que se desmontaba, sofocado,
-para contarle las nuevas recogidas.
-
-Una noche en que doña Leonor, en su cuarto, rezaba el trisagio con
-las ayas, a la luz de un hachón de cera, el señor de Lara entró
-pausadamente, trayendo en la mano una hoja de pergamino y una pluma
-enterrada en el tintero de hueso. Con rudo acento despidió a las ayas,
-que le temían como a un lobo. Y empujando un escabel, volviéndose a
-doña Leonor, con cara tranquila, como si apenas viniese a tratar con
-ella de cosas fáciles y naturales:
-
---Señora --dijo--, quiero que me escribáis una carta que me conviene
-mucho escribir...
-
-Tan fácil era a la sumisión, que, sin otro reparo o curiosidad, luego
-de ir a colgar en la barra de la cama el rosario con que rezara, se
-acomodó sobre el escabel, y aplicando sus dedos finos para que la letra
-fuese esmerada y clara, trazó la primera línea que el señor de Lara
-le dictó: «Caballero.» Mas cuando le dictó la siguiente, y de un modo
-amargo, doña Leonor arrojó la pluma como si le escaldase las manos y,
-apartándose de la mesa, gritó con aflicción:
-
---Señor, ¿a quién le conviene que yo escriba semejantes falsedades?
-
-En un brusco movimiento de furor, el señor de Lara echó mano al cinto
-y, poniéndole el puñal junto a la cara, rugió sordamente:
-
---¡O escribís lo que os mando, porque a mí me conviene, o por Dios, que
-os vuelco el corazón!...
-
-Más blanca que la cera de la vela que los alumbraba, con la carne
-sobrecogida ante aquel hierro brillante, en un terror supremo y que
-todo aceptaba, doña Leonor murmuró:
-
---¡Por la Virgen María, no me hagáis mal!... No os irritéis, señor, que
-yo vivo para serviros. Mandad, que yo escribiré.
-
-Entonces, con los puños cerrados en el borde de la mesa, en donde
-dejara el puñal, estrechando a la frágil y desdichada mujer con una
-mirada que la amenazaba, el señor de Lara dictó una carta que decía,
-una vez conclusa, en letra trémula e incierta:
-
-«Caballero: Muy mal me habéis comprendido, o mal pagáis el amor que
-os tengo y que no os pude nunca, en Segovia, mostrar claramente...
-Ahora estoy aquí, en Cabril, ardiendo por veros, y si vuestro deseo
-corresponde al mío, bien fácilmente lo podéis realizar, puesto que mi
-marido se halla ausente de la heredad. Venid esta noche; entrad por la
-puerta del jardín del lado del camino, pasando el estanque, hasta la
-terraza. Allí veréis una escalera apoyada en una ventana, que es la de
-mi cuarto, en donde seréis dulcemente agasajado por quien con tanta
-ansia os espera...»
-
---Ahora, señora, firmad con vuestro nombre, que es lo que más importa.
-
-Doña Leonor trazó muy despacito su nombre, con la faz tan roja como si
-la desnudasen delante de una multitud.
-
---Y ahora --ordenó el marido sordamente--, dirigidla a don Ruy de
-Cárdenas.
-
-Osó levantar los ojos ante la sorpresa que le causaba aquel nombre
-desconocido.
-
---¡Pronto!... ¡A don Ruy de Cárdenas! --gritó el hombre sombrío.
-
-Don Alonso metió el pergamino en el cinto, junto al puñal, ya
-envainado, y salió en silencio, con la barba tiesa, apagando el rumor
-de los pasos en las losas del corredor.
-
-Quedó doña Leonor sobre el escabel, las manos cansadas y caídas en el
-regazo, en un infinito espanto, la mirada perdida en la oscuridad de
-la noche silenciosa. ¡Menos oscura le parecía la muerte que esa oscura
-aventura en que la habían envuelto! ¿Quién era ese don Ruy de Cárdenas,
-de quien nunca oyera hablar, que no había tropezado en su vida, tan
-quieta, tan poco poblada de hombres y de recuerdos? Él, seguramente, la
-conocería, la habría seguido, cuando menos con los ojos, pues que era
-cosa natural y bien ligada recibir una carta de ella de tanta pasión y
-promesas tantas.
-
-¿Y así, un hombre, joven acaso, bien nacido, tal vez gentil, penetraba
-en su destino, bruscamente, traído por la mano de su esposo? ¡Y lo
-hacía de una manera tan íntima, que ya se le abrían de noche las
-puertas del jardín y se le colocaba una escalera para que subiese a
-su cuarto!... Y era su marido el que abría la puerta y colocaba la
-escalera... ¿Para qué?
-
-Entonces, de repente, doña Leonor comprendió la verdad, la vergonzosa
-verdad, que la arrancó un grito de angustia. ¡Era una celada! ¡El señor
-de Lara atraía a Cabril, a ese don Ruy, con una promesa magnífica, para
-apoderarse de él y matarlo, indefenso y solitario! Y ella, su amor, su
-cuerpo, eran las promesas que se hacían brillar ante los ojos seducidos
-del pobre galán. ¡Su marido usaba de su belleza y de su lecho, como red
-de oro en que debía caer aquella presa enloquecida! ¿Dónde habría mayor
-ofensa? ¡Y cuánta imprudencia! ¡Bien podía ese don Ruy de Cárdenas
-desconfiar, no acceder a convite semejante, y después, mostrar por
-Segovia, triunfador y gozoso, aquella carta en que se le hacía oferta
-del lecho y del cuerpo de la mujer de don Alonso de Lara! ¡Pero, no;
-el desventurado correría a Cabril, para morir, y morir miserablemente,
-en el negro silencio de la noche, sin sacerdote ni sacramentos, con el
-alma encharcada en el pecado de amor! Para morir, de seguro, porque
-jamás el señor de Lara consentiría que viviese el hombre portador de
-aquella carta. ¡De modo que, aquel joven, moría de amor por ella, y por
-un amor que, sin haberle valido nunca un gusto, le llevaba a seguida a
-la muerte! De amor por ella, puesto que el odio del señor de Lara, odio
-que con tanta deslealtad y villanía se cebaba solo pudo nacer de celos,
-que le nublaban los más puros deberes de cristiano y caballero. Sin
-duda sorprendiera miradas, paseos, intenciones de ese señor don Ruy,
-poco cauteloso como bien enamorado.
-
-Pero, ¿cómo? ¿cuándo? Confusamente se acordaba de aquel joven, que un
-domingo la cruzara en el atrio, esperándola luego en el portal de la
-iglesia, con un manojo de claveles en la mano... ¿Sería ese? Era de
-noble parecer, pálido, con grandes ojos negros y ardientes... Ella
-pasara, indiferente... Los claveles que retenía en la mano eran rojos y
-amarillos... ¿A quién se los llevaba?... ¡Ah, si lo pudiese avisar, muy
-temprano, de madrugada!
-
-¿Cómo, si no habría en Cabril criado o aya de quien fiarse? ¡Pero iba a
-dejar que una espada innoble volcase aquel corazón, que venía lleno de
-ella, palpitando por ella, todo lleno de sus esperanzas!
-
-¡Oh, la ardiente correría de don Ruy, de Segovia a Cabril, con la
-promesa del jardín abierto, de la escalera apoyada en la ventana,
-bajo la desnudez y protección de la noche! ¿Mandaría el señor de Lara
-colocar la escalera en la ventana?
-
-Sí, de seguro, para matar con mayor facilidad al pobre, dulce e
-inocente mozo, cuando subiese confiado, con las manos embarazadas y la
-espada durmiendo en la vaina... ¡De modo que, en la noche siguiente,
-frente a su lecho, estaría abierta la ventana, y habría una escalera
-erguida contra el muro, esperando a un hombre! Su marido, emboscado en
-la sombra del cuarto, mataría a ese hombre...
-
-¿Y si el señor de Lara lo esperase fuera de los muros de la quinta,
-para asaltarlo brutalmente en algún sendero, y, o por menos diestro,
-o por menos fuerte, en lucha de armas, cayese él traspasado, sin que
-el otro conociese a quién mataba? Y ella, allí, en su cuarto, sin
-saber nada, con las puertas abiertas y la escalera erguida; y el
-hombre aquel asomado a la ventana, en la sombra de la noche tibia,
-mientras el marido, que debía defenderla, quedaba muerto en el fondo
-de una barranquera... ¿Qué hacer, Virgen Santísima? ¡Oh, rechazaría
-soberbiamente al imprudente! Pero, ¿y el espanto de él y la cólera de
-su deseo engañado? «¡Me habéis llamado, señora!» Y allí traía, sobre
-el corazón, una carta con su firma. ¿Cómo le podría contar la terrible
-emboscada y el engaño?
-
-¡Era tan largo de explicar, en aquel silencio y solitud de la noche,
-mientras sus ojos, húmedos y negros, la estuviesen suplicando y
-traspasando!... ¡Desgraciada de ella si el señor de Lara muriese y la
-dejara sola, sin defensa, en aquel caserón abierto! ¡Cuán desgraciada
-también si aquel joven, llamado por ella, que la amaba y que por ese
-amor venía corriendo deslumbrante, encontrase la muerte en el sitio
-de su ilusión, y muerto, en pleno pecado, rodase para la eterna
-desesperación...!
-
-Tendría unos veinticinco años si era aquel joven airoso y pálido, con
-un jubón de terciopelo rojo y un ramo de claveles negros, que estaba a
-la puerta de la iglesia, en Segovia...
-
-Saltaron las lágrimas de los cansados ojos de doña Leonor. Y doblando
-las rodillas, el alma puesta en los cielos, donde la luna se comenzaba
-a levantar, murmuró con una infinita amargura:
-
---¡Oh, Virgen del Pilar, Señora mía; vela por los dos, por todos
-nosotros!...
-
-
-III
-
-Entraba don Ruy en el fresco patio de su casa, cuando de un banco de
-piedra, en la sombra, irguiose un mozo de campo, que sacó del zurrón
-una carta y se la entregó, murmurando:
-
---Señor, daos prisa en leer, que tengo que volverme a Cabril...
-
-Don Ruy abrió el pergamino, y en el deslumbramiento que le causó lo
-batió contra el pecho, como para enterrarlo en el corazón.
-
-El mozo de campo insistió, preso de gran inquietud:
-
---¡Pronto, señor, pronto! No necesitáis responder. Basta que me deis
-una señal de haber recibido el recado.
-
-Don Ruy arrancó uno de los guantes y se lo entregó. Y ya corría el
-criado en la punta de las leves alpargatas, cuando, con un grito, le
-detuvo don Ruy.
-
---Escucha. ¿Qué camino llevas tú para ir a Cabril?
-
---El más corto y solitario para gente atrevida, que es por el Cerro de
-los Ahorcados.
-
---Bien.
-
-Subió don Ruy...
-
-Siempre lo amara, pues, desde la mañana bendita en que sus ojos se
-habían cruzado en el portal de Nuestra Señora. Mientras él rondaba
-aquellos muros del jardín, maldiciendo una frialdad que le parecía más
-fría que la de los fríos muros, ya ella le había dado su alma, y llena
-de constancia, con amorosa sagacidad, reprimiendo el menor suspiro,
-adormeciendo desconfianzas, preparaba la noche radiante en que le daría
-también su cuerpo.
-
-¡Tanta firmeza, un ingenio tan fino en las cosas del amor, aún se la
-tornaban más bella y más apetecida!
-
-Subió don Ruy las escaleras de piedra, y llegado a su aposento, sin
-quitarse siquiera el sombrero, leyó de nuevo aquel pergamino, en que
-doña Leonor le llamaba de noche a su cuarto, para poseerla enteramente.
-Y no le maravilló la oferta, después de tan constante e imperturbable
-indiferencia; antes bien, percibió un amor astuto, por ser fuerte, que
-con gran paciencia se esconde ante los estorbos y peligros, y fríamente
-prepara su hora de gozo, mejor y más deliciosa por hallarse tan bien
-dispuesta.
-
-¡Con qué impaciencia miraba entonces el sol, tan perezoso aquella
-tarde en descender tras los montes! Sin reposo, en su cuarto, con las
-ventanas cerradas para mejor concentrar su felicidad, preparábase
-amorosamente para la triunfal jornada: las finas ropas con encajes, un
-jubón de terciopelo negro, esencias perfumadas. Dos veces descendió a
-las caballerizas para asegurarse de que su caballo estaba dispuesto.
-Sobre el suelo dobló y volvió a doblar la hoja de la espada que
-llevaría al cinto... Pero su mayor cuidado era el camino de Cabril, a
-pesar de conocerlo bien, y la aldea apiñada en torno del monasterio
-franciscano, y el viejo puente romano con su Calvario y la honda
-torrentera que conduce a la heredad de don Alonso. Aun en aquel
-invierno había cazado por allí, yendo de montería con dos amigos de
-Astorga, y pensara al contemplar la torre de los Lara: «He ahí la torre
-de la ingrata». ¡Cómo se engañaba!
-
-Las noches eran de luna; saldría de Segovia calladamente, por la
-puerta de San Mauro... Un galope corto lo ponía en el Cerro de los
-Ahorcados... También conocía ese sitio de tristeza y pavor, con sus
-cuatro pilares de piedra, en los que se ahorcaba a los criminales,
-dejando luego sus cuerpos, balanceados por el aire y secos por el sol,
-hasta que se pudriesen las cuerdas y cayeran los esqueletos, blancos y
-limpios de carne por el pico de los cuervos. Tras del cerro estaba la
-laguna de las Dueñas. La última vez que la había pasado fue en el día
-del Apóstol San Matías, cuando el corregidor y las cofradías de la Paz
-y Caridad, en solemne procesión, iban a dar sagrada sepultura a los
-huesos recogidos en el suelo. Después, el camino corría liso y derecho
-hasta Cabril.
-
-Así meditaba don Ruy la jornada venturosa, mientras caía la tarde.
-Cuando oscureció, y en torno de las torres de la iglesia, comenzaron
-a girar los murciélagos, y en las esquinas del atrio encendiéronse
-los nichos de las Ánimas, el valiente caballero sintió un miedo
-extraño, el miedo de aquella felicidad que se acercaba y que le parecía
-sobrenatural. ¿Era, pues, cierto que esa mujer de divina hermosura,
-famosa en Castilla y más inaccesible que un astro, sería suya, toda
-suya, en el silencio y seguridad de una alcoba, dentro de breves
-instantes, cuando aún no se hubiesen apagado delante de los retablos
-de las Ánimas aquellas luces devotas? ¿Qué había hecho él para lograr
-tanto bien? Pisara losas de un atrio, buscando con los ojos otros ojos,
-que no se erguían desatentos o indiferentes... Entonces, sin dolor,
-abandonó su esperanza... Y he aquí que, de repente, aquellos ojos
-distraídos lo buscan, aquellos brazos cerrados se le abren, largos
-y desnudos, y con el cuerpo y con el alma aquella mujer le grita:
-«¡Oh mal avisado, que no me entendiste! ¡Ven! ¡Quien te desanimó, te
-pertenece!» ¿Dónde hubo jamás igual ventura? ¡Tan alta, tan rara era,
-que, de seguro, tras de ella, si no yerra la ley humana, debía caminar
-la desventura! Y de fijo que caminaba; ¡pues cuánta desventura en saber
-que después de aquella felicidad, cuando de madrugada, saliendo de los
-divinos brazos, se retirase a Segovia, su Leonor, el bien sublime de su
-vida, tan inesperadamente adquirido por un instante, recaería de nuevo
-bajo el poder de otro amo!
-
-¡Qué importaba! ¡Viniesen después dolores y celos!
-
-¡Aquella noche era espléndidamente suya; todo el mundo una apariencia
-vana, y la única realidad ese cuarto de Cabril, mal alumbrado, donde
-ella le esperaría con los cabellos sueltos! Bajó deprisa la escalera y
-se acomodó sobre el caballo. Después, por prudencia, atravesó el atrio
-lentamente, con el sombrero bien levantado de la cara, como en un paseo
-natural, dando a entender que buscaba fuera de los muros el fresco
-de la noche. Nada le inquietó hasta la puerta de San Mauro. Allí un
-mendigo, agachado en la oscuridad de un arco, tocando monótonamente
-su zanfoña, pidió a la Virgen y a todos los santos que llevasen a
-aquel gentil caballero en su dulce y santa guarda. Parárase don Ruy
-para alargarle una limosna, cuando recordó que aquella tarde no había
-pasado por la iglesia, a la hora de Vísperas, para recoger la celestial
-bendición de su madrina. De un salto apeose del caballo porque,
-justamente, cerca del viejo arco relucía una lámpara alumbrando un
-retablo. Era una imagen de la Virgen con el pecho atravesado por siete
-espadas. Arrodillose don Ruy, dejando el sombrero sobre las losas,
-y con las manos erguidas, celosamente, rezó una Salve. La claridad
-amarilla de la luz envolvía el rostro de la Virgen que, sin sentir
-el dolor de los siete aceros, o como si ellos solo le proporcionasen
-inefables gozos, sonreía con los labios abiertos. Mientras rezaba, en
-el convento de Santo Domingo, comenzaron a tocar a agonía. Entre la
-sombra negra del arco, cesando la sonata en la zanfoña, el mendigo
-murmuró: «¡Un fraile se está muriendo!» Don Ruy dijo un Avemaría por el
-fraile. La Virgen de las siete espadas sonreía dulcemente --¡el toque
-de agonía no era, pues, de mal presagio!--. Don Ruy montó de nuevo en
-el caballo, y partió alegremente.
-
-Más allá de la puerta de San Mauro, después de los hornos de los
-Olleros, el camino seguía triste y negro entre las piteras. Tras de las
-colinas, al fondo de la planicie oscura, subía la primera claridad,
-amarilla y lánguida de la luna llena, próxima a aparecer. Y don Ruy
-marchaba al paso, recelando llegar a Cabril con tiempo de sobra, antes
-que las ayas y los criados terminasen el rosario y la velada. ¿Por
-qué no le marcaba doña Leonor la hora, en aquella carta tan clara y
-tan pensada?... Su imaginación entonces corría adelante, rompía por
-el jardín de Cabril, escalaba aladamente la escalera prometida, y él
-corría también detrás en una carrera violenta, hasta levantar las
-piedras del camino mal unido. Después sofrenaba el caballo jadeante.
-¡Era temprano, muy temprano! Y retomaba el paso lento, sintiendo el
-corazón contra el pecho, como ave presa que bate en los hierros de una
-jaula.
-
-Así llegó al crucero, donde el camino se divide en dos, más juntos
-que las puntas de una horquilla, ambos cortando a través del vasto
-pinar. Descubierto delante de la imagen del crucificado, don Ruy tuvo
-un instante de angustia, pues no recordaba cuál de los dos conducía al
-Cerro de los Ahorcados. Ya se aventuraba por el más sombrío, cuando, de
-entre los pinos silenciosos, una luz surgió, bailando en la oscuridad.
-Era una vieja cubierta de harapos, con las largas melenas sueltas,
-doblada sobre un cayado y llevando un candil.
-
---¿Adónde va este camino? --gritó Ruy.
-
-La vieja puso la luz en alto para mirar al caballero.
-
---A Jarama.
-
-Y luz y vieja inmediatamente se sumieron, fundidas en la sombra, como
-si de allí hubiesen surgido solo para avisar al galán del yerro del
-camino... Volviérase rápidamente, y, rodeando el calvario, galopó
-por la otra carretera hasta avistar, sobre la claridad del cielo,
-los pilares negros y los negros maderos del Cerro de los Ahorcados.
-Entonces detúvose, derecho en los estribos. En un ribazo alto, seco,
-sin hierba ni brezo, ligados por un muro bajo, todo carcomido,
-levantábanse negros, enormes, sobre la amarillez de la luna, los
-cuatro pilares de granito, semejantes a los cuatro ángulos de una casa
-deshecha. Sobre los pilares posábanse cuatro gruesos travesaños, de los
-cuales pendían cuatro ahorcados, negros y rígidos, en el aire parado y
-mudo. Todo en torno parecía tan muerto como ellos.
-
-Enormes aves de rapiña dormían encaramadas sobre los maderos. Más allá
-brillaba lívidamente el agua muerta de la laguna de las Dueñas. Iba la
-luna grande y llena por el cielo.
-
-Don Ruy murmuró el Padre Nuestro, debido por todo cristiano a aquellas
-almas culpadas. Y después impelió al caballo y pasaba, cuando, en el
-inmenso silencio y en la inmensa soledad, resonó una voz, una voz que
-le llamaba, suplicante y lenta:
-
---¡Caballero, deteneos; venid acá!...
-
-Don Ruy cogió bruscamente las riendas y, erguido sobre los estribos,
-recorrió con los ojos espantados todo el siniestro yermo. Veíase el
-cerro áspero, el agua brillante y muda, los maderos, los muertos.
-Pensó que fuera ilusión de la noche u osadía de algún demonio errante.
-Y serenamente picó el caballo, sin sobresalto, ni temor, como en una
-calle de la ciudad. Pero, detrás, tornó a surgir la voz, que le llamaba
-urgentemente, ansiosa, casi aflictiva:
-
---¡Caballero, esperad; no os vayáis, volved, llegad aquí!
-
-De nuevo don Ruy parose, y vuelto sobre la silla, se encaró con los
-cuatro cuerpos pendientes de los maderos. ¡Allí sonaba la voz que,
-siendo humana, solo podía salir de forma humana! Uno de esos ahorcados,
-pues, era el que le había llamado con tanta prisa y ansia.
-
-¿Restaría en alguno, por maravillosa merced de Dios, aliento y vida? ¿O
-sería que, por mayor maravilla, uno de esos esqueletos medio podridos
-le detenía para transmitirle avisos de ultratumba?... Que la voz
-partiese de un cuerpo vivo o de un cuerpo muerto, era cobardía huir
-pavorosamente, sin atender a lo que se le demandaba.
-
-Dirigió el animal para dentro del cerro, y parando, derecho y
-tranquilo, con la mano en el costado, después de mirar uno por uno los
-cuatro cuerpos suspensos, gritó:
-
---¿Cuál de vosotros, hombres ahorcados, osó llamar por don Ruy de
-Cárdenas?
-
-En esto, aquel que volvía la espalda a la luna llena, respondió desde
-lo alto de la cuerda, natural y tranquilamente, como quien habla desde
-la ventana a la calle:
-
---Señor, fui yo.
-
-Don Ruy hizo avanzar el caballo hasta colocarse enfrente de él. No le
-distinguía la faz, enterrada en el pecho, escondida por largas y negras
-melenas sueltas. Solo percibió que tenía libres y desamarradas las
-manos y los pies, estos resecos y del color del betún.
-
---¿Qué me quieres?
-
-El ahorcado, suspirando, murmuró:
-
---Señor, hacedme la gran merced de cortar esta cuerda en que estoy
-colgado.
-
-Don Ruy arrancó la espada, y con un solo golpe certero cortó la cuerda.
-
-Con un siniestro sonido de huesos entrechocados el cuerpo cayó en
-el suelo, en el cual quedó un momento estirado cuan largo era;
-pero inmediatamente se enderezó sobre los pies, mal seguros y aún
-durmientes, y levantó para don Ruy su faz muerta, que era una calavera
-con la piel más amarilla que la luna que la envolvía; los ojos estaban
-faltos de brillo y movimiento, los labios se le fruncían en una sonrisa
-empedernida. De entre los dientes blancos asomaba la punta de una
-lengua tan negra como el carbón.
-
-Don Ruy no mostró terror ni asco. Y envainando serenamente la espada:
-
---¿Tú estás vivo o muerto? --preguntó.
-
-El hombre encogió los hombros con lentitud:
-
---Señor, no sé... ¿Quién sabe lo que es la vida? ¿Quién sabe lo que es
-la muerte?...
-
---Pero ¿qué quieres de mí?
-
-El ahorcado, con los largos dedos descarnados, alargó el nudo de la
-cuerda, que aún le lazaba el cuello, y declaró serena y firmemente:
-
---Señor, tengo que acompañaros a Cabril, adonde vais.
-
-El caballero estremeciose con tan fuerte asombro, soltando las bridas,
-que el caballo se empinó, como asombrado también.
-
---¿Conmigo a Cabril?...
-
-El hombre curvó el espinazo, en el que se distinguían todos los
-huesos, más agudos que los dientes de una sierra, a través de un largo
-rasgón de la camisa de estameña:
-
---Señor --suplicó--, no me lo neguéis. ¡Tengo que recibir un gran
-salario si os hago este gran servicio!
-
-Don Ruy pensó de pronto que bien podía ser aquella alguna traza
-formidable del demonio. Y clavando sus ojos brillantes en la faz muerta
-que se le ofrecía ansiosa, en espera del consentimiento, hizo una lenta
-y larga Señal de la Cruz.
-
-El ahorcado dobló las rodillas con asustada reverencia:
-
---Señor ¿para qué me probáis con esa señal? Solo por ella alcanzamos
-remisión, y yo solo de ella espero misericordia.
-
-Entonces don Ruy pensó que si ese hombre no era mandado por el demonio,
-bien podía ser mandado por Dios. Y luego, devotamente, con un gesto
-sumiso en que todo lo entregaba al cielo, consintió, aceptó el pavoroso
-acompañamiento.
-
---¡Ven conmigo, pues, a Cabril, si Dios te manda! Pero yo nada te
-preguntaré ni tú me preguntes nada.
-
-Encaminó el caballo a la carretera, toda alumbrada por la luna. El
-ahorcado seguía a su lado con pasos tan ligeros, que hasta cuando
-don Ruy galopaba, conservábase cerca del estribo, como llevado por
-un viento mudo. A las veces, para respirar más libremente, aflojaba
-el nudo de la cuerda que le enroscaba el pescuezo. Y cuando pasaban
-entre sebes donde erraba el aroma de las flores silvestres, el hombre
-murmuraba con infinito alivio y dulzura:
-
---¡Qué gusto da correr!
-
-Don Ruy iba poseído de asombro, con un tormentoso cuidado.
-
-Comprendía, desde luego, que se trataba de un cadáver, reanimado por
-Dios para un extraño y encubierto servicio. Pero, ¿por qué le daba
-Dios tan horrible compañero? ¿Para protegerle? ¿Para impedir que doña
-Leonor, amada del cielo, por su piedad, cayese en culpa mortal? ¿Y para
-tan divina incumbencia de tan alta merced, no tenía el Señor ángeles en
-el cielo, antes que echar mano de un supliciado?...
-
-¡Ah, con qué gusto volvería riendas para Segovia de no mediar la
-galante lealtad del caballero, el orgullo de no retroceder jamás, y
-la sumisión a las órdenes de Dios, que sentía inmediatamente sobre su
-espíritu!...
-
-Desde un alto de la carretera, de repente, avistaron Cabril, las torres
-del convento franciscano albeando al lunar, los casales dormidos entre
-las huertas. Silenciosamente, sin que un perro ladrase detrás de las
-cancelas o por cima de los muros, descendieron el viejo puente romano.
-Delante del Calvario, el ahorcado cayó de rodillas sobre las losas,
-irguió los lívidos huesos de las manos y quedó rezando un largo rato,
-entre profundos suspiros. Después, al entrar en el barranco, bebió
-mucho tiempo y consoladamente en una fuente que corría y cantaba bajo
-las frondas de un salgueiro. Como el barranco era angosto, encaminose
-delante del caballero, todo curvado, con los brazos cruzados
-fuertemente sobre el pecho, sin un rumor.
-
-La luna reteníase en lo más alto del cielo. Don Ruy consideraba con
-amargura aquel disco, lleno y lustroso, que esparcía tanta y tan
-indiscreta claridad sobre el misterio que le llevaba a Cabril. ¡Ah,
-cómo se estragaba la noche, que debía ser divina! Una enorme luna
-surgía de entre los montes para alumbrarlo todo. Un ahorcado descendía
-del suplicio para seguirle y entrar en lo íntimo de su secreto. Así lo
-ordenaba Dios. ¡Mas qué tristeza llegar a la dulce puerta prometida con
-tal intruso a su lado, bajo aquel cielo de claridad tan viva!
-
-De improviso, el ahorcado detúvose, levantando el brazo, del cual
-pendía la manga en harapos. Era el fin del barranco, que desembocaba
-en camino más amplio y largo, y delante de ellos blanqueaba el muro de
-la finca de don Alonso, que tenía allí un mirador, con barandilla de
-piedra, todo revestido de begonias.
-
---Señor --murmuró el ahorcado, sujetando con respeto el estribo de don
-Ruy--, a pocos pasos de este mirador está la puerta por donde debéis
-penetrar en el jardín. Conviene que dejéis aquí el caballo, atado a un
-árbol, si es seguro y fiel. En la empresa en que nos hallamos, ya es de
-más el rumor de nuestros pies...
-
-Don Ruy apeose en silencio y prendió el caballo, que tenía por fiel y
-seguro, al tronco de un álamo seco.
-
-Y tan sumiso se tornaba a aquel compañero impuesto por Dios, que sin
-otro reparo le fue siguiendo por la orilla del muro que la luna
-alumbraba.
-
-Con pausada cautela, en la punta de los pies desnudos, avanzaba ahora
-el ahorcado, vigilando el alto del muro, sondando en la negrura de la
-sebe, parándose a escuchar rumores, que solo para él eran perceptibles,
-porque nunca don Ruy conociera noche más hondamente adormecida y muda.
-
-Y el espanto, en quien debía ser indiferente a los peligros humanos,
-fue adueñándose también del valeroso caballero, que sacó el puñal de
-la vaina, y con la capa arrollada al brazo, marchaba a la defensiva,
-atenta y escudriñadora la mirada, como en un camino de emboscada
-y lucha. Así llegaron a una puertecita, que el ahorcado empujó,
-abriéndose sin quejido de los goznes. Penetraron en una calle bordeada
-de espesos bojes hasta llegar a un estanque lleno de agua, donde
-flotaban hojas de nenúfares, y que toscos bancos de piedra circundaban,
-cubiertos por la rama de arbustos en flor.
-
---¡Por allí! --murmuró el ahorcado, extendiendo el brazo descarnado.
-
-Señalaba una avenida que densos y viejos árboles abovedaban y
-oscurecían. Por ella se metieron, como sombras en la sombra, el
-ahorcado delante, don Ruy siguiéndole muy sutilmente, sin rozar una
-rama, malpisando la arena. Un leve hilo de agua susurraba en el césped.
-Por los troncos subían rosales trepadores, que desprendían dulce aroma.
-El corazón de don Ruy recomenzó a batir con una esperanza de amor.
-
---¡Chist! --hizo el ahorcado.
-
-Y don Ruy casi tropezó con el siniestro hombre estancado, con los
-brazos abiertos, como las trancas de una cancilla.
-
-Delante de ellos, cuatro pasos de escalera de piedra subían a una
-terraza, en la cual la claridad era amplia y libre. Agachados, treparon
-los escalones, y al fondo de un jardín sin árboles, todo en cuarteles
-de flores bien recortados, orlados de boj corto, avistaron un lado de
-la casa, batido por la luna llena. En el centro, entre las ventanas
-cerradas, un balcón de piedra, conservaba de par en par abiertas las
-maderas de los ventanales. El cuarto dentro, apagado, era como un
-agujero de tiniebla en la claridad de la fachada, que bañaba el lunar.
-Y, arrimada contra el balcón, estaba una escalera con los tramos de
-cuerda.
-
-El ahorcado empujó a don Ruy para la oscuridad de la avenida. Y allí,
-con un gesto preciso, dominando al caballero, exclamó:
-
---¡Señor, ahora conviene que me deis la capa y el sombrero! Quedaos
-aquí, en la oscuridad de estos árboles. Voy a subir la escalera para
-observar lo que pasa dentro de aquel cuarto... Si es lo que deseáis,
-aquí volveré, y que Dios os haga muy feliz...
-
-¡Don Ruy echose atrás con el horror de que tal criatura subiese a la
-ventana! Luego murmuró sordamente:
-
---¡No, por Dios!
-
-Pero la mano del ahorcado, lívida en la oscuridad, bruscamente le
-arrancó el sombrero de la cabeza y la capa de entre los brazos. Y se
-cubría, se embozaba, murmurando en una súplica ansiosa:
-
---¡No me lo neguéis, señor, que por haceros este servicio ganaré una
-gran merced!
-
-Y subió de nuevo los escalones; estaba en la larga y alumbrada terraza.
-
-Don Ruy subió, atontado, y espió. ¡Oh maravilla! Era él, don Ruy, de
-la cabeza a los pies, en la figura y en el modo, aquel hombre que, por
-entre los cuarteles y el boj cortado, avanzaba, airoso y leve, con la
-mano en la cintura, la faz erguida risueñamente hacia la ventana, la
-larga pluma escarlata del sombrero balanceándose triunfal. El hombre
-avanzaba bajo la claridad espléndida. El cuarto amoroso aguardaba
-abierto y negro. ¡El hombre hallábase al pie de la escalera; desembozó
-la capa y asentó el pie en el primer tramo! --«¡Oh, allá va, ya sube
-el maldito!»-- rugió don Ruy. El ahorcado subía. Ya la alta figura,
-que era él, el propio don Ruy, estaba a mitad de la escalera, toda
-negra contra la blanca pared. Detúvose... ¡No, no; subía, llegaba,
-posaba la rodilla cautelosa sobre el borde de baranda! Mirábalo don
-Ruy desesperadamente con los ojos, con el alma, con todo su ser. Y
-he ahí que, de repente, del cuarto negro surge un negro bulto, una
-furiosa voz: «¡Villano, villano!» Y una lámina de daga brilla y cae, y
-otra vez se levanta y brilla y vuelve a caer, y aún refulge y torna a
-hundirse... Como un fardo, de lo alto de la escalera, pesadamente, el
-ahorcado cae sobre la tierra muelle. Vidrieras y ventanas se cierran a
-seguida, con fragor. Y no hubo más, sino el silencio, la oscuridad y la
-luna alta y redonda en el cielo de verano.
-
-Al comprender don Ruy la traición, desenvainó la espada, ganando la
-oscuridad de la avenida, cuando, ¡oh milagro!, corriendo por la terraza
-aparece el ahorcado, que le agarra por la manga y le grita:
-
---¡A caballo, señor, volando; que el encuentro no era de amor, sino de
-muerte!...
-
-Ambos descienden a toda prisa la avenida, costean el estanque bajo
-el refugio de los arbustos en flor, métense por la calle estrecha
-orlada de tejos, abren la puerta y, de pronto, páranse, sofocados, en
-la carretera, donde la luna, más refulgente, más llena, simulaba la
-claridad del sol.
-
-¡Y entonces, solo entonces, don Ruy descubrió que el ahorcado
-conservaba clavada en el pecho, hasta los pomos, la daga, cuya punta le
-salía por la espalda, lúcida y limpia!... Pero ya el pavoroso hombre le
-empujaba nuevamente:
-
---¡A caballo, señor, volando; que aún tenemos encima la traición!
-
-Horrorizado, con un ansia de terminar aventura tan llena de espanto
-y de milagro, don Ruy cogió las riendas y comenzó a cabalgar
-sufridamente. Y luego, con gran prisa, el ahorcado saltó también a
-grupas del caballo fiel. Encogiose el buen caballero al sentir en sus
-espaldas el roce de aquel cuerpo muerto, desprendido de un patíbulo,
-atravesado por una daga. ¡Con qué desesperación galopó entonces por
-la carretera interminable! Y don Ruy a cada momento sentía un frío
-mayor que le helaba los hombros, como si llevase sobre ellos un enorme
-costal de nieve. Al pasar por el crucero, murmuró: «¡Valedme, señor!» Y
-más allá, estremeciose de repente, con el quimérico miedo de que tan
-fúnebre camarada le fuese acompañando para siempre, y se tornase su
-destino galopar a través del mundo, en una noche eterna, llevando un
-muerto a grupas de su caballo... Y no se contuvo, gritó para atrás, en
-el viento de la carrera que los zahería:
-
---¿En dónde queréis que os deje?
-
-El ahorcado, acercando tanto el cuerpo a don Ruy, que le tocó con el
-pomo de la daga, repuso:
-
---¡Señor, conviene que me dejéis en el cerro!
-
-Dulce e infinito alivio para el buen caballero, pues el cerro estaba
-cerca, y ya se distinguían en la claridad desmayada los pilares y los
-travesaños negros. A poco detuvo el caballo, que temblaba blanco de
-espuma.
-
-El ahorcado, sin rumor, descendió de la silla, asegurando, como
-buen servicial, el estribo de don Ruy. Y con la calavera erguida,
-y la lengua negra pendiente entre los dientes blancos, murmuró una
-respetuosa súplica:
-
---¡Hacedme ahora el gran servicio de volverme a colgar otra vez!
-
-Don Ruy estremeciose de horror.
-
---¡Por Dios! ¿Que os ahorque yo?
-
-El hombre suspiró, abriendo los brazos, en un triste ademán:
-
---¡Señor, por voluntad de Dios es, y por voluntad de Aquella que le es
-más grata a Dios!
-
-Resignado, sumiso a los mandatos de lo Alto, apeose don Ruy y comenzó a
-seguir al hombre, que caminaba hacia el cerro pensativamente, doblando
-el dorso, del cual salía, clavada y limpia, la punta de la daga.
-Paráronse ante el suplicio vacío. En torno de los otros pendían los
-otros tres esqueletos. El silencio era más triste y hondo que los otros
-silencios de la tierra. El agua de la laguna ennegreciérase. La luna
-descendía rápida y desfallecía.
-
-Don Ruy examinó el madero en donde quedaba el pedazo de cuerda cortada
-con la espada.
-
---¿Cómo queréis que os cuelgue? --exclamó--. No llego con la mano al
-otro pedazo de cuerda; yo solo no basto para izaros.
-
---Señor --respondió el hombre--, ahí, al lado, debe de haber un
-rollo de cuerda. Una punta me la ataréis a este nudo que tengo en el
-pescuezo; la otra punta la echaréis por encima del madero, y, tirando
-después, fuerte como sois, conseguiremos nuestro objeto.
-
-Curvados ambos con pasos lentos, buscaron el rollo de cuerda. Lo
-encontró el ahorcado, y él mismo lo desenrolló... Entonces don Ruy
-descalzose los guantes. Y enseñado por él (que tan bien lo aprendiera
-del verdugo), ató una punta al lazo que el hombre conservaba en el
-pescuezo, y tiró con fuerza la otra, que ondeó en el aire, pasó sobre
-el madero y quedó pendiente cerca del suelo. Y el robusto caballero,
-afianzando los pies, retesando los brazos, tiró de la cuerda e izó el
-hombre hasta dejarlo suspenso, negro, en el aire, como un ahorcado
-natural, entre los demás ahorcados.
-
---¿Estás bien así?
-
-Lenta y sumisa vino la voz del muerto:
-
---Señor, estoy como debo.
-
-Don Ruy, entonces, enrolló la cuerda al pilar de piedra. Y el
-sombrero en la mano, limpiándose con la otra el sudor que le corría a
-cántaros, contempló a su siniestro y milagroso compañero. Estaba ya
-rígido como antes, con la faz pendiente bajo las melenas caídas, los
-pies enderezados, todo carcomido como un viejo tronco. En el pecho
-conservaba la daga clavada. Por cima, dos cuervos dormían quietos.
-
---Y ahora, ¿qué más quieres? --preguntó don Ruy comenzando a ponerse
-los guantes.
-
-Desde lo alto, el ahorcado murmuró:
-
---¡Señor, con toda el alma os ruego que, al llegar a Segovia, le
-contéis el suceso a Nuestra Señora del Pilar, vuestra madrina, que de
-ella espero gran merced para mi salvación eterna por este servicio,
-que, por su mandato, os hizo mi cuerpo!
-
-Todo lo comprendió don Ruy de Cárdenas entonces, y arrodillándose
-devotamente sobre el suelo de dolor y muerte, rezó una larga oración
-por aquel buen ahorcado.
-
-Después galopó para Segovia. Clareaba la mañana cuando traspasó la
-puerta de San Mauro. Sonaban las campanas en el aire claro. Y entrando
-en la iglesia de Nuestra Señora del Pilar, aun en el desaliño de su
-terrible jornada, don Ruy, ante el altar, narró a su celestial madrina
-la ruin tentación que le llevara a Cabril, el socorro que del cielo
-había recibido, y con lágrimas de arrepentimiento y gratitud, juró que
-nunca más pondría deseo en donde hubiese pecado, ni en su corazón daría
-entrada a pensamiento que viniese del Mundo y del Mal.
-
-
-IV
-
-A esa hora, en Cabril, don Alonso de Lara, con los ojos abiertos de
-pasmo y de terror, escudriñaba todas las calles, cuarteles y sombras de
-su jardín.
-
-Cuando al amanecer, luego de abierta la puerta de la cámara en que
-había encerrado a doña Leonor, descendió sutilmente al jardín y no
-encontró debajo del balcón, pegando a la escalera, como deliciosamente
-se prometía, el cuerpo de don Ruy de Cárdenas, tuvo por cierto que el
-odiado hombre, al caer, aún con un hilo débil de vida, se arrastraría
-sangrando, con el intento de alcanzar el caballo y escapar de Cabril...
-
-Mas con aquella recia daga que por tres veces enterrara en su pecho,
-y que en el pecho había dejado, no se arrastraría el villano muchos
-metros, y en algún sitio de aquellos debía de yacer estirado y frío.
-Rebuscó entonces cada calle, cada sombra, cada macizo de arbustos. Y
---¡caso maravilloso!--, ¡no descubría el cuerpo, ni pisadas, ni tierra
-que hubiese sido removida, ni siquiera rastro de sangre sobre la
-tierra! Y, sin embargo, ¡mano certera y hambrienta de venganza, tres
-veces le clavara la daga en el pecho y en el pecho se la dejara!
-
-¡Y era Ruy de Cárdenas el muerto, que bien lo había conocido desde
-el fondo del cuarto donde espiaba, cuando a la claridad de la luna
-atravesó la terraza, confiado, ligero, con la mano en la cintura, la
-faz risueñamente erguida y la pluma del sombrero balanceándose en
-triunfo! ¿Cómo podría suceder una cosa tan rara, un cuerpo mortal
-sobreviviendo a un hierro que tres veces le atraviesa el corazón y
-en el corazón le queda clavado? ¡Y la mayor rareza era que ni en el
-suelo, debajo de la ventana, señalábase el vestigio de aquel cuerpo
-fuerte, caído pesadamente como un fardo! ¡Ni una flor machucada;
-todas derechas, erguidas, frescas, con leves gotas de rocío sobre
-las corolas! Inmóvil de espanto, casi de terror, don Alonso de Lara
-detúvose allí, considerando el balcón, midiendo la altura de la
-escalera, contemplando con ojos espantados los alhelíes derechos,
-frescos, sin un tallo u hoja doblada. Después comenzó a correr
-locamente por la terraza, por la avenida, por la calle de los bojes,
-todavía con la esperanza de hallar una pisada, un tallo roto, alguna
-gota de sangre sobre la finísima arena.
-
-¡Nada! Todo el jardín ofrecía un desusado arreglo y limpieza, como
-si sobre él nunca hubiese pasado el viento que deshoja ni el sol que
-mustia.
-
-Entonces, al atardecer, devorado por la incertidumbre y el misterio,
-tomó un caballo y, sin escudero ni caballerizo, partió para Segovia.
-Curvado y escondidamente, como un forajido, penetró en su palacio
-por la puerta del pomar, y su primer cuidado fue correr la galería
-abovedada, desatrancar las maderas de las ventanas y espiar ávidamente
-la casa de don Ruy de Cárdenas. Todos los miradores de la vieja morada
-del arcediano estaban abiertos, respirando la frescura de la noche;
-y a la puerta, sentado en un banco de piedra, un mozo de caballeriza
-afinaba perezosamente la bandurria.
-
-Don Alonso de Lara descendió a su cámara, lívido, pensando que no
-acontecía de seguro desgracia en casa donde todas las ventanas se abren
-para recibir el fresco, y en la puerta de la calle tocan y se divierten
-los mozos. Batió las palmas, pidiendo furiosamente la cena. Y apenas
-sentado al extremo de la mesa, en su alta silla de cuero labrado,
-mandó llamar al intendente, a quien en seguida ofreció, con extraña
-familiaridad, una copa de vino añejo. En tanto el hombre, en pie, bebía
-respetuosamente, don Alonso, metiendo los dedos por la maraña de las
-barbas y forzando su sombría faz para sacarle una sonrisa, preguntaba
-por las nuevas acontecidas en Segovia. Durante los días de su estancia
-en Cabril ¿nada espantoso o digno de murmuración había ocurrido en
-la ciudad?... El intendente limpió los labios para afirmar que nada
-espantoso murmurábase en Segovia, a no ser que la hija del señor don
-Gutierre, tan joven y rica heredera, tomaba el hábito de las Carmelitas
-Descalzas. Don Alonso insistía mirando vorazmente al intendente. ¿Y no
-se trabara una gran lucha, no se encontrara herido en la carretera de
-Cabril un caballero joven, muy conocido?... El intendente encogía los
-hombros: nada decían por la ciudad de luchas y caballeros heridos. Con
-un acento desabrido, don Alonso lo despidió de su presencia.
-
-Apenas terminada la parca cena, volvió a la galería para espiar de
-nuevo las ventanas de don Ruy. Ahora estaban cerradas; en la última de
-la esquina percibíase tenue claridad.
-
-Pasó en vigilia la noche, removiendo incansablemente el mismo espanto.
-¿Cómo pudo escapar aquel hombre con una daga atravesada en el corazón?
-¿Cómo?... Al amanecer tomó una capa, un largo sombrero, y descendió
-al atrio, todo embozado y cubierto, y quedó rondando por delante de
-la casa de don Ruy. Las campanas tocaban a maitines. Los mercaderes,
-con los jubones mal abotonados, salían a levantar las persianas de las
-puertas, a colgar el muestrario. Ya los hortelanos, picando los burros
-cargados de costales, lanzaban los pregones anunciando la hortaliza
-fresca, y los frailes descalzos, con la alforja al hombro, pedían
-limosna y bendecían a las mozas.
-
-Beatas embozadas, con gruesos rosarios negros, enfilaban golosamente
-para la iglesia. Después el pregonero de la ciudad, parado en un
-extremo del atrio, tocó una bocina, y con una voz tremenda comenzó a
-leer un edicto.
-
-El señor de Lara parárase junto a la fuente, pasmado, como embebecido
-en el canto de los chorros. De repente pensó que aquel edicto, leído
-por el pregonero de la ciudad, debíase referir a don Ruy, acaso a su
-desaparición... Corrió a la esquina del atrio; pero ya el hombre, con
-el papel enrollado, abríase paso, batiendo en las losas con su vara
-descomunal. Y cuando se volvió para espiar de nuevo la casa, he aquí
-que sus ojos, atónitos, tropiezan a don Ruy, ¡a don Ruy, su víctima,
-que venía caminando para la iglesia de Nuestra Señora, ligero, airoso,
-la faz risueña y erguida en el fresco aire de la mañana, de jubón
-claro, con plumas claras, con una de las manos posada en el cinto, la
-otra meneando distraídamente un bastón con borlas de torzal de oro!
-
-Don Alonso recogiose entonces a su casa con pasos arrastrados y
-envejecidos. En lo alto de la escalera de piedra halló a su viejo
-capellán, que venía a saludarle y que, penetrando con él en la
-antecámara, después de pedir, con reverencia, nuevas de la señora doña
-Leonor, le habló de un prodigioso caso que había llenado a la ciudad
-de espanto y murmuración. ¡En la víspera, por la tarde, yendo el
-corregidor a visitar el Cerro de las Horcas, pues se acercaba la fiesta
-de los Santos Apóstoles, descubriera, con mucho pasmo y escándalo, que
-uno de las ahorcados tenía una daga clavada en el pecho! ¿Era gracia
-de algún pícaro siniestro? ¿Venganza que la muerte no saciara?... ¡Y
-para mayor prodigio aún, el cuerpo había sido descolgado del madero,
-arrastrado en huerta o jardín (pues que presas a los viejos harapos
-se encontraron hojas tiernas) y después nuevamente ahorcado y con una
-cuerda nueva!... ¡Así iba la turbulencia de los tiempos, que ni los
-muertos se privaban de tamaños ultrajes!
-
-Don Alonso escuchaba temblando, con el pelo horripilado.
-Inmediatamente, con una ansiosa agitación, bramando, tropezando
-contra las puertas, quiso partir y convencerse con sus propios ojos
-de la fúnebre profanación. En dos mulas enjaezadas de prisa, ambos
-salieron para el Cerro de los Ahorcados, él y el capellán, arrastrado y
-aturdido. Un gran golpe de vecinos de Segovia, reuniérase en el Cerro,
-poseídos todos de un horror maravilloso ante ¡el muerto que fuera
-muerto!... Todos se arremolinaron en torno del noble señor de Lara,
-que permanecía desmadejado y lívido, mirando al ahorcado y a la daga
-que le atravesaba el pecho. Era su daga: ¡fuera él quien había matado
-al muerto!
-
-Galopó empavorecido para Cabril. Y allí se encerró con su secreto,
-comenzando a palidecer, a adelgazar, siempre alejado de la señora
-doña Leonor, escondido por las calles sombrías del jardín, murmurando
-palabras al viento, hasta que en la madrugada de San Juan, una criada,
-que volvía de la fuente con su cántaro, lo encontró muerto, bajo el
-balcón de piedra, estirado en el suelo, con los dedos clavados en el
-bancal de alhelíes, donde parecía haber excavado largamente la tierra,
-buscando algo...
-
-
-V
-
-Para huir de tan lamentables memorias, la señora doña Leonor, heredera
-de todos los bienes de la casa de Lara, recogiose a su palacio de
-Segovia. Pero como ahora sabía que el señor don Ruy de Cárdenas había
-escapado milagrosamente de la emboscada de Cabril, y, como día por
-día, acechando por entre las rejas, lo seguía con ojos húmedos, jamás
-satisfechos, cuando el caballero cruzaba el atrio para entrar en la
-iglesia, no quiso ella, con recelo de las prisas e impaciencia de su
-corazón, visitar a la Señora del Pilar mientras durase el luto. Más
-tarde, una mañana de domingo, cuando, en vez de crespones negros,
-se pudo cubrir de sedas rojas, descendió la escalera de su palacio,
-pálida, por efecto de una emoción nueva y divina, pisó las losas del
-atrio y traspuso las puertas de la iglesia. Don Ruy de Cárdenas estaba
-arrodillado delante del altar, en donde había colocado su votivo ramo
-de claveles blancos y amarillos. Al rumor de las finas sedas, irguió
-los ojos con una esperanza purísima, hecha de gracia celeste, como si
-un ángel le hubiese llamado. Doña Leonor arrodillose, arqueado el pecho
-por la impresión, tan pálida y tan feliz, que la cera de las hachas
-no era más pálida, ni más felices las golondrinas que batían sus alas
-libres por las ojivas de la vieja iglesia.
-
-Ante ese altar, y de rodillas en esas losas, ambos fueron casados por
-el obispo de Segovia, don Martiño, en el otoño del año de gracia de
-1475, siendo ya reyes de Castilla Isabel y Fernando, muy poderosos y
-muy católicos, por quien Dios operó grandes hechos sobre la tierra y
-sobre el mar.
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-JOSÉ MATÍAS
-
-
-¡Linda tarde, amigo mío!... Estoy esperando el entierro de José Matías
---del José Matías de Albuquerque, sobrino del vizconde de Garmilde...
-Usted lo conoció seguramente: un muchacho airoso, rubio como una
-espiga, con un bigote crespo de paladín sobre una boca indecisa de
-contemplativo, diestro caballero, de una elegancia sobria y fina. ¡Y
-espíritu curioso, muy aficionado a las ideas generales, tan penetrante,
-que comprendió mi _Defensa de la Filosofía Hegeliana_! Esta imagen de
-José Matías data de 1865; porque la última vez que le encontré, en una
-tarde agreste de enero, metido en un portal de la calle de San Benito,
-tiritaba dentro de una levita color de miel, roída en los codos, y olía
-abominablemente a aguardiente.
-
-¡Pero usted, en una ocasión en que José Matías detúvose en Coimbra,
-volviendo de Oporto, cenó con él en el Pazo del Conde! Hasta recuerdo
-que Craveiro, que preparaba las _Ironías y Dolores de Satán_ para
-irritar más la disputa entre la Escuela Purista y la Escuela Satánica,
-recitó aquel soneto suyo, de tan fúnebre idealismo: _En la jaula de mi
-pecho, el corazón..._ Y recuerdo todavía a José Matías, con una gran
-corbata de seda negra hinchada entre el cuello de lino blanco, sin
-despegar los ojos de las velas de los candeleros, sonriendo pálidamente
-a aquel corazón que rugía en su jaula... Era una noche de abril, de
-luna llena. Después paseamos en bando, con guitarras, por el Puente y
-por el Choupal. Januario cantó ardientemente las endechas románticas de
-nuestro tiempo:
-
- Ayer de tarde, al sol puesto,
- contemplabas silenciosa
- la corriente caudalosa
- que retozaba a tus pies...
-
-¡Y José Matías, acodado sobre el parapeto del Puente, con el alma y
-los ojos perdidos en la luna! --¿Por qué no acompaña usted a este
-interesante mozo al cementerio de los Placeres? Tengo un coche de
-plaza, con número, como conviene a un profesor de Filosofía... ¿Qué?
-¿Por causa de los pantalones claros? ¡Oh, mi caro amigo! De todas las
-materializaciones de la simpatía, ninguna más groseramente material
-que el casimir negro. ¡Y el hombre que vamos a enterrar era un gran
-espiritualista!
-
-Venía la caja saliendo de la Iglesia... Apenas tres carruajes para
-acompañarle. --Mas, realmente, caro amigo, José Matías murió hace seis
-años, en su puro esplendor. Ese que llevamos ahí, medio descompuesto,
-dentro de cuatro tablas galoneadas de amarillo, es un resto de
-borracho sin historia y sin nombre, que el frío de febrero mató en el
-vano de un portal.
-
-¿El sujeto de lentes de oro que va en la berlina?... No sé quién es.
-Tal vez un pariente rico, de esos que aparecen en los entierros, con
-el parentesco correctamente cubierto de gasa negra, cuando el difunto
-ya no importuna ni compromete. El hombre obeso, de caraza amarilla,
-que va en la victoria, es Alves _Capao_, que tiene un periódico
-donde desgraciadamente la Filosofía no abunda, y que se llama _La
-Piada_. ¿Qué relaciones le prendían a Matías?... No sé. Tal vez se
-emborrachasen en las mismas tascas; acaso José Matías, últimamente,
-colaborase en _La Piada_; quizá debajo de aquella gordura y de aquella
-literatura, ambas tan sórdidas, se abrigue un alma compasiva. Este es
-nuestro coche... ¿Quiere que baje la ventanilla? ¿Un cigarro?... Yo
-traigo fósforos. Pues este José Matías fue un hombre desconsolador
-para quien, como yo, en la vida ama la evolución lógica y pretende
-que la espiga nazca coherentemente del grano. En Coimbra siempre le
-consideramos como un alma escandalosamente banal. Para este juicio
-concurría acaso su horrenda corrección. ¡Nunca un rasgón ostentoso en
-la sotana, ni, por ventura, un poco de polvo adherido a los zapatos;
-jamás un pelo rebelde del cabello o del bigote huyendo de aquel
-rígido aliño que nos desolaba! Por otra parte, en nuestra ardiente
-generación él fue el único intelectual que no rugió con las miserias de
-Polonia; que leyó sin empalidecer ni llorar las _Contemplaciones_; que
-permaneció insensible ante la herida de Garibaldi. ¡Y, sin embargo,
-no había en ese José Matías ninguna sequedad o dureza o egoísmo o
-desafecto! ¡Por el contrario! Un suave camarada, siempre cordial y
-mansamente risueño. Toda su imperturbable quietud parecía provenir
-de una inmensa superficialidad sentimental. Y era eso de manera que
-no fue sin razón que, en viendo a aquel mozo tan suave, tan rubio
-y tan ligero, comenzáramos a llamarle _Matías-Corazón de Esquilo_.
-Cuando se doctoró, como se le muriera el padre, después la madre,
-delicada y linda señora de quien había heredado 50.000 duros, partió
-para Lisboa a fin de alegrar la soledad de un tío que le adoraba, el
-general vizconde de Garmilde. ¡Usted, sin duda, se acuerda de esa
-perfecta estampa de general clásico, siempre de bigotes terríficamente
-encerados; las calzas, color de flor de romero desesperadamente
-estiradas por las presillas sobre las botas coruscantes, y el látigo,
-debajo del brazo, con la punta temblando, ávido de azotar el Mundo!
-Guerrero grotesco y deliciosamente bueno... Garmilde moraba entonces
-en Arroyos, en una casa antigua de azulejos, con un jardín, donde
-cultivaba apasionadamente bancales soberbios de dalias. Ese jardín
-subía muy suavemente hasta un muro cubierto de hiedra que lo separaba
-de otro jardín, el largo y bello jardín de rosas del consejero Mattos
-Miranda, cuya casa, con una aireada terraza entre dos torreoncitos
-amarillos, erguíase en la cima del otero y se llamaba la casa de la
-«Parreira». Usted conoce (por lo menos, de tradición, como se conoce
-Elena de Troya o Inés de Castro) la hermosa Elisa Miranda, Elisa de la
-Parreira... Fue la sublime belleza romántica de Lisboa, en los fines
-de la Regeneración. Mas, realmente, Lisboa apenas la entreveía por los
-cristales de su gran carruaje o en alguna noche de iluminación del
-paseo público entre la polvareda y la turba, o en los dos bailes de la
-Asamblea del Carmo, de que Mattos Miranda era un director venerado.
-Por gusto friolero de provinciana o por pertenecer a aquella seria
-burguesía que en esos tiempos, en Lisboa, aún conservaba los antiguos
-hábitos severamente encerrados, o por imposición paternal del marido,
-ya diabético y con sesenta años, la Diosa raramente emergía de Arroyos
-y se mostraba a los mortales. Mas quien la vio, y con facilidad
-constante, casi irremediablemente, desde que se instaló en Lisboa, fue
-José Matías, porque, yaciendo el palacete del general en la falda de la
-colina, a los pies del jardín y de la casa de la Parreira, no podía la
-divina Elisa asomarse a una ventana, atravesar la terraza, coger una
-rosa entre las calles de boj, sin hacerse deliciosamente visible, tanto
-más que en los dos jardines asoleados ningún árbol esparcía la cortina
-de su denso ramaje. Usted de seguro tarareó, como todos tarareamos,
-aquellos versos gastados, mas inmortales:
-
- Era en otoño, cuando tu imagen
- a la luz de la luna...
-
-¡Pues, como en esa estrofa, el pobre José Matías, al regresar de la
-playa de Ericeira, en octubre, en el otoño, vio a Elisa Miranda una
-noche en la terraza, a la luz de la luna! Usted nunca contempló aquel
-precioso tipo de encanto lamartiniano. Alta, esbelta, ondulante, digna
-de la comparación bíblica de la palmera al viento. Cabellos negros,
-lustrosos y ricos, en bandos ondeados. Una carnación de camelia
-muy fresca. Ojos negros, líquidos, quebrados, tristes, de largas
-pestañas... ¡Ah, amigo mío, hasta un servidor de usted, que ya entonces
-anotaba laboriosamente a Hegel, después de encontrarla en una tarde
-de lluvia esperando el coche a la puerta de Seixas, la adoró durante
-tres exaltados días y le rimó un soneto! No sé si José Matías le
-dedicó sonetos. Mas todos sus amigos percibimos de contado el fuerte,
-profundo, absoluto amor que concibiera desde la noche de otoño, a
-la luz de la luna, aquel corazón, que en Coimbra considerábamos de
-_Esquilo_.
-
-Bien comprenderá usted que hombre tan quieto y comedido no se exhaló
-en suspiros públicos. Ya, sin embargo, en tiempo de Aristóteles,
-afirmábase que amor y humo no se esconden; y de nuestro hermético
-José Matías, el amor comenzó pronto a escapar, como el humo leve de
-las rendijas invisibles de una casa cerrada que arde terriblemente.
-Recuérdome de una tarde que le visité en Arroyos, después de volver
-del Alentejo. Era un domingo de julio. Él iba a comer con una
-tía-abuela, una doña Mafalda Noronha, que vivía en Benfica, en la
-quinta de los Cedros, donde habitualmente almorzaban también los
-domingos Mattos Miranda y la divina Elisa. Creo que solo en esa casa
-se encontraban ella y José Matías, sobre todo con las facilidades
-que ofrecen pensativas alamedas y retiros de sombra. Las ventanas
-del cuarto de José Matías abrían al jardín, y sobre el jardín de los
-Mirandas; y cuando entré, él aún se vestía lentamente. ¡Nunca admiré,
-amigo mío, faz humana aureolada por felicidad más segura y serena!
-Sonreía iluminadamente cuando me abrazó, con una sonrisa que venía
-de las profundidades del alma iluminada; sonreía deleitablemente en
-tanto yo le conté todos mis disgustos en Alentejo; sonreía después
-extáticamente, aludiendo al calor y enrollando un cigarro distraído; y
-sonreía siempre, extasiado, mientras escogía en el cajón de la cómoda,
-con religioso escrúpulo, una corbata de seda blanca. Y a cada momento,
-irresistiblemente, por un hábito ya tan inconsciente como el pestañear,
-sus ojos risueños, calmamente enternecidos, volvíanse para las ventanas
-cerradas... De suerte que acompañando aquel rayo dichoso, luego
-descubrí en la terraza de la casa de la Parreira, a la divina Elisa,
-vestida de claro, con un sombrero blanco, paseando perezosamente,
-calzándose pensativamente los guantes y acechando también las ventanas
-de mi amigo, que un rayo oblicuo del sol ofuscaba de manchas de
-oro. José Matías, entretanto, conversaba, antes murmuraba, a través
-de la perenne sonrisa, cosas afables y dispersas. Toda su atención
-concentrárase delante del espejo, en el alfiler de coral y perla para
-clavar en la corbata, en el cuello blanco que abotonaba y ajustaba con
-la devoción con que un sacerdote novicio, en la exaltación cándida de
-la primera misa, se revistiese de la estola y del amito para acercarse
-al altar. ¡Jamás había visto yo a un hombre echar con tan profundo
-éxtasis agua de colonia en el pañuelo! Y después de vestirse la levita,
-de espetarse una soberbia rosa con inefable emoción, sin retener un
-delicioso suspiro, abrió largamente, solemnemente, las ventanas.
-_¡Introibo ad altarem Dei!_ Yo permanecí discretamente enterrado en el
-sofá. ¡Y, caro amigo, créame, envidié a aquel hombre ante la ventana,
-inmóvil, rígido en su adoración sublime, con los ojos y el alma y
-todo el ser clavados en la terraza, en la blanca mujer, calzándose
-los guantes claros, y tan indiferente al mundo como si el mundo fuese
-apenas el ladrillo que ella pisaba y cubría con los pies!
-
-¡Y este éxtasis, amigo mío, duró diez años, así, espléndido, puro,
-distante e inmaterial! No se ría... De cierto se encontraban en la
-quinta de doña Mafalda; de seguro escribíanse, y apasionadamente,
-echando las cartas por sobre el muro que separaba las dos quintas;
-mas nunca por encima de las hiedras de ese muro procuraron la rara
-delicia de una conversación robada, o la delicia, aún más perfecta,
-de un silencio escondido en la sombra. Y nunca cambiaron un beso...
-¡No lo dude! Algún apretón de manos fugitivo y ansioso, bajo las
-arboledas de doña Mafalda fue el límite exaltadamente extremo que la
-voluntad les marcó al deseo. Usted no comprenderá cómo se mantuvieron
-así dos frágiles cuerpos, durante diez años, en tan terrible y mórbido
-renunciamiento... Sí; de seguro les faltó para perderse, una hora de
-seguridad o una puertecilla en el muro. Luego, que la divina Elisa
-vivía realmente en un convento, en el cual cerrojos y celdas eran
-formados por los hábitos rígidamente reclusos de Mattos Miranda,
-triste y diabético. Pero, en la castidad de este amor, entró mucha
-nobleza moral y finura superior de sentimiento. El amor espiritualiza
-al hombre, y materializa a la mujer. Esa espiritualización era fácil a
-José Matías, que había nacido desvariadamente espiritualista; mas la
-humana Elisa encontró también un gozo delicado en esa ideal adoración
-de monje, que ni osa rozar con los dedos trémulos y embrollados en el
-rosario la túnica de la Virgen sublimada. ¡Él, sí! Él gozó en ese amor
-trascendentemente desmaterializado un encanto sobrehumano. Durante diez
-años, como el Ruy-Blas del viejo Hugo, caminó, vivo y deslumbrado,
-dentro de su sueño radiante, sueño en que Elisa habitó realmente
-en lo íntimo de su alma, en una fusión tan absoluta, que se tornó
-consubstancial con su ser. ¿Creerá usted que él abandonó el cigarro,
-y que no fumaba, ni aun paseando solitariamente a caballo, por los
-alrededores de Lisboa, desde que una tarde descubrió en la quinta de
-doña Mafalda que el humo perturbaba a Elisa?
-
-Esta presencia real de la divina criatura en su ser creó en José
-Matías modos nuevos, extraños, derivando de la alucinación. Como el
-vizconde de Garmilde comía temprano, a la hora vernácula del Portugal
-antiguo, José Matías cenaba, después de San Carlos, en aquel delicioso
-y saudoso café Central, donde el lenguado parecía frito en el cielo, y
-el Collares en el cielo embotellado. Pues nunca cenaba sin candelabros
-profusamente encendidos y la mesa cubierta de flores. ¿Por qué?
-Porque Elisa también cenaba allí, invisible. De ahí esos silencios
-bañados en una sonrisa religiosamente atenta... ¿Por qué? ¡Porque la
-estaba siempre escuchando! Recuerdo verle arrancar del cuarto tres
-grabados clásicos de Faunos osados y Ninfas rendidas... Elisa, cerníase
-idealmente en aquel ambiente, y él purificaba las paredes, que mandó
-forrar de sedas claras. El amor arrastra al lujo, sobre todo, un amor
-de tan elegante idealismo; y José Matías prodigó con esplendor y lujo
-que ella participaba. Decentemente no podía andar con la imagen de
-Elisa en un coche de plaza, ni consentir que la augusta imagen rozase
-por las sillas de rejilla de la platea de San Carlos. Montó, por tanto,
-carruajes de un gusto sobrio y puro; y abonose a un palco en la Ópera,
-donde instaló, para ella, una poltrona pontifical, de seda blanca,
-bordada con estrellas de oro.
-
-Aparte de eso, como descubriera la generosidad de Elisa, luego se hizo
-congénere y suntuosamente generoso; y nadie existió entonces en Lisboa
-que repartiese, con facilidad más risueña, billetes de Banco. Así
-disipó, rápidamente, sesenta mil duros, con el amor de aquella mujer a
-quien nunca había regalado una flor.
-
-¿Y, durante ese tiempo, Mattos Miranda? Amigo mío, el buen Mattos
-Miranda, no desordenaba ni la perfección, ni la quietud de esta
-felicidad. ¿Tan absoluto sería el espiritualismo de José Matías, que
-apenas se interesase por el alma de Elisa, indiferente a las sumisiones
-de su cuerpo, involucro, inferior y mortal?... No sé. Verdad sea
-dicha, aquel digno diabético, tan grave, siempre de bufanda de lana
-oscura, con sus barbas grisáceas, sus poderosos lentes de oro, no
-sugería ideas inquietadoras de marido ardiente, cuyo ardor, fatal e
-involuntariamente, se reparte y abrasa. ¡Todavía nunca comprendí, yo,
-Filósofo, aquella consideración, casi cariñosa, de José Matías por
-el hombre que, siquiera fuese desinteresadamente, podía por derecho,
-por costumbre, contemplar a Elisa desapretándose las cintas de la
-enagua!... ¿Habría allí reconocimiento por ser Miranda el que había
-descubierto en una remota calle de Setúbal (en donde José Matías
-nunca la descubriría) aquella divina mujer, y por mantenerla en
-aquella posición, sólidamente nutrida, finamente vestida, transportada
-en carruajes de blandos muelles? ¿O recibiera José Matías aquella
-acostumbrada confidencia --«no soy tuya, ni de él»--, que tanto
-consuela del sacrificio, porque tanto lisonjea el egoísmo?.. No sé,
-mas con certeza, aquel magnánimo desdén por la presencia corporal de
-Miranda en el templo, donde habitaba su diosa, daba a la felicidad de
-José Matías una unidad perfecta, la unidad de un cristal que por todos
-los lados rebrilla, igualmente puro, sin arañadura o mancha. Y esta
-felicidad, amigo mío, duró diez años... ¡Qué escandaloso lujo para un
-mortal!
-
-Mas un día, la tierra, para José Matías, tembló toda, en un terremoto
-de incomparable espanto. En enero o febrero de 1871, Miranda, ya
-debilitado por la diabetes, murió de una pulmonía. Por estas mismas
-calles, en un pachorriento coche de plaza, acompañé su entierro
-numeroso, rico, con ministros, porque Miranda pertenecía a las
-Instituciones. Y después, aprovechando el coche, visité a José Matías
-en Arroyos, no por curiosidad perversa, ni para llevarle felicitaciones
-indecentes, sino para que en aquel lance deslumbrador sintiese a su
-lado la fuerza moderadora de la Filosofía... Hallé con él a un amigo
-más antiguo y confidencial, aquel brillante Nicolás de la Barca, que
-ya acompañé también a este cementerio, donde ahora yacen, debajo de
-lápidas, todos aquellos camaradas con quienes levanté castillos en el
-aire... Nicolás había llegado de la Vellosa, de su quinta de Santarén,
-de madrugada, reclamado por un telegrama de Matías. Cuando entré, un
-criado arreglaba dos maletas enormes. José Matías partía en esa noche
-para Oporto. Hasta se había puesto ya un traje de viaje, todo negro,
-con zapatos de cuero amarillo. Después de sacudirme la mano, mientras
-Nicolás removía un grog, continuó vagando por el cuarto, silencioso,
-como pasmado, con un modo que no era emoción, ni alegría púdicamente
-disfrazada, ni sorpresa de su destino bruscamente sublimado. ¡No!
-Si el buen Darwin no nos engaña en su libro de la _Expresión de las
-Emociones_, José Matías, en esa tarde, solo sentía y solo expresaba
-embarazo. Enfrente, en la casa de la Parreira, todas las ventanas
-permanecían cerradas bajo la tristeza de la tarde cenicienta. ¡Y
-todavía sorprendí a José Matías lanzando hacia la terraza, rápidamente,
-una mirada en que transparentaba inquietud, ansiedad, casi terror!
-¿Cómo diré? ¡Aquella parecía la mirada que se dirige a la jaula mal
-segura en donde se agita una leona! En un momento en que él entró
-en la alcoba, murmuré a Nicolás, por encima del grog: «Matías hace
-perfectamente en irse para Oporto...» Nicolás se encogió de hombros:
---«Sí, creyó que era más delicado... Yo aproveché. Solo durante los
-meses de luto riguroso...» A las siete acompañamos a nuestro amigo
-a la estación de Santa Apolonia. A la vuelta, dentro del coche que
-una furiosa lluvia azotaba, filosofamos. Yo sonreía, contento: --«Un
-año de luto; después mucha felicidad y muchos hijos... ¡Y un poema
-acabado!»... Nicolás acudió, serio: --«Y acabado en una deliciosa
-y suculenta prosa. La divina Elisa queda con toda su divinidad y
-la fortuna de Miranda, unos diez o doce mil duros de renta... ¡Por
-la primera vez en nuestra vida entrambos contemplamos la virtud
-recompensada!»
-
- * * * * *
-
-¡Mi caro amigo! Pasaron los meses ceremoniales de luto, después
-otros, y José Matías no se movió de Oporto. En ese agosto le encontré
-instalado fundamentalmente en el hotel Francfort, donde entretenía la
-melancolía de los días abrasados, fumando (porque volviera al tabaco),
-leyendo novelas de Julio Verne y bebiendo cerveza helada hasta que la
-tarde refrescaba y él se vestía, se perfumaba y se florecía para ir a
-comer en Foz.
-
-Y a pesar de acercarse el bendito remate del luto y de la desesperada
-espera, no noté en José Matías ni alborozo elegantemente reprimido, ni
-revuelta contra la lentitud del tiempo, viejo a las veces tan moroso y
-tropezón. ¡Por el contrario! A la sonrisa de radiosa certeza, que en
-esos años le iluminara como un nimbo de beatitud, sucedía la seriedad
-cargada, toda en sombra y arrugas, de quien se debate en una duda
-irresoluble, siempre presente, roedora y dolorosa. ¿Quiere que le
-diga? En aquel verano, en el hotel Francfort, siempre me pareció que
-José Matías, a cada instante de su vida despierta, bebiendo la fresca
-cerveza, calzando los guantes al entrar en el coche que le llevaba a
-Foz, angustiosamente preguntaba a su conciencia: «¿Qué he de hacer?
-¿Qué he de hacer?» Una mañana, en el almuerzo, me asombro, exclamando
-al abrir el periódico, con un asomo de sangre en la cara: «¿Qué? ¿Ya
-estamos a 29 de agosto? ¡Santo Dios... ya es fin de agosto!...»
-
-Volví a Lisboa, amigo mío. Pasó el invierno, muy seco y muy azul.
-Trabajé en mis _Orígenes del Utilitarismo_. Un domingo, en Rocío,
-cuando ya se vendían claveles en los estancos, avisté dentro de una
-berlina a la divina Elisa, con plumas rojas en el sombrero; y en esa
-misma semana encontré en el _Diario Ilustrado_ la noticia corta,
-casi tímida, del casamiento de la señora doña Elisa Miranda... ¿Con
-quién, amigo mío? ¡Con el conocido propietario don Francisco Torres
-Nogueira!...
-
-En oyendo tal, mi amigo cerró el puño, y pegó en el muslo, espantado.
-¡También yo cerré los dos puños, mas para levantarlos al cielo, en
-donde se juzgan los hechos de la tierra, y clamar furiosamente, a
-gritos, contra la falsedad, la inconstancia ondeante y pérfida, toda la
-engañadora torpeza de las mujeres, y de aquella especial Elisa, llena
-de infamia entre las mujeres! ¡Traicionar aprisa, inconsideradamente,
-apenas concluyó el negro luto, a aquel noble, puro, intelectual
-Matías!, ¡y su amor de diez años, sumiso y sublime!...
-
-Y después de apuntar con los puños para el cielo, aún los apretaba
-contra la cabeza, gritando: «Mas ¿por qué, por qué?» ¿Por amor? Durante
-años ella amara arrobadamente a este hombre, y de un amor que no pudo
-desilusionarse ni hartarse, porque permanecía suspenso, inmaterial,
-insatisfecho. ¿Por ambición? Torres Nogueira era un ocioso amable
-como José Matías, y poseía en viñas hipotecadas los mismos cincuenta
-o sesenta mil duros que José Matías acababa de heredar ahora del
-tío Garmilde, en tierras excelentes y libres. Entonces, ¿por qué?
-¡Ciertamente porque los gruesos bigotes negros de Torres Nogueira
-apetecían más a su carne, que el bozo rubio y pensativo de José Matías!
-¡Ah, bien enseñara San Juan Crisólogo que la mujer es un montón de
-impureza, erguido a la puerta del infierno!
-
-Pues, amigo mío, cuando yo rugía de este modo, encuéntrome una tarde en
-la calle de Alecrín, a Nicolás de la Barca, que salta de la victoria,
-me empuja para un portal, y agarrándose excitadamente en mi pobre
-brazo, exclama sofocado:
-
---«¿Ya sabes? ¡José Matías fue quien se negó! Ella escribiole, estuvo
-en Oporto a verle, lloró... ¡Él no consintió ni en verla! ¡No quiso
-casarse, no se quiere casar!» Quedé traspasado. --«Y entonces ella...».
---«Despechada, fuertemente cercada por Torres, cansada de la viudez,
-con aquellos bellos treinta años en botón, ¡qué diablo! pobrecilla, ¡se
-casó!» Levanté los brazos hasta la bóveda del patio: --«¿Pero y ese
-sublime amor de José Matías?» Nicolás, su íntimo y confidente, juró con
-irrecusable seguridad: --«¡Es el mismo siempre! Infinito, absoluto...
-¡Mas no quiere casarse!»
-
-Los dos nos miramos, y después nos separamos, encogiéndonos entrambos
-de hombros, con aquel asombro resignado que conviene a espíritus
-prudentes en presencia de la Incognoscible. Mas yo, Filósofo, y,
-por tanto, espíritu imprudente, durante toda esa noche agujereé el
-acto de José Matías con la punta de una psicología que expresamente
-aguzara. Y ya de madrugada, cansado, concluí, como se concluye siempre
-en Filosofía, que me encontraba delante de una Causa Primaria, por
-consiguiente impenetrable, en donde se quebraría, sin ventaja para él,
-para mí o para el mundo, la punta de mi Instrumento.
-
-La divina Elisa se casó y continuó habitando la Parreira con su Torres
-Nogueira, en el conforte y sosiego que ya gozara con su Mattos Miranda.
-A mitad de verano, José Matías trasladose de Oporto a Arroyos, al
-caserón del tío Garmilde, en el cual reocupó sus antiguas habitaciones,
-con los balcones abriendo al jardín, ya florido de dalias, que nadie
-cuidaba. Vino agosto, como siempre en Lisboa, silencioso y caliente.
-Los domingos José Matías comía con doña Mafalda de Noronha, en Benfica,
-solitariamente --porque Torres Nogueira no conocía a aquella venerada
-señora de la Quinta de los Cedros. La divina Elisa, con vestidos
-claros, paseaba, a la tarde, en el jardín, entre los rosales; de suerte
-que la única mudanza, en aquel dulce rincón de Arroyos, parecía ser
-Mattos Miranda en un bello sepulcro de los Placeres, todo de mármol --y
-Torres Nogueira en el excelente lecho de Elisa.
-
-Había, sin embargo, una tremenda y dolorosa mudanza --¡la de José
-Matías!--. ¿Adivina usted cómo ese desgraciado consumía sus estériles
-días? ¡Con los ojos, y la memoria, y el alma y todo el ser clavados
-en la terraza, en las ventanas, en los jardines de la Parreira! Solo
-que ahora no era con las vidrieras largamente abiertas, en abierto
-éxtasis, con la sonrisa de segura beatitud; poníase por detrás de las
-cortinas cerradas, a través de una escasa rendija, escondido, acechando
-furtivamente los blancos pliegues del vestido blanco, con la faz
-devastada por la angustia y por la derrota. ¿Y comprende por qué sufría
-así este pobre corazón? Seguramente porque Elisa, desdeñada por sus
-brazos cerrados, corriera luego, sin lucha, sin escrúpulos, para otros
-brazos, más accesibles y prontos... ¡No, amigo mío! Repare ahora en la
-complicada sutileza de esta pasión. ¡José Matías permanecía devotamente
-creyente de que Elisa, en lo íntimo de su alma, en ese sagrado fondo
-espiritual en donde no entran las imposiciones de las conveniencias,
-ni las decisiones de la razón pura, ni los ímpetus del orgullo, ni las
-emociones de la carne, le amaba, a él, únicamente a él, y con un amor
-que no desapareciera, ni se alterara, floreciente en todo su vigor,
-hasta sin ser regado o tratado, a la manera de la antigua Rosa Mística!
-¡Lo que le torturaba, amigo mío, lo que le cavara largas arrugas en
-cortos meses, era que un hombre, un macho, un bruto, apoderárase de
-aquella mujer que era suya! ¡Y que del modo más santo y más socialmente
-puro, bajo el patrocinio de la Iglesia y del Estado, lagotease con los
-ásperos bigotes negros, hasta hartarse, los divinos labios que él nunca
-osara rozar, en la supersticiosa reverencia y casi en el terror de su
-divinidad! ¿Cómo le diré?... ¡El sentimiento de este extraordinario
-Matías era el de un monje, postrado ante una Imagen de la Virgen, en
-trascendental arrobo, entretanto, de improviso, un bestial sacrílego
-trepa al altar, y alza obscenamente la túnica de la Imagen! Usted
-sonríe... ¿Y entonces, Mattos Miranda? ¡Ah, amigo mío, ese era
-diabético, y grave, y obeso, y ya existía instalado en la Parreira, con
-su obesidad y su diabetes, cuando él conociera a Elisa y la diera para
-siempre vida y corazón. Y Torres Nogueira, rompió brutalmente a través
-de su purísimo amor, con sus negros bigotes, y los carnudos brazos, y
-el duro arranque de un antiguo picador de toros, y prostituyó a aquella
-mujer, a la cual revelara tal vez lo que es un hombre!
-
-Mas, ¡con todos los demonios!, a esa mujer la despreció cuando ella
-ofreciósele en la frescura y en la grandeza de un sentimiento que
-ningún desdén aún secara o abatiera. ¿Qué quiere?... ¡Y la espantosa
-tortuosidad espiritual de Matías! ¡Al cabo de unos meses olvidara,
-positivamente olvidara esa negativa afrentosa, como si fuese un leve
-desacuerdo de intereses materiales o sociales, ocurrido meses antes en
-el Norte, y al que la distancia y el tiempo disipaban la realidad y la
-amargura leve! ¡Y ahora, aquí en Lisboa, con las ventanas de Elisa
-delante de sus ventanas y las rosas de los dos jardines exhalando
-fragancia en la sombra, el dolor presente, el dolor real, era que él
-amara sublimemente a una mujer, colocárala entre las estrellas para que
-fuese más pura su adoración, y que un bruto moreno, de bigotes negros,
-arrancara a esa mujer de entre las estrellas para arrojarla sobre una
-cama!
-
-Enredado caso, ¿eh, amigo mío? ¡Ah!, mucho filosofé acerca de él,
-por deber de filósofo. Y concluí que Matías era un enfermo, atacado
-de hiper-espiritualismo, de una inflamación violenta y pútrida del
-espiritualismo, que recelaba pavorosamente las materialidades del
-casamiento, las chinelas, la piel poco fresca al despertar, un vientre
-enorme durante seis meses, las criaturas llorando en la cuna mojada...
-Y ahora rugía de furor y tormento, porque cierto materialón, al lado,
-se precipitara a aceptar a Elisa en camisón de dormir. ¿Un imbécil?...
-¡No, amigo mío! Un ultrarromántico, locamente ajeno a las realidades
-fuertes de la vida, que nunca sospechó que chinelas y pañales sucios de
-criaturas son cosas de superior belleza en casa en que entre el sol y
-haya amor.
-
-¿Y sabe usted lo que exacerbó más furiosamente este tormento? ¡Que la
-pobre Elisa mostraba por él el antiguo amor! ¿Qué le parece? ¡Infernal,
-eh!... Por lo menos, si no sentía el antiguo amor intacto en su
-esencia, fuerte como entonces y único, conservaba por el pobre Matías
-una irresistible curiosidad y repetía los gestos de ese amor... ¡Tal
-vez fuere apenas la fatalidad de los jardines vecinos! No sé. Mas
-luego, desde septiembre, cuando Torres Nogueira partió para sus viñedos
-de Carcavellos a fin de asistir a la vendimia, ella recomenzó, del
-borde de la terraza, por sobre las rosas y las dalias abiertas, aquella
-dulce remesa de dulces miradas con que durante diez años extasiara el
-corazón de José Matías.
-
-No creo que se trasbordasen cartas por encima del muro del jardín,
-como bajo el régimen paternal de Mattos Miranda... El nuevo señor, el
-hombre robusto y bigotudo, imponía a la divina Elisa, aun de lejos, de
-entre los parrales de Carcavellos, retraimiento y prudencia. Y acalmada
-por aquel marido, mozo y fuerte, menos sentiría ahora la necesidad de
-algún encuentro discreto en la sombra caliente de la noche, aun cuando
-su elegancia moral y el rígido idealismo de José Matías consintiesen
-en aprovechar una escalera contra el muro... En lo demás, Elisa era
-fundamentalmente honesta, y conservaba el respeto sagrado de su cuerpo,
-por sentirlo tan bello y cuidadosamente hecho por Dios, más de lo que
-el de su alma. Y ¿quién sabe?... Tal vez la adorable mujer perteneciese
-a la bella raza de aquella marquesa italiana, la marquesa Julia de
-Malfieri, que conservaba dos amorosos a su dulce servicio, un poeta
-para las delicadezas románticas y un cochero para las necesidades
-groseras.
-
-¡En fin, amigo mío, no psicologuemos más sobre esta viva, detrás
-del muerto que murió por ella! El hecho fue que Elisa y su amigo
-insensiblemente recayeron en la vieja unión ideal a través de los
-jardines en flor. En octubre, como Torres Nogueira continuaba
-vendimiando en Carcavellos, José Matías, para contemplar la terraza de
-la Parreira, ya abría de nuevo las vidrieras, larga y extáticamente.
-
-Parece que un tan extremo espiritualista, reconquistando la idealidad
-del antiguo amor, debía reentrar también en la antigua felicidad
-perfecta. Si reinaba en el alma inmortal de Elisa, ¿qué importaba que
-otro se ocupase de su cuerpo mortal? ¡Mas no! El pobre mozo sufría
-angustiadamente, y para sacudir la pungencia de estos tormentos,
-concluyó, un hombre como él, tan sereno, de una tan dulce armonía
-de modos, por tornarse un agitado. ¡Ah, amigo mío, qué estrépito de
-vida! ¡Desesperadamente, durante un año, removió, aturdió, escandalizó
-a Lisboa!... De ese tiempo son algunas de sus extravagancias
-legendarias... ¿Conoce la de la cena? ¡Una cena ofrecida a treinta o
-cuarenta mujeres de las más torpes y de las más sucias, recogidas por
-las negras callejuelas del Barrio Alto y de la Mouraría, que después
-mandó montar en burros, y gravemente, melancólicamente, puesto al
-frente sobre un gran caballo blanco, con una inmensa fusta, llevó a los
-altos de Gracia, para saludar la aparición del sol!
-
-¡Mas todo ese alarido no le disipó el dolor, y entonces fue, en este
-invierno, cuando comenzó a jugar y a beber! Todo el día pasábalo
-encerrado en casa (ciertamente por detrás de las vidrieras, ahora que
-Torres Nogueira regresara de los viñedos) con ojos y alma clavados en
-la terraza fatal; después, a la noche, cuando las ventanas de Elisa
-se apagaban, salía en una berlina, siempre la misma, la del _Gago_,
-corría a la ruleta del Bravo, después al club del «Caballero», donde
-jugaba frenéticamente hasta la tardía hora de cenar, en un gabinete de
-restorán, con haces de velas encendidas, y el Collares y el Champagne y
-el Cognac corriendo en chorros desesperados.
-
-¡Esta vida, picoteada por la Furias, duró años, siete años! Todas las
-tierras que le dejara el tío Garmilde se fueron, largamente jugadas y
-bebidas; y restábale solo el caserón de Arroyos y el dinero prestado
-por que lo hipotecara; mas, súbitamente, desapareció de todos los
-antros del vino y del juego.
-
-¡Y supimos que Torres Nogueira estaba muriendo con una anasarca!
-
-Por ese tiempo, y por causa de un negocio de Nicolás de la Barca que me
-telegrafió ansiosamente de su quinta de Santarén (negocio enrevesado,
-de una letra), busqué a José Matías, a las diez, en una noche caliente
-de abril. El criado, en cuanto me conducía por el corredor mal
-alumbrado, ya desadornado de las ricas arcas y tallas de la India del
-viejo Garmilde, confesome que S. E. no acabara de comer... ¡Aún me
-acuerdo, con un calofrío, de la impresión desolada que me causó el
-desgraciado! Hallábase en el cuarto que abría sobre los dos jardines.
-Delante de una ventana, que las cortinas de damasco cerraban, la mesa
-resplandecía, con dos candeleros, un cesto de rosas blancas y algunas
-de las nobles plantas de Garmilde; y al lado, todo extendido en una
-poltrona, con el cuello blanco desabotonado, la faz lívida, decaída
-sobre el pecho, una copa vacía en la mano inerte, José Matías parecía
-adormecido o muerto.
-
-Cuando le toqué en el hombro, alzó, sobresaltado la cabeza, toda
-despeinada: --«¿Qué hora es?» Apenas le grité, en un gesto alegre, para
-despertarle, que era tarde, que eran las diez, llenó precipitadamente
-la copa de la botella más próxima de vino blanco, y bebió lentamente,
-con la mano temblando, temblando... Después, apartando los cabellos
-de la cabeza húmeda: --«¿Y entonces, qué hay de nuevo?» Desmayado,
-sin comprender, escuchó, como en un sueño, el recado que le mandaba
-Nicolás. Por fin, con un suspiro, removió una botella de champagne
-dentro del balde en que se helaba, llenó otra copa, murmurando: --«¡Un
-calor!... ¡Una sed!» Mas no bebió; arrancó el cuerpo pesado a la
-poltrona, y forzó los pasos mal firmes hacia la ventana, a la cual
-abrió violentamente las cortinas, después la vidriera... Y quedó tieso,
-como cogido por el silencio y oscuro sosiego de la noche estrellada.
-¡Yo le espié! En la casa de la Parreira dos ventanas brillaban,
-fuertemente iluminadas, abiertas al aire. Y esa claridad viva envolvía
-una figura blanca, en los largos pliegues de una bata blanca, parada
-al borde de la terraza, como olvidada en una contemplación. ¡Era
-Elisa, amigo mío! Por detrás, en el fondo del cuarto claro, el marido
-ciertamente quejábase, con la opresión del anasarca. Ella, inmóvil,
-reposaba, enviando un dulce mirar, tal vez una sonrisa, a su dulce
-amigo. El miserable, fascinado, sin respirar, sorbía el encanto de
-aquella visión bienhechora. Y entre ellos se expandía en la molicie
-de la noche el aroma de todas las flores de los dos jardines...
-Súbitamente Elisa recogiose, llamada por algún gemido o impaciencia del
-pobre Torres. Las ventanas se cerraron; toda la luz y vida se sumieron
-en la casa de la Parreira.
-
-Entonces José Matías, con un sollozo despedazado, de punzante tormento,
-vaciló, tan ansiadamente agarrose a la cortina que la rasgó, y vino a
-caer desamparado en los brazos que le extendí, y en los que lo arrastré
-hasta la poltrona, pesadamente, como a un muerto o a un borracho. Mas a
-poco, con espanto mío, el extraordinario hombre abre los ojos, sonríe
-con una lenta e inerte sonrisa y murmura casi serenamente: --«Es el
-calor... ¡Hace un calor! ¿Usted no quiere tomar café?»
-
-Negueme y partí; en cuanto él, indiferente a mi fuga, extendido en la
-poltrona, encendía trémulamente un inmenso cigarro.
-
- * * * * *
-
-¡Santo Dios! ¡Ya estamos en Santa Isabel! ¡Cuán de prisa van
-arrastrando al pobre José Matías, para el polvo y para el gusano final!
-Pues, amigo mío, después de esa curiosa noche, Torres Nogueira murió.
-La divina Elisa, durante el nuevo luto, recogiose a la quinta de una
-cuñada, también viuda, a la «Corte Moreira», al pie de Beja. Y José
-Matías sumiose enteramente, evaporose, sin que me volviesen nuevas de
-él, ni aun inciertas, tanto más que el íntimo por quien las conocería,
-nuestro brillante Nicolás de la Barca, había partido para la isla de
-Madeira, con su último pedazo de pulmón, sin esperanza, por deber
-clásico, casi deber social, de tísico.
-
-Todo ese año también anduve enfundado en mi _Ensayo de los Fenómenos
-Afectivos_. Pero un día, en el comienzo del verano, desciendo por la
-calle de San Benito, con los ojos levantados, buscando el número 214,
-donde se catalogaba la librería del Morgado de Azemel, ¿y a quién
-veo en el balcón de una casa nueva y de esquina? ¡A la divina Elisa,
-metiendo hojas de lechuga en la jaula de un canario! ¡Y bella, amigo
-mío, más llena y más armoniosa, toda madura y suculenta y deseable, a
-pesar de haber festejado en Beja sus cuarenta y dos años! Aquella mujer
-era de la grande raza de Elena, que, cuarenta años también después
-del cerco de Troya, aún deslumbraba a los hombres mortales y a los
-Dioses inmortales. Y ¡curioso acaso!, luego, en esa misma tarde, por
-Secco, Juan Secco, el de la Biblioteca, que catalogaba la librería del
-Morgado, conocí la nueva historia de esta Elena admirable.
-
-La divina Elisa tenía ahora un amante... Únicamente por no poder,
-con su acostumbrada honestidad, poseer un legítimo y tercer marido.
-El dichoso mozo que adoraba era, en efecto, casado... Casado en Beja
-con una española que, al cabo de un año de ese casamiento y de otros
-requiebros, partiera para Sevilla, a pasar devotamente la Semana
-Santa, y adormeciérase allá en los brazos de un riquísimo ganadero. El
-marido, pacato apuntador de obras públicas, continuara en Beja, donde
-también vagamente enseñaba un vago dibujo... Una de sus discípulas
-era la hija de la señora de la «Corte Moreira»; y ahí, en la quinta,
-mientras tanto él guiaba el esfumino de la niña, Elisa le conoció y le
-amó, con una pasión tan inquieta, que arrancándole precipitadamente
-a Obras Públicas, le arrastró a Lisboa, ciudad más propicia que Beja
-a una felicidad escandalosa, y que se esconde. Juan Secco es de Beja,
-donde pasó las Navidades; conocía perfectamente al apuntador, a las
-señoras de la «Corte Moreira», y comprendió la novela, cuando desde las
-ventanas de ese número 214, donde catalogaba la librería de Azemel,
-reconoció a Elisa en el balcón de la esquina, y al apuntador, enfilando
-regaladamente el portal, bien vestido, bien calzado, de guantes claros,
-con apariencia de ser infinitamente más dichoso en aquellas obras
-particulares que en las públicas.
-
-Desde esa misma ventana del 214 conocí yo también al apuntador. Bello
-mozo, sólido, blanco, de barba oscura, en excelentes condiciones de
-cantidad (y tal vez de cualidad) para llenar un corazón viudo, y,
-por tanto, «vacío», como dice la Biblia. Yo frecuentaba ese número
-214, interesado en el catálogo de la librería, porque el Morgado de
-Azemel poseía, por el irónico acaso de las herencias, una colección
-incomparable de los filósofos del siglo XVIII. Transcurridas semanas,
-saliendo de consultar esos libros una noche (Juan Secco trabajaba de
-noche), y parándome delante de un portal abierto para encender el
-cigarro, descubro a la luz temblante del fósforo, metido en la sombra,
-a José Matías. ¡Mas qué José Matías, mi caro amigo! Para examinarle
-más detenidamente, encendí otro fósforo. ¡Pobre José Matías! Dejara
-crecer la barba, una barba rara, indecisa, sucia, blanda como bello
-amarillento; dejara crecer el cabello, que le brotaba en mechones
-secos por bajo de un viejo sombrero hueco; mas todo él, en lo demás,
-parecía disminuido, menguado dentro de una levita de mezcla ensuciada,
-y de unos pantalones negros, de grandes bolsillos, donde escondía
-las manos con el gesto tradicional, tan infinitamente triste, de la
-miseria ociosa. En la espantada lástima que me dio, apenas balbucí:
-«Pero, hombre... ¿y usted... qué se ha hecho de usted?» Y él, con su
-mansedumbre pulida, mas secamente, para desembarazarse, y con una voz
-que el aguardiente enronqueciera: «Aquí, esperando a un sujeto». No
-insistí; seguí. Después, más adelante, parándome, comprobé lo que desde
-luego adivinara; que el portal negro quedaba enfrente a la casa nueva y
-a los balcones de Elisa.
-
-¡Pues, amigo mío, tres años vivió José Matías escondido en aquel portal!
-
- * * * * *
-
-Era uno de esos patios de la Lisboa antigua, sin portero, siempre
-abiertos, siempre sucios, cavernas laterales de la calle, de donde
-nadie echa a los escondidos de la miseria o del dolor. Al lado había
-una taberna. Infaliblemente, al anochecer, José Matías descendía la
-calle de San Benito, colado a los muros, y como una sombra, deslizábase
-en la sombra del portal. A esa hora, ya lucían las ventanas de Elisa,
-en invierno, empañadas por la niebla fina, en verano, aún abiertas,
-aireándose en reposo y en calma. Hacia ellas, inmóvil, con las manos en
-los bolsillos, quedábase José Matías en contemplación. Cada media hora,
-sutilmente, colábase en la taberna. Vaso de vino, copa de aguardiente,
-y muy mansito, recogíase a la negrura del portal, a su éxtasis.
-¡Cuando las ventanas de Elisa apagábanse, aun a través de la larga
-noche, de las negras noches de invierno, encogido, transido, batiendo
-las suelas rotas en el suelo, o sentado al fondo, en las escaleras,
-permanecía, inmóviles los ojos turbios en la fachada negra de aquella
-casa, donde se la figuraba durmiendo con el otro!
-
-Al principio, para fumar un cigarro aprisa, trepaba hasta el descanso
-desierto, a esconder el fuego que le denunciaría en su escondrijo.
-¡Mas después, amigo mío, fumaba incesantemente, apoyado en la
-pared, apurando el cigarro con ansia para que la punta rebrillase,
-lo alumbrase! ¿Y percibe por qué, amigo mío?... ¡Porque Elisa ya
-descubriera que dentro de aquel portal, adorando sumisamente sus
-ventanas, con el alma de otro tiempo, estaba su pobre José Matías!...
-
-¿Y creerá usted, amigo mío, que entonces todas las noches, o por
-detrás de la vidriera o asomada en el balcón (con el apuntador dentro,
-estirado en el sofá, ya de chinelas, leyendo el _Diario de la Noche_),
-ella demorábase a mirar hacia el portal muy quieta, sin otro gesto,
-en aquel antiguo y mudo mirar de la terraza por sobre las rosas y
-las dalias? José Matías lo percibiera, deslumbrado. ¡Y ahora avivaba
-desesperadamente el fuego, como un farol, para guiar en la oscuridad
-sus amados ojos, y mostrarla que allí estaba, transido, todo suyo y
-fiel!
-
-De día nunca pasaba por la calle de San Benito. ¿Cómo osaría, con el
-chaquetón roto en los codos y las botas torcidas? Porque aquel mozo de
-elegancia sobria y fina, cayera en la miseria del andrajo. ¿De dónde
-sacaba día por día las tres perras para el vino y para el plato de
-bacalao en las tabernas? No sé... ¡Mas loemos a la divina Elisa, amigo
-mío! Muy delicadamente, por caminos enredados y astutos, ella, rica,
-procurara establecer una pensión en favor de José Matías, mendigo.
-Situación picante, ¿eh? ¡La grata señora dando dos mensualidades a
-sus dos hombres, el amante del cuerpo y el amante del alma! ¡Pero
-él adivinó de dónde procedía la pavorosa limosna, y la rechazó, sin
-revuelta, ni alarido de orgullo, hasta con enternecimiento, hasta con
-lágrimas en los párpados que el aguardiente inflamara!
-
-Así que, solo ya de noche muy cerrada, atrevíase a bajar a la calle de
-San Benito, y entrar en su portal. ¿Y a que no adivina usted en qué
-gastaba el día? ¡Espiando, acechando, siguiendo al apuntador de Obras
-Públicas! ¡Sí, amigo mío, una curiosidad insaciable, frenética, atroz,
-por aquel hombre, que Elisa escogiera!... Los dos anteriores, Miranda
-y Nogueira, habían entrado en la alcoba de Elisa, públicamente, por la
-puerta de la Iglesia, y para otros fines humanos a más del amor; para
-poseer un lar, tal vez hijos, estabilidad y quietud en la vida. Pero
-este era meramente el amante que ella nombrara y mantenía solo para ser
-amada; y en esa unión no aparecía otro motivo racional sino que los
-dos cuerpos se uniesen. No se hartaba, por tanto, de estudiarlo, en la
-figura, en la ropa, en los modos, ansioso por saber bien cómo era ese
-hombre, que, para completarse, había preferido Elisa entre la turba de
-los hombres. Por decencia, el apuntador moraba en la otra extremidad
-de la calle de San Benito, delante del Mercado. Esa parte de la calle,
-donde no le sorprenderían, en su miseria, los ojos de Elisa, era el
-paradero de José Matías, por la mañana, para mirar, olfatear al hombre,
-al retirarse de casa de Elisa, aún caliente del calor de su alcoba.
-Después no le abandonaba, siguiéndole cautelosamente, como un ratonero
-rastreando de lejos en su rastro. Sospecho que le seguía así, menos
-por curiosidad perversa que para persuadirse de si a través de las
-tentaciones de Lisboa, terribles para un apuntador de Beja, el hombre
-conservaba el cuerpo fiel a Elisa. ¡En servicio de la felicidad de ella
---fiscalizaba al amante de la mujer que amaba!
-
-¡Exceso furioso de espiritualismo y devoción, amigo mío! El alma
-de Elisa era suya y recibía perennemente la adoración perenne; y
-ahora quería que el cuerpo de Elisa no fuese menos adorado, ni menos
-lealmente, por aquel a quien ella se lo entregara. Mas el apuntador
-era sin ningún esfuerzo fiel a una mujer tan hermosa, tan rica, de
-medias de seda, de brillantes en las orejas, que lo deslumbraba. ¿Y
-quién sabe, amigo mío? Tal vez esta felicidad, tributo carnal a la
-divinidad de Elisa, fuese para José Matías la última felicidad que le
-concedió la vida. Lo creo así, porque en el invierno pasado encontré al
-apuntador, en una mañana de lluvia, comprando camelias a una florista
-de la calle del Oro; y en frente, en una esquina, a José Matías,
-enflaquecido, andrajoso, que acechaba al hombre, con cariño, casi con
-gratitud. Tal vez en esa noche, en el portal, tiritando, batiendo las
-suelas encharcadas, con los ojos enternecidos en las oscuras vidrieras,
-pensase: --«¡Coitadiña, pobre Elisa! ¡Qué contenta habrá quedado con
-esas flores!»
-
-Esto duró tres años.
-
-En fin, amigo mío, anteayer, Juan Secco, apareció en mi casa, de
-tarde, despavorido: --«¡Llevaron a José Matías en una camilla, para el
-hospital, con una congestión en los pulmones!»
-
-Parece que le encontraron, de madrugada, estirado en los ladrillos,
-todo encogido en el chaquetón delgado, jadeando, con la faz cubierta
-de muerte, vuelta para los balcones de Elisa. Corrí al hospital.
-Muriera... Subí, con el médico de servicio, a la enfermería. Levanté el
-paño que lo cubría. En la abertura de la camisa sucia y rota, preso al
-pescuezo por un cordón, conservaba un saquito de seda, pulido y sucio
-también. Seguramente contenía flores, o cabellos, o un pedazo de encaje
-de Elisa, del tiempo del primer encanto y de las tardes de Benfica...
-Dije al médico que le conocía, y le pregunté si sufriera: --«¡No! Tuvo
-un momento comatoso, después abrió mucho los ojos, exclamó: ¡oh! con
-gran espanto, y acabó.»
-
-¿Era el grito del alma, en el asombro y horror de morir también? ¿O era
-el alma triunfando por reconocerse al fin inmortal y libre? Usted no lo
-sabe; ni lo supo el divino Platón; ni lo sabrá el último filósofo en la
-última tarde del mundo.
-
-Llegamos al cementerio. Creo que debemos coger las borlas de la caja...
-A la verdad, es bien singular ver a este Alves _Capao_, siguiendo tan
-sentidamente a nuestro pobre espiritualista... ¡Mas, santo Dios,
-mire! Allí, a la espera, a la puerta de la iglesia, aquel sujeto
-convencido, de levita, con guardapolvos blanco... ¡Es el apuntador
-de Obras públicas! Detrás lleva un grueso ramo de violetas... ¡Elisa
-mandó a su amante carnal a acompañar al sepulcro y cubrir de flores a
-su amante espiritual! ¡Jamás, en cambio, hubiese pedido a José Matías
-que derramase violetas sobre el cadáver del apuntador! ¡Y es que la
-Materia, hasta sin comprenderlo, y sin sacar de él su felicidad,
-adorará siempre al Espíritu, y siempre a sí propia, a través de los
-gozos que de sí recibe, se tratará con brutalidad y desdén! ¡Grande
-consuelo, amigo mío! ¡El tal apuntador, con su ramo, para un metafísico
-que, como yo, comentó a Spinoza y Malebranche, rehabilitó a Fichte y
-probó suficientemente la ilusión de la sensación! Solo por eso valió la
-pena de traer a su cueva a este inexplicado José Matías, que era tal
-vez mucho más que un hombre o tal vez aún menos que un hombre... En
-efecto, hace frío... ¡Mas qué linda tarde!
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-LA PERFECCIÓN
-
-
-I
-
-Sentado en una roca, en la isla de Ogigia, con la barba enterrada entre
-las manos, de las cuales desapareciera la aspereza callosa y tiznada
-de las armas y de los remos, Ulises, el más sutil de los hombres,
-consideraba, con una oscura y pesada tristeza, el mar muy azul, que
-mansa y armoniosamente rodaba sobre la arena muy blanca. Una túnica
-bordada de flores escarlata cubría, en blandos pliegues, su cuerpo
-poderoso, que había engordado. En las correas de las sandalias que
-le calzaban los pies suavizados y perfumados de esencias, relucían
-esmeraldas de Egipto. Su bastón era un maravilloso cuerno de coral,
-rematado en piña de perlas, como los que usan los Dioses marinos.
-
-La divina isla, con sus roquedos de alabastro, los bosques de cedros y
-tuyas odoríficas, las eternas mieses dorando los valles, la frescura
-de los rosales revistiendo los oteros suaves, resplandecía, adormecida
-en la molicie de la siesta, toda envuelta en mar resplandeciente. Ni
-un soplo de los céfiros curiosos que brincan y corren por sobre el
-Archipiélago, desordenaba la serenidad del luminoso aire, más dulce
-que el vino más dulce, todo repasado por el fino aroma de los prados
-de violetas. En el silencio, embebido de calor afable, parecían de una
-armonía más fascinadora los murmullos de los arroyos y fuentes, el
-arrullar de las palomas volando de los cipreses a los plátanos, y el
-lento rodar y romper de la onda mansa sobre la blanda arena. En esta
-inefable paz y belleza inmortal, el sutil Ulises, con los ojos perdidos
-en las aguas lustrosas, gemía amargamente, revolviendo la quejumbre de
-su corazón...
-
-Siete años, siete inmensos años, iban pasados desde que el rayo
-fulgente de Júpiter hendiera su nave de alta proa encarnada, y él,
-agarrado al mástil partido, desesperárase en la braveza mugidora de
-las espumas sombrías durante nueve días, durante nueve noches, hasta
-que boyara en aguas más calmas y viniera a parar en las arenas de
-aquella isla, en donde Calipso, la Diosa radiosa, le recogiera y le
-amara. Y durante esos inmensos años, ¿de qué modo se había arrastrado
-su vida, su grande y fuerte vida, que después de la salida hacia las
-murallas fatales de Troya, abandonando entre lágrimas innumerables a su
-Penélope, de ojos claros, a su pequeñín Telémaco enfajado en el colo
-del ama, fuera siempre tan agitada por peligros, y guerras, y astucias,
-y tormentas, y rumbos perdidos?...
-
-¡Ah, dichosos los Reyes muertos, con hermosas heridas en el blanco
-pecho, delante de las puertas de Troya! ¡Felices sus compañeros
-tragados por la onda amarga! ¡Feliz él mismo si las lanzas troyanas
-le hubiesen traspasado en esa tarde de gran viento y polvo, cuando,
-junto a _Faia_, defendía de los ultrajes, con la espada sonora, el
-cuerpo muerto de Aquiles! ¡Mas no! ¡Vivía! Y ahora, cada mañana,
-al salir sin alegría del trabajoso lecho de Calipso, las Ninfas,
-siervas de la Diosa, le bañaban en un agua muy pura, le perfumaban
-con lánguidas esencias, le cubrían con una túnica siempre nueva, ora
-bordada a sedas finas, ora bordada de oro pálido. Entretanto, sobre la
-lustrosa mesa, erguida a la puerta de la gruta, en la sombra de las
-enramadas, junto al durmiente susurro de un arroyo diamantino, los
-azafates y las fuentes labradas desbordaban de bollos, de frutas, de
-tiernas carnes humeando, de peces centelleantes como tramas de plata.
-La intendenta venerable helaba los vinos dulces en las cisternas de
-bronce, coronadas de rosas. Y él, sentado en un escabel, extendía
-las manos para los perfectos manjares, en cuanto al lado, sobre un
-trono de marfil, Calipso, esparciendo a través de la túnica nevada la
-claridad y el aroma de su cuerpo inmortal, sublimemente serena, con una
-sonrisa taciturna, sin tocar en los manjares humanos, bebía en sorbos
-delicados ambrosía, el néctar transparente y rubio. Después, empuñando
-aquel bastón de Príncipe-de-Pueblos con que Calipso lo presentara,
-recorría sin curiosidad los sabidos caminos de la Isla, tan lisos y
-cultivados, que nunca sus sandalias relucientes se maculaban de polvo,
-tan penetrados por la inmortalidad de la Diosa, que jamás en ellos
-encontrárase flor seca ni flor menos fresca pendiendo en el tallo.
-Entonces se sentaba sobre una roca, contemplando aquel mar que también
-bañaba a Itaca, allá tan bravío, aquí tan sereno, y pensaba, y gemía,
-hasta que las aguas y los caminos cubríanse de sombra y se recogía
-a la gruta para dormir, sin deseo, con la diosa que le deseaba... Y
-durante estos inmensos años, ¿qué destino envolvería a su Itaca, la
-áspera isla de sombríos bosques? ¿Vivían aún los seres amados? ¿Sobre
-la fuerte colina, dominando la ensenada de Reinthros y los pinares
-de Neus, aún se erguía su palacio, con los bellos pórticos pintados
-de bermejo y rojo? ¿Al cabo de tan lentos y vacíos años, sin nuevas,
-apagada toda esperanza como una lámpara, desvestiría su Penélope la
-túnica pasajera de la viudez, para pasar a los fuertes brazos de otro
-esposo fuerte, que ahora manejaba sus lanzas y vendimiaba sus viñas?
-¿Y el dulce hijo Telémaco? ¿Reinaría acaso en Itaca, sentado, con el
-blanco cetro, sobre el mármol alto del Ágora? Ocioso y rondando
-por los patios, ¿humillaría los ojos bajo el imperio duro de un
-padrastro? ¿Erraría por ciudades ajenas, mendigando un salario? ¡Ah,
-si su existencia, así para siempre arrancada de la mujer, del hijo,
-tan dulces a su corazón, pudiese por lo menos emplearla en ilustres
-hazañas! Diez años antes también desconocía la suerte de Itaca, y de
-los seres preciosos que allá había dejado en soledad y fragilidad;
-mas era una empresa heroica la que le llevaba, y día por día, su fama
-crecía como un árbol en un promontorio, que llena el cielo y todos los
-hombres contemplan. ¡Entonces era la planicie de Troya, y las blancas
-tiendas de los griegos a lo largo del mar sonoro! Sin cesar, meditaba
-astucias de guerra; con soberbia facundia discurseaba en la Asamblea
-de los Reyes; rígidamente ungía los caballos empinados al timón de
-los carros; con la lanza en alto, corría entre la gritería y la pelea
-contra los Troyanos de altos yelmos, que surgían en golpe resonante de
-las puertas Esceas... ¡Oh, y cuando él, Príncipe-de-Pueblos, encogido
-bajo harapos de mendigo, con los brazos maculados de llagas postizas,
-cojeando y gimiendo, penetrara en los muros de la orgullosa Troya, por
-el lado de la _Faia_, para de noche, con incomparable ardid y bravura,
-robar el Paladio tutelar de la ciudad! Y cuando, dentro del vientre
-del Caballo-de-Palo, en la oscuridad, en el cerco de todos aquellos
-guerreros tiesos y cubiertos de hierro, calmaba la impaciencia de los
-que sofocaban, y tapaba con la mano la boca de Anticlo, braveando
-furioso, al escuchar fuera en la planicie los ultrajes y los escarnios
-troyanos, y a todos murmuraba: «¡Calla, calla, que la noche viene y
-Troya es nuestra!...» ¡Y después los prodigiosos viajes! ¡El pavoroso
-Polifemo, ludibriado con una astucia que maravillara para siempre a las
-generaciones! ¡Las maniobras sublimes entre Escila y Caribdis! ¡Las
-sirenas, bogando y cantando en torno del mástil, de donde él, amarrado,
-rechazábalas con el mudo lenguaje de los ojos, más agudos que dardos!
-¡La descensión a los infiernos, jamás concedida a ningún mortal!...
-¡Y ahora, hombre de tan rutilantes hechos, yacía en una isla muelle,
-eternamente preso, sin amor, por el amor de una Diosa! ¿Cómo podría
-huir, rodeado de mar indomable, sin nave ni compañeros para mover los
-largos remos? Los Dioses dichosos ciertamente olvidábanse de quien
-tanto por ellos combatiera, y siempre piadosamente les votara las
-reses debidas, aun a través del fragor y humareda de las ciudadelas
-derrumbadas, hasta cuando su proa encallaba en tierra agreste... Y
-al héroe, que recibiera de los reyes de Grecia las armas de Aquiles,
-cabía por destino amargo engordar en la ociosidad de una isla más
-lánguida que una cesta de rosas, y extender las manos afeminadas para
-los abundantes manjares, y cuando aguas y caminos cubríanse de sombra,
-dormir sin deseo con una Diosa que, sin cesar, le deseaba.
-
-Así gemía el magnánimo Ulises, al borde del mar lustroso... Y he ahí
-que, de repente, un surco de desusado brillo, más rutilantemente blanco
-que el de una estrella cayendo, rompió la rutilancia del cielo, desde
-las alturas hasta el oloroso soto de tuyas y cedros, que sombreaba
-un golfo sereno a Oriente de la Isla. El corazón del héroe latió con
-alborozo. Rastro tan refulgente en la refulgencia del día, solo un Dios
-lo podía trazar a través del largo Ouranos. ¿Descendiera a la Isla un
-Dios?
-
-
-II
-
-Un Dios descendiera, un grande Dios... Era el Mensajero de los Dioses,
-el leve, elocuente Mercurio. Calzado con aquellas sandalias que tienen
-dos alas blancas, los cabellos color de vino cubiertos por el casco,
-en el cual baten también dos claras alas, levantando en la mano el
-Caduceo, hendiera el Éter, rozara la lisura del mar sosegado, pisara
-la arena de la Isla, donde sus huellas quedaban rebrillando como
-plantillas de oro nuevo. A pesar de recorrer toda la tierra, con los
-recados innumerables de los Dioses, el luminoso Mensajero no conocía
-aquella isla de Ogigia, y admiró, sonriendo, la belleza de los prados
-de violetas tan dulces para el correr y brincar de las Ninfas, y el
-armonioso brillar de los riachuelos por entre los altos y lánguidos
-lirios. Una viña, sobre puntales de jaspe, cargada de racimos maduros,
-conducía, como fresco pórtico salpicado de sol, hasta la entrada
-de la gruta, toda de rocas pulidas, de las cuales pendían jazmines
-y madreselvas, envueltas en el susurrar de las abejas. Luego vio a
-Calipso, la Diosa dichosa, sentada en un trono, hilando en rueca de
-oro con huso de oro, la lana hermosa de púrpura marina. Un aro de
-esmeraldas prendía sus cabellos muy enrizados y ardientemente rubios.
-Bajo la túnica diáfana la mocedad inmortal de su cuerpo brillaba, como
-la nieve cuando la aurora la tiñe de rosas en las colinas eternas
-pobladas de Dioses. Y mientras torcía el huso, cantaba un trinado y
-fino canto, como trémulo hilo de cristal vibrando de la Tierra al
-Cielo. Mercurio pensó: «¡Linda isla, y linda Ninfa!»
-
-De un fuego claro de cedro y tuya subía, muy derecho, un humo delgado
-que perfumaba toda la Isla. A la redonda, sentadas en esteras, sobre
-el suelo de ágata, las Ninfas, siervas de la Diosa, devanaban las
-lanas, bordaban en la seda las flores ligeras, tejían las puras telas
-en telares de plata. Todas enrojecieran, con el seno palpitando, al
-sentir la presencia del Dios. Y sin detener el huso chispeante, Calipso
-reconoció en seguida al Mensajero, ya que todos los Inmortales saben
-unos de otros, los nombres, los hechos, y los rostros soberanos, hasta
-cuando habitan retiros remotos que el Éter y el Mar separan.
-
-Mercurio parose, risueño, en su desnudez divina, exhalando el perfume
-del Olimpo. Entonces la Diosa alzó hacia él, con compuesta serenidad,
-el esplendor largo de sus ojos verdes.
-
---¡Oh, Mercurio! ¿Por qué descendiste a mi Isla humilde, tú, venerable
-y querido, que yo nunca vi pisar la tierra? Di lo que de mí esperas.
-Ya mi abierto corazón me ordena que te contente, si tu deseo cupiese
-dentro de mi poder y del Hado... Pero entra, reposa, y que yo te sirva,
-como dulce hermana, a la mesa de la hospitalidad.
-
-Sacó de la cintura la rueca, apartó los rizos sueltos del cabello
-radiante, y con sus nacaradas manos colocó sobre la mesa, que las
-Ninfas acercaron al fuego aromático, el plato desbordando de Ambrosía y
-los cántaros de cristal donde resplandecía el Néctar.
-
-Mercurio murmuró: «¡Dulce es tu hospitalidad, oh, Diosa!» Colgó el
-Caduceo del fresco ramo de un plátano, extendió los dedos relucientes
-para la fuente de oro, risueñamente loó la excelencia de aquel Néctar
-de la Isla. Y contentada el alma, recostando la cabeza al tronco liso
-del plátano que se cubrió de claridad, comenzó con palabras perfectas y
-aladas:
-
---Preguntaste por qué descendía un Dios a tu morada, ¡oh, Diosa! Y
-ciertamente ningún Inmortal recorrería sin motivo, desde el Olimpo
-hasta Ogigia, esta desierta inmensidad del mar salado, en que no se
-encuentran ciudades de hombres, ni templos cercados de bosques, ni
-siquiera un pequeñito santuario de donde suba el aroma del incienso, o
-el olor de las carnes votivas, o el murmurio gustoso de las preces...
-Mas fue nuestro padre Júpiter, el tempestuoso, quien me mandó con este
-recado. Tú has recogido, y retienes por la fuerza inconmensurable de
-tu dulzura, al más sutil y desgraciado de todos los Príncipes que
-combatieron durante diez años la alta Troya, y después embarcaron
-en las naves hondas para volver a la tierra de la Patria. Muchos de
-esos consiguieron reentrar en sus ricos lares, cargados de fama, de
-despojos, y de historias excelentes para contar. Vientos enemigos, sin
-embargo, y un hado más inexorable, arrojaron a esta isla tuya, envuelto
-en las sucias espumas, al facundo y astuto Ulises... Pero el destino de
-este héroe no es permanecer en la ociosidad inmortal del lecho, lejos
-de aquellos que le lloran, y que carecen de su fuerza y mañas divinas.
-¡Por eso Júpiter, regulador de la Orden, te ordena, ¡oh, Diosa!, que
-sueltes al magnánimo Ulises de tus brazos claros, y le restituyas, con
-los presentes dulcemente debidos, a su Itaca amada, y a su Penélope,
-que teje y deshace la tela maliciosa, cercada de los Pretendientes
-arrogantes, devoradores de sus gordos bueyes, sorbedores de sus frescos
-vinos!
-
-La divina Calipso mordió levemente el labio, y sobre su rostro
-luminoso descendió la sombra de las densas pestañas color de jacinto.
-Después, con un armonioso suspiro, en que onduló todo su pecho
-brillante:
-
---¡Ah, Dioses grandes, Dioses dichosos! ¡Sois ásperamente celosos
-de las Diosas que, sin esconderse por la espesura o en las cavernas
-oscuras de los montes, aman a los hombres elocuentes y fuertes!...
-Este, que me envidiáis, llegó a las arenas de mi Isla, desnudo, pisado,
-hambriento, preso a una quilla partida, perseguido por todas las iras,
-y todas las rachas, y todos los rayos dardeantes de que dispone el
-Olimpo. Yo le recogí, le lavé, le nutrí, le amé, guardándole, para
-que quedase eternamente al abrigo de las tormentas, del dolor y de la
-vejez. ¡Y ahora Júpiter tronador, al cabo de ocho años en que mi dulce
-vida enroscose en torno de esa afección, como la vid al olmo, determina
-que me separe del compañero que escogiera para mi inmortalidad!
-¡Realmente sois crueles, oh Dioses, que constantemente aumentáis la
-raza turbulenta de Semidioses durmiendo con las mujeres mortales!
-¿Cómo quieres que mande a Ulises a su patria, si no poseo naves, ni
-remadores, ni piloto sabedor que le guíe a través de las islas? Mas
-¿quién puede resistirse a Júpiter, que junta las nubes? ¡Sea! Y que
-el Olimpo ría, obedecido. Enseñaré yo misma al intrépido Ulises a
-construir una balsa segura, con que de nuevo corte el dorso verde del
-mar...
-
-Inmediatamente, el Mensajero Mercurio levantose del escabel, clavado
-con clavos de oro, retomó su Caduceo, y bebiendo una última taza del
-Néctar excelente de la Isla, loó la obediencia de la Diosa:
-
---Bien harás, ¡oh, Calipso! Así evitas la cólera del Padre tonante.
-¿Quién le resistirá? Su Omnisciencia dirige su Omnipotencia; y
-sustenta, como cetro, un árbol que tiene por flor la Orden... Sus
-decisiones, clementes o crueles, resultan siempre en armonía. Por
-eso su brazo se torna terrífico a los pechos rebeldes. Por tu pronta
-sumisión serás hija estimada y gozarás una inmortalidad repleta de
-sosiego, sin intrigas y sin sorpresas...
-
-Ya las alas impacientes de sus sandalias palpitaban, y su cuerpo,
-con sublime gracia, balanceábase por sobre los prados y flores que
-alfombraban la entrada de la gruta.
-
---Además --añadió--, tu Isla, ¡oh Diosa!, hállase en el camino de las
-naves osadas que cortan las ondas. Pronto, tal vez, otro héroe robusto,
-habiendo ofendido a los inmortales, aportará a tu dulce playa, abrazado
-a una quilla... ¡Enciende un faro claro, por la noche, en las rocas
-altas!
-
-Y sonriendo, el Mensajero Divino serenamente elevose, dejando en el
-Éter un surco de elegante fulgor, que las Ninfas, olvidando la tarea,
-seguían, con los frescos labios entreabiertos y el seno levantado, en
-el deseo de aquel inmortal famoso.
-
-Entonces Calipso, pensativa, echando sobre sus cabellos anillados un
-velo de color de azafrán, se encaminó hacia la orilla del mar, a través
-de los prados, con una prisa que le ceñía la túnica, a la manera de una
-espuma leve, en torno de las piernas redondas y róseas. Tan levemente
-pisaba la arena, que el magnánimo Ulises no la sintió deslizarse,
-perdido en la contemplación de las aguas lustrosas, con la negra barba
-entre las manos, aliviando en gemidos el peso de su corazón. La Diosa
-sonrió, con fugitiva y soberana amargura. Después, posando en el vasto
-hombro del Héroe sus dedos, tan claros como los de Eos, madre del día:
-
---¡No te lamentes más, desgraciado, ni te consumas mirando el mar! Los
-Dioses, que me son superiores por la inteligencia y por la voluntad,
-determinan que partas, afrontes la inconstancia de los vientos, y pises
-de nuevo la tierra de la patria...
-
-Bruscamente, como el cóndor sobre la presa, el divino Ulises, con la
-faz asombrada, saltó de la roca musgosa:
-
---¡Oh, Diosa, tú dices!...
-
-Ella continuó sosegadamente, con los hermosos brazos pendidos,
-envueltos en el velo color de azafrán, en cuanto la marea rodaba, más
-dulce y cantante, en amoroso respeto de su presencia divina:
-
---Bien sabes que no tengo naves de alta proa, ni remadores de duro
-pecho, ni piloto amigo de las estrellas que te conduzcan... Mas
-ciertamente te confiaré el hacha que fue de mi padre, para que tú
-cortes los árboles que yo te señale, y construyas una balsa en que te
-embarques... Después proveerela de odres de vino, de comidas perfectas,
-impeliéndola con un soplo amigo hacia el mar indomado...
-
-El cauteloso Ulises retrocediera lentamente, clavando en la Diosa una
-dura mirada que la desconfianza ennegrecía. Y levantando la mano, que
-temblaba toda, con la ansiedad de su corazón:
-
---¡Oh, Diosa, tú abrigas un pensamiento terrible, ya que así me invitas
-a afrontar en una balsa las ondas difíciles, donde mal se mantienen
-hondas naves! ¡No, Diosa peligrosa, no! ¡Combatí en la grande guerra,
-en la cual también combatieron los Dioses, y conozco la malicia
-infinita que contiene el corazón de los Inmortales! ¡Si resistí las
-sirenas irresistibles, y me escapé con sublimes maniobras de entre
-Escila y Caribdis, y vencí a Polifemo con un ardid que eternamente
-tornarame ilustre entre los hombres, no fue de cierto, ¡oh, Diosa!,
-para que ahora, en la Isla de Ogigia, como pajarito de poca pluma,
-en su primer vuelo del nido, caiga en armadijo ligero arreglado con
-decires de miel! ¡No, Diosa, no! ¡Solo embarcaré en tu extraordinaria
-balsa si jurases, por el juramento terrífico de los Dioses, que no
-preparas con esos quietos ojos mi pérdida irreparable!
-
-Así bramaba en la orilla del mar, con el pecho palpitando, Ulises, el
-Héroe prudente... Entonces, la Diosa clemente rio con una cantante y
-refulgente risa. Y acercándose al Héroe, corriendo los dedos por sus
-espesos cabellos más negros que el pez:
-
---¡Oh, maravilloso Ulises --decía--, cuán cierto es que eres el más
-falso y mañoso de los hombres, pues que no concibes que exista espíritu
-sin maña y sin falsedad! ¡Mi padre ilustre no me engendró con un
-corazón de hierro! ¡A pesar de inmortal, comprendo las desventuras
-mortales! ¡Solo te aconsejé lo que yo, Diosa, emprendería, si el Hado
-me obligase a salir de Ogigia, a través del mar incierto!...
-
-El divino Ulises apartó lenta y sombríamente la cabeza de la rosada
-caricia de los dedos divinos:
-
---¡Mas jura... oh, Diosa, jura, para que a mi pecho descienda, como
-onda de leche, la sabrosa confianza!
-
-Calipso alzó el claro brazo al azul en donde los Dioses moran:
-
---Por Gaia, y por el Cielo superior, y por las aguas subterráneas del
-Estigio, que es la mayor invocación que pueden hacer los Inmortales;
-juro, oh, hombre, Príncipe de los hombres, que no preparo tu pérdida,
-ni miserias mayores...
-
-El valiente Ulises respiró largamente. Y arremangando luego las mangas
-de la túnica, refregándose las palmas de las manos robustas:
-
---¿Dónde está el hacha de tu padre magnífico? ¡Muéstrame los árboles,
-oh, Diosa!... ¡El día muere y el trabajo es largo!
-
---¡Sosiega, oh, hombre impaciente de males humanos! Los Dioses
-superiores en sapiencia ya determinan tu destino... Ven conmigo a
-la dulce gruta, a reforzar tu fuerza... Cuando Eos bermeja aparezca
-mañana, yo te conduciré a la floresta.
-
-
-III
-
-Era, en efecto, la hora en que hombres mortales y Dioses inmortales
-acércanse a las mesas cubiertas de vajillas, donde les espera la
-abundancia, el reposo, el olvido de los cuidados y las amables pláticas
-que contentan el alma. Ulises sentose en el escabel de marfil, que
-aún conservaba el aroma del cuerpo de Mercurio, y delante de él las
-Ninfas, siervas de la Diosa, colocaron los pasteles, las frutas, las
-tiernas carnes humeando, los peces brillantes como tramas de plata.
-Asentada en un Trono de oro puro, la Diosa recibió de la Intendenta
-venerable el plato de Ambrosía, la taza de Néctar. Ambos extendieron
-las manos hacia las comidas perfectas de la Tierra y del Cielo. Y luego
-que hubieron hecho la ofrenda abundante al Hambre, y a la Sed, la
-ilustre Calipso, hundiendo el rostro en los dedos róseos, considerando
-pensativamente al Héroe, pronunció estas palabras aladas:
-
---¡Oh, Ulises, muy sutil, tú quieres volver a tu morada mortal y
-a la tierra de la Patria!... ¡Ah, si conocieras, como yo, cuántos
-duros males tienes que sufrir antes de avistar las rocas de Itaca,
-quedarías entre mis brazos, animado, bañado, bien nutrido, revestido
-de linos finos, sin perder nunca la querida fuerza, ni la agudeza del
-entendimiento, ni el calor de la facundia, porque yo te comunicaría mi
-inmortalidad!... Mas deseas volver a la esposa mortal, que habita en la
-isla áspera, en donde los matorrales son tenebrosos. Y ni siquiera yo
-le soy inferior, ni por la belleza, ni por la inteligencia, porque las
-mortales brillan ante las Inmortales como lámparas humeantes ante las
-estrellas puras...
-
-El facundo Ulises acarició la barba ruda. Después, levantando el brazo,
-como acostumbraba en la Asamblea de los Reyes, a la sombra de las altas
-popas, delante de los muros de Troya, dijo:
-
---¡Oh, Diosa venerable, no te escandalices! Sé perfectamente que
-Penélope te es muy inferior en hermosura, sapiencia y majestad. Tú
-serás eternamente bella y moza, mientras los Dioses duraren; y ella,
-a la vuelta de pocos años, conocerá la melancolía de las arrugas, de
-los cabellos blancos, de los dolores de la decrepitud, y de los pasos
-que vacilan apoyados a un palo que tiembla. Su espíritu mortal yerra
-a través de la oscuridad y de la duda; tú, bajo esa frente luminosa,
-posees las luminosas certezas. ¡Mas, oh Diosa, justamente por lo que
-ella tiene de incompleto, de frágil, de grosero y de mortal, yo la amo
-y apetezco su compañía congénere! ¡Considera cuán penoso es que, en
-esta mesa, día por día, yo coma vorazmente el cordero de los pastos,
-y la fruta de los vergeles, en tanto tú a mi lado, por la inefable
-superioridad de tu naturaleza, llevas a los labios, con lentitud
-soberana, la Ambrosía divina! En ocho años, ¡oh, Diosa! nunca tu faz
-iluminose con una alegría; ni de tus verdes ojos rodó una lágrima;
-ni tu pie batió, con airada impaciencia; ni quejándote con un dolor
-te extendiste en el lecho blando... Así tienes inutilizadas todas
-las virtudes de mi corazón, pues que tu divinidad no permite que yo
-te congratule, te consuele, te sosiegue, o siquiera que te estregue
-el cuerpo dolorido con el jugo de las hierbas benéficas. ¡Considera,
-además, que tu inteligencia de Diosa posee todo el saber, alcanza
-siempre la verdad, y que durante el largo tiempo que dormí contigo,
-nunca gocé la felicidad de enmendarte, de contradecirte, y de sentir
-ante la flaqueza del tuyo, la fuerza de mi entendimiento! ¡Oh, Diosa,
-tú eres aquel ser terrífico que tiene siempre razón! ¡Considera, de
-otro lado, que, como Diosa, conoces todo el pasado y todo el futuro
-de los hombres; y que yo no puedo saborear la incomparable delicia
-de contarte a la noche, bebiendo vino fresco, mis ilustres hazañas y
-mis viajes sublimes! ¡Oh, Diosa, tú eres impecable; y el día en que
-yo resbale en una alfombra, o se me rompa una correa de la sandalia,
-no puedo gritarte, como los hombres mortales gritan a las esposas
-mortales: «¡Fue culpa tuya, mujer!» --alzando, en medio de la cocina,
-un alarido cruel! ¡Por eso sufriré, con un espíritu paciente, todos los
-males con que los Dioses me asalten en el sombrío mar, para volver a
-una humana Penélope que yo mande, y consuele, y reprehenda, y acuse, y
-contraríe, y enseñe, y humille, y deslumbre, y por eso ame de un amor
-que constantemente se alimenta de estos modos ondeantes, a la manera
-que el fuego se nutre de los vientos contrarios!
-
-Así de este modo, el facundo Ulises desahogábase ante la taza de oro
-vacía; y serenamente la Diosa escuchaba, con una sonrisa taciturna, y
-las manos inmóviles sobre el regazo, envueltas en la punta del velo.
-
-Entretanto, Febo Apolo descendía camino del Occidente; y ya de las
-ancas de sus cuatro caballos sudados subía y se esparcía por sobre el
-mar un vapor rubicundo y dorado. En breve los caminos de la Isla se
-cubrieron de sombra. Sobre las pieles preciosas del lecho, al fondo de
-la gruta, Ulises, sin deseo, y la Diosa, que le deseaba, gozaron el
-dulce amor y después el dulce sueño.
-
-Temprano, apenas Eos entreabría las puertas del largo Ouranos, la
-divina Calipso, que se revistiera con una túnica más blanca que la
-nieve del Pindo, y prendiera en los cabellos un velo transparente y
-azul como el Éter ligero, salió de la gruta, y trajo al magnánimo
-Ulises, ya sentado a la puerta, bajo la enramada, delante de una taza
-de vino claro, el hacha poderosa de su padre ilustre, toda de bronce,
-con dos filos, y un fuerte cabo de oliva cortado en las faldas del
-Olimpo.
-
-Limpiando rápidamente la dura barba con el revés de la mano, el Héroe
-arrebató el hacha venerable:
-
---¡Oh, Diosa, ha cuantos años no palpo un arma o una herramienta, yo,
-devastador de ciudades y constructor de naves!
-
-La Diosa sonrió. E iluminada la lisa faz, con palabras aladas:
-
---¡Oh, Ulises, vencedor de hombres, si te quedases en esta isla,
-yo encomendaría para ti, a Vulcano y a sus forjas del Etna, armas
-maravillosas...!
-
---¿Qué valen armas sin combate, u hombres que las admiren? Además,
-¡oh Diosa! ya batallé mucho, y mi gloria entre las generaciones está
-soberbiamente asegurada. Solo aspiro al blando reposo, vigilando mis
-ganados, concibiendo sabias leyes para mis pueblos... ¡Sé benévola, oh
-Diosa, y muéstrame los árboles fuertes que me conviene cortar!
-
-La Diosa se encaminó en silencio por un atajo, florecido de altas y
-radiosas azucenas, que conducía a la punta de la Isla más cerrada de
-matas, del lado de Oriente; y atrás caminaba el intrépido Ulises, con
-la lúcida hacha al hombro. Las palomas abandonaban las ramas de los
-cedros o las concavidades de las rocas donde bebían, para volar en
-torno de la Diosa en un tumulto amoroso. Cuando ella pasaba, subía de
-las flores abiertas un aroma más delicado, como de incensarios. El
-césped que la orla de su túnica rozaba, reverdecía con un vigor más
-fresco, y Ulises, indiferente a los prestigios de la Diosa, impaciente
-con la serenidad divina de su andar armonioso, meditaba la balsa,
-ansiando llegar al bosque.
-
-Denso y oscuro lo echó de ver al fin, poblado de encinas, de viejísimas
-tecas, de pinos que hacían susurrar las ramas en el alto Éter. De su
-borde descendía un arenal al cual ni concha, ni cuerno roto de coral,
-ni pálida flor de cardo marino, manchaban la dulzura perfecta. El Mar
-refulgía con un brillo zafíreo, en la quietud de la mañana blanca y
-colorada. Entre las encinas y las tecas, la Diosa señaló al atento
-Ulises los troncos secos, robustecidos por soles innumerables, que
-fluctuarían, con ligereza más segura, sobre las aguas traidoras.
-Después, acariciando el hombro del Héroe, como otro árbol robusto
-también botado a las aguas crueles, recogiose a la gruta; y allí, tomó
-la rueca de oro, y todo el día hiló, y cantó...
-
-Con alborozada y soberbia alegría, Ulises dio con el hacha contra una
-vasta encina, que gimió. A poco, toda la Isla retumbaba, en el fragor
-de la obra sobrehumana. Las gaviotas, adormecidas en el silencio eterno
-de aquellas cimas, batieron el vuelo en largos bandos, espantadas
-y chillando. Las fluidas divinidades de los arroyos indolentes,
-estremecidas en un fulgente temblor, huían para entre los cañaverales
-y las raíces de los alisos. En ese corto día el valiente Ulises,
-derribó veinte árboles, robles, pinos, tecas y chopos, a los cuales
-descortezó, escuadró y alineó sobre la arena. Su cuello y arqueado
-pecho humeaban de sudor, cuando se recogió pesadamente a la gruta para
-saciar el hambre y beber la cerveza helada. ¡Nunca le pareciera tan
-bello a la Diosa Inmortal, que, sobre el lecho de pieles preciosas,
-apenas los caminos cubriéronse de sombra, halló incansable y pronta la
-fuerza de aquellos brazos que habían derribado veinte troncos!
-
-Así, durante tres días, trabajó el Héroe. Y como arrebatada en esa
-actividad magnífica que conmovía a la Isla, la Diosa ayudaba a Ulises,
-conduciendo desde la gruta hasta la playa, en sus manos delicadas, las
-cuerdas y los clavos de bronce. Las Ninfas, por su mandato, abandonando
-las tareas suaves, tejían una tela fuerte, para la vela que empujarían
-con amor los vientos amables. La Intendenta venerable ya llenaba los
-odres de vinos robustos, y preparaba con generosidad los numerosos
-víveres para la travesía incierta. En tanto la balsa crecía, con los
-troncos bien ligados, y un asiento erguido en el medio, de donde se
-empinaba el mástil, desbastado en un pino, más redondo y liso que una
-vara de marfil. Todas las tardes la Diosa, sentada en una roca, a
-la sombra del bosque, contemplaba al calafate admirable martillando
-furiosamente, y cantando, con robusta alegría, una canción de remador.
-Y ligeras, en la punta de los pies lúcidos, por entre el arbolado,
-las Ninfas, escapando a la tarea, acudían a espiar, con deseosos ojos
-fulgurantes, aquella fuerza solitaria, que soberbiamente, en el arenal
-solitario, iba irguiendo una nave.
-
-
-IV
-
-En fin, en el cuarto día, de mañana, Ulises terminó de escuadrar el
-timón, que reforzó con tablas de aliso para mejor amparar el embate de
-las olas. Después, juntó lastre copioso, con tierra de la Isla inmortal
-y pulidas piedras. Sin descanso, con un ansia risueña, amarró a la
-verga alta la vela cortada por las Ninfas. Sobre pesados cilindros,
-maniobrando con una palanca, empujó la inmensa balsa hasta la espuma de
-las ondas, en un esfuerzo sublime, con músculos tan retesos y venas tan
-hinchadas, que él mismo parecía hecho de troncos y cuerdas. Una punta
-de la balsa cabeceó, levantada en cadencia por la onda armoniosa. Y el
-Héroe, levantando los brazos lustrosos de sudor, alabó a los Dioses
-Inmortales.
-
-Entonces, como la obra terminara y la tarde brillaba, propicia a la
-partida, la generosa Calipso condujo a Ulises, a través de las violetas
-y de las anémonas, hasta la fresca gruta. Por sus divinas manos le bañó
-con una concha de nácar, y le perfumó con esencias sobrenaturales, y
-le vistió con una túnica hermosa de lana bordada, y colgó sobre sus
-hombros un manto impenetrable a las neblinas del mar, y le extendió
-sobre la mesa, para que saciase el hambre ruda, las comidas más sanas
-y más finas de la Tierra. El Héroe aceptaba los amorosos cuidados,
-con paciente magnanimidad. La Diosa, de gestos serenos, sonreía
-taciturnamente.
-
-Calipso luego cogió la mano cabelluda de Ulises, palpando con placer
-los callos que le había dejado el hacha; y por la orilla del mar le
-condujo a la playa, en donde la marea mansamente lamía los troncos de
-la balsa fuerte. Descansaron sobre una roca musgosa. Nunca la Isla
-resplandeciera con una belleza tan serena, entre un mar tan azul,
-bajo un cielo tan suave. Ni el agua fresca del Pindo bebida en marcha
-abrasada, ni el vino dorado que producen las colinas de Quíos, eran más
-dulces de sorber que aquel aire repasado de aromas, compuesto por los
-Dioses para que una Diosa lo respirase. La frescura imperecedera de los
-árboles entrábase en el corazón, casi pedía la caricia de los dedos.
-Todos los rumores, los de los arroyos en el césped, el de las olas en
-el arenal, el de las aves en las sombras frondosas, ascendían, suave y
-finamente fundidos, como las armonías sagradas de un Templo distante.
-El esplendor y la gracia de las flores retenían los rayos pasmados
-del sol. Tantos eran los frutos en los vergeles, y las espigas en las
-mieses, que la Isla parecía ceder, hundida en el Mar, bajo el peso de
-su abundancia.
-
-En esto, la Diosa, al lado del Héroe, suspiró levemente, y murmuró con
-una sonrisa alada:
-
---¡Oh, magnánimo Ulises, tú ciertamente partes! Llévate el deseo de
-volver a ver a la mortal Penélope, y a tu dulce Telémaco, que dejaste
-en el regazo del ama cuando Europa corrió contra Asia, y que ahora
-ya sustenta en la mano una lanza temida. Siempre de un antiguo amor,
-con hondas raíces, brotará más tarde una flor, aunque sea triste. ¡Mas
-dime! Si en Itaca no te esperase una esposa tejiendo y destejiendo
-la tela, y un hijo ansioso que alarga los ojos incansables hacia el
-mar, ¿dejarías tú, ¡oh, hombre prudente!, esta dulzura, esta paz, esta
-abundancia y belleza inmortal?
-
-El Héroe, par a par de la Diosa, extendió el brazo poderoso, como en la
-Asamblea de los Reyes, delante de los muros de Troya, cuando sembraba
-en las almas la verdad persuasiva:
-
---¡Oh, Diosa, no te escandalices! Mas aunque no existiesen, para
-llevarme, ni hijo, ni esposa, ni reino, ¡afrontaría alegremente los
-mares y la ira de los Dioses! Porque, en verdad, ¡oh, Diosa muy
-ilustre!, mi corazón saciado ya no soporta esta paz, esta dulzura y
-esta belleza inmortal Considera, ¡oh, Diosa!, que en ocho años nunca
-pude echar de ver al follaje de estos árboles amarillear y caer. Jamás
-este cielo rutilante cargose de nubes oscuras, ni tuve el contento de
-extender, bien abrigado, las manos al dulce fuego, mientras la borrasca
-batía en los montes. Todas esas flores que brillan en los tallos
-airosos son las mismas, ¡oh, Diosa!, que admiré y respiré en la primera
-mañana que me mostraste estos prados perpetuos, ¡y hay lirios que
-odio, con un odio amargo, por la impasibilidad de su eterna blancura!
-¡Estas gaviotas repiten tan incesantemente, tan implacablemente, su
-vuelo armonioso y blanco, que yo ya escondo de ellas la cara, como
-otros la ocultan de las negras Harpías! ¡Y, cuántas veces me refugio
-en el fondo de la gruta para no escuchar el murmurio siempre lánguido
-de esos arroyos siempre transparentes! ¡Considera, oh, Diosa, que en
-tu Isla nunca hallé una charca, un tronco podrido, el esqueleto de un
-animal muerto y cubierto de moscas zumbadoras! ¡Oh, Diosa, hace ocho
-años que estoy privado de ver el trabajo, el esfuerzo, la lucha, el
-sufrimiento!... ¡Oh, Diosa, no te escandalices! Ando hambriento por
-encontrar un cuerpo vacilando bajo un fardo; dos bueyes humeantes
-arrastrando un arado; hombres que se injurien en el paso de un puente;
-los brazos suplicantes de una madre que llora; un cojo, sobre su
-muleta, mendigando a la puerta de una villa... ¡Diosa, ha ocho años
-que no miro para una sepultura!... ¡No puedo más con esta serenidad
-sublime! Mi alma toda arde en el deseo de lo que se deforma, y se
-ensucia, y se despedaza, y se corrompe... ¡Oh, Diosa inmortal, yo muero
-con saudades de muerte!
-
-Inmóvil, con las manos inmóviles en el regazo, la Diosa escuchó,
-con una sonrisa serenamente divina, las furiosas quejas del Héroe
-cautivo... En tanto, ya por la colina, las Ninfas, siervas de la Diosa,
-descendían, trayendo a la cabeza y amparándolos con el brazo redondo,
-los jarros de vino, los sacos de cuero, que la Intendenta venerable
-mandaba para abastecer la balsa. En silencio, el Héroe lanzó una tabla
-desde la arena hasta a bordo de los altos troncos; y en cuanto sobre
-ella pasaban las Ninfas, ligeras, con las pulseras de oro tilintinando
-en los pies lúcidos, Ulises atento, contando los sacos y los odres,
-gozaba en su noble corazón la abundancia generosa. Amarrados con
-cuerdas a las clavijas aquellos fardos excelentes, todas las Ninfas,
-lentamente, vinieron a sentarse sobre el arenal en torno de la Diosa,
-para contemplar la despedida, el embarque, las maniobras del Héroe
-sobre el dorso de las aguas... Entonces, Ulises, dejando traslucir la
-cólera en sus ojos, parose, delante de Calipso, y cruzando furiosamente
-los valientes brazos:
-
---¡Oh, Diosa! ¿Piensas tú en verdad que nada falta para que yo largue
-la vela al viento y navegue? ¿Dónde están los ricos presentes que me
-debes? Ocho años, ocho duros años, fui el huésped magnífico de tu Isla,
-de tu gruta, de tu lecho... Pero no ignoras que los Dioses inmortales
-tienen determinado que a los huéspedes, en el momento amigo de la
-partida, ofrézcanseles considerables presentes. ¿Dónde están, oh Diosa,
-esas riquezas abundantes que me debes por costumbre de la Tierra y ley
-del Cielo?
-
-Sonrió la Diosa, con paciencia sublime. Y con palabras aladas, que
-huían en el aire:
-
---¡Oh, Ulises, claramente se ve que tú eres el más interesado de los
-hombres! Y también el más desconfiado, pues que supones que una Diosa
-podía negar los presentes debidos a aquel que amó... Tranquilízate, oh,
-sutil Héroe... Los ricos presentes, largos y brillantes, no tardan.
-
-En efecto, por la colina suave descendían otras Ninfas, ligeras, con
-los velos flotando, trayendo en los brazos alhajas lustrosas, que
-al sol rutilaban. El magnánimo Ulises extendió las manos, los ojos
-devoradores... Y mientras ellas desfilaban sobre la tabla crujiente,
-el astuto Héroe contaba, evaluaba en su noble espíritu los escabeles de
-marfil, las piezas de telas bordadas, los cántaros de bronce labrado,
-los escudos incrustados de piedras...
-
-Tan rico y bello era el vaso de oro que la última Ninfa sustentaba
-en el hombro, que Ulises detúvola, arrebatole el vaso, lo sospesó, y
-mirándolo gritó, con soberbia risa estridente:
-
---¡En verdad, este oro es bueno!
-
-Una vez dispuestas y ligadas bajo el largo asiento las preciosas
-alhajas, el impaciente Héroe, arrebatando el hacha, cortó la cuerda
-que prendía la balsa al tronco de un roble, y saltó para el alto bordo
-que la espuma envolvía. Recordose entonces que ni siquiera besara a la
-generosa e ilustre Calipso. Rápido, despidiendo el manto, pasó a través
-de la espuma, corrió por la arena y dejó un beso sereno en la frente
-aureolada de la Diosa. Asegurole ella un instante por el hombro robusto:
-
---¡Cuántos males te esperan, oh desgraciado! Antes quedases, para toda
-la inmortalidad, en mi Isla perfecta, entre mis brazos perfectos...
-
-Ulises volviose, con un grito magnífico:
-
---¡Oh, Diosa, el irreparable y supremo mal hállase en tu perfección!
-
-¡Y, a través de la marea, huyó, trepó trabajosamente a la balsa, soltó
-la vela, hendió el mar, y partió para los trabajos, para las tormentas,
-para las miserias, para la delicia de las cosas imperfectas!
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-¡EL SUAVE MILAGRO!
-
-
-En aquel tiempo Jesús aún no se ausentara de Galilea y de las dulces,
-luminosas márgenes del lago de Tiberiades; mas la nueva de sus Milagros
-penetrara ya hasta Enganim, ciudad rica, de fuertes murallas, entre
-olivares y viñedos, en el país de Isacar.
-
-Una tarde, un hombre de ojos ardientes y deslumbrados pasó por el
-fresco valle y anunció que un nuevo Profeta, un Rabí hermoso, recorría
-los campos y las aldeas de Galilea, prediciendo la llegada del Reino de
-Dios, curando todos los males humanos. Mientras descansaba, sentado al
-borde de la _Fuente de los Vergeles_, contó que ese Rabí, en el camino
-de Magdala, sanó de la lepra a un siervo de un Decurión Romano solo
-con extender sobre él la sombra de sus manos; y que en otra mañana,
-atravesando en una barca para la tierra de los Gerasenios, en donde
-comenzaba la recolección del bálsamo, resucitó a la hija de Jairo,
-hombre docto y considerable que comentaba los libros en la Sinagoga.
-
-Asombrados todos los que se hallaban en derredor, labradores, pastores
-y mujeres trigueñas con el cántaro al hombro, preguntáronle si ese
-era, en verdad, el Mesías de la Judea, y si delante de él refulgía la
-espada de fuego, y si le acompañaban, caminando como las sombras de dos
-torres, las sombras de Gog y de Magog. El hombre, sin beber siquiera de
-aquella agua tan fría de que bebiera Josué, recogió el cayado, sacudió
-los cabellos y encaminose pensativamente por bajo el Acueducto, luego
-sumido en la espesura de los almendros en flor.
-
-Mas una esperanza deliciosa como el rocío en los meses en que canta la
-cigarra, refrescó las almas sencillas; por toda la campiña que verdea
-hasta Ascalón, el arado pareció más blando de enterrar, más leve de
-mover la piedra del lagar; las criaturas, cogiendo ramos de almendras,
-acechaban por los caminos a ver si por allá de la esquina del muro,
-o por debajo del sicomoro, surgía una claridad; y, en los bancos de
-piedra, a la puerta de la ciudad, los viejos, corriendo los dedos por
-los rizos de las barbas, ya no desarrollaban, con tan sapiente certeza,
-los antiguos dictámenes.
-
-Vivía por entonces en Enganim un viejo, llamado Obed, de una familia
-pontifical de Samaria, que había sacrificado en las aras del Monte
-Ebal, señor de hartos rebaños y de hartas viñas, y con el corazón
-tan lleno de orgullo como su granero de trigo. Mas un viento árido y
-abrasado, ese viento de desolación que por mandato del Señor sopla
-de las torvas tierras de Assur, matara las reses más gordas de sus
-manadas, y por los ribazos en donde sus viñas se enroscaban al olmo y
-se tendían en airoso enrejado, solo dejara, en torno de los olmos y
-pilares desnudos, sarmientos, cepas descarnadas y la parra roída de
-áspero herrumbre. Acurrucado Obed en la solera de su puerta, con la
-punta del manto sobre la cara, palpaba el polvo, lamentaba la vejez,
-rumiaba amargas quejas contra Dios cruel.
-
-Cuando oyó hablar de ese nuevo Rabí, que alimentaba las multitudes,
-amedrentaba a los demonios, enmendaba todas las desventuras, Obed,
-hombre leído, que había viajado en Fenicia, pensó a seguida que Jesús
-sería uno de esos hechiceros tan frecuentes en Palestina, como Apolonio
-o Rabí Ben-Dossa, o Simón el Sutil. También esos, aunque sea en noche
-tenebrosa, conversan con las estrellas, para ellos siempre fáciles y
-claras en sus secretos: con una simple vara ahuyentan de sobre los
-sembrados los moscardones engendrados en los lodos de Egipto, y agarran
-entre los dedos las sombras de los árboles, que conducen como benéficos
-toldos por encima de las eras, a la hora de la siesta. Acaso Jesús de
-Galilea, más joven, de cierto con magias más fogosas, si se le pagase
-largamente, haría cesar la mortandad de sus ganados y reverdecería sus
-viñedos. Ordenó entonces Obed a sus siervos que partiesen, buscasen por
-toda Galilea al Rabí nuevo y con la promesa de dineros o alhajas le
-trajesen a Enganim, en el país de Isacar.
-
-Apretáronse los siervos los cinturones de cuero, y echaron a andar por
-el camino de las caravanas, que costeando el Lago, se extiende hasta
-Damasco.
-
-Una tarde, vieron sobre el Poniente, rojo como una granada muy madura,
-las finas nieves del monte Hermón. Después, en la frescura de una
-suave mañana, el lago de Tiberiades resplandeció delante de ellos,
-transparente, cubierto de silencio, más azul que el cielo, orlado de
-floridos prados, de densos vergeles, de rocas de pórfido, y de blancos
-terraplenes por entre los pomares, bajo el vuelo de las tórtolas. Un
-pescador que desamarraba perezosamente su barca de una ensenada de
-césped, escuchó, sonriendo, a los siervos: ¿El Rabí de Nazaret? ¡Oh! Ya
-en el mes de Ijar, descendiera el Rabí, con sus discípulos, para los
-lados adonde el Jordán lleva las aguas.
-
-Corriendo, los siervos siguieron por las márgenes del río hasta delante
-del vado en donde aquel se estira en un largo remanso, y descansa, y
-un instante duerme, verde e inmóvil, a la sombra de los tamarindos.
-Un hombre de la tribu de los Esenios, vestido de lino blanco, cogía
-lentamente hierbas saludables por la orilla del agua, con un blanco
-corderillo al cuello. Saludáronle humildemente los siervos, porque el
-pueblo ama a aquellos hombres de corazón tan limpio, y claro, y cándido
-como sus vestiduras, cada mañana lavadas en estanques purificados.
-¿Podía decirles algo del paso del nuevo Rabí de Galilea que, como los
-Esenios, enseñaba la dulzura y curaba a las gentes y a los ganados?
-El Rabí atravesará el Oasis de Engaddi, y después se adelantara para
-allá... --murmuró el Esenio--. --¿Y dónde es _allá_? --Moviendo un
-ramo de flores rojas que cogiera, el Esenio señaló las tierras de Alem
-Jordán, la planicie de Moab. Los siervos vadearon el río, y en vano
-buscaron a Jesús jadeando por los rudos caminos, hasta los peñascos en
-que se levanta la siniestra ciudadela de Makaur... En el Pozo de Ya-Kob
-reposaba una larga caravana, que conducía a Egipto mirra, especierías
-y bálsamos de Gilead; y los camelleros, sacando el agua con los baldes
-de cuero, contaron a los siervos de Obed que en Gadara, por la luna
-nueva, un maravilloso Rabí, mayor que David o Isaías, arrancó del pecho
-de una tejedora siete demonios, y que, a su voz, un hombre degollado
-por el salteador Barrabás, se irguió de su sepultura y se volvió a
-su huerto. Algo más esperanzados, encamináronse los siervos por la
-subida de los Peregrinos hasta Gadara, ciudad de altas torres, y aún
-más lejos, hasta las nascientes de Amalha... En esa misma madrugada,
-Jesús, seguido por un pueblo que cantaba y sacudía ramos de mimosa,
-embarcara en el lago, en un batel de pesca, y navegara a vela con rumbo
-a Magdala. Descorazonados de nuevo, los siervos de Obed, atravesaron el
-Jordán por el Puente de las Hijas de Jacob. Yendo ya con las sandalias
-rotas del largo camino, pisando tierras de la Judea Romana, un día,
-cruzáronse con un sombrío fariseo, que retornaba a Efrain, montado en
-su mula. Detuvieron, con devota reverencia, al hombre de la Ley. ¿Había
-encontrado él, por ventura, a ese nuevo Profeta de Galilea que, como un
-Dios paseando en la tierra, esparcía milagros? La corva faz del Fariseo
-se oscureció arrugada, y su cólera retumbó como un tambor orgulloso:
-
---¡Oh, esclavos paganos! ¡Oh, blasfemos! ¿En dónde oísteis que
-existiesen profetas o milagros fuera de Jerusalén? Solo Jehová tiene
-fuerza en su templo. De Galilea salen los necios y los impostores...
-
-Y en viendo a los siervos retroceder ante su puño erguido, el furioso
-Doctor, enroscado de dísticos sagrados, apeose de la mula, y con
-las piedras del camino, apedreó a los siervos de Obed, vociferando:
-_¡Racca! ¡Racca!_ y todos los Anatemas rituales. Los siervos huyeron
-para Enganim. El desconsuelo de Obed fue grande, porque sus ganados
-morían, sus viñas se secaban, y a pesar de ello, radiantemente, como
-una alborada por detrás de las sierras, crecía, consoladora y llena de
-divinas promesas, la fama de Jesús de Galilea.
-
-Por ese tiempo, un Centurión Romano, Publius Septimus, mandaba el
-fuerte que domina el valle de Cesarea, hasta la ciudad y el mar.
-Hombre áspero, veterano de la campaña de Tiberio contra los Partos,
-Publius habíase enriquecido durante la revuelta de Samaria con presas
-y saqueos, poseía minas en el Ática, y gozaba, como supremo favor de
-los Dioses, la amistad de Flacus, Legado Imperial de la Siria. Mas
-un dolor roía su poderosa prosperidad, lo mismo que un gusano roe un
-fruto suculento. Su única hija, más amada para él que vida y bienes,
-iba enflaqueciendo con un mal sutil y lento, extraño hasta al saber de
-los mágicos y esculapios que se mandaran consultar a Sidón y a Tiro.
-Blanca y triste como la luna en un cementerio, sin una queja, sonriendo
-pálidamente a su padre, adelgazaba, sentada en la alta explanada del
-fuerte, bajo un velario, alongando los tristes ojos negros por el azul
-del mar de Tiro, por el cual ella navegara, volviendo de Italia, en
-una opulenta galera. A las veces, un legionario, a su lado, entre las
-almenas, apuntando lentamente a lo alto la flecha, atravesaba una gran
-águila, que volaba serena, en el cielo rutilante. La hija de Septimus
-seguía un momento el ave, dando vueltas en el aire hasta caer muerta
-sobre las rocas; después, con un suspiro, más pálida y más triste,
-recomenzaba a mirar para el mar.
-
-Ello es que como entonces Septimus oyese contar a unos mercaderes de
-Corazín, de este admirable Rabí, tan potente sobre los Espíritus, que
-sanaba los males tenebrosos del alma, destacó tres decurias de soldados
-para que lo buscasen por la Galilea y por todas las ciudades de la
-Decápola, hasta la costa y hasta Ascalón. Los soldados dispusieron los
-escudos en los sacos de lona, espetaron ramos de oliva en los yelmos,
-y ferradas las sandalias apresuradamente, apartáronse, resonando sobre
-las losas de basalto del camino romano que desde Cesarea hasta el Lago
-corta toda la Tetrarquía de Herodes. De noche, sus armas brillaban en
-lo alto de las colinas, por entre la llama ondeante de los hachones
-erguidos. De día, invadían los casales, rebuscaban en la espesura
-de los pomares, chuzaban con la punta de las lanzas la paja de las
-hacinas; en tanto que las mujeres asustadas, acudían para amansarlos,
-con bollos de miel, higos nuevos y escudillas llenas de vino, que los
-soldados bebían de un trago, sentados a la sombra de los sicomoros.
-Corrieron así la Baja Galilea, y del Rabí solo hallaron un surco
-luminoso en los corazones.
-
-Disgustados con las inútiles marchas, desconfiando que los Judíos
-les ocultasen al hechicero para que no se aprovecharan los Romanos
-del superior hechizo, derramaban su cólera con tumulto, a través de
-la piadosa tierra sumisa. Detenían los peregrinos en la entrada de
-los puentes, gritando el nombre del Rabí; rasgaban los velos de las
-vírgenes, y a la hora en que se llenan los cántaros en las cisternas,
-invadían las estrechas calles de los arrabales, penetraban en las
-Sinagogas y batían sacrílegamente, con los puños de las espadas en
-las _Thebahs_, los Santos Armarios de cedro que contenían los Libros
-Sagrados. En las cercanías de Hebrón arrastraron a los Solitarios fuera
-de las grutas para arrancarles el nombre del desierto o del palmar
-en que se ocultaba el Rabí; y dos mercaderes fenicios, que venían de
-Joppé con una carga de malobrato, y a quien nunca llegara el nombre de
-Jesús, pagaron por ese delito cien dracmas a cada Decurión. Toda la
-gente de los campos, hasta los bravíos pastores de Idumea, que llevan
-las blancas reses al Templo, huían empavorecidos hacia las serranías,
-apenas lucían, en alguna vuelta del camino, las armas del bando
-violento. Desde el borde de las terrazas, las viejas sacudían como
-talegos la punta de los cabellos desgreñados, y arrojaban sobre ellos
-las malas suertes, invocando la venganza de Elías. Así erraron hasta
-Ascalón, sin hallar a Jesús; y retrocedieron a lo largo de la costa,
-enterrando las sandalias en la ardiente arena.
-
-Un amanecer, cerca de Cesarea, marchando por un valle, echaron de ver
-sobre un otero un verdinegro bosque de laureles, en donde blanqueaba,
-recogidamente, el fino y claro pórtico de un templo. Un viejo, de
-largas barbas blancas, coronado de hojas de laurel, vestido con una
-túnica de color de azafrán, asiendo una corta lira de tres cuerdas,
-esperaba sobre los peldaños de mármol, la aparición del sol. Desde
-abajo, los soldados, agitando un ramo de olivo, vociferaban al
-Sacerdote. ¿Conocía él a un nuevo Profeta que apareciera en Galilea,
-tan diestro en milagros, que resucitaba a los muertos y trocaba el agua
-en vino? Alargando los brazos, el sereno viejo exclamó por sobre la
-rociada verdura del valle:
-
---¡Oh, romanos! ¿Por qué creéis que en Galilea o Judea aparezcan
-profetas consumando milagros? ¿Cómo podrá un bárbaro alterar la
-Orden instituida por Zeus?... ¡Mágicos y hechiceros son vendedores
-ambulantes que murmuran palabras huecas, para arrebatar la propina a
-los simples...! Sin el permiso de los Inmortales, ni un retoño seco
-puede caer del árbol, ni hoja seca puede ser sacudida en el árbol. No
-hay profetas, no hay milagros... ¡Solo Apolo Délfico conoce el secreto
-de las cosas!
-
-Los soldados, entonces, muy despacio, con la cabeza caída, como en una
-tarde de derrota, recogiéronse a la fortaleza de Cesarea. Fue grande
-el desconsuelo de Septimus, por ver que su hija moría, sin una queja,
-mirando el mar de Tiro, siendo así que la fama de Jesús, curador de
-lánguidos males, crecía cada vez más consoladora y fresca, como el aire
-de la tarde que sopla de Hermón, y a través de los huertos, reanima y
-levanta las azucenas pendidas.
-
-Vivía por ese tiempo, entre Enganim y Cesarea, en una casa arruinada,
-sumida en lo más oculto de un cerro, una viuda, mujer más desgraciada
-que todas las mujeres de Israel. Su único hijito, todo tullido, había
-pasado del magro pecho a que ella le criara, a los harapos del podrido
-jergón, en donde ya llevaba siete años gimiendo y consumiéndose.
-
-A ella también una enfermedad la comprimiera dentro de trapos jamás
-mudados, dejándola más oscura y torcida que una cepa arrancada. Creció
-la miseria espesamente sobre ambos, como el moho sobre cazos perdidos
-en un yermo. En la lámpara de barro colorado secara ya el aceite. No
-quedaba grano ni corteza dentro del arca pintada. La cabra, sin pasto,
-muriera en el estío. Secó la higuera en el quintal. Tan lejos de
-poblado, nunca limosna de pan o miel entraba en la choza. ¡Con hierbas
-cogidas en las hendiduras de las rocas, cocidas sin sal, nutríanse
-aquellas criaturas de Dios en la Tierra Escogida, en la cual hasta a
-las aves maléficas sobraba el sustento!
-
-Un día apareció un mendigo por allí, entró en la choza, repartió de su
-lío con la amargada madre, y sentado en la piedra del lar, rascándose
-las heridas de las piernas, contó de esa grande esperanza de los
-tristes, de ese Rabí que apareciera en Galilea, que de un pan hacía
-siete, y amaba todas las criaturas, y enjugaba todos los llantos, y
-prometía a los pobres un grande y luminoso reino, de abundancia mayor
-que la corte de Salomón. La mujer escuchaba con ojos hambrientos.
-¿Y ese dulce Rabí, esperanza de los tristes, en dónde se encuentra?
-El mendigo suspiró. ¡Ah, ese dulce Rabí, cuantos lo deseaban, se
-desesperanzaban! Andaba su fama por sobre toda la Judea, como el sol
-que hasta por cualquier viejo muro se extiende y se goza; mas para
-distinguir la claridad de su rostro, solo aquellos dichosos que elegía
-su deseo. Tan rico como es Obed, mandó a sus siervos por toda Galilea
-para que le buscasen a Jesús, y con promesas le trajeran a Enganim; tan
-soberano, Septimus, destacó a sus soldados hasta la costa del mar, para
-que buscasen a Jesús, y por orden suya lo condujeran a Cesarea.
-
-Errando, pidiendo limosna por tantos caminos, halló a los siervos
-de Obed y luego a los legionarios de Septimus. Retornaron todos,
-derrotados, con las sandalias rotas, sin haber descubierto en qué
-matorral o ciudad, en qué cubil o palacio, se escondía Jesús.
-
-Caía la tarde. Cogió el mendigo su bordón y descendió por el duro
-camino, entre el brezo y las rocas.
-
-Volviose la madre a su rincón, más curvada, más abandonada. El hijito
-entonces, con un murmurio más débil que el rozar de un ala, pidió a
-la madre que le trajese a ese Rabí que amaba a los niños, aun a los
-más pobres, sanaba los males, aun los más antiguos. La madre apretó su
-cabecita desgreñada:
-
---¡Oh, hijo!, y ¿cómo quieres que te deje y me meta por los caminos en
-busca del Rabí de Galilea? Obed es rico y tiene siervos que en balde
-buscaron a Jesús por arenales y colinas, desde Corazín hasta el país de
-Moab. Septimus es fuerte, y tiene soldados, y en vano corrieron detrás
-de Jesús, desde el Hebrón hasta el mar. ¿Cómo quieres que te deje?
-Jesús anda muy lejos y nuestro dolor está con nosotros, dentro de estas
-paredes, y dentro de ellas nos prende. Y aunque le encontrase, ¿cómo
-convencería yo a Rabí tan deseado, por quien suspiran ricos y fuertes,
-para que descendiese a través de ciudades hasta este desierto, para
-curar a un tullido tan pobre, sobre jergón tan roto?
-
-La criatura, con dos largas lágrimas corriéndole por la faz escurrida,
-murmuró:
-
---¡Oh, madre! Jesús ama a todos los pequeñitos. ¡Y yo soy aún tan
-pequeño, y tengo un mal tan pesado! ¡Yo me quería curar!
-
-Y la madre, sollozando:
-
---¡Oh, hijo mío, cómo te voy a dejar! Son largos los caminos de
-Galilea, y corta la piedad de los hombres. Tan rota, tan renca, tan
-triste, hasta los perros me ladrarían desde la puerta de los casales.
-No me atendería nadie. Nadie me enseñaría la morada del dulce Rabí.
-¡Oh, hijo! Jesús tal vez muriese... Ni los ricos y los fuertes le
-encuentran. Le trajo el cielo, y el cielo se le llevó. Y con él para
-siempre murió la esperanza de los tristes.
-
-Por entre los negros trapos, irguiendo sus pobres manecitas que
-temblaban, la criatura murmuró:
-
---Madre, yo quiero ver a Jesús...
-
-En esto, abriendo despacio la puerta y sonriendo, dijo Jesús al niño:
-
---Aquí estoy.
-
-
-FIN
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-ÍNDICE
-
-
- Páginas.
-
- Adán y Eva en el Paraíso 5
-
- Un poeta lírico 49
-
- En el molino 65
-
- Civilización 83
-
- El tesoro 119
-
- Fray Genebro 131
-
- Singularidades de una señorita rubia 145
-
- La nodriza 181
-
- El difunto 189
-
- José Matías 231
-
- La perfección 263
-
- ¡El suave milagro! 289
-
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ADÁN Y EVA EN EL PARAÍSO ***
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